© Libro N° 8890. La Muñeca Menor. Ferré, Rosario. Emancipación. Julio 31 de 2021.
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La Muñeca Menor. Rosario Ferré
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Rosario Ferré
La Muñeca Menor
Rosario Ferré
La tía vieja había sacado desde muy temprano el sillón al balcón que
daba al cañaveral, como hacía siempre que se despertaba con ganas de hacer una
muñeca. De joven se bañaba a menudo en el río, pero un día en que la lluvia
había recrecido la corriente en cola de dragón sintió en el tuétano de los
huesos una mullida sensación de nieve. La cabeza metida en el reverbero negro
de las rocas, había creído escuchar, revolcados con el sonido del agua, los
estallidos del salitre sobre la playa y pensó que sus cabellos habían llegado
por fin a desembocar en el mar. En ese preciso momento sintió una mordida
terrible en la pantorrilla. La sacaron del agua gritando y se la llevaron a la
casa en parihuelas retorciéndose de dolor.
El médico que la examinó aseguró que no era nada, probablemente había
sido mordida por una chágara viciosa. Sin embargo pasaron los días y la llaga
no cerraba. Al cabo de un mes el médico había llegado a la conclusión de que la
chágara se había introducido dentro de la carne blanda de la pantorrilla, donde
evidentemente comenzó a engordar. Indicó que le aplicaran un sinapismo para que
el calor la obligara a salir. La tía estuvo una semana con la pierna rígida,
cubierta de mostaza desde el tobillo hasta el muslo, pero al finalizar el
tratamiento se descubrió que la llaga se había abultado aún más, recubriéndose
de una substancia pétrea y limosa que era imposible tratar de remover sin que
peligrara toda la pierna. Entonces se resignó a vivir para siempre con la
chágara enroscada dentro de la gruta de su pantorrilla.
Había sido muy hermosa, pero la chágara que escondía bajo los largos
pliegues de gasa de sus faldas la despojó de toda vanidad. Se había encerrado
en la casa rehusando a todos sus pretendientes. Al principio se había dedicado
a la crianza de las hijas de su hermana, arrastrando por toda la casa la pierna
monstruosa con bastante agilidad. Por aquella época la familia vivía rodeada de
un pasado que dejaba desintegrar a su alrededor con la misma impasible
musicalidad con que la lámpara de cristal del comedor se desgranaba a pedazos
sobre el mantel raído de la mesa. Las niñas adoraban a la tía. Ella las
peinaba, las bañaba y les daba de comer. Cuando les leía cuentos se sentaban a
su alrededor y levantaban con disimulo el volante almidonado de su falda para
oler el perfume de guanábana madura que supuraba la pierna en estado de
quietud.
Cuando las niñas fueron creciendo la tía se dedicó a hacerles muñecas
para jugar. Al principio eran solo muñecas comunes, con carne de guata de
higüera y ojos de botones perdidos. Pero con el pasar del tiempo fue refinando
su arte hasta ganarse el respeto y la reverencia de toda la familia. El
nacimiento de una muñeca era siempre motivo de regocijo sagrado, lo cual
explicaba el que jamás se les hubiese ocurrido vender una de ellas, ni siquiera
cuando las niñas eran ya grandes y la familia comenzaba a pasar necesidad. La
tía había ido agrandando el tamaño de las muñecas de manera que correspondieran
a la estatura y a las medidas de cada una de las niñas. Como eran nueve y la
tía hacía una muñeca de cada niña por año, hubo que separar una pieza de la
casa para que la habitasen exclusivamente las muñecas. Cuando la mayor cumplió
diez y ocho años había ciento veintiséis muñecas de todas las edades en la
habitación. Al abrir la puerta, daba la sensación de entrar en un palomar, o en
el cuarto de muñecas del palacio de las tzarinas, o en un almacén donde alguien
había puesto a madurar una larga hilera de hojas de tabaco. Sin embargo, la tía
no entraba en la habitación por ninguno de estos placeres, sino que echaba el
pestillo a la puerta e iba levantando amorosamente cada una de las muñecas
canturreándoles mientras las mecía. Así eras cuando tenías un año, así cuando
tenías dos, así cuando tenías tres, reviviendo la vida de cada una de ellas por
la dimensión del hueco que le dejaban entre los brazos.
El día que la mayor de las niñas cumplió diez años, la tía se sentó en
el sillón frente al cañaveral y no se volvió a levantar jamás. Se balconeaba
días enteros observando los cambios de agua de las cañas y solo salía de su
sopor cuando la venía a visitar el doctor o cuando se despertaba con ganas de
hacer una muñeca. Comenzaba entonces a clamar para que todos los habitantes de
la casa viniesen a ayudarla. Podía verse ese día a los peones de la hacienda
haciendo constantes relevos al pueblo como alegres mensajeros incas, a comprar
cera, a comprar barro de porcelana, encajes, agujas, carretes de hilos de todos
los colores. Mientras se llevaban a cabo estas diligencias, la tía llamaba a su
habitación a la niña con la que había soñado esa noche y le tomaba las medidas.
Luego le hacía una mascarilla de cera que cubría de yeso por ambos lados como
una cara viva dentro de dos caras muertas; luego hacía salir un hilillo rubio
interminable por un hoyito en la barbilla. La porcelana de las manos era
siempre translúcida; tenía un ligero tinte marfileño que contrastaba con la
blancura granulada de las caras de biscuit. Para hacer el cuerpo,
la tía enviaba al jardín por veinte higüeras relucientes. Las cogía con una
mano y con un movimiento experto de la cuchilla las iba rebanando una a una en
cráneos relucientes de cuero verde. Luego las inclinaba en hilera contra la
pared del balcón, para que el sol y el aire secaran los cerebros algodonosos de
guano gris. Al cabo de algunos días raspaba el contenido con una cuchara y lo
iba introduciendo con infinita paciencia por la boca de la muñeca.
Lo único que la tía transigía en utilizar en la creación de las muñecas
sin que estuviese hecho por ella, eran las bolas de los ojos. Se los enviaban
por correo desde Europa en todos los colores, pero la tía los consideraba
inservibles hasta no haberlos dejado sumergidos durante un número de días en el
fondo de la quebrada para que aprendiesen a reconocer el más leve movimiento de
las antenas de las chágaras. Solo entonces los lavaba con agua de amoniaco y
los guardaba, relucientes como gemas, colocados sobre camas de algodón, en el
fondo de una lata de galletas holandesas. El vestido de las muñecas no variaba
nunca, a pesar de que las niñas iban creciendo. Vestía siempre a las más
pequeñas de tira bordada y a las mayores de broderí, colocando en la cabeza de
cada una el mismo lazo abullonado y trémulo de pecho de paloma.
Las niñas empezaron a casarse y a abandonar la casa. El día de la boda
la tía les regalaba a cada una la última muñeca dándoles un beso en la frente y
diciéndoles con una sonrisa: “Aquí tienes tu Pascua de Resurrección”. A los
novios los tranquilizaba asegurándoles que la muñeca era solo una decoración
sentimental que solía colocarse sentada, en las casas de antes, sobre la cola
del piano. Desde lo alto del balcón la tía observaba a las niñas bajar por
última vez las escaleras de la casa sosteniendo en una mano la modesta maleta a
cuadros de cartón y pasando el otro brazo alrededor de la cintura de aquella
exuberante muñeca hecha a su imagen y semejanza, calzada con zapatillas de
ante, faldas de bordados nevados y pantaletas de valenciennes. Las
manos y la cara de estas muñecas, sin embargo, se notaban menos transparentes,
tenían la consistencia de la leche cortada. Esta diferencia encubría otra más
sutil: la muñeca de boda no estaba jamás rellena de guata, sino de miel.
Ya se habían casado todas las niñas y en la casa quedaba solo la más
joven cuando el doctor hizo a la tía la visita mensual acompañado de su hijo
que acababa de regresar de sus estudios de Medicina en el norte. El joven
levantó el volante de la falda almidonada y se quedó mirando aquella inmensa
vejiga abotagada que manaba una esperma perfumada por la punta de sus escamas
verdes. Sacó su estetoscopio y la auscultó cuidadosamente. La tía pensó que
auscultaba la respiración de la chágara para verificar si todavía estaba viva,
y cogiéndole la mano con cariño se la puso sobre un lugar determinado para que
palpara el movimiento constante de las antenas. El joven dejó caer la falda y
miró fijamente al padre. Usted hubiese podido haber curado esto en sus comienzos,
le dijo. Es cierto, contestó el padre, pero yo solo quería que vinieras a ver
la chágara que te había pagado los estudios durante veinte años.
En adelante fue el joven médico quien visitó mensualmente a la tía
vieja. Era evidente su interés por la menor y la tía pudo comenzar su última
muñeca con amplia anticipación. Se presentaba siempre con el cuello almidonado,
los zapatos brillantes y el ostentoso alfiler de corbata oriental del que no
tiene dónde caerse muerto. Luego de examinar a la tía se sentaba en la sala
recostando su silueta de papel dentro de un marco ovalado, a la vez que le
entregaba a la menor el mismo ramo de siemprevivas moradas. Ella le ofrecía
galletitas de jengibre y cogía el ramo quisquillosamente con la punta de los
dedos como quien coge el estómago de un erizo vuelto al revés. Decidió casarse
con él porque le intrigaba su perfil dormido, y porque ya tenía ganas de saber
cómo era por dentro la carne de delfín.
El día de la boda la menor se sorprendió al coger la muñeca por la
cintura y encontrarla tibia, pero lo olvidó en seguida, asombrada ante su
excelencia artística. Las manos y la cara estaban confeccionadas con
delicadísima porcelana de Mikado. Reconoció en la sonrisa entreabierta y un
poco triste la colección completa de sus dientes de leche. Había, además, otro
detalle particular: la tía había incrustado en el fondo de las pupilas de los
ojos sus dormilonas de brillantes.
El joven médico se la llevó a vivir al pueblo, a una casa encuadrada
dentro de un bloque de cemento. La obligaba todos los días a sentarse en el
balcón, para que los que pasaban por la calle supiesen que él se había casado
en sociedad. Inmóvil dentro de su cubo de calor, la menor comenzó a sospechar
que su marido no solo tenía el perfil de silueta de papel sino también el alma.
Confirmó sus sospechas al poco tiempo. Un día él le sacó los ojos a la muñeca
con la punta del bisturí y los empeñó por un lujoso reloj de cebolla con una
larga leontina. Desde entonces la muñeca siguió sentada sobre la cola del
piano, pero con los ojos bajos.
A los pocos meses el joven médico notó la ausencia de la muñeca y le
preguntó a la menor qué había hecho con ella. Una cofradía de señoras piadosas
le había ofrecido una buena suma por la cara y las manos de porcelana para
hacerle un retablo a la Verónica en la próxima procesión de Cuaresma. La menor
le contestó que las hormigas habían descubierto por fin que la muñeca estaba
rellena de miel y en una sola noche se la habían devorado. “Como las manos y la
cara eran de porcelana de Mikado”, dijo, “seguramente las hormigas las creyeron
hechas de azúcar, y en este preciso momento deben de estar quebrándose los
dientes, royendo con furia dedos y párpados en alguna cueva subterránea”. Esa
noche el médico cavó toda la tierra alrededor de la casa sin encontrar nada.
Pasaron los años y el médico se hizo millonario. Se había quedado con
toda la clientela del pueblo, a quienes no les importaba pagar honorarios
exorbitantes para poder ver de cerca a un miembro legítimo de la extinta
aristocracia cañera. La menor seguía sentada en el balcón, inmóvil dentro de
sus gasas y encajes, siempre con los ojos bajos. Cuando los pacientes de su
marido, colgados de collares, plumachos y bastones, se acomodaban cerca de ella
removiendo los rollos de sus carnes satisfechas con un alboroto de monedas,
percibían a su alrededor un perfume particular que les hacía recordar
involuntariamente la lenta supuración de una guanábana. Entonces les entraban a
todos unas ganas irresistibles de restregarse las manos como si fueran patas.
Una sola cosa perturbaba la felicidad del médico. Notaba que mientras él
se iba poniendo viejo, la menor guardaba la misma piel aporcelanada y dura que
tenía cuando la iba a visitar a la casa del cañaveral. Una noche decidió entrar
en su habitación para observarla durmiendo. Notó que su pecho no se movía.
Colocó delicadamente el estetoscopio sobre su corazón y oyó un lejano rumor de
agua. Entonces la muñeca levantó los párpados y por las cuencas vacías de los
ojos comenzaron a salir las antenas furibundas de las chágaras.
Rosario Ferré

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