© Libro N° 7810.
El Príncipe Ciervo. Asbjornsen, Peter Christen. Emancipación. Octubre
3 de 2020.
Título
original: ©
El Príncipe Ciervo. Peter Christen Asbjornsen
Versión Original: © El Príncipe Ciervo. Peter Christen
Asbjornsen
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Peter Christen Asbjornsen
El Príncipe Ciervo
Peter Christen Asbjornsen
PETER CHRISTEN ASBJØRNSEN
Peter Christen Asbjørnsen (1812—1885)
Peter Christen Asbjørnsen (Oslo, 15 de enero 1812 -
Oslo, 5 de enero de 1885), fue un escritor, folclorista, jefe forestal y
científico noruego. Junto a Jørgen Moe, amigo de juventud, hizo una
recopilación de leyendas y cuentos populares noruegos, del folclore oral que se
había perpetuado en los valles noruegos occidentales y en las montañas
centrales, bajo el nombre de Norske Folkeeventyr.
Nació en Christiania (Oslo) en una familia
originaria de Otta. Estudiante de la Universidad de Oslo en 1833, el año
anterior había empezado a recoger y escribir cuentos de hadas y leyendas.
Asbjørnsen conoció a Moe a los catorce años, mientras ambos estudiaban en el
instituto de Norderhov y establecieron una amistad de por vida.
En 1834 Asbjørnsen descubrió que Moe había empezado
a buscar reliquias del folclore nacional también por su cuenta; los amigos
compararon sus resultados y decidieron trabajar juntos en la tarea.
Asbjørnsen se formó como zoólogo y botánico y, con
la ayuda de la Universidad de Oslo, hizo una serie de viajes de investigaciones
marinas a lo largo de las costas de Noruega, particularmente en el fiordo de
Hardanger, donde trabajó con dos de los biólogos marinos más conocidos de su
tiempo, Michael Sars y su hijo Georg Ossian Sars. Moe, mientras tanto, había
dejado la Universidad de Oslo en 1839, había estudiado teología y hacía de
tutor en Christiania; por las vacaciones viajaba a través de las montañas más
remotas, recogiendo relatos orales.
En 1842-1843 fue publicada la primera edición de
compilación de relatos conjuntos bajo el título de Norske Folkeeventyr, que
fueron inmediatamente distribuidos por toda Europa como la contribución más
valiosa a la mitología comparada así como a la literatura noruega.
Un segundo volumen se publicó en 1844 y una nueva
colección en 1871. En 1845 Asbjørnsen también publicó individualmente una
colección de cuentos de hadas, Huldre-Eventyr og Folkesagn.
En 1856 Asbjørnsen se dedicó a la problemática de
la deforestación de Noruega; fue nombrado jefe forestal por el gobierno,
examinó en varios países septentrionales de Europa los métodos que utilizaban
ante la problemática y destacó en las evaluaciones hechas en esta materia. En
1876 se retiró con una pensión y en 1879 vendió su colección de especímenes
zoológicos al Natural History Museum de Irlanda.
Fuente:
https://www.queseenteren.es/1/p_c_asbj_rnsen_j_e_moe_1052830.html
Cuento Danés seleccionado y presentado por Ulf
Diederichs. Tomado de la recopilación hecha por Peter Christen Asbjornsen.
Érase una vez un viudo y una viuda que se casaron
entre sí. Cada uno de ellos tenía una hija. La hija del marido era guapa y
elegante; la de la mujer, sin embargo, era muy fea. La mujer tenía envidia de
la hija del marido porque era mucho más guapa que su propia hija, así que se
pasaba todo el tiempo pensando cómo podía perjudicarla y la trataba muy mal. El
marido pasaba a menudo el día entero, desde la mañana hasta la noche, fuera de
casa; como estaba tanto tiempo fuera, no se enteraba demasiado de cómo le iba a
su hija.
Sucedió días más tarde que una noche, cuando ya se habían ido todos a la cama,
llamaron a la puerta. La mujer entonces le dijo a su hija que fuera a abrir y
viera quién llamaba. Como a ésta no le apetecía mucho hacerlo, la hija del
marido se ofreció a levantarse, pero no se lo permitieron; la mujer se empeñó
en que fuera su hija la que abriera. Así que la muchacha fue, quitó el cerrojo,
abrió la puerta y vio allí un corzo, un ciervo o algo parecido. Entonces cogió
el palo de una escoba y lo golpeó con él. Inmediatamente desapareció. Cerró la
puerta y le contó a su madre todo el espectáculo, por llamarlo de algún modo. A
la noche siguiente, cuando ya habían echado el cerrojo, volvieron a llamar a la
puerta, pero en esta ocasión la hija de la mujer no se atrevió a ir a abrir.
Dejaron pues que fuera la hija del marido. Cuando abrió la puerta, vio al
ciervo, que estaba de nuevo ahí fuera, y le dijo:
—Oh, pobrecito mío. ¿De dónde has salido?
—¡Muchachita, móntate en mi lomo! —dijo el ciervo.
Pero ella dijo que no, que no estaba dispuesta a hacerlo, pues él ya tenía
bastante con cargar consigo mismo. El ciervo dijo que era la única forma de que
pudiese irse con él. Entonces, ella se montó a lomos del ciervo —pues no quería
quedarse en casa— y ambos se marcharon de allí.
Por el camino llegaron a una pradera. Entonces dijo el ciervo:
—¿Qué te parecería si algún día pudiéramos disfrutar aquí los dos? Pero la
muchacha no se podía imaginar cómo iban a poder disfrutar los dos en aquel
prado. Luego llegaron a un bosque y el ciervo dijo:
—¿Qué te parecería si algún día pudiéramos pasear por este bosque y
divertirnos?
Pero ella no se podía imaginar cómo iban a poder hacerlo.
Finalmente llegaron a un palacio gigantesco. El ciervo la metió en él y le dijo
que en adelante tendría que vivir allí completamente sola, pero que todos sus
deseos se verían cumplidos y que intentara pasar el tiempo lo mejor que
pudiera. Le aseguró que él volvería algún día a visitarla y le pidió que no
entrara en un lugar del palacio; se trataba de un lugar en el que había tres
puertas: una de madera, la segunda de cobre y la tercera de hierro. Le dijo que
no debía abrir aquellas puertas bajo ningún concepto. El ciervo estaba
convencido de que lo primero que haría la muchacha sería precisamente lo que él
le estaba prohibiendo.
Pasó el resto del día totalmente sola. Llegó la noche y, a la mañana siguiente,
decidió recorrer todo el palacio. Entonces le entraron tantas ganas de abrir la
puerta de hierro que no se pudo contener. La abrió y dentro vio a dos hombres
que estaban removiendo con las manos y los brazos desnudos en una caldera de
alquitrán. Les preguntó por qué estaban allí removiendo el alquitrán con las
manos y los brazos desnudos. Los hombres le contestaron que estaban condenados
a hacerlo hasta que un alma cristiana les diera algo con lo que remover. Sin
dudarlo, ella cogió un hacha, hizo con ella un removedor, una especie de
cuchara plana, y se la dio a los hombres para que removieran.
Pasó el día y llegó la noche. A la mañana siguiente, oyó mucho ruido en la
corte y vio a muchos hombres abrevando los caballos y a muchos criados que
limpiaban la plata. Todos estaban muy ocupados e iban de un lado para otro.
Entonces le entraron ganas de abrir también la segunda puerta. Abrió la puerta
de cobre y vio que dentro había dos muchachas que estaban atizando el fuego con
sus manos. Ella les preguntó por qué lo hacían. Las muchachas le dijeron que
las habían condenado a hacerlo hasta que un alma cristiana les diera algo con
lo que atizar. Sin dudarlo, ella les llevó una barra, y las muchachas se lo
agradecieron mucho. A la mañana siguiente, todo el palacio estaba lleno de
muchachas que barrían, lavaban y ponían todo en orden. Entonces dejó que el día
fuera pasando, pero llegó un momento en que ya no se pudo dominar más: tenía
que abrir también la puerta de madera. Cuando lo hizo, se encontró con que
dentro estaba el ciervo sobre un lecho de paja. Naturalmente, le preguntó por
qué estaba allí tumbado. El ciervo le contestó que tenía que estar allí tumbado
hasta que un alma cristiana le limpiara la suciedad. Sin dudarlo, ella cogió un
manojo de paja y empezó a limpiarle. A medida que lo iba limpiando, el ciervo
se iba transformando en el más bello príncipe que jamás se ha visto. A
continuación le contó que él y todo el palacio habían sido encantados, pero que
ahora ella había conseguido romper el hechizo, así que quería casarse con ella.
Fue una hermosa boda que duró muchos días.
Pasado algún tiempo, el príncipe le preguntó a su mujer si no quería invitar
alguna vez a su madre y a su hermana. Ella le contestó que sí, que naturalmente
le apetecía mucho. Entonces él dijo que no podría presentarse ante ellas en
cuanto llegaran. Le pidió que cuando les fuera a servir vino o cualquier otra
cosa, dejara que se le derramara una gota en el zapato. Entonces él llegaría y
se lo limpiaría. Le avisó, además, que no debía darle nada a su madre que fuera
una, dos o tres cosas; que sólo debía darle cosas que fueran más de tres, como
grano o algo por el estilo.
Cuando llegaron la madre y la hermana, la princesa —pues ahora era una
princesa— se mostró muy amable con ellas. Se ofreció a servirles vino, dejando
derramarse una gota en su zapato dorado, y, en ese mismo momento, entró el
príncipe y le limpió la mancha con su pañuelo. Si a las otras no se les habían
puesto ya los ojos como platos, sin duda se les pusieron en cuanto vieron
entrar al príncipe.
Más tarde salieron al jardín y la madre se empeñó en que la princesa le cogiera
una manzana, pero ésta no quiso. La madre insistió en que quería manzanas,
aunque no fueran más que tres. Pero no, la princesa se mantuvo en sus trece y
le dijo que cuando estuvieran maduras tendría todas las que quisiera. La madre
entonces se puso muy furiosa. De regreso a casa con su hija, a la madre le
corroía la envidia de que no hubiera sido su propia hija la que hubiera
alcanzado aquella felicidad. Estaba tan enfadada, que no pudo evitar acusar a
su hija de tener la culpa de todo. La hija se empeñó tercamente en que no y,
como era de esperar, una palabra llevó a la otra hasta que ambas acabaron
furiosas, tirándose de los pelos, y al final estallaron convirtiéndose en un montón
de cantos rodados. Ésta es la razón por la que hay tantos cantos rodados.
Fin

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