© Libro N° 6765. El Profeta. Khalil, Gibrán Gibrán. Emancipación. Diciembre 14 de 2019.
Título
original: © El Profeta (1923) Gibrán Khalil Gibrán
Versión Original: © El Profeta (1923) Gibrán Khalil Gibrán
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://www.biblioteca.org.ar/libros/11402.pdf
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión
cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a
Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente
educativos y está prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://i.ytimg.com/vi/QQhDiLEi6lo/hqdefault.jpg
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL PROFETA
(1923)
Gibrán Khalil Gibrán
El
Profeta
Almustafá,
el elegido y bienamado, el que era un amane¬cer en su propio día, había
esperado doce años en la ciudad de orfalese la vuelta del barco que debía
devolverlo a su isla natal.
A
los doce años, en el séptimo día de Yeleol, el mes de las cosechas, subió a la
colina, más allá de los muros de la ciudad, y contempló él mar. Y vio su barco
llegando con la bruma.
Se
abrieron, entonces, de par en par las puertas de su corazón y su alegría voló
sobre el océano. Cerró los ojos y oró en los silencios de su alma.
Sin
embargo, al descender de la colina, cayó sobre él una profunda tristeza, y
pensó así, en su corazón. ¿Cómo podría partir en paz y sin pena? No; no
abandonaré esta ciudad sin una herida en el alma.
Largos
fueron los días de dolor que pasé entre sus muros y largas fueron las noches de
soledad y, ¿quién puede separar¬se sin pena de su soledad y su dolor?
Demasiados
fragmentos de mi espíritu he esparcido por estas calles y son muchos los hijos
de mi anhelo que marchan desnudos entre las colinas. No puedo abandonarlos sin
aflic¬ción y sin pena.
No
es una túnica la que me quito hoy, sino mi propia piel, que desgarro con mis
propias manos.
Y no
es un pensamiento el que dejo, sino un corazón, endulzado por el hambre y la
sed.
Pero,
no puedo detenerme más.
El
mar, que llama todas las cosas a su seno, me llama y debo embarcarme.
Porque
el quedarse, aunque las horas ardan en la noche, es congelarse y cristalizarse
y ser ceñido por un molde. Desearía llevar conmigo todo lo de aquí, pero, ¿cómo
lo haré?
Una
voz no puede llevarse la lengua y los labios que le dieron alas. Sola debe
buscar el éter.
Y
sola, sin su nido, volará el águila cruzando el sol. Entonces, cuando llegó al
pie de la colina, miró al mar otra vez y vio a su barco acercándose al puerto
y, sobre la proa, los marineros, los hombres de su propia tierra.
Y su
alma los llamó, diciendo:
Hijos
de mi anciana madre, jinetes de las mareas; ¡cuántas veces habéis surcado mis
sueños! Y ahora llegáis en mi vigilia, que es mi sueño más profundo.
Estoy
listo a partir y mis ansias, con las velas desplegadas,, esperan el viento.
Respiraré
otra vez más este aire calmo, contemplaré otra vez tan sólo hacia atrás,
amorosamente.
Y
luego estaré con vosotros, marino entre marinos. Y tú, inmenso mar, madre sin
sueño.
Tú
que eres la paz y la libertad para el río y el arroyo. Permite un rodeo más a
esta corriente, un murmullo más a esta cañada.
Y
luego iré hacia ti, como gota sin límites a un océano sin límites.
Y,
caminando, vio a lo lejos cómo hombres abandonaban sus campos y sus viñas y se
encaminaban apresuradamente hacia las puertas de la ciudad.
Y
oyó sus voces llamando su nombre y gritando de lugar a lugar, contándose el uno
al otro de la llegada de su barco. Y se dijo a sí mismo:
¿Será
el día de la partida el día del encuentro? ¿Y será mi crepúsculo, realmente, mi
amanecer?
¿Y,
qué daré a aquel que dejó su arado en la mitad del surco, o a aquel que ha
detenido la rueda de su lagar?
¿Se
convertirá mi corazón en un árbol cargado de frutos
que
yo recoja para entregárselos?
¿Fluirán
mis deseos como una fuente para llenar sus copas?
¿Será
un arpa bajo los dedos del Poderoso o una flauta a través de la cual pase su
aliento?
Buscador
de silencios soy ¿qué tesoros he hallado en ellos que pueda ofrecer
confiadamente?
Si
es este mi día de cosecha ¿en qué campos sembré la semilla y en qué estaciones,
sin memoria?
Si
esta es, en verdad, la hora en que levante mi lámpara, no es mi llama la que
arderá en ella.
Oscura
y vacía levantaré mi lámpara.
Y el
guardián de la noche la llenará de aceite y la encen¬derá.
En
palabras decía estas cosas. Pero mucho quedaba sin decir en su corazón. Porque
él no podía expresar, su más profundo secreto.
Y,
cuando entró en la ciudad, toda la gente vino a él, llamándolo a voces.
Y
los viejos se adelantaron y dijeron:
No
nos dejes.
Has
sido un mediodía en nuestros crepúsculo y tu juven¬tud nos ha dado motivos para
soñar.
No
eres un extraño entre nosotros; no eres un huésped, sino nuestro hijo
bienamado.
Que
no sufran aún nuestros ojos el hambre de su rostro.
Y
los sacerdotes y las sacerdotisas le dijeron:
No
dejes que las olas del mar nos separen ahora, ni que los años que has pasado
aquí se conviertan en un recuerdo. Has caminado como un espíritu entre nosotros
y tu sombra ha sido una luz sobre nuestros rostros.
Te
hemos amado mucho. Nuestro amor no tuvo palabras y con velos ha estado
cubierto.
Pero
ahora clama en alta voz por ti y ante ti se descubre. Siempre ha sido verdad
que él amor no conoce su hondura hasta la hora de la separación.
Y
vinieron otros también a suplicarle. Pero él no les res¬pondió. Inclinó la
cabeza y aquellos que estaban a su lado vieron cómo las lágrimas caían sobre su
pecho.
El y
la gente se dirigieron, entonces, hacia la gran plaza ante el templo.
Y
salió del santuario una mujer llamada Almitra. Era una profetisa.
Y él
la miró con enorme ternura, porque fue la primera que lo buscó y creyó en él
cuando tan sólo había estado un día en la ciudad.
Y
ella lo saludó, diciendo:
Profeta
de Dios, buscador de lo supremo; largamente has escudriñado las distancias
buscando tu barco.
Y
ahora tu barco ha llegado y debes irte.
Profundo
es tu anhelo por la tierra de tus recuerdos y por el lugar de tus mayores
deseos y nuestro amor no te atará, ni nuestras necesidades detendrán tu paso.
Pero
sí te pedimos que antes de que nos dejes, nos hables y nos des tu verdad.
Y
nosotros la daremos a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, y así no
perecerá.
En
tu soledad has velado durante nuestros días y en tu vigilia has sido el llanto
y la risa de nuestro sueño. Descúbrenos ahora ante nosotros mismos y dinos todo
lo que existe entre el nacimiento y la muerte, como te ha sido mostrado.
Y él
respondió:
Pueblo
de Orfalese ¿de qué puedo yo hablar sino de lo que aún ahora se agita en
vuestras almas?
El
Amor
Dijo
Almitra: Háblanos del Amor.
Y él
levantó la cabeza, miró a la gente y una quietud des¬cendió sobre todos.
Entonces, dijo con gran voz:
Cuando
el amor os llame, seguidlo.
Y
cuando su camino sea duro y difícil.
Y
cuando sus alas os envuelvan, entregaos. Aunque la espada entre ellas escondida
os hiriera.
Y
cuando os hable, creed en él. Aunque su voz destroce nuestros sueños, tal cómo
el viento norte devasta los jardines.
Porque,
así como el amor os corona, así os crucifica.
Así
como os acrece, así os poda.
Así
como asciende a lo más alto y acaricia vuestras más tiernas ramas, que se
estremecen bajo el sol, así descenderá hasta vuestras raíces y las sacudirá en
un abrazo con la tierra.
Como
trigo en gavillas él os une a vosotros mismos.
Os
desgarra para desnudaros.
Os
cierne, para libraros de vuestras coberturas.
Os
pulveriza hasta volveros blancos.
Os
amasa, hasta que estéis flexibles y dóciles.
Y os
asigna luego a su fuego sagrado, para que podáis convertiros en sagrado pan
para la fiesta sagrada de Dios.
Todo
esto hará el amor en vosotros para que podáis cono¬cer los secretos de vuestro
corazón y convertiros, por ese conocimiento, en un fragmento del corazón de la
Vida.
Pero
si, en vuestro miedo, buscáreis solamente la paz y el placer del amor,
entonces, es mejor que cubráis vuestra desnudez y os alejéis de sus umbrales.
Hacia
un mundo sin primaveras donde reiréis, pero no con toda vuestra risa, y
lloraréis, pero no con todas vuestras lágrimas.
El
amor no da nada más a sí mismo y no toma nada más que de sí mismo.
El
amor no posee ni es poseído.
Porque
el amor es suficiente para el amor.
Cuando
améis no debéis decir: "Dios está en mi corazón", sino más bien:
"Yo estoy en el corazón de.Dios."
Y
pensad que no podéis dirigir el curso del amor porque él si os encuentra
dignos, dirigirá vuestro curso.
El
amor no tiene otro deseo que el de realizarse.
Pero,
si amáis y debe la necesidad tener deseos, que vuestros deseos sean éstos:
Fundirse
y ser como un arroyo que canta su melodía a la noche.
Saber
del dolor de la demasiada ternura.
Ser
herido por nuestro propio conocimiento del amor. Y sangrar voluntaria y
alegremente.
Despertarse
al amanecer con un alado corazón y dar gracias por otro día de amor.
Descansar
al mediodía y meditar el éxtasis de amar. Volver al hogar con gratitud en el
atardecer.
Y
dormir con una plegaria por el amado en el corazón y una canción de alabanza en
los labios.
El
Matrimonio
Entonces,
Almitra habló otra vez: ¿Qué nos diréis sobre el Matrimonio, Maestro?
Y él
respondió, diciendo:
Nacisteis
juntos y juntos para siempre.
Estaréis
juntos cuando las alas blancas de la muerte espar¬zan vuestros días.
Sí;
estaréis juntos aun en la memoria silenciosa de Dios. Pero dejad que haya
espacios en vuestra cercanía.
Y
dejad que los vientos del cielo dancen entre vosotros. Amaos el uno al otro,
pero no hagáis del arnor una ata¬dura.
Que
sea, más bien, un mar movible entre las costas de vuestras almas.
Llenaos
uno al otro vuestras copas, pero no bebáis de una sola copa.
Daos
el uno al otro de vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo.
Cantad
y bailad juntos y estad alegres, pero que cada uno de vosotros sea
independiente.
Las
cuerdas de un laúd están solas, aunque tiemblen con la misma música.
Dad
vuestro corazón, pero no para que vuestro compañe¬ro lo tenga.
Porque
sólo la mano de la Vida puede contener los cora¬zones.
Y
estad juntos, pero no demasiado juntos. Porque los pilares del templo están
aparte.
Y,
ni el roble crece bajo la sombra del ciprés ni el ciprés bajo la del roble.
Los
niños
Y
una mujer que sostenía un niño contra su seno pidió: Háblanos de los niños.
Y él
dijo:
Vuestros
hijos no son hijos vuestros.
Son
los hijos y las hijas de la Vida, deseosa de sí misma. Vienen a través vuestro,
pero no vienen de vosotros.
Y,
aunque están con vosotros, no os pertenecen.
Podéis
darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos.
Porque
ellos tienen sus propios pensamientos.
Podéis
albergar sus cuerpos, pero no sus almas.
Porque
sus almas habitan en la casa del mañana que voso¬tros no podéis visitar, ni
siquiera en sueños.
Podéis
esforzaros en ser como ellos, pero no busquéis el hacerlos como vosotros.
Porque
la vida no retrocede ni se entretiene con el ayer. Vosotros sois el arco desde
el que vuestros hijos, como flechas vivientes, son impulsados hacia delante.
El
Arquero ve el blanco en la senda del infinito y os doblega con Su poder para
que Su flecha vaya veloz y lejana. Dejad, alegremente, que la mano del Arquero
os doblegue. Porque, así como El ama la flecha que vuela, así ama también el
arco, que es estable.
El
dar
Entonces,
un hombre rico dijo: Háblanos del dar.
Y él
contestó:
Dais
muy poca cosa cuando dais de lo que poseéis.
Cuando
dais algo de vosotros mismos es cuando realmen¬te dais.
¿Qué
son vuestras posesiones sino cosas que atesoráis por miedo a necesitarlas
mañana?
Y
mañana, ¿qué traerá el mañana al perro que, demasiado previsor, entierra huesos
en la arena sin huellas mientras sigue a los peregrinos hacia la ciudad santa?
¿Y qué es el miedo a la necesidad sino la necesidad misma?
¿No
es, en realidad, el miedo a la sed, cuando el manan¬tial está lleno, la sed
inextinguible?
Hay
quienes dan poco de lo mucho que tienen y lo dan buscando el reconocimiento y
su deseo oculto malogra sus regalos.
Y
hay quienes tienen poco y lo dan todo.
Son
éstos los creyentes en la vida y en la magnificencia de la vida y su cofre
nunca está vacío.
Hay
quienes dan con alegría y esa alegría es su premio.
Y
hay quiénes dan con dolor y ese dolor es su bautismo.
Y
hay quienes dan y no saben del dolor de dar, ni buscan la alegría de dar, ni
dan conscientes de la virtud de dar.
Dan
como, en el hondo valle, da el mirto su fragancia al espacio.
A
través de las manos de los que como esos son, Dios habla y, desde el fondo de
sus ojos, El sonríe sobre la tierra.
Es
bueno dar algo cuando ha sido pedido, pero es mejor dar sin demanda,
comprendiendo.
Y,
para la mano abierta, la búsqueda de aquel que recibi¬rá es mayor goce que el
dar mismo.
¿Y
hay algo, acaso, que podáis guardar? Todo lo que tenéis será dado algún día.
Dad,
pues, ahora que la estación de dar es vuestra y no de vuestros herederos.
Decís
a menudo: "Daría, pero sólo al que lo mereciera." Los árboles en
vuestro huerto no dicen así, ni lo dicen los rebaños en vuestra pradera.
Ellos
dan para vivir, ya que guardar es perecer.
Todo
aquel que merece recibir sus días y sus noches, merece, seguramente, de
vosotros todo lo demás.
Y
aquel que mereció beber el océano de la vida, merece llenar su copa en vuestro
pequeño arroyo.
¿Y
cuál será mérito mayor que el de aquel que da el valor y la confianza -no la
caridad- del recibir?
¿Y
quiénes sois vosotros para que los hombres os muestren su seno y os descubran
su orgullo para que así veáis sus mere¬cimientos desnudos y su orgullo sin
confusión?
Mirad
primero si vosotros mismos merecéis dar y ser un instrumento del dar.
Porque,
a la verdad, es la vida la que da a la vida, mientras que vosotros, que os
creéis dadores, no sois sino testigos.
Y
vosotros, los que recibís -y todos vosotros sois de ellos- no asumáis el peso
de la gratitud, si no queréis colocar un yugo sobre vosotros y sobre quien os
da.
Eleváos,
más bien, con el dador en su dar como en unas alas.
Porque
exagerar vuestra deuda es dudar de su generosi¬dad, que tiene el libre corazón
de la tierra como madre y a Dios como padre.
El
comer y el beber
Entonces,
un viejo que tenía una posada dijo: Háblanos del comer y del beber.
Y él
respondió:
Ojalá
pudiérais vivir de la fragancia de la tierra y, como planta del aire, ser
alimentados por la luz.
Pero,
ya que debéis matar para comer y robar al recién nacido la leche de su madre
para apagar vuestra sed, haced de ello un acto de adoración.
Y
haced que vuestra mesa sea un altar en el que lo puro y lo inocente, el buque y
la pradera sean sacrificados a aquello que es más puro y aún inocente que el
hombre.
Cuando
matéis un animal, decidle en vuestro corazón: "El mismo poder que te
sacrifica, me sacrifica también; yo seré también destruido.
La
misma ley que te entrega en mis manos me entregará a mí en manos más poderosas.
Tu
sangre y mi sangre no son otra cosa que la savia que alimenta el árbol del
cielo."
Y,
cuando mordáis una manzana, decidle en vuestro corazón:
"Tus
semillas vivirán en mi cuerpo.
Y
los botones de tu mañana florecerán en mi corazón. Y tu fragancia será mi
aliento.
Y
gozaremos juntos a través de todas las estaciones."
Y,
en el otoño, cuando reunáis las uvas de vuestras vides para el lagar, decid en
vuestro corazón:
"Yo
soy también una vid y mi fruto será llevado al lagar. Y, como vino nuevo será
guardado en vasos eternos."
Y,
en el invierno, cuando sorbáis el vino, que haya en vuestro corazón un canto
para cada copa.
Y
que haya en ese canto un recuerdo para los días otoña¬les y para la vid y para
el lagar.
El
trabajo
Entonces,
dijo el labrador: Háblanos del trabajo.
Y él
respondió, diciendo:
Trabajáis
para seguir el ritmo de la tierra y del alma de la tierra.
Porque
estar ocioso es convertirse en un extraño en medio de las estaciones -y salirse
de la procesión de la vida, que marcha en amistad y sumisión orgullosa hacia el
infinito.
Cuando
trabajáis, sois una flauta a través de cuyo corazón el murmullo de las horas se
convierte en música.
¿Cuál
de vosotros querrá ser una caña silenciosa y muda cuando todo canta al unísono?
Se
os ha dicho siempre que el trabajo es una maldición y la labor una desgracia.
Pero
yo os digo que, cuando trabajáis, realizáis una parte del más lejano sueño de
la tierra, asignada a vosotros cuando ese sueño fue nacido.
Y,
trabajando, estáis, en realidad, amando a la vida.
Y
amarla, a través del trabajo, es estar muy cerca del más recóndito secreto de
la vida.
Pero
si, en vuestro dolor, llamáis al nacer una aflicción y al soportar la carne una
maldición escrita en vuestra frente, yo os responderé que nada más que el sudor
de vuestra frente lavará lo que está escrito.
Se
os ha dicho también que la vida es oscuridad y, en vuestra fatiga, os hacéis
eco de la voz del fatigado.
Y yo
os digo que la vida es, en verdad, oscuridad cuando no hay un impulso.
Y
todo impulso es ciego cuando no hay conocimiento. Y todo saber es vano cuando
no hay trabajo.
Y
todo trabajo es vacío cuando no hay amor.
Y
cuando trabajáis con amor, os unís con vosotros mismos, y con los otros, y con
Dios.
¿Y
qué es trabajar con amor?
Es
tejer la tela con hilos extraídos de vuestro corazón como si vuestro amado
fuera a usar esa tela.
Es
construir una casa con afecto, como si vuestro amado fuera a habitar en ella.
Es
plantar semillas con ternura y cosechar con gozo, como si vuestro amado fuera a
gozar del fruto.
Es
infundir en todas las cosas que hacéis el -aliento de vuestro propio espíritu.
Y
saber que todos los muertos benditos se hallan ante vosotros observando.
He
oído a menudo decir, como si fuera en sueños: "El que trabaja en mármol y
encuentra la forma de su propia alma en la piedra es más noble que el que labra
la tierra."
"Aquel
que se apodera del arco iris para colocarlo en una tela transformada en la
imagen de un hombre es más que el que hace las sandalias para nuestros
pies."
Pero,
yo digo, no en sueños, sino en la vigilia del medio¬día, que el viento no habla
más dulcemente a los robles gigan¬tes que a la menor de las hojas de la hierba.
Y
solamente es grande el que cambia la voz del viento en una canción, hecha más
dulce por-u propio amor.
El
trabajo es el amor hecho visible.
Y si
no podéis trabajar con amor, sino solamente con disgusto, es mejor que dejéis
vuestra tarea y os sentéis a la puerta del templo y recibáis limosna de los que
trabajan gozo¬samente.
Porque,
si horneáis el pan con indiferencia estáis hornean¬do un pan amargo que no
calma más que a medias el hambre del hombre.
Y si
refunfuñáis al apretar las uvas, vuestro murmurar destila un veneno en el vino.
Y si
cantáis, aunque fuera como los ángeles, y no amáis el cantar, estáis
ensordeciendo los oídos de los hombres para las voces del día y las voces de la
noche.
La
Alegría y el Dolor
Entonces,
dijo una mujer: Háblanos de la Alegría y del Dolor.
Y él
respondió:
Vuestra
alegría es vuestro dolor sin máscara.
Y la
misma fuente de donde brota vuestra risa fue muchas veces llenada con vuestras
lágrimas.
Y
¿cómo puede ser de otro modo?
Mientras
más profundo cave el dolor en vuestro corazón, más alegría podréis contener.
¿No
es la copa que guarda vuestro vino la misma copa que estuvo fundiéndose en el
horno del alfarero?
¿Y'
no es el laúd que apacigua vuestro espíritu la misma madera que fue tallada con
cuchillos?
Cuando
estéis contentos, mirad en el fondo de vuestro corazón y encontraréis que es
solamente lo que,os produjo dolor, lo que os da alegría.
Cuando
estéis tristes, mirad de nuevo en vuestro corazón y veréis que estáis llorando,
en verdad, por lo que fue vuestro deleite.
Algunos
de vosotros decís: "La alegría es superior al dolor" y otros:
"No, el dolor es más grande."
Pero
yo os digo que son inseparables.
Vienen
juntos y, cuando uno de ellos se sienta con voso¬tros a vuestra mesa, recordad
que el otro está durmiendo en vuestro lecho.
En
verdad, estáis suspensos, como fiel de balanza, entre vuestra alegría y vuestro
dolor.
Sólo
cuando vacíos estáis quietos y equilibrados.
Cuando
el tesorero os levanta para pesar su oro y su plata, es necesario que vuestra
alegría o vuestro dolor suban o bajen.
Las
Casas
Un
albañil, entonces, se adelantó y dijo: Háblanos de las Casas.
Y él
respondió, diciendo:
Levantad
con vuestra imaginación una enramada en el bosque antes que una casa dentro de
las murallas de la ciudad.
Porque,
así como tendréis huéspedes en vuestro crepúscu¬lo, así el peregrino en
vosotros tenderá siempre. hacia la distancia y la soledad.
Vuestra
casa es vuestro cuerpo grande.
Crece
en el sol y duerme en la quietud de la noche, y sueña.
¿No
es cierto que sueña? ¿Y que, al soñar, deja la ciudad por el bosque o la
colina?
¡Cómo
pudiera juntar vuestras casas en mi mano y, como un sembrador, esparcirlas por
el bosque y la pradera!
Los
valles serían vuestras calles y los senderos verdes las alamedas y os
buscaríais el uno al otro a través de los viñedos, para volver con la fragancia
de la tierra en las vestiduras.
Pero
todo eso no puede ser aún.
En
su miedo, vuestros antecesores os pusieron demasiado juntos. Y ese miedo durará
aún un poco. Por un tiempo aún los muros de vuestra ciudad separarán vuestro
corazón de vuestros campos.
Y,
decidme, pueblo de Orfalese, ¿qué tenéis en esas casas? ¿Y qué guardáis con
puertas y candados?
¿Tenéis
paz, el quieto empuje que revela vuestro poder? ¿Tenéis remembranzas, los arcos
lucientes que unen las cumbres del espíritu?
¿Tenéis
belleza que guía el corazón desde las casas de madera y piedra hechas, hasta la
montaña sagrada?
Decidme,
¿las tenéis en vuestras casas?
¿O
tenéis solamente comodidad y el ansia de comodidad, esa cosa furtiva que entra
a una casa como un huésped y luego se convierte en dueño y después en amo y
señor?
¡Ay!
y termina siendo un domador y, con látigo y garfio juega con vuestros mayores
deseos.
Aun
ue sus manos sean sedosas, su corazón es férreo. Arrua. vuestro sueño solamente
para colocarse al lado de vuestro lecho y escarnecer la dignidad del cuerpo.
Hace
mofa de vuestros sentidos y los echa en el cardal como frágiles vasos.
En
verdad os digo que el ansia de comodidad mata la pasión del alma y luego camina
haciendo muecas eti el funeral. Pero vosotros, criaturas del espacio, vosotros,
inquietos en la quietud, no seréis atrapados o domados.
Vuestra
casa no será un ancla, sino un mástil.
No
será la cinta brillante que cubre una herida, sino el párpado que protege el
ojo.
No
plegaréis vuestras alas para poder pasar por sus puertas, ni agacharéis la
cabeza para que no toque su techo, ni teme= réis respirar por miedo a que sus
paredes se rajen o derrum¬ben.
No
viviréis en tumbas hechas por los muertos para los vivos y, aunque magnificente
y esplendorosa, vuestra casa no se adueñará de vuestro secreto, ni encerará
vuestro anhelo.
Porque
lo que . en vosotros es ilimitado habita en la mansión del cielo, cuya puerta
es la. niebla de la mañana ,y cuyas ventanas ion las canciones y los silencios
de la noche.
El
Vestír
Y un
tejedor dijo: Háblanos del vestir.
Y él
respondió, diciendo:
Vuestra
ropa esconde mucho de vuestra belleza y, sin embargo, no cubre lo que no es
bello.
Y
aunque buscáis en el vestir el sentiros libres en vuestra intimidad, podéis
hallar en él un arnés y una cadena.
¡Cómo
pudiérais enfrentar al sol y al viento con más de vuestra piel y menos de
vuestro ropaje!
Porque
el aliento de la vida está en la luz del sol y 'la mano de la vida en el
viento.
Algunos
de vosotros decís: "Es el viento del norte el que ha tejido las ropas que
usamos."
Y yo
digo: ¡Ay! Fue el viento del norte.
Pero
fue la vergüenza su telar y la debilidad de carácter dio sus hilos.
Y,
cuando terminó su trabajo, rió en el bosque.
No
os olvidéis que el pudor no es protección contra los ojos del impuro.
Y,
cuando el impuro no exista más ¿qué será el pudor sino los grillos y la
impureza de la mente?
Y no
olvidéis que la tierra goza al sentir vuestros pies desnudos y los vientos
anhelan jugar con vuestros callellos.
El
Comprar y el Vender
Y un
mercader dijo: Háblanos del Comprar y el Vender.
Y él
respondió:
La
tierra os entrega sus frutos y vosotros no conoceréis necesidad si sabéis
solamente cómo llenaros las manos.
Es
en el intercambio de los dones de la tierra donde encontraréis abundancia y
seréis satisfechos.
Pero,
a menos que ese intercambio sea hecho con amor y bondadosa justicia, llevará a
algunos a la codicia y a otros al hambre.
Cuando,
en el mercado, vosotros, trabajadores del mar y los campos y los viñedos,
encontréis a los tejedores y alfare¬ros y vendedores de especies,
invocad
al espíritu guía de la tierra para que vaya en medio de vosotros y santifique
las medidas y para que pese al valor de acuerdo con el valor.
Y no
permitáis que el de las manos estériles, el que quiere venderos sus palabras al
precio de vuestra labor, intervenga en vuestras transacciones.
A
ese hombre deberéis decirle:
"Ven
con nosotros a los campos o vé con nuestros hermanos a la mar y arroja tu red:
Que
la tierra y el mar serán espléndidos para ti como lo son para nosotros."
Y,
si vienen los cantores y los bailarines y los tañidores de caramillo, comprad
de sus dones.
Porque
ellos son también cosechadores de frutos e in¬cienso y lo que ellos traen,
aunque hecho de sueño, es ropaje y alimento para vuestro espíritu.
Y,
antes de abandonar el mercado, ved que nadie se marche con las manos vacías.
Porque
el espíritu señor de la tierra no dormirá en paz sobre los vientos hasta que
las necesidades del 'ultimo de vosotros sean satisfechas.
El
Crimen y el Castigo
Entonces,
uno de los jueces de la ciudad se adelantó y dijo: Háblanos del Crimen y el
Castigo.
Y él
respondió, diciendo:
Es
cuando vuestro espíritu va vagando en el viento.
Que
vosotros, solos y sin guarda, cometéis una falta para con los demás y, por lo
tanto, para con vosotros mismos.
Y,
por tal falta cometida, debéis llamar a la puerta del buenaventurado y esperar
por un momento.
Como
el océano es vuestro dios personal.
No
conoce los caminos del topo ni busca los agujeros de la serpiente.
Pero
vuestro dios personal no habita sólo en vuestro ser;
mucho
en vosotros es aún hombre, y mucho en vosotros no es hombre todavía,
sino
un pigmeo informe que camina dormido en la niebla, en busca de su propio
despertar.
Y
del hombre en vosotros quiero yo hablar ahora.
Porque
es él y no vuestro dios personal ni el pigmeo en la niebla el que conoce el
crimen y el castigo del crimen.
A
menudo os he oído hablar de aquel que comete una falta como si no fuera uno de
vosotros, sino un extraño y un intruso en vuestro mundo.
Pero
yo os digo que, así como el santo y el justo no pueden elevarse más allá de lo
más alto que existe en cada uno de vosotros.
Así„el
débil y el malvado no pueden caer más bajo que lo más bajo que está también en
vosotros.
Y,
así como una sola hoja no se vuelve amarilla sino con el silencioso
conocimiento del árbol todo.
Así,
el que falta no puede hacerlo sin la voluntad oculta de todos vosotros.
Como
una procesión marcháis juntos hacia vuestro dios personal.
Sois
el camino y sois los caminantes.
Y,
cuando uno de vosotros cae, cae para que los que le siguen no: tropiecen en la
misma piedra.
¡Ay!
Y cae por los que le precedieron, por aquellos que, siendo de paso más rápido y
seguro, no removieron, sin em¬bargo, la piedra del camino.
Y
esto aún, aunque las palabras pesen duramente sobre vuestros corazones:
El
asesinado no es irresponsable de su propia muerte. Y el robado no es libre de
culpa al ser robado.
El
justo no es inocente de los hechos del malvado.
Y el
de las manos blancas no está limpio de lo que el Felón hace.
Sí;
el reo es, muchas veces, la víctima del injuriado. Y, aún más a menudo, el
condenado es el que lleva la carga del sin culpa.
No
podéis separar el justo del injusto ni el bueno del malvado.
Porque
ellos se hallan juntos ante la faz del sol, así como el hilo blanco y el negro
están tejidos juntos.
Y,
cuando el hilo negro se rompe, el tejedor debe exami¬nar toda la tela y
examinar también el telar.
Si
alguno de vosotros trajera a juicio a la mujer infiel, haced que pesen también
el corazón de su marido en la balanza y midan su alma con medidas.
Y
haced que aquél que azotaría al ofensor mire en el espí¬ritu del ofendido.
Y,
si alguno de vosotros castigara en nombre de la justicia y descargara el hacha
en el árbol malo, haced que mire las raíces.
Y
encontrará, en verdad, las raíces de lo bueno y lo malo, lo fructífero y lo
estéril juntos y entrelazados en el silente corazón de la tierra.
Y,
vosotros, jueces, que debéis ser justos,
¿Qué
juicio pronunciaríais sobre aquél que, aunque honesto en la carne, fuera un
ladrón en espíritu?
¿Qué
pena impondríais al que destruye la carne y es, él mismo destruido en el
espíritu?
Y
¿cómo juzgaríais a aquel que es, en acción, un opresor y un falso
Pero
que es, sin embargo, también agraviado y ultrajado?
¿Y
cómo castigaríais a aquéllos cuyo remordimiento es ya mayor que su falta?
¿No
es el remordimiento -la justicia administrada por la ley misma que desearíais
servir?
Sin
embargo, no podréis cargar al inocente de remordi¬miento, ni librar de él el
corazón del culpable.
Vendrá
el remordimiento espontáneamente en la noche para que los hombres se despierten
y se contemplen a ellos mismos.
Y
vosotros, que pretendéis entender de justicia, ¿cómo podréis hacerlo si no
miráis todos los hechos en la plenitud de la luz?
Sólo
así sabréis que el erecto y el caído no son sino un solo hombre, de pie en el
crepúsculo, entre la noche de su yo pigmeo y el día de su dios personal.
Y
que la coronación del templo no es más alta que la piedra más baja de sus
cimientos.
Las
Leyes
Dijo,
entonces, un abogado. Pero, ¿qué nos decís de nuestras Leyes, maestro?
Y él
respondió:
Os
deleitáis dictando leyes.
Y,
no obstante, gozáis más violándolas.
Como
los niños que juegan a la orilla del océano y levan¬tan, con constancia, torres
de arena y, con risas, las destruyen luego.
Pero,
mientras construís vuestras torres, el océano trae más arena a la playa.
Y,
cuando las destruís, el océano ríe con vosotros. En verdad, el océano. ríe
siempre con el inocente.
Pero,
¿aquellos para quienes la vida no es un océano y las leyes de los hombres no
son castillos de arena.
Sino
para quienes la vida es una roca y la ley un cincel con el que la tallarían a
su gusto?
¿Qué
del lisiado que odia a los que danzan?
¿Qué
del buey que ama su yugo y juzga al alce y al ciervo del bosque como
descarriados y vagabundos?
¿Y
la vieja serpiente que no puede librarse de su piel y llama a todos los demás
desnudos y desvergonzados?
¿Y
de aquél que llegó temprano a la fiesta de bodas y, cuando está cansado y
harto, se aleja diciendo que todas las fiestas son inmorales y los concurrentes
violadores de la ley?
¿Qué
diré de ellos sino que están también a la luz del sol, pero dando al sol la
espalda?
Ven
sólo sus sombras y sus sombras son sus leyes.
¿Y
qué es el sol para ellos, sino algo que produce sombras? .¿Y qué es el
reconocer las leyes, sino el encorvarse y rastrear sus sombras sobre la tierra?
Pero
a vosotros, que camináis mirando al sol, ¿qué imá¬genes dibujadas en la tierra
pueden conteneros?
Y si
vosotros viajáis con el viento, ¿qué veleta dirigirá vuestro andar?
¿Qué
ley humana os atará si rompéis vuestro yugo lejos de la puerta de las prisiones
de los hombres?
¿Y
quién es el que os llevará a juicio si desgarráis vuestro vestido, pero no lo
dejáis en el camino?
Pueblo
de Orfalese, podéis cubrir el tambor y podéis aflojar las cuerdas de la lira,
pero ¿quién ordenará a la alon¬dra del cielo que no cante?
La
Libertad
Y un
orador dijo: Háblanos de la Libertad.
Y él
respondió:
A
las puertas de la ciudad y a la lumbre de vuestro hogar yo os he visto
postraros y adorar vuestra propia libertad.
Así
como los esclavos se humillan ante un tirano y lo alaban aun cuando los mata.
¡Ay!
En el jardín del templo y a la sombra de la ciudade¬la he visto a los más
libres de vosotros usar su libertad como un yugo y un dogal.
Y mi
corazón sangró en mi pecho porque sólo podéis ser libres cuando aíro el deseo
de perseguir la libertad sea un arnés para vosotros y cuando dejéis de hablar
de la libertad como una meta y una realización.
Seréis,
en verdad, libres, no cuando vuestros días estén libres de cuidado ni vuestras.
noches de necesidad y pena. Sino, más bien, cuando esas cosas rodeen vuestra
vida y, sin embargo, os elevéis sobre ellas desnudos y sin ataduras. Y, ¿cómo
os elevaréis más allá de vuestros días y vuestras noches a menos que rompáis
las cadenas que, en el amanecer de vuestro entendimiento, atasteis alrededor de
vuestro mediodía?
En
verdad, eso que llamáis libertad es la más fuerte de esas cadenas, a pesar de
que sus eslabones brillen al sol y deslumbren vuestros ojos.
¿Y
qué sino fragmentos de vuestro propio yo desecharéis para poder ser libres?
Si
es una ley injusta la que deseáis abolir, esa ley fue escri¬ta con vuestra
propia mano sobre vuestra propia frente.
No
podéis borrarla quemando vuestros Códigos ni lavan¬do la frente de vuestros
jueces, aunque vaciéis el mar sobre ella.
Y,
si es un déspota el que queréis destronar, ved primero que su trono, erigido
dentro de vosotros, sea destruido.
Porque,
¿cómo puede un tirano mandar a los libres y a los dignos sino a través de una
tiranía en su propia libertad y una vergüenza en su propio orgullo?
Y si
es una pena lo que queréis desechar, esa pena fue escogida por vosotros más que
impuesta a vosotros.
Y si
es un miedo el que queréis disipar, la sede de ese miedo está en vuestro
corazón y no en la mano del ser tem;do, En verdad, todas las cosas se mueven en
vosotr- zumo luces y sombras apareadas.
Y,
cuando la sombra se desvanece y no existe más, la luz que queda se convierte en
sombra en otra luz.
Y,
así, vuestra libertad, cuando pierde sus grillos, se con¬vierte ella misma en
el grillo de una libertad mayor.
La
Razón y la Pasión
Y la
sacerdotisa habló de nuevo: Háblanos de la Razón y la Pasión.
Y él
respondió, diciendo:
Vuestra
alma es, a veces, un campo de batalla sobre el que vuestra razón y vuestro
juicio combaten contra vuestra pasión y vuestro apetito.
Desearía
poder ser el pacificador de vuestra alma y cambiar la discordia y la rivalidad
de vuestros elementos en 'unidad y melodía. Pero, ¿cómo lo haré a menos que
vosotros
mismos
seáis también los pacificadores, no, los amigos, de todos vuestros elementos?
Vuestra
razón y vuestra pasión son el timón y las velas de vuestra alma viajera.
Si
vuestras velas o vuestro timón se rompieran, no podríais más que agitaros e ir
a la deriva o permanecer inmóviles en medio del mar. Porque la razón,
gobernando sola, es una
fuerza
limitadora y la pasión, desgobernada, es una llama que se quema hasta su propia
destrucción.
Por,
lo tanto, haced que vuestra alma exalte a vuestra razón a la altura de la
pasión, para que cante.
Y
dirigid vuestra pasión con el razonamiento, para. que ella pueda vivir a través
de su diaria resurrección y, como el ave fénix, se eleve de sus propias
cenizas.
Desearía
que consideráseis vuestro propio juicio y vuestro apetito como dos queridos
huéspedes.
No
honraríais, con seguridad, a uno más que al otro; porque quien es más atento
con uno de ellos pierde el amor y la fe de ambos.
Entre
las colinas, cuando os sentéis a la sombra fresca de los álamos, compartiendo
la paz y la serenidad de los campos y praderas distantes, dejad que vuestro
corazón diga en silen¬cio: "Dios descansa en la razón."
Y,
cuando llegue la tormenta y el viento poderoso sacuda el bosque y los truenos y
relámpagos proclamen la majestad del cielo, dejad a vuestro corazón decir
sobrecogido: "Dios se mueve en la pasión."
Y,
ya que sois un soplo en la esfera de Dios y una hoja en el bosque de Dios,
deberíais descansar en la razón y moveros en la pasión.
El
Dolor
Y
una mujer pidió: Háblanos del Dolor.
Y él
dijo:
Vuestro
dolor es la ruptura de la celda que encierra vuestra comprensión.
Así
como la semilla de la fruta debe romperse para que su corazón se muestre al
sol, así debéis vosotros conocer el dolor.
Y,
si pudiérais mantener vuestro corazón maravillado ante los diarios milagros de
la vida, vuestro dolor no os pareciera menos prodigioso que vuestra alegría.
Y
aceptaríais las estaciones de vuestro corazón así como habéis aceptado siempre
las estaciones que pasan sobre vuestros campos.
Y
esperaríais con serenidad a través de los inviernos de vuestra pena.
Mucho
de vuestro dolor es elegido por vosotros mismos. Es la porción amarga con la
que el médico que hay dentro de vosotros cura vuestro ser enfermo.
Por
tanto, confiad en el médico, y bebed el remedio en silencio y tranquilidad;
Porque
su mano, aunque dura y pesada, guiada está por la tierna mano del Invisible.
Y el
vaso con que brinda, aunque queme vuestros labios, ha sido moldeado de la
arcilla que el Alfarero ha humedecido con sus propias lágrimas sagradas.
El
Conocimiento
Y un
hombre dijo, entonces: Háblanos del Conocimiento propio.
Y él
respondió:
Vuestros
corazones saben, en silencio, los secretos de los días y las noches.
Pero
vuestros oídos padecen por el sonido del conoci¬miento de vuestro corazón.
Querríais
saber, en palabras, lo que siempre supísteis en pensamiento;
Querríais
tocar con vuestras manos el cuerpo desnudo de vuestros sueños.
Y es
bueno que lo hicierais.
El
manantial escondido de vuestra alma necesita brotar y correr murmurando hacia
el mar;
Y el
tesoro de vuestros infinitos arcanos sería revelado a vuestros ojos.
Pero
no pongáis balanzas para pesar vuestro tesoro desco¬nocido.
Y
no- registréis los arcanos de vuestro conocimiento con palos ni sondas.
Porque
el yo es un mar inconmensurable.
No
digáis: "He hallado la verdad" sino más bien. "He hallado una
verdad".
No
digáis: "He encontrado el alma caminando en mi senda."
Porque
el alma camina sobre todas las sendas.
El
alma no camina en línea recta, ni crece como un bambú.
El
alma se despliega como un loto de innumerables péta¬los.
El
Enseñar
Dijo,
entonces, un maestro: Háblanos del Enseñar.
Y él
réspondió;
Nadie
puede revelarnos más de lo que reposa ya dormido a medias en el alba de nuestro
conocimiento.
El
maestro que camina a la sombra del templo, en medio de sus discípulos, no les
da de su sabiduría, sino, más bien, de su fe-y de su afecto.
Si
él es sabio de verdad, no os pedirá que entréis en la casa de su, sabiduría,
sino que os guiará, más bien, hasta el umbral de vuestro propio espíritu.
El
astrónomo puede hablaros de su comprensión del espa¬cio, pero no puede daros
ese conocimiento.
El
músico puede cantaros el ritmo que existe en todo ámbito, pero no puede daros
el oído que detiene el ritmo ni la voz que le hace eco. Y el que es versado en
la ciencia de los números puede hablaros de las regiones del peso y la medida,
pero no puede conduciros a ellas. Porque la visión de un hombre no, presta sus
alas a- otro hombre.
Y,
así como cada uno de vosotros se halla solo ante el conocimiento de Dios, así
debe cada uno de vosotros estar solo en su comprensión de Dios y en su
conocimiento de la tierra.
La
Amistad
Un
joven dijo: Háblanos de la Amistad.
Y él
respondió:
Vuestro
amigo es la respuesta a vuestras necesidades.
El
es el campo que plantáis con amor y cosecháis con agradecimiento.
-Y
él es vuestra mesa y vuestro hogar.
Porque
vosotros, vais hacia él con vuestro hambre y lo buscáis con sed de paz.
Cuando
vuestro amigo os hable francamente, no temáis vuestro propio "no", ni
detengáis el "sí".
Y
cuando él esté callado, que no cese vuestro corazón de oír su corazón;
Porque,
sin palabras, en amistad, todos los pensamientos, todos los deseos, todas las
esperanzas nacen y se comparten en espontánea alegría.
Cuando
os separéis de un amigo, no sufráis;
Porque
lo que más amáis en él se aclarará en su ausencia, como la montaña es más clara
desde el llano para el montañés.
Y no
permitáis más propósito en la amistad que el ahon¬damiento del espíritu.
Porque
el amor que no busca más que la aclaración de su propio misterio, no es amor
sino una red lanzada; y solamen¬te lo inútil es cogido.
Y
haced que lo mejor de vosotros sea para vuestro amigo. Si él ha de conocer el
menguante de vuestra marea, que conozca también su creciente.
Porque
¿qué amigo es el que buscaréis para matar las horas?
Buscadlo
siempre para vivir las horas.
Porque
él está para llenar vuestra necesidad, no vuestro vacío.
Y en
la dulzura de la amistad, dejad que hayan risas y placeres compartidos.
Porq,te
en el rocío de las cosas pequeñas el corazón en¬cuentra su mañana y se
refresca.
El
Hablar
Y un
erudito dijo: Dinos del Hablar.
Y él
respondió:
Habláis
cuando cesáis de estar en paz con vuestros pensa¬mientos;
Y,
cuando no podéis morar más en la soledad de vuestro corazón, vivís en vuestros
labios y el sonidb'es una diversión y un pasatiempo.
Y en
mucho de vuestro hablar el pensamiento es a medias asesinado,
Porque
el pensamiento es un pájaro del espacio que, en una jaula de palabras, puede,
en verdad, abrir las alas, pero no puede volar.
Algunos
hay entre vosotros que buscan al hablador por miedo a estar solos.
El
silencio de la soledad revela ante sus ojos su yo desnu¬do y desean escapar.
Y
hay quienes hablan y, sin conocimiento ni premedita¬ción, revelan una verdad
que no comprenden ellos mismos.
Y
hay quienes tienen la verdad, pero no la dicen en pala¬bras.
Cuando
encontréis a vuestro amigo a la vera del camino o en el mercado, dejad que el
espíritu en vosotros mueva vuestros labios y dirija vuestra lengua.
Que
la voz en vuestra voz hable al oído en su oído: Porque su alma guardará la
verdad de vuestro corazón, como el sabor del vino es recordado.
Cuando
el dolor se olvidó y el vaso ya no existe.
El
Tiempo
Y un
astrónomo dijo: Maestro, ¿y el Tiempo?
Y él
respondió:
Mediríais
el tiempo, lo inconmensurable.
Ajustaríais
vuestra conducta y aun dirigiríais la ruta de vuestro. espíritu de acuerdo con
las horas y las estaciones. Del tiempo haríais una corriente a cuya orilla os
senta¬ríais a observarla rodar.
Sin
embargo, lo eterno en vosotros es consciente de la eternidad de la vida. .
Y
saber que el ayer es sólo la memoria del hoy y el mañana es el ensueño del hoy.
Y
que aquello que canta y medita en vosotros mora aún en los límites de aquel
primer momento que esparció las estrellas en el espacio.
¿Quién
de entre vosotros no siente que su capacidad de amar es ilimitada?
Y, a
pesar de ello, ¿quién no siente ese mismo amor, aunque sin límites, rodeado en
el centro de su ser y no moviéndose sino de un pensamiento de amor a otro pensa
miento de amor, ni de un acto de amor a otro acto de amor? ¿Y no es el tiempo,
como es el amor, indivisible y sin etapas?
Pero
si, en vuestro pensamiento, debéis medir el tiempo en estaciones; que cada
estación encierre todas las otras estaciones.
Y
que el hoy abrace al pasado con remembranza y al futuro con ansia.
Lo
Bueno y lo Malo
Y
uno de los más viejos de la ciudad dijo: Háblanos de lo Bueno y de lo Malo.
Y él
respondió:
Puedo
hablar de lo bueno en vosotros, no de lo- malo. Porque, ¿qué es lo malo sino lo
bueno torturado por su propia hambre y su propia sed?
En
verdad, cuando lo bueno está hambriento, busca ali¬mento aun en cavernas
obscuras y, cuando está sediento, bebe hasta dé las aguas muertas.
Sois
buenos cuando sois uno con vosotros mismos. Sin embargo; cuando no lo sois, no
sois malos.
Porque
una casa desunida no es un antro de ladrones; es sólo una casa desunida.
Y un
barco sin timón puede vagar sin rumbo entre islotes peligrosos y no hundirse
hasta el fondo.
Sois
buenos cuando os esforzáis en dar de vosotros mismos. Sin embargo, no sois
malos cuando buscáis ganar para vosotros.
Porque,
cuando lucháis por obtener, no sois más que una raíz que se prende a la tierra
y succiona su seno. Seguramente la fruta no puede decir a la raíz: "Sé
como yo, madura y plena y dando siempre de tu abundancia." Porque para la
fruta el dar es una necesidad, como el reci¬bir es una necesidad para la raíz.
Sois
buenos cuando estáis completamente despiertos en vuestro discurso.
Sin
embargo, no sois malos cuando dormís mientras vuestra lengua titubea sin
propósito.
Y
hasta un vacilante hablar puede fortalecer una lengua débil.
Sois
buenos cuando camináis hacia vuestra meta firme¬mente y con pasos audaces.
No
sois, empero, malos cuando váis hacia ella cojeando. Aun aquellos que cojean no
retroceden.
Pero
vosotros que sois fuertes Y veloces, cuidáos de no cojear delante del lisiado,
imaginando que'eso es. bondad.
Sois
buenos en incontables modos y no sois malos cuando no sois buenos.
Sois
solamente indolentes y haraganes.
Es
una lástima que los ciervos no puedan enseñar veloci¬dad a las tortugas.
En
vuestro anhelo por vuestro yo. gigante reposa vuestra grandeza y ese anhelo se
encuentra en todos vosotros.
Pero
en algunos de vosotros esa ansia es un torrente que corre con fuerza hacia el
mar llevando los secretos de las colinas y las canciones de los bosques.
Y en
otros es un hilo de agua que se pierde en ángulos y curvas y se consume antes
de alcanzar la playa.
Pero,
no dejemos que el que mucho anhela le diga al que anhela poco: "¿Por qué
eres tan lento y te detienes tanto?" Porque el que es verdaderamente bueno
no pregunta al desnudo "¿dónde están tus vestidos?" ni al desamparado
" ¿qué ha ocurrido con tu casa?"
La
Oracíón
Entonces,
una sacerdotisa dijo: Háblanos de la Oración.
Y él
respondió:
Oráis
en vuestra pena y en vuestra necesidad; deberíais también hacerlo en la
plenitud de vuestra alegría y en vuestros días de abundancia.
Porque
¿qué es la oración sino el expandirse de vuestro ser en el éter viviente?
Y si
es para vuestra paz que volcáis vuestra oscuridad en el espacio, es también
para vuestro deleite el derramar el ama¬necer de vuestro corazón.
Y,
si no podéis sino llorar cuando vuestra alma os llama a la oración, ella os
enjugará una vez y otra aún llorando hasta gire encontréis la risa.
Cuando
oráis, os eleváis para hallar en lo alto a los que en ese mismo momento están
orando y a quienes no encontra¬ríais sino en la oración.
Por
lo tanto, que vuestra visita a ese invisible templo no sea más que éxtasis y
dulce comunión.
Porque,
si entrarais al templo solamente a pedir, no reci¬biréis:
Y si
entrarais aun a pedir por el bien de los otros, no seréis oídos.
Es
suficiente que entréis en el templo invisible.
No
puedo enseñaros cómo orar con palabras.
Dios
no oye vuestras palabras sino cuando El Mismo las pronuncia a través de
vuestros labios.
Y yo
no puedo enseñaros la oración de los mares y los bosques y las montañas.
Pero
vosotros, nacidos de las montañas, los bosques y los mares, podéis hallar su
plegaria en vuestro corazón.
Y si
solamente escucháis en la quietud de la noche, les oiréis diciendo, en
silencio:
"Nuestro
Señor, que eres nuestro ser alado, es Tu volun¬tad la que quiere en nosotros.
Es
Tu deseo, en nosotros, el que desea.
Es
Tu impulso el que, en nosotros, cambia nuestras noches, que son Tuyas, en días,
que son Tuyos también.
No
podemos pedirte nada porque Tú conoces nuestras necesidades antes de que nazcan
en nuestro ser:
Tú
eres nuestra necesidad y dándonos más de Ti, nos lo das todo."
El
Placer
Entonces,
un ermitaño, que visitaba la ciudad anualmen¬te, se adelantó y dijo: Háblanos
del Placer.
Y él
respondió, diciendo:
El
placer es una canción de libertad, pero no es libertad. Es el florecer de
vuestros deseos, pero no su fruto.
Es
una llamada de la profundidad a la altura pero no es lo profundo ni lo alto.
Es
lo enjaulado que toma alas, pero no es el espacio con¬finado.
¡Ay!
en verdad verdadera, el placer es una canción de libertad.
Y yo
desearía que la cantárais con plenitud de corazón, pero no que perdiérais el
corazón en el canto.
Algunos
jóvenes entre vosotros buscan el placer como si lo fuese todo y son juzgados
por ello y censurados.
Yo
no los juzgaría ni censuraría. Los dejaría buscarlo. Porque encontrarán el
placer pero no lo encontrarán solo; Siete son sus hermanas y la peor de ellas
es más hermosa que el placer.
¿No
habéis oído del hombre que escarbaba la tierra buscando raíces y encontró un
tesoro?
Y
algunos mayores entre vosotros recuerdan los placeres con arrepentimiento, como
faltas cometidas en embriaguez. Pero el arrepentimiento es el nublarse de la
mente y no su castigo.
Deberían
ellos recordar lus placeres con gratitud, como lo harían de la cosecha de un
verano.
Sin
embargo, si los conforta el arrepentirse, dejad que se arrepientan.
Y
algunos hay, entre vosotros, que no son ni jóvenes para buscar, ni viejos para
recordar.
Y,
en su miedo a buscar y recordar, huyen de todos los placeres para no olvidar el
espíritu u ofenderlo.
Pero
esa renuncia misma es su placer.
Y,
así, ellos también encuentran un tesoro, escarbando con manos temblorosas para
buscar raíces.
Pero,
decidme, ¿quién es el que puede ofender al espí¬ritu?
¿Ofende
el ruiseñor la quietud de la noche o la luciér¬naga ofende a las estrellas?
Y
¿molestan al viento vuestro fuego o vuestro humo? ¿Creéis que es el espíritu un
estanque quieto que podéis enturbiar con un bastón?
A
menudo, al negaros placer, no hacéis otra cosa que guardar el deseo en los
recesos de vuestro ser.
¿Quién
no sabe que lo que parece omitido, aguarda el mañana?
Aun
vuestro cuerpo sabe de su herencia y su justa nece¬sidad y no será engañado.
Y
vuestro cuerpo es el arpa de vuestra alma.
Y
sois vosotros los que podéis sacar de él dulce música o confusos sonidos.
Y
ahora vosotros preguntáis en vuestro corazón: " ¿Cómo distinguiremos lo
que es bueno de lo que no es bueno en el placer?"
Id a
vuestros campos y a vuestros jardines y aprenderéis que el placer de la abeja
es reunir miel de las flores.
Pero
es también el placer de la flor el ceder su miel a la abeja.
Porque,
parada abeja, una flor es fuente de vida.
Y,
para la flor, una abeja es un mensajero de amor, Y para ambos, abejas y flor,
el dar y el recibir placer son una, necesidad y un éxtasis.
Pueblo
de Orfalese, sed en vuestros placeres como las abejas y las flores.
La
Belleza
Y un
poeta dijo: Háblanos de la Belleza.
Y él
respondió:
¿Dónde
buscaréis la belleza y cómo haréis para encontrar¬la a menos que ella misma sea
vuestro camino y vuestro guía? ¿Y cómo hablaréis de ella, a menos que ella
misma teja vuestro hablar?
El
agraviado y el injuriado dicen: "La belleza es gentil y buena.
Camina
entre nosotros como una madre joven, casi aver¬gonzada de su propia
gloria."
Y el
apasionado dice: "No, la belleza es cosa de poder y temor,
Como
una tempestad sacude la tierra bajo nuestros pies y el cielo sobre
nosotros."
El
cansado y rendido dice: "La belleza es hecha de blandos murmullos. Habló
en nuestro espíritu.
Su
voz se rinde a nuestros silencios como una débil luz que se estremece de miedo
a las sombras."
Pero
el inquieto dice: "La hemos oído dar voces entre las montañas.
Y,
con sus voces, se oyó rodar de cascos y batir de alas y rugir de leones."
Durante
la noche, los serenos de la ciudad dicen: "La belleza vendrá del este, con
el alba."
Y,
al mediodía, los trabajadores y los viajeros dicen: "La hemos visto
inclinarse sobre la tierra desde las ventanas del atardecer."
En
el invierno, dice el que se halla entre la nieve: "Vendrá con la
primavera, saltando sobre las colinas."
Y,
en el calor del verano, los cosechadores dicen: "La vimos danzando con las
hojas de otoño y tenía un torbellino de nieve en su pelo."
Todas
estas cosas habéis dicho de la belleza.
Pero,
en verdad, hablásteis, no de ella, sino de vuestras necesidades insatisfechas.
Y la
belleza no es una necesidad, sino un éxtasis.
No
es una sedienta boca, ni una vacía mano extendida.
Sino,
más bien, un corazón ardiente y un alma encantada:
No
es la imagen que veis ni la canción que oís.
Sino,
más bien, una imagen que véis cerrando los ojos y una canción que oís tapándoos
los oídos.
No
es la savia que corre debajo de la rugosa corteza, ni el ala prendida a una
garra.
Sino,
más bien, un jardín eternamente en flor y una bandada de ángeles en vuelo
eternamente.
Pueblo
de Orfalese, la belleza es la vida, cuando la vida descubre su sagrado rostro.
Pero
vosotros sois la vida y vosotros sois el velo.
La
belleza es la eternidad que se contempla a sí misma en un espejo.
Pero
vosotros sois la eternidad y vosotros sois el espejo.
La
Religión
Y un
viejo sacerdote dijo: Háblanos de la Religión.
Y él
respondió:
¿Acaso
he hablado hoy de otra cosa?
¿No
son todos los actos y todas las reflexiones, religión? ¿Y aún aquello que no es
acto ni pensamiento, sino un milagro y una sorpresa brotando siempre en el
alma, aun cuando las manos pican la piedra o atienden el telar?
¿Quién
puede separar su fe de sus acciones o sus creencias de sus ocupaciones?
¿Quién
puede desplegar sus horas ante sí mismo dicien¬do: "Esto para Dios y esto
para mí; esto para mi alma y esto para mi cuerpo?"
Todas
nuestras horas son alas que baten a través del espa¬cio de persona a persona.
El
que usa su moralidad como su más bella vestidura mejor estaría desnudo.
El
sol y el viento no desgarrarían su piel.
Y
aquél que define su conducta por medio de normas, apresará su pájaro cantor en
una jaula.
El
canto más libre no sale detrás de alambres ni barrotes.
Y
aquél para quien la adoración es una ventana que puede abrirse pero también
cerrarse, no ha visitado aún la mansión de su espíritu cuyas ventanas se
extienden desde el alba hasta el alba.
Vuestra
vida de todos los días es vuestro templo y vuestra religión.
Cada
vez que en él entréis llevad con vosotros todo lo que tenéis.
Llevad
el arado y la fragua, el martillo y el laúd.
Las
cosas que habéis hecho por gusto o por necesidad. Porque en recuerdos, no
podéis elevaros por encima de vuestras obras ni caer más bajo que vuestros
fracasos.
Y
llevad con vosotros a todos los hombres.
-Porque,
en la adoración, no podéis volar más álto;ue sus esperanzas ni humillaros más
bajo que su desesperación.
Y si
llegáis a conocer a Dios, no os convirtáis en aclarado¬res de enigmas.
Mirad
más bien alrededor de vosotros y lo veréis jugandp con vuestros hijos.
Y
mirad hacia el espacio; lo veréis caminando en la nube, desplegando sus brazos
en el, rayo. y descendiendo en la lluvia. Lo veréis sonriendo en las flores y
elevándose luego para agitar sus. manos en los árboles.
La
Muerte
Almitra,
entonces, habló, diciendo: Os preguntaríamos ahora sobre la Muerte.
Y él
respondió:
Desearíais
saber el secretó de la muerte.
¿Pero
cómo lo encontraréis á menos de buscarlo en el corazón de la vida?
El
mochuelo, cuyos ojos atados a la noche son ciegos en el día, no puede descubrir
el misterio de la luz.
Si,
en verdad, queréis contemplar el espíritu de la muerte, abrid de par en par
vuestro corazón en el cuerpo de la vida. Porque la vida y la muerte son una,
así como el río y el mar son uno también.
En
el arcano de vuestras ;esperanzas , y deseos reposa vuestro conocimiento
silencioso del más allá:
Y.,
como las semillas soñando bajo la nieve, vuestro cora¬zón sueña con la
primavera.
Confiad
en los sueños, porque en ellos el camino a la eternidad está escondido.
Vuestro
miedo a la muerte no es más que el temblor del pastor cuando está en pie ante
el rey, cuya mano va a posarse sobre él como un honor.
¿No
está, acaso, contento el pastor, bajo su miedo de llevar la marca del rey?
¿No
lo hace eso, sin embargo, más conciente de su temblor?
Porque,
¿qué es morir sino erguirse desnudo?
Y,
¿qué es dejar de respirar, sino el liberar el aliento de sus inquietos vaivenes
para que pueda elevarse y expandirse y, ya sin trabas, buscar a Dios?
Sólo
cuando bebáis el río del silencio cantaréis de verdad. Y, cuando hayáis
alcanzado la cima de la montaña es cuando comenzaréis a ascender.
Y,
cuando la tierra reclame vuestros miembros, es cuando bailaréis de verdad.
La
Partida
Y
era ya la noche.
Y
Almitra, la profetisa, dijo: Sea bendecido este día y este lugar y tu espíritu
que ha hablado.
Y él
respondió, ¿Fui yo el que habló? ¿No fui también uno de los que escucharon?
Descendió,
entonces, las gradas del Templo y todo el pueblo lo siguió. Y él llegó a su
barco y se irguió sobre el puente.
Y,
mirando de nuevo a la gente, alzó la voz y dijo: Pueblo de Orfalese: el viento
me obliga a dejaros. No tengo la prisa del viento, pero debo irme.
Nosotros,
los trotamundos, buscando siempre el cami¬no más solitario, no comenzamos un
día donde hemos termi¬nado otro y no hay aurora que nos encuentre donde nos
dejó el atardecer.
Viajamos
aún cuando la tierra duerme.
Somos
las semillas de una planta tenaz y es en nuestra madurez y plenitud de corazón
que somos dados al viento y esparcidos por doquier.
Breves
fueran mis días entre vosotros y aún más breves las palabras que he dicho.
Pero,
si mi voz se hace débil en vuestros oídos y mi amor se desvanece en vuestra
memoria, entonces, volveré.
Y,
con un corazón más rico y unos labios más dóciles al espíritu, hablaré.
Sí,
he de, Volver con la marea.
Y,
aunque la muerte me esconda y el gran silencio me envuelva, buscaré, sin
embargo, nuevamente vuestra compren¬sión.
Y mi
búsqueda no será en vano:
Si
algo de lo que he dicho es verdad, esa verdad se revela¬rá en una voz más clara
y en palabras más cercanas a vuestros pensamientos.
Me
oy con el viento, pueblo de Orfalese, pero no hacia la nada;"
Y,
si este día no es la realización plena de vuestras necesi¬dades y mi amor, que
sea una promesa hasta que otro día llegue.
Las
necesidades del hombre cambian, pero no su amor, ni su deseo de que este amor
satisfaga sus necesidades.
Sabed,
pues, que desde el silencio más grande, volveré.
La
niebla que se aleja en el alba, dejando solamente el rocío sobre los campos, se
eleva y se hace nube para caer después en lluvia.
Y yo
no he sido diferente dula niebla.
En
la, quietud de la noche he caminado por vuestras calles y mi espíritu entró en
vuestras casas,
Y
los latidos de vuestro corazón estuvieron en mi corazón y vuestro aliento se
posó en mi cara y yo os conozco a todos. Y, a menudo, fui entre vosotros como
un lago entre mon¬tañas:
Reflejé
vuestras cumbres y vuestras laderas y aun el pasar de vuestros pensamientos y
vuestros deseos, en manadas.
Y
vino a mi silencio el reír de vuestros niños en torrentes y los anhelos de
vuestra juventud en ríos.
Y,
cuando llegaron a lo más profundo de mi ser, los torrentes y los ríos no
cesaron de cantar.
Pero
algo más dulce aún que las risas y más grande que los anhelos llegó a mí.
Fue
lo ilimitado en vosotros;
El
hombre inmenso del que sois apenas las células y los nervios;
Aquél
en cuyo canto todo vuestro cantar no es más que un latido sordo.
Es
en el hombre inmenso, en el que sois inmensos. Y es al mirarlo que yo os ví y
os amé.
Porque,
¿qué distancias puede alcanzar el amor que no estén en esa esfera inmensurable?
¿Qué
visiones, qué presunciones pueden superar ese vuelo?
Como
un roble gigante, cubierto de flores de manzano, es el hombre iñmenso en
vosotros.
Su
poder os ata a la tierra, su fragancia os eleva en el espacio y, en su
durabilidad, sois inmortales.
Se
os ha dicho que, como una cadena, sois tan fuertes como vuestro más débil
eslabón.
Eso
es sólo una verdad a medias. Sois también tan fuertes como vuestro eslabón más
fuerte.
Mediros
por vuestra más pequeña acción es como calcular el poder del océano por la
fragilidad de su espuma.
Juzgaros
por vuestras fallas es como culpar a las estacío¬nes por su inconstancia.
¡Ay!
Sois como un océano.
Y,
aunque barcos pesados esperan la marea en vuestras playas, como el océano, no
podéis apurar vuestras mareas.
Y,
sois también como las estaciones.
Y,
aunque en vuestro invierno neguéis vuestra primavera, La primavera, reposando
en vosotros, sonríe en su enso¬ñación y no se ofende.
No
penséis que yo os hablo así para que vosotros os digáis el uno al otro:
"Nos alabó. No ha visto más que lo bueno que hay en nosotros."
Sólo
os digo yo en palabras lo que vosotros mismos sabéis en pensamiento.
Vuestros
pensamientos y mis palabras son ondas de una memoria sellada que guarda el
registro de nuestros ayeres.
Y de
los antiguos días, cuando la tierra no nos conoció ni se conoció ella misma.
Y de
las noches cuando la tierra estuvo atormentada en confusión.
Sabios
vinieron a vosotros a daros de su sabiduría. Yo he venido a tomar de vuestra
sabiduría.
Y he
aquí que he hallado lo que es más grande que la sabiduría misma.
Es
un espíritu ardiente en vosotros que junta cada vez más de él mismo.
Mientras
vosotros, ausentes de su expansión, lloráis el marchitarse de vuestros días.
Es
la vida en busca de vida en los cuerpos que temen la tumba.
No
hay tumbas aquí.
Estas
montañas y llanuras son una cuna y un peldaño. Cada vez que paséis cerca del
campo ,donde dejasteis a vuestros antecesores reposando, mirad bien y os veréis
voso¬tros mismos y veréis a vuestros hijos danzando de la mano. En verdad, os
divertís a menudo sin saberlo.
Otros
han venido a quienes, por doradas promesas hechas a vuestra fe, habéis dado
riquezas y poder y gloria.
Menos
que una promesa os he dado yo y, sin embargo, habéis sido más generosos
conmigo.
Me
habéis dado la sed más profunda para mi vida futura. No hay seguramente para un
hombre regalo más grande que aquél que hace de todos sus anhelos unos sedientos
labios y de toda su vida una fontana fresca.
Y
allí mi honor y mi premio:
Que,
cada vez que voy a la fuente a beber, encuentro el agua viviente sedienta ella
misma;
Y
ella me bebe mientras yo la bebo.
Algunos
de vosotros me habéis juzgado orgulloso y exage¬radamente esquivo para recibir
regalos.
Soy,
en verdad, demasiado orgulloso para recibir salario, pero no regalos.
Y
aunque he comido bayas entre° las colinas, cuando hubierais querido sentarme a
vuestra mesa.
Y
dormido en el pórtico del templo cuando me hubierais acogido gozosamente,
¿No
fue acaso vuestro cuidado amante de mis días y mis noches el que hizo la comida
dulce a mi boca y ciñó con visiones mi sueño?
Yo
os bendigo aún más por esto: Vosotros dais mucho y no sabéis qué dais.
Verdaderamente, la bondad que se mis a sí misma en un espejo se convierte en
piedra.
Y
una buena acción que se llama a ella misma con nombres tiernos se transforma en
pariente de una maldición. Y algunos de vosotros me habéis llamado solitario y
em¬briagado en mi propio aislamiento.
Y
habéis dicho: "Se consulta con los árboles del bosque, pero no con los
hombres.
Se
sienta, solitario en las cumbres de los montes y mira nuestra ciudad a sus
pies."
¿Cómo
podría haberos visto sino desde una gran altura o de una gran distancia?
¿Cómo
se puede estar cerca de verdad, a menos que se esté lejos?
Y
otros, entre vosotros, me han llamado sin palabras, diciendo:
"Extranjero,
extranjero, amante de cumbres inalcanza¬bles, ¿por qué habitas entre las cimas,
donde las águilas hacen sus nidos?
¿Por
qué buscas lo inobtenible?
¿Qué
tormentas quieres atrapar en tu red? ¿Y qué vaporosos pájaros cazas en el
cielo? Ven y sé uno de nosotros.
Desciende
y , calma tu hambre con nuestro pan y apaga tu sed con nuestro vino."
En
la soledad de sus almas decían esas cosas.
Pero,
si su soledad hubiera sido más profunda, hubieran sabido que lo que yo buscaba
era el secreto de vuestra alegría y vuestro dolor.
Y
que cazaba solamente lo más grande de vuestro ser, que camina por el cielo.
Pero
el cazador fue también el cazado.
Porque
muchas de mis flechas dejaron mi arco solamente para buscar mi propio pecho.
Y el
que volaba se arrastró también;
Porque,
cuando mis alas se extendían al sol, su sombra sobre la tierra fue una tortuga.
Y el
creyente fue también el escéptico;
Porque
yo he puesto a menudo mi dedo en mi propia herida para poder creer más en
vosotros y conoceros mejor. Y es con esa fe y ese conocimiento que os digo:
No
estáis encerrados en vuestro cuerpo, ni confinados a vuestras casas o campos.
Aquello
que en vosotros habita sobre las montañas y pasea con el viento.
No
es esa cosa que se arrastra bajo el sol buscando calor o excava agujeros en la
oscuridad, buscando refugio.
Sino
algo libre, un espíritu que envuelve la tierra y se mueve en el éter.
Si
éstas son palabras vagas, no busquéis aclararlas.
Vago
y nebuloso es el principio de todas las cosas, pero no su fin.
Y yo
desearía que me recordárais como un comienzo.
La
vida, y todo lo que vive, son concebidos en la bruma y no en el cristal.
¿Y
quién sabe si el cristal no es la decadencia de la bruma?
Yo
desearía que recordárais esto al recordarme:
Aquello
que parece más débil y turbado en vosotros es lo más fuerte y lo más
determinado.
¿No
es vuestro aliento el que ha erigido y endurecido la estructura de vuestros
huesos?
¿Y
no es un sueño, que ninguno de vosotros recuerda haber soñado, el que edificó
vuestra ciudad e hizo todo lo que en ella hay?
Si
pudiérais ver las mareas de ese aliento, dejaríais de ver todo lo demás.
Y,
si pudiérais oír el murmullo del sueño, no oiríais ningún otro sonido.
Pero
no veis ni oís, y eso está bien.
El
velo que nubla vuestros ojos será levantado por las manos que lo hilaron.
Y la
arcilla que llena vuestros oídos será horadada por aquellos dedos que la
amasaron.
Y
veréis.
Y
oiréis.
Y no
deploraréis, entonces, el haber conocido la ceguera, ni sentiréis haber estado
sordos.
Porque
ese día conoceréis el propósito escondido de todas las cosas.
Y
bendeciréis la oscuridad como bendecíais la luz.
Estas
cosas dichas, miró a su alrededor y vio al piloto de su barco de pie ante el
timón y mirando, ora a las henchidas velas, ora a la distancia.
Y
dijo:
Paciente,
más que paciente, es el capitán de mi barco.
El
viento sopla y las velas están inquietas. Aún el timón solicita una ruta.
Y,
sin embargo, tranquilamente, mi capitán espera mi silencio.
Y
esos mis marineros, que han oído el coro del inmenso mar, tienen también que
oírme pacien-temente.
Pero
no esperarán ahora ya.
Estoy
presto.
La
corriente ha llegado al mar y, una vez más, la gran madre aprieta a su hijo
contra su pecho.
Adiós,
pueblo de Orfalese.
Este
día ha terminado.
Se
está cerrando sobre nosotros como un nenúfar se cierra sobre su propio mañana.
Guardamos
lo que aquí nos ha sido dado,
Y,
si no es suficiente, nos reuniremos de nuevo y juntos tenderemos nuestras manos
hacia el dador.
No
olvidéis que yo volveré hacia vosotros.
Un
momento, no más, y mi anhelo reunirá espuma y polvo para otro cuerpo.
Un
momento, un momento de descanso en el viento, y otra mujer me llevará consigo.
Adiós
a vosotros y a la juventud que he pasado con voso¬tros.
Fue
ayer que nos encontramos en mi sueño.
Habéis
cantado para mí en mi soledad, y yo, de vuestras ansias, he edificado una torre
en el cielo.
Pero
ahora nuestro sueño se ha ido y ya no es la aurora. El mediodía está sobre
nosotros y nuestra somnolencia se ha cambiado en día pleno, y debemos
separarnos.
Si,
en el crepúsculo del recuerdo, nos encontráramos una vez más hablaremos juntos
de nuevo y me cantaréis una canción más honda.
Y,
si nuestras manos se unieran en otro sueño, levantare¬mos otra torre en el
cielo.
Diciendo
así, hizo una seña a los hombres de mar e, inme¬diatamente, ellos levaron
anclas, soltaron las amarras y se movieron hacia el este.
Y un
grito nació de la gente, como de un solo corazón y se elevó en el crepúsculo y
se arrastró sobre el mar como un sonar de trompetas.
Sólo
Almitra estaba silenciosa, siguiendo al barco con los ojos hasta que se
desvaneció en la niebla.
Y,
cuando toda la gente se dispersó, ella estaba todavía -sola sobre el muro que
da al mar, recordando en su corazón lo que él dijera:
"Un momento, un momento de descanso en el viento, y otra mujer me llevará consigo".

No hay comentarios:
Publicar un comentario