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Libro N° 14823. Fosca. Tarchetti, Iginio Ugo.


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Título Original: © Fosca. Iginio Ugo Tarchetti

 

Versión Original: © Fosca. Iginio Ugo Tarchetti

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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FOSCA

Iginio Ugo Tarchetti


Fosca

Iginio Ugo Tarchetti

Giorgio, un joven oficial de personalidad inquieta y apasionada, se debate entre el amor de la bella pero infiel Clara y la atracción que siente por Fosca, una mujer horriblemente fea y epiléptica. La posesividad de esta última pone a su amante en un estado de absoluta sujeción, a la que finalmente se abandona. Este tema, de raíz romántica, es desarrollado por Tarchetti según el código de gusto de su escuela (la scapigliatura lombarda): en la novela se hacen patentes la fascinación por lo anómalo y lo hórrido y al mismo tiempo un intento por racionalizar estos fenómenos, sustrayéndolos al campo de lo sobrenatural para llevarlos, en cuanto casos patológicos, hacia el campo de la ciencia. Fosca, quizá por los elementos autobiográficos que contiene —los tres personajes son trasuntos del mismo autor y de dos mujeres que conoció—, es la más intensa expresión de esta poética, que implica una abierta actitud de revuelta contra la cultura burguesa del Rinascimento. Pero, dado que su lectura resulta aún hoy profundamente inquietante, Fosca es mucho más que un documento de época, y nos impone a Tarchetti como un narrador singularmente actual.

Iginio Ugo Tarchetti

Fosca

ePub r1.0

Titivillus 07-02-2026

Título original: Fosca

Iginio Ugo Tarchetti, 1869

Traducción: Carmen Marchante

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

¿Cometo yo acaso una indiscreción publicando estas memorias? Creo que no. De todos modos, ni siquiera una espera más larga purgaría mi culpa. Quien las escribió es ahora demasiado indiferente a las cosas del mundo, está demasiado seguro de sí mismo como para gozar del elogio o sufrir por el vituperio que puedan acarrearle. Él sabe por qué extraño azar este manuscrito ha llegado a mis manos, y no ignora el proyecto de publicarlo que yo había concebido. Le bastará con que haya eliminado esas indicaciones que podrían comprometer la fama de personas que aún viven y que sea respetado el secreto de su vida actual. Si el autor de estas páginas puede aún hallar en la soledad y en el egoísmo en el que se ha refugiado algo de lo que él fue, no le desagradará que otros derramen, al leer estas memorias, esas lágrimas que él derramó sin duda al escribirlas.

Milán, 21 de enero de 1869.

I.

Varias veces he querido escribir mis memorias y un extraño sentimiento, mezcla de terror y de angustia, me ha disuadido siempre de hacerlo. Una profunda falta de fe se ha adueñado de mí. Temo empobrecer el valor y la apariencia de mis pasiones al intentar manifestarlas; temo olvidarlas haciéndolas callar. Porque es cosa casi fácil el decir lo que han sentido los demás —el eco de las sensaciones ajenas retumba en nuestro corazón sin turbarlo—, pero decir lo que hemos sentido nosotros, manifestar nuestros afectos, nuestros ardores, nuestros dolores, es tarea demasiado superior al poder de la palabra. Nosotros sentimos que no podemos estar en la verdad.

He pensado con gozo en la ruina que el tiempo va posando sobre mis memorias; más a menudo he pensado con dolor. ¡Olvidar! Es matarse, es renunciar al único bien que poseemos real e inevitablemente, al pasado. Pues si se pudiesen olvidar sólo las alegrías, quizá el olvido podría ser deseable; pero estamos orgullosos y guardamos celosamente nuestras penas, las amamos, las queremos recordar. Ellas forman la corona de la vida.

El pasado es la medida del tiempo que hemos recorrido, la medida del que nos queda por recorrer. Por eso lo queremos, porque nos da fe del acortarse progresivo de la existencia. Una avidez febril de morir afana inconscientemente a los hombres. ¿A quién le gustaría volver atrás una hora, un minuto, un instante de su vida? A nadie; y sin embargo se ama y se echa de menos desconsoladamente ese pasado que se tiene terror de renovar.

Escribir lo que hemos sufrido y gozado es dar a nuestras memorias la duración de nuestra existencia. Escribir para nosotros, para releer, para recordar en secreto, para llorar en secreto. Por eso escribo.

Hubo un tiempo en el que hubiera querido hacer un libro de las cosas que voy a contar: una inclinación que los avatares de mi vida impidieron durante años, pero que, ni dominada ni vencida, me había empujado tarde,

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viejo de ingenio y de corazón, al mundo de las redacciones y de las letras. No había podido aportar yo más que las memorias de una juventud rica en muchas pasiones, de una vida intensa y horriblemente angustiada. Si el arte hubiera alcanzado en mí valor para la grandeza del tema, el relato que iba a escribir me hubiera quizá proporcionado un éxito estrepitoso. A pesar de ello me abstuve. Arrojar al fango de la publicidad el secreto de mis dolores, sacrificarlo a las vacuas satisfacciones de la fama habría sido una debilidad indigna de mi pasado. Yo ahora escribo para mí mismo. Jamás habría osado violar la única religión que ha sobrevivido a la ruina de mi fe, la religión de mis memorias.

En este gastado cuaderno en el que ya he intentado muchas veces comenzar mi relato hay muchas borraduras que ya soy incapaz de descifrar. Temo que el tiempo haya borrado de mi alma no pocos de sus recuerdos.

Estas hojas sobre las que mi mano tantas veces se ha detenido, paralizada por un terror que no podía vencer, me acompañan ya desde hace cinco años en mis cansadas peregrinaciones. En la mayoría de ellas nada hay escrito y sin embargo parece que mi pensamiento haya trazado cifras misteriosas y solemnes de tal manera que he meditado mirándolas. Y las hojeo con ansiedad de leerlas, y observo melancólicamente los pequeños ácaros del papel que huyen por entre sus pliegues amarillentos.

¡Sí, hace ya cinco años! Las causas de mi terror no han dejado de existir, porque mi corazón no es de los que olvidan, pero, sea como fuere, este terror se ha disipado. Ahora me siento con fuerzas para recordar y escribir. ¡Ahora que todo debe haber terminado!

A menudo miro a mi alrededor como si me hubiera quedado solo en el mundo, como si las ilusiones que me habían acompañado hasta ahora hubieran sido cosas vivas y sensibles, como si tuviese que volverlas a tener a mi lado. Había andado siempre solo por la vida, y nunca me había dado cuenta. ¡Pero ahora! He sentido la soledad de la sociedad, y a menudo la he buscado con ardor, es más, siempre la he buscado; eso no es nada. ¡La soledad de las pasiones sí que es horrible!

No sé si los demás hombres han sufrido un paso tan rápido y tan violento como el mío del período de la fe al del desengaño; si han pasado en un abrir y cerrar de ojos de la vida afanosa de la juventud a la vida estéril y desconsolada de la vejez. Creo más bien que muchos han entrado en ella con sosiego, los que amaron serenamente y con calma.

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Yo había nacido con pasiones excepcionales. Jamás habría sido capaz de odiar ni amar a medias, de sentir los afectos de los demás hombres. La naturaleza me había hecho rebelde a las medidas y a las leyes comunes. Por tanto, era lógico que también mis pasiones tuviesen causas, modos, desarrollos y desenlaces excepcionales.

He tenido dos grandes amores, dos amores vividos de manera muy distinta, pero igualmente fatales y formidables. Con ellos se ha consumido mi juventud: por ellos.

Si escribo estas páginas no es más que para rebuscar otra vez en mis memorias y no volver a hacerlo nunca más. Levanto este monumento sobre las cenizas de mi pasado, como se pone una lápida en el sepulcro de un ser adorado y perdido.

He tomado una gran decisión.

Antes de retirarme del mundo, antes de aislarme en la muchedumbre —aislamiento bastante más penoso que el de las vastas soledades de la naturaleza— he querido recordar una vez más, recordar con plenitud y con fe. Ahora estoy en paz conmigo mismo. Las profundas agitaciones de mi alma, los febriles desasosiegos de mi mente han cesado. Ahora entiendo sus causas. Muchos hombres no están en paz con la vida porque no han descubierto aún su punto de equilibrio.

¡Lo difícil es encontrar el centro de nuestra alma!

No escribiré más que de uno de estos amores. Del otro sólo hablaré por el espantoso contraste que formó con el primero. Aquél no fue sino un amor feliz. Contarlo sería como repetir la historia de todos los afectos y no hay criatura que haya amado tan poco como para no conocerla. O se abandona o se es abandonado, a menudo esperanzado, a menudo feliz por el abandono. Así es el corazón humano.

Más que el análisis de un afecto, más que el relato de una pasión de amor, aquí quizá voy a hacer el diagnóstico de una enfermedad. Ese amor yo no lo sentí, lo padecí. No sé si hay en el mundo más hombres que hayan superado una prueba semejante y en las circunstancias en que yo la superé: no sé si habrían sobrevivido.

Expreso esta duda porque a menudo me sorprendo preguntándome a mí mismo: «¿Cómo, de qué manera he logrado sobrevivir?».

Siento no obstante que algo se ha deteriorado en mi mente: he dejado de tener sentido del tiempo, orden en mis ideas, lucidez en mis memorias. Estos cinco años han pasado como un instante y como una eternidad,

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inadvertidos, oscuros, sin subdivisiones de días y de épocas. Esas fiestas, esos aniversarios que formaban las alegrías más puras de mi vida cuando era niño, ¿han vuelto cada año? ¿Y cómo es que ni siquiera me he dado cuenta? ¿Qué he hecho en este largo espacio de tiempo? ¿Por qué no he vuelto a amar? …

Ya no sé pensar, detenerme con calma en una idea, ya no veo las líneas que separan la verdad de la paradoja. Todo me parece ahora lógico, natural, posible. Todos mis pensamientos se entrecruzan, se confunden, se pierden en una vorágine que gira incesantemente en mi cabeza. Allí va a parar todo. Siento que la conciencia de mí mismo se ha difuminado. Cuando haya escrito la historia de este amor, tendría que escribir aún la de los cinco años que han pasado después; sería una historia terrible. Tendría que escribir otra más terrible todavía: sería la historia de mis visiones, el relato de los sueños que poblaron mis noches en aquella época.

Reuniré aquí los documentos, las cartas, las notas que he conservado.

Reconstruiré este edificio con sus mismas ruinas.

Ahora estoy sereno y tranquilo, ahora que he aprendido a no desconfiar de mí mismo. Mi indiferencia me asegura que los manantiales de mi entusiasmo se han agotado. Una cosa me reconforta y me enorgullece: el sentimiento de mi frialdad, porque mi corazón está frío, tremendamente frío.

Espero y temo olvidar. Una noche triste y oscura ha empezado a extenderse sobre mi pasado.

Las olas que la virtud del sol había levantado y convertido en bellas nubes de oro caen en forma de lluvia atravesando las frías latitudes del aire, caen como lágrimas de la naturaleza.

Cuando el fuego de la juventud se apaga, se va desvaneciendo poco a poco el suave calor de sus cenizas, testigos de las llamas encendidas de antaño, hasta que el soplo helado del tiempo acaba esparciéndolas.

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II.

Sería inútil volver a los años anteriores a los acontecimientos que voy a contar. No quiero asir más que un punto de mi vida, no quiero dar a la luz más que un instante. ¿Quién tendría la valentía de asomarse al espectáculo entero de su existencia, espiar en sus tenebrosos pliegues y volver a tejer toda su historia?

Mi juventud fue plena, rica, esplendorosa. La fortuna, a decir verdad, nunca fue generosa conmigo, pero ¿qué importa la fortuna en la juventud? Es la edad de la fuerza, del valor, del arrojo; entonces se recogen a manos llenas los frutos que maduran en el jardín de la vida, se acerca a los labios la copa embriagadora de la felicidad; en esa edad se goza de un bien que se desconoce y del que ya no se vuelve a gozar nunca más: la bondadosa y afectuosa indulgencia de los hombres.

Nunca he llegado a adivinar si mi naturaleza era incompleta o exuberante: de cualquier modo, estaba claro que yo estaba por encima de las naturalezas comunes. La repugnancia que he sentido y que aún siento por todo lo que es convencional, por todo lo que es metódico, no procedía de mi educación sino de una especial disposición de mi carácter. No me importaba valer más o menos que los demás hombres, me bastaba ser diferente.

A lo largo de mi vida siempre he actuado como he pensado, convulsivamente. Dicen que los leones están siempre en un estado de agitación convulsa. Desconozco qué médico ha podido comprobar este fenómeno como lo hubiera hecho a la cabecera de un enfermo, pero sea cierto o no, sea mi naturaleza débil o fuerte, no hay duda de que siempre he experimentado una especie de excitación febril y convulsa semejante a la de los leones.

Yo he devorado mi vida. No podría medir mi edad con la medida común del tiempo.

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Tenía veintiocho años cuando acaecieron los sucesos que voy a contar. La revolución me había arrastrado desde hacía tiempo a sus filas casi a mi pesar. Apartado de mis estudios, alejado de mis inclinaciones, había decidido quedarme en el ejército donde había conseguido el grado de oficial. Tras cinco años, una grave enfermedad de corazón me obligó a pedir un largo permiso y retirarme a mi aldea natal. Graves reveses de fortuna me habían impedido ganarme la vida de otra manera que no fuera la de pertenecer a un regimiento y hacer gala de mi uniforme de capitán. Y digo esto porque entonces la guerra había terminado y a menudo me avergonzaba de aquella inactividad recompensada tan ampliamente. Percibía yo un espléndido sueldo de las arcas del Estado.

No hablaré ahora de las penas que habían causado esta enfermedad mía. Pertenecen a otra época de mi vida; fueron el fruto de una pasión que, de no haber sido inspirada por el más noble de los sentimientos, habría manchado de infamia mi pasado. A pesar de ello, esas penas fueron terribles, y si no tuvieron el poder de matarme, es porque a menudo el dolor carece de él.

Al cabo de un año había vuelto a pedir el retorno al servicio, en modo alguno porque mi salud hubiese mejorado, sino porque me hubiese sido imposible permanecer más tiempo en mi pueblo natal. Esa vida de meditación y soledad habría terminado matándome. Quien haya vivido una temporada en las grandes ciudades no puede adaptarse a la vida de los pueblos; no puede limitar su manera de ver el mundo, sus ideas, sus costumbres hasta las proporciones mezquinas y a menudo ridículas de las gentes del campo. Siempre he pensado en los pueblos como centros de ignorancia, de barbarie, a menudo de corrupción. Ellos son los que frenan el progreso de la civilización interponiéndose entre las ruedas de su carro. Si todos los puntos habitados de la Tierra fueran Londres, Petroburgo, París, Roma, Berlín, la cuestión cuya solución preocupa desde hace siglos a la humanidad ya estaría resuelta.

No era la monotonía de esa vida el menos doloroso de mis tormentos. Conocía todas las calles de ese pueblo, todas las casas, todos los habitantes: callejas estrechas y llenas de barro, chozas angostas y miserables, campesinos tozudos y bastos. Me daba pena el verlos y más pena el oírlos. La naturaleza misma carecía de gran interés. Cerca de los pueblos la naturaleza parece sufrir, es tosca y ruin, sufre de impotencia y de raquitismo; se diría que le falta algo, como la fuerza y el perfume. Los

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bosques de Boulogne, de Volksgarten, de Thiergarten están cerca de París, de Viena, de Berlín.

El hombre acusa, como las plantas, la influencia de la atmósfera en la que vive. Yo me iba volviendo mezquino, me sentía inútil, me veía morir. Sea por la enfermedad, sea por esa estancia triste y tediosa, me había transformado completamente. Una melancolía profunda, una desesperanza llena de hielo y de escepticismo se habían ido adueñando de mí. Ya no sentía ninguna nostalgia del pasado ni ninguna ilusión por el futuro que de alguna forma preveía. Me había formado de él la más triste imagen, la más negra, la más desoladora; había forzado mi alma para que lo aceptara sin queja y así había logrado estar en paz con el único objeto que aún hubiera tenido el poder de aterrorizarme: con el fantasma desconocido de este futuro.

A menudo he pensado, a lo largo de estos años, en esos días llenos de desolación y de abatimiento, en ese largo invierno de cinco meses pasado entre las paredes de pocas habitaciones sin ver ningún rostro humano más que el mío. He recordado también todo aquello que entonces impresionó de alguna manera mis sentidos: los altos ventanales cubiertos de telarañas, el piar de los gorriones picoteando en los canales del aljibe, el murmullo de las nieves en el deshielo, el ruido de las madreñas de los campesinos sobre el empedrado lleno de barro de las calles: únicas sensaciones, únicas voces que me hacían notar la presencia de seres viviendo a mi alrededor y me recordaban que yo vivía entre seres vivos y sensibles. He conservado la memoria de aquellos días en un diario escrito con las impresiones de esas penas secretas del alma, que no es menester traer a colación aquí.

Nada más alejarme de ese lugar, en la primera ciudad con que tropecé en mi viaje, comparé mi rostro con el de los demás hombres, me pregunté con miedo si yo seguía siendo el mismo de antaño, si me había convertido en un ser distinto a ellos, si sobreviviría a ese día.

Había aprendido a desesperar demasiado pronto.

¡No sabía entonces que una aurora luminosa iba a surgir en mi juventud para extinguirse poco después!

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III.

He hablado de mi pueblo natal.

Me duele que estas páginas no estén destinadas a salir a la luz, para poder hacer público un odio que desde hace largos años guardo en mi corazón, el único que el tiempo y la reflexión no han hecho más que aumentar y fortalecer.

Amo la tierra, esta gran madre, esta patria común; la amo toda, sin distinciones de suelos y de climas; la amo como una parte de mí mismo, yo que no soy sino una mínima parte de ella.

A menudo he sentido sus encantos, la llamada que hace a sus átomos, sus criaturas; a los hombres, sus seres animados. En primavera, cuando el sol la inunda con sus rayos; en ese período de ardores, de fecundidad, cuando de su seno lleno de amor brotan las familias de insectos y las hierbas, cuando sonríe con una sonrisa llena de encantos y de flores, yo he sentido con una especie de furor el deseo de volver a entrar en su seno; me he tendido para abrazarla; he sentido que me llamaba y he gritado: «Tú me quieres, tú me llamas, voy, voy». Sí, amo la tierra, esta hermosa tierra; estoy seguro de que será liviana sobre mi fosa, cuando abrace dulcemente mi pecho con sus brazos de pedernales y raíces. Sin embargo, hay en ella un punto que yo odio y es esa zona fría y lóbrega donde nací.

Desde allí empecé a extender mi mirada sobre el mundo y a verlo triste e ingrato; allí jamás pude tener una noble alegría ni una noble pena, allí conocí a los hombres que me enseñaron a odiar a los hombres, allí es donde no pude amar.

Hubiera querido llevarme las cenizas de mis seres queridos para romper también el último lazo que me unía a mi patria.

Una idea fija y melancólica me torturó durante largo tiempo: me parecía que aquellas reliquias adoradas no podían tener allí paz porque yo mismo siento que mis huesos se rebelarían si estuviesen enterrados bajo esa tierra maldita.

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IV.

No acierto a decir cómo me fui de allí para venir a Milán. No me explico esta decisión, porque no tenía ninguna fuerza de voluntad cuando llegué.

Fue hacia finales de abril, y recuerdo haber caminado un largo trecho por el campo. Dos alondras trinaban en un cielo que me pareció alto, sereno, inmenso, como nunca me lo había parecido. Estaban tan altas que mi vista no alcanzaba a verlas, estaban lejos una de otra y, a juzgar por el canto, diríase que estaban inmóviles como si hubiesen conseguido encontrar allá arriba un lugar donde posarse. Su trino tenía algo de afectuosamente íntimo, era como una sucesión de preguntas y respuestas y era tan melodioso, tan sereno, tan limpio que recuerdo haberlo oído a una gran distancia de donde lo escuché la primera vez. Desde luego por lo claro y lo limpio, que no por su fuerza. Hay un extraño misterio de luz en ese canto. Mi oído podía quizá percibirlo por la misma razón que el ojo distingue el lecho viscoso de un lago a través de sus aguas profundas y tranquilas y no ve el de un torrente cuya corriente —pequeña e impetuosa, pero turbia— va a dar con ímpetu al mar.

A lo largo del camino recogí también un ramillete de tusilagos amarillos —únicas flores que embellecen esas viñas estériles y desoladas — y aún lo conservo en mi cajita de flores desecadas.

He marcado todas las épocas importantes de mi vida con flores. Guardo esos ramitos que son como las piedras miliares del camino recorrido en mi existencia, y los llevo conmigo como el único tesoro que poseo en el mundo.

Siempre he sentido una especie de respeto hacia estas pequeñas y frágiles criaturas de un día; es como una especie de fe.

Una vez en Milán, en un momento de profundo abatimiento, una dama que paseaba conmigo guardaba entre sus manos una rosa. Adelantándose unos pasos, fue deshojándola y, esparciendo ante mí sus pétalos, dijo:

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«Siembro de flores su camino». Al día siguiente, un acontecimiento imprevisto me devolvía la alegría y la paz.

Al llegar a aquella ciudad, no tenía ni proyectos, ni ideas ni esperanza de tiempos mejores. Había llegado casi diría que inconscientemente. Sabía que tras dos meses me volverían a llamar del regimiento y que desde allí podría conseguir que me reclamaran. Quizá éste había sido el móvil de mi viaje.

Nada más llegar, busqué con ansiedad a un amigo especialmente querido desde hacía tiempo por lo común de nuestras desgracias. Vivía en una casa señorial muy amplia donde sin embargo era un desconocido. Había que preguntar por él. Llamé por tanto a una puerta del primer piso y vino a abrirme una mujer joven y hermosa. Tuve la sensación de que quedaba bastante impresionada por mi aspecto, como también lo quedé yo por el contraste que formaba con el suyo. Ella era tan serena, tan fresca, tan lozana; diríase que la vida había sido hasta entonces tan generosa con ella que yo la miré un instante sin articular palabra, presa de una admiración dulce y profunda.

—¿Por quién pregunta, señor?

Pronuncié el nombre de mi amigo.

—En el segundo piso.

Hubiera jurado que había oído más veces esa voz, que la había oído de niño, en mis sueños… La miré como se mira a alguien a quien creemos conocer. Al alejarme me di cuenta de que un trozo de mi abrigo había quedado pillado entre las dos hojas de la puerta. Ella se apercibió y se apresuró a abrir.

—Perdone.

Me incliné. No contesté nada, pero volví a mirarla de una forma tan extraña que ella me miró casi asustada. Sentí que esa mirada me penetraba penosamente en el alma.

«¡Tan feliz, tan lozana, tan bella!», me dije subiendo la escalera; «¡Oh dulce criatura! Si tú me ofrecieras esa copa que la edad y los avatares de la existencia han alejado quizá para siempre de mis labios, ¡cómo podría yo volver a renacer y sonreír otra vez a la vida! ¡Pero la juventud es de los jóvenes, y las alegrías no son sino de las personas felices!».

Al llegar al descansillo, me volví, y vi que ella se había quedado inmóvil en el umbral, me iba acompañando con la mirada y parecía estar

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emocionada y pensativa. ¿Se había dado cuenta de que yo era infeliz y sentía acaso el deseo de confortarme con su afecto y su compasión?

Diré algo tan antiguo como el amor. Fueron suficientes esa mirada y esa melancolía. Desde ese momento nuestras suertes estuvieron echadas. Yo la había conquistado con el único atractivo que tenía, ese atractivo del que raramente son víctimas las mujeres, pero del que, si lo son, se enorgullecen a menudo de ceder sin resistencia, porque entienden que se encaminan así hacia una misión que las santifica: el atractivo de la desgracia.

Encontré a mi amigo y me instalé en su apartamento.

Me dio noticias de aquella mujer. Su marido era joven y apuesto, ocupaba un alto cargo en la administración; no eran ricos, pero vivían holgadamente y eran felices; tenían un hijo; ella se llamaba Clara: cuando no estaba cosiendo frente a una pequeña ventana que daba al patio, leía novelas en su balcón, sentada entre sus tiestos de fucsias y de geranios; también solía tocar el piano y cantar.

Pasé esa primera noche en una especie de delirio; leí el epistolario de Foscolo —el hombre antiguo— y volví a ver en una alucinación las escenas pasadas de mi vida. Tenía la sensación de que todo había acabado ahí, con ese día, con esa fuga, con el encuentro de esa mujer: vislumbraba inmensas alegrías en el futuro.

Pronto fui sacudido por el sonido de un piano que llegaba del piso de abajo. Abrí la ventana y me asomé al balcón. Era una mañana resplandeciente, cálida, serena, el sol inundaba la calle animada por el bullicio de gentes atareadas. Los carritos de los lecheros rechinaban sobre sus ruedas inestables, los cocheros hacían restallar sus látigos, los muchachos correteaban vociferando; todo era luz, vida, movimiento, alegría. Desde hacía tiempo no había vuelto a asistir al espectáculo del despertar de una gran ciudad. Al bajar la mirada hacia el balcón de abajo

vi a Clara que estaba mirándome. Estaba sentada entre sus tiestos con un vestido sencillo y descuidado; sus fucsias no habían crecido aún, y a su alrededor no había nada florido excepto unas cuantas plantitas de prímulas y de azaleas.

El amor, la más compleja y la más poderosa de todas las pasiones, es al mismo tiempo la más fácil y la más sencilla en nacer. Un hombre y una mujer se encuentran, se ven, se miran y eso es todo. ¿Qué había producido

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esa mirada? ¿Qué había en ella? ¿Qué quería decir? Nadie lo sabe. De hecho, todos los amores empiezan con una mirada.

Volví a la habitación embriagado. No de amor, no; aún no amaba, no esperaba; volví sediento de consuelo, de compasión, de lágrimas. Deseaba a una mujer, no para pedirle sus caricias sino para llorar en su regazo. El hombre es más profundo en el amor, la mujer en la ternura; se llora mejor en el regazo de una mujer.

No sé si los demás hombres tienen súbitos abandonos, súbitos impulsos, súbitas decisiones como tengo yo. En mí nada hay de lento, de ordenado, de normal. Mi naturaleza sólo conoce impulsos: es como un resorte, siempre mudable.

Le escribí y le lancé desde el balcón una nota que rezaba: «Soy infeliz, estoy enfermo, sufro».

La nota cayó a sus pies. Ella la vio, dudó por un momento, después se agachó, la recogió y se refugió en su cuarto.

No volvió a aparecer en todo el día. Por la tarde la vi un momento en su balcón y advertí que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Desde ese mismo momento mi ilusión fue irrefrenable. Había llorado por mí, había aceptado de alguna forma lo que le había pedido: consolarme.

Fui asaltado por un deseo loco de verla, de sentir su voz, de tenerla cerca, de echarme a sus pies, de contarle anegado en lágrimas toda la pobre historia de mi vida.

Si hubiera tenido un objeto tocado por ella, llevado por ella, uno de sus lazos, uno de sus vestidos, me habría pasado la noche entera mirándolo, me habría sentido menos solo.

Así ha sido siempre mi alma. Pasé de la apatía a la adoración sin detenerme en el amor. ¿Por qué quedarse a medias? ¿Por qué no tender hacia los últimos límites? Las grandes cosas son extremas, las grandes almas odian o adoran.

Habían empezado por entonces las lluvias lentas y monótonas de la primavera; llovía todo el día y las ventanas de su balcón permanecían cerradas. Yo la oía cantar y tocar en el piso de abajo. ¿Era casualidad o adivinación? Solía cantar algunas de mis arias predilectas que me traían a la memoria las escenas más dulces de mi vida. No salía de casa para no alejarme de ella. Allí, en ese cuarto, estaba cerca de ella; no la veía, pero sabía que estaba cerca.

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Y, además, ¡la oía!

Le escribía todo el día, le escribía cosas extrañas, grandiosas, inauditas. Estaba asustado de mí mismo. A menudo en medio de la noche saltaba de la cama y me tiraba al suelo como para tenderle los brazos, como para estar más cerca de ella. Mi alma, vacía desde hacía tanto tiempo, se había lanzado furiosamente sobre esa presa. Si su piedad no hubiese venido a salvarme, yo habría devorado mi corazón.

Volví a verla. El buen tiempo había vuelto, abril había terminado y florecía mayo. Volví a sentir los ardores de la primavera, ese fuego ardiente que el sol de mayo infunde en las fibras, en las venas, en el corazón. Se abrían los capullos, los pájaros trinaban y las muchachas — flores humanas— se deleitaban en los jardines; por doquier se escuchaba el himno al amor.

Un día, al subir las escaleras, vi sus habitaciones abiertas; estaba sola. Corrí hacia ella y me postré a sus pies. Ella intentó huir; yo me quedé inmóvil con el rostro entre las manos. Se me acercó llorando, se inclinó hacia mí y me dijo sollozando:

—Apiádese de mí, váyase, déjeme.

—No, moriré aquí mismo, sufro.

—¡Oh Dios mío! ¡Pobre joven!

—¿Acaso me odia?

Me estrechó contra su seno y me cubrió de besos y de lágrimas.

—Le amo, le amo; pero déjeme.

Hui como un loco.

Esa noche tuve fiebre; se adueñaron de mí visiones extrañas, tuve sueños pueriles: veía mariposas y ángeles, países que jamás había visto; mi madre, mucho más joven, lloraba junto a mi cabezal y llevaba un vestido gris que yo recordaba haberle visto de niño.

Al día siguiente estaba enfermo.

Le volví a escribir: «Estoy enfermo, no me curaré si no la veo; venga».

Y ella vino.

Vino todos los días durante dos largas semanas, disimulando su secreto lo mejor que podía; destrozada por la angustia de mi estado y el sonrojo por el engaño que le costaba su piedad.

Fue su piedad la que la llevó al amor; en esos días nuestras almas se unieron.

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Más tarde le escribí: «¡Oh, vida mía! Ven a confortarme. Ven aquí, lejos de esta casa donde no podemos ser felices. He alquilado una habitación clara, solitaria, serena, inundada de sol. La llenaré toda de flores para ti. Pero ven. Nuestros corazones necesitan palpitar al unísono. No podemos vivir así».

Y vino una vez más.

La piedad la había llevado al amor; el amor la condujo a la culpa.

En aquellos días se unieron nuestras vidas.

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V.

Fuimos felices, inefablemente felices.

Pasamos a través de una serie de sensaciones nuevas, ardientes, vertiginosas. Nunca dos almas habían coincidido tan plenamente, nunca dos naturalezas se habían unido, fundido, identificado en una sola como las nuestras.

Clara tenía un temperamento fuerte, equilibrado, severo; nada había en su carácter de blando, de fatuo, de pueril; y, sin embargo, ninguna mujer fue nunca más afectuosa, más dulce, más entregada, más eminentemente mujer.

Tenía veinticinco años; era alta, pura, robusta, serena. Descubrí más tarde el secreto de esa fascinación que había producido en mí. Se parecía a mi madre. Mi madre podía haber tenido la misma belleza y la misma edad cuando yo nací.

Ya amantes, nos abandonamos con una especie de dulce desesperanza a nuestra pasión; no conocimos límites; también ella tenía esa naturaleza de los que no los conocen. Casi hubiéramos deseado sufrir viendo en nuestro amor un obstáculo a nuestra felicidad, a nuestro futuro para ser merecedores de él. Nos atormentábamos por el deseo de sacrificar algo el uno para la otra. Así éramos inmerecidamente felices. No podíamos poner precio a esas alegrías, ¡las sentíamos demasiado intensas, demasiado profundas!…

Nos contamos toda nuestra vida. Nos entregamos el uno al otro sin sonrojo, sin disimulos, sin vacilaciones. Ella había vivido poco en el mundo, se había casado a los dieciséis años con un hombre que le era indiferente, nunca había amado, nadie le había pedido nunca afecto, adoraba a su hijo. En esa vida de aislamiento y de desamor era, sin embargo, feliz.

Como todas las mujeres verdaderamente ingenuas se había entregado a mí sin fingir, sin dudar; ella había pensado mucho en las consecuencias de

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su culpa; había luchado mucho; pero una vez decidida, se abandonó sin reservas. No sé si se avergonzaba y sufría secretamente; su forma de estar nunca me dejó entrever nada, yo siempre tuve la sensación de que ella era feliz. A menudo me decía con aire de credulidad y de miedo en absoluto pueril:

—Soy tan feliz que tengo miedo de morir.

Su desconsuelo mayor era el no haberme conocido antes; no se quejaba del futuro que el tiempo y su situación nos vedarían antes o después, sino del pasado que habíamos vivido alejados el uno del otro, sin conocernos, sin saber que existíamos, de esos hermosos días de la primera juventud que no habíamos podido pasar juntos.

—¡Oh, si yo te hubiese conocido entonces! ¡Qué feliz habría sido de darte este corazón mío puro e intacto, de ofrecerte toda mi juventud, toda mi frescura! ¡De joven también era hermosa!… ¡Cómo habrías sabido moldear mi corazón, cómo te habría amado, cómo te habría obedecido!

Tales eran las palabras que ella me decía a menudo. Sufría al no poder unir a mí las primeras y más puras memorias de su existencia.

Como había previsto, mi salud había mejorado, yo me había vuelto fuerte, alegre, sereno; pero me parecía que le había quitado todo lo que de ella había recibido. No se ajaba, pero iba decayendo lentamente. Se había transformado, ya no era la de antaño. Me parecía que se había vuelto más espigada, más alta, más flexible; la veía como si hubiera sido una imagen de sí misma.

A menudo me decía bromeando:

—He querido ser tu médico y me he abandonado demasiado yo misma. —No sé cómo sucedió pero me había dado su fuerza y su salud junto con su afecto. El amor a menudo hace esos milagros.

No diré cómo y cuán felices fuimos. ¡Ay, qué triste la felicidad que puede describirse! Yo me había mantenido hasta entonces excepcionalmente puro, ella excepcionalmente ingenua. Nos habíamos amado, ella por piedad, yo por gratitud; la estima, la simpatía, el conocimiento profundo de nuestras almas, más que nuestra misma juventud, nos habían llevado a la pasión. Ella con veinticinco años, yo con veintiocho, éramos aún dos niños. En un gran centro de corrupción como éste nosotros habíamos permanecido íntegros, puros, vírgenes, ricos de ilusiones y de fe. La felicidad y la grandeza de tal amor no pueden ser narradas.

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VI.

Porque nosotros nos amábamos de una manera distinta a todos los demás. Nuestros placeres más ardientes consistían a menudo en algunas chiquilladas sin nombre, en algunas puerilidades que nos habrían hecho sonreír si no nos hubiésemos amado tan ciegamente.

Una de sus mayores satisfacciones era la de almorzar juntos, comer peladillas, comer muchas peladillas a medias los dos; arreglarme el pelo, mirar, como los niños, su imagen reflejada en mis pupilas.

Conocíamos todos los senderos de estos prados tristes y monótonos. Dábamos largos paseos; cuando se quitaba la mantilla y el sombrero, clavaba los alfileres en alguna hoja de hiedra que trepaba por un sauce y en nuestras siguientes correrías íbamos a buscarlos. Hace muy pocos meses hallé, tras cuatro años, dos de estos alfileres oxidados por las lluvias y el tiempo.

Nos sentábamos a menudo al borde de los arroyos para ver correr el agua y solíamos arrancar algunos tallos de hierba que tenían en el fondo una pajita tierna, de un sabor casi dulce, y nos los ofrecíamos mutuamente entre bromas:

—Prueba éste.

—¡Oh, el mío es mucho más sabroso!

—Éste es excelente.

—Aquí hay uno exquisito.

Y nos reíamos y decíamos de nosotros mismos: «¡Qué niños!». Saliendo por Porta Magenta, a la derecha de la calle hay un arroyo y

un puentecito de tablas que no tiene más que dos palmos. Le gustaba ir y venir por el puente. Allí cerca, habíamos hallado también una cabaña deshabitada cuyo zaguán estaba abierto, y de buena gana pasábamos algunas horas aunque estaba llena de ratas y de lagartijas. La llamábamos nuestro tabernáculo.

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Todos los campesinos nos conocían y nos hacían mil travesuras. Unos chiquillos iban vociferando detrás de nosotros:

—¡Oh, los enamorados, los enamorados!

Un domingo vieron que nos sentábamos en un prado y quitaron una tabla que cerraba la salida de un canal de riego.

—¡Me parece que estoy toda mojada!

—¡Y yo!

Antes de que nos hubiéramos puesto de pie todo el prado se había encharcado, su falda y su echarpe estaban empapados y a duras penas logré salvar su sombrero y sus guantes que estaban flotando. Ella reía como loca. ¡Cuántas veces nos hemos acordado de aquella tarde!

Esa mujer tan fuerte, con tanto sentido común, en algunas cosas tan seria, tenía todos los deseos, todos los caprichos locos y extravagantes de una niña.

—Lo mío no es más que una reivindicación —decía ella, a veces medio en serio medio en broma—. No me dejaron el tiempo de ser una niña y por eso quiero serlo ahora. ¡Mejor a los veinticinco años que nunca!

Y lo era de verdad, y me daba todas las pruebas posibles de ello.

Mi cuarto se había convertido en un caos, lleno de pájaros, de flores, de cintas, de recortes de papel, de cucuruchos de peladillas, de cajas. Todo lo desordenaba. De día cerraba las contraventanas y encendía todas las velas. A menudo sentía deseos de gritar, de chillar «No puedo evitarlo, siento algo que me oprime el pecho, aquí», y gritaba, y se tapaba la boca con las manos.

Me traía mariposas y hacía que me regalaran crías de pájaros que me veía obligado a cuidar para no disgustarla. En el último invierno que estuvimos juntos, ella misma me trajo un gatito blanco en la manga.

Todo esto me parecía entonces bastante pueril; sin embargo, a menudo he meditado sobre estas cosas, incluso en años en que conocí más positivamente y más terriblemente la vida, y siempre he tenido que exclamar:

—¡Felices quienes amaron de esa manera!

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VII.

En ese abismo de felicidad, en esa embriaguez que se había adueñado de nuestras almas, yo casi me había olvidado de mí mismo. No hacía más que dos meses que nos amábamos cuando recibí del comandante de mi regimiento una orden en estos términos: «Se ha ordenado su vuelta al servicio activo y, teniendo en cuenta su precario estado de salud, se le destina al Estado Mayor del Cuarto Departamento. Deberá usted incorporarse a su destino en el plazo de diez días».

Quedé como fulminado por un rayo.

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VIII.

Renuncio a describir la amargura de nuestra separación. Nuestro dolor fue tan grande como habían sido nuestras alegrías: auténtico, profundo, inefable, como había sido nuestra felicidad. Reproduzco aquí literalmente la primera carta que envié a Clara al día siguiente de mi partida y que aún hoy puede dar la medida de mi amor y de mis lágrimas:

«¡Oh, vida mía! Ya estamos separados, lejos el uno del otro. Ayer aún estaba yo en tus brazos, hoy estoy solo, lejos, mísero, desconsolado, perdido. ¿Qué decirte? ¿Cómo expresarte mi dolor? Tú sola, tú que me amas con los mismos arrebatos desesperados, tú puedes saber por tus lágrimas la amargura y la abundancia de las mías.

»Me parece estar como en una terrible pesadilla de la que no puedo despertarme; no puedo creer en la certeza de una tragedia tan enorme. Tengo la sensación de que a cada momento puedo despertar de este delirio angustioso y volverme a ver a tu lado. En todas mis grandes penas he sentido esta especie de piadosa incredulidad que me las hacía menos terribles. Entonces como ahora me preguntaba: “¿Será cierto? ¿Ha sucedido realmente?”. Y siempre sabía que era cierto, que había sucedido realmente.

»¡Oh, tú me consuelas santamente! He comprendido el esfuerzo que hacías ayer para esconderme tus lágrimas. ¡Pobre Clara! Tú no querías que yo llorase y no sabes cuánto he llorado esta noche. Sí, he llorado a lágrima viva, a lágrima viva, y he dado gracias a Dios de este consuelo. No es debilidad el llorar, y aunque lo fuese, sería una debilidad dulce y divina que no humilla al hombre fuerte.

»No sabes cuán orgulloso estoy de sufrir por ti, por nosotros, por nuestro amor. Qué dulce es poder decirle a la mujer que se ama: “Tú me cuestas un sacrificio, un dolor, una flaqueza; por ti he sacrificado mis riquezas, mi fama, mi vida”. He llegado a comprender que se puede cometer un delito para aumentar en nuestra conciencia este sentimiento,

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para acrecentar su valor; he llegado a comprender que se puede caer en la degradación más humillante. Es el mismo sentimiento que a vosotras, las mujeres, os hace sacrificar —casi de buena gana, casi orgullosas del sacrificio— la fama de honradas al afecto del hombre que amáis. Y créeme, Clara, créeme, es ésta sola —aun siendo deplorable— la medida del amor que une el hombre a la mujer.

»No me escondas, pues, tus lágrimas y no quieras que yo te esconda las mías. ¡Tus lágrimas! Ah, yo las siento, sí, las siento, se vierten sobre mi corazón. ¡Quién sabe cuántas estás derramando ahora, en este instante, pobre vida mía!

»Te escribo cuatro horas después de haber llegado a esta ciudad; no habría podido hacerlo antes. Dios sabe cómo me he ido, cómo he llegado hasta aquí, cómo estoy en esta habitación de hotel. Me he tirado sobre la cama, y he dormido cuatro horas en un sueño pesado y agitado. Ahora me he levantado, me he asomado a la ventana, he mirado tus retratos, tus cartas, todo lo que he traído conmigo de ti, y he empezado a entender algo de mi nueva situación. ¡Dios mío, Dios mío! ¡No sé cómo podré sobrevivir a esta prueba!

»Éramos demasiado felices, oh Clara, no era posible que ese estado fuese duradero; nuestra misma Felicidad nos asustaba, sentíamos algo en el corazón que nos decía que debía terminar.

»Que no te asuste esta palabra “terminar”; no, nuestra felicidad no ha terminado, tú lo sabes, tú sientes como yo que un amor como el nuestro no puede acabar más que con la muerte, pero seremos felices de otra manera, en otra medida, con otro precio. Ya no te veré todos los días, ya no sabré lo que estás haciendo en cada momento, ya no recibiré tus flores, ya no veré tu balcón, ya no oiré tu voz adorable, el roce de tu vestido, tus pasos, tu respiración; mi pobre cuarto estará solitario por mucho tiempo, no resonarán los ecos de nuestros gritos; sin embargo, estas alegrías nuestras no nos estarán vedadas para siempre. Eran demasiado dulces para que pudiéramos disfrutarlas todos los días; nuestro amor es demasiado grande para que podamos renunciar a él toda la vida.

»Y no son ésas las alegrías que me atraen, las que me hacen tan insoportable tu lejanía, no es tu persona, tu belleza, tu juventud, tus gracias: eres tú, mi ángel, tú sola; tu noble corazón, tu alma pía y delicada, tu espíritu virgen y culto. Es la mujer-alma la que yo he amado en ti, sólo

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ella; y estoy orgulloso de afirmar también en la solemnidad de este instante, la pureza del sentimiento que nos ha unido.

»Porque tú conoces mi vida, tú has leído en las más recónditas profundidades de mi alma; yo era digno de ti, lo sigo siendo, lo seré siempre. Sin esta conciencia, no me habría atrevido a pretender la santa fraternidad de nuestras almas; no me atrevería ahora a desafiar sin temblor este futuro misterioso que nos espera. Reposo tranquilo en tu amor, porque no es de los que pasan; reposa tú tranquila en el mío. Que te sosiegue mi juramento. ¡Oh Clara, yo siempre seré digno de ti!

»Hay un pensamiento que me turba: la certeza de tu dolor; no del que sientes ahora, sino del que pronto sentirás. Yo comprendo más de lo que piensas el estado de tu alma. Tú te has dado a mí por piedad; mi gratitud te ha mostrado un corazón que no has podido dejar de amar porque era demasiado parecido al tuyo; tu alegría y tu juventud han cubierto nuestros delirios con un velo que nos ocultaba su lado culpable; mientras yo estaba a tu lado, tú podías ser feliz, pero ahora… Oh, vida mía, no pienses en ti; ¡que la soledad no te haga emplear, para rememorar recuerdos, esa fuerza que tú tenías para olvidar, que no te lleve a pensar en los lazos que te hacen romper los que te unen a mí! Ten piedad, ten piedad, hasta que el edificio levantado por tu amor no esté del todo concluido.

»He aquí, ¡oh amada mía!, la incesante angustia que se añade a este dolor inmenso. No es la fe en ti la que me falta, sino en el futuro; desconfío no de ti, sino de la fuerza de las cosas, del tiempo. Dame consuelo, oblígame a creer, no a esperar. En un amor como el nuestro hay que creer, el esperar no es nada.

»Quería decirte… Hay en los afectos, como en todo, un lenguaje convencional, frases demasiado repetidas para que tengan aún un valor, y sin embargo, ¿cómo expresarse de otra manera? Quería decirte que yo me moriría perdiéndote. Lo siento en mí, tengo la certeza profunda, fría, serena, inquebrantable; y ello es mi gozo: estoy muy seguro de no perderte más que muriendo.

»No sé si te he dicho bastante que te amo, cómo te amo, hasta qué punto te amo. ¿Te acuerdas? Nos desesperábamos los dos de esta impotencia, pero ahora es muy distinto. En aquellos días no podíamos decírnoslo, pero de alguna manera podíamos darnos prueba de ello. Tú leías en mí, ¿pero ahora? Ahora es cuando siento más que nunca el deseo de abrirte mi corazón, de decirte todo lo que hay en mi alma. Te amo,

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Clara, te amo hasta la adoración, hasta la locura, hasta ese punto extremo de nuestras facultades más allá del cual está la muerte, el aniquilamiento, la nada.

»¿Cómo no amarte así? Sabes que tú me has devuelto a la vida; tú me has devuelto la salud, la fuerza, la alegría, la juventud, el valor. Todo lo que seré te lo debo a ti, sin ti yo no habría sido nada. Tú has sido para mí una madre, una hermana, una amiga, una patria —sí, también una patria, porque gracias a tu amor adoro este rincón de la tierra—; tú has sido, tú eres aún mi mundo, tú lo serás siempre. Si tú me repudiaras, me rechazaras, siento que jamás podría sustraerme a esta deuda, ni rebelarme a la santidad de esta memoria.

»Y te lo digo para que sepas hasta qué punto puedes contar con mi afecto, con mi gratitud.

»Escucha ahora mi juramento. Yo no viviré más que por ti y para ti; me olvidaré de que hay en el mundo otras criaturas, seré honrado para ser digno de tu amor. Elevaré este afecto al culto de una religión. Todas las noches me recogeré para pensar en ti, cada quince días iré a verte. La distancia que nos separa no es tan grande como para que sea imposible. Nuestro santuario —ese cuartito donde fuimos tan felices— es aún nuestro, tengo aquí las llaves: ya no estarán allí nuestras flores, nuestros pájaros, a los que he dejado en libertad; volveremos a encontrarnos, a nosotros, nuestras alegrías, nuestra felicidad, nuestro entusiasmo, nuestros corazones ardientes e inmutables. ¡Podremos ser aún felices, oh mi adorada Clara, podremos aún ser felices!

»Y ahora, adiós. No tengas en cuenta el desorden de mis ideas, porque mi cabeza está casi perdida. Te escribo como en un sueño, y a menudo me llevo las manos al corazón para ahogar sus latidos. ¡Ah, si pudiera estar junto a ti, oh ángel mío, junto a ti y morir a tus pies!».

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IX.

Oh Clara, ¡por qué me has abandonado!

Heme aquí solo, más solo aún que antes, ya que no tengo las ilusiones que antes de conocerte me hacían tener esperanza. He sobrevivido a nuestro amor, a tu pérdida, a la ruina de mi fe, a todo, yo que creía morir por tu abandono. Contigo pasaría por la vida bueno, amado, pío, dulcemente triste, indulgente; quizá no dejaría flores esparcidas en mi camino, pero lo llenaría de bendiciones y de lágrimas. La fortuna me ha negado tu ser —fue un rayo—. Los primeros pasos de mi existencia fueron equivocados; tenía que correr ruinosamente hacia su fin. He bebido un trago de la copa, y basta; ahora todo ha terminado.

¡Terminado!

El amor muere. He aquí el grito terrible que se levanta de ese sepulcro en el cual he puesto para siempre las cenizas de mi pasado. Porque no lloro desconsoladamente sólo por ti, sino por mi fe, esa fe que ya no volveré a encontrar jamás, y sin la cual tendré que pasar por el mundo sin aferrarme a nada, riéndome de esas cosas que habían sido las más sagradas y nobles de la vida.

Sin embargo no te condeno, ni mi voz se alzará nunca contra ti; mi corazón, tú no lo sabes, mi corazón te bendice en silencio.

Te encontré en mi camino, en una época en que mi alma sufría y mis pies sangraban por la aspereza del camino, y tú me tomaste de la mano y me llevaste por un sendero de flores y delicias. ¿Y por qué no habría de bendecirte? Tú no habías contraído una deuda de amor eterno conmigo; la sociedad, la naturaleza misma lo prohibían. Me habías amado por piedad, habías querido volver a hacerme hombre, devolverme la fuerza y el ingenio, darme vigor con el fuego de una gran pasión; bien, tu misión estaba cumplida, tú tenías que abandonarme, era justo que así fuera. Otras obligaciones te llamaban por el camino del que yo te había alejado.

¡Tu marido, tu hijo!

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En vano el mundo quiere hacerme creer que eres despreciable, en vano lo querrías tú misma. Tú sabías que yo no iba a cesar de adorarte mientras te estimara, y trataste de mostrarme tu corazón desnudo de toda virtud, mostrarme la condena deshonrosa que pendía sobre tu conducta. No, Clara, yo no te apreciaré menos por esto. Yo no haré caso de las leyes de los hombres, porque sé que el cielo ha otorgado al amor leyes más generosas, más sólidas, más razonables. Lo que nosotros consideramos como la mayor culpa de una mujer —el adulterio— a menudo no es más que una reivindicación de los más sagrados derechos que le ha otorgado la naturaleza y que la sociedad le ha arrebatado. En tu caso era aún más: era un sacrificio grande y sublime. Sólo yo puedo saberlo. No, no temas, Clara, hay en el amor una solidaridad que no se desmiente. Aunque fueses mil veces culpable, yo te amaría doblemente porque sé que lo serías por mi amor.

Siempre que pienso en ti, me vienen a la memoria las bondadosas palabras de Cristo: «Mucho te será perdonado porque mucho has amado».

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X.

He querido mencionar esta pasión de amor, que fue la más auténtica y la más grande de mi vida, para resaltar el conflicto de ideas y sentimientos que ese afecto produciría en mi alma tras los hechos que voy a narrar. Durante el desarrollo de estos acontecimientos el amor de Clara perduró vivo y ardiente y tan sólo en la víspera de la terrible catástrofe este amor me abandonó.

Está en las leyes de la Providencia que la unión del hombre y la mujer tenga que ser efímera y nuestra separación no fue más que una consecuencia de este decreto inexorable de la naturaleza; pues si las leyes humanas han podido imponer a esta asociación una estabilidad de por vida, la experiencia nos muestra que las leyes del corazón y las leyes providenciales triunfan siempre en secreto.

El matrimonio es la unión de dos criaturas que se toleran y se aman alguna vez con amistad, nunca la unión de dos almas que se aman perennemente con amor.

Esta eternidad del amor es una aspiración de los hombres que han creído en la ilusión de conseguirla por medio de las apariencias. Si el amor fuera duradero, la felicidad volvería a un mundo del que quizá fue apartada para siempre.

Desde hace cinco mil años la Humanidad llora la caducidad del amor.

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XI.

Cuando llegué a ***, a pesar del dolor de esa separación imprevista, era casi feliz. Entonces yo estaba lleno de fe, me había curado de una enfermedad que creí mortal, había encontrado hombres y cosas benignas, y diríase que la fortuna me tendía de nuevo su mano amistosa. Esa primera carta que escribí a Clara desde allí no era más que una prueba de mi felicidad. Mis penas eran mucho más dulces que todas las alegrías posibles de la vida, esas penas que forman las flores más hermosas de la corona de la juventud, la única edad de la existencia en la que se sabe verdaderamente amar y sufrir.

La pequeña ciudad de *** —silencio su nombre porque podría extraviar estas páginas, y no quiero que nadie conozca el sitio donde he sufrido y donde hay una tumba a la que puedo acudir de vez en cuando a llorar— es una ciudad angosta y monótona, al lado de un río casi siempre seco. Los alrededores son una especie de páramo, una llanura arenosa y muy extensa, tan pobremente cultivada que no se adivinan en ella más que algunos olmos retorcidos y unas cuantas hileras de moreras raquíticas. Si se llegara allí por azar, se tendría la sensación de estar en una estepa o en una sabana en vez de en una zona de la llanura al pie de los Alpes. Sus habitantes no eran más acogedores que la misma naturaleza. La sociabilidad, los placeres de la vida, o mejor dicho todo exceso placentero, no tenían cabida en ella. Entre esa ciudad y Milán hay tanta diferencia como entre Milán y Londres. Cualquier pueblo de Lombardía podría ofrecer una estancia menos desagradable que esa pequeña ciudad, que, por su posición estratégica, era la sede de un Departamento militar.

Tras levantarme y escribir la carta a Clara, pasé el resto del primer día deambulando por las callejas y observando los monótonos alrededores del pueblo. Descubrí en ese desierto una especie de oasis, un viejo jardín delicioso, doblemente delicioso porque estaba abandonado desde años atrás a la obra destructora del tiempo y a la obra libremente reparadora de

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la naturaleza. Quedé satisfecho de ese examen, que, como ya he dicho, fue de lo más descorazonador. Una ruidosa ciudad me habría apartado de esa pasión para la que era menester gozar de paz y recogimiento; una naturaleza feraz me habría hecho sentir con más intensidad el dolor de su lejanía, puesto que los más hermosos recuerdos de nuestro amor estaban de alguna manera ligados a la naturaleza.

Me satisfacía ensimismarme en mi llama, ir alimentándola con su mismo fuego, no poder perder ni trastocar ninguna de las sensaciones que iban a despertar en mí estos pensamientos.

Encerrarme en una habitación y poblarla de los fantasmas de mi amor, ése era mi voto. Vivir en mí, y en ella. Vivir solo.

Yo comprendía que iba a estar más cerca de ella cuanto más lejos estuviera de otra criatura.

Entonces aún era capaz de crear mundos a mi alrededor.

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XII.

Al día siguiente fui a visitar al coronel, jefe del servicio al que yo había sido destinado.

Era un hombre de casi sesenta años, menudo y bajo de estatura; no había en su carácter nada fuerte ni viril, pero el hábito del mando y de la disciplina habían conferido a sus modales un sello marcadamente enérgico y militar. Como en la mayoría de las naturalezas débiles, esa ausencia de fuerza estaba compensada por una gran dulzura de ánimo y por una especie de ingenuidad, que casi rozaba la ignorancia, pues era extraordinaria en un hombre de esa edad y de esa profesión. Tenía un carácter alegre y vivaracho. Se podía decir de él que era un mal soldado pero era un hábil matemático, un excelente dibujante, expertísimo en todas las ciencias de la guerra y, cosa extraordinaria en toda clase de hombres y más extraordinaria aún entre militares, era un hombre excepcionalmente honesto.

Una aventura que me había acaecido dos años antes, en la cual había arriesgado mi vida temerariamente y me había salvado por azar —aventura demasiado grabada en mi memoria como para que quiera yo ahora relatarla en estas páginas— me había creado en el ejército una especie de extraña reputación; mi enfermedad, mis circunstancias, habían contribuido a rodear mi nombre de un prestigio en parte halagador y a despertar un afectuoso interés hacia mi persona.

Quizá debido a estos antecedentes el coronel me dispensó una cordial bienvenida.

—Nosotros estamos aquí —dijo tras haber hablado conmigo largo y tendido de muchas cosas— como si estuviésemos en una aldea de Berbería; estamos como entre pieles rojas. Dudo que haya encontrado un alojamiento donde instalarse honrada y cómodamente.

—Sigo estando en el hotel —dije.

—¡En el hotel! ¿Y cómo ha comido usted?

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—No sé… Creo que pésimamente.

El coronel pareció un poco asombrado por esa duda mía, miró su reloj y exclamó:

—No faltan más que unos minutos para las cinco; le invito a cenar conmigo en mi casa, ¿acepta usted?

—Acepto —respondí yo inclinándome.

Tras unos minutos salimos.

—Nosotros comemos en familia —prosiguió él por el camino—. A decir verdad, no puedo decir que tengo familia, pero vive conmigo una pariente que es como si lo fuera, aunque la pobrecita tiene una salud tan endeble que me da más preocupaciones que otra cosa. Es una cocina bastante modesta. Aquí la materia prima es pésima, la verdura no está recién cortada; pero por lo menos es comestible, ya verá… A mi edad necesito una comida decente. Tendremos compañía; vienen dos comandantes, un coronel, un médico del regimiento, dos médicos civiles; somos ocho en total. Los médicos, además, acuden a mi casa como a un hospital. Mi prima es la enfermedad personificada, la histeria hecha mujer, un milagro en vivo del sistema nervioso, como dijo recientemente un médico que la visitó. La conocerá usted. Podría haberla mandado no muy lejos de aquí, con una familia que la cuidaría, dado que está sola en el mundo, pero no sé separarme de ella. A los sesenta años se vive de costumbres, y además este aire muerto le viene bien y hasta le gusta este pueblo de pieles rojas.

Al poco tiempo llegamos a su pabellón.

La comida fue alegre, excelente, estuvo salpicada con muchas maledicencias, chistes y frases ambiguas y poco decentes de las que a menudo se suelen escuchar entre militares.

A mi lado había un servicio intacto y expresé mi asombro.

—Es el sitio de la señora Fosca —me advirtió uno de los comensales. —De mi prima —añadió el coronel—; guarda cama los siete días de la

semana y tampoco hoy está mejor que de costumbre. Siento que no la haya visto, tiene el mismo apetito que un mosquito.

En cuanto nos levantamos de la mesa, el coronel se plantó delante de mí con los pies separados y con los brazos cruzados por detrás y me preguntó:

—Bueno, ¿qué tal ha comido usted?

—Opíparamente.

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—¿De verdad?

—Pues sí, ¡de maravilla!

—¿Y qué le parece este pabellón?

—Magnífico.

—¿Y esta república nuestra?

—Me complace haber sido convidado —dije yo.

—Francamente, sin cumplidos, como amigos —replicó, y, poniéndose derecho, juntando sus piernas como si hubiese sido accionado por un resorte y tendiéndome la mano derecha, añadió—: Si quiere formar parte de nuestra república, si quiere unirse a nosotros… No tiene usted que temer por su bolsillo, la base fundamental de nuestra asociación es la economía. Ya… es un sentimiento de caridad lo que me aconseja hacerle esta propuesta… y también de simpatía —prosiguió tendiéndome la otra mano—. Piénselo usted bien, nosotros le hablamos por experiencia…; en este pueblo de pieles rojas…

Era una oferta que de ningún modo podía rechazar.

Acepté aunque a disgusto.

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XIII.

Pronto me di cuenta de que tenía que alegrarme de esta especie de vínculo que en principio me había preocupado un poco. Tenía más ventajas que desventajas; la más sincera cordialidad atenuaba las rigideces de la disciplina y, por otra parte, el pueblo en sí nada ofrecía. Mis comensales eran gentes de bien, un poco fatuos, un poco fanfarrones —defectos de soldado— pero en el fondo honrados y leales.

Si había algo que podía halagarme era que todos estaban llenos de benevolencia hacia mí y se desvivían en atenciones. Un médico del regimiento me tenía especial afecto y a menudo buscaba mi compañía. Era un hombre maduro en años y en mentalidad, pero joven de corazón. En algunas cosas, como todos los hombres algo más que mediocres, era un niño, y en cuanto a principios, extraña virtud siendo médico, era creyente. No tardé en tomarle cariño yo también, y fue la única persona con la que mantuve amistad en aquel lugar.

La prima del coronel no había aparecido aún. La enfermedad seguía reteniéndola en sus habitaciones. Ya me había acostumbrado desde hacía varios días a preguntar por ella a su primo y a repetir unas pocas frases compasivas que desde luego no expresaban un sentimiento auténtico, puesto que era natural que yo no pudiera compadecer mucho sus males sin conocerla. Sin embargo, a veces la etiqueta tiene exigencias aún más ridículas.

Su sitio estaba perennemente vacío y a pesar de ello siempre se le ponía el servicio; en uno de sus vasos, todos los días aparecía una flor recién cortada y, cosa que no dejaba de producirme un cierto desasosiego, aunque no pudiese adivinar las razones puesto que no las había, su sitio siempre estaba junto a mí, ya sea a un lado, ya sea al otro, pero siempre a mi lado. Esto me creaba cierta desazón, como si faltara algo, no estaba a gusto, me parecía que ella iba a entrar de un momento a otro para sentarse a mi lado.

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Esta preocupación era sin embargo exclusivamente mía, los demás comensales no parecían inquietarse por la enferma y diríase que consideraban este estado de cosas como algo muy normal. Como mucho se limitaban a decir tras la comida:

—¡También hoy la señora nos ha dejado solos!

Me parecía muy extraño que todos los días se pusiera su servicio y que todos los días la esperásemos, como si su enfermedad fuera a abandonarla de un momento a otro; no obstante, no me habría atrevido a pedir explicaciones al médico, con quien, como ya dije antes, tenía confianza, si no fuera porque un acontecimiento imprevisto me obligó a hacerlo.

Un día, durante la comida, fui sorprendido por unos alaridos agudos y desgarradores que venían de las habitaciones de la señora. Esos gritos llegaron tan clara y tan repentinamente a nuestro comedor que me sobresalté e instintivamente hice ademán de levantarme para acudir en su ayuda.

Una triste sonrisa añoró a los labios del coronel que me asió la mano como para agradecerme la intención y me dijo:

—No se asuste, es mi prima, padece de convulsiones nerviosas, no es nada, dentro de unos instantes se le pasarán.

Uno de los médicos se levantó de la mesa con desgana y, sin dar muchas muestras de inquietud, entró en el apartamento de Fosca. Sus doncellas tampoco mostraban mayor preocupación. De los demás comensales, ninguno se había movido o había mostrado el más mínimo síntoma de asombro.

A mí me había sido imposible ocultar la conmoción. No sólo porque esos alaridos eran horriblemente agudos, horriblemente desgarradores y prolongados, sino porque yo jamás hubiera podido concebir que la voz humana pudiera producir algo semejante y mucho menos que la persona que los había dado pudiera seguir viviendo.

He constatado, antes y después de aquel día, hasta qué límite puede llegar el dolor en la naturaleza humana y he escuchado todas sus manifestaciones vocales posibles, pero jamás volví a escuchar su manifestación con un lenguaje tan terrible como aquél. Aún hoy, tras cinco años, resuena en mis sueños el eco de esos terribles gritos.

—Veo que está preocupado por lo sucedido —me dijo el médico cuando salimos juntos de la casa—. Confiese…

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—Usted se adelanta a mi pregunta —interrumpí yo ansiosamente—. Me ha conmovido en lo más profundo de mi alma. ¿Por qué habría de ocultárselo? ¿Cómo no iba a estar conmovido? Pero ¿qué enfermedad padece esa mujer?

—Todas.

—¡Todas! Explíquese.

—Es una especie de fenómeno, una colección ambulante de todos los males posibles. Nuestra ciencia no logra definirlos. Podemos conocer un síntoma, un efecto, un resultado concreto, pero no el conjunto de sus males, ni su sentido total, ni su base. Podemos curarla empíricamente, pero no como médicos. Es una enfermedad que escapa a la ciencia; la acción de nuestros remedios queda paralizada por una serie de fenómenos y de complicaciones que el arte no puede prever. Y el arte médica, sabe usted, es poca cosa; se procede por inducciones.

—¿Pero esos alaridos? —dije yo.

—Son lo de menos, convulsiones histéricas. Ya… el fundamento de sus males es la histeria, un mal de moda en la mujer, una enfermedad viciosa que tiene la doble ventaja de provocar y de disculpar. Esa criatura es de una irritabilidad portentosa, tiene los nervios a flor de piel — recuerdo esta expresión: «los nervios a flor de piel». La más mínima contrariedad, el más mínimo choque son suficientes para provocar esa catástrofe que hoy tanto le ha asustado. Por otra parte, es algo cotidiano. Es pura casualidad que no haya sucedido desde hace tiempo a esa hora.

—Su primo no parece sin embargo estar muy preocupado por este tipo de cosas.

—Es natural, no tiene remedio.

—¿Sucumbirá ella pronto?

—No creo, su máquina es tan débil que no tiene la fuerza de producir una enfermedad mortal.

—¡Qué raro!

—Tenemos ejemplos de ello todos los días; cualquier triunfo es el efecto de una lucha; son necesarios elementos capaces de luchar; en un cuerpo como ése no hay lucha; todos esos males se paralizan; los organismos fuertes y robustos luchan muy en serio con la enfermedad, los débiles se defienden de ella. Con una salud como ésa se puede sobrevivir hasta los ochenta años.

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—Es una teoría consoladora para los débiles —dije yo—; pero ¿cómo ha podido acumular todos esos males?

—Nadie lo sabe.

—¿Su pasado?

—Lo ignoro.

—¿Es joven?

—Veinticinco años.

(¡La edad de Clara!).

—¿Es guapa?

Mi amigo sonrió con aire de misterio y se llevó un dedo a los labios como para imponerme silencio.

—¿No cree que es la amante del coronel?

—No creo —dijo él.

Y volvió a sonreír, esta vez más abiertamente.

En ese momento llegábamos a la puerta de su casa y era necesario separarse.

—Pronto la verá —añadió él—; usted mismo juzgará su belleza. Será conveniente que se ponga a la defensiva.

Y alejándose me repitió con aire desenfadado:

—Cuide su corazón, ¡esté alerta!

¿Por qué un aviso semejante y expresado así?

No supe comprender el verdadero significado de esas palabras.

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XIV.

Sentía auténtica curiosidad por conocer a esa mujer.

Al día siguiente el coronel me dijo:

—Mi prima le necesita. ¿Tiene usted algún libro de lectura amena, no científico, alguna novela?

—Miraré a ver si puedo prestarle alguno.

—Esa mujer devora los libros, es como una carcoma de libros, lee como nosotros fumamos. Yo ya no sé a quién dirigirme, aquí no hay ni una sala de lectura, en este país de tártaros, de pieles rojas…

Le llevé La nueva Eloísa de Rousseau, El hombre singular y las Confesiones en la tumba de Lafontaine. Este último me lo devolvió enseguida, asustada por el título. Poco después me devolvió también los demás. En La nueva Eloísa hallé muchos párrafos subrayados al margen a lápiz y una tira de papel a modo de señal en la que en un lado ponía Sursum y en el otro Excelsior. Los párrafos marcados revelaban, junto a la naturaleza íntima de sus sufrimientos, una gran inteligencia, aguda y sutil. Esa mujer tenía sin duda ingenio. Debía ser muy desdichada puesto que era capaz de conocer su desdicha. Los desdichados ignorantes gozan de una especie de beatitud en comparación con los doctamente desdichados. Era natural que desease conocerla más que nunca.

En toda mi vida —quizá, por azar, quizá por atracción— estuve siempre rodeado de personas infelices; en el horizonte de mi juventud mis ojos no han contemplado más espectáculo que el desolador de la miseria; yo mismo no me he alimentado más que de sus más amargos frutos y a menudo he tenido que consumirme porque ni siquiera ésos tenía; no obstante, nunca he sabido rebelarme a este sentimiento de simpatía irresistible que la naturaleza me ha dado hacia todos los desgraciados.

Siempre he hallado a un ser bueno en un desdichado, a un perverso en un triunfador. En este dolor inmerecido de tantos hombres siempre he visto un secreto de predilección por parte de la Providencia, de los hilos

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misteriosos que salían de la vida y se perdían en la eternidad y en lo desconocido. Todos lo han visto, todos lo han oído. Si hay algo después de la vida, es para los infelices. Cristo lo dijo: «Bienaventurados los que lloran porque serán consolados».

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XV.

Mi deseo fue satisfecho: por fin conocí a Fosca.

Una mañana fui con tiempo a casa del coronel (comíamos todos juntos a una hora, pero para el desayuno íbamos cada uno a una hora distinta) y me encontré a solas con ella.

¡Dios mío! ¡Cómo expresar con palabras la horrorosa fealdad de aquella mujer! Como hay bellezas de las que es imposible dar una idea, así hay fealdades que escapan a cualquier descripción: así era la suya. No es que fuera fea por defectos físicos ni por falta de armonía en sus facciones, que eran en parte regulares, sino por una excesiva delgadez, casi inconcebible para quien no la viera; por la ruina que el dolor físico y las enfermedades habían producido en su persona aún tan joven. Un pequeño esfuerzo de imaginación podía dejar entrever su esqueleto, los pómulos y los huesos de las sienes formaban unas protuberancias espantosas, la exigüidad de su cuello estaba en desacuerdo con el volumen de su cabeza, desproporción acrecentada por una melena morena muy abundante y tan larga como nunca vi en otra mujer. Toda su vida estaba en sus ojos negros, enormes, apagados, ojos de una sorprendente belleza. No era posible creer que ella hubiese sido en algún tiempo hermosa, pero era evidente que su fealdad era en gran parte efecto de su enfermedad y que de jovencita quizá pudo gustar. Su figura era esbelta y proporcionada, quedaba en ella algo de esa gracia, de ese donaire, de esa distinción que tienen las mujeres de sentimiento y de casta; sus modales eran tan espontáneamente suaves, tan naturalmente corteses que parecían ser innatos en ella más que fruto de una educación. Vestía con gran elegancia y, vista de lejos, podía llamar a engaño. Toda su monstruosidad estaba en el rostro.

Desde luego ella era consciente de su fealdad y sabía que podía defender su reputación de toda calumnia posible; era demasiado inteligente como para intentar disimularla y no renunciaba a esos

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artificios, a esas coqueterías, a esa compostura convencional que muestran las mujeres en presencia de un hombre.

Me había presentado yo mismo al entrar. Al sentarme a la mesa, vino a ocupar su asiento a mi lado y me dijo amablemente:

—Le veo solo, y me he tomado la confianza de hacerle un poco de compañía. Deseaba conocerle y darle las gracias personalmente por los libros que me ha enviado. Mi primo me ha hablado de usted y me hubiera gustado conocerle antes. ¿Pero qué voy a hacer? ¡Estoy siempre tan enferma!

Me sorprendió la suavidad de su voz más aún de lo que me había sorprendido su fealdad.

—Ahora parece que está curada —respondí yo.

—¡Curada! —exclamó ella sonriendo—. Me parece que no. La enfermedad es en mí un estado normal como lo es en usted la salud. ¿Le he dicho que estoy enferma? Es una palabra excesiva. Siempre la digo. Para estarlo sería preciso que yo saliese de la normalidad de este estado, que tuviera una pausa de salud. He querido encerrarme en mi habitación varios días, eso es todo; tenía mis razones: he atravesado un período de profunda tristeza.

Al ver que la conversación nos iba llevando al terreno de las confidencias, me abstuve de responderle.

—¿Sabe —añadió ella tras un momento de silencio y con otro tono de voz— que esa novela de Rousseau me ha entusiasmado? Conocía la trama y había visto algún resumen, pero no la había leído.

—Se ha apresurado en devolvérmelo; es menester meditar ese libro.

—Es verdad, si la meditación no fuera peligrosa.

—Me parece más bien útil.

—Útil desde luego. Quería decir peligrosa para nuestra paz interior, para nosotras las mujeres, para… mí. Hay lecturas que me hacen daño.

—¿Sabe usted —dije yo para volver a las generalidades— que Rousseau, tan virtuoso en sus libros, abandonó cinco hijos suyos en el torno del hospicio de París?

Ella fingió no haber entendido el artificio y asintió con la cabeza como queriendo decir que una cosa es el hombre y otra sus obras, y prosiguió:

—Creo que el meditar sobre los libros y releerlos es cosa sumamente inútil, incluso sumamente dañina; a menos que en toda la vida sólo se leyera un libro y éste fuera capaz de infundirnos buenos principios y de

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fortalecernos. De todos los libros, sólo uno puede ser educativo, puesto que cada hombre tiene una visión de la vida diferente y a menudo opuesta a la de los demás. La lectura de muchos libros, la meditación, no tiene más efecto que el hacernos dudar de nuestras ideas, no estar seguros de nuestros pensamientos; no se sabe en qué creer y a menudo se acaba no creyendo en nada. Estoy convencida de que todo libro que no divierte falla en su finalidad; que todo libro que hace pensar, es dañino. El objetivo de cualquier trabajo literario debería ser la imaginación: no el cerebro, que enferma; no el corazón, que sangra; sino la imaginación que se regocija y goza. ¿No ha sentido nunca el éxtasis de la imaginación?

—Alguna vez. Pero ¿cree que esos placeres son inocentes?

—O no existe la inocencia o lo son. Creo que podemos no cometer una culpa pero no podemos no imaginarla. No hay acción sin idea de acción; debería tener el mismo mérito hacer que no hacer. Los desvaríos de la imaginación son naturales, espontáneos, casi obligatorios, son los que constituyen el valor moral de nuestras acciones.

—Estas teorías son tan engañosas como poco verdaderas —dije yo—; pero, si no me equivoco, su primo le ha acusado de abusar de la literatura.

—Planeo sobre los libros —respondió tranquilamente— como planearía sobre la vida si la vida fuese para mí. He leído que existe una flor la cúspide de cuyo cáliz está esparcida de un polen dulce y saludable mientras que el fondo es amargo y venenoso. Las mariposas que se detienen en ella demasiado, mueren; así son todas las cosas, así es la vida. No leo ni para leer ni para pensar, aborrezco los libros de moral y metafísica; leo para olvidar, para conocer qué alegrías depara el mundo a las personas felices y para gozar de su eco. Es todo lo que puedo esperar de la existencia, huir de la realidad, olvidar mucho, soñar mucho. Comprenderá usted —añadió con aire triste— que tengo que limitarme a esto, no tiene usted más que mirarme.

—¿Y por qué? —respondí yo confuso y emocionado por esas palabras

—. Si está enferma, se curará; la vida tiene alegrías para todos, alegrías íntimas que ni los hombres ni las desventuras pueden arrancarnos: el placer de hacer el bien.

—¡Hacer el bien! —interrumpió—. Ya lo he intentado. He arrojado mis joyas y mis trajes de seda a una muchedumbre de infelices que me rompía el corazón con el espectáculo de su miseria. Es dulce, pero no

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basta. La existencia no puede ser toda un sacrificio. La piedad no es más que amor pasivo, amor muerto.

—Pero es un aspecto del amor —dije yo—, y si está recompensado por la gratitud, no es un afecto solitario.

—Antes creo en la gratitud del amor que en la del beneficio — respondió ella.

Me callé. Siguió un instante de silencio. Repentinamente, sea porque quería vengarse de los intentos que yo había hecho para desviar la conversación de ese tema, sea porque me veía acalorado y se arrepentía de haber llegado tan lejos, estalló en una sonora carcajada y dijo:

—¡Estoy loca! ¡En qué conversación hemos ido a dar! Sé que conmigo se puede caminar impunemente incluso por esta pendiente resbaladiza; de todas formas… ¿Hace mucho tiempo que ha llegado aquí? ¿Ha visto usted toda la ciudad? ¿Le gusta?

—Hace unos cuantos días… y he paseado un poco por sus calles. Soy de la misma opinión que su primo…

—¿Un pueblo de Berbería?

—¡Y de pieles rojas!

Sonreímos los dos, y creo que el uno al otro por cortesía.

—¿Ha estado ya en el jardín?

—Una vez.

—¿Y en el castillo?

—¿Hay un castillo?

—¡Diantre! Ha visto usted el pueblo con los ojos cerrados. Le he rogado a mi primo que me lleve esta tarde. Si quiere hacernos el honor de acompañarnos…

—Muy a gusto. Muchas gracias. —Y decía la más solemne mentira del mundo—. Desde que dejé Milán, he vivido en el más absoluto aislamiento, tengo miedo de enfermar de soledad; pero ¿cómo salir de este pueblo? El campo es un páramo, una estepa; no hay ni una sombra, aún no he visto un jardín, una flor, ¡con lo que me gustan a mí las flores, como a las mujeres! Claro que estamos en agosto…

Fosca se levantó sin decir nada, entró en la habitación de al lado y volvió enseguida con un ramillete de flores que me ofreció sin decir palabra.

Ese acto me sorprendió y me llegó a lo más profundo del alma. Su oferta había sido tan oportuna y tan delicada que me confundió. Ella

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advirtió mi turbación y se apresuró a decir, como para sosegarme:

—A mí también me gustan mucho las flores y si estuviera sana me gustaría cultivarlas; pero las hay que son ingratas y me producen terribles jaquecas con sus perfumes. También la sociedad de las flores a veces es peligrosa.

Y viendo que me había levantado y que había tomado mi sombrero para salir, añadió acercándose a una ventana abierta:

—Mire, tenemos ahí, en el edificio de enfrente, un vivero magnífico, petunias, una colección de gardenias…

En eso, nos habíamos apoyado en el parapeto. Justo entonces estaba pasando por la calle, a nuestra altura, un cortejo fúnebre.

Ella lo vio, palideció, retrocedió, se echó las manos a la cabeza, emitió un terrible alarido y cayó de bruces en el suelo.

Acudieron sus doncellas y la acompañaron a sus habitaciones presa de violentas convulsiones.

Yo salí de esa casa, casi sin sentido.

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XVI.

Creía que este acontecimiento le impediría salir y me hubiese alegrado, dado que había recibido ese mismo día una carta de Clara, y sentía que mi alma rebosaba de ella. Deseaba ir a ese jardín pero deseaba ir solo, necesitaba pensar, recordar, fantasear a mi manera.

En ese momento la compañía de Clara no me hubiera agradado tanto como su memoria. A veces en Milán buscaba algún pretexto para dejarla con el fin de retirarme a mi habitación y pensar en ella libremente. El amor a menudo necesita replegarse sobre sí mismo.

Aquel día, sin embargo, en la mesa Fosca vino a sentarse a mi lado y, aunque parecía estar profundamente afligida, se esmeró en alegrarnos y en avivar la conversación con mil artificios ingeniosos cada vez que iba languideciendo.

Su espíritu no era superficial, su inteligencia era mucho más profunda de lo que suele ser una inteligencia de mujer: ella tenía talento y una distinción en los modales muy especial. Yo no alcanzaba sin embargo a adivinar si el disimulo de esas virtudes, esa sensación de no reparar en ellas, era verdadero desconocimiento o artificio.

Salimos como habíamos pensado. El coronel se encontró por la calle a un amigo suyo, le acompañó y me dijo:

—No es usted nada galante; mi sobrina no está muy segura de sus piernas, dele el brazo.

Así me quedé a solas con ella.

Desde que dejé a Clara no había vuelto a dar el brazo a ninguna mujer; hacía varios años que, a excepción de ella, no había tenido este contacto con ninguna de ellas. Caminamos un rato sin hablar. Fosca era muy melancólica.

—Esta mañana quizá le he asustado —me dijo ella con dulzura—; lo sentí mucho por usted, lo sentí de verdad, pero ¿cómo podía preverlo? ¡Fue una sorpresa tan triste! No tengo miedo a la muerte, se lo juro,

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aunque sé que no me queda mucha vida por delante; pero tengo miedo de todo lo que acompaña y sigue a la muerte: el verse encerrado entre cuatro tablas, el sentir como le echan a uno la tierra encima, el descomponerse… ¡Todo eso es demasiado horrible! ¡Si pudiésemos morir repentinamente en la plenitud de la juventud y de la salud, si la muerte fuese un aniquilamiento instantáneo, ya la habría implorado como una bendición!

—Pero estos pensamientos le hacen daño —respondí yo—. ¿Por qué piensa en estas cosas? No veo en su salud motivos para tanta aprensión — y también en esto sabía que estaba mintiendo—. Me ha dado pena, es cierto, pero no me he asustado, porque sabía que no había ningún peligro.

—¿Ya se lo habían dicho?

—Sí.

—¿Ya me había oído?

—Sí.

—Y sin embargo…

No añadió nada más y calló.

Seguimos caminando en silencio. Yo estaba completamente inmerso en el egoísmo de mi amor. Pensaba en Clara, no podía separarme de este pensamiento. El tener una mujer a mi lado, una mujer vestida con elegancia, que apoyaba su brazo en el mío —un brazo fino, grácil, leve—, que me rozaba con la cola de su vestido; y caminar con ella por un lugar solitario, bajo los árboles, era algo que aumentaba doblemente mi ilusión. No sólo no podía fijar mi pensamiento en Fosca, sino que mi mente se valía de ella como de una guía en la búsqueda afanosa de sus recuerdos. Que esa mujer fuera fea, espantosamente fea, carecía de importancia. Era capaz de fantasear hasta olvidarme de ello.

Había algo que contribuía especialmente a sustentar mis fantasías, una especie de perfume delicado, suave, voluptuoso, que emanaba de su persona y que a menudo había sentido junto a Clara. Los trajes de seda al sol despiden a menudo esa fragancia electrizante. Los que hayan paseado con una amante en los días estivales lo saben bien; no volverán a pasar junto a una mujer vestida de seda sin apreciar ese perfume y sin recordar aquellos días.

Además todas las mujeres tienen un perfume propio de ellas mismas —no sé cómo la ciencia no se ha dado cuenta de este fenómeno, que no es indiferente para el amor—; todo lo que ellas tocan está perfumado, todos los lugares por donde ellas pasan retienen algo de su fragancia. Nunca he

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podido recordar tan bien a mi madre, a la que perdí de niño, como besando un pañuelo que guardo de ella y que tras tantos años sigue impregnado de su perfume de santa.

Era demasiado tarde para ir a visitar el castillo; entramos en el jardín. Nunca había visto antes de aquel día un lugar tan encantador, que

produjese tan majestuoso sobrecogimiento. En mis primeras excursiones no había visitado más que algunas zonas. No había ni arriates ni flores, sino gigantescos emparrados, hojaranzos, paseos anchos y larguísimos flanqueados por seculares castaños de indias y grupos de olmos que se apoyaban unos sobre otros vencidos por el tiempo. En medio había un lago extensísimo, cuyas aguas carecían de transparencia, corrompidas por el estancamiento y por las hojas podridas; de vez en cuando el viento arrancaba las ramas secas de los árboles que, arrastradas por el torbellino, apenas lograban mover las olas densas e inmóviles. Pequeños regueros de agua corrían entre las hojas de los nenúfares. Por doquier abundaban las estatuas mutiladas y ennegrecidas por las lluvias, cubiertas de musgo y de acederas; cipos y bases de columnas sepultadas entre las hiedras; restos de acueductos entre cuyas grietas crecían ranúnculos y culantrillos. En un lado había también unas ruinas de un templo pagano, en cuya cúspide había echado raíces un olivo; grandes lagartijas entraban y salían por las ranuras de los muros desconchados. La humedad y la umbría eran tan constantes que en pleno agosto florecían las violetas; eran tan abundantes que el suelo parecía estar cubierto por un tapiz azul, pero no tenían perfume. No se oía más que el canto de una sola especie de pájaros (jamás oí cantar ningún otro pájaro, ni vi ningún otro tipo todas las veces que fui a pasear), y eran unos pajarillos del tamaño de una mariposa. Su trino era un silbido quejumbroso y lleno de melancolía. Los pájaros más pequeños de ese pueblo vivían en los árboles más grandes.

En ese momento estaba poniéndose el sol y los rayos llegaban horizontalmente. Las copas de los árboles eran tan grandes y tenían tan entrelazadas sus ramas, que recogían y retenían casi toda la luz, como una bóveda de verdura impenetrable. Esos efectos del sol eran maravillosos. Mi alma estaba prendida por el espectáculo. ¡Si hubiera estado conmigo Clara!… Las últimas palabras que me había dicho Fosca resonaban en mis oídos como un eco, aún tenía en el corazón algo de la sensación que me habían producido.

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—¡Cómo! —exclamé repentinamente casi para responderme a mí mismo y a sus pesares—. ¿Cómo se puede pensar en la muerte cuando todo lo que nos rodea está tan lleno de vida, es tan hermoso; cuando todavía tenemos tanta parte de nuestra existencia ante nosotros? Mire estos árboles, este tapiz de verde, este horizonte… ¿No le parece que simplemente la sensación de existir, el ver, el sentir, el tocar, el moverse, el respirar en este lugar es algo que debe hacernos atractiva la vida?

—¿Por qué no ha añadido el pensar?

—Los pensamientos que brotan de la contemplación de la naturaleza tienen que ser forzosamente serenos.

—No conoce usted todos los abismos del pensamiento.

—Quizá…

—Ni sus torturas.

—Estas sí, pero conozco también sus dulzuras.

—Yo nunca las he conocido.

—Quisiera decir que es injusta. Estoy convencido de que no existe la infelicidad absoluta como no existe la felicidad absoluta. La herencia de los bienes y de los males que nos ha legado la naturaleza puede exceder o no la medida de éstos y aquéllos, pero cada hombre tiene una parte — pequeña o grande, tiene una—, no hay existencia tan mísera que no haya sido alegrada un instante por un relámpago de fugaz felicidad… Hace poco me hablaba de los placeres de la imaginación.

—Una cosa es imaginar, forjarse ilusiones, y otra tener conciencia de un bien real. Hubo un tiempo en que habría aceptado cualquier miseria, cualquier espasmo con tal de soñar todas las noches, soñar siempre y no vivir más que esta vida de ilusiones. Entonces aún no estaba enferma. Mis mismos males me han colmado este deseo; mi enfermedad me produce todas las noches sueños convulsos, períodos de adormecimiento febril en los que desfilan ante mí todas las visiones, todas las escenas, todas las complicaciones posibles de este mundo infinito de los sueños. Bien, ¿quiere usted creerlo? No me dan ninguna alegría, a menudo me producen disgusto, me aburren. Nosotros vivimos en un mundo real, hay que aprehender lo real, lo concreto.

—Ello es siempre inferior a lo ideal.

—No importa. ¿Quién no preferiría a la imagen de un bien infinito el poseer un bien aunque sea mínimo?

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—Todo ello es relativo —dije yo—; las manifestaciones y las fuentes de la felicidad son múltiples, hay quienes estiman ser dichosos de un modo y quienes de otro; la mayor parte de los hombres lo son de maneras diferentes u opuestas. No hay más que un medio común, fácil y seguro de ser felices.

—¿Cuál?

—Amar.

Ella calló y sentí con mayor intensidad el peso de su brazo sobre el mío.

—¡Amar! —repitió ella tras unos instantes—. ¿Qué es lo que ha querido decir? Explíquese.

—Creí haber empleado una palabra de lo más sencilla —dije yo—. Si no entiende su valor, mis explicaciones no darían ningún fruto.

Ella esbozó una sonrisa y añadió:

—¿Entiende usted excluir las pequeñas simpatías, las amistades, los afectos domésticos? Amar es una palabra de lo más genérico.

—De lo más exclusiva a su edad. No excluyo los afectos que usted menciona, pero no los considero más que un matiz, un adorno, el marco del cuadro. Quizá me engaño, pero tienen naturaleza distinta. Al decir amor, entiendo amor. —Y seguí, con el pensamiento puesto en Clara—: Entiendo el amor que sentimos a nuestra edad, nosotros, jóvenes, ardorosos, imaginativos; ese amor que es superior a todo, que desafía todo, que es todo; esa fusión plena de dos almas que hace vivir la misma vida, pensar los mismos pensamientos, querer las mismas cosas, desear los mismos deseos; esa estación de ceguera y embriaguez en la que todo es hermoso, todo es noble y puro, todo es feliz; ¡pues el amor no es sino una gran ceguera y una gran embriaguez!

—¡Ah sí! —exclamó ella sumisa y como si hablara consigo misma—, eso es el amor.

—¿Y cree —proseguí yo sin darme cuenta del daño que le estaban produciendo mis palabras—, cree que la vida tendría algún atractivo si estuviera vacía de este sentimiento que la ocupa toda, en la infancia con el deseo, en la juventud con el ardor, y en la vejez con los recuerdos? ¿Cree que el mundo nos parecería tan bello y tan bueno si careciese de esta luz y este perfume? ¿Que este lugar donde nos hallamos ahora me parecería tan encantador si no lo viera a través de este prisma deslumbrante?

—¡Usted!… —exclamó ella—. Usted lo ve…

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Y se interrumpió de nuevo angustiosamente.

Habíamos llegado en ese momento a un cruce donde surgía un monumento de mármol. En una de sus caras, intacta, estaban escritos a lápiz muchos nombres que el tiempo había borrado en parte: tan sólo dos trazas parecían recientes y decían: 22 de agosto de 1863. Julio y Teresa: amantes y esposos felices.

Mientras Fosca me los señalaba con el dedo, sentía cómo su cuerpo pesaba sobre el mío. No era efecto de voluptuosidad sino postración, súbito abatimiento. En cuanto a mí, esas palabras me habían llegado a lo más profundo de mi ser, mi situación era tal que podía sentir plenamente esa llamada: «amantes y esposos»; nosotros éramos sólo amantes, nosotros, Clara y yo, jamás seríamos esposos; nuestro amor era una culpa, una violación de esa legítima felicidad de la que gozaban esos dos desconocidos. Ellos habían estado en este elíseo tan sólo cuatro días antes que nosotros —era el veintiséis de agosto, me acuerdo bien—. ¡Qué felices debían de ser! Correr por esos paseos, esconderse tras los hojarantos; llamarse, perseguirse, sentarse en las violetas o pasear del brazo muy cerca el uno del otro, con las cabezas rozándose, con las manos entrelazadas y hablar de cosas tristes, de enfermar, de morir… «Antes yo; no, antes yo… juntos». Y me acordaba de que cuatro días antes había hecho un día precioso, tranquilo, sereno, fresco, y el sol debía de haberse puesto, como entonces, en un océano de rayos de fuego, y ese lugar debía de haber estado tan hermoso, tan austero, tan encantador como en aquellos momentos.

La imagen de esa felicidad me impresionaba en medio de mi dicha. No envidiaba a esas dos criaturas, pero me hacía daño el pensar que en el mundo había seres más felices que yo.

Tuve una reacción instantánea en mis pensamientos; volví pronto de esa especie de alucinación que me había dominado hasta entonces, pensé en la conversación mantenida con Fosca y me arrepentí.

Estaba meditando sobre la manera de decírselo de un modo conveniente cuando su primo, que estaba discutiendo con su amigo sobre un problema de estrategia, nos alcanzó y ella le dijo:

—Me encuentro mal, volvamos a casa.

El coronel se volvió sin contestarle, tan enardecido estaba en su discusión.

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—¿Se encuentra mal? —le pregunté yo con dulzura—. ¡Dios mío! Quizá mis palabras… las conversaciones insensatas que hemos mantenido hasta ahora…

—Usted es muy cruel —dijo ella.

Y pareció como si no pudiera seguir.

—Cruel —exclamé yo—. ¿Y por qué? No la comprendo.

—Usted no sabe cuánto me ha hecho sufrir. O es increíblemente ingenuo o increíblemente malvado. Hablarme de amor, de felicidad, hablarme de semejante manera… —Y se echó el velo del sombrero, no sé si para esconder su emoción o para ocultarme su fealdad en un momento en que estaba triunfando mi piedad—. ¿No comprende cuánto daño me pueden hacer sus palabras?

—Perdone —dije yo con tono conmovido—, le juro que estaba muy lejos de sospecharlo: a menudo hablo desconsideradamente…

Y hubiera deseado añadir: «No obstante usted me ha provocado». Pero me abstuve.

—Escúcheme —dijo ella buscando mi mano con la mano del brazo que había puesto en el mío (una mano huesuda, demacrada, leve), y estrechándola a ratos convulsivamente—. Algún día le haré unas confidencias, le contaré mi vida; usted me dejará, ¿verdad? Necesito su compasión. Tiene usted un aspecto tan dulce, tan bueno. Se lo confesaré: yo le vi desde el primer momento que entró en nuestra casa, le he visto todos los días y no salí nunca de mi habitación porque me daba vergüenza por usted, tenía miedo de desagradarle, ¡soy tan fea! Mi primo no es malo, me quiere, pero no sabe entenderme; los demás son gente burda, buenos pero toscos, ¡soldados al fin! Sólo usted puede entenderme, soportarme sin humillarme, compadecerse de mí. Porque no hay ninguno de ellos que no me respete, es cierto, pero se ríen de mí en secreto, estoy segura, lo intuyo. Dicen que soy caprichosa, voluble, irónica, a menudo mala. Son ellos, es el mundo el que me ha hecho así. Me conocerá. Necesito que se me conozca, que me comprendan. Usted no puede ni imaginar cómo estos hombres que dicen saber tantas cosas, que parece que conocen tan bien el mundo y que se ríen de él, son luego tan ignorantes, tan superficiales en la ciencia del corazón humano. Se hacen esa ilusión porque se conocen entre ellos, ¡y se conocen entre ellos porque son todos iguales! Usted es distinto; me ha bastado verle para saberlo. No le pido más que su protección, su tolerancia. Tengo aquí en el corazón muchas cosas que me hacen daño

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porque nunca puedo decirlas; y además ya ve, estoy enferma, y además soy fea, muy fea, debe tener compasión de mí… esa compasión amorosa, generosa, sincera que nunca he encontrado, nunca, y de la que siento tanta necesidad. ¡No me niegue su piedad, dígalo, no me la niegue!

—Buena criatura —exclamé profundamente conmovido—, sí, gozará de toda mi amistad, de toda mi confianza; también yo tendré muchas cosas que decirle; estaré contento de contar con una amiga…

Y como me dio apuro proseguir, le estreché calurosamente la mano que ella había puesto en la mía.

—Su mano está ardiendo.

—Tengo fiebre, siempre tengo fiebre. Escuche —dijo ella tras unos instantes—: necesito explicarme con usted, siento que tengo el derecho y el deber. Si hoy mismo, el primer día que le he visto, me he atrevido a mantener con usted una conversación que ninguna otra mujer se atrevería a tener y casi he querido provocarla, lo he hecho porque mi fealdad me pone a salvo de todos los peligros de semejante diálogo y también contra la sospecha de haberme entregado para fines condenables. Mi deformidad tiene por lo menos esta ventaja. Ahora —añadió Fosca viendo que estábamos a pocos pasos de su casa— tiene usted que prometerme que me perdonará la primera culpa que he cometido en relación a usted.

—¡Qué culpa!

—Prométalo antes.

—Con toda el alma.

—La culpa de haberle obligado a salir conmigo. Es una herida que he infligido a su amor propio; y sé lo que ello ha podido dolerle, no intente hacerme creer lo contrario.

—No lo haré —puesto que me veía otra vez en trance de decir una mentira—, no lo haré porque me lo prohíbe, pero…

Ella me miró y sonrió tristemente, como si quisiera decirme:

«Es verdad y por tanto no lo intenta».

En ese momento habíamos alcanzado al coronel y a su amigo que se habían detenido en la puerta a esperarnos.

—¿Sabría usted decirme —me preguntó el coronel con el rostro enrojecido por la discusión que acababa de tener con su compañero— si fue De Fauchée el inventor de los fulminantes o si tan sólo los perfeccionó?

—Fue el inventor.

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—¿Lo sabe a ciencia cierta?

—A ciencia cierta.

—¡Al diablo! —dijo su amigo.

—¡Estupendo! —exclamó el coronel frotándose las manos—. ¡He ganado seis botellas de madeira!

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XVII.

Me retiré a mi habitación tristísimo; estaba muy descontento de mí mismo y sentía que tenía el deber de enjuiciar severamente mi conducta. El resultado del examen me enfurecía más conmigo mismo; me había comportado como un niño, como un colegial. Fosca había hecho bien en aprovechar mi necedad; ella simplemente había cedido a mis provocaciones. Si yo había tenido un comportamiento semejante con ella, cuyo afecto habría aborrecido, ¿qué comportamiento habría tenido con una mujer hermosa, cuyo amor hubiera halagado mi vanidad? ¡Qué culpable me sentía hacia Clara! ¡Cómo me humillaba mi debilidad!

Otro pensamiento atormentaba mi alma. ¿Era esa mujer realmente buena, realmente ingenua? ¿No era quizá un ser perverso, astuto, corrupto? ¿Quería ella abusar de mi simpleza, sorprenderme, llevarme al amor por medio de la compasión? ¿O por el contrario sus intenciones eran puras, y esta simpleza mía la había animado a requerir mi amistad, tan sólo mi amistad? Sin duda era infeliz, y mucho: sus miserias debían de ser infinitas; no era extraño que ella anhelara un alma en la que volcarse, que la deseara con tal intensidad de deseo y que invocara su piedad con semejante denuedo.

Además de todo ello, Fosca no era en absoluto una mujer corriente. Su espíritu era muy culto, su inteligencia muy amplia y su misma enfermedad, su fealdad, eran circunstancias que contribuían a hacer de ella una excepción. Sus pasiones, sus sentimientos, sus ideas debían de ser también excepcionales y era quizá este aspecto el que había que tomar en consideración. No obstante, ese abrirme repentinamente su alma; ese entregarse a mí el primer día que me veía; ese requerir desesperadamente mi amistad…

Desconfiaba de la amistad de una mujer y me dolía bastante el haber aceptado la suya. Yo sabía que no podemos jamás sustraernos a los instintos, y que entre un hombre y una mujer jóvenes, que quieren violar la

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naturaleza amándose con amistad, no puede darse más que un afecto incompleto, artificial, violento, a menudo ridículo, que no conduce más que a un amor ya desnudo de toda ilusión y de todo atractivo. La amistad nos ha manifestado toda la indiscreción de su intimidad, nos ha despojado de cualquier velo; ya no se puede ser ni amigos verdaderos ni amantes verdaderos; y así la naturaleza suele vengarse de la ofensa que ha recibido.

Habría dado un año de mi vida para poder sustraerme a esa promesa, para poder romper ese lazo. ¡Si no hubiera pasado nada de todo eso!

Preveía que esa mujer iba a interponerse en el camino hacia mi felicidad, que iba a cruzarse en mi futuro. No podía imaginar los motivos de este temor, pero el corazón me lo decía, y mi corazón jamás me había engañado.

Aquella noche traté de tomar una súbita y eficaz resolución: huir de ella, ser cruel. ¡Ay Dios mío! ¿Cómo podía ser yo cruel? ¡Yo que había sido siempre sencillo, afectuoso, bueno!

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XVIII.

Había sin embargo un medio muy claro de impedir cualquier otro vínculo y de destruir el que ya habíamos contraído: evitar el estar a solas con ella. Huir de ella era una locura; aunque hubiera podido, no hubiera debido; este recurso era inoportuno, ni ella se lo merecía, y su primo hubiera querido saber las causas. Fosca podría leer en mi alma el arrepentimiento que yo sentía por esa primera caída y la firme resolución de olvidarla; mi actitud debía bastar para ello y su orgullo le impediría pedirme explicaciones.

Logré durante algunos días evitar estar a solas con ella, cosa que me costó bastante trabajo pues, por su parte, inventaba cualquier treta para conseguir lo contrario. ¿Había adivinado mis intenciones? No lo dejaba entrever, quizá adrede, puesto que en tal caso su amor propio habría de imponerle la misma severidad de comportamiento hacia mí.

No había vuelto a estar enferma, ni había dejado pasar ni una sola ocasión de verme. Al día siguiente de ese paseo, cada comensal tenía una flor en su servicio; inútil decir que la mía era la más bella. Todos los detalles, todas las debilidades eran para mí. Ella era tan hábil en disimular esta predilección que nadie se percataba, pero yo sí me daba cuenta. Me conmovía, pero se me partía el alma.

En un principio me pareció que soportaba esa apatía mía con indiferencia, después advertí que empezaba a consumirse y me dolía en lo más profundo de mi ser.

Una tarde que estábamos sentados el uno al lado del otro —por azar o por necesidad— acercó tanto su brazo al mío que lo rozó y lo apretó levemente; yo me retiré un poco: fue motivo suficiente para provocarle una crisis nerviosa de las más violentas.

¿Qué podía hacer? Sentía piedad de ella, veía su corazón y sufría; pero el egoísmo de mi amor, mi felicidad, la misma naturaleza, acallaban en mí ese sentimiento. Yo estaba más decidido que nunca a rechazar ese afecto.

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Una tarde el coronel me dijo:

—Mañana saldremos en coche de caballos juntos; le enseñaré una pareja de caballos que no ha visto; iremos al castillo.

—Iré con gusto.

Al día siguiente me sorprendió penosamente el ver a Fosca preparada para acompañarnos. Íbamos a ir sólo los tres y estábamos esperando que nos anunciasen que el coche estaba dispuesto. Como los criados se retrasaban en el aparejo, el coronel montó en cólera y bajó al patio. Quedamos los dos a solas, de pie, el uno frente al otro. Ninguno de los dos se atrevía a romper ese silencio angustioso.

Súbitamente Fosca, en un acto desesperado, aferró mis manos, que reposaban sobre mi pecho, y escondió en ellas su rostro implorando con voz suplicante:

—¡Oh Giorgio, oh Giorgio!

Fingí sorpresa y estupor.

—¿Qué le ocurre? —le pregunté secamente—. ¿Acaso se encuentra mal? ¿Qué sucede?

—¡Ah! —gritó ella apartando violentamente mis manos y mirándome con aire de afectuoso rencor.

Y deshecha en lágrimas se refugió en su habitación. A su primo le sorprendió mucho este incidente. —¿Qué te pasa? ¿Qué ocurre?

—Nada, una jaqueca repentina, insoportable. Me encuentro mal, no salgo, estoy desesperada. ¡Quiero morirme, quiero morirme!

—¡Morir! ¡Estás loca! —exclamó el coronel.

Y acercándose a mí, que había permanecido en el zaguán, me dijo:

—Tenga usted paciencia, ya ve que mi prima está mal; no me atrevo a

dejarla sola. Otro día iremos a visitar el castillo.

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XIX.

Esa situación no podía durar. Al día siguiente, mientras estábamos en la mesa, dije a su primo:

—He recibido correspondencia de Milán y tengo necesariamente que ir a esa ciudad; le agradecería que me concediera un permiso de tres días.

—De acuerdo —respondió el coronel—. Si me lo hubiera pedido en la oficina quizá le habría respondido que no, ¡pero en la mesa! Usted conoce mis debilidades y se aprovecha de ellas. ¿Piensa usted salir mañana? ¿Con qué coche?

—Con el de las cuatro.

—Será necesario adelantar su almuerzo.

—No es necesario, comeré en la tasca.

—¡Diablos! —exclamó el coronel—. ¿Por qué en la tasca? No veo ninguna necesidad.

Y dio orden de que se me sirviera la comida a las tres.

Hice aquella petición en primer lugar para volver a abrazar a Clara. También para meditar una solución más eficaz, y puede que para consultarlo con ella. Si hubiera visto el modo de abandonar aquella casa, todo habría terminado, pero mi cabeza no era capaz de dar con un pretexto razonable.

Al día siguiente, como tenía previsto, hallé a Fosca esperándome en el comedor. Le habían llevado una mesita de ébano y allí estaba bordando.

Esa constancia suya, esa falta de amor propio que me parecía adivinar en su carácter, esa obstinación en quererme imponer su afecto, hicieron que yo la viese aún más triste de lo que su fealdad me había ya manifestado habitualmente. Me sentí ofendido y a disgusto. Si no fuera porque en aquellos momentos el pensamiento de mi felicidad me hacía estar contento y ser indulgente, habría sido realmente malvado con ella. ¿Pero cómo se puede ser malvado cuando se ama? Si todos los hombres amaran, si la existencia fuera una perenne juventud, la cuestión del bien y

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del mal quedaría resuelta, el triunfo de la virtud estaría asegurado: no cogeríamos del árbol de la vida más que los dulces frutos del bien.

Me contuve con mucha frialdad. Fosca no hablaba; yo me reconcomía en silencio. De vez en cuando levantaba la mirada y la observaba. Era fácil darse cuenta de que ella sufría terriblemente y se hacía violencia a sí misma para contenerse. Diríase que algo en ella iba a explotar, como si fuera a brotar una llamarada; no estaba nada seguro de poder salir de esa casa sin tener que oír las explicaciones que tanto temía.

El reloj dio las horas.

—Tres y media —dije—; no tengo tiempo que perder.

Ella levantó la mirada y me dijo:

—¿Va a Milán?

—Sí.

—¿Se divertirá?

—Eso espero.

—Parece que está muy contento.

—No tengo motivos para estar triste.

—¿Cuándo vuelve?

—Dentro de tres días.

—¿Se acordará de mí?

—¡Y por qué no! Al recordar esta ciudad, a su primo… me acordaré también de usted…

Agachó la cabeza. Yo me levanté y tomé mi sombrero. Fosca hizo ademán de quererme acompañar a la antesala.

—Quédese —le dije yo—, no lo consiento.

Y adelanté la mano como para impedirlo.

Ella la estrechó entre las suyas con tanta vehemencia que casi sentí dolor. Se la llevó al corazón y la apretó contra su pecho convulsivamente; después, antes de que me hubiera recuperado de la sorpresa, dejó caer mi mano, me echó los brazos al cuello y me recubrió la cara de besos. El asco me dejó petrificado.

—Déjeme —le dije, deshaciendo suavemente ese abrazo—, déjeme, por favor; la verán, pensarán…

—No, no —interrumpió ella—; y si me vieran, ¿qué importa? ¡Oh Giorgio! ¡Apiádese de mí, apiádese de mí! Yo le adoro.

Se tiró al suelo en un acto desesperado y me abrazó las rodillas. Su rostro estaba inundado de lágrimas.

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—¡Me despreciará! Bien, no importa; con tal de que me soporte, de que me permita verle, de que me deje expresarle mi amor, contarle mis sufrimientos, llorar con usted. Si yo no le hubiera confesado que le amo, usted jamás me lo habría dicho, nadie me lo habría dicho porque a todo el mundo le produzco horror. ¡Oh, tenga compasión! Ámeme, ámeme; se ama a un perro, a un animal… ¿Y por qué no puede amarme a mí, que soy una criatura como usted?…

(Recuerdo aún estas terribles palabras: «Se ama a un perro, a un animal…»).

—Levántese, levántese —le dije con voz temblorosa—. Sus palabras me desconciertan, me parten el corazón. Cálmese, tranquilícese. Ahora, ya ve, debo irme enseguida, no puedo decirle todo lo que quisiera. Su afecto me conmueve, su simpatía me halaga… de verdad… pero ahora… le escribiré desde Milán, le escribiré una larga carta, nada más llegar… le diré muchas cosas; deme una dirección, un nombre…

—¿Mi nombre de soltera?

—¿Tiene usted marido?

—Lo tuve.

—¡Dios mío!

Me dio una dirección.

—¿De verdad me escribirá? —dijo ella con la cara radiante de alegría

—. ¿De verdad? ¿Me escribirá? ¡Oh, gracias, gracias!

—Sin duda alguna, mañana mismo. Ahora quédese aquí, está muy

alterada, podrían adivinar…

Me acompañó hasta el zaguán, me miró con una ternura inefable, extendió sus brazos hacia mí, besó una punta de mi traje y volvió a repetir:

—¡Gracias, gracias de su piedad! Rezaré por usted. ¡Que Dios le bendiga, que Dios le bendiga!

Salí con el alma destrozada.

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XX.

«¡Qué hermosos son los campos que rodean Milán! Los he atravesado como en un sueño. Cuando se viaja en coche de caballos, según los días, se ve un trozo de tierra a la vez o se abarcan extensiones infinitas. El hombre se afana cada vez más en conquistar tierras.

»Las llanuras de Lombardía son serenas como su cielo, alegres y lozanas como sus mujeres; ese cielo está hecho adrede para esos campos, queda bien ahí, con otra tierra no estaría en armonía. No sé por qué me gustan ahora las llanuras, a mí, que nunca me han gustado, que he nacido y he crecido entre montañas. Pero ¿quién no ama los lugares donde ha sido feliz y puede volver a serlo? Lombardía es para Italia lo que las praderas son para América: los Elíseos, los Campos Felices.

»He pasado seis horas en una especie de dulce éxtasis, con la cabeza asomada a la ventanilla, con el alma perdida en la naturaleza. Un viaje en tren es una carrera en medio de la naturaleza: se experimenta el vértigo de un vuelo. Desde que la ciencia creó este medio de locomoción es como si el hombre tuviera alas.

»¡Qué maravilloso espectáculo de árboles, de ríos, de casas, de paisajes! ¡Parecía que el horizonte giraba a mi alrededor como si estuviese en un círculo mágico! He visto muy arriba en lo alto una fila de grullas que apenas podían distinguirse. ¿A dónde iban? ¿Quién dirigía su vuelo? ¡Quién sabe! ¿Dónde va a dar el curso de mi vida?

»He viajado con algunas muchachas y con dos ancianos que no me quitaban ojo de encima. Comprendían sin duda que había en mí algo extraordinario, la espera de una gran alegría. Me daban ganas de darme la vuelta y decirles: “Señores, ¿saben ustedes que yo soy muy feliz?”. ¡Pero me he apiadado de sus canas!

»Y heme aquí otra vez en este pequeño santuario. Está aún lleno de ella, de su perfume. Si me hubieran traído aquí con los ojos vendados,

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habría gritado enseguida: “¡Clara, Clara!”, porque habría sentido su presencia.

»He hallado un sombrero suyo y he besado y vuelto a besar su almohada que conservaba la huella de su cabeza. ¡Cuántas telarañas! He visto un ciempiés en la pared. El gato del vecino ha visto la puerta abierta y ha venido a acariciarme las piernas con la cola; le he vuelto a ver como a un viejo amigo. La hiedra trepadora se ha enredado en la persiana y por alguna hendidura ha echado ramas y hojas nuevas, blancas por la falta de luz. Es una planta que sigue viva y ha sido un buen presagio para mí.

»Son las cuatro de la mañana: paseo, lloro y sonrío. A menudo,

echando los brazos hacia adelante, repito: “¡Oh Clara, ven, ven!”.

»No puedo acostarme: ¡aún ocho horas hasta mañana, aún ocho horas! «He abierto las ventanas; el cielo está claro y sereno. ¡Qué rutilar de

estrellas! ¡Qué silencio! ¡Dios mío, qué bondadoso eres! ¡Qué grande!». Este es un trozo de las memorias que escribí en esa primera excursión

a Milán y que reproduzco ahora de mi diario.

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XXI.

Añado aquí la carta que esa misma noche envié a Fosca:

«Le escribo nada más llegar aquí. Es usted mi primer pensamiento, y el más doloroso. Le escribo con el corazón destrozado. Si el sacrificio de diez años de mi vida pudiera evitarme el dolor de enviarle esta carta y a usted el de recibirla, le juro que aceptaría este remedio gozosamente. Procure escuchar con calma lo que voy a decirle.

»Yo no puedo amarla porque mi corazón ya no es mío; no puedo engañarla porque ni yo soy capaz ni usted se lo merece. El respeto que tengo por usted es más fuerte que la piedad que me pide y me impone ser sincero. Un engaño la humillaría, me humillaría a mí. Yo amo locamente y soy locamente correspondido. Si añadiera palabras para describirle mi felicidad parecería demasiado cruel con usted; no obstante es necesario que se haga una idea de la intensidad de mi amor para tener una de la necesidad de mis deberes. Sepa tan sólo que mi amor no tiene, como el suyo, ni límites, ni nombre, ni ejemplo; piense lo que yo le debo a ella, lo que ella me debe a mí y lo que nos debemos a nuestro afecto y a nosotros mismos.

»Antes de confesarme su amor, me pidió mi amistad; ¿ahora que tengo yo que rechazar este segundo lazo, volverá a reclamar los derechos de la primera oferta? Créame, la amistad pura no es posible entre un hombre y una mujer jóvenes. Ello no haría más que complicar nuestra situación, hacerla más equívoca, más peligrosa. Es necesario que nos separemos totalmente. Consideremos el habernos conocido como una desgracia, intentemos soportarla con valor y ponerle remedio con valentía.

»Usted ha tenido marido, según me dijo; usted sabe por tanto lo que es un deber; deje que yo lo cumpla. Usted sabe también lo que es la felicidad; deje que intente yo también ser feliz. ¡Jamás lo fui!

»La razón le ofrece una manera muy fácil para aceptar mi rechazo. Imagínese ser la mujer que yo amo, ¿qué pensaría de mi abandono? Una

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vileza, una bajeza, un delito. Me despreciaría. Y bien, ¿daría su amor a un hombre al que ha dado su desprecio? La necesidad de nuestra separación es tan evidente como inexorable.

»Comprenda que si he insistido en tener su dirección y en escribirle ha sido únicamente para darle a conocer lo antes posible estos sentimientos míos y para alejarme de una situación llena de peligros. Si esta promesa mía ha hecho nacer en usted ilusiones que ahora debo apagar, perdóneme: no sabría obrar de otra forma.

»Escúcheme —y pongo al cielo por testigo de la veracidad de mis palabras—: si mi corazón fuese libre, no la amaría quizá con todo mi amor, porque creo que la naturaleza no ha puesto entre nosotros leyes de simpatía muy fuertes, pero la amaría. Su corazón y su talento me harían quererla y mucho más sus desgracias. Aceptaría con alegría la misión de protegerla y de reconfortar su existencia con algún placer. Ahora ya es demasiado tarde; yo no me pertenezco a mí mismo. Debo ser cruel para ser justo y usted no puede dejar de saberlo.

»Usted debe ayudarme en tan ardua tarea. Es necesario que yo conserve mi dignidad, usted su paz y ella sus ilusiones. Hago una llamada a su generosidad, a su corazón. El mejor medio de curarse del amor es amar. No debe odiarme, porque no lo merezco. El bien llama al bien; si usted sabe apreciarme yo también la apreciaré tal como merece.

»Yo no puedo dejar de ir a su casa, ya lo sabe; mi lejanía crearía peligrosas sospechas para su tranquilidad. Haga que yo no sea motivo de tristeza, que pueda verla con tranquilidad y estrecharle la mano sin temor. Cualquier otra relación entre nosotros es imposible.

»Si esta carta le parece fría, es señal de que he logrado esconderle el dolor que me está destrozando el corazón. Pueden desdeñarse todas las cosas del mundo, pero no los afectos, porque son los únicos beneficios que no nos humillan y que halagan nuestra vanidad. Puede imaginarse mi gratitud.

»Al dejarme ha pronunciado palabras que me han hecho llorar porque me han dado a conocer su corazón. Deje que yo las repita ahora para usted: “¡Que Dios la bendiga!”.

»Salí después de medianoche a echar la carta. Sentía que había sido muy cruel en mi piedad. ¡Darme tanta prisa en desengañarla!… Los sentimientos que había expresado en esas páginas eran sinceros, pero más bien fruto de mi egoísmo que de mi compasión.

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»Lo que más valoraba era mi felicidad; debía quitar de en medio ese obstáculo que amenazaba sus alegrías.

«No sé si la felicidad tiene el poder de hacernos egoístas o si el egoísmo es una condición absoluta de la felicidad, pero ¡cómo había cambiado desde que era feliz!».

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XXII.

Quisiera añadir aquí algunas páginas de mi diario en las que he recordado las alegrías de mi primer encuentro con Clara.

Pero ¿por qué volver a esa parte de mi pasado? Está enterrada y muy profundamente. Además, he dejado de amar esas alegrías: las odio. Son las que me han llamado a engaño sobre la naturaleza y los fines de la vida. Una vida hecha de dolores me habría hecho pío, severo, inflexible; al menos habría llenado de orgullo este corazón mío que ahora está vacío. En cambio, las alegrías han oscurecido sus virtudes, porque una existencia virtuosa no es más que una serie ininterrumpida de sacrificios. Los deleites del mundo no tienen cabida en una existencia verdaderamente útil y beneficiosa. Los árboles que dan fruto tienen flores pequeñas y a menudo sin perfume; las flores grandes, de vistosos pétalos y perfume suelen crecer a menudo en las plantas estériles y venenosas.

La virtud no tiene flores pero tiene frutos.

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XXIII.

La felicidad de la que había gozado durante esos tres días había infundido en mí —normalmente tan tímido— un poco de esa arrogancia, de esa confianza en sí mismos que tienen todos los hombres prósperos. Sabía que el día después de mi llegada no podría evitar el encontrarme a solas con Fosca y me presenté ante ella con valor.

Ahora no alcanzo a decir cómo había cambiado, pero entonces lo entendí. La palidez y la delgadez de su rostro eran tales que difícilmente podían haber aumentado y sin embargo aquel día me impresionaron más que nunca. Los ojos —única belleza de su rostro— estaban enrojecidos por el llanto y la falta de sueño; hondas y verdes ojeras parecían acrecentar sus órbitas. Los labios casi morados daban una sensación de espanto. En lo demás, no había ningún desorden, su tocado era como siempre elefante y cuidado. Tenía una expresión relajada y casi sonreía.

—He recibido su carta y le doy las gracias —me dijo con calma, y, dándome la mano derecha, añadió—: Espero que sea lícito, por lo menos, estrecharle la mano.

—¡Diantre! No hemos dejado de ser amigos, y además…

—¡Oh! —interrumpió ella sonriendo—, olvida usted lo que me ha escrito: «Créame, la amistad pura no es posible entre nosotros…».

—Entonces se trata de otra cosa. Bien… yo entiendo la amistad en el sentido convencional de la palabra: un lazo que no da derecho a ninguna intimidad y se limita a unas pocas relaciones superficiales.

—En este sentido, está bien.

—¿Aceptará sinceramente este tipo de amistad?

—Sinceramente.

—¡Gracias!

—Con tal de que —insistió ella— no cambie de parecer de un día para otro y evite el estar a solas conmigo como hizo tras nuestro primer encuentro. También entonces me hizo usted una promesa semejante.

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—Era otra cuestión —dije yo—. Comprenderá que yo preveía todo lo que ha pasado y que mi comportamiento no tenía otro fin que el de evitarlo.

—No sabe usted cómo me pesa.

—¿El qué?

—Lo que ha ocurrido.

—¿Por qué? No hay razón. Su simpatía me honra y su sensibilidad es el elogio de su corazón.

—¡Qué indulgente es usted! —dijo con una sonrisa irónica.

Yo estaba a disgusto por su frialdad. Comprendía que quisiera mostrarse indiferente a mi rechazo y que su amor propio humillado le daba todo el derecho; sin embargo, me apenaba ver cómo se burlaba de aquel afecto que había creído tan serio y tan vehemente.

—¿Se ha divertido en Milán?

—Mucho.

Y lo dije con estudiado énfasis.

—Confiese que esa mujer, ella… mi rival —insistió ella subrayando estas palabras con una sonrisa—, vive en Milán, y que ha vuelto usted allí para verla.

—Era fácil adivinarlo. No es algo que indique una gran agudeza por su parte.

—¡Soy tan ingenua respecto a usted! ¿Y volverá?

—Muy pronto.

—Si consigue tener permiso.

—Claro.

—¡Ah, ah! —exclamó ella sonriendo—, hablaré con mi primo. Todo dependerá de él. Apuesto a que me necesitará.

—¡Señora! —dije yo airadamente—, no entiendo las intenciones que la impulsan a hacerme semejante oferta, y me abstengo de cualquier contestación.

—¿Rechazará usted incluso mi mediación? —¡Jamás pensé que fuera capaz de ofrecérmela!

—¡Está celoso de mi dignidad! Me gusta. De buena gana cometería cualquier bajeza por usted. ¿Qué quiere? Es un capricho. ¿Ama mucho a esa mujer?

—Ya se lo he dicho, con locura.

—¿Es hermosa?

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—Un ángel.

—¿Por qué no se casa con ella?

—Tiene marido.

—¡Ah! ¿La admira?

—La admiración es una condición del amor.

—No es cierto, pero no tiene importancia. ¿Le hará muy feliz?

—Tanto que temo morir.

—Me alegro —dijo ella.

Nos quedamos en silencio unos momentos. Ella jugueteaba con las puntas de un pañuelito de gasa que llevaba anudado al cuello, y miraba fijamente al suelo.

—Mire —le dije yo tras unos instantes—, yo suelo actuar con una franqueza de la que me enorgullezco y nunca he tenido la debilidad de transigir. Este diálogo tan irónico me humilla, este estar hiriéndonos mutuamente no es ni leal ni honesto, y, sobre todo, es indigno de usted. Nuestra situación ahora ha quedado muy clara. No es necesario volver a este tema.

—Es lo que yo estaba deseando.

—Me alegro. Espero que no tengamos más motivo de hablar de nosotros.

—Hasta puede esperar no volver a verme.

—De acuerdo —dije yo titubeando—, sería doloroso pero sin duda útil.

Se levantó, se inclinó fríamente y salió sin mirarme.

¿No volvería a verla? Lo dudaba.

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XXIV.

No obstante, si volvía a pensar en ello, me alegraba de sus explicaciones. Me daban el derecho de olvidarla y me eximían de esa deuda de piedad que me parecía haber contraído hacia ella. Buena, apacible, melancólica, la guardaría en mi recuerdo con cariño y compasión; fría, irónica, arrogante, no sentiría hacia ella más que indiferencia. Lo que me inquietaba era la imposibilidad de explicarme la variabilidad de su comportamiento, la incoherencia de su conducta. Por mucho que lo intentase, no lograba comprender la naturaleza de su carácter, no conseguía arrojar luz sobre él. Hasta aquel momento había dudado entre la admiración y el desprecio — los excesos de su conducta exigían apreciaciones excesivas—; después de aquel diálogo frío, cáustico, artificioso, ya no sentía ni siquiera el deseo de juzgarla: me resultaba perfectamente indiferente.

Por la noche, cuando me dijeron que estaba enferma, acogí la noticia con frialdad, y la costumbre de no verla desde hacía muchos días fue la causa de que me olvidara por completo de ella.

¿Mantendría su promesa? Empezaba a darle crédito. En la mesa ni siquiera se ponía su plato y nadie volvió a mencionarla. Su sitio estaba ocupado por otro comensal. Se había ido a vivir a otra habitación lejos del comedor y, como ya no veíamos como antes entrar y salir a los camareros y a los médicos, nada nos la recordaba y todos habíamos podido olvidarla fácilmente.

Confieso que alimenté hacia ella un sentimiento que a menudo me he reprochado. Yo casi odiaba a esa mujer. Entonces lo atribuía a que hubiese querido burlarse de mi sensibilidad; más adelante comprendí que las causas eran muy otras. No hay nada más ridículo que un sentimiento no compartido. Nada consigue alejarnos más a una persona que no podemos amar que el ver que se dirige a nosotros con el lenguaje y las actitudes de un amor apasionado. Nuestra repugnancia crece en proporción al esmero que pone en superarla. Ninguna ley en la naturaleza es más inexorable que

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la que impone las simpatías y las antipatías. No es cierto que el amor sea una cuestión de sentimientos, no es más que un asunto de nervios, de fluidos, de armonías animales: la identidad de caracteres, la estima lo fortalecen pero no lo crean. A menudo nos engañan estas causas aparentes, porque la identidad del carácter no es más que un efecto de la identidad de constitución.

¿Quién no desearía dar al amor un origen más espiritual y más noble? ¡Pero no es posible! No obstante, puede ser un impulso para acciones nobles. La amistad es un sentimiento superior porque no es exclusiva. Yo, como cualquier otro hombre, fui elegido por mujeres jóvenes y hermosas a las que no pude corresponder, ni siquiera con amor físico; sentía repugnancia por lo que iba a ser la felicidad ajena y sufría. Podía arrancarme el corazón pero no podía sentir nada por ellas.

Eso es lo que ocurría con Fosca; aunque su fealdad la dejaba incluso fuera de esta ley.

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XXV.

Un día —habían pasado más de veinte desde que la había visto por última vez— su primo no vino a sentarse a la mesa. Toda la casa estaba en desorden, y los camareros nos advirtieron que Fosca había empeorado repentinamente y que estaba en peligro de muerte; que nos conformáramos por tanto con una comida improvisada.

Esta noticia me resultaba tan inesperada y estaba yo tan desarmado por el largo olvido, que me sentí presa de un súbito pavor, como si fuese a ser yo la causa de su muerte. Mi debilidad me llevaba a creerme culpable y me creaba unos remordimientos que no debía sentir en modo alguno.

¿Acaso iba a morir ella por mí? Este pensamiento me traspasaba el corazón como el filo de un cuchillo.

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XXVI.

Aquel mismo día por la tarde recibí la visita del médico que había conocido en su casa.

—Tengo que hablarle de un asunto que le afecta —dijo al entrar y mientras tomaba asiento—. Le ruego ante todo que no me acuse de ser indiscreto por haber tenido conocimiento, a mi pesar, de un secreto de su corazón (digo de su corazón por decirlo de alguna forma), y he querido aceptar una misión que en otras circunstancias habría rechazado; comprenderá en breve que era obligación mía hacerlo.

—Hable, hable —exclamé yo ansiosamente.

—Bien, me explicaré con pocas palabras, tenemos poco tiempo. La señora, cuya salvación es en este momento más que dudosa, me contó ayer lo que ha sucedido entre ustedes; son unas confesiones que ella me ha hecho espontáneamente. Usted ha rechazado su afecto, lo cual no me asombra en absoluto y no creo que yo hubiera obrado de otro modo; no obstante, este rechazo ha sido suficiente para dar un impulso decisivo a su enfermedad. Esa mujer se está dejando morir por usted y…

—¡Por mí! —exclamé yo—, y se deja morir… ¿No se trata de una enfermedad?

—Pues claro —dijo él con impaciencia—, de ambas cosas. Su vida cuelga de un hilo, su salud es tan endeble que sería suficiente un pequeño esfuerzo de voluntad para matarla o uno contrario para salvarla. No puedo pedir que usted me comprenda, no es médico y, por otra parte, este caso es casi excepcional en medicina. Quisiera que me creyera ciegamente. Esta mujer no tenía desde luego una larga vida por delante (se trata de un mal incurable), pero si pudiera estar tranquila y sosegada podría vivir aún unos años. La pasión que ha concebido por usted, el dolor y la humillación de su rechazo serán quizá suficientes para provocarle la muerte. A veces observamos que las mismas causas producen efectos aún más repentinos en constituciones sanas y robustas.

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—¡Las mismas causas! —repetí yo—. ¿Pero cree que ella ha sentido hacia mí una de esas pasiones serias e incurables? ¿Cree que un amor recién nacido, recién confesado, no correspondido, puede elevarse en un instante a este grado de pasión? Desde luego no he podido comprender nada del carácter de esa mujer. No consigo explicarme su conducta, estoy frente a ella como frente a un mito.

—¿Qué pretende usted entender del carácter de una criatura que vive continuamente bajo la influencia de una enfermedad nerviosa, la más complicada, la más absoluta, la más extraordinaria? Sería necesario que conviviese con ella diez años para conocer, en los escasos momentos de tranquilidad, el fondo verdadero y natural de su carácter. ¿Sabría decirme cómo es el lecho de un río que fluye siempre tumultuosamente? Su osadía le habrá parecido extraña, su voluntad de amarle, incomprensible; lo entiendo fácilmente y, sin embargo, le digo que la honradez de esta mujer enferma vale por la de cien mujeres sanas. Es la enfermedad del amor, es la irritabilidad elevada a la última potencia. Vosotros los espiritualistas vivís constantemente en un mundo lleno de supersticiones, no entendéis nada de la naturaleza humana; habéis hecho de la honradez de la mujer una cuestión de virtud y de carácter, mientras que casi siempre es exclusivamente una cuestión de nervios y de temperamento. Si Lucrecia hubiera tenido una constitución menos linfática, un sistema nervioso menos lánguido, si hubiera estado menos enferma de histeria, ¿cree que la monarquía de los Tarquinios…?

—Bien —dije yo interrumpiéndole—, sabe que aborrezco estas teorías materialistas, que no las quiero aceptar por mucho que la razón me siga insistiendo en que son ciertas. Me dice usted que nuestro tiempo es limitado; veamos qué es lo que puedo hacer por esa mujer.

—Una cosa sencillísima.

—¿Es decir?

—Ir a verla.

—¡A verla! ¿Cuándo?

—Enseguida.

—¿Y cómo?

—Como usted sabe, yo vivo en su misma casa; el apartamento de Fosca comunica con el mío mediante una puerta que normalmente permanece cerrada, pero que se podrá abrir fácilmente, aunque no tengo la llave. Ella lo sabe, le he hablado de este proyecto y me ha rogado que se lo

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comunicara. Bastará que yo dé orden de dejarla sola para que también su primo deje de ir a verla. Creo que no hay otro medio de salvarla y me imagino que usted no querrá dejar de hacerlo.

—Pero… ¿y luego?

—Cuando su enfermedad haya vuelto a su curso normal, ya veremos. Mientras tanto…

—¿Tendré que prometerle que la amaré? —Desde luego, y con la mayor dulzura posible. —Es algo terrible.

—Me lo imagino —dijo volviendo a tomar su sombrero.

—Se lo había advertido, ¿se acuerda?

—¿Y por qué me lo había advertido? ¿Es que ya ha habido otros?

¿Cómo es que había previsto…?

—Su conducta es irreprochable —dijo él—, y es lo que me deja estupefacto. ¡Sólo yo puedo comprender lo que le cuesta! Pero en cuanto a lo que ha sucedido con usted, me lo había imaginado. Nosotros somos gente tosca, personas vulgares, no era cuestión… Necesitamos a otras mujeres. Ella es una mente culta, un espíritu delicado y romántico; usted era el hombre adecuado; me lo dije a mí mismo nada más verle: ¡éste es el hombre! Imagínese, conozco a esa mujer desde hace cinco años. Usted es un hombre joven y guapo, y la belleza es algo que se paga casi tanto como la bondad. ¡Buenos y guapos! ¡Desgraciados aquellos que vienen al mundo con la mancha de este pecado original!

—Me había dado cuenta —prosiguió él mientras yo me preparaba para salir—, pero como no me decía nada no quería forzarle a hacerme esta confidencia. Comprendía que no era algo que pudiera contarme. Cuando se fue a Milán, ella estuvo muy mal, creía que se iba a morir, tuvo una crisis nerviosa terrible de la que se recuperó rápidamente el día en que usted volvió. Pero, apresúrese —añadió el médico mirando su reloj—; si es necesario esperará usted en mi habitación.

Salimos juntos. ¡Sólo Dios sabe cuál era mi estado de ánimo!

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XXVII.

Tuve que esperar dos horas en las habitaciones del médico y para mayor precaución en una completa oscuridad. Si no fuera porque esa noche había una luna llena muy clara, no hubiera podido apreciar unos cuantos huesecitos y algunas calaveras con los que el médico había adornado simétricamente su chimenea junto con otras fruslerías. En aquel momento, y vistos así en penumbra, no eran lo más adecuado para tranquilizar mi espíritu y prepararme para aquella extraña cita.

Oía del otro lado la voz débil y dulce de la enferma y los susurros apagados del médico con su primo.

Alrededor de medianoche oí que Fosca decía a su doncella:

—Estoy bien, necesito dormir y estar sola; puedes retirarte y no vengas si no te llamo.

La doncella se fue contenta con la concesión. El médico se despidió del coronel diciéndole:

—Volveré mañana; es absolutamente necesario que no la molesten, estoy seguro de que pasará una noche tranquila. Que no se le olvide tomar la valeriana. Buenas noches.

—Buenas noches.

Y oí cómo abría la puerta y se iba.

Hubo un breve momento de silencio.

—Buenas noches —le dijo su primo—, me voy para que puedas descansar. En cuanto me levante, vendré a verte; y si no te encuentras bien, di que me llamen, no tengas ningún reparo.

—No lo dudes, adiós.

—Adiós.

Y salió él también.

El médico volvió a subir por el otro ramal de la escalera y volvió a entrar en la habitación.

—Esperemos un poco más para mayor seguridad. Mientras tanto…

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Cogió un estilete de los que utilizaba para las secciones anatómicas y desatornilló hábilmente la cerradura. Enseguida logramos abrir la puerta.

—Estos son mis amigos —dijo señalándome las calaveras que estaban encima de la chimenea, pasando por delante la llama de la vela.

—Le harán compañía mientras yo me quedo fuera jugando mi partida de cartas; no le molestarán, son gente tranquila. Espere un poco para entrar y no pierda el juicio —añadió medio en serio medio en broma—. Estaré de regreso en un par de horas.

Me quedé solo, con una tristeza inexpresable.

Tenía la sensación de que la fortuna se estuviera burlando de mí (y digo la fortuna porque siempre me ha repugnado referir mis males a la Providencia, como algo que me es dulce y beneficioso), tantas y tan extrañamente dolorosas eran las circunstancias en las que me hallaba entonces. Lejos de la mujer que amaba más que a mi vida, que quizá no volvería a ver jamás, cuyo amor había renovado mi fe y mi intelecto, adorado por ella, buena, bella, en todo semejante a mí, reflejo de mi alma, ¡y tenía que darme a una criatura que casi aborrecía, ser afectuoso con ella, repetirle las mismas expresiones que había dicho a Clara, volcar en ella mi corazón rebosante!… ¡Oh, si hubiese sido Clara, el motivo de que yo me hallara allí, en esa habitación; si fuese ella la que yo iba a abrazar! ¡Cuánta felicidad inundaría mi alma! Y pensaba en los días de nuestro amor, en aquella primera vez que yo la esperé en mi cuartito, loco, ebrio, delirante; en el temblor que había sentido al contacto de su mano, en el frufrú de la seda, en el sonido de su primera palabra…

¡Gozos desvanecidos para siempre, engaños, errores, ilusiones —única verdad, única grandeza de la vida—, hace tiempo que os he perdido; ni siquiera encuentro las huellas de vuestras ruinas o un eco de vuestras alegrías para recordaros y lloraros!

Si hubiera titubeado un poco más en entrar en la habitación de Fosca, ya no habría entrado; me habría faltado valor. Entré con brío.

Al oír la puerta, se estremeció y volvió la cabeza.

—Soy yo, Giorgio, tranquilícese.

—¡Oh Dios mío, Dios mío!

Y se cubrió el rostro con un trozo de sábana. Sollozaba y temblaba. Me senté a su cabecera y miré a mi alrededor. La habitación estaba

llena de flores, la cama era blanca como la nieve y parecía toda de encaje, una lámpara en un rincón emanaba una luz débil, pero clara y nítida, como

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la de una noche de luna llena. El amor hallaría allí su templo. Súbitamente se descubrió el rostro, me miró largamente con una expresión de afecto inefable y después me dijo:

—Sabía que vendría.

—Vi cómo las lágrimas asomaban a sus ojos y me esforcé en sonreírle. Levantó un brazo de entre las colchas, yo le tendí una mano que acercó a los labios y que besó convulsivamente.

—Se hacen muchas locuras antes de morir —dijo ella.

—No piense en la muerte.

—Desde que está aquí, ya no pienso en ella, me he curado. ¿Me perdona que le haya pedido que viniera?

—No le perdono que haya tardado tanto en hacerlo.

—¡Oh Giorgio! —exclamó ella con aire de gratitud y de reproche—, yo estoy leyendo en su corazón.

Permaneció en silencio un momento y después se animó súbitamente y exclamó con entusiasmo:

—Le adoro.

Tomó un ramito de muguetes de la mesilla y lo acercó a mis labios.

—¿Por qué?

—Béselos.

—¿Por qué?

—Bese estos muguetes.

Obedecí. Se llevó enseguida el ramito a los labios, lo besó con ardor y lo volvió a acercar a los míos. Comprendí su deseo.

Me incliné y la besé en la mejilla.

Cerró los ojos y quedó absorta e inmóvil. Me asombró que no me besara.

—Trátame de tú —añadió reanimándose.

—Con toda mi alma.

—Llámame por mi nombre.

—Fosca.

—Di: Giorgio y Fosca.

Lo dije.

—Dime: te amo.

—Te amo.

—Bésame.

La besé con fingida pasión.

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—¡Oh Giorgio!

Rompió a llorar y se cubrió el rostro con las manos. Pasamos una media hora sin hablar. Ese esfuerzo la había dejado agotada. Me miraba en silencio, yo la miraba en silencio. La noche eran tan serena que podíamos distinguir las medidas y graves oscilaciones del péndulo de un enorme reloj en una torre cercana a la casa.

—¿Qué tal estás? —le pregunté yo por fin.

—Bien y mal al mismo tiempo. Ya me entiendes. Si me muriera ahora sería feliz: ello no anularía la angustia de toda mi vida, claro, pero ya el morir feliz sería para mí un bien inesperado.

—Serás más feliz viviendo.

—¿Me amarás si vivo?

—Sí…

—No lo digas, no lo digas; sí, dilo, dilo. ¡Pobre joven! —añadió ella tomando mis manos—. Yo comprendo la importancia del sacrificio que te impongo. Yo sé que tú no puedes sentir hacia mí más que piedad, pero me agrada tener ilusiones y me agrada el sentimiento que te mueve a hacer nacer en mí estas ilusiones. Antes creía que la piedad era poca cosa, que no se podía no sentirla, porque yo tenía piedad de todo lo que sufre, aunque fuese un pobre pajarillo, un pobre perro, un pobre animal cualquiera; pero después me di cuenta de que los hombres son avaros en compasión, porque la compasión es el reflejo de un dolor ajeno y se convierte en dolor propio. Sé apreciar tu piedad y te estoy muy agradecida porque sé que en ti tiene más mérito que el amor.

Quise responderle, pero ella me puso un dedo en los labios y añadió sonriendo:

—Calla, calla, ¡ya me dirás mentiras, te obligaré a que me digas muchas mentiras! Acerca la lámpara, ponía aquí, quiero verte bien.

Puse la lámpara en la mesilla. Ella me miró embelesadamente y me dijo:

—¡Qué hermoso eres. Dios mío! ¡Qué hermoso eres!

No me pareció en ese momento tan fea como en los primeros días que nos tratamos. Su cabeza estaba hundida en la almohada de modo que no se podía adivinar su desproporción; su cabellera negra, abundante y sedosa, descendía en desorden por los hombros, enmarcando el rostro cuya palidez y delgadez eran extremadas; sus grandes ojos negros estaban humedecidos de lágrimas y brillaban asombrosamente al reflejo de la luz de la lámpara.

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Tan sólo la frente, desproporcionadamente grande y saliente, rompía la armonía fantástica de las líneas mal trazadas de aquella cara.

Me vino al pensamiento una Virgen a la que recé mucho de niño. Su cara de cera blanca, los cabellos de crines negras y los ojos de cristal esmerilado, que emitían extrañas reverberaciones a la luz de los velones de la iglesia, la hacían semejante a Fosca, aunque su parecido no tenía ni vida ni expresión.

Quizá ella se dio cuenta del efecto que producía en mí el examen de su cara. Se apresuró a bajar la tulipa de la lámpara y a decir:

—¡No quiero que me veas! ¡Soy tan fea!

—No es verdad.

—¡Oh, no me adules así!

—La bondad te hace hermosa.

(Y en ese momento quizá era sincero).

—¿Tú aprecias esta belleza?

—Más que cualquier cosa.

—¿Crees que mi corazón es bueno?

—¡Que si lo creo!

—¿Cómo laten los corazones buenos? ¿Sabes tú distinguirlos de los malos? Siente el mío.

Me tomó la mano y se la puso sobre el pecho.

—¿Y el tuyo? ¡Oh, tu corazón!

—Te ama, Fosca, te ama.

—¿Como… a una hermana?

—Sí, como a una querida hermana.

—¡Ah!

—Como quieras, te ama como quieras. Dale otro nombre, sigue siendo amor.

—Gracias, Giorgio, gracias. Quería olvidarte, sabes, era muy ingrata y también muy necia. ¡Creer que puedo olvidarte! Quería morirme sin verte… después no he tenido el valor… ¡aquel día fui tan mala contigo!

—No digas eso, fui yo el malo.

—Tú no, oh no, Giorgio, tú no puedes serlo. Lo que ocurre es que mi enfermedad me hace malvada; el saberme fea, enferma, el saber que nadie puede amarme… ¡Qué pobre criatura soy! ¿Nunca lo has pensado? ¡Nunca se te ha ocurrido imaginar cuán infeliz puedo ser! Hay días en los que este pensamiento me desgarra y me digo a mí misma: ¿seré siempre tan

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desgraciada? ¿Nunca habrá nada para mí? ¿Me odiará todo el mundo? ¿Todo el mundo se burlará de mí? Oh Giorgio, ángel mío, ¡no sabes qué terrible es esto para una mujer, para mí, para un ser sensible y desgraciado como yo!

Se paró sollozando.

—Tranquilízate, no llores; te lo ruego, te hará daño.

—Aquel día pensaba en estas cosas y por eso fui malvada; parecí aún más malvada, porque no lo soy y me esforzaba en parecerlo. ¡Pero tú me has perdonado!

—¡Oh, eres tan buena! ¡Yo no tengo nada que perdonarte, nada! Dieron las dos en el reloj.

—¡Qué deprisa pasa la noche; el tiempo vuela cuando se es feliz! — dijo ella—. ¿Hasta cuándo te vas a quedar aquí?

—Hasta que tú quieras.

—¿Hasta mañana?

—Sí.

—¿Qué haremos?

—Hablaremos, pero quizá ello te cause fatiga.

—Un poco.

—Pensaremos.

—Pon tu cabeza aquí, al lado de la mía, dame la mano. ¿Nos dormimos?

—Como quieras.

—¿Soñamos?

—Sí.

Callamos los dos. Ella cerró los ojos y se recogió para dormir. Pasamos así una hora que me pareció una eternidad. Cada vez que intentaba moverme, ella se estremecía y estrechaba con más fuerza mis manos. Era como si leyera en mi pensamiento, temblaba ante cualquier idea desagradable que se me pasaba por la cabeza y decía en voz baja mi nombre.

Se estremeció al tiempo que unos carros pasaban por la calle.

—Eres tú, eres tú —me dijo con alegría—; no dormía, casi soñaba. Yo era casi una niña y tú eras mi ángel de la guarda, ese ángel al que entonces rezaba todas las noches y al que me imaginaba velando mi cabecera; tenías unas alas blancas. ¿Te acuerdas de cuando éramos niños? ¡Y pensar que entonces no te conocía, no te amaba! ¡Cuando éramos niños!…

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—¿Eras más feliz entonces?

—Esperaba serlo y por tanto lo era. ¡Dios mío, qué bien me acuerdo en este momento! Por la mañana, cuando nos despertábamos pronto y oíamos pasar los primeros carros, como ahora, y ladrar a los perros de lejos, y el primer rayo de luz se filtraba por la ventana. ¡Qué mezcla de miedo y alegría! ¿También tú has tenido estas sensaciones? ¿Te acuerdas?

—Sí, me acuerdo de ellas.

—Algún día te contaré toda mi vida, sabes, quiero que conozcas mi pasado. Había empezado ahora a escribir unas memorias para ti y quería que te las dieran después de mi muerte, pero no he podido seguir; ¡estaba tan mal! Ahora no quiero que las veas; además, ahora no debo morir. Estoy curada. Abre las contraventanas, quiero ver las estrellas. Así, levanta las cortinas.

El cielo estaba claro y sereno, rayaba el alba y no se veían más que algunas estrellas pálidas, casi blancas. La brisa de la mañana arrastraba algunas nubes bajas con tal ímpetu que diríase que la luna, a veces escondida tras ellas, a veces descubierta, corriera por el cielo. A lo lejos se oía el canto de los grillos en los prados.

—Vuelve a mi lado —me dijo ella—; siéntate, no me dejes tan temprano. ¡Ya es de día! ¡Qué hermoso cielo! ¡Qué hermosas estrellas! ¿Crees que son otros mundos?

—Sin duda.

—¿Y que los habitaremos algún día?

—Quién sabe.

—¡Qué somos nosotros! ¡Qué es la vida! —exclamó tristemente—. Y, como si hubiera querido hallar en la certidumbre de mi amor una compensación al desasosiego de ese pensamiento, añadió impetuosamente: —¡Oh, ámame, ámame! ¡Ten compasión de mí! ¿Me amas de verdad?

—Sí.

—¿Siempre me amarás?

—Sí.

—Júralo. —Dudé por un instante.

—¡Con un afecto puro,… con un afecto fraterno! —dijo ella.

—Lo juro.

—No te exigiría un juramento distinto: yo conozco su importancia. No quisiera vincularte así a mí, aunque sé que mi muerte te eximiría muy pronto de él. No quiero que tú seas infeliz por mi egoísmo. La naturaleza

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ha dado a todos los hombres un solo medio para hacer felices a los demás, amarlos, yo con mi amor no puedo hacerles más que míseros. ¿Quieres mucho a esa mujer? —me preguntó ella con tono melancólico.

—No me lo preguntes, Fosca, no me lo preguntes.

—¿Y por qué? ¿No voy a alegrarme de que tú seas feliz? ¿Te quiere ella?

—Eso espero.

—¿Es hermosa?

—A mí me gusta.

—¿Es alta?

—Como tú.

—¿Cómo se llama?

—Clara.

—Tuve una amiga en el colegio que se llamaba así. Murió a los catorce años. Era una muchacha hermosa, con la nariz aguileña, morena, siempre estaba riendo… ¿También ella es morena?

—Sí…

—¿Tiene el pelo como yo?

—Del mismo color.

—¿Tanto pelo?

—No sé.

—Mira mis trenzas —dijo, soltando las cintas de una toca que reunía tras la cabeza sus dos trenzas y esparciéndolas por el pecho con aire de triunfo.

—¿Te gustan?

—Son maravillosas —dije yo tomando una entre mis manos.

Y lo eran de verdad.

Ella sonrió con coquetería, contenta por esa superioridad que estaba segura de tener sobre Clara, y dijo:

—Quiero darte una, arráncala, tira —dijo ella apasionadamente, moviéndose.

—Pero es imposible. Y además eso te mataría… en este momento. —Bien, arráncame un cabello, sólo uno, eso no me hará daño. —Pero…

—Es un capricho, venga —dijo ella—: hazlo.

Arranqué uno y lo enredé en mi dedo.

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—Tienes razón —dijo ella—. Un pelo solo no es nada, pero una trenza sería un triste presagio. Cuando los amantes se regalan cabellos significa que el amor está a punto de acabar. Es algo muy triste el pelo. ¿Nunca lo has pensado? Cuando vaya a morir te regalaré mis trenzas. ¡Oh Dios mío! —exclamó tras unos instantes en silencio—, ya ha amanecido y te tienes que ir. Pon la lámpara en ese rincón, allí, apágala.

Al apagar la llama de la lámpara, la habitación cambió de aspecto; muchos objetos que estaban a la luz volvieron a entrar en una semioscuridad y muchos que no lo estaban aparecieron más claros e iluminados. Volví a sentarme al lado de Fosca, que me echó los brazos al cuello llorando. La luz del día me la mostraba ahora en toda su fealdad.

—Tú ahora me dejarás —exclamó ella con aire desolado—. ¡Oh mi buen amigo, oh mi pobre Giorgio! ¿Te acordarás de mí? ¡Oh Dios mío!

—No sufras, no sufras, Fosca, jamás te olvidaré.

—Porque, ves, ya no podré verte hasta que me cure. ¿Qué diría el médico? Esta noche era necesario que te viera, pero ¡después! Bien, te escribiré, ¿te alegra?

—Sí, me alegrará.

—Y, además, dentro de unos días empezaré a levantarme y te veré cuando vengas por la mañana. Después me curaré y daremos largos paseos. ¿Tienes hermanas? —me preguntó, sonriendo entre lágrimas.

—Sí.

—¿Y las besas?

—A veces.

—Bésame como a ellas.

La besé.

—Así no, así no; ¡bésame como a una amante!

Se incorporó un poco en la cama y me estrechó contra su pecho con fuerza. Me volvió la cabeza hacia la luz, se apartó un poco y me miró con entusiasmo.

—Quiero verte… mejor, así, así… ¡Oh amor mío! ¡Oh amado mío! Me volvió a abrazar apasionadamente y cayó derrengada sobre la

almohada.

—Adiós —le dije.

—No te vayas, no me dejes aún.

—Es tarde.

—Quédate, quédate.

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—Vendrán a vernos, nos sorprenderán.

—Bien, vete, pero déjame algo tuyo, algo de lo que llevas puesto, tu pañuelo.

Se lo di.

—Ahora vete, vete —dijo ella—; huye, huye… esta emoción me ha vencido, la enfermedad vuelve, tendré que gritar, vendrán a verme, corre…

No oí nada más. Crucé en mi huida los aposentos del médico que estaba durmiendo vestido en un diván y en cuyas calaveras me pareció ver multiplicada la imagen espantosa de Fosca.

Desde la calle se distinguían sus gritos terribles y agudos.

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XXVIII.

Encuentro en mi diario este fragmento escrito ese mismo día:

«Estoy triste, mudo, abatido, acabado. Apenas me atrevo a dar crédito a una desgracia tan grande. ¿Fue engaño suyo?, ¿fue quizá también artificio? No lo sé, sé tan sólo que me he vinculado para siempre a esa mujer. Me he desahogado con el médico y le he expresado mis dudas sobre la gravedad de esa enfermedad y sobre la necesidad de esa visita fatal. Se ha ofendido y me ha dicho que Fosca habría muerto de no haber ido y que dentro de unos días, en cambio, estará curada.

»¡Terrible y extraña criatura en todo!

»He vuelto a pensar en las causas de mi felicidad presente, una vez más me he enfrentado a mi pasado. ¿Qué era yo hace ahora un año? ¿Qué hubiera sido de mí si Clara no me hubiese amado? La conclusión que he sacado es desconcertante pero cierta: fui amado por compasión. ¿No tengo acaso la deuda de amar a esa mujer por el mismo motivo? Detesto la felicidad. Si no hubiese rememorado mis penas de antaño, la felicidad jamás me habría recordado cuáles son mis deberes hacia aquella mujer. El dolor es más inexorable y más justo.

»No deploro mi felicidad —deseo la felicidad, es cierto, pero como se desea a una mujer que se desprecia—; deploro la felicidad de Clara, la necesidad de acabar con ella contándole la verdad o de ofenderla en secreto ocultándosela. ¿Por qué he de revelarle esta infidelidad forzada? ¿Se la esconderé? ¿Me creerá? ¿Será generosa? Desconfío del amor porque, cuanto más profundo es, más es monstruosamente egoísta. El amor es la fusión y la conciliación de dos egoísmos que se satisfacen mutuamente.

»No me horrorizaría este afecto si creyera en su pureza. Es más, habría aceptado esta misión por muy dolorosa que sea y no habría tenido escrúpulos en mantener el secreto, pero así es imposible. Veo las luchas de Fosca; sus contradicciones son demasiado elocuentes, su enfermedad le ha

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quitado todas las fuerzas que pueden hacer triunfar a las pasiones; su amor es amor.

»Me río de aquellos que creen que nuestra voluntad tiene poder ilimitado sobre nuestras pasiones, que piensan que hay en nosotros una fuerza siempre superior a los instintos, siempre capaz de dominarlos. Yo no he experimentado pasiones perversas; no me atrevo a investigar si la sociedad castiga en los malvados a la naturaleza o al hombre; me limito a tener compasión de ellos; pero las pasiones puras, las que son como una viciosa exuberancia de la virtud, esas sí que las he probado y no hubiera podido resistirme a ellas más de lo que hubiera podido aguantar una mota el ímpetu de una ola del océano. ¿Quién puede enseñarme la balanza sobre la que pesar la fuerza de la voluntad y la de las pasiones? ¿Quién habló del libre albedrío? ¿Quién me enseñará a combatir la naturaleza con la naturaleza? ¿A mí mismo conmigo mismo? ¿Dónde está esta fuerza misteriosa de la que hablan?

»Yo no la siento. ¿Está en mí o fuera de mí? ¿De dónde procede? ¿Dónde puedo encontrarla? Yo había nacido para amar y he amado; si hubiera nacido para matar, quizá habría matado. La responsabilidad hubiera sido la misma. Todo lo que hubiera podido hacer es lo que he hecho y estoy haciendo: ¡avergonzarme de mi naturaleza!».

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XXIX.

Sí, en lo más hondo de mi corazón yo justificaba a Fosca. Si ella lo hubiese deseado, su amor hubiera sido puro. Quería amarme como a una hermana, ella comprendía lo sublime de este afecto y sufría por no poderlo conservar así. Eso era todo, no había por tanto en ella ninguna culpa.

Estas páginas que me escribió durante su enfermedad eran la prueba más evidente:

«Giorgio mío, te escribo enseguida aunque el médico me lo haya prohibido. No puedo creer en mi felicidad, en mí misma. ¡Poderte escribir!, ¡tener a alguien a quien poderle contar lo que se piensa, lo que se siente, lo que se sufre!, ¡saber que estas sensaciones, estos sentimientos, estos sufrimientos son compartidos!… ¡Jamás lo habría imaginado, jamás lo habría imaginado!

»Incluso antes de tener la certeza de tu amor he querido hacerme la ilusión de que tú aceptarías y agradecerías mis confidencias; he querido sentir esta alegría, te he escrito casi todos los días; ¡pero Dios mío!, sabía de sobra que tú no leerías estas páginas, que me hacía ilusiones, nada más, que me hacía ilusiones. ¡Si tu supieras lo que es tener el corazón rebosante! Y sin embargo…

»Te diré algo que te hará esbozar una sonrisa. El año pasado tenía una pareja de canarios. El macho murió este invierno; no sé cómo sucedió: se le empezó a erizar el pelo, comenzó a temblar, a dormitar, a dejar de comer, y una mañana lo encontré tieso en el fondo de la jaula. Bien, la hembra, al llegar la primavera, hizo su nido, ¡y no sabes con qué esmero! No tenía huevos y sin embargo estaba siempre incubando y piaba con ese canto afectuoso que tienen todos los pájaros cuando crían a sus pequeños. Ya estamos en verano y aún no ha despertado de esta ilusión. ¡Si supieras cuántas veces este pobre pájaro me ha hecho pensar en mí misma y me ha hecho llorar!

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»Pero tú no verás estas páginas porque entonces no me amabas, porque pertenecen a una época de mi pasado que necesito olvidar para siempre. ¡Si pudiera olvidarlo!

»Tienes que perdonarme las angustias que te causé ayer; tienes que perdonar mis dudas, mis exigencias, mis contradicciones. Ahora te escribo con el corazón sereno y conozco lo que era reprochable en mi comportamiento; entonces no podía. He sufrido mucho viéndote partir, pero hoy me siento tranquila y feliz. Tú no puedes comprender la sorpresa, casi el asombro que siento en mí misma al escribir estas palabras que nunca he podido ni pronunciar ni escribir: me siento feliz.

»Es menester que tú me conozcas, prometí contarte mi vida y eso haré. El médico me ha dicho que no podré levantarme en ocho días; utilizaré este tiempo para escribirte mi relato. Hoy no podría, te escribo con enorme fatiga.

»Si supieras cómo me gusta tener tu pañuelo; lo guardo siempre en el corazón. Tengo aquí las flores que besaste y si levanto un poco la cabeza puedo ver la silla en la que te sentaste: he querido que pusieran encima un vestido mío para que nadie vuelva a sentarse. ¡Oh Giorgio mío adorado! ¡Mío, mío!

»No puedo escribirte más, me duele el brazo y además no sé si podrás descifrar mi caligrafía. Soy feliz y te adoro, eso es todo, no podría decirte nada más. Ayer, mientras subía la escalera, he oído tu voz. ¡Dios, qué espasmo! Amame, Giorgio, ámame. Tu corazón no tiene más que pensar en la inmensidad de mi miseria para hallar la fuerza de amarme.

»Quiero tener otro objeto que tú hayas tocado, necesito que me des otra pequeña parte de tu persona. Te mando una cintita mía; bésala y vuélvemela a mandar.

.....

«He pasado todo el día soñando y por eso te escribo ahora; ya ha anochecido. Me ha gustado que lloviera hoy. Antaño la lluvia me ponía melancólica; ahora me alegra. ¿Quizá porque ahora soy feliz me alegra que la naturaleza esté melancólica? No lo sé. Cuando se es feliz, se aman las pequeñas penas y las pequeñas contrariedades, quizá para ensombrecer más nuestras alegrías y para darles mayor relieve.

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»¿Tengo que hablarte de mí? ¿Decirte algo de mi vida? No sé por dónde empezar.

»De pequeña tenía la costumbre común a todos los niños y por la que me reprendían a menudo. Cerraba los ojos y me los restregaba ligeramente con las manos para ver culebrillas, chispas, figuritas, objetos de múltiples formas y colores, pero todo de manera confusa y mudable. Ahora me pasa lo mismo si trato de asomarme a las memorias de mi pasado.

»Mi pasado es bien pobre en esas alegrías que son generalmente para las mujeres causa de dulce añoranza —amores, halagos, vanidades satisfechas—; yo no he probado nada o casi nada de todo ello. La mayoría de los hombres aman inconscientemente el pasado por la sola razón de que es pasado; yo creo amarlo por el mismo motivo.

»Nací enferma: uno de los síntomas más graves y más profundos de mi enfermedad era la necesidad que sentía de encariñarme con todo lo que me rodeaba, pero de un modo violento, impetuoso, radical. No recuerdo ninguna época de mi vida en la que no haya amado algo. Me abstendría de contarte algunos detalles de esta disposición morbosa si no fuera porque ello puede explicarte las muchas anomalías que hallarás en mi carácter. Mi capacidad de afecto no conocía ni límites ni normas, era una fiebre, una expansión, una irradiación continua; podría haber amado todo el universo sin agotarme.

»Y hablo de afectos, no de amor: a esa edad no podía sentir más que afectos; si esa necesidad de amor hubiera perdurado de una forma tan violenta hasta la juventud, me hubiera arrastrado a algún exceso culpable.

»Todos los niños se encariñan con las primeras cosas que poseen, sobre todo si son seres vivos o tienen apariencia de vida; pero sus predilecciones son superficiales, mudables; son mejores que los afectos: una afectuosa curiosidad de conocer. La intensidad era en cambio la mejor cualidad de la mía: amaba las cosas que aman los niños, pero como las amarían los hombres.

»Recuerdo a menudo —y te lo cuento para que sonrías— una pequeña desgracia que me sucedió a los siete años y que me produjo una enfermedad casi mortal. Tenía un gatito y un canario que eran todo mi mundo; no sabría decir a cuál de los dos quería más. El gatito se comió al canario. ¡Imagínate mi pena! A uno lo había perdido, al otro no podía amarlo, tenía que odiarlo. Me puse tan triste que estuve enferma dos meses.

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»Jamás me gustaron las muñecas, sentía rechazo hacia todo lo que no estaba vivo; me gustaban las plantas y las flores porque me parecían seres vivos. No puedo expresarte lo que sentía viendo una mata de violetas, un bulbo de jacinto, una plantita de velloritas. Las arrancaba y las solía cambiar de florero para tenerlas en la mano, para ver sus raíces, para mirarlas bien; cuando moría, conservaba sus tallos disecados. De todas las sensaciones confusas e inciertas de esa época, ésta siempre ha sido para mí la más inexplicable: el extraño amor que sentía hacia las plantas. Aún hoy cuando pienso en ello sigo sin entender su naturaleza.

»El apego que tenía hacia mis compañeras, hacia los niños, hacia las personas que trabajaban en casa, era a menudo motivo de grandes tormentos. Exigía de su afecto más de lo que era posible concederme y por tanto, si surgían pequeñas contrariedades, tenía la sensación de que eran indiferentes, apáticas, ingratas conmigo; sufría por ello como sufriría ahora por un verdadero abandono y por una verdadera ingratitud. Una nodriza mía a la que quería mucho tuvo que quedarse en casa hasta que cumplí los doce años puesto que yo enfermaba cada vez que habían intentado separarme de ella.

»A esa edad entré en un internado y me enamoré de una compañera mía. Fue una auténtica pasión, tenaz e intensa como sólo yo podía sentirla. Aquella muchacha, hoy mujer casada, nada podía entender de la profundidad y de la índole de ese afecto y, aunque me correspondía, lo hacía de una manera tan fría que me sentía desolada. Era bondadosa pero tan necia y vacía como las demás; era guapísima y quizá fue su belleza lo que inconscientemente me llevó a quererla. Me acuerdo que me levantaba por las noches para ir a verla mientras dormía y solía pasar muchas horas junto a su cama, descalza, en camisón, tiritando de frío. Le quitaba sus cintas y sus pañuelos porque eran suyos, le imploraba llorando que me dijera que me quería, que se dejara besar. Pero ella a menudo era despiadada conmigo. No sólo esa desilusión no me curó de mi enfermedad, sino que fue fatal porque me hizo comprender que difícilmente hallaría en otros corazones ese afecto ardiente y sin límites que podía sentir el mío.

»Me sacaron del internado a los pocos meses. No había cumplido los catorce años cuando quedé prendada de un hombre de cuarenta, un juez de distrito, un amigo de mi padre que venía a casa todas las tardes. Por entonces (¡extraña cosa!) no me atraían más que los hombres maduros. En

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mi pubertad no estaba más desarrollada que una niña de diez años. El me trataba como a una niña y a menudo me hacía bailar en sus rodillas; sus caricias, sus besos y cualquier gesto de familiaridad me causaban un desasosiego dulce e incomprensible.

»Le amaba con locura, aunque no entendía nada de la naturaleza de este sentimiento y casi sentía miedo de él. Era un hombre alto, serio, con una gran barba negra; ahora que lo pienso, no sé cómo pude enamorarme a esa edad de un hombre semejante, y sin embargo fue una pasión decisiva en mi vida. Tuve el valor de escribirle una larga carta, que enseñó a mis padres. Mi padre se rio, pero mi madre vio el germen de una pasión seria y le pidió que dejara de venir a casa. Al salir, me vio en el recibidor, me tomó la barbilla y me dijo: “Mi querida niña, quiere usted empezar pronto y mal; ¿no le han asustado mis cuarenta años? Si mi mujer viera su carta le enviaría un bonito osito de peluche”. Me dio un pellizco en la mejilla y salió sonriente.

»Enfermé de dolor y vergüenza, viví dos años enfermiza, pensativa, ensimismada, encerrada en mi soledad y en los libros. En aquel período de recogimiento formé mi mente y mi corazón; entré niña y salí mujer.

«Pero estoy muy cansada, mi querido Giorgio, seguiré mañana. Adiós, adiós».

.....

«¿Dónde me había quedado? Sigo escribiendo.

»Mi padre y mi madre me adoraban y se adoraban. Eran dos criaturas extrañamente ingenuas, extrañamente buenas. Se habían acostumbrado al amor diecisiete años antes de casarse; eran mayores los dos y no habían tenido más hijos. Este nombre de Fosca, que a ti te parecerá tan extraño, es muy común en esa provincia de Romaña donde nací, y me lo pusieron porque así se llamaba una bisabuela mía a la que no conocí.

»El afecto que mi madre sentía hacia mí la hacía tan ciega a mis defectos que la educación que me dio fue incapaz de corregírmelos. Su ilusión más constante, la que no abandonó nunca, ni siquiera después de que las enfermedades me deformaran como ves, era que yo fuera guapísima. Hablaba de mí a sus amigas como de un prodigio de hermosura y se asustaba de las tentaciones que podían poner en peligro mi belleza. La verdad es que los encantos de la juventud suplían en parte el defecto de los

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de la naturaleza; no era ni fea ni desagradable, pero no era guapa; y fue la convicción contraria que ella me había infundido desde pequeña lo que hizo que fuera mucho más terrible el tenerme que despertar de tan dulce error.

»Tú no sabes lo que significa para una mujer no ser hermosa. Para nosotras la belleza lo es todo. No vivimos más que para ser amadas y al no poder serlo, no siendo hermosas, la existencia de una mujer fea se convierte en la más terrible, en la más angustiosa de todas las torturas. En la vida de un hombre no hay miseria comparable con ésta. El hombre, aun siendo deforme, aun no siendo amado, tiene mil divagaciones, mil compensaciones; la sociedad es indulgente con él; si no puede poner sus miras en el amor, las pone en la ambición, tiene una finalidad; pero la mujer no puede dejar el camino que le ha trazado su corazón y su vanidad, no puede tender hacia otro fin que no sea el de gustar y el de ser amada. Tan sólo la maternidad puede compensar alguna vez la privación del amor, pero ésta no es sino su fruto, y a menudo le es negada a la fealdad.

»Mi querido Giorgio, tú sabrás comprender lo que quiero decirte: yo he probado este tormento en toda su extensión; yo mucho más que otras infelices, puesto que mi sensibilidad era desgraciadamente aún más monstruosa que mi ruindad. Sí, que mi ruindad, tengo el valor de llamar a las cosas por su nombre. Si supieras… yo me he odiado mucho a mí misma, he odiado mucho mi fealdad, pero nunca tanto como he detestado y sigo detestando mi corazón. Son sus exigencias las que me han hecho doblemente terrible el peso de mi deformidad.

»Entonces no era tan fea. Si esa extraña ilusión que mi madre había hecho nacer en mí con sus elogios no hubiera halagado en un primer momento y después herido mi vanidad al abandonarme, hubiera podido resignarme a mi suerte, que no era de las más tristes. Habría podido incluso hallar sosiego. Pero el dejar de acariciar esta ilusión me costó muchos sinsabores. Había llegado a una edad en que la belleza tenía que serlo todo, y reconocía no ser hermosa; esa ilusión había durado el tiempo en que no era necesario tenerla.

»¿Recuerdas haber tenido dieciséis años? ¿Has sentido tú también esa fiebre, esa ansiedad, esas inquietudes incomprensibles que acompañan esa edad? ¿Has sentido tú también ese deseo de desgarrarte el corazón con mil y una desgracias imaginarias, de creerte víctima de persecuciones que no padecías, de recrear una felicidad imposible para gozar cruelmente con la

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desilusión? ¿Has sentido tú también esa necesidad de encontrar una iglesia para rezar y llorar? Mi vida fue tan pobre de amistades que aún no he podido penetrar el corazón de otra criatura: desconozco lo que sintieron otras mujeres a esa edad, pero lo que yo sentí está fuera de cualquier posibilidad de expresión. La necesidad de ser amada era el secreto de todos mis sufrimientos, yo lo comprendía. La naturaleza no sólo me había dotado de un corazón sensible, sino también de una constitución enferma, nerviosa, irritable; yo no podía tener ni esa fuerza pasiva que da la apatía ni esa castidad natural que da la lozanía: el amor debía ser el medio y el fin de toda mi existencia.

»No tardé en convencerme de que no podía inspirar afecto. Todas las mujeres eligen, yo debía dejarme elegir. Y esta pequeña renuncia que era necesario hacer a mi amor propio no hubiera sido tan cruel si por lo menos alguien me hubiera elegido y amado. Viví en cambio hasta los veinte años sin haber inspirado el más mínimo afecto; sin haber escuchado, ni siquiera como un juego o por piedad, una palabra de amor.

»La condición de las mujeres del pueblo es en algo preferible a la nuestra: el amor para ellas no obedece a reglas de etiqueta; pueden no ser verdaderamente amadas y sin embargo gozar de las apariencias del amor, y a menudo también de sus ventajas. La educación no ha hecho su corazón tan exigente como el nuestro; ellas no sienten la necesidad de sacrificarle las dulzuras de un afecto culpable. No hay comparación entre la desgracia que la fealdad puede acarrearle a una mujer rica y la que puede acarrearle a una mujer pobre; los ojos del mundo no se vuelven jamás hacia esta última: el código del honor no se refiere más que a la mujer rica.

»Mi querido Giorgio, decirte lo que he sufrido en esos años sería imposible. Sin el amor me faltaba todo: cuando no se es amada, la vanidad no tiene razón de ser, la ambición no tiene objeto, todas nuestras pequeñas pasiones se desvanecen una a una, como las que cobran fuerza con la vitalidad del amor y no pueden subsistir sin él.

»Me abandoné locamente a la pasión de meditar y leer —pasión que no me ha dejado nunca desde entonces— y hallé en ello algún consuelo, aunque no fuese más que el ir olvidando poco a poco y elevarme sobre la triste realidad que me rodeaba. Pero la lectura es terrible porque ese olvido aparente nos hace volver aún más desarmados a las memorias que intentábamos olvidar y la idea fija de la cual queremos alejarnos encuentra mil argumentos, mil demostraciones en las páginas que leemos. Padecer

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las pasiones en soledad es lo mismo que querer sucumbir a ellas. Y además, no es la lectura, no es la soledad, lo que puede curarnos del amor a los veinte años. El tiempo sólo suele curar a los hombres; las mujeres no se curan jamás y las naturalezas superiores mueren de amor.

»Nada podía esperar de los hombres: me dirigí a Dios; es lo que todas nosotras acabamos por hacer, pero yo lo hice demasiado pronto. Me hice religiosa, entré en ese período de ascetismo sincero, exaltado, profundo, que todas las mujeres de corazón, aun siendo felices, han pasado y superado. Me parecía que podía así dar un fin a mi vida. En las naturalezas buenas y generosas el amor no es egoísta, no es tanto una necesidad de ser feliz uno mismo sino más bien de hacer felices a los demás; a menudo no es más que una tendencia a sacrificarse por la felicidad de los demás: me pareció que el sacrificio que iba a hacer a Dios de mi juventud podía de alguna manera satisfacer esa sed de amor que me atormentaba desde hacía tiempo sin remedio. Muchas mujeres acudieron a Dios guiadas por esta ilusión. ¿Han hallado la paz? Es lo que no he podido comprobar.

»Un día fui sola a visitar un convento no muy distante de la ciudad, aislado, sobre una colina, como un nido de palomas, tranquilo, solitario, sereno. Me senté en las escaleritas de la entrada. Los árboles del patio sobresalían por encima de los muros y diríase que se asomaban para invitarme a entrar; desde esa altura se divisaba todo el campo a su alrededor y la ciudad como una inmensa colmena. En la puerta se leían las palabras bíblicas: “Sagrado al amor y al dolor”; todo era paz y silencio.

»Permanecí allí bastante tiempo. Al volver, el eco de la salmodia que venía de la iglesia parecía llamarme de nuevo.

»Caía la tarde, se estaba poniendo el sol, los pájaros volvían a los árboles… cogí una margarita y fui quitándole los pétalos uno a uno: “Si, no; no, sí”; el último era “Sí”. Me decidí. Al día siguiente expliqué mis proyectos a mi madre. Se asustó. Se echó a llorar y me dijo: “Hija querida, tú quieres que nos muramos de pena; ¡Mira que pensar en dejarnos!… ¡Nosotros que vivimos para ti! ¡Entrar en un convento a tu edad! ¡Una niña guapa como tú y con tu dote!”.

»¿Qué podía yo hacer? ¿Es que mi madre no me quería? ¿No tenía yo acaso la obligación de quererla? ¡A mi madre!

.....

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«Ayer por la noche no pude ni seguir ni mandarte lo que ya había escrito. Hoy estoy tentada de no seguir. Me parecía que tenía muchas cosas que contarte y veo que acabo por no contarte nada. ¿Acaso no he sufrido? No, es que las causas de mis sufrimientos son todas íntimas, todas morales, y tú puedes imaginártelas mucho mejor de lo que yo pueda expresar. Además, ¿cómo puede expresarse un dolor, una alegría?

»A menudo me he preguntado si la apatía y el egoísmo y tal vez esa meliflua crueldad que los esconde no son más que una consecuencia de esas leyes que regulan la individualidad, de esa imposibilidad absoluta de comunión entre dos seres que nos tiene divididos y aislados y hace de cada individuo un centro inmutable en el gran mundo de las sensaciones. Penas, esperanzas, afectos, conflictos, todo es esencialmente individual. Diríase que de todas las leyes de la naturaleza se levanta una voz que nos grita: “Nadie puede llevar el peso de tus penas o derramar las dulzuras de sus alegrías; nadie puede añadir o quitar un átomo a tu ser: cuídate a ti mismo”.

»Creí por fin que me amaban.

»Una mañana hallé en mi balcón un ramo de ñores que alguien había echado desde la calle. En una tarjeta escondida dentro se leían las siguientes palabras: “La amo. Lodovico”. ¿Quién era este desconocido? ¿Era joven, guapo, estaba enamorado de mí? Lo ignoraba, pero era feliz, estaba loca; había un hombre que me había dicho “La amo”; esto era para mí un acontecimiento tan grande que me trastornó.

»Decidí intentar por todos los medios descubrir quién era el desconocido que me había escrito esa nota. Desde hacía unos días había observado que un joven forastero pasaba a menudo por la calle y alzaba tímidamente la mirada hasta mis ventanas; pero era tan guapo, tan rico y tan elegante que yo no me había hecho ilusiones de que pasara por mí. Por otra parte, yo le había mirado tan poco y con tanta timidez que me resultaba extraño que hubiera podido leer tantas cosas en mi alma como para decidirse a escribirme esas palabras. Me parecía una locura abandonarme a esa esperanza.

»No obstante me fui convenciendo poco a poco de que —fuera él o no el autor de esas palabras— ese extraño me amaba. Era muy fácil adivinarlo. El no pasaba más que para verme, eso era evidente. Por lo que a mí se refería, yo ya no pensaba más que en él. Ser amada por ese joven

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me parecía una felicidad tan grande que estaba asustada. Su belleza me parecía superior al ideal que me había forjado de un amante.

»Un día volvió a pasar bajo mis ventanas a caballo, me miró y me enseñó con aire de complicidad un ramito de violetas que llevaba en la mano. Por la mañana hallé esas flores en mi balcón. Dentro había otra nota en la que se leía: “¿Me ama? Lodovico”. No cabía duda. Era él y me amaba. ¡Imagínate, oh Giorgio, mi alma!

»Por aquel entonces mi primo, que era comandante y estaba en excedencia, convivía con mi familia. Era huérfano desde joven y mi padre, que le llevaba sólo unos años, le quería como a un hermano. Algunos amigos suyos y de mi padre solían reunirse en mi casa al caer la tarde; eran personas serias, maduras, a las que les gustaban las conversaciones políticas, y ni yo ni mi madre solíamos hacerles más compañía de la que imponían las buenas formas. Mi primo nos dijo un día: “¿Cómo es que no se te ve jamás? ¿Quieres estar rodeada de jóvenes? Deja que yo me ocupe de ello; te traeré un imán que te atraiga más”. Por la noche estuve a punto de desmayarme cuando le vi entrar en la sala con el desconocido que me había dedicado esas dos notas.

»Se lo presentó a mi padre como el conde Lodovico de B…, véneto y emigrado. Dijo que le había conocido hacía unos días en el gabinete de lectura; habló con entusiasmo de su ingenio, hizo referencia a las persecuciones políticas que le habían obligado a emigrar y añadió que se quedaría unos meses en nuestra ciudad y que nos honraría con sus visitas. Como más tarde supe, había sido informado por mi primo sobre mi carácter, mi posición y mi fortuna, cosa que por otra parte no había hecho nacer en mí ninguna sospecha sobre la rectitud de su conducta. Era tan simpático y tan amable que pronto se ganó a mi familia; mi primo y sus amigos no podían prescindir de él y le pedían que viniera a casa todas las tardes. Al cabo de pocos días le consideramos como una persona más de la familia.

»Es muy difícil que pueda hacerte una descripción de su carácter; aprovecho esta palabra, “carácter”, porque es la que mejor responde a mi concepto, no es que él tuviera un carácter. No tenía principios ni opiniones, se doblegaba enseguida ante los principios y las opiniones de los demás, fueran cuales fueran, y con tal vehemencia y convencimiento que nadie hubiera podido dudar de su sinceridad: pasaba de un extremo a otro con la misma facilidad y con la misma apariencia de convicciones.

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Era malvado por naturaleza, a veces amable y bueno por debilidad. No tenía en realidad dignidad personal, no se preocupaba más que de aparentarla y de hacer ver que estaba muy celoso de ella. Cualquier bajeza no le hubiera padecido humillante; ningún obstáculo moral le hubiera apartado de realizar una acción provechosa para sus intereses. Era incapaz de sentir escrúpulos. Toda su conducta no estaba subordinada más que a una sola cosa, al código; había cometido todos los atropellos que es posible cometer sin infringir la ley, mil veces en su vida había soslayado la cárcel y nunca había entrado. Decir lo que había sido su vida no es posible, ni él mismo hubiera podido. Había vagado de país en país viviendo espléndidamente de sus tejemanejes de aventurero, asumiendo un nombre aquí, otro allí, fingiendo ser un perseguido político, abriéndose mil caminos con su talento, con su valor, con su astucia; siempre con suerte, siempre felizmente embaucador.

»Su belleza debió de contribuir en buena medida a su éxito. Tenía buena estatura, estaba bien hecho, era joven, apuesto, muy rubio; su aspecto y sus modales eran refinados, tenía aire bondadoso y una dulzura extraordinaria, siempre estaba tranquilo, sereno, y daba la sensación de que sólo sabía sonreír. A estas cualidades se añadía un talento mediocre que tenía el arte de hacer pasar por un talento superior. Sabía música y escribía versos. Sus composiciones musicales y sus poesías eran una especie de salvoconducto, una especie de recomendación de la que se aprovechaba para acreditarse ante las familias que le hospedaban o iniciaban relaciones con él. No tardaba en mostrar estas dos cualidades y, sobre todo, de una manera tan natural y sencilla que nadie se atrevería a reprochar su falta de modestia.

»Mi querido amigo, te daré un consejo que te parecerá extraño, que quizá te hará sonreír pero que es muy acertado. Desconfía de quienes hacen de escribir versos su oficio, desconfía en general de los artistas y de los literatos mediocres. Durante el tiempo que viví con mi marido tuve oportunidad de conocer a muchos y jamás hallé en ningún otro grupo social hombres más mezquinos y viles. Un medio literato, un medio poeta, un medio artista, me producen horror. Tienen todas las pasiones desenfrenadas y abominables de los grandes hombres y ni una sola de sus virtudes. Como ellos, son vanidosos, orgullosos, ambiciosos y egoístas, pero carecen en cambio de cualquier cualidad que pueda atenuar sus defectos, les falta el rayo de esa bondad repentina y pasajera de los genios.

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Muchos confunden el ingenio con el corazón: nada más equivocado. Está probado que los hombres más eminentes en la vida pública fueron los más viles en la vida privada. Cristo dijo: “El Reino de los Cielos es de los sencillos”. La honestidad nunca fue ni herencia ni privilegio de la sabiduría.

»Así era en pocas palabras el hombre que se convirtió en mi marido. »Mentiría si te dijera que me casé con él sin amarle, mentiría también

si te dijera que le amé todo lo que yo podía amar. No le conocía tal cual era pero tenía como un presentimiento de su vileza, una especie de misteriosa intuición que impedía a mi alma abandonarse totalmente a la suya. Quizá mi amor me incapacitaba para comprender alguna de sus bajezas que sin embargo mi conciencia comprendía sin que yo me diera cuenta, dejando entrever al corazón una idea vaga y confusa. Por otra parte, como todas las mujeres, yo sentía hacia él la atracción prepotente e incomprensible que ejercen sobre nosotras todos los hombres de carácter violento e incluso perverso. Te habrás dado cuenta, es algo muy común. Las mujeres, aun siendo amables con los hombres buenos y pacíficos, suelen ceder ante los hombres audaces, prepotentes, dispuestos a la ofensa, ante los que desprecian a los demás y se jactan de sí mismos, es decir, ante los peores hombres. Las más ardorosas pasiones de las mujeres tuvieron casi siempre por objeto a hombres execrables. Más de una vez, al ver a una mujer joven, bella elegante y amable, me he preguntado: “¿De quién será su corazón? ¿Quién gozará de su afecto? ¿Un hombre célebre, un hombre genial? ¿Un hombre guapo? No, seguro que un necio, un vil, un pequeño monstruo”. ¡Oh querido Giorgio, somos también criaturas tristes e incoherentes!

»Mi marido no quiso ceder ante las súplicas de mis padres que le habían rogado que nos quedáramos con ellos y me llevó a Turín. Nos establecimos en aquella ciudad, donde, decía él, había tenido relaciones con hombres políticos que le ayudarían a conseguir una elevada posición y una considerable fortuna. Me fue fácil darme cuenta enseguida de que él no me quería, tan artificiosas eran las pruebas de su amor que se afanaba en darme. Y no sólo no me amaba, sino que diríase que estaba a disgusto conmigo y que forzaba su corazón y su naturaleza para no demostrármelo. Lejos de entender el objetivo de esta conducta, yo, en la inmensidad de mi dolor, se la agradecía. Sabía que no era hermosa, me imaginaba que la intimidad y la conveniencia me hacían aparecer aún más fea de lo que en

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realidad era, y que ello le suscitaba un sentimiento de rechazo hacia mí. En este caso, su disimulo era fruto de un sentimiento de delicadeza que yo no podría apreciar lo bastante; era un sacrificio que tenía que agradecerle. Durante mucho tiempo mantuve esta ilusión y me esforcé en mantenerla puesto que, sin ser amada, me gustaba pensar que lo había sido y que sólo mi fealdad le había apartado de mí, que podía seguir apreciándole. ¡Cuántas cosas atribuí a mi fealdad por esa necesidad mía de justificar su conducta!

»Al mes de nuestra boda me dijo que el gobierno austríaco había bloqueado sus rentas, por lo cual se hacía necesario exigir de mi padre una parte de mi dote; me habló de esta desgracia como de algo que siempre le atormentaría. Feliz de que esto le acercase más a mí, pedí a mis padres que pagaran una cantidad que constituía una parte importante de su fortuna. Sin embargo, este acontecimiento no pareció volverle ni más cauto ni más previsor ni más afectuoso. Es más, sus costumbres empeoraron. Solía faltar de casa durante una parte de la noche y volvía por la mañana; a menudo pasaban días enteros sin que nos viéramos; emprendía viajes breves sin avisarme siquiera: “Perdona, he tenido que salir inmediatamente, un asunto urgente…”. En pocas palabras, era evidente que él no se ocupaba para nada de mí, ni tampoco sentía esa especie de apego que nace de la convivencia y de la costumbre.

»Tenía sin embargo arrebatos de ternura, poco frecuentes pero intensos, y en esos momentos parecía dolerse consigo mismo de su frialdad y se excusaba conmigo de sus faltas. Parecía tan sincero que yo no sólo volvía a perdonarle y a quererle, sino que me afanaba en buscar en mí alguna falta para justificarle de las suyas.

»Una noche, en uno de estos momentos inefables, me confesó que había sufrido un grave revés en el juego. No se atrevía a pedir más dinero a mi padre, pero no podía dejar de pagar si no quería sentirse deshonrado. Fui feliz dándole todas mis joyas, mis mejores trajes, todo lo que yo poseía de valor para ahorrarle las consecuencias de esa pérdida. Me pagó con una semana de amor, de ternura, de detalles para volver después a las costumbres de antes.

»Pero largo sería querer relatar todas mis torturas y toda su ingratitud, todas las astucias con las que poco a poco me fue despojando de mi fortuna.

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»Un día —desde hacía tiempo estaba excitadísimo— entró súbitamente en mi cuarto con la cara descompuesta; me dijo que jamás había tenido el valor de confiármelo y que ahora era necesario, aunque demasiado tarde. De soltero había contraído unas deudas que ascendían a sumas muy cuantiosas, más de la mitad de la fortuna de mi casa. Había pensado pagarlas con los capitales que el secuestro inesperado hacía inalienables y había firmado cheques cuya falta de valor le abría las puertas de la cárcel. Prefería matarse. Y levantando una pistola hizo ademán de dispararse en la cara.

»Tú ya habrás adivinado lo que hice. Mi padre y mi madre vinieron a verme llorando. Me preguntaron si él me quería y contesté que sí; si yo era feliz y también dije que sí. Ellos se despojaron de casi toda su fortuna para que fuera feliz y viviera tranquila con él. ¡Feliz!

»Ese sacrificio que debería haberle unido aún más a mí pareció en cambio alejarle, y esto era natural puesto que no hacían falta más conjeturas sobre mí ni seguir fingiendo. Empecé entonces a comprender algo de su carácter y a intentar sustraerme a esa necesidad ineluctable de afecto que me arrastraba hacia él, pero en vano; yo no podía creerle tan mezquino y tan embustero, no podía dejar de amarle. Me había hecho casi una religión de mi amor y me empeñaba en abandonarme a él aunque sabía que no era correspondido. Se ama todo lo que nos cuesta mucho, aunque seamos reacios; y en la obstinación de un dolor o de un sacrificio hay un amargo deleite que a menudo es igual de dulce que la alegría.

»A las pocas semanas de este último acontecimiento me dijo que estaba esperando la llegada de Venecia de una prima suya, que me la iba a presentar y que iba a quedarse a almorzar con nosotros; me pidió que le pusiera buena cara. Al día siguiente me presentó a una mujer joven y hermosísima, y quiso que la besara y la tratara con la misma confianza con que él lo hacía. No sospeché nada y me alegró la compañía de esta desconocida que por un instante había llegado para interrumpir la tediosa monotonía de mi vida. Me pareció que esta mujer me trataba con afecto y que sentía un especial interés hacia mí. Al día siguiente recibí una nota suya que decía: “Tengo que hablarle de cosas que tienen que ver con su futuro, la espero en mi casa (via Borgo Nuovo, n.º 7). Que su marido no lo sepa o todo sería inútil. Si considera importante su felicidad, acuda”.

»Fui con el alma en vilo. Nada más llegar se abalanzó sobre mí abrazándome, en un acto de expansividad molesto pero sincero, y me dijo:

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“Pobre criatura, le han causado la ruina, le han engañado, traicionado… ¿No sabe? Ese hombre, su marido, no es ni el conde de B…, ni el marqués de C…, ¿qué sé yo? Se ha hecho llamar con todos los títulos posibles. No es más que un embaucador, un aventurero, una mala persona. Yo, que nunca he sido su sobrina, sé decirle que es un farsante, que tiene una mujer y dos hijos en Dalmacia, le contaré su vida y milagros. Conocí a su padre, también dálmata, empleado de la policía austríaca en Zara; conocí a su mujer, una pobre muchacha a la que engañó como a usted y que después abandonó como hará con usted. Si quiere saber todas sus canalladas, las conozco perfectamente. No se fíe, déjelo, vuelva a su casa. Sé que le ha pedido considerables sumas de dinero; él mismo me lo dijo. En breve la despojará de todo. Se pasa la vida entre las cartas y las mujeres; no tiene corazón, no crea usted que va a poder cambiarle. Se lo confesaré: yo he sido su amante. Le había dejado desde hacía tiempo cuando la semana pasada me escribió un soneto por mi santo y volvió a pisar mi casa. El mismo me habló de usted, ¡y de qué manera! ¡Si le hubiera oído! Me entraron ganas de conocerla y tanto insistí que accedió. ¡Pobre criatura!, me dio pena y me dije: ‘Le diré todo’, y le mandé esa nota. Vuelva a su casa y créame; ese hombre la matará, no es usted la persona que puede resistirle, con su salud, con su carácter. Yo me reí, no soy una mujer que se deje maltratar así, ¡pero usted! He querido decirle todas estas cosas. He hecho una buena acción y me he vengado, estoy contenta”.

»Al volver a casa le encontré bajando las escaleras.

—¿De dónde viene? —me preguntó él duramente.

—De ver a su prima —respondí yo—; me ha llamado para contarme todo lo que sabe de usted y para darme algunos consejos en este sentido.

—¡Bien! —dijo él frunciendo el ceño—, ya lo había previsto. ¡Qué necia!

—¿Nada tiene usted que decir en su favor?

—Nada. Me imagino que le habrá dicho la verdad. Venga usted a mi habitación y hablaremos. Usted ya sabe todo —dijo él—; no me importa. Esa mujer, pensándolo bien, me ha hecho un favor. Seré sincero. Me dolía seguir engañándola. Si un hombre que vende su belleza, como la vendéis todas vosotras, es un mal sujeto, entonces yo soy un pésimo sujeto… pero esto no tiene nada que ver, es una cuestión de apreciaciones. Entre usted y yo hay un contrato. Usted me ha dado su dinero y yo mi gallardía, mi juventud, mi talento. (No quiero faltarle al respeto en este momento, pero

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usted sabe, Fosca, que no es usted guapa). Estábamos iguales: bien, hemos vivido juntos once meses, nuestro intercambio iba bien. ¿Ahora este contrato ya no nos conviene? Deshagámoslo. Me parece que no hay que disgustarse por ello. Usted volverá a su casa, su padre y su madre son dos excelentes criaturas y la recibirán con los brazos abiertos. Yo volveré a vagabundear por el mundo y a distraerme. Ya… fue un error. Yo no había nacido para la vida de familia. Recuerde que debemos un semestre de alquiler de casa. Se lo advierto para que no lo olvide. Yo me voy ahora mismo. Adiós.

«Así me separé de mi marido. Al volver a mi casa hallé a mi familia casi en la pobreza. Al remordimiento de haber sacrificado su bienestar a mi egoísmo, se añadía el dolor de ver que la salud de mis padres se había deteriorado mucho por esos disgustos. Habían envejecido de repente, se habían vuelto pensativos, tristes, desconfiados. Esas dos criaturas tan sencillas, tan ingenuas, tan afectuosas, habían sufrido un desengaño demasiado grande e inesperado. Jamás habrían podido imaginar que en el mundo existieran hombres como mi marido; ello hubiera desbordado completamente el peor concepto que tenían de los hombres y era natural que estuvieran tan afectados. Tan sólo una cosa nos consolaba de aquella desgracia. Iba a ser madre. Yo tendría una finalidad en mi vida, ellos un nuevo afecto, un nuevo entretenimiento; sentíamos los tres que este acontecimiento iba a hacer que nos olvidáramos del pasado, lo considerábamos como una compensación.

»Habían pasado cinco meses desde el día de nuestra separación cuando una noche de invierno, mientras estábamos sentados al lado de la chimenea conversando, se abrió súbitamente la puerta y apareció mi marido. Estaba completamente alterado y mal vestido.

»Yo dejé escapar un grito de terror. Mi padre se le acercó temblando de ira y de emoción y le preguntó:

—¿Qué quiere?

—Vengo por mi mujer —respondió él—; no estamos separados formalmente, así que tengo todo el derecho de llevármela conmigo.

—Su mujer ha dejado de pertenecerle desde hace tiempo.

—Se equivoca, la ley me da la facultad de obligarla a seguirme.

—Ella no se moverá de aquí, salga.

—¿Me obliga a ser violento? Lo siento.

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»Se me acercó y agarrándome el brazo quiso arrastrarme hacia la puerta. Yo me resistí, resbalé y me caí golpeándome el pecho en una silla. Me dejó libre y me dijo: “¿Se ha hecho daño? Perdone, señora: no era mi intención”.

»Mi padre era anciano y no podía defenderme. Estábamos solos en casa.

—¿Quiere dinero? —le preguntó él.

—No acepto dinero de nadie, pero tengo algunos créditos sobre vuestra hija que debe usted pagarme.

—Pase usted a mi habitación.

»Al volver se asomó de nuevo a la puerta y me dijo:

—Fosca, no la he querido mal, se lo juro, no quería hacerle infeliz, pero estaba predestinado. Soy un miserable. Ahora viva tranquila, no me volverá a ver jamás.

»Y salió. Mi padre le había dado casi todo el dinero que le quedaba.

Estábamos casi en la ruina.

»La emoción y la caída acercaron el momento tan deseado. Sentía que por fin iba a ser madre. En mi mismo dolor yo era feliz. Esta nueva desgracia había acelerado el premio de todos mis sufrimientos, el consuelo y la alegría de mi vida. ¡Ay! No había previsto la mayor, la más cruel, la más horrible de todas las desgracias.

»Mi hijo vivía, pero yo no podía ser madre. También en esto la naturaleza había sido madrastra conmigo y había puesto el precio de mi vida a los placeres de mi amor. No sólo me había privado de la belleza para que no pudiera gozar nunca de las alegrías de un afecto correspondido, sino que me había hecho también deforme para que no pudiera gozar de las alegrías más puras de la maternidad, las únicas que podrían haberme salvado. Sí, oh Giorgio, un hijo me habría salvado. ¡La soledad de mis pasiones en cambio me ha perdido!

»Pero ¿para qué extenderme en este relato? Me libré casi milagrosamente de una muerte casi segura. Abandoné el lecho tras un año de enfermedad, exánime y consumida como me ves. Mi padre murió de pena; mi madre, que no había vivido más que para él, le siguió al poco tiempo. De mi marido no volví a saber nada. Me fui con mi primo que, por haberme presentado al autor de todas mis desgracias, se sentía casi responsable. Y ésta es mi historia.

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»Si pudiera decirte ahora qué vida he tenido en esta especie de aislamiento, te asombrarías. Hasta entonces yo había sido una chiquilla, no había conocido nada del mundo; mis penas, aunque grandes, estaban en cierto modo compensadas por esas ilusiones que la inexperiencia y la juventud tenían aún el poder de crearme; poseía aún el secreto de la fatua felicidad de los jóvenes; sabía esperar; ahora todo ha cambiado, todo el edificio se ha derrumbado; yo me había quedado a solas con mis pasiones, con mis enfermedades, con mis debilidades; con todas esas miserias que la naturaleza ha dado a la mujer sin la compensación de una sola de sus alegrías.

»Ya te he dicho que el amor era una de las condiciones de mi existencia, que esta necesidad era exigente e irrefrenable desde los primeros años de mi infancia; imagínate lo que era entonces y lo que puede ser ahora. Jamás volví a ser amada, y dejé de esperar serlo dado que, aunque mi fealdad no lo hubiera hecho imposible, mi corazón no podía darse a un hombre corriente. Así que todo eran contradicciones en mí, todo era lucha y antítesis: el corazón, la naturaleza, el aislamiento, las enfermedades, me empujaban al amor; la fealdad, el orgullo, las exigencias del honor, me lo impedían. Nunca un alma tuvo que combatir tan larga y tan cruel lucha. ¿He terminado ahora? ¿Acaso he vencido? ¡Sólo tú puedes responderme, oh Giorgio, sólo tú!».

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XXX.

Mientras tanto, pensando en el dolor que sentiría Fosca por un viaje mío a Milán, decidí irme a escondidas. El mismo día que ella me mandaba estas últimas páginas sobre su vida, recibía de Clara la carta siguiente:

»Te he acompañado con el pensamiento hasta ***. Son las tres de la mañana y estarás llegando en este momento. He querido acostarme enseguida, nada más dejarte, y levantarme ahora para escribirte y ver el amanecer. Digo que he querido acompañarte con el pensamiento porque estando dormida estaba segura de soñar contigo. Ahora estoy tan acostumbrada y me parece tan natural que si me pasara tan sólo una noche sin soñar contigo me asustaría.

»No te imaginas qué raro se me hace estar levantada a estas horas. ¡Qué silencio, qué recogimiento! ¡Pensar que en mi vida he estado despierta a estas horas! Es algo sencillísimo y sin embargo me llama la atención. Yo estoy viviendo ahora en un instante que había pasado miles de veces en mi existencia y en el que sin embargo nunca había vivido. Estoy contenta de poder escribirte en este momento, porque ahora estarás dormido y me da la sensación de que me perteneces más. ¡No sé lo que daría por verte dormir! Nunca he entendido por qué se siente tanto placer en ver dormir a una persona que se ama; quizá porque podemos verla, mirarla, pensar en ella libremente sin la necesidad de disimular las sensaciones que sentimos; ¿quizá la vemos desarmada, mansa, mejor?, ¿quizá lo que sucede es que en ese abandono aparente de la vida material hay una transparencia que nos deja entrever su alma? Cuando veo dormir a mi hijo estoy casi segura de ello.

»A propósito de mi hijo, he hallado la manera de hacerle pronunciar tu nombre en las oraciones que reza todas las noches. Hace unos días, pasando con él cerca de un vendedor de estampitas, vi una litografía de color rojo ladrillo y óxido de hierro que representaba a San Giorgio a caballo luchando con el dragón. El caballo y el dragón le impresionaron.

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Se la compré y le dije que ése era el santo que mataba a los dragones que matan a los niños malos, y que convenía que le mencionara todas las noches en sus oraciones. Si sus plegarias tienen un valor, Dios las tendrá en cuenta de todas maneras y yo soy feliz de oírle pronunciar tu nombre.

»Quiero ir mañana a pasear por el camino que va a Loreto, donde almorzamos anteayer. ¡Qué felices fuimos! ¡Dios mío! En realidad, yo siempre he sido feliz. De verdad, Giorgio. Nací así. Otra mujer, con mi pasado, se consideraría desgraciadísima: yo no, siento que sería injusta lamentándome. Antes de conocerte era feliz con una felicidad serena, pasiva, inconsciente, feliz como lo son los niños. Te lo digo porque esa deuda de gratitud que tengo con el cielo creo que me lo exige. Me gusta que tú, que otros lo sepan, como me gusta que se sepa una buena acción.

»¡Sabes! Hoy, en los postres, me ofrecieron unos pequeños melocotones parecidos a los que nos dieron en Loreto. ¡Imagínate, me comí un montón! ¡Qué horror! Saboreándolos y entornando los ojos tenía la sensación de seguir estando a tu lado.

»Él me dijo: “¡Demonios! ¡Tanta fruta te hará daño!”. ¡Si supiera! ¡Si hubiera podido mandarte uno! ¡Desde luego —ya te darías cuenta anteayer

— soy tan golosa como los niños, como demasiado, engullo! »Quiero mandarte las primicias de mi edad senil.

»Ayer la peinadora me dijo: “¡Oh, señora, una cana!”. “¡No es

posible!, arráncamela”. Era de verdad un pelo de plata y te lo mando para que lo veas y lo conserves como la fecha de una época.

»Esa mujer me contó que si se echa la primera cana a un lago, se transforma en una anguila, y se empeñó en defender esa idea. ¿Quieres creer que esta superstición me produce rechazo y que no tendría el valor de hacer este experimento? Pero me encantaría saber cómo y por qué este pelo se ha vuelto blanco. Es una idea que no cesa de torturarme.

»¡Si pudiese encanecer totalmente en un día! ¡Si tú, cuando vengas, me encontraras envejecida de golpe… una viejecita, toda blanca, toda arrugadita! ¡Qué feliz sería!

»Quiero que me des una llave de nuestro cuartito, quiero ir allí alguna vez mientras tú estás lejos, quiero ir allí a rezar. Y no creas que te lo digo en broma: de verdad, Giorgio, si hay un lugar donde yo siento que podría pensar en el cielo y sentirme mejor y rezar con verdadero fervor, ese lugar es ése. Está bien que haya en la tierra un lugar donde poder acordarse del cielo: allí la felicidad se nos acerca. Además, eres tú el que viene a verme

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y soy yo la que tendría que acogerte. Me gustaría competir contigo en este despliegue de detalles. ¡Ya verías tú qué orden, qué abundancia de flores, qué de dulces!

»Vuelvo a escribirte después de media hora de descanso. He estado en el balcón viendo el amanecer. ¡Qué espectáculo tan delicioso!

»No lo había visto desde hace mucho tiempo. Creo que un hombre molesto con la vida no tendría más que asistir al espectáculo de un amanecer para volverla a amar; al menos estoy bien segura de que en ese momento no tendría el valor de morir. Una cosa horrible, un refinamiento de una crueldad monstruosa es la costumbre de ajusticiar a los delincuentes al alba. Morir por la noche no debe ser tan doloroso. Pero no hablemos de esto, yo amo la vida, Giorgio, la amo en cualquier momento, soy feliz.

»He vuelto a entrar porque corre un aire fresco, estimulante y no tengo encima más que una blusa tan fina como una tela de araña. ¡Si vieras las reverencias que se hacen mis flores por las caricias de este airecillo balsámico! Hay unas hormigas con alas que no hacen sino bajar y subir por un tallo de geranio, con una furia y con una prisa inexplicables. Van, vuelven, se cruzan, se vuelven a ir, vuelven a cruzarse… ¿Qué se traen entre manos? ¿Qué preocupaciones tienen? ¿Qué objeto tiene este extraño ir y venir? La gente que va y viene por la calle a lo largo del día y que veo desde mi balcón me produce el mismo efecto.

»A menudo me río de estas preocupaciones suyas. Me pregunto: ¿esa gente ama? Todo lo demás me parece vano.

»¿Ves esta mariposilla? He querido mandártela; desde hacía una hora estaba revoloteando alrededor de mi lámpara cuando me fui al balcón. Mil veces la había apartado con la mano. Al volver me la he encontrado aquí agonizando. Ha chocado con la llamita y ha caído sobre el papel con un ala quemada. Me gustaría conocer el secreto de esta atracción que la luz ejerce sobre los insectos alados. Aman la luz y mueren por ese amor. ¡Qué sublime! Pero, en verdad… cuando se tienen alas, ¿cómo no amar la luz y el azul? ¿Te has fijado? Las mariposas son mucho mejores que nosotros. Al abrasarse, mueren.

»He recogido estas flores que te envío y que he besado una a una para que tú hagas lo mismo. No es poco lo que te mando hoy: un pelo blanco, una mariposa muerta de amor y un pequeño jardín. No te puedes quejar. También he puesto un beso mío en un punto de esta hoja que no te digo y

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que tú tienes que adivinar. En tu primera carta me dirás dónde se posaron mis labios. No te olvides. Es importante esta prueba.

«Adiós, por ahora, mi querido Giorgio. Ya es de día y no puedo ser sorprendida. ¿Me amas? ¿Dime, me amas todavía? ¿No habrás cambiado en esta eternidad de diez horas que nos separa? Yo no estoy aquí más que por ti. ¿Sabes decirme si existe algo fuera de nosotros, algo que pueda darnos placer o dolor? ¿Si acaso hay una vida fuera de nuestro afecto? ¡Cuánto te amo, Giorgio! ¡Dios mío, cuánto te amo! ¿Se puede acaso amar tanto? ¿Puede el corazón humano sentir tanto?».

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XXXI.

A los pocos días de la curación de Fosca, ya era considerado en su casa como alguien de la familia. Ella había sabido retenerme tan sabiamente a su lado, su imaginación había sido tan fecunda en pretextos con este fin, que su primo, lejos de ofenderse por ello, veía esta intimidad como algo natural y me lo agradecía como un favor. Era un hombre sencillo y débil. Aunque la fealdad y la enfermedad de Fosca hicieran imposible y casi absurda cualquier sospecha de relaciones amorosas entre nosotros, sus imprudencias habían sido tantas y tan graves que hubiera tenido que darse cuenta. En el afecto sincero y casi paterno que sentía hacia su prima, era feliz con esa especie de alivio que parecía producirle mi compañía, feliz de ese interés que yo parecía mostrar hacia sus desgracias.

Me dejaba a solas con ella en su habitación, de donde yo no solía salir más que después de la medianoche. Ni siquiera sospechaba lo que otros hubieran podido sospechar. Su confianza no conocía límites. Esa ceguera providencial que la naturaleza ha dado a los maridos y a los amantes era en él tan completa que, si yo hubiera amado a esa mujer, hubiera podido abusar de su fe con la mayor seguridad posible. No acierto a decir ahora cuánto me afligía ese abuso parcial de su confianza que debía hacer. Esta preocupación era una de las amarguras más punzantes de aquel afecto; porque, como si no hubiese bastado para torturar mi conciencia el saberlo tan leal y tan ingenuo, él me hizo algunas confidencias que me daban la medida de lo mucho que me apreciaba. Me contó toda la vida de Fosca, tal como yo la había conocido por ella, y me habló con dolor de esa inquietud que le producía el pensar en sus angustias íntimas y en su salud incurable.

—Esta espina —me decía a menudo con su lenguaje burdo, pero llano y afectuoso— es lo que no me deja tener ni siquiera una hora de paz. No hay nada tan fuera de lugar como una mujer que quiera vivir con un soldado. Llevarla aquí, llevarla allá… con sus nervios, ¡ella que no tiene más salud que un inválido! Si un soldado pudiera disponer de una casa

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propia como los demás señores, aún; pero nosotros estamos destinados a rodar de pueblo en pueblo como el judío que abofeteó al Señor. Si pensara en ello, me enfadaría con Dios Nuestro Señor. Hacernos feos y sin salud, pase; pero dejarnos solos y sin una alegría en el mundo, es demasiado. Por si fuera poco, los libros han acabado de estropearla. ¡Al diablo los libros! A mí me han gustado lo que un palo en un ojo. Usted tiene mucha paciencia con ella, se lo agradezco. Usted es un hombre de bien, un joven inteligente y su compañía le gusta. Le admiro, a su edad no tenía una pizca de su paciencia y, diré también, de su juicio. No hago más elogios porque los elogios son como el vino, emborrachan. Le aprecio y, en lo que pueda, me gustará satisfacerle. Eso es todo.

Y me estrechaba la mano calurosamente; y, mediante esa seguridad que nos daba su intimidad, reforzaba él mismo, sin saberlo, esos vínculos secretos que me ataban a Fosca.

Si tuve que traicionar la noble confianza de aquel hombre y ser ingrato con él, el cielo es testigo de la inexorable fatalidad que me arrastró a hacerlo. De todas las amarguras que me ocasionó este amor desgraciado, aquella fue sin duda la más auténtica y la más profunda.

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XXXII.

Fosca y yo vivíamos casi tan unidos como dos amantes. Si yo hubiera podido amarla, sentir de verdad lo que únicamente la piedad me inducía a fingir que sentía, ninguna mujer hubiera podido ser más feliz que ella. Porque ninguna otra hubiera sabido amar más intensamente. Incluso el afecto de Clara no era ni tan absoluto ni tan profundo; no tenía ni la fuerza, ni la intensidad, ni la continuidad ni la voluptuosa sensualidad del suyo. La naturaleza de Fosca había sido privilegiada en eso. Si el cielo le había negado la belleza, quizá lo había hecho para compensar, con el defecto de ésta, la peligrosa exuberancia de aquélla.

Además, ella pensaba, actuaba, amaba como una persona enferma. Todo era excepcional en su comportamiento, todo contradictorio; su sensibilidad era tan excesiva que sus acciones, sus afectos, sus placeres, sus temores, todo estaba subordinado a las circunstancias más variadas de la vida cotidiana. En una sola cosa era constante: en el amar y en el contradecirse, si bien en sus mismas contradicciones había algo de ordenado y coherente, y en su amor algo oscuro y mudable, que no dejaba entrever su naturaleza y su finalidad. Estaba claro que en el fondo había un carácter, pero era más fácil adivinarlo que decirlo.

Pasábamos casi todo el día juntos. Por la mañana la veía a solas como antes; al atardecer su primo pasaba algunas horas con nosotros; después salía y nos volvía a dejar a solas. A menudo Fosca guardaba cama y yo velaba a su cabecera gran parte de la noche. Era imposible rebelarse a estas exigencias, imposible alejarse de ella un instante antes de lo que era inexorablemente necesario, o dejar entrever el desasosiego que me producía este sacrificio.

Ello bastaría para provocarle una terrible crisis. Era algo que me había sucedido en los primeros días de nuestra relación, y me había quedado tan asustado que estaba dispuesto a sufrir la prueba más terrible con tal de evitarlo.

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Durante esas convulsiones suyas yo temía su muerte y me estremecía ante la idea, dado que, si ello ocurría, yo sería la causa. La costumbre me había infundido tanta resignación que yo había dejado de creer en la posibilidad de sustraerme a esa tortura. El miedo de matarla me hacía capaz de cualquier sacrificio. Ella me retenía junto a su lecho durante largas horas en las posturas más penosas: con la cabeza sobre la almohada, con las manos entrelazadas entre las suyas o con la cara vuelta hacia la luz para que pudiese verme bien. Debía cerrar los ojos, abrirlos, fingir estar durmiendo, sonreír, hablar, callar, levantarme, pasear, volverme a sentar completamente a su antojo. Una desobediencia cometida con gracia podía hacer aflorar una sonrisa en sus labios, pero un desaire podía tener consecuencias fatales. Cuando estaba muy enferma mis tormentos aumentaban. Tenía accesos de tristeza y de desesperación verdaderamente pavorosos. La piedad que yo sentía me partía el alma. A menudo sufría unas jaquecas tan terribles que la hacían casi enloquecer. Se arrancaba los cabellos y trataba de golpear la cabeza contra la pared. En medio de sus gritos y de sus espasmos no se olvidaba sin embargo de mí: me estrechaba en sus brazos con fuerza, como queriendo hallar la salvación en mi pecho, y no me liberaba hasta que cesaban sus dolores. Yo me quedaba en sus brazos, inerte, mudo, horrorizado, con los ojos cerrados para no ver su rostro, espantado ante la idea de que cualquier imprudencia mía pudiera provocar en ella esas convulsiones durante las cuales era fácil que traicionara inconscientemente nuestro secreto. En los pocos momentos de calma le leía algún libro o hablábamos de nuestro pasado; y yo mostraba gran interés por los proyectos extraños e imposibles que hacía sobre nuestro futuro. En esos momentos, solía ser razonable, buena, a menudo amable; su manera de hablar era tan agraciada, tan sencilla y las modulaciones de su voz tan dulces que, de no verla, uno podía estar encantado de su compañía.

En los ratos de bienestar que de vez en cuando le dejaba su enfermedad era alegre, vivaracha y hasta bromista. Levantada, era otra mujer. El lujo de sus trajes, sus perfumes, las flores que llenaban sus estancias parecían darle una luz más serena y rodearla de una atmósfera menos lúgubre. Aunque aquellos tocados tan ricos ponían más de relieve su fealdad, no la hacían parecer tan espantosa. En esos momentos su persona dejaba entrever un instante de vida, de juventud, de voluptuosidad que el lecho y la enfermedad ocultaban.

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Pasaba casi todo el día en su gabinete, donde no recibía a ninguna otra persona que no fuera su primo o yo. Había allí un amplio diván de color turquesa donde hacía que me sentara a su lado; me había asignado un sitio a su derecha y exigía que no me sentara en ningún otro punto del diván que no fuera ése. Viéndome siempre allí, decía ella, podía, cuando yo no estaba, sentarse en mi sitio y hacerse la ilusión de que yo estaba junto a ella. A menudo me tenía abrazado durante horas y me hacía repetir palabra por palabra unas frases afectuosas que ni mi corazón me sugería ni yo tenía la fuerza de pronunciar. Estas locuras suyas no tenían límite como no lo tenía mi resignación, dado que todo lo que hubiera representado la felicidad para un amante representaba para mí una tortura y no me atrevía a mostrárselo. Me cubría de pétalos de flores, me hacía comer capullos de rosas o probar sus medicinas, que casi siempre eran muy amargas. A veces me exigía que me sentara a la mesa para escribirle una carta de amor que a menudo me dictaba ella misma. Después de abandonarse a todas estas locuras, la embargaba una tristeza repentina, se arrodillaba, me imploraba que la perdonase y lloraba. Pasaba de un exceso al otro, de repente, sin causas aparentes y no tenía ninguna moderación ni en sus alegrías ni en sus penas.

Lo que me parecía más incomprensible de ella es que no vivía más que de café. No se sentaba a la mesa más que para estar cerca de mí y poner a prueba mi paciencia poniendo sus piececitos bajo los míos para que se los estrechase o pellizcándome las rodillas bajo el mantel. En esos momentos sabía que yo toleraría cualquier cosa y solía abusar de esta certeza.

Al atardecer teníamos la costumbre de dar un paseo en coche de caballos. La estación era aún muy calurosa y solíamos salir tras la puesta de sol. El movimiento del coche ayudaba al coronel a conciliar tan bien el sueño, y era tan feliz de saber que estaba yo allí para conversar con su prima, que se dormía nada más poner el pie en el estribo. Fosca parecía hallar mayor placer en esos apretones de mano y en esos besos que me daba a escondidas en aquellos momentos. Esa era para ella la hora más feliz del día; el saber que su primo estaba allí, que yo no me atrevería a decir nada, a oponerme a nada, hacía su atrevimiento aún más atormentado. Sus imprudencias eran innumerables.

Por lo que a mí atañe, no había instantes más tristes que aquéllos. Los caminos que recorríamos eran casi todos caminos de campo, estrechos, solitarios, que se abrían entre prados y viñedos. Era el comienzo del otoño;

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los grillos, las libélulas, las pequeñas ranas de los setos, llenaban el aire de una música dulce y melancólica. El cielo estaba casi siempre sereno y estrellado, el aire impregnado de fragancias. En esos momentos hubiera querido pensar en Clara, recogerme y abandonarme a ese pensamiento, pero no era posible. Fosca me volvía a llamar a la realidad de mi situación.

Pero ¿para qué recordar las angustias de aquellos días? Fueron unas penas tan terribles que no se pueden ni imaginar, ni decir, ni quizá soportar sin sucumbir a ellas. La prueba que yo padecí fue breve y a eso solamente debo mi salvación. Veinte días después de la convalecencia de Fosca ya no tenía ni salud, ni valor, ni esperanza de sobrevivir a tamaña desgracia.

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XXXIII.

Una cosa en especial —y la expreso aquí como la que puede dar razón del abandono en que había caído y de la desconfianza que se había adueñado de mí— contribuía a acrecentar mi dolor: la idea fija, obsesiva, horrenda, de que aquella mujer quería arrastrarme consigo a la tumba. Ella iba a morir pronto, eso era evidente. El ver cómo me abrazaba, cómo me estrechaba y se apretaba contra mí en sus espasmos, tan demacrada y consumida como estaba, era algo que cada día hacía cobrar más fuerza a esta pavorosa obsesión mía.

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XXXIV.

Además de ello, pronto me percaté de que nuestro amor ya no era un secreto y de que todo el ridículo de una situación semejante recaía sobre mí. He dicho el ridículo puesto que, para todos los que no conocían ni la historia ni la índole de Fosca, semejantes relaciones no podían ser más que tema de asombro y de risa. Es difícil que el mundo atribuya a una pasión amorosa otras causas y otros fines que los que tienen por naturaleza. Y no tan equivocadamente, puesto que, admitámoslo o no, la estima, el corazón, el sentimiento, no son más que maneras y pretextos para conducirnos al placer. El amor más elevado no tiene otro objeto que el que tiene el amor más innoble, si bien éste último va directamente hacia él y el primero recorre caminos ilusorios y oblicuos. Dar por piedad lo que se da por egoísmo es un sacrificio tan grande y tan raro que pocas personas, o nadie, pueden comprenderlo.

Fosca tenía una doncella joven y hermosa, novia de un criado de su primo. Me pareció que un día me vio dar un beso a su señora en el momento en que cruzaba un pasillo, en cuyo fondo había un espejo que reflejaba el interior de nuestro gabinete. No me equivocaba. Una noche, al bajar las escaleras, oí cómo le hablaba de mí a su novio en un cuartito al lado del descansillo.

Me paré a escuchar.

—¿Sabes? —le decía ella—, ahora estoy segura: la señora Fosca hace la corte al capitán.

—¿Qué? No me lo puedo creer si no lo veo. —Querido mío, yo lo he visto y me lo creo. —¿Qué les has visto hacer? —Darse un beso.

—¿Ella a él?

—No, él a ella.

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—¡Ah, ah! ¡Es doblemente increíble! Esa mujer haría escapar al diablo.

—A todos los diablos, ¡es horrible!

—Me gustaría verla en camisón.

—¡Qué malvado!

Y en medio de sus risas acerté a oír el beso que se dieron, como para comprobar la diferencia que había entre los suyos y los nuestros.

Me alejé profundamente herido en mi vanidad, triste, mortificado. Pero ello no era lo peor: todas las personas que iban por la casa del

coronel se habían dado cuenta; nadie se atrevía a hablar de ello, pero su comportamiento me lo aseguraba. Más de una vez sorprendí algunas miradas inteligentes y algunas sonrisas que me hirieron en lo más profundo. Se reían de mí casi abiertamente, se hablaba de ese amor como de una aberración monstruosa. La única persona que no penetraba este misterio era su primo.

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XXXV.

A estas alturas tengo la tentación de desistir de escribir estas memorias porque comprendo ahora la imposibilidad de hacerlo como requeriría la importancia de mis penas.

La palabra —esta pintura del pensamiento— no sabe reproducir más que las pasiones comunes y convencionales; reproduce los perfiles, pero no refleja ni las luces ni las sombras, no sabe mostrar ni la profundidad ni el relieve; no sabe expresar ni las grandes alegrías ni las grandes penas. Las páginas que omito aquí, porque desespero de saber expresar en verdad todo lo que he sufrido, tendrían que contener los detalles más terribles de este relato. Todo el espanto de este pasado mío estuvo en los dos meses que pasé junto a Fosca, y son imposibles de contar. Me basta señalar aquí algunas épocas para poder decir más tarde «fue ese día, fue esa hora, fue en ese instante». El tiempo borra las fechas grabadas en el tiempo, pero las que el dolor ha esculpido en el corazón de los hombres no se borran jamás.

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XXXVI.

Era el mes de noviembre. Fosca me dijo un día: «Mañana iremos a pasar un día entero en el campo. Iremos a llorar sobre las hojas que caen».

El lugar donde teníamos que ir era una granja a diez millas de la ciudad, situada en un lugar privilegiado, en las faldas de los Apeninos. Ya había ido con ella más veces y volvía de buena gana a aquel lugar, aunque la compañía de Fosca me amargaba lo bastante como para sentir casi indiferencia. Ella en cambio estaba eufórica; aquellos eran los días más felices de su vida. Si yo hubiera sido un poco más fuerte, un poco más generoso, hubiera podido y hubiera debido ser feliz con esa felicidad tan plena y tan grande de la que ella misma gozaba. Pero yo no poseía más que la virtud de la tolerancia, no sabía más que resignarme y no podía pretender más de mí mismo.

Aquel día estaba especialmente descorazonado y afligido. Había notado que mi salud se iba deteriorando visiblemente y que mi valor, mi fuerza, mi alegría, se iban desvaneciendo poco a poco con ella.

La última vez que Clara me vio se asustó y me dijo: «Pobre Giorgio, me parece que te estoy viendo como te vi la primera vez que viniste a llamar a mi puerta; estás muy triste y muy demacrado. ¿Qué te pasa?». Y no sé si la piedad que le inspiraba mi estado o sus pesares íntimos le daban un aspecto pensativo y doliente.

Desde que Fosca se había curado, había ido a ver a Clara otras dos veces y siempre la había encontrado así; ya no me parecía ella. No es que me quisiera menos, es que ya no estaba tan alegre como antes, ya no parecía ser feliz. ¿Y por qué se afanaba ahora en darme fe de su amor, en jurarme que me amaba, en preguntarme si su afecto era toda mi vida y mi felicidad?

¡Dios mío! Yo tenía dudas. Yo conocía muy bien el corazón de los hombres. Cuando el amor se va, entonces se siente la necesidad de afirmarlo. Nosotros somos más constantes que la naturaleza, más fieles,

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más concienzudos; quisiéramos aferrar en vano este amor que la Naturaleza nos arrebata. ¿Cómo, cómo seguir amando cuando el amor se ha ido, cuando nuestro corazón ha quedado desierto y el objeto de nuestro afecto carece ya de atractivo para nosotros? Podemos llorar por esta fragilidad del amor, pero no podemos detenerla: acostumbra a abandonar los corazones que han creído demasiado en él.

Yo no sospechaba que Clara hubiera dejado de amarme, no; esta duda me habría matado (o al menos, eso creía entonces), pero sentía en mi alma algo semejante al presagio de una desgracia lejana; me parecía que iba a perderla y la amaba más aún. Cosa portentosa, incomprensible para mí mismo; la amaba aún más que antes, más allá de esa medida que había juzgado extrema, más de lo que hubiera creído compatible con nuestra naturaleza mortal.

Así he sido siempre. El peligro no ha desmentido nunca esa fe que había depositado en los seres y en las cosas que me eran queridas. No, nunca los he abandonado. Cuando he visto que se me escapaban, me he abrazado a ellos para caer juntos en el abismo, para precipitarnos en una ruina común.

Pensaba en estas cosas sentado en la orilla de un arroyo, poco lejos de la granja donde había ido con el coronel y con Fosca. Tras tantas horas de persecución, por fin lograba estar solo un instante, y me refugié en aquel lugar como para esconderme. Estaba sediento de paz y de soledad. Aquel día Fosca estaba insoportable y me parecía odiosa. Durante el viaje, durante el almuerzo, durante nuestros paseos por el jardín, no se apartó de mí ni un momento. Su primo tomó un fusil y se fue a cazar palomos; ella me llevó bajo un árbol, me sentó a su lado y me habló de su amor tan larga y tan apasionadamente que tenía el alma inundada de desesperación y de tedio. Ya no sentía ninguna piedad por ella, porque me parecía que me merecía sentir más piedad por mí mismo.

Había aprovechado un momento en que ella se había alejado para huir y para ir a sentarme a la orilla del arroyo.

¡Cuánto tiempo hacía que no estaba solo en el campo sin escuchar la suave voz de la naturaleza! Era un lugar terriblemente encantador; el suelo de rocas, con torrenteras, fallas, hondonadas; el torrente corría por el fondo del barranco en un lecho de cantos rodados limpios y blanquísimos; las encinas y los castaños seculares de las orillas entrelazaban sus ramas sobre el torrente; la superficie del agua espejeaba bajo los efectos de los rayos

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del sol poniente que la convertían en hojas de oro y plata. De vez en cuando un golpe de tramontana hacía caer una lluvia de hojas que el agua arrastraba en sus remolinos o hacia la orilla; el suelo estaba cubierto de ciclámenes, de margaritas, de violetas; una alondra cantaba sobre mi cabeza, yo miraba y soñaba.

Estaba ahí, sentado desde hacía una hora, cuando, al levantar la mirada hacia lo alto de la ribera, vi a Fosca que estaba sentada mirándome. La vi y permanecí inmóvil. Se levantó, dudó un momento y después atravesó corriendo un trozo de la orilla cubierta de acacias y de espinos, me alcanzó y se dejó caer a mi lado sin hablar.

—¿Huyes de mí? —me dijo al fin tras un largo silencio.

—No, pero quería estar solo.

—¿Por qué no me avisaste?

—Temía ofenderte.

—¿Creías que iba a ser menos hiriente el no decírmelo?

—¡Dios mío! —dije yo—, ¡quieres someter mi corazón a una dura prueba!

Hizo ademán de levantarse.

Alcé los ojos en un movimiento casi involuntario y me horroricé al comprobar que tenía el rostro y las manos llenas de sangre. Al cruzar el torrente corriendo se había herido con las espinas de las acacias, se había despeinado y había hecho jirones su vestido.

—Quédate —le dije con voz conmovida asiéndole el brazo—; estás herida, sufres.

Se miró las manos sin moverse y dijo:

—No me había dado cuenta.

Le desaté un pañuelo blanco que tenía anudado al cuello y le sequé la cara; fui a mojar una punta en el agua y le lavé las heridas. Ella se dejaba sin decir palabra: miraba el torrente con los ojos muy abiertos y la mirada fija, y parecía estar absorta en una extraña meditación.

—¿Qué te pasa? —le pregunté—. ¿En qué piensas?

No me contestó.

—¿Quieres que me tire al agua? —dijo ella tras un instante de silencio. —Fosca —exclamé—, no seas tan injusta conmigo; sabes, tengo momentos de tristeza durante los cuales puedo quizá ser malo, pero tú

conoces mi corazón.

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—Y porque lo conozco quisiera liberarte del peso de mi enfermedad. ¿Acaso crees que no veo tus torturas?

Le estreché la mano sin responderle y le dije tras un instante: —Creo que tienes un concepto de mí un tanto exagerado. —Puede ser —dijo ella.

Permanecimos en silencio durante más de una hora.

Ella arrancaba convulsivamente manojos de hierbas que tiraba a la corriente, se ponía hojas sobre los rasguños y las levantaba para ver las huellas de sangre. Yo miraba el fondo del torrente sembrado de manchitas de algas que el agua peinaba a su paso. Estábamos apoyados el uno al otro, pero tan absortos en nosotros mismos, tan inmóviles, que habíamos dejado de sentir nuestro contacto.

El cencerro de una vaca que vino a pastar a la ribera nos despertó de aquel sopor. El animal nos miraba fijamente con aire de estúpido asombro; bajaba la cabeza, arrancaba un bocado de hierba y volvía a levantarla y a mirarnos. Cada movimiento de la cabeza iba acompañado por el sonido sordo y triste del cencerro que le colgaba del cuello.

Fosca me dijo:

—¿Por qué me mira así?

—No sé —respondí yo sonriendo—, también me mira a mí.

—Pero no tan fijamente. Me da pena, no sé por qué, me da mucha pena, casi me da miedo; échala, Giorgio, échala de aquí, te lo ruego.

Y se escondió el rostro entre las manos para no verla. Yo me levanté y me acerqué un poco agitando el pañuelo; se fue alejando haciendo sonar el cencerro.

—¿Crees que ese animal es más feliz que yo? —me preguntó Fosca cuando me volví a sentar junto a ella.

—Si el no tener afectos ni pasiones, el no tener conciencia del bien y del mal puede ser una fuente de Felicidad, yo creo que sí —dije—. Y en este caso, es incluso más Feliz que el más feliz de los hombres. Pero ¿qué sabemos nosotros de eso?, ¿quién puede sondear su naturaleza?

—Estaba sola y daba la sensación de que a pesar de ello estaba tranquila. ¿Acaso no se aman entre ellas?

—No como nosotros. Lo que es extraño es que el hombre tiene sólo pavor de la soledad.

—Sin embargo, tú la estabas buscando hace nada.

—Por un momento.

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—¿Por qué querías estar solo?

—Para pensar.

—¿En quién?

—¡Dios mío!… En nadie, en mí mismo, en la naturaleza. ¿No has sentido nunca la necesidad de estar sola?

—Sí, cuando sufría… para llorar.

—Bien…

—¿Querías llorar? —interrumpió ella—. ¿Y por mí?

—No —le dije con impaciencia—, Dios mío; quería estar solo, eso es todo.

Fosca agachó la cabeza con resignación, cogió una flor y me dijo al cabo de un momento:

—¿Por qué vuelven a florecer ahora las velloritas y las margaritas, las primeras flores que aparecen en primavera?

—Creo que se equivocan —dije yo—; la tibieza del otoño les hace pensar que ha vuelto abril. Hay muchas flores que caen en este mismo error. Las lilas, los rosales, los saúcos, todas las plantas tempraneras vuelven a florecer en otoño.

—Es verdad —dijo ella—, el otoño y la primavera se parecen. Es lo mismo que la juventud y la vejez. ¡Quién sabe si a los ochenta años se vuelven a vivir las pasiones de los quince!

—¡Quizá! —dije yo—; lo que sin duda es cierto es que se vuelven a tener las mismas debilidades. La vida es un arco, los extremos se parecen porque están cerca. Todos los seres vivos presentan, en el decaer y en el destruirse, los mismos fenómenos que presentaron al nacer y al desarrollarse; se muere como se empezó a vivir, como si lo que nosotros llamamos muerte no fuera más que el germen de otra vida.

—Y estas violetas blancas —dijo ella— son violetas de muerto, ¿no?

¿Por qué las flores de los muertos son todas blancas?

Me aburrían tremendamente sus preguntas. El sol se ponía en ese momento, el horizonte parecía arder y los troncos de los árboles resaltaban vigorosamente sobre aquel fondo sangriento y deslumbrante. Yo pensaba en Clara. ¡Si ella estuviera conmigo!

—No sé —dije yo—, quizá porque son las más tristes y las más frágiles.

—Regálame una flor.

—Aquí la tienes.

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Cogí una primavera amarilla y se la di. —¿Qué pájaro está cantando? —¡Dios mío! Un reyezuelo.

—¡Qué trino más suave! ¿de qué color es?

—Me parece que gris; mira, allí está, en aquella rama.

—Es el más pequeño de nuestros pájaros.

—El más pequeño.

—Dame un beso.

Me volví hacia ella y la besé fríamente. Se dio cuenta, me miró y me dijo:

—Te atormento, ¿no? Pues bien, te besaré yo sola. Me tomó una mano y se la acercó a los labios. Viendo que no le decía nada, insistió:

—¿Acaso te aburro?; ¿te hago sufrir?; ¿quieres que me vaya? Contéstame.

Yo permanecí en silencio. Llevaba todo el día agobiándome, la rabia me hacía quedar mudo y ser cruel.

—Contéstame —insistió ella con aire de súplica.

—¡Oh, déjame! —exclamé yo impacientemente—. ¡Déjame!

Ella se levantó y empezó a pasear lentamente por la ribera. No se había alejado más que unos pasos cuando oí un grito agudísimo; me volví y vi que se había desplomado presa de una de sus terribles convulsiones.

Comprendí demasiado tarde el daño que le acababa de hacer. Aquel ataque era uno de los más violentos. De allí a la granja había unos diez minutos, iba a anochecer y ella y yo estábamos solos en el fondo de aquel barranco.

La extendí en el suelo, me apresuré a llevarle agua en la palma de la mano, se la vertí en la cara, pero fue en vano. Sus gritos y sus convulsiones se habían ido calmando poco a poco, pero seguía desmayada. Me senté junto a ella esperando con una angustia mortal que volviese en sí. Pasó una media hora y ya era casi de noche. La vaca que habíamos visto antes volvió a pasar por lo alto de la ribera agitando su cencerro y se paró un momento a mirarnos. También yo sentí casi miedo de esa mirada. Aquella mujer tendida en el prado como muerta, con la ropa desgarrada, con la cara lívida y ensangrentada, en aquel momento del día, en aquella oscuridad tétrica que no era ni luz ni tinieblas, en aquel barranco profundo, bajo aquellos árboles imponentes, solos… era un cuadro tan tétrico que aún hoy me estremezco al recordarlo.

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Cuando me di cuenta de que era inútil detenerse, tomé a Fosca en mis brazos y me encaminé hacia la granja. Era tan delgada, estaba tan demacrada, que podía adivinar su esqueleto bajo los pliegues del vestido de seda, y temblaba de pensarlo. ¡Qué diferencia con las veces que había llevado así a Clara por nuestro cuartito y sentía agitarse sobre mi cuerpo sus formas llenas, elásticas, densas!

El coronel se había inquietado por nuestra ausencia y se inquietó más aún al vernos llegar de aquella forma.

Le conté que, al oír los gritos de Fosca, acudí hacia el arroyo y la encontré desmayada en el suelo; quizá en la caída se había herido la cara y las manos con las espinas.

La metieron en el coche, sin conocimiento, tal como estaba. Durante el viaje no dejó de estrechar mi mano que mantenía convulsivamente aprisionada entre las suyas.

Su primo me dijo:

—Siento que ella le haga estar en esa postura tan incómoda; pobrecita, no entiende nada, le ha confundido conmigo.

—Claro —respondí yo—, cree que está cogiendo su mano.

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XXXVII.

Al llegar a casa, empecé a sentir esa especie de ligereza y bienestar que precede la fiebre.

Me tendí en la cama, deseoso de dormir, de no volverme a despertar, dado que me sentía incapaz de aguantar el asalto de todos aquellos pensamientos que torturaban mi mente.

No tardé en adormilarme, pero pasé una noche terrible; tuve una pesadilla; un fantasma espeluznante se abalanzaba sobre mí y me aplastaba bajo su peso; sentía una angustia, un calor, una sed, una opresión inexpresables; por la mañana me desperté como aturdido, tenía la sensación de no estar bien despierto; sentía una penosa hinchazón en el corazón, me parecía que se había inflamado y que golpeaba violentamente contra las paredes de mi pecho. Como no podía levantarme, llamé al médico.

—Era algo que se podía predecir —me dijo—; le veía cómo se iba debilitando día a día y quería advertirle de ello. No lo hice porque me sentía un poco incómodo de hacerle esta confidencia y porque tenía la esperanza de que cualquier día usted hallara la manera de truncar esa relación. Ahora no puedo dejar de advertírselo. Es necesario que deje a esa mujer por encima de todo; es usted demasiado sensible.

—¿Cree que ella moriría por ello?

—No es algo fácil de prever. De todas formas, usted no haría más que anticiparle una crisis próxima, inevitable. Hágase usted cargo de que es una cuestión muy delicada; yo no puedo decirle: «Haga esto, haga lo otro». Puedo advertirle de un peligro, eso es todo; a eso se limita mi misión. La enfermedad que usted tiene se le curará en ocho días; está sano y puede con ella, puede fortalecerse; no obstante usted tiene ya dentro los gérmenes del mal; si no lo tiene en cuenta, será tarde. Enfermará usted de golpe, se consumirá sin remedio, a su edad, con su constitución, con su

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temperamento, no se puede vivir así. ¿No tiene usted ningún otro disgusto?

—No, ninguno.

Permaneció un momento en silencio y después prosiguió:

—Piense usted en ello, tiene que elegir entre su vida y la de ella, o usted o ella; éste es el dilema, yo me limito a formulárselo.

Me recetó unas medicinas y salió diciendo que volvería pronto.

Pasé todo el día con una profunda melancolía; hacía mucho viento, lloviznaba; miraba las gotas de lluvia resbalando por los cristales y las veletas de los tejados que daban vueltas rechinando. Se acercaba la noche, empezaba a oscurecer, los muebles de mi habitación iban desapareciendo en la oscuridad; el ruido de la calle se iba amortiguando y de lejos se oían repiques de campanas que me encogían el corazón. Estaba ensimismado en mis afectos y en mis penas.

Súbitamente advertí por las escaleras un ruido de pasos apresurados, después el frufrú de un vestido femenino, después oí la puerta que se abría con violencia y apareció Fosca como una visión en el fondo de la habitación, corrió hacia mí y se postró de rodillas junto a mi cama.

—¡Sufres, estás enfermo! ¡Por mi culpa! ¡Oh mi Giorgio, oh mi ángel, perdón, perdón!

Sollozaba y no podía articular otras palabras.

—Fosca —le dije—, ¿qué haces? Levántate, levántate.

—No, hasta que no me hayas perdonado.

—Nada tengo que perdonarte.

—Sí, dime que me perdonas.

—Te perdono.

—¡Oh, gracias, gracias!

Se levantó a duras penas y se desplomó con los brazos extendidos encima de mi lecho.

—Ayer te atormenté, te torturé con mis insistencias, abusé de ti. Sí, sí, no me digas que no es cierto. Sé que estás enfermo por ello, lo intuyo. ¡Oh, qué egoísta he sido, qué malvada! ¡Pobre Giorgio! Y ni siquiera quieres decirme que he sido yo la que te ha hecho enfermar. ¡Si supieras lo que he sufrido esta noche! ¡Dios mío, cuánto he sufrido! Desconocía que estuvieras enfermo; yo también estaba en cama. Lo he sabido ahora, enseguida me he sentido fuerte, me he levantado y he huido. ¡Pobre ángel!, ¡pobre ángel! ¡Oh, soy una insensata, una miserable!

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Y retorcía entre sus dedos la colcha y la mordía llorando.

—Cálmate, Fosca —le dije—, sabes que esta emoción podría ser fatal para ti; si tus ataques… si sucediera aquí… imagínate…

—Oh, no, no, es imposible, estoy sufriendo demasiado en este momento; y además, no me pertenezco, toda mi vida está en ti, no tengo ya conciencia de existir. Pero te curarás, te curarás pronto, ¿no es cierto? ¡Oh, cúrate, cúrate!

Se levantó, tiró su toquilla en un rincón y empezó a deambular por la habitación con pasos rápidos. Cogió el borde de un tapete que cubría la mesa y lo tiró al suelo con todo lo que había encima. Miró el cielo por la ventana, se acercó a una pared, apoyó la cabeza en ella y se quedó en esa actitud durante unos minutos. Yo la miraba atontado.

—No quiero que sufras tú solo —dijo de pronto—; no, no, no quiero. Miró alrededor y vio el brillo del filo de acero de un abrecartas encima

del escritorio, lo cogió y se me acercó gritando:

—Hiéreme, hiéreme: ¿dónde sufres? ¿En el pecho, en el corazón? Hiéreme aquí, en el corazón, yo también quiero mi parte de dolor, sí, yo también quiero sufrir.

Le tomé la mano y le quité el abrecartas tirándolo al suelo.

—Por lo que más quieras —exclamé—, Fosca, no te entregues a estos delirios. No estoy mal, no me pasa nada, siéntate a mi lado, en esta silla, si de verdad me quieres, si aprecias mi vida, mi felicidad, no me aflijas y no me asustes así.

No dijo nada y se sentó. La oía llorar y sollozar en la oscuridad.

—Enciende una luz —le dije.

—No, me verías y te horrorizaría. Yo te veo de todas formas. No necesito luz para verte.

—¡Dios mío! ¿Acaso es la primera vez que te veo?

—Es verdad —dijo ella con tristeza—. Bien, seré yo la que quiero verte —añadió para suavizar mi respuesta—. Se levantó, encendió la lámpara y volvió a sentarse al lado de mi cama. —¡Qué pálido estás! ¡Qué guapo! ¡Ah, por qué estás tan pálido!— Se quedó un instante mirándome como embelesada. Levantó la mirada y vio un viejo Cristo de madera colgado de la pared.

—¿Tú crees? —me preguntó.

—Un poco.

—¿Y rezas?

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—Alguna vez.

—Hubo un tiempo en el que yo también creía, yo también rezaba. Cuando tenía quince años lloraba todas las noches rezando. En el internado había un cuartito donde iba a esconderme para poder estar sola y rezar en voz alta sin que se me oyera. ¡Oh, esa época! ¡Aquella fe! Ahora todo ha terminado. Tres años hace que no rezo; pienso a menudo en el Cielo pero sin invocarlo. Hace dos meses, en los primeros días en que te conocí, en una noche que hubo una gran tormenta y no había conseguido dormir, me levanté y me asomé a la ventana. Había dejado de llover, el cielo se había despejado como por arte de magia y estaba tachonado por miles de estrellas, el aire era fresco, suave, impregnado de esa fragancia áspera que tiene la tierra mojada; entonces me acordé con más intensidad de Dios y alcé los brazos al Cielo como para pedirle misericordia de mí, de mi juventud infeliz; pero fue en vano, yo ya no sentía su voz.

—Tú no puedes no creer —le dije—, tu bondad es una fe, tu virtud es una religión, tus penas son una plegaria. ¡Cuántas personas honestas creen que son ateas porque son infelices! Diríase que su infelicidad quiere alejarlos del Cielo, y ¡no saben que son los más creyentes entre los hombres! ¿Puede la bondad no ser creyente?

—Eso es cierto —dijo ella—. ¡Oh, si aún pudiese creer! Pero por ti creeré, sabes, rezaré por ti. Me escucharán. Esta noche diré mis antiguas oraciones, las diré siempre, todos los días; mañana iré a una iglesia para rezar y llorar. —Me puso una mano bajo mi cabeza, volvió mi rostro hacia el suyo, me miró y me sonrió con los ojos rebosantes de lágrimas—. ¡Qué hermoso eres, así, enfermo! Si no sufrieras, me gustaría verte siempre así. Pasaría mi vida entera de esta manera, junto a tu lecho, mirándote. — Enredó mi pelo entre sus dedos, lo revolvió y lo esparció por la almohada, se levantó, tomó un espejito y me dijo—: Mírate.

Yo me miré y sonreí. Besó el espejo, lo dejó, y volvió a sentarse. —Ahora —dijo ella— me iré; mi primo ha salido y no ha vuelto aún;

¡si él supiera…! Bueno, ¡si lo supiera! Pero ¿qué importa? —añadió sacudiendo la cabeza y volviéndome a abrazar— Yo te adoro, Giorgio, yo te adoro. ¿Qué me importaría perder mi paz, mi reputación, ser ridícula si todo es por ti? ¿Dónde te duele? ¿La cabeza, el corazón?

—Ambos, pero más el corazón.

—También el mío está aquí, ¿ves? Siento una pena, un incendio, una cantidad de sangre… te parecerá extraño que, tan consumida como estoy,

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sufra por la mucha sangre, y sin embargo así es. Ayer estuve mejor, esos arañazos me vinieron bien. Tendrías que quitarme un poco de sangre.

Se quitó un alfiler de la cintura, me lo dio y me dijo: —Hazme una herida en una mano, házmela. —¡Pero qué locura! ¡Vaya idea!

—No, no —exclamó con impaciencia—; lo deseo, ¡te lo pido, Giorgio! Alejé mi brazo pero fue presta en asirlo, se lo acercó golpeando la mano que tenía libre sobre el alfiler y se hirió levemente; una gota de

sangre cayó sobre mi almohada.

—Ahora estoy contenta —dijo—. Me duele, me quema, estoy contenta.

—Vete, vete —le dije—, es tarde.

—Sí, me iré, volveré mañana, huiré. ¡Oh! Por favor, no sufras, no estés triste; cúrate pronto, cúrate.

Se agachó a recoger la toquilla que había pisoteado. Miró toda la habitación, los muebles, la cama, y dijo:

—¡Qué paz hay aquí dentro! ¡Qué recogimiento! ¡Qué religión! Aquí vives tú, ¡oh amado Giorgio! —Se arrodilló y quedó absorta un instante en no sé qué pensamientos; se echó el velo, se levantó y me dijo con voz firme y segura—: Sólo un beso, sólo uno y me iré enseguida.

La besé; a través de su velo vi resbalar sus lágrimas.

Tomó un trozo de mi sábana y se lo acercó a los labios; también besó un librito que había en la mesilla. Cuando estuvo cerca de la puerta, se volvió, se detuvo a los pies de la cama, se apoyó en ella con los brazos cruzados, me miró un instante y salió sin hablar.

Al día siguiente el médico me encontró mucho peor.

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XXXVIII.

Doce días después me levanté, pero el médico me dijo que tenía que hacer reposo. No salía de casa y Fosca venía a verme todos los días. Había empezado entonces a nevar. Los días eran cortos y tristones, yo pasaba las horas al lado de la chimenea, leyendo, fantaseando, atizando el fuego, mirando los gorriones que se posaban con las plumas revueltas en los aleros de los tejados, pensando en ese invierno que un año antes había pasado en mi patria, en todo similar a éste si no fuera porque ahora vivía bajo el peso de un gran dolor.

Los momentos que pasaba con Fosca eran los más tristes de esas jornadas mías. Sus contradicciones nunca habían sido tan frecuentes y tan fuertes; la variabilidad de su carácter, aunque no era su enfermedad lo que la hacía tan variable, no se había manifestado nunca tan plenamente como en aquellos días. Pasaba de un estado de profundo dolor a un estado de desmesurada alegría, de un exceso de compasión a uno de egoísmo, repentinamente, sin ningún motivo, sin pensar ni darse cuenta del daño que me hacía. Ahora que estábamos libres, solos, seguros de nosotros mismos, esos encuentros podían ser muy peligrosos. El amor de Fosca no conocía ningún recato, ningún límite. ¿Tendría su virtud la fuerza de imponérselo? Era la pregunta que yo solía hacerme estremeciéndome.

Porque tan sólo mi frialdad, mi aversión, mi repugnancia invencible, inconcebible, extremada, había tenido hasta ahora el poder de conservarnos puros. Fosca había comprendido la tácita elocuencia de ese decoro; su amor propio le imponía el no traicionar la naturaleza de sus deseos, pero bien fácil era adivinarla. ¿Y si ahora ella pasara por alto estas exigencias de su amor propio? Si se hubiera atrevido… ¿Y si me vencía la piedad?…

Era muy necesario que me decidiera a no verla más a solas, a no verla más que de vez en cuando. Además de los peligros de estas visitas suyas, además de la tremenda obsesión que se había adueñado de mí y de la que

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ya he hablado —que ella quería arrastrarme consigo a la tumba; y veía cómo se iba acercando el momento, cómo iba decayendo míseramente día a día—, se me había metido en la cabeza que el terror que me infundían sus ataques nerviosos, el estar cerca de ella continuamente, el contacto, lo morboso que había en ella, más tarde o más temprano iban a desencadenar en mí la misma enfermedad. Había momentos en que sentía que se me agolpaba toda la sangre en la cabeza, un violento estremecimiento recorría todo mi cuerpo, sentía una terrible opresión en el pecho y no podía aliviarme más que rompiendo a llorar y gritando. ¿Qué era aquello? ¿Iba yo a heredar de ella este mal? ¿Acaso era ése el premio que iba a recibir por mi piedad?

Seguía viviendo en semejantes angustias, no me resignaba, no me mostraba abiertamente intolerante, estaba inerte, me sentía demasiado débil como para huir de aquella mujer y demasiado celoso de mi felicidad como para sabérsela sacrificar enteramente.

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XXXIX.

No sé lo que hubiera durado aquel estado de indecisión si no hubiera sido porque la noticia de un grave peligro vino a salvarme.

—¿Qué decisión ha tomado? —me preguntó el médico.

—Ya sabe, ninguna, no tengo fuerzas para tomar ninguna resolución.

—Sin embargo, es conveniente que se decida.

—¿A qué?

—A lo que mejor le parezca. Yo le explicaré ahora con detalle cuál es su situación y cuál es la de ella. Usted sabrá echarse sus cuentas.

—¿Mi situación?

—Es mucho más triste de lo que piensa. Supongo que en este amor no ha habido hasta ahora nada culpable, es más, estoy seguro de ello…

—Nada, nada —le dije.

—No me ocultará sin embargo que ha empezado usted a temer por la virtud de ella y por su propia debilidad.

—Es más, creo que ya le hablé de ello.

—Y a temer muy seriamente.

—Sí, muy seriamente, las circunstancias…

—Sí, son las circunstancias —añadió él— las que crean para ambos un peligro del que desconocen el alcance. Si no le he hablado antes es porque sabía que entonces era inútil; la dificultad de veros libremente era una garantía de vuestra virtud, para usted lo era su fealdad. Podía estar tranquilo —lo estuve hasta que guardó usted cama—, pero ahora es otra cosa y sé que ella podría abusar de su condescendencia. Cuídese. Necesito contarle algo.

—Me tiene usted con el alma en vilo.

—Sepa usted que el amor sería fatal para esa mujer; un error la mataría. Su sensibilidad es tan extraordinaria, su irritabilidad tan grande… no le diré más, usted ya me comprende. Se trata de una enfermedad muy común, pero excepcional por su desarrollo, de una enfermedad pavorosa.

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—Dios mío —le dije—, ¿y ella lo sabe?

—Sí.

—Entonces, ella misma…

—Más bien ella misma podría desencadenar este peligro. Usted la conoce, tenga usted cuidado de que el sacrificio que ella parece hacer de su vida no exalte su imaginación hasta hacerle pensar que es algo sublime. Su vida va a terminar y lo sabe; ella puede bromear con su vida impunemente, pero, por lo que a usted concierne, es otra cosa. Por otra parte, no ignore que el amor no está en el corazón; no se haga ilusiones, esa mujer no sacrificaría su existencia ni a usted ni a su afecto, no la sacrificaría más que por su felicidad. Ella —prosiguió el médico— estaba mucho menos enferma cuando le conoció. Su proximidad, su condescendencia, le han sido fatales. De ahora en adelante lo serían cada vez más. Convénzase de una cosa, y es que usted la mataría de cualquier forma: o queriéndola hacer feliz o soportándola como ha hecho hasta ahora. La única salida es abandonarla.

—¿Pero cómo? —le dije—, ¿cómo abandonarla?

—¡Demonio! Me imagino que no será tan imposible —respondió él sonriendo—. Venga, ánimo. ¿Quiere usted arruinarse? ¡Qué se cree usted! Ha adelgazado mucho, tiene una fiebre recurrente que me asusta. Yo no compadezco a esa mujer menos que usted, admiro su generosidad y le felicito; pero sacrificarse así es una necedad; lo primero es el deber que tiene usted hacia sí mismo. Yo me ocuparé de que le den un permiso con el pretexto de que su enfermedad así lo exige. Dentro de dos días podrá usted marcharse. Le tendré informado de todo. Veremos lo que se puede hacer, nos dejaremos aconsejar por los acontecimientos. ¿Está de acuerdo?

—Con toda mi alma —le respondí.

Y dos días después fui a despedirme del coronel y le dije:

—Vengo a saludarle a la oficina porque no iba a tener tiempo de ir a su casa esta tarde; es tarde y tengo que preparar mi viaje; discúlpeme ante su prima, saldré mañana al amanecer.

—¡Vaya! —exclamó el coronel—, siento que nos deje así, pero por otro lado… cuando se trata de dejar una tierra de tártaros, de pieles rojas… lo entiendo.

Y me estrechó la mano con una reciedumbre llena de afecto. ¡Cómo me dolía engañar a aquel hombre!

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XL.

Aquella noche no dormí; me pasé unas seis horas adormilado en un sillón al lado de la chimenea, con los pies cruzados sobre la pantalla, pensando y fantaseando a la luz de la llama del hogar. Los más dulces y los más tristes pensamientos se sucedían sin tregua en mi mente, chocaban y se entremezclaban sin dejarme un instante de paz. ¿Estaba yo actuando humanamente al abandonar a Fosca de esa manera? ¿Era leal, era honesto el huir así de ella, el engañarla de esa forma? ¿Era, sobre todo, prudente? Nada de eso; ni yo podía poner paz en mi conciencia, ni estar seguro de que esta decisión no fuera a comprometer nuestro secreto. Quizá al saber la noticia, ella revelaría en uno de sus ataques las causas de mi fuga. Quizá su primo… Y además ella sufriría, sufriría enormemente, ¡incluso podría morir! De todas formas, aunque nada de eso ocurriera, yo podía desde luego estar seguro de que aquella mujer me iba a despreciar y con razón. Esta suposición era sin embargo la menos triste que podía hacer.

Pero por otro lado ¡cuántas consideraciones podían disculparme! Mi salud, los deberes que yo tenía hacia Clara, mi creciente repugnancia hacia Fosca, la imposibilidad de separarnos de una manera menos violenta, esa especie de influencia decisiva que el médico había tenido en mi voluntad, todo ello debía tener algún peso en el riguroso examen que iba a hacer de mi conducta.

—Y, además, ¡qué compensaciones! ¡Huiría de las persecuciones de Fosca, no la vería más, recuperaría mi salud y mi alegría, volvería a ver a Clara, pasaría cuarenta días junto a ella, cuarenta días!

Ello era más que suficiente para reconfortarme de estos escrúpulos y de estos temores. La idea de volver a abrazar a Clara fue lo que me mantuvo despierto e inmerso en mis fantasías hasta por la mañana. Cada vez que la imagen de Fosca venía a situarse ante mí, la de Clara se alzaba entre los dos para ocultármela.

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Me desperecé al oír dar las horas en la torre de la plaza. Eran las seis y había que irse. El fuego se había apagado, yo estaba rígido y agarrotado por aquella larga permanencia en el sillón. Salí de aquella habitación con una especie de agitación trepidante pero dulce: por doquier, junto al lecho, en el diván, en los huecos de las ventanas, en todas las esquinas de la habitación me parecía ver a Fosca mirándome inexorable y amenazante.

Bajé a la calle, soplaba un viento helado y cortante; los faroles estaban aún encendidos, empezaba a hacerse de día, el cielo estaba gris y nublado. Algunos conductores de coches públicos dormían en su interior envueltos en sus capotes. Desperté a uno de ellos, entré en el coche y pedí que me llevara a la estación. Llegué un poco pronto, pero no importaba. Esperé una media hora paseando por la sala, hablando y sonriendo para mis adentros. Sobre el quicio de una puerta volví a leer las fechas de las excursiones que hasta entonces había hecho a Milán y que había tenido el cuidado de anotar todas las veces a lápiz. En total eran cinco; añadí esta última: Giorgio y Clara, 19 de diciembre de 1863.

Estas fechas seguían existiendo hace cuatro meses. El tiempo, que ha destruido mis afectos, aún no había borrado sus huellas. Saliendo por la escalera para entrar en el coche, me di cuenta de que había empezado a lloviznar. Me senté en un borde del asiento cerca de la ventanilla para mirar la campiña nevada; mis escrúpulos se habían desvanecido totalmente y me sentía alegre y feliz como un niño. Dentro de seis horas estaría en los brazos de Clara. Íbamos a salir cuando oí que se abría la puerta y que entraba apresuradamente otro viajero. Me volví y quedé casi petrificado: era Fosca.

Vino a sentarse junto a mí sin articular palabra. Su cabello estaba revuelto, sus facciones horriblemente alteradas, la palidez de su rostro era cadavérica. Las miradas de todos los pasajeros se dirigieron hacia ella con un aire mezcla de compasión, de temor y de sorpresa. Yo mismo no la había visto jamás con un aspecto tan terrible. Si la sorpresa, si el terror no me hubieran paralizado, todavía hubiera estado a tiempo de bajar con ella del coche pero, nada más ocurrírseme la idea, se puso en marcha el tren. Renuncio a describir el dolor de aquella situación cruel. Ahora el secreto de nuestra intimidad quedaba al descubierto; además, ella había abandonado la casa para seguirme. Si hasta aquel día yo había experimentado su dulzura, ahora me tocaba experimentar su cólera: podía leer en sus ojos un desdén reprimido a la fuerza, una firmeza de propósitos

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que jamás había supuesto en su carácter; se había sentado junto a mí como para asegurarse que no iba a escapar. No me miraba, ni parecía pedir ninguna explicación por mi conducta. Por otra parte, su voz era tan débil que el traqueteo del tren me hubiera impedido oírla.

Opté por el único remedio que me era posible aceptar en ese momento.

En la primera estación que encontramos me levanté y le dije:

—Bajemos, nos pararemos aquí, esperaremos el primer tren que vuelva y hablaremos.

Me obedeció sin rechistar.

El pueblo donde nos paramos era una aldea de pocas casas y estaba a diez minutos andando de la estación. El tren iba a pasar seis horas después, se hacía necesario esperar en un lugar a cubierto y caliente; no había coches, seguía lloviendo y había que recorrer a pie el trecho de carretera que nos separaba del pueblo.

Di mi brazo a Fosca, que lo aceptó y se apoyó en él como si estuviera a punto de desmayarse. La tapé con mi capa. La calle era un barrizal lleno de charcos, y nos íbamos hundiendo hasta los tobillos; todo el campo estaba nevado; había muchas bandadas de cuervos en los árboles y saltaban de rama en rama sin posarse jamás. Caminábamos en silencio, yo le daba el brazo a Fosca y sentía cómo temblaba por la emoción y el frío. Sólo una voluntad férrea le podía dar esa fuerza.

Nada más llegar al pueblo vimos una casa en cuya puerta había pintada una corona de hiedra y en medio de ella una botella y un vaso unidos por una pincelada de minio a modo de chorro de vino; diríase que el chorro salía del vaso para verterse en la botella, que era más pequeña. Entramos en aquella taberna. Era una habitación a ras de suelo llena de carreteros que blasfemaban, bebían y fumaban de pie como si se fueran a marchar. Cerca de las paredes había dispuestas una serie de mesas negras, mugrientas, que parecían rezumar aceite; un olor nauseabundo a cerrado, a licores, a humo de tabaco malo, impregnaba aquel ambiente hasta hacerlo irrespirable. Mientras los carreteros nos miraban asombrados y se cruzaban miradas entre ellos sonriendo con complicidad —ni siquiera yo podía dejar de notar el contraste que la tez cadavérica de Fosca formaba con sus caras rubicundas, redondas, morenas—, le pedí a la tabernera si podíamos disponer de una habitación apartada y encender fuego.

—No hay más habitación que ésta —dijo ella—, pero para ustedes, señores, si quieren, les pongo a su disposición la mía.

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Subimos por una escalera de madera a una habitación enorme, con una amplia chimenea donde no tardó en encenderse una gran fogata. Ofrecí una silla a Fosca que se dejó caer derrengada; tomé otra para mí y me senté frente a ella al otro lado de la chimenea.

Estábamos solos y como era imposible evitar una explicación, creí que lo mejor era que la provocara yo mismo cuanto antes.

—¡He aquí —dije yo—, Fosca, a lo que nos han llevado sus locuras! Ella levantó la mirada lentamente, casi con cansancio; me miró y la

volvió a bajar sin contestar.

—Espero —proseguí yo— que me dirá qué fin tiene el perseguirme, cuáles son sus proyectos, cuál es el comportamiento que tendrá hacia su primo cuando se dé cuenta de nuestra fuga, si es que ya no lo sabe.

—Cualesquiera que sean las consecuencias de esta decisión mía —dijo ella pausadamente—, usted no tendrá que cargar con ellas en modo alguno.

—Sin embargo, me parece que en este mismo momento… Usted sabe que yo tengo un permiso de cuarenta días, que iba a disfrutar ahora de él para recuperar en parte esa salud que me he estropeado por usted y que esta imprudencia suya me obligará a renunciar a ello.

—¿Por qué? Usted puede proseguir su viaje; si en este momento se encuentra aquí y si yo estoy con usted es porque me ha invitado a venir.

—Fosca —dije yo acaloradamente—, espero que no quiera usted ser tan cruel de reírse incluso de mi delicadeza. Las razones que me da no tienen más lógica que las de un niño. Es usted demasiado inteligente como para no darse cuenta.

—No —repondió ella tajantemente—, no, está usted en un error. Yo estoy decidida a dejarle seguir su camino, a no interponerme entre usted y su felicidad. Sólo anoche supe su decisión; era demasiado tarde para que yo pudiera salir de casa; he venido esta mañana y ya se había ido usted; si le hubiera encontrado, le hubiera hablado de cuáles eran mis proyectos. He llegado aún a tiempo de verle y de seguirle, seguirle sin hablarle, sin pedirle nada, sin pretender nada de usted; me imagino que no me negará usted este derecho. Tengo algo de dinero y le seguiré adonde vaya: nadie me impedirá que yo viva en la misma ciudad, en la misma casa, sin perderle de vista ni un instante. Si no me hubiera invitado a bajar, le habría acompañado como una extraña hasta Milán. Por lo que se refiere a mi primo, no se preocupe, le he informado de este amor mío, le he confesado

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cómo yo misma le he atado a usted con mi insistencia, cómo se ha tenido usted que sacrificar por esta pasión y decidirse a abandonarme mediante un engaño. Le he dicho que es honesto, bueno, leal, que su mayor dolor era el de traicionar su confianza (creo que he adivinado un sentimiento suyo); puede estar tranquilo al respecto.

—¿Y cree usted que con ello me ha eximido de toda la responsabilidad que me han creado sus locuras?

—Es la segunda vez que usa usted esta palabra: «locuras». Creía que al menos de mi corazón no dudaría, que respetaría su dolor.

—Pero ¿qué pretende usted de mí?

—Nada.

—¿Por qué me ha seguido?

—Ya se lo he dicho.

—Pero yo no la amo, se tiene que dar cuenta.

—No importa, le amo yo.

—¿No ha pensado a dónde la llevará esta obstinación?

—No puedo concebir más pensamiento que el que tiende hacia usted. —Su salud impedirá que me siga, no tendrá fuerza de llegar hasta

Milán.

—Bien, moriré por el camino.

—Usted cree que con ello se hace amar, admirar; su vanidad tiene en esta decisión una parte mayor que su corazón; desengáñese: mi estimación, mi afecto no cobran fuerza por esta falsa constancia.

—Me conoce muy mal —dijo ella—. Yo no creí en su amor cuando afirmaba usted que me amaba. ¿Cómo voy a aspirar a aumentarlo ahora que huye de mí? Nunca he pretendido más que hacerme ilusiones. Soy yo la que le he amado, la que le ama, la que quiere amarle. Es un compromiso que he contraído con mi conciencia. Quiero que me crea, le obligaré a que me crea. Me he dado a usted, he decidido morir por usted. Necesitaba un fin en mi vida, lo he hallado, lo perseguiré. No importa que no me ame, puede incluso odiarme, da lo mismo; es más, preferiré su odio a su indiferencia: de lo que quiero asegurarme es de su recuerdo; quiero obligarle a acordarse de mí; cuando le haya aplastado bajo el peso de mi ternura, cuando le haya seguido siempre y por doquier como si fuera su sombra, cuando muera por usted, entonces ya no podrá olvidarme. Por eso le he seguido.

—Pero es una aberración —le dije.

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—Quizá, pero no importa.

—Una aberración inútil…

—No creo, le conozco.

—Por lo menos cruel.

—Sí.

—¿Sabe lo que sufriré por ello?

—Sí.

—¿Cómo puede conciliar estos dos sentimientos tan dispares: el amor que dice usted sentir por mí y el deseo de hacerme sufrir?

—No deseo hacerle sufrir. Yo quisiera hacerle feliz si pudiera; pero mi amor es mucho mayor que los sufrimientos que puede causarle.

—No la entiendo, todo en usted es contradictorio.

—Sí —exclamó ella con ímpetu—, una horrible, una terrible contradicción.

Callamos ambos durante un momento.

—No obstante tiene usted un medio —añadió ella pausadamente y sin apartar la mirada de la llama— de sustraerse a mis amenazas.

—¿Cuál?

—Máteme.

—¿Matarla? ¡Qué insensatez! Pero usted sabe que no se mata a alguien impunemente y sin motivo alguno. Si me hubiera dicho usted esto a los quince años, habría encontrado en ello una pizca de novedad, de conmoción, de romanticismo, ¡pero ahora! ¿Y por qué habría de matarla? ¿Porque no puedo amarla? ¿Qué culpa tengo yo si mi corazón no puede hacer nada por usted?

—¡Su corazón! —dijo ella—, no apele a su corazón. Conozco esta hipocresía de las pasiones, la he experimentado. El corazón no es el amor. Si mi rostro fuera menos feo, si hubiera podido corregir los rasgos de mi nariz, de mi boca, de mi frente, si tuviera las formas de una ínfima mujer del vulgo, usted mismo, usted me adoraría. La amistad es bondad pero el amor no es más que belleza.

—Como quiera —dije—. Razón de más para que cese de perseguirme tan cruelmente. ¿Acaso puedo yo imponerme una simpatía cuyos medios de inspiración le han sido negados por la naturaleza? ¿Tengo yo que sufrir las consecuencias de la que fatalmente le he inspirado? ¿Qué puedo hacer por usted además de lo que ya he hecho? Le he dedicado cuatro meses de mi juventud, me he sacrificado totalmente a sus caprichos, a sus

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pretensiones, a sus nervios. He tenido la fuerza de fingir un afecto que estaba muy lejos de sentir, he tenido la delicadeza de disimular con todos los artificios posibles mi rechazo. He resistido hasta que he podido; cuando he visto que mi salud estaba destrozada y que no podía liberarme de usted más que huyendo, he decidido, aunque con repugnancia, el utilizar esta astucia. Un santo no hubiera actuado de otra forma. ¿Y ahora qué quiere usted de mí? ¿Qué más exige? He sentido un gran interés hacia usted, la he compadecido, la he estimado. ¿Va a obligarme ahora a hablarle duramente, a acallar incluso mi piedad? Usted me desconoce y es una ingrata y una desalmada. Si me amara, me dejaría en paz. ¿Pretende que le sacrifique mi vida? Es imposible. Cuatro meses de tormentos semejantes son una eternidad; un amor feliz no podría durar más. Usted lo sabe, usted no puede disimularlo: ¡yo no puedo amarla, no puedo amarla!

—¡Oh, tú me amarás —exclamó ella con una voz terrible—, tú me amarás!

Se incorporó y me miró con aire resuelto y amenazante. Me quedé paralizado por la sorpresa y el miedo. Estaba acostumbrado a temer a esa mujer y estaba asombrado de la osadía que había puesto en mis palabras. ¿Cómo me atrevía a tanto? Comprendía que ella actuaba ahora siguiendo uno de sus ímpetus, uno de los cambios repentinos tan frecuentes en su carácter y que era imposible llevar una discusión seria y tranquila.

—¡Fosca!… —le dije con voz afectuosa, y me sentí invadido por una repentina angustia y no pude seguir.

Ella se llevó las manos a la frente, se la apretó hasta grabar las huellas de sus dedos, levantó los ojos al cielo y se retorció las manos gritando:

—¡Ah! ¡Estoy desesperada, estoy desesperada!

Miró a su alrededor aterrorizada, se fijó en la ventana, dudó un momento y se lanzó hacia ella impetuosamente.

—¡Adiós, Giorgio, adiós! ¡No me volverás a ver!

La alcancé antes de que hubiese logrado abrirla y la arrastré con fuerza hasta la silla. Sollozaba convulsivamente sin llorar. La abracé y la estreché contra mi pecho con ternura.

—Siéntate, siéntate —le dije yo—, no te desesperes así, haré todo lo que quieras. ¡Estás temblando, estás pálida!

—Tengo frío.

La tapé con mi capa y aticé el fuego.

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—Tus pies están mojados, tus ropas empapadas de agua; acércate a la llama, así. Serénate, tranquilízate. No soy malo, lo sabes, no te haré daño, te obedeceré, pero no me asustes con tus impulsos. ¡Apiádate tú también de mí!

Volví a sentarme y me escondí la cara entre las manos para ocultar unas lágrimas que su piedad, que mi triste suerte, habían hecho brotar en mis ojos.

Estuvimos unos instantes en silencio. Fosca se dio cuenta de que yo estaba llorando.

—Estás llorando —me dijo—. ¡Oh Dios mío!

Se dejó caer en la silla y me tendió los brazos suplicante.

—No llores, no llores. Soy una egoísta, una miserable. Ya sé que te hago infeliz y que no tengo la fuerza de renunciar a ti, no puedo, ésta es la mayor desgracia… ¡Oh, perdóname, perdóname! ¡Si pudieras ver dentro de mi alma! ¡Si supieras cómo te amo, la falta que me haces! Haz lo que quieras de mí, seré tu sierva, tu esclava, pero no me rehúyas, no me abandones. No podría estar cuarenta días sin verte, sería imposible, moriría desesperada. Vuelve, vuelve. Ya ves. Moriré pronto; siento la muerte dentro de mí; sólo un instante y serás libre. Eres joven, eres hermoso, tienes salud, talento, la vida te sonríe, el mundo es tuyo, la felicidad que te espera es larga; sacrifícate un momento más por mí; cuando muera, considerarás esta desgracia como un instante de amargura en las largas horas de felicidad de que gozarás; quizá me recuerdes con unas lágrimas. No me hables de deberes, de razón, yo ya no tengo razón, no tengo ya la conciencia de los deberes; no me exijas lo que ya no es posible conseguir de mí; te amo, eso es todo lo que sé decirte. Ten caridad. ¿Volverás? Dime que volverás.

Se arrastró hasta mí y puso la cabeza entre mis rodillas.

—Sí —le dije—, sí, volveremos juntos, pero mañana tengo que volver a salir, no puedo dejar de ir por lo menos dos días a Milán.

—¡Ah! —exclamó ella—. Bien, no importa. No quiero ser feliz yo sola. Tendré la fuerza de resistir. Pero no te quedarás más, ¿verdad? Prométemelo.

—Sí —dije yo—, te lo prometo.

—Júralo.

—Lo juro. Pero ¿podré verte en tu casa? Tu primo…

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—Espero que no haya visto mi carta, que no sepa nada. Yo la he dejado en mi mesa de trabajo. Desde que no guardo cama no suele venir a mi habitación. Sabes que no sale de la oficina más que para el almuerzo. Antes de esa hora, ya habremos llegado. Mi doncella sabe algo y está avisada, no dirá nada. Hoy veré al médico y le informaré de cualquier contratiempo; le diré que vaya a informarte.

Omito el resto de este triste diálogo. Llamé a un coche y volví a llevar a Fosca a la estación. El frío, el cansancio, el dolor, habían acabado con sus fuerzas y casi tuve que levantarla en volandas para que subiera los dos estribos del coche. Se me sentó de frente; quiso estrechar mis manos entre las suyas, acercarme la cara, besarme de vez en cuando como si estuviéramos a solas. Cuanto más había sufrido, más afectuosa estaba; el miedo, la agitación, las tensiones de esa mañana la habían dejado exhausta; había dejado de tener conciencia de nuestra situación y desfallecía en mis brazos sin recato.

¿Quiénes éramos nosotros? ¿Qué relaciones tenían dos seres tan distintos? ¿Aquella mujer tan monstruosa, tan horrenda, tan enferma podía ser la amante de aquel hombre? Tales preguntas leía yo en las atónitas miradas de nuestros compañeros de viaje.

¡Toda la vida recordaré aquel día!

Por la tarde me sentí un tanto reconfortado al recibir esta nota del médico: «He tenido conocimiento por ella de lo que ha sucedido hoy y le escribo por indicación suya; tranquilícese, el asunto no tuvo ninguna consecuencia, su primo lo ignora todo. Sé que tiene intención de volver a salir mañana y que ha prometido regresar en dos días. Mañana vendré a hablarle y a aconsejarle al respecto».

Pero ¿qué más consejos podía darme?

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XLI.

Pocos minutos antes de que yo me fuera, el médico vino a verme.

Entró en la habitación sonriente con aire de querer burlarse de mi derrota. Me habría ofendido su comportamiento de no saber que estaba sinceramente interesado en mis avatares y de no haber estado seguro de que venía para sugerirme algún otro remedio.

—Conque —me dijo sentándose— ya está usted de vuelta. No me imaginaba que iba a verle tan pronto por aquí. ¿Pasó miedo? ¡Se ha dejado llevar como un cordero!

—Usted conoce a esta mujer —respondí yo—, no creerá que es posible comportarse de otra forma.

—Ya lo sé, pero la cosa en sí tiene su gracia. No se ofenda si me río a mi pesar. Me imagino que esto de ir a Milán dos días no será más que un pretexto y que su partida será definitiva.

—No, le he prometido volver.

—Tiene que olvidarlo.

—Le he dado mi palabra de honor.

—Muy mal, tiene que olvidarla también.

—No es posible.

—Como quiera. No quiero exponerle aquí mis teorías sobre el honor, pero me limito a hacerle una pregunta: ¿qué piensa usted hacer?

—Lo que ya es inevitable. Volver, justificar con cualquier pretexto mi renuncia a la licencia y permanecer junto a ella hasta que no vea la posibilidad de hacer otra cosa.

—Deme su muñeca —dijo él; y frunció el ceño tomándome el pulso—. ¿Le ha bajado la tos?

—No, ha aumentado.

—¿Duerme bien?

—Poco.

—¿Un sueño agitado?

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—Muy agitado.

—¿Tiene pesadillas?

—Horribles.

—Dentro de dos días le destinarán a usted a Milán —dijo él tranquilamente—. Está usted muy mal, necesita cambiar de aires, esta atmósfera acaba con usted.

—¡A Milán! ¿Dentro de dos días?

—Sí, yo me encargo. El cambio de aires le vendrá bien. Haré que le anulen su permiso y que le destinen allí, así su regreso será inevitable. Ella lo comprenderá, no podrá oponerse. Le diré que fui yo quien le obligué a su pesar.

—Pero piensa…

—¿En qué? —interrumpió él bruscamente—. Yo pienso en su bien, ya que usted no tiene ni una pizca de juicio y deja que sus amigos piensen por usted. Después de todas las locuras que ha hecho por usted, después de la locura de ayer, la salud de esa mujer ha empeorado hasta tal punto que no le quedan más de dos meses de vida y otros dos meses de permanencia junto a ella bastarían para dar a esta lenta inflamación que le está devorando un desarrollo que haría imposible detenerla. Piense lo que quiera de esta mediación mía que le obligo a soportar; yo tengo conciencia de estar cumpliendo con una obligación. Me lo agradecerá usted más adelante.

Y salió antes de que pudiera reaccionar para encontrar argumentos a favor o en contra de este proyecto.

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XLII.

Quisiera silenciar aquí los últimos días que pasé con Clara en Milán; no quisiera evocar de las oscuras profundidades de mis memorias más que las penas, puesto que evocar las alegrías es tarea ardua y difícil —¡mi corazón ya no conoce el camino de las alegrías, ha olvidado su lenguaje!—. Pero ¿cómo dejar de evocar estos últimos rayos de felicidad que han alegrado nuestra existencia? Los primeros placeres no son menos dulces que los últimos, pero no se recuerdan con la misma conmoción. Entonces se esperaban otros y más frecuentes y mayores; la juventud, la suerte eran nuestras; había aún mucho tiempo por delante para saciarse, ¡pero ahora…!, son las últimas alegrías las que se rememoran durante toda la vida, las que se graban en el corazón con la misma supersticiosa religión con que se graba el recuerdo de un difunto. No son los placeres que comienzan los que se lloran, son los que terminan.

En una naturaleza donde todo muere, donde todo se nos escapa, las cosas más queridas son las que hemos perdido. La fortuna hace que nos parezcan más queridos los objetos que nos quita que los que nos regala, y quizá sea esto lo que nos va reconciliando lentamente con la idea de la destrucción y de la muerte. ¡Qué tristes las cosas de las que exclamamos: son las últimas! A menudo he visto salir el sol con alegría pero a veces se me ha encogido el corazón y he extendido los brazos hacia él en la hora melancólica del crepúsculo.

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XLIII.

He aquí lo que escribí entonces en mi diario:

«23 de diciembre de 1863. Grabo esta fecha y estas memorias dos horas antes de salir de Milán. Clara me acaba de dejar; tengo el corazón henchido de lágrimas y me gustaría llorar como un niño. ¿Por qué? No sé decirlo. Quizá es un deseo puramente físico. Después de los veinte años las lágrimas vuelven a caer sobre el corazón y se agolpan allí. Creo que a menudo morimos a causa de estas lágrimas que no logran encontrar una salida. ¿Por qué se deja de llorar tras los veinte años?

»Ayer llegué, pasé todo el día con ella, aquí, solos, contentos, pero no tanto como hace un tiempo… ¿Me amará ella menos? No, ella parece amarme más seriamente. Temo haber adivinado el terrible secreto que se empeña en ocultarme. Clara no es feliz.

»¿Por qué lloró anoche al dejarme? ¿Ella, que jamás ha llorado? También sabía que hoy iba a volverme a abrazar. Nunca había saboreado ninguna lágrima; hoy he bebido una de las suyas. ¡Qué amargas son!

»Pienso casi con despecho, casi con ira, en la extraña conformidad que la fortuna ha dispuesto entre algunas escenas de estos dos amores míos tan distintos. ¡Qué comparaciones! ¡Qué analogías en estas dos antítesis! Hoy hemos pasado cuatro horas en el campo, en la nieve, en medio del barro, como las pasé anteayer con Fosca. Clara ha querido volver a ver nuestro tabernáculo, nuestros prados, nuestros árboles, nuestros arroyos. He intentado inútilmente alejarla de esta idea, he tenido que acompañarla. ¡En esta estación! ¡Jamás me olvidaré de este paseo!

»¿Por qué ha dicho que quería intentar encontrarse a sí misma? Me vuelve a la mente esta frase oscura y llena de angustia.

»Hemos subido a un coche donde ya habíamos estado juntos una vez en los primeros tiempos de nuestro amor. Clara lo ha reconocido. En la tapicería se podía distinguir una G que grabó pinchando alfileres. Hemos bajado de la ciudad por la zona de Morivione. Hemos ido hasta Vaiano,

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hemos cruzado los prados corriendo. Clara ha querido entrar en la iglesia y se ha arrodillado un momento para rezar. Dentro no había ni un alma. ¡Qué solemnidad la de las iglesias desiertas!

»Hemos bebido leche en una de esas chabolas que están al lado del canal. Hemos entrado en la cuadra; unos niños jugaban en un rincón del pesebre y nos miraban atónitos y casi asustados; no sabían quitarnos los ojos de encima. ¡Qué paz allí dentro!, ¡qué calor! Le pregunté a Clara:

—¿Te gustaría vivir aquí conmigo?

—No —respondió ella tristemente—, me da terror la pobreza.

La campesina nos dijo:

—Los señores ya estuvieron aquí en San Giorgio, me acuerdo.

—¿Cuándo? —preguntó Clara.

—En San Giorgio, el día en que se tiene la costumbre de ir a beber leche al campo.

»Nada más salir Clara me dijo:

—Me hacía ilusión que repitiera dos veces tu nombre.

»Volvimos cruzando el dique largo y estrecho que divide los dos canales. Teníamos que caminar uno tras otro. Clara me dijo:

—Vete delante, quiero verte.

Me di la vuelta repentinamente y la sorprendí con los ojos llenos de lágrimas.

—Estás llorando —le dije yo ansiosamente—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

Me interrumpió esbozando una sonrisa y dijo:

—Es el efecto de mirar la nieve. ¡Qué poco sabes de lágrimas! «Volvimos a subir al coche que nos estaba esperando. El conductor nos

miró pasmado. Estábamos empapados. Le pedimos que nos llevara a Porta Magenta y seguimos nuestras andanzas a pie. La niebla se había levantado y el sol brillaba en todo su esplendor. Diríase que la nieve estaba formada por innumerables hebras de plata resplandeciente. Los árboles estaban llenos de urracas y de mirlos, las aguas del arroyo estaban heladas por las orillas y corrían lentamente por el centro, no se veía ni un insecto ni una brizna de hierba.

»Clara fue la primera en descubrir nuestra cabaña —nuestro tabernáculo—, y se apresuró a llegar hasta ella, pero la puerta estaba cerrada y no pudimos entrar. Le afligió tanto esta contrariedad que por poco no rompió en lágrimas. Volvió a cruzar un puente de tablas sobre el

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que la nieve helada hacía fácil el resbalar, y se abrazó a un árbol bajo el cual solíamos protegernos del sol. Se sentó sobre la nieve en la zona en que teníamos costumbre de sentarnos y pasar muchas horas sobre la hierba. Hallamos en un seto unas de esas bayas rojas que dan las rosas salvajes y que tienen un sabor amargo, aunque casi dulce, y un nido lleno de hojas secas y de nieve. ¡Cuántos recuerdos en aquellos lugares, cuántos recuerdos!

»Clara exclamaba para sus adentros: “¡Pensar que todo volverá a florecer en primavera, que estos lugares volverán a ser tan bellos como lo eran en los primeros días de nuestro amor!”.

—¿Y no te reconforta el pensarlo?

—Pero ¿seguiremos siendo tan jóvenes, tan felices?

No supe responderle. ¿Por qué tenía esta duda?

»Al volver recogió cerca del seto una flor de perpetua amarilla, de las que se hacen las coronas de muerto.

—Tírala —le dije yo—, es una flor de muertos.

—¿Por qué —respondió ella con tristeza—, si es la única flor que no se marchita, la única que no muere jamás? La flor de las memorias es caduca, pero ésta sobrevive a la memoria. Aquélla es para los afectos vivos, ésta para los afectos enterrados.

Y quiso que la aceptara y que prometiera que la guardaría como recuerdo de aquel día.

—Volvamos a tu habitación —me dijo ella—, quiero pasar todo el día contigo, hoy estoy loca. Tengo frío, estoy entumecida, encenderemos el fuego.

«Durante el trayecto del coche empezó a temblar y a estremecerse de frío, quiso que metiera mis manos en su manguito. Noté que guardaba algunos objetos que había recogido como recuerdo del paseo, una hoja de hiedra y una ramita de un árbol. Recorrimos aquel largo trecho de camino sin hablarnos, al lado el uno del otro, tapados con su abrigo de piel, mirándonos, con las manos entrecruzadas y juntas en el manguito.

»Encendimos una gran hoguera en mi habitación.

»Nunca había visto a Clara tan pálida. ¡Qué hermosa estaba, qué hermosa!

»Tenía los pies completamente empapados.

—Quítate tus botines —le dije yo.

No quería.

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—Te pondrás enferma. Obedéceme, te los quitaré yo.

«Me dejó quitárselos, aunque casi a disgusto. Sus bonitas medias también estaban mojadas; se las desaté, se las quité; vi sus piececillos desnudos, pequeños, bien torneados, rosados; se los calenté entre mis manos.

»La noche nos sorprendió allí, al lado del fuego. Habíamos pasado tres horas el uno en los brazos del otro. Nunca había sido tan dulce en sus éxtasis amorosos. ¿Por qué estaba tan triste? ¿Por qué no sabía separarse de mí? ¿Por qué volvió atrás para besar la entrada de nuestra habitación? Torturo inútilmente mi corazón con semejantes preguntas.

»Se ha olvidado de mi crucecita de brillantes; la llevaré conmigo, se la devolveré al volver.

«Escribo tan sólo un instante después de su partida; miro con tristeza la silla sobre la que se ha sentado y miro los últimos tizones del hogar que se van apagando. Nunca la amé tanto como hoy. ¡Oh, qué sería de mí sin aquella mujer!».

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XLIV.

Al día siguiente era la víspera de Navidad. Le había dicho a Fosca que iba a volver para aquel día y mantuve la promesa. Una nota del médico que hallé en mi habitación decía:

«Sé que ella le espera para el almuerzo aquí. Si viene usted (y no hará mal en venir) dígale al coronel y a los demás que no se ha ido aún, que una ligera indisposición le ha obligado a quedarse. Yo estaré allí para dar fe de ello. Me imagino que no tendrá usted miedo de ensuciar su conciencia con esta mentira inevitable».

Fui. De todas formas no podía evitar el ver a Fosca y el menor de los males era el no verla a solas. La certeza de mi traslado inminente me infundía una especie de valor que no había conocido antes. Hasta era atrevido. Me enfrentaba a estos peligros con calma porque sabía que iban a ser los últimos. Mi aparición no produjo ninguna sorpresa en los comensales, puesto que el doctor les había avisado. El coronel me estrechó la mano hasta hacerme sentir la presión de sus dedos descarnados y nerviosos, y me dijo con sencillez:

—Estoy muy contento de que no se haya ido; lo siento por usted, pero por lo que a mí respecta, estoy contento. Es una puerilidad, una costumbre como las demás, lo entiendo, pero en un día como éste yo también siento la necesidad de verme rodeado de mis amigos. La Navidad es la fiesta más bonita del año. Yo no soy ni turco ni católico —soy simplemente un caballero—, pero algunas fiestas cristianas me gustan, me llegan, están en armonía con mis convicciones; adivino en ellas un significado profundo que las apariencias nos ocultan. La religión es un pretexto. ¿No le parece? No es el nacimiento de Cristo lo que festejamos hoy; festejamos la familia, las alegrías de la vida doméstica, el hogar. Si esta fiesta se celebrara en agosto no tendría ni la mitad de su importancia; es en esta época del año cuando sentimos la necesidad de estar reunidos. Y he aquí la casa, la chimenea, el hogar, la mesa preparada. ¡Qué pena que no nieve! Hace

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tiempo pasé tal día como hoy en las montañas, en una cabaña sepultada entre la nieve, con lobos a la puerta. ¡Esa sí que fue una verdadera Navidad! Y esta noche, ¿se quedará usted con nosotros? Hemos preparado una cena.

—Con mucho gusto —le dije—, es una fiesta a la que yo también asocio recuerdos.

—¡Ah! —prosiguió el coronel mientras nos sentábamos a la mesa—, ¿y quién no tiene recuerdos de la Navidad? Los mejores recuerdos de la familia están ligados a la Navidad. ¿Quiere acordarse de las horas más alegres de su infancia, de los seres más queridos, de sus padres, de sus hermanos? Hay que pensar en la Navidad, en la casa donde nació, en la habitación donde puede uno recogerse, en la llama de la chimenea, en la noche que se pasa en vela charlando…

—Y en las comilonas… —interrumpió uno de los comensales. —Como quiera —añadió el coronel—, también en las comilonas. Peor

para usted si en este pavo trufado no ve más que eso, un pavo trufado. Yo veo un vínculo más estrecho entre nosotros. ¿Dónde están los hombres más unidos que en la mesa? Allí comparten el pan y el vino, allí se demuestran más intensamente su afecto, ofreciéndose mutuamente las cosas más necesarias de la vida. Para usted; una pechuga de perdiz, déjeme que se la sirva. ¿Acaso cree que un hombre que le ofrece una pechuga de perdiz puede ser su enemigo?

Me estaba sirviendo a mí.

—Líbreme el Cielo de caer en semejante error —le dije—; considero este detalle como el más elocuente testimonio de su amistad.

—Usted cree que ha dicho una gracia y ha dicho en cambio una gran verdad. Yo he aprendido a no dar ningún valor a esos regalos que suelen hacerse los ricos, a esos pequeños sacrificios que se intercambian por educación. Cuando yo era niño era muy pobre, no me avergüenzo de confesarlo. Pues bien, la mejor habitación de la casa era la mía, las pequeñas comodidades que nos podían permitir nuestra situación eran para mí; en la mesa me daban los manjares más exquisitos; mi madre se afanaba incansablemente en darme todas esas nimiedades que pudieran darme placer; ése era el verdadero afecto. Todo el resto es convencional, falso; es aparente. Si un hombre hambriento —pongamos simplemente un hombre goloso— me diera a mí, que estoy hambriento, la única costilla que le queda para el almuerzo, tendría que agradecérselo mucho más que

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si me hubiera dado veinte napoleones de los cuarenta que tenía en su bolsillo.

—Es cierto —dijo Fosca—, yo creo…

—Perdona —interrumpió su primo—, tú no puedes creer nada, no puedes ser un juez competente, no puedes saber el valor de una costilla puesto que en tu vida te has comido una entera.

—Oh, oh —exclamó el médico—, este razonamiento es falso. Habría que indagar si un placer puede ser medido por su entidad más que por su duración.

—Por la una y por la otra —dije yo.

—Está bien —dijo el coronel—, pero mucho más por la duración. Haré un esfuerzo de lógica. Argumentemos un caso opuesto. Supongamos a modo de ejemplo que tenga que recibir un palo; usted sentirá dolor por uno, de acuerdo, pero si recibe diez o veinte… ¿Qué le parece? ¿Seguirá creyendo que el dolor de diez, de veinte, es igual que el dolor de uno? Singularmente sí, pero muchos dolores juntos constituyen un dolor mayor. Así es para los placeres. Sumemos los placeres y tendremos uno más vivo y más duradero. Si permaneciésemos alrededor de esta mesa hasta la medianoche y lográsemos unir con una cadena de placeres intermedios estos dos grandes polos del placer que son el almuerzo y la cena, ¿no habríamos resuelto con honor esta cuestión?

Esta propuesta halló un eco en todos los comensales.

—¿Quién cenará con nosotros esta noche? —preguntó el médico. —Muchísima gente, todas las honorables mitades de nuestros colegas. —También la baronesa, la mujer de… —Su marido.

—¡O del amigo de su marido!

—Prohibida la maledicencia —dijo el coronel—. En verdad, si yo creo tener una virtud, es ésta, no ver nunca lo que no debe ser visto, y si lo veo, persuadirme a mí mismo de que no lo he visto. Hay un bien enorme que un hombre puede hacer a otro y que es el que pocas veces le hace: el abstenerse de hablar mal de él.

—Pero yo no tenía intención de hablar mal —dijo el que había provocado esta observación—. Quería hacerle notar un hecho. Hay ciertas cosas que saltan a la vista. Los maridos…

—Puede —interrumpió el coronel— que los maridos vean poco, pero los demás ven demasiado. Yo tengo en mayor aprecio la ceguera de los

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unos que la agudeza de los otros. La confianza de un marido, de un padre, de un hermano, es algo que me conmueve, doblemente si es traicionada. Yo nunca me he reído de la simplicidad, creo que es la más noble de las virtudes, en cambio siempre he temido la falsedad. La naturaleza ha dado al hombre esta ceguera para poner de relieve la culpa de la mujer.

Miré a Fosca, cuyo rostro había empezado a palidecer. El almuerzo había terminado y, si hubiera podido, le habría sugerido que se retirase a su habitación.

—Y si no fuese… —empezó el coronel.

Pero le interrumpió la llegada del sargento que traía un fajo de cartas. Había una para mí; enseguida me di cuenta de que era de Clara y me apresuré a esconderla en mi cartera, impaciente de estar a solas para leerla. ¿Qué me contaría después de las locuras de aquel último encuentro?

El coronel hizo ademán de devolverle las suyas al sargento para que las llevase a la oficina, pero al ver que había una con el sello lacrado del Ministerio, la volvió a tomar y la abrió. La leyó rápidamente y dirigiéndose a mí con aire de sorpresa y disgusto me miró como para preguntarme algo y me dijo:

—¿Ha sido usted o esos señores del Ministerio los que han querido darnos esta sorpresa? Ha sido usted destinado al departamento de Milán y tiene que incorporarse inmediatamente a su nuevo destino. ¡Vaya!

—¡A Milán!… —balbuceé todo confuso—, ¡destinado!… pues… no entiendo…

Y levanté los ojos hacia Fosca. Vi cómo su rostro palidecía, se transfiguraba y se afilaba. Extendió los brazos hacia mí, intentó levantarse y volvió a desplomarse en la silla. Su primo y los médicos la rodearon; me miraban a mí y a ella y parecían sospechar las causas de su crisis repentina. Siguió un instante de silencio. Los ojos de Fosca, muy abiertos, inmóviles y vidriosos, no cesaban de mirarme fijamente. Se levantó de golpe sacudida por una terrible contracción, corrió hacia mí, se agarró a mis ropas y prorrumpió en un grito sobrecogedor:

—¡Oh Giorgio, no me abandones, oh Giorgio mío! ¡Mi adorado!

Esas palabras y ese acto eran una confesión demasiado elocuente. Su primo palideció, enrojeció, volvió a palidecer; se quedó un instante inmóvil, como atontado, paralizado, fulminado por aquella revelación. Después se lanzó hacia Fosca y, lanzándome una terrible mirada, la

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arrancó de mis brazos y la arrastró hacia su habitación. Al cruzar el umbral se volvió hacia mí y me dijo:

—Salga, señor, salga de esta casa. Pronto nos veremos.

Eché una mirada de desconsuelo a mi alrededor; el sargento, las doncellas, habían desaparecido, los comensales se habían levantado y andaban buscando sus gorras y sus sables desperdigados por la habitación. Yo salí y bajé las escaleras con el corazón desolado.

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XLV.

Ignoro por qué hui. Creo que es instinto: se huye de una pena al igual que de un peligro. En un momento estuve fuera de la ciudad, en pleno campo, ya era de noche y los caminos estaban desiertos. Me paré en un cruce y con la funda del sable rocé unas ramitas de albellanino que sobresalían del seto, para sacudir la nieve. Vi una lámpara que un campesino llevaba a lo lejos a través de los campos y que parecía ir andando sola; la seguí con la mirada hasta que la perdí de vista. Un perro flaco, feo y demacrado se me acercó olfateando y moviendo lenta y cansinamente la cola hecha un ovillo, le llamé y me agaché para acariciarlo. Después le eché de una patada. Sus gemidos me sacaron de esa especie de abstracción semejante al sonambulismo. Volví a tener conciencia de mí mismo, me acordé de lo que había pasado y me llevé las manos a las sienes porque tenía la sensación de que me iba a explotar la cabeza.

Ahora todo había sido descubierto, ¡y de una manera tan cruel e imprevista! En breve nuestro secreto correría de boca en boca. Fosca, su primo, y sobre todo yo, seríamos objeto de burla y de escarnio. Aquel hombre honesto, excelente, estaba condenado a la misma pena que una sociedad injusta, fatua, bufonescamente cruel me reservaba a mí. Es más, tendría que batirme con él, quizá herirle, quizá matarle o que él me hiriera o me matara a mí. Ese era el premio que él iba a recibir por su confianza y yo por mi sacrificio. Una fatalidad inexorable planteaba como ley de nuestras existencias este terrible dilema.

Porque, ¿acaso sería yo tan vil como para culparla de aquel episodio, como para hacerle saber de qué manera ella me había impuesto su amor? Y aunque él quedara convencido, ¿podría sustraerse a las exigencias de aquellos prejuicios que le obligaban a pretender de mí un desagravio tan claro como había sido la injuria? No, no había ninguna otra posibilidad. El duelo era inevitable.

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Tras aclarar mi situación en estos términos, me sentí un poco más tranquilo. El temor, la espera de una desgracia, son una desgracia mayor de lo que se teme y se espera. Poco me importaba morir, me había acostumbrado a esta idea desde niño y mi juventud no había sido más que una lucha continua entre el tenaz instinto de la vida y la frecuente tentación del suicidio. ¡Pero matarle a él, a aquel hombre, que sabía convivir tan bien con los hombres y con la existencia, que era tan honestamente feliz!… La idea me sobrecogía el alma.

Fosca no me daba mucha pena. Yo no la amaba; los males que había provocado nos habían separado más aún. Sentía tan poca piedad por ella que la más pequeña de sus equivocaciones bastaban para acallarla.

Mis ideas se fueron aclarando poco a poco.

No se puede estar permanentemente bajo el peso de una gran pena. El corazón, prostrado por un instante, vuelve a levantarse, la esperanza vuelve a sonreír, adelanta los acontecimientos y nos indica las alegrías que deben compensarnos por esas penas.

Volví a la ciudad. Tenía la sensación de haber olvidado algo, me rondaba la imaginación la idea de un placer cercano, de una alegría cierta, pero no conseguía dar con ella. Súbitamente me acordé; fue como un rayo: no había leído aún la carta de Clara.

Sonreí y aligeré el paso hacia casa. Aquella carta me recompensaría de todo. Y además, mi felicidad era ahora segura, a las pocas horas iba a volver a Milán, iba a vivir siempre junto a ella y no la iba a abandonar nunca jamás. Ahora estaba bien seguro. ¿Cómo podía yo lamentar una desgracia tan leve, ante el atractivo de una alegría tan duradera? Sonreía ante aquella pena miserable.

No sé si los demás amantes han sido tan sublimemente pueriles en los afectos como lo fui yo. Quisiera poder leer en el corazón de los demás hombres para saber si realmente yo he amado más, si fui en ello, como he creído y he temido siempre, una excepción monstruosa y desgraciada.

Nunca leí una carta de Clara antes de que pasaran varias horas después de haberla recibido para prolongar con la espera el placer de su lectura. A menudo, al abrirlas, empezaba a leerlas del revés o a la luz de una vela y leía aquí y allá algunas palabras, volvía a doblar las hojas para reconstruir a mi antojo algunas frases y fantaseaba sobre lo que iba a decirme. No entendía nada hasta que no las leía diez o veinte veces; las retenía de memoria y las recitaba antes de dormirme. A veces las volvía a copiar

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usando su caligrafía para adueñarme de alguna manera de las sensaciones que ella había tenido al escribirlas.

¡Y tenía entonces veinticinco años!

Pero aquella tarde estaba demasiado afligido, tenía demasiada necesidad de consuelo como para poderme detener en estos placeres. La abrí con ávida impaciencia y he aquí lo que decía aquella terrible carta:

«Procura escuchar con calma lo que voy a decirte. Ten por lo menos tú esa fuerza que yo no tengo y ojalá no conozcas la amargura de las lágrimas desesperadas que derramo al escribirte. Mi buen amigo, mi Giorgio, mi ángel, no debemos volver a vernos, debemos dejarnos para siempre. Mi mano vacila y me corazón se rompe al escribir estas palabras.

»Escucha. Seré breve, te diré todo lo más concisamente que pueda, dado que cada palabra que tengo que decirte me traspasa el corazón como el filo de un cuchillo. Graves reveses de fortuna han arruinado a mi familia. Mi marido es casi pobre. Es necesario que todo cambie en nuestro sistema de vida, que yo dedique mis cuidados, mi constancia y quizá mi trabajo a esas economías que me imponen mi deber de esposa y madre. Quizá mi marido no se portó bien conmigo en algunas ocasiones; ya lo he castigado. De todas formas, ahora que es infeliz, siento la necesidad de acercarme a él y de protegerle con mi afecto. La fortuna ha unido nuestras vidas, no puedo abandonarle. Tú mismo, tú me despreciarías. Hace ocho meses que nos amamos. Mi culpa fue larga, mi olvido profundo, mi felicidad inmensa.

»Toda una vida no bastaría para pagar esta felicidad (porque la felicidad es algo que se paga). ¿Cómo podría pretender seguir siendo feliz? ¿Cómo me iba a atrever a seguir siendo culpable? Dejándonos ahora, nos dejamos en toda la plenitud de nuestra fe y de nuestras ilusiones; nos llevaremos intactas a la tumba estas ilusiones que una intimidad más duradera marchitaría o destruiría. Tu recuerdo llenará toda mi existencia.

»No es el azar lo que nos ha separado, es una predestinación, es una voluntad superior e inescrutable. La desgracia que me ha sobrevenido me castiga por una culpa que jamás podré lavar con mis lágrimas. Esa misma desgracia ha apartado de tu camino un obstáculo que te vedaría a ti, joven, un porvenir que tu valor y tu talento te prometen ser halagador y feliz.

»Aunque mi corazón se hubiera podido rebelar al sentimiento de un deber que me impone separarme de ti, jamás podría sustraerme al desprecio de los que fueran a conocer nuestro secreto, a la condena que la

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sociedad hubiera hecho pesar sobre mi conducta. Mi hijo, el único fin, el único afecto legítimo de mi vida, jamás podría redimirse del deshonor injusto y cruel que le acarrearía mi culpa. No podría enriquecer su corazón con ese dulce sentimiento que a vosotros los hombres, conocedores de nuestra vanidad, de nuestros errores y a menudo también de nuestras bajezas, os hace, a pesar de ello, parecer noble y querida una mujer: la pura y santa memoria de una madre.

»Sí, Giorgio, yo he caído con facilidad, pero debo levantarme con valor. Me he dado a ti sinceramente, me apartaré de ti con la misma sinceridad. Forjaré un arma con tu estima, con tu recuerdo y ennobleceré esa fuerza que me dará la memoria de nuestro pasado.

»En estos ocho meses fui muy feliz… Nunca he mirado tanto hacia esta época y he pensado tanto en ella como ahora que nuestros corazones van a separarse. Una idea me reconforta y me enorgullece. Nadie puede quitarnos este pasado, nadie puede evitar que yo te haya amado con toda mi alma y que tú me hayas amado con el mismo ardor. Este tesoro de recuerdos es indestructible. Yo lo guardo en las profundidades más secretas de mi alma. En ellas hallaré consuelo para mi vida futura, mísera vida, llena de tristeza y de soledad, pero enriquecida con la sonrisa de tu recuerdo. Sin esta certeza, ¿cómo iba a tener el valor de abandonarte?

»No sólo debemos dejarnos como amantes, debemos dejarnos también como amigos; cualquier otra relación entre los dos sería fatal: no nos podría llevar al amor porque no debemos, no uniría más nuestros corazones porque nos mostraría todos los defectos que el amor nos había escondido. Cuando dos criaturas se han amado como nosotros, no pueden amarse como los demás. Tú lo fuiste todo para mí, no quiero que seas poco: prefiero que seas nada. Las almas como las nuestras viven de grandes alegrías o de grandes penas. Antes de dejarte he querido volver a ver todos esos lugares que me hablaban de ti (quizá no los vuelva a ver nunca); he querido decir adiós a todo lo que tu afecto me ha hecho querido. En la inmensidad de mi dolor estoy casi tranquila. No te pierdo; tengo tantos recuerdos de nuestro pasado que una larguísima vida no bastaría para agotarlos.

»Y ahora adiós. Ya lo ves. Te escribo llorando y no puedo seguir. Mis lágrimas borran las palabras, como si se apiadasen de ti y quisieran ahorrarte el dolor de derramar otras lágrimas al leerlas. No puedo

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engañarte. Podría seguir en tus brazos pero mi pensamiento y mi corazón estarían lejos de ti.

»El destino que nos separa es inexorable. Si tú me has querido realmente, si he merecido algo de tu afecto, haz que tu resignación y tu virtud me hagan menos terrible el perderte.

»Acabo de dejar en tu habitación la crucecita de brillantes. Guárdala como recuerdo mío. Seré feliz de saber que vas a llevarla siempre en tu corazón. No me atrevería a hacerte otro regalo, pero una cruz es símbolo de sacrificio, de abnegación y de dolor; me pareció que esa cruz podría traerte mi recuerdo en la única forma en que quiero ser recordada. Aquel día en que me dejaste por primera vez la viste brillar en mi pecho, la besaste; aún hoy se aprecian las huellas de nuestras lágrimas: he pensado que este recuerdo sería sagrado para ti.

»Adiós. Sé fuerte, Giorgio, sé razonable, no me maldigas. Piensa que sólo de esta manera yo podía volver a tener estima de mí misma. No creas que me has perdido, enorgullécete de haber amado a una mujer digna de ti. Una entrega más larga nos habría separado, este sacrificio nos vuelve a unir. Si yo hubiese sido libre, me habría matado para no sobrevivir a nuestro amor: fue inmenso como inmensa y terrible es la separación. Tú bien conoces los vínculos que me imponen vivir. Pero si hubiera sido libre, te habría amado toda la vida.

«Adiós, mi adorado, mi alma (una vez más te llamaré con estos nombres queridos), adiós por última vez, adiós para siempre. Una vez me dijiste que me parecía a tu madre, ámame en ella y como a ella. Mi afecto, mi memoria te seguirán hasta la tumba. Que seas feliz Giorgio, que seas honesto y que el Cielo te sea favorable».

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XLVI.

La primera lectura de aquella hoja no produjo en mí más que un profundo asombro. Apoyé los codos sobre la mesa, la cabeza entre las manos y la volví a leer dos o tres veces. No podía creer que lo que había leído fuera realmente cierto.

La primera impresión que nos produce una desgracia grave e inesperada está siempre atenuada por un sentimiento de extraña incredulidad que nos lleva a dudar de las cosas más claras y reales. De no ser así, esa impresión a menudo tendría el poder de matar.

Intenté hacer unos dobleces en mi ropa para sentir mis manos y pronuncié en voz alta mi nombre porque me parecía que no era yo, que había caído en una tremenda alucinación.

Me levanté y sonreí, no sé de qué. Empecé a recorrer la habitación dando grandes zancadas. Sin darme cuenta, había cogido la vela; mi sombra, que se alargaba sobre el suelo y se doblaba en la base de la pared como si estuviera adherida a ella, me iba siguiendo por la habitación. Me detuve a contemplarla, la acorté y la volví a alargar acercando y alejando la luz: me detuve en una esquina y miré alrededor de la habitación como asustado; vi a mi lado una araña negra que trepaba por la pared, la quemé con la llama de la vela y escuché como se achicharraba y chisporroteaba, con una especie de deleite casi cruel. Al pasar al lado de un espejo, vi reflejada mi persona y me detuve a contemplarla. Casi tenía miedo de mí mismo, me parecía que ése no era mi rostro, que tenía que tener otro distinto.

Intenté sonreír y contraer en mil maneras mis facciones. Hubo un instante en el que me dio la sensación de que el espejo estaba reflejando el rostro de otra persona que estaba detrás de mí y que se asomaba por detrás de mi espalda. Me estremecí e hice ademán de volverme. La luz se me resbaló, cayó y se apagó. Aquel ruido, aquella oscuridad repentina me

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hicieron volver en mí. La volví a encender, me senté y volví a leer la carta de Clara.

Ahora había comprendido bien; me apreté las manos contra el corazón y me desplomé en la silla con los ojos cerrados, esperando que algo terrible, fatal, fuera a suceder en breve, que la casa donde me hallaba fuera a derrumbarse, que la tierra fuera a abrirse para tragarme. No era posible que todo en la naturaleza fuera a seguir el mismo curso que antes. Oía pasar los coches de caballos por la calle, oía el cuchicheo de los pasajeros, pero todo ello no iba a durar más de un instante. Mi felicidad había terminado, todo tenía que terminar. En ese momento dieron las siete en el reloj de la habitación. Cada campanada me pareció una cuchillada que me traspasaba el corazón; me retorcí y me quedé hecho un ovillo gimiendo como para defenderme de aquellas campanadas.

En aquella terrible confusión de ideas que se me había formado dentro, una estaba muy clara y muy definida: yo había amado a un monstruo. ¿Acaso era posible abandonarme así? ¿Podía haber en la naturaleza razones suficientes como para dividir dos corazones que se habían amado como los nuestros? ¿Podían acaso dos criaturas que se habían querido tanto separarse y esperar sobrevivir a esta separación? ¿hubiera creído yo que nuestro amor podía acabar? ¿Hubiera tenido el valor de pensar lo que ella había decidido y llevado a cabo con tanta facilidad? No, ni yo ni nadie. Semejante cosa no podía ser imaginada más que por un ser monstruosamente ingrato, monstruosamente cruel. Yo había amado a este ser. Todo el edificio de mi fe se había arruinado, todo había caído en el fango.

Me quedé absorto perdiéndome en estos pensamientos, de los que no alcanzaba a comprender entonces toda la injusticia. Me estremecí al notar que me rozaban la espalda; me di la vuelta: era el médico.

Se apartó un poco de mí para que su sombra no me impidiese ver al coronel, que había entrado con él y permanecía inmóvil en medio de la habitación. Se apoyó en el respaldo de una silla y me dijo:

—Desde luego ya imagina las razones que han inducido al coronel a hacerle esta visita. Sabe que soy amigo suyo y me ha dejado acompañarle. He insistido en ello porque espero que sus disculpas sean suficientes para evitar…

—¡Pero que está usted diciendo! —interrumpió bruscamente el coronel —. Desde luego yo no le he encomendado esta misión. —Y prosiguió

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acercándose a mí y se plantó delante—: Señor, ha abusado usted en el modo más bajo de mi confianza, ha venido a mi casa para deshonrarla, me ha ridiculizado. Entienda que es imposible compensar semejante daño con palabras. Es necesario que me dé una reparación de otro tipo. Espero que no tenga que obligarle a pactarla.

—¿Qué quiere usted decir?

—Que le desafío a duelo.

—Bien. ¿Cuándo?

—Mañana.

—Pero… —interrumpió el médico—, yo creo… me parece que si hablamos un momento sería mucho mejor, podríamos entendernos y…

—Nada, nada —interrumpió bruscamente mi adversario—, es inútil que insista sobre el particular. Usted no conoce todos los detalles de este hecho, no sabe hasta qué punto yo he sido engañado. Ya hubo otro miserable que abusó de esta mujer… él lo sabe, tuve la debilidad de contárselo. Hasta ahora ha sabido huir de mí, pero guardo la secreta esperanza de encontrarle alguna vez.

Yo no contesté y seguí mirando el fuego de la chimenea.

—Espero —prosiguió, acercándose después de haber dado unas vueltas por la habitación— que me deje establecer las condiciones del duelo. Usted es el provocado pero yo soy el ofendido. Sólo usted sabe hasta qué punto me ha ofendido. Aborrezco esos duelos ridículos que terminan con un rasguño. Es necesario que nos batamos hasta que uno de los dos quede en el sitio.

—Así sea —dije yo sin levantar la mirada— tengo necesidad de matar a un hombre.

Mi adversario y el médico me miraban asombrados.

—Sepa usted —añadió el coronel— que cada uno de nosotros está arriesgando su posición. La diferencia de nuestra graduación nos prohíbe batirnos en duelo. Es necesario que usted o yo renunciemos a ella.

—Lo haré yo —dije.

—No quisiera, sin embargo…

—No puede usted impedirme que renuncie —respondí tranquilamente.

—Como quiera.

Me incliné sobre la mesa, escribí mi solicitud de renuncia y se la di. —Quedan por establecer la hora y las condiciones del duelo —dijo él

—; es demasiado tarde para que podamos confiar el encargo a nuestros

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padrinos. Si no tiene nada en contra, nosotros mismos nos pondremos de acuerdo a este fin; el médico será testigo.

Yo no contesté.

—Nos veremos mañana a las ocho, en la explanada del castillo. Yo me encargaré de las armas. ¿No tiene usted nada que añadir?

—Nada.

—Entonces, no hay ningún otro asunto. Me fio de su palabra. Hasta mañana.

Y se dirigió hacia la puerta. Cuando estuvo cerca se volvió hacia atrás y me dijo con una voz más serena:

—Cualesquiera que sean sus relaciones actuales, debo pedirle un favor que sus sentimientos de caballero no me pueden negar. Mi prima no guarda ningún recuerdo de lo que sucedió hoy…

—¡Ah! su prima… —le interrumpí yo—. ¿Y bien?

—Es necesario que ella siga ignorándolo, que no sepa nada de lo que va a suceder. El final de un duelo es incierto y…

—Sí —dije, levantando la cabeza y mirándole a la cara por primera vez desde que había entrado en la habitación—, es desde luego incierto. Incluso podría matarle, ¿no?

—Desde luego —respondió un tanto turbado—, como también podría matarle yo. —Y tras un momento de silencio me preguntó—: ¿Me odia usted mucho?

—No sé —respondí—, pero si no estuviese seguro de que dentro de poco o mataré o me matarán, ya me habría echado a la calle para matar a alguien.

—Le he hecho una pregunta inoportuna —dijo él con aire mortificado y sorprendido—. Semejantes sentimientos no me afectan. Nuestras convenciones quedan establecidas y eso basta. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Y salió.

Al oír la puerta que se cerraba tras él, me desplomé en la silla y me eché a llorar desconsoladamente.

El médico, que se había quedado en la habitación sin que me hubiera dado cuenta de ello, se me acercó y me dijo:

—Serénese, está demasiado nervioso. Es deplorable que esa mujer le haya llevado a este extremo, pero ¿cómo íbamos a preverlo? Este duelo se podría haber evitado. Su comportamiento fue digno pero provocador.

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Ahora no es bueno pensar. Usted lo ha dicho, el resultado de un duelo es incierto, es una locura preocuparse. Yo estoy profundamente afligido de haber provocado inconscientemente estas desdichas, pero usted sabe que lo hice por su bien. ¿No me guardará usted rencor?

—Si creyera que hay en ello algo que merezca gratitud —dije— le estaría agradecido. Pero no hablemos de ello. Debo ver a Fosca esta noche, la amo, quiero hacerla feliz un instante antes de abandonarla. Suceda lo que suceda en el duelo, no volveré a verla jamás. Es necesario que la avise usted, que la dejen sola, que me deje usted pasar por su habitación.

—¡Pero es imposible! —exclamó él—. Usted sabe…

—No, no —interrumpí impetuosamente—. No se oponga usted, porque yo estoy decidido a verla de todas maneras, cueste lo que cueste. Ni siquiera la idea de una violencia podría detenerme. Esa mujer me ha amado, ella es la única que me ha amado de verdad. No la abandonaré sin echarme a sus pies y sin darle las gracias con mis lágrimas.

—La responsabilidad de esta imprudencia —dijo el médico— recaerá completamente sobre usted.

—Puedo soportar cosas más terribles…

—No le reconozco. Como quiera. Le esperaré en mi habitación. Ahora voy a avisarla.

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XLVII.

Vuelvo a hacerme ahora una pregunta que mi asustada conciencia me repite constantemente desde hace cinco años. ¿Soy yo responsable de lo que hice aquella noche? ¿Era yo consciente de mis acciones? No lo sé. Acordarme de aquellos acontecimientos con exactitud de detalles es algo que sin duda me declara culpable. Pero ¿no recordamos incluso los sueños? Antes de aquel día, después, hoy mismo en que me siento tan cambiado, ¿me dejaría vencer hasta tal punto por mis pasiones? ¿Es que existen pasiones tan indómitas en mi carácter? Es un terrible enigma que quizá nunca llegue a descifrar. La incertidumbre de mi responsabilidad es el secreto de mis torturas; por ella seré yo infeliz toda mi vida. Pues, si bien pudiera yo alejar de mí esta responsabilidad horrenda, ¿cesaría por ello de ser la causa de estas desdichas? ¿Acaso la mano que mata en pleno delirio, en el ímpetu de la pasión, deja por ello de ser la mano asesina? He perdido incluso el consuelo desesperado que tenía gracias a esa duda. Siento que mi conciencia se estremece y se doblega bajo el peso de este terrible convencimiento.

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XLVIII.

Daban las doce al entrar en la habitación de Fosca.

Ella estaba arrodillada a los pies de la cama, con la cabeza recostada sobre una silla, recogida en oración. No me oyó y no se volvió. Permanecí quieto en el umbral, inmóvil, presa de mil dudas y de mil temores, con el corazón lleno de angustia. Miré a mi alrededor y contemplé con horror todos aquellos objetos que me recordaban tanta parte de mi vida. Allí había velado una noche entera a su lado, en esa silla había evocado las dulces memorias de Clara, a la débil luz de esa lámpara había acariciado las lisonjeras promesas de un porvenir sereno. ¡Y ahora!…

Di un paso hacia Fosca. Ella volvió la cabeza tan bruscamente, que sus cabellos, recogidos en una fina redecilla, se liberaron derramándose sobre los hombros y el cuello. Me vio, dio un grito, se puso en pie, corrió hacia mí tendiéndome sus brazos y me estrechó contra su pecho palpitante. Mi corazón temblaba esperando una enorme desgracia.

Aquel abrazo fue largo y penoso. La emoción nos había dejado mudos. La pálida luz que iluminaba la habitación, el crepitar del pábilo, el apresurado latir de nuestros corazones y la calma que reinaba fuera daban

a ese momento una solemnidad que aumentaba mi inquietud.

Hice un movimiento como para alejarme de ella; lo advirtió, adivinó mi intención y echándome los brazos al cuello inclinó mi cabeza hacia la suya, se puso de puntillas, acercó sus labios encendidos de fiebre a los míos y me cubrió de besos breves, repetidos, frenéticos. Toda su naturaleza estaba sosteniendo una terrible lucha de deseo y amor; su cuerpo frágil y consumido por el dolor tenía una energía que me asustaba.

La llevé con dulce violencia hacia un diván e hice que se sentara. Yo me senté a su lado. Me cogió las manos, las estrechó con fuerza, las acercó a su seno y después a su boca temblorosa. Su cuerpo tiritaba entero.

—¿Tienes frío? —le pregunté conmovido.

—Tengo miedo —me contestó.

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La miré a la cara asombrado.

—¿De qué?

—De morir. De no poder soportar el choque de esta oleada de felicidad que me oprime. He implorado al Cielo que me diera la fuerza que me falta; pocas horas, sólo unas pocas horas y después la muerte. ¿Qué me importa morir después de haber vivido esta noche en tus brazos? El Cielo es generoso, ¿no? ¿Tiene piedad de los que aman?

No contesté. Fosca siguió.

—Mañana te tienes que ir, mañana moriré. Pero no son más que las doce. Tenemos seis horas ante nosotros, seis horas para nosotros, para nosotros solamente, para nuestro amor, porque tú me amas, ¿no es cierto?, me lo has dicho.

Me miró con las pupilas brillantes de pasión. Su rostro estaba iluminado por un entusiasmo desbordante que hacía menos desagradable su deformidad; las mejillas ligeramente sonrosadas, los cabellos tan negros y tan abundantes que enmarcaban su rostro como un marco de ébano, el vivo contraste de su bata de muselina blanca la hacían parecerse a una visión fantástica. En aquel momento nadie hubiera podido afirmar que Fosca era absolutamente fea. Yo pensé en Clara, en las mentiras que le habían ganado mi corazón, en el engaño vilmente concebido y neciamente desvelado… ¡Oh! sí, sólo Fosca había merecido mi amor, sólo ella me había amado, ella, que había desafiado el ridículo, el desprecio, la cólera; ella, que había renunciado a su orgullo de mujer pidiendo por piedad lo que otras dan por debilidad, por vanidad o por vicio.

—Te amo —le contesté.

—Repítelo.

—Te amo.

—Repítelo otra vez.

—Te amo.

—¡Oh, mi Giorgio, mi Giorgio!

Cayó a mis pies, me estrechó las rodillas y escondió su frente. Cuando la volvió a levantar, vi su cara bañada en lágrimas.

—¿Sufres? —le pregunté con dulzura.

—No.

—¿Lloras?

—Son dulces lágrimas.

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Calló, se recostó en mí y, cubriéndose el rostro con las manos, siguió sollozando en silencio. La levanté del suelo, aparté sus manos y la besé en la boca. Se estremeció, levantó sus ojos hacia mí, quiso hablar pero no tuvo fuerzas y se entregó a mis brazos pronunciando mi nombre.

—¡Fosca, Fosca!

No me contestó. Aturdido, enajenado, sin mente y sin alma, yo sentía su pecho escuálido oprimiendo al mío, su rostro apoyado en mi rostro, tan cerca que podía oír las frenéticas pulsaciones de sus sienes.

—¡Fosca, Fosca!, sé fuerte, estate tranquila. Soy tuyo, soy tuyo, nada más que tuyo.

—¿De nadie más? Repítelo. ¿No es un sueño? ¡Oh sí, seré fuerte, estaré tranquila! ¡El tiempo está celoso de mi felicidad, no ves las agujas de ese reloj qué rápidas van! ¡Oh mi Giorgio, mi Giorgio, tú eres mío!

Había en sus palabras un tono de una voluptuosidad tan salvaje que el corazón se me retorció en el pecho como una serpiente. Esa repugnancia invencible que la naturaleza había interpuesto entre nosotros volvió a brotar impetuosamente como una corriente para separarnos.

Un ademán, una irrefrenable contracción de mis músculos le revelaron quizá mi intención, puesto que en ese momento noté cómo los nervios de sus débiles brazos se contraían como cuerdas y me estrechaban en un sofocante abrazo. Grité… se echó hacia atrás, me dejó, temerosa, y se arrodilló a mis pies pidiéndome perdón.

Bajé la mirada hacia ella, su rostro desfigurado por las lágrimas y por el desmesurado sentimiento de placer, sus enormes ojos que se salían de las órbitas, el temblor de su cuerpo, me revelaron brutalmente todo el horror de mi situación. No era mi alma, no era mi voluntad; era la sangre, eran las fibras, los músculos, los nervios, los que se rebelaban a aquel abrazo. La imaginación aumentó mi repugnancia: busqué bajo la bata y bajo los lazos su cuerpo… ¿Y tenía yo…? ¡Dios mío, Dios mío!

¡Oh, Clara, Clara, por qué has matado mi corazón! ¿Por qué no puedo hallar consuelo en tu pensamiento, en tu recuerdo? ¿Por qué me has dejado a solas con mis miedos, con mis fantasías? ¿Por qué has puesto la maldición en mis labios, que tan sólo conocían el amor?

Repentinamente Fosca calló, se levantó, me miró a la cara y sonrió. —¡Estoy loca! —me dijo—, ¡estoy loca! ¡Mi corazón rebosa de alegría

y lloro como una desdichada!

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Se dirigió hacia la lámpara, la tomó y la colocó ante un espejo. Se miró, se echó la larga melena negra hacia atrás con un movimiento enérgico y se volvió hacia mí con expresión serena.

—Soy fea —me dijo con calma—; las lágrimas son un falso adorno.

—No es cierto —le contesté para liberarme del peso de mi silencio.

Sacudió la cabeza.

—A los quince años las lágrimas, a los treinta las sonrisas.

Después, con una especie de coquetería que estaba en desacuerdo con su naturaleza, se acercó al tocador, se lavó la cara, se atusó el pelo y volvió a mí feliz, voluptuosa, toda perfumada, toda sonrisas y toda deseo.

—Te amo —me dijo, y se sentó en mis rodillas cruzando las manos sobre mi cabeza.

Parecía tan feliz, tan agradecida, tan encantadora, que, aunque su propósito no hubiera prevenido a mi corazón, él se hubiera rendido de todas formas por un irresistible sentido de piedad. ¡Aquella mujer me amaba!

—¿Te vas? —me preguntó un instante después con un tono de melancolía.

—Mañana mismo.

—¡Mañana!

Y pareció recogerse en meditación. Súbitamente se estremeció. —¿Quieres que me vaya contigo?

Y como no respondí, inmediatamente me puso una mano en la boca y me dijo:

—No te defiendas. Sé perfectamente que no podemos amarnos como los demás hombres. Un día, una hora, un instante y luego…

—¿Y luego?

—Se muere uno.

Ella pronunció estas palabras con tanta seguridad que sentí a mi pesar cómo un escalofrío me recorría las venas.

—¿Cuál es la mujer a la que tú has amado por encima de todo?

La miré asombrado.

—A mi madre.

—No es eso.

—No me preguntes más.

—Quiero saberlo, es un capricho. Yo también tengo mis caprichos, todas las mujeres enamoradas los tienen y todos los enamorados se los

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dan. Hoy tú eres mi enamorado.

—Pregúntame quién es la que amo.

—¿A qué mujer amas por encima de todas?

—A ti.

No se esperaba semejante respuesta; tembló, se puso colorada de placer y recostó la cabeza en mi pecho.

—Si es así —dijo al poco tiempo—, dame una prueba.

La besé en la boca.

—No basta.

La volví a besar.

—No basta.

—Haré lo que quieras. Dime.

—No quiero decirte.

—Desea.

—Tampoco.

—¿Qué tengo que hacer?

—Adivina. Lo que harías con una mujer a la que amaras, lo que has hecho con las mujeres a las que has amado, lo que has hecho con Clara.

—¡Clara! ¿Dices…?

¡Dios mío. Dios mío! ¿Por qué resucitaba ella en ese momento este pensamiento terrible?… La estreché contra mi pecho con fuerza, con una fuerza tremenda que tenía apariencia de pasión. Ella se abandonó palpitante, sin articular palabra. Mi abrazo fue largo, su frágil cuerpo temblaba en mis brazos.

—¡Giorgio, mi Giorgio!

—¿Estás satisfecha?

—Aún no.

—¿Es que no crees en mi amor?

—Sí, creo en él, creo en él. Expiraría a tus pies si no creyera en él.

Muérdeme la mejilla.

—¿Por qué?

—Muérdeme la mejilla, se lo has hecho a Clara, no lo niegues. Échate a mis pies, apoya tu cabeza en mis rodillas.

Me rendí como un niño. Todas las fuerzas de mi voluntad estaban domadas por aquella energía.

Me arrodillé a sus pies. Ella aplaudió en un arrebato de alegría puerilmente salvaje.

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—Así, así… lo veis, ¡es él, mi amor, el más hermoso, tan fuerte, tan grande! Me pide piedad, ¡lo veis, lo veis!

Pasó sus descarnadas manos entre mis cabellos, los enredó en sus dedos como lo haría un niño, me alisó la frente, fue pródiga en mil caricias, me llamó con cien nombres tiernos. Yo callaba y temblaba.

—¿Crees en la virtud de la mujer? —me preguntó repentinamente. ¿Por qué esa pregunta? ¿Y qué efecto produciría mi respuesta? ¿Acaso

quería ella darme una prueba? ¿O más bien prevenir mi desprecio?

¿Asegurarse de la impunidad de su culpa?

—Sí, creo —le contesté con un ímpetu que mal escondía mi convicción.

—¿No te parece que se pueden dar circunstancias que disculpen y den legitimidad a la falta?

No respondí, su intención estaba clara. Repugnaba a mi dignidad de hombre contrariarla y librarme mediante un subterfugio de una promesa que el cansancio y la inquietud habían arrancado a mi corazón. Repugnaba a mi débil naturaleza darle esperanzas con falsos halagos.

Ella me entendió y calló.

—Háblame de Clara —me dijo poco después.

Y como yo no respondía, añadió con tono suave:

—No temas, vida mía, no temas. No estoy celosa. Tú ya no eres Giorgio para mí, eres el amor, eres mi sol. El sol ilumina y da calor, las criaturas disfrutan de él sin quejarse, disfrutan bendiciéndolo. Tú eres mi amor, tú eres mi sol… ¿Tú la amas, no es cierto?

—La he amado.

—¿Ya no la amas? ¿De verdad? ¡Oh, gracias, gracias! No es verdad, sabes; he mentido, no es verdad que no soy celosa. Hoy soy fuerte, eso es todo. Quisiera ser el aire que respiras para confundir mi vida con la tuya, destruir mi naturaleza para formar parte de tu naturaleza. Dime una vez más que no amas a esa mujer.

Se lo dije.

—Júramelo.

Se lo juré.

Desfalleció palpitando de placer sobre mí, murmurando palabras de deseo y de oración.

Mi corazón estaba desgarrado de angustia.

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Aquella criatura salvaje, terrible por la deformidad y la enfermedad, me pedía la última prueba. Luché contra mí mismo, contra mi naturaleza cobarde, que se rebelaba a un sacrificio que yo mismo había provocado.

¡Si hubiera sido Clara! ¿Qué estoy diciendo? Si hubiera sido la más vil mujerzuela quizá hubiera caído a sus pies suplicante, hubiera olvidado mi corazón, mi mente, mi alma en la embriaguez de los sentidos. ¡Cobarde, cobarde!

En el ímpetu generoso que provocó en mí este pensamiento la tomé entre mis brazos asiéndola convulso, la levanté, la llevé por la habitación agitado. ¡Así había llevado el cuerpo adorado de Clara con otros temblores, con otros espasmos! Eran los mismos gritos, las mismas palabras entrecortadas, el mismo frufrú de la seda, el mismo ondear de una melena suelta, el mismo perfume embriagador…

Jadeando, más pálida que de costumbre, ella resbaló entre mis brazos y quedó en cuclillas en el suelo frío. Me puse a su lado.

—Tengo frío —me dijo.

—Te daré calor en mi pecho.

—¡Qué hermoso eres! ¡Cuánto te amo!

Se levantó de golpe, se dirigió hacia un escriño, tomó un par de tijeras y volvió hacia mí y me las dio. Echó sus cabellos hacia adelante, los recogió con las manos y me dijo sonriente:

—Córtalos, vida mía, mi amor, córtalos. Son tuyos.

Y como me retiré, tomó las tijeras e hizo ademán de cortárselos ella misma. Una parte de su melena se le había escapado, intentó recogerla pero en vano y tuve tiempo de detenerla.

—Tienes razón —me dijo ella—, tienes razón: después.

¡Después! ¿Qué quería decirme? ¿Por qué? ¿Acaso podía yo llamarme a engaño sobre el significado de esa palabra? ¿Iba ella a privarse de su única belleza en ese momento? ¡Más tarde, más tarde! ¡Dios mío!

Se oyó el muelle del reloj y cuatro sonoras campanadas.

¡Cuatro horas! ¡Habían pasado cuatro horas! Alcé los ojos hacia Fosca y leí en ella el mismo pensamiento. Hice ademán de retirarme; ella me abrazó, me estrechó contra sí y con un tono intraducible de ansiedad murmuró en mis oídos estas terribles palabras: «¡Sé mío, sé mío!».

Una niebla me oscureció la razón y no tuve fuerzas de resistirme. Lo que sucedió después es tan pavoroso que mi mente huye horrorizada. Dos largas horas de espasmos, de gritos, de promesas, de pudores inspirados

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por el rechazo han desgarrado mi naturaleza, han derrumbado el edificio de mis recuerdos y secado el último manantial de mis esperanzas…

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XLIX.

Fui al lugar convenido junto al castillo, casi sin darme cuenta. No había dormido y tenía la sensación de no estar del todo despierto. El médico había venido con mis padrinos, me había metido en un coche y había sido tan puntual que llegamos en el mismo momento que mi adversario.

Era una mañana fría, oscura, brumosa; los árboles estaban cargados de témpanos que la brisa arrancaba de las ramas, se oían las campanas de los pueblos cercanos que seguían tocando a fiesta, grupos de campesinos iban hacia la ciudad o volvían con sus cestos, los campos estaban nevados y desiertos.

Bajamos al foso por un barranco que las lluvias habían producido en el terraplén. Allí no nos verían. Aquel castillo al que tantas veces había ido con Fosca y que jamás había visitado no estaba habitado más que por unos cuantos colonos; sus agrietadas torres cubiertas de higueras salvajes y de hiedra daban la sensación de estar a punto de derrumbarse encima de nosotros.

Nuestros padrinos acordaron que nos batiéramos con sable, arma menos peligrosa. Ello me era indiferente. No porque no odiara a aquel hombre, sino porque en ese momento no tenía conciencia del peligro que corríamos ambos, esa especie de exaltación, de sonambulismo que sentía desde la noche anterior era aún más pleno y más profundo. No veía con claridad, no tenía más que una percepción imperfectísima de las cosas que sucedían a mi alrededor. Sentía que mi sangre iba del corazón a la cabeza con un ímpetu pavoroso. Experimentaba una sensación penosa en las venas de las sienes y de las muñecas, mis oídos estaban sordos debido a un incesante zumbido, sentía en todo mi cuerpo esa impresión que produce no el dolor sino la espera del dolor, tenía la impresión de que en pocos segundos toda mi máquina iba a descomponerse, a quebrarse, me parecía estar esperando algo extraño, algo terrible, como si fuera a ser fulminado por un rayo.

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Nos quitamos las levitas y nos remangamos la camisa. Allí cerca corría un riachuelo; el médico mojó un pañuelo, lo escurrió y me ató la muñeca. Nos dieron los sables, nos colocaron uno enfrente del otro y midieron las distancias. Yo tenía sobre mi adversario la ventaja de la estatura, él la de la agilidad. Era un hombre pequeño, enjuto, recio. Sus ojos inquietos y vivarachos, que no cesaban de mirarme, delataban una energía y una decisión que yo estaba muy lejos de poseer.

Dieron la señal. El coronel intentó enseguida y con destreza sin par un lance decisivo, un golpe oblicuo, que logré evitar sólo en parte retirándome. Me rasgó la camisa desde el hombro derecho al costado izquierdo y me dejó un largo arañazo en el pecho que empezó a sangrar inmediatamente. Al retirarse quedó descubierto y por mi parte le di en el brazo, pero la manga anuló mi acción ofensiva.

Nos ordenaron desistir, examinaron mi herida, volvimos a empezar. Intercambiamos varios lances sin fruto alguno. Yo era mucho más

hábil que mi adversario y si le hubiera odiado o hubiera tenido mayor conciencia del peligro que corría, no habría tenido ninguna dificultad para salir con ventaja. A los pocos minutos el coronel jadeaba, estaba agotado. Descansamos.

Hubo un tercer asalto. Yo estaba muy cansado, aburrido: me limitaba a defenderme y me defendía muy poco. El coronel había recuperado sus fuerzas. La contrariedad le había, por decirlo así, rejuvenecido, acompañaba cada lance con un grito seco y breve como es costumbre en los duelos, e intentaba herirme en el pecho de punta. Repitió dos o tres veces este intento. Su obstinación me despertó de mi apatía. Nada más fácil que herirle en ese momento de un sablazo en la cabeza y no sé cómo no se daba cuenta. Aproveché el momento, él se me echó encima inclinando la cabeza hacia atrás, pero estuve presto en retirarme sin cesar en el intento volviendo enseguida sobre él antes de que tuviese tiempo de ponerse en guardia. Bajé el sable ligeramente, él vio el peligro, se desvió a la derecha y le herí en la espalda.

Tiró su arma muy molesto, reprochando a sus padrinos el haber estado de acuerdo con la elección del sable y diciendo que el frío le agarrotaba las manos y le impedía manejarlo libremente. Su herida era profunda pero no grave.

Insistió en que nos batiéramos con pistola. Ningún consejo pudo apartarle de este propósito.

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Echamos a suertes quien debía disparar primero. El azar favoreció a mi adversario.

Nos situaron a treinta pasos de distancia. Las paredes paralelas del foso, que era muy angosto, daban a la vista una dirección tan exacta y tan fácil que pensé que estaba perdido. Acerqué mi arma al pecho para cubrirme el corazón y me coloqué de lado para ofrecer el menor blanco posible. Se dio la señal, el coronel disparó y la bala pasó silbando sin darme.

Volvió a su posición, extendí el brazo y disparé sin apuntar. El vaciló un instante, dejó caer la pistola de la mano y se derrumbó. No sé lo que me pasó en aquel instante. Mi respiración se detuvo, mis venas quisieron estallar y mi corazón romperse. Un velo se me puso ante los ojos, mis músculos se contrajeron en un espasmo atroz, me tambaleé un momento como buscando algo donde apoyarme y prorrumpí en un grito atroz, desesperado, desgarrador, como jamás había oído salir de pecho humano exceptuando a Fosca; caí en los brazos del doctor que había acudido en mi ayuda.

Aquella enfermedad terrible y por la que sentía tanto horror se había adueñado de mí en aquel instante. Fosca me había transmitido su enfermedad: yo había alcanzado en aquel momento la triste herencia de mi yerro y de mi amor.

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L.

Tras aquel día todo es oscuridad en mis memorias. Conocí más tarde los últimos detalles de esta tragedia doméstica. La muerte de Fosca, la llegada de mi madre, la vuelta a mi pueblo natal, son acontecimientos de los que he conservado un recuerdo oscuro y confuso como el de los sueños. A veces tengo la sensación de que semejantes acontecimientos sucedieron en una época muy remota de mi vida, tan remota que no puede ser situada en los años que ya he vivido, y tendría la tentación de negar la existencia de este pasado angustioso si las huellas que ha dejado en mi corazón no fueran demasiado evidentes y demasiado profundas.

A los cuatro meses de la catástrofe que acabo de relatar, una carta del médico me dio cuenta de las últimas noticias de aquellos sucesos:

«No le he escrito antes porque sabía que su enfermedad le impediría contestarme y quizá incluso conocer el contenido de mi carta. Sé que está usted casi curado y que sus ataques nerviosos son más ligeros y menos frecuentes. Su médico le habrá asegurado que se curará y yo le doy mi palabra de ello. Estos ataques no tienen ningún carácter epiléptico, su debilidad los alimenta y la fuerza que volverá a tener al curarse acabará con ellos. Viaje usted, entreténgase.

»Ignoro si el estado de ánimo en que se encontraba usted entonces le ha permitido guardar memoria de lo que sucedió antes de su viaje. Fosca murió a los tres días de aquella noche fatal; murió feliz, ilusionada y satisfecha, ignorando lo que sucedió entre usted y su primo y convencida de que la orden de traslado había hecho inevitable su alejamiento.

»En una caja que le envío por tren hallará usted un paquete de seda negra que guarda sus cabellos. Se lo habría enviado antes ni no fuera porque, estando enfermo, habría temido conmoverle fatalmente con este regalo. Sepa que se lo envío por encargo de ella.

»La herida del coronel fue grave pero no mortal. El proyectil le hirió en la espalda, rodeó el hueso pero sin producir fractura. Se curó en

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cuarenta días. El Ministerio tuvo noticia del duelo y dado que su renuncia no había sido ni anunciada ni aceptada, le obligó a pedir el retiro. Hace pocos días que salió para Suez donde le ofrecieron un empleo de ingeniero civil en las obras del canal. Yo le hubiera hablado de usted y me hubiera gustado poder convencerle de su inocencia, pero estas últimas desgracias le hicieron tan injusto y tan desconfiado que más bien le hubiera perjudicado en vez de favorecerle. Por otra parte, es probable que no tenga usted que volverle a ver.

»Confío en que su conciencia no me haya herido con palabras de reproche por la fatal influencia que tuve en estas desgracias suyas; no obstante, necesito que me lo confirme; usted sabe que yo no pensé más que en su felicidad y que fue lo que deseé.

»No sé si volveremos a vernos, ni cuándo (nos han trasladado a la otra punta de Italia), pero si eso sucede, espero verle cambiado. La vida, la juventud, el corazón, tienen sus derechos: usted los había sacrificado demasiado. Sepárese del pasado, láncese a este gran porvenir que le espera. La conciencia es cobarde, a menudo está aterrorizada por males que no hizo o que no podía dejar de hacer. Una ciega fatalidad mueve y dirige las acciones de todos los hombres; no les atribuya mayores responsabilidades que las que les asignan los estrechísimos límites de su albedrío.

«Adiós, mi buen amigo, que sea feliz y no se reproche una desgracia de la que no ha sido sino un instrumento».

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IGINIO UGO TARCHETTI (San Salvatore Monferrato 1839 - Milán 1869) fue encarrilado por sus padres a la tranquila seguridad de la carrera militar, en la que ingresó a los dieciocho años. En 1865, sin embargo, la abandonó para instalarse en Milán y dedicarse a la literatura. Colaboró en distintos periódicos y publicó, antes de su muerte precoz, dos novelas — Paolina (1866) y Una nobile follia (1867)— y dos libros de cuentos — Racconti fantastici (1869) y Amore nell’arte (1869)—. Fosca, su tercera novela, apareció en el diario Il pungolo durante la primavera de 1869, y fue completada por su amigo Salvatore Fariña, que escribió el último capítulo. Póstumamente, además, las poesías de Tarchetti fueron reunidas en el volumen Disjecta (1879).


FIN

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