Libro N° 8992. Jugadores A Cero-G. Budry S, Algis; Cogswell, Theodore R. Y Thomas, Ted.
© Libro N° 8992. Jugadores A Cero-G. Budry S, Algis; Cogswell, Theodore R. Y Thomas,
Ted. Emancipación. Agosto 28 de 2021.
Título
original: © Jugadores A Cero-G. Algis
Budry S, Theodore R. Cogswell Y Ted Thomas
Versión Original: © Jugadores A Cero-G. Algis Budry S,
Theodore R. Cogswell Y Ted Thomas
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
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Algis Budry S, Theodore R. Cogswell Y Ted Thomas
Jugadores A Cero-G
Algis Budry S, Theodore R.
Cogswell Y Ted Thomas
Es frecuente que un nuevo invento no funcione como
estaba previsto, lo cual, evidentemente, puede acarrear problemas. Pero en
algunos casos también puede causar problemas el que algo funcione demasiado
bien…
Lo ocurrido era increíble. Un sonido que iba en
disminución, como el gemido de un banshi moribundo, vibraba aún en el aire y
hacía que a Nathaniel Wollard le doliesen las muelas. Apartó con amargura
varios ladrillos, la cubierta de plástico de un gabinete de control, varios
cristales, un conjunto de cubiertas de plástico de los mandos, una sección del
núcleo de una calculadora electrónica y varias ramas pequeñas de un roble.
Después, se sentó.
Las gafas de Wollard se habían roto por el puente y
las dos lentes le colgaban de las orejeras. Se las colocó otra vez ante los
ojos y miró a su alrededor con incredulidad. Todos los edificios estaban
arrasados. No había ni un solo grano de polvo en la franja de servicio de lo
que habla sido el único cobertizo utilizable de la vieja pista perteneciente al
Aerospacio McNeil. El cobertizo estaba totalmente destruido. Sus pedazos y los
de las estructuras que antes lo rodeaban, todavía iban cayendo a su
alrededor. Wollard cuadró los hombros y cruzó las manos por encima de su
cabeza, y las gafas se partieron definitivamente. Vio sectores de techumbres y
remolinos de planchas volando hacia el nordeste por encima de las copas de los
árboles.
Nathaniel Wollard, ganador del premio Enrico Fermi,
de la Medalla de Oro del Departamento de Comercio de Estados Unidos, el Premio
Morris N. Liebman, el Premio Benjamín Apthorp Gould, el Premio Irving Langmuir
y la Medalla de Inventos Científicos Excepcionales… continuó sentado allí,
preguntándose qué habría sucedido. Después se acordó de los otros. Se puso en
pie y empezó a escudriñar por las ruinas más próximas.
—¡Joe! —llamó—. ¡Frank! ¿Dónde estáis?
A unos ocho metros de distancia, en lo que quedaba
del centro de control que habían establecido en un rincón del cobertizo, dos
montones de cascotes se movieron. Wollard saltó hacia el más cercano y apartó
una pieza de techo Celotex, varios fragmentos de una silla plegable, un clip
cuy as pinzas sólo apresaban un extremo desgarrado de lo que había sido un bloc
amarillo, una taza de café Sty rofoam, con un clip para papeles empotrado en su
superficie, varios cristales y una espesa capa de polvo. Luego, arrastró a
Joseph Barnett hasta sus pies. Barnett, ganador de la Medalla Rutherford, el
Premio con medalla Guthrie, la Medalla Nacional de Ciencia, el Premio de
Servicios Civiles Excepcionales, la
Medalla Trent Crede, el Premio David Sarnoff y el
Premio para la Difracción Física Eugene Warren.
—¿Qué ha sucedido? —inquirió Barnett.
—No lo sé —repuso Wollard—. Teníamos y a el
vehículo a unos palmos del suelo, por lo que la coraza de gravedad funcionaba
perfectamente. Luego…
—Exacto —recordó Barnett—. Llevábamos con la fuerza
de arrastre desde hacía treinta segundos, y ni siquiera tuve ocasión de
cerrarla. Todo ocurrió tremendamente de prisa, y de pronto… explotó. ¿Qué fue
aquel maldito estruendo?
—¿Y el viento?
Wollard contempló la plataforma de despegue que
formaba la coraza de gravedad. El viejo « Buick» aún estaba allí, aunque
parecía un racimo de uvas machacado.
—Debimos meditar mejor todo esto —gimió Wollard
finalmente—. Debimos meditar más antes de embarcarnos en un experimento sólo
porque alguien podía adelantársenos.
Le dije a Frank que…
—de repente se dio cuenta de que sólo estaban en
pie ellos dos y volvió a mirar frenéticamente en torno suy o—. ¡Frank!
El otro montón de chatarra volvió a moverse. Una
destrozada tabla de madera cay ó a un lado y una figura muy sucia luchó por
incorporarse, desplazando un sector de valla blanca, un mando de circuitos, un
impreso Oralid, la cubierta de un transformador, varios pedazos de cristal y
una vieja zapatilla de tenis. Wollard y Barnett terminaron de levantar a
McNeil. Le habían desaparecido la chaqueta y la camisa, y su corbata de punto
colgaba flojamente de su cuello. Miró a su alrededor con incredulidad, deteniendo
sus ojos en los postes de energía caídos, la furgoneta que descansaba sobre un
costado con las piezas del conducto de aluminio que sobresalían a través de los
paneles inferiores.
—Es un milagro que no hay amos muerto —murmuró.
—¿Tienes alguna idea de lo ocurrido, Frank? —se
interesó Barnett.
Frank McNeil, poseedor de la Medalla de Oro
Internacional Niels Bohr, el Premio George Washington, el Premio de Estado
Sólido de Física Oliver E. Buckley, el Premio Nobel de Física, el Premio
Memorial Oppenheimer y el Premio Memorial E. O. Lawrence, se rascó la nuca y
acabó por negar con la cabeza.
—No. Aunque el aspecto del auto parece indicar que
el campo de fuerzas se invirtió y sufrió el impacto de quinientos G en vez de
cero.
Lo cual —añadió apresuradamente— no sólo es
imposible teóricamente, sino que no explicaría el resto de la destrucción.
—Bien —agregó Barnett—, echémosle otro vistazo.
Vinimos los tres aquí para cazar un poco. Hace tres noches, tras tomarnos unas
cervezas, tuvimos la idea de construir un aparato que anulase la gravedad.
Nos pareció tan sencillo que empleamos un
coche viejo para ver qué pasaba. Y ahora… ha ocurrido esto
—hizo una pausa y contempló nuevamente los restos
del destruido aerospacio
Nos costó unos condenados mil ochocientos dólares
construir la coraza contra la gravedad y ved qué ha pasado.
—Lo que quiero saber —exclamó Wollard con
impaciencia— es qué ha ocurrido. Aunque el campo antigravitatorio hay a
funcionado mal, no debió provocar esto. Su radio efectivo es sólo de veinte
metros.
—Quizá explotó el depósito de gasolina del coche.
—En cuy o caso —arguyó Wollard, sacudiendo la
cabeza—, lo sabríamos con sólo mirarlo. Y todavía está entero. Jamás debimos
intentar adelantarnos a Charles Garnett. Debimos reflexionar más y construir
menos en los últimos tres días. —Pero sobre el papel… —protestó Barnett.
—¡Tampoco podíamos permitir que Charles Garnett nos
apabullase! —gritó McNeil—. Habría quitado toda, la salsa del concepto.
—Parte de la crema —replicó Wollard dolorosamente,
indicando con el gesto el derruido « Buick» —. Bien, reconstruyamos. Cuando
pusimos en marcha el campo antigravitatorio, el coche pasó a cero-G. Y de
repente, nos cay ó encima el cielo. Tuvo que deberse a una fuerza externa.
McNeil se chupó tristemente un nudillo despellejado
y después señaló una nube de polvo que se acercaba.
—¡Eh, por lo visto vamos a tener compañía!
Los tres se volvieron para mirar la camioneta
desvencijada que avanzaba por el campo hacia ellos, con los guardabarros
agitándose visiblemente y una ligera nube de plumas de gallina flotando desde
la caja de carga.
—Es nuestro terrateniente —gruñó McNeil—. ¿Qué os
apostáis a que afirmará que este sitio era un aeropuerto comercial antes de que
nosotros lo arrasásemos?
Un instante después, el camión chirrió hasta
detenerse con cierta vacilación al lado de los tres jóvenes, y se abrió la
portezuela del conductor.
—¿Estáis bien, muchachos? —era Silas Whitemountain
con su sempiterno sombrero de paja—. Por la forma en que volaban las cosas, me
imaginé que estaríais y a camino de Kansas como todo lo demás.
McNeil estudió al hombre de cabellos blancos, con
mono de trabajo, cuya granja se hallaba contigua a la abandonada pista.
—Supongo que hemos tenido suerte —asintió. Después,
tras reflexionar rápidamente, añadió—: Bien, tal como ha ocurrido, le hemos
ayudado a despejar este terreno. Ahora está mucho más cerca de convertirse en
un sembrado de alfalfa que ayer a esta misma hora. Le hemos ahorrado a usted un
buena cantidad de gastos.
—Una bonita destrucción, ¿eh? —refunfuñó el viejo,
echando una ojeada por el devastado campo—. Eran unos edificios valiosos, muy
valiosos. Con la inflación y demás, calculo que la reconstrucción costaría unos
buenos doscientos mil dólares. Sin contar su valor histórico. Fue el primer
aeropuerto del condado de Sugwash. Lindbergh aterrizó aquí cuando efectuó su
gran gira al regreso de París.—
Debió de perder el rumbo —observó McNeil.
—Pues, en realidad, eso le ocurrió, sí. Y aun así,
siempre pensé en poner un marcador y el precio de entrada. Las cifras son
intangibles cuando uno colecciona seguros contra tornados.
—¿Seguros? —repitió Wollard. Él, McNeil y Barnett
miraron al viejo granjero como hipnotizados—. ¡Oh! —prosiguió el primero—. ¿Qué
clase de seguro?
—Contra tornados. Lo último que esperaba. No vi
formarse ninguno esta temporada, y eso que llevo viviendo aquí, pendiente del
hombre del tiempo, hace casi ochenta años. Lo vi con la máxima claridad desde
mi casa. Fíjense —señaló con la mano—. Todavía pueden ver la cola del tomado.
Por primera vez, el terceto de físicos levantó la vista al cielo…
Desapareciendo por el nordeste se veía como la cola
de una nube blanca, inofensiva al parecer.
—Ya se aleja —continuó el granjero, bajando el
antebrazo lleno de arrugas
—. Seguro que no duró mucho, pero fue como el
infierno. Destrozó todos sus aparatos, muchachos. Y tampoco parece haber
favorecido mucho a su avión.
Por primera vez, he tenido la oportunidad de verlo.
Se aproximó a los restos del « Buick» , apartando a patadas algunos restos, sin
dejar de menear la cabeza.
McNeil intercambió miradas con Wollard y Barnett.
—Creo que estamos libres de indemnizaciones
—susurró—. El viejo cree realmente que fue un tornado.
Wollard abrió más los ojos y en los mismos se asomó
una expresión de entendimiento.
—Y lo fue. Claro que lo fue. Nosotros formamos el
tomado.
—¿Nosotros? —se enojó McNeil—. ¿De qué modo? ¿Te
das cuenta de las fuerzas involucradas? Nosotros nos limitamos a dejar que la
masa aérea levantase un peso de dos toneladas a tres metros del suelo.
Barnett sacudió la cabeza, que tenía levantada para
contemplar aún la nubecita que iba reduciéndose a nada.
—El aire no podía sostener la masa de dos toneladas
sin peso. Porque el aire tampoco pesaba. No pensamos que…
Ahora le tocó a McNeil el turno de comprender todas
las implicaciones. Se puso tan pálido como Wollard.
—Nosotros interpusimos una coraza entre la gravedad
de la Tierra y una columna de aire de treinta metros de diámetro y la altura de
la atmósfera. La gravedad se propaga a la velocidad de la luz. Debió ser el
aire entrante el que hizo volcar el coche y formó el tornado.
—De acuerdo —asintió Barnett vigorosamente—.
Nosotros produjimos la columna de aire sin peso, que huy ó al espacio. El aire
contiguo penetró en el hueco formado, quedó a su vez sin peso, siguió al aire
original a lo alto, y el aire que había detrás acudió velozmente. La
aceleración de Coriolis se encargó del resto. Fue una suerte que la energía
quedase cortada, de lo contrario habríamos muerto con toda seguridad,
destruyéndose además el resto del mundo. ¡Dios mío! —calló y se apretó la
cabeza con las manos—. Si la coraza contra la gravedad hubiese durado más
tiempo, habríamos enviado toda la atmósfera terrestre al espacio exterior.
Wollard abrió la boca y empezó a tocar los mandos
de su calculadora SR-11.
—¡Chiuuu! —silbó—. Bueno, llevaría unos trece
millones de años el que la atmósfera de la Tierra escapase por completo al
espacio de esta manera, suponiendo una presión constante.
—Sí —asintió Barnett—, pero mucho antes habría
acabado la vida en el planeta. Faltaría aire, ¿entendéis?
De pronto, en el rostro de Wollard apareció una
nueva expresión de desmayo y volvió a tocar los mandos de su SR-11.
—¿Qué pasa ahora, Nat? —quiso saber McNeil.
—Disparamos un impulso cilíndrico de antigravedad
de treinta segundos al espacio. ¿Y si choca contra el sol? Cuando iniciamos la
prueba, se hallaba casi directamente sobre nuestras cabezas.
Boquiabiertos, todos levantaron la cabeza. Barnett
consultó su reloj y luego, protegiéndose los ojos, miró hacia el sol.
—Ahora tendremos la evidencia empírica. Quinientos
segundos para llegar allí, quinientos segundos para que veamos el efecto
causado, si hay alguno.
Dieciséis minutos y medio. Debería ocurrir ahora.
Contuvieron la respiración. Gradualmente fueron transcurriendo los minutos.
Pasó el límite fijado y un margen de seguridad.
Barnett se encogió de hombros y se volvió hacia los otros dos.
—¿Lo veis? Nada.
—No ha dado en el blanco, eso es todo —replicó
Wollard—. Aún está en marcha.
McNeil asintió antes de preguntar:
—¿Y qué ocurrirá cuando choque con otra estrella? O
con un planeta poblado —calló y sacudió la cabeza—. ¿Serían capaces esos
individuos inteligentes de seguir su rastro hasta aquí? ¿Podrían descubrirnos?
—miró a sus compañeros—.
¿Lo considerarían un arma apuntada hacia ellos?
—Será mejor —observó Wollard— que lo comuniquemos a
los astrónomos para que vigilen si se interpone algo en el camino de ese rayo.
¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?
Silas Whitemountain y su sombrero de paja se les
acercó.
—Se mueve de forma misteriosa… Oh, sí. Ese tornado
retorció tanto las alas de su avión que ahora parece un coche.
Los tres le contemplaron un momento con tristeza,
y, de pronto, McNeil irguió la cabeza y cuadró los hombros.
—¡Alas! —exclamó—. Claro… Podríamos poner la coraza
contra la gravedad en el fondo de un avión o un cohete, aplicarle unas alas,
enviarlo a volar a través de casi toda la atmósfera haciendo funcionar la
coraza. Esto eliminaría el tornado y la atmósfera y a no tendría problemas.
—¡Bravo! —aplaudió Barnett—. Y nuestro seguro
ayudaría a pagar esta destrucción.
Con el gesto indicó los montones de chatarra.
—Sí —asintió Wollard suavemente—. Y esto nos deja
con un solo problema. Levantó la vista en la dirección por la que había
desaparecido el rayo. Los otros dos le imitaron, absortos en sus pesimistas
pensamientos.

