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Título Original: © Emi Negre. No Estaban Todos

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

NO ESTABAN TODOS

Emi Negre


No Estaban Todos

Emi Negre

Tres ciclistas muertos en una carretera. Una joven al volante, Lucía, en estado de shock, incapaz de recordar lo sucedido.

Mientras la policía investiga lo que parece un trágico accidente, Lucía repite una y otra vez una frase inquietante: «No estaban todos».

Lola, una psicóloga especializada en traumas, es llamada para desentrañar los recuerdos fragmentados de Lucía. A medida que exploran su mente rota, surgen secretos oscuros y perturbadores, y lo que parecía un simple accidente se convierte en una red de desapariciones y verdades ocultas.

Los agentes Virginia y Edgar descubren que no pueden confiar en nada ni en nadie. Cada pista los acerca más a una verdad que amenaza con destruirlo todo. ¿Qué esconde Lucía? ¿Y quiénes son los que «no estaban»?

No estaban todos es un thriller psicológico que te arrastra hasta el límite de la verdad, donde descubrirla podría ser más peligroso que mantenerla oculta. Algunas verdades es mejor no descubrirlas.

Emi Negre

No Estaban Todos

ePub r1.0

Titivillus 05-02-2026

Título original: No estaban todos

Emi Negre, 2024

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

A ti, que desde lo más alto guías mi pluma

para hacer de mi inspiración tu legado.

Y ahora también a ti, mamá.

Que mis letras lleguen hasta ahí arriba.

No estaban todos

Sábado, 28 de mayo de 2022, 07:48 Carretera CV-576 dirección Énova, Valencia

Nada parecía devolver a Lucía a su presente: ni el viento fresco que se colaba por el conducto de ventilación de ese Opel Vectra viejo y con olor a aceite quemado de motor, ni el sonido agitado de su respiración, tampoco los gritos revueltos de los —cada vez más— curiosos que se agolpaban junto a ese coche. Ni siquiera el pequeño reguero de sangre que goteaba sobre el salpicadero.

Lucía se había escapado a su recuerdo más plácido y no parecía dispuesta a volver.

Y es que, como ocurre con ciertas personas, hay lugares que son capaces de aferrarse al recuerdo como una marca indeleble, lugares que te reportan esa paz que ansías, que necesitas; lugares a los que recurres cuando todo lo demás parece derrumbarse como un edificio abandonado. Cuando nadie más te escucha. Cuando quieres que nadie más lo haga.

A ese lugar intentó volver Lucía.

Y, aunque su cuerpo no estaba allí, ella era capaz de sentir la arena fina y cálida acariciar sus pies desnudos. Antes de abrir los ojos, se obligó a viajar de nuevo a esa playa que siempre visitaba cuando sus padres tenían un momento para ella.

Con un esfuerzo ímprobo, casi extenuante, volvió a ese recuerdo que tanta paz le transmitió siempre. Ese recuerdo de su niñez, de cuando apenas sabía lo que era el dolor o el miedo.

Allí, una vez más como en aquellos veranos de su infancia, sintió de nuevo la arena de la playa colándose entre los dedos de los pies, arañando su piel. Escuchó el susurro cálido de las olas chocando contra las rocas. Incluso le pareció notar cómo el salitre y la humedad encrespaban su cabello negro como la noche. Por un momento hasta creyó percibir ese olor salado del mar Mediterráneo.

Aquel pequeño rincón de esa playa junto al faro de Cullera era el único subterfugio que tenía Lucía, y el lugar a donde siempre viajaba cuando se sentía triste, nerviosa o extraña. Como ahora. Era su santuario, su espacio para ser feliz, aunque solo fuera un instante.

Ahora ya no quedaba nada de eso.

El sol se borraba cubierto por furiosas nubes negras de tormenta que descargaban su rabia contra ella con unos truenos que eran proferidos por una barahúnda enfervorecida que intentaba arrancarla de donde se hallaba, que amenazaban con romper el frágil cristal de la ventanilla del coche.

Ya no había playa, ni arena, ni sol. No había sonrisas ni calma, sino desesperación.

Solo quedaba Lucía y un ambiente extraño. Aferrada al volante de ese Opel del noventa y ocho que moría lentamente entre estertores agónicos de unos cilindros exhaustos, permanecía inmóvil, congelada en su asiento. Sus ojos seguían fijos en el pequeño hilo de sangre que iba resbalando por el parabrisas astillado, en esos mechones de cabello negro adheridos al cristal. Sus oídos intentaban centrarse en la canción que la radio emitía por unos altavoces afónicos, una que ni siquiera conocía. Y su mente procuraba, una y otra vez, huir de allí. Pero no podía. Su cuerpo se había revelado a sus propios deseos.

Apenas era capaz de lanzar pequeños gemidos descontrolados mientras la gente se ponía más nerviosa. Golpeaban el cristal increpando a la joven, lanzando todo tipo de acusaciones.

—¡Para! —dijo una voz en el exterior con bastante convencimiento y autoridad—. ¿No ves que está en shock?

Lo estaba. Lucía se había quedado bloqueada en su asiento ignorando la imagen que el pequeño retrovisor interior del coche dibujaba frente a ella.

Ya no recordaba el ruido que esos tres cuerpos emitieron cuando el coche impactó contra ellos. Tampoco se acordaba de su expresión de rabia mientras giraba el volante cien metros antes para invadir el arcén. Y mucho menos era capaz de recordar por qué aceleró cuando sintió que el choque era inmediato.

Todo cambió cuando uno de los hombres —el que más saliva escupía sobre el cristal— pudo romper la ventanilla. Los diminutos fragmentos del

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cristal se esparcieron por todo el habitáculo arañando incluso las mejillas de Lucía, que apenas pudo cerrar los ojos.

Una mano la asió y casi sin esfuerzo la extrajo del vehículo mientras la melé enfurecida se dividía en dos bandos: el que quería tomarse la justicia por su mano y pretendía castigar sin piedad a la joven; y el otro, aquellos que abogaban por un trato justo a la espera de que llegaran los equipos de emergencia.

—¡Mira! —gritó el hombre que la había sacado, por la fuerza, del coche—. ¡Mira lo que has hecho!

Al fin Lucía llevó la mirada hacia la estampa que se formaba unos metros más atrás de su vehículo. El asfalto se había teñido de sangre que manaba de tres cuerpos totalmente mutilados, que empapaba las bicicletas sobre las que montaban en el momento del impacto, que devolvía a Lucía a una realidad todavía peor.

Observó los cuerpos y sus labios comenzaron a temblar.

Todos la contemplaron atentos a las palabras que caían débiles por su boca. Guardaron silencio y se acercaron a ella.

La joven, que vestía un camisón blanco, sucio y desgarrado, repetía una y otra vez la misma frase, que apenas se dejaba oír, como el viento en verano. Movía los labios formando las mismas palabras, pero sin llegar a pronunciarlas.

Al final, cuando el silencio fue lo suficientemente estable como para dejar a la muchacha expresarse, su voz resonó sin fuerzas.

—No estaban todos —dijo para el asombro de todos los presentes, que no pudieron más que mirarse entre ellos asustados.

Lucía cerró los ojos sabiendo que había fallado. Tendría que haberse dado cuenta de esa realidad que no supo ver hasta que ya fue demasiado tarde. Era cierto.

No estaban todos.

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¿Por qué ellos?

Sábado, 28 de mayo de 2022, 08:54 San Juan de Énova, Valencia

El eco intenso de unos pasos rápidos rebotaba en aquella sala callada, triste y a media luz, una luz anaranjada y vieja que se proyectaba sobre dos hombres que no perdían detalle de la mujer que se acercaba a gran velocidad.

Lola tampoco apartaba la mirada. Aquel desafío, que para Antonio no significaba nada, para ella era un duelo de autoridad.

Por un lado, la de ella, experimentada psicóloga desde hacía más de treinta años. Sus pasos cortos y rápidos no se debían a un encontrado nerviosismo, sino a una costumbre adquirida con el tiempo. Era un hecho que su baja estatura y sus piernas cortas la habían limitado siempre, por eso acostumbró a su cuerpo a caminar así; con la agilidad y elegancia de una lavandera blanca.

Por el otro, la autoridad de Antonio. Él había recogido a Lucía. La había arrancado de aquella marea humana de brazos furiosos y gritos descompasados. La había introducido en su patrulla y escoltado hasta el puesto más cercano; el del ayuntamiento de San Juan de Énova. O eso es lo que había dicho. Su mirada era más dura, más intensa; una mirada que no perdonaba ni pretendía olvidar.

—Buenos días —inició ella con una voz dulce y pausada, tranquila, sincera. Pero el silencio fue pesado en la sala y la obligó a cambiar de tono

—. ¿Dónde está? —preguntó cambiando el tono por otro más firme y dulce al mismo tiempo, como un café con leche tibio.

—¿Dónde está quién? —La de Antonio era otro tipo de voz: una voz ronca, grave y fuerte; una voz que chillaba, aunque intentara susurrar.

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No fue su voz lo que más llamó la atención de la mujer. Fue su apariencia. Si no hubiera sido por el uniforme de la Guardia Civil desteñido, sucio y repleto de arrugas que portaba, Lola hubiera deducido que Antonio era el cliché típico del obrero: pantalón a media altura enseñando las nalgas, pecho sudado y preparado para lanzar cualquier improperio. Pero no era pelo lo que lucía en su pecho, sino una placa que apenas brillaba ya.

—La chica. ¿Para qué habéis llamado si no?

Antonio cerró los ojos. No mucho. Tan solo un poco. Lo suficiente para que sus exuberantes cejas ocultaran por completo el negro de sus pupilas.

—Créame que ha sido por protocolo, no por necesidad. Si por mí fuera, esa muchacha estaría ya en Picassent. La tiene ahí —cedió al fin sacudiendo la cabeza en dirección a un pequeño despacho cerrado como la tumba de Tutankamón.

Lola se acercó, sin decir nada más, a la puerta de madera que ocultaba el motivo de su visita. Respiró hondo y se aferró a la manecilla.

Antes de entrar se regaló unos segundos para hacer lo que su profesor de la universidad le recomendó siempre; contar hasta diez, eliminar la angustia o cualquier sentimiento y entrar con una sonrisa en el rostro.

«No importa a quién tengáis al otro lado. Si entráis con un gesto que no sirva para entablar un lazo afectivo, tendréis la mitad de la partida perdida. Tenéis que hacerlo. Siempre hay que asegurarse de que nuestros problemas, miedos o inseguridades se quedan al otro lado de la sala. El primer contacto visual con vuestro paciente es determinante. Hay que empezar con una sonrisa».

Lola sonrió, a pesar de las pequeñas arrugas que se formaban en su rostro ya cansado de contar primaveras. Sonrió, aunque su cuerpo le pedía que huyera. Sacudió la cabeza y entró.

—No va a decir nada.

La voz de Antonio cruzó el umbral justo cuando la mujer ya tenía un pie en el interior de la oficina, haciendo que esta reculara de golpe y volviera a cerrar de forma abrupta. Se volvió y, con los ojos encendidos, se acercó al oficial.

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—En cuanto abra esa puerta, el que no tiene que decir nada es usted.

—¿Me está amenazando? —inquirió él con el rostro desencajado.

A su lado, un muchacho joven, de apenas treinta años, lo miraba divertido, como si aquello no fuera con él, como quien observa un partido de tenis. Su sonrisa no duró mucho; lo que tardó en entender que aquel enfrentamiento no iba a terminar bien.

—Lo que le estoy diciendo es que, si esa muchacha está en un estado de shock, tus comentarios no van a ayudarla nada. Puedo imaginarme que ya la habrás interrogado. Incluso te habrás atrevido a insultarla o alzarle la voz.

Antonio tragó saliva al entender que la psicóloga estaba detallando todo lo ocurrido durante la última hora: sus gritos a la joven, que no dejaba de llorar en silencio; sus golpes en la mesa; sus amenazas explícitas; sus fotografías captadas con su teléfono móvil, unas fotografías que no pretendían documentar la escena, sino alimentar un morbo desmedido en la mente de aquel guardia civil que solo se atrevía a pensar en la cerveza que iba a tomarse al finalizar el turno.

—Esa muchacha, si se la puede llamar así, se ha cargado a tres ciclistas. Y sí, la he interrogado. Claro que la he interrogado. Dé gracias que no dejara que la molieran a palos allí mismo.

A pesar de que las palabras de Antonio oprimieron el pecho de Lola, ella supo contenerse. Prefirió no responder. No de inmediato. Rumió sus palabras mientras sonreía con resignación analizando la forma correcta de decirle lo que pensaba. Al fin, casi un minuto después, tenía la respuesta.

—Bien —anunció la mujer con una sonrisa pérfida deformando su rostro—. Si vuelve a hablar con la muchacha sin mi consentimiento, pienso hacer un informe valorativo que entregaré al juez. En él le denunciaré por negligencia al intervenir sin la autorización previa por mi parte, y causar así un bloqueo emocional en la joven que no sé si podré recuperar. ¿Lo he dejado suficientemente claro?

Y en ese preciso momento todo cambió. Ya no había mirada desafiante de Antonio ni gesto socarrón de su compañero. Ya no había ni siquiera rabia por la joven, solo la angustia de un golpe bajo: ese dolor en el estómago, ese escozor en la garganta, ese picor en los ojos.

—Mucha suerte —respondió él con orgullo alzando la barbilla para mostrar lo frondosa que era su barba.

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Lola asintió y volvió a sumergirse en su pequeño ritual para acceder a la sala ante la silente mirada de los dos agentes. Abrió y dudó justo un segundo después temiendo una nueva interrupción que no se produjo. Cuando la mujer observó el interior de la sala, su mirada tembló.

Tembló por el miedo, por la angustia.

Tembló por la pena de hallar —sentada en una silla de cuero negro—, junto al escritorio, a una joven destruida. La muchacha, que no tendría más de veinte años, se acurrucaba en la silla con las manos abrazándose las rodillas y la cabeza oculta entre ellas. No dejaba de temblar y mirar un punto fijo de la pared.

Lola se fijó en su rostro completamente turbado, en sus ojos negros como la noche, en su mirada perdida, en su piel sucia y magullada. Se fijó también en su ropa hecha jirones y sus pies descalzos y completamente sucios y cargados de heridas. Algunas mal curadas. Otras todavía calientes.

No solo su apariencia denotaba el calvario de la chica. En cuanto abrió, el hedor que solo el cautiverio provoca le atufó la nariz por completo. Al olor a heces y suciedad se le unía ese ambiente lóbrego de un salón oscuro y repleto de sombras que era una cárcel más para la joven.

Lola se atrevió a entrar, después de negar con la cabeza, consternada por el hallazgo que acababa de hacer, con el alma rota, con la tristeza de saber que, pasara lo que pasara, esa joven que tenía enfrente no sería la misma que fue antes de vivir lo que hubiera vivido. No volvería a ser la joven que toda la localidad de Alcira llevaba semanas buscando.

—¿Habéis llamado a la Guardia Civil de Alcira para notificar la aparición de Lucía García? —preguntó con el corazón encogido.

—Lo hicieron los mismos que te llamaron a ti. Están de camino — respondió olvidando el respeto que había fingido desde que Lola llegó.

No hubo más conversación. Lola asintió con desprecio y cerró la puerta.

Ya dentro, y con la penumbra lamiendo sus cuerpos, intentó acercarse con calma, con cautela, con la tranquilidad de una madre que camina junto a su bebé dormido, para contemplar más de cerca a la joven.

Más allá de las lesiones superficiales y de la sangre que decoraba su batín, no se apreciaba ninguna herida profunda o que necesitara atención inmediata. Así que Lola se dispuso a tantear a la joven. Acercó una silla y se sentó al lado.

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No dijo nada.

Durante casi un minuto no dijo nada. Se limitó a observarla en silencio, calmada, sin borrar la sonrisa. Sabía que Lucía se hallaba en una postura de cierre y tocarla no iba a ayudarla, por eso se limitó a esperar un gesto por parte de ella.

Un gesto que nunca llegó.

La joven seguía temblando en la misma posición que estaba cuando Lola abrió la puerta. Se aferraba a sus piernas con fuerza, tanta que la sangre de las heridas provocadas por sus uñas ya le llegaba hasta los pies.

—Hola, Lucía, ¿cómo estás? —dijo en un intento de entrar en su mente.

Pero Lucía no estaba allí.

La psicóloga no pudo evitar reparar en sus labios resecos, cortados por algún punto, incluso con pequeñas marcas de sangre en otros, en su cabello enmarañado y sucio. Ella sabía que la joven no iba a hablar, no al menos en un tiempo. Y seguir insistiendo supondría un bloqueo mayor, así que se limitó a sonreír y a mantenerse a su lado.

Al fin, casi cinco minutos después, la joven movió ligeramente los ojos en dirección a la psicóloga, que se hallaba escribiendo disimuladamente anotaciones en un pequeño bloc que guardaba siempre en su bolso. Aunque no quiso decir nada, sí se percató del contacto visual que había hecho la joven, muestra de que sabía que estaba allí.

En ese momento abrió el bolso y sacó un KitKat. Tras romper el silencio con el traqueteo del plástico, estiró la mano hacia la joven, que se tensó de nuevo en su posición.

—¿Quieres un poco? Te sentará bien. —De nuevo silencio—. Lucía, cielo. Voy a salir un momento y a hablar con los agentes que te han traído hasta aquí para pedirles que te dejen salir. ¿A quién te gustaría que llamáramos?

Pero Lucía no respondió. Ni siquiera movió los ojos.

Lola no insistió. Se levantó y volvió a salir de la sala ante la mirada jocosa de un Antonio que se apoyaba sobre un escritorio.

—Ya le dije que no iba a hablar.

—Voy a recomendar un internamiento en un centro hospitalario para poderla tratar allí.

Sus palabras fueron como un petardo para el agente, que, a pesar de haber perdido la figura hacía muchos años, no tardó ni medio segundo en

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erguirse completamente. En sus ojos se podía leer la furia, la rabia que las palabras de Lola acababan de provocarle.

—Ni piense que esta chica se va a ir de rositas. De aquí se va a Picassent, y que ellos hagan lo que quieran —masculló sin poder contener los restos de saliva que salían despedidos de su boca.

—Mire, si a esta chica la llevan a un centro penitenciario, pueden pasar dos cosas: o se quedan sin saber qué pasó realmente con el accidente o acabamos con la muchacha en un ataúd tras cortarse las venas en su celda.

—Mira, una pensión menos —respondió Antonio.

Una descarga recorrió el brazo de Lola, que se contuvo con fuerza para evitar lanzarlo contra el rostro del agente, que la miraba sonriente. Quiso responder, pero el ruido de la puerta principal hizo que se detuviera.

Todos miraron hacia la entrada, todos menos Antonio, que seguía desafiando a la psicóloga. Él fue el último en mirar.

—¿Qué está ocurriendo?

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Un primer vistazo

Sábado, 28 de mayo, 09:43

Ayuntamiento de San Juan de Énova, Valencia

—Bueno, pues ya estamos todos —anunció Antonio con pocos ánimos, los mismos que mostró Lola hacia él.

En la entrada, dos cuerpos permanecían inmóviles, atentos a todo lo que estaba pasando. En silencio, tranquilos.

Virginia paseó la mirada oscura y profunda por cada uno de los presentes. Ella, a diferencia de Lola, no sentía la necesidad de agradar. También se había especializado en el diálogo y el desbloqueo de la mente humana, pero, en su caso, para negociar con secuestradores o terroristas. Por eso sabía que no hacía falta sonreír. No en ese instante.

—¿Dónde está? —exigió con palabras cortas y una voz clara y cortante.

Antonio la miró. Ladeó un poco la cara para centrarse en el hombre que acompañaba a Virginia y se mordió el labio inferior en un gesto poco disimulado de autocontrol. Su pretensión no era otra que la de mostrarse arrogante, firme en su autoridad, seguro de tener la situación bajo control. Pero el perlado brillo de su frente gritaba su mentira. Por dentro hedía a miedo, a pánico por la tensión que se estaba generando.

—Vaya. Por lo visto ya hemos perdido los modales todos. ¿Por qué nadie saluda? —dijo, y su broma insípida cayó en el suelo, igual que lo hizo su autoestima.

Virginia lo observó desde la distancia, sin disimulo, deslizando los ojos por todo el cuerpo gelatinoso del guardia civil. Pero él también la juzgó a ella. Antonio se centró en el cuerpo espigado y alto de la sargento, que se ocultaba bajo un traje gris dos tallas más grande. Contempló su pelo corto y castaño, sus uñas cortadas y sencillas, sus manos desnudas, su aspecto

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rudo. Todo le valió para formarse una idea de ella que distaba de una realidad que nadie conocía. Y aunque Virginia era sabedora de que el humano es un diletante de derecho por naturaleza, y juzga antes de conocer los delitos, no le importaba.

La realidad de Virginia era otra. Era esa realidad que, desde pequeña, le hizo tener que vestir con tallas más grandes por culpa de unas piernas y unos brazos demasiado largos; esa realidad que la llevó durante muchos años a morderse las uñas y comerse el pelo por culpa de sus incontables ataques de ansiedad. Esa era la realidad que nunca reveló.

—¿Qué sabemos de ella? —volvió a preguntar, ahora situándose junto a Antonio Castellar, cabo primero de la Guardia Civil de Villanueva de Castellón.

—En el atestado está todo.

—Me gustaría tener la información ahora en vez de seguir perdiendo tiempo. ¿Me lo cuentas tú o llamo al juez que está a cargo de esto?

Antonio desvió la mirada visiblemente furioso. No estaba acostumbrado a trabajar tanto los sábados, y esa mañana estaba siendo muy agotadora.

—La chica se llevó por delante a tres ciclistas circulando a más de ciento veinte kilómetros por hora. Creo que no hace falta decir cómo ha acabado todo.

Virginia no respondió. Se volvió hacia su compañero y entrecerró los ojos. Algo no encajaba en todo aquello, y los dos agentes eran conscientes de ello.

—A todo esto, ¿podríamos presentarnos? Habéis entrado aquí como un elefante en una cacharrería y solo hacéis que preguntar. No entiendo por qué en la academia ya no enseñan modales —dijo Antonio con un rictus de amarga alegría.

Virginia lo miró con la barbilla ligeramente levantada no porque lo necesitara, pues su casi metro ochenta superaba por poco la altura de Antonio, levantó la barbilla por orgullo, con un interés necesario por controlar la situación.

—Disculpa, ha pasado todo muy rápido. Mi nombre es Virginia Luque, sargento de la Unidad Central Operativa, de la Sección de Secuestros y Extorsiones. Él es el sargento Edgar Santana, de la Sección de Homicidios y Desapariciones. Edgar es experto en el análisis de escenarios.

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—Pues no sé qué pintan aquí un experto en escenarios y una negociadora —esgrimió Antonio con las cejas levantadas en un irónico acto de ignorancia—. ¿Dónde está Ángel? Creo que es él quien lleva este caso.

Virginia no respondió.

No respondió porque no creyó necesario entrar en justificaciones banales. Ángel Fuster era el sargento de la Unidad de Secuestros y Desapariciones de Valencia, y el encargado de llevar el caso. Eso era cierto. Virginia y Edgar habían sido llamados desde Madrid para que aportaran su experiencia, ya que parecía estar cerca la resolución. Por eso llegaron ellos. Por eso estaban ahí en ese momento.

Edgar, en cambio, no iba a dejar pasar la oportunidad. Bajo esa mirada pura y cerúlea se escondía un hombre meticuloso y precavido.

—Llevamos con el caso de Lucía desde unas semanas después de que desapareciera, hace cuarenta y tres días. Y dudamos que ese atropello se deba a un acto irresponsable. Por eso necesitamos que respondas a las preguntas que te estamos haciendo.

Antonio empezó a contar. Llevó la mirada hacia un pequeño calendario del bar de Pepe, que dormía sobre un escritorio, para comprobar las fechas. Lucía había desaparecido el 15 de abril.

—Todos estamos al tanto de su desaparición —dijo él con un tono más relajado—. Y creo que algún compañero ha participado en los rastreos.

—Es noticia en toda la Comunidad Valenciana. Ahora nos interesaría saber qué ha pasado esta mañana. ¿Cómo la habéis encontrado?

Antonio se pasó la lengua por los labios secos y se acarició la frente arrastrando algo del sudor que caía desde la parte pelada de su cabeza. Resopló y volvió a mirar a Edgar.

—A mí me han llamado a eso de las ocho de la mañana para informarme de un accidente. Cuando hemos llegado David y yo, eso era una zona de guerra. —En ese momento Antonio se vio forzado a callar subyugado por el recuerdo de aquella escena, con el alma retorcida a causa del dolor—. El coche estaba destrozado y varios conductores habían sacado a la muchacha por la fuerza.

—¿Le hicieron daño? —se interesó Virginia.

Antonio negó con la cabeza.

—Nadie llegó a hacerle nada. Yo no puedo decir que esté bien hecho, pero vosotros no visteis lo que ellos o yo tuvimos que ver. Esa chica

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invadió el arcén, aceleró y se los llevó por delante a propósito.

—¿Puedes corroborar eso? —inquirió Edgar.

—Todos los testigos de la zona dijeron lo mismo. No hay nada más que corroborar. En el atestado tenéis la información. Con eso es más que suficiente.

—¿Tienes las fotos?

Todos miraron a Edgar: Virginia la primera, que no entendía por qué iba a tener tan macabra idea; Antonio, que se vio sorprendido por la demanda del agente; Lola, que no pudo valorar las intenciones que podía tener.

Fueron unos pocos segundos hasta que Antonio sacó el teléfono móvil y le mostró todo el repertorio sangriento que poseía.

Edgar necesitó tragar saliva. Durante años había tenido que presenciar muchas escenas. Algunas mucho peores que esas, pero jamás se había acostumbrado a la sangre. Observó con fingida calma cada fotografía. Vio en la primera un trozo de cuero cabelludo incrustado en el parabrisas del coche. Varios metros más atrás, los cuerpos se repartían por el asfalto y, a pesar de ser tres los ciclistas que viajaban esa mañana por aquella carretera secundaria, los fragmentos levantados del suelo superaban la media docena. Vio los charcos de sangre, las bicicletas deformadas como si fueran de plastilina. Cuando tuvo suficiente, le devolvió el móvil al sargento.

—¿Por qué te llamaron a ti?

Antonio arrugó la frente.

—Cuando hay algo un poco grave, los mismos locales nos llaman a nosotros.

—¿Nosotros?

—Hay varios puestos más en Xàtiva y en Carcaixent, pero el más cercano era este.

—¿Y de la chica? ¿Qué sabemos? —interrumpió Virginia volviendo a colocar su delgado cuerpo junto a los dos agentes.

—La muchacha está viva de milagro. Ya he dicho que llegué justo a tiempo. Cuando la recogí, los testigos me dijeron que se había desmayado sola, y que antes de hacerlo no dejaba de decir «No estaban todos».

—¿«No estaban todos»? —preguntó sorprendida Virginia.

Aunque la sorpresa había sido general: tanto Lola como Edgar abrieron los ojos al escuchar aquellas palabras.

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—Eso dijeron. Yo la recogí sin sentido y, desde que los sanitarios la trajeron aquí, al entender que su salud no corría peligro, está como ida. Tal cual llegó, ha quedado, como un peluche —dijo señalando la misma puerta que había cruzado Lola unos minutos antes—, no ha dicho ni media palabra.

La psicóloga tragó saliva conteniendo las ganas de lanzarlo a los leones y sintiendo la necesidad de condenar sus actos, pero prefirió callar. Entendía la situación. Entendía que hay momentos en los que la decisión que menos nos consuela es la que más nos beneficia.

No necesitó mantener el silencio durante mucho tiempo, pues los agentes ya se habían plantado frente a ella cuando sintieron que Antonio no pintaba nada, a pesar de la reticencia de él a hacerse a un lado.

—¿Usted es? —preguntó Virginia con un tono más relajado. —Dolores Canales. Aunque pueden llamarme Lola, de hecho, todos lo

hacen.

—¿Es la terapeuta de Lucía? Porque no la había visto nunca —la sargento hablaba con la voz pausada, con cierto recelo, sin intención de ofender.

—Me han llamado a raíz del accidente. Protocolo. Ya sabe, primeros auxilios psicológicos.

—Bien. ¿Y cómo está la muchacha?

—Pues es pronto para poder ofrecer ninguna valoración. Apenas la he podido tratar, puesto que se encuentra en un estado de shock muy extremo.

—¿Podría deberse al accidente?

—Es posible. Aunque también hay que tener en cuenta que la chica lleva mes y medio secuestrada. No sabemos por lo que ha pasado ni qué la ha llevado a cometer este acto. He solicitado asistencia médica y creo que lo correcto ahora es llevarla a un centro médico. Cuando sepamos el estado de su cuerpo, podremos empezar a entrar en su mente. El tiempo aquí es crucial. Si no la tratamos durante las primeras setenta y dos horas, el problema puede agravarse.

Virginia asintió.

Edgar también lo hizo.

Antonio, en cambio, seguía encerrado en su negativa por regalar una estancia privilegiada a la joven.

—Estoy de acuerdo —completó Edgar—. Que la lleven a un centro médico. Pondremos vigilancia las veinticuatro horas para evitar cualquier

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problema. Así usted puede trabajar con ella también. Necesitamos saber qué pasó.

Y una vez más, como si fuera un déjà vu, un ruido metálico los sobresaltó a todos. Por la entrada habían aparecido varios sanitarios que arrastraban una camilla de ruedas chillonas y metal oxidado. Los dos operarios, ambos hombres y de físico bastante descuidado, tuvieron que turnarse para introducir la pesada camilla en la sala donde se alojaban los agentes.

De todas formas, no fueron los dos sanitarios torpes y ruidosos los que llamaron la atención de Edgar y Virginia, sino la pareja que iba justo detrás de ellos.

Edgar pudo distinguir con facilidad la figura recta y firme de Raúl, padre de Lucía. Junto a él caminaba con pasos más nerviosos su mujer, que no dejaba de buscar en el interior de la sala.

—¿Dónde está? ¿¡Dónde está mi hija!? —gritó Raúl fuera de sí. Antonio resopló angustiado ya por la pregunta que no hacía más que

volverlo loco por momentos.

—Raúl. —Edgar, que había salido a su encuentro, lo detuvo unos metros antes de llegar a los escritorios mientras observaba cómo los sanitarios se colaban en la sala con Lola dando instrucciones—. Ahora tenéis que dejarnos hacer nuestro trabajo. En un momento podréis verla. Este no es lugar.

Y sus palabras golpearon con fuerza el rostro de Raúl, que se descompuso como un cartón de leche expuesto al sol.

—¿Qué has dicho? —inquirió con vehemencia—. Edgar, después de un mes sin haber dado un paso bueno, ¿crees que puedes pedirme que me quede quieto? —Y sus ojos se encendieron—. Apártate, no me gustaría hacerte daño.

Edgar estiró los brazos. Se hizo grande frente a Raúl, que apenas prestaba atención al sargento, mientras buscaba la forma de burlar su acometida.

—Raúl, a mí tampoco me gustaría detenerte. Pero ahora lo mejor es que esperéis. Lucía ya está con nosotros, nada malo le puede pasar. Es más, podrás ir en la ambulancia si lo deseas, pero déjalos que hagan su trabajo ahora.

—Raúl —pidió su mujer con una voz dulce y dolorida. No dijo nada más. Tan solo asintió con la cabeza. Y ese gesto fue suficiente para aplacar

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la furia de su marido, que relajó los músculos y dejó caer un fuerte suspiro. —Yo voy con ella…

Un grito lo alertó arrancando por la fuerza el silencio de sus labios. Los alertó a todos, un grito que procedía del interior de la sala, un grito que precedió a una oleada nueva de lamentos desesperados y súplicas no complacidas.

Era Lucía, que, al ver que los dos sanitarios intentaban sujetarla, reaccionó de forma súbita. Saltó de la silla y comenzó a gritar y patalear intentando deshacerse de los cuatro brazos que la sujetaban.

Ella no vio a dos sanitarios.

Lucía había vuelto a ese cuarto oscuro. A esas manos grandes y ásperas que le arañaban la piel, que le arrancaban la ropa interior y la desposeían de todo valor humano que pudiera tener. Lucía veía esos ojos blancos, ese olor nauseabundo a colonia cara. Sentía su cuerpo arder violentado sin compasión.

Lucía los vio a ellos otra vez.

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Irene

Sábado, 28 de mayo de 2022, 12:45 Alcira, Valencia

Irene sabía que iba a extrañar a Julia. Esa pequeña de diez años se hacía querer. Era consciente de que echaría de menos esa risa aguda que más parecía el quejido de un puerco, esos bailes improvisados que ambas hacían cuando acababa la hora, esas despedidas tristes todos los sábados.

Aquel era el último sábado que Irene visitaba a Julia para darle clases de repaso en Matemáticas, y Lengua y Literatura no porque no quisiera verla más, sino porque Julia se mudaba a Murcia. Por eso Irene ese sábado salió media hora más tarde de su casa.

El sol caía con fuerza en aquel pequeño descampado donde siempre aparcaba.

«Tendría que haber aparcado en la sombra», pensó cuando llegó junto a su Seat Ibiza negro.

Su novio siempre lo decía: «El negro absorbe luz, por lo tanto, siempre da más calor». Y esa mañana tenía razón. Lo tuvo que admitir cuando abrió las dos puertas para dejar que se ventilara un poco. Lo del aire no era una opción; llevaba sin ir desde el mismo momento en que lo compró a una casa de segunda mano que luego no quiso hacerse cargo.

Se quedó sola esperando a que el calor por fin se marchara para poder acceder al coche. En silencio. Sonriendo.

En aquel descampado se deleitó con la imagen de la icónica locomotora Mikado, perfectamente cuidada, con el ruido de los coches arrasando la carretera general, con la tórrida idea de salir corriendo cuanto antes.

Al fin, agobiada por el calor, decidió poner rumbo a su casa, allí la esperaban sus padres y un buen plato de paella. Cerró la puerta del

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acompañante y se dirigió hacia la del conductor cuando una sombra la sorprendió por la espalda. Se giró dando un respingo angustioso.

A su lado, un joven con gafas de sol y gorra de los Indiana Pacers de la NBA sonreía con timidez.

—Perdona, no quería asustarte —dijo, tarde.

Irene apretaba los puños, asustada, buscando con la mirada alguna sombra que pudiera ayudarla, pero estaba sola junto a ese joven que la miraba preocupado.

—Estaba paseando a mi perro y creo que se ha metido debajo de tu coche. ¿Te importaría no arrancar? —El muchacho lucía unos brazos grandes y tatuados, y sujetaba en las manos una correa de tela negra, que arrugaba entre sus dedos con nerviosismo—. Es un Yorkshire.

Ella sonrió. Le encantaban los perros y lo último que quería era atropellar a uno, así que se apartó un metro del coche para dejar al chico de labios carnosos y porte atractivo que buscara debajo del coche. Pero de pronto encontró en su mente una subrepticia parte que le recordaba que debía desconfiar de toda persona desconocida. Por eso se aferró a su bolso y tanteó, en el interior, en busca de su teléfono móvil.

—Llevo un rato aquí y no he visto pasar a ningún perro. Seguro que se ha ido por otro sitio —arguyó ella con una calma que no sonaba igual en sus labios que en su mente.

—Creo que se ha metido aquí. Lo he visto venir corriendo. Lo que pasa es que es tan pequeño que estoy seguro de que ni te has dado cuenta.

El chico sonrió y se agachó, para deleite de la joven, que se perdió en los músculos marcados del chico, mientras intentaba no llenarse de polvo la camiseta negra. Al fin, tras unos segundos, se incorporó de un salto y se sacudió el polvo del pecho, sin dejar de sonreír.

—Creo que está junto a la rueda. Es que sufre mucho el calor de interior que hay aquí y siempre busca la sombra. Vamos a hacer una cosa —sugirió.

—Tengo un poco de prisa. ¿No podrías…? —intentó decir con la voz acobardada.

—Será un minuto. Yo me meto por delante y tú lo intentas coger por ahí. En cuanto lo saque, me voy volando, lo juro.

Y el chico se acercó a la parte delantera, se precipitó una vez más debajo del coche y dio la señal a Irene para que atrapara al animal, pero, cuando ella se agachó, no vio al perrito. No vio nada.

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Tampoco vio al chaval que se suponía que se había agachado para asustar al animal. Ni mucho menos vio la sombra que devolvía a su Seat a una penumbra aterradora.

Para cuando Irene percibió el peligro, el polvo que la furgoneta que acababa de parar había levantado ya estaba castigando sus pulmones.

Intentó volverse, pero aquellos brazos fueron más rápidos.

Intentó gritar, pero su boca se había convertido en un muro de dedos y goma barata y olorosa.

Intentó patalear, pero no sirvió para evitar ver cómo se cerraba la puerta de la furgoneta con ella dentro.

Cuando Irene se dio cuenta de aquella mentira que el chico le había vendido, la oscuridad se había abalanzado sobre ella, que gritaba sin descanso.

Sin esperanzas.

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¿Qué ha pasado?

Sábado, 28 de mayo de 2022, 12:49 Ayuntamiento de San Juan de Énova, Valencia

Raúl enloqueció al escuchar los aullidos desgañitados de su hija, que suplicaba con terror que la dejaran libre. Intentaba librase de unos captores que solo en su mente querían devorarla.

Pero los gritos duraron unos segundos, los suficientes para que su padre se diera cuenta de que todo era producto de una mente destruida. Cuando el silencio los devolvió a una paz relativa, el silbido agudo de las ruedas de aquella camilla avisó del próximo movimiento.

Y fue cuando ella salió que el mundo de Raúl e Inma se vino abajo. La Lucía que estaba saliendo por la puerta, amordazada a la camilla y a punto de caer en un sueño forzado, no era la Lucía que ellos conocían. Su cuerpo, devastado por la maldad humana y consumido hasta los huesos, tomaba forma bajo el mismo nombre que ellos le pusieron. Pero esa Lucía era otra.

Raúl tragó saliva en un duro gesto de compasión. Inma le acarició la mano para hacerle saber que estaba allí, que su mamá la protegía. Ambas intercambiaron la mirada por un segundo. La de su madre era una mirada cansada, enrojecida y húmeda. La de Lucía, en cambio, era una mirada impersonal, fría y sin alma, como un cadáver todavía caliente, una mirada sin vida.

—¿Qué le han hecho? —preguntó Raúl cuando la camilla traspasó el umbral de la entrada—. ¿Qué le han hecho a mi niña?

Nadie allí supo contestarle. No era una pregunta que buscara respuesta. Tampoco consuelo. No era una pregunta que quisiera lanzar para invocar a una esperanza vaga. Era una pregunta tan afilada que solo hacía daño a todos los que la escuchaban.

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—Lo importante ahora es que Lucía está sana y podemos volver a abrazarla. Ahora usted tiene que ser su apoyo, así que no necesita hacer esas preguntas —dijo Lola con una voz suave, casi como un susurro.

Raúl la miró condenando su presencia en ese momento, odiando a todos los que estaban allí. Apretó los puños y volvió a girarse para ver cómo su hija se perdía de nuevo.

—Encontrad a quien le ha hecho esto —le dijo a Edgar justo un segundo antes de seguir la estela de su hija.

Inma y Lola también salieron del lugar con pasos algo más firmes, pero igual de confundidos. Unos minutos después solo quedaban los agentes.

—¿Qué es lo que toca ahora? —preguntó Antonio con un frágil interés.

—Necesitamos que nos lleves hasta la zona del accidente —demandó Edgar con firmeza.

—¿Ahora?

—¿Tienes algo mejor que hacer?

—¿Has visto la hora? Yo en poco más de una hora me tengo que ir a comer. ¿No pretenderás que me ponga ahora a hacer de Sherlock Holmes?

—No nos llevará más de una hora. No te preocupes.

Y entonces Antonio no pudo más. Hacía muchos años que para él ese puesto no significaba nada. Era un trabajo más como otro cualquiera, con el único beneficio de la autoridad que podía proporcionarle ese puesto. Por eso seguía siendo guardia civil. Por nada más.

—¿Tienes teléfono móvil de esos inteligentes, de los que puedes hablar con ellos y todo? —preguntó con sorna, con un tono mordaz e insidioso.

Edgar asintió con una sonrisa trémula. Él era lo contrario que Virginia. Él era una persona más reservada. Y lo era por obligación: por todas esas veces que la vida arremetió contra él sin compasión; por esos complejos que lo subyugaban; por esos miedos que lo inquietaban. Edgar era el patito feo del cuerpo.

—No veo la necesidad de perder tiempo con discusiones.

—Que si tienes teléfono, pregunto. —Esa vez, el tono de Antonio fue más duro. Aprovechó que Virginia se desentendía de la conversación para atender una llamada y tomó el control de la situación.

Edgar sacó su iPhone blanco de uno de los bolsillos del vaquero negro y se lo mostró al agente, que sonreía con descaro.

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—Ese es el de la Siri esa, ¿no?

—¿Vas a llevarnos hasta…?

—Sí, sí. Mira —dijo con arrogancia mientras tomaba el teléfono ya desbloqueado—. ¡Siri! —llamó con esa voz áspera y gutural que solo él tenía. No solo había conseguido llamar la atención de la operadora del terminal, que respondió alegremente, sino también la de Virginia, que lo miró con un gesto interrogante—. Llévame hasta el kilómetro 3 de la carretera 561.

Y en pocos segundos el teléfono inició el sistema de navegación mostrando que el destino estaba a poco más de cinco minutos. Edgar tragó saliva y miró a Antonio. Este se limitó a encogerse de hombros y sonreír con descaro.

—Me temo que lo único que vas a conseguir con todo esto es que demos parte de tu insubordinación a nuestros superiores. Me parece a mí que tienes muy poco interés en ayudar a resolver el caso.

El cabo primero sonrió de nuevo mordiéndose el labio inferior. No dijo nada más. Se limitó a mirar con desprecio a un Edgar que intentaba soportar el enfrentamiento tan bien como podía.

—Bien, he aprovechado vuestra entretenida charla para hablar con el juez y solicitar tu presencia en la escena. Es necesario que nos vayas dando los detalles del accidente. Me ha dicho que estás a mi total disposición.

Antonio demudó el rostro casi al instante dolorido por el cambio de rol en esa partida, seducido por la idea de golpear con rabia a la sargento. Apretó la mandíbula y miró a su compañero. Hacía rato que el muchacho de ojos marrones y presencia inquieta había dejado de sonreír. Ya no estaba cómodo. Tampoco respiraba el mismo aire de grandeza que Antonio y esa realidad le estaba superando, por eso él no devolvió la mirada.

—Ya os he dicho que tengo que ir a comer. No puedo…

—No creo que por llegar una hora más tarde su mujer se vaya a enfadar.

Para cuando Virginia nombró a su mujer, ya se había dado cuenta de las manos desnudas y sin marcas del agente. También la ropa arrugada y sucia le ayudó a deducir que no había mujer alguna y que, seguramente, la comida que le esperaba a Antonio era un menú de 10 euros en el bar del pueblo con vino tinto y siesta de dos horas.

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Y Antonio también supo que la sargento había afinado su disparo, por eso asintió con la cabeza y salió por delante de ellos con los puños apretados.

Todavía quedaban los rastros de sangre en el asfalto y el serrín seguía corriendo a causa del suave viento que lo mecía. El cordón que delimitaba la zona del accidente y los restos que las asistencias habían usado para atender a las víctimas estaban allí tirados. Aquella estampa repleta de cristales y sangre era una imagen habitual para Edgar y Virginia.

—¿Qué ha pasado allí dentro? —preguntó ella cuando su compañero arrancó las llaves del bombín de contacto.

No había querido hablar antes por la necesidad de dejar que Edgar se relajara, porque veía la tensión en su cuerpo, en el sudor de sus manos, de su cuello, en el volumen alto de la radio.

—No sé a qué te refieres —respondió él con un ligero tartamudeo. —El inútil ese de Antonio te ha leído la cartilla y tú se la has dejado

pasar. No puedes dejar que nadie te falte el respeto, y menos en este puesto.

Edgar bajó la cabeza humillado por su propia vergüenza, abatido por el dolor de un orgullo herido.

—No quería discutir. No creo que sea necesario ponernos a pelear cuando estamos en el mismo equipo.

—Pero no se trata de discutir. Ya has visto que ese tipo te lo va a intentar poner difícil cada vez que pueda. Es un fraude de oficial y no va a dejar que nadie le diga cómo tiene que trabajar. Pero nosotros estamos aquí, para su desgracia, y es a nosotros a quien tiene que obedecer. No dejes que te vuelva a torear.

Por un lado, la voz dura y agresiva de Virginia buscaba infundir algo de dolor en la mente de su compañero. Era necesario dotarlo de esa dureza que se necesita para dar órdenes. Por otro, quería sacar la fuerza que sabía que Edgar poseía. Lo supo desde el primer día. Desde que conoció su pasado.

—No volverá a ocurrir —asumió él.

Cuando se apearon del vehículo para acercarse a la zona donde varios operarios estaban terminando de limpiar los restos del accidente, Edgar

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pudo dejar libre su lado más profesional.

Contempló con esmero la estampa aterradora. Pudo distinguir con precisión las marcas que los cuerpos habían dejado en el suelo. Visualizó las fotografías en su mente para ser más conciso.

—¿A qué velocidad circulaba cuando impactó contra los ciclistas? Antonio se encogió de hombros.

—Los de Tráfico han estado haciendo pruebas, pero no me han comentado nada.

El sargento, a pesar de haber oído las palabras de Antonio, ignoró su comentario. Su mente ya estaba trabajando en los detalles que podía descubrir.

Por los datos que Virginia había recopilado en el trayecto, sabía que los ciclistas viajaban en batería, con uno de ellos como cabeza de grupo. Dedujo pues, que quien había dejado los restos en el parabrisas fue el que se situaba más cerca de la carretera, por lo tanto, el primero que debió de ver Lucía.

—Tenemos que averiguar el nombre de la víctima que se llevó el golpe contra el parabrisas. Será fácil dar con él. ¿Llevaba casco?

—Todos lo llevaban —respondió Antonio sin mirar al sargento. Sus ojos se perdían lejos de la zona del accidente, como si no quisiera verlo, como si la angustia revolviera su cuerpo.

Cuando Virginia asintió y Antonio arrugó las cejas en un claro gesto de desconcierto, Edgar continuó caminando por el arcén. Se dirigió a las manchas más grandes de sangre y, desde allí, oteó el horizonte.

—¿A qué pueblo se va por aquí?

—Tienes dos opciones. O vas a la Pobla Llarga o a Rafelguaraf. A unos metros tienes también una rotonda para ir a varios pueblos más.

Y por un momento el silencio se hizo intenso para todos: para Virginia, que no estaba acostumbrada a esa paz tan relativa; para Antonio, que solo pensaba en el plato de arroz al horno que le esperaba en el bar de Quique.

Para Edgar, ese silencio era su momento de revelación. Ese momento en que recuperó la imagen del vehículo tomada desde el interior. La imagen que mostraba el cuentakilómetros. Miró su teléfono para comprobar que sobre las ocho de la mañana la temperatura de la zona no superaba los dieciocho grados. Y con todo eso tomó sus conclusiones.

—Tenemos que registrar todos los caminos y accesos secundarios en un radio de cuatro kilómetros en dirección a los dos pueblos que has

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nombrado.

Antonio torció la cara.

Virginia también miró a su compañero, aunque ella menos sorprendida. Llevó sus ojos hacia la zona donde Edgar observaba, y asintió.

—Eso nos puede llevar semanas. No tenemos tantos efectivos, y menos ahora que la búsqueda de la chica ya no es necesaria. Manzano seguramente disuelva el equipo y deje unos pocos agentes para ver si podemos localizar a quien ha hecho esto.

—Esperad, esperad. ¿Alguien va a decirme por qué tenéis que registrar aquí? Todo lo que hay son caminales y huertos.

—Cuando le hicieron las fotografías al coche, había transcurrido poco más de media hora del accidente, y el tablero mostraba el motor casi helado. Eso quiere decir que apenas había llegado a calentarse. Por lo que no habrá recorrido más de cuatro kilómetros.

—Bien. Pues hablaremos con el juez y que nos permita hacer una batida por la zona —certificó Virginia sin tiempo para más. Su teléfono sonó, alertando a la sargento de su reclamo.

La conversación apenas duró unos segundos, los suficientes para que su cara se tornara pálida. Sus ojos se oscurecieron cuando colgó el teléfono y su mirada se perdió en la pantalla del terminal.

—Tenemos que volver a Alcira. Ha desaparecido otra chica.

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Algo no va bien

Sábado, 28 de mayo de 2022, 14:32 Alcira, Valencia

Edgar no bajó cuando aparcó su Cupra Formentor en el enorme descampado donde el teniente los había citado. A diferencia de Virginia, él decidió esperar a que la nube de polvo que había levantado al aparcar se esfumara por completo.

A pesar de haber aguardado el tiempo suficiente, caminaba con desgana, levantando los pies, revisando, de vez en cuando y con cara de agonía, cómo se iban ensuciando sus botas. Edgar odiaba manchar sus Grenson Oxford negras que tanto le gustaban. Igual que odiaba los precintos policiales. Y allí había uno.

Una enorme cinta rodeaba un Seat Ibiza de tres puertas con una de ellas abierta de par en par. En el interior del cerco, se distribuían varios oficiales y personal del equipo científico.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Virginia a uno de los agentes que se hallaba en el perímetro de la banda. Un chaval joven y con ropa de calle miró a la sargento.

—Al parecer un grupo de tres personas en una furgoneta ha asaltado a una chica a plena luz del día.

—¿Tenemos nombres?

El muchacho asintió con una profunda tristeza tensando los músculos de la cara y con un brillo inquieto refulgiendo en sus ojos negros.

—El de la chica solo: Irene Sanaguas, veintidós años.

—¿Testigos?

El joven sacudió la cabeza en dirección a un hombre que guardaba una pose casi inerte, apoyado en un Alfa Romeo azul con los brazos cruzados sobre el pecho.

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—¿Algo sobre la furgoneta?

—Tenemos la matrícula. —Tarrasó, que así se apellidaba el oficial, intentó entregar un papel donde se apreciaba un manuscrito bastante ilegible en tinta azul. Virginia negó con la cabeza al ver el desánimo con el que el agente le ofrecía el papel.

—Imagino que no servirá de mucho. ¿Me equivoco?

—Denunciaron su robo ayer por la noche.

—Era de suponer. —Y se marchó sin decir nada, ni siquiera a Edgar, que se apuró para seguir sus pasos en dirección al testigo.

Cuando ambos llegaron, un hombre de piel morena y pelo negro con pequeños retazos sepia hacía esfuerzos por no morderse las uñas. Le temblaban los labios y, a pesar de que unas enormes gafas disimulaban sus ojos, estos se veían inquietos, nerviosos.

—¿Es usted quien ha visto cómo se llevaban a la joven?

El hombre asintió con exagerada velocidad. Se incorporó los centímetros justos para separarse del calor del metal que estaba haciendo que le sudara la espalda y relajó los brazos.

—Pasó todo muy rápido. Esa furgoneta no me inspiraba confianza desde que la vi dando vueltas por el descampado.

Virginia asintió con paciencia. Edgar, en cambio, comenzó a analizar el terreno. Observó el enorme descampado compuesto por filas y filas de vehículos que guardaban una perfecta línea imaginaria. Analizó las dos entradas posibles, la salida más efectiva hacia la carretera. Comprobó la distancia entre el Seat y la calle más cercana solo para intuir que esa furgoneta no podría haberla visto desde la distancia.

—La estaban esperando —dijo el hombre llamando la atención de Edgar—. Esos tipos la estaban esperando.

—¿Suele pasear por aquí? —indagó Virginia. Al ver la apariencia del hombre imaginó que sería un jubilado que dedicaba las mañanas a perderse por los parques y descampados.

—Tengo la papelería que está cruzando la calle. Irene siempre pasa por la tienda para comprar el diario. A su padre le encanta leer el Superdeporte. Hoy, cuando ha salido de la tienda, he visto esa furgoneta. He salido para comprobar que todo iba bien, pero ha pasado muy rápido —se lamentó el hombre, que no fue de capaz retener una lágrima que escapó de sus ojos y le tiñó por completo las gafas.

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—Ha dicho que la estaban esperando —se interesó Edgar, que no había dejado pasar por alto esa afirmación—. ¿Por qué piensa eso?

—Lo sé. Esa furgoneta estuvo aparcada un buen rato frente a la tienda y solo se puso en marcha cuando ella pasó por delante. Después dio un par de vueltas al descampado hasta que al final entró a toda velocidad. Cuando salieron del aparcamiento, ella ya no estaba.

—¿Pudo ver algo de las personas que iban en la furgoneta? —intervino de nuevo Virginia.

—Solo puedo decir que, mínimo, eran tres personas. Pude ver a dos dentro del coche, y un tercero que fue el que hizo de cebo.

La sargento miró a su compañero, que se encontraba en una especie de extraño trance, y se volvió hacia el paisaje dorado por un sol con ansia de protagonismo. Intentó mirar con los ojos de Edgar, pero ella solo veía coches, gente caminando y una carretera calentando todavía más un ambiente exasperante.

—Si recuerda algo más, no dude en llamarnos, señor…

—Héctor. Me llamo Héctor González. Y estoy en esa pequeña papelería de ahí enfrente si necesitan algo. —Y Héctor se marchó dejando la silueta de sus pies arrastrados por la arena, que dibujaba su agónica travesía hacia su penuria más absoluta, la de no haber llegado a tiempo.

Héctor, desde ese instante, no dejaría de culparse por no haber llegado a tiempo sabiendo que esa furgoneta no tramaba nada bueno. No dejaría de culparse por no haber avisado a las autoridades a tiempo. Una vez más, se fustigaría por sus inacciones, las mismas que llevaron a su mujer a morir a causa de un ictus que él no supo advertir a tiempo.

Por otro lado, Virginia y Edgar llegaron de nuevo al recinto donde el equipo estaba trabajando. Vieron el coche abierto, el bolso de la joven sobre la tierra, sus llaves junto a la rueda.

—¿Hay algo más? —preguntó ella, esa vez a un hombre uniformado que se dedicaba a fotografiar todo cuanto veía.

—Pues no sé qué saben. Tenemos a Héctor, que es quien les ha atendido, y a varios vecinos que escucharon los gritos y el ruido de la furgoneta saliendo a toda velocidad. Según comentan todos, se fueron en dirección a Carcaixent.

—¿Alguien ha visto algo más?

El hombre negó con la cabeza sin dejar de fotografiar. Ni siquiera se había molestado en mirar a los dos sargentos, que empezaban a sentirse

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molestos.

—¿Quién es ella?

—No la conozco. Solo sabemos que es una chica de veintidós, rubia, pelo largo, ojos azules. Muy guapa. Su novio está allí. —Señaló hacia un Citroën Picasso de la Policía Nacional. En el asiento de atrás y con medio cuerpo fuera del vehículo, un chaval joven estaba sentado con los codos hundidos en las rodillas—. ¡Ah! Sí, otra cosa. Querían a la chica.

Virginia arrugó el entrecejo.

—¿Qué quieres decir?

—Su bolso, el coche, la cartera con más de doscientos euros: todo estaba en el coche. No han tocado nada más.

Edgar asintió al comprender las palabras del agente mientras tomaba la delantera y se dirigía hacia el muchacho. Ya no controlaba sus pasos. Sus zapatos se habían teñido de polvo, viéndose obligado a resignarse en su empeño por mantenerlos limpios. Cuando llegó junto a la patrulla, no pudo evitar caer en la cuenta de que ese chico se encontraba verdaderamente abatido. Ocultando su rostro entre sus manos grandes y delgadas, apenas percibió la llegada de los agentes.

—Siento mucho lo ocurrido —dijo a modo de saludo. Edgar nunca había sabido presentarse y no entendía muy bien el protocolo adecuado para iniciar un diálogo. Por eso solía disculparse por casi todo.

El chico asintió sin llegar a mirarlo. Levantó la cabeza lo justo para dejar ver unos ojos hinchados y húmedos, unos labios secos, unas manos inquietas y pequeñas heridas a la altura de los nudillos que Edgar no pasó por alto. Repartía la tensión entre los brazos y las piernas regalando un baile descompasado y rápido.

—¿Quién ha hecho esto? ¿Sabéis dónde está? —preguntó alterado el joven.

—Vamos a encontrarla, pero para eso necesitamos que respondas a todas nuestras preguntas.

El chico asintió sin convicción, como si supiera que era simple placebo para aliviar su dolor, como un examen obligado en la teoría de todo policía.

—Si hubiera salido cuando tocaba…

Tanto Virginia como Edgar levantaron las cejas al escuchar aquello.

Ambos se miraron, pero fue ella la que se adelantó a preguntar.

—¿Cómo que «Si hubiera salido cuando tocaba»?

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El chaval suspiró como si le sobrara el aire, como si no quisiera seguir respirando. Suspiró con lentitud, con pesar.

—Irene está estudiando en Valencia y suele pagarse el alquiler de la habitación haciendo de profesora particular. Todos los sábados venía aquí a darle clases a una chica de once a doce. Hoy salió más tarde.

—¿Por qué salió más tarde?

El chico tragó saliva y cerró los ojos. Se podía leer en su rostro el dolor de tener que rememorar los últimos pasos de su novia. Respiró hondo y continuó mientras miraba al cielo.

—Me dijo que la chica a la que iba a dar clases se iba del pueblo. Por eso salió más tarde. Estuvo despidiéndose.

Virginia asintió y se preparó para esa pregunta que sabía que le iba a doler a su novio, una pregunta que necesitaba hacer, que tenía que hacer.

—¿Sabes si tu novia se veía con alguien más?

Y, como había previsto ella, el muchacho saltó como una pelota de goma. Apretó la mandíbula y miró a los sargentos. Aguantó unos segundos así, intentando decir lo que pensaba, pero sin poder soltarlo. Edgar pudo ver sus puños apretados, las venas de los brazos definidas.

—No tenía amantes. Ella es una chica distinta. No es la típica guapa que piensa que tiene a todo el mundo besando sus pies. Ella es simple, honesta. No fuma, no bebe ni se droga. Irene es una persona maravillosa y, si quien se la ha llevado la conocía, lo ha hecho precisamente por eso.

Las últimas palabras del joven sonaron apretadas debido al esfuerzo que estaba haciendo por contener las lágrimas, por evitar desgañitarse delante de esos dos agentes que apenas habían demudado el rostro desde que llegaron.

—¿La chica de hoy era la única persona a la que ha visto esta mañana? —Los sábados tiene tres citas. A las nueve, diez y once. Esta era la

última. Habíamos quedado en su casa para comer.

—Necesitamos que nos hagas una lista con todos los amigos de Irene y aquellos a los que da clase. ¿Podrás hacerlo?

Y tras dedicar una sonrisa sincera y un apretón de hombro que Virginia le proporcionó junto con un aliento de ánimo, los dos agentes se marcharon de nuevo hacia el vehículo.

—¿Piensas que está relacionado con Lucía? —preguntó Virginia cuando supo que ya nadie más los escuchaba.

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Edgar tardó en responder. En su mente estaba juntando todas las piezas que había ido acumulando desde su llegada como si se tratara de un complicado puzle. Al fin, tuvo la respuesta.

—Estoy convencido de ello. Tenemos que ir a ver a la psicóloga.

Necesitamos hablar con ella cuanto antes.

Para cuando llegaron al coche de Edgar, todo había cambiado: su reticencia por evitar el polvo, su tranquilidad al pensar que habían cerrado el caso.

Todo menos una cosa: su deseo por conocer cómo Lucía había escapado.

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Pesadillas

Sábado, 28 de mayo de 2022, 17:02

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

Lola jamás se pudo acostumbrar al trajín que conllevan los traumas, a esos ojos vacíos. Ella, que había estudiado para ayudar a tanta gente como pudiera, a veces era incapaz de ayudarse a sí misma. Hundida en el sofá, se perdía en sus pensamientos, que tenían como melodía el pitido constante de los latidos de Lucía, que seguía sedada en la habitación B-240.

Se relajó unos segundos sintiendo sus propios latidos, queriendo comprender los motivos por los cuales todavía seguía allí en vez de estar en su casa. Desde que se separó de Julián, hacía más de cinco años, había decidido dedicar un día a la semana a alimentar la relación con lo que quedaba de su familia.

Ese sería el primer sábado que fallaría a la cita.

Lola pensó seriamente en marcharse. Incluso llegó a tomar el bolso y a preparar la excusa que iba a darles a los dos agentes que aguardaban en la puerta y que intentaban, por todos los medios, contener los continuos embates de Raúl. Este llevaba más de una hora gritando a los agentes que le dejaran entrar. Por eso Lola aguantó unos minutos.

Por eso y por el grito desgarrado que Lucía profirió en un momento dado.

Lola se sobresaltó justo cuando había colocado su cuerpo junto a la puerta. Se volvió con los ojos fuera de órbita y corrió hacia Lucía, que seguía dormida. Su grito provenía de su parte más profunda. En su interior, una oscuridad que solo dejaba pasar imágenes vagas, simples y casi sin resolución dominaba toda su mente. En esas imágenes podía ver esas

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máscaras, esas risas. Podía sentir cómo la tocaban, cómo le sujetaban las manos, las piernas.

Fuera de ella, Lola intentaba con desesperación traerla de vuelta. —¡Cariño! Despierta. Despierta —susurraba con delicadeza mientras

pulsaba el botón de llamada con insistencia.

Podía ver cómo el sudor comenzaba a perlar la cara de la joven. Sentía su pecho más acelerado. Oía el monitor cantar cada vez con más furia. Incluso podía percibir los espasmos en el cuerpo de la chica.

—Lucía, estás a salvo —decía en un burdo intento por hacer que su voz llegara hasta ella.

Pero Lucía seguía en esa sala oscura con esas cuatro personas turnándose para devorar su inocencia. Sentía el frío del metal en la espalda, el calor de esas manos en sus pechos doloridos y magullados, el fuego que se iniciaba en sus piernas y se colaba hasta lo más profundo de su ser.

Lucía gritó.

Gritó en su mente.

Gritó también en su propio exterior haciendo que Lola saltara de la cama y se diera de bruces contra el carrito de la comida, lo que hizo que lanzara por los aires los dos platos todavía calientes.

—¡Ayuda, Rojo! ¡Por favor! —bramó Lucía, y entonces despertó.

Ella despertó y devolvió el silencio a su cuerpo. Pero ya no existía silencio a su alrededor.

Raúl la había escuchado y había enloquecido mientras trataba de entrar a toda costa. Tanto fue su ímpetu y tan fuerte eran sus gritos que Lola se vio obligada a salir.

Salió por dos motivos: el primero, para solicitar que vinieran a ver a la joven de inmediato; el segundo, para calmar a Raúl antes de que acabara detenido por desacato y atentado contra la autoridad.

Cuando salió al pasillo, la imagen no aportaba mucha paz. Lola vio a un Raúl sudado, con los ojos inyectados en sangre y completamente fuera de sí.

—¿¡Qué está pasando!? —preguntó alzando la barbilla por encima del hombro de los agentes. Seguía intentando burlar su defensa con sacudidas de los brazos y pequeños saltos descontrolados.

—Tienes que relajarte, Raúl. —Lola entendía que necesitaba tutearlo, acercarse a él, ofrecerle confianza—. Ha sido una simple pesadilla.

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—Quiero verla. Quiero estar con ella.

Lola vio en la lejanía del pasillo la figura de la mujer de Raúl. Caminaba de forma apresurada en su dirección con un médico a su lado. Cuando ambos llegaron, Inma intentó entrar junto con el médico, pero los oficiales le cerraron el paso a ella también.

—Ahora el médico va a atender a Lucía y, si ve que está todo bien, seguro que os deja entrar. Pero tenemos que ser pacientes: cualquier situación de estrés para Lucía podría ser perjudicial. Tenéis que entenderlo.

Inma lo entendió. A pesar del dolor que en ese momento atravesaba su cuerpo, lo entendió. Raúl, en cambio, seguía negando con la cabeza mientras caminaba en círculos con los brazos cruzados y mordiéndose las uñas. Solo se detuvo cuando su mujer se aferró a sus brazos. Respiró hondo y miró a Lola.

—¿Por qué ha gritado? —preguntó algo más calmado.

—Es algo completamente normal. Y seguirá pasando durante mucho tiempo. Tal vez no deje de tener pesadillas nunca. Su mente, cuando más relajada está, advierte que puede estar en peligro y, como medida de defensa, pone en alerta al cuerpo. Esto suele venir acompañado de pequeñas regresiones a los momentos más traumáticos.

—¿Cómo está?

Lola sonrió la misma dulzura que tan practicada tenía para todos sus pacientes, para sus amigos, para su marido en aquellos momentos en que todo parecía derrumbarse.

—Es completamente normal y no le puede pasar nada. Con trabajo seguro que aprende a vivir con ello.

En ese momento se volvió a abrir la puerta, pero Lola no le prestó atención al médico que se erguía tras ella. Su atención se dirigía hacia los dos agentes que se acercaban por el mismo pasillo por el que, minutos antes, Inma había acudido con el médico. Eran los mismos que había visto durante su primer contacto con Lucía. Esos con los que presumió que tendría que lidiar durante mucho tiempo.

—La muchacha está despierta. Les doy media hora con ella, no quiero que se altere. Si no les importa… —Y miró a la psicóloga para hacer ver que necesitaban hablar.

Ambos se apartaron unos metros mientras veían cómo Raúl e Inma entraban en la habitación después de dar un empujón a los dos agentes,

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que se marcharon tras hablar con Edgar y Virginia.

—¿Es usted quien va a llevar a la chica? —preguntó el médico, cuya placa anunciaba solo su apellido: doctor Falguera.

—¿Cómo la ha encontrado?

El doctor negó con la cabeza y con una tristeza que se podía leer en sus ojos negros y caídos.

—Va a tener mucho trabajo, doctora. A esa niña le han destrozado la vida. En general está bien y seguramente se recupere físicamente, pero han hecho de todo con ella.

—¿Qué quiere decir con «de todo»?

—De todo. Cualquier cosa que pueda imaginarse, seguramente se lo hayan hecho. La muchacha tiene laceraciones por todo el cuerpo. Heridas de quemaduras, golpes. En los análisis previos hemos encontrado restos de cocaína y otras sustancias que están aislando en el laboratorio. Y en la exploración vaginal… —El doctor no pudo seguir. Apretó los labios y tragó saliva—. Estoy esperando al ginecólogo, pero no pinta bien. Tiene toda la vagina desgarrada y no sé hasta qué punto tendrá afectados los órganos internos.

Lola cerró los ojos con tanto dolor que incluso llegó a parársele la respiración por un momento.

—¿Lo sabe? —El doctor negó con la cabeza—. Bien, de momento, y hasta que no sepamos bien lo que tiene, lo mejor será canalizar la información que reciban tanto Lucía como cualquier familiar. No queremos aumentar su grado de estrés.

El doctor asintió y volvió a entrar en la habitación. Mientras, Lola se quedó en el mismo punto donde estaba mientras esperaba esta vez a los dos agentes. Aguantó como pudo el dolor que sentía por todo su cuerpo, un dolor que no era físico, que se colaba en el pecho y le apretaba con tanta fuerza que llegaba a subir hasta la garganta. Tuvo que suspirar antes de que Virginia tomara el control de la situación.

—¿Cómo está Lucía?

—Bueno, está viva, así que eso ya es una buena noticia. Ahora queda mucho trabajo por delante.

Virginia asintió sin prestar atención a Edgar, que intentaba centrarse en Raúl y la conversación bastante calmada que mantenía con el doctor.

—¿Ha despertado ya?

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—Hace escasos minutos, pero todavía es pronto para hablar con ella. Lo mejor será que yo intente entablar un poco de relación con ella y luego, si lo veo conveniente, ya los avisaré.

—No disponemos de tiempo. Necesitamos que hables con ella cuanto antes.

Lola arrugó el entrecejo molesta ante las exigencias de Virginia. La psicóloga llevaba muchos años trabajando como para tener que aceptar demandas de ningún tipo. No lo había hecho nunca y no lo iba a hacer ahora.

—Creo que yo sé cómo debo tratar a mis pacientes, sargento. No necesito que me digan lo que tengo que hacer. Entiendo la situación de la joven, pero, dadas las circunstancias, cualquier juez entenderá que ella debe estar aquí, de momento. Cuando todo…

Pero Virginia también sabía lo que hacía y no tenía intención de dejar que Lola terminara.

—Ha desaparecido otra chica —dijo a bocajarro.

El rostro de Lola demudó por completo. Los ojos se tornaron negros a causa de unas pupilas exageradamente dilatadas. La boca se resecó de golpe. Las manos comenzaron a temblar.

—¿Cómo que…?

—Esta mañana se han llevado a otra chica. De una edad muy parecida, así que me temo que no se trata de un caso aislado. Por eso la urgencia, doctora.

—¿Podemos entrar? —interrumpió Edgar, que no había dejado de mirar al interior de la sala.

Lola negó con la cabeza.

—No es una buena idea. Lucía podría ponerse nerviosa. Ahora lo mejor es que esté con sus padres y que yo me presente para que relacione mi presencia con la de sus padres y no le suponga una amenaza.

—Y nosotros somos una amenaza —asumió Virginia.

—En este momento, para Lucía, sí lo son. O pueden llegar a serlo. Cualquier símbolo de autoridad va a representar para ella la necesidad por volver a ese sitio. Por lo tanto, sí son una amenaza. Así que yo entraré con ella.

Nadie dijo nada más. Todos entendieron el papel que tenían en ese momento y decidieron aceptarlo de mejor o peor manera.

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—Recuerde que el tiempo apremia. Cualquier cosa que les diga puede ser importante.

Y en ese instante Lola recordó.

Recordó la agitación de Lucía mientras sufría ese episodio de regresión. Recordó sus gemidos lastimeros que la llevaban a un nivel de dolor que solo ella había experimentado. Y recordó sus palabras.

—Ahora que lo mencionan, quizá sea pronto para formular ninguna teoría. Pero durante la pesadilla que ha tenido, Lucía ha dicho algo, cuando menos, curioso. Ha mencionado algo o a alguien.

Virginia torció el gesto.

Edgar apartó la mirada del interior de la sala.

—¿Qué ha dicho?

—Ha llamado a un tal Rojo.

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Irene

5 horas desaparecida

La oscuridad no amainaba a pesar de llevar casi un minuto con los ojos abiertos. Irene despertó acobardada, sola y atemorizada por el miedo que la imbuía en un estado de alerta extremo. Se frotó los ojos para intentar aclararse la vista. Intentó hablar, pedir auxilio, pero su boca reseca y la continua sensación de mareo no la dejaban hablar.

Sabía que corría peligro.

Lo supo desde el mismo momento en que la puerta de la furgoneta se cerró y los gritos de los allí presentes se hicieron uno solo. Ella quiso escapar. Pataleó, berreó, arañó y mordió tanto como pudo, pero al final todo acabó en un sueño tan profundo que había perdido la noción del tiempo.

Sentía su cuerpo todavía débil. Le picaban las manos, le sudaba el cuerpo a causa de un frío extraño y su boca parecía el cenicero de un drogata: reseca y con un regusto amargo que le producía alguna arcada de vez en cuando.

Irene se incorporó como pudo. Con un esfuerzo insano y ayudándose de las manos, se sentó en aquel frío y húmedo suelo. Un dolor se aferraba a las manos y los pies. Sentía la presión en las extremidades, podía notar el peso del metal aferrándose al cuerpo. Oía el agudo chirrido de las cadenas rayando el suelo. Estaba atada y no sabía a dónde le llevaban esas cadenas. No podía saberlo.

No veía nada.

Tan solo un diminuto rayo de luz que se descolgaba del techo y dejaba un círculo desprolijo sobre el suelo era toda la claridad que podía distinguir. Ella se acercó a ese pequeño resquicio de luz, pasó la mano por él solo para comprobar que no tenía heridas.

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No las tenía.

En ese momento un ruido que procedía del exterior llamó su atención. Supuso, por el elevado tono de una de ellas, que eran dos personas discutiendo tras alguna puerta escondida en toda esa penumbra.

—Nos han dicho que esperemos aquí —la voz sonaba grave, distorsionada, como si hablara cubriéndose la boca con un trapo.

Irene intentó aguzar el oído. Su cuerpo temblaba a causa del miedo. Sus labios querían hablar, pero su cuerpo la iba llevando hacia el rincón más alejado de aquella voz que se colaba por algún hueco que ella no podía ver.

—Aquí estamos en peligro. Han encontrado a la chavala. ¿Sabes lo que va a pasar ahora? Pues que en unas horas tendremos redadas de la guardia civil por todas las putas carreteras. ¿Te has deshecho de la furgoneta?

—Está todo controlado. Cuando nos digan, hacemos. De momento la chica se queda ahí. Estás seguro de que no ha visto a nadie, ¿no?

—Al Chema seguro que lo vio…

Un estallido, que provocó el silencio en toda la sala, retumbó por las paredes.

—¿Quieres no decir nombres, inútil?

—¿Quién va a escucharnos?

—No es por eso, capullo. Hay que acostumbrarse. Cuando llevemos esto, tenemos que limitarnos a nuestros apodos.

Y de nuevo volvió a caer el silencio como si fuera un pesado bloque de hormigón, como si las palabras se hubieran muerto.

Irene encontró una pequeña esquina dentro de aquella penumbra espesa y hedionda. No le importó el olor a humedad del ambiente, se acomodó en aquel rincón y allí, acobardada, se hizo pequeña.

Su cuerpo empezó a temblar cuando oyó unos pasos lentos que se hacían poco a poco más potentes. Alguien se acercaba. El miedo aumentó por segundos hasta que se hizo real cuando un sonido metálico devolvió la luz a ese oscuro cuarto.

Esa vez sí, Irene gritó. Gritó con todas sus fuerzas olvidando el dolor, intentando que su voz se proyectara más allá de aquellas cuatro paredes.

No ocurrió nada.

Bajo el quicio de la puerta de metal oxidada y vieja se erguía una figura estática, amenazante. En una mano portaba una botella y en la otra

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una pistola que no intentaba disimular.

Irene tembló.

—¡Por favor…! —suplicó, pero su voz se ahogó en el lamento de su propio dolor.

Esa sombra, que se ocultaba bajo un mono oscuro y una máscara blanca con los ojos y los labios negros, comenzó a andar hacia ella.

Irene tembló una vez más. Gritó. Arrastró los pies por el suelo intentando escapar por esa esquina de la pared. Nada funcionó.

Nada pudo evitar que esa figura se acercara a ella.

Se detuvo a un metro escaso de sus pies desnudos. En ese instante Irene se percató de un detalle. Se miró los pies y contempló la enorme cadena que se aferraba a ellos. Siguió revisándose el cuerpo hasta que lo vio todo: alguien la había desnudado y vestido con un camisón blanco que le caía hasta los tobillos.

Irene volvió a temblar. Esa vez con desesperación. Era capaz de predecir cuál sería su futuro y eso la llevaba a un mundo de plegarias en las que jamás creyó, de súplicas que nunca necesitó. Alzó la mirada turbada hacia la figura que se había congelado junto a ella y, con unos labios pálidos y trémulos, dijo:

—No me hagas nada, por favor.

Pero en aquel infierno frío los favores no existían. Allí el dolor, los gritos y las súplicas eran un modelo de actuación casi necesario.

La sombra dio el último paso que la separaba de Irene y se arrodilló frente a ella. Tendió el brazo para ofrecer la botella de agua y se volvió hacia la puerta de la entrada.

—Toma, bebe, te sentará bien —dijo con una voz suave que ocultaba un matiz dulce, como si la culpa pesara sobre su conciencia, escondida bajo esa máscara dura y tenebrosa.

Irene no se movió. Permanecía congelada observando al ser que parecía querer mirar en su alma.

—Hazme caso y bebe. No tengo mucho tiempo.

Ella, con cierta desconfianza, obedeció. El dolor de su boca era como mil agujas atravesando su garganta, su lengua. Obedeció por la necesidad de aliviar ese dolor. Tomó la botella y notó el frescor húmedo del líquido. Se llevó la botella a los labios y bebió con ansia, como si nunca lo hubiera hecho. Cuando acabó, el ser que la había ayudado se volvió hacia ella sin decir nada.

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Irene lo miró. Vio su máscara aterradora de un blanco casi perfecto y no pudo evitar reparar en el dibujo que se plasmaba en su frente: una especie de tridente de puntas redondeadas que parecía pintado a mano.

El ser de voz dulce se irguió de nuevo, dejó la botella junto a sus pies y salió con pasos ligeros.

—Que no la vean —dijo antes de cerrar.

Irene se aferró a la botella como un tesoro y volvió a beber, esa vez de

forma más tranquila. Y, cuando la oscuridad se hizo densa de nuevo, ese

símbolo quedó aferrado a su mente.

Ese tridente pintado de rojo.

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Rojo

Sábado, 28 de mayo de 2022, 19:30

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

—¿Rojo? —se interesó Virginia con el rostro arrugado por el desconcierto—. ¿No hablaría del color?

Lola sonrió con delicadeza no porque le hubiera hecho gracia el comentario de la sargento, sino por la necesidad de contener una mala respuesta. Lola nunca había necesitado ofender a nadie.

—Personificó el color, sin ningún temor a equivocarme. Sus palabras fueron «Por favor, Rojo, ayuda».

El silencio volvió a hacerse amigo de todos en aquel pasillo iluminado del hospital. Edgar asintió con cierto temor antes de hablar.

—¿Puede que tenga algún amigo, alguien a quien le esté pidiendo ayuda en ese sueño?

—Todo es posible. Hasta que no pueda hablar con ella, no sabremos qué ha querido decir en su sueño.

—Nadie va a hablar con ella. —La voz firme de Raúl tomó por sorpresa a los presentes, que no lo habían visto aparecer. Él, erguido junto a la puerta de la habitación, miraba con furia a los agentes—. Ya habéis hecho más que suficiente. Mi hija ahora está con nosotros, y no voy a permitir que nadie siga haciéndole daño.

Virginia apretó los labios y por un momento analizó la situación. Sabía que sus siguientes palabras tenían que ser precisas si quería evitar el enfrentamiento. Raúl se mostraba especialmente tenso desde que lo vieron en el ayuntamiento donde retuvieron a Lucía. No era el Raúl que ella se había acostumbrado a ver. El que ella conocía era honesto y bastante educado, con buenas palabras siempre y, a pesar de la situación, intentaba

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dibujar una sonrisa de vez en cuando. Aunque esa sonrisa se le fue borrando a medida que pasaban los días y Lucía no aparecía.

Virginia recordó el primer día que vio a Raúl, algo más gordo y entero. Ahora, sus ojos negros y escondidos tras unas gafas pequeñas se confundían con las ojeras que decoraban su cara. Su barba ya no estaba tan cuidada, al igual que su cabello oscuro.

Cuando la sargento terminó de pensar la respuesta, apenas habían pasado unos pocos segundos.

—La rabia que ahora tiene por lo que le han hecho a su hija debe de ser enorme. Pero debe entender que su hija ha atropellado a tres hombres y, por las palabras que pronunció, según los testigos, parece que fue una acción intencionada. Por eso es importante que hablemos con ella.

—Me lo han dicho. —Y por un segundo la voz de Raúl se apagó. Sus gafas se empañaron ante el repentino gesto de dolor que su rostro dibujó —. No estaban todos —repitió como una cruel mención a lo ocurrido.

—¿Quién se lo ha dicho? —Virginia se mostró tensa, preocupada.

Ofendida incluso al saber que alguien se había ido de la lengua.

—Sé lo que ha pasado esta mañana. Sé que mi hija se ha llevado por delante a tres ciclistas. Lo sé todo.

—Señor García, no creo que lo mejor ahora sea… —Lola quiso mediar. Intentó apaciguar la situación al ver que la voz de Raúl se endurecía por momentos.

—No —rugió él—. Mi hija ha estado mes y medio desaparecida. La han humillado, torturado y Dios sabe qué más. —Sus ojos comenzaban a anegarse de lágrimas mientras su voz se volvía más visceral—. Y mientras ella estaba sola, nosotros nos dedicábamos a hacer preguntitas a los vecinos. No, Virginia, no voy a permitir que le hagan más daño.

Y su voz se rompió justo en ese momento. Apretó la mandíbula, los puños, y se volvió hacia la pared, solo para evitar que nadie más lo viera. Allí, de espaldas, se pasó las manos por el cabello ya despeinado y se quitó las gafas. Lo único que Raúl quería era buscar una forma de olvidar el dolor que se aferraba a su pecho. Al fin, cuando la paz pareció abrazarle, suspiró con fuerza y se volvió hacia los agentes.

—Desde el día que llegasteis lo único que habéis hecho bien es pasear la placa de un lado a otro. Y, para cuando deberíais tener un poco más de empatía, parece que os empeñáis en buscar en mi hija la culpa. No tenéis ni idea de lo que hacéis, y encima lo disfrazáis de consideración.

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Marchaos, por favor —demandó con todo el odio que podía derramar por su boca. Su mirada oscura también gritaba de rabia, de repulsa.

—Eso es muy injusto, señor García. Desde el primer día hemos estado luchando codo con codo y casi sin dormir para dar con el paradero de su hija.

—¿Y qué habéis conseguido? Nada. Tres muertos más. Tres y porque habéis tenido suerte, si no, serían cuatro los cuerpos recogidos esta mañana.

Lola abrió los ojos sorprendida ante la extraña revelación de Raúl.

Edgar y Virginia también se sorprendieron.

—¿Cuatro? —preguntó ella tan audaz como había sido siempre—. ¿Quién ha hablado de cuatro personas?

Raúl sonrió con ironía. Con cierta superioridad. Como si fuera él quien sujetaba la placa y la pistola.

—¿Ahora lo entendéis? Ni siquiera sabéis quiénes son los tres ciclistas que han sido atropellados esta mañana.

—Por lo que veo usted sí. —La voz de Virginia se volvió gélida, dura. No era capaz de disimular el orgullo que raspaba su garganta y salía contenido por su boca.

—Manuel Caballero, Alberto Llopis y Cristóbal Castro.

La respuesta de Raúl cayó con aplomo en los cuerpos de los agentes, que se sintieron desnudos, desprovistos de sus propias armas. Virginia miró a Raúl y apretó los labios.

—¿Cómo sabe eso? —exigió con un ápice de rabia.

—Porque soy yo la persona que faltaba esta mañana.

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No puede ser verdad

Sábado, 28 de mayo de 2022, 19:58

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

Aquella revelación había caído con fuerza sobre los presentes y había dejado un pasillo mudo bajo unas luces cada vez más brillante. La noche iba tiñendo el cielo de oscuro y el cansancio iba desgastándolos poco a poco. Edgar y Virginia intentaban mantener la compostura. Lola, en cambio, no disimulaba su estupor ante la verdad que asumía Raúl.

—¿Qué ha querido decir con que usted es quien faltaba? —inquirió Virginia pasado un instante, cuando la tensión había liberado algo de presión en su garganta.

Raúl la miró en silencio con unos ojos todavía encendidos y media risa destrozando su rostro dulce.

—¿No ha quedado suficientemente claro? Yo soy el que falta. Yo soy quien no estaba allí esta mañana.

—Pero… —La sargento no conseguía entender nada de lo que pasaba. Miró a Edgar y ambos asintieron—. Discúlpenos —dijo sin más, y se alejó con su compañero unos metros.

—¿Qué mierda nos hemos perdido? —comentó a Edgar cuando estuvieron lejos del alcance de Raúl y Lola.

—No lo sé, pero, desde luego, esto es algo que no me esperaba. Virginia comenzó a dar vueltas en círculo nerviosa, alterada. Intentaba

extraer conclusiones, buscar una mínima razón, pero no era capaz de concentrarse en nada relevante. Algo se estaba escapando de su control.

—¿Por qué iba a querer una hija acabar con la vida de su propio padre? Edgar negó con la cabeza no solo por el desconocimiento de la

respuesta, también por el temor de las opciones que surgían en su mente.

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Al fin los dos volvieron hacia la extraña pareja que se apostaba frente a la puerta de la habitación de Lucía. Raúl arrugó el rostro. En su interior, deseaba que los dos agentes, tras hablar entre ellos, decidieran marcharse, pero no fue así. Virginia y Edgar no iban a rendirse tan fácilmente. No lo hicieron desde el día que llegaron a Alcira.

—Señor García —Virginia intentó mantener una tranquilidad que no existía en su interior. En su parte más profunda su sangre hervía sin control —, ¿qué le hace pensar que era a usted a quien se refería su hija?

—Porque solo he faltado yo esta mañana. Si mi hija ha dicho eso de forma consciente, la única persona que no estaba ahí era yo.

—¿Por qué tu hija querría atropellarte, Raúl? —Esa vez fue Edgar quien se adelantó. No podía sacarse de la cabeza esa pregunta hasta que, al fin, la lanzó sin contemplaciones—. No le encuentro sentido alguno a todo esto.

Raúl resopló por la nariz como un toro embravecido. Miró al sargento con odio y levantó la barbilla lentamente. Quería respirar antes de hablar. Sabía que era necesario.

—No lo sé, Edgar. No sé por qué mi hija ha actuado así. Lo único que sé es que la han torturado de muchas formas. Quizá la hayan obligado. No lo sé.

Virginia lo miró en silencio.

—Sé que esto ya lo hablamos cuando desapareció Lucía, pero creo que ahora es necesario que volvamos a tener esta conversación. ¿Cómo era su relación con Lucía?

El hombre negó con hastío, con cierto dolor incluso, con una exagerada risa cayendo por sus labios.

—Esto es… —Y se dio la vuelta. Cuando volvió a girarse hacia los agentes, su apariencia había cambiado. Ya no mostraba serenidad, sino más bien un rastro de furia desbocada—. Creo que ya hemos hablado suficiente. Si creéis que tenéis algo para detenerme o para interrogarme, lo hacéis con una orden por delante. No voy a decir nada más.

Intentó entrar de nuevo en la habitación, pero una voz que provenía de la lejanía del pasillo lo detuvo en seco.

Todos miraron.

A lo lejos, una figura se hacía grande de forma apresurada, una que Virginia y Edgar reconocieron, pero no Lola.

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Se trataba de Israel, compañero y mano derecha de Raúl en la empresa que este dirigía. Alcira Export era una de las empresas de reparación e importación de coches de lujo más grandes de la Comunidad Valenciana. Israel se encargaba no solo de ayudar a Raúl, sino de gestionar las importaciones y exportaciones de los vehículos.

—¿Qué haces aquí? —susurró Raúl en un burdo e inútil intento por no ser oído.

—Llevo más de tres horas llamándote y ni tú ni Inma me cogéis el teléfono. ¿Cómo está? ¿Ha despertado?

Lola no pudo evitar fijarse en la apariencia de Israel; en su porte alto y definido; en su cabello castaño y ligeramente ondulado; en sus ojos oscuros. Tampoco fue difícil intuir el tipo de relación que tenían ambos, ya que la confianza y cercanía que se profesaban era visible incluso para Virginia y Edgar, que ya habían tratado con ellos en más de una ocasión.

Raúl negó con la cabeza a Israel y se volvió con los agentes.

—Si no tenéis nada más, me gustaría tener un rato de intimidad con mi hija.

La seca y cortante despedida de Raúl sacudió los rostros de los agentes, que, con una sonrisa de resignación, insistieron.

—Creo que lo adecuado y más urgente es intentar hablar con Lucía.

Necesitamos aclarar ciertos temas de forma inmediata.

Pero al empresario no lo iban a convencer. No había forjado, junto a su padre, un imperio del motor cediendo ante cualquier tipo de contratiempo.

—No os cansáis, ¿verdad? Os he dicho que no vais a ver a mi hija. Así que…

—¡Señor García! —exclamó Virginia saturada de emociones. Estaba harta de soportar los continuos desplantes de Raúl y acabó por explotar—. Le repito que es necesario hablar con ella.

—Y yo que no vais a hacerlo. Por lo menos no hoy.

—¡Ha desaparecido otra chica! —rugió ella. Y, cuando el silencio los golpeó de lleno a todos, respiró hondo. Sabía el error que acababa de cometer y no quería seguir por esa falible senda de los actos emocionales. Cuando se sintió segura, dejó escapar el aire de sus pulmones y continuó —: Tenemos otro caso de una muchacha secuestrada. Por eso la urgencia. No se lo pediríamos si no fuese necesario. No somos unos monstruos que se regodean en la penuria humana. Créame que a nosotros, más que a

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nadie, nos gustaría entrar ahí, abrazar a Lucía y marcharnos felices. Pero todo cambia en un momento y ahora es otra la chica que nos necesita.

Raúl abrió los ojos, miró a Israel, que también se había sorprendido por la noticia, y cambió de dirección para buscar los ojos de Lola. Ella no solo mostraba sorpresa, también algo de tristeza, lástima y rabia.

—Yo… —intentó decir. Sus labios temblaban y sus manos comenzaron a sudar sin control— no lo sabía. —Tras eso, su mirada se tiñó de penumbras de nuevo, como la noche, que ya poseía todo el firmamento y abocaba a los agentes a nuevas pesadillas—. De todas maneras, mi hija ahora no puede hablar con ustedes. No voy a dejar que entren.

—¡Por Dios! Raúl —intentó apaciguar Edgar, que tampoco se mostraba más entero que Virginia.

—¡No, Edgar! El primer día que desapareció Lucía me dijeron que podía ser que estuviera de fiesta. Y no fue hasta el segundo que empezaron a buscar, y de forma pasiva. ¿Queréis ahora salir corriendo? ¿Acaso esta niña es diferente? ¿Qué la hace especial?

Todos allí pudieron sentir el dolor que escapaba de la boca de Raúl, que, más que culpar a los agentes, intentaba liberarse de la tortura que él mismo se había impuesto. Una parte de él no quería actuar así, pero no era la que dominaba sus actos en ese instante.

—A esta chica la han visto cómo se la llevaban. Eso es lo que lo hace distinto, Raúl. En tus manos está ayudarnos.

Raúl suspiró con dolor y, pasados unos segundos, volvió a negar.

—Lo siento —dijo como última respuesta.

Edgar miró a su compañera, que apretaba con fuerza los labios. Sabían que iban a tener que buscar otros medios. Que esa noche estaban solos.

—Yo hablaré con ella —se ofreció Lola con un tono de voz lento y suave.

Todos se volvieron hacia una Lola que intentaba mantener la compostura. Su talante firme se conjuntaba a la perfección con un traje a medida, unos zapatos caros y un perfume cítrico y fresco.

—¿Pero es que aquí nadie me escucha o qué cojones pasa? —expuso furioso Raúl.

Pero la única respuesta que recibió fue la risa frágil de la psicóloga que se acercó a él y lo asió por la mano.

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—Señor García, le guste o no, su hija va a ser procesada por un triple homicidio. No sé ahora qué cargos van a querer imputarle, pero de mi valoración va a depender la decisión que el juez tome. Así que hágame caso y déjeme a mí la tarea de hablar en primer lugar. Solo yo sé cómo tratarla. Ahora mismo hasta ustedes son un peligro para ella.

A pesar de que ella sabía que sus palabras iban a ser como una puñalada en mitad de su pecho, necesitó decirlas. Raúl tragó saliva y, con un esfuerzo insano, deglutió cada palabra de la anciana.

Tras aceptar el silencio de Raúl, se dirigió a los agentes.

—Y ustedes márchense. Aquí no hacen ahora nada y tienen mucho trabajo buscando a la chica que ha desaparecido. Yo les llamaré si consigo desbloquear a la joven, aunque les adelanto que todavía es pronto y, viendo su estado, va a tardar en hablar.

Los agentes asintieron y se marcharon con resignación y cierto atisbo de ira en sus rostros. A pesar de todo, se alejaron en silencio.

Ya cuando todo volvió a la normalidad, Lola dio los primeros pasos hacia el interior de la habitación, pero el cuerpo de Raúl se interpuso en su camino.

—Si dice algo de quién la retuvo, quiero saberlo —su tono era serio, forzado. No era una petición. Sus palabras sonaban a exigencia, a dura obligación.

Ella lo miró sin entender bien el motivo de aquellas palabras. Miró también a su compañero, que la contemplaba con las cejas algo caídas y se mojó los labios.

—¿Quiere saberlo por algo en particular? —Necesito saber quién le ha hecho eso a mi hija. —¿Y qué hará cuando lo sepa?

Fue entonces cuando Raúl cayó en la cuenta de que Lola estaba trabajando con él. La miró y sonrió con un trasfondo siniestro que deformó su boca.

—Eso es cosa mía. Ahora, si me disculpa… —Y se perdió con Israel por el pasillo del hospital.

Lola esperó unos segundos. Se quedó observando el paseo lento de los dos hombres, que charlaban de forma tranquila. Tras eso entró en la habitación.

Junto a la cama se encontraba Inma acariciando una mano rebelde de Lucía que, de vez en cuando, intentaba retirar. A pesar de todo, Inma no se

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rendía y volvía a tomarle la mano una y otra vez.

Lucía se encontraba despierta, negando el contacto visual con su madre, perdiendo la vista más allá de la ventana. Miraba a la oscuridad de un cielo ya apagado.

Lola se sentó en una silla a los pies de la cama, miró a Lucía, a su madre, y sonrió.

—¿Cómo estás, Lucía?

Pero Lucía seguía sin estar.

—No ha dicho nada desde que ha despertado —aseveró Inma con la mirada nublada debido al llanto que no había tratado de contener.

—Es lógico —respondió Lola—. Ahora mismo lo mejor que podemos hacer es dejarla que se recupere físicamente. Y poco a poco volverá a hablar.

Pero Lola sabía lo que tenía que hacer. Sabía cómo podría hacer que Lucía reaccionara, aunque también sabía que eso era un juego peligroso. A pesar de todo, el tiempo corría en contra.

—Mientras dormías no has dejado de llamar a una persona —dijo la psicóloga para asombro de la madre—. ¿Quién es Rojo?

Y como había predicho ella, Lucía reaccionó. Giró la cara en su dirección y su respiración empezó a acelerarse.

Lola tragó saliva. Acababa de entenderlo, aunque lo que le esperaba no iba a ser agradable.

La muchacha comenzó a respirar cada vez más fuerte. Su corazón, cuyas pulsaciones se reproducían en un pequeño monitor, también se iba desbocando poco a poco. No dijo nada, pero su cuerpo sí gritó todo lo que Lola necesitaba saber.

—¿Qué pasa? —alertó Inma al ver la reacción de su hija—. ¿Qué está pasando?

Lola se levantó y se apartó de la mirada turbada de Lucía para intentar que volviera a la normalidad, a la que llegaría tras diez minutos de llantos desconsolados y de dos enfermeros intentando calmarla a base de sedantes.

Para cuando Lola se marchó mientras escuchaba las imprecaciones de Raúl, que, desesperado, la echó a empujones, lo hizo sabiendo que Rojo era una persona. Y una persona que la llevaba a sus peores recuerdos.

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Irene

9 horas desaparecida

Sabía que era de noche.

Irene sabía que era de noche solo porque ese pequeño detalle que la ataba a la realidad se había escapado. Ya no existía ese haz de luz que atravesaba la habitación como una flecha encendida. Todo era oscuridad, una penumbra espesa y olorosa que la abocaba a un frío pensamiento que se resumía en un miedo cerval que volvía su cuerpo de gelatina.

No se había movido de aquel rincón donde se ocultó con la botella de agua que le dejó su captor. Ese pequeño espacio era su refugio; su santuario. Ahí rezaba; imploraba por salir de allí cuanto antes. Suplicaba a su padre para que fuera a rescatarla. Gritaba sus nombres, pero nadie la escuchaba. Ni siquiera Dios parecía hacerlo.

Tras una eternidad desgañitándose entre lamentos y propuestas descabelladas, decidió callar, y fue entonces cuando creyó oírlo.

A través de las paredes se colaba un leve gemido. Como un llanto femenino. O eso creyó ella oír. Su miedo se hizo más fuerte. A pesar de ello, se acercó a la pared en un ridículo intento por aguzar su oído.

No volvió a oír nada.

No al menos durante la siguiente media hora, que ella pasó con la cabeza apoyada en la fría y húmeda pared de piedra. Fue entonces, en el momento en que su mente se convenció de que había sido fruto de su imaginación, cuando la realidad la azotó con mayor furia. En ese instante sí la oyó. Con claridad, como si la tuviese al lado.

Un grito. Fue un grito desgarrado, como si a aquella persona le estuvieran arrancando la piel. La oyó chillar, pedir perdón, rugir de rabia mientras parecía luchar contra algo o alguien.

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Irene se tensó. Su cuerpo dejó de temblar mientras los gritos se sucedían. Su mente se paralizó para concentrarse en todo lo que allí ocurría. Podía distinguir un lamento femenino que pedía clemencia, que lloraba hasta romperse por completo.

—¡Suéltame! ¡No me toques! —dijo con una voz gutural, casi afónica. Irene se separó de la pared asustada. Temía por lo que pudieran hacerle a la chica. Temía por lo que pudieran hacerle a ella. Tragó saliva y los

labios comenzaron a temblarle de nuevo cuando supo que esa cárcel sería su último hogar.

Lo supo cuando la voz calló tras un ruido fuerte y seco. Tras ese golpe la chica dejó escapar un grito rápido que llevó su voz hasta los rincones más oscuros de cada habitación. Tras eso volvió un silencio que la atemorizaba, pero que no duró mucho, pues pasados unos minutos el ruido de unos pasos puso en alerta a la joven, que volvió corriendo hasta su falso refugio.

Desde allí oyó cómo el cerrojo metálico de aquella puerta vieja se abría lentamente, cómo la puerta dejaba entrar un golpe de luz solo cortado por la silueta que se erguía junto a ella aferrada todavía a la manecilla de hierro oxidado.

—Tenemos que irnos —dijo la misma voz que un rato antes le había entregado el agua.

Irene negó con la cabeza. Negó con un movimiento rápido, nervioso.

Con la ansiedad apretando su corazón.

La figura de la máscara blanca de labios negros y el símbolo rojo llevó su mirada hacia el exterior del cuarto, y volvió con Irene un segundo después.

—Lo mejor es que no te resistas. Cuanto más colabores, menos castigos recibirás.

Esas palabras, más que aliviar el estrés de la muchacha, la imbuyeron en un terror todavía mayor. Irene no pudo evitar que varias lágrimas cayeran por su rostro mientras tragaba para intentar hablar.

—Por favor —quiso decir, pero su garganta seca se tragó las palabras, expulsando un rugido áspero que apenas llegó a entenderse.

El hombre comenzó a caminar hacia ella. Ella comenzó a gritar. Todo se volvió siniestro en un momento mientras esa figura se acercaba hasta la base donde las cadenas se anclaban y las liberaba. Tras eso comenzó a

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tirar, arrastrando sin dificultad el cuerpo menudo de apenas cuarenta y cinco kilos de la joven.

—¡Déjame! ¿¡Qué quieres de mí!? —Esa vez sí, su voz salió pura, con fuerza, pero sin efectos.

El hombre siguió arrastrándola hasta que la tomó por las manos y la levantó.

—No quiero hacerte daño. Por favor, sé que esto es difícil y no puedo decirte que no te va a pasar nada. Yo intentaré ayudarte, pero tienes que confiar en mí.

Quizá fue su tono dulce. Tal vez la necesidad que Irene tenía por encontrar, en ese apartado infierno al que había llegado, una mano amiga. O puede que, al mirar a través de la oquedad que se formaba en los ojos, descubrió una mirada pura y sincera. Pero lo creyó. Irene lo creyó y se dejó llevar. Con cierta resistencia y miedo todavía.

Ya no hubo gritos de súplica. No al menos los suyos.

Durante el trayecto pudo descubrir que se hallaba en una especia de casa antigua hecha de piedra, con pasillos grandes y varios patios internos. A los lados pudo ver un par de habitaciones con puertas similares a la de ella y, a través de una de esas puertas, oyó de nuevo su llanto ahogado, triste, rendido.

Irene miró a esa puerta de metal. Intentó concentrarse en el llanto, pero le fue imposible. El hombre que la llevaba en volandas giró por un pequeño pasillo que la devolvía a la oscuridad y, tras bajar unas escaleras, se encontró con un nuevo corredor que la enfrentaba a otro desafío mayor. A un lado vio una sala repleta de focos que miraban a una silla desnuda que la aguardaba a ella.

—Todo va a ir bien —dijo el hombre mientras la depositaba en la silla y volvía a colocar las cadenas en un soporte anclado al suelo.

Irene empezó a temblar al encontrarse rodeada de focos, de cámaras y un ordenador frente a ella. Detrás de esa pantalla esperaba otro enmascarado. Irene vio el mismo símbolo en la máscara de ese personaje, aunque el suyo era verde.

No entendía nada.

Irene se encontraba exhausta, cansada y casi ciega debido a los enormes focos de luz blanca que castigaban sus ojos.

—Dan veinticinco —dijo el del símbolo verde.

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Irene lo oyó y supo inmediatamente lo que estaba pasando. Al igual que supo lo que iba a pasar cuando todo eso acabara. Por eso empezó a llorar. Lloraba por el destino precario que le aguardaba. Por las falsas esperanzas que había depositado en el hombre del tridente rojo. Lloraba por el miedo que le producía todo aquello.

—Treinta —anunció de nuevo el mismo hombre—. Quieren verla. «Quieren verla». Esas palabras retumbaron en la mente de Irene, que

no pudo evitar llevar su vista a todos los rincones. Buscaba en cada esquina intentando hallar en alguna a su futuro verdugo, pero lo que veía era un fuego intenso devorar sus ojos por culpa de los focos; y oscuridad: una penumbra inmensa que se alimentaba de todo lo que no cubrían los focos.

En pocos segundos se plantó junto a ella de nuevo la persona que la había llevado hasta allí. Ese que había prometido ayudarla y que ahora metía las manos por sus axilas para levantarla.

—Lo siento —susurró antes de acariciar sus piernas desnudas.

Metió las manos por debajo del camisón blanco que tenía cuando despertó y lo levantó con cuidado.

—¡No! —gritó ella—. Por favor.

Pero su demanda no fue satisfecha. Donde Irene estaba no se podía opinar. Su voz, su palabra, su cuerpo; nada de eso tenía valor allí. Intentó evitarlo, endurecer el cuerpo, tensar los músculos. Era inútil.

—No te resistas. No te van a hacer nada. Si intentas luchar, acabarás herida. Por favor, confía en mí.

De nuevo esa promesa vacua, esas palabras sin sentido que ahora no parecieron convencer a la joven, que lloraba sin consuelo.

Al fin se dejó llevar no porque no quisiera resistirse, que quería, sino porque sintió que necesitaba hacer caso al hombre si quería seguir pensando en una posible escapatoria.

Cuando el frío acarició su piel, se sintió humillada, despojada de su personalidad, de sus principios, de sus valores. Cuando el frío acarició su piel, lloró en silencio apretando los labios, las manos, los pies.

Cruzó los brazos sobre sus pequeños pechos y cerró las piernas con fuerza, tanta que sintió cómo el calor húmedo del pis recorría sus piernas e iba resbalando hasta formar un pequeño charco que empapaba sus pies.

—Sesenta. Setenta. Noventa.

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La cuenta subía tan rápido que Irene era incapaz de centrarse en los números. Su mirada se perdía en el cuerpo de aquel que intentaba ayudarla. Buscaba una complicidad que no encontraba a través de esa distancia que los separaba. Y volvió a mirarse, a contemplar el motivo por el que los compradores se habían vuelto locos.

De nuevo, como hizo años atrás, odió su cuerpo: el vientre plano; la piel cobriza; el cuerpo completamente depilado. Odió ese tatuaje en forma de brazalete que rodeaba la pierna derecha. Ese Don’t dream your life, live your dreams tatuado sobre la columna. Se odió por ese trasero respingón que la genética le había otorgado y los ojos azules que tanto llamaban la atención.

Irene se odió con todas sus fuerzas.

—Ciento cincuenta. Cerrado con ciento cincuenta —dijo de nuevo el del símbolo verde.

Eso era lo que valía Irene: ciento cincuenta mil euros. Ese era el precio que algún sabueso podrido en dinero le había puesto a su cuerpo. A su vida.

Irene dejó caer una lágrima que bajó por la mejilla de forma lenta, sin fuerzas.

—Hay que prepararla. En unas horas vendrán.

Y en ese momento todo se oscureció.

Irene volvió a temblar. Quiso gritar con más fuerza ahora que ya no estaba en ese cuarto, pero no tuvo tiempo a nada.

Tras el primer intento de aullar, el hombre de rojo se acercó y le tapó la boca.

—Ahora no —fue todo lo que dijo.

Y los siguientes minutos que duró la travesía de vuelta a su celda Irene los pasó llorando, arrastrando los pies hasta el punto de destrozar toda la pedicura que se había hecho el último viernes, olvidando el cuarto donde oyó llorar a la otra chica, intentando encontrar de nuevo a un aliado en los ojos de esa máscara.

Lo que encontró fue oscuridad. La oscuridad sucia y olorosa de su celda. Cuando sintió de nuevo el suelo, volvió a su rincón, a ese que ya conservaba su forma, su calor. Y desde allí vio cómo él se marchaba hacia la puerta, cómo miraba a ambos lados una vez fuera y cómo volvió a entrar. Se acercó a ella y comenzó a bajar la cremallera de su mono oscuro.

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Todo cuanto había dicho estalló en la cabeza de Irene, que sentía el peligro inminente. Su cuerpo se tensó mientras ella se limitaba a negar con la cabeza mientras lloraba y arrastraba los pies por el suelo intentando huir de allí.

—Por favor, no. —Pero él ya tenía la mano dentro de su mono e Irene el terror en su corazón.

El hombre sacó del interior una nueva botella de agua y un bulto de papel de plata, haciendo comprender a Irene lo estúpida que había sido su reacción.

—Come algo. Te hará falta —dijo él, y dejó junto a sus pies las dos cosas. Luego se incorporó y volvió a dirigirse a la salida.

Irene lo miró y, como un acto instintivo, dijo:

—¿Cómo te llamas?

Necesitaba saberlo. Necesitaba poder nombrar a la persona que aportaba un mínimo rayo de luz a la penumbra que la rodeaba.

Él se volvió y se quedó firme junto a la puerta.

—Llámame Rojo.

—¿Por qué haces esto? —inquirió ella aturdida por todas las emociones que estaban consumiéndola.

Pero él ya no respondió. Cerró la puerta devolviendo a la joven a esas tinieblas perpetuas que se introducían por sus ojos. Que arañaban su alma.

Irene se aferró al regalo que se hallaba bajo el papel de plata, y volvió a su rincón.

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Sin descanso

Sábado, 28 de mayo de 2022, 22:24

Residencia de plaza de la Guardia Civil, Valencia

Cualquier persona normal y corriente, tras un viaje de casi una hora, hubiera preferido descansar. Virginia Luque no. Ella no era capaz de asimilar el hecho de enfrentarse a un dormitorio vacío, sin sentido; a unos pensamientos apabullantes; a un insomnio casi predictivo. Por eso bajó al gimnasio de la residencia que la Guardia Civil había dispuesto para ellos.

La residencia de reserva de plazas se hallaba en la comandancia de la calle Calamocha, en Valencia, a más de cuarenta kilómetros de Alcira, una distancia que a Virginia se le hacía eterna con cada día que pasaba.

Ni todo un día de pésimas noticias y carreras sin sentido, ni el silente y agotador viaje de vuelta hicieron que Virginia se sintiera indispuesta. Cuando llegó a la residencia, se puso un pantalón corto de licra y un top negro que le hacía más plano todavía el pecho, y se encerró en el gimnasio. Allí la esperaba su ritual típico cuando los pensamientos querían subvertir sus emociones. Ella nunca lo permitía. Se encerraba durante horas desgastándose los nudillos contra un duro y áspero saco de boxeo.

Y así hizo esa noche.

Bajo una centelleante luz que no se resignaba a morir y unas sombras vivas, Virginia se rindió a sus miedos. Golpeaba con furia el saco haciendo que este se balanceara de un lado al otro. Mientras daba pequeños saltos, seguía proyectando los brazos sudados contra la tela. Solo el eco de los golpes rebotaba entre las paredes haciendo que la sargento se olvidara por un momento de todo.

Se olvidó de Raúl y sus motivos, de todas las miradas que le dedicaban cada día los familiares y amigos de Lucía. De lo único que no pudo olvidarse fue de las burlas de los niños de su colegio, que seguían

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aferradas a sus oídos justo antes de cada golpe. Ella ponía nombres al saco: Andrés, Emilio, Aurora. Todos nombres que no se iban nunca. Solo dejaban de sonar durante un tiempo cada vez que ella se los arrancaba a base de golpes, con la mirada en llamas y la mandíbula apretada.

La cadencia de los golpes fue creciendo a medida que su rabia aumentaba. Hasta que no pudo más y estalló en un grito furioso que la llevó a dar un golpe tan fuerte que sintió como la muñeca crujía a pesar de las vendas que la protegían.

—Te vas a hacer daño. —Una voz la sobresaltó. Virginia dio un respingo y se volvió hacia la procedencia de aquella voz que tan conocida se le había hecho esas últimas semanas. Por la puerta de acceso se acercaba Roberto Cabrera, el teniente de la unidad que estaba al cargo de la investigación.

Virginia intentó recuperar algo del resuello perdido. No por el susto, que algo de aire sí le había arrancado, sino por el último esfuerzo que había hecho. Levantó la barbilla, puso los brazos en jarra y se inclinó unos grados para recuperar energía.

—Lo necesitaba —respondió ella todavía afectada—. No sabía que podía molestar. Ya he acabado.

—No molestas, Luque. Al contrario, me gusta que los agentes estén siempre con la cabeza en su sitio. Porque tú tienes la cabeza en su sitio, ¿no? —Su voz buscaba el beneplácito de la sargento, pero encontró su mirada desdeñosa.

Virginia solía entender las indirectas a la perfección. Y ella era una persona muy clara, por lo que ese tipo de comportamientos le causaban más desasosiego que otra cosa. Se incorporó y miró al teniente.

—Estoy perfectamente. Estaba practicando un poco. Me gusta estar en forma.

—Genial. Genial. ¿Todo bien con el caso de la chica? ¿De Lucía? —Lucía García. Y no, nada está bien. —Virginia se acercó a la cinta

de correr que había a unos pocos metros del saco y tomó su toalla y su botella de agua fresca. Se secó el sudor y, mientras se apoyaba en la cinta, volvió a mirar al teniente—. Todo se ha puesto patas arriba: otra desaparición a plena luz del día, sin querer ocultarse, sin miedo. Es como si alguien tuviera prisa. Como si la aparición de Lucía hubiera trastocado el plan de alguien.

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—Algo está claro, y es que, seguramente, Lucía no se marchó porque la dejaran libre. Tenemos que encontrar la razón por la que querría atropellar a tres inocentes. Si es que lo eran.

Virginia miró a Cabrera.

—Sabemos quién era la persona que faltaba en ese extraño grupo. —Y, cuando vio en la expresión del teniente la sorpresa, continuó—: El propio padre de la chica.

Cabrera arrugó el rostro y miró con seriedad a la sargento.

—Espera. ¿Qué me he perdido? ¿El padre de Lucía era quien faltaba esta mañana? ¿Puedes confirmar eso?

—Él mismo lo ha confesado.

El teniente levantó las manos sorprendido con unos ojos marrones escondidos tras unas pequeñas gafas de vista. Se encogió de hombros y sonrió con ironía.

—¿Y qué más ha dicho?

—Nada. La cosa se ha puesto un poco tensa. La niña había despertado y no estaba el asunto para seguir apretando.

—No estaba el asunto para… —Y se llevó las manos a la cabeza para enredar los dedos en un cabello oscuro y graso—. Y os habéis ido.

—Era la mejor opción. No teníamos orden para entrevistarlo y tampoco creo que hubiera servido de mucho hacerlo en esa situación.

—¡Luque, joder! Tienes a una niña que acaba de desaparecer y que probablemente tenga que ver con el caso, y por una puta orden no lo haces hablar. ¿Pero dónde estamos?

El teniente se mostraba ofendido, con un sudor que comenzaba a empaparle la frente y unos nervios que se transmitían, sin remedio, a las piernas.

—Señor, era lo mejor. Si hubiera pedido una orden y lo hubiera llevado a la fuerza al cuartel, no hubiera sacado nada. Sé muy bien la urgencia que nos corre, por eso mismo hemos actuado de esa forma.

—¿Y prefieres dejar pasar una noche sin noticias? Sabes tan bien como yo que los primeros días son esenciales. —Cabrera no parecía estar dispuesto a hacer concesiones en cuanto a sus reclamos, por eso miraba con seriedad a la sargento.

—Sé muy bien cuánto tiempo tenemos. También sé que, si la aparición de Lucía ha sido por un descuido de sus captores, con Irene tenemos todavía menos tiempo.

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—¿Irene? ¿Ese es su nombre?

—Irene Sanaguas.

—¿Tiene alguna relación con Lucía?

Virginia se encogió de hombros. Tenía a varios compañeros investigando la victimología de Irene para encontrar posibles enlaces con el entorno de Lucía, pero de momento seguía sin novedades.

—Ahora lo principal es conseguir que Raúl nos cuente toda la historia.

Luego intentaremos buscar cualquier conexión con Irene.

—Bien. Bien. Tú eres la experta. Solo espero que no la estés cagando. Con Lucía ya hemos patinado bastante y no me gustaría tener que volver a agachar la cabeza ante el coronel.

Virginia apretó la mandíbula conteniendo la rabia que se apoderaba de sus manos de dedos largos y finos.

—Si la cagamos, lo hacemos todos.

Cabrera la miró, sonrió y comenzó a desandar el camino que lo devolvía a sus propias sombras.

—Voy a pedir al juez Peralta que nos prepare la orden para entrevistar al padre de la niña, por lo que pueda pasar. Mañana os quiero de nuevo en el pueblo y con alguna novedad que aportar.

Y se marchó en silencio pasando al lado de Edgar, que había presenciado solo las últimas palabras del teniente. Ambos se dedicaron un gélido saludo antes de perderse de vista el uno del otro. Cuando Edgar llegó junto a Virginia, sabía que algo no iba bien.

—Santana —saludó el teniente cuando ambos se cruzaron.

Edgar sacudió la cabeza con una sonrisa fingida y sin pronunciar palabra, y se quedó observando su retirada antes de acudir junto a Virginia.

—¿Todo en orden?

Ella asintió mientras tomaba su teléfono móvil. En la pantalla de su Huawei P20 se veía a toda su familia: las únicas personas que quería a su lado y que cabían en una pantalla de menos de siete pulgadas. De fondo se apreciaba una foto de ella riendo con sinceridad, esa que solo aparece cuando estás donde quieres estar. Virginia siempre supo que la sonrisa es uno de los pocos gestos que no se pueden fingir. Y observando esa sonrisa volvió al momento de esa imagen, a ese trigésimo cumpleaños que celebró sola en casa, con su madre y una botella de vino tinto.

Virginia no necesitaba a nadie más que a su padre y a su madre. Sonrió ante el sentimiento de paz que le proporcionó esa imagen y volvió con su

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compañero.

—Sí, es solo que este tío se piensa que es el ombligo del mundo.

—Ya hemos hablado de eso. Ni siquiera su equipo lo tolera. Están esperando a que se prejubile para que se vaya a la mierda.

Pero eso a Virginia le daba igual. Ella no tenía por qué aguantarlo. Lo haría mientras durara esa investigación porque así se lo habían pedido desde Madrid. Por nada más. Se quitó al venda de la mano y la tiró al suelo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella. Sabía que a Edgar no le gustaban los gimnasios. Él mismo lo había confesado cuando ella descubrió su problema en la mano izquierda. Cuando vio que le faltaban dos dedos, la conversación se hizo casi inevitable. Edgar se sinceró y le contó que se los había volado en una práctica de tiro. Desde entonces no solo no practicaba ejercicios de fuerza, sino que tampoco cogía un arma—. Te hacía durmiendo.

—He estado hurgando un poquito. No podía dormir —admitió él después de sacar el móvil—. He buscado los nombres que ha mencionado Raúl esta tarde, y mira.

Le entregó el teléfono. En la pantalla se podía ver la imagen de un hombre moreno, pelo corto, nariz aguileña y pelado. Se centró en la descripción del nombre.

—Manuel Caballero —pronunció ella.

—Uno de los tres ciclistas atropellados esta mañana. Amigo de Raúl.

Igual que los otros dos.

—Sí, eso ya lo sabíamos. Él mismo lo dijo. ¿Qué tiene de especial eso? Edgar sonrió mostrando una dentadura blanca y casi perfecta. Asintió

y volvió a manipular su iPhone blanco.

—Lo que no dijo es que Manuel es director de la sucursal del Banco Santander, donde su empresa tiene la cuenta bancaria principal.

—Eso explicaría que tengan cierta amistad. Seguramente se tratan bastante. —Virginia seguía inexpresiva, sin tono en su voz.

—Espera. Ahora viene lo mejor. Vamos con los otros dos. Alberto Llopis era el concejal de urbanismo del partido que ahora mismo ostenta el poder en Alcira.

Luque miró la foto de Alberto: bajito; barriga de cuatro cervezas todos los viernes por la tarde; ojos verdes y pequeños, y sonrisa falsa.

—Sigue sin decirme nada.

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—Tenemos al último. Cristóbal Castro Varela, director de Transportes Varela, empresa dedicada al transporte nacional e internacional de vehículos y mercancías peligrosas.

La sargento bufó al sentirse alejada de las intenciones de Edgar.

—Al grano, hostia. ¿Qué ves de raro en todo eso? Si eran amigos, imagino que es fácil que todos ellos compartieran un nivel de vida y un estatus social más o menos parecidos. Ya sabes; Dios los cría y ellos se juntan.

—¿Y también es normal que entre esos tres sumen el treinta y cinco por ciento de las acciones de la empresa que Raúl García dirige?

En ese instante sí, la atención de Virginia se centró en su compañero.

En su risa complacida, en su mirada victoriosa.

—¿Poseían parte de la empresa de Raúl?

—Así es. Figuran como los tres principales accionistas de la empresa. —¿Estás pensando en que Raúl…? —Virginia lanzó esa duda al

viento, que Edgar no se atrevió a tomar.

—Solo estoy diciendo que, cuando menos, es curioso. Mañana vamos a tener muchas cosas de las que hablar con nuestro padre coraje.

Virginia se quitó la venda de la otra mano mientras caminaba por el gimnasio. No marchaba con un rumbo fijo, sino más bien para alimentar esas dudas que consumían su cabeza.

—¿La empresa tenía previsto alguna reforma o plan que pudiera implicar la aprobación mayoritaria de accionistas? —se interesó ella.

Pero esa era una pregunta muy difícil para responder ahí. Durante cuarenta y cinco días nadie había colocado en el punto de mira de Raúl. Fue investigado, como todos, pero jamás pudieron encontrar nada en su contra. Aunque ahora, con Lucía ya en casa, todo parecía estar cambiando.

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Irene

13 horas desaparecida

Todavía le temblaba el cuerpo, las manos, los labios. Ni siquiera había sido capaz de dar más de dos mordiscos al bocadillo que Rojo le había dado. Apenas había tomado un cuarto de la botella de agua fresca.

Irene se encogía en aquel oscuro rincón esperando que ese pequeño dardo de luz atravesara de nuevo la habitación, esperando esa luz que le demostrara que seguía viva. Pero lo que llegó fue otra cosa. Algo todavía peor que la muerte.

Su portavoz.

Irene oyó de nuevo los pasos al otro lado de la puerta, pero, cuando esta se abrió, la figura que apareció no era la que ella aguardaba. Vio el mismo mono, la misma máscara, pero el símbolo no era rojo. Era el que había visto un rato antes. Era el verde.

—¡No! Espera —suplicó ella intentando evitar que ese ser avanzara. No lo consiguió. El hombre comenzó a caminar en su dirección ignorando los gritos cada vez más fuertes de la joven.

—¡Calla! —gritó esa voz oscura, profunda, firme, un grito que hizo enmudecer a la noche, pero no a Irene, que, tras el sobresalto inicial, volvió a desgañitarse en lamentos, a negar con insistencia.

—No me hagas nada por favor. Yo no he hecho nada.

Pero ese ser no parecía tener intención de compadecerse de ella. La tomó por los brazos y, con un leve esfuerzo, la levantó unos centímetros del suelo haciendo sonar las cadenas que todavía tenía aferradas a los pies.

Ella gritó.

Y su grito atravesó las paredes. Pataleó hasta que sus pies notaron resistencia y el hombre, tras soltar un quejido lastimado, la dejó caer de nuevo.

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—¡Serás zorra! —Y lanzó su mano contra la cara suave y delicada de Irene.

El golpe resonó durante varios segundos rebotando en cada una de las paredes de la habitación. Irene dejó de luchar: el golpe había dado de lleno en su mandíbula y la había llevado, de inmediato, a un profundo sueño.

Ya no hubo más súplicas. Tan solo oscuridad.

Cuando despertó, todo había cambiado. La penumbra que la rodeaba en su celda ahora era una leve oscuridad que le dejaba percibir todo cuanto tenía a su alrededor. Y eso fue su perdición. Irene vio dónde estaba. Contempló la cama estrecha con varios anclajes para esas cadenas que todavía tenía en piernas y brazos, aunque no eran cadenas, sino correas finas que quemaban su piel. Vio la pequeña mesa repleta de artilugios metálicos que hicieron que su corazón se encogiera de golpe.

Irene empezó a llorar al entender dónde estaba. Seguía suplicando, aunque esa vez para sí misma. Se esforzaba por resistir, por ser fuerte y soportar todo lo que iba a ocurrir esa noche. Intentó moverse, buscar una salida, pero fue inútil.

Y, cuando supo que no podría escapar, se rindió. Siguió gimiendo hasta que un crujido en la única puerta que había en esa habitación metálica de cinco por cinco la rescató de nuevo de sus pensamientos. Intentó revolverse, luchar por desatarse y hacer frente a ese ser que la contemplaba desde la entrada.

—Por favor. —Su voz se apagaba lentamente. Se ahogaba en un mar de lágrimas que había comenzado a derramar desde que despertó.

Pero, una vez más, su voz parecía perderse como una ráfaga de viento. El hombre avanzó y cerró la puerta. Y de nuevo ese crujido que le hacía ver que estaban solos, que no había salida.

Ella siguió llorando, suplicando mientras ese sujeto caminaba a su alrededor. Irene lo observó. Se fijó en la mirada penetrante que se escurría a través de esa misma máscara a la que ya tanto se estaba acostumbrado. Pero él era diferente. Su símbolo era negro y su mono distinto.

Tras dar dos vueltas por completo a la cama, el hombre se acercó a la mesa y comenzó a manipular los artilugios. La joven pudo distinguir varios cuchillos de diferentes tamaños que le arrancaron un suspiro

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ahogado, un llanto todavía más sonoro. Nada de lo que Irene hacía o decía parecía importarle lo más mínimo.

—Por favor. Mi padre tiene dinero. Te daré lo que has pagado por mí. Por favor —mintió ella, pero el hombre seguía absorto en los objetos que le habían preparado—. Haré lo que quieras si me dejas salir. Lo que sea.

Irene había preparado su mente para decir aquello, pero ni en el peor de los escenario podía llegar a visualizarse complaciendo a ese sujeto. Algo que sabía que iba a hacer de todos modos.

El hombre se giró, la miró y comenzó a caminar hacia ella con pasos firmes y lentos. Cuando se detuvo a escasos centímetros de su cuerpo, ella tembló. No pudo evitar empapar la cama con el pis que iba mojando el camisón blanco y limpio con el que había despertado. Tampoco llegó a percibir el fulgor del filo metálico que lucía el hombre en sus manos hasta que levantó el cuchillo.

En ese instante todo se volvió tétrico. Las lágrimas nublaban la vista de la joven, que había comenzado a llorar sin consuelo mientras el hombre acariciaba su piel con el cuchillo.

Sintió su tacto frío, el calor que se le formaba en la piel cuando comenzó a recorrer el cuello hasta llegar al camisón. Una vez allí, y con poca delicadeza, usó ese mismo cuchillo para rasgar la vestimenta y dejar el cuerpo completamente desnudo. En ese momento el llanto se hizo más fuerte, más agudo. Lloró hasta que el hombre la miró y puso un dedo en sus labios temblorosos para luego colocar ahí el cuchillo.

Irene no volvió a gritar. Siguió llorando, pero en silencio, dejando caer las lágrimas mientras veía cómo el hombre recorría todo su cuerpo con unas manos ásperas y callosas. Acarició cada uno de sus pequeños pechos. Pellizcó con fuerza sus pezones obligando a Irene a lanzar un gemido de dolor. Solo cuando ella se quejó, siguió avanzando. Arañó con rabia su vientre, sus piernas. Recorrió con los dedos el tatuaje de la pierna y, sin previo aviso y usando ambas manos, abrió sus piernas como si quisiera colocarla en una consulta médica.

Irene gritó al sentir cómo crujía su cuerpo debido a la lucha que ambos habían tenido: ella en un burdo intento de mantenerse firme, él obsesionado por descubrir cada detalle de la joven.

Cuando ella quedó indefensa, él empezó a disfrutar. Se deleitó observándola durante minutos. Podía incluso percibirse cómo babeaba al ver a la muchacha frente a él, desnuda, indefensa. Asió con fuerza las

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piernas y las elevó unos centímetros. Tras eso tomó el cuchillo y acercó la punta al interior de las piernas.

Irene volvió a gritar. Ahora no por el miedo. Gritaba por el dolor que estaba sintiendo mientras el hombre iba haciendo pequeños pero profundos cortes en el interior de sus piernas.

Pronto la sangre empezó a calentar los muslos en un recorrido que acababa en su entrepierna. Allí, el calor de la sangre se hacía más intenso. Irene negó con insistencia. Volvió a suplicar, pero ya era tarde. El hombre se había preparado para embestirla. Se había desabrochado el mono y comenzado a manosear su miembro, que no parecía querer obedecerle.

Al fin, tras más de un minuto masturbándose, se preparó. Puso las manos sobre la sangre de Irene y la arrastró hasta su vagina. Solo cuando esta estaba completamente cubierta de sangre, él empezó a penetrarla.

Irene lloró de dolor al sentir cómo todo cuanto había sido se perdía en un momento. Solo era capaz de concentrarse en el fuego que crecía en su interior y en los gemidos cortos de aquel hombre, que no tardó más de un minuto en desplomarse sobre ella. Un minuto que para Irene fue toda una eternidad.

Le dolían las heridas, su propio interior también se deshacía en un fuego intenso. Pero, sobre todo, le dolía ver la muerte tan cerca. Veía la muerte en ese cuchillo que el hombre acercó a su cuello cuando terminó de vestirse, en esos ojos vacíos. Podía incluso olerla a través del perfume ácido que había invadido toda la habitación desde que ese hombre había entrado.

Él le acercó el cuchillo a al cuello y lo acarició con cierta fuerza haciendo que una nueva herida se abriera poco a poco.

Irene lloraba sangre por el cuello y por las piernas. Las lágrimas se habían secado después del segundo envite. Estaba lista. Lista para marcharse. Había asumido su final y era consciente de que seguir suplicando era innecesario, por lo que cerró los ojos y se preparó para que ese cuchillo terminara lo que había empezado.

Pero no fue así.

Cuando la presión del filo amainó, el hombre se encaminó a la puerta y esta, con otro crujido seco, se abrió para darle paso.

—Mañana volveré —dijo el hombre antes de perderse del todo.

Irene quedó allí desnuda, rendida y humillada. Débil, sin fuerzas incluso para llorar, volvió a cerrar los ojos sin saber cuándo volvería a

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abrirlos.

Ni siquiera sabía si los volvería a abrir.

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¿Dónde está?

Domingo, 29 de mayo de 2022, 08:35 Alcira, Valencia

Como ella misma había predicho, la noche se hizo larga para Virginia, que, por mucho que intentó reposar durante el trayecto hasta Alcira, no había conseguido pegar ojo. Ni ahora, ni en toda la noche. Las ojeras marcadas delataban el duermevela que la había mantenido con la mirada fija en las sombras de su dormitorio hasta que el sol las borró lentamente.

—¿Mala noche? —se interesó Edgar cuando bajaron del coche frente al chalé de la familia Sanaguas.

—No me quito a Lucía de la cabeza. Apenas habré dormido dos horas. —Virginia se frotó la cara con hastío para tratar de despejarse del todo antes de llamar al timbre—. Y ahora esto.

—Te entiendo. Yo tampoco he dormido mucho. —Pero, a diferencia de Virginia, a Edgar no le pesaba el sueño. Su piel suave y morena era mimada todos los días con más de tres cremas distintas, ritual que le solía llevar una media de treinta minutos. Por eso a él no se le notaban las preocupaciones, la culpa, el sueño.

Cuando la puerta se abrió, el interior de aquella casa deslumbró a los dos agentes, que se vieron anonadados por un enorme descansillo. Allí los compañeros de la Unidad de Secuestros habían dispuesto varios aparatos y monitores para controlar todo lo que ocurría tanto en el interior como en el exterior. Y aferrada a la puerta aguardaba una mujer. Su aspecto macilento hacía ver la destrucción que estaba causando la ausencia de la joven. Sus ojos rojos e hinchados ocultaban los trazos azules de las pupilas; las ojeras destruían una piel dorada y cuidada. El pelo rubio y largo se recogía en un moño descuidado, y su apariencia tranquila hacía ver que estaba bajo los efectos de algún sedante.

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—¿Quiénes son? —preguntó la mujer con la voz débil y apagada. —Buenos días. Él es el sargento Edgar Santana y yo la sargento

Virginia Luque. Somos los especialistas que vamos a llevar la desaparición de Irene. ¿Es usted su madre?

La mujer asintió y estiró el brazo para indicarles el camino hacia un amplio salón.

—El caso lo está llevando otro hombre. Estuvo anoche con nosotros.

No recuerdo su nombre.

Virginia sonrió sin llegar a responder. Su mente se centraba en las fotografías que reposaban sobre los muebles. En algunas se veía a una joven junto a la misma mujer que ahora tenía al lado. Ambas eran idénticas, como un antes y un después de una misma persona. La sargento se fijó en los ojos azules de Irene, en su sonrisa pura, en su mirada feliz. Por un momento no pudo negarse al dolor que supone un acto como el que estaban viviendo, pues sabía que esa sonrisa jamás volvería. Si conseguían recuperar a Irene, ya no sería la misma. La sonrisa es un elemento tan puro que se rompe con gran facilidad.

—Sí, el sargento Ángel Fuster. Él es quien lleva la unidad que ahora está controlando todo. Nosotros somos un refuerzo —matizó ella con delicadeza.

—¿Y todo esto es necesario? —se quejó la mujer señalando todo el escenario que había apostado en el salón.

—Sé que es muy molesto, pero sí, es necesario, señora Expósito. —Isabel, por favor, odio que me llamen por mi apellido. Me han dicho

que la desaparición de mi hija tiene que ver con la aparición de Lucía. ¿Es eso cierto?

Virginia quería responder, ser sincera con esa mujer que no era capaz de controlar el tremor que sacudía sus manos, pero entendió que no era el momento. Tampoco le dio tiempo a responder, pues alguien se había adelantado.

—Eso ahora no importa. Lo que importa es encontrarla cuanto antes. —Una voz atravesó el salón llamando la atención de los dos agentes, que se volvieron para investigar la procedencia de ese inoportuno reclamo.

Por la otra punta del salón apareció un hombre con el pelo casi desteñido por completo, gafas negras y grandes y un rostro tiznado por una barba ceniza.

—Necesito saberlo, Ernesto. Solo de pensar que mi niña…

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—Irene es fuerte, cielo. Y estoy seguro de que harán todo lo posible para que la niña aparezca sana y salva.

Ernesto abrazó a su mujer con fuerza apretando su cuerpo menudo entre unos brazos grandes pero descuidados.

—Haremos todo lo que sea para localizarla tan rápido como nos sea posible. Pero para ello necesitamos aclarar ciertos aspectos de su hija para poder hacernos un esquema lógico de los hechos.

—¿Esquema lógico? —inquirió el hombre sin soltar a su mujer—. Lo único lógico que hay en todo esto es que cada día que pase mi hija fuera de casa es una posibilidad menos de encontrarla con vida. Eso es lo único lógico.

Edgar y Virginia se miraron, apretaron los labios y sonrieron tratando de engullir el dolor que el orgullo herido les estaba provocando.

—Y por eso es necesario que aclaremos ciertos puntos, señor Sanaguas. Serán cinco minutos.

El hombre suspiró con fuerza, cerró los ojos y esperó hasta que el odio se hubo desleído en su garganta en forma de palabras no proferidas. Cuando los volvió a abrir, se limitó a asentir y ofrecer asiento a los agentes.

—¿Quieren tomar algo? Estaba preparando un té para Isa, puedo hacerles un café a ustedes.

La sargento accedió con gratitud y esperó hasta que el hombre hubiera desaparecido por completo para iniciar su entrevista.

—Isabel, sabemos que Irene tuvo ayer tres visitas a alumnos a los que ofrecía clases particulares. ¿Podría facilitarnos sus datos?

—Lo siento. No tengo ni idea de a quién iba a ver mi hija. Sabemos que daba clases particulares y que la muchacha que visitó ayer se mudaba, pero nada más. Irene no era de compartir detalles íntimos.

—¿Nunca le habló de otros niños aparte de la muchacha que visitó ayer? Tal vez tuviera alguna agenda donde anotaba todos esos encuentros.

Isabel negó con la cabeza mientras se sorbía los pocos mocos que resbalaban por su nariz debido al llanto.

—Lo de Julia era algo especial. Irene adoraba a esa niña, por eso nos lo contó. Con los demás era un trabajo extra que ella hacía para pagarse la universidad. No sé si tenía alguna agenda donde anotara sus citas.

—¿Podríamos revisar su habitación? Quizá ahí hallemos algo que nos sea útil.

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La mujer asintió con desánimo y comenzó a avanzar por un salón oscuro y siniestro que causaba más nostalgia que esperanza.

Ya en el piso superior, los tres entraron en su habitación, limpia y sin una sola mota de polvo que pudiera dar detalles de una personalidad díscola o anárquica.

—Irene siempre ha sido una chica muy aseada. Ahí está su escritorio. Si guarda algo, lo hará en esa mesita —dijo Isabel señalando un pequeño escritorio con un ordenador apagado.

Virginia y Edgar avanzaron contemplando todo en derredor. Las paredes lisas y bastante austeras dotaban de cierta elegancia a una habitación de muebles blancos y verdes. Solo tres fotografías descansaban en su mesita. En una de ellas se veía a una Irene joven y bastante distinta a la fotografía que ellos tenían. Se trataba de una Irene más gordita, fea y triste. En las otras dos ya aparecía tal y como recordaba Edgar.

—¿Este es su novio? —preguntó él después de tomar una de las tres fotografías. En ella se veía a Irene abrazando a un muchacho guapo y alto, de brazos marcados y manos grandes.

—Sí, lleva desde los catorce años con él. Lo queremos mucho a Vicente.

—Aquí no hay nada que podamos revisar —susurró Virginia a Edgar. Ella no había perdido el tiempo. Había rebuscado en cada cajón cualquier libreta que sirviera de ayuda, pero solo encontró papeles y apuntes. Nada más.

—Puede que lo tuviera todo en el móvil —respondió él.

Ella asintió y volvió con Isabel al salón en una nueva travesía lenta, a través de años de recuerdos, que arrancó un suspiro a Isabel.

Edgar no pudo evitar contemplar todo cuanto lo rodeaba intentando comprender a la joven. Toda esa ostentación no cuadraba con su forma de actuar.

—Hemos estado revisando sus redes sociales, pero las tiene todas privadas. ¿Habría alguna posibilidad de acceder a ellas?

—¿Por qué querrían hacer algo así? —De nuevo la voz de Ernesto los sobresaltó. Entraba con una pequeña bandeja de plástico y cuatro tazas pequeñas que pronto dejaron su aroma en la sala junto a un leve tintineo de la porcelana que bailaba tras cada paso del hombre.

—Es algo típico en cualquier caso de desaparición. Deben entender que, en la mayoría de estos casos, el responsable suele estar dentro del

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círculo más íntimo de la víctima. No saben la cantidad de casos que se resuelven solo investigando en las redes sociales.

El hombre ofreció las bebidas y se sentó junto a su mujer, que no tardó en buscar entre sus brazos algo de protección.

—Pues ni tenemos acceso a sus redes ni creo que sea la mejor de las opciones.

Ernesto se mostraba frío, tenso. Al contrario que su mujer, él no parecía haber llorado siquiera. Apenas se podía apreciar en su aspecto rastro alguno de preocupación, aunque se mostrara serio.

—Señor Sanaguas, no se trata de lo que sea mejor o peor: como usted bien ha dicho, cada día que pasa es una posibilidad menos, así que tenemos que utilizar todo lo que tengamos a nuestra disposición. ¿Saben si su novio podría tener acceso?

—Lo dudo mucho. Irene es muy reservada para sus cosas y no permite que nadie se entrometa en ellas. Es más, cuando empezó a salir con Vicente, nos opusimos a esa relación, y casi se va de casa. —Esa revelación fue lo único capaz de arrancar una sonrisa en los labios pálidos de Isabel, que enseguida sintió cómo sus ojos se anegaban de lágrimas una vez más.

—¿No aprobaban la relación con Vicente? —Virginia miró a Edgar, que se mantenía firme, expectante a todo lo que decían.

—No es que no la aprobáramos. Es difícil de explicar. Irene no siempre fue la niña bonita que ven, y eso la llevó a tener una personalidad bastante dependiente. Cuando conoció a Vicente, se aferró mucho a él, y eso podría traerle muchos problemas. Como he dicho hace un momento, ella era muy joven cuando lo conoció —su madre habló con nostalgia, como si le dolieran sus propias palabras, como si el hecho de recordar arrancara un suspiro de su pecho.

—¿Qué problemas? —quiso saber Virginia demostrando que estaba atenta a todo lo que decían.

—Eso no es ahora determinante para el caso —interrumpió Ernesto con los ojos encendidos—. Vicente es un buen chico y quiere a nuestra niña. Él no ha tenido nada que ver.

La sargento tensó los labios en un fatal intento de sonrisa, y asintió con delicadeza. Cuando miró a su compañero, entendió que no iban a poder sacar nada en claro de sus padres.

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—Lo entiendo, señor Sanaguas. Para nada queríamos hacer pensar que él pudiera tener algo que ver. Por cierto, ¿saben dónde lo podemos encontrar?

—Imagino que en su casa. Aquí no ha pasado la noche.

Virginia asintió con calma, anotó en el pequeño bloc que siempre llevaba consigo todos los puntos determinantes del caso, pero faltaba el más importante. Esa pregunta que ellos todavía no habían hecho.

—Esta pregunta es, quizá, algo difícil, pero esencial en este tipo de casos, y lo mejor es que sean completamente sinceros. Deben entender que no estamos aquí para juzgarlos —argumentó ella antes de lanzar su pregunta—: ¿Tenían alguna deuda importante que pudiera ser motivo de venganza? No hablo solo de lo económico. También personal. ¿Creen que alguien podría tener alguna rencilla no zanjada con ustedes?

Ernesto apretó los labios mostrando la rabia que se acumulaba en su rostro. Tragó saliva y aguardó unos segundos.

—Sargento —inició con la voz encallecida—, somos una familia honesta. Trabajo doce horas al día de lunes a sábado para darle a mi familia una buena vida. No, no tenemos enemigos ni sabemos quién podría querer hacernos daño.

—No era mi intención, señor Sanaguas. Pero entiendan que estas preguntas son obligadas. Deben también asumir que puedan llamar para solicitar un rescate o estar preparados para cualquier situación.

—Lo entendemos y haremos todo lo que sea por nuestra hija. —No dijo nada más. Tras eso apartó la mirada ofendido, con la respiración todavía forzada.

—Bien, pues, si no es molestia, nos gustaría que nos avisen si hay cualquier novedad.

Ambos agentes comenzaron a desandar el camino que los había llevado hasta allí en un silencio pesado, de esos que te regalan pensamientos, que te ofrecen respuestas. Y eso hizo con Virginia: le ofreció una. Justo un metro antes de salir se detuvo y se volvió hacia Ernesto.

—¿Conoce usted a Raúl García?

El hombre frunció el ceño ante la pregunta de la sargento, como si no entendiera la pregunta, como si no la quisiera entender.

—Todos en esta ciudad lo conocen. Tiene una de las empresas más fuertes de la ciudad.

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—Lo sé. Digo personalmente. Si ha tenido trato personal con Raúl. Ernesto negó con la cabeza en silencio, y fue en ese silencio donde

Virginia encontró la verdad. Sonrió con desgana.

—¿A qué se dedica? Si no es molestia preguntar —insistió la sargento, que no estaba dispuesta a marcharse con dudas en la mente.

—Soy propietario de un pequeño taller de coches en el polígono industrial. ¿Eso es relevante?

—Todo es relevante, señor Sanaguas —respondió ella antes de volverse hacia Edgar. Después de un segundo, se giró hacia Ernesto otra vez—. Si se ponen en contacto con usted, háganoslo saber, por favor.

Y los dos agentes salieron de nuevo a un exterior todavía fresco. El cielo ya se abría por completo y el sol iba llenando de color las aceras, la vegetación. Ambos se fueron hacia el coche de Edgar, pero el encuentro con dos de los agentes que custodiaban la casa los detuvo.

—¿Alguna novedad? —preguntó Virginia a uno de ellos, un muchacho con pantalones vaqueros y camisa a cuadros, pelo bien hecho y gafas de sol.

—Nada. Se han pasado la noche discutiendo, pero, por lo demás, todo en orden.

—¿Discutiendo? —se interesó Edgar.

—Sí, no los entendíamos mucho porque estaban en el piso de arriba, pero, al parecer, la mujer quiere culparse de todo. No paraba de decir que todo era por culpa de ellos, que alguien más lo sabía. No hemos podido oír mucho más.

—¿Cómo que alguien más lo sabía? —preguntó él de nuevo.

—Eso nos pareció escuchar, ¿no? —preguntó a su compañero. Y, cuando este asintió, volvió con Edgar—. Fue una discusión que se inició en el piso de abajo. Ernesto empezó a gritar, pero apenas entendíamos palabras sueltas. Lo más claro que escuchamos fue lo que dijo ella, y que Ernesto no paraba de repetir que tendría que haberse marchado cuando tuvo la ocasión.

—¿Problemas pasados entonces?

—De eso tiene pinta —sentenció el agente antes de seguir la marcha hacia la casa.

El sargento miró a Virginia y entendió entonces la pregunta que ella le había hecho a Ernesto antes de salir.

—¿Qué has visto?

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—Tenemos que sacar todo lo que sepamos de Ernesto Sanaguas. Nadie más dijo nada. Todos sabían que las órdenes de Virginia habían

sido claras y solo les quedaba acatar sus instrucciones. Ella se introdujo en el coche y, una vez dentro, miró a Edgar.

—Creo que Raúl tiene algo más que decirnos.

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Volviendo al principio

Domingo, 29 de mayo de 2022, 10:30 Alcira, Valencia

—¿Me vas a contar qué has visto en casa de los padres de Irene? — preguntó Edgar justo cuando se detuvo en el destino donde esperaba Raúl. Pero Edgar no se percató del silencio que había acompañado a su pregunta. Su mirada se perdía en la marcha lenta de un Audi A4 negro que acababa de salir del mismo lugar al que ellos se dirigían.

Virginia no respondió. Ni siquiera lo había escuchado. Su mente seguía en esa casa, en su última pregunta, en los ojos nerviosos de Ernesto, en la mirada intensa de Isabel.

—¡Eh! Que ya estamos —insistió Edgar ya desde el exterior de su Cupra.

La sargento despejó la cabeza sin saber cuánto tiempo había estado absorta en sus pensamientos y bajó del vehículo. Lo hizo para toparse de frente con un enorme concesionario de la marca Audi.

—¿Qué hacemos aquí? —preguntó cuando sintió el asombro de sus dudas.

—Hemos quedado con Raúl. ¿Te habías olvidado?

—¿En su empresa? ¿Un domingo?

—Imagino que, para forjar un imperio, tienes que asumir ciertos sacrificios. La vida normal de lunes a viernes es uno de ellos.

La respuesta de Edgar no era una hipótesis. Creía firmemente en el esfuerzo para conseguir los propósitos. Él mismo había tenido que esforzarse para ser guardia civil. Recordó las semanas enteras encerrado en su dormitorio, exiliado del resto de su familia. No era muy común ver a un gitano portando una placa en el pecho, pero la familia de Edgar era distinta. No vivían en común con otras familias. No compartían creencias.

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No renegaban de su raza, pero tampoco querían ser sometidos a ella. Él era gitano y con honor, pero un gitano que soñaba con ser guardia civil. Por eso entendía de esfuerzos, de críticas, de juicios de valor.

Cuando entraron en el concesionario y pasaron por varios modelos recién llegados del Audi Q7, encontraron a Raúl en un despacho acristalado. A su lado, Israel parecía estar aportando papeles a una pila cada vez más grande.

—¿Me vas a decir qué has visto? —insistió Edgar.

—Ahora no. —La respuesta de Virginia sonó cortante, seca. Su mirada pasó fugaz por el rostro de su compañero para luego centrarse en Raúl, que hacía ver que no le importaba la visita que acababa de recibir.

El único que sí pareció interesarse fue Israel, que se acercó a los dos agentes con una sonrisa seria en sus labios.

—Ya estamos acabando. Podéis esperar en los sillones si queréis — ofreció el joven a los agentes, que asintieron con amabilidad.

—Gracias, estamos bien así, de momento.

Israel asintió y volvió con Raúl para terminar de cerrar un envío de Alemania de dos camiones articulados con capacidad para ocho vehículos cada uno.

—Tenemos que traer de Düsseldorf el Cayenne y el 911 Carrera S del 2022; de Núremberg, los cuatro Audi, y de Berlín, el resto —exigió Raúl con tranquilidad.

—Esta tarde salen los camiones. Imagino que el miércoles podrían estar cargados y de vuelta. El viernes ya los tendremos.

Raúl asintió, agradeció a Israel el trabajo y ambos se dirigieron hacia los dos agentes.

—¿Qué tenéis? —preguntó él con cierta displicencia. Su mirada apagada no mostraba la misma gratitud que había tenido con ellos mientras Lucía seguía desaparecida.

—Buenos días, Raúl. ¿Tenía visita? —se interesó Edgar, que todavía conservaba la imagen del vehículo con el que se había cruzado unos minutos atrás.

Raúl entrecerró los ojos y arrugó la nariz como si no hubiera entendido la pregunta, como si no hablara el mismo idioma.

—Llevamos Israel y yo aquí toda la mañana. Estábamos arreglando unos papeles.

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—Me ha parecido ver un coche salir de este mismo concesionario hace apenas cinco minutos.

—Habrán aparcado aquí, pero no estaban en el concesionario.

Edgar no insistió. Sonrió y miró a su compañera, que sacudió la cabeza insinuando que era necesaria cierta intimidad al ver que Israel seguía al lado de Raúl.

—Es de confianza. Podéis hablar delante de él, ya sabéis que es mi mano derecha y no hay secretos.

—Lo sé, pero a lo mejor ahora los temas son algo más complicados.

Puede que necesitemos un poco más de precaución.

—No me importa. Él puede quedarse.

Y ante la negativa de Raúl, y la poca intención de marcharse de Israel, Virginia se encogió de hombros con una sonrisa forzada. Miró a Edgar y asintió.

—Como quieran. ¿Lucía ha dicho algo?

—No hasta que nos hemos venido aquí. La psicóloga esa que nos han puesto la dejó anoche todavía más alterada, y apenas ha dormido.

Edgar arrugó la frente.

—¿Qué le hizo? —preguntó preocupado.

—Ni lo sé ni me importa. Solo sé que mi hija sufrió un ataque de pánico y tuvieron que sedarla. Así que lo único que me importa ahora es encontrar a los hijos de puta que la han dejado así y hacerles lo mismo.

Raúl intentó caminar, alejarse de la presencia rígida de los dos agentes, de Israel; alejarse del mundo.

—En eso estamos. Si todos vamos hacia un mismo puerto, llegaremos, estoy convencida.

Raúl resopló con disgusto, con ironía, dándole la espalada a Virginia.

Y sin volverse dijo:

—Ya habéis demostrado que no podéis llegar a ningún lado.

Virginia apretó los labios. No pudo responder porque sabía que ese hombre desgastado y hundido tenía razón. No habían podido llegar y, si Lucía no hubiera aparecido, seguirían en el mismo punto que llevaban durante las últimas tres semanas. Sin pistas más allá de la grabación de Lucía saliendo de la discoteca. Nada más. Si Lucía no hubiera aparecido seguirían haciendo redadas aleatorias buscando una aguja en un pajar.

—Entiendo su frustración, señor García, pero todos estamos aquí intentando hacerlo lo mejor posible. Y ahora tenemos una nueva

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oportunidad con Irene. No podemos permitir que esta chica pase también un mes y medio fuera de casa.

En ese instante el rostro de Raúl se encogió como si lo hubieran golpeado con fuerza.

—Ya me han contado lo de Irene. ¿Está relacionado con Lucía? — preguntó con un matiz débil en la voz.

—Todavía es pronto para saberlo. De todas formas, todo parece indicar que sí puede estar relacionado. No quiere decir que sea con usted, pero sí con el caso.

Y Raúl se alejó unos metros como si necesitara olvidarse del mundo. Los suficientes como para desentenderse de la conversación de los agentes. Y eso Israel lo vio. Esperó hasta que su presencia se disolviera entre las paredes acristaladas de los despachos para aportar algo de luz.

—No quiero que esto salga de aquí. Si Raúl se entera, me cortará la cabeza. La psicóloga le preguntó por alguien a Lucía, por eso ella estalló.

—¿Por quién preguntó? —se interesó Edgar.

—No lo escuché bien, estaba afuera con Raúl cuando pasó todo. Dijo un nombre, pero no era un nombre.

—¿Rojo? —se adelantó Virginia.

Israel frunció el ceño y se llevó las manos grandes a su cara de barbilla definida y cuadrada. Se frotó la boca, la nariz, y miró a los agentes.

—No estoy seguro. Sé que fue un nombre que hizo a Lucía enloquecer. —¿Alguna vez habías escuchado ese nombre?

Israel negó con la cabeza, con una sonrisa tímida, con un gesto de desconcierto como quien intenta dialogar con un extranjero sin conocer su idioma.

—Como digo, no lo escuché. De todas formas, dudo que nadie se llame así.

—En situaciones con rehenes es fácil encontrarse con que los asaltantes usan nombres en clave: colores, animales… ¿Has visto La casa de papel? Usan nombres de ciudades.

Israel cambió entonces el rostro. Había borrado la sonrisa para dibujar un gesto serio, agresivo incluso.

—¿Entonces ese tal Rojo es quien la ha torturado?

Virginia miró a Edgar y, aunque era reacia a la idea de compartir datos relevantes con personas ajenas al caso, entendió que Israel tampoco podía considerarse una persona ajena.

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—O quizá fue quien la ayudó a escapar.

El joven entonces asintió algo más relajado, como si ese hecho lo hubiera reconfortado, aliviado.

—¿Entonces por qué la secuestraron?

Y, durante más de un minuto, el silencio se impuso mientras todos trataban de buscar una respuesta a esa pregunta tan afinada. No hubo llamadas pidiendo un rescate, tampoco situaciones que pudieran sugerirlo. Lucía había desaparecido sin dejar rastro, igual que había vuelto con ellos.

—¿Necesitáis algo más? —preguntó Raúl entrando de nuevo en su despacho ante la mirada crítica de todos y el silencio azorado de Israel.

—Lo cierto es que estamos aquí para intentar aclarar el hecho que anoche quedó a medias. Los pormenores del accidente.

Raúl bufó con una sonrisa hastiada mientras se acercaba a la máquina de agua. Tomó un vaso pequeño y comenzó a llenarlo dejando como respuesta el burbujeo de la botella mientras dejaba caer el líquido.

—Ya me parecía extraño que aguantarais tanto.

Fue entonces cuando Virginia comenzó a enfadarse. Ella estaba acostumbrada a las negociaciones, a entrar en las mentes de los malos, no a convencer a los buenos. Esa no era su especialidad.

—¿Y no cree que a nosotros nos puede parecer extraño que su hija aparezca justo en la carretera por donde sus amigos circulaban? —Virginia comenzó a caminar para rodear la mesa sobre la que Raúl se apoyaba con el vaso refrescando sus labios y el otro brazo cruzado frente al pecho—. ¿No cree que nos puede parecer extraño ese atropello? ¿Y no cree que nos puede parecer extraño que usted no estuviera allí?

El hombre, que había seguido con la mirada todo el trayecto de la sargento, dejó el vaso sobre la mesa, se incorporó y, con una mirada gélida, espetó:

—¿Estás insinuando que puedo tener algo que ver?

Virginia no respondió. Estaba agotada físicamente, exhausta mentalmente, y esos enfrentamientos la destruían todavía más.

—Lo que quiero es saber todo lo que pasó, conocer los hechos y resolver mis dudas. ¿Por qué no estuvo esa mañana allí?

Raúl guardó silencio unos segundos, apretó la mandíbula y rechinó los dientes. Necesitaba recapacitar; pensar en las palabras de la sargento y entender, por un momento, sus motivos. Por eso calló, no porque no tuviera respuestas para dar.

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—No me apetecía salir. Desde la desaparición de Lucía lo único que había hecho era buscarla sin descanso y trabajar. Tenía que mantener la mente despejada, y salir en bicicleta los sábados me ayudaba bastante a evadirme. Pero no siempre me apetecía. Ayer no quise salir.

—¿Sabe si alguien más conocía los planes que tenían?

—Jamás los hemos ocultado. Tenemos un grupo de WhatsApp con más gente con la que solemos salir de vez en cuando. Pero últimamente ya no nos acompañan. Así que salimos siempre los mismos.

—¿Por qué ya no van con todo el grupo?

Raúl se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Suelen ir por rutas que no nos gustan, o hacer rutas de montaña. A nosotros la montaña no nos apasiona.

Virginia miró a Israel, que se había mantenido callado durante esa parte de la conversación.

—¿Tú no los acompañas? —se interesó la sargento.

—A mí no me gustan las bicicletas. Prefiero salir a correr —contestó con una sonrisa Israel.

—Tengo entendido que las tres víctimas tenían cierta relación laboral con usted. —Virginia se dirigió de nuevo a Raúl y cambió una vez más el rumbo de la entrevista.

—¿A qué te refieres con «cierta relación laboral»?

—Pues a que son socios, si no me equivoco.

Raúl frunció el ceño sin decir nada. Se mantuvo en silencio hasta que la pregunta de Virginia cobró sentido, solo entonces cambió la expresión. Lanzó al aire una risotada cínica y se mordió el labio.

—Vale, lo entiendo. Ya sé por dónde van los tiros. Vais a querer cargarme a mí el muerto. Yo los maté para quedarme con sus patrimonio en la empresa. ¿Me equivoco?

Virginia se mojó los labios. Sabía que Raúl iba a captarlo de inmediato, y ya tenía la respuesta preparada mucho antes incluso de haber planteado la pregunta.

—Nos interesa conocer la historia, ni más ni menos.

—Bien. Pues sí, Manuel, Alberto y Cristóbal eran socios. Los conocí cuando todavía la empresa estaba en auge y, tras una reunión, decidimos que sería un buen negocio ampliar el capital social de mi empresa para hacerla una de las más fuertes de la zona interior. Por eso entraron a formar parte de mi conglomerado. Eso pasó hace más de siete años. ¿Por

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qué iba a querer hacer nada ahora? Vuestras conjeturas son absurdas y precipitadas. Lo único que estáis demostrando es que seguís sin tener ni puta idea de dónde estáis.

Edgar miró a Raúl con desaprobación intentando interpretar esa nueva actitud que no había tenido durante toda la investigación.

—¿Ha habido alguna junta últimamente? —preguntó mirando también a Israel, que no perdía detalle de lo que decía su jefe.

—Hace un par de meses tuvimos la última, aunque normalmente son mensuales. Después de que Lucía desapareciera, dejé de lado un poco mis labores. Israel ha estado sustituyéndome cuando no podía atender a la empresa.

—¿Hablasteis de algo importante?

—Nada serio. Presupuestos y proyectos. Todo fue según lo planeado. Edgar asintió sin convencimiento. Su intención era la de marcharse, y

eso quiso transmitir a su compañera cuando buscó en sus ojos la complicidad sin entender que Virginia estaba planeando un nuevo ataque.

—¿Conoce usted a Ernesto Sanaguas, el padre de la joven desaparecida?

Y fue entonces cuando Edgar entendió la pregunta que había hecho Virginia un rato antes. Esa misma pregunta con sujetos cambiados. Ya sabía por qué ella no había dicho nada.

Virginia, en cambio, intentaba reproducir en su mente la foto que había visto antes de salir del adosado de un Ernesto algunos años más joven, con un mono azul con la marca de la empresa que Raúl dirigía grabada en el pecho.

—De vista quizá. —Y los nervios lo delataron: esa mirada esquiva, ese tremor que acababa de iniciarse en las manos, ese leve tartamudeo al responder.

—Es extraño —dijo ella con cierto retintín— que conozca de vista a alguien que ha trabajado para usted.

Y fue entonces cuando todo pareció volverse más oscuro. Sobre todo, la mirada de Raúl.

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Rafelguaraf

Domingo, 29 de mayo de 2022, 11:55 Villanueva de Castellón, Valencia

Los últimos minutos de la reunión con Raúl seguían en su cabeza, como el tráiler de una película, como un resumen mal hecho de un libro. Virginia no había parado de pensar en sus últimas palabras: «No puedo recordar a todos los que han trabajado en el taller», una frase sin sentido, sin convicción.

—¿Sigues pensando en Raúl? —intervino Edgar.

Ella lo miró y volvió a perderse en aquella marea enorme de naranjos que pintaban de verde el paisaje a ambos lados del coche.

—Algo estamos pasando por alto. No es normal todo esto: la desaparición de Lucía sin volver a dar señales de vida, su aparición tanto tiempo después. Ahora su padre, con tanta mierda que parece estar cayéndole encima, ¿no piensas que pueda tener algo que ver?

Edgar suspiró mientras seguía las instrucciones que el GPS le iba dando y que se correspondían con la información que el propio teniente Cabrera les había proporcionado mientras todavía seguían con Raúl. Se dirigían a Villanueva de Castellón a visitar al guardia civil que había llegado primero al accidente.

—No me hago a la idea de que un padre pueda hacer algo así con su propia hija. Además, Raúl nunca mostró una actitud que invitara a sospechar. Es ahora cuando parece que todo apunta hacia él.

—Muchos padres o madres han hecho cosas peores. No sé, me resulta todo tan extraño…

Virginia se retrepó en el asiento mientras veía cómo los recibía un pueblo de casas pequeñas, casas pequeñas y miradas curiosas en cada esquina hasta que llegaron al pequeño cuartel de la Guardia Civil. Un

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edificio color salmón se erguía junto a un pequeño descampado con una enorme bandera de España ondeando sobre una puerta metálica. Pero allí no parecía haber nadie, ni movimiento siquiera se percibía.

Los dos agentes se acercaron a la puerta y, cuando fueron a llamar, una sombra silenciosa y tranquila que crecía a sus espaldas los sobrevino. Ambos se giraron para toparse de frente con un joven moreno, de unos treinta; alto y con gafas de sol. El chico miró a los dos agentes y, cuando percibió el brillo de la placa que colgaba del pecho de Edgar, su rostro cambió por otro más afable, más suave.

—Disculpen, no había visto las placas. ¿Qué necesitan?

—Somos los sargentos Edgar Santana y Virginia Luque, de la unidad que está a cargo del caso de Lucía García. Buscamos al cabo Castellar — Edgar se presentó intentando parecer amable, sonriendo de forma tensa, casi fingida.

—He visto el caso por la tele. ¿Por qué quieren ver a Antonio? — inquirió agudizando la voz, como si alguien le hubiera apretado el cuello.

—Necesitamos aclarar unos asuntos que quedaron pendientes ayer. ¿Sabes dónde podemos localizarlo?

El muchacho se sacó las gafas para mostrar, en sus ojos marrones, la incredulidad que arañaba su rostro y despertaba su curiosidad.

—Pues conociendo a Antonio, seguro que en el bar de Quique. Os puedo ayudar yo si queréis. Creo que será mejor.

Los dos sargentos lo miraron primero a él y luego entre sí e intentaron deducir, a través de las palabras del agente, el significado de su propuesta.

—¿Por algo en concreto? —preguntó Virginia.

—No, por nada. Solo es que el cabo Castellar es un poco, digamos, especial.

—Especial —repitió ella—. ¿Por qué es especial?

El muchacho empezó a ponerse nervioso, a rascarse el brazo mientras miraba hacia todas las direcciones sin prestar atención a ninguna de ellas.

—Mejor lo dejamos. No os he dicho nada —y volvió a colocarse las gafas mientras dibujaba una sonrisa efímera, casi imperceptible—. El bar de Quique está justo al final de ese paseo que tienen detrás. Seguro que está allí.

Y, sin esperar una despedida siquiera, se introdujo en el edificio destinado a los residentes. Virginia se quedó observando la retirada del chaval, miró a Edgar y, tras encogerse de hombros, se dirigieron hacia el

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bar, que estaba a escasos quinientos metros, un local que hacía esquina y en donde un vehículo de la Guardia Civil se hallaba estacionado.

En el interior los dos agentes encontraron una tranquilidad bastante anodina, fresca y natural que se rompía en el fondo del salón, donde Antonio charlaba de forma animosa con el compañero que habían visto el día anterior cuando encontraron a Lucía. La charla se rompió de golpe cuando el cabo vio a la pareja acercarse.

Su mirada se oscureció y su boca comenzó a degustar el amargo sabor de las exigencias, esas que ya sabía que traían Virginia y Edgar.

—Llegáis pronto —dijo cuando los dos sargentos se plantaron frente a la mesa.

—¿Sabía que íbamos a venir? —inquirió Virginia fingiendo una alegría que no sentía.

—Vuestro jefe me ha llamado hace una hora. Esperaba que, al menos, me dejarais almorzar tranquilo.

Ella lo contempló. Observó su mesa con dos platos donde solo las migas del pan daban muestra de que allí había habido un manjar, y cuatro San Miguel sin alcohol vacías. También vio los vasos de café ya consumidos.

—Me parece que ya han acabado, así que, si no les importa, nos gustaría que nos llevara hasta el pueblo más cercano al accidente.

Antonio resopló con rabia, con furia. Miró a su compañero, que había apartado la vista hacía más de un minuto, se secó la boca con una servilleta, la tiró con una violencia disimulada sobre la mesa y se levantó casi de un salto.

—Rafelguaraf es el pueblo que está más cerca —dijo a escasos centímetros del rostro de Virginia mientras se volvía a ajustar a duras penas un cinturón despellejado en el último de los agujeros. Ella no solo no apartó su cara, sino que pudo intuir que aquel café no era sin alcohol. En ese momento un pequeño pero intenso tic en su párpado le hizo entender que sus nervios empezaban a controlarla. Sonrió con un tremor extraño en sus labios y, sin que le temblase la voz, ordenó.

—Ustedes irán delante. Queremos hablar con los agentes que controlan la zona allí.

Y tras el asentimiento de Antonio y sus andares pesados comenzaron a dirigirse al pueblo.

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El trayecto fue corto —de apenas unos quince minutos—; lento para Virginia, que no dejaba de pensar en el caso, en Irene y Lucía; cansado para Edgar, que intentaba seguir la estela despreocupada de la patrulla que los guiaba y que parecía querer perderlos de vista circulando al límite de lo prohibido.

Hasta que llegaron: Rafelguaraf, un pueblo pequeño de gente trabajadora que vivía de sus propios esfuerzos, de cuidar el campo, de trabajos de generaciones; un pueblo pequeño, tranquilo y observador.

Una vez dentro, Antonio no tardó más de dos calles en llegar al pequeño ayuntamiento, donde ya esperaban dos personas: un hombre que rozaría los cincuenta y una mujer de treinta y pocos.

—Antonio, no te esperábamos por aquí —dijo el hombre acercándose al oficial cuando todos se reunieron.

—Trabajo, Pascual. Trabajo.

—Ya veo. Con lo que te gusta a ti trabajar un domingo —respondió el hombre con sorna, riendo sin disimulo—. David estará contento contigo.

Y por fin Edgar pudo ponerle nombre al compañero de Antonio. David, ese guardia civil tímido y condescendiente, ese que apenas había dibujado dos sonrisas en los dos días que coincidieron. Este miró al policía y se encogió de hombros.

—Uno se acostumbra —dijo, y por fin su voz suave y joven se dejó oír. El guardia civil todavía era bastante bisoño, con mucho por corromper si seguía con ese tipo de compañeros, y eso lo sabían tanto él, como todos los demás, por eso se mostraba callado, apartado.

—Bueno, dejémonos de tonterías. ¿Qué se te ofrece?

Antonio miró a Pascual y sacudió la cabeza hacia los dos sargentos. —Ellos son los sargentos que están al mando del caso de la joven de

Alcira. Vienen por lo del accidente de Lucía.

Pascual asintió y llevó su mirada hacia los dos oficiales. Los analizó sin respeto, sin disimulo. Incluso llegó a juzgarlos para su propio interior, algo que Virginia presintió en su mirada de ojos negros y casi oculta bajo unas mejillas infladas. Todo en Pascual estaba inflado: la cara, los brazos, la panza; todo menos sus piernas, que parecía inconcebible que pudieran soportar ese peso.

—Bien, pasemos dentro. Aquí es mejor que no hablemos mucho.

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Y sin esperar respuesta comenzó a caminar hacia el interior del pequeño ayuntamiento, seguido de Antonio, que le susurró algo que nadie más oyó, y con la mujer cerrando el grupo.

Ya dentro, en una pequeña sala y con una Nespresso rompiendo el silencio, Pascual volvió a mirar a los agentes.

—Bueno, ahora sí. ¿En qué puedo ayudarlos?

—Nos gustaría saber si están al corriente de la desaparición de Lucía. —¿Cómo no íbamos a estarlo? Aquí Patri y yo estuvimos días

batiendo la zona.

Edgar la miró; una mujer joven, de aspecto serio: ojos verdes y pelo rizado y castaño. Se interesó en su apariencia conminatoria, en el fuego de su mirada. Sabía que no estaba a gusto con ellos ahí y no pretendía disimularlo.

—¿Encontraron algo extraño durante alguna de esas batidas?

—Todo lo que encontramos fueron los mismos huertos que ya conocemos de memoria. Nada más. —El hombre tomó un café, y otro se lo entregó a su compañera. No se molestó en ofrecer a nadie más—. Aquí la muchacha no estaba.

—En base a las pruebas obtenidas en el punto del accidente, todo hace pensar que Lucía salió de una zona bastante cercana. Es decir, que una posibilidad es que saliera de alguno de los huertos que vosotros conocéis —se adelantó Edgar recordando las imágenes del accidente—. ¿Habéis visto algún movimiento extraño en los últimos meses por la zona? Vecinos nuevos, tráfico inusual…

Pero Pascual no estaba por la labor de dejarlo terminar. Tras dar un sorbo rápido a su café, carraspeó con disimulo para cortar al sargento.

—Ya os he dicho que por esta zona no ha pasado. Aquí todo ha sido de lo más normal. No hemos visto nada fuera de lo común.

—¿Tienen algún plano donde podamos ver qué zonas han sido batidas y cuántas veces?

Pascual miró con desprecio a la sargento, como si aquellas palabras le hubiesen dolido y tratase de disimularlo de una forma torpe y atropellada.

—Creo que Patricia lo guardó.

La agente asintió en silencio.

—Estuvimos colaborando con varias unidades de la Guardia Civil. Sus compañeros tienen todos los mapeos que hicimos y las fechas también. Pueden corroborarlo cuando quieran.

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Virginia asintió. Su trabajo había sido meramente local, sin llegar a salir de Alcira. No conocía bien la zona, no había estado en batidas más allá de los pueblos colindantes, y mucho menos había participado en las entrevistas con el resto de los oficiales encargados de los rastreos. Su trabajo siempre estuvo alrededor del caso.

—¿Fueron ustedes los que llegaron primero al accidente?

Pascual asintió apesadumbrado, con esa tristeza que solo nace del recuerdo de algo ya vivido, con esa paz rota, quebrantada por momentos que quizá quiso evitar, pero acabaron por encontrarlo. Antes de hablar negó ante la obligación de recrearse en su dolor.

—Ojalá no hubiera presenciado eso nunca.

—¿Fue usted solo?

—Todavía era muy pronto. Me llamaron de urgencia, por lo que asistí yo solo. Este es un pueblo pequeño, así que por las noches solemos estar de guardia, sin patrullar. Ayer estaba yo de guardia.

—¿Qué encontró?

—Lo tengo todo fotografiado. Si quieren se lo envío. —Y sacó su teléfono móvil, que entregó a Edgar para que analizara las fotografías mientras él terminaba de relatar lo sucedido—. Cuando llegué, la imagen era horrible. Cuerpos desmembrados, sangre por todos lados, la gente queriendo matar a la chica. Fue todo muy dramático.

—Creía que el cabo Castellar había llegado primero.

—¿Eso les has dicho? —esgrimió Pascual con cierta furia en su voz—.

Pero si fui yo quien te llamó.

El oficial se sonrojó de inmediato, tanto que su piel comenzó a sudar sin control. Tragó saliva y sacudió la cabeza.

—Yo no dije que llegara primero. Dije que llegué a tiempo para que no le hicieran nada a la muchacha.

Pascual lanzó una carcajada sonora al aire mientras arrugaba el vaso de papel que había contenido el café y lo lanzaba a la papelera.

—Siempre tan fantasma tú, Antoñito. No, este buen hombre llegó cuando las asistencias ya habían sedado a la joven y comprobado que todo estaba en orden. Llegó para poner un poco de paz entre la multitud, que quería comerse a la chica, y para notificar el accidente a Tráfico.

Nadie más decidió mirar a Antonio, que se alegró de que su repentina ignominia hubiera pasado desapercibida, y retrocedió unos metros. Su vergüenza solo era superada por una rabia que intentaba convencerlo de

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que todos allí querían ningunearlo, como siempre habían hecho con él.

Apretó los puños, la mandíbula, y observó en silencio.

—¿Puede decirnos si identificó a todos los testigos?

—A todos no. Hubo uno que se me escapó, pero hice le una foto a su coche.

Edgar ya estaba mirando esa fotografía cuando Pascual la nombró. Había enmudecido al verla. Puso el móvil viejo y con la pantalla agrietada sobre la mesa y miró a Pascual.

—¿Es este el coche que nombras?

El oficial miró la imagen, entrecerró los ojos para cavilar bien su respuesta, impostó la voz y asintió antes de responder:

—Ese mismo. La memoria no me falla. Cuando llegué, tenía el móvil en la guantera grabando, es una costumbre, deformación profesional podríamos decirle. Ese coche salió casi al momento en que me bajaba de la patrulla. No pude ver la matrícula, pero dentro iba un hombre.

—¿Pudiste verlo? —se interesó Edgar, que no era capaz de controlar los nervios.

—No con la finura para un retrato, pero sí para decir que era un hombre.

—Necesitamos el vídeo. —Y, cuando se volvió hacia Virginia, no hicieron falta más detalles.

—Tenemos que irnos —zanjó ella tras levantarse de la silla—. Si necesitamos algo, volveremos a contactar con ustedes.

Y se marcharon rodeados del mismo silencio que encontraron cuando habían llegado, de las mismas miradas ominosas que los castigaban sin razón.

A Edgar todo le daba igual. La mirada de su compañera esperando una aclaración, incluso sus propios pensamientos morían en su cabeza repleta de dudas. Pero una duda era la que lo estaba consumiendo en ese instante.

La imagen del vídeo seguía congelada en sus retinas, la imagen de un Audi A4 negro idéntico al que había visto esa misma mañana.

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Recuerdos

Domingo, 29 de mayo de 2022, 14:40

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

La noche caía pesada y el frío podía colarse a través de esa pequeña ventana tapiada con maderas viejas y carcomidas.

El frío, la humedad, el olor a sangre, excrementos, sudor y miedo: toda una amalgama de elementos que impedían a Lucía dormir. El dolor ya no era lo peor. Había dejado de serlo después de la quinta visita, de que esas cuatro personas se desfogaran con macabras ideas sexuales que la llevaron hasta un mundo distinto donde ni siquiera conocía su propia voz, desgañitada por el dolor que las heridas provocaban en su cuerpo cada vez más destruido.

Lucía miró por la ventana y, cuando sus ojos chocaron con las pocas luces que atravesaban la enorme mancha oscura de huertos, gritó para intentar buscar auxilio entre esa espesa penumbra, para que alguien la escuchara.

El alarido llegó hasta Lola, que ya la esperaba al otro lado del sueño. —Tranquila, cielo. Todo está bien —dijo la psicóloga acariciando su

mano con levedad.

Cuando Lucía abrió los ojos consternada, con un fuego inquebrantable en la garganta y el pecho acelerado, la vio. Sintió el contacto en su brazo y, casi como un acto reflejo, se acurrucó como un gurruño olvidado de papel.

—Cariño, estás a salvo —repitió su madre al otro lado de la cama. Pero para Lucía aquellas dos personas eran dos extrañas. Ella veía sus

máscaras. Veía a Verde, a Rojo. Recordaba ese ser con el símbolo negro y sus ojos profundos y aterradores. Pero a quien no podía ver era a su madre o a Lola. Solo verdugos.

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Poco a poco la agitación en su respiración disminuía a medida que era consciente de dónde estaba. Pero, a pesar de que su cuerpo se relajaba, su mente seguía en alerta negando cualquier contacto, evitando cualquier mirada. Alzó la vista para centrarse en una televisión muda que mostraba el rostro de una joven de pelo castaño, mirada jovial y sonrisa perpetua hablando a la cámara. Pudo leer su nombre en el letrero a pie de imagen, incluso llegó a reconocer el hospital desde donde retrasmitían las imágenes. Quiso seguir investigando, pero su madre fue más rápida y apagó la televisión.

Lola entonces la miró y entendió el profundo estado de alteración en el que se veía imbuida la joven. Quiso buscar la forma de desbloquearla, de hallar en su mente un resquicio de paz, y creyó saber cómo encontrarlo.

—Ya es de día, Lucía. Mira por la ventana. Ya es de día.

Lo que en un principio parecía que habían sido palabras consumidas por el viento, con el transcurso de los segundos hizo efecto. Lucía llevó su vista hacia la ventana. Lola ya había corrido las cortinas, y la luz del sol entraba pura llenando de calor la habitación. Transportando a la joven a un estado de tranquilidad.

Ya no olía el miedo, la sangre. No oía el ruido seco de esos tacos queriendo partir la piedra. No sentía el peligro cerca.

—¿Dónde…? —intentó decir. Su voz todavía sonaba cortada, afónica debido al cautiverio de su dueña y los berridos que, en un estado de seminconsciencia, profería—. ¿Dónde estoy?

—Estás en casa, cariño. Ya estás con nosotros y no vamos a permitir que te pase nada malo. Ya no me voy a separar de ti para nada —dijo Inma con el alma arañada. Su voz intentaba transmitir esperanza. Buscaba aliviar el dolor de su hija aun teniendo que soportar el suyo propio, ese que es como una daga, como una espina atravesada que por más que intentes liberarla no se va. El dolor de Inma tampoco se iba.

—¿Podemos hablar un segundo? —pidió Lola a Inma después de dejar pasar unos minutos mientras permitía que madre e hija se fundieran en un abrazo de dos cuerpos que no se buscaban. Inma apretó con fuerza a su hija contra el pecho, pero Lucía apenas reaccionó, solo para apartarla con delicadeza cuando se sintió atrapada de nuevo.

—Ahora no —contestó la mujer con un tono seco. Con rabia.

—Es importante.

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—He dicho que ahora no —repitió, esa vez con mucha más inquina. Sus ojos, inyectados en sangre se clavaron en las retinas de Lola, que se tragó el orgullo y dibujó una sonrisa forzada.

—No insistiría si no fuera necesario.

Inma bufó con resignación, cansada de soportar una presencia que no admitía, angustiada por separarse de su hija. Inma no había pasado la noche en vela soportando los gritos desgarrados de su hija, llorando sin consuelo y compartiendo su dolor, para tener que lidiar con Lola. Aun así, aceptó y se incorporó para acompañar a la mujer al pasillo.

—¿Nos dejan cinco minutos? —pidió la psicóloga a los agentes que custodiaban la habitación.

Los dos hombres, de la misma altura y distinto porte, se marcharon sin queja alguna, contentos por ese descanso encontrado.

—Señora García. Entiendo que usted ahora quiera sobreproteger a su hija y que desee que se recupere cuanto antes, pero no es sano que le haga promesas que no pueda cumplir.

Inma entrecerró los ojos y tensó los labios mostrando toda la ira que iba a escupir unos segundos después.

—¿Estás insinuando que no sé cuidar de mi hija?

—No —cortó Lola rápidamente—. Estoy diciendo que le está haciendo promesas vagas. ¿Qué va a pasar cuando Lucía vea a los dos agentes apostados frente a su habitación? ¿Qué le vamos a decir cuando tengamos que informarla del accidente? Estoy convencida de que Lucía ni siquiera es capaz de recordar el accidente en estos momentos, y una noticia como esa podría hacer que todo lo que avancemos en estos días se esfume.

—Yo… no… —Inma pareció entender lo que la psicóloga le había explicado, pero su mente bloqueada no iba a dejarla pensar de otra forma —. Mi hija estaba ida. Ningún juez la va a culpar por el accidente.

Entonces Lola sintió que debía ser sincera no porque la situación demandara sus palabras exactas, sino porque su cuerpo le exigía desquitarse. Inma era su víctima perfecta, aunque innecesaria para su rabia contenida, que nacía del recuerdo de sus propios fracasos.

—Señora García, Lucía ha matado a tres personas. Sea como sea y en el estado en el que se encontrase, ha matado a tres personas. Y cualquier juez que tenga que llevar el caso va a tomar las medidas que crea

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conveniente para que Lucía se recupere, pero eso no va a eximirla de la culpa que conllevan sus actos.

Y desde ese instante supo que su aviso había caído con fuerza en el cuerpo de Inma, que pronto llenó los ojos de unas lágrimas que no pretendía disimular. En ese instante comprendió que, quizá, sus palabras habían sido innecesarias.

—¿O sea que mi hija es la culpable?

—No, Inma —dijo con más dulzura Lola buscando un acercamiento que sabía que no iba a encontrar—. Lucía es una víctima. Solo Dios sabe por lo que ha pasado esa niña. Pero no podemos ahora encerrarla en una burbuja y negarnos a que nada ni nadie la soliviante. Tenemos que volver a traerla con nosotros a base de cariño y paciencia, que nos hable de lo ocurrido, que libere todo ese dolor que ahora la oprime y la castiga. Si no logramos eso, seguirá desahogándose en sus sueños hasta que estos pasen a formar parte de su vida real.

La mujer asintió apesadumbrada, dolorida por todo lo que estaba pasando, liberada de parte del temor al tener de nuevo a su niña.

—Solo quiero que todo este infierno se pase ya y volver a tener a mi hija a mi lado.

—Ahora lo que tenemos que hacer es ayudar a Lucía y prepararla para lo que pueda pasar. Tenemos que estar listos para comprender que, seguramente, Lucía tenga que pasar un tiempo en un centro adecuado para tratarla.

Y ya en ese momento Inma no lo soportó más: se rompió como una taza de porcelana cayendo desde poca altura, como lo hace un cristal, estallando en un llanto que ni ella pudo controlar. Su dolor la llevaba a presentir un futuro aciago, triste para todos, un futuro con camisas de fuerza y visitas de dos horas un día a la semana; un futuro de miradas reprobatorias y acusaciones sin sentido; un futuro que no quería. Por eso lloró.

—¿Qué tenemos que hacer?

—Solo evitar hablar de un futuro o negar la realidad a la que estamos sometidos. Es bueno tratar los temas con delicadeza, pero no ocultar la situación actual. Lucía es una joven que, ahora mismo, tiene la cabeza sumida en un caos terrible. Ella sigue allí. Su mente no va a dejar de sentir ese peligro constante a que todo vuelva a empezar. Por eso tenemos que

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recordarle que está a salvo y, poco a poco, ella misma será la que nos cuente todo.

Inma asintió enjugándose las lágrimas y abrió de nuevo la puerta. Cuando el chirrido agudo de las bisagras cesó, otro sonido cortó el silencio que intentaba gobernarlos: era un sollozo agitado el que se oía desde el interior y que alertó a Inma. Ambas mujeres se miraron y corrieron hasta Lucía, que se encontraba acurrucada en la cama, temblando y con las pulsaciones por encima de ciento cincuenta.

—Cielo, ¿qué pasa? —preguntó Lola acercándose a la muchacha.

En sus ojos se podía ver el miedo, la angustia que estaba encogiendo el pecho de la joven. Su madre no dijo nada: se acercó a ella e intentó acariciarla. En ese preciso instante Lucía reaccionó.

—¡No! —gritó con furia, pero, cuando vio a su madre, rompió en un llanto tan fuerte que, esa vez sí, necesitó un abrazo para poder sentirse a salvo. Ahogada en el pecho de Inma, Lucía comenzó a hablar—. No me dejes sola, por favor. No me dejes sola.

—No lo haré, cielo —respondió acongojada su madre mirando consternada a Lola, que ya había dado la vuelta a la cama y se hallaba junto a ella.

—No estás sola, Lucía. Estás con tu familia de nuevo, ya nada malo puede pasar.

Lucía miró a la psicóloga con los ojos rojos e hinchados, y comenzó a negar con la cabeza. Los labios cortados intentaban hablar, contar todo lo ocurrido. Lo que salía de la garganta, en cambio, era un galimatías de lamentos y súplicas hasta que pudo serenarse un poco.

—Va a volver. Él va a volver —dijo cuando el cuerpo pudo desbloquearse. A pesar de ello, seguía anclada al pecho de su madre.

—¿Quién va a volver, Lucía? —preguntó Lola.

—Él: sabe quién soy y dónde encontrarme.

—Lucía —intervino de nuevo Lola al ver que la joven empezaba a bloquearse de nuevo—. Ya nadie puede hacerte nada. Estamos protegiéndote con todo lo que tenemos, y tu madre no se va a separar de ti mientras estés aquí. Así puedes confiar en nosotras. ¿Quién es esa persona que te está buscando?

Lucía negó. Los labios se habían sellado de nuevo, y no iba a volver a hablar. Lola tampoco quiso insistir. Sabía que acababa de dar su primer

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paso, y entendía que Lucía era consciente del accidente. Así que era cuestión de tiempo armar de nuevo ese puzle.

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Irene

22 horas desaparecida

Si la muerte pudiera definirse, sería algo como lo que Irene estaba sintiendo: oscuridad, frío, miedo y un sentimiento de abandono constante; pavor a lo que pueda ocurrir; náuseas y un dolor intenso en el pecho mientras el olor a la sangre se convierte en tu compañero. Irene pensó que estaba muerta antes de abrir del todo los ojos. Antes de que el dolor le recordara que todavía seguía ahí, sufriendo. Y es que el dolor era la antítesis de la muerte; su némesis. El dolor era lo único que ataba a Irene a un mundo real, tangible.

Cuando los abrió, la luz del día ya traspasaba la habitación partiendo en dos la oscuridad de aquel antro. Pero incluso esa débil lanza de luz le hacía daño. Le dolían los ojos, la boca. Sentía la lengua hinchada y seca, las manos dormidas, y creía que la cabeza le iba a estallar en cualquier momento.

Intentó incorporarse sin fuerzas ni convencimientos, apoyando las manos primero y, cuando flexionó las piernas, un latigazo de dolor le recordó lo ocurrido la noche anterior.

Se palpó a través de la penumbra inquieta de ese día el interior de las piernas para notar las heridas que aquel sujeto le infligió, para certificar que nada de aquello había sido una terrible pesadilla. Y entonces lloró.

Lloró por el dolor que le producían los puntos mal hechos que alguien le había practicado y que todavía sangraban. Por los pinchazos que sentía en su interior debido a aquella vejación sin consentimiento. Lloró por el pasado, pero también por el futuro. Irene lloró hasta quedarse sin voz, acurrucada en el suelo y abrazándose a las rodillas, hasta que un nuevo crujido en la puerta hizo que sus lágrimas se extinguieran.

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Cuando la puerta se abrió y la penumbra retrocedió acobardada, una Irene desmadejada y aterrada se dejó ver. Se había arrastrado hasta su rincón, y desde allí negaba con la cabeza mientras imploraba por un encuentro rápido que la devolviera a ese rincón, al menos viva.

Pero cuando vio la figura que se apostaba junto a la puerta, una ligera veta de esperanza surgió en su corazón. Ese tridente rojo, en aquel infierno particular, y aun sabiendo que también era un verdugo, le infundía cierta paz. Cierto alivio. A pesar de ello, no se movió, siguió temblando en el suelo mientras veía cómo Rojo se acercaba a ella con pasos lentos y cuidados.

—Siento lo de los puntos. Nunca había tenido que hacerlos, pero sangrabas bastante cuando te trajeron y tenía que detenerlo. Te he limpiado las heridas y vestido de nuevo. Toma. —Y dejó junto a sus pies un bocadillo y una nueva botella de agua fresca.

A Irene le temblaban los labios, le dolía el alma casi más que sus propias heridas. Siempre fue una mujer valiente y fuerte y, cuando sentía que estaba a punto de perderse, se miraba las muñecas y recordaba que nunca iba a volver ahí, a esos pensamientos que la convencían de que la muerte era más atractiva que la vida. Pero ahora, en ese zulo improvisado, rodeada de perversidad y precariedad, sentía real la llamada del otro mundo. Por momentos se arrepentía de no volver a la Irene gordita y fea de la que todos se reían, esa niña insegura que se dejó convencer de que estaba en el cuerpo equivocado, esa que estuvo a punto de cumplir con las ideas que más de una niña le propuso.

Pero no iba a rendirse; no, al menos, ese día. Miró a Rojo y, pretendiendo mostrarse dulce, negó con la cabeza mientras lanzaba una sonrisa dolorida.

—¿Por qué haces esto?

Rojo apartó la vista. La llevó hacia la entrada del cuarto como si supiera que estaba haciendo algo mal, como si no quisiera que nadie más lo oyera. Luego se volvió hacia Irene y clavó su mirada en los ojos huidizos y llorosos de la joven.

—No quiero hacer esto. Por eso estoy aquí. Quiero ayudarte. —Pues sácame de aquí, por favor —suplicó ella con la voz casi rota. —No es tan fácil. Él ya sabe quién eres y no va a dejarte escapar hasta

que… —Y calló. Y su silencio fue una maza para Irene, que agachó la cabeza resignada.

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—Hasta que me mate.

—No lo permitiré. No voy a dejar que lo haga —dijo con rabia, convencido—. Pero no va a ser una tarea fácil y no puedes rendirte.

Irene, al escuchar aquello, sintió que en su pecho se alojaba una luz de esperanza teñida de sombras tan oscuras que volvían a romperse cuando más pensaba en ella.

—¿Quién eres?

—Eso no importa ahora. Lo que tenemos que hacer es resistir, buscar el momento. Yo estaré siempre aquí para cuidarte y protegerte cuando vuelvas del camión. Y cuando sea el momento…

—¿Camión? ¿Qué camión? —preguntó Irene preocupada. Sus ojos habían comenzado a bailar nerviosos y su mente trabajaba buscando un significado a las palabras de Rojo.

—Olvídate de eso. Solo quiero que entiendas que estoy contigo y que, pase lo que pase, seguiré a tu lado, pero todos vamos a tener que hacer cosas que no nos gustan, cosas para las que no estamos preparados. ¿Lo entiendes?

«Cosas para las que no estamos preparados», esas palabras sonaron duras. Irene no estaba preparada para morir, tampoco para ser víctima de las ideas macabras de un ser desquiciado. ¿Para qué más tenía que prepararse? No, ella no lo entendía. No era capaz de asimilar que había opciones más macabras que las que estaba sufriendo.

—¿Qué estás diciendo?

Entonces Rojo respiró con fuerza y se arrodilló a su lado. No intentó tocarla. Irene tampoco se hubiera dejado, pero bastó el movimiento de su mano proyectándose hacia el suelo para apoyarse para que ella reaccionara encogiéndose cuanto pudo.

—Para salir de aquí vas a tener que hacer cosas muy difíciles. Será solo entonces cuando yo pueda ayudarte.

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Primeras pistas

Domingo, 29 de mayo de 2022, 15:34

Cuartel de la Guardia Civil de Alcira, Valencia

Apenas cabían todos en aquel pequeño despacho. Junto a una mesa de madera de roble vieja, se sentaban los responsables del caso de Lucía. A un lado estaban Virginia y Edgar; también Ángel Fuster —el sargento de la unidad provincial de la UCO— los acompañaba. Incluso varios especialistas en victimología, perfilación criminal y delitos telemáticos eran testigos esa mañana. A la cabeza estaba el teniente Cabrera; serio, observador, cauteloso.

—Bien, os he hecho venir por varias razones —inició el teniente con la voz calmada.

La cita se había producido después del hallazgo de Virginia y Edgar en Rafelguaraf. Cabrera no quiso esperar y pidió a todo el equipo que se reunieran en el cuartel de la Guardia Civil de Alcira, situado en la calle Mayor Santa María, a escasos quinientos metros del lugar donde habían secuestrado a Irene.

—Estamos investigando la pista que nos han ofrecido los sargentos enviados para ayudarnos. Por ahora no hay nada. Es un Audi bastante común y el hecho de no tener ni matrícula ni retrato del conductor, nos complica la búsqueda.

—Podríamos compararlo con las grabaciones del concesionario. Esta mañana vi salir un coche similar de esa zona.

Cabrera miró a Edgar con seriedad, con unos ojos agrandados por las gafas que cubrían parte de su cara.

—No voy a pedir una orden para comprobar las grabaciones del concesionario, sería una declaración de intenciones.

—¿Y revisar los locales…?

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—He dicho que no voy a pedir una orden —cortó con sequedad el teniente a un Edgar que entrecerró los ojos sin disimular su enfado—. Hay más cosas.

Como si aquellas palabras fueran un acicate perfecto, Ángel se levantó y colocó varias fotografías en la pizarra que tenían del caso, una pizarra que apenas habían podido rellenar en las últimas semanas. En ella se veían las últimas imágenes de Lucía saliendo del local con su novio. Más tarde una en la que este volvía a entrar. Había extractos de su testimonio alegando que discutieron y él volvió a la discoteca solo; y muchas entrevistas que no llevaron a ningún lado.

—Esto es todo lo que tenemos del hombre que secuestró a Irene — expuso Ángel tras clavar una chincheta roja sobre el papel de la fotografía.

En la descripción del retrato se veía a un hombre joven, con gorra, ojos pequeños y labios gruesos.

—¿Por la descripción encaja en algún perfil conocido? —preguntó Edgar, que sabía más que Virginia sobre estos casos. Era consciente de que esa descripción seguramente sería la ofrecida por algún testigo con más afán de protagonismo que sinceridad en sus declaraciones.

—Ninguna coincidencia. Este retrato no es muy fiable. Nos lo ha dado el viejo de la papelería. Dice que solo lo vio a él. Lo único que podemos tomar como firme es la descripción de ciertos aspectos.

Virginia arrugó la frente con interés, mientras que su compañero apenas se había inmutado. Él seguía analizando cada palabra de Ángel.

—Según nos contó el viejo, este tío tiene un tatuaje en su mano derecha, en la zona superior, en forma de reloj con dos ojos a la altura de los nudillos. Por lo visto se percató del tatuaje, ya que, según contó el hombre, vio esa misma furgoneta esperando la llegada de Irene. El chico que él vio era el acompañante y, al parecer, pudo fijarse en eso. Es un tatuaje bastante peculiar, así que hemos enviado varias patrullas a recorrer todos los tatuadores de la zona. A ver si, con un poco de suerte, damos con el propietario de ese tatuaje.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Virginia al ver que nadie más decía nada.

—Pues es curioso. Los del equipo de Arnau han encontrado algo interesante en el caso de Irene.

Arnau Monfort era el sargento de la Unidad de Delitos Telemáticos, y uno de los mejores con un ordenador en las manos. El hombre sonrió

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cuando Roberto le dio paso, y conectó un proyector que tenía sobre la mesa. En apenas unos segundos, cuando el aparato se encontraba listo, lanzó la imagen sobre la pared. En ella se veían las cuentas de Facebook e Instagram de Irene.

—Hemos conseguido entrar en las redes de Irene, y lo que ahí hemos encontrado nos deja, cuando menos, asombrados.

—¿Cómo habéis podido entrar en sus cuentas? —preguntó Virginia, que entendía de la dificultad que entrañaban actos semejantes.

—Su madre nos dio una lista de posibles contraseñas. No ha sido muy difícil. Pero eso ahora no es lo importante, lo interesante es lo que hemos encontrado —cortó Arnau con cierto desinterés.

Volvió a manipular el aparato y, en cuanto dio varios clics, desapareció la imagen de sus perfiles, donde se veía su rostro inmaculado, perfecto y liso; sus ojos azules y penetrantes; su sonrisa delicada. Justo después, otra fotografía menos amable surgió.

Virginia abrió los ojos al ver lo que Arnau había mostrado con un orgullo casi victorioso, como si quisiera vaticinar el final del caso. Y podría serlo.

—¿Ese es? —dudó ella con la voz cortada por la sorpresa.

—El mismo: nuestro querido Javier Calabuig, el novio perfecto que toda chica podría desear —respondió Cabrera sin esperar a que Arnau lo hiciera.

En la pared se veía una captura de la cuenta de Instagram de Irene, concretamente de la bandeja de mensajes. En esa bandeja aparecía una conversación con Javier justo dos días antes de su desaparición. Virginia la reprodujo con la bilis a punto de escapársele por su boca por el asco de tener que presenciar algo así.

Oye, rubia. ¿Te gustaría que nos tomáramos una este sábado? Yo invito.

Javi, ya te he dicho que no me interesa. Déjame en paz. Además, se supone que tendrías que estar ayudando a encontrar a Lucía. ¿Qué mierda tienes en la cabeza?

Oye, que lo de Lucía me duele más de lo que piensas. Pero ¿qué tengo que hacer? No puedo estar toda la vida lamentándome.

Vete a la mierda, Javier.

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Vamos, no te hagas la estrecha ahora. La última vez no dijiste lo mismo.

Edgar buscó en los ojos de su compañera la razón que le ayudara a entender lo que Arnau acababa de mostrar.

—¿El novio de Lucía tenía algo con Irene? —preguntó Virginia. —Eso es lo que tendréis que averiguar vosotros. Tenemos orden para

entrevistar a Javier Calabuig, así que toca salir a pescar. Ángel también va a traer a Ernesto Sanaguas. Él también tiene muchas cosas que explicarnos.

Edgar torció el gesto con asombro, pero pronto entendió que todo eso tendría que ver con las mismas preguntas que Virginia le había hecho tanto a él como a Raúl esa misma mañana. Por eso quiso interesarse.

—¿Hemos encontrado algo en Ernesto?

—Sí, cuando me contasteis lo que sospechabais, hice un par de llamadas a un colega que tengo en la Seguridad Social. Nuestro querido Ernesto trabajó en la empresa de Raúl desde el año 2000 hasta el 2004. ¿No es suficiente tiempo para que se acuerde de Raúl? —respondió Roberto preparando varios papeles que tenía junto a las manos.

—¿Y por qué iba a ocultar algo tan fácil de averiguar?

—Nervios, secretos, alguna rencilla pasada, odio, envidia. O sencillamente, era verdad que no se acordaba. El caso es que Ernesto, a los pocos meses de finalizar el contrato con la empresa de Raúl, se montó su taller. Y hasta hoy en día.

—Eso podría ser un motivo. Trabaja con Raúl y luego se dedica a hacerle la competencia. Yo también estaría molesto con un compañero de trabajo que luego intentara joderme el negocio —esgrimió Edgar con cierta autoridad en el asunto. Sabía que el odio o la envidia son los principales responsables de la mayoría de las venganzas. Por eso entendía esa razón como un potente aliciente para cometer un crimen.

—Lo sabremos cuando lo tengamos con nosotros. De momento las conjeturas y las hipótesis las dejamos para las conversaciones en el coche o en el bar.

Virginia y Edgar miraron a Roberto con desdén cansados ya de sus respuestas mordaces y soberbias, de su actitud chulesca. Ángel, en cambio, parecía disfrutar de las salidas de tono de su teniente. Pero la conversación no se extendió más. Tras un golpe en la mesa del teniente, todos entendieron que tenían cosas que hacer.

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—¿Has tenido que lidiar con muchos como Cabrera? —se interesó Edgar viendo que Virginia no había abierto la boca desde que habían salido del cuartel.

Aquella era la segunda vuelta por el Campo de Deportes Venecia, donde buscaban a Javier. No fue difícil dar con él, ya que había colgado en sus redes una foto jugando un partido de fútbol y había etiquetado al recinto. Aquello era la magia de la digitalización y exposición a una vida pública.

—Tan gilipollas, no. Lo cierto es que desde que llegué de Estados Unidos, en todos los casos a los que había acudido, la gente había sido bastante accesible. Roberto es un poco especial.

La vocación de Virginia no fue encontrada. Ella siempre quiso ser una agente importante, resolver crímenes, luchar contra los malos. Por eso, desde joven, decidió que se dedicaría a eso. Por eso se alistó en el Regimiento de Ingenieros de Burgos. Por eso postuló después para la Guardia Civil y más adelante para un puesto en la Unidad Central Operativa. Y esa vocación fue la que la llevó a un nivel de excelencia único, a un curso especial de dos años con los expertos negociadores del FBI. Por eso era tan aclamada en España. Y por eso le costaba tolerar a subnormales como Cabrera.

—Lo cierto es que yo sí he tenido alguno del estilo. En mi caso porque no me aceptaban a mí.

Virginia le dedicó una mirada condescendiente que, a pesar de intentar disimular, llegó hasta Edgar, aunque no le importó: él estaba acostumbrado a eso.

—Debió de ser muy duro.

—No todo el mundo acepta a un gitano como compañero de litera o de coche. Al principio lo fue. Tener que lidiar con desplantes, insultos o incluso que intentaran culparte de cosas de las que no tenía nada que ver. Pero lo que no te mata te hace más fuerte, ¿no? O eso dicen —dijo mostrando su mano mutilada y una sonrisa débil en el rostro. A él no lo hizo más fuerte.

—En todas las familias siempre está el cuñado gracioso. Creo que no he visto ningún grupo que no tenga algún tonto, así que es algo natural. Hay que afrontarlo.

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Ambos rieron con soltura durante unos segundos. Virginia arrugó la cara y miró hacia el interior del campo.

—Allí está —dijo señalando a un joven que corría veloz por la banda con el balón en los pies y perseguido por dos chavales vestidos con camiseta roja y pantalón negro.

Edgar aparcó y ambos comenzaron a caminar hacia el campo pisando el cómodo y blando mantillo de hierba artificial. Las palabras se habían quedado en el coche: sus confesiones, sus miedos. Ahora los dos se centraban en el muchacho moreno y sudado que se percató enseguida de la presencia de los dos agentes. Los miró y tensó los músculos.

Durante los siguientes diez minutos no volvió a ser el mismo. Ya no corría igual, el balón parecía repelerlo, los compañeros comenzaron a recriminarle sus fallos hasta que al fin decidieron cambiarlo.

—Vamos —dijo Edgar cuando vio que Javier salía del campo.

Ambos comenzaron a caminar hacia el muchacho y, cuando este se encontraba a escasos diez metros y sus detalles se hicieron más nítidos, la mirada de Virginia cambió por completo. Sorprendida, se giró hacia Edgar.

—Vaya, creo que alguien se nos ha adelantado.

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Falso

Domingo, 29 de mayo de 2022, 17:05 Alcira, Valencia

A medida que Edgar y Virginia se acercaban a Javier, los detalles que ella había percibido se hicieron más notables. A pesar de su aspecto serio, no podía disimular su ojo hinchado, su labio partido, los arañazos en el cuello.

—Buenos días, Javier, ¿todo bien? —preguntó ella con un tono mordaz.

Él asintió con precaución mientras intentaba no mostrarse nervioso. Y para Edgar era difícil encontrar un chivato en sus gestos, ya que su cuerpo estaba sudado debido al partido, acalorado y agitado. No sería fácil distinguir la mentira en su estado.

—¿Lo dices por esto? —Y señaló las heridas de su cara—. Gajes del oficio. Cuando uno va muy a saco en el fútbol, puede llevarse más de un pelotazo.

—Habrá sido un balón muy duro entonces —insistió ella sin pretender disimular su ironía—. Y por lo visto te han dado varias veces. Dicen que los buenos defensas ponen las manos en la espalda, pero lo tuyo roza el sadismo. —Virginia no pudo reprimir la risa que iba deformando su rostro.

El muchacho se sonrojó mientras dibujaba una mueca de desconcierto al notar que ninguno de los dos lo había creído.

—¿Ocurre algo? ¿Lucía está bien?

—No sé. Es tu novia, deberías saber cómo se encuentra. A no ser que… —La sargento cortó con premeditación su discurso para crear en el joven un sentimiento de agobio. Y solo continuó cuando vio cómo tragaba saliva con nerviosismo—. Bueno, que te importe poco el estado de Lucía.

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El rostro de Javier mutó por completo pasando de un aspecto desaliñado y nervioso a otro más furioso y amenazante.

—Yo me preocupo por mi novia. ¿Acaso no puedo venir a jugar un partido con unos amigos mientras su madre cuida de ella? Además, ellos no me quieren allí —dijo con rabia mientras apartaba la mirada para no mostrarse débil.

—No me extraña —cargó de nuevo ella haciendo que el chaval la mirara con asco—. Yo tampoco querría al lado de mi hija a alguien que se dedica a buscar diversión en otras camas mientras su novia se debate entre la vida y la muerte.

Y, como si la muerte hubiese susurrado en los oídos de Javier, este se tornó lívido, estático. Sus manos empezaron a temblar y fue entonces cuando Edgar encontró un punto donde fijarse: en el temblor de su cuerpo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él con los nervios empezando a castigar su voz, que iba perdiendo fuelle con cada segundo que pasaba.

—¿Conoces a Irene Sanaguas?

El muchacho torció el gesto en un claro síntoma de ansiedad. Sabía que esa pregunta ya tenía una respuesta y que solo buscaban sus reacciones. También sabía que, si habían ido a buscarle, significaba algo todavía peor. Por eso Javier torció el gesto.

—Sí, del pueblo. Nos movemos por las mismas zonas prácticamente. Además, estudiamos en el mismo instituto. ¿No estaréis pensando…?

—Nosotros no pensamos —cortó con sequedad ella—. ¿La has visto en los últimos días o has tenido intención de verla?

—No tenemos relación. Apenas habremos hablado un par de veces, y hace mucho tiempo de eso.

Y esa fue su mentira. En ese momento Edgar apretó la mandíbula mientras devoraba sus palabras con rabia, sin degustarlas y casi procurando no masticarlas. Escuchó paciente su declamación antes de pasar él a la acción.

—¿Y a su novio? ¿Lo has visto últimamente? —dijo con una intención oculta.

Edgar recordó, al contemplar las heridas en la cara de Javier, la primera vez que vio a Vicente. A su mente volvió la imagen de ese muchacho destrozado con las manos apoyadas en la cara. Y fue esa secuencia la que llamó su atención. Recordó las heridas en los nudillos de Vicente y los pequeños hematomas todavía frescos.

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—No, a Vicente no lo he visto hace algunas semanas. Él sí que no se deja ver tanto como Irene.

Edgar no siguió hablando. Esperó paciente mientras Virginia le pedía paso para preparar lo que sería su investigación particular. No iba a insistir, tenía un plan mejor.

—¿Y hablado? ¿Has hablado con Irene en los últimos días? —insistió Virginia sin interesarse por la agitación que comenzaba a crispar al joven.

—Ya os he dicho que no.

Fue entonces cuando Virginia, cansada de las continuas mentiras de Javier, decidió enfrentarlo de forma definitiva.

—Entonces tendrás que explicarnos bien por qué tenemos una conversación tuya de hace unos días en la que le propones quedar.

Javier abrió los ojos y comenzó a negar con velocidad. Su cuerpo temblaba casi más que su cabeza y empezó a jugar con los dedos de las manos frotándose las palmas. Ya no estaba nervioso; estaba aterrado.

—Yo… No… No hablé con nadie… No —tartamudeaba sin parar, sin conocimiento siquiera de lo que estaba diciendo.

—Javier. Tenemos una conversación tuya con Irene en la que ella te manda a la mierda porque tú no paras de insistir en verla. ¿Qué pasó? ¿Ella te rechazó y te sentiste humillado? ¿La fuiste a buscar para que te lo explicara y decidiste forzarla?

Pero las preguntas no llegaban al chaval, que se había perdido viendo cómo sus amigos jugaban a pegarle a un balón, porque aquello había dejado de ser fútbol desde hacía varios minutos. Todos estaban entretenidos mirándolo.

—Yo no hablé con ella. Estáis mintiendo.

—Entonces, si estamos mintiendo, no te importará que revisemos tu cuenta de Instagram. Seguramente en tu chat no tengas esta conversación. —Y Virginia le mostró la pantalla del móvil donde se veía la captura que Cabrera les había pasado hacía un rato—. Creo que lo mejor será que nos acompañes al cuartel.

Y esa amenaza cayó como un jarro de agua fría en el cuerpo de Javier, que detuvo los temblores de golpe para posar su mirada quebrada sobre el rostro de la sargento. Esta se mostraba imperturbable, atenta a lo que pretendía decirle Javier.

—¿Vais a detenerme? —preguntó con la voz aniñada.

—De momento solo queremos hablar. Levanta.

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Pero en ese instante el chaval reaccionó, como si una ráfaga de realidad le atufara de golpe para recordarle una posible escapatoria.

—¿Tenéis una orden?

Virginia apagó la mirada de golpe. Su rostro, que había permanecido serio, ahora se transformaba en un mosaico afilado de furia, ira y un autocontrol necesario para no levantar la mano más de lo debido.

—¿Vas a jugar esa carta? —amenazó ella.

—Sin una orden, yo no voy a ningún lado.

Ambos agentes asintieron con una mueca de resignación. Sabían que ese joven iba a hablar, y lo haría fuera como fuera, así que, simplemente, sonrieron.

—Bien, como quieras. Podemos hacer esto de dos maneras, o nos dices ahora, por las buenas y con tranquilidad, todo lo que queremos saber, o vamos a por una orden y en dos horas estarás en un calabozo y contestando a lo que nos dé la gana preguntar. Y, eso sí, estarás ahí los tres días que podré tenerte. Tú decides.

Javier apartó la mirada consciente de su derrota. No iba a ser fácil enfrentarse a la autoridad, y mucho menos teniendo tantos trapos sucios que tapar. Por eso apartó la mirada.

—Está bien —respondió él con el cuerpo reblandecido, hundido en sus propias incongruencias. Suspiró con fuerza y continuó—: Irene y yo nos conocemos de hace un tiempo. Una de sus amigas suele venir de vez en cuando conmigo, y algunas noches hemos coincidido.

—Y a ti te gusta.

—¿A quién no? Está de muy buen ver la chiquilla. Hay que ser marica para no gustarte Irene.

Virginia se mordió el labio para obligarse a no responder. Por un momento recordó su infancia y todos los apelativos que le regalaban a ella: «E. T.», «inspectora Gadget», «la Señora Fantástica», eran algunos de sus apodos. Recordó también a su Irene particular, que en su época era Claudia, una muchacha que arrastraba las miradas de todos los compañeros de clase.

—¿Llegasteis a tener algo?

—Solo pasó una noche. Nos vimos de fiesta y bueno, con el tonteo del alcohol, la música y el calor, pues nos apeteció un poco.

—¿Cuándo pasó eso? —insistió Virginia.

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—Pues hará un año, un poco más, creo. Por fallas, fue. Pero no pasó nada. Nos liamos un poco, ella me metió mano en el paquete, yo le sobé un poco las tetas y nada más. Cuando quise llevarla a mi casa, ella reaccionó y salió corriendo.

—Y Lucía, ¿dónde estaba?

—Ella ese fin de semana se quedó en Valencia. No la vi hasta un poco antes de su desaparición.

Ahora fue Edgar quien sintió la necesidad de entrometerse, de luchar por liberar las dudas que su conocimiento le intentaba lanzar. Suspiró para llamar la atención del joven, que lo miró con cierto miedo.

—¿Es posible que el motivo de la discusión que tuviste con Lucía la noche de su desaparición fuera Irene?

Javier arrugó los labios y no hizo falta que contestara. Su gesto ya lo había delatado antes incluso de asentir para confirmar las dudas del sargento.

—Lo de Irene pasó hace un año. Lucía ya lo tenía más que asumido — respondió con cierta seguridad.

—Entonces pudo ser otro nombre.

Y ahí sí, Javier tuvo que callar. Edgar había afinado mucho la puntería para lanzar sus preguntas, y no hizo falta que este respondiera para entenderlo.

—¿Qué pasó después de que Irene te mandara a la mierda? ¿Fuiste a buscarla quizá? —insistió Virginia al ver que su silencio había contestado por él.

—¡Que no, joder! —estalló él cuando sintió que la ansiedad superaba su control—. Que no es la primera tía que me manda a la mierda. Seré un cabrón, pero no un asesino. No voy por ahí secuestrando a quien me dice que no, ¡hostia!

—¿Cuándo fue la última vez que la viste?

—No lo recuerdo. Creo que desde la noche que desapareció Lucía no he vuelto a ver a Irene.

Los sargentos entendieron que, sin una orden, ya nada más se podía hacer. Tampoco tenían más preguntas, de momento, así que decidieron dejarlo ahí, sin despedirse, sin darle las gracias. Tan solo le convencieron para que no saliera del pueblo y se marcharon sin que Virginia supiera muy bien dónde ir. Edgar, en cambio, sí lo sabía. Él tenía muy claro cuál

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iba a ser su próxima parada y ya había solicitado la dirección a los compañeros: calle Viento de Poniente, ahí era.

El camino empedrado y dificultoso, con calles estrechas e irregulares, pasaba junto a la casa de la familia de Vicente Polit, ahí esperaba él, en la puerta, después de que Edgar le notificara su visita.

—¿Por qué quieres ver al novio de Irene? —preguntó Virginia un tanto sorprendida.

—¿Recuerdas cuando lo vimos? —Ella asintió—. Bien, mira sus manos.

Cuando él lo dijo, la figura de Vicente ya se proyectaba a través del portón de acceso a su casa; un edificio de dos plantas bastante grande. Él esperaba junto a un BMW 335i.

Virginia obedeció. Cuando se bajaron del coche y la presencia del muchacho —todavía afectado— fue lo suficientemente clara, se interesó en el detalle que Edgar le había advertido. Vio los moratones todavía más definidos en las manos, los restos secos de sangre oscura, la venda enrollada en la muñeca.

—Buenos días, Vicente. Perdón por molestarte a estas horas, pero era necesario que habláramos —alegó Edgar con una delicadeza que no había tenido con Javier.

—¿Sabéis algo ya de Irene? —La apariencia del joven era todo lo contrario a la de Javier. Sus ojeras denotaban su insomnio de aquella noche, su dolor estático en el pecho y el sufrimiento al que se estaba siendo sometido.

—Estamos investigando sin cesar. Daremos con ella, estoy convencido.

—¿Qué queréis entonces?

—Venimos a hablar de la herida de tu mano. No pudimos pasarla por alto ayer, y queríamos saber cómo ha ocurrido, ya que se ve bastante reciente.

El joven se miró la mano y apretó los labios. Luego observó a los dos sargentos sin saber bien cuál era la intención real de esa pregunta.

—Esto no es nada.

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—Vicente. Con Irene desaparecida, créeme que una herida así es mucho. ¿Cómo te la has hecho? —insistió Edgar, que no quería hablar más de la cuenta.

—¿Pensáis que esto me lo he hecho por ella, que puedo haberle hecho daño? —inquirió Vicente sorprendido. Aquella sospecha le dolía tanto que no pudo disimular su enfado—. Jamás le he puesto un solo dedo encima a Irene. ¿Qué os pensáis…?

—Vicente. Queremos confiar en ti, pero tienes que entender que para nosotros eres un desconocido. Y cualquier sospecha tendremos que investigarla. Si pensáramos que esa herida ha sido en un acto contra Irene, ahora mismo no estarías aquí.

El joven se pasó la mano por la cara angustiado, nervioso. No quería hablar. Se veía en su rostro que no tenía intención de decir la verdad que palpitaba ahora en su mano dolorida. Por eso Edgar siguió insistiendo.

—¿Tiene algo que ver con Javier?

Entonces su rostro cambió: el gesto se paralizó por completo mientras los ojos crecían sin control.

—¿Qué os ha dicho?

—Nada. Pero tampoco hace falta. ¿Tuviste una pelea con él?

—No fue nada serio, un encontronazo simple. Él se metió donde no lo llamaban y yo decidí pararle el carro.

Edgar lo miró. Contempló sus brazos tatuados y definidos, su cuerpo de metro ochenta y su aspecto agresivo. No pudo evitar compararlo con el de Javier para entender que este no tenía mucho que hacer en un enfrentamiento.

—Sabemos lo que pasó, Vicente.

Él miró a Virginia, que asentía en silencio y con cuidado para no enturbiar a un chaval que iba desmoronándose poco a poco. Levantó la barbilla y, como si quisiera imprecar al cielo, lanzó un leve suspiro.

—La culpa no fue de Irene. Ese hijo de puta llevaba tiempo detrás de ella y se aprovechó de que se había pasado un poco con la bebida. Irene es muy flaca y con dos chupitos ya le sobra.

—¿Qué pasó? —insistió Edgar, ahora con más firmeza en su voz, sabiendo que los dos iban por el mismo camino.

—Pasó que Javier estuvo atosigándola durante semanas para quedar. Y ella no le hacía caso. Ese fin de semana se juntaron en una discoteca y él empezó a invitarla. Cuando pensó que ella estaría dispuesta, se lanzó.

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Irene pensó que era yo. Estaba tan borracha que no se dio cuenta hasta que le metió mano. Fue entonces cuando le dio una hostia y se marchó.

—¿Tú estabas con ella?

—Yo el domingo tenía un combate y no salí esa noche.

—¿Combate? —inquirió con preocupación Edgar.

—Sí, practico kick boxing. Estoy federado y tenía competición ese domingo.

—¿Qué hiciste cuando te enteraste de lo que pasó?

—Me enteré hace unos días, cuando Irene me contó lo del mensaje. Fue entonces cuando fui a verlo y le dije que la dejara en paz. Pero él se puso tonto, así que no pude evitar golpearlo. Sé que estuvo mal, pero, si lo tengo ahora delante, te juro que lo mato. Por eso estoy aquí. No quiero ir al pueblo para evitar ver a nadie. No quiero que me quiten la licencia.

—¿Irene te contó lo ocurrido?

Vicente asintió con dolor, con los ojos hinchados y los puños apretados. Era un dolor que mezclaba la traición y la pena.

—¿Te contó algo más?

—Algo como qué.

—No sé, alguna hipótesis, sospecha o miedo que pudiera tener. —Irene estaba tranquila. Todos cometemos errores. Ella misma me

perdonó cuando fui yo quien lo cometió. No puedo tenérselo en cuenta. —No me refería a eso. Algún miedo personal, miedo a que pudieran

hacerle daño.

—No, ella jamás pensó en nada de eso.

—Bien, Vicente, si te enteras de algo, por favor, avísanos.

Y con esa nueva información se marcharon de nuevo. Tenían algo más que hacer: una nueva visita los esperaba, un nuevo enfrentamiento a causa de secretos no revelados, de mentiras a medias. De falsedad. Solo cuando el viento sopla con la fuerza suficiente para levantar el polvo, resurgen las grietas que se ocultaban bajo este.

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Secretos

Domingo, 29 de mayo de 2022, 19:25

Cuartel de la Guardia Civil de Alcira, Valencia

La tarde ya empezaba a cansarse.

También lo hacían los sargentos expertos enviados para el caso de Lucía, y ahora Irene; incluso los agentes locales.

Virginia y Edgar habían llegado los últimos al cuartel, donde Cabrera esperaba con los brazos cruzados y charlando despreocupado con Ángel Fuster junto a una puerta blanca de madera. Ambos miraron a los expertos cuando estos se presentaron junto a ellos.

—Bien, os estábamos esperando. ¿Habéis averiguado algo con el chaval?

—Javier no es trigo limpio. Algo nos está ocultando. Tuvo una pelea con el novio de Irene hace unos días por un pequeño encuentro con la chica. Al parecer pudo querer forzarla. —No era exactamente como Virginia conocía la historia, pero así es como ella se lo planteó a pesar de la mirada reprobatoria de Edgar. Él no compartía la misma interpretación que la sargento.

—Bueno, entonces tendremos que vigilarlo. Pero ahora nos toca otra cosa. Ernesto espera dentro. Entrarán la sargento Luque y Fuster. Tú, Santana, conmigo tomando un café y observando la escena.

Edgar asintió mientras veía cómo su compañera y el encargado de la unidad local de la Guardia Civil se introducían en el despacho.

Dentro, un Ernesto nervioso se encontraba arañando la mesa, mirando cada pequeña mancha que decoraba las paredes de un blanco apagado y frío. Cuando Virginia y Ángel entraron, su rostro se tensó.

—¿Me vas a decir ya por qué estoy aquí, Ángel?

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El muchacho, moreno y alto, de físico trabajado y brazos tatuados, apretó los labios y se sentó en una silla a pocos metros de él.

—Te hemos traído porque hay algo que no encaja en toda esta historia, y tus declaraciones están siendo bastante contradictorias, Ernesto. —Su voz era firme pero cercana, como la de un amigo que te saca a relucir tus defectos.

—¿Cómo que contradictorias? He dicho todo lo que sé.

—¿También todo lo relacionado con Raúl García?

Virginia seguía en silencio observando los cambios en la expresión de Ernesto. Se centró en el baile de las manos entrelazadas que apretaban los dedos con fuerza, en la mirada huidiza, en los pies inquietos. —¿Qué pasa con Raúl? ¿Él tiene algo que ver con Irene?

—Él tiene algo que ver contigo —dijo Ángel sin dar cuartel a un Ernesto que enmudeció de golpe y dejó de temblar.

—No te entiendo.

—Te lo voy a repetir, Ernesto, y creo que esta es una de esas ocasiones en que tu respuesta puede ser determinante. ¿Conoces a Raúl García?

Ernesto frunció el ceño y apretó con fuerza las manos como si le molestara esa pregunta, como si no quisiera responder.

—Ya le dije a tu compañera que no lo conozco personalmente. Sé quién es, claro que sí, pero no lo conozco.

Y fue entonces cuando Ángel entendió que la siguiente pregunta iba a suponer un cambio en el devenir de esa conversación. Sacó de su carpeta varios papeles. En uno de ellos se veía a un Ernesto con más pelo y menos canas, vestido con el mono del taller de Raúl. Al lado, otro papel con su vida laboral en donde se apreciaban las fechas que él había estado trabajando en Alzira Export.

—Entonces cómo puedes explicar esta foto y este informe que certifica que trabajaste para él durante varios años.

El hombre miró los dos papeles y entrecerró los ojos. Cuando se centró de nuevo en el sargento, su mirada había cambiado, como si un reflujo amargo hubiese devuelto a su garganta recuerdos inesperados.

—Ha llovido mucho desde entonces.

—¿Por qué nos has mentido? —insistió Ángel devolviendo las hojas a una carpeta prácticamente vacía.

Cuando Ángel la abrió para guardar de nuevo las hojas, Virginia pudo ver una fotografía en el interior. Era una imagen de Javier Calabuig que

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mostraba sus ojos negros, su pelo oscuro, su barba descuidada; una imagen que se alejaba mucho a la de Vicente y sus facciones duras pero delicadas, sus ojos marrones y sonrisa frágil. Y en ese momento no pudo evitar la comparación y tratar de hallar en ella un motivo para entender a Irene. Solo comprendió que en el juego del descontrol no existen motivos, y el alcohol podía llevarte a un nivel de descontrol extremo.

—Yo no os he mentido —adujo de nuevo Ernesto con la voz todavía más encallecida y devolviendo a Virginia con ellos.

—Ernesto. Acabamos de mostrarte una foto en la que sales tú en ese taller. ¿Cómo coño puedes decirnos que no nos has mentido? ¿Cómo se te ocurre seguir negando que lo conoces?

—¡Porque no lo conozco, joder! —Y su cuerpo estalló en un golpe sobre la mesa que hizo retroceder a Ángel un metro arrastrando la silla—. Trabajé en el taller de su padre, no de Raúl. Raúl estaba en otras zonas. Ni siquiera llegué a hablar con él una sola vez.

—¡Eso me importa una mierda! —Devolvió el gesto Ángel, que había saltado como un muelle liberado. Su cara cuadrada se había puesto roja y sus manos apretadas mostraban unas intenciones poco delicadas—. Cuando te preguntaron si conocías a Raúl, tendrías que haber dicho que sí. O al menos haber insinuado que trabajaste con ellos. ¿Sabes lo que esto significa?

Pero Ernesto no lo sabía. Ni siquiera podía llegar a intuirlo. Para él eso era un acto en su contra con la intención de sacar algo de información. Para Ernesto era una declaración de que las sospechas recaían sobre él. Pero no respondió. Prefirió no hacerlo.

—¡Joder! —estalló Ángel levantándose de un golpe y lanzando la silla con rabia. De nuevo otro estallido resonó en la habitación cuando esta impactó contra la pared—. Ernesto, ya te dijimos que las primeras setenta y dos horas son cruciales para encontrar a tu hija y mira. ¡Mira a tu alrededor!

El hombre, que no acababa de comprender lo que Ángel le estaba pidiendo, vio a Virginia a su lado, al propio Ángel dominado por su frustración hasta que, tras volver a lanzar un gruñido rabioso, abrió la puerta, se marchó y dejó a Virginia al mando del interrogatorio.

La habitación se sumió en un tenso silencio por más de un minuto:

Ernesto intentaba asimilar las últimas palabras del sargento y ella esperaba

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el retorno de Ángel, pero, cuando vio que no iba a volver, decidió continuar.

—Lo que el sargento Fuster ha querido decir es que, mientras nosotros hemos estado indagando por qué usted nos ocultaba este detalle, no hemos podido seguir pistas que nos podrían haber llevado hasta su hija. Por eso es tan importante ser completamente sincero.

Ernesto se derrumbó sobre la silla. Intentaba luchar contra unas lágrimas que iban abriéndose paso con el transcurso de los segundos. Negaba continuamente mientras intentaba justificar sus razones.

—Yo no sabía que esto sería importante.

—Cualquier mentira es importante, señor Sanaguas. Tenga en cuenta que nosotros debemos ser imparciales y sospechar de todo. Y una mentira es el mejor argumento para la sospecha. Cuando alguien miente, suele ser por dos motivos: porque trata de evitar un mal todavía mayor o porque necesita ocultar un error. La mentira no es más que la razón para aquellos que no se atreven a juzgarse a sí mismos.

—Pero yo no he mentido.

—A nuestros ojos sí lo ha hecho. Y esa sospecha nos ha hecho perder el tiempo, señor Sanaguas. —Virginia trataba de mostrarse serena, implacable pero cercana. Con una voz suave iba clavando la daga cada vez más hondo en el pecho de Ernesto. Solo así podría llegar hasta detalles que en un principio él podría negarse a dar—. Ahora mismo tiene a todo el equipo en el cuartel intentando buscar el motivo por el que usted nos ocultó su pasado en el taller de los García.

—No era mi intención hacerles perder el tiempo. No quiero que le pase nada a mi hija.

—Entonces empiece ahora. Nunca es tarde para contarnos todo lo que sepa. ¿Por qué nos ha ocultado su pasado en el taller?

El hombre tragó saliva como si no se atreviera a contestar todavía. Como si, a pesar de ese sentimiento de culpa que la sargento había cargado sobre su espalda, no fuera suficiente. Pero sí lo fue. Al final sí lo fue.

—Pasó hace mucho tiempo. Yo trabajaba para el padre de Raúl, y apenas conocía a su hijo, eso es verdad. Pero con su padre sí me llevaba bien. Tan bien que él mismo me ayudó a abrir mi taller unos años después.

—Entonces ¿por qué iba a querer ocultarnos su relación si no tiene nada de malo?

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Ernesto bufó con un retazo de resentimiento escapando por la nariz, con un ligero aroma de dolor flotando en un ambiente cargado de olor a perfume.

—El acto de Alfonso no le sentó muy bien a su hijo. Raúl se molestó cuando abrí mi taller porque me vio como la competencia. Raúl siempre ha sido muy diferente a su padre. Alfonso fue una persona humilde y cariñosa. Trabajaba para su familia y para vivir, no quería nada más. Pero Raúl… —Su mirada se nubló justo tras nombrarlo—. Raúl no era así. Él fue quien amplió el taller, quien buscó nuevas opciones y acabó eligiendo importar vehículos. Raúl fue quien convirtió ese pequeño taller de motos y coches en un imperio. Pero debajo de esa máscara de profesionalidad se esconde un ser que no se complace con nada, un ser sin remordimientos.

—¿Por qué dejó de trabajar con Alfonso? —siguió indagando Virginia, que se mostraba interesada en esa historia.

—Ya te lo he dicho: quería montarme un taller y él me ayudó. —Pero has dicho que a Raúl eso no le gustó. ¿Cómo se lo tomó? —Alfonso consiguió pararlo, pero lo cierto es que durante mucho

tiempo intentó hundirme el negocio. Empezó a hacer amistades bastante influyentes para luego pedirles que se unieran en mi contra.

—¿Qué le hacían?

—Lo típico: inspecciones sorpresa, denuncias falsas. Si algo tiene mi taller es la ubicación. Es una ubicación especial porque está justo frente a la carretera principal de acceso a la ciudad y el taller está a cincuenta metros de la salida de esa carretera. Entonces muchos clientes venían solo por la ubicación. Fue entonces cuando el Ayuntamiento montó un cartel publicitario enorme frente a la salida y él se anunció ahí con descuentos que yo no podía hacer. Obviamente eso me costó mucho, tanto que me he visto obligado a traspasar el taller.

—¿Traspasa el taller? —preguntó sorprendida Virginia.

Él asintió apesadumbrado, dolorido ante las palabras que él mismo se había visto forzado a soltar.

—Desde hace más de un año que no tengo beneficios. Estamos a punto de perderlo, así que hemos intentado traspasarlo, pero es mala fecha y un tipo de negocio que nadie quiere tener, y menos con semejante competencia.

—¿Cuándo empezó a sentir que querían hundir su negocio?

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—Al principio todo fue bien, pero con el paso del tiempo y tras ver que mi negocio crecía, empezaron las presiones. Desde hace unos años ha ido a peor.

Ahí fue cuando entendió por qué Irene necesitaba pagarse los estudios, por qué trabajaba los fines de semana. Pero todavía no entendía el motivo de aquella autocensura que se había impuesto Ernesto.

—¿Por qué no dijo esto el primer día?

—Tenía miedo. —Y la realidad de sus palabras cobraron sentido. Ese mismo miedo pudo percibirse en sus labios abocinados, en su mirada sombría—. Pensaba que, si decía algo, pudieran pensar que todo esto tiene que ver con el taller o con algún tipo de venganza. Por eso callé.

—Señor Sanaguas, créame que esto es muy importante. No debería haber callado.

Y aunque ella fue más indulgente, también salió del despacho después de su reprobación después de sentir que no avanzaban por culpa de personas como Ernesto, como Raúl.

Cuando salió, Cabrera ya esperaba junto a Edgar y un Ángel bastante más calmado.

—No vuelvas a irte así de un interrogatorio —amenazó ella con dureza.

La mirada de Ángel se tensó mientras buscaba en el teniente una intervención que no encontró porque Roberto también pensaba como ella.

—¿Quién coño te crees tú para decirme lo que puedo o no puedo…? —¡No! —exclamó ella silenciando de nuevo al sargento—. Si estoy

aquí es porque me han llamado para venir a ayudar. No me interesa medirme el rabo con nadie ni hacer ver si mis actos son o no mejores que los de otros. Pero si algo tengo claro es que no voy a permitir que mis impulsos puedan poner en peligro una actuación importante. Así que, si no sabes controlarte, lo mejor es que no te dediques a interrogar a la gente.

Ángel quiso contestar, pero la mano que el teniente le puso en el pecho le bastó para entender que estaba solo, que no iba a ser apoyado por nadie en ese enfrentamiento. Y, cuando supo eso, no dijo nada más. Sonrió con rabia mordiéndose el labio, tiró el Aquarius de naranja en una pequeña papelera de plástico y se fue tras negar con la cabeza.

Tanto ella como Edgar quedaron mirando la retirada del sargento, mientras que Cabrera no lo hizo. Él no se había inmutado. Seguía firme observando a Virginia. Cuando ella lo miró, solo sonrió.

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—No se te olvide, sargento, que estás aquí para ayudar. Quien sigue mandando soy yo. Esta vez te lo he permitido porque tenías razón y me has evitado el papel de tener que ser el malo. Pero no habrá una segunda vez.

Y Roberto también se marchó dando su relevo a dos guardias civiles que entraron en el cuarto para llevar de nuevo a Ernesto a casa.

Cuando el silencio se hizo amigo de ambos, estos se miraron indecisos.

—Creo que estamos solos en esto.

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Él me ayudó

Domingo, 29 de mayo de 2022, 20:04

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

El cielo iba cambiando lentamente sus tonos irisados por otros más oscuros. Teñía de penumbras la habitación donde Lucía descansaba. Y sus miedos comenzaban a aflorar. Esa oscuridad devolvía su mente a ese zulo, a esas horas muertas antes de que todo el infierno se concentrara en una habitación metálica pequeña y fría.

Lola la miraba sin perder de vista cada detalle, sin decir nada. Contemplaba el sudor que refulgía en su frente, el tremor que iba creciendo en sus manos. Veía cómo el monitor delataba el aumento del ritmo cardíaco cada vez que Lucía perdía su mirada en la ventana.

—¿Te apetece beber algo? —le preguntó para intentar arrastrarla de nuevo a ese hospital, para hacer entender a la joven que estaba a salvo.

Ella negó con la cabeza, en silencio, distraída. Intentaba esforzarse por entender que estaba a salvo, pero era incapaz de abandonar aquel zulo. Cualquier detalle, por más insignificante que pareciera, la devolvía allí. Y en ese momento fueron los pasos fuertes que se acercaban a la habitación.

Los escuchó. Escuchó cómo resonaban en el suelo y recordó cómo lo hacían siempre que se acercaban a ver si todo seguía en orden. Ese ruido de las botas que usaban para irse luego en sus caras bicicletas mientras ella contaba las horas que le quedaban para morir. Y ahora lo volvía a escuchar. Esos pasos, esa cercanía, ese miedo irredento.

Lola también percibió que Lucía empezaba a agitarse y se apresuró para encontrar la procedencia de su perturbación. Hasta que la encontró.

Cuando la puerta de la habitación se abrió, aparecieron Raúl e Israel, que caminaban con tranquilidad hacia la cama de su hija. Y esa presencia fue lo que alteró a la joven. Lola lo vio. Sintió su miedo real. Su corazón a

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punto de desbocarse, sus manos apretando con fuerza las sábanas y su respiración jadeante y entrecortada. Inma también se percató de ello y no dijo nada cuando vio a su marido y al compañero de este.

—¿Qué pasa? —preguntó Raúl cuando entendió que todos lo miraban a él.

—Quiero estar sola —dijo de pronto Lucía, que empezaba a sofocarse.

—Cielo, papá ha venido a ver cómo estabas, nada más.

—Por favor. Quiero que os vayáis. —Su rostro se había encendido y hablaba sin mirar a nadie en particular.

Raúl, que no acababa de entender lo que estaba pasando, miró a su mujer. Y, solo cuando vio que ella se encogía de hombros, accedió. Sacudió la cabeza a su compañero y ambos comenzaron a salir. Y fue entonces cuando Lola lo entendió. Al ver el gesto de Lucía mientras Raúl comenzaba a desandar el camino que acababa de hacer.

—Disculpe, señor García. ¿Puede volver un segundo? —solicitó ella de forma suave, sin perder de vista a Lucía, que había mirado con furia a la psicóloga.

Raúl se detuvo, la miró con un gesto de extrañeza y se acercó nuevamente hasta la cama. De nuevo Lucía volvió a apretar con fuerza las sábanas, a cerrar los ojos para negarse a la realidad.

—Está bien. Es suficiente —continuó cuando entendió lo que estaba pasando. Se levantó y acompañó a Raúl a la salida.

La mirada de Lola había cambiado cuando salió al pasillo y se enfrentó a la presencia nerviosa del padre de la joven y su compañero.

—¿Qué coño pasa ahora? —exigió Raúl con la voz rota por el esfuerzo de no querer gritar, pero sí mostrar su enfado. Los dos agentes de la Guardia Civil seguían allí y no quería llamar la atención.

—Tienen que entender que Lucía está pasando por un momento verdaderamente difícil. Ahora mismo cualquier mínimo acicate la puede transportar a esa pesadilla.

—No lo entiendo. ¿Qué estás queriendo decir? —Raúl no entraba en razón. Se mostraba nervioso, enfurecido.

Lola, en cambio, intentaba buscar en alguno de los dos el motivo por el que Lucía se había alterado. Y lo creyó encontrar en las vestimentas de ambos. Los dos portaban un pantalón vaquero y zapatos negros que, al chocar contra el suelo, emitían un sonido característico que hacía que Lucía se encogiera en su cama.

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Pero no quiso decir nada. Lola era bastante reservada para sus hipótesis, así que prefirió callar ante la duda que le surgía al ver la reacción de Lucía. ¿Por qué habría reaccionado así al oír los pasos de Raúl?

—Ahora lo mejor es que se vayan a casa, se cambien y vuelvan más relajados. Puede ser que algo en su apariencia haya hecho que Lucía reaccione. Vístanse como suelen hacerlo cuando están con ella.

—Yo siempre visto así —respondió Raúl.

—Entiendo lo que quieres decir. Voy a vestirme con algo más cómodo. —Israel, a diferencia de su jefe, supo que era su apariencia lo que había alterado a la joven—. Creo que lo que la psicóloga dice es que, cuando la niña nos ha visto así, ha pensado que éramos los que la retuvieron. ¿No es eso?

—Más o menos, sí —respondió ella sin entrar demasiado en dilatadas explicaciones que pudieran llevar a unas conjeturas distintas.

—¿Entonces me tengo que vestir de chándal? ¿Es eso lo que me estás diciendo? —inquirió Raúl con enfado.

—Pues ahora mismo creo que será la mejor opción —accedió su compañero.

Raúl resopló con rabia y, negando con hastío, se marchó de nuevo por el pasillo que lo devolvía al olvido, al menos por unas horas. Cuando desaparecieron de la vista de Lola, esta volvió a entrar a la habitación en donde Lucía yacía algo más relajada.

—¿Ya se han ido? —preguntó Lucía con tristeza.

—No te preocupes. Se han ido a casa, pero pueden volver si tú lo deseas.

Ella agachó la mirada y dejó caer una lágrima que arrastraba la culpa por la reacción que no quiso tener, pero le sobrevino. Subvirtió sus propios deseos haciendo que viera a su padre como el mismo verdugo que la atormentó durante demasiadas noches. A pesar de todo, miró a su madre y dijo:

—Prefiero que estés tú.

—No pienso irme, cielo. Voy a quedarme contigo el tiempo que haga falta.

Lola contempló la escena incómoda, añorando viejas conversaciones con sus propias hijas. Esas conversaciones que ya no tenía, pero que todavía recordaba.

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—¿Qué has sentido cuando has visto a tu padre? —preguntó Lola con la intención de acercarse a los pensamientos de Lucía.

Ella se encogió de hombros y comenzó a respirar agitada. Era una sensación extraña que no sabía identificar.

—No ha sido al verlo. Han sido esos pasos. Ese ruido. —Y no pudo seguir. El hecho de recordar el ruido de esos tacos hizo que la joven volviera a turbarse de nuevo.

Lola no quiso insistir tampoco.

—Está bien. No tienes que pensar en los pasos. Piensa en tu papá. Y en Rojo, piensa en Rojo. Recuerdo que dijiste que Rojo es bueno. Quiero que pienses en él entonces. ¿Por qué dices que Rojo es bueno?

Y aunque las palabras de Lola hicieron que Lucía se alterara un poco, consiguieron desbloquear a la joven de ese estado de alarma en el que se había refugiado. Respiró hondo y volvió a los recuerdos que tenía de él, a sus cuidados cuando nadie más los veía, a sus pocas palabras de ánimos.

—Recuerdo que su voz me daba algo de paz. Era como si lo conociera.

Como si estuviera ahí para mí.

—¿Alguna vez Rojo te hizo daño?

Ella negó. Rojo jamás estuvo cuando esos cuatro seres la torturaban y violaban sin compasión, cuando se turnaban para hacer con ella cualquier cosa que les pasaba por la mente. Recordó las electrocuciones en su vagina, las múltiples violaciones con todo tipo de objetos. Y en todas esas noches, cuando el dolor la acercaba a otro lugar más frío y oscuro, era Rojo quien la mantenía aferrada a la vida, el que la ayudaba a volver a la oscuridad de su celda.

—Él solo estaba en la casa. Nunca salía.

—¿Salía? —Lola arrugó la frente al escuchar aquello—. ¿Adónde ibas?

La joven apretó la mandíbula e hizo que le temblaron los labios. Parecía que no iba a decir nada, que no quería hablar. Pero el problema por el que Lucía atravesaba era que los recuerdos volvían a atacarla con rabia haciendo que el dolor de lo ocurrido resurgiera. A pesar de todo, pudo continuar.

—Cada pocas noches ellos me sacaban y me llevaban a otro lugar en donde… —Y entonces se rompió. Las lágrimas brotaron sin consentimiento y la voz se ahogó desleída por completo a causa del dolor de una heridas subyacentes.

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Lola entendió que la perdía, por eso corrigió de inmediato. Quiso volver a traerla consigo, a desbloquearla de ese pozo de dolor al que se abocaba sin remedio ante la mirada angustiada de su madre, que parecía devorar con odio a la psicóloga.

—Bien, Lucía. Eso ahora no me interesa. ¿Por qué Rojo se quedaba en la casa? ¿Qué papel tenía él?

Ya era tarde. Lucía había comenzado a llorar sin consuelo abrazada al pecho de su madre, que no parecía estar dispuesta a soltarla.

—Creo que ya es suficiente —informó Inma cuando vio el estado de su hija.

—¿Era Rojo quien te esperaba cuando llegabas o era él quien te sacaba?

Inma intentó hablar, corregir a Lola y su imperiosa necesidad por sacar algo de información, pero, cuando fue a reprocharle su actitud, Lucía se serenó. Respiró con fuerza y se incorporó de nuevo.

—Rojo era bueno. Él no era malo. Él me ayudó. Me ayudó a escapar —gritó con rabia como si quisiera defenderlo a toda costa. Tras eso no volvió a hablar. Se tumbó en la cama dando la espalda a la psicóloga, que, al ver el cielo casi quebrado por un horizonte dorado, decidió marcharse.

Se levantó y comenzó a caminar con tranquilidad hacia la salida, con una duda que no quería llevarse consigo. Por eso se volvió justo antes de perder de vista a la joven. Se volvió cuando sintió que ambas cruzaban la mirada.

—¿Por qué lo llamas Rojo?

Lucía la miró con rabia, con algo de dolor incluso. Esa mujer era la culpable del estado en el que se hallaba, de los sentimientos por los que atravesaba. A pesar de todo, sintió la necesidad de contestarle.

—Era el color que tenía el tridente de su máscara.

Lola asintió disimulando el estupor que había generado la respuesta de la joven y se marchó sin despedirse de Inma. De Lucía sí lo hizo:

—Descansa, cielo. Mañana volveré para pasar el día contigo —se despidió con una sonrisa más real de lo que nadie hubiera pensado.

Cuando salió de la habitación, no pudo esperar. Necesitaba informar a Virginia de lo que acababa de averiguar.

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Irene

31 horas desaparecida

La costumbre te vuelve débil, inútil. Te hace previsible y despreocupado. La costumbre es el argumento de los resignados. Y lo peor de estar allí encerrada era haberse acostumbrado al frío, a la oscuridad; al miedo. Irene empezaba a acostumbrarse a ese cuarto abrazado por una eterna penumbra. A esas sombras que no existían, pero veía en cada rincón. Al silencio.

Irene se empezaba a acostumbrar al silencio.

Por eso se extrañó cuando oyó, otra vez, aquel lamento leve que atravesaba las paredes. Abrió los ojos y levantó la cabeza en mitad de su noche particular.

No veía nada más allá del pequeño pilar de luz que iba recorriendo la habitación y que ya se estaba apagando. Pero sí la oía. Y podía incluso intuir por dónde se colaba su voz, así que se acercó con precaución a la pared solo para sentirla de nuevo, para escucharla una vez más.

Al otro lado de la pared, una voz femenina lloraba sin cesar, de forma débil. Su lamento atravesaba sin fuerzas las paredes para llegar a Irene en forma de susurro agónico.

—¿Hola? —preguntó ella acercando los labios a la pared. Intentó que la oyera, que supiera que había alguien más—. ¿Me oyes?

Pero el llanto continuo y ahogado de la chica no parecía cambiar. No la había oído o no quería hacerlo, por eso Irene insistió.

—¿Estás bien? ¿Te han hecho daño? —Quería saber si ya había pasado por lo mismo que ella, y entonces recordó la primera noche que la oyó y cómo se la llevaron por la fuerza. Esa chica había llegado antes que Irene.

Nadie respondió.

El sonido de su llanto se extinguió cuando, de pronto, un crujido metálico hizo que el silencio volviera a tomar el control, un silencio que

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llegó y se marchó de la misma forma: rápido y con una súplica que nadie quería complacer.

La chica calló al oír la puerta, pero, cuando supo el motivo de ese ruido, estalló en un grito de auxilio que hizo a Irene retroceder varios pasos.

—¡Calla! —dijo una voz firme y grave que ella no reconoció.

Pero la muchacha no obedeció. Al contrario, seguía gritando y suplicando por su vida. Pedía clemencia. Intentaba buscar el diálogo, proponer múltiples salidas que no acabaran en su completa destrucción, pero nada parecía servir para el ser que la arrastraba fuera de su celda.

Su voz se apagaba lentamente entre gritos que Irene quiso silenciar tapándose los oídos. No era el miedo a lo que pudiera pasarle a ella lo que más temía, sino el hecho de que esos gritos quedarían grabados en su cabeza. No podía permitirse escucharla. No quería permitírselo.

Pasados unos segundos, el silencio volvió con ella y de nuevo sus pensamientos. A pesar de sentirse mal por la muchacha que lloraba al otro lado de la pared, una parte de ella descansaba. Sabía que esa noche no iba a ser ella.

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Acercamientos

Lunes, 30 de mayo de 2022, 08:34 Cuartel de la Guardia Civil de Valencia

La noche había acabado resultando corta para Virginia, que volvió a perderse durante varias horas en el gimnasio en esa pelea continua con sus pensamientos, en ese saco que la escuchaba lamentarse cada vez que tenía algo que decir. Y, últimamente, Virginia Luque tenía mucho que decir. Por eso las ojeras marcadas destacaban en el rostro delgado y ligeramente bronceado.

Tanto ella como Edgar habían sido llamados temprano en el mismo cuartel de Valencia. La urgencia que Cabrera mostró hizo que ni siquiera esperaran a llegar a Alcira. Y, con un Ángel con cara de pocos amigos y varios compañeros de su equipo, Roberto inició la reunión.

—Buenos días, chicos. Espero que hayáis desayunado ya porque hoy tenemos bastante trabajo. Gracias a la descripción que nos dieron del presunto asaltante de Irene, hemos dado con una pista que no vimos en la desaparición de Lucía.

Al nombrar a Lucía, Virginia recordó la llamada de Lola la noche anterior. Se mostró bastante nerviosa cuando insinuó que la niña había reaccionado mal ante la visita de su padre y contó lo que ella le había dicho: el tridente de su máscara. Esa frase fue la que mantuvo a Virginia toda la noche preocupada. ¿Qué quiso decir Lucía con un tridente? ¿Llevaban máscaras? Unas preguntas todavía huérfanas, sin respuestas, sin sentido.

Abducida por sus propios pensamientos, no fue hasta que Cabrera carraspeó para llamar su atención que volvió junto al resto de sus compañeros. La pista que Roberto había nombrado era un vídeo, de la misma noche que Lucía desapareció, en el que se veía a un joven feo y

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desgarbado hablar con otro muchacho que daba la espalda a la cámara, pero apoyaba su mano en el hombro del chaval. Y en su mano hallaron la pista.

—El tatuaje que buscábamos —anunció Ángel adelantándose a sus compañeros.

Efectivamente, en la imagen, congelada y ampliada por los expertos que habían mandado ya el montaje a Roberto, se podía ver el tatuaje que tenían como descripción del joven.

—Así es. El tatuaje coincide con el que estábamos buscando. No hemos podido identificar al chico del tatuaje porque no hay más grabaciones en donde aparezca. Pero el chico que habla con él sí aparece en varias secuencias más.

Antes de acabar de hablar ya había comenzado a avanzar el vídeo para mostrar lo que sus palabras ya anticiparon. Ese mismo joven salía en otras secuencias. Podía verse su cara apepinada, sus sonrisa deformada y su cuerpo encorvado. Podía vérsele caminando por detrás de Lucía en la última imagen que se tenía de ella. Y también pudo vérsele siguiéndola más tarde. Por último, apareció volviendo unos minutos después hacia la discoteca.

—¿Sabemos su nombre? —inquirió Virginia, que, cuando vio la última escena, supo que ese chaval tenía mucho que ver con la desaparición de Lucía.

—Estamos preparando varias patrullas. No se puede escapar. Su nombre es Gabriel Chumillas y, por lo que me han comentado los compañeros de Alcira, es un viejo conocido: traficante, drogata y bastante problemático.

—Pues ¿a qué esperamos? —exigió Ángel, y se levantó de su silla sin esperar a que lo siguieran.

El trayecto hasta Alcira había sido bastante rápido. Las patrullas no tuvieron reparos a la hora de sortear el tráfico con las sirenas y las luces. Cuando llegaron al cuartel, otras dos patrullas ya esperaban para ir a buscar al joven.

—Varios compañeros de la nacional, que son los que más controlado tienen al amigo, ya han estado paseando por la zona. Nos han pasado una

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dirección, así que vamos para allá —anunció Cabrera cuando todos hubieron aparcado—. Aprovecharemos que los compañeros Santana y Luque van con un particular para cambiar de vehículos. No quiero uniformes ni patrullas, que sabemos cómo se las gastan en estos barrios. Vamos a entrar en l’Alquerieta, así que lo mejor es ir de paisano y por separado.

Edgar miró a su compañera. Ellos no entendían nada. Por lo que el teniente anunciaba, se trataba de una zona peligrosa, pero ellos no sabían que era el barrio más problemático de Alcira.

—Calle Sagrada Familia —dijo otro de los presentes, un agente que había estado esperando la llegada del equipo, gordo, cuarentón y con cara de pocos amigos—. No tenemos mucho tiempo. Nos han informado de que está en un pequeño parque con dos personas más.

—Vamos entonces. No perdamos tiempo.

Y tras la exigencia del teniente y el cambio de vehículos, todos se pusieron en marcha: Edgar en su Cupra, y sus compañeros en dos Peugeot 307 bastante llamativos.

La ruta fue corta y pronto el teniente dio orden de separarse. Ellos llegarían al punto de encuentro por la zona norte, mientras que Edgar y Ángel entrarían por el sur. No podía escapar. El futuro de Irene dependía de esa acción, y los nervios tanto de Edgar como de Virginia comenzaban a aflorar. Se hizo presente en el silencio que gobernó el viaje, en el sudor de sus cuerpos, en el temblor de las manos de Virginia o el picor en la cabeza de Edgar.

Ellos no solían participar en persecuciones, pocas veces tuvieron que enfrentarse a un sospechoso y mucho menos organizar detenciones. Virginia llegaba solo para hablar, y Edgar lo hacía cuando todo había acabado para unos y empezado para otros. Los términos medios para ellos no existían. Por eso estaban nerviosos.

Y sus nervios aumentaron cuando Virginia se percató de que ya habían llegado.

—Creo que está allí —dijo cuando vio a un joven alto y chepudo caminar por un descampado amplio y despejado, un parque cubierto de una hierba descuidada que crecía de forma aleatoria.

Edgar lo confirmó cuando vio el Peugeot de Roberto aparcando a unos cien metros de donde ellos lo habían hecho. Pronto la radio retumbó en el interior del coche.

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—Allí está, chicos. No quiero que nadie la cague. Parece que no nos han visto, así que vamos a hacerlo bien: Ángel, por abajo; Luque y Santana, por la zona del campo de básquet, y nosotros bajaremos desde lo alto del parque. Dijeron que iba con dos personas más y yo solo veo a uno, así que estad prevenidos por lo que pueda pasar con ese tercero en discordia.

Durante los siguientes segundos Edgar se dedicó a estudiar el parque; a Gabriel. El chaval caminaba junto a otro chico por una pista de básquet asfaltada y olvidada en donde la hierba rompía la piedra por varias zonas. Alrededor, el descampado se distribuía en varios pisos desde donde los compañeros esperaban para acorralarlo gracias a que la zona contaba solo con tres posibles salidas.

—Vamos —anunció Virginia devolviendo a Edgar a su estado natural —. ¿Tienes el arma lista?

Esa pregunta se clavó en la cabeza del sargento, que la oyó, pero no quiso contestar porque solo el hecho de pensar en su arma hacía que el cuerpo empezara a sudar. Siempre la llevaba encima porque tenía que hacerlo, pero procuraba no pensar en ella. Por eso usaba fundas de plástico duro. No quería sentirla, luchaba por no hacerlo. Por suerte nunca había tenido que usarla y, aunque había recibido mucho adiestramiento y creía estar preparado para empuñar una, el hecho de planteárselo le revolvía las tripas. Por eso solo asintió cuando su compañera insistió.

—¡Santana! ¡Luque! ¿A qué estáis esperando? —recriminó el teniente por radio.

Cuando se bajaron del vehículo, Ángel y un compañero de Alcira ya se acercaban por la parte de abajo en dirección al campo, y Roberto y otro guardia civil esperaban en lo alto del parque.

Ellos también iniciaron el acercamiento hacia Gabriel, que todavía no se había percatado de la presencia de los agentes y seguía hablando con el otro chaval que lo acompañaba: un chico joven, moreno y con el pelo largo y sucio. Fue ese chico el que vio primero a Ángel y después a Virginia, el que alertó a Gabriel para que se volviera con el porro todavía en la boca y la mirada turbada.

No hubo presentaciones.

No hubo un saludo.

Gabriel encontró en la mirada de Edgar la suficiente información para saber que esa visita no era con intenciones lúdicas, sino para tener una

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conversación que no estaba dispuesto a tener, no al menos sin resistirse. —¡Joder! —dijo Gabriel justo antes de soltar al perro—. ¡Vamos,

Chuky!

Edgar abrió los ojos al ver que su compañera detenía el avance, al ver cómo el enorme pitbull marrón se lanzaba en una frenética carrera hacia Ángel.

—¡Me cago en la puta! —gritó Virginia viendo que el peligro se acercaba a sus compañeros, que no pudieron prevenir a tiempo la agresión del animal. El perro se lanzó sobre el sargento con toda la fuerza que sus patas traseras le proporcionaban e hizo que este cayera al suelo con el cánido aferrado a su brazo izquierdo.

Gabriel, aprovechando el desconcierto, había salido corriendo por las escaleras que llevaban hacia el teniente, pero, al verlo apostado en lo alto del parque, reculó e intentó colarse por el espacio que se generaba entre Virginia y Edgar, y el propio Cabrera.

—¡No puede huir! —gritó ella lanzándose detrás de Gabriel.

Edgar aguardó unos segundos que se hicieron eternos cuando vio cómo Ángel intentaba contener, sin éxito, las mordidas del animal, que se había cebado con su brazo y parecía estar dispuesto a arrancárselo.

—¡Quitádmelo de encima, joder! —gritaba entre berridos de dolor al sentir los afilados dientes del perro desgarrar su piel, introducirse en su brazo. Podía incluso escuchar cómo esas fauces arañaban sus huesos.

Edgar se había quedado paralizado al ver al compañero de Ángel con la pistola en la mano y buscando la forma de liberarlo del animal sin llegar a herirle. Fue un momento, un único segundo el que tuvo el guardia civil para actuar, un instante en el que Ángel pudo liberarse de la mordida y patear al perro, que no se inmutó y quiso volver a saltar sobre él. En ese segundo el agente disparó, no una ni dos veces. Después del cuarto estruendo, Edgar había reaccionado y buscado la presencia de Gabriel.

Los disparos también llamaron la atención del joven que, sin detenerse, intentó buscar a su perro en la distancia. Pero Chuky apenas se movía ya, desangrándose en el suelo con varios agujeros de bala repartidos por todo el cuerpo.

Gabriel apretó los labios al ver a su perro rendido, pero él no quiso hacerlo y siguió corriendo.

Cuando Edgar intentó lanzarse tras él, supo que era tarde. Estaba a más de cincuenta metros y se dirigía hacia un murete de poco más de metro y

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medio de alto seguido de cerca por Virginia y Roberto, que bajaba por la calle como una exhalación.

Gabriel saltó, se aferró al muro y se esforzó por llegar a lo más alto para acceder al otro lado. Pero Virginia no iba a permitírselo. Ella no dudó. No intentó seguirlo. Su intención fue clara al proyectar el cuerpo contra el del joven desgarbado. Lo golpeó con fuerza haciendo que Gabriel volara hacia el otro lado del muro.

Su grito de dolor resonó con un eco grave cuando el cuerpo impactó con el terreno irregular del descampado que había al otro lado del muro. En su caída, Gabriel no pudo controlar el cuerpo, cayó de lado, se dobló un pie e impactó con las costillas sobre un ladrillo de hormigón.

El grito salió de su alma, del fuego que se inició en las costillas y pronto devoró todo su interior. Ya no pudo correr. Había quedado tendido en el suelo gritando de dolor, viendo cómo la sargento saltaba cómodamente y caminaba hacia él con tranquilidad, sorteando los obstáculos, riéndose con orgullo.

—Me has roto la costilla, perra —gimió él al ver a Virginia erguida junto a sus pies.

Ella no dijo nada, ya no hacía falta hacerlo. Esperó a sus compañeros mientras disfrutaba de haber dado con la primera de las pistas que iban a llevarla hasta Irene.

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No estaba solo

Lunes, 30 de mayo de 2022, 12:44

Cuartel de la Guardia Civil de Alcira, Valencia

De nuevo el cuartel de Alcira se llenaba de ojos, de expectación, de nervios y tensión por lo que pudiera ocurrir.

Roberto, Edgar y Virginia se encontraban frente al pequeño despacho donde Gabriel había sido depositado y abandonado a su suerte durante varias horas. Sus nervios habían ido creciendo con el paso de los minutos, y en ese momento ya se encontraba histérico, gritando sin cesar y maldiciendo a todo el que abría la puerta. Cabrera había dado la orden de que cada cinco minutos lo molestaran sin ofrecerle nada. Y su estrategia estaba resultando: Gabriel estaba alterado, nervioso, sudado y con un baile de brazos que hacía ver que todavía le dolía la caída sufrida.

—Vamos tú y yo, Luque —exigió Roberto ante la mirada inexpresiva de Edgar, que no dijo nada.

Edgar nunca había sido de enfrentamientos, por eso tampoco le importaba participar en los interrogatorios. No le molestaba.

—¿Qué sabemos de Ángel? —preguntó Virginia. A pesar de sus diferencias con el sargento a cargo de Roberto, sentía cierto apego hacia su compañero.

—Pues está ahora mismo siendo atendido. Lo último que he sabido es que tenía varios músculos bastante tocados. El extensor largo y el abductor estaban desgarrados y querían valorar si había algún tendón tocado.

La sargento negó con la cabeza. Sintió el dolor como suyo y notó un ligero picor en el brazo al compadecerse de Ángel. Miró al interior del cuarto y suspiró.

—¿Tenemos claro qué queremos hacer con este tío? —insistió de nuevo ella.

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—Lo más importante es conseguir el nombre del tipo que habló con él en la discoteca. Luego, a partir de ahí, cuanto más azúcar, más dulce.

Ella asintió y abrió la puerta. Apenas habían transcurrido un par de segundos cuando los gritos de Gabriel ya rebotaban por las paredes del cuarto, pero ni Virginia ni Roberto se inmutaron. Ellos estaban demasiado acostumbrados al trato con personas alteradas.

—Me duele mucho el pecho. Quiero ir al médico. Seguro que tengo alguna costilla jodida. Pienso denunciaros por esto —amenazó el chaval mientras apoyaba la mano en el lado derecho del cuerpo.

—No te preocupes, cuando salgas de aquí, podrás ir al médico, a poner una denuncia o a hacer lo que te dé la gana. De momento… —respondió Roberto Cabrera señalando la mesa— vas a quedarte un ratito aquí.

—¿Y mi perro? ¿Cómo está mi perro? Llevo horas preguntando por Chuky y nadie me responde. ¿Dónde está mi perro? —La voz de Gabriel era arenosa, castigada por los abusos. Y su presencia no era mucho mejor: sudado hasta el punto de llenar la habitación con su hedor ácido, piel cetrina, ojos rojos y pelo grasiento y ligeramente ondulado.

—¿Tu perro? —dijo Roberto mientras tomaba asiento en una silla al otro lado de la mesa—. Ahora mismo pienso que tu perro no será más que una bolsita así de polvo. —Y juntó las manos dejando apenas espacio para una naranja.

Los ojos del yonqui se nublaron de repente. Incluso pareció que una lágrima se escurría por uno de ellos. Apretó las manos y comenzaron a temblarle los labios.

—¿Habéis matado a Chuky? ¡Hijos de puta! Vais a pagar por esto, cabrones. Juro que vais a pagar…

—¿Qué esperabas, chaval? ¿Sueltas al chucho para que ataque a un compañero y pensabas que le íbamos a dar una pelotita? No, campeón. El que va a pagar eres tú por atentado contra un agente de la autoridad, y espera porque estamos recopilando todo lo que tenemos para enchironarte por un largo tiempo.

En ese instante calló no porque no tuviera nada que decir, sino porque sentía el miedo atravesando su cuerpo, atrapando las palabras. Tragó con fuerza y miró a Virginia.

—Estáis mintiendo. No tenéis nada. No tenéis nada porque no he hecho nada. Chuky se me escapó y se fue corriendo a por vuestro colega

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porque pensaba que iba a atacarme. No teníais derecho a hacerle daño.

Sois unos cabrones.

—¡Eh! ¡Ya está bien! —gritó Roberto dando en la mesa un golpe que hizo saltar a Gabriel sobre su asiento asustado y que mostrara en sus ojos azules la sorpresa que sentía—. Chumillas, que aquí todos te conocen, así que no estoy para que me vayas tocando las pelotas. A tu perro se lo han cargado porque lo mandaste a atacar a un compañero. Y viendo las heridas que el animal tenía por todo el cuerpo no me vengas con victimismos porque hasta le hemos hecho un favor al pobre animal. ¿Te piensas que somos tontos?

Gabriel se rascó el cuello debido al picor que se había generado de pronto en todo su cuerpo. Se rascó el cuello porque la camiseta sucia y manchada estaba asfixiándolo.

—No tenéis pruebas de nada de eso. Es vuestra palabra contra la mía. Roberto rio con soltura, como si esa coletilla fuera la panacea de todo

pandillero de segundo curso.

—Tenemos mucho más que eso. Y estamos aquí para que nos vayas ilustrando un poquito porque sabíamos que eres un puto drogata de mierda con complejo de mafioso, lo que no sabíamos es que también le pegas a los secuestros.

En ese instante sí, sus ojos se tiñeron de miedo, de terror al escuchar aquellas palabras. No sabía muy bien por dónde iba el teniente, pero entendía que la conversación acababa de adoptar un cariz completamente distinto, y su presencia ahí iba a suponer un antes y un después en su vida cotidiana.

—¿Que yo le pego a qué?

—No te hagas el tonto, chico. No tenemos mucho tiempo, así que voy a ir al grano. ¿Conoces a esta chica? —El teniente dejó sobre la mesa la foto de Irene Sanaguas. Gabriel la miró durante unos segundos, incluso parecía que estaba disfrutando con la imagen, pero no dijo nada—. Se llama Irene Sanaguas, veintidós años. ¿Qué me puedes decir de ella?

—Que es muy guapa. ¿Qué más quieres que te diga?

—Bien. Veo que me lo vas a poner difícil. Imagino que habrás conocido el secuestro de Lucía García y su reciente aparición.

Chumillas asintió con displicencia, como si estuvieran hablando de política. Asintió sin dejar de mirar la fotografía de Irene hasta que Roberto volvió a guardarla.

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—Todo el pueblo ha sabido del secuestro de la niña esa.

—Bien, pues creo que es mi deber informarte de que vamos a detenerte por presunta colaboración en su desaparición.

La piel amarillenta del yonqui palideció de golpe al escuchar la amenaza directa de Roberto, que no había titubeado al disparar a bocajarro su propuesta. Miró a Virginia y comenzó a negar con la cabeza.

—¿A mí? ¿De qué me estáis hablando? Yo no he hecho nada, ni siquiera he visto a esa chavala en mi vida. —Las manos habían empezado a temblarle desde que Cabrera había detallado sus intenciones, y el sudor de la cara iba descendiendo por todo el cuerpo cubriéndolo de una fulgente pátina que atrapaba la luz blanca de la habitación.

—Tenemos pruebas de que esa noche estuviste siguiéndola. Y creemos que pudiste utilizar a un compinche para llevártela de la zona de la discoteca Sarao. ¿Qué hacías ahí si tú no tuviste nada que ver?

El temblor del cuerpo iba en aumento, el sudor, el miedo, los nervios.

Gabriel comenzó a tartamudear, a bailar con la mirada.

—Yo… No sé de lo que me hablas. Salgo muchas veces por allí. No tenéis nada, os estáis tirando el farol —se defendió con la voz quebrada.

—Solo nos interesa el nombre de la persona que te ayudó. —Y dejó sobre la mesa la imagen que había mostrado en la reunión esa misma mañana, la del chaval que había hablado con él, el del tatuaje.

Y fue entonces cuando Gabriel entendió su derrota. Virginia vio en sus ojos que esa secuencia le reportaba todavía más miedo que las amenazas de Roberto. Y entendió que iba a perderlo.

—¿Quién es la persona que hablaba contigo? Su nombre —exigió Roberto agravando la voz.

—No sé quién es. No lo conozco de nada. Además, en la foto no se ve nada.

El teniente apartó la mirada como si la respuesta de Chumillas hubiese sido un golpe en el estómago, como si le molestara la mentira del yonqui, que le molestaba.

—Chumillas, no me jodas. Sabemos que este tío te ayudó, así que o me das el nombre o te comes toda la mierda tú solito. Y te aseguro que me voy a encargar, cuando entres en la trena, de que todos sepan que eres un violador.

Chumillas sabía cómo se las gastaban con los violadores dentro de la cárcel. Sabía que no era fácil entrar con ese historial en el hombro y que,

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por mucho que la prisión intentara protegerlos, siempre acababan en el hospital. Por eso dudó durante unos instantes. Valoró sus opciones y encontró más rentable no decir nada.

—No sé de qué me estás hablando. No conozco de nada a ese tío. —Gabriel —interrumpió Virginia, que estaba viendo cómo se iba todo

a la mierda y prefirió adelantarse a la catástrofe. Si Gabriel se bloqueaba, no podrían hacer nada. No al menos durante unas horas—. Sabemos quién es la persona que habló contigo. También que fue él quien se llevó a Lucía. Solo necesitamos un nombre. Y nadie va a saber que has sido tú el chivato. Nadie dirá nada.

Chumillas miró a Virginia. Intentaba creerla, quería pensar que lo que la sargento le estaba diciendo sería suficiente para que él asumiera el riesgo de ser un chivato. Si ser un violador te garantizaba una cama en el hospital de la cárcel, ser un chivato te aseguraba una bala en la calle. Por eso Gabriel empezó a temblar todavía más. Luchaba contra las dudas que agarrotaban sus músculos.

—Yo no hice nada. No podéis colgarme a mí ese muerto.

—Lo sabemos —insistió Virginia, que veía cómo Roberto había callado al entender que ella tenía más autoridad en ese campo—. Por eso queremos que seas consecuente y nos digas su nombre. ¿Qué es lo que te pidió?

El yonqui negó para sí mismo. Para sus propias culpas. Su mente reacia le impedía decir nada, pero el miedo a todos los futuros posibles hacía que la lengua se ablandara poco a poco.

—Me pidió que molestara a la chica. —¿Y por qué querría que tú la molestaras?

—Para que se alejara de la discoteca. Iba con varias amigas y quería que yo las jodiera un poco para que volvieran a la discoteca.

—¿Te dijo para qué quería que las jodieras?

—Porque quería entrarle a Lucía. Eso fue lo que me dijo después de darme veinte pavos. Yo hice lo que me pidió y luego me metí de nuevo. No volví a saber nada más hasta días después, cuando vi que la muchacha había desaparecido.

—¿Y no sospechaste que ese chico pudiera haber tenido algo que ver? Gabriel miró a Virginia y su gesto delató a su pensamiento. Su mirada apagada, su rostro triste y el temblor de sus labios fue toda la respuesta

que ella necesitó.

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—No pregunté nunca. Hay cosas que es mejor no saberlas.

—¿Por qué es mejor no saberlas?

—Pues por esto. ¿Por qué cojones sería pues? Cuanto menos sabe uno, menos puede decir y en menos líos se mete. En la calle es todo muy distinto. Ahí las leyes son de otra forma y los delitos se pagan diferente.

—Entonces sabes que esa persona fue la responsable de la desaparición de Lucía. También lo es de la de Irene Sanaguas. Así que solo necesitamos su nombre.

Pero Chumillas sabía que dar su nombre podría suponer su propio final. Sus siguientes palabras serían las que determinarían su futuro. Aunque Virginia también sabía que Gabriel pensaba así, por eso se adelantó.

—Sé que es difícil delatar a alguien, sobre todo si tiene cierto poder. Y tú sabes que, hables o no, van a pensar que lo has hecho, así que pueden pasar dos cosas: o no dices nada y cuando demos con esta persona te colgarán el muerto a ti igualmente y acabarás con un tiro en la cabeza, o nos dices lo que queremos saber y, si se da el caso de que te acusen de chivato, podremos defenderte. Tú eliges cómo vas a afrontar a partir de ahora lo que pase.

Gabriel cerró los ojos. Había llegado a su límite y no era capaz de dirimir el entuerto en el que se había metido. Estaba perdido y solo buscaba la forma más eficaz de poder seguir en el partido, al menos unos días más. Por eso bufó antes de tomar su decisión.

—Le dicen el Chema.

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Irene

44 horas desaparecida

Había dormido.

Irene creía haber dormido al menos una hora. O eso pensaba ella. Sus ojos cansados delataban su continuo duermevela, a pesar de haber entendido que durante un rato perdió la consciencia. No podía saber si fue una hora o más, pero sí que había perdido la noción del tiempo.

De nuevo la habitación se inundaba con esa columna fina de luz que anunciaba un nuevo día; sola, en silencio. Sentía el frío de la noche caer todavía por ese resquicio por donde entraba la luz, pero su cuerpo tembloroso hervía, sudaba. En ese instante lo entendió: no había sido el sueño lo que la había vencido la pasada noche.

Lo entendió cuando comenzó a sentirse mareada, cuando el calor del cuerpo empezó a hacerla sudar sin control, cuando las paredes iniciaron un extraño baile que ella era incapaz de detener.

Algo iba mal, y no era capaz de saber qué le pasaba. Solo sentía miedo y mucho dolor en la zona donde aquel sujeto le había clavado el cuchillo.

—¿Hay alguien? —gritó casi sin voz.

No había nadie.

No se oía nada: ni ruidos a través de la puerta ni llantos al otro lado de la pared. ¿Estaba sola?

Eso creyó ella cuando volvió a pedir auxilio con algo más de fuerza en la voz, pero sin resultado igualmente.

Entonces decidió buscar el motivo de su repentino malestar. Se incorporó como pudo y comenzó a gatear por aquel suelo arenoso e irregular. Se arrastraba sin fuerzas buscando esa cortina de luz, sintiendo cómo la grava le arañaba las rodillas desnudas. Hasta que llegó. Y allí contempló el motivo de su estado. Se levantó el batín y analizó las heridas.

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La pierna derecha se veía, dentro de la gravedad de las heridas, bastante bien. Era la izquierda la que parecía estar más afectada. Las heridas se habían tornado de un rojo intenso y apenas era capaz de mover la pierna sin que un latigazo de dolor le recorriera todo el cuerpo. Intentó palparse los cortes y fue entonces cuando supo la gravedad de su estado. Cuando notó el calor en la zona de la herida, el dolor que le produjo el mero roce con los dedos. Sus heridas se habían infectado.

Lloró al presentir que un peligro mayor se avecinaba si no ponía remedio pronto, y comenzó a gritar.

Pero nadie parecía oírla. Y durante más de diez minutos nadie lo hizo. Sus gañidos se estrellaban contra las paredes sin que estas pudieran ofrecer ningún tipo de ayuda, y sus llantos ahogaban más todavía una voz afónica y rota.

Hasta que algo llamó su atención: un ruido metálico en la puerta. El ruido del cerrojo corriéndose seguido del metal cediendo poco a poco. La luz entró con vergüenza en la habitación mientras una figura se iba dejando ver poco a poco.

No era Rojo. Lo supo de inmediato. Y, por el aspecto de aquel sujeto, tampoco tenía la intención de mostrarse colaborador. Miró desde el marco de la puerta a Irene y guardó silencio.

—No me encuentro bien. Necesito ayuda —dijo ella desde el suelo. Se había quedado tumbada cuando encontró el motivo de su malestar.

Recostada sobre la fría piedra, ella pudo observarlo. A pesar de su vista cansada, de su mirada nublada, vio el tridente verde en su máscara.

Este se acercó con cuidado y se arrodillo junto a ella. Le tocó la cara sudada, las manos casi muertas y buscó en algún lugar de su cuerpo el motivo de su malestar. Hasta que llegó a sus piernas. Ahí encontró el problema y todo cambió. La profundidad de su mirada desapareció para volver a un gesto más humano, el de una persona asustada. Se levantó raudo, salió de la habitación y cerró la puerta a su paso dejando a Irene de nuevo sumida en una penumbra que empezaba a odiar.

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Chema

Lunes, 30 de mayo de 2022, 14:21

Villanueva de Castellón, Valencia

Antonio tardó en darse cuenta.

Edgar y Virginia, en cambio, sí lo vieron con el suficiente tiempo como para distinguir el Volvo negro aparcado en doble fila y los cristales tintados que les impedía distinguir al conductor. Pero lo que más extraño les resultó fue la reacción del guardia civil. En cuanto este se percató de la llegada del Cupra de Edgar, dio dos golpes en el techo del coche para que este avanzara y, sin pretender disimular, volvió al interior del bar.

—Nos ha visto —arguyó Virginia con el rostro encendido. La rabia era su amiga en ese instante y no pretendía ocultarlo.

Edgar simplemente asintió. Él también se había dado cuenta del gesto de Antonio obligando al vehículo a marcharse, de las prisas del propio todoterreno, del disimulado nerviosismo del guardia civil. Cuando pudieron rodear el paseo por donde habían llegado, el todoterreno ya no estaba. Se había marchado sin poder ofrecer a los agentes una matrícula o cualquier nimio detalle que les sirviera para identificarlo.

Por eso, cuando los dos sargentos entraron en el bar, el enfado era perceptible en sus rostros. Y eso Antonio lo supo cuando dirigió su mirada hacia ellos.

—Hoy no me han avisado de que veníais, así que tendréis que esperar a que acabemos de comer.

Virginia lo miró en silencio masticando sus pensamientos, rumiando con calma su respuesta. Contempló los platos de comida sobre la mesa, a su compañero nervioso y con una mirada insegura y rebelde que no sabía a dónde dirigir.

—¿Usted trabaja alguna vez? —inquirió al fin ella.

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Edgar no fue capaz de contener la risa que deformó su cara durante apenas un segundo. La cara de Antonio también se deformó, pero en este caso de rabia. Clavó su mirada encendida sobre la sargento, pero a ella no parecía preocuparle la reacción del cabo.

—¿Acaso no puedo pararme a comer algo? ¿Tienes algún problema con eso? ¿Vosotros no coméis o qué pasa?

No lo hacían. Desde la desaparición de Irene, apenas se detenían media hora a engullir un bocadillo y una Coca Cola, y seguían con la ruta establecida. Ellos, a diferencia de Antonio, no comían.

—Tengo algún problema con sus métodos de trabajo, y es algo que pienso hablarlo con sus superiores, pero no me interesa ahora entrar en discusiones insignificantes. Nos ha parecido un tanto curiosa la reacción que ha tenido cuando nos ha visto llegar. ¿Una visita especial la que ha recibido?

Antonio tensó la mandíbula al escuchar la pregunta de Virginia, buscó en su compañero respaldo, pero, al encontrarse con su gesto vacío y sentirse aislado, bufó para soltar la rabia que se aferraba a su pecho, y sonrió.

—¿Ahora también tengo que responder por mis amistades? ¿Qué pasa aquí, me estáis interrogando? ¿Soy sospechoso de algo?

—Esperemos que no, por el bien de todos. Pero no es eso lo que nos interesa. Hemos encontrado nueva información y nos interesa saber si usted nos puede ayudar. Buscamos a un personaje conocido como el Chema. —Virginia miró a su compañero, que era quien tenía más información.

—José Luis Rodríguez Lloret, natural de Rafelguaraf. —Y acto seguido le mostró la imagen que habían rescatado de la base de datos: la imagen del Chema.

En la fotografía se veía a un joven moreno, con pendientes de brillantes en las orejas, el pelo corto, ojos negros, mirada oscura, labios gruesos y piel bronceada.

Antonio la analizó. Perdió varios minutos rebuscando en su memoria para tratar de dar con algún recuerdo que le acercara a esa figura que Edgar le había mostrado, sin éxito alguno. Cuando le devolvió la fotografía a la sargento, aprovechó para introducirse un trozo de pan mojado en huevo en la boca.

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—No me suena de nada, pero si es de Rafelguaraf, tendríais que ir a ver a Pascual. Él lleva años de policía ahí, así que lo conoce seguro —dijo con los restos de la comida danzando todavía en su boca.

—Nos interesaba hablar primero con usted, que es quien más se mueve por estas zonas.

—Yo llevo pocos años aquí —respondió rápido Antonio.

La sargento arrugó la frente al oír las palabras del guardia civil y buscó en su compañero un gesto que le aportara alguna respuesta a lo que Antonio acababa de aducir.

—Tenía entendido que usted es natural de este pueblo.

Y, por el movimiento de la barba del hombre, ella dedujo que se estaba mordiendo los labios. Quizá para ocultar la respuesta real a la duda que Virginia había dejado caer con delicadeza. Tal vez para no reconocer que, durante años, él no quiso volver al pueblo, que había renegado de su familia. Aunque su realidad era mucho más profunda y triste, por eso solo se limitó a morderse los labios y a responder:

—Me destinaron a Granada.

—Pudo pedir el traslado tranquilamente. —Virginia sabía que no debía insistir, que no era necesario entrar en la vida de nadie, pero Antonio era más que nadie y su vida podría tener algo de sentido para poder entender el carácter recio y distante del hombre.

Ya no respondió. Se limitó a dar un bocado más a su plato de panceta con longanizas blancas y huevos y a saborearlo con calma. Cuando terminó de degustarlo, se limpió las manos sobre su uniforme arrugado y se volvió hacia los sargentos.

—Si no tenéis nada más, nos gustaría comer tranquilos.

Edgar y Virginia sonrieron con ironía y, tras asentir, se marcharon tranquilamente.

Durante los quince minutos que duró el viaje hasta Rafelguaraf, ni Edgar ni Virginia dijeron nada. Ambos se limitaron a intentar recordar el recorrido que habían hecho la última vez hasta el pequeño ayuntamiento de aquel pueblo y a repetirlo una vez más.

De nuevo Pascual esperaba en la entrada. También Patricia lo acompañaba, ambos con cara de pocos amigos, con gestos serios y que no invitaban a un cálido recibimiento. El cielo abierto levantaba la

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temperatura por encima de los veinte grados, pero la frialdad del saludo de Pascual refrescó el ambiente.

—¿En qué os podemos ayudar? —preguntó este dando por saludo esas mismas palabras.

Virginia miró a su compañero y este lo único que pudo hacer fue sonreír ante la retahíla de preguntas afiladas que estaban recibiendo y que los hacían sentir como los malos de esa película. Nadie parecía estar dispuesto a ayudar.

—Buscamos a una persona —respondió ella endureciendo la voz. Su mirada podía ser muy firme si se lo proponía, así que contempló con dureza al oficial, que rápidamente se percató de eso.

—¿Queréis pasar? —invitó, esa vez con algo más de dulzura.

—No es necesario. ¿Qué puede decirme de José Luis Rodríguez Lloret?

Pascual entrecerró los ojos, arrugó la frente y apartó la mirada. Durante casi un minuto se quedó en silencio analizando ese nombre, buscando la respuesta. Intentó encontrarla en la mirada de Patricia, pero ella negó con la cabeza, indicando que no podría ayudar.

—¿José Luis? Vale —dijo en un estallido de repentina lucidez—. El hijo de José Luis, el Castellano —informó a su compañera, que hizo un gesto de sorpresa. Luego, se volvió hacia los agentes para continuar—. Es el hijo de un vecino de aquí del pueblo, pero hace años que no lo veo por aquí. ¿Qué ocurre con él?

—¿Sus padres viven aquí?

—Sí, a un par de calles de aquí. No está lejos, os puedo acompañar. ¿Es por lo de Lucía? —La mirada de Pascual se debatía entre la necesidad de conocer detalles del caso y la particularidad de su insaciable apetito morboso, que trataba siempre de alimentarse de todos los cotilleos locales.

—Vamos con usted, entonces. —Virginia supo las intenciones de Pascual, por eso no dijo nada. Se limitó a encogerse de hombros y a invitar al agente a que los guiara.

El camino apenas duró siete minutos, en los que Virginia tuvo que esquivar tres veces más la misma pregunta del policía, interesado en el motivo por el que estaba llevando a los sargentos a visitar a un vecino de su pueblo.

Cuando llegaron al destino, Pascual se detuvo justo delante de una puerta de madera bastante nueva que destacaba sobre unas paredes

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desconchadas y sucias.

—Es aquí —anunció después de haber llamado al timbre de la casa—.

Todavía no me habéis dicho por qué estamos aquí.

No dio tiempo a ofrecer respuesta y Virginia agradeció que la puerta se abriera justo cuando el agente había terminado su cuarto intento por conocer el motivo de la visita de los agentes.

—¿Qué pasa, Pascual? —preguntó la mujer que acababa de abrir.

Era una mujer de pelo castaño, arrugas por toda la cara y gafas pequeñas. No era anciana, aunque su piel intentara convencer de que sí. Era una mujer que había vivido sin preocuparse de su belleza, sin cuidarse más de lo estrictamente necesario.

—Buenos días, Alicia. Estos son los sargentos Virginia Luque y Edgar Santana, de la Guardia Civil. Están a cargo de la investigación de Lucía García. ¿Podemos pasar? —La voz de Pascual había cambiado por completo por tercera vez en lo que iba de mañana. Ya no era la voz firme y distante con la que los recibió, ni la aguda y nerviosa que usaba para interesarse por el motivo de los agentes; era cariñosa, lenta y amigable.

—¿Ha pasado algo?

De nuevo el policía insistió en entrar y, esa vez sí, la mujer accedió y abrió del todo la puerta.

Ya en el interior, Edgar y Virginia se acomodaron en un extremo de una mesa vieja de madera mientras Pascual y Patricia lo hacían al otro lado.

—¿Qué está pasando? —preguntó de nuevo la mujer.

Virginia la miró con tranquilidad y vio el temor en sus ojos. Pero no era el de alguien que preocupado por decir más de la cuenta, sino por descubrir algo que no quiere oír. Sus ojos eran los de las mujeres de aquellos soldados que nunca volvieron y tuvieron que ser testigos de esa última visita que las lanzara a una vida distinta, más gris y triste. Esa era su mirada.

—Señora Lloret, venimos por su hijo.

Y lo que en un principio había sido una mirada de miedo se transformó en una de resignación, una que no pretendía esconder la pena.

—¿Qué ha hecho ahora?

—¿Sabe dónde podríamos encontrarlo?

La mujer miró a Virginia, a Edgar y buscó en Pascual cierta complicidad, un gesto que la motivara para responder a la sargento.

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—¿Ha pasado algo?

Edgar asintió tras entender que había guardado silencio desde su llegada al pueblo. Comprendió enseguida que debía tomar parte, así que sacó la imagen que tenían de él y la dejó en la mesa. Rápidamente, Pascual levantó el cuello para buscar la mejor forma de apreciar lo que Edgar acababa de depositar sobre la madera.

—Este tatuaje es de su hijo, ¿verdad? —dijo él mostrando el recorte de la escena de la discoteca.

Alicia miró la fotografía, entrecerró los ojos y le devolvió el papel a Edgar, que se mostraba serio pero cercano.

—Siempre he odiado que se haga tatuajes. Sí, tiene todo el brazo marcado. Su padre casi lo echa de casa cuando lo vio.

—¿Dónde está ahora su marido?

—Él trabaja todo el día en el campo. Llega pasadas las cuatro de la tarde.

—¿Su hijo trabaja con él?

Y entonces todos descubrieron la verdad que temían encontrar. El silencio de un ser querido. Por eso Edgar no dijo que intuían que el Chema podía estar detrás de la desaparición de Lucía; por eso, tampoco, que habían detenido a un colaborador suyo: porque sabían que un padre o una madre nunca podría delatar a un hijo.

—José Luis no vive aquí desde hace mucho. Siempre ha sido muy loco y, cuando cumplió los dieciocho, se buscó la vida fuera de aquí.

—¿Cómo que se buscó la vida?

Fue el suspiro de Alicia el que reveló que había una realidad oculta en todo aquello, una que ellos no sospechaban.

—José Luis siempre se ha juntado con malas personas. Y eso lo ha llevado a hacer cosas que no compartimos. Al poco de cumplir los dieciocho su padre le dijo que o cambiaba o se iba de casa, así que se fue de casa. Ha venido alguna vez, pero hace años que apenas sabemos nada de él. Y ya nos hemos resignado a perderlo. Cuando os he visto, lo primero que he pensado es que él había tenido algo que ver con lo de la chica esta que desapareció, o que alguien lo había matado. Al final, cuando uno espera que algo pase, se acaba por acostumbrar.

—¿Sabe dónde podríamos encontrarlo?

La mujer miró a Virginia y a Edgar, y entonces lo entendió. Abrió los ojos sorprendida y tragó saliva.

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—No me digáis que fue él…

—Solo queremos hablar con su hijo —cortó rápidamente Edgar.

Pero ya era tarde. Alicia ya había comprendido que la visita de los agentes tenía mucho más significado que el que ellos habían tratado de simular. Y no necesitó más respuestas para deducirlo. Se llevó las manos a la cara y pidió en silencio que todo pasara rápido.

—¿Qué has hecho, hijo? —se lamentó anegando los ojos de unas lágrimas tan grandes que cayeron pesadas por las mejillas—. No sé dónde vive. Solo puedo daros el nombre de un amigo suyo, que era con quien solía vivir cuando se fue de aquí. Vive en Alcira.

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El camión

Lunes, 30 de mayo de 2022, 14:34

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

El rostro arrugado de Lola mostró la incertidumbre al llegar a la habitación de Lucía no por los dos agentes a los que ya se había acostumbrado a ver, aunque cada día fueran dos diferentes; tampoco por el ruido intenso que reinaba a la entrada del hospital y que era provocado por la melé de periodistas que se formaba día tras día en aquella zona. Fue la puerta abierta y la presencia lejana de Raúl lo que llamó su atención.

Se detuvo justo bajo el quicio de la puerta sin decir nada, esperando a que este se percatara de su presencia, y lo hizo casi un minuto después. Su rostro demudó al ver a la psicóloga. Lola pudo ver cómo apretaba las manos y entrecerraba los ojos mientras caminaba hacia ella.

—¿Qué haces de nuevo aquí? —preguntó con un susurro desgarrado por la rabia.

—He venido a ver cómo se encuentra Lucía. Ya sabe que necesita tratamiento y, mientras siga así, debo permanecer a su lado.

—Márchate —conminó con los ojos inyectados en sangre.

Lola no respondió.

Su mirada se posó en el rostro depauperado de Raúl. Vio su pantalón y su camisa, pero también sus zapatillas deportivas. También sintió el olor de su perfume algo más débil y con trazos de sudor a pesar del ambiente fresco de la habitación.

—No lo entiendo —se justificó ella intentando suavizar el ambiente.

—Que te vayas. No voy a dejar que vuelvas a hablar con Lucía.

Lola tragó con delicadeza mientras sentía el rubor de la piel coronar su rostro. Intentó sonreír, pero no pudo más que estirar los labios de forma forzada.

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—Eso no es algo que le corresponda decidir a usted, señor García.

Lucía necesita de mi ayuda.

—Tu ayuda lo único que ha hecho es que empeore. Se ha pasado la noche gritando y, según me ha comentado Inma, ha sido desde que te marchaste después de un interrogatorio bastante reprochable.

Lola apartó la mirada y por un momento entendió lo que Raúl le estaba recriminando. Su interior daba la razón a ese padre desgastado por la culpa y la rabia, pero también le recordaba que había otra niña desaparecida. Por eso, cuando lo volvió a mirar, ya no sonreía.

—Entiendo que pueda estar molesto. Es normal que Lucía pase por estas fases. Cada vez que reviva esas situaciones volverá a tener pesadillas y durante los primeros meses necesitará de medicación. Pero es necesario que vaya sacando todo lo que tiene.

—Pues que venga otro psicólogo. Tú ya has acabado con ella y no voy a dejar que vuelvas a tratarla.

El miedo atrapó las siguientes palabras de la mujer, que temía verse lejos de Lucía. Y no sabía bien por qué, pero había algo en esa joven que hacía a Lola evitar retirarse. Quizá fueran los ojos negros y el pelo oscuro y largo, que se asemejaban a los de Claudia. Tal vez era eso: que veía en los ojos de Lucía, los de su propia hija. Puede que fuera por eso por lo que no podía marcharse.

—No creo que esa sea la mejor opción, señor García. He de reconocer que puede dar la impresión de que estoy yendo algo más rápido con Lucía, pero debe comprender que hay otra niña desaparecida y el tiempo es crucial para poder evitar una tragedia mayor. Por mucho que parezca que estoy siendo dura, no voy a poner en peligro su salud mental. Eso téngalo por seguro.

Raúl apretó los puños al escuchar las palabras de Lola. Apartó su rostro sonrojado y respiró con pesar, con retazos del odio almacenado en su cuerpo.

—No quiero destruir a mi hija. Tiene que haber más formas de encontrar a Irene que no pasen por hacer daño a Lucía.

Los ojos de Raúl se encendían cada vez más. Sus manos estaban más tensas, sus hombros más caídos. Todo en él era tensión y rabia.

—Si hubiera sabido que el paradero de Lucía podría desvelarlo otra persona, ¿no hubiera intentado hacer todo lo posible por hacerla hablar?

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El hombre levantó la barbilla y soltó el aire con fuerza por la nariz, luego apartó la cara mientras se mordía los labios.

—Pero no hubo nadie que la ayudara.

—Porque no había nadie que supiera nada. Ahora tenemos muchísima más información y, si usted se interpone, será parte responsable de lo que le pase a esa niña.

Fue en ese momento, con esas palabras, cuando Raúl pareció entender la complejidad del asunto. Cerró los ojos y admitió que el dolor que sentía podría ser mayor si la otra joven acababa de forma distinta teniendo en sus manos la posibilidad de haberlo evitado.

—Ahora todavía está algo sedada. No quiero que la despiertes. —¿Está usted solo? —preguntó Lola con un interés que resbalaba por

los ojos mientras intentaba buscar por su cuenta la respuesta. —Inma se ha ido a descansar un poco. Volverá en unas horas. —¿Y su compañero?

—Ha salido hace un rato para el taller. Tenemos trabajo que hacer.

—Bien, puedo pasarme…

—¡No!

Y ese grito que vino de los labios de Lucía hizo que el silencio cayera de golpe en la habitación. Raúl se volvió veloz hacia su hija y Lola también corrió hasta la cama.

Lucía había abierto los ojos y su rostro mostraba el terror que alguna pesadilla pudo causarle. Respiraba agitada y un fulgor delicado decoraba su piel todavía pálida.

—¿Estás bien, hija? —preguntó Raúl intentando acariciar su mano, pero, cuando vio la reacción apresurada de Lucía negándole el contacto, la apartó con disimulo.

Lola lo observó. Se centró en el rostro perdido de Lucía, en la mirada esquiva, en los labios resecos y temblorosos.

—Lucía, has tenido una pesadilla. No tienes que preocuparte.

La joven puso atención en las palabras de la psicóloga y asintió con delicadeza. Seguía agitada, perdida todavía en un mundo que no era de nadie: ni de las pesadillas que amenazaban con terminar con ella ni del mundo real que trataba de convencerla de que todo saldría bien. Pasados unos segundos, volvió a relajarse sobre el colchón.

—No quiero volver ahí —dijo con una voz débil y casi sin tono, agotada de sus continuas regresiones.

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Lola sabía que todavía estaba bajo el influjo de los sedantes, por lo que entendió que sería un buen momento para poder hablar con ella.

—¿Adónde no quieres volver, Lucía?

—Ahí.

—¿A la casa? —preguntó Lola tras recordar la última conversación con ella.

Lucía negó con suavidad mientras parecía que iba a rendirse de nuevo al pesado efecto de los sedantes, que hacían caer sus párpados sin remedio alguno.

—Pero en la casa está Rojo, y él puede ayudarte.

—Rojo me ayuda. Pero ahí no. Él ahí no está.

Raúl apretó con tanta fuerza el brazo de Lola que esta no pudo evitar lanzar un sorpresivo grito ahogado de dolor. Cuando se volvió hacia su padre, apartó el brazo con un golpe brusco y lo miró con rabia.

—Si se altera, te sacaré por la fuerza si hace falta —dijo él con los ojos encendidos.

Ella entendió que ese apretón no fue una llamada de atención, sino una advertencia disfrazada de pequeño estímulo. Apretó las manos y respiró con calma tratando de alejar las ganas de darle una bofetada que habían nacido de golpe en su cuerpo. Unos segundos después, cuando sintió que recuperaba el control, volvió con el hombre.

—¿A usted qué le pasa? —Había controlado el cuerpo, pero no la mente, que le mostró hasta qué punto estaba enfadada.

—Perdón, no quería hacerte daño, pero es mi hija la que está sufriendo ahí. No voy a permitir que te pases ni un poco.

—¿Es de su hija de quien tiene miedo? —lanzó sin previo aviso, sin haber meditado antes la pregunta, que la sorprendió incluso a ella misma.

Raúl la miró con el rostro deformado y, cuando pudo descifrar el simbolismo real de la pregunta de Lola, su cara volvió a teñirse de sombras.

—¿Qué quieres decir?

Ya era tarde para la psicóloga, que sabía que había cometido un error y no podría enmendarlo, así que optó por la mejor opción: continuar con su forzada hipótesis.

—Que da la impresión de que teme más por lo que Lucía pueda decir que por el estado de su propia hija.

—Eso es…

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—No —interrumpió la psicóloga—. Si supiera lo que puede ocasionar en la mente de su hija vivir con ese temor sin sacarlo, no estaría aquí haciendo juicios de valor. Y eso solo me lleva a una opción: ¿de qué tiene miedo?

Raúl no respondió. Se limitó a asentir mientras dejaba que la rabia cayera poco a poco por su cuerpo hasta acabar derramándose por los pies. Aunque no pudo responder. Lucía había vuelto a despejarse y estaba mirándolos.

—Del camión muchos no salen. No quiero volver ahí. No quiero — dijo Lucía con los ojos en blanco. Aunque era su voz la que se proyectaba en la habitación, la Lucía que estaba hablando estaba mucho más adentro. Seguía allí.

Esa Lucía seguía en esa habitación, llorando, suplicando por que se detuvieran, mirando cómo, uno a uno, esas cuatro figuras la torturaban sin cesar.

Seguía en la última noche antes de que todo ocurriera, cuando decidieron violarla salvajemente durante más de tres horas, en las que ella gritó y lloró mientras sentía cómo el fuego de su interior pretendía devorar sus tripas; en las que desgastó su voz, sus lágrimas, sus fuerzas.

Para cuando todo había acabado y su cuerpo parecía querer romperse en dos, volvieron a dejarla sola para que otros la devolvieran a la oscuridad de su celda. Pero esa noche pudo verlo.

Vio cómo la sacaban del camión y la metían de nuevo en un coche grande y negro. Vio cómo la noche se burlaba de ella mientras el silencio, inclemente, le recordaba que solo ella tenía la posibilidad de salir de ahí. Rojo se lo había dicho.

Esa fue la noche que entendió que estaría dispuesta a hacer lo que fuera para huir, cuando vio cómo el camión se alejaba, pero sabiendo que volvería a esperarla una vez más si no ponía remedio.

No iba a volver al camión. Se juró que no volvería.

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Irene

53 horas desaparecida

Irene no dejaba de pensar en cuál sería su último pensamiento. Y eso fue algo que ya había vivido: ese último minuto antes de que todo se esfume, esos últimos pensamientos, recuerdos, nombres. Todo el mundo piensa en la muerte, pero nadie se para a preguntarse cuál es el último pensamiento que una persona puede tener, nadie que no haya estado lo suficientemente cerca de ella.

¿Miedo?

Miedo era lo que tenía en ese momento. Acurrucada junto al haz de luz que huía de ella con parsimonia, se consumía en pensamientos que la abocaban hacia el final más próximo: el suyo.

El dolor había aumentado tanto que la obligó a silenciar sus gritos de auxilio. Total, desde que Verde se fue, no había vuelto a oír nada. Solo sus pensamientos, y ninguno de ellos pretendía ayudarla.

El calor de su cuerpo había crecido y el sudor era todavía más intenso cuando, al fin, oyó algo al otro lado de la puerta. Parecían pasos veloces —demasiados pasos para ser solo una persona—. Y supo que había alguien más cuando los oyó al otro lado de la pared.

—¿Qué vamos a hacer?

—No podemos pedir nada más. Nos queda un solo juego, no hay más. —No vamos a pedir nada. Déjame que piense. Ahora calla la puta boca

y llámalo, necesitamos medicamentos.

Y, tras esa breve discusión, la puerta se abrió de golpe inundando la habitación de luz y de un soplo de viento que sacudió la melena rubia y humedecida de la joven. Ella miró hacia la puerta para comprobar que era Rojo quien había entrado y, casi sin perder tiempo, se había arrodillado junto a ella.

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—¿Cómo estás? —preguntó con los ojos turbados. Su voz salía reblandecida, triste y dubitativa.

—No me encuentro bien, Rojo. Ayúdame.

—Déjame ver. No te preocupes, no dejaré que nada te pase.

—Sácame de aquí, por favor. —La voz de Irene caía débil en el cuerpo de Rojo, que no parecía escucharla.

Él había levantado el camisón para comprobar las heridas y, cuando el hedor de la piel pudriéndose cabalgó por ambos cuerpos, supo que algo iba mal. Se levantó con precipitada urgencia y llevó las manos a las piernas de su víctima.

—Ahora vengo.

No esperó respuesta. Se marchó raudo cerrando a su paso, devolviendo a Irene a una oscuridad que había empezado a introducirse en su cuerpo y a apagarla lentamente por dentro. Irene no respondió, no quiso hacerlo. Estaba empezando a rendirse y sus pensamientos se centraban en Vicente y sus últimas palabras antes de ir a ver a Julia. «Te espero en tu casa. Te quiero». Esas palabras sonaban en su cabeza como un disco rayado que no interesa apagar y, en aquella sombría soledad, le aportaban la paz que necesitaba para no desgañitarse entre gritos. ¿Su último pensamiento quizá?

No era capaz de saberlo.

Y en medio de ese silencio, la voz de Rojo volvió a sonar en el exterior de la celda.

—Llama al camión. Que hoy no vengan.

—¿Estás seguro de eso?

—No la voy a dejar ir.

Y de nuevo abrió la puerta y acudió junto a Irene. En la mano portaba varias botellas, gasas, pastillas y unos ojos casi fuera de sus órbitas. No dudó a la hora de bañar la herida de Irene.

Muchas veces había sentido dolor. Incluso aquella noche desangelada y con su verdugo tratando de humillarla, procurando infligirle todo el daño que su morbosa imaginación le aconsejaba. Ninguno de esos momentos era comparable al que estaba viviendo. Parecía que alguien intentaba arrancarle la pierna a mordiscos. Era como si un cuchillo ardiendo le atravesara la carne.

Gritó. Gritó con fuerza hasta deshacerse en lágrimas que no buscaban su consuelo ni pretendían hacerla sentir mejor. Lloró porque el dolor era

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tan grande que debía salir por algún lado, ya que por su garganta no era suficiente. Pero ella sabía que Rojo la estaba curando. No quería lastimarla, aunque lo hiciera.

Tras varios minutos de intensa lucha entre Irene y su particular médico, su cuerpo cedió. No soportó más el dolor y acabó vencida por la misma oscuridad que le susurraba todas las noches, esa que prometía encontrarla.

Cuando despertó, todo había pasado. Rojo estaba a su lado y el dolor era menos intenso. Todavía sudaba y el frío se adhería a su cuerpo sin clemencia.

—Tómate esto. Tienes que recuperarte.

Ella lo miró. Intentó tragar la pastilla que él le había dado junto con una botella de agua. Y, cuando sintió cómo la pastilla le arañaba la garganta, suspiró.

—¿Por qué no me dejas salir? Quiero irme —suplicó sin fuerzas.

Rojo acarició su frente. Palpó sus mejillas con el dorso de la mano y apartó varios mechones de cabello de su cara.

—Si te dejo ir, en unas pocas horas volverías a estar aquí, y yo estaría muerto. Tú no tendrías a nadie que pudiera ayudarte y acabarías como han acabado todos. Para salir de aquí, primero tendrás que recuperarte.

—¿Para el juego? ¿Qué juego?

Los ojos de Rojo cambiaron de pronto. Su mirada viajó por toda la habitación como si esa palabra atrajera a más demonios de los permitidos en ese momento.

—Voy a hacer todo lo que pueda para retenerte aquí mientras sigas tan débil. No permitiré que te hagan más daño. Por eso tienes que recuperarte. Olvida lo demás.

Al escuchar aquello, Irene dejó caer la cabeza sobre la dura piedra. Intentó mover la pierna, pero de nuevo el dolor hizo falible sus intentos de incorporarse. Notó la venda apretándole la pierna y una corriente que crecía por momentos mientras su consciencia adquiría una mayor noción de la realidad a la que estaba sujeta. Respiró hondo antes de volver a hablar.

—¿Él va a volver? —preguntó con temor.

Y, aunque Rojo permaneció en silencio, sus ojos fueron los que le dieron la respuesta. De nuevo las lágrimas caían por su rostro, pero esa vez no lo hacían por el dolor que le causaba la herida, sino por el miedo a lo

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que pudiera pasar. Si no moría en esa oscura habitación, lo haría a manos de aquel loco insaciable.

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Amistades

Lunes, 30 de mayo de 2022, 16:53 Alcira, Valencia

A pesar de que intentaron pasar desapercibidos, la procesión lenta de los coches camuflados de la Guardia Civil no engañó a nadie. En aquellas calles donde los ojos surgían de cualquier pared, su presencia no era bien recibida aunque nadie dijera nada.

Dentro del barrio donde esa misma mañana habían detenido a Gabriel, circulaban ahora buscando otra dirección: el 63 de la calle Luchana. Edgar, Virginia y otra pareja que los acompañaban unos metros por delante de ellos habían llegado al destino. Por la calle Núñez de Balboa cubrían la retirada dos agentes más, y otros dos al norte de esa posición.

—Aquí es donde dijo la madre de José Luis que vivía su amigo: Carlos Benito —afirmó Virginia observando la casa vieja y cochambrosa. La pintura se caía como piel seca y una cortina alicantina se resistía con valor aferrada a los dos últimos tornillos que la sujetaban al muro.

—¿A qué esperamos entonces? —planteó Edgar tras abrir la puerta del coche.

Al ver sus movimientos, los otros agentes también se bajaron, aunque estos se quedaron a unos metros observando el precipitado flujo de vecinos que se empezaba a aglomerar y controlando que nadie pudiera hacer nada contra Virginia y Edgar.

Estos se acercaron a la puerta, corrieron la cortina y, justo en ese instante, supieron que se iban a tener que enfrentar a un momento duro. La puerta estaba entreabierta. La madera había estallado por la zona de la cerradura y unas huellas de zapatos se dibujaban sobre la estructura.

Virginia se detuvo, respiró con fuerza. Edgar, en cambio, no supo si respirar o salir huyendo. Su cuerpo se había petrificado al ver cómo su

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compañera llevaba la mano a la pistola. Él no pudo hacerlo. Se quedó en silencio observando el interior de la casa mientras Virginia daba los primeros pasos.

—Avisa afuera. Que vigilen bien, puede que quien haya estado aquí, nos esté observando.

Edgar obedeció. Llamó a uno de los agentes y le explicó lo mismo que había dicho Virginia sin darse cuenta de que ella estaba cada vez más adentro de la casa. Cuando se volvió para buscarla, ya había desaparecido de su vista.

—¡Joder! Virginia —susurró con más temor que precaución.

Ella se asomó por la primera puerta que se veía desde la entrada con los ojos marrones clavados en el gesto interrogante de Edgar y la boca tensa. Sacudió la cabeza sin decir nada y dando por sabida su petición.

Edgar supo que quería que fuera hasta allí para acompañarla. Entendió que le había pedido que desenfundara el arma cuando señaló la suya. Y esa fue la peor de las decisiones que Edgar se tuvo que plantear.

Palpó la pistola con cuidado mientras caminaba lentamente, como si no quisiera pisar con fuerza el suelo, como si este se fuera a romper. También parecía que se le fuera a romper el brazo derecho cuando notó el frío del metal. Quitó el seguro de la funda y tomó la pistola por la culata.

No quería decirlo, pero tenía miedo de que nadie lo comprendiera, ni siquiera su compañera. Por eso no dijo que el arma no estaba cargada. Nunca lo dijo. Era su secreto, un secreto que guardaba con tanto recelo que incluso para él era un motivo para la más profunda ignominia. Ni siquiera su psiquiatra sabía que la llevaba descargada. Ella sonrió al ver cómo Edgar portaba la pistola con aparente orgullo, habiendo superado ya el trauma que le dejó su accidente. Pero no lo había superado. La mano todavía le dolía cada vez que pensaba en la pistola.

Y le dolió cuando la sostuvo en las manos.

—¿Carlos? —preguntó Virginia desde la puerta.

Carlos no parecía estar. O no quería contestar. En esa casa el abandono era una palabra con demasiados matices. Estaba en el suelo pegajoso y sucio; en las paredes repletas de humedades; en los muebles viejos y desvencijados. Incluso el olor del perfume de la sargento la había abandonado, exiliado por culpa del hedor a podredumbre que manaba de aquella casa.

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—No hay nadie —afirmó Edgar al entender que aquel silencio era bastante significativo.

—Algo no va bien. —Virginia, en cambio, confiaban en su instinto, ese que le llevaba a sujetar con fuerza el arma, el que la empujaba a seguir avanzando por aquel hogar sucio y descuidado—. ¿Carlos? —insistió antes de cruzar a la siguiente habitación.

No fue la habitación lo que atrapó el oxígeno de Virginia, ni tampoco las cucarachas que correteaban despavoridas por el pasillo que conducía al baño. No fueron los calzoncillos sucios y repartidos por el suelo del dormitorio, que se dejaban ver a través de una puerta entreabierta. Lo que atrapó el oxígeno de Virginia fue la ventana rota al fondo del pasillo; los cuatro agujeros de bala que habían decorado la pared; la sangre que empapaba todo el suelo junto a la ventana y salpicaba varias de las paredes. Pero, sobre todo, lo que dejó sin aire a la sargento fue el cuerpo que se acurrucaba al final del pasillo, junto a la ventana, los agujeros de bala y la sangre.

—Llama al teniente. Esto se pone feo.

En pocas horas el tráfico que pasaba por aquella casa se había vuelto insoportable. Aunque lo único bueno que habían sacado de aquello era que el desagradable hedor que sintieron al llegar se había esfumado.

Virginia y Edgar se hallaban rebuscando en el salón cuando el teniente acudió junto a ellos.

—¿Qué sabemos? —se interesó ella.

—Nada. Tres agujeros de bala: dos en la espalda y uno a la altura de la nuca. Este último le atravesó la cara y salió por la boca. Le han volado toda la fila superior de los dientes —dijo el teniente sin apenas inmutarse, como quien cuenta una anécdota del trabajo.

—¿Hemos encontrado a José Luis?

—Todavía nada, pero los de la científica han hallado huellas de pisadas por la terraza común que hay justo tras esa ventana.

—Estarían huyendo y puede que Carlos no llegara a salir por la ventana —hipotetizó Edgar, que visualizaba en su mente la escena. Podía imaginarse al Chema corriendo por delante de Carlos, saltando a través de la ventana, viendo cómo acribillaban a su amigo. Podía incluso sentir la

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frustración de su cuerpo, la agitación que el miedo pudo provocarle—. ¿A dónde da esa terraza?

—Está llena de pequeños pasadizos que dan a la plaza Menéndez Pelayo, o bien vuelve a la calle por la que hemos llegado. También sale a Núñez de Balboa.

—¿Los vecinos saben algo? —inquirió una vez más Virginia.

El teniente sonrió ante la absurda pregunta de la sargento. En aquel barrio donde la muerte era un vecino más, el silencio se acomodaba en cada una de las viviendas. Nadie veía, oía ni decía nada.

—Parece mentira, sargento, que hagas esa pregunta. ¿Has visto dónde estamos? Aunque se hubiesen topado cara a cara con el asesino, no te iban a decir ni media.

La sargento apretó los labios sintiendo la rabia brotar por la piel no por el comentario ácido de Cabrera, al que por cierto empezaba a acostumbrarse, la rabia se hacía con ella por la frustración de saber que se acercaban, pero de forma muy lenta.

—¿Tenemos alguna zona con cámaras por aquí?

—Nada. Ni cámaras ni testigos. Apenas tenemos preguntas, así que imagínate. Lo único que sabemos es que ese chaval tenía veintinueve, hijo único, padres muertos. Vamos, no es que sea una pérdida enorme para la sociedad, pero al chico todavía le quedaban unos años. Aunque bueno, no puede decirse que no se lo haya buscado.

En ese momento la camilla con el cuerpo del joven cubierto con una bolsa negra pasaba junto a ellos. Virginia miró, a pesar de no ver nada. No vio la tez pálida ni la sangre de la cara. Tampoco vio la expresión de terror con la que había muerto, debido quizá a una agonía bastante lenta que le hizo entender que su final había llegado. Tampoco vio el tatuaje de la mano derecha ni el dedo meñique deformado.

Lo que sí vio fue su foto repleta de polvo, coronando una estantería junto a la televisión. Se acercó hasta ella y la tomó. En ella la piel de Carlos era más oscura, los ojos negros se disimulaban con las cejas y la sonrisa sucia se veía entera.

—¿Este es Chema? —preguntó tras tomar la imagen entre sus manos. En la fotografía se apreciaban tres jóvenes. Uno era Carlos, en medio,

con el torso desnudo y un bañador que le llegaba hasta las rodillas. Se abrazaba a dos chavales, uno a cada lado. A un lado vio a un joven de pelo castaño, medio largo, cuerpo flaco y marcado, piernas largas y sonrisa

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blanca. Al otro lado de Carlos otro chico sonreía. Virginia reconoció la mirada firme y penetrante, los pendientes en las orejas y un brazo repleto de tatuajes. Ese era Chema.

—Eso parece. Lo que no sé es quién es el otro. Clasifica la fotografía, vamos a llevarla para que los del laboratorio investiguen. A ver si podemos dar con el tercer chaval.

Virginia asintió y entregó la imagen a Edgar, que todavía permanecía serio, algo callado y poco participativo. Apenas había dicho dos frases desde que habían hallado el cadáver. Su cuerpo todavía se intentaba recuperar de la tensión de tener que soportar el arma, de la culpa que sentía al saber lo que su mentira podría costar.

—Chicos, al cuartel, aquí hemos acabado. No vamos a hacer nada más. Nos vemos allí todos, que tenemos que discutir cuáles van a ser los siguientes pasos.

Y con esa orden todos se marcharon dejando de nuevo la casa en un silencio que era roto por los pasos nerviosos de los compañeros de la científica, por el ruido de las cámaras de fotos disparando hacia cualquier rincón. Se marcharon dejando más dudas que certezas. Alguien más estaba al corriente de cada paso que daban los agentes.

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Dinos quién es

Lunes, 30 de mayo de 2022, 19:04

Cuartel de la Guardia Civil de Alcira, Valencia

Lo primero que vieron los sargentos expertos a cargo de la investigación fue a Ángel hablando con el teniente, ambos frente a la puerta del pequeño despacho sin prestar atención a la llegada de Virginia y su compañero.

—Bueno, si estamos todos, pasamos. Tenemos trabajo y se está haciendo tarde —expuso el teniente tras haber callado al entender que los sargentos estaban demasiado cerca.

Ángel permaneció callado mientras observaba a Edgar y a Virginia centrado en sus piernas estáticas y sus miradas recelosas. Él no dijo nada hasta que Virginia se adelantó a preguntar.

—¿Cómo estás? —Ella en cambio solo se había fijado en la escayola sujeta con un cabestrillo que le cubría todo el brazo, desde la mano hasta casi el hombro, y lo mantenía flexionado.

—Bueno, podría haber sido peor. Al menos no voy a tener que pasar por quirófano. Aparte, me han dicho que no me va a dejar secuelas más allá de las cicatrices típicas. ¿Gabriel ha hablado?

Ella asintió con la cabeza.

—Le ha costado.

—Bien, todos los drogatas acaban hablando. Les puede el instinto de supervivencia, aunque saben perfectamente que el hablar les costará la vida. Es lo que tiene el síndrome de abstinencia: prefieren morir en la calle por chivatos que en la cárcel por el mono.

Virginia no quiso contestar. Prefirió no hacerlo. Simplemente se limitó a sonreír y a entrar en el despacho donde Roberto ya colgaba las fotos del cuerpo de Carlos en la pequeña pizarra, cada vez más repleta de información.

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—Bien, muchachos. Somos solo los encargados de los equipos y os he llamado para poder recapitular y ponernos al día. Hoy ha sido un día duro y hemos hecho bastantes avances, así que creo que es necesario hacer un pequeño resumen.

En la sala solo estaban los mismos que se habían visto fuera hacía escasos minutos. Por eso no hubo saludos al entrar ni conversaciones tontas. Tampoco incómodos suspiros o carraspeos innecesarios. Todo fue rápido como el sonido de un disparo.

—¿Ya tenemos datos de la casa de Carlos? —preguntó Virginia. —Tenemos lo poco que nos ha dado el forense. La bala que le causó la

muerte fue la que entró por la zona de la nuca. Llevaría más o menos ocho horas muerto. No se han encontrado drogas en la casa ni armas. Puede ser algún ajuste de cuentas o que este chico estuviera implicado en el caso de Irene y alguien temiera que pudiera hablar.

—Si hace ocho horas que ha muerto, no puede estar relacionado con la detención de Gabriel. ¿Quién podría saber que iríamos a por él si ni siquiera nosotros sabíamos que existía? —Ángel se adelantó a todos lanzando esa inquietud que deambulaba por su mente.

—Tampoco nadie ha dicho que él fuera el objetivo. Puede que Carlos haya sido un daño colateral y que el verdadero objetivo fuera José Luis — respondió el teniente con la firmeza de su voz reforzando su razonamiento.

—¿Tres balas por error? Hasta a mí me suena muy forzado eso — replicó Ángel tras acomodarse en su silla.

—Si contamos que han encontrado más de diez vainas y que solo en la pared había cuatro agujeros, todavía quedan tres balas que se han perdido por el camino.

Todos miraron al teniente con una misma idea.

—¿José Luis pudo recibir algún tiro? —preguntó Virginia pensando en voz alta. Aunque, al darse cuenta de su desliz, continuó—. ¿Han encontrado restos de sangre en el patio interior?

Roberto Cabrera sonrió con satisfacción cubierta por la angustia de saber que todavía seguían muy lejos de la verdad.

—Han encontrado manchas de sangre, sí. Están analizándola, pero dudo que sin muestras para comparar podamos encontrar nada. De todas formas, también hemos dado la alerta a todos los hospitales de la zona, así como centros médicos tanto públicos como privados para que nos avisen

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directamente a nosotros si aparece alguien con una herida de bala o similar.

—¿Y de la foto? —se interesó de nuevo Virginia.

Ángel la miró con el gesto turbado demostrando que aquella parte de la historia se la había perdido, o más bien no se la habían contado. Observó a Virginia esperando la respuesta, a Edgar, callado y alejado de todos. Contempló también al teniente buscando entre los papeles que tenía repartidos por la mesa.

—No hay nada, pero tenemos a Gabriel todavía aquí. Puedes ir con Ángel y sacarle de nuevo algo de información.

Ella no asintió de inmediato. Se volvió hacia su compañero como si quisiera encontrar en su rostro la aprobación necesaria. Lo que halló fue un vacío casi abismal, un insondable pozo de silencios y pensamientos. Edgar estaba allí, pero en su mente todo era oscuridad. Le palpó el hombro intentando que volviera con ella, y lo hizo en forma de sonrisa tonta y perdida.

—¿Qué pasa? —le preguntó haciendo ver que se había perdido esa última parte.

—Vamos a ver a Gabriel. ¿Vienes?

—Id delante, luego os alcanzo.

Y se quedó ahí, sentado, viendo cómo todos se alejaban para interrogar de nuevo al quinqui que habían atrapado esa misma mañana. Se quedó analizando las últimas horas; su comportamiento. Pensaba por qué no había podido sujetar con fuerza su arma y se castigaba al saber que en algún momento se descubriría su secreto. Sudaba sin control retrepado en su silla, triste, hundido en su culpa, sintiendo cómo el peso de su pistola se le astillaba en el pecho. Tragó saliva y se levantó con rabia para dirigirse a la sala donde Gabriel esperaba.

Cuando Ángel entró por delante de Virginia, lo hizo con pasos firmes, la barbilla levantada y una mirada que pretendía infundir temor. Miraba a Gabriel, y este lo miraba a él. Pero Gabriel no se arredró. En cuanto vio al sargento, apretó los dientes, las manos, y se incorporó sobre su silla.

—Tú has matado a Chuky, hijo de perra —gritó con rabia. Su cuerpo estaba completamente empapado y sus brazos enrojecidos de haberse

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estado arañando. Le temblaba el pulso y la irascibilidad que mostró dio pie a entender que estaba pasando el mono.

Ángel lo miró con chulería, absorbiendo la rabia de Gabriel y alimentándose de ella. Disfrutaba con su dolor. Quería verlo sufrir, al menos, tanto como había sufrido él mientras le practicaban las curas en el brazo.

—No tuve el placer de pegarle un balazo en la cabeza a ese chucho maloliente, pero te aseguro que pude notar cómo la vida se le escapaba entre mis manos.

El chaval, que se consumía entre ataques de rabia y su necesidad por meterse un pico, empezó a revolverse en su silla. Intentó abalanzarse contra Ángel, pero las esposas que le habían colocado para evitar que siguiera arañándose impidieron que llegara a levantarse del todo siquiera.

—Voy a matarte, cabrón. Pienso joderte bien.

—¡Jodido ya estás tú, chaval! Así que lo mejor será que te relajes y nos vayas ilustrando un poquito antes de que te saque de aquí a patadas y te mande a Picassent.

Esa última palabra fue la que devolvió al joven a una serenidad algo más relativa. Seguía sudado, nervioso. El cuerpo no dejaba de temblar y los ojos se encendían como dos antorchas en plena noche, pero al menos se había callado.

—Gabriel, ahora lo mejor es que te relajes y nos dejes ayudarte —dijo Virginia cabreada por los arrebatos chulescos de su compañero, que parecía más un estudiante cargado de hormonas que un policía con cierto criterio.

—Os he dicho ya lo que queríais saber. ¿Ahora qué mierda queréis?

—¿Sabes con quién solía salir el Chema?

El chaval entrecerró los ojos y se acomodó en su silla. Fue en ese preciso momento cuando, a pesar de la falta de lucidez por culpa del mono, supo de la importancia de su presencia.

—Qué pasa, ¿queréis que os resuelva yo el caso? Anda y que os den. Ángel no dudó. Se levantó de un salto y se lanzó contra Gabriel, que

no pudo hacer nada más que abrir los ojos y prepararse para la embestida. Apartó la cara y apretó la mandíbula. En su mente rezó para que doliera lo justo, o lo suficiente para mandarlo al otro sueño. Solo así se ahorraría las respuestas que buscaban esos agentes.

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Pero no lo golpeó. Ángel no quería golpearlo. Lo cogió por el cuello mojado de su camiseta blanca y sucia y lo atrajo hacia él. A pesar de tener un brazo anulado, no le supuso mucho esfuerzo sacudir al chaval por completo. El hecho de que el cuerpo de Gabriel fuese huesudo y liviano, y que él había castigado sus brazos con mancuernas de veinte y veintidós kilos tres veces por semana durante años fue suficiente.

—No juegues conmigo, chaval. No estoy para cachondeos, así que lo mejor será que contestes bien a las preguntas o te aseguro que la próxima te cruzo la cara. —Y lo volvió a soltar.

Gabriel se revolvió en su asiento e intentó demandar auxilio a Virginia, pero ella no parecía estar dispuesta a ayudarlo. Esa no era la típica escena del poli bueno y el poli malo. En ese cuarto, esa tarde, nadie era bueno.

—No sé con quién coño iba el Chema. Yo lo veía para que me pasara algún gramillo de vez en cuando o pa meterme un pico los findes. Poco más.

—¿Reconoces a alguno de estos chicos? —Virginia depositó la fotografía de los tres amigos sobre la mesa.

Gabriel la analizó. Perdió dos minutos contemplando cada detalle, disimulando su conocimiento, procurando no hacer ver que sabía quiénes eran. Pero nada sirvió.

—Sabemos que el del medio es Carlos Benito. A un lado tenemos a nuestro querido Chema. ¿Quién es el tercero? —interrogó Virginia con la voz seria y profunda.

—No lo sé. Nunca lo había visto —soltó Gabriel con la voz doblada.

Su mentira no lo convenció ni siquiera a él, que enseguida miró a Ángel.

Este se levantó con rabia e impulsó de nuevo el cuerpo para tomar por el cuello al drogata. Pero, justo cuando estaba a punto de asirlo, Gabriel gritó.

—¡Vale, vale! Joder, no sé quién es. Eso es verdad. Lo he visto alguna vez, pero no tengo ni puta idea de quién es. Creo que se llama Mario, es todo lo que sé.

—¿Dónde podemos encontrar a ese Mario?

Gabriel se encogió de hombros solo un segundo. El tiempo justo para ver a Ángel de nuevo dispuesto a castigarlo.

—Que no lo sé, joder. El Chema a veces iba a jugar al fútbol con varios chavales del pueblo. Y Carlos también iba con él. A lo mejor podéis encontrar a Mario por los campos. Espera, creo que el Chema y Carlos

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suelen salir a correr por el Recinto Ferial. A lo mejor Mario también sale con ellos.

—¿A qué horas suelen salir? —preguntó Virginia cuando vio cómo Ángel se sentaba.

—No sé, por las tardes, antes de anochecer. Entre semana suelen salir todos los días.

Virginia miró a Ángel, pero no era Ángel lo que le interesaba, sino el reloj que colgaba en la pared justo detrás de él. Pasaban de las siete de la tarde y, si se daban prisa, podrían llegar antes de que cayera la noche a ese parque.

Ambos se levantaron y se dispusieron a salir.

—¡Eh! ¿Y yo qué? —dijo Gabriel para nadie. Cuando su pregunta había acabado, la puerta ya estaba cerrada.

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De ti depende

Lunes, 30 de mayo de 2022, 20:01

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

Para Lola aquel había sido un día perdido, un día obligada al vaivén de sus quehaceres, a un ir y venir de ese hospital, de esa habitación.

Tuvo que esperar hasta que Raúl se marchara para poder acceder a una cercanía distinta con Lucía que de poco sirvió, pues Inma tampoco la dejó trabajar. Por eso se limitó a observar, a esperar un cambio en la joven, a resistir hasta que fuera ella quien decidiera hablar, pero no lo hizo. Y eso a Lola la encendió todavía más. Al final optó por atender a sus otras obligaciones, esas que tenía con sus hijas, con sus pacientes; obligaciones que, al fin y al cabo, formaban parte de su vida; la vida que había puesto en espera en cuanto supo que Irene había desaparecido y que Lucía podría ser la llave para dar con ella.

—¿Cómo está? —le preguntó a Inma cuando volvió con la noche acariciando los cristales de la habitación.

La penumbra se asomaba por la ventana y volvía a convertir a Lucía en un ser distinto. Sus ojos cambiaban a medida que la noche devoraba un cielo despejado y tranquilo. Sus manos comenzaban a temblar y el recuerdo de lo sufrido cobraba vida.

—Sigue sin hablar apenas. Come un poco y se queda mirando por la ventana —respondió la mujer, dominada por un dolor que no podía calmar.

—Poco a poco tiene que ir abriéndose. Es lógico que, de momento, siga encerrada en sus pensamientos. Usted, de todas formas, siga hablándole. No deje que se encierre en sus pensamientos porque cada vez que lo hace vuelve allí. Y, si vuelve a ese lugar, llegará un momento en que se nos haga muy difícil recuperarla.

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Inma asintió con más temor que convencimiento. Le habían dolido las palabras de la psicóloga. Quiso hablar, lo intentó con algo de angustia todavía atrapando sus palabras, pero, cuando lanzó la primera de ellas, un golpe en la puerta la silenció de nuevo. Ambas se volvieron hacia la procedencia del sonido para ver a un joven moreno y con rostro serio apostado en la entrada.

—¿Javier? —lanzó Inma sorprendida al ver al muchacho en la habitación—. ¿Qué haces aquí?

Lola, en cambio, no dijo nada. Se limitó a observar, a mirar cómo Inma entrecerraba los ojos y fruncía el ceño incómoda, cómo el chico apretaba los puños y apartaba la mirada conteniendo las palabras que realmente quería decir.

—Solo quería saber cómo está Lucía.

—Ella está bien. Ya te dijimos que esperaras a que saliera de aquí. No es bueno que la veas ahora.

—Inma, solo quiero verla. Serán cinco minutos.

—Ahora no. No se encuentra bien.

—¿Qué le pasa? —preguntó intrigado como si realmente se hubiera preocupado al conocer el estado de su novia.

—Pues que acaba de salir de más de un mes de estar secuestrada, torturada y vete a saber qué más. ¿Cómo va a estar, Javier? Por favor, sal…

—¿Javi? —La voz casi nasal de Lucía rompió el tenso momento que se había formado e hizo que todos se volvieran hacia ella.

La joven se había incorporado en la cama y se encontraba con los ojos abiertos, ladeando la cabeza y buscando la presencia del joven que había mencionado.

El chico no tardó en intentar avanzar, pero el cuerpo de Inma se interpuso. Fue en ese momento cuando Lola lo vio en los ojos encendidos de Javier, tomó por los hombros a Inma y la apartó de una sacudida que hizo gritar a la mujer y hacer que los agentes se asomaran al interior de la habitación. Los dos guardias civiles pudieron ver el espectáculo sobreactuado de la mujer golpeándose de forma exagerada contra la pared, llorando casi sin consuelo y pidiendo a Javier que no entrara. Pero el chico ya había superado la barrera de su cuerpo y estaba llegando a los pies de la cama.

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—Lu, ¿cómo estás? —preguntó lanzando un susurro que acarició el rostro de la joven e hizo que esta sonriera por primera vez desde que la habían encontrado.

—Quiero irme de aquí. Sácame de aquí, Javi.

El chico miró a Lola, que guardaba silencio mientras se dedicaba a grabar en la mente todo lo que estaba viendo. Era la primera vez que Inma se comportaba de esa forma tan peculiar, la primera vez que Lucía sonreía, la primera vez que los guardias civiles tenían que entrar y mostrarse en la habitación. Y aquella primera vez de todo acabó resultando fatal.

—¡Sáquenlo de aquí! —gritó Inma fuera de sí: los ojos se habían tornado oscuros y del rostro encendido no salían más que improperios que apenas podía controlar.

Los agentes tomaron por el hombro a Javier mientras este intentaba revolverse con rabia frente a una Lucía que volvía a perderse en sus miedos.

—¡Mamá! ¿Qué pasa? ¿Qué hacéis? —preguntó sollozando.

Pero su madre se había olvidado de ella y se encontraba batallando entre los hombros de los agentes y las sacudidas de Javier, que no dejaba de increpar la acción de los guardias civiles.

Pasados dos minutos escuchando los gritos de Inma completamente desquiciada, los llantos cada vez más fuertes de Lucía y los insultos de Javier, Lola recuperó el control del cuerpo. Se acercó a la joven y le acarició el brazo.

—¿A dónde se lo llevan? —preguntó la chica con los ojos cubiertos por enormes lágrimas—. ¿Quiénes son esas personas?

—Todo está bien, Lucía. No te preocupes, ha sido solo un malentendido.

—Quiero que vuelva. Quiero ver a Javi.

Y entonces Lola comprendió que Lucía volvía a escapársele entre las manos. Ella la sujetaba con fuerza, intentando retenerla, pero la muchacha iba huyendo como un balón de playa perdido en el mar, sin que nadie pudiera remediarlo. Pronto, sus peticiones se convirtieron en exigencias, y estas pasaron a súplicas que se volvían alaridos desgarrados al comprender que todo se desmoronaba como una tienda de campaña en mitad de un temporal.

—¡Lucía! Tienes que relajarte. Mañana pediremos que vuelva Javi, ahora es muy tarde.

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Pero su cuerpo ya no era de Lucía. Pertenecía otro ser que no entendía de palabras ni promesas, que no conocía el consuelo, sino más bien el dolor. Ese ser era el que luchaba por escapar de allí, el que entendía que Javier era el único que podía cambiar todo. Por eso quería escapar. Por eso había tomado el control y luchaba con todas sus energías para deshacerse de los amarres de Lola, que ya había pedido auxilio cuando supo que no podría devolver a Lucía a su estado.

Tras la marcha de Javier, acompañado por la fuerza por los dos guardias civiles, entraron dos enfermeras visiblemente enfadadas y con una jeringuilla en la mano.

—Sujetadla —exigió una de ellas: cuarenta años, pelo recogido, mirada oscura y reprobatoria, manos arrugadas y cuerpo enjuto.

Lola la había tomado por los hombros mientras que Inma —que todavía seguía alterada— y la otra enfermera sujetaban a Lucía por las piernas y el cuerpo. La joven no pudo seguir luchando y, tras la inyección, poco a poco se apagó.

Cuando su cuerpo se relajó y Lola supo que durante un rato no iba a conseguir nada, decidió salir en busca del chico que había causado todo eso. Atrás quedó Inma culpando a todos de lo ocurrido, sintiéndose víctima de un acto que ella misma había inducido. Lola ignoró su mirada altiva y salió de la habitación.

El pasillo estaba desierto salvo por los dos guardias civiles, que volvían con el rostro serio y hablando entre ellos. Lola pasó por su lado sin apenas dedicarles una mirada y continuó hacia la salida del hospital.

Fue allí, a unos metros de la entrada, donde lo vio, subido a una Honda CBR 1000 y colocándose el casco.

—Espera —gritó la psicóloga mientras agilizaba el paso apenas un poco por encima del ritmo que acostumbraba a llevar.

El chico la miró, negó con la cabeza y terminó de abrocharse el casco, arrancó la moto y quitó el caballete. Pero justo en el momento que colocó el pie para poner primera y salir de allí, la mujer se plantó junto a él.

—Vete a la mierda. —Su voz salía débil por el casco.

—Solo quiero hablar. Será un minuto —respondió ella sujetándolo por el brazo.

El muchacho volvió a poner el punto muerto, sacudió la mano para apartarse del amarre de Lola y embragó una vez más. Pero la mujer

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insistió e hizo que el chico levantara la visera del casco y mostrara los ojos encendidos, rojos y todavía húmedos.

—¡He dicho que me dejes en paz!

—Yo no soy Inma. No tengo nada contra ti, solo quiero hablar. Yo también quiero ayudar a Lucía.

—Y una mierda. Lo único que queréis es que Lucía hable para poder iros a casa a cobrar por la basura de trabajo que hacéis. Eso es lo que quieres. No vengas a decirme a mí que quieres ayudarla.

Lola tardó en responder. Por un lado, las palabras de Javier, aunque afiladas y dolientes, tenían cierta parte de razón. Por otro lado, en el fondo, ayudar a la joven se estaba convirtiendo en una realidad y no en un trabajo. Nunca había sido un trabajo lo suyo.

—Sea como sea, para Lucía hablar es necesario. Será un minuto.

El muchacho la miró en silencio. Cerró los ojos, apagó la moto, se quitó el casco y lo dejó sobre el depósito de combustible. No dijo nada más, volvió a mirar a Lola y se limitó a esperar a que ella hablara.

—¿Por qué querías ver a Lucía?

—Soy su novio. Creo que tengo derecho a verla.

—Tenía entendido que la última noche que os visteis habíais roto. —Peleado. Nos habíamos peleado. Eso no quiere decir que

hubiéramos roto.

—¿Por qué has venido hoy? Si Lucía lleva varios días aquí y no habías roto con ella, podrías haber venido mucho antes.

Y esa fue la pregunta que Lola quiso hacer desde el principio. Aunque se había preparado para ella intentando colocarla sin que pareciera forzada, poniendo énfasis en sus ojos, en sus cambios de expresión, en ese cambio concretamente, ese que hizo cuando ella lanzó su pregunta. Miró sus ojos huidizos, sus labios inquietos, su lengua rebelde. Pasado un minuto, respondió:

—Para evitar lo que ha pasado hoy. Quería esperar a que saliera del hospital, pero, según me han contado, aunque se recupere, luego la van a juzgar por el accidente y puede que no salga a la calle. Así que, cuando vi que podría no verla, decidí venir. Ya has visto para qué me ha servido.

—¿La familia de Lucía no te acepta?

—¿Me lo estás preguntando? Creo que tú también estabas en la habitación cuando esa pirada ha montado su típico numerito.

—¿Inma suele actuar así?

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El joven sonrió con ironía, como si quisiera responder con sus gestos, y por una parte sí lo hizo.

—Tanto su madre como su padre son lo peor. Son personas que no entienden de lealtad ni de valores o principios. Se mueven por una sola condición, y es el dinero. Inma no es mucho mejor que Raúl. Cuando no se sale con la suya, entra en cólera y busca alguna excusa para conseguir lo que se ha propuesto.

—Y ellos no te quieren como novio de Lucía. ¿Por qué?

—¿No es obvio? —dijo estirando los brazos en forma de cruz—. No soy el tipo de persona que ellos querrían para su hija.

—¿Y qué tipo de persona eres?

Javier sonrió con resignación, como si le doliese tener que admitir que era un pandillero, un muerto de hambre que tenía que trabajar de lunes a sábado para ganar mil euros al mes. Aunque lo de trabajar, en su caso, significara otra cosa.

—Pues sé qué tipo de persona no soy. Y no soy un pijo de mierda con un cochazo de cuarenta mil pavos que pueda llevar a su hijita de viaje a los mejores hoteles. No soy un hijo de papá que hable de usted y beba vino. A mí me gusta la cerveza. Me gusta salir los sábados por la noche y fumarme un porro de vez en cuando. Y a Lucía también, por eso está tan bien conmigo. Por eso detesta a sus padres y por eso ellos me odian a mí. Porque piensan que he sido yo el que ha convertido esa bonita princesita que querían tener en la mala del cuento. Lucía no es la cenicienta, es la hermanastra malvada, y eso a sus padres les jode.

Lola asintió con desgana. Entendió, por una parte, la defensa de Inma al tratar de proteger a su hija de una persona como Javier: a ella tampoco le hubiese gustado ver a alguna de sus hijas al lado de ese tipo. Por otro, comprendía que el cambio de la joven se debía a haber encontrado en ese chico el tipo de vida que ella quería, quizá no porque le apeteciera, sino más bien para contrarrestar las ideas de sus padres. Puede que Lucía estuviera pasando por una racha de autoconocimiento. Y eso era lo que sus padres no toleraban.

—Y ahora, si no tienes más preguntas… —dijo el muchacho preparando de nuevo el casco.

Lola no supo qué más preguntar no porque no tuviera dudas, sino porque temía no conseguir las respuestas que buscaba. Por eso dejó que embragara la moto y se marchara acelerando con rabia. Lo último que ella

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oyó fue el alarido de los neumáticos al derrapar sobre el asfalto, enmudeciendo por completo sus pensamientos.

Y con la tranquilidad de un tráfico escaso, decidió retirarse, no volver a la habitación, pues sabía que Lucía estaría dormida durante más de cinco horas. No quiso toparse de nuevo con la imagen de Inma fuera de sí, tampoco con la de Lucía batallando contra sus miedos. Por eso se marchó.

Lo que Lola no pudo ver es que, en la acera de enfrente, una muchacha de tez dorada, pelo largo y micrófono en mano había grabado toda la escena y ya se disponía a cruzar.

—Perdona —inició la joven desde la distancia en una precipitada carrera que acabó casi chocando contra la psicóloga—. Tú eres Dolores Canales, la psicóloga que está tratando a Lucía, ¿verdad?

Lola sonrió. Pero no por la alegría, sino por los nervios. Vio la cámara apuntando directamente a su rostro y eso hizo que empezara a notar el calor subiendo por su cuerpo.

—No quiero hablar —respondió ella con la voz atropellada.

—Será solo un minuto. Me llamo Sofía Cabañas, reportera de Antena 3. Solo queremos saber cómo se encuentra Lucía.

Pero Lola no quiso seguir hablando. Se giró y comenzó a caminar cada vez más rápido esquivando la misma pregunta formulada de diferentes formas durante más de cien metros.

Cuando la joven periodista de pelo castaño y mirada triste entendió que no habría respuesta, se detuvo, aunque siguió observando a la psicóloga desde la distancia, erguida y quieta, como un mimo disfrazado esperando a su moneda.

Lola acabó por perderse en una penumbra todavía débil con pasos acelerados y cortos.

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Irene

57 horas desaparecida

Irene siempre supo que moriría joven. Era alguna de sus estúpidas predicciones que tanto odiaba su madre. Puede que aquella sensación extraña que tuvo cuando usó el cúter del colegio para abrirse una herida de más de siete centímetros en la mano izquierda le dejara la certeza de que moriría joven. Esa sensación de vacío interior no la abandonó nunca.

Y ahora volvía con fuerzas.

Había despertado todavía empapada en sudor y, aunque la pierna le dolía algo menos, seguía sintiéndose mareada, frágil. A pesar de no haberse movido del mismo lugar, todo parecía distinto. La luz era una tenue cascada clara que apenas importunaba a la oscuridad. Su cabeza parecía estar separada del cuerpo y su estómago se retorcía en su interior.

Junto a su cuerpo, una botella de agua volcada le recordaba que de su voluntad dependía seguir o no viva. Si quería salir de allí, tenía que mantenerse fuerte, por eso bebió un poco. Apenas dos tragos que pasaron por la garganta como dos bocanadas de arena. Cuando sintió el líquido asentarse en el estómago, intentó aguzar el oído ante el reclamo débil que se oía al otro lado de la pared.

Era de nuevo ella, esa voz femenina y débil que parecía sollozar casi sin fuerzas. Se la imaginó como a sí misma: acurrucada en un rincón, rezando por seguir sola, por que nadie entrara para molestarla. En aquel lugar, la soledad era como un amigo más; tu mejor amigo. Mientras estuvieran solas, seguirían vivas. La duda surgía cuando esa puerta se abría y aparecían ellos. Su presencia era el sinónimo de la incertidumbre, de las dudas. De saber que salías, pero no si volverías a entrar. Por eso Irene intentó incorporarse cuando la oyó. Apretó los dientes al sentir un latigazo de dolor en la pierna y siguió avanzando hasta llegar a la pared.

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—¿Hola? —preguntó con delicadeza, con la voz quebrada y arenosa.

Nadie respondió.

A pesar del silencio que recibió tras su pregunta, seguía oyendo ese lamento agudo y resignado.

—¿Me oyes? —insistió.

Y sus palabras fueron su castigo. En ese momento el ruido de los cerrojos metálicos se oyó de nuevo. Algo más lejos y con un eco diferente. Irene contuvo la respiración, apretó los dientes y cerró los ojos preparada para lo que se avecinaba. Oyó una vez más el ruido metálico de esa puerta, que se colaba incluso en sus pesadillas, pero, cuando se abrió, no vio a nadie.

Supo entonces que la visita no era para ella. Lo supo cuando, al otro lado de la pared, el lamento se convirtió en gritos. Cambió el llanto por las súplicas contenidas.

—¡No quiero volver! ¡Por favor! —dijo la voz al otro lado.

Y no oyó mucho más. Solo los gritos de la chica que se alejaban de forma extraña, y el sonido de sus piernas resistiéndose tanto como pudo. Al final solo quedó de nuevo el sonido de ese cerrojo devolviendo a la joven a su particular pesadilla, esa que mantenía con los ojos abiertos.

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La carrera

Lunes, 30 de mayo de 2022, 20:29

Recinto Ferial de Alcira, Valencia

—¿Crees que aparecerá? —preguntó Edgar cuando se cansó de que el silencio pesara tanto en su coche.

La radio ya no era capaz de entretenerlo y su mente iba de un lado al otro dejando de prestar atención a todo lo que le rodeaba.

Virginia, en cambio, no perdía detalle de nada. Ella podía analizar cada coche que pasaba y al mismo tiempo cada persona, animal o cosa que se movía ligeramente. Sus ojos bailaban continuamente buscando de forma desesperada una respuesta.

—No lo sé. Puede que el tal Gabriel ese nos haya vendido la moto. Ya se sabe que, en temas de drogatas, pandilleros, quinquis de barrio y gitanos, uno no puede fiarse. —Y justo un segundo después de completar su frase comprendió el error que acababa de cometer. Se volvió hacia Edgar, que apenas había apartado la mirada del exterior, y se sonrojó ligeramente—. Perdón, no era por meterme con los gitanos, es que…

—Tranquila. Sé perfectamente la fama que tenemos. No voy ahora a ponerme a defenderlos ciegamente. —Edgar sonrió. Sabía que la idea de Virginia era una idea general, y no creada por prejuicios, sino por hechos demostrables. Era bien sabido que gran parte de esa comunidad se mueve por una línea muy delgada que separa lo legal de lo ilegal. Pero también entendía que hay gente buena, y él era una de esas excepciones que confirmaba la regla—. Y tienes razón: hay que tomar con pinzas todo lo que digan.

—Igualmente no podemos ignorarlo. Tenemos que estar aquí. Si en media hora no pasa nada, nos vamos. Ya es tarde —anunció ella algo más aliviada. Su mirada, en cambio, no había dejado de rebuscar en cada

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rincón del recinto hasta que, a lo lejos, pudo distinguir algo—. Ahí, viene alguien.

A unos doscientos metros, una figura alta y robusta caminaba a un ritmo bastante tranquilo amparada por el manto oscuro de unas sombras que devoraban la mitad del parque. Virginia afinó la vista. Entrecerró los ojos y se acercó al cristal del coche para intentar descifrar algún elemento que pudiera servirle para comparar ese hombre con la imagen que tenía en las manos. Y al fin encontró el detalle que pudo servirle. En la foto que ella poseía, Mario se presentaba con un cabello castaño y rizado. Y esos mismos rizos fueron los que lo delataron esa noche a pesar de mostrarse semioculto entre todo ese telón oscuro.

—Es él —dijo ella justo antes de bajarse a toda velocidad del coche. —¡Espera! Si vamos los dos juntos va a notarse mucho. Mejor nos

separamos y cubrimos su retirada.

Ella asintió y tomó el primer desvío. Se dirigía hacia Mario por la parte más alejada, aunque imaginando que la vuelta la haría por ahí. Edgar, en cambio, tomó el camino que el mismo objetivo llevaba en ese momento. Ambos caminaban a paso acelerado, pero sin correr. Hasta que algo los detuvo.

Edgar dejó de caminar al ver cómo el chico daba la vuelta sobre sus pasos y comenzaba a desandar el camino. Se detuvo al verlo dirigiéndose hacia él. Miró a Virginia y por un momento empezó a temer. Las manos le sudaban y el cuerpo apenas podía contener el peso de sus nervios.

Virginia lo intuyó desde la distancia, por eso se detuvo y esperó hasta tener algo más de cobijo y llegar hasta su compañero sin llamar la atención. Apenas cien metros y un pequeño parque de césped recién cortado era todo lo que la separaba de él, pero Mario se acercaba, y sabía que no llegaría a tiempo.

En efecto, cuando Edgar pudo reconocer el rostro del joven que había visto en las fotos, Virginia todavía estaba a unos cincuenta metros. Pero Mario se había percatado del extraño movimiento de Edgar, que lo miró con el rostro turbado.

—¿Eres Mario? —preguntó Edgar impostando su voz.

El chico se detuvo y miró con el ceño fruncido a Edgar, que se había colocado frente a él. No preguntó nada. Se limitó a mirarlo y buscar la razón que le hiciera entender que sus temores se convertían en una certeza. La encontró cuando vio a Virginia acercándose a través del parque.

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El chico comenzó a caminar de espaldas, negando con la cabeza. —¿Qué quieres? —preguntó con preocupación. Sus ojos bailaban de

un agente a otro intentando elegir el mejor momento. La mejor opción. —Mario, somos agentes de la Guardia Civil. Solo queremos hablar

contigo. Serán dos minutos.

Pero para Mario eso significaba algo completamente distinto. Para él, eso de hablar significaba un paseo de veinte minutos hasta el cuartel más cercano, una visita guiada por el interior de los calabozos, una entrevista personalizada con preguntas que no le apetecía contestar. Para Mario, hablar era la peor de las decisiones que podía tomar en ese instante. Por eso no contestó.

Su cuerpo ya se había girado cuando Virginia se percató de sus intenciones y, aunque esta se lanzó a correr antes que Edgar, Mario también lo hizo. Su físico, con los músculos calientes y todavía bombeando sangre, obedeció mucho más rápido que el de la sargento, que sintió el calambrazo de un esfuerzo prematuro cuando dio la tercera zancada. Sus piernas crujieron cuando se esforzó por iniciar la persecución de aquel joven.

Edgar también corrió. Y, aunque él estaba más acostumbrado a carreras de diez kilómetros a un ritmo por debajo de cuatro, tampoco pudo evitar sentir el lamento quejumbroso de sus piernas.

Mario había ganado más de diez metros solo con las primeras cuatro zancadas y, aunque su cuerpo estaba más caliente, también estaba más cansado. No por correr, pues no lo había hecho, sino por la más de media hora que había estado caminando por ese parque. Quizá fue por eso por lo que el ritmo que intentó llevar no fue el adecuado. Tal vez esa fue la ventaja que Edgar notó cuando vio que, en menos de cien metros, ya le había recortado la mitad de la distancia. Y eso Mario lo vio.

No hay nada peor que sentir el peligro susurrándote en el oído. El miedo te lleva a hacer cosas que uno no piensa, o tal vez sí, pero no analiza. Y, cuando uno no analiza las consecuencias de sus actos, estas llegan de pronto, como un trueno en mitad de la noche. Y ni Mario, ni Edgar, ni Virginia pudieron analizar las consecuencias que esa carrera sin miramientos podía traerles.

Los agentes no analizaron que Mario vestía con un pantalón de chándal holgado y una camiseta una talla más grande. Tampoco que ese hombre, si, tal y como ellos sospechaban, estaba relacionado con la

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desaparición de Irene, podría resultar peligroso. Mucho menos pensaron que, si se veía amenazado, pudiera actuar en contra de ellos. Y todo eso hubiera llevado a una conclusión que, por culpa de esa carrera, ninguno encontró: la Beretta 92 que guardaba en la cintura.

Cuando este se dio la vuelta, ellos entendieron el peligro de su despreocupada actuación. Al ver el brillo metálico del arma ambos sintieron el miedo tan cerca que apenas pudieron gritar para avisarse el uno al otro.

—¡Arma! —bramó Virginia lanzándose a un lado y buscando el resguardo de un delgado pino que apenas dibujaba su sombra sobre la tierra. A pesar de ello, para Virginia aquello era un refugio, una trinchera.

Edgar, en cambio, sí encontró un resguardo mejor bajo una enorme piedra que podía ocultarlo sin problemas. Y el hecho de ser él quien iba primero hizo que Mario dirigiera el arma directamente a su cuerpo.

Mario comenzó a disparar sin contemplaciones, como si su mano no respondiera a sus deseos. Vació el cargador contra la piedra que protegía a Edgar mientras seguía huyendo de la zona.

Virginia, al sentirse fuera de peligro, se palpó la cintura buscando su arma, pero entonces recordó que había dejado la funda en el asiento del coche al salir a toda prisa. Se maldijo por ello, por no entender que las prisas solo traen retrasos, provocan errores, ayudan al olvido. Las prisas y el olvido son los mejores amigos muchas veces. Por eso, maldiciendo sus propios actos, se quedó tumbada en el suelo observando el cuerpo encogido de Edgar, que escondía la cabeza entre las piernas como una tortuga asustada. Contempló el polvo de la piedra elevarse hacia la oscuridad de un cielo enturbiado por los disparos, la piedra deformándose tras cada impacto, el cuerpo de Mario cada vez más lejos.

Cuando vio que la pistola dejaba de escupir fuego, entendió que había llegado el momento.

—¡Dispara! —gritó a su compañero.

Pero Edgar no respondía. Su cuerpo seguía acurrucado y, aunque no había recibido ningún disparo, parecía muerto. Y por una lado lo estaba. No muerto, pero sí bien lejos de allí. Edgar recordó lo que su terapeuta le pedía cuando oía el rugido de las armas.

«Piensa que estás en las fallas o celebrando una fiesta. Intenta pensar en el lado bueno de ese ruido, alejarte de lo que significa para ti y centrarte en lo que podría significar».

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Pero se había concentrado tanto pensando que estaba en la boda de su mejor amigo que no supo cuándo tenía que volver. No oyó a Virginia gritándole que disparara, que intentara detener a Mario. Tampoco la vio pasar como una exhalación por su lado. Para cuando Edgar había regresado, Virginia estaba a más de cincuenta metros, persiguiendo de nuevo al joven, que había vuelto a correr.

Pero ya era tarde, Mario había ganado más del doble de la distancia y no parecía que pudiera acercarse. Enfurecida, usó la cólera que había generado el acto de su compañero para impulsar con más rabia el cuerpo.

Corrió con más fuerza, con más ímpetu, centrándose en la figura cada vez más cercana de Mario, pero ignorando todo a su alrededor. Ignoró que Mario había cruzado una avenida. Que ella también lo estaba haciendo. Y sobre todo ignoró que un coche se acercaba hacia ella de forma amenazadora. Cuando unas luces blancas bañaron por completo su cuerpo, entendió que era demasiado tarde. La bocina del coche no llegó a oírla. La noche se abalanzó sobre ella tan rápido que no llegó a sentir el frío metal del coche.

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Miedos

Martes, 31 de mayo de 2022, 08:14

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

Leve traumatismo craneal con contusiones visibles en la frente y la nuca; pequeño esguince en el dedo índice de la mano derecha; veintisiete puntos en el brazo derecho y varios hematomas por todo el cuerpo. Aquel había sido el diagnóstico de Virginia.

Para Edgar la noche había sido eterna deambulando por los pasillos del hospital a la espera de unas noticias que no llegaban. Y, cuando lo hicieron, tampoco ayudaron a paliar el dolor del joven. Él siguió despierto esperando a que Virginia recuperara la consciencia y rezando para que estuviera en perfectas condiciones.

El accidente había sido bastante fuerte y en sus retinas todavía seguía reproduciéndose. Podía ver a Virginia cruzando la calle, el coche abalanzándose contra ella. Oía una y otra vez los gemidos de los neumáticos, el golpe seco del cuerpo de su compañera impactando contra el parabrisas de aquel Seat Toledo azul. Pero lo que no podía olvidar era el miedo que había corrido por su cuerpo desde que Mario había sacado su pistola.

Todo, desde ese momento, había pasado muy rápido, tanto que ni siquiera llegó a percatarse de que el sol ya lamía sin fuerzas su piel cuando un quejido leve escapó de la boca de Virginia.

—¡Ey! No te levantes —dijo al ver que la sargento intentaba removerse en su cama sacudiendo sin fuerzas los cables y tubos que rodeaban su cuerpo.

—¿Qué pasa…? ¿Dónde…? —preguntó ella todavía aturdida.

Su rostro, aún hinchado, daba signos de empezar a notar el dolor, y su boca no dejaba de arrugarse cada pocos segundos. Edgar le acarició el

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brazo y sonrió sin convicción. Todavía le dolían sus propias inacciones. Y el desánimo no es el mejor consejero para alguien que está peor que tú. Por eso Virginia no se sintió reconfortada, al contrario.

Le dolía la cabeza, las manos, la espalda. Sentía el amargo sabor del sueño profundo, y las agujas que le atravesaban la piel iban calentando su cuerpo poco a poco. A Virginia nunca le gustaron las agujas, y estar ahí postrada, inyectada como un bollo y retenida a la fuerza no ayudaba en absoluto.

—¿Qué ha pasado?

—Has tenido un accidente. Estamos en el hospital para que te hagan unas pruebas, pero todo irá bien. En nada volveremos a salir —prometió Edgar sin percatarse de que su voz sonaba todavía más falible que lo que su expresión mostraba.

—¿Y Mario? ¿Tenemos a Mario?

El sargento apretó los labios y negó con delicadeza. No se atrevía a decirle que Mario no se había detenido a ver cómo estaba Virginia. Más bien al contrario: en cuanto vio que ese percance podría regalarle un tiempo valioso, lo aprovechó apretando todavía más el ritmo.

—Tendremos más oportunidades —dijo él en un burdo intento de consuelo.

Y en ese momento supo que su respuesta había sido, cuando menos, desafortunada. ¿Irene tendría más oportunidades? ¿Y Virginia? ¿Ella tendría más oportunidades de encontrar a ese tipo? Las segundas oportunidades, para Virginia, eran la esperanza de los resignados, de aquellos que se conforman con poco, que no piden más ni exigen lo suficiente. Para ella, que solo vivía de primeros intentos y de impensables fracasos, no existían más oportunidades. Por eso bufó de forma exagerada.

—¿Qué ha pasado? Quiero saber qué ha pasado —exigió con los nervios comenzando a despertarla.

Edgar tragó saliva y se dispuso a contar lo ocurrido.

—Iba armado. Abrió fuego contra mí y, cuando tú intentaste perseguirlo, un coche…

Aquel relato despertó en Virginia la secuencia completa que el golpe había intentado borrar. Con un dolor que le atravesaba la cabeza, recordó lo ocurrido hacía un par de horas, y la rabia volvió a su cuerpo con más fuerza.

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—No hiciste nada —dijo perdiendo su vista en la habitación, mirando sin mirar a un punto indeterminado.

—¿Qué has dicho? —inquirió Edgar arrugando la frente. Las palabras de su compañera habían caído con tan poca fuerza que ni siquiera él las había llegado a oír.

—Te quedaste ahí tumbado, acurrucado como un puto perro asustado, sin hacer nada. No hiciste nada —repitió apretando los dientes.

Poco a poco todo lo ocurrido iba volviendo a ella, recordó el cuerpo acobardado de su compañero mientras ella corría despavorida en busca de Mario.

—Te pedí que dispararas y no hiciste nada. ¿Qué mierda tenías en la cabeza? —rugió Virginia con rabia.

Edgar abrió los ojos avergonzado. Apretó los labios y dejó que el temblor de estos se esfumara para intentar hablar, para querer buscar una excusa a sus actos, como siempre había hecho. Pero esa vez no iba a servir un «No tenía blanco» o «Todo pasó muy rápido».

—Yo… pensaba que… no tenía… —pero sus palabras se atropellaban unas a otras como hizo ese Seat con Virginia.

—Podríamos haberlo atrapado. Ese coche pudo haberme matado por culpa de tu cobardía. ¿Puedes decirme por qué cojones no disparaste? — demandó de nuevo ella, con más rabia todavía en su voz, que crecía con cada palabra nueva que profería.

—Yo… —Edgar apenas atendía a los rabiosos comentarios de su compañera. Intentaba alejarse de ella mirando por la ventana, huir de aquella habitación, de ese mundo. En ese instante todo a su alrededor era un enorme foso de vergüenza y remordimientos.

—¡Contesta! —gritó Virginia casi fuera de sí—. Te pedí que dispararas. Me estabas escuchando. ¿Por qué no lo hiciste?

—¡Porque no pude! —estalló él dándose la vuelta y mostrando el rostro encendido y los ojos vidriosos. Su cuerpo sudaba debido al excesivo calor que había acumulado, y el hecho de estar a punto de revelar su pecado hacía que el dolor de sus inexistentes dedos resurgiese—. ¡No pude disparar! No puedo hacerlo. —Y en ese momento se derrumbó del todo. No lloró. Él no recordaba la última vez que lo había hecho, pero sí que se le llenaron los ojos de un brillo que denotaba el dolor que estaba sintiendo

—. No puedo disparar. Le tengo pánico a las armas. Solo el hecho de pensar en ellas hace que me ponga a sudar. No disparé porque, cuando ese

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hijo de puta abrió fuego contra mí, ese ruido hizo que me bloqueara por completo.

Virginia lo miró con rabia. Por una parte, podía llegar a entender lo que estaba sintiendo en ese instante su compañero, pero, por otra, su propio dolor le impedía compadecerse. Apretó la mandíbula y notó la presión en su cabeza.

—Tu acto podría haberme costado la vida, Edgar.

—Lo sé, ¡joder! Lo sé. No sé qué mierda me pasa, pero no puedo. No puedo desenfundar mi arma. Me bloqueo. Me…

—Me dijiste que habías recibido terapia.

Y era cierto. En eso Edgar nunca mintió. Ni siquiera en el hecho de que su terapeuta había dado por concluido el tratamiento pensando que ya estaba recuperado. Pero fue a ella a quien le mintió para poder seguir adelante con su trabajo rezando por no tener nunca que enfrentarse a un enemigo. Por eso se especializó en análisis de escenarios. Nadie tiene que disparar en el escenario de un crimen. Cuando uno llega allí, no queda más que una verdad volátil que él necesita recuperar. Pero ahora que su mentira estaba a punto de hundir todas sus estrategias, su dolor se le hacía pesado en el cuerpo.

—Mentí a la doctora. Le dije que ya había practicado con armas. —¿Y nunca lo comprobó?

Edgar se encogió de hombros. Nunca lo hizo. Puede que las ganas por acabar con él fueran más grandes que la necesidad por confirmar su estado. Y a veces ahí surge el problema: en esas deducciones que se hacen sin base, solo por el hecho de querer pasar página. La terapeuta quiso pasar página con Edgar, y pudo acabar con la historia de otras personas.

—No quería que esto pasara. Yo nunca he querido mentir, pero… —No puedes ser el compañero de alguien si no estás al cien por cien.

Somos dos precisamente por el hecho de necesitarnos, por la protección que nos debemos. Y, si tú no eres capaz de defenderme a capa y espada, entonces lo mejor es que no estés conmigo.

Edgar la miró. Y el dolor de sus palabras fueron suficiente para entender que algo se había roto entre ellos dos. Apenas llevaban un mes juntos, pero se habían convertido en compañeros, en hermanos. Y ahora todo parecía resquebrajarse como una rama seca sacudida por el viento. Intentó responder, pero un ruido en la puerta hizo que tuviera que callar.

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Era Cabrera el que había entrado con decisión, sin llamar a la puerta ni pedir permiso. Había entrado con la placa en el pecho, una mirada firme y sin sonrisa en el rostro. Miró a Edgar, y apretó los labios.

—Se escuchaban los gritos desde el pasillo. ¿Algún problema?

Edgar apartó la vista para dejar que Virginia terminara esa relación. Sabía que a partir de ese instante tendría que volver a Madrid a sus reuniones de dos horas tres veces por semana, a las entrevistas con su psiquiatra, a preguntas tontas y respuestas innecesarias. Apartó la mirada y suspiró.

—Discutíamos por los fallos de anoche —indicó ella sin disimular la indiferencia que le causaba el teniente.

—¿Qué fallos fueron esos?

—Pues no habernos asegurado de que Mario podía ir armado. Edgar me ha preguntado por qué no llevaba mi arma, y hemos discutido un poco. Pero está todo arreglado.

Edgar se volvió sorprendido hacia su compañera para encontrar en su mirada un resquicio de esperanza, de compasión. Intentó sonreír, agradecer ese pequeño voto de confianza, devolverle el favor.

—¿Es eso cierto, Santana? —Cabrera miró a Edgar con displicencia, como si no se creyese nada.

—Yo no diría que hemos discutido. Solo…

—Sí, ha sido así —interrumpió Virginia—. El sospechoso había abierto fuego contra Edgar y, si yo hubiese tenido mi arma, podría haberlo reducido.

—¿Y por qué no tenías tu arma?

—Me la dejé en el coche al salir a toda prisa para interceptarlo. —Vaya. —El gesto del teniente mutó por completo. Dejó de tensar los

labios, arrugó el ceño, desafió a Virginia con la mirada y negó con resignación—. Y pensar que me vendieron que erais los mejores. En fin, ¿estás bien?

La sargento no respondió. Miró con rabia al teniente y devoró, obligada, la burla exagerada que este le acababa de regalar. Cuando sintió que podía serenarse, soltó el aire con tranquilidad antes de hablar.

—Perfectamente. Esperando a que me dejen marcharme.

—¿Y por qué no te dejan?

—El doctor es precavido con los golpes en la cabeza. Quiere que pase la noche en observación y, si todo va bien, en unas horas la dejarán

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marchar —respondió Edgar, que era quien tenía esa respuesta. —Perfecto. Os espero en el cuartel, que, entre la baja de Ángel y ahora

la de la sargento Luque, me estoy quedando desnudo.

No se despidió. Los sargentos tampoco lo hicieron de él. Se quedaron viendo cómo se alejaba en silencio y sin prisas hasta que todo volvió a la calma. Tras eso nadie más dijo nada. No hasta que un nuevo sonido los alertó una vez más. Esa vez sí habían golpeado a la puerta y en ella se podía ver a Lola erguida en la entrada y sin avanzar. Solo lo hizo cuando Edgar asintió con una sonrisa.

—¿Cómo está? —preguntó la psicóloga—. Me he enterado de lo ocurrido cuando he entrado a ver a Lucía. Los agentes que la vigilan me lo han comentado.

—¿Cómo está la chica? —preguntó Virginia obviando la pregunta que le acababan de hacer.

—Mejorando muy lentamente. Pero al menos comienza a hablar. —¿Ha dicho algo nuevo?

—Todavía nada. Solo lo que ya les dije. Al parecer hay muchos secretos todavía en su cabeza y tengo que sacarlos muy poco a poco. Debo ir con cuidado.

Virginia asintió con desánimo. El cuidado, con Irene todavía desaparecida y las horas pasando sin contemplaciones, no era una opción.

—Necesitamos que le muestre una foto a ver si reconoce a alguien — pidió la sargento mientras sacudía la cabeza a Edgar para que este le pasara la imagen.

—No creo que sea lo más adecuado mostrarle a nadie: si por algún casual uno de estos chicos fuera su agresor, podría causarle un trauma todavía mayor y perder todo lo que hemos avanzado.

—Es importante. Esos chicos podrían ser los responsables. Y necesitamos el nombre completo de Mario. Tenemos que encontrarlos.

La mujer cerró los ojos y por un momento se culpó por haber ido hasta allí, por haberse interesado en los agentes aun sabiendo que eso podría ocurrir. Tomó la foto que Edgar le estaba ofreciendo y la analizó.

—No puedo prometer nada. Haré lo que crea mejor para… —Algo hizo que no terminara de hablar. Algo había llamado su atención, bloqueado su garganta, congelado su respiración—. Un momento —dijo, y Edgar enseguida acudió a ella.

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No era ninguno de los tres jóvenes lo que había resultado interesante para la psicóloga. No conocía a nadie. Tampoco se centró en el paisaje. Fue un detalle que nadie había detectado salvo ella. Ella sí lo vio. Lo vio porque Lucía había estado hablando de ello durante varias sesiones. Incluso en sus pesadillas lo nombraba.

—¿Qué ocurre? —se interesó Edgar mirando también la foto. Él, en cambio, no veía nada nuevo. No había resurgido ninguna pista que anunciara lo que Lola estaba contemplando, ni siquiera había cambiado el color de la fotografía.

—Mira esto —pidió ella indicando con el dedo un punto del pecho de Carlos Benito. Allí se podía ver un tatuaje pequeño, casi insignificante, pero bastante definido—. Ahora mira los otros dos chicos.

Y entonces lo vio. Ese tatuaje se repetía en los otros dos jóvenes, y en el mismo punto concreto del cuerpo.

—Pero eso no dice nada —comentó Edgar algo decepcionado por el hallazgo.

—Te equivocas. Dice mucho. Lo dice todo. Lucía los nombró.

Y en ese momento todos abrieron los ojos: Virginia, que desde la distancia no podía entender qué era lo que estaban mirando, y los nervios empezaban a causarle un sudor excesivo; Edgar, que no acababa de comprender las palabras de Lola, y esta, que, a diferencia de los sargentos, ya los tenía así desde que había visto ese detalle.

—Ese es el tridente que Lucía nombró varias veces. El tridente de colores que llevaban los que la tenían secuestrada.

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Ese tridente

Martes, 31 de mayo de 2022, 09:55

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

Lola se había pasado la última hora sentada en uno de esos incómodos y duros bancos negros de la sala de espera. No estaba ahí porque nadie se lo hubiese pedido. Había decidido serenarse, centrarse en los detalles que acababa de encontrar, tratar de hallar la forma correcta para presentárselo a Lucía. Pero, después de más de una hora, todavía no conseguía nada, solo acrecentar su malestar inducido por aquella imagen de esos tres jóvenes, de ese tatuaje que mostraban en su cuerpo y cuyo símbolo tanto significado había tenido para ella toda su vida.

Al fin, casi dos horas después, decidió volver a la habitación de Lucía y enfrentarse allí a la dura realidad que iba a suponer hacer que volviera a ese lugar.

Inma intentaba hablar con ella cuando Lola entró en la habitación. Se sintió ignorada por la mujer, que apenas le dedicó una mirada de soslayo.

—Hija, tienes que comer algo. Estás muy desvalida —incentivaba la mujer con la voz edulcorada.

Lucía, en cambio, no mostraba signos de querer obedecer a su madre. La miraba con el rostro inclemente, serio. Sus ojos solo cambiaron cuando chocaron con la mirada dulce de la psicóloga, que había pasado por los pies de la cama y se disponía a sentarse en uno de los sillones duros que decoraban la habitación.

—¿Cuándo podré irme? —preguntó a su madre con la impaciencia limando su voz.

—Cuando el médico considere que ya estás recuperada, cielo. —Quiero irme a casa. No quiero seguir aquí. —Lo que Lucía quería

era ver a Javi, escapar de esa cárcel que ahora la volvía a retener, como ya

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hicieron con ella sus verdugos, solo que esa vez, no había oscuridad ni sangre. Solo dolor.

—Pronto nos iremos.

—¿Eres tú quien no quiere que me vaya? —inquirió con rabia dirigiéndose a Lola.

En parte sí, era ella. Sus informes, así como sus valoraciones, supondrían una aceleración en el proceso que aguardaba a la joven. El juez así lo estimaba y por eso intentaba, todos los días, sonsacar a Lola algo de información. Quería acabar cuanto antes, pero la presión de Raúl y del propio entorno no estaba poniéndolo fácil.

Lola había prohibido que Lucía accediera a noticias, periódicos o cualquier red social que pudiera aportar algo de información de lo ocurrido. Desde su aparición, la prensa bullía de artículos referidos al accidente y a lo que Lucía había dicho. Nadie sabía cómo se podía haber filtrado esa información, pero desde entonces, incluso acceder al hospital era difícil sin tener que esquivar alguna pregunta capciosa y, sobre todo, desde la noche anterior, en la que Lola pudo poner nombre a una de todas las miradas que acampaban en la entrada.

Apenas había conseguido dormir rememorando los ojos color miel de Sofía y sus delicadas preguntas, que ella sabía que darían paso a otras más profundas.

Pero, aparte de las valoraciones de Lola —que eran importantes—, también estaba la del doctor Falguera, que era reacio a dejar marchar a la joven por el momento.

—Lucía, cariño, todavía es pronto para que puedas salir, y vas a tener que enfrentarte a situaciones muy difíciles cuando lo hagas. Por eso, lo mejor es que sigas aquí hasta que creamos que puedes afrontarlas.

La muchacha, que se estaba estirando una de las trenzas negras que ya perdían fuerza, miró a su madre.

—Por eso hay dos policías afuera.

Inma apretó los labios reprimiendo el dolor que sentía al no poder decirle a su hija toda la verdad, al tener que afrontar el hecho de que, si ella salía, probablemente no era para ir a casa.

—¿Recuerdas algo de la mañana que escapaste de esa casa? — preguntó Lola.

Y esa pregunta desbloqueó en la mente de la joven todo lo ocurrido esa mañana. No con una claridad abrumadora. No lo recordó como si estuviera

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viviéndolo de nuevo, pero sí con suficiente perfección como para que el corazón se le encogiera de nuevo.

Recordó cómo Rojo entró en su celda mientras ella miraba por la pequeña ventana. La luz apenas rozaba el horizonte clareando un cielo todavía cenizo. El frío le arañaba la nariz, los ojos, y el miedo que sentía era tan grande que le atenazaba los músculos todavía más que la noche más fría. Ella sabía que la visita de Rojo supondría el principio del fin, así se lo había advertido la noche anterior.

Tras la mirada turbada de Rojo, el recuerdo se volvía inestable, pasando imágenes como si estuviera viendo un resumen. No se acordaba de haber salido de la casa ni de cómo cogió el coche, tampoco de cuántos minutos tuvo que conducir en la dirección que Rojo le había indicado para salir a la carretera. Lo que sí pudo visualizar con claridad fue la rabia al ver a los tres ciclistas, el odio mientras pisaba el acelerador, el grito cuando supo que iba a chocar. Después de eso, de nuevo oscuridad.

—Es por ellos, ¿no? —dijo dando por sabido que sus palabras responderían a la psicóloga.

—¿Quiénes son ellos? —Lola, por otro lado, no quería presuponer. En ese mundo de la mente humana las suposiciones son una carta que uno nunca debe jugar.

—Las personas que atropellé. Están aquí por ellos.

—¿Sabes quiénes eran esas personas?

Lucía cerró los ojos para evitar que el dolor acabara devorándolos por completo. Los cerró con fuerza, pero no pudo impedir que varias lágrimas resbalaran de ellos. No quería hablar. No le apetecía volver a ese día y, aunque deseaba reprimir el hecho con todas sus fuerzas, entendía que, para salir de allí, tendría que hacerlo. Por eso respiró hondo y esperó hasta que el dolor liberara sus palabras.

—Ellos me compraron.

Y sus palabras destrozaron la bondad de Inma, que suspiró con sorpresa mientras se llevaba las manos a la boca.

—Eso no puede ser, cielo. Ellos nunca harían eso.

Y las palabras de la mujer desataron una tormenta, para la que nadie se había preparado, que empezó con Lola castigando con la mirada la despreocupada y desafortunada contestación de Inma. Le siguió el rostro de sorpresa de Lucía, que no entendía por qué su madre había dicho eso.

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Y, por último, el propio gesto de esta, al entender el desliz que acababa de cometer.

—¿Ellos? ¿Los conoces? ¿Los conoces? —preguntó Lucía iniciando un terremoto de miradas que iban de Lola a Inma sin detenerse apenas en ninguna de las dos personas.

—Yo… No… No es lo que tú…

—Lucía —cortó de inmediato la psicóloga, sabiendo que tenía pocos segundos para traer de nuevo a la joven con ella antes de volverla a perder tras un ataque de histeria—. ¿Sabes quiénes fueron los que te compraron?

La joven negó con rapidez y volvió a mirar a su madre. De todos modos, y a pesar de los intentos de Lola por estabilizar a la joven, esta ya empezaba a respirar agitada, como una olla que comienza a bullir.

—¿Sabes si los que te compraron eran los mismos que te tenían en la casa?

—En la casa solo estaba Rojo y, de vez en cuando, Verde. Nadie más. Los otros estaban en el camión. Aparecían cuando me llevaban al camión, cuando me sacaban de ese todoterreno negro y me dejaban ahí.

—Cuando te refieres al camión, ¿quieres decir un camión de verdad? Lucía asintió mientras rememoraba esas noches en las que la metían en

ese vehículo y la llevaban a una zona oscura. Volvió a sentir el miedo mientras recorría en su mente las escaleras del remolque, preparado para ella. Revivió el terror cuando la ataban a la camilla y la dejaban allí, a la espera de la llegada de sus cuatro verdugos, que la rodeaban y miraban de forma lasciva, que abusaban de ella una y otra vez, que la ultrajaban, la manoseaban, le pegaban y la castigaban de cualquier forma imaginable. Rememoró las quemaduras en la piel, los cortes, los mordiscos en las nalgas, en los pezones. Sintió la sangre resbalar por una piel que ardía como un fuego que no se puede apagar. Recordó ese cuchillo abriendo solo la piel para que no produjera daños mayores. Pero el dolor estaba ahí, se agarraba a la garganta como el frío a un pecho desnudo, la hacía gritar hasta desgañitarse. Ese dolor fue el que la visitó esa mañana.

Pero, sobre todo, lo que recordó fue cómo volvía a la casa después de haber sido destruida, cómo la dejaban en su cuarto, medio muerta y desnuda, rezando para que la vida se la llevara. Recordó todas las noches que había deseado morir.

—¿Alguna vez pudiste ver algo de los que te compraron?

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—Siempre iban con un mono negro y una máscara blanca con labios negros.

—¿Algún detalle en las manos que te llamara la atención?

—Usaban guantes. Jamás vi nada. De vez en cuando venían a visitarme, pero nunca entraban en mi cuarto. —Esas palabras activaron de nuevo las secuencias que vivió allí dentro, cómo oía esos tacos sobre el suelo cuando llegaban para asegurarse de que seguía viva. Habían pagado mucho y no querían que se acabara tan pronto. Esas palabras Lucía nunca las olvidó—. No supe nada de ellos hasta que Rojo me dijo cómo encontrarlos. —Ahí Lola abrió los ojos.

—¿Rojo te dijo cómo encontrarlos?

Inma, que había callado tras su metedura de pata, también se centró en las palabras de su hija, como queriendo conocer esos detalles. Aunque en el fondo lo único que quería era que su hija se liberara. Solo así podría escapar de ese infierno.

—Él me ayudó a escapar. Esa mañana me trajo un coche y me dijo por dónde tenía que ir. Tuve que hacerlo. Eran ellos o yo. —Aunque a la joven le seguía costando hablar, lo hacía desde otro mundo, uno en el que no existía esa Lucía quebrada por el dolor, sino una resurgida de sus cenizas, llena de rabia y coraje, la misma Lucía que había salido esa mañana dispuesta a salvar su vida.

—Lucía, quiero que mires algo.

Lola estaba lista. Esa hora en la sala de espera le había servido para urdir un plan con el que poder conseguir su propósito. Durante esa hora se había preparado varias hojas en blanco en donde dibujó distintos tipos de tridentes, recordando lo que la joven le había dicho. Los pintó todos de rojo, tal y como ella recordaba. Eran tres en total: uno con las líneas rectas y las puntas afiladas; otro con las líneas redondeadas y sin puntas, y el tercero, de puntas también afiladas, pero líneas redondas. Tomó las hojas y se acercó a la joven ante la mirada turbada de su madre, que quería negarse, aunque acabó vencida por su propia curiosidad.

Lucía no se mostraba curiosa. Ella fingía la dureza que su cuerpo no era capaz de soportar, y enfriaba una mirada que mentía al resto del cuerpo, inquieto y ardiendo.

—¿Recuerdas que me dijiste que llamabas así a Rojo porque tenía un tridente de ese color en la máscara? ¿Podrías decirme si alguno de estos tridentes es el que tenía Rojo?

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Y sacó la primera hoja. Lucía vio el tridente de Poseidón y su rostro mostró algo de alivio, sabiendo que aquel no era el que ella conocía. Lola también lo entendió, por eso pasó al siguiente. Y con ese fue con el que Lucía se rompió, cuando vio la figura redondeada, sin apenas encanto ni dureza. Era un tridente nada agresivo, simple y anodino, pero era el que hizo que su cuerpo se congelara.

Lola guardó la tercera imagen sabiendo que no le haría falta, y se quedó con el que había hecho que Lucía reaccionara. Ese tridente era de sobra conocido por ella, y temía confirmar esa respuesta porque, de ser así, habría dejado de entender nada de lo ocurrido.

—Bien, cielo. Ahora quiero que seas fuerte. Esto sé que no será nada fácil y, si te sientes agobiada, me lo dices y me aparto enseguida. Voy a mostrarte otra imagen y quiero que me digas si alguno de ellos es Rojo.

—¡Lola! —increpó Inma desde el otro lado de la cama, lo que hizo que Lucía se volviera hacia ella. Fue su propia hija la que le respondió con una sonrisa dolida.

Cuando la joven se volvió, Lola ya tenía en la mano la foto de los tres jóvenes. Y sabía que mostrarle esa imagen le iba a doler más a ella que a la propia Lucía, pero con el tiempo corriendo en contra, ningún protocolo era útil. Por eso no dudó en mostrarle la fotografía.

En cuanto Lucía la vio, un golpe en su interior resonó con fuerza, como si alguien hubiese abierto una puerta de golpe haciendo mucho ruido. Cuando vio su tatuaje, volvió a esa tarde, una de las primeras que estuvo allí. Volvió con Rojo mientras intentaba curarle los primeros cortes que esos salvajes le habían hecho. Volvió al momento en que se abalanzó sobre él, consiguió arrancarle parte del mono, dejó su torso desnudo y contempló ese mismo tatuaje que ahora veía en la fotografía.

—No los he visto nunca —mintió. Pero sus ojos ya le habían dicho la verdad a Lola, que guardó la imagen sin decir nada más.

—Lo has hecho muy bien —fue lo último que la psicóloga dijo antes de marcharse sin despedirse de nadie.

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Irene

68 horas desaparecida

Ya podía morir. Irene ya podía morir.

Había dejado de luchar desde que la noche se había abalanzado sobre ella mucho antes incluso de que la luz abandonara su celda, desde que el dolor que navegaba por su cuerpo había tomado el control y comenzaba a destruirla lentamente. Ya no luchaba, y vivir había dejado de ser una condición necesaria.

Ya todo le daba igual.

Por eso dejó de gritar cuando la voz se le consumió en una garganta seca y dolorida. Dejó de llorar cuando el dolor empezó a ser costumbre. Dejó de moverse cuando supo que así era como tenía morir: acurrucada en el suelo, sucia y sin pedir nada a cambio.

Pero la vida es cruel cuando la necesitas; y la suya no quería escaparse tan pronto, por eso se aferró a su alma como el sentimiento de culpa, y no la abandonó. A pesar de haber cerrado los ojos y dejado que el sueño la venciera, seguía viva. Una parte de ella no quería irse todavía.

Cuando la puerta se abrió y su cuerpo se dejó ver, Rojo pudo descubrir una piel nívea, un cuerpo sudado y unos ojos hinchados y rojos. Irene no estaba bien, y los medicamentos que él le había proporcionado no parecían surtir efecto.

—¡Eh! ¿Cómo estás? —preguntó en un inútil intento por llamar la atención de la chica, que apenas se movía.

Contempló de nuevo las heridas de las piernas solo para corroborar que estas estaban en unas condiciones parecidas. No lo entendía. Sus conocimientos de medicina no iban más allá del Paracetamol para la fiebre y el Ibuprofeno para los dolores musculares. Por eso supo que tenía que hacer algo distinto si no quería perder a Irene.

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—Te dije que estaba mal. No te hubiese llamado si no hubiera sido por eso. —Una voz resonaba como a mil kilómetros de distancia, una voz que, aunque Irene reconocía, en su mente sonaba distorsionada, así como la de Rojo, a quien tampoco podía oír con claridad.

—Llama a Nacho.

—¿Nacho? Tú no estás bien. Lo que tenemos que hacer es olvidarnos de todo y marcharnos de aquí. Esto se nos ha ido de las manos.

—Ahora no podemos echarnos atrás. Si lo hacemos, estaremos muertos en menos de dos días.

—Esto no era lo que yo quería, tío. No así.

Y el sujeto que acompañaba a Rojo comenzó a caminar por la habitación sin rumbo, sin calma.

—Llama a Nacho. De lo demás me ocupo yo.

Y, tras unos segundos, la habitación volvió a quedar en un silencio que pesaba para Irene, un silencio que era de dos. Sintió la mirada triste de Rojo sobre ella. Intentó hablar, pero su cuerpo apenas respondía por ella.

—No hagas esfuerzos, te pondrás bien. Te lo prometo —dijo Rojo acariciando la cabeza de Irene.

Su cuerpo ardía a causa del veneno que corría por sus venas, que le retorcía el estómago y la anulaba completamente. Cuando Rojo se fue, siguió allí tumbada por más de dos horas, retorciéndose de dolor sin moverse del lugar.

Casi una eternidad después, la puerta se volvió a abrir, pero esa vez fueron tres los individuos que entraron.

—¡Qué cojones…! No me habíais dicho que era para esto. —Irene no reconoció esa voz. Aunque lo cierto es que apenas reconocía ninguna esa mañana.

—Algo podrás hacer.

—¿Qué quieres que haga con ella? Yo soy veterinario, no médico. No puedo ponerme aquí ahora a hacer de médico de familia.

—Nacho, es importante.

El hombre bufó con resignación y se acercó a la joven. Ella lo miró. Vio la cara desnuda, las gafas cuadradas, la piel reseca y llena de cráteres producidos por una adolescencia pasada por acné. No se escondía, no

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pretendía hacerlo. Se mostró con naturalidad ante la muchacha y, sin decir nada, comenzó a palparla. Revisó las heridas, tomó la temperatura, le manoseó casi todo el cuerpo hasta que, negando con la cabeza, se levantó.

—He cuidado de la mayoría de vuestros perros y animales. Pero esto es rozar un límite que no estoy dispuesto a cruzar. No voy a decir nada, ahora bien, no volváis a llamarme —dijo el hombre después de haber guardado todos sus aparatos en una pequeña maleta.

—Bien, ¿sabemos qué le pasa? —fue Rojo quien habló con la voz preocupada, nerviosa.

—Sin aparatos no podría decir qué le pasa, pero viendo el estado de las heridas, y el de la muchacha, creo que podría ser septicemia.

—¿Eso qué es?

—Pues es cuando una infección se pasa a la sangre y comienza a contaminar el resto del cuerpo.

Irene abrió los ojos algo aturdida. Intentó prestar atención solo para saber cuándo acabaría todo. Y supo que sería pronto cuando vio los ojos de preocupación de Rojo.

—¿Es peligroso? ¿Qué tratamiento podemos darle?

—Necesita líquidos intravenosos. Con pastillas no podrás contener la infección.

—¿No se puede hacer nada?

El veterinario negó con la cabeza al tiempo que volvía a dirigir una mirada triste a Irene, que, a pesar de haber oído su valoración, sonreía. Empezaba a desear estar muerta.

—Si no se contiene a tiempo, ni siquiera en el hospital podrán salvarla. Si la infección corona algún órgano importante, derivará en un choque séptico y no podréis hacer nada. Mi consejo es que la llevéis a un hospital ya. —Y comenzó a caminar. Cuando ya estaba fuera del cuarto, se detuvo y, sin mirar, dijo—: Si queréis que se salve, claro.

Luego se marchó. Y con él las esperanzas de todos en esa oscura celda: Irene, que veía cómo su vida se apagaba entre calambrazos internos y una agonía casi asfixiante; Rojo, que caminaba de un lado al otro sujetándose la máscara, y el otro, que no había dicho nada desde que llegó el veterinario.

—Hay que llamar al camión —dijo Rojo.

—¿Qué estás diciendo? ¿Pero no ves cómo está la chica? ¿Acaso quieres matarla del todo?

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—¡Haz lo que te he dicho! —gritó de nuevo Rojo, lo que hizo que el compañero desapareciera casi de inmediato.

Cuando todo se calmó, Irene miró a ese amigo que creyó tener ahí dentro, pero en sus ojos no vio a un aliado. Vio a otro verdugo más.

Rojo ya no estaba con ella.

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El Audi

Martes, 31 de mayo de 2022, 11:03

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

—Quiero que sepa que no puedo asegurarle que esté recuperada del todo. Los golpes en la cabeza son muy delicados y requieren de una observación minuciosa.

—Lo sé, doctor. No se preocupe, que, si veo algo raro, volveré de inmediato —mintió Virginia ante la mirada crítica de Edgar, que también se oponía a su alta voluntaria.

—¿No puedes esperar unas horas más?

—No. Irene no puede esperar unas horas más. Si puedo caminar y no me mareo estando de pie, me es suficiente. Y el doctor ya ha dicho que no ve motivo para que siga aquí.

El doctor torció el gesto, contrariado por el argumento adulterado de la sargento, y miró a Edgar.

—No tergiverse mis palabras, sargento. He dicho que no puedo retenerla porque no tengo motivos graves para hacerlo. Igual que insisto en que debería guardar cierto reposo al menos un día más.

Virginia escuchó con horror las palabras del doctor Falguera. El mismo que había atendido a Lucía. El mismo que conocía toda la historia.

Para ella un día más podría significar encontrar a Irene en el fondo de un río, o en la cuneta de una carretera. O directamente no encontrarla. Ella no tenía un día más, por lo tanto, Virginia tampoco.

—Sabe tanto como yo que no tenemos un día para perder. Por eso me está dejando marchar, doctor. No se preocupe que, si me pasa algo, habrá sido responsabilidad mía. No tendrá que cargar con la culpa —dijo ella terminando de colocarse la camisa negra con algo de esfuerzo. Todavía le

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dolía el cuerpo, y la venda que le inmovilizaba el brazo no ayudaba en absoluto.

El doctor se encogió de hombros y le entregó el parte del alta hospitalaria.

—Si notáis algo raro, acudid inmediatamente —le dijo a Edgar.

Este asintió con pesar sabiendo que no podría impedir que Virginia recapacitara. Llevaban poco tiempo juntos, pero había sido suficiente para descubrir en ella un carácter irredento, inquebrantable. Virginia tenía una fuerza que él envidiaba.

La salida del hospital se hizo extraña. Desde la retirada de Cabrera apenas habían hablado y Edgar tampoco quería insistir en el tema. Tenía miedo de no saber cómo reaccionar. Por eso prefirió dejarlo pasar, como había hecho con casi todos los problemas que había ido cosechando a lo largo de su vida: dejó pasar que sus tíos lo repudiaran por ser guardia civil; dejó pasar que su condición sexual fuera un tabú en su casa, cosechando novias que le duraban como mucho dos meses; y dejó pasar esa conversación que Virginia esperaba.

La que no esperó fue Lola, que gritó sus nombres justo cuando estos se disponían a cruzar la calle en dirección al aparcamiento. Los sargentos se volvieron, preocupados a la par que intrigados, al ver que la mujer intentaba correr, pero apenas dibujaba unos andares rápidos, demasiado rápidos para ir caminando.

—He pasado por su habitación y me dijeron que se acababan de marchar.

—¿Ocurre algo, Lola? —preguntó Virginia, que había deducido que su inesperado reclamo tenía que conllevar una información importante.

—Aquí no. ¿Podemos hablar en otro lado? —demandó Lola, que no se sentía cómoda en mitad de la calle.

A lo lejos, un aluvión de cámaras habían puesto los focos en ellos, centrados en cada movimiento que hacían. Y, entre toda esa muchedumbre, un rostro destacaba para Lola: el rostro delicado de Sofía, que ya caminaba hacia ellos.

—Vamos dentro, ¡rápido! —exigió la psicóloga en cuanto detectó las intenciones de Sofía y arrastrando casi a la fuerza a los agentes.

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La cafetería del hospital, como de costumbre, estaba repleta de batas blancas y verdes, gorros personalizados y rostros apagados, toda una amalgama de sentimientos que iban desde la alegría más despreocupada hasta el dolor más profundo. Allí estaban los sargentos con Lola, los tres disimulando con sendas tazas de un café que a ninguno le apetecía tomar.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué tanto secretismo? —insistió Virginia cuando ya estuvieron sentados en la mesa.

—Hice lo que me pidieron: le mostré las fotografías a Lucía.

Virginia tragó con fuerza intentando saborear el momento en que Lola le revelara un detalle que pudiera llevarla hasta el cuello del Chema.

—¿Ha dicho algo? ¿Los conoce? —Los conoce, pero no ha dicho nada.

La sargento, al igual que Edgar, arrugó el rostro ante la respuesta absurda de Lola. Ninguno de los dos llegó a entender qué había querido decir.

—¿Qué quieres decir con eso?

—No ha querido hablar, pero he visto en su rostro que los conoce. Y estoy casi segura de que uno de ellos es Rojo.

Ahora sí, los dos agentes abrieron los ojos. Esa información había caído con fuerza en la mesa mientras Lola miraba en derredor para asegurarse de mantener a salvo el secreto.

—¿Puedes jurarlo? —pidió Virginia.

—No. Jurarlo no puedo, pero, viendo su reacción, sé que siente cierto apego hacia alguno de los chicos de esa fotografía.

—Tiene que ser José Luis —intervino Edgar—. Es el único que sabemos que está implicado en las desapariciones de ambas. Él tiene que ser Rojo.

Virginia, en cambio, se mostraba más escéptica. No quería creer nada a pies juntillas. Necesitaba certezas. Las dudas para ella significaban una probabilidad más para acabar en error.

—¿Ella ha dicho que era Rojo?

Lola negó.

—¿Entonces cómo sabes que él es Rojo? —insistió la sargento. —Podría jurar, casi sin miedo a equivocarme, que uno de ellos es

Rojo. No sé quién, pero uno de los tres.

—¿Qué te hace pensar eso?

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—El tatuaje. —Y en ese instante Lola sacó el dibujo que Lucía había reconocido. El dibujo que ella tenía en la hoja era el mismo que los muchachos llevaban tatuados en el cuerpo.

—Son idénticos.

—Es el tridente que los que secuestraron a Lucía llevaban en la máscara.

El silencio entonces habló por ellos. Dijo más de lo que nadie estaba dispuesto a expresar. Habló de inseguridades y miedos, de incertidumbre y realidad. Lo dijo todo.

—Entonces los tres están implicados —afirmó Edgar con la voz rota. —Conozco este símbolo —dijo Lola, e hizo que los dos sargentos

lanzaran un soplido de asombro. La miraron, sorprendidos, y ninguno se atrevió a preguntar—. No sé si para ellos tendrá el mismo significado, pero para mí tiene uno bastante claro. Este símbolo lo teníamos presente en la facultad todos los días. Es el símbolo de la psicología.

—¿La psicología? ¿Qué pinta la psicología aquí?

La mujer se encogió de hombros negando con resignación. Ella tampoco lo entendía, y tenía miedo de hacerlo.

—Solo puedo hablaros del símbolo. Este tridente, si lo veis bien, apenas tiene puntas, es más redondo que afilado, y con líneas rectas. Esto es así porque proviene de la letra psi del alfabeto griego. Y su raíz está en la palabra psique, que en griego significaba ‘mariposa’, de ahí a que el símbolo parezca que tiene unas alas desplegadas.

»Más tarde evolucionó hasta significar ‘soplo de viento o aliento’ y, finalmente, pasó a entenderse como ‘alma o mente’. De ahí proviene la palabra psicología, y el símbolo de psi para definirla. La historia cuenta que los griegos creían que, cuando una persona moría, el alma escapaba por la boca en un último aliento y salía volando en forma de mariposa. De aquí surge la diosa Psiquis.

—Pero ¿qué tiene que ver esto con Lucía?

—No lo sé. Yo estoy tan intrigada como lo están ustedes.

Y durante los siguientes cinco minutos, los tres se quedaron buscando una explicación, una razón de ser, un motivo que pudiera conducirlos hasta algo concreto. Por eso Virginia se adelantó a hablar: para buscar algo más.

—¿Sabemos si alguno de los que atropelló Lucía tenía ese tatuaje? — preguntó a Edgar.

—Lo puedo preguntar.

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—Hazlo. Quizá, si encontramos un enlace común entre todos ellos, podamos acercarnos a algo más específico que una historia de universidad. —Y su rabia salió en forma de comentario mordaz, de ataque gratuito.

—Recuerden que las personas que agredieron a Lucía no eran los mismos que la custodiaban en casa. ¿Han averiguado algo de ese camión? —se interesó Lola sin prestar atención al comentario de Virginia. Ella tenía mucha experiencia en ese tipo de juegos y hacía mucho que había dejado de afectarle.

—Nada. Con esa información tan general es imposible dar con nada. ¿Dijo quiénes la llevaban al camión?

—No. Solo que la montaban en un coche grande y luego la devolvían. Y ese fue el detonante para Virginia: esas palabras que la psicóloga

dijo sin pensar siquiera en ellas.

—¿Coche grande? ¿Dijo coche grande o todoterreno?

Lola calló. Dudó durante un instante sin saber bien cuál era la respuesta exacta. Barajó en su mente todas las conversaciones hasta dar con la palabra exacta.

—Todoterreno. Dijo todoterreno negro.

Y para la sargento fue más que suficiente. En su cabeza la imagen del Volvo negro huyendo cuando fueron a ver a Antonio le dio la respuesta que necesitaba.

—Tenemos que irnos —dijo con urgencia, levantándose de la mesa y dejando la taza de café medio llena.

La carrera hasta el coche con Edgar pegado a la espalda fue rápida y

silenciosa. Ninguno dijo nada hasta verse dentro del Cupra. Una vez allí,

él sí necesitó salir de dudas.

—¿Qué estás pensando?

—¿Recuerdas el coche que vimos cuando fuimos a ver a Antonio?

Y para Edgar también fue suficiente aquello. Él lo recordaba con perfecta nitidez: esos cristales tintados, esas prisas por alejarse, ese misterio en el cabo primero Antonio. Arrancó el coche y, cuando fue a poner la marcha atrás, el teléfono de la sargento frustró sus planes.

—Avenida del Radiofonista Alfonso Rovira —dijo el teniente sin pararse a saludar—. Cuanto antes.

—Teniente, íbamos a ver a Antonio. Creemos que podríamos… —Cuanto antes. —Y colgó.

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Virginia suspiró con fuerza mientras la rabia comenzaba a hacer sudar su cuerpo, y sacudió la cabeza a su compañero para indicarle la nueva dirección.

Los diez minutos que duró el trayecto fueron duros. Ambos guardaban un silencio tenso mientras Virginia se dedicaba a observar por la ventana hasta que vio varios coches aparcados en una esquina. Entonces supo que algo ocurría, entendió que habían llegado a su destino.

Edgar aparcó justo detrás del Peugeot en el que aguardaba Ángel con el teniente al volante. Justo a varios metros, dos furgonetas de la Guardia Civil esperaban instrucciones. En ese momento el teléfono de Virginia volvió a sonar.

—A cien metros está la casa de Samuel Albuixet —dijo Roberto con una voz mecánica y seria.

—¿Y quién es ese tío? —se interesó Virginia, que no parecía estar cómoda.

—Samuel es el cuarto accionista de la empresa de Raúl. Apenas tiene un porcentaje mínimo en la empresa, pero suficiente para tener voto. Pero eso no es lo mejor: ¿a que no sabéis qué vehículo conduce?

Virginia miró a Edgar y, aunque Roberto ya lo había dicho por el altavoz, su mirada estaba depositada en el Audi negro que se hallaba aparcado justo frente a la entrada del enorme chalé.

—Entramos en dos minutos. Ya tengo a un agente cubriendo la parte trasera. Este no se nos escapa.

Y, antes de colgar, los sargentos ya habían visto cómo las puertas del Peugeot se abrían, cómo Ángel y Roberto empezaban a caminar custodiados por tres guardias civiles. Ellos los siguieron de inmediato en esa lenta travesía hasta la casa de Samuel.

Quisieron prepararse, entrar todos al mismo tiempo tras una pequeña cuenta atrás que Roberto retransmitiría por la radio, pero lo que encontraron fue una sombra cruzando la puerta principal.

Todos los planes que Roberto tenía se truncaron cuando se toparon de frente con la mirada nerviosa de Samuel, que había salido a la calle con las llaves del coche bailando en la mano y silbando una canción que solo él conocía.

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Justo en ese momento Roberto gritó; Ángel gritó. Los tres guardias civiles se lanzaron contra el hombre, que no pudo contener la embestida y acabó con su cuerpo de más de ciento veinte kilos de peso en el suelo.

Tras eso, todos los gritos se volvieron uno: Roberto pidiendo que callara, Samuel que intentaba entender lo que ocurría, Ángel que buscaba reducir al hombre con una sola mano y Virginia y Edgar contemplando, aturdidos, la escena.

Para cuando todo acabó, ellos seguían sin entender nada.

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Psique

Martes, 31 de mayo de 2022, 13:49

Cuartel de la Guardia Civil de Alcira, Valencia

Desde que los expertos habían llegado a Alcira, pedidos por el coronel Manzano, todavía no habían conocido el ambiente que se respiraba esa tarde en el cuartel. Era como si España hubiese llegado a la final de la Copa Mundial, como si Alonso hubiera conseguido su tercer título de campeón, como si Messi hubiera regresado al Barcelona. Todos saboreaban un logro que pensaban haber conseguido.

Pero no todos gozaban de la misma alegría.

Ángel no parecía participar en la alegre conversación que el teniente tenía con dos oficiales, en la que contaba cómo había ocurrido todo. Él se mantenía firme, en silencio, observando por la pequeña ventana de la puerta al sospechoso. Solo se apartó del cristal cuando vio llegar a Virginia. Miró su brazo vendado y sonrió.

—Veo que ahora también somos compañeros de discapacidades —dijo al tiempo que levantaba el brazo y dejaba caer una risa seca.

La sargento se limitó a sonreír de forma disimulada, sin apenas mostrar alegría.

—¿Por qué tanto alboroto? ¿Qué pasa con este tío?

—De momento nada. Creen que han dado con la posible cabeza pensante. Samuel es dueño de una empresa de recambios y también posee una parte pequeña de las acciones de la empresa de Raúl.

—¿Y qué tiene todo esto que ver con Irene y Lucía? —preguntó Virginia, que seguía sin participar de la alegría común.

—Eso solo lo sabe él por ahora. Por lo que hemos averiguado, tiene un Audi idéntico al que se ve en las imágenes del accidente. En el laboratorio

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pudieron aislar los dos primeros números de la matrícula y coinciden con la matrícula de Samuel.

—Es decir, que su coche pudo ser el que estuvo en el accidente.

—Es muy probable. —Pero Ángel seguía serio, sin mostrar ni un retazo de tranquilidad o satisfacción. Y, por un momento, su gesto complació a Virginia, que podía incluso compartir esos mismos sentimientos.

—Pero no hay nada claro —adujo ella entendiendo que el rostro de Ángel guardaba más precaución que convencimiento.

—Demasiado fácil —sentenció.

Edgar, que había escuchado la historia, se acercó a la ventanilla para observar con más precisión al sospechoso. Lo vio sentado, sudado a causa de unos nervios que se imprimían en el movimiento rápido y continuo de sus manos; en sus ojos inquietos, en sus labios resecos. Observó su cuerpo rollizo, sus brazos de piel flácida y caída, su papada sucia.

—¿Qué se supone que ha hecho este hombre? —preguntó él después de su análisis.

—Sospechamos que puede ser la cuarta persona.

—Eso es imposible —respondió Edgar convencido.

—¿Y por qué es imposible? —El aliento del teniente acarició con suavidad los oídos de Edgar e hizo que este se volviera dando un pequeño respingo debido al sobresalto.

—¿Alguno de los que estamos aquí se imagina a ese hombre montado en una bicicleta?

Todos callaron. Tal vez porque ninguno de los que habían urdido el plan para detener a Samuel cayó en la cuenta de que a ese hombre lo último que le podría apetecer era montarse en una bicicleta de fibra de carbono o aluminio ligero.

—¿Por qué no? He visto gente más gorda montada en bicicleta —se defendió Cabrera herido en su orgullo.

—Dudo mucho que a este hombre le guste cualquier tipo de deporte siquiera. Si ni siquiera es capaz de sacudir los brazos sin cansarse — observó Edgar tras volver a contemplar al hombre que aguardaba en la sala

—. Pero no es momento de conjeturas: estamos aquí, tendremos que interrogarlo.

Ángel asintió por primera vez, mostrando su acuerdo con las palabras del sargento, y miró al teniente.

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—Esta vez vamos la sargento Luque y yo —dijo el teniente, y abrió la puerta sin esperar ninguna respuesta.

Cuando Virginia entró, el olor a sudor ya se había aferrado a las paredes y había dejado un ambiente incómodo, cálido y hediondo.

—¿Qué está pasando? ¿Y mi abogado? —preguntó Samuel con los ojos hinchados. Intentaba mirar a través del cristal de la puerta, pero no parecía que nadie fuera a aparecer en los próximos minutos.

—Ya podrá hablar con su abogado detenidamente más tarde. De momento, nos gustaría aclarar ciertas dudas que tenemos —inició Roberto Cabrera mostrando un respeto poco común en él.

El hombre no respondió. Se mantuvo en silencio, con el rostro níveo y un temblor extremo en las manos.

—Tenemos entendido que posee un pequeño porcentaje de las acciones de la empresa de Raúl García. ¿Podría decirnos cómo es su relación con Raúl?

Samuel suspiró, casi como si aquella pregunta lo hubiera aliviado, como si esperara otro tipo de acusación y aquello fuera su bálsamo de redención.

—¿Todo este lío es por mi relación con Raúl? Por el amor de Dios. — Y negó con la cabeza, ofendido, sonriendo de forma irónica—. Con Raúl me llevo bien, no hablamos todos los días, pero hacemos buenos negocios. Casi todos los recambios me los pide a mí.

—Nos interesa su relación personal, no comercial. ¿Cómo se lleva de forma personal con Raúl?

—Pues bien. No somos los mejores amigos, pero nos llevamos bien. Cada varios meses hacemos una pequeña junta para valorar cómo va la empresa y decidir los planteamientos de los siguientes meses, y poco más.

Cabrera se había retrepado en su asiento y cruzado los dedos de las manos sobre el abdomen. Desde ahí contemplaba los argumentos de Samuel. Desde ahí decidía si lo creía o no.

Virginia, en cambio, estudiaba cada movimiento del teniente y de Samuel, cada gesto, cada cortinilla de humo que el sospechoso lanzaba para enmascarar algún secreto que no quería desvelar. Virginia entendía de esos misterios y no solía desperdiciar ninguno. Y el primero lo encontró en la frase que Samuel dijo de Raúl.

—Dicen que no son los mejores amigos. ¿Alguno de los accionistas era un buen amigo de Raúl?

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—No sé si alguno lo sería o no. Lo que sí sé es que estaba muy compenetrado con Cristóbal.

—Y Cristóbal era quien poseía el mayor monto de acciones, si no me equivoco. —Virginia ahí tiró de memoria. Recordó que Cristóbal era el accionista mayoritario con casi un diecisiete por ciento de las acciones. Recuperó también de su memoria que ese hombre era el director de la empresa de transportes.

—Así es. Se llevaban muy bien. Al poco tiempo se le unieron Manuel y Alberto, pero estos eran más un relleno.

—Y a usted lo dejaron de lado, ¿verdad? —Virginia había lanzado la primera piedra, que dio de lleno en el pecho de Samuel, quien no pudo más que sonreír con dolor—. Me imagino que debió de ser duro pasar de ser alguien importante al último de la cola. ¿Le molestó ese rechazo?

—Nunca he necesitado de nadie para valerme por mí mismo.

—Pero, por lo que cuenta, no veo que su relación con Raúl fuera muy cercana. Y, para ser accionista, creo que debería haber cierta comunidad. Pienso.

—Son negocios, señorita. En los negocios no hay amistades. A mí me beneficia porque recupero algo de mis gastos, y a él porque aumenta su capital y obtiene descuentos en todos los recambios. Todos ganamos, no es necesaria una amistad.

—Pero sí que es necesaria para que alguien te ceda parte de la empresa.

Samuel asintió con suavidad mientras se removía en su asiento y recuperaba alguna de las lorzas que se resbalaban por los laterales.

—Lo cierto es que yo compré parte de la empresa por su padre. Su padre y el mío fueron muy amigos, y esa amistad hizo que, por respeto, entrara a formar parte del negocio. Raúl y yo no somos grandes amigos, pero procuro hacer bien mi trabajo.

—¿Ha habido algún hecho en las últimas reuniones que pudiera haber creado un conflicto entre usted y el señor García? —insistió Cabrera sin apenas moverse de su asiento.

—¿Alguna vez habéis estado en una junta de accionistas? —Tras su pregunta guardó unos segundos de silencio, como si esperara alguna respuesta. Tras entender que ninguno tenía previsto hablar, continuó—: No siempre las reuniones son amenas, divertidas y rápidas. El dinero es el mejor amigo del hombre y el peor consejero. Saca lo mejor de nosotros

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cuando sobra, y lo peor cuando nos falta. Y en este tipo de reuniones, a nadie le sobra el dinero.

—Con esto quiere decir que tuvo algún desencuentro con Raúl. —Nada que no resolviéramos en las mismas juntas. Es típico ver

desacuerdos, pero nunca va más allá de un simple intercambio de pensamientos.

—¿Y con Lucía? ¿Qué trato tenía con la hija de Raúl? —Ahí la conversación cambió de tono: Samuel se encendió como se lo hace el cielo una noche de tormenta.

—¿Qué quiere decir?

—Creo que he sido suficientemente claro. ¿Tenía alguna relación con Lucía?

—¡Por favor! Es una cría. ¿Dónde va este mastodonte con una niña, ¡hombre!? —Samuel se mostró realmente ofendido, molesto por el comentario de Roberto.

—Entonces ¿por qué tenemos la imagen de su coche la mañana que Lucía tuvo el accidente, la mañana que huyó de sus captores? —dijo el teniente mientras lanzaba sobre la mesa la imagen que había tomado de la patrulla de Pascual.

Y la foto fue como una maza cayendo sobre la mesa. Virginia pudo incluso percibir el golpe que aquella imagen había dado en el rostro de Samuel, que se deformó por completo al ver su coche en el papel.

—¿Ese es su coche?

Samuel no respondió. Se había petrificado viendo la imagen como si de una estatua se tratase: no hablaba, no se movía y apenas respiraba.

—Le he hecho una pregunta. ¿Es su coche ese?

—Yo no sé… No puede ser mi coche.

—Tenemos los dos números de la matrícula, el mismo modelo, el mismo color, y un motivo, señor Albuixet. Así que creo que es el momento de sincerarse.

El hombre levantó la mirada, clavó el fulgor húmedo de sus ojos en Virginia y negó con la cabeza.

—Juro por mi madre que yo no estuve ahí. Ese no es mi coche. No puede serlo.

—¿Y dónde estuvo la mañana del sábado?

—En casa. Tienen el historial de la alarma para comprobarlo. Pueden ver a la hora que salí de casa y a la que entré. Yo no me moví de ahí en

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todo el sábado. Lo juro.

Los dos agentes, que no esperaban esa coartada, se miraron sin saber bien por dónde moverse. Un minuto después, fue Virginia la que decidió intervenir. Sacó el dibujo que Lola les había mostrado del tridente y lo depositó en la mesa.

—¿Reconoce esta imagen?

Samuel la observó durante varios segundos, pero su rostro no se inmutó. Al poco levantó de nuevo la cara y negó con rapidez.

—No sé lo que es. ¿Qué tiene eso que ver conmigo?

—No tengo más preguntas —dijo Virginia, que sabía dónde tenía que acudir.

Se levantó y salió a un pasillo en silencio. Ahí ya no se respiraba la alegría de minutos atrás, ahora todos se mostraban serios, expectantes. Ángel se acercó a Virginia justo cuando ella salió.

—¿Qué ocurre?

—¿Tenemos a Gabriel todavía en los calabozos?

—Lo sueltan en unas horas.

Virginia asintió y comenzó a caminar en dirección a la zona de detenidos.

—¿Qué pasa con Samuel? —dijo en un tono algo más elevado Ángel. —No va a decir nada más. Si tiene algo que ver, habrá que seguirle la

pista. Hoy no va a hablar —respondió ella convencida. Había visto en la mirada de Samuel la firmeza de saber lo que contestaba. Y eso solo ocurría en dos tipos de personas: en los que no mienten y en los que saben cómo hacerlo.

—Pero el coche… —arguyó él con la mirada cada vez más encendida. Entonces Virginia se detuvo, lo miró fijamente y, sin cambiar su

expresión seria, dijo:

—Si tenéis algo firme para retenerlo, hacedlo. Dos números de una matrícula no va a serlo y cualquier abogado lo podrá saber. En cuanto llegue el suyo, lo va a sacar, y encima con un tirón de orejas para nosotros. Así que haced lo que queráis, pero hoy no va a decir nada. Lo mejor será que le sigamos la pista hasta que cometa un error. Si tiene algo que ver, nos lo hará saber.

Y se marchó hacia un nuevo encuentro dejando a Ángel batallar con sus propios pensamientos.

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Cuando la sargento llegó a la zona de los calabozos, la única voz que se oía era la de Gabriel, increpando a la propia oscuridad, sin saber si alguien lo oía. Gritaba cada pocos segundos mientras pateaba las paredes, la cama, los hierros de la celda. Su voz solo se apagó cuando vio llegar a Virginia.

—De puta madre. Eso me pasa por hablar —dijo el yonqui tras ver la presencia firme y decidida de la sargento a un metro escaso de la celda.

Ella no dudó. No saludó. No se mostró dócil ni educada. Tomó el papel con el dibujo y lo estampó contra los hierros para que Gabriel lo viera con claridad.

—¿Qué sabes de esto? —preguntó Virginia con frialdad.

Cuando el chaval pudo distinguir el dibujo, sus ojos se apartaron como si aquello fuera a quemarle las retinas, como si el mero hecho de contemplarlo le doliera.

—No sé nada. Parece una mierda de dibujo. ¿Lo has hecho tú? ¿Ahora también le das a la pintura?

Virginia estalló y dio otro golpe con el papel en los barrotes. Con la mirada encendida, apretó la mano hasta deformar el papel y, en ese momento, toda la rabia que había ido guardando durante el día salió por los labios.

—Juro por mi vida que o me dices lo que sabes de esto o me encargo de que en tu barrio todos sepan que eres un puto chivato de mierda.

Gabriel tragó saliva.

—Es un farol. —Quería pensar que lo era. No se imaginaba a un agente haciendo algo tan sucio, algo que sabía que supondría su muerte.

—Ponme a prueba. —Virginia apartó el dibujo y sacó la imagen de los tres jóvenes. Cuando la tuvo bien sujeta, la volvió a colocar frente a Gabriel—. Ese mismo dibujo es el que tienen tus amigos tatuado. ¿Tú también lo tienes?

—¡No digas chorradas! Yo paso de esas cosas. Y no son mis amigos.

Ya te lo he dicho.

—¿Qué cosas?

Y ahí Gabriel supo que había patinado. Siempre fue una persona que hablaba antes de pensar, y aquello le había costado más de una paliza a lo largo de su vida. Ahora todo indicaba a que iba a costarle otra. Cerró los ojos insultándose por su desliz y cabeceó en el aire enfadado.

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—¡Joder! No sé qué es ese dibujo. —Virginia tensó los labios y se guardó la foto. Se dio la vuelta y se preparó para irse—. ¡Espera, hostia! No sé qué es ese dibujo. Solo sé que el Chema muchas veces habló de él. Desde hace un año o así, empezó a obsesionarse por algo que se llamaba psico o psique. No recuerdo el nombre exacto. Solo sé que no paraba de hablar de eso, decía que era lo más extremo que había visto nunca.

—No me creo que no hayas preguntado, Gabriel. Di todo o te juro que no acabas la noche.

—¡Que te digo la verdad, me cago en la puta! Cuando preguntaba, me decían que era algo de unos vídeos. No sé qué eran, pero decía que en las máscaras llevaban ese símbolo. Que era no sé qué de que solo los fuertes podrían escapar de la locura.

—¿Dónde puedo ver esos vídeos?

—No lo sé. Te juro que no lo sé. Yo solo vi uno que trajo el Chema un día. Juro que casi vomito.

—¿Qué había en ese vídeo? —Virginia se mostraba tensa, tanto que había ignorado la presencia de Edgar, que llevaba más de un minuto escuchando desde el cobijo que las sombras le proporcionaban.

—Era muy fuerte. Se veía cómo un hombre metía la mano en el coño de una chica y la empezaba a destripar por dentro. —Y solo el hecho de nombrarlo hizo que Gabriel lanzara una arcada que casi acaba en vómito.

—¿Llevaban una máscara con labios negros? —preguntó ella al recordar la información que Lola le había proporcionado de los comentarios de Lucía.

El drogata asintió con las manos todavía cubriéndole la boca. —¿Dónde puedo encontrarlos?

—¿Encontrarlos? En el centro comercial. No te jode. ¿Piensas que puedes llegar hasta ellos tan fácil?

—¿Cómo llegó hasta ellos el Chema?

—Y yo qué sé. Solo sé que al poco tiempo de eso llegaron con ese tatuaje. Hace mucho tiempo que no hablan de ello. Creía que se habían olvidado.

La sargento apretó los puños, miró a Gabriel y se volvió para salir de allí. Justo en ese momento vio a Edgar con la piel nívea y los ojos casi en blanco.

—Las cosas no pintan nada bien —dijo ella con la mirada perdida.

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La noche más larga

Martes, 31 de mayo de 2022, 18:38

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

Lola se había pasado toda la tarde fuera visitando pacientes, buscando excusas para no volver al hospital, para no volver con ella. No quería seguir al lado de Lucía, y no era porque no quisiera ayudarla, sino porque no lo estaba haciendo. Lola sabía que sus métodos, hasta el momento infalibles, lo seguían siendo, pero esa vez a costa de la salud de una joven. Entendía que, si seguía por ese camino, podría romperla del todo. Por eso perdió toda la tarde con excusas que ni ella entendía.

Hasta que decidió volver.

El hospital ya estaba más calmado a mitad de tarde, y su presencia allí pasaba algo desapercibida, aunque para los guardias civiles que seguían frente a la habitación, nunca lo hizo.

—¿Cómo está la joven? —preguntó ella a uno de los oficiales que esperaban fuera: un chico alto, moreno y de aspecto afable.

—Está con sus padres. Hace un rato han llegado él y su ayudante. —¿Está Israel? —preguntó Lola interesada por ver el comportamiento

de la joven con la presencia del compañero de su padre.

Por eso abrió con precaución y sin llamar a la puerta. No quería ser vista, y durante veinte segundos lo consiguió. En ese tiempo pudo ver a Raúl e Israel a los pies de la cama, algo más relajados, pudo oír la voz calmada de Lucía. Y ese hecho —la voz de la joven— hizo que la psicóloga sonriera relajada. Pero el tiempo apenas se percibe cuando se ignora, y ella no supo calcular de cuánto disponía. Cuando el crujido de la puerta alertó a Raúl, no pudo disimular más.

El rostro del hombre demudó en cuanto distinguió a Lola haciéndose pequeña bajo el quicio de la puerta. Había tomado las gafas con las manos

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y sonreía de forma tímida.

—¿Cómo está Lucía? —preguntó con dulzura.

Raúl no respondió. Dedicó un gesto a su compañero y ambos comenzaron a caminar en su dirección sin detener el avance, obligando a la mujer a salir de la habitación. Cuando los tres estuvieron fuera, Raúl cerró la puerta.

—Mi mujer me ha dicho lo que ha pasado esta mañana.

—Sí, ha sido un avance muy bueno, y Lucía se ha sentido bastante aliviada después de su desahogo.

—Lucía se ha pasado la tarde con sedantes debido a unas pesadillas terribles.

Lola entrecerró los ojos. Por el rostro turbio de Raúl y la mirada desdeñosa de Israel, supo que se avecinaba una discusión, así que se preparó.

—Señor García, dudo que su confesión haya provocado esos sueños.

Lucía lleva teniendo pesadillas desde que llegó.

—No me importa. A mí lo que me importa es que mi hija se recupere, y estoy viendo que con usted lo único que hace es hundirse más en su miseria. ¿Qué necesidad había de mostrarle las fotografías? ¿En qué puede ayudar eso a mi hija?

En nada. Lola quiso decir que aquello no fue para ayudar a Lucía, sino a Irene. Y sabía que había hecho mal, pero no podía reconocerlo. Igual que nunca pudo reconocer que se había equivocado anteponiendo el trabajo a su relación. Lola nunca supo reconocer sus errores, pero la vida siempre acababa por recordárselo. Ella entendió, tiempo después, que podía negar su error a todo el mundo, pero jamás podría negárselo a ella misma.

—Señor García, entiendo que esté molesto. Para Lucía, aprender a convivir con sus pesadillas es necesario.

—Escuche bien. No quiero que se acerque más a mi hija. Si el juez quiere llevarla a otro lado, que lo haga. Pero hoy no quiero que venga más por aquí, y mañana iré a hablar con los que están al mando de la investigación para que asignen a otro especialista. Para usted se ha acabado tratar a mi hija.

Y Raúl no esperó a que Lola respondiera. Se marchó hacia la habitación dejando a Israel con la mirada firme depositada en ella; a los oficiales entretenidos por el rato que le habían regalado; al silencio intentando ofrecer alguna excusa nueva para Lola.

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—Tienes que hablar con Raúl. A ti te escuchará. Dile que no solo se trata de Lucía.

—No solo, es cierto, pero no vamos a dejar que acabe con ella para salvar a otra chica. Es duro decirlo, pero cualquier padre en esta situación haría lo mismo.

Y tras eso, Israel también se marchó.

Ofendida, Lola no supo qué hacer realmente. No sabía si debía volver a casa y olvidarse de todo, si aceptar una derrota a medias y probar al día siguiente, o si, directamente, cerrar la carpeta y esperar un nuevo caso. En un momento dado surgió en su cabeza una idea que requirió de varios minutos perdiéndose en unas redes sociales que no comprendía, por lo que solicitó ayuda a los jóvenes que pasaban por delante de su BMW serie 3. Al final, dio con su respuesta.

Javier disfrutaba de su partido de casi todas las tardes cuando vio llegar a la psicóloga. Con andares cortos y graciosos discurría por la banda del campo buscándolo entre los catorce chavales sudados y cansados que se repartían por aquel campo de fútbol-7. Cuando supo que esa visita lo buscaba a él, salió del campo y dejó su puesto a otro chico.

—¿Cómo me has encontrado? —preguntó Javier extrañado por la visita de la anciana.

La mujer levantó el móvil y le mostró la historia donde se lo veía a él poniéndose las botas y colgando la ubicación.

—Es más fácil de lo que pensaba. Solo hay que apretar en el cuadradito que sale y te manda directamente.

—Tengo que borrar el puto Instagram —refunfuñó Javier, que era la segunda vez que salía perjudicado por culpa de sus publicaciones con dobles intenciones—. ¿Qué quieres?

—Me gustaría que me hablaras de algo.

—De qué exactamente. —El chaval se sentó en los banquillos, tomó una botella de agua fresca y comenzó a beber como si no lo hubiese hecho nunca.

—De este símbolo. —Lola mostró el dibujo que había entregado a los agentes y que ella, previamente, se había guardado en el móvil.

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Javier miró la pantalla y el miedo le atravesó el cuerpo. Dejó de beber, pero no dejó de sujetar la botella. Al contrario, había comenzado a apretarla con fuerza.

—No me suena de nada.

—Mientes —respondió con dureza la psicóloga.

Javier la miró con seriedad, el cuerpo le pedía a gritos tomarla por el pelo y arrastrarla hasta el final del campo. Al final se contuvo.

—¿Cómo puedes saber que miento?

—Tus ojos lo dicen. Dime qué sabes de esto o le diré a la sargento Luque y al sargento Santana que sabes más de lo que cuentas.

Lola no entendió el peligro de amenazar a la gente sin un refuerzo que le garantizara una salida airosa. Puede que porque nunca había necesitado enfrentarse a nadie.

Javier la miró y arrugó la frente. No le había gustado esa amenaza, y no quiso perder el tiempo en hacerlo saber.

—¿Acaso eres policía? ¿Piensas que puedes venir a exigirme nada? Eres igual que todos los demás, que solo piensan de mí que soy el mafioso del pueblo. ¡Vete a la mierda, anda! —Se levantó con rabia y tiró la botella sobre los asientos de plástico rojo. Quiso marcharse. Al menos empezó a hacerlo, hasta que Lola volvió a cargar.

—Los que tenían a Lucía llevaban este símbolo tatuado.

Y entonces sí, Javier se detuvo durante unos segundos sin mirar a la psicóloga, aunque ella sí lo observó a él. Vio cómo comenzaba a apretar los puños con fuerza, cómo la respiración se hacía más fuerte. Al final se volvió, y sus ojos ya se habían encendido.

—¿Qué quieres decir?

—Que las personas que retuvieron a Lucía tenían este tatuaje en el pecho.

—No puede ser. Estás mintiendo.

—¿Los conoces? —preguntó ella, que sabía que estaba acercándose a la verdad.

—Solo conozco a tres personas con ese tatuaje. Y no pueden ser ellos. —¿José Luis? ¿Te suena ese nombre?

Y entonces todo lo que Javier tenía como normal se vino abajo: sus amistades, aunque no fueran las mejores, siempre habían estado ahí. Y el Chema había sido una de ellas, una normal hasta ese momento. Todo había

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dejado de existir para él, que empezaba a castigarse con la rabia que le sobraba.

—¿Cómo lo sabes? ¿Qué tienen ellos que ver con todo eso?

—¿Con todo qué? —insistió Lola.

Javier se volvió a sentar, vencido por los remordimientos, mientras se culpaba por haber llevado a Lucía a la boca del lobo. Ella conoció al Chema muchos meses atrás, incluso llegaron a salir de copas juntos. No podía ser que ahora él fuera el culpable.

—El Chema no puede estar detrás de todo esto.

—¿Qué relación tenías con él?

—Éramos amigos. No los mejores, pero sí buenos amigos. No es posible que él haya hecho esto. ¿Quién más estaba con él?

Lola dudó en mostrarle la imagen que tenía de ellos, pero supo que no tendría una oportunidad mejor. Por eso lo hizo, y a Javier le pesó tanto como la información que había recibido. Cuando devolvió el teléfono a Lola, su mirada era otra.

—Pienso matar a esos hijos de puta.

—¿Los conoces?

Este asintió.

—No sabía que habían decidido hacerlo.

La respiración de Lola se apagó con esa confesión que acababa de escuchar, como si el miedo se le aferrara al cuerpo. Como si un golpe de frío le azotara la nuca.

—¿Hacer qué, Javier?

—Ese símbolo es de una página de la dark web. En ella se venden

vídeos snuff. Se hacen llamar Psique y tienen como lema que solo los

fuertes pueden vencer a la locura.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Al parecer esta página se dedica a crear los eventos más fuertes que uno pueda pagar. El límite está en la imaginación. Y todo tiene un precio. Esos hijos de puta… ¿Le han hecho ellos eso a Lucía? —Poco a poco Javier se perdía consumido por su propia ira, que iba devorando su dolor y transformándolo en odio, en sed de venganza.

—¿Cómo llegaron hasta ella?

—No tengo ni puta idea. El Chema empezó a obsesionarse con eso hasta el punto de hacerse la mierda del tatuaje. No sabía que Mario y el subnormal de su amigo también estaban en el ajo. Pienso matar a esos

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hijos de perra. —Y se levantó con decisión dispuesto a marcharse. Intentó correr hacia la salida, pero Lola lo asió por el hombro.

—¿Sabes dónde encontrarlos?

Javier no respondió. Miró a la mujer y se sacudió la mano de encima. Cuando ya no tuvo resistencia, se marchó a toda velocidad ignorando los reclamos nerviosos de Lola, que intentó seguirlo, pero lo perdió en apenas dos minutos.

Sola, nerviosa e indecisa, no sabía a dónde dirigirse, así que optó por la decisión más aceptable: volver al hospital y hablar con Raúl. Necesitaba que Lucía le explicara cómo llegar hasta ellos. Lo que Lola no esperaba era encontrarse a Raúl en el aparcamiento del hospital.

Lola nunca había sido una mujer que se dejara sorprender, que tomara decisiones de forma precipitada. Pero la Lola que siempre había sido se quedó en la mañana que conoció a Lucía. Y, cuando vio a Raúl apoyando las manos en el techo de un enorme Volvo negro, supo que algo no iba bien. Aparcó a unos metros y apagó las luces para no ser vista. Y, aunque Raúl levantó la cabeza por encima del techo del todoterreno, no se percató de la presencia de la psicóloga, a unos metros de distancia.

Ella no pudo saber nada de lo que hablaban, pero, pasados unos minutos, Raúl entregó algo por la ventanilla y se marchó de nuevo hacia el hospital mientras el todoterreno emprendía la marcha lentamente.

Lola dudó: ¿se bajaba del vehículo y buscaba en Raúl una respuesta o seguía al todoterreno para ver quiénes eran las personas que habían hablado con él? Al final optó por lo segundo, puso de nuevo en marcha el vehículo y comenzó a seguirlos. Sabía que su noche se haría larga. Demasiado larga.

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Antonio

Martes, 31 de mayo de 2022, 21:50 Villanueva de Castellón, Valencia

Ya era de noche cuando Edgar y Virginia se aventuraron en busca de Antonio.

Y, para ella, el cansancio era un mal compañero. Virginia sabía que la ansiedad y el cansancio eran como los consejos de un borracho: más valía alejarse de ellos. El cansancio a ella solo le había traído guardias de fin de semana y castigos sin permiso de salida. Por eso estaba incómoda. Apoyaba la cabeza en el asiento mientras se perdía en un paisaje lóbrego y distorsionado.

Edgar, en cambio, disfrutaba del silencio, de la noche. A él, que siempre supo usar las sombras como protección, no le molestaban la noche ni el cansancio ni la ansiedad. Le molestaban los secretos, eso sí. Y Virginia parecía tener muchos esa noche. Pero prefirió no preguntar. Villanueva de Castellón ya se iluminaba frente a ellos y una nueva tarea los esperaba en el cuartel de la Guardia Civil.

Todo estaba tranquilo cuando aparcaron frente a la puerta, todo salvo la mirada nerviosa del oficial que se percató del vehículo y salió para curiosear.

—Aquí no se puede aparcar —dijo de forma mecánica y casi sin tono. Su mirada firme se centraba en la figura de Virginia, que caminaba hacia él con tranquilidad.

—Estamos buscando a Antonio Castellar.

—¿Quién lo está buscando?

—La sargento Luque y el sargento Santana.

Y todo cambió tras esas palabras. Más bien después de que la sargento mostrara su identificación al agente, que tensó el cuerpo de inmediato.

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—Lo siento, mi sargento. El cabo primero Castellar no se encuentra aquí en estos momentos.

—¿Dónde lo podemos localizar? —insistió ella.

—Imagino…

—Yo me ocupo, Fabián —una voz irrumpió justo cuando la del oficial comenzaba a quebrarse, y provocó que este se girara de golpe.

—Pero, Saúl.

—No te preocupes.

De la oscuridad del rellano emergió la figura del muchacho que los había recibido días antes, cuando Edgar y Virginia visitaron el pueblo por primera vez. Ambos habían olvidado el brillo claro de sus ojos, pero todavía recordaban esa sonrisa de labios carnosos que regalaba confianza.

—¿Me acompañan? —pidió el muchacho extendiendo el brazo, y comenzó a caminar bordeando el vallado de la residencia—. ¿Qué necesitan del cabo Castellar?

—Queremos hablar con él —respondió Virginia incómoda. No entendía por qué tanto misterio en torno al cabo, y menos después de haberse presentado.

—¿Tiene que ser con él necesariamente? No lo tomen a mal. Me refiero a que, si les sirvo yo o cualquiera de mis compañeros, seguro que todos seremos igual de sinceros.

—No lo dudo, pero necesitamos hablar con el cabo concretamente. Es importante.

El muchacho, que era incapaz de disimular su metro noventa, asintió con cierto desagrado, como si le hubiese dolido el comentario de la sargento.

—El cabo no vive en la residencia. Él nació en este pueblo, así que usa su residencia habitual.

—Bien, ¿y dónde está su residencia?

—¿Ha hecho algo malo? —La voz del muchacho cayó sin fuerzas sobre los sargentos.

—¿Se puede saber a qué viene este interés por ocultar al cabo? — estalló Virginia al entender que el guardia civil lo único que intentaba era esquivar las preguntas de la sargento. Ya habían recorrido más de cien metros y todavía no había dado una información útil.

El chico dio un respingo y abrió los ojos. Intentó sonreír, pero lo único que logró fue doblar los labios de forma torpe y atropellada, y mostrar así

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el nerviosismo que había tratado de disimular guardando las manos en los bolsillos de la chaqueta desde que salió de la residencia.

—Lo siento, mi sargento, no pretendía ofenderla. Es solo que…

Tanto Edgar como Virginia detuvieron su avance y esperaron a que el chico terminara la frase. No tenía intención de hacerlo. Miraba continuamente hacia los lados buscando la forma de evadir las preguntas de la sargento. Al fin, cuando supo que no tendría más escapatoria, lanzó un bufido al aire y apartó la cara.

—Antonio no es, lo que se dice, un ejemplo a seguir. No creo que sea buena idea visitarlo esta noche. Mañana entra a mediodía y, cuando tiene esos cambios de turno…

Su nuevo silencio angustió a Virginia, que empezaba a desesperarse de las continuas interrupciones en los discursos del muchacho.

—¿Qué oculta el cabo?

—Antonio no es mala persona. Es solo que le ha tocado llevar una vida muy difícil. —Y comenzó a caminar alejándose de los dos agentes, que no tuvieron más remedio que seguirlo. Cuando el muchacho los vio de nuevo a su lado, continuó—. ¿Nunca le han preguntado a un niño qué le gustaría ser de mayor? Pocos responden que guardia civil. La mayoría dice que policía, bombero, futbolista o médico. Ahora se ha puesto de moda eso de los gamers. Antonio, desde pequeño, supo que quería ser guardia civil.

—¿Te lo ha contado él? —preguntó Virginia sin creerse del todo la historia. No sabía qué intenciones tenía el oficial, y tampoco si quería conocerlas.

—Antonio es de pocas palabras. Antes de estar con David estuvo conmigo. Yo fui, durante varios años, su compañero. Por eso digo que no es mala persona. A veces pienso que la vida es cruel y, cuando elige una víctima, se ceba con ella. No vale el dicho de que Dios aprieta, pero no ahoga. Ahoga, y ahoga mucho, hasta asfixiar, hasta ponerte morado, hasta que todo se vuelve negro, y es entonces cuando tienes que ser fuerte. Has de hincar la rodilla en el suelo y levantarte con todo lo que tienes a tu espalda y que trata de hundirte en la mierda. La vida no entiende de respiros y no hace concesiones, es implacable en sus propósitos y, si te elige, tienes que afrontar lo que venga o acabará contigo. Antonio se levantó con todo. Pudo quitarse la soga del cuello y seguir adelante, pero las heridas siguen ahí y lo han moldeado como es ahora: un hombre que no tiene más cojones que seguir viviendo porque sabe que la muerte es más

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dura que la vida. Y sobre todo porque hay veces que se requiere más valor para morir que para seguir viviendo en una lucha constante. Hay veces en las que uno se acostumbra a vivir con el dolor, y ese dolor se hace amigo. Morir sería dejar de doler, y no es una opción. Antonio se acostumbró a vivir con el dolor.

Virginia aguantó el nudo que se le había formado en la garganta. Y, aunque sus ojos no decían nada, por dentro bullía al pensar que ese arrogante y engreído guardia civil pudiera tener sus defensores. Ella no era quién para juzgarlo, pero sí para dudar de todas las palabras que ese muchacho decía.

—Cuando era joven, tuvo que crecer a manos de un padre borracho que vivía dándole palizas a su madre. Y si él o su hermano trataban de defenderla, sufrían el mismo castigo. Quizá ese fue el detonante que lo llevó a querer ser guardia civil, no lo sé. El caso es que, con esfuerzo, entró en el cuerpo, y el hecho de tener que hacer carrera fuera de casa fue su perdición.

—¿Qué quieres decir? —se interesó Edgar al escuchar las palabras del joven, que también intentaba no mostrar su lado más humano arrugando las cejas.

—Pues que el pecado de Antonio fue olvidarse de su hogar. Pensó que dejaba a su madre en manos de su hermano pequeño, sin saber que, sin él, su hermano no podría contener la furia de un hombre despiadado. Una noche, su padre sobrepasó el límite y acabó cumpliendo la promesa que siempre que llegaba borracho le hacía a su mujer. Antonio todavía estaba destinado en Córdoba por aquel entonces. Después de eso nada volvió a ser igual. Cuando volvió al pueblo, tuvo que enfrentarse a las miradas reprobatorias de los vecinos, al odio visceral de su hermano y lo que es peor: a su propia culpa. Antonio nunca ha dejado de culparse por todo aquello.

—Pero tenemos entendido que volvió al pueblo en cuanto pudo pedir el traslado de Córdoba.

Saúl sonrió con apego, como si estuviera recordando las horas perdidas en el Nissan de Antonio, detenidos en cualquier arcén mientras este desgranaba toda su vida solo por desahogarse, por nada más. Porque Antonio nunca necesitó ayuda o, más bien, nunca la pidió.

—Pasó muchos años allá. Durante su destino conoció a una chica y, bueno, lo típico. Se enamoraron, se casaron y ella entendió que la vida que

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Antonio le ofrecía no la iba a aceptar para siempre: tensión, alcohol y discusiones. Por eso él no regresó en cuanto pudo, sino cuando todo lo que tenía allí se derrumbó. Y, cuando volvió, encontró que aquí tampoco tenía nada. ¿Quién no habría acabado como él?

Virginia calló. No sabía si existía una historia más triste que esa, pero de nada servía si eso había llevado a Antonio a cambiarse de bando. El fin no siempre justifica los medios.

—Necesitamos hablar con él. Podría tener información muy importante para resolver un caso que estamos investigando —pidió de nuevo ella tras entender que la mirada perdida del oficial daba por finalizada su historia.

—No sé si estará en casa.

—Seguro que sabes dónde encontrarlo —pronosticó Edgar, que había leído en su rostro las continuas mentiras que decía.

El muchacho resopló con resignación mientras intentaba arrancarse de la cara la frustración que aquella situación le estaba provocando. Se pasó las manos por el rostro y miró hacia un cielo despejado.

—Todavía es pronto, así que imagino que estará cenando. El bar de Quique cierra a las nueve, así que habrá pasado al de Camilo. Está un par de calles más atrás. Si no está ahí, estará ya en su casa. Vive junto al asilo, justo en la esquina, en una bifurcación a pocos metros del bar de Camilo.

—Gracias —dijo ella intentando escapar de su verborrea.

—Por favor —interrumpió el muchacho cuando vio que los agentes se disponían a marchar rápido—. No sean duros.

Pero Virginia había decidido no escuchar la petición del guardia civil. Ella ya estaba centrada en encontrar a Antonio y exigirle que le explicara por qué podría existir una posible relación entre Lucía y el coche que ella había visto unos días atrás. Por eso olvidó los siguientes diez minutos mientras Edgar circulaba por las calles de la ciudad. Olvidó su voz intentando sacar algún tema tonto para no morir en un silencio soporífero. Lo olvidó todo hasta que encontraron el bar, todavía abierto, aunque con las sillas de la terraza ya recogidas.

—Vamos. Creo que su casa está a unos metros —comentó Edgar tras señalar un edificio al final de la calle.

Virginia no respondió. Se bajó rauda del coche y comenzó a caminar hacia el local sin esperar siquiera a su compañero, que entró casi medio minuto después de que lo hiciera ella.

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Lo que Edgar encontró fue a Virginia apretando los dientes y contemplando la decrépita figura de un Antonio que necesitaba usar una mano para contener el baile hipnótico de su cabeza. Esta iba de un lado a otro como un metrónomo buscando el tempo correcto.

—Ahí está —dijo ella cuando supo que Edgar se situaba a su lado—.

Y lleva una encima que no puede ni aguantarse.

Los dos se acercaron sin disimulo al cabo, que apenas logró distinguirlos cuando estos se situaron junto a él. Los miró con detenimiento, arrugando la cara, soportando la marea por la que navegaba su cabeza, intentando definir esos dos rostros que lo juzgaban. Al fin, casi un minuto después, pudo darse cuenta de que esas dos personas no eran amigos, tampoco enemigos; ni siquiera verdugos.

—Vale, Camilo —dijo con la voz atropellada y descerrajando un grito que sobresaltó al resto de los clientes, apenas tres ancianos que discutían en una mesa a escasos dos metros.

El camarero, que estaba justo delante de él, sonrió con elegancia mientras apoyaba las manos sobre la barra.

—Soy Emilio, Antonio. Mi padre ya no está.

—Bueno, bueno. Cóbrame, anda, que me voy a casa. —Y lanzó un billete de veinte euros sobre el metal húmedo.

—Ya has pagado, Antonio. Anda ve, descansa, que ya lo tienes bien. —El chico, de apenas veinticinco y con una sonrisa triste, miró a los sargentos, que asintieron al comprender lo que sus ojos pedían.

—Nosotros nos encargamos —dijo ella con la voz seria.

Desde el bar hasta la casa de Antonio apenas habría cien metros, pero a ojos de Antonio fueron más de dos kilómetros, un eterno viaje que acabó en su sucio y raído sofá.

—Antonio, necesito que espabile —dijo Virginia cuando el cabo cayó en el sofá. Pero Antonio parecía haber muerto. Tumbado boca abajo, apenas se movía y, si respiraba, lo hacía con dificultad—. ¡Ayúdame! — pidió a Edgar.

Entre los dos le dieron la vuelta y dejaron al cabo mirando al techo. Sus ojos bailaban en un rostro olvidado y tiznado por una barba cada vez más descuidada. Y, a pesar de sus intentos por comunicarse, apenas lograba balbucear palabras sin sentido.

—¿Quiénes eran los tipos del otro día, los del Volvo negro? — preguntó Virginia.

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Pero el silencio roto de Antonio era como una espada que iba rasgando la paciencia de la sargento. Él hablaba, pero lo hacía sin sentido, lanzando palabras aleatorias y desordenadas.

—¡Antonio! —gritó con rabia tomándolo por el cuello de la camisa e irguiéndolo en el sofá. Por un momento ignoró las heridas que todavía le latían en el brazo, pero pronto el dolor se impuso y le recordó que el valor, a veces, no lo es todo—. ¿Quiénes eran los del Volvo?

—Los están buscando —dijo en un arrebato de sinceridad mientras su cabeza seguía sin encontrarse.

Edgar y Virginia se miraron sorprendidos.

—¿A quién están buscando?

—A todos. Los están buscando.

—Antonio, necesitamos que nos diga quiénes son esos tipos y a quién buscan. Haga memoria, por favor.

Pero el hombre se iba. Poco a poco caía en un sueño que ni él mismo podía controlar a pesar de los intentos fallidos de Virginia, que sacudía el cuerpo del cabo con el brazo que todavía no tenía heridas intentando evitar que desfalleciera.

—¡Antonio! ¿A quién están buscando? —volvió a gritar agitándolo con más fuerza, tanta que ya no parecía querer despertarlo, sino más bien castigarlo.

Edgar se dio cuenta e intentó detenerla. Apoyó las manos en su hombro y se acercó a su rostro.

—Creo que no va a poder hablar. Tal vez mañana diga algo.

—¡No! ¡No! Va a hablar —respondió ella convencida. Sabía que, si Antonio recuperaba la consciencia, no diría nada. Necesitaba sacarle la verdad en ese momento, cuando más vulnerable era—. Tenemos que hacer que hable ahora.

—Se ha dormido. Está muy borracho, Virginia. No podrás despertarlo ya. Y, si lo hace, sabes que se va a despejar.

La sargento apartó el rostro para no mostrar la rabia que gobernaba sus brazos en ese momento, y apretó los dientes. Cuando entendió las palabras de Edgar, lanzó un fuerte rugido y le dio un último empujón que lo llevó hasta el sofá de nuevo. Allí quedó, tumbado, medio muerto y apestando a alcohol.

—¡Joder! Lo teníamos. Podría habernos dicho lo que queríamos oír.

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—Si hubiéramos llegado veinte minutos antes, quizá. Ahora ya es tarde: le ha vencido el sueño.

—Pero todavía…

Su teléfono interrumpió con fuerza resonando en mitad de una habitación repleta de ceniceros desbordados de colillas, y calcetines sucios repartidos de forma aleatoria por todo el salón. La sargento tomó su teléfono y, cuando vio que se trataba de la psicóloga, ignoró la llamada.

—Todavía podríamos haber sacado algo. Ha dicho que los estaban buscando. ¿A quién se refería? ¿Hablaba de los tipos del Volvo?

—No lo sé, Virginia.

Y de nuevo, justo cuando ella aceptó su derrota, el teléfono se impuso al silencio.

—Es la psicóloga —dijo ella al entender que esa insistencia no era normal. Y contestó. Su silencio no fue suficiente para que Edgar entendiera que algo raro estaba ocurriendo, pues los ojos de Virginia iban oscureciéndose por momentos—. No te muevas de ahí. Mándame la ubicación y vamos para allá —dijo justo antes de colgar.

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No hay perdón para los osados

Martes, 31 de mayo de 2022, 22:50

Carretera CV-576 dirección Rafelguaraf, Valencia

Siempre, cuando uno debe enfrentarse a una situación nueva, distinta y amenazadora, todo cambia. Hasta el más mínimo elemento se aprecia distinto. Y, para Lola, esa noche todo era distinto.

No sabía si era el relente húmedo de aquella noche fría o el sudor que corría por su cuerpo lo que hacía que cada músculo de su cuerpo tiritase. Tal vez era el miedo. Puede que fueran los nervios al encontrarse en mitad de una carretera desierta buscando el fantasma de alguien que ni conocía.

Durante más de media hora estuvo siguiendo a ese Volvo que vio en el hospital junto a Raúl. Durante más de media hora se enfrentó a esa lid que se formaba en su cabeza y le rogaba que diera la vuelta. Pero se negó basándose en su espíritu inconformista, ese que la llevó durante mucho tiempo a enfrentarse a todos los que le aseguraban que su obsesión con el trabajo acabaría arruinándolo todo. Ahora, como hizo entonces, se intentaba convencer de que hacía lo correcto.

Estaba nerviosa, inquieta. Sus brazos le pesaban, pero, a pesar de ello, no los separaba del volante. Sabía que en cualquier momento lo volvería a ver, y tenía que estar preparada.

El todoterreno se había perdido justo antes de llegar a Rafelguaraf. Ella sabía que había entrado por un pequeño saliente de la carretera que se abría en varios caminos, como las raíces de un árbol. Lo que no sabía era qué dirección había tomado. Solo podía ver las luces elevándose por encima de los naranjos, parpadeando como si estuvieran a punto de fundirse.

Por eso se detuvo, con la esperanza de volver a verlo, con la férrea voluntad de desenmascarar al conductor de ese vehículo. Solo tenía que

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esperar a Virginia, que de seguro estaba de camino, y adentrarse por alguno de esos caminos que para ella eran como puertas al infierno. Tenía miedo, pavor a lo que pudiera ocurrir, por eso no entró. Por eso decidió llamar a la sargento y esperar a que ella llegara. Pero la previsión no rima con el hecho, y las luces, que un rato antes se perdían por entre los huertos, ahora se acercaban hacia ella.

Lola se asustó. Arrancó su coche y se ocultó en uno de los caminos por donde no veía luz alguna, y desde ahí esperó hasta que vio salir de nuevo al todoterreno. Era el mismo. Al menos para ella lo era: negro, grande y con los cristales tintados.

—Irene —se atrevió a decir en voz alta, pero para ella misma.

Una parte de ella la llamó, intentó encontrarla dentro del vehículo. Y, aunque sabía que ella sola no podría rescatarla, se lanzó detrás del Volvo sin pensarlo, sin dudarlo.

No le importó que Virginia todavía no hubiese llegado, tampoco que su teléfono estuviese a punto de quedarse sin batería. Nada importaba si Irene estaba ahí adentro.

Lola persiguió, desde una distancia prudencial, al todoterreno en su trayecto a través de pequeñas carreteras secundarias hasta llegar a la Puebla Larga. Ahí sí se introdujo, durante unos pocos metros, en una carretera algo más ancha.

Lola pensó que los había perdido cuando, después de girar en un cruce, dejó de verlos. Habían desaparecido. El Volvo se había esfumado y, con él, las esperanzas de encontrar a Irene. Pero lo que en un principio parecía que iba a ser su fracaso más doloroso, se transformó en su descubrimiento más cruel.

A un lado, en el mismo polígono industrial de esa ciudad, vio aquello que más temía. Vio el Volvo aparcado a un lado de la calle, pero también un enorme camión con el remolque blanco y liso, sin marcas ni nombres, un camión bajo cuya fachada inofensiva ella sabía que se ocultaba el peor de los secretos.

Y fue en ese momento cuando todo el miedo que había sentido un rato antes se transformó en pánico, en un estado de agitación extremo que la empezaba a llevar por un camino de tensión, de sudor y frío, de latidos acelerados, de un temblor que no se acababa en los brazos, sino que continuaba por todo el cuerpo.

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Aceleró. No quería llamar la atención. Aceleró hasta llegar a una rotonda y luego volvió hacia el polígono. Y fue al volver a ver el camión cuando supo que tenía que actuar.

Aparcó a un lado de la carretera, a unos pocos metros, y tomó su teléfono. Ya había recibido más de cuatro llamadas de Virginia, aunque ella no las había percibido. Entonces se percató de que la sargento insistía una quinta vez, así que descolgó.

—¿Dónde está? —preguntó Virginia con la voz dura, enfadada. —Vengan rápido. Tengo al camión —susurró ella como si alguien

fuera a escucharla. Como si sus palabras invocaran a sus enemigos. —¿Como que tiene al camión?

—He encontrado el camión —repitió Lola sin llegar a oír a la sargento. Las manos le temblaban y los nervios le impedían concentrarse en nada más que su propia voz.

—¿Dónde está? —insistió la sargento algo más preocupada—.

Mándeme ubicación de nuevo y salga de allí, puede ser peligroso.

Pero el peligro ya la había encontrado y mostraba sus ojos blancos a través del retrovisor de su BMW.

Lola miró por el espejo y el miedo se hizo real. Ella pensaba que lo había conocido muchas veces: cuando le dijeron que su primer embarazo podría no seguir adelante, cuando tuvo que enfrentarse a las palabras de despedida de su marido. Pero ese miedo era distinto, el que te acerca a la muerte es tan distinto que no se puede comparar. Es como si todo cuanto existiera dejara de importar y solo una cosa se impusiera en tu mente. Ese último recuerdo antes de morir. No hay miedo más doloroso que el que te convence de tu último aliento. Por eso Lola no supo reaccionar.

—Lola, ¿está ahí? —preguntó Virginia sabiendo que algo iba mal—. ¡Lola!

La psicóloga colgó no porque quisiera hacerlo, lo hizo porque entendió que debía huir, marcharse de ahí, alejarse rápido y esperar que nadie más la siguiera. Pero esos deseos eran falibles, insuficientes ante una realidad cruel que pocas veces te regala ventaja. A Lola no se la regaló. Su realidad fue esa rabia en los faros del vehículo que se lanzó tras ella, que no dudó en embestirla con agresividad cuando ella intentó frenar en una curva.

Su primer grito se ahogó a causa del estruendo que había provocado el golpe. El segundo sí que se oyó con fuerza en el interior del coche. El tercer grito no llegó porque la psicóloga había roto en un llanto casi

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desconsolado que le nublaba la vista y hacía que la carretera se antojara borrosa, como si condujera por el interior de una espesa niebla.

Lola suplicó. Juró que su silencio sería eterno, pero no había nadie cerca para escuchar sus promesas vacías, tanto como el interés del todoterreno por detenerse. Las siguientes tres curvas fueron las que indicaron a Lola que todo terminaba.

En la primera el golpe hizo que su coche se retorciera de dolor mientras el metal se deformaba entre gemidos agudos. El vehículo derrapó ante la repentina pérdida de control, arañó el guardarraíl triste y oxidado, y levantó una lluvia de chispas que iluminó la carretera.

Lola gritó por el miedo que le provocaba saber que no disponía de tiempo. Por la rabia de no encontrar más soluciones. Ella, que siempre tenía una respuesta para todo, ahora no encontraba una para sí misma.

En la segunda curva varios cristales estallaron cuando el Volvo la golpeó con más fuerza que antes, lo que dejó que el frío de la noche se colara en el interior del vehículo.

—¡Por favor! ¡Dejadme! —bramó Lola.

Ya era tarde para ella y para su osadía despreocupada.

Fue la tercera curva la que acabó con todo. Estaba precedida por un cartel que informaba de la obligación de tomarla a menos de sesenta kilómetros por hora. Ella circulaba a cien. En esa curva no necesitó embestida. Lola supo que iba demasiado deprisa cuando oyó cómo las ruedas aullaban sobre un asfalto arenoso. Sintió cómo el volante se volvía gelatinoso, sin fuerza. Y vio cómo los árboles se acercaban a ella sin intención de apartarse.

El golpe fue intenso, tanto que el coche salió despedido por un lateral de la calzada y colisionó contra una acequia que separaba el asfalto del bosque. Lola vio el mundo dar vueltas mientras solo podía oír sus propios gritos. Ni siquiera percibió cómo las chapas rugían mientras se destrozaban por completo. Cuando todo terminó de dar vueltas, solo quedó el humo blanco escapando del motor y su rostro ensangrentado apoyado contra el reposacabezas.

Intentó recuperarse, deshacerse del incómodo airbag que pretendía ahogarla, pero no tenía fuerzas, se le habían escapado por la boca mientras el coche daba vueltas sin control.

Y, durante ese escaso minuto que tardó en llegar a ella la silueta que había descendido del todoterreno, no sintió nada. Ni miedo, ni dolor, ni

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alegría: nada. Un minuto en la inopia más absoluta, sabiendo que iba a morir, pero sin que nada importase.

A pesar de todo, los minutos pasan; más o menos rápidos, pero pasan. Y, cuando el suyo acabó, también lo hicieron sus esperanzas. Lola vio cómo ese sujeto se colocaba junto al coche y la miraba sin mostrar el más mínimo apego. Ella lo contempló a él mientras sentía la sangre resbalar por la nariz y balbució un «Por favor» que se perdió en sus labios.

Ese sujeto no tenía intención de escucharla. No quería hacerlo. Había llegado hasta allí para acallar a Lola, y su pistola certificó sus intenciones. Levantó el arma, apuntó a su cara y disparó.

Lola vio el destello que produjo la detonación del arma, pero no llegó a oír el disparo.

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Irene

82 horas desaparecida

Ella entendió, demasiado tarde, que las promesas son tan volátiles como un beso de alcohol, que duran lo que el interés resista. A ella le prometieron ayuda, le vendieron unas esperanzas que se disolvían entre sus propias lágrimas ya secas. Le juraron que estarían ahí, y no había nadie: ni sus padres, que prometieron protegerla siempre; ni su novio, que juró no apartarse de su lado; ni siquiera Rojo estaba ya, después de haber dicho que la sacaría de allí.

Para Irene ya no existían las promesas. No volvería a creer en ellas. Ni siquiera en las suyas propias, pues se prometió a sí misma ser fuerte, y estaba dejando de serlo.

Dejó de ser fuerte cuando no se resistió a ser introducida de nuevo en el maletero de ese todoterreno negro. Dejó de ser fuerte cuando despertó en esa fría camilla —después de un vaivén inquieto entre sus sueños y la realidad—. Y dejó de ser fuerte cuando no gritó al ver de nuevo esa máscara, ese tridente negro, esos ojos que vaticinaban una nueva noche de dolor y sufrimiento.

Irene lloró otra vez. Aunque no pidió clemencia, solo rezó por que acabara pronto, que acabara para siempre.

Esos ojos volvieron a canalizarse en su cuerpo semidesnudo, limpio y perfumado. La habían lavado antes de introducirla en ese cuarto metálico, frío y oscuro. La habían peinado y cambiado de camisón. Lo que Irene no vio es que también le habían colocado varios goteros y un par de monitores.

Negro.

Irene, en su mente, lo llamaba Negro no porque fuera ese el apelativo que le hubiesen impuesto y que ella no tenía forma de conocer, lo llamaba

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Negro por el tridente, por la similitud con Rojo. Por nada más. Y en esa habitación, esa fría noche, estaban ella y Negro. Él dispuesto a todo; ella solo a morir.

Se acercó a la camilla con movimientos lentos; pensados; minuciosos, se podría decir, y pasó la mano de tacto áspero debido al guante que portaba. Le acarició las piernas desnudas. Levantó el camisón unos centímetros, solo hasta que pudo verse parte del pubis, y retiró la mano. Negro se quedó ahí, observando su cuerpo, devorándola con calma.

Ella, en cambio, sintió cada uno de esos movimientos como afilados cuchillos desgarrando su piel. No le dolía el cuerpo, le dolía el alma. Intentó contener la respiración, que amenazaba con romperle el pecho. Quiso no llorar, pero no pudo evitar derramar un par de lágrimas. Y solo cuando presintió que el dolor se acercaba, decidió reaccionar.

En su mente dibujó mil escenas; todas ellas con una Irene volviendo junto a su familia. Pero solo fue una la que cobró sentido, y la que tomó el control de sus labios para obligarla a pronunciar una frase que no quería sentir.

—¡Mátame! —susurró con dolor y una voz que no era de ella: rota, arenosa y aguda; una voz que se desleía en su garganta.

Negro la miró y pareció sorprendido por la petición de Irene, tanto que corrigió su marcha, se volvió y dio dos pasos hacia la mesa de utensilios que le habían dejado preparados. Tomó un cuchillo de sierra y se acercó a ella. Él no habló. No le interesaba hacerlo. Solo acercó el filo helado a una pierna y presionó con cierta fuerza hasta que un pequeño hilo de sangre brotó con delicadeza.

Irene arrugó el rostro al sentir el dolor, aunque esa vez el dolor era distinto, enmudecido, a lo mejor, por todo ese líquido que bajaba por un tubo delgado y se introducía en el brazo. Pero, de todas formas, dolió. Y dolió más cuando Negro arrastró el cuchillo unos centímetros hacia los tobillos haciendo que el fuego que había sentido al principio creciera con fuerza. Esa vez su grito resonó con más fuerza e hizo que Negro levantara el cuchillo. Se acercó hasta la cintura y, por primera vez desde que se conocieron, habló.

—¿Es lo que quieres?

Y por un momento todo cambió. Esa voz hizo que todo cambiara. Por un momento Irene creyó reconocerla. Era una voz conocida, o su mente trataba de engañarla. Fuera como fuera, los ojos se abrieron mostrando la

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sorpresa que le había causado. No dijo nada. No quería preguntar. No se atrevía a hacerlo y tampoco sabía cuál era la pregunta correcta, por eso no dijo nada. Apretó los labios y cerró los ojos mientras esperaba una nueva marca en la piel ahora pálida y seca.

Y, cuando notó el frío del metal rozando el cuello, supo que su final estaba cerca. Cerró los ojos y pensó en todos sus seres queridos: pensó en Vicente, en esa sonrisa que le dedicaba cada vez que se despedían; en su madre y sus consejos diarios; en su padre y esa protección continua que no había servido nunca de nada. Y, cuando se había despedido de todos, respiró agitada justo antes de notar la caricia fuerte del cuchillo en el cuello.

No ocurrió nada.

Negro levantó con rabia el cuchillo y, tras lanzar un rugido, lo estrelló contra la pared del cuarto e hizo que el fuerte tintineo del metal resonara por todas los rincones. Aceleró el paso y en pocos segundos salió de ese cuarto.

—Cuando esté recuperada, volveré —dijo justo antes de marcharse.

Y esa voz, que tan conocida se le había hecho en un principio, dejó de significar nada para ella. Una vez más, como la noche, Irene se apagó lentamente sofocada por sus propios temores, exhausta, dolorida.

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Silencio de nuevo

Martes, 31 de mayo de 2022, 23:32

Carretera CV-576 dirección la Puebla Larga, Valencia

La última vez que Edgar condujo a más de ciento veinte kilómetros por hora fue cuando lo llamaron para informarle de que su cuñada estaba dando a luz. Y, durante un breve espacio de tiempo, recordó ese momento, esos nervios mientras circulaba a toda velocidad por las carreteras de Cartagena. Esa noche era parecida. Ningún familiar lo esperaba, pero sí que necesitaba llegar cuanto antes a la ubicación que Virginia le había proporcionado. Por eso conducía rápido adelantando a coches parsimoniosos que no tenían nada mejor que hacer; sorteando curvas cerradas, cruces peligrosos.

«No tenemos tiempo».

Las palabras de Virginia habían sido firmes y suficientes para entender que tenía que sacar toda la potencia de su Cupra Formentor. Ahora era el momento de exprimir esos 245 caballos de potencia híbrida que tenía su motor y resquebrajar el silencio de los huertos con el rugido tímido de su coche.

Dejó atrás las curvas, los coches, incluso sus propios pensamientos, y se centró solo en una cosa: dar con lo que Lola había encontrado.

No fue así.

Cuando llegaron a la Puebla Larga, ya no quedaba nada. Solo un pueblo casi desierto y unas calles teñidas de oro y bañadas por el rocío de la noche.

—Dijo que había encontrado el camión. Así que no creo que estuviera dentro del pueblo. Tenemos que buscar en las afueras: gasolineras o polígonos —anunció Virginia cuando recordó la conversación con Lola.

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Recorrieron cada calle del pueblo, de las afueras. Circularon durante minutos, tal vez horas, sin rumbo ni decisión.

—No hay nada —comentó Edgar cuando el cansancio le suplicó que volviera a la residencia—. ¿La has llamado?

—No lo ha vuelto a coger. —Virginia se mostraba preocupada. Desde que Lola colgó el teléfono no había vuelto a saber nada de ella, y eso solo podía significar una cosa—. Vamos a buscar en el polígono industrial.

—Virginia. ¿No sería mejor…?

—Por favor —insistió ella con la voz de quien pide algo más.

Edgar suspiró y puso rumbo al destino que el navegador le había indicado. Allí tampoco encontraron nada; solo calles desiertas y empresas que no conocían el trabajo nocturno.

Todo parecía haber acabado cuando el teléfono de Virginia sonó e hizo que respirara aliviada. Pero esa paz era efímera, y no iba a permitir que la sargento se relajara.

No era Lola. Y eso fue lo que preocupó más a Virginia: quien la reclamaba era el teniente Cabrera.

—¿A estas horas? —inquirió Edgar, que también supo que algo no marchaba bien.

Virginia se encogió de hombros y respondió.

—¿Estáis todavía con Antonio? —preguntó Roberto sin saludar siquiera. Él había sido informado de los movimientos que iban a hacer los sargentos, y no se había opuesto. Ahora parecía que quería sacar rédito de esa decisión.

—Estamos volviendo. ¿Qué ocurre?

—Me han llamado del puesto de la Pobla Llarga, dicen que ha habido un accidente cerca de ahí.

—¿Y qué tiene eso que ver con nosotros?

—La implicada es la psicóloga que estaba tratando a Lucía.

Y entonces todo enmudeció: Virginia, que, a pesar de haber presentido que eso iba a ocurrir, se retorcía de dolor al comprender su verdad; Edgar, que intentaba asumir esa nueva derrota. El que no calló fue Roberto, que volvió a insistir cuando se cansó de esperar.

—Están en la carretera de la Pobla a Rafelguaraf. Necesito que vayáis para allá.

—Estamos de camino —cuando Virginia respondió, lo hizo viendo cómo Edgar aceleraba con rabia y se introducía de nuevo en la oscuridad

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de esa carretera que los devolvía a una turbia realidad.

La carrera duró poco.

Un desfile de luces hizo que tuviera que reducir la marcha hasta casi detenerse al ver los dos vehículos de la Guardia Civil en la zona.

—¡Para! —dijo Virginia preocupada al ver el baile inquieto de las luces, que creaban sombras vivas donde debería haber solo penumbra—. Es aquí.

El sargento la miró y volvió la vista hacia el accidente. Vio las marcas de los neumáticos y, cuando recuperó la posición para poder buscar una zona donde aparcar, supo lo que iba a encontrar.

—Esto no ha sido un accidente —dijo casi certificando su afirmación cuando vio cómo los faros de su coche hacían refulgir los pequeños cristales que quedaban en el suelo en la curva anterior.

Aparcó con prisas y ambos se bajaron del coche. Caminaron con pasos rápidos ignorando a los únicos dos coches que circulaban por esa carretera y que por poco estuvieron a punto de atropellarlos. Solo cuando estuvieron delante de las dos patrullas de la Guardia Civil de Tráfico, aminoraron la marcha.

—No pueden estar aquí, señores —exhortó uno de los agentes con el rostro consternado, asustado al encontrarse con Edgar y Virginia casi por sorpresa.

—¿Qué ha pasado? —preguntó ella mostrando la placa que la identificaba como una compañera más.

El oficial reaccionó irguiendo el cuerpo casi hasta partirse el espinazo, y tragó saliva. Ni la noche pudo disimular el rubor que se le formó en la cara de mejillas hinchadas hasta casi ocultarle los ojos. Los labios los ocultaba con una barba ceniza y desprolija.

—Qué rápido han llegado. Hemos llamado a la central y estábamos cercando la zona —dijo el hombre, que rápidamente llevó la vista hacia el interior del bosque.

Allí sus compañeros iban rodeando varios árboles mientras colocaban la banda para delimitar la zona donde los compañeros de la científica comenzarían a trabajar.

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—¿Qué ha pasado? —se interesó Edgar sin intenciones apenas de escuchar. Su cabeza había empezado a trabajar sobre el terreno y, aunque le molestaba tener que volver a introducirse entre esos sucios y enfangados matorrales, no dudó en pisar con fuerza.

—Pues no lo sabemos bien. Esto no es cosa de un ajuste de cuentas o un intento de robo y, después de ver que la mujer esta era la que llevaba a la chica de Alcira, hemos sabido lo que teníamos que hacer de inmediato.

—¿Cómo sabíais quién era ella?

—No es muy difícil. Cualquiera que encienda la televisión a las diez de la mañana sabrá lo que está pasando. Este caso se está poniendo bastante caliente en cuanto a la prensa.

—Has dicho que no se trata de un ajuste de cuentas. ¿A qué te referías? —intervino Virginia al ver que Edgar comenzaba a perderse en los detalles del terreno.

—A ver, a simple vista es pronto para aventurarse a decir nada. —El oficial comenzó a caminar por el arcén de la carretera en dirección opuesta al accidente. Sus piernas cortas no ayudaban en la tarea de agilizar el tiempo, por eso Virginia carraspeó cuando su silencio comenzó a molestarla—. Aparte de las transferencias de pintura que hay en el vehículo de la víctima, hemos encontrado restos de cristales y chapas durante cientos de metros.

—La estaban persiguiendo —concluyó ella.

—En efecto: un vehículo negro, por lo que hemos podido averiguar. — El oficial señaló una chapa que había en el suelo, a un lado de la calzada.

Virginia no lo dijo, pero su interior gritaba de rabia mientras contemplaba la chapa del vehículo al intuir quién había podido ser el responsable.

—¿Y la víctima?

El oficial negó y agachó la cabeza, triste, con el corazón comprimido. Tragó saliva y, cuando volvió a levantar la barbilla, perdió la vista en la zona del accidente.

—Se la han llevado, pero no creo que puedan hacer mucho.

—¿Está viva? —preguntó sorprendida. Si algo había aprendido en sus años en el cuerpo es que, si alguien te persigue, no es para dejarte con vida.

—Le han disparado en la cabeza. Imagino que su estado no será muy bueno. La han tenido que reanimar en la zona antes de llevársela.

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—Disparado. ¿Le han…? —intentó decir Virginia, pero sus palabras se ahogaron cuando en su mente visualizó la escena con una imaginación inusitada en ella. Tragó con fuerza sin poder hablar.

—No hubiéramos tenido tan claro que debíamos llamarles si hubiera sido de otra forma. Como ya hemos dicho, todo encajaba con una persecución, podría ser un ajuste de cuentas perfectamente, pero, al tratarse de esta mujer, hemos sabido que había algo más.

—¿Tenemos algo más del vehículo que sacó a la víctima de la carretera? —preguntó Edgar tras despejar la mente y al ver los ojos vacíos de Virginia, que vagaba por un mundo que solo ella conocía.

—Poca cosa. Vamos a analizar las marcas de rodadura para ver qué tipo de vehículo era, pero imagino que sería un coche grande. Por el tamaño de la chapa, y sabiendo que es de un frontal, me arriesgaría a decir que era un todoterreno —el oficial hablaba con experiencia, con sabiduría en una voz que no temblaba al exponer sus hipótesis.

—¿Y de la víctima? ¿Habéis visto algo antes de que se la llevaran? Durante su trance, Edgar pudo analizar las marcas de arrastre que

había hecho el coche y dedujo que el accidente se había producido a causa de la velocidad. También pudo concluir que solo una persona había llegado hasta el coche y que había estado muy cerca de la víctima. Las huellas, todavía frescas, así lo anunciaban.

—Había mucha sangre, lo siento.

—¿Falta algo: bolso, móvil, cartera?

—Su bolso estaba en el asiento de atrás, con la cartera y ciento cincuenta euros en efectivo, documentación, papeles…

—¿Teléfono?

El oficial negó con la cabeza. Edgar miró a Virginia y asintió. No hacía falta comprender que el accidente había sido provocado por el miedo a que Lola hubiese podido grabar algo que pudiera implicarlos.

—Puede que haya salido despedido del coche. Ha dado varias vueltas de campana, así que no será difícil encontrar detalles a bastantes metros alrededor del vehículo.

Y con ese miedo, tanto Virginia como Edgar enmudecieron viendo cómo el otro agente terminaba de cercar la zona encerrando en un cuadrado de más de cien metros la despedida de Lola.

Tras ellos, todo un reguero de pistas y secretos que se repartían por una carretera casi desierta.

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Irene

92 horas desaparecida

Para Irene, despertar se estaba convirtiendo en una incógnita, en un mar complejo de dudas sin solución. Abría los ojos, sí, pero no era capaz de entender si estaba viva o muerta; si en la casa o en el camión; si seguía sola o alguien más la acompañaba.

Esa mañana despertó en mitad de una espesa penumbra y con su familiar haz de luz atravesando la habitación con menos fuerza que de costumbre. Todo parecía seguir igual salvo por un detalle: una incómoda sensación de flotación.

Se sentía extraña. La cabeza quería escapar del cuerpo, las piernas apenas obedecían a sus órdenes y en el brazo derecho un dolor intenso y continuo le hizo entender que algo no era normal.

Se palpó el brazo y entonces comprendió el porqué de su malestar. Varias agujas le atravesaban la piel, ya seca y cuarteada. De esas agujas, unos tubos conducían hasta unos goteros que, en mitad de esa penumbra, no podía reconocer si contenía algún tipo de líquido.

Y, como pasa cuando alguien se enfrenta a una situación que no conoce y teme, el corazón comenzó a latir con fuerza. El cuerpo empezó a calentarse sin remedio. Los nervios iban en aumento y con desesperación, pero sin voz, quiso deshacerse de todos esos tubos. Levantó las manos y entonces supo que no podría hacer nada: estaba anulada de cualquier voluntad, con las manos y las piernas engrilletadas, apenas podía moverse.

Quiso gritar, desgarrarse la garganta con gañidos que se escucharan a kilómetros. Y en su mente lo hizo. Gritó tan fuerte que incluso llegó a sentir el dolor. La voz, en cambio, jamás se proyectó.

—¡Ayuda! —dijo al fin en un susurro casi mudo, arenoso y grave. Por un momento, Irene había olvidado cómo era su propia voz, cómo eran sus

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ojos, su cara. Por un momento se olvidó de ella.

Pero su reclamo no cayó donde ella esperaba. Su voz atravesó la pared y llegó hasta la habitación contigua, esa donde había oído varias veces una voz femenina. Y desde ahí llegó la respuesta blanda y aguda que se deslizó por las pequeñas hendiduras de aquella pared vieja y húmeda. Fue un lamento lo que llegó hasta Irene e hizo que abriera los ojos e intentara prestar atención.

—Quiero salir de aquí —dijo al otro lado una voz tan dolida como la de Irene, y con menos fuerzas todavía.

Ella se incorporó tanto como las cadenas le dejaron y trató de acercarse a la pared, de escucharla con mayor claridad, de ofrecerle su voz como bálsamo ante el dolor que esa situación les producía. Por eso se esforzó en pronunciar con fuerza, a pesar de los cuchillos que le arañaban la garganta.

—¿Estás bien? —preguntó Irene.

Pero no obtuvo respuesta. No al menos la que ella esperaba. Al otro lado seguía oyendo el lamento de esa chica, su llanto casi conformista.

—No quiero volver ahí —dijo la voz pasados unos segundos.

—Ahí ¿dónde? —Irene intentaba comunicarse, pero la muchacha no parecía oírla.

—Quiero salir de aquí.

—Todo saldrá bien. Te lo prometo. ¿Cómo te llamas?

Pero su pregunta se esfumó de golpe cuando el crujido de la puerta la puso en alerta. Solo durante unos segundos, los suficientes para entender que no era su puerta la que se iba a abrir, sino la de esa chica, que ya no lloraba como las primeras veces. Ahora su llanto era de alguien que se resigna, sin ganas, a hacer algo, como el llanto de un niño que no quiere entrar en el colegio.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió con ella. Y con su silencio, las nuevas dudas de lo que podría ocurrir. Sabía que ella acabaría tan resignada como la muchacha con la que acababa de hablar, y entonces recordó las palabras de Rojo: si quería salir de ahí, tendría que enfrentarse a sus propios límites.

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Volviendo atrás

Miércoles, 1 de junio de 2022, 07:23

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

Ojeras marcadas, fatiga muscular, irritabilidad y muchos más síntomas eran los que tanto Virginia como Edgar estaban sufriendo. La falta de sueño es peligrosa y, aunque potencie la creatividad, reduce la concentración. Virginia estaba cansada, demasiado cansada, tanto que no era capaz de prestar atención a las voces que cuchicheaban a su alrededor —en mitad de esa limpia y fría sala de espera del Hospital de Alcira—.

—Deberíamos volver —sugirió Edgar, que se mostraba todavía más cansado que ella. En su caso y sin sus típicas cremas, sus signos se mostraban nítidos, exagerados ante aquellos que no se habían acostumbrado a verlo así de demacrado.

—Tenemos que saber cómo está.

Y en mitad de esa dura espera apareció de la nada una silueta que nadie esperaba portando tanto misterio como seriedad. Era Raúl, quien había llegado hasta la sala de espera y, con el rostro lívido y serio, se acercó a los agentes.

—Me acabo de enterar de lo ocurrido. ¿Cómo está?

Virginia lo miró con dureza, con un pequeño resquicio de odio transcribiéndose en sus labios trémulos. Pero ella sabía que debía serenarse aunque el cansancio le pidiera otras cosas.

—No sabemos nada —respondió escueta.

—Me han comentado que Lola pudo descubrir algo. ¿Qué descubrió? Y esa pregunta cayó demasiado fuerte sobre el cuerpo de los dos

agentes. Virginia había reaccionado de inmediato al oír esa interesada pregunta. Edgar, en cambio, tardó unos segundos más debido a que se

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centraba en la presencia del doctor que aguardaba junto a la entrada de la UCI.

—¿Quién le ha dicho que había descubierto algo?

Entonces Raúl comprendió que su desliz no había pasado desapercibido para Virginia, que empezaba a juzgarlo de manera abierta.

—No me lo ha dicho nadie. Lo estaban comentando tus compañeros cuando he llegado. Por eso he venido enseguida.

—¿Y han sido ellos los que han dicho que Lola pudo descubrir algo? —He escuchado que decían que estaba siguiendo a alguien y tuvo un

accidente. ¿Es cierto?

La sargento arrugó la nariz ofendida. Apartó la mirada y contó hasta diez para evitar hablar más de la cuenta.

—No creo que sea momento de hablar de ella. Ahora es importante que se recupere y, si me disculpa… —Virginia se levantó y comenzó a caminar hacia Edgar, que ya la esperaba a pocos metros del doctor—. Hablamos más tarde —dijo a modo de despedida.

Raúl todavía seguía ahí cuando Edgar y ella comenzaron a caminar con el doctor hacia un lugar algo más íntimo.

—¿Son ustedes los agentes que llevan todo este caso? —preguntó el hombre como si necesitara esa confirmación para desvelar todos los detalles de la víctima. Su mirada añeja y cansada aguardó con tranquilidad la respuesta de Virginia.

—En efecto. Él es el sargento Edgar Santana y yo la sargento Virginia Luque. ¿Cómo se encuentra Lola?

El hombre, de cabello oscuro, mirada clara y tez dorada, suspiró con ese dolor de quien tiene que decir algo realmente malo, algo que nadie está dispuesto a oír.

—El pronóstico no es nada bueno. La señora Canales está en un coma inducido y no es seguro que despierte. Y, en el caso de hacerlo, todavía es muy pronto para poder aventurarse a predecir cuál va a ser su estado.

—¿Quiere decir…?

—El accidente no causó grandes daños. No fue así con el disparo. La bala entró por la cavidad ocular izquierda y salió por la zona del hueso temporal del lado contrario. Creemos que pueda tener dañadas varias zonas importantes del cerebro, a nivel de lóbulo temporal y tronco encefálico.

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Todo eso para Virginia era como mazazos sobre hierro. Cada palabra era un golpe más fuerte, más sonoro, que no solo la alejaba de su objetivo, sino que la aislaba de todos los apoyos que podía tener. Apretó los labios ante el repentino dolor que le surgía en el pecho y cerró los ojos.

—¿Qué puede pasar a partir de ahora?

—Nada es seguro. De momento vamos a ver cómo evoluciona y si es posible retirar el soporte vital. Todo empezará por ahí. Después de eso, si todo sale bien, ya habría que valorar su estado. De momento no queremos moverla hasta ver que esté estable dentro de la gravedad. Será entonces cuando podamos valorar el traslado a Valencia para seguir con un tratamiento mucho más efectivo.

—¿Por qué no la llevaron a Valencia directamente? —preguntó Edgar sorprendido.

—El accidente se produjo de noche, y eso hizo que el traslado aéreo a Valencia fuera imposible. Dado el delicado estado en el que se encontraba, la mejor decisión fue la de traerla aquí para estabilizarla y, si eso se producía, solicitar ya el traslado a Valencia.

—¿Qué piensa usted, doctor? —insistió Virginia aferrándose a unas esperanzas nimias.

El hombre volvió a suspirar.

—Siento decir esto, pero, si esta pobre mujer consigue salir de aquí, no será la misma que era hace un día. Si los pronósticos son ciertos y las pruebas que le hagan en Valencia demuestran que el daño se localiza en las zonas que he mencionado, poco podremos hacer. No sabremos si podrá hablar, si comprenderá lo que le digan, si caminará. Ni siquiera podemos saber si podrá volver a respirar por sí misma. Esa zona del cerebro es muy delicada. Lo siento —dijo como si le pesara su propio pronóstico.

—¿Podemos hacer algo?

—Si son creyentes, rezar; si no lo son, entonces, solo pueden esperar. Ahora, si me disculpan… —El hombre agachó la cabeza rendido ante el dolor de tener que arañar el alma de otras personas.

—Gracias, doctor —Virginia se despidió y, con el ánimo destrozado, comenzó a caminar en dirección a la salida. Edgar la siguió con un paso casi tan fúnebre como el de ella.

Ambos caminaron sin decisión, ignorando los cuerpos sentados en esa misma sala que ellos habían ocupado minutos antes, también los pasos acelerados de otros médicos. Incluso la presencia de una de las hijas de

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Lola pasó desapercibida para ellos. Ni la muchacha de ojos inyectados en sangre y manos temblorosas ni ellos fueron capaces de entender que compartían el mismo dolor.

Ya en la calle y con la luz del día quemándoles los ojos, ambos se dedicaron unos minutos para reflexionar detenidos junto a la puerta de acceso.

—No tenemos nada —dijo ella con dolor—. Lola podría morir sabiendo la respuesta. Y nosotros no tenemos nada.

—Tenemos que seguir investigando. Estamos cerca.

—¿Cerca de qué? ¿¡De quién!? —Su rabia había crecido durante los últimos minutos haciendo que comenzara a derramarse, por momentos, en gritos que no quería proferir, en palabras que le dolían tanto a ella como al resto.

—De todo. Si Lola encontró algo fue porque sospechaba de alguien. Tenemos que saber de quién sospechaba. Tendremos que hablar con las personas que estuvieron con ella estos últimos días.

Virginia lanzó la mirada al suelo. No sabía qué decir, qué pensar. Tampoco era capaz de intuir cuál debía ser el camino que tenían que seguir. Estaban dando vueltas sin rumbo, saltando de pista en pista sin saber en cuál centrarse, hasta que una sombra hizo que los dos se giraran sobresaltados.

—Perdón, no quería asustarlos —dijo una voz femenina y dulce.

No hizo falta presentaciones: ni por parte de la muchacha de pelo castaño largo y liso, ojos claros y cara delgada, ni por la de los sargentos, que la reconocieron de inmediato.

Lo primero que hizo Virginia fue buscar en sus manos el micrófono de Antena 3, ese que llevaba viendo durante días cuando informaban de los avances del caso, pero no lo llevaba, solo las manos desnudas: ni micrófono, ni cámaras, ni ayudantes. Solo estaba Sofía Cabañas y su sonrisa casi eterna, tan brillante como en pantalla.

—Ya se ha dicho muchas veces que para cualquier cosa referente al caso vayan a habar con el gabinete de prensa del cuerpo. Nosotros no vamos a decir nada —respondió ella ofuscada, nerviosa, intentando alejarse.

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—No estoy aquí para entrevistarlos. Creo que podría ayudarlos.

—No creo que la prensa sea la ayuda que necesitamos en este momento.

—Discúlpenme, pero pienso que, en un caso así, cualquier ayuda es la que se necesita. He venido sin cámaras ni micros. Llevo varias horas esperando a verlos llegar para hablar con ustedes.

—Bien, pues diga lo que tenga que decir. Somos todo oídos —expuso la sargento con displicencia.

La muchacha, rendida al egoísmo orgulloso de Virginia, puso los ojos en blanco y se rascó la nariz mostrando su molestia.

—Puedo irme si quieren. Solo trato de ayudar —respondió con más orgullo que el de Virginia.

—Estaremos encantados de escucharte. Por favor… —Esa vez fue Edgar quien, sabiendo que podían perder un avance claro en la investigación, decidió mediar entre las dos mujeres.

Sofía sonrió e inclinó ligeramente el cuerpo para dirigirse, de forma descarada y desdeñando la presencia de Virginia, a Edgar.

—Bien. Como saben, llevamos varios días siguiendo todos los datos del caso. Hemos intentado hablar con familiares y amigos. Y, como todo está muy cerrado, decidimos que empezaríamos a seguir a los familiares de Lucía. Ayer estuvimos siguiendo a Raúl.

—¿Por qué querríais seguir al padre de Lucía? —preguntó Edgar sorprendido.

—Verá, hace días que observamos un comportamiento extraño. —¿Qué quieres decir? —Edgar había empezado a mostrarse

interesado, nervioso incluso.

—Es algo difícil de explicar. Era una sospecha más que nada. Por eso, ayer por la tarde, cuando estábamos en el hospital esperando a que él saliera, vimos a Lola. Como no teníamos nada que hacer, decidimos seguirla. Y entonces…

Su silencio no solo aumentó la ansiedad de los dos agentes, sino también el miedo a lo que venía a continuación. Fue un silencio provocado por la necesidad de encontrar, en su iPhone 13 Pro rosa, la prueba que reforzara su teoría.

—No sé si había quedado en verse con él, el caso es que fue directamente al campo de fútbol a buscarlo.

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—¿Buscar a quién? —preguntó Edgar, pero por simple necesidad de corroborar las sospechas que habían nacido cuando mencionó el campo de fútbol.

—A él —dijo Sofía mostrando la pantalla de su teléfono. En ella se podía ver a Javier hablando con Lola. Pasó varias imágenes más que mostraban cómo el rostro del muchacho iba cambiando poco a poco hasta que, en la última, se lo veía montándose en su moto.

—¿Sabes a dónde fue? —exigió él con necesidad.

—Creo que, si hubiéramos seguido a Lola, tendríamos más respuestas. Quizá nos equivocamos siguiendo a Javier, pero sí, pudimos ver a dónde fue.

Y la siguiente imagen dejó sin voz tanto a Edgar, como a Virginia.

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Cerca

Miércoles, 1 de junio de 2022, 09:41

Cuartel de la Guardia Civil de Alcira, Valencia

—¿Cómo tenéis el valor de hablar con la prensa? Sabéis lo delicado que está el asunto —Ángel se mostraba preocupado, enfadado hasta el punto de lanzar pequeños dardos de saliva cada vez que hablaba.

—¿Piensas que somos tontos? —respondió en un brote de rabia insolente Virginia—. Fue ella la que vino a darnos las pistas. No pienses que llevamos dos días en esto.

—Cualquiera lo pondría en duda viendo lo que hacéis.

—¿Y qué hacemos? —explotó ella desafiándolo.

Ángel sonrió, soltó el brazo del cabestrillo de tela donde lo tenía apoyado y movió ligeramente el hombro para desentumecerlo.

—¿De verdad tengo que enumerarlo? —Y solo cuando el silencio de la sargento se hizo duro, continuó—: Bien. Pues vais a vuestra bola; interrogáis a personas por cuenta propia, sin orden del juez ni papeleos; os ponéis a hacer de héroes en mitad de la noche, y ahora también os dedicáis a recopilar pruebas de dudosa procedencia. Y sigo pensando que bajo precio pactado.

—¡Que te den, Ángel! A ti y a tus mierdas de teorías —gritó Virginia señalando al sargento, que seguía sonriendo.

—Bueno, chicos, haya paz —intervino Cabrera cuando se aburrió de presenciar aquel triste espectáculo.

La sala donde se reunían los cuatro responsables del caso de Lucía e Irene estaba desierta, fría a causa de los veinte grados que Roberto quería mantener en el ambiente, tensa por culpa de Virginia y Ángel.

—Cuánto más tiempo perdamos aquí, menos tiene Irene.

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—Edgar tiene razón. Dejemos las peleas para cuando todo haya acabado, sea como sea, la información que la sargento Luque y el sargento Santana han obtenido es buena, así que vamos allá —defendió el teniente ante la mirada cínica de Ángel, que resopló con orgullo.

Y sin esperar más, todos obedecieron las órdenes de Roberto y se marcharon a por una nueva verdad. Quizá estaban cerca de la verdad que todos buscaban, tal vez todavía demasiado lejos, solo lo podrían saber cuando llegaran a su destino.

No hay nada peor que conducir cansado: las curvas se hacen raras, las rectas se muestran diferentes. Edgar intentaba disimular el agotamiento que sentía, pero su poca precisión para mantener la dirección del coche lo delataba, aunque Virginia tampoco parecía darse cuenta.

Llegaron a esa casa que habían visitado días antes, cuando supieron quién había sido el causante de las heridas que Javier mostraba en el rostro. Ahora las intenciones de los agentes eran otras: menos amistosa, más firmes.

Vicente abrió la puerta y no pudo disimular su asombro al ver a los cuatro agentes apostados frente a la entrada de su casa y con cara de pocos amigos. Supo por qué estaban ahí, aunque tratara de disimular. Se acercó con cuidado a la puerta metálica.

—¿Qué pasa? ¿La habéis encontrado?

Edgar comenzó entonces su análisis. Intentó mirar más allá del cuerpo de Vicente, buscar en el interior de la casa pistas que pudieran permitirle ahondar en la mente del joven. Vio las marcas de tierra seca en los neumáticos de su BMW, las manos inquietas de Vicente, el sudor temprano de su cuerpo.

—Lo cierto es que no, lamentablemente nos estamos encontrando con muchos escollos por el camino —respondió Virginia con cierta ironía, que Vicente detectó.

—¿Entonces por qué habéis venido?

—Pues porque necesitamos hablar contigo. ¿Podemos pasar?

El chico abrió la puerta tras quince segundos de duda. Y, aunque los dejó entrar en casa, no permitió que avanzaran más allá de la entrada.

—¿Qué está pasando?

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—¿Cuándo fue la última vez que viste a Javier? —lanzó ella sin perder tiempo.

Vicente se humedeció los labios y calló durante otros quince segundos, que Edgar entendió que eran para poder procesar con calma sus siguientes movimientos.

—Ya os lo he dicho: cuando nos peleamos.

—Vaya, imaginaba que dirías algo así, y no sabes cómo me cabrea y me entristece. Por un momento había confiado en ti —dijo Virginia negando con la cabeza, como si realmente sintiera lo que estaba diciendo, como si de verdad le dolieran las mentiras de Vicente.

—Venga, chaval. Se te acabó el chollo. Te vienes con nosotros —dijo Roberto asiéndolo por el brazo.

El chico intentó zafarse, pero, al entender que su esfuerzo podría acarrearle consecuencias peores, se dejó llevar unos metros.

—¡Esperad! ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?

—Cuando te hagan preguntas así, lo mejor es que contestes la verdad, muchacho. No son preguntas, solo están buscando saber en qué bando estás —aconsejó Cabrera con su ironía típica.

—¿Qué verdad? Os juro que no sé de qué me estáis hablando.

—Ayer vino a verte Javier. —Roberto lo soltó dándole un leve empujón para que Vicente acabara justo frente a él—. ¿Por qué has mentido?

Entonces sí, el chico entendió el consejo de Roberto. Apretó los labios y apartó la cara como un niño tímido que tiene que aceptar una reprimenda.

—No sé para qué vino. Estuvo cinco minutos y lo mandé a la mierda. ¿Por eso me queréis joder?

—No. Te queremos joder por mentirnos, por hacernos venir hasta aquí para perder el tiempo y porque me cabrea tener que dar explicaciones.

—Yo no he mentido. Vino para que lo ayudara.

—¿Para qué lo ayudaras? ¿Con qué quería que lo ayudaras? —esa vez fue Virginia la que preguntó.

Vicente se rascó la cabeza y bufó con hastío. No quería tener que verse involucrado en temas legales. No le hacía nada bien, pero todo aquello era por Irene, y Vicente moría por ella.

—Creía que yo sabría dónde encontrar a Mario. Me pidió que lo llevara hasta allí.

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—¿Hasta dónde? —preguntó de nuevo Roberto, con algo más de seriedad.

—Hasta una caseta donde solía vivir Mario, una caseta pequeña que usaba para quedar con sus amigos o pasar los fines de semana.

—¿Y tú cómo sabes todo eso?

Vicente se acarició la cara debido al incómodo momento que atravesaba. Tener que asimilar y confesar todo aquello le dolía tanto como si él mismo fuera el responsable.

—Conocí a Mario en los entrenamientos. Él también quiso entrar en kick boxing, pero su temperamento hizo que lo expulsaran. Javier conocía esa historia, por eso me pidió la dirección. Luego se marchó.

Todos lo miraron mientras el silencio se hacía pesado bajo un sol que iba calentando la tierra, un silencio que fue roto, de repente, por Edgar.

—Sigues mintiendo —dijo sin ningún tipo de remordimiento.

Vicente se volvió hacia él sorprendido, con los ojos abiertos como los de los asistentes a una rave de Pirámide.

—¿Qué has dicho?

—Que estás mintiendo. Acompañaste a Javier. ¿Qué más hicisteis? —Ya os he dicho que vino a preguntarme eso y se marchó.

—¿Para qué quería la dirección? —preguntó Edgar con los ojos cansados, pero fijando la mirada en el rostro encendido de Vicente.

—No me lo dijo. Solo que quería encontrarlo.

—Vuelves a mentir. —La voz de Edgar se endurecía por momentos y llegó a parecer una amenaza en su última afirmación—. Tu coche está lleno de barro seco, lo que implica que hace poco estuviste circulando por un camino enfangado. Y, sabiendo que hace dos días lo limpiaste, todo indica que esas marcas se han hecho en las últimas horas. ¿Acompañaste a Javier?

—No pasa nada. En el cuartel nos dará las respuestas —sentenció Roberto volviendo a empujar su cuerpo tenso y firme.

—¡Esperad, joder! Vale. Sí, lo acompañé a buscar a Mario. Javier dijo que podría tener a Irene, así que no lo dudé. Fuimos hasta su caseta, pero no encontramos a nadie.

—¿Y entonces qué hicisteis? —volvió a preguntar Edgar algo más relajado.

—Nada. Él dijo algo de que podía saber dónde estaba. Y mencionó algo de los padres del Chema. Pero yo ya no quise entrar en sus rollos, así

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que se fue él solo. Y esta vez os juro que digo la verdad.

Virginia miró a Edgar y ambos pensaron lo mismo: la madre del Chema los había engañado.

—Bien, yo me llevo a este prenda al cuartel. Vosotros id a ver a la madre del Chema y sacad todo lo que podáis. Nos vemos de vuelta. — Roberto se hizo a un lado mientras sujetaba por el brazo a Vicente, que se revolvía con rabia mientras protestaba.

Pronto su casa pasó a ser un recuerdo mientras Edgar aceleraba por la carretera en dirección a Rafelguaraf una vez más.

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Una madre es una madre

Miércoles, 1 de junio de 2022, 13:01 Rafelguaraf, Valencia

Esa vez el pueblo lucía diferente, cubierto por una fina pátina lumínica, como si un telón de luz envolviera las casas. Habían avisado a Pascual de sus intenciones, pero ni Virginia ni Edgar estaban dispuestos a esperar, así que se presentaron solos en casa de la madre de José Luis.

Todo era distinto a como había sido la primera visita. Los golpes en la puerta sonaron más fuertes; el sol, desde su cénit, castigaba con más dureza a los dos agentes que comenzaban a sentir el olor del cansancio. Cuando Alicia abrió la puerta, sus ojos también tenían otro brillo distinto al de la primera vez.

—Señora Lloret, ¿tiene un minuto? —preguntó Virginia con un respeto que le costaba mostrar.

—¿Qué ocurre ahora? ¿Dónde está Pascual? —Alicia hacía honor a las arrugas que se dibujaban en su rostro mostrando una desconfianza casi predictiva, intentando buscar una presencia más junto a los dos agentes.

—Está de camino, pero de momento nos gustaría charlar con usted en privado, si es posible.

—¿De qué quieren hablar? —La mujer parecía nerviosa, inquieta, como si sus miedos estuvieran a punto de aflorar.

—De su hijo, José Luis. Podemos hacerlo aquí, si lo prefiere. —La amenaza de Virginia iba con unas intenciones claras: hacer que Alicia mirara a su alrededor, al movimiento de las cortinas de las demás viviendas, al murmullo silente de vecinos curiosos.

Cuando entendió que lo mejor era seguir manteniendo la posición social que ocupaba, se apartó para que Virginia y Edgar entraran. Al hacerlo, su rostro se volvió oscuro, frío.

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Con la puerta cerrada y un ambiente hostil, los sargentos se prepararon para una entrevista difícil. Edgar fue el primero en darse cuenta cuando vio que Alicia había entornado la puerta y avanzaba sin interesarse en la posición de los agentes. Su intención era alejarse, huir de ellos. Y, aunque su cuerpo entero temblaba, su orgullo conseguía disimular su miedo.

—Ya están dentro. ¿Qué es lo que pasa?

—Nos gustaría que nos dijera dónde podemos encontrar a José Luis. —Ya les dije el otro día que no sé dónde…

—Señora Lloret, sabemos que nos está mintiendo y que oculta a su hijo en algún lugar. No estamos aquí para juzgarla: entendemos que es su madre y tiene que protegerlo, pero está en juego la vida de una joven inocente. Y no queremos pensar que quiera ser parte de todo esto.

La mujer tragó con fuerza obligada a devorar las duras palabras que Virginia había proferido sin ningún tipo de remordimiento. La sargento sabía lo que decía. Sabía que sus palabras podrían ablandar el orgullo de una madre. Pero hay ocasiones en que el amor de madre es tan grande que incluso puede borrar cualquier resquicio de humanidad. La bonhomía había sido el resumen de vida de Alicia, que ahora se oscurecía por culpa de unas sombras que nacían de sus propias entrañas.

—No sé de qué me hablan —respondió con la voz casi doblada debido al esfuerzo que tenía que hacer para mantener su postura.

—Sabe de qué le hablamos. Y también sabe dónde está. Le pedimos que recapacite y nos diga dónde encontrarlo.

Pero Alicia seguía negando con la cabeza. Negándose a ella misma como si en su interior se librara una sangrienta batalla entre sus dos mitades: esa que le pedía hacer lo correcto; y su otra mitad, la que ejercía de madre bajo cualquier imprevisto. Siguió sacudiendo la cabeza durante varios segundos hasta que un crujido fuerte en la puerta hizo que todos se volvieran. Era Pascual quien acababa de entrar.

—Lo siento, estaba abierto. ¿A qué se deben estas prisas? —preguntó el hombre, que había accedido a la vivienda junto con su compañera.

—Pascual, por favor, diles a estos agentes que se marchen de casa.

Estoy empezando a encontrarme mal.

El policía miró a Alicia y luego se centró en las posturas estáticas de Virginia y Edgar, que no parecían estar dispuestos a marcharse.

—Si alguien es capaz de decirnos lo que está pasando, es posible que Patri o yo podamos echar una mano.

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Entonces Virginia suspiró. Desde pequeña había odiado los pueblos pequeños porque sabía que en ellos no existía lo naturalmente correcto. En los pueblos todo el mundo se conoce y lo correcto es lo que hace que unos y otros no acaben enfrentados. Por eso supo que revelar su motivo podría acabar por devolverlos al pozo de silencio del que parecía que no podían salir.

—Estamos casi seguros de que la señora Lloret nos ha ocultado información delicada del caso de Lucía García e Irene Sanaguas. Creemos que está ocultando a José Luis en alguna de sus propiedades. Solo queremos saber dónde se ubican estas propiedades.

Pascual entrecerró los ojos, como si quisiera dudar de las palabras de la sargento, como si no estuviera dispuesto a creerla. Pero cuando apartó la mirada de Virginia y se centró en Alicia, su rostro mutó por completo.

—¿Sabes dónde está José Luis, Ali?

La mujer no respondió. No de inmediato. Se dedicó varios segundos a poder liberar todos esos nervios que resbalaban por su cuerpo.

—Ya les he dicho que no lo sé. Pascual, te digo que no sé dónde está José Luis.

—Entonces ¿por qué no les das la dirección de la caseta y te olvidas? Si allí no hay nadie, no tienes que perder el tiempo.

—¿Y por qué ellos tienen que entrometerse en nuestra vida? No es justo, Pascual.

Pascual no dijo nada. Su mirada se había encendido y la rabia parecía querer dominar su cuerpo. Edgar lo vio. Vio cómo sus manos se tensaban al escuchar el alegato orgulloso de Alicia, cómo se volvía hacia su compañera.

—Patri, puedes quedarte con Alicia. Voy a acompañar a los sargentos hasta la caseta de José Luis.

—Descuida, no nos moveremos de aquí.

Y esas palabras, que Alicia tomó como amenaza, cayeron con fuerza en su rostro, que se encendió casi de inmediato.

—¡Pascual! No te atrevas a ir ahí. No tienes mi permiso. No te doy permiso para que vayas ahí —gritó la mujer comenzando a perder el control.

Pero ni Pascual, ni Virginia, ni Edgar querían escucharla más. El policía sacudió la cabeza a los sargentos para pedirles que salieran

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mientras Patricia se acercaba a Alicia y se colocaba frente a ella impidiendo que esta avanzara.

La mujer luchó por pasar la barrera que Patricia ejercía en el salón, pero no consiguió más que moverla unos pocos centímetros de su posición.

—¡Pascual! Hazlo por nosotros. No vayas, por favor. No vayas.

Los gritos de Alicia continuaron cuando los agentes se hallaron fuera de la vivienda. Entendieron que ese nerviosismo era producido por un miedo mayor, uno que ahora compartían los agentes, aunque ese miedo había pasado a un segundo plano.

Durante los siguientes metros nadie más habló, no porque no quisieran hacerlo, sino porque sus mentes trabajaban en otro plano distinto, uno en el que se dibujaban las siguientes horas de la vida de los tres agentes.

—Bien, la caseta de José Luis está a las afueras del pueblo, un poco escondida. No es muy grande, tiene un acceso difícil y es probable que, si alguien se oculta ahí, nos escuche llegar, así que tenemos dos opciones: o aparcamos fuera y entramos caminando o vamos con todo.

—Llévanos hasta allí y decidimos en el sitio. Primero tenemos que reconocer la zona —dijo Edgar con un valor que no sentía por dentro.

—Vamos entonces. —Pascual comenzó a caminar hacia el Dacia Logan con los distintivos de la Policía Local.

El trayecto apenas duró diez minutos. Pueblo pequeño, carreteras vacías y muchos nervios fue el resumen del viaje.

Pascual aparcó justo en la entrada a un caminal de grava y vegetación, angosto y recto, que conducía, a través de los huertos, a la casa de José Luis, que se vislumbraba a lo lejos, semioculta entre los árboles y protegida por una valla metálica.

—Allí está. Como os había dicho, si entramos por aquí, nos oirá llegar.

Así que el factor sorpresa se perderá.

—¿Hay otra salida? —preguntó Virginia centrada en la caseta vieja y sucia que se apreciaba al final del camino.

—No. Pero hay muchos huertos. Puede escapar por allí.

—Bien. Uno de nosotros tendrá que ir por dentro del huerto y rodear la casa para evitar que escape por ahí. Los otros dos entrarán con el coche. Si

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están el Chema o Mario y van armados, es fácil que abran fuego, así que debemos tener algo con lo que protegernos.

—De acuerdo, yo iré por el huerto —dijo Pascual mientras comprobaba el estado de su arma.

Edgar lo miró y de nuevo, como había ocurrido la última vez que vio una pistola, su cuerpo comenzó a sudar. Sus labios se resecaron de inmediato y apenas pudo pensar en nada más que en el sonido de los disparos que Mario descargó contra él, en el ruido de la piedra recibiendo cada impacto. Su corazón se aceleró tan rápido que apenas pudo escuchar el reclamo de Virginia.

—¡Edgar! —gritó ella por segunda vez para alertar, ahora sí, a su compañero—. ¿Estás conmigo?

Él asintió y, cuando lo hizo, se dio cuenta de que Pascual ya no estaba. Mientras luchaba contra sus propios terrores, el policía había comenzado a introducirse en el huerto y se dirigía ya a casa de José Luis.

—Cuando nos avise Pascual, entraremos. Quiero saber si estás conmigo. Si no vas a estar preparado para disparar, lo mejor es que te quedes aquí.

—No sabré si lo estoy si no me enfrento a ello —dijo Edgar con toda la sinceridad que su garganta le permitió lanzar y que nacía de su corazón. Aunque sabía que todo su cuerpo temblaba, entendía que debía enfrentarse a sus propios miedos. Solo esperaba no tener que hacerlo.

—Esto no es un juego, Edgar. Esta vez puede acabar distinto —arguyó ella alzando su brazo vendado.

Él agachó la mirada, herido en su orgullo, culpándose por la estampa que Virginia lucía. Pero el tiempo corre deprisa cuando todo va mal, y ese día parecía estar volando. El teléfono de Virginia sonó para alertar de que Pascual ya estaba en posición.

—Vamos.

Y los dos se introdujeron en el coche. Los doscientos metros que duró el viaje fueron eternos, una odisea lenta y tambaleante: por un lado, Virginia no perdía de vista la casa; por otro, Edgar se atormentaba por todos los finales que predecía. Aunque todo pareció calmarse cuando llegaron frente a la puerta de la casa. Un silencio atronador flotaba en aquel ambiente enrarecido, un silencio solo roto por el canto de los pájaros y el viento que susurraba entre los árboles.

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—Parece que no hay nadie —comentó Virginia tras acercarse a la puerta.

Pero, como pasa en los peores accidentes, todo cambia en una fracción de segundo. El segundo de ellos se tradujo en un grito ahogado que provino del interior de la casa y que hizo que Virginia desenfundara el arma de inmediato sin que llegara a verse el movimiento de sus manos.

—Algo va mal —aseguró ella.

Edgar la miró. Contempló el interior de la casa y se aferró a la puerta metálica, que no tardó en ceder debido a una escasa seguridad.

Ambos entraron y se separaron tanto como pudieron mientras rodeaban la puerta principal. Y, desde allí, Virginia golpeó la madera añeja de la puerta con fuerza, un golpe que revivió en el interior de la casa un nuevo grito que se dejó oír con más fuerza, pero al mismo tiempo con la misma debilidad. Era un grito angustioso, como si algo o alguien hubiera tapado su boca.

—¡Guardia Civil! Abran la puerta —rugió Virginia con una voz gutural, con rabia, con el corazón acelerado.

—¡Largo de aquí! Tengo una pistola y pienso usarla.

Esa voz sonó distinta: fuerte, con tono y consistencia. No era la voz que habían oído primero, y eso Edgar lo supo.

—Hay alguien más —susurró él a su compañera. Y pronto comprendieron la realidad, cuando apreciaron, a lo lejos, la rueda trasera de una moto, que había sido ocultada dentro de un pequeño cobertizo sin puertas.

—José Luis, no queremos hacerle nada. Salga con las manos en alto y sin ofrecer resistencia.

—¡He dicho que os vayáis! No pienso salir de aquí.

Y, mientras hablaba, Virginia asió el pomo de la puerta y abrió. La luz entró primero dejando a la vista una sala vacía repleta de latas de cerveza abolladas y de ceniceros plagados de colillas y porros.

—¡Fuera! —volvió a gritar la voz, ahora con más rabia.

Edgar pudo prevenir que la voz nacía del interior de la vivienda, una zona a la que se accedía por una puerta que se encontraba en mitad de la sala. Para llegar a esa puerta había que pasar por delante de dos ventanas abiertas.

—Vamos —dijo Virginia caminando con rapidez y en cuclillas por la marquesina hasta llegar a la puerta.

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Edgar, en cambio, lo hizo más lento, avanzando con cuidado y colocándose debajo de la primera de las ventanas. En ese momento los vio.

No era José Luis quien gritaba, sino Mario. Y no era este el que más miedo le dio a Edgar, sino la presencia de Javier agotado, sentado en una silla, amordazado y con una Beretta apuntando a su cabeza.

La Beretta pronto cambió de objetivo al ver la figura de Virginia asomada en el marco de la puerta. No dudó. Mario abrió fuego contra la amenaza que la sargento suponía. Fueron tres disparos que hicieron a Virginia volver a protegerse tras la pared, tres balas que se perdieron entre la madera del marco de la puerta y la pared de la marquesina.

—No vais a cogerme con vida, cabrones —gritó Mario volviendo a colocar el arma en la cabeza de Javier.

—Tiene a Javier —dijo Virginia a Edgar, que se encontraba mirando a un punto fijo de la pared.

Su corazón quería escapar de su pecho y apenas escuchaba los reclamos encendidos de su compañera. Había intentado tomar su arma, pero, cuando quitó la seguridad de la funda, el sudor del cuerpo se convirtió en lava que le abrasaba toda la piel. De nuevo volvía a notar en la mano el dolor de un recuerdo que nunca quiso tener.

—¡Edgar! —exclamó Virginia angustiada de ver a su compañero.

Este reaccionó y, haciendo un esfuerzo necesario, sacó el arma, la sujetó con fuerza y respiró hondo.

—Lo sé. Tiene una pistola semiautomática: quince balas.

—¿Tienes blanco?

Sí, tenía blanco. Edgar tenía el cuerpo de Mario libre de obstáculos.

Desde su posición, y más sabiendo que el objetivo ignoraba su presencia,

Edgar podía apuntar, prepararse y disparar sin ningún tipo de problema.

—Tiene a Javier como escudo. No tengo blanco —mintió. No lo hizo por miedo a errar, sino porque todavía el arma pesaba en sus manos. Había disimulado al cogerla, pero seguía sin quitarle el seguro al arma. Seguía sin llenar el cargador.

Virginia se volvió y aguardó en su posición. Intentó buscar la solución, pero no encontraba ninguna forma de entrar si no era por esa puerta.

—Mario, estás rodeado. No tienes nada que hacer. Lo mejor es que te entregues y no hagas esto más difícil. Nadie quiere lamentar una pérdida innecesaria.

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—¡Que os den! No pienso salir si no es con los pies por delante. Y juro que, si volvéis a intentar algo raro, le vuelo la cabeza a este hijo de puta.

Edgar volvió a asomarse con cuidado por la ventana para ver cómo sujetaba con rabia el cuello de la camisa de Javier, cuyos ojos parecían suplicar. En su rostro ensangrentado se abrían varias heridas ya secas.

—Mario, es tu última oportunidad —amenazó Virginia, que parecía tener un plan. Se volvió hacia su compañero y susurró—. Cuando te diga, golpea la ventana para llamar su atención.

Edgar no dijo nada. Ni siquiera asintió. Su mente intentaba procesar la exigencia de Virginia y adelantarse a lo que iba a ocurrir. Cuando él golpeara la ventana, Mario dispararía contra él. Y eso acababa de despertar en su cuerpo un terror todavía mayor para el que tenía que prepararse. Respiró hondo y cerró los ojos.

—Ahora —chilló ella dando la señal a Edgar.

Este apretó los dientes con fuerza y, con los ojos cerrados, golpeó el cristal de la ventana. Mario no tardó en reaccionar haciendo que las balas reventaran el cristal y lanzaran los fragmentos como una fina lluvia sobre el cuerpo tembloroso de Edgar, que se había acurrucado contra la pared.

Virginia aprovechó ese descuido para pasar al otro lado de la marquesina, aunque atrajo de nuevo dos disparos más hacia ella. Mario descargó más de ocho balas en esa maniobra, intentando evitar que Virginia o Edgar accedieran al salón. Lo que no previó fue que una tercera persona pudiera estar al acecho, que esa tercera persona hubiera encontrado una ventana por la que acceder y llegado hasta él cobijado por la oscuridad del salón y los gritos de su arma. Cuando Mario se dio cuenta de ese error, ya era demasiado tarde. El cuerpo de Pascual se había abalanzado sobre él con todo su peso.

Los gritos pronto callaron cuando Mario intentó vaciar el cargador contra Pascual sin saber dónde disparaba. Cuando el arma dejó de escupir fuego, Virginia entró con decisión para ayudar al oficial. Edgar, en cambio, aguardó unos minutos más acorralado por sus miedos y hecho un ovillo junto a la pared. Solo reaccionó al oír nuevos gritos, esa vez de Javier.

Cuando Edgar se asomó al salón, pudo ver que no todas las balas se habían perdido por la habitación. Una de ellas había entrado por el costado del cuerpo de Javier, que aullaba de dolor mientras la sangre salía a borbotones por la herida.

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Llévanos hasta ellos

Miércoles, 1 de junio de 2022, 15:49

Cuartel de la Guardia Civil de Alcira, Valencia

Habían pasado varias horas desde lo ocurrido en la caseta de campo de Alicia, pero Edgar todavía guardaba en las retinas las imágenes de los últimos minutos. Seguía oyendo el llanto desolado de Javier, las instrucciones angustiadas de Virginia, los berridos salvajes de Mario.

Ahora todo había pasado. La calma volvía a su alrededor, pero no a él. Miraba con desconfianza el cuerpo estático de Mario sentado en una silla de la sala para entrevistas que tenían en el cuartel. Este se mostraba inquieto, nervioso, agresivo. No dejaba de revolverse en su silla mientras llamaba, de vez en cuando, a nadie en particular para que lo sacaran de allí.

—¿Vas a entrar? —preguntó Virginia justo antes de abrir la puerta.

Él no dijo nada, solo asintió y se dispuso a acompañarla, pero, justo un segundo antes de que Virginia abriera, la asió por el brazo y detuvo su avance.

—¿No deberíamos esperar a los demás?

—Ya he hablado con Cabrera. Dice que está en algo importante, que vayamos adelantando y en una hora nos vemos aquí.

Edgar asintió sin mostrar un convencimiento completo, dejándose llevar por los ojos encendidos de Virginia. Ella estaba ansiosa por entrar y no iba a esperar a nadie.

Por eso entraron, ella con más decisión que él, aunque él con mucho más poder analítico. Edgar podía ver más allá de los insultos que Mario lanzaba. Veía el fulgor en su cuello, los colores vivos en su cara, sus movimientos nerviosos de manos. Veía más miedo que rabia en el cuerpo del sospechoso.

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—Ya me tenéis. ¿Por qué mierda me hacéis perder el tiempo aquí? — farfulló con orgullo Mario. Su cabello ahora se veía sucio, brillante y con varios de los bucles pegados a su frente, como si llevara días sin lavarse. Su rostro tampoco mostraba más pulcritud. Ni siquiera había rastro de decoro en su actitud.

—Tenemos tiempo. Vas a pasarte un buen tiempo en Picassent, así que déjanos entretenernos un rato. —Virginia, en cambio, había olvidado su respeto, sus modales. Hablaba con desprecio a un chaval al que no pretendía ganárselo.

—No voy a estar ni un mes. No tenéis nada más que una pistola que no es mía y un chaval que había intentado entrar en mi casa para agredirme. Solo me estaba defendiendo.

—¿Defendiendo? ¿Al secuestro lo llamas defenderse? Vaya, me sorprendes, Mario. Eso sin mencionar que esa no es tu casa, sino la de la madre de tu amigo. ¿Qué piensas que va a decir un juez?

—No lo había secuestrado. Él vino a agredirme. Yo solo me defendí. —Secuestro, retención ilegal: llámalo como quieras, pero es delito

igualmente; sin olvidarnos del homicidio en grado de tentativa, la tenencia de armas, amenazas, resistencia al arresto, agresión. Y todavía no estamos ahondando en tu implicación en una banda armada, trata de blancas y, bueno, ya se nos ocurrirá algo más.

En ese momento el rostro de Mario palideció mientras negaba por instinto. No era capaz de intuir que sus problemas no habían hecho más que comenzar.

—Todo eso es una puta locura. Yo no he hecho nada de lo que dices — se defendió él incorporándose sobre su asiento.

Virginia intentó sonreír, pero su cansancio era mayor que su ironía y solo pudo entrecerrar los ojos, vidriosos y rojizos.

—¿Qué hacías en la casa de campo de la familia de José Luis Rodríguez?

—Estaba cuidándola. De vez en cuando vamos a pasar unos días allí y cuidamos los huertos —respondió con agilidad Mario.

—¿Y dónde está José Luis?

—No tengo ni idea. Salió ayer y no ha vuelto. No sé dónde puede estar.

—¿Y te deja quedarte en la casa cuando él no está? —interrogó Virginia acercándose a la pregunta que quería hacer.

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—Tenemos confianza.

Ella sonrió, esa vez sí. Lo hizo cuando supo que su encerrona había dado resultado. Saboreó con calma la siguiente pregunta, esa que sabía que iba a hacer que Mario volviera a su estado exaltado.

—¿La suficiente confianza como para participar en un secuestro, para retener y torturar a una joven inocente?

Y, como había predicho ella, los ojos de Mario crecieron al entender que había caído casi sin darse cuenta, que había pisado el cepo que la sargento le había colocado sin ocultar siquiera; a la vista, como el holgazán que no quiere cargarse de trabajo. A pesar de ello, él había ido directo a pisar la trampa.

—¿Qué chorradas dices? —contestó ofendido en un burdo intento por evitar la pregunta.

—¿Disfrutasteis violando a Lucía? —arremetió de nuevo la sargento con más fuerza.

—No sé de lo que me estás hablando.

Edgar se incorporó y frunció el ceño. Había estado callado durante toda la entrevista no por miedo a decir nada, sino porque quería analizar cada gesto de Mario, cada movimiento; descubrir sus faroles, aprenderse los gestos que delataban sus mentiras. Y, cuando lo hizo, se preparó para tomar el relevo.

—Sabes de lo que te estamos hablando perfectamente —dijo él con firmeza. Miró a los ojos a Mario y continuó—: Igual que nosotros sabemos que tu agresividad hacia nosotros no se debe a otra cosa que al miedo. ¿Miedo a qué? O, mejor dicho, ¿miedo a quién?

Y entonces Mario, sí, mostró que había mentido durante mucho rato. Lo mostró tragando saliva con fuerza, apartando la mirada, guardando un silencio que Virginia supo interpretar.

—Podemos ofrecerte soluciones, pero tienes que ayudarnos. —Necesitamos saber dónde esconde José Luis a Irene. Y tú puedes

ayudarnos. Si lo haces, nos ocuparemos de que estés en una buena cárcel, protegido para que nadie pueda hacerte nada —continuó Edgar motivado por sus aciertos.

—¿Y si no?

Virginia se mordió los labios durante unos segundos mientras guardaba sus palabras para amasarlas debidamente. Cuando pudo respirar sin tensión, respondió:

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—Si no, sencillamente no haremos nada. Creo que todos sabemos lo que pasará cuando entres en Picassent.

Mario bufó con rabia, consciente de la dura encrucijada en la que se hallaba, sabiendo que, hiciera lo que hiciera, estaba condenado.

—No tenéis ni idea de toda la mierda que hay aquí detrás —dijo cuando su resignación lo dejó hablar.

—Pero tú puedes ayudarnos a entenderlo.

—Yo no sé una mierda —habló con orgullo y un matiz suave de verdad. Habló casi convencido—. Yo he sido un puto pelele de mierda que se ha dejado llevar.

—¿Llevar por quién? ¿Por el Chema?

Mario frunció el ceño con ironía como si le molestara tener que responder esa pregunta, como si sus palabras hubiesen sido suficientemente claras.

—Al principio parecía todo muy lejos. Era como un juego de niños perturbados que se limitaban a ver vídeos, pero, de repente, un día, dejó de ser un juego y pasó a ser algo muy real, muy cercano.

—Psique —afirmó Virginia.

Mario reaccionó de inmediato, como si esa palabra le quemara por dentro, como un tabú peligroso, una palabra que nadie debía pronunciar.

—¿Los conocéis?

—Gracias a vosotros —respondió con dolor ella—. ¿Qué puedes decirme de esa banda?

—No sé mucho. Quien más sabe de ella es José Luis. Yo solo vi los vídeos que colgaban, vídeos muy chungos, muy jodidos.

—Y te gustaron.

—Al principio era algo distinto. Podría decir que hasta me ponía ver esos vídeos de violaciones. No a niñas, eso es asqueroso, pero sí en general. Lo que luego hacían con ellas ya era otro tema. Pero esa banda ya lo dice: solo los fuertes pueden vencer a la locura y, con ese lema, cualquiera que se plantaba delante de sus vídeos tenía que demostrar que era capaz de soportarlo. Chema estaba obsesionado con todo ese rollo de la locura, de la mente y los trastornos.

—¿Cuándo os convenció de uniros a Carlos y a ti?

—Hace unos meses. Dijo que había podido contactar con la banda y que podíamos ir a uno de sus juegos. Al principio sonó interesante, pero es

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cierto eso de que solo los fuertes pueden enfrentarse a la locura. Hay cosas para las que no estamos preparados.

—¿Secuestrasteis a Lucía?

Mario apartó la mirada. Avergonzado y en silencio, se negó a responder más por el miedo que le producía tener que hacerlo que por intentar convencer a dos agentes que ya tenían todo muy claro.

—Mario —llamó Edgar con suavidad, y esperó hasta que este le prestara atención—. Sabemos que tanto tú como Carlos y Chema llevasteis a Lucía a la casa y la retuvisteis ahí. ¿Lo hicisteis por dinero?

—¿Dinero? ¿Casa? ¿Qué estáis diciendo? Yo nunca he estado en ninguna casa. Yo solo… —Y en ese momento Mario calló. Quizá porque entendió que los sargentos estaban en una historia distinta—. El único que iba a la casa era el Chema.

—¿Dónde está esa casa? —preguntó, nerviosa, Virginia.

—No tengo ni puta idea. Yo nunca estuve ahí, pero Chema dijo alguna que otra vez algo de casas abandonadas.

Virginia miró entonces a Edgar con un pequeño atisbo de esperanza, creyendo que podrían estar cerca.

—¿Nunca dijo dónde estaban esas casas?

—No. El tema de la casa era algo que él guardaba con recelo. El único que creo que supo dónde estaba fue Carlos, y mirad cómo acabó.

—¿Qué pasó con Carlos?

Mario giró la cara para evitar que el golpe de esa pregunta doliera tanto. Le dolía recordar cómo murió Carlos, y mucho más tener que contarlo.

—Carlos era el que llevaba la furgoneta. Cuando cogimos a Lucía, yo me quedé en el pueblo vigilando por si veía algo extraño. Carlos y Chema llevaron a Lucía a la casa.

—¿Con Irene pasó lo mismo?

Este asintió con la vista todavía clavada en la pared de la sala. —Después de lo de Irene, empezamos a ver cosas raras. Carlos

amenazó a Chema con dejarlo todo y yo… Bueno, yo también me enfadé.

No era normal que entre nosotros hubiera secretos.

—¿Secretos? ¿Qué tipo de secretos?

—Nada. Olvidadlo. —Y entonces sí, Mario se volvió hacia ellos. Parecía haber recuperado parte del conocimiento y no quería seguir desvelando detalles.

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—Mario, si Carlos murió, tienes que entender que, si quieren acabar contigo, lo que necesitas realmente son amigos capaces de protegerte.

El joven lanzó una carcajada despiadada que rozó el orgullo de la sargento. Esta se sonrojó, dominada por la rabia, y apretó las manos sin decir nada.

—¿De verdad creéis que podéis protegerme? Si ni siquiera sabéis a quiénes tenéis por compañeros.

Esa vez fueron los agentes los que palidecieron al escuchar las palabras de Mario. Edgar intentó buscar en sus labios las pruebas de que todo era un farol, pero podría haber jurado que esas palabras habían sido las más sinceras que Mario pronunció en toda la tarde.

—¿Qué quieres decir? ¿A quién te refieres? —exigió Virginia casi como una amenaza. Sus ojos inyectados en sangre atravesaban el cuerpo fibroso del joven, que no era capaz de aguantar la mirada.

—Si supiera a quién me refiero no estaríamos ahora hablando con tanto misterio. Y seguramente tampoco estaría yo aquí. Ya escapé por los pelos en casa de Carlos. Dudo que vuelva a escapar. —Y en ese momento se levantó la camiseta con cierto esfuerzo para mostrar una venda que le cubría la cintura—. Por suerte solo fue un arañazo, pero estuvo muy cerca.

Entonces Edgar analizó todos los acontecimientos pasados, los encuentros con Mario en concreto.

—Por eso reaccionaste así cuando te encontramos corriendo. Pero no lo entiendo. ¿Por qué seguir con tus rutinas sabiendo que te estaban buscando?

—¿Rutinas? ¿De qué mierda hablas? —Los ojos de Mario crecieron al oír la pregunta de Edgar.

—Gabriel Chumillas. ¿Lo conoces?

—En esos barrios nos conocemos todos. ¿Qué le pasa a ese loco? —Él nos dijo que solías salir a correr por esa zona todas las noches.

Y las palabras de Edgar entraron con fuerza en el cuerpo del joven, que empezó a mirar a los lados mientras cavilaba entre varias situaciones. Cuando llegó a su conclusión, rio con fuerza.

—Ahora mismo tengo mis dudas. No sé si me querían joder a mí o a vosotros.

Los sargentos se miraron al sorprenderse por segunda vez en pocos minutos.

—¡Explícate! —exigió con fuerza Virginia.

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—Cuando mataron a Carlos, José me dio una pistola. Me dijo que, si iban a por mí, tenía que estar preparado. Estuve escondido hasta que me llamó Chema y me dijo que me recogería en ese parque a las ocho. Cuando lo estaba esperando, me volvió a llamar diciendo que me habían seguido y que saliera cagando hostias de allí. A los pocos minutos aparecisteis vosotros.

—Por eso nos disparaste. Pensabas que éramos los que mataron a Carlos. Pero te dije que era guardia civil —argumentó con cierto rastro de dolor Edgar.

—A mí eso no me decía nada. Los que mataron a Carlos también podían serlo. Y ahora que lo pienso, si a mí me la jugaron así, creo que deberíais ver quién es vuestro topo.

El silencio cayó con fuerza después de las palabras de Mario e hizo que tanto Virginia como Edgar asumieran esas palabras como una amenaza muy seria.

—¿Por eso has huido? —continuó Virginia.

Mario asintió con cierto alivio, aunque desgastado al haberse liberado de todo ese peso que le oprimía el pecho.

—Llevo desde entonces en la casa del Chema.

—Y él sigue yendo a la casa. ¿Sabes si se ve con alguien más? —Ella se mostraba inquieta, obsesionada por conocer las respuestas a sus preguntas.

—Ese fue el motivo de la desconfianza de Carlos. Chema tenía un socio que nunca se dejó ver. Y no era justo si todos estábamos en el mismo equipo.

—¿Cómo que un socio?

—El que pagó por Lucía y también por Irene. Solo hablaba con Chema. Y nosotros queríamos saber quién era, por seguridad.

—¿Nunca os dijo nada? ¿Ni un nombre?

—Nada.

Entonces Virginia, que intentaba ir por delante de sus palabras, recordó lo que había dicho Lola y los nombres que Lucía había pronunciado.

—¿Alguna vez te habló de un tal Rojo? —Esa vez Virginia quiso ir más allá. Intentó ahondar más en los detalles de ese secreto.

—¿Rojo? —inquirió con desconcierto el joven.

—Según hemos sabido, la banda se caracteriza por llevar unas máscaras blancas con los labios negros y un símbolo en la frente que suele

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ser de diferentes colores.

—Vale. El psi. Lo conozco sí, pero no tengo ni idea de quién llevaba el psi rojo. Normalmente a los que participan en los juegos le dan la máscara con el psi negro. Cuando salen del camión, deben destruirlo.

Virginia, sorprendida, volvió a buscar en su compañero un apoyo que necesitaba tanto como la ducha que se había negado durante varias horas. Cuando volvió a centrarse en Mario, su corazón palpitaba con tanta fuerza que incluso llegaba a dolerle.

—¿Has llegado a ver el camión?

Mario agachó la barbilla humillado ante sus propias confesiones, que nacían de su alma desatada y le llevaban a arrojar palabras que no hubiera estado dispuesto a lanzar de haberse permitido diez segundos para pensar.

—Solo por dentro. Siempre nos llevaban con los ojos vendados y nos soltaban dentro. Cuando acabábamos, nos volvían a vendar los ojos.

—¿Quiénes participasteis en los juegos?

—Todos —confesó con pesar el joven. Con un dolor que era tan suyo como del resto de los presentes—. Incluso el amigo de Chema estaba, por eso empezaron las desconfianzas. No entendíamos que él tuviera que estar ahí, y encima era el que más participaba.

—¿Cuántas veces hubo eso que llamáis «juego»? —se interesó Virginia.

—Demasiadas. No recuerdo si fueron cuatro o cinco, si hubo alguna más sin nosotros. Solo sé que, después de la segunda, a Carlos y a mí nos empezó a dar mal rollo todo aquello. Desde dentro no es igual. Cuando uno mira un vídeo de internet, puede hacerse el fuerte, el duro, viendo cómo mutilan y destrozan a otra persona. En persona todo cambia. El olor que desprende la víctima, muerta de miedo; el de la sangre; el tacto de un cuerpo mutilado. Hay que ser un verdadero monstruo para hacer eso. Aunque de eso se trata. Es lo que vende esa banda.

—¿Convertirse en un monstruo?

—Liberarlo —sentenció Mario con la mirada oscura.

Virginia quiso continuar, exprimir a Mario como se exprime una naranja, vaciarlo de todo el contenido que tuviera, pero Mario parecía cansado y con pocas cosas más que decir. Aunque no estaba dispuesta a rendirse, un golpe en la puerta la obligó a retirarse. Era Roberto quien la esperaba fuera.

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—Vamos a ir a por Raúl. Tenemos algo interesante. Nos vemos en el despacho. —Y se retiró veloz sin esperar respuesta de la sargento. Ella volvió al interior y alertó a Edgar de que debían marcharse, no sin antes lanzar una última pregunta a Mario.

—¿Alguna vez el Chema te dijo de qué color era su psi?

Mario la miró y apretó los labios.

—Verde.

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Irene

101 horas desaparecida

Hay decisiones que llegan tras mucha meditación. Otras, en cambio, vienen forzadas, provocadas por situaciones que no dependen de uno, que te obligan a tomar un camino por el que no tenías previsto transitar. Pero lo haces, no por voluntad. Lo haces porque es la única forma de seguir adelante; derribando ese muro, arrancando esas hierbas, levantando las piedras que te impiden avanzar.

La decisión de Irene llegó por culpa de todo lo vivido allí dentro. A raíz del sufrimiento que había tenido que soportar y de todo el dolor y la soledad. Ahora, su decisión estaba tomada, aunque ella todavía no lo sabía.

La puerta se abrió y rompió una vez más la oscuridad que ya formaba parte de ella. Irene miró la silueta oscura que se perfilaba bajo el marco de la puerta: una sombra inmóvil que la observaba desde la distancia.

Observaba su precariedad.

Su decadencia.

Observaba el cuerpo marchitado de una joven que nunca había valorado su belleza, aunque supiera que la poseía.

—¿Dónde está? —preguntó Irene cuando supo que era Rojo quien había abierto la puerta. Y, al saber que era él, su interés viajó hasta el recuerdo de la voz que habitaba en la sala contigua.

—¿Dónde está quién?

—La otra chica. La que tenéis en la otra habitación.

Rojo calló, más por el miedo a responder que por las dudas que pudieran asaltarle. Tenía la respuesta a la pregunta de Irene, pero no sabía si debía ofrecérsela. A cambio, caminó hacia ella en silencio. Comprobó cada gotero, revisó su temperatura, su color de piel. Y, solo cuando supo

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que Irene parecía recuperarse, volvió a ser el Rojo de siempre. Ese que se preocupaba por ella, que intentaba salvarla de aquel infierno en el que había caído.

—No tenemos tiempo, Irene —dijo con la voz algo más desgastada—.

Mañana será la última noche. Tienes que decirme si vas a ser fuerte o no.

Solo así podré ayudarte.

Irene comprendió lo que Rojo decía, pero en su interior no quería descifrar sus palabras. Se negaba al hecho que se presagiaba en esa amenaza oculta.

—¿Tiempo para qué? ¿Qué va a pasar?

—Irene. Tienes la oportunidad para escapar, pero va a depender de ti. —No haré nada hasta saber qué le ha pasado a la otra chica. La que

teníais en la habitación de al lado.

—Ahora no es momento —se enfadó Rojo, que parecía estar más centrado en la puerta que en la propia joven.

—¡No! —estalló Irene, incapaz de pensar ya. Su cabeza abotargada solo tenía mensajes destinados a conocer el estado de aquella chica. Solo así podría aceptar su decisión. Ella sabía la respuesta, pero la necesitaba para justificar sus motivos.

—¡Ya no podemos hacer nada! —gritó Rojo, aunque su voz se ahogó de forma rápida cuando supo que se había propasado. Volvió a mirar hacia la puerta para asegurarse de que nadie más los acompañaba—. Solo quedas tú, Irene, y no voy a dejar que acabes igual.

Igual.

Ella no dijo nada. No así su cabeza, que repetía una y otra vez esa última palabra: «Igual». ¿Cómo habría acabado la otra chica? ¿Dónde estaba? ¿Seguiría viva? Esas preguntas hicieron que Irene prestara atención a las siguientes palabras de Rojo.

—Escúchame bien, Irene. Tienes que decidir ya. No vamos a volver a vernos y, si no decides ahora, ya no podremos hacer nada.

Ella tragó con fuerza y cerró los ojos. Fueron unos segundos eternos los que pasó tratando de asimilar lo que iba a hacer.

—¿Qué tengo que hacer? —dijo liberando así la decisión que había tomado el primer día.

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Dos días

Miércoles, 1 de junio de 2022, 17:37 Alcira, Valencia

Los nervios no se podían disimular. Tampoco la tensión ni el sueño. Hay estados que se dibujan en el rostro a carboncillo y dejan trazos oscuros por toda la cara, sobre todo en los ojos. Los de Virginia se mostraban caídos, amoratados y cansados. Intentaba contactar por todos los medios con Cabrera antes de llegar al hospital.

—¡Joder! —rugió con rabia al sentirse inútil—. Tenemos que dar con Gabriel para que nos explique el juego ese de hacernos ir a la boca del lobo.

—Solo se me ocurren dos situaciones para ello —respondió Edgar. Sus ojos eran otros: igual de cansados y amoratados, pero con menos ira que los de Virginia—. O nos querían muertos a nosotros o a él.

—¿Y quién le dio la orden? Han sabido dónde estábamos desde el primer momento.

No hubo tiempo para más lamentos ni hipótesis. El Hospital de Alcira se encontraba ya frente a ellos y una nueva visita los aguardaba, al igual que dos patrullas de la Guardia Civil que esperaban en la entrada junto a Roberto y Ángel, y una lluvia de flases que molestaban tanto como un enjambre furioso de abejas alrededor.

Cuando Edgar y Virginia llegaron, aquellos se volvieron hacia ellos con los ánimos de quien tiene que trabajar un domingo por la tarde.

—Llegáis tarde —expuso Cabrera sin tono.

—Te estaba llamando.

—Tengo el móvil en el coche. No es momento de llamaditas. Raúl está dentro y creo que no nos espera, así que debemos darnos prisa.

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—Necesitamos que pidas una orden para volver a detener a Gabriel Chumillas —ordenó Virginia sin avanzar hacia la entrada, cosa que sí había hecho el teniente.

—Ahora tenemos que ir a por Raúl. Después ya haremos lo que tengamos que hacer.

—Es importante que vayan…

—Ahora tenemos que ir a por Raúl —repitió Roberto estirando el brazo hacia la puerta acristalada que daba acceso al hospital.

La sargento frunció el ceño, miró a Edgar y, negando con la cabeza, se resignó a obedecer las órdenes del teniente, que no había esperado una nueva réplica y ya caminaba varios metros por delante.

—¿Por qué vamos a por Raúl? —preguntó ella cuando se introdujeron en el ascensor.

En ese caso no fue Roberto quien se preparó para hablar, sino Ángel, que sonreía dispuesto a disfrutar de sus siguientes palabras.

—¿Recuerdas lo que contó Samuel de que en la última asamblea tuvieron un pequeño desacuerdo? Bien, hemos conseguido el acta de esa junta. Al parecer se aprobó la compra del taller de Ernesto por un monto de más de medio millón de euros.

—¿Medio millón de euros? —se sorprendió Edgar, que no entendía ese movimiento tan extraño.

—Más de medio millón. Creo que se llegó a aprobar una oferta de seiscientos cincuenta mil euros. No sé si Ernesto llegó a aceptarla, pero el acta deja claro que no hubo mayoría absoluta en esta decisión. Uno de los accionistas se negó a esa compra. Seguro que adivinas de quién se trata.

—Samuel —la voz de Virginia no mostró dudas. Habló con convicción, segura de sí misma.

—En efecto. Samuel se negó de forma tajante a la compra del taller. Es más, al parecer hubo un enfrentamiento entre él y Raúl que acabó con la amenaza del primero hacia todos los accionistas.

—¿Entonces por qué estamos aquí? Deberíamos ir a por Samuel, no a por Raúl —arguyó Edgar, que no entendía bien aquel movimiento que Roberto había hecho.

—Samuel no da señales de vida desde ayer por la noche. Nadie sabe dónde está, por lo que Raúl es la siguiente pieza clave.

—¿Cómo que nadie sabe dónde está?

—No se le ha visto desde anoche. Y su coche tampoco está.

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No hubo tiempo para más. El ascensor llevaba un rato abierto y los agentes todavía no habían salido. Fue Roberto quien rompió la barrera que la incredulidad había formado y comenzó a caminar hacia la habitación de Lucía. Allí aguardaban los dos agentes que seguían custodiando la puerta y, justo cuando faltaban unos metros para llegar, el doctor Falguera salió con calma del cuarto y dejó la puerta cerrada. No se sorprendió de los guardias civiles, sí en cambio de la procesión que casi ocupaba todo el pasillo.

—¿Ocurre algo? —preguntó preocupado cuando topó con Roberto. —¿Sabe si está el señor García en la habitación? —Sí, están todos con Lucía.

—¿Cómo está? —La voz de Virginia se coló por encima del hombro del teniente, que lanzó una mirada de soslayo a la sargento.

—Bastante mejor, aunque sigue sin hablar mucho. Todavía se encuentra bastante afectada y el hecho de que la psicóloga no esté ha hecho que no avance.

—¿No ha venido nadie a verla todavía? —se interesó Roberto. —Nadie. Y de seguir así, voy a tener que tomar alguna decisión. Por

mi parte, no veo necesario que siga internada en el hospital. Si no tengo una orden al respecto, mañana le daré el alta médica.

Roberto asintió y vio cómo el doctor se alejaba con velocidad por el mismo pasillo por el que ellos habían llegado. Ahora solo les quedaba salvar un último obstáculo y se encontrarían de frente con Raúl y una nueva verdad que todos sabían que iba a ser difícil de conseguir.

Y esa sensación aumentó cuando la puerta se abrió y los ojos de Raúl se posaron sobre los agentes. Solo Roberto y Virginia entraron, el resto permaneció fuera.

—¿Qué pasa? —preguntó Raúl al verse inundado, de pronto, por una multitud de agentes que no portaban grandes sonrisas. Y eso solo podía significar una cosa.

—Buenas tardes —anunció Roberto con el mayor de sus respetos, un respeto que ni Virginia conocía.

En la sala aguardaban Raúl e Israel a los pies de la cama y, a un lado de la cama, su madre, que le sujetaba la mano con fuerza.

—Nos gustaría hablar con ustedes en privado, si no les molesta — pidió Cabrera mirando a los dos hombres.

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Estos negaron con la cabeza mientras la rabia se iba adueñando de sus manos. Raúl apretaba con fuerza los puños mientras disimulaba mirando por la ventana.

—¿Y tenéis que venir al hospital para hablar conmigo?

—Será muy poco tiempo. Necesitamos aclarar un par de cuestiones y podrá volver a reunirse con su hija.

—¿Y si me niego? —amenazó Raúl con los ojos achinados a causa del enfado que se percibía en todo su cuerpo.

—Lo siento. —Roberto mostró el papel que Ángel le había entregado justo antes de entrar en la habitación—. No puede negarse.

Ahí se acabó todo.

La rabia de Raúl.

El respeto de Roberto.

El temor de Inma.

Todo cambió cuando el teniente alzó la orden del juez para entrevistar a Raúl, como si de un vulgar delincuente se tratase. Este miró al teniente y alzó la barbilla.

—Deberíais haber empezado por ahí. Nos habríamos ahorrado tiempo —dijo mientras comenzaba a caminar hacia ellos.

—¿Qué pasa ahora? —Inma, que había presenciado en silencio la escena, rompió la tensión con su pregunta cansada.

—No te preocupes. Volveré en un rato —respondió Raúl sin mirar atrás.

Él ya había salido cuando Israel decidió acompañarlo en silencio y sin que nadie se opusiera a ello. Al contrario, Roberto contaba con la presencia voluntaria del ayudante de Raúl.

Todo había vuelto a la calma cuando Lucía decidió mirar a Virginia, que no supo cómo reaccionar. La sargento quiso sonreír, pero su cuerpo se tensó al ver los ojos casi sin alma de la joven, que parecía juzgar cada uno de sus pecados.

—¿A dónde lo llevan? —preguntó la muchacha sin apenas preocupación en su voz.

—Tranquila. Muy pronto volverá contigo. Solo queremos hablar de su trabajo.

Lucía apartó la mirada para entregársela a la fría pared que había sido su compañera durante las últimas noches. No dijo nada. Se quedó así,

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mirando a un punto fijo sin apenas inmutarse, hasta que algo pareció despertar en su interior.

—¿Por qué siempre hay agentes en mi puerta? —preguntó ella volviendo a centrarse en la sargento.

Esta tragó saliva incapaz de encontrar en su mente la respuesta perfecta para resolver la duda de la joven.

—Están para cuidarte y asegurarse de que nadie te puede hacer más daño.

—Nadie podrá —respondió con una oscuridad en su voz que Virginia ni siquiera intuyó.

—¿Por qué dices que nadie podrá?

—¿Hacerme más daño?

Y entonces el silencio se estrelló en la sala con fuerza, con rabia,

cayendo sobre las tres y arrancándole las palabras. Pero Lucía todavía se

mostraba serena, tranquila.

—¿Cuándo podré salir?

—Pronto —aseguró Virginia—. Seguro que en unos días podrás salir.

—Había oído que sin la aprobación de Lola no me iban a dejar salir.

Ahora que ella ya no está, ¿podré salir?

La sargento no respondió. El miedo que esos ojos vacíos le provocaba había borrado de su lengua las palabras. Se limitó a sonreír, miró a su madre y salió de la habitación como si tiraran de ella con fuerza. Solo quedaba Edgar cuando llegó al pasillo.

—Nos esperan en el cuartel. Vamos —dijo él justo un segundo antes de comenzar a caminar.

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Más que amigos

Miércoles, 1 de junio de 2022, 18:35

Cuartel de la Guardia Civil de Alcira, Valencia

Las visitas al cuartel cada vez eran más asiduas y con un número mayor de invitados. En esa ocasión, Raúl e Israel se repartían en dos salas distintas: una era la misma que había ocupado Mario unas horas antes; la otra — donde se hallaba Israel— era un cuarto para entrevistas personales sin mayores pretensiones.

Pero el centro de todas las miradas era Raúl y su anodina tranquilidad. Sus ojos no se apartaban de sus manos, que se movían notablemente haciendo palpable su nerviosismo.

—¿Entramos? —preguntó Ángel al ver que todos guardaban silencio. —¿Sabemos qué tenemos que decir? —planteó Roberto, el cual no se

mostraba muy convencido.

Ángel asintió con seguridad y asió la manecilla de la puerta con la mano que todavía conservaba sin daños. A pesar de todo, esperó hasta que Roberto diera la orden para abrir la puerta.

—Vosotros esperad afuera. Cuando tengamos algo claro con Raúl, intentad confirmar sus palabras con Israel. Tenemos que saber por qué confía tanto en él.

Virginia y Edgar no dijeron nada, pero sus pensamientos, que se centraban en resolver esa misma duda, también confirmaban la teoría del teniente.

Y desde la otra parte de la pared, por primera vez, Virginia tuvo que presenciar un interrogatorio sin estar ella presente. Ella, que siempre sabía cómo actuar, que se debía al buen uso de las palabras, ahora tenía que callar y escuchar.

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—Siento que tengamos que hacer la entrevista aquí, señor García — expuso Roberto como una forma absurda de romper el hielo.

—Vosotros lo habéis querido, así que no entiendo por qué tienes que disculparte. Pero, sea como sea, vamos a acabar rápido.

—Espero que no dure mucho, se lo prometo —juró el teniente dejando una pequeña carpeta sobre la mesa.

Era la primera vez que el equipo lograba recopilar suficiente información como para exponerla en una entrevista, y eso Roberto no iba a dejarlo pasar. El miedo que puede aportar una carpeta en un interrogatorio es superlativo. Aporta seguridad a quien pregunta y temor a quien responde. Es como una pesada espada cuyo fulgente filo amenaza con rebanar la mentira. Raúl vio la carpeta y no pudo evitar apretar las manos; el miedo se había introducido en su piel sudada.

—Verá, señor García —inició Ángel intentando guardar el mismo respeto que ofrecía el teniente, aunque a él le costaba más, el suyo se veía forzado, falible—, desde el accidente, hemos intentado buscar una conexión entre el atropello de sus compañeros y la desaparición de Irene. Y hasta hoy no habíamos encontrado nada.

—¿Hasta hoy? —repitió Raúl con ironía.

—Sí, hasta hoy. Verá, pensábamos que su compañero Samuel podría estar detrás de alguna estrategia para cumplir con las amenazas que les lanzó en la última asamblea.

—¿Amenazas? Samuel no ha amenazado nunca a nadie. Él no le haría daño a una mosca.

Ángel lo miró indeciso. Apretó los labios y buscó en la presencia del teniente un refuerzo necesario que él entendió y, raudo, se prestó a ofrecer tomando el relevo de la conversación.

—¿Recuerda cuando le preguntamos por la relación que tenía con el señor Sanaguas?

—Me habéis preguntado demasiadas cosas estos últimos días. Parece que os estéis cansando de buscar y hayáis decidido culpar al primero que se os cruce por delante.

—Faltaría más. Si lo recuerda, usted negó cualquier relación con el señor Sanaguas aduciendo que hacía años que no tenían trato. Lo extraño de todo esto es que, en la última asamblea, el punto principal fuera la aprobación de una oferta para adquirir en propiedad su taller. Y por un precio muy por encima del valor que hemos comprobado según el catastro.

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De pronto todo cambió: los rostros de los presentes, la tensión que se formaba al otro lado de la puerta. Incluso las luces parecían desvanecerse lentamente.

—¿Cómo sabéis eso? —preguntó Raúl ofendido, como si le hubiesen molestado las palabras de Roberto, como si no estuviera dispuesto a tolerar juicios de valor en su presencia.

—El cómo ahora no es importante. Lo importante es el porqué. Y es algo que nos inquieta mucho porque tenemos constancia de que Samuel se negó tajantemente y llegó incluso a amenazar a todos los presentes en la reunión. ¿Entiende la importancia de todo esto?

—Quien os ha soltado esa estupidez lo único que quiere es ponerme en la palestra. Lanzarme a los lobos. A mí y a Samuel. Eso es una burda mentira. ¿Quién es vuestro informante?

Roberto miró a su compañero, que parecía haber vuelto a recuperar las formas y pedía paso para continuar con la entrevista.

—¿Entonces no discutieron? ¿Samuel nunca votó en contra de la propuesta que hizo usted? —El respeto y la educación en Ángel se diluía como la sal en agua caliente, dejando un pequeño rastro de sus intenciones, pero sin llegar a concretarse.

—Votó en contra, sí. También se enfadó por esa decisión, pero jamás llegó a mostrarse violento o a amenazarnos.

—Tenemos el acta de la junta, señor García, y puede leerse que en un momento dado Samuel dice que piensa haceros entrar en razón si ustedes siguen adelante. ¿Eso tampoco es cierto?

—¡No lo sé! No sé si dijo algo así. No recuerdo que Samuel se pusiera tan agresivo. Pero, de ser así, ¿qué tiene esto que ver con Lucía o con Irene? No estáis haciendo nada por encontrar a Irene, ni mucho menos a quienes la tienen. Y me queréis hacer pagar a mí, que soy el único que está haciendo todo lo posible por traerla de vuelta —dijo Raúl dando un golpe sobre la mesa que lo devolvió a la realidad de la que había escapado durante un trance tan corto como definitivo.

Sus palabras no pasaron desapercibidas para nadie: ni para Ángel, que enmudeció tras escuchar esa afirmación; ni para Roberto, que levantó la mirada de sus anotaciones en cuanto procesó la información; tampoco para Raúl, que apretó los labios, castigándose por semejante desliz.

—¿Qué ha querido decir, señor García? —interrogó Roberto con una voz distinta, más aguda y directa que la que tenía cuando entró en la sala.

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—Olvidadlo. Eso no importa ahora.

—Yo creo que sí importa. Ha dicho que es el único que está haciendo todo lo posible. ¿Qué es para usted «todo lo posible»?

Raúl guardó silencio mordiéndose el labio, conteniendo las palabras que intentaban escapar por su boca. Se mantenía firme, obligado a un silencio tan necesario como efímero.

—Ya lo habéis oído. Lo dije en su día y ahora me reafirmo: si vosotros no hacéis vuestro trabajo, tendré que hacerlo yo. Y no voy a arrepentirme de hacer todo lo que pueda para dar con los que le han hecho esto a mi hija. Con los que tienen a Irene.

—Y yo le recuerdo, una vez más, que no está en una película de Vin Diesel y aquí no sirve eso de tomarse la justicia por su mano. Espero no tener que vivir una situación incómoda con usted.

—¿Tenéis alguna pregunta más?

—¿Por qué quería comprar el taller de Ernesto? Al fin y al cabo, ese parece ser el detonante que lo ha traído hasta aquí.

Raúl clavó sus ojos negros sobre Roberto. Se acomodó las gafas y llevó la vista hacia el techo, consumido por todo lo que estaba viviendo. Cansado hasta la extenuación, bufó antes de seguir hablando.

—Por estrategia. Era un rival bastante incómodo y su taller nos podría venir bien para ampliar nuestros proyectos.

—¿Qué proyectos?

—Ampliaciones y derivación de servicios. De esa forma nos centraríamos en la mecánica ahí, y en la venta en nuestra tienda principal.

—¿Y era necesario hacer una oferta por casi el doble del valor tasado? Raúl se rascó la nariz para ofrecer su mentira antes incluso de lanzarla.

Roberto sonrió preparado para escucharla. Igual que Ángel, que se había retrepado en su silla.

—¿Hay algo de malo en ello? Quería asegurarme de adquirir el local. De nuevo, y durante más de un minuto, nadie dijo nada. Los tres se

desafiaban a un duelo de silencios incómodos y sonrisas pesadas, insidiosas.

—¿Tenéis algo más?

—Una última pregunta: ¿sabe dónde podemos localizar a Samuel Albuixet?

—Ni idea. Ni siquiera sabía que había desaparecido.

—¿No habla usted con sus socios? —preguntó Ángel con desdén.

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—Desde que apareció Lucía he delegado bastante trabajo en Israel — respondió veloz Raúl sin apartar la mirada del sargento.

Al otro lado de la puerta, Virginia entendió que ya no iban a oír nada nuevo, así que, con esa información, se aventuraron a la sala donde esperaba Israel —algo más cansado y asustado—. Sus ojos bailaban por toda la habitación y apenas se posaron en los cuerpos de los agentes cuando estos entraron.

Edgar, en cambio, sí se fijó en Israel: en las piernas traviesas; en el cuerpo sentado al borde de la silla; en la espalda ligeramente curvada hacia delante. Todo indicaba que el joven intentaba protegerse de algo que no entendía, algo que lo aterraba.

—Señor Noguera, siento tenerlo aquí hoy, pero era necesario aclarar unas cuantas dudas, ya que fue usted quien le entregó el acta de la junta que los compañeros han analizado. No sé si le habrán agradecido el gesto, de no ser así, lo hacemos nosotros.

—Cuando me contaron lo de Samuel, pensé que querrían saber lo que pasó en esa última reunión.

—¿Usted participa en las reuniones?

Israel sonrió con cierta vergüenza, como si no quisiera reconocerlo, como si una parte de él estuviera en desacuerdo con tener que hablar con los sargentos.

—No soy accionista, ojalá. Yo soy el ayudante de Raúl, y soy quien transcribe todo lo que se dice en las juntas y luego las pasa a limpio. Digamos que, aparte de las importaciones, también llevo un poco los papeleos de Raúl. Soy como un secretario para él.

—¿Y Raúl sabe que ha sido usted quien ha entregado el acta de esa junta? —inquirió Edgar intentando buscar nuevas reacciones en el cuerpo del joven.

—No y, por favor, me gustaría que siguiera sin saberlo. Seguro que me tira a la calle si se entera.

—¿Y por qué lo ha hecho?

—Ya os lo he dicho: cuando dijeron que Samuel podría tener algo que ver, supe que tenía que mandarle eso al sargento que lleva el caso. Creo que era algo importante y que sabía que Raúl no querría que se supiera.

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—¿Por qué no iba a querer que se supiera? —insistió Virginia con los ojos ligeramente cerrados. Ella no llevaba carpeta, toda la información que poseía la tenía en la mente, por lo que debía valerse de otros métodos para intimidar. La voz y la mirada eran algunos de ellos.

—Pues porque eso deja bastante en evidencia tanto a él como a Samuel. En parte Samuel tenía razón con lo de que era una oferta excesiva para un taller que estaba muerto. Pero, por alguna razón, Raúl quería ese taller y había conseguido convencer al resto de los accionistas.

—¿Sabe cuál podría ser esa razón?

Israel negó con la cabeza mientras sonreía con levedad. Parecía sincero. Al menos a Edgar le pareció que lo era, por eso no quiso insistir.

—¿Cuánto lleva trabajando para Raúl? —Pero Edgar no quería seguir por el lado de Samuel, a él le interesaba otro tema más sutil.

—Unos cuatro años.

—Es curioso. Hay algo que me choca desde que empecé con el caso, y es ver la confianza que Raúl deposita en usted, llevando tan poco tiempo. ¿Qué relación le une a Raúl? —Y esa pregunta desató en Israel una batalla de miradas que, por primera vez, Edgar no supo identificar. No sabía si era desconcierto, miedo o rabia. Fue una mirada que se tiñó de penumbras tan rápido que apenas pudo percibir en ella el motivo real que inundaba sus ojos.

—¿Dónde está el problema? Raúl vio en mí un potencial por pulir, y lo hizo. No creo que haya nada de malo en eso.

—No lo sé, eso tendrá que decírnoslo usted. ¿No los une nada? —¿Qué nos podría unir? —respondió altanero él cambiando su tono

por uno más grave y desafiante.

—No lo sé, es lo que nos gustaría saber.

—Pues ya os lo digo yo: una actitud noble y un gran trabajo; sin mencionar mis habilidades para los negocios. —Sus ojos ya no volvieron a ser los mismos y Edgar lo pudo intuir, por eso decidió no insistir.

—De nuevo gracias por la información que nos ha dado —dijo él despidiéndose. Se levantó de la silla y se dirigió a la puerta.

Virginia, en cambio, aguardó unos segundos perdida en el brillo metálico que se había formado en los ojos de Israel. Cuando supo que ya no iba a conseguir nada más, se levantó también.

—¿Entró directamente a trabajar en el puesto que ocupa ahora? — preguntó ella.

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—Al principio estaba en el taller. Al cabo de un año accedí a ocupar el puesto que tengo ahora.

La sargento sonrió y se alejó de la sala siguiendo los pasos de Edgar. Ya fuera, este se acercó a Roberto, que esperaba en el pasillo junto con

Ángel y fumando un cigarrillo.

—Quiero toda la información que tengamos de Israel —demandó al teniente, que la miró mientras daba una profunda calada a su Ducados Rubio.

—Estáis pidiendo demasiado. El chaval es un enchufado como todos los que tiene Raúl en plantilla. Además, ya ha llegado la orden para traer de nuevo a Gabriel. ¿Qué preferís?

Virginia tomó la hoja con rabia y salió sin decir nada atravesando el muro de humo que se había formado entre Roberto y Ángel, no sin antes volver a hablar.

—Quiero sus datos.

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El hambre hace callar

Miércoles, 1 de junio de 2022, 19:58 Alcira, Valencia

—¿A quién esperamos? —preguntó Edgar mirando el reloj de su Samsung Galaxy S22 Ultra. La tarde se ahogaba en un cielo encendido y cubierto de nubes claras, y sus nervios parecía que iban a consumirlo en cualquier momento.

—Al control de animales. Me han dicho que estaban de camino. Conociendo a este tipo, no me animo a entrar sin algo de escolta, y no me apetece tener que disparar a otro animal inocente.

Edgar asintió con desánimo. Estaba cansado, los ojos le pesaban y la noche se antojaba larga otra vez, por lo que esa espera se le hacía eterna e innecesaria.

—Tenemos la orden. Podríamos al menos llamar al timbre.

—Ya están ahí —cortó Virginia sacudiendo la cabeza.

A lo lejos, unas luces amarillentas y viejas provenientes de un Peugeot Partner gris anunciaron la llegada de una pareja del Ayuntamiento. En concreto eran dos hombres bastante desgastados por un trabajo que no les convencía. Uno de ellos; gordo y bajito, se acercó a Virginia cuando la reconoció.

—¿Sabemos la raza? —preguntó con displicencia mientras se acomodaba unos guantes enormes y agarraba con fuerza su lazo de captura.

El otro, más alto, delgado, viejo y aburrido, preparaba su pistola de dardos y un ahuyentador por si nada de lo anterior surtía efecto.

—No sé si tendrá más animales, pero, conociendo a nuestro sospechoso, es fácil que haya montado algún criadero. No sería de extrañar que nos lanzara otro perro, así que debemos ser precavidos.

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El hombre gordo asintió y se colocó a un lado de la sargento. Todos comenzaron a caminar hacia la vivienda de Gabriel Chumillas, situada en el mismo barrio que habían visitado unos días antes cuando lo cazaron. Se trataba de una casa azul de un solo piso y bastante descuidada.

Virginia no dudó cuando se plantó frente a la entrada. Corrió la persiana alicantina que cubría la puerta y golpeó la madera con fuerza. Y, como sospechaba ella, no fue Gabriel quien respondió, sino el ladrido agresivo de dos perros que no daba la sensación de que fueran pequeños.

—Ya os lo había dicho: hay que prepararse. ¿Tiene otra salida esta casa? —Virginia se mostraba preocupada, intensa en sus demandas, imprecisa en sus movimientos.

—Ni idea. Según el mapa, no tiene pinta de tener salida trasera, pero ya se sabe que en estos barrios…

Nadie más dijo nada.

No lo hicieron porque la sargento había vuelto a golpear haciendo que los perros ladraran de nuevo, esa vez junto a la puerta. Se podía escuchar a los animales olisquear por el resquicio de la puerta. Se oían sus pasos rápidos, sus gruñidos nerviosos, sus uñas clavándose en la madera.

—No abren. Tenemos que entrar —dijo ella, y arrancó la persiana con rabia. La tiró a un lado de la acera y, sin pensarlo mucho, pateó la puerta con fuerza.

La madera crujió dibujando a lo largo de la puerta varios surcos que lanzaron sus astillas sobre el asfalto, pero sin llegar a ceder. Lo único que consiguió la sargento con su acto fue desatar al otro lado de la madera la furia de los perros, que comenzaron a arañar la puerta con mucho más furor.

—Creo que tendríamos que replantearnos la forma de entrar —criticó Edgar cuando oyó el ladrido exaltado de los animales.

Virginia se detuvo, pero el corazón ya le latía con fuerza y la respiración hablaba por ella. Se humedeció los labios y, con un gesto cercano al desprecio, miró a su compañero.

—¿Qué propones entonces?

—No lo sé, pero desde luego, tirar la puerta a patadas no me parece la mejor opción. Cuando se abra, saldrán esos perros a atacarnos y dudo que podamos pararlos fácilmente.

—Entonces no nos queda otra. —Y, sin pensarlo dos veces, desenfundó el arma.

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Edgar palideció en cuanto vio la Heckler & Koch USP de Virginia. Su cuerpo comenzó a temblar y se arrepintió de haber cuestionado los planes de su compañera. Acababa de entender que iba a entrar, fuera como fuera.

—¡Gabriel Chumillas! No lo repetiré. Abra la puerta —gritó Virginia preparándose para cargar de nuevo.

Los dos empleados del Ayuntamiento también se aprestaron, aunque ellos con menos convicción que la sargento. El lazo del gordo apenas podía permanecer quieto y la pistola de dardos de su compañero bailaba en unas manos pequeñas de dedos cortos.

—¿Qué hacéis? —Una voz detuvo a Virginia en seco, que se volvió de inmediato mientras llevaba el arma hacia el suelo—. Como jodáis mucho a Sansón, ya os veo saliendo por patas de aquí.

Un muchacho alto y huesudo se había plantado frente a la sargento y la miraba con desinterés mientras juzgaba a cada uno de los presentes.

—¿Conoces a Gabriel? —se interesó Virginia.

El muchacho de pelo oscuro, largo y sucio, y ropa andrajosa asintió sin una propuesta clara de palabras. Solo mostró sus dientes amarillentos y descuidados y miró hacia la casa.

—¿Para qué lo buscáis? —dijo al fin tras unos segundos de meditación, aunque, viendo sus ojos rojos e hinchados, bien podría haber sido un lapso en su cabeza.

—Necesitamos hablar con él. Es importante.

—Ya han hablado con él durante varios días. Es más, hace unas horas vinieron dos tipos a hablar con él también. ¿Qué más queréis del chaval? Dejadlo en paz ya.

Aunque las palabras del gitano habían sonado insípidas y sin matices, Virginia sí encontró en ellas un profundo misterio que le revolvió las tripas de inmediato.

—¿Quién ha venido a hablar con él? ¿Cuándo han venido? —exigió nerviosa agarrando por el cuello de la camisa al chico.

—¡Eh! Cuidao —reaccionó el muchacho arrancando la mano de la sargento de su ropa—. Yo qué sé quiénes eran. Han entrado con Gabriel y al poco se han ido. Eso ha sido esta tarde.

—¡Mierda! Tenemos que entrar —ordenó Virginia a Edgar, que no respondió.

Él también había oído lo que el chico les había dicho y entendía perfectamente el nerviosismo de su compañera. Tenían que entrar y ya no

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importaba cómo lo hicieran. Debían entrar cuanto antes.

Por eso no insistió cuando vio a Virginia correr hacia la puerta, tampoco al oír cómo su patada rebotaba en las paredes de las demás viviendas, ni siquiera al comprobar que la puerta parecía que no soportaría un tercer impacto que la sargento empezaba a preparar.

—¡Espera! ¡Espera! —gritó el chaval—. Si vas a entrar, ya te abro yo, joder, que, como dejes suelto a Sansón o a Picoleto, os va a faltar calle.

—¿Tienes llave? —inquirió Virginia enfadada.

—Aquí nos cuidamos todos.

—¿A qué coño estabas esperando para decirlo entonces? —bramó la sargento siendo víctima de su propia ira.

—Oye, ¡que uno quiere ayudar, eh! Si quieres, me piro y os apañáis vosotros.

—Abre la puta puerta —farfulló Virginia con desprecio.

Y lo miró con rabia, con unas profundas ganas de matar al chaval que avanzaba hacia la puerta sin interesarse siquiera en la mirada afilada que Virginia le estaba lanzando. Introdujo la llave y abrió con cuidado.

De la pesada y temprana penumbra que asomaba por el resquicio de la puerta, el olisqueo nervioso de los cánidos fue lo primero que escapó. Virginia y Edgar tragaron saliva esperando una reacción que no llegó por parte del gitano. Este estiró la mano con cuidado y dejó salir primero a uno de los perros. Se trataba de un enorme pitbull negro que enseguida se mostró cariñoso con el muchacho. No así con los demás. El animal comenzó a gruñir y a ladrar mientras el chico lo sostenía con esfuerzo.

—Echadme un cable, hostia —gimió el gitano cuando comenzó a perder pie.

Pero nadie en la calle había oído lo que dijo. Todos habían quedado mudos al ver al animal no por la envergadura del perro y su imponente porte, sino por los rastros de sangre que cubrían sus fauces. Solo cuando el gitano gritó desesperado, uno de los trabajadores accedió a colocar el lazo al animal.

—¿Has visto eso? —preguntó Edgar cuando los trabajadores se alejaron hacia su furgoneta con el perro ya reducido.

—No podemos esperar —respondió alterada Virginia.

Todo se vino abajo cuando el gitano volvió a abrir para sacar al segundo de los perros: a Sansón. Este pitbull era más claro, pero igual de

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enorme, y tampoco se mostró muy amigable. Y, al igual que su hermano, su boca también se hallaba cubierta de sangre.

Entonces, cuando el chico abrió del todo y aseguró que no había ningún animal más, Virginia y Edgar entraron: ella, con el arma en la mano; él, con el miedo de desenfundar la suya. Al final lo hizo, solo cuando la mirada conminatoria de Virginia lo convenció. La alzó con decisión sabiendo que se encontraba vacía. Edgar estaba inerme a pesar de sostener en sus manos una amenaza tan grave como inofensiva.

—¿Gabriel? —preguntó la sargento tras superar la primera de las habitaciones.

Nadie respondió.

Ellos siguieron avanzando hasta que, al entrar en la cocina, unos pies descubrieron el misterio que ya intuían.

Virginia se asomó para comprobar el estado del muchacho y de inmediato le sobrevino una arcada tan fuerte que tuvo que ayudarse de las manos para contenerla. Ella corrió veloz para alejarse de la escena mientras que Edgar, algo más acostumbrado, tomó su posición.

Con asombro, comprobó que Gabriel se encontraba en el suelo, cubierto por una ingente cantidad de sangre que bañaba todo su cuerpo y completamente destrozado por culpa del festín que se habían dado los perros con su cuerpo. El pecho lucía desnudo y desgarrado por completo por las dentelladas de los animales, así como el cuello y parte de la cara.

Edgar apretó los labios y se giró sabiendo que poco podría analizar de esa escena, pues estaba contaminada por los perros que un día crio su amo para ser letales. Ahora ellos, una vez aprendida la lección, la aplicaban a su propio dueño. Entristecido por el destino cruel que había aguardado al joven, salió de la casa.

En la calle encontró a una Virginia que, fuera de sí, le gritaba al gitano que les había abierto la puerta.

—¡Que me digas quién vino a verlo!

—¡No lo sé! Te juro por mi vida que no lo sé. Eran dos payos bien vestidos y con gafas de sol. Parecían de los de las películas estas de americanos. Los del FBI esos. Solo vi la furgoneta con la que vinieron y poco más.

Con eso Virginia reaccionó. Calló durante un segundo y respiró con fuerza mientras los testigos comenzaban a agolparse frente a la casa y a murmurar todo tipo de conjeturas.

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—¿Viste su matrícula o el modelo?

—Yo pa la memoria soy muy malo, pero el modelo sí. Era un Volvo negro. Eso te lo aseguro. Un XC 40 nuevito.

El rostro de Virginia se congeló en una mueca de odio poco disimulado. Empujó al gitano con rabia y se acercó, decidida, hasta Edgar.

—Esto ha ido demasiado lejos, Edgar. Tenemos que ir a por ese hijo de puta ya. No podemos dejarlo. No puede escapar.

Edgar asintió.

—En cuanto venga el equipo, vamos a por ese cabrón —aseguró él.

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Se acabó tu juego

Miércoles, 1 de junio de 2022, 21:31 Villanueva de Castellón, Valencia

La carretera se había hecho larga. Era un trayecto que prácticamente sabían de memoria ambos, pero ahora se había antojado eterno.

Edgar no podía dejar de pensar en todo lo ocurrido esa misma tarde. Analizaba los hechos en busca de una causa probable en las motivaciones de Antonio para estar detrás de las muertes de Gabriel y Carlos, y el accidente de Lola. Se preguntaba si también lo estaría de los secuestros de Lucía e Irene.

Virginia, en cambio, no pensaba. Ni siquiera se había planteado qué era lo que iba a hacer cuando viera a Antonio. Y es que ella siempre había sido así: intuitiva, visceral. Por eso no reaccionó al entrar en el pueblo. Ni siquiera al llegar frente a la casa cuartel.

Como era de esperar, allí les informaron de que Antonio no se encontraba en el cuartel, así que optaron por seguir la búsqueda en sus ubicaciones habituales. El bar de Quique fue la primera visita.

Primera y única, pues, en cuanto aparcaron, pudieron ver la patrulla estacionada frente al bar.

—Está aquí. Tenemos que pensar qué le vamos a decir —caviló Edgar mientras terminaba de estacionar su Cupra.

Virginia no respondió. Ella ya había decidido qué iba a hacer. Y ni siquiera su propia mente había sido lo suficientemente clara como para darle una respuesta efectiva. Sin escuchar, bajó y comenzó a caminar hacia el bar dejando a Edgar rezagado.

Cuando abrió la puerta dando un fuerte empujón, esta se estrelló contra la pared dejando un estallido seco que llamó la atención de los siete clientes que se encontraban en el interior en ese momento. Entre esos siete,

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estaban Antonio y su compañero David Costa. El cabo primero miró a Virginia y no pudo evitar poner los ojos en blanco y susurrar algo a su compañero.

La sargento aguardó unos segundos en la puerta, los suficientes para que Edgar recuperara la distancia que ella había ganado. Esperó no por Edgar, sino para dejar consumir parte del odio que tensaba sus músculos. En el fondo sabía que iba a cometer un error y no quería cagarla demasiado. Aun así, dejó algo de bilis almacenada cuando inició la marcha hacia el cabo.

Todos observaban a la sargento y sus pasos iracundos. Incluso Antonio observaba, aunque este con una expresión de cansancio dibujada en su rostro, en sus hombros caídos, en su mirada pesada, en sus manos apretadas.

—¿Qué mierda se os ha perdido ahora? —preguntó Antonio ignorando cuál iba a ser la respuesta de Virginia.

Nadie en el bar esperaba la reacción de esta. En el fondo, ni siquiera Edgar conocía lo suficiente a su compañera como para intuir cuál sería su comportamiento.

Virginia se plantó junto a él y, sin pensarlo dos veces, lanzó el brazo izquierdo con tanta fuerza que su cuerpo acabó acompañando al brazo. Un enorme crujido hizo callar a todos en el bar. A todos excepto a Antonio, que gimió dos veces; la primera por el puñetazo de Virginia, que había dado de lleno en el lado derecho de su cara; la segunda por el cuerpo de esta cuando cayó sobre él. A duras penas se quitó de encima a la sargento y se levantó de un salto tapándose la boca.

—¿Tú estás loca? —gritó exaltado con la voz ahogada debido a sus propias manos.

—Pienso encerrarte por esto, hijo de puta. Eres un topo de mierda, malnacido —respondió ella escupiendo todo el odio que había ido cargando desde que empezó con la investigación.

Antonio abrió los ojos sorprendido. Miró a su compañero, que se había levantado junto con él, y se volvió de nuevo hacia Virginia. Esta seguía queriendo golpearlo, pero Edgar había conseguido retenerla y luchaba por impedir que escapara de sus brazos. Ella, en cambio, no dejaba de patalear y sacudirse buscando la forma de volver a actuar en contra del cabo.

—Juro que de esta pierdes la placa, loca de mierda. ¿Quién te has pensado que eres? —amenazó Antonio liberando las manos cuando sintió

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que los latidos disminuían en la zona afectada. A pesar de ello, un rastro de sangre le caía desde la comisura de los labios y dejaba ver una herida bastante abierta y profunda.

—¿Cuál ha sido tu precio? Contesta, cabrón. ¿Cuál ha sido tu precio? Y en ese momento el silencio devoró el bar. Todos allí habían callado

cuando empezó el enfrentamiento, pero los murmullos corrían rápido tras cada insulto. Ahora todo era silencio. Incluso Virginia se rendía al amarre de su compañero.

—¿De qué mierda hablas? —preguntó Antonio, que no acababa de entender nada de lo que estaba pasando.

Virginia se soltó del nudo que había hecho su compañero para rodearle el cuerpo y, algo más relajada, se preparó para hacer lo que debería haber hecho desde un principio.

—Voy a llevar tu caso a los de Asuntos Internos. Ellos serán quienes juzguen las motivaciones de tus actos y decidan si mereces o no un castigo.

La amenaza de Virginia fue mucho más lapidaria que la de Antonio. La de la sargento infundió un miedo que nunca había sentido él. Temió perder lo que jamás consideró como digno, pero ahora, al alcance de la mano, comenzaba a sentir la ansiedad por la derrota. Y es que Antonio había aprendido por la fuerza que, cuando uno atraviesa por sus momentos más bajos, solo encuentra piedras en el camino. Sus piedras lo habían hecho caer tantas veces que se había acostumbrado a ello: a caer una y otra vez. Antonio aprendió que las derrotas, si son anticipadas, duelen menos. Por eso vivía en una derrota continua, preparado para cualquier fatal desenlace. Pero también aprendió que, por mucho que uno apriete los dientes para contener el dolor, este nunca deja de existir: sigue ahí aunque lo hayamos visto venir. Por eso, cuando vio peligrar su puesto, su dolor fue algo más contenido, pero igual de intenso. A pesar de ello, quiso defenderse.

—Quien va a hacer que te juzguen voy a ser yo por lo que acabas de hacer. ¿Qué te has creído? ¿Piensas que puedes venir a mi pueblo y hacer lo que te dé la gana? —estalló él lanzando un grito que lo descontroló por completo—. No pienso tolerar que un gitano maricón y una marimacho castellana vengan a decirme cómo tengo que trabajar. Y menos en mi pueblo.

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El cabo había perdido el control y tras lanzar la silla a varios metros de distancia, se dirigió hacia los dos agentes que lo habían ido a buscar. Virginia no se arredró y avanzó también hacia él. Era un choque de trenes de consecuencias imprevistas, así que tanto Edgar como David se interpusieron, alejando a los dos de un nuevo enfrentamiento.

—Que me digas cuánto te han pagado. Sé un hombre al menos y reconócelo ahora que ya hemos destapado tus cartas. No tienes tantos cojones ahora que tu juego se ha acabado.

—Cuando me digas a qué te refieres, te enseñaré los cojones que tengo. —Antonio hablaba por encima del hombro de su compañero, escupiendo las palabras envueltas en saliva y rabia.

Pero el silencio de Virginia fue casi predictivo. Vino acompañado de una de esas sonrisas que saben a gloria, como cuando uno tiene que mostrar sus cartas y lo hace de forma lenta para saborear la victoria. Eso hizo Virginia: saborear su sentencia.

—Sabemos que los tipos del Volvo que te visitaron hace unos días están implicados en la muerte de varias personas. También en el accidente de la psicóloga de Lucía. Incluso sabemos que las personas que retienen a Irene tienen algún informante dentro del cuerpo, así que no necesitamos buscar más. Tú eres el informante.

Antonio abrió los ojos con verdadera sorpresa, tanta que no pasó desapercibida para Edgar. Este lo había estado analizando desde que entraron en el bar y ese último gesto hizo que el sargento prestara todavía más atención. No había mentira en sus ojos. Al menos él no la encontraba.

—Es imposible que esas personas estén detrás del accidente de la psicóloga o de ninguna muerte. Estás loca —aseguró el cabo con un vibrato agudo en la voz.

—Entonces dime quiénes eran esas personas. ¿Por qué las ocultas? ¿De qué tienes miedo? Si realmente no tienen nada que ver, no deberías estar tan preocupado en decir quiénes eran esas personas.

El cabo se palpó de nuevo la cara, que seguía latiendo con fuerza, y tragó saliva.

—No os importa una mierda quiénes eran esas personas.

—Es lo que me temía. Encima de traidor eres un puto cobarde. No me extraña que tengas que refugiarte en la bebida para poder escapar de la culpa que te atrapa cada noche.

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Y aunque Virginia sabía que se estaba alejando del control que siempre había mantenido para sus negociaciones, no le importaba. Ahora no era la Virginia que había vuelto de Estados Unidos. Era la Virginia que salió del ejército, la que no cortaba pajitas, la que hablaba sin pensar. Y es que, por mucho que lo intentara, siempre volvía a esa época. Nadie escapa a su versión más primitiva. El tiempo nos educa, pero el molde siempre se mantiene inalterable. Por mucho que uno aprenda de la vida, la vida siempre se encarga de mostrarnos que somos lo que fuimos y, aunque tratemos de luchar contra nuestros propios fantasmas, estos conocen cada una de nuestras debilidades. Y Virginia estaba siendo lo que siempre fue: una persona incontrolable cuando todo a su alrededor se quebraba.

—No tienes ni puta idea de lo que estás hablando. Todo lo que estamos haciendo es para encontrar a las personas que tienen a Irene. ¿Qué estáis haciendo vosotros?

—¿Irene? Eres…

Pero no pudo seguir. La puerta del bar se había vuelto a abrir y entraban por ella dos parejas de guardias civiles más, todos ellos compañeros de Antonio.

—Esto se pone feo, Virginia. Es mejor que nos vayamos —susurró Edgar cuando entendió que tenían más opciones de derrota que de victoria.

Virginia no lo entendió así. Ella había ignorado por completo la presencia de los compañeros de Antonio, que no solo hicieron que este se agrandara, sino que puso a todo el bar de su lado.

—No eres más que un mentiroso, un farsante que se vende por dos euros. Solo quiero que sepas que todas estas muertes van a caer sobre ti cuando pueda echarte la mierda encima.

Antonio no respondió. Se quedó mirando cómo se marchaban los dos agentes abriéndose paso a través de las dos parejas que los miraban con desaprobación.

No respondió, pero en sus ojos sí quedaron muchas cosas por decir.

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No existe el sueño

Miércoles, 1 de junio de 2022, 23:01 Valencia

Ni los sesenta kilómetros de vuelta, ni el Big King XXL del Burger King, ni las treinta y nueve horas sin apenas dormir pudieron evitar que Virginia buscara cobijo en el ejercicio.

Con Edgar ya dormido y el brazo derecho inútil, decidió salir a correr por las calles apagadas de una Valencia que se preparaba para el fin de semana. Se calzó las Asics negras, se vistió con las mallas grises y el top negro y se dispuso a olvidar el cansancio que amenazaba todo su cuerpo. Necesitaba correr, alejarse de sus pensamientos. Por eso ni siquiera calentó.

Y como suele pasar cuando alguien camina lejos de su mente, no se percató de la sombra que había salido tras ella desde que dejó atrás la casa cuartel.

Virginia corría para acallar a su mente. Para encontrar en el cansancio las pistas que sus ojos no veían. Pero lo que encontró fue un instinto inusitado. Después del segundo kilómetro detectó una sombra que no se separaba de ella, y comenzó a prestar atención. Tomó varios desvíos para asegurarse de que esa silueta la seguía y, cuando lo confirmó, su pensamientos volvieron a alcanzarla, esos que llegan cuando no hay nadie, cuando todo lo que uno puede hacer es escuchar lo que tienen que decir. Y lo que dicen nunca es bueno.

A ella la mente la ponía en alerta. Le aseguraba que debía correr más rápido, huir bien lejos hacia una zona algo más transcurrida. Guiada por su reloj Garmin había tomado el camino hacia los jardines del Turia y, una vez allí, las profundas sombras la convencieron de que no tenía más protección que sus nociones de autodefensa. Por eso optó no por huir, sino

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por aumentar el ritmo y, cuando creyó estar lo suficientemente lejos, se volvió para buscar la sombra que iba tras ella. Lo que encontró fue a tres personas siguiendo sus pasos.

Asustada, giró tras cruzar el puente del parque Gulliver y aceleró todavía más. Entonces supo del peligro que la acechaba: de esas tres personas, solo una giró en la misma dirección que ella.

Virginia supo lo que debía hacer.

Volvió a girar en el siguiente puente, se colocó junto al pilar y esperó a que ese ser la alcanzara. Suspiró con fuerza, apretó la mano buena y preparó la otra por si tenía que usarla. Prefería volver a lesionarse que perder por culpa de un leve dolor. Cerró los ojos y dejó escapar el aire al crecer la sombra junto a sus pies.

Volvió a tomar aire justo cuando entendió que debía salir. Y en ese momento en el que lanzó la mano contra la silueta que la amenazaba entendió el error que estaba a punto de cometer.

Ya era tarde. Había proyectado la mano cuando vio los ojos asustados de Ángel. Este apenas pudo esquivar el puñetazo, pero no fue capaz de eludir el tropiezo que tuvo por culpa de sus reflejos. Intentó no caer, pero no pudo evitar rodar por el manto incómodo de guijarros afilados que se clavaron en su espalda. Gimió de dolor al sentir cómo la herida del brazo le recordaba que seguía allí, todavía viva.

—¿¡Qué coño haces!? —increpó Ángel tras levantarse de forma casi inmediata mientras se acariciaba la venda que le protegía el brazo.

—¿Qué haces tú? —inquirió Virginia con la expresión rota a causa del miedo y el cansancio.

Su compañero la miró y se encogió de hombros mientras extendía los brazos para mostrar a Virginia el entorno que los rodeaba. Esa zona era por donde solían salir todos a hacer deporte.

—¿Tú qué coño crees?

—Me estabas siguiendo —afirmó ella segura de todo lo que decía. —¿Que te estaba siguiendo? ¿Siguiendo para qué?

—Eso querría saber yo. ¿Qué es lo que quieres? —Poco a poco el cansancio se iba evaporando en el cuerpo de la sargento, dejando solo el temor. Estaban solos, ella inerme y agotada. Sabía que en un enfrentamiento no tendría opción alguna, por eso procuraba mantener la distancia mientras buscaba en el suelo alguna piedra lo suficientemente grande para serle útil.

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—Virginia, no sé qué está pasando aquí, pero yo venía corriendo y te he visto girar por el puente. Cuando he llegado aquí, casi me arrancas la cabeza, así que creo que lo mejor será que me digas tú a mí qué está pasando.

Virginia lo analizó por completo. Ángel vestía un pantalón largo de chándal y unas deportivas blancas de diario junto con una camiseta ajustada. Su atuendo no encajaba con el de una persona que había salido a correr.

—Ángel, no me jodas. Llevas siguiéndome desde que salí del cuartel. Y, viendo cómo vas vestido, diría que has salido casi sin poder prepararte. ¿Qué es lo que quieres?

Y en ese momento la sonrisa del sargento no pudo disimular más la mentira que había elucubrado. Apoyó el brazo bueno en la cintura y miró en derredor, como si buscara a alguien más. Tal vez era todo lo contrario. Cuando se volvió hacia Virginia, las sombras de su sonrisa teñían toda su cara.

—Yo pensaba que el observador era tu compañero. Veo que has estado atenta. Debo decir que casi te escapas con estos giros tontos que has dado, pero al final te ha servido para descubrirme. Tendría que haber sido más precavido y alejarme unos metros más, pero pensé que con la distancia que nos separaba era suficiente. —Y comenzó a caminar hacia ella.

Virginia trataba de mantener la distancia dando pasos cortos hacia atrás, mientras que Ángel avanzaba hacia ella con una sonrisa cada vez más siniestra.

—¿Qué mierda quieres, Ángel?

—Nada en concreto. Me han dicho que has tenido follón en Villanueva de Castellón, que has amenazado a Antonio.

—Amenazado no, simplemente desconfío de él. —Ahora también lo hacía de Ángel, tanto que empezaba a pensar que quizá se equivocó de persona.

—Él tampoco se fía de ti. Es más, en cuanto habéis salido de allí, nos ha llamado diciendo que le has pegado un puñetazo. Y, visto lo visto, parece que eres de golpe fácil, porque a mí también pensabas cruzarme la cara.

—Y porque no llevaba la pistola, si no, la cosa habría acabado de otra forma.

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Ángel se rio con descaro mientras detenía del todo su avance. Ya no había sonrisa en su rostro, tampoco compañerismo. Parecía otro Ángel. Uno más oscuro, más misterioso.

—Bien, quizá el problema no está en los compañeros de la zona. Tal vez el problema lo hayáis traído vosotros y vuestros currículos impecables.

—¿Es eso lo que te jode? —preguntó con orgullo Virginia al descubrir el punto débil de Ángel—. ¿Te molesta que hayan tenido que llamar a dos expertos para resolver un caso que a vosotros os venía grande?

El rostro del sargento volvió a cubrirse de sombras, ahora más oscuras y extensas. En él ya no se dibujaban sonrisas.

—Tenéis mucha suerte. Si realmente hubiera un topo como insinúas, dudo que ahora estuvieras aquí tan tranquila. O tal vez sí lo haya y sea la persona menos esperada.

—¿Qué estás insinuando? —Virginia se mostró ofendida. Había entendido que las palabras de Ángel iban directas a ella como un dardo envenenado.

—Pues que me gustaría entender por qué una persona que lleva casi dos días sin dormir sale a hacer ejercicio si no es para hacer algo a escondidas de los demás.

Ahora era Virginia quien reía al entender que las sospechas de Ángel no iban dirigidas hacia una amenaza contra la vida de ella, sino que estaban orientadas hacia una protección de la de él.

—¿Por eso me has seguido? Piensas que yo pueda tener algo que ver. —¿Quién sale a correr a las once de la noche? Necesitaba ver adónde

ibas.

—Pues ya lo has visto. ¿Ahora qué?

Ángel volvió a sonreír con misterio. Se giró y empezó a caminar, esa vez alejándose de ella.

—¿Quién te ha dicho que hemos tenido problemas con Antonio? — preguntó Virginia alzando un poco más la voz a causa de la distancia que se había creado entre los dos.

Ángel se detuvo, se volvió y miró con asombro a la sargento. Ella no cambió la expresión, firme en su postura erguida y con el rostro impertérrito.

—Aquí solemos hablarnos. Cuando pasa algo o creemos tener algo que contar, nos llamamos. Aunque no lo creas, somos todos compañeros.

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Nadie volvió a decir nada más. Aunque Virginia todavía guardaba algunas preguntas, no pudo lanzarlas, ya que el sargento estaba demasiado lejos cuando pensó en planteárselas. Por eso se acercó a un banco cansada y casi sin energías. Allí se frotó la cara procurando eliminar del cuerpo toda la angustia que se le iba acumulando en los ojos. No fue suficiente y tuvo que gritar para soltar la rabia que se le había ido cargando en la garganta.

Y entonces, en ese momento en que llevó la mirada al cielo, las palabras de Ángel hicieron que conectara varias conversaciones distintas. Abrió los ojos con sorpresa y comenzó a correr en dirección al cuartel.

Había encontrado un camino que tomar. Esa noche tampoco existiría el sueño.

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Última noche

Jueves 2 de junio de 2022, 00:43.

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia.

—Me han confirmado que, si nadie más dice nada, mañana le van a dar el alta a la niña. Podremos volver a casa.

—Pero la psicóloga…

—Dudo que despierte. Y, aunque lo hiciera, dicen que no va a ser la misma.

—Raúl, tengo miedo de lo que pueda pasarle. ¿Qué van a hacerle? —No le harán nada. Los abogados dicen que, en el estado mental que

estaba en el momento del accidente, no pueden juzgarla. No era consciente de sus actos. Como mucho volverán a pedir otro psicólogo para que la valore, pero para entonces habrá pasado algo de tiempo. De momento van a cogerse a los informes que Lola hizo en sus primeras valoraciones.

Lucía había cerrado los ojos, pero no estaba dormida. Había oído toda la conversación que sus padres habían tenido y, aunque se negaba a asimilarlo, entendía todo lo que estaban diciendo.

—¿Dónde está? —preguntó Inma con la voz contenida debido al silencio reinaba en la habitación.

—¿Quién?

—Lola.

—La tienen en Cuidados Intensivos. Según me han contado, están esperando a que se estabilice para llevarla a Valencia.

Y, poco a poco, las voces de sus padres se fueron apagando mientras salían a un pasillo custodiado durante todo el día.

Aunque Lucía ya conocía cómo actuaban las vigilancias frente a su puerta: lo había estado analizando las últimas dos noches. Siempre, pasadas las dos de la mañana, los dos chicos que vigilaban su puerta se

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marchaban durante más de media hora para cenar y despejarse. A esa misma hora su madre solía dormir. Lucía había podido estudiarlo gracias a sus eternas noches. Prefería estar despierta, ya que en sus sueños siempre la atrapaban.

Y esa noche solo tenía que esperar. Necesitaba salir. Tenía que hacerlo, así que, cuando todo estuvo tranquilo y el silencio de su madre se transformó en leves estertores roncos, ella supo era el momento.

Había estado despierta unas cuantas horas, después de que su padre se marchara a casa, escuchando a su madre hablar de todo tipo de temas no relacionados con su estado de salud. Ella tampoco se molestó en preguntar por Javi, y mucho menos averiguar dónde podría estar. No quiso hablar de su vida pasada o futura, no le importaba nada de lo que pudiera pasar: solo le interesaba salir del hospital. Además, era consciente de la animadversión que sentía su madre hacia él. Por eso dejó que ella hablara de estudios, de lo que harían cuando salieran y de pocas cosas más. Lucía solo escuchaba, pues con su madre no era necesario hablar.

Al fin, la noche pesó en el cuerpo de su madre, que acabó rendida al abrazo de Morfeo. Lucía no dudó cuando vio cómo la luna pasaba por delante de su ventana. Solo tenía que esperar a las dos de la madrugada: entonces podría salir.

Y así fue.

Sobre la hora prevista oyó los pasos lentos de los dos guardias civiles que vigilaban frente a su puerta y supo que había llegado el momento.

—¿Mamá? —preguntó solo para asegurarse de que esta seguía en una placentera realidad paralela.

Cuando comprobó que nadie más podría detenerla, se enfrentó a un pasillo largo y frío. Sentía el viento acariciarle la espalda desnuda, el frío subir por las plantas de los pies, pero nada de aquello le impidió avanzar por aquel laberinto de paredes blancas y carteles que colgaban del techo. Ella buscaba la habitación donde descansaba Lola, y no tardó en encontrarla.

La observó, tan distinta a como la recordaba. Ya no lucía su típica sonrisa y, aunque intentaba volver a oír en su mente su voz dulce, no podía. Se acordó entonces de lo que su padre siempre decía: que lo más extraño de despedir a un ser querido es que lo primero que se olvida es su voz. Por primera vez pudo comprobarlo: por más que intentaba recordar la

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voz aterciopelada y pausada de Lola, era incapaz de escucharla en su mente.

Oyó el aire que una máquina le insuflaba en los pulmones ahora inútiles, también los latidos lentos de su corazón. Pero no era ella. Lola ya no estaba. Allí reposaba un cuerpo sin alma como un envase vacío, como una Coca-Cola sin gas, como un chicle sin sabor. Toda la esencia de la psicóloga se había evaporado con aquel último hálito de vida que dejó caer cuando supo que todo se acababa.

Lucía se plantó a los pies de su cama y guardó silencio, pero en su mente revivía la última mañana antes de conocerla.

Todavía el dolor de las heridas seguía latiendo en su cuerpo herido y débil cuando Rojo entró en su habitación. Ella lo miró sin decir nada, humillada ante sus propias decisiones.

—¿Estás preparada? Es el momento. Vas a tener unos pocos minutos para hacerlo. Solo quiero saber que estás preparada.

No lo estaba. Y el hecho de no estar preparada era suficiente para entender que era un juego de dos: o ella o sus verdugos.

—La próxima noche será la última, Lucía. No voy a poder ayudarte más, es ahora o nunca.

Ella lo miró con los ojos anegados en lágrimas y asintió. Había llegado el momento para el que Rojo tanto la había estado preparando. Era la hora de salir.

—¿Vas a venir? —preguntó ella con la garganta rasposa.

—Sabes que no puedo. Tengo que quedarme aquí. Esto tienes que hacerlo tú sola, y recuerda que es tú única oportunidad. Nuestra oportunidad. Si no acabas con ellos, tarde o temprano darán contigo y sabrán que te he ayudado. Así que, si no quieres volver aquí, tendrás que hacerlo.

Lucía asintió llorando sin consuelo. Le temblaban las manos, las piernas, y no sabía ya si era por el dolor que le atravesaba el cuerpo o por las sensaciones que le abotargaban la cabeza. Fuera lo que fuera, Rojo la obligó a salir.

—He preparado un coche para que puedas escapar. Van a pasar ya por la carretera. Lo único que tienes que hacer es conducir por ese camino sin

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desviarte y saldrás a la carretera. Una vez lo hagas, sigue recto y darás con ellos.

—¿Y si no los encuentro? —se preocupó ella sintiendo que aquella misión no era tan perfecta como Rojo quería plantear.

—Lo harás. Si sales cuando yo te diga, todo saldrá bien.

—Pero ¿y si no lo hago?

—Entonces no te detengas nunca —sentenció él.

No hubo tiempo para lamentaciones ni despedidas. Rojo se mostraba realmente nervioso. Miraba sin cesar el teléfono móvil hasta que, en un momento dado, reaccionó.

—¡Ahora! —exclamó arrastrando a Lucía hasta el coche, que ya se encontraba en marcha cuando ella subió—. Recuerda, sigue por ese camino y no pares por nada del mundo.

—Pero…

—¡Vamos! —gritó Rojo, y cerró la puerta.

En ese momento Lucía se encontró consigo misma y con unos pensamientos que jamás pensó que tendría: la mente le decía que lo que iba a hacer estaba mal, que no era lo correcto; el cuerpo, en cambio, no hablaba, se limitaba a recordar las pocas instrucciones que Rojo le había dado. Aceleró hasta salir a la carretera y, sin mirar siquiera, cruzó al carril por delante de un Seat negro que apenas logró esquivar de milagro su coche. La bocina amargada del Seat devolvió durante unos segundos a Lucía a ese Opel, pero fue un leve momento. Pronto volvió a hundirse en los recuerdos de las otras noches.

Y fueron esos recuerdos los que se le aferraron a los pies, a las manos, a los ojos encendidos. Fue el recuerdo de todos los gritos de dolor que había lanzado durante noches a unas paredes sordas y mudas lo que permitió que acelerara cuando los vio.

Estaban allí y su mera presencia devolvió a su mente el ruido de esos pasos espiándola después de aquellas noches de sufrimiento, siempre cerca de ella y alimentándose de su dolor, de sus ganas de morir. Por eso aceleró, por la necesidad de vengarse, de devolver parte de todo el padecimiento de cada noche. Por eso sus ojos se tornaron oscuros cuando los vio a un lado de la calzada. No lo dudó, apretó el volante, tensó la mandíbula y giró ligeramente para introducir su coche en el arcén. Después de eso, aceleró con tanta rabia que el motor comenzó a despedir humo antes incluso de que el coche impactara contra los cuerpos.

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Lo último que Lucía recordó fue su grito, que llevó a su mente a un lugar del que jamás volvería.

Cuando pudo escapar del recuerdo, se encontró de nuevo frente a Lola, aunque esa vez todo era distinto. Sonrió y acarició el pie de la psicóloga como si de una amarga despedida se tratase.

—Gracias —fue lo último que dijo.

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Berfull

Jueves, 2 de junio de 2022, 07:39 Cuartel de la Guardia Civil de Valencia

El sueño es como una mentira: difícil de ocultar. Hay que usar mucho maquillaje para cubrir esos rastros que al final quedan bajo una gran capa de falsedad. Cuanto más grande sea la mentira, más maquillaje necesitarás.

Aunque a Virginia nunca le importó mostrarse tal y como era. Por eso ella decidió enfrentarse a Roberto y sus compañeros con el rostro ojeroso, cansado debido a las pocas horas de sueño y con el cuello endurecido por culpa de haber dormido sobre el escritorio de su habitación. Su noche fue larga, pero había llegado a una conclusión.

—¿A qué se deben estas prisas? —inquirió el teniente cuando Ángel cerró la puerta del despacho después de entender que ya estaban todos.

A un lado de la mesa, Virginia y su aspecto macilento y desaliñado; junto a ella, Edgar, más fresco y perfumado, y al otro lado de la mesa, el propio Ángel y Roberto esperaban las palabras de Virginia, pues ella había sido quien los había citado.

—Creo que puedo tener algo —aseveró con una sonrisa que rozaba el triunfo.

—Bien, ¿a qué estás esperando entonces? —reprobó Roberto con el rostro serio. A él la sonrisa de Virginia no le gustaba. No le gustaba nada.

—La noche del accidente de Lola nos pasó una ubicación. Según me contó, cuando llegó allí, había perdido de vista la furgoneta.

—¿Qué furgoneta? —cortó el teniente mirando fijamente a los ojos de Virginia.

—La que Lucía había mencionado; el todoterreno negro. Cuando llegamos, ya no había nadie, pero he comparado lo que dijo Mario de Chema, y creo que tengo algo. —La sargento dejó caer varias hojas sobre

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la mesa que rápidamente tomaron sus compañeros. En ellas se veían distintas casas derruidas y un plano con varias trazas escritas con rotulador rojo—. Mario comentó que José Luis había mencionado unas casas abandonadas. Precisamente, en la zona donde Lola se detuvo, a unos cientos de metros, hay un viejo poblado abandonado del que solo quedan ruinas.

—Berfull —añadió Roberto mirando el plano que había marcado Virginia.

—Eso es. Berfull, un pueblo abandonado desde hace más de dos décadas.

—Eso no puede ser. ¿No se rastreó todo eso? —preguntó Roberto a Ángel, que había comenzado a rascarse la cabeza con la expresión partida que viajaba entre la duda y la culpa.

—Creo que tan lejos no llegaron. Habría que hablar con Antonio, que es quien estaba a cargo de las batidas en Énova y Rafelguaraf.

Virginia bufó al oír ese nombre, como si una parte de ella ya supiera que Antonio podría salir a la colación.

—Bien, tenemos que organizar una batida en la zona en cuestión. Si estás en lo cierto, Luque, puede que tengamos algo que decir a la prensa; si no, será más dinero gastado.

—No podemos perder tiempo. Tenemos que hacerlo ya —exigió ella, que veía cómo el tiempo avanzaba y sentía la necesidad de detenerlo.

—Voy a preparar el apoyo. Avisamos a Antonio y nos vemos en Rafelguaraf. En dos horas quiero a todos allí.

El sol ya se desperezaba cuando Edgar aparcó en la entrada del pueblo. Allí esperaban Pascual y su compañera con rostros apáticos y negando con la cabeza.

—¿Cómo está el chico? —preguntó Pascual en cuanto Virginia llegó hasta él.

Sabía que se refería a Javier y el accidente que había sufrido cuando detuvieron a Mario.

—Está bien. La bala apenas rozó un poco de grasa: unos cuantos puntos y para casa. Tengo que darte las gracias por lo que hiciste —se

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sinceró Virginia. En el asalto no había podido hablar con él. Todo había pasado tan rápido que apenas llegó a despedirse.

—Para eso estamos —respondió con una sonrisa sincera.

Edgar lo oyó todo. Apartado de la conversación, solo pudo culparse por sus inacciones, esas que llevaba acumulando como una tarjeta de visita. Tragó saliva y apartó la vista enfadado consigo mismo. Todo estaba listo y, gracias a lo que le esperaba, podría alejar de la mente un poco de la culpa que le oprimía el pecho.

—¿A quién esperamos? —preguntó Pascual.

—A los equipos de Villanueva de Castellón y Alcira. Vamos a Berfull. —¿Berfull? ¿Qué se os ha perdido en Berfull?

Virginia había oído a Pascual, pero no contestó. Su atención se había posado en el Nissan de la Guardia Civil que acababa de aparcar con Antonio al volante. Este se bajó y comenzó a caminar hacia Pascual y Virginia. Su rostro no era el mismo. Al enorme hematoma que le cubría la mejilla le acompañaban unos ojos caídos y una barbilla hundida. Cuando llegó frente a la sargento, apretó los labios antes de hablar.

—¿Cuál es el plan?

Ella lo miró enfadada, odiándolo tanto por todo lo ocurrido que no aceptó su ofrenda en forma de palabras neutras. Ella seguía culpándolo por todo y no estaba dispuesta a cambiar de idea.

—¿Por qué no barristeis la zona de Berfull? —cuestionó ella con la voz encallecida.

—¿Quién dice que no lo hicimos? —Como un río desbocado, todo al final vuelve a su cauce y Antonio no tardó en volver a mostrarse tan orgulloso y directo como siempre.

—¿Lo hicisteis?

—Así es. No encontramos nada en Berfull. Es un pueblo que lleva abandonado desde el 2000. Apenas quedan casas en pie y son objeto de culto para vagabundos, gitanos y quinquis.

—¿Entrasteis en las casas?

Esa fue la pregunta que Antonio temía. Su rostro palideció de inmediato al oír a Virginia.

—No lo vimos necesario.

La sargento rio sin disimulo mientras buscaba en Edgar un refuerzo para condenar los actos de Antonio y, cuando este negó con la cabeza, volvió a girarse.

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—Me lo imaginaba. Lola pudo seguir a tus amigos hasta estos caminos. Así que el plan es entrar en las casas y buscar cualquier movimiento sospechoso.

El cabo apretó la mandíbula y contuvo las palabras que querían derramarse por sus labios tanto como pudo. Incluso necesitó apretar las manos para ayudarse a sí mismo, hasta que al fin se tranquilizó. Miró de nuevo con la misma culpa que tenía cuando llegó, y soltó despacio el aire.

—Si ese coche tiene algo que ver con todo esto, juro que te llevaré hasta el responsable. Solo quiero ayudar, así que ahora vamos a Berfull. Luego hablaremos.

Virginia, sorprendida ante el arrebato del cabo, aceptó su oferta y se acercó de nuevo a Edgar. Ambos se subieron al coche cuando el resto del equipo llegó a la zona.

Estaban listos para ir a Berfull.

Roberto se introdujo por un pequeño camino guiado por el Dacia de Pascual, mientras que Antonio y Virginia tomaron otra entrada.

—¿Por dónde nos lleva? —preguntó Virginia, que no acababa de confiar en el cabo.

—Hay varias entradas. Roberto ha dicho que nos separemos para cubrir toda la zona.

Y en pocos segundos pudo comprobar lo que Edgar le había dicho. Una fila de casas empedradas apareció ante ellos al mismo tiempo que varios caminos convergían en un pequeño marco que daba acceso a la calle principal. Entonces la radio sonó con fuerza.

—Preparados. Nosotros entramos por la calle principal. Virginia con Antonio, y Camarena por la parte de atrás —informó Roberto que ya se había plantado en la entrada.

Como si sus palabras hubiesen sido una predicción, un segundo antes de que el Nissan Patrol de Antonio se detuviera, otro todoterreno —en este caso un Toyota Land Cruiser— se paró a su lado. Del interior bajaron tres hombres armados como si fueran a una guerra, aunque solo uno se quedó con Antonio, el resto acudió junto a Roberto.

Virginia bajó del coche, antes incluso de que este se parara, y comenzó a avanzar en busca del cabo, que también se acercaba a una zona empedrada. Allí todos se detuvieron.

—¿Tenemos claro qué hay que hacer? —preguntó el teniente que había puesto Roberto al mando de ese grupo. Álvaro Camarena era un tipo

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peculiar, poco hablador y muy solitario. Perteneciente al Grupo de Reserva y Seguridad de la Guardia Civil, solía estar detrás de los operativos de asalto y solo actuaba cuando alguien solicitaba su ayuda. Ahora había acudido con dos compañeros suyos y se preparaba para dirigir al equipo de Virginia—. Vamos a rodear el único edificio que se mantiene intacto, de haber algo, tiene que estar ahí. Así que Roberto irá por el acceso principal mientras nosotros rodeamos la casa y buscamos una entrada secundaria. Son edificios en ruinas, así que es muy fácil encontrar socavones, aperturas o agujeros que no deberían estar. Pisad firme y mirad a todos los lados —informó Camarena.

A continuación comenzó a caminar por delante de todos sosteniendo entre las manos un fusil MZ-4P impoluto. Tras ellos iba Antonio, que no perdía de vista a Virginia y a su compañero, tan callado como siempre. La sargento iba en penúltimo lugar y Edgar, acobardado, con la pistola en la mano y el miedo en el cuerpo, cerraba el grupo.

Tras varios metros rodeando la casa y caminando de forma atropellada a causa de abrupto terreno repleto de ortigas y tierra blanda, llegaron a un repecho que devoraba parte del muro de la casa. Y en la base, un agujero daba acceso a la misma.

—Con cuidado. Vamos a entrar —anunció Camarena tensando los músculos de sus brazos desnudos. Vestía una camiseta militar de manga corta que cubría con el chaleco antibalas.

Sin meditarlo se introdujo en la vivienda y, ayudado por la linterna equipada en su fusil, fue inspeccionando cada metro del piso inferior. Caminaba lento, ligeramente inclinado para hacerse pequeño y moviendo rápido la cabeza para abarcar toda la zona.

—Cubre mi retaguardia —pidió Virginia a Edgar mientras ella avanzaba con unas manos más inquietas que las piernas.

Al fin, tras rastrear el piso inferior, llegaron a unas escaleras que Roberto y el primer equipo ya estaban coronando. Camarena no lo pensó y subió raudo hasta topar con el teniente.

—No se oye nada. Esto está desierto —le dijo en un susurro que resonó por toda la estancia.

Virginia tragó con fuerza al entender la nueva derrota que estaba digiriendo poco a poco. Con cada metro que avanzaban sin resultados, su corazón se agitaba más. No así el de Edgar, que parecía relajarse al comprender que no había peligro alguno cerca.

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—Queda un piso —anunció el teniente irguiéndose por completo al comprender que el peligro se esfumaba como el humo de su cigarrillo—. La has vuelto a joder, Luque…

—Chicos. —La voz de uno de los compañeros de Camarena calló por completo a Roberto, que se volvió con el cigarro todavía en la boca hacia la zona de donde procedía la voz—. Tengo algo.

Todos corrieron hasta una habitación oscura situada al final de un largo pasillo. Una vez dentro, lo que encontraron hizo que Roberto tuviera que apretar los dientes. En el centro de la habitación se alzaban varios focos de luz que apuntaban a una silla vacía.

Intentaron seguir los cables, pero no llegaban a ninguna parte. Lo único que allí había quedado eran los dos focos, una mesa bastante limpia y la silla.

—Es aquí —dijo Virginia con los ánimos reflotados. El corazón comenzó a latirle con fuerza, esa vez por el conocimiento de estar cerca de dar con algo. Por eso se adelantó al resto de los compañeros sin escuchar las demandas del teniente.

—¡Luque, alto! —gritó Roberto al ver que la sargento tomaba las escaleras que daban al último piso.

Ella ya no escuchaba. Había pasado a un nuevo plano en su mente y en ese estaba sola, al amparo de su suerte y de que Irene se encontrara en alguna de las habitaciones superiores. En la cabeza dibujó la escena: ella tumbaría una puerta de metal y allí estaría la joven, tumbada en el suelo, agotada y esperando a que alguien la rescatara. Pero su mente estaba muy lejos de la realidad que le esperaba en el piso de arriba.

Roberto y Camarena corrieron para evitar que cualquier desgracia — por remota que pareciera— pudiera ocurrir, para intentar proteger a la sargento, que ya había llegado al piso superior y se encontraba frente a un pasillo con cuatro puertas, todas ellas cerradas.

Con el miedo atravesándole la espalda y clavándosele en las piernas, abrió la primera justo en el momento en que Roberto llegaba para empujarla.

—¿Quién coño te crees que eres? —gritó este con rabia haciendo que Virginia golpeara el brazo herido contra la pared. Ella lo miró asustada sintiendo de nuevo la realidad que ahora latía en su brazo—. Si hubiera habido alguien ahí dentro, podría haberte matado, cojones.

—Estaba buscándola. Puede estar en peligro.

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—¿Y qué te piensas que hacemos todos aquí? ¿Por qué coño crees que Camarena lleva un puto fusil en las manos? Mira, Luque —dijo Roberto entre jadeos por culpa de su precipitada carrera—, podrás ser muy buena en las negociaciones, pero no tienes ni puta idea de cómo organizar un asalto. Así que te pido que, a partir de ahora, te límites a obedecer las putas órdenes que te dan o te juro que yo mismo te llevaré a Madrid de vuelta.

Ella no dijo nada. Apretó los labios a causa del orgullo que le acariciaba el rostro y asintió con desánimo. Entendía el enfado de Roberto, aunque no quisiera compartirlo. Cuando este se calmó, revisó la misma habitación que Virginia había abierto: estaba desierta.

—Nada. Vamos a la otra —anunció acercándose a la siguiente.

En esa tampoco hallaron nada. En cuanto abrieron la puerta, solo se dejó ver una oscuridad que era atravesada por un delgado haz de luz que se descolgaba del techo. A pesar de estar desierta, Edgar sí notó algo. Tomó a Camarena por el hombro y señaló al interior de la sala.

—Alumbra ahí —pidió marcando con sus manos uno de los rincones de la habitación.

Camarena obedeció y llevó la linterna a un rincón de la sala, allí salió a relucir la verdad, escrita con envoltorios de gasas y manchas de sangre.

—Aquí han retenido a alguien —dijo Santiago Camarena mientras recorría con la linterna los restos de sangre que se repartían por el suelo.

—La siguiente —anunció Roberto colocándose junto a la puerta. Cuando abrieron, de nuevo la soledad se vio invadida por los golpes de

luz de los agentes, que buscaban en ella un atisbo de esperanzas.

Nada.

Todo lo que hallaron fue una desilusión que se grababa en las paredes con un eco que dolía tanto como la más pérfida mentira.

—Solo queda una. —Roberto se acercó a la habitación contigua a aquella en la que habían encontrado los rastros de sangre. Con menos esperanzas todavía y sin apartarse de la puerta, abrió con el mismo interés que pone alguien a los anuncios de YouTube.

Esa vez todo cambió. La realidad que encontraron en esa habitación hizo que todos se miraran unos a otros perplejos por el hallazgo que acababan de hacer.

La habitación se encontraba desierta, al igual que el resto, salvo por un pequeño detalle. En la pared, una ventana tapiada por maderas dejaba ver

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parte del pueblo de Rafelguaraf a lo lejos. Y en el centro de la habitación —donde la luz se posaba— una pequeña radio sin cables aguardaba la llegada de los oficiales.

—¿Qué mierda es eso? —preguntó Ángel cuando todos se reunieron alrededor del objeto.

Y como si de un objeto poseído se tratara, nadie se atrevió a tocarlo. Lo observaban con miedo, con temor, intentando buscar en su superficie alguna respuesta. Solo al agacharse Santiago supieron lo que significaba aquello. Camarena tomó la radio y apretó el botón de reproducir.

Los altavoces de la radio reprodujeran con fuerza una melodía maldita que tomaba forma de un lamento femenino que cada vez aumentaba de intensidad hasta que su voz se oyó con algo de claridad al lanzar, a través del tiempo, una súplica que en su momento nadie oyó.

—¿Es ella? —preguntó Roberto cuando creyó reconocer la voz.

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Solo quiero ayudar

Jueves, 2 de junio de 2022, 10:14 Poblado abandonado de Berfull, Valencia

Todo el equipo ya se aprestaba frente a los furgones de la Guardia Civil esperando la llegada del equipo científico. Pero Virginia se centraba en otra cosa. Ella no quitaba la vista de un Antonio ruborizado mientras charlaba con Roberto.

Al fin, cuando su paciencia no pudo retenerla más, se lanzó a por el cabo con una idea clara de lo que pretendía. Se plantó a su lado con la voz a punto de atravesar sus labios, pero el teniente se adelantó a sus palabras.

—Ahora no, Luque —pidió Cabrera alzando la mano para evitar que esta hablara.

—Pero este tío tiene que responder…

—He dicho que ahora no. —El rostro del teniente se encendió y apartó la mirada del cabo para dirigirla a Virginia.

Ella no pudo más. Incapaz de controlar los nervios y con mil dudas avasallándola, decidió saltarse todos los protocolos y romper en un grito de furia contenida.

—¿Vas a dejar que se vaya de rositas? ¿Que no veis que este tío está encubriendo algo? ¡Me cago en la puta! Sois todos una panda…

—¡Luque! —bramó Roberto para el asombro de todos. En ese momento el silencio cayó de forma pesada en la zona. Todos guardaron silencio ante la explosiva reacción del teniente y quedaron atentos a la discusión—. ¡He dicho que ahora no! Estoy hablando con el cabo primero Castellar para solucionar las cosas, así que te pido que te alejes de aquí de una puta vez.

—No hay nada que aclarar. Este tío les ha barrido la mierda.

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—¡Que te vayas, Luque, o juro por mi vida que hoy mismo estás fuera del caso! No voy a tolerar una insubordinación más por tu parte. ¡Largo! —estalló el teniente sacudiendo el brazo para conminar a la sargento.

Pero Virginia había vivido mucho tiempo bajo batutas hostiles y superiores agresivos. No iba a rendirse tan fácilmente. Apretó los labios y se mantuvo erguida frente a Roberto y Antonio. Este último no había dicho nada durante toda la conversación. Seguidamente, Virginia lanzó un bufido hastiado y dio media vuelta para volver con Edgar.

Su trayecto hasta donde se encontraba su compañero fue corto e intenso. En su mente no dejaba de repetir la respuesta que se había guardado para Roberto. Solo pudo respirar al encontrarse junto a Edgar y, por un momento, esa sensación le recordó que todavía podía hallar paz en ese lugar. Nunca se había parado a pensar en el poder que tienen los compañeros hasta ese momento, cuando Edgar la miró y preguntó:

—¿Todo bien?

Esa pregunta, tan simple y cotidiana, desató en ella un aluvión de pensamientos tan dispares como esenciales. Miró a Edgar y negó con la cabeza.

—Todo parece ir en contra de la investigación. Estamos pegando tumbos sin sentido y, cuando parece que vamos a dar con algo, nos topamos con que esos hijos de puta van dos pasos por delante. Estamos cojos, ciegos y encima ahora mudos.

—Calla y observa —dijo él.

Ella lo miró con una expresión interrogante, sorprendida ante esa respuesta tan corta, aunque pronto se daría cuenta de su precipitada observación.

Cuando se volvió, vio cómo Roberto increpaba con rabia a Antonio, que no hacía más que asentir acobardado.

—No están hablando de nada bueno. Me atrevería a decir que Cabrera le está recriminando algo —dijo Edgar, que no había perdido detalle de todo lo que pasaba desde que ambos se reunieron a unos cuantos metros del grupo.

—Debería estar en los calabozos.

—Ahora mismo no piensas con claridad, Virginia. Está claro que Antonio oculta algo, y Cabrera parece querer sacárselo. No podemos estar tan a la defensiva, no nos ayuda nada. Es el momento de remar todos juntos o acabaremos como hasta ahora: dando vueltas en círculos.

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Virginia no dijo nada. Siguió observando, meditando sobre lo que había dicho Edgar. De nuevo volvía a comprender que un compañero es quien se pone delante cuando vas a doscientos kilómetros por hora y sin frenos. También quien se lanza a una piscina solo por el hecho de acompañarte. Tal vez Virginia era de las que se lanzaban sin mirar y Edgar de los que ponían freno. Al fin y al cabo, esa compenetración era la que hacía de ambos un equipo.

—No pienso parar hasta que hable.

—No te hará falta mucho —respondió Edgar sacudiendo la cabeza. Roberto y Antonio caminaban hacia ellos con una combinación

extrema de rostros. El de Cabrera era un rostro encendido, duro y afilado.

El de Antonio era muy distinto al habitual: ojeroso, apagado y humillado.

—He estado a punto de no compartir esto con vosotros, pero por alguna puta razón alguien os quiere más a vosotros que a nosotros, así que pienso que esto os interesa. Tenéis que oírlo —dijo Roberto colocando su teléfono móvil sobre el capó del Cupra de Edgar.

Cuando dejó el teléfono, inició la reproducción de una grabación que acababa de mandarle Ángel, que, a pesar estar a unos metros, por alguna razón decidió compartirlo por WhatsApp. Se trataba de una grabación de la radio que habían encontrado unos minutos antes.

—Eso es…

—¡Calla y escucha! —interrumpió el teniente a Virginia.

En la grabación podía oírse a una muchacha llorar sin consuelo mientras pedía ayuda. De pronto, la voz se cortó y dio paso a otra grabación. Ahora amenazaba con romper los altavoces del teléfono de Roberto una voz distorsionada y grave que dejaba un mensaje claro:

Atendiendo a las exigencias de nuestro público, nos gustaría hacer pública una invitación única y especial para el señor Raúl García García. Esta invitación solo se hará efectiva el próximo jueves 2 de junio. Señor Raúl García, queda usted invitado como usuario de primer grado a nuestro espectáculo estrella. ¿Podrá usted vencer a la locura? Si decide aceptar, solo deberá acudir a la dirección que aparece en la descripción de esta grabación a las 22 horas. Sobra decir que debe acudir solo y sin ningún elemento que pueda distorsionar el buen funcionamiento del juego. Esperamos que disfrute de la experiencia.

—¿Qué coño significa esto? —preguntó Virginia con la respiración entrecortada.

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—Pues, casi con total seguridad, que van a querer cargarse a Irene delante de él. —Roberto había sido claro en su hipótesis y ni siquiera le tembló la voz cuando lanzó al aire su pensamiento.

—¿Por qué Raúl? No tiene sentido llamar al padre de la chica que ellos mismos tenían retenida. —A Virginia le estallaba la cabeza. Parecía que, en cualquier momento, fuera a desmayarse—. Todo esto tiene que ser una trampa.

—Es obvio que es una trampa, Luque. Ahora bien, creo que debemos pensar qué vamos a hacer. Si se lo decimos o no.

—Quizá él sepa por qué tienen tanto interés en que sea él quien acuda —insistió Virginia, que todavía seguía escéptica ante la idea de que todo fuera producto de una serie de coincidencias.

—Yo creo que tengo la respuesta —las palabras de Antonio devolvieron la incredulidad al rostro de Edgar y Virginia. No pasó lo mismo con Roberto, que ya conocía la historia.

—¿Qué quieres decir? —indagó ella con el pecho a punto de estallar. —Que creo que sé por qué quieren a Raúl de invitado. —Los ojos de

Antonio se llenaron pronto de un brillo perlado que atrapaba la luz. No estaba llorando, pero por la necesidad de no mostrar ese lado humano, no porque el dolor fuera insuficiente—. Esos tipos que visteis la otra vez, los que pensáis que están detrás de las muertes de los dos chicos esos, son investigadores privados.

—¿Investigadores privados? —saltó Edgar sorprendido. Ni siquiera él había esperado ese giro en la historia.

—Así es. Investigadores privados que contrataron para dar con las personas que tenían a Irene, y los que habían hecho eso con Lucía.

—No tiene sentido. Estás mintiendo —adujo Virginia con un orgullo insano repartiéndose por todo su cuerpo—. ¿Quién iba a querer poner investigadores privados en el caso? Y, peor todavía: ¿por qué contactarían contigo?

—No solo conmigo. Habían contactado con varios cuerpos de la zona.

Pascual y Patri también estaban al corriente. Solo buscaban ubicaciones.

—¿Dónde están ahora? ¿Por qué no sabíamos nada de ellos? — Virginia se mostraba nerviosa, enfadada con todos los que habían participado en aquello.

—Te repito que eran privados. Y no sé dónde están. Yo no me comunico con ellos.

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—Entonces dime quién es la persona que les paga. Hablaremos con ellos entonces.

Antonio apartó la cara negando la respuesta que Virginia exigía. Miró a Roberto y esperó hasta que este le diera la orden para poder contestar. Cuando así fue, se volvió hacia la sargento.

—Fue Raúl quien los trajo.

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Irene

115 horas desaparecida

Cuando la oscuridad se hace parte de uno mismo, incluso la sombra más pequeña parece luz. Y para Irene, su luz era la idea de escapar de allí a toda costa. Sabía que tendría que hacer algo para lo que podía no estar dispuesta, pero su pregunta era otra: ¿había algo que no estaba dispuesta a hacer ahora?

Estaba dispuesta a todo, por lo que su miedo se hacía todavía más grande. Solo había una situación para la que no estaba preparada y la mera idea de planteársela hacía tambalear su esperanza de escapar. Solo había una cosa que no quería hacer; para lo que no se había preparado.

Morir.

Y ese miedo provocaba en su mente una batalla cuyo vencedor resultaba imposible de predecir. Como suele ocurrir cuando una persona se enfrenta a una situación que no conoce, sus preguntas iban más allá del «¿Qué pasará?» o «¿Por qué a mí?» Sus dudas viajaban por rincones tan remotos como los que aporta la muerte: «¿Dolerá mucho?», «¿Será rápido?», preguntas que nadie se hace ni espera hacerse, preguntas que equilibran la balanza hacia un lado peligroso y lúgubre. No hablaba de un tatuaje nuevo o un parto que jamás tuvo en mente. Ahora el dolor que imaginaba era el que podía proporcionar una mente desquiciada, desprovista de humanidad o empatía, alguien cuya sed solo se saciaría con sus gritos infaustos y desgarrados.

En el caso de Irene, esas preguntas habían llevado a su lado más rebelde a ganar la batalla. Y eso hacía que su propia mente no encontrara diferencias entre la persona que la había visitado durante varias noches y ella. ¿Era un monstruo?

Definitivamente, se iba a convertir en uno.

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Y, al abrirse la puerta y volver a cubrirse Rojo de sombras, ella supo que su bautismo de sangre estaba cerca.

—Ha llegado el momento. ¿Qué vas a hacer?

—Tengo miedo —dijo ella. Y no mentía. No era miedo, era pavor lo que sentía cada vez que vislumbraba en su mente todas las posibilidades que surgían al imaginar lo que ocurriría esa noche.

—Lo sé. Y no vas a dejar de tenerlo nunca. La pregunta ahora es:

¿quieres ser libre o al menos luchar por ello?

Irene miró a los ocultos ojos de Rojo y creyó encontrar algo de esperanza en ellos. Quizá él era esa pequeña sombra dentro de su completa oscuridad. Rojo era aquello a lo que aferrarse para salir de allí. Por eso asintió.

Entonces Rojo soltó un pequeño suspiro y miró hacia la puerta. Todo lo que hacían en ese momento debía realizarse en la más completa clandestinidad, pues, si en algún momento alguien los descubría, se acabaría para todos.

—Una vez salgas de esta casa, no podré volver a ayudarte. No voy a poder estar allí cuando todo empiece, así que vas a tener que hacerlo tú sola.

Llegados hasta ese punto, un nuevo miedo reflotó en la mente de la joven, incapaz de ver triunfar ese plan sin el refuerzo que Rojo le suponía.

—No puedes dejarme sola —suplicó ella con los ojos anegados en unas lágrimas que evocaban el peor de los augurios—. No lo lograré sin ti.

—No puedo ir contigo. Mi trabajo está aquí y no me permiten ir más allá. Por eso intento ayudaros desde aquí. Estoy seguro de que tú también lo lograrás, pero tienes que hacer todo lo que yo te diga. ¿Lo has entendido?

Irene negó con la cabeza no porque no lo hubiese entendido, sino porque no quería aceptar ese aciago destino, que dependía de sus propias y escasas fuerzas.

—Sin ti no. No puedo.

—Irene, tienes que ser fuerte.

Ella tragó saliva y cerró los ojos solo para dejar que los pensamientos se evaporaran como el alcohol en verano. Al fin, cuando su corazón consiguió relajarse unas pocas pulsaciones, asintió.

—¿Qué tengo que hacer?

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Y como si su pregunta hubiera abrazado con fuerza a Rojo, este se relajó hasta el punto de que, incluso bajo esa máscara que le cubría la cara, Irene pudo percibir una ligera sonrisa.

—Solo tendrás una oportunidad, así que has de estar muy preparada, Irene. Sé que esto va a ser muy difícil, incluso que, quizá después, no vuelvas a ser la misma, pero es la única forma. No podrás salir de aquí si no acabas con él. Eres tú o él, y ellos no van a dejar que os vayáis los dos.

—¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? —preguntó ella asustada.

Rojo no respondió, señaló su máscara y llevó un dedo hasta el tridente rojo que decoraba su frente.

—Los que te han traído hasta aquí. Han pagado por tu juego y, hasta que no se acabe, no se marcharán. Y solo acabará cuando uno de los participantes ya no pueda seguir jugando.

Esas palabras no ayudaron a Irene, que comenzó a temblar con más fuerza, temerosa de lo que podría ocurrir.

—¿Entonces tengo que…? —Y aunque ella ya se había planteado esa opción durante muchas horas, la certeza que Rojo imprimía en sus palabras provocaba un miedo cerval en Irene, que comenzaba a dudar de su fortaleza.

—Es la única salida. Solo así podrás marcharte. Cuando salgas por esta puerta, ya no volverás a entrar, pase lo que pase —sentenció él con la voz débil a causa del dolor que le provocaba tener que decir algo así.

Quizá, en otra situación, Irene hubiera acabado por rendirse y habría dejado que el destino decidiera por ella. Tal vez, en un mundo paralelo, su muerte hubiese llegado esa misma noche. La Irene de esta realidad ya sabía lo que era estar cerca de morir, y no estaba dispuesta a hacerlo, por eso cerró los ojos, se preparó para escuchar el plan y decidió que haría lo que fuera necesario.

—Lo voy a hacer —prometió con toda la sinceridad que su valor le permitió escupir.

—Bien, este es el plan —comenzó a explicar Rojo.

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La invitación

Jueves, 2 de junio de 2022, 12:29

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

Aquella estampa devolvía a los dos sargentos al principio, a un recuerdo que solo portaba angustia a dos cuerpos exhaustos. Edgar había detenido el coche a cincuenta metros de la entrada al hospital hacía más de cinco minutos, aunque ninguno de los dos se había bajado todavía. Ambos seguían atentos a la muchedumbre que se apostaba frente a la entrada, todos con móviles, micrófonos y cámaras encima.

—¿Qué habrá pasado para que estén todos aquí otra vez? —preguntó Edgar nervioso. Su cuerpo sudaba más de lo habitual y empapaba su camisa gris de algodón.

—¿No lo imaginas? —respondió ella mordaz. Su respuesta no buscaba una nueva teoría, sino que, más bien, trataba de ofrecer una afirmación oculta en sus ácidas palabras.

Edgar suspiró con angustia ante la idea de tener que cruzar de nuevo por esa marea de focos apuntándole a la cara, de empujones y gritos atropellados, de preguntas que nadie responde.

—Tendremos que ir. Si es por lo de Raúl, no van a moverse de aquí hasta que puedan hablar con algún familiar o compañero del cuerpo.

Virginia asintió con desánimo y se apresuró a bajar del vehículo en primer lugar. La siguió Edgar, que bajó clavando la mirada en el suelo para intentar ignorar el contacto con los periodistas, pero estos ya se habían percatado de la presencia de los dos agentes y cargaron sus cámaras. Todos guardaron silencio hasta que Virginia llegó junto a ellos.

De pronto, una lluvia de preguntas comenzó a caer sobre ellos como pesadas piedras que eran incapaces de esquivar. Guardaban silencio, pedían perdón tras cada empujón hasta que llegaron a la puerta.

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Virginia pudo oír varias preguntas. Algunas iban referidas al caso, otras se centraban más en el estado de salud de Lucía y su alta prevista para ese mismo día: «Sargento Luque, ¿tienen ya alguna novedad con respecto a la desaparición de Irene? Se rumorea que la pareja de Lucía podría tener algo que ver», «¿Saben cuál es la razón para que hayan decidido dar de alta a Lucía sin tener una valoración sobre su estado de salud mental?», «¿Qué pueden decirnos sobre la extraña desaparición de uno de los sospechosos y socios de Raúl García?».

Demasiadas preguntas en tan poco tiempo, tantas que apenas llegaron a memorizar un par de ellas, que respondían de la misma manera; derivando al Gabinete de Prensa.

Pero, entre toda esa sinfonía extraña de voces agudas y profundas, una destacó por encima de todas, y no lo hizo porque ambos la hubieran reconocido, ya que la habían visto desde el principio: esa voz destacó por la pregunta que hizo, que se aferró a los pies de los sargentos deteniéndolos de golpe.

Virginia se volvió y buscó entre la melé de periodistas a Sofía.

Allí estaba ella, intentando colocar su teléfono móvil por encima de la cabeza desnuda de un reportero con las credenciales de la Cadena Ser. Esa mano, pequeña y fina, fue la que tomó Virginia para sacarla de aquella tumultuosa reunión. La introdujo de un fuerte tirón en el hospital y pidió al resto que se apartaran.

—¿Qué has preguntado? —intentó asegurarse de que había oído bien la pregunta de Sofía.

Esta preparó su teléfono y dio inicio al grabador justo antes de lanzar la pregunta que congeló a los dos agentes:

—Había preguntado si teníais ya claro cuál había sido la causa exacta de la muerte, en extrañas condiciones, de Dolores Canales.

Y el golpe que produjo la liberación de las dudas de los agentes hizo que todo se apagara. Virginia no supo qué responder, Edgar apenas lograba respirar con normalidad y Sofía entendió de inmediato que había cometido un error.

—Lo siento, pensé que ya lo sabían —se disculpó tras ver el rostro de los dos agentes, y apagó el teléfono móvil—. Creo que lo mejor es que dejemos las entrevistas para otro momento.

—¿Por qué dices que Lola ha…? —Virginia intentó seguir indagando a pesar de la soga que estrangulaba sus palabras.

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—Tenemos nuestros contactos. Hemos sabido que esta noche ha sufrido un fallo multiorgánico. Dicen que puede ser que su cuerpo no haya podido aguantar más, pero, según nos han dicho, se ha visto algo en las grabaciones de seguridad.

Virginia miró a su compañero, y ambos comenzaron a caminar hacia la planta donde había descansado Lola los últimos días sin despedirse siquiera de Sofía, que se quedó mirando cómo se marchaban los agentes con el hastío reflejado en sus ojos.

Fueron varios pisos, apenas un centenar de escaleras, pero un trayecto tan corto como intenso. Virginia no sabía si gritar de rabia o llorar de dolor. Al fin, cuando encontraron al doctor Falguera, se decantó por lo primero. Tomó al doctor por el brazo y, al volverse este sorprendido, ella se dispuso a gritar, pero en ese preciso instante, la mirada de Edgar le alertó de sus movimientos, por lo que prefirió respirar y apartarse un metro.

—Disculpe la interrupción. Nos acaban de informar de que la psicóloga que llevaba el caso de Lucía ha fallecido. ¿Cómo no han avisado de esto?

El doctor arrugó la frente como si no entendiera la pregunta de Virginia, como si no acabara de comprender el motivo exacto por el que estaban los dos allí mirándose a los ojos y fingiendo respeto.

—Claro que avisamos. ¿Quién le ha dicho a usted que no lo hicimos? La sargento abrió los ojos ante la respuesta inesperada del doctor, miró

a Edgar y se rascó la cabeza a causa de las dudas que calentaban su cuerpo.

—¿Cómo que han avisado? ¿A quién han avisado?

—A sus compañeros. Es más, hace un rato estuvieron aquí revisando las grabaciones de las cámaras de seguridad.

—¿Revisando grabaciones? ¿Qué es lo que ha ocurrido?

—Poco o nada sabemos. Lo único cierto es que en la última visita de la noche se encontraba estable y, al pasar en la siguiente ronda, ya no respiraba y el monitor había sido silenciado —arguyó el doctor tomando entre los brazos la carpeta que portaba cuando lo detuvieron los agentes.

—Entonces… —dejó caer Virginia.

El doctor se encogió de hombros justo antes de repetir que los compañeros habían estado revisando las grabaciones.

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—Pero… —interrumpió Edgar, que poco a poco volvía a recuperar su habitual estado analítico—. No entiendo por qué estáis tan seguros de que no fue una muerte natural. ¿No puede ser que algún enfermero silenciara el aparato en visitas anteriores?

—En primer lugar, nadie ha dicho que no sea una muerte natural. Lo que nos ha resultado extraño es que no había indicios de que pudiera producirse un fallo multiorgánico a causa de la ventilación mecánica. Todo parece indicar que la muerte es por un fallo al destete ventilatorio. Y a lo segundo, ningún enfermero tocaría jamás los monitores.

—¿Qué quiere decir? —inquirió otra vez Virginia.

—Que es probable que alguien haya desconectado el sistema de respiración. De ser así, y en el caso de que las heridas en el cerebro de la paciente hubiesen sido tan grandes como para producirse la muerte cerebral, es posible que, al desconectar el ventilador, se haya producido un fallo.

Los dos agentes miraron al doctor, entendieron lo que había pasado y odiaron en ese momento a todo el mundo, especialmente a las personas que no habían avisado del hecho.

—¿Sabe quién ha venido a revisar las grabaciones?

—No tengo ni idea. Un compañero vuestro las ha recogido y se las ha llevado.

—¿Se veía algo en ellas? —preguntó Virginia con más miedo que duda, sintiendo que, si oía la respuesta, esta pudiera costarle una nueva pérdida de control.

—No sé si debería decir algo así.

—Doctor, lo vamos a averiguar. Solo queremos ahorrar tiempo.

El doctor Falguera suspiró y, arrugando los labios, miró en derredor antes de hablar.

—Se ve el tráfico típico de personal. La única visita extraña es la de una paciente que parece burlar todos los filtros de seguridad y entra en la habitación. Pasados unos minutos, se marcha.

Edgar y Virginia se miraron de nuevo presintiendo que ambos estaban teniendo el mismo pensamiento, pero fue ella la que se animó a lanzarlo al viento.

—Lucía.

El doctor se encogió de hombros sin querer dar más detalles y se despidió para luego alejarse lentamente por un pasillo distinto al que

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tenían previsto tomar los agentes. Ellos corrieron en busca de la habitación donde aguardaba la joven, pero buscaban algo más, a alguien más, pero, antes de entrar, otra presencia hizo que estos pospusieran sus planes. En la puerta se hallaban los dos agentes destinados a la custodia de la habitación arrastrando la mirada por el embaldosado brillante del suelo.

Virginia los miró con profunda seriedad.

—¿Alguien sabe si Lucía ha salido de la habitación esta noche?

—Mi sargento, los compañeros que estaban en el turno de noche no nos han dicho nada al respecto —respondió veloz uno de ellos, flaco, alto, de brazos marcados y con un tatuaje de una flor de loto que asomaba por la manga del uniforme.

—¿Cuándo ha llegado el padre? —inquirió Virginia sin borrar el rictus serio de su rostro.

—Hace poco más de una hora.

Y, sin más, ambos entraron en el cuarto cuando el silencio volvió a ser parte de ellos.

Allí lo encontraron. En el interior de la habitación, apoyado en la pared y en silencio mientras Inma charlaba sola, como de costumbre.

Virginia aguardó en la puerta esperando a que Raúl accediera a cruzar la mirada con ella y escuchó, mientras tanto, cómo Inma relataba a una Lucía callada todo lo que iban a hacer el día siguiente.

—Señor García, nos gustaría hablar con usted en privado —anunció Virginia tras entender que el hombre no estaba por la labor de cooperar.

Este le dedicó una expresión de desprecio, como quien ignora a un borracho revolcándose en sus propias heces, y siguió callado viendo cómo Inma asomaba la cabeza para comprobar quién reclamaba a su marido. Cuando vio a Virginia, arrugó los labios dibujando la repugnancia misma en su rostro.

—Señor García —insistió ella—, es importante y urgente.

—¿Qué puede ser más urgente que esperar a que me permitan llevarme a mi hija a casa? —espetó con rabia el hombre, cuyo cabello despeinado denotaba la falta de descanso necesario.

Virginia apretó las manos, pero no fue capaz de contener el reflujo amargo que le provocaba la respuesta que iba abriéndose paso por su garganta.

—Los investigadores que tiene colaborando con la Guardia Civil de Villanueva de Castellón —dijo con la voz cargada de orgullo y rabia—.

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¿Es suficientemente importante?

Su respuesta no tardó en encontrar la reacción que esperaba desde el principio. Raúl levantó la barbilla y, como conducido por otro ser que no era él, caminó rápido hacia los agentes. No dijo nada. Se limitó a pasar por su lado y salir de la habitación.

—¿Qué coño estáis diciendo de colaborar con la Guardia Civil? —Señor García, sabemos que ha estado jugando sus propias cartas en

esta partida, pero se le han terminado las monedas. Se acabó la partida. Primero quiero que sepa lo que me indigna que gente pudiente como usted se aproveche de su estatus para hacer lo que le venga en gana —las palabras de Virginia buscaban herir al hombre, que estaba encajando cada golpe con seriedad y entereza—. Lo segundo, quiero que organice una reunión con sus investigadores. Necesitamos hablar con ellos.

—Yo no… —intentó decir Raúl, pero la sargento lo evitó de golpe dando un paso hacia él.

—No quiero excusas. Quiero que tome el teléfono y concrete una reunión. Se nos acaba el tiempo y no podemos perderlo con discusiones que no llevan a ningún puerto.

—¿Por qué queréis reuniros con ellos?

—Sencillo: porque detrás del accidente de Lola y de la muerte de un informador nuestro está un vehículo del mismo modelo que el de sus investigadores. Así que o los llama usted o lo hará el juez después de que pase a su disposición.

Raúl guardó silencio porque él, a diferencia de la sargento, intentaba ser lo más preciso posible en sus diálogos. Aunque la realidad esa vez era que había callado por la vergüenza que le suponía aceptar su traición. Después de un minuto de silencio, tomó su teléfono y se alejó unos metros.

—Deberíamos hablar también con ella —dijo Edgar en referencia a Lucía.

—¿De verdad crees que ella tiene algo que ver? No voy a ponerla en esa situación. Primero quiero ver las grabaciones. Luego hablaremos con ella.

Edgar, que entendía los motivos de Virginia, asintió con convicción y compartiendo pensamiento. Y no volvieron a decir nada, ya que Raúl había vuelto con ellos.

—Hoy no van a poder. Mañana a primera hora vendrán.

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—Mañana ya será tarde —sentenció Virginia tras las excusas de Raúl. —¿Qué quieres decir? —preguntó este con una nueva sombra resurgiendo en su rostro. Como si, de repente, hubiera previsto lo que iba a

suceder a continuación.

Virginia, que también había visto el cambio en sus ojos, suspiró con temor a decir más de la cuenta, pero sabiendo que debía ser sincera con el padre de Lucía.

—Esta mañana hemos dado con el lugar donde, posiblemente, hayan tenido retenidas a Irene y a Lucía.

—¿Dónde está Irene? —preguntó preocupado Raúl.

—De momento no lo sabemos. Igualmente pensamos que puede estar viva y que hoy será la reunión para preparar lo que llaman «el juego».

—¿Cómo lo sabéis?

Virginia guardó un silencio necesario para encontrar las palabras justas.

—Hemos encontrado una grabación en donde anuncian que esta noche será su noche y donde también acuerdan una cita.

Los ojos de Raúl se abrieron como nunca lo habían hecho.

—¿Una cita? ¿Una cita con quién?

—Con usted.

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La trampa

Jueves, 2 de junio de 2022, 14:01

Cuartel de la Guardia Civil de Alcira, Valencia

—¿Por qué me han elegido a mí? —preguntó Raúl.

Había pasado más de una hora desde el encuentro en el hospital y la tensión no hacía más que aumentar. Ahora, ya en el cuartel y sentados tranquilamente en una sala silenciosa y bastante reservada de oídos extraños, Raúl se enfrentaba a las preguntas de Virginia y Edgar. Roberto también aguardaba a un lado de la pared, desasosegado, inquieto, inexpresivo.

—Lo más seguro es que se trate de una trampa. Por eso no vamos a permitir que se exponga a algo semejante. Es muy probable que sus investigadores hayan tocado algún hilo incómodo y estén enfadados con usted —Virginia era sincera, más que nunca, tanto que no le importaba incomodar al padre de Lucía.

Este, en cambio, se mostraba nervioso, tímido ante las cuestiones que se le presentaban. Toda esa expresión seria y contenida con la que acostumbraba a tratar a los agentes se iba borrando poco a poco.

—¿Y qué pasaría si no acepto?

—Primero, es la decisión más acertada. Lamentablemente, tenemos muy poco tiempo para dar con el paradero de Irene. Si la invitación es para esta noche, lo más probable es que sea entonces cuando Irene deje de ser necesaria.

Esas fueron, tal vez, las palabras que más dolieron a un Raúl que se había consumido en las últimas semanas. Su cara huesuda y su piel reseca denotaban la decrepitud de un hombre agotado y rendido.

—Entonces, si yo no acepto, ni siquiera sabéis dónde la tienen. Es decir, Irene morirá esta noche sin que nadie haga nada.

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—Hacemos todo lo que está en nuestras manos —se adelantó Roberto molesto ante las observaciones de Raúl.

—¡No me jodas! No hacéis nada más que dar paseítos y preguntar a la gente. Desde que desapareció mi hija, no habéis dejado de correr de un lado a otro como pollo sin cabeza.

—Si no hubiera gente tan cínica como tú, que piensa que puede arreglarlo todo por su cuenta, no estaríamos dando vueltas como gilipollas —gritó el teniente separándose de la pared de un empujón con las manos. Se abalanzó sobre Raúl, pero no con intención de pegarle, sino para mostrarle de cerca el odio que derramaban sus palabras—. Si hubieras sido sincero desde el primer día, es posible que hoy hubiésemos encontrado a Irene. Así que no me toques las pelotas, Raúl.

El hombre apartó la cara y respiró con fuerza ante el alud inesperado que Roberto había lanzado contra él.

—Yo… nunca quise que esto… —dijo él en un arrebato culposo que encogía su pecho. Raúl se hacía pequeño en su silla.

—¿Por qué ha hecho algo así? —quiso saber Virginia, que no entendía las motivaciones de Raúl—. ¿Por venganza? ¿Por miedo? ¿Qué es lo que quiere ocultar, señor García?

Raúl pareció estallar ante la pregunta inquieta de Virginia, que más que una pregunta era una acusación disfrazada.

—¿Ocultar? ¿Acaso pensáis que yo he hecho esto para ocultar algo? —No encuentro otra respuesta para ello.

—Pues porque no te has parado a preguntar de forma efectiva. Jamás he ocultado nada, hasta ahora. Si los contraté fue porque quería encontrar a Irene antes de que acabara como… —No pudo continuar: consumido por la imagen de su hija, lejana y destruida, tragó saliva para aliviar algo de la angustia que se aferraba a su garganta.

—¿Y ha averiguado algo? —inquirió Edgar desde una pequeña sombra que se formaba entre los cuerpos de Virginia y Roberto.

—Nada. Solo que esa banda es de lo peor que hay por la zona, y que su forma de actuar los hace casi imparables. Si yo no voy esta noche, seguramente Irene ya no despierte mañana, así que acepto. Lo haré —dijo dejando a todo el mundo callado durante casi un minuto.

—No puede hacer eso. No sabemos a lo que se expone si acepta — explicó Virginia en un arranque sincero de temor.

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—Lo sé. Sé que voy a una muerte segura, pero si con ello puedo salvar a Irene, habrá valido la pena. Quizá esto sea por mi culpa. Ella no debería estar ahí, sino yo.

—¿Qué quiere decir?

—¿Acaso no está claro? —expuso Raúl con una sonrisa irónica—. A mi hija la secuestraron para hacerme daño a mí. Yo tendría que haber ido esa mañana con mis tres socios, pero no salí. Ahora han secuestrado a Irene como un castigo a mis actos, sin mencionar mi desliz. Debo aceptarlos y enfrentarme a mi destino.

Los tres agentes se miraron y, por una vez, llegaron a comprender las palabras de Raúl, que se mostraba triste e inclinado sobre la mesa. La culpa le pesaba demasiado, tanto que lo derrengaba poco a poco.

—Sea como sea, no puede dejarse matar por eso. Todos somos responsables de lo que hacemos, tenemos y entregamos, pero eso no quita que tengamos que aceptar nuestros castigos. Los hay desmesurados, y es injusto que alguien quiera hacerle pagar por una decisión que le nació del corazón. No obstante, entiendo lo que quiere hacer y vamos a poner todas nuestras armas sobre la mesa. No va a estar solo.

Raúl sonrió mientras veía cómo la sargento se levantaba y pedía a Edgar que lo acompañara. Él se quedó allí, solo ante la mirada crítica de Roberto, que, aunque ya no lo juzgaba, seguía responsabilizándolo.

—¿Adónde vamos? —preguntó Edgar mientras seguía a Virginia en una carrera que se traducía en pasos rápidos de Virginia y pequeñas zancadas de su compañero.

—Sé quién puede darnos más información de lo que va a pasar.

Y en pocos segundos se plantaron en los calabozos del cuartel. Allí, sentado en una dura y sucia cama, Mario se entretenía mordiéndose la única uña que todavía le quedaba sana. Todo cambió cuando vio a los dos agentes frente a la puerta: se incorporó y miró en silencio, a través de las sombras que oscurecían su rostro, a Virginia.

—¿Qué queréis? —preguntó con pocas ganas.

—Esta noche será el juego de Irene. Necesitamos que nos ayudes.

El chico sonrió con desdén mientras volvía a reclinarse sobre el colchón y ponía los brazos bajo la nuca.

—¿Por qué tendría que ayudaros?

—Porque será la única forma de dar con los tipos que mataron a tu amigo.

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Mario borró la sonrisa de golpe, como quien da un portazo al entrar en casa, y se retorció sobre la cama hasta acabar en posición fetal.

—Yo no tengo amigos. No me interesa vuestra propuesta. Estoy empezando a acostumbrarme a esto.

—Pero tuviste amigos. Tienes la opción de ayudar a Irene. De ti depende que esta noche podamos salvarla.

—Poco me importa lo que le pase a la niña esa.

Entonces Virginia golpeó los barrotes de la celda con rabia. Dio media vuelta e intentó calmarse. Cuando supo que no podría hacerlo, se giró de nuevo y agarró con fuerza una de las barras.

—Juro por Dios que, si no nos ayudas, voy a hacer que pagues por lo que le han hecho a tu amigo.

Mario no pudo evitar carcajearse de la reacción de Virginia. Apenas ladeó la cabeza, mostró su afilada sonrisa, y se recostó de nuevo.

Humillada, Virginia hizo el ademán de abrir la puerta, pero Edgar la detuvo.

—Es lo que quiere —le dijo en un susurro leve.

Ella suspiró, asintió con delicadeza y dejó escapar todo el aire que había retenido en los pulmones. Por un momento se obligó a ser la Virginia de siempre, aquella a la que habían llamado para llevar ese caso, la que tenía el poder de dar la vuelta a la tortilla.

—Hemos encontrado a la persona que está detrás de ese Volvo. También hemos dado con la casa y con una grabación donde invitaban al padre de Lucía al juego. Pero nos hemos dado cuenta de que hay alguien, dentro del cuerpo, que está al tanto de todo. Así que lo que haremos ahora es anunciar a bombo y platillo tu enorme y valiosa colaboración. También se lo haremos saber a la prensa que aguarda en el hospital donde retienen a Lucía. Será entretenido ver cómo te las apañas cuando salgas de aquí. Me interesa ver si llegas a conocer tu futura celda.

Y no dijo nada más. Virginia se dispuso a marcharse, visto que Mario no reaccionaba. Y no lo hizo durante más de diez metros. Pasada esa distancia, su voz cansada y alejada atravesó el pasillo.

—Si lo han invitado, ya está muerto: si sube a ese camión sin haber pagado nada, es carne de cañón.

—¿Y tú sabes todo eso porque…? —preguntó ella tras detener su avance y mirándolo desde la distancia.

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—Todos sabemos lo que pasa cuando llegas al camión. Si algo tiene ese grupo es que saben desaparecer tanto ellos como las personas que son víctimas de sus juegos. Si alguien entra al camión y no ha pagado es porque es el juego. Y si es el juego, una vez cerradas las puertas, todo acaba.

—¿Qué puedes decirme del camión? —preguntó Virginia al comprender que Mario se abría. Su cuerpo ya no se recostaba en la cama, sino que se había sentado al borde ella y, aunque todavía anclaba los codos a las piernas, su expresión era más colaboradora.

—Del camión nadie sabe nada. Cuando te recogen, lo hacen con las máscaras ya puestas. Una vez entras en el coche, te colocan una a ti y te cubren la cara para que no sepas dónde estás. Solo la destapan dentro del camión. Y ahí todo está preparado. Hay varias habitaciones bastante grandes en donde preparan los juegos, todo siempre a gusto del participante.

—¿Por qué el participante del juego de Lucía os invitó a ti y a Carlos? —Nunca lo supimos. Como ya he dicho, era un amigo muy apegado al Chema, eso es todo lo que sabíamos. Nadie lo ha visto, ni tampoco

sabemos su nombre.

—¿Qué ocurre en el camión?

—Poca cosa, ahí nunca hay nadie, te dejan a solas con la víctima para que hagas lo que has pagado por hacer. No te imaginas qué clase de personas puedes encontrarte ahí. Creemos que nos conocemos todos, pero nadie se imagina cómo puede llegar a ser una persona cuando sabe que nadie más va a conocer su secreto. Hay personas que son capaces de vivir en una mentira sin que nadie llegue a conocer jamás su verdadero rostro, siempre portando una máscara para que nadie lo reconozca. Eso es lo que defiende Psique.

—¿Dónde está el camión?

—Nadie lo sabe. Nunca está en el mismo lugar. Por eso se hace tan difícil este juego. Por eso lo hacen en un camión. Ese camión está siempre en movimiento.

Virginia apretó las manos cansada de soportar la ignorancia que supone una información a medias. Bufó con rabia y se dio la vuelta.

—¿Qué va a pasar entonces con Raúl? —intentó averiguar Virginia, aunque en su mente ya conocía la respuesta.

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—Normalmente los recogen en una zona bastante apartada y oscura. No os penséis que lo podéis controlar porque ellos ya habrán pensado en todo. Si llega acompañado, lo sabrán. Si tiene algún micro o dispositivo, lo sabrán. Si alguien está siguiéndolo, por muy lejos que vayan, lo sabrán. No tenéis nada que hacer si esta gente se ha tomado la molestia de invitarlo abiertamente.

Virginia apartó el rostro dolida al comprender que todo lo que decía Mario tenía sentido. Negó con la cabeza y asumió la derrota antes de volverse de nuevo y alejarse de forma definitiva.

Pronto habían abandonado la zona de celdas, dejando allí a un Mario que se había quedado con muchas cosas que decir. Quien no se guardó nada fue Edgar, que seguía callado caminando a su lado.

—¿Qué vamos a hacer?

—No podemos dejar que Raúl vaya allí. Va a una trampa.

Pero sus palabras cayeron en saco roto al ver a Raúl discutir, a lo lejos, con Israel. Este sacudía los brazos con fervor mientras hablaba en un tono más fuerte al habitual. Aunque sus palabras solo se entendieron cuando Virginia y Edgar estuvieron lo suficientemente cerca.

—¡Estás loco! Van a matarte. —Israel se volvió hacia los agentes justo cuando estos llegaron—. ¿Todo esto ha sido idea vuestra?

—Para nada. De hecho, hemos venido a insistir para que no continúe con su plan: es demasiado peligroso.

—Ya lo has oído, Raúl. Vas a ir a tu propio funeral. ¡No me jodas, hombre! Es de locos lo que quieres hacer.

—No quiero hacerlo. Pero no voy a permitir que Irene muera sola.

—Pero… —Israel se contuvo un segundo antes de seguir hablando—.

No es Lucía, Raúl. No le debes nada.

Y, aunque las palabras de Israel golpearon con fuerza el rostro de Raúl, este se contuvo tanto como pudo.

—Quiero pensar que Ernesto hubiera hecho lo mismo por Lucía. —No digas gilipolleces. Ernesto se hubiera lavado las manos, y lo

sabes.

—¡Para, Israel! Está decidido.

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Una llamada

Jueves, 2 de junio de 2022, 17:47

Hospital Universitario de la Ribera, Alcira, Valencia

Una llamada puede cambiarlo todo. Y Virginia todavía no podía imaginar lo que la llamada perdida que había ignorado en su terminal podría significar. Su mente se centraba en la acalorada discusión que Raúl mantenía con su mujer en la habitación del hospital.

—No puedes irte: Lucía te necesita —dijo Inma justo antes de volverse hacia su hija. Esta lo miraba en silencio, callada, ignorando el motivo real de la discusión.

Tanto fue así que Raúl pidió a su mujer que se apartaran un poco para evitar hacer partícipe a la joven. Ese hecho podría volver a traumatizarla justo horas antes de salir de allí.

—No voy a permitir que Irene muera si puedo hacer algo. Se lo debo, Inma. Se lo debemos.

—No pienso anteponer la vida de mi marido a la de nadie, Raúl. No puedes pedirme eso. —Inma no disimulaba las lágrimas que brotaban de sus ojos y que dejaba resbalar por las mejillas mientras sujetaba con fuerza las manos de Raúl.

—No van a dejar que me pase nada —aseguró él señalando a todo el grupo de agentes que lo esperaba.

—Eso no lo sabes. Vas a estar solo, Raúl. Vas a tener que enfrentarte tú a todo.

El hombre sonrió, se quitó las gafas y, con unos ojos hinchados e inyectados en sangre, acarició el rostro de su mujer.

—Sé que tengo que hacerlo. Y tú también lo sabes. Por eso no vas a impedirme que vaya.

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Y, aunque todos aguardaban la respuesta de Inma, esta no dijo nada. Se limitó a apartar la mirada y soltar una lágrima más grande que el resto como la sentencia de todo duelo. Cuando estuvo lista, le soltó las manos y volvió a la habitación.

Le tocaba el turno a Israel, que seguía serio, firme, en una postura casi estática. Miraba con rabia a Raúl, reprochando sus actos, cuestionando sus motivos.

—Sabes que vas a enfrentarte a algo para lo que no estás preparado — afirmó él.

Raúl sonrió de nuevo.

—Nadie está preparado para muchas cosas en esta vida, pero las afrontamos porque son necesarias. ¿Tú estabas preparado para trabajar como mecánico? Tu ilusión siempre fue ser informático. Y mírate: sucio de grasa de motor y eligiendo coches.

—¡No me jodas, Raúl! Esto no es una decisión de futuro. No hablamos de apuntarnos al gimnasio o de ir a ver una película en versión original. Esto es de vida o muerte, no es un juego.

—Lo sé, por eso te he pedido que lleves tú a mi hija a casa. Mientras yo esté fuera, alguien tiene que cuidarlas.

Israel negó con la cabeza mientras miraba con dureza a Virginia y a Edgar, que, junto a Roberto y Ángel, aguardaban las instrucciones de Raúl.

—¿No vais a impedirlo? —preguntó a los agentes.

Nadie respondió.

Por un momento todos coincidieron en el pensamiento de que la cosa podría acabar muy mal y, si así ocurría, tendrían que dar muchas explicaciones. Tanto era el temor que flotaba en el ambiente que habían preparado las patrullas en el acceso trasero para evitar los focos. Y, aunque casi todos allí temían que pudiera acabar muy mal, uno parecía estar convencido de un resultado distinto.

—Hemos pensado mucho en cómo vamos a abarcar el escenario y, gracias al interrogatorio último de la sargento Luque a uno de los implicados, nos ha surgido una idea que hará que Raúl no esté solo en ningún momento.

Israel frunció el ceño ante las palabras de Roberto, que se mostraba seguro de sí mismo. Hablaba con propiedad e incluso algo de impaciencia.

—En el momento en que alguien se acerque a Raúl, lo detectarán. Esa idea lo único que hace es poner, todavía más, en peligro su vida.

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—Está todo controlado —sentenció con una sonrisa firme Roberto.

Y, sin más, todos se prepararon. El sol ya enfilaba el horizonte como quien entrecierra los ojos, y los nervios iban creciendo con el paso del tiempo. El más afectado era Raúl, que no dejaba de mirar hacia la habitación mientras se alejaba, como si una parte de él se despidiera para siempre de ellos.

Desde la distancia, Inma e Israel lo observaban serios, sin mostrar un ápice de alegría en dos rostros devorados por la incertidumbre. Una persona salía de allí y no sabían si regresarían dos, o ninguna.

Del otro lado, Virginia también caminaba junto a Edgar, ambos meditando sobre las palabras de Roberto, que era quien lideraba el grupo, analizando cada esquina para asegurarse de que nadie los veía marcharse.

—¿Qué has planeado para poder tener a Raúl controlado? —preguntó Virginia ansiosa por conocer esa estrategia.

—Ya lo verás cuando lleguemos al puesto de mando. Nos está esperando un viejo amigo de la comandancia de Valencia. Allí os lo explicaré todo.

Y con ese «todo» pusieron rumbo al puesto de mando ubicado en Villanueva de Castellón. Allí habían dispuesto todos los medios necesarios para el tratamiento de la cita de Raúl con Irene. Así que todos se subieron a sus respectivos vehículos. Pero, justo antes de que Virginia subiera al de Edgar, el teléfono sonó una vez más. Ella miró la pantalla para confirmar que se trataba del mismo número que había llamado hacía algunos minutos, por lo que decidió descolgar.

—¿Sargento Luque? —preguntó una voz oscura y suave.

—¿Quién es? —ella respondió con nerviosismo, inquieta al entender que esa voz no guardaba nada bueno.

—Necesito verla, tengo que hablar con usted.

—¿Quién eres y cómo has conseguido mi número? —repitió con un tono más agresivo.

—Eso ahora no importa. Lo urgente es que nos veamos.

—No pienso seguir hablando contigo hasta que me digas quién eres. —Soy Samuel. —Y ese nombre congeló por completo a una Virginia

que no había sido capaz de vaticinar ese desenlace.

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Llegó la hora

Jueves, 2 de junio de 2022, 21:14

Villanueva de Castellón, Valencia

El cuerpo humano no fue creado para vivir en continua tensión. El pecho acaba doliendo como si alguien quisiera abrirte las costillas, el aire se vuelve fuego, los ojos no dejan de picar. Edgar estaba experimentando algo muy parecido a un ataque de ansiedad; solo, aturdido y atemorizado, en lo único que era capaz de pensar era en Virginia, en ella y en la última conversación que había tenido justo antes de que su compañera lo abandonara por primera vez desde que habían formado dupla. En su mente se repetía una y otra vez la conversación:

—¿Estás loca? ¿Cómo vas a ir tú sola a ver a ese tipo? Te acompaño. —Edgar, tenemos que estar en la recogida de Raúl, alguien tiene que

estar ahí. Ve tú con ellos y, cuando yo llegue, me pones al día. —Virginia. No voy a permitir que vayas…

—¡Joder, Edgar! Puedo apañármelas sola. Solo necesito tu coche. Tú ve con el teniente.

—No sabes qué es lo que quiere, tampoco si tiene alguna trampa preparada para ti.

—Hemos quedado en el parque de la Alquenencia. Allí estaré segura.

No soy nueva en esto, compañero. No te preocupes.

Ese «No te preocupes» era lo que rondaba por su cabeza. Demasiadas veces Edgar había tenido que oír unas palabras similares para luego ver que se preocupaba, y mucho. Por eso no había dejado de pensar en ella y, aunque Roberto —que también fue informado de la situación— había

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obligado a dos guardias civiles a custodiar a la sargento, no estaba tranquilo.

—Estamos todos —dijo el teniente sacando de su aletargamiento a un Edgar cabizbajo y callado—. Tenemos todo listo para entregar al señor García en el punto que nos marcaba la radio encontrada en la casa. Se trata de un pequeño aparcamiento abandonado a la salida de San Juan de Énova. Ahí tiene que esperar a que lo recojan.

—¿Por qué no montamos controles en todas las salidas posibles? — lanzó una voz al viento. La pregunta provenía de un joven uniformado que había sido llamado para reforzar la operación.

Roberto miró al grupo tratando de localizar al autor. Al fin respondió sin mirar a nadie:

—Estamos hablando de una banda muy bien organizada que seguramente tenga ojos por toda la carretera desde hace ya varias horas, por lo que cualquier movimiento extraño podría desbaratarlo todo. Además, la zona elegida tiene muchísimas salidas a pocos metros. Nos sería casi imposible montar un operativo tan grande en tan poco tiempo y, lo que es más difícil, pasando desapercibidos.

Nadie más habló.

—Lo que vamos a hacer es lo siguiente —continuó Roberto mientras sacaba un pequeño mapa de la zona—. Vamos a disponer a varias patrullas circulando por la zona y atentas a la radio para las instrucciones.

Edgar observaba el desfile monocromático de uniformes verdes a un lado del despacho, y los agentes más preparados al otro. Pero entre todos los personajes, había dos que le llamaban poderosamente la atención.

Sentados en una silla al lado del escritorio que Roberto estaba usando como atril, se mantenían firmes sin decir una sola palabra. A la derecha se sentaba un hombre que rozaría los cincuenta, canoso y con unas enormes gafas que atrapaban parte de la luz de la sala. Menudo y con rostro serio, contemplaba cómo Roberto iba organizando las tareas y haciendo salir a todos los agentes uniformados. Al lado de este había un chico joven, que no llegaba a las tres décadas de vida, también uniformado y algo más nervioso. Edgar no pudo evitar observar el maletín que descansaba a su lado como un tesoro bien guardado. Aquel maletín lo acompañó cuando todos se habían marchado y solo quedaban los de siempre.

—Acercaos, tengo que contaros cuál será el plan —anunció el teniente mientras saludaba con un abrazo al hombre mayor.

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Todos le hicieron caso. Por un lado, Ángel se mostraba serio desde que Virginia se había marchado; también Antonio y su compañero habían permanecido hasta el final de la reunión, aunque a Edgar esa presencia le resultara incómoda. Los compañeros de Ángel, que habían estado custodiando a Ernesto, también seguían allí.

—Vale, es hora de que nos digas cuál es ese plan que tanto te has guardado —pidió Ángel con un tono de voz algo reservado.

Roberto sonrió.

—Bien, primero voy a presentaros. —Y acercó primero al hombre mayor, vestido con traje y corbata, mirada fría y labios rectos, que apenas asintió cuando Roberto lo colocó a su lado—. Él es Jacinto Bertomeu, capitán de la Jefatura de Tráfico y viejo amigo. Él es quien nos va a ayudar a proteger a Raúl.

Edgar miró al hombre, que no se había inmutado después de que Roberto lo presentara, y luego se centró en cada uno de los rostros de todos los presentes. Todos compartían la misma incertidumbre, todos menos Ángel, que arrugaba el ceño queriendo aceptar la situación, aunque se mostraba remiso.

—¿Vamos a cortar las calles? —preguntó Antonio en un intento absurdo de ganar protagonismo.

—No se trata de eso. Jacinto nos ha ofrecido un sistema que están usando para los controles y nos puede ayudar.

En ese instante el muchacho joven se levantó y arrastró la enorme maleta hasta la zona donde todos se habían reunido.

—Bien, sabemos que van a estar atentos a cualquier movimiento que hagamos, así que hemos preparado una opción distinta —anunció Roberto abriendo la maleta.

Para el asombro de todos, en el interior de la maleta y forrado con espuma negra había un enorme dron impoluto y brillante.

—¿Un dron? —preguntó con cierto asomo de reproche en su voz Ángel.

—Se trata de un Matrice 600 Pro. Uno de los mejores drones que tenemos ahora mismo en el cuerpo y perfecto para lo que van a necesitar —contestó Jacinto con orgullo, como si hablara de su propio hijo.

—Como si es un iPhone 2000 Pro. ¿Cómo pensáis hacerlo sin que nos vean?

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—Ahí es donde está lo mejor. Este dron tiene una autonomía de más de noventa minutos y hasta cinco kilómetros de alcance, por lo que podemos organizar un seguimiento a gran distancia sin que nos intuyan siquiera — argumentó Roberto—. Por eso necesitamos salir cuanto antes. Raúl está preparado en su coche. Nacho se organizará desde San Juan de Énova para el seguimiento.

—¿En qué podemos ayudar? —se ofreció Antonio con el rostro caído, todavía herido en su orgullo.

Roberto lo miró con preocupación. Incluso podía percibirse cierta pena en el rostro del teniente.

—Puedes acompañar al cabo Nacho. Necesitará mantener cierta distancia para no perder la señal. Nosotros aguardaremos hasta que veamos el camión para actuar con los efectivos más cercanos.

—Con el cabo prefiero ir yo —se adelantó Ángel mirando con pequeñas sombras en sus ojos a Antonio.

—Como sea, pero vamos ya. Se acerca la hora.

—¿No hay peligro de que descubran el dron? —preguntó Edgar que, aunque se sentía más aliviado de haber conocido el plan, seguía encontrando pequeñas lagunas.

—El dron es tremendamente silencioso, además de que puede elevarse a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. Y, aunque no necesitamos una resolución muy grande, pues solo queremos seguir al vehículo, podríamos ver cualquier detalle desde más de cien metros, por lo que, si a eso le sumamos que es de noche y su color permite camuflarse con el entorno, les aseguro que nadie lo verá. —Las palabras del capitán dejaron a Edgar convencido, tranquilo de saber que podían tener una pequeña esperanza.

Y con esa esperanza todos salieron para preparar el operativo, Raúl el primero. Ángel y el muchacho, con el aparato cargado ya en el coche del sargento, salieron después. Los últimos en iniciar la marcha fueron Roberto, los compañeros del equipo, Antonio y su compañero, y Edgar. Todos ellos buscaban una ubicación para poder actuar rápido, y la encontraron en un pequeño descampado en el interior del pueblo. Allí prepararon una tablet Samsung para ver en directo todo lo que el dron fuera captando.

—Estamos listos —anunció Roberto al ver que la hora se acercaba.

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Apenas faltaban dos minutos para la cita, y Raúl ya había aparcado en la zona acordada. A su alrededor, la oscuridad dominaba una carretera desierta. Bajó del coche, miró a su alrededor y respiró hondo.

Estaba solo.

Y Raúl nunca había estado solo. Siempre había sido alguien que necesitaba sentirse querido, y por eso estaba allí: para enmendar los errores del pasado, como siempre había hecho. Esta era una prueba más que debía superar. Estaba allí porque necesitaba reconciliarse con su pasado y mantener la paz con él.

Miró hacia la carretera buscando la protección que sabía que tenía, pero no encontró nada, solo silencio y oscuridad. Entonces llevó la vista al cielo, pidiendo un favor a algo en lo que nunca creyó. Y es que la fe es algo tan volátil que solo la encontramos cuando todo parece estar en nuestra contra. Cuando todo se apaga, la fe nos lleva a una esperanza distinta. Hasta el acérrimo ateo alguna vez ha rezado. Y él lo hizo.

Aunque todo se acaba al hacerse nuestro miedo real, tangible. Y el suyo se concretó cuando vio los dos faros blancos acceder al aparcamiento donde él esperaba. Raúl abrió los ojos al ver el Volvo detenerse frente a él y, en esa fracción de segundo, entendió la trampa en la que había caído.

Ya era tarde.

Sin teléfono, sin micrófonos, sin ayuda: nada podía hacer para gritar lo que su mente aullaba con dolor.

—¡No! No puede ser —dijo, y se volvió con la intención de huir de allí, pero ya nada se podía hacer.

Del Volvo había descendido una persona, y el arma que se proyectaba sobre su mano era toda la razón que él necesitó para quedarse quieto.

—Quítate la ropa —exigió la silueta que se acercaba hasta él. Vestido con mono oscuro y máscara blanca, sujetaba con la otra mano una pequeña bolsa de deporte negra.

Raúl no pudo evitar mirarlo a los ojos, observar esa máscara blanca, esos labios negros, ese símbolo verde. Tragó saliva y con unas trémulas manos obedeció a las órdenes de su verdugo. Se quitó la ropa, se quedó desnudo frente al encapuchado él y este le lanzó la bolsa.

—Vístete. ¡Vamos!

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Cuando abrió la bolsa, encontró un atuendo idéntico al que portaba el conductor, aunque su símbolo era negro. Con más temor que coraje se vistió y acompañó al hombre hasta el vehículo. Una vez dentro, vio cómo le ataba las manos, los pies, y le colocaba una bolsa en la cabeza.

Cuando esa oscuridad desapareciera, nada volvería a ser como antes. Y Raúl lo sabía.

—Está subiendo al coche —anunció Roberto, que había sido testigo de todo el proceso. El dron llevaba unos minutos enviando imágenes nítidas a la pantalla de Nacho y a otra que tenía Roberto—. Se ponen en marcha.

—Iniciamos la persecución —dijo Ángel al otro lado de la radio. Durante minutos el silencio fue espeso, tanto que incluso la respiración

de todos los agentes había pasado a un susurro leve mientras observaban cómo el Volvo tomaba varias carreteras secundarias.

—Se dirigen a Rafelguaraf. ¿Tenemos a Pascual localizado?

—Lo tengo disponible en la radio y atento —contestó Antonio a la pregunta del teniente.

Nadie más dijo nada. Siguieron pendientes al recorrido del todoterreno, que no parecía tener un rumbo claro, sino más bien daba vueltas por distintas carreteras, llegando a pasar varias veces por el mismo punto.

—¿Estáis seguros de que no han visto el dron? —preguntó Edgar, que entendía que la forma de actuar del vehículo era extraña—. Están dando vueltas, como si quisieran gastar la batería del aparato.

—No te preocupes por eso. Tenemos una batería de reserva por si fuera necesario —arguyó Roberto, que se había callado ese detalle. Y, por su rostro, su silencio fue meditado.

Al fin, pasados unos kilómetros, el Volvo inició una marcha algo más rápida buscando una ruta que lo llevara hasta la Puebla Larga.

—Creo que estamos llegando —dijo Roberto al ver que el todoterreno disminuía la velocidad para entrar en un pequeño camino de tierra—. ¿Tenemos la zona localizada?

—Eso es la carretera a la Pobla Llarga —aseguró Antonio desde la radio.

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Pero algo hizo que todo cambiara. De repente la imagen, que mostraba al todoterreno aminorando la marcha para detenerse en una pequeña casa, se volvió inestable. El dron comenzó una caída libre extraña que lo llevó directamente al suelo.

—¿Qué ha pasado? —inquirió Jacinto con preocupación. Sus ojos se habían tornado de fuego y su expresión ya no reflejaba la más absoluta impavidez, sino que dibujaba el temor.

—Ni idea. ¿Ángel, qué ha pasado con el dron?

Ya nadie contestó. La radio había enmudecido de forma repentina dejando a todos con la incertidumbre de qué había pasado.

—¡Mierda! Esto no me gusta. Tenemos que salir ya. Hay que preparar el operativo, nos vamos a buscar a Ángel.

Y el silencio se rompió de golpe con los aullidos histéricos que produjeron los neumáticos al salir disparados de la zona.

El final había llegado, y no como ellos esperaban.

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Siempre ahí

Jueves, 2 de junio de 2022, 21:45 Alcira, Valencia

Las manos de Virginia temblaban como si fueran de gelatina. Estar ahí, en el coche de Edgar, esperando la llegada de un sospechoso que todavía no sabía si considerar peligroso, y sabiendo que se iba a exponer completamente, hacía de ella un amasijo de carne temblorosa. Se moría de miedo, aunque intentara negarlo.

La espera se hizo eterna en aquel parque mientras aguardaban la llegada de ese Audi negro que tanto habían buscado durante los últimos días. Y no fue el Audi lo que encontró, sino la figura oronda de Samuel sentada en un banco, mirando nervioso a todos lados, pero a ninguno en particular.

Respiró hondo, cerró los ojos y aguantó hasta que, finalmente, los nervios bajaron a los pies. Entonces inició la marcha hacia su objetivo.

No fue hasta que estuvo a poco más de veinte metros que Samuel la descubrió y, entonces, el cuerpo de la sargento se tambaleó en un movimiento extraño que la hizo detenerse de forma brusca. Atemorizada, llevó la mano a la funda del arma, pero, al ver que el sospechoso solo había intentado acomodarse, siguió avanzando.

El hombre se levantó con cierto esfuerzo cuando Virginia llegó a él, comenzó a caminar en dirección opuesta y esperó que ella lo siguiera. Y así lo hizo.

—Siento citarla aquí, pero no estaba seguro de en quién podría confiar —inició Samuel cuando Virginia se colocó a su lado.

—¿Por qué me ha llamado?

—Tenía entendido que me estaban buscando, así que preferí que fuera alguien conocido quien me encontrara. Y son pocas las personas que creo

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que son legales.

—¿Acaso tiene motivos para desconfiar de nosotros? Le recuerdo que es usted quien ha decidido esconderse como si tuviera algo que ocultar — preguntó ella. En su fuero interno esperaba que Samuel le regalara algún nombre, algún detalle, aunque fuera insignificante, que pudiera ayudarla.

—Ahora mismo solo sé que todos los que tenemos cierto poder en la empresa de Raúl estamos en peligro. Solo quedo yo y no quiero ser parte de todo esto. Así que creo que es motivo suficiente para esconderme. ¿Usted no opina igual?

Lo hacía, pero no iba a demostrarlo, por eso se limitó a torcer el rostro y lanzar un bufido displicente que no convenció a nadie, ni siquiera a sí misma.

—Tengo entendido que fue usted quien amenazó a todos los accionistas. Debería ser Raúl quien tuviera miedo de usted, y no al revés.

—¿Amenazar? ¿Quién le ha dicho semejante tontería? —Y entonces Samuel se detuvo. Sus ojos habían cambiado y, aunque el brillo de las gafas los ocultaba en parte, estos se antojaban fríos, lejanos. Miró por encima del hombro de Virginia tratando de buscar algo o a alguien y, apenas un segundo después, sonrió—. Veo que ha traído ayuda.

Virginia se volvió para corroborar lo que había visto Samuel. A lo lejos, dos agentes caminaban tranquilos, pero con un disimulo que deberían haber practicado más.

—Toda precaución es poca —dijo ella torciendo los labios en una falsa sonrisa.

—Tenemos al mismo enemigo, solo que todavía no sabemos qué rostro se oculta debajo de esa máscara. No lo olvide, sargento.

—Yo solo sé que usted amenazó a todos los presentes en aquella reunión y, después de la muerte de estos, desapareció. Y ahora pretende venir aquí a convencerme de que no tiene nada que ver. Tendrá que esforzarse más para conseguirlo —sentenció ella con una mirada gélida. En el exterior, un céfiro delicado acariciaba su rostro.

—Sigo sin entender por qué piensa eso. Yo jamás amenazaría a Raúl. —Está todo reflejado en el acta de la última junta. En ella figuran las

palabras que utilizó para amenazarlos. Era la única persona que no aprobaba la compra del taller del señor Sanaguas.

—Era obvio que el precio que le iba a ofrecer era absurdo, pero tenía claro cuál era el motivo. Jamás podría oponerme a las decisiones que Raúl

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tomara con Ernesto. Es una tontería pensar que por algo así iba a causar todo aquello. Apenas me conocen si piensan así.

Intrigada, Virginia aminoró la marcha hasta casi detenerse y clavó la mirada firme sobre el rostro sonrojado de Samuel, que no pudo aguantar el desafío más de cinco segundos.

—¿Qué quiere decir?

—Pues que es ilógico pensar que yo mataría a los que aprobaron la compra del taller. Y más sabiendo que a mí el dinero de esa empresa no era lo que me daba de comer.

—No, cuando ha dicho que no podría oponerse a las decisiones que Raúl tomara con Ernesto, ¿qué ha querido decir?

Entonces Samuel frunció el ceño, que se mostraba cansado y sucio debido al sebo que se acumulaba en los pliegues de su piel.

—Pues que tenía claro los motivos que Raúl tenía para ayudar a Ernesto. ¿Por qué creen que Irene fue la elegida? Todo esto no es un juego de azar. Quien lo haya organizado lo ha hecho para acabar con Raúl. Primero Lucía y ahora Irene.

Virginia contuvo la respiración mientras sentía cómo el corazón le latía con fuerza intentando reventarle el pecho. De pronto sus labios se secaron, sus ojos no encontraron nada más donde posarse y se tornaron oscuros. Y en aquella pesada oscuridad, supo que habían cometido un error. Todavía faltaba una última estocada para cerciorarse, pero Virginia era lo suficientemente lista como para presentir que un duro golpe estaba a punto de caer sobre ella.

—¿Qué tiene que ver Irene en todo esto? —preguntó aterrada por conocer la respuesta.

—¿No lo saben? —Y la duda de Samuel levantó más pavor en la sargento, que se limitó a negar con la cabeza—. Irene es hija de Raúl.

El cuerpo de Virginia se tambaleó como si hubiera recibido un disparo, tanto que incluso llegó a llamar la atención de los agentes que los seguían y que corrieron a socorrerla.

—¡Estoy bien! —gritó antes de que los dos hombres llegaran a ella y haciendo que se detuvieran en seco. Luego miró a Samuel, pero su rostro había demudado. Se había tornado lívido y frío, tanto que el viento le dolía en los ojos, en las manos sudadas, en el pecho acelerado—. Mientes. — Fue todo lo que pudo decir.

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Samuel intentó ayudarla y acabó esquivando el manotazo que ella propinó a sus manos cuando estuvieron a punto de tocarla. Tragó saliva y se encogió de hombros.

—No tengo por qué mentir, sargento. Pueden comprobarlo. Pensaba que Raúl se lo habría dicho. ¿Por qué iba a ocultar algo así?

—¿Quién sabía eso?

—No es algo que lo divulguen al viento. No fue precisamente una de las mejores decisiones que Raúl tomó. En aquella época yo ayudaba mucho a mi padre y conocía de cerca la empresa. Raúl estaba casado, pero eso no le impedía divertirse con otras mujeres. Isabel fue su amante durante mucho tiempo, hasta que quedó encinta. Aquello resonó mucho en la empresa. Al final Raúl no quiso saber nada y todo acabó en un acuerdo entre el marido de Isabel, y hasta entonces compañero de Raúl, y el viejo Alfonso García, que tuvo que acallar todos los rumores a golpe de talonario.

—¿Y usted cómo sabe todo eso?

—Ya les dije que mi padre y Alfonso García eran muy amigos. En aquella época yo ya ayudaba a mi padre. Fuimos testigos de todos los desajustes del joven Raúl.

—¿Quién más sabe esto? —repitió Virginia al ver que su pregunta había quedado sin respuesta.

—No lo sé. Cualquiera que haya querido preocuparse. Entre los accionistas creo que nadie. O al menos jamás se mencionó. Irene nunca fue reconocida y hasta dudo que sepa la verdad. Un hecho así habría desestabilizado mucho la posición de Alfonso, que siempre quiso cuidar su nombre. Por eso pienso que habrán cerrado bien todos los flecos que pudieron surgir.

Virginia comenzó entonces un pequeño viaje hacia su memoria en un paseo lento que se traducía en pasos cortos y rápidos que dibujaban un círculo bastante pequeño. Mientras, viajaba por un mundo de fatales elucubraciones tratando de aclarar todos los vericuetos que se formaban en su cabeza. Al fin, después de encontrar varios espacios en blanco, volvió con Samuel.

—Eso sigue sin explicar por qué discutió con él, por qué amenazó con que se iba a arrepentir. Tampoco justifica su ausencia estos días, ni mucho menos las visitas que hizo tanto al concesionario hace unos días como a la

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zona del accidente. ¿Cómo sé que está diciendo la verdad si hasta ahora todo han sido mentiras?

Samuel apretó la mandíbula mientras intentaba digerir la serie de acusaciones que la sargento todavía tenía reservadas para él. Entonces explotó.

—Siguen sin saber nada. ¿Quién miente? —gruñó entre dientes intentando no alzar la voz—. Están en el mismo punto donde empezaron, alzando el dedo para culpar a todo el que se les cruza por el camino. Ya les he dicho que yo no amenacé a nadie. Ya está bien de esas acusaciones sin fundamentos. Esa acta está manipulada. Jamás amenacé a Raúl.

—El mismo Israel nos entregó el acta en donde se podía leer la conversación que mantuvieron esa tarde.

—¿Israel? ¿Qué pinta Israel en todo esto? —inquirió con sorpresa Samuel.

Virginia apretó los dientes intentando contener las palabras, más bien esperando hasta que estas volvieran a salir. La pregunta de Samuel le había bloqueado la garganta de golpe.

—Israel fue quien transcribió todo lo ocurrido en la junta, como todas las veces.

—¿Eso les ha dicho?

—¿No es así? —esa vez, la pregunta de Virginia cayó sin fuerzas, débil como el susurro de un moribundo.

—Israel solo se dedicaba a archivarlo todo una vez concluido. Quien hacía las transcripciones era Inma, la mujer de Raúl.

Y entonces todo se vino abajo: las sospechas sobre Samuel, Raúl, Israel. Todo caía sobre ella tan rápido como una tormenta de verano que te empapa antes de que puedas prevenirlo. La respuesta de Samuel la dejó empapada, inmóvil y meditando sobre sus siguientes pasos, aunque siguiera intentando borrar cada laguna que surgía en su mente.

—Pero… —continuó ella con la voz atropellada—. Pero el Audi…, su desaparición.

—Mi desaparición no es más que instinto de supervivencia. Llevaba días sintiendo que alguien me perseguía, así que preferí desaparecer y esconderme en una casa de campo de unos viejos amigos. No hay más misterio, sargento. No hay mayores temores que los que son alimentados con mentiras o medias verdades. Y sigo sin comprender por qué quieren colgarme a mí lo del coche. ¿Cuántos Audi hay en Alcira? Sin ir más lejos,

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todos los directivos de la empresa teníamos uno. Mi coche lo recibí en una oferta que Raúl hizo hace algunos años, todos tenemos uno idéntico, y con apenas unos números de diferencia en la matrícula.

—¿Cómo? —inquirió ella casi sin aire en los pulmones, enrojecida y atribulada, apenas podía pensar en más preguntas.

—Pues que todos los cargos de la empresa de Raúl teníamos un Audi idéntico, y todavía quedan algunos. Si no me equivoco, el propio Raúl tiene uno.

Entonces todo se desplomó. Virginia volvía a sentirse falible en un instinto que la había llevado hasta ahí. Y, aunque sabía que todavía tenía que gastar una última bala, entendió que debía apuntar bien, por eso, cuando recobró la compostura, asió por el brazo a Samuel y comenzó a desandar el terreno.

—¡Espere! ¿Qué hace? —preguntó el hombre, que se veía arrastrado por la sargento a pesar de su esfuerzo por frenarla.

—Vamos al cuartel, y usted viene conmigo.

El hombre intentó negarse en un principio, pero no pudo hacer nada para evitar ser arrastrado por una fuerza sobrehumana que surgía del cuerpo enjuto de Virginia y que parecía sacada del inframundo, de las películas de Marvel.

El recorrido hasta el coche de ella fue corto; el que hicieron hasta el cuartel algo más largo, eterno en sus mentes.

—¿Por qué quiere que la acompañe? Debería volver a casa —sugirió Samuel. Su cuerpo había comenzado a sudar, debido al incipiente nerviosismo que se apoderaba de él, llenando el habitáculo de un hedor a rancio casi insoportable con las ventanillas subidas.

—Lo necesito a mi lado. Cuando todo acabe, podrá marcharse, se lo prometo.

—Pero ¿qué es lo que quiere hacer?

Ella no respondió.

Sus ojos ya se posaban sobre la estructura del cuartel, sus manos habían perfilado el camino que debía tomar el vehículo, que rugía devorando la calma que la noche extendía en las calles.

No aparcó.

Apenas se detuvo sobre el arcén, bajó a gran velocidad, volvió a tomar a Samuel por el brazo y lo arrastró hasta el interior del recinto. Allí buscó el escritorio que ella misma utilizaba y comenzó a manipular el ordenador.

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Al principio sin un rumbo fijo, pero con el paso de los segundos y la mente más clara, entendió dónde tendría que buscar, así que entró en la base de datos de la Guardia Civil de Tráfico y allí buscó el nombre de Raúl García. Cuando la pantalla desplegable emergió ante sus ojos, estos se tornaron blancos. Virginia dejó de hablar, incluso de respirar. Por un momento dejó de pensar. Con la mirada congelada en los datos que aparecían en pantalla decidió aceptar su castigo.

—No puede ser —dijo ella al entender que la información que había pedido mostraba que Raúl tenía en propiedad un Audi A4 negro idéntico al que tenía Samuel.

—Ya le dije que no mentía. Todos teníamos uno. Y están matriculados el mismo día, por lo tanto, los números casi son correlativos.

La sargento guardó silencio. Entendió que estaba cometiendo un error, pero en ese momento su cabeza comenzó a trabajar.

—¿Por qué nunca lo vimos?

—El Audi lo utiliza sobre todo Inma. Quizá por eso nunca lo vieron. Si se fijaron en Raúl, él suele llevar un BMW X6.

—No, no puede ser. Algo se me está escapando. —Y siguió tecleando en la pantalla hasta que otra imagen saltó ante sus retinas.

Si la primera le arrancó un hálito ahogado, esta hizo que el cuerpo se sacudiera sin control. Las manos comenzaron a temblar sobre la mesa mientras navegaba por el desplegable.

Ante sus ojos acababa de aparecer un nuevo nombre: José Luis Rodríguez, figuraba como propietario de un Audi A4. Pero no fue esa información la que hizo que Virginia perdiera el control.

—No puede ser —suplicó ella.

Y empezó a navegar entre las redes sociales para buscar más respuestas. Entró en Instagram, pero allí no encontró nada. Tampoco en Twitter o LinkedIn. Por último, decidió buscar en Facebook, y allí sí que encontró lo que buscaba: fotografías. Fue pasando una a una buscando algo a lo que aferrarse. Y lo encontró, pero en la voz de Samuel, que pidió que se detuviera.

—A esa mujer la conozco —dijo él con cierto misterio en la voz y señalando a una mujer de edad similar a la suya.

—¿De qué la conoce?

—Espere. No la ubico ahora.

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Y quizá ese fue el minuto más largo que Virginia tuvo que vivir en toda su vida. Se le hizo eterno plantada frente a un desconocido que se había ofrecido a ayudarla. El tiempo solo pasa lento cuando se le presta atención y, aunque Virginia lo odiaba, estaba contando cada segundo. Hasta que se detuvo a los ciento veintitrés segundos. Entonces Samuel reaccionó.

—Sí, es ella —dijo convencido—. Esa mujer estuvo trabajando en el taller del padre de Raúl hasta que pasó lo de Isabel. Después de eso desapareció. Todos creíamos que era ella con la que tenía la aventura en vez de con la mujer de Ernesto.

Virginia miró de nuevo la pantalla y, sin apenas tiempo, se levantó de un salto y comenzó a correr buscando la salida y dejando la última pregunta de Samuel suspendida en el aire.

Pero no llegó a salir. Algo hizo que se detuviera.

En otro escritorio encontró un USB con el logo del hospital, y supo de qué se trataba. Tenía que hacerlo. Tenía que resolver esa duda que avasallaba su cabeza antes de poner rumbo a su objetivo, no por curiosidad, sino porque sabía que todos se equivocaban con Lucía. Por eso tomó el USB y lo colocó en su ordenador de nuevo.

En pocos segundos se encontró navegando a toda velocidad por el pasado, viendo el movimiento rápido de las agujas de un reloj de pared hasta que se topó con la figura de Lucía. No se detuvo. Virginia no paró hasta que esta salió doce minutos después.

—No puede ser —se lamentó ella con la mirada triste. Todo parecía apuntar a la joven, y su corazón, congelado, empezaba a rendirse ante el aluvión de evidencias que estaba recibiendo.

Pero hay sospechas más fuertes que la propia realidad, y la suya estaba a punto de mostrarse a las 04:24. Justo a esa hora otra figura se plantó delante de la habitación de Lola y entró casi sin esperar. Ella prestó atención. Sin aliento, sin alma y casi sin latidos, aguardó frente a la pantalla hasta que, nueve minutos después, esa silueta salió, oculta bajo las sombras tenues de un hospital dormido, y se escapó asegurándose de que nadie más lo veía.

Pero ella sí lo hizo. No vio su rostro oculto bajo una gorra de deporte. Ni tampoco su pantalón vaquero y sus zapatillas deportivas. Lo que Virginia vio fue la manga hecha un nudo de esa sudadera azul, el brazo oculto bajo la tela, el cabestrillo anudado al cuello.

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Virginia supo de inmediato quién era.

—Hijo de puta —gruñó antes de salir a toda velocidad hacia el cuartel. Subió al Cupra de Edgar mientras tomaba el teléfono móvil y lo

llamaba. Silencio fue todo lo que encontró al otro lado del terminal.

—¡Joder! —gritó ella agobiada por la prisa que inundaba su cuerpo. Sin dudarlo aceleró cuando tampoco encontró a los dos compañeros que la custodiaban y comenzó a grabar un audio para Edgar—. Tenéis que sacar a Raúl de ahí. Es una trampa. Están todos en peligro. Voy a por Lucía. ¡Sacad a Raúl!

Y con el grito del motor del Cupra culminó con su intención de localizar a su compañero. No tenía tiempo.

No podía esperar.

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Se acabó

Jueves, 2 de junio de 2022, 22:31

Carretera CV-41 dirección la Puebla Larga, Valencia

Nadie sabe lo rápido que puede correr hasta que se encuentra en una situación desesperada. Y Edgar estaba siendo testigo de cómo el teniente Roberto Cabrera llevaba al límite su Ford Mondeo. Nunca un motor diésel había gruñido tanto como ese.

—No entiendo nada —dijo el teniente tras recorrer una pequeña rotonda que conducía hasta la carretera donde perdieron la señal del dron y de los agentes—. Se supone que esta banda trabaja con un camión. Eso nos habían dicho. ¿Alguien ha visto un camión?

Todos callaron. Edgar en el asiento del acompañante, templado, serio, analizaba la respuesta del teniente: tenía razón. En su mente no encontraba una lógica a todo lo que había sido el caso. Durante días habían trabajado buscando un camión. ¿Por qué ahora no se veía ninguno?

—Tenemos que hacernos a la idea de que quizá conocieran nuestros movimientos y hayan buscado plantarnos un telón delante. No se nos olvide que siempre han ido por delante, por lo que no hay que descartar que alguien les haya dado el chivatazo —adujo él después de haber analizado todo en profundidad.

—Sea como sea, tenemos que ir a esa localización. ¿La hemos encontrado?

—He podido hacer una captura al último momento de la grabación. El todoterreno no se había detenido, pero solo se puede ver una casa a cientos de metros a la redonda, y se accede por ese mismo camino. Te mando la ubicación. —Era la primera vez que Edgar oía la voz grave y ronca del ayudante de Antonio, siempre callado. Ahora parecía querer tomar algo de relevo mientras Antonio observaba la pantalla de su móvil.

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—El dron cae a unos pocos kilómetros. Tenemos que saber qué ha pasado, no nos contestan a la radio —anunció el propio Antonio.

—¿Hemos visto algún camión por la zona? Si es así, debemos tenerlos vigilados —ordenó Cabrera mientras tomaba, a toda velocidad, una nueva salida. No hubo intermitentes, solo el gemido agónico de los neumáticos intentando mantenerse en la calzada.

Ahora se mostraba una carretera oscura, triste, desierta y estrecha que obligaba a Roberto a conducir con más precaución, pero no más lento.

—Estamos cerca. A siete kilómetros encontraremos la entrada al camino —anunció David sin apartar la mirada del teléfono.

Los que tenían la vista en la carretera fueron los primeros testigos del hallazgo que acabaría por destrozar las pocas esperanzas que albergaban. La oscuridad que abrazaba a la carretera de pronto se desplomó sobre los cristales del Ford de Roberto, llenando de destellos azules cada retina de los que estaban presenciando aquello.

—Esto no me gusta nada —advirtió el teniente reduciendo la marcha mientras encendía las luces led que tenía ancladas en el parasol del coche.

En la carretera, eran las luces de la patrulla de Pascual las que interrumpían la calma de una noche consternada, histérica ante los reclamos nerviosos de todos los allí presentes. El Dacia de Pascual estaba estacionado detrás de un vehículo que había quedado varado en el arcén. Cuando Roberto se detuvo, el oficial se acercó hasta la ventanilla con el rostro abatido.

—No hay nada que hacer. Lo siento —sentenció.

—¿Qué ha pasado? —exigió Cabrera mientras apagaba el motor con unas manos erráticas y trémulas.

—He llegado hace dos minutos. He visto el coche en el arcén con las luces de emergencia y me he acercado a mirar. El chico…

Jacinto, que se encontraba justo detrás de Roberto y había permanecido callado, resopló con furia, como si durante todo ese tiempo hubiera sabido lo que iba a pasar, como si al final hubiese acertado en su pronóstico. Abrió la puerta y se bajó del vehículo.

Edgar, Antonio y David hicieron lo mismo.

—¿Cómo está Nacho? —inquirió Jacinto. Y, sin esperar respuesta, se apresuró a llegar al Seat de Ángel.

—No creo que sea lo mejor, señor. —Pero no pudo hacer nada. Jacinto ya estaba cruzando el Dacia cuando Pascual intentó retenerlo.

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—¿Qué hacías aquí? —cuestionó Cabrera con una férrea mirada que heló la sangre del oficial.

—Antonio me había dicho que el todoterreno circulaba por esta carretera. Solo pretendía ayudar.

No hubo más respuestas. Tampoco preguntas.

El grito ahogado de Jacinto fue suficiente reclamo para todos allí, que acudieron raudos a la llamada inocente del capitán, que se había alejado unos metros y apoyaba la cabeza en el techo del coche cuando todos llegaron.

Roberto asomó la cabeza al interior solo para comprobar cómo la sangre llegaba hasta el cristal trasero. El cuerpo del muchacho se encontraba sentado, con las manos sobre los mandos del dron y la cabeza apoyada en el marco de la puerta. Desde el lado del conductor apenas se apreciaba un pequeño orificio que había desprendido un surco delgado de sangre todavía líquida. Al otro lado, la sangre y los restos del muchacho bañaban el cristal astillado del acompañante, el asiento y parte del techo.

—Ángel no está —masculló el teniente con una furia que iba creciendo por momentos—. Será hijo de…

—Tenemos que irnos. No podemos perder más tiempo —pidió Edgar, que ya lo había tomado por el brazo antes de hablar.

Roberto Cabrera asintió con la desilusión bañando sus ojos y el dolor oprimiendo su pecho: el dolor de quien descubre la traición. Suspiró con rabia y miró a Pascual.

—Quédate aquí hasta que lleguen refuerzos —exigió antes de correr hasta el coche.

Nunca esos tres kilómetros se hicieron tan largos. Y es que el silencio alarga las distancias, y el de todos allí era muy doloroso, uno de esos que hace que duela al respirar, que quiere estrangularte el estómago.

Roberto Cabrera fue el primero en hablar cuando vio el camino.

—No voy a esperar a los refuerzos —anunció al empezar a sacudirse el coche debido a los socavones que rompían el camino—. Cuando lleguemos, haya peligro o no, pienso entrar.

—Yo voy contigo —continuó Antonio, que llevaba unos minutos aprestando su arma.

—Yo no pienso esperar afuera —añadió David.

Edgar quiso hablar, unirse a lo que sus compañeros habían decidido, pero su mente volvía a tomar el control. El dolor de la mano iba

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irrumpiendo con rabia y el sudor se hacía cada vez más intenso. Entonces se acordó de Virginia. Tomó su teléfono y un nuevo temor sacudió su cabeza al ver las llamadas y el mensaje.

Sin dudar reprodujo su mensaje de audio, haciendo que todos prestaran atención:

Tenéis que sacar a Raúl de ahí. Es una trampa y Ángel está detrás de todo. Estáis todos en peligro. Voy a por Lucía. ¡Sacad a Raúl!

—¿Qué ha querido decir? —preguntó el teniente aflorando todas las dudas que surgían en su cabeza.

—Me temo que lo que vamos a encontrar aquí no será el final de todo —afirmó Edgar cuando vio el todoterreno aparcado a un lado del camino.

La casa se mostraba ante ellos, pequeña sucia y devorada por la maleza que trepaba por las paredes desconchadas. Roberto observó la entrada, fresca, limpia; y supo que alguien había estado hacía poco tiempo.

—Están aquí. No podemos perder el tiempo.

—Esperad —dijo Antonio antes de que Roberto abriera la puerta—. ¿Y el camión?

—¿Qué coño importa eso ahora? No podemos esperar ni pararnos a buscar ahora —soltó Roberto con la voz cansada.

Pero apenas tuvieron tiempo a descender del vehículo pues la puerta de la casa se abrió de golpe justo cuando Roberto paraba el motor del coche y una figura que portaba dos amenazas en las manos surgió de entre las sombras tibias que querían escapar del interior.

—¡Al suelo! —gritó Cabrera antes de oír cómo las balas arrancaban el metal de su coche.

Cuatro disparos rompieron la quietud de la noche. Lo siguiente que se oyó fueron los gritos de Roberto y el aullido doloroso de Antonio, que caía tras el impacto de uno de esos proyectiles.

Fue Edgar quien lo recogió del suelo y lo arrastró, dominado por su propio miedo, hasta el lado seguro del vehículo.

El infierno se había desatado antes de hora, y no podían hacer nada para contrarrestarlo.

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Irene

129 horas desaparecida

El verdadero valor se mide en los momentos en los que uno debe enfrentarse a sus peores miedos. El peor miedo de Irene siempre había sido la muerte, y es que esta le había susurrado durante mucho tiempo tratando de convencerla para que la acompañara en aquella oscura travesía. Ahora se miraba el brazo y recordaba lo dura que había sido aquella experiencia.

No quería morir, y para no morir debía matar.

Esa vez la Parca había llegado convencida de volver con alguien bajo su lúgubre manto. Por eso le temblaba el pulso. El cúter que Rojo había escondido en su camisón le pesaba como una roca y sus pensamientos no la dejaban decidirse.

Matar o morir; no tenía más opciones.

El tiempo se agotaba. Lo supo cuando oyó el ajetreo nervioso al otro lado de aquella puerta que ahora se antojaba distinta.

Todo era distinto: la camilla donde estaba acostada no dolía tanto, la habitación le resultaba más grande, y no recordaba haber visto ladrillos las otras veces. Por eso supo que esa noche sería distinta. Por eso entendió que debía ser fuerte y matar. Para salir de ahí, tenía que matar. Al menos así se lo hizo saber Rojo cuando le aseguró que ellos solo querían un compromiso eterno con el juego.

—Solo pueden salir de ahí aquellos que tienen algo muy grave que ocultar. Es el contrato que ellos firman con el cliente. Solo los monstruos se jactan de sus actos delante de los demás.

Irene supo que todo acabaría cuando oyó el ruido de las puertas al otro lado, los susurros pausados.

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—¿Qué va a pasar ahora? —dijo al otro lado de la puerta una voz que, en un principio, le resultó familiar. Pero, cuando uno reclama ayuda, encuentra mentiras incluso en su propia mente.

No oyó respuesta.

Durante varios minutos no oyó nada, hasta que, llegado un momento, cuando el sonido se localizó junto a su puerta, pudo percibir las dos voces con más claridad.

—El juego empezará en breve. Puede entrar a observar la habitación y los elementos que van a utilizarse, pero le recuerdo que está terminantemente prohibido tocar a la participante del juego. Solo si el jugador decide invitarlo, podrá participar. En tres minutos abriremos la puerta y podrá salir para que preparen el juego. Será entonces cuando pase a una sala especial. ¿Lo ha entendido?

Y de nuevo el silencio incomodó a Irene, que veía cómo el momento se acercaba. Iba a tener que enfrentarse a sus peores miedos y todavía le temblaba todo el cuerpo, le dolía el estómago, las piernas seguían ardiendo y la mente no dejaba de castigarla una y otra vez.

La puerta se abrió al fin, y una presencia arrumbada asomó a través de las luces titilantes y anaranjadas que brillaban tras él. Unos segundos después, la puerta se cerró y quedaron los dos solos mirándose en silencio: ella muerta de miedo; él intentando ocultar los sentimientos bajo una máscara que no podía disimular el terror que dibujaban los ojos.

Casi un minuto después, se volvió de forma rápida, como si hubiera reaccionado, y se aseguró de que la puerta estaba cerrada. Tras eso miró a Irene y rodeó la camilla para acercarse a ella.

—¡Por Dios, Irene! ¿Qué te han hecho? —preguntó intentando acariciarle las piernas.

Le pasó la mano por los pies como si buscara en ellos algún tesoro oculto. Tomó las correas que se anudaban a los tobillos y tiró con fuerza en un burdo intento de arrancarlas de la camilla. Algo imposible: Irene ya lo había intentado muchas veces sin éxito alguno. Siguió examinando su cuerpo con los ojos cada vez más salidos de las órbitas con un brillo distinto a las otras veces.

—Todo acabará pronto. Te lo prometo —una promesa que Irene tomó como absoluta. Como una amenaza definitiva.

La joven apretó los dientes, cerró los ojos y se centró en sus propios pensamientos mientras su verdugo seguía acariciándole el cuerpo, cada

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vez más cerca de los brazos.

Buscó las correas que anudaban las muñecas a la nuca y, cuando llegó a ella, sus ojos se abrieron, quizá porque entendió la trampa en la que acababa de caer al recordar cómo Lucía había llegado hasta ellos. Tal vez porque fue en ese momento cuando distinguió el fulgor del cúter de Irene, que ya estaba viajando hacia él.

Ella se había dispuesto en la cama tal y como le había dicho Rojo. Él le aseguró que la iban a colocar y la atarían. Le explicó cómo tendría que cortar las correas de ambas manos y esperar hasta que el verdugo se acercara a ella para atacarlo. Todavía resonaba el «No tendrás otra oportunidad» que dijo Rojo antes de terminar de vestirla. Por eso hizo todo tal y como se lo había pedido él. Y por eso no dudó en lanzar la mano con todas sus fuerzas hacia el estómago de aquel que ocultaba el rostro bajo la máscara, ese que durante dos noches a punto había estado de matarla; el que la humilló, torturó y despojó de todos sus principios.

Por eso el primer golpe fue tan duro que incluso llegó a sentir cómo su dedo pulgar se introducía en el interior de aquella persona, que intentó detenerla cogiéndole las manos.

—¡No! —gritó en un lamento agónico mientras se torcía de dolor debido al primer golpe—. ¡Irene! —intentó pronunciar, pero su voz se rompía debido al intenso dolor que recorría todo su cuerpo.

Ella no escuchó. Apartó la mano y volvió a cargar contra su estómago una, dos, tres veces más, hasta que vio cómo él se desplomaba en el suelo intentando taponar todos los agujeros que se le abrían sin control en el cuerpo. A pesar de sus intentos, la sangre corría sin control bañando el mono oscuro que portaba, las manos e incluso el suelo.

Irene se incorporó, se deshizo de los nudos de los pies y descendió de la camilla para seguir castigando a ese ser que había querido matarla. Ahora el odio dominaba su cuerpo haciendo que olvidara todo lo que era. Irene se estaba convirtiendo en un monstruo idéntico al que tenía bajo sus fauces, moribundo y casi sin fuerzas. Por eso, tras otros diez golpes más, decidió abandonarlo; marchar hacia la puerta para recibir la libertad como premio, pero en ese momento el gorjeo doloroso de su verdugo hizo que ella mirara.

Raúl se había quitado la máscara y observaba, con un rostro níveo ya, la figura destruida de Irene golpeando la puerta. Ella abrió los ojos al reconocer de quién se trataba, pero en su mente era el enemigo.

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Tras varios golpes, la puerta se abrió y ella se lanzó sin pretenderlo sobre otro de sus enemigos allí. Era Verde quien la sujetaba con fuerza mientras llevaba la vista al interior.

—¿Qué has hecho? —preguntó sorprendido.

La joven no dijo nada. Se limitó a balbucear pensamientos que en la mente le sonaban nítidos y a removerse con las pocas fuerzas que todavía le quedaban.

—Quiero irme —dijo al fin ella.

—No será tan fácil —sentenció Verde tomándola de la cintura y llevándola junto a su cuerpo.

Verde la cogió y, tras haber vuelto a mirar cómo Raúl iba apagándose lentamente, se volvió alertado por los ruidos que se producían en la puerta. Tomó su arma, apretó a la joven contra su cuerpo y aguardó.

Cuando la puerta se abrió, un Ángel cansado y sucio emergió de la noche que caía en el exterior. Miró a Verde y arrugó el rostro.

—¡Quita eso de mi cara, subnormal! —rumió entre dientes señalando el arma de José Luis—. ¿Ya lo ha hecho?

—Sí. ¿Ahora qué?

—Ahora tenemos que irnos cagando hostias. Eres tan gilipollas que te han seguido hasta aquí, así que no podemos perder el tiempo.

—Hice lo que me dijiste. Dar vueltas durante veinte minutos y volver a la casa.

—Pues no han sido suficientes. No deberías tomarte todo tan exacto, joder.

Ángel entró en la habitación y contempló a un Raúl casi sin vida, tumbado en el suelo y navegando sobre un charco de sangre cada vez más grande.

—Vaya. Se ha cebado la chica esta. Yo pensaba que no lo haría. Es fuerte —dijo justo cuando salió de nuevo al salón principal—. Bien, vámonos. Deja a la chica y vamos. Ella ya ha hecho lo que tenía que hacer.

—Pero te ha visto la cara.

Ángel clavó los ojos sobre José Luis y negó con la cabeza mientras bufaba de forma irónica y con una sonrisa que no le hacía parecer alegre.

—Me acabo de cargar a un compañero. ¿Piensas que me importa mucho que me haya visto la cara?

—Entonces…

—Entonces nos vamos.

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Pero no hubo tiempo suficiente para seguir discutiendo. El ruido de tierra removiéndose y el polvo que empezó a colarse por las ventanas alertaron a los dos hombres. Ángel corrió hacia una pequeña ventana que había junto a la puerta y se volvió hacia su compañero.

—¡Mierda! No tenemos tiempo —gruñó el sargento mientras corría hacia la parte trasera.

Pero José Luis tenía otras intenciones. Con Irene todavía amarrada a su cuerpo, se acercaba a la puerta.

—¿Qué haces, inútil? —chilló Ángel cuando lo vio tomar la manecilla de la puerta.

—Van a rodearnos. Si no les lanzo una distracción, no podremos escapar. —Y, sin esperar respuesta, abrió la puerta, alzó el arma y descerrajó cuatro tiros.

Tras el cuarto disparo, se mantuvo unos segundos observando el coche que acababa de llegar y cómo varios agentes se arrastraban por la tierra. Uno de ellos gritaba de dolor mientras otro apenas era capaz de ponerlo a cubierto.

Entonces cogió a Irene, la puso frente a él, la empujó con rabia hacia el exterior e hizo que cayera en la tierra, rodara unos metros y se llenara el camisón de polvo y barro.

Cuando su camino estuvo libre, se dio la vuelta, pero en ese instante se topó con el cañón del arma de Ángel apuntándole a la cabeza. José Luis abrió los ojos, respiró con fuerza y tragó saliva.

—Tienes razón. Necesitan una distracción —dijo Ángel justo antes de disparar.

El cuerpo de José Luis cayó con aplomo a pocos metros de Irene e hizo que esta retrocediera arrastrando las manos por la tierra, arañándose las palmas hasta sangrar mientras miraba fijamente el cuerpo de Verde, que ya había perdido la vida antes incluso de tocar el suelo.

A un lado, medio rota y llena de barro, la máscara reposaba con el dibujo verde completamente destrozado. Al otro, la expresión de terror que José Luis había dibujado quedó congelada en su rostro ya muerto.

Cuando ella se volvió hacia los agentes, todos corrían hasta el interior de la vivienda. Todos salvo uno: Edgar. Él se acercó a ella, la tomó por los brazos y la condujo a un lugar seguro, al fin.

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Llegas tarde

Jueves, 2 de junio de 2022, 22:35 Alcira, Valencia

El silencio se había desplomado sobre los tres como quien pierde la conciencia, un silencio que dejaba tres cuerpos pesados y sin fuerzas.

Lucía era la que estaba más alejada de los tres. Se había detenido frente a su hogar y, aunque contemplaba las cristaleras impolutas del chalé donde vivía, todo le resultaba extraño. No era capaz de reconocer el patio enorme donde siempre tomaba el sol, ni la piscina que tanto le gustaba en verano. Tampoco podía acordarse de su habitación, que coronaba una de las esquinas acristaladas de la casa. Ni siquiera reconocía a su propia madre, que la tomaba por el hombro e intentaba convencerla de recorrer los últimos metros.

—Vamos, tenemos que entrar —susurró ella con una voz cálida y dulce. Su mirada, en cambio, era intranquila, inquieta. Se volvió sobre Israel y comenzó a empujar con suavidad a su hija.

La joven avanzó los últimos metros con la mano de su madre clavándose en su espalda cada vez más. Por mucho que ella intentaba detenerse, el esfuerzo de Inma crecía para obligarla a entrar en la vivienda.

El interior era todavía más lejano a lo que ella siempre recordó. Mirara donde mirara, solo veía oscuridad, paredes sucias. Olía el hedor de la muerte, del final. Y, aunque sabía que estaba a salvo, su corazón palpitaba con rabia queriendo escapar de su pecho.

—¿Quieres subir a ducharte? Yo iré encargando algo de cenar.

La sonrisa cerrada de su madre no fue suficiente argumento para convencer a una Lucía que apenas la había escuchado. A pesar de todo, asintió y comenzó a subir las escaleras mientras dejaba atrás a una Inma

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que no perdía detalle de ella y a un Israel pendiente del teléfono cada cinco segundos. El rostro de este era más caído, serio y frío.

Y con los rostros serios de sus cuidadores ella siguió hasta su habitación, hasta el retorno a unos recuerdos que seguían ahí, pero no eran suyos. Eran los de la anterior Lucía, la que había muerto en esa casa a manos de esos locos que la habían destruido poco a poco.

Ahora no encontraba sentido a sus funkos de Juego de Tronos, tampoco a esas fotos, que decoraban las paredes y el escritorio, de una Lucía sonriente, alegre, mientras sacudía la cara para hacer bailar esos enormes aros que le colgaban de las orejas. Se palpó el labio buscando ahí los piercings que siempre tuvo y nunca supo por qué. No estaban. Ni siquiera eso quedaba de la vieja Lucía.

Se acercó arrastrando los pies hasta la cristalera y observó desde allí el horizonte. Contempló el paisaje oscuro y, por un momento, le pareció distinguir las mismas luces que veía desde su celda cada noche. Esa vez no gritó para pedir ayuda. A pesar de ello, fue otra cosa lo que la alejó de sus pensamientos oscuros: un teléfono sonando en el piso de abajo.

Allí, un titubeante Israel descolgaba antes de que sonara el segundo tono. Apenas habló, se limitó a escuchar durante unos segundos que sirvieron para que su rostro se tornara de hiel. Tragó saliva y miró a Inma, que se encontraba arreglando la ropa de la bolsa del hospital y ajena a la presencia cada vez más próxima de Israel a su espalda.

—¿Estás seguro? —preguntó con la voz firme—. Está bien, tengo llaves. Nos vemos allí.

Y colgó. Aunque sus ojos no se fijaban en el teléfono, sino en el cuerpo distraído de Inma, ajena a su destino.

Lucía todavía seguía con la mirada clavada en la penumbra cuando la puerta de la habitación se abrió y un Israel apagado apareció tras ella.

—¿Estás lista? Tenemos que irnos.

Y esas palabras devolvieron a Lucía, con un golpe seco, a esa casa. Los ojos crecieron sin control y el corazón se detuvo. No respiraba, no hablaba y apenas era capaz de mover un solo músculo del cuerpo.

—Tu madre dice que prefiere que vayamos a por unas pizzas. Me ha pedido que te saque a dar una vuelta, así aprovechamos el viaje, ¿qué te

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parece? —sugirió con una sonrisa que envolvía su rostro.

Lucía no respondió.

Se volvió hacia él con la expresión congelada en un rictus de terror; los labios resecos y tensos; los brazos pegados a su cuerpo, y la mirada atravesando el tiempo hasta volver a esos días en los que le suplicaba a Rojo que la dejara marchar. Ahora revivía ese momento. Y su voz se le clavaba en la mente como lo había hecho entonces. Desde que la encontraron, no había vuelto a oír la voz de Israel, y al hacerlo ahora, encontró la respuesta que buscó el primer día que despertó en aquella celda.

Intentó buscar una salida, escapar de allí, saltar por la ventana si era necesario, pero Israel estaba a su lado cuando su mente se desbloqueó. Se acercó y la tomó por el brazo con una delicadeza que se tornó rabia al intentar zafarse ella sin éxito.

—¡No! —gritó al fin Lucía desbloqueando por completo el cuerpo—. ¡Mamá!

Israel apretó el brazo con fuerza e intentó tomar el otro, pero las sacudidas que daba la joven empezaban a complicarle la tarea de sujetarla.

—¡Lucía! Por favor, relájate. ¿Estás bien?

—¡Eres tú! —dijo ella.

Y entonces la sonrisa de Israel se borró. Desapareció por completo devorada por unas sombras que resbalaban con fuerza desde sus ojos. Ahora no apretaba con disimulo, sino que le clavaba las uñas en los brazos con tal fuerza que obligaba a la joven a torcer el rostro a causa del dolor.

—No digas tonterías, vamos. Estás sufriendo un ataque de pánico.

Intenta respirar.

—¡Suéltame! —pidió ella revolviéndose con más rabia.

—¡Lucía, relájate! —gritó un Israel devorado por sus nervios.

Y en ese instante ocurrió. Uno de los brazos de ella pudo deshacerse del nudo que Israel le había hecho con sus manos, lo tomó por la camisa y tiró de ella con fuerza hasta hacer saltar varios botones. Su cuerpo volvió a detenerse cuando observó su pecho desnudo. A un lado pudo ver un tatuaje en forma de tridente, igual al símbolo que ella siempre vio durante su cautiverio, el símbolo que confirmaba sus sospechas.

Israel también se percató de ello y llevó la mirada hasta el pecho magullado que mostraba el tatuaje que lo acababa de desenmascarar.

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Entonces ella se soltó, retrocedió y miró a Israel con una mezcla de odio y terror.

—Eras tú. Rojo eras tú.

Israel no dijo nada. Solo caminó hacia ella plasmando esa sonrisa que había hecho suya al principio y que ahora volvía aflorando todo el odio que se escurría por sus ojos.

—Poco podremos hacer ya para convencernos. Así que lo mejor es que vengas conmigo. Prometo no hacerte daño.

Lucía no quiso escuchar. Se volvió y comenzó a correr pidiendo ayuda a su madre y siendo testigo de cómo el silencio le recordaba que estaba sola. Salió de la habitación con Israel cada vez más cerca y, cuando estuvo junto a la escalera, un golpe en la espalda hizo que todo su mundo se volviera del revés.

El cuerpo se tambaleó durante los primeros dos escalones mientras daba pequeños saltos y se golpeaba contra la pared. Pero ya en el cuarto no pudo evitar perder el control y caer del todo. Cuando llegó al piso inferior, lo hizo con la espalda primero y sintió cómo todo su cuerpo estallaba en un fuego imparable que le devoraba las piernas y la espalda.

Desde lo alto, Israel bajaba calmado apoyando la mano en la barandilla y negando con la cabeza.

—Siempre has sido una cabezota. Es hora de que entiendas que este puto mundo no va a estar a tus pies siempre que se te antoje.

La joven, que veía cómo Israel se acercaba a ella, comenzó a arrastrarse por el suelo en un absurdo intento por escapar. Por volver al hospital. No podría hacer nada con una pierna rebelde que se negaba a obedecer. Por eso se giró de nuevo y se detuvo.

—¿Qué quieres? —preguntó con las lágrimas cayendo por las mejillas.

—Tan solo lo que me pertenece —dijo sin que le temblase la voz—. Vosotras siempre habéis disfrutado de algo que no era solo vuestro: tú y esa niñata inocente que se hacía la tonta. No os merecéis lo que tenéis. No habéis sabido apreciar el verdadero valor de tener que afrontar momentos difíciles, siempre caminando con las manos limpias y mirando al resto del mundo por encima del hombro. Y, lo que es peor, con una vida que no era para vosotras. Vuestra vida debió ser mía, por eso lo hago: para recuperar lo que, en esencia, me corresponde.

Lucía no supo qué decir. Intentaba calmar el dolor que sentía en la pierna, volver a levantarse y correr; acabar con Israel si era necesario, pero

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no había nada a su alrededor que pudiera servirle.

—Yo no he hecho nada —se justificó ella con verdadero pesar. No fingía a la hora de mostrar sus sentimientos—. Yo no te he hecho nada.

—¡Por eso mismo! Nunca hicisteis nada. Tu madre, que siempre supo toda la verdad, calló por la comodidad que le suponía una vida así. Tú, que fuiste testigo de los rumores que corrían sobre tu padre, jamás preguntaste. Y ¿por qué? Porque no te interesaba compartir tu vida con nadie. Tus caprichos y tus lujos se verían mermados si salía una nueva competencia. ¿Y yo qué? ¿Quién pensó en mis intereses? Es hora de que paguéis por lo que Raúl hizo.

Tomó a Lucía por el brazo y comenzó a arrastrarla hacia el exterior. Allí, la noche observaba en silencio cómo Israel introducía a Lucía en el maletero de su BMW y, tras amordazarla, lo cerraba.

De nada sirvieron los gritos de Lucía, ni sus intentos por escapar de allí. Israel no dudó en cerrar el maletero y salir a toda prisa de la zona, justo dos minutos antes de que el vehículo de Virginia apareciera.

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La locura no es para los débiles

Jueves, 2 de junio de 2022, 23:19 Alcira, Valencia

La mirada aterrada de Irene era suficiente consuelo para Edgar, que entendía que la muchacha ya estaba a salvo entre sus brazos, aunque ella todavía se negara a la realidad.

—Ya pasó todo. Estás con nosotros —dijo para intentar consolar a la joven.

Pero nadie te prepara para enfrentarte a la locura. Nadie te enseña cómo ser fuerte y, cuando tienes que aprender por la fuerza, solo los más preparados son capaces de burlarla. Irene estaba a punto de perderse en ella. Su mente no volvía del todo, congelada en el último minuto en la habitación, recordando el rostro desencajado y apagado de Raúl mientras se vaciaba tendido en el suelo.

Edgar, que sabía por lo que estaba pasando la muchacha, prefirió dejarla en el interior del coche, con delicadeza, como si estuviera cargando un frágil jarrón. La depositó en el asiento trasero y se acercó a Antonio, que se apoyaba contra la chapa lateral del vehículo y apretaba con fuerza la herida.

—¿Estás bien? —preguntó el sargento con una mezcla de preocupación y rabia.

—No ha sido nada. Entrad ahí y traed al hijo de perra ese de Ángel. Edgar asintió, se incorporó y comenzó a caminar hacia la casa con la

mano apoyada en el arma. No la había cogido, pero sí la sujetaba con cierta fuerza. Intentaba olvidarse de ella, pensar en el cuerpo de José Luis, tumbado en el suelo y con la mirada apagada, también en que las posibilidades de un nuevo tiroteo eran remotas.

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Y, con la mente subyugada por decenas de pensamientos contradictorios, avanzó hasta la entrada de la casa. Ahí el compañero de Antonio y Jacinto habían sacado a Raúl de la habitación e intentaban que reaccionara.

Edgar corrió hacia ellos cuando vio aquella sangrienta estampa. —¿Dónde están las emergencias? —preguntó David, preocupado por

su compañero y por Raúl.

—Están de camino —aseguró Jacinto mientras taponaba una de las heridas de Raúl.

Este apenas se movía, y solo podía percibirse su respiración por el movimiento rápido de su estómago. Su cuerpo, bañado en sangre, apenas era capaz de soportar sus propios latidos y apagaba poco a poco.

—¿Quién ha abatido a José Luis? —se interesó Edgar después de colocar nuevos apósitos en el cuerpo de Raúl.

—Tiene que haber sido Ángel. Nadie lo ha visto claramente, pero estaba con José Luis en la casa y parecía tener un brazo vendado. Todo pinta a que era él.

La respuesta de Jacinto fue suficiente para que Edgar no volviera a decir nada. Sus manos se preocupaban por mantener a Raúl con vida, aunque esta pareciera alejarse de él con precipitada urgencia. Su piel, fría y pálida, apenas reaccionaba a ningún estímulo, y su cuerpo había dejado de temblar hacía más de dos minutos.

Para cuando las luces de las asistencias comenzaron a atravesar los naranjos, Raúl había dejado de respirar y David estaba comenzando a reanimarlo de forma mecánica sin éxito alguno.

Ni siquiera los sanitarios parecían poder evitar que Raúl se perdiera para siempre cuando lo subieron a la ambulancia y se lo llevaron a toda prisa junto con un Antonio humillado y callado.

De nuevo quedaron los que habían llegado a la casa, ahora con Irene sentada en el vehículo, Roberto desaparecido y la presencia nueva de Pascual, que había aparecido un minuto después de los sanitarios.

—¿Ha dicho algo? —preguntó David mirando desde la distancia a la joven.

Su rostro no desprendía humanidad. Tampoco se hallaba en sus ojos la vitalidad que solía acompañar a la joven ni la alegría que mostraban siempre sus mejillas. La que estaba con ellos era una Irene apagada,

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consumida por sus fantasmas y pecados. Se miraba las manos manchadas de sangre sin decir nada. Tampoco pensaba nada.

Edgar negó ante la pregunta de David y se acercó de nuevo al vehículo. La única reacción que pudo ver en la joven fue la de rechazo cuando este abrió la puerta. Irene, en un acto reflejo, se acurrucó al otro lado del asiento, mirando con agitada desesperación a un Edgar cabizbajo y perdido. Por eso pensó que Virginia hubiera podido ayudarla. Ella habría sabido qué hacer.

Él no lo sabía.

Se sentía perdido ante la defensa férrea que planteaba la joven, tan perdido que solo pudo sonreír y apoyarse en la puerta.

—No tienes que temer —le susurró—. Pronto estarás con tus padres. Y en ese momento, la mirada de la joven volvió durante unos

segundos. Miró a Edgar y asintió con delicadeza.

—¿Sabes lo que ha pasado ahí adentro? —insistió Edgar.

Pero Irene se había encerrado en su mutismo y no iba a ser fácil sacarla de ese estado. Y Edgar lo sabía. Había visto esa misma mirada en los ojos de Lucía, por eso decidió dejarla descansar.

Apenas tuvo tiempo para pensar. Roberto había aparecido desde lo más oscuro de los huertos, agitado y con el cuerpo empapado.

—Ese hijo de puta ha escapado —rumió entre jadeos casi extenuados

—. Lo he podido seguir hasta un pequeño saliente, pero ahí ya lo he perdido.

—¿Ahora qué? —inquirió de nuevo David, que empezaba a mostrarse nervioso.

—Ahora a esperar a que asome la cara. Tarde o temprano daremos con él. De momento tenemos que ir a por Virginia. Está en peligro. Edgar…

El sargento se volvió hacia Roberto y este le indicó que tomara el coche de Pascual y fueran los dos a asistir a Virginia.

—Aquí ha acabado todo y no tenemos tiempo que perder.

Virginia, en cambio, se mostraba inquieta. Había llegado al chalé de Raúl y el poco movimiento que veía en la casa le resultaba incómodo, preocupante. Por eso se bajó con precaución del vehículo y entró con el arma pegada a las manos.

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En el jardín no encontró nada extraño.

Sí lo hizo cuando llegó a la puerta. Esta se encontraba abierta y el interior se bañaba de una luz clara y potente. Por eso Virginia se aferró con más fuerza a su arma y avanzó hacia el salón reclamada por la penumbra que allí habitaba. Y es que los monstruos solo salen cuando no hay luz que los delate. Pero allí no había nadie: ni monstruos ni humanos.

Por eso decidió avanzar hacia la cocina. Esta sí se encontraba ligeramente arañada por una tenue luz blanca que caía de los halógenos situados sobre una barra americana. Y allí, asomando los pies como un niño descuidado jugando al escondite, Virginia encontró el motivo de tanto silencio.

Inma yacía tendida en supino sobre el suelo y sin rastro alguno de violencia. Como si se hubiera dormido plácidamente. Dormido para siempre.

—¡Joder, Inma! —masculló Virginia, y se acercó sin dilación hasta ella.

Había latidos. En su corazón todavía quedaba una esperanza de seguir luchando, aunque el cuerpo no respondiera. Por eso la sargento la tomó por los brazos, la incorporó ligeramente y comenzó a darle pequeñas cachetadas hasta que la mujer reaccionó. Los ojos volvieron poco a poco como quien es víctima de un mareo súbito. La voz, en cambio, apareció como un carraspeo seco al principio hasta que, poco a poco, fue cobrando la conciencia.

—¡Lucía! —fue todo lo que dijo.

—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

Pero Inma se había pasado de frenada y su mente ahora viajaba sin control en busca de su hija. Se irguió con esfuerzo buscando la ayuda de cualquier mueble que hallara a su paso. Y, con unos pies todavía dormidos, empezó a caminar hacia la entrada.

—¿Dónde está Lucía? —insistió la mujer.

Virginia no respondió. Se limitó a ayudarla a subir al piso superior, a buscar a la joven por cada cuarto, cada baño, cada rincón. Gritaba su nombre cada vez con más desesperación, pero, solo cuando el eco de su voz acabó con sus esperanzas, entendieron que ella no estaba.

—Ha sido él —gritó entonces Inma—. Se la ha llevado.

—Señora García —pidió Virginia, que entendía que la mujer se perdía poco a poco en su propia desesperación—. Tiene que decirme qué ha

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pasado. Solo así podremos encontrarla.

Pero Inma había empezado a caminar en círculos; dominada por su miedo, apenas era capaz de escuchar a la sargento, hasta que esta la detuvo en seco.

—¡No tenemos tiempo, Inma! —dijo Virginia con firmeza.

—No lo recuerdo. Solo sé que estaba colocando la ropa en la lavadora y de repente sentí que alguien me agarraba por detrás. Después todo se volvió negro.

—¿Le dijo algo? ¿Escuchó algo antes de que la atacara?

Inma negó con la cabeza.

—Estaba hablando por teléfono. No dijo nada. Solo hizo alguna pregunta. No lo recuerdo.

—Es importante. Es posible que esa llamada fuera el aviso para terminar el plan. No tenemos tiempo, Inma.

Y sus palabras, más que ayudar, hundían más a Inma en ese pozo de traición, secretos, mentiras y desinformación en el que se hallaba. Pero entre todas esas sombras, las últimas palabras de Israel resonaron en su cabeza.

—Espera. Sé que dijo algo de que tenía llaves y se veían allí. No sé si fue exactamente eso, pero algo así.

La sargento entonces comenzó a preparar en la cabeza una lista con posibles ubicaciones hasta que una de ellas surgió como una burbuja de aire buscando la superficie del agua.

—No se vaya de aquí, señora García. Tengo que ir a buscar a Lucía.

—Pero… —dijo ella tratando de acompañar a Virginia.

—Es importante. Necesitamos que esté aquí por si ella vuelve o tenemos alguna novedad y necesitamos localizarla.

Inma se mordió la mano, cruzó los brazos y se resignó a quedarse. Comenzó a caminar por el descansillo del piso superior mientras veía cómo Virginia enfilaba la salida con el teléfono en la mano.

Pero las prisas nunca habían sido buenas aliadas de Virginia, y ahora tampoco iban a serlo. Cuando abrió la puerta y quiso salir corriendo, un cuerpo se interpuso frente a ella. La colisión fue tan intensa que hizo a ambos retroceder varios pasos. Fue Virginia la primera que reaccionó tomando de nuevo con fuerza el arma justo antes de conocer quién se había interpuesto.

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—¡Joder, Edgar! —gruñó ella, y salió de nuevo de la casa—. Se la han llevado. No tenemos tiempo —aseveró.

—¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué tanta prisa?

—Siempre ha estado ahí. Siempre lo hemos tenido delante y no lo hemos visto. Israel es quien ha estado detrás de todo el juego. Es él quien ha preparado toda esta trampa.

—Pero, no tiene lógica. ¿Por qué?

—Vamos, te lo explico de camino.

Virginia subió al lado del acompañante para que el propietario fuera quien lo condujera. Ya de camino, la sargento le informó:

—En la reunión con Samuel, me lo ha contado todo. Raúl quería comprar el taller de Ernesto para ayudarlo con las deudas.

—Eso ya lo sabíamos.

—¡Calla y escucha! —reprendió ella—. Raúl no quería ayudar a Ernesto, sino cuidar de Irene y asegurar su futuro. Irene es la hija de Raúl.

Edgar abrió los ojos al escuchar aquello como si todo lo que decía Virginia fuera una burda invención.

—No puede ser. Eso es imposible.

—No lo es. Todo encajaría de ser así.

—Entonces… —El pensamiento de Edgar quedó suspendido mientras Virginia esperaba la respuesta—. ¿Por qué tenderle una trampa? No ha salido bien, Virginia. No hemos llegado.

Al oír aquello, la sargento se congeló mientras miraba a su compañero. —¿Cómo que ha salido mal? ¿Qué ha pasado?

—No hemos llegado a tiempo. Le habían tendido una trampa y colocaron a Irene un cuchillo para que apuñalara a Raúl.

—¿Por qué haría algo así? ¿Qué pretendía conseguir? —preguntó Virginia, que, a pesar de tener toda la información, seguía sin comprenderlo—. Samuel aseguró que Raúl tuvo una aventura con la madre de Irene y, cuando esta quedó en estado, decidieron borrar todo contacto y financiar la compra del taller de Ernesto. Sería un pago por su silencio. Pero eso no es todo.

Edgar apartó un segundo la mirada de la carretera.

—Revisando los datos que Samuel me dio, encontramos una foto. Se trataba de Elisabeth; madre de Israel. He podido comprobar que Elisabeth trabajó con Raúl en esa misma época en que pasaron todos los líos con Ernesto y su mujer. ¿Y a que no sabes lo mejor?

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—Ya me espero cualquier cosa —respondió Edgar, que no salía de su asombro.

—Pocos meses antes de la marcha de Ernesto, Elisabeth también dejó la empresa para abrirse una tienda de moda en el centro de Alcira.

—Eso quiere decir que Israel…

—Todo apunta a que sí.

—Quiere decir que todo esto es por la herencia que nunca tendrá.

Querrá vengarse. De todos modos, Israel es un poco mayor que Lucía.

Para ese entonces él ya tendría algunos años.

Virginia no supo responder a aquello. No había encontrado esa respuesta y su mente se negaba a ofrecer ninguna salida posible.

Tampoco hubo tiempo para más respuestas. El concesionario de Raúl se encontraba a unos metros y el BMW de Israel asomaba por una de las esquinas del local.

—Está aquí —dijo ella revisando una vez más su arma—. ¿Habéis pillado a Ángel? —preguntó antes de bajar del vehículo.

Edgar apartó la mirada.

—Cuando mandaste el mensaje, ya era tarde: se nos ha adelantado.

—Hijo de puta. Nunca me fie de él —masculló ella entre dientes.

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No hay vuelta atrás

Viernes, 3 de junio de 2022, 00:39 Alcira, Valencia

Para Edgar aquella situación era la confirmación de sus peores temores. Virginia y Pascual ya habían preparado sus armas cuando se acercaron

a la pequeña puerta que daba acceso a la zona de taller. Él, en cambio, todavía observaba su mano mutilada. Seguía sintiendo el dolor de un recuerdo que no se iba, que seguía ahí convirtiendo sus miedos en pesadas trampas que lo inmovilizaban. Pero ahora todo debía ser distinto. Tenía que enfrentarse a ello, por eso tomó la pistola y apretó con fuerza ignorando el sudor que resbalaba por sus manos.

—Nos vamos a dispersar una vez entremos. No sabemos dónde puede estar y, si vamos juntos, seremos blanco fácil —ordenó Pascual, que, aunque parecía tener más experiencia en esas situaciones, su realidad era otra: desde que había llegado a Rafelguaraf, solo había disparado unas decenas de balas, todas ellas en prácticas de tiro.

Quizá los tres estaban pasando por la misma situación de temor, aunque ninguno llegara a reconocerla. Por eso, cuando entraron, lo hicieron en absoluto silencio: apenas tragaban saliva, respiraban o pestañeaban con tal de hacer el menor ruido posible.

Y, caminando por la primera sala —en dirección al taller—, fue otro ruido el que los alertó. Procedía del interior del recinto. Más que un ruido fue un lamento triste que apenas acariciaba el suelo, pero todos entendieron que se trataba de Lucía. Por eso aceleraron el paso.

Pascual fue el primero en llegar a la puerta. Iba aferrado a la pistola intentando que su panza no ocupara demasiado espacio para poder analizar el interior. Virginia lo siguió.

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—No veo nada —susurró él después de asomar la cabeza una primera vez.

—Tiene que estar aquí —dijo ella con la mirada acerada.

Ambos asintieron mientras el oficial volvía a prepararse para un segundo intento que no fue necesario, pues en ese momento un ruido seco hizo que se vieran obligados a apartarse de la puerta.

Cuando el miedo pasó y pudieron buscar de nuevo a Israel en el taller, encontraron la pista que necesitaban: al fondo, en la oficina de Raúl, el joven se encontraba guardando el dinero que había recuperado de la caja fuerte. Metía billetes en una bolsa como quien recoge el confeti del suelo tras una fiesta entretenida. No miraba, no contaba, ni siquiera se paraba a recoger los que caían fuera. Eso lo hizo una vez vaciada la caja fuerte y al entender que podía perder unos minutos más. Quizá no lo entendió bien, puesto que Pascual y Virginia habían tomado posiciones detrás de dos coches medio desmontados. Edgar se posicionó más atrás, pendiente de su arma más que de Israel.

Fue en el momento en que Israel salió de la oficina cuando Pascual supo que tenía que asomarse. El joven estaba indefenso, con las dos manos ocupadas y sin nada cerca que pudiera servirle de parapeto. Por eso sacudió la cabeza a Virginia, se irguió y mostró su cuerpo a la luz de unas bombillas cansadas.

—¡No te muevas, Israel! —gritó apuntando al joven con el arma.

Este se detuvo en seco cuando vio no solo a Pascual, sino también a la sargento, dirigiendo los cañones de sus armas hacia él.

Quiso correr, pero otro grito de Pascual hizo que se detuviera de nuevo y observara un punto a poco más de dos metros de él. Se trataba de un Audi Q7 con las puertas abiertas.

—Se ha acabado, Israel. Será mejor que dejes las bolsas y te rindas — continuó Virginia mientras daba dos pasos para rodear el coche que usaba como escudo.

—¿Cómo me habéis encontrado? —preguntó él después de dejar caer las bolsas.

—Eso ahora no importa. Lo importante es que pongas las manos en la cabeza y te des la vuelta.

Él sonrió sin obedecer. Buscaba el momento perfecto y eso Edgar lo podía deducir al ver el tremor de sus manos, que trataban de llegar hasta la pistola que escondía en la cintura. También los ojos bailones mostraban la

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imprecisión de sus decisiones. Edgar no avanzó, se limitó a rodear el coche buscando una mejor protección y aprovechando la penumbra que lo abrazaba.

Y, como pasa en todos los momentos delicados, solo se necesita una fracción de segundo para que todo cambie. Como cuando, en mitad de una discusión, una palabra imprecisa puede destruir una relación; un intermitente usado un segundo más tarde; unas llaves que se te olvidan; un tropiezo al borde de una calle repleta de vehículos.

Fue entonces cuando Virginia entendió que nos debemos a un segundo. Es lo que basta para cambiarnos la vida, para arruinar un momento, para alegrarnos el día. Un segundo tiene tanto poder como la peor de las armas. Su segundo vino de la boca de Lucía.

Su grito de auxilio sirvió para que Virginia y Pascual desviaran la mirada apenas eso: un segundo. Fue todo lo que necesitó Israel para correr hasta la protección de su coche esquivando los gritos encendidos de Pascual, amenazas vacuas que no llevaron a nada, pues el joven consiguió llegar hasta su salvación.

—¡Mierda! —gritó Virginia corriendo hacia él.

Pero ya era tarde. Este había tomado de nuevo a Lucía, la había sacado del maletero y la sujetaba con fuerza mientras le clavaba en la frente el cañón del arma.

—No deis un puto paso más si no queréis que acabemos todos muy mal —amenazó Israel apretando todavía más el arma sobre la cabeza de Lucía, que había comenzado a llorar sin control.

—No tienes por qué hacer esto, Israel. Todo ha acabado, ya no puedes ganar —dijo Virginia en un intento por convencerlo.

—¿Ganar? Ya he ganado. ¿Acaso no lo veis? —Su sonrisa, que devoraba casi todo su rostro, se teñía de sombras con cada paso que este daba en busca de las bolsas que había dejado en el suelo justo antes de buscar el refugio del coche—. Todos los poderes de esta empresa han quedado reducidos a nada, cero. Y ahora, con la muerte de Raúl, todo esto dejará de existir. Por mucho que reconozca que no era mi plan inicial, he ganado igualmente.

Lucía, al oír aquello, abrió los ojos y comenzó a llorar sin consuelo consumida por unos gritos que no dejaban hablar a nadie más. Intentó revolverse, salir de su prisión, pero no pudo. Tras la sacudida de Israel,

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dejó de luchar y comenzó a deshacerse en su propio dolor, que guardó en silencio.

—¿Qué has ganado con todo esto? —se interesó Virginia, que quería conocer las razones de Israel.

—He ganado el reconocimiento que me merecía. Se trata de devolver a cada uno lo que es suyo, de restaurar una realidad que nunca se vivió aquí. Raúl siempre quiso creer que su mente era mucho más brillante que la de los demás y que podría controlar a todo el que quisiera, pero se equivocó en los métodos. Él quería tener el control por medio del dinero. Hay algo todavía más implacable que el dinero. Yo solo he demostrado quién puede realmente controlar a los demás.

—¿De eso se trataba? ¿De poder? ¿Ese era tu juego?

—Es mucho más que un juego. No lo entenderéis jamás. Yo siempre creí que mi vida se alimentaba de odio y envidia. Mi madre nunca me negó mi futuro ocultando su pasado. Y, aunque ella jamás quiso reconocer ciertas cosas, no fue necesario. Yo pude saberlo todo. Por eso crecí alimentando esa rabia que tenía dentro, observando cómo esta insolente dama —dijo mientras movía el arma por la sien de Lucía—, sin preocuparse por nada, hacía su vida ajena a que su padre había arruinado la de mucha gente. Pero ¿por qué con Irene tenía mejor trato? A mí, en cambio, jamás me miró a la cara. Si me contrató fue por mi madre, no por mí. Algunas veces llegué a pensar que ni siquiera lo sabía. Por eso, si el desprecio viene de aquellos que deberían amarte, el odio toma una forma más cercana. Más apetecible. Cuando la venganza se convierte en un modo de vida, todo lo demás deja de importar.

—¿Por qué dedicar tu vida a la venganza? No quiero creer que hayas moldeado tu vida solo para hacer daño a Raúl.

—¿Por qué no? —respondió Israel con orgullo—. Las motivaciones que uno encuentra para seguir un camino no deberían ser solo aspiracionales. Yo no aspiraba a nada, solo quería destruir a Raúl. Ese era mi motivo y me dediqué a ello. Construí una fachada ideal para poder plantarme a su lado y moldearlo a mi antojo. Solo necesitaba las herramientas correctas.

—Fue entonces cuando diste con Psique —aseguró ella.

—Había oído hablar de sus métodos, de sus vídeos. Aunque he de decir que lo que me atrajo de ellos fue su idea, su mentalidad. ¿Realmente piensas que soy yo el monstruo? Sargento Luque, te recuerdo que yo no he

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matado a nadie. Todo lo que ha pasado ha tenido a otros como protagonistas.

—Pero tú lo organizaste todo. Tú ideaste el plan. ¿O fue Ángel quien lo ideó?

—¿Ángel? —rio con soltura como si aquello le hiciera gracia de verdad—. Veo que habéis dado con la pieza que os faltaba. Ángel y yo siempre fuimos amigos, solo que elegimos caminos distintos. Bueno, o tal vez no. ¿Quién sabe? Yo solo quise atender a las razones que Psique persigue. Y es que ellos se limitan a ofrecer a sus jugadores una experiencia que no puedan olvidar. Es tan profundo lo que defiende Psique que no pude evitar enamorarme de ellos. Y al final Ángel también lo hizo. Y es que el símbolo que tú has visto en los participantes, así como en las máscaras, no es más que el símbolo de la psicología. ¿Sabías que en un principio la letra psi hacía referencia a una mariposa?

Virginia no respondió. Miró a Pascual, que intentaba caminar hacia un lado para ganar algo de posición, pero Israel, atento a todo, lo corregía cada vez que daba un paso.

—Por favor, antes de continuar, tirad las armas —amenazó Israel, y guardó silencio hasta que Virginia y Pascual obedecieron. Una vez los vio desarmados y los obligó a patear las pistolas, continuó—. Bien, como decía, antiguamente se solía hacer referencia a este símbolo como una mujer con alas de mariposa. Más tarde, empezó a relacionarse con el sonido que emite una persona antes de morir. Y es que, según cuenta Homero, la psyche salía volando por la boca cada vez que una persona expiraba. Por eso se creía que era el alma del finado que se escapaba. Su último aliento. Y por eso las máscaras tratan de simbolizar, con los labios negros y sellados, la necesidad de retener el alma en el cuerpo de la persona, tal vez porque los jugadores no tienen alma, puede que por miedo a ser castigados por las de aquellos que son víctimas de sus juegos. También se llegó a decir que el símbolo hacía referencia al tridente del diablo, pero eso no es así, como habrás podido comprobar.

—Bonita historia, pero eso no explica nada.

—¡Lo explica todo! —gritó ofendido—. Desde que encontré esta organización, siempre quise ser parte de ella, y ahora había llegado mi momento. No tenéis ni puta idea de cuánto tiempo he esperado para llegar a esto, de todo lo que he tenido que hacer. Pero, como pasa con todo, el dinero es el juguete que todos quieren, y muchos están dispuesto a todo

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por conseguirlo. Aunque hay algo más importante que el dinero, más llamativo.

Israel miró a Virginia, a Pascual, y apoyó la barbilla sobre el hombro de Lucía, que todavía seguía llorando.

—El poder —completó el joven—. Y no hablo del poder que el mismo dinero te ofrece. El dinero te otorga un poder efímero, insustancial, que se percibe en el trato que los demás tienen hacia ti y en lo que te puedes permitir hacer. Yo hablo del poder sobre la vida y la muerte. Cuando alguien tiene el poder de decidir sobre la vida de otras personas, todo cambia. Entonces sientes que no hay nada por encima, te sientes pleno y, cuando ves en los ojos de la otra persona ese miedo que solo la muerte causa es cuando comprendes tu poder. Por eso pocos pueden enfrentarse a los juegos de Psique, porque no todos están preparados para mirar a los ojos a la muerte y seguir durmiendo como si nada.

—Eres un monstruo —gruñó Pascual, que estaba siendo preso de un ataque descontrolado de rabia.

—¿Yo soy un monstruo? ¿Qué harías tú si te dejaran en una habitación a oscuras, con tu pensamiento más prohibido y sabiendo que pase lo que pase ahí adentro, jamás saldrás a la luz? ¿Qué pasaría si te dieran la oportunidad de hacer lo que quieres sin consecuencia alguna? ¿Lo rechazarías? Los monstruos no se hacen: nacen con nosotros y nos acompañan toda la vida. ¿De dónde crees que surgen esos pensamientos abyectos que muchas veces tienes? Pensamientos oscuros, crueles, pensamientos que, si los dijeras en voz alta, te tomarían por un loco, pero aun así lo piensas. Aun así, te quedas mirando a esa chiquilla que viste ajustada y con culito respingón, y piensas todo lo que le harías. Piensas cómo le arrancarías la falda a esa muchacha que empieza a conocer su cuerpo; cómo lamerías sus inmaduros pezones y la penetrarías con fuerza sintiendo la rigidez de su sexo. Puede que ahora estés pensando cuántas balas me meterías en el pecho. Esos pensamientos no son tuyos, son del monstruo que convive en ti y pide salir. Lo que hace Psique es dejar que salgan, alimentar a ese monstruo que todos tenemos y solo unos pocos pueden controlar. Todos somos monstruos, no lo olvides. Solo que algunos hemos aprendido a alimentarlos en silencio.

—Eso no justifica tus motivos —respondió Virginia apretando la mandíbula con fuerza.

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A lo lejos, Edgar avanzaba por la oscuridad atento a todo lo que decían y tan pendiente de cada movimiento que él fue el primer testigo de la llegada al taller de un coche que estaba seguro que no era de los suyos. Se trataba de un viejo Seat Toledo que se detuvo frente a la puerta durante unos segundos. Edgar pudo ver cómo la figura del interior observaba la patrulla de Pascual para luego avanzar unos metros más y detenerse.

—¡Ya os he dicho mis motivos! Tenía que demostrar cuál era el verdadero poder. Raúl siempre creyó que tenía el control sobre los demás. Tenía que enseñarle cómo era tener ese control. Él tenía que enfrentarse a la disyuntiva que había rechazado en su día. ¿Por qué Irene sí y yo no? Tenía que ser castigado con su mismo desprecio por la persona que él mismo eligió.

—Por eso le pediste ayuda a Psique. Ellos organizarían tu juego.

—¡Mi juego lo organicé yo! —respondió con un grito de nuevo—. Ellos solo me proporcionaron dos herramientas: el camión para poder probar lo que era ese juego y el todoterreno para lo que vendría a ser ayudarnos. Todo lo demás lo organicé yo. Tenía que mostrar que esta preciosa niña, tan dulce y delicada —dijo mientras apretaba la barbilla de la joven hasta que ella lanzó un pequeño gemido de dolor, tras eso, y con una sonrisa de orgullo deformando su rostro, continuó—, podría acabar haciendo lo que yo le pedía. Es ahí donde nace el poder: en el control. Y para controlarla tenía que destruir su mente hasta el punto de que necesitara matar. Matar o morir es la única encrucijada que una mente sana no puede resolver. Pero, cuando no queda nada que sanar en la mente, solo el instinto de supervivencia aguanta. Y ahí es donde yo tuve que organizarlo bien. Por eso convencí a Chema para entrar al juego. Como he dicho, el dinero es el juguete que todos quieren.

—¿Cómo alguien como tú pudo acabar con Chema? —Era el cabo que tenía pendiente ella: entender cómo Israel y José Luis se habían conocido.

—Nos hicimos buenos amigos cuando estudiamos juntos Informática. Yo también tengo un pasado, sargento. Aunque no se hayan molestado en remover mucho. No fue difícil convencerlos. Todos los jóvenes están prestos para este tipo de locura. Había mucho dinero de por medio y, con eso y el morbo, fue suficiente. ¿Cómo piensas que pude convencer a Ángel? Él también era un hombre preso de sus miedos, el malo de un cuento que nunca escribió, el que intentaba hacer lo correcto sabiendo que

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su mente le pedía a gritos ser el ogro. Lo fácil fue llevarlo a cabo; lo verdaderamente difícil fue planearlo.

—Pero algo salió mal. —Y las palabras de la sargento acertaron de pleno en el pecho de Israel.

—Debo asumir que esta banda ha llegado ahí por algo y es porque no les gusta dejar cabos sueltos. Cuando Carlos quiso retirarse, no lo aprobaron, igual que con el bocazas de Gabriel. No quieren cabos sueltos ni que se regale demasiada información.

—Pero en tu último juego el camión no estaba. ¿Te has convertido en un cabo suelto tú también? —preguntó Pascual, que entendía ahora el motivo por el cual no habían encontrado el camión esa noche.

—Lo cierto es que el plan de Irene era secundario y no entraba en el presupuesto. Si el inútil de Raúl hubiera salido esa mañana con la bicicleta, todo habría acabado pronto y ahora nadie estaría aquí. Una vez hubiese acabado con todos, yo pasaría a tomar el control de la empresa y podría financiar sus juegos de mejor manera. Todos ganábamos.

—Ahora ya no —dijo Virginia—. Tu juego te ha salido caro, por eso estás huyendo.

Israel tragó saliva con fuerza.

—Eso ya da igual. Es hora de que nos marchemos, así que, si no os importa, alejaos un poco.

Y tras obligar a Lucía a cargar con las bolsas, comenzó a retroceder hacia su coche ante la mirada resignada de los dos agentes, que veían crecer su impotencia al no poder hacer nada.

Pero, como pasa para todos, el segundo que cambiaría todo para Israel llegó cuando intentó aflojar el brazo para que Lucía entrara en el vehículo. Ella, en ese instante, le mordió la mano y aprovechó el grito que Israel lanzó para correr hacia Virginia.

Fue, con seguridad, el segundo más lento para todos: para Virginia, que era testigo de lo que acababa de ocurrir y se lanzó a tomar a Lucía antes de que Israel reaccionara; para Pascual, que apenas pudo dar unos pasos debido al enorme peso que debía arrastrar; pero, sobre todo, para Edgar. Él había presenciado la escena y vio cómo Lucía corría hacia Virginia, cómo Pascual gritaba alertando de las intenciones de Israel. Y lo que más pudo notar: el peso de su arma. Intentó levantar la pistola, luchar contra su mente. Y librando esa lid, se irguió para escapar de la penumbra que lo había custodiado hasta ese momento.

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—¡Lucía! —gritó Virginia cuando vio el cañón de la pistola de Israel dirigiéndose hacia ella.

Edgar también vio cómo el joven apuntaba hacia las dos mujeres y no parecía dudar. Sus ojos, al menos, no lo hacían. Iba a disparar, Edgar sabía que iba a disparar.

En ese momento el recuerdo de su accidente invadió su cabeza. En sus ojos no vio a Israel, sino a su sargento corriendo hasta él. Sintió la detonación en las manos y cómo un fuego incontrolable le devoraba el brazo entero. Podía volver a sentir el calor de la sangre recorrer lo que le quedaba de mano, el olor de la pólvora incrustársele en la nariz, los gritos de sus compañeros destrozándole los tímpanos. Cuando la detonación se oyó en el taller, Edgar estaba muy lejos de allí.

Y esa primera detonación llegó de forma repentina, iluminando por un momento la zona, haciendo que Virginia se lanzara hacia Lucía en un desesperado intento por eludir el proyectil.

Israel, sorprendido, no pudo reaccionar, pues el siguiente disparo llegó un segundo después. Los dos primeros tiros acabaron perdidos en alguna parte del taller dejando un eco metálico como prueba de su fallo. Pero Edgar avanzaba con decisión, con el arma en las manos y apretando el gatillo con los ojos cerrados.

Tres. Cuatro. Cinco disparos sonaron en ese taller antes de que Israel devolviera el fuego. Él también pudo cambiar la dirección del arma y dirigirla hacia Edgar. Y casi sin dudar, respondió. En ese instante tres nuevas detonaciones casi seguidas envolvieron el recinto en un silencio sepulcral. Ahora sí, en el séptimo disparo, Edgar había conseguido que uno de los proyectiles impactara en el cuello de Israel e hiciera que su tiro se estrellara contra el techo. A pesar de ello, Edgar siguió disparando hasta que no quedaron más balas en el cargador ni en el arma. A pesar de ello, él seguía apretando el gatillo, sintiendo el clic seco de un arma muerta. Cuando todo acabó, pudo contemplar cómo dos proyectiles más habían impactado en el hombro y el pecho de Israel, habían acabado por derribarlo y habían dejado su cuerpo a merced del poco tiempo que le quedara, pensando en cómo todo su poder se esfumaba por la garganta.

Todo acababa: con Virginia comprobando el estado de Lucía, con Pascual tomando las constantes de Israel, con Edgar aferrado a su arma, los ojos perdidos y la mente vacía.

Ya no había vuelta atrás. Por fin, todo había acabado.

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La calma

Viernes, 3 de junio de 2022, 01:09 Alcira, Valencia

—¡Virginia! —gritó Pascual. Sus piernas intentaban correr haciendo un esfuerzo por encima de sus posibilidades y, aunque tardó más de la cuenta, llegó hasta ella.

La sargento se hallaba sobre Lucía abrazándola con fuerza y temblando. Los ojos cerrados hacían ver que la sargento todavía seguía en la lucha, hasta que la mano del oficial la devolvió a la realidad. Se separó unos centímetros y pudo comprobar que la joven se encontraba bien: llorando sin consuelo, muerta de miedo, pero viva y sin heridas.

—¿Dónde está Israel? —preguntó ella.

Pascual sacudió la cabeza para mostrar el cuerpo del joven, que lanzaba todavía pequeños estertores roncos y ahogados. A unos metros de él estaba Edgar, congelado en la última posición que había adoptado antes de que todo acabara y con el dedo acariciando el gatillo todavía. El cuerpo sudaba sin control viendo lo que la mano había provocado. Los ojos se centraban en el incipiente charco de sangre, cada vez más grande, que se estaba formando bajo Israel. Y, poco a poco, la pistola resbaló por su mano mientras él se debilitaba como una hoja de papel. Su cuerpo no soportó más presión, se vino abajo y clavó las rodillas en el piso.

—¡Edgar! —Virginia corrió hacia él para evitar que se desplomara del todo y, cuando le rodeó la cintura con las manos, lo notó.

Por delante apenas se apreciaba nada, ya que la prueba del enfrentamiento se hallaba en la espalda. La camisa de algodón se mostraba empapada de un líquido caliente que se secó rápido en las manos de Virginia. No hizo falta nada más para entenderlo. La sargento le palpó el estómago y notó el agujero en la parte delantera, a un costado.

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Cuando Virginia quiso reaccionar, ya no pudo hacer nada. El cuerpo de Edgar cayó del todo, víctima del dolor silencioso que lo quemaba por dentro. Mirando a su compañera, se atrevió a susurrar:

—Afuera…

—No hables. Todo irá bien, compañero. Intenta no dormirte.

Y, aunque entendió lo que Edgar trataba de decir, decidió no apartarse de su lado hasta que las luces intermitentes de las asistencias y el sonido de las sirenas le aplacaron los nervios. Con gritos desesperados, llamó a los paramédicos cuando los vio entrar reclamando su presencia de forma urgente, pues Edgar había cerrado los ojos hacía más de cinco minutos.

Ya no hablaba, había dejado de temblar y apenas se percibía movimiento en su pecho cuando se arrodillaron ante él los médicos.

Estaba vivo. Esa fue toda la esperanza que recibió Virginia cuando vio cómo lo subían a la ambulancia para tratarlo allí antes de partir al hospital.

Un segundo después solo quedaba el enorme charco de sangre que había dejado como recompensa al coraje que debió mostrar para enfrentarse a sus fantasmas.

Ella quiso ir con él, acompañarlo, estar a su lado. Por eso aguardó frente al vehículo esperando el momento para acceder, para escapar de allí. Y mientras aguardaba la orden, decidió buscar la respuesta que Edgar había dejado a medias.

En el exterior no halló nada, solo luces titilantes, sirenas afónicas y un flujo de personas cada vez mayor. Ya se había acabado todo, o quizá no. Si Edgar tenía razón, todavía no.

Su respuesta llegó cuando se detuvo frente a la entrada el teniente Cabrera junto con David, el compañero de Antonio y Jacinto. No había nadie más.

—¿Dónde están…? —preguntó Virginia con preocupación. Miraba el rostro de Jacinto, desconocido para ella.

Roberto apartó la mirada y negó con la cabeza.

—Tenías razón. Ángel era nuestro topo. Era él quien informaba de todos nuestros movimientos. Puto hijo de…

—Entonces Antonio y… —No quiso acabar la frase. Virginia, que siempre había sabido leer entre líneas, no necesitó una respuesta para eso.

—Antonio está siendo atendido. Impacto de bala, pero se pondrá bien. El muchacho que trajo el capitán no ha tenido mejor suerte. Tampoco sabemos si Raúl saldrá adelante.

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Virginia tragó saliva mientras rememoraba la conversación con Israel, ahora tapado con una pequeña manta y manteniendo la misma postura en la que acabó cuando el silencio volvió a ser protagonista.

—¿Cómo está Edgar? Me han dicho que fue él quien lo abatió, pero también sufrió un impacto.

—Es pronto. No han querido decir mucho. Me voy ya al hospital — confirmó Virginia.

—Vete, aquí ya se ha acabado todo. Solo nos queda entenderlo — completó Roberto alicaído y serio.

—Antes de desfallecer, Edgar mencionó que había alguien afuera. Quizá Ángel vino a recoger a Israel. Inma me confesó que, antes de ser atacada, había hablado por teléfono con alguien y dijo de verse aquí.

—Revisaremos las cámaras, no te preocupes, Luque. Tu lugar ahora está con tu compañero.

Y así, con esa orden de su superior, Virginia abandonó el lugar donde todo había quedado resuelto. Se marchó dejando atrás la historia no solo de Israel, sino de todos los allí presentes: la de los sanitarios, que luchaban por todos los que necesitaban ayuda; la de los agentes, que intentaban encontrar toda la verdad; incluso la de los ojos curiosos que comenzaban a agolparse frente a las barreras que la Guardia Civil había colocado a cierta distancia.

Pero la historia que más dolor le causó encontrar fue la de Inma, que, justo cuando ella se iba, llegaba buscando allí algo de la paz que le habían arrebatado para siempre.

Virginia subió a la ambulancia y, mirando por el retrovisor, sonrió por primera vez en mucho tiempo al ver el abrazo que Inma le regaló a una Lucía todavía perdida.

Ella, acariciándose el brazo, que le recordaba que el dolor seguía ahí, dejó atrás los miedos que quedaron en el taller y se enfrentó a los nuevos que surgían, los que se centraban en Edgar. A pesar de ello, no pudo evitar ser víctima del cansancio que apagó su cuerpo por unos minutos.

Por fin, tras la tormenta, la calma volvía a reinar. Eso quiso creer ella.

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Las últimas respuestas

Tres meses después

Martes, 5 de septiembre de 2022, 10:49

Playa de Cullera, Valencia

Por fin habían vuelto a dormir más de cinco horas, a cerrar los ojos sin pensar en nada más. Y, aunque todavía seguían pendientes de un cabo no resuelto, Virginia y Edgar sonreían complacidos.

Ambos se encontraban vigilando desde la distancia los movimientos de Lucía, en previsión de que Ángel volviera. Esa posibilidad, tras semanas de silencio, empezó a disolverse como el recuerdo de algo lejano.

—¿En qué piensas? —preguntó Virginia cuando vio cómo Edgar perdía la mirada en la profundidad del mar.

Siguiendo a Lucía, habían llegado hasta el faro de Cullera. Allí, la joven disfrutaba de esa paz que siempre había encontrado en su sitio especial, en su refugio.

—¿Crees que volverá a ser la misma?

Virginia observó a la joven, tumbada en la arena, seria, con la mirada perdida en un cielo claro y manchado de nubes apuradas.

—Solo el tiempo lo sabe. Todavía es pronto. —Y, confirmando sus pensamientos, la sargento buscó una realidad que no sabía si podría encontrar: una en la que la joven pudiera volver a disfrutar sin que las noches la torturaran inmisericordes contaminando sus sueños.

El tiempo pasó lento para unos; para otros volaba como si alguien estuviera saltándose capítulos de un libro todavía por escribir. Durante más de una hora, Lucía no se movió de su toalla, dando pequeños giros sobre sí misma cada pocos minutos. Inma la acompañaba más delgada de lo que Virginia recordaba. Y es que el peso de la angustia acaba por consumirte.

—¿Todavía aquí? Pensaba que ya os habríais marchado.

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Una voz grave y delicada sorprendió a los agentes, que se encontraban apoyados en el capó del Cupra Formentor de Edgar. Ambos se volvieron y encontraron tras ellos la figura renovada, aunque macilenta, de Raúl. El hombre, que había podido convencer a la muerte de que le otorgara un préstamo a devolver en veinte años, sonreía con una mezcla de seriedad y alegría. El intento de salvar a Irene le había costado tres semanas en estado grave, cinco centímetros de intestino delgado y varias cicatrices que le recordarían siempre lo que había vivido esa noche.

—Es la última semana —respondió ella con un tono menos cortante que las últimas veces que habían hablado.

—¿Se sabe algo?

—Todavía nada. Fuera de línea.

Virginia recordó todas las semanas que habían pasado buscando a Ángel. Las grabaciones de tráfico lo habían seguido hasta las afueras de Alcira, en dirección a Valencia. Tras eso no hubo más detalles. El Seat Toledo, vehículo que robó para la huida y que conducía esa noche, apareció, días después de que todo acabara, abandonado en una cuneta.

—Sigo sin entender cómo una persona que ha jurado proteger a sus vecinos puede cambiar tanto —comentó Raúl apoyándose en el coche.

—Nadie sabe hasta dónde puede llegar. Hay ciertos límites que ni siquiera nosotros mismos conocemos. Y enfrentarse a ellos puede suponer un impasse en nuestra mente. Quizá Ángel se vio tentado por el dinero y accedió. Una vez dentro, esto es como un pozo de arenas movedizas: cuanto más luchas por salir, peor resulta.

—No hablamos solo de dinero. Hablamos de hacer daño a la gente, de matar, torturar, humillar.

—No tenemos constancia de que Ángel participara en los juegos. Él solo era un informante y el cabeza pensante. Hemos podido averiguar que fue quien organizó la trampa que me tendieron a mí con Mario. Tal vez fue quien aleccionó a Israel en ciertos temas para hacernos tomar caminos equivocados. Al fin y al cabo, cuando el que mueve los hilos también es el malo, puede llevarnos por cualquier camino. Y eso hicieron: cada uno tenía su papel. Israel debía conducirlo a usted por el camino marcado y Ángel haría lo propio con nosotros. —Virginia hablaba con el orgullo herido, reconociendo su derrota.

—Sigo sin comprender por qué hizo algo así.

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—No tiene que hacerlo. Las mentes desquiciadas se aferran a cualquier pretexto para canalizar su rabia, para encontrar un motivo. El ser humano es un complejo mecanismo que vive bajo sus propias normas. Y solo el miedo puede hacernos escoger caminos que para muchos es el equivocado. A veces, cuando una persona quiere hacer daño, necesita crear fantasmas. Para Israel, su fantasma fue usted.

Raúl entrecerró los ojos.

—No entiendo. Si siempre lo he tratado como a un hijo, ¿por qué iba a ser yo su problema?

—Precisamente. Raúl se crio inventando esos fantasmas. Creando sutiles amenazas para creer que debía prepararse para luchar contra su enemigo: contra usted —dijo Virginia dirigiendo la mirada hacia el mar—. Creaba fantasmas solo para convencerse de sus actos, hasta que al final algo en su mente se rompió. Porque la mente es tan frágil como un fino cristal. Y puede romperse. Y, si lo hace, esos fantasmas que nos acechan desde el otro lado pasarán a nuestra realidad para abrazarnos con fuerza, para llevarnos de la mano hasta nuestros peores pensamientos. Y es ahí cuando todo se derrumba.

—Pero eso no explica por qué me eligió a mí.

—El hecho de que usted no quisiera reconocerlo fue suficiente motivo como para organizar todo esto aunque el trasfondo real fuera su propia sed de poder y el morbo de desatar toda la maldad que su mente maquinaba.

—Creí que todo eso era una invención de las malas lenguas. Ya sabéis: la gente habla mucho. Veo que realmente él llegó a pensar así, pero no entiendo por qué. Israel no era hijo mío —afirmó Raúl para el asombro de los dos agentes, que lo miraron con sorpresa.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Virginia con un tono más agudo de lo normal.

—Pues que es cierto que Elisabeth y yo tuvimos nuestros encuentros antes de conocer a Inma. Pero el padre de Israel no soy yo. Ella quedó embarazada mucho antes de que nosotros tuviéramos nada.

—Pero usted le ayudó a montar la tienda. ¿Por qué hizo algo así? —¿Quién os ha dicho eso? —El rostro de Raúl se desfiguraba por

momentos tras cada pregunta de la sargento.

—Cuando descubrí que Israel era quien había organizado todo, vi que Elisabeth había dejado el empleo para abrir una tienda en el centro. ¿Usted no tuvo nada que ver?

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—Jamás. Ella abrió la tienda con el dinero de la herencia que recibió de su abuelo. Yo jamás tuve nada que ver ni entiendo por qué Israel pudo pensar eso. Lo recibí en el taller porque ella me pidió que lo hiciera. Y, por el cariño que siempre le guardé, traté a Israel como un hijo más. Quizá eso pudo confundirlo. ¿No habéis hablado con ella?

—Lo han hecho los compañeros. Pero con Israel abatido y ella hecha polvo, no iban a enfrentarla a un interrogatorio. Esas respuestas ya no eran necesarias una vez acabado todo. Ahora ya no hay vuelta atrás. Sería abrir heridas de forma innecesaria.

Virginia, a pesar de la sorpresa recibida al escuchar ese detalle, no pudo evitar sentirse triste por Israel, por ver cómo fue víctima de su propia mente al creer que tenía el control de todo cuando realmente no era capaz ni de dominar sus propios pensamientos. Israel fue cayendo en el pozo de sus propios engaños solo para alimentar a ese monstruo que creía tener a su merced. Y es que quien vive de sus mentiras acaba preso de una realidad que nadie más puede ver.

—¿Y cómo está Irene? —Tras ese nombre, los ojos de Raúl comenzaron a brillar imbuidos de un sentimiento que nadie más pudo reconocer allí. Quizá fue nostalgia, pena o simplemente el amor callado que tenía a buen recaudo.

—Mejorando cada día —contestó Edgar al ver que Virginia todavía seguía persiguiendo sus propias respuestas—. No hace falta que te diga cómo es de duro esto, pero ella nos está ayudando a entender cómo Israel lo organizó todo.

Así era. Irene había ayudado a colocar las pocas piezas que faltaban del puzle y a entender cómo Israel había ido introduciéndose en sus cabezas. Los avances con Lucía también sirvieron para cerrar los flecos a las preguntas planteadas con Irene.

Por lo visto, Israel había aprovechado el cautiverio de las jóvenes para ir consumiéndolas poco a poco. Con la ayuda de Mario, Carlos y José Luis, prepararon a Lucía para hacer creer que eran cuatro las personas que habían pagado por ella. Esas mismas cuatro personas la torturaban cada cierto tiempo e iban destruyéndola sistemáticamente.

Israel, mientras tanto, se ganaba su confianza en la casa, pero solo para poder erosionar los pocos cimientos de cordura que quedaban en las jóvenes.

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Con Lucía empezó a introducir en su mente el sonido característicos de los zapatos de ciclistas. Colocó a la joven en una celda donde podía verlos pasar cada cierto tiempo. Todo para hacer creer a la joven que realmente eran ellos los verdugos. Pero Lucía era fuerte y necesitaron varias semanas para acabar con su mente.

Con Irene todo fue más rápido, más sencillo: solo necesitó convencerla, y tenía las grabaciones de Lucía para ayudarse a conseguir su propósito. Con ellas iba mermando las esperanzas de la joven y construyendo en su mente una idea distinta: matar para salir de allí.

Cada paso que dieron fue meditado y, quizá, el único tropiezo que tuvieron fue Lola. Ella sería quien diera un vuelco a todo.

—No sé ni cómo pude hacerle caso —se lamentó Raúl—. Debí entenderlo cuando se ofreció él a localizar a Irene.

—Ya tenía ojos en nuestro cuerpo. No podía permitirse que tú contrataras a alguien externo para que investigara. Por eso decidió poner a los suyos al mando y hacerte creer que estaban buscando a la muchacha — afirmó Edgar con rotundidad—. Como bien dijo él, no podía permitirse cabos sueltos y un investigador privado podría ser un problema muy serio.

Raúl se incorporó, avanzó unos metros y aguardó en silencio hasta que todos se sintieron incómodos. Tras eso se volvió hacia una Virginia renovada y un Edgar serio:

—¿Y ahora qué? ¿Nos tenemos que olvidar y seguir adelante como si nada hubiera pasado?

—Nunca podrán olvidar lo que ha pasado —aseguró Virginia—. Ahora solo queda aprender a vivir y poder rehacer vuestras vidas de la mejor manera posible.

Y con ese consejo gris de Virginia, Raúl asintió y comenzó a caminar por la arena hacia su familia. Poco a poco, mientras este se hacía pequeño, Virginia y su compañero entendieron que era pronto para llamarlo final. Podrían decir que era un hasta luego.

Nunca podrían saberlo.

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Nada queda en el olvido

Sábado, 1 de octubre de 2022, 21:02

Sede de la Unidad Central Operativa, Madrid

El frío intenso de una Madrid soñolienta se calaba ya en los cristales, y la oscuridad de las oficinas dejaba impregnado en el embaldosado su reflejo débil, cansado. Al fondo, sentada en un escritorio, en silencio y con los ojos hinchados por el esfuerzo de exigirse a sí misma la atención necesaria, Virginia movía el cursor del ratón con nerviosismo.

Durante las últimas semanas había estado buscando la forma de dar con la página de Psique, pero todos los métodos que le aconsejaron fallaron. Ahora estaba cerca de conseguir acceder a la dark web gracias a los consejos de un viejo amigo.

Tal y cómo le dictó Manuel —teniente del Grupo de Delitos Telemáticos— utilizó el navegador Tor para entrar en la dark web. Así podría ocultar su IP para que no pudieran rastrearla. Aunque a ella eso poco le importaba.

Sus manos temblaban, y no por el miedo a ser descubierta: en la oficina hacía más de media hora que no quedaba nadie. Tampoco por el miedo a que otros, no tan legales, dieran con ella. Temblaba por el temor a lo que pudiera encontrar.

Había llegado hasta la dark web. Y como había ocurrido las anteriores veces, se detuvo durante unos segundos en el navegador principal, respiró hondo y volvió a intentar acceder a los datos que tenía sobre Psique. Hasta ese momento no había conseguido nada. Ahora algo había cambiado.

La dark web que se abrió frente a ella, después de colocar el enlace que Manuel le pasó, parecía distinta. Y entre todos los anuncios de venta de armas, drogas, pornografía y ofertas de empleo como personal trainer, encontró lo que buscaba.

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El símbolo que tanto había conseguido odiar.

El psi.

Aunque este psi no tenía color, con bordes negros y relleno blanco, parecía reclamarla palpitando a un lado de la pantalla. Accedió.

Con miedo.

Con pavor.

Aterida por el frío que comenzaba a resbalar por los cristales de las ventanas y por sus propios temores, dio el último clic, ese que la catapultaría al más bajo pozo de penuria y deshonra humana. Donde los monstruos campan a sus anchas.

Cuando la página de Psique se abrió, recordó las palabras de Israel antes de caer, víctima de las balas perdidas de Edgar.

Recordó cómo se forman los monstruos. Y entendió que no lo hacen: están ahí siempre, y solo salen con cada pequeño sustento que uno mismo va otorgándole. Como un plato de comida, se alimentan de nuestros deseos más oscuros y van borrando todo rastro de humanidad, vergüenza o más mínima decencia. Nos anulan como humanos hasta consumirnos del todo. Y, como pasa en las guerras, con cada nueva víctima, ese monstruo queda un poco más libre hasta que al fin consigue escapar tomando el control y devorando por completo todo aquello que alguna vez fuimos. Cuando el monstruo que llevamos dentro nos domina, nada de lo que éramos queda ya para poder recuperar.

Y, con ese miedo a que su propio monstruo la consumiera, entró en el primero de los vídeos promocionales de la página.

Con el lema «Solo los fuertes pueden vencer a la locura», dio inicio al primero de los vídeos.

En él se podía apreciar a una muchacha de pelo negro, largo y liso llorar desconsolada frente a la cámara. Los llantos atravesaban la pantalla para incrustarse con fuerza en el pecho de Virginia hasta que, de pronto, sus latidos se detuvieron.

Tapando la cámara como si de un telón se tratara, el mono negro del que sería el participante cruzó por delante del objetivo ocultando por un segundo a la joven, que seguía con los ojos los movimientos del sujeto.

Intentaba llorar, suplicar, arrodillarse, negar y hasta prometer absurdas ofertas con tal de huir de allí, pero ese monstruo no atendía a razones. En

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la mano portaba un pequeño látigo negro con la punta repleta de chinchetas y su intención no estaba clara.

Caminaba indeciso, con un poco de miedo incluso, pues, para hacer daño a otra persona, uno debe de estar muy preparado. Y ese ser no parecía estarlo. Miraba a la joven, que imploraba una y otra vez mientras se desgañitaba entre lamentos tímidos y agónicos. Hasta que, como si quisiera probarla, alzó la mano y lanzó el látigo contra la espalda de la muchacha.

El grito se escuchó antes incluso de que las chinchetas se le clavaran en la espalda. Después de eso se transformó en un alarido desbordado que hizo temblar los altavoces del ordenador de Virginia.

Ella, acobardada, miraba con los ojos entrecerrados cómo el sujeto hacía fuerza para desencajar la goma de la espalda de la chica, que lloraba con más fuerza mientras intentaba revolverse en el suelo.

Después de eso, todo pareció cambiar. El participante se detuvo mientras contemplaba el baile doloroso de la chica y la sangre que empapaba todo su camisón. No hubo más golpes durante más de un minuto. Parecía que ese sujeto se arrepentía de estar allí, pues caminaba con nervios de un lado al otro de la sala hasta que, en un momento dado y sin mediar palabra, volvió a proyectar el látigo contra la joven.

Esa vez la goma rodeó la cabeza de la chica, se clavó en una de sus mejillas y el cuello, y arrancó parte de la piel cuando ese ser tiró de la goma. La sangre entonces comenzó a bañar todo el cuerpo de la chica con una rapidez que hizo incluso que ese monstruo, que tanto había deseado que llegara ese momento, comenzara a dudar. Su cuerpo desapareció de la cámara. Y fue entonces, entre el gorjeo acuoso de la joven, que se ahogaba con su propia sangre, y los gritos graves desesperados del que parecía ser un hombre, cuando llamaron la atención de los integrantes de la banda.

Pronto su voz se tiñó de unas dudas que Virginia no entendió por culpa de los gritos de la chica, pero enseguida se dio cuenta de qué podría haber pasado.

El hombre volvió con los andares mucho menos convencidos y un enorme bate de hierro en sus manos y se plantó junto al cuerpo cada vez más débil de la chica. Desde allí, aferrado con fuerza al objeto, contempló durante unos segundos a la joven, hasta que, mirando hacia otro lado y gritando con rabia, le propinó más de diez golpes en la cabeza.

Realmente, después del segundo, ella había dejado de gritar.

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Cuando la grabación se detuvo y solo quedó el símbolo del psi, Virginia apretó los dientes, las manos, y suspiró con fuerza. Sabía que se arrepentiría de haber llegado tan lejos, puesto que ahora se había convertido en algo personal.

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Epílogo

Sábado, 10 de octubre de 2022, 22:01 Lugar desconocido

Le temblaban las manos.

Con la tarjeta de visita donde figuraba su nombre junto al cargo de magistrado en el Juzgado de Penas y Ejecución de Medidas de Seguridad, Lorenzo Pavía aguardaba a la hora acordada. En el reverso de la tarjeta había anotado la hora y la dirección y, cumpliendo estrictamente las instrucciones, esperaba bajo el frío atenazador de una noche oscura.

La carretera, desierta, no aportaba grandes dosis de serenidad al hombre de cincuenta y cinco, cumplidos una semana atrás.

Ese iba a ser su regalo. Al menos eso es lo que su mente utilizaba como absurdo pretexto para insuflar algo de valor a su corazón desbocado.

Toda la vida había tratado con criminales y esa había sido la consecuencia. Al final había despertado en su mente la necesidad por conocer lo que tanto había luchado por evitar. Pero así era Psique: despertaba en la mente del que lo escuchaba la necesidad de probarse, de ver hasta dónde podría llegar.

Había sido caro, muy caro, pero no importaba. Ahora estaba ahí, esperando en una pequeña hondonada sucia y polvorienta la llegada de su transporte. Y lo hizo, exactamente diez minutos después de la hora que le habían marcado.

—Llegáis tarde —dijo Lorenzo sin que le temblara el pulso.

Él nunca se arredró por nada ni por nadie, menos ahora, que necesitaba mostrarse sereno y firme. Embutido en un traje una talla menor, bañado en colonia cara y con la vejiga queriendo reventar, se irguió al ver que uno de los dos sujetos se acercaba a él.

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Ese ser lo miró desde la seguridad del anonimato y guardó silencio. En la mano derecha sujetaba una bolsa de deporte; en la izquierda, una Beretta 96.

—Quítate la ropa y ponte eso —exhortó el sujeto sin llegar a alzar el arma. Aguardaba tranquilo mientras Lorenzo liberaba de la tortura que había sometido a los botones de su camisa y se colocaba el mono con la máscara que le habían dado.

—¿Tengo que ponérmela ahora? —preguntó después de contemplar el motivo de su decisión. Sobre la frente de la máscara reposaba el símbolo del psi negro, reluciente, excitante, amenazador. Lorenzo lo miró y por un momento su corazón latió con más fuerza.

Nunca había matado a nadie por placer. Pero sí había experimentado el sabor amargo de la muerte en sus manos. Ahora todo iba a ser diferente. Podría ser libre y experimentar con el olor de la sangre, que siempre le había atraído.

—No tenemos tiempo —anunció el sujeto—. Tienes que ponértela ya. Lorenzo obedeció y se colocó la máscara para luego entregarle la bolsa, que cargó con un esfuerzo extraño en la mano. El magistrado contempló el rostro dolorido del hombre al tomar la bolsa, pero, sin prestar mayor atención, se dirigió al todoterreno que iba a llevarlo para conocer a

su propio monstruo.

Ya dentro del coche y mirando por el espejo interior, descubrió, en la mirada de los otros dos sujetos, la falta de humanidad.

Cuando todo acabara, esa sería su nueva mirada.

La mirada del acompañante era fría y distante. Alejaba de ella todo rastro de bondad o cualquier otro sentimiento. Y la del conductor, esa mirada todavía temprana, una mezcla entre el odio y la redención, en ella se iba borrando la que un día tuvo, cuando el Ángel que luchaba contra los malos todavía no conocía a su propio monstruo, ese que iba tomando el control poco a poco.

Y así fue cómo, con los ojos de Ángel clavados en sus propias retinas, Lorenzo marchó a desatar sus deseos más oscuros. Ni siquiera él sabía lo que le esperaba a unos kilómetros de allí.

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Agradecimientos

De nuevo me veo en la compleja tarea de tener que dar las gracias a todas las personas que me han ayudado con este nuevo trabajo, a todas las personas que siguen a mi lado. Y digo compleja porque estoy convencido de que nunca podré agradecérselo a todos los que me han apoyado en algún momento.

De todas formas, intentaré nombrarlos a todos.

En primer lugar, a ti, que te has enfrentado a esta nueva aventura. Si ya me conoces, gracias por seguir a mi lado, por tu apoyo y cariño; por el tiempo que me has dedicado; por los buenos o malos momentos. Te haya gustado o no, mil gracias. Si es tu primera vez, espero que lo hayas disfrutado, que te haya convencido para seguir conmigo en otras aventuras. Y, sea como sea, me gustaría que te pusieras en contacto conmigo para hacerme saber tu opinión: si es buena, lo celebraremos juntos; si es mala, me ayudarás a crecer. Podrás encontrarme en cualquiera de mis redes sociales o en mi página web.

Y ahora sí, toca hacer las menciones especiales.

En primer lugar, a todos los lectores que me siguen en mi grupo privado de Facebook. Ellos son y serán mi primera familia literaria, y no podría dejar de nombrarlos aquí. Espero que tú también te unas a ella en la página Lectores de Emi Negre.

Es un hecho recurrente, y una promesa que debo cumplir, el mencionar a varias personas importantes en mi carrera. Son los que me han apoyado cuando apenas era una sombra de lo que soy, cuando ni siquiera entendían cuál era mi camino. Y, pase lo que pase, van a tener siempre un hueco en mis libros. Cada vez son más los nombres, y espero que sigan aumentando con el transcurso del tiempo. Ellos son:

Mi querido primer lector y firme juez, José Luis Bohigues (Pallús). Nada sería lo mismo sin esos consejos y esas charlas a las tantas de la

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madrugada.

Joana Rodríguez, lectora que siempre ha estado entre mis letras dándome consejos y haciéndome saber su opinión día tras día.

María José Valiente, Neus Calleja, Loli Zamora y Lola lectora, por su compañía desde que empecé a escribir. Ellas me dieron una oportunidad cuando nadie me conocía, y han seguido conmigo libro tras libro. Jamás podré olvidarlo.

También me gustaría mencionar a una persona que me ha ayudado a perfilar a uno de los personajes más complejos, para mí, de la obra. Gracias a Mario García, psicólogo y amigo. Gracias por tus consejos.

Por último, me gustaría volver a insistir en la importancia de tus palabras. No dudes en comunicarte conmigo y hacerme saber cualquier opinión que tengas. Yo estaré encantado de recibirla.

Muchas gracias por llegar hasta aquí, y espero que sigas a mi lado.

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EMI NEGRE (Emiliano Pereyra Negre) nació en 1987, en Argentina. Con apenas 3 años se muda con su familia a España en busca de un futuro mejor. Desde pequeño ya mostraba interés por la escritura y ganó varios concursos de poesía y relatos poéticos.

En 2015 comienza a estudiar escritura creativa para intentar lograr al fin, su sueño, el de poder escribir todas las historias que su mente alberga. Así nació en 2018, Bullying, secuelas del pasado, su primer libro, para escribirlo recurre a gran parte de su experiencia personal para formar este thriller de suspenso y misterio. Esta novela ha conseguido varias colaboraciones con asociaciones contra el acoso escolar.

Tras el éxito de su primera novela, en 2019 ve la luz 48 Horas para un destino y varias participaciones en antologías benéficas. En la actualidad reside en un pequeño pueblo de la provincia de Valencia y compagina su pasión por escribir con una vida dedicada a su familia y a su trabajo.



FIN

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