© Libro N° 6762.
La Genealogía De La Moral. Nietzsche, Friedrich. Emancipación. Diciembre 14 de 2019.
Título
original: © La Genealogía De La Moral. Friedrich Nietzsche
Versión Original: © La Genealogía De La Moral. Friedrich Nietzsche
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA GENEALOGÍA DE LA MORAL
Friedrich Nietzsche
ÍNDICE
Prólogo
.............................................................................................1
Tratado
Primero: «Bueno y malvado», «bueno y malo»....................5
Tratado
Segundo: «Culpa», «mala conciencia» y si¬milares.............18
Tratado
Tercero: ¿Qué significan los ideales ascé¬ticos? ................35
Prólogo
1
Nosotros
los que conocemos somos desconocidos para no¬sotros, nosotros mismos somos
desconocidos para noso¬tros mismos: esto tiene un buen fundamento. No nos hemos
buscado nunca, –– ¿cómo iba a suceder que un día nos encon¬trásemos? Con razón
se ha dicho: «Donde está vuestro teso¬ro, allí está vues-tro corazón»1; nuestro
tesoro está allí donde se asientan las colmenas de nuestro conocimiento.
Estamos siempre en camino hacia ellas cual animales alados de naci¬miento y
recolectores de miel del espíritu, nos preocupa¬mos de corazón propiamente de
una sola cosa ––de «llevar a casa» algo. En lo que se refiere, por lo demás, a
la vida, a las denominadas «vivencias», –– ¿quién de nosotros tiene si¬quiera
suficiente serie-dad para ellas? ¿O suficiente tiempo? Me temo que en tales
asuntos jamás hemos prestado bien atención «al asunto»: ocurre precisamente que
no tenemos allí nuestro corazón ––¡y ni siquiera nuestro oído! Antes bien, así
como un hombre divinamente distraído y absorto a quien el reloj acaba de atronarle
fuertemente los oídos con sus doce campanadas del mediodía, se desvela de golpe
y se pregunta «¿qué es lo que en realidad ha sonado ahí?», así también nosotros
nos frotamos a veces las orejas después de ocurridas las cosas y preguntamos,
sorprendidos del todo, perplejos del todo, «¿qué es lo que en realidad hemos
vivido ahí?», más aún, «¿quiénes somos nosotros en reali¬dad?» y nos ponemos a
contar con retraso, como hemos dicho, las doce vibrantes campanadas de nuestra
vivencia, de nuestra vida, de nuestro ser ––¡ay!, y nos equivocamos en la
cuenta... Necesariamente permanecemos extraños a nosotros mismos, no nos
enten-demos, tenemos que con¬fundirnos con otros, en nosotros se cumple por
siempre la frase que dice «cada uno es para sí mismo el más lejano»2, en lo que
a nosotros se refiere no somos «los que conoce¬mos»...
1.
Véase Evangelio de Mateo, 21; Sermón de la Montaña.
2.
Nietzsche invierte aquí una conocida frase de La Andriana, de Teren¬cio (IV, 1,
12), en el monólogo de Carino: «proxumus sum egomet mihi» (mi [pariente] más
próximo soy yo mismo).
2
––
Mis pensamientos sobre la procedencia de nuestros pre¬juicios morales ––pues de
ellos se trata en este escrito polé¬mico–– tuvieron su expresión primera, parca
y provisional en esa colección de aforismos que lleva por título Humano,
demasiado humano. Un libro para espíritus libres, cuya re¬dacción comencé en
Sorrento durante un invierno que me permitió hacer un alto como hace un alto un
viajero y abarcar con la mirada el vasto y peligroso país a través del cual
había caminado mi espíritu hasta entonces. Ocurría esto en el invierno de 1876
a 1877; los pensamientos mis¬mos son más antiguos. En lo esencial eran ya
idénti-cos a los que ahora recojo de nuevo en estos tratados: –– ¡espere¬mos
que ese prolongado intervalo les haya favorecido y que se hayan vuelto más
maduros, más luminosos, más fuertes, más perfectos! El hecho de que yo me
aferre a ellos todavía hoy, el que ellos mismos se hayan entre tanto uni¬do
entre sí cada vez con más fuerza, e incluso se hayan en¬trelazado y fundido,
refuerza dentro de mí la gozosa con-fianza de que, desde el principio, no
surgieron en mí de manera aislada, ni fortuita, ni esporádica, sino de una raíz
común, de una voluntad fundamental de conocimiento, la cual dictaba sus órdenes
en lo profun-do, hablaba de un modo cada vez más resuelto y exigía cosas cada
vez más precisas. Esto es, en efecto, lo único que conviene a un fi¬lósofo. No
tenemos nosotros derecho a estar solos en algún sitio: no nos es lícito ni
equivocarnos solos, ni solos encon¬trar la verdad. Antes bien, con la necesidad
con que un ár¬bol da sus frutos, así brotan de nosotros nuestros pensa¬mientos,
nuestros valores, nuestros síes y nuestros noes, nues-tras preguntas y nuestras
dudas –– todos ellos empa¬rentados y relacionados entre sí, testimonios de una
única voluntad, de una única salud, de un único reino terrenal, de un único
sol. –– ¿Os gustarán a vosotros estos frutos nuestros? –– Pero ¡qué les importa
eso a los árboles! ¡Qué nos importa eso a nosotros los filó-sofos!...
3
Dada
mi peculiar inclinación a cavilar sobre ciertos proble¬mas, inclinación que yo
confieso a disgusto ––pues se refiere a la moral, a todo lo que hasta ahora se
ha ensalzado en la tierra como moral–– y que en mi vida apareció tan precoz,
tan espontánea, tan incontenible, tan en contradicción con mi ambiente, con mi
edad, con los ejemplos recibidos, con mi procedencia, que casi tendría derecho
a llamarla mi a priori, –– tanto mi curiosidad como mis sospechas tuvieron que
detenerse tempranamente en la pregunta sobre qué ori¬gen tienen propiamente
nuestro bien y nuestro mal. De he¬cho, siendo yo un muchacho de trece años me
acosaba ya el problema del origen del mal: a él le dediqué, en una edad en que
se tiene «el cora-zón dividido a partes iguales entre los juegos infantiles y
Dios»3, mi primer juego literario de niño, mi primer ejercicio de caligrafía
filosófica ––y por lo que respecta a la «solución» que entonces di al problema,
otor-gué a Dios, como es justo, el honor e hice de él el Padre del Mal4. ¿Es que
me lo exigía precisamente así mi a priori? ¿aquel a priori nuevo, inmoral, o al
menos inmoralista, y el ¡ay! tan antikantiano, tan enigmáti-co «imperativo
categóri¬co» que en él habla y al cual desde entonces he seguido pres¬tando
oídos cada vez más, y no sólo oídos?... Por fortuna aprendí pronto a separar el
prejuicio teológico del prejuicio moral, y no busqué ya el origen del mal por
detrás del mun¬do. Un poco de aleccionamiento histórico y filológico, y además
una innata capacidad selectiva en lo que respecta a las cuestiones psicológicas
en general, trans-formaron pronto mi problema en este otro: ¿en qué condiciones
se inventó el hombre esos juicios de valor que son las pala¬bras bueno y
malvado?, ¿y qué valor tienen ellos mismos? ¿Han frenado o han estimula-do
hasta ahora el desarrollo humano? ¿Son un signo de indigencia, de
empobreci¬miento, de degeneración de la vida? ¿O, por el contrario, en ellos se
manifiestan la plenitud, la fuerza, la voluntad de la vida, su valor, su
confianza, su futuro? –– Dentro de mí encontré y osé dar múltiples respuestas a
tales preguntas, distinguí tiempos, pueblos, grados jerárquicos de los
indi¬viduos, especialicé mi problema, las respuestas se convir¬tieron en nuevas
preguntas, investigaciones, suposiciones y verosimilitudes: hasta que acabé por
poseer un país pro¬pio, un terreno propio, todo un mundo reservado que cre¬cía
y florecía, unos jardines secretos, si cabe la expresión, de los que a nadie le
era lícito barruntar nada... ¡Oh, qué fe¬lices somos noso-tros los que
conocemos, presuponiendo que sepamos callar durante suficiente tiempo!...
3.
Cita de los versos 3.781-3.782 del Fausto; palabras dichas por el Espí¬ritu
Maligno a Gretchen mientras ésta asiste al funeral en la catedral.
4.
Este escrito de Nietzsche parece haberse perdido. Uno de los fragmen¬tos
póstumos, de la primavera-verano de 1878, dice lo siguiente: «De niño vi a Dios
en su gloria.-Primer escrito filosófico sobre la génesis del demonio (Dios se
piensa a sí mismo, pero sólo puede hacerlo me¬diante la representación de su
antítesis). Tarde melancólica. Función religiosa en la capilla de Pforta,
lejanos sonidos de órgano.
Por
ser de una familia de pastores [protestantes], temprana visión de la limitación
intelectual y anímica, de la capacidad de trabajo, de la soberbia, de lo
decoroso.»
4
El
primer estímulo para divulgar algo de mis hipótesis acerca del origen de la
moral me lo dio un librito claro, lim¬pio e inteligente, también sabihondo, en
el cual tropecé cla¬ramente por vez primera con una es-pecie invertida y
per¬versa de hipótesis genealógicas, con su especie auténtica¬mente inglesa,
librito que me atrajo ––con esa fuerza de atracción que posee todo lo que nos
es antitético, todo lo que está en nuestros antípodas. El título del librito
era El ori¬gen de los sentimientos morales; su autor, el doctor Paul Rée 5; el
año de su aparición, 1877. Acaso nunca haya leído yo algo a lo que con tanta
fuerza haya dicho no den-tro de mí, frase por frase, conclusión por conclusión,
como a este li¬bro; pero lo hacía sin el menor fastidio ni impaciencia. En la
obra antes mencionada, en la cual estaba trabajando yo en¬tonces, me referí,
con ocasión y sin ella, a las tesis de aquél, no refutándolas –– ¡qué me
importan a mí las refutaciones! ––, sino, cual conviene a un espíritu positivo,
poniendo, en lu¬gar de lo inverosímil, algo más verosímil, y, a veces, en lugar
de un error, otro distinto. Como he dicho, fue entonces la primera vez que yo
saqué a luz aquellas hipótesis genealógi¬cas a las que estos tratados van
dedicados, con torpeza, que yo sería el último en querer ocultarme, y además
sin liber¬tad, y además sin disponer de un lenguaje propio para decir estas
cosas pro-pias, y con múltiples recaídas y fluctuaciones. En particular véase
lo que en Humano, demasiado humano digo, pág. 51 6, acerca de la doble
prehistoria del bien y del mal (es decir, su procedencia de la esfera de los
nobles y de los esclavos); asimismo lo que digo, págs. 119 y ss 7, sobre el
valor y la procedencia de la moral ascética; también, págs. 78, 82, y II, 35 8,
sobre la «eticidad de la costumbre», esa es¬pecie mucho más antigua y
originaria de moral, que difiere toto cælo [totalmente] de la forma altruista
de valoración (en la cual ve el doctor Rée, al igual que todos los
genealo¬gistas ingleses de la moral, la forma de valoración en sí); igualmente,
pág. 74 9; El viajero, página 29 10; Aurora, pág. 99 11, sobre la procedencia
de la justicia como un compromi¬so entre quienes tienen aproximadamente el
mismo poder (el equilibrio como presu-puesto de todos los contratos y, por
tanto, de todo derecho); además, sobre la procedencia de la pena, El viajero,
págs. 25 y 34 12, a la cual no le es esen¬cial ni originaria la finalidad
intimidatoria (como afirma el doctor Rée: –– esa finalidad le fue agregada,
antes bien, más tarde, en determinadas circunstancias, y siempre como algo
accesorio, como algo sobreañadido).
5.
Paul Rée (1849-1901) mantuvo amistad con Nietzsche e induso con¬vivió con él,
en Sorrento, durante el invierno de 1876-1877. La coin¬cidencia de ambos en
puntos de vista fundamentales sirvió para for¬talecer a Nietzsche en el
desarrollo de sus nuevas ideas. Nietzsche rompió con él más tarde, a
consecuencia de la ruptura con Lou von Salomé en 1883. La obra aquí citada por
Nietzsche le fue dedicada por su autor con estas palabras: «Al padre de esta
obra, muy agra¬decida, su madre.» Véanse las interesantes observaciones de
Nietzs¬che sobre Paul Rée en su autobiografía Ecce Homo, así como notas 118 y
119.
6.
Véase Humano, demasiado humano, I, aforismo 45, titulado «Doble prehistoria del
bien y del mal».
7.
Véase ibidem, aforismo 136 («De la ascética y la santidad cristianas»), 137 y
ss.
8.
Véase ibídem, aforismo 96 («La costumbre y lo ético») y 99 («Lo ino¬cente en
las denominadas acciones malvadas»), y Humano, demasia¬do humano, 11, aforismo
89 («La costumbre y sus víctimas»).
9.
Véase Humano, demasiado humano, I («Origen de la justicia»).
10.
Véase El viajero y su sombra, aforismo 26 («Los estados de derecho como
medios»).
11.
Véase Aurora, aforismo 112 («Para la historia natural del deber y del
derecho»).
12.
Véase El viajero y su sombra, aforismo 22 («Principio del equilibrio») y 33
(«Elementos de la venganza»).
5
En
el fondo lo que a mí me interesaba precisamente entonces era algo mucho más
importante que unas hipótesis propias o ajenas acerca del origen de la moral (o
más exactamente: esto último me interesaba sólo en orden a una finalidad para
la cual aquello es un medio entre otros muchos). Lo que a mí me im-portaba era
el valor de la moral, –– y en este punto casi el único a quien yo tenía que
enfrentarme era mi gran maestro Schopenhauer 13, al cual se dirige, como si él
estuviera presen¬te, aquel libro, la pasión y la secreta contradicción de aquel
li¬bro (pues también él era un «escrito polémico»). Se trataba en especial del
valor de lo «no––egoísta», de los instintos de com¬pasión, autonegación,
autosacrificio, a los cuales cabal-mente Schopenhauer había recubierto de oro,
divinizado y situado en el más allá durante tanto tiempo, que acabaron por
que¬darle como los «valores en sí», y basándose en ellos dijo no a la vida y
también a sí mismo. ¡Mas justo contra esos instintos dejaba oír su voz en mí
una suspicada cada vez más radical, un escepticismo que cavaba cada vez más
hondo! Justo en ellos veía yo el gran peligro de la humanidad, su más sublime
tentación y seducción ––¿hacia dónde?, ¿hacia la nada?––, justo en ellos veía
yo el comien-zo del fin, la detención, la fatiga que dirige la vista hacia
atrás, la voluntad volviéndose contra la vida, la última enfermedad
anunciándose de manera delica¬da y melancólica: yo entendía que esa moral de la
compasión, que cada día gana más terreno y que ha atacado y puesto en¬fermos
incluso a los filósofos, era el síntoma más inquietante de nuestra cultura
europea, la cual ha perdido su propio ho¬gar, era su des-vío ¿hacia un nuevo
budismo?, ¿hacia un budis¬mo de europeos?, ¿hacia el nihilismo?... Esta moderna
prefe¬rencia de los filósofos por la compasión y esta moderna so¬breestimación
de la misma son, en efecto, algo nuevo: precisamente sobre la carencia de valor
de la compasión ha¬bían estado de acuerdo hasta ahora los filósofos. Me limito
a mencionar a Platón, Spinoza, La Rochefoucauld y Kant 14, cuatro espíritus
totalmente diferentes entre sí, pero confor¬mes en un punto: en su menosprecio
de la compasión. ––
13.
El magisterio de Schopenhauer sobre Nietzsche, primero aceptado con entusiasmo,
después rechazado, tiene su máxima expresión en la tercera Intempestiva:
Schopenhauer como educador.
14.
La alusión de Nietzsche a estos cuatro filósofos, tan escueta, puede ser
ejemplificada con facilidad. Sobre la compasión (έλεος) en Platón existen
varios textos. De Spinoza baste el siguiente: «Commiseratio in homine qui ex
ductu rationis vivit per se mala et inutilis est» (En el hombre que se guía en
su vida por la razón, la compasión resulta de suyo mala e inútil). De La
Rochefoucauld es Nietzsche mismo quien en otro lugar (Humano, demasiado humano,
aforismo 50) cita el pa-saje más significativo de Réflexions, sentences et
maximes morales, de La Rochefoucauld. El pasaje, que se encuen-tra en el
Retrato hecho por él mismo, dice así: «Soy poco sensible a la compasión y
quisiera no serlo en modo alguno... Pues es ésta una pasión que de nada sirve
para la interioridad de un hombre excelente..., debe ser dejada para el pueblo,
que, no haciendo nunca nada con la razón, tiene necesidad de las pasiones para
ser movido a hacer algo.» En fin, de Kant puede ver¬se Crítica de la razón
práctica parte primera, libro segundo, capítu¬lo 11, 2: «Ese sentimiento mismo
de la compasión y de la simpatía tierna, cuando precede a la reflexión sobre
qué sea el deber y se con¬vierte en fundamento de determinación, es pesado aun
a las personas que piensan bien, lleva la confusión a sus máximas reflexionadas
y produce el deseo de librarse de él y someterse sólo a la razón legisla¬dora.»
6
Este
problema del valor de la compasión y de la moral de la compasión (––yo soy un
adversario del ver-gonzoso reblande¬cimiento moderno de los sentimientos––)
parece ser en un primer momento tan sólo un asunto aislado, un signo de
in¬terrogación solitario; mas a quien se detenga en esto una vez y aprenda a
hacer preguntas aquí, le sucederá lo que me sucedió a mí: –– se le abre una
perspectiva nueva e inmensa, se apodera de él, como un vértigo, una nueva
posibilidad, surgen toda suerte de desconfianzas, de suspica-cias, de mie¬dos,
vacila la fe en la moral, en toda moral, –– finalmente se deja oír una nueva
exigencia. Enunciémosla: necesitamos una crí¬tica de los valores morales, hay
que poner alguna vez en entre¬dicho el valor mismo de esos valores ––y para
esto se necesita te¬ner conocimiento de las condiciones y circunstan-cias de
que aquéllos surgieron, en las que se desarrollaron y modificaron (la moral
como consecuencia, como síntoma, como máscara, como tartufería, como
enfermedad, como malentendido; pero también la moral como causa, como medicina,
como es¬tímulo, como freno, como veneno), un conocimiento que hasta ahora ni ha
existido ni tampoco se lo ha siquiera desea¬do. Se tomaba el valor de esos
«valores» como algo dado, real y efectivo, situado más allá de toda duda; hasta
ahora no se ha dudado ni vacilado lo más mínimo en considerar que el «bue¬no»
es superior en valor a «el malvado» 15, superior en valor en el sentido de ser
favorable, útil, provechoso para el hombre como tal (incluido el futuro del
hombre). ¿Qué ocurriría si la verdad fuera lo contrario? ¿Qué ocurriría si en
el «bueno» hu¬biese también un síntoma de retroceso, y asimismo un peligro, una
seducción, un veneno, un narcótico, y que por causa de esto el pre-sente
viviese tal vez a costa del futuro? ¿Viviese qui¬zá de manera más cómoda, menos
peligrosa, pero también con un estilo inferior, de modo más bajo?... ¿De tal
manera que justamente la moral fuese culpa-ble de que jamás se alcan¬zasen una
potencialidad y una magnificencia sumas, en sí po¬sibles, del tipo hombre? ¿De
tal manera que justamente la mo¬ral fuese el peligro de los peligros?...
15.
La clara distinción alemana entre schlecht y bóse resulta difícil de mantener
siempre en castellano. Dada la importan-cia de la cuestión en este escrito de
Nietzsche, en esta traducción se traduce sistemática¬mente, como ya se habrá
observado, bóse por «malvado» y sehlecht por «malo».
7
Esto
fue suficiente para que, desde el momento en que se me abrió tal perspectiva,
yo buscase a mi alre-dedor camaradas doctos, audaces y laboriosos (todavía hoy
los busco). Se trata de recorrer con preguntas totalmente nuevas y, por así
decirlo, con nuevos ojos, el inmenso, lejano y tan recóndito país de la moral
––de la moral que realmente ha existido, de la moral realmente vivida––: ¿y no
viene esto a significar casi lo mismo que descubrir por vez primera tal
país?... Si aquí pensé, entre otros, también en el mencionado doctor Rée se
debió a que yo no dudaba en absoluto de que la naturaleza misma de sus
interrogaciones le empujaría hacia una metó¬dica más adecuada, con el fin de
obtener respuestas. ¿Me engañé en este pun-to? En todo caso, mi deseo era propor¬cionar
a una mirada tan aguda y tan imparcial como aqué¬lla una dirección mejor, la
dirección hacia la efectiva histo¬ria de la moral, y ponerla en guardia, en
tiempo toda-vía oportuno, contra esas hipótesis inglesas que se pierden en el
azul del cielo. ¡Pues resulta evidente cuál color ha de ser cien veces más
importante para un genealogista de la moral que justamente el azul; a sa-ber,
el gris, quiero decir, lo fun¬dado en documentos, lo realmente comprobable, lo
efecti¬vamente existido, en una palabra, toda la larga y difícil¬mente
descifrable escritura jeroglífica del pasado de la mo¬ral huma-na? –– Este
pasado era desconocido para el doctor Rée; pero él había leído a Darwin: y así
en sus hipóte-sis la bestia darwiniana y el modernísimo y comedido alfeñique de
la moral, que «ya no muerde», se tien-den gentilmente la mano de un modo que,
cuando menos, resulta entretenido, mostrando el último en su rostro la
expresión de una cierta indolencia bondadosa y delicada, en la que se
entremezcla también una pizca de pesimismo, de cansancio: como si en realidad
no compensase en absoluto el tomar tan en serio tales cosas ––los problemas de
la moral––. A mí, por el contra¬rio, me parece que no hay ninguna cosa que
compense tan¬to tomarla en serio; de esa compensación forma parte, por ejemplo,
el que alguna vez se nos permita tomarla con jovia¬lidad. Pues, en efecto, la
jovialidad, o, para decirlo en mi lenguaje, la gaya cien-cia ––es una
recompensa: la recompen¬sa de una seriedad prolongada, valiente, laboriosa y
subte¬rránea, que, desde luego, no es cosa de cualquiera. Pero el día en que
podamos decir de todo corazón: «¡Adelante! ¡También nuestra vieja moral forma
parte de la comedia!», habremos descubierto un nuevo enredo y una nueva
posibi¬lidad para el drama dionisíaco del «destino del alma» ––: ¡y ya él
sacará provecho de ello, sobre esto podemos apostar, él, el grande, viejo y
eterno autor de la comedia de nuestra existencia!...
8
––
Si este escrito resulta incomprensible para alguien y llega mal a sus oídos, la
culpa, según pienso, no reside necesaria¬mente en mí. Este escrito es
suficientemente claro, presupo¬niendo lo que yo presupongo, que se hayan leído
primero mis escritos anteriores y que no se haya escatimado algún esfuerzo al
hacerlo: pues, desde luego, no son fácilmente accesibles. En lo que se refiere
a mi Zaratustra, por ejemplo, yo no considero conocedor del mismo a nadie a
quien cada una de sus palabras no le haya unas veces herido a fondo y, otras,
encantado también a fondo 16: sólo entonces le es líci¬to, en efecto, gozar del
privilegio de participar con respeto en el elemento alciónico 17 de que aquella
obra nació, en su luminosidad, lejanía, amplitud y certeza solares. En otros
casos la forma aforística produce dificultad: se debe esto a que hoy no se da
suficiente importancia a tal forma. Un afo¬rismo, si está bien acuñado y
fundido, no queda ya «desci¬frado» por el hecho de leerlo; antes bien, entonces
es cuan¬do debe comenzar su interpretación, y para realizarla se ne¬cesita un
arte de la misma. En el tratado tercero de este libro he ofrecido una muestra
de lo que yo denomino «interpre¬tación» en un caso semejante: –– ese tratado va
precedido de un aforis-mo, y el tratado mismo es un comentario de él. Des¬de
luego, para practicar de este modo la lectura como arte se necesita ante todo
una cosa que es precisamente hoy en día la más olvidada ––y por ello ha de
pasar tiempo todavía hasta que mis escritos resulten «legibles»––, una cosa
para la cual se ha de ser casi vaca y, en todo caso, no «hombre moderno»: el
rumiar...
16.
En varias ocasiones habla Nietzsche de los lectores que él desea para sus
obras. Véase en especial Ecce Homo.
17.
Sobre lo «alciónico» véase el hermoso ensayo de J. Marías «Ataraxia y
alcionismo» (en Obras, IV, 423-435). Como buen helenista, Nietzsche conocía
este mito y alude a él innumerables veces. En El caso Wagner,10, dice «nosotros
los alciónicos».
Sils––Maria,
Alta Engadina,
julio
de 1887
Tratado
Primero
«Bueno
y malvado», «bueno y malo»
1
Esos
psicólogos ingleses, a quienes hasta ahora se deben también los únicos ensayos
de construir una his-toria gené¬tica de la moral, –– en sí mismos nos ofrecen
un enigma nada pequeño; lo confieso, justo por tal cosa, por ser enig¬mas de
carne y hueso, aventajan en algo esencial a sus libros ––¡ellos mismos son
intere-santes! Esos psicólogos ingleses ––¿qué es lo que propiamente desean?
Queramos o no quera¬mos, los encontramos aplicados siempre a la misma obra, a
saber, la de sacar al primer término la partie honteuse [par¬te vergonzosa] de
nuestro mundo interior y buscar lo pro¬piamente operante, lo normativo, lo
decisivo para el desa¬rrollo, justo allí donde el orgullo intelectual menos
desearía encontrarlo (por ejemplo, en la vis inertiae [fuerza inercial] del
hábito, o en la capacidad de olvido, o en una ciega y ca¬sual concatenación y
mecánica de ideas, o en algo pura¬mente pasivo, automático, reflejo, molecular
y estúpido de raíz) ––¿qué es lo que en realidad empuja a tales psicólogos a ir
siempre justo en esa dirección? ¿Es un instinto secreto, taimado, vulgar, no
confesado tal vez a sí mismo, de empe¬queñecer al hombre? ¿O quizá una
suspicacia pesimista, la desconfianza propia de idealistas desengañados,
ofusca¬dos, que se han vuelto venenosos y rencorosos? ¿O una hostilidad y un
rencor pequeños y subterráneos contra el cristianismo (y Platón), que tal vez
no han salido nunca más allá del umbral de la conciencia? ¿O incluso un
lasci¬vo gusto por lo extra-ño, por lo dolorosamente paradójico, por lo problemático
y absurdo de la existencia? ¿O, en fin, –– algo de todo, un poco de vulgaridad,
un poco de ofusca¬ción, un poco de anticristianismo, un poco de comezón e
imperiosa necesidad de pimienta?... Pero se me dice que son sencillamente ranas
viejas, frías, aburridas, que an¬dan arrastrándose y dando saltos en torno al
hombre, dentro del hombre, como si aquí se encontra-ran exacta¬mente en su
elemento propio, esto es, en una ciénaga. Con repugnancia oigo decir esto, más
aún, no creo en ello; y si es lícito desear cuando no es posible saber, yo
deseo de co¬razón que en este caso ocurra lo contrario, –– que esos
in¬vestigadores y microscopistas del alma sean en el fondo animales valien-tes,
magnánimos y orgullosos, que saben mantener refrenados tanto su corazón como su
dolor y que se han educado para sacrificar todos los deseos a la verdad, a toda
verdad, incluso a la verdad simple, áspe-ra, fea, repugnante, no––cristiana,
no––moral... Pues existen verdades tales. ––
2
¡Todo
nuestro respeto, pues, por los buenos espíritus que acaso actúen en esos
historiadores de la moral! Mas ¡lo cier¬to es, por desgracia, que les falta,
también a ellos, el espíritu histórico, que han sido dejados en la estacada
precisamente por todos los buenos espíritus de la ciencia histórica! Como es ya
viejo uso de filósofos, todos ellos piensan de una ma¬nera esencialmente
a––histórica; de esto no cabe ninguna duda. La chatedad de su genealogía de la
moral aparece ya en el mismo comienzo, allí donde se trata de averi-guar la
procedencia del concepto y el juicio «bueno». «Originaria¬mente ––decretan––
acciones no egoístas fueron alabadas y llamadas buenas por aquellos a quienes
se tributaban, esto es, por aquellos a quienes resultaban útiles, más tarde ese
origen de la alabanza se olvidó, y las acciones no egoístas, por el simple
motivo de que, de acuerdo con el hábito, habían sido alabadas siempre como
buenas, fueron sentidas tam¬bién como buenas ––como si fueran en sí algo
bueno.» Se ve en seguida que esta derivación contiene ya todos los rasgos
típicos de la idiosincrasia de los psicólogos ingleses, –– tene¬mos aquí «la
utilidad», «el olvido», «el hábito» y, al final, «el error», todo ello como
base de una apreciación valorativa de la que el hombre superior había estado
orgulloso hasta aho¬ra como de una especie de privilegio del hombre en cuanto
tal. Ese orgullo debe ser humillado, esa apreciación valora¬tiva debe ser
desvalorizada: ¿se ha con-seguido esto?... Para mí es evidente, primero, que esta
teoría busca y sitúa en un lugar falso el auténtico hogar nativo del concepto
«bueno»: ¡el juicio «bueno» no procede de aquellos a quienes se dis¬pensa
«bon-dad»! Antes bien, fueron «los buenos» mismos, es decir, los nobles, los
poderosos, los hombres de posición superior y elevados sentimientos quienes se
sintieron y se valoraron a sí mismos y a su obrar como buenos, o sea como algo
de primer rango, en contraposición a todo lo bajo, abyecto, vulgar y plebeyo.
Partiendo de este pathos de la distancia es como se arrogaron el derecho de
crear valo¬res, de acuñar nombres de valores: ¡qué les importaba a ellos la
utilidad! El punto de vista de la utilidad resulta el más extraño e inadecuado
de todos precisamente cuando se trata de ese ardiente manantial de supremos
juicios de valor ordenadores del rango, destacadores del rango: aquí el
sentimiento ha llegado precisamente a lo contrario de aquel bajo grado de
temperatura que es el presupuesto de toda prudencia calculadora, de todo
cálculo utilitario, ––y no por una vez, no en una hora de excepción, sino de
modo duradero. El pathos de la noble-za y de la distancia, como hemos dicho, el
duradero y dominante sentimiento global y radical de una es-pecie superior
dominadora en su relación con una especie inferior, con un «abajo» ––éste es el
origen de la antítesis «bueno» y «malo». (El derecho del señor a dar nombres
llega tan lejos que deberíamos per-mitirnos el concebir también el origen del
lenguaje como una exteriorización de poder de los que dominan: dicen «esto es esto
y aquello», imprimen a cada cosa y a cada acontecimiento el sello de un sonido
y con esto se lo apro¬pian, por así decirlo.) A este origen se debe el que, de
an¬temano, la palabra «bueno» no esté en modo alguno liga¬da necesariamente a
acciones «no egoístas»: como creen supersticiosamente aquellos genealogistas de
la moral. Antes bien, sólo cuando los juicios aristocráticos de valor declinan
es cuando la antítesis «egoísta» «no egoísta» se impone cada vez más a la
conciencia humana, –– para ser¬virme de mi vocabulario, es el instinto de
rebaño el que con esa antítesis dice por fin su palabra (e induso sus
pa-labras). Pero aun entonces ha de pasar largo tiempo hasta que de tal manera
predomine ese instinto, que la aprecia¬ción de los valores morales quede
realmente prendida y atascada en dicha antítesis (como ocu-rre, por ejemplo, en
la Europa actual: hoy el prejuicio que considera que «mo¬ral», «no egoísta»,
«désinté-ressé» son conceptos equiva¬lentes domina ya con la violencia de una
«idea fija» y de una enfermedad mental).
3
Pero
en segundo lugar: prescindiendo totalmente de la insos¬tenibilidad histórica de
aquella hipótesis sobre la procedencia del juicio de valor «bueno», ella
adolece en sí misma de un contrasentido psicológico. La utilidad de la acción
no egoísta, dice, sería el origen de su alabanza, y ese origen se habría
olvi¬dado: –– ¿cómo es siquiera posible tal olvido? ¿Es que acaso la utilidad
de tales acciones ha dejado de darse alguna vez? Ocu¬rre lo contrario: esa
utilidad ha sido, antes bien, la experien¬cia cotidiana en todos los tiempos,
es decir, algo permanente¬mente subrayado una y otra vez; en consecuencia, en
lugar de desaparecer de la conciencia, en lugar de volverse olvidable, tuvo que
grabarse en ella con una claridad cada vez mayor. Mucho más razonable resulta
aquella teoría opuesta a ésta (no por ello es más verdadera––), que es
de-fendida, por ejem¬plo, por Herbert Spencer18: éste establece que el concepto
«bueno» es esencialmente idéntico al concepto «útil», «conve¬niente», de tal
modo que en los juicios «bueno» y «malo» la humanidad habría sumado y
sancionado cabalmente sus inolvidadas e inolvidables experiencias acerca de lo
útil––con¬veniente, de lo perjudicial––inconveniente. Bueno es, según esta
teoría, lo que desde siempre ha de-mostrado ser útil: por lo cual le es lícito
presentarse como «máximamente valioso», como «valioso en sí». También esta vía
de explicación es falsa, como hemos dicho, pero al menos la explicación misma
es en sí razonable y resulta psicológicamente sostenible.
18.
Herbert Spencer (1820-1903), filósofo inglés, precursor de Darwin con su idea
de que toda evolución orgánica es un paso de la «homogeneidad a la
heterogeneidad», fue a su vez muy influido por el darwinismo. Nietzsche habla
siempre muy negativamente de él. Así, en La gaya cien¬cia, aforismo 373, dice
que la «final conciliación de ‘egoísmo’ y ‘altruis-mo’ realizada por el pedante
inglés Herbert Spencer... constituye casi nuestra náusea -¡una humanidad que
tuviera como perspectivas últi¬mas las perspectivas de Spencer nos parecería
digna de desprecio, dig¬na de ser aniquilada!»
4
––
La indicación de cuál es el camino correcto me la propor¬cionó el problema
referente a qué es lo que las designacio¬nes de lo «bueno» acuñadas por las
diversas lenguas pretenden propiamente significar en el aspecto etimológico:
encontré aquí que todas ellas remiten a idéntica metamor¬fosis conceptual, ––
que, en todas partes, «noble», «aristo¬crático» en el sentido estamental, es el
concepto básico a partir del cual se desarrolló luego, por necesidad, «bueno»
en el sentido de «anímicamente noble», de «aristocráti¬co», de «anímicamente de
índole elevada», «anímicamen¬te privilegiado»: un desarrollo que marcha siempre
para-lelo a aquel otro que hace que «vulgar», «plebeyo», «bajo», acaben por
pasar al concepto «malo». El más elocuente ejemplo de esto último es la misma
palabra alemana «malo» (schlechz): en sí es idéntica a «simple» (schlicht) ––
véase «simplemente» (schlechtweg, schlechterdings) –– y en su origen designaba
al hombre simple, vulgar, sin que, al hacerlo, lanzase aún una recelosa mirada
de soslayo, sino sencillamente en contraposiclón al noble 19. Aproximada¬mente
hacia la Guerra de los Treinta Años, es decir, bastan¬te tarde, tal sentido se
desplaza hacia el hoy usual. –– Con respecto a la genealogía de la moral esto
me pa-rece un co¬nocimiento esencial; el que se haya tardado tanto en
en¬contrarlo se debe al influjo obstaculiza-dor que el prejuicio democrático
ejerce dentro del mundo moderno con res¬pecto a todas las cuestiones referentes
a la procedencia. Prejuicio que penetra hasta en el dominio, aparentemente
objetivísimo, de las ciencias naturales y de la fisiología; baste aquí con esta
alusión. Pero el daño que ese prejuicio, una vez desbocado hasta el odio, puede
ocasionar ante todo a la moral y a la ciencia histórica, lo muestra el triste-mente
famoso caso de Buckle 20: el plebeyismo del espíritu moderno, que es de
procedencia inglesa, explo-tó aquí una vez más en su suelo natal con la
violencia de un volcán en¬lodado y con la elocuencia dema-siado salada,
chillona, vulgar, con que han hablado hasta ahora todos los volca¬nes. ––
19.
Véase, sin embargo, el aforismo 231 de Aurora: «De la virtud alema¬na.- ¡Cuán
degenerado en su gusto, cuán servil frente a dignidades, estamentos,
vestimentas, pompa y magnificencia tiene que haber sido un pueblo para estimar
malo (schlecht) lo simple (schlicht), hombre malo al hombre simple! ¡A la
soberbia moral de los alema¬nes se le debe opo-ner siempre la palabrita ‘malo’
(schlecht) y nada más!»
20.
H. Th. Buckle (1821-1862), historiador inglés, autor de la Historia de la
civilización en Inglaterra, obra leída por Nietzsche. En ella Buckle subraya
ante todo la importancia del medio natural y niega que los
«grandes
hombres» sean las «causas» de todos los grandes movimien¬tos. Así se entiende
la repulsa de Nietzsche.
5
Respecto
a nuestro problema, que puede ser denominado con buenas razones un problema
silencioso y que sólo se di¬rige, selectivamente, a un exiguo número de oídos,
tiene in¬terés no pequeño el comprobar que en las palabras y raíces que
designan «bueno» se transparenta todavía, de muchas formas, el matiz básico en
razón del cual los nobles se sen¬tían precisamente hombres de rango superior.
Es cierto que, quizá en la mayoría de los casos, éstos se apoyan, para darse
nombre, sencillamente en su superioridad de poder (se llaman «los poderosos»,
los «señores», «los que man¬dan»), o en el signo más visible de tal
superioridad, y se lla¬man por ejemplo, «los ricos», «los propietarios» (éste
es el sentido que tiene arya; y lo mismo ocurre en el iranio y en el eslavo).
Pero también se apoyan, para darse nombre, en un rasgo típico de su carácter: y
este es el caso que aquí nos interesa. Se llaman, por ejemplo, «los veraces»:
la primera en hacerlo es la aristocracia griega, cuyo portavoz fue el poeta
megarense Teognis 21. La palabra acuñada a este fin, έσυλός [noble], significa
etimológicamente alguien que es, que tiene realidad, que es real, que es
verdadero; des¬pués, con un giro subjetivo, significa el verdadero en cuan¬to
veraz: en esta fase de su metamorfosis conceptual la cita¬da palabra se
convierte en el distintivo y en el lema de la aristocracia y pasa a tener
totalmente el sentido de «aristo¬crático», como delimitación frente al
mentiroso hombre vulgar, tal como lo concibe y lo describe Teognis, –– hasta que
por fin, tras el declinar de la aristocracia, queda para de¬signar la noblesse
[nobleza] anímica, y entonces adquiere, por así decirlo, madurez y dulzor.
Tanto en la palabra χαχός [malo] como en ςελός [miedoso] (el plebeyo en
contraposición al άγανός [bueno]) se subraya la cobardía: esto tal vez
proporcione una señal sobre la dirección en que debe buscarse la procedencia
etimo-lógica de αγανος, in¬terpretable de muchas maneras. Con el latín malus
[malo] (a su lado yo pongo μέλας [negro]) acaso se caracterizaba al hombre
vulgar en cuanto hombre de piel oscura, y sobre todo en cuanto hombre de
cabellos negros (hic niger est 22 [este es negro]––), en cuanto habitante
preario del suelo ita-liano, el cual por el color era por lo que más claramente
se distinguía de la raza rubia, es decir, de la raza aria de los
conquistadores, que se habían convertido en los dueños; cuando menos el gaélico
me ha ofre-cido el caso exactamen¬te paralelo, ––fin (por ejemplo, en el nombre
Fin-Gal), la pa¬labra distintiva de la aristocracia, que acaba significando el
bueno, el noble, el puro, significaba en su origen el cabeza rubia, en
contraposición a los habitantes primitivos, de piel morena y cabellos negros.
Los celtas, dicho sea de paso, eran una raza completamente rubia; se comete una
injusti¬cia cuando a esas fajas de población de cabe-llos oscuros
esencialmente, que es posible observar en esmerados mapas etnográficos de
Alemania, se las pone en conexión, como hace todavía Virchow, con una
procedencia celta y con una mezcla de sangre celta: en esos lugares aparece,
antes bien, la población prearia de Alemania. (Lo mismo puede decir¬se de casi
toda Europa: en lo esencial la raza sometida ha acabado por predominar de nuevo
allí mismo en el color de la piel, en lo corto del cráneo y tal vez incluso en
los instin¬tos intelectuales y sociales: ¿quién nos garantiza que la mo¬derna
democracia, el todavía más moderno anarquismo y, sobre todo, aquella ten-dencia
hacia la commune [comuna], hacia la forma más primitiva de sociedad, tendencia
hoy propia de todos los socialistas de Europa, no significan en lo esencial un
gigantesco contragolpe ––y que la raza de los conquistadores y señores, la de
los arios, no está sucum¬biendo incluso fisiológicamente? ...) Creo estar
autorizado a interpretar el latín bonus [bueno] en el sentido de «el
gue¬rrero»: presuponiendo que yo lleve razón al derivar bonus de un más antiguo
duonus (véase bellum = duellum = duen¬lum, en el que me pare-ce conservado
aquel duonus). Bonus sería, por tanto, el varón de la disputa, de la división
(duo), el guerre-ro: es claro, aquello que constituía en la antigua Roma la
«bondad» de un varón. Nuestra misma palabra alemana «bueno» (gut): ¿no podría
significar «el divino» (den Góttlichen), el hombre de «estirpe divina»
(góottlichen Geschlechts)?, ¿y ser idéntico al nombre popular (originaria¬mente
aristocrático) de los godos (Gothen) Las razones de esta suposición no son de
este lugar. ––
21.
El primer trabajo filológico de Nietzsche estuvo dedicado precisamente a
Teognis. Véase su referencia a este trabajo en su autobiografía Ecce Homo.
22.
Hic niger est (literalmente: ése es negro) son palabras de Horacio, Sá¬tiras,
libro primero, sátira cuarta, verso 85. El contexto que lleva a Ho¬racio a
calificar a alguien de «negro» es el siguiente: «Absentem qui ro¬dit amicum; /
qui non defendit alio culpante; solutos / qui captat risus hominum famamque
dicacis; / fingere qui non visa potest; comissa ta¬cere / qui nequit, hic niger
est, hunc tu, Romane, caueto.» La castiza tra¬ducción en verso de don Javier de
Burgos dice así: «Quien de un amigo ausente vil murmura, / el que no le
defiende / si algún otro le ofende, / el que a su costa hacer reír procura, / y
así ganar de agudo fama inten¬ta, / el que lo que no vio finge o inventa; /
quien violó el respeto / del aje¬no secreto, / a ese la nota de malvado Jnigerl
alcanza, / de ése se debe huir a todo trance.»
6
De
esta regla, es decir, de que el concepto de preeminencia política se diluye
siempre en un concepto de preeminencia anímica, no constituye por el momento
una excepción (aunque da motivo para ellas) el hecho de que la casta su¬prema
sea a la vez la casta sacerdotal y, en consecuencia, prefiera para su
desig-nación de conjunto un predicado que recuerde su función sacerdotal. Aquí
es donde, por ejemplo, se con-traponen por vez primera «puro» e «impuro» como
distintivos estamentales; y también aquí se desarrollan más tarde un «bueno» y
un «malo» en un sentido ya no esta¬mental. Por lo demás, advirtamos que estos
conceptos «puro» e «impuro» no deben tomarse de antemano en un sentido
demasiado riguroso, demasia-do amplio y, mucho menos en un sentido simbólico:
en una medida que noso¬tros apenas podemos imagi-nar, todos los conceptos de la
humanidad primitiva fueron entendidos en su origen, antes bien, de un mo-do
grosero, tosco, externo, estrecho, de un modo directa y específicamente
no-simbólico. El «puro» es, desde el comienzo, meramente un hombre que se lava,
que se prohibe ciertos alimentos causantes de en-fermedades de la piel, que no
se acuesta con las sucias mujeres del pueblo bajo, que siente asco de la
san-gre, –– ¡nada más, no mucho más! Por otro lado, sin duda, la índole entera
de una aristo¬cracia esencial-mente sacerdotal aclara por qué muy pronto las
antítesis valorativas pudieron interiorizarse y exacer¬barse de modo peligroso
precisamente aquí; y, de hecho, ellas acabaron por abrir entre hombre y hombre
simas sobre las que ni siquiera un Aquiles del librepensamiento podría saltar
sin estremecerse. Desde el comienzo hay algo no sano en tales aristocracias
sacerdotales y en los hábitos en ellas dominantes, hábitos aparta-dos de la
actividad, hábitos en parte dedicados a incubar ideas y en parte explosivos en
sus sentimientos, y que tienen como secuela aquella debilidad y aquella
neurastenia intestinales que atacan casi de modo inevitable a los sacerdotes de
todas las épocas; pero el reme¬dio que ellos mismos han inventado contra esta
condición enfermiza suya ––¿no tenemos que decir que ha acabado de¬mostrando
ser, en sus repercu-siones, cien veces más peli¬groso que la enfermedad de la
que debía librar? ¡La huma¬nidad misma adolece todavía de las repercusiones de
tales ingenuidades de la cura sacerdotal! Pensemos, por ejemplo, en ciertas
formas de dieta (abstención de comer carne), en el ayuno, en la continencia
sexual, en la huida «al desier-to» (aislamiento a la manera de Weir Mitchell
23, aunque desde luego sin la posterior cura de engorde y sobrealimentación, en
la cual reside el más eficaz antídoto contra toda histeria del ideal ascético):
añádase a esto la entera metafisica de los sacerdotes, hostil a los sentidos,
corruptora y refinadora, su auto––hipnotización a la manera del faquir y del
brahmán ––Brahma empleado como bola de vidrio y como idea fija¬y el general y
muy comprensible hartazgo final de su cura radical, de la Nada (o Dios: la
aspira-ción a una unio mysti¬ca [unión mística] con Dios es la aspiración del
budista a la Nada, al Nirvana ––¡y nada más!). Entre los sacerdotes,
cabalmente, se vuelve más peligroso todo, no sólo los me¬dios de cura y las
artes médicas, sino también la soberbia, la venganza, la sagacidad, el
desenfreno, el amor, la ambi¬ción de dominio, la virtud, la enfermedad ––de
todos mo¬dos, también se podría añadir, con cierta equidad, que en el terreno
de esta forma esencialmente peligrosa de existen¬cia humana, la forma
sacerdotal de existen-cia, es donde el hombre en general se ha convertido en un
animal intere¬sante, que únicamente aquí es donde el alma humana ha alcanzado
profundidad en un sentido superior y se ha vuelto malvada ––¡y éstas son, en
efecto, las dos formas bá¬sicas de la superioridad poseída hasta ahora por el
hombre sobre los demás animales!...
23.
Silas Weir Mitchell (1829-1914), neurólogo y escritor norteamericano. Creó para
las enfermedades nerviosas un trata-miento que lleva su nombre, a base de
masaje, reposo y aislamiento. Era muy popular en tiempos de Nietzsche.
7
––
Ya se habrá adivinado que la manera sacerdotal de valorar puede desviarse muy
fácilmente de la caballeresco––aristo¬crática y llegar luego a convertirse en
su antítesis; en espe¬cial impulsa a ello toda ocasión en que la casta de los
sacer¬dotes y la casta de los guerreros se enfrentan a causa de los celos y no
quieren llegar a un acuerdo sobre el precio a pa¬gar. Los juicios de valor
caballeresco––aristocráticos tienen como presupuesto una constitución física
poderosa, una salud floreciente, rica, incluso desbordante, junto con lo que
condiciona el mantenimiento de la misma, es decir, la guerra, las aventuras, la
caza, la danza, las peleas y, en gene¬ral, todo lo que la actividad fuerte,
libre, regocijada lleva consigo. La manera noble––sacerdotal de valorar tiene
––lo hemos visto–– otros presupuestos: ¡las cosas les van muy mal cuando
aparece la guerra! Los sacerdotes son, como es sabido, los enemigos más
malvados ––¿por qué? Porque son los más impotentes. A causa de esa impotencia
el odio crece en ellos hasta convertirse en algo mons-truoso y siniestro, en lo
más espiritual y más venenoso. Los máximos odiadores de la historia universal,
también los odiadores más ricos de es¬píritu, han sido siempre sacerdotes
––comparado con el espí¬ritu de la venganza sacerdotal, apenas cuenta ningún
otro espíritu. La historia humana sería una cosa demasiado estú¬pida sin el
espíritu que los impotentes han introducido en ella: –– tomemos en seguida el
máximo ejemplo. Nada de lo que en la tierra se ha hecho contra «los nobles»,
«los violen¬tos», «los señores», «los poderosos», merece ser menciona¬do si se
lo compara con lo que los judíos han hecho contra ellos: los judíos, ese pueblo
sacerdotal, que no ha sabido to¬mar satisfacción de sus enemigos y dominadores
más que con una radical transvaloración 24 de los valores propios de éstos, es
decir, por un acto de la más espiri-tual venganza. Esto es lo único que
resultaba adecuado precisamente a un pueblo sacerdotal, al pueblo de la más
refrenada ansia de venganza sacerdotal. Han sido los judíos los que, con una
consecuencia lógica aterradora, se han atrevido a invertir la identificación
aristocrática de los valores (bueno = noble = podero-so = bello = feliz = amado
de Dios) y han manteni¬do con los dientes del odio más abismal (el odio de la
impo¬tencia) esa inversión, a saber, «¡los miserables son los bue¬nos; los
pobres, los impotentes, los bajos son los únicos buenos; los que sufren, los
indigentes, los enfermos, los de¬formes son también los únicos piadosos, los
únicos bendi¬tos de Dios, únicamente para ellos existe bienaventuranza, –– en
cambio voso-tros, vosotros los nobles y violentos, voso¬tros sois, por toda la
eternidad, los malvados, los crueles, los las-civos, los insaciables, los
ateos, y vosotros seréis también eternamente los desventurados, los malditos y
condenados!...» Se sabe quien ha recogido la herencia de esa transvaloración
judía... A propósito de la iniciativa monstruosa y desmesuradamente funesta
asumida por los judíos con esta declaración de guerra, la más radical de todas,
recuerdo la frase que escribí en otra ocasión (Más allá del bien y del mal)25
––a saber, que con los judíos comienza en la moral la rebelión de los esclavos:
esa rebe¬lión que tiene tras sí una historia bimilenaria y que hoy nosotros hemos
perdido de vista tan sólo porque –– ha re¬sultado ven-cedora...
24.
Transvaloración = Umwertung. Esta traducción literal del famoso tér¬mino
nietzscheano parece, aunque nueva, más adecuada que las hasta ahora usuales en
España, que eran un tanto chillonas: «inversión de los valores», «subversión de
los valores», «derrumbamiento de los valores», las cuales sugieren algo así
como «anarquía». Nada más lejos de Nietz¬sche. Se trata de «cambiar» y
«sustituir» unos valores por otros, a saber, los inventados por los resentidos
por los dimanantes del superhombre.
25.
Véase Más allá del bien y del mal.
8
––
¿Pero no lo comprendéis? ¿No tenéis ojos para ver algo que ha necesitado dos
milenios para alcanzar la victoria?... No hay en esto nada extraño: todas las
cosas largas son difí¬ciles de ver, difíciles de abarcar con la mirada. Pero
esto es lo acontecido: del tronco de aquel árbol de la venganza y del odio, del
odio judío ––el odio más profundo y sublime, esto es, el odio creador de
ideales, modificador de valores, que no ha tenido igual en la tierra––, brotó
algo igualmente in¬comparable, un amor nuevo, la más profunda y sublime de
todas las especies de amor: –– ¿y de qué otro tronco habría podido brotar?...
Mas ¡no se piense que brotó acaso como la auténtica negación de aquella sed de
venganza, como la an¬títesis del odio judío! ¡No, lo contrario es la verdad!
Ese amor nació de aquel odio como su corona, como la corona triunfante,
dilatada con amplitud siempre mayor en la más pura luminosidad y plenitud
solar; y en el reino de la luz y de la altura ese amor perseguía las metas de
aquel odio, per¬seguía la victoria, el botín, la seducción, con el mismo afán,
por así decirlo, con que las raíces de aquel odio se hundían con mayor
radicalidad y avidez en todo lo que poseía pro¬fundidad y era malvado. Ese
Jesús de Nazaret, evangelio viviente del amor, ese «redentor» que trae la
bienaventuranza y la victoria a los pobres, a los enfermos, a los pecadores
––¿no era él precisamente la seducción en su forma más in¬quietante e
irresistible, la seducción y el desvío preci-samen¬te hacia aquellos valores
judíos y hacia aquellas innovacio¬nes judías del ideal? ¿No ha alcanzado
Israel, justamente por el rodeo de ese «redentor», de ese aparente antagonista
y liquidador de Israel, la última meta de su sublime ansia de venganza? ¿No
forma parte de la oculta magia negra de una política verdaderamente grande de
la venganza, de una venganza de amplias miras, subterránea, de avance lento,
precalculadora, el hecho de que Israel mismo tuviese que negar y que clavar en
la cruz ante el mundo entero, como si se tratase de su enemigo mortal, al
auténtico instrumento de su venganza, a fin de que «el mundo entero», es decir,
todos los adversarios de Israel, pudieran morder sin recelos preci¬samente de
ese cebo? ¿Y por otro lado, se podría imaginar en absoluto, con todo el
refinamiento del espíritu, un cebo más peligroso? ¿Algo que iguale en fuerza
atractiva, embria¬gadora, aturdidora, corruptora, a aquel símbolo de la «san¬ta
cruz», a aquella horrorosa paradoja de un «Dios en la cruz», a aquel misterio
de una inimagina-ble, última, extre¬ma crueldad y autocrucifixión de Dios para
salvación del hombre?... Cuando menos, es cierto que sub hoc signo [bajo este
signo] Israel ha venido triunfando una y otra vez, con su venganza y su
transvaloración de todos los va¬lores, sobre todos los demás ideales, sobre
todos los idea¬les más nobles. –– ––
9
––
«Mas ¡cómo sigue usted hablando todavía de ideales más nobles! Atengámonos a
los hechos: el pueblo ––o «los escla¬vos», o «la plebe», o «el rebaño», o como
usted quiera lla¬marlo–– ha vencido, y si esto ha ocurrido por medio de los
judíos, ¡bien!, entonces jamás pueblo alguno tuvo misión más grande en la
his-toria universal. «Los señores» están li¬quidados; la moral del hombre
vulgar ha vencido. Se pue¬de conside-rar esta victoria a la vez como un
envenena¬miento de la sangre (ella ha mezclado las razas entre sí) ––no lo
niego; pero, indudablemente, esa intoxicación ha logrado éxito. La «redención»
del género humano (a sa¬ber, respecto de «los señores») se encuentra en óptima
vía; todo se judaiza, o se cristianiza, o se aplebe-ya a ojos vistas (¡qué importan
las palabras!). La marcha de ese en¬venenamiento a través del cuerpo entero de
la humanidad parece incontenible, su tempo [ritmo] y su paso pueden ser
incluso, a partir de ahora, cada vez más lentos, más delicados, más inaudibles,
más cautos ––en efecto, hay tiempo... ¿Le corresponde todavía hoy a la Iglesia,
en este aspecto, una tarea necesaria, posee todavía en absoluto un derecho a
existir? ¿O se podría prescindir de ella? Quaeri¬tur [se pregunta]. ¿Parece que
la Iglesia refrena y modera aquella marcha, en lugar de acelerarla? Ahora bien,
justa¬mente eso podría ser su utilidad... Es seguro que la Iglesia se ha
convertido poco a poco en algo grosero y rústico, que repugna a una
inteligencia delicada, a un gusto pro¬piamente moderno. ¿No debería, al menos,
refinarse un poco?... Hoy, más que seducir, aleja. ¿Quién de nosotros sería
librepensador si no existiera la Iglesia? La Iglesia es la que nos repugna, no
su veneno... Prescindiendo de la Igle¬sia, también nosotros amamos el
veneno...» ––Tales el epí¬logo de un «librepensador» a mi discurso, de un
animal respetable, como lo ha demostrado de sobra, y, además, de un demócrata;
hasta aquí me había escuchado, y no sopor¬tó el oírme callar. Pues en este
punto yo tengo mucho que callar. ––
10
La
rebelión de los esclavos en la moral comienza cuando el resentimiento mismo se
vuelve creador y en-gendra valores: el resentimiento de aquellos seres a
quienes les está vedada la auténtica reacción, la reac-ción de la acción, y que
se des¬quitan únicamente con una venganza imaginaria. Mientras que toda moral
noble nace de un triunfante sí dicho a sí mismo, la moral de los esclavos dice
no, ya de antemano, a un «fuera», a un «otro», a un «no-yo»; y ese no es lo que
constituye su acción creadora. Esta inversión de la mirada que establece
valores –– este necesario dirigirse hacia fuera en lugar de volverse hacia sí
–– forma parte precisamente del re¬sentimiento: para surgir, la moral de los
esclavos necesita siempre primero de un mundo opuesto y externo, necesita,
hablando fisiológicamente, de estímulos exteriores para poder en absoluto
actuar, –– su acción es, de raíz, reacción. Lo contrario ocurre en la manera
noble de valorar: ésta ac¬túa y brota espontáneamente, busca su opuesto tan
sólo para decirse si a sí misma con mayor agrade-cimiento, con mayor júbilo, ––
su concepto negativo, lo «bajo», «vulgar», «malo», es tan sólo un pálido
contraste, nacido más tarde, de su concepto básico positivo, totalmente
impregnado de vida y de pasión, el concepto «¡nosotros los nobles, nosotros los
buenos, nosotros los bellos, nosotros los felices!». Cuándo la manera noble de
valorar se equivoca y peca con¬tra lá realidad, esto ocurre con relación a la
esfera que no le es suficientemente conocida, más aún, a cuyo real conoci¬miento––sé’
opone con aspereza: no com-prende a veces la es¬fera despreciada por ella, la
esfera del hombre vulgar del pueblo bajo; por otro lado, téngase en cuenta que,
en todo caso, el afecto del desprecio, del mirar de arriba abajo, del mirar con
supe-rioridad, aun presuponiendo que falsee la imagen de lo despreciado, no
llegará ni de lejos a la falsifi¬cación con que el odio reprimido, la venganza
del impoten¬te atentarán contra su adversario ––in effigie [en efi-gie],
natu¬ralmente––. De hecho en el desprecio se mezclan demasiada negligencia,
demasiada ligereza, demasiado apartamiento de la vista y demasiada impaciencia,
e incluso demasiado júbi¬lo en sí mismo, como para estar en condiciones de
transfor¬mar su objeto en una auténtica caricatura y en un espanta¬jo. No se
pasen por alto las nuances [matices] casi benévo¬las que, por ejemplo, la
aristocracia griega pone en todas las palabras con que diferencia de sí al
pueblo bajo; obsérvese cómo constantemente se mezcla en ellas, azucarándolas,
una especie de lástima, de consideración, de indulgencia, hasta el punto de que
casi todas las palabras que convienen al hombre vulgar han terminado por quedar
como expre¬siones para significar «infeliz», «digno de lástima» (véase ςελός
[miedoso], δείλαιος [cobarde], πονηρός [vil], μοχνηρός [mísero], las dos
últimas caracterizan propia¬mente al hombre vulgar como esclavo del trabajo y
animal de carga) –– y cómo, por otro lado, «malo», «infeliz», no de¬jaron jamás
de sonar al oído griego con un tono único, con un timbre en el que prepondera
«infeliz»: y esto como he¬rencia de la antigua manera de valorar más noble,
aristocrá¬tica, la cual no reniega de sí misma ni siquiera en el despre¬cio
(––a los filólogos recor-démosles en qué sentido se usan οϊζνρόςς [miserable],
άνολβος [desgraciado], τλήμων [resignado], δνςτνχεϊν [fracasar, tener mala
suerte], ξνμφορα [desdicha]). Los «bien nacidos» se sentían a sí mismos
cabalmente como los «felices»; ellos no tenían que construir su felicidad
artificialmente y, a veces, persua-dirse de ella, mentírsela, mediante una
mirada dirigida a sus ene¬migos (como suelen hacer todos los hom-bres del
resenti¬miento); y asimismo, por ser hombres íntegros, repletos de fuerza y, en
consecuencia, nece-sariamente activos, no sabían separar la actividad de la
felicidad, –– en ellos aquélla formaba parte, por necesidad, de ésta (de aquí
procede el εύπραττειν [obrar bien, ser feliz])––todo esto muy encon¬traposición
con la felicidad al nivel de los impotentes, de los oprimidos, de los llagados
por sentimientos venenosos y hostiles, en los cuales la felicidad aparece
esencialmente como narcosis, aturdimiento, quietud, paz, «sá-bado», dis¬tensión
del ánimo y relajamiento de los miembros, esto es, dicho en una palabra, como
algo pasivo. Mientras que el hombre noble vive con confianza y franqueza frente
a sí mismo (γενναϊος, «aris-tócrata de nacimiento», subraya la nuance [matiz]
«franco» y también sin duda «ingenuo»), el hombre del resentimiento no es ni
franco, ni ingenuo, ni honesto y derecho consigo mismo. Su alma mira de reojo;
su espíritu ama los escondrijos, los caminos tortuosos y las puertas falsas,
todo lo encubierto le atrae como su mundo, su seguridad, su alivio; entiende de
callar, de no olvidar, de aguardar, de empequeñecerse y humi-llarse transitoriamen¬te.
Una raza de tales hombres del resentimiento acabará ne¬cesariamente por ser más
inteligente que cualquier raza no¬ble, venerará también la inteligencia en una
medida del todo distinta: a saber, como la más importante condición de existencia,
mientras que, entre hombres nobles, la inteli¬gencia fácilmente tiene un
delicado dejo de lujo y refina¬miento: –– en éstos precisamente no es la
inteligencia ni mu¬cho menos tan esencial como lo son la perfecta seguridad
funcional de los instintos inconscientes regu-ladores o inclu¬so una cierta
falta de inteligencia, así por ejemplo el vale¬roso lanzarse a ciegas, bien sea
al peligro, bien sea al ene¬migo, o aquella entusiasta subitaneidad en la
cólera, el amor, el respeto, el agrade-cimiento y la venganza, en la cual se
han reconocido en todos los tiempos las almas no¬bles. El mismo resentimiento
del hombre noble, cuando en él aparece, se consuma y agota, en efecto, en una
reac¬ción inmediata y, por ello, no envenena: por otro lado, ni siquiera aparece
en innumerables casos en los que resulta inevitable su aparición en todos los
débiles e impotentes. No poder tomar mucho tiempo en serio los propios
con¬tratiempos, las propias fechorías ––tal es el signo propio de naturalezas
fuertes y plenas, en las cuales hay una sobrea¬bundancia de fuerza plástica,
remodeladora, regenerado¬ra, fuerza que también hace olvidar (un buen ejemplo
de esto en el mundo moderno es Mirabeau, que no tenía me¬moria para los
insultos ni para las villanías que se come¬tían con él, y que no podía perdonar
por la única razón de que –– olvidaba). Un hombre así se sacude de un solo
golpe muchos gusanos que en otros, en cambio, anidan subte¬rráneamente; sólo
aquí es también posible otra cosa, supo¬niendo que ella sea en absoluto posible
en la tierra ––el au¬téntico «amor a sus enemigos». ¡Cuánto respeto por sus
enemigos tiene un hombre noble! –– y ese respeto es ya un puente hacia el
amor... ¡El hombre noble reclama para sí su enemigo como una distinción suya,
no soporta, en efecto, ningún otro enemigo que aquel en el que no hay nada que
despre-ciar y sí muchísimo que honrar! En cambio, imagi¬némonos «el enemigo»
tal como lo concibe el hombre del resentimiento ––y justo en ello reside su
acción, su crea¬ción: ha concebido el «enemigo malvado», «el malvado», y ello
como concepto básico, a partir del cual se imagina también, como imagen
posterior y como antítesis, un «bueno» –– ¡él mismo!...
11
¡Justo,
pues, lo contrario de lo que ocurre en el noble, quien concibe el concepto
fundamental «bueno» de un modo previo y espontáneo, es decir, lo concibe a base
de sí mismo, y sólo a partir de él se forma una idea de «malo»! Este «malo»
(schlecht) de origen noble, y aquel «malvado» (bóse), salido de la cuba
cer-vecera del odio insaciado ––el primero, una creación posterior, algo
marginal, un color complementario, el segundo, en cambio, el original, el
co¬mienzo, la auténtica acción en la concepción de una moral de escla-vos––,
¡cuán diferentes son estas dos palabras, «malo» (schlecht) y «malvado» (böse),
que aparentemente se contraponen a un mismo concepto «bueno» (gut)! Mas no se
trata del mismo concepto «bueno»: pre-gúntese, antes bien, quién es propiamente
«malvado» en el sentido de la moral del resentimiento. Contes-tado con todo
rigor: preci¬samente el «bueno» de la otra moral, precisamente el noble, el
poderoso, el domi-nador, sólo que cambiado de color, in¬terpretado y visto del
revés por el ojo venenoso del resenti¬miento. Hay aquí una cosa que nosotros no
queremos negar en modo alguno: quien a aquellos «buenos» los ha conoci¬do tan
sólo como enemigos, no ha conocido tampoco más que enemigos malvados, y
aquellos mismos hombres que eran mantenidos tan rigurosamente a raya por la
costum¬bre, el respeto, los usos, el agradecimiento y todavía más por la
recíproca vigilancia, por la emulación inter pares [en¬tre iguales], aquellos
mismos hombres que, por otro lado, en su comportamiento recíproco mostraban tanta
inventi¬va en punto a atenciones, dominio de sí, delicadeza, fideli¬dad,
orgullo y amistad, –– no son hacia fuera, es decir, allí donde comienza lo
extranjero, la tierra extraña, mucho mejores que animales de rapiña dejados
sueltos. Allí disfru¬tan la libertad de toda constricción social, en la selva
se des¬quitan de la tensión ocasio-nada por una prolongada reclu¬sión y
encierro en la paz de la comunidad, allí retornan a la inocencia pro-pia de la
conciencia de los animales rapaces, cual monstruos que retozan, los cuales
dejan acaso tras sí una serie abominable de asesinatos, incendios, violaciones
y torturas con igual petulancia y con igual tran-quilidad de espíritu que si lo
único hecho por ellos fuera una travesura estudiantil, convencidos de que de
nuevo tendrán los poe¬tas, por mucho tiempo, algo que cantar y que ensalzar.
Re¬sulta imposible no reco-nocer, a la base de todas estas razas nobles, el
animal de rapiña, la magnífica bestia rubia, que vagabun-dea codiciosa de botín
y de victoria; de cuando en cuando esa base oculta necesita desahogarse, el
animal tie¬ne que salir de nuevo fuera, tiene que retornar a la selva: –– las
aristocracias romana, árabe, germánica, japonesa, los héroes homéricos, los
vikingos escandinavos –– todos ellos coinciden en tal imperiosa nece-sidad. Son
las razas nobles las que han dejado tras sí el concepto «bárbaro» por todos los
lugares por don-de han pasado; incluso en su cultura más excelsa se revelan una
consciencia de ello y hasta un or¬gullo (por ejemplo, cuando Pericles dice a
sus atenienses, en aquella famosa oración fúnebre, «hemos forzado a todas las
tierras y a todos los mares a ser accesibles a nuestra audacia, dejando en
todas partes monumen-tos imperecederos en bien y en mal») 26. Esta «audacia» de
las razas nobles, que se manifiesta de manera loca, absurda, repentina, este
ele¬mento imprevisible e incluso inverosímil de sus empresas ––Pericles
desta-ca con elogio la ραυνμία [despreocupa¬ción]27 de los atenienses––, su
indiferencia y su desprecio de la segu-ridad, del cuerpo, de la vida, del
bienestar, su horri¬ble jovialidad y el profundo placer que sienten en
des-truir, en todas las voluptuosidades del triunfo y de la crueldad –– todo
esto se concentró, para quienes lo padecían, en la ima¬gen del «bárbaro», del
«enemigo malvado», por ejemplo el «godo», el «vándalo». La profunda, glacial
desconfianza que el alemán continúa inspirando también ahora tan pronto como
llega al poder –– representa aún un rebrote de aquel terror inextinguible con
que durante siglos contempló Europa el furor de la rubia bestia germánica
(aunque entre los antiguos germanos y nosotros los alemanes apenas sub¬sista ya
afinidad conceptual alguna y menos aún un paren¬tesco de sangre). En otro sitio
28 he hecho notar la perpleji¬dad experimentada por Hesiodo cuando meditaba
sobre el decurso de las épocas cultura-les e intentaba expresarlas mediante el
oro, la plata y el bronce: a la contradicción que le ofrecía el mundo de
Homero, un mundo tan magnífico, pero, a la vez, tan horrible y tan brutal, no
supo escapar más que dividiendo una única época en dos y colocándolas una a
continuación de la otra –– primero, la época de los héroes y semidioses de
Troya y de Tebas, tal como aquel mundo había subsistido en la memoria de las
estirpes nobles, que en ella tenían sus propios antecesores; y luego, la edad
de bronce, tal como aquel mismo mundo aparecía a los descen¬dientes de los
sojuzgados, expoliados, maltratados, depor¬tados, ven-didos: como una edad de
bronce, según hemos di¬cho, dura, fría, cruel, carente de sentimientos y de
con-cien¬cia, una edad que todo lo tritura y lo salpica de sangre. Suponiendo
que fuera verdadero algo que en todo caso ahora se cree ser «verdad», es decir,
que el sentido de toda cultura consistiese cabalmente en sacar del animal rapaz
«hombre», mediante la crianza, un animal manso y civiliza¬do, un animal
domésti-co, habría que considerar sin ningu¬na duda que todos aquellos
instintos de reacción y resenti¬miento, con cuyo auxilio se acabó por humillar
y dominar a las razas nobles, así como todos sus ideales, han sido los
au¬ténticos instrumentos de la cultura; con ello, de todos mo¬dos, no estaría
dicho aún que los depositarios de esos instin¬tos representen también ellos
mismos a la vez la cultura. Lo contrario sería, antes bien, no sólo verosímil
––¡no!, ¡hoy es evidente! Esos depositarios de los instintos opresores y
an¬siosos de desquite, los descendientes de toda esclavitud eu¬ropea y no
europea, y en especial de toda población prearia ––¡representan el retroceso de
la humanidad! ¡Esos «instru¬mentos de la cultura» son una vergüenza del hombre
y repre¬sentan más bien una sospecha, un contraargumento contra la «cultura» en
cuanto tal! Se puede tener todo derecho a no librarse del temor a la bestia
rubia que habita en el fondo de todas las razas nobles y a mantenerse en
guardia: mas ¿quién no preferiría cien veces sentir temor, si a la vez le es
permiti-do admirar, a no sentir temor, pero con ello no poder sus¬traerse ya a
la nauseabunda visión de los malo-grados, empe¬queñecidos, marchitos,
envenenados? ¿Y no es ésta nuestra fatalidad? ¿Qué es lo que hoy produce
nuestra aversión con¬tra «el hombre»? –– pues nosotros sufrimos por el hombre,
no hay duda. –– No es el temor; sino, más bien, el que ya nada tengamos que
temer en el hombre; el que el gusano «hom-bre» ocupe el primer plano y pulule
en él; el que el «hombre manso», el incurablemente mediocre y des-agradable
haya aprendido a sentirse a sí mismo como la meta y la cumbre, como el sentido
de la historia, como «hombre superior»; –– más aún, el que tenga cierto derecho
a sentirse así, en la me¬dida en que se siente distanciado de la muchedumbre de
los mal constituidos, enfermizos, cansados, agotados, a que hoy comienza Europa
a apestar, y, por tanto, como algo al menos relativamente bien constituido,
como algo al menos todavía capaz de vivir, como algo que al menos dice sí a la
vida...
26.
Véase Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, II, 41.
27.
Ibídem, II, 39.
28.
Véase Aurora, aforismo 189 («De la gran política»). Nietzsche se refie¬re a
Hesiodo, Los trabajos y los días, versos 143-173.
12
––
En este punto no me es ya posible reprimir un sollozo y una última esperanza.
¿Qué es esto que, preci-samente a mí, me resulta del todo insoportable? ¿Esto
de lo que sólo yo no puedo librarme, y que me aho-ga y me consume? ¡Aire
vicia¬do! ¡Aire viciado! El hecho de que algo mal constituido se allega a mí;
¡el verme obligado a oler las entrañas de un alma mal constituida!... ¿Qué es,
por otra parte, lo que en materia de miseria, de privaciones, de mal clima, de
enfermedades, de fatigas y de soledad no soportamos? En el fondo nos
sobreponemos a todo lo demás, puesto que hemos nacido para una existencia
subterránea y combativa; una y otra vez salimos a la luz, una y otra vez
experimentamos la hora áurea del triunfo, –– y en ese momento aparecemos tal
como naci¬mos, inquebrantables, tensos, dispuestos a conquistar algo nuevo,
algo más difícil, algo más lejano todavía, como un arco a quien las privaciones
lo único que hacen es ponerlo más ti¬rante. –– Pero de vez en cuando ––y
suponiendo que existan protectoras celestiales, si-tuadas más allá del bien y
del mal¬concededme una mirada, otorgadme que pueda echar una única mirada tan
sólo a algo perfecto, a algo totalmente logra¬do, feliz, poderoso, victorioso,
en lo que todavía haya algo que temer! ¡Una mirada a un hombre que justifique a
el hombre, una mirada a un caso afortunado que complemente y redima al hombre,
por razón del cual me sea lícito conservar la fe en el hombre!... Pues así
están las cosas: el empequeñecimiento y la nivelación del hombre europeo encierran
nuestro máximo peligro, ya que esa visión cansa... Hoy no vemos nada que
as¬pire a ser más grande, barruntamos que des-cendemos cada vez más abajo, más
abajo, hacia algo más débil, más manso, más prudente, más plácido, más
mediocre, más indiferente, más chino, más cristiano ––el hombre, no hay duda,
se vuelve cada vez «mejor» ... Justo en esto reside la fatalidad de Europa¬al
perder el miedo al hombre hemos perdido también el amor a él, el respeto a él,
la esperanza en él, más aún, la voluntad de él. Actualmente la visión del
hom-bre cansa –– ¿qué es hoy el ni¬hilismo si no es eso?... Estamos cansados de
el hombre...
13
––
Mas volvamos atrás: el problema del otro origen de lo «bueno», el problema de
lo bueno tal como se lo ha imagi¬nado el hombre del resentimiento exige llegar
a su final. –– El que los corderos guarden rencor a las grandes aves rapaces es
algo que no puede extrañar: sólo que no hay en esto mo¬tivo alguno para
to-marle a mal a aquéllas el que arrebaten corderitos. Y cuando los corderitos
dicen entre sí «estas aves de rapiña son malvadas; y quien es lo menos posible
un ave de rapiña, sino más bien su antítesis, un corderi-to, –– ¿no debería ser
bueno?», nada hay que objetar a este modo de establecer un ideal, excepto que
las aves rapaces mirarán hacia abajo con un poco de sorna y tal vez se dirán:
«Noso¬tras no estamos enfada-das en absoluto con esos buenos corderos, incluso
los amamos: no hay nada más sabroso que un tierno cordero.» –– Exigir de la
fortaleza que no sea un querer––dominar, un querer––sojuzgar, un
querer––enseño¬rearse, una sed de enemigos y de resistencias y de triunfos, es
tan absurdo como exigir de la debili-dad que se exteriori¬ce como fortaleza. Un
quantum de fuerza es justo un tal quantum de pulsión, de volun-tad, de
actividad ––más aún, no es nada más que ese mismo pulsionar, ese mismo querer,
ese mismo actuar, y, si puede parecer otra cosa, ello se debe tan sólo a la
seducción del lenguaje (y de los errores radi-ca¬les de la razón petrificados
en el lenguaje), el cual entiende y mal entiende que todo hacer está
condicio-nado por un agente, por un «sujeto». Es decir, del mismo modo que el pueblo
separa el rayo de su resplan-dor y concibe al segundo como un hacer, como la
acción de un sujeto que se llama rayo, así la moral del pueblo separa también
la fortaleza de las exteriorizaciones de la misma, como si detrás del fuerte
hubiera un sustrato indiferente, que fuera dueño de exterio¬rizar y, también,
de no exteriorizar fortaleza. Pero tal sustra¬to no existe; no hay ningún «ser»
detrás del hacer, del actuar, del devenir; «el agente» ha sido ficti-ciamente
añadido al ha¬cer, el hacer es todo. En el fondo el pueblo duplica el hacer;
cuando piensa que el rayo lanza un resplandor, esto equiva¬le a un
hacer––hacer: el mismo acontecimiento lo pone primero como causa y luego, una
vez más, como efecto de aquélla. Los investigadores de la naturaleza no lo
ha-cen me¬jor cuando dicen «la fuerza mueve, la fuerza causa» y cosas
parecidas, –– nuestra ciencia entera, a pesar de toda su frial¬dad, de su
desapasionamiento, se encuentra sometida aún a la seducción del lenguaje y no
se ha desprendido de los hi¬jos falsos que se le han infiltrado, de los
«sujetos» (el átomo, por ejemplo, es uno de esos hijos falsos, y lo mismo
ocurre con la kantiana «cosa en sí»): nada tiene de extraño el que las
reprimidas y ocultamente encendidas pasiones de la venganza y del odio
aprovechen en favor suyo esa creencia e incluso, en el fondo, ninguna otra
sostengan con mayor fervor que la de que el fuerte es libre de ser débil, y el
ave de rapiña, libre de ser cordero: –– con ello conquistan, en efec¬to, para
sí el dere-cho de imputar al ave de rapiña ser ave de rapiña... Cuando los
oprimidos, los pisoteados, los violen¬tados se dicen, movidos por la vengativa
astucia propia de la impotencia: «¡Seamos distintos de los malvados, es decir,
seamos buenos! Y bueno es todo el que no violenta, el que no ofende a nadie, el
que no ataca, el que no salda cuentas, el que remite la venganza a Dios, el
cual se mantiene en lo oculto igual que nosotros, y evita todo lo malvado, y
exige poco de la vida, lo mismo que nosotros los pacientes, los hu¬mildes, los
jus-tos» –– esto, escuchado con frialdad y sin nin¬guna prevención, no
significa en realidad más que lo si-guiente: «Nosotros los débiles somos desde
luego débiles; conviene que no hagamos nada para lo cual no somos bas¬tante
fuertes» –– pero esta amarga realidad de los hechos, esta inteligencia de
ínfimo rango, poseída incluso por los insectos (los cuales, cuando el peligro
es grande, se fingen muertos para no hacer nada «de más»), se ha vestido,
gra¬cias a ese arte de falsificación y a esa automendacidad pro¬pias de la
impotencia, con el esplendor de la virtud renun¬ciadora, callada, expectante,
como si la debilidad misma del débil ––es decir, su esencia, su obrar, su
entera, única, inevitable, indeleble realidad–– fuese un logro voluntario, algo
querido, elegido, una acción, un mérito. Por un instin¬to de autoconservación,
de autoafir-mación, en el que toda mentira suele santificarse, esa especie de
hombre necesita creer en el «sujeto» indi-ferente, libre para elegir. El sujeto
(o, hablando de un modo más popular, el alma) ha sido hasta ahora en la tierra
el mejor dogma, tal vez porque a toda la ingente muchedumbre de los mortales, a
los débiles y opri¬midos de toda índole, les permitía aquel sublime autoenga¬ño
de interpretar la debilidad misma como libertad, inter¬pretar su
ser––así––y––así como mérito.
14
––
¿Quiere alguien mirar un poco hacia abajo, al misterio de cómo se fabrican
ideales en la tierra? ¿Quién tiene valor para ello?... ¡Bien! He aquí la mirada
abierta a ese oscuro ta¬ller. Espere usted un momento, señor Indiscreción y
Teme¬ridad: su ojo tiene que habituarse antes a esa falsa luz cam¬biante...
¡Así! ¡Basta! ¡Hable usted ahora! ¿Qué ocurre allá abajo? Diga usted lo que ve,
hombre de la más peligrosa cu¬riosidad ––ahora soy yo el que escucha. ––
––«No
veo nada, pero oigo tanto mejor. Es un chismorreo y un cuchicheo cauto,
pérfido, quedo, proceden-te de todas las esquinas y rincones. Me parece que esa
gente miente; una dulzona suavidad se pega a cada sonido. La debilidad debe ser
mentirosamente transformada en mérito, no hay duda –– es como usted lo decía. »
––
––¡Siga!
––«
... y la impotencia, que no toma desquite, en ‘bondad’; la temerosa bajeza, en
‘humildad’; la sumisión a quienes se odia, en ‘obediencia’ (a saber, obediencia
a alguien de quien dicen que ordena esa sumisión, –– Dios le llaman). Lo
ino¬fensivo del débil, la cobardía misma, de la que tiene mucha, su
estar––aguardando––a––la––puerta, su inevitable tener––que¬aguardar, recibe
aquí un buen nombre, el de ‘pa-ciencia’, y se llama también la virtud; el
no––poder––vengarse se llama no¬querer––vengarse, y tal vez incluso perdón
(‘pues ellos no sa¬ben lo que hacen 29 –– ¡únicamente nosotros sabemos lo que
ellos ha-cen!). También habla esa gente del ‘amor a los pro¬pios enemigos’ 30
––y entre tanto suda.»
––¡Siga!
––«Son
miserables, no hay duda, todos esos chismorreado¬res y falsos monederos de las
esquinas, aunque están acurru¬cados calentándose unos junto a otros –– pero me
dicen que su miseria es una elección y una distinción de Dios, que a los
pe¬rros que más se quiere se los azota; que quizás esa miseria sea también una
preparación, una prueba, una ejercitación, y acaso algo más –– algo que alguna
vez encontrará su com-pen¬sación, y será pagado con enormes intereses en oro,
¡no!, en felicidad. A eso lo llaman ‘la bienaventu-ranza’.»
––¡Siga!
––«Ahora
me dan a entender que ellos no sólo son mejo¬res que los poderosos, que los
señores de la tierra, cuyos esputos ellos tienen que lamer (no por temor, ¡de
ninguna manera por temor!, sino porque Dios manda honrar toda autoridad) 31, ––
que ellos no sólo son mejores, sino que tam¬bién ‘les va mejor’, o, en todo
caso, alguna vez les irá mejor. Pero ¡basta!, ¡basta! Ya no lo soporto más.
¡Aire viciado! ¡Aire viciado! Ese taller donde se fabrican ideales ––me pare¬ce
que apesta a mentiras.»
––¡No!
¡Un momento todavía! Aún no nos ha dicho usted nada de la obra maestra de esos
nigromantes que con todo lo negro saben construir blancura, leche e inocencia:
–– ¿no ha observado usted cuál es su perfección suma en el refina¬miento, su
audacísima, finísima, ingeniosísima, mendacísi¬ma estratagema de artista?
¡Atienda! Esos animales de sóta¬no, llenos de venganza y de odio ––¿qué hacen
precisamente con la venganza y con el odio? ¿Ha oído usted alguna vez esas
palabras? Si sólo se fiase usted de lo que ellos dicen, ¿barruntaría que se
encuentra en medio de hombres del re¬sentimiento?...
––«Comprendo,
vuelvo a abrir los oídos (¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, y cierro la nariz). Sólo ahora oigo
lo que ya antes decían con tanta frecuencia: ‘nosotros los buenos –– nosotros
somos los justos’ –– a lo que ellos piden no lo llaman desquite, sino ‘el
triunfo de la justicia’; a lo que ellos odian no es a su enemi¬go, ¡no!, ellos
odian la ‘injusticia’, el ‘ateísmo’; lo que ellos creen y esperan no es la
esperanza de la venganza, la em¬briaguez de la dulce venganza (–– ‘más dulce
que la miel’, la llamaba ya Homero) 32, sino la victoria de Dios, del Dios
jus¬to sobre los ateos; lo que a ellos les queda para amar en la tie¬rra no son
sus hermanos en el odio, sino sus ‘hermanos en el amor’33, como ellos dicen,
todos los buenos y justos de la tierra.»
––¿Y
cómo llaman a aquello que les sirve de consuelo contra todos los sufrimientos
de la vida –– su fan-tasmagoría de la anticipada bienaventuranza futura?
––«¿Cómo?
¿Oigo bien? A eso lo llaman ‘el juicio final’, la llegada de su reino, el de
ellos, del ‘reino de Dios’ –– pero en¬tre tanto viven ‘en la fe’, ‘en el amor’,
‘en la esperanza’ » . ––¡Basta! ¡Basta!
29.
Véase Evangelio de Lucas, 23, 24; palabras de Jesús en la cruz.
30.
Véase Evangelio de Mateo, 5, 44; Sermón de la Montaña.
31.
Véase Epístola a los romanos, 13, 1: «Sométanse todos a las autorida¬des que
gobiernen. Pues no hay autoridades sino por Dios, y las que hay están puestas
por Dios.»
32.
Véase Iliada, XVIII, 109; palabras de Aquiles en su diálogo con Tetis.
33.
Véase Epístola primera a los tesalonicenses, 3, 12.
34.
Véase Epístola primera a los tesalonicenses, 1, 3.
15
¿En
la fe en qué? ¿En el amor a qué? ¿En la esperanza de qué? ––Esos débiles ––
alguna vez, en efecto, quieren ser también ellos los fuertes, no hay duda,
alguna vez debe llegar tam¬bién su reino –– nada menos que «el reino de Dios»
lo llaman entre ellos, como hemos dicho: ¡son, desde luego, tan hu¬mildes en
todo! Para presenciar esto se necesita vivir largo tiempo, más allá de la
muerte, –– en efecto, la vida eterna se necesita para poder resarcirse también
eternamente, en el «reino de Dios», de aquella vida terrena «en la fe, en el
amor, en la esperanza». ¿Resacirse de qué? LResacirse con qué?... A mí me
parece que Dante come-tió un grosero error al poner, con horrorosa ingenuidad,
sobre la puerta de su infierno la inscripción «tam-bién a mí me creó el amor
eter¬no» 35: –– sobre la puerta del paraíso cristiano y de su «biena¬venturanza
eterna» podría estar en todo caso, con mejor derecho, li inscripción «también a
mí me creó el odio eter¬no» ––, ¡presuponiendo que a una verdad le sea lícito
estar co¬locada sobre la puerta que lleva a una mentira! Pues ¿qué es la
bienaventuranza de aquel paraíso?... Quizá ya nosotros mismos lo adivinaríamos;
pero es mejor que nos lo atesti¬gue expresamente una autoridad muy relevante en
estas co¬sas, Tomás de Aquino. «Beati in regno coelesti», dice con la
mansedumbre de un cordero, «videbunt poenas damnato¬rum, ut beatitudo illis
magis complaceat» [Los bienaventu¬rados verán en el reino celestial las penas
de los conde-nados, para que su bienaventuranza les satisfaga más] 36. ¿O se
quiere escuchar esto mismo en un tono más fuerte, de la boca, por ejemplo, de
un triunfante padre de la Iglesia, el cual desaconsejaba a sus cris-tianos las
crueles voluptuosida¬des de los espectáculos públicos ––por qué, en realidad?
«La fe nos ofrece, en efecto, muchas más cosas ––dice, de spectac, c. 29 ss.––,
algo mucho más fuerte; gracias a la redención dis¬ponemos, en efecto, de
alegrías completamente distintas; en lugar de los atletas nosotros tenemos
nues-tros mártires; y si queremos sangre, bien, tenemos la sangre de Cristo...
Mas ¡qué cosas nos esperan el día de su vuelta, de su triun¬fo!» –– y ahora
continúa así este visionario extasiado: «At enim supersunt alia spectacula,
ille ultimus et perpetuus ju¬dicii dies, ille nationibus insperatus, ille
derisus, cum tanta saeculi vetustas et tot ejus nativitates uno igne
haurientur. Quae tunc spectaculi latitudo! Quid admirer! Quid rideami Ubi
gaudeam! Ubi exultem, spectans tot et tantos reges, qui in coelum recepti
nuntiabantur, cum ipso Jove et ipsis suis testibus in imis tenebris
congemescentes! ltem praesides (los gobernadores de las provincias)
persecutores dominici nominis saevioribus quam ipsi flammis saevierunt
insul¬tantibus contra Christianos liquescentes! Quos praeterea sapientes illos
philosophos coram discipulis suis una confla-grantibus erubescentes, quibus
nihil ad deum pertinere suadebant, quibus animas aut nullas aut non in pristina
corpora redituras affirmabant! Etiam poetas non ad Rhada¬manti nec ad Minois,
sed ad inopinati Christi tribunal pal¬pitantes! Tunc magis tragoedi audiendi,
magis scilicet voca¬les (cuanto mejor sea la voz, peor gritarán) in sua propria
calamitate; tunc histriones cognoscendi, solutiores multo per ignem, tunc
spec-tandus auriga in flammea rota totus rubens, tunc xystici contemplandi non
in gymnasiis, sed in igne jacu-lati, nisi quod ne tunc quidem illos velim
vivos, ut qui malim ad eos potius conspectum insatiasbilem con-ferre, qui in
dominum desaevierunt. `Hic este ille, dicam, fabri aut quaestuariae filius (como
lo muestra todo lo que sigue, y en especial también esta designación, conocida
por el Tal¬mud, de la madre de Jesús, a partir de aquí Tertuliano habla a los
judíos), sabbati destructor, Samarites et daemonium habens. Hic est, quem a
Juda redemistis, hic est ille arundi¬ne et colaphis diverberatus, sputamentis
dedecoratus, felle et aceto potatus. Hic est, quem clam discentes
subripue¬runt, ut resurrexisse dicatur vel hortulanus detraxit, ne lac¬tucae
suae frequentia commeantium laederentur. Ut talia spectes, ut talibus exultes,
quis tibi praetor aut consul aut quaestor aut sacerdos de sua liberalitste
praestabit? Et ta¬men haec jam habemos quodammodo per fidem spiritu imaginante
repraesentata. Ceterum qualia illa sunt, quae nec oculus vidit nec auigs audivit
nec in cor hominis ascen¬derunt? (1 Cor. 2, 9). Credo circo et utraque cavea
(primera y cuarta fila, o, según otros, escena cómica y trágica) et omni stadio
gratiora»*. –– Per fidem: así está escri-to.
*
[Pero quedan todavía otros espectáculos, aquel último y perpetuo día del
juicio, día no esperado por las naciones, día del cual se mofan, cuando esta
tan grande decrepitud del mundo y tantas generaciones del mismo ardan en un
fuego común. ¡Qué espectáculo tan grandioso entonces! ¡De cuántas cosas me
asom-braré! ¡De cuántas cosas me reiré! ¡Allí gozaré! ¡Allí me regocijaré,
con¬templando cómo tantos y tan gran-des reyes, de quienes se decía que habían
sido recibidos en el cielo, gimen en profundas tinieblas junto con el mismo
Jú¬piter y con sus mismos testigos! ¡Viendo también cómo los presidentes
per¬seguidores del nom-bre del Señor se derriten en llamas más crueles que
aque¬llas con que ellos mismos se ensañaron contra los cristianos! ¡Viendo
además cómo aquellos sabios filósofos se llenan de rubor ante sus discípulos,
que con ellos se queman, a los cuales convencían de que nada pertenece a Dios,
a los cuales aseguraban que las almas o no existen o no volverán a sus cuerpos
pri¬mitivos! ¡Y viendo asimismo cómo los poetas tiemblan, no ante el tribunal
de Radamanto ni de Minos, sino ante el de Cristo, a quien no esperaban!
Enton¬ces oiré más a los actores de tragedias, es decir, serán más elocuentes
hablan¬do de su propia desgracia; entonces conoceré a los histriones, mucho más
ági¬les a causa del fuego; entonces veré al auriga, totalmente rojo en el carro
de fuego; entonces contemplaré a los atletas, lanzando la jabalina no en los
gim¬nasios, sino en el fuego, a no ser que entonces no quisiera que estuviesen vi¬vos
y prefiriese dirigir una mirada insaciable a aquellos que se ensañaron con el
Señor. «Éste es, diré, el hijo del carpintero o de la prostituta, el destructor
del sábado, el samaritano y endemoniado. Éste es aquel a quien comprasteis a
Judas, este es aquel que fue golpeado con la caña y con bofetadas, humilla¬do
con salivazos, a quien disteis a beber hiel y vinagre. Éste es aquel a quien
sus discípulos robaron a escondidas, para que se dijese que había resucitado, o
á quien el dueño del huerto retiró de allí, para que la gran afluencia de
quie¬nes iban y venían no estropease sus le-chugas.» La visión de tales
espectácu¬los, la posibilidad de alegrarte de tales cosas, ¿qué pretor, o
cónsul, o cuestor, o sacerdote, podrá ofrecértela, aun con toda su generosidad?
Y, sin embargo, en cierto modo te-nemos ya estas cosas por la fe representadas
en el espíritu que las imagina. Por lo demás, ¿cuáles son aquellas cosas que ni
el ojo vio, ni gel oído oyó, ni entraron en corazón de hombre? (1 Cor. 2, 9).
Creo que son más agradables que el circo, y el doble teatro, y todos los
estadios.]
35.
Véase Dante, Divina Comedia, Infierno III, 54. La cita de Nietzsche no es
exactamente literal, como puede verse. Se trata de aquellos famosí¬simos
versos:
Per
me si va ne la cittá dolente,
per
me si va ne l'eterno dolore,
per
me si va tra la perduta gente.
Giustizia
mosse il mío alto fattore;
fecerni
la divina potestate,
la
somma sapienza e’l primo amore
[Por
mí se va a la ciudad doliente,
por
mí se va al dolor eterno,
por
mí se va entre la gente perdida.
La
justicia movió a mi supremo Autor.
Me
hicieron la divina potestad [el Padre],
la
suma sabiduría [el Hijo] y el amor
primero
[el Espíritu Santo].]
36.
Este texto increíble se encuentra, en sus palabras claves, en la Suma
Teológica, suplemento, cuestión 94, artículo 1. Dice así: «Et ideo, ut
beatitudo sanctorum eis magis complaceat, et de ea uberiores gratias Dei agant,
datur eis ut poenam impiorum perfecte intueantur» (por tanto, para que la
bienaventuranza de los santos les satisfaga más, y por ella den gra-cias más
rendidas a Dios, se les concede que vean perfecta¬mente la pena de los impíos).
El mismo texto se encuentra también, como es obvio, en el comentario al libro
IV de las Sentencias, distinción L, cuestión II, artículo IV, cuestiúncula III,
solución I.
16
Concluyamos.
Los dos valores contrapuestos «bueno y malo», «bueno y malvado», han sostenido
en la tierra urea lucha terrible, que ha durado milenios; y aunque es muy
cierto que el segundo valor hace mu-cho tiempo que ha pre¬valecido, no faltan,
sin embargo, tampoco ahora lugares en los que se continúa librando esa lucha,
no decidida aún. In¬Iluso podría decirse que entre tanto la lucha ha sido
llevada cada vez más hacia arriba y que, precisamente por ello, se ha vuelto
cada vez más profunda, cada vez más espiritual: de modo que hoy quizá no exista
indicio más decisivo de la «naturaleza superior», de una naturaleza más
espiritual, que estar escindido en aquel sentido y que ser realmente to¬davía
un lugar de batalla de aquellas antítesis. El símbolo de esa lucha, escrito en
caracteres que han permanecido hasta ahora legibles a lo largo de la historia
entera de la humani¬dad, dice «Roma contra Judea, Judea contra Roma»: –– hasta
ahora no ha habido acontecimiento más grande que esta lu¬cha, que este
planteamiento del problema, que esta contra¬dicción de enemigos mortales. Roma
veía en el judío algo así como la anti-naturaleza misma, como su monstrum
[monstruo] antipódico, si cabe la expresión; en Roma se considera-ba al judío
«convicto de odio contra todo el géne¬ro humano» 37: con razón, en la medida en
que hay dere-cho a vincular la salvación y el futuro del género humano al
do¬minio incondicional de los valores aristo-cráticos, de los va¬lores romanos.
¿Qué es lo que los judíos sentían, en cambio, contra Roma? Se lo adivina por
mil indicios; pero basta con traer una vez más a la memoria el Apocalipsis de
Juan, la más salvaje de todas las invectivas escritas que la venganza tiene
sobre su conciencia. (Por otro lado, no se infravalore la profunda consecuencia
lógica del instinto cristiano al escribir cabalmente sobre este libro del odio
el nom-bre del discípulo del amor, del mismo a quien atribuyó aquel Evan¬gelio
enamorado y entusiasta ––: aquí se esconde un poco de verdad, por muy grande
que haya sido también la falsifica¬ción literaria precisa para lograr esa
finalidad.) Los roma¬nos eran, en efecto, los fuertes y los nobles; en tal
grado lo eran que hasta ahora no ha habido en la tierra hombres más fuertes ni
más nobles, y ni siquiera se los ha soñado nunca; toda reliquia de ellos, toda
inscripción suya produce éxtasis, presuponiendo que se adivine qué es lo que
allí escribe. Los judíos eran, en cambio, el pueblo sacerdotal del
resenti¬miento par excellence, en el que habitaba una genialidad popular––moral
sin igual: basta comparar los pueblos de cualidades análo-gas, por ejemplo, los
chinos o los alemanes, con los judíos, para comprender qué es de primer rango y
qué es de quinto. ¿Quién de ellos ha vencido entre tanto, Roma o Judea? No hay,
desde luego, la más mínima duda: considérese ante quién se inclinan hoy los
hombres, en la misma Roma, como ante la síntesis de todos los valores
su¬premos, –– y no sólo en Roma, sino casi en media tierra, en todos los
lugares en que el hombre se ha vuelto manso o quiere volverse manso, –– ante
tres judíos, como es sabido, y una judía (ante Jesús de Nazaret, el pescador
Pedro, el teje¬dor de alfombras Pablo, y la madre del mencionado Jesús, de
nombre María). Esto es muy digno de atención: Roma ha sucumbido, sin ninguna
duda. De todos mo-dos, hubo en el Renacimiento una espléndida e inquietante
resurrección del ideal clásico, de la manera noble de valorar todas las co¬sas:
Roma misma se movió, como un muerto aparente que abre los ojos, bajo la presión
de la nueva Roma, la Roma ju¬daizada, construida sobre ella, la cual ofrecía el
aspecto de una sinagoga ecuménica y se llamaba «Iglesia»; pero en se¬guida
volvió a triunfar Judea, gracias a aquel movimiento radicalmente plebeyo
(alemán e inglés) de resentimiento al que se da el nombre de Reforma
protestante, añadiendo lo que de él tenía que seguirse, el restablecimiento de
la Iglesia, –– el restableci-miento también de la vieja quietud sepulcral de la
Roma clásico 38. En un sentido más decisivo incluso y más profundo que en la
Reforma protestante, Judea volvió a vencer otra vez sobre el ideal clásico con
la Revolución francesa: la última nobleza política que había en Europa, la de
los siglos XVII y XVIII france-ses, sucumbió bajo los instin¬tos populares del
resentimiento ––¡jamás se escuchó en la tierra un júbilo más grande, un
entusiasmo más clamoroso! Es cierto que en medio de todo ello ocurrió lo más
tremen¬do, lo más inesperado: el ideal antiguo mismo apareció en carne y hueso,
y con un esplendor inaudito, ante los ojos y la conciencia de la humanidad, ––
¡y una vez más, frente a la vieja y mendaz consigna del resenti-miento que
habla del primado de los más, frente a la voluntad de descenso, de
re¬bajamiento, de nivela-ción, de hundimiento y crepúsculo del hombre, resonó
más fuerte, más simple, más penetran¬te que nunca la terrible y fascinante
anti––consigna del pri¬mado de los menos! Como una última indicación del otro
ca-mino apareció Napoleón, el hombre más singular y más tardíamente nacido que
haya existido nunca, y en él, encar¬nado en él, el problema del ideal noble en
sí ––reflexiónese bien en qué problema es éste: Napo-león, esa síntesis de
in¬humanidad y superhombre ....39
37.
Nietzsche cita a Tácito, Anales, XV, 44. «Igitur primum correpti qui
fa¬tebantur, deinde indicio eorum multitudo ingens haud proinde in cri¬mine
incendii quam odio humano generis conuicti sunt.
[Se
comenzó por apresar a los que confesaban su fe; después, sobre sus
revelaciones, una multitud de otros, que fueron convencidos menos del crimen de
incendio que de odio contra el género humano].
En
realidad este capítulo 44 se refiere a las ceremonias expiatorias que se
hicieron tras el incendio de Roma, bajo Nerón, y a la acusación hecha contra
los cristianos [no contra los judíos exclusivamente] de haber sido ellos los
causantes del in-cendio. Ahora bien, para un roma¬no de entonces no había
distindón entre judío y cristiano.
38.
Véase también lo que Nietzsche dice en Ecce Homo.
39.
La admiración de Nietzsche por Napoleón se halla atestiguada en mu¬chos pasajes
de sus obras. Así, por ejemplo, en Más allá del bien y del mal, dice que «la
historia de la influencia de Napoleón es casi la historia de la felicidad
superior alcanzada por todo este siglo [XIX] en sus hombres y en sus instantes
más valiosos». Véa¬se asimismo Ecce Homo.
17
––
¿Con esto ha acabado ya todo? ¿Quedó así relegada ad acta [a los archivos] para
siempre aquella antítesis de ideales, la más grande de todas? ¿O sólo.fue
aplazada, aplazada por lar¬go tiempo?... ¿No deberá haber alguna vez una
reanimación del antiguo incendio, mucho más terrible todavía, preparada durante
más largo tiempo? Más aún: ¿no habría que desear precisamente esto con todas
las fuerzas?, ¿e incluso quererlo?, ¿e incluso favorecerlo?... Quien en este
punto comienza, lo mismo que mis lectores, a meditar, a continuar pensando, es
dificil que llegue pronto al final, –– ésta es para mí razón sufi¬ciente para
que yo mismo llegue a él, suponiendo que haya quedado bastante claro hace
tiempo lo que yo quiero, lo que yo quiero precisamente con aquella peligrosa
consigna que he colocado al frente de mi último libro: Más allá del bien y del
mal... Esto no significa, cuando menos, «Más allá de lo bue¬no y lo malo». ––
––
Nota.
Aprovecho la ocasión que me proporciona este tratado para expresar pública y
formalmente un deseo que hasta ahora he manifestado tan sólo en conversaciones
ocasionales con personas doctas; a saber, que alguna Facultad de Filosofía se
haga benemé¬rita del fomento de los estudios de historia de la moral convocando
una serie de premios académicos: –– tal vez este libro sirva para dar un fuerte
impulso precisamente en esa dirección. En previsión de una posibilidad de esa
especie, se propone la cuestión si-guiente: ella merece la atención de los
filólogos e historiadores tanto como la de los auténticos doctos en filosofía
por oficio.
«¿Qué
indicaciones nos proporciona la ciencia del lenguaje, y en es¬pecial la
investigación etimológica, sobre la historia evolutiva de los conceptos
morales?»
––
Por otro lado, también resulta necesario, desde luego, ganar el interés de los
fisiólogos y médicos para estos problemas (acerca del valor de las
apreciaciones valorativas habidas hasta ahora): aquí se les puede dejar a los
filósofos de oficio el representar, tam¬bién en este caso singular, el papel de
abogados y media-dores, una vez que hayan logrado que la relación
originariamente tan áspera, tan desconfiada, entre filo-sofía, fisiología y
medicina se transforme en el más amistoso y fecundo de los intercambios. De
hecho todas las tablas de bienes, todos los «tú debes» conocidos por la
historia o por la investigación etnológica necesitan, sobre todo, la
iluminación y la interpretación fisiológica, antes, en todo caso, que la
psicológica; todos esperan igualmente una crítica por parte de la ciencia
médica. La cuestión: ¿qué vale esta o aquella tabla de bienes, esta o aquella
«moral»? debe ser planteada desde las más diferentes perspectivas;
espe-cialmente la pregunta «¿valioso para qué?» nunca podrá ser analizada con
suficiente finura. Algo, por ejemplo, que tuviese evi¬dentemente valor en lo
que respecta a la máxima capacidad posible de duración de una raza (o al
aumento de sus fuerzas de adaptación a un determinado clima, o a la
conservación del mayor número), no tendría en absoluto el mismo valor si se
tratase, por ejemplo, de for¬mar un tipo más fuerte. El bien de los más y el
bien de los menos son puntos de vista contrapuestos del valor; considerar ya en
sí que el pri¬mero tiene un valor más elevado es algo que nosotros vamos a
dejar a la ingenuidad de los biólogos ingleses... Todas las ciencias tienen que
preparar ahora el terreno para la tarea futura del filósofo: enten¬dida esa
tarea en el sentido de que el filósofo tiene que solucionar el problema del
valor, tiene que determinar la jerarquía de los valores. ––
Tratado
Segundo
«Culpa
»40, «mala conciencia» y similares
1
Criar
un animal al que le sea lícito hacer promesas –– ¿no es precisamente esta misma
paradójica tarea la que la natura¬leza se ha propuesto con respecto al hombre?
¿No es éste el auténtico problema del hom-bre?... El hecho de que tal pro¬blema
se halle resuelto en gran parte tiene que parecer tan¬to más sorprenden-te a
quien sepa apreciar del todo la fuer¬za que actúa en contra suya, la fuerza de
la capacidad de ol¬vido. Esta no es una mera vis inertiae [fuerza inercial],
como creen los superficiales, sino, más bien, una activa, po¬sitiva en el
sentido más riguroso del término, facultad de in¬hibición, a la cual hay que
atribuir el que lo únicamente vi¬vido, experimentado por nosotros, lo asumido
en nosotros, penetre en nuestra conciencia, en el estado de digestión (se lo
podría llamar «asimilación anímica»), tan poco como penetra en ella todo el
multiforme proceso con el que se desarrolla nuestra nutrición del cuerpo, la
denominada «asimilación corporal». Cerrar de vez en cuando las puertas y
ventanas de la conciencia; no ser molestados por el ruido y la lucha con que
nuestro mundo subterráneo de órganos serviciales desarrolla su colaboración y
oposi-ción; un poco de silencio, un poco de tabula rasa [tabla rasa] de la
con¬ciencia, a fin de que de nuevo haya sitio para lo nuevo, y so¬bre todo para
las funciones y funcionarios más nobles, para el gobernar, el prever, el
predeterminar (pues nuestro orga¬nismo está estructurado de manera oligárquica)
––éste es el beneficio de la activa, como hemos dicho, capacidad de ol¬vido,
una guardiana de la puerta, por así decirlo, una man¬tenedora del orden
anímico, de la tranquilidad, de la eti¬queta: con lo cual resulta visible en
seguida que sin capaci¬dad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna
jovialidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún pre¬sente. El hombre en
el que ese aparato de inhibición se halla deteriorado y deja de funcionar es
comparable a un dispép¬tico (y no sólo comparable –– ), ese hombre no «digiere»
ín-tegramente nada... Precisamente este animal olvidadizo por necesidad, en el
que el olvidar representa una fuerza, una forma de la salud vigorosa, ha criado
en sí una facultad opuesta a aquélla, una memoria con cuya ayuda la capaci¬dad
de olvido queda en suspenso en algunos casos, ––a saber, en los casos en que
hay que hacer promesas; por tanto, no es, en modo alguno, tan sólo un pasivo
no––poder––volver––a––li¬berarse de la impresión grabada una vez, no es tan
sólo la indigestión de una palabra empeñada una vez, de la que uno no se desembaraza,
sino que es un activo no––querer¬volver––a––liberarse, un seguir y seguir
queriendo lo querido una vez, una auténtica memoria de la voluntad, de tal modo
que entre el originario «yo quiero», «yo haré» y la auténtica descarga de la
voluntad, su acto, resulta lícito interponer tranquila-mente un mundo de cosas,
circunstancias e inclu¬so actos de voluntad nuevos y extraños, sin que esa
larga ca¬dena de la voluntad salte. Mas ¡cuántas cosas presupone todo esto!
Para disponer así anticipadamente del futuro, ¡cuánto debe haber aprendido
antes el hombre a separar el acontecimiento necesario del ca-sual, a pensar
causalmente, a ver y a anticipar lo lejano como presente, a saber estable¬cer
con seguridad lo que es fin y lo que es medio para el fin, a saber en general
contar, calcular, –– cuánto debe el hombre mismo, para lograr esto, haberse
vuelto antes calculable, re¬gular, necesario, poder responderse a sí mis-mo de
su propia representación, para finalmente poder responder de sí como futuro a
la manera como lo hace quien promete!
40.
Culpa = Schuld. En alemán la palabra Schuld significa indistintamen¬te «culpa»
y «deuda». El texto del Padrenuestro decía: «Perdónanos nuestras deudas
(culpas) ». Este doble sentido es la clave de un gran sector de este segundo
tratado.
2
Esta
es cabalmente la larga historia de la procedencia de la responsabilidad.
Aquella tarea de criar un animal al que le sea lícito hacer promesas incluye en
sí como condición y preparación, según lo hemos comprendido ya, la tarea más
concreta de hacer antes al hombre, hasta cierto grado, nece¬sario, uniforme,
igual entre iguales, ajustado a regla, y, en consecuencia, calculable. El
ingente trabajo de lo que yo he llamado «eticidad de la costumbre» (véase
Aurora, págs. 7, 13,16)41 ––el auténtico trabajo del hombre sobre sí mismo en
el más largo período del género humano, todo su trabajo prehistórico, tiene
aquí su sentido, su gran justificación, aunque en él residan también tanta
dureza, tiranía, estupi¬dez e idiotismo: con ayuda de la eticidad de la costumbre
y de la camisa de fuerza social el hombre fue hecho realmente calculable.
Situémonos, en cambio, al final del ingente pro¬ceso, allí donde el árbol hace
madurar por fin sus frutos, allí donde la sociedad y la eticidad de la
costumbre sacan a luz por fin aquello para lo cual ellas eran tan sólo el
medio: en¬contraremos como el fruto más maduro de su árbol, al indi¬viduo
soberano, al individuo igual tan sólo a sí mismo, al individuó que ha vuelto a
liberarse de la eticidad de la costum¬bre al individuo autónomo, situado por
encima de la etici¬dad (pues «autónomo» y «ético» se excluyen) en una pala¬bra,
encontraremos al hombre de la duradera voluntad pro¬pia, independiente, al que
le es lícito hacer promesas ––y, en él, una––conciencia orgullosa, palpitante en
todos sus múscu¬los, de lo que aquí se ha logrado por fin y se ha encarnado en
él, una auténtica conciencia de poder y libertad, un sen¬timiento de plenitud
del hombre en cuanto tal. Este hombre liberado, al que realmente le es lícilo
hacer promesas, este se¬ñor de la voluntad libre, este soberano ––¿cómo no iba
a co¬nocer la superioridad que con esto tiene sobre todo aquello a lo que no le
es lícito hacer promesas ni responder de sí, cómo no iba a saber cuánta
confianza, cuánto temor, cuán¬to respeto inspira–– él «merece» las tres cosas
––, y cómo, en este dominio de sí mismo, le está dado también necesaria¬mente
el dominio de las circunstancias, de la naturaleza y de todas las criaturas
menos fiables, más cortas de voluntad? El hombre «libre», el poseedor de una
voluntad duradera e in¬quebrantable, tiene también, en esta posesión suya, su
me¬dida del valor: mirando a los otros desde sí mismo, honra o desprecia; y con
la misma necesidad con que honra a los iguales a él, a los fuertes y fiables
(aquellos a quienes les es lí¬cito hacer promesas), ––es decir, a todo el que
hace promesas como un soberano, con dificultad, raramente, con lentitud, a todo
el que es avaro de conceder su confianza, que honra cuándo confía, que da su
palabra como algo de lo que uno puede fiarse, porque él se sabe lo bas-tante
fuerte para mante¬nerla incluso frente a las adversidades, incluso «frente al
des¬tino» –– : con igual necesidad tendrá preparado su puntapié para los flacos
galgos que hacen promesas sin que les sea líci¬to, y su estaca para el
mentiroso que quebranta su palabra ya en el mismo momento en que aún la tiene
en la boca. El orgu¬lloso conocimiento del privilegio extraordinario de la
respon¬sabilidad, la conciencia de esta extraña libertad, de este poder sobre
sí y sobre el destino, se ha grabado en él hasta su más: honda profun-didad y
se ha convertido en instinto, en instin¬to dominante: –– ¿cómo llamará a este
instinto dominante, su¬poniendo que necesite una palabra para él? Pero no hay
nin¬guna duda: este hombre soberano lo llama su conciencia...
41.
Véase Aurora, aforismos 4 («Concepto de la eticidad de la costum¬bre»), 14
(«Significado de la locura en la historia de la moralidad») y 16 («Primer
principio de la civilización»).
3
¿Su
conciencia?... De antemano se adivina que el concepto «conciencia», que aquí
encontramos en su configuración más clavada, casi paradójica, tiene ya a sus
espaldas una larga historia, una prolongada metamorfosis. Que al hom¬bre le sea
lícito responder de sí mismo, y hacerlo con orgu¬llo, o sea, que al hom-bre le
sea lícito decir sí también a sí mismo ––esto es, como hemos indicado, un fruto
maduro, pero tam-bién un fruto tardío: –– ¡cuánto tiempo tuvo que pender, agrio
y amargo, del árbol! Y durante un tiempo mucho más largo todavía no fue posible
ver nada de ese fruto, –– ¡a nadie le habría sido lícito prometerlo, por mas
que fuese un fruto muy cierto y todo en el árbol estuviese preparado y creciese
derecho hacia él! –– «¿Cómo hacerle una memoria al animal––hombre? ¿Cómo
imprimir algo en este entendimiento del instante, entendimiento en parte
obtuso, en parte aturdido, en esta viviente capacidad de ol¬vido, de tal manera
que permanezca presente?»... Puede imaginarse que este antiquísimo problema no
fue resuelto precisamente con respuestas y medios delicados; tal vez no haya,
en la entera prehistoria del hombre, nada más terrible y siniestro que su
mnemotécnica. «Para que algo permanez¬ca en la memoria se lo graba a fuego;
sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria» ––éste es un axioma de la
psicología más antigua (por desgracia, también la más pro¬longada) que ha
existido sobre la tierra. Incluso podría decirse que en todos los lugares de
ésta donde todavía ahora se dan solemnidad, seriedad, misterio, colores
som-bríos en la vida del hombre y del pueblo, sigue actuando algo del es¬panto
con que en otro tiempo se pro-metía, se empeñaba la palabra, se hacían votos en
todos los lugares de la tierra: el pasado, el más largo, el más hondo, el más
duro pasado alienta y resurge en nosotros cuando nos ponemos «se¬rios». Cuando
el hombre consideró necesario hacerse una memoria, tal cosa no se realizó jamás
sin sangre, martirios, sacri-ficios; los sacrificios y empeños más espantosos
(entre ellos, los sacrificios de los primogénitos), las mutila-ciones más
repugnantes (por ejemplo, las castraciones), las más crueles formas rituales de
todos los cultos religiosos (y to¬das las religiones son, en su último fondo,
sistemas de crueldades) ––todo esto tiene su ori-gen en aquel instinto que supo
adivinar en el dolor el más poderoso medio auxiliar de la mnemónica. En cierto
sentido toda la ascética pertenece a este campo: unas cuantas ideas deben
volverse imborra¬bles, omnipresentes, inolvidables, «fijas», con la finalidad
de que todo el sistema nervioso e intelectual quede hipnoti¬zado por tales
«ideas fijas» ––y los procedimientos ascéticos y las formas de vida ascéticas
son medios para impedir que aquellas ideas entren en concurrencia con todas las
demás, para volverlas «inol-vidables». Cuanto peor ha estado «de memoria» la
humanidad, tanto más horroroso es siempre el aspecto que ofrecen sus usos; en
particular la dureza de las leyes penales nos revela cuánto esfuerzo le costaba
a la hu¬manidad lograr la victoria contra la capacidad de olvido y mantener
presentes, a estos instantáneos esclavos de los afectos y de la concupiscencia,
unas cuantas exigencias pri¬mitivas de la convivencia so-cial. Nosotros los
alemanes no nos consideramos desde luego un pueblo especialmente cruel y duro
de corazón, y menos aún gente ligera y que viva al día; pero basta echar un
vistazo a nuestros antiguos orde-namientos penales para darse cuenta del
esfuerzo que cuesta en la tierra llegar a criar un «pueblo de pen-sadores»
42(quiero decir: el pueblo de Europa en el que todavía hoy pue¬de encontrarse
el máximo de con-fianza, de seriedad, de mal gusto y de objetividad y que, por
estas cualidades, tiene dere¬cho a criar todo tipo de mandarines de Europa).
Estos alema¬nes se han construido una memoria con los medios más terri-bles, a
fin de dominar sus básicos instintos plebeyos y la bru¬tal rusticidad de éstos:
piénsese en las antiguas penas alemanas, por ejemplo la lapidación (––ya la
leyenda hace caer la piedra de molino sobre la cabeza del culpable), la rue¬da
(¡la más característica invención y especialidad del genio alemán en el reino
de la pena! ), el empalamiento, el hacer que los caballos desgarrasen o
pisoteasen al reo (el «descuartiza-miento»), el hervir al criminal en aceite o
vino (todavía en uso en los siglos xiv y xv), el muy apreciado desollar («sacar
tiras del pellejo»), el arrancar la carne del pecho, y también el recubrir al
malhechor de miel y entregarlo, bajo un sol ar¬diente, a las moscas. Con ayuda
de tales imágenes y procedi¬mientos se acaba por retener en la memoria cinco o
seis «no quiero», respecto a los cuales uno ha dado su promesa con el fin de
vivir entre las ventajas de la sociedad, –– y ¡realmente!, ¡con ayuda de esa
especie de memoria se aca-bó por llegar «a la razón»! ––Ay, la razón, la
seriedad, el dominio de los afectos, todo ese sombrío asunto que se llama
reflexión, todos esos privilegios y adornos del hombre: ¡qué caros se han hecho
pa¬gar!, ¡cuán-ta sangre y horror hay en el fondo de todas las «co¬sas buenas»!...
42.
«Alemania, pueblo de pensadores (y poetas)» era frase muy difundi¬da en el
siglo XIX. Se atribuye a Karl Musaus (fina-les del siglo XVIII).
4
Pero
¿cómo vino al mundo esa otra «cosa sombría», la conciencia de la culpa,.toda la
«mala conciencia»? –– Y con esto volvemos a nuestros genealogistas de la moral.
Dicho una vez más –– io es que todavía no lo he dicho? ––: éstos no sirven para
nada. Una experiencia propia, meramente «moderna», de cinco pal-mos de larga;
ningún conocimien¬to, ninguna voluntad de conocer el pasado; y menos aún un
instinto histórico, una «segunda visión», necesaria justa¬mente aquí ––y, sin
embargo, hacer historia de la moral: es obvio que esto tiene que abocar a
resultados cuya relación con la verdad es algo más que frágil. Esos
ge-nealogistas de la moral habidos hasta ahora, tse han imaginado, aunque sólo
sea de lejos, que, por ejem-plo, el capital concepto mo¬ral «culpa» (Schuld)
procede del muy material concepto «tener deudas» (Schulden)43. ¿O que la pena
en cuanto compensación se ha desarrollado completamente al margen de todo
presupuesto acerca de la libertad o falta de libertad de la voluntad? ––y esto
hasta el punto de que, más bien, se necesita siempre un alto grado de
humanización para que el animal «hombre» comience a hacer aquellas
distincio¬nes, mucho más primitivas, de «intencionado», «negli¬gente»,
«casual», «impu-table», y, sus contrarios, y a tener¬los en cuenta al fijar la
pena. Ese pensamiento ahora tan corriente y aparentemente tan natural, tan
inevitable, que se ha tenido que adelantar para explicar cómo llegó a apa-recer
en la tierra el sentimiento de la justicia, «el reo mere¬ce la pena porque
habría podido actuar de otro modo», es de hecho una forma alcanzada muy
tardíamente, más aún, una forma refinada del juzgar y razonar humanos; quien la
sitúa en los comienzos, yerra toscamente sobre la psicolo¬gía de la humanidad
más antigua. Durante el más largo tiempo de la historia humana se impusieron
penas no por¬que al malhe-chor se le hiciese responsable de su acción, es
decir, no bajo el presupuesto de que sólo al culpable se le deban imponer
penas: ––sino, más bien, a la manera como todavía ahora los padres castigan a
sus hijos, por cólera de un perjuicio sufrido, la cual se desfoga sobre el
causante, ––pero esa cólera es mantenida dentro de unos límites y modificada
por la idea de que todo perjuicio tiene en algu¬na parte su equivalente y puede
ser realmente compensa¬do, aunque sea con un dolor del causante del perjuicio.
¿De dónde ha sacado su fuerza esta idea antiquísima, pro¬fundamente arraigada y
tal vez ya imposible de extirpar, la idea de una equivalencia entre perjuicio y
dolor? Yo ya lo he adivinado: de la relación contractual entre acreedor y
deudor, que es tan antigua como la existencia de «sujetos de derechos» y que,
por su parte, remite a las formas bási¬cas de compra, venta, cambio, comercio y
tráfico.
43.
Véase antes nota 40.
5
Como
puede ya esperarse tras lo anteriormente señalado, el representarse esas
relaciones contractuales despierta, en todo caso, múltiples sospechas y
oposiciones contra la hu¬manidad más antigua, que creó o permitió tales
relaciones. Cabalmente es en éstas donde se hacen promesas; cabal¬mente es en
éstas donde se trata de hacer una memoria a quien hace promesas; cabalmente
será en ellas, es lícito sos¬pecharlo con malicia, donde habrá un yacimiento de
lo duro, de lo cruel, de lo penoso. El deudor, para infundir confian-za en su
promesa de restitución, para dar una garan¬tía de la seriedad y la santidad de
su promesa, para imponer dentro de sí a su conciencia la restitución como un
deber, como una obligación, empeña al acree-dor, en virtud de un contrato, y
para el caso de que no pague, otra cosa que to¬davía «posee», otra cosa sobre
la que todavía tiene poder, por ejemplo su cuerpo, o su mujer, o su libertad, o
también su vida (o, bajo determinados presupuestos religiosos, in¬cluso su
bienaventuranza, la salvación de su alma, y, en última instancia, hasta la paz
en el sepulcro; así ocurría en Egipto, donde ni siquiera en el sepulcro
encon-traba el cadá¬ver del deudor reposo ante el acreedor, –– de todos modos,
precisamente entre los egipcios ese reposo tenía también cierta importancia).
Pero muy principalmente el acreedor podía irrogar al cuerpo del deudor todo
tipo de afrentas y de torturas, por ejemplo cortar de él tanto como pareciese
adecuado a la magnitud de la deuda: –– y basándose en este punto de vista, muy
pronto y en todas partes hubo tasa-cio¬nes precisas, que en parte se extendían
horriblemente has¬ta los detalles más nimios, tasaciones, legal-mente
estable¬cidas, de cada uno de los miembros y partes del cuerpo. Yo considero ya
como un progreso, como prueba de una con¬cepción jurídica más libre, más amplia
en sus cálculos, más romana, el que la legislación romana de las Doce Ta¬blas
estableciese que resultaba indiferente el que los acree¬dores cortasen un poco
más o un poco menos en tales ca¬sos, si plus minusve secuerunt, ne fraude esto
44 [corten más o menos, no sea fraude].
Aclarémonos la lógica de toda esta forma de compensación: es bastante extraña.
La equi¬valencia viene dada por el hecho de que, en lugar de una ventaja
directamente equilibrada con el perjuicio (es decir, en lugar de una
compensación en dinero, tierra, posesio¬nes de alguna especie), al acree-dor se
le concede, como restitución y compensación, una especie de sentimiento de
bienestar, –– el senti-miento de bienestar del hombre a quien le es lícito
descargar su poder, sin ningún escrúpulo, sobre un impo-tente, la voluptuosidad
de faire le mal pour le plai¬sir de le faire 45 [de hacer el mal por el placer
de hacer-lo], el goce causado por la violentación: goce que es estimado tanto
más cuanto más hondo y bajo es el nivel en que el acreedor se encuentra en el
orden de la sociedad, y que fá¬cilmente puede presentársele como un sabrosísimo
boca¬do, más aún, como gusto anticipado de un rango más alto. Por medio de la
«pena» infligida al deudor, el acreedor participa de un derecho de señores: por
fin llega también él una vez a experimentar el exaltador sentimiento de serle
lí¬cito despreciar y maltratar a un ser como a un «inferior» ––o, al menos, en
el caso de que la auténtica potestad punitiva, la aplicación de la pena, haya
pasado ya a la «autoridad», el verlo despreciado y maltratado. La compensación
consiste, pues, en una remisión y en un derecho a la crueldad.
44.
Es uno de los preceptos de la tabla III: «Die tertiis mundinis partis se¬cano.
Si plus minusve secuerunt, se fraude esto» (Al tercer día del mercado córtense
partes [del acreedor por el deudor]. Si se corta más o menos [de lo señalado],
sea impunemente). Aunque todas las edicio¬nes de Nietzsche dicen «ne fraude
esto», el verdadero texto de las doce Tablas es «se(d) fraude esto».
45.
Nietzsche se había referido ya a esta misma frase en Humano, dema¬siado humano,
aforismo 50, citando a su autor, Prosper Mérimée.
6
En
esta esfera, es decir, en el derecho de las obligaciones es donde tiene su
hogar nativo el mundo de los conceptos mo¬rales «culpa» (Schuld), «conciencia»,
«deber», «santidad del deber», –– su comienzo, al igual que el comienzo de
todas las cosas grandes en la tierra, ha estado salpicado profunda y largamente
con sangre. ¿Y no sería lícito añadir que, en el fondo, aquel mundo no ha
vuelto a perder nunca del todo un cierto olor a sangre y a tortura? (ni
siquiera en el viejo Kant: el imperativo categórico huele a crueldad...). Ha
sido también aquí donde por vez primera se forjó aquel siniestro y, tal vez ya
indisociable engranaje de las ideas «culpa y su¬frimiento». Preguntemos una vez
más: ¿en qué medida puede ser el sufrimiento una compensación de «deudas»? En
la medida en que hacer––sufrir produce bienestar en sumo grado, en la medida en
que el perjudicado cambiaba el daño, así como el desplacer que éste le
producía, por un extra-ordinario contra––goce: el hacer––sufrir, –– una
auténtica fiesta, algo que, como hemos dicho, era tanto más estimado cuanto más
contradecía al rango y a la posición social del acreedor. Esto lo hemos dicho
como una suposición: pues, prescindiendo de que resulta penoso, es difícil
llegar a ver el fondo de tales cosas subterráneas; y quien aquí introduce
toscamente el concepto de «venganza», más que facilitarse la visión, se la ha
ocultado y oscurecido ( –– la venganza mis¬ma, en efecto, remite cabalmente al
mismo problema: «¿cómo puede ser una satisfacción el hacer sufrir?»). Re¬pugna,
me parece, a la delicadeza y más aún a la tartufería de los mansos animales
domésticos (quiero decir, de los hombres modernos, quiero decir, de nosotros)
el represen¬tarse con toda energía que la crueldad constituye en alto grado la
gran ale-gría festiva de la humanidad más antigua, e incluso se halla añadida
como ingrediente a casi todas sus alegrías; el imaginarse que por otro lado su
imperiosa nece¬sidad de crueldad se presenta como algo muy ingenuo, muy
inocente, y que aquella humanidad establece por principio que precisamente la
«maldad desinteresada» (o, para decir¬lo con Spinoza, la sympathia malevolens
[simpatía malévo¬la]) es una propie-dad normal del hombre ––: ¡y, por tanto,
algo a lo que la conciencia dice sí de todo corazón! Un ojo más penetrante
podría acaso percibir, aun ahora, bastantes cosas de esa antiquísima y
hondísima alegría fes-tiva del hombre; en Más allá del bien y del ma146 (y ya
antes en Au¬rora, págs. 17, 68, 102) 47 yo he apun-tado, con dedo cautelo¬so,
hacia la espiritualización y «divinización» siempre cre¬cientes de la crueldad,
que atraviesan la historia entera de la cultura superior (y tomadas en un
importante sentido in¬cluso la constitu-yen). En todo caso, no hace aún tanto
tiem¬po que no se sabía imaginar bodas principescas ni fiestas popu-lares de
gran estilo en que no hubiese ejecuciones, su¬plicios, o, por ejemplo, un auto
de fe, y tampoco una casa noble en que no hubiese seres sobre los que poder
descargar sin escrúpulos la propia maldad y las chanzas crueles ( –– re¬cuérdese,
por ejemplo, a Don Quijote en la corte de la du¬quesa: hoy leemos el Don
Quijote entero con un amargo sa¬bor en la boca, casi con una tortura, pero a su
autor y a los contemporá-neos del mismo les pareceríamos con ello muy extraños,
muy oscuros, –– con la mejor conciencia ellos lo leían como el más divertido de
los libros y se reían con él casi hasta morir) 48. Ver––sufrir produce
bienes-tar; hacer––sufrir, más bienestar todavía ––ésta es una tesis dura, pero
es un axioma antiguo, poderoso, humano–– demasiado humano, que, por lo demás,
acaso suscribirían ya los monos; pues se cuenta que, en la invención de
extrañas crueldades, anun¬cian ya en gran medida al hombre y, por así decirlo,
lo «pre-ludian». Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más an¬tigua, la
más larga historia del hombre –– ¡y también en la pena hay muchos elementos
festivos! ––
46.
Véase Más allá del bien y del mal.
47.
Véase Aurora, aforismos 18 («La moral del sufrimiento voluntario»), 77 («De los
suplicios del alma») y 113 («La aspi-ración a distinguirse»).
48.
Entre los fragmentos inéditos de la primavera-verano de 1877 se en¬cuentra este
texto referente a Cervantes: «Los poe-tas, de acuerdo con su naturaleza, que es
cabalmente una naturaleza de artistas, es decir, de hombres raros y
excepcionales, no ensalzan siempre lo que merece ser ensalzado por todos los
hombres, sino que prefieren lo que justo a ellos, en cuanto artistas, les
parece bueno. De igual modo, raras veces son afortunados sus ataques cuando
cultivan la sátira. Cervantes habría po¬dido combatir la Inquisición, mas
prefirió poner en ridículo a las vícti¬mas de aquélla, es decir, a los herejes
e idealistas de toda especie. Tras una vida llena de desventuras y
contrariedades, todavía encontró gusto en lanzar un capital ataque literario
contra una falsa dirección del gus¬to de los lectores españoles; combatió las
novelas de caballería. Sin ad-vertirlo, ese ataque se convirtió en sus manos en
una ironizacion gene¬ral de todas las aspiraciones superiores: hizo reír a
España entera, inclui¬dos todos los necios, y les hizo imaginar que ellos
mismos eran sabios: es una realidad que ningún libro ha hecho reír tanto como
el Don Qui¬jote. Con semejante éxito, Cervantes forma parte de la decadencia de
la cultura española, es una desgracia nacional. Yo opino que Cervantes
despreciaba a los hombres, sin excluirse a sí mismo; ¿o es que no hace otra
cosa que divertirse cuando cuenta cómo se gastan bromas al enfer¬mo en la corte
del duque? Realmente, ¿no se habría reído incluso del he¬reje puesto sobre la
hoguera? Más aún, ni siquiera le ahorra a su héroe aquel terrible cobrar
conciencia de su estado al final de su vida: si no es crueldad, es frialdad, es
dureza de corazón lo que le hizo escri-bir seme¬jante escena final, es
desprecio de los lectores, cuyas risas, como él sabía, no quedarían perturbadas
por esta conclusión.»
7
––
Con estos pensamientos, dicho sea de pasada, no preten¬do en modo alguno ayudar
a nuestros pesimis-tas a llevar agua nueva a sus malsonantes y chirriantes
molinos del te¬dio vital; al contrario, hay que hacer constar expresamente que,
en aquella época en que la humanidad no se avergon¬zaba aún de su crueldad, la
vida en la tierra era más jovial que ahora que existen pesimistas. El
oscurecimiento del cielo situado sobre el hombre ha aumentado siempre en
re¬lación con el acrecentamiento de la vergüenza del hombre ante el hombre. La
cansada mirada pesimista, la descon¬fianza respecto al enigma de la vida, el
glacial no de la náu¬sea sentida ante la vida –– éstos no son los signos
distintivos de las épocas de mayor maldad del género humano: antes bien, puesto
que son plantas cenagosas, aparecen tan sólo cuando existe la ciénaga a la que
pertenecen, –– me refiero a la moralización y al reblandecimiento enfermizos,
gracias a los cuales el animal «hombre» acaba por aprender a aver¬gonzarse de
todos sus instintos. En el camino hacia el «án-gel» (para no emplear aquí una
palabra más dura) se ha ido criando el hombre ese estómago estropeado y esa
lengua saburrosa causantes de que no sólo se le hayan vuelto repug¬nantes la
alegría y la inocencia del animal, sino que la vida misma se le haya vuelto
insípida: –– de modo que a veces el hombre se coloca delante de sí con la nariz
tapada y, junto con el Papa Inocencio III, hace, con aire de reprobación, el
catá-logo de sus repugnancias («concepción impura, ali¬mentación nauseabunda en
el seno materno, mala cua-lidad de la materia de la que el hombre se
desarrolla, hedor asque¬roso, secreción de esputos, orina y ex-crementos») 49.
En es¬tos tiempos de ahora en que el sufrimiento aparece siempre el primero en
la lista de los argumentos contra la existencia, como el peor signo de
interrogación de ésta, es bueno recor¬dar las épocas en que se juzgaba de
manera opuesta, pues no se podía prescindir de hacer sufrir y se veía en ello
un atrac¬tivo de primer rango, un auténtico cebo que seducía a vivir. Tal vez
entonces ––digámoslo para consuelo de los delica¬dos–– el dolor no causase
tanto daño como ahora; al menos le será lícito llegar a esta conclusión a un
médico que haya tratado a negros (tomando a éstos como representantes del hombre
prehistórico––) en casos de graves inflamaciones in¬ternas que llevan a las
puertas de la desesperación incluso al mejor constituido de los europeos; ––a
los negros no los lle¬van a ella. (La curva de la capacidad humana de dolor
pare¬ce de hecho bajar extraordinariamente y casi de manera re¬pentina tan
pronto como dejamos a las espaldas los prime¬ros diez mil o diez millones de
hombres de la cultura superior; por lo que a mí respecta, no tengo ninguna duda
de que, en comparación con una única noche de dolor de una mujer histérica
culta, la totalidad de los sufrimientos de todos los animales a los que se les
ha interrogado hasta aho¬ra con el cuchillo para obtener respuestas
científicas, no cuenta sencillamente nada.) Quizá sea lícito admitir inclu¬so la
posibilidad de que tampoco aquel placer en la crueldad está propiamente
extinguido; tan sólo precisaría, dado que hoy el dolor causa más daño, de una
cierta sublimación y sutilización, tendría sobre todo que presentarse traducido
a lo imaginativo y anímico, y adornado con nombres tan ino¬fensivos que no
despertasen sospecha alguna ni siquiera en la más delicada conciencia hipócrita
(la «compasión trági¬ca» es uno de esos nombres; otro es les nostalgies de la
croix [las nostalgias de la cruz]). Lo que propiamente nos hace indignarnos
contra el sufrimiento no es el sufrimiento en sí, sino lo absurdo del mismo;
pero ni para el cristiano, que en su interpretación del sufrimiento ha
introducido en él toda una oculta maquinaria de salvación, ni para el hombre in¬genuo
de tiempos más antiguos, que sabía interpretar todo sufrimiento en relación a
los espectadores o a los causantes del mismo, existió en absoluto tal
sufri-miento absurdo. Para poder expulsar del mundo y negar honestamente el
sufrimiento oculto, no descubier-to, carente de testigos, el hombre se veía
entonces casi obligado a inventar dioses y se¬res intermedios, habi-tantes en
todas las alturas y en todas las profundidades, algo, en suma, que también
vagabundea en lo oculto, que también ve en lo oscuro y que no se deja esca¬par
fácilmente un espectáculo doloroso intere-sante. En efecto, con ayuda de tales
invenciones la vida consiguió en¬tonces realizar la obra de arte que siempre ha
sabido reali¬zar, justificarse a sí misma, justificar su «mal»; tal vez hoy se
necesitarían para este fin otras invenciones auxiliares (por ejemplo, la vida
como enigma, la vida como problema del conoci-miento). «Está justificado todo
mal cuya visión es edificante para un dios»: así decía la lógica prehistórica
del sentimiento –– y en realidad, ¿era sólo la lógica prehistórica? Los dioses
pensados como amigos de espectáculos crueles –– ¡oh!, ¡hasta qué punto esta
antiquísima idea penetra aún hoy en nuestra humani-zación europea! Sobre esto
pode¬mos aconsejarnos, por ejemplo, con Calvino y Lutero. En todo caso, es
cierto que todavía los griegos no sabían ofrecer a sus dioses un condimento más
agradable para su felici-dad que las alegrías de la crueldad. ¿Con qué ojos
creéis, pues, que hace Homero que sus dioses miren hacia los destinos de los
hombres? 50. ¿Qué sentido último tuvieron, en el fondo, las guerras troyanas y
otras atrocidades trágicas semejantes? No se puede abrigar la menor duda sobre
esto: estaban con¬cebidas como festivales para los dioses; y en la medida en que
el poeta está en esto constituido más «divinamen-te» que los demás hombres, sin
duda también como festivales para los poetas... De igual manera los filóso-fos
morales de Grecia pensaron más tarde que los ojos de los dioses conti¬nuaban
contemplando la lucha moral, el heroísmo y el au¬tomartirio del virtuoso: el
«Hércules del deber» estaba en un escenario, y lo sa-bía; la virtud sin
testigos era algo com¬pletamente impensable para aquel pueblo de actores.
Aquella inven-ción de filósofos tan temeraria, tan funesta, hecha por vez
primera entonces para Europa, la invención de la «voluntad libre», de la
absoluta espontaneidad del hombre en el bien y en el mal, ¿no tuvo que hacerse
ante todo para conseguir el derecho a pensar que el interés de los dioses por
el hombre, por la virtud huma-na, no podría agotarse jamás? En este escenario
de la tierra no debían faltar nunca cosas verdaderamente nuevas, tensiones,
pe¬ripecias, catástrofes realmente inauditas: un mundo pen¬sado de manera
completa-mente determinista habría re¬sultado adivinable para los dioses y, en
consecuencia, también fastidioso al poco tiempo, –– ¡razón suficiente para que
esos amigos de los dioses, los filósofos, no impu¬sieran a aqué-llos tal mundo
determinista! Toda la humani¬dad antigua está llena de delicadas
consideraciones para con «el espectador», dado que era aquél un mundo
esen¬cialmente público, esencialmente hecho para los ojos, in¬capaz de
imaginarse la felicidad sin espectáculos y fiestas. –– Y, como ya hemos dicho,
¡también en la gran pena hay muchos elementos festivos!...
49.
Inocencio III, papa de 1198 a 1216, escribió una obra De contemptu mundi (Sobre
el desprecio del mundo) que trata de la miseria de la con¬dición humana en lo
físico y en lo moral. A ella se refiere aquí Nietzsche.
50.
Véase Humano, demasiado humano, II, aforismo 189: «Cuán paradó¬jico puede ser
Homero. -¿Hay algo más temerario, más horripilante, más increíble, que brilla
cual sol de invierno sobre el destino humano, que aquel pensamiento que se
encuentra en Homero?:
Esto
dispuso, en efecto, el decreto de los dioses, destinando a los hom¬bres a
perecer a fin de que hubiese un canto también para generacio¬nes posteriores.
Es
decir, nosotros sufrimos y perecemos para que no les falte materia a los poetas
-y esto lo ordenan precisamente así los dioses de Horne¬ro, a los cuales parece
importarles mucho la diversión de las generacio¬nes venideras, pero demasiado
poco nosotros los hombres del presen¬te. -¡Que tales pensamientos se le hayan
ocurrido a un griego!» Los versos que Nietzsche cita son de la Odisea, 8,
579-580.
8
El
sentimiento de la culpa (Schuld), de la obligación perso¬nal, para volver a
tomar el curso de nuestras investigaciones, ha tenido su origen, como hemos
visto, en la más antigua y originaria relación personal que existe, en la
relación entre compradores y vendedores, acreedores y deudores: fue aquí donde
por vez primera se enfrentó la persona a la persona, fue aquí donde por vez
primera las personas se midieron entre sí. Aún no se ha encontrado ningún grado
de civiliza¬ción tan bajo que no sea posible observar ya en él algo de esa
relación. Fijar precios, tasar valores, imaginar equivalentes, cambiar –– esto
preocupó de tal manera al más antiguo pen¬samiento del hombre, que constituye,
en cierto sentido, el pensar: aquí se culti-vó la más antigua especie de
perspica¬cia, aquí se podría sospechar igualmente que estuvo el ger¬men
pri-mero del orgullo humano, de su sentimiento de preeminencia respecto a otros
animales. Acaso todavía nuestra palabra alemana «hombre» (Mensch, manas)
ex¬prese precisamente algo de ese sentimiento de sí: el hombre se designaba
como el ser que mide valores, que valora y mide, como el «animal tasador en
sí». Compra y venta, jun¬to con todos sus accesorios psicológicos, son más
antiguos que los mismos comienzos de cualesquiera formas de orga¬nización
social y que cualesquiera asociaciones: el germi¬nante sentimiento de
intercambio, contrato, deuda, dere¬cho, obligación, compensación fue
traspasado, antes bien, desde la forma más rudimentaria del derecho personal a
los más rudimentarios e iniciales complejos comunitarios (en la relación de
éstos con complejos similares), juntamente con el hábito de comparar, de medir,
de tasar poder con po¬der. El ojo estaba ya adaptado a esa perspectiva: y con
aque¬lla burda consecuencia lógica que es característica del pen¬samiento de la
humanidad más antigua, pensamiento que se pone en movi-miento con dificultad,
pero que luego conti¬núa avanzando inexorablemente en la misma dirección,
pronto se llegó, mediante una gran generalización, al «toda cosa tiene su
precio; todo puede ser pagado» –– el más antiguo e ingenuo canon moral de la
justicia, el comienzo de toda «bondad de ánimo», de toda «equidad», de toda
«buena voluntad», de toda «objetividad» en la tierra. La justicia, en este
primer nivel, es la buena voluntad, entre hombres de poder aproximadamente
igual, de ponerse de acuerdo entre sí, de volver a «entenderse» mediante un
compromiso –– y, con relación a los menos poderosos, de forzar a un compromiso
a esos hombres situados por deba¬jo de uno mismo.¬
9
Midiendo
siempre las cosas con el metro de la prehistoria (prehistoria que, por lo
demás, existe o puede existir de nuevo en todo tiempo): también la comunidad
mantiene con sus miembros esa importante rela-ción fundamental, la relación del
acreedor con su deudor. Uno vive en una comu¬nidad, disfruta las venta-jas de
ésta (¡oh, qué ventajas!, hoy nosotros las infravaloramos a veces), vive
protegido, bien tratado, en paz y confianza, tranquilo respecto a ciertos
perjuicios y ciertas hostilidades a que está expuesto el hom¬bre de fuera, el
«proscrito» ––un alemán entiende lo que quiere significar originariamente la
«miseria» (Elend, élend)––, pero uno también se ha empeñado y obligado con la
comunidad en lo que respecta precisamen-te a esos perjui¬cios y hostilidades.
¿Qué ocurrirá en otro caso? La comuni¬dad, el acreedor engañado, se hará pagar
lo mejor que pue¬da, con esto puede contarse. Lo que menos importa aquí es el
daño inmediato que el damnificador ha causado: pres¬cindiendo por el momento
del daño, el delincuente es ante todo un «infractor», alguien que ha
quebrantado, frente a la totalidad, el contrato y la palabra con respecto a
todos los bienes y comodidades de la vida en común, de los que has¬ta ahora
había participado. El delin-cuente es un deudor que no sólo no devuelve las
ventajas y anticipos que se le dieron, sino que incluso atenta contra su
acreedor: por ello a partir de ahora no solo pierde, como es justo, todos
aquellos bie¬nes y ventajas, –– ahora, antes bien, se le recuerda la impor¬tancia
que tales bienes poseen. La cólera del acree-dor perju¬dicado, de la comunidad,
le devuelve al estado salvaje y sin ley, del que hasta ahora estaba pro-tegido:
lo expulsa fuera de sí, –– y ahora puede descargar sobre él toda suerte de
hosti¬lidad. La «pena» es, en este nivel de las costumbres, sencilla¬mente la
copia, el mimus [reproducción] del comporta¬miento nor-mal frente al enemigo
odiado, desarmado, sojuz¬gado, el cual ha perdido no sólo todo derecho y
protec-ción, sino también toda gracia: es decir, el derecho de guerra y la
fiesta de victoria del vae victis [¡ay de los vencidos!] en toda su
inmisericordia y en toda su crueldad: –– así se explica que la misma guerra
(incluido el culto de los sacrificios guerre¬ros) haya producido todas las
formas en que la pena se pre¬senta en la histo-ria.
10
Cuando
su poder se acrecienta, la comunidad deja de con¬ceder tanta importancia a las
infracciones del individuo, pues ya no le es lícito considerarlas tan
peligrosas y tan subversivas para la existencia del todo como antes: el
malhe¬chor ya no es «proscrito» y expulsado, a la cólera general ya no le es
lícito descargar-se en él con tanto desenfreno como antes, sino que a partir de
ahora el malhechor es defendido y protegido con cuidado, por parte del todo,
contra esa có¬lera y, en especial, contra la de los inmediatos perjudicados. El
compromiso con la cólera de los principalmente afecta¬dos por la mala acción;
un esfuerzo por localizar el caso y evitar una participación e inquietud más
amplias o incluso generales; intentos de encontrar equi-valentes y de solventar
el asunto entero (la compositio [arreglo] ); sobre todo la vo¬luntad, que
aparece en forma cada vez más decidida, de considerar que todo delito es
pagable en algún sentido, es decir, la volun-tad de separar, al menos hasta un
cierto gra¬do, una cosa de otra, el delincuente de su acción –– éstos son los
rasgos que se han impreso cada vez más claramente en el ulterior desarrollo del
derecho penal. Si el poder y la auto¬conciencia de una comunidad crecen,
entonces el derecho penal se suaviza también siem-pre; todo debilitamiento y
todo peligro un poco grave de aquélla vuelven a hacer apa¬recer formas más
duras de éste. El «acreedor» se ha vuelto siempre más humano en la medida en
que más se ha enri¬quecido; al final, incluso, la medida de su riqueza viene
dada por la cantidad de perjuicios que puede soportar sin padecer por ello. No
sería impensable una conciencia de po¬der de la sociedad en la que a ésta le
fuese lícito permitirse el lujo más noble que para ella existe, –– dejar
impunes a quienes la han dañado. «¿Qué me importan a mí propia¬mente mis
parásitos?, podría decir entonces, que vivan y que prosperen: ¡soy todavía
bastante fuerte para ello!...» La justicia, que comenzó con «todo es pagable,
todo tiene que ser pagado», acaba por hacer la vista gorda y dejar escapar al
insolvente, –– acaba, como toda cosa buena en la tierra, su¬primiéndose a sí
misma. Esta autosupresión de la justicia: sa¬bido es con qué hermoso nom-bre se
la denomina –– gracia; ésta continúa siendo, como ya se entiende de suyo, el
privi¬legio del más poderoso, mejor aún, su más––allá del derecho.
11
––
Digamos aquí unas palabras de rechazo contra ciertos en¬sayos recientemente
aparecidos de buscar el origen de la rhoral en un terreno completamente
distinto, –– a saber, en el terreno del resentimiento. Antes digamos una cosa
al oído de los psicólogos, suponiendo que éstos hayan de sentir placer en
estudiar otra vez de cerca el resentimiento: donde mejor florece ahora esa
planta es entre anarquistas y antise¬mitas, de igual manera, por lo demás, a
como siempre ha florecido, es decir, en lo oculto, parecida a la violeta,
aun-que con distinto perfume. Y dado que de lo semejante tiene que brotar
siempre por necesidad lo semejan-te, no sorprenderá el ver que precisamente de
tales círculos vuelven a surgir in¬tentos, aparecidos ya a me-nudo ––véase
antes, pp. 62 y s.––, de santificar la venganza, dándole el nombre de justicia
––como si la justicia fuera sólo, en el fondo, un desarrollo ulterior del
sentimiento de estar––ofendido–– y de rehabilitar suplementa¬riamente, con la
venganza, a los afectos reactivos en general y en su totalidad. De esto último
yo sería el último en escan¬dalizarme: incluso me parecería un mérito en orden
al pro¬blema biológico ente-ro (con respecto al cual se ha infrava¬lorado hasta
ahora el valor de tales afectos). Sobre lo único que yo llamo la atención es
sobre la circunstancia de que esta nueva nuance [matiz] de equidad científica
(a favor del odio, de la envidia, del despecho, de la sospecha, del rencor, de
la venganza) brota del espíritu mismo del resentimiento. Esta «equidad científica»,
en efecto, desaparece en seguida, dejando sitio a acentos de enemistad y de
recelo mortales, tan pronto como entra en juego un grupo distinto de afec¬tos
que, a mi parecer, poseen un valor biológico mucho más alto que los afectos
reactivos y que, en conse-cuencia, mere¬cerían con todo derecho ser estimados y
valorados muy alto científicamente: a saber, los afectos auténticamente
activos, como la ambición de dominio, el ansia de posesión y seme¬jantes. (E.
Dühring 51, Valor de la vida; Curso de filosofía; en el fondo, en todas
partes.) Quede dicho esto en contra de esa tendencia en general; mas por lo que
se refiere a la tesis par¬ticular de Duhring, de que la patria de la justicia
hay que buscarla en el terreno del sentimiento reactivo, debemos contraponer a
ella, por amor a la verdad, y con brusca inver¬sión, esta otra tesis: ¡el
último terreno conquistado por el es¬píritu de la justicia es el terreno del
sentimiento reactivo! Cuando de verdad ocurre que el hombre justo es justo
inclu¬so con quien le ha perjudicado (y no sólo frío, mesurado, ex¬traño,
indiferente: ser––justo es siempre un compor-tamiento positivo), cuando la
elevada, clara, profunda y suave objeti¬vidad del ojo justo, del ojo juzgador,
no se turba ni siquiera ante el asalto de ofensas, burlas, imputaciones
personales, esto constituye una obra de perfección y de suprema maes¬tría en la
tierra, –– incluso algo que en ella no debe esperar¬se si se es inteligente, y
en lo cual, en todo caso, no se debe creer con demasiada facilidad. Lo cierto
es que, de ordi-na¬rio, incluso tratándose de personas justísimas, basta ya una
pequeña dosis de ataque, de maldad, de insinuación, para que la sangre se les
suba a los ojos y la equidad huya de és¬tos. El hombre activo, el hom-bre
agresivo, asaltador, está siempre cien pasos más cerca de la justicia que el
hombre reactivo; cabalmen-te él no necesita en modo alguno tasar su objeto de
manera falsa y parcial, como hace, como tiene que hacer, el hombre reactivo.
Por esto ha sido un hecho en todos los tiempos que el hombre agresivo, por ser
el más fuerte, el más valeroso, el más noble, ha poseído también un ojo más
libre, una conciencia más bue-na, y, por el contrario, ya se adivina quién es
el que tiene sobre su conciencia la in¬vención de la «mala conciencia», –– ¡el
hombre del resenti¬miento! Para terminar, miremos en torno nuestro a la
histo¬ria: Len qué esfera ha tenido su patria hasta ahora en la tie¬rra todo el
tratamiento del derecho, y también la autén-tica necesidad imperiosa de
derecho? ¿Acaso en la esfera del hombre reactivo? De ningún modo: antes bien,
en la esfera de los activos, fuertes, espontáneos, agresivos. Histórica¬mente
considerado, el derecho representa en la tierra –– sea dicho esto para disgusto
del mencionado agitador52 (el cual hace una vez una confesión acerca de sí
mismo: «La doctri¬na de la venganza ha atravesado todos mis trabajos y mis
es-fuerzos como el hijo rojo de la justicia») –– la lucha precisa¬mente contra
los sentimientos reactivos, la guerra contra éstos realizada por poderes
activos y agresivos, los cuales empleaban parte de su fortaleza en imponer
freno y medi¬da al desbordamiento del pathos reactivo y en obligar por la
violencia a un com-promiso. En todos los lugares donde se ha ejercido justicia,
donde se ha mantenido justicia, vemos que un poder más fuerte busca medios para
poner fin, en¬tre gentes más débiles, situadas por debajo de él (bien se trate
de grupos, bien se trate de individuos), al insensato furor del resentimiento,
en parte quitándoles de las manos de la venganza el objeto del resentimiento,
en parte colocan¬do por su parte, en lugar de la vengan-za, la lucha contra los
enemigos de la paz y del orden, en parte inventando, propo¬niendo y, a veces,
impo-niendo acuerdos, en parte elevando a la categoría de norma ciertos
equivalentes de daños, a los cuales queda remitido desde ese momento, de una
vez por todas, el resentimiento. Pero lo decisivo, lo que la po-testad suprema
hace e impone contra la prepotencia de los senti¬mientos contrarios e
imitativos ––lo hace siempre, tan pron¬to como tiene, de alguna manera, fuerza
suficiente para ello––, es el establecimiento de la ley, la declaración
impera¬tiva acerca de lo que en general ha de aparecer a sus ojos como
permitido, como justo, y lo que debe aparecer como prohibido, como injusto: en
la medida en que tal potestad su-prema, tras establecer la ley, trata todas las
infracciones y arbitrariedades de los individuos o de grupos enteros como
delito contra la ley, como rebelión contra la potestad supre¬ma misma, en esa
misma medida aparta el sentimiento de sus súbditos del perjuicio inmediato
producido por aque¬llos delitos, consiguiendo así a la larga lo contrario de lo
que quiere toda venganza, la cual lo único que ve, lo único que hace valer, es
el punto de vista del perjudicado ––: a par¬tir de ahora el ojo, incluso el ojo
del mismo perjudicado (aun-que esto es lo último que ocurre, como ya hemos
obser¬vado), se ejercita en llegar a una apreciación cada vez más impersonal de
la acción. –– De acuerdo con esto, sólo a par¬tir del establecimiento de la ley
existen lo «justo» y lo «injus¬to» (y no, como quiere Duhring, a partir del
acto de ofensa). Hablar en sí de lo justo y lo injusto es algo que carece de
todo sentido; en sí, ofender, violentar, despojar, aniquilar no pueden ser
naturalmente «injustos desde el momento en que la vida actúa esencialmente, es
decir, en sus funciones básicas, ofendiendo, violando, despojando, aniquilando,
y no se la puede pensar en absoluto sin ese carác-ter. Hay que admitir incluso
algo todavía más grave: que, desde el supre¬mo punto de vista biológico, a las
situaciones de derecho no les es lícito ser nunca más que situaciones de
excepción, que constituyen restric-ciones parciales de la auténtica voluntad de
vida, la cual tiende hacia el poder, y que están subordina¬das a la finalidad
global de aquella voluntad como medios particulares: es decir, como medios para
crear unida-des mayores de poder. Un orden de derecho pensado como algo
soberano y general, pensado no como medio en la lucha de complejos de poder,
sino como medio contra toda lucha en general, de acuerdo, por ejemplo, con el
patrón comunista de Duhring, sería un principio hostil a la vida, un orden
destructor y disgregador del hombre, un atentado al porve¬nir del hombre, un signo
de cansancio, un camino tortuoso hacia la nada. ––
51.
E. Dühring (1833-1921), filósofo alemán. Dedicado primero al Dere¬cho, fue más
tarde profesor en la Universidad de Berlín, pero en 1877 perdió la venia
legendi. Nietzsche le tenía por «anarquista», y no le nombra más que para
atacarle. Con todo, había estudiado muy dete¬nidamente algunas de sus
principales obras.
52.
El «mencionado agitador» es, claro está, E. Dühring. La cita que viene a
continuación pertenece al libro de éste Sache, Leben und Feinde (Cosa, vida y
enemigos), 1882.
12
Todavía
una palabra, en este punto, sobre el origen y la fina¬lidad de la pena ––dos
problemas que son distintos o debe¬rían serlo: por desgracia, de ordinario se
los confunde. ¿Cómo actúan, sin embargo, en este caso los genealogistas de la
moral habidos hasta ahora? De modo ingenuo, como siempre ––: descubren en la
pena una «finalidad» cualquiera, por ejemplo, la venganza o la intimidación,
después colocan des-preocupadamente esa finalidad al comienzo, como cau¬sa
fiendi [causa productiva] de la pena y –– ya han acabado. La «finalidad en el
derecho»53 es, sin embargo, lo último que ha de utilizarse para la historia
genética de aquél: pues no existe principio más importante para toda especie de
ciencia histórica que ese que se ha conquistado con tanto es¬fuerzo, pero que
también debería estar realmente conquis¬tado, –– a saber, que la causa de la
génesis de una cosa y la uti¬lidad final de ésta, su efectiva utilización e
inserción en un sistema de finalidades, son hechos toto coelo [totalmente]
separados entre sí; que algo existente, algo que de algún modo ha llegado a
realizarse, es interpretado una y otra vez, por un poder superior a ello, en
dirección a nuevos propó¬sitos, es apropiado de un modo nuevo, es transformado
y adaptado a una nueva utilidad; que todo acontecer en el mundo orgánico es un
subyugar, un enseñorearse, y que, a su vez, todo subyugar y enseñorearse es un
reinterpretar, un reajustar, en los que, por necesidad, el «sentido» ante-rior
y la «finalidad» anterior tienen que quedar oscurecidos o in¬cluso totalmente
borrados. Por muy bien que se haya com¬prendido la utilidad de un órgano
fisiológico cualquiera (o también de una institución jurídica, de una costumbre
so¬cial, de un uso político, de una forma determinada en las ar¬tes o en el
culto religioso), nada se ha comprendido aún con ello respecto a su génesis:
aunque esto pueda sonar muy mo-lesto y desagradable a oídos más viejos, –– ya
que desde antiguo se había creído que en la finalidad de-mostrable, en la
utilidad de una cosa, de una forma, de una institución, se hallaba también la
razón de su génesis, y así el ojo estaba he¬cho para ver, y la mano estaba
hecha para agarrar. También se ha imagina-do de este modo la pena, como si
hubiera sido inventada para castigar. Pero todas las finalidades, todas las
utilidacles son sólo indicios de que una voluntad de poder se ha enseñoreado de
algo menos poderoso y ha impreso en ello, partiendo de sí misma, el sentido de
una función; y la historia entera de una «cosa», de un órgano, de un uso, pue¬de
ser así una ininterrumpida cadena indicativa de inter¬pretaciones y reajus-tes
siempre nuevos, cuyas causas no tie¬nen siquiera necesidad de estar
relacionadas entre sí, antes bien a veces se suceden y se relevan de un modo
meramen¬te casual. El «desarrollo» de una cosa, de un uso, de un ór¬gano es,
según esto, cualquier cosa antes que su progressus hacia una meta, y menos aún
un progreso lógico y brevísi¬mo, conseguido con el mínimo gasto de fuerza y de
costes, –– sino la sucesión de procesos de avasallamiento más o me¬nos
profundos, más o menos independientes entre sí, que tienen lugar en la cosa, a
lo que hay que añadir las resisten¬cias utilizadas en cada caso para
contrarrestarlos, las meta-morfosis intentadas con una finalidad de defensa y
de reac¬ción, así como los resultados de contraacciones afortuna¬das. La forma
es fluida, pero el «sentido» lo es todavía más... Incluso en el interior de
cada orga-nismo singular las cosas no ocurren de manera distinta: con cada
crecimiento esencial del todo cambia también de «sentido» de cada uno de los
órganos, –– y a veces la parcial ruina de los mismos, su reducción numérica
(por ejemplo, mediante el aniquila¬miento de los miembros intermedios), pueden
ser un signo de creciente fuerza y perfección. He querido decir que tam¬bién la
parcial inutilización, la atrofia y la degene-ración, la pérdida de sentido y
conveniencia, en una palabra, la muer¬te, pertenecen a las condiciones del
verdadero progressus: el cual aparece siempre en forma de una voluntad y de un
ca¬mino hacia un poder más grande, y se impone siempre a costa de innumerables
poderes más pequeños. La grande¬za de un «progreso» se mide, pues, por la masa
de todo lo que hubo que sacrificarle; la humanidad en cuanto masa, sacrificada
al florecimiento de una única y más fuerte espe¬cie hombre –– eso sería un
progreso... –– Des-taco tanto más este punto de vista capital de la metódica
histórica cuanto que, en el fondo, se opone al instinto y al gusto de época hoy
dominantes, los cuales preferirían pactar incluso con la ca¬sualidad absolu-ta,
más aún, con el absurdo mecanicista de todo acontecer, antes que con la teoría
de una voluntad de poder que se despliega en todo acontecer. La idiosincrasia
democrática opuesta a todo lo que domina y quiere domi¬nar, el moderno
misarquismo54 (por formar una mala pala¬bra para una mala cosa), de tal manera
se han ido poco a poco transformando y enmascarando en lo espiritual, en lo más
espiritual, que hoy ya penetran, y les es lícito penetrar, paso a paso en las
ciencias más rigurosas, más aparente¬mente objetivas; a mí me parece que se han
enseñoreado ya incluso de toda la fisiología y de toda la doctrina de la vida,
para daño de las mismas, como ya se entiende, pues les han escamoteado un
concepto básico, el de la auténtica activi¬dad. En cambio bajo la presión de
aquella idiosincrasia se coloca en el primer plano la «adaptación», es decir,
una actividad de segundo rango, una mera reactividad, más aún, se ha definido
la vida misma como una adaptación interna, cada vez más apropiada, a
circunstancias externas (Herbert Spencer). Pero con ello se desconoce la
esencia de la vida, su voluntad de poder; con ello se pasa por alto la
supremacía de principio que poseen las fuerzas espontáneas, agresivas,
in¬vasoras, creadoras de nuevas interpretaciones, de nuevas direcciones y
formas, por influjo de las cuales viene luego la «adaptación»; con ello se
niega en el organismo mismo el papel dominador de los supremos funcionarios, en
los que la voluntad de vida aparece activa y conformadora. Recuér¬dese lo que
Huxley reprochó a Spencer –– su «nihilismo ad¬ministrativo»; pero se trata de
algo más que de «adminis¬trar»...
53.
Sin nombrarlo, Nietzsche alude aquí a la obra de Rudolf von Ihering (1818-1892)
Der Zweck im Recht (La finalidad en el Derecho). Esta obra se fue publicando
entre los años 1877-1883, y quedó incompleta.
54.
Misarquismo, de μισέω, odiar, y άρχω, mandar, significa: odio a todo Gobierno.
13
––
Así, pues, para volver al asunto, es decir, a la pena, hay que distinguir en
ella dos cosas: por un lado, lo relativamente duradero en la pena, el uso, el
acto, el «drama», una cierta secuencia rigurosa de procedi-mientos; por otro
lado, lo fluido en ella, el sentido, la finalidad, la expectativa vincula¬dos a
la ejecución de tales procedimientos. Nosotros presu¬ponemos aquí sin más, per
analogiam [por analogía], de acuerdo con el punto de vista capital de la
metódica históri¬ca que acabamos de exponer, que el procedimiento mismo será
algo más viejo, algo más antiguo que su utilización para la pena, que esta
última ha sido introducida posterior¬mente en la interpretación de aquél (el
cual existía ya desde mucho antes, pero era usado en un sentido distinto), en
suma, que las cosas no son como hasta ahora han venido ad¬mitiendo nuestros
inge-nuos genealogistas de la moral y del derecho, todos los cuales se
imaginaban que el procedi¬miento había sido inventado para la finalidad de la
pena, de igual modo que antes se imaginaba que la mano había sido inventada
para la finalidad de agarrar. En lo que se refiere ahora al segundo elemento de
la pena, al ele-mento fluido, a su «sentido», ocurre que, en un estado muy
tardío de la cul¬tura (por ejemplo, en la Europa actual), el concepto de «pena»
no presenta ya de hecho un sentido único, sino toda una síntesis de
«senti-dos»: la anterior historia de la pena en general, la historia de su
utilización para las más distintas fi-nalidades, acaba por cristalizar en una especie
de unidad que es difícil de disolver, difícil de analizar, y que,
subrayé¬moslo, resulta del todo indefinible. (Hoy es imposible decir con
precisión por qué se imponen propiamente penas: todos los conceptos en que se
condensa semióticamente un proce¬so entero escapan a la definición; sólo es
definible aquello que no tiene historia.) En un estadio anterior, en cambio,
aquella síntesis de «sentidos» aparece más soluble y, tam¬bién, más
trastrocable; todavía se puede percibir cómo los elementos de la síntesis
modifican su valencia y, por tanto, su orden para cada caso particular, de tal
modo que unas ve¬ces es un elemento, y otras veces otro distinto el que
desta¬ca y domina a costa de los otros, más aún, a veces un único elemento (por
ejemplo, la finalidad de intimidar) parece eliminar todos los demás. Para dar
al menos una idea de cuán inseguro, cuán sobreañadido, cuán accidental es «el
senti-do» de la pena, y cómo un mismo e idéntico procedi¬miento se puede
utilizar, interpretar, reajustar para propó¬sitos radicalmente distintos, voy a
dar aquí el esquema a que yo he llegado basándome en un mate-rial relativamente
escaso tomado al azar. Pena como neutralización de la peli¬grosidad, como
impedimento de un daño ulterior. Pena como pago del daño al damnificado en
alguna forma (tam¬bién en la forma de una compensación afectiva). Pena como
aislamiento de una perturbación del equilibrio, para prevenir la propagación de
la perturbación. Pena como ins¬piración de temor respecto a quienes determinan
y ejecutan la pena. Pena como una especie de compensación por las ventajas
disfrutadas hasta aquel momento por el infractor (por ejemplo, utilizándolo
como esclavo para las minas). Pena como segregación de un ele-mento que se
halla en trance de degenerar (a veces, de toda una rama, como ocu¬rre en el
derecho chino: y, por tanto, como medio para mantener pura una raza o para
mantener estable un deter¬minado tipo social). Pena como fiesta, es decir, como
vio¬lentación y burla de un enemigo finalmente abatido. Pena como me-dio de
hacer memoria, bien a quien sufre la pena –– la llamada «corrección», bien a
los testigos de la eje-cución. Pena como pago de un honorario, estipulado por
el poder que protege al infractor contra los exce-sos de la venganza. Pena como
compromiso con el estado natural de la vengan¬za, en la medida en que razas
poderosas mantienen todavía ese estado y lo reivindican como privilegio. Pena
como de¬claración de guerra y medida de guerra contra un enemigo de la paz, de
la ley, del orden, de la autoridad, al que, por considerársele peligroso para
la comunidad, violador de los pactos que afectan a los presupuestos de la
misma, por con¬siderársele un rebelde, traidor y perturbador de la paz, se le
combate con los medios que proporciona precisamente la guerra. ––
14
Esta
lista no es desde luego completa; resulta claro que la pena está sobrecargada
con utilidades de toda índole. Tan¬to más lícito es restar de ella una presunta
utilidad, conside¬rada, de todos modos, por la con-ciencia popular como la más
esencial, –– la fe en la pena, hoy vacilante por múltiples razones, sigue
en-contrando todavía su apoyo más firme precisamente en tal utilidad. La pena,
se dice, poseería el valor de despertar en el culpable el sentimiento de la
culpa, en la pena se busca el auténtico instrumentum de esa reac¬ción anímica
denominada «mala conciencia», «remordi¬miento de conciencia». Mas con ello se
sigue atentando, to¬davía hoy, contra la realidad y contra la psicología: ¡y
mucho más aún contra la historia más larga del hombre, contra su prehistoria!
El auténtico remordimiento de conciencia es algo muy raro cabalmente entre los
delincuentes y malhe¬chores; las prisiones, las penitenciarías no son las
incubado¬ras en que florezca con preferencia esa especie de gusano roedor: ––
en esto coinciden todos los observadores con¬cienzudos, los cuales, en muchos
casos, expresan este juicio bastante a disgusto y en contra de sus deseos más
propios. Vistas las cosas en conjunto, la pena endurece y vuelve frío,
concentra, exacerba el sentimiento de extrañeza, robustece la fuerza de
resistencia. Cuando a veces quebranta la energía y pro-duce una miserable
postración y autorrebajamiento, tal resultado es seguramente menos confortante
aún que el efec¬to ordinario de la pena: el cual se caracteriza por una seca y
sombría seriedad. Pero si pensamos en los milenios anterio¬res a la historia
del hombre, nos es lícito pronunciar, sin es¬crúpulo alguno, el juicio de que
el desarrollo del sentimiento de culpa fue bloqueado de la manera más enérgica
cabalmen¬te por la pena, ––al menos en lo que se refiere a las víctimas so¬bre
las que se descargaba la potestad punitiva. No debemos infravalorar, en efecto,
el hecho de que justo el espectáculo de los procedimientos judiciales y
ejecutivos mismos impide al delincuente sentir su acción, su tipo de actuación,
como re¬probable en sí; pues él ve que ese mismo tipo de actuaciones se ejerce
con buena conciencia; así ocurre con el espionaje, el engaño, la corrupción, la
trampa, con todo el capcioso y tai¬mado arte de los policías y de los
acusado-res, y además con el robo, la violencia, el ultraje, la prisión, la
tortura, el asesina¬to, ejecutados de manera sistemática y sin la disculpa
siquie¬ra de la pasión, tal como se manifiestan en las diversas espe¬cies de
pena, –– todas esas cosas son, por tanto, acciones que sus jueces en modo
alguno reprueban y condenan en sí, sino sólo en cierto aspecto y en cierta
aplicación práctica. La «mala conciencia», esta planta, la más sinies-tra e
interesante de nuestra vegetación terrena, no ha crecido en este suelo, –– de
hecho durante larguísimo tiempo no apareció en la con¬ciencia de los jueces, de
los castigadores, nada referente a que aquí se tratase de un «culpable». Sino
de un autor de daños, de un irresponsable fragmento de fatalidad. Y aquel mismo
sobre el que caía luego la pena, como un fragmento también de fatalidad, no
sentía en ello ninguna «aflicción interna» distinta de la que se siente cuando,
de improviso, sobreviene algo no calculado, un espantoso acontecimiento
natural, un bloque de piedra que cae y nos aplasta y contra el que no se puede
luchar.
15
En
una ocasión, y de manera pérfida, llegó esta idea hasta la conciencia de
Spinoza (para disgusto de sus intérpretes, que se esfuerzan metódicamente por
entenderlo mal en este pasaje, por ejemplo, Kuno Fischer), cuando una tarde,
acordándose quién sabe de qué cosa que le raspaba, investi¬gó la cuestión de
qué había subsistido en realidad, para él mismo, del famoso morsus conscientiae
[mordedura de la con-ciencia] ––él, que había puesto el bien y el mal entre las
fantasías humanas y había defendido con furia el honor de su Dios «libre»
contra aquellos blasfemos que afirmaban que Dios hace todo sub ratione boni
[por razón del bien] («pero esto significaría someter a Dios al destino y sería
en verdad el más grande de todos los absurdos»)se. Para Spino¬za el mundo había
retornado de nuevo a aquella inocencia en que se encontraba antes de la
invención de la mala con¬ciencia: ¿en qué se había convertido ahora el morsus
con concienciae? «En lo contrario del gaudium, se dijo final¬mente, ––en una
tristeza acompañada de la idea de una cosa pasada que ocurrió de modo contrario
a todo lo esperado.» Eth. III propos. XVIII schol. I, II. Durante milenios los
malhechores sorprendidos por la pena no han tenido, en lo que respecta a su
«falta», sentimientos distintos de los de Spinoza. «Algo ha salido
inesperadamente mal aquí», y no: «Yo no debe-ría haber hecho esto» ––, se
sometían a la pena como se somete uno a una enfermedad, o a una desgra-cia, o a
la muerte, con aquel valiente fatalismo sin rebelión por el cual, por ejemplo,
todavía hoy los rusos nos aventajan a nosotros los occidentales en el
tratamiento de la vida`. Cuando en aquella época aparecía una crítica de la
acción, tal crítica la ejercía la inteligencia: incuestionablemente de¬bemos
buscar el autén-tico efecto de la pena sobre todo en una intensificación de la
inteligencia, en un alargamiento de la memo-ria, en una voluntad de actuar en
adelante de manera más cauta, más desconfiada, más secreta, en el co-nocimiento
de que, para muchas cosas, uno es, de una vez por todas, demasiado débil, en
una especie de rectifica¬ción del modo de juzgarse a sí mismo. Lo que con la
pena se puede lograr, en conjunto, tanto en el hombre como en el animal, es el
aumento del temor, la intensificación de la inteligencia, el dominio de las
concupiscencias: y así la pena domestica al hombre, pero no lo hace «mejor», ––
con mayor derecho sería lícito afirmar incluso lo contrario. («De los
escarmentados nacen los avisados»59, afirma el pueblo: en la misma medida en
que el escarmiento vuelve avisado, vuelve también malo. Por fortuna, también
vuel¬ve, con frecuencia, bastante tonto.)
55.
K. Fischer (1824-1907) es uno de los grandes historiadores de la filo¬sofia
surgidos en Alemania en la escuela de Hegel. Su obra fundamental es Geschichte
der neueren Philosophie (Historia de la filosofía mo¬derna), en diez volúmenes,
1854-1877. En julio de 1881 Nietzsche pi¬dió a su amigo Overbeck que le enviase
a Sils-Maria precisamente esta obra, de la que sacó numerosos apuntes. Parece
que ésta es la fuente principal de Nietzsche para Spinoza, y no la lectura
directa de las obras de éste. Al menos lo es de las consideraciones siguientes.
Pocos días después de la lectura de la citada obra de K. Fischer, Nietzsche
es¬cribía a Overbeck: «¡Estoy completamente asombrado, completamen¬te
encantado! ¡Tengo un precur-sor, y qué precursor! Yo casi no cono¬cía a
Spinoza: el que ahora sintiese necesidad de conocerlo ha sido una ‘acción
instintiva’.»
56.
Eth. I. Prop. XXXIII. Schol. II (final). El texto original de Spinoza: «Quod
profecto nihil aliud est quam Deo fato subji-cere, quo nihil de Deo absurdius
statui potest.»
57.
Texto de Spinoza: «Conscientiae denique morsus est tristitia, opposi¬ta
gaudio.» «Conscientiae morsus est tristitia con-comitante idea rei praeteritae,
quae praeter spem evenit.»
58.
Sobre este fatalismo ruso véanse las precisiones de Nietzsche en Ecce Homo.
59.
La traducción literal del proverbio alemán, según lo cita Nietzsche (Schaden
macht klug), sería: «El daño hace cuer-das (a las personas).»
16
En
este punto no es posible esquivar ya el dar una primera expresión provisional a
mi hipótesis propia sobre el origen de la «mala conciencia»: tal hipótesis no
es fácil hacerla oír, y desea ser largo tiempo medi-tada, custodiada,
consultada con la almohada. Yo considero que la mala conciencia es la profunda
do-lencia a que tenía que sucumbir el hombre bajo la presión de aquella
modificación, la más radical de to-das las experimentadas por él, de aquella
modificación ocurri¬da cuando el hombre se encontró definiti-vamente encerra¬do
en el sortilegio de la sociedad y de la paz. Lo mismo que tuvo que ocurrirles a
los ani-males marinos cuando se vieron forzados, o bien a convertirse en
animales terrestres, o bien a perecer, eso mismo les ocurrió a estos semianimales
feliz¬mente adaptados a la selva, a la guerra, al vagabundaje, a la aventura,
–– de un golpe todos sus instintos quedaron desva¬lorizados y «en suspenso». A
partir de ahora debían cami¬nar sobre los pies y «llevarse a cuestas a sí
mismos», cuando hasta ese momento habían sido llevados por el agua: una
es¬pantosa pesadez gravitaba sobre ellos. Se sentían ineptos para las funciones
más simples, no tenían ya, para este nue¬vo mundo desconocido, sus viejos
guías, los instintos regu¬ladores e inconscientemente infalibles, –– ¡estaban
reduci¬dos, estos infelices, a pensar, a razonar, a calcular, a combi¬nar
causas y efectos, a su «conciencia», a su órgano más miserable y más expuesto a
equivocarse! Yo creo que no ha habido nunca en la tierra tal sentimiento de
miseria, tal plúmbeo malestar, –– ¡y, ade-más, aquellos viejos instintos no
habían dejado, de golpe, de reclamar sus exigencias! Sólo que resultaba
dificil, y pocas veces posible, darles satisfac¬ción: en lo principal, hubo que
buscar apaciguamientos nuevos y, por así decirlo, subterráneos. Todos los
instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia den-tro –– esto es
lo que yo llamo la interiorización del hombre: única¬mente con esto se
desarrolla en él lo que más tarde se deno¬mina su «alma». Todo el mundo
interior, originariamente delgado, como encerrado entre dos pieles, fue
separándose y creciendo, fue adquiriendo profundidad, anchura, altura, en la
medida en que el desahogo del hombre hacia fuera fue quedando inhibido.
Aquellos terribles bastiones con que la organización estatal se protegía contra
los viejos instintos de la libertad –– las penas sobre todo cuentan entre tales
bas¬tiones–– hicieron que todos aquellos instintos del hombre salvaje, libre,
vagabundo, diesen vuelta atrás, se volviesen contra el hombre mismo. La
enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, en la agresión, en el
cambio, en la des¬trucción –– todo esto vuelto contra el poseedor de tales
ins¬tintos: ése es el origen de la «mala conciencia». El hombre que, falto de
enemigos y resistencias exteriores, encajona-do en una opresora estrechez y
regularidad de las costumbres, se desgarraba, se perseguía, se mordía, se roía,
se sobresal¬taba, se maltrataba impacientemente a sí mismo, este ani¬mal al que
se quiere «domesti-car» y que se golpea furioso contra los barrotes de su
jaula, este ser al que le falta algo, devorado por la nostalgia del desierto,
que tuvo que crearse a base de sí mismo una aventura, una cámara de suplicios,
una selva insegura y peligrosa ––este loco, este prisionero añorante y
desesperado fue el inventor de la «mala concien¬cia». Pero con ella se había
introducido la dolencia más grande, la más siniestra, una dolen-cia de la que
la humani¬dad no se ha curado hasta hoy, el sufrimiento del hombre por el
hombre, por sí mismo: resultado de una separación violenta de su pasado de
animal, resultado de un salto y una caída, por así decirlo, en nuevas
situaciones y en nuevas condiciones de existencia, resultado de una declaración
de guerra contra los viejos instintos en los que hasta ese momento reposaban su
fuerza, su placer y su fecundidad. Aña¬damos en seguida que, por otro lado, con
el hecho de un alma animal que se volvía con-tra sí misma, que tomaba partido
contra sí misma, había aparecido en la tierra algo tan nuevo, profundo,
inaudito, enigmático, contradictorio y lleno de futuro, que con ello el aspecto
de la tierra se modi¬ficó de manera esencial. De hecho hubo necesidad de
es¬pectadores divinos para apreciar en lo justo el espectácu-lo que entonces se
inició y cuyo final es aún completamente imprevisible, –– un espectáculo
demasiado delicado, dema¬siado maravilloso, demasiado paradójico como para que
pudiera representarse en cual-quier ridículo astro sin que, cosa absurda, nadie
lo presenciase. Desde entonces el hom¬bre cuenta entre las más inesperadas y
apasionantes jugadas de suerte que juega el «gran Niño»" de Heráclito,
llámese Zeus o Azar, –– despierta un interés, una tensión, una espe¬ranza, casi
una certeza, como si con él se anunciase algo, se preparase algo, como si el
hombre no fuera una meta, sino sólo un camino, un episodio interme-dio, un
puente, una gran promesa...
60.
Nietzsche alude sin duda al fragmento 52 de Heráclito, que dice: «El eón, niño
es que juega con chinitas sobre ese reino del niño que es el tablero.»
17
Entre
los presupuestos de esta hipótesis sobre el origen de la mala conciencia se
cuenta, en primer lugar, el hecho de que aquella modificación no fue ni gradual
ni voluntaria y que no se presentó como un creci-miento orgánico en el interior
de nuevas condiciones, sino como una ruptura, un salto, una coacción, una
inevitable fatalidad, contra la cual no hubo lucha y ni siquiera resentimiento.
Pero, en segundo lugar, el hecho de que la inserción de una población no
su¬jeta hasta entonces a formas ni a inhibiciones en una for-ma rigurosa
iniciada con un acto de violencia fue llevada hasta su final exclusivamente con
puros actos de violencia, –– que el «Estado» más antiguo apareció, en
consecuencia, como una horrible tiranía, como una maquinaria triturado¬ra y
desconsiderada, y continuó trabajando de ese modo hasta que aquella ma-teria
bruta hecha de pueblo y de se¬mianimal no sólo acabó por quedar bien amasada y
malea¬ble, sino por tener también una forma. He utilizado la pala¬bra «Estado»:
ya se entiende a quién me refiero –– una hor-da cualquiera de rubios animales
de presa, una raza de con¬quistadores y de señores, que organizados para la
guerra, y dotados de la fuerza de organizar, coloca sin escrúpulo algu¬no sus
terribles zarpas sobre una población tal vez tremen¬damente superior en número,
pero todavía informe, todavía errabunda. Así es como, en efecto, se inicia en
la tierra el «Estado»: yo pienso que así queda refutada aquella fantasía que le
hacía comenzar con un «contrato». Quien puede mandar, quien por naturaleza es
«señor», quien aparece despótico en obras y gestos ––¡qué tiene él que ver con
con¬tratos! Con tales seres no se cuenta, llegan igual que el des¬tino, sin
motivo, razón, consideración, pretexto, existen como existe el rayo, demasiado
terribles, demasiado súbi¬tos, demasiado convincentes, demasiado «distintos»
para ser ni siquiera odiados. Su obra es un instintivo crear––for¬mas,
imprimir––formas, son los artistas más involuntarios, más inconscientes que
existen: –– en poco tiempo surge, allí donde ellos aparecen, algo nuevo, una
concreción de domi¬nio dotada de vida, en la que partes y funciones han sido
de¬limitadas y puestas en conexión, en la que no tiene sitio ab¬solutamente
nada a lo cual no se le haya dado antes un «sen¬tido» en orden al todo. Estos
organizadores natos no saben lo que es culpa, lo que es responsabilidad, lo que
es conside¬ración; en ellos impera aquel terrible egoísmo del artista que mira
las cosas con ojos de bronce y que de antemano se siente justificado, por toda la
eternidad, en la «obra», lo mismo que la madre en su hijo. No es en ellos en
donde ha nacido la «mala conciencia», esto ya se entiende de antema¬no –– pero
esa fea planta no habría nacido sin ellos, estaría ausente si no hubiera
ocurrido que, bajo la presión de sus martillazos, de su vio-lencia de artistas,
un ingente quantum de libertad fue arrojado del mundo, o al menos quedó fue¬ra
de la vista, y, por así decirlo, se volvió latente. Ese instin¬to de la
libertad, vuelto latente a la fuerza ––ya lo he-mos comprendido––, ese instinto
de la libertad reprimido, retira¬do, encarcelado en lo interior y que acaba por
descargarse y desahogarse tan sólo contra sí mismo: eso, sólo eso es, en su
inicio, la mala conciencia.
18
Guardémonos
de tener en poco todo este fenómeno por el simple hecho de que de antemano sea
feo y doloroso. En efecto, esa fuerza que actúa de modo grandioso en aquellos
artistas de la violencia y en aquellos organizadores, esa fuerza constructora
de Estados, es, en efecto, la misma que aquí, más interior, más pequeña, más
empequeñecida, reo¬rientada hacia atrás, en el «laberinto del pecho»`, para
de¬cirlo con palabras de Goethe, se crea la mala conciencia y construye ideales
negativos, es cabalmente aquel instinto de la libertad (dicho con mi
vocabulario: la voluntad de po¬der): sólo que la materia sobre la que se
desahoga la natura¬leza con formadora y violentadora de esa fuerza es aquí
jus¬to el hombre mismo, su entero, animalesco, viejo yo ––y no, como en aquel
fenómeno más grande y más llamativo, el otro hom-bre, los otros hombres. Esta
secreta autoviolenta¬ción, esta crueldad de artista, este placer de darse forma
a sí mismo como a una materia dura, resistente y paciente, de marcar a fuego en
ella una voluntad, una crítica, una contra¬ dicción, un desprecio, un no, este
siniestro y horrendamen¬te voluptuoso trabajo de un alma voluntariamente
escindi¬da consigo misma que se hace sufrir por el placer de hacer¬sufrir 62,
toda esta activa «mala conciencia» ha acabado por producir también ––ya se lo
adivina––, cual auténtico seno materno de acontecimientos ideales e
imaginarios, una profusión de belleza y de afirmación nuevas y sorprenden¬tes,
y quizá ella sea la que por vez primera ha creado la be¬lleza... ¿Pues qué cosa
sería bella si la contradicción no hu¬biese cobrado antes conciencia de sí
misma, si lo feo no se hubiese dicho antes a sí mismo: «Yo soy feo»?... Al
menos, tras esta indicación resultará menos enigmático el enigma de hasta qué
punto puede estar insinuado un ideal, una be¬lleza, en conceptos
contradictorios como desinterés, autone-gación, sacrificio de sí mismo; y una
cosa se sabrá de ahora en adelante, no tengo duda de ello ––, a sa-ber, de qué
especie es, desde el comienzo, el placer que siente el desinteresado, el
abnegado, el que se sacri-fica a sí mismo: ese placer perte¬nece a la crueldad.
–– Con esto basta, provisionalmente, en lo que se refie-re a la procedencia de
lo «no egoísta» en cuanto valor moral y a la delimitación del terreno de que
este valor ha brotado: sólo la mala conciencia, sólo la voluntad de maltratarse
a sí mismo proporciona el pre-supuesto para el valor de lo no––egoísta. ––
61.
Verso perteneciente a la última estrofa de la conocida poesía de Goe¬the An den
Mond [A la luna]:
«Was,
von Menschen nicht gewusst
Oder
nicht bedacht,
Durch
das Labyrinth der Brust
wandelt
in der Nacht.»
[Aquello
que, por los hombres no sabido
o no
pensado,
por
el laberinto del pecho
camina
en la noche.]
62.
Véase antes nota 45.
19
Es
una enfermedad la mala conciencia, no hay duda, pero una enfermedad como lo es
el embarazo. Bus-quemos las condiciones en que esta enfermedad ha llegado a su
cumbre mas terrible y sublime: ––veremos qué es lo que con esto ha entrado
propiamente en el mundo. Mas para ello se necesi¬ta tener una respiración
amplia, ––y, por lo pronto, hemos de volver de nuevo a un anterior punto de
vista. La relación de derecho privado entre el deudor y su acreedor, de la que
ya hemos hablado largamente, ha sido intro-ducida una vez más, y ello de una
manera que históricamente resulta muy extraña y problemática, en la
interpretación de una rela¬ción en la cual acaso sea donde más incomprensible
nos re¬sulta a nosotros los hombres modernos; a saber, en la rela¬ción de los hombres
actuales con sus antepasados. Dentro de la originaria comunidad de estirpe
––hablo de los tiempos primitivos–– la generación viviente reconoce siempre,
con respecto a la generación anterior y, en especial, con respec¬to a la más
antigua, a la fundadora de la estirpe, una obli¬gación jurídica (y no, en modo
alguno, una simple vincu¬lación afectiva: hay incluso razón para negar que esta
últi¬ma existiese en absoluto durante el más largo período de la especie
huma-na). Reina aquí el convencimiento de que la estirpe subsiste gracias tan
sólo a los sacrificios y a las obras de los antepasados, –– y que esto hay que
pagárselo con sacrificios y con obras: se reconoce así una deuda (Schuld), la
cual crece constantemente por el hecho de que esos antepasados, que sobreviven
como espíritus podero¬sos, no dejan de conceder a la estirpe nuevas ventajas y
nuevos préstamos salidos de su fuerza. ¿Gratuitamente tal vez? No existe
ninguna «gratuidad» para aquellas épocas toscas y «pobres de alma». ¿Qué se
puede dar como rein¬tegro a los antepasados? Sacrificios (inicialmente para la
alimenta-ción, entendida en el sentido más tosco), fiestas, capillas, homenajes
y, sobre todo, obediencia ––pues todos los usos son también, en cuanto obras de
los antepasados, preceptos y órdenes de aquéllos––: ¿se les da alguna vez
bastante? Esta sospecha permanece y se acrecienta: de tiempo en tiempo impone
un gran rescate global, una ur¬gente indemnización al «acreedor» (el
tristemente célebre sacrificio del primogénito, por ejemplo, sangre, en todo
caso sangre humana). El temor al antepasado y a su poder, la conciencia de
tener deudas con él crece por necesidad, según esta especie de lógica, en la
exacta medida en que crece el poder de la estirpe misma, en la exacta medida en
que ésta es cada vez más victoriosa, más independien-te, más venerada, más
temida. ¡Y no al revés! Todo paso hacia la atrofia de la estirpe, todas las
eventuali-dades desastro¬sas, todos los indicios de degeneración, de inminente
rui¬na, hacen disminuir siempre, por el contrario, el temor al espíritu de su
fundador y proporcionan una idea cada vez más pequeña de su inteli-gencia, de
su previsión y de la presencia de su poder. Imaginemos que esta tosca especie
de lógica ha lle-gado hasta su final: entonces los antepasa¬dos de las estirpes
más poderosas tienen que acabar asu¬miendo necesariamente, gracias a la
fantasía propia del creciente temor, proporciones gigantescas y replegarse
hasta la oscuridad de una temerosidad e irrepresentabili¬dad divinas: –– el
antepasado acaba necesaria-mente por ser transfigurado en un dios. ¡Tal vez
esté aquí incluso el ori¬gen de los dioses, es decir, un origen por temor!... Y
si a al¬guien le pareciese necesario añadir: «¡pero también por piedad!»,
difícilmente podría tener razón en lo que res¬pecta al período más largo de la
especie humana, a su épo¬ca primigenia. En cam-bio, tanto más la tendría, sin
duda, con respecto a la época media, en la que se forman las es¬tirpes nobles:
–– éstas, de hecho, han reintegrado a sus fun¬dadores, a los antepasados
(héroes, dioses), con sus intere¬ses correspondientes, todas las cualidades que
entre tanto se habían manifestado en ellas mismas, las cuali-dades no¬bles. Más
tarde echaremos todavía un vistazo al ennoble¬cimiento y a la aristocratización
de los dioses (cosa que no significa, en modo alguno, su «santificación»):
ahora bás¬tenos con llevar provisional-mente a su término el curso de toda esta
evolución de la conciencia de culpa.
20
La
historia nos enseña que la conciencia de tener deudas con la divinidad no se
extinguió ni siquiera tras el ocaso de la forma organizativa de la «comunidad»
basada en el pa¬rentesco de sangre; de igual manera que la humanidad ha
heredado los conceptos «bueno y malo» de la aristocracia de estirpe (junto con
la básica tendencia psicológica de ésta a establecer jerarquías), así ha
recibido también, con la he¬rencia de las divinidades de la estirpe y de la
tribu, la heren¬cia del peso de deudas no pagadas todavía y del deseo de
reintegrarlas. (La transición la forman aquellas vastas po¬blaciones de
esclavos y de siervos de la gleba que, bien por coacción, bien por servilismo y
mimicry [mimetismo], se adaptaron al culto de los dioses de sus señores: a
partir de ellas esta herencia se desparrama luego en todas direccio¬nes.) El
sentimiento de tener una deuda con la divinidad no ha dejado de crecer durante
muchos milenios, haciéndolo en la misma proporción en que en la tierra crecían
y se ele¬vaban a las alturas el concepto de Dios y el sentimiento de Dios. (La
historia entera de las luchas, victorias, conciliacio¬nes, fusiones étnicas,
todo lo que antecede a la definitiva je¬rarquización de todos los elementos
populares en cada gran síntesis racial, se refleja en el caos de las
genealogías de sus dioses, en las leyendas de las luchas, victorias y
concilia¬ciones de éstos; la mar-cha hacia imperios universales es siempre
también la marcha hacia divinidades universales, el despotismo, con sus
avasallamientos de la aristocracia inde¬pendiente, abre el camino siempre
también a alguna espe-cie de monoteísmo.) El advenimiento del Dios cristiano,
que es el Dios máximo a que hasta ahora se ha llegado, ha hecho, por esto,
manifestarse también en la tierra el maximum del sentimiento de culpa.
Supo-niendo que entre tanto hayamos iniciado el movimiento inverso, sería
lícito deducir, con no pequeña pro-babilidad, de la incontenible decadencia de
la fe en el Dios cristiano, que ya ahora se da una considerable de¬cadencia de
la conciencia humana de culpa (Schuld): más aún, no hay que rechazar la
perspectiva de que la completa y definitiva victoria del ateísmo pudiera
liberar a la huma¬nidad de todo ese sentimiento de hallarse en deuda con su
comienzo, con su causa prima. El ateísmo y una especie de segunda inocen-cia
(Unschuld) se hallan ligados entre sí. ––
63.
Inocencia = Unschuld, es decir, «no tener deudas». Como se ha hecho tanta
literatura arbitraria acerca de que el «ateísmo es una especie de se¬gunda
inocencia», conviene retornar de vez en cuando al sentido pri¬mario que esta
frase tiene en Nietzsche. Véase también, antes, nota 40.
21
Esto
es lo que provisionalmente hay que decir, con brevedad y a grandes rasgos,
sobre la conexión de los conceptos «cul¬pa», «deber», con presupuestos
religiosos: de propósito he dejado de lado hasta ahora la auténtica
moralización de ta¬les conceptos (el repliegue de los mismos a la conciencia,
o, más precisamen-te, el entrelazamiento de la mala conciencia con el concepto
de Dios), e incluso he hablado, al final del número anterior, como si no
existiese en absoluto tal mora¬lización, y, por tanto, como si estos conceptos
tuvieran que quedar necesariamente eliminados ahora que ha desapare¬cido su
presupuesto, la fe en nues-tro «acreedor», en Dios. La realidad difiere de esto
de una manera terrible. Con la mo¬ralización de los con-ceptos de culpa y de
deber, con su re¬pliegue a la mala conciencia, se ha hecho en verdad el ensa¬yo
de invertir la dirección del desarrollo que acabamos de describir o, al menos,
de detener su movimiento: ahora debe cerrarse de un modo pesimista, de una vez
por todas, justo la perspectiva de un rescate definitivo, ahora la mira¬da debe
estrellarse, rebotar contra una férrea imposibili¬dad, ahora aquellos conceptos
«cul-pa» y «deber» deben vol¬verse hacia atrás, –– ¿contra quién, pues? No se
puede dudar: por lo pronto, con-tra el «deudor», en el que a partir de aho¬ra
la mala conciencia de tal modo se asienta, corroe, se ex¬tiende y crece como un
pólipo a todo lo ancho y a todo lo profundo, que junto con la inextinguibilidad
de la culpa se acaba por concebir también la inextinguibilidad de la
expia¬ción, el pensamiento de su impagabilidad (de la «pena eter¬na»)––; pero,
al final, se vuelve incluso contra el «acreedor», ya se piense aquí en la causa
prima del hombre, en el co¬mienzo del género humano, en el progenitor de éste,
al que ahora se maldice («Adán», «pecado original», «falta de li¬bertad de la
voluntad»), o en la naturaleza, de cuyo seno surge el hombre y en la que ahora
se sitúa el principio malo («diabolización de la naturaleza»), o en la
existencia en ge¬neral, que queda como no––valiosa en sí (alejamiento
nihilis¬ta de la existencia, deseo de la nada o deseo de su «opuesto», de
ser––otro, budismo y similares)––, hasta que de pronto nos encontramos frente
al paradójico y espantoso recurso en el que la martirizada humanidad encontró
un momentáneo alivio, frente a aquel golpe de genio del cristianismo: Dios
mismo sacrificándose por la culpa del hombre, Dios mismo pagándose a sí mismo,
Dios como el que puede redimir al hombre de aquello que para este mismo se ha
vuelto irredi¬mible ––el acreedor sacrificándose por su deudor, por amor
(¿quién lo creería––?), ¡por amor a su deudor!...
22
Ya
se habrá adivinado qué es lo que propiamente aconteció con todo esto y por
debajo de todo esto: aquella voluntad de autotortura, aquella pospuesta
crueldad del animal––hom¬bre interiorizado, replegado por miedo dentro de sí
mismo, encarcelado en el «Estado» con la finalidad de ser domesti¬cado, que ha
inventado la mala conciencia para hacerse daño a sí mismo, después de que la
vía más natural de sali¬da de ese hacer––daño había quedado cerrada, –– este
hombre de la mala conciencia se ha apoderado del presupuesto reli¬gioso para
llevar su propio automartirio hasta su más horri¬ble dureza y acritud. Una
deuda con Dios: este pensamiento se le convierte en instrumento de tortura.
Capta en «Dios» las últimas antítesis que es capaz de encontrar para sus au¬ténticos
e insuprimibles instintos de animal, reinterpreta esos mismos instintos
animales como deuda con Dios (como enemistad, rebelión, insurrección contra el
«Señor», el «Padre», el progenitor y comienzo del mundo), se tensa en la
contradicción «Dios y demonio», y todo no que se dice a sí mismo, a la
naturaleza, a la naturalidad, a la realidad de su ser, lo proyecta fuera de si
como un sí, como algo existente, corpóreo, real, como Dios, como santidad de
Dios, como Dios juez, como Dios verdugo, como más allá, como eterni¬dad, como
tormento sin fin, como infierno, como incon-mensurabilidad de pena y culpa. Es
ésta una especie de de¬mencia de la voluntad en la crueldad anímica que,
sencilla¬mente, no tiene igual: la voluntad del hombre de encontrarse culpable
y reprobable a sí mismo hasta resul¬tar imposible la expiación, su voluntad de
imaginarse cas¬tigado sin que la pena pueda ser jamás equivalente a la culpa,
su voluntad de infectar y de envenenar con el proble¬ma de la pena y la culpa
el fondo más profundo de las co¬sas, a fin de cortarse, de una vez por todas,
la salida de ese laberinto de «ideas fijas», su voluntad de establecer un ideal
––el del «Dios santo»––, para adquirir, en presencia del mismo, una tangible
certeza de su absoluta indignidad. ¡Oh demente y triste bestia hombre! ¡Qué
ocurren-cias tie¬ne, qué cosas antinaturales, qué paroxismo de lo absurdo, qué
bestialidad de la idea aparecen tan pronto como se le impide, aunque sea un
poco, ser bestia de la acción!... Todo esto es interesante en grado sumo, pero
también de una tétrica, sombría y extenuante tristeza, hasta el punto de que
tenemos que prohibirnos violentamente mirar de¬masiado tiempo a esos abismos.
Aquí hay enfermedad, no hay duda, la más terrible enfermedad que hasta ahora ha
devastado al hombre: ––y quien es capaz aun de oír (¡pero hoy ya no se tienen
oídos para ello!––) cómo en esta noche de tormento y de demencia ha resonado el
grito amor, el grito del más anhelante encantamiento, de la redención en el
amor, ése se vuelve hacia otro lado, sobrecogido por un horror invencible...
¡En el hombre hay tantas cosas horri¬bles!... ¡La tierra ha sido ya durante
mucho tiempo una casa de locos!...
23
Baste
esto, de una vez por todas, en lo que respecta a la pro¬cedencia del «Dios
santo». –– Que en sí la concepción de los dioses no tiene que llevar
necesariamente a esa depravación de la fantasía, de cuya representación por un
instante no nos ha sido lícito dispensarnos, que hay formas más nobles de
servirse de la ficción poética de los dioses que para esta autocrucifixión y
autoenvilecimiento del hombre, en las que han sido maestros los últimos
milenios de Europa, –– ¡esto es cosa que, por fortuna, aún puede inferir-se de
toda mirada dirigida a los dioses griegos, a esos reflejos de hom¬bres más
nobles y más dueños de sí, en los que el animal se sentía divinizado en el
hombre y no se devoraba a sí mismo, no se enfurecía contra sí mismo! Durante un
tiempo larguí¬simo esos griegos se sirvieron de sus dioses cabalmente para
mantener alejada de sí la «mala conciencia», para se¬guir estando contentos de
su libertad de alma: es decir en un sentido inverso al uso que el cristianismo
ha hecho de su Dios. En esto llegaron muy lejos aquellas magnífi-cas cabezas
infantiles, valientes como leones; y nada menos que una au¬toridad tan grande
como la del mismo Zeus homérico les da a entender acá y allá que se toman las
cosas demasiado a la ligera: «¡Ay!», dice en una ocasión –– se trata del caso
de Egisto, un caso muy grave ––
«¡Ay
de qué cosas acusan los mortales a los dioses!
Dicen
que sólo de nosotros proceden sus males;
pero
ellos mismos con sus insensateces se causan sus infortunios,
incluso
contra el destino».
Sin
embargo, aquí oímos y vemos a la vez que también este espectador y juez
olímpico está lejos de en-fadarse por esto con los hombres y de pensar mal de
ellos: «¡Qué locos son!», piensa al ver las fechorías de los mortales, –– y
«locu¬ra», «insensatez», un poco de «perturbación en la cabeza», todo eso lo
admitieron de sí mismos incluso los griegos de la época más fuerte, más
valerosa, como fundamento de muchas cosas malas y funestas: –– locura, ¡no
pecado! ¿Lo comprendéis?... Pero incluso esa perturbación de la cabe¬za era un
problema –– «sí, ¿cómo ella es posible siquiera?, ¿de dónde puede haber venido,
propiamente, a cabezas como las de nosotros, hombres de la procedencia
aristo¬crática, de la fortuna, de la buena consti-tución, de la mejor sociedad,
de la nobleza, de la virtud?» –– así se preguntó durante siglos el griego noble
a la vista del horror y del cri¬men, incomprensibles para él, con los que se
había man¬chado uno de sus igua-les. «Un dios, sin duda, tiene que ha¬berlo
trastornado», decía finalmente, moviendo la cabe¬za... Esta salida es típica de
los griegos... Y así los dioses servían entonces para justificar hasta cierto
punto al hom¬bre incluso en el mal, servían como causas del mal ––enton¬ces los
dioses no asumían la pena, sino, como es más noble, la culpa ....
64.
Véase Odisea, I, 32-34.
65.
Véase Ecce Homo.
24
––
Acabo con tres signos de interrogación, como bien se ve. «¿Se alza propiamente
aquí un ideal, o se lo abate?», se me preguntará acaso... Pero ¿os habéis
preguntado alguna vez suficientemente cuán caro se ha hecho pagar en la tierra
el establecimiento de todo ideal? ¿Cuánta realidad tuvo que ser siempre
calum-niada e incomprendida para ello, cuánta mentira tuvo que ser santificada,
cuánta conciencia contur¬bada, cuánto «dios» tuvo que ser sacrificado cada vez?
Para poder levantar un santuario hay que derruir un santuario: ésta es la ley
–– ¡muéstreseme un solo caso en que no se haya cumplido!... Nosotros los
hom-bres modernos, nosotros so¬mos los herederos de la vivisección durante
milenios de la conciencia, y de la autotortura, también durante milenios, de
ese animal que nosotros somos: en esto tenemos nuestra más prolongada
ejercitación, acaso nuestra capacidad de artistas, y en todo caso nuestro
refinamiento, nuestra per¬versión del gusto. Durante demasiado tiempo el hombre
ha contemplado «con malos ojos» sus inclina-ciones naturales, de modo que éstas
han acabado por hermanarse en él con la «mala conciencia». Sería posible en sí
un intento en sentido contrario ––¿pero quién es lo bastante fuerte para
ello?––, a sa¬ber, el intento de hermanar con la mala conciencia las
incli¬naciones innaturales, todas esas aspiraciones hacia el más allá, hacia lo
contrario a los sentidos, lo contrario a los ins¬tintos, lo contrario ala
naturaleza, lo contra-rio al animal, en una palabra, los ideales que hasta
ahora han existido, todos los cuales son ideales hostiles a la vida, ideales
calumniado¬res del mundo. ¿A quién dirigirse hoy con tales esperanzas y
pretensiones?... Tendríamos contra nosotros justo a los hombres buenos: y
además, como es obvio, a los hombres cómo-dos, a los reconciliados, a los
vanidosos, a los soñado¬ res, a los cansados... ¿Qué cosa ofende más
honda-mente, qué cosa divide más radicalmente que el hacer notar algo del rigor
y de la elevación con que uno se trata a sí mismo? Y, por otro lado ––¡qué complaciente,
qué afectuoso se muestra todo el mundo con nosotros tan pronto como hacemos lo
que hace todo el mundo y nos «dejamos llevar» como todo el mun-do!... Para
lograr aquel fin se necesitaría una especie de espíritus distinta de los que
son probables cabal-mente en esta época: espíritus fortalecidos por guerras y
victorias, a quienes la conquista, la aventura, el peligro e incluso el do¬lor
se les hayan convertido en una necesidad imperiosa; se necesitaría para ello
estar acostumbrados al aire cortante de las alturas, a las caminatas
invernales, al hielo y a las montañas en todo sentido, y se necesitaría además
una es¬pecie de sublime maldad, una última y autosegurísima pe¬tulancia del
conocimiento, que forma parte de la gran salud, ¡se necesitaría cabalmente,
para decirlo pronto y mal, esa gran salud!......66 Pero hoy ¿es ésta posible
siquiera?... Alguna vez, sin embargo, en una época más fuerte que este
presen¬te corrompido, que duda de sí mismo, tiene que venir a no¬sotros el
hombre redentor, el hombre del gran amor y del gran desprecio, el espíritu
creador, al que su fuerza impul¬siva aleja una y otra vez de todo apartamiento
y todo más allá, cuya soledad es malentendida por el pueblo como si fuera una
huida de la realidad ––: siendo así que constituye un hundirse, un enterrarse,
un profundizar en la realidad, para extraer alguna vez de ella, cuando retorne
a la luz, la re¬dención de la misma, su redención de la maldición que el ideal
existente hasta ahora ha lanzado sobre ella. Ese hom¬bre del futuro, que nos
liberará del ideal existente hasta ahora y asimismo de lo que tuvo que nacer de
él, de la gran náusea, de la voluntad de la nada, del nihilismo, ese toque de
campana del mediodía y de la gran decisión, que de nue-vo libera la voluntad,
que devuelve a la tierra su meta y al hombre su esperanza, ese anticristo y
antinihilis-ta, ese vencedor de Dios y de la nada –– alguna vez tiene que
llegar...
66.
Sobre la gran salud véase La gaya ciencia, aforismo 382. Nietzsche considera
que la «gran salud» es el presupuesto fisiológico del super¬hombre.
25
––
Mas ¿qué estoy diciendo? ¡Basta! ¡Basta! En este punto sólo una cosa me
conviene, callar: de lo con-trario atentaría contra algo que únicamente le está
permitido a uno más jo¬ven, a uno más «futuro», a uno más fuerte que yo, ––lo
que únicamente le está permitido a Zaratustra, a Zaratustra el ateo...
Tratado
Tercero
¿Qué
significan los ideales ascéticos?
Despreocupados,
irónicos, violentos
––así
nos quiere la sabiduría: es una mujer,
ama
siempre únicamente a un guerrero...
Así
habló Zaratustra67
1
¿Qué
significan los ideales ascéticos? –– Entre artistas, nada o demasiadas cosas
diferentes; entre filósofos y personas doctas, algo así como un olfato y un
instinto para percibir las condiciones más favorables de una espiritualidad
eleva¬da; entre mujeres, en el mejor de los casos, una amabilidad más de la
seducción, un poco de morbidezza [morbidez] sobre una carne hermosa, la
angelicidad de un bello animal grueso; entre gentes fisiológicamente lisiadas y
destempla¬das (la mayoría de los mortales), un intento de encon-trarse
«demasiado buenas» para este mundo, una forma sagrada de desenfreno, su
principal recurso en la lucha contra el lento dolor y contra el aburrimiento;
entre sacerdotes, la auténtica fe sacerdotal, su mejor instrumento de poder, y
también la «suprema» autorización para el mismo; final¬mente, entre santos, un
pretexto para el letargo invernal, su novissima gloriae cupido [novísima avidez
de gloria], su descanso en la nada («Dios»), su forma peculiar de locura. Ahora
bien, en el hecho de que el ideal ascético haya signi-ficado tantas cosas para
el hombre se expresa la realidad fundamental de la voluntad humana, su horror
vacui [ho¬rror al vacío]: esa voluntad necesita una meta –– y prefiere querer
la nada a no querer. –– ¿Se me entiende?... ¿Se me ha entendido?... «¡De
ninguna manera, señor!» –– Comence¬mos, pues, desde el principio.
67.
Véase Así habló Zaratustra. No se olvide lo que Nietzsche mismo dice antes en
el prólogo, a saber, que todo este tratado es una «interpretación» de este
aforismo.
2
¿Qué
significan los ideales ascéticos? –– O para tomar un solo caso con respecto al
cual se me ha consul-tado con bas¬tante frecuencia, ¿qué significa, por
ejemplo, el que un artis¬ta como Richard Wagner rinda homenaje a la castidad en
los días de su vejez? Es verdad que, en cierto sentido, eso lo hizo siempre;
pero sólo en el último momento lo hizo en un sentido ascético. ¿Qué significa
esa modificación del «sen¬tido», ese radical cambio de sentido? ––pues fue un
cambio, y con él Wagner dio directamente el salto a su antí-tesis. ¿Qué
significa que un artista dé el salto a su antítesis?... Su¬puesto que queramos
detenernos un poco en esta cuestión, nos viene aquí en seguida el recuerdo de
la época más bue¬na, más fuerte, más jubilosa, más valerosa que hubo tal vez en
la vida de Wagner: fue cuando el pensamiento de las bo¬das de Lutero le ocupaba
de una manera íntima y profunda. ¿Quién sabe de qué azares ha dependido
propiamente el que nosotros tengamos hoy, en lugar de aquellá música nupcial,
Los maestros cantores? ¿Y cuánto de aquélla sigue quizá resonando todavía en
éstos? Pero no hay ninguna duda de que, aun en esas Bodas de Lutero, se habría
tratado de un elogio de la castidad. También, de todos modos, de un elogio de
la sensualidad: –– y justo así me parecería bien, jus¬to así habría sido ello
también «wagneriano». Pues entre castidad y sen-sualidad no se da una antítesis
necesaria; todo buen matrimonio, toda auténtica relación amorosa de corazón
está por encima de esa antítesis. A mi parecer, Wagner habría hecho bien en
llevar de nuevo al ánimo de sus alemanes esta agradable realidad, con ayuda de
una graciosa y atrevida comedia sobre Lutero, pues hay y ha ha¬bido siempre
entre los alemanes muchos calumniadores de la sensualidad; y acaso el mérito de
Lutero en ninguna otra cosa fue más grande que en haber tenido cabalmente el
valor de su sensualidad (––entonces se la llamaba, con bastante de¬licadeza,
«libertad evangélica...»). Pero aun en el caso de que exista realmente esa
antítesis entre castidad y sensualidad, no es necesario, por fortuna, que sea
ya una antítesis trágica. Esto debería valer al menos de todos los mortales
dotados de mejor constitu-ción, dotados de mejores ánimos, los cuales están
lejos de contar sin más, entre las razones contrarias a la existencia, su lábil
equilibrio entre «la bestia y el ángel», ––los más sutiles y los más lúcidos,
como Goethe, como Hafis 68, han visto incluso en esto un atractivo más de la
vida. Precisa¬mente tales «contradicciones» tientan seductoramente a existir...
Por otro lado, resulta manifiesto que cuando los cer¬dos lisiados son llevados
a adorar la castidad ––¡y tales cerdos existen!–– ven y adoran en ella sólo su
antítesis, la antítesis del cerdo lisiado ––¡oh, es fácil imaginar con qué
trágico gruñido y fervor lo hacen!––, aquella penosa y superflua antítesis que
Richard Wagner, al final de su vida, quiso, sin ninguna duda, poner todavía en
música y llevar a la escena. Mas ¿con qué fi¬nalidad? es lícito y justo
preguntar69. Pues ¿qué le importaban a él los cerdos, qué nos importan a
nosotros? ––
68.
Hafis, «El que sabe de memoria el Corán», poeta persa, hacia 1319-1390, autor
del Diván, y uno de los inspiradores del Diván de Occidente y Oriente, de
Goethe; muy conocido a través de éste en Alemania. Tam¬bién se ha dicho que es
uno de los inspiradores de Nietzsche en lo re¬ferente al eterno retorno.
69.
En Nietzsche contra Wagner, en el capítulo titulado «Wagner como apóstol de la
castidad», se repite con ligeras variantes la segunda par¬te de este número
(desde «Pues entre castidad y sensualidad...»).
3
Es
cierto que aquí no podemos eludir esta otra pregunta: ¿qué le importaba a él en
realidad aquella varonil (ay, tan poco varonil) «candidez campesina», aquel
pobre diablo, aquel agreste muchacho llamado Parsi-fal, al que acabó por hacer
católico con medios tan pérfidos? ––¿cómo?, ¿fue to¬mado en serio en absolu-to
el tal Parsifal? Se podría, en efec¬to, estar tentado a suponer lo contrario, e
incluso a desear¬lo, ––que el Parsifal wagneriano estuviese tomado en broma,
como epílogo y como drama satírico, por así decirlo, con el cual el Wagner
trágico habría querido despedirse de noso¬tros, también de sí mismo, y ante
todo de la tragedia, de una manera realmente conveniente y digna de él, a
saber, con un exceso de suprema y tra-viesísima parodia de lo trágico, pa¬rodia
de toda la espantosa seriedad y desolación terrenas de otro tiem-po, parodia de
la forma más grosera finalmente superada, que hay en la antinaturaleza del
ideal ascético. Como he dicho, esto hubiera sido cabalmente digno de un gran
trágico; el cual, como todo artista, alcanza la última cumbre de su grandeza
tan sólo cuando sabe verse a sí mis¬mo y a su arte por debajo de sí, cuan-do
sabe reírse de sí. ¿Es el «Parsifal» de Wagner su secreto reírse, por
superioridad, de sí mismo, el triunfo de su última, suprema, conquistada
liber¬tad de artista, de su más––allá del artista? Quisiéramos desear¬lo, como
ya he dicho: pues ¿qué sería el Parsifal tomado en se¬rio? ¿Es realmente
necesario ver en él (como se ha dicho en contra mía) «el engendro de un enloquecido
odio contra el conocimiento, el espíritu y la sen-sualidad»? ¿Una maldición
lanzada contra los sentidos y contra el espíritu en un único odio y un único
aliento? ¿Una apostasía y una conversión a los ideales cristianamente morbosos
y oscurantistas? ¿Y, en fin, incluso un negarse––a––sí––mismo, un
borrarse––a––sí––mismo por parte de un artista que hasta ese instante había
pretendido, con todo el poder de su voluntad, lo contrario, es decir, la
su¬prema espirituali-zación y sensualización de su arte? Y no sólo de su arte:
también de su vida. Recuérdese el entusiasmo con que, en su tiempo, siguió
Wagner las huellas del filósofo Feuerbach 70: en los años treinta y cuarenta la
frase de Feuer¬bach acerca de la «sana sensualidad» resonó para Wagner, igual
que para muchos alemanes (se llamaban a sí mismos los «jóvenes alemanes»), como
una palabra de redención. ¿Aca¬bó Wagner por cambiar de doctrina sobre esto?
Pues al menos parece que acabó por querer enseñar lo opuesto....71 Y no sólo
con las trompetas de Parsifal, desde lo alto del escenario: ––en la turbia
actividad literaria de sus últimos años, tan poco li¬bre como desconcertada,
hay cien pasajes en los que se dela¬tan un secreto deseo y una secreta
voluntad, una acobardada, insegura, inconfesada voluntad de predicar
propiamente la vuel-ta atrás, la conversión, la negación, el cristianismo, la
Edad Media, y de decir a sus discípulos: «¡Todo esto no es nada! ¡Buscad la
salvación en otra parte!» Incluso en una ocasión es invocada la «sangre del
Reden-tor. ..»72.
70.
L. Feuerbach (1804-1872), uno de los primeros pensadores en que se manifiesta
la tendencia materialista alemana del siglo XIX. Sus principa¬les
contribuciones corresponden al campo de la filosofía de la religión, que él
interpreta como «sueño del espíritu humano». Su influencia so¬bre Wagner fue
decisiva para éste (no se olvide que el importante escri¬to wagneriano La obra
de arte del futuro está dedicado a Feuerbach). A esta influencia, que afirmaba
la fuerza y la sensualidad vitales, se contra¬puso más tarde el influjo de
Schopenhauer, negador de aquéllas.
71.
También este párrafo, desde el comienzo hasta aquí, se repite con lige¬ras
variantes en Nietzsche contra Wagner. Véase antes nota 69.
72.
Aparte de las innumerables referencias a la «santa sangre» y a la «san¬gre del
Salvador», que aparecen en la ópera Parsi-fal, así como en otros escritos de
Wagner, este mismo había hablado personalmente del tema a Nietzsche durante la
última conversación mantenida por ellos en Sorrento, en el otoño de 1876. He
aquí cómo se refiere Nietzsche a la misma: «Él [Wagner] comenzó a hablar de la
‘sangre del Salvador’, más aún, estuvo toda una hora confesándome los encantos
que él con¬seguía encontrar en la Cena...»
4
Permítaseme
expresar mi opinión en un caso como éste, que encierra muchas cosas penosas ––y
se trata de un caso tí¬pico––: sin duda lo mejor que puede hacerse es separar
hasta tal punto al artista de su obra que no se le tome a aquél con igual
seriedad que a ésta. En última instancia él es tan sólo la condición preliminar
de su obra, el seno materno, el te¬rreno, a veces el abono y el estiércol sobre
el cual y del cual crece aquélla, –– y por esto es, en la mayor parte de los
casos, algo que se debe olvidar si se quiere gozar de la obra misma. El indagar
la procedencia de una obra interesa a los fisiólo¬gos y vivisectores del
espíritu: ¡nunca y en ningún caso a los estetas, a los artistas! Al que creó y
plasmó el Parsifal no se le excusó el trabajo de un profundo, radical e incluso
terri¬ble revivir y descender a los contrastes anímicos medievales, un hostil
apartamiento de toda elevación, rigor y disciplina del espíritu, una especie de
perversidad intelec-tual (si se me permite la expresión), de igual manera que
tampoco a una mujer encinta se le ahorran los ascos y antojos del embara¬zo:
cosas éstas que, como se ha dicho, hay que olvidar para gozar del hijo. Debemós
guardarnos de la confusión en que por contiguity [contigüidad] psicológica,
para decirlo igual que los ingleses, muy fácilmente cae un artista: la de creer
que él mismo es aquello que él puede represen-tar, concebir, expresar. En
realidad ocurre que, si él lo fuera, no lo podría en absoluto representar,
concebir, expresar; Homero no ha¬bría creado a Aquiles ni Goethe habría creado
a Fausto, si el primero hubiera sido Aquiles, y el segundo, Fausto73. Un
ar¬tista perfecto y total está apartado, por toda la eternidad, de lo «real»,
de lo efectivo; se comprende, por otra parte, que a veces pueda sentirse
cansado hasta la desesperación de esa eterna «irrealidad» y falsedad de su más
íntimo existir, ––y que entonces haga el intento de irrumpir de golpe en lo que
justo a él más prohibido le está, en lo real, que haga el inten¬to de ser real.
¿Con qué resul-tado? Se lo habrá adivinado... Es ésta la veleidad típica del
artista: la misma veleidad a la que también sucumbió el viejo Wagner y que tuvo
que expiar a un precio tan alto y de un modo tan funesto (––a causa de ella
perdió la parte más valiosa de sus amigos). Pero en última instancia, aun
prescindiendo totalmente de esa veleidad, ¿quién podría en absoluto no desear,
por amor al mismo Wagner, que se hubiera despedi-do de nosotros y de su arte de
otro modo, no con un Parsifal, sino de una manera más victo¬riosa, más segura
de sí, más wagneriana ––de una manera me¬nos desconcertante, menos ambigua en
lo referente a todo su querer, menos schopenhaueriana, menos nihilista?...
73.
Véase Humano, demasiado humano, aforismo 211 («Aquiles y Ho¬mero»).
5
––
¿Qué significan, pues, los ideales ascéticos? En el caso de un artista, ya lo
hemos comprendido: ¡abso-lutamente nada!... ¡O tantas cosas distintas, que es
lo mismo que absoluta¬mente nada!... Eliminemos por de pronto a los artistas:
¡no tienen, ni de lejos, suficiente independencia en el mundo y contra el mundo
como para que sus apreciaciones de valor ylos cambios de éstas mereciesen
interés en sí! Los ar¬tistas han sido en todas las épocas los ayudas de cámara
de una moral, o de una filosofía, o de una religión 74; pres-cin¬diendo
totalmente, por otro lado, del hecho de que, por desgracia, han sido muy a
menudo los dema-siado maleables cortesanos de sus seguidores y mecenas, así
como perspica¬ces aduladores de poderes antiguos o de poderes nuevos y ascendentes.
Cuando menos, siempre tienen necesidad de una defensa protectora, de un apoyo,
de una autoridad ya asentada: los artistas no se sostienen nunca de por sí, el
es-tar solos va en contra de sus instintos más hondos. Así, por ejemplo,
Richard Wagner, «cuando hubo lle-gado el tiem¬po», tomó al filósofo
Schopenhauer como jefe de fila y como defensa protectora: –– ¿quién podría
considerar imagi¬nable siquiera que Wagner habría tenido valor para defen¬der
un ideal ascético sin el sostén que le ofrecía la filosofía de Schopenhauer,
sin la autoridad de Schopenhauer, la cual había adquirido preponderancia en
Europa en los años se¬tenta? (y aquí no consideramos todavía la cuestión de sí,
en la Nueva Alemania, habría sido posible en absoluto un artis¬ta sin la leche
de una disposición de áni-mo devota, devota del Reich)75. –– Y con esto hemos
llegado a la cuestión más se¬ria: ¿qué significa que rinda homenaje al ideal
ascético un verdadero filósofo, un espíritu realmente asentado en sí mismo como
Schopenhauer, un hombre y un caballero de broncínea mirada, que tiene el valor
de ser él mismo, que sabe estar solo y no espera a jefes de fila ni a
indicaciones ve¬nidas de arriba? –– Examinemos aquí en seguida la notable y,
para cierta especie de hombres, incluso fascinante posición de Schopenhauer
respec-to al arte; pues, evidentemente, fue sobre todo a causa de ésta por lo
que Richard Wagner se pasó a Schopenhauer (persuadido a ello por un poeta, como
es sabido, por Herwegh) 76, y esto hasta el punto de que surgió una completa
contradicción teórica entre su anterior y su posterior fe estética, ––la
primera expresada, por ejemplo, en ópera y drama, y la última, en los escritos
que publicó a partir de 1870. En especial, y esto es lo que tal vez más
sorprende, Wagner modifica sin la más míni¬ma consideración, a partir de ahora,
su juicio sobre el va¬lor y la posición de la música misma: ¡qué le importaba
el que hasta entonces hubiese hecho de ella un medio, un medium, una «mujer»,
que para florecer necesitaba abso-lutamente de una finalidad, de un hombre ––es
decir, del drama! De un golpe comprendió que se podía hacer más in majorem
musicae gloriara77 [para mayor gloria de la música] con la teoría y la
innovación de Schopenhauer, –– es decir, con la soberanía de la música, tal
como éste la en¬tendía: la música situada aparte frente a todas las demás
artes, la música como el arte independiente en sí, no ofre¬ciendo, como
aquéllas, reproducciones de la fenomenali¬dad, antes bien hablando el lenguaje
de la voluntad mis¬ma, brotando directamente del «abismo», como a revela¬ción
más propia, más originaria, más inderivada de éste. Con este extraordinario
aumento de valor de la música, que parecía brotar de la filosofía de
Schopenhauer, tam¬bién el músico mismo aumentó inauditamente de precio de un
modo repentino: a partir de ahora se convirtió en un oráculo, en un sacerdote,
e incluso más que un sacer¬dote, en una especie de portavoz del «en––sí» de las
cosas, en un teléfono del más allá ––en adelante ya no recitaba sólo músi-ca, este
ventrílocuo de Dios, ––recitaba metafísi¬ca: ¿qué puede extrañar el que un día
terminase por reci-tar ideales ascéticos?...
74.
Véase La gaya ciencia, aforismo 1 («Los maestros de la finalidad del existir»),
donde dice: «Los poetas, por ejem-plo, han sido siempre los ayudas de cámara de
alguna moral.»
75.
«Die Milch der frommen Denkart» (La leche del modo devoto de pen¬sar) es un
conocido verso de Schiller en Guiller-mo Tell (acto cuarto, escena tercera;
monólogo de Guillermo Tell mientras espera a matar a Geszler); Nietzsche lo
parodia aquí añadiendo reichsfromm (devoto del Reich).
76.
George Herwegh (1817-1875). Uno de los más ilustres poetas políticos alemanes
de la joven Alemania. Autor del himno Mann der Arbeit, aufgewacht! [¡Hombre del
trabajo, despierta!], canto de lucha del mo¬vimiento socialista. Mantuvo íntima
amistad con Wagner durante la estancia de éste en Zurich. Fue en 1854 cuando
Herwegh llamó la aten¬ción del músico sobre El mundo como voluntad y
representación, de Schopenhauer. En Mi vida (XV, 81-83) describe Wagner de modo
apasio-nado su lectura de la obra.
77.
Nietzsche parodia aquí el conocido lema jesuítico. Ad maiorem Dei gloriam [Para
mayor gloria de Dios].
6
Schopenhauer
se sirvió de la concepción kantiana del pro¬blema estético, –– aunque es del
todo cierto que no lo con¬templó con ojos kantianos. Kant pensaba que hacía un
ho¬nor al arte dando la preferencia y colocando en el primer plano, entre los
predicados de lo bello, a los predicados que constituyen la honra del
conocimiento: impersonalidad y validez universal. No es éste el sitio adecuado
para discutir si, en lo principal, no era esto un error; lo único que quiero
subrayar es que Kant, al igual que todos los filósofos, en lu¬gar de enfocar el
problema estético desde las experiencias del artista (del creador), reflexionó
sobre el arte y lo bello a partir únicamente del «espectador» y, al hacerlo,
introdujo sin darse cuenta al «especta-dor» mismo en el concepto «be¬llo».
¡Pero si al menos ese «espectador» les hubiera sido bien conocido a los
filósofos de lo bello! ––quiero decir, ¡co¬nocido como un gran hecho y una gran
experiencia perso¬nales, como una plenitud de singularísimas y poderosas
vi¬vencias, apetencias, sorpresas, embriagueces en el terreno de lo bello! Pero
me temo que ocurrió siempre lo contrario: y así, ya desde el mismo comienzo,
nos dan definiciones en las que, como ocurre en aquella famosa que Kant da de
lo bello, la ausencia de una más delicada experiencia propia se presenta con la
figura de un gordo gusano de error básico. «Es bello, dice Kant, lo que agrada
desinteresadamente»78. ¡Desinteresadamente! Compárese con esta definición
aque¬lla otra expresada por un verdadero «espectador» y artista ––Stendhal, que
llama en una ocasión a lo bello une promes¬se de bonheur 79 [una promesa de
felicidad]. Aquí queda en todo caso repudiado y elimi-nado justo aquello que
Kant destaca con exclusividad en el estado estético: le désintéres¬sement [el
desin-terés]. ¿Quién tiene razón, Kant o Stendhal? –– Aunque es cierto que
nuestros estéticos no se cansan de poner en la balanza, en favor de Kant, el
hecho de que, bajo el encanto de la belleza, es posible contem-plar
«desin¬teresadamente» incluso estatuas femeninas desnudas, se nos permitirá que
nos riamos un poco a costa suya: –– las ex¬periencias de los artistas son, con
respecto a este escabroso punto, «más interesan-tes», y Pigmalión, en todo
caso, no fue necesariamente un «hombre antiestético». ¡Pensemos tanto mejor de
la inocencia de nuestros estéticos, reflejada en tales argumentos,
consideremos, por ejemplo, como algo que honra a Kant lo que sabe enseñarnos,
con la inge¬nuidad propia de un cura de aldea, sobre la peculiari-dad de
sentido del tacto! 80. ––Y aquí volvemos a Schopenhauer, que tuvo con las artes
una vinculación completamente distinta que Kant y que, sin embargo, no se libró
del sortilegio de la definición kantiana: ¿cómo ocurrió esto? El asunto es
bas¬tante extraño: la expresión «desinteresadamente» Schopen¬hauer la
interpretó para el mismo de una manera persona¬lísima, partiendo de una
experiencia que, en él, tuvo que ser de las más normales. Sobre pocas cosas
habla Schopen¬hauer con tanta seguridad como sobre el efecto de la con¬templación
estética: le atribuye un efecto contrarrestador precisamente del «interés»
sexual, es decir, parecido al de la lulupina y el alcanfor, y nunca se cansó de
ensalzar, como la gran ventaja y utili-dad del estado estético, ese liberarse
de la «voluntad». Más aún, se podría estar tentado a preguntar si su concepción
básica de Voluntad y representación, el pensa¬miento de que tan sólo por medio
de la «repre-sentación» puede haber una liberación de la «voluntad», no tuvo su
origen en una generalización de aque-lla experiencia sexual. (Digamos de pasada
que, en todas las cuestiones referentes a la filosofía schopen-haueriana, no
debe olvidarse que se trata de la concepción de un joven de veintiséis años; de
tal manera que esa filosofía no participa sólo de lo específico de
Schopenhauer, sino también de lo específico de esa edad de la vida.) Oigamos,
por ejemplo, uno de los pasajes más ex¬presivos entre los innumerables escritos
por él a honra del estado estético (El mundo como voluntad y representación, I,
231) 81, escuchemos el tono, el sufrimiento, la felicidad, el agradecimiento
con que han sido dichas las siguientes pala¬bras. «Este es el estado indoloro
que Epicuro ensalzaba como el bien supremo y como el estado propio de los
dioses; en ese instante estamos sustraídos al ruin acoso de la volun¬tad,
celebramos el sábado del trabajo forzado del querer, la rueda de Ixión se
detiene...» ¡Qué vehemencia de las pala¬bras! ¡Qué imágenes del tormento y del
largo hastío! ¡Qué contraposición casi patológica de tiempos entre «ese
ins¬tante», por un lado, y, por otro, la «rueda de Ixión», el «tra¬bajo forzado
del querer», el «ruin acoso de la voluntad»! –– Pero supo-niendo que
Schopenhauer tuviese cien veces ra¬zón en lo que respecta a su persona, ¿qué se
habría logrado con esto para la comprensión de la esencia de lo bello?
Schopenhauer ha descrito un solo efecto de lo bello, el efec¬to calmante de la
voluntad, –– pero ¿es éste siquiera un efec¬to normal? Stendhal, como he-mos
dicho, naturaleza no me¬nos sensual, pero de constitución más feliz que
Schopen¬hauer, destaca otro efecto de lo bello: «lo bello promete la
felicidad», a él le parece que lo que de verdad acontece es precisa-mente la
excitación de la voluntad («del interés») por lo bello. ¿Y no se le podría, en
fin, objetar al mismo Scho¬penhauer que él no tiene ningún derecho a creerse
kantiano en esto, que no entendió en absoluto kantianamente la defi¬nición
kantiana de lo bello, –– que también a él lo bello le agrada por un «interés»,
incluso por el interés del torturado que escapa a su tortura?... Y volviendo a
nuestra primera pregunta, «¿qué significa que un filósofo rinda homenaje al
ideal ascético?», obtenemos aquí al menos una primera in¬dicación: quiere
escapar a una tortura. 82––
78.
Como es sabido, la definición que Nietzsche ofrece aquí se encuentra, con
palabras parecidas, en innumerables pasajes de la Crítica del jui¬cio, de Kant.
El lugar más próximo verbalmente se halla en la Observa¬ción general que
antecede a la «Deducción de los juicios estéticos» (parte primera, libro
segundo, pág. 114 de la primera edición): «Schön ist das, was... ohne alles
Interesse gefallen müsse» [Bello es lo que... tiene que agradar sin ningún
interés].
79.
La frase se encuentra en la obra Rome, Naples et Florence [Roma, Ná¬poles y
Florencia], París, 1854, libro que Nietzsche tenía en su biblio¬teca.
80.
Es dificil saber a qué pasaje o pasajes de Kant se refiere Nietzsche aquí en
concreto. Aparte de las alusiones que apare-cen en la Crítica del jui¬cio,
véase la Antropología en sentido pragmático, de Kant, parte prime¬ra, libro
primero, «Del sentido del tacto». La ironía de Nietzsche no deja de ser muy
certera.
81.
La página citada por Nietzsche es la de la edición de Frauenstädt (1873).
Corresponde al libro III (El mundo como representación, § 38).
82.
Sobre el tema de este parágrafo pueden verse las interesantísimas pá¬ginas de
Heidegger en su Nietzsche, I, págs. 127-135: Kants Lehre vom Schönen. Ihre
Missdeutung dutrch Schopenhauer und Nietzsche [Doc¬trina de Kant sobre lo
bello. Su equivocada interpretación por Scho¬penhauer y Nietzsche].
7
Guardémonos
de poner en seguida rostros lúgubres al oír la palabra «tortura»: precisamente
en este caso es bastante lo que hay que descontar, lo que hay que restar, ––
queda inclu¬so algo de qué reír. Ante todo no infravaloremos la circuns¬tancia
de que Schopenhauer, que de hecho trata como a un enemigo personal a la
sexualidad (incluido su instrumento, la mujer, ese instrumentum diaboli
[instrumento del dia¬blo] ), nece-sitaba enemigos para conservar su buen humor;
de que le gustaban las palabras furibundas, biliosas, ver-di¬negras; de que se
encolerizaba por el gusto de encolerizar¬se, por pasión; de que habría
enfermado, se habría vuelto pesimista (–– pues no lo era, aunque lo deseaba
mucho), sin sus enemigos, sin Hegel, la mujer, la sensualidad, y toda la
voluntad de existir, de quedarse. De lo contrario, Schopen¬hauer no se hu-biera
quedado, sobre esto se puede apostar, habría escapado: pero sus enemigos le
tenían sujeto, sus enemigos le seducían una y otra vez a existir, su cólera era
para él, al igual que para los cínicos de la Anti-güedad, su bálsamo, su
alivio, su recompensa, su remedium contra la náusea, su felicidad. Esto en lo
que respecta a lo más perso¬nal del caso de Schopenhauer; por otro lado, hay en
él toda¬vía algo típico, –– y aquí es donde volvemos de nuevo a nues¬tro
problema. Es indiscutible que, desde que hay filósofos en la tierra, y en todos
los lugares en que los ha habido (desde la India hasta Inglaterra, para tomar
los dos polos opuestos de la capacidad para la filosofía), existen una
auténtica irritación y un auténtico rencor de aqué-llos contra la sen¬sualidad
––Schopenhauer es tan sólo el más elocuente y, si se tiene oídos para escuchar,
también el más arrebatador y fascinante de esos desahogos––; igualmente existen
una au¬téntica parciali-dad y una auténtica predilección de los filó¬sofos por
el ideal ascético en su totalidad, esto es cosa sobre la cual y frente a la
cual no debemos hacernos ilusiones. Ambas cosas forman parte del tipo, como
hemos dicho; y si ambas faltan en un filósofo, entonces éste no pasa de ser
––estése seguro de ello–– un filósofo «por así decirlo». ¿Qué significa esto?
Pues hay que empezar por interpretar tal he¬cho: en sí está ahí ton-tamente por
toda la eternidad, como toda «cosa en sí». Todo animal, y por tanto también la
bête philoso-phe [el animal filósofo], tiende instintivamente a conseguir un
optimum de las condiciones más favorables en que poder desahogar del todo su
fuerza, y alcanza su maxi¬mum en el sentimiento de poder; todo ani-mal, de
manera asimismo instintiva, y con una finura de olfato que «está por encima de
toda razón», siente horror frente a toda espe¬cie de perturbaciones y de
impedimentos que se le inter¬pongan o puedan interponérsele en este camino
hacia el op¬timum (–– de lo que hablo no es de su camino hacia la «feli-cidad»,
sino de su camino hacia el poder, hacia la acción, hacia el más poderoso hacer,
y, de hecho, en la mayoría de los casos, su camino hacia la infelicidad). Y así
el filósofo siente horror del matrimonio y de todo aquello que pudie¬ra
persuadirle a contraerlo, –– el matrimonio como obstácu¬lo y fatalidad en su
camino hacia el optimum. ¿Qué gran fi¬lósofo ha estado casado hasta ahora?
Heráclito, Platón, Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant, Schopenhauer –– no lo
estuvieron; más aún, ni siquiera podemos imaginarlos casa¬dos. Un filósofo
casado es un personaje de comedia, ésta es mi tesis: y por lo que se refiere a
aquella excepción, Sócra¬tes, parece que el malicioso Sócrates se casó ironice
[por ironía], justamente para demos-trar está tesis. Todo filósofo diría lo
mismo que dijo Buda en una ocasión, cuando le anunciaron el naci-miento de un
hijo 83. «Me ha nacido Rá¬hula, una cadena ha sido forjada para mí» (Ráhula
significa aquí «un pequeño demonio»); a todo «espíritu libre» tendría que
llegarle una hora de reflexión, suponiendo que haya tenido antes una hora vacía
de pensamientos, como le llegó en otro tiempo al mismo Buda ––«estrecha y
oprimida, pensaba para sí, es la vida en la casa, un lugar de impureza; la
libertad está en abandonar la casa»: «tan pronto como pensó esto abandonó la
casa». En el ideal ascético están in-sinuados tantos puentes hacia la
independencia, que un filó¬sofo no puede dejar de sentir júbilo y aplaudir en
su interior al escuchar la historia de todos aquellos hombres decididos que un
día dijeron no a toda sujeción y se marcharon a un desierto cualquiera: aun
dando por supuesto que no fueran más que asnos fuertes y todo lo contrario de
un espíritu fuerte. ¿Qué significa, pues, el ideal ascético en un filósofo? Mi
respuesta ––hace tiempo que se la habrá adivinado–– es: al contemplarlo el
filósofo sonríe a un optimum de condiciones de la más alta y osada
espiritualidad, –– con ello no niega «la existencia», antes bien, en ello
afirma su existencia y sólo su existencia, y esto acaso hasta el punto de no
andarle lejos este deseo criminal: pereat mundus, fiat philosophia fiat
philoso¬phus, fiam!.. [perezca el mundo, hágase la filosofía, hágase el
filósofo, hágame yo.]
83.
La fuente de Nietzsche es en este caso el libro de H. Oldenberg, Budd¬ha. Sein
Leben, seine Lehre, seine Gemeinde [Bu-da. Su vida, su doctri¬na, su
comunidad], Berlín, 1881, que él tenía en su biblioteca.
8
¡Ya
se ve que estos filósofos no son testigos y jueces inco¬rruptos del valor del
ideal ascético! Piensan en sí mismos, –– ¡qué les importa a ellos «el santo»!
Piensan en lo que preci¬samente a ellos les resulta lo más indispensable: estar
libres de coerción, perturbación, ruido, de negocios, deberes, preocupaciones;
lucidez en la cabeza; danza, salto y vuelo de los pensamientos, un aire puro,
claro, libre, seco, como lo es el aire de las alturas, en el que todo ser
animal se vuelve más espiritual y le brotan alas; tranquilidad en todos los
subte¬rráneos; todos los perros bien atados a la cadena; ningún la¬drido de
enemistad y de hirsuto rencor; ningún roedor gu¬sano de ambición ofendida;
vísceras modestas y sumisas, diligentes cual ruedas de mo-lino, pero lejanas;
el corazón, extraño, en el más allá, futuro, póstumo, –– en definitiva, al
pensar en el ideal ascético los filósofos piensan en el jovial ascetismo de un
animal divinizado y al que le han brotado alas, y que, más que descansar sobre
la vida, vuela sobre ella. Es sabido cuáles son las tres pomposas palabras del
ideal ascético: pobreza, humildad, castidad; y ahora mírese de cerca la vida de
todos los espíritus grandes, fecundos, in¬ventivos, –– siempre se volverá a
encontrar en ella, hasta cierto grado, esas tres cosas. En modo alguno, ya se
entien¬de, como si fueran acaso sus «virtudes» ––¡qué tiene que ver con
virtudes esa especie de hombres!––, sino como las con¬diciones más propias y
más naturales de su existen-cia ópti¬ma, de su más bella fecundidad. Aquí es
del todo posible, desde luego, que su espiritualidad domi-nante haya tenido que
poner freno por lo pronto a un indomable y excitable orgullo o a una traviesa
sen-sualidad, o que a aquélla le haya costado bastante mantener en pie su
voluntad de «desierto», acaso fren-te a una inclinación al lujo y a lo más
rebuscado, y asimismo frente a una pródiga liberalidad de corazón y de mano.
Pero aquella espiritualidad lo hizo, justamente en cuanto era el instinto
dominante que imponía sus exigencias a todos los demás instintos ––y lo
continúa haciendo; si no lo hiciera, no dominaría, en efecto. Nada, pues, hay
aquí de «virtud». Por lo demás, el «desierto» de que acabo de hablar, al que se
retiran y en el que se aíslan los espíritus fuertes, de naturaleza
independiente –– ¡oh, qué aspecto tan dis-tinto ofrece del desierto con que
sueñan los doctos! ––a veces, en efecto, estos mismos, esos doctos son el
desierto. Y lo segu¬ro es que ninguno de los comediantes del espíritu resistió
en absoluto en él, –– ¡para ellos no es bastante romántico, bastante sirio, no
es bastante desierto de teatro! De todos mo¬dos, tampoco en él faltan camellos:
pero a esto se reduce toda la semejanza. Una oscuridad arbitraria, tal vez; un
evi¬tarse a sí mismo; una esquivez frente al ruido, la venera¬ción, el
periódico, la influencia; un pequeño oficio, una vida corriente, algo que, más
bien que sacar a la luz, oculte; un tratar de vez en cuando con inofensivos y
ale-gres anima¬les y pájaros, cuya visión recrea; como compañía, una mon¬taña,
pero no muerta, sino una montaña con ojos (es decir, con lagos); y aun a veces
un cuarto en una fonda abierta a todo el mundo, abarrotada, en la que uno está
seguro de ser confundido con otro y en la que puede hablar impunemen¬te con
cualquiera, –– esto es aquí «desierto»: ¡oh, es bastante solitario, creedme!
Cuando Heráclito se retiró a las tierras libres y a las columnatas del inmenso
templo de Artemisa 84 este «desierto» era más digno, lo admito; ¿por qué nos
fal¬tan hoy tales templos? (––tal vez no nos falten: acabo de acordarme de mi
más bello cuarto de estudio, la Piazza di San Marco, suponiendo que sea en
primavera, y además por la ma-ñana, las horas de 10 a 12). Pero aquello de lo
que He¬ráclito huía continúa siendo lo mismo de lo que nosotros nos apartamos
ahora: el ruido y la charlatanería de demó¬cratas de los efesios, su política,
sus novedades del Reich (de Persia, ya se entiende), su chismorrería del «hoy»,
–– pues nosotros los filósofos necesitamos sobre todo calma de una cosa: de
todo «hoy». Veneramos lo callado, lo frío, lo noble, lo le-jano, lo pasado, en
general todo aquello cuyo aspecto no obliga al alma a defenderse y a cerrarse,
––algo con lo que se pueda hablar sin elevar la voz. Escúchese el sonido que
tie¬ne un espíritu cuando habla: todo espíritu tiene su sonido, ama su sonido.
Ese de ahí, por ejemplo, tiene que ser nece¬sariamente un agitador, quiero
decir una cabeza hueca, una cazuela vacía 85: todo lo que en ella entra, sea lo
que sea, sale de allí con un sonido sordo y grueso, cargado con el eco del gran
vacío. Aquel de allí rara es la vez que no habla con voz ronca: ¿acaso se ha
puesto ronco pensando? Sería posible ––pregúntese a los fisiólogos––, pero
quien piensa en pala¬bras, piensa como orador y no como pensador (deja ver que,
en el fondo, no piensa cosas, hechos, sino que piensa sólo a propósito de
cosas, que propiamente se piensa a sí y a sus oyentes). Aquel tercero de allá
habla de manera insi¬nuante, se nos acerca demasiado, su aliento llega hasta
no-sotros, cerramos involuntariamente la boca, aunque aque¬llo a través de lo
cual nos hable sea un libro: el sonido de su estilo nos da la razón de ello, ––
no tiene tiempo, cree mal en sí mismo, o habla hoy o no hablará ya nunca. Pero
un espí¬ritu que esté seguro de sí mismo habla quedo; busca el ocul¬tamiento,
se hace esperar. A un filósofo se le reconoce en que se aparta de tres cosas
brillantes y ruidosas: la fama, los príncipes y las mujeres: con lo cual no se
ha dicho que estas cosas no vengan a él. Se recata de la luz de-masiado
intensa; por ello se recata de su época y del «día» de ésta. En esto es como
una sombra: cuanto más se hunde el sol, tanto más grande se vuelve ella. En lo
que se refiere a su «humildad», el filósofo, al igual que soporta lo oscuro,
así soporta tam¬bién una cierta dependencia y eclipsamiento: más aún, teme la
perturbación causada por el rayo, se aparta con te¬rror de la indefensión
propia de un árbol demasiado solita¬rio y abandonado, sobre el que todo mal
tiempo descarga su mal humor, y todo mal humor descarga su mal tiempo. Su
instinto «maternal», el amor secreto a aquello que en él ger¬mina, lo empuja a
situacio-nes en que se le exonere de pen¬sar en sí; en el mismo sentido en que
el instinto materno que hay en la mu-jer ha mantenido hasta ahora la situación
de dependencia de ésta en general. En última instancia, estos filósofos piden
muy poco, su divisa es «quien posee, es po¬seído» ––: y ello, tengo que
repetirlo una y otra vez, no por virtud, no por una meritoria voluntad de
sobriedad y de sencillez, sino porque su supremo señor así lo exige de ellos,
lo exige sabia e inexorablemente: él sólo tiene en cuenta una única cosa, y
únicamente para ella recoge, únicamente para ella ahorra todo lo demás, el
tiempo, la fuerza, el amor, el in¬terés. A este tipo de hombres no les gusta
ser perturbados por enemistades, y tampoco por amistades: fácilmente olvi-dan o
perdonan. Piensan que es de mal gusto hacerse los mártires; «sufrir por la
verdad» –– eso lo dejan para los ambi¬ciosos y para los héroes de escenario del
espíritu y para todo el que tenga tiempo de sobra ( –– ellos mismos, los
filósofos, tienen algo que hacer por la verdad). Hacen escaso uso de grandes
palabras; se dice que la misma palabra «verdad» les repugna: suena demasiado
ampulosamente... Por fin, en lo que se refiere a la castidad de los filósofos,
esta especie de es¬píritus tiene evidentemente su fecundidad en algo distinto
de los hijos; acaso está en otro lugar también la pervivencia de su nombre, su
pequeña inmortali-dad (en la antigua India los fi¬lósofos se expresaban de
manera más inmodesta aún, «¿para qué ha de tener descendientes aquel cuya alma
es el mun¬do?»). No hay en esto nada de una castidad nacida de algún escrúpulo
ascético o de odio contra los sentidos, de igual ma¬nera que no es castidad el
que un atleta o un jockey se absten¬gan de las mujeres: antes bien, así lo
quiere, al menos para los tiempos del gran em-barazo, su instinto dominante.
Todo ar¬tista sabe que, en estados de gran tensión y preparación espi¬ritual,
el dormir con mujeres produce un efecto muy nocivo; los más poderosos entre
ellos, los de instintos más seguros, no necesitan, para saberlo, hacer la
experiencia, la mala expe¬riencia, ––sino que es cabalmente su instinto
«maternal» el que aquí dispone sin consideración alguna, en provecho de la obra
en gestación, de todas las demás reservas y aflujos de fuerza, del vigor de la
vida animal: la fuerza mayor consume enton-ces a la fuerza menor. ––Por lo
demás, explíquese el caso antes mencionado de Schopenhauer según esta
interpreta¬ción: la visión de lo bello actuaba en él evidentemente como
estímulo liberador sobre la fuerza principal de su naturaleza (la fuerza de la
reflexión y de la mirada penetrante); de tal manera que enton-ces ésta
explotaba y de un golpe se enseño¬reaba de la conciencia. Con esto no se
pretende excluir en ab-soluto la posibilidad de que aquella peculiar dulzura y
pleni¬tud propias del estado estético tengan acaso su origen preci¬samente en
el ingrediente «sensualidad» (de igual manera que es de esa fuente de donde
brota aquel «idealismo» que es propio de las muchachas casaderas) ––y, por
tanto, la sensua¬lidad no queda eliminada cuando aparece el estado estético,
como creía Schopenhauer, sino que únicamente se transfigu-ra y no penetra en la
conciencia ya como estímulo sexual. (Sobre este punto de vista volveré otra
vez, en conexión con problemas más delicados de la fisiología de la estética,
ciencia tan intacta, tan poco explo-rada hasta hoy.)
84.
Nietzsche alude a la noticia dada por Diógenes Laercio en su vida de Heráclito:
«Y retirándose al templo de Artemisa, jugaba a los dados con los muchachos».
85.
Nietzsche juega en alemán con las palabras, tan parecidas, Hohlkopf (cabeza
vacía), Hohltopf (cazuela vacía).
9
Como
hemos visto, un cierto ascetismo, una dura y sere¬na renuncia hecha del mejor
grado, se cuentan entre las condiciones más favorables de la espiritualidad
altísima y también entre las consecuencias más naturales de ésta; por ello, de
antemano no extrañará que el ideal ascético haya sido tratado siempre con una
cierta parcialidad a su favor precisamente por los filósofos. En un examen
histórico se¬rio se pone incluso de manifiesto que el vínculo entre ideal
ascético y filosofía es aún mucho más estrecho y riguroso. Podría decirse que
sólo apoyándose en los andadores de ese ideal es como la filosofía aprendió en
absolu-to a dar sus pri¬meros pasos y pasitos en la tierra ––¡ay, tan torpe
aún, ay, con cara tan descontenta, ay, tan pronta a caerse y a quedar tendida
sobre el vientre, esta pequeña y tímida personilla mimosa, de torci-das
piernas! A la filosofía le ocurrió al principio lo mismo que a todas las cosas
buenas, durante mucho tiempo éstas no tuvieron el valor de afirmarse a sí
mismas, miraban en torno suyo por si alguien quería venir en su ayuda, más aún,
tenían miedo de todos los que las mi¬raban. Enumérense una a una todas las
pulsiones y virtudes del filósofo ––su pulsión dubitativa, su pulsión negadora,
su pulsión expectativa («eféctica») 86, su pulsión analítica, su pulsión
investigadora, indagadora, atrevida, su pulsión comparativa, compensadora, su
voluntad de neutralidad y objetividad, su voluntad de actuar siempre sine ira
et stu¬dio 87[sin ira ni parcialidad] ––: tse ha comprendido ya bien que todas
esas pulsiones salieron, durante larguí-simo tiem¬po, al encuentro de las
primeras exigencias de la moral y de la conciencia? (para no decir nada de la
razón en cuanto tal, a la que todavía Lutero gustaba de llamar Señora Sabia, la
sabia prostituta). ¿Se ha comprendido ya bien que un filóso¬fo, si hubiera
cobrado conciencia de sí, habría tenido que sentirse precisamente como la
encarnación del nitimur in vetitum 88[nos lanzamos hacia lo vedado] ––y, en
conse-cuen¬cia, se guardaba de «sentirse a sí mismo», de cobrar conciencia de
sí? Como hemos dicho, esto es lo que ocurre con todas las cosas buenas de que
hoy estamos orgullosos; incluso medido con el metro de los antiguos griegos,
todo nuestro ser moderno, en cuanto no es debilidad, sino poder y consciencia
de poder, se presenta como pura hybris [orgu¬llo sacrílego] e impiedad: pues
justo las cosas opuestas a las que hoy nosotros veneramos son las que durante
un tiempo larguísimo, han tenido la conciencia a su favor y a Dios como su
custodio. Hybris es hoy toda nuestra actitud con respecto a la naturaleza,
nuestra violenta-ción de la misma con ayuda de las máquinas y de la tan
irreflexiva inventiva de los técnicos e ingenieros; hybris es hoy nuestra
actitud con respecto a Dios, quiero decir, con respecto a cualquier presunta
tela de araña de la finalidad y la eticidad situadas por detrás del gran
tejido––red de la causalidad –– nosotros podríamos decir, como decía Carlos el
Temerario en su lu¬cha con Luis XI, je combats funiverselle araig-née [yo lucho
contra la araña universal] ––; hybris es nuestra actitud con respecto a
nosotros, –– pues con nosotros hacemos experi¬mentos que no nos permitiríamos
con ningún animal, y, sa¬tisfechos y curiosos, nos sajamos el alma en carne
viva: ¡qué nos importa ya a nosotros la «salud» del alma! A continua¬ción nos
curamos a nosotros mismos: estar enfermo es ins¬tructivo, no dudamos de ello,
más instructivo aún que estar sano, –– quienes nos ponen enfermos nos parecen
hoy más ne¬cesarios incluso que cualesquiera curanderos y «salvadores».
Nosotros nos violentamos ahora a nosotros mismos, no hay duda, nosotros
cascanueces del alma, nosotros problematiza¬dores y problemáticos, como si la
vida no fuese otra cosa que cascar nueces, justo por ello, cada día tenemos que
vol¬vernos, por necesidad, más problemáticos aún, más dignos de problematizar,
¿y justamente por ello, tal vez, más dignos también ––de vivir?... Todas las
cosas buenas fueron en otro tiempo cosas malas; todo pecado original se ha
convertido en una virtud original. El matrimonio, por ejemplo, pareció durante
mucho tiempo una prevaricación contra el derecho de comunidad; en otro tiempo
se pagaba una sanción por ser tan inmodesto y adjudicarse una mujer para sí
(con esto está relacionado, por ejemplo, el jus primae noctis [derecho de la
primera noche], que todavía hoy es en Camboya un privilegio de los sacerdotes,
esos guardianes de «las buenas costumbres de otros tiempos»). Los sentimientos
dulces, benévolos, indulgentes, compasivos ––los cuales alcanzaron más tarde un
valor tan alto que casi son «los valores en sí»––, tuvieron en contra suya,
durante larguísimo tiempo, preci¬samente el autodesprecio: el hombre se
avergonzaba de la mansedumbre, como hoy se avergüenza de la dureza (véase Más
allá del bien y del mal) 89. La sumisión al derecho: ¡oh, cómo se resistió la
con-ciencia de las razas nobles, en todos los lugares de la tierra, a renunciar
por su parte a la vendet¬ta [vengan-za] y a ceder la potestad a un derecho
situado por encima de ellas! El «derecho» fue durante largo tiempo un vetitum
90[prohibición], un delito, una innovación, apareció con violencia, como
violencia a la que el hombre se sometió sólo con vergüenza de sí mismo. Todo
paso, aun el más pe¬queño, dado en la tierra fue conquistado en otro tiempo con
suplicios espirituales y corporales: este total punto de vista, «el de que no
sólo el avanzar, ¡no!, el simple caminar, el moverse, el cambio han necesitado
sus innumerables mártires», nos suena, precisamente hoy, muy extraño, –– yo lo
he puesto de relieve en Aurora, págs. 17 y siguientes 91. «Nada ha sido
comprado a un precio tan caro, se dice allí, como el poco de razón humana y de
senti-miento de libertad que ahora constituye nuestro orgullo. Pero este
orgullo es el que hace que ahora casi nos resulte imposible experimentar los
mismos sentimientos que tuvieron aquellos gigantescos períodos de tiempo de la
‘eticidad de la costumbre’ anterio¬res a la ‘historia universal’ y que son la
auténtica y decisiva historia primordial, que ha fijado el carácter de la
humani¬dad: ¡cuando en todas partes se consideraba el sufrimiento como virtud,
la crueldad como virtud, el disimulo como virtud, la venganza como virtud, la
negación de la razón como virtud, y, en cambio, el bienestar como peligro, el
de¬seo de saber como peligro, la paz como peligro, el compade¬cer como peligro,
el ser compadecido como ultraje, la muta¬ción como lo no––ético y cargado de
corrupción!» ––
86.
La palabra «eféctico», varias veces empleada por Nietzsche a conti¬nuación,
significa «inhibitorio», «retentivo».
87.
Es, como se sabe, el lema de Tácito (Anales, I, 1) al escribir historia.
88.
Expresión de Ovidio (3 Amores, 4, 17), repetida por Nietzsche en otros muchos
lugares. El contexto en Ovidio es: Nitimur in vetitum semper cupimusque regata;
sic interdictis imminet aeger aquis [Nos lanzamos siempre hacia lo prohibido y
deseamos lo que se nos niega; así el enfermo acecha las aguas prohibidas]. Para
Nietzsche llegó a ser casi un lema.
89.
Edición citada.
90.
Véase antes nota 83.
91.
Es el aforismo 18 («La moral del sufrimiento voluntario»).
10
En
el mismo libro, pág. 39 92, se explica en qué estima, bajo qué presión
estimativa hubo de vivir la más antigua estirpe de hombres contemplativos, ––
¡despreciada en la misma medida en que no era temida! La contemplación apareció
por vez primera en la tierra bajo una figura disfrazada, bajo una apariencia
am-bigua, con un corazón malvado y, a me¬nudo, con una cabeza angustiada: de
esto no hay duda. La condi-ción inactiva, meditadora, no––guerrera, de los
instin¬tos de los hombres contemplativos provocó a su alrededor durante mucho
tiempo una profunda desconfianza: contra ésta no había otro recurso que
inspi-rar decididamente mie¬do de uno mismo. ¡Y esto supieron hacerlo, por
ejemplo, los antiguos brahmanes! Los más antiguos filósofos supieron dar a su
existir y a su aparecer un sentido, un apoyo y un trasfondo, en razón de los
cuales se aprendió a temerlos; y, sopesando las cosas con más exactitud,
hicieron aquello por una imperiosa necesidad más fundamental aún, a saber, para
cobrar ellos miedo y respeto a sí mis-mos. Pues encon¬traban que todos los
juicios de valor existentes en su interior estaban vueltos en contra suya,
tenían que vencer todo tipo de sospechas y de resistencias contra «el filósofo
en sí». Como hombres de épocas terribles que eran, hicieron esto con medios
terribles: la crueldad consigo mismos, la auto-mortificación rica en
invenciones ––tal fue el principal recur¬so de estos eremitas y de estos
innovadores del pensar an¬siosos de poder, los cuales tenían necesidad de
violentar primero dentro de sí los dioses y las tradiciones, para poder creer
ellos mismos en su innovación. Recuerdo la famosa historia del rey Viçvami-tra
93, que, a base de autotorturarse durante milenios, adquirió tal sentimiento de
poder y tal confianza en sí, que se dispuso a construir un nuevo cielo: el
inquietante símbolo de la más antigua y moderna historia de los filósofos en la
tierra, –– todo el que alguna vez ha construido un «nuevo cielo» encontró antes
el poder para ello en su propio infierno... Resumamos todos estos hechos en
fórmulas breves: al principio el espíritu filosófico tuvo siempre que
disfrazarse y enmascararse en los tipos antes señalados del hombre
contemplativo, disfrazarse de sacerdo¬te, mago, adivino, de hombre religioso en
todo caso, para ser siquie-ra posible en cierta medida: el ideal ascético le ha
servido durante mucho tiempo al filósofo como forma de presentación, como
presupuesto de su existencia, –– tuvo que representar ese ideal para poder ser
filó-sofo, tuvo que creer en él para poder representarlo. La actitud apartada
de los filósofos, actitud peculiar-mente negadora del mundo, hostil a la vida,
incrédula con respecto a los sentidos, desen¬sualizada, que ha sido mantenida
hasta la época más re¬ciente y que por ello casi ha valido como la actitud
filosófica en sí, esa actitud es sobre todo una consecuencia de la pre¬cariedad
de condiciones en que la filosofía nació y existió en general: pues, en efecto,
durante un período larguísimo de tiempo la filosofía no hubiera sido en
absoluto posible en la tierra sin una cobertura y un disfraz ascéticos, sin una
au¬totergiversación ascética. Dicho de manera palpable y ma¬nifiesta: el
sacerdote ascético ha constituido, hasta la época más reciente, la repugnante y
sombría forma larvaria, úni¬ca bajo la cual le fue permitido a la filosofía
vivir y andar ro-dando de un sitio para otro... ¿Se ha modificado realmente
esto? Ese policromo y peligroso insecto, ese «espíritu» que aquella larva
encerraba dentro de sí, ¿ha terminado realmen¬te por quedar liberado de su
envoltorio y ha podido salir a la luz, gracias a un mundo más soleado, más
cálido, más lumi¬noso? ¿Existe ya hoy suficiente orgullo, osadía, valentía,
segu¬ridad en sí mismo, voluntad del espíritu, voluntad de res-pon¬sabilidad,
libertad de la voluntad, como para que en adelante «el filósofo» sea realmente
–– posible en la tierra?...
92.
Aforismo 42 («Procedencia de la vida contemplativa»).
93.
Véase Aurora, aforismo 113 («La aspiración a distinguirse»), donde Nietzsche se
refiere también a este rey. Figura en el libro 5 del Rama¬yana, y la tradición
le atribuye el libro III del Rigveda.
11
Y
ahora, tras haber avistado al sacerdote ascético vayamos en serio al cuerpo de
nuestro problema: ¿que significa el ideal ascético?, ––sólo ahora se ponen
«serias» las cosas: en adelante tendremos frente a noso-tros al auténtico
represen¬tante de la seriedad en cuanto tal. «¿Qué significa toda serie¬dad?»
––esta pre-gunta, más radical aún, se asoma quizá ya aquí a nuestros labios:
una pregunta para fisiólogos, como es obvio, mas por el momento vamos a dejarla
de lado. El sa¬cerdote ascético tiene en aquel ideal no sólo su fe, sino
tam¬bién su voluntad, su poder, su interés. Su derecho a existir depende en
todo de aquel ideal: ¿cómo extrañarnos de tro¬pezar aquí con un adversario
terrible, suponiendo que no¬sotros seamos los ad-versarios de aquel ideal? ¿Un
adversario terrible, que lucha por su existencia contra los negadores de tal
ideal?... Por otro lado, de antemano resulta improbable que una actitud tan
interesada con respecto a nuestro pro¬blema vaya a ser especialmente provechosa
para éste: es di¬fícil que el sacerdote ascético sea, él mismo, el defensor más
afortunado de su ideal, por la misma razón por la que una mujer suele fracasar
cuando pretende defender a «la mujer en sí», –– y mucho menos podrá ser el
censor y el juez más objetivo de la controversia aquí suscitada. Así, pues, más
bien seremos nosotros los que tendremos que ayudarle a él ––esto está ya claro
ahora–– a defenderse bien contra noso¬tros, en lugar de temer ser refutados
dema-siado bien por él... El pensamiento en torno al que aquí se batalla es la
va¬loración de nuestra vida por parte de los sacerdotes ascéti¬cos: esta vida
(junto con todo lo que a ella pertenece, «natu¬raleza», «mundo», la esfera
entera del devenir y de la cadu¬cidad) es puesta por ellos en relación con una
existencia comple-tamente distinta, de la cual es antitética y excluyen¬te, a
menos que se vuelva en contra de sí misma, que se nie¬gue a sí misma: en este
caso, el caso de una vida ascética, la vida es considerada como un puente hacia
aquella otra existencia. El asceta trata la vida como un camino errado, que se
acaba por tener que desan-dar hasta el punto en que comienza; o como un error,
al que se le refuta ––se le debe re¬futar–– mediante la acción: pues ese error
exige que se le siga, e impone, donde puede, su valoración de la existencia.
¿Qué significa esto? Tal espantosa manera de valorar no está inscrita en la
historia del hombre como un caso de ex¬cepción y una rareza: es uno de los
hechos más extendidos y más duraderos que existen. Leída desde una lejana cons¬telación,
tal vez la escritura mayúscula de nuestra existencia terrena induciría a
concluir que la tierra es el astro auténti¬camente ascético, un rincón lleno de
criaturas descontentas, presuntuosas y repugnantes, totalmente incapaces de
libe¬rarse de un profundo hastío de sí mismas, de la tierra, de toda vida, y
que se causan todo el daño que pueden, por el placer de causar daño: ––
probablemente su único placer. Consideremos la manera tan regular, tan
universal, con que en casi todas las épocas hace su apari-ción el sacerdote
ascé¬tico; no pertenece a ninguna raza determinada; florece en todas partes;
brota de todos los estamentos. No es que aca¬so haya cultivado y propagado por
herencia su manera de valorar: ocurre lo contrario, ––un instinto profundo le
veta, antes bien, hablando en general, el propagarse por genera¬ción. Tiene que
ser una necesidad de primer rango la que una y otra vez hace crecer y prosperar
esta especie hostil a la vida, –– tiene que ser, sin duda, un interés de la
vida misma el que tal tipo de autocon-tradicción no se extinga. Pues una vida
ascética es una autocontradicción: en ella domina un resentimien-to sin igual,
el resentimiento de un insaciado instinto y voluntad de poder que quisiera
enseñorearse, no de algo existente en la vida, sino de la vida misma, de sus
más hondas, fuertes, radicales condiciones; en ella se hace un intento de
emplear la fuerza para cegar las fuentes de la fuerza; en ella la mirada se
vuelve, rencorosa y pérfida, con¬tra el mismo florecimiento fisiológico, y en
especial contra la expresión de éste, contra la belleza, la alegría; en cambio,
se experimenta y se busca un bienestar en el fracaso, la atro¬fia, el dolor, la
desventura, lo feo, en la mengua arbitraria, en la negación de sí, en la
autoflagelación, en el auto-sacrificio. Todo esto es paradójico en grado sumo:
aquí nos encontra¬mos ante una escisión que se quiere escindida, que se goza a
sí misma en ese sufrimiento y que se vuelve incluso siempre más segura de sí y
más triunfante a medida que disminuye su propio presupuesto, la vitalidad
fisiológica. «El triunfo cabal-mente en la última agonía»: bajo este signo
superlati¬vo ha luchado desde siempre el ideal ascético; en este enig¬ma de
seducción, en esta imagen de éxtasis y de tormento ha reconocido su luz más
clara, su salva-ción, su victoria defini¬tiva. Crux, nux, lux [cruz, nuez, luz]
–– en él son una sola cosa. ––
12
Suponiendo
que tal encarnación de la voluntad de contra¬dicción y de antinaturaleza sea
llevada a filoso-far. ¿sobre qué desahogará su más íntima arbitrariedad? Sobre
aquello que es sentido, de manera segurí-sima, como verdadero, como real:
buscará el error precisamente allí donde el autén¬tico instinto de vida coloca
la verdad de la manera más in¬condicional. Por ejemplo, rebajará la
corporalidad, como hicieron los ascetas de la filosofía del Vedanta, a la
categoría de una ilusión, y lo mismo hará con el dolor, con la plu-rali¬dad,
con toda la antítesis conceptual «sujeto» y «objeto» –– ¡errores, nada más que
errores! Denegar la fe a su yo, negar¬se a sí mismo su «realidad» ––¡qué
triunfo!––, triunfo no ya meramente sobre los senti-dos, sobre la apariencia
visual, sino una especie muy superior de triunfo, una violentación y una
crueldad contra la razón: semejante voluptuosidad llega a su cumbre cuando el
autodesprecio ascético, el autoes-carnio ascético de la razón, decreta lo
siguiente: «existe un reino de la verdad y del ser, pero ¡justo la razón está
ex¬cluida de él! ...» (Dicho de pasada: incluso en el concepto kantiano de
«carácter inteligible de las cosas» ha sobrevivi¬do algo de esa lasciva
escisión de ascetas, a la que le gusta volver la razón en contra de la razón:
«carácter inteligible» significa, en efecto, en Kant un modo de constitución de
las cosas del cual el intelecto comprende precisamente que para él ––resulta
total y absolutamente incomprensible.) –– Pero, en fin, no seamos, precisamente
en cuanto seres cog¬noscentes, ingratos con tales violentas inversiones de las
perspectivas y valoraciones usuales, con las cuales, durante demasiado tiempo,
el espíritu ha desfoga-do su furor contra sí mismo de un modo al parecer
sacrílego e inútil: ver algu¬na vez las cosas de otro mo-do, querer verlas de
otro modo, es una no pequeña disciplina y preparación del intelecto para su
futura «objetividad», –– entendida esta última no como «contemplación
desinteresada» (que, como tal, es un no––concepto y un contrasentido), sino
como la facultad de tener nuestro pro y nuestro contra sujetos a nuestro
dominio y de poder separarlos y juntarlos: de modo que sepamos utilizar en
provecho del conoci-miento cabalmente la diver¬sidad de las perspectivas y de
las interpretaciones nacidas de los afectos. A partir de ahora, señores
filósofos, guardémo¬nos mejor, por tanto, de la peligrosa y vieja patraña
concep-tual que ha creado un «sujeto puro del conocimiento, suje¬to ajeno a la
voluntad, al dolor, al tiempo», guardémonos de los tentáculos de conceptos
contradictorios, tales como «razón pura», «espiritualidad absoluta»,
«conocimiento en sí»: –– aquí se nos pide siempre pensar un ojo que de ningu¬na
manera puede ser pensado, un ojo carente en absoluto de toda orientación, en el
cual debieran estar entorpecidas y au-sentes las fuerzas activas e
interpretativas, que son, sin em¬bargo, las que hacen que ver sea ver––algo,
aquí se nos pide siempre, por tanto, un contrasentido y un no––concepto de ojo.
Existe únicamente un ver perspectivista, únicamente un «conocer»
perspectivista; y cuanto mayor sea el número de afectos a los que permitamos
decir su palabra sobre una cosa, cuanto mayor sea el número de ojos, de ojos
distintos que se-pamos emplear para ver una misma cosa, tanto más comple¬to
será nuestro «concepto» de ella, tanto más completa será nuestra «objetividad».
Pero eliminar en absoluto la voluntad, dejar en suspenso la totalidad de los
afectos, suponiendo que pudiéramos hacerlo: ¿cómo?, ¿es que no significaría eso
cas¬trar el intelec-to?...
13
Pero
volvamos atrás. Una autocontradicción como la que parece manifestarse en el
asceta, «vida contra vida», es ––esto se halla claro por lo pronto––,
considerada fisiológica y ya no psicológicamente, un puro sinsentido. Esa
autocon¬tradicción no puede ser más que aparente; tiene que ser una especie de
expresión provisional, una interpretación, una fórmula, un arreglo, un
malentendido psicológico de algo cuya autén-tica naturaleza no pudo ser
entendida, no pudo ser designada en sí durante mucho tiempo, –– una mera
pa¬labra, encajada en una vieja brecha del conocimiento hu¬mano. Y para
contraponer a ella brevemente la realidad de los hechos, digamos: el ideal
ascético nace del instinto de protección y de salud de una vida que degenera,
la cual pro¬cura conservarse con todos los medios, y lucha por conser¬varse; es
indicio de una paralización y extenuación fisioló¬gica parciales, contra las
cuales combaten constantemente, con nuevos medios e invenciones, los instintos
más profun¬dos de la vida, que permanecen intactos. El ideal ascético es ese
medio: ocurre, por tanto, lo contrario de lo que piensan sus adoradores, –– en
él y a través de él la vida lucha con la muerte y contra la muerte, el ideal
ascético es una estratage¬ma en la conserva-ción de la vida. En el hecho de que
ese mismo ideal haya podido dominar sobre el hombre y ense¬ñorearse de él en la
medida que nos enseña la historia, espe¬cialmente en todos aquellos lugares en
que triunfaron la ci¬vilización y la domesticación del hombre, se expresa una gran
realidad, la condición enfermiza del tipo de hombre habido hasta ahora, al
menos del hombre domesticado, se expresa la lucha fisiológica del hombre con la
muerte (más exactamente: con el hastío de la vida, con el cansancio, con el
deseo del «fi-nal»). El sacerdote ascético es la encarnación del deseo de
ser––de––otro––modo, de estar––en––otro––lugar, es en verdad el grado sumo de
ese deseo, la auténtica vehe¬mencia y pasión del mismo; pero justo el poder de
su desear es el grillete que aquí lo ata, justo con ello el sacerdote ascé¬tico
se convierte en el ins-trumento cuya obligación es traba¬jar a fin de crear
condiciones más favorables para el ser¬aquí y ser––hombre, justo con este poder
el sacerdote ascéti¬co mantiene sujeto a la existencia a todo el rebaño de los
mal constituidos, destemplados, frustrados, lisiados, pacientes¬de––sí de toda
índole, yendo instintivamen-te delante de ellos como pastor. Ya se me entiende:
este sacerdote ascético, este presunto enemigo de la vida, este negador, ––
precisamente él pertenece a las grandes potencias conservadoras y creadoras de
síes de la vida... ¿De qué depende aquella condición en¬fermiza? Pues el hombre
está más enfermo, es más insegu¬ro, más alterable, más indeterminado que ningún
otro ani¬mal, no hay duda de ello, –– él es el ani-mal enfermo: ¿de dón¬de
procede esto? Es verdad que también él ha osado, innovado, desafiado,
afronta-do el destino más que todos los demás animales juntos: él, el gran
experimentador con¬sigo mismo, el insa-tisfecho, insaciado, el que disputa el
do¬minio último a animales, naturaleza y dioses, –– él, el siem¬pre in-victo
todavía, el eternamente futuro, el que no en¬cuentra ya reposo alguno ante su
propia fuerza acosan-te, de modo que su futuro le roe implacablemente, como un
agui¬jón en la carne de todo presente: –– ¿có-mo este valiente y rico animal no
iba a ser también el más expuesto al peligro, el más duradero y honda-mente
enfermo entre todos los animales enfermos?... Muy a menudo el hombre se harta,
hay epide¬mias enteras de ese estar––harto (–– así, hacia 1348, en la época de
la danza de la muerte): pero aun esa náu-sea, ese cansancio, ese hastío de sí
mismo –– todo aparece tan poderoso en él, que en seguida vuelve a convertirse
en un nuevo grillete. El no que el hombre dice a la vida saca a la luz, como
por arte de magia, una muchedumbre de síes más delicados; más aún, cuando se
produce una herida a sí mismo este maes-tro de la destrucción, de la
autodestrucción, –– a continuación es la herida misma la que le constriñe a
vivir...
14
Sí,
pues, la condición enfermiza es normal en el hombre ––y no podemos poner en
entredicho esa norma-lidad––, tanto más altamente se debería honrar a los pocos
casos de poten¬cialidad anímico––corporal, los casos afortunados del hom¬bre,
tanto más rigurosamente se debería preservar a los hombres bien constitui-dos
del peor aire que existe, el aire de los enfermos. ¿Se hace esto? Los enfermos
son el máximo peligro para los sanos; no de los más fuertes les viene la
des¬gracia a los fuertes, sino de los más débiles. ¿Se sabe esto?... Hablando a
grandes rasgos, no es, en modo alguno, el temor al hombre aquello cuya
disminución nos sea lícito desear: pues ese temor constriñe a los fuertes a ser
fuertes y, a veces, terribles, –– mantiene en pie el tipo bien constituido de
hom¬bre. Lo que hay que temer, lo que produce efectos más fatales que ninguna
otra fatalidad, no sería el gran miedo, sino la gran náusea frente al hombre; y
también la gran compa¬sión por el hombre. Suponiendo que un día ambas se
mari¬dasen, entraría inmediatamente en el mundo, de modo ine¬vitable, algo del
todo siniestro, la «última voluntad» del hombre, su voluntad de la nada, el
nihilismo. Y, en realidad, para esto hay mucho preparado. Quien para husmear
tiene no sólo su nariz, sino también sus ojos y sus oídos, ventea en casi todos
los lugares a que hoy se acerca algo como un aire de manicomio, como un aire de
hospital, –– hablo, como es obvio, de las áreas de cultura del hombre, de toda
especie «Europa» que poco a poco se extiende por la tierra. Los en¬fermizos son
el gran peligro del hombre: no los malvados, no los «animales de presa». Los de
antemano lisiados, vencidos, destrozados ––son ellos, son los más débiles
quienes más so¬cavan la vida entre los hombres, quienes más peligrosa¬mente envenenan
y ponen en entredicho nuestra confianza en la vida, en el hombre, en nosotros.
¿En qué lugar se po¬dría escapar a ella, a esa mirada velada, que nos inspira
una profunda tristeza, a esa mirada vuelta hacia atrás, propia de quien desde
el comienzo es un engendro, mirada que dela¬ta el modo en que tal hombre se
habla a sí mismo, –– a esa mi¬rada que es un sollozo? «¡Ojalá fuera yo otro
cualquiera!, así solloza esa mirada: pero no hay ninguna esperanza. Soy el que
soy: ¿cómo podría escaparme de mí mis-mo? Y, sin em¬bargo, ––¡estoy harto de
mí! ...» En este terreno del autodes¬precio, auténtico terreno cenago-so, crece
toda mala hierba, toda planta venenosa, y todo ello muy pequeño, muy
es¬condido, muy honesto, muy dulzón. Aquí pululan los gusa¬nos de los
sentimientos de venganza y rencor; aquí el aire apesta a cosas secretas e
inconfesables; aquí se teje perma¬nentemente la red de la más malévola conjura,
–– la conjura de los que sufren contra los bien constituidos y victoriosos,
aquí el aspecto del victorioso es odia-do. ¡Y cuánta mendaci¬dad para no
reconocer que ese odio es odio! ¡Qué derroche de grandes palabras y actitudes
afectadas, qué arte de la di¬famación justificada! Esas gentes mal
constituidas: ¡qué no¬ble elo-cuencia brota de sus labios! ¡Cuánta azucarada,
visco¬sa, humilde entrega flota en sus ojos! ¿Qué quieren propia¬mente?
Representar al menos la justicia, el amor, la sabiduría, la superioridad ––¡tal
es la ambición de esos «ínfi¬mos», de esos enfermos! ¡Y qué hábiles los vuelve
esa ambi¬ción! Admiremos sobre todo la habilidad de falsificadores de moneda
con que aquí se imita el cuño de la virtud, inclu¬so el tintineo, el áureo
sonido de la virtud. Ahora han arrendado la virtud en exclusiva para ellos,
esos débiles y enfermos incurables, no hay duda: «sólo nosotros somos los
buenos, los justos, dicen, sólo nosotros somos los homi-nes bonae voluntatis
94[hombres de buena voluntad] ». An¬dan dando vueltas en medio de nosotros cual
reproches vi¬vientes, cual advertencias dirigidas a nosotros, ––como si la
buena constitución, la fortaleza, el orgullo, el sentimiento de poder fueran en
sí ya cosas viciosas: cosas que haya que ex¬piar alguna vez, expiar
amargamente: ¡oh, cómo ellos mis¬mos están en el fondo dispuestos a hacer
expiar, cómo están ansiosos de ser verdugos! Entre ellos hay a montones los
vengativos disfrazados de jueces, que constan-temente lle¬van en su boca la
palabra «justicia» como una baba veneno¬sa, que tienen siempre los labios
fruncidos y están siempre dispuestos a escupir a todo aquello que no tenga una
mira¬da descontenta y que avance con buen ánimo por su cami¬no. No falta
tampoco entre ellos esa nauseabunda especie de los vanidosos, de los engendros
embusteros, que aspiran a hacer el papel de «almas bellas» y, por ejemplo, exhiben
en el mercado, como «pureza del corazón», su estropeada sen¬sualidad, envuelta
en versos y otros pañales: la especie de los onanistas morales y de los que «se
satisfacen a sí mismos». La voluntad de los enfermos de representar una forma
cualquiera de superioridad, su instinto para encontrar caminos tortuo-sos que
conduzcan a una tiranía sobre los sanos, –– ¡en qué lugar no se encuentra esa
voluntad de poder preci¬samente de los más débiles! Sobre todo la mujer
enferma: nadie la supera en refinamiento para do-minar, para opri¬mir, para
tiranizar. La mujer enferma no respeta, para con¬seguir ese fin, nada vivo,
nada muerto, vuelve a desenterrar las cosas más enterradas (los bogos dicen:
«La mujer es una hiena»). Échese una mirada a los trasfondos de cada fa¬milia,
de cada corporación, de cada comunidad: en todas partes la lucha de los
enfermos contra los sanos, –– una lu¬cha silenciosa, hecha casi siempre con
pequeños polvos ve¬nenosos, con alfilerazos, con alevosas pantomimas de
re¬signados, pero a veces también con aquel fari-seísmo de en¬fermo que acude a
los gestos estrepitosos, fariseísmo que ama representar ante todo «la noble
indignación». Hasta en los sacrosantos terrenos de la ciencia querría hacerse
oír el ronco ladrido de indignación de los perros enfermizos, la mendacidad y
la furia mordaces de tales «nobles» fariseos ( –– a los lectores que tengan
oídos vuelvo a recordarles aquel apóstol berlinés de la venganza, Eugen
Dühring, que en la Alemania actual hace el más indecoroso y repugnante uso del
bum-bum moral: Dühring, el pri-mer bocazas de la mo¬ral que hoy existe, incluso
entre sus iguales, los antisemi¬tas) 95. Hombres del resenti-miento son todos
ellos, esos seres fisiológicamente lisiados y carcomidos, todo un tembloro¬so
imperio terreno de venganza subterránea, inagotable, insaciable en estallidos
contra los afortunados e, igualmen¬te, en mascaradas de la venganza, en
pretextos para la ven¬ganza: ¿cuándo alcanzarían propiamente su más sublime, su
más sutil y último triunfo de la venganza? Indudablemente, cuando lograsen
introducir en la conciencia de los afortuna¬dos su propia miseria, toda miseria
en general: de tal mane¬ra que éstos empeza-sen un día a avergonzarse de su
felicidad y se dijesen tal vez unos a otros: «¡es una ignominia ser fe¬liz!,
¡hay tanta miseriaL..» Pero no podría haber malenten¬dido mayor y más nefasto
que el consistente en que los afor¬tunados, los bien constituidos, los
poderosos de cuerpo y de alma, comenzasen a dudar así de su derecho a la
felicidad. ¡Fuera ese «mundo puesto del revés»! ¡Fuera ese ignomi¬nioso
reblandecimiento del sentimiento! Que los enfermos no pongan enfermos a los
sanos ––y esto es lo que significa¬ría tal reblande-cimiento–– debería ser el
supremo punto de vista en la tierra: –– mas para ello se necesita, antes que
nada, que los sanos permanezcan separados de los enfermos, guar¬dados incluso
de la visión de los enfermos, para que no se confundan con éstos. ¿0 acaso su
misión consistiría en ser enfermeros o médicos?... Mas ésta sería la peor manera
de desconocer y negar su tarea, –– ¡lo superior no debe degradar¬se a ser el
ins-trumento de lo inferior, el pathos de la distancia debe mantener separadas
también, por toda la eternidad, las respectivas tareas! El derecho de los sanos
a existir, la priori¬dad de la campana dotada de plena reso-nancia sobre la
cam¬pana rota, de sonido cascado, es, en efecto, un derecho y una prioridad mil
veces mayor: sólo ellos son las arras del futuro, sólo ellos están
comprometidos para el porvenir del hombre. Lo que ellos pueden hacer, lo que
ellos deben hacer jamás de¬bieran poder ni deber hacerlo los enfermos: mas para
que los sanos puedan hacer lo que sólo ellos deben hacer, ¿cómo les estaría
permitido actuar de médicos, de consoladores, de «salvadores» de los enfermos?...
Y por ello, ¡aire puro!, ¡aire puro! Y, en todo caso, ¡lejos de la proximidad
de todos los manicomios y hospitales de la cultura! Y, por ello, ¡buena
com-pañía, la compañía de nosotros; ¡o soledad, si es necesa¬rio! Pero, en todo
caso, ¡lejos de los perniciosos miasmas de la putrefacción interior y de la
oculta carcoma de los enfer¬mos!... Para defendernos así a nosotros mismos,
amigos míos, al menos por algún tiempo todavía, de los dos peores contagios que
pue-den estarnos reservados cabalmente a no¬sotros, –– ¡de la gran náusea
respecto al hombrel, ¡de la gran compasión por el hombre!...
94.
Homines bonae volumatis [hombres de buena voluntad]; reminiscen¬cia del
Evangelio de Lucas, 2,14: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a
los hombres de buena voluntad.»
95.
Véase antes nota 51.
15
Si
se ha comprendido en toda su profundidad ––y yo exijo que precisamente aquí se
cave hondo, se com-prenda con hondura–– hasta qué punto la tarea de los sanos
no puede consistir, de ninguna manera, en cuidar enfermos, en sanar enfermos,
se habrá comprendido también con ello una ne¬cesidad más, –– la necesidad de
que haya médicos y enferme¬ros que estén, ellos mismos, enfermos, y ahora ya
tenemos y aferramos con ambas manos el sentido del sacerdote ascéti¬co. A éste
hemos de considerarlo como el pre-destinado sal¬vador, pastor y defensor del
rebaño enfermo: sólo así com¬prendemos su enorme misión histórica. El dominio
sobre quienes sufren es su reino, a ese dominio le conduce su ins¬tinto, en él
tiene su arte más propia, su maestría, su especie de felicidad. Él mismo tiene
que estar enfermo, tiene que es¬tar emparentado de raíz con los enfermos y
tarados para entenderlos, –– para entenderse con ellos; pero también tie¬ne que
ser fuerte, ser más señor de sí que de los demás, es decir, mantener intacta su
voluntad de poder, para tener la confianza y el miedo de los enfermos, para
poder ser para ellos sostén, resistencia, apoyo, exigencia, azote, tirano,
dios. El tiene que defenderlo, a ese rebaño suyo ––¿contra quién? Contra los
sanos, no hay duda, y también contra la envidia respecto a los sanos; tiene que
ser el natural antago-nista y despreciador de toda salud y potencialidad rudas,
tempestuosas, desenfrenadas, duras, violentas, propias de animales rapaces. El
sacerdote es la forma primera del ani¬mal más delicado, al que le resulta más
fácil despreciar que odiar. No estará dispensado de hacer la guerra a los
anima¬les rapaces, una guerra más de la astucia (del «espíritu») que de la
violencia, como es obvio, –– para ello tendrá nece¬sidad, a ve-ces, de forjar
dentro de sí casi un tipo nuevo de animal rapaz o, al menos, de pasar por tal,
–– una nueva te¬rribilidad animal, en la que el oso polar, el elástico, frío,
ex¬pectante leopardo y, en no menor medida, el zorro parecen asociados en una
unidad tan atrayente como terrorífica. Suponiendo que la necesidad le fuerce,
el sacerdote apare¬cerá, en medio de las demás especies de animales rapaces,
osunamente serio, respetable, inteligente, frío, superior por sus engaños, como
heraldo y portavoz de potestades más miste-riosas, decidido a sembrar en este
terreno, allí donde le sea posible, sufrimiento, discordia, autocontradic-ción,
y, demasiado seguro de su arte, a hacerse en todo momento dueño de los que
sufren. Trae consigo ungüentos y bálsa¬mos, no hay duda; mas para ser médico
tiene necesidad de herir antes; mientras calma el dolor producido por la
heri¬da, envenena al mismo tiempo ésta ––pues de esto, sobre todo, entiende
este encantador y domador de animales ra¬paces, a cuyo alrededor todo lo sano
se vuelve necesaria¬mente enfermo, y todo lo enfermo se vuelve necesariamen¬te
manso. De hecho defiende bastante bien a su reba-ño en¬fermo, este extraño
pastor, –– lo defiende también contra sí mismo, contra la depravación, la
malig-nidad, la malevolen¬cia que en el rebaño mismo arden bajo las cenizas, y
contra las demás cosas que les son comunes a todos los pacientes y enfermos,
combate de manera inteligente, dura y secreta contra la anarquía y la
autodisolución en todo tiempo ger¬minantes dentro del rebaño, en el cual se va
constante-men¬te amontonando esa peligrosísima materia detonante y ex¬plosiva,
el resentimiento. Quitar su carga a esa materia ex¬plosiva, de modo que no haga
saltar por el aire ni al rebaño ni al pastor, tal es su auténtica habilidad, y
también su suprema utilidad; si se quisiera compendiar en una fórmula brevísima
el valor de la existencia sacerdotal, habría que de¬cir sin más: el sacerdote
es el que modifica la dirección del re-sentimiento. Todo el que sufre busca
instintivamente, en efecto, una causa de su padecer; o, dicho con más
precisión, un causante, o, expresado con mayor exactitud, un causan¬te
responsable, susceptible de sufrir, –– en una palabra, algo vivo sobre lo que
poder desahogar, con cualquier pretexto, en la realidad o in effigie [en efigie],
sus afectos: pues el de¬sahogo de los afectos es el máximo intento de alivio,
es de¬cir, de aturdimiento del que sufre, su involuntariamente an¬helado
narcoticum contra tormentos de toda índo-le. La ver¬dadera causalidad
fisiológica del resentimiento, de la venganza y de sus afines se ha de
encon-trar, según yo sospe¬cho, únicamente en esto, es decir, en una apetencia
de amortiguar el dolor por vía afectiva: ––de ordinario se busca esa
causalidad, muy erradamente a mi parecer, en el contra¬golpe defen-sivo, en una
mera medida protectora de la reac¬ción, en un «movimiento reflejo» ejecutado al
aparecer una lesión y una amenaza súbitas, análogo al que todavía ejecu¬ta una
rana decapitada para escapar a un ácido cáustico. Pero la diferencia es fundamental:
en un caso se quiere im¬pedir el continuar recibiendo daño, en el otro se
quiere adormecer un dolor torturante, secreto, progresivamente intolerable,
mediante una emoción más violenta, sea de la especie que sea, y expulsarlo, al
menos por el momento, de la cons-ciencia, –– para ello se necesita un afecto,
un afecto lo más salvaje posible, y, para excitarlo, el primero y mejor de los
pretextos. «Alguien tiene que ser culpable de que yo me encuentre mal» –– esta
especie de raciocinio es propia de to¬dos los enfermizos, y ello tanto más
cuanto más se les ocul¬ta la verdadera causa de su sentirse––mal, la causa
fisiológica ( –– ésta puede residir, por ejemplo, en una lesión del nervus
sym-pathicus, o en una anormal secreción de bilis, o en una pobreza de sulfatos
y de fosfatos en la sangre 96, o en estados de opresión del bajo vientre que
congestionan la circula¬ción de la sangre, o en una degenera-ción de los
ovarios, y cosas parecidas). Los que sufren tienen, todos ellos, una es¬pantosa
predisposición y capacidad de inventar pretextos para efectos dolorosos;
disfrutan ya con sus suspicacias, con su cavilar sobre ruindades y aparentes
perjuicios, re¬vuelven las entrañas de su pasado y de su presente en busca de
oscuras y ambiguas historias donde poder entregarse al goce de una sospecha
torturadora y embriagarse con el propio veneno de la maldad ––abren las más
viejas heridas, sangran por cicatrices curadas mucho tiempo antes, con¬vierten
en malhechores al amigo, a la mujer, al hijo y a todo lo que se encuentra cerca
de ellos. «Yo sufro: alguien tiene que ser culpable de esto» ––así piensa toda
oveja enfermiza. Pero su pastor, el sacerdote ascético, le dice: «¡Está bien,
oveja mía!, alguien tiene que ser culpable de esto: pero tú misma eres ese
alguien, tú misma eres la única culpable de esto, ––¡tú misma eres la única
culpable de tiL..» Esto es bas¬tante audaz, bastante falso: pero con ello se ha
conseguido al menos una cosa, con ello la dirección del resentimiento, como
hemos dicho, queda cambiada.
96.
En un fragmento póstumo, del verano-otoño de 1881, escribe Nietzs¬che: «Acaso
las diferencias de temperamento se encuentren condicio¬nadas por la diferente
distribución y cantidad de las sales orgánicas más que por ninguna otra cosa.
El bilioso tiene demasiado poco sul¬fato de sodio; al melancólico le faltan
fosfato y sulfato de potasio; en los flemáticos hay demasiado poco fosfato de
calcio; las naturalezas vale¬rosas tienen un exceso de fosfato de hierro.»
16
Ahora
se adivina qué es lo que, según mi idea, el instinto cu¬rativo de la vida ha
intentado al menos conse-guir mediante el sacerdote ascético, y para qué hubo
de servirle una tran¬sitoria tiranía de conceptos para-dójicos y paralógicos,
tales como «culpa», «pecado», «pecaminosidad», «corrupción», «condenación»:
para hacer inocuos hasta cierto punto a los enfermos, para destruir a los
incurables sirviéndose de ellos mismos, para orientar con rigor a los enfermos
leves hacia sí mismos, para retroorientar su resentimiento («una sola cosa es
necesaria»––) 97 y para, de esta manera, aprove¬char los peores instintos de
todos los que sufren con la fina¬lidad de lograr la autodisciplina, la
autovigilancia, la autosu¬peración. Como es obvio, una «medicación» de esa
especie, una medicación a base de meros afectos, no puede ser en modo alguno
una curación real para enfermos, entendien¬do curación en el sentido
fisiológico; ni siquiera sería lícito afirmar que el instinto de la vida haya
pretendido e intenta¬do conseguir aquí de algún modo una curación. Una espe¬cie
de aglomeración y organización de los enfermos, por un lado ( –– la palabra
«Iglesia» es el nombre más popular para designar esto), una especie de
preservación provisional de los hombres de cons-titución más sana, de los mejor
forja¬dos, por otro, la creacion de un abismo, por tanto, entre lo sano y lo
enfermo ––¡esto fue todo durante mucho tiempo!, ¡y era mucho!, ¡era
muchísimo!... [Como se ve, en este tra¬tado parto de un presupuesto que, con
respecto a los lectores que yo necesito, no tengo que justificar antes: el
presupuesto de que la «pecaminosidad» en el hombre no es una realidad de hecho,
sino más bien tan sólo la interpretación de una rea¬lidad de hecho, a saber, de
un malestar fisiológico, –– visto este último en una perspectiva
religioso––moral que, para no¬sotros, ya no tiene ninguna fuerza vinculante. ––
Por el hecho de que alguien se sienta «culpable», «pecador», no está ya
de¬mostrado en modo alguno que tenga razón para sentirse así. Recuérdense los
famosos procesos contra las brujas: los jue¬ces más clarividentes y más
humanitarios no dudaban en¬tonces de que allí había una culpa; las mismas
brujas no du¬daban de ello, –– y, sin embargo, la culpa faltaba98. ––
Exprese¬mos ese presupuesto en una forma más general: el mismo «dolor anímico»
yo no lo considero en absoluto como una realidad de hecho, sino sólo como una
interpretación (inter¬pretación causal) de realidades de hecho carentes hasta
aho¬ra de una formulación exacta: y, por tanto, como algo que aún se encuentra
del todo en el aire y no es científicamente vincu-lante, –– en realidad, sólo
una palabra gruesa sustituyendo a un signo de interrogación flaco como un huso.
Cuando alguien no se libra de un «dolor anímico», esto no depende, para decir¬lo
con tosquedad, de su «alma»; es más probable quedependa de su vientre (hablando
con tosquedad, como he dicho: con lo cual no manifiesto en modo alguno el deseo
de que también se me oiga con tosquedad, se me entienda toscamente...). Un
hombre fuerte y bien constituido digiere sus vivencias (inclui¬das las
acciones, las fecho-rías) de igual manera que digiere sus comidas, aun cuando
tenga que tragar duros bocados. Cuan¬do «no acaba» con una vivencia, tal
especie de indigestión es tan fisiológica como la otra ––y muchas veces, de
hecho, tan sólo una de las consecuencias de la otra. –– Aun pensando así, se
puede continuar siendo, sin embargo, dicho sea entre noso¬tros, el más riguroso
adversario de todo materialismo...
97.
Véase Evangelio de Lucas, 10, 42; palabras de Jesús a Marta.
98.
Véase el aforismo 250 de La gaya ciencia, que dice: «Culpa. -Aunque los jueces
más perspicaces de las brujas e incluso éstas mismas estaban convencidos de la
culpa de la brujería, la culpa, a pesar de todo, no existía. Así ocurre con
toda culpa.»
17
¿Pero
este sacerdote ascético es propiamente un médico? –– Ya hemos comprendido hasta
qué punto apenas está permi¬tido denominarlo así, por mucho que a él le guste
sentirse a sí mismo como «salvador» y se deje venerar como tal. Sólo el
sufrimiento mismo, el displacer de quien sufre, es lo que él combate, pero no
su causa, no el auténtico estar enfermo, ––esto tiene que constituir nuestra
máxima objeción de princi-pio contra la medicación sacerdotal. Pero una vez
co¬locados en aquella perspectiva que es la única que el sacer¬dote conoce y
tiene, difícilmente se termina de admirar todo lo que desde ella se ha visto,
se ha bus-cado y se ha en¬contrado. La mitigación del sufrimiento, los
«consuelos» de toda especie, –– esto aparece como la genialidad misma del
sacerdote: ¡con qué inventiva ha entendido su tarea de consolador, de qué
manera tan despreocupada y audaz ha ele¬gido los medios para ella! En especial,
del cristianismo se¬ría lícito decir que es como una gran cámara del tesoro
lle¬na de ingeniosísimos medios de consuelo, tantas son las co¬sas
confortantes, mitigadores, narcotizantes que hay en él acumuladas, tantas son
las cosas peligro-sísimas y extraordi¬nariamente temerarias que se han
emprendido osadamente con este fin, tan grandes han sido su sutileza, su
refina¬miento, su meridional refinamiento para adivinar en espe¬cial con qué
especie de afectos estimulantes se puede vencer, al menos por algún tiempo, la
depresión profunda, el can¬sancio plúmbeo, la negra tristeza de los
fisiológicamente impedidos. Pues hablando en términos generales: todas las
grandes religiones han consistido, en lo esencial, en la lucha contra un cierto
cansancio y pesadez con-vertidos en epide¬mia. De antemano se puede establecer
como verosímil que, de tiempo en tiempo, en determinados lugares de la tierra,
un sentimiento fisiológico de obstrucción tiene casi necesa¬riamente que
enseñorearse de amplias masas, mas, por fal¬ta de saber fisiológico, ese
sentimiento no penetra como tal en la conciencia, de modo que la «causa» del mismo
y tam¬bién su remedio sólo pueden ser buscados e inten-tados por vía
moral––psicológica (–– tal es, en efecto, mi fórmula más general para designar
lo que co-múnmente se llama una «re¬ligión»). Ese sentimiento de obstrucción
puede tener dis¬tintas procedencias: ser secuela, por ejemplo, de un cruce de
razas demasiado heterogéneas entre sí (o de estamentos di¬ferentes –– los
estamentos expresan siempre también dife¬rencias de procedencia y de raza: el
«dolor cósmico» euro¬peo, el «pesimismo» del siglo xix son, en lo esencial, la
se¬cuela de una mezcolanza absurdamente repentina de estamentos); o estar
condicionado por una emigración equivocada –– una raza caída en un clima para
el que su fuerza de adaptación no resulta suficiente (el caso de los in¬dios en
la India); o ser la repercusión de la vejez y cansancio de la raza (pesimismo
parisino a partir de 1850); o de una dieta falsa (el alcoholismo de la Edad
Media; el sinsentido de los vegetarianos, los cuales ciertamente tienen a su
favor la autoridad del shakesperiano Junker Cristóbal); o de una co¬rrupción de
la sangre, malaria, sífilis, y cosas parecidas (de¬presión alemana después de
la guerra de los Treinta Años, que contagió media Alema-nia con malas
enfermedades y preparó así el terreno para el servilismo alemán, para la
pu¬silanimidad alemana). En estos casos se intenta una y otra vez, con el más
grande estilo, combatir el sentimiento de des¬placer; informémonos con brevedad
sobre sus más impor¬tantes prácticas y formas. (Dejo aquí total-mente de lado,
como es natural, la auténtica lucha de los filósofos contra el sentimiento de
desplacer, lucha que suele ser siempre si¬multánea –– es bastante interesante,
pero demasiado absur¬da, demasiado indiferente respecto a la práctica, usa
dema¬siado de telas de araña y de mozos de cuerda; por ejemplo, cuando se
pretende demostrar que el dolor es un error, bajo el ingenuo presupuesto de que
el dolor debería desaparecer tan pronto como se ha reconocido el error en él ––
pero ¡cosa rara!, se guardó de desapare-cer...). Aquel desplacer domi¬nante se
combate en primer lugar con medios que deprimen hasta su más bajo nivel el
sentimiento vital en general. En lo posible, ningún querer, ningún deseo más;
evitar todo lo que produce afecto, lo que produce «sangre» (no comer sal:
higiene del faquir); no amar; no odiar; ecua-nimidad; no ven¬garse; no
enriquecerse; no trabajar; mendigar; en lo posible, ninguna mujer, o lo menos
mujer posible: en el aspecto es¬piritual el principio de Pascal il faut
s’abétir 99 [es preciso embrutecerse]. Resultado, expresado en términos
psicoló¬gico––morales: «negación de sí», «santificación»; expresado en términos
fisiológicos: hipnosis, –– el intento de conseguir aproximadamente para el
hombre lo que son el letargo invernal para algunas especies de animales y el
letargo estival para muchas plantas de los climas tórridos, un mínimo de
consumo de materia y de metabolismo, en el cual la vida continúa existiendo
sim-plemente, pero sin llegar ya en rea¬lidad a la conciencia. Para alcanzar
esa meta se ha emplea¬do una asombrosa cantidad de energía humana ––¿tal vez en
vano?... No puede dudarse en absoluto de que tales sportsmen [deportistas] de
la «santidad», numerosos en todos los tiempos, en casi todos los pueblos, han
encontrado de hecho una liberación real de aquello que con tan riguroso
training [entrenamiento] comba-tían, –– en innumerables ca¬sos se liberaron
realmente de aquella profunda depresión fi¬siológica con ayu-da de su sistema
de medios de hipnotiza¬ción de aquí que su metódica se cuente entre los hechos
et-nológicos más generales. Asimismo, tampoco hay ningún derecho a pensar ya
que tal propósito de rendir por el ham¬bre a la corporalidad y a la
concupiscencia sea un síntoma de locura (como le gusta pensar a una torpe
especie de «li¬brepensadores» y de Junker Cristóbales devoradores de roastbeef
[rosbif]). Tanto más seguro es, en cambio, que aquel propósito sirve, puede
servir para producir perturba¬ciones espirituales de toda índole, «luces
interiores», por ejemplo, como ocurre en los hesicastos del Monte Athos 100
alucina-ciones de sonidos y formas, voluptuosos desborda¬mientos y éxtasis de
la sensualidad (historia de Santa Te¬resa). La interpretación que dan de tales
estados los afecta¬dos por ellos ha sido siempre la más fantásti-ca y falsa que
quepa imaginar, como es obvio; pero no se pase por alto el tono de
convencidísimo agrade-cimiento que resuena preci¬samente ya en la voluntad de
dar esa especie de interpreta¬ción. El supremo estado, la redención misma,
aquella hipno¬tización total y aquella quietud finalmente logradas, son
consi-derados siempre por ellos como el misterio en sí, para expresar el cual
no bastan ni siquiera los símbolos más ele¬vados, como los que hablan de vuelta
y retorno al fondo de las cosas, de liberación de toda ilusión, de «saber», de
«ver¬dad», de «ser», de desprendimiento de toda meta, deseo y acción, de un
más––allá también del bien y del mal. «El bien y el mal, dice el budista, ––
ambos son cadenas: de ambos se enseño-reó el perfecto»; «lo hecho y lo no hecho,
dice el cre¬yente del Vedanta, no le producen ningún dolor; el bien y el mal
los sacude de sí como un sabio; su reino ya no padece a causa de ninguna
acción; él trascendió el bien y el mal, tras¬cendió ambas cosas»: –– una
concepción, pues, totalmente india, tan brahmánica como budista. (Ni la
mentalidad in¬dia ni la mentalidad cristiana consideran que aquella
«re¬dención» sea alcan-zable por virtud, por mejoramiento mo¬ral, aunque
colocan muy alto el valor hipnotizador de la virtud: no se olvide esto, –– por
lo demás, corresponde sen¬cillamente a la realidad de los hechos. El haber
permaneci-do verdaderas en este punto acaso haya que considerarlo como el mejor
fragmento de realismo existente en las tres máximas religiones, tan
radicalmente moralizadas por lo demás. «Para el iniciado no hay nin-gún
deber...» «Median¬te agregación de virtudes no se lleva a cabo la redención:
pues ésta consiste en la unificación con el Brahma, incapaz de ninguna
agregación de perfección: y tampoco se lleva a cabo con la deposición de
faltas; pues el Brahma, la unifica¬ción con el cual constituye la redención, es
eternamente puro» ––éstos son pasajes del Comentario de ~ankara, citados por el
primer conocedor real de la filosofia india en Europa, mi amigo Paul Deussen)
101. Vamos, pues, a respetar la «reden¬ción» en las grandes religio-nes; en
cambio, nos resulta un poco difícil permanecer serios con respecto a la
estimación que del sueño profundo ofrecen estos cansados de la vida, de¬masiado
cansados incluso para soñar, –– es decir, el sueño pro¬fundo entendido ya como
ingreso en el Brahma, como conse¬guida unio mystica [unión mística] con Dios.
«Cuando él se ha dormido totalmente ––se dice sobre esto en la más antigua y
ve¬nerable «Escritu-ra»––, cuando él ha llegado del todo al reposo, de modo que
ya no ve ninguna imagen de sueño, entonces, oh querido, ha llegado a la
unificación con lo existente, ha entra¬do en sí mismo, –– rodeado por su
mismi-dad cognoscente, no tiene ya ninguna conciencia de lo que está fuera o
dentro. Este puente no lo atravie-san ni el día ni la noche, ni la vejez, ni la
muerte, ni el sufrimiento, ni obra buena ni obra mala». «En el sueño profundo,
dicen asimismo los creyentes de esta reli¬gión, que es la más profunda de las
tres grandes religiones, el alma se eleva fuera del cuerpo, penetra en la luz
suprema y aparece así en su figura propia: aquí ella es el mismo espíritu
supremo que vagabundea bromeando y jugando y deleitándo¬se, bien con mujeres, o
con carrozas, o con amigos, aquí ella ya no vuelve con su pensamiento a este
apéndice de cuerpo, al cual el prana (el soplo vital) está atado como un animal
de tiro al carro». Con todo, tampoco aquí debemos olvidar que, al igual que en
el caso de la «redención», con esto en el fondo se expresa úni-camente, bien
que con la magnificencia de la exa¬geración oriental, una apreciación idéntica
a la del lúci-do, frío, helénicamente frío, pero suficiente Epicuro: el
hipnótico sentimiento de la nada, el reposo del sueño más profundo, en una
palabra, la ausencia de sufrimiento ––a los que sufren, a los destemplados de
raíz les es lícito considerar esto ya como el bien supremo, como el valor de
los valores, tienen que apre-ciarlo como algo positivo, sentirlo como lo
positivo mismo. (Según esta misma lógica del sentimiento, la nada es llamada,
en todas las religiones pesimistas, Dios.)
99.
Véase Pensamientos, 136.
100.
Miembros de una secta europea parecida a la de los quietistas de Oriente. Para
procurarse éxtasis fijaban sus ojos en el ombligo, conte¬niendo la respiración,
y entonces creían ver una luz resplandeciente, la misma que vieron los
apóstoles en el Tabor.
101.
Paul Deussen (1845-1919) fue compañero de estudios de Nietzsche en Pforta y en
Bonn. Mantuvo con él amistad durante toda su vida. Fue profesor de filosofía en
Kiel, y se dio a conocer sobre todo como tra¬ductor y expositor de la filosofía
india, a la que llegó por influjo de Schopenhauer. A principios de septiembre
de 1887 visitó a Nietzsche en Sils-Maria, mientras éste se hallaba redactando
La genealogía de la moral, y le regaló su libro, recién publicado, Die Sûtras
des Vedánta [Las Sutras del Vedanta], Berlín, 1887, traducido del sánscrito. De
él toma Nietzsche las citas indias de este pará-grafo.
18
Con
más frecuencia que esta hipnotista amortiguación glo¬bal de la sensibilidad, de
la capacidad dolorosa, amortigua¬ción que presupone ya fuerzas más raras, ante
todo coraje, desprecio de la opinión, «estoicismo intelectual», empléase contra
los estados de depresión un training [entrenamiento] distinto, que es, en todo
caso, más fácil: la actividad maqui¬nal. Está fuera de toda duda que una
existencia sufriente queda así aliviada en un grado considerable: a este hecho
se le llama hoy, un poco insinceramente, «la bendición del tra¬bajo». El alivio
consiste en que el interés del que sufre que¬da apartado metódicamente del
sufrimiento, –– en que la conciencia es invadida de modo permanente por un
hacer y de nuevo sólo por un hacer, y, en consecuencia, queda en ella poco
espacio para el sufrimiento: ¡pues es estrecha esa cámara de la concien-cia
humana! La actividad maquinal y lo que con ella se relaciona ––como la
regularidad absoluta, la obediencia puntual e irreflexiva, la adquisición de un
modo de vida de una vez para siempre, el tener col-mado el tiempo, una cierta
autorización, más aún, una crianza para la «impersonalidad», para olvidarse
a––sí––mismo, para la in¬curia sui lei 102[descuido de sí]––: ¡de qué modo tan
profun¬do y delicado ha sabido el sacerdote ascético utilizar estas cosas en la
lucha contra el dolor! Justo cuando tenía que tra¬tar con personas sufrientes
de los estamentos inferiores, con esclavos del trabajo o con prisioneros (o con
mujeres: las cuales son, en efecto, en la mayoría de los casos, ambas cosas a
la vez, esclavos del trabajo y prisioneros), el sacerdo¬te ascético necesitaba
de poco más que de una pequeña ha¬bilidad en cambiar los nombres y en
rebautizar las cosas para, a partir de ese momento, hacerles ver un alivio, una
re¬lativa felici-dad en cosas odiadas: ––el descontento del escla¬vo con su
suerte no ha sido inventado en todo caso por los sacerdotes. –– Un medio más
apreciado aún en la lucha con¬tra la depresión consiste en prescribir una
pequeña alegría, que sea fácilmente accesible y pueda convertirse en regla;
esta medicación se usa a menudo en conexión con la antes mencionada. La forma
más frecuente en que la alegría es así prescrita como medio curativo es la
alegría del causar––ale¬gría (como hacer beneficios, hacer regalos, aliviar,
ayu-dar, persuadir, consolar, alabar, tratar con distinción); al prescri¬bir
«amor al prójimo», el sacerdote ascético prescribe en el fondo con ello una
estimulación de la pulsión más fuerte, más afirmadora de la vida, si bien en
una dosis muy cauta, una estimulación de la voluntad de poder. Esa felicidad de
la «superioridad mí-nima» que todo hacer beneficios, todo so¬correr, ayudar,
tratar con distinción llevan consigo, es el más frecuente medio de consuelo de
que suelen servirse los fisiológicamente impedidos, suponiendo que estén bien
aconsejados: en caso contrario, se causan daño unos a otros, obedeciendo,
naturalmente, al mismo instinto básico. Cuando se investigan los comienzos del
cristianismo en el mundo romano, se encuentran asociaciones destinadas al apoyo
mutuo, asociaciones para ayudar a pobres, a enfer¬mos, para realizar los
enterramientos, nacidas en el suelo más bajo de la sociedad de entonces,
asociaciones en las cuales se cultivaba, con plena conciencia, este medio
prin¬cipal contra la depresión, a saber, la pequeña alegría, la ale¬gría de la
mutua beneficencia, –– ¿tal vez entonces era esto algo nuevo, un auténtico
descubrimiento? En esa «voluntad de reciprocidad» así suscitada, en esa
voluntad de formar un rebaño, una «comunidad», un cenáculo, la voluntad de
po¬der así estimulada, bien que en mínimo grado, tiene que llegar a su vez a
una irrupción nueva y mucho más comple¬ta: formar un rebaño es un paso y una
victoria esenciales en la lucha contra la depresión. El crecimiento de la
comunidad fortalece, incluso para el individuo, un nuevo interés, que muy a
menudo le lleva más allá del elemento personalísimo de su fastidio, de su
aversión contra sí (la despectio sui [des¬precio de sí] de Geulincx). Todos los
enfermos, todos los en¬fermizos tienden instintivamente, por un deseo de
sacudirse de encima el sordo desplacer y el sentimiento de debilidad, hacia una
organización gregaria: el sacerdote ascético adivi¬na ese instinto y lo
fomenta; donde existen rebaños, es el ins¬tinto de debilidad el que ha querido
el rebaño, y la inteligen¬cia del sacerdote la que lo ha organizado. Pues no se
debe pa¬sar por alto esto: por necesidad natural tienden los fuertes a
disociarse tanto como los débiles a asociarse; cuando los pri¬meros se unen,
esto ocurre tan sólo con vistas a una acción agresiva global y a una
satisfacción global de su voluntad de poder, con mucha resistencia de la
conciencia individual; en cambio, los últimos se agrupan, complaciéndose
cabalmente en esa agrupación, –– su instinto queda con esto apaciguado, tanto
como queda irritado e inquietado en el fondo por la or-ganización el instinto
de los «señores» natos (es decir, de esa especie de solitarios animales rapaces
llama-da hombre). Bajo toda oligarquía yace siempre escondida ––la historia
en¬tera lo enseña–– la concupis-cencia tiránica; toda oligarquía se estremece
permanentemente a causa de la tensión que todo individuo necesita poner en
juego en ella para continuar do¬minando tal concupiscencia. (Esto ocurría, por
ejemplo, en Grecia: Platón lo atestigua en cien pasajes, Platón, que cono¬cía a
sus iguales ––y a sí mismo...)
102.
Incuria sui [descuido de sí] es expresión de Geulincx; la fuente de Nietz¬sche
para este autor es asimismo la citada obra de K. Fischer (véase antes nota 55).
En su cuaderno de apuntes Nietzsche había anotado esta cono cida frase de
Geulincx (tomada de la pág. 41 del libro de K. Fischer): «Humilitas est incuria
su¡. Partes humilitatis sum duae: inspectio su¡ et despectio sui» [La humildad
es el descuido de sí. Las partes de la humil¬dad son dos: examen de sí y
desprecio de sí].
19
Los
medios del sacerdote ascético que hemos conocido has¬ta el momento ––la
sofocación global del sen-timiento de vida, la actividad maquinal, la pequeña
alegría, sobre todo la del «amor al prójimo», la organi-zación gregaria, el
des¬pertamiento del sentimiento de poder de la comunidad, a consecuencia del
cual el hastío del individuo con respeto a sí queda acallado por el placer que
experimenta en el flore¬cimiento de la comunidad ––estos medios son, medidos
con el metro moderno, sus medios no––culpables en la lucha con¬tra el
desplacer: volvámonos ahora hacia los medios más interesantes, los «culpables».
En todos ellos se trata de una sola cosa: de algún desenfreno de los
sentimientos, –– utiliza¬do, como eficacísimo medio de amortiguación, contra la
sorda, paralizante, prolongada condición dolorosa; por lo cual la inventiva
sacerdotal en el estudio a fondo de esta única cuestión ha sido realmente
inagotable: «¿con qué me¬dios se alcanza un desenfreno de los sentimientos?»...
Suena esto duro: es claro que sonaría más agradable y llegaría tal vez mejor a
los oídos si yo dijese, por ejemplo, «el sacerdo¬te ascético se ha aprovechado
siem-pre del entusiasmo exis¬tente en todos los afectos fuertes». Mas ¿para qué
seguir acariciando los reblande-cidos oídos de nuestros modernos afeminados.
¿Para qué ceder, ni siquiera un paso, por nues¬tra parte, a su tartufería de
las palabras? Para nosotros los psicólogos habría ya en ello una tartufería de
la acción; prescindiendo de que nos causaría náusea. Un psicólogo, en efecto,
tiene hoy su buen gusto (–– otros preferirán decir: su honestidad), si en
alguna parte, en el hecho de oponerse al vocabulario vergonzosa-mente
moralizado de que está viscosamente impregnado todo enjuiciamiento moderno del
hombre y de las cosas. Pues no nos engañemos sobre esto: lo que constituye el
distintivo más propio de las almas mo-dernas, de los libros modernos, no es la
mentira, sino su inveterada inocencia dentro de su mendacidad moralista. Tener
que descubrir de nuevo esa «inocencia» en todas par¬tes –– esto es lo que
constituye quizá la parte más repugnan¬te de nuestro trabajo, de todo el
trabajo, no poco problemá¬tico en sí, a que hoy tiene que someterse un
psicólogo; es una parte de nuestro gran peligro, –– es un camino que tal vez
nos lleve derechamente a la gran náusea... Yo no abrigo nin¬guna duda acerca de
cuál es la única cosa para la que servi¬rían, para la que podrían servir los
libros modernos (supo¬niendo que duren, lo cual, desde luego, no es de temer, y
su¬poniendo asimismo que haya alguna vez una posteridad dotada de un gusto más
severo, más duro, más sano), –– la única cosa para la que le serviría, para la
que podría servir¬le a esa pos-teridad todo lo moderno: para hacer de
vomiti¬vos, –– y ello en virtud de su edulcoramiento y de su false-dad morales,
de su intimísimo feminismo, al que le gusta califi¬carse de «idealismo» y que
se cree, en todo caso, idealismo. Nuestros doctos de hoy, nuestros «buenos», no
mienten ––esto es verdad; ¡pero ello no les honra! La auténtica menti¬ra, la
mentira genuina, resuelta, «honesta» (sobre cuyo va¬lor puede oírse a Pla-tón)
103, sería para ellos algo demasiado riguroso, demasiado fuerte; exigiría algo
que no es lícito exigirles a ellos, a saber, que abriesen los ojos contra sí
mis¬mos, que supiesen distinguir entre «verdadero» y «falso» en ellos mismos.
Lo único que a ellos les va bien es la mentira deshonesta: todo el que hoy se
siente a sí mismo «hombre bueno» es totalmente incapaz de enfrentarse a algo a
no ser con deshonesta mendacidad, con abismal mendacidad, pero con inocente,
candorosa, cándida, virtuosa mendacidad. Esos «hombres buenos», –– todos ellos
están ahora moraliza¬dos de los pies a la cabeza, y, en lo que respecta a la
honesti-dad, han quedado malogrados y estropeados para toda la eternidad:
¡quién de ellos soportaría aún una verdad «sobre el hombre!...» O, para
concretar más la pregunta: ¿quién de ellos soportaría una biografía
verdadera?... Unos cuantos indicios: Lord Byron ha dejado escritas algunas
cosas perso¬nalísimas sobre sí. Pero Thomas Moore era «demasiado bueno» para
ellas: echó al fuego los papeles de su amigo 104. Lo mismo parece que ha hecho
el doctor Gwinner, ejecutor testamentario de Schopenhauer: pues también
Schopen¬hauer había dejado escritas algunas cosas sobre sí y tal vez también
contra sí («είςέαυτόν») 105. El infatigable america¬no Thayer, el biógrafo de
Beethoven, se detuvo de pronto en su trabajo: llegado a cierto punto de esa
vida honorable e in¬genua, ya no la soportó más .... 106. Moraleja: ¿qué hombre
inteli-gente escribiría hoy todavía una palabra honesta sobre sí? ––tendría que
pertenecer a la orden de la Santa Temeri¬dad. Se nos promete una autobiografía
de Richard Wagner: ¿quién duda de que será una autobio-grafía prudente?....107
Recordemos aun el cómico espanto que el sacerdote católi¬co Janssen suscitó en
Alemania con su imagen, tan increí¬blemente cuadriculada e inofensiva, del
movimiento de la Reforma protestante alemana 108; ¿qué no ocurriría si al¬guien
nos narrase alguna vez ese movimiento de otra ma-nera, si alguna vez un
verdadero psicólogo nos narrase al verdadero Lutero, no ya con la simplicidad
mo-ralista de un clérigo de aldea, no ya con la dulzona y considerada
vere¬cundia de los historiadores protes-tantes, sino, por ejemplo, con una impavidez
a la manera de un Taine, partiendo de una fortaleza del alma y no de una sabia
indulgencia para con la fortaleza?... (Los alemanes, dicho sea de paso, han
produ-cido últimamente bastante bien el tipo clásico de esta última, –– pueden
atribuírselo ya, reivindicarlo para bien: lo han producido en su Leopold Ranke
109, ese nato y clásico advocatus [abogado] de toda causa fortior [causa más
fuer¬te], el más inteligente de todos los inteligentes «hombres objetivos».)
103.
Sobre el valor de la mentira en Platón pueden verse estos dos pasajes, entre
otros muchos: República, 389 b: «Pero también la verdad mere¬ce que se la
estime sobre todas las cosas. Porque si no nos engañába mos hace un momento, y
realmente la mentira es algo que, aunque de nada sirva a los dioses, puede ser
útil para los hombres a manera de me-dicamentos, está claro que una semejante
droga debe quedar reserva¬da a los médicos, sin que los particulares puedan
tocarla. -Es eviden¬te, dijo. -Si hay, pues, alguien a quien le sea licito
faltar a la verdad, se¬rán los gobernantes de la ciudad, que podrán mentir con
respecto a sus enemigos o conciudadanos en beneficio de la comunidad, sin que
ninguna otra persona esté autorizada a hacerlo» -República, 459 c: «De la
mentira y el enga–o es posible que hayan de usar muchas veces nuestros
gobernantes por el bien de sus gobernados.»
104.
Nietzsche tenía en su biblioteca la traducción alemana de la importan¬te obra
sobre Byron, titulada Lord Byron's Vermischte Schriften, Brief¬wechsel und
Lebensgeschichte [Escritos varios, epistolario y biografía de Lord Byron], por
K. Bulwer, Thomas Moore, Medwin y Dallas. Thomas Moore (1779-1852), poeta y
músico irlandés; su obra más di¬vulgada es Melodías irlandesas. Se considera su
mejor obra en prosa la Vida de lord Eduardo Flitz-Gerald, así como la biografía
de Byron.
105.
W Gwinner (1825-1917) mantuvo relaciones personales con Scho¬penhauer y fue su
primer biógrafo. La primera edi-ción de su biografía llevaba el título Arthur
Schopenhauer aus persönlichem Umgang dar gestellt. Ein Blick auf sein Leben,
seinen Charakter und seine Lehre [Arthur Schopenhauer, expuesto a base de un
trato personal con él. Una mirada a su vida, a su carácter y a su doctrina]
(Leipzig, 1862). La segunda edición de esta obra, muy ampliada, con el título
de Schopen-hauers Leben [Vida de Schopenhauer] apareció en 1878. Las palabras
sus savrov hacen referencia al manuscrito dejado por Schopenhauer con ese
título. Véase Schopenhauers Gespráche und Selbsigespräche nach der Handschrift
είς έαντόν [Conversaciones y soliloquios de Schopenhauer según el manuscrito
είς έαντόν], editado por J. A. Beckert, Berlín, 1898. Como se sabe, είς έαντόν
es el título de la obra de Marco Aurelio.
106.
A. W Thayer (1817-1897), diplomático y musicólogo americano. Con el fin de
escribir su Vida de Beethoven, logró que en 1860 se lo nombra¬ra agregado a la
embajada de su país en Viena. Thayer dedicó cuaren¬ta años a esa obra, que
sigue dia a día la vida del compositor alemán.
107.
La autobiografía de R. Wagner, titulada Mein Leben [Mi vida], que no se publicó
hasta 1911, era ya conocida por Nietzsche desde su época de Basilea. Incluso
ayudó a corregir las pruebas de una edición «privada» de doce ejemplares que
entonces se hizo.
108.
La obra de J. Janssen a que Nietzsche se refiere se titula Geschichhte des
deutschen Volkes seit dem Mittelalter [Historia del pueblo alemán des¬de la
Edad Media], y abarca ocho volúmenes (1878-1894). Es una obra ultramontana, que
intenta probar que los causantes de la inquietud general sentida en Alemania en
lo siglos XVI y XVII fueron los protes¬tantes. Janssen (1829-1891) se ordenó de
sacerdote en 1860, fue miembro de la Cámara de Diputados prusiana en 1875, y
fue nombra¬do por León XIII prelado doméstico y protonotario apostólico.
109.
Leopold von Ranke (1795-1886), historiador alemán, profesor de la Universidad
de Berlín. Su mejor obra es Deutsche Geschichte im Zeital¬ter der Reformation
[Historia de Alemania en la época de la Reforma Protestante]. Había estudiado
en Pforta igual que Nietzsche.
20
Pero
ya se me habrá comprendido: –– ¿no es cierto que, to¬madas las cosas en
conjunto, hay bastante razón para que nosotros los psicólogos no podamos
liberarnos hoy en día de una cierta desconfianza respecto a nosotros mismos?...
Probablemente también nosotros somos todavía «demasia¬do buenos» para nuestro
oficio, probablemente también nosotros somos todavía las víctimas, el botín,
los enfermos de ese moralizado gusto de la época, aunque nos considera¬mos
también como despreciadores del mismo –– ; probable¬mente también a nosotros
nos infecta todavía ese gusto. ¿Contra qué ponía en guardia aquel diplomático
cuando hablaba a sus congéneres? «¡Sobre todo, señores, desconfie¬mos de
nuestros primeros movimientos!, decía, son buenos casi siempre...» También todo
psicólogo debería hoy hablar así a sus congéneres... Y con esto volvemos a
nuestro proble¬ma, el cual, en efecto, exige de nosotros cierto rigor, cierta
desconfianza, en especial contra los «primeros movimien¬tos». El ideal ascético
al servicio de un propósito de desenfre¬no del sentimiento: –– quien recuerde
el tratado anterior po¬drá adivinar ya en lo esencial el contenido, condensado
en esas doce palabras, de lo que ahora vamos a exponer. Sacar al alma humana de
todos sus quicios, sumergirla en terro¬res, escalofríos, ardores y éxtasis, de
modo que se desli-gue, como fulminantemente, de toda la pequeñez y mezquindad
propias del desplacer, del letargo, del fastidio: ¿cuáles son los caminos que
conducen a esa meta? ¿Y cuáles son los más se¬guros?... En el fondo todos los
grandes afectos, la cólera, el temor, la voluptuosidad, la venganza, la
esperanza, el triun¬fo, la desesperación, la crueldad, son capaces de ello,
presu¬poniendo que exploten de repente; y en realidad el sacerdo¬te ascético ha
tomado a su servicio, sin reparo alguno, a toda la jauría de perros salvajes
que exis-ten en el hombre, y unas veces deja libre a uno y otras a otro,
siempre con la misma finalidad de despabi-lar al hombre de la lenta triste¬za,
de hacer huir, al menos temporalmente, su sordo dolor, su vacilante mise-ria, y
eso lo hace siempre también bajo una interpretación y una «justificación»
religiosa. Todo de¬senfreno sentimental de ese tipo se cobra su precio, como es
obvio ––pone más enfermo al enfermo––: y por esto esa espe¬cie de remedios del
dolor es, juzgada con medida moderna, una especie «culpable». Sin embargo,
tanto más tenemos que insistir, pues así lo exige la equidad, en que se la
utilizó con buena conciencia, en que el sacerdote ascético la prescri¬bió
creyendo profundísimamente en la utilidad, más aún, en el carácter
indispensable de la misma, –– y, con bastante frecuencia, casi derrumbándose él
mismo ante los ayes de dolor que él producía; digamos asimismo que las
vehemen¬tes revanchas fisiológicas de tales excesos, e incluso acaso las
perturbaciones espirituales, no contradicen propiamen¬te en el fondo al sentido
global de esa especie de medicación: pues, como antes mostramos, ésta no tendía
a curar enfer¬medades, sino a combatir el desplacer de la depresión, a ali¬viarlo,
a adormecerlo. Semejante meta se alcanzaba tam¬bién así. El principal ardid que
el sacerdote ascético se per¬mitía para hacer resonar en el alma humana toda
suerte de música arrebatadora y extática consistía ––lo sabe todo el mundo–– en
aprovecharse del senti-miento de culpa. La pro¬cedencia del mismo la ha
señalado brevemente el tratado anterior ––como un fragmento de psicología
animal, como nada más que eso: en él el sentimiento de culpa se nos pre¬sentó,
por así decirlo, en estado bruto. Sólo en manos del sa¬cerdote, ese auténtico
artista en sentimientos de cul-pa, lle¬gó a cobrar forma ––¡oh, qué forma! El
«pecado» ––pues así habla la reinterpretación sacerdotal de la «mala
conciencia» animal (de la crueldad vuelta hacia atrás)–– ha sido hasta ahora el
acontecimiento más grande en la historia del alma enferma: en el pecado tenemos
la estratagema más peligro¬sa y más nefasta de la interpretación religiosa. El
hombre, sufriendo de sí mismo de algún modo, en todo caso de un modo
fisiológico, aproximadamente como un animal que está encerrado en una jaula,
sin saber con clari-dad por qu_ y para qué, anhelante de encontrar razones
––pues las razo¬nes alivian––, y anhelante tam-bién de encontrar remedios y
narcóticos, termina por pedir consejo a alguien que conoce incluso lo oculto, y
he aquí que recibe una indicación, reci¬be de su mago, del sacerdote ascético,
la primera indicación acer-ca de la «causa» de su sufrimiento: debe buscarla
den¬tro de sí, en una culpa, en una parte del pasado, debe enten¬der su propio
sufrimiento como un estado de pena... El des¬venturado ha escuchado, ha
com-prendido: ahora le ocurre como a la gallina en torno a la cual se ha
trazado una raya: no vuelve a salir de ese círculo de rayas: el enfermo se ha
convertido en «el pecador...» Y ahora no nos libramos del aspecto de ese nuevo
enfermo, «el pecador», durante algu¬nos milenios ––¿nos libraremos alguna
vez?––, mírese a don¬de se mire, en todas partes aparece la mirada hipnótica
del pecador, que se mueve siempre en una sola dirección (en di¬rección a la
«culpa», considerada como causalidad única del sufrimiento); en todas partes,
la mala conciencia, esa bestia horrible (grewliche thierj, para decirlo con
palabras de Lutero; en todas par-tes, el pasado rumiado de nuevo, la acción
tergiversada, los «malos ojos» para cualquier obrar; en todas partes, el
querer––malentender el sufrimiento, con¬vertido en contenido de la vida, el
reinterpretar el sufri-miento como sentimientos de culpa, de temor, de castigo;
en todas partes, las disciplinas, el cilicio, el cuer-po dejado mo¬rir de
hambre, la contrición; en todas partes el pecador que se impone a sí mismo el
suplicio de la rueda, la rueda cruel de una conciencia inquieta, enfermizamente
libidinosa; en todas partes, el tor-mento mudo, el temor extremo, la agonía del
corazón martirizado, los espasmos de una felicidad des-conocida, el grito que
pide «redención». De hecho, con este sistema de procedimientos se consiguió
superar de raíz la vieja depresión, la vieja pesadez y la vieja fatiga; de
nuevo la vida volvió a ser muy interesante: despierta, eternamente despierta,
insomne, ardiente, carbonizada, extenuada, y, sin embargo, no cansada ––así es
como se conducía el hom¬bre, «el pecador», iniciado en esos misterios. Ese
viejo y gran mago en la lucha contra el desplacer, el sacerdote ascé¬tico
––evidentemente había triunfado, su reino había llegado: la gente no se quejaba
ya contra el dolor, sino que lo anhela¬ba. «¡Más dolor! ¡Más dolor!», así gritó
duran-te siglos el an¬helo de sus discípulos e iniciados. Todo desenfreno del
senti¬miento que causase daño, todo lo que quebrantaba, trastor¬naba,
aplastaba, extasiaba, embelesaba, el misterio de las cámaras de tortura, la
capacidad inventiva del mismo infier¬no ––todo eso se hallaba ahora descubierto,
adivinado, apro-vechado, todo estaba al servicio de hechicero, todo sirvió en
lo sucesivo a la victoria de su ideal, del ideal ascético... «Mi reino no es de
este mundo»110 ––seguía diciendo ahora igual que antes: ¿tenía realmente
derecho a seguir hablando así?... Goethe afirmó que únicamente existen treinta
y seis situacio¬nes trági-cas111: esto permite adivinar, aunque no supiéramos
ninguna otra cosa, que Goethe no fue un sacerdote ascético. Éste –– conoce un
número mayor...
110.
Véase Evangelio de Juan, 18, 36; palabras de Jesús a Pilato.
111.
Nietzsche se refiere a un pasaje de las Conversaciones con Eckermann (14 de
febrero de 1830), que dice así: «Hablóme luego Goethe de Goz¬zi y de su teatro
veneciano, en que los actores improvisan, pues no les dan más que el guión de
las obras. Opinaba Gozzi que, en fin de cuen¬tas, no había más que unas treinta
y seis situaciones dramáticas apli¬cables al teatro. Schiller creyó siempre que
había muchas más; pero lo cierto es que nunca llegó a reunir tantas.»
21
Con
respecto a toda esta especie de la medicación sacerdo¬tal, la especie
«culpable», está de más toda palabra de críti¬ca. Que semejante desenfreno del
sentimiento, tal como el sacerdote ascético acostumbró a prescribirlo en este
caso a sus enfermos (bajo los nombres más santos, ya se entiende, y convencido
ade-más de la santidad de su finalidad), haya sido realmente útil a algún
enfermo, ¿quién tendría gusto en sostener una afirmación así? Al menos habría
que ponerse de acuerdo sobre la expresión «ser útil». Si con ella quiere
decirse que tal sistema de tratamiento ha mejorado al hom¬bre, entonces nada
tengo que obje-tar: sólo añadir lo que para mí significa «mejorado» ––lo mismo
que «domestica¬do», «debilitado», «pos-trado», «refinado», «reblandecido», «castrado»
(es decir, casi lo mismo que dañado...). Pero si se trata prin-cipalmente de
enfermos contrariados, deprimi¬dos, tal sistema pone al enfermo más enfermo,
aun supo-niendo que lo ponga «mejor»; pregúntese a los médicos de locos qué
consecuencia trae siempre consigo una aplica¬ción metódica de tormentos
expiatorios, contriciones y es¬pasmos de redención. Pregúntese asi-mismo a la
historia: en todos los lugares en que el sacerdote ascético ha impuesto ese
tratamiento a los enfermos, la condición enfermiza ha crecido siempre en
profundidad y en extensión con una ra¬pidez si-niestra. ¿Cuál fue siempre el
«éxito»? Un sistema nervioso destrozado, añadido a todo lo demás que ya esta¬ba
enfermo; y esto tanto en el más grande como en el más pequeño, tanto en el
individuo como en las masas. Detrás del training [entrenamiento] de expiación y
redención en¬contramos epidemias epilépticas enormes, las más grandes que la
historia conoce, como las de los danzantes medieva¬les de San Vito y San Juan
112; encontramos, como otra forma de su influjo, parálisis terribles y
depresiones duraderas, con las cuales a veces el temperamento de un pueblo o de
una ciudad (Ginebra, Basilea) se transforma, de una vez para siempre, en lo
contrario de lo que era; –– a esto pertene¬ce también la historia de las
brujas, algo afín al sonambulis¬mo (ocho grandes explosiones epidémicas de las
mismas tan sólo entre 1564 y 1605); detrás del mencionado training encontramos
asimismo aquellos delirios colectivos ansiosos de muerte, cuyo horrible grito
evviva la morte [viva la muerte] se oyó por toda Europa, interrumpido unas
veces por idiosincrasias voluptuosas y otras por idiosincrasias destructivas: y
ese mismo cambio de afectos, con las mismas intermitencias y transformaciones
súbitas, es observado todavía hoy en todos los lugares, en todo sitio en donde
la doctrina ascética acerca del pecado obtiene una vez más un gran triunfo (la
neurosis religiosa aparece como una forma del «ser malvado»: de ello no hay
duda). ¿Qué es esa neuro¬sis? Quaeri-tur [se pregunta]. Hablando a grandes
rasgos, el ideal ascético y su culto sublimemente moral, esa ingenio-sí¬sima,
despreocupadísima y peligrosísima sistematización de todos los medios del
desenfreno del senti-miento bajo la protección de propósitos santos se ha
inscrito de un modo terrible e inolvidable en la histo-ria entera del hombre;
y, por desgracia, no sólo en su historia... Yo no sabría señalar nada que haya
daña-do tan destructoramente como este ideal la salud y el vigor racial, sobre
todo de los europeos; es lícito llamarlo, sin ninguna exageración, la auténtica
fatalidad en la historia de la salud del hombre europeo. A lo sumo podría
compararse con el influjo específicamente germánico: me refiero al
envenenamiento al-cohólico de Europa, que hasta hoy ha marchado rigurosamente
al mismo paso que la pre¬ponderancia política y racial de los germanos ( ––
donde és¬tos inocularon su sangre, inocularon también sus vicios). –– Como
tercer elemento de la serie habría que mencionar la sífilis –– magno sed próxima
intervalo [a gran distancia, pero muy próxima].
112.
Véase, sin embargo, lo que Nietzsche había dicho en El nacimiento de la
tragedia, l: «También en la Edad Media ale-mana iban rodando de un lugar para
otro, cantando y bailando bajo el influjo de esa misma vio¬lencia dionisíaca,
muche-dumbres cada vez mayores: en esos danzan¬tes de San Juan y San Vito
reconocemos nosotros los coros báquicos de los griegos, con su prehistoria en
Asia Menor, que se remontan hasta Babilonia y hasta los saces orgiásticos».
22
El
sacerdote ascético ha corrompido la salud anímica en to¬dos los sitios en que
ha llegado a dominar, y, en consecuen¬cia, ha corrompido también el gusto in
artibus et litteris [en las artes y en las letras] –– todavía continúa
corrompiéndolo. «¿En consecuencia?» Espero que este «en consecuencia» se me
conceda senci-llamente; al menos no quiero ofrecer aquí su demostración. Un
solo dato: se refiere al libro funda¬mental de la literatura cristiana, a su
auténtico modelo, a su «libro en sí». Todavía en medio del esplendor
greco––roma¬no, que era también un esplendor de libros, a la vista de un mundo
literario no marchitado ni arruina-do aún, en una época en que todavía era
posible leer algunos libros por cuya posesión daríamos hoy a cambio la mitad de
literatu¬ras enteras, la simpleza y la vanidad de agitadores cristianos ––se
les llama padres de la Iglesia–– se atrevió ya a decretar: «También nosotros
tenemos nuestra literatura clásica, no necesitamos la de los griegos», –– y al
decirlo se apuntaba con orgullo a libros de leyendas, cartas de apóstoles y
tratadillos apologéticos, aproximadamente de la misma manera como hoy el
«Ejército de Salvación» inglés lucha, con una literatu¬ra similar, contra
Shakespeare y otros «paganos». A mí no me gusta el Nuevo Testamento, ya se
adivina; casi me desa¬sosiega el encontrarme tan solo con mi gusto res-pecto a
esa obra literaria estimadísima, sobreestimadísima (el gusto de dos milenios
está contra mí): ¡pero qué remedio queda! «Aquí estoy yo, no puedo hacer otra
cosa» 113, –– tengo el co¬raje de mi mal gusto. El Antiguo Testamento ––sí,
éste es algo completamente distinto: ¡todo mi respeto por el Anti¬guo
Testamen-to! En él encuentro grandes hombres, un pai¬saje heroico y algo
rarísimo en la tierra, la incomparable in-genuidad del corazón fuerte; más aún,
encuentro un pueblo. En cambio, en el Nuevo, nada más que pe-queños asuntos de
sectas, nada más que rococó del alma, nada más que cosas adornadas con
arabescos, angulosas, extrañas, mero aire de conventículo, sin olvidar un
ocasional soplo de bucólica dulzura, que pertenece a la época (y a la provincia
romana) y que no es tanto judío como helenístico. La humildad y la ampulosidad,
estrechamente juntas; una locuacidad del sentimiento que casi ensordece;
apasionamiento, pero no pasión; penosa mímica; aquí ha faltado evidentemente
toda buena educación. ¡Cómo se puede dar, a los pequeños de¬fectos propios, la
importancia que les dan esos piadosos hombrecillos! Nadie se ocupa de aquéllos;
y mucho menos Dios. Para terminar, todas estas pequeñas gentes de la pro¬vincia
quie-ren tener incluso «la corona de la vida eterna»114: ¿para qué?, ¿por qué?,
no es posible llevar más lejos la inmodestia. Un Pedro «inmortal», ¡quién lo
soportaría! Poseen una ambición que hace reír: esas gentes nos dan mascados sus
asuntos más personales, sus necedades, tristezas y preo¬cupaciones de ociosos,
como si el en-sí-de-las-cosas estu¬viera obligado a preocuparse de ello, esas
gentes no se can¬san de mezclar a Dios incluso en los más pequeños pesares en
que ellos están metidos. ¡Y ese permanente tutearse con Dios, de pésimo gusto!
¡Esa judía, y no sólo judía, familiari¬dad de hocico y de pata con Dios!... Hay
en el este de Asia pequeños y despreciados «pueblos paganos» de los que es¬tos
primeros cristianos podrían haber aprendido algo esen¬cial, un poco de tacto
del respeto; según atestiguan misione¬ros cristianos, aquellos pueblos no se
permiten siquiera pronunciar el nombre de su Dios. Esto me parece una cosa
bastante deli-cada; en verdad resulta demasiado delicada no sólo para
«primeros» cristianos: para percibir el contraste, recuérdese, por ejemplo, a
Lutero, «el más elocuente» e in¬modesto campesino que Alemania ha dado, y el
tono lute¬rano, que era el que más le gustaba emplear precisamente en sus diálogos
con Dios. La oposición de Lutero a los santos intermediarios de la Iglesia (en
especial, al «papa, esa puer¬ca del diablo») era en su último fondo, no hay
duda de ello, la oposición propia de un palurdo al que le fastidiaba la buena
etiqueta de la Iglesia, aquella etiqueta de respeto del gusto hierático, que
sólo a gentes más iniciadas y silenciosas permite entrar en el santo de los
santos, y en cambio cierra el acceso a los palurdos. De una vez por todas,
precisamente aquí no deben éstos hablar, –– pero Lutero, el campesino, quería
las cosas de un modo completamente distinto, aque¬llo no le parecía bastante
alemán: quería, ante todo, hablar directamente, hablar él, hablar «sin
ceremonias» con su Dios... Y, desde luego, lo hizo. –– El ideal ascético, ya se
lo adi-vina, no fue nunca y en ningún lugar una escuela del buen gusto, menos
aún de los buenos modales, –– fue, en el mejor caso, una escuela de los modales
hieráticos –– : esto hace que encierre en sí algo mortal-mente hostil a todos
los buenos modales, –– falta de moderación, aversión por la modera¬ción, es
incluso un non plus ultra.
113.
Frase muy conocida en Alemania y que se atribuye a Lutero, quien la habría
dicho el 18 de abril de 1521 en la Dieta de Worms. Con ella pa¬rece haber
acabado su respuesta a la pregunta de si quería retractarse. Nietzsche la
emplea en otros varios pasajes, por ejemplo, en La gaya ciencia, 146, y en Ecce
Homo.
114.
Reminiscencia del Apocalipsis, 2, 10.
23
El
ideal ascético ha corrompido no sólo la salud y el gusto, sino también una
tercera, y una cuarta, y una quinta, y una sexta cosa ––me guardaré de decir
cuántas (¡cuándo acaba¬ría!). Lo que aquí pretendo po-ner de manifiesto no es
lo que ese ideal ha realizado, sino, más bien, única y exclusiva¬mente lo que
signi-fica, lo que deja adivinar, lo que se oculta detrás de él, debajo de él,
dentro de él, aquello de lo cual él es la expresión superficial, oscura,
sobrecargada de interro¬gaciones y de malentendidos. El no escatimar a mis
lectores una mirada a lo monstruoso de sus efectos, también de sus efectos
funestos, he podido permi-tírmelo sólo en orden a esta finalidad: a saber, la
de prepararlos para el último y más terrible aspecto que posee para mí la pregunta
por el significado de aquel ideal. ¿Qué significa justamente el po¬der de ese
ideal, lo monstruoso de su poder? ¿Por qué se le ha cedido terreno en esa
medida? ¿Por qué no se le ha opuesto más bien resistencia? El ideal ascético
expresa una voluntad: ¿dónde está la voluntad contraria, en la que se
expresaría un ideal contrario? El ideal ascético tiene una meta, –– y ésta es
lo suficientemente universal como para que, comparados con ella, todos los
demás intereses de la existencia humana parezcan mez-quinos y estrechos;
épocas, pueblos, hom¬bres, interprétalos implacablemente el ideal ascético en
di¬rección a esa única meta, no permite ninguna otra interpre¬tación, ninguna
otra meta, rechaza, niega, afirma, co-rrobo¬ra únicamente en el sentido de su
interpretación (–– ¿y ha existido alguna vez un sistema de interpre-tación más
pensado hasta el final?); no se somete a ningún poder, sino que cree en su
primacía sobre todo otro poder, en su incondicio¬nal distancia de rango con
respecto a todo otro poder, –– cree que no existe en la tierra ningún poder que
no tenga que re¬cibir de él un sentido, un derecho a existir, un valor, como
ins-trumento para su obra, como vía y como medio para su meta, para una única
meta... ¿Dónde está el an-tagonista de este compacto sistema de voluntad, meta
e interpretación? ¿Por qué falta el antagonista?... ¿Dónde se encuentra la otra
«única meta»?... Se me dice que no falta, que no sólo ha lu¬chado largo tiempo
con éxito contra aquel ideal, sino que incluso, en todos los asuntos
principales, se ha enseñoreado ya de él: testimonio de ello sería toda nuestra
ciencia moder¬na, –– esa ciencia moderna que, por ser una auténtica filoso¬fía
de la realidad, evidentemente no cree más que en sí mis¬ma, evidentemente tiene
el coraje de ser ella misma, la vo¬luntad de ser ella misma, y hasta ahora se
las ha arreglado bastante bien sin Dios, sin el más allá, sin virtudes
negado¬ras. Ahora bien, ese ruido y esa locuacidad de agitadores no me producen
ninguna impresión: esos trompeteros de la realidad son malos músicos, sus voces
no ascienden desde lo profundo de un modo suficientemente perceptible, en ellos
no habla el abismo de la conciencia científica ––pues un abis¬mo es hoy la
conciencia científica––, en los hocicos de tales trompeteros el vocablo
«cien-cia» es sencillamente una im¬pudicia, un abuso, una desvergüenza. La
verdad es cabal¬mente lo contrario de lo que aquí se afirma: la ciencia no
tie¬ne hoy sencillamente ninguna fe en sí misma, y mucho me¬nos un ideal por
encima de sí, –– y allí donde aún es pasión, amor, fervor, sufrimiento, no
representa lo contrario de aquel ideal ascético, sino más bien la forma más
reciente y más noble del mismo. ¿Os suena extraño esto?... Es cierto que
también entre los doctos de hoy hay bastante pueblo honrado y modesto de
obreros, el cual se complace en su pe¬queño rincón, y que, por el hecho de
complacerse en él, a ve¬ces eleva un poco inmodestamente la voz, diciendo que
hoy debemos estar contentos en general, sobre todo en la ciencia, –– pues
precisamente en ella hay tantas cosas útiles que hacer. No objeto nada; y lo
que menos quisiera yo es estropearles a esos honestos obreros su placer en el
oficio: pues yo me alegro de su trabajo. Pero el hecho de que ahora se trabaje
con rigor en la ciencia y de que existan trabajadores satisfe¬chos no demuestra
en modo alguno que la ciencia en su conjunto posea hoy una meta, una voluntad,
un ideal, una pasión pro-pia de la gran fe. Como hemos dicho, ocurre lo
contrario: allí donde la ciencia no es la más reciente forma de aparición del
ideal ascético, –– son casos demasiado raros, nobles y escogidos como para que
el juicio general pudiera ser torcido por ellos ––, la ciencia es hoy un
escondrijo para toda especie de mal humor, incredulidad, gusano roedor, despectio
su¡ [desprecio de si], mala conciencia, –– es el desa¬sosiego propio de la
ausencia de un ideal, el sufrimiento por la falta del gran amor, la
insuficiencia de una sobriedad in-voluntaria. ¡Oh, cuántas cosas no oculta hoy
la ciencia! ¡Cuántas debe al menos ocultar! La capacidad de nuestros mejores
estudiosos, su irreflexiva laboriosidad, su cerebro en ebullición día y noche,
incluso su maestría en el oficio –– ¡con cuánta frecuencia ocurre que el
auténtico sentido de todo eso consiste en cegarse a sí mismo los ojos para no
ver algo! La ciencia como medio de aturdirse a sí mismo: ¿cono¬céis esto?... A
veces con una palabra inofensiva herimos a los doctos hasta el tuétano ––todo
el que trata con ellos lo ha ex¬perimentado––, indisponemos contra nosotros a
nuestros amigos doctos en el instante en que pensamos honrarlos, los sacamos de
sus casillas meramente porque fuimos demasia¬do burdos para adivi-nar con quién
estamos tratando en realidad, con seres que sufren y que no quieren confesarse
a sí mismos lo que son, con seres aturdidos e irreflexivos que no temen más que
una sola cosa: llegar a cobrar con-cien¬cia...
24
–– Y
ahora examinemos, en cambio, aquellos casos, más ra¬ros, de que he hablado, los
últimos idealistas que hoy exis¬ten entre filósofos y doctos: ¿tenemos en ellos
tal vez los buscados adversarios del ideal ascé-tico, los anfidealistas de
éste? De hecho se creen tales, esos «incrédulos» (pues todos ellos lo son);
parece que su último resto de fe consiste justo en esto, en ser adversarios de
ese ideal, tan serios son en este punto, tan apasionados se vuelven
precisamente aquí sus gestos y sus palabras: –– ¿ya por esto ha de ser
verda-dero lo que ellos creen?... Nosotros «los que conocemos»115 nos hemos
vuelto con el tiempo desconfiados frente a toda espe¬cie de creyentes; nuestra
desconfianza nos ha ejercitado poco a poco en sacar conclu-siones opuestas a las
que en otro tiempo se sacaban: es decir, en inferir, en todos aque¬llos sitios
en que la fortaleza de una fe aparece mucho en el primer plano, que hay allí
una cierta debilidad de la demos-trabilidad, incluso una inverosimilitud de lo
creído. Tampo¬co nosotros negamos que la fe otorga la biena-venturanza 116:
cabalmente por esto negamos que la fe demuestre algo, –– una fe robusta, que
otorga la bienaventuranza, es una sospe¬cha contra aquello en lo que cree) no
es prueba de «ver¬dad», es prueba de una cierta verosimilitud ––de la ilusión.
¿Qué ocurre hoy en este caso? –– Estos actuales negadores y apartadizos, estos
incondicionales en una sola cosa, en la exigencia de limpieza intelectual,
estos espíritus duros, se¬veros, abstinentes, heroicos, que constituyen la
honra de nuestra época, todos estos pálidos ateís-tas, anticristos,
in¬moralistas, nihilistas, estos escépticos, efécticos, hécticos de espíritu
(esto último lo son todos ellos, en algún sentido), estos últimos idealistas
del conocimiento, únicos en los cuales se alberga y se ha encarnado la
conciencia intelec¬tual, –– de hecho se creen sumamente desligados del ideal
ascético, estos «espíritus libres, muy libres»: y, sin embargo, voy a
descubrirles lo que ellos mismos no pueden ver ––pues están demasiado cerca––:
aquel ideal es precisamente tam¬bién su ideal, ellos mismos, y acaso nadie más,
lo represen¬tan hoy, ellos mismos son su más espiritualizado engendro, su más
avanzada tropa de guerreros y exploradores, su más insidiosa, delicada,
inaprensible forma de seducción: –– ¡si en algo soy yo descifrador de enigmas,
quiero serlo con esta afirmación!... Se hallan muy lejos de ser espíritus
libres: pues creen todavía en la verdad... Cuando los cruzados cris¬tianos
tropezaron en Oriente con aquella invencible Orden de los Asesinos 117, con
aquella Orden de espíritus libres par excellence, cuyos grados ínfimos vivían
en una obediencia que no ha sido alcanzada por ninguna Orden monástica,
recibieron también, por alguna vía, una indicación acerca de aquel símbolo y
aquella frase––escudo, reservada sólo a los grados sumos, como su secretum:
«Nada es verdadero, todo está permitido...» Pues bien, esto era libertad de
espíritu, con ello se dejaba de creer en la verdad misma... ¿Se ha extra¬viado
ya alguna vez un espíritu libre europeo, cristiano, en esa frase y en sus
laberínticas consecuencias? ¿Conoce por experiencia el Minotauro de ese
infierno?... Dudo de ello, más aún, sé algo distinto: –– nada es más extraño a
estos in¬condicionales de una sola cosa, a estos así llamados «espíri¬tus
libres», que la libertad y la liberación en aquel sentido, en ningún otro
aspecto están más firmemente atados, justo en la fe en la verdad están firmes e
incondicionales como ningún otro. Yo conozco todo esto tal vez desde demasiado
cerca: aquella loable continencia de filósofos a la que tal fe obliga, aquel
estoicismo del intelecto que acaba por prohibirse tan rigurosamente el no como
el sí, aquel querer––dete¬nerse ante lo real, ante el factum brutum [hecho
bruto], aquel fatalismo de los petits faits [hechos pequeños] (ce petit
faitalisme, como yo lo llamo), en el cual la ciencia francesa busca ahora una
especie de primacía moral sobre la alemana, aquel renunciar del todo a la
interpretación (al violentar, reajustar, recortar, omitir, rellenar, imaginar,
falsear, y a todo lo demás que pertenece a la esen-cia del in¬terpretar) ––esto
es, hablando a grandes rasgos, expresión tanto de un ascetismo de la virtud
como de una negación de la sensualidad (en el fondo, es sólo un modus de esa
ne¬gación). Pero lo que fuer-za a esto, aquella incondicional voluntad de
verdad, es la fe en el ideal ascético mismo, si bien en la forma de su
imperativo inconsciente, no nos engañemos sobre esto, ––es la fe en un valor
metafísico, en un valor en sí de la verdad, tal como sólo en aquel ideal se
encuentra garantizado y confirmado (subsiste y desapa-re¬ce juntamente con él).
No existe, juzgando con rigor, una ciencia «libre de supuestos», el pensamiento
de tal ciencia es impensable, es paralógico: siempre tiene que haber allí una
filosofía, una «fe», para que de ésta extraiga la ciencia una dirección, un
sentido, un límite, un método, un dere¬cho a existir. (Quien lo entiende al
revés, quien, por ejem¬plo, se dispone a asentar la filosofía «sobre una base rigu¬rosamente
cien-tífica», necesita primero, para ello, poner cabeza abajo no sólo la
filosofía, sino también la misma verdad: ¡la peor ofensa al decoro que puede
cometerse con dos damas tan respetables!) Sí, no hay duda ––y aquí dejo hablar
a mi Gaya ciencia, véase el libro quinto 118 ––«el hombre veraz, en aquel
temerario y último sentido que la fe en la ciencia presupone, afirma con ello
otro mundo dis¬tinto del de la vida, de la natura-leza y de la historia; y en
la medida en que afirma ese ‘otro mundo’, ¿cómo?, ¿no tiene que negar,
preci-samente por ello, su opuesto, este mundo, nuestro mundo?... Nuestra fe en
la ciencia reposa siempre sobre una fe metafísica ––también nosotros los
actuales hombres del conocimiento, nosotros los ateos y antime-ta¬físicos,
también nosotros extraemos nuestro fuego de aquella hoguera encendida por una
fe milenaria, por aquella fe cristiana que fue también la fe de Platón, la
creencia de que Dios es la verdad, de que la verdad es di¬vina... ¿Pero cómo es
esto posible, si precisamente tal cosa se vuelve cada vez más increíble, si ya
no hay nada que se revele como divino, salvo el error, la ceguera, la mentira,
–– si Dios mismo se revela como nuestra más larga menti¬ra?» –– En este punto
es necesario detenerse y reflexionar largamente. La ciencia misma necesita en
adelante una justificación (con lo cual no se ha dicho en absoluto que exista
una justificación para ella). Examínense, con res¬pecto a esta cuestión, las
filosofías más antiguas y las más recientes: falta en todas ellas una
conciencia de hasta qué punto la misma voluntad de verdad necesi-ta una
justifica¬ción, hay aquí una laguna en toda filosofía ––¿a qué se debe? A que
el ideal ascético ha sido hasta ahora dueño de toda filosofía, a que la verdad
misma fue puesta como ser, como Dios, como instancia suprema, a que a la verdad
no le fue lícito en absoluto ser problema. ¿Se entiende este «fue lícito»? ––
Desde el instante en que la fe en Dios del ideal ascético es negada, hay
también un nuevo pro-blema: el del valor de la verdad. –– La voluntad de verdad
necesita una crítica ––con esto definimos nues-tra propia tarea––, el valor de
la verdad debe ser puesto en entredicho alguna vez, por vía experimental... (A
quien esto le parezca dema¬siado sucinto se le recomienda volver a leer el
apartado de La gaya ciencia titulado: «En qué medida somos nosotros todavía
piadosos» 119, y, mucho mejor aún, el libro quinto entero de la mencionada
obra, así como el prólogo a Au¬rora.)
115.
«Nosotros los que conocemos» es en esta obra una especie de epíteto aplicado
por Nietzsche a quienes conocen de verdad la moral. Véanse las primeras líneas
del Prólogo..
116.
Reminiscencia de Evangelio de Marcos, 16, 16. El texto alemán (selig machen),
con su posibilidad de significar «embobar», tiene un matiz irónico.
117.
Orden de los Asesinos (Assasinen-Orden). Secta de musulmanes is¬maelianos,
célebre en tiempos de las Cruzadas, cuyos miembros apu¬ñalaban, a la menor
señal de su jefe, a aquellos que habían sido designados de antemano. Parece que
se exaltaban con haxix, de donde les vino el nombre de haxixinos,
posteriormente asesinos.
118.
Véase La gaya ciencia, aforismo 344 («En qué sentido somos nosotros todavía
devotos»).
119.
Véase nota anterior. Nietzsche sugiere que se lea el aforismo completo, mucho
más largo que la cita anterior, que cons-tituye sólo su parte final.
25
¡No!
No se me venga con la ciencia cuando yo busco el an¬tagonista natural del ideal
ascético, cuando pregunto: «¿dónde está la voluntad opuesta, en la que se
exprese su ideal opuesto?» Ni de lejos se apoya en sí misma la ciencia lo
suficiente como para poder ser esto, ella necesita primero, en todos los
sentidos, un ideal del valor, un poder creador de valores, al servicio del cual
le es lícito a ella creer en sí misma, –– ella como tal no es nunca creadora de
valores. Su relación con el ideal ascético no es ya en sí, de ningún modo, una
relación antagonística; incluso representa más bien, en lo principal, la fuerza
propulsora en la configura¬ción interna de aquél. Su contradicción y su lucha,
examina¬das de modo más sutil, no apuntan de ningún modo al ideal mismo, sino
sólo a las avanzadas de éste, a su disfraz, a su juego de máscaras, a sus
ocasionales endurecimiento, dese¬cación, dogmatización ––la ciencia devuelve la
libertad a la vida que hay en el ideal ascético, negando lo exotérico en él.
Ambos, ciencia e ideal ascético, se apoyan, en efecto, sobre el mismo terreno
––ya di a entender esto––: a saber, sobre la misma fe en la inestimabilidad,
incriti-cabilidad de la ver¬dad, y por esto mismo son necesariamente aliados,
–– de modo que, en el supuesto de que se los combata, no se los puede combatir
y poner en entredicho nunca más que de manera conjunta. Una apreciación del
valor del ideal ascé¬tico trae consigo inevitablemente también una apreciación
del valor de la ciencia: ¡ábranse los ojos y agúcense los oídos para percibir
tal cosa en todos los tiempos! (El arte, dicho sea de manera anticipada, pues
alguna vez volveré sobre el tema con más detenimiento, ––el arte, en el cual
precisamen¬te la mentira se santifica, y la voluntad de engaño tiene a su favor
la buena conciencia, se opone al ideal ascético mucho más radicalmente que la
ciencia: así lo advirtió el instinto de Platón, el más grande enemigo del arte
120 producido hasta ahora por Europa. Platón contra Homero: éste es el
antago¬nismo total, genuino –– de un lado el «allendista» con la me¬jor
voluntad, el gran calumniador de la vida, de otro el in¬voluntario divinizador
de ésta, la áurea naturaleza. Una su¬jeción del artista al servi-cio del ideal
ascético es por ello la más propia corrupción de aquel que pueda haber, y, por
desgracia, una de las más frecuentes: pues nada es más co¬rruptible que un
artista.) También consideradas las cosas desde un punto de vista fisiológico
descansa la ciencia sobre el mismo terreno que el ideal ascético: un cierto empobreci¬miento
de la vida constituye, tanto en un caso como en otro, su presupuesto, –– los
afectos enfriados, el tempo retardado, la dialéctica ocupando el lugar del
instinto, la seriedad gra¬bada en los ros-tros y los gestos (la seriedad, ese
inequívoco indicio de un metabolismo más trabajoso, de una vida que lucha, que
trabaja con más dificultad). Examinense las épo¬cas de un pueblo en las que el
hombre docto aparece en el primer plano: son épocas de cansancio, a menudo de
cre¬púsculo, de decadencia, ––la fuerza desbordante, la certeza vital, la
certeza de futuro, han desaparecido. La preponde¬rancia del mandarín no
significa nunca algo bueno: como tampoco la aparición de la democracia, de los
arbitrajes de paz en lugar de las guerras, de la igualdad de derechos de las
mujeres, de la religión de la compasión y de todos los demás síntomas que hay
de la vida declinante. (La ciencia concebi¬da como problema; ¿qué significa
ciencia? ––véase sobre esto el prólogo a El nacimiento de la tragedia) 121. ––
¡No!, esta «ciencia moderna» ––¡basta abrir los ojos!–– es por el mo¬mento la
mejor aliada del ideal ascético, ¡y lo es justo por ser la ciencia más
inconsciente, más involuntaria, más secreta y más subterránea! Hasta ahora han
jugado un mismo juego los «pobres de espíritu» y los adversarios científicos de
aquel ideal (guardémonos de pensar, dicho sea de paso, que éstos sean la
antítesis de aquéllos, algo así como los ricos de espíritu: ––no lo son, yo los
he denominado hécticos del es¬píritu). Esas famosas victorias de los últimos:
indudable¬mente son victorias, –– ¿pero sobre qué? El ideal ascético no fue
vencido de ningún modo en ellas, antes bien se vol-vió más fuerte, es decir,
más inaprensible, más espiritual, más capcioso, por el hecho de que, una y otra
vez, la ciencia eli¬minó, derribó sin compasión un muro, un bastión que se
había adosado a aquél y que había vuelto más grosero su as¬pecto. ¿Se piensa en
serio que, por ejemplo, la derrota de la astronomía teológica fue una derrota
de tal ideal?... ¿Es que acaso el hombre se ha vuelto menos necesitado de una
solu¬ción allendista de su enigma del existir, por el hecho de que, a partir de
entonces, ese existir aparezca ahora más gratui¬to aún, más arrinconado, más
superfluo en el orden visible de las cosas? ¿No se encuen-tra en un indetenible
avance, a partir de Copérnico, precisamente el autoempequeñeci¬miento del
hombre, su voluntad de autoempequeñecimien¬to? Ay, ha desaparecido la fe en la
dignidad, singularidad, insusti-tuibilidad humanas dentro de la escala jerárquica
de los seres, –– el hombre se ha convertido en un animal, animal sin metáforas,
restricciones ni reservas, él, que en su fe an¬terior era casi Dios («hijo de
Dios», «hom-bre Dios»)... A partir de Copérnico el hombre parece haber caído en
un plano inclinado, –– rueda cada vez más rápido, alejándose del punto central
–– ¿hacia dónde?, ¿hacia la nada?, ¿hacia el «horadante senti-miento de su
nada»?... ¡Bien!, éste precisa¬mente sería el camino derecho ––¿hacia el
antiguo ideal?... Toda ciencia (y no sólo la astronomía, sobre cuyo humillan¬te
y degradador influjo hizo Kant una notable confe-sión, «ella aniquila mi
importancia ...») 122, toda ciencia, tanto la natural como la innatural ––así
llamo yo a la autocrítica del conocimiento–– tiende hoy a disuadir al hombre
del aprecio en que hasta ahora se tenía a sí mismo, como si tal aprecio no
hubiera sido otra cosa que una extravagante presunción; incluso podría decirse
que la ciencia pone su propio orgu¬llo, su propia áspera forma de ataraxia
estoica en mante-ner en pie en sí misma ese difícilmente conseguido
autodespre¬cio del hombre, como su última y más seria reivindicación de aprecio
(con razón, de hecho: pues quien desprecia es siempre todavía alguien que «no
ha olvidado el apreciar...»). ¿Se trabaja en verdad así en contra del ideal
ascético? ¿Aca¬so se piensa aún, con toda seriedad (como se imaginaron al¬gún
tiempo los teólogos), que, por ejemplo, la victoria de Kant sobre la dogmática
de los conceptos teológicos («Dios», «alma», «libertad», «inmortalidad») ha
demolido aquel ideal? ––a este respecto nada debe importarnos por el momento si
Kant mismo tuvo siquiera el propósito de hacer algo de ese tipo. Lo cierto es
que, a partir de Kant, los tras¬cendentalistas de toda especie han tenido de
nuevo ganada la partida, ––se han emancipado de los teólogos: ¡qué felici¬dad!
––Kant les ha descubierto un camino secreto en el que ahora les es lícito
entregarse, con sus propios medios y con el mejor decoro científico, a los
«deseos de su corazón». Asimismo: ¿quién podría tomar a mal ya a los
ag-nósticos el que éstos, en cuanto veneradores de lo desconocido y mis¬terioso
en sí, adoren ahora como Dios el signo mismo de in¬terrogación? (Xaver Doudan
123 habla en una ocasión de los ravages [estragos] pro-ducidos por 1’habitude
d’admirer 1’inintelligible au lieu de rester tout simplement dans I’in¬connu
[el hábito de admirar lo ininteligible en lugar de que¬darse simplemente en lo
desconocido]; él piensa que los an¬tiguos habrían prescindido de ello).
Suponiendo que nada de lo que el hombre «conoce» satisfaga sus deseos, sino que
más bien los contradiga y espante, ¡qué divina escapatoria el que sea lícito
buscar la cul-pa de ello no en el «desear», sino en el «conocer»!... «No existe
ningún conocer: en consecuencia –– existe Dios»: ¡qué nueva elegantia
syllogismi [ele¬gancia del silogismo], ¡qué triunfo del ideal ascético! ––
120.
Los textos de Platón a este respecto, sobre todo en La República, son
innumerables.
121.
Nietzsche se refiere al «Ensayo de una autocrítica», que puso al fren¬te de la
segunda edición de su libro, cuando éste volvió a publicarse en 1874. En
particular, el apartado 2.
122.
La cita de Kant se encuentra en la «Conclusión» de la Crítica de la ra¬zón
práctica. He aquí el contexto: «Dos cosas llenan el ánimo de admi¬ración y
respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuen cia y aplicación
se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral
dentro de mí ... El primer espectáculo de una innumerable multitud de mundos
aniquila, por decirlo así, mi importancia como criatura animal que tiene que
devolver al planeta (un mero punto en el universo) la materia de que fue hecho
después de haber sido provisto, por un corto tiempo (no se sabe cómo), de
fuerza vital.»
123.
Xaver Doudan (1800-1872), escritor francés. Nietzsche tenía en su bi¬blioteca
la obra de éste titulada Mélanges et lettres [Miscelánea y car¬tas], París,
1878.
26
––
¿O es que acaso la historiografía moderna, en su totalidad, ha mostrado una
actitud más cierta de vida, más cierta de ideal? Su pretensión más noble se
reduce hoy a ser espejo: re¬chaza toda teleología; ya no quiere «demostrar»
nada: des¬deña el desempeñar el papel de juez, y tiene en ello su buen gusto,
–– ni afirma ni niega, hace constar, «describe»... Todo esto es ascético en
alto grado; pero a la vez es, en un grado más alto todavía, nihilista, ¡no nos
engañemos sobre este punto! Vemos una mirada triste, dura, pero resuelta, –– un
ojo que Mira a lo lejos, como mira a lo lejos un viajero del Polo Norte que se
ha que-dado aislado (¿tal vez para no mi¬rar adentro?, ¿tal vez para no mirar
atrás? ...) Aquí hay nie¬ve, aquí la vida ha enmudecido; las últimas cornejas
cuya voz aquí se oye dicen: «¿Para qué?» «¡En vano!», «¡Na-da!» 124 –– aquí ya
no florece ni crece nada, a lo sumo metapolítica petersburguesa y «compasión»
tols-toiana. Mas en lo que se refiere a esa otra especie de historiadores, una
especie aca¬so «más moderna» aún, una especie gozadora, voluptuosa, que
coquetea tanto con la vida como con el ideal ascético, que usa como guante la
palabra «artista» y que hoy mono¬poliza totalmente la loa de la contemplación:
¡oh, qué sed tan grande de ascetas y de paisajes invernales provocan esos
dulces ingeniosos! ¡No! ¡Que el diablo se lleve a ese pueblo «contemplativo»!
¡Prefiero con mucho caminar jun¬to con aquellos nihilistas históricos a través
de las más som¬brías, grises y frías brumas! ––más aún, en el supuesto de que
tuviera que elegir, no me habría de importar prestar oí¬dos incluso a alguien
del todo y en verdad ahistórico, anti¬-histórico (como ese Dühring, con cuyos
acentos se embria¬ga, en la Alemania actual, una especie hasta hoy todavía
tí¬mida, todavía inconfesada de «almas bellas», la species anarchistica dentro
del proletariado culto). Cien veces peo¬res son los «contemplativos»––: ¡yo no
conozco nada que me cause más náusea que una de esas pol-tronas «objetivas»,
que uno de esos perfumados gozadores de la historia, medio curas, medio
sátiros, par-fum Renan, los cuales delatan ya, con el falsete agudo de su
aplauso, qué es lo que les falta, en qué lugar les falta, en qué sitio ha
manejado en este caso la Parca su cruel tijera, de un modo, ¡ay!, demasiado
qui-rúrgi¬co! Esto subleva mi gusto y también mi paciencia: conserve su
paciencia ante tales visiones quien nada tenga que perder con ella, ––a mí tal
visión me exaspera, esos «espectadores» me enfurecen contra el «espectáculo»
más aún que éste (la historia misma, entiéndaseme), sin querer me vienen a la
mente, al contemplarlo, bromas anacreónticas. La naturale¬za que dio al toro
sus cuernos y al león el χάσμ όδόυτωυ [abertura de los dientes], ¿para qué me
dio a mí el pie?... Para pisotear, ¡por San Anacreonte!, y no sólo para huir:
¡para pisotear las poltronas apolilladas, la contemplación cobarde, el lascivo
eunuquismo ante la historia, el coqueteo con ideales ascéticos, la tartufería
de justicia, usada por la impotencia! ¡Todo mi respeto para el ideal ascético,
en la medida en que sea honesto!, ¡mientras crea en sí mismo y no nos dé el
chasco! Pero no soporto a todas esas chinches co¬quetas, cuya ambición es
insaciable en punto a oler a infini¬to, hasta que por fin lo infinito acaba por
oler a chinches; no soporto los sepulcros blanqueados que parodian la vida; no
soporto a los fatigados y acabados que se envuelven en sabiduría y miran
«objeti-vamente»; no soporto a los agita¬dores ataviados de héroes, que colocan
el manto de invisibi¬lidad del ideal en torno a ese manojo de paja que es su
cabe¬za; no soporto a los artistas ambiciosos, que quisieran repre-sentar el
papel de ascetas y de sacerdotes y que no son en el fondo más que trágicos
bufones; tampoco soporto a ésos, a los recentísimos especuladores en idealismo,
a los antise¬mitas, que hoy entornan sus ojos a la manera del hombre de bien
cristiano––ario y que intentan excitar todos los elemen¬tos de animal cor-nudo
propios del pueblo mediante un abuso, que acaba con toda paciencia, del medio más
barato de agitación, la afectación moral (–– el hecho de que en la Alemania
actual no deje de obtener éxito toda especie de espíritus fraudulentos es algo
que guarda relación con el deterioro poco a poco innegable y ya palpable del
espíritu alemán, cuya causa yo la busco en una alimentación com¬puesta, con
demasiada exclusividad, de periódicos, política, cervezas y música de Wagner, a
lo que hay que añadir lo que consti-tuye el presupuesto de esa dieta: primero,
la clausura y la vanidad nacionales, el fuerte, pero angosto prin-cipio de
Deutschland, Deutschland über Alles [Alemania, Alemania sobre todo] 125, y
después la paralysis agitans de las «ideas modernas»). Hoy Europa es rica e
ingeniosa, sobre todo en punto a inventar estimu-lantes; parece que ninguna
otra cosa necesita más que los «estimulantes», que el aguardien¬te: de aquí
viene también la gigantesca falsificación en idea¬les, esos máximos
aguardientes del espíritu, y asimismo el aire repugnante, maloliente, falaz y
seudoalcohólico que se extiende por todas partes. Quisiera saber cuán-tos
carga¬mentos de idealismo imitado, de atavíos de héroes y cence¬rreante
hojalata de grandes palabras, cuántas toneladas de compasión azucarada y
alcohólica (razón social: la religión de la souffrance [la religión del
sufrimiento]) cuántas patas de palo de «noble indignación», para ayuda de los
pies––pla¬nos del espíritu; cuántos comediantes del ideal moral––cris¬tiano
sería necesario exportar hoy fuera de Europa, para que de nuevo su aire
volviese a tener un olor más limpio... Es evidente que esa superproducción abre
una nueva posibili¬dad de comercio; es evidente que se puede hacer un nuevo
«negocio» con pequeños ídolos del ideal y con los «idealis¬tas»
correspondientes ––no se pase por alto esta clara alu¬sión. ¿Quién tiene
suficientes ánimos para ello? –– ¡en nues¬tras manos está el «idealizar» la
tierra entera!... Mas qué digo ánimos, aquí hace falta una sola cosa,
precisamente la mano, una mano sin prevenciones, completamen-te libre de
prevenciones...
124.
La palabra «¡Nada!» aparece en castellano en el texto de Nietzsche.
125.
Conocidas palabras iniciales del antiguo himno oficial alemán. Fue compuesta la
letra en 1822 por Heinrich Hoffman von Fallersleben (1798-1874), profesor de la
Universidad de Breslau (y, por cierto, des¬tituido de su cátedra por el rey
cuando publicó en 1842 sus Canciones apolíticas).
27
––
¡Basta! ¡Basta! Dejemos estas curiosidades y complejida¬des del espíritu más
moderno, en las que hay igual número de cosas de que reír y de que enfadarse.
Precisamente nues¬tro problema, el problema del significado del ideal ascético,
puede prescindir de ellas. –– ¡Qué tiene él que ver con el ayer y con el hoy!
Esas cosas las abordaré con mayor profundi¬dad y dureza en otro contexto (bajo
el título Historia del nihilismo europeo; remito para ello a una obra que estoy
preparando: La voluntad de poder. Ensayo de una transvalo¬ración de todos los
valores). Lo único que me interesa haber señalado aquí es esto: incluso en la
esfera más espiritual el ideal ascético continúa teniendo por el momento una
sola especie de verdade-ros enemigos y damnificadores: los co¬mediantes de ese
ideal, –– pues provocan desconfianza. En todos los demás lugares en que el
espíritu trabaja hoy con ri¬gor, con energía y sin falsedades, se abstiene
ahora en todos ellos por completo del ideal ––la expresión popular de esa
abstinencia es «ateísmo»: descontada su voluntad de verdad. Pero esta voluntad,
este resto de ideal, es, si se quiere creer¬me, aquel ideal mismo en su
formulación más rigurosa, más espiritual, aquel ideal vuelto total y
completamente exotérico, despo-jado de todo aparejo exterior, y, en
consecuencia, no es tanto el resto de aquel ideal cuanto su núcleo. El ateísmo
incondicional y sincero (–– y su aire es lo único que respiramos nosotros, los
hombres más espiri-tuales de esta época) no se encuentra, según esto, en contraposición
a aquel ideal, como a primera vista parece; antes bien, es tan sólo una de sus
últimas fases de desarrollo, una de sus formas finales y de sus consecuencias
lógicas internas, –– es la catástrofe, que impone respeto, de una bimilenaria
educa¬ción para la verdad, educación que, al final, se prohibe a sí misma la
mentira que hay en el creer en Dios. (Este mismo proceso evolutivo se ha dado
en la India, con total indepen¬dencia, y, por tanto, demuestra algo: el mismo
ideal forzan¬do a la misma conclusión; el punto decisivo alcanzado cin¬co
siglos antes de la era europea, con Buda, o, más exacta¬mente: ya con la
filosofía sankhya 116 que luego Buda popularizó y convirtió en religión.) ¿Qué
es aquello que, si preguntamos con todo rigor, ha alcanzado propiamente la
victoria sobre el Dios cristiano? La respuesta se encuentra en mi libro La gaya
ciencia 127: «La moralidad cristiana mis¬ma, el concepto de veracidad tomado en
un sentido cada vez más riguroso, la sutilidad, pro-pia de padres confesores,
de la conciencia cristiana, traducida y sublimada en con¬ciencia científica, en
limpieza intelectual a cualquier precio. Considerar la naturaleza como si fuera
una prueba de la bondad y de la protección de un Dios; interpretar la histo¬ria
a honra de la razón divina, como permanente testimonio de un orden ético del
mundo y de intenciones éticas últimas; interpretar las propias vivencias cual
las han venido inter¬pretando desde hace tanto tiempo los hombres piadosos,
como si todo fuera una disposición, todo fuese un signo, todo estuviese pensado
y dispuesto para la salvación del alma: ahora esto ha pasado ya, tiene en
contra suya la con¬ciencia, todos los espíritus más finos consideran esto
inde¬coroso, deshones-to, lo consideran mentira, feminismo, de¬bilidad, cobardía,
––y precisamente en virtud de este rigor somos, si lo somos en virtud de algo,
buenos europeos y he¬rederos de la autosuperación más prolongada y más
valero¬sa de Europa...» Todas las grandes cosas perecen a sus pro¬pias manos,
por un acto de autosupre-sión: así lo quiere la ley de la vida, la ley de la
«autosuperación» necesaria que exis¬te en la esencia de la vida, –– en el
último momento siempre se le dice al legislador mismo: patere legem, quam ipse
tulis¬ti [sufre la ley que tú mismo promulgaste]. Así es como pe¬reció el
cristianismo, en cuanto dogma, a manos de su pro¬pia moral; y así es como ahora
también el cristianismo en cuanto moral tiene que perecer, –– nosotros nos
encontramos en el umbral de este acontecimiento. Después de que la ve¬racidad
cristiana ha sacado una tras otra sus conclusiones, saca al final su conclusión
más fuerte, su conclusión contra sí misma; y esto sucede cuando plantea la
pregunta «¿qué sig¬nifica toda voluntad de verdad?»... Y aquí toco yo de nuevo
mi problema, nuestro problema, amigos míos desconocidos ( –– pues todavía no sé
de ningún ami-go): ¿qué sentido ten¬dría nuestro ser todo, a no ser el de que
en nosotros aquella voluntad de verdad cobre conciencia de sí misma como
pro¬blema?... Este hecho de que la voluntad de verdad cobre consciencia de sí
hace perecer de ahora en adelante ––no cabe ninguna duda–– la moral: ese gran
espectáculo en cien actos, que permanece reservado a los dos próximos siglos de
Eu¬ropa, el más terrible, el más problemático, y acaso también el más
esperanzador de todos los espectáculos...
126.
Filosofía sankhya: quizá el más antiguo de los grandes sistemas de la filosofía
india, fundado por Kapila.
127.
Véase La gaya ciencia, aforismo 357 («Sobre el viejo problema: ¿qué es
alemán?»).
28
Si
prescindimos del ideal ascético, entonces el hombre, el animal hombre, no ha
tenido hasta ahora ningún sentido. Su existencia sobre la tierra no ha
albergado ninguna meta; «¿para qué en absoluto el hombre?» ––ha sido una
pregunta sin respuesta; faltaba la voluntad de hombre y de tierra; ¡de¬trás de
todo gran des-tino humano resonaba como estribillo un «en vano» todavía más
fuerte! Pues justamente esto es lo que significa el ideal ascético: que algo
faltaba, que un vacío inmenso rodeaba al hombre, –– éste no sabía justificarse,
ex¬plicarse, afirmarse a sí mismo, sufría del problema de su sentido. Sufría
también por otras causas, en lo principal era un animal enfermizo: pero su
problema no era el sufrimien¬to mismo, sino el que faltase la respuesta al grito
de la pre¬gunta: «¿para qué sufrir?» El hombre, el animal más valien¬te y más
acostumbrado a sufrir, no niega en sí el sufrimien¬to: lo quiere, lo busca
incluso, presuponiendo que se le muestre un sentido del mismo, un para––esto
del sufrimien¬to. La falta de sentido del sufrimiento, y no este mismo, era la
maldición que hasta ahora yacía extendida sobre la hu¬manidad, –– ¡y el ideal
ascético ofreció a ésta un sentido! Fue hasta ahora el único sentido; algún
sentido es mejor que ningún sentido; el ideal ascético ha sido, en todos los
aspec¬tos, el fuute de mieux [mal menor] par excellence habido hasta el
momento. En él el sufrimiento aparecía interpreta¬do; el inmenso vacío parecía
colmado; la puerta se cerraba ante todo nihilismo suicida. La interpretación
––no cabe du¬darlo–– traía consigo un nuevo sufri-miento, más profundo, más
íntimo, más venenoso, más devorador de vida: situaba todo sufrimiento en la
perspectiva de la culpa... Mas, a pe¬sar de todo ello, –– el hombre quedaba así
salvado, tenía un sentido, en adelante no era ya como una hoja al viento, como
una pelota del absurdo, del «sin––sentido», ahora po¬día querer algo, por el
momento era indiferente lo que qui¬siera, para qué lo quisiera y con qué lo
quisie-ra: la voluntad misma estaba salvada. No podemos ocultarnos a fin de
cuentas qué es lo que expresa propiamente todo aquel que¬rer que recibió su
orientación del ideal ascético: ese odio contra lo humano, más aún, contra lo
animal, más aún, contra lo material, esa repugnancia ante los sentidos, ante la
razón misma, el miedo a la felicidad y a la belleza, ese anhe¬lo de apartarse
de toda apariencia, cambio, devenir, muer¬te, deseo, anhelo mismo ––¡todo eso
significa, atrevámonos a comprenderlo, una voluntad de la nada, una aversión
contra la vida, un rechazo de los presupuestos más funda¬mentales de la vida,
pero es, y no deja de ser, una volun¬tad!... Y repitiendo al final lo que dije
al principio: el hom¬bre prefiere querer la nada a no querer...

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