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© Libro N° 14822. Los Buscadores De Loto. Clift, Charmian. Emancipación. Febrero 14 de 2026

 

Título Original: © Los Buscadores De Loto. Charmian Clift

 

Versión Original: © Los Buscadores De Loto. Charmian Clift

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/los-buscadores-de-loto/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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LOS BUSCADORES DE LOTO

Charmian Clift


Los Buscadores De Loto

Charmian Clift

Al comprar una casa en la isla de Hidra, la escritora Charmian Clift cumplió un sueño largamente acariciado: echar raíces en un puertecito de aguas cristalinas, luz cegadora y costumbres sencillas, lo más parecido a un paraíso en miniatura. Allí, Clift y su marido pronto se convirtieron en el centro de una comunidad de artistas y bohemios, soñadores y vagabundos que buscaban en Grecia una vida barata y sin ataduras, consagrada a la creación o a la vagancia. Entre ellos destacaría un todavía desconocido Leonard Cohen, al que el matrimonio acogió e inspiró con su ejemplo. Pero, como todo paraíso terrenal, el de Clift tenía un precio. Los días se le iban en poner coto al caos doméstico y en cuidar de sus tres hijos, los ingresos que generaban los derechos de autor eran exiguos, y las tabernas y el alcohol era una distracción constante. Después de los creativos pobres llegaron los ricos y sus yates, y un buen día una legión de norteamericanos desembarcó en Hidra para rodar una película de Hollywood. Aquel rincón idílico se había convertido en una isla chic.

Los buscadores de loto es la crónica apasionante del nacimiento y la disolución de una utopía, de una época efervescente en la que Hidra fue un laboratorio social y artístico en el que experimentar con formas de vida distintas, antes de que el turismo y la modernidad más ramplona interrumpieran un sueño que parecía eterno.

Charmian Clift

Los Buscadores De Loto

ePub r1.0

Titivillus 06-02-2026

Título original: Peel Me a Lotus

Charmian Clift, 1959

Traducción: Patricia Antón de Vez

Un agradecimiento especial a Vicente Fernández González por la transcripción de los términos griegos que aparecen en este libro. Trad. del prólogo: Lucas Villavecchia, 2023

Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó

Imagen de cubierta: colección Johnston/Clift

Ilustración de la página 7: Bea Salas @_beasalas

Ilustraciones de interior: Nancy Dignan

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

PRÓLOGO

Recordando a Charmian Clift

La mañana del 9 de julio de 1969 los periódicos de Australia traían en portada la noticia del intento de suicidio, en un hotel de Sídney, de la cantante británica Marianne Faithfull, cuyo novio, Mick Jagger, interpretaba el papel protagonista en una película sobre el legendario bandolero Ned Kelly. En las últimas páginas de las ediciones vespertinas aparecía la noticia de que la periodista Charmian Clift había «fallecido a medianoche mientras dormía, sin que hubiera habido indicios previos de enfermedad».

Al día siguiente, los fans de Clift empezaron a telefonear a la centralita del Sydney Morning Herald y del Melbourne Herald, periódicos en los que, desde noviembre de 1964, ella venía publicando una columna semanal. Invitada en un principio a escribir sobre los cambios que había observado al regresar a su país natal después de vivir una década en una isla griega, la columna de Clift no tardó en adquirir una enorme popularidad. Si bien estas «revoluciones pequeñas y sigilosas» (según las definió Clift en una ocasión) a menudo quedaban muy a la izquierda del mainstream de la opinión pública, la intimidad conversacional de su voz hacía sentir a los lectores que mantenían un trato personal con la autora.

Pese al tacto mostrado por los medios, el público pronto comprendió que Clift se había suicidado. A la mayoría de los amigos y fans de Charmian les resultaba imposible creer que una mujer que parecía encarnar la vida decidiera acabar con ella. (¿No había escrito acaso que nunca llevaba reloj porque siempre le «había parecido que era como llevar la muerte en la muñeca»?)

Aunque el modo en que murió no refleja el verdadero carácter de Charmian Clift, ha servido para alimentar una leyenda que hace que se la recuerde por todas las razones equivocadas. Si bien recientemente se han reeditado algunos libros de Clift (e incluso han sido traducidos al español, al catalán y al griego), existe una industria dedicada a explotar la imagen de Charmian Clift y de su marido, el también escritor George Johnston,

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como los protagonistas de una tragedia griega, con un elenco de celebridades internacionales entre las que figura Leonard Cohen, y un argumento en el que los rumores sobre antiguas infidelidades se mezclan con historias de trifulcas etílicas y facturas sin pagar, de celos, belleza en declive y (lo peor de todo) el pecado de ser una madre negligente. Por supuesto, la localización es el reclamo principal. La pequeña isla de Hidra, con su anfiteatro de mansiones dieciochescas que abrazan las aguas cristalinas de un pequeño puerto, es el escenario —o, en su defecto, el plató— idóneo para estas sagas.

De hecho, ya lo era en tiempos de Clift.

En Los buscadores de loto (publicado en 1959), donde cuenta su verano en Hidra, la escritora se burla de las estrellas de cine y sus acólitos, que han invadido la isla que en invierno era un refugio para Charmian, George y la pequeña colonia de escritores y artistas extranjeros, y amigos. El título del libro aludía a la famosa frase de Mae West —«¡Pélame una uva!»—,[1] que Clift combina en clave irónica con la referencia a los míticos lotófagos que el héroe homérico Ulises encontró repantigados en una isla cubierta de plantas narcóticas. La gran ironía es que ahora Clift y Johnston son retratados exactamente como la clase de parásitos holgazanes que ella tanto aborrecía.

Así, se habla mucho de las visitas de la pareja a la taberna local para beber a mediodía, pero pocas veces se consigna el hecho de que su jornada de trabajo solía comenzar puntualmente al romper el alba. Durante los diez años que pasaron en Grecia, Johnston y Clift escribieron catorce novelas y dos libros de viaje.

La distancia que los separaba de sus mercados, junto con un régimen tributario que les golpeaba simultáneamente en tres países distintos, hacía que las ganancias resultantes de todo ese trabajo fueran precarias. La razón por la que estos escritores se dirigían al puerto a mediodía era la esperanza de que el correo que llegaba a diario a bordo del barco de vapor procedente de Atenas incluyera un cheque. Nadie que disponga de unos ingresos regulares puede comprender lo angustiante que es vivir pendiente de la siguiente liquidación de los derechos de autor, sin saber cómo se están vendiendo los libros. En una ocasión, en Grecia, cuando recibió un pago menor de lo esperado por una novela, Charmian se sentó a llorar en el hueco de la escalera de su casa. «No es la pobreza lo que importa — explicó—, sino la certeza de que uno seguirá siendo pobre.»

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En Hidra, al menos, la manera estacional e impredecible de ganarse la vida, propia del escritor, podía ser comprendida por los comerciantes locales. Allí, la pareja pudo vivir como los pescadores de esponjas: comprando alimentos y garrafas de retsina a crédito, a la espera de que llegara su barco. A estas cuentas se añadían las rondas de alcohol que George solía pagar a otras personas, incluidas aquellas que más tarde difamarían a la pareja. A estas alturas, las muestras de resentimiento de una pequeña y claustrofóbica colonia de extranjeros han sido exageradas hasta el absurdo.

Una semana antes de la muerte de Charmian Clift, un debate público acerca de la idoneidad de darle a Mick Jagger el papel de Ned Kelly la llevó a escribir un artículo sobre la icónica representación del héroe popular australiano que había hecho el artista y viejo amigo suyo Sidney Nolan. A lo largo de un invierno salvaje en Hidra, Charmian y George habían pasado muchas noches conversando con Nolan sobre la naturaleza de los mitos. En el artículo ella citaba una conversación reciente en la que el pintor había comentado que una historia se convierte en mito cuando «la gente le insufla pasión, se pone a circular como un guijarro y acaba representando algo básico en la comunidad».

Así pues, ¿qué necesidad básica satisface el mito de los dos escritores australianos que se emborracharon y tuvieron algún que otro escarceo sexual en una pequeña isla griega antes de que la mayoría de nosotros hubiésemos nacido?

Si el retrato de la vida de la pareja al estilo de un artículo de revista de masas fuera un mero entretenimiento, no pasaría nada. Los mismos Johnston y Clift inventaron algunos aspectos de su autobiografía. Pero los mitos contienen moralejas y advertencias. Son una fuerza conservadora que cohesiona a la comunidad al expresar y sostener valores sociales seguros. El mito que se ha construido a partir de las vidas de estos dos escritores sirve para socavar su mensaje político.

El hecho de haber renunciado a sus trabajos estables para mudarse con sus hijos a una isla griega convierte a Charmian Clift y George Johnston en exponentes de un tipo de libertad peligrosa para el entramado social. Mucho antes de que los urbanitas cosmopolitas se apuntaran a la moda de escaparse a un pueblo remoto o a una isla para reformar casas y acudir al mercado local, los Johnston se jugaron el sustento y la vida misma

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lanzándose a la aventura. No es sorprendente que la moraleja de esta historia presente su huida como un fracaso o incluso como una pesadilla.

Si la muerte de George Johnston por tuberculosis es una sombría advertencia contra la vida en mansiones griegas llenas de humedad, el suicidio de Charmian Clift constituye la confirmación definitiva de que más vale quedarse en casa con una hipoteca y la pensión de jubilación.

La visión mítica de los años que pasaron en Hidra también tergiversa el mensaje de ambos escritores al arrancarlos de su contexto histórico. De hecho, la década de su exilio se cierra con su implicación en la convulsa política de la Guerra Fría y de los años sesenta, ya de regreso en su país natal.

Charmian Clift y George Johnston abandonaron Australia en 1951 como parte de una oleada de artistas e intelectuales que no podían soportar la atrofia cultural y el conservadurismo político de la sociedad presidida por el primer ministro Robert Menzies. En particular, a Clift le dolía el ataque que había sufrido en un programa radiofónico de ABC en el que había criticado la política económica del gobierno. Los artículos de Johnston sobre China habían sido censurados.

Cuando Charmian y George regresaron a Australia en 1964, Menzies aún gobernaba y la sociedad seguía igual en muchos aspectos. De nuevo, ambos escritores fueron abiertamente críticos con el gobierno, pero gracias a la visibilidad que le proporcionaba su columna semanal, fue Clift la que ocupó un lugar más destacado.

A las pocas semanas de que se introdujera la conscripción obligatoria, Clift se opuso a ella. Cinco años antes de la primera moratoria, alzó la voz contra la guerra de Vietnam. Mucho antes de que la palabra «multiculturalismo» se oyera en Australia, defendió a los migrantes. En una época en que numerosos australianos aún se referían a Inglaterra como su «casa», nos recordó que éramos parte de Asia. En apoyo de su amiga Faith Bandler instigó a los lectores a votar SÍ en el referéndum de 1967 sobre los derechos civiles de los aborígenes. Mientras otras personas de su generación despotricaban contra los jóvenes que se manifestaban, recordó a los australianos el derecho a disentir. Se levantó contra el patriarcado. En una sociedad acomodada como la nuestra, preguntó por qué mediaba una brecha tan grande entre ricos y pobres. En cuanto a Grecia, ella misma se condenó al exilio de ese país al oponerse públicamente a la junta militar de derechas que tomó el poder en 1967. A su muerte, el secretario del Comité

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para la Restauración de la Democracia en Grecia escribió al Sydney Morning Herald para decir que «Todos los demócratas griegos están de luto por su muerte prematura y se sienten inspirados por su ejemplo y su lucha por la dignidad del hombre». Otros lectores, tanto hombres como mujeres, describieron el «vacío» que había dejado en sus vidas.

En un ensayo titulado «¿Por qué lo haces?», Charmian Clift dejó escrito: «Toda una vida de lucha y coraje, derrotas y triunfos, esperanza y desaliento puede ser recordada, a la postre, por una sola noche de borrachera».

Su noche de borrachera tuvo lugar el 8 de julio de 1969, cuando un exceso de alcohol y la sensación de estar atrapada la condujeron a ingerir una sobredosis de somníferos. Como la muy publicitada sobredosis de la novia de la estrella de rock que tuvo lugar aquella misma noche, se trató de un espontáneo grito de socorro. La tragedia es que, en el caso de Charmian, nadie lo oyó. Pero ello no invalida su mensaje de liberación, que no iba dirigido solo a sí misma, sino a todo el mundo. Sin duda alguna, esta historia es más grande que su leyenda.

NADIA WHEATLEY, 2023

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LOS BUSCADORES DE LOTO

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Para George

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FEBRERO

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Hoy hemos comprado la casa junto al pozo.

La adquisición, pendiente de un hilo durante varias semanas de nerviosismo, mientras tratábamos de organizar nuestras imposibles finanzas, se ha formalizado finalmente en el despacho del notario, que es también el juez de paz de esta pequeña isla griega, así como el tasador municipal y el marido de la profesora favorita de mi hijo Martin en la escuela del pueblo: la escuela de Abajo, que se llama así para distinguirla de la de Arriba, en lo alto de la montaña.

El notario es un hombre menudo, cortés y asmático. Al igual que todos los demás funcionarios del pueblo, ejerce su profesión desde una celda del antiguo monasterio que se oculta tras la alegre fachada marítima de las tiendas del puerto, y fue ahí, en su celda del monasterio, donde nos reunimos formalmente, con la gran campana de bronce tañendo con estrépito al mediodía sobre nuestras cabezas.

El notario, muy afable e importante, estaba sentado a su escritorio, y formando una hilera ante él, ocupando cinco sillas negras y de patas finas al viejo estilo de la isla, nos hallábamos las cinco partes interesadas en el asunto: Sócrates, el carpintero y ocasional agente inmobiliario; Demóstenes, el barbero de mirada furtiva que actuaba en nombre del antiguo propietario de la casa; el viejo Creonte Stavris, que debía guiarnos por los entresijos definitivos de la compra; y mi marido George y yo, ambos fumando con nerviosismo y conscientes de que parecíamos una pareja algo harapienta y desaliñada.

El notario, el viejo Creonte, el barbero Demóstenes e incluso Sócrates se habían puesto, por lo visto, sus mejores galas para la ocasión y el barbero hacía girar entre sus dedos regordetes una espiga blanca de jacinto recién cortada.

Aun así, desaliñados o no, nosotros éramos los compradores, y fue con cierta ceremonia que nos condujeron hasta la mesa para firmar y dar fe del gran número de incomprensibles documentos en griego que el notario leía a un ritmo furibundo y espasmódico y Creonte aprobaba con bruscos gestos de asentimiento dirigidos a George. A través de la puerta del despacho, yo alcanzaba a ver el azul cerúleo y celestial del techo del

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balcón, tres finas columnas de mármol y un hibisco que refulgía en el patio junto a la tumba ornamental de uno de los innumerables héroes navales de la isla.

Comprar una casa en un sitio así me parecía una maravilla.

Su precio era de ciento veinte libras de oro, tal como se había acordado tras largas y misteriosas negociaciones entre Sócrates y el barbero. Para mi sorpresa no hubo el menor intento de última hora, por parte de ninguno de los dos, de subirlo diez o doce libras más. Tal vez la experiencia es engañosa al fin y al cabo, y nos hemos vuelto innecesariamente desconfiados en los tratos comerciales con los griegos. En cualquier caso, habría sido mucho esperar que pudiéramos sacarle el mayor partido posible a la rueda de la fortuna: al cambio, la libra de oro estaba más alta esa mañana que en los últimos meses, de modo que la casa costaba en realidad cuatrocientas noventa y tres libras con diez chelines en papel moneda inglés, o seiscientas veinte libras australianas, o unos mil trescientos dólares.

Tuvimos que calcularlo en varias divisas, porque nuestros ingresos proceden de exiguos cheques por derechos de autor en varios países, y era necesario asegurarnos de que realmente podíamos permitirnos comprar una casa. De hecho, parecía bastante evidente que aquella adquisición era una locura fuera en la moneda que fuera, pero ciento veinte libras tampoco es que resulte mucho cuando se dice rápido y se omite el opulento tintineo de la palabra «oro».

Fue solo al constatarlo en grandes montones de flamantes y tiesos billetes de dracma, que George sacaba a puñados de un viejo y maltrecho maletín de piel de canguro que yo le había regalado por su cumpleaños mucho tiempo atrás en Australia, cuando el corazón me dio un ligero vuelco.

¡Adiós muy buenas! Así se iba nuestro último pedacito de capital, nuestro dinero para el regreso a la civilización, nuestra reserva contra enfermedades infantiles, operaciones de amígdalas o del apéndice, desastres dentales varios, o la contingencia, nunca mencionada, que podría presentarse si no todo fuera bien con el nacimiento de este nuevo bebé en el término de las próximas semanas y tuvieran que meterme en un caique para emprender una dramática travesía a Atenas.

El médico que me atendió el mes pasado en Atenas dijo que podría tener el niño en la mismísima cima del monte Olimpo con absoluta

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seguridad, y sé que la más joven de las dos comadronas de la isla es una mujer práctica y sensata, y que la mayor parte de la población mundial viene al mundo sin anestesia ni asepsia, y que al fin y al cabo ya es mi tercer hijo. Pero aun así…

Debo decir que George arrojó el dinero dándose aires, como si en efecto fueran ciento veinte relucientes soberanos de oro lo que estuviera desparramando sobre el escritorio del notario. Creo que en ese momento su coraje, que había flaqueado un poco durante las últimas semanas de negociaciones, se veía avivado por el lustre admirable y valiente de su propia audacia. Cuando uno lleva toda una vida condicionado por cooperativas inmobiliarias, pólizas de seguros y segundas hipotecas, desde luego parece romántico y temerario que el primer pedazo de tierra que posea en este mundo sea tierra griega, y que uno deba pagar por ella —en sentido figurado, en cualquier caso— en soberanos de oro, en una época en que la cuestión de Chipre se vuelve más venenosa con cada día que pasa y en Atenas prenden hogueras con banderas británicas y todo lo inglés se detesta con una intensidad inversamente proporcional al amor que los ingleses solían despertar en Grecia; todo, excepto el soberano de oro. La gente de esta isla tiende a ser desconfiada —más bien estrecha de miras, y siempre vigilante— y no acaban de fiarse de cualquier otra clase de dinero.

En el puerto no hay ningún banco, así que, cuando se hacen con las codiciadas piezas de oro, deben esconderlas en calcetines o bajo tablas sueltas del suelo. Incluso se había hablado de antemano sobre que el dueño de la casa iba a insistir en que se le pagara en oro, y Creonte estaba dispuesto a llevarnos de casa en casa para obtener la cantidad necesaria de soberanos. No hizo falta llegar a este punto, lo cual lamenté mucho.

Y al fin y al cabo, pensé, muy erguida en la silla de modo que la vieja trenca pendiera recta desde mis hombros y disimulara un poco la súbita y alarmante actividad que se desarrollaba debajo de ella, ciento veinte libras —incluso de oro— no eran tanto por nueve habitaciones soleadas (ocho una vez derribada la pared entre los dos cuartos del piso superior para hacer un gran estudio) y una cocina alargada de suelo enlosado, con los antiguos fogones en una hornacina y un techo de vigas. En Inglaterra o Australia, con ciento veinte libras apenas se podría comprar una letrina. Hay una terraza en el tercer piso, además, con vistas a la bahía azul y, más allá, a las montañas de Troezen. Y la casa tiene un pequeño jardín

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amurallado con dos parras y ocho árboles frutales. Mis dos hijos mayores compartirán una habitación del tamaño de un salón de baile, y en el segundo piso, junto al que será nuestro dormitorio, hay un espacio pequeño y soleado, al que se llega convenientemente por una escalera y una trampilla desde la cocina, que servirá de habitación nocturna para este que tiene que nacer y cuya agitación actual me hace sentir cierta aprensión. Preferiría que esperara a nacer después de las semanas que deben transcurrir antes de que podamos mudarnos a la nueva casa. Ya hemos pasado por demasiadas viviendas de alquiler. Me gustaría que al menos uno de mis hijos naciera en su propia casa…

Después de que Demóstenes, el barbero, hubiera contado con suspicacia cada billete de cada montón y los guardara fajo a fajo en una maleta de cartón, y el notario hubiese guardado su propio montón de billetes correspondientes a gastos legales e impuestos en una caja negra de aspecto oficial, y Sócrates, con un gorjeo avergonzado y ruborizándose, hubiera deslizado el dinero de su comisión en el bolsillo de su pantalón, y Creonte hubiese recibido formalmente el dracma por actuar como testigo, el notario, con un golpe sordo, estampó el sello oficial sobre un charquito de cera roja y nos hizo entrega de los espléndidos documentos.

El viejo Creonte, que durante todo el proceso había permanecido erguido y ceñudo y arbitral, con el cuello de toro ligeramente estirado en pose belicosa, plegó entonces sus gafas con lenta deliberación, las colocó en su pulcro estuche bordado, se levantó repentinamente, de un brinco, y abrió los brazos.

—Kalorísiko! —exclamó, y nos abrazó a cada uno por turnos.

—Kalorísiko! —jadeó el notario, estrechándonos la mano.

—Kalorísiko! —soltó Sócrates con una risita, abrumado por el hecho de haber cerrado finalmente ese trato… ¡o cualquier trato! Como agente inmobiliario, Sócrates no es muy eficiente. Pero todavía lo es menos como carpintero, y como odia la carpintería y adora las casas, al viejo Creonte y a otros ciudadanos de prestigio les gusta animarlo en su chaplinesco negocio inmobiliario.

Sócrates, menudo, regordete, calvo y sonriente, pertenece en cierto sentido a toda la ciudad, del mismo modo que toda la ciudad pertenece a Sócrates. Llegó aquí de niño, un huérfano refugiado de las masacres de los turcos en Asia Menor, y fue adoptado por una viuda sin hijos, una mujer formidable conocida como tía Electra. Tía Electra metió a Sócrates de

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aprendiz de carpintero, pero incluso de niño lo que más le gustaba a él era bajar al puerto para ver cómo arribaban los barcos, llevarles el equipaje a los pasajeros y mostrarles a los extranjeros dónde podían conseguir alojamiento.

Su ciudad de adopción le infundía un orgullo incontenible. Cuando creció convirtió su misión en ocuparse de las banderas del puerto y las decorativas guirnaldas de banderines que se cuelgan en las iglesias y los escaparates de las tiendas en los días festivos.

Y sigue siendo Sócrates quien engalana la ciudad en grandes y pequeñas ocasiones, y sigue siendo Sócrates quien recibe a los barcos, y sigue siendo Sócrates quien corretea por el paseo marítimo y sube y baja por las empinadas escaleras y las estrechas callejuelas de la ciudad de la mañana a la noche, con turistas ansiosos pisándole los talones. Su entusiasmo por la isla nunca ha disminuido. Llora las glorias desaparecidas que nunca conoció, disfraza los rincones destartalados con más y más banderas e intenta vender casas en ruinas a extranjeros que podrían restaurarlas.

Esos negocios, la mayoría de las veces, se echan a perder por su excesiva insistencia en alardear de las beldades del inmueble y su tendencia a contar entre risitas enormes mentiras sobre el contenido y la capacidad de las cisternas, el estado de los techos y tuberías y de los sanitarios. De vez en cuando se llega a cerrar un trato a pesar de ello. Así que, en nuestro caso, Sócrates soltó más risitas incontroladas que nunca, mientras que se embolsaba su comisión, y también se sonrojó, porque trabajaría con el mismo ahínco para vender una casa sin comisión alguna.

—Kalorísiko! Kalorísiko!

Y el barbero, cuando salía a hurtadillas de la celda del monasterio con la caja de cartón bajo el brazo, se volvió en el umbral y murmuró suavemente por encima del hombro:

—Kalorísiko!

—Y ahora —intervino Creonte adelantando la puntera de un lustroso zapato como quien se dispone a bailar un vals—, supongo que nos encaminaremos al bar de Katsikas, ¿no? Si todos están de acuerdo en que es el proceder adecuado en esta feliz y propicia ocasión…

Creonte aprendió inglés en el Robert College de Constantinopla a principios de siglo, y hasta nuestra llegada a la isla, el año pasado, no había usado ni una palabra del idioma desde 1911, así que todo lo que dice

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transmite una especie de formalidad jovial, muy eduardiana y como de cabriolé, como lo son su bigote recortado, su pulcro peinado entrecano y su gabán raído pero bien cepillado, con cuello de terciopelo y la espiga de jacinto en la solapa. Pero sus ojos saltones y miopes son tan sagaces como desafiante resulta su forma de adelantar la cabeza más bien chata sobre ese cuello grueso y corto, y camina con mucho brío, hendiendo el suave aire isleño con los hombros encorvados como quien se abre paso a través de una oposición formidable e invisible para todos los demás.

Y así nos guio hacia el exterior de la notaría, abriéndonos paso hacia la luz, desafiando al mundo a demostrar, si podía, que no éramos absoluta, legal e indiscutiblemente —y de ser necesario por encima de su cadáver, hasta ese punto defendía nuestros derechos— los únicos propietarios y poseedores de la casa junto al pozo.

—Kalorísiko! —me susurró George cuando desfilábamos tras Creonte escaleras abajo para internarnos en el reluciente pozo blanco del patio del monasterio, en el frío resplandor del primer sol primaveral y en las salpicaduras rojas de las hojas de hibisco contra una fría sucesión de columnas blancas bajo los balcones azules—. Bienvenida a casa, por fin.

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El bar Katsikas consiste en seis mesas de pino al fondo de la tienda de comestibles de Antonis y Nicos Katsikas, al final del paseo marítimo adoquinado, junto al hotel Poseidón, y es ahí donde solemos reunirnos a mediodía entre sacos de harina, envases de aceite, bidones de agua de hojalata pintada, ristras de cebollas y suaves y blancas guirnaldas de borra de algodón: una especie de club social que ha surgido de la necesidad de aliviar el aburrimiento de un invierno isleño.

El club tiene un número variable de miembros que fluctúan en torno al núcleo sólido de Creonte, su esposa Zoé y los cuatro extranjeros, aparte de George y de mí, que pasan el invierno entero aquí. Si hay un presidente supongo que es Creonte, que acude a este encuentro social cotidiano de mediodía, después de cuatro meses, tan garboso y alegre como si todos acabáramos de conocernos, y con las mismas ganas de contar de nuevo sus andanzas de donjuán en su juventud. Son historias bien curiosas, con un extraño tufillo a fijador para el pelo, pobladas de misteriosos personajes irreales que poseen carruajes y yates de vapor y amantes francesas y dedican el tiempo libre a comprar políticos y libras de oro y mágnums de champán. Mediante su repetición sin fin, los relatos de Creonte han adquirido la inquietante familiaridad de los cuentos de hadas que yo escuchaba a la luz del fuego tantas vidas atrás.

La historia del propio Creonte tiene ese mismo encanto engañoso, como de cuento de hadas, de la irrealidad. Nacido entre grandes riquezas, y heredero ya en su juventud de un imperio de esponjas que se extendía por Europa y las Américas, era el último de los príncipes comerciantes de la isla: el último tallo sano de la deslumbrante cosecha dorada de grandes nombres y aún mayores fortunas que brotó inexplicablemente de este singular pedazo de roca gris en los veranos de comercio fulgurante de los siglos XVIII y XIX y que se marchitó en el XX. Incluso cuando Creonte era niño algunas de las grandes casas ya debían de estar viniéndose abajo.

Aun así, él también tuvo su verano fulgurante. Agregó una planta más a la austera casa de piedra que su padre le había dejado y le añadió balcones curvos y magníficas escalinatas; viajó a países lejanos y compró diamantes en Ámsterdam, frágiles cristalerías en Rusia, bombachos de tweed en Inglaterra, muebles en Francia, experiencia en América. Hizo que enlucieran los antiguos techos tallados de la casa y que los pintaran

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con guirnaldas de vivo color rosa, y como le producían cierto desagrado los finos muebles de forja que los aristócratas anteriores de la isla habían saqueado de la Europa del siglo XVIII, se decantó por sofás de felpa, confidentes de satén azul plisado, cortinas de terciopelo con flecos y borlas, macizos aparadores de caoba, tresillos de porche en mimbre enroscado, sillas de fumador, estanterías esquineras en ratán. Entonces, tras haber encontrado una joven sana y con la educación adecuada entre las flores selectas de la aristocracia ateniense, la instaló entre los horrores eduardianos que había perpetrado en aquella hermosa casa antigua y se fue a Nueva York para ocuparse de su negocio de esponjas.

Cuando, unos años más tarde, regresó a su isla natal con el convencimiento de que su esposa habría recurrido a la única distracción posible para una joven y bonita matrona aburrida no hizo ninguna escena, sino que la supervisó él mismo mientras hacía las maletas y la acompañó en persona al embarcadero, donde su bote con tripulación de librea esperaba para transportarla a remo hasta el yate privado que se la llevaría de la isla, y de la vista de Creonte, para siempre.

Devolvió la suma de su dote en un banco de Atenas y pasó los siguientes veinticinco años litigando contra ella en todos los tribunales de Europa y Estados Unidos porque se negaba a pagarle además una asignación. A medida que iba perdiendo un juicio tras otro iba dilapidando deliberada e implacablemente su negocio, y prefería acabar en la ruina que darle a su esposa la satisfacción de disfrutar de la riqueza y la posición a las que ella misma, según el propio Creonte, había renunciado con su comportamiento.

La Segunda Guerra Mundial y la ocupación acabaron con lo que quedaba de su fortuna. Cuando el conflicto llegó a su fin, era un hombre pobre. Y por irónico que resulte, su esposa, ya vieja, había muerto para entonces, triunfalmente virtuosa hasta el final. Cuando Creonte quedó libre para casarse con Zoé, la menuda y dulce conservadora y bibliotecaria del museo de la isla, a quien durante dieciocho años había sometido con ecuanimidad a una curiosa serie de pruebas y trampas concebidas para evidenciar su virtud y su devoción, no tenía nada que ofrecerle aparte de su obstinada vejez y la gran y sombría mansión decadente de sus días de gloria.

En esa casa, que la gente solía llamar «la Casa Usher», siguen viviendo Creonte y Zoé, solos y sin servicio. Los confidentes de fruncido se han

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descolorido hasta parecer de un color polvo y la tela se ha abierto a lo largo de cada intrincado pliegue, pero Zoé canta cuando se sienta entre aquellos esplendores deslustrados a zurcir tranquilamente los calcetines de Creonte bajo la única bombilla desnuda que pende bajo las manchadas y mohosas guirnaldas rosadas.

Es una mujer de cara ancha, simple y amable, recién entrada en la mediana edad, a quien Creonte, gracias a alguna misteriosa alquimia del amor, ve como una especie de eterna Hermia, menuda y feroz. Se muestra muy pícaro y galante con ella. Al haber encontrado la felicidad tan tarde en la vida, el amor de Creonte es una conmovedora parodia del brío de su juventud, como si deseara desesperadamente abrir una brecha en el tiempo. Debo decir que Zoé lo lleva muy bien: es muy tolerante con todo, incluso con las ridiculeces del amor. Y, así, Creonte canta también nostálgicos fragmentos del musical La bella de Nueva York mientras trajina en la cocina abovedada calentando leche para Zoé en el pequeño hornillo de queroseno que se emplaza solitario en el enorme hueco arqueado de una cocina donde antaño se asaban corderos enteros, o se sienta a solas al gran escritorio polvoriento del estudio, rodeado de pisapapeles curiosos, extrañas esponjas rígidas y secas, tinteros ornamentados que no contienen nada más que posos de polvillo violeta, verde y rojo. Desde lo alto de las estanterías, un albatros disecado, sujeto por las alas abiertas y medio peladas y envuelto en un denso velo gris de telarañas, lo mira con sus enloquecidos ojos de cristal.

Ya no tiene ninguna gestión comercial propia para la que deba llevar a cabo transacciones en el estudio, pero Creonte no puede dejar de ser un hombre de negocios. De forma gradual y con creciente autoridad, se ha hecho cargo de todas las dificultades burocráticas de los residentes extranjeros de la isla: permisos, pasaportes, documentos varios, cambios peliagudos de divisas, búsqueda de vivienda y toda clase de cuestiones legales. Ninguno de nosotros se atrevería a iniciar una transacción comercial, o ni siquiera a apalabrar el suministro de leña para el invierno, sin consultar primero a Creonte. Su paso nunca es más firme, ni sus ojos más penetrantes, que cuando se dedica a resolver nuestros problemas de extranjería. Eso le ha proporcionado unas ganas renovadas de gozar de la vida. Ha llegado a sacar partido de los extranjeros recién llegados casi con la misma avidez que Sócrates. Este último quiere venderles casas; Creonte quiere organizar sus vidas.

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Dos de los cuatro extranjeros que viven aquí son amigos nuestros desde hace muchos años. Esos dos, un pintor llamado Henry Trevena y su esposa Ursula, llegaron en noviembre pasado, en gran parte gracias a nuestra recomendación de la isla como un lugar precioso, y lo suficientemente barato y tranquilo como para que Henry pudiera trabajar durante un invierno sin distracciones. Sin embargo, pese a la inmediata pasión que despertó en Henry la cruda belleza de las altas montañas que se elevan de la media luna tachonada de joyas del puerto (auténticas montañas griegas, agrestes y nobles, con pinceladas de violeta y dorado tiñéndolas en el crepúsculo, y monasterios como pequeños excrementos blancos encaramados vertiginosamente en lo alto de sus laderas surcadas de hoyuelos y cicatrices), y pese a la constantemente reiterada intención de Ursula de negarse a un nuevo traslado, esos dos son solo isleños temporales. No habrá descanso para ellos en ninguna parte del mundo mientras la visión imposible de Henry siga ardiendo ante sus ojos y él la persiga, devorando el espacio y el tiempo, abriendo sus propias sendas obstinadas, creando desde su propia urgencia columnas de humo y fuego que lo guíen en su inexorable camino. De rostro todavía juvenil, encantador y amigable, con el conquistador atractivo celta, y los sueños, la poesía y ese particular retraimiento del hombre autodidacta que busca a tientas la elocuencia, es, sin embargo, tan implacable como Dios. Si últimamente Ursula se ha vuelto un tanto gótica y malévola, me parece disculpable, y no solo por algo tan trillado como el aburrimiento isleño. Está agotada, pobre Ursula, y no es de extrañar. ¡Henry no dudaría en echarle brea y prenderle fuego si le hiciera falta una antorcha para pintar!

Los otros dos de la colonia que pasan el invierno en la isla son Sean Donovan, un maestro de escuela irlandés, y su esposa artista, Lola: sabe Dios qué extraña corriente los habrá traído a las costas de esta isla griega, donde han quedado varados por falta de fondos para mudarse a otro lugar, o bien por la poca disposición de Sean a volver a la enseñanza antes de haber intentado vivir como escritor independiente.

Ahí reside parte de la clave de la personalidad de Sean. Lola, una mujer temperamental, de formas opulentas, charlatana, cariñosa y dogmática, siempre parece motivada por sus ganas de hacer cosas; a Sean, en cambio, lo motiva la desgana. Lola tiene gustos, que expresa con

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claridad; Sean tiene aversiones. Pero Sean no es un insulso: tiene encanto, dulzura, hace gala de una perfecta honestidad intelectual y de un irónico humor irlandés que a menudo dirige perversamente hacia Lola. Sin embargo, transmite cierto desaliento, cierto victimismo ante sus propios estándares intransigentes, su propia lucidez de razonamiento, e inevitablemente, ante una exasperada Lola que no para de darle la lata.

Cada uno de nosotros, a su manera, protesta contra la febril competitividad del mercantilismo moderno, contra esa carrera de locos cada vez más rápida para cubrir una sucesión interminable de días estériles que comienzan sin esperanza y acaban sin gozo. Cada uno de nosotros se las ha apañado de algún modo para liberarse de la bola y los grilletes y huir de ese mundo de lucro desenfrenado, decidido a hacer su propio trabajo a su manera. Sentados entre los sacos de alubias en la tienda de comestibles de una isla, nos hemos encariñado mucho los unos de los otros, de esa forma en que la gente consigue, con su mera presencia, reafirmar la convicción a veces vacilante de los demás.

Hay otros que también se unen de modo intermitente al grupo del mediodía en el bar Katsikas. Siempre hay varios isleños, como los perezosos y harapientos que hacen trabajitos aquí y allá; los funcionarios públicos, tan pulcros y deferentes; extraños pastores de rostros curtidos que bajan de las montañas; empobrecidos aristócratas de afamado linaje que aún conservan sus grandes casas aquí, aunque solo sea como retiro de fin de semana para huir de los pisos de Atenas donde el nuevo mundo del comercio los ha arrinconado. Luego está el viejo Vasilis, un pescador de esponjas lisiado que llevó a cabo actos valientes con minas lapa en la guerra y, como resultado, luce cicatrices de Buchenwald. Y viene también el director de la escuela de Bellas Artes, que realiza periódicamente visitas de invierno si hay algún artista alojado en el establecimiento; y los artistas en sí, perros callejeros que recalan aquí en invierno durante unos días antes de vagar hacia las otras escuelas de Bellas Artes que el Gobierno griego ha establecido en Miconos, Rodas y Delfos, o que sucumben por completo al curioso atractivo de esta isla y se mudan de la escuela a una de las encantadoras casitas encaladas en torno al puerto, que todavía se pueden alquilar por una miseria.

Ahora mismo la escuela está prácticamente vacía, pues es en verano cuando los artistas invaden realmente el puerto; bajo sus techos altos y artesonados, ahora solo se refugian tres suecos enormes y serios, todos

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muy jóvenes y rosados bajo la pálida pelusa de las incipientes barbas doradas, y con enorme interés por la cultura; y un remilgado mariquita francés que ha encontrado su camino hasta aquí, por improbable que parezca, desde un pueblo pequeño y primitivo en el Peloponeso. A todos empieza a caernos muy bien Hippolyte, pese a sus uñas de los pies pintadas de rosa, los tejanos ceñidos y el corte de pelo romano clásico. Bajo toda su afectación y su esnobismo social, tiene la moral de una solterona francesa, y sus modales hacen que todos nosotros, que nos hemos vuelto algo descuidados con la vida en la isla, nos avergoncemos.

Ese día, el grupo se reducía a nuestros cuatro amigos más íntimos: todos bebíamos vino en la rayada mesa verde del rincón, junto a los bidones de queroseno, rodeados de nuestros cestos del mercado, de garrafas de aceite y botellas enfundadas en mimbre y llenas de vino de Ática o de queroseno para nuestras cocinas pequeñas, baratas y explosivas. Bajo la mesa yacían despatarrados los dos perros: Alejandro Magno, un pequeñín y vivaz cruce de pomerania que pertenece a los Donovan por derecho de sucesión, y nuestro propio Max, mezcla de pointer y algo indeterminado, un bicho tontorrón y de ojos tristes que aún seguía desconsolado por haberse quedado fuera del despacho del notario.

Más allá de la mesa, en una visión surrealista tras los haces de hierba rastrillada de los jardines y un despliegue de velas eclesiásticas como tubos de órgano, una recua de burros pasaba tintineando, dos caiques carmesíes descargaban hortalizas en esteras de paja dispuestas a lo largo del muelle y una cometa de colores hendía el cielo sobre los viejos cañones del promontorio. Al otro lado de la lisa franja de agua que se extiende entre nuestra isla y el continente, una gruesa capa de nieve cubría los oscuros bosques de pinos hasta el mar.

—¡Por Dios, menudo día! —exclamó George con aire de suficiencia, como si fuera suyo.

—Siéntate y deja de comportarte como un noble terrateniente. No has comprado el día también. —Lola estaba trenzando una ristra de flores contra el generoso pecho, cual exuberante y descomunal Flora llegada incongruentemente a reposar entre las palas y los sacos de harina.

Ella y Ursula habían pasado toda la mañana ascendiendo penosamente entre las ruinas en las altas laderas, y sobre la mesa había montones de flores silvestres que habían recogido entre las piedras: curiosas orquídeas verdes a rayas como cabezas de cobras, anémonas rojo sangre, narcisos,

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jacintos rosados, extrañas y delicadas trompetas de ángel y matalobos rayados, campanillas marrones de tallos amarillo verdoso casi tan finos como cabellos, margaritas amarillas y blancas, diminutas violetas pálidas.

Ursula, encorvada de un modo algo retraído y desmañado sobre un fajo de cartas y facturas recién recogidas de la oficina de correos, tenía un pétalo de flor de almendro atrapado en la mata enredada de su cabello negro y fino. Revoloteaba trémulo sobre la frente alta y surcada de arrugas como un pedacito arrancado de seda rosa.

Polixena, la joven y regordeta esposa de Nicos Katsikas, se inclinaba sobre el respaldo de la silla de Ursula, con los trapos del polvo suspendidos en el aire, tratando de leer por encima de su hombro. Henry estaba enfrascado en garabatear un dibujo abstracto con los restos de tinta de calamar negro azabache en el plato en que había comido. Sean nos dirigió su sonrisa de payaso triste mientras le pasaba un trozo de papel a Polixena por encima de la cabeza de Ursula.

—Gracias, kirios —respondió Polixena sinceramente mientras examinaba el papel con frustrado interés—. Pero ¿qué es? No puedo leerlo.

—Es un interesante papelito que lleva el nombre de «nota de rechazo», querida Polly —explicó Sean—. Si te gusta, puedo darte muchas más. Esta tiene la virtud particular de ser bastante reciente, pero en realidad son todas iguales. No tienen ningún valor práctico, pues son impresiones baratas hechas en papel tan malo que no se puede usar ni en el retrete. Pero sí se puede extraer de ellas una lección moral. Probablemente me siento ofendido porque es otra mecanografiada —añadió volviéndose hacia George—. Creía que esta vez volaría tan alto como para recibir una nota personal, escrita con pluma y tinta reales.

—¿Tu novela?

—Oh, a la porra con ella —soltó Sean—. ¿Qué hay de la casa? —Prueba con esto, Polly. Está en griego. —George le tendió la

escritura de la casa. Sin inmutarse, Polly se enjugó las manos en el delantal y abrió el documento.

—¡Nicos! ¡Nicos! ¡Han comprado la casa! Kalorísiko, kirios Yorgos. Kalorísiko, kiría. Y a los queridos hijos. ¡Nicos, trae un poco de vino! ¡Dionisos, lee lo que dice aquí! Eh, tú, Lefteri, ¡ven tú también y lee esto!

La escritura de la casa pasó de mesa en mesa y luego llegó al otro extremo de la tienda de comestibles, donde pasó de mano en mano entre

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los clientes ante el mostrador.

—¡Ciento veinte libras! Panayía mu! —Dionisos el basurero silbó suavemente—. ¡Desde luego debes ser rico, kirios Yorgos!

—Po po po! ¡Rico! —Lefteri, el pintor de brocha gorda, trazó exclamativos círculos con la mano—. ¿No te parece que kirios Yorgos es rico, kirios Creonte? ¿A que sí?

Creonte frunció prudentemente el ceño, sin afirmarlo ni negarlo. Sócrates soltó una de sus risitas. Por supuesto que George era rico. Todos los extranjeros son ricos; los griegos lo dan por sentado.

Polixena movió su mole alrededor de la mesa para poder inclinarse hacia mí y tocarme la barriga.

—Pronto, ¿eh, kiría? Podrás disfrutar de tu libertad. Y de un buen comienzo en tu nueva casa.

—¡Por tu libertad! —corearon todos—. ¡Y enhorabuena por la casa y la llegada del bebé!

—Enhorabuena —dijo Lola deslizando la ristra de flores sobre mi cabeza y torciendo la guirnalda con sus manitas regordetas y capaces.

—Enhorabuena —añadió Henry mirándonos de pronto con esa curiosa y tristona forma suya, como si fuéramos nuevos y extraños al fin y al cabo y valiera la pena someternos a un segundo examen.

—Enhorabuena —dijo Sean, sacudiendo la mata de pelo desgreñado y canoso a modo de breve y extraño saludo.

—¡Oh, por Dios, Henry! —exclamó Ursula—. Nosotros tenemos que encontrar también una casa. ¡Debemos encontrarla! No pienso volver a dejar que me arrastres por el mundo detrás de ti. ¡Creonte, tienes que encontrar una casa para Henry y para mí!

Ursula tiene tendencia a darse aires de gran dama con Creonte, como si mentalmente lo hubiera encasillado entre los gerentes de galerías, los agentes de publicidad y los compradores potenciales de las obras menores de Henry. A veces le da golpecitos en la mano con sus gafas, e incluso le lee una selección o fragmentos reveladores de las docenas de cartas que recibe a diario. Lleva meses acosándolo con lo de las casas, y ahora, en aquel repentino grito suyo, había una nueva nota de urgencia, convincente en su absoluta sinceridad.

Pero Creonte, con la sensación de que quizá hacía falta algo más, ya se había puesto de pie como un pulcro maestro de ceremonias y, copa en alto, se había lanzado a cantar a pleno pulmón: «Porque son dos muchachos

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excelentes», así que no la oyó. Los demás se unieron a él de forma irregular y tan avergonzados como se siente siempre la gente ante esa canción tan tonta. Los lugareños aplaudían con gran calidez.

Parecen estar realmente contentos de que hayamos comprado una casa en su isla. Tal vez este asunto de la casa y el hecho de que nuestros hijos vayan a la escuela con los suyos nos vuelve más cercanos a sus ojos, más comprensibles. Por todo lo que ven de la vida familiar entre los extranjeros que pasan por esta tierra, bien podrían creer que todos los europeos propagan su especie a la manera de la ameba unicelular, por división espontánea.

Justo en ese momento, la puerta trasera se abrió de par en par, y mis dos hijos irrumpieron en la tienda, todavía con los delantales escolares abotonados y cargando con sus carteras, y frenéticos por saber si de verdad habíamos comprado la casa. Así que hubo que servirles limonada para que brindaran ellos también, y entonces, en aquel preciso instante, tuvimos que irnos todos de inmediato a abrir la casa y recorrerla para elegir qué habitaciones tendría cada uno.

—Y para B —murmuró Shane con ternura, dándome unas palmaditas en la trenca—. Y un cuartito bien bonito para B.

Ursula, reuniendo su fajo de cartas y las flores silvestres esparcidas, dijo de repente:

—Oh, sí, más vale que le deis una bonita habitación. Él también forma parte de este compromiso.

Y por segunda vez mi corazón dio aquel pequeño vuelco tan angustioso, porque al gastar todo nuestro capital habíamos quemado la última nave.

¿De verdad había tenido la intención de llegar a un compromiso tan irrevocable? Tras dieciocho meses de valientes peroratas sobre el tema de llevar una vida libre e independiente, me encontraba al fondo de la tienda de comestibles de Nicos Katsikas con una barriga enorme por el peso de una nueva responsabilidad y la boca seca de sorpresa y terror.

George, con un niño dándole tirones de la mano y el otro de la pernera del pantalón, no dejaba de invitar a vasos de vino a todos los presentes en la tienda. Tenía las mejillas sonrosadas y parecía emocionado, feliz. Ahí estaba él, y ahí estaba yo, y los niños, dos, y ocho novenas partes de otro: todos muchachos excelentes. Comprometidos.

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Esta es la isla que hemos elegido. Entre los miles de islas de Grecia, hay muchas, hoy en día áridas y virtualmente sin agua, sobre las que escribían los poetas antiguos en términos de silvanas florestas, ríos caudalosos y bosques frecuentados por ninfas. Esta isla nunca podría haber figurado entre ellas. Tengo la impresión de que siempre ha sido lo que es ahora: una roca alargada y desnuda, con la forma de una serie de bigotes curvos y montañas picudas a modo de crueles colmillos; una isla que carece por completo de suelo fértil y de agua excepto por un puñado de fuentes y pozos. Debe de haber sido siempre así porque no hay la más mínima evidencia de asentamiento alguno en la Grecia arcaica, y es probable que permaneciera deshabitada hasta el siglo XIII.

Los primeros pobladores parecen haber sido pastores de los Balcanes y sus familias que se habían hartado de que los mataran, violaran y saquearan en su propia tierra. Establecieron aquí una pequeña comunidad pastoril, pero como había pocos pastos y escaseaba el agua, se vieron obligados a crear una comunidad marinera complementaria que fabricara y tripulara barcos con los que poder llevar cabezas de ganado y productos al continente y traer de vuelta provisiones básicas con las que mantener su pequeño grupo de expatriados. Inevitablemente, la comunidad marinera llegó a ser mucho más importante que la de descendientes de los pastores pioneros, hasta tal punto que, hacia finales del siglo XVIII, esta isla era para Grecia y el Mediterráneo oriental lo que había representado Devon para la Inglaterra isabelina.

Los mercantes armados —bergantines, corbetas y fragatas—, barcos pequeños, rápidos y robustos, todos ellos construidos en los propios astilleros fortificados de la isla, llegarían a convertirse en una especie de leyenda en el Mediterráneo.

En torno a esa época estallaron las guerras napoleónicas y el imperio de los mares en torno a Europa fue objeto de una dura disputa entre la flota británica, a las órdenes de Nelson, y la flota francesa bajo Villeneuve; un bloqueo doble de la Europa continental. Fue una oportunidad que los marineros de la isla aprovecharon con entusiasmo. Navegaban en sus barcos armados hasta el mar Negro y los cargaban de trigo ruso, que luego llevaban por el Mediterráneo para venderlo o hacer trueque con el mejor

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postor: francés, español, italiano; daba igual. Si no había oro disponible, los capitanes se contentaban con aceptar como pago lo que todavía se conoce con el bonito nombre de prágmata (cosas): muebles, estatuas, obras de arte, antigüedades, iconos religiosos (siempre que fueran de oro, por supuesto), e incluso cuadrillas de artesanos expertos que pudieran ayudarlos a construir y decorar las magníficas casas que estaban levantando en su propio puerto con los beneficios que acumulaban con sus exploraciones.

En cuestión de tan solo cinco o seis años, la isla había dejado de ser una pequeña comunidad sin importancia de pastores metidos a marineros para transformarse en bastión de mercaderes potentados tan fabulosamente ricos que no sabían qué hacer con el dinero, aparte de construir casas más grandes y elegantes e importar más tesoros con que llenarlas.

Lo que siempre me ha parecido bonito de esta historia es que constituye un raro ejemplo de comunidad de nuevos ricos que gasta sus fortunas con impecable buen gusto; y también, supongo, un caso de especulación surgida de la guerra que en realidad no puede condenarse.

El aspecto de la ciudad de hoy en día debe de ser casi exactamente igual que en los tiempos de los mercaderes potentados, pues en los últimos ciento veinte años prácticamente no se han construido casas. La ciudad se erige en torno al pequeño y luminoso puerto con forma de herradura, con hileras superpuestas de antiguas mansiones de piedra en armoniosos tonos albaricoque contra los acantilados en oro y bronce, o encaladas del blanco más puro y con postigos gris pálido: son casas austeras, pero de proporciones exquisitas, cuyos magníficos muros y pesados portones en arco ocultan patios enlosados y jardines en bancales. Las irregulares hileras se ven interrumpidas por todas partes por tramos de escaleras de piedra empinadas y sinuosas, y sobre los tejados inclinados de uniformes tejas rojas se elevan las cúpulas octogonales de las iglesias y unos chapiteles de mármol con perforaciones y grecas que podría haber diseñado el mismísimo Wren. Sobre la ciudad, las montañas se alzan casi cortadas a pico, con las adustas superficies ininterrumpidas excepto por un par de molinos blancos, un campo de cereal con las mieses en pie, un retazo oscuro de abetos y tres monasterios, el más alto de ellos tan cerca del cielo que, por las noches, sus luces se entrelazan con las estrellas.

La ruina de los potentados mercaderes tendría lugar en la misma escala magnífica y arrolladora que su ascenso. En 1820, la isla era la zona más

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rica de Grecia. En 1830, estaba en bancarrota. Entre ambas fechas estalló la guerra de liberación de los turcos, una causa a la que la isla donó con gesto espléndido cuanto tenía: su riqueza, sus barcos, sus almirantes, sus capitanes, sus marineros. De los grandes héroes navales de Grecia, los más insignes procedían de ese puertecito. Produce cierta sorpresa percatarse de que hubo otros factores que lord Byron en la lucha por la independencia griega, pero ahora sé que sin los barcos y capitanes de esta isla nunca se habría conseguido.

La isla enfiló la cuesta abajo de la decadencia con orgullo y dignidad. A mediados del siglo XIX experimentó un renacimiento cuando se convirtió en el centro de la industria de la pesca de esponjas, y si bien eso produjo también una segunda aristocracia de mercaderes ricos, tuvo una existencia comparativamente más corta, y el declive de la isla ha continuado sin cesar hasta la actualidad. En el periodo más floreciente llegó a tener más de treinta mil habitantes; hoy en día viven aquí menos de tres mil personas, cuyo sustento depende todavía de sus marinos, que se aventuran ahora en los mares como capitanes, oficiales, sobrecargos o simples marineros en todos los barcos mercantes de Grecia.

La belleza de la ciudad te deslumbra un poco al principio y no reparas en que la mitad de las casas están deshabitadas. Tras las bonitas fachadas no hay más que patios asfixiados por las malas hierbas y vigas caídas; y lo que a primera vista semejan grietas de roca virgen entre las terrazas escalonadas, suelen revelarse finalmente —mediante un fragmento de mármol tallado, una inscripción turca, una deslustrada aldaba de bronce entre las piedras— como los cimientos de grandes casas, de hileras de casas, terrazas enteras de casas, centenares de casas que se hundieron tiempo atrás de regreso a sus elementos.

Las noches de invierno en las que aúlla el viento suelo estar pendiente de si oigo el último chirrido agónico de un postigo al ser arrancado, el último gemido tristón de un muro que se viene abajo cuando una casa más regresa, piedra a piedra, al polvo del que una vez se alzó con tanto orgullo.

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Esta casa que hemos comprado no es una de las magníficas casas de la isla. Ojalá lo fuera. Pero después de tres meses de jadear subiendo y

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bajando escalones, atravesando callejuelas y arcos y callejones, entrando y saliendo de patios, todo ello en la estela del siempre optimista e incansable Sócrates, nos vimos obligados a comprender que el coste de la restauración dejaba todas las ruinas maravillosas fuera de nuestro alcance, y aunque las casas realmente grandes en un estado razonable de conservación eran asombrosamente baratas, seguían siendo demasiado caras para nosotros. Llegó un día en que caímos en la cuenta, con tristeza y espanto, de que cuando en esta isla se habla de libras no se hace referencia a trozos de papel: hablan de oro.

La nuestra pertenece a la segunda categoría de casas isleñas; es decir, no es la vivienda de un potentado comerciante o de un almirante de renombre, sino la de un próspero capitán de barco. Se encuentra en el grupo de casas que hay detrás del paseo marítimo, más allá de la pequeña iglesia de San Constantino y debajo del peñasco en el que se encarama tan imposiblemente arriba la Escuela de Abajo. Ocupa uno de los lados de una pequeña plaza empedrada, en cuyo centro hay un pozo de agua salobre que, según dicen, nunca se seca.

Es una plaza típica. El lado opuesto a la casa consiste en un alto muro de piedra en mal estado, detrás del cual se encuentra el jardín parcialmente cultivado de Dionisos, el basurero, y el establo para sus burros. A la derecha hay un edificio bajo de una encantadora forma hexagonal que antaño pudo haber sido una taberna o un almacén. Ahora está desocupado y tiene cierto aire melancólico, con los postigos cerrados y sin pintar y unas paredes manchadas y desconchadas de las que brotan largas ristras de flores de alcaparra entre las inscripciones garabateadas por los niños del pueblo en sus juegos. El lado izquierdo de la plaza lo ocupa la planta baja de una casa abandonada cuyos pisos superiores se derrumbaron claramente hace muchos años: se utiliza como gallinero, vertedero y tendedero de la casa vecina, una muy bonita con tinajas de flores bordeando el patio y ramas de naranjos colgando sobre el muro de la pared.

Nuestro destacamento de inspección se encaminó hacia allí desde el frente marítimo. Al pie de la callejuela que asciende pasada la esquina del restaurante Tiliakos, nos encontramos con los tres suecos, que estaban comprando coles en un caique amarrado. Sus nombres son Rulf, Gulf y Tulf, o algo parecido, pero George y yo los llamamos secretamente Pepsino, Tripsino y Amilopsino, como los jugos pancreáticos. Son tan increíblemente altos y se les ve tan jóvenes y tiernos con sus tres barbas

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sedosas y relucientes bajo el sol, que parecen tallos selectos de maíz de una cosecha abundante. Al conocer nuestro destino, todos se inclinaron cortésmente, entrechocaron los talones y pidieron permiso para acompañarnos.

—Creemos interesante la arquitectura —gruñó suavemente Pepsino desde su gran altura mientras los tres se repartían sus coles y echaban a andar a nuestro lado.

—Mucho interesante —nos confirmó Tripsino, inclinándose sobre su col particular para quedar a una altura desde la que poder hablarnos.

—Por favor contar la breve historia de arquitectura tan rara de esta isla. —Los grandes ojos azules de Amilopsino parecían los de un crío y transmitían confianza—. Me gusta muy mucho.

Para la historia de la arquitectura isleña los dirigimos a Creonte, que marchaba callejón arriba al frente de la comitiva con pasos rápidos, cortos y agresivos, las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, la cabeza echada hacia delante, abriéndose paso a través de cualquier concentración de fuerzas invisibles que tratara de impedir su avance. Ursula iba pegada a su lado, dándole aún la matraca con lo de las casas.

Tripsino, Pepsino y Amilopsino se adelantaron con zancadas gigantescas, y con las tres altas figuras inclinadas con deferencia hacia él —gorros de lana, camisas escarlata y coles inclusive—, Creonte siguió guiándonos calleja arriba.

Dejamos atrás la tiendecita, ahora abierta y llena de obreros, donde nuestro perverso y viejo amigo ateniense John el Negro pretende abrir un banco en verano si conseguimos mantenerlo alejado del bar de Katsikas, o si él puede mantener en la ignorancia a sus patrocinadores sobre los vasos llenos de mastija que esperan clandestinamente detrás de cada queso y cada bote de harina en cada tienda a lo largo del paseo marítimo. Dejamos atrás los zarcillos nudosos y grises de la glicinia ya salpicada de violeta que se aferran y enroscan alrededor de la estrecha puerta de la casa de Chloe, vacía ahora hasta el verano, cuando ella vuelve; Chloe es una chica extraña y apacible que pasa aquí veranos inexplicablemente solitarios, pintando cuadros apacibles de casas, barcos y conchas. Dejamos atrás la oscura tonelería, que me encanta por el olor de las virutas de roble y por las grandes duelas pálidas de los barriles ceñidas por sus bruñidos cinchos de metal. Dejamos atrás la tracería oxidada de las altas puertas de hierro que se abren a un patio noble y a un elegante edificio con arcos que antaño

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era el mercado de la ciudad y ahora alberga la temperamental central eléctrica y la fábrica de hielo de la isla. Dejamos atrás el escaparate del zapatero, en el que penden buenas y toscas abarcas de pastor con sólidas suelas de neumático de coche, y feas sandalias de plástico del Pireo. Dejamos atrás la carpintería, el almacén de aceite, la caverna caliente y olorosa de la panadería, de donde las mujeres acababan de salir con platos redondos de hojalata con patatas y calabacines dorados al horno, con la grasa de la cocción ya coagulándose. Dejamos atrás las delicadas ventanas de la alargada y baja iglesia de San Constantino.

Y todas las mujeres se detenían en sus umbrales para vernos pasar. —¿Cuándo será, kiría? —Arjonda, la costurera, salió al callejón para

acariciarme el vientre con curiosidad.

—Dentro de tres semanas… o cuatro… o cinco. Solo Dios sabe cuándo.

—Por tu libertad, señora. —La mujer pronunció aquel buen deseo formalmente, evaluando con mirada experta la curva de mi abrigo.

La vieja kiría Kalá —la «señora Buena»—, de quien Creonte dice que fue la alcahueta local en los viejos tiempos en que el puerto era rico, levantó las manos y chilló sobresaltada:

—¡Madre de Dios! ¿Es esta flacucha en pantalones la que va a tener el niño? Panayía mu! Creía que era la otra, la española.

Sean soltó una carcajada cuando la anciana agarró a Lola y empezó a palparla profesionalmente.

—Estos malditos griegos… —murmuró Lola indignada, forcejeando para liberarse.

Sean se partía de risa. Kiría Kalá apretó y masajeó. Lola se dio la vuelta, recomponiéndose con gesto de rabia. La anciana extendió de repente una garra y le dio un pellizco tan fuerte en el trasero que Lola soltó un grito de auténtico dolor, y kiría Kalá se desplomó en el umbral de una puerta, rodeándose con los brazos bajo el chal en un auténtico éxtasis de placer.

—¡Eeeh! Eres un hombre afortunado, jovencito. Larga vida y que tengas cien hijos. ¡Tu mujer es una perita en dulce!

Y así llegamos por fin a la casa junto al pozo.

Como una niña, intenté pillar la casa por sorpresa cerrando los ojos y volviéndolos a abrir rápidamente. Seguía teniendo el mismo aspecto: un bloque cuadrado y blanco con un pesado portón desconchado y flanqueado

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por dos pequeñas ventanas enrejadas y, sobre ellas, tres ventanas altas y con postigos en el piso de arriba. El segundo piso, invisible desde la fachada, está situado detrás de la azotea, donde antaño la mujer del capitán disparaba dos pequeños cañones al avistar su barco entrando en el puerto.

Amilopsino dijo que le gustaba «muy mucho».

La llave es un enorme instrumento medieval que pesa más de un kilo. Encaja en la entrada lateral, una puerta de madera de doble hoja con una aldaba bastante bonita, muy oxidada ahora, de una cabeza de mujer con una corona de uvas y hojas de parra. Me gustaría encontrar una de esas graciosas manos que se utilizan como llamador en la mayoría de las casas antiguas de la ciudad. He visto una preciosa en una casa en ruinas en la parte alta de la ciudad: una mano regordeta de bronce verde que se inserta delicadamente en un puño de encaje de bronce y sujeta con suavidad entre los dedos una manzana roja y redonda. Pero eso es para más adelante, cuando tengamos un golpe de suerte o el correo traiga algo más tangible que el comentario de un editor de que en este momento no está buscando ese tipo de historia en particular.

La puerta lateral da a un pequeño patio pavimentado con la piedra rosa que se extrae de una cantera, en una pequeña isla satélite en el golfo, y a un tramo de unas anchas escaleras de piedra rosa que conducen al primer piso.

A modo de experimento, Creonte sacudió la vieja puerta astillada. —He decidido que esta será tu entrada principal, George —dijo por fin

—. Tendrás una cerradura Yale. Recuérdame que le diga a Dinos que consiga una en El Pireo.

—Pero… —titubeé yo aferrando con los dedos la maravillosa y enorme llave.

—La planta baja no la necesitarás para nada. ¡Ciérrala! Le daré instrucciones a Dinos.

—Venid a ver —les susurré a Ursula y Lola. Dejamos a Creonte en los escalones trajinando y anotando instrucciones mientras nos agachábamos, una tras otra, para pasar por una puerta tan pequeña que solo podía haberse hecho para un enano.

—¡Es mi puertecita! —chilló Shane contentísima, colándose detrás de nosotras—. Es mía, de Martin y de B cuando nazca.

—Nacerá en cualquier momento, mi querida niña, si tu madre vuelve a usar esa puerta —dijo Ursula.

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Agazapados ante el pequeño hueco cuadrado, Tripsino y Pepsino miraron abajo con asombro por encima de sus coles y cuadernos de dibujo, como dos hombres de Neandertal que intentaban tomar una decisión sobre una nueva guarida.

La planta baja es, de hecho, un semisótano, excavado profundamente en la roca de la isla para obtener una gran cisterna que almacena el agua de lluvia recogida en la terraza superior. Encima de la cisterna hay tres habitaciones, todas a distintos niveles y conectadas por arcos amplios y bajos. Los suelos son de losas de piedra gris, tan desgastadas que han quedado lisas como la seda, y los techos, de enormes vigas sin desbastar. Una puerta de doble hoja como la de una fortaleza se abre al jardín, que sigue siendo un campo de ortigas y parras caídas.

—¿Por qué quieres cerrarlo? —preguntó Lola—. Lo que tenéis que hacer es pintarlo todo de un bonito color bien loco…

—Ya es de un color bien loco —murmuró Sean con tono tristón, encogiéndose para pasar por la portezuela y unirse a nosotras.

—Henry. ¡Charmian insiste en cerrar este piso de abajo! Dile que se ha vuelto loca.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando? —quiso saber George, desconcertado; y Pepsino, asomándose con curiosidad a un armario que desprendía un rancio olor a excrementos de ratón, dijo con tono quejumbroso:

—Pero es la historia de la arquitectura lo que interesar a mí.

Henry, que había descubierto una antigua dentadura postiza en el alféizar de la ventana, estaba acurrucado y sumido en una especie de trance: hacía chasquear la dentadura sonriente en una mano y observaba con una sonrisa dulce y contemplativa las paredes verdes y enmohecidas que se elevaban de pequeños montículos simétricos de yeso pulverizado y excrementos de gato, y las cavernas mohosas que se desvanecían en la penumbra entre los arcos.

—Es mejor así, ¿no? —comentó—. Cuando la consumación puede obtenerse con un pensamiento, con un parpadeo, y la visión sigue ahí sin mácula, a salvo en tu cerebro. Me gustaría que colgaras uno de mis cuadros en esta pared, si eso no arruina la visión, claro.

—Sí, por favor —contesté agradecida—. Un Ícaro, si puedes desprenderte de uno. Me gustaría ver a un ambicioso Ícaro en esa pared.

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—«¡Sabe Dios que hace falta un poco de ambición en alguna parte!», pensé.

—Yo lo cerraría, ¡desde luego que sí! —insistió Creonte con tono enfurruñado y clavando en mí sus ojos saltones mientras se sacudía las telarañas de la manga—. Aunque bien pensado… ¡Seguidme! —Entró en la habitación contigua, donde un maltrecho cubo de hojalata colgaba de una cuerda deshilachada en el hueco del pozo—. ¡Aquí! Aquí pondréis la bomba.

—La bomba… ¿Qué bomba? —preguntó George sin saber de qué hablaba.

—Debéis tener una bomba, ¿no? ¿O pensáis llevar el agua a cubos hasta el cuarto de baño?

—Pero si no hay cuarto de baño —terció George.

—Construiréis uno. Seguidme y os enseñaré la habitación donde hay que ponerlo. También le daré instrucciones a Dinos de ampliar esta entrada, y de quitar esa vieja escalera —añadió con severidad, asomándose a la cocina para echar un vistazo—. No la necesitáis.

—Pero tiene más mucho carácter —intervino Amilopsino con seriedad —. Me gusta muy mucho.

—Se olvida de mi ahijado, señor. —Los ojos saltones de Creonte censuraron el comentario—. No podemos arriesgarnos a que se caiga por las escaleras. No. Le diré a Dinos que la quite.

—Vamos a ver… —susurró George con ansiedad—. Por el amor de Dios, alejad a Creonte de los cuartos de baño, o mañana aparecerá aquí con una cuadrilla de obreros para echar abajo este sitio y reconstruirlo. ¡No podemos permitirnos un cuarto de baño!

—Por supuesto que debéis tener un baño —intervino Henry.

—Te digo que no podemos permitírnoslo.

—¿Qué demonios importa eso? Debéis tenerlo de todos modos.

En aquel momento, la puerta del patio se abrió de par en par y dejó paso, sin orden ni concierto, a la docena de mujeres que estaban apoyadas en ella intentando ver algo a través del ojo de la cerradura. Y tras ellas venía Hippolyte, muy elegante con un jersey a rayas grises y amarillas y con una rama de almendro en flor entre los dedos.

—¿A que es divina? —susurró blandiéndola hacia nosotros—. Oh, después de usted, madame. Sí, por favor. Y después de usted también, mademoiselle. Ahora solo me hacen falta unas cortinas para sentirme

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Isadora Duncan. ¿Estáis celebrando una fiesta en este bonito sitio? —Nos miró con dulzura, entornando las largas pestañas—. No quería entrometerme, pero estas bellezas se me han llevado calleja arriba. Parecían pensar que era aquí adonde yo debía dirigirme.

—¡Claro que sí! ¡Únete a nosotros! —lo invitó George—. Ahí tienes al señor Creonte Stavris, en lo alto de las escaleras, guiando a una cuadrilla de inspección por esta preciosa residencia. Estoy seguro de que estará encantado de que te unas a nosotros. Cuantos más seamos, mejor. Y ustedes también, señoras. ¡Todas y cada una de ustedes! No me cabe duda de que tendrán mucho interés en las mejoras y reformas que va a explicarles ahora, y que planea llevar a cabo en un futuro muy próximo.

—George —advirtió Ursula—, te estás alterando demasiado.

La multitud que abarrotaba en ese momento las habitaciones del primer piso bastaba para alterar a cualquiera, y entraba más gente por la puerta, guiando a niños ansiosos ante ellos. Las tres barbas doradas de Pepsino, Tripsino y Amilopsino formaban un pequeño fleco festoneado sobre el muro de la terraza mientras contemplaban desde las alturas a la concurrencia cada vez más numerosa. La rama de almendro en flor de Hippolyte esparcía una lluvia de pétalos pálidos sobre las exclamativas cabezas de las mujeres que revoloteaban de aquí para allá. Y en medio de todo eso acechaba Creonte planeando cuartos de baño.

—Quizá sería mejor —me dijo George con tono sombrío— que tú y yo volviéramos otro día, fuera del horario de visitas. —Y se sentó en el primer escalón y apoyó la barbilla en sus rodillas encogidas.

La cabeza clásica de Hippolyte asomó por una ventana del último piso. —¡Insistidle a monsieur Stavris en que no ponga muebles! Tal vez solo una cama negra con pomos de latón y una cortina de cuentas para tener un poco de privacidad. Puede sentarse en una alfombra de yute para recibir a

los invitados. ¿No os parece?

—No te preocupes por los muebles —respondió George—. Habrá un somier de cama de matrimonio, un colchón para una cama individual, un cambiador de bebé y dos ruedas de oración tibetanas. El efecto resultante será espacioso.

—Ah, ¿es tu casa? —preguntó Hippolyte con cierta sorpresa.

—Ya no lo sé. —George se levantó despacio, me cogió de la mano y me condujo de puntillas escaleras abajo hasta la puerta lateral y el callejón.

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Con mucho cuidado, cerró la verja detrás de nosotros, me besó y nos alejamos en silencio calle abajo hacia el puerto.

Un caique cargado de amianto estaba arribando al muelle, y lucía el curioso y encantador nombre de Metamorfosis.

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MARZO

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1

Ya estamos a finales de marzo y el bebé aún no ha nacido, y me alegra que sea así, hasta que veamos qué repercusiones tendrá el secuestro por parte de los británicos del arzobispo Makarios. Los rumores que circulan por el ágora son feroces y apasionados. Aunque todos nuestros amigos griegos se apresuran a asegurarnos que tenemos mucho prestigio en la comunidad y no corremos peligro de que nos expulsen del país, nos han hecho presentarnos ante la policía con el resto de los residentes extranjeros tres o cuatro veces seguidas y de forma bastante perentoria.

En realidad, ninguno de nosotros es inglés, pero a Henry le han pedido pruebas que corroboren que es un artista, y a Sean le han denegado sin miramientos la solicitud para prorrogar su permiso de residencia un año más: le han dado solo un mes. Que nos sentimos intranquilos es decir poco, sin un céntimo como estamos y con el drama inminente del nacimiento eclipsando todos los demás temores.

Martin nos informa con bastante preocupación de que, en la escuela, el director pronuncia ahora encendidos soflamas contra los pérfidos ingleses y todos los niños aprenden canciones que hablan de la enosis, la unión política de Grecia y Chipre. Pobrecito M.: se ruboriza y se siente inseguro, porque se acuerda de sus amigos ingleses y al mismo tiempo anhela el derecho a ser valiente. Hemos tratado de explicarle la situación, pero quizá sea demasiado pedir que un niño de ocho años se mantenga neutral mientras sus amigos se prenden emblemas revolucionarios en los delantales escolares y planean grandes y audaces hazañas. Shane, a sus siete años, no sabe ni remotamente de qué va todo esto, pero reacciona al ambiente de exaltación, como es típico en ella. Según dicen, la han visto guiando por las callejuelas, con todo el aspecto de estar pasándolo en grande, a grupos de niños que gritan consignas a favor de Chipre y muerte a los ingleses.

Tal vez a modo de gesto de cortesía para tranquilizarnos, o quizá solo porque este trimestre le ha ido realmente bien en la escuela, Martin fue el elegido para llevar una corona de laurel en la procesión del 25 de marzo, en conmemoración de la independencia griega, y recitar un poema en la escalinata del monasterio, junto a la tumba del héroe de la isla. Nos

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situamos entre la multitud del patio para verle. Tanto él como Shane parecen despertar un verdadero cariño a los isleños: una vez más, pienso que en Grecia los niños son la mejor póliza de seguro.

Aun así, nos sigue perturbando una profunda inquietud, probablemente agravada por el hecho de que el tiempo se haya vuelto muy frío otra vez.

El viento aúlla durante días seguidos con la fuerza de un huracán o sopla en furibundas ráfagas que causan estragos en tejas sueltas y persianas. Arranca las flores de los almendros y arrasa los jardines. El último de los viejos puentes turcos se ha venido abajo y las lluvias torrenciales han arrastrado la tierra de media montaña por las callejas empedradas hasta el puerto. La calle de los Héroes, que discurre desde el paseo marítimo hasta los Pozos Dulces, está bajo varios palmos de cieno. A veces solo es posible llegar al ágora quitándote los zapatos y los calcetines y vadeando con el agua hasta las rodillas, y la propia ágora suele estar entonces desierta. Todos los puestos exteriores de frutas y verduras se han metido dentro de las tiendas. Tienes que inclinarte para avanzar con el viento en contra, y en todo el golfo el mar se ve salpicado de blancas cabrillas airadas. Y eso que marzo, en Grecia, es el mes «que echa a la vieja bruja a la cazuela». (Para los griegos, «la vieja bruja» es el invierno, mientras que la cazuela es la Tierra, y así, el mes de marzo supone la partida del invierno y la llegada de la primavera.)

Los niños se emocionaron mucho al ver nieve en las laderas de la montaña, justo sobre las gradas más altas de la ciudad. La trajeron a casa en cajas de cartón e hicieron un pequeño muñeco de nieve sucia en el patio que se derritió en tristes riachuelos mientras iban a buscar más nieve. Solo mi enorme panza me impedía unirme a ellos, así como el hecho de que en ese momento estaba totalmente enfrascada en tratar de secar la ropa mojada de toda la familia.

En las habitaciones donde vivimos mientras ponemos nuestra casa a punto, tenemos por toda calefacción un bidón de hojalata de tres patas lleno de brasas de carbón; algo muy griego. Nos acurrucamos en torno a él, mientras hacemos planes sobre estufas de cerámica y braseros turcos de cobre para el próximo invierno, cuando ya estemos cómodamente instalados en nuestra propia casa y con ropa buena y calentita para todos y una tranquilizadora suma de dinero en el banco.

Gracias a Dios, las delicias de la expectativa nunca se nos hacen pesadas: algunas de las horas más agradables que recuerdo las he pasado

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agazapada ante el bidón de las brasas, planeando patios, barcos de vela, viajes de verano a islas aún por visitar, e incluso dedicándome a la tarea de descoser los abrigos ya de cuatro años de los niños y montarlos de nuevo con la tela del revés para que, al menos, tengan un aspecto razonablemente respetable.

En dos ocasiones este mes nuestra isla ha quedado incomunicada por completo durante días. Ni siquiera el vapor Atenas pudo acercarse lo suficiente para desembarcar correo o pasajeros y se vio obligado a buscar refugio a lo largo de la costa continental, donde combatió arriba y abajo contra el viento durante dos días hasta que amainó lo suficiente para que el capitán se arriesgara a salir a mar abierto y volver al Pireo.

Secretamente, esto me parece muy dramático y emocionante, aunque la imposibilidad de que los caiques del mercado lleguen a la isla vuelve bastante monótona nuestra dieta, en ocasiones. Nos vemos limitados a comer lentejas, alubias y guisantes partidos, con una fibrosa pierna de cabrito de tanto en tanto para añadir variedad. Lola, una cocinera fabulosa y llena de recursos, a veces se echa las manos a la cabeza, aunque en el cumpleaños de Sean, que coincidió con uno de los periodos de hambruna, se las apañó para preparar una cena que habría hecho honor a una escuela Le Cordon Bleu. Sus dotes culinarias son su única concesión a la vanidad, y yo acudo a ella humildemente para aprender trucos milagrosos como hacer tartas sin horno, tortillas con un solo huevo, pasteles de migas de pan duro o un buen curry con un trozo de carne de cabrito seca y un puñado de lentejas. Una se pregunta, con asombro, de qué sería capaz con una cocina como Dios manda y un buen surtido de ingredientes.

Ursula aprovecha cualquier ocasión para recordarme que, de continuar los mares tan embravecidos, me puedo encontrar en una situación desesperada si el nacimiento del bebé se complica de algún modo y es necesario llevarme a Atenas.

Semejante temor ha llegado a resultarme tan familiar que soy capaz de desestimarlo con aparente indiferencia. De hecho, a veces, tan llena me siento de vanidad ante mi propia situación interesante y dramática que me recreo con escenas secretas en las que muero presa de una agonía terrible y sangrienta que, no obstante, me permite soltarle a George un discurso tranquilo y convincente en mi lecho de muerte. Él, por supuesto, debe casarse de nuevo por el bien de los niños, preferiblemente con una chica griega con una buena dote; creo que tengo a Chloe en mente. En otras

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ocasiones, revoloteo sobre mi propio cortejo fúnebre, que recorre el sendero montaña arriba entre las rocas y los olivos: los cánticos de los sacerdotes y la campana tocando a difuntos me producen una gran satisfacción melancólica, al igual que verme ahí tendida entre las flores, tan tiesa y blanca como un tallo de ajo recién arrancado.

Sin embargo, me doy cuenta de que siempre soy testigo de esas escenas. La muerte sigue siendo un concepto dramático en el que mi ego se niega a creer en absoluto. Solo a veces, por la noche, cuando me despierta el áspero rebuzno lunático de un burro, o el niño me hace daño al estirarse y volverse, me quedo mirando fijamente la inquietante oscuridad, atrapada en la terrible prisión de mi propio cuerpo y llena de un miedo sombrío, desolado y muy real. Como una chica preocupadísima que cuenta desesperada con los dedos a medida que pasa el mes, balbuceo incoherente esa antiquísima plegaria de las mujeres: ¡Líbrame, por favor, Señor! ¡Dispénsame por esta vez y no volveré a hacerlo!

Cuando la comida es tan escasa, a menudo nos resulta más conveniente cenar en el restaurante de Spiro en el paseo marítimo. Siempre sabemos que vamos a encontrarnos a Ursula y Henry, pues aunque Ursula rara vez aparece por el puerto durante el día —pues le resulta más cómodo, con este tiempo tan tremendo, mandar a Henry a por provisiones mientras ella se tumba en su cama a leer a Proust o a escribir sus interminables cartas a gente que podría serle útil—, no es buena cocinera ni en los mejores momentos y se quedaría sin cenar durante este amargo periodo si no fuera por los restaurantes del puerto.

En muchas ocasiones también están allí los Donovan, llegados de su casita azotada por el viento en lo alto del acantilado, atraídos por las luces y la compañía y por las largas y apasionadas discusiones en torno al sucio mantel de la mesa de la ventana de Spiro, bajo el anuncio de cerveza Fix.

A veces se nos une Vasilis, el pescador de esponjas lisiado, o Tsimis, el vendedor ambulante, con su cesta de Bengasi llena de ropa de gente muerta. Vasilis canta con la boca muy abierta sobre dos dientes amarillos que parecen el templo de Corinto; el joven jornalero Apostoli lo hace con el lastimero acompañamiento de su guitarra, y en un rincón oscuro cantan los viejos, con voces trémulas y desafinadas. Y a veces nosotros también nos lanzamos a entonar canciones populares que solo recordamos a medias o nostálgicas melodías de baile que se remontan a nuestros tiempos de amor.

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Pero sobre todo hablamos, individualmente, por separado, y al final todos juntos: arrojamos y atrapamos creencias, doctrinas, ideas, teorías, que atraviesan el espacio y el tiempo como meteoritos erráticos y se precipitan en nuestra vasta ignorancia en cuanto a nuestros orígenes o destinos, hasta que al final llegamos al ardiente punto del agotamiento.

Todos los viejos se han ido a casa. Gregorio, el cocinero, ya no puede brindarnos su sonrisa afectuosa y perpleja desde detrás de las cacerolas que se enfrían sobre las cenizas grises del carbón. El niño Kristos, apoyado sobre el mostrador, recuesta sobre los brazos cruzados su dulce rostro abatido, todavía con una fatigada ceja negra arqueándose, atenta incluso mientras duerme. Ursula, que hace tiempo que ha renunciado a discutir con Henry para que la lleve a casa, bosteza y bosteza mientras se arrebuja en el abrigo y observa ensimismada los mástiles que se bambolean violentamente en la oscuridad quejumbrosa, al otro lado de la ventana empañada, y el ridículo león de mármol, pálido y tímido, agazapado en la plaza a los pies del almirante de mirada remota y lejana que capea todos los temporales con desdén.

Pagamos la cuenta garabateada con tiza en la pizarra y emprendemos nuestros diferentes caminos a través de un universo en desbandada o expansión inventado por nosotros, a través de una materia a la que hemos convencido para que se convierta en una especie de movimiento visible, cada uno sintiéndose agradablemente triunfador a su manera: los pesimistas satisfechos por haber demostrado que la vida es un desastre irremediable, los optimistas atesorando para sí la dulce certeza del valor de la existencia.

2

A principios de mes, cuando aún me sentía capaz de dar un largo paseo, nos encaminamos de nuevo montaña arriba hacia la casa donde se alojan Ursula y Henry, una maravillosa mansión de veinte habitaciones que les ha prestado un griego rico y admirador de la pintura de Henry.

Se construyó en la época de mayor prosperidad de la isla, en la agreste ladera que mira hacia el golfo, y el propietario ha añadido recientemente un cuarto de baño con váter de cisterna y camas con colchones de muelles

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a los encantos existentes, como habitaciones de techos altos, muebles finamente tallados y alfombras exóticas.

Creo que Ursula aún no puede creerse la suerte que ha tenido. ¡Otra vez un cuarto de baño! ¡Estufas de cerámica y alfombras! ¡Un verdadero estudio para Henry! Después de tantos años dando tumbos tras él por una sucesión interminable de pisos con muebles de mala calidad, hoteles europeos, pensiones baratas y habitaciones de invitados de amigos, debe de parecerle un lujo increíble.

No es de extrañar que deteste la idea de marcharse. Entre Proust y escribir cartas, se dedica de forma infatigable a arrancar todo lo que hay en el viejo jardín descuidado que rodea la casa para poder empezar, por fin, su ambicioso proyecto de replantarlo con nomeolvides, alisos de mar y otras plantas herbáceas cuyas semillas ha encargado a Inglaterra. Es una pena que ninguna de esas flores pueda prosperar en una montaña rocosa durante un verano seco, de modo que incluso ese único anhelo real suyo de ser creativa casi sin duda acabará, perversamente, destruido.

Cuando llegamos a la última cuesta, entre las ruinosas gradas de viviendas construidas como fortalezas o palacios, esa casa en la ladera de la montaña se veía realmente muy hermosa. Entre sus magníficos muros protectores, vaporosos pompones rosados de flores de almendro descendían por cinco bancales hasta las mismísimas puertas de la casa cuadrada y blanca, cuyos cimientos se alzaban abruptamente desde el desfiladero.

La vista desde la terraza de la casa era impresionante.

—Como un Libro de Horas —comentó Ursula, bajando penosamente del jardín superior, donde se había dedicado a arrancar unos inocentes bulbos silvestres que la ofendían, y señaló con aire de propietaria tres colinas cónicas de bronce, cada una coronada por un único árbol, y una yunta de bueyes blancos que abrían surcos de color chocolate entre los olivos plateados.

Pero debo volver a centrarme en la amplia vista del golfo azul que se extiende más abajo, en los picos dentados de las islas que quiebran la espuma y el lejano y tenue sueño de las montañas de Arcadia.

En el estudio, Henry había desplegado su obra del invierno para someterla a inspección: quinientos pequeños bocetos al óleo sobre las rígidas hojas blancas de papel de dibujo grueso que compra en paquetes, de mil en mil.

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Ahí se mostraban las islas: las rocas, las cabras, las espigas, los espinos…, la Grecia actual. Pero la mayoría de los estudios se centraban en los mitos griegos, amilanados para volverlos manejables. Ícaro aparecía una y otra vez. La misma inquietante figura desnuda se elevaba sobre rocas como colmillos y mares extensos y oscuros, unas veces levantándose apenas del suelo, otras convertido en un punto que flotaba en lo alto contra una bola ardiente de sol, frágil como una libélula. Y en el suelo, anclado a la tierra y mirando hacia arriba con ojos tristes y anhelantes, se hallaba siempre la solitaria figura del Minotauro: un cuerpo de hombre con cabeza de toro, con los anchos y afilados cuernos curvándose hacia arriba y, brotando fresca entre sus tristes ojos humanos, la flor blanca de Creta.

También había escudos, múltiples variaciones de ellos: cosas bárbaras con marañas de brazos y piernas y ojos y cabezas bárbaras. Esos griegos y troyanos, duros y amargados, murieron a manos de Escamandro no como héroes sino como hombres, antes de la Edad de Hierro, antes de las historias y las canciones. Solo las cabezas desnudas de los caballos son divinas.

Los bocetos eran tremendamente impresionantes. Pensé, y no por primera vez, que Henry podía llegar a convertirse en uno de los artistas más importantes. No se trata solo de que las galerías estén comprando su obra —algunas tan reconocidas como el Museo de Arte Moderno de Nueva York, la Tate, la Galería Nacional de Sídney—, ni de que los críticos dediquen mucho espacio a valorar su estilo potente, extraño y vigoroso, ni siquiera de la aparición cada vez más frecuente en las eruditas revistas mensuales y trimestrales de artículos completamente incomprensibles que ratifican el éxito de Henry al malinterpretarlo por completo con sus disparates.

Más que todo eso, una capta la certeza que emana del propio Henry. Sabe lo bueno que es. Caminando de puntillas entre las sábanas tendidas en el suelo del estudio, experimentabas la extraña, secreta y algo avergonzada compulsión de tocarlo para que te diera suerte.

Cuando nos sentamos a comer, Henry tenía el rostro arrebolado y los ojos muy brillantes.

—¿Y ahora qué? —preguntó George.

—Bueno… —Henry miró de reojo a Ursula—, París, creo. Durante un tiempo.

—No —repuso Ursula—. Me niego. Esta vez me niego.

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—Hay un tipo en París que puede enseñarme a soldar —explicó él—. ¡Debo aprender a soldar antes de ponerme a hacer algunas de estas cosas en metal!

—No —insistió Ursula—, me niego. Esta vez no lo haré. Lo prometiste, Henry, ya lo sabes. Tenemos el dinero justo para comprarnos una casa propia aquí, y tú mismo dijiste que tenías un año entero por delante para pintar, lo sabes muy bien. Si nos lo gastamos en ir a París, no podremos comprar una casa.

—Ya —respondió Henry—, pero este hombre es increíblemente bueno, y yo ya soy capaz de ver estas malditas cosas…, ya sabes, repiqueteando. Si las pinto, no tendrán sonido alguno para mí. Ya puedes imaginarte lo que pasa cuando…

—¿Y dónde vamos a vivir en París?

—Oh, pues no lo sé —contestó Henry sorprendido—. ¿Qué me dices de aquella mujer a la que conociste en Italia? ¿No dijo que siempre podría alojarnos si íbamos a París? O supongo que podríamos recurrir de nuevo a Monique. Conocemos a mucha gente en París.

—¡No! —exclamó Ursula.

—Ah, pero volveremos a finales de año. Compraremos un palacio si quieres, con muros de quince metros de altura y cuatro o cinco hectáreas de jardín.

—¡No! —insistió Ursula—. No pienso ir, Henry. Me niego.

Henry se echó a reír.

—Siempre está preocupándose por el dinero. Mira, viejita, el dinero es algo para usarse, no para preocuparte por él. De aquí a fin de año, te apuesto a que vendo seis cuadros.

—Querrás decir que yo tendré que vender seis cuadros.

—¡Muy bien! ¡Así me gusta, muchacha! Lo pasaremos bien en París, ya verás.

—Yo no voy a París. No pienso dar ni un solo paso más contigo, ni loca.

—Claro, claro. —Henry aún reía y le daba palmaditas en la mano—. Y cuando volvamos te compraré una casa. Tendremos una casa con un gran sótano donde podré instalar una fragua. —Y le preguntó a George—: ¿Has visto alguna vez el sótano de esta casa? Es el estudio más maravilloso que existe, caramba. Desde ahí no se ve nada de nada.

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Y Ursula, que miraba muy seria por la ventana hacia las tres colinas de bronce y la vasta extensión de mar embravecido, se volvió y exclamó desde el otro lado de la habitación con voz estridente de pura desesperación:

—¡Espero que seáis conscientes de la suerte que tenéis!

Eso se ha visto reflejado en una carta de Londres de la antigua oficina de George en la que nos cuentan una historia de terror con un tono ligeramente acusador que se está volviendo familiar:

«¡Para vosotros, los afortunados que andáis por el Mediterráneo sin pegar ni sello, es todo muy fácil!».

—Los niños mimados de la fortuna —susurra George con timidez, mientras se hace cargo del fuelle y el carbón para que yo pueda dedicarme a buscar entre las lentejas las piedras y los gorgojos que siempre suponen una cuarta parte del peso.

Y más tarde, cuando estoy colgando abrigos mojados y jerséis empapados en un círculo en torno al bidón de brasas de carbón, me pregunta:

—¿Y si voy a buscarte un loto?

De todos modos, es inevitable que se sienta optimista después de una carta así, pues de vez en cuando necesita un recordatorio de la esterilidad y la frustración de su vida anterior de éxitos materiales para confirmar su decisión de no volver a ella.

Por lo menos nuestra forma de vida es fruto de nuestra propia elección. Incluso la falta de comodidades nos proporciona una especial satisfacción a medida que adquirimos conciencia de estar aprendiendo de nuevo los verdaderos valores de la luz y el calor, la comida y el cobijo, que durante tantos años hemos dado por sentados. A veces me parece que se trata de una especie de programa educativo en el que algún día podremos graduarnos con la titulación necesaria para vivir nuestras vidas con mayor capacidad de comprensión.

Ambos nos inclinamos a establecer arbitrarias escalas en el tiempo, y galopamos hacia ellas a un ritmo vertiginoso, siempre con la esperanza de que más allá de cada nueva parada de postas se abra una perspectiva agradable y justa. Ahora se trata de «cuando nos mudemos a la casa» y «cuando nazca el bebé», dos metas que tienen un significado especial por ser simultáneas.

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Siempre llego a mis propias escalas con una mezcla de agotamiento, alivio, triunfo y anhelo desbordante: cuando me doy cuenta de que el camino que queda por delante es tan difícil como siempre, ya me he fijado otra parada y puedo galopar hacia ella con la misma esperanza de siempre. Ninguna desilusión parece capaz de curarme de eso.

«Cuando nos mudemos a la casa» reluce como el oro un poco más allá, como una puerta de entrada a una época de felicidad en la que brillará el sol, volveré a tener cintura de avispa, el correo traerá cheques de editores agradecidos, los niños dejarán de hurgarse la nariz, la lengua griega se revelará finalmente sencilla, nuestros problemas para escribir se resolverán y viviremos todos juntos en satisfecha armonía como una pequeña tribu que, por fin, ha llegado a la Tierra Prometida.

Nos apresuramos para llegar a ese punto sea como sea, en un mar de cemento, tuberías, bombas y vigas de acero.

Creonte ha tomado el control. Nada de lo que digamos puede detener la fiebre de actividad que, día tras día, va en aumento en la casa junto al pozo. Cualquier duda que abrigáramos sobre comprometernos con el gasto que supone el cuarto de baño ha quedado anulada, y no tanto, me parece, por la insistencia de Creonte como por nuestro propio anhelo secreto de algo más moderno que el plato de hojalata y la bandeja de esponjas de Bengasi que han servido para nuestras abluciones durante ya casi dos años. Y ha sido demasiado fácil escuchar el atractivo argumento de Henry de que en esta vida debes hacer lo que quieras y solo después pensar en pagarlo.

En eso se muestra vehemente: para él es una cuestión de fe.

Así que, en un momento de debilidad tan imprudente que ni nos atrevemos a pensar en ello, hemos permitido que Creonte encargue en Atenas un plato de ducha cuadrado de porcelana, un lavabo con un maravilloso grifo giratorio y una reluciente taza de inodoro blanca en cuya etiqueta en la cisterna se lee: «El Mejor Niágara».

Por desgracia, parece que Dinos malinterpretó en algún punto las instrucciones que George le dio en su griego bastante precario, con el resultado de que no solo tenemos un excusado con cisterna, algo ya bastante raro en esta parte del mundo, sino dos. Uno está dentro de la casa y el otro fuera, y ambos se han alicatado con azulejos importados de Alemania que cuestan cuatro dracmas cada uno. No nos atrevemos a

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contarlos. Y como están firmemente pegados con cemento a las paredes no podemos limitarnos a pedirle a Dinos que los quite.

Lo encontré mirando a George con una especie de mezcla de orgullo y recelo, como si estuviera satisfecho con la forma en que han salido las cosas, pero para nada seguro de si alguna vez le pagarían por su trabajo. La duda era mutua, pero me alegra poder decir que George no lo defraudó.

El equipo de trabajadores a las órdenes de Dinos —el más joven de los cuales ronda los siete años— también se ha dedicado a fijar un enorme depósito galvanizado de agua a la pared trasera del ya existente unos diez metros por encima del nivel de la cisterna; he ahí la clave del sistema hidroclórico que convertirá nuestra casa en la envidia de la isla.

A George, eso también le inquieta un poco, porque ha descubierto que la cisterna tiene una capacidad de un metro cúbico y que él, como hombre de la casa, será quien deberá bombear a mano una tonelada de agua por esas tuberías llenas de codos cuando haga falta llenar el depósito. La bomba es un artilugio curioso y elaborado, de un alegre color azul, que parece fruto de la imaginación desbordante de Heath Robinson.

Para recortar un poco los gastos (un truco ridículo si una calcula, o mejor dicho, se empeña en no calcular el dinero que representa cada sobrio destello de los azulejos alemanes y la cantidad de dracmas que legítimamente esperarán esos diez hombres robustos y sudorosos que pululan y trepan por escaleras y ventanas, ostentosamente dignos de que los hayamos contratado), hemos decidido pintar nosotros mismos las tres habitaciones de la planta baja. Ahí subyace cierta sensación de urgencia: sigo obsesionada con la idea de que mi bebé nazca en mi propia casa.

—Pero es imposible que tengamos toda la casa a punto —dice George con tono de preocupación. Está dispuesto a seguirme la corriente, pero está frenético por la cantidad de cosas pendientes de hacer antes de que la casa esté habitable siquiera.

—Entonces, una habitación —respondo implacable.

—Pero supongamos que te pones de parto en la otra casa o por la calle o por ahí —sugiere Lola con un interés personal y cierto nerviosismo.

Me ha prometido venir a espantar a las damas griegas que tomarán como derecho hereditario e inalienable corretear, como ratas hacia un cubo de basura sin supervisión, a la habitación donde yo esté confinada. Lola tiene autoridad y presencia suficientes para hacerles frente. Además,

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cuando la provocan, sabe soltar tacos como un marinero en francés, inglés, español e incluso en griego.

—Sea donde sea que yo me ponga de parto —digo con firmeza—, me trasladaré a esta casa, o me trasladarán si es necesario.

Aparte de mi decisión personal sobre ese asunto, me produce un perverso placer tenerlos a todos muertos de miedo. En este momento soy misteriosa y terrible para ellos, y me da la sensación de que supone una pequeña compensación por los dolores de espalda el hecho de que mis costillas parezcan permanentemente desplazadas y que cargo con más peso que el del niño; a veces incluso yo misma me siento muerta de miedo.

—Haremos eso por ti, cielo —dice George como quien no quiere la cosa—. Pero sé buena chica y aguanta todo lo que puedas.

Su rostro se ve muy demacrado y cansado, y sus ojos, que escudriñan enrojecidos entre las manchas de cal incrustada en cejas y pestañas, están llenos de preocupación por mí. De repente me avergüenzo de mí misma, y recuerdo que el correo lleva semanas sin traer otra cosa que una invitación de bordes dorados a un desfile de Hartnell, una circular sobre el problema de Cachemira procedente de la oficina del Alto Comisionado de Pakistán, y una carta aérea de un conocido del verano pasado en la que nos anuncia su inminente regreso a la isla.

Editores, agentes, directores de prensa: todos parecen haber muerto, o los barcos que vimos zarpar con tanta confianza han naufragado. Desde los círculos en los que nos ganamos el pan no llega otra cosa que silencio.

¡Aguanta! ¡Aguanta! Apenas me atrevo a respirar. Los obreros se sobresaltan como caballos asustados si pongo un pie en una escalera de mano, y resoplan cada vez que cruzo el umbral de la puerta diminuta.

Todos se han contagiado de la emoción de la carrera: aporrean y martillean, dan golpes de serrucho y meten ruido, y trotan escaleras arriba y abajo, y sus ojos oscuros dirigen ocasionales miradas nerviosas a mi vientre, como si yo fuera a explotarles en la cara antes de que consigan terminar y largarse de la casa.

La cocina parece la cueva de un hechicero (ahora hay dos pequeños aprendices, uno de los cuales no pasa de los seis años: debo suponer que ambos tienen la edad legal para trabajar doce horas al día); siempre hay alguien revolviendo cemento en una tina de madera, y George, en calzoncillos y sudando a mares a pesar del frío, murmura imprecaciones

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ante una lechada de fórmula complicadísima que está ligando en una lata de queroseno.

No hay ninguna posibilidad de simplificar la mezcla, porque Creonte, con un elegante abrigo y una flor en la solapa, está plantado ante la encorvada y exhausta figura de George como un patricio ante su esclavo, asegurándose de que sus instrucciones se cumplan a rajatabla.

Durante toda esa escena, Hippolyte se pasea con gesto arrebatado, pisando con delicadeza sobre botes de pintura, muñequillas de pulir, haces de tuberías y asombrados niñitos.

Pepsino, Tripsino y Amilopsino (que han vendido sus relojes de oro y sus cámaras para poder quedarse un par de meses más) se agachan en los rincones a dibujar detalles arquitectónicos y a plantear «cuestiones serias» con sus voces extrañas, infantiles y cantarinas, como si George y yo fuéramos una peculiar teoría abstracta que deben investigar antes de pasar al siguiente problema. Sus ojos son azules e inocentes, sin expresión, pero hermosos, como los de algunos insectos, o como los trozos de cristal que uno encuentra entre los guijarros de la orilla. Tienen los dientes muy blancos y unas lenguas virginalmente rosadas.

Me horrorizan vagamente, como los marcianos.

Lola y Sean vienen todos los días. Henry pasa por aquí, y a veces Ursula también, para ver cómo van las obras, para comentar, aconsejar, o simplemente pasearse de una habitación a otra. Todos están aquí de paso, de modo que experimentan indirectamente, a través de nosotros y de nuestra casa, los problemas y placeres de asentarse de forma más permanente. Y así van y vienen a lo largo del día, cada uno según su estado de ánimo: melancólicos, envidiosos, pensativos, irritables o luciendo a modo de alas la ligereza de su propia libertad no hipotecada.

También se acercan las mujeres que serán mis vecinas: kiría Heleni, kiría Spiridula, la Pequeña Cuclillo, kiría Rita, kiría Metajaiki; son esposas de marineros, mujeres sin hombres, y bajo su curiosidad, su emoción y su envidia, se capta un agudo lamento de soledad que es como una prolongada nota de histeria. Sus hijos, con intervalos de edad que corresponden a la duración de los viajes al extranjero, entran y salen como flechas, se pierden en rincones y armarios, y ellas tienen que bajarlos de los alféizares de las ventanas y sacarlos de los montones de cemento, tras lo cual los besan o les dan un coscorrón con la misma pasión contenida.

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En esas ocasiones, la casa se llena de quejidos, parloteos y chillidos, como si se hubiera convertido en un nido de gaviotas.

La fama del cuarto de baño se ha extendido hasta varias calles más allá: tías, primos y abuelas vienen a verlo. Shane y Martin aceptan caramelos, canicas y figuritas de plástico de un ejército de niños impacientes, todos ellos con la ilusión de que se les va a permitir tirar de la cadena. Shane disfruta de la envidia especial de sus amiguitas, y es objeto de las caricias de las madres de los niños, pues ni Shane ni las madres dudan de que la casa vaya a ser parte de la dote de la niña. En Grecia siempre se considera prudente establecer contactos pronto.

Cada día, George se muestra más inquieto con respecto a los vecinos. —Parecía un barrio muy tranquilo antes de que empezáramos a

trabajar en la casa —le comentó un día a Creonte con cierta preocupación. —¿Tranquilo? —Creonte inclinó la cabeza hacia delante con gesto agresivo, las cejas canosas trazando furiosos triángulos en las arrugas de

su frente—. ¿Acaso no lo es?

—Bueno, con todas estas malditas mujeres, Creonte, ya sabes…, entrando y saliendo todo el día, sin siquiera llamar a la puerta. No sé cómo vamos a trabajar si…

—¡Quítate esa idea de la cabeza, George! ¡No pasa nada! ¡Absolutamente nada! Cuando Georgaiki estaba arreglando su casa, de una caja de embalaje salieron cinco mujeres, ¿sabes? Se acostumbrarán a vosotros con el tiempo.

3

Y el viento se lleva entonces los últimos días locos de marzo.

George no ha dejado de aparecer y desaparecer, cargado con bolsas de redecilla, maletas, bolsos de mano o ristras de cacerolas.

Para «cuando nos mudemos a la casa» solo faltan unos días. En cuanto a «cuando nazca el bebé», es posible que también solo queden unos días para eso.

He estado dentro, arrimada al bidón de brasas de carbón: aparte de que el viento tiende a hacerme rodar como un barril abandonado, ha llegado a darme vergüenza caminar por cualquier parte del puerto.

—¡¿Cuándo?! —me gritan las mujeres desde sus puertas y ventanas.

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—¿No te has equivocado con las fechas?

—¿Aún no notas dolores?

Y Vasilis, el pescador de esponjas, sentado al abrigo del viento con sus compinches a una mesa de hierro a la vuelta de la esquina del café de Soteris, abre su boca vacía y rosada y ruge encantado:

—¡Está esperando a que haga más calor!

Creonte se impacienta por su ahijado y ya no se molesta en ocultar su irritación conmigo: si creyera que hay posibilidades de que sea niña, estoy seguro de que se lavaría las manos por completo de todo este asunto. Ursula hace gala de una alegría tan insólita que deja entrever su certeza de que habrá complicaciones mayúsculas. Lola parece contenta y nerviosa, de modo que Ursula, me temo, le ha estado soltando sus historias macabras como forma de preparación para lo que, en su opinión, sin duda ocurrirá. Incluso los niños dicen que no es justo que les contara lo del bebé si luego pretendía esperar tanto para tenerlo. Me perturba comprobar que Max, el perro tontorrón, me mira con una curiosidad tristona, como si me hubiera convertido en una extraña incluso para él.

Esperando a que George vuelva de la oficina de correos, esta maldita carga de mi vientre hace aflorar mi propio cansancio, de modo que, cuando entra por la puerta, con un aspecto extrañamente pálido y peculiar, empiezo a gritar algo lastimero sobre arrojarme escaleras abajo para sacarme de dentro este bebé.

Y al oír eso, George palidece todavía más, con su cuerpo larguirucho rígido en su inmovilidad, los ojos desorbitados, y, en voz baja y con tono tenso, me contesta que, lejos de arrojarme escaleras abajo, lo que tengo que hacer es meterme en la cama de inmediato y no mover ni un maldito músculo.

—¡Aguanta! —exclama ferozmente—. ¡Aguanta todo lo que puedas! Acabo de encontrarme a la comadrona en el muelle. Lo último que he visto es cómo la llevaban a remo al barco de Atenas. ¡Va a la boda de su primo en el Pireo!

—¡Madre mía! Pero ¿qué ha dicho?

—Ha dicho que «avrio» y «ali evdomada» y luego «den pirasi»…, o sea, por lo que he entendido, que no estarías a punto hasta la semana que viene, o que ella volvería la semana que viene, y luego me ha hecho un alegre gesto de despedida y se ha subido al maldito bote. —Se detiene con

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la respiración entrecortada, me dirige una mirada suplicante y añade—:

¡Por Dios! Pero hay otra, ¿no?

Sí, hay otra. Vive en la montaña y tiene unas garras largas y negras y un pico ganchudo y prepara pociones a base de hierbas; de cicuta, creo. Si su nombre no es Hécate, debería serlo. Limpia a los recién nacidos (cuando los saca de una pieza) con periódicos viejos.

—Bueno, pues Ursula, entonces —dice George a la desesperada—. Antes era enfermera, ¿no?

—Sí, de psiquiatría.

Por curioso que parezca, mi emoción predominante es la vergüenza. Desearía poder arrastrarme ahora mismo hasta detrás de algún arbusto y hacerlo en silencio yo sola. De alguna manera, he convencido a George de que en realidad no hay nada de que preocuparse, de que aguantaré sin problemas, y aunque no fuera así, no importa, porque, al fin y al cabo, es algo perfectamente natural, y cualquier mujer de la ciudad está capacitada para ocuparse del asunto. Y al tranquilizarlo de esa manera comprendo que lo que digo tiene sentido y que me siento tranquila, relajada y segura de mí misma, y de él, y que nuestro modo de vida es en esencia correcto, y que me importa un pimiento, la verdad, si la propia partera decide casarse en El Pireo y no volver jamás.

4

Por la noche, ya no duermo mucho. Quizá es porque el viento ha amainado por fin y, después de que la central eléctrica se haya detenido finalmente a medianoche con un traqueteo, todos los ruidos nocturnos caen por separado en una enorme y negra caja de resonancia de silencio.

El extraño y angustiado rebuzno de un burro despierto retumba y reverbera; muy cerca, otro burro responde, y la caja de resonancia se llena de terribles rebuznos y jadeos que se van apagando hasta sumirse en el silencio, y justo entonces un gallo empieza a cantar. Aquí, los gallos están todos locos: son aves nerviosas y nocturnas, de espléndido plumaje y sin el menor sentido del tiempo. Y luego, mientras los gallos siguen emitiendo sus presuntuosos cantos a diestro y siniestro por las dormidas hileras de casas, unos diabólicos aullidos de rabia, lujuria y terror desgarran la noche; son los gatos de Hidra, tan grandes, numerosos y absolutamente

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malvados que parece probable que acaben obligando a la población humana a dejarles la isla. Tumbada en la oscuridad, una bien podría hallarse en la jungla.

La casa donde nos alojamos tiene una terracita acurrucada bajo la alta montaña broncínea que se curva sobre la ciudad como una ola estática. Me siento aquí, envuelta en una manta, a escuchar el diálogo de los burros, y veo muros, tejados, tejas y callejones en sombras, plagados de enormes formas escurridizas de gatos, como una emanación del alma secreta del lugar.

El pequeño búho de Atenea emite dos notas límpidas desde la montaña, y de nuevo otras dos, muy puras y gélidas. El ligero tintineo de unas campanillas señala ciertos movimientos inquietos en el aprisco de arriba. Pálidas y silenciosas, las hermosas casas duermen, grada tras grada, desplegándose desde la negra mole de las montañas hasta la extensión de seda negra del mar. Al otro lado del agua, las oscuras colinas de Troezen se ven punteadas por el fuego de los quemadores de carbón, como rubíes esparcidos.

Noto el rostro frío, vuelto hacia las frías estrellas. Se mueven por el cielo, inexorables y ordenadas; lucero tras lucero, nebulosa tras nebulosa, universo tras universo, giran a través de una soledad inconcebible. Casi puedo sentir cómo da vueltas también este planeta, cómo gira a través de su propia esfera de soledad, con la determinación de un proceso que se repite sin fin, una pequeña mota de polvo astral que vira hacia una incomprensible eternidad. Qué extraño es aferrarse a la mota de polvo, para girar y girar, tal vez en este momento incluso cabeza abajo. No hay consuelo en las estrellas. Solo oscuridad más allá de la oscuridad, misterio más allá del misterio, soledad más allá de la soledad.

Envuelto en su oscuridad, misterio y soledad propios, el niño se retuerce en mi cuerpo, como si quisiera recordarme misterios más cercanos. Y yo sigo girando por el espacio, envuelta por el misterio, ignorando, como una oveja, por qué se me utiliza de esta manera. En la pequeña terraza, oscura bajo las montañas oscuras, experimento el deseo infantil de agitar los puños y gritarle al vacío imposible entre esas estrellas giratorias: «Todo eso está muy bien, pero ¿quién soy yo?».

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ABRIL

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1

Nos hemos mudado, con la correspondiente sensación de triunfo. Incluso con nosotros cuatro correteando de habitación en habitación, seguidos por el inquieto perro y un ejército de vecinas, la casa parece muy grande y muy muy vacía. Imagino que a las señoras las decepciona terriblemente que no hayamos llegado con recuas de mulas cargadas de mullidos sofás, aparadores de madera chapada y manteles con borlas; pero, aun así, no se puede pasar por alto el baño, ni «El Mejor Niágara». En general, parecen dispuestas a esperar un poco antes de tacharnos de farsantes y hacer bajar varios escalafones a Shane en la lista de futuras novias.

Además de los montones de cajas y bultos que esperan a que los desembalemos y coloquemos, la casa dispone de tres camas, una mesa, cuatro sillas, el banco largo que George y yo utilizamos como escritorio y una nueva cesta de mimbre que, gracias a Dios, sigue vacía. También hay un tradicional banco de madera con respaldo y arcón incorporado que encontramos en una casa abandonada. Tiene un poco de carcoma, el asiento consiste en tablones de madera clavados burdamente y se le ha caído una pata. Pero el respaldo está bellamente tallado con urnas y guirnaldas, y Tasso, el carpintero, dice que puede dejarlo como nuevo por diez dracmas más o menos.

Creonte nos va a traer seis sillas de caña y un sofá victoriano de crin de caballo, bastante bonito, que insistió en que nos lleváramos del húmedo y melancólico almacén contiguo a la Casa Usher, donde antaño cien hombres trabajaban con cizallas entre montañas saladas de esponjas y grandes cubas de blanqueo y prensas y fardos sujetos con cuerda y estampados con los nombres de la mitad de los países del mundo. Y Zoé ha encontrado una vieja y enorme mesa de labranza con un sobre de mármol, Chloe nos ha mandado cuatro sillas con respaldo de escalera, John el Negro va a traernos en un caique desde el Pireo varias prágmata antiguas, entre ellas una maravillosa mesa redonda a la que solo hará falta frotar un poco con cera para botas de tono tostado para conseguir una auténtica antigüedad.

Alguien ha pintado con tiza EOKA (en griego, Organización Nacional de Combatientes Chipriotas) en nuestra puerta principal, y sospecho de

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Shane. Y cuando las mujeres se han reunido alrededor del pozo esta tarde con sus cubos y cuerdas, kiría Heleni ha sumergido el borde de su delantal en el cubo de agua del pozo para lavar cuidadosamente la pintada.

Dicen que han llegado nuevos extranjeros, estadounidenses que buscan una buena casa que alquilar durante el verano; pero la comadrona, no.

2

Justo antes del mediodía llega el Atenas, un pequeño y elegante barco blanco que antaño fue el yate privado del conde Ciano y que se donó a Grecia como parte de las reparaciones italianas. Todavía tiene aspecto de poule de luxe, un inequívoco aire de ostentación y placer, mientras se desliza por el mar lechoso con una lenta voluta en la estela y una insolente inclinación de la proa: ni todas las viejas de mantón negro con sus gritos y graznidos ni los carraspeos y escupitajos de los pasajeros de cubierta pueden empañar su alegría y su elegancia. Durante el día luce banderines y por la noche guirnaldas de lucecitas de colores.

Por quinto día consecutivo, esperábamos en el paseo marítimo, detrás de los postes de sujeción de los toldos, mientras los botes de remos surcaban lentamente el agua hasta donde el Sirina permanecía al pairo, más allá del promontorio con sus almenas y cañones de juguete; sobre ellos ondeaba con valentía la bandera de la isla, haciendo revolotear sus extravagantes borlas doradas. Los sonidos metálicos de una banda de busukia vibraban en el puerto.

George se mordía las uñas en sus esfuerzos por ver a los pasajeros que se dejaban caer con torpeza de la escalerilla del Sirina a los botes que se mecían suavemente.

Creonte se paseaba de aquí para allá detrás de los postes con las manos entrelazadas a la espalda y meneando la cabeza, entre la furia y el desconcierto.

Me senté con infinita cautela en una silla que me trajo del restaurante Tiliakos un chiquillo escurridizo y medio asustado al que Creonte había llamado con rudeza.

Los lugareños reunidos tras los postes me miraban con sus ojos oscuros y raudos: trataban de contener el interés y la emoción, ávidos de dramatismo. Sentí una euforia repentina y desbordante y me entraron

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ganas de reír. Qué alegre y cómico resultaba todo: los absurdos cañones, la bandera demasiado grande y llamativa, la banda de busukia, los bigotes de los arrieros, las monturas decoradas y los collares de cuentas azules de los burros, los pavos atados para su envío a alguna parte, Creonte paseándose arriba y abajo, los botes de remos acercándose como cáscaras de nuez flotando en limonada, el alegre y burlón pitido del silbato del Sirina, George a la pata coja como una grulla, observando los botes de remos en una parodia de ansiedad.

Aquella escena no podía tener otro resultado que un final feliz.

Las barcas de remos avanzaban una detrás de otra, aproximándose lentamente contra aquel telón de fondo de comedia musical. George y Creonte se abrieron paso entre la multitud ante los postes de sujeción. El marinero de guardia se apartó con gesto solemne para dejarles vía libre en los peldaños del muelle.

Creonte gritó algo con dramatismo y George tendió la mano para ayudar a desembarcar un vestido de flores adornado con tres sartas de perlas artificiales. La cara regordeta y colorada sobre las perlas sonreía alegremente y saludaba a George con la cabeza. Era evidente que su mayor preocupación era que no se le estropeara la permanente.

—¿Es nueva? —pregunté señalando los rizos.

—Cien dracmas, en El Pireo. —Esbozó una sonrisa risueña y en sus astutos ojos azules asomó un guiño—. Deberías hacértela, después del bebé. Sienta muy bien.

George vacilaba a sus espaldas y su rostro era una parodia del alivio, como un momento antes lo fuera de la ansiedad. Creonte, mucho más alto, se había quedado sin habla. Y la multitud observaba con gran interés cómo la comadrona se inclinaba para deslizar sus manos con profesionalidad bajo mi trenca. Luego se incorporó, se bajó el corsé y liberó a George de los bultos que él le sostenía.

—Toma el atajo por las escaleras que hay detrás de la casa de kirios Stavris —le dijo alegremente—. Y si está oscuro, coge una linterna. Las mulas pasan a menudo por esos peldaños y no quiero que resbales y te rompas una pierna; incluso un hombre es útil cuando llega un bebé.

Me dio unas palmaditas en la mano, sonrió a George con aires de camaradería y se alejó renqueando muelle abajo con sus zapatos muy nuevos, muy apretados y de tacón muy alto. Cuando llegó al café de Katsikas se volvió y saludó, creo que a Creonte.

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George se sentó de repente en los escalones del muelle.

—Bueno, cielo —me dijo—; ya puedes dejar de aguantar.

3

Finalmente, todo salió muy bien. El pequeño búho de Atenea emitía sus notas puras y nítidas desde la montaña, un orlado gajo de luna se había unido a las estrellas que revoloteaban ante mi ventana y los burros proferían su anhelo con rebuznos y jadeos temerosos.

Antes del amanecer, George cogió la linterna y fue en busca de la comadrona; recuerdo los vacilantes derrapajes de sus sandalias en los adoquines mientras corría por la calleja que descendía desde la casa, y recuerdo que la comadrona llegó y que sus manos eran muy gentiles y que en lugar del vestido de flores llevaba un gran delantal blanco.

No hubo necesidad de llamar a Lola porque las vecinas aún dormían, y no debí de hacer mucho ruido porque los niños, en la habitación de al lado, no se despertaron. George entraba y salía con lámparas, toallas, palanganas de agua hirviendo; y en un momento dado vino alguien más, una mujer vestida de negro, y la comadrona y ella hablaron en susurros y luego volvió a marcharse.

Entonces todo llegó a su fin y yo estaba tendida en una cama llena de bultos bajo la luz gris del amanecer, un cuerpo vacío que parecía completamente fuera de control por la terrible forma en que se agitaba y estremecía. El retazo de suelo que alcanzaba a ver parecía un matadero, pero la comadrona aún esbozaba una alegre sonrisa cuando inclinó una botella para verterme ouzo en la boca: estaba delicioso, tan intenso y ardiente a medida que descendía por mi garganta y se me derramaba en la cara y el cuello.

De algún sitio me llegaba la voz de George diciendo algo sobre un gatito, y Shane chillaba que sí era un gatito, porque la oí decirlo, y George dijo que no, que no era un gatito, que era B, que había llegado por fin, y que B era un niño, y que le parecía que podrían verlo en unos minutos.

El ouzo seguía bajándome por la garganta y empapándome la cara, y una mujer de negro, la misma de antes tal vez, pasó rozando la cama con un ramo de margaritas secas y oí hablar de azúcar molido y limones, y

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entonces supe que estaba del todo borracha, de un modo delicioso y triunfal.

—Ahora estará perfectamente —dijo la comadrona como si tal cosa. Me pareció que se hallaba muy muy lejos, envolviendo alguna clase de

bulto, y quise ver si era el bebé o azúcar molido, pero estaba demasiado borracha, así que cerré los ojos y me dormí.

4

Es un bebé grandote, rubio como los otros dos, con el cuello grueso y una cabezota redonda y un llanto profundo y airado. Cuando no hay moros en la costa representados por señoras griegas que vienen de visita, me gusta acercarme su capazo a la cama, para poder verlo.

Las vecinas entran y salen durante todo el día, charlando y riendo, y traen consigo pequeños cuencos de sopa, caramelos pegajosos, ramos de flores e iconos y amuletos. Cada una de ellas escupe tres veces al cruzar el umbral para ahuyentar el mal de ojo de mi habitación, pero la mayor parte de las veces lo hacen de manera furtiva, con la cabeza vuelta hacia otro lado, muy conscientes, me parece, de los ojos oscuros de Lola, que les dirige miradas torvas. Lola no soporta los escupitajos. Arroja una manta sobre el capazo del bebé cada vez que se oye un paso en la escalera.

A pesar de todo, el bebé recibe muchas salpicaduras, y el capazo y la manta lucen una costra de iconos, amuletos y medallones protectores, uno de los cuales, sorprendentemente, es una moneda inglesa de seis peniques ensartada en una cinta azul, que trajo uno de los polluelos de gaviota de la casa de al lado. Incluso la vieja kiría Kali ha venido cojeando para verme; creo que creyó hasta el final que era Lola quien estaba a punto de dar a luz: la han oído expresar las más graves dudas sobre mi sexo y, obviamente, ha querido comprobarlo por sí misma.

—¡Madre de Dios! —exclama—. ¡Menuda vieja estoy hecha! — Escupe tres veces en mi cara y otras tres en la del bebé, se persigna y se marcha cojeando.

A pesar de mis protestas, la comadrona ha envuelto al bebé a la manera griega, vendándolo hasta dejarlo rígido como una tabla, de modo que George y yo hemos tenido que esperar a que lo dejara a cargo de Lola para quitarle esas bárbaras envolturas y examinarlo con detalle: las manos

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pálidas y arrugadas que se agitan como estrellas de mar, todavía sin inteligencia, propósito o voluntad, pero ya señaladas en cada palma con las líneas que constituyen su propia individualidad, líneas distintas de las de cualquier otro ser humano sobre la faz de la tierra; las piernas arrugadas de viejo, que siguen siendo apéndices inútiles del estómago, el gran protagonista, y que se encogen con solo tocarlas para volver a la familiar posición fetal, con un delicado pie cruzado elegantemente sobre el otro. Sus ojos son de un azul precioso y no paran de moverse. Más parece un renacuajo que otra cosa. La casa se llena de una felicidad desbordante.

5

Esta es una temporada —y quizá hará falta recordarlo más tarde— en la que George silba mucho, mima a los niños de forma exagerada, se emborracha como una cuba con los pescadores, contrata con mucha alharaca un caique para que lo lleve al banco de la isla siguiente a retirar el último dinero que nos queda, para pagar a los obreros y ofrecer una cena de celebración en el restaurante Tiliakos por mi parto sin complicaciones.

Habla de dejarse barba, de comprar un barco, de llevarme de vacaciones a Venecia. O, apoyado en la azada, entre las ortigas bajo el limonero, suelta frenéticas peroratas salpicadas de grandes carcajadas y explosiones de groserías, sobre amos y esclavos, ciudades y gentes, viajes, encuentros, despedidas, triunfos, desazones, frustraciones; habla de esperanza y desesperación, habla de todas las llegadas y todas las partidas, como si su vida fuera un ovillo prieto que va desenredando hacia atrás vertiginosamente… y retrocediera hasta regresar a las monótonas calles de las afueras y las monótonas casas de las afueras tras las seguras alambradas plateadas, y hasta el niño que espera en el baño a que su padre entre con el asentador para navajas de afeitar para propinarle la paliza ritual mensual. «Por los pecados que aún no he descubierto», decía el padre. Arriba, en la habitación alargada y desnuda que algún día será un estudio, George utiliza la máquina de escribir como si intentara hacerla hablar también.

Es la temporada en la que la anciana señora Silk llama a nuestra puerta con la punta de hierro de su bastón. Viene todas las mañanas a las once: una vieja obesa con el tradicional atuendo de corpiño y falda fruncida,

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pañuelo en la cabeza y delantal. Tiene una gran verruga en la nariz y unos cuantos pelos incoloros en la barbilla y lleva unas antiquísimas gafas de montura de acero sujetas con un trozo de cinta elástica rosa.

—¡Salud y alegría, niños! —exclama con falso entusiasmo. Su aliento

es como una ráfaga salida de la jaula de un león; tiene unos ojos muy

rasgados y vigilantes—. ¿Está Sofía?

—Ha ido al mercado, señora Silk.

—¿Cómo? ¿Que se ha ido al mercado? —Su tono se vuelve zalamero y ladea la cabeza con gesto malicioso y un brillo de suspicacia en los ojos

—. Voy a comprobarlo.

Nos hacemos a un lado cuando la mujer sube trabajosamente los

peldaños de entrada y emprende una minuciosa búsqueda por todas las habitaciones, arriba y abajo, en los armarios y bajo las escaleras, incluso llega a hurgar furtivamente en los colchones con la punta del bastón. Habla todo el rato con la misma voz embaucadora, sin duda para distraernos de su propósito.

—¿Que se ha ido al mercado, niños? ¿Al mercado? Pero dijo que estaría aquí. —Y volviéndose de repente hacia mí, me empuja con el bastón—. ¡Tú! Dime, ¿eres una mujer?

—Sí, señora Silk. Mire, aquí está mi bebé. Y ahí tiene a mis otros hijos en el patio del colegio. —Tengo la blusa empapada de leche…, ¡sin duda es muy evidente que soy una mujer!

Pero la anciana señora Silk solo suelta un «¡Ah!» y una risotada cómplice, con su horrible cara de vieja a unos centímetros de la mía.

—¿Y dónde está tu falda? —susurra entonces llevándose el dedo a la nariz, y mientras yo todavía estoy retrocediendo, se da la vuelta y levanta la tapa de un baúl metálico.

—¿Y dices que Sofía se ha ido al mercado?

—Sí, señora Silk.

—Vaya, vaya —contesta, reacia y demorándose, claramente incrédula —. ¿Le dirás que he pasado por aquí?

—Sí, señora Silk.

—Pues que pases un buen día. Salud, alegría y una larga vida. —Pero incluso en la puerta hace una última súplica—. ¿Y Sofía no está? Decidme, niños. Me dijo que vendría.

Ya hace dieciséis años, según cuenta kiría Rita, que Sofía murió en esta casa…

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Es la temporada en la que intentamos encontrar un viejo baúl isleño para guardar nuestra ropa. Ninguno de los dos conoce la palabra griega para «cómoda», pero George le explica a la Pequeña Cuclillo lo que queremos, con mucho esmero y montones de gestos. Ella parece entenderlo. Conoce a una mujer que tiene una muy antigua. ¿Con cajones?, insiste George, y abre y cierra cajones imaginarios para asegurarse de que lo tiene claro. Por supuesto, dice la Pequeña Cuclillo abriendo y cerrando cajones, muchos cajones. ¿Y podremos meter ropa en ellos? La Pequeña Cuclillo se encoge de hombros, con ese gesto tan griego y exasperante que significa al mismo tiempo que declina toda responsabilidad y «por el amor de Dios, ¿de verdad eres tan estúpido?».

—Meted lo que queráis —dice.

Vamos a hacer la inspección en una casa blanca que tiene geranios en el patio y palomas en el sótano, y resulta que la cómoda no es una cómoda en absoluto, sino una jaula de pájaros fabricada con admirable locura en Viena hace doscientos años, y que algún capitán de barco con gusto por lo exótico trajo a la isla. Tiene frontones y aleros de intrincada madera calada y dorada, puertas de encaje forjado con diminutas aldabas doradas y vitrales que proyectan parpadeantes sombras florales en púrpura, rojo, verde y amarillo. Mira cuántos cajones, dice la Pequeña Cuclillo, y los abre y los cierra para mostrarnos dónde van el agua, el alpiste y las migas. Es muy vieja, añade; justo lo que queríais…

Y, por supuesto, en efecto es justo lo que queríamos y lo que debemos tener, aunque nuestra ropa tenga que pasarse un año más en las maletas. Es absolutamente adecuada, dice George con tono solemne, y en un rápido intercambio de cejas arqueadas y gestos de desaprobación, él, la Pequeña Cuclillo y el dueño de la jaula fijan el precio en trescientos dracmas.

En casa, la colgamos sobre el eje del pozo, donde gira bajo un rayo de sol, tejiendo delicadas sombras de aleros, perchas y rosetas de colores. Es un artículo muy gemütlich, y no tengo la más mínima duda de que en alguna parte en la aldea un pájaro gemütlich, dorado quizá, de ojos esmeralda, espera en algún viejo cofre a que lo descubran.

Es la temporada en que las cajas de libros que vimos descender por última vez un frío día de noviembre a un húmedo sótano de la plaza de Saint George, con la niebla cerniéndose sigilosamente desde el Támesis, se descargan en el paseo marítimo desde un caique rosa salmón con la línea de flotación en amarillo limón para que cinco burros muy pequeños, con

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cascabeles y collares de cuentas azules, las transporten hasta la casa. La cosa tiene cierto cariz milagroso, como si las cajas hubieran viajado bajo la égida de un santo, ya que el caique rosa salmón también se llama San Jorge: Agios Yorgos.

Con los libros amontonados en el alféizar de cada ventana, volvemos a ser ricos, y también hay otras cosas en las cajas: juguetes olvidados del cuarto de los niños que ellos reciben con extraños gruñidos de asombro, incapaces de creer que semejante tesoro les pertenezca; algunos buenos objetos de plata rescatados de la venta de nuestros bienes mundanos; tiras de un material extraño que al parecer se empaquetó para rellenar huecos; programas de conciertos, documentos, cartas, fotografías, recortes de periódico: lo que George suele llamar el desván portátil. Cosas que despiertan nostalgia. Y dos camisas urbanas de cuello rígido con un surtido de pajaritas que examinamos con asombro.

—Para Sócrates, ¿no te parece? —Pero George tiene otra sugerencia, que no es publicable.

Esta es la temporada en la que las montañas de Troezen semejan ondas de felpa y el mar rodea la isla en hebras separadas de azul como madejas de bordado; en la que los caiques traen hortalizas frescas todos los días: lechuga y cebolletas, los primeros pepinos, los primeros tomates; en la que Johnny Lulu pone un toldo azul y blanco, en la que todas las mesas de los cafés se sacan del interior de los locales a los adoquines, en la que Sócrates corretea por la ciudad arrastrando una ristra de banderines de colores y gritando un delirante «Ya! Ya!» a todo el que pasa; en la que los viejos morenos salen de sus habitaciones con olor a humedad para pasar las mañanas parpadeando en los soleados umbrales, y las viejas grises se atan pañuelos limpios a la cabeza, sobre coletas esmirriadas, y recogen montones humeantes de excrementos de burro para nutrir los jardines primaverales.

Es la temporada en la que Creonte advierte sobre la necesidad de quitarse la ropa interior de lana, y Lola sale con Hippolyte a dibujar por las laderas de las montañas, o recorre el muelle desbordando de manera espectacular un vestido floreado que se diseñó, creo yo, en la época en que era más delgada y frecuentaba las fiestas elegantes de los salones de Madrid, y que seguramente nunca fue concebido para lucirse con una cesta de la compra y unas botas de pastor. Es la temporada en la que Tuerto, el arriero, un hombre adusto y poco proclive a dejar volar la imaginación,

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informa a un público embelesado de que, al bajar de la montaña, ha visto a Ursula vagando desnuda por la terraza, con el pelo suelto que envuelve su rostro deteriorado y un libro abierto en la mano, desdeñosa ante la lluvia de naranjas sibilantes que le lanzaba Henry de un cuenco en el parapeto. (Ursula dice que solo tomaba su baño de sol diario, y Henry explica lo de las naranjas con bastante timidez, aclarando que estudiaba las trayectorias. Pero, pese a todo, no cabe duda de que se van a París.) Es la temporada en la que Sean se guarda en el bolsillo sus cartas de rechazo con una sonrisa de dulce autocrítica y vuelve a su mesa.

—Bueno —dice—, a veces uno se cree capaz de volar. —¡Pues vuela! —le suelta Henry—. Vuela, hostia, ¿por qué no?

Esta es una temporada en la que casi tengo que pellizcarme para creer en mi propia existencia, cuando camino por el paseo marítimo dueña de nuevo de mi propio cuerpo —qué ligero lo noto, qué extrañamente deshabitado—, casi flotando sobre los adoquines a través de una miríada de pequeñas y radiantes explosiones de luz solar y una embriagadora geometría de mesas de café, proas de barco, puertas, ventanas, casas, tejados, jarcias, que con sus retazos de colores, de arcos y cubos y ángulos entonan un canto tan desgarrador que casi me estalla el corazón. Como si fuera yo quien acabara de nacer.

6

—Ahora —dijo el capitán de policía—, si hace el favor, anotaremos su nombre, y los nombres de sus padres, la fecha y lugar de nacimiento, su estado civil y profesión, el número de hijos que tiene. Y lo mismo en el caso de su esposa.

—Pero todo eso ya lo tienen —se quejó George—. Está en los pasaportes y en nuestros permisos de residencia. El sargento lo anota todo cada tres meses.

—Es lo que dicta el reglamento —repuso el capitán de policía—. Esto es diferente, tengo instrucciones precisas. ¡Cabo Constantopolis! Traiga unos formularios y rellénelos con los datos del kirios.

—¿Qué formularios, capitán? —El cabo Constantopolis, un joven delgado y algo perplejo, con una ligera pústula en el labio superior, parecía bastante inquieto.

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—¡Madre de Dios! —exclamó el capitán—. Bueno, pues vaya a buscar unos cafés, entonces.

—Con azúcar para mí —exigió Creonte con rotundidad—. Con azúcar y bien fuerte. Y que sea de Soteris, por cierto, no de Dimitri. —Lucía su máscara oficial, muy severa—. Y ahora, capitán —continuó con tono enérgico—, sigamos con la cuestión.

El capitán, un hombre triste y fornido, suspiró y agitó un fajo de viejos papeles amarillentos.

—No sé por qué quiere vivir aquí, kirios Yorgos. Mire por la ventana.

Rocas y ruinas, en este lugar solo hay eso.

—No sabes de qué estás hablando, hombre —intervino Creonte—.

Esta isla fue la más grande de Grecia.

—Ah, sí. —El capitán se encogió de hombros con gesto de desinterés —. ¿Se parece Australia a esto, kirios Yorgos?

—No —contestó George—. La verdad es que no.

—Entonces debe de ser un buen sitio. Tengo una granja en el Peloponeso, que también es un buen sitio. Supongo que no podría conseguirme un tractor australiano para mi granja, ¿verdad?

—No —respondió George—. Me parece que no.

—¿No? Bueno, pues continuemos. ¿Con qué propósito ha venido a esta isla, kirios?

—Kyrie eleison! —exclamó Creonte con irritación—. ¡Ya sabes todo eso! Este hombre es escritor. Quiere un lugar donde poder escribir tranquilamente.

—Pues no podría haber elegido un sitio más tranquilo, como no sea un cementerio. Miren el ágora ahora mismo. Aquí ni siquiera han oído hablar de la invención de la rueda.

El capitán volvió a exhalar un suspiro y buscó otro trozo de papel bajo el montón de sellos de goma; luego mojó la pluma en un tintero seco, soltó un juramento y empezó a rebuscar en los bolsillos. Creonte dejó escapar un resoplido y le ofreció una estilográfica. El capitán la probó en un viejo expediente. El cabo regresó con una bandeja redonda de hojalata que pendía de una anilla con tres cadenas. Repartimos los cafés y todos encendimos cigarrillos.

—Ahora, Constantopolis, siéntate a tu mesa y prepárate para rellenar los formularios.

—Sí, capitán, pero ¿qué formularios?

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—¡Idiota! ¿Aún no conoces los formularios? Mira, ahí tienes un armario lleno de ellos. Coge uno y escribe. —Dejó la taza de café, se volvió de nuevo hacia George, y adoptó una expresión de formalidad—. Vamos a ver, kirios, ¿por qué quiere comprar una casa en esta isla?

—No quiero comprar una casa —contestó George en voz baja—. La he comprado ya. —Cerraba y abría los puños sobre sus rodillas. Le di un buen puntapié bajo la mesa.

—¿Qué tengo que apuntar, capitán? —preguntó el cabo. —¡Madre mía! La fecha, idiota, y nombre y dirección. Creonte espetó furioso:

—¡Está todo ahí, hombre! Está todo escrito. Sigamos con la cuestión que nos ocupa.

—Todo a su debido tiempo, kirios Creonte. Hay que seguir un determinado procedimiento. Tengo mis instrucciones.

—Déjame ver eso —exigió Creonte. Se llevó el documento a la ventana y lo leyó con interés—. Eres un maldito imbécil —declaró al fin

—. Esto no tiene nada que ver con kirios Yorgos. Él no es inglés.

—¿Y cómo iba yo a saberlo? —repuso el capitán con un suspiro—.

Con toda esta gente que viene, escritores, artistas…, y que anda comprando casas. ¿Cómo voy a saber qué son? Ni yo mismo lo entiendo. Viejas ruinas, viejas rocas. No hay ni siquiera un cine, ni siquiera un vehículo con ruedas. ¿Te gusta este lugar, cabo Constantopolis?

—No, capitán.

—Ahí lo tienes. Debes disculparnos, kirios Creonte. No nacimos aquí como tú, y no somos artísticos como los kírioi. ¿Tú eres artístico, Constantopolis?

—No, capitán.

—Supongo que es un punto de vista diferente —continuó el capitán con tono cansino—. ¿También van a comprar casas todos esos amigos suyos? ¿Ese artista que vive con su madre?

—No es su madre —intervine yo con una risita—. Es su mujer. —¡Vaya! Sobre gustos no hay nada escrito. Fíjense, la otra es una

buena mujer…, la esposa de ese escritor flaco. Esa sí es una mujer como debe ser. No es de extrañar que esos dos no tengan un hijo, con esa pareja que forman. —El capitán lanzó una mirada lasciva a George—. A usted le va mejor, ¿a que sí?

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—¡Creonte! —susurró George, muy tenso—. ¡Me estoy volviendo loco!

Creonte se sonó la nariz y se ajustó las gafas.

—¡Capitán Gregorio! Eres un maldito imbécil y nos estás haciendo perder nuestro valioso tiempo. ¿Tienes algún otro asunto que tratar con el kirios?

—Oh, no —repuso el capitán—. Excepto que su permiso se ha renovado. Por un año, dice ahí. ¿Qué has hecho con el permiso, Constantopolis?

—Está en su bolsillo, capitán.

—Ah, sí. Ahora me acuerdo, lo metí ahí por seguridad. ¿Entonces no cree que pueda conseguirme ese tractor, kirios?

—Lo intentaré —contestó George débilmente, y tendió una mano temblorosa hacia el permiso.

—Y dígale al irlandés que también le han concedido su permiso. Para tres meses.

Una vez ante la tienda de Katsikas, Creonte soltó un bufido:

—No tienen nada más que hacer, aquí está su problema.

—En cualquier caso —intervino Sean—, te transmite bastante inquietud. Cualquiera de nosotros puede ser expulsado de la isla en cualquier momento.

—Qué va —soltó Creonte—. Mientras yo esté aquí, no. ¿Creéis que no tengo influencia? ¿Eh? De todos modos, será mejor que me ocupe de echar a ese hombre. Es un imbécil, ya se lo he dicho.

—Alguien escribió EOKA en nuestros escalones anoche —dijo Lola

—. Me ha dolido un poco. Creía que les caíamos bien. —¡Ignóralo! —gritó Creonte—. Ni caso.

Ursula esbozó una sonrisa malévola al mirar a su marido.

—Henry tiene ahora una multitud de niñitos siguiéndolo todo el tiempo. Los compra con dracmas.

—Oh, cállate —espetó Henry, y se sonrojó.

Alguien comentó a la ligera que todo el asunto de la EOKA podía echar por tierra el creciente comercio turístico de Grecia.

—¿El comercio turístico? ¡No me diga, señora! ¿Cree que hay un solo griego que tenga presente el comercio turístico cuando está luchando por la libertad? ¿Eh?

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Nunca había visto a Creonte tan enfadado ni tan griego. De pronto me pregunté si su relación con nosotros, los extranjeros, le resultaba embarazosa. Me sentí triste y culpable al mismo tiempo, pero no podía dejar de pensar en ello. Maldito nacionalismo, pensé. Malditas todas las banderas, malditos todos los eslóganes, malditos los pasaportes y los permisos y los visados y los expedientes que arbitrariamente le ponen a uno la etiqueta de Amigo y a otro la de Enemigo, a uno la de Negro y a otro la de Blanco, y sin los cuales ya no tienes ningún derecho legal a existir en absoluto. Maldita sea también mi propia ingenuidad al creer por un solo instante que iba a poder esquivar las etiquetas y las categorías incluso en esta pequeña roca gris en medio del Mediterráneo. Pensé en mi hijo, que en la escuela se había levantado en su pupitre hecho un mar de lágrimas y con todo el evidente dolor de un crío de ocho años para refutar la afirmación de su profesor de que los ingleses eran bestias y carniceros ávidos de sangre. Pensé en mi insensata hijita corriendo por las callejuelas con el pelo rubio al viento, jugando a las revoluciones. Pensé en mi bebé, nacido forastero en una tierra extraña, que probablemente tendría que aprender su lengua materna como una lengua extranjera.

Pensé en el afianzado anonimato de la mesa de escritorio en una oficina, el piso amueblado, el cheque mensual del sueldo, la póliza de seguros, el olor caliente y rancio del rebaño y la forma en la que, sin voluntad ni inteligencia, una se había abierto indolente paso en medio de ello. Parecía estupendo declararse en contra de todo eso; declararse a favor de la individualidad, a favor de los riesgos en lugar de la seguridad, a favor de vivir en lugar de existir, a favor de la fe en la propia capacidad para construir una vida valiosa y próspera a partir de la materia prima del hombre, la mujer, los hijos y los talentos que pudiéramos reunir entre todos. «Nos iremos a vivir bajo el sol», dijimos, y la reacción de George fue levantarse de su escritorio y salir silbando.

En resumidas cuentas, llegué a la conclusión de que nos había ido mejor de lo que teníamos derecho a esperar. La familia tenía un miembro más, habíamos proporcionado un hogar a nuestra pequeña tribu; un contrato recién llegado de nuestros editores suponía el logro de garantizarnos el sustento para la mayor parte del año siguiente. Con un poco de suerte y bastante trabajo, incluso parecía posible que al cabo de poco pudiéramos concedernos algunos lujos.

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Pero ¿nos dejarían en paz para hacerlo? ¿Había realmente algún sitio en el mundo para la gente que no encajaba del todo en ninguna carpeta de ningún archivo? Quizá nos veríamos obligados a tomar partido, a declararnos a favor o en contra…, o tal vez acabarían dándonos carpetazo sin que pudiéramos elegir.

7

A medida que el sol se vuelve más fuerte y asciende más en el cielo, las paredes encaladas se tornan deslumbrantes a mediodía. Las hileras escalonadas de casas relucen entre las chumberas y los aloes. Por la mañana, y al atardecer, el puerto parece resbalar y deslizarse en una malla dorada y verde de reflejos acuáticos en movimiento. La isla yace desnuda e inocente bajo el sol, o tenue e inquietantemente luminosa bajo la luna. El mundo huele a sal marina, a hierbas, a flores primaverales. Algo parece inminente, algo maravilloso y afortunado; no sé de qué se trata, tal vez de la Muerte y Resurrección de la Pascua, para la que la ciudad se prepara con alegría.

Las amas de casa se afanan con cubos de lechada y cepillos atados a largos palos, todos los burros llevan nuevas y bonitas alforjas de lona sujetas bajo la grupa, los sábados por la mañana la manguera de limpieza municipal lanza chorros blancos por los adoquines rosas del muelle, y frente al hotel Poseidón, el almirante de mármol y su servicial león cabalgan triunfantes sobre danzarinas columnas de agua en los colores del arco iris.

Solemos apresurarnos hacia la oficina de correos en pos de las sacas, o merodear tras los postes junto con la multitud matutina para ver arribar el Sirina y acercarse los botes de remos. Y aunque el correo no traiga nada sorprendente y los botes de remos depositen viejas con chales negros, gallinas atadas, arbustos en macetas y atenienses llegados a pasar el fin de semana, de vez en cuando un rostro diferente asoma de entre el montón de cuerpos y equipaje que se aproxima, mirando hacia la costa con una expresión que empieza a resultar familiar en su mezcla de ansiedad, esperanza y desazón contenidas.

Comienza a llegar la gente que siempre ha soñado con las islas.

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Los primeros son Toby y Katharine Nichols, la pareja americana que llegó al mismo tiempo que mi bebé. Ambos son estadounidenses de nacimiento, europeos por educación y griegos por elección. Por lo menos Toby es griego por decisión propia. De Katharine no estoy tan segura, aunque su rostro delicado e intelectual no luce maquillaje y lleva el pelo recogido en dos largas trenzas que le cuelgan a la espalda bajo el pañuelo blanco, pulcramente atado a la antigua usanza de la isla, que aún se ve en mujeres muy ancianas o a veces en las esposas de pastores que todavía no han adoptado las costumbres modernas. Lleva un delantal sobre modestos vestidos estampados y carga con una cesta por todas partes, incluso para su clase diaria de griego en casa del profesor del instituto.

Toby no necesita clases de griego. Habla el idioma con fluidez, aunque con cierto nerviosismo, y parece exasperarle un poco que Creonte se niegue a entenderlo e insista en hablarle en inglés. El rostro regordete y serio de Toby queda casi oculto por unas enormes gafas con gruesa montura de carey y un enorme bigote de estilo griego que produce el mismo efecto de disfraz que los pañuelos y delantales de Katharine. Toby lleva pantalones y jerséis baratos de pescador, botas de pastor con suelas de neumáticos viejos y un enorme comboloi de cuentas de ámbar.

Han alquilado la casa de la prima de la Pequeña Cuclillo, detrás del paseo marítimo, donde piensan quedarse al menos un año mientras Toby escribe, según nos cuentan, una obra definitiva sobre mitología. Katharine, según la misma fuente, se dedicará a la poesía. La Pequeña Cuclillo añade la información de que han pagado el alquiler de los siguientes seis meses y que Tasos, el carpintero, está trabajando en la fabricación de una enorme cama de madera como las que todavía se usan en el Egeo, y que eran las preferidas de los campesinos de aquí hasta que se enteraron de la existencia de los somieres de muelles. La Pequeña Cuclillo no consigue entenderlo.

—Mi prima les dejó su cama de matrimonio en la casa. Es una cama muy bonita, con un cabecero nuevo de metal plateado.

La casa de la prima es muy grande, pero el espacio se desperdicia por la mala disposición de muchas habitaciones pequeñas en diferentes niveles. Incluso en esta época, en abril, hace calor y se respira un ambiente cargado, sobre todo porque Toby ha colgado en todas las paredes y tapizado todos los sofás con su colección de alfombras griegas y alforjas

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de burro. Katharine va completando todo eso con el surtido que le traen a diario las mujeres del pueblo, que se emperran en despojar sus casas de todos los artículos tejidos a mano. Corre el rumor de que incluso las monjas del convento de arriba se afanan en sus telares día y noche para terminar una alfombra gigantesca que cubra la enorme plataforma de la cama griega.

Un cuidado tan preciso a los detalles más simples, propios de una vida sencilla, debe sustentarse en la sólida base de unos ingresos personales suficientes.

Cuando fuimos a tomar el té a su casa, Katharine, que parecía un poco tensa, luchaba en la cocina con un recalcitrante fuego de carbón que humeaba furiosamente bajo la blanca boca de la hornacina. Nubes de humo flotaban por la estancia, el aire apestaba a queroseno y el rostro atractivo y delicado de Katharine estaba embadurnado de carbonilla como el de un payaso.

—Quizá podríais tener la amabilidad de enseñarle a Katharine cómo hacer un fuego de carbón —pidió Toby con nerviosa deferencia—. Estoy convencido de que debe haber una manera más sencilla. Lleva una hora intentándolo y sigue sin arder.

—Estoy segura de que lo conseguiré, Toby, querido —dijo Katharine débilmente—, si persevero un poco más. Sé que es solo cuestión de perseverancia.

Me pareció curioso que tras la parrilla del carbón hubiera una bonita cocina de butano, una preciosidad de esmalte blanco y brillante y con llaves de color escarlata que casi me hizo morir de envidia.

—¿Os habéis quedado sin gas? —pregunté, solidaria.

—No, no. —Katharine hurgó en una montaña humeante de papel y trozos de carbón, sin resultado—. Aún nos queda media bombona. Pero Toby cree que debemos aprender a vivir del modo más griego posible; si queremos encajar aquí, ya sabes. A Toby le parece que la cocina de gas es una intrusión extranjera, como una nevera o algo así. —Sus ojos azules y redondos, llorosos a causa del humo, miraron brevemente la fea fresquera que pendía de las vigas—. Toby cree que la cocina de gas fue una equivocación —añadió con tono inexpresivo.

—Madre mía —soltó George, y miró asombrado a Toby.

Este último se esforzaba en descolgar de las vigas de la cocina un gran manojo de hierbas secas.

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—Cuando Kate tenga el fuego encendido —dijo—, me gustaría que probarais un poco de esto. La gente de la montaña las usa en lugar de té, ¿lo sabíais?

—Pues sí —repuso George—. Las usan para el estreñimiento.

—No me digas. ¿En serio? —Toby parecía dolido—. Entonces es posible que esta vez, al fin y al cabo, tengamos que acabar el té que nos queda de China, Kate.

—No será té chino auténtico, ¿no? —exclamamos ambos con un grito ahogado.

—Sí —contestó Toby—. Nos queda un poco. Pero nosotros siempre tomamos infusión de hierbas.

Rechazaron una invitación a cenar con el resto de los extranjeros en el restaurante de Spiro, aunque no creo que fuera por antipatía, sino porque les da auténtico horror acabar contaminados o algo parecido. Su conversión a la «Vida Sencilla» es tan estricta y vehemente como solo puede serlo una conversión intelectual. Hay que respetar su fervor.

—¿No vivimos suficientemente a la griega? —se preguntó Sean sobre el mantel sucio de Spiro.

Y Lola, que escuchaba boquiabierta la descripción de la cocina de butano, no pudo sino soltar un grito ahogado.

—¡Virgen santa! ¡Con fogones de gas y un horno! ¿Me dejaría usarla para hacer pasteles?

También ha llegado otro americano que soñaba con las islas. Es un tipo alto y desgarbado, de unos treinta y cinco años, con el pelo negro e hirsuto cortado a la moda americana, y unos ojos castaños e inquietos como los de un perro. Habla de su lugar de origen con una especie de horror atenuado. Al parecer, lleva muchos años vagando por Europa, tal vez desde el final de la guerra, buscándose desesperadamente a sí mismo por los tristes y angustiados vericuetos de las ciudades extranjeras. Parece familiarizado con los movimientos más a la moda y los vicios más en boga. Cuando ha bebido, habla tal como escribe Henry Miller; otras veces, su conversación está plagada de citas literarias que parece haber aprendido con gran esfuerzo en tristes trastiendas. Pero lleva su sofisticación como si fuera ropa prestada, con incomodidad, y sus ojos de perro perdido transmiten la terrible sensación de que le falta un norte.

Es pintor, según dice, pero no ha podido dedicarse realmente a su arte en Europa. Aquí, en este lugar sencillo y puro, sin distracciones ni

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tentaciones, le parece que por fin podrá trabajar. Habla con tanta seriedad sobre la cuestión, y de metas, del arte y la sinceridad, que te entran ganas de creer en todo eso tanto como él. Pero por lo visto no puede empezar a trabajar hasta que su «mecenas» le envíe dinero para comprar pinturas, y entretanto se sienta en las tabernas a emborracharse a crédito y a llenar cuadernos de dementes bocetos abstractos hechos a base de saliva, cabos de velas y una caja de lápices de colores para niños.

A lo mejor, si se queda el tiempo suficiente, el sol obrará su efecto sobre él, con esa clara luz blanca que revela que todas las cosas son lo que son y no lo que desearías que fueran; confío en que incluso descubra que su lamentable plumaje de atuendos a la moda prestados resulta innecesario aquí, y se atreva a mostrarse en la simple desnudez del vulgar Sykes Horowitz. En una isla, uno acaba por encontrarse a sí mismo.

Después de Sykes llegó un ruso blanco, un joven barbudo que llevaba como equipaje un pedazo de carne de cerdo y un maletín con instrumental quirúrgico romo. Su llegada no ha sorprendido a nadie más que a Sean y Lola, puesto que se ha instalado en su casa y, por lo visto, tiene intención de quedarse.

La casa es propiedad de un amigo común de París que vivió aquí en cierta ocasión durante un año más o menos y posiblemente sueña a veces con volver a hacerlo. Mientras tanto, presta su casa a los amigos con motivos para necesitar una isla. El joven ruso tiene el mismo derecho a utilizarla que Sean y Lola, y ha sugerido que vivan allí todos juntos. Lola está dispuesta, diría, sobre todo porque el ruso ha encargado un cargamento de leña para el viejo horno de alfarería del jardín, y ella hace tiempo que quiere iniciarse en la cerámica. Sean abriga ciertas dudas, pero como le parece que el joven es tranquilo y respetuoso y su comportamiento es correcto, espera que la cosa pueda funcionar. En cualquier caso, creo que está demasiado preocupado como para darle importancia. Se ha embarcado en otra novela y solo quiere que lo dejen en paz para terminarla. Le obsesiona el doble hecho de que ya ha cumplido cuarenta años y las tres novelas que ha escrito anteriormente no han encontrado todavía editor: el tiempo pasa y lo deja atrás y lo persigue el espectro de un maestro de escuela de mediana edad que se parece a él pero que ya no sueña con islas.

El último recién llegado ha hecho que todos cobremos conciencia del paso del tiempo. Bajó del barco de la mañana, un joven más bien bajito,

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con un precioso cuello bronceado y una cabeza dorada como el sol. Iba descalzo y solo llevaba unos vaqueros remendados, una camisa escarlata andrajosa y un pendiente de oro.

Despacio y medio aletargado, recorrió el muelle arrastrando los pies y cargado con una gran carpeta de artista, una alforja a rayas de vivos colores y un gato atigrado en una cesta de mimbre. De haber decidido llegar vestido de Dioniso en piel de fauno, con una corona de hiedra y una rama de hinojo, el efecto difícilmente podría haber resultado más electrizante.

—¿Creéis que ese joven es real? —preguntó Ursula, y Lola soltó un grito de pura alegría absoluta.

—¡Oh, esperad a que Hippolyte vea esto! —comentó extasiada—. ¡Se morirá de envidia!

—¡Hola! —saludó el joven deteniéndose ante nuestra mesa y obsequiándonos con una sonrisa blanca y lenta en su joven rostro leonado

—. Me llamo Jacques. ¿Podéis decirme cómo narices se encuentra una casa aquí?

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MAYO

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Cristo ha resucitado. Ya se han sacrificado los corderos y se han lanzado los fuegos artificiales; ya se han comido los huevos rojos, han ardido los cirios altos y blancos y se han guardado los farolillos de papel. Los féretros floridos en los que el cuerpo sangrante de Cristo recorría las callejuelas iluminadas por la luna y los senderos de los acantilados junto al mar serán confinados en las galerías de las iglesias, donde acumularán polvo entre iconos agrietados y sacos que contienen calaveras y fémures muy viejos. Solo Panayotis y Orestes, los limpiabotas de la isla, siguen borrachos. Junto con Tsimis, el vendedor ambulante, que también está borracho, pero no más que de costumbre, han llevado los estandartes sagrados en la procesión de Pascua, cual trío de viejos y astutos duendes montañeros ataviados con incongruentes brocados y solideos de raso negro.

Redimidos, los isleños se hallan ahora bajo la embriagadora influencia de la gracia divina y la política. La inminencia de unas elecciones municipales ha reavivado el fervor de la EOKA y proporciona un nuevo tema de conversación en cafés, barberías y esquinas.

Todo griego es un orador nato, y como un orador precisa un público, cualquier diferencia de opinión entre dos personas tiene como resultado inevitable un llamamiento a los transeúntes: una acusación en contra o una reivindicación a favor de un determinado candidato político puede provocar verdaderas oleadas de emoción a lo largo de todo el paseo marítimo. Presencié, fascinada, una discusión que se desató entre dos estibadores que descargaban carbón de un caique. Cada uno dejó su saco y apeló a Dios, al poco sentido común que quedaba en la cabeza del otro y, finalmente, a la gente que pasaba. Tras un par de minutos se había congregado una gran multitud. Los protagonistas, dándose la espalda mutuamente, exponían cada uno a su sector del público una versión elaborada de su argumento. Absorto cada cual en su propia elocuencia, empezaron a moverse en distintas direcciones en tanto que gesticulaban, exhortaban, apelaban, declamaban. La multitud se dividió en dos secciones bien diferenciadas y comenzó a moverse a su vez, con cada sección, sumando más adeptos a lo largo de la ruta emprendida. Finalmente, había

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una gran muchedumbre que se había congregado alrededor de la escalinata de la oficina de correos, y otro enorme gentío muy lejos, bajo los cañones del fuerte. El paseo marítimo estaba desierto, salvo por dos sacos de carbón abandonados.

Nadie se divierte más con esas cosas que Creonte. Se muestra concentrado, tajante; su cabeza gacha y los hombros erguidos parecen tan contundentes como un ariete; en las tabernas y cafés, se afana en organizar su sección hereditaria de votantes, legada por su abuelo y su padre junto con el negocio de las esponjas. Resultaba instructivo verlo en acción en el bar de Katsikas, donde en ese momento daba instrucciones e indicaciones a un grupo de pastores, unos ancianos altos y de mirada fija, cada uno de ellos patriarca de un clan de hasta treinta o cuarenta almas, sangre de su sangre y carne de su carne.

Ninguno de esos ancianos, descendientes directos de los primeros pastores que poblaron la isla, sabe leer ni escribir (de hecho, la mayoría habla albanés en lugar de griego), pero escuchaban a Creonte con gran dignidad, y aceptaron sendos fajos de carteles electorales para colgarlos en los árboles o pegarlos en las rocas en torno a sus aldeas.

George echó un vistazo distraído a uno de los carteles y se sorprendió al comprobar que el rostro que aparecía en él era el del candidato político a quien Creonte había jurado echar del cargo.

¿Había cambiado Creonte sus lealtades?, quiso saber George.

—¡Qué dices! Mi querido George, los pastores no van a votar a ese imbécil. Pero uno de mis agentes me ha informado de que el muy idiota pretende hacerme el juego: de hecho, va a venir a la isla para intentar hacer campaña personalmente. Así que me he limitado a decirles a los pastores que este retrato es de un hombre al que busca la policía. —Y Creonte se frotó las manos, satisfecho.

2

Aquí, en la casa junto al pozo, emprendemos todos los días con la disciplina y la determinación de un equipo de artilleros bien entrenado que pretende disparar mientras le quede munición.

La jornada empieza al amanecer, cuando se despierta el bebé, y desde entonces hasta el momento en que los niños mayores se abrochan por fin

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el delantal y salen corriendo hacia la empinada escalera de piedra que sube hasta la escuela de Abajo, las tareas están estrictamente repartidas. Para cuando la campana de la escuela ha dado el primer aviso, yo ya paso al galope por delante de San Constantino con mi cesta del mercado, mientras que del estudio donde George ha instalado el banco de trabajo y la máquina de escribir ya se oye un tímido teclear.

El estudio es su puesto de combate durante toda la mañana.

Incluso casi vacío como está es una habitación encantadora, alargada y de techo bajo, que gracias a sus cinco ventanas con arco parece un espacio límpido y diáfano. Pende entre tejados de tejas cuya textura han suavizado los musgos anaranjados y las hierbas que brotan aquí y allá; entre callejuelas cubiertas de maleza que asoman, por improbable que parezca, por encima de los tejados, y describen estrechas curvas entre altos muros blancos de jardín. Se alza entre ventanas enrejadas y relucientes picaportes de latón inmóviles en las verjas y puertas grises, entre antiguos balcones con balaústres que asoman torcidos sobre patios de baldosas, entre altas terrazas planas; entre hileras de ropa tendida que aletea, tiesos ramos de hojas de cítricos salpicadas de diminutas flores perfumadas, enredaderas saltarinas que arañan muros desmoronados, cascadas de glicinias.

No hay cielo en esas cinco ventanas sino tramos de descuidadas escaleras de piedra que surgen por todas partes de las callejuelas de alrededor: desde esa extraña habitación bien podrían ascender hasta el cielo. Las recuas de mulas descienden cargadas con broza de la montaña, depósitos de agua, tablones de madera nueva y clara; dos niños suben lentamente, cogidos de la mano, y se vuelven en los peldaños para mirar hacia el interior de la habitación; aparece nuestra señora Silk y murmura y hurga con el bastón, todavía buscando a Sofía entre las malas hierbas expuestas en un soleado muro. Da la sensación de que, con solo parpadear una vez, los cascos de las mulas se alzarán con delicadeza sobre el alféizar de la ventana y los niños estarán a tu lado, tocándote la mano.

El inconveniente de la habitación como lugar de trabajo es precisamente todo ese espacio tan aireado. No me había fijado —y supongo que una se niega a ver los inconvenientes cuando desea mucho algo— en que hubiera tantas casas con vistas a la nuestra. Veinte ventanas a la redonda constituyen palcos privados llenos de mujeres y niños que, sin el menor reparo, se dan empujones en su afán por ver el curioso espectáculo de George sentado ante su máquina de escribir. La terraza que

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da al estudio bien podría ser un escenario público, y ahí se estrellan todos mis planes de tomar el sol desnuda.

Tampoco me había dado cuenta de lo arriba que está la escuela de Abajo. Se alza sobre nuestro tejado oriental, está tan cerca que casi pueden seguirse las clases en curso, y durante los descansos los doscientos niños se alinean en las barandillas de hierro y animan a un Martin y una Shane muy importantes a que nos griten mensajes. Si las ventanas de los vecinos son los palcos privados, la escuela es el gallinero, y el gallinero vocifera lleno de entusiasmo. Tal vez Creonte tenga razón. Quizá todos se acostumbrarán a nosotros con el tiempo.

Pero es el bebé quien despierta el interés y la curiosidad más intensos, quizá porque es el primer niño extranjero que nace en la isla. Intentar llevar una rutina estricta aquí es como ser un Sísifo empujando eternamente su piedra cuesta arriba. En cuanto el Bebote —así lo llamamos de momento— suelta un rugido de protesta porque lo he dejado en su capazo para que duerma, una vecina se materializa en la cocina, que es mi puesto de combate matutino.

—El bebé llora.

—Ya lo oigo —le digo tan educadamente como puedo, sin dejar de pelar las judías, avivar el fuego de carbón, lavar pañales o tamizar las lentejas en busca de piedrecitas. De hecho, no puedo permitirme parar. Media hora perdida durante el día significa el caos al final de la jornada.

—Pero el bebé está llorando. —El primer reproche suave se ha convertido en un verdadero desconcierto.

—No pasa nada —contesto con crueldad—. No le hará ningún daño llorar.

La cabeza de kiría Heleni asoma en la ventana.

—Perdona, kiría, pensaba que igual no lo oías. El bebé llora.

Las pequeñas Afrodita y Perséfone cruzan correteando el patio rosa, cogidas de la mano, y gorjean con urgencia:

—El bebé está llorando, kiría. Está llorando.

Sería estupendo poder mover las orejas. «¿Qué os parece que son? — les preguntaría—. ¿Las asas de una jarra?»

Pero continúo con mis tareas en la cocina aparentando calma, sonrío con naturalidad a mis visitantes y hablo brevemente sobre la conveniencia de que un bebé ejercite sus pulmones, sobre la importancia suprema de una formación temprana en horas regulares de sueño y comida, sobre el

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valor inapreciable de la rutina. Pero, inevitablemente, antes de que haya llegado siquiera a la mitad de mi discurso, los alaridos de rabia procedentes de la habitación del bebé se han convertido en gorgoteos ahogados, a través de los cuales puede oírse el ancestral leitmotiv maternal a base de siseos, chasquidos de lengua y gorgoritos. El enorme trasero de kiría Spiridula asoma en la trampilla y baja con cautela por la escalera hasta la cocina, llevando en brazos el pequeño bulto del Bebote, aún morado por el último sollozo que se ha tragado.

—He visto que tenías compañía, de modo que he ido a buscarlo por ti —dice kiría Spiridula con indiferencia, mirándome a los ojos—. Me ha parecido que no lo habías oído llorar.

»Pobrecito bebé…, cu-cu-cu…, solito ahí arriba… Es una crueldad dejarlo solo, ¿no?

Le habla al bebé, sin duda, no a mí. Y lo mismo hacen las otras mujeres, que se lo pasan de mano en mano, meciéndolo, haciéndolo brincar y pellizcándolo, siseando y haciendo pedorretas (que para ellas son una especie de escupitajo formal, que repiten tres veces después de cualquier palabra de elogio; otra vez el mal de ojo). El Bebote empieza a parecer frenético. Abre la boca y comienza a berrear.

—Ah, entonces tiene hambre —dice kiría Heleni, toda sensatez, y lo sacude de arriba abajo con más violencia que nunca, siseando como una víbora guardiana.

Les digo que acaba de mamar.

—Pues será un golpe de sol —sugiere kiría Spiridula con tono de reproche, y coge al bebé de brazos de kiría Heleni y lo agita a su vez—. A ninguno de mis hijos les ha dado el sol en la piel hasta que empezaron a caminar.

—Debería tener las manos atadas —interviene en susurros la Pequeña Cuclillo—. Mira que andar moviéndose así, sin envolturas.

Me gustaría decir que en ese momento cojo a la criatura con firmeza y lo devuelvo a su capazo, donde se duerme de inmediato, reivindicando así los métodos modernos de educación de bebés. En realidad, lo cojo con firmeza y lo devuelvo a su capazo, y allí se queda berreando toda la mañana, tras haber sido objeto de sacudidas y silbidos hasta perder el juicio, pobrecito. Las señoras se congregan en grupitos circunspectos en la calle, susurran y se dirigen gestos de asentimiento unas a otras y negando con la cabeza con tristeza.

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—¿Por qué no les dices a esas viejas idiotas que se metan en sus propios asuntos? —me grita George. No duerme más que yo, e intenta desesperadamente cumplir con una fecha de publicación.

—No sirve de nada decirles que se ocupen de sus asuntos —contesto, exasperada—, porque el bebé es asunto suyo. ¡Y de toda esta maldita ciudad! ¡Estoy intentando educarlas!

—Bueno, pues ¿crees que podrías hacerlo en voz baja? ¿O incluso limitarte a ceder?

No pienso ceder, ni en broma, pese a que el programa de educación parece funcionar a la inversa. Alimento a Shane con astuta propaganda para que la difunda entre las casas vecinas. Shane vuelve con historias espantosas de bebés a los que dejaron que siguieran llorando y murieron.

—Mami —me dice con tono seductor—, kiría Spiridula dice que tiene un viejo chupete del pequeño Yanni que ya no usa y que nos lo dará para el Bebote. Le pones azúcar y está muy rico.

Creonte irrumpió el otro día exigiendo ver a su ahijado. Fue evidente, por la sombría expresión de su frente, que las historias sobre mi conducta antinatural hacia mi hijo ya habían llegado a sus oídos.

Soltó un gruñido y se cambió las gafas para mirar en el interior del capazo donde el Bebote, moreno como una nuez moscada, estaba espatarrado y desnudo al sol. Y tras un largo examen y con leve entonación de sorpresa, dijo:

—No le pasa nada, ¿verdad?

Por desgracia, ese mismo día la comadrona «pasó casualmente por allí». Tuve la mala pata de que no solo el bebé lloraba, sino que yo ni siquiera estaba allí. Cuando volví del mercado, ya se había ido, pero el Bebote estaba envuelto en mantas y tan inmovilizado que no podía contraer un músculo, y George me miraba con angustiosa vergüenza.

—Oye, ¿no te parece que está un poco flaco para su edad? Quiero decir, ¿no crees que podrías alimentarlo un poco más? Según ella, deberías darle de mamar cada vez que llora.

Me han sumido en tal estado que incluso yo empiezo a preocuparme.

Y entonces Lola entra en la cocina y exclama alegremente:

—¡Vaya día! Demasiado bonito para trabajar, ¿verdad? Sean y yo nos vamos de pícnic al otro lado de la isla.

Nunca habrá otro pícnic para mí, nunca más. Esta es solo la primera etapa de quejidos y flatulencias. Pero luego viene la dentición, y después

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el niño gatea, y luego anda. Me espera un panorama sin fin, de cuerdas de tender llenas de pañales. Hay que esterilizar cosas, que rallar cosas, que triturar y colar cosas. Hay coces de mula, perros rabiosos, escaleras abruptas, aguas estancadas, difteria, epidemias de cólera y poliomielitis… —Ay, ¿por qué lo hicimos? —gimoteo, presa de repente del cansancio

y el pánico.

—Tranquila, amor mío. Podría ser un Shakespeare, o un Rembrandt, o un Beethoven.

Solo puedo responder a eso:

—Bueno, pues nunca lo sabré, porque para entonces estaré muerta.

Y el pequeño Shakespeare, con su rico olor a amoníaco, talco de bebé y leche regurgitada, suelta un ruidoso eructo, echa una espuma burbujeante por la boca y se pone lentamente bizco.

3

Nos entristeció mucho tener que plantarnos en el muelle para despedirnos de Henry y Ursula; habíamos abrigado la esperanza de que ella ganaría la batalla, para variar.

—Creonte, sigue buscando una casa para mí, ¿quieres?

Su voz era suplicante cuando se inclinó sobre la popa del caique para estrecharnos la mano por última vez. Tres cargamentos de mula con sus posesiones se apilaban en cubierta: el costoso equipo de los cursos de idiomas de Linguaphone, el equipaje especial, la cama de campaña para la parte trasera de la ranchera, que junto con el colchón hinchable y los cojines de gomaespuma demostraban la fe de Henry en su propia filosofía de tener siempre lo mejor, tanto si puedes pagarlo como si no.

—Sí, Creonte, una casa con un sótano grande, no lo olvides, para la forja; Zoé, tú sigue insistiéndole. Y escribidnos. Y que trabajéis bien. — Pero la cabeza despeinada de Henry ya se volvía hacia el mar, hacia la tierra firme al otro lado del agua. Desde el momento en que había subido a bordo del caique, la isla había quedado atrás para él. En los meses de invierno, en la luz y las tormentas y las rocas y el mar, en los cardos y las cabras y los espinos en flor, debajo de los sacos de judías de la tienda de Katsikas y del anuncio de cerveza Fix en la taberna de Spiro: Henry había

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hallado en todo eso un norte imprescindible. Pero nadie podía saber si su camino lo traería de vuelta.

Permanecimos allí diciendo adiós con la mano hasta que el caique dobló el rompeolas y ya no vimos la reluciente mancha rosada del rostro ansioso de Henry sobre su parka de color chillón, ni la angulosa figura de Ursula aferrada al palo con un delgado brazo en alto, como Medea, en trágica despedida.

—¡Adiós…! —decíamos con las manos ahuecadas.

—Adiós…, adiós… —nos llegaba la débil respuesta a través del agua. La nostalgia se abatió sobre todos. Después, mirando atrás, aquellos largos meses de dificultades, incomodidades, aburrimiento y proximidad forzada parecerían singulares por su abundancia de aventuras, descubrimientos, entusiasmo y camaradería. Esta hermosa y soleada isla, que relucía en su engarce azul como una joya de múltiples facetas, era diferente de aquella otra donde habíamos vadeado torrentes, aguardando la aparición de una vela como náufragos, presenciado grandes tormentas que hendían las montañas con fogonazos homéricos; donde habíamos pasado frío y desaliento y hambre o ardido con el resplandor de visiones privadas, donde habíamos hablado noches enteras a la pálida luz de una lámpara de

queroseno.

Ahora, en torno al arco rosado del puerto, las bonitas barcas pintadas paseaban sin dificultad —un carrusel infantil— y los puestos del mercado rebosaban abundancia. Frente al café de Johnny Lulu, tres alemanas, chavalas corpulentas con pantalones y sombreros de paja, habían plantado sendos caballetes: muy concienzudas, a base de cubos, dejaban constancia de la Tierra del Loto.

Creonte se sonó ruidosamente la nariz y dijo con una leve intención de cordialidad:

—Señoras y señores, ¿qué tal si nos encaminamos ya al bar de Katsikas?

Pero Lola tenía que irse a casa para ver cómo Fiódor, el chico ruso, encendía el horno de cerámica. Yo tenía que hacer la compra a toda prisa y rescatar al Bebote de kiría Spiridula antes de que aprendiera demasiados malos hábitos.

George y Sean ya estaban mentalizados para volver a sus máquinas de escribir. Zoé tenía que ir en busca de pescado para sus gatos. E incluso Creonte, sospeché, pese a su galantería convencional, tenía entre manos

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algún taimado asuntillo político que exigía su atención personal en el café de Panayotis.

Nadie tenía en realidad tiempo que perder sentado en una tienda de ultramarinos sucia y mal ventilada.

4

Aunque la isla ya no sea «nuestra» isla, sigue siendo preciosa. Una isla de veraneo, un paraíso para los pintores, lo bastante alejada de los caminos trillados para suponer un auténtico «descubrimiento», todavía sencilla pero con una fuerte personalidad propia. «Virgen», se oye decir a la gente. «La esencia de lo griego. Una auténtica joya.»

Toby y Katharine siguen viviendo como griegos a ultranza. Toby, que no fuma, se ha conseguido un mechero, uno de esos modelos primitivos con unos tres metros de cuerda roja a modo de mecha. Hace mucha ostentación de él en las tabernas, donde los viejos astutos se guiñan el ojo y se congregan a su alrededor como si fuera un cuerno de la abundancia. A veces, en un gesto de camaradería, Toby fuma con ellos, dando caladas entre su enorme bigote como un niño empeñado en querer demostrar su hombría. Pero ¡ay!, no puede beber con ellos. Para su mortificación y amarga vergüenza, la retsina le revuelve las tripas.

Le está resultando difícil comenzar su vasta obra erudita. A Katharine le está costando más de lo que él esperaba aprender las costumbres domésticas griegas: el fuego de carbón sigue humeando obstinadamente, y no acaba de pillarle el truco a sacar agua del pozo. Además, necesita ayuda constante en sus tratos con comerciantes y vecinos. Y Toby se ha hecho cargo, él mismo, de sus clases de griego, pues a ambos les parecía que no progresaba lo suficiente con su tutor.

—¿Y qué hay de tu poesía, Katharine? —¡Poesía! —exclama ella con un hilo de voz.

Ambos les caen muy bien a los lugareños, que los encuentran simpáticos, fáciles de engañar y un poco trelós, o sea, chiflados.

Pero la verdadera fuente de distracción de la isla es el joven Jacques, que ha alquilado una casita blanca en lo alto del acantilado donde vive solo, muy a la francesa, con su gata por toda compañía.

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Casandra, la chica que nos lava la ropa, tiene una tía, Teodora, cuya casa da a la terraza de Jacques, y según la tía Teodora la gata está embarazada. Eso parece escandalizarla un poco.

A través de Casandra, la tía Teodora nos transmite la información de que Jacques paga ciento cincuenta dracmas al mes por su casa de dos habitaciones sin amueblar, que el día que se instaló le pidió prestados a la casera un cubo y una brocha de encalar, y que cada mañana se le puede ver en cuclillas en la terraza bajo la parra con su gata, compartiendo huevos crudos, que ambos comen sorbiendo el contenido a través de un agujero en la cáscara.

Las vecinas mayores lo miran con ojos abiertos como platos y las chicas jóvenes sueltan risitas cuando lo ven haciendo la colada junto al pozo comunal. Casandra dice que hay una cuerda de tender en la terraza en la que, dos veces por semana, aparecen colgados una serie ordenada de vaqueros y camisas remendados y los pañuelos de vivos colores que Jacques suele llevar anudados a lo apache en su bronceado cuello. Casandra, una chica sensata e imperturbable, está bastante impresionada por la novedad que supone semejante domesticidad en un varón: sus ojos brillantes y sus susurros delatan que incluso ella se ha visto afectada por el contagio general de la emoción.

Chismes y escándalos se acumulan en torno a Jacques. Se le ha visto en la ventana —lo jura la tía Teodora— sin otra cosa encima que uno de sus pañuelos atado a modo de tanga. Se rumorea que duerme sobre pieles de cabra. La tía Teodora lo ha visto sacudirlas en la terraza, y sabe a ciencia cierta que en la casa no hay más mobiliario que un viejo fonógrafo, muy sibilante y temperamental. Además, por lo visto, solo hay un disco, una tonta y popular canción de busuki titulada «Par’epano», cuyos tañidos pueden oírse en la ladera del acantilado, una y otra vez, durante todo el día.

Las vecinas que, por alguna razón inexplicable, han tenido motivos para acercarse a la casa a altas horas de la noche declaran haber oído susurros y risas suaves entremezcladas con «Par’epano». Pero tengo la impresión de que podrían estar oyendo algo que solo existe en su propia imaginación, puesto que las chicas de la isla son famosas por su moral (he oído lo suficiente sobre las frustraciones de otros jóvenes extranjeros para estar razonablemente segura de eso), y por el momento no hay otras mujeres candidatas excepto las tres chicas alemanas, que parecen

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totalmente enfrascadas en resolver perspectivas con Pepsino, Tripsino y Amilopsino.

Sin embargo, la estricta moralidad de las muchachas de la ciudad no les impide elegir el camino que pasa por delante de la casa de Jacques, ni demorarse bajo su terraza mientras se quitan piedrecitas de los zapatos y sueltan risitas nerviosas. A veces, de pie junto a la ventana con la gata en brazos, él mira con indolencia a las muchachas y entorna los párpados y se lleva los dedos al diminuto arete de oro que le brilla en la oreja entre las ásperas puntas rubias de su pelo.

Lola, que lo ha invitado a almorzar, dice que es un joven muy agradable y sospecha que duerme en una cama como todo el mundo. A mí eso me parece criticar por criticar. Si no duerme sobre una piel de cabra, debería hacerlo.

—¿Tomó huevos crudos? —pregunté.

—No —contestó Sean—. Comió una taramosalata muy buena, kalamária rellenos y buena parte de una tarta de limón y merengue. —Y añadió con sombrío deleite—: A Lola le llevó casi dos días preparar ese almuerzo.

—Intenta hacer una tarta de limón y merengue sin horno —comentó Lola.

Durante estos días de calor y abundancia, Lola ha cobrado vida propia. Florece bajo el sol. Su piel aceitunada brilla. Sin el impedimento de corsés ni fajas, y alimentada con una inevitable dieta a base de almidones, sus carnes se agitan e hinchan formando olas enormes y temblorosas que se derraman sobre unos corpiños cada vez más ceñidos: con sus piececitos ligeros, incongruentemente calzados con las torpes botas de pastor, se mueve al son de costuras que se desgarran y corchetes que saltan, y maldice de forma espontánea mientras hurga a tientas en busca de otro imperdible en su cesta de la compra.

—¡Pensad en lo espléndida que estará desnuda, con una cornucopia de manzanas! —dice Hippolyte.

Cómo no, él la adora. Es tan grandota, tan generosa; está siempre dispuesta a reír y a chismorrear y no se escandaliza por nada en absoluto. Para Hippolyte es como una acogedora e inesperada chimenea en la que incluso él, un marginado, puede dejar su carga de vergüenza y culpa y calentarse las manos vacías y su pobre y vacío corazón. He ahí el talento de Lola, y el peligro que representa. Su casa está abierta a quien le guste la

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buena comida, el vino y la conversación. Hippolyte, los suecos, Jacques, el alto Sykes Horowitz (que sigue yendo y viniendo de la oficina de correos con aire de silenciosa desesperación y un volumen de poesía de Rilke), incluso últimamente las tres chicas alemanas: a todos ellos les cuesta bien poco «pasar a ver a Lola» para tomar café y vino y comer.

Preparar comidas es su mayor alegría. Recorre el muelle para hacer sus compras con mucho dramatismo, en una serie de saltos y descensos en picado acompañados de gritos de rabia, desesperación o triunfo. Nicos cobra un dracma más por el café.

—¡Maldito ladrón! —le grita Lola a la cara sonriente de Nicos. Pantales ha vendido todas sus alcachofas y no hay caique hasta el día

siguiente. El elegante carnicero Apostoli se acerca desde el matadero con una gardenia entre los dientes y —¡qué alegría!— el cuerpo descarnado y ensangrentado de un auténtico cerdo echado sobre los hombros carmesíes.

De inmediato, se elaboran menús, se descartan, se improvisan; hay ruegos, rechazos, regateos, acusaciones…, no hay tendero en la isla que no respete a Lola de todo corazón. De modo que ella sigue avanzando, con Sean siguiéndola a su manera discreta y tristona, esbozando una leve mueca de dolor ante sus excesos más dramáticos, pero llevando obedientemente las cestas que se llenan deprisa y aceptando con resignación las duras reacciones que genera su exasperación a la hora de comprar.

De un tiempo a esta parte es Fiódor quien lleva las cestas.

—No está de más que sea útil y así no estorba a Sean.

Es una figura barbuda y caprina que camina detrás de Lola como un sátiro cansado, y de vez en cuando suelta una carcajada como quien se ríe de su propia degradación o se rasca distraídamente el trasero con una mano manchada de arcilla. A través de un ramo de frescas lechugas rizadas y picantes cebolletas, me encuentro con sus ojillos apagados, húmedos y abatidos, y me siento secretamente horrorizada.

—Lola, ¿cómo puedes soportarlo?

—Bueno —contesta Lola—, en realidad no es tan mal tipo, y la cuestión es que el pobre desgraciado no tiene dinero. Lo cierto es que no podemos echarlo, porque tiene tanto derecho a la casa como nosotros, y si nos mudamos Sean y yo, no sé cómo hará para comer. Es muy educado y se mantiene ocupado con su cerámica.

—¿Cómo es?

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—De color barro —contesta Lola con un repentino arranque de buen humor—. Fálica. Y siempre está llena de grietas. —Sus carnes expansivas se estremecen de risa—. A veces pienso en Fiódor en el horno haciendo jarras de barro, y en mí en el estudio pintando cuadros de tonos barro, y en Sean encerrado en su habitación escribiendo prosa espesa como el barro, y me pregunto por qué no lo dejamos y nos vamos todos a sentarnos al sol.

Entretanto, Sean parece cada vez más paliducho y cansado y tiene unas ojeras azules como moretones. Rara vez habla sobre lo que escribe. Trabaja mucho. Y se preocupa mucho.

—Tómatelo con más calma —le aconseja George—. Tienes el tiempo, la oportunidad y el talento. Es cuanto necesitas. Escribirás una buena novela.

—¿Tú crees? —responde Sean con una de sus sonrisitas burlonas—. Últimamente he estado revisando mi colección de notitas de rechazo y me he dicho: supongamos que esos cabrones tienen razón. Supongamos —su sonrisa se torna una mueca sombría— que esta mierda no se me da bien.

5

Una higuera señala el punto donde el sendero del acantilado describe una curva cerrada y desciende en picado hasta el mar. Luego, al pie del sendero, hay veinte peldaños que bajan, tres plataformas de cemento sobre la roca que proporcionan sendos niveles donde tomar el sol, una cueva abovedada con una gran boca dentada donde la luz verde se cuela y se desliza misteriosamente en la penumbra purpúrea con olor a mar, una escalera de hierro para los timoratos y una piedra alargada y baja que se curva ligeramente, como un dedo escamoso que rodea en parte las profundas aguas del arrecife donde nos bañamos.

Por todo el golfo brotan islas e islotes como radiantes jorobas y agujas, con nudillos y yemas de dedos que surgen de legendarias tierras sumergidas. Bajo la piel verde y cristalina del mar yacen cosas antiguas, cosas cubiertas de escamas, limos y costras, que aún permanecen en la imaginación. ¿Quién sabe qué andará escabulléndose en silencio por este fondo marino, o qué criatura podría un día agitarse y salir a la superficie cubierta de percebes y chorreando algas?

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Hoy pensaba en lo hermosos que se han vuelto mis hijos en este mundo profundamente natural, convertidos en criaturas delgadas, morenas y fibrosas, que aún no han cobrado conciencia de su propia gracia, o ni siquiera de la extravagante belleza en la que se mueven y existen: ellos no contemplan otra cosa que el número de veces que sus pechitos enjutos suben y bajan al respirarla. El sol derramaba calor sobre la repisa donde estábamos tendidos observando cómo sus cuerpos desnudos y tiesos como flechas se zambullían, desde el borde de la cueva, en el agua nueve o diez metros más abajo. El mar estaba tan cristalino que los surtidores explosivos de sus impactos resultaban sorprendentes, como si hubiera cabido esperar que la superficie fuera a quebrarse o fracturarse. A través del agua revuelta, podíamos ver cómo se hundían más y más ante el pinchudo arrecife y luego se curvaban para ascender de nuevo hacia el aire y el sol: el fino garabato que trazaban las piernas de Martin al entrar en el agua, el abanico del cabello reluciente de Shane que se cerraba lentamente. Quebraban la superficie perlados y jadeantes, y se encaramaban de nuevo a las rocas para trepar hasta el techo de la cueva y saltar una y otra vez.

Tendida inerte bajo las grandes y cálidas olas de luz, me alegré de nuestra decisión de vivir bajo el sol. Vivir al sol es reparador. Todo está abierto, todo se revela. Aquí no hay engaño posible, sino la pura verdad de las cosas. Creo que ninguna belleza ha sido nunca tan auténtica para mí como esta belleza de rocas y mar y la de las montañas que emergen entre uno y otro azul, con la única presencia en sus faldas de las austeras terrazas blancas de unas casas simplificadas hasta la más pura geometría de planos y ángulos. Me da la impresión de que también nosotros nos hemos simplificado, viviendo aquí, como si el sol hubiera abrasado la lanosa pelusilla de nuestras confusiones individuales: los deseos a medias perseguidos con vacilación, los miedos a medias que nunca se vencen del todo, los logros parciales que medio rechazamos desde un perplejo descontento. Al despojarnos de tanto, nos vemos reducidos a nuestros seres más elementales, más ligeros y más libres, pero no más empobrecidos, puesto que solo nos hemos despojado de unas cuantas ridículas y pequeñas vanidades.

A través de la calurosa quietud, los sonidos llegan con claridad: el chapoteo de los remos, el aullido agudo de Max, el perro que protesta ante el baño, las voces de los niños que se alejan y, desde el puerto, el tañido nítido y brillante de una sola campana. Otra vez una campana que toca a

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difuntos. En estas últimas semanas han sonado a menudo. Los ancianos mueren en la resurrección del año: las viejas grises y los viejos bronceados que resoplaban y soltaban risitas en los umbrales de sus casas a la espera de que volviera a salir el sol; no hay una sola puerta de iglesia que no haya revelado las andas negras, el perfil afilado y envejecido y del color de la arcilla señalando al techo contra un friso formal de mujeres afligidas.

Aquí no se esconde a los muertos, sino que se recorren las calles con ellos en féretros abiertos a la vista de todos. Vueltos hacia el sol, los rostros mudos y decrépitos pasan estremecidos, expuestos por última vez a esta luz blanca y clara que revela la muerte del mismo modo impersonal con que revela la vida. Al contemplar el rostro muerto de una vieja abuela, recuerdas que el tiempo abre una herida profunda, cruel e indeleble, que la decadencia es inherente a todos los seres vivos. Mira, es la muerte, solo eso: un acontecimiento en la vida, tan significativo o insignificante como nacer.

Pero qué bien sentaba estar viva y tumbada al sol; qué fantástico y libre era lanzarse desde la roca más alta sobre el borde de la cueva, incitando a tus brazos extendidos a sostenerte arqueada en el aire. Era un día para intentar lo irrazonable, hasta tal punto parecía fácil, tan a tu alcance, desafiar las leyes de la gravedad. Si saltabas trazando un arco sobre el mar que aguardaba, parecía posible que pudieras quedarte ahí flotando un instante antes de caer… o incluso echar a volar y seguir haciéndolo como un pájaro que surcara el reluciente golfo.

—¿Control de daños, Ícaro? —preguntó George suavemente cuando me ayudaba a salir. Pero los daños resultaron escasos en comparación con el gozo de la hazaña: una espinilla arañada contra el arrecife que se hunde a pico bajo la cueva y un pie lleno de pinchos de erizo de mar.

Volvimos a casa salados, enmarañados, con la calidez del sol bajo la piel, para encontrarnos la colada ya hecha, los suelos de piedra frescos y limpios tras haberlos fregado Casandra, y al bebé dormido en su capazo bajo el limonero, con la propia muchacha sentada a su lado zurciendo sábanas.

—Mirad —dijo Casandra—, vuestra parra ya tiene pequeños racimos de uvas. Y las ciruelas están madurando. Ya casi es verano.

ATISBOS DEL VERANO

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Un anciano con chaquetilla bordada, fustanela blanca semejante a una falda de ballet, medias altas también blancas y zapatos rojos de puntera vuelta y con grandes pompones.

Se apoya en un bastón torcido y recorre despacio el paseo marítimo, eructando, murmurando y frotando entre sí las encías en una suerte de soliloquio quejoso mientras se arremanga la falda o tironea de las borlas de la chaquetilla. Es evidente que el traje le resulta tremendamente incómodo; tiene que andar con las piernas muy separadas para hacer sitio a los metros de pliegues rígidos que se interponen entre ellas.

—Mira, Kate, ¡eso sí que es auténtico! ¿No te parece una absoluta maravilla?

Toby Nichols está encantado y le ofrece aquel viejo a Katharine como compensación por el fuego de carbón y el retrete exterior. Incluso la propia Katharine se anima momentáneamente. Porque aquel viejo sinvergüenza, en efecto, parece muy auténtico, y se hará con unos pequeños ingresos fijos durante todo el verano explotando esa autenticidad suya cada vez que se le ponga por delante la cámara de un turista o el caballete de un artista. Pero se muestra quejumbroso al respecto y responde con irritación a las chanzas de Orestes y Panayotis, puesto que está ya muy viejo y disfrazarse así es una verdadera lata. Su nuera se pone furiosa si se derrama algo en la falda, porque le lleva dos días lavarla y plancharla…

El sombrero de Sócrates. Es un sombrero de ala ancha y de paja trenzada, bajo el cual el rostro turco menudo y redondo de Sócrates resplandece como una linterna maltrecha. Últimamente ha vendido dos casas a atenienses ricos, ha llegado un médico alemán con la intención de comprar una villa para pasar el verano, pronto habrá barcos llenos de turistas en busca de alojamiento y, además, Sócrates está enamorado. La tía Electra está tan enfadada que lleva un mes sin prepararle su guiso favorito de judías y cebolla.

—Que se lo haga esa mujer, si quiere su estofado de judías con cebolla —murmura—. A ver cómo le va. Ella es demasiado finolis para ensuciarse las manos cocinando.

Y la tía Electra frunce los labios hasta que forman una línea fina y sacude su cabezota gris como una muchacha arrogante, pero finalmente rompe a llorar de celos. Porque es muy amargo para ella haber querido y

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mimado a su pequeño expósito turco durante casi cuarenta años, y haber conseguido que no tuviera pensamientos impuros, solo para verse amenazada por una nuera de pacotilla en un momento en que podía haberse considerado por fin a salvo.

—¡Está calvo! —se lamenta, furibunda—. ¡Tiene una panza como un tiesto! ¡Tiene reuma! ¿Para qué quiere una esposa a estas alturas de la vida?

Así que lo priva del guiso de judías y cebolla, y Sócrates sigue su camino trotando y cantando, sin darse ni cuenta, y comete el ultraje definitivo de cortar la primera gardenia de la maceta de la tía Electra y llevársela a María. Y María, que es una muchacha amable y risueña, acepta la gardenia con seriedad, y espera a estar de nuevo dentro de su tienda para dejarse llevar por el alborozo.

La tienda de María. Su padre, el viejo Stamatis, propietario durante cincuenta años, como su padre antes que él, se la traspasó oficialmente a la hija mediante escritura pública en la notaría del monasterio. Vendían esponjas, clavos, tornillos, anzuelos, sedales, cazuelas de barro, cacharros de hojalata y hierro, faroles de barco, ojos de vigota, cordón de corcho y plomos de pesca y buceo.

Pero ahora María ha arreglado la tienda con vitrinas de cristal de Atenas e hileras de estanterías en las que ha colocado ollas y cuencos de cobre, collares de conchas, bordados campesinos, bolsos de cuentas, bonitos cinturones de cuerda y aparejos de barco pintados, burros de paja, monederos de esponja, gorras y jerséis de pescador, sandalias de suela de sirga, camisas de Miconos, maquetas de molinos de viento y el resto de alegres fruslerías que tanto gustan a los turistas.

En la trastienda, el viejo Stamatis sigue trabajando con obstinación, alisando con cuidado su molde de cemento y retorciendo pequeños trozos de papel para verter el plomo fundido que hierve en una cafetera de hojalata sobre un fuego de carbón.

—Estoy haciendo plomos. Plomos de pesca. Los hago todos los años desde que era niño. No sé qué se trae entre manos esta hija mía. Nos arruinará a todos con sus tonterías. La gente no va a comprar esa basura. —Y mira con nostalgia un muñeco de cera de tamaño natural con patillas de boca de hacha, vestido a la moda de hace cincuenta años, que le sonríe

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desde las viejas cajas de clavos y anzuelos, de ristras de ojos de vigota de madera y grilletes náuticos.

—Eso está bien —dice María con perspicacia—. Pero papá ya es viejo y no se da cuenta de que los tiempos han cambiado. Esta isla está creciendo y los atenienses compran casas aquí. Cada año hay más turistas.

—¿Turistas? —dice Creonte, que fulmina a María con la mirada y señala brevemente con el dedo en dirección a la calle.

Jacques pasa arrastrando los pies, descalzo, con un maltrecho sombrero florentino de paja calado hasta los ojos y una camisa rosa hecha jirones, desabrochada hasta la cintura y anudada con despreocupación. (Imposible no fijarse en que cruza el muelle para pasar junto a los caballetes de las tres muchachas alemanas, ni en que la más joven, la de las gruesas trenzas, levanta la vista de su cuadro boquiabierta y con un rubor más intenso que de costumbre tiñendo sus regordetas mejillas.)

—¿Turistas? —dice Creonte soltando un resoplido de desdén—. Vagos y pervertidos, muchacha. ¡Vagos y pervertidos! Entre todos ellos no hay un céntimo ni una pizca de moralidad. La isla está acabada, jovencita, y no dejes que ese tonto de Sócrates te diga lo contrario. De todos modos, ya que te has comprometido a esta locura, será mejor que me des tus libros de contabilidad para que me ocupe de ellos. Una mujer no puede llevar las cuentas.

Los barcos. En cobertizos y sótanos, en callejas y umbrales, hay botes tumbados boca abajo o de costado en cualquier estado de conservación. Hay remos astillados, tablas de pino nuevas, palos desbastados, botes de pintura y un olor a brea caliente y gasolina. Un chorro de llamas azules ilumina el taller mecánico donde se reparan los motores, en cada sótano donde se construyen barcos va tomando forma lentamente un pálido esqueleto curvo de cuadernas y baos, y bajo el acantilado, junto al matadero, un gnomo con una azuela da forma con el mayor cuidado a un tronco de árbol esbelto y recto hasta convertirlo en un mástil. Incluso los niños pequeños construyen barcos con trozos de hojalata y madera. Se capta el olor de los largos días que se avecinan, los largos días azules para navegar, remar, flotar a la deriva, pescar, hacer excursiones por los acantilados y a las islas del golfo.

De camino al ágora me encuentro a George en cuclillas junto a un casco boca abajo y una lata de alquitrán caliente. Plantado a su lado, un

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anciano arrugado y de sonrisa tolerante observa cómo calafatea las junturas. La cara de George luce una expresión de amor infinito.

—Cuando lleguen los derechos de autor —dice—, nos compraremos un barco. —Pero escupe tres veces con cuidado y cruza los dedos.

6

A pesar de las advertencias de Creonte sobre la «grippe», vamos a bañarnos todos los días. Acabas con un sabor salado permanente en la boca, notas pinchazos y escalofríos constantes en la piel mientras la primera capa ardiente quemada por el sol adquiere un bronceado pálido pero auténtico que contrasta con los breves triángulos blancos que dejan los bañadores. Lamento la blancura de esos triángulos, al igual que esas ventanas que dan a nuestra terraza: incluso el bañador más escaso parece indecente bajo el sol.

—Que lo lleves con salud —me dice educadamente Arjonda, la costurera, cuando me hace entrega de dos retales de algodón rosa que ha cosido a máquina siguiendo mis indicaciones. Arjonda cree que estamos locas de remate.

Ahora, por las tardes, suele haber otros bañistas en la cueva. Vemos pasar cabezas mojadas y elegantes, deslizándose ociosas bajo el sol deslumbrante; las cornisas rocosas están cubiertas de cuerpos casi desnudos, despatarrados e inertes como estrellas de mar.

Aprendes de nuevo a reconocer a las personas. Al fin y al cabo, las chicas alemanas no son caballetes y pantalones caqui, sino grandes extremidades marmóreas y pechos turgentes de doncella, inesperadamente bellas en un sentido escultural, incluso con sus poco favorecedores bañadores de tejidos gruesos en tonos granate, morado y negro desvaído. Sean es rosado y huesudo, con unos omoplatos prominentes que se despliegan como alas y unos pies tiernos y sonrosados que caminan con torpeza sobre las rocas puntiagudas. Sykes Horowitz, que me había parecido delgado, resulta tener una barriguita flácida y un trasero grande y algo caído, tristón en cierto modo. Y luego están los suecos blancos como la leche, con un aspecto muy vulnerable sin ropa: seres norteños incapaces de tumbarse cómodamente bajo este sol estupendo y resplandeciente, y que deben por tanto ocupar el tiempo en lanzarse una pelota, chapotear

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metiendo ruido o reunir concienzudas colecciones de diversas formas de vida marina para someterlas a debate y clasificarlas.

Solo Lola es tal como se esperaba: ya casi negra de tan bronceada, se desparrama por todas partes de un modelito de algodón a cuadros que ha confeccionado ella misma y que aún no ha acabado del todo. Y Jacques quizá también era previsible, con su tono leonado, soñoliento como un gato al sol, completamente desnudo salvo por un pañuelo anudado con astucia, el pendiente de oro y una flor de alcaparra que hace girar lentamente entre sus bonitos dientes. También luce heridas como un gato: una larga cicatriz irregular surca el triángulo musculoso de su espalda como un zurcido blanco mal hecho.

—¿Cómo te hiciste eso, Jacques? —pregunta Lola con curiosidad.

La boca de Jacques se curva, soñolienta, y derrama un delicado cáliz de pétalos blancos y estambres morados contra su mejilla morena y lisa.

—Una vez tuve que saltar por la ventana —dice—, de un séptimo piso. Hippolyte comenta que, si creyera en Dios, jamás le perdonaría haber

sido tan escandalosamente poco equitativo.

—Y tampoco es que a él parezca importarle —gime, observando cómo el cuerpo de un dorado oscuro se desliza perezosamente en el mar—. Se dedica a saltar por las ventanas. Si yo tuviera un cuerpo así, me aterrorizaría cruzar la calle con él. Lola, querida, ¿podrías ponerme esta maldita crema en la parte baja de la espalda? Y en el pecho, ahí, donde me he arrancado el vello. Con suavidad, querida. Es insoportable de tan doloroso.

A través de unas gafas de sol con montura de concha, Hippolyte mira pensativo hacia el agua, donde Jacques flota con los ojos cerrados, con la flor de la alcaparra aún en la boca y un bosque húmedo de pequeños zarcillos dorados reluciendo sobre el pecho y el vientre.

—O tal vez me lo deje crecer como es debido. En ricitos. —Y añade con un suspiro—: Ay, y es un escándalo que él encima sepa pintar.

—Tú también —le dice Lola con tono tranquilizador, dándole suaves toques con la crema—. O al menos podrías si te dignaras a trabajar.

—Pero ¿para qué trabajo? —exclama Hippolyte con agresividad—. ¡No creo en nada de lo que hago! ¡No creo en mí mismo! ¡No creo en nada en absoluto! ¡Y se me cae el pelo a puñados!

En su lamento hay una nota de verdadera tragedia que reconozco con una punzada de simpatía, recordando los autobuses abarrotados que

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avanzaban tambaleándose por la monstruosa penumbra del día más oscuro que jamás haya existido, y a mí misma sollozando sin poder parar al final de la cola de Tottenham Court Road porque mis uñas se habían reblandecido y se me enganchaban y rompían en la malla de mi bolsa de la compra. A una se le rompen las uñas, se le cae el pelo a puñados, se le afloja un diente, le sale una nueva arruga, una cana…, la juventud pasa, ya ha pasado, y una sigue al final de la cola, esperando autobuses que pasan con estrépito, ya abarrotados y con destinos inciertos.

Aquí, tendidos como estrellas de mar en los acantilados brillantes sobre el mar brillante, esos pensamientos se me antojan traicioneros. La cálida roca es real, la hormiga de largas patas explora una gota derramada de crema bronceadora, la gaviota traza un arco blanco y confiado sobre los islotes relucientes, los niños morenos retozan en el agua, el bebé suelta resoplidos de asombro bajo su improvisado toldo.

En la cornisa de abajo, Jacques, mojado y reluciente como una foca, trata de convencer a la más joven de las monolíticas Fräuleins alemanas para que deje a sus compañeras y vaya a la cueva con él en busca de lapas, y es muy bonito ver con qué elegancia y cuánta consumada habilidad entorna un poco los párpados para atraer la mirada medio asustada de la chica, y cómo esboza su boca una leve sonrisita de triunfo cuando ella lo mira fijamente con ojos abiertos como platos mientras él se inclina y engarza con suavidad la flor de la alcaparra en su larga trenza mojada. Y la chica se va a coger lapas, por supuesto, aunque las demás se pongan furiosas y se muestren frías con ella, y los suecos parecen cabizbajos y vagamente desconcertados, y la carne morena de Lola se estremece de risa mientras agacha la cabeza entre los brazos. Se diría que todo es como debería ser bajo el sol. Hormiga, gaviota, niño, hombre, mujer: cada uno cumple con el imperativo de su ser.

Sin embargo, viendo las cabezas mojadas que se bambolean y los miembros desnudos repantigados, no puedes sino reflexionar, como hace Hippolyte, acerca de que la Naturaleza otorga sus dones con una parcialidad monstruosa, sembrando desigualdades de tiempo, lugar, sexo, herencia, inclinaciones, modales, costumbres, con una irresponsabilidad que te deja sin aliento. A uno lo hace hombre cuando le habría ido mucho mejor como mujer, a otro lo introduce en una sociedad materialista donde no hay sitio para él; a uno lo hace heredar un pecho débil, a otro una tendencia a engordar; a uno le endilga una cultura que le repugna y por la

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que otro, nacido sin tradiciones, suspirará como por un derecho inalienable.

Es una colección diversa y tentadora de seres humanos la que se esparce por estas rocas y cornisas de un ardiente acantilado, lejos de sus tierras natales, insurgentes todos ellos que se han rebelado contra el emplazamiento en el que a Dios le complació colocarlos. ¿Qué sendas tortuosas los han traído hasta esta pequeña isla, qué decisiones e indecisiones, qué derivas, qué momentos de desazón y esperanza? ¿Y qué andan buscando? ¿Qué esperan encontrar aquí un periodista australiano, un maestro de escuela irlandés, un inadaptado americano, un exótico alternativo de Saint-Germain-des-Prés?

Un respiro para intentar reconducir mi vida como yo elija, podría decir Sean. Y Sykes Horowitz, que apoya su resaca palpitante sobre las páginas abiertas de Rilke, contestaría casi con certeza algo literario sobre los placeres místicos de la renuncia, o Arte y Sinceridad, con lo que querría decir: ¡Dejad que me sienta pleno! Para Jacques, sería el sol, la vida fácil, el vino barato, el placer de ser sencillo de un modo muy sofisticado. Y las chicas, por supuesto. El viaje alegre y vacío del que hablaba Kafka.

—¿Quién, yo? —ríe Hippolyte, que vuelve a estar de buen humor—. Vaya, ¿en serio, querida? Al fin y al cabo, esta es una isla de marineros. ¿Qué crees tú que esperaba encontrarme aquí?

Una mosca poco rebelde zumba cerca de mi oreja. Aparecen los niños cargados de tesoros marinos, sombras oscuras contra el cielo deslumbrante. George ya está recogiendo las toallas y la ropa. Las campanas de cien iglesias tocan al ángelus. Porque incluso en la rebeldía integramos una sociedad propia: estamos sujetos a un orden y un ritmo inexorables, circunscritos por leyes y convenciones familiares. Para nosotros existe la vía incuestionable de hacer la compra para la cena, dar de mamar al bebé, acostar a los niños y ver a Dinos por la cuestión de los desagües.

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JUNIO

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El verano ya está aquí. El cielo parece cada día más alto, más plano, más pálido. Las montañas ya han perdido su suave pelusa de verde primaveral y relucen a mediodía como chapadas en bronce. En los acantilados, las casas de piedra se funden con la roca y las blancas brillan tanto que su blancura se vuelve intolerable. Las flores se han achicharrado en las montañas; solo quedan pinchos y espinos por toda vegetación.

Al otro lado de nuestras ventanas, las mujeres acuden temprano al pozo; a menudo las oigo parlotear antes de que el Bebote suelte su primer quejido hambriento del día. Qué estridentes suenan las voces matutinas de esas féminas sobre los adorables tintineos y borboteos que componen la música del pozo. Ya andan inquietas, quejicosas, prestas a exasperarse: son mujeres sin hombres que acuden al pozo en sus gruesos camisones y zapatillas y con el cabello sin recoger, porque no hay nadie para verlas. Los aullidos y chillidos de sus hijos, también aves madrugadoras, salpican el incesante cotilleo, las carcajadas y las peleas.

Mis propios hijos andan metiendo ruido en el baño y la cocina o acabando deberes olvidados. Sentada junto a la ventana, dando de mamar al bebé, oigo el rítmico y engrasado chasquido repetitivo de la manivela de la bomba y, muy por encima de mi cabeza, los potentes chorros de agua que entran con estrépito en el depósito. George bombea agua todas las mañanas durante un cuarto de hora, desnudo de cintura para arriba, sospecho que para poder admirar mejor los músculos que se le desarrollan en los hombros en el pequeño espejo que cuelga en la pared frente a la bomba.

Pese a lo temprano que es, el calor va en aumento. Ya noto mi piel caliente, y mi pelo, y el suave y pesado bulto del bebé en mi regazo. Las casas más altas parecen brincar en una repentina vehemencia de blancura, pero en las laderas más bajas siguen siendo nacaradas, suaves, todas amontonadas como grandes tacos de malvavisco que no acaban de cuajar. La calleja que discurre por debajo de mí parece un río de opalescencia.

Vadeándolo se acerca Elia, el aguador, que lleva de la brida su huesuda mula. Trae bidones de agua potable de los Pozos Dulces en lo alto del desfiladero: dos para nosotros, uno para kiría Spiridula y otro para kiría

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Heleni. Elia lleva una flor de hibisco sujeta en la cinta de su sombrero panamá.

Cada mañana aprende dos palabras en inglés que le enseña George mientras vierte el agua potable en la enorme tinaja de piedra estriada de la cocina. De repente, caigo en la cuenta de que aquí gran parte de la actividad matutina tiene que ver con el agua, ese precioso elemento cuyo valor tanto se aprecia, que es tema de conversación por su dulzura, su frescura, su calidad, y que, presentado en un reluciente vaso colocado justo en el centro de una bandeja bordeada de flores, supone un digno recibimiento para un invitado; incluso las neveras de hielo tienen depósitos de agua incorporados.

George y Elia todavía están gritándose alegremente en la cocina cuando, callejón arriba, Viernes abre la puerta y se queda unos instantes parpadeando ante la mañana antes de instalarse en el umbral con su cesta de bordar.

Viernes es una joven morena de unos veinticuatro años y aspecto enérgico. Como las demás mujeres, lleva camisón por las mañanas, pero el de Viernes tiene un volante de encaje en el cuello y su espeso pelo negro está recogido con una cinta. Vive con su hermana kiría Spiridula y divide sus horas de vigilia entre escribir cartas a marineros solitarios que han puesto anuncios en busca de amigos por correspondencia y bordar un ajuar para el matrimonio que algún día deberá surgir de esas cartas. Imposible llevar la cuenta de los manteles, los cojines, los paños de cocina, las pantallas para chimenea, los tapetes de blonda, las fundas para sillas, las alfombrillas, los macasares y toallas que ya están cuidadosamente doblados en el viejo baúl marinero del dormitorio de Viernes. Y es astronómico el número de minuciosas puntadas con las que están decorados: señoras con miriñaque y señoras con sombrero estilo regencia, naipes y terriers escoceses, pastoras con ovejas, montañas nevadas y puentes rústicos, caballitos de mar y delfines. Viernes es demasiado moderna para utilizar los antiguos y tradicionales diseños de las islas, que son abstractos y exquisitos: los motivos de Viernes proceden de las páginas de las revistas femeninas elegantes.

Canta mientras trabaja, una canción cruda, aguda y lastimera, llena de una ira indescriptible.

—«Con un clavel en la oreja y astucia en la mirada, con el bolsillo siempre vacío y el corazón siempre lleno…, ven a pasear conmigo,

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gitano…»

Escuchándola, me siento una fisgona.

Ay, ¿dónde estará el gitano esbelto que lleva ese clavel con desenfado? ¿Cuándo aparecerá don Perfecto a grandes zancadas calle arriba bajo el triunfal frufrú de concertina de sus arrugados pantalones marineros, con el sol haciendo brotar llamas de sus zapatos puntiagudos y lustrosos y su henchido corazón carmesí pendiendo de una cinta de lentejuelas sobre un ramo de gardenias que lleva para Viernes, la elegante y talentosa Viernes, esa chica pura y encantadora sentada en su portal que se deja en carne viva los blancos deditos con sus interminables pastorcillas rosas? ¿Dónde está don Perfecto? ¿O el señor Medio-Perfecto? O incluso…, pero eso solo pasa en las cálidas noches de verano, cuando la luna platea el pozo y el aroma del jazmín de kiría Heleni prácticamente te embriaga, y Viernes deja a un lado su bordado y corre alrededor del pozo soltando gritos histéricos mientras juega al pilla pilla con los niños en camisón con su volante de encaje en el cuello… ¿Dónde está el señor Equivocado? ¿O don Cualquiera?

Después de cenar, Viernes y sus amigas dan un paseo formal por el puerto, desde el museo, pasando ante las tiendas, los puestos y los restaurantes, hasta los cañones que hay sobre la cueva, y de vuelta otra vez. Las chicas caminan de dos en dos, de tres en tres y de cuatro en cuatro, tiernamente agarradas, con unos suaves brazos rodeando cada florida cintura, y cada cascada de cabello lustroso recogida con una cinta blanca o una mariposa dorada. Los chicos del instituto también pasean, pero caminan muy despacio y con aires arrogantes, balanceando sus llaveros y comboloi, todos con una insignia de Chipre en la solapa y una gorra con entorchados calada hasta los ojos: solo de vez en cuando se propinan palmadas en el trasero unos a otros o le ponen la zancadilla al vecino para que caiga espatarrado.

Todos los ciudadanos mayores desfilan en grupos; son grupos familiares casi tan formales como las fotografías en sus paredes. Las matronas llevan abrigos y faldas, tacones altos y bolsos de charol que aferran contra sus desahogados vientres. Los niños van limpios y bien vestidos y las niñas llevan enormes lazos almidonados en la cabeza. Por supuesto, ese paseo nocturno tiene una finalidad, aparte del placer de caminar sin prisa bajo el aire templado y agradable vistiendo sus mejores galas. Las familias con hijos adultos o ya maduros tienen los ojos puestos

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en las chicas. Las madres de las hijas observan a los jovencitos. Es el corral de inspección de la ciudad.

Merece la pena ver a las chicas, pero el hecho de que la cosecha de hombres jóvenes sea tan escasa es suficiente para romperle el corazón a una madre. Excepto por un par de trabajadores del muelle aún solteros y unos cuantos jóvenes comerciantes y pescadores —no hay ninguno en edad casadera que merezca una segunda mirada por parte de la respetable burguesía—, la cosecha es realmente escasa, pues todos los chicos jóvenes con agallas hace años que han optado por hacerse a la mar y largarse.

Los vestidos de flores de las muchachas, los abrigos y faldas de las matronas, los bolsos relucientes e incluso los lazos de mariposa que ondean en las cabezas rizadas de las hermanas pequeñas, proceden de los cheques mensuales que envían a la isla los barcos mercantes griegos que se encuentran en lugares lejanos. Vivir aquí no es caro, y familias enteras —incluidas las intrincadas ramificaciones griegas de abuelas, tías, suegras, cuñadas y primas hermanas o segundas— pueden vivir bastante decentemente de un solo muchacho marinero. Con una población de algo menos de tres mil habitantes, y cuatrocientos de los varones adultos en la marina mercante griega, la economía de la isla se basa enteramente en eso. Pero si bien es un arreglo cómodo, ¿cómo van a conseguir marido las muchachas? Muchas madres deben considerar con inquietud la posibilidad de que haya también paseos nocturnos en otras tierras, esas tierras misteriosas que para ellas no son más que sellos extraños en sobres extranjeros…, y ay, Virgencita, quién sabe hasta dónde podrían llegar esas chicas de ojos rasgados y piel oscura para seducir a un inocente muchacho griego…

Las chicas tienen pocas probabilidades, pero el verano mejora un poco la cosa, porque siempre existe la romántica posibilidad de que algún ateniense adinerado, de vacaciones en la isla, se harte de los descarados encantos de las chicas muy pintadas y de piernas desnudas que descarga el Sirina cada fin de semana, y reconozca el oro auténtico que reluce en el bello y modesto rostro de una muchacha isleña. Es una posibilidad remota, pero por ella merece la pena otro vestido floreado, esta vez cortado con el escote un pelín más bajo.

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2

Varias grandes casas ya se han abierto para el verano. Los aristócratas están en el lugar que les corresponde, bien arriba, en lo alto de los acantilados, donde durante unos meses podrán olvidarse de las monstruosidades de hormigón que se levantan con estruendo metálico en Atenas, de los grandes automóviles americanos y los relucientes bares cromados donde se reúnen los nuevos ricos.

Aquí sigue todo igual: el arcón veneciano, la celosía de madera que ocultan la cama de invierno empotrada, el pálido resplandor dorado que arranca la llama que arde siempre ante la hornacina del icono, las losas lisas como la seda del vestíbulo. Aquí, en el patio de baldosas, los geranios siguen derramando sus flores rojas como la sangre de sus vasijas de piedra manchada, los platos con motivos de sauces cuelgan eternamente en la pared encalada, el fusil de chispa sigue en el hueco de la escalera. Retazos y desechos de objetos ancestrales dejados atrás.

En terrazas grandes como salones de baile se puede tomar el té a las cinco en punto en un ambiente tan tranquilo y relajado que incluso el propio té tiene un sabor atemporal: llego a sospechar que lo han traído en un clíper, que se ha guardado en un cofre tallado, que se ha medido en jins. Los anfitriones son gente amable, culta y refinada, ingleses o franceses hasta la médula, según se tercie, sin nada en sus modales nada afectados o en sus acentos perfectos que los relacione, ni remotamente, con el feroz caballero del bigote y el exótico gorro con borlas que dispara sin tregua con un par de pistolas y mira furibundo sobre un fondo de humo y azufre desde el cuadro lujosamente enmarcado en dorado que preside la mesa del comedor…, el feroz señor feudal de antaño, el luchador turco, cuya cabellera alborotada y semblante formidable aparece colgado en todas las paredes de las aulas de Grecia.

Mirad, este era el escritorio que usaba, tal como lo dejó. Y aquí están su pistola, su catalejo, una litografía contemporánea de su barco en acción contra los turcos, el maltrecho cuaderno de bitácora con su letra de trazos delgados e inseguros en color marrón. Y la que suena al entrar en el patio es la campana de su barco. Podéis traer a vuestros amigos a ver la casa, por supuesto.

El verano pasado tuvimos trescientos visitantes. Quedan muy pocas casas antiguas en tan perfecto estado de conservación, con todo el

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mobiliario de la época intacto. Muchas de las familias más antiguas de la isla tuvieron que vender cosas para poder seguir adelante.

Por irónico que parezca, las cosas que las antiguas familias se vieron obligadas a vender están volviendo a la isla poco a poco: arcones venecianos, sillas con respaldo de barrotes horizontales, sofás de madera tallada, platos con motivos de sauces y todo eso. Al menos cuatro casas se han vendido en el último año a atenienses adinerados y ahora se están restaurando… ¡Todo es auténtico! No hay ni una lámpara ni una cuchara en ellas que no sea de época, excepto quizá por el lujoso cuarto de baño alicatado y la instalación de agua caliente que funciona con gas butano y el divertido barbarbacoa que antaño fuera el horno de pan.

Mirad, aquí está otra vez el familiar escritorio, y la maqueta del bergantín, y el catalejo, y el cuadro de los barcos de altos mástiles rodeados por el humo de Navarino. Y seguramente ese exótico caballero bigotudo en el marco dorado…, supongo que será el héroe, ¿no?

—Claro que sí, querida —contesta la señora de la boquilla larga y las pestañas postizas—. ¿No sabías que es más bien un antepasado mío? A través de un primo segundo, por parte de mi abuela.

—La próxima vez tenéis que venir a visitar mi casa —nos dice con cierta autocomplacencia una mujer rubia y corpulenta—. Tengo muchas cosas genuinas, y de la mayoría de ellas tengo dos. —Esboza una sonrisa de secreta satisfacción y cruza las manos sobre un vientre que se asoma de la ceñida faja—. Y tengo algo azul en cada habitación, contra el mal de ojo. He tenido que subir más de cien escalones para encontrar cada plato y cada lámpara, y no me hace ninguna gracia que el mal de ojo los haga añicos. ¡Ah, no! Aquí hay demasiado mal de ojo suelto.

Quizá deberíamos haber conseguido «algo azul» para proteger nuestra casa. Aún no hemos ido mucho más allá de las paredes blancas y desnudas y de lo estrictamente necesario para vivir, pero las cosas ya empiezan a hacerse añicos.

Es evidente que habrá que volver a enmasillar cada uno de los doscientos cuarenta paneles de cristal. La masilla original se ha desmenuzado hasta convertirse en un polvillo gris, y los cristales solo se sostienen mediante un par de tachuelas o por pegotes de pintura fosilizada. Cada vez que se bate un postigo, se oye un bonito tintineo de cristales hechos pedazos. Los postigos golpetean constantemente porque los pestillos están rotos. Así que también tienen que ponerse nuevos cierres.

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—No es nada, George…, ¡nada! Con unos pocos miles de dracmas todo estará en orden. Tendrás la mejor casa de la isla…, bueno, la mejor ganga, en cualquier caso.

Pero, además, en «El Mejor Niágara» ya hay escapes. Siempre he sospechado que la fontanería no era un punto fuerte de los obreros griegos, pero parece un poco pronto para tener que empezar con las reparaciones. Y es evidente que habrá que hacer algo con el desagüe abierto que serpentea desde el fregadero de la cocina a través del patio. Desaparece por debajo de la puerta trasera y, al parecer, continúa por debajo de la calle, pero debe de estar embozado, porque desde hace una semana el agua no corre y los mosquitos empiezan a reproducirse en un charco estancado y maloliente.

Llamamos a Lefteri para que investigue. ¿Adónde va el agua, Lefteri? Se encoge de hombros.

—¿Quién sabe? Quizá aquí, quizá allá. Saldré y cavaré un poco en la calle.

A las cuatro de la tarde ya ha cavado hasta el pozo de la plaza. Hay una zanja larga y tortuosa flanqueada por adoquines arrancados y montañas de tierra en la que juegan veinte niños. Todas las vecinas se acercan con sus cubos con la intención de llevarse la tierra para sus árboles y macetas.

No hay ni rastro de desagüe alguno.

Quizá, se me ocurre de pronto, el agua se filtra en el pozo. Y si el agua de la cocina se filtra al pozo, ¿qué pasa con el contenido de «El Mejor Niágara»? ¡Fiebre tifoidea! ¡Cólera! ¡Disentería amebiana! ¿Hay que dar la voz de alarma? ¿Avisar a las mujeres que acuden al pozo? ¿Ver al alcalde?

—Po po po —dice Lefteri a modo de consuelo—, no te preocupes. Me limitaré a comprar unos cuantos sacos de cemento y te haré un pequeño desagüe a unos metros de tu casa, y luego lo taparé todo muy bien y no diremos nada más al respecto. ¿Acaso es asunto tuyo por dónde se van las aguas negras?

Pero Lefteri tarda dos días en hacer el pequeño desagüe y en volver a empedrar toda la calle, por lo que desembolsamos otros mil dracmas, y seguimos preguntándonos qué horrores rezumarán sin rumbo bajo nuestros cimientos y si, cuando llegue la peste, seremos los culpables.

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Ahora doy un respingo si se cae un trozo de yeso, y hablo con voz tensa, controlada, a los niños que juegan ahí fuera en la plaza. Desde que vivimos aquí, esa placita se ha convertido en la zona de juegos favorita en un kilómetro a la redonda. Cuando juegan al pilla pilla, nuestra puerta es «casa»; se supone que la pintura fresca ya está rayada, la cal se desprende cuando le dan patadas, y hay muchas leyendas escritas con tiza y lápiz a la altura de los bracitos estirados: los nombres, flechas, acusaciones y hombres de palo que forman el incomprensible grafiti de los más pequeños.

Habrá que volver a lavarle la cara a todo, con buena pintura a cuarenta y cuatro dracmas el bote pequeño.

Con sorpresa y consternación, capto el tono de mi propia voz regañando a los niños una docena de veces al día, y reconozco en mí al ama de casa arpía que tiene el salón cerrado con llave y deja un rastro de periódicos para que no se ensucie el suelo. Como le pasa a la dama de T. S. Eliot: «No era eso, no era eso en absoluto lo que quería decir…»[2].

Pero ahora veo cuánta razón tenía Henry aquel primer día en que inspeccionamos la casa todos juntos y él se sentó en el hueco de la ventana y comentó: «Es mejor así, ¿no?». Y en cierto modo lo era: una casa vieja, inmóvil, oscura, secreta, olorosa, siempre a la espera. Qué placer había experimentado yo al pensar: aquí haré algo muy hermoso, aquí habrá limpieza y orden y calidez y comodidad, aquí donde solo hay una vieja casa ruinosa, habrá un hogar, un refugio, y mi propia luz brillará en mi pedacito de creación.

Qué lejos queda aún semejante logro. Ya hemos desembolsado miles de dracmas más allá del precio de compra de la casa, y sin embargo tenemos pérdidas en lugar de beneficios. ¡Cuánto más fácil habría resultado quejarse a un casero si el tejado tenía goteras o los desagües no funcionaban!

—Aun así —comentó George una mañana durante el desayuno—, es bastante maravilloso, al fin y al cabo, ver la fruta madurando en tus propios árboles y saber que tus hijos la verán después de ti en la misma estación. Seguridad, permanencia…

Mientras hablaba, se oyó un chasquido ensordecedor procedente del jardín, donde una serie de gigantescos gatos callejeros había acorralado a una hembra con una oreja rasgada en una rama de nuestro limonero. El aullido de furia de George se elevó sobre los aullidos de los gatos que

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correteaban sobre el muro del jardín. ¡El limonero casi había quedado partido por la mitad!

—A lo mejor se puede entablillar —dije con tono abatido observando los tristes restos de hojas, ramas y limoncitos verdes, pequeños como almendras, y la herida abierta en el tronco del árbol. Si lo atamos con una cuerda y le ponemos masilla y un buen puntal bajo esta rama caída, tal vez se cure…

Pero George había empezado a aullar de nuevo, coronado de hojas de limonero y agitando ramas con ambas manos como un druida demente que invocara iracundos poderes punitivos.

—¡Que Dios nos coja confesados! ¡Mira el ciruelo! —gritó—. ¡Mira el maldito ciruelo! ¡Lo han dejado pelado!

Y así era. De los abundantes frutos que habíamos visto madurar con orgullo y satisfacción (conservas, había pensado yo, y tartas de ciruela, tarros de mermelada, cestas para Lola, Zoé, kiría Heleni y la Pequeña Cuclillo), quedaba una sola pieza amarilla colgando de la rama más alta. Y aunque George se enfureció, pataleó y juró que llamaría a la policía, que molería a palos a todos los niños del vecindario, que ahogaría a los suyos, que mataría a todos los malditos gatos, no pudimos hacer nada. La casa había estado deshabitada durante muchos muchos años, y la cosecha de fruta había sido el premio para quien pudiera trepar por el muro. El hecho de que ahora la casa esté ocupada no es suficiente para que los niños isleños renuncien dócilmente a sus derechos. (Cómo había palpitado el corazón en la oscuridad, qué alto parecía el muro y cómo te habías rasgado las bragas al encaramarte a la primera rama, y luego los susurros y las risas ahogadas, los tirones de la fruta que solo veías a medias, que adivinabas a medias, el botín recogido a toda prisa en un delantal, y luego el reparto, sin aliento por el pánico y las carreras alocadas, y el dulzor del jugo que se te derramaba en la boca en la oscuridad y la ambrosía de la pulpa robada y blanda que siempre te decían que tenía gusanos, y tú no los veías, y luego en el cercado se te revolvía el estómago al pensar en los gusanos deslizándose hasta tu barriga y notándolos de repente en la boca… «Todo eso está muy bien —responde mi nueva voz interior de propietaria malhumorada—, pero esto es distinto.»)

Luego está el hecho de que Dionisos lleva dos semanas sin venir a llevarse la basura. («¡Oh, es un tipo genial! De lo más auténtico, tan borracho y tan feliz… No querrás que trabaje, ¿verdad? Venga ya, no

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pretenderás destruir un alma realmente alegre como la suya, la de un tío tan auténtico… No hablas en serio, ¿no?» Eso dice Sykes Horowitz.) Al diablo con Sykes Horowitz. Los cubos de basura empiezan a apestar. El jardín está invadido por una plaga de escarabajos negros. El perro ha vuelto a desenterrar las capuchinas. («¡Voy a matar a ese maldito perro! ¡Lo voy a matar!» Eso dice George.) Y descubrimos que en el colchón de Martin hay chinches.

Kiría Heleni, a quien llamamos para identificar a la pequeña criatura negra y almizclada espachurrada en la sábana, dice que no hay duda. Es una chinche.

—Es curioso —se apresura a añadir—, yo nunca he tenido ni una sola en mi casa, nunca. Pensándolo bien, creo que hasta ahora nunca había visto una chinche.

—Bueno, quemaremos el colchón de todos modos —dice George—.

Más vale curarse en salud.

—¡Virgen santa! —Kiría Heleni hace aspavientos de consternación—. ¡No hace falta que hagáis eso! Solo hay que espolvorear un poco de skóni… Esperad, creo que tengo un paquete en casa…

Para ser profana en lo que a chinches se refiere, desde luego es una gran experta en desinsectar un colchón. Mi propia sensación es que deberíamos quemarlo, pero la idea de que uno nuevo costará trescientos dracmas más me contiene un poco. A esas alturas estamos todos asqueados, nerviosos y llenos de espanto.

El capazo del bebé también tiene chinches.

«No era eso, no era eso en absoluto lo que quería decir…»

Tener un adversario real hace que brote el coraje en tu interior. Pero el corazón no se enaltece en absoluto cuando lo único que se te pide que combatas son chinches, cubos de basura y desagües apestosos. Incluso mantener una apariencia de orden en una casa tan grande es una tarea que ocupa la jornada entera. Subir y bajar escaleras todo el día, barrer, recoger el desparrame de los niños, ordenar, quitar el polvo…, ir a la compra, hacer la comida, recoger y lavar después…, el bebé necesita atención, la olla está hirviendo, la estufa de queroseno te ha estallado en la cara de nuevo, Shane no consigue encontrar sus calcetines limpios, tus manos están cubiertas de carbón y no sale agua del grifo… ¡y esa maldita anciana está entrando en la cocina otra vez, dando golpecitos con su bastón!

—¡Salud y alegría, hija mía! ¿Dónde está Sofía?

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¿Qué tiene de creativo esto? No hay progresión, no se construye hacia una cumbre ideal, solo se perpetúa el presente. Lo limpio se ensucia, lo sucio se limpia, lo limpio se vuelve a ensuciar. Te sientes tan cansada como un gladiador tras el combate y, sin embargo, el mañana no traerá descanso. Todo debe hacerse de nuevo, y una vez más. ¿Y fue por esto, pienso mientras examino con pesar mis manos mugrientas, por lo que renuncié tan gustosamente a las comodidades materiales de la civilización? ¿A los artilugios? ¿A los aparatos que ahorran trabajo? ¿A las ventajas del progreso tecnológico? ¿Al suministro de agua caliente? ¿A hacer la compra por teléfono? ¿Al jabón Mister Stork para pañales? ¿A las escotillas de escape que eran la ropa bonita, las cremas, los perfumes franceses, los teatros, los conciertos, los cócteles, los paseos para ver escaparates?

Un ama de casa es un ama de casa dondequiera que esté: en la ciudad más grande del mundo o en una pequeña isla griega. No hay escapatoria. Debe moverse siempre según el número decimal periódico de sus ritos.

George también tiene problemas, pero de otro tipo. Por primera vez en su vida adulta, tiene un miedo real a la pobreza y está condenado a escribir no lo que quiere, sino lo que sabe que se venderá. Para él, la libertad creativa sigue siendo una quimera. Está obligado a cubrir las necesidades de toda una familia. Su vida está ligada a la de sus miembros, a la de cuatro individuos con abundante vida propia, pero para quienes la vida de él es una necesidad: sus mismísimos pensamientos deben estar condicionados por las necesidades de los otros cuatro. En su lucha de todas las mañanas contra la locura de las plagas de vecinas curiosas, las exasperantes y continuas visitas de la vieja señora Silk en busca de la sombra de Sofía, los problemas de desagües atascados y limoneros partidos, la lectura ansiosa del correo, el examen minucioso de la libreta de ahorros, sin duda debe pensar a menudo: ¿Fue por esto por lo que renuncié tan gustosamente a los placeres del éxito material? ¿A la seguridad de una nómina? ¿A los logros visibles? ¿Al coche, la esposa bien vestida, el cómodo apartamento en una zona «buena», los hijos pulidos y con buenos modales asistiendo a escuelas pulidas y con buenos modales?

Sí, pero qué gris era todo, y cómo los días se prolongaban hacia delante como una llanura de plomo, cada uno tan parecido al otro, estériles, sin sentido, y cómo te llenaba de un temor inenarrable recorrer

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esos días grises y seguros cada vez más deprisa, junto con el rebaño, que no cuestionaba nada. Pues ¿qué pasaría si uno se quedara atrás?

Si no cuestionas nada, el alma se repliega, la llama de la vida parpadea, arde más bajo, se extingue por falta de aire. Aquí, en medio de todas nuestras dificultades, la llama de la vida arde muy alto. Aunque pueda parecer a veces que no hacemos progresos hacia nuestro ideal, ese ideal existe, y nuestras energías se dirigen hacia él. La mera presencia de estas tres criaturitas vivas y ansiosas nos recuerda que tenemos un compromiso con la vida: esta casa —tan desnuda aún— es una declaración de intenciones. Viviendo con lo básico, viviendo bajo el sol, volvemos por lo menos a estar en contacto con la realidad; hemos salvado ese abismo que separa la vida moderna de los comienzos de la vida y hemos vuelto a la magia y la maravilla de misterios tan razonables como el fuego, el agua, la tierra y el aire. Y, más incluso, no tenemos otros amos que nosotros mismos.

Nuestra posición entre los otros expatriados protestantes que también buscan volver a tener sus propias vidas bajo control es bien curiosa. En cierto sentido, somos únicos. Ellos consideran que hemos tenido éxito. Somos propietarios de una casa, mantenemos una familia y tenemos libros publicados. Pero también, para ellos, encarnamos esa normalidad tan aburrida de la que todos huyen. Somos revolucionarios respetables, a menudo cargados de responsabilidades, acosados por los niños y, al parecer, menos preocupados por el estado de nuestra psique que por el de nuestros desagües.

Fiódor se muestra despectivo, pero disimuladamente, pues a menudo necesita que le prestemos dinero. Es evidente que tiene la profunda convicción de que aquellos tan insensibles como para dedicar sus esfuerzos a ganarse el pan están en deuda con quienes solo viven para el arte.

Sin molestarse siquiera en llamar a la puerta, sube las escaleras hasta el estudio tambaleándose y dejando un rastro de saliva y barro sobre la pintura blanca reciente. Cuesta creer que aún no haya cumplido los treinta. Su piel tiene una textura pastosa, su barba es rala y desgreñada y ya está salpicada de gris, las ventanillas de la nariz se ven chupadas, los ojillos nublados y de chivo están muy hundidos en las cuencas. Su cuerpo desprende un olor en parte a cabra rancia y en parte a materia vegetal en descomposición. Parece enfermo. Un cabrito enfermo. Un cabrito imbécil.

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—¡Tzorj! ¡Mi amigo Tzorj!

—Vaya —dice mi amigo Tzorj con cara de pocos amigos—, ¡pero si es el mismísimo Dorian Gray!

—Perdona, ¿eh? No, he hecho unas cosas para los niños. —Y levanta dos tazas de cerámica, de diseño fálico y ejecución muy torpe—. Soy un genio, ¿no?

—No —contesta mi amigo Tzorj. Fiódor suelta una carcajada incrédula. —¿No te gustan?

—No —dice mi amigo Tzorj—. Y si mis hijos las tocaran, los frotaría con ácido carbólico.

Fiódor empieza a resoplar un poco, porque a un genio le corresponde sentirse incomprendido y poco querido. Y él es un aristócrata, de gran delicadeza, que ha entregado su alma al arte. Se saca un bolsillo y lo mira con incredulidad.

—Lola y Sean tampoco me quieren —dice enfurruñado, y se le quiebra un poco la voz—. Me comporto con gran delicadeza, me rebajo a mostrar toda la cortesía. Me fumo sus colillas. ¡Yo! Podría echarlos de mi casa. Podría cobrarles alquiler. Pero no, estoy por encima de esas concepciones burguesas. Lo mío es pura «nobleza obliga». Y ellos van y me insultan. Le echan la llave al vino y esconden el monedero.

Las visitas de Fiódor suelen costarnos de diez a cincuenta dracmas, según la duración y la calidad, y el tamaño y la obscenidad de la ofrenda de arcilla agrietada. Creo que George parte de la teoría de que, como Fiódor nunca podrá devolverle el dinero, poco a poco empezará a evitarnos. George tiene esos arranques de inocencia. No es capaz de ver que Fiódor está desarrollando la teoría de que es realmente George quien le debe dinero. Porque he observado a Fiódor, cuando ya ha concluido su profusión de agradecimientos por el préstamo y ha expresado los adecuados sentimientos de estima y admiración por nosotros y nuestros hijos…, lo he visto bajar tambaleándose por las escaleras, escupir deliberadamente en el umbral, echarse un sonoro pedo y, con un gesto que abarcaba la casa junto al pozo, a todos sus ocupantes y sus diversas aspiraciones, murmurar en un tono de desprecio indecible: «¡Cuánta banalidad!».

Sykes Horowitz, por su parte, viene de visita esmerándose en causar buena impresión y con sus mejores modales retomados para la ocasión. Es

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tímido, respetuoso y exhibicionista a la vez. Somos definitivamente «como de la familia», pero más bien en la categoría de respetables tías solteras con medios pero poco conocimiento del mundo, que todavía tienen que aprender las realidades de la vida.

—Es estupendo volver a estar en un hogar —dice con un suspiro.

Al mismo tiempo, se las arregla para transmitir su impresión de que llevamos una vida aburrida, protegida y poco aventurera, y de que si quisiera podría ponernos los pelos de punta. Insinúa depravaciones, experiencias inimaginables en nuestra existencia normal. Sus ojos se mueven inquietos, fuma con caladas rápidas y nerviosas, y su voz baja y entrecortada brota a trompicones acelerados para hablar sobre traumas y trastornos psicosomáticos y acerca de haber conocido a la mujer de Rilke, haber bailado desnudo en un bar de Múnich y de haberse topado con un hombre en Estocolmo que quería que sustituyera a un suicida. Todo resulta muy difícil de seguir, porque nunca empieza ni termina una frase ni formula una idea, y su lenguaje es una confusa mezcla de argot americano deliberadamente anticuado, jerga psiquiátrica, términos de jazz y citas en francés. Sin embargo, una es consciente de que tras sus palabras hay una intensidad real. Captas sus intentos desesperados de que entiendas algo. Todo el rato parece contenerse para no hacer una confesión, una confesión espantosa, que le horroriza…, y eso hace que su conversación este salpicada de pausas bruscas, que rellena con fingida confusión y diciendo: «¡Ay!, pero ¡qué os voy a contar de eso a vosotros, precisamente!».

Sin embargo, detrás de su necesidad superficial de que lo admiremos por ser un devoto de Rilke y Kierkegaard, de ser víctima del asombro que le provoca la profundidad de su experiencia, y de la simpatía que le despiertan la extensión y variedad de sus traumas, anormalidades y trastornos psicosomáticos, se percibe claramente la dolorosa necesidad de este hombre de caer bien tal como es, de ser aceptado como un ser humano completo, de encontrar a alguien, quien sea, que crea lo que él mismo desea creer tan desesperadamente: que es un hombre sincero, decidido y entregado a su obra, y que sin duda va a empezar a pintar mañana mismo.

—Es curioso, no acabo de identificar qué clase de estado de ánimo impera en este lugar. No hago más que beber y beber. ¿Creéis que debería irme un tiempo a Atenas y participar en una verdadera orgía? Quizá entonces podría trabajar. No sé, no sé. El dinero también es un problema.

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Dios, esta isla está muerta. Pero Europa está podrida, ¿no? George, ¿cómo demonios te las apañas para trabajar todos los días?

George sonríe:

—Tres hijos que mantener.

—Claro, claro. Qué duro es estar atado de ese modo. Mis padres son horribles, por Dios. No tienen un gran concepto de mí. Cien dólares al mes, eso me mandan. Cien míseros dólares, y luego tengo un mecenas que me envía un cheque de vez en cuando. ¿No podríais prestarme…, no sé, cincuenta dracmas hasta que me llegue la asignación? Aún no he podido comprar pinturas y me muero por empezar. Con mi última paga tuve que saldar cuentas de comida y bebida por todo el puerto. Dios, ¡cómo os envidio a los que estáis integrados!

Y entonces reparas, con una pequeña punzada de tristeza, en que su cabello negro y bien cortado está moteado de gris por todas partes, y que hay pinceladas de blanco en su barba de tres días y que bajo la barbilla, si te fijas bien, ya le cuelga un poco de papada. Han transcurrido diez años o más desde que llegara cargado con sus talentos para depositarlos en el altar de la cultura de la bohemia, y lleva todo este tiempo tragándose con ingenuidad una religión de la desesperanza creada por y para una raza más vieja, más cansada y con más tragaderas que él. ¿Y dónde puede buscar ahora la esperanza? El hábito de la desesperación es fuerte, e incluso si empieza a pintar mañana mismo, seguramente será consciente de que todos sus impulsos son ahora pura imitación y sus esfuerzos están condenados a la esterilidad, y que para él ya es demasiado tarde para empezar de nuevo. Los talentos perdieron su lustre hace ya mucho tiempo.

Con cuánta más gracia y facilidad interpreta Jacques precisamente la misma religión para adaptarla a sus necesidades. Le permite vivir como quiere y no le pide nada más. Y vivir como le plazca es hacerlo como les gustaría a la mayoría de los jóvenes: ser irresponsable, completamente libre de culpa o conciencia, comportarse como a uno le convenga en cada momento, tener licencia ilimitada para ser grosero con sus mayores y superiores, para burlarse de las convenciones, la moralidad, la estupidez, la ley y el orden, el progreso, la rectitud, y de vez en cuando lucir un estado de ánimo de angustia existencial como un accesorio interesante que vendrá a destacar el resplandor, la confianza sin límites, la maravillosa abundancia de vida que traen consigo la juventud y la belleza. Me

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pregunto si todo eso le sentará tan bien cuando los carrillos empiecen a colgarle y aparezca una calva en ese cabello espeso y dorado.

—¡Hola! —saluda al entrar por la puerta de la cocina, y se pone en cuclillas en el suelo de piedra, con una ramita de jazmín detrás de la oreja

—. ¿Os parece que podríais prestarme cincuenta dracmas? Le di todo el dinero que tenía a Fiódor y ahora no me queda nada para llevar a Toto a cenar al Pozo de Veneno.

En la frente de George ha aparecido últimamente un nuevo surco, de tanto pensar en ciertas cosas.

—No es que sea mezquino, ni siquiera que me importe que me consideren respetable, pero empiezo a preguntarme si se espera de mí que subvencione a toda esta condenada gente.

3

Acabábamos de rodear el acantilado sobre la cueva cuando nos encontramos con Sean y Lola, ambos sudando profusamente y con bultos, maletas y cestos colgados por todas partes. Tras ellos venía Andonis con dos mulas de la brida, también cargadas de equipaje.

—¿Habéis visto a Sócrates en el ágora? Tenemos que encontrar otra casa.

—Pero ¿qué demonios ha pasado?

Sean dejó sus bultos en el suelo y se sentó con cuidado en una roca plana.

—Fiódor se ha salido de madre —contestó.

Hacía tiempo que se respiraba un ambiente de tensión, explicó Sean. No solo los hábitos personales de Fiódor eran difíciles de soportar, sino que nunca limpiaba sus propios desastres. Sykes y él habían salido con algunos lugareños a pescar por las noches con dinamita, y luego se emborrachaban en oscuras tabernas y tiendas de comestibles, y finalmente Fiódor, haciendo gala de su «nobleza obliga», comenzó a invitar a todos los pescadores a casa y a celebrar fiestas con el vino y las provisiones de Lola. Los ataques de remordimiento que siempre venían después eran aún más insoportables. Entonces encontró un viejo botiquín del ejército lleno

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de medicamentos rancios y milagrosos y comenzó a hinchar a los crédulos vecinos de penicilina y estreptomicina.

—¿Pero aún no se ha puesto a operar? —pregunté, recordando el maletín de instrumental quirúrgico con el que había llegado a la isla.

—Ah, sí —respondió Sean—. Pero solo a los gatos. Menudo cabrón asqueroso.

El mazazo definitivo lo había asestado la llegada del leñador aquella mañana para exigirle con tono imperioso a Lola que pagara los dos cargamentos de leña entregados en su casa para el horno de cerámica.

—Así que hemos recogido los bártulos y nos hemos largado — concluyó Lola.

—¿Qué está haciendo ahora Fiódor? —Suicidarse —contestó Sean—. O eso espero.

Dos días después, al pasar junto a la higuera y doblar sendero abajo, nos encontramos con Lola que estaba sentada a horcajadas en una roca, soltando improperios en inglés en dirección al agua.

—¡Salvajes! —gritaba—. ¡Vándalos! ¡Malditos bárbaros! Mirad ahí abajo. ¡Mirad y veréis qué están haciendo!

Había una pequeña embarcación gris del cuerpo naval amarrada junto a la roca alargada, y dos grupos de marineros, uno en la orilla y otro en un bote, estaban colocando una enorme malla de hierro que se extendía desde el extremo de la piedra hasta la punta más alejada de la plataforma inferior para tomar el sol. De ese modo, estaban delimitando un triángulo de agua ante la boca de la cueva. A lo largo de toda la parte superior de la red se veían grandes bidones negros vacíos de aspecto siniestro, como minas flotantes, que producían un sonido lúgubre, hueco y melancólico.

—Pero ¿para qué es eso?

—Para los tiburones —se limitó a contestar un marinero con sencillez, y chasqueó los dientes como quien lanza mordiscos.

4

Y a pesar de todo seguimos bañándonos en la cueva. Incluso con esa espantosa red sigue siendo una preciosidad de sitio, y para nosotros, que

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nunca tenemos más de una hora libre, es el único lugar al que podemos llegar cómodamente y todavía nos da tiempo a nadar.

Además, la palabra «tiburones» ya se ha soltado y flota por ahí…, y ha calado de repente en los pensamientos y las conversaciones. Una sombra o unas algas ondeando en el lecho marino producen ahora una sensación de amenaza; te hacen subir a toda prisa a la superficie y salir zumbando hacia la orilla. Parece un poco absurdo que ahora tengamos a los niños encerrados en la red cuando hace una semana se alejaban cien metros de ella, pero no me atrevo a darles permiso para nadar fuera. Porque es verdad que los pescadores han atrapado dos tiburones recientemente en el canal por el que el Sirina navega frente a la costa, y han señalado que la cueva queda a solo doscientos metros del matadero, donde dos veces por semana se arrojan al mar las vísceras, las entrañas y la sangre de las bestias sacrificadas.

Pero casi peor que la amenaza de los tiburones es la molestia tangible de un grupo de diez o doce jóvenes, trabajadores del puerto, que se congregan en la cueva cada vez que algún extranjero se baña en ella. Todos llevan «EOKA» estampado o bordado en la parte delantera de sus trajes de baño y se comportan con manifiesta lascivia. Aparte de eso, les encanta saltar desde el borde superior de la cueva cuando alguien se baña debajo, todos juntos y tirándose de bomba para que el impacto en el agua sea lo más violento posible. No es especialmente peligroso, a menos que uno de ellos le caiga encima a un nadador desprevenido, pero resulta estúpido y molesto.

Una de las consecuencias más tristes de este asunto de Chipre, por lo que veo, es que ha otorgado licencia moral a niños pequeños y adolescentes gamberros para dar rienda suelta a sus instintos de exhibicionismo, persecución y tormento. Normalmente se limitarían a arrancarles miembros a gatitos recién nacidos o a torturar perros callejeros.

Nosotros por ahora nos hemos librado de la persecución —de hecho, la amabilidad de los isleños hacia nuestra familia sigue siendo abrumadora —, pero a todos los demás residentes extranjeros, sean de la nacionalidad que sean, los atormentan en cierta medida, sobre todo los chiquillos, que les tiran piedras y gritan consignas que ellos no entienden.

Por irónico que parezca, quienes peor lo pasan son Hippolyte y Jacques, que, siendo franceses, no tienen nada que ver con la cuestión chipriota. A Hippolyte, que normalmente se encariña mucho con los niños

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pequeños, se le ve ahora casi a diario dirigiéndose a la comisaría de policía en un frenesí de nervios y arrastrando firmemente agarrado de la oreja a algún crío aullador y con la cabeza afeitada. Eso, por supuesto, solo tiene como resultado más pedradas y una persecución realmente vengativa. Hippolyte jura que abandonará la isla. Le sugerimos que podría quitarse el collar de conchas rosas y su camisa de la Riviera, o que trate simplemente de ignorar a los niños, o incluso que emule a Jacques, que les suelta coscorrones con una violencia bastante sorprendente siempre que consigue echarle el guante a alguno. Casandra dice que, según su tía Teodora, Jacques tiene ahora una calavera con tibias pintada en la puerta de su casa y debajo, escrito en griego, pone: «Me como a los niños». Casandra está horrorizada.

Los turistas que llegan hablan de toda clase de persecuciones en Atenas, aunque sospecho que solo dramatizan incidentes que probablemente no eran más que groserías. Aquí, en la isla, a los propietarios de cafés y restaurantes les preocupa mucho que a estas alturas haya escasez de turistas, y que los que hay sean en su mayoría franceses y alemanes, que gastan poco en el mejor de los casos. El viejo Stamatis, que ensarta plomos en la trastienda de su local, suelta un bufido ante el muñeco de cera:

—¡Esa chica mía va a arruinarnos a todos con sus tonterías!

Aun así, los fines de semana reina la alegría con las fiestas de los atenienses, y hay un buen puñado de alumnos en la escuela de arte: franceses, suecos y alemanes; este año no hay ingleses ni americanos.

Doncellas con vestidos de algodón y sombreros de culi instalan sus caballetes a lo largo del paseo marítimo o en varios miradores de los acantilados. Las alemanas se muestran más aplicadas que nunca, sobre todo la más joven, pero aunque su cabeza se agacha sobre el cuaderno de dibujo y su lápiz deja infatigable constancia de casas, barcos, mesas de café, burros, campesinas y viejos pescadores, a razón de docenas al día, se nota que no pone el alma en ello. A menudo tiene los ojos enrojecidos de tanto llorar y sus dos compañeras parecen muy pagadas de sí mismas. Jacques anda estos días cogiendo lapas en alguna cala privada más allá de los acantilados, y quien las coge con él es una chica ateniense grandota y de voz ronca. Teodora, la tía de Casandra, nos informa de que «Par’epano» ha estado sonando hasta las cuatro de la madrugada. La mujer que vive en

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la planta inferior de la casa se ha quejado de que el crujido de las tablas del suelo despierta a su bebé.

Pepsino, Tripsino y Amilopsino se disponen a regresar a Suecia.

—Ya hemos pasado tiempo mucho fuera.

—Lo hemos disfrutado muy mucho.

—Pero más dinero no tenemos.

—Yo también me voy —dice Hippolyte—. Ya no soporto más a esos patanes que andan farfullando y chillándome. Tengo miedo. No, en realidad estoy aterrorizado. Sabe Dios qué me harían si me pillaran solo.

Y es verdad que está asustado; sería cómico si no fuera tan genuino. Teme en serio ser víctima de violencia física si lo encuentran a solas. En dos ocasiones ha venido a dormir en nuestro diván porque no se atrevía a volver solo a casa a altas horas de la noche, y en la cueva ha estado practicando jiu-jitsu.

Pero Jacques, olisqueando con delicadeza su ramita de jazmín, baja los pies de la mesa y se rasca pensativo el talón desnudo. Con total y aterradora sinceridad, gruñe brevemente:

—¿Y por qué no les das un maldito mamporro en la cabeza?

5

Sin embargo, la vida se ha vuelto infinitamente más agradable y menos complicada ahora, en verano.

Casi sin darte cuenta, te relajas cada vez más, y hay extraños momentos en los que el tiempo se comprime y, en algún retazo o fragmento de un detalle doméstico corriente —un bañador tieso por el salitre en una cuerda de tender, un sombrero de paja colgado de un clavo, un montón de cerezas rojas y dulces en un cuenco de madera, el tictac de un reloj, una sandalia caída de un pie, unas hortalizas frescas para ensalada en un cubo de esmalte, una ramita de menta aplastada entre los dedos—, vuelves a internarte, con una dolorosa sensación de asombro, en el mundo brillante y perdido de tu propia infancia.

Fuera, en el jardín, el sol se te clava con la fuerza de una espada; solo puedo sacar al bebé por la mañana temprano bajo el limonero entablillado y vendado, donde yace dorándose en su capazo como un trozo de carne en el horno. Hemos perdido las ciruelas, pero en las parras cuelgan prietos

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racimos de uvas como diminutos puñados de cuentas verdes, y puedo cortar cestas enteras de hojas tiernas para hacer dolmades. La menta y el perejil están altos y fuertes, los geranios han estallado en ramos de piruletas rosas, muy tiesos y victorianos entre las redondas hojas verdes, y las suculentas que planté antes de mudarnos de casa están empezando a trepar por la pared.

El interior de la cocina es umbrío y fresco; se agradecen las gruesas paredes de piedra, los suelos de losas lisas tan vidriosos y fríos al tacto con los pies descalzos, las tinajas de agua húmedas y estriadas donde los helechos empiezan a entrelazarse.

Mientras trabajo, oigo el ruido sordo de la máquina de escribir de George en el estudio, ese familiar tableteo intermitente que ha sonado de fondo durante toda mi vida de casada, y a los niños entonando su alfabeto griego: me llega como un sonsonete hipnótico desde la escuela de Abajo y se transforma finalmente en una encantadora e inocente interpretación de la última canción revolucionaria de Chipre.

Todo el mecanismo doméstico parece funcionar mejor en estos largos días azules. Hacer la compra es un verdadero gozo, las comidas son fáciles de preparar, la ropa no supone un problema, los niños están felices y absortos en su propio mundo rico y fantástico de crecimiento y aprendizaje y de juego y vida, el bebé ha adoptado una rutina ejemplar pese a las vecinas, y siempre sobra tiempo para bañarse por las tardes, en la magia cotidiana e inagotable del golfo y los islotes; y en el mar esmeralda y cristalino.

Y por la noche, qué agradable es pasear hasta el puerto por callejuelas estrechas donde la fragancia de las flores de verano es tan empalagosa e intensa que casi resulta visible; las dulces, blancas y embriagadoras flores de verano: el jazmín, las gardenias y las espesas matas de alhelí, que exhalan su delicioso perfume por las noches desde los patios ocultos tras los altos muros blancos de los jardines. Incluso en las mesas del paseo marítimo hay tarros de mermelada llenos de alhelíes y gardenias, y el aroma de las flores se respira y se mezcla con el olor de las piedras calientes y la sal, de las hierbas y el pescado frito en aceite de oliva.

Las mesas de los cafés están alineadas a lo largo del paseo junto al mar, como bloques de manteles de plástico blanco o de algodón a cuadros, dispuestas en hileras bajo lazadas de bombillas eléctricas desnudas. Los

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restaurantes recién pintados se ven muy alegres, abiertos y llenos de luz. En el de Johnny Lulu se oyen los chirridos y lamentos de un disco de busuki y, en un espacio despejado entre las mesas, unos jóvenes con jerséis azules bailan la lenta y controlada danza de la isla, con las rodillas muy apretadas entre sí y pellizcándose con delicadeza las perneras de los pantalones para sujetarlas con dos dedos. Es un baile pausado, simple, monótono; los rostros absortos de los jóvenes nunca levantan la vista; sacuden los traseros protuberantes de forma espasmódica, como las muchachas nautch de la India, al son de los espasmódicos chasquidos de sus dedos extendidos. Trasero, entrepierna y pies se mueven a un ritmo lento, secreto, privado…

Entre los restaurantes abiertos de par en par y las mesas junto al mar pasan una y otra vez los paseantes nocturnos, formales y respetables.

Aquí, en el paseo marítimo, siempre hay compañía. Cuesta muy poco unirte a un grupo en torno a un mantel de plástico y una botella de vino y pasarte horas sentada, cotilleando, viendo pasar a los paseantes nocturnos, consciente de que aún tienes la piel salada y el pelo húmedo del baño en el mar, de tus miembros relajados, de que en realidad no estás atenta en absoluto. Cháchara y más cháchara; luego la conversación se eleva y cambia de tono, y de nuevo se torna mera cháchara ociosa, burlona, maliciosa…, simple charla de verano. A Fiódor lo van a expulsar de la isla… Hippolyte ha encontrado un amigo, un adelfós, y, madre mía, deberíais ver al monstruito en cuestión… ¿Sabéis qué vende Mitso en esas latas de cigarrillos que tiene en el estante de arriba? ¿Os habéis enterado de que han visto al factótum de cierta señora rica subiendo las escaleras de la casa de Jacques con una cesta de huevos frescos? Sykes tiene una dolencia que según él es psicosomática, pero si queréis saber mi opinión… Toby Nichols ha comprado un maldito telar para esa pobre chica, Katharine, y ahora ella tiene que aprender a tejer…

Cháchara y más cháchara, y más allá del brillante círculo de luz eléctrica, las aguas oscuras lamen el muelle con el suave frufrú de la seda y la noche se cierne sobre la ciudad, cálida y pesada como un manto, suave como el terciopelo, rezumando sal y el perfume de las flores blancas.

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JULIO

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1

Han llegado nuestras liquidaciones de derechos de autor y debemos aceptar el hecho de que estamos contra las cuerdas. Lejos de irnos de vacaciones a Venecia, nos es imposible incluso viajar a Atenas. Los bancales que habíamos planeado para el jardín tendrán que esperar, así como los nuevos enrejados para las viñas, los armarios empotrados, las estanterías para el estudio. En cuanto al barco, esa balsa de sueños que se ha ido ampliando curiosamente durante meses de conversaciones y deseos, desde un bote inflable hasta un caique de la pesca de esponjas reconvertido en el que íbamos a navegar hasta el mar Negro siguiendo la ruta del Argo de Jasón, ha vuelto a alejarse a la deriva, «como un cisne dormido», hasta el fondeadero rosado del País de las Nubes, junto con los barcos viejos de James Elroy Flecker, la barcaza de Cleopatra y el quinquerreme de Nínive.

Y qué curioso efecto ha tenido en nosotros este jarro de agua fría.

En apariencia, la situación no ha cambiado. Somos pobres, pero llevamos siéndolo durante los dos últimos años; y lo hemos sido más, de hecho, que ahora que tenemos una casa propia y dinero suficiente para vivir unos seis meses, aunque no ganáramos nada más. Estos dos años de pobreza han sido los más llenos de acontecimientos, los más agradables, los más emocionantes de nuestras vidas; nos hemos sentido muy desafiantes y aventureros comiendo lentejas y llevando jerséis remendados y despreciando a los jeremías que decían que no podríamos hacerlo. ¿Por qué entonces debería yo tener el corazón encogido, no tanto de miedo como de indignación, de la más salvaje indignación? ¿Qué es este grito de protesta, rabia e incredulidad que brota de mi garganta? Pues es muy sencillo. Es solo que me he encontrado cara a cara con la cruda realidad de que quizá tengamos que seguir siendo pobres.

Podemos mantener la situación, defender el fuerte, proporcionar un hogar y comida, pero cuánto esfuerzo ha costado ya incluso eso, y cuánto va a costar todavía, y solo para mantener las cosas, y tal vez…, sí, hay que afrontar la perturbadora posibilidad de que quizá… ¡ya no habrá nada más! Dios mío, ¡qué gran diferencia hay, a fin de cuentas, entre vivir con sencillez porque una elige hacerlo y vivir con sencillez porque te ves obligada a hacerlo!

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Contra las cuerdas. Varados aquí. Incrédulos, intentamos aceptar el hecho de que realmente estamos abandonados, de que somos náufragos en una pequeña roca. La roca en cuestión es muy bonita, cierto, y la compañía, alegre y divertida, y la vida, sana. Nadie podría quejarse de la abundancia, la variedad y el bajo precio de los alimentos estivales que se amontonan y derraman en todos los puestos del paseo marítimo adoquinado. De semejantes melones, melocotones y albaricoques, de estos pimientos y calabacines, de las berenjenas moradas y de unos tomates del tamaño de tus dos puños juntos. Aquí se puede vivir con casi nada, y vivir bien. Entonces, ¿qué diablillo perverso me hace desear espárragos, setas, filetes de solomillo y clarete embotellado?

¿He dicho antes acaso que me alegraba de nuestro compromiso? Menudo parloteo ignorante. A veces, cuando contemplo al mediodía las montañas cobrizas y estridentes, me horrorizo en secreto. Es un paisaje terrible: momificado por el calor, con todos los jugos secos, un país desnudo y calvo. Débilmente, añoro el dulce engaño de los árboles y la hierba, los ríos frescos, la costra de asfalto de las calles de la ciudad, los cines, los taxis, las luces de neón, el clamor sin sentido, o incluso una simple cajita de maquillaje bueno y caro. Dejadme al menos que me cubra el rostro desnudo con una ilusión.

Pues qué distintas parecen ahora incluso nuestras identidades físicas reales. Es un aspecto al que no había prestado mucha atención; quizá nos veíamos algo andrajosos, pero también muy en forma y bronceados. Bueno, y seguimos bronceados, pero qué flacuchos estamos, qué nerviosos, y qué asombroso el número de arrugas nuevas, arrugas de tensión, arrugas de preocupación, surcos profundos que están ahí para siempre.

Nuestra ropa, que desde hace más de dos años escurrimos a golpes sobre piedras o frotamos como locos en cubas planas de hojalata, se ha desteñido hasta volverse de colores anónimos, de los colores del sol, de los colores de los guijarros, y no tenemos ni una sola prenda que no luzca un abigarrado estampado de parches y zurcidos o esté sujeta por alfileres o trozos de cordel. No me quejo, ojo. Acabas por desarrollar un curioso esnobismo con respecto a la ropa vieja, y Casandra la lava tan bien como si acabara de salir de las cajas y el papel de seda de Bond Street. Pero no me había dado cuenta de hasta qué punto son horribles estas prendas, ni de hasta qué punto debemos estar horribles todos: George, con su cara larga y

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muy arrugada coronada por un corte medio al cepillo que se ha hecho con tijeras de cocina y se nota; yo, con mis camisas casi hechas jirones, mis faldas anticuadas, mis sandalias reducidas a una tira de cuero llena de nudos que sujeta una suela deshilachada, y mi pelo largo, lacio y tieso de sal. Llegamos a la espantosa conclusión de que parecemos tan «excéntricos», tan tristemente «bohemios», como el caprino Fiódor o Jacques, con sus atuendos de apache y su pendiente de oro.

¿Y dónde han ido a parar nuestra paciencia, nuestro buen humor? Estamos nerviosos, propensos a la irritabilidad, a repentinos arranques de violencia; estamos criticones, quejosos y cansados. Los problemas de los demás ya no nos despiertan la menor compasión, ni siquiera interés. Cuando Sykes levanta la vista con sus ojos de perro apaleado del churro abstracto a base de saliva y lápices de colores que está haciendo en público a la salida de un café y, con afectada timidez, se pone a citar a Gertrude Stein sobre «la generación perdida», solo te hace sentir un resentimiento perverso. Maldita sea, piensas con rabia, ¡todo eso fue hace treinta años! He aquí un hombre adulto con ingresos y talento y sin responsabilidades. ¿De qué demonios se queja? Que se busque su propia salvación o que beba hasta matarse, lo que sea más rápido. Incluso la visión de Fiódor resulta insoportable. Eso sí que es exudar cierta auténtica degradación, o desintegración…, elijan la palabra que más les apetezca. Incluso huele a corrupción. Bueno, pues que se pudra solito. Se pudrirá igual de rápido sin nuestra ayuda económica. Y Jacques… Lo mismo pasa con Jacques. Qué ofensivos, qué artificiales y tontos sus andares provocativos y lentos, sus pantalones ajustados, su flor de jazmín y ese maldito pendiente. Qué intencionado parece todo: los párpados pesados, la sonrisa enigmática, la camisa estudiadamente abierta para exhibir el vello dorado en el pecho y el vientre, la mirada irresistible que se enciende y se apaga como un semáforo, el interesante toque de angustia existencial. A fin de cuentas, no es ningún Dioniso; no es el raudo, el libre, el hermoso y eternamente joven…, sino solo un perrillo de pelaje ensortijado y en celo, con la necesidad imperiosa de andar olisqueando a todas y cada una de las perras.

¿Son estos nuestros hermanos espirituales? Pues ellos también han protestado, se han posicionado claramente, se han negado a someterse, han declarado su individualidad y han abandonado la competitividad febril de la vida moderna. Todos hablamos el mismo idioma, tenemos más o menos el mismo patrón cultural, el mismo marco de referencia. Nos reímos de los

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mismos chistes, comprendemos las mismas implicaciones de los acontecimientos y nos perturba en igual medida la tendencia de la civilización actual. Estamos aquí, todos juntos, en la misma islita, viviendo más o menos de la misma manera, con todo el aspecto —¡ay!— de ser definitivamente un grupo de expatriados, variaciones sobre un tema de escapismo.

Sin embargo, me niego a reconocerlos como mis hermanos espirituales. Porque ellos no solo se han declarado en contra de la competitividad de la vida moderna, sino en contra de la vida misma. La raza humana, según ellos, es un desastre irremediable, los cielos y la tierra pura estupidez compartida, la vida en sí una simple cámara de tortura, un sufrimiento sin sentido. Y al decir eso se absuelven de toda responsabilidad, de todo control, de toda ley moral, de todo sentido del deber. Carecen de humildad. No tienen un norte. Han perdido la capacidad de maravillarse.

Así que entre nosotros existe un sutil antagonismo que está siempre presente, que nos atormenta un poco como una muela dolorida que vamos tocando con la lengua, que no procuramos ignorar porque nos atrae curiosamente. Tampoco es que podamos ignorarlo ni que queramos, porque aquí hay solo un paseo marítimo, un pequeño semicírculo de adoquines, y por las noches no hay otro sitio adonde ir. Se ha convertido en una palestra, o en un escenario, hasta tal punto es dramáticamente pintoresco, con esa iluminación tan a propósito de hileras de bombillas y las filas de mesas aguardando…

Es inevitable que todos nos volvamos a encontrar en repetidas ocasiones. Nos vemos constantemente…, las mismas personas una y otra vez, sin cesar. Sean y Lola, George y yo, Hippolyte, Sykes, Jacques, Fiódor, con adiciones y sustracciones extrañas según el tráfico de turistas y el estado de los amoríos de Jacques. Dentro del grupo hay fluctuaciones, pero el mantel de plástico es eterno, así como los tomates rellenos fríos o el pescado que se va coagulando en el plato, y los gatos llenos de cicatrices, malvados y escrofulosos que hurgan a nuestros pies, la botella de boca ancha de vino amarillo pálido que se rellena una y otra vez, la conversación eterna. Es siempre la misma conversación, ayer, hoy, mañana, el mismo bádminton verbal para listillos, con lanzamientos de poetas y filósofos oscuros, los mismos términos freudianos, la misma

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voracidad «franca», las mismas pequeñas pullas de malicia y rencor, la misma risa burlona.

Son noches cálidas, alocadas y maravillosas, que visten los suaves brotes de las uvas moradas. El agua oscura lame el muelle y una luna enorme y delirante se extingue tras el recortado perfil de la montaña como todos los sueños que una tuviera alguna vez. ¿Qué hacemos aquí, bajo esta luna demente, viendo cómo pasan y vuelven a pasar los paseantes? Las chicas cogidas del brazo, los ciudadanos complacientes, los turistas alegres, los artistas acomplejados, los pocos grupos de aristócratas que bajan de sus alturas para mezclarse con la gente sencilla… Todos tienen su lugar aquí, pertenecen a este sitio. ¿Por qué tuvimos que protestar, quemar nuestras naves, aislarnos, despojarnos de nuestro colorido protector como si hubiera sido un traje anticontaminación? ¿Por qué? Solo para sentarnos eternamente en torno al mantel de plástico a jugar al tira y afloja verbal; a provocar, a dejarnos provocar, a aburrirnos y beber vino en exceso, demasiado enfadados o cansados para parar.

—¡Sigamos! ¡Vayamos a otro sitio! —grita alguien alegremente—. Esta noche hay música en la taberna de Yanni. Vamos a beber un poco más y a bailar.

Pero tenemos que madrugar tanto que nos hacemos los remolones.

Tenemos al bebé, y mucho trabajo en este momento.

—¡Oh, venga! Ya van todos hacia allí. ¡Dejaos ir por una vez!

Es curioso que sus sonrisas expresen una lástima infinita, porque ellos son los irresponsables, los no comprometidos, los que pueden dormir hasta mediodía y luego darse un baño para despejarse. Se encogen de hombros y se alejan riendo en la noche en busca de música, de baile, de vino y más vino, mientras nosotros, que hemos vuelto a demostrar que somos unos mojigatos, aburridos y respetables aguafiestas, nos vamos a casa un poco más borrachos de lo debido, sintiéndonos vencidos, aquejados de una suerte de resentimiento indeterminado, indefiniblemente contaminados.

Quizá sea mejor emular a Toby y Katharine Nichols: vivir «a la griega», casi repudiar tu propia lengua, tu propia cultura, negar la existencia de la gente como tú y tratar de que la imitación servil se convierta en tu realidad. Pero qué ridículos me parecen el bigote griego de Toby y el pañuelo de Katharine. Qué disparatados el numerito del telar de madera y la ceremonia nocturna de encender la lámpara ante los iconos. Y tengo la sensación de que ni siquiera la determinación fanática y unos

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ingresos regulares podrán lograr la conversión completa. Katharine ha vuelto a las clases con el profesor del instituto. Parece tener un extraño bloqueo en lo que se refiere a la lengua griega, nos informa Toby con preocupación: todas las lecciones acaban en lágrimas. El amor por un país no es suficiente. Lord Byron, según dicen, detestaba a los griegos.

Bueno, gracias a Dios que hemos quedado varados aquí, que no hay vuelta atrás. Si hubiera una oportunidad de escapar, sospecho que George la aprovecharía. Nunca ha tenido madera para luchar por la defensa de una plaza. Lo suyo es salir y lanzarse al ataque, y mostrarse espléndido con el botín. Es duro para él verse atrapado así. A veces lo observo y capto su odio hacia las montañas. Parece desconcertado, inquieto y asustado.

2

Y ahora que ha llegado la hora de la siesta para cualquier actividad con un propósito, cuando ya está aquí el verano, el tiempo del juego y de la vida fácil, el tiempo de comer loto, nuestra determinación debe ser mayor que nunca.

La isla luce su cara de vacaciones. El golfo parece leche, surcado como está por pequeñas lanchas motoras que recorren la costa para llevar a los turistas a calas y playas, caiques de pescadores que se deslizan entre sus propios reflejos, barcas del mercado que navegan hacia el continente al ritmo de rumba de sus tubos de escape, y todos los botes que durante el invierno descansan en callejuelas y cobertizos se esparcen ahora por los islotes como trozos de confeti de colores o cáscaras de nuez pintadas de carmesí y canela, de lima y amarillo y rosa; en cada uno de ellos hay un viejo a los remos, meciéndose con expresión soñadora, y un niño inclinado sobre una lata con fondo de cristal, buscando pulpos.

Los sábados, el Sirina se escora por el peso de atenienses que acuden a pasar el fin de semana, familias con sombreros graciosos y jóvenes risueños con arpones y equipos para bucear. La escuela de Bellas Artes está llena. María hace negocio con la venta de recuerdos. Sócrates ha abandonado la carpintería y trota arriba y abajo por el muelle en un frenesí de transacciones, perdiendo llaves y olvidando citas y prometiendo imposibles. Creonte luce ahora un traje blanco y mocasines blancos de ante y se sienta brusco y formal en la puerta del café de Soteris, donde

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ofrece sus servicios como consejero e intérprete a cualquier extranjero de aspecto respetable que parezca hallarse en dificultades.

Todos los fines de semana, nuestra cueva está repleta de chicas en bikini y jóvenes elegantes con elaborados equipos de buceo. Jacques posa dorado sobre una roca, con los párpados entornados y una ramita de jazmín en la boca, y delibera sobre su próxima elección de compañera de lapas. Un caique de pesca pasa deslizándose con Sykes y Fiódor agarrados a las jarcias, ambos muy borrachos. Lola se ha rendido a la inercia veraniega imperante, a unos días que se dedican por entero y sin esfuerzo a nadar, dormir y comer, a unas noches que se llenan con los cotilleos, el vino y la búsqueda a medianoche de oscuras tabernas donde haya música y baile. Incluso Sean se ha relajado perceptiblemente, y ahora trabaja solo por las mañanas: «Ah, hace demasiado calor para empeñarse mucho…». Yo trato de sofocar el pensamiento resentido que brota sin que me lo proponga: «Sí, claro, eso puedes concedértelo tú, que tienes otros ingresos y cero responsabilidades…».

Hace demasiado calor. Desde el mediodía hasta las cuatro toda la vida se bate en retirada y la ciudad reluce en un silencio blanco y caliente. Nosotros trabajamos durante la siesta porque debemos hacerlo, en pantalón corto y sudando a mares. Los niños no volveran a la escuela hasta septiembre y viven su propia vida: andan más asilvestrados de lo que me gusta, pero no tengo tiempo para supervisarlos. Tengo la teoría, que no me atrevo a examinar demasiado de cerca, de que si lo descuido todo un poco conseguiré llegar a casi todo. La respuesta al problema sería pedirle a Casandra que viniera todos los días a cuidar de la casa y del bebé, pero no podemos permitirnos una ayuda a tiempo completo.

—Trescientos al año y una habitación propia —dice George, citando con tono sombrío el requisito para escribir de Virginia Woolf mientras acompaña a la señora Silk escaleras abajo y hasta la puerta de salida.

Ahora, clavado sobre su escritorio, hay un papelito a máquina en el que se lee:

«¡… Virginia Woolf!».

Y hay otro en la pared de enfrente, en letras diminutas como susurros: «¡Y Rilke también!». Y se ven otros mandatos favoritos como «¡Piensa!» y un eslogan recortado de un anuncio de revista: «Haz de la escritura tu otro negocio». Hoy me he fijado en uno nuevo, de inspiración bíblica. Es evidente que lo garabateó a toda prisa y con mucho apasionamiento:

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«Un tiempo para escribir y un tiempo para vomitar».

Ahora no bajamos a bañarnos a la cueva hasta las cinco y media o las seis de la tarde, e incluso entonces es raro que recuperemos la antigua magia. La red de acero con sus ruidosos bidones en los que se divierten los chicos de la EOKA ha creado una especie de trampa frente a la cueva, y la basura municipal, que se vierte al mar cerca de la ciudad, baja arrastrada por la corriente y queda capturada dentro de la red. A menudo nadamos, si es que podemos hacerlo, entre cáscaras de melón en descomposición, tomates podridos, colillas, papel rasgado de origen demasiado obvio y objetos de goma de dudosa procedencia. Los días de matanza, el lugar se convierte en un horror, pues los intestinos y despojos de las cabras, ovejas y toros sacrificados también van a parar a la red y durante días penden allí pudriéndose en obscenas guirnaldas.

—«Estos mares devastados por la EOKA y asolados por la basura…» —parafrasea Sean con tono de cansancio. Más allá, en el agua anodina y azul, una flotilla de latas y peladuras de verduras avanza cabeceando con decisión hacia la cueva. Los jóvenes de la EOKA no parecen ni darse cuenta, y los fines de semana he visto a jovencitas en bikini abriéndose paso a braza como si tal cosa entre la porquería. Pero el colmo, para George —«¡Por Dios bendito, esto es el acabose, la última vuelta de tuerca!»—, llega con el espectáculo de Jacques, con su pañuelo anudado y la inevitable flor de jazmín en la boca, flotando perezosamente entre una sandía podrida y un pedazo de lacia goma blanca.

Semejante escena ha causado un profundo efecto tanto en George como en Sean. Les obsesiona. Se sientan juntos, pensativos, y hacen planes para aparecer en el paseo marítimo con el pelo cortado «a lo Jacques», Sean con una pequeña cabeza de coliflor entre los dientes y George con un sarong y brazaletes.

—Tú también puedes ser culto… ¡y demostrarlo! —le dice Sean a George con tono delirante.

Cada vez con mayor frecuencia, nos bañamos a primerísima hora de la mañana o muy tarde por la noche. Cuando apenas ha salido el sol, y el mundo está limpio y reluciente (y antes de que Dionisos haya tirado la basura), cogemos a los niños, al bebé en su capazo, una sandía, una barra de pan recién hecho, y desayunamos en la cueva. A esa hora del día no hay nadie más. O por la noche, con Sean y Lola, compartimos sándwiches de

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cangrejo y una botella de vino tinto, todos en agradable y espatarrada compañía en la oscuridad en una plataforma para tomar el sol que aún conserva el calor del día. Sobre las aguas negras, la hilera de bidones metálicos podría ser el monstruo del lago Ness dándose un garbeo, un kraken atado que con cada movimiento hace crujir sus articulaciones y gime con un melancólico retumbar hueco. Mientras comemos y bebemos vino, la conversación vuelve a ser íntima, con las afirmaciones a medias y las frases sin acabar de la gente que sabe que la entenderán: caigo en la cuenta de que, en algún momento de estos últimos meses, hemos cruzado la frontera de los conocidos cercanos y nos hemos convertido en amigos; recuerdo las noches de invierno en la mesa de la ventana de Spiro, las estupendas y ardientes discusiones, y de repente siento nostalgia de Henry y Ursula. «¡Pues vuela! Vuela, hostia, ¿por qué no?» Hay cosas reales de las que hablar: los cálidos comentarios en el New Yorker sobre la primera exposición individual de Henry en Nueva York, un largo artículo sobre su obra en una publicación mensual londinense, reproducciones de sus cuadros en una revista de París. ¿Volverán? En la oscuridad, hacemos conjeturas. Esperamos que Ursula acabe teniendo su jardín, y Henry su fragua, y que los troyanos metan ruido entre los arriates y el Minotauro ruja en el sótano…

Por la noche, el agua resbala sobre tu cuerpo, cálida y sedosa: un elemento misterioso que no opone resistencia, que fluye, pero te permite flotar de un modo increíble. En la oscuridad, te deslizas a través de ella, aceptando sin dudarlo el clima nocturno de gracia y silencio, un poco colocada por el vino, un poco hechizada por la noche; tu cuerpo parece misterioso, pálido y silencioso en el agua misteriosa, y de tus pies y tus manos, que se mueven lentamente, fluyen estelas de fosforescencia como estelas de estrellas. Todavía esparciéndolas, subes por la oscura escalera hasta la piedra oscura, con lluvias de estrellas brotando de las yemas de tus dedos y sintiéndote maravillosa y misteriosamente renovada y completa de nuevo.

3

Después de correr todos los días durante una semana hacia los postes del puerto con su equipaje, Hippolyte llegó por fin a tiempo para coger un

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barco.

Se marchó con lágrimas en los ojos, rumbo a Oriente, con su collar de conchas rosas pendiendo en lazadas sobre el pecho desnudo y una carpeta de bonitos y pálidos dibujos bajo el brazo. Nos dio abrazos a todos, prometió escribirnos, nos rogó que nunca lo olvidáramos.

Con bastante tristeza, enmarcamos el boceto al pastel de casas de la isla que nos había dejado como regalo de despedida y lo colgamos en la pared del fondo del salón, junto al vigoroso óleo de Henry de un caique del mercado y las montañas de influencia china de Lola, y una especie de pseudo-Klee del puerto que fue un regalo de despedida de un artista que habíamos conocido el año anterior.

A todos nos caía bien Hippolyte y deseamos de verdad que encuentre la felicidad y el éxito. Pero no creo que vaya a descubrir alguna solución en Oriente. Me lo imagino emperrado en llevar bien alta la cabeza clásica y ligeramente calva y con la boca, que debería mostrar felicidad, frunciendo los labios para no soltar un grito de histeria absoluta; corriendo sin cesar a lo largo de muelles y estaciones de ferrocarril extranjeros para coger un barco o un tren que parta tan raudo que deje atrás toda su miseria, su horror, su odio hacia sí mismo que tanto lo consume y el «aquí y ahora» que le resulta tan insoportable. Pero el «aquí» irá con él adondequiera que vaya, y el «ahora» cambiará de un segundo a otro por rápido que corra, y cuando deshaga su equipaje en el siguiente puerto extranjero solo se encontrará a sí mismo de nuevo.

Sin embargo, para que no olvidemos que su problema existe, los extranjeros de paso en la isla están aumentando con la incorporación de otros jóvenes que también pasan sus años cogiendo barcos y trenes.

Nunca hasta ahora se me había ocurrido que debe de haber toda una tribu nómada de jóvenes que se desplaza por Europa con el cambio de las estaciones, siguiendo un rastro definido en el que los lugares de acampada y los abrevaderos están fijados por la costumbre y las zonas de caza mayor claramente señaladas. De repente, queda claro que esta isla es uno de los campamentos de verano, un lugar de parada para descansar e intercambiar historias e información sobre la ruta del año. Hay algo en Sykes Horowitz que resulta ahora mucho más evidente: su extraña familiaridad con ciudades y lenguas extranjeras y esa cualidad gitana de sentirse como en casa en todas partes y en ninguna que antes me cautivaba.

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Porque la mayoría de estos jóvenes recién llegados son también estadounidenses, como Sykes, aunque costaría adivinarlo por sus acentos, que tienen el cuidadoso anonimato del expatriado con el añadido, para aumentar el interés, de un tartamudeo diligentemente adquirido. Sus rostros también lucen el anonimato de los expatriados: son rostros intercambiables, cansados, jóvenes y viejos, vagamente malsanos bajo el bronceado, y sus ojos, como los de Sykes, tienen la misma terrible falta de un norte.

Todos hablan muy bien francés y un poco de italiano, español, alemán y árabe; todos han conocido a la mujer de Rilke o a Utrillo; vivieron a dos puertas de Wystan Auden en Isquia o de Dalí en la Costa Brava; un verano en Mallorca tuvieron la oportunidad de trabajar con Robert Graves; conocen bien a Picasso; pueden citar de memoria largos pasajes de Gertrude Stein, Proust, Racine, Kierkegaard, Nietzsche, Baudelaire y Mallarmé; han leído las críticas de los últimos libros y las últimas obras de teatro, y hablan con conocimiento de causa sobre pintura de acción, símbolos eróticos, trastornos psicosomáticos, las doctrinas del nihilismo y el existencialismo, y el collage.

Tienen en común una gran cantidad de anécdotas escandalosamente divertidas relacionadas con los grandes o casi grandes, y un ingenio malicioso y rápido que suele dirigirse contra los de su propia especie. Esos atributos particulares los tienen tan a punto, tan practicados y tan suavemente pulidos, que sospecho que son fruto de largos años de experiencia en tener que espabilar por su cuenta. Pues aunque todos estos jóvenes, como Sykes, parecen tener algún pequeño ingreso privado o subsidio —todos ellos son, en cierto modo, emigrantes mantenidos—, nunca es lo bastante grande como para permitirles vivir decentemente, sino solo lo suficiente como para que sea innecesario que trabajen para ganarse la vida.

Pasan los años siguiendo una ruta nómada que los lleva, según tengo entendido, de Grecia a Yugoslavia y a Venecia, de París a Suecia o de Madrid a Mallorca. Berlín está en el itinerario para algunos, y para otros Beirut, Tánger y Casablanca. Varias islas mediterráneas son campamentos de verano: Mallorca, Isquia, Córcega, Ibiza. Capri hace tiempo que se eliminó de la lista por ser demasiado banal, según dicen, y también demasiado cara; tiene lugar en cambio una discusión interesada sobre las posibilidades de Elba, de Cerdeña, de Pantelaria.

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Es bastante evidente que esta isla está ganando popularidad, que se ha convertido en un campamento de verano amenizado por estridentes gritos de saludo y el zumbido mordaz de historias maliciosas; en un intercambio de notas, de nombres.

Los vagabundos australianos solían tener una marca especial que rayaban en el poste de entrada de cualquier casa en la que hubieran recibido comida o cobijo: una señal para sus hermanos que venían detrás de que podían esperar una limosna. Estos vagabundos intelectuales de ahora también dejan su marca en las puertas. Conozco el nombre de una mujer en Venecia que puede esperar tener tres huéspedes inesperados en primavera, y el de un rico hombre de negocios de Estocolmo del que se dice que siente inclinación hacia cierto tipo de jovencito… Sus hábitos personales son terriblemente peculiares, querida, pero siempre está dispuesto a hacerte un préstamo… Y hay una agradable pareja joven en Madrid…, burguesa y propensa a resultar monótona, ya sabes, pero si estás en un verdadero aprieto…, y una señora americana de cierta edad y con ingresos que tiene un bonito apartamento en la rue du Faubourg Saint Honoré…, si puedes soportarlo, quiero decir. Todos ellos parecen ser convenientemente heterosexuales.

Aquí suelen dirigirse primero a la escuela de Bellas Artes, ya que vienen armados con los documentos necesarios para demostrar que son artistas de buena fe, al igual que con carnets de «estudiante» que les garantizan descuentos en los billetes de barco y tren. Una vez conseguido un alojamiento barato, buscan a alguien que les proporcione comida y bebida. En la isla hay un par de ancianas adineradas muy supersticiosas en lo que respecta a los artistas —son los curanderos, los creadores de símbolos mágicos— y que pueden sentirse halagadas por los cumplidos de un joven apuesto. Creo que la puerta de Lola también está marcada. Cariñosa, expansiva y charlatana como es, con lo que le gusta recibir y que la entretengan, ávida de noticias de ese mundo artístico parisino donde estudió una vez, atrae a los vagabundos intelectuales como un tarro de miel a las moscas. Está lo suficientemente desencantada como para saber que son espabilados que buscan manutención, y ellos están al corriente de que ella lo sabe. Pero Lola, consciente de la fragilidad de todo el asunto, está dispuesta a darles de comer a cambio de entretenimiento y distracción. Es probable que con ella ofrezcan su mejor cara y estén más cerca que nunca de la honestidad.

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Sykes ha encajado en su sitio ahora, con Fiódor y Jacques, nómadas todos, aunque Fiódor y Jacques son de la variedad europea autóctona y tienen un indefinible aire de autenticidad del que carecen los jóvenes americanos.

Por las mañanas se sientan en los cafés, escriben cartas y postales, o van y vienen de la oficina de correos, llevando, como Sykes, un volumen de poesía o un viejo ejemplar de Perspectives o Encounter o Partisan Review. Gran parte de su tiempo lo dedican al correo: supongo que con un modo de vida así es de vital importancia mantenerse en contacto con las fuentes de información, y cuando las sacas del correo suben desde el Sirina siempre hay una estampida de hombres jóvenes, de pelo muy corto, con vaqueros azules y camisas de vivos colores. Me he fijado en que en sus cartas la dirección se ha cambiado en ocasiones cinco o seis veces antes de llegar aquí. Viven en la lista de correos.

Me obsesionan sus rostros a un tiempo jóvenes y viejos, cansados e intercambiables, con sus acentos cuidadosos, sus ojos cuestionadores y amorales y sus historias escandalosamente divertidas. Nos los encontramos nadando en la cueva, a veces nos sentamos con ellos en el paseo marítimo por las noches o los vemos borrachos en las tabernas, bailando una parodia de la pausada danza isleña, girando con unos rostros ciegos y mareados en los que la sonrisa de los buenos ratos es como una mueca mantenida con un fuerte fijador. Incluso cuesta pensar en alguno de ellos como individuo. Son los chicos. Los chicos de la lista de correos, intercambiables, adictos a la cultura, hartos del ideal europeo, con canas salpicando sus cortes de pelo al cepillo y pequeños michelines de grasa y alcohol en torno a la cintura, que añoran la Europa de Gertrude Stein y Scott Fitzgerald y la «generación perdida» de una generación que andaba perdiéndose mientras ellos nacían.

Todos ellos son más o menos de la edad de Sykes, rondando los treinta y cinco, la generación de la guerra que creció en el horror y heredó la desesperanza y la desilusión. Por lo que dicen y se callan en torno al mantel de plástico, deduzco que todos vinieron a Europa del mismo modo que Sykes, cargados de sus preciosos talentos para depositarlos en el altar. Iban a ser poetas, pintores, escritores, llegados para embeberse de la cultura en su fuente, en el viejo y místico manantial. Quizá sus estómagos no eran lo bastante fuertes, quizá sus dones se pusieron en la balanza y se consideraron insuficientes, o tal vez ese pequeño ingreso privado, el que

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los convertía en unos mantenidos, hizo que fuera demasiado fácil dejar para mañana el trabajo duro y real que podría implicar ser el nuevo joven profeta.

Y ahora, cuando ya no son en realidad jóvenes, y Europa es un terreno viejo y rancio, ya es demasiado tarde para que empiecen y demasiado tarde para que vuelvan atrás. Así que dan vueltas y más vueltas, pisando el mismo viejo camino trillado: los jóvenes inteligentes, los jóvenes ingeniosos, los jóvenes despreocupados, los jóvenes oh-tan-europeos, los jóvenes tristes, que andan en busca de Gertrude Stein. ¿Se asustan, me pregunto, cuando se vuelven más viejos y menos atractivos, y no tan capaces de seguir el ritmo de las últimas críticas y los últimos movimientos y las historias tremendamente divertidas y a los jóvenes más brillantes y más jóvenes? ¿Qué les ocurrirá cuando lleguen a la madurez? ¿Cuándo envejezcan? ¿Existe un cementerio especial en algún lugar, en Isquia o en Ibiza o en Mallorca, donde sus pobres huesos peripatéticos puedan descansar por fin? ¿Una especie de cementerio secreto de elefantes?

Se lo sugiero a George y se me queda mirando pensativo durante un rato, pero luego solo murmura con frío desagrado:

—¡Me dejas atónito!

Al pensar en ellos —y se hace imposible no pensar mucho en ellos— con sus caras cansadas, sus viajes infructuosos, sus placeres indirectos, su cultura falsa, sus interminables autoengaños, no puedo evitar compararlos con Henry, que emprendió su propio camino nómada más o menos al mismo tiempo que ellos, probablemente con una cantidad equivalente de talento. Henry nunca tuvo tiempo para aprender un francés perfecto ni para adquirir un refinamiento europeo. Estaba demasiado ocupado pintando, con todas sus energías puestas en lo que tenía que transmitir, en su desesperación por superar sus propias carencias técnicas, en demostrar su apasionada creencia de que se puede volar si uno desea hacerlo fervientemente.

Para lograr cualquier cosa es obvio que no basta con tener talento. Se necesita un motivo, un objetivo, un incentivo, un interés abrumador, ya los proporcionen la ambición, el miedo, la curiosidad o solo la necesidad de llenarte la panza. Necesitas una estrella que te guíe, una causa, un credo, una idea, un apego apasionado. Algo debe atraerte o no harás nada; algo sobre lo que no te haces preguntas.

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Como en contestación a este pensamiento, llega una carta de Henry, garabateada en respuesta a una nuestra que debía de transmitir con demasiada claridad nuestros recelos, nuestro estado de ánimo de vacilación e incapacidad. En la suya, el mensaje nos llega como una canción, claro, inequívoco, libre de dudas: «¡Hostia, pues volad!».

4

Han llegado los amigos de Atenas. La dulce Chloe, cargada de regalos para los niños, y con nuevos pintalabios y extravagantes frascos de colonia para Lola y para mí. También ha venido el perverso John el Negro, con su mujercita Dora, delgada como un pájaro y alegre como un pájaro, que según dicen desciende de una princesa bizantina, y que lleva la astuta cabeza, entrecana y muy chic, tan alta como si sostuviera una corona invisible.

John el Negro y Dora vinieron precedidos de un cargamento de muebles que ocupaba medio caique y que se descargó en el muelle para transportarlo en mulas hasta nuestra casa. Incluye un precioso escritorio francés de patas finas que perteneció a la abuela de Dora, cuatro sillas talladas de respaldo alto, un aparador curvilíneo con un sobre de mármol blanco, un sillón para George y una rara y preciosa alfombra antigua de Arájova.

—¡Buf! —exclamó Dora—. Tenemos tantas cosas viejas como esas en un apartamento tan pequeño… Me gusta verlas en una casa grande y antigua, como debe ser.

—¡Buf! —añadió John el Negro—. No es nada del otro mundo. Usad estos trastos viejos hasta que podáis compraros algo mejor. Ese es un buen arreglo. Y ahora diría que pasaremos buenos ratos todos juntos, ¿verdad?

—Pero me parece que la isla ya no os divierte tanto como antes, ¿no? —comentó la astuta Dora—. ¿Por qué? Da la impresión de que hay mucha gente divertida por aquí. El tiempo debería pasar muy dulcemente.

Ay, ojalá se tratara tan solo de divertirse, de pasar unas agradables vacaciones de verano. Porque Dora, pese a la pobreza de la posguerra, todavía conserva esa corona invisible en su cabeza entrecana y solo come pechuga de pollo; ella tiene tiempo para divertirse.

Parece que, a fin de cuentas, no habrá banco.

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—¡Ja! —suelta John el Negro con mucha elocuencia—. Ahora tengo otro negocio. Ya no tengo interés en montar un banco. ¡Buf! Este nuevo asunto estará muy bien. Recuperaré mis finanzas, ya lo veréis. Y ahora, George, hazme el favor y quédate en la puerta de Katsikas y vigila por si viene Dora. Silba dos veces si se acerca. Me voy un minuto detrás de los sacos de harina a beber un poco de mastija.

—Pero no hay ni rastro de Dora en el paseo marítimo —contesta George—. ¿Por qué no sales y te tomas la mastija al sol?

Y John el Negro suelta un profundo suspiro. La pura verdad, explica, es que la mastija no le produce placer alguno si puede beberla abiertamente como todo el mundo. Para él, el placer consiste en burlar a Dora.

—Ay, este John —suspira Dora con amorosa tristeza—. Cree que no tengo cerebro. Sé lo que hace en la tienda de comestibles. Y ya se ha bebido todo su dinero y todo mi dinero, y la casa de su padre y mi casa, y un bloque de apartamentos y una fábrica de papel. Pero me cuida muy bien en otros sentidos.

Que no haya banco significa que tenemos que seguir yendo a la isla de al lado cada vez que necesitamos sacar dinero. Es un fastidio y, como hay que pernoctar allí, sale caro. Esta vez me toca a mí y, quizá porque tengo el ánimo por los suelos, compro un billete de primera clase en lugar de uno de tercera. Sintiéndome agradablemente extravagante, subo por la escalerilla hasta la cubierta del Sirina y me dispongo a ascender por el amplio tramo de escaleras que conduce a la cubierta superior y al lujoso salón de primera clase. Apenas he puesto un pie en el primer peldaño cuando un camarero con chaquetilla blanca me cierra el paso.

—Esto es primera clase —me dice con aspereza.

Al mismo tiempo, me miro en el largo espejo. Sin protestar más, sin enseñarle el billete, desciendo a la cubierta inferior y a las jaulas de gallinas y las ancianas con chales negros. De haber sido yo el camarero, dudo mucho que me hubiera dejado subir siquiera al barco. Me siento sorprendida, de un modo algo distante, y al mismo tiempo bastante satisfecha de haber averiguado la razón tras los regalos de Chloe de cremas faciales y polvos y preciosos tarritos y frascos con la inscripción «Hace milagros», y tras las sugerencias cotidianas de Dora de que haga algo con mi pelo.

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En la cubierta, embutida entre dos viejas y un pavo atado, vuelvo a ver a esa extraña mujer desgreñada que se asoma furtivamente al espejo alargado como un animal sorprendido de las viñetas de Thurber. Hacía un año que no me veía en un espejo de cuerpo entero. Me doy cuenta de que he dejado atrás otro de los hitos de la vida. Me he abandonado.

5

—¡George! —exclamó Creonte acercándose con un trotecillo formal. Llevaba un traje de lino blanco con un clavel rosa en el ojal, las gafas de lectura y el ceño fruncido de los asuntos oficiales—. Vayamos ahora mismo al café de Soteris. Tengo un asunto muy serio que tratar contigo.

—¡Los permisos! —intervine con un gemido.

—¡No, no, no! —contestó Creonte de mal talante—. ¿Cuántas veces tengo que deciros que no os preocupéis por esa cuestión? ¿Acaso no soy vuestro amigo? No, no, no. Este asunto concierne a ese joven francés.

—¿Jacques?

—Sí. —Asintió, muy serio—. Vamos adentro, donde no nos oigan. Nos acomodamos como conspiradores en una mesa con el sobre de

mármol adosada a la pared lateral, donde no nos vieran desde la calle, y pedimos nuestros cafés. Creonte, sentado muy tieso y en silencio, tamborileó con los dedos sobre la mesa hasta que nos sirvieron, y luego se aclaró la garganta.

—Mi querido George —empezó cruzando las manos—, esta mañana ha acudido a mí una delegación de ciudadanos, no solo porque soy alguien importante en la ciudad, sino también porque soy tu amigo, y resulta que tú conoces bien a ese joven francés. Quieren ser justos en este asunto y hacerle una advertencia al muchacho.

—¿Qué ha hecho ahora? —preguntó George, pero en ese preciso momento, en el rectángulo de luz dolorosamente brillante de la ventana, vieron pasar al mismísimo Jacques arrastrando despacio los pies contra un fondo de jarcias de barco y toldos a rayas azules y blancas. Llevaba unos pantalones muy cortos y una maltrecha camisa rosa, abierta con descuido para dejar completamente al desnudo un hombro moreno y el pecho cubierto de tupidos rizos. Su cabeza dorada se inclinaba hacia el ramillete de adelfas rosas a juego que llevaba delicadamente entre dos dedos. Una

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sonrisa soñadora le acariciaba la boca. El pendiente de oro lanzaba destellos. A su lado, y aparentemente ajena al hecho de que le sacaba varios palmos, estaba la chica austríaca, alta y de cabeza ensortijada, que llevaba los dos últimos días cogiendo lapas con él. Su mano también sujetaba un ramillete de adelfas rosas, y su bello rostro lucía una expresión ciega, como si estuviera en trance, algo que bien podía deberse al hecho de que sus pies, hasta entonces calzados con zapatos adecuados, estaban ahora completamente desnudos, y los iba levantando con cautela sobre el adoquinado ardiente. Un curioso silencio se apoderó de las abarrotadas mesas del café hasta que la pareja hubo pasado.

—¡Ahí lo tienes, George! —exclamó Creonte con tono triunfal, y se tomó el café de un trago—. Mira, personalmente no tengo ninguna queja. Tú y yo somos hombres de mundo, al fin y al cabo. Nosotros también hemos sido jóvenes. Les he dicho a los de la delegación que eran unos viejos tontainas, por supuesto, y les he dado un breve discurso sobre el existencialismo.

—Ya, pero ¿de qué se quejan exactamente, Creonte? —quiso saber George, que tenía cara de estar intentando digerir la idea de que Creonte diera conferencias sobre el existencialismo.

—Lo acabas de ver pasar. ¡Tienes ojos en la cara! Ahora las madres tienen encerradas a sus hijas dentro de las casas a la hora del peripató.

—¿Quieres decir que lo acusan de seducir a las chicas de aquí?

—No quiero decir nada semejante. Pero a los padres de las chicas no les parece agradable que unas jovencitas recatadas lo vean con la camisa desabrochada de esa manera y con los pies descalzos encima de las mesas del café. Sus modales me parecen deplorables, aunque sigo pensando que ellos son un montón de viejos tontainas. Y eso les he dicho, George, eso les he dicho. Pero ellos exigen que se abroche la camisa y se ponga los zapatos y se comporte en público, o acudirán a la policía y pedirán su expulsión de la isla.

George prometió que transmitiría la queja.

—Se limitará a soltar ese ruido que hace siempre que piensa en la banalidad —comenté.

George se encogió de hombros.

Incluso en el improbable caso de que Jacques se abrochara los botones y se calzara las sandalias, los buenos ciudadanos no dormirían tranquilos. Están indignados, y con razón. Seguirían indignados incluso si se cubriera

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de pies a cabeza con arpillera. Porque hay algo totalmente escandaloso en él. De igual modo los ciudadanos de Tebas encerraron a sus hijas cuando Dionisos entró en su ciudad con su séquito de mujeres orientales descalzas, que no eran griegas, sino que «entonaban cánticos de alegría al son de una melodía extranjera…».

—Hay una fuerza bruta salvaje en esa ramita de jazmín en flor —dice George con un profundo suspiro, parafraseando con el mismo cansancio que Sean—. Muéstrale la debida reverencia.

Pero los ciudadanos tienen razón: no pueden permitir que sus hijas se quiten los zapatos. Es perjudicial, va contra el bien común. El joven merece el destierro, sin duda, y todos deben contribuir a conseguirlo. No se puede permitir que una criatura como esa ande suelta, por así decirlo, sin cadena ni bozal.

¡Sabe Dios qué podría pasar! ¡Pensad en lo que ocurrió en Tebas cuando a las muchachas se les pasó por la cabeza quitarse los zapatos y correr por las montañas!

—Hola —saludó Jacques con tono tristón—. ¿Me van a expulsar otra vez?

—¿Por qué lo preguntas? ¿Te han expulsado antes, Jacques?

—Oh, sí. Sí, claro. De Ibiza, Isquia, Capri y Córcega. Y una vez, en Mallorca, me arrojaron tomates. —Esbozó una lenta y valiente sonrisa de mártir y cruzó cuidadosamente los pies sobre el mantel de plástico.

6

Las montañas hierven a fuego lento, se derriten y vuelven a endurecerse al anochecer. La ondulada cresta chapada en bronce ya nunca se apaga del todo, y por la noche las casas blancas duermen debajo de ella en aparente paz, pero es una calma extraña, oriental, la de un monasterio tibetano tal vez, ensimismado en su propia armonía, un misterio en el seno de su propio misterio. Los gatos maúllan, los burros gimen y rebuznan, las notas líquidas del búho se pierden en la música rasposa que se vierte de una taberna cercana, donde los desposeídos en vaqueros azules bailan al son de sus penas secretas.

En algún lugar del paseo marítimo, Sean bosteza, pensando en las palabras, en todas las palabras que le falta hilvanar antes de terminar la

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novela; Lola es partidaria de irse a otra parte. John el Negro y Dora están sentados en el bar Pozo de Veneno, entre divertidos y horrorizados ante el espectáculo de un Fiódor borracho hundiéndose clavos en el muslo con la palma de la mano; Creonte está preparando leche caliente para Zoé mientras le suelta su breve conferencia sobre el existencialismo, y en la planta baja de la casita blanca alquilada por el Dionisos de Saint Germain-des-Prés, los sibilantes y báquicos acordes de «Par’epano» y una cascada de vino que se cuela a chorro a través del techo despiertan una vez más a la buena mujer que se ha metido en la cama temprano.

Las noches son de terciopelo. Hemos subido nuestros colchones y los de los niños a la terraza del piso de arriba, y allí, bajo la gran noche púrpura pródiga en estrellas, dormimos o no dormimos, pedimos un deseo con cada meteoro que surca el cielo con su luz, nos apoyamos en el parapeto mirando hacia el mar oscuro y las casas pálidas, fumamos interminables pitillos, hablamos en susurros, escuchamos los ronquidos y las vueltas inquietas y los revuelos y murmullos de otras terrazas, donde otros seres humanos tendidos en sus colchones duermen o no bajo las estrellas.

Qué sueño tan dulce el de los niños, con sus brazos delgados, desnudos y morenos abiertos de par en par y las cabezas blanqueadas por el sol, con su brillo plateado a la luz de las estrellas. Ya casi han olvidado que hubo otra vida antes de esta, cuando no desayunaban junto al mar, cuando no dormían bajo el cielo. Al contemplar con cuánta dulzura duermen, vuelvo a sentir una leve e irrazonable punzada de fe. A través de ellos, tenemos un compromiso pleno con la vida: nuestra empresa es irrebatible. Podemos trabajar un poco más, esforzarnos un poco más. Nunca se ha conseguido nada mediante la resignación o la desesperanza, ninguna circunstancia ha mejorado por la mera voluntad de soportarla o someterse a ella. En contra de toda razón, me encuentro echando un furtivo vistazo hacia otra de mis paradas de postas en la carrera de la vida: cuando los nuevos manuscritos estén terminados…

—Hace demasiado calor para dormir —dice George—. Vamos a bañarnos.

Juntos, salimos de puntillas de la casa a oscuras, recorremos las callejuelas donde acechan los gatos, y luego el paseo marítimo dormido, y tomamos el sendero del acantilado hasta llegar a la higuera. En silencio, descendemos hasta el agua oscura, en silencio dejamos nuestro pálido y

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arrugado montón de ropa, en silencio nos deslizamos en la seda mojada y negra, donde las estrellas salobres despiertan con el más leve movimiento e inciden en nuestra desnudez, se aferran a ella y dibujan lentos senderos desde nuestra piel, desde el pecho y el pie y las yemas de los dedos, que se mueven de nuevo con asombro y deleite, maravillados por obra de la noche y el mar.

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AGOSTO

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Día tras día aumenta el calor, y día tras día los barcos —pues el Sirina tiene ahora el refuerzo de un segundo vapor— descargan sus cupos de familias atenienses de vacaciones, turistas de todas partes y artistas con destino a la escuela. Sócrates está como loco con los negocios, e incluso el viejo Stamatis ha abandonado por fin sus plomos y se sienta mudo y sin protestar ante la tienda de María, con un cucurucho de paja con flecos amarillo limón, a modo de ridícula corona, del montón multicolor de cómicos sombreros que María va despachando a las corpulentas damas atenienses.

El paseo marítimo es un mar de mesas de café en el que cabecean alegremente mujeres jóvenes con pantalones ajustados y hombres jóvenes con barba y pantalones ajustados, y gente de aspecto interesante, edad y sexo inciertos y cortes de pelo elegantes y escalados cargando con grandes carpetas de artista. Un murmullo de lenguas extranjeras se eleva y estalla en risas estridentes.

En la pequeña ensenada verde esmeralda del puerto hay ahora yates anclados: juguetes elegantes, hermosos y caros con altos mástiles de los que cuelgan mustios los pliegues brillantes de banderas de Italia, Francia, Panamá y Estados Unidos. Nuestras plataformas para tomar el sol están ahora repletas de carne en todos los grados posibles de bronceado y atractivo, y el triángulo de agua cercado por la red de tiburones está a rebosar de monstruos acuáticos de ojos saltones, hocicos de goma y pelotas de ping-pong en equilibrio sobre las antenas curvas y onduladas de sus tubos de buceo.

Jacques aparece sin afeitar, con ojeras y huraño por el cansancio, demasiado agotado incluso para sentirse triunfante por haber respondido a la queja de los buenos ciudadanos organizando tropas enteras de hombres y mujeres jóvenes (extranjeros y atenienses) que recorren de arriba abajo el puerto a la hora del paseo llevando pantalones cortísimos, las camisas desabrochadas y los pies descalzos. Las bacantes están por todas partes y las fiestas duran toda la noche.

Ahora resulta obvio que Creonte se equivocó al quitarle importancia a la población flotante de bohemios. María ha demostrado tener un instinto

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mucho más fino. Nosotros deberíamos haberlo sabido incluso desde la llegada de los nómadas de vaqueros azules, cuyas narices son infalibles para olisquear un lugar interesante. Deberíamos haber adivinado qué estaba ocurriendo por el número de casas restauradas o en proceso de restauración, por la nueva y brillante pintura de las tiendas del puerto y las pizarras de los cafés laboriosamente impresas en inglés y francés mal escritos además de en griego, por la cantidad de gente —tanto extranjera como ateniense— que ha estado haciendo averiguaciones sobre la posibilidad de comprar casas.

Pues ahora es evidente que el paso anual de los jóvenes interesantes, sin un céntimo, amorales e inteligentes —los «vagos y pervertidos» de Creonte— ha tenido su efecto inevitable. Este pequeño y precioso puerto va a sufrir el destino de tantos pequeños y preciosos puertos mediterráneos «descubiertos» por los creativos pobres. Aquí, donde los príncipes mercaderes vivían como señores feudales, donde se gestaron leyendas y héroes, y donde al final las grandes casas se hundieron entre las piedras, está ocurriendo el último renacimiento, el renacimiento más triste de todos. Después de los artistas viene la gente con tiempo libre, dinero y gusto suficiente para que les hagan gracia los artistas, y la gente con grandes yates y grandes cuentas bancarias que elevan tanto el coste de la vida que los pobres artistas se ven obligados a marcharse y descubrir otro pequeño puerto. Estamos viendo cómo la isla se está volviendo chic.

—¿Te gusta más ahora, Katharine? —le pregunté cuando me la encontré una mañana temprano en los puestos del mercado.

—¡Ay, me parece absolutamente espantoso! Toby y yo nos limitamos a escondernos y rezar para que haya un terremoto o algo así que haga salir huyendo a esta gente tan horrible. No sé por qué no pueden simplemente dejarnos en paz —añadió con tono ofendido y la evidente sensación de que los turistas son una afrenta personal—. Y ahora, para colmo, mi madre ha decidido venir a visitarnos.

—¿Y eso no es una gran noticia?

—Oh —contestó Katharine con tono tristón.

2

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Ya ha llegado la madre de Katharine, una mujer bajita, corpulenta y formidable, de saludable mediana edad, de ojos redondos, negros e inquisitivos y con la voz aguda y precisa de quien acostumbra a hablar en reuniones de comités.

No ha querido alojarse con Katharine y Toby, sino que ha alquilado el piso de arriba de la casa de la Pequeña Cuclillo, que queda a la vuelta de la esquina de la nuestra. Está dispuesta a quedarse un par de meses, pues cree, según tengo entendido, que en ese tiempo Katharine entrará en razón y convencerá a Toby de que regrese a Estados Unidos y acepte un puesto en la universidad. Si Katharine no recupera la cordura, la señora Knip parece muy capaz de abandonarla a su suerte. Entretanto, está dispuesta a civilizar la isla.

Todas las mañanas, a las once y media en punto, aparece en el paseo marítimo con cierto aire de antropóloga o misionera, muy ceñida por su mejor vestido de nailon inarrugable, con un gran sombrero de paja, alpargatas nuevas y una sombrilla japonesa. Los isleños le tienen un miedo atroz, ya que, aunque no habla una sola palabra de griego, se las arregla para transmitir lo que quiere decir con toda claridad.

La Pequeña Cuclillo, ella misma una mujer curiosa, se llevó un susto de muerte la otra mañana al subir sigilosamente por las escaleras traseras cuando la señora Knip no estaba —«solo por ver qué estaba cocinando la kiría para comer»— y se encontró con un cubo de agua equilibrado sobre la trampilla de tal manera que un paso incauto más habría hecho que el contenido se volcara sobre la cabeza de la Pequeña Cuclillo. Las vecinas que a su manera amistosa, curiosa y parlanchina se han dejado caer antes de que la kiría se levantara de la cama, se han visto conducidas por un carnoso camisón de nailon brillante hasta la puerta, donde la kiría les ha hecho una breve demostración del uso de la aldaba. Ante ese ojo brillante y negro, todas se acobardan.

Partiendo evidentemente del principio de que más vale empezar por civilizar a aquellos en la inmediata proximidad, la señora Knip, en su segunda mañana aquí, le exigió a la Pequeña Cuclillo un delantal grande, un cuenco de buen tamaño, agua caliente y un desfile completo de sus hijos. Se dispuso que los niños formaran una fila y la señora Knip procedió a bañarlos a todos a fondo con un fuerte jabón verde y desinfectante. Los niños estaban demasiado aterrorizados como para huir o protestar más allá de unos lloriqueos desesperados. Ahora, cada mañana, cuando ya se ha

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vestido para salir, aparece muy regia en el balcón, llama a la Pequeña Cuclillo y hace enérgicos movimientos como de lavarse. Aterrorizada, la Pequeña Cuclillo saca las bañeras y pone a los niños en fila. Convencida por fin de que han empezado las abluciones, la señora Knip levanta su sombrilla y se dirige al puerto.

Una vez en el muelle, se instala en una silla de lona bajo el toldo de la cafetería de Panayotis, con un matamoscas de paja a su lado para ocuparse de las avispas, un vaso de zumo de limón recién exprimido ante sí y un montón de postales y sobres. Desde esa posición privilegiada, observa la vida del puerto con sus ojos redondos, negros e inquisitivos, hundidos en su cara regordeta y de nariz respingona.

Es como una pistola negra y rechoncha que apunte a toda la inconcreción, la indolencia estival y la laxitud moral de la colonia extranjera. Nadie escapa a ella.

—Ven y siéntate, joven, y cuéntame a qué te dedicas.

—Pues pinto, señora Knip.

—¿Eso haces? Qué bonito. Parece que hay muchos artistas aquí. ¿Dónde expones?

—Bueno, en realidad todavía no he expuesto nunca.

—Ah, entonces la pintura es tu hobby. Pero ¿a qué te dedicas?

Algo incómodo, el joven explica que viaja mucho. De inmediato se le sonsaca su fuente de ingresos, el importe de su asignación mensual, el apellido de su familia, sus orígenes. De forma implacable, la señora Knip hurga para sacar a la luz todos sus pequeños secretos. De nada le sirve al joven citar a Racine. La señora Knip nunca ha oído hablar de Racine.

—Bueno —dirá por fin, tras haber expuesto la última vergüenza, el último horror—, te las vas arreglando por ahora, ¿no? Debes decidir si vas a seguir así. Es comprensible que un muchacho quiera ver mundo, pero lo cierto es que ya no eres ningún jovencito, ¿verdad? Y en todo caso ya lo has visto todo, según me dices. A tu edad, mi John es padre de una buena familia que va creciendo y vicepresidente de dos empresas. Además — añade, implacable—, es evidente que esta vida no le sienta bien a tu digestión. Tienes un color terrible, para ser tan joven. ¿Vas estreñido?

Kierkegaard no tiene nada que responder a eso y se escabulle.

Los vagabundos intelectuales evitan a la señora Knip como a la peste. Los humilla demasiado. Solo Sykes se aferra a ella, revolcándose en una orgía de confesiones; y Fiódor, con ese talento suyo algo chiflado que

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tanto la horroriza y fascina. Lo cierto es que todos los europeos la horrorizan, profundamente.

—¿Y a qué te dedicas tú, jovencito? —le preguntó a Jacques una mañana, tras acorralarlo en una silla de lona próxima.

—A hacer el amor —murmuró Jacques soñoliento, con su mejor voz de Yves Montand, y se desabrochó otro botón.

La señora Knip ha difundido por ahí su respetable opinión de que Jacques es peligroso.

Toby y Katharine, con caras tensas y muy pálidas, hacen de guías de la señora Knip. Con el calor abrasador de las primeras horas de la tarde hacen excursiones… en mula al monasterio del Profeta Elías, en lancha motora a las bahías y aldeas más alejadas, a pie a las grandes casas. Ninguna parte de la isla queda sin explorar. Con su sombrilla en alto, la señora Knip está en todas partes, incluso por las noches en las tabernas, donde observa con semblante sombrío cómo bailan los jóvenes isleños.

—¡¿Bailar?! Eso no es bailar, Katharine…, menearse así. Deberían avergonzarse de sí mismos, unos jóvenes de aspecto tan fuerte. ¿Por qué no sales y les enseñas, Katharine?

—¡Oh, madre! —exclama Katharine, avergonzada.

—Pero tú aprendiste baile folclórico durante diez años, querida. ¿De qué sirve aprender algo si no tienes intención de usarlo? Tú y Toby deberíais andar por ahí, cantando y bailando, unos jóvenes como vosotros. Los jóvenes deberían ser felices. ¿No eres feliz, Katharine?

—Ay, madre, por el amor de Dios…

—No sé por qué estás aquí si no estás contenta. ¿Va estreñida, Toby? Haz que beba más té de hierbas. Siempre le hizo falta un poco de ayuda, incluso cuando era niña. El señor Stavris me aseguró que las hierbas de montaña de aquí son muy eficaces. Yo creo en las hierbas. Para la sangre, en particular.

Tiene en muy alta estima a Creonte. Es un hombre digno y sensato. Juntos proyectan hospitales rurales y clubes náuticos, convierten la Casa Usher en un hotel turístico y el antiguo mercado en un cine.

Creonte no ha sido tan feliz desde que le conozco. Su América es la de ella: una América de negocios astutos, trabajo duro, rendimientos admirables, progreso, prosperidad y saneamiento eficiente. Y ninguno de los dos entiende por qué todos estos jóvenes no deberían haberse sentido satisfechos en medio de semejante plétora de abundancia y oportunidades.

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—Tal como yo lo veo, señor Stavris —dice la señora Knip—, el arte es para los artistas. No tiene valor alguno en el curso de los asuntos humanos ordinarios, excepto como relajación para las personas con medios suficientes para disfrutarlo. Yo no lo desmerezco, por supuesto. He visto todos los museos de Europa, señor Stavris, durante el último año. Todos los museos. Katharine podrá decirle que si algo soy, es muy meticulosa. Y a pesar de haber visto todos los museos y monumentos de la antigüedad, no me importa decirle que a veces he tenido tiempo libre, que me ha sobrado el tiempo. Entonces, ¿cómo pueden estos jóvenes pasarse la vida en ello? O no lo hacen a fondo, señor Stavris, o están fingiendo. Y sospecho que están fingiendo.

—¡Son vagos y pervertidos, señora! ¡Vagabundos! —Y Creonte, elegantemente vestido de lino blanco, se sonó la nariz con un resoplido desdeñoso en un pañuelo primorosamente lavado.

—No, señor Stavris. Van por el mal camino. En realidad son jóvenes americanos perfectamente limpios y buenos a los que se les ha encauzado mal. Creen que deben sentir admiración por Europa porque les han dicho que Europa es admirable, así que intentan convertirse en europeos en lugar de en buenos americanos. El leopardo no puede cambiar sus manchas, señor Stavris. Ya ve lo mal que les va. ¿Hay alguno de estos jóvenes que sea realmente feliz siendo europeo? No. Son desdichados, señor Stavris, y lo son porque en el fondo de sus corazones desprecian Europa. Siendo americanos como son tienen energía, pero no saben cómo utilizarla, y por eso dan vueltas y más vueltas. ¡Vaya! Toda esa buena energía americana dando vueltas sin sentido, bullendo y desperdiciándose. No es de extrañar que se aficionen a las drogas y al libertinaje.

—No me extraña en absoluto, señora Knip.

—Admirar el arte no agota su energía, señor Stavris. Porque en realidad no lo admiran. Ningún americano lo hace, excepto en su lugar apropiado. Solo creen que deberían hacerlo. Si alguno de ellos tuviera el valor de admitir su error y regresar a casa, volvería a ser un joven feliz. Podría vender toda esa experiencia. Idiomas extranjeros, comida extranjera, arte, arquitectura, mueble…, tendría oportunidades ilimitadas para usar su energía y no se desperdiciaría nada de su experiencia. Porque todos son muy inteligentes, ya sabe. No hay más que fijarse en sus acentos. Nunca diría que Sykes Horowitz nació en el Bronx, ¿verdad? Y la forma en que habla francés, da gusto oírlo.

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Todas las noches celebra audiencia, más judicial que regia, en el paseo marítimo junto al Pozo de Veneno, donde se juntan tres mesas. Atraídos por el terrible e inexorable magnetismo de la señora Knip, toda la colonia extranjera come y bebe.

—La cocina nunca fue el punto fuerte de Katharine, y esa casa suya está demasiado atiborrada de cosas. Por supuesto, no me cabe en la cabeza cómo puede una mujer cocinar algo comestible en esos hornillos malolientes. No me extraña que la comida griega sea tan mala. Me limito a pedirle a ese joven que me haga un filete a la brasa, y me preparo yo misma el aliño para la ensalada. ¿Cómo es que no tienen estragón aquí? Sykes, deberías hacer lo mismo que yo. ¿Cómo esperas que tu sistema digestivo funcione si sigues comiendo esos terribles tomates rellenos? Vaya, ¡si puedo oír el ruido de tus tripas desde aquí!

Sean murmura sotto voce:

—Más vale una mano llena de descanso que dos puños llenos de trabajo y correr tras el viento[3]…

Alguien suelta una risita. Katharine y Toby se sientan a ambos lados de la señora Knip, sufriendo con elegancia que los identifiquen públicamente como integrantes del Grupo Extranjero. Porque la señora Knip ha creado un alegre club social y pretende que la afiliación sea permanente.

George me arrastra por el paseo marítimo a un ritmo vertiginoso, fingiendo señalar algo más allá del muelle, pero rara vez funciona. La señora Knip tiene ojos de águila.

Incluso la cueva ha dejado de ser nuestro refugio nocturno. La señora Knip organiza pícnics allí, con cantos comunitarios. Cree en esa clase de actividades conjuntas; mantienen a los jóvenes lejos de las fechorías. Al mismo tiempo, siente genuina curiosidad por todo y por todos y desea que la gente sea feliz. Organiza caiques para excursiones alrededor de la isla y cruzar al continente. Para su propia sorpresa, los decadentes se encuentran planeando almuerzos campestres y contándole a la señora Knip cómo fue su infancia en Wisconsin, Brooklyn e incluso Iowa, y jugando al ping-pong en la cafetería de Johnny Lulu.

—Ahí lo tienen —concluye la señora Knip con evangélica satisfacción —: no sé por qué Dios se molestó en hacer el mundo si nadie se encuentra a gusto en él. Se suponía que la gente tenía que ser feliz. Siempre le digo a

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Katharine que tener una vida desdichada es haber fracasado. ¿Qué pasa, Katharine? Pareces enferma. No estarás embarazada, ¿verdad?

—Madre, voy a…

Pero no sabemos qué va a hacer Katharine, porque salta de la mesa comunitaria y echa a correr muelle abajo, muy alterada. Toby corre tras ella.

—No me extraña que la niña se nos esté poniendo histérica —dice la señora Knip con tono de paciencia—, viviendo como lo hace, como una campesina, después de toda la educación y las oportunidades que ha tenido esa muchacha. Bueno, bueno, a lo mejor todavía conseguimos que entre en razón.

3

Día tras día, el calor aumenta. Ya hace calor cuando nos levantamos a las cinco de la mañana. Al mediodía es imposible salir a la calle. La luz rebota desde las blancas superficies reflectantes en láminas ardientes, los ojos hacen guiños de dolor, parpadean y lagrimean incluso al mirar hacia las montañas. A medianoche, los adoquines aún están calientes.

Las paredes blancas de las casas, que parecen tan frescas y pálidas a la luz de la luna, se ven secas, calientes y con una textura como de yeso que resulta curiosamente desagradable. Da la impresión de que el sol se incruste en las piedras, las calles, las paredes y los peñascos. En la oscuridad, toda la ciudad brilla sobre las resecas montañas negras como un montón disperso de huesos blanqueados por el sol.

Soñamos todo el rato con tomar uvas, melones y melocotones, montones de hielo o agua en vasos escarchados, y vivimos de poco más que de frutas y ensaladas. La comida cocinada resulta repugnante, la sola visión y el olor del aceite de oliva bastan para revolver el estómago de cualquiera. El perro yace jadeante en el suelo de piedra de la cocina, cubierto de colonias de garrapatas como racimos de uvas aplastadas; George hace cuanto puede por quitárselas, pero el animal se ha convertido en un espanto. Hay una plaga de avispas. Del jardín llega un zumbido grave y constante; hay avispas en el azucarero, avispas ahogadas en vasos de agua, avispas atrapadas entre los mechones sudorosos de nuestro pelo. Han arrancado todas las uvas de la vid, que ahora cuelga en festones de

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pieles flácidas y sin jugo. Cómo me alegro de haber comprado la nevera de hielo antes de que llegaran las liquidaciones de derechos. La comida fría y las duchas frías nos mantienen con vida.

George tiene que ir a por hielo en cuanto se levanta de la cama. La fábrica de hielo es tan insuficiente como la central eléctrica de la ciudad, y cada mañana se reúne allí una multitud al amanecer, trescientas personas que saben perfectamente que no habrá más de cien bloques medianos de hielo para repartir.

Cuando Costas abre las puertas, todos se abalanzan, y los hombres más débiles y todas las mujeres y niños son pisoteados o apartados sin miramientos. Costas resuelve el problema limitándose a coger los bloques y lanzarlos a través de la puerta hasta que se agotan. Supongo que el sistema es tan eficaz como cualquier otro. George consigue un bloque tres de cada cinco veces, porque es muy alto y en su juventud formaba parte de una melé de rugby todos los sábados por la tarde. Vuelve a casa jadeante y alborotado, arrastrando el premio a sus espaldas mediante un trozo de cuerda deshilachada, y ataca la bomba con un vigor asombroso, encarnando su versión del soñador Walter Mitty en el espejo de enfrente.

Del vecindario más cercano, la nuestra es la única nevera de hielo, y durante todo el día acuden niños con jarras para que las llenemos de agua helada de nuestro depósito. Las llenamos mientras podemos, en aras de la buena vecindad, pero igualmente nos mosquea. El depósito está vacío siempre que nosotros necesitamos agua helada. Además, ahora Elías tiene que traer la mayor parte del agua de los Pozos Dulces, y el coste de comprarla se está volviendo alarmante.

Empezamos a preocuparnos también por el nivel de la cisterna bajo el suelo. Quizá no tenga tanta capacidad como nos dijo Sócrates. ¿Y de qué nos sirven la ducha y los aseos si no hay agua que bombear al depósito? Casandra sigue negándose a utilizar el agua del pozo exterior para fines domésticos, alegando que es salobre, que está llena de minerales y es demasiado dura. Sospecho que está encantada con que salga agua del grifo y cree que podría descender de casta si saliera con un cubo y una cuerda como las demás mujeres.

De momento, seguimos duchándonos todos los días —un lujo que nos consuela de otras carencias— y los retretes siguen descargando a chorro con su audible crescendo. Debe de ser el sonido más extraño en las noches isleñas. Todas las callejuelas de la ciudad están impregnadas de un hedor

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que se eleva sobre los aromas del jazmín y las gardenias. Obviamente, todo el mundo está sufriendo la falta de agua.

Para la fiesta de la Asunción de la Virgen María, el 15 de agosto, miles de peregrinos acuden a la isla. No queda ni un alojamiento. Pasan la noche en el patio del monasterio, bajo el grupo de pinos del acantilado sobre la cueva, e incluso alrededor de la propia cueva, con mantas y víveres extendidos en las cornisas.

Y tras la Panayía y los peregrinos, llega el meltemi.

El aire empieza a quejarse y a chillar cuando las ráfagas de un viento ardiente azotan las malolientes callejuelas, llevándose consigo periódicos viejos, envoltorios de helados, excrementos secos de burro, basura de los turistas y nubes de polvo de yeso blanco que se ha desprendido de las paredes resecas. Las contraventanas sueltas y las puertas arqueadas por el calor se baten y golpean, las baldosas se levantan y vidrios enteros vuelan de las ventanas. En el jardín, las hojas de los cítricos se enroscan y se marchitan, las plantas penden lánguidamente y no hay agua para ellas.

El pelo se encrespa y se enreda, la piel se te cubre con una capa de yeso en polvo que se convierte en pasta junto con el sudor y forma una extraña máscara de payaso.

A pesar del calor, tenemos que bajar las camas de la terraza, porque el viento se lleva todas las sábanas durante la noche, y no se puede dormir bajo una lluvia de yeso, periódicos viejos e incluso tejas voladoras.

Pero ¡cómo cambia el mar!, ¡cómo adquiere vida propia! Los yates brincan en sus anclajes. El golfo como la leche se torna caprichoso, y está ahora de un añil temperamental con los salvajes caballos azules de Poseidón saltando y agitando sus crines blancas. La cueva es la Caverna Peligrosa: las aguas se elevan en transparentes cumbres viridianas que se vierten sobre las plataformas, barren y succionan la puntiaguda cornisa donde se aferran los erizos de mar, o forman remolinos de espesa espuma amarilla como nata montada. Nadar en aguas tan embravecidas produce una euforia desenfrenada: te lanzan por los aires, te zarandean, te hacen dar volteretas. En un momento dado luchas por emerger entre la espuma, con los pulmones a punto de reventar y las extremidades doloridas; en otro, por encima de ti, una cumbre transparente se vuelve montaña y levanta un cuerpo blanco y ondulante como una extraña y blanda estrella de mar atrapada en la malla; en otro más, eres tú misma quien se eleva en

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el aire, y de pronto, durante un delirante segundo, el poder surge justo debajo de ti, tu cabello se derrama sobre la crin revuelta y te encuentras a lomos de un glorioso y salvaje caballo de Poseidón.

Restringidos a la emoción menor de esquivar las olas que rompen en las cornisas, los niños suplican que los dejemos bañarse. Casi les digo que sí, pues son nadadores fuertes y adoran el mar tanto como yo, y detesto privarles de esta maravillosa experiencia. Sin embargo, es innegable que estar en el agua es peligroso, e increíblemente difícil salir de ella, porque a menos que calcules bien el momento en que la ola rompe en lo alto de la escalera, es probable que te arrastre por la roca entre los erizos o te succione en el helado remolino de espuma amarilla donde es imposible respirar. Dos nadadores han estado a punto de ahogarse en los dos últimos días, y ahora solo somos media docena, liderados por Lola (que nada como una foca), los que seguimos bañándonos a diario. La red de hierro se ha rasgado de arriba abajo, los bidones se han soltado y la mitad de ellos dan tumbos por el golfo o están varados en las rocas a kilómetros de distancia. En el muelle, un caique descarga el cuerpo de un joven ahogado envuelto en chorreantes algas marrones.

—Mamá, ¡qué peste hacía! —Shane pronuncia la palabra con emoción y espanto, haciendo aspavientos con la mano, los ojos azules muy abiertos y brillantes.

Pero ahora los dos niños nos observan con preocupación desde las cornisas mientras nadamos y nos castigan con una negligencia afectada cuando volvemos a estar fuera y a salvo.

El olor también permanece conmigo, en mis fosas nasales y en el fondo de mi garganta: el hedor viscoso, dulzón y salobre de las esponjas negras moribundas, de los mariscos podridos, de las algas varadas llenas de moscas. A veces, durante un instante de locura, cuando mi mano resbala en la escalera y los peldaños de hierro quedan de repente unos metros por encima de mi cabeza y las algas tiran de mí hacia abajo o siento que las olas me arrojan hacia las rocas dentadas y chorreantes, el olor sube como si me llenara la boca de esponjas viscosas y me invade algo que es terror y deseo a la vez… de cabalgar junto con los caballos salvajes hacia el acantilado que me aguarda, o de hacerme un ovillo contra esas rocas llenas de escamas, acurrucarme y volverme muy pequeña y dejar que los caballos salvajes cabalguen sobre mí.

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Pero todos se han vuelto un poco locos. Quizá solo sea que el calor y el meltemi afectan al clima emocional. Tal vez estas hordas de gente sofisticada superpuesta en un modelo de isla sencilla que no tiene espacio ni recursos para ella crea una atmósfera artificial. Sea artificial o no, sí parece nociva, enferma de algún modo, e impregna toda la ciudad.

Fiódor se hizo un tajo en el vientre con un cuchillo en el Pozo de Veneno, otro de sus «suicidios» periódicos, y se tambaleó por el muelle todo embadurnado de sangre. Sé que el puerto ha visto cosas peores que esa en sus días de auge, pero eran arranques de violencia y pasión que surgían inevitablemente de un modo de vida eufórico y sin control. El exhibicionismo público de Fiódor solo parece aburrido y sucio, y tanto más sucio cuanto que alguien tiene que limpiar tras él. Y luego sigue operando gatos. A menudo tiene las manos y la ropa cubiertas de materia gangrenosa que nunca se molesta en lavar; huele tanto a corrupción y podredumbre que cuando se rasca una casi espera ver la carne adherida a sus dedos.

—Cuesta creer —dijo George con cierta cautela— que en algún lugar dentro de ese cadáver haya un espíritu inextinguible… ¡Dios santo, por favor! Que la luz que nunca se ha apagado desde la primera agitación del protoplasma… haya recorrido todo ese camino hasta… hasta Fiódor. —Se estremeció y, cogiendo una de sus ruedas tibetanas de oración de la pared, empezó a hacerla girar lentamente—. «Om Mani Padme Hum» —entonó, y luego, palideciendo ante un repentino pensamiento, añadió—: ¡Madre mía! ¡Imagínate si Fiódor es en efecto la Joya del Loto!

George también está un poco zumbado, al igual que Sean, que ha empezado a canturrear los pasajes del río Liffey de Finnegan’s Wake al llegar a cierta fase en sus copas, con el mismo tono desafinado que utiliza para «La canción de Ofelia», «La rosa enferma» de Blake y «I’ll Take You Home Again, Kathleen» de Elvis. Entre asistir a fiestas y regañar a Sean, Lola se dedica a arrancarse toda la piel de los pies, o se sienta entre las ruinas a estudiar atentamente los vertederos, que según dice va a pintar desde el punto de vista de una hormiga.

Tienen lugar algunos estallidos. Hay peleas en las tabernas, riñas en las mesas de los muelles, fiestas en yates y casas que culminan en un juego popular llamado «Sardinas», un triste y lascivo eco de los bulliciosos

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juegos del repertorio de Gargantúa que mi padre solía leer con lágrimas en los ojos y llevándose las manos al convulso vientre… ¿Cuánto tiempo hace de eso?

Mientras los chicos de la lista de correos juegan a las «Sardinas» con la gente joven y guapa de los yates, Jacques ha dejado de ser encantador y se ha vuelto apache. Ahora, cuando no está ligando, les gruñe a los lugareños y busca pelea con los jornaleros que frecuentan las mismas tabernas. Solo cuando está en compañía de Katharine recupera su papel de gato leonado y ronronea soñoliento con su voz suave y lenta, o la roza ligeramente al pasar con gesto insinuante. Con dulzura, adrede y paso a paso, la está acechando, y lo hace públicamente. Katharine abre mucho los ojos azules de sorpresa y terror, pero le tiemblan las manos y su voz es rápida y nerviosa en vez de susurrante. A ratos resplandece con una belleza asombrosa, sobre todo desde que ha dejado de llevar el lúgubre pañuelo en la cabeza. Toby se ha vuelto un hombre furioso, inseguro, demasiado posesivo con Katharine en público…, demasiado dispuesto, también, a pelearse con la señora Knip, que lo observa todo con sus brillantes ojos negros.

—He llegado a la conclusión de que este lugar y este modo de vida son desmoralizadores. —La señora Knip ofreció esa reflexión a los reunidos ante el Pozo de Veneno con su mejor voz de reunión de comité, cual presidente oficiando en la liquidación de una empresa—. No es asunto mío entrometerme, Toby, pero si tú y Katharine queréis comer loto, me permito sugerir que la única forma probable que tenéis de encontrarlo es precisamente volviendo a casa.

Toby soltó un resoplido airado.

—Sí, ya lo sé. ¡Allí solo tienen los brotes más tiernos, ultracongelados, en malditos pa-pa-quetes de plástico y con diez sabores diferentes que te hacen la boca agua!

—¿No puedes entender, madre —añadió a gritos Katharine—, que no queremos todo eso? ¿Que lo odiamos y no queremos pertenecer a ese mundo? ¿Que queremos vivir nuestras propias vidas de forma auténtica y sencilla, libres de toda esa terrible esclavitud de las máquinas y los artilugios? ¿Que debemos encontrar nuestro propio camino?

—Entonces ten mucho cuidado de no meter la pata, señorita —espetó con malicia la señora Knip, y Katharine se ruborizó, Toby frunció los

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labios bajo el enorme bigote griego y Jacques entornó las pesadas pestañas y empezó a silbar «Par’epano» muy suavemente y entre dientes.

Pero hay momentos en que empiezo a pensar que la señora Knip tiene razón. Aquí reina un ambiente malo. Y me pregunto si las operaciones de Fiódor son peores, de hecho, que el espectáculo de las angelicales Afrodita y Perséfone agazapadas juntas en un callejón y absortas en tirar piedras a una camada de gatitos recién nacidos.

Todo ha cambiado, como si contemplara la isla en un espejo deformante, o como si la luna hubiera empezado a iluminarnos con su otra cara.

La anciana que barre el umbral de la iglesia me mira al pasar, y sus ojos están blancos de tracoma. Dos adolescentes patanes se burlan de la niña enana y ella se ríe —¿por qué no había reparado antes en que tiene dos hileras de dientes?—. Todos los personajes del Bosco han salido de sus rincones oscuros y renquean, saltan y farfullan bajo el sol sofocante: la cara en la ventana tiene el pico de un loro, el bebé muerto de desnutrición es un sapo hinchado, una mujer grita entre los geranios quemados por el viento con la boca aullante de una máscara griega —se ha vuelto loca, dicen, de tanto esperar a que su hombre vuelva del mar—, la mano que mide un puñado de relucientes uvas verdes no es una mano, sino una especie de garra doble cubierta de costras. Los ojos son furtivos, las bocas lascivas, los cuerpos se ven hinchados y deformes. Sobre la mesa del carnicero, una cabeza de toro desollada y cubierta de moscas se desliza lentamente hacia mí en un amasijo de color escarlata resbaladizo. Cuatro chicos con pértigas y anzuelos pescan cruelmente pájaros en la colina sobre la escuela de Abajo. El cadáver de un gato infestado de moscas se pudre en el gallinero de kiría Spiridula, y todas las calles, tejados y callejones están plagados de gatos vivos: enormes, escurridizos, depredadores y lujuriosos, todos maltrechos, sarnosos y llenos de cicatrices. En una oscura arcada, un joven marinero ríe entre dientes y su viejo compañero, vestido con prendas de yate muy caras, se esconde entre las sombras…

Parece que no soy capaz de volver a enfocar bien la mirada. Las gradas de ruinas me parecen más reales que el alegre y concurrido paseo marítimo. La isla murió hace mucho tiempo; las payasadas de toda la gente inteligente y brillante que abarrota las mesas de los cafés tienen de repente el cariz de obscenidad suprema de la necrofilia.

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—Me pregunto si podrían echarme una mano —dijo la señora Knip, de visita de nuevo para usar nuestra ducha y lavar sus prendas de nailon—. Creo que hay que organizar un comité de residentes para hacer frente a la creciente amenaza de estos gatos. Si contáramos con una docena de personas divididas en seis grupos de exploración de dos, y cada pareja consiguiera atrapar seis gatos cada noche, en dos o tres semanas podríamos reducir considerablemente el número de esos bichos. A cada grupo se le proporcionaría un saco, un par de guantes de cuero o de goma y el cloroformo y el algodón necesarios. Prestaríamos un verdadero servicio a la comunidad.

—Creo que descubrirá que es peligroso intentar atrapar a esos monstruos, señora Knip.

—¿Peligroso? Ciertamente es más peligroso dejarlos merodear por ahí. He descubierto que aquí acostumbran a matar prácticamente a todas las gatitas al nacer. Esos gatos callejeros son, por tanto, machos frustrados, y creo que ninguna mujer está a salvo con ellos. George, ¿sería tan amable de bombear un poco más de agua? Este grifo no funciona.

Pero la bomba solo emitía angustiosos ruidos de succión, y el haz de luz de una linterna al iluminar el negro pozo de la cisterna reveló que la entrada de la tubería estaba seca por encima de un gran charco de barro del que sobresalían una lata oxidada, tres pinzas para la ropa y la sandalia que Shane juraba haberse dejado en casa de Rita.

Metiendo las medias de nailon sin lavar en una bolsa de plástico, la señora Knip se mostró muy considerada.

—Qué lástima —dijo, dando a entender con eso que las llevaría a casa de Katharine y las enjuagaría con agua del pozo—. No tenía intención de molestarles en absoluto esta mañana, pero intento no interferir con Katharine y Toby. Deben resolver sus propios problemas. Debo decir que agradezco que las cosas parezcan estar llegando a un punto crítico. Katharine está bastante histérica, ya saben, y se ha ido para estar sola toda la mañana. —La señora Knip pareció astutamente complacida—. Toby es un hombre como Dios manda, no soportará esto mucho tiempo. Seguramente se dará cuenta de que este lugar es desmoralizante.

Sin embargo, no se fue, sino que se quedó a observar, con interés antropológico tal vez, cómo George y yo bajábamos por el pozo húmedo de acceso a la cisterna para comprobar con nuestros propios ojos su capacidad y qué reparaciones y limpieza serían necesarias antes de las

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lluvias invernales. De pie en el lodo negro a cinco metros por debajo del suelo de la cocina, notaba las manos competentes y firmes de la señora Knip en el otro extremo de la cuerda anudada bajo mis axilas, y mientras ella charlaba sin cesar, su voz nos llegaba con una extraña resonancia al pozo. La enorme caverna negra estaba curiosamente caliente.

—No deben pensar que no admiro la forma en que todos ustedes se las apañan en estas terribles circunstancias. Dios mío, cada uno de ustedes merece una medalla, y no deja de sorprenderme que la pobre Katharine lo haya soportado todo durante tanto tiempo. Toby, saben, podría ocupar un puesto muy importante en una de nuestras universidades, y estoy segura de que lo hará cuando los dos hayan recuperado el sentido común. Y luego están ese simpático señor Donovan y su esposa, gente tan encantadora e inteligente, viviendo como ratas en un desván…, sí, ratas en un desván, cuando él podría estar desempeñando un honroso papel en la formación de las mentes de las generaciones futuras.

—¡Mierda! —soltó George brevemente cuando se le cayó la linterna en el barro y nos sumergió a ambos en una impenetrable oscuridad.

La cara regordeta de la señora Knip apareció en el círculo del pozo, muy por encima de nosotros, pequeña y nítida como si la viéramos a través del extremo equivocado de un catalejo. Su voz nos llegó en una serie de pitidos reverberantes que se atropellaban unos a otros con un creciente tono de asombro:

—Pero lo que me gustaría saber es qué sentido tiene todo esto que hacen.

5

La combinación del calor, la falta de agua, los decadentes y la señora Knip está haciendo mella en George.

Se preocupa por todo ello durante las guardias nocturnas de sudor y viento, y amenaza con vender la casa y volver a Londres. De ser un tipo sociable, cariñoso, hablador, generoso y romántico, ha pasado a ser desconfiado, malhumorado, antipático, irritable y desconsolado. Su trabajo también le preocupa. Nada parece salirle bien, aunque trabaja más duro que nunca, explorando pacientemente todas las vías, todos los ramales de

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posibilidades que puedan conducirle a algún tipo de seguridad… ¿O es una escapatoria para lo que está trabajando ahora?

Se ha convertido en una obsesión para los dos tratar de evitar la palestra contaminada del paseo marítimo con sus trampas de mesas y botellas de vino, donde las flechas del rencor, la envidia y la malicia aún se rompen y astillan, y donde bajo las tiras de bombillas desnudas las psiques dislocadas crujen y se agrietan, se sacan a relucir filósofos desconocidos, los poemas negligentes nunca se completan, las pinturas revolucionarias nunca se comienzan, y la interminable pelota de agudezas verbales va y viene con esas frases esotéricas sobre valores lineales y forma plástica que encienden a George hasta la efervescencia de furia más extrema.

¡Valores lineales! Justo acaba de descubrir los valores básicos de tener suficiente comida en la mesa para mantener con vida a dos adultos y tres niños hambrientos. Y puesto que los ha descubierto en un momento de su vida en el que habría cabido esperar que hubiera hecho las previsiones adecuadas para una necesidad tan elemental, tienen para él un significado demoledor, como una revelación. Se ha convertido en un profeta airado que da rienda suelta a su dolor y condena a gritos a cualquiera lo bastante corto de vista o irresponsable como para dar eso por sentado.

Los niños, por suerte, viven ajenos al significado que tiene un plato en la mesa. Crecen a diario como si los hubieran regado por la noche. Son hermosos y jóvenes salvajes, y también es precioso el bebé gordo y moreno que ahora ríe y agarra puñados de aire y descubre con asombro cómo se mueven sus propios dedos. Me pesan en el corazón como plomo, como cadenas, como tres grandes anclas clavadas profundamente en la realidad de la que nunca podré escapar, ni siquiera en la desesperación.

¡Oh, si una pudiera permitirse el lujo de revolcarse en la desesperanza, o el lujo mayor de un momento de indolencia, o incluso la tentación definitiva de rendirse a la histeria, como Katharine! (Esa breve imagen captada antes de que pudieras sofocarla de nuevo para volverla irreconocible, la de su alta figura encaramándose como una loca entre las rocas resecas y las espigas de asfódelos cerca del cementerio, y la de Jacques apoyado ociosamente en una cruz de madera astillada, trazando un nombre con un dedo.)

Y todo el tiempo, en la frenética rutina diaria de cocinar y limpiar y tratar de mantener el orden, mientras la máquina de escribir repiquetea y

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las estufas explotan o George va y viene del pozo tambaleándose con cubos de agua para los árboles moribundos, la voz clara y brillante de la señora Knip sigue resonando en mi cabeza: «Pero ¿qué sentido tiene todo esto que hacen?».

6

Por la mañana muy temprano, haciendo la compra en el ágora, nos encontramos a Jacques saliendo a trompicones de la farmacia. La camisa le colgaba a tiras de los hombros y llevaba la mitad inferior de la cara cubierta por completo con un pañuelo negro. La mitad visible mostraba una expresión de sufrimiento infinito.

—Hola —saludó con tono tristón.

—¿Dolor de muelas? —preguntó George—. ¿O estás jugando a los piratas?

—Me duelen las muelas —contestó Jacques—. Creo que tengo varios dolores de muelas. —Se dejó caer pesadamente en el bordillo y agachó la cabeza entre las rodillas. Anastasis y Tomas, dos estibadores que transportaban con absorta concentración muelle arriba garrafas de ácido forradas de mimbre, sonrieron por lo bajo al pasar. Un joven de la EOKA pasó silbando «Par’epano».

—Creo que será mejor que vengas con nosotros y te tomes un brandy —dijo George.

Lo instalamos en una silla al fondo de la tienda de Katsikas, y Nicos, procurando que su rostro se mantuviera inexpresivo, trajo un gran vaso de brandy. Jacques se lo tomó procurando ocultarlo bajo la bufanda negra con la que se cubría la boca, tanteando sus labios de un modo extraño.

—¿Cómo es que te duelen los dientes?

Jacques soltó un suspiro y se sacudió ligeramente.

—Creo que fue un zapato —contestó—. Creo recordar el zapato de alguien en mi cara.

—¿Dónde estabas?

—En una taberna, supongo. Todas las noches estoy en una taberna, así que supongo que anoche también. Tengo el tipo de dolor de cabeza que me da después de haber estado en una taberna.

—¿Pero no lo sabes seguro?

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—¿Podría tomar otro brandy? —preguntó Jacques con una cortesía poco natural. Su voz sonaba débil y lejana. Había gotitas de sudor brotando por toda la parte visible de su cara, y los ojos le giraban de forma extraña en las cuencas.

—Si te encuentras mal, deberíamos traerte algo de comer.

—No, gracias. Da igual. No creo que me queden dientes para comer. George emitió un curioso gruñido ahogado, y yo me llevé ambas

manos a la boca.

—Aún no he contado los que tengo en el bolsillo, pero me parece que son muchos. Recuerdo haberlos escupido en la mano.

Y de repente me dieron náuseas y me sentí fatal yo también. Aquellos hermosos dientes blancos que habían hecho brincar corazones a cada destello, que habían desgarrado trozos de dura carne de cabra y de ternera correosa y abierto pipas de girasol y que se habían hincado en sandías y melocotones y sabía Dios en qué otras suculencias.

El fantasma de una sonrisa tensó el pañuelo negro de un modo curiosamente melancólico.

—Oh, no pasa nada. Hace años que llevo fundas en todos los dientes. Siempre y cuando me acuerde de escupirlos y guardármelos en el bolsillo, a un dentista no le costará mucho volvérmelos a encajar. La cosa es poco estética —añadió débilmente—, pero práctica.

La señora Knip entró en la tienda en ese momento y nos miró consternada, de modo que entregamos al sufrido Jacques a sus cuidados eminentemente pragmáticos. El joven cogió el barco de la tarde a Atenas, dejando la isla entera sumida en las suposiciones. Dos de las bacantes lo acompañaron, angustiadas y llorosas. La mayoría de la gente está de acuerdo en que esta vez Jacques ha ido demasiado lejos, pero como nadie sabe con certeza qué pasó, nadie puede decir realmente en qué dirección se ha excedido. Sin embargo, todos coinciden en que es un escándalo.

Yo solo sé que esta noche había un grupo de estibadores celebrando algo en la taberna de Johnny Lulu, y que Toby, que iba de paso, los ha invitado a una oká de vino.

7

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Los barcos del vino están haciéndose a la mar. Todo el paseo marítimo está plagado de barricas de roble, lavadas y secándose al sol.

El olor a resina es abrumador. Los caiques que zarpan van cargados hasta los topes de barriles, y cada uno lleva una ramita de hojas de laurel en el tapón; es curioso y encantador, como si a cada caique le hubieran brotado hojas de sus tablas de cubierta.

Todos los días se celebra una pequeña ceremonia en la que un sacerdote bendice cada barco mientras se cargan los barriles vacíos y les ordena que traigan de vuelta buen vino. El ritual, con sus antiguas implicaciones, resulta extrañamente tranquilizador.

Al fin y al cabo, Dionisos está aquí y no en la silla de un dentista en Atenas. El viejo ritmo, el ritmo de las estaciones —de la muerte, de la resurrección, del crecimiento, de la fructificación, de la decadencia y, de nuevo, de la resurrección—, crece y decrece en su ciclo inexorable, sin que le afecte el caballero de bermudas y gorra de béisbol que intenta, con un fotómetro y una cámara cara, dejar constancia de la promesa de alegría implícita en esas cubiertas tan antiguas y hermosamente susurrantes con sus hojas.

Por primera vez en sabe Dios cuántas semanas tengo ganas de cantar; quiero asir una montaña con cada mano y hacerlas entrechocar entre sí como grandes crótalos de latón; quiero ir en busca de la señora Knip, toda pulcra en su nailon inarrugable, y llevarla a rastras a lo largo de todos esos barriles que huelen a resina.

—¡Mire, señora Knip! Aquí tiene su respuesta. He aquí el sentido de todo esto que hacemos.

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SEPTIEMBRE

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En los peldaños del viejo molino, el hombrecillo gordo de la gorra de béisbol hizo una pausa, mordisqueó pensativo su puro y dijo:

—Bueno, supongo que podríamos abrir una ventana ahí y colocar una puerta falsa aquí, y entonces no habría que cambiar de localización para la secuencia del molino.

—Claro, claro. —Su compañero, un hombre incluso más menudo y gordo, llevaba cuatro cámaras y un fotómetro, además de una gorra de béisbol—. ¿Qué tal si haces eso, Hank?

El joven de aspecto levantino y con un bonito traje de lino tosió y dijo con tono deferente:

—Me informa el alcalde de que hay otro molino, en perfecto estado de funcionamiento, en la montaña que se alza sobre el puerto.

—No. No nos sirve. Me harían falta helicópteros.

—Si de verdad necesita helicópteros, le conseguiremos helicópteros. —Eso ya lo sé. Pero nos las arreglaremos bien aquí, no veo grandes

problemas. Lo que haremos será derribar esa choza de ahí y construir algo realmente pintoresco para la secuencia en la que Montgomery ve por primera vez a Lucasta en el balcón. Podemos darle un aire griego auténtico…, unas columnas, estatuas antiguas…, esa clase de efectos.

—Claro. ¿Por qué no haces eso, Hank?

—Sí, lo haré, muchacho. Claro que sí, y haremos la era ahí mismo, donde ahora está ese horrible quiosco de música, o lo que sea que tienen ahora…

—Disculpe, señor —intervino el joven levantino—, pero ya hay una era más adelante.

—Sí, ya la he visto. No sirve, hijo. Tienes que entender que vamos a necesitar una era lo bastante grande como para meter a ciento veintisiete bailarinas y una banda de busukia, y aun así dejar sitio para el equipo de rodaje. Siempre tienes que pensar en el equipo, hijo.

—Y menudo equipo, espera y verás —añadió el segundo hombrecillo con orgullo—. Esta vieja islita va a quedar repleta de material. ¡Repleta!

—Así es —coincidió Hank, y escupió la colilla marrón del puro—. La desarmaremos, sí, señor. Vamos a despanzurrar del todo esta pequeña isla

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—concluyó con una risita ronca.

A George y a mí, que, cuando subíamos de la cueva, nos habíamos detenido bajo los pinos a escuchar esa extraordinaria conversación, el último comentario nos pareció que contenía un auténtico matiz profético.

El sol, enorme y de un carmesí esponjoso, se desinflaba lentamente sobre las montañas de la Arcadia y el aire entero se teñía de rubor con aquel último derroche extravagante de luz. El mar se vestía de salmón y las montañas de rosa, y todas las islitas adquirían sus tonos vespertinos de violeta, rosa y oro. Pasó un caique rosado, cargado de cabras de color rosa parduzco. Grada tras grada, hilera tras hilera, las casas blancas se tiñeron también de rosa y los cristales de mil ventanas refulgieron, repentinamente dorados.

Los dos hombrecillos gordos bajaron lentamente por los escalones del viejo molino en ruinas, seguidos por el deferente joven levantino.

—Claro —dijo el primero con tono displicente—, la despanzurraremos sin problemas. Desde luego que sí.

2

Sócrates bajó de tres en tres los peldaños de la oficina de correos, blandiendo el sombrero de paja. Su gruesa carita de turco estaba transida de éxtasis.

—Ya! Ya! —nos gritó—. ¿Os habéis enterado?

—¿De qué?

Con una pirueta chaplinesca, se abrió paso entre las abarrotadas mesas del café, saludando a diestro y siniestro por el camino.

Lo siguieron los gritos lastimeros de dos familias que, sin duda, seguían esperando que les dieran mesa.

—Dolária, kirios Yorgos —susurró Sócrates sin aliento—. Muchos dolária. —Estalló en carcajadas, con la mano haciendo círculos dementes sobre la abultada panza—. Oh, po po po! Los americanos vienen a hacer una película, una gran película, y yo tengo que encontrarles habitaciones. ¿Eh? ¿Qué te parece? Ciento cincuenta habitaciones, tengo que encontrarles.

—¡Madre mía! —George y yo nos miramos horrorizados. Así que esa era la razón de los dos hombrecillos gordos del molino y de aquella voz

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ronca y nasal que profetizaba bailarinas y bandas de busukia. «Sí, señor, vamos a despanzurrar esta islita, desde luego que sí.»

—Pero ¿qué habitaciones, Sócrates? —preguntó George con un atisbo de esperanza—. ¿De dónde crees tú que vas a sacar ciento cincuenta habitaciones?

—¡Puf! Las encontraré —exclamó Sócrates alegremente—. Todas estas casas, míralas. ¡Cientos de casas! Montaña arriba, montaña abajo. Encontraré habitaciones. —Rio con entusiasmo—. ¡Dolária para todos, eh! Mira este puro que me ha dado el americano. Me dijo: encuéntrame ciento cincuenta habitaciones limpias y bonitas con duchas y…

—¡Duchas! —George lo miró fijamente—. Estás mal de la cabeza, Sócrates. Aquí no hay habitaciones con ducha.

—Tú tienes ducha, ¿no? —replicó Sócrates con tono acusador—. Kirios Creonte tiene ducha. Kirios Yorgaiki tiene ducha. En muchos sitios hay duchas. —Su amplio gesto abarcaba toda la ciudad.

—Sócrates, no digas tonterías —insistió George con severidad—. No hay ni seis casas en la isla con ducha, ya lo sabes. Y ninguna de esas casas se alquila.

Sócrates se llevó las manos a la panza y soltó una carcajada.

—Den pirasi! No importa, ¿eh? ¿Sabes qué dijeron los americanos? Dijeron: Sócrates, tú me encuentras una casa bonita y limpia, y si no tiene ducha, pues yo construyo una ducha. ¡Dolária, eh! Esos americanos tienen más dolária que el rey. Van a gastarse dos millones de dolária en esta película, ¿lo sabías? Todos van a tener una ducha, van a tener un váter con cadena, van a tener un montón de dolária…

—¡Pero Sócrates, maldito idiota, aquí no hay agua!

—Den pirasi! Dios no va a olvidarse de esta isla. Nos mandará un poco de lluvia, ya verás. Van a llover dolária…

—Dolária! —exclamó un sonriente Nicos Katsikas cortando cincuenta dracmas de queso cretense con extravagancia inusitada, y lo dejó sobre la barra junto con dos vasos del mejor ouzo—. Uno de esos americanos acaba de comprar mi botella de ginebra. He tenido esa botella de ginebra cinco años en la estantería. ¿Qué os parece eso? Ha dicho que trajese mucha ginebra y mucho whisky. ¡A vuestra salud! Vienen buenos tiempos para todos.

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—Dolária! —Lefteri, el pintor de casas, se inclinó sobre la mesa con gesto cómplice—. Dolária, kirios Yorgos! Sócrates dice que quieren pintores para dejar bien arreglado el frente marítimo. Hablad bien de Lefteri, ¿eh? Si consigo algunos dolária, a lo mejor esa mala mujer mía volverá y podré escupirle en el ojo.

—Dolária! —Dinos, el constructor, guiñó un ojo y azuzó a los dos pequeños aprendices que se tambaleaban bajo montones de ladrillos—. Ese americano quiere arreglar el molino poniendo velas, quiere que la era se haga de hormigón, quiere casitas, quiere farolas nuevas a lo largo de todo el paseo marítimo. A lo mejor le compro el otro almacén a Tomas, finalmente…

—Dolária! —exclamaron Tasos, Yorgos, Spiros, Johnny Lulu, Andreas, Botsi, Panayotis e incluso Dionisos, el basurero, mientras ajustaba la bolsa de lona de las boñigas bajo la cola de su burro.

—Dolária! —gritó Tsimis, el vendedor ambulante, bailando como un loco alrededor de su cesta de Bengasi.

—Dolária! —siseaban todas las mujeres de la isla, recogiéndose las faldas y sacando los cubos y las esponjas para limpiar a fondo sus habitaciones libres.

Pero Viernes, que corría sendero abajo con el rostro demudado e incrédulo hacia la casa de Arjonda la costurera, se encajó bajo el brazo el libro de patrones y un nuevo rollo de tela floreada, escupió tres veces, se persignó con terrible fervor y no dijo nada en absoluto.

3

Por increíble que parezca, está ocurriendo. Llegan como un ejército invasor, con grandes y extrañas barcazas que se adentran torvamente en la pequeña ensenada del puerto e invaden los amarres donde una semana atrás se bendijeron los barcos del vino.

Los grupos compactos de gente del muelle sueltan una larga exhalación conjunta y, lenta e inexorablemente, las monstruosas fauces se

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abren y descienden por las rampas las primeras ruedas que estos adoquines han conocido: jeeps, camiones, remolques, tractores, semiorugas, extraños artilugios amortajados, lámparas con ruedas. La artillería del ejército conquistador.

Desde la hermosa aguja de mármol del monasterio de la Virgen, la gran campana de bronce tañe el primer toque del mediodía, invocando un estruendo estremecedor de motores que rugen cuando los jeeps y los demás vehículos se alejan en procesión; una procesión triunfal que no resulta menos impresionante por el hecho de verse obstaculizada por la longitud inadecuada del paseo marítimo y el batiburrillo de los puestos del mercado y las mesas de los cafés.

Donde antes estuvieron los barriles de cinchos azules, se alinean ahora miles de cajas y fardos que deberán cargarse a mano hasta los edificios vacíos convertidos en almacenes. Equipos de hombres con gorras y monos van de un lado a otro gritando instrucciones inexplicables. Un pequeño grupo de técnicos, muy concentrados entre la multitud de lugareños y turistas, llevan a cabo a conciencia alguna clase de rito esotérico con un teodolito y cordeles de colores. Cuadrillas de obreros reclutados en el pueblo pululan por los edificios del muelle. Lefteri, sentado a horcajadas con gesto triunfal sobre un tablón bamboleante, luce con orgullo una etiqueta prendida en la camisa mientras aplica a brochazos lechada de color rosa sobre el blanco puro de las paredes de una vieja casa. Por todas partes hay carpinteros que empuñan martillos y sierras. Junto al almirante y su león de mármol, una hormigonera funciona en medio de las mesas del café de Panayotis. Como si fueran candidatos presidenciales, dos hombres regordetes con camisas hawaianas y sombreros de paja recorren lentamente en un jeep la hilera de caiques amarrados, eligiendo los que quieren repintar. En las escaleras de la oficina de correos, un importante personaje con gorra de visera, seguido respetuosamente por el joven levantino, Sócrates y dos rubias secretarias, ladra brevemente:

—¡Echad abajo esa casa! —y sigue su camino.

Las fuerzas de ocupación han tomado la isla.

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Y entonces, cómo no, llegan los oportunistas, los civiles que van en la retaguardia de un ejército, los músicos y malabaristas y los pregoneros, los curiosos, los esnobs, los ricos, los esperanzados…, todos con la intención de participar. El puerto está tan abarrotado de elegantes yates que apenas hay sitio para que entren los caiques del mercado. Las lanchas rápidas zumban por el golfo como escarabajos de agua, remolcando a hombres y mujeres jóvenes con esquíes acuáticos. En cada visita, el Sirina desembarca lotes completos de esperanzadas jóvenes, bellezas estandarizadas con el aspecto «natural» favorito del momento, que posan contra las jarcias de los barcos o corren alegremente por las mesas de café con sonrisas simpáticas, radiantes y blancas y magníficos pechos saltarines.

Nos presentan sucesivamente al campeón de buceo de Grecia, la primera violinista de Grecia, el poeta lírico más famoso de Grecia, la joven actriz más brillante de Grecia…, bailarines, cantantes, músicos, compositores, escritores, fotógrafos y modelos de fotógrafos, todos los cuales han decidido que unas vacaciones a finales de verano en una pequeña y tranquila isla les serían beneficiosas.

—Pero ¡qué horroroso es todo esto! —murmuran todos con distintos grados de desagrado mientras, como quien no quiere la cosa, brindan sonrisas extasiadas al caballero de las dos secretarias.

—Pero qué horror todo esto, ¿no? —Los del grupo cultural con vaqueros azules remendados y barbillas sin afeitar murmuran o hacen muecas de desdén mientras, centímetro a centímetro y como si tal cosa, acercan cada vez más sus sillas a la mesa en la que un hombre alegre ataviado con un abrigo multicolor dispensa ginebra con una mano regordeta en la que un grueso anillo de oro se clava profundamente en el dedo meñique. En torno al antebrazo rosado, entre el suave vello entrecano, una doble cadena de eslabones de oro sujeta un reloj de gran tamaño, también de oro. Todo de lo más divino. Y a su lado está Creonte, repantigado en una silla del café, con el ceño fruncido y fumando un puro de treinta centímetros de largo.

—Venid, buenas gentes. Venid y ayudadnos con esta botella. ¡Eh, tú, Comotellames! —exclama alegremente por encima del hombro dirigiéndose al joven levantino—, ¿qué tal si traes más ginebra de la tienda de la esquina? Tengo invitados. Eso es. ¡Entra ahí y olvida tus preocupaciones!

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Creonte se tironea de las rodillas de los pantalones perfectamente remendados y planchados y, con gesto brusco, le da cinco dracmas al levantino.

—Trae cacahuetes, joven. Y que sean de primera calidad.

—¡Y whisky! —añade el otro alegremente—. Mira a ver si tienen escocés.

—Haced trueque con los lugareños —se burla Sykes, y le da un codazo a kiría Kali para alcanzar la primera fila alrededor de la hospitalaria mesa.

—¡Madre de Dios! —cacarea kiría Kali probando un sorbo de ginebra y whisky escocés alternativamente—. ¡Es como en los viejos tiempos otra vez! Que Dios le bendiga, señor. Es una bendición para todos nosotros.

—Ya, ya! —exclama un delirante Sócrates encaramado con expresión triunfal a la parte trasera de un jeep—. Ya, ya, ya!

Y una aristocrática anciana, llegada al puerto desde su gran casa para investigar aquel alboroto, se inclina hacia delante para preguntar en su perfecta voz inglesa:

—¿Y utilizará personajes mitológicos reales en esta película?

—Por supuesto, señora. Tenemos a Lucasta Lees, Alastair Appleby y Martin Montgomery, solo que Montgomery interpreta a un pobre pescador griego. ¿Prefiere ginebra o whisky, señora?

—¡Dadme un toque más antiguo a esa tienda! —ladra el importante caballero, y sigue adelante.

—Es una lástima que tengamos un tiempo tan intempestivo —continúa la aristocrática dama con un tono compasivo, fruto de la buena educación

—. Pasa en toda Europa, según tengo entendido. Me temo que el suministro actual de agua resultará insuficiente para las necesidades de tanta gente. A menos que Dios considere oportuno enviarnos lluvia, claro.

—¡Pero por el amor de Dios, señora! —exclama el hombre alegre—. Una empresa de estas dimensiones colosales no puede esperar a Dios. Vamos a traer barcos cisterna.

Y es cierto, los traen. De algún modo consiguen embutir dos oxidados barcos cisterna entre los yates y caiques del congestionado puerto, y equipos de operarios se abren paso entre la multitud que se arremolina en el paseo marítimo con pesadas mangueras de tela que se van encajando, sección por sección, a través de las empinadas callejuelas, por elevados

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tramos de escaleras torcidas, por acantilados y precipicios para llegar al hotel y a las grandes casas de las que han tomado posesión los del cine.

Ahora Creonte está plantado bajo el venerable magnolio del viejo y majestuoso patio de mármol de la Casa Usher, dando instrucciones en voz baja a cuatro hombres que reniegan bajo el peso de la manguera de lona que arrastran hacia la cisterna abierta y vacía. Dos obreros se esfuerzan por manipular una gigantesca bañera nueva de porcelana mediante unas eslingas. Dos grandes colchones de muelles se apoyan en el marco descascarillado de la ventana. En el balcón se afanan hombres con botes de pintura. Zoé canturrea suavemente, observando la instalación de una nueva y reluciente cocina, y por los mohosos pasillos un decorador de interiores francés patina y da brincos con chillidos de éxtasis como los de un murciélago.

Y Creonte, tratando de mantener su ceño fruncido oficial, adelanta un puntiagudo zapato reluciente, emite una tosecilla que termina en un pequeño bufido de risa, y llama a Zoé para que traiga vino.

Sin pronunciar palabra, nos volvemos y alzamos nuestras copas por la vieja casa en ruinas y por el milagro que se está produciendo ante nuestros ojos.

¡Cómo lo habría disfrutado la señora Knip! Pero la señora Knip, por desgracia, se ha marchado, apresurada y muy indignada, tras una tormentosa escena con Toby y Katharine. Y Toby y Katharine se han ido también, a una casa vieja y divina en el barrio de Plaka de Atenas, donde Toby estará cerca de las bibliotecas y fuentes de referencia para su trabajo y Katharine podrá empezar por fin el drama en verso que pretende escribir sobre el tema de la mujer primigenia.

—Hola —murmura una voz familiar y soñolienta—. ¿Qué pasa aquí? Deslumbrantes bajo el sol del mediodía, el cabello dorado, el

pendiente, la sonrisa blanca y lenta que no deja ver ni un tornillo ni un alambre fuera de lugar y cuya perfección se ve acentuada por la única amapola roja como la sangre que sostiene entre esos dientes fuertes y parejos…, tan deslumbrantes se ven que una tarda en percatarse de la diferencia que hay en el aspecto de Jacques. La camisa rosa ya no se abre con descuido sobre el pecho y el vientre leonados. El pecho y el vientre leonados están a la vista, sí, pero también lo están los hombros morenos y

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la espalda curva con su interesante cicatriz, y los brazos jóvenes y suaves con su vello de oro. Todo, todo está a la vista.

—Al bajarme del barco hacía un calor espantoso —dice con nostalgia

—. He tenido que quitarme la camisa. Espero que a nadie le importe. —¿Que a nadie le importe? —grita Creonte enfadado—. ¿Por qué

debería importarle a alguien? No somos una panda de vejestorios pasados de moda.

—Ah, pues muchas gracias —suspira Jacques agradecido, y se las apaña justo a tiempo para dirigir una mirada de párpados entornados y llena de angustia existencial hacia las dos secretarias rubias. Los dos bonitos y sorprendidos rostros exhiben la vieja y familiar expresión de desconcierto.

—Diez rojos. Diez verdes —dice de modo enigmático el importante caballero, y las secretarias se ponen en marcha a toda prisa y garabatean furiosamente.

—¡Adivinad qué! —exclama Lola saltando y tropezando entre las mesas del café con un entusiasmo inusitado—. ¿No es maravilloso? Uno de los obreros me ha dado un pulverizador de DDT. Por fin podré librarme de esas malditas chinches.

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Y después de la avanzada viene la jerarquía: los directores, los ayudantes de dirección, los directores de diálogos, los asesores técnicos, los cámaras —primer operador, segundo y tercero, con sus ayudantes—, los guionistas, las continuistas, los maquilladores, los masajistas, los expertos en dietas, los ayudantes de vestuario, los diseñadores de vestuario, los publicistas con sus apretones de manos.

Luego vienen las grandes estrellas, brillando con una luz fría y remota en el frenético torbellino de sus satélites, y seguidas a una distancia prudencial por sus homólogos humanos, los dobles de las estrellas, que sudan y hacen muecas como la gente corriente bajo este sol abrasador — quizá aliviando de algún modo misterioso la incomodidad a sus imágenes divinas, a las que no se les permite tener glándulas sudoríparas.

También llega un pelotón de intérpretes menores, algunos de los cuales incluso parecen actores.

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El paseo marítimo se ha convertido en el más extraño mundo de fantasía. No solo por los jeeps y tractores que suben y bajan, las cámaras móviles balanceándose, los amplificadores de megafonía, las sillas etiquetadas, el resplandor blanco cinc de los reflectores, los grupos de audiencia bajo paraguas adornados con borlas, por no hablar de las hordas de curiosos y cazadores de autógrafos que han engrosado la multitud habitual de veraneantes. A pesar de todo, a ratos el paseo marítimo sigue siendo un verdadero paseo marítimo, donde se puede vender, saludar a los amigos, desplazarse de un punto a otro para ocuparte de tus propios asuntos sin impedimentos.

Pero otras veces, en cambio, es un paseo marítimo imaginario, donde la vieja kiría Kali, al pasar cojeando junto al almirante camino del bar de Katsikas, solo finge ser kiría Kali. En realidad, ella no va a ninguna parte, y tampoco Teodoros con sus mulas, ni esos cuatro niños que van saltando cogidos de la mano. Cuando llegan a cierto punto invisible, todos vuelven atrás y empiezan de nuevo, como juguetes mecánicos que solo son capaces de hacer una serie de movimientos. A veces, lo que resulta aún más extraño, una parte del frente marítimo es real y otra parte está congelada en la inmovilidad, un hechizo que solo puede romperse con las palabras mágicas: «¡Cámara…, acción!», vociferadas a través del megáfono. En ese momento, el panadero empieza a hornear, el chico de los recados echa a correr, los pescadores comienzan a recoger las redes, los viejos pescadores empiezan a barajar las cartas, el camarero comienza a extender el mantel, las chicas guapas sonríen, las viejas solteronas se lanzan a cotillear y el apuesto príncipe (disfrazado de pescador) ve a la bella princesa y se enamora perdidamente.

En ese extraño mundo de ensueño, todos sin excepción se meten en un papel. Así, Fiódor es el Genio Ruso. Jacques es el Existencialista. Los Donovan y nosotros hacemos de extras como Auténticos Vagabundos. A todos nos tratan con cuidadoso respeto. De algún modo, nos hemos convertido en autóctonos. E incluso los miembros más aparentemente mundanos de la compañía cinematográfica dejan los tenedores y usan los dedos si nos unimos a ellos —supongo que para hacernos sentir a gusto— y se disculpan en voz baja por venir a estropear nuestro paraíso.

Lo más extraño y aterrador de todo es que te encuentras interpretando sin rechistar el papel que te han asignado. Así, cuando me dispongo a ir a una fiesta que cierta adinerada ateniense celebra en honor de la Estrella,

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me encuentro descartando automáticamente la única prenda decente y adecuada que tengo en este mundo —una falda de cóctel muy bonita y ridículamente extravagante de la que no pude desprenderme al salir de Londres, y que no he tenido ocasión de ponerme desde hace más de dos años— y metiéndome «en el personaje» con unos viejos pantalones de algodón y una camisa limpia y remendada. Lola lleva un vestido de cóctel y todas sus joyas, pero conserva sus botas de pastor. Y las dos, creo, nos sentimos un poco molestas al ver a una bella escultora griega que ha ido más allá y lleva una mandíbula de perro fosilizada en una cinta de terciopelo negro.

También hay una señora, como salida de un cuadro de Augustus John, con una deprimente blusa naranja hasta la cadera y un flotante pañuelo púrpura, que está envuelta en la parra de la terraza y le dedica una apasionada canción de amor en tesitura de mezzosoprano a Orestes el limpiabotas, irreconocible con una chaqueta blanca de camarero. Y sentada primorosamente en un rincón, una mujer menuda, desaliñada y desdentada, con un parche negro en el ojo, mordisquea empanadillas de pollo y comenta como de pasada que solo le queda un ojo porque su marido le sacó el otro una mañana con la cuchara del desayuno.

Quizá también a ella le han asignado un personaje. Hay un terrible placer secreto en que te asignen un personaje.

—… Lo dejó todo para venirse a vivir aquí a la isla…, para llevar una vida sencilla… —Nuestra anfitriona le susurra eso en voz baja al distinguido invitado que pide monótonamente que le identifiquen a la gente. Con cierta vergüenza, noto cómo los músculos de la cara se me contraen en una mueca piadosa.

—Bueno, pues no está mal el paraíso que habéis encontrado, ¿eh, amigos? La verdad es que os envidio a todos, maldita sea. Os imagino muy bien ahí, en esas preciosas villas, buscando inspiración en la belleza natural que os rodea. ¿Y sabéis una cosa? Y lo digo en serio: todos tenemos la sensación de que en este sitio vamos a encontrar la inspiración divina.

—Oh, me parece una verdadera lástima que vayamos a arruinar todo esto para vosotros —dice una joven seria y con el ceño ferozmente fruncido—. Porque en efecto vamos a arruinarlo. Après nous, le déluge! Es inevitable, creedme. Ya habréis oído qué pasó después de que rodáramos La primera vez que vi París.

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—En París sí que lo hicimos, desde luego —dice su compañero con una sonrisa de sepulturero.

—¡Oh, me pone enferma, Al! —exclama la apasionada joven—. ¡Lo echamos todo por tierra! Dios, cuando veo un sitio dulce, bonito y virgen como este, y pienso en lo que le ocurrirá cuando nos hayamos ido… ¿Sabéis qué?, a veces pienso que lo voy a dejar. En serio, Al, a veces lo pienso. Dios sabe que, después de todo, nadie es indispensable.

—Tú lo eres, querida. No eres de las que lo dejan todo cuando se te necesita. Recuerda cómo estuviste a punto de morir de disentería cuando rodábamos Correo de la frontera, y no cediste ni siquiera cuando el viejo H. P. en persona te pidió que te lo tomaras con calma entre toma y toma. «Túmbate», te dijo, ¿y cuál fue tu reacción?

—Oh, bueno —contesta la chica del ceño fruncido, y se encoge de hombros con desprecio—. Al fin y al cabo, el trabajo es el trabajo. El espectáculo continúa y todo eso. Dime, Eddie, ¿crees que podrías encontrar algo bebible en este vertedero?

La charla vuelve de nuevo a la realización de películas, donde nosotros —que no hemos visto ninguna clase de película en dos años y ni siquiera estamos familiarizados con las grandes estrellas actuales— nos sentimos completamente fuera de onda. George exagera cuando dice que, tras haber visto una vez a Lilian Gish alejarse hacia la puesta de sol, no ha vuelto a ver otra película por temor a que pudiera resultarle decepcionante: posiblemente lo dice para disimular su vergüenza por no haber oído hablar siquiera de la pantalla panorámica. Sin embargo, no debería sorprenderme que sean los chicos de los vaqueros azules (afeitados, planchados, algunos de ellos incluso lavados, y con idénticas expresiones de interés y animación) quienes están completamente al corriente de la jerga esotérica, y charlan sobre la vida privada de misteriosas personas glamurosas con tanto conocimiento de causa que una empieza a sospechar que en realidad están mucho más familiarizados con alguna revistilla de cine sensacionalista que con Perspectives o Partisan Review.

Fiódor, haciendo gala de su propia y truculenta integridad, habla de Fiódor, e incluso las personas de aspecto más maniático se sientan muy cerca de él, como si no sospecharan nada. Lo oigo decir, para mi asombro, que tiene la intención de hacer una exposición de su cerámica en un par de días, con una fiesta con vodka a continuación.

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Jacques, por su parte, negocia hábilmente una visita privada para ver sus cuadros con una mujer de pelo entrecano con reflejos azules, que parece lo bastante guapa y mundana como para saber dónde se mete.

Sykes, que sigue teniendo evidentes problemas de ventosidades, ha encontrado una botella de whisky sin empezar y se ha retirado con ella a la terraza, donde se sienta sumergiéndose en un rincón oscuro y contempla el panorama de los tejados con ojos enfermos y afligidos.

—Y este es un cuadro del barco de mi bisabuelo, que tuvo un papel muy gallardo en la batalla de Navarino. —Desde el salón nos llega la voz precisa y anglosajona de la aristócratica dama, que le está dando una breve y útil conferencia histórica a uno de los publicistas.

—¿También era contrabandista, señora?

—¡Un contrabandista! Por Dios, no, joven. Era almirante.

—Pero tenía entendido, señora, que esta isla era un escondite de contrabandistas.

Con mucha paciencia, la aristocrática dama vuelve a explicarlo todo. —Bueno, si no le importa, señora, supongo que más vale que lo

convierta en contrabandista. Eso volverá más vistoso el anuncio.

Sean, que se ha pasado la tarde viéndolos rodar la secuencia en la que la Estrella, con falda de campesina y corpiño escotado, baila una danza folclórica con juvenil desenfreno, no puede apartar los ojos del celebrado escote.

—En la pantalla panorámica —le susurra George con voz ronca—, ¿te das cuenta de que las tendrás a menos de dos metros de distancia… y bamboleándose?

Sean se vuelve hacia él y se tambalea un poco ante su séptimo dry martini, pero semejante idea le resulta excesiva, y se aparta de nuevo y murmura:

—¡Ay, las chicas guapas! Ay, las chicas guapas de verdad…

—¡Pssst! —suelta Lola con un susurro rapaz—. ¡Bocadillos de jamón! Acecha con cautela la bandeja rotatoria.

Y Sykes, que ha estado sentado en la oscuridad, contando pacientemente algo entre las sombras de los tejados, algo visible solo para él, suelta un homérico eructo y exclama con tono triunfal:

—¡Lo tengo! ¡Lo he conseguido! Dios… es… una… ¡chimenea!

Se oye un agudo crujido de madera astillada cuando su silla cede y él, lentamente, cae hacia atrás sobre las losas de mármol y cierra los ojos.

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Más gente. Más fiestas. La verdadera realidad es ahora el mundo de fantasía donde todas las cosas deben mantenerse estáticas hasta que se pronuncien las palabras mágicas: «¡Cámara…, acción!».

Así que debemos soportar el calor incesante y la falta de lluvia. Creo que los árboles morirán antes de que se pronuncie el «¡Cámara…, acción!» hacia el cielo. Ahora compramos cada gota de agua que utilizamos.

Siguen llegando turistas y más yates blancos. La locura sigue su curso. Ni siquiera me sorprende ver, descendiendo con delicadeza por una pasarela alfombrada de color pato escarlata y seguida por un exquisito caballero con prendas italianas de yate y un grueso cordón dorado en el

hombro de la casaca, la figura ligera y grácil de Hippolyte.

—Queridos, os presento al príncipe Pu-pu —dice con tono tímido y risueño.

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Incluso el mar parece extraño. Está cubierto por una piel gruesa y grasienta, y debajo de ella millones de medusas amarillas palpitan lenta y horriblemente, como enormes girasoles carnosos que se abren y se cierran. La atmósfera es sofocante. No hay viento y, sin embargo, el mar bulle y se agita perezosamente, como si intentara despertarse de la inercia. La cueva está abarrotada de gente inteligente, pero nadie quiere bañarse en esa papilla caliente, espesa y glutinosa de amarillo palpitante, salvo el grupo de expertos en submarinismo, que salen a la superficie para decir que es imposible ver a diez metros de profundidad. Algunos peces muertos flotan en el oleaje grasiento.

Todo lo que crece cae y muere, incluso las resistentes espigas del asfódelo, que se han vuelto pulposas y negras en la tierra agostada, dura como la piedra y cuarteada como la piel quemada por el sol.

La cúpula celeste ha descendido, y es ahora una película gris y viscosa que borra las montañas del continente e intensifica todos los colores hasta dotarlos de un brillo sombrío que vuelve locos de emoción a los cámaras. El equipo de rodaje trabaja con una urgencia aún mayor, tratando obviamente de sacar el máximo partido de las posibilidades visuales

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peculiarmente bellas y dramáticas que revelan los profundos colores de los estratos rocosos, el brillo de malaquita del puerto, el luminoso resplandor nacarado de las casas blancas.

Ahora es una isla de ensueño, aislada de toda realidad por un velo gris, y resplandece con tonos de ensueño de topacio, ámbar, jade, rubí, zafiro, esmeralda y perla. Cada vez más rápido, las figuras de ensueño giran en la quietud del sueño, representando un sueño dentro del sueño.

—¡Cámara…, acción! ¡Cámara…, acción!

El príncipe habla, la princesa sonríe, el villano amenaza, el padre engatusa, los barcos de pesca zarpan: fragmentos de sueños inconexos que se repiten una y otra vez, incansablemente, sin cesar, como una lección que hay que aprender, con cada fragmento tan simple en sí mismo y, sin embargo, tan aparentemente sin sentido que te altera en algún lugar recóndito de la conciencia, donde se alojan los sueños recordados a medias, y las predicciones, y las palabras significativas oídas en las colas de los autobuses. ¿Dónde empieza esto? ¿Dónde termina? ¿Existe una verdadera línea de demarcación entre lo verdadero y lo que no lo es?

Un día hay mil personas en el paseo marítimo representando una falsa ilusión. Al día siguiente, el paseo marítimo está desierto, las tiendas cerradas, el pequeño puerto tan vacío como si se hubiera acabado el mundo: es evidente que no se puede traspasar la barrera invisible, aunque aparentemente no quede ni un alma viva para decírtelo. Dos horas más tarde, los yates vuelven a fondear, los caiques aparecen a través del velo gris engalanados con banderas y guirnaldas y, al son de un desaforado repique de campanas, los jeeps recorren a toda velocidad el acantilado junto al matadero, con toda la gente del pueblo corriendo tras ellos.

A lo largo de toda la noche se oye el potente y profundo latido de los generadores; baterías de reflectores rodean brillantes zonas estériles donde no hay ni noche ni día, círculos oníricos donde los inconexos incidentes del sueño se suceden una y otra vez, monótonamente, una y otra vez, como si el paso del tiempo se hubiera quedado atascado.

Es inevitable que la mujer que espera dentro del círculo de luz sea Viernes, vestida con la falda y la chaqueta trenzada de su bisabuela…, inevitable también que los doce dioses olímpicos se presenten enmascarados y se paseen por las mesas de café, inclinando graciosamente sus cabezas coronadas de papel blanco.

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—Ya están esos jóvenes artistas locos de la escuela disfrazándose — dice alguien sin interés mientras se vuelve de nuevo para ver a la Estrella caminar tres pasos, sobresaltarse ante algo invisible, luego caminar tres pasos más, arrancar, caminar, arrancar, caminar…

—Mira —dice George deteniéndose ante el puesto de fruta de Pantales —. Granadas.

La fruta de Perséfone, la fruta de los muertos. Y una cae en la cuenta, sorprendida, de que ya debe ser otoño.

Al menos debe ser otoño en alguna parte. Aquí todo sigue presa de un calor sofocante y sin aliento, inmóvil bajo el pegajoso velo gris que ha caído sobre la isla. Pero me alegro de ver granadas, y compro una ristra de ellas para colgarlas en la cocina, donde pueda mirarlas y tocarlas.

Son granadas de verdad, me digo. Y tú también eres real, y también lo es George, y los niños son reales y el bebé es real, y todos vivís en una casa real en una isla real donde lleváis una vida real, que a veces es incómoda pero nunca aburrida.

Sí, pero si la verdad está con nosotros, ¿cómo puede estar también con la gente de la fantasía? Y, a fin de cuentas, el peso de la evidencia está de su parte.

Cuesta no quedar impresionada por la magnitud misma de su número, por la riqueza y variedad de su mundo de ensueño, por la devoción de sus seguidores. Y no puedes no fijarte en que son personas entregadas, inquebrantables en su lealtad y devoción al mundo sin sustancia que ellos mismos han creado: obviamente, para ellos es la única realidad. Una no puede sino admirar su tremenda eficacia, su determinación, ni dejar de asombrarse ante la riqueza de la exquisita maquinaria con la que crean sus sombras coloreadas. Las máquinas son increíblemente bellas: los generadores, las líneas eléctricas, los reflectores y las rampas y los micrófonos basculantes, el delicado equipo de sonido, los diales oscilantes, las intrincadas cámaras que se mueven como música. Es algo poético, un canto de alabanza a la audacia de la mente humana. Qué insignificante parece nuestra pequeña revolución en comparación con estas fuerzas… Nosotros, que carecemos de todo, incluso de la fe suficiente.

Y sin embargo, tambaleándome al borde de su creencia, tentada terriblemente por la mera visión de la abundancia, por el conocimiento de las recompensas que se pueden ganar volviendo a su mundo (que una vez fue también el nuestro), oigo la voz alta y clara de la señora Knip en mi

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cabeza, un pitido preciso que puedo convertir en una pregunta que puedo hacerme a mí misma: «Pero ¿qué sentido tiene lo que hacen?».

Cuánto más real, al fin y al cabo, es el viejo entretenimiento de la obra folclórica, el juego de sombras de marionetas de Karaguiosis que ahora se representa en el restaurante de Johnny Lulu. Qué satisfactorio y familiar es el gracioso y narigudo «cualquiera» griego que miente, roba, ríe y engatusa; al que dan patadas y golpes, al que roban y encarcelan, y que se levanta de nuevo con pequeñas bromas lascivas que hacen reír al público hasta que ya no saben si lo que les estremece es la risa o las lágrimas.

Y con cuánta gratitud se recurre a ese entretenimiento aún más antiguo del hombre fuerte —«apuesto a que será el hombre más fuerte de Grecia», comenta George—, que se ha dignado a hacer esperar a las cabezas coronadas mientras obsequia al atestado muelle con proezas de fuerza mayores —y jura por la Santa Virgen que es verdad— que las que se han visto hasta entonces.

Es un hombre fuerte de mediana edad, con las curiosas pantorrillas y hombros abultados de su oficio, y una cabeza gruesa y plana que parece crecer directamente de los hombros, quizá como resultado de que lo hayan golpeado con barras de hierro durante demasiado tiempo.

Pero tiene un detalle encantador: una espesa barba de pala, una barba griega de las antiguas, formalmente rizada.

Desnudo, salvo por un taparrabos y unas botas altas flexibles, forma su propio círculo mágico frente al monasterio, justo al anochecer, y en medio de una multitud creciente comienza a flexionarse y a arquearse y a jactarse y a pedir ayudantes voluntarios. Qué familiares y deliciosos resultan los viejos prodigios de fuerza: romper cadenas y doblar barras, enderezar herraduras, levantar tubos de hierro con los dientes, partir una piedra con un martillo sobre el pecho tenso y desnudo.

El público aplaude calurosamente, y esta noche es generoso con las monedas de dracma, incluso las hay de cinco dracmas, y por parte de los visitantes adinerados y la gente del cine, billetes de diez y veinte dracmas. El hombre fuerte recoge las ofrendas en un abanico de papel blanco, riendo todo el tiempo, jactándose de una última hazaña de fuerza que jamás se ha realizado. Tiene un pequeño cañón, que ata a su forzudo cuerpo con cadenas de hierro. Sus muslos están tensos, los músculos de sus hombros se contraen formando nudos, sus ojos sobresalen por encima de la barba antigua y rizada mientras se ceba el arma.

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Una suerte de escalofrío generalizado recorre a la multitud que se agolpa a lo largo del paseo marítimo, en balcones, terrazas, cornisas, colgados de las jarcias de los caiques. Extrañamente, el cielo ya está oscuro, mal presagio de alguna manera. Están poniendo el cebo en el cañón. De repente deseo que no lo haga. Toda una multitud desea que no lo haga…, se puede captar en todo el público. El tipo se tambalea penosamente y apunta el cañón hacia un espacio abierto entre los caiques. Un voluntario enciende la mecha.

En toda la ciudad reina un profundo silencio, solo interrumpido por la respiración estertórea del hombre en cuclillas, desnudo, con barba de pala, que ahora se inclina casi hasta el suelo, tenso contra el retroceso. La mecha arde cada vez más y más débil, se oye un profundo suspiro concertado y, tras él, un estruendo estremecedor cuando el cañón escupe llamas.

Todos los caiques saltan por los aires, los cristales salen volando de las ventanas, incluso el suelo parece resbalar y ladearse bajo los pies. Una corre antes de saber que está corriendo. Todo el mundo corre boqueando y con estrellas en los ojos. Las campanas suenan todas a la vez, pero de forma discordante, y en el instante en que nos damos cuenta de por qué tañen las campanas, la aguja de mármol del monasterio cae rebotando en enormes trozos de mármol a nuestros pies. Terremoto, terremoto…, y corremos y corremos…, ¿dónde están los niños?…, ¿dónde está Casandra con el bebé?…, ay, por favor, por favor…

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OCTUBRE

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Esta mañana al despertar había cintas de sol sobre nuestra cama y del jardín llegaba una fragancia a naranjas verdes y hojas mojadas. Los dedos de George jugueteaban con cautela con el oro puro y pálido que cubría la manta.

—Es real —dijo con tono soñoliento, y se volvió de nuevo.

Había un pájaro en el jardín, quejándose de una cosa u otra, y al menos una docena de mujeres charlando y cotilleando ante el pozo. Sonidos matutinos. Niños, burros, gallos, campanas…, cencerros de cabras, de ovejas, de burros, campanas de iglesias, incluso…, sí, la campana de mano de Dionisos el basurero…, todo el aire vibraba con campanas. Comprendimos de repente por qué cada campana sonaba de forma tan nítida. El rugido del agua había cesado por fin.

Espirales de cálido vapor ascendían desde el patio rosa, desde la callejuela, desde la plaza. Toda la parte baja de la ciudad emitía vapor, y el mar plano emitía vapor, pero más arriba, las montañas, los acantilados, las casas blancas habían quedado atrapados en cristal, purísimo, duro y centelleante. También el cielo se veía cristalino: era de un reluciente vidrio azul, astillado en los bordes de las montañas.

Parecía indecente en una mañana así sonarte la nariz y estornudar. Excepto el bebé, todos estábamos sonándonos y estornudando, nuestro castigo por haber salido corriendo como maníacos bajo el primer chaparrón, todos desnudos y gritando y cantando mientras nos enjabonábamos en el patio rosa y oíamos el primer gorgoteo y el primer chorro de agua que se vertía en la cisterna, y cómo se convertía luego en un rugido sordo, constante y tamborileante; un rugido que se mantendría día y noche durante una semana o más y que, tras una pausa de veinticuatro horas, volvería a empezar hasta que la cisterna quedara llena.

Pareció un desperdicio perverso cuando ya no cabía más agua en la cisterna y tuvimos que desenganchar el tubo de bajada de la terraza y ver cómo toneladas de agua preciosa y espumosa recorrían el patio y salían para unirse al torrente que se vertía calle abajo. La calle de los Héroes vuelve a estar intransitable. Hay una playa en el puerto hecha del rico sustrato de la montaña, y el mar es un gran remolino amarillo hasta mitad

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del camino hacia el continente. Quizá algún día alguien construirá un almacén para toda esta lluvia desperdiciada, y la ciudad dispondrá de un suministro de agua decente durante los áridos meses de verano.

Cuando Martin y Shane se fueron a la escuela y Casandra llegó para limpiar la casa y tender las sábanas y la ropa empapada, nos declaramos de vacaciones y bajamos al puerto a tomar un café en Panayotis. Nos sentamos fuera, a una mesita azul al sol, y el propio Panayotis nos trajo un dulce hecho con el puré de uva de la vendimia para tomarlo con el café.

Qué alegría volver a ver el paseo marítimo como antes, con los caiques del mercado entrando a puerto y un tardío barco de vino con ganas de descargar barricas azules y volver al hogar. Los puestos de fruta estaban llenos de uvas negras y verdes, de granadas, de las primeras naranjas y mandarinas, pequeños globos de color verde ácido que aún deberían estar en los árboles. Todas las amas de casa estaban comprando; todos los cafés tenían un par de mesas fuera; Vasilis, el pescador de esponjas, de vuelta de Bengasi, rasgueaba una guitarra imaginaria y le cantaba una serenata a la vieja Cosima, la de la funeraria; los albañiles volvían a estar en los andamios alrededor de la torre del monasterio y los dos marmolistas importados de Atenas se afanaban con sus mazos tallando los bloques que se van a unir a los viejos fragmentos. Cuando la torre esté terminada, no creo que tenga un aspecto muy diferente.

—¡Eh! —gritó Vasilis a los marmolistas—. ¿Por qué no miráis si podéis hacer algo con el almirante?

Había sido un terremoto menor, al fin y al cabo. Oficialmente lo calificaron tan solo de «fuerte temblor»; quizá solo el hecho de que estuviera aquí la compañía cinematográfica hizo que mereciera la pena describirlo siquiera.

Qué raro que me asustara tanto, me da vergüenza. El temblor solo duró dos segundos, o eso se decía en el parte oficial, y no causó más daños que la aguja del monasterio, algunos cristales de ventanas y tres casas en ruinas que se hundieron en la tierra y la roca un par de meses antes de lo que lo habrían hecho en otras circunstancias. Ni siquiera los trozos de mármol voladores alcanzaron a nadie, excepto a Tsimis, el vendedor ambulante, cuya cabeza es toda hueso e inmune a los daños.

Y sin embargo, incluso cuando ya me había dado cuenta de que era así, y habían aparecido los niños, corriendo ágil y alegremente porque todos

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los demás corrían, y habían pensado que debía de haber algo nuevo que ver en alguna parte, aún me estremecía como si estuviera sollozando. El terror me duró días, el terror supremo de sentir la tierra firme y fiable temblar bajo los pies presa de una parálisis cósmica. Increíble, de algún modo, que la tierra no fuera sólida; antes debería caer el cielo. Y luego aquella figura desnuda y agazapada con barba de pala, los ojos cerrados con fuerza y la boca abierta en un aullido por la violenta impresión de quedarse sin aliento en los pulmones. Raro, raro…, como una antigua máscara griega con esos rasgos contorsionados que habrían podido expresar con igual veracidad la risa o el llanto…, como un Poseidón salido del mar… Poseidón el que sacude la tierra…

—Hola —dijo Sean bajando los peldaños de la oficina de correos. Se pasó los dedos por el pelo y esbozó una mueca irónica—. Bueno, ya he enviado el maldito manuscrito —añadió—. Parecía, de algún modo, un día propicio.

—Esta vez saldrá bien, ya lo verás.

—¡Al diablo con él! Ah, bueno, si uno va a ser escritor, lo va a ser y punto. Pero no empezaré con el siguiente hasta pasado el fin de semana.

De modo que Sean también ha llegado a entender que la decisión es irreversible. A nuestra humilde manera, todos estamos embarcados en nuestros viajes; incluso mientras vacilábamos, indecisos ante el estado de la marea y lo inadecuado de nuestro avituallamiento, ya nos habíamos lanzado a la corriente y a la vasta y aterradora soledad azul de la libertad, donde cada hombre debe navegar por sí mismo. Aun así —y pensarlo es un consuelo—, hay islas…

—¿No baja Lola? —le pregunté.

Sean sonrió.

—Ursula y Henry se la han llevado a rastras a ver casas.

Bajaron de la montaña media hora más tarde, Henry sonrosado y resoplando, Lola y Ursula con cestas repletas de ciclamen silvestre, azafrán amarillo y pequeños lirios verdes.

—Hay flores por toda la montaña —dijo Lola—. Verdaderas mantas de flores. Y se puede ver todo el golfo hasta la Arcadia. El macizo del Parnón se ve como si lo hubieran fregado. Está precioso.

—¿Cómo era la casa?

—No lo bastante grande —respondió Ursula con grandilocuencia—. Para vosotros está muy bien lo de tener una casita aquí abajo. Pero

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nosotros debemos tener varias habitaciones decentes donde se puedan colgar los cuadros, y luego salas de trabajo para Henry. Y un jardín, por supuesto. Además, tendrá que ser una de las casas de la montaña. No podría vivir sin ver esas islitas brincando en el mar. Bueno, Creonte va a tener que meterse en faena, eso es todo.

—Me importa un bledo —intervino Henry— que las islas brinquen o no, pero, por el amor de Dios, quedémonos una casa antes de que los ricos se las apropien todas. O ni siquiera una casa: con una bodega bastará. ¡Un condenado sótano donde pueda empezar a hacer que esas malditas cosas metan ruido!

—No sabes cuánto nos alivia encontrar la isla exactamente igual — comentó Ursula—. Ni te lo imaginas. Cuando recibí tu carta sobre todo lo que había pasado, casi me muero de desesperación. Pensé que era el fin. Y encima el terremoto. Pasé una semana sin dormir.

—Como nos pasó a todos.

El éxodo, puestos a pensarlo, había supuesto un magnífico alarde de organización, pese a la lluvia torrencial. Todo se hizo de forma muy eficiente, sin el menor alboroto, y con pequeñas y agradables muestras de cariño, como cuando el hombre de la gorra de béisbol se volvió hacia mí como quien no quiere la cosa y me dijo: «Aquí tienes una docena de tarros de mantequilla de cacahuete para los niños, y algunas ciruelas pasas y otras cosas, y he pensado que a Martin tal vez le gustarían estos cómics».

Hasta la última llave inglesa, la última farola de cartón, el ultimo plafón…, todo quedó bien empaquetado y etiquetado y se cargó en el orden preciso. Y al cabo de dos días no quedaba ni rastro del mundo de fantasía, salvo el molino restaurado, los escaparates recién pintados, las palabras mágicas «¡Cámara…, acción!», y cierta perplejidad, tal vez, en la mente de la aristocrática dama, que había vadeado el muelle entre cascadas de barro con el expreso propósito de disculparse ante el alegre hombre del abrigo multicolor por las extremas inclemencias del tiempo.

—¡Vaya! Es usted un encanto, señora —respondió él enjugándose la lluvia de la cara y dirigiéndose a la cuadrilla que cargaba con el equipo desde los camiones hasta las barcazas de desembarco—, pero así hay que actuar en nuestro negocio. Esta empresa es demasiado grande para que la detenga un poco de mal tiempo. ¿Y qué? Si necesitamos más localizaciones, nos limitaremos a construir todo esto… —abarcó con un gesto desdeñoso las nobles montañas con sus penachos y las hileras de

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casas blancas que se elevaban con sus velos blancos de novia— ¡en la isla Catalina! Ni se notará la diferencia.

Y más tarde se oyó a la aristocrática dama comentar, en un tono de persistente asombro, que en tal caso no entendía realmente por qué la compañía había venido a la isla.

Al cabo de una semana se habían marchado todos: los yates, las presentadoras, los jovencitos alegres, los buzos famosos, los nadadores, los compositores, los bailarines, los músicos; las muchachas ya sin esperanzas cuyos pechos aún se bamboleaban tan alegremente como cuando habían albergado esperanzas. También se habían marchado los nómadas para reanudar sus infructuosos viajes; se habían ido el caprino Fiódor, Jacques y Sykes, sabe Dios a qué eróticos pastos invernales. Al cabo de dos semanas, el nuevo tejado de paja de la compañía cinematográfica había desaparecido del molino rehabilitado, el balcón desde el que la Estrella se había asomado tímidamente se había venido abajo. Solo quedaba el «¡Cámara…, acción!», convertido ya en un abracadabra místico que me atrevo a decir que permanecerá para siempre, transmitido de generación en generación junto con las hierbas tradicionales y las leyendas.

—De todas formas —le dijo Lola, muy sabiamente, a Ursula—, serás una tonta si vacilas demasiado respecto a la compra de una casa. Si es que realmente quieres una, esto es. Tengo la sensación de que este puede ser el último invierno para los idilios. Espera a ver qué nos depara el próximo verano.

—Traerá a todos los chicos inútiles, como malditas golondrinas mensajeras —intervino George—. Traerá un turismo mejorado, en tres dimensiones, a todo color y en pantalla grande. Traerá a la gente de los sombreros graciosos y traerá a la gente de los yates.

—Seguramente para entonces tendrás también un yate —dijo Sean con una sonrisa.

—No. —George negó con la cabeza—. Pero te diré una cosa: he estado calculando el coste de convertir un caique de esponjas… y sale mucho más barato de lo que te imaginas. Lo que estaba pensando es que cuando nos llegue la próxima remesa de liquidaciones de derechos, podríamos buscarnos un viejo caique. Lola, tú puedes venir como cocinera…, y construiremos un pequeño retrete de marfil en la cubierta para que Sean tenga hermosos pensamientos mientras escribe una nueva

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Odisea…, porque para entonces será famoso, por supuesto, y tendremos que tratarlo con mucho respeto.

—¡Hurra! —gritó Lola—. ¿Adónde iremos?

—No lo sé. A cualquier sitio. Siempre he pensado que me gustaría seguir la ruta del Argo, hasta el mar Negro…, podríamos bautizar al bebé con el nombre de Jasón para que nos dé suerte. ¿Qué os parece?

—Eso tiene que decidirlo Creonte.

Y como si lo hubiera invocado, Creonte en persona apareció de pecho para arriba tras seis balas de paja puntiaguda y una tintineante recua de mulas cargadas de leña, recorriendo a grandes zancadas el muelle hacia nosotros, con el paso inexorable del mismísimo Sabueso del Cielo de Francis Thompson.

Detrás de él, en formación triangular, le seguían tres jóvenes excesivamente altos, de rostros rubios y anodinos: los primeros forasteros que llegaban a la isla desde el gran éxodo.

—¡Oh, no! —murmuró George con pesar—. ¡Más no, por favor! —¡Pero si son los suecos! —exclamó Lola—. ¡Se han afeitado la

barba!

—No podíamos más tiempo permanecer fuera de esta isla que amamos muy mucho —dijo Tripsino, entrechocando los tacones formalmente y saludando a cada uno de nosotros por turno.

—Hemos vendido nuestro apartamento en Estocolmo por un poco de dinero —explicó Pepsino.

Y Amilopsino, inclinándose para estrecharnos la mano a todos con gran seriedad, añadió:

—Nosotros interesados muy mucho actualmente en las esponjas. Creonte nos abrazó a todos con su más cariñoso ceño paternal y cogió

un azafrán amarillo de la cesta de Ursula. Ahí plantado y con una pose algo agresiva en la claridad y la fragancia de la mañana, se ajustó el chaleco tejido a mano y se deslizó el azafrán en el ojal.

—De camino hacia aquí —dijo—, se han encontrado con la chica austríaca que estuvo en verano, la que se llama To-to; es la que estuvo liada con ese joven francés amigo vuestro.

—Ah, sí —dijo Pepsino con tristeza—. Con Jacques. Ella fue a París a buscarlo, pero él no quería verla, ni quiso hablar con ella. Dijo que no la conocía.

—Llevaba un traje elegante —puntualizó Tripsino—. De color negro.

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—Y sin pendiente —añadió Amilopsino.

—Trabajaba —explicó Pepsino— en la tienda de un decorador de interiores, en la avenue Montaigne.

—Esta isla, dice To-to, él no parecía recordarla —explicó Tripsino. —Ahora le interesan muy mucho —dijo Amilopsino— los objets d’art

.

—¿Nadie se acuerda de qué día es hoy? —soltó Creonte con repentina y sorprendente severidad. Nos confesamos mutuamente ignorantes—. Pues hoy es nada menos que el día de San Demetrio. Y vosotros lleváis aquí el tiempo suficiente para saber que ese día tenemos la costumbre de abrir el vino nuevo.

San Demetrio. El día de Deméter, de la cosecha y la fecundidad. Parecía del todo adecuado recordar las cosas eternas en una mañana así, sentados al sol con los buenos amigos.

Más allá del almirante y su león, los dos estibadores Anastasis y Petros llevaban con ternura las barricas de duelas azules a las mulas que esperaban. Panayotis, al ver a los suecos y a Creonte, sacó un gran plato de puré de uva.

—Está bueno —dijo—. Comed mucho.

Los mazos de los marmolistas marcaban un ritmo claro y brillante que parecía tintinear desde el cuenco de cristal invertido del cielo. Atrapadas en cristal, las casas blancas resplandecían, con una grada tras otra cerniéndose en torno al anfiteatro de rocas lavadas por la lluvia y acantilados escarpados y relucientes. Por encima de las casas, las montañas se veían salpicadas del color achicoria de la hierba nueva y de flores de azafrán. Los campos en vertical en las laderas formaban parches de un verde esmeralda contra los abetos encaramados bajo el cielo. Diminutos y glaciales, los tres monasterios parecían a tu alcance si levantabas la mano.

Creonte golpeó la mesa azul para llamar la atención y se puso en pie. —Damas y caballeros. ¿No estaría bien que en esta ocasión tan feliz y

propicia, unidos como estamos una vez más para el trabajo y la alegría del invierno…, no estaría bien, decía, que ahora nos reunieramos con mi feroz y encantadora mujercita, que en este momento está esperando junto a una barrica sin abrir?

—Ya! —saludó Sócrates pasando a toda velocidad. Su rostro radiante quedaba casi totalmente oculto por una gorra de béisbol que le iba varias

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tallas grande. Sus brazos extendidos abrazaban montones de banderines. Una de las ristras de banderitas rojas, azules y amarillas recién lavadas lo seguía como una estela a través de un montón humeante de excrementos de mula.

—¡Cámara…, acción!, ¿eh? —gritó metiéndose prisa—. ¡Cámara…, acción!

Sean rio entre dientes y pellizcó el trasero de Lola.

—Por alguna razón inexplicable… a lo mejor es que me he dado cuenta de que habían quitado esas absurdas bolsas de lona de las grupas de las mulas… En fin, que por alguna razón inexplicable me he acordado de Sykes —dijo—. Ya sabéis, más vale una mano llena de descanso…

—… Que dos puños llenos de trabajo y correr tras el viento —terminó George por él con los ojos brillantes.

—¿Qué? —preguntó Henry—. Decidme de qué habláis, nos hemos perdido todo eso.

—Tenemos todo el invierno por delante para contároslo.

—No, venga —insistió Henry.

Pero Creonte intervino:

—Señoras y señores, ¿qué tal si nos encaminamos ya al bar de Katsikas?

Charmian Clift (1923-1969) fue una periodista y escritora australiana. Durante la Segunda Guerra Mundial se alistó en el 15 regimiento del Australian Women’s Army Service y sirvió en la batería antiaérea de Sídney, alcanzando el rango de teniente. Después de la guerra empezó a trabajar para el periódico Melbourne Argus. En 1947 contrajo matrimonio con el novelista y curtido reportero George Johnston, con quien se iría a vivir a las islas griegas en 1954. Allí, Clift escribió dos libros autobiográficos, Cantos de sirena (1956) y Los buscadores de loto (1959), y dos novelas, Honour’s Mimic (1964) y Walk to the Paradise Gardens (1960). Tras su regreso a Australia, donde pasó sus últimos años antes de suicidarse, Clift se convirtió en una escritora muy leída y apreciada gracias a sus columnas semanales en el Sydney Morning Herald y el Melbourne Herald.

[1] El título original, Peel Me a Lotus, se traduciría al español literalmente como «Pélame un loto», pero en la presente edición se ha optado por Los buscadores de loto. (N. del E.) <<

[2] Verso del poema «La canción de amor de J. Alfred Prufrock» (N. de la T.). <<

[3] Fragmento de un pasaje de la Biblia, Libro del Eclesiastés, 4:6. (N. de la T.). <<


FIN

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