© Libro N° 8604. El Placer De Descubrir. Feynman, Richard. Emancipación. Mayo 15 de 2021.
Título
original: © El Placer De Descubrir. Richard
Feynman
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Feynman
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Richard Feynman
El Placer De Descubrir
Richard Feynman
CONTENIDO
Prólogo
Introducción del editor
1. El placer de descubrir
2. Los computadores del futuro
3. Los Álamos desde abajo
4. Cuál es y cuál debería ser el papel de la
cultura científica en la sociedad moderna
5. Hay mucho sitio al fondo
6. El valor de la ciencia
7. Informe minoritario de Richard P. Feynman en la
investigación de la lanzadera espacial Challenger
8. ¿Qué es la ciencia?
9. El hombre más inteligente del mundo
10. Ciencia tipo «cultos cargo»
11. Tan sencillo como uno, dos, tres
12. Richard Feynman construye un universo
13. La relación entre ciencia y religión
Procedencias
Prólogo
Desde esta idolatría
«Amé al hombre, desde esta idolatría, tanto como el
que más», escribió el dramaturgo isabelino Ben Jonson. «El hombre» era William
Shakespeare, amigo y mentor de Jonson. Jonson y Shakespeare fueron escritores
de éxito. Jonson era culto y erudito, Shakespeare era desenfadado y genial. No
existía rivalidad entre ellos. Shakespeare era nueve años mayor, y ya había
llenado los escenarios londinenses con obras maestras antes de que Jonson
empezara a escribir. Shakespeare era, como dijo Jonson, «honesto y de una naturaleza
abierta y franca», y dio a su joven amigo apoyo moral y material. El apoyo más
importante que Shakespeare le dio consistió en representar uno de los papeles
principales en la primera obra de Jonson, A cada cual según su humor, cuando se
estrenó en 1598. La obra fue un éxito clamoroso y lanzó la carrera profesional
de Jonson. Jonson tenía entonces veinticinco años, y Shakespeare treinta y
cuatro. Después de 1598, Jonson siguió escribiendo poemas y obras de teatro, y
muchas de sus obras fueron representadas por la compañía de Shakespeare. Jonson
llegó a hacerse famoso por propio derecho como poeta y erudito, y al final de
su vida fue honrado con un entierro en la Abadía de Westminster. Pero nunca
olvidó su deuda para con su viejo amigo. Cuando Shakespeare murió, Jonson
escribió un poema, «En recuerdo de mi amado maestro, William Shakespeare», que
contenía los versos bien conocidos:
No era de una época, sino para todos los tiempos
Y aunque sabías poco latín y menos griego,
para honrarte, yo no necesito ir allí a buscar nombres,
sino que directamente invoco a los tronantes Esquilo,
Eurípides y Sófocles…
De nuevo a la vida, para oír su paso melodioso.
La propia Naturaleza estaba orgullosa de sus diseños,
y alegre se adornaba con sus líneas,…
Pero no debo conceder todo a la Naturaleza: tu arte,
mi dulce Shakespeare, se merece su parte.
Pues aunque la naturaleza sea la materia del poeta,
es su arte quien proporciona el estilo; ese es el esfuerzo
de quien escribe una línea viva,…
Pues un buen poeta se hace, además de nacer.
¿Qué tienen que ver Jonson y Shakespeare con
Richard Feynman? Sencillamente esto. Yo puedo decir, como dijo Jonson: «Amé a
este hombre, desde esta idolatría, tanto como el que más». El destino me deparó
la tremenda suerte de tener a Feynman como mentor. Yo era el estudiante
instruido y erudito que vino de Inglaterra a la Universidad de Cornell en 1947
y fui inmediatamente hechizado por el genio en bruto de Feynman. Con la
arrogancia de la juventud, decidí que podía desempeñar el papel de Jonson con
respecto a Feynman-Shakespeare. No esperaba encontrar a Shakespeare en suelo
americano, pero no tuve ninguna dificultad en reconocerlo cuando le vi.
Antes de conocer a Feynman yo había publicado algunos artículos matemáticos
llenos de trucos astutos pero totalmente carentes de interés. Cuando conocí a
Feynman, supe inmediatamente que había entrado en otro mundo. Él no estaba
interesado en publicar artículos bonitos. Él estaba luchando, con más fuerza
con la que yo había visto luchar antes a nadie, por comprender el
funcionamiento de la naturaleza reconstruyendo la física desde abajo. Tuve la
suerte de encontrarle casi al final de sus ocho años de lucha. La nueva física
que él había imaginado cuando era estudiante de John Wheeler siete años antes
estaba cuajando finalmente en una visión coherente de la naturaleza, la visión
que él denominó «el enfoque espacio-temporal». En 1947 la visión estaba todavía
inacabada, llena de cabos sueltos e inconsistencias, pero yo vi inmediatamente
que tenía que ser correcta. Aproveché cualquier oportunidad para oír hablar a
Feynman, para aprender a nadar en el torrente de sus ideas. A él le gustaba
hablar, y me acogió como un oyente. Así nos hicimos amigos de por vida.
Durante un año observé cómo Feynman perfeccionaba su forma de describir la
naturaleza con imágenes y diagramas, hasta que consiguió atar los cabos sueltos
y eliminar las inconsistencias. Entonces empezó a hacer números, utilizando sus
diagramas como guía. Con una velocidad sorprendente fue capaz de calcular
cantidades físicas que podían cotejarse directamente con los experimentos. Los
experimentos coincidían con sus números. En el verano de 1948 pudimos ver cómo
se hacían ciertas las palabras de Jonson: «La propia Naturaleza estaba
orgullosa de sus diseños, y alegre se adornaba con sus líneas».
Durante el año en que estuve paseando y hablando con Feynman, también estuve
estudiando la obra de los físicos Schwinger y Tomonaga, quienes llegaron a
resultados similares siguiendo caminos más convencionales. Schwinger y
Tomonaga, que utilizaban métodos más complicados y laboriosos, consiguieron
calcular de forma independiente las mismas cantidades que Feynman pudo obtener
directamente de sus diagramas. Schwinger y Tomonaga no reconstruyeron la
física: la tomaron tal como la encontraron y solo introdujeron nuevos métodos
matemáticos para extraer números a partir de ella. Cuando quedó claro que los
resultados de sus cálculos coincidían con los de Feynman, yo supe que se me
había brindado una oportunidad única para unir las tres teorías. Escribí un
artículo titulado «Las teorías de radiación de Tomonaga, Schwinger y Feynman»,
en el que explicaba por qué las teorías parecían diferentes pero en esencia
eran iguales. Mi artículo apareció en Physical Review en 1949,
y lanzó mi carrera profesional de forma tan decisiva como A cada cual
según su humor lanzó la de Jonson. Yo tenía entonces, como Jonson,
veinticinco años. Feynman tenía treinta y uno, tres años menos de los que tenía
Shakespeare en 1598. Tuve cuidado en tratar a mis tres protagonistas con la
misma dignidad y respeto, pero en el fondo sabía que Feynman era el más grande
de los tres y que el objetivo principal de mi artículo era hacer accesibles sus
ideas revolucionarias a los físicos de todo el mundo. Feynman me animó
activamente para que publicara sus ideas, y ni una sola vez se quejó de que yo
estuviese robando sus truenos. Él era el protagonista de mi obra.
Una de las preciadas pertenencias que yo llevé de Inglaterra a América
era The Essential Shakespeare de J. Dover Wilson, una corta
biografía de Shakespeare que contiene la mayoría de las citas de Jonson que he
reproducido aquí. El libro de Wilson no es una obra de ficción ni una obra de
historia, sino algo que está a medias entre ambas. Se basa en el testimonio de
primera mano de Jonson y otras personas, pero Wilson utilizaba su imaginación,
junto con los escasos documentos históricos, para dar vida a Shakespeare. En
particular, la primera evidencia de que Shakespeare actuó en la obra de Jonson
procede de un documento datado en 1709, más de cien años después de aquel
suceso. Sabemos que Shakespeare era famoso como actor tanto como escritor, y no
veo ninguna razón para dudar de la historia tradicional tal como la cuenta
Wilson.
Felizmente, los documentos que proporcionan evidencia de la vida y las ideas de
Feynman no son tan escasos. El presente volumen es una colección de tales
documentos, que nos ofrece la voz auténtica de Feynman registrada en sus
conferencias y escritos ocasionales. Son documentos informales, dirigidos a
audiencias generales más que a sus colegas científicos. En ellos vemos a
Feynman tal como era, siempre jugando con las ideas pero siempre serio sobre
las cosas que le importaban. Las cosas que le importaban eran la honestidad, la
independencia, la disposición a admitir la ignorancia. Detestaba la jerarquía y
disfrutaba de la amistad de personas de las más diversas condiciones. Era, como
Shakespeare, un actor con talento para la comedia.
Además de su pasión trascendental por la ciencia, Feynman también disfrutaba
con las bromas y los placeres humanos corrientes. Una semana después de
conocerle, escribí una carta a mis padres en Inglaterra en donde le describía
como «mitad genio y mitad bufón». Mientras luchaba heroicamente por comprender
las leyes de la naturaleza, disfrutaba relajándose con los amigos, tocando sus
bongos y divirtiendo a todo el mundo con trucos e historias. En esto también se
parecía a Shakespeare. Del libro de Wilson tomo el testimonio de Jonson:
Cuando se sentaba a escribir, podía estar haciéndolo día y noche; se
esforzaba sin pausa, hasta que desfallecía: y cuando lo dejaba, se dedicaba de
nuevo a cualquier deporte y ocio; era casi imposible hacerle volver a su libro:
pero cuando lo conseguía, se había hecho más fuerte y más serio.
Así era Shakespeare, y así era también el Feynman que yo conocí y amé, desde
esta idolatría.
FREEMAN J. DYSON
Institute for Advanced Study
Princeton, New Jersey
Introducción del editor
Recientemente asistí a una conferencia en el
venerable Laboratorio Jefferson de la Universidad de Harvard. La conferenciante
era de la doctora Lene Hau del Rowland Institute, que acababa de realizar un
experimento del que no solo se informó en la reputada revista científica Nature,
sino también en la primera plana de The New York Times. En el
experimento, ella (con su grupo de investigación formado por estudiantes y
científicos) hizo pasar un haz de luz láser a través de un nuevo tipo de
materia denominado un condensado de Bose-Einstein (un extraño estado cuántico
en el que un puñado de átomos, enfriados casi hasta el cero absoluto, dejan
prácticamente de moverse y actúan en conjunto como una sola partícula), lo que
frenaba al haz de luz hasta el ritmo increíblemente lento de 17 metros por
segundo[1]. La luz, que
viaja normalmente a la vertiginosa velocidad de 300.000 kilómetros por segundo,
o 1.080.000.000 kilómetros por hora, en el vacío, se frena cuando atraviesa
algún medio, como aire o vidrio, aunque su velocidad sigue siendo del mismo
orden que la velocidad en el vacío. Pero hagan ustedes el cálculo y verán que
17 metros por segundo dividido por 300.000 kilómetros por segundo es igual a
0,00000006, o seis millonésimas de un 1 por 100 de su
velocidad en el vacío. Para poner un ejemplo comparativo, esto es como si
Galileo hubiese dejado caer sus balas de cañón desde lo alto de la Torre de
Pisa y estas hubiesen tardado dos años en llegar al suelo.
La conferencia me dejó sin aliento (incluso Einstein se hubiera sentido
impresionado, creo yo). Por primera vez en mi vida sentí una pizca de lo que
Richard Feynman llamaba «la excitación del descubrimiento», la repentina
sensación (probablemente semejante a una epifanía, aunque una epifanía vicaria
en este caso) de que yo había captado una idea nueva y maravillosa, de que
había algo nuevo en el mundo y yo asistía a un suceso científico trascendental;
una sensación no menos espectacular y excitante que la que sintió Newton cuando
se dio cuenta de que la fuerza misteriosa que hizo que la manzana apócrifa cayera
en su cabeza era la misma fuerza que hacía que la Luna se mantuviera en órbita
alrededor de la Tierra; o la de Feynman cuando dio ese primer y difícil paso
hacia la comprensión de la naturaleza de la interacción entre la luz y la
materia, que le llevó finalmente al Premio Nobel.
Sentado entre la audiencia, casi pude sentir a
Feynman mirando por encima de mi hombro y susurrándome al oído: « ¿Ves? Por
esto es por lo que los científicos continúan sus investigaciones, por lo que
luchamos tan desesperadamente por cada pedazo de conocimiento, velamos noches
enteras buscando la respuesta a un problema, escalamos los obstáculos más
escarpados hasta el próximo pedazo de conocimiento, para alcanzar finalmente
ese momento feliz de la excitación del descubrimiento, que es parte del placer de
descubrir»[2]. Feynman
siempre decía que él no hacía física por la gloria ni por los premios y
recompensas, sino por el placer de hacerlo, por el puro placer
de descubrir cómo funciona el mundo, qué es lo que lo mantiene en marcha.
El legado de Feynman es su inmersión y dedicación a
la ciencia: su lógica, sus métodos, su rechazo del dogma, su infinita capacidad
de duda. Feynman creía y vivía en el credo de que la ciencia, cuando se utiliza
de forma responsable, puede no solo divertir sino que también puede ser de
valor inestimable para el futuro de la sociedad humana. Y como todos los
grandes científicos, a Feynman le gustaba compartir su asombro ante las leyes
de la naturaleza con colegas y legos por igual. En ninguna parte se manifiesta
más claramente la pasión de Feynman por el conocimiento que en esta colección
de sus obras cortas (casi todas publicadas con anterioridad, salvo una
inédita).
El mejor modo de apreciar el misterio Feynman es
leer este libro, pues aquí encontrarán ustedes una gran variedad de temas sobre
los que el gran físico pensó en profundidad y habló de forma encantadora: no
solo de física —en cuya enseñanza no fue superado por nadie— sino también de
religión, de filosofía y del temible escenario académico; del futuro de la
computación y el de la nanotecnología, de la cual fue un pionero destacado; de
la humildad, del placer en la ciencia y del futuro de la ciencia y la civilización;
de cómo deberían ver el mundo los científicos en ciernes; y de la trágica
ceguera burocrática que condujo al desastre de la lanzadera espacial Challenger,
el informe que fue objeto de titulares de prensa que hicieron de «Feynman» una
palabra familiar.
Curiosamente, hay muy poco solapamiento en estas
piezas, pero en aquellas pocas ocasiones en que una historia se repite me he
tomado la libertad de suprimir una de las dos apariciones para ahorrar al
lector una repetición innecesaria. Inserto puntos suspensivos […] para señalar
dónde se ha suprimido una «gema» repetida.
Feynman mantenía una actitud muy informal hacia la
gramática propiamente dicha, como se muestra claramente en la mayoría de las
piezas, que fueron transcritas de conferencias o entrevistas habladas. Por
ello, para mantener el tono de Feynman, he conservado en general sus giros poco
gramaticales. Sin embargo, donde una transcripción pobre o esporádica hacía que
una palabra o frase resultase incomprensible o difícil, la he corregido para
hacerla legible. Creo que el resultado queda prácticamente inalterado, aunque
legible, feynmanesco.
Aclamado durante su vida, reverenciado en el recuerdo, Feynman sigue siendo una
fuente de sabiduría para personas de cualquier condición. Espero que este
tesoro de sus mejores charlas, entrevistas y artículos estimulará y divertirá a
generaciones de devotos y recién llegados a la mente única y a menudo descarada
de Feynman.
Así que lean, disfruten y no tengan miedo de reírse
a carcajadas o de aprender una lección o dos sobre la vida; inspírense y, sobre
todo, experimenten el placer de descubrir cosas sobre un ser humano poco común.
* * * *
Me gustaría dar las gracias a Michelle y Carl
Feynman por su generosidad y apoyo constante desde ambas costas; a la doctora
Judith Goodstein, a Bonnie Ludt y a Shelley Erwin, de los archivos de Caltech,
por su ayuda y hospitalidad indispensables; y especialmente al profesor Freeman
Dyson por su elegante e iluminador Prólogo.
También me gustaría expresar mis agradecimientos a
John Gribbin, Tony Hey, Melanie Jackson y Ralph Leighton por sus frecuentes y
excelentes consejos durante la confección de este libro.JEFFREY ROBBINS
Reading, Massachusetts
Septiembre de 1999
Capítulo 1
El placer de descubrir
Esta es una transcripción retocada de una
entrevista con Feynman en 1981 para el programa de la BBC Horizon, emitido en
Estados Unidos como un episodio de Nova. Feynman ya había dejado atrás la mayor
parte de su vida (murió en 1988), de modo que podía reflexionar sobre sus
experiencias y logros con una perspectiva que no suele estar al alcance de una
persona más joven. El resultado es una discusión franca, relajada y muy
personal sobre muchos temas queridos para Feynman: por qué el simple
conocimiento del nombre de una cosa es prácticamente lo mismo que no saber nada
en absoluto sobre ella; cómo él y sus colegas científicos del Proyecto
Manhattan pudieron beber y festejar el éxito del arma terrible que habían
creado, mientras en Hiroshima, en el otro extremo del mundo, miles de sus
congéneres humanos habían muerto o estaban muriendo a causa de ello; y por qué
Feynman también podría habérselas arreglado sin un Premio Nobel.
Contenido:
§. La belleza de una flor
§. Evitar las humanidades
§. Un «Tyrannosaurus» en la ventana
§. Álgebra para el hombre práctico
§. Charreteras y el Papa
§. Invitación a la bomba
§. Éxito y sufrimiento
§. «Yo no tengo que hacerlo bien porque ellos piensen que voy a hacerlo bien»
§. El Premio Nobel: ¿valió la pena?
§. Las reglas del juego
§. Rompiendo átomos
§. «Que lo haga George»
§. Aburrido de la historia
§. De tal palo, tal astilla
§. «Ciencia que no es una ciencia…»
§. Duda e incertidumbre
§. La belleza de una flor
Tengo un amigo artista que suele adoptar una postura con la que yo no estoy muy
de acuerdo. Él sostiene una flor y dice: «Mira qué bonita es», y en eso
coincidimos. Pero sigue diciendo: «Ves, yo, como artista, puedo ver lo bello
que es esto, pero tú, como científico, lo desmontas todo y lo conviertes en
algo anodino». Y entonces pienso que él está diciendo tonterías. Para empezar,
la belleza que él ve también es accesible para mí y para otras personas, creo
yo. Quizá yo no tenga su refinamiento estético, pero puedo apreciar la belleza
de una flor. Pero al mismo tiempo, yo veo mucho más en la flor que lo que ve
él. Puedo imaginar las células que hay en ella, las complicadas acciones que
tienen lugar en su interior y que también tienen su belleza. Lo que quiero
decir es que no solo hay belleza en esta escala de un centímetro: hay también
belleza en una escala más pequeña, en la estructura interna. También los
procesos, el hecho de que los colores de la flor evolucionan para atraer insectos
que la polinicen es interesante, pues significa que los insectos pueden ver el
color. Añade una pregunta: ¿existe también este sentido estético en las formas
inferiores? ¿Por qué es estético? Todo tipo de preguntas interesantes que ponen
de manifiesto que un conocimiento de la ciencia añade algo a la excitación, el
misterio y el respeto por una flor. Añade; no entiendo cómo puede restar.
§. Evitar las humanidades
Siempre he estado muy sesgado hacia la ciencia y cuando era joven concentré
casi todos mis esfuerzos en ella. No tenía tiempo de aprender ni tenía mucha
paciencia con lo que se denominan las humanidades, incluso si en la universidad
era obligatorio seguir cursos de humanidades. Hice todo lo posible para no
tener que estudiar mucho ni trabajar en ello. Solo más tarde, cuando me hice
mayor y estaba más relajado, me he dispersado un poco. He aprendido a dibujar y
leo un poco, pero realmente sigo siendo una persona muy sesgada y no sé mucho.
Tengo una inteligencia limitada y la utilizo en una dirección concreta.
§. Un «Tyrannosaurus» en la ventana
En casa teníamos la Enciclopedia Británica y, cuando yo era
pequeño, [mi padre] solía sentarme en su regazo y leerme algunas páginas. Por
ejemplo, podíamos estar leyendo algo sobre los dinosaurios, y probablemente
hablaría del Brontosaurus o algo parecido, o del Tyrannosaurus
rex, y diría algo parecido a esto: «Este animal mide diez metros de altura
y la cabeza mide dos metros», ya saben ustedes. Entonces él dejaba de leer y
decía: «Veamos lo que eso significa. Significa que si el tyrannosaurus estuviese
en el jardín delantero tendría la altura suficiente para introducir la cabeza
por la ventana pero no podría hacerlo porque su cabeza sería demasiado ancha y
rompería la ventana al intentarlo».
Todo lo que leíamos se traducía de la mejor forma que podíamos en algo real y
así es como aprendí a trabajar: trato de hacerme una imagen de cualquier cosa
que leo, de lo que realmente quiere decir, traduciéndolo de esta forma; así que
[risas] solía leer la Enciclopedia cuando era muchacho pero
con traducción, ya ven, y resultaba muy excitante e interesante pensar que
había animales de ese tamaño. No tenía miedo de que uno fuera a entrar por mi
ventana, no lo creo; más bien pensaba que resultaba enormemente interesante que
todos ellos hubieran muerto y en esa época nadie sabía por qué.
Solíamos ir a las Montañas Catskill. Vivíamos en Nueva York y las Montañas
Catskill eran un lugar de veraneo: había allí un grupo numeroso de personas.
Los padres de familia seguían trabajando en Nueva York y venían a pasar los
fines de semana. Cuando venía mi padre me llevaba a dar paseos por el bosque y
me contaba las cosas interesantes que allí pasaban, y que explicaré en seguida.
Viendo esto, las otras madres pensaban que era maravilloso y que los otros
padres también deberían llevar a sus hijos a dar un paseo. Ellas trataron de
convencer a sus maridos pero estos se negaron al principio y pretendían que mi
padre llevase a todos los niños, pero él no quería porque tenía una relación
muy especial conmigo —nos unía algo muy personal—, de modo que al final los
otros padres tuvieron que llevar de paseo a sus hijos el fin de semana
siguiente. Y el lunes siguiente, cuando todos habían vuelto a su trabajo, los
chicos estábamos jugando en el campo y uno me dijo: « ¿A que no sabes qué tipo
de pájaro es ese que hay ahí?». Y yo le dije: «No tengo la menor idea de qué
tipo de pájaro es». Él dijo: «Es un tordo de garganta marrón», o algo así; «tu
padre no te cuenta nada». Pero era todo lo contrario: mi padre me había
enseñado. Mirando a un pájaro decía: « ¿Sabes qué pájaro es ese? Es un tordo de
garganta marrón; pero en portugués es un… en italiano un…», decía, «en chino es
un…, en japonés un…», etc. «Ahora sabes qué nombre tiene ese pájaro en todos los
idiomas que quieras —decía—, pero cuando hayas acabado con eso no sabrás
absolutamente nada sobre el pájaro. Solo sabrás cómo llaman al pájaro los seres
humanos de diferentes lugares. Ahora —concluía—, miremos al pájaro».
Me había enseñado a fijarme en las cosas. Un día estaba yo jugando con lo que
llamamos un vagón exprés, que es un vagón pequeño que va por un raíl circular
para que los niños jueguen tirando de él. Tenía dentro una bola —lo recuerdo
bien— y me fijé en un detalle del movimiento de la bola, así que le dije a mi
padre: «Papá, he notado algo: cuando tiro del vagón la bola rueda hacia la
parte trasera, y cuando estoy tirando y de repente dejo de hacerlo, la bola
rueda hacia la parte delantera —y añadí—: ¿por qué pasa eso?». Él me dijo: «Nadie
lo sabe. Hay un principio general que dice que las cosas que están en
movimiento tratan de seguir en movimiento, y las cosas que están en reposo
tienden a permanecer en reposo a menos que ejerzas una fuerza sobre ellas. —Y
concluyó—: Esta tendencia se llama inercia pero nadie sabe por qué es verdad».
Eso es un conocimiento profundo: él no me dio un nombre, él sabía la diferencia
entre saber el nombre de algo y saber algo, y yo lo aprendí muy pronto. Siguió
diciendo: «Si te fijas bien verás que no es la bola la que rueda hacia la parte
trasera del vagón, sino que es la parte trasera del vagón del que tú estás
tirando la que avanza hacia la bola; verás que la bola sigue quieta o que quizá
empieza a moverse debido a la fricción, pero en realidad se mueve hacia delante
y no hacia atrás». Así que volví corriendo al vagón, puse la bola de nuevo,
tiré del vagón y miré de lado, y vi que él tenía razón: la bola nunca se movía
hacia atrás en el vagón cuando yo tiraba del vagón hacia delante. Se movía
hacia atrás con respecto al vagón, aunque se movía ligeramente hacia delante
con respecto al suelo, simplemente [porque] el vagón la arrastraba con él. Así
es como me educó mi padre, con este tipo de ejemplos y discusiones, sin
presiones, solo con agradables e interesantes discusiones.
§. Álgebra para el hombre práctico
Mi primo, que tenía tres años más que yo, estaba en el instituto de enseñanza
secundaria; tenía bastantes dificultades con el álgebra y le habían puesto un
profesor particular, y a mí me permitían sentarme en un rincón mientras [risas]
el profesor trataba de enseñar álgebra a mi primo: problemas de esos de 2x más
algo. Entonces le dije a mi primo: « ¿Qué estás tratando de hacer? Sabes, le he
oído hablar de x». Él dijo: «Qué sabrás tú: 2x +
7es igual a 15, y estoy tratando de averiguar cuánto vale x».
«Quieres decir 4», le dije. Él dijo: «Sí, pero tú lo has hecho por aritmética,
y hay que hacerlo por álgebra». Por eso es por lo que mi primo nunca fue capaz
de hacer álgebra: porque no entendía cómo se suponía que tenía que hacerlo. No
había manera. Afortunadamente yo aprendí álgebra sin ir a la escuela y sabiendo
que la idea general consistía en averiguar cuánto valía x y
que daba igual cómo lo hicieras; todo eso de hacerlo por aritmética o hacerlo
por álgebra era algo que se habían inventado en la escuela para que los niños
que tienen que estudiar álgebra puedan aprobarla. Se habían inventado un
conjunto de reglas tales que si uno las seguía mecánicamente podía llegar a la
respuesta: restar 7 de ambos miembros, si hay un factor común que multiplica
dividir ambos miembros por dicho factor, y todo eso, y una serie de pasos
mediante los que uno podía llegar a la respuesta aunque no entendiera lo que
estaba tratando de hacer.
Había una colección de libros de matemáticas que empezaba por Aritmética
para el hombre práctico, seguía con Álgebra para el hombre práctico,
y luego Trigonometría para el hombre práctico, y allí aprendí la
trigonometría para el hombre práctico. Pronto la olvidé porque no la entendía
muy bien, pero la colección continuaba y la biblioteca iba a adquirir el Cálculo
para el hombre práctico. En aquella época supe, por la lectura de la Enciclopedia,
que el cálculo infinitesimal era una materia importante y que debería
estudiarlo. Ahora era mayor, tenía quizá trece años; finalmente apareció el
libro de cálculo y yo estaba tan excitado que fui a la biblioteca a sacarlo y
la bibliotecaria me miró y dijo: «Pero ¡si solo eres un niño! ¿Qué haces
sacando este libro? Este libro es un [libro para adultos]». Aquella fue una de
las pocas veces en mi vida que me he sentido incómodo, y mentí y dije que era
para mi padre, que él lo había seleccionado. Así que lo llevé a casa y aprendí
en él el cálculo infinitesimal y traté de explicárselo a mi padre, pero él leyó
el principio y lo encontró confuso. Eso realmente me molestó un poco: yo no
sabía que él tuviese esa limitación, ya saben, que él no lo entendía; yo
pensaba que era relativamente sencillo y directo y él no lo entendía. Y
entonces me di cuenta por vez primera que en algo yo había aprendido más que
él.
§. Charreteras y el Papa
Una de las cosas que me enseñó mi padre además de física [risas], fuera
correcta o no, fue a tener una falta de respeto por lo respetable… por cierto
tipo de cosas. Por ejemplo, cuando yo era niño y por primera vez salió un
fotograbado en The New York Times, él me sentó en sus rodillas,
como solía hacer, abrió la página y allí había una foto del Papa con todo el
mundo inclinado ante él. Y él dijo: «Mira estos hombres. Aquí hay un hombre de
pie, y todos los demás están inclinados. ¿Cuál es la diferencia? Este es el
Papa. —Él odiaba al Papa en cualquier caso y decía—: la diferencia está en las
charreteras». No en el caso concreto del Papa, por supuesto, sino cuando aparecía
un general; pero siempre había un uniforme, una postura. «Este hombre tiene los
mismos problemas, come lo mismo que cualquier otro, va al baño, tiene los
mismos problemas que todo el mundo, es un ser humano. ¿Por qué se inclinan ante
él? Solo por su nombre y su posición, por su uniforme, no por algo especial que
él haya hecho, ni por su honor ni nada parecido». Dicho sea de paso, mi padre
se dedicaba al negocio de los uniformes, de modo que sabía cuál era la
diferencia entre un hombre sin uniforme y un hombre con uniforme: para él eran
el mismo hombre.
Él se sentía feliz conmigo, creo yo. Una vez, sin embargo, cuando regresé del
MIT —había permanecido allí algunos años— me dijo: «Ahora que te has instruido
en estas cosas, hay una pregunta que siempre me hice y que nunca entendí muy
bien; así que, ahora que tú lo has estudiado, me gustaría hacértela para que me
la expliques». Yo le pregunté de qué se trataba, y él dijo que entendía que
cuando un átomo hace una transición de un estado a otro emite una partícula de
luz llamada fotón. «Eso es correcto», dije. Y él replicó: «Bien, pero ¿está el
fotón en el átomo antes de salir, o no hay ningún fotón de entrada?». Contesto:
«No hay ningún fotón dentro; se produce precisamente cuando el electrón hace
una transición» y él pregunta: «Bien, ¿de dónde procede entonces, de dónde
sale?». No pude decirle simplemente que «La idea es que el número de fotones no
se conserva; los fotones se crean precisamente por el movimiento del electrón».
No pude explicarle algo parecido a esto: el sonido que hago ahora no estaba
dentro de mí. No es como mi hijo pequeño que cuando empezó a hablar dijo de
repente que ya no podía decir una determinada palabra —la palabra era «gato»—
porque en su bolsa de palabras se había agotado la palabra gato [risas]. Nadie
tiene dentro una bolsa de palabras que vaya gastando a medida que salen: uno
simplemente hace las palabras sobre la marcha; y en el mismo sentido no hay una
bolsa de fotones en un átomo, y cuando los fotones salen no vienen de ninguna
parte. Pero yo no pude hacerlo mucho mejor. Él no quedó satisfecho conmigo en
este aspecto porque yo nunca fui capaz de explicar ninguna de las cosas que él
no entendía [risas]. Así que él no tuvo éxito: me envió a todas estas
universidades para descubrir estas cosas y nunca las descubrió [risas].
§. Invitación a la bomba
[Mientras estaba trabajando en su tesis doctoral, Feynman fue invitado a
unirse al proyecto para el desarrollo de la bomba atómica]. Era algo
completamente diferente. Significaba que tendría que dejar la investigación que
estaba haciendo, que era el deseo de mi vida, y robar tiempo para dedicárselo a
esto que yo sentía que debía hacer para proteger a la civilización. ¿De
acuerdo? Así que tuve que debatir esto conmigo mismo. Mi primera reacción fue
que no quería interrumpir mi trabajo normal para hacer este otro trabajo
extraño. Por supuesto, también estaba el problema moral de todo lo implicado
con la guerra. Yo no tendría mucho que ver con esto, pero me asusté cuando me
di cuenta de cuál sería el arma, y comprendí que, puesto que podía ser posible,
debía ser posible. Por todo lo que yo sabía, si nosotros podíamos construirla,
ellos también podrían, y por lo tanto era muy importante tratar de cooperar.
[A comienzos de 1943 Feynman se unió al equipo de Oppenheimer en Los Álamos].
Respecto a las cuestiones morales, me gustaría decirles algo. La razón original
para poner en marcha el proyecto, que era que los alemanes constituían un
peligro, me involucró en un proceso que trataba de desarrollar este primer
sistema en Princeton y luego en Los Álamos; que trataba de hacer que la bomba
funcionase. Se habían hecho todo tipo de intentos por rediseñarla para hacer de
ella una bomba más potente y todo eso. Era un proyecto en el que todos
trabajamos muy duro, en cooperación. Y una vez que uno ha decidido hacer un
proyecto como este, sigue trabajando para conseguir el éxito. Pero lo que yo
hice —diría que de forma inmoral— fue olvidar la razón por la que dije que iba
a hacerlo; y así, cuando la derrota de Alemania acabó con el motivo original,
no se me pasó por la cabeza nada de esto, que este cambio significaba que tenía
que reconsiderar si iba a continuar en ello. Simplemente no lo pensé, ¿de
acuerdo?
§. Éxito y sufrimiento
[El 6 de agosto de 1945 la bomba atómica fue arrojada sobre Hiroshima].
La única reacción que recuerdo —quizá yo estaba cegado por mi propia reacción—
fue una euforia y una excitación muy grandes. Había fiestas y gente que bebía
para celebrarlo. Era un contraste tremendamente interesante: lo que estaba
pasando en Los Álamos y lo que al mismo tiempo pasaba en Hiroshima. Yo estaba
envuelto en esta juerga, bebiendo también y tocando borracho un tambor sentado
en el capó de un Jeep; tocando el tambor con excitación mientras recorríamos
Los Álamos al mismo tiempo que había gente muriendo y luchando en Hiroshima.
Experimenté una reacción muy fuerte y extraña después de la guerra —quizá por
la propia bomba y quizá por alguna otra razón psicológica, pues acababa de
perder a mi mujer— pero recuerdo que estaba en Nueva York con mi madre en un
restaurante, inmediatamente después [de Hiroshima], y estaba pensando en Nueva
York. Yo sabía el tamaño que tenía la bomba de Hiroshima, la gran superficie
que había destruido y todo eso, y me di cuenta de que allí donde estábamos —no
lo sé muy bien, quizá en la Calle 59— todo quedaría barrido si cayese una bomba
en la Calle 34, y todas estas personas morirían y todas las cosas serían
destruidas; y que no había solamente una bomba disponible sino que era fácil seguir
haciéndolas; y que, por consiguiente, estábamos condenados porque tuve la
sensación —muy temprana, mucho antes que otros que fueron más optimistas— de
que las relaciones internacionales y la forma en que la gente se estaba
comportando no eran diferentes de lo que habían sido antes y que todo iba a
seguir igual, y por eso estaba seguro de que esas armas iban a seguir
utilizándose muy pronto. Por ello me sentía muy incómodo y pensé, realmente lo
creí, que todo era estúpido: veía gente construyendo un puente y decía «no lo
entienden». Realmente creía que era absurdo hacer cualquier cosa porque todo
sería destruido muy pronto, pero ellos no lo entendían. Y yo tenía esta idea
muy extraña, y cuando veía cualquier construcción pensaba siempre que estaban
locos por tratar de hacer algo. De modo que caí realmente en una especie de
estado depresivo
§. «Yo no tengo que hacerlo bien porque ellos piensen que voy a hacerlo
bien»
[Después de la guerra Feynman se unió a Hans Bethe[3] en la Universidad de Cornell. Rechazó la oferta de
un trabajo en el Instituto de Estudios Avanzados en Princeton]. Ellos [debieron] pensar que yo recibiría
encantado una oferta de trabajo como esta, pero yo no estaba encantado, y así
comprendí un nuevo principio: que yo no soy responsable de lo que otras
personas piensen que puedo hacer, que no tengo que hacerlo bien porque ellos
piensen que voy a hacerlo bien. Y de un modo u otro pude relajarme y pensé para
mí que no había hecho nada importante y nunca iba a hacer nada importante. Pero
solía disfrutar de la física y las matemáticas, y puesto que solía jugar con ellas,
muy pronto desarrollé las cosas por las que más tarde gané el Premio Nobel[4].
§. El Premio Nobel: ¿valió la pena?
[Feynman ganó un Premio Nobel por su trabajo sobre electrodinámica cuántica].
Lo que hice en esencia —y también lo hicieron, independientemente, otras dos
personas [Sin-Itiro]Tomonaga en Japón y [Julian] Schwinger— fue imaginar la
forma de controlar, de analizar y discutir la teoría cuántica original de la
electricidad y magnetismo que había sido elaborada en 1928; cómo interpretarla
para evitar los infinitos, para hacer cálculos de los que se pudieran obtener
resultados razonables que luego han resultado estar en completo acuerdo con
todos los experimentos que se han hecho hasta ahora, de modo que la
electrodinámica cuántica encaja con los experimentos en todos los detalles
dentro de su marco de aplicación —cuando no haya implicadas fuerzas nucleares,
por ejemplo— y fue por ese trabajo que hice en 1947 para imaginar cómo hacerlo
por el que gané el Premio Nobel.
[BBC: ¿Valió la pena el Premio Nobel?] Tanto como un [risas]… no sé nada
sobre el Premio Nobel, no entiendo qué es o para qué sirve, pero si las
personas que hay en la Academia sueca deciden que x, y o z gana
el Premio Nobel, entonces así sea. No quiero tener nada que ver con el Premio
Nobel… es un grano en el… [risas]. No me gustan los honores. Lo aprecio por el
trabajo que hice, y por las personas que lo aprecian, y sé que hay muchos
físicos que utilizan mi trabajo. No necesito más, no creo que tenga más sentido
que ese. No veo qué importancia puede tener que alguien en la Academia sueca
decida que este trabajo es lo bastante bueno como para recibir un premio. Yo ya
he tenido mi premio. El premio está en el placer de descubrir, en la excitación
del descubrimiento, en observar que otras personas lo utilizan [mi trabajo]:
esas son cosas reales, los honores no son reales para mí. No creo en los
honores, eso me fastidia, los honores me fastidian, los honores son las
charreteras, los honores son los uniformes. Así es como me educó mi padre. No
puedo soportarlo, me duele.
Cuando estaba en el instituto de secundaria, uno de los primeros honores que
obtuve consistió en ser miembro de los Arista, que es un grupo de niños que
sacan buenas notas, ¿eh? Todo el mundo quería ser miembro de los Arista, y
cuando entré en los Arista descubrí que lo que hacían en sus reuniones era sentarse
y discutir quién más era digno de unirse a este maravilloso grupo que éramos
nosotros, ¿entienden? Así que nos sentábamos y tratábamos de decidir a quién se
iba a admitir en los Arista. Este tipo de cosas —los honores— me molesta
psicológicamente por alguna razón que yo mismo no puedo entender, y desde
entonces hasta hoy siempre me ha molestado. Cuando me convertí en miembro de la
Academia Nacional de Ciencias, tuve que renunciar finalmente porque era otra
organización que gastaba la mayor parte del tiempo en decidir quién era
suficientemente ilustre para unirse a ella, para que se le admitiera en nuestra
organización, incluyendo cuestiones tales como si los físicos deberíamos
unirnos porque hay un químico muy bueno al que ellos tratan de introducir y no
hay plazas suficientes y tal y tal. ¿Qué problema hay con los químicos? Todo
estaba podrido porque el objetivo principal era el decidir quién podría tener
este honor, ¿comprenden? No me gustan los honores.
§. Las reglas del juego
[Desde 1950 hasta 1988 Feynman fue profesor de física teórica en el
Instituto de Tecnología de California]. Una forma, una analogía divertida
para hacerse una idea de lo que estamos haciendo cuando tratamos de entender la
naturaleza, consiste en imaginar que los dioses están jugando una gran partida
de ajedrez, pongamos por caso, y nosotros no conocemos las reglas del juego.
Pero se nos permite mirar el tablero, al menos de vez en cuando, quizá en una
pequeña esquina, y a partir de estas observaciones tratamos de imaginar cuáles
son las reglas del juego, cuáles son las reglas para mover las piezas. Al cabo
de un tiempo podríamos descubrir, por ejemplo, que cuando hay solo un alfil en
el tablero, este alfil siempre se mueve por casillas del mismo color. Más
adelante podríamos descubrir que la ley para el movimiento del alfil consiste
en que este se mueve en diagonal, lo que explicaría la ley que descubrimos
antes —que el alfil estaba siempre en una casilla del mismo color— y eso sería
análogo a descubrir una ley y más adelante obtener una comprensión más profunda
de la misma. Luego pueden suceder cosas, todo va bien, hemos obtenido todas las
leyes, todo parece muy bien; y entonces, de repente, ocurre un fenómeno extraño
en algún rincón, así que empezamos a investigarlo: es un enroque, algo que no
esperábamos. Dicho sea de paso y en física fundamental siempre estamos tratando
de investigar aquellas cosas de las que no entendemos las conclusiones. Una vez
que las hemos puesto a prueba suficientemente, estamos conformes.
Lo que resulta más interesante es aquello que no encaja, la parte que no
procede según lo que uno esperaba. Además, podríamos tener revoluciones en
física: una vez que hemos advertido que los alfiles se mueven por casillas del
mismo color y se mueven en diagonal y así sucesivamente durante mucho tiempo, y
todo el mundo sabe que esto es verdad, entonces uno descubre repentinamente un
día en cierta partida de ajedrez que el alfil no sigue en una casilla del mismo
color, que ha cambiado de color. Solo más tarde descubrimos una nueva
posibilidad, que un alfil haya sido capturado y que un peón haya coronado para
dar lugar a un nuevo alfil (lo que puede suceder pero no lo sabíamos). Así que
esto se parece mucho a cómo son nuestras leyes: a veces parecen definitivas,
siguen funcionando y luego, de repente, algún truco muestra que eran erróneas y
entonces tenemos que investigar las condiciones en las que sucedió el cambio de
color de este alfil, y así sucesivamente. Y poco a poco aprendemos la nueva
regla que lo explica con mayor profundidad. Sin embargo, a diferencia del juego
de ajedrez, en el que las reglas se hacen más complicadas a medida que uno
avanza, en física todo parece más simple cuando uno descubre cosas nuevas.
Parece más complicado en conjunto porque abarcamos más —esto es, aprendemos
acerca de más partículas y más cosas nuevas— y por eso las leyes parecen
complicarse de nuevo. Pero si uno se fija bien, es algo maravilloso pues,
aunque extendamos nuestra experiencia a regiones cada vez más inexploradas, de
cuando en cuando obtenemos estas síntesis en las que todo encaja de nuevo en
algo unificado, en donde todo resulta ser más simple de lo que parecía antes.
Si ustedes están interesados en el carácter último del mundo físico, o del
mundo entero, nuestra única forma de comprenderlo por el momento es mediante un
razonamiento de tipo matemático. Por eso yo no creo que una persona pueda
apreciar por completo, ni siquiera que pueda apreciar mucho de estos aspectos
concretos del mundo y del carácter profundamente universal de las leyes y de
las relaciones entre las cosas, sin tener una comprensión de las matemáticas.
Yo no conozco otra forma de hacerlo, no conocemos ninguna otra forma de
describirlo con exactitud… o de ver las interrelaciones si no es con ellas. Así
que no creo que una persona que no haya desarrollado cierto sentido matemático
sea capaz de apreciar por completo este aspecto del mundo. No me
malinterpreten: existen muchísimos aspectos del mundo para los que las
matemáticas no son necesarias; aspectos tales como el amor, que son deliciosos
y maravillosos de apreciar y hacia los que se puede sentir temor y misterio. No
pretendo decir que lo único que hay en el mundo sea la física, pero ustedes
estaban hablando de física y si es de eso de lo que están hablando, entonces,
el no saber matemática es una grave limitación para entender el mundo.
§. Rompiendo átomos
Bien, en lo que estoy trabajando ahora en física es en un problema especial con
el que nos hemos encontrado. Voy a describir de qué se trata. Ustedes saben que
todo está hecho de átomos, ya hemos descubierto eso hace tiempo y la mayoría de
la gente ya sabe que el átomo tiene un núcleo rodeado de electrones. El
comportamiento de los electrones en el exterior es ahora completamente
[conocido]; se entienden bien las leyes para ello hasta donde podemos afirmar
en esta electrodinámica cuántica de la que les he hablado. Y una vez que eso se
desarrolló, entonces el problema era: ¿cómo funciona el núcleo, cómo
interaccionan las partículas, cómo se mantienen unidas? Uno de los productos
secundarios fue el descubrimiento de la fisión y la construcción de la bomba.
Pero la investigación de las fuerzas que mantienen unidas a las partículas
nucleares era una larga tarea. Al principio se pensaba que era un intercambio
de cierto tipo de partículas en el interior, llamadas piones, que fueron
inventadas por Yukawa, y se predijo que si haces chocar protones —el protón es
una de las partículas del núcleo— contra un núcleo, entonces golpeas en estos
piones y, con toda seguridad, salen tales partículas.
No solo salían piones, sino también otras partículas, y empezábamos a agotar
los nombres: kaones y sigmas y lambdas y todo eso; ahora se denomina a todos
hadrones. Y a medida que aumentábamos la energía de la reacción obteníamos cada
vez más tipos diferentes, hasta que había cientos de tipos de partículas
diferentes; entonces el problema, por supuesto —este periodo dura de 1940 a
1950, hasta hoy—, era encontrar el esquema que había detrás de ello. Parecía
haber muchas relaciones y muchas pautas interesantes entre las partículas,
hasta que se desarrolló una teoría para explicar estas pautas: que todas estas
partículas estaban hechas realmente de alguna otra cosa, que estaban hechas de
objetos llamados quarks —tres quarks, por ejemplo, formaban un protón— y que el
protón es una de las partículas del núcleo; otra es un neutrón. Hay diferentes
variedades de quarks: de hecho, al principio solo se necesitaban tres para
explicar todos los centenares de partículas y los diferentes tipos de quarks
(se llamaban tipo-u, tipo-d, tipo-s). Dos quarks u y un quark d forman un
protón, dos quarks d y un quark u forman un neutrón. Si se movieran de un modo
diferente en el interior formarían otra partícula. Entonces surgió el problema:
¿cuál es exactamente el comportamiento de los quarks y qué es lo que les
mantiene unidos? Y se ideó una teoría que es muy sencilla, una analogía muy
estrecha con la electrodinámica cuántica —no exactamente igual pero muy
parecida— en la que los quarks son los análogos del electrón y las partículas
denominadas gluones son los análogos de los fotones que se intercambian entre
los electrones y dan lugar a las fuerzas eléctricas. Las matemáticas eran muy
similares aunque hay algunos términos ligeramente diferentes. La diferencia en
la forma de las ecuaciones que se conjeturaron residía en que dichas conjeturas
estaban guiadas por principios de belleza y simplicidad tales que no son
arbitrarias sino que están casi completamente determinadas. Lo que es
arbitrario es cuántos tipos diferentes de partículas existen, pero no el
carácter de la fuerza entre ellas.
Ahora hay una diferencia con la electrodinámica, en la que dos electrones
pueden ser separados tanto como uno quiera; de hecho, cuanto más separados
están, más débil es la fuerza. Si esto fuera verdad para los quarks, uno
esperaría que cuando se hicieran chocar objetos con energía suficiente tendrían
que salir quarks. Pero lo que sucede, por el contrario, es que cuando se hace
un experimento con la energía suficiente para que pudieran salir quarks, lo que
se encuentra en su lugar es un gran chorro; es decir, todas las partículas
salen en la misma dirección que los viejos hadrones, pero no salen quarks. Y a
partir de la teoría estaba claro que lo que se necesitaba era que, en cuanto se
producen los quarks, se formen estos nuevos pares de quarks, se unan en
pequeños grupos y formen hadrones.
La pregunta es: ¿por qué esto es tan diferente de lo que sucede en
electrodinámica, cómo es posible que estas pequeñas diferencias, estos pequeños
términos que son diferentes en la ecuación produzcan efectos tan diferentes,
efectos completamente diferentes? De hecho, tan sorprendente resultaba para
casi todo el mundo que esto se produjera que al principio se pensó que la
teoría era falsa, pero cuanto más se estudiaba más clara resultaba la
posibilidad de que estos términos extra produjeran estos efectos. Ahora estamos
en una situación que es diferente de cualquier otra en la historia de la
física, es totalmente diferente. Tenemos una teoría, una teoría completa y
definida de todos estos hadrones, y tenemos un número enorme de experimentos y
montones y montones de detalles, de modo que ¿por qué no podemos poner a prueba
ya la teoría y descubrir si es correcta o falsa? Porque lo que tenemos que
hacer es calcular las consecuencias de la teoría. ¿Qué debería suceder si esta
teoría es correcta? ¿Y qué es lo que ha sucedido? Bien, esta vez la dificultad
está en el primer paso. Si la teoría es correcta, lo que debería suceder es muy
difícil de calcular. Las matemáticas necesarias para calcular cuáles son las
consecuencias de esta teoría han resultado ser, por el momento, de una
dificultad insuperable. Por el momento, ¿de acuerdo? Y entonces es obvio cuál
es mi problema: mi problema es tratar de desarrollar una forma de obtener
números de esta teoría, de ponerla a prueba con mucho detalle, y no solo
cualitativamente, para ver si podría dar el resultado correcto.
He pasado algunos años tratando de inventar matemáticas que me permitieran
resolver las ecuaciones, pero no llegué a ninguna parte, y entonces decidí que
para hacerlo debo comprender primero qué aspecto aproximado va a tener la
respuesta. Es difícil explicar esto muy bien, pero tenía que hacerme una idea
cualitativa de cómo funciona el fenómeno antes de que pudiera hacerme una buena
idea cuantitativa. En otras palabras, la gente ni siquiera comprendía
aproximadamente cómo funcionaba, y por eso he estado trabajando recientemente,
en el último o en los dos últimos años, en entender aproximadamente cómo funciona,
no todavía de una forma cuantitativa, con la esperanza de que en el futuro esa
comprensión aproximada pueda refinarse en una herramienta matemática precisa,
en una forma o algoritmo para ir de la teoría a las partículas. Ya ven que
estamos en una posición divertida: no es que estemos buscando la teoría,
tenemos la teoría —una candidata muy buena— pero estamos en ese paso de la
ciencia en que necesitamos comparar la teoría con los experimentos, ver cuáles
son las consecuencias y comprobarlas. Estamos atascados en ver cuáles son las
consecuencias, y mi objetivo, mi deseo, es ver si yo puedo desarrollar una
forma de calcular cuáles son las consecuencias de esta teoría [risas]. Es una
situación para volverse loco, tener una teoría de la que no puedes desarrollar
las consecuencias de… no puedo soportarlo, tengo que entenderlo. Algún día,
quizá.
§. «Que lo haga George»
Para hacer un trabajo realmente bueno en física necesitas mucho tiempo, porque
cuando estás reuniendo ideas que son vagas y difíciles de recordar, eso es muy
parecido a construir un castillo de naipes y cada uno de los naipes es frágil,
y si olvidas uno de ellos todo se viene abajo. No sabes cómo llegaste allí y
tienes que construirlo de nuevo, y si te interrumpen olvidas cómo se unieron
los naipes. Tus naipes son partes de tipos diferentes de ideas, partes que hay
que juntar para construir la idea general. Tú pones todo junto, es una torre y
es fácil que se venga abajo, hace falta un montón de concentración —esto es,
mucho tiempo para pensar— y si te han asignado un trabajo de administración o
algo parecido, entonces no tienes el tiempo necesario. Así que yo me he
inventado otro mito: el de que soy irresponsable. Digo a todo el mundo que no
voy a hacer nada. Si alguien me pide que esté en un comité para ocuparme de las
admisiones, digo que no, que yo soy irresponsable y me importan un bledo los
estudiantes —por supuesto que sí me importan los estudiantes, pero sé que otro
lo hará— y adopto la postura «Que lo haga George», una postura que se supone que
no vas a adoptar porque no está bien hacerlo, pero yo lo hago porque me gusta
hacer física y quiero ver si aún puedo hacerla, así que soy egoísta, ¿de
acuerdo? Yo quiero hacer mi física.
§. Aburrido de la historia
Todos esos estudiantes están en el aula; ahora ustedes me preguntan: ¿Cuál
sería la mejor forma de enseñarles? ¿Debería enseñarles desde el punto de vista
de la historia de la ciencia, o partiendo de las aplicaciones? Mi teoría es que
la mejor forma de enseñar es no tener ninguna filosofía, ser caótico y
mezclarlo todo en el sentido de que uno utiliza todas las formas posibles de
hacerlo. Esa es la única forma en que puedo ver una respuesta, enganchar a este
o aquel muchacho con ganchos diferentes sobre la marcha, pues mientras el
alumno que está interesado en la historia se está aburriendo con las
matemáticas abstractas, aquel a quien le gustan las abstracciones se está
aburriendo con la historia; si consigues que no se aburran todos, todo el
tiempo, mejor que mejor. Realmente yo no sé cómo hacerlo. No sé cómo responder
a esta cuestión de los diferentes tipos de mentes con diferentes tipos de
intereses: no sé qué es lo que les engancha, lo que les hace interesarse, no sé
cómo guiarles para que se interesen. Una forma es recurrir a la imposición, tú
tienes que superar este curso, tienes que pasar este examen. Es una forma muy
efectiva. Mucha gente pasa así por la escuela y quizá sea una forma efectiva.
Lo siento: después de muchos, muchísimos años de tratar de enseñar y tratar
todo tipo de métodos diferentes, realmente no sé cómo hacerlo.
§. De tal palo, tal astilla
Cuando yo era un muchacho disfrutaba mucho cuando mi padre me contaba cosas, de
modo que traté de contar a mi hijo cosas interesantes acerca del mundo. Cuando
él era muy pequeño solíamos llevarle a la cama, ya saben, y contarle historias,
y yo inventé una historia acerca de unas personas pequeñas que merodeaban por
allí, [que] iban a picnics y todo eso y vivían en el ventilador; y atravesaban
unos bosques con unos objetos largos y azules parecidos a árboles, pero sin
hojas y solo con un tronco, y tenían que andar entre ellos y cosas así; y él
poco a poco comprendió que eso era la alfombra, el pelo de la alfombra, la
alfombra azul, y a él le encantaba este juego porque yo describía todas estas
cosas desde un punto de vista singular y le gustaba oír las historias. Pasaban
todo tipo de cosas maravillosas: incluso había una cueva húmeda donde el viento
entraba y salía; entraba frío y salía caliente y todo así. Resulta que estaban
dentro de la nariz del perro, y entonces yo podía hablarle de la fisiología y
todo eso. A él le gustaba y así le conté montones de cosas; y yo disfrutaba
porque le estaba contando cosas que me gustaban y nos divertíamos cuando él
conjeturaba lo que pasaba y todo eso. Luego tuve una hija e intenté lo mismo
con ella. Pues bien, la personalidad de mi hija era diferente: ella no quería
oír esta historia, quería que le repitiera de nuevo la historia que estaba en
el libro, y que se la leyera otra vez. Ella quería que le leyera, no que
inventara historias; tiene una personalidad diferente. Y por eso, si dijera que
un buen método para enseñar ciencia a los niños consiste en inventar estas
historias de personas pequeñas, tendría que decir también que eso no funciona
en absoluto en el caso de mi hija —pero resulta que funcionó con mi hijo—, ¿de
acuerdo?
§. «Ciencia que no es una ciencia…»
Debido al éxito de la ciencia, existe, pienso yo, un tipo de pseudociencia. Las
ciencias sociales son un ejemplo de una ciencia que no es ciencia. No hacen
[cosas] de forma científica, solo siguen las formas: recogen datos, hacen esto
y aquello y todo lo demás, pero no llegan a ninguna ley, no han descubierto
nada. No han llegado a ninguna parte todavía; quizá lleguen algún día, pero
todavía no están muy desarrolladas, lo que sucede está en un nivel todavía más
trivial. Tenemos expertos en todo que parece que fueran expertos científicos.
No son científicos, se sientan ante una máquina de escribir y dicen algo
parecido a «el alimento producido con fertilizante orgánico es mejor para usted
que el alimento producido con fertilizante inorgánico»; quizá sea cierto o
quizá no, pero no ha sido demostrado ni en un sentido ni en el otro. Pese a
todo, siguen sentados ahí delante de la máquina de escribir como si fuera
ciencia y entonces se convierten en expertos en alimentos, alimentos orgánicos
y todo eso. Hay todo tipo de mitos y pseudociencia por todas partes.
Quizá yo esté equivocado y quizá ellos sepan todas estas cosas, aunque yo no
creo que esté equivocado. Ya ven, tengo la ventaja de haber descubierto lo duro
que es llegar a conocer algo realmente, cuánto cuidado hay que poner en
comprobar los experimentos, qué fácil es cometer errores y engañarse a uno
mismo. Yo sé lo que significa saber algo, y por eso cuando veo cómo obtienen
ellos su información no puedo creer que ellos lo sepan, no han hecho el trabajo
necesario, no han hecho las comprobaciones necesarias, no han puesto el cuidado
necesario. Tengo grandes sospechas de que no saben nada, que esto es [falso] y
ellos están intimidando a la gente. Así lo creo. No conozco muy bien el mundo
pero eso es lo que yo creo.
§. Duda e incertidumbre
Si ustedes esperan que la ciencia dé respuestas a todas las preguntas
maravillosas acerca de quiénes somos, a dónde vamos, cuál es el significado del
universo y todo eso, creo que podrían desilusionarse fácilmente y buscar alguna
respuesta mística a estos problemas. Yo no sé cómo un científico puede adoptar
una respuesta mística porque la idea general es comprender; bien, no importa.
En cualquier caso, yo no lo entiendo, pero en cualquier caso si uno piensa en
ello, lo que yo creo que estamos haciendo es que estamos explorando, estamos
tratando de descubrir tanto como podamos del mundo. La gente me dice: « ¿Está
usted buscando las leyes últimas de la física?». No, no estoy haciendo eso,
simplemente estoy tratando de descubrir más sobre el mundo; y si resulta que
hay una simple ley última que explique todo, así sea, eso sería muy bonito de
descubrir.
Si resulta que es como una cebolla con millones de capas y nosotros simplemente
estamos hartos y cansados de buscar en las capas, entonces así es. Pero
cualquiera que sea su naturaleza, está allí y va a mostrarse como es; y, por
consiguiente, cuando vamos a investigarla no deberíamos decidir por adelantado
qué es lo que estamos tratando de hacer excepto que tratamos de descubrir más
sobre ello. Si uno dice que su problema es tal, porque descubre más sobre ello,
si uno piensa que está tratando de descubrir más sobre ello porque así va a
obtener una respuesta a alguna cuestión filosófica profunda, quizá está
equivocado. Pudiera ser que no pueda obtenerse una respuesta a esa pregunta
concreta por más cosas que descubramos sobre el carácter de la naturaleza, pero
yo no lo veo así. Mi interés en la ciencia consiste simplemente en descubrir
cosas sobre el mundo, y cuanto más descubro más me gusta descubrir.
Hay misterios muy notables en el hecho de que seamos capaces de hacer muchas
más cosas de lo que los animales pueden hacer aparentemente, y otras cuestiones
similares, pero esos son misterios que quiero investigar sin saber la respuesta
a ellos. Y por eso tampoco puedo creer en esas historias especiales que se han
construido sobre nuestra relación con el universo en general, porque parecen
demasiado simples, demasiado hilvanadas, demasiado locales, demasiado
provincianas. La Tierra, Él vino a la Tierra, una de las personas de Dios vino
a la Tierra, imagínenselo y miren lo que hay ahí fuera. No está en proporción.
En cualquier caso, no sirve de nada discutir, yo no puedo discutirlo, solo
estoy tratando de decirles por qué las ideas científicas que yo tengo tienen
algún efecto en mi creencia. Y hay otra cosa que tiene que ver con la cuestión
de cómo descubres si algo es verdad; y si todas las religiones diferentes
tienen teorías diferentes sobre eso mismo, entonces empiezas a hacerte
preguntas. Una vez que uno empieza a dudar, como se supone que lo hace, ustedes
me preguntan si la ciencia es verdad. Uno dice no, no sabemos si es verdad,
estamos tratando de descubrir y posiblemente todo sea falso.
Empezamos a entender la religión diciendo que posiblemente todo es falso.
Veamos. En cuanto haces eso, empiezas a deslizarte por una pendiente que es
difícil de remontar, y así sucesivamente. Con la visión científica, o la visión
de mi padre, lo que deberíamos mirar es lo que es cierto y lo que puede ser o
puede no ser cierto, una vez que empiezas a dudar. Pienso que esto es una parte
muy fundamental de mi espíritu, dudar y preguntar, y cuando dudas y preguntas
se hace un poco más difícil creer.
Ya ven cómo es la cosa, yo puedo vivir con duda e incertidumbre y sin saber.
Pienso que es mucho más interesante vivir sin saber que tener respuestas que
pudieran ser falsas. Yo tengo respuestas aproximadas y creencias posibles y
grados diferentes de certeza sobre cosas diferentes, pero no estoy
absolutamente seguro de nada y hay muchas cosas de las que no sé nada, tales
como si significa algo preguntar por qué estamos aquí, y qué podría significar
la pregunta. Yo pensaría un poco sobre ello y si no puedo entenderlo, entonces
paso a otra cosa, pero no tengo que conocer una respuesta, no me siento
aterrorizado por no conocer las cosas, por estar perdido en un universo
misterioso carente de propósito, que así es realmente hasta donde yo alcanzo.
No me asusta.
Capítulo 2
Los computadores del futuro
Cuarenta años después del bombardeo atómico de
Nagasaki, Feynman, veterano del Proyecto Manhattan, pronuncia una conferencia
en Japón. Pero ahora se trata de un tema pacífico que sigue ocupando a nuestras
mentes más perspicaces: el futuro de los computadores, incluido el tema que
hizo de Feynman un Nostradamus de la ciencia de la computación: el límite
teórico inferior para el tamaño de un computador. Este capítulo puede
constituir un desafío para algunos lectores; no obstante, es una parte tan
importante de la contribución de Feynman a la ciencia que confío en que se
tomen el tiempo necesario para leerlo, incluso si tienen que saltarse los
puntos más técnicos. Termina con una breve explicación de una de las ideas
favoritas de Feynman, que impulsó la revolución actual en la nanotecnología.
Contenido:
§. Introducción
§. Computadores paralelos
§. Reducir la pérdida de energía
§. Reducir el tamaño
§. Preguntas y respuestas
§. Introducción
Es para mí un honor y un gran placer estar aquí como conferenciante en recuerdo
de un científico al que he respetado y admirado tanto como al profesor Nishina[5]. Venir a
Japón para hablar sobre computadores es como pretender darle un sermón a Buda.
Pero llevo algún tiempo pensando sobre computadores y este es el único tema que
se me ocurrió cuando se me invitó a hablar.
Lo primero que me gustaría decir es de lo que no voy a hablar. Quiero hablar
del futuro de los computadores. Pero no hablaré de los posibles desarrollos
futuros más importantes. Por ejemplo, hay un gran trabajo por hacer en el
desarrollo de máquinas más inteligentes, máquinas con las que podamos tener una
relación más fácil de modo que el input y el output puedan
lograrse con un esfuerzo menor que el que supone la compleja programación que
hoy es necesaria. A esto se le suele llamar inteligencia artificial, pero a mí
no me gusta ese nombre. Quizá las máquinas no inteligentes puedan hacerlo mejor
incluso que las inteligentes.
Otro problema es la estandarización de los lenguajes de programación. Hoy hay
demasiados lenguajes, y sería una buena idea escoger solo uno. (Dudo en
mencionar esto en Japón, pues lo que sucederá es sencillamente que aparecerán
más lenguajes estándar: ustedes ya tienen ahora cuatro formas de escribir, y
los intentos por normalizar algo aquí dan como resultado aparente ¡más normas
estándar y no menos!).
Otro problema futuro interesante en el que vale la pena trabajar pero del que
no voy a hablar es el de los programas de depuración automática de errores.
Depurar significa corregir los errores en un programa o en una máquina, y es
sorprendentemente difícil corregir programas a medida que se van haciendo más
complicados.
Otra vía de mejora consiste en hacer máquinas físicas tridimensionales en lugar
de hacerlo todo en la superficie de un chip. Esto puede hacerse por etapas en
lugar de hacerlo todo de una vez: se pueden tener varias capas y luego añadir
muchas más capas con el paso del tiempo. Otro dispositivo importante sería uno
que pudiese detectar automáticamente elementos defectuosos en un chip; entonces
el chip se re cablearía automáticamente para evitar los elementos defectuosos. Actualmente,
cuando tratamos de hacer grandes chips se suelen producir fallos o defectos en
los mismos, y entonces desechamos el chip entero. Sería mucho más eficiente si
pudiéramos aprovechar la parte efectiva del chip. Menciono estas cosas para
decirles que soy consciente de cuáles son los problemas reales para las
máquinas del futuro. Pero de lo que quiero hablar ahora es simplemente de
algunas cosas técnica y físicamente válidas que, en teoría, pueden llevarse a
cabo de acuerdo con las leyes físicas. En otras palabras, me gustaría discutir
la propia maquinaria y no el modo en que utilizamos las máquinas.
Hablaré de algunas posibilidades técnicas para construir máquinas. Serán tres
temas. Uno es el de las máquinas de procesamiento paralelo, que pertenece al
futuro inmediato, casi actual, y que ahora empieza a desarrollarse. Más lejana
está la cuestión del consumo energético de las máquinas, que ahora se plantea
como una limitación, aunque realmente no lo es. Finalmente hablaré del tamaño.
Siempre es mejor construir máquinas más pequeñas, y la pregunta es: ¿hasta
dónde es posible, en teoría, seguir haciendo máquinas más pequeñas según las
leyes de la naturaleza? No discutiré cuáles de estas cosas aparecerán realmente
en el futuro. Eso depende de problemas económicos y problemas sociales, y no
voy a hacer conjeturas sobre estos.
§. Computadores paralelos
El primer tema se refiere a los computadores paralelos. Casi todos los
computadores actuales, los computadores convencionales, trabajan basados en un
diseño o una arquitectura ideada por Von Neumann[6], dividida en
una memoria muy grande que almacena toda la información, y una unidad central
que hace cálculos simples. Tomamos un número de este lugar de la memoria y un
número de aquel otro lugar, enviamos ambos números a la unidad aritmética
central para sumarlos, y luego enviamos la respuesta a algún otro lugar de la
memoria. Por consiguiente, hay efectivamente un procesador central que está
trabajando intensamente y a gran velocidad, mientras que la memoria entera está
allí como un fichero de acceso rápido que se usa muy raramente. Es obvio que si
hubiese más procesadores trabajando al mismo tiempo deberíamos ser capaces de
hacer cálculos con más rapidez. Pero el problema está en que alguien que
pudiera estar utilizando un procesador podría estar utilizando alguna
información de la memoria que algún otro necesita, y todo se hace muy confuso.
Por estas razones se ha dicho que es muy difícil tener muchos procesadores
trabajando en paralelo.
Se han dado algunos pasos en esta dirección en máquinas convencionales más
grandes llamadas «procesadores vectoriales». Cuando en ocasiones haya que hacer
exactamente el mismo paso en muchos puntos diferentes, quizá sea posible
hacerlos al mismo tiempo. Se confía en poder escribir programas regulares de la
forma ordinaria, y luego un programa intérprete descubrirá automáticamente
cuándo es conveniente utilizar esta posibilidad vectorial. Esta idea se utiliza
ya en el Cray y en los «supercomputadores» en Japón. Otro proyecto consiste en
tomar lo que de hecho es un buen número de computadores relativamente simples
(aunque no muy simples), y conectarlos todos juntos con una cierta estructura.
Entonces cada uno de ellos puede trabajar en una parte del problema. Cada uno
de ellos es realmente un computador independiente, y transferirá información a
los demás a medida que uno u otro la necesite. Este tipo de esquema se ha
utilizado en el Caltech Cosmic Cube, por ejemplo, y representa solo una entre
muchas posibilidades. Mucha gente está construyendo ahora máquinas semejantes. Otro
proyecto consiste en utilizar un número muy grande de procesadores centrales
muy simples distribuidos por toda la memoria. Cada uno de los procesadores
trabaja con solo una pequeña parte de la memoria y hay un complicado sistema de
interconexiones entre ellos. Un ejemplo de una máquina semejante es la
Connection Machine construida en el MIT. Tiene 64 000 procesadores y un sistema
de direccionamiento en el que cada grupo de 16 pueden hablar con otros 16, y
por lo tanto tiene 4000 posibilidades de conexión de direccionamiento.
Parece que algunos problemas científicos como la propagación de ondas en
determinado material serían muy fácilmente tratables por un procesamiento en
paralelo. Esto es así porque lo que sucede en una región del espacio en un
instante dado puede calcularse localmente y solo es necesario conocer las
presiones y las tensiones en volúmenes vecinos. Estas pueden calcularse
simultáneamente para cada volumen y estas condiciones de contorno pueden
transmitirse a los distintos volúmenes. Por eso es por lo que este tipo de
diseño funciona para problemas semejantes. Resulta que un gran número de
problemas de todo tipo pueden trabajarse en paralelo. En cuanto el problema es
lo bastante grande para que haya que hacer un montón de cálculos, la computación
paralela puede acortar enormemente el tiempo necesario para llegar a una
solución, y este principio no solo se aplica a problemas científicos.
¿Qué sucedió con el prejuicio que existía hace dos años en el sentido de que la
programación paralela es difícil? Resulta que lo que era difícil, casi
imposible, es tomar un programa ordinario e imaginar automáticamente la forma
de utilizar la computación paralela en dicho programa. En lugar de ello, hay
que empezar de cero con el problema, considerando que tenemos la posibilidad de
cálculo paralelo, y reescribir por completo el programa con una nueva
[comprensión de] lo que hay dentro de la máquina. No es posible utilizar
efectivamente los viejos programas. Deben reescribirse. Esto es una gran
desventaja para la mayoría de las aplicaciones industriales y ha encontrado una
resistencia considerable. Pero los grandes programas pertenecen normalmente a
científicos u otros programadores inteligentes, no funcionarios, a quienes les
gusta la ciencia de la computación y están dispuestos a empezar de cero y
reescribir el programa si pueden hacerlo más eficaz. De modo que lo que va a
suceder es que los programas difíciles, los muy grandes, serán los primeros en
ser reprogramados en la nueva forma por expertos, y luego todo el mundo tendrá
que adaptarse poco a poco; cada vez se programarán más programas de esa forma,
y los programadores tendrán simplemente que aprender la forma de hacerlo.
§. Reducir la pérdida de energía
El segundo tema del que quiero hablar es de la pérdida de energía en los
computadores. El hecho de que estos deban ser refrigerados es una limitación
aparente para los computadores más grandes: se gasta mucho esfuerzo en
refrigerar la máquina. Me gustaría explicar que esto es simplemente el
resultado de una ingeniería muy pobre y no es nada fundamental en absoluto.
Dentro del computador, cada fragmento mínimo de información es controlado por
un cable cuyo voltaje puede tener dos valores. Se denomina «un bit», y tenemos
que cambiar el voltaje del cable de un valor a otro y poner o quitar carga. Se
puede establecer una analogía con un sistema hidráulico: supongamos que tenemos
que llenar un recipiente con agua para alcanzar un nivel o vaciarlo para
alcanzar el otro nivel. Esto es simplemente una analogía; si a ustedes les
gusta más la electricidad pueden pensar de forma más precisa en términos
eléctricos. Lo que hacemos ahora es análogo, en el caso
Como Mr. Bennett ha explicado, esto es como llevar un automóvil que tiene que
ponerse en marcha encendiendo el motor y se para pisando el freno. Cada vez que
se enciende el motor y luego se pisa el freno, se pierde potencia. Una forma
diferente de disponer las cosas para un automóvil sería conectar las ruedas a
volantes inerciales. Entonces, cuando el automóvil se para el volante se
acelera, guardando así la energía que luego puede reutilizarse para poner de
nuevo en marcha el automóvil. El análogo a esto en el caso del agua sería tener
un tubo en forma de U con una válvula en el centro que conecta los dos brazos
de la U (véase la figura 2). Empezamos con el brazo derecho lleno y el brazo
izquierdo vacío, con la válvula cerrada. Si ahora abrimos la válvula, el agua
pasará al otro lado y podemos cerrar de nuevo la válvula en el momento preciso
para atrapar el agua en el brazo izquierdo. Ahora, cuando queramos proceder en
sentido contrario, abrimos de nuevo la válvula y el agua vuelve al otro lado y
la atrapamos otra vez. Habrá alguna pérdida y el agua no subirá a la misma
altura que antes, pero todo lo que tenemos que hacer es añadir un poco de agua
para compensar la pérdida: una pérdida de energía mucho menor que con el método
de llenado directo. Este truco utiliza la inercia del agua; el análogo de la
inercia en el caso de la electricidad es la inductancia. Sin embargo, con los
transistores de silicio que hoy utilizamos es difícil formar inductancia en los
chips. De modo que esta técnica no es especialmente práctica con la tecnología
actual.
Estos dos últimos dispositivos utilizan menos energía si van más lentos. Si
intentamos variar demasiado deprisa el nivel del suministro de agua, el agua
que hay en el tubo no puede seguir este ritmo y termina habiendo una gran caída
de nivel del agua. Así pues, para que el dispositivo funcione hay que proceder
lentamente. Análogamente, el esquema del tubo U no funcionará a menos que la
válvula central pueda abrirse y cerrarse en un tiempo menor que el tiempo que
necesita el agua para ir de un lado a otro del tubo en U. Así pues, mis
dispositivos deben ser más lentos: he ahorrado una pérdida de energía pero he
hecho los dispositivos más lentos. De hecho, el producto de la pérdida de
energía por el tiempo necesario para que opere el circuito toma un valor
constante. Pero en cualquier caso, esto resulta muy práctico porque el tiempo
característico del reloj es normalmente mucho mayor que el tiempo
característico del circuito con los transistores, y podemos utilizar eso para
reducir la energía. Además, si hiciéramos nuestros cálculos tres veces más
lentos, pongamos por caso, podríamos utilizar un tercio de la energía durante
un tiempo tres veces mayor, lo que supone una potencia disipada nueve veces
menor. Quizá esto valga la pena. Quizá con otro diseño que utilice las
computaciones en paralelo, o con otros dispositivos, podamos consumir un tiempo
un poco mayor que el que consumiríamos a la velocidad máxima del circuito, para
hacer una máquina más grande que sea práctica y de la que aún podríamos reducir
la pérdida de energía.
Para un transistor, la pérdida de energía
multiplicada por el tiempo necesario para operar es un producto de varios
factores (véase la figura 4):
1. La energía térmica proporcional a la
temperatura, kT.
2. La longitud del transistor entre emisor y colector,
dividida por la velocidad de los electrones internos; la velocidad térmica(√3kT/m)
3. La longitud del transistor medida en unidades del
recorrido libre medio entre colisiones de los electrones en el transistor.
4. El número total de los electrones que hay dentro
del transistor cuando está funcionando
Introduciendo valores apropiados para todos estos
números obtenemos que la energía utilizada hoy en los transistores está entre
mil millones y diez mil millones o más veces la energía térmica kT.
Cuando el transistor conmuta, utilizamos toda esa energía. Esta es una gran
cantidad de energía. Obviamente es una buena idea reducir el tamaño del
transistor. Acortamos la longitud entre emisor y colector, y podemos reducir el
número de los electrones y utilizar así mucha menos energía. Resulta además que
un transistor más pequeño es mucho más rápido, porque los electrones pueden
atravesarlo más rápidamente y se pueden hacer conmutaciones más rápidas. Por
todas estas razones, es una buena idea hacer el transistor más pequeño, y todo
el mundo está tratando siempre de hacerlo.
Pero supongamos que llegamos a una situación en la que el recorrido libre medio
es mayor que el tamaño del transistor; entonces descubrimos que el transistor
ya no funciona adecuadamente. No se comporta de la forma que esperábamos. Esto
me recuerda que hace años existía algo llamado la barrera del sonido. Se
suponía que los aviones no podían volar a una velocidad mayor que la del sonido
porque, si se diseñaban de la forma habitual y luego se intentaba introducir la
velocidad del sonido en las ecuaciones, las hélices no funcionarían y las alas
no se levantarían y nada funcionaría correctamente. Pero lo cierto es que los
aviones pueden ir más rápidos que la velocidad del sonido. Solo hay que saber
cuáles son las leyes correctas en las circunstancias correctas, y diseñar el
aparato con las leyes correctas. No podemos esperar que los viejos diseños
funcionen en nuevas situaciones. Pero nuevos diseños pueden
funcionar en nuevas situaciones, y yo afirmo que es
perfectamente posible construir sistemas de transistores o, más correctamente,
sistemas de conmutación y dispositivos de computación en los que las
dimensiones sean menores que el recorrido libre medio. Hablo, por supuesto, «en
teoría», y no estoy hablando de la fabricación real de tales dispositivos.
Discutamos por consiguiente lo que sucede si tratamos de hacer los dispositivos
tan pequeños como sea posible.
§. Reducir el tamaño
Mi tercer tema es el tamaño de los elementos de computación y ahora hablo de
una forma completamente teórica. Lo primero por lo que tendríamos que
preocuparnos cuando las cosas se hacen muy pequeñas es por el movimiento
browniano[7]: todo está
en continua agitación y nada permanece quieto. ¿Cómo podemos entonces controlar
los circuitos? Además, si un circuito funciona, ¿no tiene una probabilidad de
volver atrás accidentalmente? Si utilizamos dos voltios para la energía de este
sistema eléctrico, que es lo que utilizamos normalmente (véase la figura 5),
esto es, ochenta veces la energía térmica a temperatura ambiente (kT = 1/40
voltio) y la probabilidad de que algo vuelva atrás frente a una energía 80
veces superior a la térmica es igual a e, la base de los logaritmos
naturales, elevado a menos ochenta, o 10-43. ¿Qué quiere decir esto?
Si tuviéramos mil millones de transistores en un computador (que todavía no los
tenemos), todos ellos conmutando 1010 veces por segundo (un
tiempo de conmutación de una décima de nanosegundo), conmutando continuamente
durante 109 segundos, que son 30 años, entonces el número total
de conmutaciones en una máquina semejante sería de 1028. La
probabilidad de que uno de los transistores vuelva atrás es de solo 10-43,
de modo que en esos 30 años no se produciría ningún error debido a las
oscilaciones térmicas. Si a ustedes no les gusta eso, utilicen 2,5 voltios y
entonces la probabilidad se hace aún menor. Cualquier rayo cósmico que
atravesase accidentalmente el transistor provocaría un fallo real en un tiempo
mucho menor, así que no tenemos por qué ser más perfectos.
Sin embargo, se puede hacer mucho más y me gustaría remitirles a un artículo de
C. H. Bennett y R. Landauer, «Los límites físicos fundamentales de la
computación»[8], publicado
recientemente en Scientific American. Es posible construir un
computador en el que cada elemento, cada transistor, puede avanzar e invertirse
accidentalmente, y aun así el computador funcionará. Todas las operaciones en
el computador pueden ir hacia delante o hacia atrás. La computación procede
durante un rato en una dirección y luego se auto-deshace, se «descalcula»; y
luego sigue de nuevo hacia delante y así sucesivamente. Basta con tirar de ella
un poco para conseguir que el computador avance y concluya el cálculo, con solo
hacer un poco más probable que vaya hacia delante que vaya hacia atrás.
Es sabido que es posible hacer cualquier
computación juntando ciertos elementos simples como los transistores; o, si
queremos utilizar un lenguaje lógico más abstracto, algo llamado una puerta
NAND (NAND significa NOT-AND). Una puerta NAND tiene dos «cables» de entrada y
uno de salida (véase la figura 6). Olvidemos de momento el NOT. ¿Qué es una
puerta AND? Una puerta AND es un dispositivo cuya salida es 1 solo si ambos
cables de entrada son 1, y de lo contrario la salida es 0. NOT-AND significa lo
contrario, de modo que el cable de salida lee 1 (esto es, tiene el voltaje
correspondiente a 1) salvo cuando ambos cables de entrada lean 0 (esto es,
tengan el voltaje correspondiente a 0). La figura 6 muestra una pequeña tabla
de entradas y salidas para una puerta NAND semejante. A y B son
entradas y C es la salida. Si A y B son
ambas 1, la salida es 0, y en los demás casos es 1. Pero un dispositivo
semejante es irreversible: la información se pierde. Si yo solo conozco la
salida, no puedo recuperar la entrada. No cabe esperar que el dispositivo salte
hacia delante y luego retroceda y siga computando correctamente. Por ejemplo,
si sabemos que la salida es ahora 1, no sabemos si eso procedía de A =
0, B = 1 o de A = 1, B = 0 o
de A = 0, B = 0, y no se puede volver atrás.
Semejante dispositivo es una puerta irreversible.
El gran descubrimiento de Bennett e,
independientemente, de Fredkin consiste en que es posible hacer la computación
con un tipo diferente de puerta unidad fundamental, a saber, una puerta unidad
reversible. He ilustrado su idea con una unidad que podríamos llamar una puerta
NAND reversible. Tiene tres entradas y tres salidas (véase la figura 7). De las
tres salidas, dos, A’ y B’, son las mismas que dos
de las entradas, A y B, pero la tercera entrada
funciona de la manera siguiente: C’es la misma que C a
menos que A y B sean ambas 1, en cuyo caso
cambia cualquiera que sea C. Por ejemplo, si C es
1 cambia a 0, y si C es 0 cambia a 1 (pero estos cambios solo
ocurren si A y B son ambas 1). Si colocamos
dos de estas puertas seguidas, podemos ver que A y B pasarán,
y si C no cambia en ninguna de las dos, seguirá siendo la
misma. Si C cambia, cambia dos veces, así que sigue siendo la
misma. De modo que esta puerta puede invertirse y no se pierde información. Es
posible descubrir qué es lo que entró si uno sabe lo que salió.
Un dispositivo hecho enteramente con estas puertas hará cálculos si todo avanza
hacia delante. Pero aunque las cosas den pasos atrás y adelante durante un
cierto tiempo, pero a la larga avancen, seguirá operando correctamente. Si las
cosas vuelven atrás y luego siguen hacia delante, todo sigue estando bien. Es
muy parecido a lo que sucede con una partícula inmersa en un gas, que es
bombardeada por los átomos que la rodean. Normalmente una partícula semejante
no va a ninguna parte, pero basta con un pequeño tirón, un pequeño sesgo que
haga que la probabilidad de moverse en una dirección sea un poco mayor que la
de moverse en la otra, para que el objeto sufra una lenta deriva hacia delante
y viaje de un extremo al otro, a pesar del movimiento browniano al que está
sometido. Lo mismo hará nuestro computador siempre que apliquemos una fuerza de
arrastre que tire de él durante el cálculo. Aunque el cálculo no se haga de un
modo uniforme, un cálculo de este tipo, hacia delante y hacia atrás, acabará
finalmente la tarea. Como sucede con la partícula inmersa en el gas, si tiramos
de ella ligeramente perdemos muy poca energía, pero se necesita mucho tiempo
para que cruce de un lado a otro. Si tenemos prisa y tiramos más fuerte de
ella, entonces perdemos mucha energía. Lo mismo sucede con el computador. Si
somos pacientes y procedemos lentamente, podemos hacer que el computador
funcione con una pérdida prácticamente nula, menor incluso que k por
paso, cualquier cantidad tan pequeña como queramos si disponemos del tiempo
suficiente. Pero si tenemos prisa, debemos disipar energía, y una vez más es
cierto que el producto de la energía perdida para tirar del cálculo hasta su
conclusión multiplicada por el tiempo de que disponemos para hacer el cálculo
tiene un valor constante.
Con estas posibilidades en mente, veamos hasta qué
punto podemos reducir el tamaño de un computador. ¿Qué tamaño debe tener un
número? Todos sabemos que podemos escribir números en base 2 como cadenas de
«bits», siendo cada uno de estos un uno o un cero. Y el átomo siguiente podría
ser un uno o un cero, de modo que una pequeña cadena de átomos es suficiente
para guardar un número, un átomo por cada bit. (En realidad, puesto que un
átomo no puede tener más que dos estados, podríamos utilizar incluso un número
menor de átomos, ¡aunque uno por bit es suficientemente pequeño!). Así, por
puro placer intelectual, consideremos si podríamos construir un computador en
el que la escritura de bits sea de tamaño atómico, en el que un bit consista,
por ejemplo, en que el espín del átomo apunte hacia arriba, para 1, o hacia
abajo, para 0. Y entonces nuestro «transistor», que conmuta los bits en
diferentes lugares, correspondería a ciertas interacciones entre átomos que
cambiarían sus estados. El ejemplo más simple sería un tipo de interacción de
3-átomos que pudiese llegar a ser el elemento o puerta fundamental en un
computador semejante. Pero una vez más, el dispositivo no funcionará
correctamente si lo diseñamos con leyes adecuadas para objetos grandes. Debemos
utilizar las nuevas leyes de la física, leyes mecanocuánticas: las leyes que
son apropiadas para el movimiento atómico (véase la figura 8)
Por consiguiente, tenemos que preguntarnos si los
principios de la mecánica cuántica permiten una disposición de átomos en número
no mucho mayor que unas pocas veces el número de puertas en un computador
actual, y si tal disposición podría operar como un computador. Esto se ha
estudiado en teoría, y se ha encontrado un dispositivo semejante. Puesto que
las leyes de la mecánica cuántica son reversibles, debemos utilizar la idea de
Bennett y Fredkin de puertas lógicas reversibles. Cuando se estudia esta situación
mecanocuántica se encuentra que la mecánica cuántica no añade ninguna
limitación adicional a la que Mr. Bennett ha establecido a partir de
consideraciones termodinámicas. Hay por supuesto una limitación, una limitación
práctica en cualquier caso, y es que los bits deben ser del tamaño de un átomo
y un transistor debe tener 3 o 4 átomos. La puerta mecanocuántica que yo
utilicé tiene 3 átomos. (Yo no trataría de escribir mis bits en núcleos, sino
que esperaré a que el desarrollo tecnológico llegue a los átomos ¡antes de que
yo necesite ir más allá!). Esto nos deja simplemente con:
a. las limitaciones en tamaño al tamaño de los átomos;
b. los requisitos energéticos dependientes del tiempo,
como los calculados por Bennett;
c. una característica que no mencioné concerniente a
la velocidad de la luz: no podemos enviar señales más rápidas que la velocidad
de la luz.
Estas son las únicas limitaciones físicas que
conozco para los computadores.
Si de algún modo conseguimos construir un
computador de tamaño atómico, ello significaría que su dimensión, la
dimensión lineal, es entre mil y diez mil veces menor que la de los
chips minúsculos de los que disponemos ahora. Significa que el volumen del
computador es una 100.000 millonésima parte o 10-11 del volumen
actual, porque el volumen del «transistor» es menor en un factor 10-11 que
el de los transistores que construimos hoy. Los requisitos energéticos para un
solo conmutador son también once órdenes de magnitud más pequeños que la
energía hoy necesaria para conmutar el transistor, y el tiempo para hacer las
transiciones será al menos diez mil veces menor por cada paso de cálculo. Así
que hay mucho lugar para mejoras en el computador y dejo esto como un objetivo
a alcanzar por ustedes, gente práctica que trabaja en computadores. He
sobreestimado el tiempo que necesitaría Mr. Ezawa para traducir mis palabras, y
no tengo preparado nada más para decir hoy. ¡Gracias! Responderé a preguntas si
ustedes quieren.
§. Preguntas y respuestas
Usted mencionó que un bit de información puede ser almacenado en un átomo, y
yo me pregunto si usted puede almacenar esta misma cantidad de información en
un quark.
Sí. Pero no tenemos control sobre los quarks y eso sería una forma de trabajar
realmente impracticable. Quizá usted piensa que lo que he estado contando es
impracticable, pero yo no lo creo así. Cuando hablo de átomos, creo que algún
día seremos capaces de manejarlos y controlarlos de uno en uno. Habría tanta
energía implicada en las interacciones entre quarks que sería muy peligroso
manejarlos debido a la radiactividad y cosas así. Pero las energías atómicas de
las que estoy hablando nos son muy familiares en términos de energías químicas,
energías eléctricas, y con estos números estamos dentro del mundo de la
realidad, creo yo, por absurdo que pueda parecer por el momento.
Usted dijo que es mejor cuanto más pequeño sea el elemento de computación.
Pero, yo pienso que el equipo tiene que ser mayor, porque…
Quiere decir que su dedo es demasiado grande para presionar los botones. ¿No es
eso lo que quiere decir?
Sí, eso es.
Por supuesto, tiene razón. Yo estoy hablando de computadores internos, quizá
para robots u otros aparatos. Las vías de entrada y salida son algo a lo que no
me he referido, ya proceda la entrada de mirar fotografías, oír voces, o
presionar botones. Estoy hablando de cómo se lleva a cabo la computación en
teoría y no la forma que debería tomar la salida. Es verdad que los periféricos
de entrada y salida no pueden reducirse en la mayoría de los casos de forma
efectiva más allá de las dimensiones humanas. Ya es demasiado difícil pulsar
los botones con nuestros dedos en algunos computadores. Pero algunos problemas
de computación complicados, que necesitan horas y horas, podrían resolverse
rápidamente en máquinas muy pequeñas con bajo consumo de energía. Ese es el
tipo de máquinas en las que estoy pensando. No en las aplicaciones simples para
sumar dos números sino en cálculos complicados.
Me gustaría saber su método para transformar la información de un elemento a
escala atómica en otro elemento a escala atómica. Si usted utilizara una
interacción natural o mecanocuántica entre los dos elementos, entonces un
dispositivo semejante estaría muy próximo a la propia naturaleza. Por ejemplo,
si hacemos una simulación por computador, una simulación Monte Carlo para
estudiar fenómenos críticos, entonces su computador de escala atómica estaría
muy cerca del propio imán. ¿Cuáles son sus ideas sobre esto?
Sí. Todo lo que hacemos es naturaleza. Nosotros lo disponemos de una forma
adecuada a nuestros propósitos, para que haga un cálculo con un propósito. En
un imán existe algún tipo de relación, si usted quiere; hay algún tipo de
computación en curso, exactamente como la hay en el sistema solar, si así
queremos considerarlo. Pero quizá no fuera ese el cálculo que queremos hacer en
este momento. Lo que necesitamos construir es un dispositivo en el que podamos
cambiar los programas y hacerle computar los problemas que nosotros queremos
resolver, y no solo su propio problema como imán que ya tiene que resolver por
sí mismo. Yo no puedo utilizar el sistema solar como un computador a menos que el
problema que alguien me planteara consistiera precisamente en encontrar el
movimiento de los planetas, en cuyo caso todo lo que tengo que hacer es
observar. Sobre esto había un divertido artículo escrito en broma. En un futuro
lejano, aparece un «artículo» que discute un nuevo método de hacer cálculos
aerodinámicos: en lugar de utilizar los computadores complicados de su tiempo,
el autor inventa un sencillo dispositivo para soplar aire en torno al ala.
(¡Reinventa el túnel de viento!)
He leído recientemente en un artículo de prensa que las operaciones del
sistema nervioso en el cerebro son mucho más lentas que los computadores
actuales, y que la unidad en el sistema nervioso es mucho más pequeña. ¿Cree
usted que los computadores de los que nos ha hablado hoy tienen algo en común
con el sistema nervioso en el cerebro?
Existe una analogía entre el cerebro y el computador en cuanto que hay
aparentemente elementos que pueden conmutar bajo el control de otros. Los
impulsos nerviosos controlan o excitan otros nervios, de una forma que a menudo
depende de si entra o no más de un impulso; algo parecido a una puerta AND o su
generalización. ¿Cuál es la cantidad de energía utilizada en una célula del
cerebro para una de estas transiciones? Yo no conozco el número. El tiempo
necesario para hacer una conmutación en el cerebro es mucho mayor que en
nuestros computadores actuales, dejando aparte las fantasías de algún
conmutador atómico futuro, pero el sistema de interconexión del cerebro es
mucho más complicado. Cada nervio está conectado a miles de otros nervios,
mientras que cada transistor solo está conectado a otros dos o tres
transistores.
Algunas personas consideran la actividad del cerebro en acción y ven que en
muchos aspectos supera al computador actual, y en muchos otros aspectos el
computador nos supera a nosotros. Esto inspira a la gente para diseñar máquinas
que puedan hacerlo mejor. Lo que sucede a menudo es que un ingeniero tiene una
idea de cómo trabaja el cerebro (en su opinión) y entonces diseña una máquina
que se comporta de ese modo. Esta nueva máquina puede de hecho funcionar muy
bien. Pero debo advertirles que eso no nos dice nada sobre cómo funciona
realmente el cerebro, ni es necesario siquiera saberlo realmente para hacer un
computador muy capaz. No es necesario saber cómo baten sus alas los pájaros y
cómo están diseñadas las plumas para hacer una máquina voladora. No es
necesario entender el sistema de palancas en las patas de un leopardo —un
animal que corre mucho— para construir un automóvil con ruedas que vaya muy
rápido. Por lo tanto, no es necesario imitar en detalle el comportamiento de la
naturaleza para diseñar un dispositivo que pueda superar en muchos aspectos las
capacidades de la naturaleza. Es un tema interesante y me gusta hablar sobre
ello.
* * * *
Su cerebro es muy débil comparado con un
computador. Le daré una serie de números, uno, tres, siete… O mejor, ichi, san,
shichi, san, ni, go, ni, go, ichi, hachi, ichi, ni, ku, san, go. Ahora quiero
que usted me los repita. Un computador puede tomar decenas de miles de números
y repetirlos al revés, o sumarlos o hacer montones de cosas que nosotros no
podemos hacer. Por el contrario, si yo miro un rostro, puedo decir de una
ojeada quién es, si conozco a esa persona, o decir que yo no conozco a esa
persona. Aún no sabemos cómo hacer un computador que si le proporcionamos una
figura de un rostro pueda ofrecernos tal información, incluso si ha visto
muchos rostros y hemos tratado de enseñarle.
* * * *
Otro ejemplo interesante son las máquinas de jugar
al ajedrez. Es sorprendente que podamos hacer máquinas que juegan al ajedrez
mejor que casi todas las personas que hay en la sala. Pero lo hacen ensayando
muchas, muchísimas posibilidades. Si mueve aquí, entonces yo podría mover aquí,
y él puede mover allí, y así sucesivamente. Estas máquinas consideran todas las
alternativas y escogen la mejor. Los computadores consideran millones de
alternativas, pero un maestro de ajedrez, un ser humano, lo hace de forma
diferente. Él reconoce pautas. Solo considera treinta o cuarenta posiciones
antes de decidir el movimiento que va a hacer. Por esa razón, aunque las reglas
son más simples en Go, las máquinas que juegan al Go no son muy buenas, porque
en cada posición hay demasiadas posibilidades de movimiento y hay también
demasiadas cosas que comprobar y las máquinas no pueden ver con mucha
anticipación. Por eso, el problema de reconocer pautas y de qué hacer bajo
estas circunstancias es lo que los ingenieros informáticos (a ellos les gusta
llamarse científicos de computación) siguen encontrando muy difícil.
Ciertamente es una de las cosas importantes para los computadores del futuro,
quizá más importante que las cosas de las que he hablado. ¡Hacer una máquina
que juegue al Go de forma efectiva!
Creo que ningún método de computación sería fructífero a menos que le
proporcionásemos una especie de instrucciones para componer tales dispositivos
o programas. Yo creía que el artículo de Fredkin sobre lógica conservativa era
muy interesante, pero cuando me puse a pensar en la forma de hacer un programa
sencillo utilizando tales dispositivos, me quedé atascado, porque elaborar un
programa semejante es mucho más complejo que el propio programa. Creo que
fácilmente podríamos entrar en una especie de regresión infinita porque el
proceso de construir cierto programa sería más complejo que el propio programa
y, al tratar de automatizar el proceso, el programa de automatización sería
mucho más complejo y así sucesivamente, especialmente en este caso en que el
programa está integrado en lugar de estar separado como software. Creo que es
fundamental considerar las formas de composición.
Tenemos varias experiencias diferentes. No hay regresión infinita: se detiene
en un cierto nivel de complejidad. La máquina de la que Fredkin está hablando
en definitiva y aquella de la que yo estaba hablando en el caso mecanocuántico
son ambas computadores universales en el sentido de que pueden ser programados
para hacer diversas tareas. Esto no es un programa integrado. No están más
integrados que un computador ordinario en el que usted puede introducir
información —el programa es una parte de la entrada— y la máquina hace el
problema que se le asigna. Es integrado pero es universal, como un computador
ordinario. Estas cosas son muy inciertas pero yo encontré un algoritmo. Si
usted tiene un programa escrito para una máquina irreversible, un programa
ordinario, entonces yo puedo convertirlo en un programa para máquina reversible
mediante un esquema de traducción directa, que es muy poco eficiente y utiliza
muchos más pasos. Luego, en las situaciones reales, es posible que el número de
pasos sea mucho menor. Pero al menos sé que puedo tomar un programa con 2n pasos
que es irreversible y convertirlo en 3n pasos de una máquina
reversible. Eso son muchos más pasos. El que yo hice era muy poco eficiente,
puesto que no traté de descubrir la forma óptima sino solo una forma de
hacerlo. Yo no creo realmente que encontremos esta regresión de la que usted habla,
pero quizá tenga usted razón. No estoy seguro.
¿No estaremos sacrificando muchos de los méritos que estábamos esperando de
tales dispositivos, debido a que dichas máquinas reversibles son muy lentas? Yo
soy muy pesimista sobre este punto.
Son más lentas, pero son mucho más pequeñas. Yo no las hago reversibles a menos
que lo necesite. No tiene objeto hacer la máquina reversible a menos que uno
esté tratando de reducir la energía enormemente —mejor dicho, ridículamente—
porque con solo 80 veces kT la máquina irreversible funciona
perfectamente. Ese 80 es mucho menor que los actuales 109 o 1010 kT,
de modo que hay una mejora por hacer de al menos un factor 107 en
la energía, y ¡aún puede hacerse con máquinas irreversibles! Eso es verdad. Esa
es la forma correcta de proceder, por el momento. Yo me entretengo
intelectualmente por diversión, preguntando hasta dónde podríamos llegar en
teoría, no en la práctica, y entonces descubro que puedo llegar hasta una
fracción de un kT de energía y hacer las máquinas
microscópicas, atómicamente microscópicas. Pero para hacerlo, debo utilizar las
leyes físicas reversibles. La irreversibilidad aparece porque el calor se
reparte sobre un gran número de átomos y no puede ser recogido de nuevo. Cuando
hago la máquina muy pequeña, a menos que admita un elemento refrigerador con
montones de átomos, yo tengo que trabajar reversiblemente. Es probable que, en
la práctica, siempre prefiramos unir un pequeño computador a un gran pedazo de
plomo que contenga 1010 átomos (que es todavía muy pequeño), y
hacerlo así efectivamente irreversible. Por lo tanto, estoy de acuerdo con
usted en que en la práctica, durante mucho tiempo y quizá para siempre,
utilizaremos puertas irreversibles. Por otro lado, una parte de la aventura de
la ciencia está en tratar de encontrar una limitación en cualquier dirección y
extender la imaginación humana hasta donde sea posible. Aunque en cada periodo
ha parecido que una actividad semejante era absurda e inútil, a menudo resulta
que, al menos, no es inútil.
¿Existen limitaciones procedentes del principio de incertidumbre? ¿Existe
alguna limitación fundamental sobre la energía y el tiempo de reloj en su
esquema de máquina reversible?
Esa es una cuestión muy pertinente. No existe limitación adicional debida a la
mecánica cuántica. Uno debe distinguir cuidadosamente entre la energía perdida
o consumida irreversiblemente, el calor generado en la operación de la máquina
y el contenido energético de las partes móviles que podría extraerse de nuevo.
Existe una relación entre el tiempo y la energía que podría ser extraída de
nuevo. Pero esa energía que puede ser extraída de nuevo no es de ninguna
importancia o interés. Sería como preguntar si deberíamos o no añadir la mc2,
la energía en reposo, de todos los átomos que hay en el dispositivo. Yo solo
hablo de la energía perdida multiplicada por el tiempo, y entonces no hay
limitación. Sin embargo, es cierto que si usted quiere hacer un cálculo a una
velocidad extraordinariamente alta, entonces tiene que suministrar a la máquina
piezas que se muevan rápidamente y tengan energía, pero esa energía no se
pierde necesariamente en cada paso del cálculo; se recupera por inercia.
(Respuesta a ninguna pregunta): Con respecto a la cuestión de las ideas
inútiles me gustaría añadir algo más. Esperaba que ustedes me lo preguntasen,
pero no lo han hecho. Por eso, responderé en cualquier caso. ¿Cómo podríamos
hacer una máquina de dimensiones tan pequeñas que tengamos que colocar los
átomos en lugares especiales? Hoy no tenemos ninguna maquinaria con partes
móviles cuya dimensión sea extraordinariamente pequeña, en la escala de átomos
o cientos de átomos incluso, pero tampoco hay ninguna limitación física en
dicha dirección. No hay ninguna razón por la que, cuando depositamos el
silicio, incluso hoy, las piezas no puedan formar pequeñas islas de modo que
sean móviles. Podríamos también disponer pequeños chorros de modo que
pudiéramos lanzar las diferentes sustancias químicas sobre ciertos lugares.
Podemos hacer maquinaria que es extraordinariamente pequeña. Una maquinaria
semejante será fácil de controlar mediante el mismo tipo de circuitos
computadores que fabriquemos. En definitiva, de nuevo por diversión y placer intelectual,
podríamos imaginar máquinas tan minúsculas como de algunas micras de tamaño,
con ruedas y cables interconectados por conexiones de silicio, de modo que el
objeto en conjunto, un dispositivo muy grande, se mueva no con los torpes
movimientos de nuestras máquinas robustas actuales sino con el movimiento suave
del cuello de un cisne, que después de todo es un montón de máquinas pequeñas,
células interconectadas y controladas de una forma suave. ¿Por qué no podemos
hacer eso nosotros?
Capítulo 3
Los Álamos desde abajo
Y ahora, algo más ligero: joyas del Feynman
bromista (por no decir desvalijador[9]) metiéndose y saliendo de dificultades en Los
Álamos. Feynman violando aparentemente la regla de ninguna mujer en el
dormitorio de los hombres para hacerse con su propia habitación privada;
burlándose de los censores del campo; codeándose con grandes hombres como
Robert Oppenheimer, Niels Bohr y Hans Bethe. Y el impresionante privilegio de
ser el único hombre que observó directamente la primera explosión atómica sin
gafas protectoras, una experiencia que cambió a Feynman para siempre.
La halagadora presentación del profesor Hirschfelder es bastante inadecuada
para mi charla, que es «Los Álamos desde abajo». Lo que quiero decir con desde
abajo es que, aunque actualmente tengo cierta fama dentro de mi campo de
investigación, en aquella época yo no era famoso en absoluto. Ni siquiera tenía
el título de doctor cuando empecé con mi trabajo relacionado con el Proyecto
Manhattan[10]. Muchas de
las otras personas que les van a hablar sobre Los Álamos conocían a alguien en
algún escalón superior de la Administración o algo similar, personas
involucradas en la toma de grandes decisiones. Yo no tenía que tomar grandes
decisiones. Siempre estaba revoloteando por abajo de un lado a otro. No estaba
en el último nivel. Llegué a ascender unos pocos escalones, pero nunca fui una
de las personas de arriba. Por eso quiero que ustedes se coloquen en una
situación diferente de la citada en la introducción e imaginen simplemente a
este joven estudiante licenciado que todavía no tiene su título y está
trabajando en su tesis. Empezaré diciendo cómo entré en el proyecto y lo que me
sucedió luego. Eso es todo; simplemente lo que me sucedió durante el proyecto.
Estaba un día trabajando en mi despacho[11]cuando entró
Bob Wilson[12]. Estaba
trabajando… [risas] ¿Qué demonios pasa?, tengo todavía montones de cosas más
divertidas; ¿de qué se ríen ustedes? Bob Wilson entró y dijo que había recibido
fondos para hacer un trabajo que era secreto y que no debía contar a nadie,
pero iba a contármelo porque sabía que en cuanto yo supiera de qué se trataba,
vería que tenía que colaborar con él. Así que me habló del problema de separar
los diferentes isótopos del uranio. La finalidad última era hacer una bomba, y
tenía un proceso para separar los isótopos de uranio, que era diferente del que
se utilizó al final, y quería tratar de desarrollarlo. Me habló de ello y dijo:
«Hay una reunión…», y yo dije que no quería ir. Él dijo: «Muy bien, hay una
reunión a las tres, te veré allí». Le dije: «Está bien que me hayas contado el
secreto porque no voy a decírselo a nadie, pero no voy a ir». Así que volví a
trabajar en mi tesis durante tres minutos. Luego empecé a caminar de un lado a
otro y a pensar en el asunto. Los alemanes tenían a Hitler y la posibilidad de
desarrollar una bomba atómica era obvia, y la posibilidad de que la
desarrollasen antes de que lo hiciéramos nosotros era temible. Así que decidí
ir a la reunión de las tres. A las cuatro yo ya tenía una mesa en una
habitación y estaba tratando de calcular si este método concreto estaba
limitado por la corriente total que puede transportar un haz de iones, y todo
eso. No entraré en detalles. Pero tenía una mesa, y tenía papel, y estaba
trabajando tan duro como podía y tan rápido como puedo hacerlo. Los colegas que
estaban construyendo el aparato planeaban hacer el experimento allí mismo. Y
era como aquellas películas de animación en las que ves una pieza de la
maquinaria que va bruuup, bruuup, bruuuup. Cada vez que miraba la cosa había
crecido. Y lo que sucedía, por supuesto, era que todos los muchachos habían
decidido trabajar en esto y dejar las investigaciones que estaban haciendo en
ciencia pura. Toda la ciencia se interrumpió durante la guerra, excepto lo poco
que se hizo en Los Álamos. No tenía mucho de ciencia; era un montón de
ingeniería. Y cada uno de ellos estaba desmontando el equipo de su
investigación, y estaban reuniendo todo el equipamiento de diferentes
investigaciones para construir el nuevo aparato y hacer el experimento para
tratar de separar los isótopos de uranio. También yo interrumpí mi trabajo por
la misma razón. Es verdad que, cuando llevaba algún tiempo en ese trabajo, me
tomé unas vacaciones de seis semanas y acabé de escribir mi tesis. Obtuve mi
título justo antes de ir a Los Álamos, así que no estaba tan abajo como les
hice creer.
Una de las primeras experiencias que me resultó muy interesante en este
proyecto en Princeton fue la de conocer a grandes hombres. Yo nunca había
conocido antes a muchos grandes hombres. Pero había un comité de evaluación que
tenía que decidir qué camino íbamos a seguir, e iba a apoyarnos y ayudarnos en
definitiva a decidir qué método íbamos a seguir para separar el uranio. En este
comité de evaluación había hombres como Tolman, Smyth, Urey, Rabi y Oppenheimer,
y así sucesivamente. Y estaba Compton, por ejemplo. Una de las cosas que vi me
produjo una terrible conmoción. Yo estaba sentado allí con ellos porque
entendía la teoría de los procesos que estábamos tratando, y por eso me hacían
preguntas y luego las discutíamos. Entonces alguien hacía una observación, y
luego Compton, por ejemplo, exponía un punto de vista diferente, y tenía toda
la razón, era la idea correcta, y decía que ese debería ser el método. Otro
tipo decía: «Bien, quizá, existe esta otra posibilidad contraria que tenemos
que considerar. Hay otra posibilidad que tenemos que considerar». ¡Yo daba un
bote! ¡Debería decirlo de nuevo, Compton debería decirlo de nuevo! Así que todo
el mundo estaba en desacuerdo, todos daban vueltas alrededor de la mesa. Al
final Tolman, que era el presidente, dice: «Bien, después de oír todos estos
argumentos creo que es cierto que el argumento de Compton es el mejor de todos
y ahora tenemos que seguir adelante». Y fue muy chocante para mí ver que un
comité de hombres pudiera presentar un montón de ideas, considerando cada uno
de ellos un nuevo aspecto, y recordando lo que habían dicho los otros colegas
después de prestarles atención; y al final se tomaba una decisión sobre qué
idea era la mejor, resumiéndolo todo, sin tener que repetirlo tres veces, ¿ven
ustedes? Así que aquello supuso para mí una conmoción; eran realmente unos
grandes hombres.
Finalmente se decidió que no era este el procedimiento que se iba a seguir para
separar el uranio. Nos dijeron entonces que lo dejáramos, y que se iba a poner
en marcha en Los Álamos, Nuevo México, el proyecto que realmente llevaría a la
bomba, y que todos deberíamos ir allí para hacerla. Había experimentos que
realizar y trabajo teórico por hacer. Yo estaba en la parte teórica; el resto
de los colegas estaba en la parte experimental. La cuestión entonces era qué
hacer, porque teníamos este tiempo muerto desde que nos habían dicho que lo
dejáramos y Los Álamos todavía no estaba preparado. Bob Wilson quiso aprovechar
el tiempo enviándome a Chicago para averiguar todo lo que pudiera sobre la
bomba y sus problemas, para que pudiéramos empezar a construir en nuestro
laboratorio instrumental contadores de diversos tipos y todo eso, que pudiesen
sernos útiles cuando fuésemos a Los Álamos. Así que no se perdió el tiempo. Fui
enviado a Chicago con instrucciones de visitar a cada grupo, decirles que iba a
trabajar con ellos, hacer que me explicasen un problema hasta que yo conociese
suficientes detalles para que pudiese sentarme realmente y empezar a trabajar
en el problema; y tan pronto como lo consiguiera ir a otro tipo y preguntarle
por otro problema, y de esa forma yo entendería los detalles de todo. Era una
idea muy buena, aunque me remordía un poco la conciencia. Pero resultó, por
casualidad (tuve mucha suerte), que cuando uno de los tipos me explicó un
problema, yo le dije: « ¿Por qué no lo haces así?», y en media hora él lo había
resuelto, cuando habían estado trabajando en ello durante tres meses. Así que
¡algo hice! Cuando regresé de Chicago describí la situación a los colegas:
cuánta energía se liberaba, cómo iba a ser la bomba y todo eso. Recuerdo que un
amigo que trabajaba conmigo, Paul Olum, un matemático, vino después y me dijo:
«Cuando se haga una película sobre esto saldrá un tipo que vuelve de Chicago y
cuenta a los hombres de Princeton todo sobre la bomba, y él llevará un traje y
un maletín y todo eso; y tú estás aquí en mangas de camisa y contándonos todo
lo que hay». Pero en cualquier caso es algo muy serio, y por eso él apreciaba
la diferencia entre el mundo real y el de las películas.
Bueno, parece que seguía habiendo un retraso y Wilson fue a Los Álamos a
averiguar qué era lo que estaba retrasando las cosas y en qué punto estaban.
Cuando llegó allí encontró que la compañía constructora estaba trabajando muy
duro y había terminado el auditorio y algunos otros edificios porque sabían
cómo hacerlo, pero nadie les había dado instrucciones claras sobre cómo
construir un laboratorio —cuántas conducciones para el gas, cuántas para el
agua—, de modo que él simplemente se quedó allí y decidió cuánto para el agua,
cuánto para gas y todo eso, y les dijo que empezaran a construir los
laboratorios. Y luego regresó con nosotros —nosotros ya estábamos todos
preparados para ir, ven ustedes—, y Oppenheimer estaba teniendo dificultades
para discutir algunos problemas con Groves y nos estábamos impacientando. Por
lo que yo entendí desde la posición en que me encontraba, Wilson llamó entonces
a Manley en Chicago y ellos se reunieron y decidieron que iríamos allí en
cualquier caso, incluso si no estaba todo preparado. Así que todos fuimos a Los
Álamos antes de que estuviese preparado. Fuimos reclutados, dicho sea de paso,
por Oppenheimer y otras personas, y él fue muy paciente con todos: prestó
atención a los problemas de todo el mundo. Se preocupó de mi esposa que tenía
tuberculosis, y de si había un hospital allí cerca y todo eso; fue la primera
vez que tuve un encuentro con él de una forma tan personal; era un hombre
maravilloso. Nos dijeron entre otras cosas, por ejemplo, que debíamos tener
cuidado. Que no comprásemos nuestro billete de tren en Princeton porque
Princeton era una estación ferroviaria muy pequeña, y si todo el mundo compraba
billetes de tren para Albuquerque, Nuevo México, se levantarían sospechas de
que algo pasaba. Y por eso todo el mundo compró sus billetes en algún otro
lugar, excepto yo, porque imaginé que si todo el mundo compraba sus billetes en
algún otro lugar… Así que cuando fui a la estación y dije: «Quiero ir a Albuquerque,
Nuevo México», el empleado dijo: « ¡Oh, así que todo este material es
para usted!». Habíamos estado facturando cajones llenos de
contadores durante semanas y confiando en que ellos no advirtiesen que la
dirección era Albuquerque. Así que al menos expliqué cuál era la razón de que
estuviésemos enviando cajones allí: yo iba a Albuquerque.
Bien, llegamos con mucho adelanto y los edificios para los dormitorios y cosas
así no estaban listos. De hecho, ningún laboratorio estaba listo. Estábamos
empujándoles, presionándoles al llegar por adelantado. Iban como locos y
alquilaron ranchos en los alrededores. Así que al principio nos alojábamos en
un rancho e íbamos en coche por la mañana. La primera mañana que fui en coche
fue tremendamente impresionante; la belleza del escenario, para una persona del
Este que no viajaba mucho, era algo sensacional. Están los grandes barrancos;
ustedes han visto probablemente fotografías, no entraré en detalles.
Había mesas muy altas a las que se podía subir desde abajo y ver
estos grandes barrancos, y quedábamos muy sorprendidos. Lo más impresionante
para mí fue que, mientras subía, yo dije que quizá había indios que aún vivían
allí, y el tipo que conducía el coche se detuvo; se bajó del coche y caminó
hacia una esquina y ahí había cuevas de indios que se podían inspeccionar. De
modo que, en ese aspecto, era realmente excitante. Cuando llegué al enclave por
primera vez, vi la puerta: había un área técnica que se suponía que finalmente
estaría rodeada por una valla pero, puesto que todavía estaba en construcción,
seguía abierta. Luego se suponía que habría una ciudad y luego otra gran valla
más allá, alrededor de la ciudad. Mi amigo Paul Olum, que era mi ayudante,
estaba de pie con una tablilla controlando los camiones que entraban y salían y
diciéndoles a dónde tenían que ir para descargar los materiales en diferentes
lugares. Cuando entré en el laboratorio encontré a hombres a quienes conocía de
oídas por haber visto sus artículos en el Physical Review y
todo eso. Nunca antes me había encontrado con ellos. «Este es John Williams»,
dijeron. Se levantó un tipo que estaba ante una mesa cubierta de planos, con
las mangas remangadas, y que por una ventana ordenaba dónde debían ir los
camiones y los demás materiales necesarios para la construcción. En otras
palabras, asumimos el mando de la compañía constructora y acabamos el trabajo.
Los físicos, especialmente los físicos experimentales en estos primeros
momentos, no tenían nada que hacer hasta que estuviesen listos sus edificios y estuviesen
listos los aparatos, así que sencillamente construían o ayudaban a construir
los edificios. Se decidió que los físicos teóricos, por el contrario, no
vivirían en los ranchos sino que lo harían en las propias instalaciones puesto
que podían empezar a trabajar de inmediato. Así que empezamos a trabajar
inmediatamente, y eso significaba que teníamos una pizarra rodante, ya saben,
una pizarra sobre ruedas que uno puede empujar y llevar de un lado a otro, y
Serber nos explicaba todas las cosas que habían pensado en Berkeley sobre la
bomba atómica, física nuclear y todo eso, y no sé cuántas cosas más. Yo había
estudiado otro tipo de cosas. Y por eso tuve que trabajar mucho. Durante todo
el día estudiaba y leía, estudiaba y leía, y fue un tiempo muy ajetreado. Tuve
un poco de suerte. Por una casualidad, todos los grandes jefes —todos salvo
Hans Bethe— tuvieron que irse al mismo tiempo: Weisskopf tuvo que regresar al
MIT para corregir algo, Teller estaba fuera en ese preciso momento, y Bethe
necesitaba alguien con quien hablar y confrontar sus ideas. Bien, él vino a
hablar con este mequetrefe que tenía un despacho y empezó a argumentar, a
explicar su idea. Yo le repuse: «No, no. Está usted loco. Lo que sucederá será
esto». Y él respondió: «Un momento», y explicó por qué no estaba loco, y que el
loco era yo, y seguimos así. Ya ven, cuando oigo hablar de física solo pienso
en física y no sé a quién estoy hablando, y digo las mayores bobadas como «no,
no, estás equivocado, o estás loco»; pero resulta que eso era exactamente lo
que él necesitaba. Así que yo me apunté un tanto a cuenta de eso y terminé como
jefe de grupo, por debajo de Bethe y con cuatro tipos a mis órdenes.
Tuve un montón de experiencias interesantes con Bethe. El primer día que vino
teníamos una máquina de sumar, una Marchant de funcionamiento manual, y él va y
me dice: «Veamos, la presión —la fórmula en la que él había estado trabajando
incluía el cuadrado de la presión—; la presión es 48; el cuadrado de 48…». Yo
cojo la máquina: «Es aproximadamente 2300». Así que enchufo la máquina para
calcularlo exactamente y él me interrumpe. « ¿Quieres saber el valor exacto? Es
2304». Y así era: 2304. Así que le pregunté: « ¿Cómo lo hace?». Él declara: «
¿No sabes calcular los cuadrados de números próximos a 50? Si el número está
próximo a 50, por ejemplo 3 por debajo, entonces tomas 25 menos 3, que es 22,
lo multiplicas por 100 y le sumas el cuadrado de la diferencia. Por ejemplo,
con los 3 de diferencia obtienes que 47 al cuadrado es 2200 más 9: 2209. Simpático,
¿verdad?». Seguimos trabajando (él era muy bueno con la aritmética) y unos
instantes después teníamos que tomar la raíz cúbica de 2,5. Para calcular
raíces cúbicas se utilizaba una tabla con algunos números de prueba que se
introducían en la máquina calculadora que nos había dado la Compañía Marchant.
Así que (esto le llevó un poco más de tiempo, ¿saben?) abrí el cajón, saqué la
tabla y él sentencia: «1,35». Yo imaginé que había alguna forma de tomar las
raíces cúbicas de números próximos a 2,5, pero resulta que no es así. Le
pregunto: « ¿Cómo lo hace?». Y él me responde: «Bueno, tú sabes que el
logaritmo de 2,5 es tal y tal; entonces lo divides por 3 para tener el
logaritmo de la raíz cúbica. Ahora bien, yo sé que el logaritmo de 1,3 es este,
el logaritmo de 1,4 es… yo hago una interpolación entre los dos». Yo no podía
haber dividido nada por tres, y mucho menos… Así que él se sabía toda su
aritmética y era muy bueno en ella, y eso fue un desafío para mí. Seguí
practicando. Establecimos una pequeña competición. Cada vez que teníamos que
calcular algo hacíamos carreras para ver quién llegaba antes a la respuesta, él
y yo, y yo tenía que ganar; al cabo de varios años conseguí hacerlo, ya saben,
ganar alguna vez, quizá una de cada cuatro. Por supuesto, cuando uno tiene que
multiplicar 174 por 140, por ejemplo, se tiene que percatar de alguna propiedad
curiosa de los números. Uno advierte que 173 por 141 es aproximadamente cien
veces la raíz cuadrada de 3 multiplicado por cien veces la raíz cuadrada de 2,
que es diez mil veces la raíz cuadrada de 6, o diez mil por 2,45. Pero hay que
reparar en los números, ya ven, y cada cual reparará en ellos de una forma
diferente; nos divertíamos mucho.
Bien, como he dicho, cuando llegué allí por primera vez no estaban listos los
dormitorios, pero los físicos teóricos teníamos que alojarnos allí. El primer
lugar donde nos colocaron fue en el edificio de la vieja escuela, una escuela
para niños que hubo allí antes. El primer lugar en donde viví era algo llamado
módulo de mecánica; estábamos todos amontonados en literas y todo eso, pero no
estaba muy bien organizado y Bob Christie y su mujer tenían que ir al baño cada
mañana cruzando nuestro dormitorio. Así que era muy incómodo.
El siguiente lugar a donde nos trasladamos era algo llamado la Casa Grande,
cuya segunda planta rodeaba a un patio central, y allí estaban pegadas todas
las camas una junto a otra, a lo largo de la pared. En el piso de abajo había
un gran tablón donde decía qué número tenía tu cama y en qué cuarto de baño
tenías que cambiarte. Y bajo mi nombre se leía «Baño C», ¡y no había número de
cama! Así que yo estaba bastante enfadado. Por fin se construye la residencia.
Voy allí para ver cómo se han asignado las habitaciones y me dicen: «Ahora
puedes elegir tu habitación». Traté de escoger una; ¿saben lo que hice?: me
fijé en dónde estaba el dormitorio de las chicas y escogí una cama desde la que
pudiese verlo. Más tarde descubrí que, justo enfrente, estaba creciendo un gran
árbol. Pero, de todas formas escogí esta habitación. Me dijeron que
temporalmente habría dos personas en cada habitación, pero que eso sería solo
temporal. Cada dos habitaciones compartirían un baño. Eran camas de dos pisos,
literas, y yo no quería a otra persona en la habitación. Cuando llegué ahí por
primera vez, la primera noche, no había nadie más. En ese momento mi mujer
estaba enferma con tuberculosis en Albuquerque, y por eso yo tenía algunas
cajas con cosas suyas. Así que abrí una caja y saqué un pequeño camisón y
simplemente lo tiré descuidadamente. Abrí la cama de arriba y arrojé el camisón
descuidadamente. Saqué las zapatillas; esparcí polvos por el suelo del baño. Lo
hice simplemente para que pareciese que había alguien más allí. ¿Comprenden? Si
la otra cama está ocupada, nadie más va a dormir ahí. ¿Entienden? ¿Y qué
sucedió entonces? Porque es un dormitorio de hombres. Bien, cuando volví
aquella noche mi pijama estaba doblado cuidadosamente y puesto bajo la
almohada, y las zapatillas estaban colocadas cuidadosamente al pie de la cama. El
camisón de mi mujer estaba doblado cuidadosamente y puesto bajo la almohada, la
cama estaba hecha y las zapatillas colocadas cuidadosamente. Habían limpiado el
polvo del baño y nadie dormía allí. Seguía teniendo la
habitación para mí solo. Y la noche siguiente, lo mismo. Cuando desperté
desordené la cama de arriba, extendí el camisón, esparcí polvos por el baño y
todo eso, y seguí así durante cuatro noches hasta que todo el mundo tuvo su
lugar. Todo el mundo estaba acomodado y ya no había peligro de que colocasen a
una segunda persona en la habitación. Cada noche, todo estaba muy limpio, todo
estaba bien, incluso si era un dormitorio de hombres. Así que eso es lo que
sucedió en tal situación.
Me vi metido en política porque había algo denominado Consejo Ciudadano.
Aparentemente los militares iban a decidir ciertas cosas acerca del gobierno de
la ciudad, con ayuda de una Junta de Gobierno de la que nunca supe nada. Pero
había mucha agitación como la hay en cualquier cosa política. En particular,
había facciones: la facción de las amas de casa, la facción de los mecánicos,
la facción de los técnicos, y demás. Bueno, los solteros y las solteras, la
gente que vivía en la residencia, pensaban que tenían que formar una facción
porque se había promulgado una nueva regla: no podían entrar mujeres en el
dormitorio de los hombres. ¡Esto es absolutamente ridículo! Todos éramos
personas adultas, por supuesto (ja, ja). ¿Qué se han creído? De modo que nos
planteamos una acción política. Lo debatimos y lo votamos, y todo eso; ya saben
cómo es. Y así fui elegido para representar a la gente de la residencia, ya
ven, en el Consejo Ciudadano.
Un día, cuando ya llevaba un año aproximadamente, o año y medio, en el Consejo
Ciudadano, estaba yo hablando con Hans Bethe sobre algo. Él había estado en la
Junta de Gobierno durante todo este tiempo. Y yo le conté esta historia, el
truco que había hecho poniendo las cosas de mi mujer en la cama de arriba, y él
se echó a reír. Y confesó: « ¡Por eso estás en el Consejo Ciudadano!». Resulta que
había sucedido lo siguiente. Hubo un informe, un informe muy serio. La pobre
mujer de la limpieza estaba temblando; la mujer que limpiaba las habitaciones
del dormitorio había abierto la puerta y de repente se encuentra con esto:
¡alguien está durmiendo con uno de los hombres! Temblorosa, no sabe qué hacer.
Hace un informe, la limpiadora informa a la gobernanta, la gobernanta informa
al teniente, el teniente informa al mayor, y la cosa sigue hacia arriba, hasta
que llega a los generales en la Junta de Gobierno. ¿Qué van a hacer?: ¡Lo van a
pensar! Y mientras tanto, ¿qué instrucciones transmiten a los capitanes, y
estos a los mayores, y estos a los tenientes, y estos a la gobernanta, hasta
llegar a la limpiadora? «Coloquen las cosas exactamente como están,
límpienlas», y veamos qué sucede. ¿Comprenden? Al día siguiente, nuevo informe:
lo mismo, brumo, bruuuuump, bruuuuuump. Entre tanto, durante cuatro días, se
preocupan de lo que van a hacer. Finalmente promulgan una regla. « ¡No pueden
entrar mujeres en el dormitorio de los hombres!». Y eso causó un gran revuelo allí.
Ven ustedes, ahora tenían que participar en la política y eligieron a alguien
que los representara…
Ahora me gustaría hablarles de la censura que teníamos allí. Decidieron hacer
algo completamente ilegal, que era censurar el correo personal dentro de
Estados Unidos, en los Estados Unidos continentales, algo a lo que no tenían
ningún derecho. De modo que tuvo que ser establecido de forma muy delicada,
como algo voluntario. Todos aceptaríamos voluntariamente no cerrar los sobres
en los que enviábamos nuestras cartas. Aceptaríamos, estaríamos de acuerdo en
que se abriesen las cartas que nos llegaban; eso fue voluntariamente aceptado
por nosotros. Dejaríamos abierto el correo saliente; ellos lo cerrarían si les
parecía que estaba bien. Si no estaba bien en su opinión, en otras palabras, si
encontraban algo que no debería salir fuera, nos devolverían la carta con una
nota señalando que había una violación de tal y tal párrafo de nuestro
«acuerdo», y todo eso. Así, de forma muy delicada, una vez que todos estos
tipos científicos de ideología liberal habían aceptado una proposición
semejante, se estableció finalmente una censura. Con muchas reglas: por
ejemplo, se nos permitía hacer comentarios sobre el carácter de la
administración si así lo queríamos, y podíamos escribir a nuestro senador y
decirle que no nos gustaba cómo iban las cosas, y cosas por el estilo. Así que
todo quedó establecido y nos dijeron que nos notificarían cualquier dificultad
que hubiera.
Y así llega el día, el primer día de la censura. ¡Teléfono! ¡Riiiiig! Yo: «
¿Qué?». «Venga, por favor». Yo voy. « ¿Qué es esto?». Es una carta de mi padre.
«Bien, ¿qué es?». Hay un papel rayado, y hay unas líneas con puntos: cuatro
puntos abajo, un punto arriba, dos puntos abajo, un punto arriba, un punto
debajo de un punto. « ¿Qué es esto?». Yo dije: «Es un código». Y ellos: «Sí, es
un código; pero ¿qué dice?». Yo dije: «No sé lo que dice». Dijeron: «Bien,
¿cuál es la clave del código; cómo lo descifra?». Yo dije: «Pues no lo sé».
Entonces ellos dijeron: « ¿Qué es esto?». Yo dije: «Es una carta de mi mujer».
«Dice TJXYWZ TW1X3. ¿Qué es esto?». Yo dije: «Otro código». « ¿Cuál es la
clave?». «No lo sé». Dijeron: « ¿Usted está recibiendo mensajes en clave y no
la conoce?». «Exactamente —dije yo—. Juego con ellos. Les reto a que me envíen
un código que yo no pueda descifrar, ¿ven ustedes? De modo que se inventan
códigos y me envían mensajes sin decirme cuál es la clave». Ahora bien, una de
las reglas de la censura era que no iban a interferir en nada que uno hiciera
normalmente en el correo. Así que dijeron: «Bien, usted va a tener que decirles
que por favor envíen la clave con el mensaje». Dije: «Pero ¡yo no quiero ver la
clave!». Dijeron: «Muy bien, nosotros sacaremos la clave». Y llegamos a ese
compromiso. ¿Comprenden? Todo muy bien. Al día siguiente recibo una carta de mi
mujer que dice: «Me resulta muy difícil escribir porque me da la sensación de
que ese [espacio en blanco] está mirando por encima de mi hombro». Y en ese
lugar hay un borrón de algo que ha sido meticulosamente eliminado con un
borrador de tinta. Así que voy a la oficina y digo: «Se suponía que ustedes no
iban a tocar el correo entrante si no les gusta. Pueden decírmelo pero se
suponía que no iban a tocarlo. Simplemente pueden leerlo, pero se supone que no
van a quitar nada». Dijeron: «No sea ridículo; ¿piensa usted que es así como
trabajan los censores, con un borrador de tinta? Ellos utilizan unas tijeras
para cortar las cosas». Yo dije: muy bien. Así que contesté la carta de mi
mujer y le dije: « ¿Utilizaste un borrador de tinta en tu carta?». Me contesta:
«No, no utilicé borrador de tinta en mi carta; debe haber sido el…», y aquí hay
un hueco recortado. Así que volví al tipo encargado de esto, el mayor que se
suponía que estaba encargado de todo esto, y me quejé. Eso sucedió durante
algunos días. Yo tenía la sensación de ser una especie de representante que
tenía que resolver las cosas. Él trató de explicarme que estos tipos de la censura
habían sido instruidos para hacerlo, y no entendían esta nueva forma tan
delicada. Yo trataba de ir por delante, de tener la máxima experiencia,
escribía a mi mujer todos los días. Así que él dijo: « ¿Qué es lo que pasa, no
cree usted en mi buena fe, en mi buena voluntad?». Yo digo: «Sí, usted tiene
muy buena voluntad, pero creo que no tiene poder. Porque ya ve usted que esto
viene sucediendo hace tres o cuatro días». Dijo: «Bien, ¡vamos a verlo!».
Agarra el teléfono… todo estaba solucionado. Ya no habría más cortes en las
cartas.
Sin embargo, surgieron otras dificultades. Por ejemplo, un día recibí una carta
de mi mujer y una nota del censor que decía que había un código incluido, sin
la clave, y que por eso lo habían eliminado. Y cuando ese mismo día fui a ver a
mi mujer a Albuquerque, ella me dijo: «Bien, ¿dónde están todas las cosas?». Yo
dije: « ¿Qué cosas?». Ella dice: «El litargirio, la glicerina, los perritos
calientes, la ropa de la lavandería». Dije: «Espera un momento, ¿eso era una
lista?». Ella dice: «Sí». «Eso era un código», dije yo. Ellos lo
tomaron como un código: litargirio, glicerina, etc. Otro día estaba yo pasando
el tiempo —todo esto sucedió durante las primeras semanas, unas semanas antes
de que llegáramos a un acuerdo—: estaba enredando con la máquina de sumar, con
la máquina computadora, y advierto algo. Por eso, cada día que escribía tenía
un montón de cosas que contar. Porque, fíjense que cosa tan curiosa. Si se
divide 1 entre 243 se obtiene 0,004115226337448559. Es muy preciso; luego se
complica un poco cuando los restos parciales se hacen pequeños y se pierde la
pauta durante algunos pasos, hasta que se llega a un resto parcial de 1 y todo
se repite de nuevo. Yo estaba explicando eso, de qué forma tan bonita se
repiten los ciclos; a mí me parecía bastante divertido. Pues bien, lo pongo en
el correo y me lo devuelven; no pasa, y hay una pequeña nota: «Vea el párrafo
17B». Miro el párrafo 17B donde se especifica: «Las cartas estarán escritas
solo en inglés, ruso, español, portugués, latín, alemán… Para escribir en
cualquier otra lengua hay que obtener permiso por escrito». Y continuaba: «No
se permiten códigos». Así que contesté al censor con una pequeña nota incluida
en mi siguiente carta en la que decía que, en mi opinión, esto no puede ser un
código, porque si realmente uno divide 1 por 243 obtiene de
hecho…, y escribía todas esas cifras; y, por consiguiente, no hay más
información en el número 1-1-1-1-cero, cero, cero que la que hay en el número
243, que apenas es información. Y así sucesivamente. Por lo tanto pedía permiso
para escribir mis cartas en números arábigos. Me gusta utilizar números
arábigos en mis cartas. Así conseguí que todo eso pasara.
Siempre había algún problema con la entrada y salida de las cartas. En una
ocasión mi mujer siguió insistiendo en mencionar el hecho de que se sentía
incómoda escribiendo con la sensación de que el censor estaba mirando [por
encima del hombro]. Como norma, se suponía que no íbamos a mencionar la
censura. Nosotros no lo íbamos a hacer, pero ¿cómo podían
decírselo a ella? Así que continuamente me enviaban notas: «Su mujer mencionó
la censura». Por supuesto que mi mujer mencionaba la censura,
así que finalmente me enviaron una nota que decía: «Por favor, informe a su
mujer de que no debe mencionar la censura en sus cartas». Así que cojo mi carta
y empiezo: «Me han pedido que te informe de que no debes mencionar la censura
en tus cartas». Phoom, phoooo. ¡Devuelta! Así que escribo: «Me han pedido que
informe a mi mujer de que no debe mencionar la censura. ¿Cómo demonios voy a
hacerlo? Además, ¿por qué tengo que pedirle que no mencione la
censura? ¿Me esconden algo?». Es muy interesante que sea el propio censor el
que tenga que decirme que le diga a mi esposa que no me diga que ella… Pero
tenían una respuesta. Dijeron que sí, que estaban preocupados por la
posibilidad de que el correo fuera interceptado en el camino desde Albuquerque
y alguien descubriera que había censura si miraban el correo, y que ella debía
tener la amabilidad de actuar de forma más natural. Así que la próxima vez que
fui a Albuquerque hablé con ella y le dije: «Mira, no mencionemos la censura»,
pero habíamos tenido tantos problemas que al final tuvimos que elaborar un
código, algo que era ilegal. Establecimos un código; si yo ponía un punto al
final de mi firma, eso significaba que había vuelto a tener problemas, y ella
pasaría al siguiente de los movimientos que ella había planeado. Ella pasaba
allí todo el día sentada a causa de su enfermedad, y tenía tiempo para pensar qué
cosas podía hacer. La última cosa que hizo fue enviarme un anuncio, para ella
perfectamente legítimo, que decía: «Envíe a su novio una carta-rompecabezas.
Aquí están los espacios en blanco. Nosotros le vendemos los espacios en blanco,
usted tiene que escribir la carta en ellos, trocearla, meterla en un sobre
pequeño y enviarla por correo». Así que con la carta recibí una nota que decía:
«No tenemos tiempo para juegos. Por favor, ¡diga a su mujer que se limite a
cartas normales!». Bien, estábamos listos para la siguiente jugada. La carta
empezaría: «Espero que te hayas acordado de abrir esta carta con cuidado porque
he incluido el Pepto-Bismol para tu estómago, tal como quedamos». La carta
estaría llena de polvos. Esperábamos que la abrieran en la oficina y el polvo
se derramara por el piso; ellos se pondrían nerviosos porque se suponía que no
iban a revolver nada, tendrían que recoger todo este Pepto-Bismol… Pero no hizo
falta llegar a eso. ¿Comprenden?
Como resultado de todas estas experiencias con el censor, yo sabía exactamente
lo que podía pasar y lo que no podía pasar. Nadie más sabía tanto como yo. Y
así pude hacer algún dinero haciendo apuestas. Un día descubrí que los hombres
que todavía vivían fuera de la valla y querían entrar eran demasiado perezosos
para dar un rodeo hasta la puerta, así que habían abierto un agujero en la
valla a cierta distancia. Así que salí por la puerta de la valla, fui hasta el
agujero y entré, salí de nuevo, y así muchas veces, hasta que el sargento que
estaba en la puerta empezó a preguntarse ¿qué está pasando, cómo es posible que
este tipo esté siempre saliendo y nunca entra? Y, por supuesto, su reacción
natural fue llamar al teniente y tratar de meterme en la cárcel por hacer esto.
Yo les expliqué que había un agujero. Ya ven, yo estaba tratando una vez más de
corregir las cosas, de señalar que había un agujero. Hice una apuesta con
alguien a que podría decir dónde estaba el agujero de la valla, y enviarlo
fuera por correo. Y efectivamente, lo hice. La forma de hacerlo consistía en
que yo escribía: «Tendrías que ver cómo se administra este lugar»; ya ven, ese
es el tipo de cosas que se nos permitía decir. «Hay un agujero en la valla a 25
metros de tal y cual lugar, es de tal y cual tamaño, así que se puede pasar por
él». ¿Qué podían hacer ellos? No podían decirme que no había tal agujero. Lo
que quiero decir es que peor para ellos si existía el agujero. Ellos son los
que deberían arreglarlo. Así que conseguí que eso pasara. También
pasé una carta que contaba que uno de los muchachos que trabajaba en uno de mis
grupos había sido sacado de la cama en plena noche e interrogado frente a unos
focos por algunos idiotas del ejército porque descubrieron algo sobre su padre
o algo parecido. No lo sé muy bien, se suponía que era un comunista. Su nombre
era Kamane[13]. Ahora es un
hombre famoso.
Bueno, había también otras cosas. Yo siempre estaba tratando de arreglarlas,
como lo de señalar los agujeros en la valla y todo eso, pero siempre trataba de
señalar estas cosas de una forma indirecta. Y una de las cosas que yo quería
señalar era esta: que desde el principio teníamos secretos terriblemente
importantes. Habíamos calculado muchas cosas sobre el uranio, sobre cómo
funcionaba, y todo este material estaba en documentos que se guardaban en
archivadores de madera que tenían pequeños candados corrientes y normales. Los
armarios tenían también algunas piezas hechas en el taller, como una barra que
los recorría de arriba abajo y luego estaba sujeta por un candado; pero al fin
y al cabo era solo un candado. Además, ni siquiera hacía falta abrir el candado
para hacerse con lo que había dentro, para sacar cosas de estos armarios de
madera; tan solo había que inclinarlos hacia atrás. Ya saben ustedes que en el
cajón inferior hay una varilla que supuestamente lo sujetaba. Pero en la parte
inferior hay un agujero, y uno puede sacar los papeles desde abajo. Así que yo
me acostumbré a abrir las cerraduras y a señalar que eso era muy fácil de
hacer. Cada vez que teníamos una reunión de todo el grupo, y nos juntábamos
todos, yo me levantaba y decía que teníamos secretos importantes y que no
deberíamos guardarlos en esas cosas. Las cerraduras eran muy malas.
Necesitábamos candados mejores. Un día que estábamos reunidos, Teller se
levantó y me dijo: «Bien, yo no guardo mis secretos más importantes en mi
archivador; los guardo en el cajón de mi mesa. ¿No es eso mejor?». Dije: «No lo
sé, no he visto el cajón de tu mesa». Bueno, él estaba sentado en una de las
primeras filas y yo estaba sentado muy atrás. Así que la reunión continúa y yo
salgo furtivamente de la reunión y bajo a ver el cajón de su mesa. ¿Comprenden?
Ni siquiera tenía que abrir la cerradura del cajón. Resulta que si uno metía la
mano por la parte trasera inferior, podía sacar los papeles como en esos
dispensadores de toallas de papel; sale uno, luego otro, luego otro… Vacié por
completo el condenado cajón, saqué todo, lo aparté a un lado y luego subí al
piso superior y volví a entrar. La reunión había concluido y todo el mundo
estaba saliendo, así que yo me uno al grupo, ya saben, andando con ellos y
corro para alcanzar a Teller, y le digo: «Oh, a propósito, déjame ver el cajón
de tu mesa». Y dice: «Por supuesto», y entramos en su despacho y me muestra la
mesa, y yo la miro y digo que me parece muy bien. Yo dije: «Veamos qué tienes
ahí dentro». «Me encantaría enseñártelo —dice, mientras introduce la llave y
abre el cajón—, si no lo hubieras visto ya por ti mismo». El problema de
gastarle una broma a una persona tan inteligente como Mr. Teller es que, en
cuanto ve que algo va mal, ¡el tiempo que necesita para
comprender lo que ha pasado exactamente es tan corto que apenas puedes
disfrutarlo!
Bien, tuve un montón de otras historias divertidas con cajas fuertes pero esas
ya no tienen nada que ver con Los Álamos, así que no seguiré hablando de ello.
Ahora quiero hablar de algunos otros problemas con que me encontré y que son
bastante interesantes. Uno de ellos tenía que ver con la seguridad de la planta
en Oak Ridge. En Los Álamos se iba a construir la bomba, pero en Oak Ridge
estaban tratando de separar los isótopos de uranio, el uranio 238 y el uranio
236, y el último, el uranio 235 que era el explosivo, ¿correcto? Así que justo
empezaban a obtener cantidades infinitesimales de algo experimental, de 235,
pero al mismo tiempo estaban practicando. Era una planta muy grande, iban a
tener tanques llenos del material, de sustancias químicas, y tenían que tomar
el material purificado y re purificarlo y tenerlo listo para el paso siguiente.
Había que purificarlo en varias etapas. Así que, por una parte, estaban
haciendo prácticas y, por otra, estaban obteniendo experimentalmente una
pequeña cantidad de una de las piezas del aparato. Y estaban tratando de
aprender a analizarlo, de determinar cuánto uranio 235 había allí. Nosotros les
enviábamos instrucciones pero ellos nunca lo conseguían. Finalmente Segré[14] dijo
que lo único que se podía hacer era que él fuera allí para ver qué es lo que
estaban haciendo y para entender por qué el análisis no funcionaba. Los
militares dijeron que no, que nuestra política era mantener toda la información
de Los Álamos en un solo lugar, y que la gente de Oak Ridge no debería saber
nada del uso que se le iba a dar; ellos solo sabían lo que estaban tratando de
hacer. Quiero decir que los jefes sabían que estaban separando uranio, pero no
sabían lo potente que era la bomba ni cómo funcionaba exactamente, ni muchas
otras cosas. La gente que estaba por debajo no tenía la más mínima idea de lo
que estaban haciendo. Y el ejército quería mantenerlo así, sin intercambio de
información; pero Segré insistió en que eso era importante. Ellos nunca tenían
éxito en los análisis, todo se iba en humo. Así que Segré fue para ver qué
estaban haciendo y mientras andaba por allí vio que alguien llevaba una garrafa
llena de agua, agua verde; el agua verde es nitrato de uranio. Él dice: « ¿Van
a manejarlo igual cuando esté purificado? ¿Es eso lo que van a hacer?».
Dijeron: «Por supuesto, ¿por qué no?». «¿No explotará?», dice él. « ¡¿Hum?!
¿¡Explotar!?». Por eso el ejército dijo: «Ven ustedes, ¡no deberíamos haber
dejado que se filtrara ninguna información!». Bien, resultó que los militares
se habían dado cuenta de cuánto material necesitábamos para hacer una bomba, 20
kilogramos o lo que fuera, y se habían dado cuenta de que nunca estaría todo
ese material purificado junto en la planta, así que pensaron que no había
peligro. Pero lo que no sabían es que los neutrones son mucho más efectivos
cuando son frenados por el agua; y que, por eso, en agua se necesita menos de
una décima, mejor dicho, menos de una centésima parte de material para dar
lugar a una reacción que genere radiactividad. No se produce una gran
explosión, pero se genera radiactividad que mata a las personas que hay en las
inmediaciones. Así que era muy peligroso y ellos no habían prestado ninguna
atención a la seguridad.
En vista de eso, Oppenheimer envía un telegrama para Segré: «Recorre la planta
entera, fíjate dónde se supone que se van a concentrar las cosas, de acuerdo
con el proceso que ellos han diseñado. Mientras tanto nosotros
calcularemos cuánto material puede juntarse antes de que se produzca una
explosión». Y así, dos grupos se pusieron a trabajar en ello. El grupo de
Christie trabajó sobre disoluciones acuosas y yo, mejor dicho, mi grupo,
trabajamos sobre polvo seco en cajas. Y calculamos cuánto material se
necesitaba. Christie iba a ir a Oak Ridge para contarles a todos cuál era la
situación. Así que yo le di con mucho gusto todos mis números a Christie y le
dije: aquí tienes todo, ve. Christie pilló una pulmonía; tuve que ir yo. Nunca
antes había viajado en avión; viajé en un avión. Ataron los
secretos con una especie de cinturón, ¡en mi espalda! En aquellos días el avión
era como un autobús. Tenía varias paradas, con la diferencia de que las
estaciones estaban muy separadas. Te paras para esperar. Hay un tipo de pie,
cerca de mí, agitando una cadena y diciendo algo como: «Debe ser terriblemente difícil
volar en avión estos días sin tener una prioridad». No pude resistir. Le dije:
«No lo sé, yo tengo una prioridad». Un poco más tarde embarcan
algunos generales y tienen que sacar a algunos de nosotros, los que tienen un
número 3. Muy bien, yo tengo un número 2. El pasajero probablemente escribió a
su congresista, si es que él mismo no era un congresista, diciendo, ¿qué hacen
enviando a estos niños con altas prioridades en medio de una guerra? En todo
caso, llegué allí. Lo primero que hice fue pedir que me llevaran a la planta y
no dije nada; simplemente lo miraba todo. Descubrí que la situación era incluso
peor de lo que había informado Segré, porque él pasó algunas cosas por alto cuando
fue allí por primera vez. Él había advertido algunas cajas amontonadas pero no
había advertido otro gran montón de cajas que había en otra habitación, y
estaban pared con pared. Y cosas así. Y si se junta mucho material, todo se va
por los aires. Me recorrí toda la planta; tengo una memoria muy mala pero
cuando trabajo intensamente tengo una buena memoria a corto plazo y así pude
recordar todo tipo de cosas absurdas como el edificio noventa-y-dos-cero-siete,
los números de tanques, esto y aquello, y así sucesivamente. Aquella noche
volví a casa y lo repasé todo viendo dónde estaban todos los peligros y lo que
habría que hacer para prevenirlos. Es bastante fácil: se pone cadmio en
disolución para absorber los neutrones que hay en el agua, se separan las cajas
de modo que no haya grandes concentraciones, que no haya demasiado uranio junto
y así sucesivamente, siguiendo ciertas reglas. Y así utilicé todos los
ejemplos, desarrollé todos los ejemplos y calculé cómo funcionaba el proceso de
congelación. Yo tenía la impresión de que no se podría hacer la planta segura a
menos que ellos supieran cómo funcionaba. Para el día siguiente estaba prevista
una gran reunión.
¡Ah!, olvidé decir que, antes de partir, Oppenheimer me dijo: «Cuando vayas a
Oak Ridge tienes que saber cuáles son las personas técnicamente capaces allí:
Mr. Julian Web, Mr. Tal y Tal, y así sucesivamente. Quiero que te asegures de
que estas personas están en la reunión, que les digas cómo están las cosas, ya
sabes, cuáles son los problemas de seguridad, que lo entiendan realmente:
ellos son los responsables». Dije: « ¿Y qué pasa si ellos no están en la
reunión, qué se supone que tengo que hacer?». Él dijo: «Entonces tú debes
decir: Los Álamos no puede hacerse responsable de la seguridad de la
planta de Oak Ridge a menos que…». Yo dije: «¿Quiere decir que yo,
Ricardito, vaya allí y diga…?». Él dice: «Sí, Ricardito, vas y haces eso».
¡Realmente yo crecía rápido! Acudí al día siguiente a la reunión y, por
supuesto, allí estaban todas estas personas, los grandes jefes y los técnicos
de la compañía a los que yo quería encontrar, y los generales y demás, que
estaban interesados en los problemas, organizándolo todo. Era una reunión
importante para tratar este grave problema de la seguridad, porque la planta nunca
iba a funcionar. Hubiera explotado, les juro que hubiera explotado si nadie le
hubiera prestado atención. Había un teniente que se ocupaba de mí. Me dijo que
el coronel había dicho que yo no debería contarles cómo funcionaban los
neutrones y todos esos detalles porque querían mantener las cosas separadas.
Solo tenía que decirles lo que había que hacer para mantener la seguridad. Yo
dije que, en mi opinión, era imposible que obedecieran un montón de reglas si
ellos no entendían el funcionamiento. Por eso, mi opinión es que solo va a
funcionar si se lo explico, y ¡Los Álamos no puede hacerse responsable de la
seguridad de la planta de Oak Ridge a menos que ellos tengan una información
completa del funcionamiento! El efecto fue sensacional. Él fue a ver al
coronel. «Deme solo cinco minutos», dice el coronel. Va hacia la ventana y se
queda pensando, y en eso ellos son muy buenos. Son buenos tomando decisiones.
Para mí era realmente notable que el problema acerca de si debía o no darse
información sobre el funcionamiento de la bomba en la planta de Oak Ridge
tuviera que decidirse, y pudiera decidirse, en cinco minutos. Por eso yo tengo
mucho respeto por estos tipos, los militares, porque yo no puedo decidir nunca
nada importante por mucho tiempo que me tome.
Así que, en menos de cinco minutos, él dice: «Muy bien, Mr. Feynman, siga
adelante». Entonces me senté y les hablé de los neutrones, de cómo funcionan,
da, da, ta ta ta, hay demasiados neutrones juntos, ustedes tendrán que mantener
el material apartado, el cadmio absorbe, y los neutrones lentos son más
eficaces que los neutrones rápidos, y yak yak; todas las cosas que eran el
catón en Los Álamos, pero de las que ellos nunca habían oído hablar, así que me
tomaron por un gran genio. ¡Yo era un dios venido del cielo! Estaban todos
estos fenómenos que no se entendían y de los que nunca habían oído hablar
antes, y yo lo sabía todo sobre ello, pude ofrecerles hechos y números y todo
lo demás. Así pasé de ser un principiante allí en Los Álamos a ser un supergenio
aquí. Bien, el resultado fue que decidieron hacer grupos pequeños y realizar
sus propios cálculos para aprender a hacerlo bien. Empezaron a rediseñar
plantas. Allí estaban los diseñadores de las plantas, los arquitectos, los
ingenieros y los ingenieros químicos de la nueva planta que iban a tratar el
material separado. Había más personas. Volví allí otra vez. Me habían dicho que
iban a rediseñar la planta para la separación y que regresara en unos meses.
Así que volví unos meses después, algo más de un mes; los ingenieros de la
Compañía Stone and Webster habían acabado el diseño de la planta y ahora me
tocaba a mí examinarlo. ¿Comprenden? ¿Cómo examinas una planta que todavía no
está construida? Yo no lo sé. Así que entro en una habitación con estos
colegas. Siempre había un teniente Zutano que venía conmigo, cuidando de mí, ya
saben; yo tenía que tener un escolta en cualquier lugar. Así que viene conmigo,
me introduce en esta habitación y ahí están estos dos ingenieros y una mesa
larguísima, una mesa enorme, tremenda, cubierta con un plano tan grande como la
mesa; no un plano, sino una pila de planos. Yo había hecho dibujo técnico
cuando estaba en el instituto, pero no era muy bueno interpretando planos.
Empiezan a explicármelos pensando que yo era un genio. «Mr. Feynman, nos
gustaría que entienda cómo está diseñada la planta, ya sabe usted que una de
las cosas que teníamos que evitar era la acumulación de material». Hay que
resolver problemas del tipo siguiente: hay un evaporador en funcionamiento
donde se trata de acumular el material; si la válvula se atasca o algo parecido
y se acumula demasiado material, explotará. Así que me explican que esta planta
está diseñada de modo que no haya solo una válvula y así, si una de las
válvulas se atasca no pasa nada. Hace falta que haya al menos dos válvulas en
cada lugar. Me explican cómo funciona. El tetra cloruro de carbono entra por
aquí, el nitrato de uranio pasa de aquí allá, sube y baja, atraviesa el piso,
sube por las tuberías, sube desde el segundo piso, bluuuuuuurp, desde los
planos, baja, sube, baja, sube, hablando y explicando la complicadísima planta
química a toda velocidad. Yo estoy completamente aturdido; peor aún, ¡no sé lo
que significan los símbolos del plano! Hay una especie de cosa que al principio
pienso que es una ventana. Es un cuadrado con una cruz en el medio, y aparece
en cualquier maldito lugar. Líneas con este maldito cuadrado. Yo pienso que es
una ventana; pero no, no puede ser una ventana porque no está siempre en el
borde. Tengo ganas de preguntarles qué es. Ustedes ya deben haberse encontrado
en una situación parecida: no preguntaron inmediatamente, como hubiera sido lo
correcto. Pero ellos habían estado hablando demasiado tiempo. Yo había dudado
demasiado. Si les preguntas ahora, dirán: ¿por qué me has hecho perder todo
este tiempo? Yo no sé qué hacer. Reflexiono, a veces he tenido suerte. Ustedes
no van a creer esta historia, pero les juro que es absolutamente cierta; ¡no se
puede tener más suerte! Yo pensaba ¿qué voy a hacer, qué voy a hacer? Tuve una
idea. ¿No será una válvula? Por eso, para averiguar si es o no una válvula
pongo un dedo en uno de los planos en la página número 3, abajo, y digo: «¿Qué
sucede si esta válvula se atasca?», imaginando que ellos van a decir: «Eso no
es una válvula, señor, es una ventana». Pero uno mira al otro y dice: «Bien, si
esa válvula se atasca», y suben y bajan por el plano, suben y bajan, el otro
tipo sube y baja, de aquí para allá, y ambos se miran uno a otro y se dirigen
hacia mí con la boca abierta: «Usted está absolutamente en lo cierto, señor».
Así que enrollan los planos y se van, y nosotros salimos detrás. Y el teniente
Zutano, que había estado siguiéndome todo el rato, dijo: «Usted es un genio. Ya
pensé que usted era un genio cuando después de recorrer la planta una vez podía
hablar a la mañana siguiente del evaporador C-21 en el edificio 90-207, pero lo
que usted acaba de hacer es fantástico, ¿cómo puede hacer algo así?». Yo le
dije: «Hay que tratar de averiguar si es o no una válvula». Otro tipo de problema
en el que trabajé era el siguiente. Teníamos que hacer montones de cálculos y
los hacíamos en máquinas calculadoras Marchant. Dicho sea de paso, y solo para
darles una idea de cómo era Los Álamos, teníamos estas computadoras Marchant.
No sé si ustedes saben cómo son: son calculadoras manuales en las que hay
teclas con números; uno pulsa las teclas y la calculadora multiplica, divide,
suma y todo eso. No con la facilidad con que lo hacen ahora, sino con
dificultad; eran artilugios mecánicos. Y había que enviarlas a la fábrica
cuando necesitaban ser reparadas. No teníamos a nadie preparado para hacerlo,
que es lo habitual, y por eso siempre había que enviarlas a la fábrica. Muy
pronto empezamos a quedarnos sin máquinas. Así que yo y otros colegas empezamos
a quitar las cubiertas. Se suponía que no debíamos hacerlo, porque las
instrucciones decían: «Si ustedes quitan las cubiertas, nosotros no nos hacemos
responsables…». Así que quitamos las cubiertas y sacamos una buena serie de
lecciones. Cuando quitamos la primera cubierta vimos que había un eje con un
agujero y un muelle que colgaba, y era obvio que el muelle debía entrar en el
agujero: eso era fácil. En cualquier caso, sacamos una serie de lecciones sobre
la forma de repararlas y cada vez nos hacíamos más expertos y nos atrevíamos
con reparaciones cada vez más complicadas. Cuando nos encontrábamos con algo
demasiado complicado enviábamos la máquina a la fábrica, pero nosotros hacíamos
las reparaciones fáciles y manteníamos las cosas funcionando. Yo también reparé
algunas máquinas de escribir. Acabé reparando todas las computadoras; los demás
me lo dejaban a mí. Reparé algunas máquinas de escribir, pero había un tipo en
el taller de máquinas que era mejor que yo en eso y él se ocupó de las máquinas
de escribir; yo me ocupé de las máquinas de sumar. El problema más importante
que nos planteamos era averiguar qué es lo que sucedía exactamente durante la
explosión de la bomba, cuando se comprime el material mediante una explosión y
luego se libera. Había que saber qué sucede exactamente, para poder calcular
exactamente cuánta energía se liberaba, y eso requería mucha más capacidad de
cálculo de la que disponíamos. Y un colega muy inteligente llamado Stanley
Frankle se dio cuenta de que eso podía hacerse en máquinas IBM. La compañía IBM
disponía de máquinas para fines comerciales, máquinas de sumar, denominadas
tabuladoras, y un multiplicador, tan solo una máquina, una caja grande: uno
introducía tarjetas perforadas y la máquina tomaba dos números de una tarjeta,
los multiplicaba y los imprimía en otra tarjeta. Y luego había compiladoras y
clasificadoras y todo eso. Con todo eso, él ideó un bonito programa. Si
pudiéramos tener muchas de estas máquinas en una habitación, podríamos tomar
las tarjetas y hacer un ciclo de operaciones con ellas; cualquiera que haga
cálculos numéricos sabe ahora exactamente de lo que estoy hablando, pero
entonces esto era algo nuevo: producción en serie con máquinas.
Habíamos hecho cosas así en máquinas de sumar. Normalmente uno procede paso a
paso, y lo hace todo uno mismo. Pero esto era diferente: primero se va al
sumador, luego vamos al multiplicador, luego se vuelve al sumador y así
sucesivamente. Así que él diseñó este método y encargó una máquina de la
compañía IBM, porque comprendimos que era una buena manera de resolver nuestros
problemas. Descubrimos que había alguien en el ejército que tenía formación en
IBM. Necesitábamos un hombre para repararlas, para mantenerlas en marcha y todo
eso. Nos iban a enviar a este tipo, pero se retrasaba, siempre se retrasaba.
Ahora bien, nosotros siempre teníamos prisa. Tengo que
explicarlo: todo lo que hacíamos, tratábamos de hacerlo lo más
rápidamente posible. En este caso concreto, desarrollamos todos los pasos
numéricos que se suponía que había que hacer, que se suponía que iban a hacer
las máquinas: multiplicar esto, y luego hacer eso otro y restar lo de más allá.
Desarrollamos el programa, pero no teníamos ninguna máquina para probarlo. De
modo que lo que hicimos fue llenar una habitación con chicas, cada una de ellas
con una Marchant. Pero ella era el multiplicador y ella era
el sumador, y esta elevaba al cubo; teníamos tarjetas, tarjetas con índices y
todo lo que ella hacía era elevar al cubo un número y pasárselo a la siguiente.
Esta hacía de multiplicador, la siguiente hacía de sumador; recorríamos el
ciclo, eliminábamos todos los errores. Bien, así lo hicimos. Y resultó que
podíamos hacerlo a gran velocidad. Nunca antes habíamos hecho cálculo en serie;
cualquiera que hubiera hecho cálculos antes alguna vez había realizado todos
los pasos por sí mismo. Pero Ford tuvo una buena idea, la maldita cosa
trabajaba mucho más rápidamente que de la otra forma, y con este sistema
llegamos a alcanzar una velocidad igual a la predicha para la máquina IBM:
exactamente la misma. La única diferencia es que las máquinas IBM no se cansaban
y podían trabajar tres turnos. Pero las chicas se cansaban al cabo de un rato.
En cualquier caso, este proceso nos sirvió para corregir los errores.
Finalmente llegaron las máquinas, pero no el hombre que tenía que repararlas.
Así que nosotros las montamos. Estas computadoras eran unas de las máquinas con
una tecnología más complicada de aquellos días, grandes mamotretos que venían
parcialmente desmontados, junto con montones de cables y planos de lo que había
que hacer. Las montamos Stan Frankle y yo con otro colega, aunque tuvimos
nuestros problemas. El problema mayor era que continuamente venían los grandes
jefes y decían que íbamos a romper algo. Las montamos y a veces funcionaban y a
veces estaban mal ensambladas y no funcionaban. Y así nos las apañamos y las
hicimos funcionar, aunque no conseguimos que todas funcionasen. Una vez que
estaba yo trabajando con un multiplicador, vi una pieza doblada dentro y tuve
miedo de enderezarla porque podría romperse. Siempre nos estaban diciendo que
íbamos a romperlas y dejarlas irreparables. Hasta que finalmente llegó el
hombre de la compañía IBM, tal como estaba previsto. Vino y reparó lo que
nosotros todavía no teníamos listo, y así pudimos poner en marcha el programa.
Pero él tuvo problemas con la misma máquina con la que yo los había tenido. Al
cabo de tres días, él todavía estaba tratando de arreglarla. Fui y le dije:
«Oh, yo noté que esto estaba doblado». Y él dijo: « ¡Claro, eso es todo lo que
le pasa!». (Chasquido). Todo estaba bien. De modo que era eso.
Bien, Mr. Frankle puso en marcha este programa pero cogió una enfermedad, la
enfermedad del computador, algo que ahora conoce todo el que haya trabajado con
computadores. Es una enfermedad muy grave e interfiere completamente en el
trabajo. Era un problema serio que tratábamos de resolver. La enfermedad con
los computadores es que tú juegas con ellos. Son maravillosos.
Tienes estos conmutadores que determinan, si es un número par haces esto, si es
impar haces aquello; y si eres suficientemente listo, muy pronto puedes hacer
cosas cada vez más complicadas en una máquina. Pero al cabo de un tiempo, todo
el sistema se vino abajo. Resulta que él no estaba prestando ninguna atención;
no estaba supervisando a nadie. El sistema iba muy, muy lentamente. El
auténtico problema consistía en que él estaba sentado en una habitación
imaginando la forma de hacer que un tabulador imprimiese automáticamente
arco-tangente de x, y luego empezase a imprimir columnas y luego
bitsi, bitsi, bitsi y calcularía el arco-tangente automáticamente integrando
sobre la marcha y haciendo una tabla entera en una misma operación. Eso era
absolutamente inútil. Teníamos tablas de arcos-tangentes. Pero
si ustedes han trabajado alguna vez con computadores comprenderán la
enfermedad: es el placer de ver todo lo que uno puede hacer.
Pero él fue el primero que pilló la enfermedad; el pobre colega que inventó la
cosa fue el que pilló la enfermedad.
Así que me pidieron que dejase de trabajar en lo que yo estaba haciendo con mi
grupo y asumiese la dirección del grupo de IBM. Advertí la enfermedad y traté
de evitarla. Y aunque resolvían tres problemas en nueve meses, mi grupo era muy
bueno. El primer problema era que nadie les había dicho nada; los habían
seleccionado por todo el país para algo llamado Destacamento de Ingenieros
Especiales. Había muchachos muy inteligentes procedentes de los institutos que
tenían una gran capacidad para la ingeniería, y el ejército los reunió en el
Destacamento de Ingenieros Especiales. Los enviaron a Los Álamos. Los alojaron
en barracones y no les contaron nada. Luego les pusieron a trabajar, y lo que
tenían que hacer era trabajar con máquinas IBM, perforando agujeros, números
que ellos no entendían: nadie les dijo de qué se trataba. La cosa iba muy
lenta. Yo dije: lo primero que hay que hacer es que los técnicos sepan lo que
estamos haciendo. Oppenheimer habló con el personal de seguridad y obtuvo un
permiso especial. Así que yo di una bonita conferencia en la que les conté lo
que estábamos haciendo, y todos ellos quedaron entusiasmados. Estamos luchando
en la guerra. Vemos lo que es eso. Ellos sabían lo que significaban los
números. Si la presión aumentaba mucho, eso significaba que había más energía
liberada y así sucesivamente. Ellos sabían lo que estaban haciendo. ¡Fue una transformación
completa! Ellos empezaron a idear formas de hacerlo mejor. Mejoraron el
esquema. Trabajaban por la noche. No necesitaban supervisión por la noche. No
necesitaban nada. Lo entendían todo. Idearon varios de los programas que
utilizamos y así sucesivamente. De modo que mis muchachos realmente cumplieron,
y todo lo que hubo que hacer era decirles de qué se trataba, eso es todo. Es
simple: si no les cuentas nada, tan solo están perforando agujeros. Como
resultado, si antes les había llevado nueve meses resolver tres problemas,
ahora resolvíamos nueve problemas en tres meses, que es casi diez veces más
rápido. Una de las formas secretas en que trabajábamos con nuestros problemas
era la siguiente: los problemas se traducían en un mazo de fichas que debían
recorrer un ciclo. Primero sumar, luego multiplicar, y así iban recorriendo las
máquinas de la habitación, dando lentamente una y otra vuelta. Descubrimos un
método que consistía en tomar un conjunto de fichas de un color diferente y
hacerle seguir otro ciclo, pero desfasado respecto al anterior. Trabajaríamos
en dos o tres problemas a la vez. Como ven, era un problema diferente. Mientras
en un problema se estaba sumando, en otro se estaba multiplicando. Y con tales
esquemas de gestión, resolvimos muchos más problemas.
Finalmente, casi al final de la guerra, muy poco antes de que acabara tuvimos
que hacer un ensayo en Alamogordo, y la pregunta era, ¿cuánta energía se
liberará? Habíamos estado calculando la liberación de energía para diferentes
diseños, pero no habíamos hecho cálculos con el diseño concreto que finalmente
se utilizó. Así que Bob Christie vino y dijo: «Quisiéramos tener los resultados
de cómo va a funcionar esto en un mes, o en un periodo muy corto, no sé cuánto,
menos que eso, tres semanas». Yo dije: «Es imposible». Él dijo: «Mira, tú estás
resolviendo tantos problemas a la semana. Se necesitan solo dos semanas por
problema, o tres semanas por problema». Yo dije: «Ya lo sé, pero se necesita
mucho más tiempo para resolver el problema; lo que pasa es que los estamos
resolviendo en paralelo. Para cada uno se necesita mucho tiempo y
no hay forma de hacer que vaya más rápido». Y él se fue. Me puse a pensar: ¿hay
alguna forma de hacerlo más rápido? Quizá si no hiciéramos ninguna otra cosa
con la máquina, y no hubiese nada que interfiriera. Me puse a pensar. Escribí
en la pizarra un reto para los muchachos: ¿PODEMOS HACERLO? Todos ellos
respondieron: sí, trabajaremos doble turno, trabajaremos tiempo extra, y todo
eso, vamos a intentarlo. ¡Vamos a intentarlo! Así que la regla
era: ¡fuera cualquier otro problema! Hay que coger solo un problema
y concentrarse en ello. De modo que empezaron a trabajar.
Mi mujer murió en Albuquerque y tuve que ir allí. Le pedí prestado el automóvil
a Fuchs[15], que era un
amigo de la residencia. Él tenía un automóvil. Lo estaba utilizando para
llevarse secretos, ya saben, a Santa Fe. Él era el espía; yo no lo sabía. Tomé
prestado su automóvil para ir a Albuquerque. Al condenado cacharro se le
pincharon tres ruedas por el camino. Cuando regresé quise entrar en la
habitación, porque se suponía que yo lo estaba supervisando todo, pero no pude
hacerlo durante tres días. Había un buen desorden, una gran
agitación por obtener la respuesta para el ensayo que iba a hacerse en el
desierto. Entro en la habitación y veo que hay tarjetas de tres colores
diferentes. Hay tarjetas blancas, tarjetas azules, tarjetas amarillas y empiezo
a decir: «Bien, se suponía que no ibais a trabajar en más de un problema, ¡solo
un problema!». Ellos dijeron: «Sal de aquí, sal, sal. Ya te lo explicaremos
todo». De modo que esperé, y lo que sucedía era lo siguiente. A veces la
máquina cometía un error o ellos introducían un número equivocado; eso solía
pasar. Lo que hacíamos en estos casos era retroceder y hacerlo de nuevo. Pero
ellos habían advertido que el mazo representaba posiciones y profundidad en la
máquina, en el espacio o algo. Un error cometido aquí, en un ciclo, solo afecta
a los números cercanos; en el ciclo siguiente afecta a más números, y así
sucesivamente. El error se propaga a través del paquete de tarjetas. Si uno
tiene cincuenta fichas y comete un error en la ficha número 39, esto afecta a
la 37, la 38 y la 39. En el ciclo siguiente afecta a las fichas 36, 37, 38, 39
y 40. En los ciclos siguientes se extiende como una epidemia. Así que si ellos
encontraban un error, volvían atrás. Pero tuvieron una idea. Computarían solo
un pequeño mazo de diez cartas en torno al error. Y puesto que diez cartas
podrían pasar por la máquina con más rapidez que el mazo de cincuenta cartas,
el cálculo con este otro mazo sería muy rápido, mientras la epidemia se
extendía por las cincuenta cartas. Pero como el otro cálculo era más rápido,
podrían cancelarlo y corregirlo todo. ¿Comprenden? Muy inteligente. Así es como
trabajaban estos muchachos, con intensidad y mucha inteligencia, para ganar
velocidad. No había otra forma. Si hubieran parado el proceso para tratar de
corregirlo, habríamos perdido tiempo; y no podíamos perderlo. Eso era lo que
estaban haciendo. Por supuesto, ya se habrán imaginado ustedes lo que sucedió
mientras lo estaban haciendo. Encontraron un error en el mazo azul. Y por eso
tenían un mazo amarillo con algunas cartas menos y dando vueltas más
rápidamente que el mazo azul, ya saben. Andaban como locos, porque una vez que
lo habían resuelto tenían que corregir el mazo blanco, quitar las otras cartas,
reemplazarlas por las correctas y continuar, y esto es bastante confuso; ya
saben ustedes cómo son siempre estas cosas. Nadie quiere cometer un error. Y
precisamente cuando tenían estos tres mazos en marcha, y estaban tratando de
filtrarlo todo, entró el JEFE. «Déjanos solos», dijeron, de modo que les dejé
solos y todo salió bien; resolvimos el problema a tiempo y así es como se hizo.
Me gustaría decirles unas pocas palabras sobre algunas de las personas que
conocí. Al principio yo era un subordinado. Llegué a ser un jefe de grupo, pero
en Los Álamos conocí a algunos hombres extraordinarios, aparte de los hombres
del comité de evaluación. Hubo tantos que haber conocido a todos estos físicos
maravillosos es una de las mayores experiencias de mi vida. Hombres de los que
yo había oído hablar, unos más y otros menos importantes, pero los más grandes
estaban también allí. Por supuesto, estaba Fermi[16]. Vino en
alguna ocasión. La primera vez venía de Chicago para aconsejarnos y para
ayudarnos si teníamos algún problema. Tuvimos una reunión con él. Yo había
estado haciendo algunos cálculos y había obtenido algunos resultados. Los
cálculos eran tan complicados que resultaban muy difíciles de entender.
Normalmente, yo era el experto en esto; siempre podía decir cuál iba a ser la
respuesta aproximada, o podía explicar por qué era así una vez obtenida. Pero
esta vez se trataba de algo tan complicado que yo no podía explicar por qué era
así. Así que le dije a Fermi que estaba trabajando en este problema y empecé a
hacer cálculos. Él dijo: «Espera, déjame pensar antes de que me digas el
resultado. Tiene que salir algo parecido a esto —tenía razón—, y tiene que ser
así por esto y lo otro. Hay una explicación perfectamente obvia…». Así que él
estaba haciendo aquello en que se suponía que yo era bueno, pero él lo hacía
diez veces mejor. Fue toda una lección para mí.
También estaba Von Neumann, el gran matemático. Sugirió algunas observaciones
técnicas muy inteligentes; no quiero entrar aquí en detalles. Ocurrían
fenómenos muy interesantes con la computación de los números. Parecía que el
problema fuera inestable y él explicó por qué y todo eso. Fue un consejo técnico
muy bueno. Los domingos y festivos solíamos hacer excursiones para descansar.
Caminábamos por los cañones de las proximidades y solíamos ir con Bethe, Von
Neumann y Bacher[17]. Era un gran
placer. Y Von Neumann me dio una idea muy interesante: uno no tiene por qué ser
responsable del mundo en el que vive. Así que yo he desarrollado un sentido muy
fuerte de irresponsabilidad social como resultado del consejo de Von Neumann.
Eso me ha hecho un hombre muy feliz desde entonces. Pero ¡fue Von Neumann quien
puso la semilla de la que creció mi irresponsabilidad activa!
También conocí a Niels Bohr[18]. Eso fue
interesante. Viajaba con el nombre de Nicholas Baker y vino con Jim Baker, su
hijo, cuyo verdadero nombre es Aage[19]. Procedían
de Dinamarca y vinieron de visita; eran físicos muy famosos,
como todos ustedes saben. Incluso para los grandes popes, él era un gran dios.
Él hablaba y todos le escuchaban. Estábamos en una reunión y todo el mundo
quería ver al gran Bohr. Había un montón de personas, yo
estaba atrás en un rincón, para hablar y discutir los problemas de la bomba.
Eso fue la primera vez. Vino y se fue, y desde mi rincón solo pude verle entre
las cabezas de los demás. Estaba prevista una nueva visita. La misma mañana en
que estaba prevista su llegada recibí una llamada telefónica. «Hola, ¿es usted
Feynman?». «Sí». «Soy Jim Baker»; era su hijo. «Mi padre y yo quisiéramos
hablar con usted». « ¿Conmigo? Yo soy Feynman, solo soy…» «Muy bien. De
acuerdo». Así que a las ocho en punto de la mañana, antes de que nadie se
hubiera levantado, acudí a la cita. Entramos en un despacho en el área técnica
y me dice: «Hemos estado reflexionando sobre la forma de hacer la bomba más
eficaz y hemos pensado en lo siguiente». Dije: «No, eso no va a funcionar, no
es eficiente, blah, blah, blah». Él dice: «¿Y qué tal esto otro?». Yo dije:
«Eso suena un poco mejor, pero sigue siendo una idea rematadamente loca».
Siempre he sido torpe en una cosa, nunca he sabido con quién
estaba hablando. Solo me preocupaba la física: si la idea parecía pésima, yo
decía que parecía pésima; si parecía buena, yo decía que parecía buena. Una
simple proposición, yo siempre he vivido así. Está bien, es agradable, si uno
puede hacerlo. Tengo suerte de poder hacerlo, la misma suerte que tuve con el
plano. Y así seguimos durante dos horas de idas y venidas con un montón de
ideas, discutiéndolas y desmenuzándolas. El gran Niels siempre estaba
encendiendo su pipa; se le apagaba continuamente. Y hablaba de una forma incomprensible.
Farfullaba «humm… humm», era difícil de entender, pero a su hijo podía
entenderle mejor. Finalmente dijo: «Bien —encendiendo su pipa—. Creo que
podemos llamar ahora a los grandes jefes». Así que llamaron a
todos los demás y tuvieron una discusión con ellos. El hijo me contó lo que
había sucedido: tras la visita anterior su padre le había dicho: «¿Recuerdas el
nombre del colega que estaba al fondo? Es el único tipo que no me tiene miedo,
así que hablaremos con él cuando se me ocurra una idea loca. La próxima vez
que queramos discutir ideas, no vamos a poder hacerlo con estos tipos que dicen
a todo sí, sí, doctor Bohr. Llamemos primero a ese tipo, hablaremos primero con
él».
Una vez que hicimos los cálculos, el siguiente paso era, por supuesto, la
prueba. Teníamos que hacer la prueba. En esa época yo estaba en casa con unas
cortas vacaciones, por la muerte de mi mujer, y recibí un mensaje de Los Álamos
que decía: «Se espera el nacimiento del bebé para tal día». Así que volví
rápidamente, y llegué al lugar justo cuando estaban partiendo
los autobuses; ni siquiera pude ir a mi habitación. En Alamogordo esperamos a
cierta distancia; estábamos a 30 kilómetros. Teníamos una radio por la que se
suponía que iban a avisarnos cuando estallara la bomba y todo eso. La radio no
funcionaba, y nunca supimos qué estaba sucediendo. Pero solo unos minutos antes
del momento inicialmente previsto para la explosión, la radio empezó a
funcionar y nos dijeron que faltaban veinte segundos o algo parecido. A las
personas que estábamos muy lejos —otros estaban más cerca, a 10 kilómetros— nos
dieron gafas oscuras para que pudiéramos observar. ¡Gafas oscuras! A 30
kilómetros de la maldita cosa te dan gafas oscuras. ¡No puedes ver nada con
gafas oscuras! Entonces yo pensé que lo único que realmente podía hacer daño a
los ojos es la luz ultravioleta; la luz simplemente brillante no daña los ojos.
De modo que me puse detrás del parabrisas de un camión, de modo que la luz
ultravioleta no pudiera atravesar el cristal, y así estaría a salvo y
podría ver la maldita cosa. Otras personas no llegarían
a ver nunca la maldita cosa. Muy bien. Llega el momento y se
produce este tremendo destello, tan brillante que vi
rápidamente una mancha púrpura en el suelo del camión. Yo dije: «Eso no es. Es
una imagen posterior». Así que miro de nuevo y veo una luz blanca que se
transforma en amarilla y luego en naranja. Se forman nubes y luego se deshacen,
la compresión y la expansión provocan que se formen nubes y las hacen
desaparecer. Finalmente se formó una gran bola naranja, con un centro muy
brillante, una bola naranja que empezó a ascender y a hincharse, y a
oscurecerse por los bordes; y luego ves que es una gran bola de humo con
destellos de fuego en su interior por el calor que desprende. Yo vi todo lo que
acabo de describir; duró un minuto. Fue una sucesión de resplandores y
oscuridades, y yo lo vi. Soy prácticamente el único que realmente miró la
maldita cosa, el primer test de Trinidad. Todos los demás llevaban gafas
oscuras. Los que estaban a 10 kilómetros no pudieron verlo porque les dijeron
que se tirasen al suelo con los ojos tapados, de modo que nadie lo vio. Los que
estaban donde yo estaba llevaban todos gafas oscuras. Yo soy el único que lo
vio a simple vista. Finalmente, al cabo de un minuto y medio, se produjo
repentinamente un ruido tremendo, ¡bang!, y luego un estruendo, como un trueno,
y eso es lo que me convenció. Nadie había dicho una palabra durante todo ese
minuto, todos estábamos observando inmóviles, pero este sonido liberó a todo el
mundo, y me liberó a mí en especial porque la solidez del sonido a esa
distancia significaba que realmente había funcionado. Cuando se apagó el
sonido, un hombre que estaba de pie junto a mí dijo: « ¿Qué ha sido eso?»; yo
dije: «Eso era la bomba». El hombre era William Laurence, un enviado de The
New York Times. Iba a escribir un artículo en el que describiría toda la
situación. Se suponía que yo debía guiarle, pero resultó que todo era demasiado
técnico para él.
Más tarde vino Mr. Smyth[20] de
Princeton y le enseñé Los Álamos. Por ejemplo, entramos en una habitación y
allí, en el extremo de un pedestal un poco más estrecho que este, había una
pequeña bola plateada, de aproximadamente este tamaño: si uno ponía la mano en
ella notaba que estaba caliente. Era radiactiva; era plutonio. Nos quedamos en
la puerta de la habitación hablando de ello. Allí había un nuevo elemento
químico que había sido fabricado por el hombre y que nunca antes existió en la
Tierra, excepto posiblemente durante un periodo muy corto en el mismísimo
principio. Y aquí estaba aislado y radiactivo, y tenía estas propiedades. Y lo
habíamos hecho nosotros. Por eso era muy valioso, tremendamente valioso, no
había nada más valioso. Mientras hablábamos —ya saben ustedes qué es lo que
hace la gente cuando habla, te mueves de un lado a otro y todo eso— él le
estaba dando patadas al tope de la puerta, ven ustedes, y yo digo, sí, y dije
que el tope de la puerta es más apropiado que la puerta. El tope de la puerta
era un hemisferio de metal amarillo: de hecho, era oro. Era un hemisferio de
oro de este tamaño. Resulta que habíamos tenido que hacer un experimento para
ver cuántos neutrones eran reflejados por diferentes materiales para ahorrar
neutrones y así no tener que utilizar tanto plutonio. Habíamos probado muchos
materiales diferentes. Habíamos probado el platino, habíamos probado el zinc,
habíamos probado el bronce, habíamos probado el oro. Así que para hacer los
test con el oro teníamos estas piezas de oro, y alguien tuvo la brillante idea
de utilizar esa gran bola de oro como tope para la puerta de la habitación
donde se guardaba el plutonio, lo que era bastante apropiado.
Tras la explosión y las noticias que nos llegaron, se produjo una tremenda
excitación en Los Álamos. Todo el mundo lo celebraba, todos corríamos de un
lado a otro. Yo me senté en el capó de un jeep tocando un tambor y haciendo
cosas por el estilo. Todos lo celebraban salvo una persona, que yo recuerde.
Era Bob Wilson, quien precisamente me había introducido en esto. Estaba sentado
y abatido[21]. Le dije: «
¿Qué haces tan abatido?». Dijo: «Es terrible lo que hemos hecho». Yo dije:
«Pero tú lo empezaste, tú nos metiste en ello». Ya ven, lo que me sucedió a mí,
lo que nos sucedió a todos los demás es que empezamos por una
buena razón, pero luego estuvimos trabajando muy duramente por hacer algo, por
conseguirlo: eso es un placer, es excitante. Y entonces dejas de pensar,
simplemente dejas de pensar. Después de haberlo pensado al comienzo, dejas de
pensar. Y él era el único que aún estaba pensando en ello, en aquel momento
concreto. Yo volví a la civilización inmediatamente después de eso y fui a
Cornell a dar clases. Mi primera impresión fue muy extraña, algo que todavía no
puedo entender, pero que entonces sentí de forma muy intensa. Estaba sentado en
un restaurante en Nueva York, por ejemplo, miraba los edificios y la distancia
a que se encontraban y, saben, yo pensaba en cuál fue el radio de destrucción
de la bomba de Hiroshima y cosas así. ¿A qué distancia estaba la Calle 34?
Pensar en todos estos edificios aplastados… Tuve una sensación muy extraña.
Después veía a gente que estaba construyendo un puente o haciendo una nueva
carretera; y pensaba, están locos, no entienden nada, no lo
entienden. ¿Por qué están construyendo cosas nuevas si es tan inútil? Pero,
afortunadamente, ha sido inútil durante treinta años, ahora, más o menos,
pronto hará treinta años. He estado equivocado durante treinta años sobre la utilidad
de hacer puentes, y me alegro de que esas otras personas fueran capaces de
seguir adelante. Pero mi primera reacción, una vez que había acabado con esto,
fue pensar que era inútil hacer cualquier cosa. Muchas gracias.
PREGUNTA: ¿Qué hay de su historia sobre algunas cajas fuertes?
Bien, hay un montón de historias sobre cajas fuertes. Si me dan diez minutos,
les contaré tres historias sobre cajas fuertes. ¿De acuerdo? La motivación para
abrir el archivador, descerrajar la cerradura, fue mi interés por la seguridad
del conjunto. Alguien me había dicho cómo abrir cerraduras. Entonces nos dieron
archivadores que tenían cerraduras de combinación. Tengo una enfermedad, y es
que trato de reventar cualquier cosa que sea secreta. Y por eso las cerraduras
de aquellos archivadores, hechos por la Mosler Lock Company, en los que
colocábamos nuestros documentos —todo el mundo los tenía—, representaban un
desafío para mí. ¿Cómo demonios abrirlos? Así que trabajé y trabajé con ellos.
Se cuentan todo tipo de historias acerca de cómo se pueden sentir los números
de la combinación y oír las ruedas y todo eso. Eso es cierto; yo lo entiendo
muy bien. Eso es para cajas de seguridad pasadas de moda. Pero ellos tenían un
nuevo diseño de modo que nada presionaba los engranajes mientras uno estaba
probándolos. No voy a entrar en los detalles técnicos, pero el caso es que
ninguno de los viejos métodos funcionaba. Yo leo libros escritos por magos
profesionales. Los libros escritos por magos profesionales siempre empiezan
contando cómo abrían ellos las cerraduras. Es el no va más: la mujer está bajo
el agua, la caja fuerte está bajo el agua y la mujer se está ahogando o algo
parecido y él abre la caja. No sé, es una historia loca. Y al final cuentan
cómo lo hacen y no dicen nada razonable; parece imposible que sea así como
abrían realmente las cajas. ¡Es tan poco razonable como conjeturar la
combinación de una caja basándose en la psicología del propietario! Por eso, yo
siempre he pensado que guardaban un secreto. En cualquier caso, seguí
trabajando. Y así, como una especie de enfermedad, seguí trabajando hasta que
descubrí algunas cosas. En primer lugar descubrí qué margen admite la
combinación, hasta dónde tienes que acercarte. Y entonces ideé un sistema por
el que se pueden ensayar todas las combinaciones que sean necesarias. En este
caso eran ocho mil, porque había un margen de dos en torno a cada número.
Resulta así que hay que probar un número de cada cinco, entre cuarenta mil…
ocho mil combinaciones. Y entonces desarrollé un esquema por el que podía
ensayar números sin alterar un número que ya había conseguido, moviendo correctamente
las ruedas, de modo que podía ensayar todas las combinaciones en ocho horas. Y
luego descubrí aún más cosas. Esto me llevó otros dos años de investigación; ya
ven, no había muchas diversiones allí y me dedicaba a jugar. Finalmente
descubrí una forma fácil de obtener los dos números finales, los dos últimos
números de la combinación de la caja, si la caja está abierta. Si el cajón está
fuera, uno puede girar el número y ver si sube el pasador, y tantear y
descubrir qué hace, a qué número vuelve y cosas así. Con un poco de habilidad
es posible obtener la combinación. Así que yo solía practicar igual que un
malabarista practica con naipes, ya saben, todo el tiempo. Cada vez con más
rapidez y más desenvoltura, entraba y hablaba con algún tipo y me apoyaba
contra su archivador, igual que estoy jugando con este reloj ahora; ustedes ni
siquiera han notado que yo esté haciendo algo. No estoy haciendo nada.
Simplemente jugaba con el dial, eso es todo, solo jugaba con el dial. Pero
¡estaba sacando los dos números! Luego volvía a mi despacho y apuntaba los dos
números. Los dos últimos números entre tres. Ahora, si uno tiene los dos
últimos números solo se necesita un minuto para ensayar el primer número; solo
veinte posibilidades y está abierto. ¿Comprenden?
* * * *
Así que me gané una excelente reputación como
desvalijador. Me decían: «Mr. Schmultz está fuera de la ciudad, necesitamos un
documento de su caja fuerte. ¿Puedes abrirla?». Yo decía: «Sí, puedo abrirla,
pero tengo que ir a por mis herramientas» (yo no necesito ninguna herramienta).
Voy a mi oficina y miro los números de su caja fuerte. Yo tenía los dos últimos
números. Tenía los números de las cajas de todo el mundo en mi despacho. Ponía
un destornillador en mi bolsillo trasero, como si fuese la herramienta que yo
decía necesitar. Volvía a la habitación y cerraba la puerta. Se trata de que
este asunto de cómo se abren las cajas fuertes no es algo que todo el mundo
debiera saber, porque lo hace todo muy inseguro; es muy peligroso que todo el
mundo sepa cómo hacerlo. Así que cierro la puerta y entonces me siento y leo
una revista, o hago algo. Solía estar unos veinte minutos de media sin hacer
nada y luego la abría; mejor dicho, la abría en seguida para ver que todo
estaba bien y entonces me sentaba allí durante veinte minutos para ganarme una
buena reputación y que no pensaran que era demasiado fácil o que había algún
truco en ello. Y entonces salía sudando un poco, ya saben, y decía: «Está
abierta. Ahí la tienen», y todo eso. ¿Comprenden?
* * * *
En cierta ocasión también abrí una caja simplemente
por accidente, y eso ayudó a reforzar mi reputación. Causó sensación, fue pura
suerte, la misma suerte que tuve con los planos. Pero eso fue una vez que la
guerra había terminado. Puedo contarles ahora estas historias porque una vez
que la guerra había terminado yo volví a Los Álamos para acabar algunos
artículos y allí abrí algunas cajas fuertes. Podría escribir un libro de
desvalijadores mejor que cualquier libro de desvalijadores. Al
principio explicaría cómo abrí la caja absolutamente en frío sin saber la
combinación, una caja que contenía más secretos que cualquier
caja que hubiera abierto antes. Abrí la caja que contenía el secreto de la
bomba atómica, todos los secretos, las fórmulas, los ritmos a
los que se liberaban los neutrones del uranio, cuánto uranio se necesita para
hacer una bomba, todas las teorías, todos los cálculos, ¡TODA LA MALDITA COSA!
* * * *
Les explicaré cómo sucedió. ¿De acuerdo? Yo estaba
tratando de escribir un informe. Necesitaba este informe. Era un sábado y yo
creía que todo el mundo trabajaba. Creía que las cosas seguían igual en Los
Álamos. Así que fui a sacarlo de la biblioteca. Todos estos documentos estaban
en la biblioteca de Los Álamos. Había una gran cámara acorazada con un gran
tirador de un tipo diferente de los que yo conocía. Yo entendía los
archivadores, pero solo era experto en archivadores. Por si fuera poco, había
guardas caminando arriba y abajo con pistolas. No puedes conseguir que uno te
abra, ¿comprenden? Entonces pienso, ¡un momento! El viejo Freddy De Hoffman de
la Sección de Desclasificación está encargado de desclasificar documentos. ¿Qué
documentos pueden desclasificarse ahora? Para eso, él tenía que bajar a la
biblioteca, y volver a subir, y estaba cansado de hacerlo. Así que tuvo una
idea brillante. Se haría una copia de todos los documentos de la biblioteca de
Los Álamos. Se hizo su archivo: tenía nueve archivadores, uno
junto a otro en dos habitaciones, llenos con todos los
documentos de Los Álamos; y yo sabía que él lo tenía. Así que iría a De Hoffman
y le pediría que me prestase los documentos; él tenía una copia. Así que subí a
su despacho. La puerta del despacho está abierta. Parece que él vaya a volver,
la luz está encendida; parece que vaya a volver en un minuto. Así que espero. Y
como siempre que estoy esperando, me pongo a jugar con los tiradores. Probé
10-20-30, y no funcionó. Probé 20-40-60, y no funcionó. Lo probé todo. Estoy
esperando, no tengo nada que hacer. Entonces empiezo a pensar en estos magos,
ya saben, yo nunca he sido capaz de imaginar cómo abrir las cajas con astucia.
Quizá ellos tampoco lo hacen, quizá sea cierto todo lo que me están contando
sobre psicología. Voy a abrir esto a base de psicología. Primero, el libro
dice: «La secretaria está muy nerviosa porque puede olvidar la combinación». Le
han dicho la combinación. Ella podría olvidarla y el jefe podría olvidarla, así
que ella tiene que saberla. De modo que ella la escribe nerviosamente en alguna
parte. ¿Dónde? Lista de lugares donde una secretaria podría escribir
combinaciones. ¿Comprenden? Empieza, esta es la cosa más astuta, empieza que
abres el cajón y en la madera lateral del cajón, por la parte de fuera, hay un
número descuidadamente escrito, como si fuera un número de una factura. Este es
el número de la combinación. Bien. Está en el lado de la mesa. ¿Comprenden? Yo
recordaba eso, está en el libro. El cajón de la mesa está cerrado, abro la
cerradura inmediatamente, saco el cajón, miro en la madera: nada. Está bien,
está bien. Hay un montón de papeles en el cajón. Miro entre los papeles y
finalmente lo encuentro, un bonito trozo de papel que tiene el alfabeto griego.
Alfa, beta, gamma, delta, etc., cuidadosamente escrito. Las secretarias tienen
que saber cómo hacer estas letras y cómo llamarlas cuando están hablando de
ellas, ¿conecto? Así que todas las tenían, cada una de ellas tenía una
copia. Pero garabateado descuidadamente en la parte superior
está π, igual a 3,14159. Bien, ¿por qué necesita ella el valor
numérico de π si no está calculando nada? Así que voy a la
caja de seguridad. Honesto, esto es honesto, ¿de acuerdo? Es igual que en el
libro. Estoy simplemente diciéndoles cómo se hizo. Subí a la caja, 31-41-59. No
se abre. 13-14-95. No se abre. 95-14-13. No se abre. 14-31, hace veinte minutos
que le estoy dando vueltas a π. No sucede nada. Así que me dispongo
a salir del despacho y entonces recuerdo el libro sobre la psicología y me
digo, ya saben, pero ¡claro! Psicológicamente, yo tengo razón. De Hoffman
es precisamente el tipo de persona que utilizaría una
constante matemática para la combinación de su caja fuerte. Otra constante
matemática importante es e. Así que vuelvo a la caja, 27-18-28,
clic, cloc, se abre. De paso comprobé que todas las
combinaciones eran la misma. Bien, hay otras muchas historias sobre ello pero
es demasiado tarde y esa está bien, de modo que dejémoslo así.
Capítulo 4
Cuál es y cuál debería ser el papel de la cultura científica en la sociedad
moderna
Esta es una conferencia que pronunció Feynman ante
una audiencia de científicos en el Galileo Symposium en Italia, en 1964. Con
frecuentes reconocimientos y referencias a la gran obra y las grandes
penalidades de Galileo, Feynman habla del efecto de la ciencia sobre la
religión, la sociedad y la filosofía, y nos advierte de que es nuestra
capacidad de dudar lo que determinará el futuro de la civilización.
Soy el profesor Feynman, a pesar de este traje. Normalmente doy conferencias en
mangas de camisa, pero cuando salía del hotel esta mañana mi mujer me dijo:
«Deberías ponerte un traje». Yo le dije: «Pero yo doy normalmente las
conferencias en mangas de camisa». Y ella respondió: «Sí, pero esta vez tú no
sabes a quién vas a hablar, de modo que deberías causar buena impresión…». Así
que me puse un traje.
Voy a hablar sobre el tema que me propuso el profesor Bernardini[22]. Para
empezar, me gustaría decir que, en mi opinión, encontrar el lugar adecuado de
la cultura científica en la sociedad moderna no va a resolver los problemas de
la sociedad moderna. Hay muchos problemas que no tienen mucho que ver con la
posición de la ciencia en la sociedad, y es un sueño pensar que el mero hecho
de decidir la forma ideal en que deberían encajar ciencia y sociedad va a
resolver de un modo u otro todos los problemas. Por eso, y les ruego que lo
entiendan, aunque yo voy a sugerir algunas modificaciones en esa relación, no
espero que estas modificaciones sean la solución a los problemas de la
sociedad.
Esta sociedad moderna parece estar sometida a diversas amenazas serias, y me
gustaría centrarme en una de ellas que será de hecho el tema central (aunque
habrá un montón de pequeñas cuestiones secundarias). El tema central de mi
conferencia es que yo creo que uno de los mayores peligros para la sociedad
moderna es el posible resurgimiento y expansión de las ideas de control del
pensamiento; ideas semejantes a las que tenía Hitler, o Stalin en su época, o
la religión católica en la Edad Media, o la China actual. Creo que uno de los
mayores peligros es que esto vaya en aumento hasta que incluya a todo el mundo.
Ahora bien, al analizar la relación de la ciencia con la cultura científica de
la sociedad, lo primero que viene inmediatamente a la mente es, por supuesto,
lo más obvio, que son las aplicaciones de la ciencia. Las aplicaciones también
son cultura. Sin embargo, no voy a hablar de las aplicaciones, aunque no tengo
ninguna buena razón para no hacerlo. Soy consciente de que todos los debates
populares sobre el tema de la relación entre la ciencia y la sociedad giran
casi enteramente alrededor de las aplicaciones, y de que las cuestiones morales
que se plantean los científicos acerca de su trabajo también implican
normalmente a las aplicaciones. De todas formas, no voy a hablar sobre ellas
porque hay otras cuestiones de las que no se habla tanto, y así, por el placer
de hacerlo, me gustaría hablar sobre algo ligeramente diferente.
Acerca de las aplicaciones diré, sin embargo, que, como todos ustedes saben, la
ciencia crea un poder mediante su conocimiento, el poder de hacer cosas: uno
puede hacer cosas una vez que conoce algo científicamente. Pero la ciencia no
incluye instrucciones con este poder acerca de cómo hacer el bien frente a cómo
hacer el mal. Digámoslo de una forma simple: no vienen instrucciones con el
poder, y la cuestión de aplicar o no la ciencia se reduce esencialmente al
problema de organizar las aplicaciones de una forma que no haga mucho daño y
haga el máximo bien posible. Pero, por supuesto, es frecuente que quienes se
dedican a la ciencia digan que esa no es su responsabilidad, porque la
aplicación es precisamente el poder de hacer cosas, y es independiente de lo
que uno haga con ello. Desde luego, es verdad en cierto sentido que
probablemente es bueno crear para el género humano el poder de controlar esto,
pese a las dificultades que tiene cuando trata de imaginar cómo controlar el
poder para hacerse el bien en lugar del mal.
Podría decir también que aunque muchos de los que estamos aquí somos físicos, y
la mayoría de nosotros pensamos en los problemas serios de la sociedad en
términos de física, yo creo que con toda seguridad la próxima ciencia que se
encontrará en dificultades morales con sus aplicaciones es la biología; y si
los problemas de la física con relación a la ciencia parecen difíciles, los
problemas del desarrollo del conocimiento biológico serán fantásticos. Estas posibilidades
fueron apuntadas, por ejemplo, en el libro de Huxley, Un mundo feliz,
pero ustedes pueden pensar en muchas cosas. Por ejemplo, si la energía en un
futuro lejano puede ser suministrada libre y fácilmente por la física, entonces
es una mera cuestión de química reunir los átomos de tal forma que produzcan
alimentos, a partir de la energía que los átomos han conservado, de modo que
uno puede producir tanto alimento como productos residuales haya de los seres
humanos; y hay así una conservación de la materia y no hay problema de
alimentación. Habrá serios problemas sociales cuando descubramos cómo controlar
la herencia, y qué tipo de control, bueno o malo, utilizar. Supongamos que
llegáramos a descubrir las bases fisiológicas de la felicidad o de cualquier
otro sentimiento, tal como el sentimiento de ambición, y supongamos que
pudiéramos controlar entonces si alguien se siente ambicioso o no se siente
ambicioso. Y, finalmente, está la muerte.
Una de las cosas más notables es que en ninguna de las ciencias biológicas se
encuentra una clave respecto a la necesidad de la muerte. Si alguien quiere
construir el movimiento perpetuo, hemos descubierto leyes suficientes en
nuestro estudio de la física para ver que esto es absolutamente imposible; y si
no es así, las leyes están equivocadas. Pero todavía no se ha encontrado nada
en biología que indique la inevitabilidad de la muerte. Esto me sugiere que no
es en absoluto inevitable, y que solo es cuestión de tiempo antes de que los
biólogos descubran qué es lo que nos causa el problema y se cure esa terrible
enfermedad universal o temporalidad del cuerpo humano. En cualquier caso, uno
puede ver que habrá problemas de una magnitud fantástica provenientes de la
biología.
Hablaré ahora sobre algo diferente.
Además de las aplicaciones están las ideas, y las ideas son de dos tipos. Uno
de ellos es el producto de la propia ciencia, es decir, la visión del mundo que
produce la ciencia. Esta es en cierta forma la parte más bella del conjunto.
Algunas personas piensan: no, lo importante son los métodos de la ciencia.
Bien, depende de si a uno le gustan los fines o los medios, pero los medios
eran medios para producir algunos fines maravillosos y no les voy a aburrir con
los detalles (o mejor dicho, no les aburriría si pudiera hacerlo bien). Pero
todos ustedes saben algo de las maravillas de la ciencia —no es una audiencia
popular a la que me dirijo—, de modo que no voy a intentar que se entusiasmen
una vez más con los hechos del mundo: el hecho de que todos estamos formados de
átomos, los enormes intervalos de tiempo y espacio existentes, nuestra propia
posición histórica como resultado de un notable proceso evolutivo, y nuestra
propia posición en la secuencia evolutiva. Y además, el aspecto más notable de
nuestra visión científica del mundo es su universalidad en el sentido de que,
aunque decimos que somos especialistas, realmente no lo somos. Una de las
hipótesis más prometedoras de toda la biología es que todo lo que hacen los
animales o hacen las criaturas vivientes puede entenderse mejor en términos de
lo que pueden hacer los átomos, es decir, en términos de leyes físicas, en
definitiva, y la perpetua atención a esta posibilidad —hasta el momento no se
ha encontrado ninguna excepción— ha sido una y otra vez fuente de sugerencias
respecto a cuáles son realmente los mecanismos. No es apreciado como debiera el
hecho de que nuestro conocimiento es universal, que la posición de las teorías
es tan completa que andamos a la busca de excepciones y vemos que son muy
difíciles de encontrar —al menos en física—, y si se gasta tanto en todas estas
máquinas y demás es para encontrar alguna excepción a lo que ya se conoce. Y,
si no es así, ese es otro aspecto de lo maravilloso que es el mundo, en el
sentido de que las estrellas están hechas de los mismos átomos que las vacas y
que nosotros mismos, y que las piedras.
De cuando en cuando todos tratamos de comunicar a nuestros amigos no
científicos esta visión del mundo; y muy a menudo nos vemos en dificultades
porque nos equivocamos al tratar de explicarles las últimas preguntas, tales
como el significado de la conservación de CP[23], cuando no
saben nada sobre las cosas más elementales. Durante los cuatrocientos años
transcurridos desde Galileo hemos estado reuniendo información sobre el mundo
que entonces no se conocía. Ahora estamos trabajando en alguna vía de salida y
en los límites del conocimiento científico. Y las cosas que aparecen en los
periódicos y que parecen excitar la imaginación adulta son siempre aquellas
cosas que ellos no pueden entender, porque no se les ha instruido en absoluto
en ninguna de las cosas mucho más interesantes y bien conocidas [para los
científicos] que la gente ha descubierto antes. No es este el caso de los
niños, gracias a Dios, por el momento; al menos hasta que se hagan adultos.
Pienso, y todos ustedes deben saberlo por experiencia, que la gente —quiero
decir la persona media, la gran mayoría de las personas, la inmensa mayoría de
las personas— son lamentablemente, penosamente, absolutamente ignorantes de la
ciencia del mundo en el que viven, y pueden seguir así. No quiero decir nada de
ellos; lo que quiero decir es que pueden seguir sin que les preocupe lo más
mínimo —solo tibiamente— y cuando ocasionalmente ven la CP mencionada en los
periódicos, preguntan qué es eso. Y una cuestión interesante de la relación
entre la ciencia y la sociedad moderna es precisamente esa: ¿por qué es posible
que la gente en una sociedad moderna permanezca tan penosamente ignorante, y
pese a todo razonablemente feliz, cuando hay tanto conocimiento al que no
pueden acceder?
A propósito de conocimiento y maravillas, Mr. Bernardini dijo que no deberíamos
enseñar maravillas sino conocimiento.
Quizá haya una diferencia en el significado de las palabras. Yo creo que
deberíamos enseñarles maravillas, y que el objetivo del conocimiento es
apreciar todavía más las maravillas. Y que el conocimiento es simplemente poner
en el marco correcto la maravilla que constituye la naturaleza. Sin embargo, él
estará probablemente de acuerdo en que yo he cambiado algunas palabras y ese
significado se ha filtrado en la conversación. En cualquier caso, quiero
responder a la pregunta de por qué la gente puede permanecer tan penosamente
ignorante y no tener dificultades en la sociedad moderna. La respuesta es que
la ciencia es irrelevante. Y en un minuto explicaré lo que quiero decir. No es
que tenga que serlo, sino que dejamos que sea irrelevante para la sociedad.
Volveré a esta cuestión.
Los otros aspectos de la ciencia que son importantes y que tienen algún
problema en relación con la sociedad, aparte de las aplicaciones y los
fenómenos reales que se descubren, son las ideas y las técnicas de la
investigación científica: los medios, si ustedes prefieren. Porque yo creo que
resulta difícil comprender por qué el descubrimiento de dichos medios, que
parecen tan autoevidentes y obvios, no se hizo mucho antes: ideas sencillas
que, con solo ensayarlas, se ve lo que sucede y así sucesivamente. Es probable
que la mente humana evolucionase a partir de la del animal; y evoluciona de
cierta forma [tal] que es como cualquier herramienta nueva, en cuanto que tiene
sus problemas y dificultades. Tiene sus problemas, y uno de los problemas es
que se contamina por sus propias supersticiones, se confunde, hasta que
finalmente se descubrió una forma de mantener más o menos una línea de
actuación para que los científicos puedan hacer un pequeño progreso en cierta
dirección en lugar de ir en círculos y verse obligados a algún agarradero. Y
creo que este es, por supuesto, el momento adecuado para discutir esta cuestión
debido a que los inicios de este nuevo descubrimiento se remontan a la época de
Galileo. Estas ideas y técnicas, por supuesto, son conocidas por ustedes. Yo
simplemente las revisaré; es, una vez más, una de esas cosas en las que uno
tiene que entrar en detalles cuando habla a una audiencia profana; aquí solo
las mencionaré para que ustedes aprecien de qué estoy hablando concretamente.
La primera es la cuestión de juzgar la evidencia; bien, lo primero realmente
es: antes de empezar uno no debe saber la respuesta. Así que uno empieza
estando inseguro de cuál es la respuesta. Esto es muy, muy importante, tan
importante que me gustaría entretenerme un poco en este punto, y hablar de ello
aún más a lo largo de mi charla. La cuestión es que la duda y la incertidumbre
son algo necesario para empezar, pues si uno ya conoce la respuesta no hay
necesidad de reunir ninguna evidencia sobre ello. Bien, estando inseguros, la
próxima cosa es buscar evidencia, y el método científico consiste en empezar
con ensayos. Pero otra forma, y una muy importante que no debería despreciarse
y que es vital, consiste en reunir ideas para tratar de conseguir una
consistencia lógica entre las diversas cosas que uno conoce. Es algo muy
valioso tratar de relacionar esto, lo que uno sabe, con aquello, lo que otro
sabe, y tratar de descubrir si son compatibles. Y cuanta mayor sea la actividad
en el intento de reunir ideas de diferentes direcciones, mejor será.
Una vez que hemos buscado la evidencia tenemos que juzgar la evidencia. Existen
las reglas normales sobre la forma de juzgar la evidencia; no es correcto tomar
solo lo que a uno le gusta, sino que hay que considerar toda la evidencia, hay
que tratar de mantener cierta objetividad sobre el asunto —suficiente para
seguir su marcha— y no depender en última instancia de la autoridad. La
autoridad puede ser un indicio de cuál sea la verdad, pero no es la fuente de
información. Mientras sea posible deberíamos descartar la autoridad cuando
quiera que las observaciones estén en desacuerdo con ella. Y, finalmente, el
registro de los resultados debería hacerse de forma desinteresada. Esta es una
frase muy divertida que siempre me fastidia, porque da la impresión de que, una
vez que alguien ha estudiado todo acerca de algo, le importan un bledo los
resultados. Pero no se trata de eso. El desinterés aquí significa que los
resultados no deben publicarse de una forma que trate de inducir en el lector
una idea que es diferente de lo que la evidencia indica.
Y todos ustedes son conscientes de todos estos aspectos.
Ahora bien, todo esto, todas estas ideas y todas las técnicas están en el
espíritu de Galileo. El hombre cuyo nacimiento estamos conmemorando tuvo mucho
que ver con el desarrollo y la difusión y, lo que es más importante, la
demostración de la potencia de esta forma de considerar las cosas. En cualquier
centenario, o en este caso cuatricentenario, uno siempre se pregunta antes o
después: ¿qué diría este hombre si estuviese aquí ahora y le enseñásemos el
mundo? Por supuesto, dirán ustedes, esto es algo espinoso y no se puede hacer
en una charla, pero eso es lo que voy a hacer ahora. Supongamos que Galileo
estuviera aquí y le mostrásemos el mundo actual y tratásemos de complacerle,
para ver qué descubre él. Y le hablaríamos de la cuestión de la evidencia, de
aquellos métodos de juzgar cosas que él desarrolló. Y señalaríamos que nos
mantenemos exactamente en la misma tradición, la seguimos exactamente, incluso
en los detalles de hacer medidas numéricas y utilizarlas como una de las
mejores herramientas, al menos en física. Y que las ciencias se han desarrollado
en muy buena forma, continua y directamente a partir de sus ideas originales,
en el mismo espíritu que él desarrolló. Y como resultado ya no hay más brujas y
fantasmas.
Realmente digo [que el método cuantitativo funciona muy bien] en ciencia, pero
eso es de hecho casi una definición de la ciencia actual; las ciencias de las
que se ocupó Galileo, la física, la mecánica y cosas semejantes, se han
desarrollado, por supuesto, pero las mismas técnicas funcionan en biología, en
historia, geología, antropología, etc. Sabemos mucho sobre la historia pasada
del hombre, la historia pasada de los animales y de la Tierra mediante técnicas
muy similares. Con éxito algo similar, pero no tan completo debido a las
dificultades, los mismos sistemas funcionan en economía. Pero hay lugares donde
solo de boquilla se presta atención a las formas, en los que muchas personas
solo siguen los movimientos. Me daría un poco de vergüenza decírselo a Mr.
Galileo, pero realmente no funciona muy bien, por ejemplo, en las ciencias sociales.
Por ejemplo, mi propia experiencia personal. Como ustedes se habrán dado
cuenta, hay una terrible cantidad de estudios sobre los métodos de educación en
curso, especialmente en la enseñanza de la aritmética; pero cuando traten de
averiguar si realmente se conoce una forma de enseñar aritmética mejor que
cualquier otra, descubrirán que hay una enorme cantidad de estudios y de
estadística, pero todos son inconexos y son mezcla de anécdotas, experimentos
no controlados y experimentos muy poco controlados, de modo que hay muy poca
información resultante.
Y ahora, finalmente, puesto que me hubiera gustado mostrarle nuestro mundo a
Galileo, debo mostrarle algo que me da mucha vergüenza. Si miramos fuera de la
ciencia y consideramos el mundo que nos rodea, descubrimos algo bastante
lamentable: que el entorno en que vivimos es activa e intensamente acientífico.
Galileo podría decir: «Yo advertí que Júpiter era una bola con lunas y no un
dios en el cielo. Díganme, ¿qué sucedió con los astrólogos?». Bien, ellos publican
sus resultados en los periódicos, al menos en Estados Unidos, todos los días y
en todos los diarios. ¿Por qué tenemos aún astrólogos? Cómo se puede escribir
un libro como Mundos en colisión, de alguien con un nombre que
empieza por V, ¿es un nombre ruso? ¿Huh? ¿Vininkowski? [24] ¿Y cómo
se hizo famoso? ¿Qué es toda esa tontería acerca de Mary Brody[25] , o
algo parecido? No lo sé, eso es un disparate. Siempre hay algún disparate. Hay
una infinita cantidad de disparates, lo que, dicho de otra forma, significa que
el entorno es activa y fuertemente acientífico. Todavía se habla de telepatía,
aunque cada vez menos. Por todas partes hay curaciones por la fe. Hay toda una
religión basada en la curación por la fe. Hay milagros en Lourdes donde sigue
habiendo curaciones. Ahora bien, podría ser verdad que la astrología fuera
correcta. Podría ser verdad que ir al dentista un día en el que Marte forma un
ángulo recto con Venus fuera mejor que ir otro día. Podría ser cierto que uno
puede curarse por el milagro de Lourdes. Pero si eso es cierto debería ser
investigado. ¿Por qué? Para mejorarlo. Si fuera cierto que podemos descubrir si
las estrellas influyen en la vida, entonces podríamos hacer el sistema más
potente mediante investigaciones estadísticas, juzgando la evidencia
objetivamente y de forma científica, con más cuidado. Si el proceso de curación
funciona en Lourdes, la pregunta es: ¿a qué distancia del lugar del milagro
puede permanecer la persona que está enferma? ¿Quizá han cometido un error y
eso no funciona realmente en la fila de atrás? ¿O funciona tan bien que hay
mucho sitio para que puedan situarse muchas personas cerca del lugar del
milagro? ¿O es posible, como sucede con los santos que se han canonizado
recientemente en Estados Unidos —hay una santa que aparentemente curaba la
leucemia de forma indirecta—, es posible, digo, que cintas que han estado en
contacto con la sábana del enfermo (una vez que la cinta ha tocado previamente
alguna reliquia del santo) incrementen la curación de la leucemia? La pregunta
es: ¿se está diluyendo su efecto poco a poco? Ustedes pueden reírse, pero si
creen en la verdad de la curación, entonces tienen la responsabilidad de
investigarla para mejorar su eficiencia y hacerla satisfactoria en lugar de
trampear. Por ejemplo, podría resultar que al cabo de un centenar de contactos
ya no funcionase. Ahora bien, también es posible que los resultados de esta
investigación tengan otra consecuencia, a saber: que no hay nada.
Y otra cosa que me molesta, debería mencionarla también, son las cosas que
pueden discutir los teólogos en los tiempos modernos sin sentirse avergonzados.
Hay muchas cosas que pueden discutir y de las que no tienen por qué
avergonzarse, pero algunas de las cosas que ocurren en los congresos
religiosos, y las decisiones que tienen que tomarse, son ridículas en los
tiempos modernos. Me gustaría explicar que una de las dificultades, y una de
las razones por las que esto puede seguir ocurriendo, es que no se comprende la
profunda modificación que se produciría en nuestra visión del mundo si tan solo
un ejemplo de estas cosas funcionase realmente. La idea global, si uno pudiera
establecer la verdad, no ya de la idea global de la astrología sino tan solo de
un mínimo punto de la misma, podría tener una influencia fantástica en nuestra
comprensión del mundo. Y por eso, la razón de que lo tomemos a risa es que
confiamos tanto en nuestra visión del mundo que estamos seguros que ellos no
van a contribuir en nada. Por otra parte, ¿por qué no nos desembarazamos de
ello? Llegaré a por qué no nos desembarazamos de ello en un minuto, porque la
ciencia es irrelevante [para la astrología], como he dicho antes.
Ahora voy a mencionar todavía otra cosa que es un poco más dudosa, pero sigo
creyendo que en la forma de juzgar la evidencia, en la forma de informar de la
evidencia y demás, hay un tipo de responsabilidad que sienten unos científicos
hacia otros y que se puede representar como una especie de moralidad. ¿Cuál es
la forma correcta y la forma errónea de informar de los resultados?
Desinteresadamente, de modo que los otros sean libres de entender exactamente
lo que uno está diciendo, y tan fielmente como sea posible para no taparlo con
los propios deseos. Eso es útil, es algo que nos ayuda a cada uno de nosotros a
comprender a los demás, a trabajar de hecho en una dirección que no depende de
nuestros propios intereses sino que contribuye al desarrollo general de las
ideas; es algo muy valioso. Y por eso hay, si ustedes quieren, una especie de
moralidad científica. Yo creo, aunque sin mucha esperanza, que esta idea, este
tipo de moralidad debería extenderse mucho más; y que cosas tales como
propaganda deberían ser una palabra sucia. Que una descripción de un país hecha
por gente de otro país describa ese país de una forma desinteresada. ¡Qué
milagro! ¡Eso es más raro que un milagro en Lourdes! Los anuncios, por ejemplo,
son un caso de una descripción científicamente inmoral de los productos. Esta
inmoralidad está tan extendida que uno se ha habituado a ella en la vida
cotidiana, y ya no la considera algo malo. Y pienso que una de las razones
importantes para aumentar el contacto de los científicos con el resto de la
sociedad es explicar, y tratar de despertar en ella, esta condición permanente
de claridad de mente que proviene de no tener información, o [no] tener
información siempre en una forma que resulte interesada. Hay otras cosas en las
que los métodos científicos serían de valor; son perfectamente obvias, pero se
hacen cada vez más difíciles de discutir; cosas tales como tomar decisiones. Yo
no quiero decir que debiera hacerse científicamente, como [la forma] en que la
Compañía Rand en Estados Unidos se sienta y hace cálculos aritméticos. Eso me
recuerda mis días de novato en la facultad en los que, al hablar de mujeres,
descubrimos que utilizando terminología eléctrica —impedancia, reactancia,
resistencia— teníamos una comprensión más profunda de la situación. La otra
cosa que horripila a un hombre científico en el mundo actual son los métodos de
elegir líderes (en todas las naciones). Hoy día, por ejemplo, en Estados
Unidos, los dos partidos políticos han decidido emplear a expertos en
relaciones públicas, esto es, hombres anuncio que están entrenados en los
métodos de decir la verdad y mentir para desarrollar un producto. No era esta
la idea original. Se supone que ellos van a discutir situaciones y no solo a
formular eslóganes. Sin embargo, es cierto que, si miran la historia, la
elección de líderes políticos en Estados Unidos ha estado en muchas ocasiones
basada en eslóganes. (Estoy seguro de que cada partido tiene ahora cuentas
bancarias de millones de dólares y van a sacar algunos eslóganes muy
inteligentes). Pero yo no puedo hacer ahora un resumen de todo esto.
He dicho que la ciencia era irrelevante. Esto suena extraño y me gustaría
volver sobre ello. Por supuesto es relevante, por el hecho mismo de que es
relevante para la astrología; porque si entendemos el mundo como lo hacemos, no
podemos entender cómo pueden tener lugar los fenómenos astrológicos. Y por eso
es relevante. Pero para la gente que cree en la astrología no hay relevancia,
porque los científicos nunca se molestan en discutir con ellos. La gente que
cree en la curación por la fe no se preocupa por la ciencia en absoluto, porque
nadie discute con ellos. Uno no tiene que aprender ciencia si no le apetece. De
modo que uno puede olvidarse del asunto si supone demasiada tensión mental, que
es lo que sucede normalmente. ¿Por qué puede uno olvidarse del asunto?; porque
no hacemos nada respecto a ello. Creo que debemos atacar estas cosas en las que
no creemos. No atacar por el método de cortar cabezas, sino atacar en el sentido
de discutir. Creo que deberíamos pedir a esa gente que traten por sí mismos de
obtener una imagen coherente de su propio mundo; que no se permitan el lujo de
tener su cerebro dividido en cuatro fragmentos, o ni siquiera dos fragmentos, y
en un lado creen esto y en otro lado creen eso, pero nunca tratan de comparar
los dos puntos de vista. Porque hemos aprendido que tratando de juntar y
comparar los puntos de vista que tenemos en nuestra cabeza, hacemos algún
progreso en la comprensión y en la apreciación de dónde estamos y adónde vamos.
Y creo que la ciencia ha seguido siendo irrelevante porque esperamos hasta que
alguien nos plantea preguntas o hasta que se nos invita a dar una charla sobre
la teoría de Einstein a gente que no entiende la mecánica newtoniana, pero
nunca se nos invita a refutar la curación por la fe, o a la astrología, a cuál
es la visión científica actual de la astrología.
Creo que principalmente deberíamos escribir algunos artículos. Ahora bien, ¿qué
sucedería? La persona que cree en la astrología tendría que aprender algo de
astronomía. La persona que cree en la curación por la fe tendría que aprender
algo de medicina, pues hay muchos argumentos en un sentido u otro; y algo de
biología. En otras palabras, será necesario que la ciencia se haga relevante.
El comentario que leí en alguna parte, según el cual la ciencia es correcta
mientras no ataque a la religión, fue la clave que necesitaba para entender el
problema. Mientras no ataque a la religión no hay que prestarle atención y
nadie tiene que aprender nada. Por eso puede distanciarse de la sociedad
moderna excepto en sus aplicaciones, y así queda aislada. Y luego tenemos esta
lucha terrible por tratar de explicar cosas a gente que no tiene ninguna razón
para querer saberlo. Pero si ellos quieren defender su propio punto de vista,
tendrán que aprender cuál es el de ustedes. Así que sugiero, quizá
incorrectamente y quizá erróneamente, que somos demasiado educados. Hubo en el
pasado una era de conversación sobre estas cuestiones. La Iglesia sentía que
las ideas de Galileo atacaban a la Iglesia. La Iglesia actual no siente que las
ideas científicas ataquen a la Iglesia. Nadie se preocupa por ello. Nadie
ataca; quiero decir que nadie escribe tratando de explicar la falta de
coherencia entre las ideas teológicas y las ideas científicas que hoy sostienen
diferentes personas, o siquiera la falta de coherencia sostenida a veces por el
mismo científico entre sus creencias religiosas y sus creencias científicas.
El siguiente tema, y el último tema principal del que quiero hablar, es el que
realmente considero más importante y más serio. Y eso tiene que ver con la
cuestión de la incertidumbre y la duda. Un científico nunca está seguro. Todos
lo sabemos. Sabemos que todos nuestros enunciados son enunciados aproximados
con diferentes grados de certeza; que, cuando se hace un enunciado, la cuestión
no es si es cierto o falso, sino más bien qué probabilidad tiene de ser cierto
o falso. « ¿Existe Dios?». «Cuando lo ponemos en forma de pregunta, ¿qué probabilidad
hay de ello?». Esto supone una transformación terrorífica del punto de vista
religioso y por eso es por lo que el punto de vista religioso es acientífico.
Debemos discutir cada cuestión dentro de las incertidumbres permitidas. Y a
medida que la evidencia crece, aumenta o disminuye la probabilidad de que una
cierta idea sea correcta. Pero nunca la hace absolutamente cierta en un sentido
o el otro. Ahora hemos descubierto que esto es de importancia trascendental
para progresar. Debemos dejar sitio para la duda o no hay progreso ni hay
aprendizaje. No hay aprendizaje sin plantear una pregunta, y una pregunta
requiere duda. La gente busca certeza. Pero no hay certeza. La gente está
aterrorizada: ¿cómo puedes vivir y no saber? No es extraño en
absoluto. Uno solo cree que sabe, como cuestión de hecho. Y la mayoría de
nuestras acciones están basadas en un conocimiento incompleto y realmente no
sabemos de qué va todo, o qué finalidad tiene el mundo, ni sabemos mucho de
otras cosas. Es posible vivir y no saber.
Ahora bien, la libertad de dudar, que es absolutamente esencial para el
desarrollo de las ciencias, nació de una lucha frente a la autoridad
constituida de la época que tenía una solución para cada problema: la Iglesia.
Galileo es un símbolo de esa lucha, uno de los luchadores más importantes. Y
aunque el propio Galileo fue obligado aparentemente a retractarse, nadie toma
su confesión en serio. No sentimos que deberíamos seguir a Galileo por este
camino y que todos deberíamos renunciar. De hecho, consideramos la retractación
como una locura (que la Iglesia pedía tales locuras lo vemos una y otra vez). Y
nos sentimos solidarios con Galileo como nos sentimos solidarios con los
músicos y los artistas de la Unión Soviética que han tenido que retractarse, y
por fortuna en número algo menor en los últimos tiempos. Pero la retractación
es algo absurdo, por mucha habilidad con la que esté preparada. Es
perfectamente obvio para cualquier observador exterior que no hay nada que
considerar, y que no necesitamos discutir la retractación de Galileo para
demostrar nada sobre Galileo, excepto quizá que él era viejo y que la Iglesia
era muy poderosa. El hecho de que Galileo estuviera en lo cierto no es esencial
para esta discusión. Lo esencial, por supuesto, es el hecho de que él estaba
siendo reprimido.
Todos nos sentimos tristes cuando miramos el mundo y vemos qué poco hemos
conseguido comparado con lo que pensamos que son las capacidades de los seres
humanos. La gente del pasado, en la pesadilla de sus tiempos, tenía sueños para
el futuro. Y ahora que el futuro se ha materializado vemos que los sueños han
sido superados en muchos aspectos, pero en otros aspectos aún más numerosos
muchos de nuestros sueños actuales son parecidos a los sueños de la gente en el
pasado. En el pasado hubo grandes entusiasmos por uno u otro método de resolver
un problema. Uno era que la educación debería llegar a ser universal, pues
entonces todos los hombres llegarían a ser Voltaire y lo tendríamos todo
solucionado. La educación universal es probablemente algo bueno, pero uno puede
enseñar el mal tanto como el bien; uno [podría] enseñar la falsedad tanto como
la verdad. La comunicación entre naciones, a medida que se desarrolla mediante
el desarrollo técnico de la ciencia, debería ciertamente mejorar las relaciones
entre naciones. Bien, depende de lo que uno comunique. Uno puede comunicar la
verdad y uno puede comunicar mentiras. Uno puede comunicar amenazas o favores.
Había una gran esperanza en que las ciencias aplicadas liberarían al hombre de
sus penalidades físicas; y en medicina, especialmente, parece que todo es para
bien. Sí; pero mientras estamos hablando, hay científicos trabajando en
laboratorios ocultos tratando de desarrollar, como mejor pueden, enfermedades
que otros hombres no puedan curar. Quizá hoy soñamos con que la satisfacción
económica de todos los hombres será la solución al problema. Entiendo por ello
que todo el mundo debería tener lo suficiente. No pretendo decir, por supuesto,
que no debiéramos intentarlo. No quiero decir, con lo que estoy diciendo, que
no deberíamos educar, o no deberíamos comunicar, o que no deberíamos producir
saciedad económica. Pero es dudoso que esa sea por sí sola la solución a todos
los problemas. Porque en aquellos lugares donde tenemos un cierto grado de
satisfacción económica, tenemos un montón de nuevos problemas, o probablemente
viejos problemas que solo parecen un poco diferentes porque resulta que sabemos
bastante acerca de la historia.
De modo que hoy no nos sentimos muy bien, no vemos que lo hayamos hecho
demasiado bien. Los hombres, los filósofos de todas las edades, han tratado de
encontrar el secreto de la existencia, el significado de todo eso. Porque si
pudiesen encontrar el significado real de la vida, entonces todo este esfuerzo
humano, toda esta maravillosa potencialidad de los seres humanos, podría
moverse en la dirección correcta y avanzaríamos con gran éxito. Por eso
ensayamos estas ideas diferentes. Pero la cuestión del significado del mundo,
de la vida, y de los seres humanos, etc., ha sido respondida muchas veces por
muchas personas. Por desgracia, todas las respuestas son diferentes; y la gente
que tiene una respuesta mira con horror las acciones y los comportamientos de
la gente que tiene otra respuesta. Horror, porque ven las cosas terribles que
se hacen; porque ven cómo el hombre está siendo llevado hacia un callejón sin
salida por esta visión rígida del significado del mundo. De hecho, quizá sea
realmente por la fantástica magnitud del horror por lo que se ha hecho evidente
cuán grandes son las potencialidades de los seres humanos, y es esto
posiblemente lo que nos hace confiar en que si pudiésemos mover las cosas en la
dirección adecuada, las cosas serían mucho mejores.
¿Cuál es entonces el significado del mundo? No sabemos cuál es el significado
de la existencia. Como resultado de estudiar todas las opiniones que hemos
mantenido antes, descubrimos que no sabemos el significado de la existencia.
Pero al decir que no sabemos el significado de la existencia hemos encontrado
probablemente el canal abierto: y este es simplemente admitir que, a medida que
progresamos, debemos dejar oportunidades abiertas para las alternativas; que no
debemos hacernos entusiastas del hecho, del conocimiento, de la verdad
absoluta, sino que debemos seguir siempre inseguros, [que nosotros] «corremos
el riesgo». Los ingleses, quienes han desarrollado su gobierno en esta
dirección, lo llaman «arreglárselas», y aunque un poco tonto, algo que suena
estúpido, es la forma más científica de progresar. Decidir la respuesta no es
científico. Para progresar, uno debe dejar la puerta entreabierta a lo
desconocido: solo entreabierta. Estamos solo al principio del desarrollo de la
raza humana; del desarrollo de la mente humana, de la vida inteligente: tenemos
años y años por delante. Tenemos la responsabilidad de no dar hoy todas las
respuestas, de no dirigir a todo el mundo en una dirección y decir: «Esta es la
solución a todo». Porque entonces estaremos encadenados a los límites de
nuestra imaginación actual. Solo seremos capaces de hacer aquellas cosas que
hoy pensamos que son las cosas que hay que hacer. Mientras que si dejamos
siempre algún resquicio a la duda, algún lugar para la discusión, y procedemos
de una forma análoga a las ciencias, entonces esta dificultad no aparecerá. Por
consiguiente, creo que, aunque hoy no sea el caso, puede llegar un día, me
gustaría confiar en ello, en que seamos completamente conscientes de que el
poder del gobierno debería ser limitado; que los gobiernos no deberían tener el
poder de decidir la validez de las teorías científicas; que es ridículo que
traten de hacerlo; que no van a determinar las diversas descripciones de la
historia o de la teoría económica o de la filosofía. Solo de esta forma podrán
desarrollarse finalmente las posibilidades reales de la raza humana futura.
Capítulo 5
Hay mucho sitio al fondo
En esta famosa conferencia pronunciada ante la
American Physical Society el 29 de diciembre de 1959, en Caltech, Feynman, el
«padre de la nanotecnología», expone, décadas por delante de su tiempo, el
futuro de la miniaturización: cómo poner toda la Enciclopedia Británica en la
cabeza de un alfiler, la drástica reducción de tamaño de los objetos tanto
biológicos como inanimados, y los problemas de lubricación en máquinas más
pequeñas que el punto que cierra esta frase. Feynman hace su famosa apuesta,
desafiando a los jóvenes científicos a construir un motor operativo de un
tamaño no mayor de 1/25 centímetros en cualquier dirección.
Contenido:
§. Una invitación a entrar en un nuevo campo de la
física
§. ¿Cómo escribimos pequeño?
§. Información a pequeña escala
§. Mejores microscopios electrónicos
§. El maravilloso sistema biológico
§. Miniaturizar el computador
§. Miniaturización por evaporación
§. Problemas de lubricación
§. Un centenar de manos minúsculas
§. Reordenar los átomos
§. Átomos en un mundo pequeño
§. Competición entre institutos
§. Una invitación a entrar en un nuevo campo de la
física
Imagino que los físicos experimentales deben mirar con envidia a hombres como
Kamerlingh-Onnes[26], quien
descubrió un campo como el de las bajas temperaturas que parece un pozo sin
fondo en el que se puede profundizar cada vez más. Un hombre así es entonces un
líder y tiene cierto monopolio temporal en una aventura científica. Percy
Bridgman[27] abrió
otro campo nuevo al diseñar un modo de obtener presiones más altas, y fue capaz
de entrar en él y llevarnos hasta el final. La consecución de vacíos cada vez
mayores constituyó un desarrollo semejante.
Me gustaría describir un campo en el que se ha hecho poco, pero en el que en
teoría puede hacerse muchísimo. Este campo no es exactamente similar a los
otros en cuanto que no nos va a decir mucho de física fundamental (en el
sentido de «¿qué son las partículas extrañas?»), sino que se parece más a la física
del estado sólido en el sentido de que podría decirnos mucho de gran interés
sobre fenómenos extraños que ocurren en situaciones complejas. Además, un punto
de la mayor importancia es que tendría un enorme número de aplicaciones
técnicas.
De lo que quiero hablar es del problema de manipular y controlar cosas a una
escala pequeña.
En cuanto menciono esto, la gente me habla de miniaturización, y de cuánto ha
progresado hoy. Me hablan de motores eléctricos que tienen el tamaño de la uña
de un dedo meñique. Y hay un dispositivo en el mercado, me dicen, con el que se
puede escribir el Padrenuestro en la cabeza de un alfiler. Pero eso no es nada;
ese es el paso más primitivo y vacilante en la dirección que intento discutir.
Hay un mundo extraordinariamente pequeño debajo. En el año 2000, cuando miren
hacia esta era, se preguntarán maravillados por qué hasta el año 1960 no empezó
nadie a moverse seriamente en esta dirección.
¿Por qué no podemos escribir los 24 volúmenes de la Enciclopedia
Británica en la cabeza de un alfiler?
Veamos lo que esto implicaría. La cabeza del alfiler tiene un diámetro
aproximado de un milímetro y medio. Si la ampliamos 25 000 veces, el área de la
cabeza del alfiler se transforma en un área equivalente a la de todas las
páginas de la Enciclopedia Británica. Por consiguiente, todo lo que
hay que hacer es reducir 25 000 veces en tamaño toda la Enciclopedia.
¿Es eso posible? El poder de resolución del ojo es aproximadamente de dos
décimas de milímetro, que es aproximadamente el diámetro de uno de los puntitos
de las reproducciones de la Enciclopedia. Esto, cuando uno lo
reduce 25 000 veces, aún tiene 80 angstroms[28] de diámetro, unos 32 átomos uno detrás de otro, en
un metal ordinario. En otras palabras, uno de dichos puntos seguiría
conteniendo en su área 1000 átomos. Así que el tamaño de cada punto puede
ajustarse fácilmente para las necesidades del fotograbado, y no hay problema de
espacio en la cabeza de un alfiler para poner la Enciclopedia Británica.
Además, si está escrito así, también puede leerse. Imaginemos que está escrito
en letras metálicas; es decir, donde está el negro en la Enciclopedia,
hemos levantado letras de metal que tienen realmente 1/25 000 de su tamaño
ordinario. ¿Cómo lo leeríamos?
Si hubiéramos escrito algo de esa forma, podríamos leerlo utilizando técnicas
de uso común actualmente. (Sin duda se encontrarán formas mejores cuando
lleguen a escribirse realmente, pero para plantear mi argumento de forma
conservadora solo consideraré técnicas que conocemos hoy). Presionaríamos el
metal contra un material plástico y haríamos un molde del mismo; luego
quitaríamos el plástico con mucho cuidado, evaporaríamos sílice en el plástico
para obtener una película muy delgada, luego lo ensombreceríamos evaporando oro
a cierto ángulo respecto a la sílice de modo que todas las letras pequeñas se
destacarían claramente, disolveríamos el plástico de la película de sílice, ¡y
entonces lo examinaríamos con un microscopio electrónico!
No hay duda de que si la cosa se redujese 25 000 veces en forma de letras en
relieve en el alfiler, sería fácil para nosotros leerlo hoy. Además, no hay
duda de que sería fácil hacer copias del máster; solo necesitaríamos presionar
de nuevo la misma placa metálica sobre plástico y tendríamos otra copia.
§. ¿Cómo escribimos pequeño?
La siguiente pregunta es: ¿cómo lo escribimos? Hoy no tenemos una técnica
estándar para hacerlo. Pero supongamos que no es tan difícil como parece al
principio. Podemos invertir las lentes del microscopio electrónico para reducir
igual que para ampliar. Iones procedentes de una fuente, enviados a través de
las lentes del microscopio colocadas en orden inverso, podrían concentrarse en
un haz muy pequeño. Podríamos escribir con ese haz como escribimos en un
osciloscopio de rayos catódicos, barriendo líneas, y teniendo un ajuste que
determina la cantidad de material que va a depositarse a medida que exploramos
las líneas.
Este método podría ser muy lento debido a las limitaciones de carga espacial.
Habrá métodos mucho más rápidos. Podríamos hacer primero, quizá mediante un
proceso fotográfico, una pantalla que tenga agujeros con la forma de las
letras. Entonces haríamos pasar un arco por detrás de los agujeros y
extraeríamos iones metálicos a través de los mismos; luego podríamos utilizar
otra vez nuestro sistema de lentes y formar una pequeña imagen en forma de
iones, que depositaría el metal en la aguja.
Una forma más simple podría ser la siguiente (aunque yo no estoy seguro de que
funcione): tomamos luz y, mediante un microscopio óptico que funcione en
sentido inverso, la concentramos en una pantalla fotoeléctrica muy pequeña.
Entonces salen electrones de la pantalla que está siendo iluminada. Estos
electrones se concentran mediante las lentes del microscopio electrónico para
incidir directamente sobre la superficie del metal. ¿Grabará el metal un haz
semejante si funciona el tiempo suficiente? No lo sé. Si no funciona para una
superficie metálica, sería posible encontrar alguna superficie con la que
cubrir la aguja original de modo que, allí donde inciden los electrones, se
produzca un cambio que pudiéramos reconocer más tarde.
No hay problema de intensidad en estos dispositivos. Al menos no los que son
habituales en amplificación, donde uno tiene que tomar unos pocos electrones y
dispersarlos sobre una pantalla cada vez más grande; aquí es precisamente lo
contrario. La luz que obtenemos de una página se concentra en un área muy
pequeña, de modo que es muy intensa. Los pocos electrones que proceden de la
pantalla fotoeléctrica son reducidos a un área minúscula de modo que, una vez
más, son muy intensos. ¡Yo no sé por qué no se ha hecho esto todavía!
Eso es por lo que se refiere a la Enciclopedia Británica en la
cabeza de un alfiler, pero consideremos todos los libros del mundo. La
biblioteca del Congreso tiene aproximadamente 9 millones de volúmenes; la
biblioteca del Museo Británico tiene 5 millones de volúmenes; hay también 5
millones de volúmenes en la Biblioteca Nacional de Francia. Sin duda hay
duplicaciones, de modo que digamos que hay unos 24 millones de volúmenes de
interés en el mundo.
¿Qué sucedería si yo imprimo todo esto a la escala que hemos estado discutiendo?
¿Cuánto espacio se necesitaría? Se necesitaría, por supuesto, el área de
aproximadamente un millón de cabezas de alfiler porque, en lugar de tener solo
los 24 volúmenes de la Enciclopedia, ahora tenemos 24 millones de
volúmenes. El millón de cabezas de alfiler pueden colocarse en un cuadrado de
mil alfileres de lado, o un área de aproximadamente 3 metros cuadrados. Es
decir, la réplica de sílice con el sustrato delgado de plástico con la que
hemos hecho las copias, con toda esta información, tiene un área de
aproximadamente el tamaño de 35 páginas de la Enciclopedia. Esto es
aproximadamente la mitad de las páginas que hay en esta revista. Toda la
información que toda la humanidad ha registrado en libros puede ser
transportada en un panfleto en la mano y no escrita en código, sino en una
simple reproducción de las imágenes originales, los grabados, y cualquier otra
cosa a una escala pequeña sin pérdida de resolución.
¡Qué diría nuestra bibliotecaria en Caltech, que corre de un edificio a otro,
si yo le dijera que dentro de diez años toda la información cuya pista trata de
seguir —120.000 volúmenes, apilados desde el suelo hasta el techo, cajones
llenos de fichas, almacenes llenos de libros viejos— podrían guardarse solo en
una tarjeta de biblioteca! Cuando la Universidad de Brasil, por ejemplo,
descubre que su biblioteca se ha quemado, podemos enviarle una copia de todos
los libros de nuestra biblioteca dándoles una copia de la placa maestra en unas
pocas horas y enviándosela en un sobre no mayor ni más pesado que cualquier
otra carta normal por correo aéreo.
Ahora bien, el nombre de esta charla es «Hay mucho sitio al
fondo», no solo «Hay sitio al fondo». Lo que he demostrado es que hay sitio:
que se puede reducir el tamaño de las cosas de una forma práctica. Ahora quiero
demostrar que hay mucho sitio. No discutiré ahora cómo vamos a
hacerlo, sino solo que es posible en principio; en otras palabras, que es
posible según las leyes de la física. No estoy inventando la antigravedad, que
puede ser posible algún día solo si las leyes no son las que hoy creemos. Yo
les estoy diciendo lo que podría hacerse si las leyes son las
que pensamos; si no lo estamos haciendo es simplemente porque todavía no hemos
llegado a ello.
§. Información a pequeña escala
Supongamos que, en lugar de tratar de reproducir las imágenes y toda la
información directamente en su forma actual, escribimos solo el contenido de
información en un código de puntos y rayas, o algo similar, para representar
las diversas letras. Cada letra representa seis o siete «bits» de información;
es decir, se necesitan solo seis o siete puntos o rayas para cada letra. Ahora,
en lugar de escribir todo, como he hecho antes, en la superficie de
la cabeza de un alfiler, voy a utilizar también el interior del material.
Representemos un punto por una pequeña partícula de un metal, la raya siguiente
por una pequeña partícula adyacente de otro metal, y así sucesivamente.
Supongamos, para ser conservadores, que un bit de información va a necesitar un
pequeño cubo de 5 por 5 por 5 átomos; es decir, 125 átomos. Quizá necesitemos
un centenar y algún tipo especial de átomos para estar seguros de que la
información no se pierde por difusión, o por algún otro proceso.
He estimado cuántas letras hay en la Encyclopaedia, he supuesto que
cada uno de mis 24 millones de libros es tan grande como un volumen de la Encyclopaedia,
y he calculado entonces cuántos bits de información hay (1015).Por
cada bit permito 100 átomos. Resulta que toda la información que el hombre ha
acumulado cuidadosamente en todos los libros del mundo puede escribirse de esta
forma en un cubo de material de 1/8 milímetros de grosor, que es la mota más
simple de polvo que puede ser vista por el ojo humano. ¡De modo que hay mucho sitio
al fondo! ¡No me hablen de microfilm!
Este hecho —que enormes cantidades de información pueden transportarse en un
espacio extraordinariamente pequeño— es, por supuesto, bien conocido para los
biólogos, y resuelve el misterio que existía antes de que entendiéramos esto
claramente: cómo era posible que en la célula más minúscula pudiera estar
almacenada toda la información necesaria para la organización de una criatura
tan compleja como nosotros. Toda esta información —si tenemos ojos oscuros, o
si pensamos siquiera, o que en el embrión la mandíbula debería desarrollarse
primero con un agujero lateral de modo que posteriormente un nervio pueda
desarrollarse a través del mismo—, toda esta información está contenida en una
fracción pequeñísima de la célula en forma de moléculas de ADN de cadena larga
en las que aproximadamente se utilizan 50 átomos para un bit de información
acerca de la célula.
§. Mejores microscopios electrónicos
Si he escrito en un código, con 5 por 5 por 5 átomos para un bit, la pregunta
es: ¿cómo podría leerlo hoy? El microscopio electrónico no es suficientemente
bueno; con el máximo cuidado y esfuerzo, solo puede resolver unos 10 angstroms.
Me gustaría tratar de inculcarles, mientras estoy hablando sobre estas cosas a
pequeña escala, la importancia que tiene mejorar el microscopio electrónico en
un factor cien. No es imposible; no va contra las leyes de la difracción de los
electrones. La longitud de onda del electrón en un microscopio semejante es de
solo 1/20 de angstrom. Así que debería ser posible ver los átomos uno por uno.
¿Qué ventajas tendría ver con claridad los átomos de forma individual?
Tenemos amigos en otros campos, en biología, por ejemplo. A menudo nosotros los
físicos los miramos y decimos: « ¿Sabéis, colegas, por qué estáis haciendo tan
pocos progresos?». (En realidad yo no conozco ningún campo donde se estén
haciendo progresos más rápidos que los que se hacen hoy en biología).
«Deberíais usar más matemáticas, como hacemos nosotros». Ellos podrían
contestarnos, pero son educados, de modo que responderé por ellos: «Lo que
deberíais hacer para que nosotros hagamos progresos más
rápidos es construir un microscopio electrónico cien veces mejor».
¿Cuáles son los problemas más centrales y fundamentales hoy en la biología? Hay
preguntas como: ¿Cuál es la secuencia de bases en el ADN? ¿Qué sucede cuando
hay una mutación? ¿Qué relación hay entre el orden de las bases en el ADN y el
orden de los aminoácidos en la proteína? ¿Cuál es la estructura del ARN; es una
cadena simple o una cadena doble, y cómo está relacionado en su orden de bases
con el ADN? ¿Cuál es la organización de los microsomas? ¿Cómo se sintetizan las
proteínas? ¿Dónde va el ARN? ¿Cómo se asienta? ¿Dónde se sitúan las proteínas?
¿Dónde entran los aminoácidos? En la fotosíntesis, ¿dónde está la clorofila;
cómo está dispuesta; dónde están implicados los carotenoides en esto? ¿Cuál es
el sistema de conversión de luz en energía química?
Es muy fácil responder a muchas de estas preguntas de biología fundamentales;
¡solo hay que mirar la cosa! Uno verá el orden de las bases en las
cadenas; verá la estructura del microsoma. Por desgracia, el microscopio actual
ve a una escala que es demasiado tosca. Hagamos el microscopio cien veces más
potente y muchos problemas de la biología se harán mucho más fáciles. Yo exagero,
por supuesto, pero los biólogos nos estarían ciertamente muy agradecidos y
preferirían eso a la crítica de que deberían utilizar más matemáticas.
La teoría actual de los procesos químicos está basada en la física teórica. En
este sentido, la física proporciona la base de la química. Pero la química
tiene también análisis. Si uno tiene una sustancia extraña y quiere saber cuál
es, debe seguir un largo y complicado proceso de análisis químico. Hoy se puede
analizar casi cualquier cosa, de modo que estoy un poco retrasado con mi idea.
Pero si los físicos quisieran, también podrían ir más allá de los químicos en
el problema del análisis químico. Sería muy fácil hacer un análisis de
cualquier sustancia química complicada; todo lo que habría que hacer sería
mirarla y ver dónde están los átomos. El único problema es que el microscopio
electrónico es demasiado pobre en un factor cien. (Más tarde, me gustaría
plantear la cuestión: ¿pueden los físicos hacer algo acerca del tercer problema
de la química, a saber, la síntesis? ¿Hay una forma física de
sintetizar cualquier sustancia química?).
La razón por la que el microscopio electrónico es tan pobre es que el valor-f
de las lentes es solo de 1/1000; no tenemos una apertura suficientemente
grande. Y yo sé que hay teoremas que demuestran que, con lentes de campo
estacionario axialmente simétrico, es imposible conseguir un valor-f mayor, y
todas esas cosas; y que, por lo tanto, el poder de resolución en la actualidad
está en su máximo teórico. Pero en todo teorema hay hipótesis. ¿Por qué tiene
que ser simétrico el campo? Propongo esto como un desafío: ¿no hay alguna forma
de hacer el microscopio electrónico más potente?
§. El maravilloso sistema biológico
El ejemplo biológico de escribir información a una escala pequeña me ha
inspirado para pensar en algo que debería ser posible. La biología no consiste
simplemente en escribir información; consiste en hacer algo con
ella. Un sistema biológico puede ser extraordinariamente pequeño. Muchas de las
células son minúsculas, pero son muy activas; fabrican diversas sustancias; se
mueven; se agitan; y hacen todo tipo de cosas maravillosas, todo a una escala
muy pequeña. Además, almacenan información. Consideremos la posibilidad de que
pudiéramos hacer también un objeto muy pequeño que haga lo que queramos, ¡qué
podamos fabricar un objeto que maniobre en este nivel!
Puede haber incluso un interés económico en este negocio de hacer las cosas muy
pequeñas. Permítanme recordarles algunos de los problemas que presentan los
computadores. En los computadores tenemos que almacenar una gran cantidad de
información. El tipo de escritura que mencionaba antes, en la que yo tenía todo
como una distribución de metal, es permanente. Mucho más interesante para un
computador es una forma de escribir, borrar y escribir algo nuevo. (Esto se
debe normalmente a que no queremos malgastar el material sobre el que acabamos
de escribir. Pero si pudiésemos escribir en un espacio muy pequeño, no
supondría ninguna diferencia; simplemente podría ser desechado después de ser
leído. No cuesta mucho el material).
§. Miniaturizar el computador
Yo no sé cómo hacer esto a pequeña escala en la práctica, pero sé que los
computadores son muy grandes; ocupan habitaciones enteras. ¿Por qué no podemos
hacerlos muy pequeños, hacerlos con cables pequeños, elementos pequeños y, por
pequeño, quiero decir pequeño? Por ejemplo, los cables deberían
tener de 10 a 100 átomos de diámetro, y los circuitos deberían ser de algunos
miles de angstroms de sección. Cualquiera que haya analizado la teoría lógica
de los computadores ha llegado a la conclusión de que las posibilidades de los
computadores son muy interesantes si pudieran hacerse más complicados en varios
órdenes de magnitud. Si tuvieran millones de veces los elementos actuales,
podrían formar juicios. Tendrían tiempo de calcular cuál es la mejor forma de
hacer el cálculo que van a realizar. Podrían seleccionar un método de análisis
que, según su experiencia, fuera mejor que el que les habíamos dado. Y en
muchos otros aspectos tendrían características cualitativamente nuevas.
Si miro sus caras soy capaz de reconocer inmediatamente las que he visto antes.
(En realidad, mis amigos dirán que he elegido aquí un ejemplo poco afortunado
para ilustrar este tema. Al menos reconozco que se trata de hombres y
no de manzanas). Pero no hay ninguna máquina que, a esa velocidad,
pueda tomar una imagen de un rostro y decir siquiera que es un hombre; y mucho
menos que es el mismo hombre que se le mostró antes, a menos que sea
exactamente la misma imagen. Si el rostro ha cambiado; si estoy más cerca del
rostro; si estoy más lejos del rostro; si la luz cambia… lo reconozco de todas
formas. Ahora bien, este pequeño computador que llevo en mi cabeza es capaz de
hacer eso fácilmente. Los computadores que construimos no son capaces de
hacerlo. El número de elementos que hay dentro de mi cráneo es enormemente
mayor que el número de elementos que hay en nuestros «maravillosos»
computadores. Pero nuestros computadores mecánicos son demasiado grandes; los
elementos en este cráneo son microscópicos. Yo quiero hacer algunos que
sean sub microscópicos.
Si quisiéramos hacer un computador que tuviera todas estas maravillosas
capacidades extra, tendríamos que construirlo, quizá, con un tamaño similar al
del Pentágono. Esto tiene varios inconvenientes. En primer lugar, requiere
demasiado material; quizá no haya suficiente germanio en el mundo para todos
los transistores que habría que colocar dentro de este enorme objeto. Está
también el problema de la generación de calor y el consumo de potencia; se
necesitaría recurrir a la TVA[29] para poner en marcha el computador. Pero una
dificultad incluso más práctica es que el computador estaría limitado en su
velocidad. Debido a su gran tamaño, se necesita un tiempo finito para llevar la
información de un lugar a otro. La información no puede ir más rápida que la
velocidad de la luz, de modo que, en definitiva, cuando nuestros computadores
se hagan cada vez más rápidos y cada vez más complicados, tendremos que
hacerlos cada vez más pequeños.
Pero hay mucho sitio para hacerlos más pequeños. No hay nada que yo pueda ver
en las leyes de la física que diga que los elementos del computador no pueden
hacerse enormemente más pequeños de lo que son ahora. De hecho, puede haber
ciertas ventajas.
§. Miniaturización por evaporación
¿Cómo podemos hacer un dispositivo semejante? ¿Qué tipo de procesos de
fabricación utilizaríamos? Una posibilidad que podría considerar, ya que hemos
hablado de escribir colocando átomos en una cierta configuración, sería
evaporar el material y, a continuación, evaporar el aislante. Luego, para la
capa siguiente, evaporar otra posición de un cable, otro aislante, y así
sucesivamente. De este modo, uno simplemente evapora hasta que tiene un bloque
de material que contiene los elementos —bobinas y condensadores, transistores y
todo lo demás— de dimensiones extraordinariamente finas.
Pero me gustaría considerar, solo por diversión, que existen otras
posibilidades. ¿Por qué no podemos fabricar estos pequeños computadores de un
modo parecido a como fabricamos los grandes? ¿Por qué no podemos taladrar
agujeros, cortar, soldar, estampar, moldear formas diferentes, y todo a un
nivel infinitesimal? ¿Cuáles son las limitaciones en cuanto al tamaño mínimo
que tiene que tener un objeto antes de que ya no podamos moldearlo? Cuántas
veces, cuando ustedes están trabajando en algo frustrantemente minúsculo, como
el reloj de pulsera de su mujer, se han dicho: « ¡Si pudiera entrenar a una
hormiga para hacer esto!». Lo que me gustaría sugerir es la posibilidad de
entrenar a una hormiga para que entrene a una pulga para hacer esto. ¿Cuáles
son las posibilidades de máquinas pequeñas pero móviles? Quizá sean o no
útiles, pero seguramente sería divertido hacerlas.
Consideremos cualquier máquina —por ejemplo, un automóvil— y preguntémonos por
los problemas para hacer una máquina similar infinitesimal. Supongamos que en
el diseño concreto del automóvil necesitamos una cierta precisión de las
partes; necesitamos una exactitud, supongamos, de 2/10.000 de centímetro. Si
hay una imprecisión mayor en la forma del cilindro y todo lo demás, la cosa no
va a funcionar muy bien. Si yo hago el objeto demasiado pequeño, tengo que
preocuparme por el tamaño de los átomos; no puedo hacer un círculo de «bolas»
por así decir, si el círculo es demasiado pequeño. Así que si yo cometo este
error de un 2/10.000 de centímetro, que corresponde a un error de 10 átomos,
resulta que puedo reducir las dimensiones de un automóvil 4000 veces,
aproximadamente, de modo que tiene 1 mm de tamaño. Obviamente, si ustedes
rediseñan el automóvil de modo que funcione con una tolerancia mucho mayor, lo
que no es en absoluto imposible, entonces podrían hacer un dispositivo mucho
más pequeño.
Resulta interesante considerar cuáles son los problemas en máquinas tan
pequeñas. En primer lugar, con piezas tensadas al mismo grado, las fuerzas van
como el área que estamos reduciendo, de modo que cosas como el peso y la
inercia no son importantes relativamente. En otras palabras, la resistencia del
material es mucho mayor en proporción. Las tensiones y la expansión del volante
debido a la fuerza centrífuga, por ejemplo, estarían en la misma proporción
solo si la velocidad de rotación se incrementa en la misma proporción en que
decrece el tamaño. Por el contrario, los metales que utilizamos tienen una
estructura granular, y esto sería muy molesto a pequeña escala porque el
material no es homogéneo. Plásticos y vidrios y cosas de esta naturaleza amorfa
son mucho más homogéneos, y por ello tendríamos que fabricar nuestras máquinas
con tales materiales.
Hay problemas asociados con los componentes eléctricos del sistema: con los
cables de cobre y las piezas magnéticas. Las propiedades magnéticas a escala
muy pequeña no son las mismas que a escala muy grande; está implicado el
problema de los «dominios». Un imán grande está constituido por millones de
dominios, pero a escala pequeña solo puede hacerse con un dominio. El
equipamiento eléctrico no puede reescalarse simplemente; tiene que ser
rediseñado. Pero no puedo ver ninguna razón por la que no pueda rediseñarse para
trabajar de nuevo.
§. Problemas de lubricación
La lubricación implica algunas cuestiones interesantes. La viscosidad efectiva
del aceite sería cada vez mayor a medida que aumentara la reducción (y si
aumentamos la velocidad tanto como podamos). Si no aumentamos tanto la
velocidad, y cambiamos el petróleo por queroseno o algún otro fluido, el
problema no es tan grave. Pero, de hecho, ¡quizá no tengamos que lubricar en
absoluto! Tenemos una gran cantidad de fuerza extra. Dejemos que los engranajes
trabajen en seco; no se calentarán porque el calor se disipa muy rápidamente en
un dispositivo tan pequeño. Esta rápida pérdida de calor impediría que la
gasolina hiciera explosión, de modo que es imposible un motor de combustión
interna. Pueden utilizarse otras reacciones químicas que liberan energía en
frío. Probablemente un suministro externo de potencia eléctrica sería más
conveniente para máquinas tan pequeñas.
¿Qué utilidad tendrían tales máquinas? Quién sabe. Por supuesto, un automóvil
pequeño solo sería útil para que lo condujeran las pulgas, y supongo yo que
nuestros intereses cristianos no van tan lejos. Sin embargo, sí advertimos la
posibilidad de la fabricación de elementos pequeños para computadores en
fábricas completamente automáticas, que contengan tornos y otras máquinas
herramientas a un nivel muy pequeño. El torno pequeño no tendría que ser
exactamente como nuestro torno grande. Dejo a su imaginación la mejora del
diseño para sacar todo el partido de las propiedades de objetos a escala
pequeña, y de forma tal que el aspecto completamente automático sería más fácil
de conseguir.
Un amigo mío (Albert R. Hibbs)[30] sugiere
una posibilidad muy interesante para máquinas relativamente pequeñas. Él dice
que, aunque es una idea descabellada, sería interesante que en cirugía uno se
pudiera tragar al cirujano. Ustedes ponen al cirujano mecánico dentro de un
vaso sanguíneo y él entra dentro del corazón y «mira». (Por supuesto, la
información tiene que ser extraída). Descubre qué válvula es la defectuosa y
toma una pequeña navaja y la extirpa. Otras máquinas pequeñas podrían ser
incorporadas de forma permanente para ayuda de algún órgano que funcione
inadecuadamente.
Ahora llega la pregunta interesante: ¿Cómo construimos un mecanismo tan
minúsculo? Se lo dejo a ustedes. Sin embargo, permítanme sugerir una
posibilidad extraña. Ustedes saben que en las plantas de energía atómica hay
materiales y máquinas que no se pueden manejar directamente porque se han hecho
radiactivos. Para desatornillar tuercas y colocar pernos y todo eso, tienen un
conjunto de manos amo y esclavo, de modo que operando un conjunto de palancas
aquí, uno controla las «manos» allí, y puede girarlas de esta forma y manejar
las cosas de manera bastante delicada.
La mayoría de estos dispositivos están hechos actualmente de forma bastante
simple, en cuanto que hay un cable concreto, como una cuerda de marioneta, que
va directamente desde los controles a las «manos». Pero, por supuesto, también
se han hecho cosas utilizando servomotores, de modo que la conexión entre una
cosa y la otra es eléctrica en lugar de mecánica. Cuando uno gira las palancas,
estas mueven un servomotor y cambian las corrientes eléctricas en los cables,
lo que recoloca un motor en el otro extremo.
Ahora bien, yo quiero construir exactamente el mismo dispositivo: un sistema
amo-esclavo que funcione eléctricamente. Pero quiero que los esclavos estén
hechos de forma especialmente cuidadosa por modernos maquinistas a gran escala
de modo que sean de un cuarto de la escala de las «manos» que uno maneja
normalmente. Así que ustedes tienen un esquema por el que pueden hacer cosas a
una escala de un cuarto en cualquier caso, los pequeños servomotores con manos
pequeñas juegan con tuercas y tornillos pequeños; taladran pequeños agujeros;
son cuatro veces más pequeños. ¡Ajá! Así fabrico un torno de un cuarto de
tamaño; fabrico herramientas de un cuarto de tamaño; y hago, a la escala de un
cuarto, otro conjunto más de manos ¡de nuevo a un cuarto de tamaño con respecto
al anterior! Esto supone un dieciseisavo de tamaño con respecto a mi punto de
vista. Y una vez que haya acabado de hacer esto establezco una conexión directa
desde mi sistema de escala grande, quizá por medio de transformadores, a los
servomotores de un dieciseisavo de tamaño. Así yo puedo ahora manipular las
manos de un dieciseisavo de tamaño.
Bien, ustedes ya tienen por dónde empezar. Es un programa bastante difícil,
pero es una posibilidad. Podrían decir que se puede ir mucho más lejos en un
paso que pasar solo de uno a cuatro. Por supuesto, todo esto tiene que ser
diseñado muy cuidadosamente y no es necesario simplemente hacerlo como si
fueran manos. Si piensan en ello con detenimiento, es probable que puedan
llegar a un sistema mucho mejor para hacer cosas semejantes.
Si ustedes trabajan con un pantógrafo, incluso hoy, pueden conseguir mucho más
que un factor de cuatro en un solo paso. Pero no pueden trabajar directamente
con un pantógrafo que haga un pantógrafo más pequeño que a su vez haga un
pantógrafo más pequeño, y ello es debido a la holgura de los agujeros y las
irregularidades de la construcción. El extremo del pantógrafo oscila con una irregularidad
proporcionalmente mayor que la irregularidad con la que ustedes mueven sus
manos. Si desciendo a esta escala, encontraría que el extremo del pantógrafo
que hay en el extremo del pantógrafo que hay en el extremo del pantógrafo
estaría agitándose tanto que no haría nada razonable.
En cada etapa es necesario mejorar la precisión del aparato. Si, por ejemplo,
tras haber construido un pequeño torno con un pantógrafo encontramos su
tornillo de plomo irregular —más irregular que el tornillo en la escala
grande—, podríamos refinar el tornillo contra nueces frágiles que se pueden
invertir de la forma usual hacia atrás y delante hasta que este tornillo de
plomo sea, en su escala, tan preciso como nuestros tornillos originales en
nuestra escala.
Podemos hacer superficies lisas frotando superficies rugosas en triplicado —en
tres pares— y las superficies lisas se hacen entonces más lisas que las cosas
con las que empezamos. Así pues, no es imposible mejorar la precisión a una
escala pequeña mediante las operaciones correctas. De modo que, cuando
construimos este material, es necesario en cada paso mejorar la precisión del
equipo trabajando allí un rato, haciendo tornillos de plomo precisos, bloques
de Johansen, y todos los demás materiales que utilizamos en una máquina precisa
que trabaja en el nivel superior. Tenemos que detenernos en cada nivel y
fabricar todo el material necesario para pasar al nivel siguiente; un programa
muy largo y muy difícil. Quizá ustedes puedan imaginar una forma mejor que esta
para llegar a una escala pequeña con más rapidez.
Pese a todo, al final ustedes solo han conseguido un torno bebé cuatro mil
veces más pequeño de lo normal. Pero estábamos pensando en hacer un computador
enorme, que íbamos a construir taladrando agujeros con este torno para hacer
pequeñas arandelas para el computador. ¿Cuántas arandelas pueden ustedes
fabricar en este torno?
§. Un centenar de manos minúsculas
Cuando yo construyo mi primer conjunto de «manos» esclavas a la escala de un
cuarto, voy a construir diez conjuntos. Hago diez conjuntos de «manos», y las
cableo con mis palancas originales de modo que cada una de ellas haga
exactamente la misma cosa y al mismo tiempo, en paralelo. Ahora, cuando estoy
construyendo mis nuevos dispositivos, de nuevo de un cuarto de tamaño, hago que
cada uno fabrique diez copias, de modo que tendría un centenar de «manos» de
1/16 de tamaño.
¿Dónde voy a colocar el millón de tornos que voy a tener? Pues no tiene ningún
secreto; el volumen es mucho menor que incluso el de un torno a escala
completa. Por ejemplo, si construyo mil millones de pequeños tornos, cada uno
de ellos de 1/4000 de la escala de un torno regular, hay muchos materiales y
espacio disponible porque en los mil millones de tornos hay menos que un 2 por
100 de los materiales que hay en un torno grande. Ya ven que los materiales no
suponen ningún coste. Así que quiero construir mil millones de factorías
minúsculas, modelos una de otra, que están fabricando simultáneamente,
taladrando agujeros, estampando piezas y así sucesivamente.
Cuando reducimos el tamaño, surgen varios problemas interesantes. No todas las
cosas se reducen de escala proporcionalmente. Está el problema de que los
materiales se adhieren por las atracciones moleculares (Van der Waals)[31]. Sería algo
parecido a esto: una vez que ustedes han hecho una pieza y desenroscan la nuez
de un perno, esta no se caerá debido a que la gravedad no es apreciable;
incluso sería difícil sacarla del perno. Sería como aquellas películas antiguas
en las que aparece un hombre con las manos llenas de melaza que trata de
deshacerse de un vaso de agua. Habrá varios problemas de esta naturaleza que
tendremos que estar dispuestos a plantear.
§. Reordenar los átomos
Pero yo no tengo miedo a considerar la pregunta final respecto a si, en última
instancia —en un futuro lejano—, podremos disponer los átomos de la forma que
queramos; ¡los propios átomos, hasta el final! ¿Qué sucedería si
pudiésemos ordenar los átomos uno a uno en la forma en que queramos? (Dentro de
lo razonable, por supuesto; ustedes no pueden colocarlos de modo que sean
químicamente inestables, por ejemplo).
Hasta ahora nos hemos contentado con excavar en el suelo para encontrar
minerales. Los calentamos y hacemos cosas a gran escala con ellos, confiamos en
obtener una sustancia pura con solo ciertas impurezas, y así sucesivamente.
Pero debemos aceptar siempre cierta disposición atómica que nos da la
naturaleza. No hemos obtenido nada, digamos, con una disposición de «tablero de
ajedrez», con los átomos de impureza dispuestos a 1000 angstroms de distancia,
o en alguna otra pauta concreta.
¿Qué podríamos hacer con estructuras estratificadas con las capas precisas?
¿Cuáles serían las propiedades de los materiales si realmente pudiéramos
disponer los átomos de la forma que los queremos? Sería muy interesante
investigarlos teóricamente. No puedo ver exactamente lo que sucedería, pero
apenas puedo dudar que cuando tengamos cierto control de la
organización de las cosas a una escala pequeña, obtendremos un abanico
enormemente mayor de las posibles propiedades de las sustancias, y de cosas
diferentes que podamos hacer.
Consideremos, por ejemplo, un fragmento de material en el que construimos
pequeñas bobinas y condensadores (o sus análogos de estado sólido) de 1000 o
10.000 angstroms por circuito, uno justo al lado del otro, sobre un área
grande, con pequeñas antenas sobresaliendo en el otro extremo; una serie
completa de circuitos. ¿Es posible, por ejemplo, emitir luz de un conjunto
entero de antenas, igual que emitimos ondas de radio desde un conjunto
estructurado de antenas para transmitir programas de radio a Europa? Lo mismo
sería emitir luz en una dirección definida con intensidad muy alta. (Quizá un
haz semejante no sea muy útil técnica o económicamente).
He pensado en algunos de los problemas de construir circuitos eléctricos a
pequeña escala, y el problema de la resistencia es serio. Si ustedes construyen
un circuito correspondiente a pequeña escala, su frecuencia natural aumenta,
puesto que la longitud de onda se reduce con la escala; pero la profundidad de
la envoltura solo disminuye con la raíz cuadrada de la razón de escala, y por
ello los problemas de resistencia adquieren una dificultad creciente.
Posiblemente podamos combatir la resistencia mediante el uso de la
superconductividad si la frecuencia no es demasiado alta, o con otros trucos.
§. Átomos en un mundo pequeño
Cuando llegamos al mundo muy, muy pequeño —digamos circuitos de siete átomos—
tenemos un montón de cosas nuevas que sucederían y que representan
oportunidades de diseño completamente nuevas. Los átomos a pequeña escala no se
comportan como nada a gran escala, pues satisfacen las leyes
de la mecánica cuántica. Así, a medida que descendemos y jugamos con los átomos
ahí abajo, estamos trabajando con leyes diferentes y podemos confiar en hacer
cosas diferentes. Podemos fabricar de modos diferentes. Podemos utilizar no
solo circuitos, sino algún sistema que implique los niveles de energía
cuantizados, o las interacciones de los espines cuantizados, etc.
Otra cosa que notaremos es que, si descendemos lo suficiente, todos nuestros
dispositivos pueden ser producidos en serie de modo que sean copias
absolutamente perfectas unos de otros. No podemos construir dos máquinas
grandes de modo que las dimensiones sean exactamente las mismas. Pero si
nuestra máquina es de solo 100 átomos de altura, solo tenemos que corregir a
una mitad de un 1 por 100 para estar seguros de que la otra máquina tiene
exactamente el mismo tamaño; ¡a saber, 100 átomos de algo!
En el nivel atómico, tenemos nuevos tipos de fuerzas y nuevos tipos de
posibilidades, nuevos tipos de efectos. Los problemas de la fabricación y
reproducción de materiales serán muy diferentes. Como he dicho, me inspiro en
fenómenos biológicos en los que las fuerzas químicas se emplean de forma
repetitiva para producir todo tipo de efectos extraños (uno de los cuales es el
autor). Los principios de la física, por lo que puedo ver, no hablan en contra
de la posibilidad de manejar las cosas átomo a átomo. No es un intento de
violar ninguna ley; es algo que, en principio, puede hacerse; pero en la
práctica no se ha hecho porque somos demasiado grandes.
En última instancia, podemos hacer síntesis química. Un químico viene y nos
dice: «Miren, quiero una molécula que tenga los átomos dispuestos de esta
forma; constrúyanme dicha molécula». El químico hace una cosa misteriosa cuando
quiere hacer una molécula. Él ve que tiene ese anillo, de modo que mezcla esto
y aquello, y lo agita y juguetea con todo. Y, al final de un proceso difícil,
normalmente consigue sintetizar lo que quiere. Para cuando yo tenga operativos
mis dispositivos, de modo que podamos hacerlo con física, él habrá descubierto
cómo sintetizar absolutamente cualquier cosa, así que esto será realmente
inútil.
Pero es interesante que, en principio, sea posible (creo yo) para un físico
sintetizar cualquier sustancia química que elabore el químico. Den las recetas
y el físico lo sintetiza. ¿Cómo? Coloquen los átomos donde dice el químico y de
este modo fabrican ustedes la sustancia. Los problemas de la química y la
biología pueden reducirse mucho si nuestra capacidad para ver lo que estamos
haciendo, y para hacer cosas a nivel atómico, se desarrolla en definitiva, un
desarrollo que yo creo inevitable. Ahora bien, ustedes podrían decir: « ¿Quién
debería hacer esto y por qué debería hacerlo?». Bien, yo señalo algunas de las
aplicaciones económicas, pero sé que la razón de que ustedes lo hicieran podría
ser por pura diversión. Pero ¡divirtámonos! Organicemos una competición entre
laboratorios. Que un laboratorio construya un motor minúsculo y lo envíe a otro
laboratorio, y que este lo devuelva con algo que encaje dentro del eje del
primer motor.
§. Competición entre institutos
Solo por diversión, y para que los niños se interesen en este campo, propondría
que alguien que tenga algún contacto con los institutos de enseñanza secundaria
piense en hacer algún tipo de competición entre institutos. Después de todo, ni
siquiera hemos empezado en este campo, e incluso los niños pueden escribir más
pequeño que nunca se ha escrito antes. Podrían organizar una competición entre
los institutos. El instituto de Los Ángeles podría enviar un alfiler al
instituto de Venice en el que se diga: « ¿Va todo bien?». Ellos devolverían el
alfiler, y en el punto de la «i» dice: «No va mal».
Quizá esto no les anime a hacerlo, y solo la economía lo hará. Por lo tanto
quiero hacer algo; pero no lo puedo hacer en este momento porque no he
preparado las bases. Mi intención es ofrecer un premio de 1000 dólares al
primer tipo que pueda coger la información que hay en una página de un libro y
colocarla en un área 1/25 000 veces menor en escala lineal de tal forma que
pueda leerse con un microscopio electrónico.
Y quiero ofrecer otro premio —si puedo imaginar una forma de enunciarlo de modo
que no entre en una maraña de discusiones sobre definiciones— de otros 1000
dólares para el primer tipo que haga un motor eléctrico rotatorio que pueda ser
controlado desde fuera y, sin contar los cables, tenga solo 1/10 de centímetro
cúbico.
No creo que tales premios tengan que esperar mucho a los pretendientes.
Finalmente, Feynman tuvo que satisfacer ambos desafíos. Lo que sigue
está tomado de Feynman and Computation, editado por Anthony J. G.
Hrey (Perseus, Reading, Ma., 1998), reproducido con permiso. (N. del
e.)
Él pagó ambos: el primero, menos de un año después, a Bill McLellan, un alumno
de Caltech, por un motor en miniatura que satisfacía las especificaciones, pero
que supuso cierta decepción para Feynman en cuanto que no requería ningún nuevo
avance técnico. Feynman ofreció una versión actualizada de su charla en 1983 en
el Jet Propulsory Laboratory. Predijo «que con la tecnología actual podemos
fácilmente… construir motores de un cuarentavo de ese tamaño en cada dimensión,
64 000 veces más pequeño que… el motor de McLellan, y podemos fabricar miles de
ellos a la vez».
Pasaron otros veintiséis años antes de que él tuviera que pagar el segundo
premio, esta vez a un estudiante graduado de Stanford llamado Tom Newman. La
escala del reto de Feynman era equivalente a escribir los veinticuatro
volúmenes de la Enciclopedia Británica en la cabeza de un
alfiler: Newman calculó que cada letra tendría una anchura de solo unos
cincuenta átomos. Usando litografía de haz electrónico cuando su director de
tesis estaba fuera de la ciudad, fue finalmente capaz de escribir la primera
página de Historia de dos ciudades de Charles Dickens con una
reducción de escala de 1/25 000. Se suele reconocer que el artículo de Feynman
dio inicio al campo de la nanotecnología, y ahora existen competiciones
regulares para un «premio Feynman de nanotecnología».
Capítulo 6
El valor de la ciencia
De entre sus muchos valores, el mayor debe ser la
libertad de duda
En Hawai, Feynman aprende una lección de humildad mientras visita un templo
budista: «A todo hombre se le da la llave de las puertas del cielo; la misma
llave abre las puertas del infierno». Esta es una de las piezas más elocuentes
de Feynman, donde reflexiona sobre la relevancia de la ciencia para la
experiencia humana y viceversa. También da una lección a sus colegas
científicos acerca de su responsabilidad en el futuro de la civilización.
* * * *
De cuando en cuando, la gente me sugiere que los
científicos deberían prestar más consideración a los problemas sociales;
especialmente que deberían ser más responsables al considerar el impacto de la
ciencia en la sociedad. Supongo que esta misma sugerencia se la hacen a muchos
otros científicos, y parece que está muy extendida la creencia de que se
obtendrían grandes éxitos si los científicos se dedicasen solamente a estos
difíciles problemas sociales y no perdieran tanto tiempo engañándose con problemas
científicos menos vitales.
Mi impresión es que los científicos pensamos sobre estos problemas de cuando en
cuando pero no les dedicamos un esfuerzo continuo, por la sencilla razón de que
nosotros sabemos que no tenemos ninguna fórmula mágica para resolver problemas,
que los problemas sociales son mucho más difíciles que los científicos y que
normalmente no llegamos a ninguna parte cuando pensamos sobre ellos.
Creo que, cuando considera problemas no científicos, un científico es tan torpe
como el vecino de al lado; y cuando habla sobre un tema no científico, suena
tan ingenuo como cualquiera que no esté instruido en el tema. Puesto que la
cuestión del valor de la ciencia no es un tema científico, esta charla puede
servir de ejemplo para demostrar mi tesis.
La primera forma en que la ciencia tiene valor resulta familiar para
cualquiera. Se trata de que el conocimiento científico nos permite hacer todo
tipo de cosas y construir todo tipo de cosas. Por supuesto, si hacemos cosas
buenas no es solo mérito de la ciencia; también es mérito de la elección moral
que nos condujo a un buen trabajo. El conocimiento científico es un poder que
capacita para hacer cosas buenas o malas, pero no incluye un manual de
instrucciones sobre cómo utilizarlo. Semejante poder tiene un valor evidente,
incluso si el poder puede ser invalidado por lo que uno hace.
Aprendí una manera de expresar este problema humano común en un viaje a
Honolulú. Allí, en un templo budista, el hombre que lo cuidaba explicó algo de
la religión budista para los turistas, y luego terminó su charla diciéndoles
que él tenía algo que decirles que nunca olvidarían, y yo
nunca lo he olvidado. Era un proverbio de la religión budista: «A todo hombre
se le da la llave de las puertas del cielo; la misma llave abre las puertas del
infierno».
¿Cuál es, entonces, el valor de la llave del cielo? Es cierto que si carecemos
de instrucciones claras que determinen cuál es la puerta del cielo y cuál es la
puerta del infierno, la llave puede ser un objeto peligroso, pero obviamente
tiene valor. ¿Cómo podemos entrar en el cielo sin ella?
Además, las instrucciones no tendrían valor sin la llave. Por eso resulta
evidente que, pese a que la ciencia podría producir un tremendo horror en el
mundo, tiene valor debido a que puede producir algo.
Otro valor de la ciencia es la diversión o el disfrute intelectual que obtienen
algunas personas de leer y aprender y reflexionar sobre ella, y que otras
personas obtienen de trabajar en ella. Este es un punto muy real e importante,
y algo que no es suficientemente considerado por aquellos que nos dicen que
nuestra responsabilidad social está en reflexionar sobre el impacto de la
ciencia en la sociedad.
¿Tiene este mero disfrute personal algún valor para la sociedad en conjunto?
¡No! Pero también es una responsabilidad considerar el valor de la propia
sociedad. ¿No se trata, en última instancia, de disponer las cosas de modo que
la gente pueda disfrutar de ellas? Si es así, el disfrute de la ciencia es tan
importante como cualquier otra cosa.
Pero no quisiera subestimar el valor de la visión del mundo
que es el resultado del esfuerzo científico. Nos hemos visto llevados a
imaginar todo tipo de cosas infinitamente más maravillosas que las fantasías de
los poetas y los soñadores del pasado. Ello muestra que la imaginación de la
naturaleza es muchísimo mayor que la imaginación del hombre. Por ejemplo, es
mucho más notable el hecho de que todos nosotros estemos pegados —la mitad de
nosotros boca abajo— por una misteriosa atracción a una bola giratoria que ha estado
flotando en el espacio durante miles de millones de años, que ser llevados a
lomos de un elefante sustentado en una tortuga que nada en un mar sin fondo.
He pensado sobre estas cosas tantas veces en solitario que espero que me
excusen si les recuerdo algunas ideas que estoy seguro que todos ustedes han
tenido —o al menos ideas similares— y que nadie pudo siquiera haber tenido en
el pasado, porque la gente no tenía entonces la información que tenemos hoy
acerca del mundo.
Por ejemplo, estoy en la orilla del mar, solo, y empiezo a pensar. Están las
olas que rugen… montañas de moléculas, cada una ocupándose estúpidamente de su
propio trabajo… billones por separado… pero formando espuma blanca al unísono.
Época tras época… antes de que cualquier ojo pudiera ver… año tras año…
tronando en la costa como ahora. ¿Para quién, para qué…? en un planeta muerto,
sin ninguna vida que mantener.
Nunca en reposo… torturado por la energía… desperdiciada prodigiosamente por el
sol… derramada en el espacio. Una pulga hace que el mar ruja.
En lo profundo del mar, todas las moléculas repiten las mismas pautas que
cualquier otra hasta que se forman nuevas pautas complejas. Ellas construyen
otras semejantes a sí mismas… y empieza una nueva danza.
Creciendo en tamaño y complejidad… seres vivos, masas de átomos, ADN,
proteínas… en una danza cada vez más complicada.
Desde la cuna a la tierra seca… aquí está de pie… átomos con conciencia…
materia con curiosidad.
De pie junto al mar… maravillado ante las maravillas… yo… un universo de
átomos… un átomo en el universo
Contenido:
§. La gran aventura
§. La idea notable
§. Educación, para el bien y para el mal
§. Nuestra responsabilidad como científicos
§. La gran aventura
El mismo temor, el mismo respeto y misterio, viene una y otra vez cuando
consideramos cualquier problema con profundidad suficiente. Con más
conocimiento se hace un misterio más profundo y más maravilloso, que nos seduce
para penetrar en él aún más profundamente. Nunca preocupados porque la
respuesta pueda mostrarse decepcionante, sino con placer y confianza levantamos
cada piedra nueva para encontrar una extrañeza inimaginada que lleva a
preguntas y misterios más maravillosos; ¡una gran aventura ciertamente!
Es cierto que pocas personas ajenas a la ciencia tienen este tipo concreto de
experiencia religiosa. Nuestros poetas no escriben sobre ello; nuestros
artistas no intentan interpretar este hecho notable. No sé por qué. ¿A nadie le
inspira nuestra imagen actual del universo? El valor de la ciencia sigue sin
ser cantado por los cantores, así que ustedes se ven reducidos a oír no un
canto o un poema, sino una conferencia vespertina sobre ella. Esta no es
todavía una edad científica.
Quizá una de las razones es que uno tiene que saber cómo leer la música. Por
ejemplo, el artículo científico dice, quizá, algo así: «El contenido en fósforo
radiactivo del cerebro de la rata disminuye a la mitad en un periodo de dos
semanas». Ahora bien, ¿qué significa eso?
Significa que el fósforo que hay en el cerebro de una rata (y también en el
mío, y en el de ustedes) no es el mismo fósforo que había hace dos semanas,
sino que todos los átomos que hay en el cerebro están siendo reemplazados, y
los que había allí antes se han ido.
De modo que ¿qué es esta mente, qué son estos átomos con consciencia? ¡Patatas
de la semana pasada! Eso es lo que ahora puedo recordar que
sucedía en mi mente hace un año; una mente que ha sido reemplazada hace tiempo.
Esto es lo que se entiende cuando uno descubre cuánto tiempo se necesita para
que los átomos del cerebro sean reemplazados por otros átomos, para advertir
que lo que yo llamo mi individualidad es solo una pauta o una danza. Los átomos
entran en mi cerebro, danza a danza, luego salen; siempre átomos nuevos pero
ejecutando siempre la misma danza, recordando cuál era la danza de ayer.
§. La idea notable
Cuando leemos acerca de esto en el periódico, dice: «El científico afirma que
este descubrimiento puede tener importancia para la cura del cáncer». El
artículo solo está interesado en el uso de la idea, no en la idea misma. Apenas
nadie puede entender la importancia de una idea, es así de notable. Solo,
posiblemente, algunos niños la captan. Y cuando un niño capta una idea como
esa, tenemos un científico. Estas ideas se filtran (a pesar de todo eso que se
dice de que la TV reemplaza al pensamiento), y montones de niños adquieren el
espíritu, y cuando ellos tienen el espíritu ustedes tienen un científico.
Cuando están en nuestras universidades ya es demasiado tarde para que adquieran
este espíritu, de modo que debemos intentar explicar estas ideas a los niños.
Me gustaría ahora abordar un tercer valor que tiene la ciencia. Es un poco más
indirecto, aunque no mucho. El científico tiene mucha experiencia con la
ignorancia, la duda y la incertidumbre, y creo que esta experiencia es de gran
importancia. Cuando un científico no conoce la respuesta a un problema, es
ignorante. Cuando tiene una intuición sobre cuál es el resultado, él está
inseguro. Y cuando está condenadamente seguro de cuál va a ser el resultado,
tiene algunas dudas. Hemos descubierto que para progresar tiene una importancia
trascendental el reconocer la ignorancia y dejar lugar a la duda. El
conocimiento científico es un corpus de enunciados de grados
de certeza variable: algunos más inseguros, algunos casi seguros, ninguno absolutamente cierto.
Ahora bien, nosotros los científicos estamos acostumbrados a esto, y damos por
hecho que es perfectamente coherente estar inseguro, que es posible vivir
y no saber. Pero yo no sé si todo el mundo se da cuenta de que
esto es cierto. Nuestra libertad para dudar nació de una lucha contra la
autoridad en los primeros días de la ciencia. Fue una lucha muy profunda y muy
fuerte. Nos hace preguntarnos —dudar, eso es todo— y no estar seguros. Y creo
que es importante que no olvidemos la importancia de esta lucha y con ello
perdamos quizá lo que hemos ganado. Aquí hay una responsabilidad hacia la
sociedad.
Todos nos entristecemos cuando pensamos en las maravillosas capacidades que
parecen tener los seres humanos y las comparamos con sus pequeños logros. Una y
otra vez la gente ha pensado que podríamos hacerlo mucho mejor. Quienes vivían
en el pasado vieron en la pesadilla de sus tiempos un sueño de futuro.
Nosotros, que somos su futuro, vemos que sus sueños, en algunos aspectos
superados, han seguido siendo sueños en muchos otros aspectos. Las esperanzas
actuales para el futuro son, en buena parte, las mismas que las de ayer.
§. Educación, para el bien y para el mal
En otros tiempos se pensaba que las posibilidades de las personas no se habían
desarrollado debido a que la mayoría de estas personas eran ignorantes. Con
educación universal, ¿podrían todos los hombres ser Voltaire? El mal puede
enseñarse al menos tan eficazmente como el bien. La educación es una gran
fuerza, pero lo es para el bien o para el mal.
Las comunicaciones entre las naciones deben promover el entendimiento: así
llegó otro sueño. Pero las máquinas de comunicación pueden ser canalizadas o
bloqueadas. Lo que se comunica puede ser verdad o mentira. La comunicación es
también una gran fuerza, pero para el bien o para el mal.
Las ciencias aplicadas deberían liberar a los hombres al menos de los problemas
materiales. La medicina controla las enfermedades. Y aquí el registro parece
ser para bien. Pese a todo hay hombres trabajando pacientemente para crear
grandes plagas y venenos. Serán utilizados en las guerras del mañana.
Casi todos desaprueban la guerra. Hoy nuestro sueño es la paz. En la paz, el
hombre puede desarrollar mejor las enormes capacidades que parece tener. Pero
quizá los hombres del futuro encontrarán que dicha paz puede ser también buena
y mala. Quizá los hombres pacíficos se den a la bebida por aburrimiento. Quizá
la bebida se convierta entonces en el gran problema que parece apartar al
hombre de conseguir todo lo que él piensa que debería sacar de sus capacidades.
Evidentemente, la paz es una gran fuerza, como lo es la sobriedad, como lo son
el poder material, la comunicación, la educación, la honestidad y los ideales
de muchos soñadores.
Tenemos más fuerzas que controlar que los antiguos. Y quizá lo estemos haciendo
un poco mejor que la mayoría de ellos. Pero lo que deberíamos ser capaces de
hacer parece gigantesco si se compara con nuestros confusos logros.
¿A qué se debe esto? ¿Por qué no podemos conquistarnos?
Porque descubrimos que incluso las grandes fuerzas y capacidades no llevan con
ellas instrucciones claras sobre cómo utilizarlas. A modo de ejemplo, la gran
acumulación de conocimiento acerca del comportamiento del mundo físico solo nos
convence de que este comportamiento parece carecer de significado. Las ciencias
no enseñan directamente el bien y el mal.
A lo largo de las épocas los hombres han tratado de descifrar el significado de
la vida. Han comprendido que si se pudiera dar alguna dirección o significado a
nuestras acciones, se liberarían grandes fuerzas humanas. Por eso se han dado
muchas respuestas a la pregunta sobre el significado de todas las cosas. Pero
las ha habido de todos los tipos diferentes, y los proponentes de una respuesta
han mirado con horror las acciones de los creyentes en otra. Horror, porque
desde un punto de vista diferente todas las grandes capacidades de la raza
estaban siendo dirigidas hacia un callejón sin salida, falso y limitador. De
hecho, es gracias a la historia de las enormes monstruosidades creadas por
falsas creencias por lo que los filósofos han comprendido las capacidades
aparentemente infinitas y maravillosas de los seres humanos. El sueño consiste
en encontrar el canal abierto.
¿Cuál es, entonces, el significado de todo? ¿Qué podemos decir para disipar el
misterio de la existencia?
Si tenemos en cuenta todas las cosas, no solo lo que sabían los antiguos, sino
todo lo que hoy sabemos y que ellos no sabían, entonces creo que debemos
admitir francamente que no sabemos.
Pero al admitir esto, hemos encontrado probablemente el canal abierto.
Esta no es una idea nueva; esta es la idea de la edad de la razón. Esta es la
filosofía que guio a los hombres que construyeron la democracia en la que
vivimos. La idea de que nadie sabía realmente cómo dirigir un gobierno condujo
a la idea de que deberíamos establecer un sistema por el que nuevas ideas
pudieran desarrollarse, intentarse, descartarse, y formar más nuevas ideas; un
sistema de ensayo y error. Este método fue un resultado del hecho de que la
ciencia ya se estaba mostrando como una aventura exitosa a finales del siglo
XVII. Incluso entonces estaba claro para las personas con preocupaciones
sociales que la apertura de las posibilidades era una oportunidad, y que la
duda y la discusión eran esenciales para avanzar en lo desconocido. Si queremos
resolver un problema que nunca antes hemos resuelto, debemos dejar entreabierta
la puerta a lo desconocido.
§. Nuestra responsabilidad como científicos
Estamos en los primerísimos comienzos de la raza humana. No es irrazonable que
tropecemos con problemas. Hay decenas de miles de años en el futuro. Nuestra
responsabilidad es hacer lo que podamos, aprender lo que podamos, mejorar las
soluciones y transmitirlas. Nuestra responsabilidad es dejar las manos libres a
los hombres del futuro. En la impetuosa juventud de la humanidad podemos
cometer grandes errores que puedan bloquear nuestro crecimiento durante mucho
tiempo. Esto es lo que haremos si decimos que tenemos ahora las respuestas, tan
jóvenes e ignorantes; si eliminamos toda discusión, toda crítica, diciendo:
«Eso es, muchachos, ¡el hombre está salvado!», y con esto condenemos al hombre
por mucho tiempo a las cadenas de la autoridad, confinado a los límites de
nuestra imaginación actual. Así ha ocurrido muchas veces antes.
Nuestra responsabilidad como científicos, sabedores del gran progreso y el gran
valor de una filosofía satisfactoria de la ignorancia, del gran progreso que es
el fruto de la libertad de pensamiento, está en proclamar el valor de esta
libertad, enseñar que la duda no debe ser temida, sino bienvenida y discutida,
y exigir esta libertad como nuestro deber para con todas las generaciones
venideras.
Capítulo 7
Informe minoritario de Richard P. Feynman en la investigación de la lanzadera
espacial Challenger
Cuando la lanzadera espacial Challenger explotó
poco después de ser lanzada el 28 de enero de 1986, seis astronautas
profesionales y una profesora de enseñanza secundaria encontraron una muerte
trágica. La nación quedó destrozada, y la NASA vio quebrantada su
autocomplacencia, producto de años de misiones espaciales exitosas, o, al
menos, sin víctimas mortales. Se constituyó una comisión, dirigida por el
secretario de Estado William P. Rogers y compuesta por políticos, astronautas,
militares y un científico, para investigar la causa del accidente y recomendar
medidas para impedir que sucediera de nuevo un desastre semejante. Quizá el
hecho de que Richard Feynman fuera ese científico haya supuesto que la pregunta
de por qué falló la Challenger no haya quedado enterrada en un eterno misterio.
Feynman tenía más agallas que la mayoría de los hombres, no temía recorrer todo
el país para hablar con los hombres de a pie, los ingenieros que habían
reconocido que la propaganda se estaba imponiendo sobre la precaución y la
seguridad en el programa de la lanzadera. Su informe, considerado como
embarazoso para la NASA, estuvo a punto de ser rechazado por la Comisión, pero
Feynman luchó por verlo incluido; fue relegado a un apéndice. Cuando la
Comisión convocó una conferencia de prensa en directo para responder a
preguntas, Feynman hizo su ahora famoso experimento casero con una de las
juntas, o anillos-O, de la lanzadera y un vaso de agua helada. Probó de forma
espectacular que aquellas juntas clave habían fallado debido a que unos
gestores ansiosos por impresionar a sus jefes con la puntualidad de sus
programas desoyeron la advertencia de los ingenieros que aconsejaban aplazar el
lanzamiento. Este es ese informe histórico.
Contenido:
§. Introducción
§. Cohetes de combustible sólido (SRB)
§. Motor de combustible líquido (SSME)
§. Aviónica
§. Conclusiones
§. Introducción
Parece que existen opiniones muy diferentes respecto a la probabilidad de un
fallo con pérdida del vehículo y de vidas humanas. Las estimaciones van desde
aproximadamente un 1 por 100 hasta un 1 por 100.000. Las cifras más altas
proceden de los ingenieros, y las cifras más bajas de la administración.
¿Cuáles son las causas y consecuencias de esta falta de acuerdo? Puesto que un
1 por 100.000 implicaría que se podría lanzar una lanzadera cada día durante
trescientos años con la esperanza de perder tan solo una, sería más adecuado
preguntar: « ¿Cuál es la causa de esta fantástica fe de la administración en la
maquinaria?».
También hemos encontrado que los criterios de certificación utilizados en los
informes de aptitud de vuelo tienden a ser cada vez menos estrictos. El
argumento de que el mismo riesgo se corrió anteriormente sin que hubiera fallos
se suele aceptar como argumento en favor de la seguridad de aceptarlo de nuevo.
Por esta razón, se aceptan una y otra vez debilidades obvias, a veces sin hacer
un intento suficientemente serio para remediarlas, o para retrasar un vuelo
debido a su presencia continuada.
Existen varias fuentes de información. Están los criterios de certificación
publicados, incluyendo una historia de las modificaciones en forma de
exenciones y desviaciones. Además de esto, los registros de los informes de
aptitud de vuelo para cada vuelo documentan los argumentos utilizados para
aceptar los riesgos del vuelo. Se obtuvo información del testimonio directo y
los informes del responsable de seguridad, Louis J. Ullian, respecto a la
historia de los éxitos de los cohetes de combustible sólido. Había un estudio
adicional debido a él (como presidente del comité de seguridad para el aborto
de lanzamiento [LASP]) que trataba de determinar los posibles riesgos de
accidentes en intentos de poner en vuelo una fuente de alimentación de plutonio
(REG) para futuras misiones planetarias, que producirían contaminación
radiactiva. También se dispone del estudio de la NASA sobre la misma cuestión.
Para la historia de los motores principales de la lanzadera espacial se
mantuvieron entrevistas con la administración y los ingenieros en Marshall, y
entrevistas informales con ingenieros en Rocketdyne. También se mantuvo una
entrevista informal con un ingeniero mecánico independiente (Caltech) que fue
consultor de la NASA sobre motores. Se llevó a cabo una visita a Johnson para
recoger información sobre la fiabilidad de la aviónica (computadores, sensores
y efectores). Finalmente existe un informe, «Un examen de las prácticas de
certificación potencialmente aplicables a motores de cohetes tripulados
reutilizables», preparado en el Jet Propulsion Laboratory por N. Moore et
al., en febrero de 1986, por encargo de la Oficina de Vuelos Espaciales en
la sede central de la NASA. Trata de los métodos utilizados por la FAA[32] y el
ejército para certificar sus turbinas de gas y sus motores para cohetes.
También estos autores fueron entrevistados de manera informal.
§. Cohetes de combustible sólido (SRB)
Una estimación de la fiabilidad de los cohetes de combustible sólido fue
realizada por el responsable de seguridad, estudiando la experiencia de todos
los vuelos de cohetes anteriores. De un total de casi 2900 vuelos, 121 fallaron
(1 de cada 25). En estos se incluyen, no obstante, los que pueden denominarse
errores iniciales, cohetes lanzados en los primeros intentos y en los que se
han detectado y corregido errores de diseño. Una cifra más razonable para los
cohetes ya experimentados podría ser de 1 cada 50. Con un cuidado especial en
la selección e inspección de las piezas, podría lograrse una cifra por debajo
de 1 entre 100, aunque un 1 entre 1000 no es probablemente alcanzable con la
tecnología actual. (Puesto que hay dos cohetes en la lanzadera, estas tasas de
fallo para cohetes deben multiplicarse por dos para obtener las tasas de fallo
de la lanzadera a partir de las tasas de fallo de los cohetes propulsores de
combustible sólido).
Los oficiales de la NASA argumentan que la cifra es mucho más baja. Señalan que
las cifras anteriores se refieren a cohetes no tripulados, pero puesto que la
lanzadera es un vehículo tripulado, «la probabilidad de éxito de la misión está
necesariamente muy próxima a 1,0». No está muy claro lo que quiere decir esta
frase. ¿Significa que está próxima a 1 o que debería estar próxima a 1? Su
argumento continúa diciendo que: «Históricamente, este grado
extraordinariamente alto de éxito ha dado lugar a una diferencia entre las
políticas de los programas de vuelos espaciales tripulados y los programas no
tripulados; por ejemplo, uso de probabilidad numérica frente a juicio técnico».
(Estas citas proceden de Space Shuttle Data for Planetary Mission RTG
Safety Analysis, páginas 3-1, 3-2, 15 de febrero de 1985, NASA, JSC). Es
cierto que si la probabilidad de fallo fuera tan baja como un 1 por 100.000 se
necesitaría un desmesurado número de pruebas para determinarla (pues lo único
que se obtendría sería una serie de vuelos perfectos de los que no sale una
cifra precisa, salvo que la probabilidad es probablemente menor que el número
de tales vuelos en la serie). Pero si la probabilidad real no es tan pequeña,
los vuelos manifestarían problemas, casi fallos, y posiblemente fallos reales
con una estimación razonable. De hecho, en algunas ocasiones la experiencia
previa de la NASA ha puesto de manifiesto precisamente estas dificultades, casi
accidentes, y accidentes, todos los cuales son advertencias de que la
probabilidad de fallo del vuelo no era tan pequeña. La inconsistencia del
argumento para no determinar la fiabilidad a partir de la experiencia
histórica, como hizo el responsable de seguridad, está en que la NASA también
apela a la historia, cuando empieza diciendo: «Históricamente, este grado
extraordinariamente alto de éxito de las misiones…». Finalmente, si vamos a
reemplazar la utilización de la probabilidad numérica estándar por un juicio
técnico, ¿por qué encontramos una disparidad tan enorme entre la estimación de
la administración y el juicio de los ingenieros? Podría parecer que, con algún
objetivo, ya fuera para consumo interno o externo, la administración de la NASA
exagerara la fiabilidad de su producto hasta extremos fantásticos.
No se reproducirá aquí la historia de la certificación y los informes de
aptitud de vuelo. (Véase otro apartado de los informes de la Comisión). Resulta
muy evidente el fenómeno de la aceptación de precintos de vuelo que han
mostrado erosión y dilatación en vuelos anteriores. El vuelo del Challenger es
un ejemplo excelente. Hay varias referencias a vuelos que habían tenido lugar
antes. La aceptación y éxito de dichos vuelos se toma como evidencia de
seguridad. Pero la erosión y la dilatación no son las que el diseño había
previsto. Son advertencias de que algo está mal. El equipamiento no está
funcionando como se esperaba, y por consiguiente hay un peligro de que pueda
funcionar con desviaciones incluso mayores de forma inesperada y no
completamente entendida. El hecho de que este peligro no condujera a una
catástrofe antes no es garantía de que no vaya a hacerlo la próxima vez, a
menos que se haya alcanzado una completa comprensión del mismo. Cuando se juega
a la ruleta rusa, el hecho de que el primer disparo no haya producido daños sirve
de poco consuelo para el siguiente. El origen y las consecuencias de la erosión
y la dilatación no se entendían. No ocurrieron de la misma forma en todos los
vuelos y todas las juntas; a veces eran mayores y a veces eran menores. ¿Por
qué no iban a conducir alguna vez a una catástrofe, cuando se dieran ciertas
condiciones determinadas?
Pese a estas variantes de un caso a otro, los oficiales se comportaban como si
lo entendieran, dándose argumentos aparentemente lógicos unos a otros que con
frecuencia se basaban en el «éxito» de vuelos previos. Por ejemplo, para
determinar si el lanzamiento del vuelo 51-L[33] era
seguro pese a la erosión del anillo en el vuelo 51-C, se hizo notar que la
profundidad de erosión era solo de un tercio del radio. En experimentos
realizados haciendo cortes en el anillo se había advertido que era necesario un
corte con una profundidad de un radio antes de que el anillo fallara. En lugar
de preocuparse por la razonable posibilidad de que las variaciones de estas
condiciones mal comprendidas pudieran crear esta vez una erosión más profunda,
se afirmó que había «un factor de seguridad de tres». Este es un uso extraño
del término «factor de seguridad» del ingeniero. Cuando se construye un puente
para soportar una cierta carga sin que las vigas se rompan, agrieten o se
deformen permanentemente, debe diseñarse de modo que los materiales utilizados
soporten realmente tres veces esta carga. Este «factor de seguridad» admite
excesos imprevistos de carga, o cargas extra desconocidas, o una debilidad en
los materiales que podrían tener fallos inesperados, etc. Si en estas
condiciones se somete el nuevo puente a la carga esperada y aparece una grieta
en una viga, esto indica un fallo del diseño. No había factor de seguridad en
absoluto; incluso aunque el puente no se venga abajo realmente porque la grieta
solo ha llegado a un tercio del grosor de la viga. Los anillos-O de los cohetes
propulsores de combustible sólido no estaban diseñados para desgastarse. La
erosión era una clave de que algo iba mal. La erosión no era algo a partir de
lo cual pudiera inferirse la seguridad.
Sin una comprensión completa, no se podía confiar en que las condiciones del
vuelo siguiente no fueran a producir una erosión tres veces más grave que en la
ocasión anterior. En cualquier caso, los oficiales se engañaron al pensar que
tenían esta comprensión y confianza, pese a las variaciones peculiares de un
caso a otro. Se hizo un modelo matemático para calcular la erosión. Era un
modelo que no se basaba en los conocimientos físicos, sino en un ajuste a una
curva empírica. Más concretamente, se suponía que un chorro de gas caliente
incidía sobre el material del anillo-O, y se determinaba la temperatura en el
punto de remanso (hasta aquí, con leyes termodinámicas y físicas razonables).
Pero para determinar cuánto caucho se erosionaba se suponía que esto dependía
solo de dicha temperatura a través de una fórmula sugerida por datos tomados de
un material similar. Una representación logarítmica sugería una línea recta, de
modo que se supuso que la erosión variaba como la potencia 0,58 de la
temperatura, siendo determinado este 0,58 por ajuste. En cualquier caso,
ajustando algunos otros números, se determinó que el modelo daba cuenta de la
erosión (hasta una profundidad de un tercio del radio del anillo). ¡No hay nada
más erróneo aquí que creerse la respuesta! En todos los lugares aparecen
incertidumbres. La intensidad del chorro de gas era impredecible, pues dependía
de agujeros formados en la masa. La dilatación mostraba que el anillo podría
fallar incluso si no se erosionaba completamente, sino solo parcialmente. Se
sabía que la fórmula empírica era imprecisa, pues no pasaba directamente por
los mismos puntos que sirvieron para determinarla. Había una nube de puntos
bastante por encima, y otra bastante por debajo de la curva ajustada, de modo
que era razonable predecir erosiones importantes por esta sola razón.
Incertidumbres similares afectaban a las otras constantes que aparecían en la
fórmula, etc., etc. Cuando se usa un modelo matemático, debe prestarse una
cuidadosa atención a las incertidumbres del modelo.
§. Motor de combustible líquido (SSME)
Durante el vuelo 51-L los tres motores principales de la lanzadera espacial
funcionaron perfectamente, incluso si, en el último momento, empezaron a
apagarse los motores cuando el suministro de combustible empezó a fallar. Sin
embargo, surge la pregunta acerca de si, de haber fallado y haber investigado
con tanto detalle como lo hicimos con el cohete propulsor de combustible
sólido, habríamos encontrado una similar falta de atención a los fallos y una
fiabilidad en entredicho. En otras palabras, los fallos de organización que
contribuyeron al accidente ¿se limitaban al sector del cohete propulsor de
combustible sólido o eran una característica más general de la NASA? Con ese
fin se investigaron los motores principales de la lanzadera espacial y la
aviónica. No se hizo ningún estudio similar del vehículo orbital ni del tanque
externo.
El motor es una estructura mucho más complicada que el cohete propulsor de
combustible sólido, y en él interviene una ingeniería mucho más detallada. En
general, la ingeniería parece ser de alta calidad y aparentemente se presta una
considerable atención a las deficiencias y los defectos encontrados en el
funcionamiento.
La manera usual de diseñar tales motores (para aviones militares o civiles)
puede denominarse el sistema de componentes, o diseño de abajo arriba. En
primer lugar, es necesario entender completamente las propiedades y
limitaciones de los materiales que se van a utilizar (para aletas de turbina,
por ejemplo), y se han iniciado test en bancos experimentales para
determinarlos. Con este conocimiento se diseñan y ponen a prueba por separado
piezas componentes mayores (tales como engranajes). A medida que se advierten
deficiencias y errores de diseño, estos son corregidos y verificados con
pruebas adicionales. Puesto que solo se prueban piezas de una en una, estas
pruebas y modificaciones no son muy caras. Finalmente se construye el diseño
final y el motor completo, con las especificaciones necesarias. Para entonces,
hay una buena probabilidad de que la máquina tenga éxito en general, o que
cualquier posible fallo sea fácilmente aislado y analizado porque los modos de
fallo, limitaciones de materiales, etc., se entienden muy bien. Hay una buena
probabilidad de que las modificaciones para que el motor supere las últimas
dificultades no sean muy difíciles de hacer, pues la mayor parte de los
problemas graves ya han sido descubiertos y tratados antes en las primeras y
menos caras etapas del proceso.
El motor principal de la lanzadera fue tratado de una forma diferente: de
arriba abajo, podríamos decir. El motor fue diseñado y ensamblado de una vez
con relativamente pocos estudios preliminares y detallados del material y los
componentes. En este caso, cuando se encuentran problemas en los engranajes,
las aletas de las turbinas, los conductos refrigerantes, etc., es más caro y
difícil descubrir las causas y hacer cambios. Por ejemplo, se han encontrado
grietas en las aletas de las turbinas de la turbo-bomba de oxígeno a alta
presión. ¿Son debidas a fallos en el material, al efecto de la atmósfera de
oxígeno sobre las propiedades del material, a las tensiones térmicas de
arranque o desconexión, a la vibración y las tensiones de funcionamiento
estacionario, o son debidas fundamentalmente a alguna resonancia a ciertas
velocidades, etc.? ¿Cuánto tiempo podemos funcionar desde el inicio de una
grieta hasta la rotura, y cómo depende esto del nivel de potencia? Usar el
motor entero como un banco de prueba para resolver estas cuestiones es
extraordinariamente caro. Nadie quiere perder motores enteros para descubrir
dónde y cómo ocurren los fallos. Pese a todo, un conocimiento preciso de esta
información es esencial para adquirir confianza en la fiabilidad del motor en
uso. Sin una comprensión detallada, no puede llegarse a esta confianza.
Una desventaja adicional del método de arriba abajo es que, si se alcanza a
comprender un defecto, una simple modificación, tal como una forma nueva para
la carcasa de la turbina, puede ser imposible de implementar sin rediseñar
completamente el motor.
El motor principal de la lanzadera espacial es una máquina muy notable. Tiene
una razón de propulsión a peso mayor que cualquier motor anterior. Está
construido en el límite de, o fuera de, cualquier experiencia previa en
ingeniería. Por consiguiente, y tal como se esperaba, se han manifestado muchos
tipos diferentes de defectos y dificultades. Puesto que, por desgracia, estaba
construido al modo de arriba abajo, estos son difíciles de localizar. El
objetivo de una vida media de 55 disparos equivalentes (27 000 segundos de
operación, bien en una misión de 500 segundos, o en un ensayo) con el que fue
diseñado, no ha sido alcanzado. El motor requiere ahora mantenimiento y
reemplazamiento muy frecuente de piezas importantes, tales como turbo-bombas,
placas metálicas para blindaje, etc. La turbo-bomba de combustible a alta
presión tuvo que ser reemplazada cada tres o cuatro misiones equivalentes
(aunque eso quizá se haya corregido ahora) y la turbo-bomba de oxígeno a alta
presión cada cinco o seis. Esto es como mucho un 10 por 100 de la
especificación original. Pero lo que más nos interesa aquí es la determinación
de la fiabilidad.
En un total de unos 250.000 segundos de funcionamiento, las máquinas han
fallado seriamente quizá 16 veces. La ingeniería presta mucha atención a estos
fallos y trata de remediarlos lo más rápidamente posible. Esto se hace mediante
estudios de prueba sobre bancos especiales diseñados experimentalmente para el
fallo en cuestión, mediante inspección cuidadosa del motor en busca de claves
reveladoras (tales como grietas), y mediante unos estudios y análisis
considerables. De esta forma, pese a las dificultades del diseño de arriba
abajo, muchos problemas han sido aparentemente resueltos con arduo trabajo.
A continuación se da una lista de algunos de los problemas. Los que están
seguidos por un (*) están probablemente resueltos:
·
Grietas en
las aletas de la turbina en las turbo-bombas de combustible a alta presión
(HPFTP). (Quizá han sido resueltas).
·
Grietas en
las aletas de la turbina en turbo-bombas de oxígeno a alta presión (HPOTP).
·
Ruptura de
línea en el Sistema de Encendido Ampliado (ASI).*
·
Fallo en la
válvula de purgado.*
·
Erosión en la
cámara ASI.*
·
Fractura en
la placa metálica de la turbina HPFTP.
·
Fallo en el
conducto refrigerante HPFTP.*
·
Fallo en el
codo de la salida de la cámara de combustión principal.*
·
Fallo en el
codo de entrada en la cámara de combustión principal.*
·
Torbellino
subsíncrono HPOTP.*
·
Sistema de
corte de seguridad de aceleración de vuelo (fallo parcial en un sistema
redundante).*
·
Desprendimientos
en el engranaje (parcialmente resuelto).
·
Una vibración
a 4000 hercios que hace inoperantes algunos motores, etc.
Muchos de estos problemas resueltos eran las
dificultades iniciales de un nuevo diseño, pues 13 de ellos ocurrieron en los
primeros 125.000 segundos y solo tres en los siguientes 125.000 segundos.
Naturalmente, nunca se puede estar seguro de que se hayan eliminado todos los
problemas y, para algunos de ellos, quizá la corrección no haya abordado la
verdadera causa. Así pues, no es irrazonable conjeturar que pueda haber al
menos una sorpresa en los próximos 250.000 segundos, con una probabilidad de
1/500 por motor y por misión. En una misión hay tres motores, pero algunos
accidentes estarían posiblemente controlados y solo afectan a un motor. El
sistema puede abortar con solo dos motores. Por consiguiente, digamos que las
sorpresas desconocidas no nos permiten conjeturar, ni siquiera respecto de sí
mismas, que la probabilidad de un fallo en la misión debido al motor principal
de la lanzadera espacial es menor que 1/500. A esto debemos sumar la
probabilidad de fallo debido a problemas conocidos pero aún no resueltos
(aquellos sin asterisco en la lista anterior). Los discutiremos más abajo. (Los
ingenieros en Rocketbyne, el fabricante, estiman la probabilidad total en
1/10.000. Los ingenieros de Marshall la estiman en 1/300, mientras que la
administración de la NASA, a quien informan estos ingenieros, afirma que es
1/100.000. Un ingeniero independiente consultado por la NASA piensa que 1 o 2
por 100 es una estimación razonable).
La historia de los principios de certificación para estos motores es confusa y
difícil de explicar. Inicialmente parecía existir la regla de que, para
certificar un tiempo de funcionamiento del motor, cada uno de los motores de un
par tomado como muestra debe haber funcionado sin fallos durante un tiempo
doble al que se va a certificar (regla de 2x). Al menos esa es la
práctica de la FAA, y la NASA parece haberla adoptado, confiando originalmente
en que el tiempo certificado fuera de 10 misiones (y, por consiguiente, de 20
misiones para cada muestra). Obviamente, los mejores motores para utilizar
serían, por comparación, aquellos con un tiempo de funcionamiento total (vuelo
más prueba) máximo: los denominados «líderes de flota». Pero ¿qué pasa si una
tercera muestra y otras varias fallan en un corto tiempo? Ciertamente, el hecho
de que dos de ellos tuvieran una duración anormalmente alta no nos ofrecería
mucha seguridad. El tiempo corto podría ser más representativo de las
posibilidades reales y, en la idea de un factor de seguridad de 2, deberíamos
actuar la mitad del tiempo de las muestras de corta vida.
Este lento deslizamiento hacia un factor de seguridad cada vez menor puede
verse en muchos ejemplos. Tomemos el de las aletas de la turbina HPFTP. En
primer lugar, la idea de poner a prueba un motor entero fue abandonada. En cada
motor se han reemplazado muchas piezas importantes (como las propias
turbo-bombas) a intervalos frecuentes, de modo que la regla debe ser trasladada
de los motores a los componentes. Aceptamos un tiempo de certificación para un
HPFTP si cada una de dos muestras aleatorias ha funcionado con éxito durante el
doble de ese tiempo (y por supuesto, como cuestión práctica, sin insistir ya en
que este tiempo sea tan grande como 10 misiones). Pero ¿qué es «con éxito»?
Cuando se trata de ofrecer en la práctica un factor de seguridad mayor que 2,
la FAA considera como fallo una grieta en la aleta de una turbina. Un motor
puede funcionar durante un cierto tiempo desde el instante en que se inicia una
grieta hasta que se ha hecho suficientemente grande para provocar una fractura.
(La FAA está considerando nuevas reglas que tomen en cuenta este tiempo de
seguridad extra, pero solo si se analiza con mucho cuidado con modelos
conocidos dentro de un rango de experiencia conocido y con materiales
completamente verificados. Ninguna de estas condiciones se aplica al motor
principal de la lanzadera espacial).
Se encontraron grietas en muchas aletas de turbina de HPFTP en la segunda
etapa. En un caso se encontraron tres al cabo de 1900 segundos, mientras que en
otro caso no se encontró ninguna al cabo de 4200 segundos, aunque normalmente
estos ensayos más largos mostraban grietas. Para seguir con esta historia
tendremos que darnos cuenta de que la tensión depende mucho del nivel de
potencia. El vuelo del Challenger iba a producirse, y ya se
habían realizado vuelos previos, con los motores funcionando durante la mayor
parte del tiempo a un nivel de potencia llamado 104 por 100 del nivel de
potencia tasado. A juzgar por algunos datos materiales se supone que, al nivel
104 por 100 de nivel de potencia tasado, el tiempo para la producción de
grietas es aproximadamente el doble que al 109 por 100 o nivel de potencia
total (FPL). Estaba previsto realizar futuros vuelos a este nivel debido a que
debían llevar cargas más pesadas, y se hicieron muchas pruebas a dicho nivel.
Por consiguiente, al dividir el tiempo del 104 por 100 por 2 obtenemos unidades
llamadas equivalente de nivel de potencia completa (EFPL). (Obviamente, esto
introduce cierta incertidumbre, pero no ha sido estudiada). Las primeras grietas
mencionadas más arriba ocurrieron a 1375 EFPL.
Ahora la regla de certificación se convierte en «limitar todas las aletas de la
segunda fase a un máximo de 1375 segundos EFPL». Si uno objeta que se ha
perdido el factor de seguridad de 2, se le señala que la turbina actuó durante
3800 segundos EFPL sin grietas, y la mitad de esto es 1900, de modo que estamos
siendo más conservadores. Nos hemos engañado de tres maneras. En primer lugar,
tenemos solo una muestra, y no es la líder de flota, pues en las otras dos
muestras de 3800 segundos se detectaron en conjunto 17 aletas con grietas. (Hay
59 aletas en el motor). En segundo lugar, hemos abandonado la regla 2x y
hemos sustituido el tiempo doble por un tiempo igual. Y finalmente, 1375
segundos es el tiempo que había transcurrido cuando detectamos una grieta.
Podemos decir que no se había detectado ninguna grieta por debajo de 1375, pero
la última vez que miramos y no vimos grietas era al cabo de 1100 segundos EFPL.
No sabemos en qué momento se formó la grieta entre estos instantes; por
ejemplo, pueden haberse formado grietas a 1150 segundos EFPL. (Aproximadamente
2/3 de los conjuntos de aletas probadas con más de 1375 segundos EFPL tenían
grietas. De hecho, algunos experimentos recientes muestran grietas ya a los
1150 segundos). Era importante mantener alto el número, pues el Challenger iba
a utilizar un motor muy próximo al límite para el instante en que el vuelo
terminase.
Finalmente, se afirma que los criterios no se han abandonado, y que el sistema
es seguro, abandonando así el convenio de la FAA según el cual no debería haber
grietas y considerando como fallo solo una aleta completamente fracturada. Con
esta definición, ningún motor ha fallado todavía. La idea es que, puesto que
hay un margen de tiempo suficiente para que una grieta crezca hasta
fracturarse, podemos garantizar que todo es seguro inspeccionando todas las
aletas en busca de grietas. Si se encuentran, las reemplazamos, y si no se
encuentra ninguna tenemos tiempo suficiente para una misión segura. De esta
forma, el problema de la grieta deja de ser un problema de seguridad de vuelo y
se convierte en un mero problema de mantenimiento.
Quizá esto sea realmente cierto. Pero ¿hasta qué punto sabemos que las grietas
siempre crecen con lentitud suficiente para que no pueda producirse ninguna
fractura en una misión? Tres motores han funcionado durante tiempos largos
(aproximadamente 3000 segundos EFPL) con unas pocas aletas agrietadas y sin que
se rompan aletas.
Pero quizá se haya encontrado una corrección para este agrietamiento. Cambiando
la forma de la aleta, redondeando la superficie, y cubriéndola con aislante
para excluir un choque térmico, las aletas no se han agrietado hasta ahora.
Algo muy similar aparece en la historia de la certificación de la HPOTP, pero
no daremos aquí los detalles.
Es evidente, en resumen, que los informes de aptitud de vuelo y las reglas de
certificación muestran un agravamiento de algunos de los problemas del motor
principal de la lanzadera espacial que guarda una estrecha analogía con el
deterioro visto en las reglas para el cohete propulsor de combustible sólido.
§. Aviónica
Por «aviónica» se entiende el sistema cibernético del vehículo orbital tanto
como sus sensores de entrada y efectores de salida. En primer lugar, nos
restringiremos a los ordenadores propiamente dichos y no nos interesaremos en
la fiabilidad de la información de entrada procedente de los sensores de temperatura,
presión, etc., o de si la señal de salida del ordenador es o no seguida
fielmente por los efectores de disparos de cohetes, controles mecánicos,
pantallas de los astronautas, etc.
El programa informático es muy complicado, con más de 250.000 instrucciones. Es
responsable, entre muchas otras cosas, del control automático del ascenso
completo hasta la órbita, y del descenso hasta bien entrada la atmósfera (por
debajo de Mach 1) una vez que se ha presionado un botón que decide el lugar de
aterrizaje deseado. Sería posible realizar todo el aterrizaje automáticamente
(excepto que la señal de despliegue del tren de aterrizaje se deja expresamente
fuera del control del ordenador y debe ser dada por el piloto, manifiestamente
por razones de seguridad), pero semejante aterrizaje completamente automático
no es probablemente tan seguro como un aterrizaje controlado por un piloto.
Durante el vuelo orbital se utiliza, para el control de las cargas, la
presentación de la información a los astronautas y el intercambio de
información con la base en tierra. Es evidente que la seguridad del vuelo
requiere una precisión garantizada de este complicado sistema de hardware y software informático.
En resumen, la fiabilidad del hardware se garantiza teniendo
cuatro sistemas informáticos independientes esencialmente idénticos. Cada
sensor posible tiene también múltiples copias, normalmente cuatro, y cada copia
alimenta una de las cuatro líneas de ordenador. Si las entradas de los sensores
no están de acuerdo, se utiliza como entrada efectiva algún promedio o la
selección de la mayoría, según las circunstancias. El algoritmo utilizado por
cada uno de los cuatro computadores es exactamente idéntico, de modo que sus
entradas (puesto que cada uno de ellos ve una de las copias de los sensores)
son las mismas. Por consiguiente, en cada paso los resultados de cada
computador deberían ser idénticos. De cuando en cuando se comparan pero, puesto
que podrían operar a velocidades ligeramente diferentes, se establece un
sistema de parada y espera en instantes especificados antes de hacer cada
comparación. Si uno de los computadores no está de acuerdo con los otros, o
tarda mucho en tener lista su respuesta, se supone que los tres que coinciden
son correctos y el computador discordante se elimina del sistema. Si ahora
falla otro computador, a juzgar por el acuerdo de los otros dos, aquel se
excluye del sistema, y el resto del vuelo se cancela y se inicia el descenso
hacia el lugar de aterrizaje, controlado por los dos computadores restantes. Se
ve que este es un sistema redundante puesto que el fallo de un solo computador
no afecta a la misión. Finalmente, y como un aspecto extra en la seguridad,
existe un quinto computador independiente, cuya memoria está cargada solo con
los programas para ascenso y descenso, y que es capaz de controlar el descenso
si hay un fallo de más de dos de los computadores de entre los cuatro
principales.
No hay suficiente espacio en la memoria de los computadores principales para
todos los programas de ascenso, descenso, y para los programas de la carga en
vuelo, de modo que los astronautas tienen que cargar la memoria unas cuatro
veces a partir de cintas.
Debido al enorme esfuerzo necesario para reemplazar el software de
un sistema tan complicado, y para comprobar un nuevo sistema, no se ha hecho
ningún cambio en el hardware desde que el sistema se
estableció hace aproximadamente quince años. El hardware actual
es obsoleto; por ejemplo, las memorias son del viejo tipo de núcleo de ferrita.
Cada vez es más difícil encontrar fabricantes que suministren este tipo de
computadores pasados de moda que sean fiables y de alta calidad. Los
computadores modernos son mucho más fiables, pueden funcionar con mucha más
rapidez y con circuitos más simples, y permiten hacer más cosas; y no se
necesitaría cargar la memoria tantas veces pues sus memorias son mucho mayores.
El software se comprueba con mucho cuidado de una forma de
abajo arriba. Primero se comprueba cada nueva instrucción, y luego se verifican
los módulos o secciones de código con una función especial. El alcance se
aumenta paso a paso hasta que se incorporan los nuevos cambios en un sistema
completo y se pone a prueba. Este output completo se considera
como producto final, de nueva distribución. Pero de forma totalmente independiente
hay un grupo de verificación independiente, que adopta una actitud contraria a
la del grupo de desarrollo del software y comprueba y verifica
el software como si fuera el cliente de un producto entregado.
Hay otra verificación adicional al usar los nuevos programas en simuladores,
etc. Un descubrimiento de un error durante la prueba de verificación se
considera muy grave, y su origen se estudia cuidadosamente para evitar tales
errores en el futuro. Tales errores inesperados se han encontrado solo seis
veces en toda la programación y los cambios de programas (para cargas nuevas o
alteradas) que se han hecho. El principio que se sigue es que toda la
verificación no es un aspecto de la seguridad del programa, sino que es
simplemente un test de dicha seguridad, en una verificación no catastrófica. La
seguridad del vuelo debe juzgarse solamente sobre la base de cómo funcionan los
programas en las pruebas de verificación. Un fallo aquí genera una preocupación
considerable.
Para resumir, la aptitud y el sistema de comprobación de software informático
son de la máxima calidad. No parece que exista ningún proceso de engaño gradual
similar a la degradación de las normas que es tan característica de los
sistemas de seguridad del cohete propulsor de combustible sólido o del motor
principal de la lanzadera espacial. Por supuesto, ha habido sugerencias
recientes por parte de la administración para reducir estas pruebas complicadas
y costosas como innecesarias en este último periodo de la historia de la
lanzadera. Hay que resistirse a ello pues esto supone pasar por alto las mutuas
influencias sutiles y las fuentes de error generado por cambios incluso menores
de una parte del programa por otra. Hay peticiones continuas de cambios cada
vez que se sugieren nuevas cargas y nuevas demandas y modificaciones por parte
de los usuarios. Los cambios son costosos porque requieren unas pruebas
exhaustivas. La forma adecuada de ahorrar dinero es reducir el número de
cambios requeridos, y no la calidad de las pruebas para cada uno.
Se podría añadir que este complicado sistema podría mejorarse mucho con
técnicas de hardware y programación más modernas. Cualquier
concurso externo tendría todas las ventajas que supone el empezar de nuevo, y
sería oportuno considerar cuidadosamente si esa es o no una buena idea para la
NASA.
Finalmente, volviendo a los sensores y efectores de la aviónica, encontramos
que la actitud hacia el fallo y la fiabilidad del sistema no es ni mucho menos
tan buena como para el sistema informático. Por ejemplo, hubo problemas con
ciertos sensores de temperatura que fallaban a veces. Pero dieciocho meses
después todavía se estaban utilizando los mismos sensores, aun fallando algunas
veces, hasta que un lanzamiento tuvo que ser suspendido porque dos de ellos
fallaron al mismo tiempo. Incluso en un vuelo posterior fue utilizado de nuevo
este sensor poco fiable. Una vez más, los sistemas de control de reacción, los
chorros del cohete utilizados para reorientación y control en vuelo, siguen
siendo poco fiables. Hay una redundancia considerable, pero también una larga
historia de fallos, ninguno de los cuales ha sido todavía suficientemente
extenso para afectar seriamente a un vuelo. La acción de los chorros se
comprueba mediante sensores, y si estos dejan de dispararse los computadores
deciden que se dispare otro chorro. Pero el hecho es que no están diseñados
para fallar, y el problema debería ser resuelto.
§. Conclusiones
Cuando se quiere mantener un programa razonable de lanzamientos, sucede a veces
que la ingeniería no puede desarrollarse a un ritmo suficientemente rápido para
mantener las expectativas de los criterios de certificación originalmente
conservadores diseñados para garantizar un vehículo muy seguro. En estas
situaciones, de forma sutil, y a menudo con argumentos aparentemente lógicos,
se alteran los criterios de modo que los vuelos puedan seguir siendo
certificados a tiempo. Por consiguiente, se realizan vuelos en condiciones
relativamente poco seguras, con una probabilidad de fallo del orden de un 1 por
100 (es difícil ser más preciso).
La administración oficial, por el contrario, afirma creer que la probabilidad
de fallo es mil veces menor. Una razón para esto puede ser un intento de
garantizar al gobierno de la NASA la perfección y el éxito, y asegurar la
financiación. La otra puede ser que crean sinceramente que es verdad, lo que
demuestra una casi increíble falta de comunicación entre ellos mismos y sus
ingenieros.
En cualquier caso, esto ha tenido consecuencias muy desafortunadas, la más
seria de las cuales es animar a ciudadanos normales a volar en una máquina tan
peligrosa, como si esta hubiera alcanzado la seguridad de un avión ordinario.
Los astronautas, como los pilotos de pruebas, deberían conocer sus riesgos, y
nosotros los admiramos por su valor. ¿Quién puede dudar que McAuliffe[34] era igualmente una persona de gran valor, que
estaba más próxima a un conocimiento del verdadero riesgo que el que la
administración de la NASA nos haría creer?
Hagamos recomendaciones para asegurar que los empleados de la NASA trabajan en
un mundo de realidades cuando buscan una comprensión suficientemente buena de
las debilidades e imperfecciones tecnológicas para tratar activamente de
eliminarlas. Deben vivir en la realidad al comparar los costes y la utilidad de
la lanzadera con otros métodos de ir al espacio. Y deben ser realistas al hacer
contratos, al estimar los costes y la dificultad de los proyectos. Solo
deberían proponerse programas de vuelo realistas, programas que tengan una
posibilidad razonable de ser llevados a cabo. Si así planteados el gobierno no
los apoyara, entonces así sea. La NASA debe ser franca, honesta e informativa
con los ciudadanos a quienes pide apoyo, de modo que estos ciudadanos puedan
tomar las decisiones más sabias para el uso de sus recursos limitados.
Para una tecnología exitosa, la realidad debe tener preferencia sobre las
relaciones públicas, pues la naturaleza no puede ser engañada.
Capítulo 8
¿Qué es la ciencia?
¿Qué es la ciencia? ¡Es sentido común! ¿O no lo es?
En abril de 1966 el maestro de profesores pronunció un discurso ante la
Asociación Nacional de Profesores de Ciencias en el que dio a sus colegas
profesores lecciones de cómo enseñar a sus estudiantes a pensar como
científicos y a ver el mundo sin prejuicios, con curiosidad y, sobre todo,
duda. Esta charla es también un tributo a la enorme influencia que tuvo el
padre de Feynman —un viajante de uniformes— sobre la forma de mirar el mundo de
Feynman.
Agradezco a Mr. DeRose la oportunidad que me brinda de unirme a ustedes,
profesores de ciencias. Yo también soy un profesor de ciencias. Tengo demasiada
experiencia en enseñar a estudiantes licenciados en física, y como resultado de
dicha experiencia sé que no sé cómo enseñar.
Estoy seguro de que ustedes, que son auténticos profesores que trabajan en el
nivel inferior de esta jerarquía de profesores, instructores de profesores y
expertos en currículos, también están seguros de que tampoco saben cómo
hacerlo; de lo contrario no se habrían molestado en venir a la convención.
El tema « ¿Qué es la ciencia?» no lo escogí yo. Fue Mr. DeRose quien lo
propuso. Pero me gustaría decir que, en mi opinión, « ¿Qué es la ciencia?» no
es en absoluto equivalente a «cómo enseñar ciencia», y debo llamar su atención
sobre esto por dos razones. En primer lugar, por la forma en que me estoy
preparando para dar esta conferencia puede parecer que estoy tratando de
decirles cómo enseñar ciencia; pero no va a ser así en absoluto, porque no sé
nada sobre niños pequeños. Tengo uno, y por eso sé que no sé. La otra razón es
que creo que la mayoría de ustedes (dado que hay tantas charlas y tantos
artículos y tantos expertos en este campo) tienen cierta sensación de falta de
autoconfianza. En cierto modo, a ustedes siempre les están diciendo que las
cosas no van demasiado bien y que deberían aprender a enseñar mejor. Yo no voy
a reprenderles por las cosas malas que están ustedes haciendo ni voy a
indicarles cómo pueden ser mejoradas; no es esa mi intención. Como cuestión de
hecho, los estudiantes que hoy ingresan en Caltech son muy buenos, y
encontramos que van mejorando con los años. Ahora bien, yo no sé cómo se ha
hecho. Me pregunto si ustedes lo saben. Yo no quiero interferir con el sistema;
es muy bueno.
Hace tan solo dos días tuvimos una reunión en la que decidimos que ya no es
necesario impartir un curso de mecánica cuántica elemental en los estudios de
doctorado. Cuando yo era estudiante, ni siquiera había un curso de mecánica
cuántica en el doctorado porque se consideraba un tema demasiado difícil.
Cuando empecé a dar clases por primera vez, teníamos uno. Ahora la enseñamos a
los estudiantes de licenciatura. Descubrimos ahora que no es necesario tener
cursos de mecánica cuántica elemental para licenciados de otras facultades.
¿Por qué estamos apretando? Porque somos capaces de enseñar mejor en la
universidad, y eso se debe a que los estudiantes que ingresan están mejor
preparados.
¿Qué es la ciencia? Por supuesto, todos ustedes lo saben si la enseñan. Eso es
sentido común. ¿Qué puedo decir yo? Si ustedes no lo saben, el manual del
profesor que acompaña a todo libro de texto ofrece una explicación completa del
tema. Es una especie de destilación distorsionada, descafeinada y tergiversada
de palabras de Francis Bacon de hace algunos siglos, palabras que entonces se
suponía que eran la filosofía profunda de la ciencia. Pero uno de los mayores
científicos experimentales de la época, y que realmente estaba haciendo algo,
William Harvey[35], dijo que lo
que Bacon decía que era la ciencia era la ciencia que haría un lord canciller.
Él hablaba de hacer observaciones, pero omitía el factor vital del criterio
acerca de qué observar y a qué prestar atención.
Y por eso, la ciencia no es lo que los filósofos han dicho que es, ni, por
supuesto, lo que dicen que es los manuales de los profesores. Lo que realmente
es, es un problema que yo me planteé a mí mismo una vez que acepté dar esta
charla.
Al cabo de algún tiempo recordé un pequeño poema:
Un ciempiés estaba muy feliz,
hasta que un sapo le dijo en broma:
Dime, ¿qué pata viene detrás de qué otra?».
Esto le hizo dudar a tal extremo
que distraído cayó en una zanja
sin saber cómo andar.
He pasado toda mi vida haciendo ciencia y sé lo que
hacía, pero ahora me siento incapaz de explicar lo que he venido a contarles
—qué pie viene detrás de qué otro— y, además, me preocupa la analogía con el
poema y que ya no sea capaz de hacer investigación cuando vuelva a casa.
Varios periodistas han intentado repetidamente conseguir una especie de resumen
de esta charla. La preparé hace poco tiempo, así que fue imposible ofrecérselo;
pero ahora los veo a todos apresurándose para escribir un titular que dice: «El
profesor llamó sapo al presidente de la Asociación Nacional de Profesores de
Ciencias».
Dada esta circunstancia de la dificultad del tema y mi antipatía hacia las
exposiciones filosóficas, lo presentaré de una forma no muy habitual.
Simplemente voy a decirles cómo aprendí yo lo que es la ciencia. Esto es un
poco infantil. Yo la aprendí cuando era niño. La he llevado en mi sangre desde
el principio. Y me gustaría decirles cómo lo conseguí. Esto suena como si yo
estuviera tratando de decirles cómo enseñar, pero no es esa mi intención. Yo
voy a decirles lo que es la ciencia tal como yo aprendí lo que es la ciencia.
Mi padre me la enseñó. Se cuenta —yo no soy directamente consciente de la
conversación— que cuando yo estaba en el vientre de mi madre, mi padre dijo que
«si es un niño, será un científico». ¿Cómo lo hizo? Él nunca me dijo que yo
tenía que ser un científico. Él no era un científico; era un hombre de
negocios, un gerente de ventas de una compañía de uniformes, pero leía acerca
de la ciencia y la amaba. Cuando yo era muy joven —es la primera historia que
recuerdo—, cuando todavía comía en una silla alta, mi padre jugaba a un juego
conmigo después de cenar. Había comprado todo un lote de viejas baldosas
rectangulares del suelo de un baño de alguna casa de Long Island. Las
colocábamos en fila, una detrás de otra, y me dejaba empujar la última y
observar qué pasaba con el conjunto. Hasta aquí, todo bien.
A continuación, el juego mejoró. Las baldosas eran de colores diferentes. Yo
tenía que colocar una blanca, dos azules, una blanca, dos azules, y otra blanca
y luego dos azules; tal vez yo quería colocar otra azul, pero tenía que ser una
blanca. Ustedes reconocen ya el ingenio engatusador habitual: primero hacer
disfrutar con el juego, ¡y luego introducir poco a poco material de valor
educativo!
Bien; mi madre, que es una mujer mucho más sensible, empezó a darse cuenta de
la insidia de sus esfuerzos y dijo: «Mel, deja al pobre niño que coloque una
baldosa azul si quiere hacerlo». Mi padre dijo: «No, yo quiero que preste
atención a las pautas. Son las únicas matemáticas que puedo enseñarle a este
nivel primitivo». Si yo tuviera que dar una charla sobre ¿qué son las
matemáticas?, ya les habría dado la respuesta. Las matemáticas son la búsqueda
de pautas. (El hecho es que esta educación tuvo algún efecto. Tuvimos una
prueba experimental directa cuando fui al jardín de infancia. En esos días
hacíamos entramados. Lo han suprimido; es demasiado difícil para los niños.
Acostumbrábamos a entramar papel coloreado en tiras verticales y construir
pautas. La profesora del jardín de infancia estaba tan sorprendida que envió
una carta especial a casa para informar que este niño era muy poco normal,
porque parecía ser capaz de imaginar por adelantado qué pauta iba a obtener, y
construía pautas sorprendentemente complicadas. Así que el juego de las
baldosas sí que hizo algo por mí).
Me gustaría presentar otra evidencia de que las matemáticas son solo pautas.
Cuando estaba en Cornell, me sentía bastante fascinado por el conjunto de los
estudiantes, que para mí consistía en algunas personas razonables diluidas en
una gran masa de gente estúpida que estudiaba economía doméstica, etc.,
incluyendo montones de chicas. Yo solía sentarme en la cafetería con los
estudiantes y comía y trataba de oír sus conversaciones para ver si salía
alguna palabra inteligente. Pueden ustedes imaginar mi sorpresa cuando descubrí
algo tremendo, o así me lo pareció.
Oí una conversación entre dos chicas, y una le estaba explicando a la otra que
«si quieres trazar una línea recta, ves, tú tienes que desplazarte cierta
cantidad hacia la derecha por cada fila que subes, es decir, si tú te mueves
cierta cantidad constante a medida que subes una fila, consigues una línea
recta». ¡Un principio profundo de geometría analítica! Seguía. Yo estaba
bastante sorprendido. No era consciente de que la mente femenina fuera capaz de
entender la geometría analítica.
Ella siguió y dijo: «Supón que tú tienes otra recta que viene del lado
contrario y quieres averiguar dónde se van a cortar. Supón que en una recta tú
te mueves dos pasos hacia la derecha por cada uno que te mueves hacia arriba, y
la otra recta se mueve tres pasos hacia la derecha por cada uno que se mueve
hacia arriba, y empiezan a veinte pasos de distancia, etc.». Yo estaba atónito.
¡Ella descubrió dónde estaba el punto de corte! Resultó que una chica le estaba
explicando a la otra la forma de tejer calcetines con diseño de rombos.
Así aprendí una lección: la mente femenina es capaz de entender la geometría
analítica. Las personas que durante años han estado insistiendo (frente a
cualquier evidencia obvia en sentido contrario) en que el hombre y la mujer son
iguales y capaces de pensamiento racional pueden apoyarse en esto. La
dificultad puede estar simplemente en que nunca hemos descubierto una forma de
comunicar con la mente femenina. Si se hace de la forma correcta, quizá ustedes
sean capaces de sacar algo de todo esto.
Ahora seguiré con mi propia experiencia como joven aprendiz en matemáticas.
Otra cosa que me dijo mi padre —y no puedo explicarla por completo, puesto que
fue más una sensación que una historia— era que el cociente entre la
circunferencia y el diámetro de cualquier círculo era siempre el mismo, fuera
cual fuera su tamaño. Eso no me parecía demasiado obvio, pero este cociente
tenía alguna propiedad maravillosa. Era un número maravilloso, un número
profundo, π. Había un misterio en este número que yo no acababa de entender
cuando era joven, pero era algo grande, y el resultado fue que yo buscaba π en
todas partes.
Cuando más tarde estaba estudiando en la escuela cómo representar fracciones en
forma decimal, y cómo representar 3 1/8, escribí 3,125; y pensando que
reconocía a un amigo escribí que eso era igual a π, el cociente entre la
circunferencia y el diámetro de un círculo. El maestro lo corrigió y puso
3,1416.
Ilustro estas cosas para mostrar una influencia. Lo importante para mí era la
idea de que existe un misterio, que hay algo maravilloso acerca de ese número,
y no qué valor tenía ese número. Mucho más tarde, cuando estaba haciendo
experimentos en el laboratorio —quiero decir en mi propio laboratorio casero—,
jugueteando… no, excúsenme, yo no hacía experimentos, nunca los hice; solo
jugueteaba. Yo hacía radios y artilugios. Jugueteaba. Poco a poco, con libros y
manuales empecé a descubrir que había fórmulas aplicables a la electricidad que
relacionaban la corriente y la resistencia, y así sucesivamente. Un día,
buscando las fórmulas en algún libro descubrí una fórmula para la frecuencia de
un circuito resonante que era 2π (LC)1/2, donde L es la inductancia
y C la capacitancia del circuito. Y ahí estaba π, pero ¿dónde estaba el
círculo? Ustedes se ríen, pero yo entonces estaba muy serio. π era algo que
tenía que ver con círculos, y aquí está π saliendo de un circuito eléctrico, donde
[representa] el círculo. ¿Saben ustedes, los que se ríen, de dónde sale π?
Tengo que amar la cosa. Tengo que buscarla. Tengo que pensar sobre ella. Y
entonces me di cuenta, por supuesto, de que las bobinas están hechas en
círculos. Aproximadamente medio año más tarde encontré otro libro que daba la
inductancia de bobinas redondas y de bobinas cuadradas, y en estas otras
fórmulas había otras π. Empecé a pensar de nuevo sobre ello, y me di cuenta de
que la π no procedía de las bobinas circulares. Lo entiendo mejor ahora; pero
en el fondo sigo sin saber dónde está ese círculo, de dónde sale esa π. […]
* * * *
Me gustaría decir una palabra o dos — ¿puedo
interrumpir mi pequeña historia?— sobre las palabras y las definiciones, porque
es necesario aprender las palabras. Eso no es ciencia; lo que no quiere decir
que solo porque no sea ciencia no tengamos que enseñar las palabras. No estamos
hablando de qué hay que enseñar; estamos hablando de qué es la ciencia. No es
ciencia saber cómo se pasa de grados centígrados a Fahrenheit. Es necesario,
pero no es exactamente ciencia. En el mismo sentido, si están discutiendo qué
es el arte, ustedes no dirían que el conocimiento del hecho de que un lápiz 3-B
es más blando que un lápiz 2-B es arte. Hay una clara diferencia. Eso no
significa que un profesor de arte no deba enseñarlo, o que un artista se las
arregle muy bien si no lo sabe. (Realmente ustedes pueden descubrirlo en un
minuto si hacen la prueba; pero eso es una forma científica de explicarlo en la
que quizá no piensen los profesores de arte).
Para hablar a los demás tenemos que conocer palabras, y todo eso está bien. Es
una buena idea tratar de ver la diferencia, y es una buena idea saber cuándo
estamos enseñando las herramientas de la ciencia, tales como las palabras, y
cuándo estamos enseñando la propia ciencia.
Para aclarar aún más mi observación, escogeré cierto libro de ciencia para
criticarlo desfavorablemente, lo que no es muy justo porque estoy seguro que
con poco esfuerzo puedo encontrar cosas igualmente desfavorables que decir
sobre otros libros.
Hay un libro de ciencia de grado elemental que, en la primera lección del
primer curso, empieza a enseñar ciencia de una manera poco afortunada, porque
parte de una idea falsa de lo que es la ciencia. Hay una imagen de un perro, un
perro de juguete con cuerda: una mano le da cuerda y entonces el perro es capaz
de moverse. Debajo de la última imagen dice: « ¿Qué le hace moverse?». Más
adelante, hay una imagen de un perro real y la pregunta: « ¿Qué le hace
moverse?». Luego hay una imagen de una motocicleta y la pregunta: « ¿Qué le
hace moverse?», y así sucesivamente.
Al principio pensé que se estaban preparando para decir de qué ciencia se
trataba: física, biología, química. Pero no era así. La respuesta estaba en el
manual del profesor; la respuesta que yo estaba tratando de aprender es que «la
energía le hace moverse».
Ahora bien, la energía es un concepto muy sutil. Es muy, muy difícil de captar.
Lo que quiero decir con ello es que no es fácil entender la energía lo
suficientemente bien como para utilizarla de forma adecuada, de modo que uno
pueda deducir algo correctamente utilizando la idea de energía. Eso está más
allá del primer curso. Igualmente se podría decir que «Dios le hace moverse», o
«un espíritu le hace moverse», o «la movilidad le hace moverse». (De hecho,
está igualmente bien decir «la energía le hace pararse»).
Mirémoslo de esta forma: eso es solo la definición de energía. Debería
invertirse. Cuando algo puede moverse podríamos decir que hay energía en ello,
pero no que «lo que le hace moverse es la energía». Esta es una diferencia muy
sutil. Sucede lo mismo con este enunciado sobre la inercia. Quizá pueda hacer
la diferencia un poco más clara de esta manera:
Si ustedes preguntan a un niño qué es lo que hace moverse al perro de juguete,
si ustedes preguntan a un ser humano corriente qué es lo que hace que se mueva
un perro de juguete, eso es en lo que ustedes deberían pensar. La respuesta es
que ustedes le dieron cuerda; el muelle trata de desenrollarse y empuja los
engranajes. Qué buena manera de empezar un curso de ciencia. Desmonten el
juguete; vean cómo funciona. Vean la astucia de los engranajes; vean los
trinquetes. Aprendan algo sobre el juguete, cómo está compuesto, el ingenio de
la gente que concibe los trinquetes y otras cosas. Eso está bien. La pregunta
es acertada. Es la respuesta la que no es muy afortunada, porque lo que estaban
tratando de hacer es enseñar una definición de energía. Pero con ello no se ha
aprendido nada.
Supongamos que un estudiante dijera: «Yo no creo que sea la energía lo que le
hace moverse». ¿Adónde nos llevaría la discusión?
Finalmente descubrí una forma de comprobar si uno ha enseñado una idea o si
solo ha enseñado una definición. Compruébenlo de esta forma: ustedes dicen:
«Sin utilizar la nueva palabra que acaban de aprender, traten de expresar de
otra manera lo que acaban de aprender en su propio lenguaje». «Sin utilizar la
palabra “energía”, díganme lo que saben ahora sobre el movimiento del perro».
Ustedes no pueden hacerlo. De modo que no aprendieron nada salvo la definición.
No aprendieron nada sobre ciencia. Quizá todo eso sea correcto. Quizá ustedes
no quieran aprender algo sobre ciencia inmediatamente. Tienen que aprender
definiciones. Pero para una primera lección, ¿no es eso posiblemente
destructivo? Creo que, como lección número uno, aprender una fórmula mística para
responder a preguntas es muy malo. El libro contiene algunas otras: «la
gravedad le hace caer»; «las suelas de sus zapatos se gastan debido a la
fricción». El cuero de los zapatos se gasta debido a que se frota contra la
acera y los pequeños cortes y protuberancias de la acera agarran fragmentos y
los arrancan. Decir simplemente que es a causa de la fricción es lamentable,
porque no es ciencia.
Mi padre trabajaba un poco con la energía y utilizaba el término una vez que yo
ya tenía alguna idea sobre ello. Yo sé lo que hubiera hecho él, porque de hecho
eso mismo es lo que él hacía (aunque no con el mismo ejemplo del perro de
juguete). Si quisiera dar la misma lección, diría: «Se mueve porque el Sol
brilla». Y yo diría: «No. ¿Qué tiene eso que ver con el brillo del Sol? Se
movió porque yo le di cuerda».
— ¿Y por qué, amigo mío, puedes tú moverte para dar cuerda a este muelle?
—Yo como.
— ¿Qué comes tú, amigo mío?
—Yo como plantas.
— ¿Y cómo crecen las plantas?
—Crecen porque el Sol brilla.
Y lo mismo sucede con el perro. ¿Qué hay de la gasolina? Es energía acumulada
del Sol que es captada por las plantas y conservada en el suelo. Cualquier otro
ejemplo termina en el Sol. Y, así, la misma idea acerca del mundo que trata de
exponer nuestro libro de texto queda reformulada de una forma muy excitante.
Todas las cosas que vemos moverse se mueven porque el Sol brilla. Explica la
relación entre una fuente de energía y otra, y puede ser negada por el niño.
Este podría decir: «No creo que se deba a que el Sol brilla», y ustedes pueden
iniciar así un debate. De modo que hay una diferencia. (Más tarde yo podría
desafiarle con las mareas, y con lo que hace que la Tierra gire, y entrar de
nuevo en contacto con el misterio).
Este es simplemente un ejemplo de la diferencia entre definiciones (que son
necesarias) y ciencia. La única objeción en este caso concreto era que se
trataba de la primera lección. Ciertamente debe aparecer más adelante, al
explicar qué es la energía, pero no en una pregunta tan simple como « ¿Qué hace
que un perro se mueva?». A un niño se le debería dar una respuesta de niño.
«Abrámoslo; mirémoslo».
Durante los paseos por el bosque con mi padre yo aprendí mucho. En el caso de
los pájaros, por ejemplo; en lugar de nombrarlos, mi padre diría: «Mira, fíjate
que el pájaro está siempre picoteando en sus plumas. Picotea mucho en sus
plumas. ¿Por qué crees tú que picotea en sus plumas?».
Yo conjeturaba que era porque las plumas estaban alborotadas y el pájaro estaba
tratando de ordenarlas. Decía: «Muy bien, ¿cuándo se alborotarán las plumas, o
cómo se alborotarán?».
«Cuando vuela. Cuando camina, está bien; pero cuando vuela alborota las
plumas». Entonces él decía: «Tú conjeturarías que cuando el pájaro acaba de
posarse tendría que picotear más en sus plumas que cuando las hubiera ordenado
y hubiera estado caminando un rato por el suelo. Muy bien; veamos».
De modo que mirábamos, y observábamos, y resultaba, por lo que yo podía ver,
que el pájaro picoteaba igual y con la misma frecuencia independientemente de
cuánto tiempo hubiera estado andando por el suelo, y no solo directamente
después del vuelo.
Así que mi conjetura era errónea, y yo no podía conjeturar la razón correcta.
Mi padre me reveló la razón.
Se trata de que los pájaros tienen piojos. Hay un poco de escama que sale de la
pluma —me enseñó mi padre—, materia que puede comerse, y el piojo se la come.
Hay un poco de cera que rezuma entre las articulaciones de la pata, y hay un
bichillo que vive allí y que puede comer cera. Ahora el bichillo tiene una
fuente tan abundante de alimento que no lo digiere demasiado bien, de modo que
el extremo de su trasero produce un líquido que tiene demasiado azúcar, y en
dicho azúcar vive una minúscula criatura, etc.
Los hechos no son exactos. El espíritu sí que es exacto. En primer lugar
aprendí sobre parasitismo, un animal en otro, y en otro, en otro…
En segundo lugar, él continuaba diciendo que dondequiera que existe cualquier
fuente de algo que pueda servir de alimento para que siga la vida, siempre hay
alguna forma de vida que encuentra un modo de utilizar dicha fuente; y que cada
trozo de material residual es comido por algo.
La moraleja de esto es que el resultado de la observación, incluso si yo era
incapaz de llegar a la conclusión final, era una maravillosa pieza de oro, con
un maravilloso resultado. Era algo maravilloso.
Supongamos que se me pidiera que observara, que hiciera una lista, que
escribiera, que hiciera esto, que mirara…, y, cuando escribiera mi lista, esta
pasaba a ser una más entre otras ciento treinta listas en un cuaderno. Yo
aprendería que el resultado de la observación es relativamente inútil, que no
se sigue mucho de ello.
Creo que es muy importante —al menos lo fue para mí— que, si van ustedes a
enseñar a la gente a hacer observaciones, muestren que algo maravilloso puede
salir de ellas. Aprendí entonces de qué trataba la ciencia. Era paciencia. Si
ustedes mirasen, y observasen, y prestasen atención, obtendrían una gran
recompensa de ello (aunque posiblemente no en todas las ocasiones). Como
resultado, cuando me hice un hombre más maduro trabajaba esforzadamente en
ciertos problemas, hora tras hora y durante años —a veces muchos años, a veces
menos tiempo— fracasando en muchos de ellos, y tirando mucho
material a la papelera. Pero de cuando en cuando aparecía el oro de ese nuevo
conocimiento que yo había aprendido a esperar cuando era niño, el resultado de
la observación. Pues nunca se me enseñó que la observación no valía la pena.
Dicho sea de paso, en el bosque aprendimos otras cosas. Seguíamos paseando y
veíamos todas las cosas habituales, y hablábamos de muchas cosas: del
crecimiento de las plantas, de la lucha de los árboles en busca de luz, de cómo
trataban de subir tan alto como podían y de cómo podían resolver el problema de
subir agua a una altura mayor que 10 o 12 metros, de las pequeñas plantas en el
suelo que buscaban los débiles rayos de luz que llegaban hasta allí, de todo lo
que crecía, y así sucesivamente.
Al día siguiente de haber visto todo esto, mi padre me llevó de nuevo al bosque
y dijo: «En todo este tiempo que hemos estado mirando el bosque, solo hemos
visto la mitad de lo que sucede, exactamente la mitad».
Yo le pregunté: « ¿Qué quieres decir?».
Él me respondió: «Hemos estado mirando cómo crecen todas estas cosas, pero por
cada cantidad de crecimiento debe haber la misma cantidad de descomposición; de
lo contrario los materiales quedarían consumidos para siempre. Aquí habría
tirados árboles muertos que habrían consumido toda la materia del aire, y del
suelo, y esta no volvería al suelo ni al aire, y nada más podría crecer porque
no habría material disponible. Por cada fragmento de crecimiento debe haber
exactamente la misma cantidad de descomposición».
Siguieron muchas caminatas por el bosque durante las que rompíamos viejas
ramas, veíamos bichos divertidos y hongos que crecían; él no podía mostrarme
bacterias, pero veíamos sus efectos, y así sucesivamente. Yo veía el bosque
como un proceso de reciclaje constante de materiales.
Había muchas cosas de este tipo, muchas descripciones de cosas, expresadas de
una forma singular. A menudo empezaba a contar algo parecido a esto: «Supón que
viene un hombre de Marte y se pone a observar el mundo». Es una forma muy buena
de considerar el mundo. Por ejemplo, cuando yo estaba jugando con mis trenes eléctricos,
él me decía que hay una gran rueda movida por agua que está conectada por hilos
de cobre, que se extienden y extienden y extienden en todas direcciones; y
luego hay pequeñas ruedas, y todas estas pequeñas ruedas giran cuando gira la
gran rueda. La única relación entre ellas es por medio de cobre y hierro, nada
más, no hay partes móviles. Tú haces girar aquí una rueda, y giran todas las
ruedas pequeñas que hay por todas partes, y tu tren es una de ellas. Era un
mundo maravilloso del que me hablaba mi padre. […]
* * * *
Lo que la ciencia es, pienso yo, quizá sea algo
parecido a esto: hubo en este planeta una evolución de la vida hasta la fase en
que habían evolucionado animales, que son inteligentes. No quiero decir
simplemente seres humanos, sino simplemente animales que juegan y pueden
aprender algo por experiencia (como los gatos). Pero en esta fase cada animal
tendría que aprender de su propia experiencia. Ellos se desarrollaban poco a
poco, hasta que algún animal pudo aprender de la experiencia más rápidamente, y
pudo incluso aprender mediante observación de la experiencia de otro; o uno
podría mostrar algo al otro, o veía lo que hacía el otro. Así que se dio la
oportunidad de que todos pudiesen aprenderlo, pero la transmisión era ineficaz
y morían, y quizá el que aprendió murió, también, antes de que pudiese
transmitírselo a los otros.
La pregunta es: ¿es posible aprender lo que alguien aprendió por accidente y
hacerlo a un ritmo más rápido que el ritmo con que se olvida lo aprendido, bien
sea debido a la mala memoria o debido a la muerte de los aprendices o
inventores?
Así que quizá llegó un instante en el que, para algunas especies, el ritmo de
incremento del aprendizaje alcanzó un punto tal que repentinamente sucedió algo
completamente nuevo; las cosas podían ser aprendidas por un animal,
transmitidas a otro y a otro, con tanta rapidez que no había pérdidas para la
raza. Así se hizo posible una acumulación de conocimiento de la raza.
Esto se ha denominado enlace temporal. No sé quién lo llamó así por primera
vez. En cualquier caso, tenemos aquí algunos ejemplos de estos animales, aquí
sentados tratando de enlazar una experiencia con otra, cada uno tratando de
aprender del otro.
Este fenómeno de tener una memoria de la raza, de tener un conocimiento
acumulado transmisible de una generación a otra, era nuevo en el mundo. Pero
llevaba dentro una enfermedad. Era posible transmitir ideas erróneas. Era
posible transmitir ideas que no eran provechosas para la raza. La raza tiene
ideas, pero no son necesariamente provechosas.
Así que llegó un momento en que las ideas, aunque acumuladas muy lentamente, no
eran solo acumulaciones de cosas prácticas y útiles, sino grandes acumulaciones
de todo tipo de prejuicios y de creencias extrañas y singulares.
Entonces se descubrió una forma de evitar la enfermedad. Esta consiste en poner
en duda que lo que se que está transmitido desde el pasado es realmente
verdadero, y tratar de encontrar ab initio, de nuevo a partir de la
experiencia, cuál es la situación, antes que confiar en la experiencia del
pasado tal como se ha transmitido. Y eso es la ciencia: el resultado del
descubrimiento de que vale la pena volver a comprobar por nueva experiencia
directa, y no confiar necesariamente en la experiencia del pasado. Así lo veo.
Esta es mi mejor definición.
Me gustaría recordarles todas las cosas que ustedes conocen muy bien para
darles un poco de entusiasmo. En religión, se enseñan lecciones morales, pero
no se enseñan solo una vez: ustedes son influidos una y otra vez, yo pienso que
es necesario influir una y otra vez, y recordar el valor de la ciencia para los
niños, para los adultos y para cualquier otra persona, en varios aspectos. No
solo para que se conviertan en mejores ciudadanos, más capaces de controlar la
naturaleza y todo eso. Hay otras cosas.
Está el valor de la visión del mundo creada por la ciencia. Está la belleza y
la maravilla del mundo que se descubre a través de los resultados de estas
nuevas experiencias. Es decir, las maravillas del contenido que acabo de
recordarles: que las cosas se mueven porque el Sol brilla, lo que es una idea
profunda, muy extraña y maravillosa. (Pese a todo, no todas las cosas se mueven
porque el Sol brilla. La Tierra gira independientemente de que el Sol brille, y
las reacciones nucleares produjeron recientemente energía en la Tierra, una
nueva fuente de energía. Probablemente los volcanes están en general
[impulsados] por una fuente diferente del brillo del Sol).
El mundo se ve de forma muy diferente después de aprender ciencia. Por ejemplo,
los árboles están hechos de aire, básicamente. Cuando se queman, vuelven al
aire, y en él calor llameante se libera el calor llameante del Sol que estaba
ligado para convertir el aire en árboles, y en las cenizas está el pequeño
remanente de la parte que no procede del aire, y que venía en su lugar de la
tierra sólida.
Estas son cosas bellas, y el contenido de la ciencia está maravillosamente
lleno de ellas. Son muy inspiradoras, y pueden utilizarse para inspirar a
otros.
Otra de las cualidades de la ciencia es que enseña el valor del pensamiento
racional, así como la importancia de la libertad de pensamiento; los resultados
positivos vienen de poner en duda que las lecciones sean todas verdaderas. En
la enseñanza en especial ustedes deben distinguir la propia ciencia de las
formas o los procedimientos que se suelen utilizar en el desarrollo de la
ciencia. Es fácil decir: «Nosotros escribimos, experimentamos y observamos, y
hacemos esto o aquello». Pueden copiar esa forma exactamente. Pero las grandes
religiones se diluyen por seguir la forma sin recordar el contenido directo de
las enseñanzas de los grandes líderes. Del mismo modo, es posible seguir las
formas y llamar a eso ciencia, pero es pseudociencia. De esta manera todos
sufrimos el tipo de tiranía que hoy se da en las grandes instituciones que han
caído bajo la influencia de consejeros pseudocientíficos.
Por ejemplo, tenemos muchos estudios sobre didáctica en los que la gente hace
observaciones y se hacen listas y estadísticas, pero esto no se convierte luego
en ciencia establecida, en conocimiento establecido. Son simplemente una forma
imitativa de la ciencia. Es parecido a lo que sucede con los habitantes de las
islas de los Mares del Sur, que construyen aeropuertos, torres de radio, todo
ello hecho de madera, esperando así que llegue un gran avión. Incluso
construyen aviones de madera de la misma forma que los que ven en los
aeropuertos de los extranjeros que viven a su alrededor, pero, de forma
extraña, esos aviones no vuelan. El resultado de esta imitación pseudocientífica
es producir expertos, lo que son muchos de ustedes: expertos. Ustedes,
profesores que están realmente enseñando a los niños en el nivel inferior,
quizá puedan dudar de los expertos de cuando en cuando. Aprendan de la ciencia
que ustedes deben dudar de los expertos. Como cuestión de hecho, yo puedo
definir la ciencia también de otro modo: ciencia es la creencia en la
ignorancia de los expertos.
Cuando alguien dice que la ciencia enseña tal y tal cosa, está utilizando la
palabra incorrectamente. La ciencia no lo enseña; es la experiencia la que lo
enseña. Si ellos le dicen que la ciencia ha demostrado tal y tal cosa, ustedes
podrían preguntar: « ¿Cómo lo demuestra la ciencia —cómo lo descubrieron los
científicos—… cómo, qué, dónde?». La ciencia no lo ha demostrado, sino que es
este experimento, este efecto, el que lo ha demostrado. Y, una vez oídos los
experimentos (pero debemos oír toda la evidencia), usted tiene
tanto derecho como cualquier otro a juzgar si se ha llegado a una conclusión
reutilizable.
En un campo que es tan complicado que la auténtica ciencia no es aún capaz de
llegar a ninguna parte, tenemos que confiar en una especie de sabiduría pasada
de moda, una especie de sencillez definitiva. Estoy tratando de inspirar al
profesor en el nivel inferior para que tenga alguna esperanza y alguna
autoconfianza en el sentido común y en la inteligencia natural. Los expertos
que les están guiando quizá estén equivocados.
Probablemente he arruinado el sistema, y los estudiantes que están ingresando
en Caltech ya no serán tan buenos. Creo que vivimos en una era acientífica en
la que casi todo el embate de las comunicaciones y los programas de televisión,
los libros y demás cosas son acientíficos. Esto no significa que sean malos,
sino que son acientíficos. Como resultado, hay mucha tiranía intelectual en
nombre de la ciencia. Finalmente, un hombre no puede vivir más allá de la
tumba. Cada generación que descubre algo a partir de su experiencia debe
transmitirlo, pero debe transmitirlo con un delicado equilibrio entre respeto y
falta de respeto, de modo que la raza (ahora que es consciente de la enfermedad
a la que está sometida) no imponga sus errores de forma demasiado rígida en su
juventud, sino que en efecto transmita la sabiduría acumulada, más la sabiduría
que quizá no sea sabiduría.
Es necesario enseñar a aceptar y a rechazar el pasado con una especie de
equilibrio que requiere una habilidad considerable. La ciencia es la única de
todas las disciplinas que contiene dentro de sí misma la lección del peligro de
la creencia en la infalibilidad de los maestros de la generación precedente.
Sigamos así. Gracias.
Capítulo 9
El hombre más inteligente del mundo
He aquí la maravillosa entrevista con Feynman para
la revista Omni en 1979. Este es Feynman hablando de lo que más conoce y ama
—la física— y lo que menos ama, la filosofía. («Los filósofos deberían aprender
a reírse de sí mismos»). Aquí discute Feynman el trabajo que le valió el Premio
Nobel, la electrodinámica cuántica (QED); luego pasa a la cosmología, los
quarks y esos molestos infinitos que fastidian tantas ecuaciones.
«Pienso que la teoría es simplemente un modo de barrer las dificultades debajo
de la alfombra —dijo Richard Feynman—. Por supuesto, no estoy seguro de ello».
Suena al tipo de crítica, ritualmente mesurada, que surge de la audiencia
cuando en una reunión científica se ha presentado un artículo polémico. Pero
Feynman estaba en el podio, pronunciando el discurso de un ganador del Premio
Nobel. La teoría que estaba cuestionando, la electrodinámica cuántica, ha sido
calificada recientemente como «la más precisa nunca concebida»; sus
predicciones son habitualmente verificadas con una precisión de una parte por
millón. Cuando Feynman, Julian Schwinger y Sin-Itiro Tomonaga la desarrollaron,
independientemente, en los años cuarenta, sus colegas la saludaron como «la
gran limpieza»: una solución a antiguos problemas y una rigurosa fusión de las
dos grandes ideas del siglo en física, la relatividad y la mecánica cuántica.
A lo largo de su carrera, Feynman ha combinado la brillantez teórica y el
escepticismo irreverente. En 1942, después de recibir su doctorado en Princeton
con John Wheeler, participó en el Proyecto Manhattan. En Los Álamos era un
genio de veinticinco años, que no se intimidaba ante los titanes de la física
que le rodeaban (Niels Bohr, Enrico Fermi, Hans Bethe) ni por la urgencia y
alto secreto del proyecto. El personal de seguridad estaba desconcertado por su
facilidad para abrir cajas fuertes; a veces escuchando los minúsculos
movimientos del mecanismo del candado, a veces conjeturando qué constante
física había utilizado el usuario de la caja como combinación. (Feynman no ha
cambiado desde entonces; muchos de sus estudiantes en Caltech han aprendido,
además de su física, habilidades para desvalijar cajas).
Después de la guerra, Feynman trabajó en la Universidad de Cornell. Allí, como
cuenta en esta entrevista, Bethe fue el catalizador de sus ideas sobre la
solución del «problema de los infinitos». Los niveles exactos de energía de los
electrones en los átomos de hidrógeno, y las fuerzas entre los electrones (que
se mueven a tal velocidad que había que tener en cuenta los efectos relativistas),
habían sido ya objeto de trabajos pioneros durante tres décadas. Todo electrón,
afirmaba la teoría, estaba rodeado por «partículas virtuales» transitorias
conjuradas del vacío por la masa-energía del primero; a su vez, estas
partículas conjuraban a otras, y el resultado era una cascada matemática que
predecía una carga infinita para cada electrón. Tomonaga había sugerido en 1943
una forma de evitar el problema, y sus ideas se hicieron conocidas precisamente
cuando Feynman en Cornell y Schwinger en Harvard estaban dando el mismo paso
crucial. Los tres compartieron el Premio Nobel de Física en 1965. Para
entonces, las herramientas matemáticas de Feynman, las «integrales de Feynman»,
y los diagramas que había ideado para describir las interacciones entre
partículas eran parte del equipamiento de cualquier físico teórico. El
matemático Stanislaw Ulam, otro veterano de Los Álamos, dice de los diagramas
de Feynman que son «una notación que impulsa las ideas en direcciones que
pueden mostrarse útiles o incluso novedosas y decisivas». La idea de partículas
que viajan hacia atrás en el tiempo, por ejemplo, es un producto de dicha
notación.
En 1950 Feynman se trasladó a Caltech, en Pasadena. Todavía conserva el
inconfundible acento de un neoyorquino trasplantado, pero el sur de California
parece el hábitat adecuado para él: entre las «historias de Feynman» que
cuentan sus colegas, su afición por Las Vegas y la vida nocturna en general
ocupa un lugar importante. «Mi mujer no podía creer que yo hubiera aceptado realmente
una invitación para dar una charla donde tuviera que llevar un esmoquin —dice—.
Cambié de opinión un par de veces». En el prefacio a The Feynman’s
Lectures of Physics, ampliamente utilizado como libro de texto desde que
fueron recogidas y publicadas en 1963, él aparece con una sonrisa maniaca,
tocando un tambor de conga. (Se dice que en los bongos puede dar diez golpes
con una mano mientras da once con la otra; inténtenlo y quizá decidan que la
electrodinámica cuántica es más fácil).
Entre los otros logros de Feynman está su contribución a la comprensión de las
transiciones de fase en el helio super enfriado, y su trabajo con su colega de
Caltech Murray Gell-Mann[36] sobre
la teoría de la desintegración beta de los núcleos atómicos. Ambos temas están
aún lejos de la solución final, señala él; de hecho, no duda en calificar a la
propia electrodinámica cuántica de «estafa» que deja sin responder cuestiones
lógicas importantes. ¿Qué tipo de persona puede hacer un trabajo de este
calibre al tiempo que alimenta las dudas más penetrantes? Sigan leyendo y
descúbranlo.
Para alguien que mire la física de altas energías desde fuera, su objetivo
parece estar en encontrar los constituyentes últimos de la materia. Parece una
búsqueda que podemos remontar hasta el átomo de los griegos, la partícula
«indivisible». Pero con los grandes aceleradores, ustedes obtienen fragmentos
que son más masivos que las partículas de partida, y quizá quarks que nunca
pueden ser separados. ¿Qué supone eso para la búsqueda?
Yo no pienso que esa sea siempre la búsqueda. Los físicos están tratando de
descubrir cómo se comporta la naturaleza; quizá hablan
descuidadamente acerca de cierta «partícula última» porque así es como se
considera la naturaleza en un momento dado, pero… Supongamos que la gente está
explorando un nuevo continente, ¿de acuerdo? Ven agua que corre por el suelo,
ya han visto eso antes y lo llaman «ríos». Así que dicen que están explorando
para encontrar las cabeceras, van río arriba, y seguro que ahí están, todo va
muy bien. Pero, miren, cuando han remontado suficientemente lejos descubren que
el sistema entero es diferente: hay un gran lago, o fuentes, o ríos que corren
en círculo. Usted podría decir: « ¡Ajá! Han fallado», pero no es nada de eso.
La razón real de lo que estaban haciendo era explorar el
terreno. Si resultó que no había fuentes, ellos podrían sentirse ligeramente
embarazados por su forma descuidada de explicarse, pero nada más. Mientras
parezca que la forma en que las cosas están construidas es a base de ruedas
dentro de ruedas, entonces uno está buscando la rueda más interna. Pero podría
no ser así, ¡en cuyo caso uno está buscando cualquier maldita cosa que uno
encuentre!
Pero seguramente ustedes deben tener alguna idea de lo que van a encontrar;
¿tiene que haber cordilleras y valles y cosas así…?
Sí, pero ¿qué pasa si cuando uno llega allí son todo nubes? Uno puede esperar
algunas cosas, puede elaborar teoremas sobre la topología de las divisorias del
terreno, pero ¿qué pasa si uno encuentra una especie de bruma, tal vez, con
cosas que se concentran a partir de ella, sin que haya forma de distinguir la
tierra del aire? ¡Toda la idea de partida se ha esfumado! Este es el tipo de
cosas excitantes que suceden de vez en cuando. Uno es presuntuoso si dice:
«Vamos a encontrar la partícula final, o las leyes del campo unificado» o «el»
algo. Si sale algo sorprendente, el científico disfruta aún más. ¿Piensa usted
que él va a decir: « ¡Oh!, no es como yo esperaba, no hay partícula final, no
quiero explorarlo»? No, él va a decir: « ¿Qué demonios es eso,
entonces?».
¿Ha visto usted que eso suceda?
No supone ninguna diferencia: yo tengo lo que tengo. Uno tampoco puede decir
que siempre vaya a haber sorpresas; hace algunos años yo era
muy escéptico acerca de las teorías gauge[37], en parte
porque esperaba que las interacciones nucleares fuertes fueran más diferentes
de la electrodinámica de lo que ahora parece que son. Yo estaba esperando
bruma, y ahora parece que hay cordilleras y valles después de todo.
¿Van a hacerse las teorías físicas más abstractas y matemáticas? ¿Podría
darse hoy el caso de un teórico como Faraday a comienzos del siglo XIX, sin
mucha formación matemática pero con una poderosísima intuición física?
Diría que hay muchísimas probabilidades en contra. Por una parte, uno necesita
las matemáticas simplemente para entender lo que se ha hecho hasta ahora.
Aparte de eso, el comportamiento de los sistemas subnucleares es tan extraño
comparado con aquellos para cuyo manejo ha evolucionado el cerebro que el
análisis tiene que ser muy abstracto: para entender el hielo,
uno tiene que entender cosas que en sí mismas son muy diferentes del hielo. Los
modelos de Faraday eran mecánicos —muelles y cables y bandas tensas en el
espacio— y sus imágenes estaban tomadas de la geometría básica. Creo que hemos
entendido todo lo que podemos desde ese punto de vista; lo que hemos encontrado
en este siglo es bastante diferente, bastante oscuro, y hacer más progresos
exigirá muchas matemáticas.
¿Limita eso el número de personas que pueden contribuir, o siquiera entender
lo que se está haciendo?
Quizá algún otro desarrollará una manera de pensar sobre los problemas de modo
que podamos entenderlos más fácilmente. Quizá se enseñen cada vez más pronto.
Sabe usted, no es cierto que lo que se denominan matemáticas «abstrusas» sean
tan difíciles. Tomemos algo como la programación de un ordenador con la lógica
cuidadosa necesaria para ello, el tipo de pensamiento que papá y mamá decían
que es solo para profesores. Bien, ahora eso forma parte de un montón de
actividades cotidianas, es un modo de vivir; sus hijos están interesados y
pegados a un ordenador ¡y están haciendo las cosas más locas y maravillosas!
…¡con anuncios de escuelas de programación en cualquier caja de cerillas!
Cierto. Yo no creo en la idea de que haya unas pocas personas especiales
capaces de entender las matemáticas, y que el resto del mundo es normal. Las
matemáticas son un descubrimiento humano, y no son más complicadas de lo que
los seres humanos pueden entender. Hace tiempo yo tenía un libro de cálculo que
decía: «Lo que un loco puede hacer, puede hacerlo otro». Lo que hemos sido
capaces de establecer acerca de la naturaleza puede parecer abstracto y
amenazador para alguien que no lo ha estudiado, pero eran locos los que lo hicieron,
y en la próxima generación todos los locos lo entenderán.
Hay una tendencia a la pomposidad en todo esto, para hacerlo todo profundo. Mi
hijo está siguiendo un curso de filosofía y ayer por la noche estábamos
considerando algo de Spinoza… ¡y había el razonamiento más pueril! Estaban
todos esos atributos y sustancias, todas estas elucubraciones sin sentido, y
nos echamos a reír. Ahora bien, ¿cómo pudimos hacer eso? Aquí está este gran
filósofo holandés, y nosotros nos reímos de él. ¡Es porque no tenía ninguna
excusa! ¡En esa misma época vivía Newton, Harvey estaba estudiando la
circulación de la sangre, había gente con métodos de análisis mediante los que
se estaba avanzando! Uno puede tomar cada una de las proposiciones de Spinoza y
sus proposiciones contrarias, y mirar el mundo… y no puede decir cuáles son las
correctas. Cierto, la gente sentía admiración porque él había tenido el valor
de abordar estas grandes cuestiones, pero no sirve de nada tener el valor si no
se llega a ninguna parte con la cuestión.
En sus lecciones publicadas, los comentarios de los filósofos sobre la
ciencia no quedan muy bien parados…
No es la filosofía lo que me molesta, es la pomposidad. Si al menos ellos se
hubieran reído de sí mismos. Si simplemente hubieran dicho «yo
pienso que es así, pero Von Leipzig pensaba que era asá, y él también dio en la
diana». Si hubieran explicado que esta es su mejor conjetura… Pero lo hicieron
muy pocos; en su lugar, ellos aceptan sin titubeos la posibilidad de que quizá
no haya ninguna partícula fundamental última, y dicen que uno debería dejar de
trabajar y sopesarlo con gran profundidad. «No has pensado con profundidad
suficiente, déjame primero definir el mundo para ti». Bien, ¡yo voy a
investigarlo sin definirlo!
¿Cómo sabe usted qué problema tiene el tamaño adecuado para atacar?
Cuando yo estaba en el instituto tenía esta idea de que uno podía tomar la
importancia del problema y multiplicarla por la probabilidad de resolverlo.
Usted sabe cómo es un muchacho con mentalidad técnica, le gusta la idea de
optimizarlo todo…, en cualquier caso, si uno puede conseguir la combinación
correcta de esos factores, no se pasa la vida sin llegar a ninguna parte con un
problema, o resolver montones de pequeños problemas que otros podrían hacer
igual.
Tomemos el problema que valió el Premio Nobel para usted, Schwinger y
Tomonaga. Tres enfoques diferentes: ¿Estaba este problema especialmente maduro
para su solución?
Bien, la electrodinámica cuántica había sido inventada a finales de los años
veinte por Dirac y otros, inmediatamente después de la propia mecánica
cuántica. Ellos la hicieron esencialmente correcta, pero cuando uno iba a
calcular respuestas tropezaba con ecuaciones complicadas que eran muy difíciles
de resolver. Uno podía tener una aproximación de primer orden, pero cuando
trataba de refinarla con correcciones empezaban a surgir estas cantidades
infinitas. Todo el mundo sabía eso durante veinte años; estaba en la
contraportada de todos los libros de teoría cuántica.
Entonces tuvimos los resultados de los experimentos de Lamb[38] y Rutherford[39]sobre los
desplazamientos de los niveles de energía del electrón en el átomo de
hidrógeno. Hasta entonces, la predicción grosera había sido suficientemente
buena, pero ahora uno tenía un número muy preciso: 1060 megaciclos o lo que
fuera. Y todo el mundo dijo ¡caray!, este problema tiene que ser resuelto…,
ellos sabían que la teoría tenía problemas, pero ahora estaba esta cifra muy
precisa.
Así que Hans Bethe tomó esta cifra e hizo algunas estimaciones de cómo se
podrían evitar los infinitos restando este efecto de ese otro, de modo que las
cantidades que tendieran a infinito se cortasen, y probablemente se detuvieran
en este orden de magnitud; y él llegó a algo en torno a los 1000 megaciclos.
Recuerdo que él había invitado a un grupo de gente a una fiesta en su casa, en
Cornell, pero había recibido una llamada para alguna consulta y tuvo que salir
de la ciudad. Llamó durante la fiesta y me dijo que había calculado esto en el
tren. Cuando volvió dio un seminario sobre ello, y demostró cómo este
procedimiento de corte evitaba los infinitos, pero era todavía muy ad
hoc y confuso. Dijo que sería bueno que alguien pudiera mostrar la
forma de limpiarlo. Al día siguiente fui a hablar con él y le dije: « ¡Oh!, eso
es fácil, yo puedo hacerlo». Ven, yo había empezado a tener ideas sobre esto
cuando estaba en el MIT. Incluso había cocinado entonces una respuesta; por
supuesto, falsa. Ven, aquí es donde entramos Schwinger, Tomonaga y yo, para
desarrollar una forma de convertir este tipo de procedimientos en análisis
sólido; técnicamente, para mantener la invariancia relativista en todo el
proceso. Tomonaga había sugerido ya cómo podía hacerse, y en esta misma época
Schwinger estaba desarrollando su propia vía.
Así que fui a Bethe con mi forma de hacerlo. Lo divertido era que yo no sabía
cómo resolver el problema práctico más sencillo en esta área; debería haberlo
aprendido mucho antes, pero había estado ocupado jugando con mi propia teoría,
de modo que yo no sabía cómo averiguar si mis ideas funcionaban. Lo hicimos
juntos en la pizarra, y salía mal. Incluso peor que antes. Fui a casa y pensé
una y otra vez, y decidí que tenía que aprender a resolver ejemplos. Así lo
hice, y volví a Bethe y lo intentamos, y funcionó. Nunca hemos sido capaces de
descubrir lo que fue mal la primera vez…, algún error estúpido.
¿Cuánto le dedicó a ello?
No mucho, quizá un mes. Me hizo bien, porque revisé lo que había hecho y me
convencí de que tenía que funcionar, y que estos diagramas que había inventado
para mantener las cosas derechas eran realmente correctos.
¿Se dio usted cuenta en ese momento que iban a ser denominados «diagramas de
Feynman», que iban a figurar en los libros?
No, no; recuerdo un instante. Yo estaba en pijama, trabajando en el suelo con
papeles a mi alrededor, con estos diagramas de apariencia divertida con manchas
y líneas que salen de ellas. Me dije, ¿no sería divertido que estos diagramas
fueran realmente útiles, y otras personas empezasen a utilizarlos, y Physical
Review tuviese que imprimir estas tontas figuras? Por supuesto, no
podía preverlo; en primer lugar, no tenía ni idea de cuántas de estas figuras
iba a ver en Physical Review; y en segundo lugar, nunca se me
ocurrió que, si los utilizaba todo el mundo, ya no resultarían divertidos…
En este punto la entrevista se aplazó para ir al despacho del doctor
Feynman, donde la grabadora se negó a ponerse en marcha de nuevo. El cable, el
interruptor, el botón de «grabar», todo estaba en orden; entonces Feynman
sugirió sacar el cassette y volverlo a meter].
Así. Vea, solo tiene que conocer el mundo. Los físicos conocen el mundo.
¿Sacarla y volverla a poner?
Correcto. Hay siempre alguna suciedad, algún infinito, o algo.
Sigamos. En sus lecciones, dice usted que nuestras teorías físicas funcionan
unificando varias clases de fenómenos, y entonces se presentan los rayos X o
los mesones o similares. «Hay siempre muchos cabos sueltos en todas
direcciones». ¿Cuáles son algunos de los cabos sueltos que ve usted hoy en la
física?
Bien, están las masas de las partículas: las teorías gauge dan bellas pautas
para las interacciones, pero no para las masas, y necesitamos entender este
conjunto irregular de números. En la interacción nuclear fuerte tenemos esta
teoría de quarks y gluones coloreados[40], establecida
de forma muy precisa y completa, pero con pocas predicciones duras. Es
técnicamente muy difícil tener un test preciso de la teoría, y eso es un
desafío. Siento apasionadamente que ese es un cabo suelto; aunque no hay
evidencia en conflicto con la teoría, no es probable que hagamos muchos
progresos hasta que podamos comparar predicciones duras con números duros.
¿Qué pasa con la cosmología? ¿Qué hay de la sugerencia de Dirac de que las
constantes fundamentales cambian con el tiempo, o la idea de que las leyes
físicas eran diferentes en el momento del Big Bang?
Eso abriría un montón de cuestiones. Hasta ahora, la física ha tratado de
encontrar leyes y constantes sin preguntar de dónde proceden, pero quizá nos
estemos aproximando al punto donde nos veamos obligados a considerar la
historia.
¿Tiene usted alguna conjetura sobre eso?
No.
¿Ninguna en absoluto? ¿Ninguna inclinación en ningún sentido?
Realmente, no. Así es como soy respecto a casi todo. Antes, usted no me
preguntó si yo pensaba que existe una partícula fundamental, o si todo es
borroso; yo le hubiera dicho que no tengo la más mínima idea. Ahora, para
trabajar duro en algo, uno tiene que llegar a creer que la respuesta está allí,
de modo que hay que cavar duro allí, ¿correcto? Así que uno se predispone o
adopta un prejuicio temporalmente, pero en el fondo de su cabeza, se está
riendo continuamente. Olvide lo que ha oído sobre ciencia sin prejuicios. Aquí,
en una entrevista, hablando del Big Bang yo no tengo ningún prejuicio…, pero
cuando estoy trabajando, tengo un montón de ellos.
¿Prejuicios a favor de… qué? ¿Simetría, simplicidad…?
A favor del humor del día. Un día estaré convencido de que hay cierto tipo de
simetría en la que cree todo el mundo. Al día siguiente trataré de descubrir
las consecuencias de que no la haya, y todo el mundo estará loco salvo yo. Pero
algo que es normal entre los buenos científicos es que, mientras están haciendo
lo que estén haciendo, no están tan seguros de sí mismos como habitualmente lo
están otros. Pueden vivir con una duda continua, pensar «quizá sea así» y
actuar sobre eso, sabiendo todo el tiempo que es solo «quizá». Muchas personas
encuentran eso difícil; piensan que significa desapego o frialdad. ¡No es
frialdad! Es una comprensión mucho más profunda y cálida, y significa que uno
puede estar cavando en alguna parte donde está temporalmente convencido de que
encontrará la respuesta, y alguien llega y dice: « ¿Has visto lo que están
sacando allí?», y uno mira y dice: «¡Vaya; estoy en el lugar equivocado!». Sucede
continuamente.
Hay otra cosa que parece suceder con mucha frecuencia en la física moderna:
el descubrimiento de aplicaciones para tipos de matemáticas que previamente
eran «puras», tales como el álgebra matricial o la teoría de grupos. ¿Son ahora
los físicos más receptivos de lo que solían ser? ¿Hay menos retraso en el
tiempo?
Nunca hubo retraso. Tomemos los cuaternios de Hamilton[41]; los físicos
se desprendieron de la mayor parte de este potentísimo sistema matemático y
mantuvieron solo una parte, la parte matemáticamente casi trivial, que se
convirtió en el análisis vectorial. Pero cuando se necesitó toda la potencia de
los cuaternios, para la mecánica cuántica, Pauli[42]reinventó el sistema en el acto en una nueva forma.
Ahora, usted puede mirar atrás y decir que las matrices y los operadores de
espín de Pauli no son otra cosa que cuaternios de Hamilton…, pero incluso si
los físicos hubieran mantenido el sistema en su mente durante noventa años, no
hubiera supuesto más que unas pocas semanas de diferencia.
Digamos que usted tiene una enfermedad, la granulomatosis de Werner o la que
sea, y la consulta en un libro de referencia en medicina. Podría encontrar muy
bien que ahora sabe más sobre ella que su doctor, aunque él se ha pasado mucho
tiempo en una escuela de medicina… ¿ve usted? Es mucho más fácil aprender algo
sobre un tema especial y restringido que sobre todo un campo. Los matemáticos
están explorando en todas direcciones, y es más rápido para un físico captar lo
que necesita que tratar de estar al tanto de todo lo que concebiblemente
pudiera ser útil. El problema que mencionaba antes, las dificultades con las
ecuaciones en la teoría de quarks, ese es el problema de los físicos, y vamos a
resolverlo, y quizá cuando lo resolvamos estaremos haciendo matemáticas. Algo
maravilloso, y algo que no comprendo es el hecho de que los matemáticos habían
investigado grupos y cosas así antes de que apareciesen en física, pero con respecto
a la velocidad del progreso en física, no creo que sea tan importante.
Una cosa más de sus lecciones: usted dice allí que «la próxima gran era del
despertar del intelecto humano puede muy bien producir un método de entender el
contenido cualitativo de las ecuaciones». ¿Qué quiere decir
con esto?
En ese pasaje estaba hablando de la ecuación de Schrödinger[43]. Uno puede
obtener de dicha ecuación átomos ligados en moléculas, valencias químicas,
etc., pero cuando uno mira la ecuación no puede ver nada de la riqueza de los
fenómenos que conoce el químico; o la idea de que los quarks están
permanentemente ligados de modo que uno no puede tener un quark libre; quizá se
pueda y quizá no se pueda, pero la cuestión es que cuando uno mira las
ecuaciones que supuestamente describen el comportamiento de los quarks, uno no
puede ver la forma en que se comporta el agua; no puede ver la turbulencia.
Lo que deja a la gente que se pregunta acerca de la turbulencia —los
meteorólogos, los oceanógrafos, los geólogos y los diseñadores de aviones—
completamente confundidos, ¿no es cierto?
Absolutamente. Y pudiera ser que sea una de esas personas completamente
confundidas y frustradas quien lo descubra, y en ese momento estará haciendo
física. Con la turbulencia ya no se trata simplemente de que la teoría física
solo sea capaz de manejar casos sencillos: es que no podemos manejar ninguno.
No tenemos ninguna buena teoría fundamental en absoluto.
Quizá sea la forma en que están escritos los libros de texto, pero pocas
personas fuera de la ciencia parecen saber que hay problemas físicos
complicados y muy reales que están descartados en lo que se refiere a la
teoría.
Esa es una educación muy mala. La lección que uno aprende cuando se hace mayor
en física es que lo que podemos hacer es una fracción muy pequeña de lo que
hay. Nuestras teorías son realmente muy limitadas.
¿Hay mucha variación de un físico a otro en su habilidad para ver las
consecuencias cualitativas de una ecuación?
¡Oh, sí!, pero nadie es muy bueno en eso. Dirac decía que entender un
problema físico significa ser capaz de ver la respuesta sin resolver
ecuaciones. Quizá exageraba; quizá resolver ecuaciones es la experiencia que
uno necesita para obtener una comprensión. Pero hasta que uno lo comprenda,
está simplemente resolviendo ecuaciones.
Como profesor, ¿qué puede hacer usted para estimular esa habilidad?
No lo sé. No tengo manera de juzgar hasta qué grado consigo hacerme entender
por mis estudiantes.
¿Rastreará algún día un historiador de la ciencia las carreras de sus
estudiantes como han hecho otros con los estudiantes de Rutherford, Niels Bohr
o Fermi?
Lo dudo. Siempre estoy decepcionado con mis estudiantes. Yo no soy un profesor
que sepa lo que está haciendo.
Pero usted puede señalar influencias en sentido opuesto, digamos, la
influencia que en usted tuvieron Hans Bethe o John Wheeler…
Por supuesto. Pero yo no sé qué efecto pueda estar teniendo. Quizá sea solo mi
carácter: no lo sé. No soy psicólogo ni sociólogo, no sé cómo entender a la
gente, incluido yo mismo. Usted pregunta, ¿cómo puede enseñar este tipo, cómo
puede estar motivado si no sabe lo que está haciendo? Como cuestión de hecho,
yo adoro enseñar. Me gusta pensar en formas nuevas de mirar las cosas cuando
las explico, de hacerlas más claras, pero quizá no las esté haciendo más
claras. Probablemente lo que estoy haciendo es divertirme.
He aprendido a vivir sin saber. No tengo que estar seguro de que estoy teniendo
éxito y, como dije antes acerca de la ciencia, pienso que mi vida es más plena
porque soy consciente de que no sé lo que estoy haciendo. ¡Estoy encantado con
la anchura del mundo!
Cuando volvíamos al despacho, usted se detuvo para discutir una lección
sobre visión de los colores que va a impartir. Eso está muy lejos de la física
fundamental, ¿no es cierto? ¿No diría un fisiólogo que usted entra en un «coto
reservado»?
¿Fisiología? ¿Tiene que ser fisiología? Mire, deme un poco de tiempo e
impartiré una lección sobre cualquier cosa de fisiología. Estaré encantado de
estudiarla y descubrir todo sobre ella, porque puedo garantizarle que sería muy
interesante. Yo no sé nada, pero sé que todo es interesante si
se profundiza en ello lo suficiente.
Mi hijo también es así, aunque sus intereses son mucho más amplios que los míos
a su edad. Él está interesado en la magia, en la programación de ordenadores,
en la historia de la Iglesia primitiva, en topología… ¡Oh!, él va a vivir una
época ajetreada, ¡hay tantas cosas interesantes! Nos gusta sentarnos y hablar
sobre lo diferentes que podrían ser las cosas de lo que esperamos; tomemos los
aterrizajes de las Vikingo en Marte, por ejemplo, estamos
tratando de pensar cuántas formas de vida podría haber que no se
pudiesen descubrir con ese equipo. Sí, se parece mucho a mí, de modo
que he transmitido esa idea de que todo es interesante al menos a otra persona.
Por supuesto, no sé si eso es bueno o no… ¿Ve usted?
Capítulo 10
Ciencia tipo «cultos cargo»: Algunos comentarios sobre ciencia, pseudociencia y
aprender a no engañarse
Discurso de la ceremonia de graduación en Caltech
en 1974
¿Qué tienen que ver los brujos, la ESP, los
habitantes de las islas de los Mares del Sur, los cuernos de rinoceronte y el
aceite Wesson con la ceremonia de graduación en una facultad?
Todos ellos son ejemplos que utiliza el astuto Feynman para convencer a los
nuevos graduados de que la honestidad en la ciencia es más gratificante que
todo el prestigio y todos los éxitos momentáneos del mundo. En este discurso a
los estudiantes de Caltech en 1974, Feynman da una lección de integridad
científica frente a la presión de los pares y las inflexibles agencias de
financiación.
Durante la Edad Media hubo todo tipo de ideas descabelladas, tales como que un
trozo de cuerno de rinoceronte aumentaba la potencia sexual. (Otra idea
descabellada de la Edad Media son estos sombreros que hoy llevamos, que en mi
caso es demasiado holgado). Luego se descubrió un método para seleccionar las
ideas, que consistía en tratar de ver si una funcionaba y, si no funcionaba,
eliminarla. Este método llegó a organizarse, por supuesto, en ciencia. Y se
desarrolló muy bien, de modo que ahora estamos en la edad científica. De hecho,
es una edad tan científica que nos resulta difícil entender cómo pudieron
existir alguna vez los brujos, cuando nada de lo que ellos proponían funcionó
nunca, o muy poco. Pero incluso hoy encuentro a muchas personas que antes o
después me hablan de ovnis, o de astrología, o de alguna forma de misticismo,
conciencia expandida, nuevos tipos de conciencia, ESP y todo eso. Y he llegado
a la conclusión de que no es un mundo científico.
La mayoría de la gente cree en cosas tan fantásticas que he decidido investigar
por qué lo hace. Y lo que se ha calificado como mi curiosidad por la
investigación me ha creado una dificultad pues descubrí tanta basura de la que
hablar que no puedo decirlo todo en esta charla. Estoy abrumado. Primero empecé
a investigar varias ideas del misticismo y las experiencias místicas. Me metí
en tanques de aislamiento (son lugares oscuros y relajados, y flotas en sales
de Epsom) y tuve muchas horas de alucinaciones, así que sé algo sobre ello.
Luego fui a Esalen, que es un semillero de ideas de este tipo (es un lugar
maravilloso; deberían visitarlo). Entonces quedé abrumado. Yo no me daba cuenta
de todo lo que había.
Por ejemplo, estaba sentado en una sala de baños y había otro tipo y una chica
en la sala. Él dice a la chica: «Estoy aprendiendo a dar masajes y me pregunto
si podría practicar contigo». Ella dice que bien, de modo que se sube a una
mesa y él empieza con su pie, trabajando en su dedo gordo y presionándolo.
Entonces se vuelve a la que aparentemente es su instructora y dice: «Siento una
especie de hendidura. ¿Es la pituitaria?». Y ella responde: «No, no es así como
yo la siento». Yo digo: «Estás a mil kilómetros de la pituitaria, hombre». Y
ambos me miran —yo me había descubierto, ya ven— y ella concluye: «Es
reflexología». De modo que cerré los ojos y aparenté estar meditando.
Este es solo un ejemplo del tipo de cosas que me abruman. También estudié la
percepción extrasensorial y los fenómenos PSI, y la última manía era Uri
Geller, un hombre que se supone que es capaz de doblar llaves frotándolas con
sus dedos. Así que fui a la habitación de su hotel, por invitación suya, para
asistir a una demostración de lectura de pensamiento y doblado de llaves. No
hizo ninguna lectura acertada de mi mente; nadie puede leer mi mente, supongo.
Y mi hijo sostuvo una llave y Geller la frotó, y no sucedió nada. Entonces él
nos dijo que funcionaba mejor bajo el agua, así que pueden imaginarse a todos
nosotros en el cuarto de baño con el grifo abierto y la llave bajo el agua, y a
él frotando la llave con sus dedos. No sucedió nada. Así que fui incapaz de
investigar ese fenómeno.
Pero entonces empecé a pensar, ¿qué otra cosa hay que creamos nosotros? (Y
entonces pensé en los brujos, y en lo fácil que hubiera sido ponerles a prueba
señalando que nada funcionaba realmente). Así que descubrí cosas que
creen más personas incluso, tales como que tenemos alguna idea
de cómo educar. Hay grandes escuelas de métodos de lectura y métodos para
aprender matemáticas, y todo eso, pero, si ustedes se fijan, verán que los
niveles de lectura siguen bajando —o apenas suben—, pese al hecho de que
continuamente utilizamos a estas mismas personas para mejorar los
métodos. Hay un remedio de brujo que no funciona. Debería
estudiarse, ¿cómo saben ellos que su método debería funcionar? Otro ejemplo es
la forma de tratar a los criminales. Obviamente no hemos hecho ningún progreso
—mucha teoría, pero ningún progreso— para disminuir el número de crímenes con
el método que utilizamos para tratar a los criminales.
Pese a todo se dice que estas cosas son científicas. Las estudiamos. Y pienso
que las personas normales con ideas de sentido común están intimidadas por esta
pseudociencia. Una profesora que tiene alguna buena idea de cómo enseñar a leer
a sus hijos se ve obligada por el sistema escolar a hacerlo de otra forma, o es
incluso engañada por el sistema escolar que le hace pensar que su método no es
necesariamente bueno. O una madre de hijos malos, después de imponerles una u
otra disciplina, se siente culpable para el resto de su vida porque no hizo «lo
correcto» según los expertos.
Por eso deberíamos examinar realmente las teorías que no funcionan, y la
ciencia que no es ciencia.
Traté de encontrar un principio para descubrir más cosas de este tipo, y di con
el sistema siguiente. Cada vez que se encuentren en una conversación en una
fiesta en la que no se sintieran incómodos si la anfitriona llegara y dijera:
«¿Por qué están ustedes hablando del trabajo?», o su mujer llegara y dijera:
«¿Por qué estás coqueteando otra vez?», entonces pueden ustedes estar seguros
de que están hablando de algo de lo que nadie sabe nada.
Utilizando este método descubrí algunos otros temas que había olvidado, entre
ellos la eficacia de diversas formas de psicoterapia. Así que empecé a
investigar en la biblioteca, y otros sitios, y tengo tanto que contarles que no
puedo decírselo todo. Tendré que limitarme a unas pocas cosas. Me centraré en
las cosas en las que creen más personas. Quizá el año que viene dé una serie de
charlas sobre todos estos temas. Necesitaré mucho tiempo.
Creo que los estudios sobre educación y psicología que he mencionado son
ejemplos de lo que me gustaría llamar ciencia tipo «cultos cargo». En los Mares
del Sur hay un pueblo que practica los «cultos cargo». Durante la guerra veían
aterrizar aviones con montones de mercancías, y ahora quieren que ocurra lo
mismo. Así que se las han arreglado para construir cosas como pistas de
aterrizaje, hacer hogueras a los lados de la pista, construir una cabaña de
madera para que se siente un hombre dentro, con dos piezas de madera en su
cabeza como si fueran auriculares y varas de bambú que sobresalen como antenas
—él es el controlador— y esperan que aterricen los aviones. Lo están haciendo
todo bien. La forma es perfecta. Todo parece exactamente como era antes. Pero
no funciona. No aterriza ningún avión. Por eso llamo a estas cosas ciencia tipo
«cultos cargo», porque ellos siguen todos los preceptos y formas aparentes de
la investigación científica, pero les falta algo esencial, porque los aviones
no aterrizan.
Ahora me corresponde a mí, por supuesto, decirles lo que les falta. Pero sería
igual de difícil explicar a los isleños de los Mares del Sur cómo tienen que
disponer las cosas para obtener alguna riqueza con su sistema. No es algo
sencillo como decirles cómo mejorar la forma de los auriculares. Pero noto que
hay un aspecto que está ausente en general en la ciencia tipo
«cultos cargo». Se trata de la idea que todos esperamos que ustedes hayan
aprendido al estudiar ciencia en la escuela; nunca decimos explícitamente cuál
es esta, sino que simplemente esperamos que ustedes la capten en todos los
ejemplos de investigación científica. Es interesante, por consiguiente,
exponerla ahora y hablar de ella explícitamente. Es una especie de integridad
científica, un principio de pensamiento científico que corresponde a un tipo de
honestidad absoluta, a la mayor transparencia posible. Por ejemplo, si ustedes
están haciendo un experimento, deberían informar de todo lo que piensan que
podría invalidarlo y no solo de lo que piensan que está bien; hablar de otras
causas que pudieran explicar sus resultados; y de cosas que ustedes piensen que
han eliminado mediante otro experimento, y de cómo funcionaron, y asegurar que
otros colegas puedan decir que han sido eliminadas.
Hay que dar los detalles que pudieran arrojar dudas sobre su interpretación, si
ustedes los conocen. Si saben que algo es completamente erróneo, o posiblemente
erróneo, deben explicarlo del mejor modo posible. Si construyen una teoría, por
ejemplo, y la anuncian, o la hacen pública, entonces también deben señalar
todos los hechos que no concuerdan con ella, tanto como los que concuerdan con
ella. Hay también un problema más sutil. Cuando ustedes hayan reunido un montón
de ideas para construir una teoría elaborada, deben asegurarse que las cosas
que encajan en ella no son solo las cosas que les dieron la idea para la
teoría, sino que la teoría acabada explica otras cosas además de aquellas.
En resumen, la idea es tratar de dar toda la información que
sirva a los demás para juzgar el valor de su contribución, y no solo la
información que lleva a juzgar en una u otra dirección concreta.
La forma más fácil de explicar esta idea consiste en contrastarla, por ejemplo,
con la publicidad. Ayer por la noche oí que el aceite Wesson no empapa la
comida. Bien, eso es verdad. No es deshonesto, pero de lo que estoy hablando no
es solo de no ser deshonesto; se trata de una cuestión de integridad
científica, que es otro nivel. Lo que debería añadirse a esa frase publicitaria
es que ningún aceite empapa la comida, si se utiliza a cierta
temperatura. Si se utilizaran a otra temperatura, todos lo
harían, incluido el aceite Wesson. Así que es la implicación que se ha
transmitido, y no el hecho, lo que es verdad, y la diferencia es lo que tenemos
que tratar.
Hemos aprendido de la experiencia que la verdad se impondrá. Otros
experimentadores repetirán su experimento y descubrirán si ustedes estaban
equivocados o acertados. Los fenómenos de la naturaleza estarán de acuerdo o en
desacuerdo con su teoría. Y aunque ustedes puedan alcanzar cierta fama y
excitación momentánea, no se ganarán una buena reputación como científicos si
no han tratado de ser muy cuidadosos en este tipo de trabajo. Y es este tipo de
integridad, este tipo de cuidado para no engañarse, lo que está casi
completamente ausente en buena parte de la investigación de la ciencia tipo
«cultos cargo».
Buena parte de su dificultad es, por supuesto, la dificultad del tema y la
inaplicabilidad del método científico al tema. De todas formas, habría que
comentar que esta no es la única dificultad. El problema es por qué los
aviones no aterrizan; pero no aterrizan.
La experiencia nos ha enseñado mucho acerca de cómo manejar algunas de las
formas de engañarnos. Un ejemplo, Millikan midió la carga de un electrón en un
experimento con gotas de aceite que caían y obtuvo una respuesta que ahora
sabemos que no era completamente correcta. Se desviaba un poco porque él
utilizaba un valor incorrecto para la viscosidad del aire. Es interesante
examinar la historia de las medidas de la carga del electrón después de
Millikan. Si ustedes las representan en función del tiempo, encuentran que una
es un poco mayor que la de Millikan, y la siguiente es un poco mayor que la
anterior, y la siguiente un poco mayor aún, aunque finalmente se estabilizan en
un número que es más alto.
¿Por qué no descubrieron enseguida que el nuevo número era más alto? Es algo
—esta historia— de lo que los científicos están avergonzados, porque es
evidente que la gente hacía cosas como esta: cuando descubrían un número que
estaba muy por encima del de Millikan, pensaban que algo debía estar mal, y
buscaban y encontraban una razón por la que algo debería estar mal. Cuando
obtenían un número más próximo al valor de Millikan, ya no buscaban con tanto
interés. Y así eliminaban los números que estaban demasiado lejos, y hacían
otras cosas parecidas. Ahora hemos sabido estos trucos, y ahora no tenemos este
tipo de enfermedad.
Pero esta larga historia de aprender a no engañarnos —de tener una integridad
científica absoluta— es, lamento decirlo, algo que no hemos incluido
específicamente en ninguna asignatura concreta que yo conozca. Simplemente
esperamos que ustedes la hayan captado por ósmosis.
El primer principio es que ustedes no deben engañarse, y ustedes son las
personas más fáciles de engañar. Así que tienen que tener mucho cuidado con
eso. Una vez que ustedes no se engañen a sí mismos, es fácil no engañar a otros
científicos. Después de eso solo tienen que ser honestos de un modo
convencional.
Me gustaría añadir algo que no es esencial para el científico, aunque es algo
que yo creo, y es que ustedes no deberían engañar al profano cuando están
hablando como científicos. No trato de decirles lo que tienen que hacer cuando
engañan a su mujer, o engañan a su novia, o a quien sea, cuando ustedes no
tratan de ser científicos sino que solo tratan de ser seres humanos corrientes.
Dejaremos esos problemas para ustedes y para sus rabinos. Yo estoy hablando de
un tipo extra y específico de integridad que no solo es no mentir, sino hacer
lo imposible por demostrar que quizá estén equivocados: eso es lo que deberían
hacer cuando actúan como científicos. Y esta es nuestra responsabilidad como
científicos, por supuesto para con otros científicos, y yo pienso que también
para con los profanos.
Por ejemplo, me quedé un poco sorprendido cuando estaba hablando con un amigo
que iba a hablar por la radio. Él trabaja en cosmología y astronomía, y se
preguntaba cómo iba a explicar cuáles eran las aplicaciones de su trabajo.
«Bien —dije yo—, no hay ninguna». Y él dijo: «Sí, pero entonces no obtendremos
más apoyo para este tipo de investigación». Pienso que esto es deshonesto. Si
ustedes se están representando a sí mismos como científicos, entonces deberían
explicar al profano lo que están haciendo; y si no quieren apoyarle en estas
circunstancias, esa es su decisión.
Un ejemplo de este principio es este: si ustedes están dispuestos a poner a
prueba una teoría, o si quieren explicar alguna idea, deberían siempre decidir
publicarla cualquiera que fuese el resultado. Si solo publicamos resultados de
un cierto tipo, podemos hacer que el argumento parezca bueno. Debemos publicar ambos tipos
de resultados. Por ejemplo —tomemos otra vez la publicidad—, supongamos que
ciertos cigarrillos tienen alguna propiedad especial, como puede ser un bajo
contenido en nicotina. La compañía difunde ampliamente que esto significa que
es bueno para ustedes; pero ellos no dicen, por ejemplo, que hay una proporción
diferente de alquitrán, o que sucede alguna otra cosa con el cigarrillo. En
otras palabras, la probabilidad de publicación depende de la respuesta. Eso no
debería hacerse.
Yo afirmo que esto es también importante cuando se trata de dar algún tipo de
asesoramiento. Supongamos que un senador les pide consejo acerca de si en este
estado debería hacerse una perforación, y ustedes deciden que sería mejor
hacerla en otro estado. Si ustedes no publican tal resultado, creo que no están
dando un consejo científico. Están siendo utilizados. Si su respuesta resulta
ir en la dirección del gobierno o de los políticos, ellos pueden utilizarla
como un argumento a su favor; si resulta contraria, ellos no la harán pública.
Eso no es dar consejo científico.
Otros errores son más característicos de una ciencia pobre. Cuando yo estaba en
Cornell solía hablar con la gente del departamento de psicología. Una de las
estudiantes me dijo que quería hacer un experimento que era algo parecido a
esto: no lo recuerdo en detalle, pero otros habían descubierto que en
determinadas circunstancias X, las ratas hacían algo A. Ella tenía curiosidad
por saber si, cuando las circunstancias cambiaban a Y, las ratas seguirían
haciendo A. Así que su propuesta era hacer el experimento en las circunstancias
Y, y ver si seguían haciendo A.
Yo le expliqué que primero era necesario repetir en su laboratorio el
experimento de los otros —hacerlo en las circunstancias X para ver si ella
también podía obtener el resultado A— y luego cambiar a Y, y ver si A cambiaba.
Entonces sabría si las diferencias en los resultados se debían a circunstancias
que ella podía controlar.
Ella estaba encantada con esta nueva idea, y fue a decírselo a su profesor. Y
la respuesta de este fue: «No, tú no puedes hacer eso porque ese experimento ya
se ha hecho y estarías perdiendo el tiempo». Eso se había hecho en 1935 o así,
y entonces parece que la política general era tratar de no repetir experimentos
en psicología, y cambiar solo las condiciones para ver lo que sucede.
Actualmente hay cierto peligro de que suceda lo mismo, incluso en el famoso
campo de la física. Me quedé sorprendido al oír hablar de un experimento
realizado en el gran acelerador del National Accelerator Laboratory, en el que
una persona utilizaba deuterio. Para comparar los resultados obtenidos con
hidrógeno pesado con lo que podría suceder con hidrógeno ligero, él tuvo que
utilizar datos de un experimento hecho por otro investigador y realizado en un
aparato diferente. Cuando le preguntaron por qué, dijo que no podría conseguir
tiempo dentro del programa para hacer el experimento con hidrógeno ligero en su
propio aparato, pues hay muy poco tiempo disponible en estas instalaciones tan
costosas y no iba a obtener ningún resultado nuevo. De este modo, quienes
gestionan los programas en NAL están tan ansiosos de nuevos resultados, y
conseguir así más dinero para mantener la cosa en marcha con fines mediáticos,
que están destruyendo, posiblemente, el valor de los propios experimentos, que
es el objetivo principal. Suele ser difícil para esos investigadores completar
su trabajo tal como exige su integridad científica.
No obstante, no todos los experimentos en psicología son de este tipo. Por
ejemplo, ha habido muchos experimentos con ratas corriendo por todo tipo de
laberintos, y cosas similares, con resultados poco claros. Pero en 1937 un
hombre llamado Young hizo uno muy interesante. Tenía un pasillo largo con
puertas en un lado por donde entraban las ratas, y puertas en el otro lado
donde estaba la comida. Él quería ver si podía adiestrar a las ratas para que
entraran en la tercera puerta independientemente del lugar donde él las
colocase inicialmente. Las ratas iban inmediatamente a la puerta donde había
estado la comida la vez anterior.
La pregunta era: puesto que el pasillo estaba tan bien construido y era tan
uniforme, ¿cómo sabían las ratas que esta era la misma puerta que antes?
Obviamente había algo en la puerta que la hacía diferente de las otras puertas.
Así que pintó las puertas con mucho cuidado, haciendo que las texturas de las
puertas fueran exactamente iguales. Pero las ratas todavía podían distinguir.
Entonces él pensó que quizá las ratas estaban oliendo la comida, así que
utilizó sustancias químicas para cambiar el olor en cada prueba. Aún podían
distinguir. Luego se dio cuenta de que las ratas podrían distinguir viendo las
luces y la disposición del laboratorio, como cualquier persona con sentido
común. Así que cubrió el pasillo, pero las ratas seguían distinguiendo.
Finalmente descubrió que las ratas podían distinguir por el sonido que hacía el
suelo cuando la rata corría por él. Y solo pudo determinarlo al cubrir el
pasillo de arena. Así que examinó una tras otra todas las claves posibles y
finalmente pudo engañar a las ratas para que aprendieran a entrar en la tercera
puerta. Si él relajaba cualquiera de estas condiciones, las ratas eran capaces
de distinguir.
Ahora, desde el punto de vista científico, este experimento merece un 10. Este
es el experimento que hace razonables los experimentos con ratas que corren,
porque descubre las claves que están utilizando realmente las ratas, y no las
que uno piensa que están utilizando. Y ese es el experimento que dice
exactamente qué condiciones hay que establecer para ser cuidadoso y controlar
todo en este experimento con ratas.
Indagué en la historia posterior de esta investigación. El siguiente
experimento, y el que siguió a este, nunca mencionaban al señor Young. Nunca
utilizaban ninguno de sus criterios de poner arena en el pasillo o tener mucho
cuidado. Solo ponían ratas a correr al mismo viejo estilo de antes, y no
prestaban atención a los grandes descubrimientos del señor Young ni se citaban
sus artículos porque no descubrió nada acerca de las ratas. De hecho, él
descubrió todas las cosas que hay que hacer para descubrir algo sobre las
ratas. Pero no prestar atención a experimentos como este es una característica
de la ciencia tipo «cultos cargo».
Otro ejemplo son los experimentos ESP del señor Rhine[44] y otras
personas. Conforme diversas personas han ido expresando sus críticas —y ellos
mismos han hecho críticas de sus propios experimentos— ellos mejoran las
técnicas de modo que los efectos son cada vez menores, y menores, y menores,
hasta que poco a poco desaparecen. Todos los parapsicólogos están buscando un
experimento que pueda repetirse estadísticamente, que se pueda hacer otra vez y
obtener el mismo resultado, de forma regular. Ellos ponen a correr a un millón
de ratas —no, esta vez son personas—, hacen un montón de cosas y obtienen
cierto efecto estadístico. La próxima vez que lo intentan ya no lo obtienen. Y
ahora aparece un hombre que dice que es una exigencia irrelevante esperar un
experimento repetible. ¿Es esto ciencia? Este hombre habla también de una nueva
institución, en una charla en la que se estaba despidiendo como director del
Instituto de Parapsicología. Y, al decir a la gente qué cosas había que hacer a
continuación, afirma que una de las cosas que tienen que hacer es asegurarse de
que solo adiestren a estudiantes que hayan demostrado su capacidad para obtener
resultados EPS en una medida aceptable, y no gastar su tiempo en aquellos
estudiantes ambiciosos e interesados que solo obtienen resultados por azar. Es
muy peligroso tener una política semejante en la enseñanza: enseñar a los
estudiantes cómo obtener ciertos resultados, en lugar de cómo hacer un
experimento con integridad científica.
Así que yo les deseo —no tengo más tiempo, así que solo tengo un deseo para
ustedes— que la buena suerte les lleve a alguna parte donde sean libres para
mantener el tipo de integridad que he descrito, y donde no se vean forzados a
perder la integridad por una necesidad de mantener su posición en la
organización, o de apoyo financiero, o algo similar. Quizá ustedes tengan esa
libertad. Puedo darles también un último consejo: no digan nunca que van a dar
una charla a menos que sepan claramente de qué van a hablar y más o menos qué
es lo que van a decir.
Capítulo 11
Tan sencillo como uno, dos, tres
Una llamativa historia de Feynman, estudiante
precoz que experimenta —consigo mismo, con sus calcetines, su máquina de
escribir y sus compañeros estudiantes— para resolver los misterios del recuento
y del tiempo.
Cuando yo era un niño que crecía en Far Rockaway, tenía un amigo que se llamaba
Bernie Walker. Los dos teníamos «laboratorios» en casa, y hacíamos
«experimentos» diversos. Una vez estábamos discutiendo algo —debíamos tener
once o doce años por entonces— y yo dije: «Pero pensar no es otra cosa que hablar
para tu interior».
— ¿Sí? —dijo Bernie—. ¿Conoces la forma endiablada del cigüeñal de un
automóvil?
—Sí. ¿Qué pasa con ella?
—Bien. Ahora, dime ¿cómo la describes cuando te estás hablando a ti mismo?
Así aprendí de Bernie que los pensamientos pueden ser visuales tanto como
verbales.
Más tarde, en la universidad, empecé a interesarme por los sueños. Me
preguntaba cómo era posible que las cosas pareciesen tan reales, igual que si
la luz estuviera incidiendo en la retina del ojo, aunque los ojos están cerrados:
¿están siendo estimuladas de alguna otra forma las células nerviosas de la
retina —por el propio cerebro, quizá—, o tiene el cerebro algún «departamento
de juicio» que rebosa mientras se sueña? La psicología nunca me dio respuestas
satisfactorias a tales preguntas, aunque me interesé por el funcionamiento del
cerebro. En su lugar, había todas esas cosas sobre la interpretación de los
sueños y todo eso.
Cuando estaba en la facultad en Princeton, un tonto artículo de psicología
suscitó muchas discusiones. El autor había decidido que lo que controlaba la
«sensación del tiempo» en el cerebro es una reacción química en la que
interviene el hierro. Yo pensé: «¿Cómo demonios se le pudo ocurrir eso?».
Pues así es como lo hizo: su mujer tenía una fiebre crónica muy variable.
Entonces él tuvo la idea de poner a prueba la sensación del tiempo que ella
experimentaba. Hizo que ella contara segundos mentalmente (sin mirar el reloj),
y comprobó cuánto tiempo tardaba en contar hasta sesenta. Tuvo a la pobre mujer
contando durante todo el día: cuando su fiebre subía, él comprobó que ella
contaba más rápido; cuando la fiebre bajaba, contaba más despacio. Así que,
concluyó él, lo que gobernaba la «sensación de tiempo» en el cerebro debía
funcionar a más velocidad cuando ella tenía fiebre que cuando no tenía fiebre.
Siendo un tipo «científico», el psicólogo sabía que el ritmo de una reacción
química varía con la temperatura del entorno de acuerdo con una fórmula que
depende de la energía de la reacción. Midió las diferencias en la velocidad de
recuento de su mujer y determinó cómo variaba esta velocidad con la temperatura
corporal. Luego trató de encontrar una reacción química cuya velocidad variara
con la temperatura de una forma similar a la velocidad de recuento de su mujer.
Encontró que las reacciones con hierro eran las que mejor encajaban en la
pauta. Y de este modo dedujo que la sensación de tiempo de su mujer estaba
gobernada por una reacción química en su cuerpo en la que intervenía el hierro.
Bien, a mí todo esto me parecía un montón de disparates; había muchas cosas que
podían ser erróneas en su larga cadena de razonamientos. Pero era una
pregunta interesante: ¿Qué es lo que determina la sensación del
tiempo? Cuando tratas de contar a un ritmo uniforme, ¿de qué depende ese ritmo?
¿Y qué puedes hacer tú para cambiarlo?
Decidí investigar. Empecé a contar segundos —por supuesto, sin mirar el reloj—
hasta 60, a un ritmo pausado y constante: 1, 2, 3, 4, 5… Cuando llegué a 60
solo habían pasado 48 segundos, pero eso no me preocupó. El problema no era
contar exactamente un minuto, sino contar a un ritmo estándar. La próxima vez
que conté hasta 60, habían pasado 49 segundos. La próxima vez, 48. Luego 47,
48, 49, 48, 49… Así que descubrí que podía contar a un ritmo bastante regular.
Ahora bien, si yo me sentaba simplemente, sin contar, y esperaba hasta que
pensaba que había pasado un minuto, eso sí era muy irregular: había grandes
variaciones. Así que descubrí que es muy pobre estimar un minuto por pura
conjetura. Pero contando, yo podía ser muy preciso.
Ahora que sabía que podía contar a un ritmo regular, la siguiente pregunta era:
¿qué afecta al ritmo?
Quizá tenga algo que ver con el ritmo cardiaco. Así que empecé a subir y bajar
las escaleras, arriba y abajo, para que mi corazón latiera muy deprisa. Luego
entré en mi habitación, me tumbé en la cama y conté hasta 60.
También probé a subir y bajar las escaleras y contar para mí mientras estaba
subiendo y bajando.
Los otros muchachos me veían subir y bajar las escaleras, y se reían. « ¿Qué
estás haciendo?».
Yo no podía responderles —lo que hizo que me diera cuenta de que no podía
hablar mientras estaba contando mentalmente— y seguía subiendo y bajando las
escaleras, como un idiota.
(Los muchachos de la facultad solían mirarme como a un idiota. En otra ocasión,
por ejemplo, un muchacho entró en mi habitación —yo había olvidado cerrar la
puerta durante el «experimento»— y me encontró en una silla con mi pesado
abrigo de piel de carnero, asomado a la ventana abierta de par en par en pleno
invierno, sosteniendo un cazo en una mano y removiéndolo con la otra. «¡No me
molestes! ¡No me molestes!», dije. Yo estaba removiendo gelatina y observándola
atentamente: me había picado la curiosidad por saber si la gelatina se
coagularía con el frío si la mantenías en movimiento constante).
En cualquier caso, después de tratar todas las combinaciones de subir y bajar
las escaleras y tumbarme en la cama, ¡sorpresa! El ritmo cardiaco no tenía
efecto. Y puesto que yo me acaloraba mucho subiendo y bajando las escaleras,
imaginé que la temperatura tampoco tenía nada que ver con ello (aunque debía
haber sabido que la temperatura no aumenta realmente cuando uno hace
ejercicio). De hecho, no pude encontrar nada que afectara a mi ritmo de
recuento.
Subir y bajar escaleras acabó por hacerse muy aburrido, así que empecé a contar
mientras hacía cosas que tenía que hacer de todas formas. Por ejemplo, cuando
iba a la lavandería, tenía que rellenar un formulario diciendo cuántas camisas
tenía, cuántos pantalones, etc. Descubrí que podía escribir «3» delante de
«pantalones» o «4» delante de «camisas», pero no podía contar mis calcetines:
había demasiados. Estoy utilizando ya mi «máquina de contar»… 36, 37, 38… y
aquí están todos estos calcetines delante de mí… 39, 40, 41… ¿Cómo cuento los
calcetines?
Descubrí que podía disponerlos en formas geométricas, como un cuadrado, por
ejemplo: un par de calcetines en esta esquina, un par en esa, un par aquí, y un
par allí; ocho calcetines.
Continué con este juego de contar por pautas, y descubrí que podía contar las
líneas de un artículo de periódico agrupando las líneas en pautas de 3, 3, 3 y
1 para dar 10; luego 3 de esas pautas, 3 de esas pautas, 3 de esas pautas y 1
de aquellas pautas hacían 100. Seguí así hasta el final del periódico. Una vez
que había acabado de contar hasta 60, sabía en qué parte de la pauta estaba y
podía decir: «He llegado a 60, y hay 113 líneas». Descubrí que incluso
podía leer los artículos mientras contaba hasta 60, ¡y no
afectaba al ritmo! De hecho, podía hacer cualquier cosa mientras contaba para
mí, excepto hablar en voz alta, por supuesto.
¿Qué pasa con escribir a máquina copiando palabras de un libro? Descubrí que
podía hacerlo también, pero aquí mi ritmo cambió. Yo estaba excitado:
¡finalmente había encontrado algo que parecía afectar a mi ritmo de recuento!
Lo investigué más a fondo.
Yo seguía, escribiendo a máquina las palabras sencillas a gran velocidad,
contando para mí mismo 19, 20, 21, escribiendo a máquina, contando 27, 28, 29,
escribiendo a máquina, hasta… ¿Qué demonios es esta palabra? Oh, sí… y entonces
sigo contando 30, 31, 32, y así sucesivamente. Cuando llegué a 60, estaba
retrasado.
Tras alguna introspección y más observación me di cuenta de lo que debía haber
sucedido: yo interrumpía mi recuento cuando llegaba a una palabra difícil que
«necesitara más cerebro», por así decir. Mi ritmo de recuento no se frenaba: lo
que sucedía, más bien, era que el propio recuento se interrumpía
momentáneamente de vez en cuando. Contar hasta 60 había llegado a ser algo tan
automático que al principio ni siquiera noté las interrupciones.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, informé de los resultados de todos
estos experimentos a los otros muchachos que estaban en la mesa. Les dije todas
las cosas que yo podía hacer mientras contaba mentalmente, y dije que lo único
que no podía hacer en absoluto mientras contaba mentalmente era hablar.
Uno de los muchachos, un colega llamado John Tukey, dijo: «Yo no creo que
puedas leer, y no veo por qué no puedes hablar. Te apuesto a que yo puedo
hablar mientras cuento mentalmente, y te apuesto a que tú no puedes leer».
Así que yo hice una demostración: ellos me dieron un libro y yo leí durante un
rato, mientras contaba para mí. Cuando llegué a 60 dije: «¡Ahora!»: habían
pasado 48 segundos, mi tiempo normal. Luego les conté lo que había leído.
Tukey estaba asombrado. Después de ponerle a prueba varias veces para ver cuál
era su tiempo normal, él empezó a hablar: «María tenía un corderito; yo puedo
decir lo que quiera, no hay ninguna diferencia; no sé qué es lo que te
molesta»… bla, bla, bla, y finalmente: «¡Ya está!». ¡Clavó su tiempo! ¡Yo no
podía creerlo!
Hablamos un rato sobre ello y descubrimos algo. Resulta que Tukey estaba
contando de una forma diferente: él visualizaba una cinta que iba pasando con
números. Decía: «María tenía un corderito», y él observaba. Bien,
ahora estaba claro: él está «mirando» su cinta que pasa, de modo que no puede
leer, y yo estoy «hablando» para mí cuando estoy contando, de modo que no puedo
hablar.
Tras este descubrimiento, traté de imaginar una forma de leer en voz alta
mientras contaba, algo que ninguno de los dos podíamos hacer. Yo imaginaba que
tendría que utilizar una parte de mi cerebro que no interfiriera con los
departamentos de la visión o el habla, así que decidí utilizar mis dedos puesto
que eso implicaba el sentido del tacto.
Pronto conseguí contar con mis dedos y leer en voz alta. Pero yo quería que
todo el proceso fuera mental, y no descansase en ninguna actividad física. Así
que traté de imaginar la sensación de mis dedos moviéndose mientras yo estaba
leyendo en voz alta.
Nunca lo conseguí. Imaginé que era porque no había practicado lo suficiente,
pero podría ser imposible: nunca encontré a nadie que pudiera hacerlo.
Con este experimento Tukey y yo descubrimos que lo que pasa por las cabezas de
distintas personas cuando piensan que están haciendo lo mismo
—algo tan simple como contar— es diferente para distintas personas.
Y descubrimos que hay una forma externa y objetiva de comprobar cómo trabaja el
cerebro: no hay que preguntar a una persona cómo cuenta y fiarse de sus propias
observaciones; en lugar de ello, hay que observar lo que la persona puede hacer
y no puede hacer mientras cuenta. El test es absoluto. No hay forma de batirlo,
no hay forma de falsearlo.
Resulta natural explicar una idea en términos de lo que uno ya tiene en su
cabeza. Los conceptos se apilan uno encima de otro: esta idea se enseña en
términos de esa otra, y esa se enseña en términos de otra, que procede de
contar, ¡y eso puede ser muy diferente para personas diferentes!
A menudo pienso sobre esto, especialmente cuando estoy enseñando alguna técnica
esotérica tal como la integración de funciones de Bessel. Cuando veo las
ecuaciones, veo las letras en colores; no sé por qué. Mientras estoy hablando,
veo imágenes vagas de funciones de Bessel del libro de Jahnke y Emde[45], donde
flotan js de color marrón claro, ns ligeramente
de color violeta, y xs marrón oscuro. Y me pregunto qué
demonios debe parecerle a los estudiantes.
Capítulo 12
Richard Feynman construye un universo
En una entrevista hasta ahora inédita, realizada
bajo los auspicios de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia,
Feynman recuerda su vida en la ciencia: su aterradora primera conferencia ante
una audiencia repleta de premios Nobel; la invitación a trabajar en la primera
bomba atómica y su reacción a ello; la ciencia tipo «cultos cargo»; y esa
extemporánea llamada de madrugada de un periodista que le informaba de que
acababa de ganar el Premio Nobel. Respuesta de Feynman: «Podría usted habérmelo
dicho por la mañana».
Mel Feynman era un viajante de una empresa de
uniformes en la ciudad de Nueva York. El 11 de mayo de 1918 recibió con alegría
el nacimiento de su hijo Richard. Cuarenta y siete años después, Richard
Feynman recibía el Premio Nobel de Física. En muchos aspectos, Mel Feynman tuvo
mucho que ver con dicho logro, como relata Richard Feynman.
Bueno, antes de que yo naciera, él [mi padre] le
dijo a mi madre que «este niño va a ser un científico». No se pueden decir
ahora cosas así ante los movimientos de liberación de las mujeres, pero esas
son las cosas que se decían aquellos días. Pero él nunca me dijo que yo tenía
que ser científico… Me enseñó a apreciar las cosas que iba conociendo. Nunca
hubo ninguna presión. Más adelante, cuando yo había crecido, él me llevaba a
dar paseos por el bosque y me mostraba los animales y los pájaros y todo eso… me
hablaba de las estrellas y de los átomos y todo lo demás. Me decía lo que
pasaba con ellos y qué los hacía tan interesantes. Tenía una actitud hacia el
mundo y una manera de mirarlo que yo encontraba profundamente científica para
un hombre que no tenía una formación científica directa.
Richard Feynman es ahora profesor de física en el
Instituto de Tecnología de California en Pasadena, donde ha permanecido desde
1950. Dedica parte de su tiempo a la enseñanza y otra parte a teorizar sobre
los minúsculos fragmentos de materia con los que está construido nuestro
universo. A lo largo de su carrera, su imaginación a veces poética le ha
llevado a muchas áreas exóticas: las matemáticas implicadas en la construcción
de una bomba atómica, la genética de un virus simple y las propiedades del helio
a temperaturas extremadamente bajas. El trabajo que le valió el Premio Nobel
por el desarrollo de la teoría de la electrodinámica cuántica ayudó a resolver
muchos problemas físicos de un modo más directo y más eficiente que lo que
había sido posible hasta entonces. Pero, una vez más, lo que puso en marcha esa
larga cadena de logros fueron largos paseos por el bosque con su padre.
Él tenía su modo de mirar las cosas. Solía decir:
«Supongamos que fuéramos marcianos que veníamos a la Tierra y mirábamos a estas
extrañas criaturas que hacen cosas; ¿qué pensaríamos? Por ejemplo —decía—,
supongamos que nosotros no dormíamos nunca: somos marcianos y tenemos una
conciencia que trabaja continuamente. Y entonces nos encontramos con estas
criaturas que paran durante ocho horas todos los días, cierran sus ojos y se
quedan más o menos inertes. Tendríamos una pregunta interesante que hacerles.
Les diríamos: “¿Qué se siente durante todo este tiempo? ¿Qué pasa con sus
ideas? Ustedes están funcionando muy bien, están pensando con claridad y… ¿qué
sucede entonces?, ¿se para todo repentinamente o se va haciendo todo cada vez
más lento hasta que llega a pararse? ¿Cómo exactamente desconectan ustedes sus
pensamientos?”». Más tarde reflexioné mucho sobre ello, y cuando estaba en la
universidad hice experimentos para tratar de descubrir la respuesta a qué es lo
que sucede con los pensamientos de uno cuando se duerme.
Inicialmente, el doctor Feynman tenía intención de
ser ingeniero eléctrico, utilizar la física para hacer cosas útiles para él y
el mundo que le rodeaba. No tardó mucho en darse cuenta de que lo que más le
interesaba realmente era aquello que hace que las cosas funcionen, los
principios teóricos y matemáticos que subyacen a la actuación del propio
universo. Su mente se convirtió en su laboratorio.
Cuando yo era joven, lo que llamo el laboratorio
era tan solo un lugar para juguetear, hacer radios, artilugios, fotocélulas y
cualquier otra cosa. Me quedé muy sorprendido cuando descubrí a qué le llaman
laboratorio en una universidad. Es un lugar donde se supone que uno mide algo
de forma muy seria. Yo nunca medí una maldita cosa en mi laboratorio. Solo
jugueteaba y hacía cosas. Este era el tipo de laboratorio que tenía cuando era
joven y pensaba de esa manera. Pensaba que ese era el camino que yo iba a seguir.
Pues bien, en ese laboratorio tenía que resolver ciertos problemas. Solía
reparar radios. Por ejemplo, tenía que coger una resistencia para ponerla en
serie con un voltímetro de modo que este operase con diferentes escalas. Cosas
así. De modo que empecé a descubrir estas fórmulas, las fórmulas de la
electricidad, y un amigo mío tenía un libro con fórmulas sobre electricidad y
con las relaciones entre las resistencias. Tenía cosas como: la potencia es el
producto de la intensidad de corriente por el voltaje; el voltaje dividido por
intensidad de corriente es la resistencia; había seis o siete fórmulas. A mí me
parecía que todas estaban relacionadas, que no eran realmente independientes,
sino que unas podían derivarse de otras. Y así, empecé a tantear y, a partir
del álgebra que había aprendido en la escuela, entendí la forma de hacerlo. Me
di cuenta de que las matemáticas eran importantes en este asunto.
Así que cada vez me interesé más por el asunto de las matemáticas asociadas a
la física. Además, las matemáticas por sí mismas tenían un gran atractivo para
mí. Las amé toda mi vida. […]
Después de graduarse en el Instituto de Tecnología
de Massachusetts, Richard Feynman se trasladó a la Universidad de Princeton,
aproximadamente 700 kilómetros al suroeste, donde finalmente obtendría su
doctorado. Fue allí, a la edad de veinticuatro años, cuando dio su primer
seminario formal. Fue una conferencia llena de acontecimientos.
Cuando era licenciado trabajaba como ayudante de
investigación con el profesor Wheeler[46], y juntos
habíamos elaborado una nueva teoría sobre cómo actuaba la luz, cómo tenía lugar
la interacción entre átomos en diferentes lugares; en aquella época era una
teoría aparentemente interesante. Así que el profesor Wigner, que era quien
organizaba los seminarios, sugirió que diéramos un seminario sobre ello, y el
profesor Wheeler dijo que puesto que yo era joven y no había dado ningún
seminario antes, sería una buena oportunidad para aprender a hacerlo. Así que
esta fue la primera charla técnica que di.
Empecé a prepararlo. Entonces vino Wigner y me dijo que pensaba que el trabajo
era suficientemente importante y por ello había invitado especialmente al
seminario al profesor Pauli, que era un gran profesor de física que procedía de
Zurich, al profesor Von Neumann, el mayor matemático del mundo; a Henri Norris
Russell, el famoso astrónomo, y a Albert Einstein, que vivía allí cerca. Me
debí quedar absolutamente pálido o algo similar porque él me dijo: «Ahora no te
pongas nervioso, no te preocupes por ello. Antes de nada, si el profesor
Russell se queda dormido, no te sientas mal, porque él siempre se queda dormido
en las conferencias. Cuando el profesor Pauli mueva la cabeza mientras tú
hablas, no te animes, porque él siempre mueve la cabeza, tiene parálisis», y
así sucesivamente. Esto me tranquilizó un poco, pero seguía preocupado. Así que
el profesor Wheeler me prometió que él respondería a todas las preguntas y que
todo lo que yo tenía que hacer sería dar la conferencia.
Recuerdo mi entrada… ustedes pueden imaginarse esa primera vez, era como
atravesar un fuego. Había escrito todas las ecuaciones en la pizarra por
adelantado, así que toda la pizarra estaba llena de ecuaciones. A la gente no
le gustan tantas ecuaciones, prefieren entender las ideas. Y recuerdo que
entonces me levanté para hablar y allí estaban estos grandes hombres entre la
audiencia: era aterrador. Aún puedo ver mis propias manos cuando sacaba los
artículos del sobre en donde los llevaba. Temblaban. Pero en cuanto cogí el
papel y empecé a hablar me sucedió algo que siempre me ha sucedido desde
entonces y que es maravilloso. Si estoy hablando de física, amo el tema, solo
pienso en física, no me preocupa dónde estoy; no me preocupo por nada. Y todo
fue muy fácil. Simplemente expliqué todo el asunto lo mejor que pude. No pensé
en quién había allí. Solo pensaba en el problema que estaba explicando. Y al
final, cuando llegara el tiempo de las preguntas, yo no tenía nada por lo que
preocuparme porque el profesor Wheeler iba a responderlas. El profesor Pauli se
puso de pie, estaba sentado junto al profesor Einstein. Dijo: «Yo no creo que
esta teoría pueda ser correcta debido a esto y aquello y esta otra cosa y así
sucesivamente, ¿no está usted de acuerdo, profesor Einstein?». Einstein dijo:
«No-o-o-o», y ese fue el no más bonito que he oído nunca.
Fue en Princeton donde Richard Feynman supo que
incluso si él viviera toda su vida en el mundo de las matemáticas y la física
teórica, había otro mundo ahí fuera que insistiría en hacerle demandas muy
prácticas. En aquellos años el mundo estaba en guerra, y Estados Unidos acababa
de empezar a trabajar en la bomba atómica.
Precisamente en aquella época, Bob Wilson entró en
mi habitación para hablarme de un proyecto que estaba empezando y que tenía que
ver con producir uranio para bombas atómicas. Dijo que había una reunión a las
tres y que era un secreto, pero él sabía que cuando yo supiese cuál era el
secreto tendría que ir con él, de modo que no había peligro en decírmelo. Dije:
«Cometes un error al contarme el secreto. No voy a ir contigo. Me vuelvo a
hacer mi trabajo, a trabajar en mi tesis». Él salió de la habitación diciendo:
«Vamos a tener una reunión a las tres». Eso [sucedió] por la mañana. Empecé a
caminar por el piso y a pensar en las consecuencias que tendría que la bomba
estuviese en manos de los alemanes y todo eso, y decidí que era muy excitante y
muy importante hacerlo. Así que fui a la reunión de las tres y dejé de trabajar
en mi doctorado.
El problema consistía en que había que separar los isótopos del uranio para
construir una bomba. El uranio se presenta básicamente en dos isótopos, y el
U235 era el reactivo y queríamos separarlos. Wilson había ideado un esquema
para hacer la separación —formar un haz de iones y agrupar los iones— basado en
que la velocidad de los dos isótopos a una misma energía es ligeramente
diferente. Así que si uno crea pequeños montones y los hace descender por un
largo tubo, uno de los isótopos se adelanta al otro y pueden separarse de este
modo. Ese era el plan que él tenía. Yo era un teórico en aquella época. Lo que
yo tenía que hacer inicialmente era descubrir si el dispositivo tal como estaba
diseñado iba a funcionar; ¿podría hacerse siquiera? Había un montón de
preguntas sobre las limitaciones del espacio de carga y todo eso, pero yo
deduje que podía hacerse.
Aunque Feynman dedujo que el método de Wilson para
separar isótopos de uranio era teóricamente posible, finalmente se utilizó otro
método para producir uranio235 para la bomba atómica. De todas formas, había
aún mucho sitio para Richard Feynman y su teorización de alto nivel en el
laboratorio principal en Los Álamos, Nuevo México, encargado de desarrollar la
bomba. Tras la guerra, se unió al grupo del Laboratorio de Estudios Nucleares
en la Universidad de Cornell. Hoy tiene sentimientos encontrados acerca del
trabajo que desarrolló para hacer posible la bomba atómica. ¿Había hecho lo
correcto o lo equivocado?
No, yo no creo que estuviese equivocado en el
momento en que tomé la decisión. Pensé sobre ello y creí correctamente que era
muy peligroso que los nazis lo consiguieran. Sin embargo, hubo, creo yo, un
error en mi pensamiento, pues una vez que los alemanes fueron derrotados —eso
fue mucho después, tres o cuatro años después— seguíamos trabajando muy duro.
Yo no me detuve; ni siquiera consideré que ya no existía el motivo original
para hacerlo. Y eso es algo que aprendí: que si tienes alguna razón muy fuerte para
hacer algo y empiezas a trabajar en ello, debes reconsiderarlo todo de vez en
cuando y ver si siguen existiendo los motivos originales. En aquella época tomé
la decisión, creo que era correcta, pero quizá haya sido erróneo continuar sin
volver a plantearlo. No sé qué hubiera sucedido si lo hubiera reconsiderado.
Quizá hubiera decidido seguir de todas formas, no lo sé. Pero la cuestión de no
replantearlo cuando las condiciones originales que me hicieron tomar la
decisión original habían cambiado, eso es un error.
Después de cinco años estimulantes en Cornell, el doctor Feynman, como muchos
otros hombres del este antes y después de él, fue atraído por California y por
los igualmente estimulantes ambientes del Instituto de Tecnología de
California. Y había otras razones.
En primer lugar, el clima no es bueno en Ithaca. En segundo lugar, me gusta ir
a los clubs nocturnos y cosas así.
Bob Bacher me invitó a ir allí a dar una serie de conferencias sobre un trabajo
que yo había desarrollado en Cornell. Así que di la conferencia y él me dijo:
«¿Quieres que te preste mi automóvil?». Me encantó la idea y cogí su automóvil,
y todas las noches me daba una vuelta por Hollywood y Sunset Strip. Pasé unos
días muy buenos: esa mezcla de buen clima y un horizonte más amplio que el
disponible en una pequeña ciudad al norte del estado de Nueva York es lo que me
convenció finalmente para venir aquí. No fue muy duro. No fue un error. Era
otra decisión que no fue un error.
En la facultad del Instituto de Tecnología de
California, el doctor Feynman ejerce como Richard Chace Tolman Profesor de
Física Teórica. En 1954 recibió el Premio Albert Einstein, y en 1962 la
Comisión de Energía Atómica le concedió el Premio E. O. Lawrence por
«contribuciones especialmente meritorias al desarrollo, uso y control de la
energía atómica». Finalmente, en 1965, recibió el premio científico más
importante de todos, el Premio Nobel. Lo compartió con Sin-Itiro Tomonaga de
Japón y Julian Schwinger de Harvard. Para el doctor Feynman, el Premio Nobel
supuso un rudo despertar.
Sonó el teléfono, el tipo dijo [que era] de alguna
emisora de radio. Yo estaba muy molesto porque me hubieran despertado. Esa fue
mi reacción natural. Ya saben, uno está medio dormido y fastidiado. Así que el
tipo dice: «Nos gustaría informarle de que ha ganado el Premio Nobel». Y yo
pienso para mí —vean, aún estoy fastidiado— que eso no estaba registrado. Así
que dije: «Podría habérmelo dicho por la mañana». Y él dice: «Pensaba que le
gustaría saberlo». Bien, dije que estaba dormido y colgué el teléfono. Mi mujer
preguntó: «¿Quién era?», y yo le anuncié: «He ganado el Premio Nobel». «Sigue,
me estás tomando el pelo». A menudo he tratado de engañarla pero nunca lo
consigo. Cada vez que trato de engañarla ella me descubre, pero esta vez estaba
equivocada. Pensaba que yo estaba bromeando. Pensaba que era algún estudiante
borracho o algo parecido. Así que no me creyó. Pero cuando diez minutos más
tarde llegó la segunda llamada telefónica procedente de un periódico, le dije
al tipo: «Sí, ya lo he oído, déjeme en paz». Luego descolgué el auricular y
pensé que iba a volverme a dormir y que a las ocho colgaría de nuevo el
auricular. No pude volverme a dormir, y mi mujer tampoco. Me levanté y me puse
a andar, y finalmente colgué el auricular y empecé a contestar las llamadas.
Poco tiempo después, iba en taxi a algún lugar y el taxista empieza a hablar y
yo hablo con él y le cuento mis problemas con las preguntas que me hacen estos
tipos y que yo no sé cómo explicarme. Dice él: «Oí una entrevista que le
hicieron a usted, le vi en televisión. Un tipo le preguntó: “¿Querría explicar
en dos minutos lo que hizo para ganar el premio?”. Y usted trató de hacerlo y
era una locura. ¿Sabe lo que yo hubiera dicho? “Diablos, hombre, si yo pudiera
decírselo en dos minutos no hubiera merecido el Premio Nobel”». Así que esa es
la respuesta que yo doy desde entonces. Cuando alguien me pregunta, le digo
siempre: si yo pudiera explicarlo fácilmente, no hubiera merecido el Premio
Nobel. Realmente no es muy limpio, pero es una respuesta divertida.
Como se ha mencionado antes, el doctor Feynman
recibió el Premio Nobel por sus contribuciones al desarrollo de una teoría que
iba a definir el campo recién emergente de la electrodinámica cuántica. Es,
como dice el doctor Feynman, «La teoría de todo lo demás». No se aplica a la
energía nuclear o a la fuerza de la gravedad, sino que se aplica a la
interacción de los electrones con las partículas de la luz llamadas fotones.
Subyace a la forma en que fluye la electricidad, al fenómeno del magnetismo, y
a la forma en que se producen los rayos X e interaccionan con otras formas de
materia. El adjetivo «cuántica» en electrodinámica cuántica remite a una teoría
de mediados de los años veinte que establece que los electrones que rodean al
núcleo de todo átomo están limitados a ciertos estados cuánticos o niveles de
energía. Solo pueden estar en dichos niveles y en ningún lugar intermedio. Los
niveles cuantizados de energía se determinan por la intensidad de la luz que
absorbe el átomo, entre otras cosas.
Una de las mayores y más importantes herramientas
de la física teórica es la papelera. Uno tiene que saber cuándo tiene que
dejarlo, ¿no? De hecho, yo aprendí casi todo lo que sé sobre electricidad,
magnetismo y mecánica cuántica y todo lo demás al intentar desarrollar esta
teoría. Y por lo que obtuve en definitiva el Premio Nobel fue porque, en 1947,
la teoría habitual para la gente, la teoría ordinaria que yo estaba tratando de
corregir y cambiar, se veía en dificultades; por eso es por lo que yo trataba de
corregirla. Pero Bethe había descubierto que si uno hace justamente las cosas
correctas, si desprecia algunas cosas y no desprecia otras, si hace lo
correcto, puede obtener respuestas correctas que se pueden comparar con los
experimentos; y él me hizo algunas sugerencias. Por entonces yo sabía bastante
de electrodinámica porque había estado ensayando esta teoría loca y la había
escrito en 655 formas diferentes; y por eso yo sabía cómo hacer lo que él
quería, cómo controlar y organizar este cálculo de una manera muy uniforme y
conveniente, y cómo obtener métodos potentes para hacerlo. En otras palabras,
utilicé el material, la maquinaria que había desarrollado para mi propia
teoría, y lo apliqué a la vieja teoría —ahora suena bastante obvio, pero no
pensé en ello durante años— y descubrí que era extraordinariamente potente para
esa época y pude hacer cosas con la vieja teoría de un modo mucho más rápido
que lo que cualquiera había hecho antes.
Además de muchas otras cosas, la teoría de la
electrodinámica cuántica del doctor Feynman proporciona nuevas ideas para
entender las fuerzas que mantienen unida a la materia. También añade algo más a
lo que sabemos de las propiedades de las partículas infinitamente pequeñas y de
corta vida a partir de las que está compuesta cualquier otra cosa en el
universo. A medida que los físicos han penetrado cada vez más en la estructura
de la materia, han descubierto que lo que en tiempos parecía muy simple puede
ser muy complejo, y que lo que en tiempos parecía muy complejo puede ser muy
simple. Sus herramientas son los colisionadores de átomos de alta energía que
pueden romper las partículas atómicas en fragmentos cada vez más pequeños.
Para empezar, miramos la materia y vemos muchos
fenómenos diferentes: vientos y olas, y la luna y todo este tipo de cosas. Y
tratamos de reorganizarlo. ¿Es el movimiento del viento similar al movimiento
de las olas, y así sucesivamente? Poco a poco descubrimos que muchas,
muchísimas cosas son similares. No hay una variedad tan grande como creíamos.
Tenemos todos los fenómenos y tenemos los principios subyacentes, y uno de los
principios más útiles parecía ser la idea de que las cosas están hechas de otras
cosas. Descubrimos, por ejemplo, que toda la materia estaba hecha de átomos, y
así se entienden muchas cosas a medida que se entienden las propiedades de los
átomos. Al principio se supone que los átomos son simples, pero resulta que
para explicar todas las variedades y todos los fenómenos de la materia, los
átomos tienen que ser más complicados, y que hay 92 tipos de átomos. De hecho,
hay muchos más, porque los hay con pesos diferentes. El problema siguiente era
comprender la variedad de las propiedades de los átomos. Y descubrimos que
podemos comprenderla si hacemos que los propios átomos estén hechos de
constituyentes: en este caso concreto, un núcleo en torno al cual giran
electrones. Y que los diferentes átomos consisten solo en números diferentes de
electrones. Es un sistema bellamente unificador que funciona.
Todos los diferentes átomos son tan solo el mismo objeto con un número
diferente de electrones. Sin embargo, los núcleos difieren. Y así empezamos a
estudiar los núcleos. Hubo una gran variedad en cuanto empezamos a realizar
experimentos haciendo chocar núcleos… Rutherford y todo eso. Esto fue a partir
de 1914, y al principio parecía que eran complicados. Pero luego se advirtió
que podían entenderse si también están compuestos de constituyentes. Están
hechos de protones y neutrones que interaccionan mediante cierta fuerza que los
mantiene unidos. Para entender los núcleos tenemos que entender dicha fuerza un
poco mejor. Dicho sea de paso, en el caso de los átomos había también una
fuerza: es una fuerza eléctrica y la entendemos. Así que además de los
electrones estaba también la fuerza eléctrica, que representamos mediante
fotones de luz. La luz y la fuerza eléctrica están integradas en algo llamado
fotones, de modo que el mundo exterior, por así decir, el mundo fuera del
núcleo consiste en electrones y fotones. Y la teoría del comportamiento de los
electrones es la electrodinámica cuántica, y por trabajar en ella es por lo que
obtuve el Premio Nobel.
Pero ahora entramos en los núcleos y descubrimos que podrían estar formados por
protones y neutrones, pero está esta extraña fuerza. Tratar de entender esta
fuerza es el siguiente problema. Yukawa sugirió que podría haber otras
partículas, y por eso hicimos experimentos haciendo chocar protones y neutrones
de alta energía; y realmente salieron cosas nuevas, igual que se producen
fotones cuando se hacen chocar electrones de energía suficientemente alta. Así
que tenemos estas cosas nuevas que salen. Eran mesones. Parecía entonces que
Yukawa tenía razón. Continuamos haciendo experimentos. Y lo que sucedió
entonces fue que obtuvimos una tremenda variedad de partículas; no solo un tipo
de fotón, ya ven, sino que hicimos chocar fotones y neutrones y obtuvimos más
de 400 tipos de partículas diferentes: partículas lambda, partículas sigma…
Todas diferentes. Y mesones π y mesones K, y así sucesivamente. Bueno, también
obtuvimos muones, dicho sea de paso, pero estos no tienen aparentemente nada
que ver con los neutrones y los protones. Al menos no más que los electrones.
Se trata de una extraña pieza extra que no entendemos para qué sirve. Es
simplemente como un electrón, pero más pesado. De modo que tenemos electrones y
muones que no interaccionan fuertemente con estas otras cosas. A estas otras
cosas las llamamos partículas con interacción fuerte, o hadrones. Incluyen a
protones y neutrones y todas las cosas que uno obtiene inmediatamente cuando
los hace chocar con mucha fuerza. Así que el problema ahora es tratar de
representar las propiedades de todas estas partículas de alguna forma
organizada. Ese es un gran juego y todos estamos trabajando en ello. Se
denomina física de altas energías o física de partículas fundamentales. Se
suele llamar física de partículas fundamentales, pero nadie puede creer que 400
constituyentes diferentes sean fundamentales. Otra posibilidad es que ellas
mismas estén formadas por algunos constituyentes más profundos; esa parece ser
una posibilidad razonable. Por eso se ha inventado una teoría, la teoría de los
quarks, según la cual algunas de estas cosas como el protón, por ejemplo, o el
neutrón, están formados por tres objetos llamados quarks.
Nadie ha visto todavía un quark; y es mala suerte,
porque podrían representar el bloque constituyente fundamental para todos los
demás átomos y moléculas complicados que constituyen el universo. El nombre fue
escogido, sin que hubiera ninguna razón especial para ello, por un colega del
doctor Feynman, Murray Gell-Man, hace algunos años. Para sorpresa del doctor
Gell-Man, el novelista irlandés James Joyce ya había anticipado ese nombre
treinta años antes en su libro Finnegan’s Wake. La frase clave era «tres quarks por Muster Mark».
Esto suponía una coincidencia incluso mayor puesto que, como explicaba el
doctor Feynman, los quarks que constituyen las partículas del universo parecen
darse en grupos de tres. En la búsqueda de los quarks, los físicos hacen chocar
protones y neutrones a energías muy altas con la esperanza de que se dividirán
en sus quarks constituyentes.
Muy cierto, y una de las cosas que está retrasando
la teoría de los quarks es que obviamente es complicada, porque si las cosas
estuvieran hechas de quarks, si hacemos chocar dos protones, deberíamos
producir a veces tres quarks. Resulta que en este modelo de quarks del que
estamos hablando, los quarks llevan cargas eléctricas muy peculiares. Todas las
partículas que conocemos en el mundo tienen cargas enteras. Normalmente una
carga eléctrica positiva, una negativa o una carga nula. Pero la teoría de quarks
dice que los quarks llevan cargas como menos un tercio o más dos tercios de una
carga eléctrica normal. Y si existiera una partícula semejante, se pondría
fácilmente de manifiesto porque el número de burbujas que formaría en una
cámara de burbujas cuando deja una traza sería mucho [menor]. Supongamos que
tuviera una carga de un tercio; entonces excitaría una novena parte —un tercio
al cuadrado— de átomos a lo largo de su camino, así que habría una novena parte
de átomos en su camino respecto a los que habría en el caso de una partícula
ordinaria. Y eso sería evidente; si uno ve una traza débilmente dibujada es que
hay algo raro. Y se ha buscado y buscado una traza semejante, y todavía no se
ha encontrado. Así que este es uno de los problemas graves. Ahí está la
excitación. ¿Estamos en el camino correcto o estamos dando vueltas en la más
completa oscuridad cuando la respuesta está en otra parte?, ¿o la estamos
husmeando de cerca y simplemente no la hemos alcanzado todavía? Y cuando la
alcancemos, entenderemos de golpe por qué el experimento parecía diferente.
¿Y qué pasa si estos experimentos a alta energía
con colisionadores de átomos y cámaras de burbujas muestran que el mundo está
hecho de quarks? ¿Seremos capaces de verlos alguna vez de un modo práctico?
Bien, en cuanto al problema de entender los
hadrones y los muones y demás, yo no puedo ver por el momento ninguna
aplicación práctica en absoluto, o prácticamente ninguna. En el pasado muchas
personas decían que no podían ver ninguna aplicación y más adelante se
encontraron aplicaciones. Con estos antecedentes, muchas personas prometerían
que cualquier cosa está abocada a ser útil. Sin embargo, para ser honesto…
Quiero decir que parece ridículo; decir que nunca saldrá nada útil es
obviamente una tontería. Así que voy a hacer una tontería y voy a decir que
estas malditas cosas nunca tendrán ninguna aplicación, hasta donde puedo
prever. Soy demasiado estúpido para verla. ¿Correcto? Entonces, ¿por qué
hacerlo? Las aplicaciones no lo son todo en el mundo. También es interesante
comprender de qué está hecho el mundo. Es el mismo interés, la misma curiosidad
del hombre que le lleva a construir telescopios. ¿Qué utilidad tiene descubrir
la edad del Universo? O ¿qué son esos cuásares que están explotando a grandes
distancias? Lo que quiero decir es, ¿qué utilidad tiene toda esa astronomía? No
tiene ninguna. De todas formas, es interesante. Es el mismo tipo de exploración
de nuestro mundo que yo estoy siguiendo, y es la curiosidad lo que yo estoy
satisfaciendo. Si la curiosidad humana representa una necesidad, entonces el
intento de satisfacer esta curiosidad es práctico en ese sentido. Así es como
yo lo consideraría por el momento. Yo no haría ninguna promesa de que vaya a
ser práctico en un sentido económico.
En cuanto a la propia ciencia y a lo que significa
para todos nosotros, el doctor Feynman dice que es reacio a filosofar sobre el
tema. De todas formas, eso no le impide lanzar algunas ideas interesantes y
provocativas acerca de lo que él cree que es y que no es la ciencia.
Bien, diré que es lo mismo que fue siempre desde el
día en que empezó. Es la búsqueda de comprensión de algún tema o alguna cosa
basada en el principio de que lo que sucede en la naturaleza es verdadero, y
esta es el juez de la validez de cualquier teoría sobre ella. Supongamos que
Lysenko dice que si uno corta las colas de las ratas durante 500 generaciones,
las ratas que nacen luego no tendrán cola. (Yo no sé si él dice eso o no.
Digamos que es el señor Jones el que lo dice). Entonces, si uno lo intenta y no
funciona, sabemos que no es cierto. Ese principio, la separación de lo
verdadero de lo falso mediante el experimento o la experiencia, ese principio y
el cuerpo de conocimiento resultante que es coherente con dicho principio, eso
es la ciencia.
Para la ciencia necesitamos también, además del experimento, muchos intentos de
generalización por parte del intelecto humano. De modo que no es meramente una
colección de todas aquellas cosas que resultan ser ciertas en los experimentos.
No es solo una colección de hechos acerca de lo que sucede cuando uno corta
colas [de ratas] porque eso sería demasiado para poder guardarlo en nuestras
cabezas. Hemos encontrado un gran número de generalizaciones. Por ejemplo, si
es cierto para ratas y gatos, decimos que es cierto para los mamíferos. Luego
descubrimos que es cierto para otros animales; luego descubrimos que es cierto
para las plantas, y finalmente se convierte en una propiedad de la vida hasta
cierto nivel y que no heredamos como un carácter adquirido. No es exactamente,
absolutamente cierto. Más tarde encontramos experimentos que muestran que las
células pueden transmitir información a través de las mitocondrias o alguna
otra cosa, de modo que introducimos modificaciones a medida que avanzamos. Pero
los principios deben ser lo más amplios posible, deben ser lo más generales
posible y seguir estando en completo acuerdo con el experimento: ese es el
reto.
Ya ven ustedes, el problema de obtener hechos a partir de la experiencia… suena
muy, muy simple. Solo hay que probar y ver. Pero el hombre tiene un carácter
débil y resulta que probar y ver es mucho más difícil de lo que ustedes
piensan. Tomemos, por ejemplo, la educación. Cierto tipo llega y ve la forma en
que la gente enseña matemáticas. Y dice: «Yo tengo una idea mejor. Haré un
computador de juguete y les enseñaré con él». Así que lo intenta con un grupo
de niños, él no ha conseguido muchos niños, quizá alguien le deja un aula para
intentarlo. A él le gusta lo que hace. Está entusiasmado. Entiende muy bien de qué
va el asunto. Los chicos saben que es algo nuevo, así que todos están
entusiasmados. Aprenden muy, muy bien, y aprenden la aritmética ordinaria mejor
que los otros chicos. Así que uno hace un test: ellos aprenden aritmética.
Entonces esto se registra como un hecho: que la enseñanza de la aritmética
puede mejorarse con este método. Pero no es un hecho, porque una de las
condiciones del experimento era que el mismo hombre que lo ideó era el que
estaba impartiendo la enseñanza. Lo que realmente quisiéramos saber es lo
siguiente: si simplemente se describe este método en un libro a un profesor
medio (y uno tiene que tener profesores medios; hay profesores por todo el
mundo y debe haber muchos que están en la media), que entonces toma este libro
y trata de enseñar con el método descrito, ¿será mejor o no? En otras palabras,
lo que sucede es que uno tiene todo tipo de afirmaciones de hechos sobre
educación, sobre sociología, incluso psicología…, todo tipo de cosas que son,
yo diría, pseudociencia. Se han hecho estadísticas que según dicen estaban
hechas con mucho cuidado. Se han hecho experimentos que no son realmente
experimentos controlados. [Los resultados] no son realmente repetibles en
experimentos controlados. Y se publica todo este material. Porque la ciencia
que se hace con cuidado ha tenido éxito; y se piensa que, haciendo algo
parecido, se obtiene algún honor. Yo tengo un ejemplo.
En las islas Solomon, como mucha gente sabe, los nativos no entendían los
aviones que llegaban durante la guerra y traían todo tipo de cosas para los
soldados. Así que ahora tienen cultos dedicados a los aviones. Construyen
pistas de aterrizaje artificiales y encienden hogueras a lo largo de las pistas
para imitar las balizas, y un pobre nativo se sienta en una caja de madera que
él ha construido, con auriculares de madera y varillas de bambú que representan
antenas, y mueve su cabeza atrás y adelante, y hay antenas de radar hechas de
madera y todo tipo de cosas con la esperanza de atraer a los aviones para que
les dejen cosas. Están imitando la acción. Es lo mismo que hacían los otros
tipos. Pues bien, una condenada buena parte de nuestra actividad moderna en
muchos, muchísimos campos, es ciencia de este tipo. Un remedo de la aviación.
Esa sí es una ciencia. Pero la ciencia de la educación, por ejemplo, no es
ciencia en absoluto. Es un montón de trabajo. Requiere un montón de trabajo
tallar esas cosas, esos aviones de madera. Pero eso no quiere decir que
realmente estén descubriendo algo. La criminología, la reforma penitenciaria
—entender por qué la gente comete crímenes; considerar el mundo—, las
entendemos cada vez más con nuestra moderna comprensión de estas cosas. Más
sobre educación, más sobre crimen; las puntuaciones en los test están bajando y
hay más gente en la cárcel; los jóvenes cometen crímenes, simplemente no lo
entendemos. Simplemente no está funcionando, no se descubre nada sobre estas
cosas con el tipo de imitación del método científico que están utilizando
ahora. Por otra parte, yo no sé si funcionaría el método científico en estos
campos si supiéramos cómo hacerlo. Es particularmente débil en este aspecto.
Quizá haya algún otro método, por ejemplo, tener en cuenta las ideas del pasado
y la experiencia acumulada por la gente durante mucho tiempo. El no prestar
atención al pasado solo es una buena idea cuando uno dispone de otra fuente de
información independiente y ha decidido seguirla. Pero uno tiene que pensar
bien a quién va a seguir si pretende [ignorar] la sabiduría de las personas que
han considerado esto y reflexionado sobre ello, y han llegado de forma no
científica a una conclusión. Ellos tienen tanto derecho a tener razón como el
que uno tiene en los tiempos modernos; a llegar igualmente de forma no
científica a una conclusión.
Bien, ¿cómo va eso? ¿Lo estoy haciendo bien como filósofo?
En esta edición del Futuro de la Ciencia —una serie
de entrevistas grabadas con laureados Nobel— han oído ustedes al doctor Richard
Feynman del Instituto de Tecnología de California. La serie ha sido preparada
bajo los auspicios de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia.
Capítulo 13
La relación entre ciencia y religión
En una especie de experimento mental, Feynman
adopta los diferentes puntos de vista presentes en un panel imaginario que
representara el pensamiento de científicos y espiritualistas, y discute los
puntos de acuerdo y de desacuerdo entre ciencia y religión, anticipando en dos
décadas el vivo debate actual entre estas dos vías esencialmente diferentes de
búsqueda de la verdad. Entre otras cuestiones se pregunta si los ateos pueden
tener una moral basada en lo que la ciencia les dice, de la misma forma que los
espiritualistas pueden tener una moral basada en su creencia en Dios, un tema
inusualmente filosófico para el pragmático Feynman.
En esta época de especialización, los hombres que dominan un campo son a menudo
incompetentes para discutir otro. Por esta razón, cada vez son menos frecuentes
los debates públicos sobre las relaciones entre aspectos diversos de la
actividad humana. Cuando pensamos en los grandes debates del pasado sobre estos
temas nos sentimos celosos de aquellos tiempos, pues nos hubiera gustado vivir
la emoción de dichas discusiones. Los viejos problemas, tales como el de la
relación entre ciencia y religión, siguen con nosotros y creo que presentan los
mismos dilemas difíciles de siempre, aunque no se suelen discutir públicamente
debido a las limitaciones que conlleva la especialización.
Pero yo llevo mucho tiempo interesado en este problema y me gustaría
discutirlo. En vista de mi evidente falta de conocimiento y comprensión de la
religión (una carencia que se irá haciendo cada vez más patente conforme
avancemos), voy a ordenar la discusión de este modo: supondré que no es solo un
hombre sino un grupo de hombres quienes están discutiendo el problema, que el
grupo consta de especialistas en muchos campos —las diversas ciencias, las
diversas religiones, etc.— y que vamos a analizar el problema desde varios
ángulos, como en un panel. Cada uno va a ofrecer su punto de vista, que podrá
ser moldeado y modificado por la discusión posterior. Además, imagino que
alguien ha sido elegido por sorteo para ser el primero en presentar sus ideas,
y yo he sido el elegido.
Empezaría planteando un problema al panel: un hombre joven, educado en una
familia religiosa, estudia una ciencia y, como resultado, empieza a tener dudas
—y quizá más tarde deja de creer— en el Dios de su padre. Este no es un caso
aislado; sucede una y otra vez. Aunque no tengo estadísticas, creo que muchos
científicos —de hecho, creo que mucho más de la mitad de los científicos— dejan
de creer realmente en el Dios de sus padres; es decir, no creen en un Dios en
el sentido convencional.
Ahora bien, puesto que la creencia en Dios es un aspecto fundamental de la
religión, este problema que he seleccionado nos lleva directamente al problema
de la relación entre ciencia y religión. ¿Por qué llega este joven a dejar de
creer?
La primera respuesta que podríamos oír es muy simple: ya lo ven, ha aprendido
de los científicos y (como acabo de señalar) todos ellos son ateos de corazón,
de modo que el mal se propaga de uno a otro. Pero si alguien puede llegar a
sostener esta opinión, creo que sabe menos de ciencia que yo de religión.
Otra respuesta posible diría que un conocimiento limitado es peligroso: este
joven ha aprendido un poco y piensa que lo sabe todo, pero pronto se le pasará
esta sofisticación de principiante y se dará cuenta de que el mundo es más
complejo, y empezará a entender de nuevo que debe haber un Dios.
Yo no creo que necesariamente se le pase. Hay muchos científicos que se
calificarían a sí mismos de maduros y que siguen sin creer en Dios. De hecho, y
como me gustaría explicar más adelante, la respuesta no es que el joven piensa
que lo sabe todo: es exactamente lo contrario.
Una tercera respuesta que se podría obtener es que en realidad este joven no
entiende la ciencia correctamente. Yo no creo que la ciencia pueda refutar la
existencia de Dios; pienso que eso es imposible. Y si es imposible ¿no
significa esto que es compatible la creencia en la ciencia con la creencia en
un Dios, un Dios ordinario de la religión?
Sí, es compatible. A pesar de que he dicho que más de la mitad de los
científicos no creen en Dios, hay muchos científicos que sí creen
en la ciencia y en Dios de un modo perfectamente compatible. Pero esta
compatibilidad, aunque posible, no es fácil de alcanzar, y me gustaría discutir
dos cosas: por qué no es fácil de alcanzar y si vale la pena intentar
alcanzarla.
Por supuesto, cuando digo «creer en Dios» sigue habiendo un misterio: ¿qué es
Dios? Lo que yo entiendo por ello es un tipo de Dios personal, característico
de las religiones occidentales, a quien se reza y quien tiene algo que ver con
la creación del universo y la guía moral.
Para el estudiante que aprende ciencia hay dos fuentes de dificultad al tratar
de conciliar ciencia y religión. La primera fuente de dificultad es esta: que
en la ciencia es imperativo dudar; para avanzar en la ciencia es absolutamente
necesaria la incertidumbre como una parte fundamental de tu naturaleza
interior. Para avanzar en el conocimiento debemos seguir siendo humildes y
admitir que no sabemos. Nada es cierto o está probado más allá de toda duda.
Uno investiga por curiosidad, porque hay algo desconocido, no
porque conozca la respuesta. Y a medida que uno obtiene más información en las
ciencias, no es que esté descubriendo la verdad, sino que está descubriendo que
esto o aquello es más o menos probable.
Es decir, si investigamos más, descubrimos que los enunciados de la ciencia no
tratan de lo que es cierto y lo que no es cierto, sino que son enunciados
acerca de lo que se conoce con diferentes grados de certeza: «Es mucho más
probable que tal y cual cosa sea cierta que no sea cierta»; o «tal y cual cosa
es casi segura pero hay todavía algún asomo de duda»; o, en el otro extremo:
«bien, realmente no lo sabemos». Todos los conceptos de la ciencia se
encuentran en alguna zona intermedia de una escala graduada, pero en ninguno de
los extremos, la falsedad absoluta o la verdad absoluta.
Creo que es necesario aceptar esta idea, no solo para la ciencia sino también
para otras cosas; es de gran valor reconocer la ignorancia. Es un hecho que,
cuando tomamos decisiones en nuestra vida, no sabemos en absoluto que las
estamos tomando correctamente; solo pensamos que lo estamos haciendo lo mejor
que podemos; y eso es lo que deberíamos hacer.
Contenido:
§. Actitud de incertidumbre
§. La creencia en Dios y los hechos de la ciencia
§. El comunismo y el punto de vista científico
§. Interconexiones
§. La ciencia y las cuestiones morales
§. Las herencias de la civilización occidental
§. Actitud de incertidumbre
Creo que una vez que sabemos que realmente vivimos en la incertidumbre,
deberíamos admitirlo; tiene gran valor ser conscientes de que no conocemos las
respuestas a diferentes preguntas. Esta actitud mental —esta actitud de
incertidumbre— es vital para el científico, y es esta actitud mental la que
debe adquirir en primer lugar el estudiante. Llega a ser un hábito del
pensamiento. Una vez adquirida, uno ya no puede dar marcha atrás.
Lo que sucede, entonces, es que el joven empieza a dudar de todas las cosas
porque no puede tenerlas como una verdad absoluta. Y así hay un ligero cambio
en la pregunta de «¿Existe un Dios?» a «¿Hasta qué punto es seguro que existe
un Dios?». Este cambio muy sutil es un gran golpe y supone una separación entre
los caminos de la ciencia y la religión. Yo no creo que un auténtico científico
pueda volver a creer en lo mismo que creía antes. Aunque hay científicos que
creen en Dios, no creo que piensen en él de la misma forma que lo hacen las
personas religiosas. Si son coherentes con su ciencia, pienso que ellos se
dicen algo parecido a esto: «Yo estoy casi seguro de que existe un Dios. La
duda es muy pequeña». Esto es muy diferente de decir: «Yo sé que existe un
Dios». No creo que un científico pueda alcanzar nunca ese punto de vista, esa
comprensión realmente religiosa, ese conocimiento real de que existe un Dios:
esa certeza absoluta que tienen las personas religiosas.
Por supuesto, este proceso de duda no siempre empieza abordando la pregunta de
la existencia de Dios. Normalmente se someten primero a examen algunos
principios especiales, tales como la cuestión del más allá, o detalles de la
doctrina religiosa, como los detalles de la vida de Cristo. Es más interesante,
no obstante, ir derechos y francos al tema central, y discutir el punto de
vista más extremo que duda de la existencia de Dios.
Una vez que la pregunta ha perdido su carácter absoluto, y se desliza por la
escala de la incertidumbre, puede terminar en posiciones muy diferentes. En
muchos casos la conclusión es muy próxima a la certeza. Pero en otros, por el
contrario, el resultado neto de un examen riguroso de la teoría que mantenía su
padre respecto a Dios puede ser la afirmación de que es falsa casi con certeza.
§. La creencia en Dios y los hechos de la ciencia
Esto nos lleva a la segunda dificultad que encuentra nuestro estudiante para
conciliar ciencia y religión. ¿Por qué se concluye a menudo que la creencia en
Dios —al menos, el Dios del tipo religioso— se considera muy poco razonable, muy
poco probable? Pienso que la respuesta tiene que ver con las cosas científicas
—los hechos o los hechos parciales— que el hombre aprende.
Por ejemplo, el tamaño del universo es impresionante; nosotros estamos montados
en una minúscula partícula que da vueltas alrededor de un Sol entre cien mil
millones de soles en esta galaxia, que a su vez es una entre mil millones de
galaxias.
Además, está la íntima relación entre el hombre biológico y los animales, y
entre una forma de vida y otra. El hombre es un recién llegado a un vasto drama
en desarrollo; ¿es posible que todo lo demás sea tan solo un andamio para su
creación? Y también están los átomos de los que todo parece estar construido,
siguiendo leyes inmutables. Nada puede escapar a ello; las estrellas están
hechas del mismo material, y los animales están hechos del mismo material, pero
con tal complejidad como para aparecer misteriosamente vivos, como el propio
hombre.
Es una gran aventura contemplar el universo más allá del hombre, pensar en lo
que significa sin el hombre, como lo fue durante la mayor parte de su larga
historia, y lo es en la inmensa mayoría de los lugares. Cuando finalmente se
alcanza esta visión objetiva y se aprecian el misterio y la majestad de la
materia, volver la mirada objetiva al hombre visto como materia, para ver la
vida como parte de un misterio universal de la máxima profundidad, es sentir
una experiencia que apenas se puede describir. Normalmente acaba en risas ante
la inutilidad de intentar comprender. Estas visiones científicas acaban en
sobrecogimiento y misterio, perdidos en el borde de la incertidumbre, pero
parecen tan profundas y tan impresionantes que la teoría de que todo está
dispuesto simplemente como un escenario para que Dios observe la lucha del
hombre entre el bien y el mal parece insuficiente.
Así que supongamos que este es el caso de nuestro estudiante concreto, y que
crece en él la convicción de que, por ejemplo, la oración individual no es
oída. (No estoy tratando de refutar la realidad de Dios; estoy tratando de
darles una idea de las razones por las que muchos llegan a pensar que la
oración carece de sentido). Por supuesto, y como resultado de esta duda, la
pauta de la duda se orienta a los problemas éticos; porque, en la religión que
él aprendió, los problemas morales estaban relacionados con la palabra de Dios,
y si ese Dios no existe, ¿cuál es su palabra? Pero, al final, y de forma
bastante sorprendente, creo yo, los problemas morales quedan relativamente
intactos; es posible que al principio el estudiante decida que algunas pocas
cosas eran erróneas, pero con frecuencia cambia luego de opinión y termina con
un punto de vista moral que no es fundamentalmente diferente del inicial.
Parece haber una especie de independencia en estas ideas. Al final, es posible
dudar de la divinidad de Cristo y, pese a todo, creer firmemente que es bueno
comportarte con tu prójimo como quisieras que él se comporte contigo. Es
posible tener estas dos ideas al mismo tiempo; y espero que ustedes encuentren
que mis colegas científicos ateos se suelen conducir bien en sociedad.
§. El comunismo y el punto de vista científico
Me gustaría comentar, de pasada, y puesto que la palabra «ateísmo» está
estrechamente relacionada con «comunismo», que las ideas comunistas son la
antítesis de lo científico, en el sentido de que en el comunismo se dan
respuestas a todas las preguntas —preguntas políticas tanto como morales— sin
ninguna discusión y ninguna duda. El punto de vista científico es exactamente
lo contrario; es decir, todas las cuestiones deben ser puestas en duda y
discutidas; debemos discutir todo: observar las cosas, comprobarlas, y por lo
tanto cambiarlas. El gobierno democrático está mucho más próximo a esta idea,
porque hay discusión y hay oportunidad de modificación. No se lanza la nave en
una dirección definida. Es cierto que cuando hay una tiranía de ideas, de modo
que se sabe exactamente lo que tiene que ser cierto, se actúa con mucha
decisión, y eso parece bueno… durante un tiempo. Pero la nave se enfila
inmediatamente en la dirección errónea, y ya nadie puede modificar la
dirección. De modo que las incertidumbres de la vida en una democracia son,
creo yo, mucho más compatibles con la ciencia.
Aunque la ciencia tiene cierto impacto en muchas ideas religiosas, ella no
afecta al contenido moral. La religión tiene muchos aspectos; responde a todo
tipo de preguntas. En primer lugar, por ejemplo, responde a preguntas acerca de
qué son las cosas, de dónde proceden, qué es el hombre, qué es Dios, las
propiedades de Dios y todo eso. Llamemos a esto el aspecto metafísico de la
religión. También nos dice otra cosa: cómo debemos comportarnos. No me refiero
a cómo hay que comportarse en ciertas ceremonias, y qué ritos hay que llevar a
cabo; dejemos eso aparte. Lo que quiero decir es que nos indica cómo debemos
comportarnos en la vida en general, de una forma moral. Da respuestas a
cuestiones morales; ofrece un código moral y ético. Llamemos a esto el aspecto
ético de la religión.
Ahora bien, nosotros sabemos que, incluso con valores morales aceptados, los
seres humanos son muy débiles; hay que recordarles los valores morales para que
puedan seguir a sus conciencias. No se trata simplemente de tener una
conciencia recta; es también una cuestión de mantener la fortaleza para hacer
lo que se sabe que es correcto. Y es necesario que la religión dé fortaleza y
consuelo, e inspiración para seguir estas ideas morales. Este es el aspecto
inspirativo de la religión. Ofrece inspiración no solo para la conducta moral:
ofrece inspiración para las artes y para todo tipo de grandes pensamientos y
acciones.
§. Interconexiones
Estos tres aspectos de la religión están interconectados y, en vista de esta
estrecha integración de ideas, se tiene en general la sensación de que atacar
un aspecto del sistema es atacar a la estructura entera. Los tres aspectos
están conectados más o menos de la siguiente forma: el aspecto moral, el código
moral, es la palabra de Dios, que nos implica en una cuestión metafísica. Luego
viene la inspiración porque uno está haciendo la voluntad de Dios; uno es para
Dios; en parte uno siente que está con Dios. Y esto es una gran inspiración
porque pone las acciones propias en contacto con el universo en conjunto.
Así que estas tres cosas están muy bien interconectadas. La dificultad es esta:
que la ciencia entra a veces en conflicto con la primera de las tres
categorías, con el aspecto metafísico de la religión. Por ejemplo, en el pasado
hubo una discusión acerca de si la Tierra era el centro del universo, y si la
Tierra se movía alrededor del Sol o permanecía inmóvil. El resultado de todo
esto fueron terribles luchas y calamidades, pero finalmente se resolvió (con la
retirada de la religión en este caso concreto). Más recientemente hubo un
conflicto sobre la cuestión de si el hombre tiene una ascendencia animal.
El resultado en muchas de estas situaciones es una retirada de la visión
metafísica religiosa, pero de ninguna manera hay un colapso de la religión. Y
además no parece haber ningún cambio apreciable o fundamental en la visión
moral.
Después de todo, ¿es que si la Tierra se mueve alrededor del Sol ya no es mejor
poner la otra mejilla? ¿Supone alguna diferencia el que la Tierra esté inmóvil
o que se mueva alrededor del Sol? Cabe esperar un nuevo conflicto. La ciencia
se desarrolla y se descubrirán nuevas cosas en las que estará en desacuerdo con
la teoría metafísica actual de ciertas religiones. De hecho, incluso con todas
las retiradas pasadas de la religión, todavía hay conflictos reales para
individuos concretos cuando aprenden acerca de la ciencia y oyen hablar de la
religión. La cosa no se ha integrado muy bien; hay aquí conflictos reales, y
pese a todo la moral no se ve afectada.
Como cuestión de hecho, el conflicto es doblemente difícil en esta región
metafísica. Para empezar, los hechos pueden estar en conflicto, pero, incluso
si no lo estuvieran, la actitud es diferente. El espíritu de incertidumbre en
la ciencia supone una actitud hacia las cuestiones metafísicas completamente
diferente de la certeza y la fe que se exige en la religión. Hay
definitivamente un conflicto, creo yo —tanto en hechos como en espíritu— en los
aspectos metafísicos de la religión.
En mi opinión, no es posible que la religión encuentre un conjunto de ideas
metafísicas que garanticen que no se va a entrar en conflicto con una ciencia
en continuo avance y en continuo cambio, una ciencia que se adentra en lo
desconocido. No sabemos cómo responder a las preguntas; es imposible encontrar
una respuesta que algún día no se descubra que es falsa. La dificultad surge
porque la ciencia y la religión están aquí tratando de responder a preguntas en
el mismo dominio.
§. La ciencia y las cuestiones morales
Por el contrario, yo no creo que surja un conflicto real con la ciencia en el
aspecto ético, porque creo que las cuestiones morales están fuera del dominio
científico.
Permítanme dar tres o cuatro argumentos para mostrar por qué creo esto. En
primer lugar, ha habido conflictos en el pasado entre la visión científica y la
religiosa acerca del aspecto metafísico y, pese a todo, las más antiguas
visiones morales no colapsan, no cambian.
Segundo, hay hombres buenos que practican la ética cristiana y que no creen en
la divinidad de Cristo. Ellos mismos no encuentran aquí ninguna
incompatibilidad.
En tercer lugar, aunque creo que de vez en cuando aparece alguna evidencia
científica que podría interpretarse como prueba en apoyo de algún aspecto
concreto de la vida de Cristo, o de otras ideas metafísicas religiosas, me
parece que no hay ninguna evidencia científica que apoye la regla de oro. Creo
que es de algún modo diferente.
Veamos si puedo dar una pequeña explicación filosófica de por qué es diferente,
de por qué la ciencia no puede afectar a la base fundamental de la moral.
Un problema humano típico, uno al que la religión pretende ofrecer respuesta,
se plantea siempre de la forma siguiente. ¿Debería yo hacer esto? ¿Deberíamos
nosotros hacer esto? ¿Debería el gobierno hacer esto? Para responder a esta
pregunta, podemos dividirla en dos partes. Primera: si yo hago esto, ¿qué
sucederá? Y segunda: ¿Quiero yo que eso suceda? ¿Qué de valor —o de bueno—
saldría de ello?
Ahora bien, una pregunta como: si yo hago esto, ¿qué sucederá?, es
estrictamente científica. De hecho, la ciencia puede definirse como un método
para tratar de responder solo a preguntas que pueden plantearse como: si yo
hago esto, ¿qué sucederá?, y el cuerpo de conocimientos que así se obtiene. La
técnica consiste esencialmente en esto: pruébalo y observa. Entonces uno reúne
una gran cantidad de información a partir de tales experimentos. Todos los
científicos estarán de acuerdo en que una pregunta —cualquier pregunta, ya sea
filosófica o de otro tipo— que no pueda plantearse en una forma que pueda
ponerse a prueba mediante el experimento (o, en términos sencillos, que no pueda
plantearse en la forma: si yo hago esto, ¿qué sucederá?) no es una pregunta
científica; está fuera del dominio de la ciencia.
Yo afirmo que lo que uno quiere que suceda, el valor que pueda tener el
resultado y cómo se juzga dicho valor (que es el otro extremo de la pregunta:
¿debería yo hacer esto?), todo eso debería estar fuera de la ciencia porque no
es una pregunta que se pueda responder con solo saber lo que sucede. Uno aún
tiene que juzgar lo que sucede, de una manera moral. Así, por
esta razón teórica, creo que hay una completa compatibilidad entre la visión
moral —o el aspecto ético de la religión— y la información científica.
Volver al tercer aspecto de la religión —el aspecto inspirativo— me lleva a la
pregunta fundamental que me gustaría plantear a este panel imaginario. La
fuente de inspiración actual —para fortaleza y consuelo— en cualquier religión
está estrechamente entretejida con el aspecto metafísico. Es decir, la
inspiración proviene de trabajar para Dios, de obedecer su voluntad, sintiéndose
uno con Dios. Los lazos emocionales con un código moral basado de esta manera
empiezan a debilitarse seriamente cuando se expresan dudas, por pequeñas que
sean, respecto a la existencia de Dios. Por eso, cuando la creencia en Dios se
hace insegura, este método de obtener inspiración empieza a fallar.
Yo no conozco la respuesta a este problema central: el problema de mantener el
valor real de la religión como fuente de fortaleza y ánimo para la mayoría de
los hombres y, al mismo tiempo, no exigir una fe absoluta en los aspectos
metafísicos.
§. Las herencias de la civilización occidental
La civilización occidental, a mi modo de ver, se mantiene sobre dos grandes
herencias. Una es el espíritu científico de aventura: la aventura en lo
desconocido, que debe ser reconocido como desconocido para ser explorado; la
exigencia de los misterios irresolubles del universo que siguen sin respuesta;
la actitud de que todo es incierto; en resumen: la humildad del intelecto. La
otra gran herencia es la ética cristiana: la acción basada en el amor, la
hermandad de todos los hombres, el valor del individuo, la humildad del
espíritu.
Estas dos herencias son lógicamente y completamente compatibles. Pero la lógica
no lo es todo; uno necesita su propio corazón para seguir una idea. Si la gente
vuelve a la religión, ¿a qué está volviendo? ¿Es la Iglesia moderna un lugar
para dar consuelo a un hombre que duda de Dios; más aún, a uno que no cree en
Dios? ¿Es la Iglesia moderna un lugar para dar consuelo y aliento al valor de
tales dudas? Hasta ahora, ¿no hemos extraído fortaleza y consuelo para mantener
una u otra de estas herencias compatibles de un modo que ataque a los valores
de la otra? ¿Es esto inevitable? ¿Cómo podemos obtener inspiración para
mantener estos dos pilares de la civilización occidental de modo que puedan
permanecer juntos con pleno vigor, sin temerse uno a otro? ¿No es este el
problema central de nuestro tiempo?
Lo propongo al panel para su discusión.
Procedencias
«El placer de descubrir» es la transcripción
corregida de una entrevista con Richard P. Feynman que fue emitida como un
programa de televisión en la BBC2 llamado Horizon: El placer de
descubrir. Está reimpreso con permiso del productor Christopher Syckes,
Carl Feynman y Michelle Feynman.
«Los computadores del futuro» fue publicado originalmente en 1985 como una
Nishina Memorial Lecture. Aquí está reimpreso con permiso del profesor K.
Nishijima en representación de la Nishina Memorial Foundation.
«Los Álamos desde abajo» fue publicado originalmente por el Instituto de
Tecnología de California en la revista Engineering and Science.
Está reimpreso con permiso.
«Cuál es y cuál debería ser el papel de la cultura científica en la sociedad
moderna» está reimpreso con permiso de la Sociedad Italiana de Física.
«Hay mucho sitio al fondo» fue publicado originalmente por el Instituto de
Tecnología de California en la revista Engineering and Science.
Está reimpreso con permiso.
«El valor de la ciencia» procede de Qué te importa lo que piensen los
demás: aventuras de un personaje curioso tal como se las contó Richard
P. Feynman a Ralph Leighton. Copyright1988 por Gweneth Feynman y
Ralph Leighton. Reimpreso con permiso de W. W. Norton & Company, Inc.
«¿Qué es la ciencia?» está reimpreso con permiso de The Physics Teacher,
volumen 9, pp. 313-320. Copyright 1969 American Association of
Physics Teachers.
«Ciencia tipo “cultos cargo”: discurso de la ceremonia de graduación en Caltech
en 1974» fue publicado originalmente por el Instituto de Tecnología de
California en la revista Engineering and Science. Está reimpreso
con permiso.
«Tan sencillo como uno, dos, tres» procede de Qué te importa lo que
piensen los demás: aventuras de un personaje curioso tal como se las
contó Richard P. Feynman a Ralph Leighton. Copyright 1988 por
Gweneth Feynman y Ralph Leighton. Reimpreso con permiso de W. W. Norton &
Company, Inc.
«La relación entre ciencia y religión» fue publicado originalmente por el
Instituto de Tecnología de California en la revista Engineering and
Science. Está reimpreso con permiso.
Notas:
[1] Se
refiere a la velocidad de grupo de un pulso de luz compuesto de ondas
monocromáticas diferentes. Para que se produzca este fenómeno hay que crear una
fuerte dependencia del índice de refracción con la frecuencia cerca de una
línea de absorción, lo que se consigue mediante transparencia inducida
electromagnéticamente. (N. del t.)
[2] Otro de
los sucesos más excitantes, si no en mi vida, al menos en mi carrera de editor,
fue el encontrar la transcripción largo tiempo extraviada y nunca antes
publicada de tres conferencias que dio Feynman en la Universidad de Washington
a comienzos de los años sesenta, que se convirtió en el libro Qué
significa todo eso. Pero eso fue más el placer de encontrar que el placer
de descubrir. (N. del e.)
[3] Hans
Bethe (n. 1906) ganó el Premio Nobel de Física en 1967 por sus contribuciones a
la teoría de las reacciones nucleares, en especial por sus descubrimientos
concernientes a la producción de energía en las estrellas. (N. del e.)
[4] En
1965, el Premio Nobel de Física fue compartido por Richard Feynman, Julian
Schwinger y Sin-Itiro Tomonaga por su trabajo fundamental en electrodinámica
cuántica, y sus profundas implicaciones para la física de partículas. (N.
del e.)
[5] Yoshio
Nishina (1890-1951) fue el introductor en Japón de la mecánica cuántica que
estudió y contribuyó a desarrollar durante su estancia en Europa a finales de
los años veinte. Entre sus primeros discípulos se encontraban Hideki Yukawa y
Sin-ItiroTomonaga. Hasta la Segunda Guerra Mundial, el Laboratorio Nishina en
Riken fue el centro más importante de física teórica en Japón. (N. del
t.)
[6] John
von Neumann (1903-1957), matemático húngaro-americano, reconocido como uno de
los padres de los computadores. (N. del e.)
[7] Movimiento
desordenado de las partículas en suspensión en un medio fluido causado por las
continuas colisiones aleatorias de las moléculas del fluido, registrado por
primera vez en 1828 por el botánico Robert Brown, y explicado por Albert
Einstein en un artículo publicado en 1905 en Annalen der Physik. (N.
del e.)
[8] Scientific
American, julio de 1985. [Hay traducción española en Investigación
y Ciencia, septiembre de 1985]. (N. del e.)
[9]Juego de
palabras entre wisecracker (bromista)safecracker(desvalijador). (N.
del t.)
[10] Nombre
dado al gigantesco proyecto para construir la primera bomba atómica, que se
inició en 1942 y culminó con el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki el 6 y 9 de
agosto de 1945, respectivamente. El proyecto estaba repartido por todo Estados
Unidos, con unidades, por ejemplo, en la Universidad de Chicago; Hanford,
Washington; Oak Ridge, Tennessee; y Los Álamos, Nuevo México, donde se
construyeron las bombas, y que era fundamentalmente el cuartel general del
proyecto entero. (N. del e.)
[12] Robert
R. Wilson (1914-2000), primer director del Fermi National Accelerator
Laboratory, 1967-1978. (N. del e.)
[13] Este es
el nombre que aparece en el original. En realidad, se trata de John Kemeny
(1926-1992), matemático y filósofo de origen húngaro. Después de trabajar en el
Proyecto Manhattan fue colaborador de Einstein; también es conocido por ser
coautor del lenguaje BASIC. (N. del t.)
[14] Emilio
Segré (1905-1989), ganador (con Owen Chamberlain) del Premio Nobel de Física en
1959 por el descubrimiento del antiprotón. (N. del e.)
[15] Klaus
Fuchs (1911-1988), físico de origen alemán nacionalizado británico. Terminado
el Proyecto Manhattan regresó a Gran Bretaña, donde fue director de la división
teórica en Harwell. En 1950 fue detenido y confesó haber pasado información a
agentes soviéticos. Condenado a catorce años de cárcel, fue liberado en 1960.
Tras su liberación, el gobierno de la Alemania Oriental le ofreció una cátedra
en Leipzig, donde vivió hasta su muerte. (N. del t.)
[16] Enrico
Fermi (1901-1954). Ganador del Premio Nobel de Física en 1938 por demostrar la
existencia de nuevas sustancias radiactivas producidas por irradiación con
neutrones y trabajos relacionados. Fermi fue también director del equipo que
hizo posible la primera reacción nuclear controlada en la Universidad de
Chicago en diciembre de 1942. (N. del e.)
[17]Robert Bacher
(n. 1905). Aunque empezó trabajando en el proyecto del radar, a partir de 1943
formó parte del Proyecto Manhattan. Tras la guerra se trasladó a Caltech, donde
fue sucesivamente director de la sección de física, vicepresidente y primer
rector. (N. del t.)
[18]Niels Bohr
(1885-1962), ganador del Premio Nobel de Física en 1922 por su trabajo sobre la
estructura de los átomos y de la radiación que emana de ellos. (N. del
e.)
[19] Aage
Bohr (n. 1922), ganador (con Ben Mottelson y James Rainwater) del Premio Nobel
de Física en 1975 por su teoría de la estructura del núcleo atómico. (N.
del e.)
[20] Henry
de Wolf Smyth era entonces director del Departamento de Física de Princeton y
uno de los principales asesores del Proyecto Manhattan. El «Informe Smyth», La
energía atómica al servicio de la guerra, publicado en agosto de 1945,
constituyó la primera divulgación pública del proyecto.
[21] Recién
terminada la guerra, Robert Wilson fue uno de los principales impulsores y
primer presidente de la Federación de Científicos Atómicos, cuyo objetivo era
limitar la aplicación de la energía nuclear a fines civiles y pacíficos. (N.
del t.
[22] Presidente
de la Conferencia. (N. del e.)
[23] La
conservación de CP supone que las leyes de la física son invariantes si se
cambia el signo de las cargas eléctricas y, simultáneamente, se invierten todas
las coordenadas. En otras palabras, que tan posible es un proceso físico como
su imagen especular y con las cargas invertidas. En realidad, hay evidencia
experimental de que la conservación CP se viola en las interacciones
débiles. (N. del t.)
[24] En
realidad se trataba de Immanuel Velikovsky: Mundos en colisión (Doubleday,
Nueva York, 1950). (N. del e.) [En su libro, Velikovsky
exponía la teoría de que un cometa expulsado de Júpiter había pasado en dos
ocasiones cerca de la Tierra antes de asentarse en órbita solar como lo que
ahora conocemos como el planeta Venus. Sus pasos próximos a la Tierra serían
responsables de hechos tales como la separación de las aguas del mar Rojo o la
detención del Sol referidos en el Éxodo. (N. del t.)]
[25] Probablemente
se refiera a Bridey Murphy, un supuesto caso de reencarnación en Colorado, que
hizo correr ríos de tinta a mediados de los años cincuenta. (N. del t.)
[26]Heike
Kamerlingh-Onnes (1853-1926), ganador del Premio Nobel de Física en 1913 por
sus investigaciones de las propiedades de la materia a bajas temperaturas, que
condujeron a la producción del helio líquido. (N. del e.)
[27] Percy
Bridgman (1882-1961) ganó el Premio Nobel de Física en 1946 por su invención de
un aparato para producir presiones extremadamente altas, y su trabajo en física
de altas presiones. (N. del e.)
[28] Un
angstrom = una diez mil millonésima de metro. (N. del e.)
[29] TVA =
Tennessee Valley Authority. Agencia gubernamental de Estados Unidos encargada
de gestionar los recursos hidráulicos del valle del Tennessee, en especial la
producción y distribución de energía. Sus estatutos han servido de modelo para
organismos similares en otros lugares. (N. del t.)
[30]Un estudiante
y más tarde colega de Feynman. (N. del e.)[Ambos son coautores del
libro Quantum Mechanics and Path Integrals, que presentaba un nuevo
enfoque de la mecánica cuántica. (N. del t.)]
[31] Fuerzas
de Van der Waals. Débiles fuerzas atractivas entre átomos y moléculas. Johannes
Diderik Van der Waals (1837-1923) recibió el Premio Nobel de Física en 1910 por
su trabajo sobre la ecuación de estado para gases y líquidos. (N. del
e.)
[32]FAA = Federal
Aviation Agency. Sección del Departamento de Transportes que establece las
normas de seguridad de los transportes aéreos. (N. del t.)
[33] Este
era el vuelo en el que se produjo el accidente. (N. del t.)
[34] Sharon
Christa McAuliffe era la profesora que murió en el accidente. Su misión era
realizar experimentos en condiciones de microgravedad con fines
educativos. (N. del t.)
[35] Harvey
(1578-1657) descubrió el sistema circulatorio de la sangre. (N. del e.)
[36] ] Gell-Mann
(n. 1929) ganó el Premio Nobel de Física en 1969 por sus contribuciones y
descubrimientos concernientes a la clasificación de las partículas elementales
y sus interacciones. En 1954, Gell-Man y G. Zweig introdujeron el concepto de
quarks. (N. del e.)
[37] Teorías
en las que los potenciales de interacción pueden neutralizarse multiplicando
las funciones de onda que describen a las partículas por una fase local
apropiada. (N. del t.)
[38] Willis
Lamb (n. 1913), ganador del Premio Nobel de Física en 1955 (compartido con
Polykarp Kusch) por sus descubrimientos concernientes a la estructura fina del
espectro del hidrógeno. (N. del e.)
[39] Robert
R. Rutherford, colaborador de Lamb en los experimentos que sirvieron de base a
la moderna electrodinámica cuántica. (N. del t.)
[40] «Color»
es en realidad un nombre que dan los físicos a cierta propiedad de quarks y
gluones, no porque tengan algún color real sino a falta de un nombre mejor para
una nueva propiedad de las partículas elementales. (N. del e.)
[41] Sir
William Rowan Hamilton (1805-1865), matemático irlandés que inventó los
cuaternios, una construcción alternativa al análisis vectorial y
tensorial. (N. del e.)
[42] Wolfgang
Pauli (1900-1958), ganador del Premio Nobel de Física en 1945 por su
descubrimiento del principio de exclusión.(N. del e.)
[43] Erwin
Schrödinger (1887-1961), ganador (con P. A. M. Dirac) del Premio Nobel de
Física en 1933 por el descubrimiento de nuevas formulaciones de la teoría
atómica. (N. del e.)
[44] Joseph
Banks Rhine, fundador del Laboratorio de Parapsicología en la Universidad de
Duke en Carolina del Norte. (N. del t.)
[45] Las Tables
of Functions with Formulae and Curves de E. Jahnke y F. Emde fueron
durante mucho tiempo el libro de referencia obligado para visualizar la
representación gráfica de muchas funciones de interés. (N. del t.)
[46]John
Archibald Wheeler (n. 1911), físico, más conocido entre el público por haber
acuñado el término «agujero negro». (N. del e.)
CONTENIDO
Prólogo
Introducción del editor
1. El placer de descubrir
2. Los computadores del futuro
3. Los Álamos desde abajo
4. Cuál es y cuál debería ser el papel de la
cultura científica en la sociedad moderna
5. Hay mucho sitio al fondo
6. El valor de la ciencia
7. Informe minoritario de Richard P. Feynman en la
investigación de la lanzadera espacial Challenger
8. ¿Qué es la ciencia?
9. El hombre más inteligente del mundo
10. Ciencia tipo «cultos cargo»
11. Tan sencillo como uno, dos, tres
12. Richard Feynman construye un universo
13. La relación entre ciencia y religión
Procedencias
© 2001 Patricio Barros y Antonio Bravo

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