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Libro N° 14824. De Una Batalla Perdida. Aleksiévich, Svetlana


© Libro N° 14824. De Una Batalla Perdida. Aleksiévich, Svetlana. Emancipación. Febrero 14 de 2026

 

Título Original: © De Una Batalla Perdida. Svetlana Aleksiévich

 

Versión Original: © De Una Batalla Perdida. Svetlana Aleksiévich

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/de-una-batalla-perdida/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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DE UNA BATALLA PERDIDA

Svetlana Aleksiévich


De Una Batalla Perdida

Svetlana Aleksiévich

«No estoy sola en esta tribuna… Me rodean voces, centenares de voces, siempre están conmigo. Desde pequeña. Vivía en un pueblo. A los niños nos gustaba jugar en la calle, pero por las tardes nos atraían, como imanes, los bancos junto a las casas, o jatas, como se dice en nuestra tierra, en las que se reunían las mujeres agotadas. Ninguna de ellas tenía marido, padre o hermanos; no recuerdo que hubiera hombres en el pueblo después de la guerra: durante la Segunda Guerra Mundial, en Bielorrusia, en el frente y en las operaciones de los partisanos, pereció uno de cada cuatro bielorrusos. Nuestro mundo infantil de después de la guerra era un mundo de mujeres». El discurso del Nobel de Aleksiévich, en edición ilustrada, es la mejor manera de descubrir a una de las voces más destacadas de nuestro tiempo.

Svetlana Aleksiévich

De una batalla perdida

ePub r1.0

Titivillus 07-02-2026

Título original: O проигранной битве / O proigrannoj bitve

Svetlana Aleksiévich, 2015

Traducción: Marta Sánchez-Nieves

Ilustraciones: Arnal Ballester

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

No estoy sola en esta tribuna… Me rodean voces, centenares de voces, siempre están conmigo. Desde pequeña. Vivía en un pueblo. A los niños nos gustaba jugar en la calle, pero por las tardes nos atraían, como imanes, los bancos junto a las casas, o jatas, como se dice en nuestra tierra, en los que se reunían las mujeres agotadas. Ninguna de ellas tenía marido, padre o hermanos; no recuerdo que hubiera hombres en el pueblo después de la guerra: durante la Segunda Guerra Mundial, en Bielorrusia, en el frente y en las operaciones de los partisanos, pereció uno de cada cuatro bielorrusos. Nuestro mundo infantil de después de la guerra era un mundo de mujeres. Lo que más se me ha quedado en la memoria es que las mujeres no hablaban de la muerte, sino del amor. Contaban cómo se habían despedido la última vez del hombre amado, cómo lo habían esperado, como seguían esperándolo. Habían pasado los años, pero ellas seguían esperando: «Aunque sea sin brazos, sin piernas, pero que vuelva; lo llevaré en brazos». Sin brazos… Sin pies… Creo que ya de pequeña sabía qué era el amor.

Estas son algunas de las tristes melodías del coro que ahora oigo…

Primera voz:

«¿Para qué quieres saberlo? Es algo tan triste. Conocí a mi marido en la guerra. Servía en un carro de combate. Llegué hasta Berlín. Recuerdo que estábamos parados —todavía no era mi marido— al lado del Reichstag, y me dijo: “Oye, vamos a casarnos. Te quiero”. Y qué cabreo me pillé después de esas palabras… Toda la guerra llena de barro y porquería, de polvo, sangre, rodeados de palabrotas. Le respondí: “Primero haz que sea una mujer: regálame flores, dime palabras bonitas y yo, cuando nos desmovilicen, me haré un vestido”. Tenía ganas hasta de pegarle de puro cabreo. Él sintió todo eso, tenía una mejilla quemada, llena de cicatrices; vi lágrimas en sus cicatrices. “Está bien, me casaré contigo”. Eso dije… Ni yo misma me creía lo que había dicho…

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Alrededor: hollín, ladrillos rotos; en resumen, alrededor estaba la guerra…».

Segunda voz:

«Vivíamos cerca de la central de Chernóbil. Trabajaba de repostera, daba forma a las pirozhkí. Mi marido era bombero. Estábamos recién casados, incluso íbamos a comprar de la mano. El día que explotó el reactor mi marido estaba de guardia en el parque. Respondieron al aviso vestidos con la camisa del uniforme, con ropa de casa; una explosión en una central nuclear y no repartieron ropa especial. Esa era nuestra vida… Ya sabe… Pasaron toda la noche sofocando el incendio y recibieron dosis de radiación incompatibles con la vida. Por la mañana, se los llevaron a Moscú en avión. Enfermedad por radiación aguda… Una persona sobrevive solo unas pocas semanas… El mío era fuerte, deportista, fue el último en morir. Cuando llegué, me dijeron que estaba en un box especial donde no se permitía la entrada a nadie. “Lo quiero”, fue mi petición. “Hay soldados atendiéndolos. ¿Dónde vas tú?”. “Lo quiero”. Me persuadían: “Ya no es la persona a la que amas, sino un objeto sometido a descontaminación. ¿No lo entiendes?”. Yo lo único que hacía era repetir y repetir: lo quiero, lo quiero… Por la noche subí a verlo por la escalera de incendios… Se lo pedí a los guardas o les pagué para poder colarme… No me separé de él, estuve con él hasta el final… Después de su muerte… Varios meses después di a luz a una niña, vivió solo unos pocos días. Ella… La habíamos deseado tanto y yo la maté… Ella me salvó, había recibido la radiación. Tan pequeñita… Tan diminuta… Pero yo los quería a los dos. ¿De verdad se puede matar con amor? Están tan cercanos, ¿verdad?, el amor y la muerte. Siempre van juntos. ¿Quién podrá explicármelo? Me arrastro de rodillas junto a la tumba…».

Tercera voz:

«La primera vez que maté a un alemán… Tenía diez años, los partisanos me habían llevado consigo para que hiciera tareas. Ese alemán yacía herido… Me dijeron que le quitara la pistola, me acerqué enseguida, pero el alemán agarró la pistola con las dos manos y la agitaba en mi cara. No le dio tiempo a disparar primero, lo hice yo…

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»No me asusté por haberlo matado… La guerra no permitía recordarlo. Había tantos muertos alrededor, vivíamos entre muertos. Me quedé sorprendido cuando, muchos años después, de pronto, empecé a soñar con ese alemán. Fue tan inesperado… Y el sueño volvía y volvía… Yo volaba y él no me soltaba. Entonces subes… Y vuelas…, sigues volando… Y él me alcanza y yo me caigo con él. Me hundo en un foso. Entonces quiero ponerme de pie…, levantarme… y él no me deja. Por su culpa no puedo salir volando…

»Una y otra vez el mismo sueño… Me ha perseguido durante decenas de años…

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»No puedo hablarle a mi hijo del sueño. Mi hijo era pequeño, no podía, le leía cuentos. Ahora ya ha crecido; aun así, no puedo…».

Flaubert decía de sí mismo que era una persona-pluma; yo puedo decir que soy una persona-oreja. Cuando voy andando por la calle y hasta mí se abren paso varias palabras, frases o exclamaciones, siempre pienso: ¡cuántas novelas desaparecen sin dejar huella en el tiempo! En la oscuridad. Hay una parte de la vida humana, la hablada, que no logramos conquistar para la literatura. Todavía no le damos valor, no nos dejamos sorprender ni maravillar por ella. A mí ya me ha hechizado y me ha convertido en su prisionera. Me encanta cómo habla la gente… Me encanta la voz humana solitaria. Es mi mayor amor y pasión.

Mi camino hasta esta tribuna ha sido largo, casi cuarenta años, de persona en persona, de voz en voz. No puedo decir que este camino no haya sido superior a mis fuerzas: muchas veces una persona me ha conmovido o asustado, he experimentado entusiasmo y asco; quería olvidar lo que había escuchado, regresar a ese tiempo en que todavía vivía en la ignorancia. También he querido en más de una ocasión llorar de alegría por haber visto a una persona maravillosa.

Vivía en un país donde nos enseñaban a morir desde pequeños. Nos enseñaban la muerte. Nos decían que el ser humano existe para entregarse, para arder, para sacrificarse. Nos enseñaban a querer a la persona armada. Si hubiera crecido en otro país, no habría podido recorrer este camino. El mal no tiene piedad, hay que estar vacunado contra él. Pero crecimos entre verdugos y víctimas. Puede que nuestros padres vivieran con miedo y no nos contaran todo —lo más normal era que no nos contaran nada—, pero el propio aire de nuestra vida estaba envenenado con él. Con disimulo, el mal siempre nos estaba observando.

He escrito cinco libros, pero me parece que son un único libro. Un libro sobre la historia de una utopía…

Varlam Shalámov escribió: «He participado en una enorme batalla perdida por la renovación efectiva de la humanidad». Yo recupero la historia de esa batalla, de sus victorias y su derrota. ¡Con qué ganas se quería construir el reino de los cielos en la tierra! ¡El paraíso! ¡La ciudad

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del sol! Y terminó y solo quedaba un mar de sangre, millones de vidas humanas destruidas. Pero hubo un tiempo en que ni una sola idea política del siglo XX era comparable con el comunismo (y con la Revolución de Octubre como su símbolo), ni atraía con más fuerza e intensidad a los intelectuales occidentales y a gente de todo el mundo. Raymond Aron describió la Revolución rusa como «el opio para los intelectuales». Las ideas sobre el comunismo tienen, al menos, dos mil años. Las encontramos en Platón, en las teorías acerca de un estado ideal y justo; en Aristófanes, en los sueños sobre un tiempo en que «todo será común»… En Tomás Moro y Tommaso Campanella… Después en Saint-Simon, Fourier y Owen. Algo hay en el alma rusa que la llevó a intentar convertir esos sueños en realidad.

Hace veinte años despedíamos el imperio «rojo» entre maldiciones y lágrimas. Hoy ya podemos contemplar la historia reciente con tranquilidad, como un experimento histórico. Esto es importante, porque las discusiones sobre el socialismo todavía no han cesado. Ha crecido una generación nueva que tiene otra imagen del mundo, pero no son pocos los jóvenes que vuelven a leer a Marx y a Lenin. En las ciudades rusas se inauguran museos sobre Stalin, se levantan monumentos.

El imperio «rojo» ya no está, pero el hombre «rojo» se quedó.

Continúa.

Mi padre —hace poco que murió— siguió siendo un comunista fiel hasta el final. Guardaba el carné del partido. Nunca puedo pronunciar la palabra entre negativa y burlona sovok; en este caso, tendría que haber llamado así a mi padre, a mis «allegados», a mis conocidos. A los amigos. Todos provienen de allí, del socialismo. Entre ellos hay muchos idealistas. Románticos. Hoy se los llama de otra manera: románticos de la esclavitud. Esclavos de la utopía. Creo que todos podrían haber vivido otra vida, pero vivieron la soviética. ¿Por qué? He buscado mucho tiempo la respuesta a esta pregunta: he recorrido ese enorme país que hace poco se llamaba la URSS, he grabado miles de cintas. Eso fue el socialismo y, simplemente, esa fue nuestra vida. Grano a grano, pizca a pizca, he ido reuniendo la historia del socialismo «casero», «interno». Cómo vivió en el alma

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humana. Me interesaba este pequeño espacio: la persona…, solo la persona. En realidad, es ahí donde todo ocurre.

Nada más terminar la guerra Theodor Adorno estaba conmocionado: «Escribir versos después de Auschwitz es un acto de barbarie». Mi maestro Ales Adamóvich, cuyo nombre cito hoy agradecida, también pensaba que escribir prosa sobre las pesadillas del siglo XX era un sacrilegio. No hay nada que inventar. Hay que presentar la verdad como es. Es indispensable la «supraliteratura». Debe hablar el testigo. Podemos

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recordar también a Nietzsche y sus palabras de que ningún artista resiste la realidad. No la presentará.

Siempre me ha atormentado el que la verdad no encaje en un solo corazón, en una sola cabeza. Que esté como fraccionada, que haya muchas, que sea variada y esté diseminada por el mundo. Dostoievski tenía la idea de que la humanidad sabe más de sí misma, muchísimo más, de lo que le daba tiempo a dejar constancia en la literatura. ¿Y qué hago yo? Yo recopilo la cotidianidad de los pensamientos, las ideas y las palabras. Recopilo la vida de mi tiempo. Me interesa la historia del alma. Los modos de vida del alma. Lo que la gran historia normalmente deja pasar, a lo que mira con altanería. Me dedico a la historia omitida. Más de una vez he oído, y todavía sigo oyéndolo, que esto no es literatura, que es documentación. Pero ¿qué es hoy literatura? ¿Quién responderá a esta pregunta? Vivimos más rápido que antes. El contenido rompe en pedazos el molde. Lo parte y lo cambia. Todo se derrama: la música, la pintura; también en un documento la palabra se zafa por salir fuera del documento. No hay fronteras entre el hecho y la ficción, uno desemboca en el otro. Ni siquiera un testigo es imparcial. Al contar, el ser humano crea, combate con el tiempo al igual que un escultor con el mármol. Es actor y creador.

Me interesa el pequeño ser humano. El pequeño gran ser humano, podría decirse, porque los sufrimientos lo agrandan. Él es quien cuenta en mis libros su pequeña historia y, junto con esta historia suya, también la grande. Qué nos ocurrió y qué nos está ocurriendo todavía no lo hemos comprendido, hay que decirlo en voz alta. Al menos decirlo en voz alta, para empezar. Nos da miedo, no estamos en condiciones de dominar, de enfrentarnos a nuestro pasado. En Los demonios de Dostoievski, Shátov le dice a Stavroguin al inicio de una conversación: «Somos dos seres que se han encontrado en el infinito… por última vez en el mundo. ¡Deje ese tono y adopte un tono más humano! Por una vez en la vida, hable con voz humana»[1].

Más o menos así empiezan las conversaciones que tengo con mis protagonistas. Por supuesto, el ser humano habla desde su tiempo, ¡no puede hablar desde ningún sitio! Pero es difícil penetrar en el alma

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humana, está cubierta de la suciedad de las supersticiones del siglo, de sus pasiones y engaños. Del televisor y los periódicos.

Me gustaría traer algunas páginas de mis diarios para mostrar cómo ha avanzado el tiempo…, cómo ha muerto la idea… Cómo fui tras sus huellas.

1980-1985

Estoy escribiendo un libro sobre la guerra… ¿Por qué sobre la guerra? Porque somos gente de guerra: o estamos guerreando o preparándonos para la guerra. Si observas con atención, todos nosotros pensamos de una forma bélica. En casa, en la calle. Por eso aquí es tan barata una vida humana. Todo como en la guerra.

He empezado con dudas. Ya ves, otro libro sobre la guerra. ¿Para qué?

En uno de mis viajes de trabajo conocí a una mujer que había sido sanitaria durante la guerra. Me contó: en invierno, cruzaban el lago Ladoga, el enemigo se percató del movimiento y empezó a bombardear. Los caballos y las personas desaparecían bajo el hielo. Todo sucedió de noche y ella agarró y arrastró a la orilla a lo que pensó que era un herido. «Tiro de él, mojado, desnudo, pensaba que se le había roto la ropa», me contaba. Y en la orilla descubrió que había tirado de un enorme esturión beluga. Y soltó un taco gigantesco: la gente sufría, también los animales, los pájaros, los peces… ¿y por qué? En otro viaje oí el relato de una sanitaria de un escuadrón de caballería que había arrastrado hasta un embudo a un alemán herido, pero que era alemán ella lo descubrió ya dentro del embudo, tenía una pierna destrozada, se desangraba. ¡Pero era un enemigo! ¿Qué podía hacer? ¡Allí arriba caían los suyos! Sin embargo, vendó al alemán y siguió arrastrándose. Trajo a un soldado ruso, estaba inconsciente; cuando recobró la conciencia, quiso matar al alemán y este, cuando recobró la conciencia, agarró la metralleta con intención de matar al ruso. «Primero le di a uno en los morros y luego, al otro. Teníamos los pies llenos de sangre —recordaba—. La sangre se había mezclado».

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Era una guerra que yo no conocía. Una guerra de mujeres. No sobre los héroes. No sobre cómo las personas mataban de forma heroica a otras personas. Se me ha quedado grabado un lamento de mujer: «Vas por el campo después de una batalla. Y yacen ahí… Todos jóvenes, tan guapos. Están ahí tumbados y miran al cielo. Y sientes pena de unos y de otros». Y justo ese «de unos y de otros» me sugirió de qué iría mi libro. De que la guerra es un asesinato. Así ha quedado en la memoria de las mujeres. Un ser humano acaba de sonreír, de fumar… y ya no está. Las mujeres hablan sobre todo de la desaparición, de la rapidez con que en la guerra todo se convierte en nada. También el ser humano y el tiempo humano. Sí, ellas mismas habían pedido ir al frente, a los diecisiete o dieciocho años, pero no querían matar. Sin embargo, estaban dispuestas a morir. A morir por la patria. No se pueden arrancar las palabras de la historia: también por Stalin.

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El libro estuvo dos años sin publicarse, no se publicó hasta la perestroika. Hasta Gorbachov. «Después de su libro nadie querrá ir a combatir —me adoctrinó el censor—. Su guerra es terrible. ¿Por qué no hay héroes?». Yo no buscaba héroes. Escribía la historia con ayuda de un testigo y participante en el que nadie había reparado. Nunca nadie le había preguntado. Qué opina de las grandes ideas la gente, la gente sencilla, es algo que no sabemos. Justo después de la guerra el ser humano habría contado una guerra; después de una decena de años, otra; cambia cosas, claro, porque suma a los recuerdos toda su vida. A todo él. Cómo ha vivido esos años, qué ha leído o visto, a quién ha conocido. En qué cree.

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Por último, si es feliz o no. Los documentos son criaturas vivas, cambian junto con nosotros…

Pero estoy completamente segura de que ya no habrá chiquillas como las chiquillas guerreras de 1941. Era el momento álgido de la idea «roja», incluso más que con la revolución y Lenin. Todavía hoy, su victoria oculta el gulag. Siento un amor infinito por esas chiquillas. Pero con ellas era imposible hablar de Stalin, de que después de la guerra las composiciones de trenes se iban a Siberia, con quienes habían sido más valientes. Los demás regresaron y callaron. En una ocasión oí: «Solo fuimos libres en la guerra. En la avanzadilla». Nuestro principal capital es el sufrimiento. No el petróleo o el gas, sino el sufrimiento. Es lo único que extraemos continuamente. Estoy todo el rato buscando una respuesta: ¿por qué nuestros sufrimientos no se convierten en libertad? ¿De veras son en vano? Chaadáiev tenía razón: Rusia es un país sin memoria, una gran extensión de amnesia total, una conciencia virgen para la crítica y la reflexión.

Los grandes libros están tirados y desordenados por ahí…

1989

Estoy en Kabul. No quería escribir más sobre la guerra. Pero aquí estoy, en una guerra de verdad. En el periódico Pravda: «Ayudamos al pueblo hermano de Afganistán a construir el socialismo». Por doquier hay gente de guerra, cosas de guerra. Es tiempo de guerra.

Ayer no me llevaron al combate: «Quédese en el hotel, señorita. Que luego hay que responder por usted». Me quedo en el hotel y pienso: hay algo inmoral en quedarse examinando el coraje y el riesgo ajenos. Es mi segunda semana aquí y no puedo librarme del sentimiento de que la guerra es fruto de la naturaleza masculina, para mí inconcebible. Pero el carácter ordinario y cotidiano de la guerra es grandioso. He descubierto que las armas son bonitas: las metralletas, las minas, los tanques. El ser humano le ha dedicado mucho tiempo a pensar en la mejor forma de matar a otro ser humano. La eterna discusión entre la verdad y la belleza. Me enseñaron una mina italiana

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nueva, mi reacción «de mujer»: «Es bonita. ¿Por qué es bonita?». Me explicaron con exactitud, a la manera militar, que si pisas en un vehículo o con el pie justo así… en tal ángulo… de un ser humano solo quedará medio cubo de carne. De lo que no es normal aquí se habla como si lo fuera, como si fuera obvio. Así es la guerra, dicen… Nadie se vuelve loco, por ejemplo, con esa imagen de un hombre yaciendo en la tierra, muerto no por los elementos, no por el destino, sino por otro hombre.

He visto cargar un «tulipán negro» (el avión en el que llevan a la Patria los ataúdes de cinc con los caídos). A los muertos suelen vestirlos con un uniforme militar antiguo, de los años cuarenta, con esos pantalones que parecían de montar, más anchos a la altura de las rodillas; muchísimas veces tampoco hay suficientes uniformes de estos. Los soldados intercambiaban comentarios: «Han traído muertos nuevos a la nevera. Huele como a jabalí pasado». Voy a escribir sobre esto. Me da miedo que no me crean en casa. En nuestros periódicos escriben sobre las alamedas de amistad que plantan los soldados soviéticos.

Hablo con los muchachos, muchos son voluntarios. Pidieron venir. Me he fijado en que la mayoría son de familias de la intelligentsia — de maestros, médicos, bibliotecarios—, en resumen, gente leída. Tenían el sueño sincero de ayudar al pueblo afgano a construir el socialismo. Ahora se burlan de sí mismos. Me enseñaron el lugar del aeropuerto donde había centenares de ataúdes de cinc; tenían un misterioso brillo a la luz del sol. El oficial que me acompañaba no pudo reprimirse: «Puede que aquí esté mi ataúd… Me meterán ahí… ¿Y por qué estoy aquí combatiendo?». Enseguida se asustó de lo que había dicho: «Eso no lo escriba».

Por la noche soñé con los muertos, todos tenían cara de sorpresa:

¿cómo que estoy muerto?, ¿de verdad estoy muerto?

Fui con unas enfermeras a un hospital para afganos pacíficos, llevábamos regalos para los niños. Juguetes infantiles, bombones, galletas. Yo había conseguido creo que cinco ositos de peluche. Llegamos al hospital: un barracón alargado; una manta era todo lo que

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tenían como ropa de cama. Se me acercó una afgana joven con un crío en los brazos, quiso decir algo —en diez años todos han aprendido a hablar algo de ruso—, le di el juguete al crío, este lo sujetó con los dientes. «¿Por qué con los dientes?», me sorprendí. La afgana retiró la manta del pequeño cuerpecito: el niño no tenía brazos. «Tus rusos nos bombardearon». Alguien me sujetó, yo me desmoronaba…

Vi uno de nuestros lanzacohetes Grad convirtiendo pequeñas aldeas en campos agujereados. Estuve en un cementerio afgano, alargado como una de sus aldeas. En algún lugar por el centro del cementerio gritaba una afgana ya mayor. Recordé un pueblo cerca de Minsk, en una casa metieron un ataúd de cinc, la madre aullaba… No era un grito humano, pero tampoco animal… Era parecido al que oí en el cementerio de Kabul…

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Confieso que no fui libre enseguida. Fui sincera con mis héroes y ellos confiaron en mí. Cada uno de nosotros ha tenido su propio camino hacia la libertad. Antes de Afganistán, yo creía en el socialismo con rostro humano. De allí regresé libre de toda ilusión. «Perdóname, padre —le dije al encontrarnos—, me has educado en la fe en los ideales comunistas, pero basta ver una vez cómo los hasta hace nada escolares soviéticos a los que mamá y tú dabais clase (mis padres fueron maestros de aldea) matan en tierra ajena a personas desconocidas para que todas tus palabras se transformen en polvo. Somos asesinos, papá, ¿lo entiendes?». Mi padre se echó a llorar.

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De Afganistán regresaron muchas personas libres. Pero también tengo un ejemplo diferente. Allí, en Afganistán, un chico me gritó: «¿Qué puedes entender tú de la guerra, mujer? ¿Crees que la gente muere en la guerra igual que en los libros o en el cine? Ahí tienen una muerte bonita, pero a mí ayer me mataron a un amigo, la bala le alcanzó en la cabeza. Pues siguió corriendo y atrapó sus sesos…». Siete años después ese mismo chico, ahora un próspero hombre de negocios, me llamó: «¿Para qué sirven tus libros? Son demasiado terribles». Ya era otra persona, no era al que yo había conocido en medio de la muerte, el que no quería morir con veinte años.

Me preguntaba qué libro sobre la guerra me habría gustado escribir. Me habría gustado escribir sobre un ser humano que no dispara, que no puede abrir fuego sobre otro ser humano, a quien la propia idea de la guerra le haga sufrir. ¿Dónde está? No lo he encontrado.

1990-1997

La literatura rusa es interesante porque es la única que puede contar el experimento único que sufrió en tiempos este enorme país. Suelen hacerme esta pregunta: ¿por qué están todo el tiempo escribiendo sobre cosas trágicas? Porque vivimos así. Aunque ahora vivamos en países diferentes, en todas partes vive el hombre «rojo». De esa misma vida, con esos mismos recuerdos.

Estuve mucho tiempo sin querer escribir sobre Chernóbil. No sabía cómo hacerlo, ¿con qué herramientas y desde dónde acercarme? El nombre de mi pequeño país, perdido en Europa, del que antes el mundo apenas había oído hablar, empezó a sonar en todas las lenguas, y nosotros, los bielorrusos, nos convertimos en la gente de Chernóbil. Los primeros en tocar lo desconocido. Quedó claro: aparte de los desafíos comunistas, nacionales y los nuevos religiosos, en el futuro nos esperan unos más feroces y totales, pero todavía están ocultos a la vista. Después de Chernóbil algo se entreabrió…

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En la memoria me ha quedado un viejo taxista que maldijo desesperado cuando una paloma golpeó el parabrisas: «Es el segundo o el tercer pájaro que se estrella hoy. Y en los periódicos dicen que la situación está controlada».

En los parques de la ciudad amontonaban las hojas y se las llevaban a las afueras; aquí enterraban las hojas. Desmontaban la tierra que tenía manchas de contaminación y también la enterraban: enterraban la tierra en la tierra. Enterraban la leña, la hierba. En todos, la cara como un poco enloquecida. Un viejo apicultor me contaba: «He salido por la mañana al jardín y algo me faltaba, un sonido familiar. Ni una sola abeja… No se oía ni una abeja. ¡Ni una sola! ¿Por qué? ¿Qué pasa? Tampoco volaron al día siguiente ni al otro… Después informaron de un accidente en una central nuclear, una que estaba cerca. Pero habíamos estado mucho tiempo sin saber nada. Las abejas lo sabían y nosotros, no». La información sobre Chernóbil en los periódicos estaba llena de vocabulario bélico: explosión, héroes, soldados, evacuación… El KGB trabajaba en la central. Buscaban espías y saboteadores, había rumores de que el accidente era una acción planificada por los servicios secretos occidentales para socavar el bando del socialismo. En dirección a Chernóbil avanzaba maquinaria militar, se desplazaban soldados. Como siempre, el sistema funcionaba a la manera militar, bélica, pero un soldado armado con una metralleta nuevecita en ese mundo nuevo resultaba trágico. Todo lo que podía hacer era acumular grandes dosis de radiación y morir cuando regresara a casa.

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Ante mis ojos, el ser humano pre-Chernóbil se convertía en chernobiliano.

La radiación no podía verse, tocarse, olerse… Ese mundo tan conocido y desconocido nos estaba rodeando. Cuando fui a la zona, me explicaron rápidamente: no se pueden arrancar las flores, no puede sentarse en la hierba, no se puede beber agua del pozo… Todo contenía la muerte, pero era una muerte diferente. Con una máscara nueva. Con una apariencia desconocida. La gente mayor que había sufrido la guerra volvía a marcharse, a ser evacuada; miraban al cielo:

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«El sol brilla… No hay humo ni gas. No hay disparos. ¿De verdad esto es una guerra? Sin embargo, nos hemos convertido en refugiados».

Por las mañanas, todos atrapábamos con ansia los periódicos para, acto seguido, apartarlos desencantados: no habían encontrado espías. No escribían sobre los enemigos del pueblo. Un mundo sin espías ni enemigos del pueblo también era desconocido. Había empezado algo nuevo. Chernóbil, después de Afganistán, nos hizo personas libres.

Para mí el mundo se había estirado. En la zona no me sentía ni bielorrusa, ni rusa, ni ucraniana, sino representante de una especie biológica que podía ser destruida. Habían coincidido dos catástrofes: una social —el hundimiento de la Atlántida socialista— y otra, espacial —Chernóbil—. La caída del imperio nos inquietaba a todos: la gente estaba abrumada por las cosas de la vida cotidiana: ¿con qué comprar y cómo sobrevivir? ¿En qué creer? ¿Qué bandera guir? ¿O había que aprender a vivir sin una gran idea? Esto último nadie sabía qué era, porque nunca habíamos vivido así. Al hombre «rojo» se le planteaban centenares de preguntas, él las soportaba en soledad. Nunca había estado tan solo como en los primeros días de libertad. Me rodeaba gente conmovida. Yo la escuchaba…

Cierro mi diario…

¿Qué fue de nosotros cuando el imperio cayó? Antes el mundo se dividía: víctimas y verdugos en el Gulag; hermanos y hermanas en la guerra; el electorado es la tecnología, el mundo contemporáneo. Antes, nuestro mundo se dividía entre quienes habían estado en la cárcel y quienes los habían encerrado; hoy la división es entre eslavófilos y occidentalistas, entre traidores a la nación y patriotas. Y también entre aquellos que pueden comprar y aquellos que no pueden comprar. Diría que, después del socialismo, esto último es la prueba más cruel, porque hasta hace nada todos éramos iguales. El hombre «rojo» seguía sin poder entrar en el reino de la libertad con el que había soñado en la cocina. Dividieron Rusia sin contar con él, y él se quedó sin nada. Humillado y saqueado. Agresivo y peligroso.

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Qué oía mientras recorría Rusia…

—La modernización de nuestro país solo es posible mediante laboratorios carcelarios y paredones.

—El ruso es como que no quiere ser rico, incluso parece que le da miedo. ¿Y qué es lo que quiere? Siempre quiere lo mismo: que el otro no sea rico. Más rico que él.

—Aquí no vas a encontrar a un hombre honrado, santos sí hay.

—No podemos esperar que haya una generación sin azotes ni latigazos; el ruso no entiende la libertad, necesita a los cosacos y zurriagos.

—Las dos principales palabras rusas: guerra y cárcel. Robé, me divertí, estuve en prisión… Salí y volví a entrar…

—La vida rusa debe ser mala, miserable; así el alma se eleva, toma conciencia de que no pertenece a este mundo… Cuanta más suciedad y más sangre, mayor amplitud encuentra…

—No hay fuerzas ni cierta locura para una nueva revolución. No hay coraje. El ruso necesita una idea que le erice la piel…

—Así pendulea nuestra vida: del caos a los barracones. El comunismo no ha muerto. El cadáver está vivo.

Asumo el valor de decir que hemos dejado pasar la oportunidad que tuvimos en los años noventa. A la pregunta de cómo debía ser el país, fuerte o decente, donde las personas pudieran vivir bien, elegimos lo primero: fuerte. Ahora tenemos otra vez el tiempo de la fuerza. Los rusos combaten contra los ucranianos. Contra sus hermanos. Mi padre es bielorruso; mi madre, ucraniana. Y somos muchos así. Los aviones rusos bombardean Siria…

El tiempo de la esperanza ha sido sustituido por el tiempo del miedo. El tiempo ha retrocedido. Es un tiempo de segunda mano…

Página 22

Tengo tres hogares: mi tierra bielorrusa, la patria de mi padre, donde he vivido toda la vida; Ucrania, la patria de mi madre, donde nací; y la gran cultura rusa, sin la que no logro imaginarme. Todas ellas me son queridas. Pero, en nuestros días, cuesta hablar de amor.

Página 23

SVETLANA ALEKSIÉVICH (Ivano-Frankivsk, 1948) Periodista y escritora bielorrusa en lengua rusa galardonada en 2015 con el Premio Nobel de Literatura. En 1972 se licenció en Periodismo en la Universidad de Minsk, ciudad en la que trabajó como profesora y en diferentes periódicos. Es la creadora de su propio género literario, la «novela de voces», con la que da protagonismo a la gente común para explicar la historia de la antigua Unión Soviética y de los actuales Estados que formaron parte de ella, desde la Segunda Guerra Mundial hasta la fecha.

Notas

[1] Traducción de Fernando Otero para la edición de Alba Editorial, junio de 2016. <<



FIN

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