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© Libro N° 14821. Los Detalles. Genberg, IA. Emancipación. Febrero 14 de 2026

 

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Versión Original: © Los Detalles. IA Genberg

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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LOS DETALLES

IA Genberg


Los Detalles

IA Genberg

Como si recorriera las páginas de un libro, una mujer postrada en cama con fiebre evoca a cuatro personas de su pasado: una expareja que saltó a la fama, una compañera de piso que desapareció del mapa, un amor sin futuro, una madre frágil y dependiente. Pero ¿quién es en realidad el retratado, la figura del lienzo o la que sostiene el pincel? El retrato se troca en autorretrato, y al trasluz de las personas que un día lo fueron todo para ella, la mujer recompone los retales de su juventud en el Estocolmo de los años noventa. Años de fiestas y titubeos académicos, de amistades y amores tan intensos como efímeros, cuando todavía había un listín telefónico en cada casa, la salud mental no formaba parte del vocabulario cotidiano y el nuevo milenio se esperaba con optimismo.

Ganadora del Premio August, el galardón literario más importante de Suecia, y convertida enseguida en un éxito internacional, esta novela de prosa delicada y precisa está escrita desde un yo en el que es fácil verse reflejado: inestable y cambiante, moldeado por el roce íntimo con un puñado de personas y por los detalles —un gesto, una canción, una nota de amor escrita en un libro— que dan densidad y textura a una vida, a todas las vidas.

Ia Genberg

Los detalles

ePub r1.0

Titivillus 05-02-2026

Título original: Detaljerna

Ia Genberg, 2021

Traducción: Gemma Pecharromán Miguel

Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó

Imagen de la cubierta: Ma Po Times © Hope Langloff, 2008

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

JOHANNA

Después de varios días con el virus en el cuerpo, me sube la fiebre y se me ocurre releer una novela en especial. Solo cuando me meto en la cama y la abro entiendo el motivo. En la guarda, escrito a mano con bolígrafo azul y una letra inconfundible, se lee:

29 de mayo de 1996

Que te mejores pronto.

Hay crepes y sidra en la crepería Fyra Knop. Ya tengo ganas de volver allí contigo. Besos (que preferirían posarse en tus labios),

Johanna

En aquella ocasión yo tenía malaria, que había contraído un par de semanas antes por culpa de una picada de mosquito de África Oriental en una tienda de campaña cerca del Serengueti. Cuando llegamos a casa caí enferma y me ingresaron en el hospital de Hudiksvall, sin que nadie supiera por qué se disparaban las constantes vitales, y cuando finalmente establecieron el diagnóstico, todos los médicos hicieron cola para ver a la mujer que padecía la exótica enfermedad. El interior de mi frente ardía como una hoguera y todas las mañanas me despertaban al amanecer mis propios jadeos y un dolor de cabeza que nunca antes había sufrido. Después del viaje a África Oriental, había ido directamente a Hälsingland para visitar a mi abuelo, que iba a morir pronto, y en cambio fui yo la que enfermó y casi se muere. Estuve hospitalizada más de una semana, y cuando Johanna me regaló el libro yo estaba acurrucada en nuestro dormitorio, en Hägersten, adonde me habían trasladado en ambulancia vía Uppsala para practicarme una biopsia del hígado. No me acuerdo del resultado, no recuerdo gran cosa de aquel comienzo de verano, pero no he olvidado nuestro apartamento, ni el libro, ni a ella. La novela se disolvió en la fiebre y el dolor de cabeza y se fundió con ellos, y justo ahí empieza el hilo que conduce hasta aquí, una vena emocional cuya carga de fiebre y

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peligro me insta esta tarde a acercarme a la estantería para buscar precisamente esta novela. Una fiebre y un dolor de cabeza que no remiten, la maraña de pensamientos angustiosos tras los ojos, el susurro de una necesidad imperiosa (lo reconozco porque lo he vivido antes), con cajas de paracetamol ineficaz tiradas en el suelo, junto a la cama, y botellas de agua con gas que vacío sin lograr saciar mi sed. En cuanto cierro los ojos, empiezan a desfilar las imágenes: cascos de caballo en un desierto árido, penumbras de sótano húmedo con fantasmas silenciosos, cuerpos sin forma ni perfiles, grandes vocales que me gritan, es decir, el menú completo de pesadillas que me persiguen desde que era una niña, aderezado con la muerte y la aniquilación que acompaña al pensamiento mismo de la enfermedad.

La literatura era nuestro pasatiempo favorito, mío y de Johanna. Nos proponíamos temas y autores la una a la otra, de diferentes épocas y regiones, así como obras sueltas, antiguas y contemporáneas y de distintos géneros. Aunque nuestros gustos eran parecidos, se diferenciaban lo suficiente como para que nuestras conversaciones resultaran interesantes. En algunas cosas discrepábamos (Oates, Bukowski), otras nos dejaban indiferentes (Gordimer, la novela fantástica), y había una parte que nos entusiasmaba a las dos (Östergren, Krilon, Lessing). Podía adivinar su opinión acerca de un libro por el ritmo al que lo leía. Si tenía prisa por terminarlo cuanto antes (Kundera, todas las novelas policiacas) sabía que se aburría, y si leía muy despacio (El tambor de hojalata, toda la ciencia ficción) significaba que se aburría igual, pero tenía que esforzarse para avanzar en la lectura. Johanna consideraba que era una obligación terminar de leer los libros que había empezado, tal como había terminado todos los cursos, trabajos y proyectos. Poseía un sentido del deber profundamente arraigado, una especie de respeto ante la tarea que se había propuesto emprender, por más descabellada que pareciera. Supongo que era algo que había aprendido en casa, de sus padres, que eran personas creativas, decididas y perseverantes. Ella misma decía que llevar a cabo la tarea que se había propuesto era una manera de afrontar el futuro sin lastres, tener una hoja de servicio impoluta o clean sheet, como decía ella. Johanna vivía en una sola dirección, hacia delante, hacia delante. En eso nos diferenciábamos; yo apenas lograba acabar ningún proyecto importante. Después de trabajar un año en la cadena de quioscos Pressbyrån, empecé varias carreras universitarias que abandoné o pospuse indefinidamente,

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antes de comenzar a escribir en serio. Y ni siquiera entonces, cuando tomé la decisión de intentar convertirme en escritora a tiempo completo, logré seguir el camino que yo misma me había marcado. En cambio podía pasarme días enteros deambulando por las calles de Aspudden, Mälarhöjden, Midsommarkransen y Axelsberg. Era un tiempo en el que los barrios próximos al centro de la ciudad todavía tenían una pátina de sordidez, con clubes de moteros, estudios de tatuaje y lóbregos videoclubes con salón de bronceado. Las estaciones de metro eran tristonas y estaban sucias. Allí vivían todo tipo de personas, oficinistas que iban a trabajar cartera en mano, artistas que alquilaban estudios baratos en zonas industriales, drogadictos que vivían en tugurios donde la policía hacía redadas, viejos bien bronceados sentados en la plaza con sus botellas de cerveza; todos vivían pared con pared en los edificios de tres pisos que bordeaban las sinuosas calles principales, llenas de tiendas de techos bajos que vendían especias extranjeras a pie de calle y sencillos restaurantes de menú decorados en tonos marrones, en los que yo solía permanecer sentada en un rincón, con el plato vacío en una bandeja de plástico, apurando los últimos sorbos de una cerveza light mientras observaba al resto de clientes a primera hora de la tarde. Tenía delante de mí un bloc de notas y un bolígrafo cuidadosamente elegido, pero apenas los usaba. Podía parecer muy concentrada pero no lo estaba, y en la pila de libros que tenía en la mesita de noche siempre había uno o dos que había dejado por la mitad. Prefería leer libros que me atrapasen por completo. Esto me ocurría con la mayoría de las cosas, y por eso había pocas obligaciones en mi vida, quizá demasiado pocas. De hecho, en cuanto sentía algo como una obligación, lo apartaba de inmediato. Era un punto de partida que no daba lugar a una hoja de servicios impoluta, y supongo que Johanna no podía ver esta indolencia mía más que como un reto. Había algo en su ritmo y en su entusiasmo que me daba una sensación de velocidad, que hacía que las cosas ocurrieran. Quizá fue ese aspecto de su carácter el que me infundió tanta confianza en nuestra relación. Ella había empezado conmigo y no pensaba darse por vencida. No se iría, no cedería a ninguna tentación de abandonarme. Me relajé, me dejé llevar. Ella era tan detallista, tan cariñosa y leal. ¿Se le ocurriría alguna vez romper conmigo? No, pensé. Nunca.

El libro que tengo en la mano es La trilogía de Nueva York. Auster, hermético pero liviano, tan sencillo y sin embargo tan retorcido, paranoico a la par que lúcido, y con un cielo abierto entre cada palabra. Johanna y yo

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estábamos de acuerdo en ese punto, y cuando la fiebre remitió un par de semanas después, lo volví a leer en busca de defectos, para ver si podía descubrir algo o si me vencía el aburrimiento, pero no encontré ni una sola frase que chirriara, y poco después leí El Palacio de la Luna y quedé igual de fascinada. Auster se convirtió en uno de mis puntos de referencia, tanto cuando leía como cuando escribía, incluso cuando lo olvidé y dejé de comprar sus libros a medida que iban saliendo. Su afilada sencillez se mantuvo como un ideal que al principio iba asociado a su nombre y luego continuó sin él. Algunos libros tienden a permanecer en el alma mucho tiempo después de que los detalles y los nombres hayan desaparecido de la memoria. Más tarde, cuando finalmente visité Brooklyn por primera vez, busqué su dirección como si fuera algo de lo más normal. Fue unos años después del cambio de milenio, y hacía mucho tiempo que Johanna me había dejado por otra persona, de manera inesperada y brutal, heladora. El día que me quedé mirando las escaleras que conducían a la casa de ladrillos marrones donde Paul Auster y Siri Hustvedt vivían y escribían sus libros, yo llevaba un tiempo conviviendo con un hombre que en ese momento estaba comiendo tortitas con mi hija en un café cercano. La plasticidad del tiempo hizo que pudiera detenerme allí, en Park Slope, como si Johanna estuviera a mi lado y pudiera oírla decir algo sobre el azar, algo que yo entendería mucho más tarde, y a las dos nos pareciera observar algún movimiento detrás de una de las cortinas del piso de arriba.

Al igual que la fiebre, la malaria instaló en mi cuerpo una especie de infinitud; la enfermedad parecía un estado permanente. Habíamos viajado para visitar a dos amigos de Johanna que trabajaban en lo que entonces se llamaba una «campaña de ayuda humanitaria», un concepto que parecía capaz de dar cabida a casi todo. Incluso después de pasar dos semanas en su compañía, su misión me pareció bastante difusa. Uno de ellos rodaba una película para una organización, película que estaba destinada a proyectarse en una conferencia, suponiendo que dicha conferencia llegara a impartirse y que la película estuviera lista; y el otro, al parecer, no tenía otro cometido más allá de seguirlo y acarrear el trípode de la cámara. Iban a estar allí tres meses y luego continuarían viaje hacia el sur. La noche en que me picó el mosquito era nuestra última noche en la tienda de campaña fuera del Serengueti, y a pesar de que compartíamos mosquitera nadie vio nada, pero en el vuelo de regreso a casa descubrí que tenía en el codo tres picaduras que me escocían. Johanna se había librado. En realidad, la fiebre

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no duró más de dos o tres semanas, tal vez cuatro, pero yo sentía como si llevara meses en la cama. Johanna me refrescaba la frente, me compraba pequeños dulces en la pastelería de la plaza, a la medida de mi escaso apetito. Decía estar preocupada porque se me marcaban los huesos de las caderas, aunque comprendí que, en secreto, la fascinaban. Me preparaba sopas con nata y tostaba pan en el horno, unas rebanadas que untaba con generosos trozos de mantequilla. Yo estaba agradecida por todo, por la comida y por los regalos, por los libros de bolsillo en los que escribía poéticas dedicatorias. Ella provenía de una afectuosa familia de clase media alta de Täby, y así se daban los regalos en su casa, en cualquier momento, tocara o no, envueltos con elegancia y con una hermosa tarjeta debajo del lacito. La entrega de un regalo era un acto solemne, aunque el obsequio fuera sencillo y se deslizara sin más sobre la mesa en un almuerzo. En el mundo de Johanna la importancia de los regalos no residía solo en el contenido y el envoltorio, sino también en el grado de sorpresa, en el sentido de la oportunidad y en las referencias al pasado o a un posible futuro. Cada regalo iba envuelto en una red de alusiones, guiños y sobreentendidos. Con el tiempo, la cantidad de regalos acumulados se convirtió para mí en una carga, porque yo no podía estar a su altura. Sus regalos eran demasiados, demasiado caros y demasiado llenos de promesas, y además Johanna tenía un ojo para la belleza del que yo carecía; encontró el reloj idóneo en la tienda de un museo, y en un cine amenazado por el cierre compró una bandeja que tenía impreso el cartel de una película. Aún conservo ambas cosas, mis hijos me han preguntado quién era Monika y quién pasó un verano en blanco y negro con ella[1], y guardo el reloj roto y sin correa en un neceser, pero nunca he encontrado uno igual de bonito. La brutal despedida de Johanna hizo que tirara algunos de sus regalos y colocara el resto en un trastero del desván con la intención de sacarlos más adelante, a medida que se enfriasen los sentimientos. El precio era lo de menos en un regalo; nunca hablábamos de dinero. Ella nunca pidió un préstamo para pagarse los estudios, como hacíamos todos los demás (nos conocimos en un curso de periodismo en la universidad), sino que tenía una tarjeta Visa vinculada a una cuenta en la que sus padres le iban ingresando dinero. Para mí, que me había marchado de casa a los dieciséis años y desde entonces me valía por mí misma, y que acarreaba con algunas carreras universitarias ya iniciadas a mis espaldas, cada gasto suponía recortar por otro lado el presupuesto. Aparte de los

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libros, dudo que ella conserve algo de lo que le regalé durante el tiempo que estuvimos juntas: la cámara compacta, el batín de seda de rayón, las viñetas enmarcadas de algún dibujante de historietas que entonces estaba de moda pero que ahora ha caído en el olvido. Los regalos que le hacía, el hecho mismo de dárselos, me dejaban con un sentimiento de inferioridad, porque no podía evitar recordar lo que me habían costado y su escasez relativa. En comparación con ella yo era torpe, y de pronto era consciente del valor del dinero y de lo que podía significar una falta innata de buen gusto. Por lo demás esas cosas solo existían en el sotobosque de nuestra vida en común; no hablábamos de ello. Quizá hubiera también cierta dosis de violencia en su manera de hacer regalos, una superioridad triunfante que se evidenciaba cada vez que deslizaba una caja rectangular sobre la mesa (un collar con una lágrima irregular de plata), o cuando colocaba un paquete grande en medio del salón (unos patines de cuchilla para patinaje de fondo con sus correspondientes botas y punzones de seguridad para salir del agua), o ponía en mi almohada un libro recién publicado envuelto en papel de regalo (Góndola fúnebre, de Tomas Tranströmer), o volvía a casa con una caja de la pastelería Gunnarsons y la balanceaba delante de mi cara antes de dejarla en la mesa entre las tazas de té. Era un tipo de generosidad que no le costaba nada pero que sabía que yo nunca podría igualar, y que por tanto le daba una ventaja secreta. Cuando me quedaba sin dinero era ella quien llenaba la nevera y la despensa, y lo hacía con queso comprado en una parada del mercado, zumo recién exprimido y café recién molido en una bolsa de papel marrón de la tienda de cafés de la calle Linnégatan. Alguna vez, probablemente justo después de la ruptura, pensé: ¿será así como se manifiesta la violencia estructural, enseñándole inconscientemente al otro lo que es un regalo, dónde debe comprarse y cómo ha de presentarse? ¿Enseñándole a no comprar el pantalón, el pesto, el ordenador ni la sartén más barata, como solía hacer yo, sino la mejor versión de cada producto? Un par de años después comprendí que todos estos pensamientos sobre la violencia latente de los regalos eran imaginaciones mías, surgidas de la experiencia de ser abandonada, construidas a posteriori por una conciencia llena de resentimiento. Johanna me regaló La trilogía de Nueva York nada más que por buena voluntad, y los besos de la dedicatoria (que preferían posarse en mis labios) eran tan genuinos como pueden serlo unos besos impresos en tinta azul en la guarda de un libro.

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Leer con fiebre es como jugar a la lotería; el contenido del texto puede quedarse en nada o penetrar profundamente en los huecos que abre el cambio desbocado de la temperatura corporal. Por eso La trilogía de Nueva York me conmovió de una manera que nunca llegaría a comprender, y por eso regreso a ella hoy, casi veinticinco años después, con una fiebre completamente diferente ardiendo detrás de mis ojos. Una fiebre completamente diferente, escribo, aunque todas las fiebres son la misma fiebre. Las mismas pesadillas, la misma angustia. En un tiempo doblado, como el que transcurre a menudo bajo la influencia de la fiebre, de repente puedo encontrarme junto a la persona que fui hace veinticuatro años. El límite de la locura está en los treinta y nueve grados, pero un poco por debajo, cerca de los treinta y ocho, hay un remanso claramente perceptible en el que no me disgusta pasar mis días. Es una franja donde se baja la guardia y a la cual pueden acceder las figuras del pasado sin actuar como fantasmas. Treinta y ocho grados es una temperatura en la que la capacidad del cuerpo para mantenerse vivo permanece intacta, mientras que el interés por ser un ser social alerta e informado disminuye, y para quien soporte que el pasado se le presente como una jauría de perros entre las piernas, ese remanso ofrece una agradable languidez. Recuerdo las fiebres de la infancia, todas aquellas fiebres anteriores a la época de los termómetros rápidos, cuando la medición requería vaselina y tenacidad, cuando mi madre observaba la marca azul del mercurio y constataba lo que ya sentía mi cuerpo: treinta y ocho grados, un día de perezosa disipación, con paredes muy finas entre el mundo y yo. Con treinta y ocho grados ya no hay nada dentro de mí que me susurre «adelante». ¿Y no será esa la esencia más profunda de este mundo, lo que hace que todo se mueva? Adelante, adelante.

Abandoné el curso universitario en el que nos conocimos antes de que terminara el semestre. Alentada y entusiasmada por Johanna, había decidido dar una oportunidad a la escritura, y me puse manos a la obra con un proyecto narrativo en el que llevaba pensando un tiempo. Estaba basado en un único tema y era una colección de cuentos que quizá podría haber salido bien si yo hubiera terminado algunos más. Avanzaba un trecho, hasta la mitad o un poco más en cada relato, y entonces desfallecía. Adelante es una dirección apta para el que va deprisa, y yo dedicaba días enteros a pulir frases que luego tachaba por completo. Johanna se graduó, por supuesto, y consiguió a través de su influyente padre un trabajo en la

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radio local. Cuando llegaba a casa a las seis o las siete de la tarde, se colocaba detrás de mí, junto al escritorio grande, y miraba la pantalla del ordenador, si yo se lo permitía, algo que solía hacer la mayor parte de las veces, y después asentía sonriendo. Incluso las veces en que la pantalla contenía más o menos las mismas frases que el día anterior, se mostraba optimista. Yo nunca había dejado que nadie leyera lo que había escrito, pero con ella me parecía natural, probablemente porque analizaba con absoluta atención todo lo que yo extraía de mi interior. Pese a ser consciente de que ella confundía los besos en mis labios con la valoración de mi texto, su buena voluntad me animaba a continuar. Aquello se convirtió en un juego en el que sus consejos podían ser tan concretos como poner el dedo en la pantalla y decir: «podrías hacer que se junten al final», o «haz que ella parezca más loca», y al día siguiente, cuando volvía a casa, se lo encontraba hecho. Resultó que cada relato necesitaba su toque final para darlos por concluidos, como si no solo leyera mis intenciones mejor que yo, sino que además viese adónde podían conducir. Surgió en mí algo parecido a las ganas de trabajar, y logré establecer una rutina que suponía una producción diaria. Había una alegría en superar los altibajos a base de esfuerzo, y descubrí que el trabajo que invertía un día tendía a poder repetirse en los días sucesivos. Al cabo de algunas semanas, el hábito de escribir había sustituido las ocasionales ráfagas de inspiración que, si bien antes me habían guiado, no producían más que un par de páginas cada vez, de las que a lo sumo se salvarían uno o dos párrafos después de un repaso atento. Hice de tripas corazón, vencí el miedo, me volví metódica y tenaz, escuchaba los elogios y comentarios de Johanna, reescribía, escribía mejor, seguía escribiendo. El desánimo que solía atormentarme desapareció milagrosamente. Ahora estaba en el cuarto de Johanna, en un abrazo cálido y productivo. Ella acumulaba superlativos, parecía una campaña promocional, y sus palabras se convirtieron en una especie de reconocimiento de que yo había elegido el camino correcto. Después, cuando desapareció con sus libros y su ropa y me dejó sola con un apartamento polvoriento que yo, como no tenía dinero, no podía pagar y una colección de muebles que no quería, comprendí que su devoción me había atado a ella, o mejor dicho: mis capacidades estaban atadas a su presencia. Y precisamente con ella desapareció mi única lectora, mi mejor lectora, mi lectora más certera y alentadora, y los obstáculos para sentarme de nuevo y terminar de escribir algo resultaron insalvables. A lo largo de

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los años he intentado, ya fuera consciente o inconscientemente y más veces de las que puedo contar, recrear esa situación con otras personas. Después de Johanna he estado con hombres y mujeres aficionados a la literatura pero que no querían leer lo que yo escribía, o que sí que querían pero no entendían nada, o que entendían algo pero no tenían nada sensato que decir, o que no entendían por qué yo intentaba escribir; hombres y mujeres aficionados al tipo equivocado de literatura (solo novela policiaca) o a la literatura correcta por razones equivocadas (Ellroy, porque es duro), o que disfrutaban las mismas cosas que yo por las mismas razones, pero no veían ningún motivo para hablar de ello, o que sencillamente opinaban que la palabra impresa había quedado obsoleta como expresión artística. Ninguno de ellos consiguió mezclar sus besos en mis labios con otra cosa. Los besos caían siempre donde tenían que caer (en mis labios), nunca en ningún otro lugar de mi vida o de mis esfuerzos por crear algo.

Las ganas de releer La trilogía de Nueva York quizá sean fruto del azar, pero lo más probable es que se deban a la fiebre que tensa el nervio que recorre las vértebras cervicales y sube a través de mi garganta inflamada hasta el cuarto de las pesadillas y los escalofríos. En cierto modo, la vida se renueva cada día, cada segundo, pero visto de otra manera podría decirse que constantemente regreso a los mismos espacios de mi interior. Johanna y yo habíamos llegado a adorar el azar, como todas las parejas que se conocen por azar precisamente, de ahí que nos fascinaran tanto los libros de Auster. No hay ningún escritor que otorgue tan conscientemente al azar un papel destacado en todo lo que ocurre. Cuando nos conocimos, ambas estábamos emparejadas, ella con una mujer y yo con un hombre que acababa de pedirme matrimonio, y la casualidad hizo que las dos nos matriculásemos en el mismo curso en la universidad. Antes incluso del curso introductorio, yo ya sabía que iba a dejarlo, pero aun así asistí a clases e hice el primer examen, y cuando fui al bar tras finalizarlo, solo había un sitio libre. El día anterior nuestras miradas se habían cruzado en el aula, a través de la multitud. En el bar, Johanna estaba sentada en el extremo de una mesa grande. Llevaba una camisa negra sin cuello y unos vaqueros, y al rozarse nuestros antebrazos surgió una corriente que electrificó el ambiente hasta altas horas de la noche, cuando ya solo quedábamos nosotras. El lunes siguiente rompimos con nuestras respectivas parejas, dos escenas independientes pero aun así

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interconectadas, y al cabo de una semana nos mudamos juntas a un apartamento de Hägersten que un compañero de la facultad había heredado de un familiar y quería alquilar. Yo tenía veintisiete años y Johanna veinticuatro. Nos instalamos la una en la vida de la otra como solo lo hacen las personas que están seguras de tener por delante una larga vida juntas, como si se hubiera emitido una garantía de que nada nos separaría antes de la muerte. Dispusimos nuestros libros y otras pertenencias sin distinciones ni marcas, y se daba por sentado que todo lo que comprábamos (la batidora, los muebles del balcón, De döda pjäserna [Las piezas muertas] de Lars Norén) era de uso común, sin que hiciera falta decir nada. No había ningún plan de futuro, ninguna próxima salida al teatro, ningún viaje, fiesta o mudanza que no nos incluyera a las dos, y con el tiempo nuestras referencias y experiencias compartidas se multiplicaron hasta que, finalmente, llenaron por completo nuestras vidas. Ella era la protagonista de mi existencia. Mi vida era Johanna, las conversaciones que manteníamos, el lugar que compartíamos en la Tierra. Nunca volvería a sentirme tan segura con nadie, tan segura de tener realmente a alguien. Ni siquiera mucho después, cuando contemplé por primera vez los ojos oscuros de mi hija recién nacida, estaría tan segura de tener a alguien.

Entonces, a mediados de los años noventa, los locales como Fyra Knop eran ya poco habituales. Aquellas mesas de madera sin manteles, el hombre que vertía la masa de las crepes en las sartenes redondas junto a las escaleras de la entrada, y las robustas botellas de litro de sidra de manzana conservaban un aire rústico. El establecimiento era pequeño y estaba lleno de humo, las mesas estaban muy juntas y allí dentro se nos iban las tardes, como si el tiempo transcurriera a un ritmo distinto, más internacional. El camarero llevaba un paño de cocina colgado de la cinta del delantal y repetía los pedidos en francés sin anotarlos, y de vez en cuando —un gesto puramente teatral, y no por ello menos perfecto— tomaba el paño y frotaba una mancha invisible en alguna mesa. Entre las seis y las once la campanilla de la puerta del local anunciaba sin cesar a la gente que asomaba la cabeza en busca de una mesa libre, y si era invierno una nube cálida de vapor y humo de tabaco invadía la acera cada vez que se abría la puerta. Íbamos allí con compañeros de curso —suyos, míos o de las dos—, con mi mejor amiga, Sally, otros amigos, los hermanos de Johanna o alguno de sus nuevos compañeros de trabajo de la radio local. Se trataba de llegar a tiempo de ocupar una de las mesas más grandes, y

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dejar que la tarde transcurriese tranquilamente mientras los platos y las botellas iban y venían —galettes con queso de cabra, miel y espinacas, y crepes con chocolate, pistachos y azúcar de caña—, y Johanna y yo comíamos la una del plato de la otra como hermanas, de una manera que nunca he podido hacer con nadie. Podíamos pedir una galette cuando llegábamos, a las seis, y luego esperar dos horas antes de tomar la siguiente. Mientras tanto, las personas y el lugar que ocupaban alrededor de la mesa cambiaban, los ceniceros se llenaban y vaciaban, los temas de conversación surgían, desaparecían y reaparecían. Después, a eso de las ocho, pedíamos otra ronda de galettes, o de crepes, y vuelta a empezar. El hombre del paño de cocina venía y frotaba las manchas, retiraba vasos y jarras y hablaba francés con Johanna y otros que lo entendían. Más tarde nos subíamos al metro de la línea roja en la estación de Slussen para regresar a casa, nos sentábamos frente a frente y seguíamos hablando. Era como una sola conversación que nunca se interrumpía, ni siquiera cuando estábamos separadas, ni siquiera la primera Navidad que celebramos cada una por su lado. Por mi parte, la conversación con Johanna continuó hasta mucho después de que ella hubiera desaparecido. Quizá nunca se haya silenciado del todo.

Fue después de una de esas tardes en el Fyra Knop cuando presencié por primera vez el cambio de clima, el espectáculo de lo que más tarde di en llamar la helada. Naturalmente miento al escribir esto, porque lo había percibido desde el principio, su manera de estar totalmente pendiente de mí durante un momento y al siguiente contestar al teléfono como si estuviera en la oficina; o al contrario: podía volver a casa, tirar la cazadora contra la pared y soltar una andanada de invectivas por algo que había ocurrido durante el día, para luego, en medio de una frase, mirarme y dedicarme una sonrisa, y todo ello en lo que dura un suspiro. Tenía la habilidad de permanecer tranquila y fría y de cambiar de humor a voluntad. Era un tipo especial de talento que no congeniaba con el resto de sus cualidades. Para mí, su manera de conectarse y desconectarse era admirable e inquietante a la vez. Daba a entender que Johanna tenía lo que se llama control absoluto, lo cual parecía un signo de madurez, pero al mismo tiempo le otorgaba un aire deshumanizado, una temperatura inhumana. Yo podía pasarme una noche entera dándole vueltas a un intercambio de palabras, sin ser capaz de apagar o desactivar mis sentimientos. El pasado nunca me dejaba en paz, y sé que a Johanna le

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parecía patético. «Suéltalo, sin más», me decía sin que yo tuviera ni idea de cómo se hacía eso. Yo no era capaz de elegir mis sentimientos, desprenderme de ellos o conservarlos; eran más bien ellos los que al final solían darse por vencidos y dejarme escapar.

Esa noche, cuando volvíamos a casa en metro desde Slussen, se subió al vagón en Zinkensdamm un hombre borracho y maloliente que se sentó al otro lado del pasillo y empezó a hablarnos, como hacen a veces los borrachos. Nosotras no teníamos ganas de interrumpir nuestra conversación y lo ignoramos; yo le dirigí una sonrisa educada pero ligeramente desdeñosa, pero cuando el tipo continuó balbuceando, sobre todo para sí mismo, Johanna se volvió hacia él y lo abroncó con elocuencia y una frialdad heladora. Nunca hasta entonces la había oído hablarle así a nadie, creo que las palabras «excremento», «caraculo» y «cerdo meado» salieron a relucir, y cuando terminó se volvió de nuevo hacia mí y le cambió de golpe la expresión de la cara. Fue como si se hubiera puesto y quitado una máscara en los pocos segundos que empleó en darse la vuelta, pero no llegué a comprender si al retomar nuestra conversación se estaba poniendo o quitando la máscara. Mientras yo, tan sensible y alérgica al conflicto, miraba al hombre de soslayo, Johanna prosiguió en su tono de voz habitual. Yo esperaba que en cualquier momento se le escapara la risa y revelara que era puro teatro, o hiciera algún comentario sobre el incidente, pero continuó hablando; el hombre se apeó en Liljeholmen y nosotras seguimos nuestro trayecto. Cuando nos acostamos le pregunté: «¿Es algo innato en ti?». No entendió a qué me refería, parecía sinceramente desconcertada. «La capacidad de cambiar de humor. Ese viejo del metro. No se te veía alterada en absoluto.» Ella se rio. «Es que no estaba para nada alterada.» Continuó riéndose, esperando a que yo dijera algo. «Le has puesto verde como si nada. Hablabas como si le estuvieses pidiendo la hora», dije yo. Johanna se encogió de hombros. «¿Y?» Le cogí de la mano, como para suavizar lo que le decía. «Es solo que me ha chocado que pudieses hablarle de esa manera y luego continuar la conversación conmigo, todo en el mismo suspiro. Como si no sintieras nada.» Johanna negó con la cabeza y soltó mi mano. «¿Adónde quieres ir a parar?» Ya no se reía.

La temperatura entre nosotras bajó y me arrepentí de haber mencionado el incidente. Tras el breve episodio con el hombre del metro, que ni ella ni yo volvimos a comentar, comprendí que la helada formaba

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parte de su persona, pero no como una carencia sino como una herramienta, una pequeña superficie de hielo que le resultaba útil.

Tomé la decisión de abandonar definitivamente la escritura varios años después de la desaparición de Johanna, de improviso, mientras cortaba una cebolla en casa de Sally. Había asistido a otro curso de escritura aquel verano sin terminar ninguno de los relatos que había empezado. Los demás participantes habían asimilado enseguida el enfoque del profesor sobre la fluidez de la escritura y luego se habían vuelto a casa con las carpetas llenas de manuscritos acabados. El curso estaba abierto a todo el mundo, había jubilados llenos de vitalidad, jóvenes ambiciosos y unas cuantas personas que iban allí para sentarse en el césped del amplio patio por las tardes y beber vino, pero todos estaban contentos y todos terminaron el curso. Yo me diferencié del resto en ambos aspectos. El primer día me alié con el profesor y traté de obtener su aprobación y sus elogios. Dijo que mis textos tenían algo que él llamaba «un ojo nostálgico para los detalles» y otra cosa a la que llamó «precisión inexacta», y yo dediqué bastante tiempo a tratar de entender qué podían significar esas abstracciones, hasta que comprendí que les decía más o menos las mismas cosas a todos los participantes. Sus ejercicios poseían una «ingeniosa distancia» o «una brutalidad que desarma» u ofrecían una «resistencia radiante». Todos menos yo parecían encontrarles sentido a esas sandeces. El profesor era un escritor con un puñado de poemarios y novelas a sus espaldas, y hablaba de su propia escritura en términos de «magia creativa», «proceso inconsciente» y «caprichos domesticados de presencia espacial». Sally se rio a carcajadas cuando le hablé de él, pero luego me miró y levantó el cucharón con el que había estado removiendo una cacerola de espinacas y ajo. «Aunque con lo de un ojo nostálgico para los detalles ha dado en el clavo.» Estábamos cocinando una lasaña, mi hija dormía en el cochecito en el recibidor, puse el horno y cogí una cebolla grande de la despensa, corté las raíces y los incipientes brotes verdes del otro extremo. Y justo entonces se produjo uno de esos raros instantes en los que todo se me aparecía con una nitidez absoluta: mi tercer curso de escritura fallido, mis amigos, comprensivos pero desconcertados, el hecho de permitir que me mantuvieran otros, las becas y los créditos bancarios que había solicitado y los trabajos alimenticios que había desempeñado para buscar en vano el camino de regreso a aquel cuarto. Pelé la cebolla y eché las pieles crujientes al fregadero, saqué una tabla de cortar, partí la cebolla por la

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mitad y la corté en rodajas finas. De pronto vi con claridad que ese cuarto se había cerrado para mí a finales del siglo pasado. Fue una constatación sencilla, como echar un vistazo a través de la ventana para ver qué tiempo hace: «Está lloviendo». La siguiente constatación siguió a la primera, igual de sencilla y cristalina: todos mis intentos por escribir eran una vana búsqueda de algo que había perdido para siempre. Tenía la cebolla medio partida, la decisión medio tomada. La tercera constatación se plasmó en forma de imagen: una llanura que se extendía ante mí, sin ambiciones acuciantes, sin la presión de tener ideas, sin planes ni vanidad. Sin fracasos continuos. Me rendí, era libre. Las palabras «perdón» y «libertad» son las mismas en varios idiomas, puede parecer una obviedad, pero en ese momento me di cuenta de que la palabra «soltar» podía decirse en una sola exhalación. Las rodajas estaban perfectamente cortadas delante de mí. Sally me miró. «¿Es por la cebolla?» Luego tomó la tabla de cortar y lo echó todo a la sartén. «¿O estás llorando de verdad?»

Johanna pasó a ser una figura de mi pasado, una de tantas, y si no se hubiera convertido en un personaje público probablemente me habría resultado más fácil olvidarla. Entonces el recuerdo habría palidecido y se me habría hecho presente solo de vez en cuando en accesos de fiebre o en momentos de autocompasión y melancolía; se habría erosionado y disuelto, y al igual que en las pinturas mal restauradas solo habrían quedado unos pocos fragmentos inconexos. Es posible que al pasar por Fyra Knop me saliera al encuentro una voz adherida a un aroma, o que le dedicara un breve pensamiento al pasar por la tienda de cafés de la calle Linnégatan, o que me detuviera ante un artículo sobre la ardua composición de Góndola fúnebre publicado con motivo de la muerte de Tranströmer. Al igual que la mayoría de la gente que ha sufrido un abandono, abrigué la sencilla esperanza de no volver a verla; en eso consistía una separación, creía yo, en que si no podía tenerla para siempre no la quería en absoluto, no quería oír su nombre ni ver su cara ni nada que me hiciera recordar sus besos (en mis labios). La ruptura en sí fue abrupta y fría como el hielo, duró menos de una semana (una nota de amor encontrada en el bolsillo de la cazadora, una ojeada a través del buzón en un portal extraño, llamadas telefónicas nocturnas, llanto desbocado en plena hora punta del tráfico, cajas de mudanza en maleteros demasiado pequeños), y después me pasé noches enteras sentada en el sofá de Sally, tomando vino y café, completamente inmóvil, más impotente que nunca, y

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solo sabía una cosa sobre mi futuro: que no quería volver a ver a Johanna nunca más.

Pero al igual que no podemos elegir cómo se presentará nuestra muerte, tampoco podemos elegir cómo será el devenir de una relación acabada. Su carrera fue rápida y al parecer imparable, como si nuestra relación hubiera sido un trampolín. Nadie se sorprendió, había algo en ella que se prestaba perfectamente a la vida pública, tenía la mirada, la sonrisa y una batería de recursos que parecía inagotable. En cuestión de un minuto era capaz de orientarse y formarse una opinión sobre un tema, o mejor dicho: una supuesta «opinión», un criterio que —como un juego— podía transformarse de un momento a otro en su contrario, como si el tema en sí fuera un apéndice insignificante de la elasticidad verbal que se podía exhibir bajo la luz que irradiaba. Lo había traído aprendido de casa, donde la habilidad argumental se consideraba más importante que el tema que había que debatir, y donde cada comida formaba parte del torneo de retórica que se había desarrollado durante los más de veinte años que vivió con sus padres y que se reanudaba cada vez que iba a visitarlos. Su hermano y su hermana eran como ella, igual de rápidos para dejar que cada tema se disolviera en la suma de sus partes. En la familia de Johanna nadie levantaba la voz, se limitaban a incrementar el ritmo y el número de oraciones subordinadas. A mí me atraía esa cualidad suya, la inhalé, me dejé impregnar por su manera de hablar y de ser. Me adapté, hice mi propia versión, dejé que ella me cambiara para siempre. El yo, o lo que suele conocerse por «yo», no es nada más que esto: restos de las personas con las que nos rozamos. Yo amaba las palabras y los gestos de Johanna y dejé que se convirtieran en una parte de mí, deliberadamente o no. Eso es precisamente lo que constituye el núcleo de las relaciones que tenemos, y precisamente por eso, en cierto modo, no terminan nunca.

La verdad es que lo supe desde el principio, cuando le dieron su primer trabajo en la radio local: solo era cuestión de tiempo que diera el salto a la vida pública. El año después de dejarme ya había realizado una serie de largas entrevistas en la radio nacional, y su voz áspera se oía por todas partes, o así me lo parecía, incluso en otros programas, y poco a poco su nombre se convirtió en un nombre conocido, fue corresponsal en el extranjero durante un tiempo, la fotografiaban en los estrenos, la entrevistaban en los periódicos y aparecía en varios programas de televisión. Se la consideraba una presentadora muy competente, si bien

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algo fría. Así fue como terminó nuestra relación: sin terminar del todo, en lo que a mí respecta. Su nombre, que subsistía en una parcela menguante de mi memoria, es ahora un nombre que sale de mi radio y de mi televisor y se pronuncia con un tono bien diferente, un nombre que es parte del batiburrillo de nombres famosos o medio famosos que, acompañados de sus caras, circulan por la esfera pública. De vez en cuando un conocido me pregunta: «Esa presentadora de televisión, ¿tú y ella no…?», y acto seguido una sonrisa expectante me da a entender que ya conoce la respuesta, y que lo único que quiere es un poco de chismografía. La mayoría de las veces lo niego, otras digo algo como: «Duró tan poco que apenas la recuerdo», y otras: «Sí, pero ha pasado muchísimo tiempo desde entonces». Nunca se me pasa por la cabeza hacer ningún comentario despectivo, porque los cotilleos me hundirían a mí misma. En lugar de eso, suelo imaginar lo que respondería Johanna: «Apenas la recuerdo» o «ha pasado mucho tiempo desde entonces»; eso es más o menos lo que ella diría si a alguien se le ocurriera preguntarle ahora por mí.

Con el tiempo he llegado a apreciar su presencia pública, porque queda algo nuestro ahí, en su manera de expresarse. A veces, cuando habla, las palabras me resultan tan familiares que oigo en ellas mi propia voz, cuando elige «riña» en lugar de «pelea», en la manera de pronunciar «bebé» con una «e» prolongada, cuando emplea palabras como «tumulto», «atascado» o «indigente», que encontrábamos cuando reinventábamos juntas el alfabeto. Solo una vez he apagado la radio cuando estaba hablando ella. No puedo precisar la hora, pero ocurrió un viernes por la tarde. El incidente fue una trivialidad que probablemente no percibió nadie más que yo, más o menos como un loco que lee mensajes personales en las noticias del periódico, pero en mi caso no era un síntoma de locura, sino una observación objetiva. Por alguna razón Johanna era tertuliana en un programa de radio que, como es habitual en nuestros días, mezclaba noticias con cultura y humor, pero sin levantar ampollas, y cuando un hombre del panel recomendó la última novela de Auster, Johanna exclamó de improviso: «Nunca me ha gustado Paul Auster». La réplica fue abrupta y la soltó sin que nadie le preguntara, como si hubiera estado con la escopeta cargada esperando la ocasión apropiada para disparar. El propósito de esa declaración probablemente pasó desapercibido al resto de los tertulianos, y nadie lo comentó mientras la discusión siguió por otros derroteros. Pero yo me quedé clavada en sus palabras. Por lo mismo, ella

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podría haber dicho «nunca he vivido en Hägersten» u «odio las crepes». Tratar de sacar conclusiones sobre la intención de aquella frase me convertiría en una loca a ojos de la mayoría, por eso me abstengo. Una loca solitaria, una loca pretenciosa con una vida gris cuyos detalles ni Paul Auster ni ningún otro se tomaría la molestia de describir. Así que me abstendré de hacerlo.

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NIKI

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Hubo un tiempo en que era difícil encontrar a la gente que desaparecía. De ello no hace tanto, mucha gente viva recuerda lo que suponía perderle la pista a alguien de verdad, esperar con expectación la llegada de la siguiente edición de la guía telefónica al portal de casa, donde dejaban los tres volúmenes apilados, A-M y N-Ö más las Páginas Amarillas; entrar en casa sosteniendo en brazos el paquete envuelto en plástico que pesaba seis o siete kilos, sentarse en el suelo del recibidor y desplazar el dedo índice por una página en busca del nombre de alguien a quien habías perdido de vista para ver si tal vez, ese año, figuraba en la guía. Solo la gente con un número de abonado a la compañía telefónica aparecía con su nombre, lo cual significaba que todos los que no tenían una dirección fija, todos los que se mudaban con frecuencia, los que se habían convertido en convivientes, o vivían en pisos realquilados, los que se habían cambiado de ciudad o de país o los que sencillamente no querían que su nombre apareciera impreso a la vista de todos, flotaban en un magma de población no registrada; y quien quisiera encontrar a alguien allí se veía obligado a confiar en la Providencia. Yo perdí la pista a muchas personas, por periodos cortos y largos; podía pasarme horas o una vida entera buscándolas, a veces una o dos semanas de búsqueda intensa y desesperada, otras durante décadas, un poco por costumbre y otro poco por distracción. Perdí de vista a Danne nada más entrar en el Festival de Roskilde y aquella primera noche vi actuar a Simple Minds completamente sola en medio de la multitud. Tuve que montar mi tienda junto a unos desconocidos y deambulé infructuosamente un día entero hasta que localicé a una persona de nuestro grupo en la cola del retrete. El reencuentro fue memorable y todo quedó en una anécdota divertida, como el resto de aquel verano, pero nada podría compensar las horas que pasé dando tumbos en solitario. Verse sin amigos en un gran festival es desolador. Poco después supe que ninguno de mis amigos, y Danne —que había dicho las típicas palabras «espera aquí, vuelvo enseguida»— el primero, habían dedicado mucho tiempo a tratar de encontrarme. Para

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ellos era yo la que había desaparecido. La nota que yo había enganchado cerca de la entrada, en un tablón de anuncios de varios metros de ancho que estaba lleno de avisos de gente que había perdido a sus amigos, estaba intacta. Ahora, más de treinta años después, no recuerdo adónde había ido él, qué esperaba yo ni por qué dejé de hacerlo y, finalmente, me cansé y empecé a buscar, pero en cambio recuerdo que él dijo que se había fumado un porro y se había olvidado de mí, y que ese fue el año en que me distancié de esa pandilla e hice nuevas amistades en la universidad, personas que se drogaban menos y hablaban más, que cuidaban de sí mismas y del prójimo.

Una de mis nuevas amistades se llamaba Niki, una persona a la que yo también acabaría buscando algún día. Esto fue mucho antes de conocer a Johanna, en un curso básico de inglés en el que coincidimos en un seminario y ella se acercó a mí durante el primer descanso y empezó a hablar. Más tarde comprendería que esa era su manera de hacer amigos, sencillamente abordando a la gente que le parecía agradable o que tuviera algún detalle que le llamara la atención, en mi caso un par de zapatillas Stan Smith tan gastadas como las suyas.

Se hacía llamar Niki porque odiaba el nombre que le habían puesto sus padres, y odiaba su nombre de pila porque odiaba a sus padres. Cuando pronunciaba aquella palabra, «odio», arrugaba la nariz y abría mucho los ojos, como para subrayar lo ofensivo de su postura. El suyo no era un odio distraído y relajado, el residuo de una adolescencia punk, sino un fuego que ardía día y noche. A pesar de las largas y numerosas conversaciones que teníamos, me contó pocos hechos concretos que explicaran tanto odio, más allá de decirme que esas dos personas eran «repugnantes» y que por eso se había visto obligada a mudarse a quinientos kilómetros de distancia, cambiar de nombre y solicitar un número de teléfono secreto. Sus declaraciones tenían un aire de misterio que yo creía que terminaría por aclararse, pero, en vez de eso, las afirmaciones de Niki sobre sus padres se asentaron como verdades oscuras e inamovibles. De pronto, yo era una de las muchas personas que «sabían» que la infancia de Niki había sido terrible y que sus padres se merecían arder en el infierno, y como enseguida pasé a ser una de sus amigas más cercanas, se esperaba que fuera leal y me comprometiera con esa verdad no verificada y carente de detalles. Supongo que entre nosotras había una especie de vínculo que hacía que yo me desentendiera de lo que era cierto en relación con sus

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padres; no era ese tipo de certezas lo que yo andaba buscando. Cuando Niki se enteró de que yo dormía en el sofá de mi abuela en Jakobsberg, me ofreció compartir su apartamento de una sola habitación en el barrio de Atlas. Lo había conseguido a través de la agencia municipal de la vivienda, por medio de las cuotas que iban destinadas a los más necesitados. Había una cola especial —separada de la normal, en la que yo misma y otros cientos de miles estuvimos durante décadas— reservada a mujeres maltratadas con hijos, enfermos graves y otros que, por diversas razones, no podían esperar para conseguir un apartamento propio. Niki me contó que había mentido al alegar que su padre había abusado de ella durante toda su infancia y que le había resultado perjudicial mudarse constantemente de un sitio a otro. Habían bastado una entrevista con la asistente social y un certificado de un psicólogo, así como una astucia de la que yo nunca he sido capaz. Era una mentira muy bien calibrada; el incesto fue uno de los grandes temas de conversación hacia finales de los ochenta y principios de los noventa. Se debatía en los medios y se discutía en la pausa del almuerzo, y surgió una nueva clase de expertos que aseguraban que aquel era un problema social mucho más grande de lo que nadie podía imaginar. Los divanes de los terapeutas se llenaron de gente cuyos recuerdos reprimidos había que sacar a la superficie. «Estoy convencida de que mi padre realmente lo hizo —dijo Niki al ver mi cara de escepticismo—, aunque no lo recuerde aún.»

Niki había ido a muchos terapeutas de diferentes tipos, pero siempre acababa chocando con ellos. Bastaba con que la cuestionaran de una manera que no le gustara o que cancelaran una cita, se fueran de vacaciones o hablaran de dar por terminada la terapia para que Niki rompiera el contacto con ellos de mala manera. Un terapeuta podía ser fantástico una semana y absolutamente incompetente la siguiente. Yo comprendí desde el principio que sus relaciones con otras personas funcionaban así: todo era blanco o negro, odio o amor, cielo o infierno, sin medias tintas. Niki hizo amistad con dos chicas de nuestro curso que fueron «mujeres superdotadas», «buenas como bodhisattvas» y «las personas más amables del mundo» hasta que una de ellas le recordó que le debía los discos que le había prestado unas semanas antes, y el hecho de que se lo dijera en una cafetería, delante de otros amigos, hizo que Niki se pusiera furiosa; esa pequeña rata la había «dejado en ridículo a la vista de todos», no quería volver a verla nunca más, y cuando llegó a casa tiró los

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discos en una bolsa de plástico, los vinilos desnudos y las fundas por separado, todo revuelto, tomó el metro hasta la casa de la propietaria de los discos, colgó la bolsa en la puerta, y adiós muy buenas. La otra amiga fue descartada al mismo tiempo. Yo, en cambio, permanecí, un poco consternada, pero sobre todo fascinada por su manera de amar y odiar con tanta intensidad, de cortar con la gente como si cada sentimiento tuviera que transformarse inmediatamente en un acto. Los motivos cambiaban, pero el procedimiento en sí era invariable. Supongo que yo era consciente de que no iba a ser una excepción a la regla, pero a esa edad (yo tenía veintitrés años) la amistad no era lo mismo que ahora. Podía ser eterna durante dos meses, dos años o dos horas, daba igual, porque lo importante no era el tiempo sino la magnitud, la velocidad o la masa de sentido concentrada. Niki me llegaba al corazón. No como los chicos con los que a veces me acostaba y de los que con menor frecuencia me enamoraba, sino de verdad, como un alma gemela —aunque entonces no hubiera usado semejante expresión—, y no me preocupaba que la amistad fuera a romperse algún día. Niki era una especie de aventura, un drama incesante que aunaba todos los géneros, en el que nada se detenía y nada era previsible. Había intentado suicidarse en la adolescencia, pero «en principio» todo estaba superado, según dijo, y ese «en principio» era, como descubrí más tarde, una manera de abrir una pequeña fisura de miedo a su alrededor, una garantía para procurarse el cuidado de sus amigos. Yo no la vi nunca autolesionarse, pero sí que le vi algunas cicatrices y marcas. «Reducción de la ansiedad», lo había llamado al parecer uno de sus psicólogos, una especie de válvula de escape para el alma a través de la piel. Ella se refería a menudo a sus psicólogos, y en una ocasión me dio por preguntarle cómo podía costearse todos esos terapeutas de la ciudad, con consulta privada y diferentes especialidades. «Lo pagan ellos —dijo sin más—, es lo mínimo que pueden hacer», y me tomó un rato entender que «ellos» eran sus padres. Hoy en día, seguramente, la inestabilidad psíquica de Niki sería identificada mediante un diagnóstico, pero cuando la conocí nadie pensaba en diagnósticos. Nadie hablaba de síntomas, criterios ni medicamentos. Las personas que se sentían mal no eran agrupadas en comunidades médicas, sino que era cosa de cada uno tratar de entenderse a sí mismo y a los demás. Todas mis pertenencias, sobre todo libros y ropa, que yo recuerde, cabían en dos maletas; me instalé en un colchón en el rincón del único cuarto de aquel apartamento

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increíblemente desordenado, dejé las maletas a los pies del colchón, puse mi cepillo de dientes en el armario del baño y coloqué una botella de Bell’s en la despensa. Eso fue todo. En cuanto al apartamento, era tan caótico que apenas se notó mi llegada, y el poco orden que procuré mantener alrededor de mi colchón, el mismo orden que había mantenido en casa de mi abuela, era más bien una nota discordante, así que pronto me resigné. Mi abuela había trabajado durante toda su vida como señora de la limpieza en casas de gente rica y había observado el mismo nivel de exigencia en su propia casa; limpiaba el polvo y pasaba la aspiradora cada semana, abrillantaba los fogones y lavaba las sábanas. Si hubiera vivido quinientos kilómetros al sur, la casa de los padres de Niki podría haber sido uno de sus lugares de trabajo. La familia de Niki era rica, sus padres eran profesores universitarios con buenos salarios, y vivían en un chalé en un barrio acomodado a las afueras de Malmö, con un jardín que parecía un parque. Obviamente, yo no había estado nunca en aquella casa, pero Niki me la describió con todo lujo de detalles, con una planta baja que a mediados del siglo pasado había sido la consulta médica de su abuelo, equipada con unas puertas correderas de roble macizo para evitar que las conversaciones privadas se escuchasen en la sala de espera. Esa sala de espera de la planta baja era ahora la cocina, una de ellas, y en el piso de arriba había otra aún más grande. Niki había descrito la casa como fría y fantasmal, pero yo me imaginaba un montón de habitaciones espaciosas con grandes alfombras orientales, paredes cubiertas de estanterías, muchos cuartos de baño y escaleras que conducían a otra planta más. Lo más seguro es que estuviese extremadamente limpio, y el contraste con el espantoso desorden que reinaba en el apartamento donde Niki construía ahora su propia vida difícilmente podría haber sido mayor. Ella pensaba que el orden en el piso de mi abuela (que había visto cuando fuimos a buscar mis cosas) era igual que el de sus padres, que solo existía un tipo de orden, una única manera de limpiar, mientras que yo sostenía lo contrario: que había muchos tipos diferentes de orden, infinitas razones para encerar un suelo, infinitas maneras de desplazarse por un suelo recién encerado. La limpieza es la limpieza, opinaba Niki. Yo pensaba todo lo contrario. Sin duda, para Niki no limpiar era una cuestión de principios, como lo es para muchos jóvenes que acaban de independizarse, pero en su caso la suciedad parecía tener implicaciones más profundas. Le gustaban cosas que para la mayoría de la gente resultaban repugnantes, y cuanto más repugnantes

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eran, más le gustaban. Le fascinaban las sobras que permanecían durante semanas en la nevera, sacaba los frascos y estudiaba su contenido y los procesos biológicos del moho y la descomposición, y cuando una mañana de julio nos encontramos una rata muerta en el parque Vasa se sentó en cuclillas y se pasó un rato observando la pugna de los gusanos blancos en la carne tumefacta. Era como si algo tirara constantemente de ella hacia abajo, hacia el inframundo, la suciedad, la porquería, el desorden, como si ella misma no fuera capaz de sentir asco cuando los demás sentíamos asco, sino que, por el contrario, se sintiera abrumada por la fascinación, como si algo ahí abajo la llevara a hacer que esta inmundicia sorda y pegajosa se manifestara en su propia vida al abstenerse de cambiar las sábanas y pasar la aspiradora, o al dejar los platos sucios más allá del límite de lo tolerable. Yo no sufría especialmente, pero a veces echaba de menos el cegador brillo blanco de cuando abría la nevera en casa de mi abuela. Había muchas formas de limpiar, y para mi abuela se trataba de una cuestión de dignidad, de traer consigo parte del brillo de los chalés en los que trabajaba, pero para mí se trataba de una adaptación, de introducirme en un lugar y pasar lo más desapercibida posible. En casa de mi abuela yo limpiaba tan a menudo como ella; en casa de Niki el mero hecho de hacerme la cama parecía impensable. Un recuadro bien ordenado en el rincón hubiera desentonado en medio de aquel desorden de ropa, libros, tazas de café y vasos sucios, platos con restos de comida, periódicos, discos y trastos. Cuando llegaba a casa, podía ser que me encontrase la puerta abierta, porque Niki no solía encontrar sus llaves cuando iba a salir; de todas formas, costaba imaginarse que un ladrón se tomara la molestia de entrar en el apartamento y buscar algo de valor en medio de aquel caos.

El curso en el que nos conocimos terminó sin que yo me presentara al último examen. En cambio, empecé a trabajar en un almacén y después en la cadena de quioscos Pressbyrån, donde iba de una tienda a otra para cubrir bajas por enfermedad. Eso significaba que a veces tenía trabajo y otras no, y los días en que no lo tenía me quedaba en casa leyendo o escribiendo o quedaba con alguien o salía con Niki. Ella llevaba una vida parecida a la mía, pero escribía con más ahínco y con la ambición declarada de convertirse en escritora. O mejor dicho: de publicar un libro (ella ya era escritora, según decía, porque escribía). El alquiler era barato y gastábamos poco, y ni ella ni yo considerábamos que valiese la pena trabajar por dinero más allá de lo estrictamente necesario. Si alguna noche

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llegábamos tarde a casa desconectábamos el teléfono para evitar las llamadas tempranas de empleadores potenciales. A veces sucedía que tenía que pasarme un buen rato buscando el teléfono hasta que finalmente lo encontraba guardado en un cajón, en el horno o en el cesto de la ropa sucia. A menudo acababa en el lugar más inesperado después de que Niki colgase de mala manera, o cuando recibía una llamada de una persona con la que no quería hablar, o al contrario: cuando alguien que debía llamarla no lo hacía. A veces lo desconectaba y otras no, por eso el teléfono podía sonar debajo del sofá o entre un montón de periódicos. Pronto dejaron de sorprenderme estas cosas, o que alguien llamara a la puerta en mitad de la noche y Niki (que había perdido las llaves) entrara borracha, con un grupito de gente a la que acababa de conocer, y preparara un té o sirviera bebida y buscara el tocadiscos y empezara a bailar, o que me despertara unas horas más tarde para ver la salida del sol desde el tejado. Era una vieja azotea destinada a sacudir alfombras, a la que solo se podía acceder subiendo por una escalera de mano desde el desván; en teoría la claraboya estaba sellada, pero era fácil de abrir, y una vez arriba se veía la puesta del sol sobre las vías del tren y el lago Klara o el amanecer sobre los tejados de las casas del otro lado. Bebíamos vino turbio de fabricación casera y gritábamos para penetrar en el meollo de la existencia, en la creencia de que el mero hecho de estar sentadas en un tejado hacía que hubiese menos cosas entre nosotras y el cielo. Hoy, varias décadas después, con un cambio de milenio de por medio e inmersos en un mundo nuevo, todavía entiendo ese grito, quizá más que nunca, ese anhelo de cercanía y de penetrar en el meollo de la existencia, pero ya no entiendo por qué teníamos que trepar hasta el tejado.

Las damajuanas de vino turbio eran un proyecto mío, las tenía burbujeando en el suelo de la cocina, y el vino (si es que aquel brebaje podía llamarse así) lo vertía después en botellas pasablemente enjuagadas que luego cerraba con tapones de rosca y guardaba en la nevera. «Vino de orina», así nos referíamos al contenido de esas botellas, y algunos lotes se volvieron tan poco apetecibles que decidimos que solo podían beberse en el tejado, porque la vista podía compensarlo casi todo en este mundo, incluso un vino imbebible. «¿Vino de orina esta noche en el tejado?», podía ser el mensaje que me esperaba en una nota sobre la mesa cuando me levantaba. «Sí, claro», escribía yo antes de dejar el apartamento, y luego nos veíamos por la tarde, solas o con otros, y trepábamos al tejado y

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bebíamos vino de orina y dejábamos que nuestros gritos resonaran entre los viejos edificios. Cuando llevábamos viviendo juntas unos meses, Nike empezó a salir con Jonas, un chapista flaco vestido siempre de negro que fabricaba aguardiente casero y había estado en la cárcel por negarse a hacer la mili. Jonas dejó su alambique en nuestra cocina, y el vino de manzana dulzón se trocó en mosto en las damajuanas. Todavía puedo reconocer ese olor característico cuando subo por la escalera de un edificio, aunque cada vez me pasa menos. El alambique era un cono de hojalata con un tubo que conducía el alcohol vaporizado al serpentín, donde recuperaba su estado líquido y goteaba en otro recipiente, para filtrarse luego a través de un tubo largo con polvo de carbón. El aguardiente alcanzaba una graduación del cuarenta por ciento y su regusto me hacía pensar en animalillos grasientos quemados. Con la copropiedad del alambique aumentó el flujo de personas que pasaban por el apartamento; la cocina se convirtió en el punto de partida de las salidas nocturnas, la gente traía cajas de pizza que se quedaban apiladas en el suelo, y llenaban de colillas un cenicero tras otro antes de largarse, o se quedaban sentados en el sofá o tumbados en la cama de Niki, echando humo hacia el techo y charlando. Así conocí a muchas de las personas que llegarían a ser mis mejores amigos; se presentaban de improviso en mi casa, atraídos por Niki o Jonas con la promesa de encontrar gente nueva y bebida gratis. Ahora bien, a diferencia de mi anterior círculo social, el alcohol no era importante. Niki y yo podíamos perfectamente pasarnos la noche del viernes bebiendo té, o agua, o nada, porque lo que nos atraía, y lo que más tarde ha sido el núcleo de todas mis relaciones, era la conversación, un diálogo de varios años que comenzó en un descanso fuera del aula de un seminario en la universidad, cuando Niki se acercó e hizo un comentario sobre mis zapatos, y que terminó un par de años después en la escalera de un edificio en Galway cuyas paredes hacían eco. Podíamos estar separadas durante semanas y retomar inmediatamente la relación donde la habíamos dejado, como si el tiempo que había pasado solo hubiera sido un suspiro. Lo que más me gustaba era que resultaba imposible prever adónde conduciría una conversación con Niki. A diferencia de la mayoría de las personas que he conocido, casi nunca contaba anécdotas en las que ella misma fuese la protagonista, ni anécdotas que ya hubiese contado antes, ni anécdotas de cualquier clase, porque la naturaleza de la anécdota —principio, nudo y desenlace—

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contravenía su exigencia de autenticidad absoluta. La gente pretenciosa, decía, no le interesaba; la gente que se daba aires delante de los otros, interrumpía para hablar de sí misma, explicaba cómo funcionaba todo, los jactanciosos, los que solo abrían la boca cuando estaban totalmente seguros de algo, los que se esforzaban por parecer inteligentes, los que adoptaban las opiniones ajenas, los que hablaban a humo de pajas, los aduladores, los que se mostraban de acuerdo aunque no lo estuvieran. Contar anécdotas era una herejía intelectual, y quien cometía el error de contar varias veces la misma anécdota —la del tipo al que la policía alemana había detenido en la estación central de Hamburgo por ir borracho y que, para su sorpresa, se despertó en la misma celda que un antiguo compañero de clase; o la de la abuela que dio a luz a la madre del narrador más o menos en su lecho de muerte; o la de aquel que logró colarse de noche en el Jardín Botánico de Visby solo para descubrir que el Cannabis sativa que había allí carecía de las sustancias necesarias para colocarse— no era invitado a volver. Desde que conocí a Niki pienso en las anécdotas como una enfermedad crónica que se le pega a una buena parte de la gente y les obliga a hablar de todo en forma de historia, a hacer que la existencia se represente según una fórmula que cautive, impresione, conmueva o haga reír al oyente. Una anécdota en una caja cerrada que no atrae más que otras cajas cerradas, hasta que todos los que participan en la conversación, o «en la supuesta conversación», según la expresión de Niki, se encuentran sentados con su propia pila de cajas cerradas delante, mentalmente paralizados, amarrados al mástil y con la siguiente anécdota pujando por salir. Tales conversaciones podían compararse con programas de entretenimiento de la televisión como ¿Te habían contado que…?, u otros titulados vete a saber cómo. No teníamos televisor, al menos no de manera constante, pero a veces alguien rescataba de un contenedor o del cuarto de la basura un aparato que funcionaba aceptablemente y lo colocaba en algún rincón. No duraban mucho tiempo, pero fue en uno de ellos donde vi por primera vez MTV, que presentaba un nuevo formato de programas poco elaborados que al principio se consideró ofensivo pero que hoy es moneda corriente. Recuerdo que observábamos asombradas a los presentadores que, de pie y sin aliento, daban paso a una canción tras otra y a la narrativa fragmentada de los videoclips. «Esto es el futuro», dijo Niki. Creo que le gustaba. Nosotras no mirábamos la tele sentadas, embobadas ante la pantalla, sino de manera analítica y crítica, como parte

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de una investigación constante sobre el mundo. Quedarse absorto ante un programa y dejarse arrastrar por él era un signo inequívoco de pereza mental. Ni siquiera en un estado de tremenda resaca se nos ocurría a ninguna de las dos encender la tele y darnos un atracón. Los programas de televisión nos merecían la misma consideración que las revistas semanales, los debates políticos y las conversaciones en reuniones familiares (me acompañó a algunas): como signos que podían interpretarse para comprender mejor el presente. Mi relación con la televisión no ha cambiado significativamente desde entonces. Pocas veces me engancho a una serie, como les pasa a otros, confundo unas con otras, se me olvida ver el capítulo siguiente o cómo se titulan y dónde las ponen, y cuando consigo sentarme delante de la pantalla me fijo en detalles irrelevantes, como si estuviera contemplando una multitud; observo que un actor ha envejecido y otro se ha operado la cara, o que han traducido el «billion» inglés por «billón», en vez de «mil millones». En la tele es otra persona la que intenta controlar mi mirada, mientras que en un libro hago lo que yo quiero. Cuando conocí a Niki podíamos pasar días enteros en las librerías de la calle Drottninggatan y alrededores. Había muchas, y todas tenían personalidad propia, con una tendencia al canon de una clásica educación burguesa, o a la poesía y el teatro, o a las primeras ediciones y otras rarezas, o a los libros de bolsillo y de tapa dura baratos, o a la no ficción. Comprábamos según el dinero que tuviéramos, pero para nosotras no se trataba de una compra normal y corriente, sino de una especie de rescate. Decíamos que íbamos a la calle Drottninggatan a «recoger» algunos libros, no a «comprar», como si los libros y su contenido ya nos pertenecieran, como si no hiciéramos más que depositar la fianza para liberarlos y llevárnoslos a casa. Pero incluso después de llevar los libros a casa, de leerlos o empezar a leerlos, o simplemente dejarlos en algún sitio para hincarles el diente más tarde, no los considerábamos del todo nuestros. Además, la posesión de un libro se distinguía de otros tipos de posesión, se asemejaba más a un préstamo que podía cesar o transferirse a un tercero en cualquier momento, por ejemplo si alguien mostraba un interés auténtico por el libro o el autor en cuestión. Durante un corto espacio de tiempo tuve El hombre sin atributos en la estantería baja pintada de azul al lado de mi cama, cuatro volúmenes que adquirí por recomendación de alguien, pero que pronto supe que no estaba en absoluto preparada para leer. El primer volumen tenía el borde de una hoja doblada en la página veinte y lo había

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dejado un par de semanas junto al colchón hasta que, una noche, un compañero de trabajo de Jonas lo descubrió. Se llamaba Palle, había viajado hasta la otra punta del mundo y solo estaba en casa para ahorrar más dinero. Había hecho un curso de soldadura gracias a la oficina de empleo y había conseguido un trabajo en el mismo taller que Jonas, y ahora estaba sentado en mi colchón tomando té y cada vez más enfrascado en las primeras páginas del libro. Se había saltado la introducción y los comentarios del traductor y había ido directamente al texto, lo cual me pareció una buena señal. La novela era suya, lo sentí de inmediato, no había nada que discutir. Yo solo había sido un rodeo para llegar a Palle.

Es curioso que, más de treinta años después, yo pueda recordar con tanta claridad la estantería pintada de azul, el rostro de Palle y la cubierta de El hombre sin atributos. He poseído ese libro varias veces a lo largo de mi vida, pero siempre se ha perdido en alguna ruptura o lo he prestado y no me lo han devuelto, como si huyera de mí con su tesoro a cuestas. Se ha convertido en uno de los libros que he tenido y no he leído, libros que existen en casi todas las casas como una especie de garantía de cara al mañana, a un futuro en el que habrá tiempo y tranquilidad para leer. En el apartamento de Niki, independientemente de que me encontrara sentada a la mesa de la cocina o en el cuarto de baño o en el alféizar de la ventana o en el pasillo, siempre había un libro de la escritora sueca Birgitta Trotzig a la vista. A veces paseaba un rato la mirada por el desorden hasta encontrar uno, De utsatta [Los expuestos] o I kejsarens tid [En tiempos del emperador] o, mejor aún, Dykungens dotter [La hija del rey del fango], que tenía en muchas ediciones diferentes, los únicos libros que Niki ni en sueños regalaría o prestaría. Si alguien abría uno de los libros de Trotzig que estaban al lado de la cama o en la mesa o en la encimera y empezaba a leer, Niki se lo arrebataba como quien arranca una caja de cerillas de las manos de un niño. A renglón seguido soltaba una sarta de admoniciones. Trotzig no se hojeaba a la ligera, ni se leía con la radio encendida de fondo ni se dejaba en mitad de un capítulo, decía Niki, y después me leía en voz alta una o dos páginas como para demostrarme a qué se refería. Si se trataba de Dykungens dotter apenas necesitaba mirar el libro porque se sabía muchos fragmentos de memoria. Leía el texto con un tono de voz enérgico y con un temblor reverencial para que las palabras nos llegaran muy hondo, penetraran en nosotros como penetraban en ella, nos sacudieran, se hicieran carne, florecieran, pero cuando la audiencia se

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distraía, algo que siempre sucedía al cabo de un rato, dejaba de leer, ofendida, y se encogía de hombros, constatando lo que ya sabía: que, en esa cuestión, poco podía esperarse de la humanidad. Para mí, los textos de Birgitta Trotzig son el equivalente literario de la imagen borrosa de algunas pantallas de televisión. Parece que está pasando algo interesante, pero no veo qué. Toco el mando, intento cambiar la configuración, pero la pantalla sigue borrosa. Durante mucho tiempo creí que llegaría a entender mejor a Niki, su manera psiquiátrica de afrontar, mediante la lectura de Birgitta Trotzig, las dimensiones espirituales de la existencia, su adoración por lo abyecto y su atracción por el inframundo. Ambas parecían compartir habitación en un mundo severo, caótico y rojo como la sangre al que yo no tenía acceso, donde los sentimientos eran dioses que gobernaban la mayoría de las cosas, donde un estallido de ira podía resultar en platos lanzados al aire y un nuevo enamoramiento podía significar un viaje a la otra punta del mundo anunciado con dos días de antelación. Me quedé en casa sola con la custodia del apartamento. Jonas llamó para preguntarme por ella. «No, no sé —dije—, yo tampoco lo entiendo.»

Me sumergí en la opacidad de Dykungens dotter y Sjukdomen [La enfermedad], pero pronto los dejé en la estantería y me puse a limpiar. No estaba madura para leer a Trotzig, y nunca lo estaría.

Pocas veces oía hablar a Niki de una profesión que no fuera la de escritora. Cuando Per Olov Enquist visitó el edificio de ABF[2] para hablar de algún libro suyo (creo que fue La biblioteca del capitán Nemo), Niki se subió a la palestra y se dirigió a él como a un colega. Charlaron un rato. Yo no oí lo que dijeron, sino que me quedé junto a la salida y los observé mientras la sala se vaciaba de público; ella tomó una silla y se sentó a su lado, y él estiró su figura larguirucha y escuchó, sonriendo y asintiendo, lo que ella tenía que decir, y luego añadió algún comentario. Cuando salió a la calle Sveavägen, donde yo la esperaba, Niki me dijo que habían discutido sobre sus rutinas de trabajo, sobre la importancia de la disciplina y la tenacidad y la importancia de la dedicación. Ella habló del encuentro como si hubieran intercambiado experiencias y se hubieran dado consejos mutuamente, ella y Per Olov Enquist, y es posible que así fuese. Niki hablaba con todo el mundo sobre lo que escribía. Empezaba un libro tras otro, y enseguida nos informaba a mí y a su entorno del planteamiento, la trama y los personajes principales; hablábamos de la idea como si se tratara de un libro acabado, como si la novela ya estuviera escrita y la

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tuviéramos allí mismo, en la mesa de la cocina, con cubierta, título y demás. Los títulos en particular daban pie a largas discusiones. Recuerdo alguno de ellos, El ornitólogo, sobre un hombre y su hija ilegítima a la que mata a golpes con unos prismáticos durante un paseo por el bosque, y después la entierra y denuncia su desaparición, o La niña del sótano, sobre una niña que crece en un sótano y de adulta comprende que su sufrimiento libera a otras personas de sus propios sufrimientos, y Los huéspedes negros, sobre una chica que crece en la pensión de sus pérfidos padres, donde se instala una familia que, con la ayuda de la niña, se apodera poco a poco del negocio. Que yo sepa ninguno de los títulos fue más que eso: un título, el esbozo de una trama y una decena de páginas intensas, un revoltijo de ocurrencias y detalles significativos, porque cuando Niki había hablado lo suficiente de una idea y llegaba el momento de ponerse manos a la obra y empezar a escribir de una manera más estructurada, por ejemplo el comienzo del primer capítulo, su pasión inicial se había evaporado. La trama parecía vacía, los personajes se habían achatado, había perdido la chispa. Tenía una máquina de escribir portátil de color rojo y se sentaba a lo sastre en la cama, o se tumbaba mirando al techo con la máquina al lado apoyada en una almohada, y con un folio en blanco en el rodillo. Niki pensaba que yo era «una cabrona reservada» que nunca decía ni media palabra de lo que escribía, y no lo decía solo en broma. Una cabrona reservada que no hablaba ni cuando estábamos borrachas y ella intentaba sonsacarme detalles, indicios de lo que yo escribía en mis delgados cuadernos de notas. Visto en retrospectiva, está claro que no hacía mucho más que ejercitarme en la escritura, mariposear entre los distintos géneros, imitar a otros e intentar dominar la misma cosa que hoy: el trayecto del pensamiento desde la cabeza hasta el papel. Apenas sabía nada sobre el arte de escribir, pero de una cosa estaba segura: que para mí el proceso debía ser tan hermético como el hervidor del alambique de hojalata con forma de cono que teníamos en los fogones de la cocina, que cualquier fuga significaba la muerte, que la magia se perdía si me concentraba demasiado, que no podía revelar nada hasta que no estuviera listo. De todas formas aquello no tenía importancia, mis ideas eran insignificantes comparadas con las suyas, y aunque hice algunos intentos de escribir intensa y arrebatadamente como Niki, acababa tecleando cualquier cosa a falta de algo mejor que hacer.

Niki estuvo fuera un mes, su nuevo amor se parecía a James Spader y

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era originario de la costa oeste de Irlanda. Habían estado recorriendo Bolivia a pie, y allí se juntaron con una gente que les administraba un brebaje de hierbas que les provocaba alucinaciones. Niki decía que a veces resurgían las visiones, plantas que trepaban por el papel pintado y gatos que se deslizaban a hurtadillas junto a las paredes de su casa. Niki había vuelto de repente, y el teléfono vivía permanentemente en el cesto de la ropa sucia desde que Jonas, desesperado, empezara a llamar por la noche. James Spader estaba en casa en Galway para participar en una competición de dardos, y Niki se sentaba a la mesa de la cocina a escribir, con una caligrafía florida, cartas de amor trufadas de las expresiones irlandesas que había aprendido. Odiaba intensamente a Jonas, amaba a Adrian (al que casi siempre llamábamos James) con la misma intensidad, amaba Bolivia, amaba Irlanda, país que no conocía pero al que pronto viajaría, odiaba Suecia y sobre todo Estocolmo, un agujero de mierda y lleno de imbéciles que no tenía parangón. Yo había vivido sola durante cinco semanas y me había sentido inesperadamente bien; me acosté con Palle unas cuantas veces, trabajé, limpié bastante, lavé las toallas mohosas que encontré debajo de la bañera; limpié la nevera de restos no identificables, horneé pan, compré vino de verdad e instalé un contestador automático. Niki dijo que apreciaba el orden, pero solo hicieron falta un par de días para que el apartamento retomara su aspecto habitual. Era como si lo incorporara a su propio caos personal, con la maleta abierta en el suelo como epicentro de un revoltijo de ropa maloliente, figuritas que representaban tótems y souvenir que había comprado en Bolivia y planeaba repartir entre amigos y conocidos. A mí me regaló un pequeño piano de pulgar que coloqué en el estante azul y una botella de licor transparente con una lombriz alargada en el fondo. James y Niki se habían conocido en el Museo de Arte Moderno de Estocolmo, cuando ella se acercó y le preguntó: «Why do all these tapes have women’s names on them?[3]», y él se echó a reír y se sacudió el flequillo rebelde, y luego fueron a la cafetería y se quedaron allí hasta que cerró el museo. Él viajaba con Interrail e iba a continuar su viaje al día siguiente, pero hubo un cambio de planes. Quien conociera superficialmente a Niki podía pensar que para ella el amor era una cosa sencilla, un relé que se encendía y se apagaba, personas que llegaban y desaparecían, que eran amadas y dejaban de serlo. El mecanismo parecía sencillo, el registro limitado: apagado y encendido, negro y blanco, amor y odio. Pero en realidad era todo lo

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contrario: Niki era un manojo de emociones con más vigor y matices de los que podía gestionar, como si todos los dioses de la antigüedad y todos los sentimientos y estados que representaban se apretujaran en el interior de sus párpados. Allí dentro habitaba sin pausa un estruendo íntimo. Todo podía convertirse en lo contrario de un segundo a otro, y con la llegada de James el mundo de Niki se transformó rápidamente. A ella «siempre» le habían gustado U2, Yeats, Jonathan Swift, Mary Black, la cerveza Guinness y el color verde. Tan pronto como se emborrachaba un poco empezaba a hablar inglés tragándose las terminaciones, lo que supuse que era un acento irlandés. Y Jonas, a quien yo mencionaba de vez en cuando porque me preguntaba qué había sido de él, era un «cerdo controlador» al que ella debería denunciar a la policía. Era inculto, feo y manipulador. Un pequeño mierda es lo que era, y ella no lo había amado nunca y más le valía llevarse su apestoso alambique y a sus amigos y desaparecer en la ciénaga de la que había salido. Cuando le comenté que Palle se había llevado el alambique la última vez que había estado en casa, ella me miró con recelo. Estábamos sentadas a la mesa de la cocina, el agua para el té pronto empezaría a hervir en un cazo encima de la placa. «¿Palle?» Yo asentí. Me arrepentí inmediatamente de haberlo dicho, pero era incapaz de mentirle. Era una incapacidad que iba más allá de mi dignidad, de mi derecho a llevar a casa a quien quisiera, también era una cuestión de autenticidad, de la franqueza y la naturalidad que siempre había habido entre Niki y yo. «¿Ha venido Palle cuando yo no estaba?» Yo asentí de nuevo y me encogí de hombros. Quizá fuera esta la parte más difícil de la convivencia con ella, que la línea entre la amistad y la enemistad fuera tan sutil. «¿Por qué ha venido?», preguntó. «Nos acostábamos, me regaló un libro y charlábamos», contesté yo. Niki se cruzó de brazos y cerró los párpados durante unos segundos. Estos vibraban y parecía que sus ojos se movieran de un lado a otro. La había traicionado, me había aliado con el enemigo y ahora veía cómo procesaba Niki esta nueva información. Todo pendía de un hilo. Entonces me miró. «¿Qué libro?» Era una pregunta incomprensible, una asociación que no tenía ningún sentido, como si hubiera recibido un mensaje de alguno de sus dioses emocionales internos advirtiéndole de que el título del libro era un factor decisivo. «Si una noche de invierno un viajero», respondí con franqueza. Como Niki continuó mirándome sin decir nada, añadí con la misma franqueza: «Maravilloso. Me lo leí en un día». Ella asintió pensativa, dejó caer los

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brazos y me sonrió. Luego se levantó y fue hacia los fogones, sacó unas tazas y el bote del té. «¿Y después?», me preguntó. «Volvió a buscar el alambique para dárselo a Jonas. Nos volvimos a acostar, conversamos un poco. Nos vimos un par de veces. Estaba a punto de partir de nuevo a la aventura, de volver a su amada India.» Niki puso las tazas en la mesa. «¿Hablasteis de mí en algún momento?» Lo dijo con indiferencia, como de pasada, pero yo sabía que esa era la pregunta que más le quemaba por dentro, que todos los dioses hipersensibles que tenía en su interior estaban en tensión y atentos a cualquier ofensa, cualquier juicio despectivo y cualquier indicio de chisme malicioso. «No, hablamos sobre todo de viajar, de los lugares a los que iba a ir. De ciudades y playas. De la estación de Howrah, del arte de subirse al tren. Después hablamos bastante de Corazón salvaje, Palle me dijo que quería una cazadora de piel de serpiente.» Niki echó azúcar en su té y lo removió, aparentemente satisfecha con la respuesta. Cuando terminó, tomé la cucharita de su taza y removí la mía. Por supuesto, yo no había sido completamente sincera, habíamos hablado de ella durante horas, Palle pensaba que era una «lunática» en todos los sentidos imaginables, sin poder precisar a qué se refería con el término «lunática». Niki simplemente era una «jodida lunática», cosa que a principios de los noventa se consideraba como un diagnóstico tan acertado como cualquier otro, al igual que «jodido pesado», «jodidamente raro» y «antisocial de cuidado». En muchos sentidos todo era más sencillo entonces; las opiniones eran subjetivas y se basaban en la experiencia de cada cual, en lo que ocurre cuando las personas se juntan, pero las etiquetas eran imprecisas y vulgares. «Lunática», ¿qué significa realmente, si no la capacidad de provocar a la gente hasta sacarla de quicio y trastocar su mundo? Para mí ella era sencillamente Niki, y cada vez que levanto la vista hacia mi estantería, hacia la letra C, y veo el volumen desgastado de Si una noche de invierno un viajero, con la dedicatoria de Palle y un pequeño corazón dibujado a lápiz, recuerdo el aire viciado de la cocina y el aroma de las hojas de té en el cazo. Recuerdo la cara de Palle junto a la mía en el colchón, tratando de fumar como Nicolas Cage, y que por la mañana, cuando él se había ido, empecé a leer la novela e inmediatamente quedé atrapada en los giros de su laberinto de espejos. La pregunta de Niki, «¿Qué libro?», se convirtió en una especie de prueba de su locura, y después me pregunté muchas veces qué habría ocurrido si Palle hubiera venido con otro de los libros de

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los que hablábamos, Plåster [Tiritas] de Klas Östergren o Hijos de la medianoche; si su irracional locura hubiera estallado entonces en una dirección distinta. Al cabo de un rato, Niki tomó la cuchara de mi taza, se echó más azúcar en el té y lo removió. «Y Palle, ¿no estarás enamorada de él?» Era una pregunta sin respuesta, porque hacía dos semanas que se había ido de viaje y ahora estaba fuera de mi alcance de un modo que no sería posible hoy en día. Dejar que alguien saliera de viaje equivalía, literalmente, a perderlo. Tal vez podría recibir una tarjeta postal o una carta enviada desde un lugar donde él hubiese estado tres o cuatro semanas antes. Tal vez podría enviarle una carta a una de las direcciones postales de la lista que me había dado, a una oficina de correos de una ciudad por la que él tal vez acabaría pasando o que quizá ya había abandonado, Jaipur, Mysore, Delhi. Yo miré en mi atlas y traté de recordar las rutas previstas y alternativas, ciudades y ciudades probables, playas y playas probables, islas de difícil acceso, amigos a los que él buscaría, un eclipse solar en la costa que no se perdería por nada del mundo. Me inventé mis propias rutas para seguirle: de Bombay a Pune y luego al sur, hacia Bangalore, o de Bombay hasta Rajastán en tren nocturno y de allí al desierto, o de Bombay a Goa en un autobús directo. Si pisaba una de esas tapas de alcantarilla que tienen una A en el centro, quería decir que él se encaminaba a Agra y el Taj Mahal. En cambio, si la letra era una K, significaba que estaba en Kerala. «Es posible —respondí—, pero ya es demasiado tarde, ¿no te parece?»

Es posible que Niki recibiera finalmente un diagnóstico, como todos los «jodidos lunáticos», los «jodidamente raros» y los «antisociales de cuidado», y tal vez haya pasado alguna temporada en tratamiento psiquiátrico, con medicamentos y seguimiento médico y SMS generados automáticamente para recordarle sus citas. Quizá tenga un pastillero que sacude por las mañanas, píldoras que mantienen a raya a sus dioses emocionales internos, y tal vez se reúna regularmente en una clínica con alguna mujer con gafas y titulación profesional que la ayude a conocerse mejor a sí misma. «Y cuando él te dijo eso, ¿cómo reaccionaste tú ante las emociones que te generaba?» He buscado respuestas, algún tipo de pista, de la misma manera que la mayoría ha buscado a viejos amigos o enemigos en internet, pero su nombre no aparece ni en las páginas web que sustituyeron a las guías telefónicas que dejaron de distribuirse a todos los hogares del país hace varias décadas. Ella no aparece en ningún sitio,

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no tiene cuentas en las redes sociales, tampoco bloguea ni publica fotografías o vídeos, al menos no con su nombre. A finales de los noventa me encontré a una conocida común que me contó que Niki había vendido su apartamento en el barrio de Atlas cuando convirtieron el edificio en una cooperativa, y se había mudado a otra ciudad, o posiblemente al extranjero. Nuestra conocida común no estaba segura porque Niki había cortado el contacto con ella tras la mudanza. Niki había roto con Estocolmo, dio por terminada su relación con la ciudad entera, con sus habitantes y con toda la gente que había conocido allí. Había prometido no volver a poner un pie en esa pocilga e instalarse en algún lugar donde se pudiera respirar. Se llevó una buena suma por la venta de la vivienda que se había agenciado con malas artes. Supongo que es eso lo que una capital puede ofrecer a una «jodida lunática» a cambio de lo que ella nos había dado: fiestas, calidez, caos, broncas, mil cosas con las que irritarnos y el autoconocimiento que las acompaña.

Entonces, ¿cómo terminó nuestra amistad? Con una bronca, naturalmente, estaba escrito desde el principio. Todas las relaciones pueden terminar de forma abrupta, es un riesgo que se corre, pero cuando me hice amiga de Niki fui consciente de que un final abrupto no solo era una de tantas posibilidades, sino la única imaginable. Sabía con seguridad que no conservaba ninguna amistad, y sin embargo me pilló por sorpresa. Supongo que pasa como con la muerte. Todos saben que llegará, pero pocos contemplan sus manos vivas y piensan que algún día se enfriarán hasta alcanzar la temperatura ambiente y quedar inertes. Todo comenzó en pleno verano, todavía éramos amigas, Niki tenía intención de viajar a Irlanda y yo me iba a mudar pronto a casa de Sally, una nueva conocida que enseguida se convirtió en amiga y que temporalmente tuvo que hacerse cargo del chalé de su padre en la isla de Lidingö mientras él daba la vuelta al mundo en un velero. Me agradaba la idea de dejar el centro de la ciudad y vivir en una casa más grande y cerca del bosque. Niki era incapaz de decirme cuándo pensaba regresar. «Es posible que me quede allí para siempre —me dijo—. Nos casaremos, escribiré novelas y daré a luz a niños católicos que se parecerán a James Spader. La verdad es que no me puedo imaginar una vida mejor.» Hizo su equipaje de una manera caótica, maletas que se llenaban, se vaciaban y se volvían a llenar. Sacó del equipaje la máquina de escribir, la volvió a meter y la sacó de nuevo, embutió tubos de caviar sueco y paquetes de pan duro que pensaba regalar

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a los numerosos familiares y amigos de James. Yo me preguntaba por la suerte que correría el pan duro durante el viaje y quise comentar algo a propósito del caviar, que no siempre resultaba apetitoso para paladares no acostumbrados, y que los tubos estarían mejor en la nevera que esparcidos por el suelo durante varios días, pero me quedé callada. Le había contado que planeaba mudarme a la espaciosa casa de Sally pero que lógicamente me las arreglaría para encontrar otro inquilino mientras ella estuviera fuera. Casi toda la gente que conocía vivía de realquilado, no sería un problema encontrar a alguien que quisiera realquilar el apartamento. «No importa —dijo Niki—, puedes vivir aquí, o en cualquier otra parte. Alguien puede vivir aquí, o en cualquier otra parte.» La miré, estaba sentada en el suelo y había vuelto a sacar la máquina de escribir de la maleta. «Estaba pensando en el alquiler —le dije—, alguien tendrá que vivir aquí y pagar el alquiler, ¿no?» Era Niki quien se ocupaba de ello, y nunca me había pedido dinero. Durante el mes que estuvo en Bolivia esperé que el aviso de pago del alquiler apareciera en el buzón para ir a correos y pagarlo yo. Como no llegó, supuse que Niki lo había pagado por adelantado. «A la mierda el alquiler —dijo—, eso se arregla solo. ¿Es que no lo has entendido?» Levantó la vista hacia mí con una sonrisa de asombro, como si estuviera sinceramente fascinada por mi candidez. ¿Acaso no había entendido nada? ¿La razón de que ella manejara el dinero tan a la ligera? ¿La razón de su actitud despreocupada ante el trabajo asalariado y la impresionante generosidad que de vez en cuando mostraba conmigo y con los demás? Suspiré y me fijé en su equipaje. Tal vez fue en ese momento cuando comprendí que nuestros caminos comenzarían pronto a discurrir en direcciones totalmente diferentes. «El caviar hay que conservarlo en frío —dije—, si no se estropea.» Niki se marchó dos días después y dejó el apartamento tal como estaba, con las cosas que no se llevó tiradas en el suelo y la nevera llena de tubos de caviar. Saqué unas bolsas de basura, eché en ellas el contenido de la nevera y las tiré al contenedor del patio; limpié las estanterías, vacié el congelador, tiré todo lo que había en su interior y lo puse a descongelar; reservé hora en la lavandería y lavé toda la ropa, sábanas y toallas, la sequé, la doblé y la coloqué en su armario; froté la mesa de la cocina hasta limpiar los restos de comida incrustada y de cera de las velas, compré un paquete de estropajos y detergente y ataqué la cocina como había visto hacer a mi abuela, con el pelo recogido en un moño y la radio a todo volumen, vacié

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los armarios de todo lo que pudiera caducar, recogí las botellas de vidrio retornables y las devolví, tiré las plantas muertas de las macetas a la basura, llevé la loza rota al cuarto de reciclaje junto con un sillón desfondado y una tostadora que se había quemado. Después de recoger todo lo que había en el suelo, lo aspiré y lo fregué hasta que el agua del cubo dejó de salir negra. Bajé mi colchón a un contenedor de la calle, hice la cama de Niki con sábanas limpias, colgué la llave en un cordón por la parte interior de la puerta y me marché. En las escaleras que suben hacia la plaza de Sankt Eriskplan me detuve. Tal vez debería escribirle una carta. Una nota sobre la mesa al menos con el número de teléfono de Sally, por si alguien alquilara el apartamento y necesitara ponerse en contacto conmigo. Volví, dejé las maletas en el rellano y busqué a tientas hasta dar con el cordón, pesqué la llave, la saqué a través del buzón y abrí la puerta. Era un truco que creíamos haber inventado nosotras porque Niki —y a veces yo

— se dejaba a menudo las llaves y tenía que sentarse a esperar en las escaleras. Me quité los zapatos, busqué papel y lápiz y me senté a la mesa de la cocina. Sonó el teléfono y después de un rato dejó de sonar. La cocina olía a productos de limpieza. Anoté la dirección y el número de teléfono de Sally y fijé la nota con un imán en la puerta de la nevera, al lado del pequeño recorte de una foto de Birgitta Trotzig con su cabello negro con la raya al medio y una sonrisa enigmática. Entonces volvió a sonar el teléfono. Estaba en la mesa del sofá. El contestador automático que yo había comprado no se veía por ninguna parte, y sospeché que Niki se lo había regalado a alguien. «Hola —dijo una voz de hombre cuando contesté—, ¿eres Carolina?» Carolina era el nombre que los padres de Niki le habían puesto al nacer. «No —contesté—, yo soy su compañera de piso, su antigua compañera de piso.» No sabía cuál de sus nombres debía usar. «Niki está en Irlanda», dije finalmente. El hombre con el que estaba hablando era su padre, su voz era apagada y suave. La madre de Niki estaba enferma y quería que Niki volviera a casa. Lo escuché atentamente y traté de imaginármelo; se parecía al actor Jan Malmsjö en el papel del obispo Vergérus en Fanny y Alexander: la misma maldad insidiosa clavada en el fondo del alma, la mirada corrosiva y los colmillos afilados; pero no, lo que oí fue la voz suave de Beppe Wolgers en el programa de televisión Buenas noches, curiosa y preocupada por lo que hacía su hija. «¡Oh! ¿Ha hecho todo el viaje en tren?», y «Ese chico que ha conocido, ¿tienes su número de teléfono?». Le dije la verdad, que no tenía su número ni su

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dirección y ni siquiera sabía su apellido. Solo tenía un lugar: Galway. El padre de Niki, que se llamaba Johannes, calló un momento. Al otro lado de la línea se oía un ruido, como si estuviese mordiendo un lápiz. Al poco dijo: «Aquí lo tenemos». Había sacado un atlas, dijo, la ciudad estaba en la costa oeste, parecía de fácil acceso y no muy grande. Nos quedamos en silencio, percibí una súplica, una especie de propuesta. Al final, me preguntó directamente si estaba dispuesta a «darme una vuelta por Irlanda». Yo le dije que pronto retomaría las clases en la universidad. «Solo estamos a primeros de agosto —dijo Johannes—, aún falta para que empiece el curso.» Decliné su propuesta tan amablemente como pude, y después de otro rato en silencio me dio su número de teléfono por si me arrepentía. Lo anoté en mi agenda y colgamos. Abandoné el apartamento de Niki por última vez y me instalé en la planta baja de la casa de Sally, que era enorme y quedaba a un par de minutos a pie del agua. Ella vivía en el piso de arriba. Hacíamos limpieza los sábados, ella arriba y yo abajo, y luego hacíamos juntas la cocina antes de tomarnos un café y comer alguna pasta horneada por Sally. Le había dado a Niki mi nuevo número de teléfono y esperaba una llamada, pero el tiempo pasaba y ella no se ponía en contacto conmigo, empezó el semestre, abandoné los estudios en menos de un mes y comencé a trabajar de noche en el hospital Sabbatsberg como sustituta, en una sección donde los ancianos estaban postrados en camas y apenas vivían, y una noche, cuando encontré a una mujer muerta de verdad y poco después abrí la puerta al hijo que quería ver el cuerpo de su madre y despedirse, me dio por pensar en Niki. Mi contrato laboral no estipulaba ningún plazo de preaviso, no tenía ningún compromiso, ni ningún plan concreto, así que al día siguiente llamé a Johannes, quien me dijo que la oferta seguía en pie. La madre de Niki estaba más enferma y más deseosa de ver a su hija, él me enviaría dinero en un sobre. Hice el equipaje, fui al centro de la ciudad a comprar una tarjeta de Interrail y cambiar coronas por libras esterlinas e irlandesas en la estación central, y al día siguiente ya estaba sentada en un asiento junto a la ventanilla en un tren rumbo a Copenhague, estudiando el mapa de las líneas ferroviarias que me habían dado, y quería llamar a Palle y gritarle que ahora yo también me encaminaba a una aventura en tierras extrañas, ¿lo ves?, pero lo único que pude hacer fue comprar unas postales en Hovedbanegården y enviárselas a una selección de sus posibles direcciones postales. No estaba segura de si mi arrebato de entusiasmo aventurero sería legible después de que las

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postales viajaran en avión hasta la India. Probablemente él leería la postal en medio de aquella muchedumbre indescriptible de la que me había hablado y sentiría el soplo de una brisa escandinava, fría y distante, sin carne y sin vida. Ajá, un asiento en un tren medio vacío camino de Copenhague, qué aventura. Me arrepentí de haber enviado las postales nada más echarlas en el buzón rojo frente a la estación central, antes de encaminarme al andén donde me esperaba el próximo tren. Por todas partes había jóvenes con mochilas gigantes, reunidos en pequeños grupos, algunos tenían guitarras o radiocasetes, unos cuantos comían pan con queso de untar y bebían cerveza, y otros estaban sentados en el suelo con la espalda apoyada en la pared, durmiendo, fumando o mirando a las musarañas. Tomé el ferry de Ostende a Harwich por la mañana, desembarqué en la estación de Galway a la mañana siguiente, y una vez allí crucé la plaza y, tras conseguir una habitación en un pequeño hotel, me quedé dormida encima de la cama con la ropa puesta. Cuando me desperté había anochecido. Me senté en la cama y estudié el plano de la ciudad que me habían dado en recepción, tratando de entender cómo debía proceder. La idea de buscar a Niki en una ciudad de setenta mil habitantes resultaba interesante en teoría, pero ahora me parecía una estupidez. Cogí un lápiz, dividí el plano en veinte cuadrantes y decidí peinarlos uno tras otro, mirar en las tiendas y en los pubs, escudriñando los rostros de la gente. Había visto a James una sola vez, una noche en Estocolmo, en las horas previas a que tomaran un vuelo nocturno en su improvisado viaje a Bolivia. Estuvimos sentados en el tejado, pero Niki y él se pasaron el rato matándose a morreos e interrumpiendo la conversación con sus gemidos, distraídos por la lengua y las manos del otro. Parecían la típica pareja que necesita manifestar su amor a los ojos del mundo, un amor que se avivaba en presencia de testigos, y supuse que yo estaba allí por eso, un cuerpo seco y frío junto a sus llamas, como un contraste que los reafirmaba. Cuando el magreo cambió de tono volví al apartamento. Niki y James bajaron veinte minutos después, con el pelo revuelto y aparentemente satisfechos de haber alterado el paisaje sonoro de las calles dormidas, aunque solo hubiera sido un cuarto de hora. Estaba totalmente convencida de que reconocería a James si lo veía, en el improbable caso de que eso sucediera. Le había prometido a Johannes que me pondría en contacto cuando llegara a Galway, pero el teléfono que había en la única mesa de la habitación del hotel estaba estropeado y no tenía fuerzas para bajar a la

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recepción. Me tomé una magdalena que tenía en mi equipaje y me terminé el agua tibia que quedaba de la botella de litro que había comprado en la estación de Dublín; acto seguido me duché, me cepillé los dientes y, arrastrándome, me metí en la cama. Niki, cuyo nombre real era Carolina, tal vez viviera en casa de James, que en realidad se llamaba Adrian; sin dirección, ni número de teléfono ni apellido. Decidí darme una semana para buscarlos.

El hecho de abordar de forma metódica una tarea irracional puede infundir una especie de expectativa de llevar a buen puerto un encargo que en realidad carece de expectativas. Hasta cierto punto, seguir un método también puede contribuir a infundir una sensación de propósito e incluso, en algunos casos, de satisfacción. Quizá sea ese método ilusorio el que hace que la búsqueda se parezca tanto al acto de escribir: el pensamiento desciende hasta el papel como si hubiera un propósito que en realidad no existe, veinte cuadrantes en el plano de una ciudad desconocida para buscar a alguien que está aquí pero ha desaparecido. Comencé por el primer cuadrante, que quedaba en la parte noreste del plano, en las inmediaciones de Eyre Square; miré en todos los pubs de William Street, con algunas incursiones al azar en los callejones laterales. El resto de la tarde lo dediqué a los cuadrantes 2 y 3 del plano, por los alrededores de la catedral y la universidad, al otro lado del río. Los días siguientes transcurrieron de la misma manera; mantuve el método pero me permití algunas licencias: me subí a un autobús en dirección al otro lado de la ciudad y caminé hasta el lago Atalia, donde paseé bajo el sol junto a las verdes colinas y el agua. Me encontré con una biblioteca gigantesca y recorrí todas y cada una de sus secciones. Estaba casi vacía, pero me imaginé a Niki vagando por los pasillos y pasando el dedo índice por los lomos de los libros. En la entrada había un gran tablón de anuncios con notas sobre la bibliografía de algún curso, grupos de lectura y clases de guitarra. Eché un vistazo a las notas sin tener ni idea de qué estaba buscando. Pero entonces recordé algo, un juego con dardos, y entré a pedirle a la bibliotecaria una guía de teléfonos. Ella se levantó y señaló con la mano extendida hacia las puertas de cristal de la entrada. Fuera, en la acera, había una cabina telefónica. La guía, que colgaba de un cable de acero, era muy delgada, estaba húmeda y llena de quemaduras de cigarrillo. Abrí por la D y apunté las direcciones de los clubes de dardos que aparecían en el listado y también de una tienda. La concentración que

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requería la búsqueda me dejó exhausta, y después de cenar en la barra de un restaurante chino no me vi con fuerzas para seguir buscando más, así que regresé a mi habitación. Al día siguiente empecé en el teléfono de la recepción del hotel. Las direcciones de los clubes de dardos de la ciudad eran antiguas y los números de teléfono no funcionaban o habían pasado a otras personas que no sabían nada de dardos, pero aun así decidí que era la pista acertada, más que nada porque era la única que tenía. En High Street había una tienda donde vendían dardos y dianas, pero el dueño no conocía a ningún Adrian que jugara a los dardos. Sin embargo, sabía dónde tenían lugar los torneos de dardos, y fue allí, en Cross Street, en el cuadrante 9, en un pub con sofás oscuros de escay arrimados a las paredes, donde finalmente encontré a James. Estaba sentado con otros hombres bebiendo cerveza. Yo estaba junto a la puerta, observándolo; al principio deslizó la mirada sobre mí sin verme, pero tras unos instantes volvió a fijarse en mí y sonrió. Nos abrazamos y yo me hice un hueco a su lado en el sofá. Niki no estaba, y cuando le pregunté por ella se limitó a menear la cabeza. Los demás callaban y nos observaban, con las manos aferradas a sus vasos de cerveza. En el aire flotaba el humo de un cigarrillo que alguien se había dejado encendido en un cenicero. James tomó aliento y los demás se inclinaron hacia delante para no perderse ningún nuevo detalle de la historia, que probablemente ya habían oído varias veces. Niki había llegado a la isla esmeralda, danzando en un sentido literal, exultante, y había abrazado a todos los familiares y amigos de James, se había aprendido de memoria los nombres de los dueños de los bares, se había informado acerca del complicado reglamento del juego de dardos y de su historia, se había presentado de improviso en la empresa de auditoría en la que trabajaba James y había saludado a sus compañeros uno por uno, se había estudiado las calles, el sistema nervioso y los estados de ánimo de la ciudad, y gracias a sus ingresos fijos, es decir, el dinero que sus padres transferían a su cuenta cada mes, enseguida quedó claro que podían dejar la habitación de James en la casa de su familia en Shantalla y mudarse a un apartamento más grande en Sea Road, en el centro. La mudanza fue caótica e interesante, según dijo James; su hermano les transportó las cajas, muebles y maletas en su pequeño coche hasta la nueva dirección, donde ya la primera noche hicieron una fiesta de inauguración, mucho antes de que ninguno de los dos hubiera podido desembalar u ordenar nada. Con el tiempo, James entendió que precisamente el orden podría

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convertirse en un problema. El desorden que reinaba en el apartamento de Niki en Estocolmo era una cosa, él había pensado que era producto de nuestra convivencia en un espacio tan reducido y del flujo constante de gente que entraba y salía del apartamento, pero esto era algo diferente. Mientras él recogía sus cosas y las guardaba en cajones y armarios, las pertenencias de Niki seguían en bolsas, desparramadas por el suelo o apiladas en las sillas donde se mezclaban con sus compras recientes, y después de unas pocas semanas las cosas de James sucumbieron al desorden; había una camisa suya con las mangas cortadas en un sillón, el sofá estaba lleno de manchas de comida, café y vino, y la cocina estaba llena no solo de platos y restos de comida, sino también de libros, papeles, discos, correo sin abrir y borradores de manuscritos. Las dos primeras semanas James casi no había tenido que trabajar y la vida había sido sencilla, pese al desorden. Se pasaban los días en la cama o junto al mar, y por las noches iban a algún pub o restaurante o a casa de alguien. Cuando James volvió al trabajo, Niki instaló una especie de despacho en la cocina, donde se sentaba entre pilas de libros y aporreaba su máquina de escribir, maldecía, estrujaba los papeles y los tiraba al suelo. Cuando James volvía a casa del trabajo tenía que ponerse a limpiar la cocina y a apaciguar a Niki, que cada vez estaba más frustrada con la situación. Decía que se sentía encerrada. Gritaba que aspiraba a más que eso en la vida. Planearon hacer varios viajes juntos, tal vez volver a América del Sur o atravesar los Estados Unidos en coche, pero para eso necesitaban dinero y James tendría que trabajar. Niki había empezado también a ver con recelo a algunos amigos de James, que al principio le habían parecido maravillosos sin excepción. Se figuraba que hablaban mal de ella cuando no estaba, quizá con razón, ya que sin duda era una rara avis, con su tendencia a consumir con su temperamento todo el oxígeno de una habitación, a bailar cuando era inapropiado bailar, a ser cáustica cuando era inapropiado ser cáustica, a aborrecer sus propios sentimientos al mismo tiempo que no podía evitar expresarlos. Las personas que se enamoraban de Niki se enamoraban de las mismas cosas que molestaban a los demás, lo cual obligaba a James a ejercer constantemente de mediador y de negociador. Se convirtió, al igual que todo aquel que quisiese pasar tiempo con Niki, en un experto intérprete de sus estados de ánimo. Desde que entraba por la puerta podía saber, por el repiqueteo de la máquina de escribir, si el día había sido bueno o malo. El resto podía adivinarse por su manera de saludar, un día

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con una voz cariñosa y dulce, y al día siguiente en un tono agresivo y ofendido que anunciaba un espectáculo de recriminaciones y desconfianza que duraría toda la tarde. Niki era todo lo contrario a una buena invitada, puesto que carecía por completo de la pasividad que se esperaba de un invitado, y a pesar de que cada día se daba una vuelta por la biblioteca, hablaba con la gente, aprendía cosas nuevas y asistía a clases nocturnas de irlandés, la vida se le volvía asfixiante. «Podría haberme ocupado mejor de ella», dijo James, pero sus compañeros de mesa protestaron. «Hiciste todo lo que estaba en tus manos, y más», dijeron. Parecían contentos de que Niki hubiera desaparecido momentáneamente del mapa, aunque estuvieran de acuerdo en que era brillante cuando estaba de buen humor. Brillante e inteligente, ávida de saber y culta, dotada de una memoria prodigiosa, divertida y adorable. Todo había terminado precisamente en una tarde así; habían ido al pub con unos amigos, a jugar a los dardos y tomar cerveza. Ella se puso a recitar unos poemas de Joseph Plunkett que había estado leyendo en la biblioteca y todos se sintieron revolucionarios y de buen humor, hasta que alguien se acercó al grupo y abrazó a James. Era Emily, una ex de James, y como él no sospechaba que las exmujeres y las exnovias eran material explosivo para Niki, cometió el error de darle un cálido abrazo y presentársela. Niki saludó con la mano extendida y una sonrisa forzada, y acto seguido fue al baño. Pasados diez minutos y al ver que no volvía, James fue a buscarla. Ella le estaba esperando entre la máquina de tabaco y los compartimentos de los baños, con los brazos cruzados, resoplando de rabia, irritada y humillada, y se puso a gritarle desde lo más profundo de su alma. El pub se quedó en silencio por un instante, como si la gente quisiese medir bien su grado de locura antes de continuar con su alboroto habitual. «Fue la discusión más extraña de mi vida —dijo James—, porque no entendí ni por un instante qué mosca le había picado.» «Fidelidad retroactiva —dijo el hombre de enfrente con una sonrisa en los labios—, tal vez esperaba que fueras virgen a los veintiocho años.» Llevaba puesta una gorra de béisbol con la visera hacia atrás y se llevó el vaso de cerveza a la boca. Los otros se rieron por lo bajo. «Delirio posesivo y una necesidad irracional de afirmar su sentimiento de propiedad», añadió el hombre de al lado. Los demás lo miraron y asintieron. Él continuó: «Una cosa es ponerse un poco celosa por la aparición de una ex que resulta que es guapa y otra montar semejante escena». James lo miró y luego me miró a mí. Puede que su

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mirada contuviera una pregunta. «O sencillamente tuvo miedo de ser abandonada —repliqué yo—, un miedo cerval y una incapacidad espantosa para enfrentarse a él.» Los demás guardaron silencio, algunos se levantaron para ir a pedir más cerveza. Niki había desaparecido esa misma noche, puso sus cosas en una maleta y no se le volvió a ver el pelo. Había pasado casi una semana desde entonces. James no parecía preocupado y no tenía planes de salir a buscarla. Eso solo empeoraría la situación. Pregunté si había algún lugar donde ella pudiera estar, y el hombre de la gorra habló de una pensión junto al río, donde un francés daba alojamiento a trotamundos y otra gente que estaba de paso. Desplegué el plano en la mesa y él me señaló un pequeño barrio al sur del río. «¿Por qué buscas a Niki?», me preguntó James mientras observaba el plano, sus líneas y anotaciones. «Es solo que necesito encontrarla —respondí—. No tenía ni su dirección ni su número de teléfono, y en todo este tiempo nunca me ha llamado. Así que esta es la única manera.» Una nueva ronda de cervezas aterrizó en la mesa y yo me levanté con intención de marcharme. James anotó su dirección y su número de teléfono en la esquina del plano. «Si la encuentras —dijo—, dale recuerdos de mi parte. Dile que… —no terminó la frase—. Eso, dale recuerdos.»

La pensión junto al río era una antigua casa flotante que no tenía permiso para permanecer atracada al muelle y por ello había sido remolcada a tierra, donde tampoco se le permitió quedarse, por lo que había sido devuelta al agua. El propietario del barco era un francés que hablaba un inglés con marcado acento francés y alquilaba pequeñas habitaciones separadas por paredes finas como el papel en la casa de al lado, que le prestaba un pariente anciano. Las habitaciones costaban seis libras por noche, y el precio parecía incluir el desayuno, que aún no se habían llevado, y la conversación del francés, que siempre estaba pegando la hebra en las zonas comunes. Niki se había alojado allí, en una de las habitaciones más grandes, pero se había largado la noche anterior a mi visita tras discutir con el francés. Se había enrabietado, había recogido sus cosas y había dejado la habitación sin pagar la cuenta. Nos encontrábamos en el jardín, él estaba sentado en una silla de oficina que había arrastrado hasta la hierba. «Muy propio de ella», dije. Entró en la casa y subió unas escaleras, yo le seguí. El edificio era una antigua fábrica de tejidos y las nuevas habitaciones se habían construido con placas de cartón yeso. En el centro de la planta superior había una cocina abierta donde algunos

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huéspedes sentados alrededor de la mesa bebían cerveza y fumaban. Niki había ocupado una habitación en esquina, y cuando entré en ella supuse que habría estado a gusto allí, con vistas al seto verde y al agua que se veía más allá del jardín, y con una cama grande, una mesa y una lámpara de lectura al lado, y un cuarto de baño propio en el rincón, detrás de una puerta. El francés abrió la puerta del lavabo, encendió la luz y miró en el interior. «Al parecer se olvidó esto», dijo mientras descolgaba una bolsa de un gancho junto a la pica. Era de plástico, de un supermercado, y contenía una toalla sucia, un bañador mojado y Dykungens dotter en una edición de bolsillo en malas condiciones, cuyas páginas se habían humedecido en contacto con el bañador. Me llevé la bolsa y prometí alojarme en casa del francés si por cualquier razón me tuviera que quedar en la ciudad. «En ese caso podrás tener esta habitación», me dijo. «Con mucho gusto», respondí. Por la noche llamé a James y le conté que había dado con la pista de Niki, pero ni sombra de ella, que la había tenido en el punto de mira pero que se había vuelto a escabullir, y que estaba pensando en darme por vencida y regresar a casa. Tal vez Niki ya había hecho lo mismo y estuviera ya de camino a Estocolmo y al apartamento en Atlas. «No, está aquí —dijo James—, estaba en el apartamento cuando volví anoche a casa. Todo se ha solucionado.» Yo me quedé en la recepción del hotel con el teléfono delante, sobre el mostrador. El recepcionista estaba sentado tecleando frente a una pantalla parpadeante. «¿Quieres hablar con ella? —preguntó James—. Está en el baño.» Miré el reloj de la pared. Las siete y media. «No, me paso por ahí.» Aún recuerdo el teléfono rojo y brillante y el cable rizado que conectaba el auricular con el aparato enrollado alrededor de mi dedo índice, y la mirada de reojo del recepcionista mientras sorbía su taza de té. Encontrarla había sido una proeza, una victoria, pero solo para mí. Niki había hecho todo lo posible para que no la encontraran, no había enviado ninguna postal con su nueva dirección ni había dado su número de teléfono. Probablemente interpretaría mi búsqueda como una intromisión, una especie de juego del escondite con alguien que no quería jugar al escondite, sino desaparecer sin más.

Todo terminó con una bronca en el hueco de la escalera, después de veinte minutos sentadas a la mesa de la cocina, con panecillos y té, una vez que ella comprendió cuál era mi cometido. Tuve la sensación de que una sombra fugaz cruzaba su mirada cuando le dije que su madre estaba gravemente enferma, pero puede que fueran figuraciones mías. Por un

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instante pensé que un asunto así, la enfermedad de su madre, podría justificar mi deslealtad y el hecho de haberme dejado engatusar para ir a buscarla. Pero me equivocaba. «Ha llegado el momento de que recojas tu mierda y desaparezcas de mi vida», me dijo con toda parsimonia. Después se levantó y alzó la voz: «Estoy cansada, muy cansada». Pensé que los dioses emocionales que vivían en el interior de su cabeza confundían las cosas. Estaba enfadada, no cansada. Hablamos en sueco todo el tiempo y James, que solo podía seguir la melodía, puso la mano en el brazo de Niki. Ella se la retiró inmediatamente. «¿Tú también? ¡No!», le gritó en sueco. Atravesé la cocina en dirección al recibidor. Niki me siguió con James detrás de ella. El apartamento era bonito, con el suelo de madera, los marcos de las puertas pintados de diferentes colores y, en las esquinas, plantas exuberantes en macetas grandes. James y Niki llevaban los mismos calcetines de lana para protegerse los pies, mientras que yo los tenía congelados con mis calcetines finos. Alcancé a abrir la puerta antes de que ella descargara la última andanada de gritos, que retumbó en el hueco de la escalera. La ruptura de nuestra amistad estaba escrita desde el principio, siempre habíamos caminado sobre una fina capa de hielo, así que estaba todo lo preparada que se puede estar. Aun así, algo se rompió en mi interior al ver el rostro contraído de Niki y oír sus últimas palabras. «Nunca has sido mi amiga. Hija de puta. Más que hija de puta.»

Tomé el tren esa misma noche y llegué a casa de Sally dos días después. Yo estaba en la bañera cuando ella llegó a casa. Asomó la cabeza en el cuarto de baño y saludó, me mostró una bolsa de rebozuelos frescos que había comprado en la plaza Hötorget y una botella de vino tinto. Cuando se acabó el vino, Sally sacó una botella de coñac y aquello fue una borrachera en toda regla, pedimos un taxi hasta el centro, bailamos y tuvimos un comportamiento insufrible. Fui postergando una y otra vez la conversación con Johannes, pero después de algo más de una semana lo llamé. Tenía puestas mis esperanzas en el contestador automático, el mejor invento que existía para dar explicaciones imprecisas sin tener que responder a preguntas incómodas, pero Johannes descolgó el teléfono de inmediato. Le expliqué la situación, que la había encontrado pero que ella se había desentendido, y que yo seguramente habría podido formular la invitación de una manera más convincente para que regresara a casa de sus padres, pero que de todos modos había hecho lo que había podido. «No te entiendo —dijo él—. Pero si ella vino. Tomó un vuelo al día siguiente de

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vuestro encuentro y tuvo tiempo de ver a Sonja durante dos días.» Me senté en una silla y me quedé mirando el jardín a través de los grandes ventanales. «¿Sonja?» Johannes suspiró. «Sonja es la madre de Carolina. Murió, fue como si hubiera estado esperándola, como si hubiera decidido seguir viva hasta que Carolina viniera a casa.» Johannes era un hombre muy amable y sereno, un viudo que había conseguido que su hija descarriada regresara al hogar, aunque fuera temporalmente. Cuando deshice la maleta encontré en el fondo la bolsa con la toalla, el bañador mojado y el ejemplar de Dykungens dotter. El libro de bolsillo deteriorado por la humedad me ha acompañado desde entonces y está en mi estantería. Birgitta Trotzig vuelve a ponerse de moda a intervalos regulares, y entonces recuerdo el apartamento y la cocina donde Niki se incorporaba y nos mandaba callar a gritos para leer en voz alta Dykungens dotter, tan aislada en su visión del mundo, pero aun así tan convencida y vehemente. Siempre me he sentido particularmente reacia a prestar ese libro.

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ALEJANDRO

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Justo cuando quería que llegara un huracán, llegó un huracán. Deseaba dejarme llevar, envuelta en un torbellino, y tuve la suerte de conseguir justo lo que buscaba y la mala suerte de encontrar todo lo que creía anhelar, la suerte y la mala suerte de conseguir que mis plegarias en pos de un amor apasionado fueran atendidas. Faltaban apenas cuatro meses para el cambio de milenio y yo yacía boca abajo al lado de Kristian en la cama del apartamento que teníamos en el distrito de Årsta, escuchando la pequeña campaña a favor del bebé en el que debían culminar nuestras relaciones sexuales. Kristian trabajaba en el grupo parlamentario de un partido político, escribía artículos de opinión, discursos, cartas al director de «ciudadanos indignados», documentación para mociones, comunicados de prensa y entradas de blog para los miembros del Parlamento, de manera que era un hombre de campañas y opiniones, de las suyas propias y de las opiniones cambiantes de los demás, de opiniones sobre el futuro y de opiniones que nadie sabía aún que pronto tendría. Las opiniones eran la materia prima de su trabajo, el sustrato del que brotaban las palabras. En la actualidad es el jefe de comunicación de una organización medioambiental. A veces coincido con él en algún evento (tenemos conocidos comunes), pero cuando me ve se limita a asentir con la cabeza y mirar para otro lado, como si quisiera hacerme saber que la herida sigue abierta. Entonces hacía campaña a favor de un bebé («o dos, tres, cinco») con una mano en mi espalda y la nariz en mi pelo, y con la ayuda de esas fantasías que se despiertan en casi todos cuando oyen los nombres de niños imaginarios, todavía por nacer: Dante, Max, Wilmer, Maya, Nelson, Lova, Miranda, Berit, Margareta, Julia, Bassian, Bella, y podía parecer un juego (Johnny, Conny, Sonny, Ronny) pero en realidad era el equivalente de los tentadores boles con caramelos que los lobbies colocan al frente de sus expositores, ante los que es tan fácil detenerse un momento y dejarse halagar, ponerse a charlar y bromear, decir como quien no quiere la cosa que mi nombre preferido era Frank, o Billy, lo cual le hacía reírse a carcajadas, y así el tema pasó a estar encima de la mesa, y de pronto

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habíamos llegado a un «acuerdo». En aquel instante me sentí reemplazable, más o menos como sus opiniones, sus compañeros de trabajo y sus clientes, como el diente de un engranaje o un apéndice en el gran sistema al cual él —con sus pantalones vaqueros y sus americanas de marca— rendía pleitesía, y al que dedicaban sesudos análisis los gruesos volúmenes de su estantería, pero cuando se tatuó mi nombre en un brazo para demostrar lo contrario, yo ya estaba de salida; para entonces ya me había acostado con Alejandro en el asiento trasero de un taxi proveniente de Vaxholm, así que visto en retrospectiva resulta difícil decir quién de los dos era reemplazable.

Alejandro no había recibido ninguna invitación para actuar con los Zomby Woof, porque no estaba lo suficientemente preparado para tocar ningún instrumento, pero se decía que la noche que él subió de forma espontánea al escenario y comenzó a moverse al ritmo de la música fue la primera vez que la banda tuvo la sensación de estar completa. Finalmente alguien le puso una pandereta en las manos, pero cualquiera que viese a Alejandro en el escenario se olvidaba enseguida del instrumento que sostenía. Era hipnótico, imposible quitarle los ojos de encima, y se movía con tanta entrega que la palabra «baile» tal vez se quedaba corta, más bien era como si la música se expresara a través de su cuerpo y dejara que el ritmo tomara forma física sin hacer escala antes en otro lugar. Sus movimientos eran la música de una manera que yo nunca había visto, y como él mismo me explicó más tarde, cuando empezamos a salir, provenían de sus viajes psicodélicos, en los que había experimentado que el sonido y la materia son básicamente lo mismo, que la música tiene una arquitectura y viceversa, y que los sentidos, si los dejamos mezclarse a su antojo, pueden darnos más información de la que nos imaginamos. Luego resultó que tomaba muchas drogas, incluidas algunas de las que yo ni siquiera había oído hablar. La primera vez que lo vi fue en el Fasching, la banda estaba a punto de empezar a tocar cuando entramos en el local, él estaba con un pie apoyado en el amplificador hablando con alguien, pero volvió la cabeza y nos observó mientras nos sentábamos, y en aquel instante nuestras miradas se cruzaron. Yo estaba con Sally y algunas personas más, habíamos salido de marcha con la intención de meternos en cualquier sitio donde hubiera música y cerveza, y habíamos acabado en ese club de jazz tan conocido y lleno de humo que quedaba entre el centro y la isla de Kungsholmen. Las otras personas del grupo, incluida Sally, se

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fueron a otros locales después de una hora más o menos, pero yo me quedé, como si fuera incapaz de moverme de allí. Alejandro llevaba unas zapatillas de deporte rojas, pantalones negros ceñidos, una camisa blanca que no tardó en desabotonarse para dejar a la vista una camiseta blanca, y el pelo recogido en un moño en la nuca, y cuando terminaba una canción, mi entera existencia se reducía al deseo de que empezara otra. Eso era todo lo que quería, seguía allí sentada y embargada por aquel críptico deseo, que tocaran una más. Otra canción, por favor, otra canción con él. Zomby Woof tocaba un electro-jazz rítmico y peculiar con dos personas a la percusión, además de la batería, y el piano, el sintetizador, el contrabajo y un trompetista que de vez en cuando se levantaba de una silla al fondo del escenario e improvisaba un solo. Y luego Alejandro, una figura con madera de líder, la cara de su único disco, aunque apenas hubiera participado en su grabación. Lanzaron el disco en CD y vendió doscientas copias, lo cual lo decía todo, a saber: que la suya era una música visual, improvisada, fiada al conjuro del aquí y ahora y al ímpetu que solo puede surgir en contacto con un público de carne y hueso. Los músicos de la banda eran profesionales que andaban ocupados con otros proyectos, así que los Zomby Woof apenas ensayaban, tocaban de oídas, se encontraban una hora antes del concierto para tomar un café y decidir qué canción iba a ser la primera. Eso era todo, el resto lo dejaban al azar, venía dictado por el ambiente de la sala, con el baile de Alejandro como guía. Mientras sonaba la música, se le veía profundamente concentrado y sumergido en sí mismo, pero entre tema y tema se paseaba por el escenario, bebía agua de una jarra de cristal, se acercaba al micrófono y decía algunas palabras, en inglés, español o sueco, agradecía los aplausos, presentaba la canción siguiente y a los miembros de la banda, o anunciaba el lugar de su próxima actuación. Un par de veces tuve la sensación de que se dirigía a mí, algo que supuse que eran imaginaciones mías, pero al final resultó que no lo eran, porque antes de una de las últimas canciones dijo: «this is for the lonely lady in black[4]» y me señaló directamente con el índice. Levanté la mano e hice un leve gesto de saludo en señal de respuesta. Nuestra relación había comenzado.

Sally y yo salíamos a menudo de esta manera, salíamos sin más, solas o con otra gente a la que llamábamos por teléfono y que se iba uniendo a nosotras a medida que avanzaba la noche, y lo que queríamos no era cerveza ni música ni conversaciones con los desconocidos a los que nos

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encontrábamos todo el tiempo, sino la sensación de un tipo especial de libertad, y si hubiéramos sido otras personas en un lugar diferente quizá habríamos ido a pescar para conseguir la misma sensación, o nos habríamos zambullido desnudas en el mar antes de sentarnos en una roca, la una junto a la otra, a contemplar el horizonte. Algunos años antes, el padre de Sally había desaparecido con su velero en el océano Pacífico y durante el año escaso que estuvo desaparecido, cuando aún había alguna posibilidad de que lo encontraran con vida, nos pasamos muchas horas en bares y restaurantes rumiando esa posibilidad. No hay lugar más adecuado para la esperanza que un bar, sobre todo cuando empieza a agotarse. Hacia el final de ese año escaso le resultaba imposible estar sola, sentada en casa con el mapa, pensando en los vientos del océano y en cómo viran en el mar de Filipinas, en las corrientes marinas que son perpendiculares a la dirección del viento, desplazando un barco hacia el norte cuando el viento sopla del oeste, y en los remolinos oceánicos subtropicales que surgen allí, justo al norte del ecuador. En Fyra Knop el viento estaba siempre en calma, igual que en Fenix e Indigo, el restaurante en el que solíamos comer sopa en una mesa pegada a la ventana y adonde fuimos cuando hallaron y repatriaron el cuerpo, y donde nos reunimos después del entierro. Pero ahora era un miércoles por la noche, yo había dejado a Kristian en la cama y había pedaleado bajo la llovizna hasta casa de Sally, donde bebimos té y vino y llamamos a más gente. Algunos ya se habían comprado un teléfono móvil y otros tenían contestadores automáticos en casa a los que llamaban para escuchar los mensajes. Otros habían conseguido teléfonos móviles a través de sus empresas y podían usarlos a escondidas. Alguien tenía aún un antiguo busca que hacía bip y parpadeaba. Sally había vendido la casa de su padre en Lidingö unos años antes y había comprado un apartamento en la calle Malmgårdsvägen donde había montado un pequeño taller en el que tapizaba muebles para gente que quería dar una segunda vida a sus viejos sillones, sillas y sofás. Yo estaba sentada en un taburete con el asiento descolorido y clavos cuyas puntas sobresalían por los bordes, un proyecto en marcha. Sally llevaba unos pantalones de carpintero manchados de pintura y pegamento, pero no tardó en cambiarse la ropa. Al principio de nuestra amistad habíamos tanteado la posibilidad de que estuviéramos enamoradas la una de la otra, pero eso se desinfló rápidamente y dio paso a algo mucho más duradero, una larga conversación de varios años que dio vueltas y revueltas, un amor

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verdadero sin derechos de propiedad, un pacto de apoyo mutuo ante cualquier nueva circunstancia en nuestras respectivas vidas. A lo largo de los años, desde que nos conocimos, me había sentado muchas veces a llorar en su sofá; los sofás cambiaron, pero el llanto era más o menos el mismo, y había reído, había estado enamorada, fea, celosa, y me había sentido fracasada, llegamos a mezclar nuestras vidas como si fuera la cosa más natural del mundo, con una promesa tácita y recíproca de protección, y si pudiera llevar conmigo a una sola persona a una isla desierta… y lo que sigue. Nos sentamos a la mesa de la cocina y Sally leyó en una sección del periódico una guía con recomendaciones de eventos y conciertos. «Bambú Jazz estrambótico con baile sorpresa. ¿Qué te parece?»

Deslizó el periódico hacia mí, se metió en el dormitorio y salió con algo que parecía un vestido de verano. «Estamos casi en octubre», le dije. Sally se encogió de hombros y me señaló con el dedo. «Y tú, ¿vas a ir vestida para un funeral como de costumbre?» Salimos del piso y tomamos el autobús, nos encontramos con otros conocidos en la cola de Fasching, eran las ocho, y como mi vida estaba a punto de dar un vuelco, porque unas horas más tarde llamé sin dudarlo a la puerta del camerino repleto de humo en el que los Zomby Woof habían desaparecido después del concierto, recuerdo con extraña nitidez todo lo que pasó en las horas anteriores: el asfalto mojado del puente Kungsbron, las pandillas de jóvenes fuera del Burger King que hacía esquina con la calle Vasagatan, Sally, que sacaba la antena de su teléfono móvil con los dientes para llamar a alguien y decir: «Entremos, joder», porque con aquel vestido de verano y una chaqueta ligera se estaba congelando; y ahora, tantos años después, todos esos detalles parecen corrientes y cándidos, y yo misma tan ignorante y tan ensimismada, como si ya no tuviera por delante más momentos decisivos en los que participar, ni ninguna decisión trascendental que tomar, como si todo lo que podía arder en mi vida ya hubiera sido engullido por las llamas.

Hasta esa noche yo había sostenido que las personas, en principio, son racionales, que, por lo general, nuestro comportamiento está motivado por cálculos, pequeños o complejos, conscientes, equivocados o inescrutables, pero cálculos al fin y al cabo, en los que existe la intención de obtener una recompensa o un beneficio en forma de alegría, disfrute y acaso felicidad, una especie de voluntad que la persona, de alguna manera, está condenada a seguir porque en el fondo es inteligente, porque quiere lo mejor para sí

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misma y a veces también para sus semejantes. Pero cuando llamé a la puerta y observé mis propios nudillos, cuarteados por el otoño pero cálidos por esa tarde, junto a la nota escrita a mano en la que se leía «bastidores + backstage + crew», comprendí que estaba equivocada, que los cálculos son algo que adherimos a toro pasado a nuestros impulsos, perros salvajes enloquecidos que son los verdaderos gobernantes de nuestras vidas. Me había sentado en los sofás y sillones de Sally, en el tejado del apartamento de Niki en el barrio de Atlas, en los comedores de varios lugares en los que había trabajado, en las cafeterías de la universidad y en muchos otros sitios en los que me había comportado como un apóstol de la razón. Niki solía decir a menudo cosas como «la historia demuestra que la humanidad está completamente loca», pero yo no estuve de acuerdo con ella ni una sola vez, sino que sostenía que la historia, por el contrario, da prueba de la racionalidad y el sentido común del ser humano, hasta de su buena voluntad. Estas discusiones eran teóricas y generales, banales incluso, pero, en mi caso, el hecho de pensar que el ser humano es sensato facilitaba la vida. Me convertía en una buena persona. Me hacía íntegra. Me mantenía alejada del abismo de la oscuridad. El día después del concierto de Zomby Woof en Fasching me habría gustado llamar a Niki y a todos los demás y darles la razón. Estaba en el metro de camino al trabajo (era redactora en una editorial de libros de texto en Solna) observando los rostros de los desconocidos a mi alrededor y, por primera vez, vi lo que algunos expertos en teoría del caos llaman acumulación de variables impredecibles, una especie de locura salvaje y atemporal que bulle justo bajo la piel de todos nosotros. Supuse que siempre había estado allí, sin que yo fuera consciente. No había pasado nada aquella noche —«pasado»—, pero cuando entré en el cuarto que había detrás de la puerta, Alejandro alzó la vista como si me estuviera esperando, y unas horas más tarde nos despedimos con una sensación de entendimiento mutuo que no hacía falta verbalizar. La familia de su madre había sido aniquilada en el campo de exterminio de Sobibor, el padre había estado en el Estadio Chile junto a Víctor Jara en septiembre de 1973, el baile lo había aprendido en la Balettakademien y en una compañía británica de danza, pero lo llevaba en el cuerpo desde el principio, y lo que me dijo, la información que me confió, lo memoricé cuidadosamente para poder contárselo a Sally y a otros si me preguntaban, y tal vez también a mí misma alguna vez en el futuro, pero la información era un mero envoltorio

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y estaba a años luz de los detalles que me despertaron a la mañana siguiente, con el corazón desbocado, al lado de Kristian y de toda nuestra vida, tan ordenada, con sus gruesos libros en la mesita de noche en cuyos títulos figuraban términos como organizing y globalization. La tarde de aquel día la pasé sentada en el sofá de Sally. Era viejo y mullido, y pertenecía a un cliente que no había ido a recogerlo, y ahora tenía un nuevo tapizado de tela de lino rojo con unas flores moradas que no existían en el mundo real, solo flores, unas flores salidas de la fantasía humana, con la libertad que tienen los artistas ante la naturaleza, viéndola, pero creando otra cosa en su lugar. Bebimos té y comimos unos bocadillos calientes de queso y mostaza. «¿Víctor Jara?» Asentí. «¿Sobibor?» Asentí de nuevo. «¿Y de qué hablasteis durante tres horas?» Sally y yo estábamos sentadas la una al lado de la otra frente a la mesa de centro. Había una película en su funda, ante nuestros platos, Happiness, pero esperamos antes de introducirla en el reproductor de vídeo. Nuestras noches de cine a menudo terminaban así, con la película encima de la mesa. Yo me encogí de hombros. Honestamente, no sabía de qué habíamos hablado Alejandro y yo, me había limitado a inhalarlo, su baile y su forma de moverse seguían dentro de mí, las zapatillas rojas que eran tan ágiles sobre el suelo, los pliegues en las comisuras de los labios que dibujaban un paréntesis cuando sonreía, y su manera de hablar en un torrente desordenado de frases, asociaciones y preguntas que apuntaban en la dirección que Kristian solía despachar con un beside the point[5]. Quizá fuera allí, en los detalles al lado de toda la información, de toda esa superficie, donde habría de jugarse todo a partir de entonces. Quizá no había ningún otro lugar en el que yo quisiese estar. Solo quería profundizar en Alejandro, en nosotros, sin saber qué había en el fondo, y cuando pensaba en sus manos que hacían y deshacían el moño en su nuca, me estremecía, como sacudida por el hecho de su mera existencia, de que fueran sus manos y siguieran las órdenes de su cerebro, y de que todo él existiera y se moviera por la misma ciudad, tan cerca y tan lejos, en una calle o en el cuarto de baño de su casa, que existiera en algún lugar, que hubiera existido todo ese tiempo, eso no debería estar permitido. Hubiese preferido poner la película, acurrucarme en el sofá y despertar a tiempo para ver los créditos finales, bajo una manta con la que Sally me habría arropado, como cientos de veces antes. Me sentía enferma, febril, como si se hubiese producido una redistribución en mi interior, como si mis órganos se hubiesen desplazado

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y mis pensamientos hubiesen sido reemplazados. La relación conmigo misma, con el «yo», me parecía extrañamente frágil, como si cualquier sacudida fuera a hacer que mi vida se soltara de sus amarras y se perdiera en el espacio. Sally tomó la funda de la película y leyó el texto del reverso sin entusiasmo. «¿Cuándo os volveréis a ver?» Dejó de nuevo la funda en la mesa. «No lo sé», contesté. Ella se echó a reír, se levantó y recogió los platos, hizo un poco de ruido en la cocina y volvió con la tetera llena. Acto seguido se puso en cuclillas delante del reproductor de vídeo, introdujo la película y se sentó en el sofá con un mando a distancia en cada mano. Se saltó un tráiler, presionó el botón de pausa en los créditos de inicio, dejó los mandos sobre la mesa y me miró. «El sábado», dije.

Toda la gente que conozco recuerda el periodo de tiempo anterior al cambio de milenio con algo de vergüenza, porque, si se echa la vista atrás, la exaltación fue del todo desproporcionada, arbitraria y más bien ridícula. Fue un arrebato colectivo, como un movimiento popular de alcance mundial, pero sin que nadie pudiera definir realmente su significado profundo más allá de referirse al «paso del tiempo». La cifra parecía mágica, y era mágica, pero solo de la manera en que puede serlo una cifra. Probablemente se debiera a todos esos ceros y a la esperanza de que estaban al otro lado de un fuego purificador, o a la creencia de que el número 2000, tan redondo y perfecto, era una prueba de algo, un triunfo en sí mismo, una evidencia de que el ser humano dominaba el tiempo y no al revés. Se confeccionaron listas, miles de listas del siglo y del milenio, para preservar la memoria quizá, pero sobre todo para ahuyentarla, con la esperanza de que el pasado desapareciera si, sencillamente, se lo categorizaba con precisión suficiente. Antaño, en mi infancia y mi adolescencia, el cambio de milenio había sido un punto que resplandecía desde un futuro lejano, un lugar con un dos rutilante y tres ceros fabulosos, en el que yo sería adulta y me comportaría sin vacilaciones. A lo largo de los años, desde principios de los ochenta, hice planes con muchas personas diferentes exactamente a las doce en punto que marcarían el inicio del nuevo milenio: me encontraría con Katarina y Anette frente a los campos de fútbol de la calle Dejegatan, con Jimmy Pihl en la Puerta de Brandeburgo, con Laura y otros tres norteamericanos cuyos nombres he olvidado en el cabo Comorín, y con Danne en el restaurante Kvarnen, por supuesto; compromisos contraídos bajo la pasión del momento, una borrachera de futuro, presos de una suerte de arrogancia frente al paso del

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tiempo. Ahora no tenía la menor intención de aparecer en ninguno de los lugares acordados y creía que nadie más lo haría, salvo posiblemente Danne, con quien, de hecho, solía encontrarme en los alrededores de Kvarnen, y a veces me paraba a charlar con él, que parecía estar borracho o con resaca la mayor parte del tiempo, con una bufanda blanca y verde si era día de partido, y que me había contado que el precio del hachís afgano era tan sensible a la inflación como el de un Big Mac. Habíamos tomado diferentes caminos en la vida, pero seguíamos las mismas rutas en la ciudad, y las veces que nos encontrábamos sentía un ligero malestar en el estómago, cerca del plexo solar o dondequiera que se alojaran mis vidas alternativas, al pensar que podría haber acabado junto a él, con el precio del hachís y los partidos que se jugaban en casa apuntados en la agenda. Después me di cuenta de que él me miraba con la misma compasión, mi madurez sumisa, la carrera sin terminar, las relaciones que no acababan de cuajar y las mudanzas constantes y sin hijos. Danne tenía tres hijos con tres mujeres diferentes, tres «mujeres irascibles» diferentes, pero no parecía muy implicado en ninguna vida familiar ni tampoco, por lo que pude entender, con ningún trabajo estable. Veía a los niños de tarde en tarde, trabajaba a temporadas, si tenía dinero iba a Roskilde o a algún otro festival y «disfrutaba de la vida como un enano», y el cambio de siglo le traía sin cuidado. «El tiempo está aquí —dijo golpeándose la cabeza con el dedo índice—, en realidad no significa nada.» Yo había esperado el cambio de milenio con ilusión cuando aún era algo remoto, un regalo precioso mientras conservase el envoltorio, pero cuanto más se acercaba más ridículas se me antojaban mis fantasías sobre mi yo «adulto» en aquel punto señalado del futuro. Lo más probable es que a la postre aquel fuese un sentimiento compartido, que el regalo no fuese ningún regalo sino solo un día que llegaría y se marcharía, como cualquier otro día de nuestras vidas. Una parte de la expectación se refería a un colapso de los sistemas informáticos de todo el mundo que provocaría el caos y un estado de ánimo apocalíptico, alguna gente hablaba de una invasión espacial programada desde hacía tiempo, pero la mayoría solo quería una fiesta larga y por todo lo alto, querían ir a la madre de todas las fiestas, a la madre de la madre de todas las fiestas, querían contar a las generaciones venideras el fiestón que se habían pegado para celebrar el cambio de milenio, sin importar si eso era cierto o no. Sally llevaba un pin con el número «1900» enmarcado por un corazón, la única insignia con un

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eslogan que le he visto ponerse, pero ya había empezado a probarse vestidos. La película terminó, yo me había quedado dormida y me desperté en los créditos, y ahora estaba sentada con una taza de té frío y se esperaba de mí que me pronunciara acerca de si era mejor un vestido negro o rojo, largo o corto, sobrio o de gala. La idea era que nos daría tiempo a acudir a tres fiestas durante el día de Nochevieja: una primera fiesta con cena, una para las campanadas y otra para rematar la noche. «Tres fiestas, tres vestidos», dijo Sally. La cena la organizaríamos nosotras. Sally había pasado un par de días recorriendo las tiendas de ropa de segunda mano de la ciudad y había adquirido un repertorio que ahora me exponía. A Sally le gustaba mucho la ropa y tenía cientos de prendas. Algunas noches no hacía más que cambiarse y cambiarse y no había manera de salir a la calle, y acabábamos por quedarnos en casa con la ropa y haciendo charadas, o con la ropa y leyendo en voz alta (Hundstunden [La hora del perro], de Kristina Lugn; Husfrid [La paz del hogar], de Sonja Åkesson), o con la ropa y vino. Sally nunca tenía relaciones, solo amantes que iban y venían, o más bien venían y después ella los mandaba a paseo, y por lo general todo acababa antes de haber comenzado. Para ella era un juego, o hacía como si lo fuera, una farsa de alcoba en la que olvidaba los apellidos de los hombres y se reía de sus intentos por conquistarla. Le apetecía compartir su vida con alguien, en teoría, pero más adelante, cuando apareciera la persona adecuada. Ahora bien, cuando aparecía la persona adecuada, un hombre soltero de su misma edad, con un aire simpático y por el que se sentía atraída, al final resultaba que no era la persona adecuada. Una palabra que quizá pudiera definirla era «quisquillosa», pero en realidad no era «quisquillosa», ni exquisita o puntillosa, ni siquiera escrupulosa; de hecho, no era un rasgo de carácter lo que hacía que les enseñara la puerta a los hombres tan pronto como empezaban a instalarse y colocaban con cuidado un cepillo de dientes en la pila del lavabo, sino el espacio vacío donde debería hallarse un rasgo de carácter, si es que la confianza es un rasgo de carácter, puesto que a Sally le entraban las dudas en cuanto empezaba a encariñarse con alguien. «Dejarse atrapar», decía ella, mientras que yo decía «encariñarse», una cuestión de fondo en nuestras conversaciones, la distancia entre ambos términos, su miedo a «dejarse atrapar» y mi predisposición a «encariñarme». Robert, el amante de ese momento, era una apuesta segura; pronto regresaría a casa, a Tel Aviv, para retomar sus estudios de medicina o química (Sally nunca

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recordaba exactamente qué carrera estudiaba), y quizá le escribiría algunos correos electrónicos nostálgicos antes de darse por vencido. Cuando le pregunté si iría a visitarlo, ella se limitó a fruncir el ceño. Después de todo, la confianza no es más que una palabra, a no ser que la sientas en tu interior. Tan pronto como se hace presente y echa raíces, la confianza se funde con otras cosas y pasa a tener otros nombres. Johanna, Hägersten, papá, Atlas, Farsta. Para mí, encariñarse era como tatuarse, todos los detalles quedaban preservados, todas las personas a las que había amado y todo lo que me había gustado perduraba en mí. Observé a Sally mientras colgaba los vestidos que se había probado en perchas y las colocaba en un montón que luego llevaba al armario. Había seleccionado tres vestidos y había apartado otros tres de repuesto. Dejarse atrapar quizá solo fuese cuestión de ponerse el vestido correcto y emborracharse hasta el punto justo, dar con la persona adecuada en un espacio abierto e ilimitado en el que la confianza echaría raíces contra todo pronóstico, como el huevo de mármol irrompible que solo se puede reventar si se le asesta un golpe en el instante preciso y mágico.

Y ahí estábamos aquel sábado, en la isla de Vaxholm, en un local con una terraza acristalada frente al muelle. Los Zomby Woof eran la segunda de cuatro bandas y se bajaron del escenario poco antes de las nueve, y entonces él zigzagueó hasta mi mesa junto a la ventana. Yo estaba sola, sobria y concentrada como si el resto de mi vida pendiera de esos instantes, traté de alcanzar un estado de lucidez extrema, una especie de tensión total, supongo, con los sentidos abiertos de par en par. Tuve la sensación de no tener un pasado, como si no viniera de ningún sitio, como si el siglo XX no hubiera existido para mí durante treinta años y ahora estuviera a punto de acabar, y cuando nos levantamos unas horas después, solo habíamos tenido el siguiente contacto: en un momento dado, su dedo índice tocó, como por accidente, la parte superior de mi mano. Unos pocos milímetros de piel en una fracción de segundo, pero ahora, más de veinte años después, aún puedo evocar ese roce y cómo se expandió por mi cuerpo de tal forma que la sangre ya no me cabía en las venas, que mi vida ya no me cabía dentro sino que rebosaba y se adhería a todo lo que nos rodeaba, ya en el taxi y luego, durante varias horas, en su casa, un apartamento de dos habitaciones en la zona de Örnsberg con un camastro en un rincón, donde la risa remitió y fue sustituida por una gravedad tan exigente que me asusté, pues ya no se trataba de placer sino de algo más

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esencial, de un espacio dentro de mí tan diáfano que todo había quedado expuesto: mi infancia, mi gente, las relaciones entre cada elemento. «El deseo» parecía ser «deseo» hasta que desaparecí en su interior y me quedé allí. Entonces surgió otro tipo de deseo, un pacto de magia momentánea, en virtud del cual los espacios interiores que no podían rozarse se rozaban. Poder ser auténtica en medio de este acto, sin un solo pensamiento en la mente, sin fingimientos, poder disgregar mi vida en paz, una vez más. Estaba muy cerca de mí misma en esas situaciones, justo en el borde, pero encontrarlo a él en mi propia carne, yo que era introvertida…, y, sin embargo, allí estaba, como si nos hubiéramos estado esperando el uno al otro todo el tiempo, compartiendo de pronto el sudor y la pasión.

A la mañana siguiente se levantó mucho antes que yo para «ocuparse de un asunto» en el centro, pero cuando me desperté había regresado a mi lado, y abandoné lentamente el sueño sin ver el borde donde este terminaba y comenzaba el día, o el borde donde comenzaba mi «yo». Hoy día este es el recuerdo que guardo de Alejandro, totalmente inmóvil y recostado en la almohada, con su cara arrimada la mía y sus dos ojos negros como un signo de dos puntos en los cuales yo tenía que concentrarme para penetrar en él. La vida me ha brindado más de una dosis completa de magia, y casi siempre ha surgido del encuentro con otras personas. Hay algo ahí y solo ahí. No puedo expresarlo con más precisión, solo podemos encontrar lo que buscamos en los demás, que los ojos del prójimo son los dos puntos transversales que nos señalan el camino hacia dentro o hacia fuera.

«Un tipo problemático», dijo Sally tras poco más de una semana, marcando con dos dedos las comillas de «problemático», un gesto adolescente que algunos de nosotros nunca dejamos atrás. Hoy quizá ese «problemático» habría situado a Alejandro en algún punto del espectro médico, pero corría el mes de octubre previo al cambio de milenio. Sally me ayudó con la mudanza desde Årsta. Kristian arrojó por la ventana las últimas pertenencias: una caja con ropa y las perchas, que cayeron revoloteando una tras otra. Cuando me di cuenta de que su objetivo era alcanzarme con ellas, me arrimé a la pared del edificio y esperé hasta que oí el golpe de la ventana al cerrarse. Llevé las cajas al trastero que Sally tenía en el desván y arrastré un colchón hasta su estudio. «Un tipo problemático», y no se refería a las drogas sino a la forma de ir y venir, de desaparecer y llamar desde otra ciudad dos días después, aparecer mucho

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más tarde de la hora acordada, o mucho antes, o simplemente no aparecer. Alejandro vivía sin planes ni promesas y sin imaginarse ningún futuro, temía el «reino del terror cotidiano», y como yo estaba tan irremediablemente apegada a la cotidianidad, a las horas exactas que nos atraviesan tan delicadamente, al plan detallado que conducirá al triste milagro, el final de la historia se veía venir desde el principio, como una premisa dada de antemano. Era un desenlace del todo natural, un poco como las estaciones, y ahí fue precisamente donde se produjo la deflagración. «Vivíamos vidas diferentes, así de sencillo», se convirtió en mi respuesta estándar cuando me preguntaban qué había pasado entre nosotros, aunque «vidas diferentes» era un edulcorante y «así de sencillo» una mentira descarada. Él era un tipo problemático en un mundo que no admitía problemas, hiperactivo y amante de los extremos, y yo solía añadir que «a la larga nunca habría funcionado», una conjetura ciertamente cualificada, pero quizá más que nada un intento de consolarme a mí misma.

El primer vestido que Sally llevó en Nochevieja era largo y azul, con unos finos ribetes dorados en los bordes y una abertura atrevida en un costado. También la abertura estaba rematada con el ribete dorado, una V invertida y llamativa que, junto con las clavículas prominentes de Sally y sus carcajadas recurrentes, marcaron el tono de la tarde y la noche que teníamos por delante. Sally era más voluminosa que yo, y sobre todo más alta, pero aun así yo le había pedido prestado un vestido negro que ella arregló para que se ajustara a mis medidas. Quedó perfecto. Nada de lo que pasaba por sus manos quedaba sin rematar, trataba con sumo cuidado todos los objetos del mundo, y cuando yo llegaba a una fiesta enseguida podía adivinar si ella estaba allí o no, porque, de estarlo, vería sus zapatos primorosamente colocados en el zapatero o en un rincón, junto al caos formado por el resto de los zapatos. Sus manos y sus movimientos tenían una gracia innata, una delicadeza hacia las cosas, que a su vez parecían cobrar vida gracias a ella. Cuando me contó que la máquina de soda que le había regalado un cliente era fea, lo dijo en voz baja para que la máquina no lo oyera y se sintiera ofendida, y cuando la guardó en un armario que ya estaba ocupado por una cafetera de plástico, un microondas y otros utensilios de cocina feos, lo hizo con el mismo tiento y la misma devoción metódica que aplicaba a la reparación de muebles y al cuidado de la tumba de su padre, con un respeto constante por todos los detalles de la

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existencia. La cena fue en su casa, con diez invitados alrededor de una mesa alargada en el salón y otra mesa al lado con vino y champán, gente fumando debajo del extractor y en el balcón de la escalera exterior; el plato principal (salmón empanado al horno) se retrasó y el postre (sorbete) lo terminamos a toda prisa porque teníamos que ir a nuestro siguiente destino. Sally estaba sentada en una silla en la cocina fumando un cigarro con un pie apoyado en la mesa, y la abertura dejaba al descubierto toda la pierna. Tenía que ir al dormitorio a cambiarse. Exhaló el humo hacia una ventana abierta. «En realidad no tengo más que tres deseos para la década que viene —dijo—. Bueno, por lo que a mí se refiere.» Yo estaba más sobria que ella y procuré recoger la mesa antes de salir, llené el fregadero con los platos y cubiertos, coloqué las copas de vino en la encimera y metí las botellas vacías en bolsas. Habíamos planeado la cena con la idea de que siempre íbamos a recordar aquellos rostros alrededor de la mesa, que la solemnidad de la celebración bastaría para que aquella tarde y las conversaciones se grabaran en nuestra memoria, pero luego solo pude recordar a algunos de los allí presentes; a Jack, el hermano de Sally, que de hecho vivía en Nueva York; a su novia del momento, Beth, que no dejó de hacerme ojitos durante la cena y más tarde, por la noche, intentó besarme en la pista de baile de Södra Teatern; a Markus, un amigo de infancia de Sally que ya entonces era un director de cine conocido; y a Paul, que se sentó enfrente de Markus y se empeñó en fingir que no sabía quién era. Teníamos el siglo XX a nuestras espaldas y un milenio desconocido se abría ante nosotros como una espléndida rendija, y aun así nos dedicamos a nimiedades, a sentimientos corruptos, como la pregunta de Paul: «¿Cuál era tu nombre? ¿Rasmus?», y la corrección ofendida de Markus; y Anna, una periodista, que dijo: «Sé quién eres, he visto un montón de cosas tuyas», y habló de una fantástica representación teatral que había visto, pero que no había dirigido Markus, quien tuvo que corregirla a ella también, y poco después cogió el móvil y se puso a hacer llamadas en busca de otra fiesta a la que ir. «Tres cosas, es una lista de deseos bastante modesta», dijo Sally mientras daba una calada enfática, una parodia de calada con el cigarro entre dos dedos bien estirados. Solo las personas que fuman una o dos veces al año lo hacen de esa manera, «fumando», en intensa comunión con la gestualidad del fumador y haciendo alarde de su libertad. Sally arrojó el cigarro al fregadero y se puso de pie de manera que la abertura se cerró alrededor del muslo y el vestido recuperó su

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ceñidura perfecta. «Paz, besos y un bebé. ¿Es mucho pedir?»

Alejandro había salido de viaje la noche anterior con destino a América Latina y a «algunos lugares de los Estados Unidos». Había querido que nos viéramos y comprendí que lo nuestro se había acabado. Por primera vez rompí a llorar y tomé un taxi hasta Örnsberg, no para detenerlo sino solo para poder verlo; nos quedamos de pie en la entrada de su apartamento y él puso una mano en mi pecho y la otra en el suyo. Todo se acabó sin que hiciera falta decir nada, sin necesidad de desentrañar la diferencia semántica entre «juntos» y «separados», sin que yo tuviera que preguntarle cuándo iba a volver ni avergonzarme por mi propia insistencia, y sin que él se viese obligado a responder con evasivas o a romper promesas. El final sería tan natural como el comienzo. Pero entonces él miró el reloj. «Quedan cuatro horas para que salga el avión. Te da tiempo de ir a buscar tu pasaporte.» Lo miré fijamente. «¿Qué quieres decir?» Puso las manos en mis hombros, pero no añadió nada más. Más tarde, esa misma noche, nos despedimos en el gran vestíbulo de la estación central, yo me encaminé lentamente con las manos en los bolsillos hacia las puertas de la calle Vasagatan, y cada vez que me volvía él seguía allí de pie, mirándome. Probablemente se atrevió a formular la pregunta porque daba por sentada mi negativa, una manera de terminar la relación de forma explícita y recíproca, más fácil de sobrellevar para los dos. Nuestra relación fue tan corta como un suspiro y, sin embargo, Alejandro no desapareció del todo, como si una parte de mí siguiera girando en torno a él, un nuevo paradigma para todos los verbos que yo tuviese que pronunciar en el futuro. Todas las personas a las que he amado, o «amado», desde entonces, han tenido que resignarse a ser comparadas con él un par de veces, inevitablemente, en los primeros compases de nuestra relación, y me he visto en la necesidad de aclararme la garganta con fuerza para ahuyentar los pensamientos, por ser tan irracionales como injustos y porque la comparación no habría beneficiado a nadie. Cuanto estoy despierta y rodeada de meros conocidos, soy capaz de referirme a Alejandro como una «bagatela gigantesca», pero tengo un sueño recurrente en el que llama a la puerta y me pide que lo acompañe, y cada vez, sin dudarlo, tomo mi cazadora y me voy con él. Y nunca miro hacia atrás.

Mientras Sally se ponía su segundo vestido de la noche, un vestido de tubo negro brillante y ceñido que marcaba sus líneas desde la sisa hasta las

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rodillas, con dos tirantes finos en los hombros, el taxi se cansó de esperar en la calle y se fue. La radio había estado puesta todo el día, las noticias informaban cada hora desde algún nuevo lugar del planeta donde ya habían dado las doce campanadas y se había manifestado la belleza de aquel cambio de milenio errante: vivíamos en un globo que giraba alrededor de un sol que aparecía y desaparecía en el horizonte, y pronto llegaría nuestro turno. Yo me había manchado el vestido de aceite mientras hacía la cena y Sally me prestó unos pantalones de traje y una camisa negra. Luego la llevé en mi bicicleta a través de los montones de nieve por las calles Katarina Bangata y Östgötagatan, subimos a pie el último tramo hasta la plaza Mosebacke y una vez allí nos colocamos en la pequeña cola de Södra Teatern. Habíamos comprado las entradas en agosto. Jack y Beth estaban discutiendo en un rincón, junto al guardarropa, y Anna estaba acodada, entre el gentío, a la larga barra del bar adornada con guirnaldas de luces parpadeantes. La entrada incluía una botella de vino espumoso. «Realmente apestoso», dijo Sally llevándose la botella a los labios. Yo esperaba que el camarero que me había dado el vino me diera también una copa, pero no fue así. Eché un vistazo al local y vi que todos iban de aquí para allá apretujándose entre la gente, cada cual provisto de su propia botella y bebiéndosela a pequeños sorbos. Faltaba poco para las once. Jack se fue de la fiesta y volvió a los veinte minutos. En su ausencia, Beth me preguntó si era cierto lo que había oído, que yo había estado saliendo con esa presentadora de televisión, «esa presentadora tan guapa», y yo lo negué con la cabeza. Tras un instante dije: «Me parece que trabaja en la radio, no en la tele». Beth, al oírlo, se echó a reír: «¡Ves como sí que la conoces!». El pinchadiscos se quitó el jersey, subió el volumen y se puso a gritar en su pequeño micrófono. La gente había comenzado a reunirse en la terraza para conseguir buenos sitios. Algunos tenían pequeñas cámaras compactas y se fotografiaban unos a otros y a sí mismos con el puente de Slussen, el casco antiguo y el destellante escenario que se había montado en el muelle de Skeppsbron como telón de fondo. Ya se oían los fuegos artificiales y los petardos, por todas partes se desplazaban grupos de personas, y la nieve caída durante el día había cuajado con la temperatura bajo cero y lo había cubierto todo de blanco. Jack bailaba con Anna y Beth, y Sally salió a buscarme a la terraza. «Durante unas horas extrañas —dijo mientras miraba por encima del borde del muro—, tú y él estaréis en la misma Tierra, pero en milenios distintos.» Se llevó la botella a los

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labios y bebió. «Yo también lo he pensado», dije. Sally asintió lentamente. «Eso demuestra que el tiempo en sí no es más que una ilusión —continuó —, y todo esto una gran farsa.» Hizo un gesto hacia el cielo con la botella en la mano y alzó la voz: «Iros todos a casa —gritó—, esto no es más que una estafa, un fraude y una fullería, una gran mierda». Algunas caras se volvieron hacia ella, pero nadie le hizo caso en medio del ruido y la música. «Tal vez deberías tomártelo con un poco más de calma», le dije cuando se llevó la botella a los labios otra vez. Yo había dejado la mía en algún sitio y no tenía intención de volver a buscarla. La gente que quería salir al exterior antes de que dieran las doce presionaba desde dentro. Habían pagado por las magníficas vistas que allí se ofrecían, por el suelo de parqué bajo el cielo nocturno y los fuegos artificiales de la ciudad, que encenderían unos expertos contratados para la ocasión. Este pequeño saliente al norte de Södermalm también sería un buen sitio para contemplar el gran apagón en caso de que se produjera el colapso informático asociado al nuevo milenio, o para ver si sucedía algo más inesperado, como por ejemplo que al universo le diera por lanzarnos un rugido y engullirnos, o que los ceros del año 2000 nos transmitieran algún tipo de mensaje. Vi a Beth y a los demás abriéndose paso hacia nosotras entre la masa de cuerpos. En el lado opuesto de la terraza estaba Markus con otra gente. Eran las doce menos cuarto, el ruido de los petardos iba en aumento y un par de cohetes centelleantes surgieron de detrás de las casas de la calle Katarinavagën. Hacía frío y yo estaba helada. Cuando Beth y Jack llegaron a donde estábamos nosotras, Beth levantó su botella en señal de brindis, y Sally alzó la suya antes de tomar un sorbo. «Por fin comienza este maldito milenio», dijo. Estábamos muy cerca la una de la otra, estrujadas por la gente que había alrededor. «Sí, ahora podremos olvidar y seguir adelante», dije. Sally se echó a reír como si le hubiera contado un chiste. «Siempre te las has arreglado para salir adelante —contestó—, pero olvidar no ha sido nunca tu punto fuerte.»

Nunca llegué a ver el tercer vestido de Sally, porque abandoné la fiesta pasadas las doce y me fui a casa de Sally, donde me puse unos tapones en los oídos y me quedé dormida en el colchón, pero el vestido era rojo, de viscosa elástica, y se rompió hacia las dos de la madrugada del nuevo siglo, mientras montaba a horcajadas a un biólogo marino en un baño. Fue en un after en algún punto de la línea roja del metro en dirección norte, Sally no lo recordaba muy bien, pero llevaba en el brazo un número de

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teléfono apuntado con su propio pintalabios. A la mañana siguiente todas las campanas de la Tierra habían dado finalmente las doce, y el planeta estaba con resaca, satisfecho y listo para el nuevo milenio. Sally y yo estábamos tomando café y filmjölk en la mesa de la cocina. «Presiento que…», empecé a decir mientras señalaba su brazo, pero ella levantó la palma de la mano y me callé. «Lo sé. Yo también tengo un montón de jodidos presentimientos —dijo—. Pero primero empecemos el día. Este día, este desayuno. Luego ya veremos.»

Cinco meses después del comienzo del nuevo milenio tuve motivos para buscar a Alejandro. Se decía que aquella era la primavera más cálida desde hacía décadas, y yo me había mudado sola por primera vez, a un pequeño apartamento de una sola habitación en el distrito de Gubbängen con un balcón que daba al este, a un patio interior donde podía sentarme al sol por la mañana y leer el periódico. A finales de abril ya habían empezado a florecer los cerezos de racimos, como sacos amnióticos que se rompen cada año, y un aroma profundo se esparcía por las zonas verdes de la ciudad como un dolor punzante, una saturación muda y orgánica que era nueva y aun así resultaba familiar, un lugar que se movía a través del tiempo con más lentitud y con un espesor distinto. Sally había viajado a la India en febrero con su nuevo amor y me escribía cartas largas y sinuosas tan pronto como llegaba a un lugar con un cibercafé. Yo solo trabajaba tres o cuatro días a la semana y el resto lo dedicaba a pasear por la ciudad, me sentaba en un banco en el parque Vasa y recordaba la rata que Niki y yo habíamos encontrado allí una mañana de verano, muerta e infestada de gusanos, abandonada a la hiriente luz matinal. Un sábado a principios de mayo llamé a la puerta del apartamento de Örnsberg, pero la mujer que abrió no había oído hablar de ningún Alejandro. Había vivido en el extranjero durante un año y había alquilado el apartamento a alguien que evidentemente, a su vez, se lo había realquilado a otra persona, y cuando aquella mujer había llegado se había encontrado la casa limpia y ordenada, salvo una camisa y algunos coleteros en el cuarto de baño. «¿Así que viviste aquí con él? ¿Con ese tal Alejandro?» Detrás de ella observé el familiar papel pintado de la entrada, azul claro con flores de lis en un azul más oscuro, el suelo de madera con la alfombra de jarapa y el marco pintado de blanco de la puerta del salón. «No, pero pasaba tiempo aquí. Pasábamos tiempo aquí. Pensaba que tal vez habría dejado su nueva dirección. O un número de teléfono.» La mujer negó con la cabeza. Un

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niño la llamó desde el interior del apartamento y yo me despedí y me dispuse a marcharme. «Espera un momento», dijo ella, y desapareció. Volvió con una pequeña bolsa que contenía una camisa blanca sucia y tres coleteros rojos, cada uno con sus correspondientes pelos negros. «Iba a tirarlo de todos modos», añadió. Más tarde ese mismo día, busqué el local de ensayo de la banda en la calle Gävlegatan y encontré a Jens con su contrabajo. Sus dedos se movían por el mástil del instrumento en una monótona línea de bajo. En un rincón había un colchón con un saco de dormir, y en el fregadero se veía una cazuela con fideos resecos. Él siguió mi mirada. «Hola, bienvenida a mi casa. ¿Café?» Yo asentí. Jens dejó su instrumento, puso el hervidor y sacó un tarro de café instantáneo. Alejandro se había largado al extranjero y no se le había visto el pelo en varios meses, dijo, a pesar de que tenían una serie de conciertos programados para la primavera. «El resto de nosotros hemos tocado de todos modos, lógicamente, pero no es lo mismo.» Colocó dos tazas en la mesa, me miró y extendió las manos. «Fue una catástrofe, francamente. La gente se marchaba en el descanso. Los organizadores cancelaron los últimos conciertos.» Jens no sabía adónde se había ido Alejandro y no tenía ninguna dirección suya ni ningún número de teléfono. «Ni siquiera sabía su verdadero nombre», añadió, y no contaba con que Alejandro volviera a aparecer. «Algunas personas son así —dijo—, pasan como un rayo por nuestra vida.» Estaba de espaldas a mí frente a la pequeña encimera. «¿Su verdadero nombre? —pregunté—. ¿Qué quieres decir con su verdadero nombre?» Jens se volvió hacia mí. «Bueno, quiero decir que yo me imaginé que Alejandro era una especie de nombre artístico. Que en realidad se llamaba de otra manera.» El hervidor se apagó y Jens lo puso encima de la mesa, y yo me desabotoné la cazadora y me senté en una silla. «Está bien —dijo cuando vio mi barriga—, está bien, entiendo que quieras saber dónde está.» El café sabía asqueroso, pero bebí un poco mientras hablábamos, Jens iba a salir de gira con otra banda la semana siguiente y se guardó mi número de teléfono en el móvil por si Alejandro, contra todo pronóstico, daba señales de vida. «Suerte, pues —dijo cuando me marchaba. Hizo un movimiento envolvente—. Ya sabes, con todo.»

Hará un par de años me llamó Jens y me dio por buscar el CD de Zomby Woof, y durante unos segundos me quedé un poco desconcertada en el salón con el reluciente disco en la mano y sin ningún dispositivo en el que poder introducirlo. En la foto en blanco y negro de la carátula,

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Alejandro se veía borroso y granulado, y unas cuantas letras desaparecían en la negrura de su pelo. No habían invertido mucho esfuerzo en el diseño ni tampoco en la producción, que yo recordaba digna de una banda amateur, trufada de solos largos e inaccesibles. No había ni un solo indicio de algo que pudiera ser un hit en todo el disco, y creo que nadie se preocupó siquiera de enviarlo a ninguna emisora de radio. Zomby Woof era una orquesta en vivo, nada que pudiera tararearse en una emisora de radio de música pop, y el CD era un subproducto, una pequeña gratificación que durante un periodo corto de tiempo pudo comprarse a precio de coste en la barra o en la taquilla de los lugares donde actuaba la banda. Pero ahora las cosas habían cambiado, según me dijo Jens. Tenía un asunto urgente, «algo muy gordo». A mí me pareció que podíamos hablar del tema por teléfono, pero él quería venir a mi casa, y corría prisa, «porque el mundo por fin ha entendido a Zomby Woof». Lo recordé detrás del contrabajo, justo al lado de la batería, una especie de maestro de capilla con anteojos redondos, lleno de fervor musical y más pequeño que su instrumento. Cuando llegó a mi casa ese mismo día por la tarde, me contó que una emisora de radio de Berlín había empezado a poner sus canciones, «las veinticuatro horas del día, sin parar», y que eso se había extendido a otras emisoras de radio en Alemania. Él solo podía especular sobre cómo una copia de aquel olvidado CD había terminado en Berlín, pero la demanda era «enorme» y estaba considerando organizar una gira. Jens estaba sentado a la mesa de mi cocina jugueteando con la taza de té que le había servido. Llevaba unas gafas cuadradas y el pelo gris cortado al rape, al estilo moderno, y apenas se parecía al entusiasta bajista de largos dedos al que yo había conocido. Mis dos hijos adolescentes entraban y salían de la cocina sin que él les hiciera ningún caso. Entre nosotros, sobre la mesa, estaba el objeto que había causado tanto revuelo, el CD que yo ya no podía reproducir en ningún dispositivo. Pero de grabar más copias, mejor olvidarse. «Tenemos que salir en Spotify», dijo. Lo miré detenidamente a la cara y vi que no estaba bromeando. «Luego actuaremos en algunos clubes de Berlín y otros lugares, quizá un par de conciertos más grandes», añadió. Se estaban volviendo populares también en los Países Bajos y en Bélgica, «y quizá en Japón». Jens trabajaba como profesor sustituto de música, y ni él ni ningún otro componente de la banda pensaba rechazar esta oportunidad. «Ya sabes, los jóvenes son

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mucho más friquis ahora, entienden lo que hacemos.» Me preguntó si había visto alguno de los videoclips que circulaban por las redes. «De los conciertos. Antiguas grabaciones de vídeo que la gente ha subido ahora que somos grandes de nuevo.» Aquella frase tenía un par de palabras que me habría gustado rascar con el dedo, como «grandes» y «de nuevo», pero me limité a decir que buscaría los clips en cuanto tuviera ocasión. «¿Y no sabes dónde está él?», preguntó Jens. Sentí una ligera punzada en el estómago, cerca del plexo solar. Negué con la cabeza. «Ni idea.» Jens paseó la mirada por la cocina, estudió las paredes y las estanterías como si pudieran proporcionarle alguna pista. «¿Sabes al menos si está vivo?» Me encogí de hombros. «La verdad es que no. Pero tengo la sensación de que si así fuera lo notaría en algún lugar del cuerpo. Si estuviera muerto, quiero decir.» Me llevé la mano al pecho para aclararlo. Después vi en el rostro de Jens que no me estaba preguntando en absoluto por Alejandro, es decir, por mi querido Alejandro, sino por el titular de los derechos de las canciones que esperaba que comenzasen, por fin, a reportarle unos ingresos. Todos los miembros de la banda figuraban como propietarios. «Creo que la cosa puede complicarse si él no aparece —dijo Jens—, desde un punto de vista técnico, quiero decir, económicamente hablando.» Se puso la cazadora y nos quedamos un rato inclinados sobre la pantalla de su móvil mientras él buscaba uno de los cortes de un concierto que alguien había subido a YouTube, pero no consiguió reproducirlo. Prometí ponerme en contacto con él si tenía noticias de Alejandro. «Sígueme en Insta —dijo Jens antes de darse la vuelta para marcharse—. Todo está ahí.» En ese mismo momento se oyó el chirrido de una llave en la cerradura de la puerta, y acto seguido mi hija mayor entró en el recibidor. Jens y ella se miraron sin decir nada, y después él se volvió hacia mí con las cejas enarcadas. Yo asentí con la cabeza. Los rizos negros, los ojos, la boca, el rostro suave. Era casi imposible no darse cuenta. Más tarde, por la noche, busqué la cuenta de Jens en Instagram, donde predominaba el supuesto regreso, o «súper-regreso», de Zomby Woof, tal como escribía en los comentarios de sus publicaciones. Hice clic en uno de los enlaces, pero mi teléfono era demasiado viejo y protestó contra algún formato. «Y quizá en Japón», pensé, y me imaginé la risita que se le habría escapado a Alejandro de haber oído esas palabras.

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BIRGITTE

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Vivimos muchas vidas dentro de nuestra vida, vidas menores con personas que vienen y van, amistades que desaparecen, niños que crecen, y yo nunca entiendo cuál de mis vidas es el verdadero marco. Cuando tengo fiebre o estoy enamorada todo parece muy obvio, mi «yo» se retira y cede su lugar a una felicidad sin nombre, una plenitud de detalles preservados, inseparables y discernibles, puestos el uno al lado del otro. Después recuerdo ese estado como una bendición. Tal vez esta sea una manera de describir la plenitud: personas que entran y salen de mi cara sin orden ni jerarquía. No hay «principio» ni «final», no hay cronología, solo los instantes y lo que en ellos anida. Y ahora que he empezado a escribir hay una persona a la que no puedo pasar por alto. Birgitte. Antes me imaginaba que la sensación más intensa de estar viva se alcanzaba en el bosque, que tendría que merodear entre los altos pinos para buscarla, quedarme sentada yo sola en un tocón con el sol en los ojos, o contemplar el horizonte desde un promontorio frente al mar, que tenía que perderme entre los elementos silenciosos si quería estar plenamente despierta. Pero después resultó que todo estaba al alcance de la mano, en los detalles que me rodean, que solo es cuestión de fijarse en ellos, porque entonces puedo olvidarme de mí misma y dirigir la atención hacia fuera, es decir, realmente hacia fuera. Es ahí donde se halla la sensación más intensa de estar viva, en mi mirada despierta sobre otra persona. Así fue como llegué a entender a Birgitte, observándola con esa mirada atenta.

Debido a una agresión sexual en los primeros años de la adolescencia, Birgitte sufrió un trastorno mental y desarrolló una personalidad introvertida atravesada por una ansiedad incesante. En el curso de una hora murió y renació convertida en otra persona, como si se hubiese producido un enroque en virtud del cual el insondable suceso se instaló en lo más profundo de su ser, a resguardo del mundo exterior e inaccesible el resto de su vida, como un fardo sellado e intacto. No creo que el pensamiento de Birgitte volviera allí nunca más durante la vigilia. La única vez que habló del suceso fue treinta años después, con una sola persona, y me atrevo a

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suponer que entonces descubrió que el suceso ya no era un «suceso» que se alojaba en su memoria, sino más bien un color, o un fractal, no un recuerdo propiamente dicho sino un lugar del que provenían los recuerdos, una sombra que cada día respiraba en el trasfondo de su vida. Supongo que una experiencia tan singular como la suya es de las que marcan a una persona para siempre: queda encapsulada en su interior con la carga de veneno intacta, que es inoculada a cuentagotas, de forma lenta y controlada. Y como sabe la mayoría de la gente, quien acuñó la expresión «lo que no te mata, te hace más fuerte», no había conocido nunca a una víctima de violación.

Aunque ella ya era una persona frágil antes del suceso, «el modelo de diátesis-estrés» que se emplea hoy en psiquiatría para explicar por qué las experiencias traumáticas no afectan a todo el mundo de la misma manera me habría ayudado a entenderla mejor. Quizá la habría ayudado también a ella a entenderse mejor a sí misma. Era una niña prudente. Solo tenía siete años cuando su padre murió de forma repentina, al día siguiente de una operación de apendicitis; el suelo del salón estaba cubierto de sangre y vísceras cuando se fue la ambulancia. Después del entierro dejó de mencionarse al padre, y la familia (Birgitte tenía dos hermanos) entró en una nueva fase. Me la imagino como una especie de trance grisáceo, lleno de una actividad incesante pero sorda en que la madre, que hasta entonces había sido ama de casa, pasó a tener dos trabajos (limpiadora en el hotel del pueblo y cuidadora en una residencia de ancianos) para mantener a la familia a flote. Los niños se volvieron aplicados en sus tareas y al llegar a la adolescencia empezaron a trabajar los fines de semana y durante las vacaciones escolares para contribuir al sustento familiar. No quedaba mucho tiempo para otra cosa que no fuera trabajar y dormir. Palabras como «psicología», «trauma» o «procesamiento del duelo» no formaban parte del léxico común, y cuando Birgitte se metía en la cama de su hermana mayor a la hora del lobo y fingía murmurar en sueños, «padre, padre», esta le tapaba la mano con la boca hasta que se callaba y abría los ojos. La familia visitaba la tumba en las fechas que les señalaba el calendario, y la madre se envolvía el dedo índice con un pañuelo bordado con el que atrapaba las lágrimas antes de que se desprendieran del lagrimal. No había mucho que decir en esas ocasiones. Mucho tiempo después, un día que Birgitte y yo paseábamos por el cementerio, que quedaba veinte kilómetros al sur de Stavanger, y buscábamos la tumba de

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sus padres (tuve que obligarla a llevarme), habló de él a regañadientes, de sus manos grandes, de su buen talante, del orden meticuloso que reinaba en el taller que dirigía. Barrimos un poco de nieve y depositamos las flores delante de la lápida en la que estaban inscritos los nombres y las fechas. Acto seguido ella me miró y sacudió la cabeza; tampoco entonces había nada que decir. Así pues, Birgitte era ya una joven adolescente callada que cuidaba al hijo de una conocida de su madre cuando el hombre de la casa regresó antes de la hora acordada y el niño acababa de quedarse dormido en su cuna. Birgitte ya llevaba en el bolsillo de la falda las veinte coronas que le habían pagado por las cuatro horas de trabajo. Era una joven abierta y vulnerable, preparada para sufrir más catástrofes, preocupada por el advenimiento de nuevas catástrofes, y consciente del daño que podrían hacerle. Creo que vio venir el suceso antes incluso de que él se plantara delante de la puerta y sus miradas se cruzaran. Muchos años después empecé a trabajar en un hospital psiquiátrico en Estocolmo y conocí a personas que me hicieron pensar en Birgitte. Habían sido víctimas de cosas que permanecían en mi cabeza mucho después de acabar la jornada laboral, y su inquietud era como la de ella, no una inquietud que va y viene, sino una tensión interior que lo invade todo. No hay risa sino risa angustiada, alegría angustiada, paseo angustiado, habla angustiada. Yo estaba muy familiarizada con la inquietud de Birgitte, porque se manifestaba y en cierto modo perduraba en cada habitación en la que ella entraba. Como todo lo demás, fue cambiando con el tiempo, pero en el fondo no cambiaba nada. Fue la primera de los hermanos en marcharse de casa, aunque era la más joven, y se convirtió en dueña de sí misma. O casi «dueña de sí misma», mejor dicho, porque pronto se dio cuenta de que ser «dueña de sí misma» era un privilegio reservado a la gente con suerte, que ella para ser «dueña de sí misma» tendría que apoyarse en alguien o en algo. Un hombre. Una asociación. Un sistema claramente definido. Fue políticamente activa durante los años sesenta y setenta, abrazó nuevos movimientos, estudió, se manifestó, experimentó con drogas, recorrió Europa en autostop, tocaba la guitarra y cantaba en una banda de folk rock, se vestía con suaves tonos malva y la melena oscura le caía hasta la cintura, pero me cuesta tomarme en serio su compromiso político, quizá porque nunca le oí ningún argumento que fuera más allá de «qué guerra más estúpida» (sobre la de Vietnam), «no puede ser que lo decidan todo ellos» (sobre el imperialismo estadounidense) y «los gases de escape

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apestan» (sobre la cuestión medioambiental). Ella se dejaba llevar por donde soplaba el viento, pero no por comodidad o complacencia, sino porque no podía hacer otra cosa. Fue una necesidad imperiosa de adaptarse al entorno lo que le dejó aquel hombre a cuyo hijo cuidaba y que luego le mostró la salida de su casa mientras trataba de ajustarse el cinturón; el hombre que al cabo de un minuto abrió la puerta y lanzó la chaqueta de Birgitte a la calle. Adaptarse y fundirse con el entorno, hasta el extremo de desaparecer; esa era la opción que había elegido para no perder el juicio. Para muchos de los pacientes de la sección de hospitalización psiquiátrica que conocí en Estocolmo varias décadas después, la única opción parecía haber sido la locura, el abatimiento. Birgitte, en cambio, logró adaptarse, y se adaptó hasta tal punto que el principal rasgo de su personalidad era la ausencia de personalidad. Los contextos grupales se ajustaban a sus necesidades, de ahí que se sintiera tan a gusto a principios de los años setenta. «Como pez en el agua», decía de sí misma. «Como pez en el cardumen», pensaba yo. Le costó más adaptarse a la mentalidad competitiva de los años ochenta. Birgitte no era un «individuo» a la manera que se ha exigido en Occidente desde los años ochenta hasta nuestros días. Su carácter esquivo e introvertido se hizo evidente y creo que la gente la consideraba una persona mediocre y carente de interés. Y es probable que no tuviese gran interés; a las personas de su entorno seguramente les costaba recordar si había estado o no en un encuentro o en una reunión. «¿Estaba Birgitte en la fiesta del viernes?» Era imposible recordarlo, en el caso de que alguien lo preguntara. «¿Dijo Birgitte algo en la reunión de ayer?» Difícil de contestar, difícil de recordar. «¿Estuvo siquiera allí?» Nadie podía recordar ni lo uno ni lo otro. Cuando la compañía se disolvía y la gente regresaba a su vida privada, era como si Birgitte se rezagara, incapaz de tomar ninguna iniciativa o de valerse por sí misma. Sus esfuerzos por encajar y evitar fricciones neutralizaban aquella parte de su ser en la que tendría que haber echado raíces su personalidad, con sus propias pinceladas de voluntad, acritud y firmeza. Pero allí ya solo quedaba una ansiedad que vibraba en la superficie, que se le clavaba con insistencia y no la dejaba en paz, lo único de Birgitte que realmente era visible desde el exterior.

La mayoría de las personas a las que inquieta volverse locas no se vuelven locas, pero Birgitte sufrió una psicosis cuando tenía veintitrés años. Fue a finales de los años sesenta, a principios de noviembre, el

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domingo que me dio a luz. Un par de horas después de iniciarse el parto en el Hospital General de Malmö, mi corazón dejó de latir y Birgitte detectó una preocupación sincera en los ojos de la comadrona, una preocupación profunda que ella solo pudo interpretar como el anuncio de otra catástrofe. Había pasado demasiado tiempo y parecía que yo me había quedado atrapada allí dentro. Mi padre estaba fuera sentado en un taburete, haciendo crucigramas en el pasillo. Me lo puedo imaginar, con zuecos, vaqueros y una chaqueta de pana con una insignia del FNL en la solapa, con patillas y el pelo hasta los hombros, y cuando el personal pasó corriendo a su lado alzó la mirada para tratar de entender qué pasaba. Solo tres años después, cuando nació mi hermana en el Hospital Söder de Estocolmo, su presencia en la sala de partos no estuvo sujeta a discusión. A mí me extrajeron con una ventosa, pero cuando finalmente aterricé en el regazo de Birgitte, gritando y con el rostro enrojecido, ya llena de curiosidad y enfadada con mi madre, ella estaba muy ida, como perdida en sí misma. En la planta de maternidad estuvo callada e insomne, incubando el acceso de locura que estalló cuando volvimos a casa, al apartamento de la calle Slottsgatan, donde la ansiedad aumentó hasta volverse maniaca y febril. Salía con el cochecito y se ponía a gritar a las personas que le parecía que la miraban demasiado, o corría las cortinas del dormitorio y se quedaba horas allí, acostada en la oscuridad y llorando, para levantarse luego como si no hubiera pasado nada. Mi padre y yo nos las arreglamos por nuestra cuenta a base de biberón y largos paseos, y conseguimos convencerla de que visitara a un médico que él conocía y que le recetó unas pastillas para dormir. Comer y dormir, dijo el médico, cuyo hijo había hecho la mili con mi padre. Comer y dormir es lo único que ayuda, y la seguridad, los paseos y un entorno comprensivo. En realidad, añadió, solo había que evitar una cosa: el remedio que entonces se ofrecía a personas en el estado de Birgitte, «los hospitales psiquiátricos», porque era difícil salir de allí una vez que habías ingresado. Al término de una de las visitas, el médico hizo señas a mi padre para que se acercara. Yo dormía en el cochecito, que habían aparcado junto a la puerta; Birgitte estaba inclinada sobre mí, arreglando algo. «Naturalmente no hay que dejarla sola con la niña», dijo el médico. Puedo imaginarme cómo la observaban los dos hombres, la melena ondulada y rebelde, el chal del mismo color rojo vivo que el vestido, las botas de invierno de tacón alto, los bordes de las uñas sucios y los tics temblorosos de la cara bajo el maquillaje. Esos signos

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leves pero inequívocos de locura, como si Birgitte hubiera aterrizado en otro país y la hubieran obligado a ponerse un traje regional, y cuando miro alguna fotografía de ese tiempo (mi padre era fotógrafo y siempre iba con la cámara a cuestas), casi siempre puedo ponerles fecha por la mirada, las uñas y la caída estudiada de la ropa sobre su cuerpo. «Ah, aquel tiempo.» El primer invierno, antes de mudarnos y de que las cosas mejoraran. Mi padre se pasaba horas acostado a mi lado, pasándome la yema del dedo por el puente de la nariz para que me durmiera tranquila. La cuna estaba frente al baño, que por las noches se convertía en el cuarto oscuro donde revelaba y copiaba fotografías. Él trabajaba como asistente de un conocido fotógrafo, que además nos había ayudado a conseguir el piso. Birgitte dormía toda la noche y buena parte de la mañana, y luego hacíamos una salida en función de su estado de ánimo, generalmente íbamos de paseo o a alguna cafetería. Cuando se sintió mejor, empezamos a visitar a conocidos, y con el tiempo acabó permitiendo que otras personas me levantaran y me cogieran en brazos e incluso que abandonaran la sala conmigo en el regazo. Con los brazos de mi padre rodeándole los hombros, Birgitte aprendió a manejar su ansiedad. Quizá «manejar» no sea la palabra adecuada; más bien «soportar», o «sobrevivir», porque su cuerpo seguía en tensión y no dejaba de mirar en derredor, atenta a potenciales desastres: un vaso que estaba demasiado cerca del borde, un cuchillo afilado sobre la mesa, un cigarro encendido en un cenicero, un hueco en el seto de un jardín. El mundo seguiría siendo toda la vida un lugar peligroso para ella, para todos, un lugar insoportable, en absoluto apto para las personas. Había demasiadas cosas que eran inciertas, todo podía torcerse en un futuro, todo podía caerse, romperse o empezar a arder, todo eran accidentes que acechaban a la vuelta de la esquina, robos, colisiones, inundaciones, fiebre y destrucción. La función principal de la ansiedad es, siguiendo las instrucciones del miedo, correr hacia delante y palparlo todo, anticipar y esquivar las amenazas, una y otra vez, en un proceso que no se detiene nunca y que es consustancial a la vida. A veces, cuando yo era pequeña y salíamos al archipiélago en una lancha prestada, observaba a Birgitte sentada en una roca con el sol de cara, y reparaba en que solo cerraba los ojos durante unos segundos cada vez, antes de entreabrirlos para echar un vistazo rápido al entorno, en un movimiento aparentemente involuntario, como impelida por una fuerza interior. Nunca lograba estar tranquila, siempre había algún aspecto del mundo que había

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que vigilar para que las cosas no se descontrolaran. Y supongo que esta es la cruz de todos los que sufren ansiedad; que la existencia es, por su propia naturaleza, incontrolable.

Aquel primer invierno solo se dio una vuelta por el inframundo y volvió a subir. El mundo siguió siendo un campo de batalla en su interior, pero los gritos y los accesos de locura desaparecieron junto con la mirada errática y los dedos sucios e inquietos, así como la paranoia a flor de piel que la mantenía en un estado de alerta constante. Nos trasladamos a Estocolmo (donde mi padre había conseguido trabajo en un periódico) y comenzó una nueva etapa mucho más plácida, con niñera, una carrera profesional (Birgitte era profesora de sueco), manifestaciones, fiestas, pícnics con brännboll[6] en el parque Haga. Cuando miro las fotos puedo fecharlas enseguida, yo en mi sillita de bebé en medio de la calle Hamngatan con una pancarta —¡paz!— y Birgitte llevando la sillita, sin maquillar, con pantalones holgados y mochila, a gusto entre personas de ideas afines, sonriendo a la cámara. «Ah, aquel tiempo.» Vivimos en Solna, en la calle Kocksgatan, en casa de mi abuela paterna en Jakobsberg, en una casa en Salem, en la calle Hälsingegatan, enfrente de Kronobergsparken y en Farsta, donde, por fin, mi hermana y yo conseguimos plaza en una guardería. Íbamos a fiestas en las que se producían acaloradas discusiones, a mi padre no le gustaba el comunismo soviético ni el chino y así se lo hacía saber a todos sus conocidos, incluso a los comunistas, quizá especialmente a ellos, y siempre ocupaba el centro de los debates, que iban subiendo de tono hasta altas horas de la madrugada. Nunca se callaba, no podía estarse callado, menos aún si se hablaba de comunismo. Afirmaba que una ideología que no se puede poner en práctica sin asesinar a personas solo merece desprecio, y le horrorizaba el hecho de que tanta gente considerara que el comunismo era la mejor opción política a pesar de la cantidad desmesurada de individuos encarcelados, silenciados, asesinados y muertos de hambre a causa de ella. Era muy claro en este punto, y cuanto más avanzaba la noche más vehemencia empleaba en exponer sus puntos de vista, y le gustaba especialmente oponerse al popular argumento de que el comunismo, teóricamente, era una buena idea y por ello tenía un valor real («ese puente es bonito, lástima que se hunda cuando alguien intenta cruzarlo»). Cuando pienso en mis padres durante ese periodo esta es la imagen que se dibuja en mi mente, mi padre sentado en un sofá con su grasienta pipa de maíz

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discutiendo con más personas de las que la mayoría de la gente sería capaz de afrontar, solo y seguro de sí mismo, intensamente volcado en la vida y en la política, y Birgitte al fondo, se funde tan bien con el entorno que tengo que fijarme bien para verla, sin alzar nunca la voz para expresar una opinión propia o para rebatir a nadie, o para atreverse a ser una rebelde entre rebeldes, como mi padre. Si abría la boca solía ser para mostrarse de acuerdo con el orador anterior, siempre dispuesta a cambiar de opinión si alguien le parecía más convincente, procurando expresarse de forma tan vaga y vacilante que sus palabras se prestaran a cualquier interpretación posible. Evitaba a toda costa la controversia y el conflicto, y por eso no le gustaba que mi padre se expusiera constantemente a la irritación de los que le rodeaban. Cuando comenzaba la fiesta y la gente estaba en la cocina fumando y comiendo, mientras mi hermana y yo jugábamos en alguna habitación, y una o dos botellas de vino reposaban sobre la mesa, las opiniones de mi padre eran una curiosidad que despertaba el interés de la concurrencia. Todo el mundo sabía que era inteligente y sociable, que tenía muchas historias que contar y era un buen fotógrafo. Más tarde, cuando el humo formaba una densa capa y los niños leíamos tebeos en el suelo o en alguna cama, cuando la gente se ponía a beber Campari y ginebra y las botellas vacías empezaban a amontonarse en el suelo de la despensa, el tono de voz se elevaba ligeramente. Ese fotógrafo con patillas es un burgués, ¿o qué? Y al poco rato, después de que mi hermana y yo nos quedáramos dormidas en alguna cama, calentitas la una al lado de la otra y muy conscientes de que Birgitte había estado discretamente pendiente de nosotras durante la noche, cuando algunos se ponían a bailar con las manos por encima de la cabeza junto a la estantería del tocadiscos, mi padre seguía sentado en el sofá de la cocina y se mantenía en sus trece ante la andanada de argumentos de sus contrincantes. Cuando hablo con él ahora me dice que las necedades que se decían y pensaban en aquella época no tenían límite. Tiene ochenta y tres años y sigue siendo de izquierdas («Signifique eso lo que signifique hoy en día»), con sus matices e idiosincrasias, y asegura que el gran cambio, la conquista más duradera de aquel periodo, no fueron en absoluto los temas en sí ni la política de partidos, quizá ni siquiera la lucha, sino la actitud, la forma en que todos comenzaron a hablar entre sí, y el hecho de que él, hijo de una mujer soltera que se ganaba la vida limpiando casas, se sentase a discutir con hijos de arquitectos e hijas de maestros, que pudieran decirse barbaridades

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sin tener que pedir disculpas, que compartiesen espacios y momentos en igualdad de condiciones. Mi padre me recuerda a menudo que mi abuela se vestía con su mejor ropa cuando iba al médico, y que usaba las escaleras cuando veía que algún vecino de más alta posición social esperaba el ascensor, y que ni a él ni a mí se nos pasaría por la cabeza hacer algo semejante. «Ahí tienes la herencia de aquel tiempo —dice—, la verdadera revolución.» La mayoría de sus viejos amigos están muertos o sufren demencia, pero él sigue hablando consigo mismo o con su mujer, que solo tiene sesenta años, está suscrito al Times y a The Economist, ve documentales, lee libros. Vive en una casa con un pequeño jardín en Rönninge y dice que cada día es un buen día. Ya no hablamos nunca de Birgitte, pero fue a él a quien se abrió finalmente, y unas semanas después de que la enterraran él me habló de ella, me contó todo lo que sabía, sus desgracias, las confidencias que le había hecho. Aunque llevaban quince años separados, él lloró a cuenta de la vida que ella había vivido, pero también dilapidado.

En los artículos sobre la ansiedad se suele afirmar que fue históricamente beneficiosa y que, a través de la evolución, pasó a formar parte de nuestra naturaleza. La ansiedad nos empujaba a comprobar que el fuego estuviera apagado y que los niños respiraban, nos protegía, nos enseñaba a protegernos a nosotros mismos y a los demás. La selección era sencilla: en la Edad de Piedra, quien escudriñaba con angustia la linde del bosque para detectar animales carnívoros sobrevivía, mientras que al que deambulaba despreocupado entre los árboles se lo comían. Así pues, quienes vivimos ahora somos descendientes de esos inquietos antepasados. Cuando visito la tumba de Birgitte en el cementerio de Skogskyrkogården me pregunto cómo habría sido su vida sin ansiedad, pero es tan difícil como imaginarse un día sin clima. La ansiedad y ella eran una sola cosa, ese mecanismo de supervivencia se convirtió de por vida en su escudo y en su punto débil, una función vital menor fuera de control. De una manera que me cuesta explicar, la siento con más nitidez cuando estoy allí, junto a su tumba solitaria; el aguijoneo de la preocupación, los suspiros entrecortados, la continua melodía inaudible que tarareaba como si siguiese la temperatura de su mente. Cuando traía amigos a casa hacía como si mi madre no existiera. Era lo más fácil. La mayoría de mis compañeros de clase hacían lo mismo, porque muchos de ellos tenían también padres peculiares, cada uno a su manera, madres que se

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emborrachaban y pasaban las tardes tumbadas, tomándola a gritos con cualquier visitante, o que explotaban por toda clase de motivos, o que, atrapadas entre el trabajo y unos hijos insufribles, se hundían y rompían a llorar en las reuniones de padres y maestros, o que, sencillamente, parecían anticuadas y olían raro, o padres que tiraban del pelo a los niños, o que tenían otras familias en secreto, o que enfermaban y morían en el transcurso de un semestre de otoño. Se consideraba normal, dentro de los límites de la época, o «normal», como solía pronunciarlo mi padre, con un énfasis que delataba su desdén hacia esa palabra. Probablemente fue aquel primer invierno en Malmö, en el que Birgitte fue cualquier cosa menos «normal», lo que obligó a mi padre a ampliar la perspectiva. Era un hombre de mentalidad abierta para la época; se encogía de hombros, se inclinaba para acercarse a mí y era todo oídos. Muy pocas veces hacía juicios, y nunca censuraba a nadie. La rebelión adolescente de mi hermana y la mía iba dirigida solo contra él, porque permanecía allí sentado, con la pipa en los labios, abierto a hablar de todo, dispuesto tanto a la tolerancia (bisexualidad, alcohol) como a la beligerancia (hachís y hacer novillos). Birgitte estaba en otro lugar, sumida en sí misma, y nadie de la familia era capaz de dirigir una mirada reprobatoria a esos ojos asustados. Se quedaba en el dormitorio, sentada y enfrascada en algún quehacer, o leyendo en la cama, y le dejaba los conflictos a mi padre. Recuerdo una edición de bolsillo en color beis del libro Älska dig själv [Ámate a ti mismo] de la escritora sueca Ilse Sand que tenía en la mesita de noche y que con el tiempo pasó a formar parte de una nueva sección en la estantería que era exclusivamente suya. Mi padre tenía como referente principal a Tunström, junto con Gunnar Ekelöf, a quien me obligó a leer tan pronto como pude juntar una letra con otra. Por lo demás: Graham Greene, Hemingway, Steinbeck, Eyvind Johnson, Lagerlöf, libros de fotografía y Ed McBain de dos en dos, junto con gran parte de la obra de Sven Lindqvist, a quien adoraba. Leyó En älskares dagbok [El diario de un amante] y me lo pasó en cuanto lo terminó, lo cual supuso para mí una especie de despertar a un nuevo tipo de lenguaje. Yo estaba en los inicios de la adolescencia y estaba furiosa con el mundo entero, el día anterior habíamos discutido hasta que el vecino golpeó la pared, y cuando fui a desayunar la mañana siguiente me encontré el libro esperándome en mi sitio de la mesa, un préstamo a largo plazo como se demostraría después, dado que aún lo tengo en mi estantería. Cada mañana era nueva para mi padre, nunca se guardaba el

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mal humor de un día para otro. Mi padre y Birgitte compartieron la biblioteca caótica y a medio clasificar hasta el día en que ella hizo hueco para una nueva sección reservada a otro tipo de libros, y Älska dig själv fue el primero que ingresó en ella, entre unos separadores de libros con el símbolo del yin y el yang que había comprado en una tienda de la calle Drottninggatan llamada Acuario. Aquello significó el advenimiento de una nueva era para la estantería y para Birgitte: la era de Jung, Janov, Fromm, la astrología, los imanes, los cristales y las cartas del tarot, donde todo tenía cabida. Birgitte iba a que le interpretaran los sueños y a que le dieran masajes ayurvédicos, se ponía en el plato pequeños montones de ralladura de tubérculos crudos mientras los demás cenábamos, y se gastó una fortuna en un hombre que hacía oscilar una bola colgada de una cuerda por encima de su cuerpo mientras hacía preguntas a sus órganos vitales. Al parecer los propios órganos podían informarle, péndulo mediante, de los desequilibrios que sufrían. Se pasó un fin de semana en la isla de Öland embadurnada en barro y aguacate. Viajó a Jutlandia y bailó liberadoras danzas africanas, hizo un curso de colores y por espacio de unas semanas se vistió únicamente de amarillo, pidió a un gurú que estaba de visita que le leyera el aura, tomaba unos brebajes chinos en polvo que olían a heno, consultaba a médiums y por las mañanas, antes de que me fuera a la escuela, dibujaba pequeños círculos sobre mi frente con el dedo índice. Nunca se me pasó por la cabeza pedirle que lo dejara. Como yo había nacido bajo el signo de Escorpio, a ojos de Birgitte era proclive a ser crítica e irascible, y yo no tenía ningunas ganas de cumplir sus predicciones. Frases como «tus chacras están desequilibrados» o «los lunes son un buen día para fortalecer el yin» circulaban sin que nadie de la familia hiciera ningún comentario al respecto. Dejó de leer el periódico porque saboteaba las energías positivas de las horas matutinas. En una sesión que tuvo lugar en el sótano de algún conocido dejó que unos caracoles de importación se arrastraran por su espalda durante horas, un supuesto tratamiento para limpiar el cuerpo de toxinas sin especificar. Hizo ayunos que duraban semanas, practicaba un yoga purificador a base de lavativas, se enjuagaba la nariz con agua salada y me untaba las manos con aceite de coco cuando me veía la piel seca. «Todo lo que venden en la farmacia contiene veneno», me decía. Las fotografías de aquel tiempo son fáciles de fechar. Estamos en el campo, en una cabaña alquilada en la isla de Ingarö, a principios del otoño, Birgitte tiene el cabello encrespado

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teñido con henna y lleva una chaqueta de ante con hombreras y un collar con el símbolo del yin y el yang. Nunca podía faltar el yin y el yang, y jamás he oído una explicación satisfactoria de lo que significa realmente ese símbolo. Casi una década después, hice un viaje en tren por la Unión Soviética y Mongolia hasta llegar a Pequín, y durante los ocho meses que pasé en el Sudeste Asiático solo vi el símbolo del yin y el yang en los objetos destinados a turistas como Birgitte. En la fotografía se la ve anémica, después de semanas de ayuno a base de fruta. El verano ha terminado y pronto dejaremos la cabaña de Ingarö. «Ah, aquel tiempo»; mi hermana está sentada en una tumbona en el centro de la foto, con una guitarra en los brazos, mi padre está a su lado sujetando el mando a distancia del obturador de la cámara que seguramente ha colocado en el alféizar de la ventana, y Birgitte tiene la mirada un poco perdida, casi huidiza. Tal vez esté inquieta por el viaje de vuelta a casa, que no nos dejemos nada, que no tengamos un accidente, que todos llevemos puesto el cinturón de seguridad, que logremos aparcar sin que nos pongan una multa. A mí se me ve al fondo, casi fuera de plano, con unas pantuflas negras de tela y un libro de bolsillo grueso y desgastado en la mano, Vinter i paradiset [Invierno en el paraíso], de Ulf Lundell. Quien consigue escribir sobre la naturaleza de esa manera no debería tener más obligaciones para con el mundo. Es posible que en aquella época Birgitte se definiera a sí misma como una «buscadora», y es posible incluso que afirmara haber encontrado algo. Supongo que la mayoría de las personas que buscan algo en serio acabarán encontrándolo si la búsqueda es real, si se basa en una voluntad sincera de verse a sí mismas, de descubrir qué hay detrás de esa cara conocida reflejada en el espejo. He conocido a muchos «buscadores», con independencia de que se autodefinieran así o no, y seguramente yo misma lo sea, pero en el caso de Birgitte creo que la búsqueda no era más que una maniobra de evasión, una pose, una nueva forma de superficialidad. Y con la palabra «superficial» no me refiero a «banal» sino más bien a «incapaz», privada de la facultad de ser auténtica. Ella flotaba constantemente hacia la superficie, como todas las personas con ansiedad severa, siempre pendiente de que el mundo permaneciera en su sitio y atenta a posibles peligros. La ansiedad la mantuvo en la superficie de la existencia, y en ese sentido quizá fuera banal, sin remedio y en contra de su voluntad. Para profundizar es preciso perder el control, que la inspección constante del tiempo y del espacio cese en favor de una

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zambullida al fondo de uno mismo o de otra persona, o entre las grietas de la existencia. Creo que hubo una temporada en que Birgitte hablaba de estas cosas con un sacerdote, Lars-Åke, «un verdadero guía espiritual, que lo sepas». Birgitte no veía ninguna contradicción entre todas esas teorías discordantes sobre la realidad, Dios, Jesús y el zodiaco, el aura y los cristales, videntes, piedras y barro curativo. Todo confluía, y lo que funciona, funciona, opinaba Birgitte. No sé lo que opinaba Lars-Åke, pero cuando nos conocimos antes del entierro de Birgitte (que ofició él por expreso deseo de ella), me miró con la expresión del que sabe algo pero no puede decir nada, y cuando tomé la palabra durante la ceremonia me puso la mano en el hombro con gran delicadeza. «Aparte del aspecto —dijo él, y yo asentí, consciente de lo que diría a continuación—, no te pareces nada a ella.»

¿Y el final? Mejor de lo esperado, pero terrible de todas formas. Después de dos meses postrada a causa de la enfermedad, tomó tantas benzodiacepinas para paliar la ansiedad que la mirada se le nublaba a partir de la hora del almuerzo y sus pupilas dilatadas se clavaban durante horas en el patrón de la pared que había junto a la cama. Su pareja (Petter, el último hombre de su vida) le tomaba la mano y hablaba con ella sin obtener respuesta, cosa que no parecía importarle demasiado. En esas últimas semanas perdió primero el habla y después la vista, se pasaba la mayor parte del tiempo acostada, murmurando, pero agitaba frenéticamente las manos tan pronto como oía mi voz. Tal vez tenía algo que decirme. Yo me quedaba sentada junto a la cama y pensaba en la literatura universal y en la historia del cine, en la multitud de escenas análogas, en las que alguien en su último momento finalmente conseguía articular algo importante, dar una explicación, decir «perdón» o unas palabras tranquilizadoras, pero muy pocas veces se representaba la situación en la que me encontraba yo, aquella sensación de que ya era demasiado tarde, de que todo había sido en vano, y que tampoco este último vacío entre nosotras se podía explicar o formular siquiera. No se resolvió nada, no se dijo ningún «perdón», aunque hoy día no sé si había motivos para ello, ni a quién de las dos correspondía decirlo. Respiró con mucha angustia hasta el final, lo último que abandonó su cuerpo fue la zozobra. Pero poco después, mientras su pareja iba a buscar a una enfermera para comunicarle que todo había terminado, sentí una leve

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caricia, como si Birgitte se deslizara junto a mí. Por fin te vas a librar de todo esto, pensé.

Ya había empezado con las benzodiacepinas a finales de los años ochenta, justo después del divorcio, cuando mi hermana la obligó a ir al médico de cabecera para que la ayudara con sus problemas de insomnio. Después de todo, quizá hubiera allí, en los tranquilizantes químicos, una especie de respuesta a la búsqueda de Birgitte. Las pastillas blancas y redondas se compraban en cajas de cien unidades y se convirtieron rápidamente en sus amigas. Más tarde, cuando ayudé a limpiar sus cosas y vacié el armario del baño, descubrí que había obtenido recetas de varios médicos y que incluso había viajado a Noruega para conseguir más. Podía imaginármela en las consultas, su encanto frágil, la mirada tímida y los nombres de los medicamentos que mencionaba como de pasada, con la misma voz suplicante que siempre parecía surtir efecto sobre los hombres de su entorno. Ella se hacía cargo de cuál era su necesidad principal, conseguir una seguridad permanente, algo que la mayoría de los hombres que conoció estaban dispuestos a proporcionarle, cada uno según sus posibilidades. Después del divorcio, los que querían protegerla y amarla hacían cola, estaba rodeada de hombres solteros y recién divorciados, y algunos casados, y otros nuevos a quienes conocía en bares y restaurantes y en las cenas a las que sus amigas la llevaban a rastras. Birgitte ya no era particularmente irresistible, pero aún era capaz de apelar a los instintos de esos hombres para ayudar, dar apoyo, guiar y comprender. En aquella época yo ya me había ido de casa y no la veía muy a menudo, pero mi hermana vivía con ella y me hablaba de los hombres que se encontraba en la cocina por las mañanas tomando filmjölk, o que llamaban a la puerta a altas horas de la noche con ramos de flores en la mano. Birgitte tenía pretendientes para dar y vender, aunque ella probablemente no lo veía así; algunos hombres se quedaban un mes mientras que otros se alejaban cabizbajos al filo de la medianoche, dejando el ramo de flores en el jarrón de la mesa de la cocina. En retrospectiva, puede parecer una situación ventajosa, con tantos hombres disputándosela, pero la protección que le ofrecían tenía, por supuesto, sus condiciones. La buena voluntad iba acompañada de cláusulas. Su ansiedad se presentaba en forma de pura locura —trastornada, primitiva y digna de un psiquiátrico—, pero fuera del ámbito familiar, es decir, de la familia que formábamos ella, mi hermana, mi padre y yo, Birgitte conseguía encauzarla dentro de los límites de lo

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que se considera normal. El empeño de hacer que su fragilidad pareciera normal fue la gran batalla de su vida, la condición necesaria para granjearse el amor de los demás. Cuando empezó a tomar pastillas todo fue más fácil, y no quería dejarlas, no podía dejarlas, y Petter, a quien conoció en una cena un año después del divorcio, no le vio nunca el iris, ni aquella noche ni ninguna otra, pero se quedó prendado de ella igualmente. En las fotos de los viajes que hicieron juntos, a Gran Canaria sobre todo, Birgitte sonríe con dulzura a la cámara. Supongo que tendrían una cámara compacta con enfoque automático, un modelo plateado con zoom y flash incorporado, y que le pidieron a alguien que les hiciera una foto. Están sentados a la mesa de un restaurante, o de pie en una playa o en un acantilado con el mar de fondo, y las imágenes se parecen tanto a los centenares de fotos que he visto de ese tipo de lugares, que se confunden las unas con las otras, como si estuviesen inspiradas en el imaginario colectivo de unas vacaciones al sol. A ella se la ve más rellenita, con el pelo teñido y recogido en un moño, y Petter suele aparecer detrás de ella, un poco ladeado, como si estuviera preparado para una caída o un episodio de pérdida repentina del control. Fue el hombre más estable de todos los que Birgitte conoció, económicamente independiente, nada interesado en complicaciones, con hijos adultos y un cabello rizado y bien cortado, sin entradas. Habían pensado en casarse, pero entonces ella cayó enferma por primera vez. La ansiedad era enorme, las cajas de sus amigas blancas se vaciaban cada vez más deprisa, y cuando fui a visitarlos ella estaba sentada en el sofá con la espalda tiesa, llorando de pánico. Faltaban seis meses para el cambio de milenio, Birgitte no había cumplido aún los cincuenta y cinco años. Petter estaba sentado a su lado y le acariciaba la espalda sin que ella pareciera notarlo. «Lo superaremos juntos», dijo él, y me llenó de gratitud que él quisiera ser un «nosotros» con Birgitte. Nunca la vi manifestar un gran amor hacia Petter, pero él le proporcionó unos años de calma hasta que llegó el segundo y último episodio de la enfermedad, que atravesó bajo la protección de Petter, tras el velo etéreo de sus amigas blancas, nuevamente convertida en una especie de superviviente, a pesar de los pesares.

Cuando di a luz a mi hija (Hospital Söder, 19 horas, Sally cortó el cordón umbilical) y al día siguiente recibí la visita de Petter y Birgitte, la niña se durmió directamente en los brazos de mi madre. Petter y yo hablamos del viaje que habían hecho por la costa atlántica española, pero

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ella se quedó sentada, en silencio e inmóvil, contemplando a la niña dormida. Tal vez tener en su regazo al primer vástago de su vástago supusiera para ella un cierto alivio, un descanso. Tal vez aplazaba un poco el inevitable desenlace, como si Birgitte hubiese encontrado, por fin, algo a lo que aferrarse, un lugar en el que tomar tierra y plantar un poste en el flujo del tiempo. Mi hija y ella dispusieron de un par de años para estar juntas, pero para mis gemelos Birgitte es solo una lápida y una foto en blanco y negro que cuelga en la esquina del espejo de mi dormitorio. De vez en cuando, en noviembre, compramos velones y visitamos el cementerio de Skogskyrkogården, en cuya entrada nos encontramos con Sally y sus hijos (la tumba de su padre está a trescientos metros de la de Birgitte), y mientras paseamos entre las tumbas los años se mueven de refilón a nuestro alrededor, parapetados tras finos bastidores. Para los muertos la cronología carece de importancia, lo único que cuenta son los detalles, el grado de densidad, el cómo y el qué y todo lo que tiene que ver con el quién. Cuando era más joven pensaba que tenía que viajar más, ir más lejos, pasar más tiempo en países extranjeros, estar siempre en disposición de partir a la aventura y vivir al máximo, pero con el tiempo entendí que lo que buscaba estaba aquí mismo, en mi interior, en las cosas que tenía a mi alrededor y en los trabajos alimenticios que se convirtieron en mi profesión, en la constancia del día a día, en la mirada de las personas que encuentro cuando aquieto mi propia mirada. Después de la fiebre vuelvo a escribir, como cuando una vieja y añorada herida se abre y empieza a sangrar, y entonces me figuro que las imágenes de los otros son un rompecabezas incompleto y me pregunto quién es realmente el retratado. En alguna de las tumbas, Sally saca el termo y brindamos con las tazas de café a la salud de las lápidas que nos rodean. «Pronto será demasiado tarde —dice mientras me pasa el termo—. Por eso debemos esforzarnos por exprimir la vida al máximo.»

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Ia Genberg (1967) es una periodista y escritora sueca. Habitualmente imparte cursos de escritura en centros de enseñanza secundaria. Su debut literario tuvo lugar en 2012, con la novela Söta fredag. Desde entonces ha escrito la novela Sent farväl (2013), el libro de cuentos Klen tröst och fyra andra berättelser om pengar (2018) y la novela Los detalles (2021), ganadora del Premio August, que ha supuesto su consolidación literaria dentro y fuera de Suecia, con traducciones a más de veintisiete lenguas.

Notas

[1] Protagonista de Un verano con Mónica, película sueca dirigida por Ingmar Bergman en 1953. (N. de la T.) <<

[2] Acrónimo de Arbetarnas Bildningsförbund, sección de la asociación sindical sueca dedicada a la formación de los trabajadores. El centro al que se refiere el texto es un edificio emblemático situado en el centro de Estocolmo. (N. de la T.) <<

[3] «¿Por qué todas estas cintas llevan nombres de mujeres?» (N. de la T.)

<<

[4] «Esta es para la dama solitaria de negro.» (N. de la T.) <<

[5] «No viene al caso.» (N. de la T.) << 

[6] Palabra compuesta: bränna («quemar») y boll («pelota»). Se trata de un deporte sueco parecido al béisbol. (N. de la T.) <<


FIN

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