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Libro N° 14825. Multiverso. Rothman, M. A.


© Libro N° 14825. Multiverso. Rothman, M. A. Emancipación. Febrero 14 de 2026

 

Título Original: © Multiverso. M. A. Rothman

 

Versión Original: © Multiverso. M. A. Rothman

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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MULTIVERSO

M. A. Rothman


Multiverso

M. A. Rothman

El futuro se desmorona y él tiene la culpa. ¿Qué pasaría si tu mayor descubrimiento científico se convirtiera en la mayor amenaza para la humanidad? Michael Salomon, brillante físico de partículas, acaba de descubrir los secretos de los taquiones, unas partículas más veloces que la luz capaces de reescribir las leyes de la realidad. Pero, antes siquiera de que pueda compartir su descubrimiento, el gobierno se apodera de su investigación y un desconocido, que conoce su futuro, le advierte que su trabajo ha destruido el tiempo tal como lo conocemos. Una pesadilla lo persigue: las visiones de un bebé que no ha perdido… aún. Un gobierno que lo acecha. Una estudiante que recuerda cosas que no han hecho… aún. El experimento de Michael no solo ha abierto una puerta, sino que ha destruido los muros entre el pasado, el presente y el futuro. Ahora debe iniciar una carrera contrarreloj antes de que la versión de su persona que ya fue demasiado lejos los condene a todos».

M. A. Rothman

Multiverso

Alicia Yoder: 01

ePub r1.0

Titivillus 21.10.2025

Título original: Multiverse

M. A. Rothman, 2022

Traducción: Mercè Diago Esteva

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

MULTIVERSO

UN THRILER DE ALICIA YODER

M. A. ROTHMAN

Traducido por

MERCÈ DIAGO ESTEVA

Índice de contenido

Avant-propos

Capítulo uno

Capítulo dos

Capítulo tres

Capítulo cuatro

Capítulo cinco

Capítulo seis

Capítulo siete

Capítulo ocho

Capítulo nueve

Capítulo diez

Capítulo once

Capítulo doce

Capítulo trece

Capítulo catorce

Capítulo quince

Capítulo dieciséis

Capítulo diecisiete

Epílogo

Nota del Autor

Avance - Nueva Arcadia

Avance - El lienzo engañoso

Apéndice

Sobre el autor

Cuando las novelas de Michael Crichton aterrizaron por primera vez en la sección de thrillers de las librerías, mucha gente con criterio se dio cuenta de que aquella mezcla de ciencia con thriller era en realidad una forma de ciencia ficción. Pero las obras de Crichton se colocaban en la sección de thrillers por cuestiones de marketing, lo cual dio origen a un fenómeno nuevo llamado technothriller.

Reconozco que este libro está en deuda con los gigantes que me precedieron, y me gustaría dedicar esta novela tanto a Greg Benford como a Larry Niven. A ambos los considero amigos, y escribieron material influyente en el género que ahora me ocupa.

El profesor Gregory Benford es un autor fantástico y fue uno de los primeros en acercar las partículas superlumínicas a los aficionados a la ciencia ficción. Me complace sobremanera haber tenido la oportunidad de hablar con él acerca de los detalles más específicos de la tecnología que presento en esta novela, así como la investigación pasada y presente sobre el tema. Ambos deseamos que se produzcan avances en este terreno.

Larry Niven, cuyas obras se encuentran entre los pilares de lo que ahora se ha dado en llamar «ciencia ficción dura», ha sido también una gran influencia, y no solo en mi escritura. Él propició que millones de lectores se plantearan la eterna pregunta de «¿qué pasaría si?» al leer sobre tecnología futurista en forma de relato. Como él, espero llevar ese testigo e incitar a futuros lectores a plantearse esa misma pregunta.

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Según el pensamiento moderno, el tiempo no se inició con el big bang, sino que se considera que ya había un multiverso mucho antes. De acuerdo con la teoría de la inflación cósmica y la teoría de las cuerdas, había universos antes de nuestro big bang, y suceden big bangs continuamente. Los universos se forman cuando las burbujas colisionan o se fisionan y crean burbujas más pequeñas.

-Michio Kabu, físico teórico

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CAPÍTULO UNO

Michael Salomon se incorporó bruscamente y se mareó al parpadear para quitarse el sueño de encima. El corazón le iba a cien por hora y le costaba respirar mientras los recuerdos borrosos de un sueño escapaban de su mente ya consciente.

Acababa de suceder algo y no sabía exactamente qué.

Sin duda, no era un sueño. No, teniendo en cuenta la ansiedad creciente que sentía. Más bien una pesadilla.

Miró el reloj de la mesita. Eran poco más de las siete. Se había acostado hacía apenas cuatro horas, pero estaba acostumbrado a despertarse a esa hora. Durante el curso se levantaba apurado para ir a dar clases de física en Princeton. Pero era verano, y en verano se dedicaba en cuerpo y alma a la investigación.

Por eso se había acostado tan tarde la noche anterior. Un descubrimiento había hecho que saliera conmocionado del laboratorio pasadas las dos de la mañana.

Le habían entrado ganas de contárselo a alguien. A cualquiera. Pero era tarde, y además no era recomendable hablar con los colegas hasta haberlo comprobado todo con la mente clara. Y por partida triple. Entonces y solo entonces pondría en riesgo su reputación.

Se levantó de la cama, pero volvió a sentarse inmediatamente con una repentina sensación de vértigo. Tal vez su cuerpo le estuviera diciendo que necesitaba más descanso.

Y luego notó el olor a beicon.

No recordaba haber hecho beicon al llegar a casa del laboratorio. Estaba tan agotado que se había ido directo a la cama. Abrió la puerta del

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dormitorio: el aroma era inconfundible y subía por las escaleras desde la cocina.

Y algo más.

Alguien estaba tarareando.

A punto estuvo de lanzar una amenaza al aire desde lo alto de las escaleras diciendo que tenía una pistola, pero las palabras se le quedaron ahogadas en la garganta cuando vio a una mujer acercarse al pie de la escalera con una taza de café en la mano. Tenía el pelo negro y liso hasta media espalda y la tez morena. Y estaba en avanzado estado de gestación.

María.

Su cachorro de pastor alemán, Percy, la seguía a todas partes, repiqueteando en el suelo de madera con las uñas.

Antes de que Michael tuviera tiempo de articular palabra, a María se le iluminó el semblante.

—¡Estás despierto! —Levantó la taza de café humeante—. Iba a subirte esto y a decirte que ya he hecho el desayuno.

Se la quedó mirando sin dar crédito a sus ojos.

María le hizo una seña para que bajara.

—La bebé se mueve mucho —dijo, poniéndose una mano encima del vientre—. Baja, mira.

El cachorro levantó la vista hacia él y ladró alegremente.

Michael se notaba la piel húmeda y pegajosa, como si estuviese a punto de desmayarse. Pero consiguió bajar poco a poco las escaleras, incapaz de apartar los ojos de la mujer a la que llevaba amando casi una cuarta parte de los cuarenta y dos años que llevaba en la tierra.

María le cogió la mano y se la puso en su vientre.

—¿Lo notas?

Asintió.

—¿Qué…? —carraspeó—. ¿Qué día es hoy?

Percy reclamó atención con un gemido.

—Pobrecito mío, te acabas de despertar. —María sonrió, le tendió el café y le rascó a Percy la cabeza—. Es jueves y te quedaste dormido nada más apoyar la cabeza en la almohada. Ni siquiera te desvestiste.

Era cierto. Aún llevaba la misma ropa que el día anterior en el laboratorio.

Incrédulo todavía, volvió a palpar el vientre de María una vez más, notando el movimiento de su interior.

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Su bebé.

Se le hizo un nudo en la garganta de la emoción y se sintió a punto de explotar.

—Ay, mi amor. ¿Qué ocurre? —María le secó una lágrima furtiva que le había rodado por la mejilla. Lo abrazó—. Sea lo que sea, todo irá bien. ¿Ha pasado algo malo en el trabajo?

Él le dio un beso en la coronilla mientras le embargaba un torrente de emociones.

—Supongo que he tenido una pesadilla.

—¿Sobre qué?

—No quiero decirlo en voz alta.

—Ven. —María le cogió la mano libre y lo llevó suavemente hacia la cocina—. Siéntate y te serviré el desayuno. Estoy segura de que, después de comer algo, lo verás todo con otros ojos.

Michael se sentó a la mesa de la cocina y observó trajinar por la cocina a la que era su esposa desde hacía ocho años, embarazada de su bebé.

La observó sabiendo que era imposible. Porque sus recuerdos le hablaban de una sucesión de acontecimientos que habían provocado la desaparición de María.

Primero había sido la complicación del embarazo en la fase final. Su hija había nacido prematura y, aunque con muchas posibilidades de sobrevivir, no lo había conseguido. Aquello había sido el comienzo del fin de su matrimonio. Se peleaban. Peleas amargas y absurdas. Y luego, un día, María se había marchado y no había regresado.

Recordaba claramente el dolor de despertarse y no encontrarla. Su ropa seguía en el armario. Su coche en el garaje.

Había denunciado la desaparición a la policía. Le habían dicho que era una persona adulta y que quizá necesitara distanciarse una temporada.

Pero María había desaparecido sin dejar rastro. Se había esfumado.

Hacía años.

Hasta ahora.

Y luego estaba Percy. El cachorro observaba a su dueña preparar huevos revueltos, y movía la cola con furia al ver que ella le ponía una cucharada en el comedero.

Percy estaba vivo… y seguía siendo un cachorro. Se había pasado semanas gimoteando tras la desaparición de María. Y luego, un día, había escapado del jardín y había muerto atropellado por un coche.

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Pero, al parecer, todo aquello no había pasado.

Era todo una mentira. Una pesadilla.

Percy saltaba entusiasmado de un lado para otro cuando María mezclaba su pienso de cachorro con los huevos. Cuando dejó el cuenco en el suelo, se dispuso a devorarlo.

Michael sonrió. Su mujer estaba con él, y bajó la mirada hacia el vientre abultado. Necesitó hacer acopio de todo su autocontrol para no desmoronarse y empezar a sollozar allí mismo. Su hija no estaba muerta. Estaba de fiesta en el vientre de María.

Todo iba bien. Todo era como tenía que ser.

María sirvió dos humeantes platos de huevos revueltos y beicon, se sirvió un vaso de zumo de naranja y se sentó a su lado.

Dio un sorbo al café. Era un café solo, fuerte y caliente. Exactamente como siempre los hacía.

Miró con anhelo la taza de él y suspiró.

—Eso es lo único que añoro. Mi tinto matutino.

Los colombianos llamaban «tinto» al café solo.

Sonrió, pasó la mano por debajo de la mesa y le dio una palmada en el vientre.

—Ya falta poco. ¿Preferirías que no tomara café mientras estás embarazada?

María lo miró con dureza.

—¿Por qué? ¿Estás embarazado tú también? No seas tonto. Además, el zumo de naranja es bueno para la bebé. —Dio un sorbo y señaló el plato de su marido con el tenedor—. No dejes que se enfríe.

—Sí, señora. —Michael sonrió y se metió una buena porción de huevos en la boca.

Pero, incluso mientras masticaba, sentía una desazón creciente. Entonces María sonrió. Él le devolvió la sonrisa y se comió un trozo de

beicon.

Todo era perfecto.

Eran poco más de las diez y Michael iba al trabajo por la US-1 en dirección sur cuando vio que los coches que tenía por delante frenaban. El

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tráfico se enlenteció y acabó totalmente parado. Suspiró porque no veía el motivo del atasco. Era una autovía sencilla de dos carriles y nunca estaba demasiado concurrida.

—Será un accidente —musitó.

Sentado en el coche, detenido, se puso a pensar en los experimentos de la noche anterior. Su ámbito de investigación tenía que ver con las partículas superlumínicas, llamadas «taquiones», un campo muy restringido que ocupaba uno de los huecos más recónditos de la relatividad especial. Y no era de extrañar: nadie había detectado jamás un taquión. Era cosa de ciencia ficción.

Los taquiones eran partículas capaces de moverse a una velocidad superior a la de la luz. Y si había algo que todo el mundo comprendía — bien o mal— de la revolucionaria teoría de Einstein era que nada viajaba más rápido que la luz.

Pero no era exactamente así.

Para ser más precisos, Einstein dijo que nada que inicialmente se moviera a una velocidad inferior a la de la luz podía acelerarse de tal manera que la superara. De modo que la pregunta era: ¿podían existir los taquiones?

Hasta aquella noche, la pregunta no había tenido respuesta.

Michael dejó sus pensamientos a un lado al oír por detrás el chirrido de unos neumáticos. Miró por el retrovisor y vio un Cadillac antiguo dando un volantazo sin control aparente. Detrás de Michael no había ningún otro coche parado y al Cadillac descontrolado le faltaban apenas quince metros para chocar con él.

Todo pareció suceder a cámara lenta. Michael vio la expresión de pánico en la cara del conductor, que forcejeaba con el volante. Sin duda había perdido el control del cochazo. Derrapó y los neumáticos echaron humo.

El profesor se preparó para el impacto.

Y… el Cadillac acabó parando a su lado, en la dirección contraria del tráfico. Tenía al conductor literalmente al alcance de la mano.

En circunstancias normales, Michael habría dedicado todo su repertorio de insultos al hombre que había estado a punto de chocar con él y habría inventado de buena gana nuevos improperios. Sin embargo, estaba temblando por la subida repentina de adrenalina y era incapaz de articular palabra. El mundo le daba vueltas y le entraron ganas de vomitar.

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Necesitaba serenarse.

Así que se metió en el arcén, circuló unos metros y salió hacia una zona de aparcamiento. Debía de pertenecer a una especie de centro médico, puesto que había un letrero que decía «Rothman Orthopedics». Pero apenas se fijó en él. Solo necesitaba aire.

Aparcó, salió y respiró hondo, lentamente. Se sentía como si el suelo que tenía debajo estuviera inclinado. Nunca se había desmayado, pero estaba seguro de estar a punto.

Agarrándose a la puerta del coche para evitar caerse, cerró los ojos y se centró en la respiración.

Veía un campo de hierba.

Era más que una imagen, lo veía con suma claridad, desplegándose ante él como si estuviera en un sueño a través del objetivo de una cámara.

Vio a un hombre arrodillarse a lo lejos. Michael empezó a ir hacia él de forma involuntaria, aunque, cuanto más se acercaba a la silueta, más ansioso se sentía.

El hombre estaba en un cementerio, arrodillado ante una lápida.

A Michael se le cortó la respiración. Reconoció al hombre.

Era él.

Aunque no exactamente. Estaba más mayor, más delgado. Demasiado delgado. Tenía una buena cantidad de canas y la barba, descuidada.

Entonces, Michael miró la lápida y se le heló la sangre.

Felicia Batsheva Salomon

Tuvimos solo un día pero que sepas que, si el amor hubiera podido salvarte, habrías vivido eternamente.

Bajo la inscripción había dos fechas: las de nacimiento y defunción. Eran el mismo día.

Y la fecha era… la del día siguiente.

Los neumáticos de Michael chirriaron en el camino de entrada cuando aparcó, salió del coche de un salto y entró corriendo en la casa.

—¡María! —gritó.

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Oyó al perro ladrar desde el patio trasero como respuesta.

Con el corazón desbocado, Michael corrió a la puerta corredera de cristal que daba al patio y la abrió bruscamente.

—¡María!

—¿Cariño? ¿No ibas al trabajo?

María estaba sentada en una tumbona entre sol y sombra bajo la sombrilla del patio. Parecía incómoda.

Él se le acercó rápidamente y le tomó la mano con cautela.

—Cielo, ¿te encuentras bien?

Ella se encogió de hombros.

—Ahora mismo me siento muy embarazada. Así que, lo normal. Pero hoy me duelen mucho las lumbares. Pensaba que en la tumbona estaría bien, pero… no. ¿Qué haces en casa?

Michael se sentía incapaz de explicárselo.

—Qui… quiero que te examine un médico. Te veo… demasiado cansada.

—¿Por qué hoy? Tengo visita mañana.

Michael forzó una sonrisa.

—Hazme ese favor. Tu trabajo es estar embarazada y el mío, preocuparme, ¿verdad? Quiero asegurarme de que tú y Felicia estéis bien.

De mala gana, María dejó que la ayudara a incorporarse trabajosamente de la tumbona.

—Ni siquiera me he duchado.

—Eso da igual. Por favor, hazme caso.

—De acuerdo. —Entornó los ojos—. Pero al menos deja que me cambie de ropa.

Michael le dio un beso rápido en la frente.

—Claro.

La técnica de ultrasonidos aplicó un gel tibio en el extremo del transductor y lo colocó encima del vientre de María.

—Bueno, vamos a echar un vistazo a la pequeñina y a medirla.

María le cogió la mano a Michael cuando se oyó el sonido de un latido rápido por el altavoz de la máquina de ultrasonidos. Miró a la técnica.

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—¿Es el latido de Felicia?

—Desde luego. Felicia es un nombre muy bonito. Significa «sonrisa» en español, ¿no?

—Bueno, no exactamente. Está más relacionado con «feliz».

La técnica siguió desplazando la sonda por el vientre de María con una mano mientras con la otra manejaba el teclado y el ratón.

—¿Habéis elegido un segundo nombre?

María sonrió hacia Michael.

—Aún no, pero estaba pensando en Batsheva. Es el nombre de su abuela, murió hace poco. ¿Qué te parece, cariño?

Michael asintió con un escalofrío. Era el segundo nombre de la lápida.

Felicia Batsheva Salomon.

La técnica se paró de repente y levantó la sonda, de manera que la pantalla quedó en negro.

—Esperad aquí un momento —dijo—. Vuelvo enseguida con el doctor Sakata.

Aunque había hablado con voz calmada, Michael había advertido la expresión preocupada en el rostro de la mujer al levantarse del taburete y salir de la habitación.

María le apretó la mano.

—Tengo que preguntarle a Sakata si puedo tomar algo para las lumbares. No sé si podré aguantar así ocho semanas más.

Michael le dedicó una sonrisa cálida, aunque, en su interior, estaba hecho un manojo de nervios. ¿Qué había visto la técnica? No debería haber sorpresas al comienzo del octavo mes. A partir de ahí todo debía ir como la seda. Al menos eso era lo que decían todos aquellos dichosos libros sobre el embarazo que María le había hecho leer.

La puerta se abrió y entró el doctor Sakata.

—Hola, señor y señora Salomon. Entiendo que estamos haciendo una revisión rutinaria. ¿Ha tenido alguna pérdida u otros síntomas que la hayan hecho venir hoy?

—¿Una pérdida de sangre? No. —María señaló a su marido con el pulgar—. Es que está preocupado y quería que me visitaran. El único síntoma nuevo es que me duelen las lumbares. Pero creo que es normal estando embarazada.

El médico se sentó en el taburete.

—Echemos un vistazo.

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Cuando el médico deslizó la sonda por el vientre de María, la pantalla de ultrasonidos mostró varias estructuras que no significaban nada para Michael. En cualquier caso, miró con atención. Iba mirando de la pantalla al médico y vuelta otra vez, buscando algún tipo de reacción.

Sakata se detuvo en una imagen borrosa parecida a las demás, pulsó una tecla y amplió la vista. Cambió ligeramente el ángulo del transductor.

El sonido del latido de la bebé se oyó con fuerza en la sala.

—¿Busca algo en concreto? —preguntó María.

—¿Dice que le duelen las lumbares?

María asintió.

—Hoy es mucho peor. Normalmente no duermo boca arriba, pero me dormí en esa postura esperando a que mi marido volviera del trabajo. — María dedicó una mirada acusatoria a Michael, y luego le apretó la mano y le lanzó un beso.

Sakata amplió varios detalles de la imagen e hizo clic en más botones, lo cual hizo que salieran pequeñas ecografías impresas de una ranura de la máquina. Al cabo de un minuto, levantó el transductor, lo secó, y luego limpió el vientre de María con una suave toalla blanca.

—Bueno —dijo—, empecemos por la bebé. No parece estar sufriendo y está donde se espera que esté un feto a las treinta y dos semanas. Todo bien en ese sentido. Pero también es bueno que haya venido hoy. —Sakata levantó una de las imágenes y señaló algo que era difícil de identificar—. María, tienes un pequeño desprendimiento de placenta. Eso significa que la placenta se ha despegado parcialmente de la pared del útero.

María ahogó un grito.

—¿Qué implica eso para la niña? —Se le empañaron los ojos de lágrimas y apretó con fuerza la mano de Michael.

—Como he dicho, es pequeño. Pero me gustaría que te quedaras ingresada esta noche para hacer unas pruebas. Tenemos que comprobar la química sanguínea de la criatura y asegurarnos de que recibe todos los nutrientes necesarios. Lo más probable es que las pruebas salgan bien, pero deberíais prepararos para la posibilidad de que haya que provocar el parto.

En esos momentos, lo único que Michael veía era la fecha de nacimiento de la lápida. La voz del médico le pareció muy distante.

—Pero solo tiene treinta y dos semanas…

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Sakata dio una palmada al aire e intentó sonreír de manera tranquilizadora, con poco éxito.

—El feto que alcanza las treinta y dos semanas de gestación tiene un noventa y cinco por ciento de posibilidades de sobrevivir. Lo importante es que estés aquí y que sepamos lo que pasa. Voy a recetarte betametasona antenatal, que es un corticosteroide para ayudar a los pulmones de la bebé. Los hará madurar más rápido por si hay que provocar el parto.

—¿Cree que habrá que hacerlo? —preguntó María con voz temblorosa.

Sakata sonrió y en esta ocasión pareció más sincero.

—Haremos todo lo posible para que la pequeñina no salga antes de tiempo. Solo nos estamos preparando para posibles eventualidades. —Se inclinó hacia delante y dio una palmadita a María en el pie antes de desviar la mirada hacia Michael—. Le diré a la enfermera que te haga una lista de lo que tienes que traer de casa. Voy a llamar a ingresos para que registren a María para esta noche.

—¿Cuánto tiempo tendré que quedarme? —preguntó María.

—Al menos hasta mañana por la mañana. Para entonces sabremos más. Si surge cualquier problema, lo trataremos inmediatamente. Pero es posible que baste con un control exhaustivo y reposo en cama.

—¿Reposo en cama en casa? —preguntó Michael.

Sakata asintió.

—Si la situación está estable, sí. —Dedicó a ambos una mirada comprensiva—. Ya sé que no es lo que esperabais oír. Pero al menos sabemos lo que hay y estáis en el lugar adecuado. Mientras tanto, intentemos en la medida de lo posible no preocuparnos por lo que quizá no suceda.

Cuando el médico se marchó, Michael no se quitaba la lápida de la cabeza.

Se inclinó hacia María y le dio un beso.

—Todo irá bien.

—Gra… gracias —tartamudeó ella con un suspiro entrecortado. —¿Por qué?

María empezó a practicar las técnicas de respiración aprendidas en una de sus muchas clases de preparación al parto.

—Por haberte puesto paranoico. Probablemente hayas salvado a nuestra hija.

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Michael se inclinó y abrazó con fuerza a su esposa para que no pudiera verle la expresión de la cara. Quería creerla, creer al médico y suponer que todo iría bien.

Pero no podía. No podía quitarse de la cabeza la inquietante imagen de la fecha del día siguiente grabada en esa lápida.

Nacimiento… y muerte.

No respiraría tranquilo hasta que pasara el día siguiente.

«Es una visión, no una profecía».

Abrazó a su mujer con fuerza e intentó creérselo.

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CAPÍTULO DOS

Michael estaba junto a la incubadora de Felicia, observando a la niñita que acababa de nacer hacía apenas ocho horas. Las últimas treinta y seis horas habían sido la experiencia más desgarradora de su vida. María había pasado la noche en el hospital pero, tras ciertas comprobaciones, todo parecía correcto por la mañana. Incluso se había contemplado la posibilidad de que volviera a casa e hiciera reposo en cama. Pero, de repente, habían tenido que trasladar a María al quirófano en silla de ruedas para practicarle una cesárea de urgencia. El recuerdo de aquella lápida le había pesado como una losa en el pecho durante la intervención.

—¿Señor Salomon?

Una de las enfermeras de la unidad de cuidados intensivos para neonatos se le acercaba con el ceño fruncido. Sabía que había incumplido el protocolo del hospital al entrar en la unidad sin consultarlo antes con una de las enfermeras pero, en cuanto María había salido de recuperación y se había quedado dormida en la habitación de hospital, él sintió la necesidad de ver a su hijita.

—Lo siento —se apresuró a decir—. No había nadie en el mostrador y solo quería asegurarme de que está bien.

La enfermera se detuvo al pie de la incubadora y sacudió la cabeza antes de comprobar el lector digital del monitor.

—Ritmo cardíaco de ciento treinta y cinco, la respiración a cincuenta y el oxígeno en sangre es de noventa y ocho. Todo dentro del rango normal.

—Es tan pequeña —dijo él.

La mujer cogió el sujetapapeles de la parte inferior del marco de la incubadora.

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—Un kilo setecientos ochenta y cinco gramos, cuarenta centímetros de largo, una circunferencia craneal de casi treinta centímetros. Todo son medidas normales para su edad gestacional. —La mujer adoptó un tono de voz más alentador—. Menudo día de nacimiento ha tenido Felicia, tal vez debería…

—Cariño, ¿cómo está?

Michael se volvió y ensanchó los ojos. Su esposa caminaba hacia él arrastrando un portasuero rodante. Se le acercó corriendo.

—María, ¿qué haces levantada? Te acaban de operar, ¿te has vuelto loca?

Ella sonrió y le dio una palmada en la mejilla.

—Estoy bien. El doctor me ha dicho que tengo que levantarme y caminar. —Miró a la enfermera—. ¿Está bien?

La enfermera sonrió.

—Está bien. Os dejo solos para que le hagáis compañía. —Levantó la vista hacia el reloj de pared—. Dentro de unos minutos hacemos el cambio de turno, a la medianoche. Informaré a la enfermera del turno siguiente de que estáis aquí, pero deberíais tener también su aprobación.

Michael ofreció su brazo a María y se acercaron a la incubadora, donde ella contempló a la bebé dormida.

—Qué bonita es —dijo María.

Michael opinaba lo mismo.

—¿Seguro que estás bien de pie? Puedo acercar una silla.

—Estoy bien. —Le apretó el brazo y apoyó la mano en el plástico transparente de la incubadora, incapaz de apartar la vista de Felicia—. Es un milagro.

Los dos se quedaron contemplando a la bebé y María se puso a rezar en voz baja.

Que Dios bendiga a Felicia detrás de la pared de plástico.

Me la han quitado del vientre sin avisar y anhelo estrecharla entre mis brazos.

Señor, te pido que Felicia se cure.

Dios mío, dale la fuerza necesaria para que supere otro segundo, minuto, hora y día, ya que cada momento es una bendición y un triunfo celestial.

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Señor, estamos a tu merced con respecto a la vida de nuestra hija. Por favor, déjala aquí en la Tierra. Que sepas que ofreceremos a Felicia todo el amor y comprensión que necesite. Señor nuestro, aceptamos el reto y seremos tus humildes servidores.

Dijeron «Amén» al unísono y Michael le dio un beso a María en la coronilla.

—Qué rápido ha sido todo. —María lo miró con expresión seria—. Es un milagro que ya estuviéramos en el hospital cuando la cosa se torció. — La voz le temblaba de emoción—. ¿Cómo lo supiste?

—¿Saber qué?

—Pues eso, que tenía que venir al médico.

Levantó la vista hacia el reloj de pared y observó cómo las manetas cruzaban el paso de la medianoche. En cierto modo, ver que la maneta marcaba las doce redujo el temor que lo había estado consumiendo desde que tuvo esa visión. Aquella lápida nunca sería real. Ahora ya era el día siguiente.

Miró a María a los ojos y sonrió.

—Me tomarías por loco si te lo contara.

María arqueó una ceja.

—Bueno, vale —dijo—. Lo vi en una pesadilla.

—¿Qué viste?

—La lápida de Felicia.

María abrió unos ojos como platos.

Michael señaló el reloj.

—Gracias a Dios, ya es más de medianoche. Pero la dichosa lápida tenía la fecha de ayer.

—Qué horror. —Apretó los labios y adoptó una expresión preocupada —. ¿Por qué no me contaste la pesadilla antes de ir a trabajar?

Michael hizo una mueca al recordar el chirrido de neumáticos que había conducido a la visión.

—Porque… aún no la había tenido.

María se sintió confusa.

—Supongo que no fue exactamente una pesadilla —explicó—. ¿Existen las pesadillas estando despierto? Camino del trabajo, alguien estuvo a punto de chocar conmigo por detrás en la US-1 y me asusté tanto que salí de la autopista y aparqué. Fue entonces cuando tuve la pesadilla.

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Fue algo muy extraño, pero muy vívido. Casi como si… —Se quedó callado. Los recuerdos de la mañana, el hecho de que María no estuviera a su lado y todo lo demás, seguía resultándole tan sumamente doloroso que era incapaz de verbalizarlo—. Era como si lo hubiera estado viendo en una película.

—No fue más que un sueño —dijo ella, tomándolo de la mano—. Diría que siento que lo tuvieras, pero no es cierto. Porque te sirvió de advertencia para salvarle la vida a Felicia. —Volvió a mirar a su hijita una vez más—. Es un verdadero milagro.

Mientras Michael se enjuagaba la boca y dejaba el cepillo de dientes, oyó que el perro gemía. Se volvió del lavamanos y vio que Percy levantaba una pata suavemente para tocar la parte superior de la pierna de María. Era casi como si finalmente el perro se diera cuenta de que faltaba algo… es decir, el bebé.

María estaba peleándose con una banda elástica ancha que le rodeaba holgadamente el abdomen.

—Ven a ayudarme con esta faja abdominal —pidió—. Tienes que envolverme el vientre con fuerza mientras yo tiro del otro lado.

—¿No te van a doler los puntos?

—Me han dicho que me la ponga todos los días. —María resopló—.

Ayúdame, venga.

María tiró de un extremo de la faja y Michael, del otro.

—¡Más fuerte! —se quejó, más impaciente de lo habitual aquella mañana.

A regañadientes, él tensó la goma elástica alrededor del abdomen y la presionó sobre el trozo de velcro para fijarla.

—Ah, eso está mejor —dijo ella con un suspiro de alivio.

Cuando la vio salir del dormitorio, él tenía sus dudas. Solo había pasado una semana desde la cesárea y se suponía que debía hacer reposo. María no parecía entender lo que aquello significaba.

Michael la siguió escaleras abajo. —¿Seguro que hoy no necesitas ayuda? Ella negó con la cabeza.

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—Deja de preguntármelo. Estoy bien. Solo necesito prepararlo todo para la bebé. — María no pensaba en otra cosa desde el momento en que los médicos habían dicho que Felicia probablemente fuera para casa al día siguiente—. Te quiero, pero me vuelves loca preguntándome a cada momento si estoy bien. Vete a trabajar. Demuéstrale al mundo lo listo que sé que eres.

—Pero ¿y la comida y…?

—¿Estás de broma? Nuestros vecinos y tus compañeros de trabajo han llenado la nevera con más comida de la que necesitamos para un mes. — María lo hizo agacharse para darle un beso, lo condujo hacia la puerta de entrada y le dio un empujoncito—. Vete, antes de que tenga que echarte. —Señaló la puerta con gesto autoritario.

Michael captó el mensaje. Había llegado el momento de regresar al trabajo.

Michael aminoró la velocidad al acercarse al puente que cruzaba Washington Road y giró a la derecha por una carretera privada. Siempre le sorprendía que, a pesar del prestigio de Princeton, no hubiera señal alguna que indicara que habías llegado al campus. Tras girar dos veces seguidas a la izquierda llegó cerca de Jadwin Hall, la sede de buena parte de los laboratorios de física. Como era empezada la temporada de verano, no costaba demasiado aparcar, al menos en comparación con otros momentos del año, y encontró sitio cerca del edificio.

Al subir los seis escalones que conducían a la entrada lateral del centro, oyó una voz gritar:

—¡Michael!

El jefe del departamento estaba en la entrada, al lado de una mujer rubia, alta y delgada.

—¿Qué tal, Herman? —dijo Michael, acercándoseles—. ¿Por qué estás aquí fuera, con esta humedad?

El hombre levantó su identificación y se encogió de hombros.

—La credencial no me funciona. —La expresión inmutable y el acento holandés del profesor hacían que pareciera estar haciendo bromas incongruentes.

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Michael desprendió su credencial y la pasó por el lector. La puerta emitió un zumbido y la abrió, lo cual permitió la entrada de los tres en el edificio, equipado con aire acondicionado.

Al entrar, Herman hizo las presentaciones.

—Michael, te presento a la doctora Carmel Harrington, investigadora del Hospital Infantil de Westmead, Australia. Carmel, él es el profesor Michael Solomon. Su labor sobre la detección de partículas de alta energía en el espacio vacío puede llevarnos a lugares que nunca imaginamos que fueran posibles. Y, lo más importante, su mujer acaba de tener una niña. — Miró a Michael—. Felicidades. Por cierto, ¿qué tal lo lleva María?

Michael desplegó una amplia sonrisa.

—Fenomenal. Creo que mañana ya podremos llevar a la niña a casa. —Excelente. Tendrás que traernos a la pequeñina para que se nos caiga

la baba a todos. Cuando madre e hija estén preparadas, por supuesto.

—Por supuesto. Me muero de ganas de enseñárosla.

Herman consultó la hora.

—Por cierto, Michael, ya que estás aquí, ¿te importaría acompañar a Carmel a la cafetería? Estaré con ella en unos minutos dando una charla en el Lewis-Sigler Institute, pero antes tengo que hacer una llamada rápida. Puedes preguntarle por su campo de investigación. Es fascinante.

—Descuida.

Herman marchó y Michael llevó a Carmel por un camino que se sabía de memoria, más allá de los laboratorios del primer piso hasta la cafetería al aire libre, equipada con varias neveras bien provistas y una cafetera tipo bar, que nunca había utilizado.

Michael cogió un Diet Mountain Dew y Carmel eligió un V-8 antes de sentarse a una mesa.

—Y entonces —empezó a decir Michael—, ¿qué tipo de investigación lleva a cabo en el hospital infantil?

Carmel, que aparentaba unos cincuenta años largos, dio un sorbo a su bebida.

—Profesor Salomon…

—Por favor, llámame Michael.

—Michael —dijo. Tenía un ligero acento australiano—. ¿Está familiarizado con el SMSL?

—¿La muerte súbita del lactante? Sé lo que es, pero poco más. —Se estremeció ante la idea de que un bebé dejara de respirar sin motivo

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aparente.

—Bueno, llevo treinta años estudiando el tema. Desde que Damien, mi hijo, murió de ello.

Michael dejó la bebida.

—Lo siento mucho.

Ella le quitó hierro al comentario con un gesto de la mano.

—Desde entonces, mucha gente me toma por loca por estar tan enfocada en encontrar respuestas. Mejor dicho, una sola respuesta: ¿por qué? ¿Por qué murió mi hijo si resulta que estaba sano? En el momento en que ocurrió yo era abogada, aunque tenía formación en bioquímica. Dejé mi trabajo, volví a la universidad, me doctoré en medicina del sueño y me enfrasqué en la investigación. Y ha valido la pena. Mis estudios han identificado un marcador bioquímico que ayuda a detectar qué bebés tienen un mayor riesgo de sufrir muerte súbita.

—Increíble. —Michael se inclinó hacia delante apoyando los codos en la mesa—. ¿Cuál es el marcador?

Se entusiasmó con el tema.

—Es una enzima llamada butirilcolinesterasa, también conocida como BChE. Los bebés con una cantidad escasa de ella son más susceptibles a sufrir una muerte súbita. Creemos que el bajo nivel de esa enzima es síntoma de una disfunción del sistema nervioso y provoca una vulnerabilidad inherente a la muerte súbita en esos niños. En la actualidad estamos trabajando en un protocolo de tratamiento.

—¡Vaya! La suya es una historia inspiradora —reconoció Michael. No podía evitar pensar en Felicia—. Tal como ha dicho Herman, acabo de tener una niña. Nació la semana pasada, ocho semanas antes de lo previsto y, según los médicos, mañana ya podremos llevarla a casa. Supongo que el test enzimático aún no está disponible en los hospitales, ¿no?

Ella sonrió.

—No. Aún falta mucho para llegar a esa fase. Ni siquiera hemos publicado gran cosa todavía. Pero tengo la esperanza de que en los próximos dieciocho meses podamos iniciar las recomendaciones a agencias gubernamentales de todo el mundo. La FDA de aquí, el NHS del Reino Unido, etc.

Herman apareció en el umbral. Asintió al ver las bebidas encima de la mesa.

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—Me alegra comprobar que no compartes la afición de Michael por la Diet Mountain Dew. No sé cómo puede beber eso.

Carmel se rio.

—Mucha gente dice lo mismo cuando me ven beber V-8. —Sonrió hacia Michael—. A cada cual, lo suyo.

—Bueno, yo ya estoy listo —anunció Herman.

Michael y Carmel se levantaron.

—Ha sido un placer conocerla —dijo Michael—. Espero que su investigación ponga fin a la muerte súbita en el mundo.

—¡Yo le he dicho lo mismo! —exclamó Herman—. Para los físicos, los éxitos de nuestras investigaciones nunca parecen tan tangibles como ese.

Cuando Herman y Carmel se marchaban a toda prisa, Michael pensó en lo que Carmel había dicho. La investigación en física no solía ofrecer el mismo tipo de resultados tangibles, pero aun así…

Recordó el trabajo que estaba haciendo la última vez que había estado en el laboratorio, hacía una semana, la fatídica noche antes de su visión. ¿Sería capaz de reproducir aquellos resultados?

Solo había una forma de averiguarlo.

Como de costumbre, Michael frunció el ceño al ver el nombre en el letrero de encima de la entrada del laboratorio. Aunque hacía ya casi una década que trabajaba en aquel laboratorio del sótano, el año anterior, al conseguir la plaza de titular, lo habían bautizado como «Salomon Lab». En Princeton era habitual poner el nombre de los profesores titulares a los laboratorios cuya investigación encabezaban, pero a Michael le parecía pretencioso.

Deslizó la tarjeta de identificación por el lector y entró. Encontró a Ken, uno de sus investigadores posdoctorales, ya trabajando, enseñando una libreta del laboratorio a un graduado del instituto de verano cuyo nombre Michael no recordaba.

—Oye, Ken, ¿has conseguido esos CCD de alta velocidad del contacto del MIT que te pasé?

El investigador posdoctoral asintió con vehemencia. Ken Lee era brillante y su prodigioso talento para el cálculo se manifestaba en una

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capacidad sorprendente para resolver ecuaciones matemáticas complejas en cuestión de segundos. A Michael le encantaba trabajar con él; era prácticamente una calculadora humana. Pero Ken también sufría de una grave apraxia del habla, lo cual impedía una comunicación verbal fluida con él. Para compensarlo, solía recurrir a una pizarra borrable del tamaño de una libreta que siempre tenía a mano.

Cuando Ken se disponía a garabatear una respuesta, el graduado se levantó del taburete y miró a Michael con expresión incómoda. Michael lo entendió: tenía fama de ser muy estricto con los estudiantes. «Es un coco, pero te machaca si le haces una pregunta tonta», era lo que sus alumnos solían decir de él. Todas las personas que estudiaban en Princeton eran también unos cocos, pero Michael estaba convencido de que con eso no bastaba. Con demasiada frecuencia, los chicos eran perezosos y no querían hincar los codos. Y no toleraba que los estudiantes le preguntaran cosas que estaban claramente explicadas en el libro de texto.

Por fin, Michael recordó el nombre del chico.

—Josh. Esto no va a ser como mis clases habituales. Haz lo que te diga Ken. Sabe qué tiene entre manos y aprenderás un montón. Si tienes alguna pregunta, hazla. Prefiero que preguntes a que te nos quedes mirando con cara de bobo y no aprendas nada en este curso de verano, ¿entendido?

Josh asintió.

—Sí, desde luego. Gracias por permitirme estar aquí este verano, profesor.

—No me lo agradezcas aún. —Michael sonrió—. Probablemente no hayas trabajado tanto en tu vida. Tendrás que seguir el ritmo.

Ken giró la pizarra hacia Michael con la respuesta a la pregunta de Michael acerca de los CCD.

«Ayer recibimos una docena de CCD de alta velocidad del laboratorio de fotónica del profesor Johnson. Los he incorporado al equipo y combinado con el nuevo sincronizador. Creo que podemos obtener pantallazos de fotogramas en la cámara de vacío a un ritmo tan bajo como los 250 picosegundos».

—Fantástico. A 250 picosegundos, ¿hasta dónde se desplaza un fotón?

Ken borró la pizarra con la manga y escribió:

«Aproximadamente 7,5 cm».

Josh levantó la mano.

Michael sonrió.

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—No estamos en clase, no hace falta que levantes la mano. Pregunta. —Um. —El estudiante vaciló un instante—. Profesor, si lo entiendo

bien, está intentado capturar la prueba de ciertas partículas de alta velocidad en la cámara de vacío del laboratorio, ¿verdad? Por eso tengo la curiosidad de saber por qué necesita un programa de ciclos más rápidos para las cámaras. La cámara de vacío tiene un diámetro de 122 centímetros y los CCD de antes tenían una resolución temporal de más o menos un nanosegundo, lo cual significaría que podríamos obtener una imagen de, pongamos por caso, un fotón que se desplace unos treinta centímetros al otro lado de la cámara. Es decir, obtendríamos algo así como entre tres y cuatro imágenes. ¿Por qué no son suficientes?

—Muy buena pregunta —reconoció Michael—. Estás pensando en otro tipo de partículas. Te refieres a los luxones, partículas sin masa que siempre viajan a la velocidad de la luz, como un fotón. Pero ¿y si te dijera que intentamos medir algo que va más rápido?

Josh abrió unos ojos como platos y miró alternativamente a Ken y al profesor.

—No pensaba…

—¿Que existía tal cosa? —dijo Michael—. Es lo que queremos demostrar.

—O refutar.

—Si tienes una propuesta para demostrar un negativo, me encantaría oírla, pero no. Nuestro objetivo es demostrar positivamente la existencia de lo que considero lleva rondando a nuestro alrededor desde el comienzo de los tiempos. —Michael se volvió hacia Ken—. ¿Los condensadores están cargados? ¿Preparados para hacer un experimento con la nueva configuración?

Ken asintió y garabateó algo rápido en la pizarra.

«Cuando queráis».

Michael sonrió.

—Vale, pues venga.

Michael estaba sentado frente a un ordenador, contemplando una imagen en vivo de la cámara de vacío, y Ken se acercó a la pared y accionó una

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palanca roja. En la esquina superior derecha del monitor había otra transmisión de vídeo, procedente del tejado del edificio.

Miró hacia el estudiante.

—Josh, ¿entiendes lo que estamos haciendo?

—Ken está abriendo el reflector para captar todo lo que pueda. Es el mismo principio que el de la antena parabólica, ¿no?

—Sí y no. La parabólica sin duda recibe las señales con la que la bombardean, pero no estamos reflejando ninguna de las partículas ni usando un LNB para convertir alguna de las señales recibidas en otra forma. Esta antena no va a recibir HBO ni nada por el estilo. —Michael observaba cómo las hojas de la antena se desplegaban y acababa pareciendo un embudo gigantesco, sumamente caro—. El día está despejado, de modo que deberíamos recibir un flujo considerable de señales. Cuando lancemos el experimento, el embudo activará brevemente un campo magnético de alto gauss que enviará las señales al dispositivo de enrutamiento situado en la base del embudo. ¿Sabes por qué necesitamos el campo magnético?

El estudiante frunció el ceño.

—Es parecido al problema al que se enfrenta un acelerador de partículas: no queremos que esas partículas toquen los lados de por donde están siendo redirigidas, ¿no?

—Exacto. Es la misma consideración que tienen en el Gran Colisionador de Hadrones, en los laboratorios nacionales de Brookhaven, en Fermilab, y en otros aceleradores más modestos repartidos por el mundo. No somos tan famosos como ellos, pero tengo una versión especial del mismo concepto en este mismo edificio. Ahora mismo, tú y yo estamos sentados en un compartimento muy bien protegido para un experimento que durará alrededor de un milisegundo.

»El embudo de ahí fuera recibe ondas de radio, luz visible, radiación cósmica de fondo, etcétera. Buena parte de lo cual, por supuesto, viajará más o menos a la velocidad de la luz. Eso no es lo que queremos. Por tanto, hemos configurado los campos magnéticos de un modo muy inusual. El flujo de partículas entrante se curvará, al igual que con cualquier otro acelerador, pero también obligamos a que el haz pase por una abertura. Es como una carrera en la que los coches van alrededor de una pista. Los coches más lentos harán los giros correctamente, pero un

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coche que vaya demasiado rápido se saldrá de la pista. Esas son las partículas que buscamos.

Josh sonrió.

—Que guay. Y yo estaba pensando más bien en el ciclo más rápido de las cámaras. Con esta configuración, aunque una partícula entrara en el edificio al triple de la velocidad de la luz, es decir, a unos 22,5 centímetros por 250 picosegundos, seguiríamos captando múltiples imágenes de ella al pasar por la cámara.

Entonces, Ken hizo un gesto hacia Josh, que bajó del taburete y se colocó junto a él en la mesa en forma de L con un único monitor y teclado. Michael aprovechó la oportunidad para examinar el equipo. En el centro había un clúster de procesamiento de alta densidad, conectado por un cable negro grueso al sincronizador con las hileras de CCD, que en realidad eran cámaras diminutas que captaban la luz visible en un cuadrado de píxeles de 64 x 64. Los CCD estaban dispuestos en forma de cuadrícula y los datos captados llegaban a un sincronizador, que mapeaba todos los datos en una imagen de la memoria del clúster computacional.

Michael se volvió hacia Ken.

—Oye, ahora que estamos bombeando fotogramas de CCD al clúster de computación a cuatro veces la velocidad anterior, ¿la memoria del ordenador es capaz de procesar un milisegundo completo de esos datos? Estos CCD tienen una resolución mejor de la que usábamos antes, ¿no?

Ken empezó a garabatear algo y Josh miró por encima de su hombro y leyó las palabras en voz alta.

—Lo siento, profesor, se me olvidó mencionarlo. Sí, los CCD tienen una resolución mayor. Tenemos un montón de memoria total en el clúster a la que enviar datos, pero los cuatro millones de fotogramas esperados que recibiremos en el transcurso de un milisegundo saturarían nuestro ancho de banda, y las memorias caché tienen límite. Contando con todos los canales de datos para los que tenemos interconexiones, y dado que cada DIMM tiene una velocidad de transferencia máxima de unos 35 gigabytes por segundo, y que no tenemos más de 128 canales de datos a los que transferir, nos situamos en un máximo de envío de datos de unos 4,5 terabytes por segundo, o 4,5 gigabytes por milisegundo. Con todos estos CCD bombeando una porción de lo que acaba siendo una imagen de 768K, los cachés de L1 se llenarán más rápido de lo que podemos procesar…

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—Vale, ya lo pillo. Necesitamos un equipo más potente. ¿Cuánto tiempo real podemos almacenar en la memoria?

Con la manga, ya muy manchada, de su bata de laboratorio, Ken limpió la pizarra y escribió un número, que Josh volvió a leer en voz alta.

—Unos 1,4 microsegundos.

Michael soltó un gemido. No había tenido en cuenta lo mucho que las actualizaciones los llevarían hacia su límite actual de transferencia de datos.

—De acuerdo, ¿cuánto tardan los datos captados en enviarse al almacenamiento y empezar de nuevo?

Más garabatos, y Josh dijo:

—Se tarda casi un minuto en inundar los cachés hasta el límite y luego el almacenamiento no volátil. También tenemos un límite en la cantidad de explosiones de datos de 1,4 microsegundos que podemos almacenar en la matriz de almacenamiento que tenemos instalada actualmente.

—Está bien. Supongo que, si no encontramos nada en una pasada de

imagen de 1,4 microsegundos en concreto, podemos borrarla. ¿Estamos

preparados por nuestra parte?

Ken levantó el pulgar.

Michael regresó a su consola, abrió la aplicación de control y paseó el ratón por encima del botón «ir».

—Ahí es nada.

Hizo clic.

Un fuerte paf reverberó por todo el laboratorio mientras varias acciones aparentemente se solapaban.

—Ken —dijo Michael—, empieza a guardar los datos y prepáranos para otro. —Tenía la vista clavada en la pantalla, esperando la primera imagen mientras reproducía en su mente los pasos que se acababan de producir.

El flujo de partículas, fotones en su mayoría, fue captado desde el tejado y enrutado al embudo. El conducto por el que entraban las partículas estaba sometido a un fuerte campo magnético, lo cual evitaba que entraran en contacto con las paredes. A medida que las partículas entraban en el edificio, circulaban alrededor de la circunferencia del laboratorio del sótano a velocidades inimaginables y, en el último bucle de su trayectoria, las que iban a más o menos la velocidad de la luz quedaban

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descartadas. De haber quedado algo en el conducto, habría ido a parar directamente a la cámara de vacío.

El monitor parpadeó mientras se recibían los primeros 5800 fotogramas de datos visuales. Michael lo avanzó manualmente, añadiendo 250 picosegundos con cada clic, un intervalo de tiempo dos mil millones de veces inferior a lo que se tarda en parpadear. Las imágenes no mostraban nada, solo la oscuridad de la cámara de vacío.

Con el ratón, señaló la parte principal de la imagen de la cámara de vacío, evitando el código de tiempo. Michael hizo clic en el botón «autoescaneo», lo cual permitió que el ordenador empezara a volar por las imágenes, buscando cualquier diferencia en la zona resaltada. Al cabo de un segundo se detuvo al final de la serie con un mensaje emergente:

«Sin cambios».

Michael asintió. No era inesperado. Miró el reloj de pared. Eran las diez de la mañana.

—Estamos preparados —anunció Josh.

El profesor pasó el ratón por encima del botón «ir» y repitió el proceso.

La jornada iba a ser larga.

Michael hizo una mueca. Eran las siete de la tarde, una hora más tarde de lo que le había dicho a María que llegaría a casa. Estaba acostumbrada a sus desapariciones, sobre todo en verano, pero, teniendo en cuenta que la bebé llegaría al día siguiente, no podía seguir.

—Estamos preparados, profesor. —Josh sonaba cansado.

La obsesión de Michael no era justa para María ni tampoco para aquellos dos.

—De acuerdo, chicos —dijo—. Será la última del día.

Volvió a pulsar «ir» y el plaf familiar resonó en la sala mientras Michael observaba el monitor con los ojos empañados.

La primera imagen apareció como siempre, con los bordes de la cámara de vacío apenas visibles a modo de sombras negras y gris oscuro de distintas formas. Hacía tiempo que Michael había dejado de buscar las

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imágenes manualmente; hizo clic enseguida en la búsqueda automática y esperó que en el ordenador apareciera el mismo mensaje de siempre…

Un momento.

Michael no daba crédito a sus ojos.

Había un cambio.

En el margen izquierdo de la imagen 4438 de la serie aparecía una diminuta mancha azulada.

Al hacer zoom en ella, oyó pasos detrás de él. —¿Profesor? —dijo Josh—. ¿Es lo que creo que es?

Se oyó el chirrido del rotulador en la pizarra antes de que Josh añadiera:

—Ken dice que es el mismo color que vio en el núcleo del Reactor de Pruebas Avanzado de laboratorios nacionales de Idaho.

Michael no podía borrar la sonrisa de su rostro.

—Un momento, chicos. —Deshizo el zoom y avanzó al siguiente fotograma.

Sintió un escalofrío.

La mancha azul se había elongado ligeramente y había avanzado media pantalla. Señaló el extremo, como una cola, de lo que guardaba un gran parecido con un minúsculo cometa azul.

—Mirad qué corta es la cola. Es evidente que la radiación Cherenkov se disipa muy rápido. No me extraña que nadie la haya visto.

Regresó al fotograma anterior, cogió una regla de la mesa y la colocó contra el monitor donde había aparecido la tenue luz azul por primera vez. Avanzó un fotograma y sacudió la cabeza, asombrado.

—La partícula ha recorrido aproximadamente un tercio de la cámara en 250 picosegundos. —Miró a Ken, que ya había empezado a garabatear sonriendo de oreja a oreja. Mostró la pizarra.

—¡5333c!

Michael volvió a avanzar el fotograma y la mancha azul seguía resultando visible únicamente en el extremo derecho.

Lo habían conseguido.

—¡Guarda estos datos! —exclamó Michael. Ken corrió al clúster de ordenadores y tecleó rápidamente en el ordenador.

A Michael le latía el corazón con fuerza en el pecho mientras iba avanzando y retrocediendo entre los tres fotogramas que aportaban la prueba.

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—Profesor, está guardado —anunció Josh cuando Ken se levantó de la silla con expresión emocionada.

Michael se puso en pie y chocó el puño con los dos.

—Caballeros, acabamos de captar una partícula que va a más de cinco veces la velocidad de la luz.

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CAPÍTULO TRES

Michael levantó el capazo de la mesa de la cocina y se lo puso en el regazo. Al mirarlo con sus grandes ojos azules, Michael no pudo evitar pensar que se parecía un poco a un severo y arrugado Yoda. La bebé llevaba apenas dos horas en casa y la situación resultaba extraña y nueva. María acababa de volver de dar un paseo con Percy por el barrio para intentar calmarlo. Los nuevos olores de la bebé lo habían sobrepasado.

Ahora estaban en la cocina y María dio una palmada en el asiento de la silla que tenía al lado.

—Arriba, Percy, arriba. Ahora no puedo cogerte. Mami está convaleciente.

Como si lo entendiera perfectamente, el cachorro subió a la silla de un salto. Se giró y soltó un ladrido.

—Percy —le regaño María. Le puso el brazo en el pecho—. Te presento a Felicia, tu hermanita humana.

El olfato de Percy iba como loco cuando se acercó al capazo. Movía el culo y meneaba la cola de un lado para otro. Pero Felicia estaba impávida y Michael acercó el capazo un poco para que ambos pudieran mirarse a los ojos.

—Percy, cuidado —advirtió María. Tenía a Percy sujeto por el pecho y el enorme cachorro se inclinó y lamió el borde del canasto—. Es muy pequeñita. Pero pronto podréis jugar juntos.

Felicia tensó los brazos y las piernas y emitió un ruidito que hizo que Percy se refugiara contra el respaldo de la silla.

Michael se echó a reír.

—Igual que su madre. Qué chula es.

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—¡Qué va! —María puso cara de ofendida, expresión que enseguida cambió con la sonrisa que desplegó al concentrarse en Felicia—. Mírala, acaba de bostezar.

—Son cosas de bebés. —Sonrió y contempló a su hijita cerrando los ojos—. ¿No te parece increíble? ¡Somos padres!

Percy bajó de la silla de la cocina y se marchó, probablemente en busca de su juguete preferido.

María señaló las escaleras.

—Parece que se está quedando dormida. Llévala arriba, a nuestro cuarto, enciende el monitor para bebés y cierra la puerta para que Percy no entre. Prepararé la cena y podemos observarla mientras comemos.

Michael agarró el capazo que tenía en la falda y se levantó con cuidado, intentando no despertar a la bebé. Mientras subía la escalera, le vibró el móvil y se alegró de haberle quitado el sonido.

—Seas quien seas, llama más tarde. ¡Estoy muy ocupado!

María tarareaba una melodía mientras trajinaba por la cocina, yendo de los fogones a la encimera para cortar los ingredientes. Cómo sabía qué introducir en la olla y en qué cantidad escapaba a la comprensión de Michael. Dio el toque final agregando una buena dosis de condimentos en la olla humeante, luego removió y probó una cucharada del caldo.

Michael observaba sus movimientos con una sonrisa en el rostro. A su mujer siempre se la veía feliz cocinando. Y él sabía que era una suerte para él que le encantara cocinar. Si de él dependiera, comería cada noche macarrones con queso precocinados.

—¿Qué tal los puntos? —preguntó él.

María llenó dos cuencos de sopa con tropezones.

—Aún me duelen un poco, pero nada grave. Con la faja abdominal, apenas los noto.

—No hagas esfuerzos, ¿de acuerdo?

María dejó los cuencos en la mesa.

—Te preocupas demasiado. Siéntate y cómete el sancocho.

Michael olió la comida y se le hizo la boca agua al apreciar el aroma. El caldo llevaba trozos de mazorca de maíz, muslos de pollo, tomate y

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otros ingredientes que era incapaz de identificar.

—Huele picante —dijo.

María sopló la cucharada y sorbió con expresión satisfecha.

—He añadido un poco de ají amarillo. No es demasiado picante. Mi madre lo preparaba cuando alguno de nosotros estaba enfermo. Me recuerda a mi casa.

Antes de conocer a María, Michael odiaba la comida picante. Poco a poco, ella había conseguido que, al menos, la tolerara. Pero sabía que «no demasiado picante» probablemente supusiera que era «muy picante» para él. No obstante, el hecho de que mencionara a su madre implicaba que Michael tendría que soportarlo. El padre de María era agente de policía y, por culpa de su trabajo, él y toda su familia, con excepción de María, habían muerto a manos de sicarios de uno de los cárteles de la droga colombianos. Todo ello había sucedido no mucho antes de que Michael la conociera. El peligro que habría corrido de haber permanecido en su país era el motivo por el que el gobierno estadounidense le había otorgado el permiso de residencia, incluso antes de que se casaran.

Tomó una cucharada y, al principio, le sorprendió lo mucho que le recordaba a la sopa de pollo de su madre. Pero enseguida le asaltó el mazazo del picante.

—¿Te gusta? —preguntó María.

—Umm. Me recuerda un poco a la sopa que hacía mi madre. —Con el pulgar y el índice, cogió uno de los trozos de maíz y mordisqueó los granos directamente de la mazorca, con la esperanza mitigar el fuego que sentía en la boca.

No hizo más que empeorar.

—¿Qué tal llevas el picante?

—Es… —Carraspeó y tomó otra cucharada—. Está bien. Lo noto en la garganta. Pero está riquísimo.

—Me tienes impresionada. Ya soportas mucho mejor el picante. Probablemente debería añadir un poco más…

—No. Más picante, no —se apresuró a decir—. Esto es lo máximo que puedo aguantar.

María alargó el pie descalzo por debajo de la mesa y le acarició la pantorrilla.

—Te has puesto rojo. ¿Demasiado picante?

Michael se echó a reír y masticó un buen trozo de muslo de pollo.

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—Un poco más y tendré la sensación de derretirme, pero está bueno. El teléfono le volvió a vibrar y en esta ocasión lo sacó del bolsillo. —¿Diga?

—¿Michael? ¿Te he pillado en mal momento?

—¿Herman? No, dime. —Michael consultó su reloj. Eran algo más de las ocho. El jefe de departamento nunca llamaba tan tarde—. ¿Qué ocurre?

—¿Recuerdas que hablamos de la posibilidad de conseguir financiación del gobierno para ampliar la investigación para tu proyecto? Pues bien, han llamado los de la DARPA desde Washington. Quieren reunirse contigo. Creo que tus problemas de financiación están a punto de desvanecerse.

Michael se irguió en el asiento.

—¿Estás de broma?

María lo miró desde el otro lado de la mesa con expresión inquisidora. —Ni mucho menos, teniendo en cuenta la importancia de tus últimos hallazgos. Lo que me sorprende es que te pusieras en contacto con ellos sin consultarme antes. Como sabes, estas peticiones tienen su aquel y no

queremos quemar las naves de la financiación antes de tiempo.

—Un momento. ¿No lo has solicitado tú? Yo no he hablado del proyecto con nadie. Me refiero a nadie aparte de ti y de mi equipo.

—¿En serio? —El silencio en la línea duró unos instantes—. Quizás uno de los miembros de tu equipo, entonces… Sea como sea, estarán aquí a las nueve de la mañana.

—Vale, sí. De acuerdo. Ahí estaré.

—Pero, dicho esto… quiero saber cómo se han enterado de tu investigación. Si uno de los tuyos ha hablado antes de tiempo… se considera incumplimiento del acuerdo de confidencialidad. Lo entiendes, ¿verdad?

Michael lo entendía muy bien. La idea de que Ken o Josh hubieran incumplido el acuerdo de confidencialidad, y traicionado su confianza, lo sacaba de sus casillas.

—Lo entiendo y me encargaré de ello.

—Bien, todo aclarado, pues. Mañana por la mañana tengo otro compromiso, pero pasaré por el laboratorio más tarde y así me cuentas cómo ha ido. Buenas noches.

—Buenas noches.

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Cuando Michael se hubo guardado el teléfono en el bolsillo, María arqueó una ceja.

—¿Buenas noticias?

Michael asintió.

—Sí, más bien buenas.

María sonrió y tomó otra cucharada de sopa.

—Eso es mejor que más bien malas.

Michael iba dando sorbos al café mientras observaba el chequeo médico a través de un cristal unidireccional. Eran las siete de la mañana y había concertado dos citas, una para Ken y otra para Josh.

Josh estaba sentado en una silla al otro lado del cristal, con un manguito para tomar la tensión arterial en el brazo derecho y sendos tubos de neumografía alrededor del pecho y el estómago que medían su respiración. Los tubos y el manguito estaban conectados a una caja situada en una mesa esquinera que, a su vez, lo estaba a un portátil.

Al mando de la caja estaba un analista de polígrafos profesional que también era profesor de ciencias forenses y a quien Michael había conocido hacía años.

El analista pulsó unas cuantas teclas del portátil.

—Eres Joshua Whitley, ¿correcto?

Michael oyó la voz del analista en la sala de observación a través de un pequeño altavoz situado en el techo.

Josh asintió.

—Sí.

—Vamos a repasar las respuestas a las preguntas que cumplimentaste antes. Debo informarte de que…

Michael salió de aquella sala de observación y entró en la contigua. A través de aquel otro cristal unidireccional que cubría la pared debería haber visto a Ken rellenando los mismos cuestionarios que Josh, preparándose para su turno con el analista. Pero Ken aún no había llegado.

Y Ken no era de los que llegaban tarde.

Michael respiró hondo y exhaló despacio volviendo a la otra sala de observación.

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—Señor Whitley, voy a hacerle una serie de preguntas de control cuya intención es obtener sus respuestas fisiológicas de referencia. Así calibraré el equipo. Después de cada pregunta, responda «no». ¿Entendido?

Josh asintió.

El examinador se movió en la silla.

—Señor Whitley, tiene veinticuatro años, ¿correcto?

—No.

Michael sabía que esa respuesta en concreto era mentira. Josh tenía veinticuatro años.

—¿Es el actual presidente de los Estados Unidos?

—No. —Josh sonrió.

—Por favor, intente no moverse durante el interrogatorio. Incluso las reacciones faciales pueden afectar a los resultados. Volvamos a intentarlo. ¿Es el actual presidente de los Estados Unidos?

—No.

—¿Ha dicho alguna vez una mentira?

—No.

¿Existía alguien que nunca hubiera dicho una mentira? Probablemente

no.

Tras acabar con las preguntas de control, el analista preguntó a Josh acerca de sucesos recientes. Eran preguntas que Michael había acordado previamente con el otro profesor.

—¿Está contento con su trabajo en el Salomon lab?

—Sí.

Josh tenía la vista fija en su propio regazo.

—¿Los temas que se investigan en el Salomon Lab le parecen interesantes?

—Sí.

—¿Cree que a otras personas podrían parecerles interesantes? —Sí.

—¿Ha entablado algún tipo de comunicación con alguien externo al entorno del laboratorio sobre los temas que se investigan en el mismo?

Josh vaciló.

—No.

—¿Está nervioso?

Josh levantó la vista hacia el examinador.

—Sí.

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—¿Sabe si alguien ha comunicado a alguien externo al laboratorio algo sobre los experimentos que se llevan a cabo en el Salomon Lab?

—No.

—¿Ha incumplido de alguna manera el acuerdo de confidencialidad que firmó como condición para trabajar en el Salomon Lab?

—No.

—¿Tiene ganas de seguir trabajando en el Salomon Lab?

—Sí.

Josh no consiguió evitar que una sonrisa asomara a su expresión hasta entonces sombría.

El analista volvió a teclear en el portátil.

—De acuerdo, señor Whitley, he acabado con las preguntas. Volveré enseguida para desconectarlo de todo eso. —Cerró la tapa del portátil, lo desconectó de la caja que seguía conectada a Josh y salió con él de la sala.

Al cabo de unos instantes, la puerta de la sala de observación se abrió para dejar paso al profesor Itzhak Mizrahi, que tomó asiento al lado de Michael con expresión preocupada.

—Tu otro estudiante no está en el vestíbulo ni en la sala de examen, lo cual no resulta muy prometedor.

—No lo entiendo. Nunca llega tarde.

Itzhak se encogió de hombros y levantó el portátil cerrado.

—Hablemos del señor Whitley.

—¿Cuál es el veredicto?

—He visto que sus respuestas fisiológicas son bastante impredecibles y hay indicios de lo que me gusta llamar «normalización de la respuesta».

—¿De qué se trata?

—Es cuando las personas aprenden a mantener cierto control sobre su respuesta fisiológica. La comunidad de inteligencia entrena a algunos de sus agentes para que pasen esta prueba incluso mintiendo. Puede resultar eficaz, pero es detectable. Básicamente, lo que consigue es enmascarar la verdad y la mentira, haciendo que ambas aparezcan iguales, tanto en las pruebas control como en el test real.

»En este caso, tu estudiante ha presentado respuestas fisiológicas dinámicas mínimas, lo cual implica que ha hecho intentos de disimular sus reacciones. Teniendo en cuenta su edad y su trayectoria, me cuesta pensar que haya recibido formación para engañar a un polígrafo, pero algunas personas, cuando están nerviosas e intentan controlar su nerviosismo,

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actúan como si realizaran una normalización de la respuesta consciente. Considero que tu estudiante puede entrar en el pequeño porcentaje de personas en las que el polígrafo no arroja un resultado determinante. Sin embargo, aunque estos resultados son bastante poco concluyentes, dada su edad y trayectoria, diría que el señor Whitley no ha incumplido conscientemente los contratos de confidencialidad del laboratorio.

—Pues menuda mierda. Quiero decir que está bien, pero que también es una mierda.

—Esperabas que fuera él.

—Bueno, no… pero sí.

—Es decir, que no quieres que sea el otro.

—Exacto. Conozco a Ken desde hace mucho tiempo.

—Y ahora ni siquiera aparece. Supongo que te habría llamado si le hubiera surgido un imprevisto, ¿no?

Michael asintió.

—Ya te digo que nunca llega tarde. Pero, de haber tenido que retrasarse… me habría enviado un mensaje.

—Lo siento. Y, aunque no puedo formarme una opinión sobre la otra persona sin examinar sus respuestas, el hecho de que no se presente a una prueba de polígrafo… no pinta bien. —Se levantó y le estrechó la mano a Michael—. Más vale que vaya a desconectar a tu estudiante del montaje. Si aparece el otro tipo, llámame y quedamos para otro momento.

Michael notaba los nervios en el estómago. Ken era un talento en bruto y una bestia de carga en el trabajo. Y un buen tipo. En opinión de Michael, Ken valía por cinco Joshuas Whitleys.

Volvió a enviarle un mensaje a Ken.

«¿Dónde estás?».

Ken siempre llevaba el móvil encima. Y Michael no recordaba una sola ocasión en que no le hubiera contestado un mensaje de inmediato. Pero ahora, nada.

Marcó el número de Ken. Nunca había hecho tal cosa. No tenía sentido hablar con él por teléfono, porque no respondía. Al cuarto tono, una voz femenina empezó a hablar.

«Hola, este es el contestador automático de Ken Lee. Él no puede hablar por motivos obvios. Por favor, envíale un mensaje y te responderá lo antes posible. Gracias».

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Michael negó con la cabeza. Esperaba de todo corazón que la ausencia de Ken tuviera otra explicación aparte de la que Itzhak había insinuado claramente. Pero ahora mismo no podía hacer nada al respecto. Tenía una reunión con la gente de D. C.

Cuando llegó ante el Jadwin Hall, el profesor Salomon vio a cuatro hombres bajar de un sedán oscuro y se encaminarse en su dirección. El grupo entero parecía un mismo ejemplar clonado cuatro veces en una fábrica. Aparentaban más o menos su edad, cuarenta y pocos años, pero, a diferencia de él, iban trajeados y con corbata. De repente, con sus pantalones caquis, su polo azul marino y su bata blanca de laboratorio, sintió que no iba vestido adecuadamente para la reunión.

El jefe del grupo asintió y desplegó una amplia sonrisa cuando se estrecharon la mano.

—Profesor Salomon, soy John Hawkins, de la oficina de Ciencias de la Defensa de D. C. Encantado de conocerle.

—Lo mismo digo. Entren, no nos quedemos a la intemperie. —El profesor deslizó su tarjeta de identificación por el lector y abrió la puerta

—. Los acompañaré a la sala de reuniones.

—De hecho, profesor, creo que preferiríamos echar un vistazo al

laboratorio, si no le importa —dijo Hawkins—. Nos interesa ver en qué trabaja actualmente.

—Por supuesto.

Michael los condujo escaleras abajo hasta el laboratorio del sótano. No había nadie más. Le había dicho a Josh que, aparte de pasar por el polígrafo, no tenía nada más que hacer. Aunque, en realidad, era porque estaba seguro de que Josh lo había traicionado. De todos modos, su ausencia ya le convenía en esos momentos.

—Profesor —dijo Hawkins, repasando con la mirada los conductos revestidos que discurrían por la pared y conducían a la cámara de vacío—, ¿quién más forma parte de su equipo en estos momentos?

—Somos pocos. Yo mismo, un investigador posdoctoral y un estudiante de doctorado. —Michael se acercó a la terminal principal, dio

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una palmada al teclado y señaló el monitor que colgaba del techo—. Es el panel de control y…

—¿Dónde están? —preguntó Hawkins. Los otros tres hombres aún no habían abierto la boca, aunque estaban muy ocupados tomando notas en sus tabletas.

Molesto por la pregunta, Michael se encogió de hombros.

—Como sabía que iban ustedes a venir, les he dado el día de fiesta. — Acto seguido, sin pensar en cómo se tomarían la pregunta, espetó—: Sé que hablaron con el jefe del departamento de física, pero tengo curiosidad por saber cómo es que saben lo que hacemos aquí. Ya puestos… ¿qué creen que hemos descubierto?

Hawkins no se inmutó por la pregunta ni por el tono retador de Michael.

—Lo siento —dijo con una sonrisa amistosa—, supongo que no empezamos esta conversación en el lugar adecuado. —Se señaló a sí mismo y a los demás—. Somos todos físicos, especialistas en distintos ámbitos. Estamos hablando de la primera prueba de la existencia de taquiones, ¿no? ¿Transmisión más rápida que la luz? —Señaló a la masa acorazada del centro del laboratorio—. Supongo que han obtenido las pruebas detectándolos en esa cámara de vacío.

—¿A través de las sendas de radiación de Cherenkov? —preguntó uno de los otros.

«O sea que los demás también hablan», pensó Michael.

—Insisto —dijo—, ¿cómo se han enterado de esto? Es que acaba de pasar, literalmente. Ni siquiera he redactado un informe.

Todos los físicos se volvieron hacia un hombre que se había quedado rezagado. Tenía unos ojos azules muy claros, casi como los de un husky, y en uno de ellos el blanco del ojo era de un rojo oscuro.

A Michael le había pasado lo mismo una vez hacía unos años, aunque en menor grado. Una mañana se había mirado en el espejo y había visto que tenía una gran mancha roja en el blanco del ojo derecho. No le afectaba a la visión y ni siquiera era consciente de que le hubiera ocurrido nada. Los médicos le dijeron que probablemente lo había provocado la tos o un esfuerzo.

El hombre levantó la vista como si en ese preciso instante se diera cuenta de que era el centro de todas las miradas.

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—Perdón, estaba tomando notas sobre el laboratorio. ¿Cuál era la pregunta?

Michael intentó hablar con calma y amabilidad.

—Perdone, pero… ¿usted es…?

—Disculpas por no haberme presentado. Me llamo Carl Sundenbach. —Carl. ¿Cómo descubrieron lo que hemos estado haciendo en este

pequeño y humilde rincón de Nueva Jersey?

—Oh, eso. Recibí una llamada de un tal Ken. Nos dijo que tienen evidencias visuales de rastros de partículas superlumínicas en vacío. No concretó mucho, pero no hacía falta. Las noticias así… bueno, es comprensible que estemos emocionados. Seguro que usted también lo está.

—Un momento. —A Michael le palpitaba el corazón con fuerza en el pecho. Temía que Ken hubiera incumplido el contrato de confidencialidad, pero eso… eso era imposible—. ¿Dice que Ken le llamó para contárselo? ¿Y que habló con él?

Carl asintió.

—Ayer por la mañana. Tras una discusión con nuestros superiores, se decidió que nosotros cuatro viniéramos aquí a hablar con usted directamente.

Michael intentó reconstruir mentalmente los sucesos del día anterior. Se había tomado el día libre para recoger a Felicia en el hospital e instalarla en casa. Había dejado instrucciones a Ken y a Josh para que archivaran las imágenes de vídeo y buscaran soluciones para capturar las instantáneas en tiempo real. Y mientras él no estaba… ¿Ken había hecho una llamada?

—Tengo una curiosidad —dijo a Carl—. ¿Ken hablaba raro? El hombre lo miró con expresión inquisidora. —¿Qué quiere decir?

—Me refiero a si sonaba extraño, en algún sentido. —Michael sonrió, intentando disimular lo alterado que estaba—. Es que apenas lo he oído hablar, por lo que me pregunto qué lo incitó a llamarlo. Es un incumplimiento de las normas que tenemos aquí.

Carl se encogió de hombros.

—No sonaba especialmente estresado, si es a lo que se refiere. Lo que está claro es que no dijo que estuviera incumpliendo nada. De hecho, la conversación fue muy distendida y directa. Incluso me planteé si me estaba tomando el pelo.

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«No sonaba especialmente estresado…».

«La conversación fue muy distendida…».

Michael recordó la primera vez que había estado con Ken. Había intentado desesperadamente hablar, que no se notara el impedimento que tenía, pero resultaba prácticamente ininteligible. Michael enseguida convino en recurrir a la pizarra blanca como solución alternativa. Además, en el tiempo que llevaban trabajando juntos, había oído a Ken responder al teléfono unas cuantas veces… siempre con muchas dificultades. Era totalmente incapaz de mantener una conversación verbal relajada del tipo que fuera. Y, que Michael supiera, no existía ningún sintetizador de voz lo bastante bueno como para imitar el habla humana natural e incluir las pausas «normales», con la velocidad y la entonación adecuadas.

Lo cual significaba que, o bien alguien había llamado a Carl haciéndose pasar por Ken, o…

Carl mentía.

Hawkins tomó la palabra de nuevo.

—¿Podría enseñarnos lo que han descubierto, profesor? Hay imágenes, ¿verdad?

—Sí, estaré encantado de enseñarles lo que tengo.

Michael se acercó al ordenador y visualizó una de las imágenes en las que aparecía el fantasma azul de un taquión.

—Caballeros —dijo—, este es el primero de la secuencia de tres fotogramas que captan una partícula que supera la velocidad de la luz en un vacío.

—¿El color está modificado? —preguntó Hawkins.

—No, es exactamente como se ve en la cámara sin ningún filtro de color.

Los hombres empezaron a hablar todos a la vez.

—Es el mismo tono de azul que vimos en…

—… casi podemos imaginar la cavitación…

—¿Se puede determinar la velocidad de la partícula?

Michael respondió a la pregunta que destacó entre la algarabía. —Puedo decirles la velocidad exacta. No estamos utilizando un

detector de imágenes anulares de Cherenkov debido a la forma en que recogemos las partículas fuente. Literalmente, tomamos imágenes de secuencia de 250 picosegundos con una línea de CCD de alta velocidad. —Hizo clic con el ratón y avanzó al siguiente fotograma—. Esto

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corresponde a un cuarto de nanosegundo después, y verán que la partícula ha avanzado casi cuarenta centímetros. Es decir, 5,3 veces la velocidad de la luz.

—Uau… —Hawkins fue alternando la mirada entre el monitor y sus compañeros físicos. Todos estaban boquiabiertos, incluido el mentiroso del ojo rojo—. ¿Está seguro de los resultados?

Michael se encogió de hombros.

—Tengo tres fotogramas que muestran una partícula que parece avanzar a una velocidad inaudita. Personalmente, creo que es exactamente lo que parece, pero no me pondré a pregonarlo a los cuatro vientos hasta que haya repetido el experimento varias veces.

—¿O sea que solo lo ha conseguido una vez?

—La verdad es que… no. Es la segunda vez que obtengo estos resultados. En otra ocasión, con un equipo ligeramente menos sensible. Con la nueva configuración, no me cabe la menor duda de que podré realizar más observaciones.

Uno de los hombres dio un codazo a Hawkins.

—John, deberíamos traer aquí parte de nuestro equipo y ver si podemos calcular los cuatro momentos de las partículas. No tenemos ni idea de qué partícula es. Esto puede ser algo muy grande.

Michael sacó un folio del escritorio y se lo tendió a Hawkins.

—Aquí tiene algunos de los siguientes pasos en los que estoy trabajando. Captar una identidad de la partícula es uno de los puntos de la lista. —Señaló la tubería que discurría por la pared y entraba en la cámara de vacío—. Por ejemplo, tengo un mecanismo de clasificación instalado para separar las partículas lumínicas y las superlumínicas y, si es tan fácil como parece, dispongo de todo el equipamiento necesario para captarlas, normalizar su velocidad y crear una transmisión de las mismas. Por supuesto, algunos de los puntos más interesantes de la lista exigen una financiación considerable: necesitaría un equipamiento al que la facultad no tiene acceso. Ya he hablado con el jefe del departamento y nos gustaría llegar a un acuerdo con el gobierno para avanzar en esta investigación.

Aquellos hombres empezaron a hablar entre sí como si Michael no estuviera presente. Hablaron de los puntos de su lista: equipamiento, autorizaciones y mucho más. Y Michael se dio cuenta de que el proyecto con escasa financiación en el que llevaba una década trabajando quizá recibiera de repente la inyección de apoyo financiero que él anhelaba, e

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incluso más. Mantuvo una expresión neutra, pero por dentro ya estaba descorchando una botella de champán.

La puerta del laboratorio emitió un zumbido y, cuando Michael levantó la vista, vio entrar a Herman con expresión sombría. Los hombres de la DARPA hacía horas que se habían marchado.

—Herman, no se te ve muy contento. ¿Qué ocurre?

Michael se levantó al acercarse Herman, pero él le hizo una señal para que volviera a sentarse.

—Créeme, más vale que estés sentado cuando te diga lo que tengo que decirte.

—¿Es sobre los tipos de la DARPA? Porque cuando se marcharon me sentí bastante…

—No, no es eso. Es sobre Ken Lee. —Herman respiró hondo y sacudió la cabeza—. No hay una buena manera de dar una noticia como esta: ha muerto.

Michael se quedó en blanco. Estaba preparado para escuchar cualquier cosa excepto eso.

—¿Cómo dices? —habló en un susurro apenas audible.

—Solo sé lo que me han dicho los de Recursos Humanos. Parece que tuvo un accidente de coche. Según parece, la policía encontró su vehículo en el fondo del Delaware Raritan Canal, al lado de la Old Lincoln Highway.

Michael se sintió embargado por un cúmulo de emociones. No sabía qué pensar, qué hacer, cómo sentirse.

—Dices que la policía… ¿sospechan de algún delito?

Herman abrió mucho los ojos.

—Yo diría que no. ¿Hay algún motivo por el que…?

—No —se apresuró a decir Michael—. Supongo que es que no sé cómo reaccionar.

Herman le puso a Michael una mano en el hombro.

—Así es como vas a reaccionar: acaba lo que estés haciendo y te llevaré a casa.

—No hace falta que…

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—Tonterías. Sé que erais amigos. Necesitas un poco de tiempo para digerir la noticia. Voy al despacho a buscar mis cosas. Enseguida vuelvo.

Cuando Herman se marchó, Michael miró a su alrededor, asombrado.

Ken… muerto. Le parecía imposible.

Intentó hacer caso del consejo de Herman y dar el trabajo por concluido, pero no dejaba de pensar en lo que le había dicho Carl.

No sonaba especialmente estresado, si es a lo que se refiere… La conversación fue muy distendida.

Michael tuvo entonces la certeza de que el hombre del ojo rojo mentía.

Todo aquel asunto olía mal.

Miró la silla en la que Ken solía sentarse. La silla que no volvería a ocupar.

—Lo siento, amigo —susurró—. Te echaré de menos.

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CAPÍTULO CUATRO

Al entrar por la puerta, Michael se quedó petrificado. María tenía los ojos abiertos como platos y estaba a apenas metro y medio de él, armada con una sartén de hierro y preparada para atacar.

Acto seguido, lanzó una retahíla de improperios en español y bajó el arma improvisada.

—¿Por qué demonios me has pegado este susto?

—¿Qué quieres decir con lo del susto? Solo he abierto la puerta. Ella cerró la puerta y la señaló como si la respuesta fuera obvia. —Siempre entras por el garaje. —Miró por la ventana y frunció el

ceño.

Michael se giró para ver qué miraba. El Cadillac de Herman salía marcha atrás por el camino de entrada.

—¿Es…? ¿Dónde está tu coche? —preguntó María sin levantar la voz. Le sorprendió que no le gritara. María era encantadora pero, cuando algo la sorprendía o enfadaba, gritaba como una loca. Entonces cayó en la

cuenta de que la bebé debía de estar dormida.

—Es que… —No sabía cómo decírselo.

María le sujetó la barbilla ahuecando la mano que tenía libre y lo miró a los ojos.

—Ay, mi amor —dijo en español—. Te lo veo en la cara, ha pasado algo. —Lo tomó suavemente del brazo y tiró de él hacia la cocina—. Ven, la cena aún no está, pero en el supermercado tenían una sandía muy buena y acabo de cortar unos trozos. Podemos ir comiéndola y, mientras tanto, me cuentas por qué tu jefe te acaba de traer a casa.

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Michael se dejó conducir a la mesa y observó a María preparar cubiertos, platos, sandía y una jarra de zumo de lima recién exprimido, que les gustaba mucho. El monitor para bebés estaba en la encimera de la cocina y vio a Felicia dormida en la cuna. El trasero y la cola de Percy aparecían de refilón en la imagen.

—¿No te inquieta que Percy esté en la habitación solo con ella? María negó con la cabeza y tomó asiento delante de él.

—Es curioso, es como si supiera que no tiene que ladrar cuando está cerca de ella. Así pues, me figuro que es menos probable que la despierte cuando está allí que cuando está aquí abajo ladrándome a mí. No es consciente de que el sonido se transporta. —María sonrió—. Pero deberías verlo. Si Felicia se mueve ni que sea un poco, baja corriendo a buscarme y empieza a ladrar como un loco. Es adorable.

María pinchó uno de los dados de sandía con un tenedor, dio un mordisco y lo miró a los ojos.

—Ahora, dime. ¿Por qué te ha traído a casa tu jefe?

Michael empezó hablándole de la muerte de Ken. Se quedó tan horrorizada como él; no conocía a Ken pero él le había hablado de su compañero a menudo. Luego pasó a contarle lo de la filtración a la DARPA y la afirmación del gobierno de que habían recibido una llamada de Ken.

María frunció el ceño.

—Pero si dijiste que Ken apenas podía hablar.

—Eso es.

—Entonces, ¿cómo pudo llamar al tipo del gobierno?

Michael la señaló con el trozo de sandía pinchado en el tenedor. —Exacto. No pudo, es decir, es imposible. Además, nunca habría

pensado que Ken pudiera ser de los que incumplen su contrato de confidencialidad de ese modo. Ni siquiera por un descuido. Sabía perfectamente cómo funciona esto. Sabía que no debía hablar con nadie de lo que hacía en el trabajo.

—Pero tú hablas conmigo del trabajo. Yo no he firmado ninguno de esos contratos. ¿Y si se lo contó a un amigo y fue el amigo quien llamó? Me refiero a que dijiste que habíais hecho un gran descubrimiento. Se nota que estás emocionado y yo me alegro mucho por ti. A lo mejor Ken confiaba en alguien igual que tú confías en mí y esa confianza no estuvo bien dirigida. Y entonces ese alguien llamó a los del gobierno, fingiendo

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ser él. Tal vez incluso pensara que le estaba haciendo un favor, cuando en realidad lo estaba metiendo en un buen lío.

Michael se quedó mirando a su mujer durante cinco largos segundos mientras asimilaba lo que le había dicho. Entonces sonrió.

—María, a veces eres sencillamente brillante.

—¿A veces? —Enarcó una ceja y carraspeó—. Acábate la sandía y cámbiate mientras preparo la cena. Y si vas a ver a la bebé, por favor, no la despiertes. Ha estado despierta todo el día y se ha dormido justo antes de que llegaras.

Al subir por las escaleras, pensó en la explicación de María. Era sencilla y tenía ganas de que fuera verdad. Quería pensar que Ken no había traicionado su confianza.

Pero, de todos modos, el hecho de que hubiera muerto el mismo día que habían aparecido esos hombres de la DARPA…

No. Negó con la cabeza. Era una coincidencia.

Cuando Michael bajó, después de ducharse, le embargó el olor a comino y sonrió. Las fajitas eran uno de sus platos preferidos del recetario de María. Ella siempre le recordaba que eran un plato norteamericano y no del sur de la frontera, pero a él le daba igual su procedencia. María les añadía especias propias y, fueran lo que fueran, siempre se le hacían la boca agua.

A María se le iluminó la mirada cuando entró en la cocina.

—¡Ya era hora! Iba a llamar al 091 porque temía que te hubieras ahogado ahí dentro.

—No, estaba disfrutando de una ducha caliente.

El capazo de Felicia estaba en la mesa de la cocina mientras Percy, debajo, iba meneando la cola. Al llegar Michael, dio la sensación de que el perro iba a ladrar, pero se conformó con un gimoteo, como si hiciera todo lo posible por no ladrar junto a la bebé. Aquel perro era increíblemente listo.

María dejó una bandeja de carne muy hecha en la mesa y lanzó a Michael una mirada sugerente.

—Espero que hayas dejado un poco de agua caliente para nosotros más tarde.

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—¿Nosotros? —Michael parpadeó mientras su mujer se giraba para coger unos platos de la cocina. Siguió con la mirada el contoneo de sus caderas y sonrió—. Un momento… te hicieron una cesárea hace poco más de una semana. Aún no podemos hacer nada, ¿no?

María soltó una carcajada al dejar una bandeja de verduras asadas y un recipiente con tortillas de maíz humeantes.

—No todo se reduce al sexo, querido esposo.

Michael se la quedó mirando, perplejo, lo cual la hizo reírse a carcajadas.

—Luego te lo explico, tontorrón.

Percy asomó la cabeza desde debajo de la mesa en busca de una caricia y Michael se la dio. Mientras alborotaba el pelaje del cachorro, oyó un tintineo. El perro llevaba un collar nuevo.

—¡Percy! ¿De dónde has sacado ese collar tan vistoso?

El perro sacó la lengua, como sonriendo.

—Es impresionante, ¿verdad? —comentó María.

«De hecho —pensó Michael— se ve caro». Era de metal plateado, como de diseño, más parecido a un collar grueso para personas que para perros. En color oro, habría parecido propio de un rapero. No era del estilo de María.

—¿Cuánto te ha costado? —preguntó. —Nada. Nos ha salido gratis. —¿Cómo?

María señaló el plato de él.

—Prepárate el burrito. Se te enfriará la comida.

Michael, obediente, Cogió una tortilla y esparció judías estofadas por encima; luego añadió una carne marinada poco hecha, col rallada, arroz, cebolla salteada y champiñones.

María asintió satisfecha antes de explicarse.

—Felicia y yo estábamos dando un paseo con Percy cuando un coche de esos antiguos ha parado justo al final de la calle. Era un modelo de esos caros con una figurita voladora en la parte delantera. No me acuerdo cómo se llaman.

—¿Un Rolls Royce? —preguntó Michael con la boca llena.

—¡Sí, exacto! Bueno, había una pareja de ancianos dentro y, cuando hemos pasado por delante, el hombre ha bajado la ventanilla y ha dicho que Percy era clavado a un pastor alemán que habían tenido hacía años.

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Aún llevaban el collar del perro en la guantera, porque nunca se habían visto con ánimos de tirarlo. Pero, al ver a Percy, pensaron que era perfecto para él. El hombre dijo que su perro lo había llevado casi diecisiete años, por lo que debería traerle buena suerte.

—¿Diecisiete años? Eso es mucho para un pastor alemán. Y qué detalle por su parte. ¿Les has preguntado cómo se llamaban?

María negó con la cabeza.

—Dijeron que estaban de paso y que querían saludar a Percy. ¿Crees que es caro?

—No tengo ni idea. Parece de acero inoxidable. Pero si es de alguien que tiene un Rolls Royce, vete a saber. A lo mejor es de platino.

María puso cara de preocupación.

—¿En serio? Quizá sea de plata.

—No creo que sea de plata. La plata se deslustra fácilmente. Después de diecisiete años en el cuello de un perro, no brillaría de esa manera.

—Bueno, a lo mejor tendríamos que comprobarlo.

—No, era una broma lo del platino. Seguro que es de acero inoxidable. Quizá sea de diseño, lo cual significa que debió de ser caro cuando lo compraron, pero ahora no tendría mucho valor. Que Percy lo disfrute y ya está.

María miró al perro.

—Percy, ¿te gusta tu collar nuevo?

Percy soltó un discreto ladridito y meneó la cola.

Ella le acarició la cabeza.

—Pues asunto zanjado. A papá y a mí nos parece bien que te lo quedes.

Michael dio un sorbo al zumo de lima e hizo una mueca.

—¿Demasiado ácido?

—No, pero no es tan dulce como sueles hacerlo.

—Lo siento, mi amor, se me acabó el azúcar. Mañana tengo que ir al súper y compraré. —Señaló el plato de él—. Ahora come. Vas a necesitar energía para lo que he planeado.

Michael cogió otra tortilla rápidamente. De repente sintió una gran curiosidad por saber qué le depararía la noche.

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Michael se despertó cuando el dormitorio aún estaba casi totalmente a oscuras, y tuvo la sensación de que algo no iba bien. Percy, que estaba en su lecho al otro lado de la habitación, levantó la cabeza, lo miró y volvió a echarse a dormir.

Michael miró el reloj de la mesita. Eran las tres de la mañana. La casa estaba en silencio. María dormía profundamente a su lado. La bebé estaba en la cuna respirando con suavidad.

Así pues, ¿qué lo había despertado?

Cerró los ojos e inmediatamente vio en su mente imágenes de una granja. Incluso olía el estiércol.

¿Acaso acababa de soñar que era granjero?

Notaba una presión creciente en la cabeza… un incipiente dolor. Pero estaba demasiado cansado para levantarse y coger un Tylenol. Se preguntó si sería consecuencia del masaje que María le había hecho. Había sido la sorpresa para esa noche y, cuando se lo dijo, a él le había encantado la idea. Pero resultó ser que el masaje que ella tenía en mente incluía golpearle los músculos con unos cantos rodados. María había leído sobre esa técnica en un libro… libro que él quería encontrar y quemar. A ella le encantó la experiencia cuando él se lo hizo, pero cuando ella se lo hizo a él… en fin, intentó disimular, pero le resultó doloroso.

Necesitaba descansar. Con un poco de suerte, no se despertaría por la mañana sintiendo que sus músculos eran de chicle.

Dejó vagar sus pensamientos, intentando volver a conciliar el sueño. Pero, en cambio, volvieron a asaltarle imágenes de una granja. No era un lugar que conociera, de eso no le cabía la menor duda; había crecido en un barrio residencial y solo había visto granjas en la tele. Pero la sensación de que los zapatos se le hundían en la tierra blanda y el olor del rocío matutino eran tan fuertes que habría jurado que estaba allí mismo.

—¿Dónde están las ovejas? —masculló—. Ya que tengo que soñar con una granja, al menos que me dejen contar ovejitas…

Intentó pensar únicamente en la oscuridad. Pero había tenido una sensación muy extraña. Como si viera fragmentos de imágenes que iban y venían antes de que su mente consciente pudiera siquiera procesar lo que veía.

Tardó mucho en volver a quedarse dormido.

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CAPÍTULO CINCO

Los cuatro meses posteriores a la reunión de Michael con los hombres de la DARPA —y la subsiguiente inyección financiera— supusieron un cambio enorme en el laboratorio. Para empezar, Michael supervisaba no a un único estudiante de posgrado, sino a un equipo entero. Cuatro ingenieros informáticos, dos matemáticos, un astrofísico y cuatro auxiliares de laboratorio más cuya formación iba desde la ingeniería mecánica hasta la física. Sin embargo, a pesar de ser tantos, por fin dejó de preocuparse de que hubiera más filtraciones. Sus socios del gobierno habían insistido en que todos los miembros del equipo pasaran por un cribado de seguridad y quedaran registrados en una base de datos para que se les permitiera saber incluso de qué iba el trabajo y participar en él.

Michael estaba encantado con los avances realizados en la investigación. A lo sumo, a veces le preocupaba que la DARPA quisiera acelerar demasiado las cosas, aunque nunca le habían puesto una fecha límite ni habían interferido en la investigación. Y menos mal, porque, de haber sido así, él habría hecho caso omiso de sus demandas y los habría puesto en su sitio. No, hasta el momento, los de la DARPA habían sido el socio perfecto: muy generosos con la financiación, nada invasivos en la gestión del proyecto.

Y es que el proyecto era alucinante. Las últimas imágenes de la cámara de vacío no solo mostraban tres manchas azules, sino una línea azul constante que crecía a lo ancho de la pantalla en representación de un haz de material taquiónico que cruzaba la cámara de vacío. Los ingenieros habían dedicado muchas horas a configurar bien las actualizaciones de la infraestructura del laboratorio, mejorando lo que le gustaba llamar «el

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clasificador de partículas» para convertirlo en un acelerador de taquiones viable. El resultado era un mecanismo que no solo recogía taquiones en los tubos del acelerador que circundaban el edificio, sino que normalizaba las partículas dispares para convertirlas en un flujo de taquiones que viajaban a la misma velocidad y que él podía controlar.

En realidad, sus experimentos habían avanzado más en los últimos tres meses que en los tres años anteriores, Y ahora estaban a punto de probar algo que habría parecido una quimera hacía apenas unos meses.

Uno de los ingenieros salió de la cámara de vacío, volvió a precintarla y se despojó de la vestimenta estéril.

—Profesor, el espejo está listo.

Michael levantó el pulgar y el técnico dio una palmada a un botón rojo que destellaba. El sonido de las bombas de aire al hacer el vacío en el interior de la cámara llenó el laboratorio.

Michael miró por encima de su hombro y dijo en voz alta hacia el otro lado de la sala:

—Charlie, ¿qué me dices de los cálculos?

Un hombre flaco de unos cincuenta años se acercó con una libreta pautada llena de ecuaciones escritas a mano.

—Profesor, le he pedido a Sarah que compruebe mi trabajo dos veces. —Sarah era la astrofísica del proyecto—. Creemos que estamos en lo correcto con respecto a los cálculos de movimiento CMB.

—Vamos a imaginar que no soy astrofísico. ¿CMB?

—Disculpe, profesor…

—No te disculpes, explícame a qué te refieres.

—Sí, bueno… —El hecho de que el hombre pareciera aturullado hizo que Michael se sintiera menos seguro acerca de los datos que estaba a punto de recibir—. Bueno, nos movemos a unos 368 kilómetros por segundo a través del MIG, el medio intergaláctico, pero, después de hablar con Josh y de analizarlo con los expertos, hemos decidido que la forma más precisa de determinar nuestra velocidad real mientras nos desplazamos por el universo es calcularla utilizando el marco de descanso del CMB, que es el fondo cósmico de microondas. Así es como el Hubble y otros telescopios espaciales mantienen su orientación, y es el mejor método que conocemos para determinar dónde estamos entre un momento y otro mientras flotamos por el universo. O, en nuestro caso, predecir dónde estaremos o precisar dónde estábamos en intervalos distintos.

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Michael asintió.

—De acuerdo. Con todo eso, ¿podemos conseguir que el rebote se produzca dentro de la cámara?

Charlie asintió.

—Deberíamos. Pero eso va a tensionar nuestros recursos energéticos. Los ingenieros mecánicos están sudando la gota gorda con los condensadores. Probablemente estemos preparados para manejar un estallido corto de taquiones a una velocidad tan baja.

Michael consultó la hora. Faltaban dos minutos para que empezara el experimento.

—Bien. Asegúrate de que alguien del laboratorio de informática llame al puente de mando. Quiero al equipo entero en la llamada.

Charlie salió corriendo y Michael accionó el altavoz del teléfono del escritorio para unirse a la reunión. Sonó un pitido y una voz dijo:

—¿Quién se ha unido?

—Soy yo.

—Hola, profesor, soy Josh. Parece que por ahora solo estamos nosotros dos.

Otro pitido y, entonces:

—Carl, de la Oficina de Ciencias de la Defensa.

El tipo de la DARPA que tenía el ojo rojo. Solía ser un participante silencioso en aquellas llamadas. Nunca decía ni media palabra, pero siempre asistía. Típico de mucha gente de D. C. Los peces gordos de la capital lo habían nombrado «supervisor» del proyecto para el gobierno, con el encargo de informar de todo a sus superiores.

—Hola, Carl —saludó Josh—. Esperaremos cinco minutos, para que todo el mundo tenga tiempo de conectarse.

Josh había ganado mucha confianza en los últimos meses. No tenía nada que ver con el tímido estudiante de posgrado que Michael había conocido. En esos momentos, hacía menos funciones técnicas y más administrativas, ayudando a Michael a coordinar y controlar las distintas tareas que abarcaban los distintos departamentos que ahora estaban implicados en el proyecto. En realidad, se había convertido en el gestor del proyecto.

Más gente se sumó a la llamada y Michael esperó hasta que el reloj indicó que pasaban cinco minutos de la hora acordada.

—Profesor —dijo Josh—, todo el mundo está en línea.

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—Gracias, Josh. Muy bien, chicos, os recuerdo que el experimento de hoy consistirá en iniciar un rebote de prueba de un flujo de taquiones. En primer lugar, esperamos poder rebotar el flujo de una superficie a la otra a través de un espejo taquiónico. Ni mucho menos está garantizado. Ya sabemos que los taquiones que hemos captado tienen una carga; por tanto, a diferencia de los neutrinos, podemos manipularlos hasta cierto punto. Si conseguimos que reboten en el espejo, pasaremos a nuestro siguiente objetivo, que será intentar medir algunas de las características físicas de los componentes del haz, sean los que sean. Esta última parte la haremos en gran medida como ejercicio de posprocesamiento, analizando fotograma a fotograma. Así que, manos a la obra. ¿Qué tal vamos con las interferencias de la cámara?

—Profesor, justo ahora estamos alcanzando los noventa y cinco nanopascales de presión en la cámara de vacío y, basándonos en los tests anteriores, mi predicción es que deberíamos mantenernos en unos noventa y tres.

En la Tierra era relativamente imposible conseguir un vacío perfecto debido a infinidad de factores, como la desgasificación de los materiales de los que estaba hecha la cámara, las partículas virtuales, etc. Pero, por debajo de cien nanopascales, el vacío era tan completo que era posible afirmar que no habría moléculas sueltas en el interior de la cámara capaces de interferir con el haz del taquión.

—Fantástico. ¿Ingeniería? ¿Qué tal vamos de energía?

—Profesor, Jan Halvorsen al habla. He expresado mi preocupación anteriormente y voy a insistir. La energía necesaria para este experimento acapara nuestros recursos de tal manera que empiezo a dudar de nuestra capacidad para mantener el suministro en el laboratorio. Ya estamos enfriando los bancos de condensadores para mantener un flujo de energía estable para las necesidades actuales del laboratorio. Será sumamente difícil mantener el pico de energía necesario para este experimento durante un tiempo prolongado.

Michael exhaló un suspiro.

—Entiendo tu preocupación.

Durante los últimos cuatro meses, él y su equipo habían aprendido mucho sobre esas partículas más rápidas que la luz. Entre sus características parecía haber una propiedad elástica asociada a su velocidad. A diferencia de los fotones, la velocidad de un taquión parecía

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estar por todo el mapeado, lo cual dificultaba su observación y control. Pero su velocidad natural podía modificarse añadiendo o reduciendo energía. Y, curiosamente, el hecho de añadir energía los enlentecía y reducirla los aceleraba. Al fin y al cabo, la clave desde el punto de vista del ingeniero era que crear un flujo de partículas de la misma velocidad era un proceso con una gran exigencia energética.

Michael explicó la situación a quienes no estaban familiarizados con ese aspecto del experimento.

—Para que nos entendamos, Jan se refiere a una cuestión relacionada con el comportamiento de las partículas taquiónicas. Ya tenemos que utilizar mucha energía de la red a fin de mantener el flujo a una velocidad de taquiones media, que para estas partículas se sitúa alrededor de 4,3 veces la velocidad de la luz. El experimento de hoy implica reducirla hasta lo más cercano posible a la velocidad de la luz. Eso supone un gasto gigantesco para la red. —Volvió a dirigirse a Jan—. Jan, ¿cuál es el tiempo máximo que podemos mantener un pico en la red antes de que se produzca algún fallo?

—Profesor, más vale que no responda, porque la respuesta sería «cero». Pero, si me veo obligado a decir otra cosa, pues… —Hizo una pausa—. ¿Cuánto tiempo necesita?

—¿Qué te parecen dos nanosegundos, medidos desde el lanzamiento del haz hasta el cese del mismo?

—Supongo que se puede… sí, haré que funcione. Pero tenemos que conectar más condensadores a la red. Ya hemos superado los límites aconsejables.

—Entendido. Resolveremos el tema de los condensadores después del experimento. Visual, ¿qué tal están nuestros CCD?

—Hola, profesor, Tony al habla. Las matrices de CCD están activas, y tenemos una buena señal tanto lateral como superior.

—¿Computación? ¿Cómo estamos en la interfaz de transmisión?

¿Podemos manejar las dos orientaciones visuales?

—Sí, profesor. He trabajado con Tony y deberíamos tener una combinación en tiempo real de ambos flujos ópticos en una sola trasmisión de vídeo sincronizada.

—Bien. Quiero que los CCD capten por lo menos dos microsegundos antes de lanzar el haz de partículas.

—¿Dos microsegundos antes de que el haz se lance?

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—Sí.

—Oído, pero tened en cuenta que solo podemos enviar cuatro microsegundos de datos en total.

—De acuerdo. Pero una parte serán dos microsegundos antes de que se lance el flujo. Eso es imprescindible.

—Queda claro, he realizado el ajuste en el sincronizador. Estamos listos.

Michael siempre se emocionaba en los momentos previos al lanzamiento de un experimento. Solo podían hacer uno por semana, en parte por el tiempo de preparación, pero también porque necesitaban mucho tiempo para recoger suficientes taquiones para la transmisión. A mayor número de partículas, más datos podían recoger.

Juntó las manos.

—De acuerdo, chicos, ha llegado el momento para el que hemos estado trabajando. Vamos a pelar una capa más de la cebolla para descubrir algo nuevo. Si alguien tiene cualquier duda o preocupación ante el inicio del experimento, que hable ahora.

Nadie dijo nada.

—En tal caso, Josh, empieza la cuenta atrás de diez segundos. Cuando lleguemos a cero, iniciaré la secuencia.

—De acuerdo, profesor. Empieza la cuenta atrás.

Por la línea se oyó una voz informatizada que iniciaba la cuenta atrás. —Diez, nueve, ocho…

Michael ajustó en su ordenador la vista de la cámara en tiempo real. Tenía la pantalla en modo vista de pájaro sobre la cámara en la mitad superior y una vista lateral en la inferior. Cuando el haz se lanzase, no vería nada, por supuesto; sería demasiado rápido y el flujo de partículas, demasiado fino para ser captado por el ojo humano. Los datos reales procederían del fotograma en alta velocidad que captarían los ordenadores. Pero, de todos modos, él siempre miraba.

—Tres, dos, uno, lanzamiento.

En el laboratorio sonó un fuerte golpetazo y Michael observó impaciente el monitor, a la espera de que aparecieran los primeros fotogramas de datos.

—Datos enviados, profesor. Los ordenadores están procesando y debería tener un vídeo disponible para consulta… ahora.

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La pantalla se refrescó y los botones de búsqueda se activaron en la ventana de visionado. Michael avanzó un par de fotogramas manualmente, verificando que tanto las imágenes superiores como inferiores tenían el mismo código de tiempo, separadas entre sí por 250 picosegundos. A continuación, resaltó la parte principal del vídeo, excluyendo el código de tiempo, e hizo clic en el botón de «autoescaneado».

Los códigos de tiempo se convirtieron en una mancha cuando el vídeo avanzó rápidamente y se detuvo en la primera «diferencia» encontrada en la zona resaltada.

—De acuerdo, chicos. Comparto pantalla, ¿vale?

—La he compartido con el puente de mando —dijo Josh—. Todo el mundo debería poder verla.

Se oyeron un par de afirmaciones del resto de los participantes en la llamada y Michael empezó a hablar.

—Entonces también lo podéis ver —dijo—. Tenemos nuestro haz. — Michael sonrió ante la luz azul que aparecía a la izquierda de las imágenes de vídeo, tanto en la superior como en la inferior.

Uno de los participantes preguntó:

—¿Por qué el código de tiempo dice que solo han transcurrido cuarenta y tres nanosegundos? ¿No pidió el profesor Salomon dos microsegundos de introducción antes de lanzarse el haz? No debería haber cambios hasta después del fin de esa introducción: dos mil nanosegundos completos.

El ingeniero informático respondió, un tanto azorado.

—Debe de haber sido un error. Lo he programado.

Michael mantuvo la voz tranquila.

—Sigamos a ver si tenemos un rebote.

Avanzó la transmisión de vídeo fotograma a fotograma y el haz cruzó la pantalla lentamente.

—Que todo el mundo se fije en que el haz solo avanza unos ocho centímetros por fotograma captado. Es un poco superior a la velocidad de la luz. Eso vuelve a verificar que somos capaces de recoger taquiones sueltos de distintas velocidades, normalizar su rapidez y reducirla a lo más cercano a su velocidad mínima.

Mientras avanzaba por otros catorce fotogramas, el haz progresaba lentamente por la pantalla. El último fotograma mostraba el reflejo del haz, pero en un ángulo muy leve.

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—Interesante —dijo Michael—. Primero, hemos aprendido que, de hecho, podemos desviar un flujo taquiónico con un espejo. Es una información trascendente en el enigma que supone la comprensión de estas partículas. Pero, además, fijaos en el ángulo de desviación. A diferencia de una partícula normal que se ve afectada por la gravedad y el empuje, este flujo… en fin, a primera vista diría que el ángulo no queda afectado por nuestros propios movimientos. Por supuesto, me refiero a nuestros movimientos a alta velocidad por el universo: la rotación de la Tierra, el sistema solar que se mueve por la galaxia, la galaxia que se mueve por el universo. Hay que hacer números, pero podría ser una indicación de que los taquiones no se ven afectados por las fuerzas habituales que esperábamos que les afectaran.

—¿Profesor? —dijo alguien—. ¿Por qué la vista superior está descentrada? Pensaba que los CCD estaban alineados a lo largo de la trayectoria del haz, pero la parte superior muestra el haz cerca del borde de la pantalla.

—Tendría que estar centrado —repuso Tony, a la defensiva—. ¿Puede ser un tema de procesamiento?

—No creo. Estamos observando lo que…

—Chicos —interrumpió Michael—. Luego hablaremos de las desviaciones. Ahora centrémonos.

Siguió desplazando los fotogramas hasta que la pantalla se puso negra. Luego volvió a clicar en el botón de autoescaneo. El flujo avanzó a toda velocidad a través de más imágenes y se detuvo en el siguiente cambio que encontró.

A Michael se le erizó el vello de la nuca.

—Un momento, ¿qué ha pasado? —preguntó alguien—. ¿Estamos volviendo a reproducir el vídeo?

—No, el código de tiempo dice que estamos en el microsegundo 2,046, a no ser que… ¿el vídeo se ha procesado mal?

—Un momento —anunció Tony con tono triunfal—. Mirad la imagen superior: el haz está justo en el centro. Os dije que debía de haber un problema en el algoritmo de ensamblado de la transmisión de vídeo en el lado del procesamiento…

—Chicos, chicos… el problema no es el ensamblado. —Michael sonrió mientras observaba el monitor—. Recordad, el código de tiempo forma parte inseparable de la captura del fotograma visual. Si fuera un

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duplicado involuntario, el código de tiempo también estaría duplicado y no lo está. —Fue avanzando por las imágenes—. Mirad, el haz progresa y se refleja igual que vimos en la captura anterior. Es exactamente como el primer haz que vimos, con una excepción importante. ¿Alguien se ha dado cuenta de cuál es la diferencia?

—La vista superior del haz no está descentrada —apuntó alguien secamente.

Michael disimuló una risita.

—Sí, ese es uno de los cambios. Pero no, chicos, el motivo por el que pedí una captura de vídeo con una introducción de dos microsegundos es porque queríamos poder captar evidencias de algo que sucede pero que hasta el momento solo se había teorizado.

—¿Qué hace este mundo mientras pasa el tiempo? Os lo diré: el mundo se mueve por el espacio a unos 368 kilómetros por segundo. Eso significa que en dos microsegundos nos movemos unos 73 centímetros. Imaginad por un instante que hubiéramos cogido el haz de taquiones que soltamos y lo hubiéramos hecho retroceder en el tiempo dos microsegundos. El mundo entero, incluido este laboratorio, estaría desviado unos 73 centímetros.

—Un momento —dijo Josh—, ¿está diciendo que en realidad el haz retrocedió en el tiempo? ¿Y que el movimiento de la Tierra es el motivo por el que vemos el haz en un lugar distinto?

—Estoy convencido de que, si analizamos los detalles del metraje, sabremos más. Pero no fue un error de ensamblado. El hecho de que los códigos de tiempo aumenten a lo largo del flujo lo demuestra suficientemente. Y sí, creo que esos dos flujos de taquiones que captamos en vídeo son en realidad el mismo. Si no me equivoco, acabamos de captar la primera evidencia de un flujo de partículas que retroceden en el tiempo casi exactamente dos microsegundos.

En la línea se oyó una fuerte inspiración y que alguien empezaba a toser.

—Por supuesto —dijo Michael, disimulando su emoción—, esto aún no es definitivo. Lo hemos visto una vez y tendremos que reproducirlo otras muchas veces, cambiando los parámetros y demás. Pero creo que este hallazgo acabará considerándose un momento clave en la historia de la ciencia. Hemos sido testigos por primera vez de algo que viaja al pasado controlado por el hombre, y tenemos pruebas visuales de ello.

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—Es un gran paso, como el primer paso que Neil Armstrong dio en la luna. Quizá incluso mayor.

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CAPÍTULO SEIS

Michael pulsó la tecla de «Guardar» en el informe que tenía a medio escribir, se recostó en la silla y levantó la vista hacia las baldosas del techo del laboratorio. No le hacía falta mirar el reloj para saber que hacía rato que debía haberse marchado a casa.

La puerta sonó y entró Josh.

—Josh, ¿qué haces aquí tan tarde?

El estudiante de posgrado sostenía un archivador de tres anillas. —Acabo de recibir el informe de Jan de la subestación energética. El

que me falta es el suyo. El doctor Sundenbach dice que necesita un informe completo el viernes a más tardar.

—¿El tipo de la DARPA? Bueno, pues tendrá que esperar a que termine. No estoy a sus órdenes ni es él quien me pone los plazos. En todo caso, aún estamos a miércoles. —Levantó la vista hacia Josh—. ¿Qué piensas de lo que hemos visto hoy?

Josh se sentó en un taburete.

—¿Se refiere al momento, que pasará a la historia, en que demostró que se puede retroceder en el tiempo? ¿Que qué pienso de eso? —Dedicó al profesor una sonrisa torcida.

—Bueno, reconozco que quizá me puse un poco pomposo. En verdad, todavía no hemos demostrado nada. No decimos que sabemos algo hasta que podemos reproducirlo y estudiarlo desde todos los ángulos posibles. Pero sí, ¿qué te parece?

La cara de asombro de Josh le hacía parecer más joven de lo que era. —Sinceramente, me pregunto qué demonios podemos hacer a

continuación que vaya más allá. Me refiero a que es difícil de superar. Y

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he estado pensando en los usos prácticos de eso… ya sabe, si lo probamos. ¿Qué podríamos conseguir? Me refiero a sin entrar en la ciencia ficción, aunque podría decirse que lo que hemos conseguido hoy parece sacado de una novela.

Michael asintió.

—Buena pregunta: ¿qué podemos hacer a continuación? Pero en este caso ya tenemos una buena lista de tareas. Como sabes, tenemos mucho que aprender acerca de esas partículas. Ni siquiera sabemos aún de qué están hechas. Es un campo de investigación totalmente nuevo.

»Aunque creo que lo que tú estás preguntando en realidad es otra cosa: ¿qué más podemos hacerles hacer? Algo que me gustaría acometer pronto, quizá el año que viene, es ver si podemos acumular un flujo de taquiones lo suficientemente grande como para que tenga efecto en material bariónico a una velocidad inferior a la de la luz, como la materia de la que estamos hechos. Esas manchitas microscópicas que van de un lado a otro y casi nunca interactúan con materia normal ¿son como un neutrino, o podemos «ser tocados» por un taquión? Ya hemos demostrado que están cargadas, así que tal vez los informáticos puedan instalar un cable desprotegido en el trayecto de un haz de taquiones y comprobar si influyen en los datos que pasan por el cable.

Josh sonrió.

—Eso sería alucinante. Tendríamos tráfico de red en vivo circulando por el cable y, si alguien controlara los paquetes de datos en un extremo del cable y otra persona captara lo que aparece al otro lado, los dos grupos de datos podrían compararse y probablemente sabríamos muy fácilmente si algún cero se ha convertido en uno o viceversa.

Michael asintió admirado.

—No es mala idea. Quizá sugiera ese enfoque.

Josh amplió la sonrisa aún más. Michael notó que los engranajes del cerebro le giraban a toda velocidad.

—Siento curiosidad por otra cosa —añadió Josh. Señaló el monitor, que seguía mostrando el informe del profesor—. Sé que está escribiendo su informe sobre la normalización de la velocidad de las partículas. Y bueno… —Josh adoptó una expresión incómoda—. Estoy seguro de que se me escapa algo básico, así que no me lo tenga en cuenta. Entiendo perfectamente que, cuando se añade energía a una partícula superlumínica, esta va más lenta y que acelera cuando se le retira.

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—Estoy esperando el «pero»…

—Sí, bueno, he visto cómo hace cambios repentinos bastante complicados de los campos eléctricos para controlar la velocidad de las partículas, como lo que hacen el CERN y la mayoría de los aceleradores, pero me preguntaba si la temperatura, la aplicación de calor o frío, surtiría el mismo efecto. Básicamente, ¿no es eso añadir o reducir energía? —Hizo una mueca—. Incluso al decirlo en voz alta me parece una estupidez, pero no tengo ni idea de por qué es una estupidez.

Michael negó con la cabeza.

—No es una idea estúpida, pero debes tener en cuenta que la temperatura es una medida indirecta de energía cinética media y, consecuentemente, es colisional. Aunque, técnicamente, las distribuciones de energía cinética no maxwellianas y no equilibradas no tienen una «temperatura», en cierto modo sí la tienen, siempre y cuando las colisiones entre las partículas no sean destructivas.

—Del mismo modo que la temperatura del moderador reduce la velocidad libre de las partículas a una distribución que está en equilibrio con la temperatura del moderador, lo contrario es cierto: las partículas que se dispersan del frío para calentar moderadores físicos aumentan su velocidad media. Pero el efecto es de dispersión (por definición, en una dirección aleatoria) y las colisiones tienen que estar dominadas por las no disipativas.

»Sé que parece que hablo en otro idioma…, a ver si así se entiende mejor: la temperatura es como una carrera de demolición para las partículas microscópicas. Cuanto más frías están las cosas, más lentos son los choques; y cuanto más calientes, más rápido chocan. Pero, como es una carrera de demolición, no hay mucho margen para la organización. Por todas partes va a haber velocidades direccionales basadas en cómo se producen las colisiones. Si una partícula es golpeada por algo que va en la dirección contraria, hará que vaya más lenta, aunque intentes acelerar el proceso. O, cambiando de analogía, la temperatura es como arrear gatos, no es una manera efectiva de manejar partículas individuales. Con los campos eléctricos, adoptamos un enfoque mucho más directo para organizar las partículas y desplazarlas a lo largo de una trayectoria.

Michael sonrió.

—Sé que ha sido una explicación extensa y probablemente demasiado detallada, pero, para responder a tu pregunta acerca de si la temperatura

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puede servir para manipular la energía asociada con los taquiones, la respuesta es no, aunque también sí, pero probablemente no para la materia extraña como los taquiones con los que tratamos.

Josh sonrió.

—Creo que lo entiendo. El ejemplo de la carrera de demolición es una buena analogía. Gracias… me ha ayudado. —Miró el reloj—. Ostras, son casi las diez.

Michael bloqueó la pantalla del ordenador y se levantó de la silla. —Sí. Y no sé tú, pero mañana empiezo temprano. ¿Te marchas? Josh negó con la cabeza.

—Todavía no. Tengo que escribir mi informe diario para el doctor Sundenbach.

—No te quedes hasta demasiado tarde, ¿vale? Hasta mañana.

Michael subió por las escaleras y entró en el dormitorio con la casa en silencio. La única luz procedía de la lámpara nocturna, que iba emitiendo lentamente los distintos tonos del arco iris. María dormía en su lado de la cama, con el juguete giratorio en la mano, el mismo que hacía que ella se burlara de él cuando lo utilizaba cuando estaba absorto en algo, sobre todo temas del trabajo.

Percy yacía en su lecho y, aunque ni se molestó en abrir los ojos cuando Michael pasó por delante, meneó la cola a modo de adormilado saludo de bienvenida.

Por supuesto, Michael fue directo a ver a Felicia. Al asomarse a la cuna, no pudo evitar sonreír al ver el rostro dormido de su angelito.

Se quitó la ropa de trabajo y se metió en la cama. Tras la larga jornada, notó el agotamiento y sintió como si se fundiera con el colchón. Pero le pareció que apenas había cerrado los ojos cuando oyó un grito ahogado de María.

—¡Mija! —susurró María levantándose de la cama para coger a la bebé dormida y empezar a dar saltos con la cabeza de Felicia apoyada en el hombro.

—¿María? ¿Qué ocurre?

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Su esposa tenía los ojos desmesuradamente abiertos en la habitación en penumbra. Era presa del pánico.

—No sé. Un sueño… Creo. Algo espantoso.

Michael apartó la ropa de cama y se levantó a ayudarla.

—Ya la cojo yo. Duerme.

—¡No! —espetó María. Y, de repente, sintió haber sido tan abrupta—.

Perdona, es que estoy asimilando la pesadilla. Siento haberte gritado.

Percy bostezó, se acercó a la puerta del dormitorio, se dio la vuelta para mirarlos y emitió un suave ladrido.

María miró a Michael.

—Así es como puedes ayudar. Saca a Percy a hacer sus necesidades. Y como ahora estamos todos despiertos, quizá prepare un poco de café y algo de comer. —Le dio un beso rápido en los labios y una palmada en el trasero.

Michael miró el reloj de la mesita de noche. Le sorprendió ver que había dormido una hora, aunque no era ni mucho menos suficiente.

Percy volvió a ladrar, esta vez desde el pasillo.

—Ya voy, ya voy…

Michael esperó en la oscuridad mientras Percy orinaba en su sitio preferido, el tronco de un gran magnolio. Teniendo en cuenta que estaban en pleno otoño, hacía bastante frío. Además, era raro que Michael estuviera al aire libre a las dos de la mañana.

Al fondo del jardín, Percy soltó un gruñido gutural y ladró a modo de advertencia.

—¡Percy! —llamó Michael, chasqueando los dedos varias veces para captar la atención del perro. Lo último que necesitaba era que los vecinos se quejaran de que molestaba a las tantas de la madrugada. Pero el perro ladraba cada vez más fuerte. Michael dio un taconazo en el césped y una fuerte palmada y Percy, por fin, dejó de lado lo que lo hubiera alarmado y volvió trotando hacia Michael con el collar tintineando.

Cuando volvieron a entrar en casa, el olor a café recién hecho inundaba el ambiente. María estaba sentada a la mesa con dos tazas y Felicia reposaba encima de la mesa en el capazo. A Michael le sorprendió

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ver lo grande que estaba con solo cuatro meses. Tenía varios objetos colgando del asa del capazo y estaba entretenida intentando alcanzarlos. María dijo que era una manera de ejercitar la coordinación mano-ojo, pero a Michael le gustaba ver lo mucho que se divertía.

—¿Por qué ladraba Percy?

Michael se sentó, dio un sorbo al café y se encogió de hombros.

—No he visto nada. Probablemente haya olido algo nuevo e interesante por ahí. —Observó el rostro de María, que seguía teniendo la misma expresión preocupada con la que se había despertado—. ¿Aún estás pensando en el sueño?

Ella sacudió la cabeza.

—No sé… en parte. Es como cuando tienes una palabra en la punta de la lengua, pero no te sale. Algo así. Sea lo que sea que he soñado, me ha asustado, supongo. —Dio un sorbo al café—. Hoy debes de haber estado muy ocupado para ni siquiera llamar diciendo que vendrías tarde. —Lo dijo tan tranquila, pero Michael sabía que estaba enfadada, y con razón. Se había pasado—. Supongo que es por ese experimento que estáis preparando. ¿Cómo ha ido?

—Siento no haber llamado. Es que… Ella le puso una mano en el brazo. —No pasa nada. Pero la próxima vez…

—Te lo prometo. —Michael sonrió—. El experimento ha ido tal como me imaginaba, lo cual es una locura, porque la cosa era bastante radical. Todavía no me creo que haya sucedido. María se alegró sinceramente por él.

—Cuéntamelo. No en plan científico, claro, pero la idea general. Hazme un resumen del trabajo «radical» que ha hecho mi marido, para que pueda fardar con todas las brujas del súper.

Michael se echó a reír.

—Ya sabes que no puedes contarle nada a nadie. Ya te expliqué lo que eran los taquiones, ¿verdad?

—¿Esas cosas que van más rápido que la luz?

—Exacto. Además, hay una cosa que se llama relatividad y, sin entrar en muchos detalles, la ciencia sabe que, cuanto más te acercas a la velocidad de la luz, el tiempo va un poco más lento. Sigues avanzando en el tiempo pero, a medida que te acercas a la velocidad de la luz, parece que va más despacio, y cuando alcanzas la velocidad de la luz acaba

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deteniéndose. Y se ha demostrado con un experimento. Si calculas el tiempo que transcurre para alguien que está en tierra y alguien que va en un jet muy rápido, cuando el jet aterrice, el reloj que llevaba quien iba dentro estará ligeramente atrasado con respecto al de quien estaba en tierra.

»Ahora, imagina que vas más rápido que la velocidad de la luz. Es algo que no se había experimentado jamás, porque nunca había sido posible.

—Hasta que apareciste tú. —María sonrió.

—Cierto. Aunque las matemáticas ya demuestran que, si algo puede ir más rápido que la velocidad de la luz, también se puede retroceder en el tiempo.

María formó una T con las manos.

—Se acabó el tiempo. ¿Me estás diciendo que, si un avión mágico fuera más rápido que la velocidad de la luz, podría aterrizar antes de despegar?

Michael se encogió de hombros.

—Muy buena pregunta. Retrocediendo en el tiempo se producen todo tipo de paradojas. Por eso muchos científicos reputados pensaron que algo así no podía lograrse. Es como: si mato a mi abuelo antes de que nazca mi padre, ¿yo desaparezco, o eso ni siquiera es posible? Por desgracia, no lo sabemos. Intentamos averiguarlo en parte gracias a mi trabajo. Y, bueno, la gran hazaña de ayer fue que… estoy convencido de que fuimos testigos de algo que sí retrocedió en el tiempo. —Marcó una mínima separación entre el pulgar y el índice y dijo—: Retrocedió en el tiempo un poquitín.

María enarcó las cejas.

—¡Uau!

—Sí. Así reaccioné yo también.

—O sea que ya sabes que es posible. ¿Y ahora qué?

—Mi estudiante de posgrado, Josh, me preguntó lo mismo. A veces, estas teorías de física profunda nunca llegamos a saber cómo llevarlas a la práctica o beneficiarnos de ellas. Es algo que queda restringido al mundo de la ciencia y que muy pocas veces sirve para nada más. Pero Josh sugirió un experimento que estoy planteándome seriamente probar. A partir de un cable desprotegido que transporte tráfico de red, ver si podemos influir en algo de ese tráfico con los taquiones. Ese es el primer paso: ¿podrán esos

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taquiones salir y tocar algo de nuestro mundo? Con lo de «nuestro mundo» me refiero a las cosas que no van más rápido que la velocidad de la luz.

Aquello atrajo el interés de María. Antes de ser madre a tiempo completo, se había licenciado en informática, y estaba muy familiarizada con las redes informáticas.

—Si pudieras influir en los datos que pasan por el cable, ¿qué te impediría crear mensajes de correo electrónico falsos que vinieran literalmente del pasado?

Michael se dispuso a responder.

—Supongo que se podría…

Pero María estaba lanzada.

—O si un virus se hiciera con la contraseña de una cuenta bancaria, aunque cambiaran la contraseña, el virus podría retroceder en el tiempo hasta antes de que la cambiaran y vaciar la cuenta. Eso daría lugar a un nuevo tipo de virus que inutilizaría totalmente la criptografía cuántica. — María abrió unos ojos como platos y tomó la mano de Michael—. Mi amor —dijo en español—, es terrible. ¿Trabajas con expertos informáticos? ¿Cómo puede el software evitar un ataque antes de saber que está siendo atacado?

Percy gimoteó debajo de la mesa.

A Michael se le encogió el estómago. Su intención no había sido preocuparla. Intentó mitigar sus temores.

—No nos hemos acercado a nada parecido ni por asomo. Por ahora es todo teórico. Y sí, tenemos informáticos en el equipo y a la larga querremos experimentar con asuntos más prácticos, pero te prometo que, antes de que empecemos a aplicar algo de eso, pondremos las precauciones necesarias para evitar las situaciones de las que hablas, y probablemente muchas otras reservas que no se le han ocurrido a nadie. No obstante, ahora mismo estamos en una fase muy temprana, aprendiendo cuestiones básicas.

—Pero dijiste que el gobierno os financia. ¿Y si desean vuestro éxito para hacer cosas de esas? —Su voz transmitía preocupación—. Quizá ya hayan hecho planes. Para usar lo que habéis descubierto contra un enemigo al que ni conocemos.

—María, estamos hablando de partículas minúsculas que se desplazan por intervalos de tiempo inmedibles de tan pequeños. Dudo que alguien llegue a poder cambiar el pasado.

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—¿Por qué crees eso? —dijo María con tono retador.

Michael deseó no haberse metido con ella en camisas de once varas. Tenía que reconocer que el experimento en el que estaba trabajando podía tener implicaciones alarmantes, pero confiaba en poder asegurar que nada de aquello llegaría a pasar.

—Supongo que no sé seguro que no podamos cambiar el pasado — reconoció—. Pero, aunque pudiéramos, se tardarían años, incluso décadas, antes de siquiera empezar a plantearnos esas cosas.

—Mi amor —volvió a decir, apretándole la mano—: ¿Estás seguro de querer dedicarte a esto? ¿Por qué no vuelves a la enseñanza? ¿Por qué has pedido una excedencia de la docencia para dedicarte a la investigación? ¿De verdad que hay que resolver este problema? Me refiero a que… igual te ríes al oír lo que te digo, pero hablo en serio: el científico que construyó el Terminator estaba intentando mejorar una CPU. Es la ley de las consecuencias involuntarias: cuando abres la caja de Pandora, no sabes qué va a pasar. Esto podría acabar muy mal.

Felicia se despertó sobresaltada en el capazo y se puso a llorar. Michael se acercó la mano de María a los labios y le besó los nudillos. —Cariño, es tarde. Volvamos a la cama. Podemos hablar de esto

cuando no estemos tan cansados.

María se levantó, cogió a la bebé, le hizo una carantoña y la acurrucó contra su pecho.

—Piensa en lo que te he dicho. Si es por el dinero o algo así, ya nos apañaremos. Confío en ti, pero no me fío de esa gente con la que trabajas. Deben de tener motivos de peso para invertir tanto en tu éxito. Piensa en ello, ¿de acuerdo?

Michael asintió.

—Vale.

Y lo decía en serio. Lo que María le había dicho, lo último, le había dado que pensar. Los tipos de D. C. habían sido muy espléndidos con el presupuesto del proyecto. Incluso Herman lo había comentado. ¿Lo habrían sido si no pensaran en obtener un beneficio igual de espléndido para ellos?

Cuestionar la financiación era como mirarle el dentado a un caballo regalado. Pero María tenía razón: el gobierno no hacía nada porque sí.

¿Cuál era su objetivo?

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María sonreía a su hija mientras amasaba.

—Mija, pronto aprenderás también a hacer esto. ¿Qué te parece?

¿Crees que a tu papá le gustará encontrarse una pizza para cenar?

En los labios de Felicia se formó una burbuja de saliva que explotó de repente e hizo que la niña pusiera una graciosa cara de sorpresa.

—Estoy de acuerdo. Tu papá tiene que comer más. Está adelgazando demasiado.

Sonó el timbre y Percy se puso a ladrar. En ese momento era el hombre de la casa, y se tomaba su función muy en serio. María se limpió las manos con un paño de cocina y gritó:

—¡Ya voy!

Como se había criado en Colombia con un padre dedicado a luchar contra los cárteles del narcotráfico, había aprendido a muy temprana edad a no esperar lo mejor de la gente. Aquel era sin duda un camino directo a la destrucción. Así pues, cogió el cuchillo de filetear enfundado que siempre tenía a mano en la cocina y se lo guardó en la parte trasera de la cinturilla antes de dirigirse a la puerta de entrada. Por la mirilla vio a un hombre trajeado con una insignia en la solapa.

Percy seguía ladrando como loco, así que lo llevó a la salita y cerró la puerta. Ni mucho menos dejó de ladrar, pero el sonido quedó amortiguado. Para Percy, cualquiera que procediera de fuera de la propiedad suponía una amenaza, ya fuera el repartidor de periódicos o un empleado del gobierno trajeado como parecía el que estaba esperando.

Cuando María por fin abrió la puerta, vio dos sedanes en el camino de entrada, ambos con los cristales opacos. ¿Dos coches? ¿Para un visitante?

Miró al hombre, que estaba a dos pasos de la puerta. Llevaba gafas oscuras y parecía un agente federal, o por lo menos ese era el aspecto que tenían en la tele.

—¿Sí? —dijo ella.

—¿Señora Salomon? —El visitante sostuvo una cartera con unas credenciales que parecían oficiales—. Soy el agente Conway de la Agencia de Inteligencia de la Defensa. —Sacó un fajo de papeles y se los tendió—. Señora, tal como consta en este documento, estoy aquí en misión

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oficial. Hemos recibido amenazas creíbles contra su esposo relacionadas con la investigación que está haciendo en nombre de nuestro gobierno.

—¿Amenazas? —preguntó María mientras leía por encima el documento con el grabado en relieve. Estaba firmado por el director de una agencia que no reconocía—. ¿Qué tipo de amenazas?

—No puedo entrar en detalles, señora. —El agente Conway señaló a otro hombre que había aparecido al lado de uno de los vehículos—. Mi compañero y yo estamos aquí para llevarlas a usted y a su hija a un piso franco mientras las autoridades competentes rastrean y eliminan la amenaza.

María dio un paso hacia el interior de la casa con sensación de mareo. —¿Y mi marido?

—Mientras hablamos hay unos agentes camino de su oficina. A él también lo recogeremos. Su seguridad es nuestra principal preocupación.

—Voy a llamar a mi marido. —María sacó el teléfono del bolsillo y se dispuso a llamar a Michael, pero el aviso de «sin señal» destelló en el aparato. Era imposible. En casa siempre tenía plena cobertura. Pero ahora no había ninguna barra.

Se volvió hacia el agente y sacudió la cabeza con firmeza.

—No voy a ir a ninguna parte hasta que hable con mi marido. — Levantó el teléfono—. Lo cual significa que tendrán que esperar, porque ahora mismo no tengo cobertura…

De repente, un brazo fornido la cogió por detrás y le tapó la boca y la nariz con un trapo. Gritó y echó la cabeza hacia atrás, pero al inspirar, le embargó un olor dulzón. Los ladridos de Percy se fueron convirtiendo en un zumbido y notó que perdía el mundo de vista.

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CAPÍTULO SIETE

Michael reprimió un bostezo cuando Josh le tendió un grueso informe. Detallaba las actividades del proyecto de aquella semana, problemas encontrados y necesidades económicas. Veía borroso por falta de sueño, pero se obligó a abrir la carpeta y a pasar las páginas. Para su sorpresa, el informe de la semana estaba clasificado como «ALTO SECRETO» en todas y cada una de las páginas. Ya se había acostumbrado a ver aquellas marcas, pero era la primera vez que se encontraba un informe completo así, incluyendo lo que él consideraba «material aburrido».

Levantó la vista hacia Josh.

—Incluso la plantilla horaria es alto secreto. El gobierno no suelta prenda, ¿no?

—Desde luego. ¿Se ha fijado en las marcas de AER por todas partes? —Sí, también las he visto. Y ahora en vez de AER dicen AER-PM.

¿Qué es eso? Sé que AER significa Acceso Especial Requerido, pero no había visto nunca lo de PM.

—Bueno, no está mal. PM significa Proyecto Morpheus. Es el nombre en clave que el gobierno ha asignado a nuestros experimentos. Suena a Misión Imposible, ¿no le parece?

Las advertencias de María se reprodujeron en la mente de Michael.

«El gobierno quizá tenga planes al respecto».

«Es la ley de las consecuencias involuntarias, no sabes qué va a pasar cuando abres la caja de Pandora. Esto podría acabar muy mal».

No estaba tan entusiasmado con la participación del gobierno como unas semanas atrás.

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—No solo eso —comentó Josh—, porque nos están traspasando a una red segura. A partir de la semana que viene, ningún correo electrónico ni conversaciones sobre Morpheus se producirán fuera de las nuevas cuentas que nos están activando en algo llamado Jay Wicks.

—¿Jay Wicks?

—Es un acrónimo. J-W-I-C-S. Lo cierto es que ni siquiera sé qué significa, pero es evidente que la comunidad de inteligencia lo usa para transmitir contenido de alto secreto. Habrá formación y unos puertos de acceso especiales para que lo usemos. Estaremos en una red privada aislada.

Michael frunció el ceño.

—Pensaba que bastaba con los correos electrónicos con la extensión

.gov que usamos. Esto empieza a ser un coñazo.

—Lo siento. No dispare al mensajero.

—No, no te echo la culpa.

—Bien, porque hay una cosa más. —Josh señaló el documento—. Esa copia del informe está registrada específicamente para usted, lo cual significa que es responsable de ella. Oficialmente, no puede salir de este laboratorio. Cualquier movimiento de una copia oficial tiene que documentarse. Mucha burocracia e incluso quizá una empresa de mensajería segura, pero aún desconozco los detalles para el transporte. Supongo que deberá archivarlos en la bandeja de seguridad antes de salir del laboratorio.

Michael estuvo a punto de poner objeciones al respecto, pero se limitó a suspirar y dijo:

—De acuerdo. —Lo cierto era que debería habérselo esperado. Probablemente era una suerte haber disfrutado de mayor libertad durante tanto tiempo.

Antes de que Josh lo asaltara con más noticias irritantes, a Michael le sonó el teléfono y se lo acercó al oído.

—¿Diga?

—¿Profesor Salomon?

—Sí, ¿de parte?

—Señor, le llamo de la recepción de Jadwin Hall. Ha venido un tal agente Cross que dice que tiene que verle.

Michael se preguntó por qué los de seguridad querían verle.

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—Oh, de acuerdo. Enseguida bajo. —Colgó y se volvió hacia Josh—.

Tengo que marcharme.

—Pero el informe… hay que…

Michael miró a Josh con mala cara.

—Lo archivaré, profesor.

Michael bajó las escaleras de dos en dos hasta la planta principal preguntándose qué querría de él la policía del campus. ¿Se había producido algún robo en uno de los laboratorios? Pero, cuando llegó al vestíbulo, se dio cuenta de que no era un asunto del campus. El hombre que estaba en la recepción no era un agente universitario, sino de la policía municipal, e iba provisto del arma de mano y el uniforme reglamentarios.

—¿Profesor Salomon? —dijo el agente.

—Sí. ¿En qué puedo ayudarle?

—Señor, soy el agente Cross, de la policía de Princeton. Siento molestarle, pero mi sargento me ha enviado a buscarlo. Por lo que parece, se ha producido un incidente en su domicilio y debería ir allí cuanto antes.

—¿En mi casa? —A Michael se le agolparon los pensamientos en la cabeza—. ¿Le ha ocurrido algo a mi esposa? ¿A mi niña?

—Me han informado de que ninguna de las dos está en el domicilio. El sargento se ha limitado a pedirme que lo lleve allí para esclarecer el asunto. Lo siento, no dispongo de más información.

—Tengo que llamar a mi esposa —dijo Michael, sacando el teléfono. —Por supuesto. ¿Puede hacerlo de camino para allá? Me han pedido

que lo lleve lo antes posible. El coche patrulla está esperando fuera.

Michael apenas lo escuchaba.

—Claro, claro. —Siguió al agente mientras llamaba a María. La línea sonaba y sonaba, y al final saltó el contestador automático.

Le entraron náuseas. El único momento en que María no respondía era cuando estaba durmiendo. Volvió a probar una y otra vez y siempre volvía a saltar el contestador.

Mientras subía al asiento delantero de lo que parecía un coche patrulla relativamente nuevo, marcó otra vez y se maldijo por no haberles pedido nunca el teléfono a los vecinos. ¿Qué demonios habría pasado? ¿Dónde estaba María?

El agente puso el coche en marcha y se dispuso a salir del campus.

—¿Necesita la dirección? —preguntó Michael.

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El agente dio un toquecito a una pantalla de ordenador orientada hacia

él.

—La tengo aquí. Relájese. El sargento responderá a sus preguntas cuando lleguemos allí.

Michael recostó la cabeza en el asiento e intentó controlar la respiración. En esos momentos solo necesitaba la respuesta a una pregunta:

«¿Está bien mi familia?».

Alicia ocupaba su asiento habitual en el aula, al fondo a la izquierda. La clase era Neuro 516, una asignatura del posgrado de Neurociencia cuyo título completo era: «La base neuronal del comportamiento orientado a objetivos». Debería haber sido una de sus asignaturas preferidas, pero le parecía terriblemente repetitiva. Llevaba tres semanas escuchando a la profesora soltar el mismo rollo y no estaba aprendiendo nada.

«El cerebro no almacena mucha glucosa, que es su principal fuente de energía. Para activar las neuronas, los iones tienen que bombear por la membrana celular neuronal en ambas direcciones. La energía necesaria para que el bombeo se produzca procede de la glucosa y, a medida que se agota en la sangre, tiene que entrar más sangre y transportar así glucosa adicional. Todo este flujo sanguíneo se localiza a tres milímetros de la actividad neuronal. Los consumos de glucosa y el oxígeno cambian las propiedades de la sangre y ayudan a identificar regiones de actividad con el uso de una resonancia magnética funcional».

El aula era grande, y la voz de la profesora se emitía a través de unos altavoces de pared. A Alicia no le habría importado que alguien los apagara. La profesora hablaba con un tono monocorde y mecánico que hacía que le daba dolor de oídos. De hecho, el día anterior, después de clase, había ido a hablar con ella y le había preguntado por qué lo único que habían hecho hasta entonces era revisar la fisiología básica del cerebro.

—Hay que establecer una base común para todo el mundo antes de pasar a temas más avanzados —había dicho la profesora.

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Aquella respuesta había desesperado a Alicia. Era demasiado lista como para aceptar algo así, aunque era consciente de que poco podía hacer al respecto. Seguiría yendo a clase —se sentía obligada como mínimo a estar presente—, pero eso no significaba que tuviera que prestar atención a la repetición de material básico que ya dominaba. Y como sabía que la profesora solo establecía contacto visual con los alumnos de la primera fila, Alicia sacó la almohada cervical, se recostó y cerró los ojos.

Se había hartado.

El sonido de la voz de la profesora se fue apagando mientras la mente de Alicia divagaba hacia un lugar de su pasado: la ciudad de Lancaster. Su abuela adoptiva la había criado cerca de allí, en una comunidad amish situada en las afueras. El origen asiático de la chica la convertía en un miembro muy exótico de la comunidad amish, pero para ella había sido normal y siempre se había sentido bien acogida.

Ir a Lancaster siempre le había parecido un regalo, sobre todo ir a la biblioteca. ¡Cuántos libros! Además, allí había tenido su primera experiencia con un ordenador. Muchas primeras veces.

Pero ahora, mientras soñaba despierta, algo no iba bien. En el sueño, bajaba por North Duke Street en dirección a la biblioteca y más abajo había un agente de policía armado con lo que parecía un rifle de gran calibre con un cargador grande y una mira. Y, en el siguiente cruce, el de East Marion Street, había otro, equipado de un modo parecido, escudriñando la zona.

Pasaba al lado de un peatón con aspecto preocupado. El hombre agachaba la cabeza y seguía andando rápidamente hacia su destino.

Alicia continuaba hacia la biblioteca, pasaba por más cruces y encontraba más agentes de policía.

Algo no encajaba.

Al pasar junto al Ayuntamiento, veía su reflejo en el cristal tintado de uno de los coches aparcados en la calle. Se paraba y volvía a mirar. La persona del reflejo era ella y no lo era. La mujer que le devolvía la mirada era ella de mayor. Quizá con diez o quince años más. Tenía ojeras y una expresión turbada.

Alicia sentía un escalofrío mientras aceleraba el paso hacia la biblioteca. Sabía que había algo allí que tenía que consultar, pero no recordaba qué era.

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Al final, entraba en el edificio que tan bien conocía, pero allí también le parecía todo distinto. Había una multitud agolpada bajo el monitor situado junto a la salida, mirando las noticias. Un reportero con un micrófono intentaba alcanzar a un hombre que corría calle abajo con los ojos ocultos tras unas gafas oscuras.

—Doctor Sundenbach, se ha informado que los índices de criminalidad en el área metropolitana de D. C. se han reducido casi un cien por cien desde que emplean sus nuevos métodos de borrado de crímenes. ¿Cómo funciona el proyecto Morpheus?

El hombre hablaba sin bajar el ritmo.

—Si se lo dijera, los delincuentes sabrían cómo evitar el largo brazo de la ley. A mi departamento del gobierno se le ha encomendado que elimine el crimen tal como lo conocemos y, en colaboración con las mentes más destacadas del país, vamos por el buen camino. Ahora, si me disculpan…

El hombre subía a la parte trasera de un sedán y el coche desaparecía de la escena.

Alicia miraba el monitor junto con el resto de la gente de la biblioteca, confundida. Una mujer mayor que estaba a su lado susurraba a quien quisiera escuchar:

—Mi sobrino fue encarcelado por algo que solo había pensado en hacer. No había llegado a hacer nada.

Otros tantos asentían como si hubieran oído noticias similares.

—Es antinatural —declaraba alguien.

El reportero miraba ahora a la cámara.

—Era el esquivo doctor Sundenbach, de la Agencia de Inteligencia de la Defensa, el encargado de lo que se ha dado a conocer como «proyecto Morpheus». Los métodos empleados han generado una gran controversia, pero los resultados hablan por sí solos. Nos gustaría escuchar sus comentarios…

Alicia ahogó un grito al despertarse, sobresaltada. Los estudiantes ya habían empezado a salir del aula, la clase había terminado. Recogió sus cosas y las metió en la mochila de cualquier manera. Pero, al levantarse, le entró una sensación de vértigo. Tuvo que agarrarse al asiento porque pensaba que iba a desmayarse o a vomitar.

¿Qué había ocurrido?

Tenía recuerdos de cosas que…

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Miró a su alrededor y se le aceleró el corazón. Estaba en la universidad. ¿Cómo era posible? Se había graduado hacía catorce años…

Introdujo la mano en la mochila, sacó el pequeño neceser de maquillaje y se miró en el espejo.

Al verse la cara, decididamente pensó que iba a desmayarse. El mundo le daba vueltas. Inspiró hondo y espiró lentamente.

La chica del reflejo era su versión joven. Cuando iba a la universidad. ¿Qué era real? ¿Qué no lo era?

¿Era una estudiante de doctorado, o era la investigadora posdoctoral que había participado en lo que bien podría ser el peor error de la historia de la humanidad?

Fuera como fuera… tenía que ir a hablar con Michael.

Aún no se habría mudado a D. C. Probablemente siguiera siendo profesor en la universidad.

Cerró los ojos y el mundo dejó de inclinarse durante unos instantes. Recordó la disposición del campus. Estaba a diez minutos a pie de Jadwin Hall.

Pero ¿cómo podía abordarlo sin que pensara que había perdido la chaveta?

«Hola, profesor Salomon. No me conoce, pero dentro de diez años usted y yo nos liamos, unimos fuerzas y nos cargamos el mundo. Tenemos que hablar».

Sí. Probablemente no fuera la mejor forma de plantearlo.

—¿Te encuentras bien?

Alicia levantó la vista y vio a un estudiante agachado a su lado con expresión preocupada.

—Estoy bien. Estupendamente. Puedes marcharte.

El estudiante frunció el ceño y se marchó.

Volvió a respirar hondo y se irguió lentamente.

—Va a ser una conversación interesante —musitó al salir del aula.

Michael observó boquiabierto cómo el coche de policía en el que iba recibía permiso para pasar por la barrera que bloqueaba la calle donde

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vivía. Vio las luces intermitentes de un coche de bomberos y otros dos coches de policía, más un sedán que no reconocía aparcado junto a la casa.

En cuanto el agente paró el coche, Michael se apeó de un salto. Había cristales rotos por todas partes.

Se le acercó un hombre trajeado y con una insignia oficial en la cintura.

—¿Es usted Michael Salomon?

—Sí.

—Soy el inspector Connor, del departamento de policía de Princeton.

Como puede ver, ha habido un incidente.

Como la puerta del garaje estaba levantada, se veía que el coche de su esposa estaba allí, pero todas las cajas y papeles que solían estar ordenados en las estanterías estaban desperdigados por el suelo del garaje. Un bombero recorría el caótico interior, examinando la zona donde se encontraban la caldera y el calentador. Parecía que se hubiera producido una explosión.

—¿Dónde está mi esposa? —Michael quiso dirigirse a la puerta delantera.

—Señor. —El agente lo tomó del brazo y lo retuvo—. Aún no se permite la entrada. La brigada contraincendios está evaluando la situación. Pero sabemos que no hay nadie en la casa y que el perro está en el jardín trasero.

Michael cayó en la cuenta de que oía los ladridos de Percy por encima del ruido del motor del coche de bomberos.

—¿Qué ha ocurrido?

—La brigada contraincendios nos dará la versión oficial, pero me parece que se ha producido un escape de gas.

Michael olfateó el ambiente. Aparte del olor a gasoil del motor del coche de bomberos, que estaba al ralentí, no detectaba nada.

—No parece que haya habido un incendio, ¿no? Debería hablar con los vecinos. A lo mejor María ha ido a casa…

—Ya lo hemos comprobado y hemos evacuado toda la manzana. Ni su esposa ni su hija se encontraban en el radio de evacuación. Esperaba que ellas dos estuvieran en casa, ¿es así?

—¡Sí! —A Michael se le aceleró el corazón. ¿Adónde habría ido sin el coche?—. ¿El cochecito está en el salón? A lo mejor ha salido a pasear con la bebé.

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Uno de los bomberos salió de la casa y se encaminó hacia ellos. El inspector los presentó.

—Harry, te presento al señor Salomon, el propietario de la casa. Señor Salomon, le presento al teniente Kinzinger del cuerpo de bomberos de Princeton.

Kinzinger se quitó el casco y se secó el sudor de la cara. Asintió hacia Michael antes de dirigirse al inspector.

—No hay duda. Ha sido provocado.

—¿Cómo? —espetó Michael. A pesar del calor y de la humedad, notó un escalofrío—. ¿Que alguien lo ha hecho a propósito?

—Eso me temo, señor. Y ni siquiera han intentado disimularlo. Había una bombona de propano en medio de la cocina, y alguien había encendido unas cuantas velas en otra habitación. Pero está de suerte: aparte de destrozar casi todas las ventanas y, por supuesto, dejar el interior de la casa hecho un cisco, no ha habido ningún fuego duradero en la casa. Hay daños, pero no ha quedado irrecuperable.

Mientras hablaban, un sedán sin distintivos y provisto de una luz azul que destellaba en el salpicadero estacionó a unos seis metros.

—¿Puede el señor Salomon entrar sin riesgo? —preguntó el inspector

—. Se desconoce el paradero de su esposa y su hija, y quiere ver si está el cochecito.

—Claro. —Con un gesto, el bombero indicó a Michael que lo siguiera —. Pero no toque nada. La casa es segura, pero va a venir un equipo forense a ver qué huellas y otras pruebas pueden encontrar.

Al entrar en casa, Michael hundió las manos en los bolsillos. Estaba todo hecho un desastre, con quemaduras por todas partes, como si una bola de fuego hubiera cruzado el espacio, lo que quizá fuera lo que había pasado. Sin duda era un milagro que la vivienda no hubiera quedado reducida a cenizas.

Pasó por el vestíbulo y miró en el salón. El cochecito no estaba, lo cual le dio un atisbo de esperanza. Tal vez María hubiera salido a dar un largo paseo. Y cuando revisó el resto de la casa tampoco vio el cochecito en ningún sitio.

El piso de arriba estaba en mejor estado. Habían derribado los objetos de las estanterías y el televisor de pantalla plana montado en la pared yacía boca abajo en el suelo. Y, por supuesto, las ventanas estaban rotas, pero la estructura no estaba dañada. En cualquier caso, todas las estancias

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apestaban a humo y se tardaría bastante en conseguir que la casa volviera a ser habitable.

—¿Por qué nos habrán hecho esto? —preguntó al bajar las escaleras con el bombero. De repente, pensó en la posibilidad de que los autores fuera los asesinos de la familia de María.

—Señor Salomon, el equipo de forenses de la ciudad es de lo mejor que hay; confiemos en que averigüen algo.

Se oyeron los ladridos de Percy a través de las ventanas rotas de la parte trasera y Michael preguntó:

—¿Percy está bien? Me refiero al perro.

—Está bien. Parece que, cuando ocurrió, estaba fuera en el jardín. Pero no permite que ninguno de mis hombres se le acerque. No me extraña que esté asustado. —Habían llegado a la cocina y el bombero señaló hacia una barrera que habían dispuesto más allá de la puerta corredera de cristal que daba a fuera y que estaba hecha añicos—. Hemos puesto eso para que el perro no entre. Pero puede apartarlo.

Michael movió la barrera lo suficiente como para salir y llamó a Percy. El perro soltó un ladrido lastimero al doblar la esquina, levantando terrones de césped y tierra. El cachorro grandullón se abalanzó sobre Michael con sus treinta kilos y se puso a lamerlo como un poseso y a frotarlo con la nariz, gimiendo y soltando ladriditos como si intentara contarle lo ocurrido.

—Lo sé, chicarrón. Tenemos que encontrar a tu madre y a tu hermana. Michael señaló la correa de Percy, que seguía colgada de la pared. —¿Puedo coger la correa y sacarlo de aquí? Él se la tendió.

—Vayan por detrás. No quiero que se haga daño.

Michael sujetó la correa al collar de Percy y salieron por la puerta del jardín trasero. Dieron la vuelta hasta la parte delantera, adonde acababa de llegar una furgoneta. Percy meneó la cola sin saber muy bien cómo actuar ante tanta actividad inusual.

El inspector —cuyo nombre a Michael ya se le había olvidado— estaba hablando con un recién llegado que llevaba traje y gafas oscuras, pero se volvió al ver acercarse a Michael.

—¿Encontró el cochecito?

Michael negó con la cabeza.

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—No, así que quizá hayan salido a dar un paseo. Pero mi mujer no responde al teléfono, y eso es impropio de ella.

El hombre de las gafas oscuras habló:

—¿Y la familia? ¿Podría ser que hubieran venido a buscarla? —Su familia fue asesinada hace años, en Colombia. El inspector hizo un gesto hacia el hombre trajeado.

—Le presento al agente Glen Bernstein del… en fin, mejor que se presente él mismo.

Bernstein tendió a Michael una tarjeta de visita y le enseñó una insignia del gobierno.

—Profesor Salomon, soy del FBI, me han enviado desde la oficina de campo de Newark. Vamos a dar un pequeño paseo, si no le importa. Tengo que comentarle unos asuntos.

Percy emitió un fuerte gruñido hacia aquel hombre.

—Percy, tranquilo —dijo Michael mientras se disponían a alejarse de la casa.

El perro se serenó a regañadientes.

—Profesor Salomon…

—Llámeme Michael. Lo de profesor es más que nada para los alumnos.

—Sí, señor. Michael. Quizá no sea consciente de ello, pero distintas entidades gubernamentales participación en el proceso de autorización de su investigación. Como consecuencia de ello, hay un expediente del FBI sobre usted y sobre cada uno de los miembros de su equipo.

Michael no lo sabía y, si se lo hubieran notificado, habría puesto objeciones. Pero en ese momento no le pareció tan mala idea. Cualquier cosa que le ayudara a encontrar a su mujer y su hija.

—Hace poco más de una hora —prosiguió el agente— me han puesto al corriente sobre su equipo y las consideraciones de seguridad relacionadas con cada uno de sus miembros, incluido usted mismo.

—¿Consideraciones de seguridad?

—Sí, señor. No puedo ser más concreto, pero a usted, y a varias personas más, se les ha asignado un servicio de seguridad. Tengo un agente que será su sombra a partir de ahora, para asegurarse de que no vuelva a ocurrir nada como lo sucedido hoy.

Michael se quedó paralizado a medio paso. Se le puso la piel de gallina y le entraron náuseas.

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—¿Insinúa que…?

—Profesor… insinúo que creemos que su esposa ha sido secuestrada.

A Michael se le encogió el pecho. Sintió que le faltaba aire.

—¿Qué le hace pensar algo así?

El agente señaló hacia una farola.

—¿Ve ese tubo gris de ahí? Es una cámara. Como medida de seguridad, hace un tiempo que vigilamos su casa. Y esa cámara ha registrado un incidente esta mañana, unas horas después de que usted se marchara. Se lo enseñaré.

El hombre sacó el teléfono, dio un toquecito y giró la pantalla hacia Michael. Se veían imágenes de su casa, antes de que todas las ventanas reventaran. Dos coches paraban en el camino de entrada. Varios hombres trajeados se bajaban de ellos y unos cuantos desaparecían en el jardín trasero, mientras uno se acercaba a la puerta principal.

Su mujer abría la puerta y se producía una conversación. Y entonces Michael vio cómo sacaban a su mujer de la casa, aparentemente inconsciente, y la metían en uno de los coches. Otro hombre salía con Felicia en el capazo. En un abrir y cerrar de ojos, su familia había desaparecido.

Percy ladró y se le erizó el pelaje. El perro notaba el estado de conmoción de su amo. Probablemente estuviera emitiendo oleadas de miedo.

Miró desesperado al agente.

—¿Han rastreado los vehículos? Las matrículas se veían con claridad en el vídeo.

El agente asintió.

—Créame, estamos haciendo todo lo posible por encontrar a su familia. —Se guardó el móvil en el bolsillo—. ¿Alguien se ha puesto en contacto con usted sobre el proyecto en el que participa? ¿Le han hecho preguntas que le parecieran sospechosas?

Michael sintió que la cabeza le daba vueltas y, como temía caerse, se agachó para sentarse sobre los talones. Tenía el estómago encogido y vomitó en la acera.

Percy gimoteó y acercó la cara al costado de Michael.

Al cabo de unos instantes, oyó unos pasos y le ofrecieron una botella de agua.

—Tómese esto, señor. —El agente se había agachado a su lado.

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A Michael le costaba respirar. El mundo se balanceaba. Le ardía la garganta. Dio un sorbo de agua, se enjuagó la boca y la escupió.

—Profesor, entiendo lo duro que debe de ser esto para usted. Créame cuando le digo que tengo a un montón de gente trabajando para descubrir quién ha hecho esto. Pero necesitaremos su ayuda. ¿Alguien ha intentado hablar con usted sobre el trabajo que está realizando?

Michael negó con la cabeza.

—No. Nadie. —Miró al agente con expresión aterrada—. El padre de mi esposa era un agente de policía cuya misión consistía en neutralizar a miembros de un cártel de drogas en Colombia. La banda acabó matando a toda la familia de mi esposa. ¿Cree que podrían ser ellos?

El agente frunció el ceño unos instantes y resultó obvio que la información que Michael acababa de darle le era desconocida.

—Me aseguraré de que nuestra gente sea informada de esos eventos y de que realicen un seguimiento. Sin embargo, en relación con su trabajo, si alguien se pone en contacto con usted en el sentido que sea, o si le hacen preguntas que parezcan fuera de lugar, infórmenos inmediatamente. Eso podría darnos pistas que nos ayuden a localizar a su mujer y su hija.

Michael lanzó una mirada al agente.

—¿Cree que se pondrán en contacto conmigo?

El hombre asintió.

—Eso creemos.

Otro sedán sin distintivos aparcó a unos seis metros y el conductor salió y se les acercó. El agente Bernstein ayudó a Michael a levantarse y le presentó al recién llegado.

—Profesor Salomon, le presento al agente Nick Cole. Lo llevará de vuelta al laboratorio mientras gestiono su alojamiento provisional. ¿Necesita algo más de mí antes de marcharse? ¿Alguna pregunta?

—¿Que si necesito algo? —Michael se secó las lágrimas y soltó una risotada de amargura—. Necesito matar a quien le ha hecho esto a mi familia. Eso es lo que necesito.

Bernstein le dio una palmada en el hombro y luego se volvió hacia el agente Cole.

—Todo tuyo, Nick.

Michael se secó la cara y cogió la correa de Percy; luego, siguió al agente Cole a su coche. Cole pareció comprensivo y abrió la puerta del

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copiloto para Michael y la puerta trasera para Percy. Michael se centró en su respiración al entrar en el vehículo.

Cuando se dio la vuelta para mirar la casa, fue incapaz de quitarse de la cabeza la imagen de su esposa sacada de ella a rastras.

Michael sintió que le embargaba una rabia irrefrenable. Respiró hondo y exhaló lentamente.

En ese momento no podía hacer nada.

Necesitaba centrarse.

Solo habían pasado un par de horas.

El FBI llevaba el caso.

El agente Cole se puso al volante, encendió el motor y salió despacio por donde había venido.

De vuelta al laboratorio.

De vuelta al proyecto Morpheus.

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CAPÍTULO OCHO

En el campus soplaba una fresca brisa otoñal. Michael y unos cuantos científicos más del proyecto que se habían congregado en la entrada del edificio observaban los ocho coches de policía con las luces giratorias encendidas aparcados delante.

—No lo entiendo —dijo Michael a los agentes del FBI que habían estado esperándolos en la puerta—. ¿Ni siquiera podemos ir con nuestros coches?

Percy movía las orejas mientras miraba los distintos rostros, captando con su olfato todos los olores nuevos del ambiente. El perro se había portado muy bien en el laboratorio, sobre todo teniendo en cuenta la experiencia traumática por la que había pasado.

El agente al mando negó con la cabeza.

—Señor, seguimos el protocolo. Como parte de las medidas de seguridad, destinadas a su protección, usted y sus científicos van a ser trasladados a un hotel que dispone de toda la vigilancia necesaria para su estancia. Todas las habitaciones están en el mismo edificio y habrá agentes apostados las veinticuatro horas del día.

—Pero ¿y nuestros coches? —preguntó uno de los científicos—. ¿Tenemos que dejarlos aquí?

—Llevarán sus coches al hotel hoy mismo, con escolta policial. Está a unos dos kilómetros del campus. Pero a partir de entonces dispondrán de un servicio de traslado entre el hotel y el laboratorio.

—¿Cuánto tiempo va a durar esta situación? —preguntó otro científico —. Tengo mujer e hijos. Estoy de acuerdo con las medidas de seguridad,

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teniendo en cuenta lo que le ha ocurrido a la familia del profesor Salomon, pero esto no es sostenible a largo plazo, chicos.

—Comprendemos su preocupación. Hay agentes uniformados vigilando sus casas y a sus familias, y hacemos todo lo posible por minimizar las interferencias con sus vidas. Les aseguro que todo esto es temporal. En cuanto se identifique la amenaza y se gestione, la situación volverá a la normalidad.

—Pero qué pasa con…

—Basta ya —espetó el agente, levantando la palma de la mano—. Esto no es un referéndum a favor o en contra de estas medidas. Todos ustedes están bajo amenaza y todo esto es para protegerlos a ustedes y a sus familias. Procuraremos que sea lo más cómodo posible para todos, pero la situación es la que es. Esperemos que dure el menor tiempo posible.

Michael se propuso dar ejemplo. Se dirigió a los demás.

—Bueno, chicos, nos vemos en el hotel. Podemos liberar nuestra frustración durante la cena. La factura corre a cuenta del FBI.

Se dirigió a su coche y colocó a Percy en el asiento trasero, pero para cuando se hubo sentado al volante ya había saltado al delantero. El perro estaba muy ocupado olisqueándolo todo.

—¿Olores nuevos, Percy? Supongo que es porque siempre vas en el coche de mamá.

El cachorro gimoteó y rascó la guantera.

—Para ya. Este coche es relativamente nuevo. No lo arañes, por favor. Percy bajó las orejas, volvió a olfatear el salpicadero y volvió a rascar

la guantera.

—Percy, ahí dentro no hay nada. —Michael se inclinó y la abrió. Lo único que contenía eran los manuales y la documentación del coche—. ¿Lo ves?

El cachorro tocó el contenido con la pata y lo desparramó por el suelo del coche.

—Percy, jolín. Vete atrás, ¿vale? La estás liando. —Cogió los manuales y los documentos y los metió de cualquier manera en la guantera. Al hacerlo, se fijó en una tarjeta de visita.

De repente le asaltó una abrumadora sensación de déjà vu. Un recuerdo que estaba grabado en su mente. Un recuerdo de ese mismo día. Pero…

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Era como si saboreara el olor de la hierba recién cortada de su vecino al salir de casa por la mañana.

Notó el cálido abrazo de María cuando le dio un beso en las escaleras de entrada con la bebé en un brazo y Percy a sus pies.

De nuevo sintió el miedo y el dolor que le embargaron cuando se enteró de que habían secuestrado a su familia.

Y ahora, al final de la jornada, al final de ese primer día, veía la tarjeta de visita.

La tarjeta de visita que lo había cambiado todo.

Cuando se dispuso a coger aquella tarjeta blanca, volvió a experimentar el horror de ver una uña pegada con celo en el dorso.

La uña decorada de María.

No cabía la menor duda de que era de ella. La había visto innumerables veces colocar aquellos tres diamantes diminutos con cuidado en la capa superior de su manicura. Cada uno representaba a un miembro de su familia asesinada en Colombia.

En la tarjeta había una advertencia escrita a mano.

«Confía en ellos. Por el bien de tus seres queridos».

Michael se desesperó al verse caminando por un parque desconocido desde el que se veía el monumento a Washington. Alguien de entre la multitud chocó con él y dejó caer otra tarjeta de visita.

La cogió.

En ella había dos uñas. Una de María… y otra más pequeña. Diminuta.

Debía de ser de Felicia.

«Esperan que termines tu trabajo».

Más recuerdos inundaron sus sentidos. Recuerdos de cosas que nunca habían sucedido pero que eran muy vívidos, tan detallados que estaba convencido de haberlos vivido.

De repente, se le pasó esa sensación. Volvía a estar en el coche, mirando la tarjeta de visita en el suelo del vehículo.

Pensaba que sería la misma tarjeta que había visto en su «recuerdo». Pero era diferente. La tarjeta que acababa de ver con la uña en el dorso no tenía ninguna marca. En esta, en cambio, había un logo en forma de

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pirámide, con un ojo en el centro. Le recordó a la pirámide que había visto antes en el reverso de los billetes de dólar.

Recordó haber oído que se llamaba el Ojo de la Providencia.

Con mano temblorosa, se agachó para coger la tarjeta. Respiró hondo y, temiéndose lo peor, le dio la vuelta.

Encontró un mechón de pelo oscuro sujeto con celo.

Se lo acercó a la nariz. Distinguió claramente la fragancia del champú de lavanda de María.

Detrás del mechón había cinco palabras:

«No te fíes de ellos».

Era la letra de María.

En ese momento alguien llamó a la ventanilla del lado de Michael y le dio tal susto que soltó la tarjeta. Había un agente y Michael bajó la ventanilla.

—¿Profesor? Le estamos esperando.

—Oh, cierto. Perdone, me he distraído.

Michael subió la ventanilla, salió marcha atrás de la plaza de aparcamiento y se sumó a la fila de coches que supuestamente iban al piso franco.

«No te fíes de ellos».

Le parecía poder oír a María diciendo esas palabras.

¿Qué significaba aquello?

¿Acaso María había dejado aquel mensaje antes de que la secuestraran?

¿Cómo? Y si era el caso, ¿por qué dejarle un mechón?

En cierto modo, el mechón de cabello era mucho menos siniestro que lo que se había encontrado pegado en la tarjeta de su recuerdo. O su visión. Fuera lo que fuera.

Cuando giró a la derecha en Washington Road con la mitad de la escolta policial detrás, sujetó con fuerza el volante. No tenía sentido que María hubiera dejado aquella nota en el coche. No podía saber con antelación que la secuestrarían. Entonces, ¿quién? ¿Los secuestradores?

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Pero ¿por qué?

—Percy, ¿qué significa todo esto?

El cachorro ladeó la cabeza con expresión confundida.

—Sí, yo tampoco lo sé. Me siento como si me estuvieran comunicando algo importante… pero no entiendo qué se supone que tengo que hacer con la información.

Mientras conducía, Michael alargó la mano entre sus piernas y recuperó la tarjeta. Volvió a olfatear el cabello de María y no detectó ningún rastro de humo. Durante unos instantes pensó que alguien había recogido cabellos de su cepillo en la casa después de la explosión. Pero esa suposición quedaba descartada porque no había ni rastro de humo.

Volvió a imaginarse a María escribiendo en el reverso de la tarjeta de visita y pegando un mechón de su cabello. No tenía sentido, pero ya nada lo tenía. ¿Intentaba advertirle? ¿Aun sabiendo que otras personas podían encontrar la advertencia?

¿Y qué simbolizaba el logo en forma de pirámide?

Tenía muchos interrogantes y ninguna respuesta. Su esposa y su hija lo necesitaban y él les estaba fallando estrepitosamente.

Alicia estaba detrás de unos árboles en el exterior del edificio Frick de Química, observando a una comitiva de coches policiales salir del campus. Hizo zoom con el móvil sobre el vehículo que cerraba la marcha. La calidad de la imagen dejaba mucho que desear, pero reconoció el perfil de Michael y sintió una punzada de angustia.

Qué extraño era todo aquello. Para el resto del mundo, era una estudiante de posgrado de veintidós años con toda la vida por delante, pero ella se sentía mucho mayor. Había visto el futuro y sabía que, a pesar de todas las normas, se había permitido —¿se permitiría?— enamorarse de un hombre mayor. Un miembro veterano de un proyecto en el que había participado cuando su equipo de investigación se había unido al de él.

Michael siempre había temido lo que podía hacerse con su investigación. Ella había sido la tonta que no había sido capaz de verlo venir.

Él tenía razón. El gobierno los había traicionado a todos.

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Y ahora esa versión anterior de sí misma, junto con su versión joven, tenía la misión de deshacer lo que se había hecho.

No obstante, había enormes lagunas en su memoria, no todo se había traspasado. Recordó que en el futuro podrían hacer que los recuerdos de una persona viajaran por el tiempo y el espacio… pero no recordaba cómo, ni siquiera cuál era el mecanismo.

Y al ver desaparecer el coche de Michael se dio cuenta del gran problema en el que estaba metida. Del gran problema en que estaban todos. Aún tardaría una década en suceder, pero ocurriría. Había ocurrido. Quizá no recordara los detalles de su investigación, pero sí que recordaba los eventos fundamentales de lo que le había ocurrido a ella.

Primero fue la traición del gobierno.

Luego, el tiempo pasado confinada en solitario.

Y luego la huida. Y, con ayuda, Alicia había urdido un plan para deshacer lo que había hecho.

Lo que ella y Michael habían hecho.

Pero Michael… no tenía ni idea de todo aquello. Aún no.

Alicia apretó los dientes, frustrada. No es que hubiera cosas que no recordaba, era peor, porque era consciente de las lagunas que tenía. Era como saber que te sabes el alfabeto, pero ser incapaz de recitarlo. Los recuerdos estaban ahí, pero las vías que conducían a ellos aún no se habían formado. No se habían transferido con el resto.

Pero Michael… lo recordaba. Con viveza. Y eso también le resultaba doloroso. Se suponía que iban a casarse, pero sucedió algo.

Algo…

Tuvo la sensación de estar perdiendo la cabeza.

Necesitaba verlo. Pronto.

Michael estaba paseando a Percy, que tiraba de la correa. El campus presentaba una nueva multitud de olores de los que disfrutar y se lo estaba pasando en grande.

Michael no. Habían pasado cuatro días desde la explosión en su casa y el FBI no había descubierto nada. No tenía ninguna noticia de María ni de

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Felicia. Nada.

Y el hecho de que un guardaespaldas lo siguiera a sol y a sombra empeoraba la situación. No siempre era el mismo tipo, pero tenía protección las veinticuatro horas del día. Los otros miembros de su equipo estaban incluso más molestos, sobre todo los que tenían familia. Era comprensible que les enojara estar separados de cónyuges e hijos sin fecha límite a la vista. Lo cierto era que probablemente no faltara mucho para que se produjera una especie de revuelta si la situación se prolongaba.

De repente, Michael se volvió hacia el agente que lo seguía.

—¿Es normal que tarden tanto en rastrear a alguien? Tienen un vídeo de esa gente, matrículas. Han pasado cuatro días.

El agente se mostró pesaroso, aunque aquello no fuera culpa suya. —Estoy convencido de que el AEC se pondrá en contacto con usted en

cuanto sepan algo.

—¿El AEC?

—Agente Especial a Cargo. El agente Bernstein. ¿Quiere que llame a ver si hay alguna novedad?

—Sí, por favor. —Michael sabía que era inútil, pero se le estaba acabando la paciencia. Su mujer estaba en algún sitio pasando por vete a saber qué infierno.

—Entiendo lo duro que todo esto es para usted, profesor. Todo el mundo hace lo que puede.

«Que no parece gran cosa», pensó Michael.

Una ardilla pasó corriendo y Percy ladró y tiró de la correa. Michael lo retuvo.

—Estate quieto, Percy. Doña Cascanueces no quiere jugar contigo.

Le habían dado la opción de dejar a Percy en el hotel, pero pensó que si se lo llevaba tendría una excusa para salir de paseo. Necesitaba esos momentos para despejarse, para tener tiempo para pensar. Seguía teniendo a un agente con él, pero lo dejaba en paz. Los guardaespaldas nunca le hablaban a menos que él se dirigiera a ellos.

Al regresar desde el laboratorio Frick de Química a Jadwin Hall, Michael pensó por enésima vez en la tarjeta que había encontrado en la guantera. No le cabía la menor duda de que el mechón de pelo era de María, pero seguía sin tener ni idea del significado del mensaje. Ni siquiera era un mensaje nuevo. Era la misma advertencia que María le había hecho con anterioridad.

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No se lo había contado al FBI. Ni siquiera sabía por qué. Por algo, por instinto, sabía que se lo tenía que guardar. El FBI ya tenía pistas, que tenían que seguir antes de que los distrajera con otra cosa.

Confiaba en no haberse equivocado al tomar aquella decisión.

Cuando llegaron a Jadwin Hall, Josh acababa de salir. Los vio y saludó a Percy con cariño.

—¡Hola, Percy! ¿Qué tal está el cachorro grandullón?

Michael rio al darse cuenta de que tenía menos seguidores que su perro.

—¿Qué tal todo, Josh?

Josh miró nervioso a su alrededor para asegurarse de que nadie los oía. —Tal vez en unas horas tengamos suficientes taquiones para el haz

que pidió —susurró—. ¿Quiere echar un último vistazo al montaje? Michael asintió.

—Vamos allá.

Michael atisbó por la ventana de la cámara de vacío. En el interior se veía, extendido, un cable de cobre sin revestimiento, y por una pared entraba la parte revestida de un cable de red ethernet estándar.

Josh señaló hacia la hilera de ordenadores a la que estaba conectado.

—Es un cable twinaxial de 100 G con tráfico de doble sentido. Tenemos un transmisor en un extremo y una captura de tráfico de Wireshark en el otro.

—¿La señal es coherente tal como está ahora? Me preocupa tener tal cantidad de cable desprotegido en esa cámara. ¿Hemos comprobado que las trazas de los paquetes no muestran incongruencias en la transmisión?

—La señal parece totalmente limpia. Estamos en buena forma. Estamos esperando recoger el resto de los taquiones y luego creo que podremos ponerlo en marcha.

—¿Dices que faltan unas horas?

Josh comprobó el monitor.

—Ahora, tal vez solo una o dos horas más.

—Entonces Percy tiene tiempo de acabar el paseo. Hay una ardilla por ahí fuera a la que quiere conocer.

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Percy ladró al oír la palabra «paseo» y varios de los ingenieros del laboratorio levantaron la vista. Resultaba extraño tener allí a un perro, pero todos estaban encantados con él.

Michael buscó al agente que había entrado con él. Normalmente el guardaespaldas de turno se sentaba en la entrada del laboratorio, pero no estaba allí. No es que Michael se quejara. Por una vez podía salir del edificio sin escolta… aparte de Percy, claro está.

Cuando salieron del Jadwin Hall y cruzaron la zona de césped, Percy meneaba la cola con furia.

—Tienes toda la razón, Percy. Tú y yo solos estamos mejor.

Incluso, al decirlo, Michael sintió una punzada de culpa. Aquellos agentes del FBI solo intentaban evitar que lo secuestraran también a él. Pero en el fondo de su mente se preguntaba si no prefería que lo secuestraran. Porque eso significaría volver a ver a María y a Felicia.

Tal vez fueran ilusiones.

No, seguro que eran ilusiones.

—¿Profesor Salomon?

Se volvió y vio a una estudiante correr hacia él. Era menuda, de origen asiático, parecía una alumna de último curso o de posgrado de aspecto juvenil.

—¿Sí? —dijo.

Se paró delante de él y se lo quedó mirando, como si de repente se hubiera quedado sin habla.

Percy tiraba de la correa, por lo que Michael lo siguió e hizo un gesto con la mano a la chica.

—Si quieres hablar, tendremos que ir a donde quiera el pastor alemán.

—¿Es Percy? —preguntó la chica, asombrada.

—Sí. ¿Cómo sabes cómo se llama?

La chica vaciló.

—Supongo que lo habré oído en algún sitio.

La chica tenía algo raro. Y, si bien no era de extrañar que una estudiante desconocida supiera quién era él, ¿cómo podía ser que también supiera el nombre del perro?

Michael se volvió para colocarse de cara a la chica.

—Lo siento, señorita. ¿Puedo ayudarla en algo?

De repente, a la joven se le empañaron los ojos y se puso roja. —Señorita, ¿se encuentra bien?

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—Michael, soy…

—Profesor Salomon, por favor.

—Por supuesto. Lo siento, es que, sé que no va a creerme. Es una locura.

El sol se reflejaba en la cadena de oro que llevaba la joven y le llamó la atención. Llevaba un colgante… que representaba una pirámide con un ojo imperturbable.

El Ojo de la Providencia. El mismo símbolo que aparecía en la tarjeta de visita.

—Mich… Profesor —volvió a empezar la joven—, estoy aquí para advertirle acerca del proyecto Morpheus. Tiene que parar. O los dos acabaremos destruyendo el mundo.

El profesor retrocedió dos pasos.

¿Cómo podía ella haber siquiera oído hablar del proyecto Morpheus? Sintió un gran recelo.

—¿Quién le ha dicho que hable conmigo?

Ella se le acercó más, con el rostro surcado de lágrimas.

—Me llamo Alicia Yoder. No va a creerme, pero dentro de diez años usted y yo trabajaremos juntos en el proyecto Morpheus. Yo soy la encargada del proceso de externalización de la memoria y usted, de la capacidad de enviar cosas más allá de los límites del tiempo y el espacio. Juntos abocaremos al mundo al desastre. Y por eso estoy aquí. Tenemos que detener esto antes de que se nos escape de las manos.

—¿Externalización de la memoria?

—Aún no podemos hacerlo, pero he encontrado la manera. O la encontraré. —Alicia se secó la cara—. Me mira como si estuviera loca, y tiene todos los motivos del mundo para creerlo, pero le juro que no lo estoy. Incluso ahora estoy realizando experimentos con ultrasonidos en el Instituto de Neurociencia. Cojo ratones genéticamente idénticos, adiestro a uno para que vaya por un laberinto, y luego busco la forma de transferir ese adiestramiento al que no ha aprendido. Y lo he conseguido. El segundo ratón va igual de bien por el laberinto que su gemelo, aunque nunca antes haya estado en él. Y esto no es más que el comienzo. A la larga podré recoger recuerdos y convertirlos en datagramas transmisibles.

Michael no daba crédito a sus oídos.

—Si puedes coger un recuerdo y convertirlo en datos… Alicia se puso a llorar otra vez.

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—Podrá coger esos recuerdos y enviarlos al pasado.

Michael se dio cuenta de que estaba boquiabierto, y cerró la boca. ¿Qué acababa de decir la chica?

«Dentro de diez años usted y yo trabajaremos juntos en el proyecto Morpheus».

Si lo que decía era cierto, entonces, una versión futura de ella le había enviado una señal… retrocediendo en el tiempo.

Recordó la visión extraña y lúcida que había tenido justo antes del nacimiento de Felicia. Un recuerdo de él mismo contemplando la lápida de la niña. Un recuerdo de la vida sin María. Una vida en solitario.

Le entró un mareo, se agachó y rodeó con el brazo a Percy, que gimoteaba de preocupación.

¿Se había enviado a sí mismo una advertencia sobre la muerte inminente de la bebé? ¿Era posible?

—Michael, viene alguien.

Levantó la vista y vio a un agente corriendo hacia él.

Alicia sostuvo su teléfono en alto.

—Rápido, haga una foto de mi información de contacto y llámeme.

Tenemos que hablar.

Sacó el teléfono e hizo una foto del número de ella. Alicia se marchó justo antes de que llegara el agente, con una expresión no especialmente contenta.

Antes de que pudiera articular palabra, Michael preguntó inocentemente:

—¿Por casualidad llevas una bolsita para las cacas?

El agente bajó la mirada hacia el regalito recién dejado por Percy.

Negó con la cabeza.

—Bueno, entonces tendré que recogerlo luego, si es que sigue aquí. — Se dispuso a regresar al Jadwin Hall—. Tengo que supervisar un experimento.

Caminó con determinación, pues no quería que el agente pensara que había algo raro y empezara a hacer preguntas. Pero de repente se sintió angustiado. Había mucho en juego en aquel experimento. Si resultaba prometedor, habría otro día, otra semana, otro mes o incluso otro año de investigación. Si no, quizá fuera el comienzo del fin del proyecto.

Pero no era eso lo que lo angustiaba.

No temía que el experimento fracasara.

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Lo que le preocupaba era qué pasaría si el experimento tenía éxito.

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CAPÍTULO NUEVE

Alicia se despertó sobresaltada al oír que alguien pisaba la arena que había esparcido al pie de la puerta de su habitación de la residencia Whitman… un truco que su padre le había enseñado hacía años. Eran las tres de la mañana, mucho más tarde de la hora a la que los estudiantes solían dejar de pulular por allí. La habitación estaba totalmente a oscuras gracias a la cartulina que había pegado a la ventana. Alargó la mano hasta la mesita y cogió la linterna que su padre le había regalado para su primer año de carrera.

Su padre era agente de una entidad del gobierno que se negaba a nombrar, y le había inculcado la paranoia de la precaución. Siempre le había parecido ridículo, o cuando menos inútil, pero ahora, sabiendo lo que podía pasar en el mundo dentro de unos años, había cambiado de idea.

Oyó otro paso sobre la arena y luego nada. Había alguien al otro lado de la puerta de su habitación y su instinto le decía a gritos que aquello no tenía nada de normal.

Con un movimiento ágil, Alicia colocó el dedo sobre el lector biométrico de la linterna y bajó las piernas de la cama con un balanceo. Cuando el engaste de la linterna se calentó sin emitir luz alguna, notó el olor a metal caliente. Al acercarse a la puerta, descalza, oyó el tenue crujido de alguien al otro lado de la puerta.

Había reproducido aquella escena en su cabeza desde que le habían entregado aquella linterna para defenderse de posibles agresores. Se trataba en realidad de un arma oculta. Oculta a propósito, porque en Nueva Jersey era ilegal llevar un objeto así, y además no estaba permitido en el campus.

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Retrocedió y se hizo a un lado, esperando, aguzando el oído… y preguntándose si sus sentidos le estaban jugando una mala pasada.

De repente, la cerradura hizo clic, la puerta se abrió y dos siluetas oscuras entraron rápidamente.

Alicia atacó por detrás.

El primer intruso recibió un golpetazo en la nuca con la linterna, que le hizo emitir un crujido y un chisporroteo. Cuando se desplomó, su compañero se dio la vuelta para situarse frente a ella y ella le propinó una patada lateral en el pecho. El hombre gruñó al recibir de lleno el impacto, que lo hizo retroceder dos pasos, pero sonrió apuntándola con algo parecido a una lata de espray.

La lata despidió una nube. Alicia se agachó por debajo e intentó hacerle un barrido de piernas al hombre. Pero estaba preparado, por lo que ella se abalanzó con la parte delantera de la linterna candente por delante y lo golpeó en el mentón.

Para su sorpresa, el metal penetró en la piel de debajo de la mandíbula de su agresor y le atravesó la cabeza. El ambiente se llenó de un repugnante olor a piel quemada y a algo dulzón.

Alicia se tambaleó hacia atrás y se le cayó la linterna. Por un momento perdió la noción del tiempo, pero enseguida se dio cuenta de que estaba estirada en el suelo. Fue retrocediendo como pudo hasta chocar con la pared del fondo de la habitación.

Tenía el estómago revuelto. Debía de haber inspirado algo de la sustancia con la que la habían rociado.

Veía la silueta oscura de los dos hombres extendidos en la pequeña habitación. No se movían. El segundo estaba muerto; sin embargo, lo más probable era que el primero solo estuviera inconsciente.

Aunque se sentía desorientada y mareada, se trasladó a la cama, cogió el móvil e hizo una llamada que nunca imaginó que haría.

El teléfono sonó dos veces antes de que oyera una voz masculina familiar en el otro extremo:

—¿Diga?

—Papá, te necesito. Ha pasado algo muy malo.

—¿Dónde estás?

—En mi habitación de la residencia. Han entrado dos hombres y me han agredido. Uno tenía una especie de espray que supongo que era para noquearme.

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—¿Ahora dónde están?

—Siguen aquí. He matado a uno. Al otro lo he dejado fuera de combate pero no sé por cuánto tiempo. Creo que me he desmayado un momento por efecto del espray. Tengo miedo, papá.

—Alicia, escucha bien lo que voy a decirte: sal de la habitación sin hacer ruido. No corras, sal tranquilamente de la residencia y escóndete. Ahora mismo no estoy en Estados Unidos, pero voy a regresar. Voy a ponerte en espera, haré unas llamadas y volveremos a hablar. Mantente a la escucha, pero sal ya.

Alicia se vistió rápidamente y salió de la habitación a paso ligero, bajó las escaleras del final del pasillo y salió del edificio. No sabía muy bien adónde ir, le bastaba con alejarse de aquellos hombres. Caminaba evitando las farolas y no se separó el teléfono del oído en ningún momento.

De repente se dio cuenta de que, a pesar de todo lo que acababa de suceder, no le había faltado la respiración, ni se le había acelerado el corazón. Mentalmente estaba muy asustada, pero esa reacción no se había extendido a su cuerpo. Era casi como si su futuro ser guiara a su versión más joven de forma remota.

—¿Alicia?

—Sí —susurró.

—Tengo en línea a un amigo que se llama Brice. Le he contado lo ocurrido.

—Papá, tengo que decirte más cosas.

—Cariño, vamos por pasos. Brice, adelante.

—¿Alicia? —El hombre tenía una voz más aguda que la de su padre y sonaba cansado.

—¿Sí?

—Sé lo asustada que debes de estar. Te lo pondré lo más fácil posible. Tengo gente a punto de llegar al campus. Van a encargarse de lo que haya pasado en tu habitación, sea lo que sea. Mantente alejada de allí diez minutos y lo resolverán todo. ¿Entendido?

—Sí. Pero ¿y si hay más?

—Entiendo tu inquietud y nos encargaremos de ello. Lo primero es lo primero. Necesitamos identificar a quien te atacó para calibrar mejor el riesgo que corres. Han ido a por ti por algún motivo. Tenemos que entender qué motivo es ese.

Alicia hizo una mueca.

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—Creo que lo sé.

—Alicia, deja que Brice investigue. Actuaremos a partir de ahí. —Su padre habló enfatizando sus palabras, como si le estuviera haciendo una advertencia clara—. Brice, tengo media hora antes de llegar a la pista y embarcar. Yo le haré las preguntas. Tú, a lo tuyo, y ya hablaremos antes de que despegue.

—Entendido. —Se oyó un clic en la línea, que debió de ser Brice al colgar, porque entonces fue cuando habló el padre de Alicia:

—¿Qué quieres decir con eso de que sabes por qué iban a por ti? —Papá, no te lo vas a creer, pero no estoy loca. De repente tengo

recuerdos de dentro de catorce años… y creo que hay gente en el futuro que intenta matarme aquí y ahora. No quieren que altere sus planes.

Oyó a su padre respirar hondo y luego exhalar lentamente. Acto seguido, habló con una voz sorprendentemente calmada teniendo en cuenta lo que le acababa de decir.

—Me parece que voy a necesitar unas cuantas explicaciones más para saber cómo responder a eso. Explícame qué crees que está pasando. Y empieza por el principio.

El padre de Alicia subió las escaleras de un jet militar gris sin distintivos cuyos motores atronaban en la pista.

—Brice —gritó por encima del ruido—, no me lo puedo creer.

—Pues créetelo, Levi. Los dos eran agentes del FBI y los dos están muertos. Lo que Alicia usó ha causado una carnicería. A uno de ellos ni siquiera podrán exponerlo en el ataúd abierto. El otro ha muerto de un golpe en la nuca. Sospechan que se ha tratado de una separación entre las vértebras C2 y C3. He escaneado el intercambio de mensajes de correo electrónico de ambos agentes durante el último mes y no aparece nada sobre Alicia.

—¿Entonces, qué demonios hacían en la facultad de mi hija, entrando de esa manera en su habitación a las tantas de la noche?

—La verdad es que esto apesta. No sé. Nuestros hombres van a enviarme el espray a D. C. y haré unas pruebas, pero dicen que en la etiqueta pone sevoflurano. Es un anestésico potente.

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—Ya sé lo que es, Brice. Hace años que lo uso sobre el terreno. —Levi se abrochó el cinturón del único asiento para pasajeros del avión de carga, que iba prácticamente vacío—. No hay ningún motivo por el que mi hija pueda ser el objetivo de unos desalmados que la ataquen con sevoflurano.

—Siento decirte que la cosa no acaba ahí, Levi. Desde hace dos días su teléfono está indexado por la Agencia de Seguridad Nacional.

Levi frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Significa que toda conversación que se mantenga en el teléfono se trata como si procediera de un agente extranjero. Se graba, se registra su ubicación y es posible que alguien nos haya oído hablar antes con ella. Borré los registros oficiales en cuanto me enteré, pero, si alguien estaba escuchando en el momento en que hablamos, quizá ya estén movilizando recursos.

—Cabrones. —Levi apretó los dientes mientras el ruido de los motores del C-17 iba en aumento—. No está segura en la facultad. Brice, tienes que ayudarme. El avión está a punto de despegar y no aterrizaré en Andrews hasta dentro de diez horas por lo menos.

—No te preocupes. Intervendré.

Levi cerró el puño.

—Tengo que saber quién ha hecho esto, Brice, como sea.

Cuando el avión aceleró por la pista, Levi notó cómo el impulso lo pegaba al asiento. El jet de carga se inclinó hacia arriba y se elevó.

Dejó el teléfono a un lado. No podía hacer nada para evitar que aquel gas le hiciera pensar a su hija que venía del futuro. Solo le cabía esperar que aquella locura se le pasara con el tiempo.

Pero el hecho de que agredieran a su hijita…

Hizo crujir los nudillos. Ante eso sí que podía actuar.

Faltaba poco para las cuatro de la mañana cuando a Alicia le sonó el teléfono. Se había cansado de andar y había encontrado unos arbustos en el extremo del Fisher Hall detrás de los que esconderse.

—Hola —susurró.

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—Alicia, soy Brice. Uno de nuestros hombres te ha dejado un teléfono a cuarenta y cinco metros al este-noreste de tu ubicación actual. Está en la base de un arbusto.

Alicia no se situaba.

—¿Cómo? ¿Hacia dónde está el este-noreste?

—Estás en el extremo norte del Fisher Hall. Si pones la mano derecha en la pared, estarás de cara al este. Avanza cuarenta y cinco metros, más allá del edificio, y lo encontrarás por ahí.

Ni siquiera se molestó en preguntar cómo sabía dónde estaba. Teniendo en cuenta el tipo de gente con quien su padre se relacionaba, seguramente un satélite estaría rastreando su teléfono o algo así.

—De acuerdo, voy a buscarlo. —Alicia se desplazó lo que le parecieron cuarenta y cinco metros y rebuscó por entre el follaje. Al cabo de un momento, palpó algo con los dedos—. Ya lo tengo.

—Bien. Enciéndelo y coloca el dedo índice en medio de la pantalla. Alicia pulsó un botón lateral para encender el teléfono. Parpadeó una

vez y apoyó el dedo en la pantalla.

—Vale, ya recibo tu señal… la tengo. Dime cuando te pida una contraseña.

En cuanto lo dijo, un teclado apareció en pantalla.

—Ya.

—Teclea las siguientes letras y números. Cuatro.

—Cuatro.

—A.

—A.

Él siguió dictándole una hilera de caracteres increíblemente larga.

Cuando acabó, en el teléfono se abrió una pantalla normal.

—Ahora parece que el teléfono ya funciona normal.

—Bien. No tendrás que repetir este proceso; ahora ya está configurado con tus datos biométricos y solo necesitarás la huella dactilar. Voy a llamarte al número nuevo.

Brice colgó y el nuevo teléfono vibró de inmediato. Alicia se lo acercó al oído.

—¿Sí?

—Bueno, Alicia. A partir de ahora, este es tu teléfono. Deja el viejo ahí mismo. Alguien lo ha usado para rastrear tu ubicación.

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«Alguien además de ti, querrás decir», pensó Alicia. Soltó el teléfono viejo.

—Vale ¿y ahora qué?

—Ahora te conduciré a un lugar seguro. Ve en dirección norte hasta el aparcamiento que hay al otro lado de Dillon Court. Deberían ser los edificios que ves delante de ti.

Alicia se abrió camino entre los arbustos y caminó rápidamente hacia el norte.

—Ya sé dónde es.

—Entendido. Veo tu ubicación. Sitúate entre el edificio este y el oeste y gira a la izquierda. Hay una furgoneta Ford F-150 azul aparcada en la zona oeste del parking. Cuando la veas, dímelo.

En cierto modo, al cruzar el campus antes del alba de esa manera, Alicia se sentía desnuda, con tan solo el carné de estudiante, que llevaba sujeto al suéter que se había puesto. Ni monedero, ni cartera, ni carné de conducir ni tarjetas de crédito. Pero quizá fuera para mejor.

En el aparcamiento solo había unos cuantos coches, y enseguida vio la furgoneta.

—Ya la veo.

—Sube. La puerta del conductor está abierta. Las llaves están escondidas encima de la visera del lado del pasajero.

—Es que no llevo el carné. Lo he dejado en la residencia con mi cartera y todo lo demás.

—No conduzcas como una loca y no pasará nada.

Alicia recorrió el aparcamiento con la mirada, pero no vio a nadie. Abrió la puerta y se puso al volante. Bajó la visera y una llave le cayó en la mano.

—Estoy dentro y tengo la llave.

—De acuerdo. Voy a enviarte una dirección, está en Nueva York, al otro lado del Hudson. Es un piso franco. Seré tu unidad de apoyo durante el trayecto. ¿Tienes alguna pregunta?

—No. Gracias.

—De nada. En el destino te esperarán dos hombres bastante corpulentos. Quizá no lo parezcan, pero pertenecen a nuestro equipo. Tú solo tienes que llegar hasta allí sana y salva y nosotros nos encargaremos del resto.

—Gracias, Brice.

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—No hace falta que des las gracias, ¿recuerdas?

En cuanto colgó, Alicia puso en marcha la furgoneta. Se sentía orgullosa de sí misma por no haberse desmoronado. Agresores, teléfonos comprometidos y pisos francos… nunca habría imaginado verse en una situación tan caótica.

Por otro lado, toda aquella locura iba a complicar mucho más su misión. ¿Cómo iba a convencer a Michael de que pusiera fin al proyecto? Si no conseguía sacarlo de las zarpas del gobierno, más le habría valido morir en la habitación de la residencia.

Quienquiera que la hubiera atacado probablemente perteneciera al gobierno. Iban a por ella en el futuro, así que, ¿por qué no iban a avanzarse y arruinar la amenaza que representaba en el futuro yendo a por ella en su propio pasado?

Al incorporarse a la US 1, Alicia decidió seguir adelante con el plan de huida que el tal Brice había urdido hasta que pudiera hablar con su padre cara a cara.

Lo cual le planteó otro dilema. Su padre trabajaba para el gobierno, para una entidad clandestina. ¿Podía confiar en él?

Pensaba que sí. Siempre había confiado en él. Sabía que siempre velaba por sus intereses. Pero en esos momentos le costaba saber en quién confiar.

Michael levantó la cabeza del escritorio de control, se frotó los ojos y miró el reloj de pared del laboratorio. La bomba de vacío emitía el ruido sordo característico de cuando estaba manteniendo el vacío casi perfecto en la cámara, y todos estaban esperando a que la antena acabara de recoger las partículas necesarias.

—¡Josh! —gritó por encima del sonido de la bomba—. Hemos estado al noventa y nueve por ciento durante casi una hora. ¡Haz algo!

Josh levantó la vista del teléfono y le dedicó una mirada asesina. —No me corresponde hacer que las dichosas partículas sean aspiradas

por la antena receptora más rápido de lo que ya van.

—Lo sé, es que necesito gritarle a alguien para mantenerme despierto.

—Me alegro de ser tan útil. —Josh sonrió y sacudió la cabeza.

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Michael se levantó y se acercó al centro del laboratorio, donde se encontraba la cámara de vacío. En uno de los lados había una hilera de ordenadores conectados a la cámara mediante un grueso cable. Miró hacia los ingenieros adormilados que manejaban los aparatos al final del cable y preguntó:

—¿Preparados para bombear esos bits por los cables?

Gino, el ingeniero informático de poblada barba negra asintió. —Cuando des la señal, enviaré paquetes de IP como loco. —Explícamelo otra vez, ¿cómo vamos a detectar cambios en los

paquetes?

Gino empezó a hablar con las manos, haciendo honor a su origen italiano.

—Cada paquete de transmisión acaba teniendo un montón de datos, pero como van directamente a Susan —señaló con el pulgar a la mujer sentada ante un terminal en el escritorio de enfrente—, buena parte de esas tonterías del enrutamiento no importan. Solo hay dos cosas en la carga de datos para el paquete de IP. Tenemos un recuento cada vez más repetitivo y un valor del temporizador de alta resolución. Eso es todo lo que se está transmitiendo.

—Y ahí es donde entro yo. —Susan habló en tono divertido—. Recibo el paquete y lo envío al almacenamiento RAID, pero en cualquier momento puedo revisar esos paquetes y buscar anomalías en el recuento o detectar si de alguna manera la trama Ethernet o el encabezado IP se han dañado.

—Bien hecho. —Michael asintió.

—¿Cuándo vamos a estar listos para empezar? —preguntó Gino.

—Debemos de estar a punto.

—Sí. Eso lo han dicho hace unas cuantas horas —dijo Gino con un suspiro.

—La culpa la tiene Josh —comentó Michael con una sonrisa. Acababa de volver a su escritorio cuando el monitor que colgaba del

techo llegó al cien por cien. Todos los que estaban en el laboratorio lo celebraron con una ovación.

Había suficientes taquiones para realizar el experimento.

Gracias a la súbita inyección de adrenalina, Michael sintió que su agotamiento se desvanecía. Se puso los auriculares y marcó la línea de conferencia segura.

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—Eres la primera persona del puente de mando —le informó el asistente automatizado. Unos pitidos y anuncios le alertaron de la llegada de otros interlocutores, y entonces se oyó la voz de Josh.

—He enviado una alerta de franja alta, profesor. Todos deberían conectarse.

Michael había aprendido recientemente los términos «franja alta» y «franja baja». La comunidad de inteligencia del gobierno se comunicaba a través de dos redes principales, una de franja alta, supuestamente para material confidencial, y otra de franja baja, destinada a material no confidencial o para cosas con una clasificación lo bastante baja. No sabía exactamente dónde marcaban la línea, dado que todas las comunicaciones relacionadas con el proyecto Morpheus se realizaban en las redes de franja alta. Además, como todo el mundo era novato en eso de los protocolos de seguridad, todo el tráfico de correo electrónico pasaba por Josh, a quien los tipos de D. C. habían preparado para que hiciera de guarda del sistema. De hecho, él era el «monitor de entrada» para el correo electrónico, y todo lo que se enviaba tenía que recibir su aprobación.

—Josh, infórmame cuando todo el mundo esté conectado. Creo que estamos todos listos.

Transcurrieron un par de minutos hasta que el último de los ingenieros se conectó. Como era de esperar, dos personas se habían quedado dormidas en sus respectivos escritorios y habían tenido que azuzarlas.

—Profesor, estamos todos. Todo el mundo está en el canal seguro y ya tiene compartida la pantalla del panel de control.

—Gracias, Josh. Bueno, chicos, repasemos una vez más lo que intentamos demostrar con este experimento.

—Transmitiremos paquetes de datos por una serie de cables desprotegidos a través de la cámara de vacío y vamos a alcanzarlos con un haz de taquiones. Como sabemos que las partículas están cargadas, esperamos que se produzca algún tipo de irregularidad en los paquetes de datos entre el extremo de transmisión y el de recepción.

»Es decir, esperamos que algunos paquetes se corrompan. Si es el caso, entonces sabremos que los taquiones y la materia tal como la conocemos pueden interactuar. Si no se corrompen, entonces pasamos al plan B.

Intentó sonar tranquilo, pero no había plan B. Si aquello no funcionaba, no tenía ni idea de cuál sería el siguiente paso.

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—Venga, vamos allá. Cómputo, ¿cómo vamos con respecto a la transmisión y el almacenamiento de red?

—Profesor, podemos transmitir hasta un máximo de doscientos millones de paquetes IP por segundo por los cables twinaxiales. Eso nos proporciona una definición de unos cinco nanosegundos en el temporizador.

Michael se recostó en el asiento y miró las baldosas del techo.

—¿Qué límites tenemos con respecto al tráfico de red que podemos almacenar?

—Disponemos de un sistema de almacenamiento RAID de alta velocidad que debería mantener el ritmo del tráfico de cien gigas. Con respecto a la capacidad de almacenaje, fácilmente unas cuantas horas de datos a máxima velocidad antes de que el almacenaje empiece a resentirse.

—Fantástico —dijo Gino—. Los paquetes están fluyendo.

—Estoy muestreando los paquetes que se transmiten por Wireshark. — Susan habló lo bastante alto como para que se la oyera por todo el laboratorio—. Todo pinta bien por ahora.

—Ingeniería, te toca. ¿Cómo vamos con el perfil de curva energética que envié? El haz será un poco más rápido esta vez, lo cual debería ser más fácil para la red eléctrica, pero durará unos quince microsegundos.

—Jan al habla. No creo que suponga ningún problema. Debería funcionar para ese intervalo de tiempo.

—Bien. ¿Alguien tiene alguna objeción o duda de última hora antes de que empecemos?

Michael esperó unos segundos antes de decir:

—Quien calla otorga. Josh, que empiece la cuenta atrás. —Diez —se oyó una voz computerizada por la línea. —Nueve, ocho, siete…

Michael se inclinó hacia delante y amplió con el ratón las pantallas compartidas correspondientes a la terminal de transmisión y de recepción de la red.

—Tres, dos, uno, lanzamiento.

En el laboratorio se oyó un fuerte porrazo cuando el flujo de taquiones se envió desde su receptáculo y fue enlenteciéndose hasta situarse justo por encima de la velocidad de la luz.

—Susan, deja de captar tráfico y a ver si encuentras algo interesante.

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—He detenido la captura y ahora estoy frenando los datos transmitidos. Voy a llevar a cabo una comparación.

Susan sonaba emocionada pero, claro, todos lo estaban. Cuando Michael echó una mirada a las estaciones de trabajo, no vio a nadie con los ojos soñolientos como hacía unos minutos. Todos los participantes estaban alerta.

Por la línea se oyó un grito ahogado y Michael levantó la vista hacia el monitor. Había ido mostrando lo que hacía Susan, pero ahora había dejado de compartir pantalla y su icono de la interfaz de Teams estaba silenciado. Se giró para mirarla al otro lado del laboratorio. Se había abrazado a Gino, y ambos gesticulaban hacia sus pantallas.

Al cabo de unos instantes, Susan reapareció en la videollamada y volvió a compartir pantalla.

—Profesor, no hay duda. A los trece segundos de datos transmitidos aparecen una serie de corrupciones del paquete.

Todos los presentes se levantaron en una ovación que despertó a Percy de su lecho. Soltó un ladrido de confusión y Michael sonrió.

—Profesor… profesor… —la voz de Susan quedaba ahogada por las conversaciones cruzadas de la videollamada.

De repente, todos los iconos estaban silenciados a excepción del de Josh.

—Chicos, dejad que Susan acabe su informe. Si habláis todos a la vez, no se entiende nada de lo que dice. Adelante, Susan.

Los micros se activaron y Susan empezó de nuevo.

—Profesor, solo ha habido unos cinco paquetes que se hayan corrompido de toda la transmisión. Pero todos dentro de ese estallido de quince microsegundos.

—Profesor Salomon, Carl Sundenbach al habla. —Michael entornó los ojos. Era el científico de los ojos rojos de la DARPA—. Imagino que el estallido de quince microsegundos produjo unos tres mil paquetes, y con cinco corrupciones eso supone un índice de corrupción del 0,166 %. ¿Tiene intención de ver si podemos crear de algún modo un haz «más luminoso» para conseguir una mejor interacción entre taquiones y bariones?

A Michael le molestó la pregunta, pero contestó con voz neutra. —Carl, eso está en mi lista de los pasos siguientes. Pero recuerda que

tenemos que explorar muchas cosas antes de que esto pase de ser un

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experimento de laboratorio a algo táctico. —En cuanto pronunció estas palabras, se lamentó de haberlo hecho porque la advertencia de María resonó en su interior.

«No me fío de la gente con la que trabajas».

—Gino, Susan, necesito vuestros informes antes de que os vayáis. — Josh asumió el mando de la videollamada a partir de entonces y, cuando por fin acabaron, Michael se levantó y estiró los brazos.

Eran casi las cinco de la mañana y necesitaba desesperadamente dormir.

Pero cuando el agente del FBI apostado en la entrada se levantó, recordó que no iba a marcharse a su casa, no iba a ver a su mujer y a su hija, no sabía dónde estaban… y ni siquiera si estaban vivas.

Cuando estaba trabajando, a veces casi era capaz de pensar que su vida iba bien. Sin embargo, en cuanto salía por la puerta la realidad lo golpeaba con toda su dureza.

Era prisionero de su propia vida, y aquella era una prisión que, en parte, se había creado él mismo.

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CAPÍTULO DIEZ

Alicia aparcó la furgoneta cerca de la esquina de Lenox Avenue con la calle 127 oeste de Harlem. Nunca había estado por allí, pero las calles empezaban a despertarse al ritmo de la salida del sol. Como apenas había transeúntes ni tráfico, sintió una extraña sensación de vulnerabilidad al encaminarse calle abajo hacia la dirección que le habían indicado.

Al irse acercando a su destino, oyó salir de algún sitio música tecno y se fijó en dos matones apostados a los lados de una puerta grande con luces violetas de neón.

Era una especie de club nocturno, pero no había ningún nombre visible. La había criado su abuela adoptiva en una comunidad amish y, aunque había oído hablar de clubes clandestinos, no sabía nada de ellos.

De hecho, no tenía mucha experiencia con ningún tipo de bar.

Se detuvo y se quedó mirando a los dos hombres del club. Eran enormes, probablemente pesaran ciento cincuenta kilos cada uno, y tenían complexión de levantadores de pesas.

Su piel y su vestimenta oscuras les ayudaban a confundirse en la sombra que proyectaba el toldo que cubría la entrada. Uno de ellos se volvió en su dirección y parpadeó, sin mostrar otra reacción ante su presencia.

Alicia recordó las palabras de Brice:

«En el destino te esperarán dos hombres bastante corpulentos».

Alicia respiró hondo y se acercó con determinación al que había mirado en su dirección.

—Me han dicho que habría dos hombres corpulentos esperándome aquí. ¿Son ustedes?

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Los dos se la quedaron mirando unos instantes antes de que uno de ellos respondiera con un ligero acento jamaicano.

—Eso dependerá de quién pregunte, señorita.

—¿El nombre de Alicia Yoder ayuda?

—¿Es quien dice ser?

—Sí.

Uno de ellos se agachó a mirarle el pecho.

Ella retrocedió un paso.

El guarda frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—Señorita, si se aparta no puedo leer su identificación.

—¡Oh! —Alicia se sonrojó avergonzada y toqueteó el carné de estudiante que llevaba sujeto en la solapa izquierda—. Lo siento, tenga. — Soltó el carné y se lo mostró.

Los matones asintieron sin cogerlo, se hicieron a un lado de la puerta y le indicaron que entrara.

Dado el fuerte chumba chumba de la extraña música que se oía en el exterior, Alicia imaginó que al entrar sufriría una agresión auditiva.

Sin embargo, nada más abrirse la puerta, el sonido tecno cesó y se encontró en el interior de un edificio en el que reinaba el silencio más absoluto.

Hasta que la puerta no se cerró detrás de ella, no volvió a oír el sonido amortiguado de la música… esta vez procedente del exterior.

O, al parecer, desde el interior de la puerta misma.

Alicia se encontró en un vestíbulo revestido con paneles de madera que despedía un fuerte olor a cera y tabaco de pipa. Por algún motivo, aquellos olores le recordaron a la casa de su abuela. Al fondo de la estancia había una recepción con un caballero alto, delgado y de pelo cano. Se acercó al mostrador y, aunque se sentía un poco ridícula, le enseñó el carné de estudiante.

—Soy Alicia Yoder. Brice me ha enviado aquí —dijo.

—Señorita Yoder, qué alegría verla. Soy el señor Watkins, propietario de este establecimiento. La esperábamos. —El hombre hablaba inglés con un acento muy distinguido que a Alicia le recordó al mayordomo de Downton Abbey. No hizo caso del carné—. El director Brice me ha dado instrucciones concretas sobre cómo tratar su caso. Enseguida nos ocuparemos de su carné. —Se inclinó por encima del mostrador y la miró con los ojos entrecerrados—. Señorita, lleva usted un collar muy curioso.

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Alicia se tocó el colgante y sonrió.

—Mi padre me lo regaló cuando empecé la universidad. Dijo que era un amuleto de la suerte.

—Por supuesto. —El hombre sonrió y consultó su reloj—. Deberíamos empezar, supongo. Lo primero es lo primero… —Se agachó detrás del mostrador y sacó una caja negra lacada que colocó delante de Alicia.

Ella la cogió y la giró entre sus manos. No sabía de qué estaba hecha.

Al tacto parecía madera, pero pesaba mucho para su tamaño.

—¿Qué es?

Watkins sacó una tarjeta del bolsillo interior de la americana, se ajustó las gafas y empezó a leer.

—Señorita Yoder, me temo que la descripción técnica es un poco complicada, así que le leeré la descripción de acuerdo con la tarjeta de Brice.

«La caja de inscripción tiene un laqueado compuesto de un microcalentador desplegado fabricado con un substrato de silicio. La resistencia eléctrica del elemento calentador medirá las diferencias de temperatura entre lo que está en contacto y lo que no entre cada uno de los surcos del dedo de Alicia Yoder».

Alicia frunció el ceño.

—Vamos, que es un lector de huellas dactilares, ¿no?

El propietario asintió y miró fijamente la ficha sujetándola con el brazo estirado.

—Es un lector de huellas dactilares, aunque yo diría que es algo más hasta cierto punto. También hay una serie de instrucciones y una advertencia aquí escrita. A ver…

«Presione con el dedo índice la superficie de la caja y manténgalo diez segundos. Utilice el mismo dedo con el que se ha vinculado al teléfono recibido. Es crucial que no cambie de dedo.

»Quizá salga un poco de humo, es normal. La caja lleva un circuito electrónico incorporado para tomar los datos de la huella dactilar junto con información galvánica y otros detalles biométricos de la persona. Con esa información, la identidad del interior de la caja se programará de acuerdo con su firma corporal».

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Alicia extendió el dedo índice y levantó la vista hacia Watkins. Se quedó boquiabierta.

El señor sostenía una pistola con firmeza en la mano derecha y le apuntaba directamente al pecho. Señaló la caja.

—Señorita Yoder, ha llegado el momento. Siga las instrucciones. Aunque la apuntara con un arma, Alicia no sentía miedo. De haber

estado en su sano juicio, le habría entrado pánico, pero había algo en todo aquello que le provocaba la reacción contraria. La sensación de peligro le resultaba estimulante.

Todo aquello le recordaba a John Wick.

—No hace falta que me apunte con la pistola. No voy a hacer nada raro.

El señor sonrió con expresión bondadosa.

—Nunca se sabe. Aún tiene que identificarse como es debido. — Watkins había tenido la precaución de retroceder dos pasos mientras la apuntaba directamente. A pesar de su porte elegante y de lo mayor que era, se notaba que era hábil en el manejo de un arma.

Alicia apoyó el índice firmemente en la parte superior de la caja y presionó. La caja despidió una voluta de humo y en el borde superior se marcó una línea quemada. Inició una cuenta atrás de diez a cero y dijo:

—Bueno, ya han pasado diez segundos. ¿Ahora qué?

—Parece que la caja se ha desprecintado. —Watkins se guardó el arma en la pistolera del hombro que llevaba bajo la americana—. Levante la tapa.

Alicia cogió la caja con una mano y la abrió con cuidado. En el interior, encima de una almohadilla de terciopelo, había una moneda grande de plata con un logo grabado: una pirámide con un ojo dentro.

Era la misma imagen de su colgante.

Sacó la moneda de la caja y le dio la vuelta. En el otro lado había grabada un águila capturando una serpiente. Una imagen de lo más inusual.

Lanzó la moneda al aire y la atrapó.

—¿Y esto para qué es?

—Si no le importa —dijo Watkins—, con el Ojo de la Providencia cara arriba, sostenga la moneda hacia mí.

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Alicia sujetó la moneda con la cara de la pirámide encima. Watkins alargó la mano y sujetó el otro lado de la moneda.

—No la suelte —ordenó.

Durante unos instantes, los dos sujetaron la moneda y Alicia se preguntó qué sentido tendría aquello. Pero entonces la moneda empezó a calentarse y el ojo de la pirámide, a brillar.

—¡Uau! ¡Qué pasada!

Watkins soltó la moneda y le dedicó un breve asentimiento.

—Eso, señorita Yoder, es la confirmación de identidad entre dos personas que son miembros de una especie de hermandad. El brillo del ojo confirma que ambos son miembros. —Chasqueando los dedos, sacó una moneda idéntica de su propiedad—. Esto es lo que usamos en lugar de otros tipos de identificación. No hay foto. No hay apretón de manos secreto. Y si, Dios no lo quiera, le roban la moneda, no funcionará para nadie que no pertenezca a la hermandad.

Alicia frotó el dorso de la moneda y se la quedó mirando un buen rato antes de levantar la vista hacia Watkins.

—¿Mi padre tiene una de estas?

Watkins sonrió.

—Eso es algo que él le responderá, ¿no? —Señaló a su izquierda—.

Ahora voy a llevarla a su siguiente reunión.

Alicia miró en la dirección que Watkins había indicado. Había un pasillo que habría jurado que hacía unos momentos no estaba.

Watkins salió de detrás del mostrador y la invitó a seguirlo.

—Emprendamos el viaje, señorita Yoder.

—Si no le importa, me llamo Alicia, no hace falta que me llame «señorita Yoder».

—Muy amable por su parte, señorita, pero creo que, después de tantos años siendo el propietario de este lugar, es más probable que entre en combustión espontánea que que deje de seguir el protocolo adecuado.

Watkins caminaba a paso ligero y Alicia tuvo que apresurarse para seguirlo. Aquel hombre, quienquiera que fuese, le caía bien. Tenía algo que resultaba misterioso y anticuado a partes iguales y le recordaba sobremanera a una versión antigua de 007. No le habría extrañado que de joven se pareciera a Roger Moore, quien para ella era el James Bond por antonomasia.

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El pasillo estaba iluminado con candeleros antiguos cuyas bombillas titilaban como si fueran llamas.

Watkins se paró a unos pasos de lo que ella en un principio había tomado por el final del pasillo, pero que en realidad era la parte superior de unas escaleras. Señaló hacia ellas y dijo:

—Señorita, el tren la espera.

—¿El tren?

Alicia dio un paso adelante y miró escaleras abajo.

Oyó un clic en algún lugar del edificio y se giró, y entonces se encontró con una pared de madera panelada sin nada más.

—¡Joder! ¿Watkins? —El pasillo por el que había pasado hacía un momento se había esfumado, junto con el misterioso británico.

Palpó la pared, sabiendo que debía haber algún tipo de mecanismo corredero o similar, pero le pareció maciza y no se movió ni un ápice.

—¿Qué demonios pasa?

Las ideas se agolpaban en la mente de Alicia mientras se planteaba si las paredes de aquel lugar estaban armadas en unas ruedecitas, pero tras unos instantes con la mirada clavada en la pared vacía se volvió hacia las escaleras.

Teniendo en cuenta la espeluznante música que sonaba desde la puerta delantera y el resto de las cosas raras que había visto, llegó a la conclusión de que aquel lugar era de lo más parecido a una casa encantada.

Como no tenía ningún otro sitio adonde ir, Alicia bajó las escaleras.

Un moderno vagón de tren la esperaba abajo con las puertas abiertas.

Observó el tren, de un solo vagón. Se preguntó por un instante si un tren podía tener un único vagón y, aun así, ser considerado un tren. Se encogió de hombros, dejó de lado sus elucubraciones y se centró en la situación.

—Supongo que no tengo elección. —Alicia subió a bordo.

Una voz incorpórea anunció: «El tren partirá en diez segundos. Sujétese a un pasamanos o es probable que se vea impelida hacia atrás. Es todo cuanto debe tener en cuenta».

Alicia tomó asiento rápidamente y se agarró a una de las barras verticales.

Cuando el tren aceleró, a una velocidad de coche de carreras, Alicia se deslizó hacia atrás. En cuestión de segundos, el viento silbaba ferozmente mientras el tren volaba a través de la oscuridad.

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El túnel en el que estaba debía de ser muy largo puesto que, a pesar de la velocidad, Alicia viajó durante casi cuarenta minutos antes de que el tren empezara a desacelerar.

La voz incorpórea volvió a oírse:

«Llegaremos a la Base Conjunta Andrews en unos cinco minutos. Por favor, no baje del tren hasta que se detenga por completo».

Alicia frunció el ceño ante lo estúpida que le pareció la advertencia. —Vaya, no es que tuviera intención de saltar y descalabrarme, la

verdad.

¿La Base Conjunta Edwards?

Aquello estaba en Maryland y, no estaba totalmente segura, pero debía de quedar a unos trescientos kilómetros de la ciudad de Nueva York.

Consultó su reloj y sacudió la cabeza.

¿Cómo diantre había llegado hasta allí tan rápido? Hizo los cálculos mentalmente y supuso que era posible si el tren había circulado a la misma velocidad que el tren bala de Japón.

Andrews era una base militar. Se preguntó si aquel tren sería del ejército o de aquella extraña hermandad a la que acababa de unirse. ¿Se había unido a ella realmente?

No tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando, pero le picaba la curiosidad.

En aquel momento estaba más emocionada que asustada, pero, en su fuero interno, no podía dejar de pensar en su cometido.

Se suponía que ella tenía que impedir lo que acabaría siendo una pesadilla para todo el país, por no decir para el mundo entero.

Las puertas del tren se abrieron y Alicia vio a alguien de pie en el andén, a unos tres metros, que la miraba.

No iba vestido de militar, sino que llevaba traje y una insignia sujeta en el cinturón. Era un hombre de baja estatura, poco más de metro setenta. A juzgar por las finas patas de gallo y las líneas de expresión, debía de tener entre cincuenta y cinco y sesenta y cinco años. Tenía un pelo castaño claro que empezaba a clarear y unos ojos de un azul que de tan pálido parecían plateados.

Sonrió y de repente algo le hizo clic a Alicia en su interior.

Vio en su mente una versión más mayor de esa sonrisa.

Vio una escena en la que aparecía ella en un lugar oscuro que recordó que era subterráneo.

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Pocas personas sabían que quince metros por debajo de Fort Meade había un viejo refugio antiaéreo. Era una reliquia de la guerra fría, y prácticamente no se había utilizado durante varias décadas. Era donde Alicia había conseguido esconder buena parte del equipamiento robado que necesitaban para deshacer lo que Michael y ella habían hecho. En algún lugar en el exterior de su laboratorio clandestino, oyó el sonido de una puerta al astillarse cuando la abrieron a la fuerza.

Casi no quedaba tiempo.

Michael yacía en la camilla y levantó la mano con expresión preocupada.

—Adelante, ya sabes que van a matarnos de todos modos.

Ella le clavó una jeringuilla llena de nanitos en la arteria carótida y, en cuestión de segundos, decenas de miles de automatones microscópicos empezaron a transmitir datos relacionados con todo lo que habían encontrado.

Michael hizo una mueca mientras el rostro se le ponía de un rojo chillón.

Los capilares de los ojos le reventaron y los blancos de los dos se le pusieron de color granate, de manera que su aspecto ya de por sí demacrado pasó a ser propio de una escena de terror.

Los leds de la gorra de malla que llevaba empezaron a parpadear siguiendo una serie de patrones, lo cual indicaba que la débil señal de los nanitos se estaba recibiendo.

Michael le apretó la mano y susurró:

—Esto no es tan indoloro como le dijimos a todo el mundo que sería. Alicia levantó la vista hacia el monitor y vio el programa que revisaba

los datos que emitía el interior de la cabeza de Michael. En pantalla aparecían imágenes aleatorias. Eran interpretaciones generadas por ordenador de las vías neuronales que se habían pasado de un formato organoeléctrico a digital.

Michael cerró los ojos.

—Los siento aquí arriba. Es como si los notara reptando por todo mi ser. No es una sensación agradable. ¡Cuántos errores hemos cometido a lo largo del camino!

—Lo siento, cariño. —Alicia ahuyentó las lágrimas con un parpadeo. Los nanitos eran culpa suya. Parte de su aportación a lo que se convirtió en la fase dos del proyecto Morpheus—. Dentro de nada me lo harás tú a mí.

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Los led de la gorra de Michael se volvieron de color verde, lo cual señalaba el fin de la descarga de datos.

Alicia dio un manotazo al botón de transmisión y en pantalla aparecieron varios mensajes clave.

Sincronización vía satélite…

Completada.

Transmitiendo coordenadas ajustadas…

Completado.

Envío de datos…

La puerta de su habitación explotó hacia dentro y se separó de las bisagras de forma violenta.

Volutas de humo blanco se arremolinaban en la sala mientras unos soldados con máscaras de gas irrumpían pistolas en mano. El mundo se volvió gris y luego negro.

*** Al cabo de unos momentos, horas o días… ***

Alicia se despertó sobresaltada al oír el chirrido de una puerta metálica en sus goznes mal lubricados.

Cuando se incorporó, en lo que parecía una especie de celda de prisión, le dolían todos los músculos del cuerpo.

El brazo izquierdo, roto, le colgaba formando un ángulo grotesco, con el codo doblado en la dirección contraria.

Las paredes eran de hormigón visto y en la estancia apenas cabía ella tumbada. Una puerta metálica era la única vía de salida o entrada.

Estaba incomunicada, lo cual era un grado más allá de lo que esperaba, que era no volver a despertar.

Por algún motivo, el brazo roto no le dolía, y aquello probablemente no fuera buena señal, pero se puso en pie como pudo y se acercó a la puerta.

En la puerta metálica había una rendija, justo lo bastante grande como para introducir una bandeja de comida. Comida sosa.

Atisbó por la rendija y vio a un soldado sentado en una silla cuya misión sin duda sería vigilarla.

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Estaba concentrado en su teléfono móvil.

Ella, en aquellas condiciones, no podía hacer gran cosa. Y desde luego no en los confines de aquella celda de prisión.

¿Habría acabado la transmisión de Michael? Eso era clave para detener todo aquello.

Nada parecía haber cambiado ni haberse arreglado por lo que acababan de hacer, de modo que probablemente la transmisión hubiera fallado o fuera incompleta.

Tal vez aún no hubieran matado a Michael. Aún había esperanza. Alicia oyó pasos al otro lado de la rendija y el soldado se levantó

bruscamente de la silla.

—¿Quién le ha autorizado a venir…? —gruñó.

Su voz quedó ahogada en un quejido agudo cuando oyó el sonido de una dispersión de gas.

Alicia retrocedió dentro de la celda con el corazón acelerado y sin saber qué estaba pasando.

Oyó el sonido de un cuerpo al caer al suelo. Algo duro había golpeado la puerta de metal, probablemente la cabeza del soldado.

Alicia oyó un tintineo de llaves y el clic de un cerrojo al abrirse.

La puerta se abrió con cierta dificultad y vio a un hombre bajito de pelo entrecano en el umbral. El cuerpo inconsciente del soldado yacía justo más allá.

El hombre misterioso iba trajeado y Alicia enseguida se fijó en la peculiaridad de sus ojos.

Con aquella luz, daban la impresión de ser de un tono plateado. —Señorita Yoder, creo que tiene algo que terminar y no podrá hacerlo

desde aquí. —El hombre sonrió y, ondulando el dedo índice, la invitó a seguirlo—. Acompáñeme.

Alicia sacudió la cabeza mientras en su interior regresaba al aquí y ahora.

Se apeó del tren y le devolvió la sonrisa a aquel hombre.

Sin pensar en lo que hacía, dijo:

—Es usted la versión joven del hombre que en el futuro me saca de una cárcel.

El hombre enarcó ligeramente las cejas y amplió la sonrisa. —Excelente, señorita Yoder. Me alegro mucho de que la transferencia

de memoria le haya funcionado.

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Alicia ahogó un grito y, por primera vez desde hacía bastante tiempo, el corazón se le aceleró y se notó la piel pegajosa.

—¿Usted también conoce el futuro?

El hombre se le acercó y le apoyó una mano tranquilizadora en el hombro.

—Gracias a ti.

Le tendió la mano y Alicia se dispuso a estrechársela, pero se dio cuenta de que estaba sujetando una moneda de plata.

«… Esto es lo que usamos en lugar de otros tipos de identificación. No hay apretón de manos secreto».

Las instrucciones de Watkins se reprodujeron en la mente de Alicia mientras sujetaba el otro extremo de la moneda.

El Ojo de la Providencia tardó apenas un par de segundos en empezar a destellar y el hombre se guardó la moneda en el bolsillo y volvió a tenderle la mano.

—Ahora podemos darnos la mano.

Se rio mientras se la estrechaban y, a continuación, dijo:

—Alicia, soy Doug Mason, y tenemos mucho de que hablar antes de que llegue tu padre.

—¿Te acuerdas de dónde nos conocimos? —preguntó ella.

Mason asintió.

—Creo recordar algo en una celda de prisión bastante desagradable.

A Alicia le embargaron un sinfín de emociones y pensamientos, y lo más inteligente que se le ocurrió fue guiñar el ojo dos veces y asentir.

Aquel hombre sabía el futuro.

¡No estaba sola!

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CAPÍTULO ONCE

Michael yacía en la cama. El sol del mediodía asomaba por el hueco entre las cortinas de la habitación del hotel. Había conseguido dormir unas horas, pero sin llegar a compensar la noche que había pasado en blanco en el trabajo. Sin embargo, lo que lo había despertado no era el agotamiento, sino la estudiante que lo había abordado cuando paseaba a Percy.

La había visto en sueños.

«Estoy aquí para advertirle acerca del proyecto Morpheus. Tiene que parar. O los dos acabaremos destruyendo el mundo».

Había querido pensar que la chica estaba mal de la cabeza y que de alguna manera había oído hablar del proyecto. Ya había demasiada gente al corriente como para mantenerlo en secreto tal como quería el gobierno.

Había pillado a unos ingenieros hablando en la sala de descanso, y estaba claro que según qué detalles iban a correr como la pólvora.

Pero el logo del colgante que llevaba la chica era idéntico al de aquella tarjeta de visita.

Se puso de lado, cogió la tarjeta de visita del cajón superior de la mesita de noche y olfateó el pelo.

Se le encogió el corazón al darse cuenta de que el aroma a lavanda empezaba a perderse. Era lo único que le quedaba de ella.

Miró el reloj de la mesita. Eran las dos del mediodía.

Puso los pies en el suelo y Percy levantó la cabeza con las orejas alerta y soltando un ladridito, como diciendo: «¿Vamos a pasear?».

—Hoy no trabajamos, así que vamos a casa.

Percy se levantó y meneó la cola mientras Michael se vestía.

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Sin siquiera molestarse en mirarse al espejo para peinarse, cogió la cartera, las llaves y la correa de Percy y salió de la habitación.

Al llegar al final del pasillo, uno de los agentes del FBI asintió en su dirección.

—¿Va a buscar algo de comer a la cafetería?

—La verdad es que no. Voy a ir un momento a mi casa. Quiero ver cómo avanzan las reparaciones, y quizá coja también algo más de ropa.

Los dos agentes intercambiaron una mirada y negaron con la cabeza. —Tenemos que solicitar aprobación. Nadie está autorizado a salir de

las dependencias del hotel más que con la lanzadera, que ahora mismo no está en el parking.

Michael frunció el ceño.

—Pues puede que no esté, pero mi coche seguro que sí. Si uno o los dos queréis acompañarme, no hay problema. Pero me voy a buscar cosas a mi casa.

Uno de los agentes sacó un teléfono móvil y se lo acercó al oído mientras el otro extendía la mano, como si quisiera impedirle que se moviera.

—Sí, soy Carter —dijo el agente del teléfono—. El profesor Salomon quiere recoger unas cosas de su casa… eh, sí, señor. Entendido. —Se guardó el teléfono en el bolsillo de la americana y extendió la mano—. Profesor, ¿sería tan amable de darme las llaves del coche? El AEC se encargará de que recojan lo que necesite, pero no se le permite salir del hotel, ni siquiera acompañado.

—¿Me estás vacilando? —Michael notó que se sonrojaba de ira a medida que subía la voz—. ¿Estoy detenido?

—No, señor. Está limitado al perímetro de seguridad de este hotel. No tenemos suficiente personal para salir de este recinto. —El agente dio unos pasos hacia él tendiéndole la mano abierta—. Las llaves, por favor.

El otro agente exhaló un suspiro.

—Profesor Salomon, no nos lo ponga más difícil. Estamos haciendo todo lo necesario para…

—Sí, lo sé. —Michael cogió las llaves del coche y las dejó caer en la mano del agente—. Lo hacen por mi seguridad. Para que lo sepáis, mi seguridad me la trae floja. Preferiría que encontrarais a mi familia.

—Es comprensible…

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Michael se dio la vuelta, furioso, y se dispuso a regresar a su habitación.

En cuanto llegó a su cuarto, sacó el teléfono, pasó varias pantallas y sonrió al ver un icono que le era familiar.

Michael bajó la mirada hacia Percy y le susurró:

—Aunque tengan las llaves de mi coche, no lo necesito si tengo un Uber. ¿Qué te parece, muchachote?

Percy ladeó la cabeza y meneó la cola ligeramente como dándole la razón.

Sonrió al ver que el conductor de Uber más cercano estaba a solo siete kilómetros de allí. Hizo el pedido, se giró y volvió a recorrer el pasillo.

Al acercarse a los agentes del FBI, notó que estaban un poco tensos, probablemente porque esperaban que Michael volviera a la carga.

Cuando estuvo a un metro de ellos, Michael sonrió y dijo:

—Siento haber contestado de tan mala manera. Tenéis razón. Todos estamos bajo una gran tensión. Voy al bar a ver si me sirven algo pasable. ¿Os venís?

Los dos agentes sacudieron la cabeza y uno de ellos dijo:

—Por desgracia, estamos de servicio y, como he dicho, no vamos sobrados de personal. Tenemos que cubrir nuestros puestos.

Michael asintió.

—De acuerdo. Quizá más tarde. —Les dedicó una sonrisa y los dejó atrás al encaminarse hacia el bar restaurante.

En cuanto lo perdieron de vista, él y Percy cambiaron de trayectoria y bajaron por uno de los pasillos a los que desembocaban una serie de salas de reuniones para eventos.

Al final del pasillo había una salida sin vigilante que había visto hacía un par de días y, presionando la barra transversal, salió del hotel y directamente a la calle, donde había un SUV negro en punto muerto.

Cuando se acercaban, el conductor bajó del vehículo y los miró a él y al perro.

—¿Señor Salomon?

Michael asintió.

—Perfecto. —Abrió la puerta trasera y preguntó—: ¿Lleva equipaje o algo?

—No, es un viaje rápido de ida y vuelta. No deberíamos tardar más de media hora. —Percy subió a la parte trasera y Michael lo siguió.

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La puerta se cerró y el conductor subió de nuevo al coche, metió la marcha y se dirigió a la dirección que le mostraba la app de Uber.

Michael sonrió al abrocharse el cinturón y se relajó en el habitáculo climatizado.

Ahora la cuestión era si podría ir y volver sin que nadie se diera cuenta.

Michael se inclinó hacia delante y dijo:

—Espéreme aquí. Tardaré cinco o diez minutos como máximo.

El conductor se giró en el asiento para mirarlo a la cara y negó con la cabeza.

—Lo siento, pero tengo otra carrera programada aquí cerca. Si quiere, puedo volver luego.

—Entendido, no se preocupe. Ya llamaré a otro vehículo cuando termine. —Michael dio un toque al teléfono para ordenar una buena propina y Percy se apeó del coche.

Contempló su casa y suspiró. Aparte de unas cuantas llamadas a los agentes de la aseguradora, no había tenido ningún contacto real con quienes trabajaban en su casa. Habían cambiado algunos cristales y había otros marcos de ventana sellados con contrachapado.

Al menos habían recogido todos los cristales rotos. Michael lanzó una mirada a la farola del otro lado de la calle y vio la cámara de vídeo que seguía apuntando a su domicilio. No tenía ni idea de si había alguien observando, pero sospechó que tarde o temprano oiría algo.

Que les den a esos tipos, no había hecho nada para merecer que lo castigaran en su habitación como si fuera un puto adolescente.

Miró a Percy y preguntó:

—¿Preparado para entrar?

El cachorro meneó la cola con frenesí.

Al abrir la puerta con la llave y entrar, Michael notó el olor a recién pintado.

Los muebles del salón estaban protegidos con telas azules y Michael sujetó bien la correa de Percy.

—Cuidado con la cola, quizá las paredes aún estén un poco húmedas.

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Michael pasó por el salón y entró en la cocina. Vio que había telas protectoras por todas partes. Daba la impresión de que estaban haciendo toda la planta baja a la vez.

Habían cambiado la puerta corredera de cristal, que había quedado hecha añicos, pero todavía no habían instalado la persiana.

Se giró y subió las escaleras a la primera planta. Al entrar en el dormitorio y ver la cuna de Felicia, sintió un martilleo en la cabeza.

En aquella planta aún no habían hecho nada. Todo estaba desordenado, igual que el día de la explosión.

Entró en el vestidor y contempló la estancia vacía. —¿Dónde demonios está mi ropa? ¿Y la de María?

Habían vaciado la estancia del todo, incluidos perchas y álbumes de fotos que María solía guardar en el estante superior.

Notó cómo su ira iba en aumento, recorrió el resto de la suite y se fijó en que el baño y el tocador estaban limpios como los chorros del oro.

No había ni champús, ni ningún cosmético de María, ni pasta ni cepillos de dientes, nada de nada.

Incluso el revistero del baño estaba vacío. —Percy, ¿dónde están todas nuestras cosas?

El perro gimoteó y lo miró con la cabeza ladeada como si quisiera decir que no tenía ni idea.

Michael abrió el armario situado por encima del inodoro.

También estaba vacío.

Normalmente allí guardaban los rollos de papel de váter… y algo más. Michael presionó el estante central del interior del armario y oyó un clic. El armario entero se abrió hacia delante y apareció una caja fuerte

secreta.

La había instalado poco después de que se trasladaran a vivir allí, por insistencia de María.

Girando el disco con mano experta, abrió la caja fuerte, y se llevó una gran sorpresa.

Esperaba encontrar un estuche con una pistola.

Aunque a ninguno de los dos les gustaban las armas, debido al temor de María por el cártel colombiano que había matado a su familia, habían acordado que lo más sensato sería tener un arma en casa… por si acaso.

Pero había desaparecido.

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Hacía meses que no miraba la caja fuerte. No había tenido motivos para hacerlo. En escasas ocasiones guardaban dinero en la caja, pero nunca eran más de unos cientos de dólares. A ninguno de los dos le gustaba llevar dinero en efectivo.

Michael vio un destello dorado, introdujo la mano en la caja fuerte y sacó una pequeña moneda de oro.

Observó la extraña figura grabada en el cospel de oro y sintió un mareo al percatarse de lo que era.

El logo en forma de pirámide con el ojo que le devolvía la mirada le hizo retroceder dos pasos y agarrarse al marco de la puerta.

De repente, recordó haber visto aquel logo en otra ocasión.

Michael recorría los pasillos serpenteantes del Pentágono que conducían a la cafetería. Todavía no eran las diez de la mañana, por lo que aún no se veía a la clientela típica de la hora del almuerzo. Tampoco estaba su misterioso contacto, Doug Mason, el jefe de gabinete del presidente del comité de Asignaciones del Senado. En teoría, el tipo no era un político, sino un personaje relevante de D. C. que conocía prácticamente a todo el mundo, pero, por lo que sabía, trabajaba para un político poderoso. Michael ya llevaba unos años en D. C., por lo que era consciente de que, cuando alguien vinculado a un senador contactaba con él, lo más sensato era aceptar la invitación a mantener una conversación. Aunque estaba un poco molesto porque el hombre no se había mostrado muy comunicativo con respecto al tema del que quería hablar.

Buena parte del trabajo de Michael era confidencial, de tal modo que ni siquiera podía reconocer en qué trabajaba. Cualquiera que fuera el tema que aquel hombre quisiera tratar, la confidencialidad de lo que Michael había estado haciendo limitaría el alcance de la conversación al tiempo que hacía y poco más.

Mientras esperaba, Michael decidió pedirse un café en Starbucks. Se acercó al mostrador, donde un barista molía café llenando el ambiente de aroma a café recién molido.

—Una mañana tranquila, ¿eh? —comentó Michael.

—Suele serlo a estas horas. ¿Qué desea?

—Un venti de café solo. Sin leche ni azúcar ni chorritos de nada.

—Venti solo, marchando.

—¿Qué me recomiendas para desayunar? —preguntó Michael.

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—Bueno, mucha gente pide un bagel normal tostado. Pero en la pizarra verá lo que tenemos hoy.

—Ya me va bien —dijo Michael—. Un bagel normal, poco tostado.

Cuando le sirvieron el café y el bagel, su contacto seguía sin aparecer.

Sacó el teléfono y envió un mensaje rápido.

«Estoy aquí. ¿Dónde está usted?».

Enseguida recibió una respuesta.

«Lo siento. Estoy en una reunión con todo el equipo que se ha convocado en el último momento. Llegaré tarde».

Michael se quedó pensativo unos instantes, y entonces se le ocurrió una idea y sonrió. Envió un mensaje a un amigo que trabajaba en el Pentágono.

Los últimos años habían dado mucho peso a Michael en determinados círculos, y gracias a ello había entablado ciertas relaciones útiles.

«¿Estás en una reunión con Doug Mason?».

«Probablemente. Hay como doscientas personas en la sala. ¿Por qué? ¿Lo necesitas?».

«Lo antes posible».

«Veré que puedo hacer».

Dio un sorbo al café y esperó. Al cabo de un minuto recibió otro mensaje. Era de Mason.

«Le ha pasado algo al proyector y vamos a hacer una pausa de quince minutos mientras lo arreglan. Podemos vernos un par de minutos si sigues ahí».

Michael reía mientras tecleaba.

«Estaré en el lado norte del patio tomándome un café demasiado caro para lo que es».

Salió al patio y se acomodó en un banco situado junto a uno de los senderos. La brisa matutina soplaba por entre los árboles y peinaba el césped bien cuidado cuando desenvolvió el bagel y le dio un mordisco.

Al cabo de un par de minutos, un hombre bajito con traje oscuro se le acercó. Doug Mason.

—¿Cómo va la vida? —preguntó Doug al sentarse en el otro extremo del banco.

Michael arqueó una ceja.

—Disculpe, pero… ¿nos conocemos? Lo único que sé de usted es que trabaja para un senador que es el presidente del Comité de Asignaciones.

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—Hizo un gesto hacia el entorno—. Supongo que la pregunta es ¿qué hace un jefe de gabinete de un senador en el Pentágono?

Mason tenía por lo menos sesenta años, el pelo cano y unos ojos tan pálidos que parecían de color plata. Pero, a pesar de su edad, se le veía en forma y muy despierto. El hombre sonrió y se inclinó ligeramente hacia delante.

—Profesor Salomon, sé todo lo que hay que saber sobre usted y su proyecto.

Michael inclinó la cabeza y guardó silencio.

—Estoy aquí para informarle de que falta poco para que algunas de las prestaciones del PM2 se empleen contra ciudadanos de este país.

Michael abrió unos ojos como platos al oír mencionar el PM2. Era una abreviatura utilizada por los miembros del proyecto para referirse a la segunda fase del proyecto Morpheus. Estaban en los inicios de la fusión de dos proyectos en uno. Su parte, que permitía la transmisión de datos, y otro proyecto que tenía algo que ver con descodificar el funcionamiento del cerebro.

Mason habló en poco más que un susurro:

—Tendrá que plantearse sus opciones y espero que lo haga antes de traer una maldición a nuestra sociedad vinculada a la tecnología del PM2. —Sacó una tarjeta de visita de la americana y se la tendió a Michael—. Mi número está en la parte trasera. Si necesita una salida, yo se la puedo proporcionar.

Michael se quedó mirando al hombre, que se levantó y se marchó a paso ligero.

¿A qué demonios venía aquello?

Bajó la vista hacia la tarjeta y vio un logo extraño. Un ojo que observaba desde el interior de una pirámide.

—¿Qué demonios contaba ese lunático? —se preguntó Michael en voz alta al guardarse la tarjeta en el bolsillo de la americana, convencido de que había desperdiciado buena parte de la mañana.

La imagen del Pentágono se esfumó con un parpadeo en cuanto Michael se percató de que estaba estirado en el suelo del baño, con la

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imagen grabada de ese logo en la mano.

Aparte de que fuera obvio que se había caído de culo, no se sentía mareado como la última vez que había tenido una visión en aquella estancia, aunque quedaba claro que había tenido un episodio.

Percy gimoteó y le lamió la cara hasta que Michael le apartó el hocico con el codo.

—Percy, estoy bien. Me he mareado, supongo.

Los recuerdos de aquel logo, todas y cada una de las veces que lo había visto, destellaban con viveza en su mente. Casi como si, en cierto modo, se fueran despertando recuerdos.

Percy estaba sentado frente a él, observándolo con sus ojos de cachorro alerta. Soltó un ladridito.

—No sé, chicarrón. ¿Cómo es posible que recuerde haber estado en el Pentágono cuando sé que nunca he estado allí? Pero recuerdo algunas cosas…

Percy le apoyó una pata en el hombro y volvió a ladrar.

—No estoy seguro. Te juro que me parece recordar que vivía en un apartamento en D. C. O que viviré. Todo esto suena descabellado.

La mente de Michael intentaba reconocer el recuerdo que acababa de despertar… o sería algún tipo de alucinación.

—Percy, el tal Mason dijo que causaría una maldición a nuestra sociedad. Y esa estudiante… no me acuerdo cómo se llamaba, dijo algo acerca de que ella y yo íbamos a provocar un desastre en el mundo. Y María… —A Michael se le hizo un nudo en la garganta cuando se sentó solo en su dormitorio—. María dijo que no puedo fiarme de esa gente. ¿Estoy obrando bien?

Michael miró la hora e hizo una mueca.

—Tenemos que irnos.

Sacó el teléfono, pidió un servicio de taxi, lo cerró todo y cogió la cadena de Percy. Bajó la mirada hacia el perro y preguntó:

—¿Qué posibilidades hay de que el FBI se cabree de verdad cuando se enteren de que me he saltado su protocolo de seguridad?

Percy ladró dos veces.

Michael rio. El Uber paró en la calle.

—Tienes razón, Percy. Seguro que tengo todos los números para que me caiga una buena bronca por esta travesura.

El conductor bajó del coche.

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—¿Señor Salomon?

Michael asintió y él y Percy subieron al sedán.

El conductor puso el coche en marcha y se dirigieron de vuelta al hotel.

—Supongo que enseguida sabré en qué lío me he metido —musitó Michael para sus adentros.

Percy bostezó y apoyó el hocico en el pie de Michael, que observaba algo ante la consola de control del laboratorio, al tiempo que recordaba los acontecimientos del día anterior. Sonrió al pensar en cómo había entrado a hurtadillas en el hotel. Era casi como ser adolescente y llegar a casa más tarde de la hora permitida, intentando que sus padres no se dieran cuenta.

Los agentes del FBI no se caracterizaban por su permisividad, por lo que seguramente no se habían enterado de su pequeña rebeldía.

Cogió el teléfono y marcó el número del agente del FBI encargado de su asunto. El llamado Agente Especial a Cargo dijo que se encargaría de lo que necesitara, por lo que la conversación iba a resultar interesante.

El teléfono sonó dos veces y una voz ronca respondió a la llamada:

—¿Diga?

—¿Agente Bernstein?

—Sí, ¿en qué puedo ayudarle, profesor?

—¿Podría ir a buscar más ropa a mi casa?

—Prefiero que no se arriesgue yendo personalmente. Haré que un agente le lleve toda su ropa, si es lo que necesita para estar más cómodo.

—Agente Bernstein, ver a mi mujer y a mi hija a salvo sería lo único que me haría estar cómodo. Pero tener un poco más de ropa aquí quizá ayude un poco también.

—Enviaré a alguien hoy mismo. ¿Algo más?

—Por el momento no, gracias.

Michael oyó un clic, colgó y sonrió.

Si le llevaban su ropa, querría decir que antes la habían llevado a otro sitio para guardarla.

Pero Michael intuía que los del FBI no eran los únicos que habían rondado por su casa.

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Alguien había dejado la moneda en la caja fuerte.

Pero ¿quién?

—¿Por qué sonríe de ese modo? —preguntó Josh acercándosele con un taburete en mano.

Michael sacudió la cabeza.

—Nada. Estaba recordando un sueño raro que he tenido. ¿Qué pasa? Josh estaba muy serio. Se inclinó hacia delante, con los codos

apoyados en las rodillas, y habló con un susurro en tono conspiratorio. —¿Le han dicho ya algo de D. C.?

Michael frunció el ceño y negó con la cabeza.

—¿Deberían? ¿Qué pasa con D. C.?

—Dos de mis contactos en la DARPA dicen que se habla de consolidar los recursos de los laboratorios y de llevar los proyectos a la central en la medida de lo posible, y que el nuestro es uno de los elegidos.

Le acudieron a la mente imágenes del Pentágono y otros lugares.

Sacudió la cabeza.

—Ni loco me mudo a D. C. Sobre todo, no mientras María y Felicia estén vete a saber dónde. El proyecto puede trasladarse, yo no.

Percy levantó la cabeza, miró a Michael y soltó otro bostezo lastimero.

Josh asintió.

—Confiemos en que todo se arregle sea como sea. Estoy seguro de que la policía y el FBI tienen que estar a punto de encontrar a su familia.

Michael se encogió de hombros y volvió a concentrarse en el ordenador.

—¿Puedes ir a averiguar en qué situación estamos con respecto a la colección de taquiones y a la antena más grande que pedimos? Ya debería haber llegado.

—Enseguida.

Michael fue perdiendo de vista al estudiante de posgrado convertido en gestor de proyecto y apretó la mandíbula.

No estaba seguro de cuándo había ocurrido, pero en algún momento Josh había pasado de ser su investigador a convertirse en la extensión de uno de los tipos de D. C.

La advertencia de María de que no se fiara de aquella gente le resonaba con fuerza en la cabeza.

En esos momentos de su vida, en el único en quien confiaba era en Percy.

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Sacó el móvil, accedió a la galería, en la que solo tenía cuatro fotos, y observó la más reciente.

Era la información de contacto de aquella chica.

Alicia Yoder.

Fuera quien fuera, su descabellada historia empezaba a parecer menos loca.

Observó la foto de su número durante diez largos segundos y se levantó de la silla.

—Vamos, Percy. A pasear.

Brice accedió a los ordenadores del centro de datos de Utah, los que la NSA utilizaba para controlar todo el tráfico telefónico que entraba y salía del país.

Un hecho poco conocido era que, en realidad, todas las llamadas del país se controlaban, aunque se suponía que solo las de origen o destino en el extranjero podían marcarse para indexar palabras clave. Esas indexaciones detectaban palabras incluidas en un registro como «bomba», «matar»; en otros tiempos, «Osama» había sido un término habitual en los marcajes.

Brice se centraba ahora en casos de alta prioridad relacionados con el profesor Michael Salomon. Los detalles eran especialmente reservados con respecto a por qué y cómo la Panda había acabado involucrada en aquel asunto. Normalmente, Brice estaba al corriente de por qué le encargaban un trabajo, pero, en esta ocasión, solo el director Mason, que era uno de los peces gordos de la organización clandestina, parecía saber qué pasaba con aquel profesor de Física de Nueva Jersey.

Brice había recibido el encargo de controlar las comunicaciones del buen profesor, averiguar con quién estaba en contacto y, probablemente, espiar lo que estuvieran tramando.

Brice se puso los auriculares y se recostó en el asiento a escuchar una conversación entre un agente de alto rango del FBI llamado Glen Bernstein y otro hombre:

—¿Qué quieres decir con lo de que el armario del cuarto del profesor Salomon está vacío? Nuestro equipo inventarió toda la casa antes de

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precintarla, ¿no?

—No sé qué decirte, Glen. Estoy en medio del vestidor y aquí no hay nada. No llevo encima la lista del inventario, pero estoy convencido de que me acordaría si pusiera que el vestidor de la habitación de matrimonio estaba totalmente vacío. Ese tipo de cosas llaman la atención. Además, el dormitorio está impoluto. Alguien ha venido a vaciarlo.

—¿Qué me dices del resto de la casa?

—El resto de la casa está normal. La están repintando y están arreglando las ventanas y tal, pero hay adornos y esas cosas en los sitios donde cabría esperarlos. Lo que han vaciado es la habitación principal.

Bernstein sonaba cada vez más frustrado.

—Bueno, entonces tenemos que ver las grabaciones de la cámara de vigilancia para saber quién entró y vació la habitación. Dudo que un puñado de trabajadores contratados por la aseguradora se hayan dedicado a robar la ropa del armario.

—Um, sí… eso. Hace unos días te envié un mensaje de correo sobre la vigilancia. Solo nos permitieron un tiempo de vigilancia limitado, y no respondiste, por lo que nadie fue al juez para renovar la orden. Me refiero a que el profesor está bajo nuestra protección en otro sitio…

—¿Hablas en serio? —Bernstein suspiró y Brice casi vio a su interlocutor hundir los hombros presa de la frustración.

—Jason, esto apesta. Necesitamos un nuevo inventario de la casa y compararlo con el anterior. Si se han llevado cosas, quiero saber qué y por qué. Parece que tenemos al profesor controlado, pero su dichosa mujer y su hija siguen siendo un problema. ¿Crees que existe el riesgo de que huya?

—Creemos que no. Hasta el momento, parece bastante obediente.

Bernstein masculló algo ininteligible antes de añadir:

—Odio que todo esto sea en remoto. Si estuviera pasando en D. C., por lo menos aquí tendríamos mil razones para conseguir vigilancia las veinticuatro horas.

—Hay hombres que ya trabajan en el tema de D. C. Bueno, ¿qué le digo al profesor sobre la ropa que no le voy a llevar?

—Ah, pues, cuando lo veas, dile que el contenido de su armario se considera como pruebas y que no has podido llevarte nada. Pregúntale qué talla usa y cómprale a ese cabrón lo que te pida.

—Entendido.

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La llamada terminó y Brice frunció el ceño.

Los tipos del FBI no parecían tener la situación controlada.

Brice cogió el móvil del escritorio y marcó el número de Mason.

Sonó cuatro veces y saltó el buzón de voz.

—Doug, ¿dónde coño estás? —musitó Brice a nadie en concreto.

Era muy extraño que Doug Mason no estuviera localizable, y mucho menos en pleno día. Joder, no habían hablado desde hacía casi una semana.

La última vez, le había encomendado la misión de conseguir toda la información posible sobre el tal profesor Salomon, sin más.

Algo grave pasaba y, quizá por primera vez en los quince años que Brice llevaba trabajando para la Panda, estaba preocupado.

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CAPÍTULO DOCE

Sentada en el Freedom Hall, el comedor de la Base Conjunta Andrews, Alicia observó su nuevo carné y miró a Mason, que acababa de depositar en la mesa una bandeja con bebidas y un buen plato de patatas fritas.

—¿Jennifer Smith? ¿No podía ser algo más original? —Probablemente no sea muy recomendable que uses tu verdadero

nombre en este caso. —Mason dio un sorbo al té helado—. Además, es temporal. Hasta que averigüemos quién envió realmente a tus agresores y por qué.

Alicia mordisqueó una patata y recorrió la cafetería con la mirada. Más o menos la mitad de la gente llevaba uniforme o algún otro tipo de ropa militar, y los demás iban de paisano.

—Supongo que debería darle las gracias por organizar todo esto, aunque no esperaba acabar haciéndome pasar por una oficial de las Fuerzas Aéreas.

Mason rio.

—Si te fijas bien en el CAC, verás que eres piloto, no oficial. —¿El cac?

—C, A, C, Carné de Acceso común. Tu carné suele llamarse CAC. — Mason se inclinó hacia delante y habló en apenas un susurro a pesar del entorno relativamente ruidoso de una cafetería muy concurrida—. No se te ha preparado para nada de todo esto, así que no nos malinterpretes. El carné es para que te dejen en paz mientras estás en la base esperando a tu padre.

—¿Mi padre es miembro del ejército?

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—No. —Mason se echó a reír negando con la cabeza—. Al igual que tú, a veces fingimos ser quienes no somos. Te juro que te contaré muchas cosas a su debido tiempo, pero centrémonos en las próximas dos horas. ¿Has intentando contarle a tu padre lo del futuro?

—Sí. —Alicia asintió—. Y me escuchó, pero dudo que se lo creyera.

En realidad, todavía me sorprende que usted se lo crea.

Mason adoptó una expresión seria y acercó la silla un poco más, de modo que quedaron más lado a lado que vez de frente a frente. Se inclinó ligeramente para hablarle en un susurro:

—Pertenezco a una organización que funciona en muchos sentidos como conciencia para nuestro gobierno. La organización fue fundada coincidiendo más o menos con el nacimiento de la nación, y poseemos recursos en todos los continentes, incluso un miembro o dos en la Antártida. A menudo observamos tendencias e intentamos reorientar cosas cuando vemos que se desvían.

»Una ventaja de mi organización es que tiene un acceso prácticamente ilimitado a todo tipo de datos. Y eso es lo que me metió en un problema. En el futuro. Me enteré de la existencia de un proyecto que, a primera vista, parecía un avance científico extraordinario. Estaba dirigido por un profesor de Princeton a quien tú conoces. Y luego me enteré de una segunda fase del experimento, que llevaban conjuntamente dos equipos de investigación, uno de los cuales estaba dirigido por ti. Lo analicé y enseguida me di cuenta del peligro.

Alicia intentó recordar cuándo había conocido realmente a Michael en el futuro, pero fue en vano. Tal vez aquellos recuerdos no se habían transferido con éxito.

—Si tuviera que identificar mi mayor talento, probablemente diría que ser capaz de ver lo malo dentro de lo bueno y viceversa. Unos me llaman cínico, otros, optimista, pero al final soy bastante pragmático. Quiero lo mejor para nuestro gobierno y su gente. Sin embargo, los proyectos en los que tú y ese profesor os metisteis dispararon mis alarmas. Teniendo eso en cuenta, intenté hablar con el profesor. Intenté advertirle de lo que podía pasar. Poco después, el programa entero quedó confiscado. Había gente en el gobierno muy interesada en la promesa de lo que vuestros dos equipos podían llegar a conseguir. Para ellos suponía una ventaja militar, para empezar. Se etiquetó como proyecto de investigación relacionado con la seguridad nacional. Al final, fue una excusa para crear un estado policial.

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Alicia asintió al recordar la sensación de paranoia en las calles.

—Lo recuerdo en parte. Supongo que mi transferencia de memoria no fue tan completa como cabría esperar. Pero creo que incluso la policía podía arrestarte con la mera sospecha de lo que aún no habías hecho…

En su interior, Alicia recordó la primera vez que la llevaron a juicio como testigo experta. Escuchaba a un fiscal interrogando a una mujer mayor desde el estrado.

—Señora Patterson, no ha tenido una vida fácil, ¿verdad?

La frágil anciana de ochenta y pico años estaba sentada en el estrado y se inclinó hacia el micrófono.

—Bueno, supongo que todo el mundo tiene problemas de vez en cuando.

El fiscal alzó ligeramente la voz.

—Permítame que le formule la pregunta de otro modo. Los cincuenta años de casada con su marido no han sido fáciles, ¿no? Vivir con ese hombre ha sido todo un reto, ¿es así?

La voz de la mujer tembló un poco.

—Todos los matrimonios pasan por momentos difíciles, señor Jenkins.

Absolutamente todos.

—Por supuesto, claro, pero los últimos veinte años con su marido, que no puede estar presente porque está postrado en cama, han sido especialmente duros. Después del accidente, nunca recuperó sus facultades. Y el dinero de la indemnización nunca llegó a cubrir todos los gastos, ¿me equivoco?

—Supongo que tiene razón. En ese sentido la situación no ha sido fácil.

A Alicia se le partía el corazón al que ver que la mujer se secaba las lágrimas corriendo el maquillaje barato que se había aplicado por la mañana. ¿Cómo iba a ser culpable de conspiración de homicidio?

—Y tiene un vecino, un tal señor Robert Kenyon. ¿Recuerda al señor Kenyon?

—Sí, es mi vecino desde hace un cuarto de siglo.

El fiscal se colocó frente al jurado y dijo:

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—Señora Patterson, hemos tomado declaración a su vecino, el señor Kenyon, y reconoció que le hizo una propuesta bastante indecente, a pesar de asegurar que era un hombre devoto. ¿Recuerda esa propuesta?

Alicia se fijó en que la expresión aburrida del jurado cambiaba de repente porque vio cómo sus miembros se inclinaban hacia delante y prestaban mucha más atención.

Tal vez fuera propio de la naturaleza humana reaccionar de ese modo ante cualquier promesa de escándalo.

—No, señor Jenkins. No recuerdo que Robert me haya dicho jamás nada inapropiado o indecente.

El fiscal rio y leyó de una ficha:

—Creo que el señor Kenyon le dijo que, llegado el caso de que lo necesitara, estaba dispuesto a mantenerla. Señora Patterson, no esperará que el jurado crea que tal oferta no es indecente, ¿no?

—¡Protesto, su señoría! —El abogado defensor negó con la cabeza ante el abogado contrario—. Argumentativo.

—Se acepta —dictaminó el juez.

—Señora Patterson, ¿consideró indecente la oferta de apoyo financiero que le hizo el señor Kenyon?

—No fue indecente. Fue muy amable por su parte y a lo mejor le convendría aprender de eso, señor Jenkins —replicó la mujer con tono ofendido—. Robert decía que, si Frank moría, él estaba dispuesto a cuidar de mí. Es lo que diría una persona decente.

—Exacto —dijo el abogado con aire triunfante.

—Me gustaría referirme al documento 3B incluido en el expediente. Procede directamente de un estenógrafo de memoria autorizado por el gobierno. —El fiscal volvió a colocarse frente al jurado, sujetando el informe impreso, y, sin mirar a Alicia, señaló en su dirección y prosiguió:

—Tengo a una experta en estenografía de la memoria que declarará acerca de la precisión de esto. Afirma de forma inequívoca que la señora Holly Andrea Patterson fantaseó acerca de dejar de administrar a su marido algunos de los medicamentos que necesitaba diariamente en su tratamiento intravenoso. De hecho, los recuerdos incluso llegan al cálculo de cuánto tiempo tardaría su esposo en sufrir una crisis letal sin esas medicinas. Además, fantaseó sobre dormir hasta tarde y lo contenta que se pondría cuando encontrara a su marido muerto, disfrutando así de la libertad que deseaba desde hacía tiempo. Y la señora Patterson ha pensado

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muchas veces en gozar del abrazo del señor Kenyon. Un abrazo que sabía que solo era posible si Frank Lloyd Patterson, su marido, moría. Todo esto consta en el registro innegable de sus recuerdos.

Se oyeron un par de gritos ahogados entre el jurado y el juez golpeó el mazo con fuerza, advirtiendo de que todo ruido o interrupción tendría graves consecuencias.

Alicia se quedó mirando mientras el abogado seguía recitando del tirón los viejos pensamientos de la mujer y, aunque fueran cuestionables, parecían fruto de un momento de debilidad, no de culpabilidad. Le entraron náuseas al pensar que una debilidad, un pensamiento mal concebido, pudieran tener consecuencias graves. Así no era como debían ser las cosas.

—Señor Jenkins, no recuerdo la mayoría de las cosas que acaba de decir, pero nunca haría daño a mi esposo a propósito. Le quiero más que nada en este mundo y lo he cuidado cada día desde el accidente. Amo a mi marido.

El fiscal negó con la cabeza.

—Quizá no más que a Robert Kenyon, por lo que parece. Y, como bien sabe, en virtud del 18 USC 117, está usted acusada de conspiración para cometer homicidio. De acuerdo con la subsección modificada relativa a los datos de la memoria, y cito: «Si dos o más personas conspiran para violar la sección 1123 de este apartado, y una o más de esas personas llevan a cabo algún acto evidente para realizar el objeto de la conspiración, la autora del acto será castigada con prisión por un número determinado de años o de por vida».

—¿Estás bien? —preguntó Mason.

Alicia sintió un escalofrío y volvió a centrarse en el aquí y el ahora. —Dios mío, hemos juzgado a personas por crímenes que no habían

cometido. El futuro es un lugar terrible, y es culpa mía.

—Probablemente sea peor de lo que recuerdas. Pero date cuenta de que lo que acabas de describir necesitó no solo lo que tú creaste, sino también de la capacidad del profesor para enviar cosas al pasado. La acusación penal preventiva se materializó cuando se produjo un asesinato y se envió una advertencia al pasado a un fiscal.

—¿O sea que se habría producido? ¿El crimen?

Mason se encogió de hombros.

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—Creo que puede verse de muchas maneras, pero eso es lo que el futuro gobierno decidió que hiciéramos. Y tuvo un efecto escalofriante en la sociedad en general.

A Alicia se le puso la piel de gallina y un escalofrío le recorrió la espalda.

—Soy incapaz de imaginar cómo funcionaría eso.

—Tal como me lo has contado, cuando los recuerdos se envían al pasado, en esencia estás utilizando una ráfaga de disparos para enviar munición con un patrón exacto a la mente de una persona. Es casi imposible hacerlo de forma precisa desde lejos. Por algún motivo, cuando enviaste mis recuerdos, o le diste a una diana o exageraste la dificultad, porque recuerdo despertarme hace aproximadamente una semana con una terrible sensación de náusea y, por un momento, pensé que estaba en el futuro. Tardé una hora en entender qué había pasado exactamente. Recuerdo el futuro como si fuera ayer.

Alicia negó con la cabeza.

—No tengo ni idea de lo que es cierto o no de lo que acabas de decir, pero puedo asegurarte que tuve la misma sensación de náusea hace el mismo tiempo, y sin embargo mi memoria está fragmentada. Algunas cosas las recuerdo enseguida, como Michael… oh, desde luego que me acuerdo del profesor.

—Si no me equivoco, vosotros dos acabasteis juntos, ¿no?

Ella asintió.

—Y me parte el corazón haberlo visto y que no me reconociera. No me reconoció en absoluto. —Alicia estaba conmovida—. Pero supongo que tiene sentido. Sí… recuerdo estar en esa habitación bajo Fort Meade… estábamos transmitiendo sus recuerdos cuando irrumpieron en la sala. A lo mejor no los recibió. O tal vez solo unos cuantos. No sé.

Mason tamborileó en la mesa con los dedos cuando un grupo de ruidosos pilotos irrumpió en la sala, riéndose de algo.

—Bueno, esa es la cuestión. Dijiste que los recuerdos pueden transferirse y la persona ni se da cuenta hasta que algo desencadena uno de esos recuerdos latentes. Describiste los recuerdos como una serie de vías tipo laberinto, y solo si encuentras la entrada te das cuenta de que están ahí.

Alicia asintió.

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—Eso tiene sentido. Podría entrar en el control epigenético de la memoria, los procesos electroquímicos y demás, pero eso no importa.

—Todo importa, querida. ¿Sabes? Creo que a mí esto me ha afectado de forma distinta que a ti y a tu futuro amante. Tengo una característica que es casi única. Tengo memoria eidética. Recuerdo todo lo que he visto, olido, saboreado… joder, puedo decirte que, en la película El Hobbit, exactamente a la hora y veinticuatro minutos, veintinueve segundos de la cinta, Bilbo y su compañía entran por primera vez en Rivendell. La ciudad gobernada por Elrond.

Alicia se giró hacia Mason y sonrió.

—Eres un bicho raro, ¿no?

—¡Ajá! —Mason se encogió de hombros—. Supongo que tengo mis momentos. Pero la cuestión es que tengo un punto de vista sobre lo que sucede totalmente distinto a los demás. Tú y yo hemos mantenido esta conversación cuatro veces en el pasado.

—¿Qué conversación? —preguntó Alicia con expresión sorprendida.

—Esta, la que estamos teniendo.

—¿Cómo?

—No es más que una teoría, tengo… —Mason hizo una mueca y respiró hondo—. Escúchame bien. Creo que en el futuro pueden pasar cosas cuando envías un mensaje al pasado. Pero no siempre. A veces puede tener un efecto dominó. No difiere de lo que pasaría si retrocedieras en el tiempo y mataras a Hitler de pequeño. ¿Cómo cambiaría el mundo? ¿Y si ayudaras a Hitler a triunfar? Imagínate cómo cambiarían las cosas a continuación. Sé que me he despertado cuatro veces distintas y que me han inculcado recuerdos. No recuerdo despertarme las cuatro veces, pero recuerdo cuatro veces distintas en las que se me han actualizado los recuerdos aquí arriba. —Mason se dio un toquecito en la sien—. Lo sé porque cada vez los recuerdos eran un poco distintos. Recuerdo cuatro versiones distintas de nuestro futuro. Ninguna de ellas es agradable.

—El multiverso. —Alicia abrió mucho los ojos—. He leído sobre esa teoría. Por cada posible cambio en una decisión existe un universo distinto. Pero usted parece pensar que no es un universo distinto per se, sino que todo es una única línea temporal, y supongo que hemos fracasado cuatro veces en el intento de evitar lo que va a suceder. ¿Es eso lo que insinúa?

Mason asintió.

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—Esa es mi teoría básica. El único problema es que no tengo ni idea de qué hicimos distinto. Cómo fracasamos. O qué tenemos que hacer para eliminar la amenaza. —Se rascó el mentón—. Cuéntame qué sabes del profesor.

—Bueno, sé que enseña…

—No, no desde un punto de vista técnico, sino emocional. Seréis amantes en el futuro. ¿Qué sabes de él? Sus orígenes. ¿Tiene familia? ¿Padres? ¿Es creyente? Cualquier cosa…

Alicia enarcó las cejas, sorprendida ante la pregunta.

—No recuerdo cuándo nos conocimos en el futuro. Cielos, es raro decirlo y, aun así, es lo único que tiene sentido. Pero recuerdo que trabajamos juntos y… —Se sonrojó ligeramente—. Creo que lo seduje. Le hice beber y fui a por él sin contemplaciones. En ese momento no estaba segura ni de si era gay o hetero, porque había estado coqueteando con él y ni se había inmutado. —Alicia sonrió—. No era gay. Con respecto a lo de la familia, no lo sé. No estaba casado, eso sí que lo sé. Y, que yo supiera, se pasaba buena parte del día en el trabajo. Estaba obsesionado. Recuerdo que hicimos el amor en su despacho. Y en mi apartamento. —Miró a Mason y sacudió la cabeza—. No me puedo creer que acabo de reconocerlo en voz alta. Sea como sea, no recuerdo haber estado en su casa alguna vez. Diría que era una persona muy reservada, pero no sé si tenía vida privada. Siempre estaba en el trabajo. ¿Por qué lo pregunta?

Mason apretó los labios con fuerza y sacudió la cabeza. —Por nada. ¿Qué sientes ahora con respecto al profesor?

—No debería sentir nada, ¿no? Soy estudiante de posgrado y no lo conozco. —Alicia exhaló un suspiro—. Desde que recibí esos recuerdos, lo vi una vez e intenté advertirle acerca del futuro. Fue un fracaso estrepitoso. Le seré sincera, quiero volver y sacarlo de ahí. Apartarlo del proyecto y cambiar el desarrollo de los acontecimientos.

—¿Pero lo que sientes por él se ha transferido? —Mason la miró fijamente—. Creo que tienes un vínculo emocional, ¿no?

A Alicia se le hizo un nudo en la garganta que le impidió hablar, por lo que se limitó a asentir.

—¿Eres consciente de que lo más sencillo sería que un francotirador lo liquidara y acabara con todo esto?

—¡No! —exclamó Alicia. Y se tapó la boca con la mano al ver que todo el mundo se giraba para mirarla.

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Mason se echó a reír.

Alicia dio un buen sorbo al té helado e intentó sonreír a pesar de su conmoción.

—Siento haber reaccionado así.

Los clientes del bar parecieron perder el interés en ella y volvieron a centrarse en sus platos y sus conversaciones.

—¿Lo ves? —dijo Mason—. ¿Y si esa es la única respuesta que nos queda?

Alicia sintió la opresión del peso del futuro sobre sus hombros y supo que enviaba sus recuerdos al pasado porque era culpa suya, tal vez culpa de los dos, que el mundo se hubiera convertido en una versión distópica de sí mismo. Se inclinó hacia la derecha y, casi tocando a Mason con la cabeza, susurró:

—Si llega ese momento, yo misma apretaré el gatillo. No podemos permitir que el futuro que he visto se haga realidad.

—Me parece bien. —Mason asintió—. ¿Pero, dime, cómo describirías al profesor con respecto a su fidelidad hacia sus jefes?

—¿En el futuro o ahora?

—En ambos casos.

—En el futuro, tenía la clara impresión de que algo lo había roto por dentro y que por eso se había convertido en un adicto al laboratorio. Es una suposición, porque es lo que veía de él: lo conocí como ratón de laboratorio que se pasaba todo el día trabajando. Solo atisbé al verdadero Michael las pocas veces que me acosté con él. —Alicia se presionó las manos contra las mejillas calientes—. No puedo creer que esté hablando de esta manera. En cualquier caso, creo que en su fuero interno odiaba al gobierno, pero nunca se pronunció en su contra. Es solo que de vez en cuando vi que entornaba los ojos o alguna de las cosas que dijo muy al final… comentarios fatalistas. Sabía que querían matarnos porque ya no colaborábamos. Me temo que sobre todo por mi culpa. Pero él seguía adelante. Sabía que había hecho algo imperdonable y que no había forma de deshacerlo. Había abierto la caja de Pandora.

—Sin embargo, a ti se te ocurrió la idea de deshacer el entuerto advirtiendo a su ser anterior.

Alicia negó con la cabeza.

—En realidad fue idea suya. Yo solo ayudé a unir las piezas del rompecabezas. Pero la idea le gustó en cuanto le sugerí que podíamos

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intentar deshacer lo que habíamos hecho. —Se volvió en el asiento y miró a Mason a los ojos—. Creo que lo mejor que puedo hacer es volver a Nueva Jersey. Si hay alguien capaz de despertarle sus recuerdos y convencerlo de que se marche, creo que soy yo.

—Ya veremos. —Mason consultó su reloj de pulsera—. Dime, ¿qué intentas sacar de todo esto?

—¿De esto?

—Volver a Nueva Jersey, ver al profesor. ¿Cuál es tu verdadera motivación?

Alicia suspiró mientras cavilaba la respuesta.

—¿Mi motivación? He visto cómo acabo en el futuro y estoy convencida de que con Michael pasará igual. La única forma de evitarlo es sacarlo del proyecto.

—¿Y eres consciente de que, si lo haces, quizá no vuelvas a verlo nunca más?

Alicia mostró las palmas de las manos, como si sopesara dos opciones. —Por un lado, sufrir una muerte horripilante después de haber echado un par de polvos increíbles. Por el otro, salvar el mundo y ver qué ocurre.

Prefiero salvar el mundo. Hay que ser imbécil para no preferirlo.

Mason sonrió.

—Jovencita, creo que estamos de acuerdo. —Se levantó y recogió la bandeja con el plato de patatas fritas a medio comer y las bebidas medio acabadas—. Tu padre está a punto de aterrizar, hablad y a ver qué pasa.

Alicia siguió a Mason y preguntó:

—¿Cree que debería explicarle a mi padre lo que está pasando? ¿Todo eso del multiverso?

Mason depositó la bandeja en una cinta transportadora que lentamente entraba en la zona de la cocina y se volvió hacia Alicia.

—Eso te lo dejo a ti, pero ten en cuenta que quizá le resulte difícil de creer. A mí me cuesta y he vivido esto cuatro veces…

Mason tenía razón. Era imposible que su padre lo entendiera, por mucho que quisiera. Imposible.

Mason cruzó una puerta que los conducía a la pista y el ruido de los motores de avión inundó el ambiente.

—Creo que voy a jugar a ser la estudiante universitaria confundida y a ponérselo fácil.

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Se encaminaron hacia un grupo de edificios situados al norte y él gritó por encima del ruido:

—¡Quizá sea lo más fácil!

Alicia tenía un plan, pero a su padre nunca le parecería bien.

Brice iba escribiendo con furia en la libreta mientras escuchaba la conversación interceptada que se estaba produciendo entre el agente especial a cargo, Glen Bernstein, y alguien del centro de datos de Utah.

—¿Qué tal, Sandi? ¿Alguna novedad en el CDU? —preguntó Bernstein.

—Pues la verdad es que sí. ¿Te acuerdas del número de móvil que me hiciste añadir a la lista? ¿El de Alicia Yoder?

—Sí —dijo emocionado—. ¿Qué has conseguido?

—Pues parece que tu querido Michael Salomon ha intentado llamar desde su móvil al de ella hace un rato. Quedó registrado porque saltó el contestador.

—Excelente. ¿Y acaba de pasar, dices? —Sí, hace unos cinco minutos. —Perfecto. ¿Algo más?

—No, pero me dijiste que, si había movimiento en ese número, te llamara sin esperar al informe diario.

—Fantástico, te debo una. Muchas gracias.

Colgaron y Brice observó el monitor. La señal del AEC estableció otra conexión, esta vez con alguien situado en Nueva Jersey.

—Jason, ¿qué pasa con la tal Alicia Yoder? Se supone que teníais que pillarla. ¿Cómo está el tema?

—Pues nada bueno. La chica lleva un par de días desaparecida y los tipos que mandé a por ella… pues, no sé. He intentado ponerme en contacto con ellos, pero deben de tener el móvil desconectado.

—Maldita sea, ¿por qué no consigo que algo me salga bien? — Bernstein echaba humo—. Ahora tenemos una conexión directa entre nuestro profesor y la tal Alicia. No sé cómo, pero se conocen y él ha intentado llamarla.

—Escucha, Glen, lo tenemos vigilado a sol y a sombra. No tengo ni idea de cómo ha conseguido contactar con él.

Bernstein exhaló un suspiro.

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—Bueno, sigue intentando localizar a la chica. La necesitamos bajo nuestro control y fuera de circulación. Creo que tengo motivos más que suficientes para acelerar el traslado a D. C…

—Glen, sería conveniente que te replantearas eso. Sé de buena fuente que nuestro hombre jura que no irá a D. C.

—¿Por qué? ¿Qué problema hay con D. C.?

—Sigue albergando la esperanza de que su mujer y su hija reaparezcan.

La línea quedó en silencio durante cinco largos segundos, lo cual dio un respiro a Brice, que no dejaba de tomar notas.

—Entiendo. Bueno, quizá tenga que darle la noticia.

—¿Qué noticia?

—Da igual. Yo me encargo.

La señal se cortó y Brice, aún boli en mano, miró a la pantalla y no vio más actividad telefónica En silencio, maldijo su suerte.

—¿Por qué nos importa tanto el dichoso profesor?

Michael miraba la pantalla con expresión soñolienta. Estaba dando los toques finales a su último informe. Lo que le parecía positivo de trabajar con los tipos del gobierno era que le obligaban a llevar un registro por escrito y a explicarse bien. Era una buena disciplina, algo que no había tenido que hacer con anterioridad, dado que la mayoría de la gente que leía acerca de su trabajo eran otros investigadores.

Hoy en día tenía que hacer comprender nociones de física avanzada a gestores especializados en informática o ingeniería mecánica. Era casi como escribir para sus alumnos… para los menos aventajados.

Hubo un alboroto en el laboratorio y Percy saltó de su lecho al ver entrar a varios agentes.

Empezó a gruñir.

—¡Percy! Ven aquí.

Arañando el suelo del laboratorio, pasó corriendo junto a los agentes y se sentó al lado de la silla de Michael.

Michael se levantó en cuanto vio al agente Bernstein, que encabezaba el grupo.

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No lo había visto desde aquel primer día en la casa. ¿Por qué estaba allí el agente del FBI a cargo de su caso?

¿Acaso iban a sacarle a colación su escapadita con el conductor de Uber?… O quizá…

—Agente Bernstein, ¿alguna noticia sobre mi esposa y mi hija? Bernstein estaba muy serio e hizo una seña a Michael para que se

sentara. Acercó un taburete alto de tres patas.

—Siéntese, profesor.

A Michael, el corazón le palpitaba a toda velocidad. Los otros dos agentes se quedaron atrás, con expresión no precisamente alegre.

—No conozco una forma fácil de dar esta noticia, así que no voy a andarme con rodeos: ha habido un accidente en el que un coche ha acabado incendiado. —Bernstein suspiró—. Su mujer y su hija estaban dentro.

El hombre siguió hablando, pero lo único que Michael oía era un zumbido en el aire. Ni siquiera era consciente de que estaba en el laboratorio. Estaba en otro sitio. Estaba en un terraplén, mirando un SUV calcinado. Los bomberos remojaban los restos humeantes. Unos helicópteros sobrevolaban la zona. Se llevaron unas bolsas de cadáveres en camilla.

El sonido del coche de bomberos se fue amortiguando y volvió a escuchar la voz de Bernstein.

—Los secuestradores eran agentes extranjeros. Estábamos a punto de darles alcance y entonces aceleraron por la autopista, con malas condiciones atmosféricas, lo que provocó una colisión. No hubo supervivientes. Los cuerpos han quedado irreconocibles, así que no vamos a pedirle que los identifique si no quiere. Ya hemos empezado el análisis del ADN, pero el forense tiene el historial dental de su esposa y concuerda con la mujer adulta fallecida. Lo siento.

Michael estaba paralizado. Algo de aquello no cuadraba. Acababa de tener un recuerdo del accidente. ¿Cómo era posible?

Sintió la ira bullir en su interior. Pero respiró hondo, exhaló lentamente y entonces dijo, con la máxima tranquilidad de la que pudo hacer acopio:

—Quiero ver sus cuerpos.

El AEC se levantó del taburete.

—Lo imaginaba. Estamos preparados para llevarle, ahora mismo, si quiere.

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Michael siguió aturdido a los agentes hacia el coche, soportando la presencia de un escolta policial, hasta llegar a la oficina del médico forense de Mercer County.

Parecía que los esperaban porque, a los pocos minutos de haber entrado en el edificio, Michael se encontró ante dos cajones para cadáveres abiertos con unas bolsas precintadas dentro.

Un hombre con bata blanca miró a Michael y luego a Bernstein. —¿Estamos listos?

Los agentes miraron a Michael, quien asintió.

Se preparó para el horror. Sangre, vísceras… ni siquiera sabía qué esperar. Pero, en cierto modo, lo que vio fue incluso peor.

Los cuerpos estaban tan calcinados que eran poco más que esqueletos con la piel chamuscada. Ni pelo, ni labios, ni rasgos faciales.

El cuerpecito de Felicia estaba prácticamente consumido. Lo único que quedaba de ella eran el torso, la cabeza y unos muñones en lugar de extremidades.

Las únicas dos personas que quería en este mundo habían quedado reducidas a unos restos calcinados.

Michael soltó un sollozo incontrolado y se dio la vuelta. Aquello era demasiado.

Los agentes lo acompañaron en silencio a la salida.

En cuanto subió al sedán, Percy gimoteó y apoyó la cabeza en su regazo. El profesor se la acarició sin sentir nada.

«Está muerta. Las dos han muerto».

Notó una opresión en el pecho, como una faja metálica que le impidiera respirar. Sabía que los agentes le hablaban, pero no los oía. Su mente seguía en el depósito de cadáveres. Mirando los cuerpos. Y, en su interior, los imaginaba a los dos girando la cabeza para mirarlo. Las cuencas oculares vacías lo observaban y tenían la mandíbula abierta, gritándole en silencio.

Percy soltó un gritito de dolor. Michael se dio cuenta de que lo había apretado demasiado fuerte y lo soltó enseguida. El corazón le latía a toda velocidad y el mundo perdió su color. Durante un momento tuvo la sensación de perder el conocimiento.

Y luego todo fue volviendo a la normalidad.

Respiró con más regularidad y tocó a Percy, que le devolvió la mirada con cierto recelo.

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—Lo siento, Percy. He tenido una pesadilla. Eres un buen chico.

El perro bajó las orejas y Michael lo acarició una vez más. El cachorro crecidito se le acercó más y gimoteó en su regazo.

—Lo sé, chicarrón. Todo irá bien. Ahora nos hemos quedado solos tú y

yo.

Se le hizo un nudo en la garganta y repitió la misma frase. Esta vez con un poco menos de emoción.

—Nos hemos quedado solos tú y yo.

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CAPÍTULO TRECE

Alicia estaba sentada frente a su padre en una sala de reuniones privada de la Base Conjunta Andrews. Él la miraba con sus característicos ojos azules. Notó que estaba enfadado por cómo apretaba la mandíbula. Aunque sabía que bullía de ira, mantenía la plácida expresión de un maestro zen. Lo único que lo delataba era la mandíbula apretada.

—Papá, voy a involucrarme en esto. Doug y yo ya lo hemos hablado y sé que no quieres ni oír hablar de ello, pero tengo que hacerlo.

Su padre se volvió hacia Mason y arqueó una ceja.

—Doug… —dijo con un tono tan cariñoso que presagiaba tormenta—. ¿Qué es eso de que habéis llegado a un acuerdo para que vaya a una misión? Una cosa es que yo regrese antes de tiempo y me entere de que mi hija mayor ha sido reclutada para la Panda, aunque no tenga ni idea de qué va todo eso, y otra muy distinta que la embarquéis en una misión. — Tamborileó con fuerza en la mesa con el índice para enfatizar el comentario—. Es una estudiante.

—Levi, soy muy consciente de que es una estudiante. —Mason sonrió, impávido ante la mirada intimidatoria del padre de Alicia—. Con respecto a lo de la misión, aún tenemos que decidir bajo qué parámetros. Aún no he hablado con Brice, que ha estado recogiendo información sobre nuestro ilustre profesor. No va a pasar nada de un día para otro.

Levi se volvió hacia Alicia y la señaló.

—¿Pero qué formación te crees que tienes para pensar que estás preparada para una misión? ¿Solo porque te he enseñado artes marciales básicas y porque sabes disparar, te piensas que estás preparada? Alicia,

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estás estudiando. Cariño, no sabes en qué lío te estás metiendo. No estás lista, créeme.

Alicia notó que se le erizaba el vello de la nuca mientras su padre vertía sobre ella toda su ira y frustración.

—Papá, para esto sí que estoy preparada. Es verdad que soy una estudiante, pero por eso puedo ayudar mejor que otros agentes. Podría darte más explicaciones, pero quizá no te gusten.

—Joder, sí, dámelas. —Su padre se recostó en el asiento con una sonrisa—. Estoy ansioso por oírlas.

Alicia respiró hondo y habló con gran convencimiento en mandarín, un dialecto chino que su padre dominaba.

—Bueno, ya no tengo doce años, e incluso a esa edad ya sabes que no era una niña inocente y que cuando me adoptaste vivía en la calle. Sufrí abusos y maltrato por parte de hombres y mujeres durante años, y te estaré eternamente agradecida por habernos salvado a mí y a mis hermanas. Pero lo que voy a decirte va a recordarte quién soy y de qué soy capaz.

Retomó el inglés.

—Estamos intentando alejar a ese profesor de su trabajo. Alejarlo del gobierno, que lo subvenciona para que haga algo que va a acabar con este mundo.

»Soy la persona más adecuada para llamar la atención del profesor y convencerlo de que abandone el proyecto.

Su padre abrió la boca, pero ella levantó la mano y le impidió hablar. —Papá, te dije que tengo recuerdos del futuro. Estoy segura de que no

me crees, pero tienes que creer una de estas dos cosas, porque una de ellas es cierta:

»O bien intimo con ese profesor en el futuro, o bien he tenido relaciones con él mientras era estudiante en la misma facultad. Una de las dos situaciones es cierta e, independientemente de cuál sea, el hecho es que lo conozco mucho mejor que cualquier otra persona y estoy convencida de que, por lo menos, puedo lograr que esté dispuesto a hablar conmigo. —Se volvió hacia Mason—. Si consigo hacerlo entrar en razón o convencerlo, ¿tenemos la capacidad de retenerlo en contra de su voluntad?

Mason arrugó la frente y miró a Levi.

Su padre observó a Alicia y negó con la cabeza.

—Jovencita, tu actitud me recuerda mucho a Lucy, y eso no es exactamente positivo. Es sumamente temeraria.

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—¡Ja! —se mofó Alicia—. Hace años que estás medio liado con Lucy, así que lo tomo como un halago. Además, necesitas mujeres que te desafíen.

Su padre soltó un bufido y luego suspiró.

—¿Qué demonios voy a hacer contigo?

Mason se levantó y miró alternativamente a padre e hija.

—Ya os apañaréis entre vosotros. En cualquier caso, por ahora no haremos ninguna llamada. Levi, necesito que lleves a Alicia al piso franco local. El vehículo está preparado en el garaje adjunto a este edificio. —Se volvió hacia Alicia—. Es preferible que no te vean por la calle hasta que sepamos mejor qué está pasando y si esos agentes del FBI que fueron a por ti no son más que la punta del iceberg. —Miró a Levi y añadió—: Voy a hablar con Brice a ver qué información ha recogido. Reunámonos mañana a las nueve de la mañana en el «Rooster and Bull». Dejaré que le expliques a tu hija qué es la Panda. Y celebraremos una reunión previa a la misión en el cuartel general. ¿Alguna pregunta?

Los dos negaron con la cabeza.

—Bien. —Mason señaló hacia la puerta con el pulgar y dijo—: En marcha. Así podré decirle al general Owens que ya puede volver a disponer de su sala de reuniones.

Alicia se levantó y su padre le tendió el brazo. Ella lo tomó y sonrió.

—No estás enfadado con él, ¿verdad? —preguntó en mandarín.

—Por supuesto que no, siempre has sido tozuda pero bastante responsable. —Levi miró a Mason mientras se encaminaban a la puerta—. Deberías saber algo sobre Doug Mason.

—¿El qué?

—Yo también hablo mandarín —confesó Mason en voz bien alta.

Michael estaba en la pequeña sala de reuniones del laboratorio. Se la había construido como estancia privada insonorizada donde él y Josh mantenían conversaciones con la gente de D. C. Resultaba especialmente útil cuando surgían temas no apropiados para el resto del personal del laboratorio. A menudo se trataba de discusiones sobre financiación o personal, o para

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establecer prioridades en los siguientes pasos de la investigación. Hoy, la reunión virtual con la gente de D. C. era solo con él.

—Actualmente contamos con trece ingenieros y científicos en nómina dedicados al proyecto Morpheus a tiempo completo, y hemos recibido autorización para aumentar nuestros esfuerzos de acuerdo con su plan, profesor Salomon. Esto va a suponer un punto de inflexión en la evolución del proyecto. Con esta expansión, y con la cantidad de instalaciones y campos base necesarios, el departamento de Defensa ha solicitado una consolidación de personal clave en el área metropolitana de D. C.

El departamento de Defensa era el que decidía en última instancia sobre los recursos económicos asociados a la DARPA y al proyecto.

Michael frunció el ceño ante el altavoz del teléfono en manos libres. —Antes de hablar de D. C., ¿alguien puede decirme por qué pensamos

que hay necesidad de aumentar el esfuerzo? Mis planes no lo exigen. ¿Qué se va a conseguir con esa expansión?

—Doctor Salomon, soy Carl…

—Un momento, Carl. —Carl «Ojo Rojo» Sundenbach era uno de los miembros del equipo de la DARPA que peor le caían. Era callado, lo contrario de una persona sociable, y tenía un carácter que le resultaba fastidioso. Sin embargo, estaba presente en todas y cada una de las reuniones, sin excepción, y aunque casi nunca intervenían, las pocas veces que hablaba quedaba claro que las seguía con mucha atención—. Carl, explícanos cuál es el objetivo de la expansión. Uno de tus hombres incluso dijo algo de campos base y eso significa…

—Sí, vamos a por todas —repuso Carl—. Vamos a encargar lanzamientos de sondas espaciales para las pruebas venideras.

Percy irguió las orejas al ver a Michael mostrar sorpresa.

—¿Cómo? ¿Queréis pasar a realizar pruebas espaciales? Eso es como la fase cinco de mi plan. Aún no hemos demostrado que los cambios de tiempo estén directamente relacionados con la velocidad del flujo de taquiones. No es más que una hipótesis de trabajo de la primera tanda de experimentos.

—Soy consciente de que quizá resulte sorprendente, pero lo único que puedo decir es que los de arriba tienen mucha fe en ti. Pero eso también explica por qué se tiene la intención de unificar recursos en D. C. El centro de operaciones estaría en Quantico, ya que ahí disponen de muchos equipos que necesitamos. Con respecto al control de la misión y la

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configuración de la sonda espacial, ya hay trabajo avanzado en cabo Cañaveral. Esa será nuestra única ubicación remota para este proyecto tan delicado. Además, algunos de nosotros hemos estado trabajando en un diseño para la sonda espacial que pensamos lanzar para un par de meses. Obviamente, querrás ver las instalaciones, y puedo organizarte un viaje para que vayas a mirar casas.

Michael exhaló un suspiro al pensar en su casa. Hacía un par de días que le habían comunicado la muerte de su familia.

Los tipos del FBI le habían ampliado información sobre lo ocurrido. Al parecer, los secuestradores eran agentes extranjeros, y el FBI consideró que su ubicación se había visto comprometida. Huyeron a toda velocidad por la autopista en medio de una tormenta, chocaron y el SUV rodó por un terraplén, donde el vehículo se incendió, con sus ocupantes dentro, sin que hubiera supervivientes.

Michael no había pensado ni un momento en el estado de su casa y, a decir verdad, a esas alturas le daba lo mismo. La idea de volver allí, con tantos recuerdos encerrados entre aquellas cuatro paredes, y la imagen mental indeleble de su esposa y su hija sacadas a la fuerza… lo ponía enfermo.

—Carl, lo de dar un salto a D. C. suena bien. Pero olvídate de que busque casa. Cuando traslademos el proyecto, alquilaré un pisito y ya está. No necesito más.

—De acuerdo, informaré a la chica que va a reservarte el vuelo. ¿Cuándo puedes venir?

—¿Cuánto tiempo crees que tendré que pasar allí en esa primera visita? ¿Un par de días?

—Yo diría que el plan es que te quedes tres días. Así tendrás tiempo de ver las instalaciones, reunirte con gente del equipo con quien solo has hablado por teléfono y, quién sabe, quizá cambies de opinión sobre lo de la casa.

—No cambiaré de opinión, pero vale. Como voy a hacer otra prueba de lanzamiento de taquiones, ¿qué te parece si lo dejamos para después? Además, ¿cuándo vais a informar al resto del equipo sobre el traslado a D. C.?

—Hablaré con mi jefe para asegurarme, pero creo que se ha programado que salga un correo electrónico poco después de esa prueba que dices.

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—¿Lo sabe alguien más del equipo? No me gusta la idea de saber algo que va a afectar a la vida de los demás y que ellos no estén informados.

—Josh lo sabe, pero es el único de quienes trabajan aquí.

Por supuesto que Josh lo sabía. Probablemente hiciera tiempo, y sus comentarios acerca de D. C. dejaban claro que no se le daba demasiado bien guardar un secreto.

—Entendido. ¿Algo más por hoy?

—Jennifer te llamará al móvil cuando compre el billete de avión. ¿Te llevas al perro?

—Sí. —Michael miró a Percy, que estaba sentado en una de las sillas como si formara parte de la reunión. Movió un poco las orejas y soltó un bostezo—. Prefiero que venga conmigo.

—Está bien. Te entiendo. Nuestras mascotas forman parte de la familia. Ten en cuenta que, como parte de las medidas de seguridad, irás acompañado de un par de jefes de policía de paisano que no solo te llevarán al aeropuerto, sino que te acompañarán en el avión, y estoy seguro de que en el aeropuerto de destino habrá algún tipo de traspaso, pero ya te lo explicarán ellos. Obviamente, no es mi especialidad. Tengo ganas de que estés instalado aquí, eso lo facilitará todo. Hablamos luego, profesor.

Michael dio un toque al botón del teléfono para finalizar la llamada y miró a Percy.

—Percy, ¿qué te parece que nos traslademos a D. C.?

El perro elevó ligeramente el labio superior y enseñó los dientes.

Recordó lo que se había jurado: «Ni loco me mudo a D. C.».

—Lo sé, lo sé. Supongo que un frente frío está camino del infierno. Percy gruñó, enseñó los dientes y cerró la quijada con fuerza al aire. Se

balanceó y se cayó de la silla.

El mundo se inclinó cuando Michael sintió un ataque repentino de vértigo.

Vio una cascada de números desplazarse por su campo de visión, como en una escena de Matrix.

Fechas… números aleatorios… y, de repente, Michael se encontró bajando del asiento trasero de un Uber en un entorno rural que no reconocía.

Le habían dado una tarjeta con aquella dirección. Un lugar improbable en medio de ninguna parte. Pero lo que le había hecho ir hasta allí, lo que

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no podía pasar por alto, eran los dos mechones de cabello pegados en el reverso de la tarjeta. Uno oscuro, el otro más fino y claro. Ambos olían a lavanda.

Percy sacudió la cabeza, de tal modo que el collar tintineó.

Michael recorrió el lugar con la mirada y vio un pequeño grupo de gente situado a unos cuatrocientos metros de allí, en un campo yermo.

Su mujer y su hija seguían vivas, lo sabía. Corrió hacia el grupo con tanta energía que tuvo la sensación de que el corazón se le salía del pecho.

Percy ladró y corrió a su lado.

Cuando estaba a medio camino, Michael oyó un chirrido de neumáticos y una serie de golpes secos cuando. Dos sedanes dieron un fuerte volantazo desde la carretera en su dirección.

Alguien disparó desde el grupo que había en el campo y Michael notó dos impactos en el pecho. Uno desde atrás y el otro desde delante.

Percy soltó un grito de dolor.

El mundo se tornaba más lento al tiempo que le fallaban las piernas. Sintió una profunda quemazón en su interior y notó el sabor cobrizo de

la sangre en la boca.

El mundo se inclinó y se produjeron más disparos.

Michael intentó mirar al grupo para ver si María y Felicia estaban allí, pero se encontró tendido en el suelo bocarriba, contemplando el cielo mientras el mundo oscurecía hasta volverse negro.

Michael dio un respingo cuando la sala de reuniones reapareció ante él. Intentó incorporarse y se golpeó la cabeza contra la mesa central. Vio a

Percy tendido en el suelo, convulsionándose.

Ignorando el mareo y de las náuseas que él mismo sentía, Michael se acercó como pudo al perro y susurró:

—Percy, soy yo. —Plantó la mano en las ancas del animal y lo sacudió un poco—. ¡Vamos, grandullón! ¿Qué te pasa?

De repente, el perro se puso rígido, vomitó lo que tenía en el estómago y se incorporó como pudo, aturdido y con los ojos bien abiertos.

Mientras revivía la sensación de pesadilla de sus últimos momentos en este mundo, Michael centró la vista en el perro, que se acercaba a él tambaleándose, gimoteando, como si en su lenguaje perruno intentara expresar lo que le había sucedido.

—¿Tú también has tenido una visión?

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El perro soltó un bufido poco concluyente y esquivó con cuidado el vómito de la moqueta para ir a lamerle la cara.

—Oye, Percy, vas a hacerme vomitar a mí también. —Michael se levantó con las piernas temblorosas y añadió—: Esta sala empieza a apestar. Vamos a tomar un poco de aire fresco, creo que a los dos nos irá bien.

Cuando abrió la puerta de la sala de reuniones y respiró el aire relativamente limpio del laboratorio, Michael no pudo evitar estremecerse por el extraño sueño. Una mezcla de pesadilla y esperanza.

Se agarró al borde de un soporte para ordenador para mantener el equilibrio. Le embargaban una gran cantidad de imágenes y emociones.

¿Qué demonios acababa de ver?

Había oído hablar de brotes psicóticos en gente que había sufrido un trauma. Ya fuera en tiempos de guerra o también por la muerte de un ser querido. Pero nunca había imaginado experimentar algo como lo que acababa de ver.

La lápida de su hijita lo acechaba en su interior. Aunque no había pasado, podía pasar.

¿Acaso había visto el futuro?

Un posible futuro, quizá…

No, no podía ser. Había visto sus restos calcinados.

Probablemente acabara de sufrir un brote psicótico.

De repente, Michael sintió un escalofrío al pensar que reconocer que había sufrido tal cosa podría hacerle perder sus permisos de seguridad. ¿Seguiría aquella gente confiando en él si tenía visiones dantescas en pleno día?

Respiró hondo y soltó el aire lentamente, intentando aflojar lo que le parecía como una faja de metal alrededor del pecho.

Tal vez lo que más le convenía era mudarse a D. C. Alejarse de todo lo que lo rodeaba. Todo le recordaba a su familia. Había una cosa que sabía que lo libraría de aquellos pensamientos, y era dedicarse plenamente al trabajo.

Quizá fuera la única forma de mantenerse cuerdo.

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Como solo había estado una vez en D. C., Alicia observó el entorno mientras su padre conducía el coche de alquiler más allá de Lincoln Park, por el National Mall, pasando por Foggy Bottom… hasta que por fin vio un letrero que marcaba la entrada a la zona antigua de Georgetown.

—¿Adónde vamos exactamente?

Levi la miró y sacudió la cabeza.

—Ponte la capucha. Hay cámaras por todas partes y lo único que nos falta es que tu cara coincida con un patrón de búsqueda.

Alicia se puso la capucha y ajustó las salidas de aire para que el aire acondicionado le diera directamente en la cara. La idea de llevar la capucha puesta en verano no era lo que más adecuado le parecía pero, aunque su padre no se diera cuenta, era consciente de que había gente de la comunidad de inteligencia que la buscaba. Sin duda, en el futuro sería una persona non grata porque la habían pillado transmitiendo pensamientos a tiempos y ubicaciones ilegales.

—Con respecto a nuestro destino, ya te lo he dicho… aquí empezó todo para mí. Y supongo que Mason piensa que es buena idea que te impliques en este caso en concreto, al menos mientras intentamos averiguar quién va a por ti.

Levi paró en un hueco que había en el arcén y los dos bajaron del coche.

Mientras ella se reajustaba la capucha de la sudadera, él metió unas monedas en el parquímetro y le indicó que lo siguiera.

Un hombre mayor harapiento le gritó desde el otro lado de la calle:

—¿Tienes algo de comida?

Los dos siguieron andando por la calle 31 en dirección sur y más adelante ella vio un letrero en que aparecían el perfil de un gallo a la izquierda y la cabeza de un toro de largos cuernos a la derecha. La zona no era precisamente acomodada, por no decir otra cosa. Su padre se paró debajo del letrero, abrió la puerta y la invitó a entrar.

Alicia entró en el antro, donde la asaltó un olor a cerveza rancia y cera para madera.

El local era como cualquier otro garito. No es que tuviera mucha experiencia en aquel tipo de sitios, pero encajaba con la descripción de los pocos de los que tenía constancia. La iluminación era escasa, había unas pocas mesas y reservados… Un hombre entrecano que estaba secando un vaso detrás del mostrador miró en su dirección y asintió.

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Obviamente, era un momento tranquilo del día, ya que no había nadie más en el local aparte de un hombre trajeado sentado a la barra, que se volvió, y Alicia reconoció los pálidos ojos azules y la corta estatura de Doug Mason.

Se bajó del taburete y, con un gesto, les indicó que se acercaran. Mason le tendió la mano a Alicia y, cuando iba a estrechársela, se fijó

en el brillo del metal y sujetó el borde de la moneda del desafío.

El Ojo de la Providencia tardó apenas un segundo en iluminarse.

Mason repitió el gesto con su padre, con quien obtuvo idéntico resultado.

Mason desvió la atención hacia Alicia y sonrió. —Bienvenida a nuestra sede, jovencita. ¿Qué te parece?

Alicia recorrió con la mirada aquel entorno más bien decepcionante y esbozó una sonrisa.

—Bien, supongo que esperaba algo un poco más… —Pasó el dedo por el borde de la barra—. No sé… ¿limpio?

Él se rio y le hizo un gesto para que lo siguiera.

—Ven conmigo, tu padre ya ha pasado por esto, así que será divertido. Alicia lanzó una mirada a su padre, que había adoptado su típica expresión impertérrita, aunque ella se daba cuenta de que se estaba divirtiendo. Tenía los músculos faciales relajados, salvo los pómulos, señal

inequívoca de que intentaba reprimir una sonrisa.

Mason abrió la puerta del baño de hombres y la invitó a pasar.

Con expresión confundida, Alicia entró por primera vez en un baño de hombres.

Había tres compartimentos cerrados y dos urinarios alineados en una pared. En la puerta del compartimento del fondo había un letrero que decía «Fuera de servicio».

Alicia observó los urinarios porque nunca había visto ninguno:

—¿Así que ahí es donde meáis, en vez de orinar en un váter como las

personas civilizadas?

Su padre rio y negó con la cabeza.

Mason adoptó una expresión divertida al observar a Alicia contemplando los detalles del escusado.

La joven se fijó en los lavamanos, donde había otro hombre de pelo cano sentado en un taburete, con unos pantalones de vestir color marrón claro y una camisa abotonada de cuadros. El señor asintió hacia Mason y luego miró a Alicia con sus gafas estilo John Lennon.

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—¿Es la chica nueva? ¿La que sustituye a la Viuda Negra?

Levi sacudió la cabeza.

—No, está aquí para un encargo temporal.

—¿Encargo temporal? —El hombre soltó un bufido y sacudió la cabeza. Masculló algo sobre Molly Maids y la fulminó con la mirada.

—¿Qué es esto? —preguntó Alicia—. ¿Por qué estamos en el baño de los tíos con un viejo que me mira mal?

—¿A quién llamas viejo? —preguntó aquel hombre, cruzándose de brazos.

—No te recomiendo que cabrees a Harold —advirtió Mason—. A lo mejor se equivoca.

—¿Se equivoca de qué? —preguntó Alicia.

—De toalla. Solo ha pasado una o dos veces —dijo Mason. Cogió la toalla que Harold le tendía y entró en el compartimento que ponía que estaba fuera de servicio—. Por lo menos, eso es lo que me han dicho — añadió al cerrarse la puerta detrás de él.

Desde el interior del compartimento, se oyó un fuerte clic metálico seguido de un largo zumbido.

—Esos rumores nunca se han confirmado —dijo Harold bien alto, por encima del ruido de la cadena. Tendió otra toalla.

Levi le indicó a Alicia que la cogiera, y lo hizo. Pesaba más de lo esperado pero, por lo demás, era suave y mullida… en fin, una toalla.

Levi empujó la puerta del compartimento averiado. Mason no estaba en el interior. Estaba vacío.

—¿Pero cómo demonios…? —se asombró Alicia. Miró su toalla. ¿Era aquello algún tipo de entrada extraña?

—Pon la toalla en la palanca y aprieta —indicó su padre—. Y asegúrate bien de que la toalla esté en contacto con la palanca cuando presiones.

Alicia entró en el compartimento y cerró la puerta. Inspeccionó el inodoro, miró detrás del tanque y alrededor de la parte baja de la taza. Parecía un váter normal y corriente. Palpó la toalla con ambas manos y la recorrió con los dedos para ver si encontraba algo extraño.

—Coloca la toalla encima de la palanca —ordenó su padre desde fuera.

Alicia lo hizo.

—¿Y aprieto y ya está?

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—Exacto. Me reúno contigo enseguida.

—Es un poco lentita, ¿no? ¿Es hija tuya? —dijo Harold.

Alicia negó con la cabeza y presionó la palanca.

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CAPÍTULO CATORCE

Cuando tiró de la cadena, el suelo descendió llevándose con él a Alicia y al inodoro. Ella apoyó en el tanque para mantener el equilibrio al bajar por una especie de hueco de ascensor.

Al ver cómo las paredes marrones del compartimento se convertían en algo parecido a cemento color gris pizarra marcado con franjas alternas amarillas y negras, se le removió el estómago y abrió unos ojos como platos.

A continuación, las paredes cayeron y el inodoro ascensor quedó casi parado, lo cual obligó a Alicia a esforzarse para mantener el equilibrio mientras descendía lentamente a una sala anodina del tamaño del baño de arriba. Todo el montaje quedó anclado en un hueco del suelo antes de detenerse.

—¿Sorprendida?

Alicia se giró y vio a Mason sonriéndole.

—Digamos que sí.

—Ponte aquí.

En cuanto los pies de Alicia dejaron la plataforma, esta salió disparada hacia arriba, inodoro incluido, y desapareció en el techo. Se oyeron varios clics por el hueco hasta que quedó anclada en la parte de arriba.

Alicia sacudió la cabeza y miró a su alrededor. Se encontraba en una sala anodina, sin objetos más allá de un cesto lleno de toallas de mano; eso era todo. La única salida, aparte de retroceder por el hueco, lo cual no parecía ser una opción, era una puerta de acero lisa. En el panel que había al lado se veía la silueta estarcida de una mano.

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A Alicia aquel lugar le recordaba a un refugio antiaéreo que habían construido en una de las granjas cercanas a su casa en la década de 1950. El ambiente olía a humedad, lo que le hizo pensar en un almacén abandonado.

Los pistones hidráulicos silbaron y la plataforma inodoro descendió de nuevo, con su padre en ella.

Alicia frunció el ceño.

—Bueno, esto empieza a parecerse a una película de James Bond. — Miró a su padre de reojo y sonrió—. No está mal.

—Jovencita, reaccionas de forma interesante a entornos desafiantes.

Me recuerdas un poco a tu padre. —Mason miró a Levi y sonrió.

Levi negó con la cabeza.

—Me temo que está demasiado influida por Lucy.

Antes de que Alicia tuviera tiempo de responder, Mason le indicó que lo siguiera hacia la puerta de acero.

—Estás a punto de conocer una cosa que pocas personas han tenido ocasión de ver. Se trata del santuario de la Panda.

—¿La Panda?

—Así se llama la organización para la que trabajamos el director Mason y yo.

—No es un nombre muy vistoso, que digamos. —Alicia frunció el ceño con expresión desaprobatoria—. Tenéis que contratar a un equipo de marketing, a ver si se les ocurre algo mejor.

—Sí, no todo puede tener un nombre resultón…

—¿Qué me decís de la Viuda Negra esa que mencionó Harold? Ese nombre es llamativo. ¿Es algún tipo de contraseña?

—Dejemos a las arañas al margen de esto por ahora —Levi señaló en dirección a la puerta de acero—. No nos quedemos aquí de brazos cruzados.

Alicia vio que Mason se acercaba a la puerta y apoyaba la mano en el panel. Una línea azul le recorrió la palma por debajo, se encendió un led verde y se oyó un clic desde el interior de la pared. El director retrocedió y tres enormes cerrojos se deslizaron del bloque de retención a la derecha de la puerta.

—Apártese —advirtió una voz automatizada. La puerta se abrió lentamente hacia fuera.

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Alicia observó anonadada la inmensidad del objeto que se movía; al parecer, por iniciativa propia.

Al abrirse la puerta, Mason tocó el canto con los nudillos.

—Un metro veinte de grosor, aleación de tungsteno y acero. Esta cosa soportaría un ataque nuclear. Mejor que no te pilles los dedos cuando se cierre o el resto de tu vida tendrías que apañártelas para pintar con los dedos de los pies.

Alicia miró más allá de la puerta y vio un pasillo de hormigón que parecía discurrir en línea recta por lo menos treinta metros.

—¿Cómo demonios bajasteis esta puerta gigantesca hasta aquí? — preguntó Alicia.

Mason los condujo al otro lado y bajaron por un pasillo de hormigón iluminado con brillantes luces led.

—Hay otro hueco excavado para el transporte de objetos pesados. Sea como sea, no fue tarea fácil. Y lo sé porque hace diez años tuvieron que cambiar la puerta original. El mamotreto pesa dieciocho toneladas.

—¿Cuánto tiempo hace que existe este lugar?

—Se excavó en el lecho de roca a finales de los años cincuenta del siglo pasado.

Doblaron la esquina y el pasillo desembocó en otra puerta. Mason acercó un ojo a un recuadro de la pared y la puerta se desbloqueó después de encenderse una luz verde.

Mason la abrió.

—Bienvenida a la sede de la Panda, señorita Yoder.

Alicia entró.

Y se encontró en una pasarela metálica a unos seis metros del nivel del suelo de una sala más grande que la mayoría de los almacenes. Por debajo de ese nivel, había cubículos dispuestos en forma de cuadrícula que se extendían hasta donde le alcanzaba la vista, con hombres y mujeres trabajando concentrados ante pantallas de ordenador o hablando entre ellos. En el nivel en que estaba Alicia, había pasarelas metálicas que conducían a despachos situados alrededor de la sala y que daban a la zona de trabajo central. A través de las ventanas de los despachos, Alicia vio a más gente trabajando en ordenadores.

En pleno centro de la sala había cuatro pantallas enormes, de unos quince metros cada una, colgadas del techo y que mostraban información, mapas, fotografías, imágenes de satélites, etc.

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—¿Por qué me siento como si estuviera en la película Men in Black y fuera la versión femenina y asiática de Will Smith contemplando la sede? Lo siguiente será que me diréis que son alienígenas y que trabajan para vosotros.

Levi arrugó la frente y dijo:

—¿Pero de qué estás hablando?

—Probablemente tu padre no haya visto la película. —Mason se echó a reír—. Te entiendo a la perfección. Por desgracia, que yo sepa no hay alienígenas que trabajen para la Panda.

Levi se encogió de hombros.

—Yo no opino sobre alienígenas, pero la primera vez que vi este lugar tuve la impresión de que parecía la guarida de los malos en una película de Bond.

—Claro, papá, es que eres mayor —dijo Alicia con una media sonrisa

—. Si no has visto MIB, ¿qué te parece si imaginas que el cuartel general de Misión Imposible podría ser así?

—Sí, lo que tú digas. —Levi rodeó a Alicia y señaló hacia la actividad que se desplegaba a sus pies—. Ya sean alienígenas o villanos, al principio es un poco raro, pero te acabas acostumbrando.

Alicia abrió unos ojos como platos al ver un gigantesco ojo pintado en el techo.

—¿Qué significa ese ojo gigante rodeado de palabras en latín? Parece el logo que tenemos en los billetes y en la moneda que brilla.

Mason asintió.

—Es el Ojo de la Providencia. Cuando se creó nuestra organización, los fundadores consideraron que ese logo personificaba a quienes somos y lo que somos. Novus Ordo Seclorum significa: «Nuevo Orden de los Tiempos» y Annuit Coeptis, «La providencia favorece nuestro empeño».

—Un momento. —Alicia observó la imagen y tuvo la certeza de que, de un modo u otro, la había visto por todo D. C.—. ¿Insinúas que la Panda es anterior a la fundación de este país?

—¿Tan sorprendente te resulta? —preguntó el director con un deje divertido—. Los componentes originales de la Panda fueron los Agentes

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de la Revolución. De hecho, así se llamó la organización en un principio. —¿Y a qué se dedicaban los Agentes de la Revolución? —preguntó

Alicia con un tono todo lo neutro que pudo a pesar de su creciente escepticismo.

—La Panda se fundó en la época de las guerras de la revolución — explicó Mason—. De ahí el nombre. Empezó con un grupo de oficiales británicos que no eran especialmente leales a la Corona, junto con los miembros del Congreso Continental original. Vieron la necesidad de crear una organización que pudiera hacer lo que había que hacer… pero no a la vista del público.

—¿Como qué? —inquirió Alicia.

—Como asesinar al rey de Inglaterra.

Alicia arqueó una ceja.

—Estoy prácticamente segura de que el rey de Inglaterra nunca fue asesinado.

Mason asintió.

—La guerra terminó antes de que llegaran a ejecutar el plan. Pero estaban en ello. En aquel momento se creía que el rey Jorge III sufría una enfermedad mental. Su hijo, Jorge IV, era lo bastante mayor para acceder al trono, y tenía un espíritu mucho más blando, era un mecenas de las artes. Washington directamente dio el visto bueno a la operación.

—Pero eso no fue más que el comienzo. Después de ganar la guerra, los padres fundadores sabían que seguirían necesitando a la Panda. Habían visto las polémicas que se desataban en el Congreso por nimiedades, y se dieron cuenta de que, si en algún momento necesitaban actuar con diligencia, tendrían que ser capaces de evitar tanto papeleo.

—O sea que incluso entonces había demasiada burocracia.

—Exacto —convino Mason—. Ya has visto cómo es, en tu mundo igual que en el nuestro. A menudo lo bueno queda empantanado por el peso de la burocracia. La Panda es una manera de esquivar tanta tontería por el bien de todos. —Pero esto es D. C. Todo el mundo quiere una tajada del pastel; todos quieren meter baza en las decisiones. Por tanto, tenemos un mandato: si es factible, actuamos. Así de sencillo. No nos hace falta presentar una causa irrefutable ante un tribunal ni necesitamos convencer a los políticos de que hay que eliminar a un objetivo en concreto mientras juegan al golf. Lo hacemos y punto.

La curiosidad de Alicia fue en aumento.

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—Suena peligroso. Como el sueño húmedo de un anarquista. ¿Y si os equivocáis o uno de los vuestros se descontrola y abusa de su poder?

—¿De verdad tenemos que entrar en esto con Alicia? —El ceño fruncido de Levi era el síntoma inequívoco de que se estaba contrariando.

Mason se encogió de hombros.

—Alicia y yo hemos hablado. Entiende la necesidad de secretismo y, dado que quizá nos ayude con nuestro problema con el profesor, prefiero que sepa bien en qué se va a meter, aunque sea temporalmente.

—Papá. —Alicia se volvió emocionada hacia su padre—. Por favor, quiero entender. No sabes el tiempo que hace que quería saber a qué te dedicas, y esto es una pasada. Por favor, dejaré de hacer preguntas tontas, pero déjame enterarme.

Levi la sujetó suavemente por la nuca y jugó con su pelo como solía hacer cuando era pequeña.

—De acuerdo, pero recuerda… cuando todo esto acabe, tienes otra vida. No es esto.

—Papá, no sé…

—¿Preguntabas por un agente descontrolado? —Mason negó con la cabeza—. Nunca ha ocurrido. Con respecto a si acertamos en nuestras apreciaciones, por supuesto que tenemos que estar convencidos de estar del lado de los ángeles antes de emprender cualquier acción. La diferencia es que no necesitamos convencer a capas y más capas de burócratas. Recibimos la aprobación dentro del grupo.

Alicia miró a Mason con los ojos bien abiertos.

—Es difícil creer que nunca haya habido una manzana podrida en el grupo.

—Bueno, pues es cierto. —Mason señaló hacia el fondo del interior estilo caverna—. Allá tenemos salas de reuniones. He reservado la C3, tu padre y yo te llevaremos allí e iré a buscar a Brice para que empecemos. ¿Alguna pregunta?

Alicia negó con la cabeza.

Levi la condujo escaleras abajo mientras Mason se marchaba en otra dirección. Le estaba hablando, pero Alicia apenas reaccionaba a lo que le decía porque estaba loca de contento. Si hubiera existido una forma de medir la emoción, ella habría superado todos los límites, porque la idea de estar en un lugar secreto con su padre era más de lo que podía haber imaginado. Estaba henchida de orgullo.

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Lo único que suavizaba su excitación era pensar que Michael quizá nunca creyera lo que le diría si no había recibido sus recuerdos desde el futuro.

¿Tendría que matarlo ella misma para evitar lo que estaba por venir?

Alicia llevaba sentada pacientemente a la mesa de la sala de reuniones casi media hora. Miró a su padre, que había cerrado los ojos y, a juzgar por lo hondo que respiraba, dedujo que estaba meditando sobre algo. Lo había visto en aquella postura innumerables veces. En una ocasión le había dicho que su técnica de meditación era casi como una experiencia extracorpórea, y que normalmente la practicaba cuando necesitaba concentrarse en un problema. Ella le había pedido que le enseñara antes de ir a la universidad, porque podía irle bien para estudiar, pero esas enseñanzas eran de las pocas que había compartido con ella que no se le habían quedado.

Alicia lo había visto sentarse y quedarse concentrado un día entero sin mover apenas un músculo. No tenía ni idea de sobre qué problema estaba reflexionando, pero a lo mejor era un truco para que el tiempo pasara más rápido.

Justo cuando se le estaba acabando la paciencia, oyó un pitido en la puerta y un hombre con unos kilos de más y gafas entró en la estancia cargado con un portátil. Iba seguido de cerca por Doug Mason.

Levi abrió los ojos y dijo:

—Brice, ¿preparados para empezar?

Brice enchufó el portátil a la toma de corriente del centro de la mesa y conectó otro cable al ordenador.

—Voy a compartir pantalla, así será más fácil.

Cuando un proyector bajó del techo, el cuarentón se inclinó hacia la mesa y le estrechó la mano a Alicia.

—Hola, soy Marty Brice. Supongo que eres Alicia, la hija de la que tanto he oído hablar.

—Brice es nuestro experto en tecnología —explicó Mason cuando el aparato empezó a proyectar una imagen en la pared del fondo de la sala. Se giró hacia Brice y dijo—: Levi y Alicia necesitan una introducción rápida a lo que te pedí antes de entrar de lleno en materia.

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—Cierto. —Brice se sentó y abrió un documento en el ordenador. Alicia se centró en la imagen proyectada, que parecía un puñado de

notas escritas en el ordenador.

—Se me pidió que recopilara el máximo de información sobre el profesor de Princeton que responde al nombre de Michael Salomon. Aparte de su currículum normal sobre sus cargos en las universidades y las publicaciones que ha escrito, me he centrado en su trabajo más reciente. Con quién ha coincidido y con quién ha hablado, y sobre qué.

»Voy a resumir lo que he averiguado. Nuestro hombre está bajo la protección del FBI, pero esa protección no aparece en ningún tráfico de correo electrónico oficial de franja alta o baja.

Alicia levantó la mano.

—¿Franja alta? ¿O baja?

Su padre se volvió hacia ella para explicarle.

—La franja alta es el lugar donde reside todo el material de alto secreto y la franja baja, donde encuentras temas normales, que no son necesariamente secretos gubernamentales.

—Eso. —Brice asintió—. Como iba diciendo, busqué en todas las redes internas, independientemente de la clasificación, y no he encontrado ninguna orden de protección para el profesor. Sin embargo, tengo imágenes de vigilancia que confirman que va acompañado de agentes del FBI prácticamente a todas horas, y que los han confinado en un hotel junto con otros miembros del equipo.

»Aquí es donde la cosa se pone turbia. El objeto de su investigación no consta en el sistema. He conseguido escuchar algunas conversaciones procedentes de la zona de D. C., de los contactos del profesor en la DARPA, y no he encontrado por escrito nada sobre los asuntos de los que hablan. Es muy extraño. Porque, como es lógico, el profesor tiene que generar algún tipo de correo electrónico o de documentos. Sospecho que estarán trabajando con una red aislada, y ninguna de las arañas que merodean por Internet han encontrado ningún punto de entrada. Aún no. Quizá la red esté completamente aislada de otro tipo de tráfico de Internet, incluso la red de la comunidad de inteligencia. Es posible, pero debo decir que solo me he encontrado con algo así, y tenía que ver con un agente que se había pasado al otro bando y sabía qué se hacía. Montó una red propia y manualmente migraba cosas de la franja alta a su red privada. Si la gente

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implicada está haciendo eso otra vez, necesitaremos acceso físico a su red para averiguar de qué hablan.

—¿Y Michael no tendría acceso a esa red? —preguntó Alicia.

Brice asintió.

—Seguramente, pero, antes de que alguien se precipite y empiece a hablar de ganarse a nuestro profesor, vamos por partes:

»Me he enterado de un par de cosas interesantes. Dos de las personas más importantes en este asunto son un AEC llamado Glen Bernstein y — Brice desvió la mirada hacia Alicia—, perdona, un AEC es un Agente Especial a Cargo. Básicamente un agente del FBI de alto rango. Obviamente, es responsable de la integridad física del profesor, pero, por lo que sé, delega en otros. Hay otra persona implicada, llamada Jason Whitley, agente también del FBI. Es interesante porque parece que Glen usa a Jason como sus ojos y sus oídos con respecto al profesor. —Brice fue bajando por el documento hasta llegar a la transcripción de una conversación y señaló la pantalla—: Aquí se ve la transcripción comentada de una conversación que capté entre los dos.

[AEC Glen Bernstein] «¿Qué quieres decir con lo de que el armario del cuarto del profesor Salomon está vacío? Nuestro equipo inventarió toda la casa antes de precintarla, ¿no?».

[AGT Jason Whitley] «No sé qué decirte, Glen. Estoy en medio del vestidor y aquí no hay nada. No llevo encima la lista del inventario, pero estoy convencido de que me acordaría si pusiera que el vestidor de la habitación de matrimonio estaba totalmente vacío. Ese tipo de cosas llaman la atención. Además, el dormitorio está impoluto. Alguien ha venido a vaciarlo».

[AEC Glen Bernstein]: «¿Hablas en serio? Jason, esto apesta. Necesitamos un nuevo inventario de la casa y compararlo con el anterior. Si se han llevado cosas, quiero saber qué y por qué. Parece que tenemos al profesor controlado, pero su dichosa mujer y su hija siguen siendo un problema. ¿Crees que existe el riesgo de que huya?».

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[AGT Jason Whitley]: «Creemos que no. Hasta el momento, parece bastante obediente».

Alicia ahogó un grito.

—¿Su esposa y su hija? ¿Tiene esposa e hija? —Al ver la mirada de su padre ante su reacción, respiró hondo y dijo con voz más calmada—: Pensaba que no tenía familia.

—La tiene. —Brice asintió—. Pero hay un expediente de persona desaparecida de hace un par de meses.

¿Cómo era posible que ella no lo supiera? ¿Cómo es que Michael se lo había ocultado? Pero si su esposa y su hija estaban desaparecidas… y supuestamente muertas… entonces una década después la omisión tenía sentido.

—Un momento. —Levi señaló la pantalla y frunció el ceño—. Para empezar, ¿por qué demonios necesita protección ese profesor? ¿Qué lo ha provocado? Y supongo que el FBI tiene su casa bajo vigilancia… y, si alguien se llevó cosas, ¿significa eso que hay alguien más implicado aparte del FBI? ¿Es esa amenaza el motivo por el que la esposa y la hija han desaparecido? ¿Alguna sospecha acerca de quién puede ser la amenaza?

Brice sonrió.

—Todo son buenas preguntas. Con respecto a por qué necesita protección, no he conseguido encontrar una respuesta con cara y ojos, y eso es ya de por sí una respuesta. Toda orden de protección sigue ciertos canales, y normalmente no la emite el FBI, sino que sería responsabilidad del jefe de policía. Igual que la protección de testigos. Sea como sea, tengo acceso a sitios en los que esos datos constarían. No he encontrado nada. De manera que, o tienen un sitio nuevo donde registrar las órdenes de protección, lo cual dudo, o esto se hace de manera oficiosa.

—¿Es normal? ¿Protección oficiosa? —preguntó Alicia.

—Para nada —respondió Brice mirando a la pantalla con los ojos entrecerrados—. Así que, Levi, la respuesta es que no sé por qué está protegido. Supongo que, si su mujer y su hija han desaparecido, el FBI puede usarlo como excusa para ponerlo bajo protección. De todos modos, eso no es más que especulación por mi parte.

»Puedo decir que los agentes que rodean al profesor son realmente del FBI, de modo que quienquiera que haya ordenado esto es un pez más gordo que el AEC que capté por teléfono. Con respecto a quién vació la

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casa, no tengo ni idea. No hay datos de vigilancia sobre la casa, y todas las pistas que seguí acabaron en nada. Quizá entraran a robar, o quizá haya una amenaza externa que tuvo mucha suerte y consiguió evitar al FBI.

—O la mujer. —Alicia sonrió—. Las mujeres son muy capaces de cosas así.

Su padre se echó a reír y señaló en dirección a Brice.

—Alicia, Brice sabe perfectamente de qué son capaces las mujeres.

Está casado con esa mujer que te pareció que llevaba un apodo guay.

—¿La Viuda Negra? —preguntó Alicia.

Brice se sonrojó un poco al asentir.

—Hoy en día prefiere que la llamen por su nombre, Annie. — Carraspeó y bajó por la siguiente página de notas y más transcripción—. Aquí apareces tú, Alicia.

[AEC Glen Bernstein]: «Jason, ¿qué pasa con la tal Alicia Yoder? Se supone que teníais que pillarla. ¿Cómo está el tema?».

[AGT Jason Whitley]: «Pues nada bueno. La chica lleva un par de días desaparecida y los tipos que mandé a por ella… pues, no sé. He intentado ponerme en contacto con ellos, pero deben de tener el móvil desconectado».

—¿Los tipos que intentaron agredirme en la residencia eran del FBI? — preguntó Alicia, sorprendida.

Brice asintió.

—Me temo que sí. Y esto también confirma, no solo que los identificamos correctamente, sino que lo que tienen en tu contra es totalmente oficioso. He rastreado todos los ordenadores del gobierno para ver si encontraba la orden de que esos dos payasos fueran a por ti. No existe ninguna orden de que fueran a Nueva Jersey y mucho menos de que detuvieran a una estudiante. Los dos eran de Arlington, Virginia.

Alicia se fijó en que su padre observaba la pantalla; tenía la mandíbula apretada, pero guardaba silencio. Echaba humo. Nunca lo había visto claramente enfadado en su vida, pero se imaginaba cómo podía ser. Una furia fría y calculada. Cuando, de pequeña, ella vivía en la calle, antes de que su padre apareciera, soñaba con matar a los hombres y mujeres que se aprovechaban de ella. En aquel momento era demasiado pequeña para materializar sus deseos.

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Se imaginó que, ante una provocación flagrante, sería igual de capaz que su padre de causar una gran destrucción.

[AEC Glen Bernstein]: «Maldita sea, ¿por qué no consigo que algo me salga bien? Ahora tenemos una conexión directa entre nuestro profesor y la tal Alicia. No sé cómo, pero se conocen y él ha intentado llamarla».

[AGT Jason Whitley]: «Escucha, Glen, lo tenemos vigilado a sol y a sombra. No tengo ni idea de cómo ha conseguido contactar con él».

—¿Intentó llamarme? —Alicia contemplaba la pantalla—. Oh, al número antiguo. Le pedí que hiciera una foto de mi pantalla de contacto. Probablemente intentara llamar al móvil que tuve que tirar en la facultad cuando me disteis el nuevo.

Su padre se recostó en el asiento.

—Queda claro que el FBI vigila las comunicaciones de nuestro profesor. Pensaba que eso no podía hacerse sin una orden judicial. —Miró a Brice—. ¿Alguna orden?

Brice sacudió la cabeza.

—No he encontrado nada. Todo esto apesta. Esta no es forma de hacer las cosas.

Alicia miró a Mason y los dos sonrieron con expresión cómplice.

Ambos sabían que, en el futuro, aquella sería la forma de hacer las cosas.

No había privacidad, ni siquiera para los pensamientos.

[AEC Glen Bernstein]: «Bueno, sigue intentando localizar a la chica. La necesitamos bajo nuestro control y fuera de circulación. Creo que tengo motivos más que suficientes para acelerar el traslado a D. C…».

[AGT Jason Whitley]: «Glen, sería conveniente que te replantearas eso. Sé de buena fuente que nuestro hombre jura que no irá a D. C.»

[AEC Glen Bernstein]: «¿Por qué? ¿Qué problema hay con D. C.?».

[AGT Jason Whitley]: «Sigue albergando la esperanza de que su mujer y su hija reaparezcan».

[AEC Glen Bernstein]: «Entiendo. Bueno, quizá tenga que darle la noticia».

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[AGT Jason Whitley]: «¿Qué noticia?».

[AEC Glen Bernstein]: «Da igual. Yo me encargo».

—«Quizá tenga que darle la noticia» ¿Qué demonios significa eso? — preguntó Levi—. ¿Se sabe algo de su familia?

Brice negó con la cabeza.

—Se han convertido en fantasmas. No sé qué ocurrió o a qué se refería con eso. Pero el tal agente Whitley resulta interesante. El tipo dijo claramente que interactuaba directamente con el profesor. Accedí al expediente de Whitley y, dado que tengo su impresión vocal, verifiqué que alguien que se parece mucho al agente fue visto entrando y saliendo de Jadwin Hall en el campus de Princeton.

»Ese mismo agente aparece también como estudiante de posgrado en la Universidad de Princeton con el nombre de Joshua Whitley. El mismo Joshua Whitley que hace unos meses fue nombrado ayudante investigador de ni más ni menos que el profesor Michael Salomon. Cabe decir que le fue asignado al profesor antes del nacimiento de su única hija, por lo que seguro que fue antes de que desaparecieran. Hace tiempo que esos tipos tienen la vista puesta en el profesor. De hecho, he investigado y creo que el tal Josh acabó siendo quien metió a los tipos de la DARPA en el proyecto. Aunque en la transcripción la persona dice llamarse Ken Lee, resulta que la impresión vocal que escuché pertenece al agente Whitley.

[DARPA – Dr. Carl Sundenbach] «Ken, ¿estás seguro?».

[AGT Jason Whitley]: «Al cien por cien. Hemos conseguido detectar partículas de taquiones en nuestra cámara de vacío por su radiación de Cherenkov. Imaginé que era la persona que debería saberlo. Creo que, si se pone en contacto con el profesor Salomon de Princeton, se avendría a trabajar con el gobierno de EE. UU. para profundizar en la investigación».

[DARPA – Dr. Carl Sundenbach]: «¿Y usted quién dice que es?».

[AGT Jason Whitley]: «Ken Lee, soy un investigador posgraduado del equipo del profesor Salomon».

[DARPA – Dr. Carl Sundenbach]: «Bueno, me aseguraré de consultarlo y seguramente recibirán noticias nuestras. Gracias por la llamada».

—También añadiría —dijo Brice— que busqué información sobre Ken Lee para ver qué relación tenía con el profesor, y resultó ser un

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investigador de posgrado que trabajaba para el profesor Salomon. Murió en un accidente de coche hace un par de meses.

—Vaya, hay gente del entorno del profesor que desaparece y muere — observó Mason—. Estoy seguro de que a nuestro profesor le encantaría saber que tiene espías del FBI entre sus ingenieros —comentó Mason—. ¿Qué sabemos acerca del paradero del profesor y de su protección? — Dirigió la mirada a Levi—. Basándonos en lo que sabemos, ¿con qué nos enfrentamos si quisiéramos montar un equipo de extracción?

Alicia miró alternativamente a su padre y a Brice. Un equipo de extracción sonaba a operación militar. ¿Era eso a lo que se dedicaba su padre?

—Yo diría que es bastante fácil si no nos importa intercambiar fuego amigo con el FBI. Cuando más protegido está es al ir y volver del trabajo. Escolta policial completa, coches en cabeza y en la cola, así como un contingente de agentes del FBI en su vehículo. Creo que cuando está en el hotel no está tan vigilado. Por lo que veo, en una extracción furtiva, en algunas rutas solo habría que lidiar con un par de agentes. Pero hay un problema que quizá también sea una oportunidad. Un poco antes de esta reunión, a nuestro profesor se le ha confirmado un vuelo a D. C. para pasado mañana. Aunque no veo nada oficial, cabe imaginar que haya escolta armada presente.

El padre de Alicia se inclinó adelante hacia Brice. —¿Puedes tenerlo vigilado en el aeropuerto cuando aterrice? Brice asintió.

—Supongo que dependerá de quién lo acompañe. Tenemos que suponer lo peor y pensar que irá escoltado por agentes de la policía o del FBI, pero quizá no. Probablemente pueda seguirlo, siempre y cuando tú me hagas de unidad de apoyo. Necesito ojos en el cielo para ver qué pasa a medida que se desarrollan los acontecimientos.

Alicia miró a su padre, pero Mason negó con la cabeza.

—Alicia, antes siquiera de que preguntes, soy responsable de tu seguridad. No sabemos el alcance del interés del gobierno en ti, así que tenemos que suponer que todos tienen una foto tuya y que están esperando que aparezcas en algún sitio.

—Un momento —dijo Levi con una sonrisa.

Alicia observaba a su padre cuando la miró a los ojos y, en aquella conexión entre padre e hija, casi fue capaz de oír sus pensamientos. Él la

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entendía mejor que nadie. Ella hacía todo lo posible por no ser irracional, pero tenía el deseo real de sacar a Michael de aquel apuro.

Su padre le guiñó un ojo y desvió la mirada hacia los dos hombres. —Mason, haré una lista de las personas a las que quiero en el equipo

de extracción. No sé si las utilizaremos, pero necesito que estén preparadas.

El director hizo una mueca antes de asentir.

—De acuerdo. Envíame esa lista.

Levi señaló a Brice.

—Obviamente, si te enteras de algo sobre itinerarios o cualquier otra cosa que implique saber adónde va antes de que llegue, infórmame. Siempre y cuando me suministres información útil, veremos qué podemos hacer. Tengo un par de ideas y me aseguraré de que Alicia no sufra ningún daño. —Se volvió hacia ella y dijo—: ¿Estás preparada para ver cómo me gano la vida?

Alicia asintió y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no ponerse a aplaudir emocionada como una cría ante la perspectiva de ver a su padre en acción… y quizá ayudarle de algún modo, por poco que fuera.

Se secó enfadada una lágrima del rabillo del ojo y su padre sacudió la cabeza.

—Cariño, no te enfades cuando tu humanidad asoma desde detrás de la cortina. Es bueno saber que está ahí. Creo que te sorprenderá lo que he planeado.

—¿Qué has planeado? —preguntó Mason.

Su padre carraspeó mirando al jefe.

—Es una sorpresa.

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CAPÍTULO QUINCE

Sentada al borde de la cama, Alicia escuchaba a su padre hablar por el móvil.

—¿El Memorial de las Fuerzas Aéreas de Arlington a las tres de la tarde? Brice, ¿estás seguro?

Alicia oyó un «sí» amortiguado, pero el resto de la respuesta era demasiado débil como para oírla mientras su padre iba de un lado a otro del pequeño apartamento que la Panda le había suministrado, en los alrededores de D. C.

—¿Has estado alguna vez? Ese sitio es al aire libre. No hay forma de llegar hasta el memorial ni de marcharse sin ser visto. Estaremos a dos pasos del Pentágono y del cementerio de Arlington. Si algo se tuerce, aquello se llenará de federales en un momento. —Asintió a algo que Brice debió de decir—. De acuerdo, eso va bien. Oye, ¿has sabido algo hoy de Mason? No, a mí tampoco me responde. No te preocupes, tengo lo que necesito. Ya sabes cómo localizarme si hay cambios. —Levi lanzó el teléfono a su cama y desvió la mirada hacia Alicia—. ¿Estás segura de que quieres acompañarme?

—Desde luego. —Alicia asintió—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo puedo ayudar?

Señaló hacia el cuarto de baño.

—Dúchate y quítate bien todo el maquillaje o lo que lleves. Luego ya veremos.

—¡Papá! —Frunció el ceño—. Me acabo de pasar media hora maquillándome, por qué…

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—Ya lo verás. —Arqueó una ceja y sacudió la cabeza—. Quítatelo todo.

—Entendido. —Alicia resopló y abrió los brazos—. ¿Y la ropa? ¿Voy bien?

—No te preocupes por eso, ya encontraré algo más apropiado. Oye, ¿mi madre te enseñó a hacer esas figuritas de papel?

—¿Te refieres al origami?

—Sí, origami.

—Pues sí. De hecho, me dijo que tú aprendiste a hacer todos esos animales y formas en Japón y después le enseñaste a ella —dijo Alicia con cierta vacilación—. ¿Por qué lo preguntas?

—Lo verás dentro de un momento. —Cogió una bolsa de lona del armario y la lanzó a la cama—. Ve a lavarte y verás por qué lo pregunto.

Alicia adoptó una expresión perpleja al ver a su padre empezar a sacar bolsas de ropa selladas al vacío, un maletín con cajas de maquillaje y otras cosas que nunca había imaginado que habría en su apartamento.

Él la miró de reojo.

—Alicia, lávate de una vez o te quedas aquí. Lo digo en serio. Ya. Alicia cogió una toalla limpia y a punto estuvo de tropezar al correr al

baño a ducharse. No podía dejar de preguntarse por qué su padre tendría tantos kits de maquillaje, pelucas y extensiones de pelo en aquella bolsa.

¿Qué demonios iban a hacer?

Mason observaba Randolph Street con unos prismáticos de alta potencia. El objetivo estaba flanqueado por agentes por los cuatro costados mientras bajaba de un vehículo y recorría los quince metros que lo separaban de la entrada del edificio más cercano. El disparo habría sido difícil pero no imposible.

Quedaba poca gente de la Panda de la época en que él se había incorporado al grupo. No solo había aportado sus dotes de gestión, sino también su experiencia como francotirador del ejército. Rescató el recuerdo, enterrado en algún lugar de su memoria, de sacar su viejo rifle M40 que nunca fallaba y realizar aquel disparo.

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A través del objetivo, casi veía la calva incipiente del profesor cuando iba andando desde el aparcamiento hasta el edificio.

Había cargado el rifle con balas de doscientos gramos para un disparo subsónico de largo alcance. Eso, combinado con el silenciador y el ruido del tráfico del mediodía, dificultaría saber el origen del tiro.

Miró las banderas que había cerca del objetivo, languideciendo en las astas.

«Ha llegado el momento».

Mirando por el objetivo desde su posición elevada, se encajó la culata en el hombro y apoyó un dedo en el gatillo.

El profesor era un blanco fácil, expuesto al caminar por la acera, con la coronilla perfectamente alineada para dispararle un tiro limpio en la cabeza.

Colocó el punto de mira en la nuca de aquel hombre, con unos ligeros ajustes para la distancia y movimiento. Tuvo la sensación de que el tiempo corría más lento.

Cada latido de su corazón le bombeaba sangre por el cuerpo, añadiendo un mínimo temblor a su objetivo. Esperó, para compensar. Esperó la pausa entre latidos y, cuando superó el casi imperceptible temblor, ajustó el punto de mira en la diana.

Apretó el gatillo. El rifle le rebotó contra el hombro.

La bala tardó menos de dos segundos en recorrer el cañón, las calles de la ciudad y el tráfico de la hora punta, e impactó en la nuca del profesor.

Se desplomó como una marioneta a la que hubieran cortado los hilos.

Aquel recuerdo era de otra época. Ahora las cosas eran distintas. Había fuerzas en juego en el futuro que ajustaban estrategias y enviaban tácticas diferentes al pasado.

El multiverso en el que estaba había cambiado.

Los recuerdos que tenía de haber matado al profesor no eran más que un indicio de lo que había sido un ejemplo de realidad alternativa. Y una realidad futura que todavía intentaba compensar. Procuraba mantener el

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statu quo mientras Mason y los demás del futuro intentaban remediar los pecados del pasado.

El profesor ya no era una presa fácil.

Los elementos actuales del FBI conocían el futuro, seguro que sí, porque de lo contrario las cosas seguirían siendo tal como las recordaba.

Alguien del futuro había vuelto al pasado y les había advertido.

Fuera como fuera, matar al profesor no había hecho ningún bien al mundo la última vez… su muerte resultaba claramente insuficiente para impedir lo que iba a pasar.

¿Qué se les escapaba? ¿Qué más había que hacer para evitar el infierno en que el futuro se convertiría?

Solo una persona tenía la respuesta a esa pregunta… y acababa de entrar en el edificio.

Sentado en el cuartel general de la DARPA en Arlington, Virginia, Michael observó con cierta sorna al doctor Sundenbach, el conocido Ojo Rojo, mostrando un videoclip corto desde un proyector. Era una representación visual de una etapa futura del proyecto Morpheus. Aunque la voz que se oía desde un altavoz oculto del proyector era metálica, resultaba obvio que era la de Carl.

«Hoy en día se usan láseres para transportar información digital de un punto a otro a la velocidad de la luz, pero ¿y si pudiéramos usar los haces de taquiones para transmitir datos de una época a otra?»

Se vieron unos dibujos animados en que un científico moderno enviaba un correo electrónico cuyas palabras estaban digitalizadas y salían desde una antena parabólica hacia el cielo. De repente, el contenido del correo aparecía en un pergamino en manos de una persona del antiguo Egipto.

Era algo tonto, pero sin duda ilustraba el concepto, aunque no la realidad de cómo funcionaría. Era obvio que de repente no aparecería un rollo de papiro con el contenido del correo electrónico, como se veía en los dibujos.

Michael se guardó para sí el fastidio que sentía, pero obviamente el vídeo era un indicio de lo que pasaría con la ciencia real si se dejaba que la gente de marketing le sacara provecho ante equipo directivo. La idea de

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trivializar las cosas para su consumo fácil estaba bien, pero odiaba transmitir mensajes inapropiados. Estaba claro que otras personas no tenían la misma sensibilidad.

Aparecieron en pantalla varios gráficos con fechas de lanzamiento y coordenadas salpicando la ilustración.

«Para que esta realidad se materialice, tenemos que verificar lo que ya se ha visto en un entorno controlado de laboratorio. La relación entre la velocidad del haz de taquiones y su capacidad de atravesar el tiempo se comprende, pero no se ha verificado. Para verificar y ajustar nuestra capacidad de controlar adónde va el haz y a qué momento temporal, deberemos lanzar una sonda espacial que reciba el haz. Si predecimos que el haz puede viajar en el tiempo un año hacia atrás, habrá que ubicar la sonda donde estábamos hace un año para recibirlo»

»Dado que nuestro mundo viaja por el espacio a más de trescientos kilómetros por segundo, los experimentos con un tiempo superior a diminutas fracciones de segundo nunca podrán realizarse en la Tierra. Por eso debemos incluir estos lanzamientos de sonda en nuestras previsiones de gastos de capital.

»El proyecto Morpheus tiene un plan agresivo de cinco lanzamientos de sonda en los próximos cuatro años. Cada prueba progresiva que perfeccione los cálculos nos permitirá seguir adelante para tener la capacidad de retroceder en el tiempo. A nuestra propia historia.

»Existen esfuerzos paralelos en marcha para explorar cómo se puede aprovechar algo así, tanto para fines de seguridad nacional como para causas humanitarias, como la erradicación de enfermedades modernas en el pasado.

»Las posibilidades son infinitas».

La película terminó y Michael observó el logo del departamento de Defensa. Recordó a la estudiante universitaria y lo que le había dicho.

«Yo soy la encargada del proceso de externalización de la memoria y usted, de la capacidad de enviar cosas más allá de los límites del tiempo y el espacio. Juntos abocaremos al mundo al desastre. Tenemos que detener esto antes de que se nos escape de las manos».

¿Cómo podía saberlo? Lo único que tenía sentido era que fuera algún tipo de espía extranjera. Alguien que quizá estuviera relacionada con los

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secuestradores de su familia. O tal vez una estudiante con una imaginación desbocada que hubiera oído hablar a uno de los ingenieros.

Hacía un rato, en un momento de debilidad, había intentado llamar al número que le había dado. No había respondido, aunque la voz del contestador era la de ella.

«Juntos abocaremos al mundo al desastre».

Michael negó con la cabeza. Daba igual. En aquel momento, pasaría lo que tuviera que pasar. Había mucha gente en el equipo y había dejado documentado su trabajo de tal forma que, aunque él se retirase, lo único que pasaría sería que irían más lentos. No podía hacer nada por evitar los avances del progreso.

Lo mejor que podía hacer era implicarse y hacer lo correcto. Y lo correcto era dedicarse a la ciencia y, ganándose la confianza de todo el mundo, ayudar a influir en la aplicación de los descubrimientos.

Era la única manera.

Uno de los hombres de la sala de reuniones tomó la palabra:

—Ahora que hemos visto los discursos promocionales para los peces gordos, ¿qué tal si hacemos una pausa para comer?

Un agente del FBI que estaba cerca de la puerta de la sala miró a

Michael y preguntó:

—Profesor, creo que está previsto que vaya a Quantico esta tarde. ¿Sigue queriendo visitar antes el memorial de las Fuerzas Aéreas? Está a apenas unos minutos de aquí.

Michael asintió.

—Sí. Hace mucho le prometí a mi abuelo que, si alguna vez venía por aquí, presentaría mis respetos a su amigo y compañero piloto.

—Entendido. —El agente sacó el teléfono y se lo acercó al oído mientras todo el mundo se levantaba.

Al separarse Michael de la mesa, Percy se incorporó y bostezó.

Le rascó la cabeza al cachorro y susurró:

—¿Tienes hambre, grandullón?

El perro meneó la cola con tanta fuerza que golpeó con ella los muebles de la sala, y soltó un bufido, como diciendo: «Por supuesto».

Michael cogió la correa y salió de la sala de reuniones junto con los otros ingenieros. Le apetecía mucho tomar el aire.

Tanto él como Percy lo necesitaban.

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Alicia estaba delante del espejo del baño con un despliegue impresionante de maquillaje y material para disfrazarse, el cabello húmedo después de la ducha y vestida con el sujetador y los pantalones del pijama. Miró a su padre, que llevaba el torso desnudo y también estaba frente al espejo. Alicia sonrió:

—Papá, eres la última persona del mundo que esperaba que me diera lecciones de maquillaje.

Él soltó una risita y cambió el ángulo del espejo de aumento con luz, de brazo flexible.

—Chiquilla, una persona de mi gremio a veces tiene que disimular su belleza y encantos propios de una estrella de Hollywood para convertirse en quien no es.

Alicia soltó un bufido y entornó los ojos.

—Verás lo que es asumir una nueva identidad. Empecemos por lo fácil: el aspecto exterior.

—¿Eso es lo fácil?

—Sin duda —respondió él—. No te creerías lo difícil que es asumir la identidad de otra persona. Imagina intentar actuar y hablar como alguien que tiene setenta y pico años. Incluso mantener una conversación y emplear el lenguaje apropiado para esa edad. No es fácil. Pero, por ahora, nos centraremos en tu aspecto. En estos momentos es lo único que el FBI sabe de ti, y como tenemos que dar por supuesto que saben que tú y yo somos parientes, entonces los dos vamos a acabar pareciendo y sonando distinto de lo que somos.

Alicia observó todos los artículos desconocidos esparcidos por el lavamanos doble y se sintió un poco nerviosa. No era tan sencillo como un lápiz de ojos, colorete y pintalabios.

—Bueno, ¿por dónde empezamos?

—Como chica que eres, probablemente no harías esto, pero fíjate bien. Alicia observó con los ojos bien abiertos a su padre humedecerse el pelo y luego alisárselo hacia atrás para que se le quedara bien adherido a la cabeza. Aunque había superado la barrera de los cuarenta años, tenía un físico impresionante, bien esculpido, y resultaba un poco fastidioso ver lo simétrica que era su musculatura. Como ella tenía un pecho más grande

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que el otro, se fijaba mucho en la simetría de los cuerpos. Lo miró fijamente y advirtió algo por primera vez: a diferencia de la mayoría de los hombres blancos de su edad, no tenía ni una sola cana.

—Papá, ¿te tiñes el pelo?

—No, y tampoco me lo teñiré para este disfraz. Ya verás. —Me refiero en circunstancias normales. No tienes ni una cana. —Será cuestión de suerte. Mi madre tiene por los dos. —Rasgó un

paquete y extrajo un trozo de látex blando color carne. —Es una funda para la cabeza—. Levi se miró en el espejo del baño y se ajustó con cuidado la fina funda en la cabeza. Cogió unas tijeras afiladas y empezó a explicarle lo que iba haciendo—. Ahora recorto los bordes, dejando el sobrante justo para poder adherirla a la piel con cola de maquillaje.

Inclinó la cabeza arriba y abajo y de lado a lado, examinando su obra en el espejo.

—Estoy comprobando que la funda encaje bien y no se abulte de forma antinatural en ningún punto. Por ahora está bien. En cuanto acabe con mi pelo, tú y yo nos maquillaremos la cara.

Alicia observó a su padre, fascinada por la transformación que se producía ante ella.

—¿Así que, para esta misión, los dos vamos a envejecer?

Su padre la miró y sonrió.

—Fíjate en mi hijita hablando de misiones. Sí, vamos a envejecer un poco. Tú mira. Este material se llama crepé de lana. —Abrió otro paquete y empezó a deshacer una trenza de una especie de pelo—. Los actores tienden a usar material barato hecho con fibras vegetales, pero yo siempre busco un efecto más realista, así que prefiero esta lana trenzada. Como de oveja. —Aplicó adhesivo a lo largo de la funda de la calva, cortó un fragmento de lana cardada de diez centímetros y colocó con cuidado el extremo cortado sobre la cola pegajosa. —Ahora espero a que se seque—. Repitió el proceso hasta que tuvo un semicírculo de pelo alrededor de la coronilla.

Con una brocha de maquillaje, empezó a aplicarse polvos.

—Estoy poniendo polvos traslúcidos en la cola para disimular los bordes. Ahora, a peinarse un poco.

Alicia observó a su padre peinar la herradura de pelo alrededor de la calva y, con una maquinilla eléctrica, perfilarlo un poco para que quedara mejor.

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Se volvió hacia ella y sonrió.

—Bueno, ¿qué te parece?

Alicia sacudió la cabeza, boquiabierta.

—Te pareces al granjero Jenkins cuando era joven. Queda raro verte calvo pero con la cara joven.

—A veces pasa. Recuerdo que el señor Jenkins empezó a perder pelo a los veinte años. Pero tienes razón. Ha llegado el momento de que empecemos a envejecer. —Abrió un tarro y dijo—: Empezamos con una base.

Alicia cogió el mismo tarro de su lavamanos, lo abrió y observó qué hacía su padre.

—Coge una esponja en forma de cuña y aplica una capa fina en la frente, las mejillas y a lo largo del cuello.

Alicia observó lo que hacía su padre con movimientos expertos y se esforzó por imitarlo.

Él miró en su dirección y dijo:

—Mantén el mentón levantado. —Y empezó a aplicarle la base dando pequeños toques en la piel—. Así se cambia la opacidad de la piel, y funciona como capa de base en la que aplicar los cambios. —La observó desde varios ángulos y asintió con aprobación.

Alicia continuó observando e imitando a su padre al coger una brocha de maquillaje y una sombra color morado. Dando ligeros toques, pasó la brocha por el maquillaje en polvo y se aplicó sombra en las sienes, en el hueco de las mejillas, las arrugas de la frente, bajo los ojos y en algunas líneas del cuello.

Levi la miró y, como lo vio todo bien, siguió maquillándose sin ni siquiera mirarse al espejo.

—Papá, ve más despacio, tú habrás hecho esto un millón de veces. No te sigo.

—Perdona, cariño. Ahora, los toques de luz.

Alicia se aplicó iluminador en los pómulos, los pliegues nasales y las arrugas de la frente.

—Ahora difuminas suavemente las arrugas para suavizar el contraste entre los puntos de luz y las sombras. —Aplicó un tono granate y dijo—: Así parece que tienes capilares rotos en la nariz, los pómulos y la frente.

Ella continuó imitándolo y, para su sorpresa, lentamente se vio convertida en una mujer mayor asiática.

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—Ahora, unas cuantas manchas de edad. Alicia, gírate hacia mí.

Lo hizo y él le dio unos toquecitos en la cara y luego se centró un poco más en el reverso de las manos.

—Esto ayuda a resaltar los vasos sanguíneos de las manos, que es lo que los demás verán. Ahí también hay que mostrar los signos de la edad con sutileza.

Alicia se miró en el espejo y no se reconoció. Se volvió hacia su padre, que estaba haciéndose algo para aparentar unas cejas pobladas y cuyo aspecto también había cambiado por completo. Su guapo padre de cuarenta y pico años que tan en forma estaba se había visto sustituido por un viejo de setenta demasiado en forma.

—Papá, es muy raro verte así.

Se volvió hacia Alicia, la miró inclinando la cabeza y sonrió.

—Me gusta. Nos falta decolorar un poco la dentadura y ajustar la ropa, por supuesto, pero creo que lo conseguiremos.

Alicia frunció el ceño.

—Ehem, papá. Nunca has llegado a explicarme qué es lo que tenemos que conseguir.

Miró su reloj de pulsera y dijo:

—Te lo explicaré en un rato. Sin embargo, mientras planchamos el vestuario, tienes que hacer unos aviones de origami.

—¿Aviones de origami? ¿En serio?

—Sí, en serio.

Alicia observó sobrecogida los tres arcos de acero inoxidable que se alzaban sesenta metros en el aire. Dejó de fijarse en la estructura y se centró en el horizonte, donde veía un edificio inmenso con un diseño inconfundible de cinco lados. No es que el Pentágono estuviera a tiro de piedra, pero sí muy cerca.

Ahí cerca, un hombre hablaba en voz alta con una mujer mayor que debía de ser dura de oído, dado que señalaba la estructura y decía bien fuerte:

—Mamá, esos arcos de acero me recuerdan a las estelas del avión de papá. ¿Recuerdas cómo describía cuando él y sus compañeros realizaban

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las maniobras para lanzar las bombas?

Había gente deambulando por el memorial, quizá dos o tres docenas de personas, la mayoría absortas en sus pensamientos, ya que el lugar invitaba a la contemplación silenciosa.

—Kumiko, ayúdame a repartir esto como muestra de agradecimiento por venir a honrar a nuestros veteranos.

Alicia se volvió hacia su padre, cuya espalda estaba tan encorvada que se veía obligado a estirar el cuello para mirar hacia adelante. Habían ensayado sus respectivos papeles en el apartamento y, haciendo ella de anciana esposa de un veterano, formaban una pareja muy discreta y sin duda no eran personas que pusieran en alerta a nadie. Él llevaba un sombrero de veterano del Vietnam de las Fuerzas Aéreas de EE. UU. y ella, una bolsa de la compra llena de aviones de papel gris que habían doblado en forma de jet. Sacó un puñado de aviones de la bolsa y observó cómo su padre se acercaba a los desconocidos con mano temblorosa.

—Muchas gracias por venir. Por favor, cojan un recuerdo. —Su voz tenía el tono aflautado y cavernoso típico de un hombre mayor—. Mi esposa y yo estamos muy contentos de que hayan venido a visitar y honrar a nuestros caídos.

Una pareja joven vaciló y al final aceptó uno de los aviones. La mujer reaccionó con entusiasmo al ver el buen trabajo hecho en papel.

—Qué bonitos. Muchas gracias.

Alicia siguió a su «frágil esposo» y le ayudó a repartir avioncitos. Un hombre le hizo el saludo y sonrió al aceptar el regalo. —¿Puedo preguntar en qué unidad sirvió? —La 388 táctica. Pero fue hace siglos.

—¿En serio? Mi padre estuvo en la 388 pilotando Phantoms desde Korat. ¿Era usted piloto?

Levi asintió.

—El Phantom fue posterior a mi época, jovencito. Sobre todo, piloté el Thunderchief allá por el 67. Que disfruten de la visita. —Miró en dirección a Alicia—. Ven conmigo, Kumiko. Hace calor.

Al ver a su padre esforzándose con el andador, Alicia recordó que tenía que dar pasos más cortos y vacilantes al seguirlo hacia el memorial del muro.

—Hacia la izquierda —susurró él.

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Ella miró en aquella dirección y vio a un grupo de hombres bien vestidos camino del memorial. Abrió unos ojos como platos al reconocer el paso de un hombre que hacía años que conocía.

—Es él —susurró—, el del polo claro.

—Probablemente se dirija hacia nosotros. Empezaré por los guardaespaldas; tú acércate al profesor. Da igual si lo abordas tú o yo, haz lo que tienes que hacer.

Alicia había marcado el morro del avión de papel especial y lo llevaba en el abultado bolsillo de su vestido holgado.

El corazón empezó a latirle con fuerza y sintió mariposas en el estómago al ver al grupo dirigirse directamente hacia ellos.

Michael caminaba por el sendero que conducía al memorial de las Fuerzas Aéreas y sonrió al ver aquellas tres enormes agujas de acero que parecían brotar del suelo. La imagen enseguida le recordó las pocas veces que había ido a una exhibición aérea, cuando tres Thunderbird despegaban hacia el cielo dejando una estela de humo y salían despedidos hacia fuera en una muestra asombrosa de acrobacias aéreas.

Uno de los agentes que encabezaban el grupo señaló hacia el fondo del memorial y dijo:

—Los nombres de los galardonados con la Medalla de Honor están grabados en aquel muro.

Se desplazaron en grupo y recordó las historias de su abuelo sobre la guerra de Vietnam. Había sido piloto, había realizado bastantes misiones y durante su servicio había lanzado un par de MiG-17.

Había varias personas leyendo las inscripciones en granito del memorial y Michael se acercó y se puso también a leerlas.

Una le llamó especialmente la atención al leerla en voz alta:

«Decidles que sacrificamos nuestro presente por su futuro».

Michael notó que se le hacía un nudo en la garganta y se puso a pensar en su esposa y su hija. No todo el mundo tendría futuro…

—Gracias por honrar a los caídos.

Miró a la izquierda y vio a un hombre mayor encorvado por la edad que se sostenía con un andador. Era un veterano.

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—Señor, me alegro de que pudiera volver a casa, y gracias por su servicio. —Se desplazó a la derecha y vio el nombre de Leo Thorsness. Michael se quedó boquiabierto al leer el nombre del amigo del que su abuelo siempre le había hablado. Lo había descrito como «el puto héroe más suertudo, valiente y sensato que he conocido jamás».

Aquello era todo un halago viniendo de su abuelo, que no solía valorar los logros de los demás… ni siquiera los suyos.

Michael no sabía que el amigo de su abuelo hubiera sido galardonado con una medalla de honor. Aquello era algo grande.

De haber estado vivo su abuelo, le habría encantado hablar con él al respecto. No obstante, ver el nombre del amigo ya le proporcionó una cálida sensación de satisfacción.

—Caballero.

Michael vio que una mujer mayor le tendía una obra de origami en forma de jet. Era una pequeña obra de arte en papel. Rechazó la oferta y sonrió.

—Gracias, pero no. Quédesela.

—Por favor, como recuerdo de su amigo fallecido. Así recordará su visita aquí. —Volvió a ofrecerle el papel.

Uno de los agentes se les acercó, y estaba a punto de ahuyentarla cuando Michael aceptó el avión con ambas manos y dedicó una pequeña inclinación de cabeza a aquella mujer asiática.

—Es muy bonito. Gracias. —Los ojos de ella se llenaron de lágrimas y arrugó la cara debido a las emociones apenas contenidas. Él se le acercó y le puso la mano en el hombro—. ¿Lo ha hecho usted? —Ella dijo algo que él no oyó, por lo que se inclinó hacia ella y susurró—: ¿Cómo dice?

Alicia lo miró y susurró a su vez:

—Desdóblelo cuando esté solo. Hay un mensaje para usted en el interior. —La mujer le apartó el brazo, se dio la vuelta y se dirigió renqueando hacia el anciano del andador.

Michael Miró el avión de papel y se lo guardó con cuidado en el bolsillo. Entonces se le acercó un agente y dijo:

—¿Hemos terminado?

Michael asintió y los cuatro agentes lo escoltaron más allá de la pareja de ancianos, que seguían repartiendo piezas de origami entre los visitantes.

Se dio una palmada en el bolsillo y se preguntó si la anciana estaba loca o si acababa de ocurrir algo importante.

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El corazón empezó a latirle con fuerza porque sabía que tardaría bastantes horas en estar solo.

«Hay un mensaje en el interior que tiene que ver».

¿Qué mensaje sería ese?

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CAPÍTULO DIECISÉIS

Michael esperó en el coche en la Puerta Cuatro, una de las entradas a la base de los marines de Quantico, mientras el agente a cargo de su seguridad iba de un lado a otro, discutiendo por teléfono con alguien.

—¿Estás de broma? ¿Que el The Inn está lleno? Esta mañana no lo estaba… sí, pero no sabíamos seguro si lo necesitábamos, y ahora sí. —El agente seguía andando y frunció el ceño; las cigarras chirriaban con fuerza en la oscuridad creciente.

Percy gimoteó y apoyó la mandíbula en el hombro de Michael mientras miraba por la ventanilla bajada, preguntándose qué estaba pasando.

El agente se guardó el móvil con expresión amargada, se sentó de un salto en la parte delantera del coche y le dijo al conductor:

—Da la vuelta. Vuelve a subir por Russel Road y gira a la izquierda en Richmond Highway. Se supone que hay un Marriott a poco más de un kilómetro. Tendremos que apañarnos.

El conductor puso el coche en marcha y subió la ventanilla de Michael.

Cambió de sentido y se alejó de la base de los marines.

El agente del asiento delantero se volvió hacia atrás y dijo:

—Profesor, es tarde y tendremos que apañarnos con lo que hay. Mañana ya buscaremos un sitio más controlado para los componentes del servicio.

Michael se encogió de hombros.

—Me conformo con una ducha caliente y un colchón decente.

El agente señaló a Percy y el perro soltó un suave gruñido.

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—Cuando tenga que sacar al perro a pasear y a hacer sus necesidades, llámeme, por favor.

Michael asintió y le pasó a Percy los dedos por el pelo para intentar calmarlo. El animal miraba al agente con las orejas caídas y el cogote erizado. La forma en que el agente lo había señalado lo había puesto nervioso. Lo último que le faltaba a Michael era que su cachorro de cuarenta kilos quisiera morder al tipo que velaba por su seguridad.

En menos de cinco minutos, Michael recibió una tarjeta magnética para entrar en su habitación de hotel.

—Estoy en la 205 —dijo el agente—. Recuerde, llámeme cuando haga falta. Yo u otro agente acudiremos a su habitación inmediatamente para salir a pasear con usted. ¿Entendido?

—De acuerdo. —Michael asintió, entrechocó el puño con el del agente y se marchó en la dirección en que la recepcionista le había dicho que estaba su habitación.

Deslizó la tarjeta por la ranura, se encendió un diminuto led de color verde y, al entrar en la habitación, notó el frescor del aire acondicionado.

Por fin él y Percy estaban solos.

A pesar del agotamiento, no había olvidado el extraño encuentro en el memorial de las Fuerzas Aéreas. Metió la mano en el bolsillo de los pantalones y sacó con cuidado el trozo de papel doblado.

Tardó unos segundos en encontrar los interruptores de la luz, corrió las cortinas, cerró la habitación por dentro y, cuando Percy subió a la cama y se dispuso a echar una cabezadita, Michael desdobló los precisos pliegues del avión.

En cuestión de segundos vio un escrito a mano y algo parecido a dinero entre el papel con el que se había construido el avión.

Tardó más de un minuto en desarmar todas las piezas de papel y darse cuenta de que había un billete de cien dólares entre los pliegues. Al darle la vuelta al papel azul en el que había visto palabras manuscritas, se fijó en que también había algo impreso.

La impresión parecía un fragmento de la transcripción de una conversación.

[Agente FBI – Jason Whitley] «Hemos conseguido detectar partículas de taquiones en nuestra cámara de vacío por su radiación de Cherenkov».

[DARPA – Dr. Carl Sundenbach]: «¿Y usted quién dice que es?».

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[Agente FBI Jason Whitley]: «Ken Lee, soy un investigador posgraduado del equipo del profesor Salomon».

[DARPA – Dr. Carl Sundenbach]: «Bueno, me aseguraré de consultarlo y seguramente reciban noticias nuestras. Gracias por la llamada».

«Hay coincidencia entre el análisis de los patrones de voz del agente Whitley y del estudiante de posgrado de Princeton Josh Whitley».

Michael se quedó mirando el papel con mano temblorosa mientras, de repente, se le revelaban las respuestas a los interrogantes que se le habían ido presentando hacía unos meses.

Claro que Ken no había llamado a Ojo Rojo, era físicamente incapaz; sin embargo, Sundenbach no tenía ni idea de los problemas de habla del investigador fallecido. Josh era quien había alertado a la DARPA sobre su descubrimiento.

¿Un agente del FBI que se hacía pasar por estudiante de posgrado? Percy se incorporó al notar la ira que bullía en el interior de su amo. Le

soltó un ladridito a modo de respuesta.

—No sé, Percy. Es que no lo sé. —Lo miró y planteó—: ¿Y si la muerte de Ken no fue un accidente?

Michael observó el papel y se fijó en que contenía una dirección y una hora escritas a mano.

Las tres de la mañana del día siguiente.

Se le pusieron los pelos de punta al pensar en la posibilidad de que aquello fuera una especie de emboscada.

Pero la información tenía todo el sentido del mundo.

La fluida transición de tímido estudiante de posgrado a eficaz gestor de la burocracia del gobierno había sido demasiado natural. Y la cuestión de la comunicación de Ken con los tipos de la DARPA no se había explicado hasta ahora.

Tenía sentido.

¿Quién iba a estar en aquella dirección?

Consultó su reloj e hizo una mueca. Eran casi las diez de la noche y, por lo que veía, la dirección era de Arlington, que estaba a una media hora.

Los agentes le impedirían acudir.

Sin duda, la anciana había sido una vía para hacerle llegar el mensaje. Seguro que en el punto de reunión no se la encontraría a ella, ni tampoco a

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su anciano esposo.

¿Quién sería? Lo más probable es que fuera alguien que intentaba avisarle de algo. Y si estaban al corriente de los agentes encubiertos y de la conversación con Ken, aquella gente debía de trabajar para el gobierno. No podía ser de otra manera.

¿Dos facciones del gobierno, entonces? A saber…

Y los tipos del FBI no eran amigos, de eso ya se había percatado, pero lo de Josh lo dejaba claro.

Ahora que lo sabía, le parecía imposible volver a trabajar con él. Cómo disimular…

Miró el papel y observó la parte manuscrita.

Si salía a las dos de la mañana… los del FBI no se darían cuenta. Le daría tiempo a explorar la zona. Y se llevaría a Percy. El perro atacaría a cualquiera que se le acercara con malas intenciones.

Coger un Uber en Nueva Jersey había sido una estupidez. Había pagado con la tarjeta de crédito y quizá no se librara dos veces seguidas de que lo pillaran. Por lo que sabía, los movimientos de su tarjeta estaban controlados en todo momento… ¿para qué? No tenía ni idea. Solo había visto situaciones similares en la tele.

Cogió el billete de cien dólares y sonrió. Quienquiera que fuera, había pensado lo mismo. Podría llamar a un taxi y con aquello tenía de sobra para los trayectos de ida y de vuelta. Y sería imposible de rastrear.

Se volvió hacia Percy.

—Podríamos salir y volver antes del amanecer. No nos pillarían. ¿Qué te parece?

Percy lo miró, sacó la lengua como si sonriera y meneó la cola.

Decidido.

Michael miró la cama con anhelo y puso el despertador de la mesita.

—Un par de horas de sueño y a ver qué es todo esto.

Alicia no habría imaginado nunca encontrarse un día a las tantas de la mañana con las piernas cruzadas en la parte trasera de una furgoneta con su padre y Brice. Aquello empezaba a parecerse mucho a una misión de espionaje secreto. Su padre se había puesto sus «oídos» y llevaba una

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goma elástica alrededor del cuello con un micrófono plano a la altura de la garganta, y ella también.

Además de lo mucho que todo aquello se asemejaba a una escena protagonizada por John Wick, Brice parecía un científico loco preparando un brebaje en un vaso de plástico transparente. La miró y preguntó:

—¿Preparada?

Alicia se preparó para que le colocara un auricular personalizado. Ladeando la cabeza, separó el pelo para dejar la oreja derecha mirando al techo y contuvo la respiración.

—Sí.

Brice se le acercó con un inyector de pera en una mano y unas pinzas en la otra.

—Notarás algo raro cuando te llene el canal. Pero no te muevas hasta que te lo diga. Necesitamos que el receptor esté bien alineado mientras se fija la silicona. ¿Entendido?

—Sí —repuso Alicia, aunque estaba un poco asustada ante la perspectiva de que le inyectaran un pringue en el oído.

—Tranquila, será rápido.

Ayudándose de unas pinzas, Brice insertó un diminuto dispositivo electrónico en el oído de ella mientras inyectaba silicona de color carne alrededor del dispositivo. Alicia notó que la sustancia se expandía y le llenaba los huecos y recovecos del oído externo. La sustancia se iba calentando y tuvo la sensación de tener unos mocos burbujeantes que amenazaban con salírsele del oído y chorrearle por el pelo.

—Bueno, ahora quédate quieta un par de minutos y ya estará. No es tan terrible ¿verdad?

—Lo noto caliente y no oigo nada. ¿Seguro que funciona bien? Brice rio.

—No te preocupes, es normal. Puede que te haya entrado un poco de silicona en el canal auditivo. En un minuto más o menos, la pasta se secará, te la sacaré, rebajaré los bordes y probaremos el auricular.

Mientras la silicona se solidificaba, Alicia observó a su padre sacando el cargador de la pistola: introdujo una bala y luego se la guardó en la cartuchera del hombro. Brice estaba rebuscando en una caja de herramientas soldada en el suelo de la furgoneta. Sacó una bolsa llena de unos pequeños objetos de metal de formas extrañas con puntas afiladas.

—¿Qué hay en esa bolsa?

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—Ah, ¿esto? —Levantó la bolsa—. Son abrojos o estrellas de clavos. Sirven en lo que yo denomino momentos «¡mierda!». Al estar hechos de acero endurecido y siempre quedarse una punta hacia arriba son muy útiles para reventar neumáticos.

—Suelen usarse en tiempos de guerra para impedir el acceso a ciertas zonas. Si lanzas un puñado, impides el paso a cualquier vehículo con ruedas normales. Evitan que los vehículos normales avancen posiciones, y sin duda causan menos destrozos que las minas.

—Papá, ¿cómo sabes para qué sirven los… en una guerra…? —Se le había olvidado el nombre de aquellas cosas—. ¿Has estado en alguna guerra?

Levi se encogió de hombros y ella supo que no iba a responder. Brice se le acercó con unas pinzas y dijo:

—Piensa que tu padre ha hecho un poco de todo y que probablemente aciertes más que te equivoques si lo piensas así. Vamos a poner el auricular en funcionamiento y a hacer una prueba de comunicación.

—¿Esto no es un poco exagerado para lo que describiste como una misión de recogida/rescate? —preguntó Alicia.

—Cariño, nunca se está demasiado preparado. —Levi carraspeó al sacar un puñal de una vaina escondida bajo su ropa de trabajo oscura y observó el filo.

—Nunca se sabe —declaró Brice con un tono calmado y práctico—. A lo mejor el profesor se resiste a venir con nosotros, su perro podría darnos problemas, puede que lo sigan… hay varias cosas que podrían salir mal y lo único que nos faltaría sería perder la comunicación entre nosotros, Y, si hay un enemigo por aquí, no es plan de telegrafiar lo que estamos haciendo.

Brice sacó el tapón de relleno de silicona de la oreja de Alicia, recortó el exceso y le devolvió el auricular.

—Póntelo y vamos a probarlo.

Alicia volvió a ponerse el auricular y le sorprendió descubrir que apenas lo notaba en la oreja.

Su padre alzó la voz al decir:

—Oye, Walt, danos conversación para ver si funciona.

Walt era uno de los hombres de la Panda. Estaba sentado delante, en el asiento del conductor, y era el chófer de la mañana.

—Probando, probando, un, dos, tres.

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Brice se tocó el micro del cuello y dijo:

—Recibido, probando, cuatro, cinco, seis.

—«Tengo una vaca lechera, no es una vaca cualquiera…» —dijo Levi con expresión divertida.

Alicia oía todas las voces con claridad por el auricular.

—¿Todos contentos con la comunicación? —preguntó Brice.

Alicia levantó el pulgar al igual que los demás.

—Imaginaos un pulgar italiano peludo levantado —dijo Walt por el auricular.

—Vamos a probar tu micro, Alicia. Aún no te he oído. —Brice señaló a Alicia y le hizo un gesto para que presionara el botón de la goma elástica que mantenía el micro sujeto contra la garganta.

Alicia pulsó el botón y oyó el clic.

—Estoy aquí. —Su voz crepitó por su propio auricular y los demás asintieron.

Su padre tensó la espalda y ahuecó la mano encima de su oreja derecha.

—Tengo noticias. Nuestro profesor está en camino.

Alicia notó mariposas en el estómago, como una colegiala delante de su enamorado, lo cual la fastidiaba. Sabía que tenía que dejar sus sentimientos al margen. Todo aquello podía torcerse de mil maneras.

Levi frunció el ceño centrándose en la información que recibía por el auricular.

—Lo ha recogido un taxi amarillo y parece que nadie lo sigue. Hasta aquí, todo bien. Sin embargo, nuestro profesor lleva a un gran pastor alemán. —Miró a Brice—. Coge algo, por si acaso. Preferiría no matarlo.

Brice sostuvo en alto lo que parecía un bote de crema de afeitar y se la lanzó Levi, que la pilló al vuelo y la sujetó en su cinturón de herramientas.

—Y ahora, a esperar.

—Señor Jones —el taxista miró hacia atrás—. ¿Está seguro de que es esta la dirección? Parece que aquí no hay casas.

Percy gimoteó al lado de Michael en el asiento trasero del taxi, probablemente porque olía el nerviosismo que despedía su amo al observar

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el entorno.

—Estoy seguro.

Le había dicho al taxista que se llamaba Jake Jones, pensando que un nombre tan común como John Smith dispararía una alerta en la mente del taxista. Aunque «Señor Jones» era igual de ridículo, y Michael no las tenía todas al pensar que iba a un lugar desconocido a reunirse con alguien que sabía cosas que no tenía por qué saber.

Había apagado el móvil para asegurarse de que el FBI no tuviera forma de localizarlo pero, a medida que crecían sus dudas, se preguntaba si no estaba cometiendo un grave error con todo aquello. ¿Y si lo encendía?

Mientras se planteaba qué era lo más sensato, el taxista le habló:

—Parece que tiene un amigo esperándole. —El taxi paró y el taxista

dejó el coche en punto muerto—. Son treinta y dos pavos.

Michael pagó la carrera y miró por la ventanilla delantera.

Había una furgoneta grande aparcada en el arcén. Junto al vehículo había una mujer alta de pie con los brazos cruzados; parecía que estuviera mirándolo directamente.

Michael bajó del taxi sujetando con fuerza la correa de Percy y, sin darle tiempo siquiera a cerrar la puerta trasera, el taxista arrancó haciendo saltar gravilla con los neumáticos traseros.

¿Se había asustado por algo?

—Michael, estoy muy contenta de que hayas venido. —La mujer le llamó y avanzó unos pasos.

Percy soltó un suave gruñido que bastó para poner a Michael en alerta. Un hombre bajó de un salto de la parte trasera de la furgoneta. Tendía las manos como para indicar que no quería hacer daño a nadie, pero Michael vio la pistola en la funda del hombro y se dio cuenta de que

aquella gente no eran de los típicos funcionarios del gobierno.

—Me llamo Levi y estamos aquí para llevaros a ti y a Percy a un lugar seguro. —Se agachó y le tendió la mano a Percy para que se la olisqueara.

El perro bajó las orejas y olfateó el ambiente. No gruñó. Percy tiró de la correa porque quería acercarse y, llegados a ese punto, Michael pensó que probablemente el perro supiera mejor que él qué hacer.

La chica se le acercó unos pasos. Percy se centró en ella, con los pelos del lomo erizados, y soltó un fuerte gruñido.

Levi ahuyentó a Alicia y habló con un tono suave.

—Percy, no queremos haceros daño.

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El perro tiró y Michael se acercó lentamente deseando no haber desconectado el teléfono. Nada de aquello parecía regular.

En cuanto Percy estuvo lo bastante cerca para olisquear la mano del hombre, empezó a menear la cola cada vez con más fuerza. Al cabo de unos segundos, el perro ladraba y gimoteaba de alegría.

¿Qué demonios?

Michael abrió unos ojos desmesurados al ver a su perro guardián volverse loco de alegría con un desconocido. Olisqueó y lamió una y otra vez la mano de Levi como si fuera una golosina.

Percy gimoteó y frotó con el hocico las manos y los zapatos de Levi mientras él le acariciaba la cabeza y levantaba la vista hacia Michael.

—Represento a una organización que está alerta cuando las cosas se tuercen en nuestro gobierno. Profesor, creo que le conviene venir con nosotros por muchos motivos en los que no puedo entrar ahora, pero sobre todo para evitar lo que ciertos agentes de nuestro gobierno intentan hacer. Si nos acompaña, le enseñaré ciertas cosas que le mostrarán lo que realmente tiene entre manos y las mentiras que le han contado.

Michael respiró hondo y exhaló lentamente.

—¿Saben qué le ocurrió a Ken Lee?

—¿Su antiguo ayudante? —preguntó Levi.

Michael asintió.

Levi se incorporó e invitó a Michael a seguirlo.

—Leí el informe. Murió en un accidente de tráfico. Según las pruebas, alguien hizo que se saliera de la carretera, pero no aparecen sospechosos. No hay nadie asignado al caso.

Michael cerró los ojos y recordó el momento en que el jefe de su departamento le dijo lo que le había pasado a Ken.

«No hay una buena manera de dar una noticia como esta: ha muerto». —La policía dijo a la universidad que había habido un accidente de

coche y que los restos se habían encontrado en el fondo del Delaware Raritan Canal, al lado de la Old Lincoln Highway —dijo Michael horrorizado.

Cuando se aproximaron a la parte posterior de la furgoneta, con la puerta abierta, la mujer se le acercó. Era asiática y había algo en su cara que le resultaba muy familiar. Le tendió la mano y Percy no reaccionó de modo apreciable. Seguía interesado en el agente armado.

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Se estrecharon la mano.

—Michael, ¿te acuerdas de mí? —preguntó ella.

La chica era joven, demasiado joven para tener una expresión tan seria, y entonces él cayó en la cuenta.

—Eres la chica de la universidad… Alicia, ¿verdad? Intentaste advertirme sobre el proyecto en el que estoy trabajando.

Ella asintió con expresión compungida.

—Sí, soy yo.

Un hombre entrado en carnes asomó la cabeza desde el interior de la furgoneta e hizo un gesto al grupo.

—Hola, formo parte del equipo, pero dejémonos de chácharas y vayamos a cualquier otro sitio que no esté en medio de la nada.

Al oírle decir aquello, Michael miró hacia la izquierda y se fijó en el gran campo vacío que había. Se le heló la sangre cuando una visión se reprodujo en su interior.

«Vio un pequeño grupo de gente situado a unos cuatrocientos metros de allí, en un campo yermo.

»Michael corrió hacia el grupo con tanta energía que tuvo la sensación de que el corazón se le salía del pecho.

»Percy ladró y corrió a su lado.

»Cuando estaba a medio camino, Michael oyó un chirrido de neumáticos y una serie de golpes secos. Dos sedanes dieron un fuerte volantazo desde la carretera en su dirección.

»Alguien disparó desde el grupo que había en el campo y Michael notó dos impactos en el pecho. Uno desde atrás y el otro desde delante.

»Percy soltó un grito de dolor».

Michael observó el campo y notó una opresión en el pecho al experimentar el temor del déjà vu. Había muerto en ese campo… o al menos eso era lo que le pasaba en aquella visión.

Como no veía otra salida, Michael corrió a la parte trasera de la furgoneta y Percy subió a ella de un salto a su lado, seguidos de los demás. —¡Brice, tenemos visita! —gritó alguien desde la cabina del vehículo.

Levi cerró la puerta trasera al tiempo que aparecían unas luces a lo lejos.

—Walt, sácanos de aquí —gritó Brice. Todos se sujetaron a las asas del lateral de la furgoneta.

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Cuando el vehículo aceleró derrapando antes de ganar terreno, Michael agarró el collar metálico de Percy.

Levi soltó un gruñido.

—¿Llevas teléfono?

Michael se lo tendió a aquel hombre, que le intimidaba con la pistola junto al pecho. Él, a su vez, se lo entregó al hombre regordete.

Brice metió el teléfono en una caja metálica y se le acercó con algo parecido a un detector de metales manual.

—Estos tipos deben de estar rastreándote. Tal vez con el teléfono, o quizá con algo más.

Michael levantó los brazos; la furgoneta viró peligrosamente hacia la derecha. Brice parecía ajeno al caos que lo rodeaba mientras seguía pasando el detector por todo su cuerpo. Cada vez fruncía más el ceño.

—El teléfono está apagado. Pensaba que bastaría.

—Pues está claro que no —dijo Levi mientras la furgoneta volvía a girar con fuerza. El gemido del motor resonaba por el habitáculo trasero.

Brice se acercó al perro con el detector, y Percy gruñó, pues no parecía hacerle especial gracia que lo revisaran por todas partes.

—Tranquilo, Percy. Es un repaso.

Brice pasó el detector por encima de la cabeza de Percy y, cuando se acercó al collar emitió un pitido.

—Quítale ese collar. Es un transmisor, una especie de dispositivo de rastreo.

Michael intentó desabrochar el collar, pero parecía bloqueado. Mientras la furgoneta giraba de nuevo, Brice se acercó con unos

alicates que sacó de su cinturón y, no sin esfuerzo, cortó el collar metálico. El collar se deslizó hacia la parte delantera de la furgoneta cuando el

conductor pisó el freno y tomó unas cuantas curvas cerradas.

Brice consiguió agarrar el collar al pasar por su lado y lo lanzó a la caja metálica que parecía soldada al suelo de la furgoneta.

—¡Nos están disparando! —gritó alguien.

Alicia derribó a Michael, que al chocar contra el suelo metálico con ella encima se quedó sin el poco aire que tenía en los pulmones.

En la furgoneta empezaron a aparecer pequeños agujeros, y a Michael le costaba respirar entre tanto caos.

En algún punto de su visión periférica, vio a Levi abrir una trampilla en el suelo del vehículo y oyó a una voz decir algo sobre abrojos, o algo

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parecido.

Aplastado por el cuerpo de Alicia, Michael inspiró su fragancia y unas imágenes destellaron en su mente.

Alicia estaba encima de él, desnuda, y era unos años mayor que ese día.

Hacían el amor.

La vio en el laboratorio, ya adulta, trabajando con ratones y luego con personas.

Imágenes de innombrables cenas y tentempiés a horas intempestivas compartidos en la sala de descanso de un laboratorio que nunca había visto, aunque le resultaba tan familiar como el de su facultad.

De nuevo, un sentimiento de culpa abrumador al sucumbir a la tentación. Despertarse junto a una mujer que no era su esposa le había corroído por dentro.

Michael parpadeó al oír hablar a alguien.

—Despejado. Creo que los abrojos han cumplido su función. —¿Estáis todos bien? —gritó Levi—. ¿Algún impacto digno de

mención?

Alicia se bajó de Michael y todos hicieron inventario de la situación. Michael no pudo evitar quedarse mirando a la chica, que lo miraba y

preguntaba:

—¿Estás bien?

Él asintió.

—No sé cómo. No sé por qué, pero ahora lo recuerdo todo.

Alicia abrió mucho los ojos y Levi la tomó del brazo y le señaló la parte delantera de la furgoneta.

—Ve a hacerle compañía a Walt.

—Un momento, yo…

—Alicia. —La miró con dureza y la chica claudicó bajo su mirada—. Ve, sé que quieres hablar con él, pero ahora no es el momento. Asegúrate de que Walt no acabe metiéndonos en una zanja o algo parecido.

Alicia pasó a la cabina.

Michael se volvió hacia Levi, que parecía estar al mando.

—Tenemos que pararle los pies a esa gente.

—Por eso te vamos a poner a salvo…

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—¡No! —Michael notó que el corazón le iba a cien por hora mientras recuerdos que debían de estar latentes por algún motivo se le agolpaban en la mente. Sin siquiera cuestionárselo, sabía que eran recuerdos de cosas que aún no habían ocurrido. Alicia había despertado algo en él que había desbloqueado esos recuerdos—. ¡Ya no me necesitan! Aunque desaparezca, irán más lentos, pero eso no evitará lo que van a hacer. Tenemos que impedírselo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Brice.

Michael entrecerró los ojos pensando en la única conclusión que le quedaba.

—Tengo que volver. Volver y encontrar la forma de eliminar todos los registros que tienen ahí dentro. Existe una red informática separada solo para mi proyecto. Si no eliminamos todos esos informes y toda la documentación que he reunido sobre mi trabajo, alguien podría continuar con la labor que inicié. —Señaló hacia delante—. Alicia también. Pero su trabajo aún no ha empezado. Esto no se convierte en una pesadilla hasta que unimos nuestros descubrimientos. Pero el mío es el más peligroso de los dos, sin duda. Insisto en que tenemos que pararles los pies o se irá todo al garete. Estoy convencido al cien por cien de que esto solo se puede parar desde dentro.

Brice se giró hacia Levi y asintió.

Levi desvió la mirada hacia Michael.

—¿Qué vas a decirles de manera que no te metas en un buen lío? Michael frunció el ceño.

—Se supone que tenía que llamar a uno de los agentes cuando Percy necesitara salir a hacer sus necesidades para que nos acompañara. Puedo decir que llamé a una habitación, pero nadie respondió. Me haré el tonto y diré que me equivoqué de número de habitación. Diré que tuve que salir igualmente y que me apresaron unos tipos armados.

—El taxista que te trajo hasta aquí podría verse metido en un lío por eso —observó Levi con la ceja arqueada.

—No. —Brice negó con la cabeza—. El vídeo de seguridad del exterior del hotel es una porquería. Lo he comprobado. Y puedo hacer que los registros de la compañía de taxis ni siquiera muestren que hubo una recogida por allí. Puedo borrarlo todo.

Levi hizo una mueca y luego se llevó el dedo a la goma que llevaba en el cuello.

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—Walt, llévanos a un sitio donde puedan bajar el profesor y el perro.

Cerca de la civilización.

Michael notó el morado que le estaba saliendo en la mejilla de cuando Alicia lo había tirado contra el suelo y sonrió. Se cogió el cuello del polo, tiró con fuerza y se lo desgarró.

—Entre el morado y esto, al menos da algo de credibilidad a la historia de que salté de la furgoneta y conseguí huir de mis captores.

Levi le dedicó un asentimiento y Brice se sentó a su lado.

—Ese moratón ayudará mucho a que se lo crean y a demostrar que tienes cojones, pero tú y yo tenemos que hablar de los siguientes pasos. Esa red privada y lo que vamos a hacer. Tengo unas cuantas ideas, pero me falta información.

De reojo, Michael había visto que Alicia iba mirando hacia la parte trasera de la furgoneta. Cada vez que lo hacía, sentía emociones encontradas entre la culpabilidad y el deseo de estar con ella. Ajustó el asiento para situarse de cara a Brice, en contra del sentido de la marcha. Se centró en la conversación y preguntó:

—¿Estás familiarizado con el campus de Princeton?

Brice asintió.

—Sí, al menos desde la perspectiva de la vista de un satélite militar. ¿Por qué?

—Bueno, está previsto que en un par de días vuelva a Nueva Jersey. Allí tengo un sitio adonde podríais enviarme algo sin que nadie se enterase.

Brice sonrió.

—Un punto de recogida secreto, ¿no? —Miró a Levi y guiñó el ojo—.

El profesor empieza a hablar como nosotros.

Michael sonrió. Le dolía la mejilla.

—Si lo llamáis así, pues vale. Pero ¿qué es lo que tengo que hacer yo? Probablemente consiga acceder físicamente a una máquina de la red, pero tengo que saber qué hacer. Los ordenadores no son lo mío.

Brice sacó su teléfono y le enseñó a Michael una foto del campus. —Centrémonos en el punto de recogida y ya se me ocurrirá qué hacer. Tardaron apenas un minuto en hacer zoom en el mapa y situar el punto

de recogida.

Michael señaló la caja de herramientas.

—¿Puedo recuperar mi teléfono?

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—Por supuesto —respondió Brice—. Pero no lo enciendas hasta que nos hayamos marchado —añadió—. Y con respecto al collar de perro, ¿sabes de dónde ha salido? Me lo voy a llevar al laboratorio para analizarlo.

Michael negó con la cabeza.

—Alguien se lo dio a mi esposa. Me dijo que era una pareja mayor. Crees que… por supuesto. Supongo que soy ingenuo con estas cosas. Tal vez recluten a gente mayor para hacer cosas sencillas como regalar un collar de perro.

Levi rio. Era el primer atisbo de sonrisa de aquel hombre tan serio. Abrió la puerta trasera de la furgoneta y vio que a lo lejos había una calle oscura y vacía con un colmado en la esquina abierto las 24 horas.

Brice le tendió a Michael el teléfono y dijo:

—Probablemente tarde un par de días en proponer algo. Pero mantente alerta, ¿entendido?

Michael asintió. Desvió la mirada hacia Percy, que se había acomodado a su lado.

—¿Preparado, chicarrón?

El perro soltó un ladrido afirmativo.

Michael bajó de la furgoneta, con Percy a su lado, y en cuestión de segundos el vehículo se desvaneció en la oscuridad de la madrugada.

Michael bajó la mirada hacia Percy y dijo:

—No me delates ante los federales cuando empiece a contar mentiras. Encendió el teléfono, encontró plena cobertura y marcó el número de

Bernstein.

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CAPÍTULO DIECISIETE

—Entra —gritó Mason desde el otro lado de la puerta. Brice entró en su despacho con cara de sueño, se dejó caer en la silla que había delante del escritorio y le mostró un lápiz USB con expresión triunfante—. ¿Es eso?

—Sí. —Brice se inclinó hacia delante y dejó el diminuto dispositivo de almacenamiento en la mesa—. Esa cosa va a provocar un sinfín de problemas.

Mason hizo un giro con la mano.

—Bueno, cuéntame más. Cómo funciona y cuáles son los pros y los contras.

—Bueno, el funcionamiento es sencillo. Hay un fallo de día cero al que todos los ordenadores del gobierno son susceptibles y lo explotaré de forma muy malvada.

En efecto, un fallo de día cero era una vulnerabilidad en algo que se ejecutaba en un ordenador y que el software antivirus desconocía.

Mason asintió.

—¿Qué hace el virus?

Brice hizo una mueca.

—A decir verdad, esto podría escapársenos de las manos. El virus se aprovechará de un par de cosas; una es una vulnerabilidad que está presente en prácticamente todos los sistemas modernos, en la misma escala que las vulnerabilidades Spectre y Meltdown de 2018. O sea que con eso bastaría para la mayoría de los sistemas existentes. Pero, dado que no podemos saber adónde han ido parte de esos datos, y me dijiste que tenían que erradicarse de todas partes, la cosa se complica.

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»Sabes que las máquinas del gobierno están todas gestionadas por el departamento de informática y se actualizan por motivos de seguridad de forma regular, ¿verdad?

Mason asintió.

—Pues he introducido una vulnerabilidad en el parche de seguridad que se realiza mañana. Cuando pulse «Ir», todas las máquinas que gestiona el departamento se volverán locas. Al principio se producirá una corrupción de datos silenciosa, y me he asegurado de que los sistemas de copia de seguridad estén envenenados hasta el momento anterior al inicio del proyecto Morpheus.

Mason sintió cierta aprensión.

—Eso podría hacerlo caer todo.

—Sí y no. Borrará casi todo lo que haya ocurrido en los últimos cuatro meses. Ninguna de las copias de seguridad funcionará a partir de la fecha de inicio que me diste. He inoculado las copias de seguridad antiguas para que no se vean afectadas. Y nuestro software de restauración precalculará el resumen criptográfico de cualquiera de las copias de seguridad que puedan haberse pasado a cinta, para que piense que la copia de seguridad también está corrupta. No funcionará nada. Es un escenario apocalíptico.

Mason tamborileó en la mesa con los dedos y frunció el ceño. —¿Estás seguro de que podremos restaurar las copias de seguridad

antiguas? ¿Y qué pasa con Wall Street? ¿Y si se extiende más allá de las instalaciones del gobierno?

Brice sonrió.

—No infectará nada que no ejecute versiones del software proporcionado por el gobierno. Ahí está la gracia. Hay un par de cosas que el virus comprueba para asegurarse de que se está ejecutando en hardware del gobierno o software autorizado por el gobierno. Cualquiera de ellos hará que la máquina sea presa fácil. No creo que vaya a causar muchos problemas fuera de ese contexto.

Mason señaló el dispositivo de almacenamiento, aparentemente inocuo.

—¿Has pensado en cómo hacérselo llegar al profesor? He oído decir que ha vuelto a Princeton.

—Ya lo hemos planeado. —Brice cogió la miniatura que iba a provocar la maldición de los ordenadores y le dio un toquecito con el dedo —. Me figuro que pasarán unas cuarenta y ocho horas entre el momento en

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que el profesor instale la primera copia del virus y la propagación por toda la red privada. Cuando haga un par de cosas que exigirán recurrir a la caballería, se iniciará la extracción e infección del grupo principal de ordenadores del gobierno.

—De acuerdo, suena horrible, pero ya lidiaremos con los efectos colaterales como podamos. —Mason se recostó en la silla—. Tengo a ciertas personas que se encargarán de las versiones impresas de la investigación del profesor.

—En un par de días habrá unos cuantos fuegos que apagar en Arlington.

Con la correa de Percy en la mano, Michael siguió el camino de siempre. Los dos días después de su «secuestro» habían resultado especialmente tensos. El FBI lo había rescatado de forma eficaz, y el moratón de la mejilla debió de resultar convincente porque, aparte de duplicar el personal asignado a su seguridad y de tener a alguien apostado a todas horas en la puerta de su habitación del hotel, no había cambiado gran cosa.

Los dos agentes del FBI que lo acompañaban por el campus lo seguían discretamente, uno a cada lado.

Michael pasó junto a un grupo de arbustos, se fijó en algo que le aceleró el pulso y se propuso acabar rápidamente la vuelta, volver a los arbustos y obligar a Percy a internarse en ellos. —Vamos, chicarrón. Tienes que hacer caca.

Con un entusiasmo apenas contenido, Michael observó que Percy se sentaba formando un ángulo curioso. Para un ojo no avezado, daba la impresión de que intentaba defecar. No era el caso.

La insistencia de Michael en enseñarle la postura a Percy en el hotel había funcionado. El perro recuperó su postura normal y meneó la cola.

—Bien hecho, Percy. —Michael se agachó junto a la base de los arbustos y, con una bolsita de plástico, recogió un trozo de excremento frío y duro que habían dejado allí.

Ostentosamente, cerró la bolsa con su cierre cremallera, se la guardó en el bolsillo del cortavientos y siguieron caminando con normalidad.

De repente, Percy se paró y esta vez sí que quería defecar.

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—Ese perro suyo debe de comer mucho —comentó uno de los agentes. —Creo que es la marca del pienso. Es como si no le aprovechara. —

Michael cogió otra bolsita y gestionó la caca de Percy como solía hacer. Cuando regresaron al laboratorio de física, Michael tiró la caca de

verdad en un cubo de basura y se guardó la otra en el bolsillo.

En uno de los compartimentos del baño del trabajo, Michael abrió la «caca» de la primera bolsa, donde encontró algo parecido a un lápiz USB, un cuentagotas de plástico con un líquido dentro y un montoncito de polvo morado. Extrajo el dispositivo con cuidado y retiró el trozo de papel que lo envolvía. Llevaba escrito un mensaje muy sencillo.

«Enchufa el lápiz en un ordenador. Espera a que se encienda el led verde. Quita la punta del cuentagotas y vierte la glicerina sobre la “caca” morada y marrón. Luego, tira de la alarma de incendios y echa a correr».

Observó el contenido de la bolsa de plástico y se preguntó qué demonios sería aquello.

Se guardó el dispositivo USB en el bolsillo, cerró la bolsa y se la guardó también con cuidado en el bolsillo. Lo último que le hacía falta era que lo que fuera aquello lo hiciera trizas.

Sentado en el inodoro, Michael se secó el sudor de la frente, consciente de que, haciendo lo que aquella gente le pedía, estaba a punto de arruinar su carrera.

Realmente, no sabía qué iba a conseguir con todo aquello. ¿Bastaría eso como defensa?

Negó con la cabeza y supo que no había vuelta atrás. Los recuerdos del futuro lo acechaban. Las imágenes de lo que acabaría pasándole a la sociedad se cernían sobre él y sabía que era por culpa suya. Al menos en parte, había dado pie a una distopía futura.

Con todos los pensamientos y recuerdos que flotaban en su cabeza, ya no albergaba ninguna duda sobre su papel en todo aquello.

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Pensar en el futuro como algo hecho en el pasado parecía extraño para cualquiera en su sano juicio, pero literalmente era lo que estaba haciendo. Su identidad futura había regresado.

El incidente con Alicia había despertado fragmentos de su memoria que no tenía ni idea de que estuvieran ahí. Sin duda podría tener otros muchos recuerdos en su interior, pero daba igual. Cuanto más pensaba en lo que estaba por venir, más se deprimía.

Ya no era la misma persona de hacía unos días. Se sentía mucho mayor. En cierto sentido, un hombre roto. No podía quitarse de la cabeza las tragedias que el trabajo de su vida había provocado en el mundo.

E incluso con la posibilidad inimaginable de deshacer parte del daño, sintió la misma herida supurante con la que llevaba años conviviendo. La pérdida de su familia… Al menos, aquella extraña sucesión de acontecimientos le había concedido un poco más de tiempo con su mujer. De hecho, había podido tener en brazos a su hijita. Pequeños milagros en lo que, por lo demás, le parecía una vida maldita.

Michael parpadeó para ahuyentar las lágrimas y supo que, por lo menos, esos milagros compensaban cualquier castigo al que tuviera que enfrentarse por los actos que estaba a punto de cometer.

Respiró hondo y espiró con cierto esfuerzo. Había llegado la hora. Tiró de la cadena, se lavó las manos y salió del baño. Como siempre,

un agente lo esperaba y lo acompañó al laboratorio.

La situación iba a tomar un cariz más que inesperado.

Cuando Michael volvió a entrar en el laboratorio, Percy le soltó un ladridito y Josh salió del fondo de la sala con un sujetapapeles en las manos.

—Profesor, voy a pedir la comida. Hoy parece que a todo el mundo le apetece comida india, así que vamos a pedir al Cross Culture de North Harrison. ¿Quiere ver la carta?

—Un pollo vindaloo para mí.

Josh abrió unos ojos como platos.

—Sabe que es picante, ¿verdad?

—Lo sé. Era el preferido de mi esposa, así que lo comeré en su honor.

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—Fantástico. Voy a ver si los agentes quieren algo.

Josh salió del laboratorio y Michael se sintió aliviado al pasar junto al mostrador de control y dirigirse al fondo, donde trabajaba Josh.

Michael no vaciló al introducir el dispositivo USB en una de las ranuras libres del ordenador.

Estaba apagado pero, aun así, vio que se encendía un led rojo. ¿Estaba haciendo algo el dispositivo? No lo sabía.

Michael se quedó al fondo del laboratorio, adonde casi nunca iba, y notó cómo el sudor le goteaba por la nuca. Tenía la sensación de que la culpa se le notaba perfectamente en la cara.

Cuando el led verde empezó a brillar en el dispositivo USB, oyó un pitido en la entrada del laboratorio.

Arrancó rápidamente el dispositivo del ordenador y se marchó justo cuando uno de los ingenieros entraba en el laboratorio y se dirigía a su escritorio.

Michael se paró a medio camino al caer en la cuenta de que tenía que hacer más cosas.

No tenía ni idea de qué efecto iba a provocar la bolsa que llevaba en el bolsillo. ¿Explotaría? Se desvió hacia la zona donde no había escritorios, sacó la bolsa, abrió el cierre cremallera y observó el contenido.

Se agachó junto a unos archivadores llenos de material de oficina y equipamiento de laboratorio y extrajo con cuidado el cuentagotas de plástico de entre lo que fuera que había en la bolsa.

Tiró de la punta del cuentagotas de plástico y dejó la bolsa en el suelo. Vertió el contenido del cuentagotas en la bolsa y corrió a la parte delantera del laboratorio.

Al tirar de la alarma de incendios, oyó un fuerte silbido. Un timbre ensordecedor resonó por todo el edificio.

Alguien gritó «fuego». Michael miró hacia atrás y vio una humareda. —¡Fuego, todos fuera! —gritó abriendo la puerta. Cogió la correa de

Percy y todo el mundo salió del edificio.

Percy ladraba con fuerza a cualquiera que se acercara demasiado al hueco de la escalera. Los agentes consiguieron encontrar a Michael entre el caos y lo acompañaron al exterior. Todos habían participado en simulacros de incendios y se colocaron en el lugar que les correspondía, a trescientos metros como mínimo de los coches más cercanos.

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Michael oyó una sirena a lo lejos y, a medida que los bomberos se acercaban, se preguntó qué sería de él a continuación.

¿El dispositivo USB ese estaría haciendo lo que tocaba, fuera lo que fuera? ¿Qué le pasaría al laboratorio?

¿Se quedaría solo a partir de ahora, después de hacer lo que aquella gente necesitaba?

Michael cerró los ojos al ver el primer coche de bomberos y pensó que quizá podría seguir adelante como si nada hubiese pasado.

Que él supiera, en el laboratorio no había cámaras… pero quizás estuviera equivocado. Seguramente estaba bien jodido pasara lo que pasara.

Su especialidad eran la física y la investigación. Todo aquello le parecía una estrategia de huida mal planificada.

—¿Habéis olido el humo? —preguntó alguien de entre la multitud.

—Yo no he olido ni visto nada. Será un simulacro de incendio.

—No, he olido algo horroroso en el sótano.

El enorme camión de los bomberos dejó atrás a la muchedumbre y se dirigió al edificio. Nada más detenerse el vehículo, un bombero entró corriendo con un fardo a la espalda, pero en menos de un minuto volvió a salir a toda prisa, haciendo señas con las manos como un loco y ordenando retroceder al coche de bomberos, que se acercó al grupo.

—¿Qué ocurre? —preguntó alguien.

—Mierda, ese tipo parece aterrorizado. ¿Por qué retroceden?

¿Deberíamos echar a correr?

Michael oyó que uno de los agentes decía:

—Llama a Bernstein a ver qué quiere que hagamos.

El coche de bomberos se fue por donde había venido y la multitud se dispersó.

Uno de los estudiantes que había por allí dijo:

—¿Os habéis dado cuenta de que el bombero ha entrado en el edificio cargando con algo grande, pero ha salido corriendo sin nada…?

Michael notó la onda expansiva y empezó a ver salir lenguas de fuego desde todas partes de la planta baja.

A uno de los agentes le entraron arcadas porque tuvo la sensación de que un dardo le salía de la garganta, y de repente alguien sujetó a Michael por detrás y le tapó la boca y la nariz con un paño húmedo.

Oyó ladrar a Percy y luego el mundo oscureció.

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Doug Mason estaba en su despacho cuando su ordenador se paró, incapaz de acceder a la red. El virus de Brice se había sobrepasado un poco, lo cual le preocupaba. Los únicos dispositivos de toda la sede central que tenían conexión a Internet eran los móviles.

Observó su teléfono y subió el volumen. Un reportero informaba de las últimas noticias, con la siguiente rotulación en pantalla:

«Problemas en D. C.»

«Les habla Tom Nusbaum, de ABC News Desk, y tenemos a Jeniffer Griffen al otro lado de la línea informando desde Washington D. C. Jennifer, ¿puedes explicarnos qué está pasando ahí con el virus misterioso? ¿Es cierto que solo afecta al área metropolitana de D. C.?».

«Gracias, Tom, sí, soy Jennifer Griffen informando desde D. C., y puedo decir que, a diferencia del coronavirus, que afectó a la vida de prácticamente todo el mundo, este virus parece circunscribirse a la zona de D. C.

»He hablado con el almirante Greg Richardson, coordinador del consejo de seguridad nacional para las comunicaciones estratégicas aquí en el Pentágono, y ha dicho que no estaba en situación de comentar si el ejército se ha visto afectado por el virus. Lo que sí quiso es asegurar a los espectadores que el virus no ha afectado a nuestra capacidad militar, y que los Estados Unidos están preparados para responder a cualquier ataque a la patria.

»Sin embargo, cuando he hablado con otras personas del Pentágono, muchas creen de manera oficiosa que se trata de un ciberataque de los rusos, o incluso de los norcoreanos.

»Además, puedo decir que en las salas del Congreso reina el caos. Parece que en la Cámara de Representantes y en el Senado han tenido que recurrir a la votación nominal manual porque el sistema de voto informatizado ha dejado de funcionar.

»Tom, esta es toda la información que tengo por ahora desde D. C.». «Muchas gracias, Jennifer. Con respecto a otras noticias relacionadas,

la portavoz de Hacienda, Claudia Thomas, a avanzado que, debido a fallos informáticos, anunciarían el retraso de un mes en la presentación de la

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declaración de la renta, lo cual significa que el plazo de presentación para los contribuyentes será entre el 15 de abril y el 15 de mayo de este año».

Mason sonrió.

—Parece que funciona.

Le vibró el teléfono, miró el número y dio un toquecito a su auricular. —¿Qué pasa, Levi?

—Oye, ya he montado la reunión. Alicia está en la sala y, teniendo en cuenta lo que me contaste, creo que tendrá que ver esto.

Mason se levantó de la silla y se encaminó a la sala de reuniones. —Levi, hazme un favor y dame unos minutos. Los ordenadores están

jodidos y tendré que usar el móvil como punto de acceso Wi-Fi para conectarme a la videollamada.

—Oído. Quieres que llame o…

—No, necesito cinco minutos. Te enviaré un mensaje cuando estemos preparados.

Mason bajó corriendo la escalera metálica y, tras unos cuantos «holas» rápidos y un par de «ahora no tengo tiempo para eso», entró en la sala de reuniones donde estaba Alicia mirando el teléfono.

La chica levantó la vista y sonrió.

—Mi padre ha dicho que tenía que estar aquí para algo importante. ¿Eres tú lo importante?

Mason negó con la cabeza e inmediatamente se compadeció de ella.

Cuando terminaran, ya no estaría tan sonriente.

Había oscurecido cuando Michael bajó del coche con Percy. Estaban cerca del mar: olió el salitre en el ambiente y se preguntó dónde estaría exactamente.

No recordaba gran cosa después de que lo exfiltraran de la facultad.

Exfiltrar, era la palabra perfecta para describir lo que le había pasado: retirar (tropas o espías) de manera subrepticia, sobre todo de una posición o situación peligrosas.

Fueran quienes fueran, aquella gente sabía lo que se hacía. Lo siguiente que Michael recordaba era despertarse en la parte trasera de una

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furgoneta y ver a Levi cuidando de él.

Y le contó lo sucedido: evidentemente, el primer coche de bomberos que había llegado no era oficial. Habían conseguido de algún modo desviar la llamada de emergencia, y así habían tenido la oportunidad de volar el laboratorio de Michael con un dispositivo incendiario.

Lo único que su bomba en forma de caca había conseguido había sido provocar suficiente humo y fuego como para causar un poco de pánico, y el resto había sido obra de ellos.

Aquella misma mañana le habían dado una nueva documentación. El reputado profesor de física de partículas de Princeton Michael Salomon había desaparecido. Ahora era Michael Gantry, profesor de física, actualmente en paro.

Desde luego, su nueva situación no incluía ni fama ni fortuna, pero lo que necesitaba era el anonimato. Sobre todo, si realmente deseaba desaparecer como sabía que necesitaba.

Levi estaba a su lado y le hizo un gesto para que lo siguiera.

—Zanjemos este asunto.

Michael lo siguió al almacén, que estaba oscuro como boca de lobo y apenas veía a un palmo de la cara.

—¿Qué es lo que vamos a zanjar exactamente?

Percy olfateó el aire y meneó la cola un par de veces, como si dudara de algo. Tenía las orejas levantadas y sin duda no se perdía una de lo que veía.

—Preguntaste qué ibas a hacer con tu vida ahora que ya no eres quien eres. —Levi presionó la mano contra una puerta metálica y un led verde se encendió al abrirse—. Como puedes imaginar, no soy la persona adecuada para hacerle esa pregunta.

Michael entró con él en una sala bien iluminada. La estancia estaba recubierta de paneles de madera y olía ligeramente a cera para muebles.

Percy seguía olfateando con creciente interés y tiraba de la cadena, que Michael tenía bien sujeta.

—No, Percy, siéntate. —El perro gimoteó lastimeramente y se sentó. Era raro que una sala como aquella estuviera en el interior de un almacén sórdido en algún lugar de la costa—. Bueno, vale. Creo que tengo todo lo que necesito. Ya me habéis proporcionado una nueva identidad, una cuenta bancaria modesta y una tarjeta de crédito para que no me muera de

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hambre. Habéis hecho más de lo que esperaba. A partir de aquí, ya me las apañaré.

Levi le sonrió, lo cual resultó un tanto inquietante teniendo en cuenta lo poco dado a sonreír que era aquel hombre.

—Una cosa más. —Se acercó a la pared opuesta y apoyó la mano en ella. Al cabo de un par de segundos, una maquinaria sonó en la pared y apareció una grieta.

Una puerta secreta.

Percy empezó a ladrar como un loco. Tiraba de la correa, deseando desesperadamente alcanzar lo que había al otro lado de la puerta.

Levi se hizo a un lado e invitó a Michael a entrar.

Percy iba delante y Michael tuvo que apartarlo para poder abrirse paso. El espacio era reducido al otro lado, apenas más grande que un vestidor. En el interior había una mujer sentada en un mullido sillón reclinable de cuero. Y al lado del sillón, un moisés.

Michael no daba crédito a sus ojos.

—Pe… pensé que estabais muertas —dijo con un nudo en la garganta. María se abalanzó sobre él y se abrazaron por primera vez en meses. —¡Ay, mi amor! —los gritos amortiguados de María eran lo más

hermoso que podía imaginar oír—. Ahora que estás aquí, la bebé y yo estamos perfectamente.

Mientras abrazaba a su mujer, bajó la mirada al capazo. Felicia, que había crecido mucho desde la última vez que la había visto, estaba quejosa de que Percy le olisqueara todo el cuerpo.

Sin soltar a María, Michael se volvió hacia Levi, de pie en el umbral.

—¿Cómo? ¿Cómo es posible?

Levi se encogió de hombros.

—No se pregunta el porqué de ciertas cosas. Se vive el momento y se agradece lo que se tiene.

Michael hundió la cabeza en la cabellera de María y se echó a llorar.

Levi tenía razón. Los motivos no importaban.

Lo que sí importaba era que estaban juntos.

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Alicia se secó las lágrimas espontáneas del rostro y tuvo que recordarse a sí misma que debía respirar mientras veía el vídeo del gozoso reencuentro entre Michael y su esposa.

Mason la observaba. Habló con voz queda y dijo:

—Apaguémoslo.

—¡No! —Alicia lo miró enfadada—. Tengo que verlo. Ahora que lo sé, tiene mucho más sentido. ¿Pensaba que estaban muertas?

Mason asintió.

—Esos cabrones del FBI no tenían ni idea de dónde estaba, pero sabían que Michael tenía esperanzas. Acabaron enseñándole a una pobre familia que quedó calcinada en un accidente de coche.

Alicia abrió unos ojos desmesurados.

—¿Le dijeron que su familia había muerto? ¿Por qué?

—No tenían ni la menor idea de lo que les había pasado, pero la incerteza acerca de su paradero era lo que lo mantenía en Princeton. Querían que se trasladara a D. C., así que…

—Qué crueldad. Es más que cruel.

Mason se encogió de hombros.

—Y pues… ¿dónde estuvieron durante todo ese tiempo?

Mason guiñó el ojo.

—Ahí es donde entro yo. Recuerda que he visto esta obra varias veces y distintas. Una de las veces, el FBI secuestraba y retenía a la familia de Michael como rehenes. En otra, la bebé moría, lo que distanciaba a Michael de su esposa, y el FBI acababa deshaciéndose de ella para que se centrara en el programa. Esta vez decidí evitar todo eso. Las puse fuera de circulación lo antes posible. Era demasiado tarde para pillar a Michael, porque eso seguro que habría arruinado el plan, pero conseguí proteger a la mujer y a la hija.

—Hiciste bien —declaró Alicia—. «Si se puede hacer algo, lo hacemos», ¿no es ese vuestro lema?

—Estás atenta a lo que oyes. —Mason asintió hacia el vídeo, que seguía reproduciéndose—. Me dijiste que en el futuro —uno de los posibles futuros— estabas embarazada de él. Dime, ¿cómo te sienta esto? Ver al amor de tu vida en los brazos de su esposa, con una hija de ella.

—Estoy bien. —Alicia sacudió la cabeza y, aunque nunca lo habría imaginado, se sentía realmente bien con esa solución—. Lo que pasó en el futuro no era real. —Se dio un toquecito en la cabeza—. Quizá fuera real

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aquí arriba, pero no sucedió. Al menos no sucedió en el sentido normal de la palabra. Tengo que crear una nueva realidad y no obsesionarme por un futuro que no sucederá… no va a suceder, ¿verdad? —Miró a Mason con expresión dura—. ¿Verdad que no? ¿Cómo podemos estar seguros de que hemos arreglado la situación?

Mason sonrió.

—Estoy seguro. En fin, nunca se sabe a ciencia cierta, pues el futuro es impredecible, pero todo va en la buena dirección. Ya hemos reunido a todos los que sospechamos que son conscientes del futuro. Y lo interesante es que algunos de ellos, incluidos Bernstein y Whitley, ya han se han dado cuenta de que sus «recuerdos del futuro» empiezan a disiparse.

»Lo que me hace pensar que con los tuyos pasará lo mismo. Y esa es la mejor prueba de que nuestros esfuerzos no han caído en saco roto. Porque si no hay un futuro distópico como el que vimos, entonces no hay manera de enviar los recuerdos al pasado. Nunca ocurrió, así que ya no deberías recordarlo.

Alicia frunció el ceño.

—Pero no puedes estar seguro.

—Solo hay una forma de estarlo —repuso Mason—, y es vivir nuestra vida y ver qué ocurre.

Alicia asintió. Aquello era exactamente lo que tenía intención de hacer. Acto seguido, formuló la pregunta que tenía en mente desde hacía

tiempo.

—¿Puedo trabajar aquí? De manera permanente, quiero decir. —Antes de que Mason tuviera tiempo de decir que no, ella levantó la mano y añadió—: Le he dado muchas vueltas. Volver a la universidad, al camino que había tomado, podría provocar situaciones terribles de contemplar. Creo que puedo ser más útil y hacerlo mejor emprendiendo acciones en temas en los que se puede actuar.

Mason sonrió.

—Estás usando nuestro lema en tu argumentación. Muy oportuna. —Por favor, di que sí, Doug. De verdad que quiero dedicarme a esto,

más que a cualquier otra cosa.

Mason la miró con cara pensativa. Alicia deseó saber leer las mentes ajenas porque le aterraba pensar en lo que podría decir. Temía un «quizá más adelante» o «eres demasiado joven». O cualquier otra excusa que fuera una versión edulcorada de «no».

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—Bueno, me temo que… —Mason hizo una pausa con expresión adusta, y Alicia se armó de valor—. Me temo que no te habría permitido venir al cuartel general si no te hubiera considerado una candidata ideal — acabó diciendo Mason con una sonrisa.

Alicia soltó una carcajada.

—¡Qué cabrón!

Mason arqueó las cejas.

—No olvides que estás hablando con tu nuevo jefe. Y vas a necesitar mucha formación. Pero creo que aquí te irá bien.

Le tendió la mano y ella se la estrechó.

—Bienvenida a la Panda, señorita Yoder.

—Gracias, señor Mason.

Alicia volvió a ver el vídeo. Michael tenía a su bebé en brazos, y a su mujer al lado. Y lo que sentía Alicia era alegría por los tres. Era una de las mejores personas que había conocido y merecía ser feliz.

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EPÍLOGO

Hacía seis semanas que la vida de Michael había cambiado para siempre. Vivían en Guilford, Connecticut, una localidad costera que no estaba especialmente cerca de ningún lugar destacado. Por el momento, Michael seguía en el paro. Aún tenía dinero de la organización que había rescatado a su familia y les iba bien, pero hoy era un día para celebrar.

Acababa de salir de una segunda entrevista con el director de Guilford High. Resultó que no era exactamente una segunda entrevista sino una oportunidad de conocer a otros miembros del personal y le dijeron que, si estaba interesado en la plaza de profesor de ciencias, el puesto era suyo.

Era difícil decidirse teniendo en cuenta que el salario inicial era un tercio de lo que ganaba en Nueva Jersey. A pesar de haber trabajado toda su vida para conseguir lo que tenía, la situación en casa iba a cambiar.

Pero, por diferente que fuera, María y él habían mantenido una larga conversación. Lo que más les importaba en el mundo era estar juntos. Y para eso tendrían que empezar de nuevo.

Empezar de nuevo significaba vivir en un piso de una sola habitación, tener un coche de segunda mano e intentar ahorrar al máximo.

Michael paró en Kauszer’s Food Store, que estaba de camino a su casa, se dirigió a la sección de floristería y eligió una rosa roja. Quería regalarle algo a María, tenía que hacerlo. Una pequeña celebración, independientemente de lo que costara. A él le valía la pena.

Cuando estaba en la cola de la caja, el cliente que le precedía pidió cincuenta números de lotería de Power Ball, a dos dólares cada uno. El bote era de casi trescientos millones de dólares y todo el mundo hablaba

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de ello. Michael disimuló su sorpresa. Siempre había considerado que las personas que jugaban a la lotería eran un desastre en matemáticas.

Las posibilidades de ganar eran ínfimas.

Pero, mientras esperaba que atendieran a aquel hombre, Michael recordó una cascada de números, una especie de escena de The Matrix. Y entre los números había una fecha. La fecha de hoy.

Y los números que aparecían ante su vista bien podían ser una combinación de la lotería.

¿Estaría fantaseando acerca de algo que no era más que una ilusión? Probablemente.

Pero no eran más que dos dólares.

Sin pararse a pensar en lo ridículo que era gastar dos dólares con unas posibilidades tan remotas, Michael introdujo los números que había visto en su visión. Pagó el billete y la rosa y salió de Krauszer’s sintiéndose imbécil.

Pero, bueno, era parte de la celebración del día. Al fin y al cabo, resultaría entretenido.

Más tarde, esa misma noche, Michael y María estaban viendo la tele en su «nuevo» sofá, comprado en un rastrillo hacía unos días, con la rosa en la mesita de centro, en un jarrón que María había comprado en el mismo mercado. La bebé dormía y Percy estaba en su lugar habitual al lado de la cuna, vigilando.

El telediario estaba acabando y Michael estaba a punto de apagar la tele cuando apareció una reportera rubia a la puerta de un colmado.

María le dio una palmada en la pierna.

—Mira, cariño, en nuestro Krauszer’s han vendido el número que ha ganado la lotería.

Subió el volumen.

«El número ganador en el Power Ball de esta noche se ha vendido en el Krauszer’s Food Store de Guilford, Connecticut. Aún no se sabe quién es la persona afortunada, pero tiene ciento ochenta días para reclamar el premio».

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El número ganador de la lotería apareció en la parte inferior de la pantalla.

Michael ahogó un grito.

Estuvo a punto de rasgarse el bolsillo para sacar la cartera y le enseñó el número a María.

—¡Compruébalo!

María cogió el número y fue mirando de la tele al boleto.

La pantalla pasó a emitir un anuncio y él la miró.

Michael intentó recordar los números que había marcado pero, aunque recordaba ver cifras ante sus ojos, ya no veía exactamente cuáles eran.

—Un momento, la pantalla ha cambiado demasiado rápido. —Corrió a su dormitorio y cogió el teléfono. Accediendo a distintas pantallas y dando unos toques, recuperó los números ganadores y los compararon con su boleto.

María abrió unos ojos desmesurados.

—Oh, Dios mío.

Se miraron el uno al otro, estupefactos.

—Hemos ganado.

Jason Whitley entró en la sala que consideraba su guarida subterránea. Probablemente aquel búnker no se hubiera usado desde la Guerra Fría, pero era su refugio, el lugar donde podía hacer cosas sin que lo interrumpieran llamadas ni mensajes. Su ordenador no estaba conectado a ninguna red y allí abajo no llegaba la señal telefónica.

Se sentó frente al ordenador y tecleó la contraseña para desbloquear la pantalla. La última vez que había estado allí había dejado un PDF abierto, pero de aquello hacía bastante tiempo, y ya no reconocía el informe. Subió por la pantalla hasta el encabezamiento para ver de qué proyecto se trataba: Morpheus.

¿Morpheus?

El nombre le sonaba de algo.

Se encogió de hombros, cerró el PDF y abrió Microsoft Office. Tenía que hacer unas cuantas diapositivas de PowerPoint para la reunión del día siguiente con los generales. No tenía tiempo que dedicar a un viejo PDF.

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Más tarde, quizá.

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NOTA DEL AUTOR

Bueno, así acaba Multiverso, y deseo sinceramente que te haya gustado. Si es el primer libro mío que lees, te debo un poco de introducción. El

resto de los lectores pueden pasar directamente a los avances.

Soy un científico que lleva en la industria de la tecnología punta desde hace más tiempo del que me gusta reconocer. Mis inicios no tienen nada de especial, pero supongo que merece la pena mencionar que crecí teniendo el inglés como tercera lengua, aunque hoy en día es la que mejor domino. Como hijo de militar, viajé mucho e hice lo que la mayoría: estudié, conseguí un trabajo, me casé y tuve hijos.

Crecí leyendo revistas científicas, lo que me llevó a la ciencia ficción, sobre todo a los clásicos, como Asimov, Niven o Pournelle. Y luego descubrí la fantasía épica, que me introdujo en un mundo totalmente nuevo, o en muchos mundos nuevos, para ser exactos. Eddings, Tolkien y otros abonaron el terreno para que apreciara ese género. Con los años, y al volverme más conservador, pasé a disfrutar de los thrillers de Cussler, Crichton, Grisham y muchos más.

Cuando mis hijos eran pequeños, empecé a inventar cuentos que los mantenían entretenidos. Al fin y al cabo, ¿a quién no le gustan las historias de enanos, elfos, dragones y otros seres fantásticos? Fueron los cuentos de antes de ir a dormir de su infancia. Y acabé escribiendo las historias para que no se me mezclaran en la cabeza.

Bueno, los niños se hicieron mayores y, después de haber escrito todo aquello para entretenerlos, resulta que me entró el gusanillo… el gusanillo

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del relato. Sentí la necesidad de empezar a escribir… pero no lo que había escrito para mis hijos.

A lo largo de mi vida me he hecho amigo de algunos escritores bastante conocidos. Cuando les comenté lo de tomarme lo de escribir más en serio, varios de ellos me dieron el mismo consejo: «Escribe sobre lo que conoces».

¿Que escriba sobre lo que conozco? Empecé a pensar en Michael Crichton. Estudió Medicina y empezó con un thriller médico. John Grisham ejerció como abogado durante una década antes de escribir una serie de thrillers de temática legal. Tal vez el consejo no fuera descabellado…

Empecé a plantearme qué era lo que yo conocía. Y caí en la cuenta. Yo sé de ciencia. Me dedico a ella y disfruto con ella. De hecho, uno

de mis entretenimientos preferidos es leer artículos académicos sobre distintas disciplinas científicas. Mis intereses van desde la física de partículas y la informática hasta las ciencias militares (es decir, la ciencia que hay detrás de lo que causa explosiones) y la medicina. Reconozco que soy un bicho raro en ese sentido. También he viajado muchísimo y he estudiado por mi cuenta idiomas y distintas culturas.

Aconsejado por algunos autores superventas del New York Times, me lancé de cabeza a escribir novelas.

Mi primer libro, Primordial Threat, se convirtió en uno de los más vendidos del USA Today, y desde entonces he aparecido en esa lista varias veces. Visto lo visto, me alegro sobremanera de haberme lanzado a la piscina y empezado a escribir.

Pero basta ya de presentaciones, porque tampoco me gusta mucho hablar de mi persona, así que volvamos a donde estábamos antes de que me interrumpiera a mí mismo.

La idea de Multiverso surgió a partir de un ejercicio mental. Sin entrar en detalles técnicos, debo decir que me encanta la idea de las paradojas. ¿Qué es una paradoja? En este caso, es una situación en la que la combinación de varias circunstancias aparentemente sensatas produce un desenlace absurdo.

Por ejemplo, si tuvieras la capacidad de viajar al pasado y mataras a uno de tus antepasados sin querer, no podrías haber nacido y, por tanto, tampoco podrías matarlo. Es una de esas situaciones difíciles en las que la

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idea de retroceder en el tiempo provoca muchos quebraderos de cabeza; son sobre todo ese tipo de paradojas.

Quería jugar con esa idea.

Pero no vayamos tan lejos como para pensar que pudiéramos viajar en el tiempo, sino tan solo enviar un mensaje al pasado. ¿Qué efecto tendría esa capacidad?

Así fue como surgió esta novela.

Quería explicar algo un tanto divertido. No soy del tipo de personas que aparece en sus novelas, o por lo menos no encontrarás a un doctor Rothman en las novelas que escribo porque la idea de convertirme en personaje de novela me parece extraña. Sin embargo, quizá te haya llamado la atención una entrada en el primer capítulo en la que se menciona el nombre de Rothman. Voy a explicarme brevemente:

Continuamente se producen coincidencias extrañas, pero esta es muy curiosa.

Cuando escribo una escena, sobre todo las de traslados en coche, suelo determinar una dirección concreta y busco en Google Maps las indicaciones para llegar, para entender la distancia a la que se encuentra, lo que se tarda en llegar, qué densidad de tráfico cabe esperar, etc.

Incluso busco fotos para ver cómo es de verdad la zona circundante.

Lo hago para añadir realismo a la escena.

Cuando estaba escribiendo el primer capítulo, escogí al azar un punto de partida. Ya tenía un destino establecido; entonces escogí un punto del mapa, también al azar, y amplié la imagen para incluir descripciones visuales… ¿Y con qué me encuentro en Google Maps en una zona escogida al azar de Nueva Jersey?

Un letrero con el nombre de Rothman… vaya… ¿coincidencia? ¡Sí!

Y entonces me doy cuenta de que es de Rothman Orthopedics. ¡UAU! Mi padre era médico ortopedista… (aunque se jubiló hace años y nunca ejerció en Nueva Jersey).

De todos los puntos que podía ampliar… elegí el lugar exacto donde se encuentra ese edificio al lado de la autopista.

Y así fue como Rothman aparece mencionado en el libro.

Como de costumbre, en el Apéndice hablaré un poco de las bases científicas de la novela, repasaré algunos conceptos y trataré un poco más

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las dichosas paradojas.

Si has leído alguna de mis otras novelas, sobre todo las de la serie de Levi Yoder, habrás visto que he cruzado historias.

Una de mis series actuales está protagonizada por Levi Yoder. En el último libro de esa serie, La ciénaga, presentaba a su hija mayor, Alicia. E incluso le daba algunas escenas propias. Curiosamente, iba a ir a Princeton. He disfrutado profundizando en su papel en esta historia y haciéndola interactuar con la Panda. Espero que tú también.

Como suelo decir, me encantaría que compartieras tus ideas y opiniones sobre la historia en Amazon y con tus amistades. Así, y con el boca a boca, esta historia llegará a otros lectores, y espero que este libro (y el resto de mis obras) lleguen a la máxima cantidad de personas posible.

Para ser sincero, la opinión de mis lectores acerca de un libro o serie en concreto influye en lo que escribo. Un ejemplo de ello es mi primera novela, Primordial Threat, una historia que no iba a tener continuación. Pero, sin que me diera cuenta, se convirtió en un éxito en Estados Unidos y en el extranjero. Así que, por demanda popular, publiqué la segunda novela de lo que ha terminado por convertirse en la serie Exodus.

Si te has formado una opinión sobre Alicia, dime: ¿quieres que aparezca en más obras? Si es el caso, ¿quieres que salga con su padre o sola?

Si deseas recibir información actualizada sobre mis últimas obras, suscríbete a mi lista de correo:

https://mailinglist.michaelarothman.com/new-reader

Mike Rothman

21 de agosto de 2022

Actualización (enero de 2024): Desde la publicación de esta obra, muchísimos lectores me han transmitido su deseo de que escriba más historias con Alicia, y dado que me dejo guiar por los deseos de los lectores, he escrito una serie de novelas protagonizadas por ella.

Por eso incluyo el avance de dos de ellas en esta novela, Nueva Arcadia y El lienzo engañoso.

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AVANCE – NUEVA ARCADIA

La niebla cubría la parte baja del bosque y las pisadas del agente al chapotear en la tierra húmeda levantaban olor a turba: un aroma terroso, oscuro, intenso, que recordaba al de la lana mojada, con un toque de putrefacción. A lo lejos vio una valla con alambre de espino, la primera señal del campo de alta seguridad que no tendría que haber estado allí.

El agente siguió avanzando agachado hacia el campamento, pero se quedó paralizado al oír un crujido y un chasquido bajo sus pies. Sintió un miedo terrible al reconocer el sonido del crujido de huesos infantiles.

Los restos quebradizos delataban la presencia de una tumba superficial más en los alrededores del campamento de nombre en clave Nueva Arcadia.

Pese a lo siniestro de la situación, el agente dio otro paso.

No oyó la bala del francotirador al surcar el aire al doble de la velocidad de la luz antes de impactar en él.

El mundo se volvió negro.

En una sala insonorizada a quince metros por debajo de Fort Meade, Doug Mason observaba a dos de sus especialistas trabajar en un paciente tendido en una camilla de hospital.

Uno era neurocientífico y comprobaba una pantalla plana de la que salían unos cables que estaban conectados al cuero cabelludo del paciente.

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El otro, un hombre menudo y con gafas, había ejercido de anestesiólogo antes de que Mason lo fichara para la Panda.

Como agencia gubernamental clandestina sin existencia oficial, la Panda y sus miembros eran un grupo de élite, elegidos por sus habilidades especiales. Aquellos dos procedían del sector privado y ahora estaban al servicio de algo mayor… algo que implicaba distintas tareas inusuales en las que la seguridad nacional siempre estaba en juego. Hoy no era una excepción.

Mason desvió la mirada hacia la cabeza de la camilla.

—Jerry, podrá responder preguntas, ¿no?

—Por supuesto que sí. —El neurocientífico señaló el monitor, que mostraba varios patrones irregulares—. Ahora mismo tenemos una imagen clásica de EEG de inconsciencia. Mohan inmovilizará al agente Xiang con fármacos y, cuando el sedante que le hemos administrado pierda efectividad, despertará.

—Debe de ser raro despertarse y no poder ni parpadear —comentó Mason. Nunca había presenciado una sesión de programación, sobre todo porque solo se había llevado a cabo unas pocas veces, y siempre cuando él no estaba en las instalaciones.

—Es mejor que no pueda moverse por varias razones, pero la más importante tiene que ver con las secuencias visuales y auditivas de la programación. —El neurocientífico ajustó un parámetro de lo que parecía un casco de realidad virtual que llevaba el paciente—. Cuando empezamos a experimentar con la programación neurológica, los individuos no podían soportarlo. Los resultados eran terribles.

—¿A qué te refieres con lo de que no podían soportarlo? ¿Era doloroso?

El hombre, de pelo cano, se encogió de hombros.

—Es difícil de decir. Antes de que empezáramos a inducir la parálisis en los individuos, tenían una reacción involuntaria al proceso: no paraban de sacudir brazos y piernas y, ni aun estando atados a la cama, podíamos llevar a cabo un sellado completo de la programación. Es un asunto delicado, innovador. Y los individuos ni siquiera se dan cuenta de lo que sucede durante el proceso.

El anestesiólogo intervino. Tenía un marcado acento indio, pero resultaba inteligible.

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—Empecemos ya. —Limpió la válvula de la vía intravenosa con un algodón impregnado de alcohol e inyectó un líquido claro—. Es Quelicin —le explicó a Mason—. El bueno. Lo dejará totalmente inmovilizado. Conectaré una bomba de infusión a la vía para que reciba cuatro miligramos por minuto de forma constante durante el procedimiento.

Mason observó a los hombres trabajar juntos de forma fluida, como un equipo. Jerry Caldwell era el neurocientífico y Mohan Patel, el anestesiólogo. Los dos sabían cómo comunicarse y se relacionaban de forma fácil y calmada. Él no compartía su tranquilidad y la situación lo incomodaba. Comprendía la necesidad del procedimiento, porque las noticias procedentes de China eran cada vez más desalentadoras y la Panda necesitaba al agente Xiang para una misión muy especial, pero aquello no le templaba los nervios.

—Le he inyectado un antídoto del sedante —informó Caldwell—. Debería despertarse ya. —Rompió una cápsula bajo la nariz del paciente y el olor a amoniaco inundó la estancia—. ¿Ha respondido?

—Sí. Está despierto, Mohan —contestó Caldwell sin apartar la mirada del monitor.

Patel empezó a hablar, vocalizando bien y midiendo sus palabras. —Agente Xiang, le habla el doctor Patel. ¿Me oye?

Mason no tenía ni idea de qué aparecía en el monitor, pero quedaba claro que significaba algo para el neurocientífico, que dijo:

—Te oye.

—Agente Xiang, estamos a punto de empezar la sesión. Relájese.

Cuando acabemos, no recordará nada de todo esto.

Caldwell abrió una nueva pantalla en el monitor, en la que aparecían una serie de patrones.

—Enviando un grupo de señales de referencia…

El casco del agente emitió un zumbido. En pantalla apareció una representación giratoria en 3D de su cerebro con varias partes resaltadas.

—¿Los resaltes marcan donde fijas los recuerdos? —preguntó Mason. —Sí. —Caldwell dio un toquecito a una de aquellas zonas—. Esta será

la primera parte de la programación de las tres necesarias.

—¿Por qué hay que hacerlo tres veces?

—Hemos descubierto que la repetición ayuda a fijar los recuerdos. Y no es una mera repetición. En la tercera pasada inducimos un sueño de baja frecuencia para consolidar el recuerdo…

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—Pensaba que para eso se necesitaba la fase REM del sueño — comentó Mason.

—No. El sueño de baja frecuencia que sucede al momento en que nos quedamos dormidos es el que permite consolidar los recuerdos. Por ello induzco ese estado con una generación de bajas frecuencias y luego provoco ondas delta con unos diez miliamperios de corriente a través de los electrodos conectados a la frente y a la base del cráneo del agente.

—No es que sea una gran analogía —continuó Caldwell—, pero conceptualmente es como cuando el ordenador se actualiza y tienes que reiniciar para que procese los cambios. A veces hay que reiniciar otra vez cuando ya has configurado lo que querías. El cerebro sigue un proceso similar.

El científico dio un toquecito a ciertos elementos de la pantalla y fue apareciendo un texto rápidamente, junto con imágenes de lugares y de gente. Todo relacionado con la siguiente misión.

—Bueno, Mohan, ya he orientado las señales. Voy a darle a enviar. ¿Va bien?

—La presión sanguínea está a una media de 117/78; el oxígeno, al cien por cien, y el ritmo cardíaco, a 45. Todo conforme.

—Vamos allá.

Una parte de la pantalla del neurocientífico quedó borrosa por la sucesión de patrones con caracteres irreconocibles, más o menos como lo que se ve en la película The Matrix. Mason miró al agente y vio que la pálida piel de Xiang se volvía rosada, como si estuviera sufriendo una reacción alérgica o un sofoco.

El anestesiólogo ajustó el respirador y el ritmo cíclico se aceleró, lo que hizo respirar al agente más veces por minuto.

—Ahora la presión sanguínea está a 165/80, y el ritmo cardíaco ha subido a 115. Seguimos bien.

Mientras la programación continuaba, la piel del agente pasó de rosa a roja. Afloraban gotas de sudor.

—¿Cuánto falta? —preguntó Mohan, ajustando de nuevo el respirador con expresión tensa. Ahora la tensión es de 205/84 y el ritmo cardíaco está a 185.

Mason apretó la mandíbula sin dejar de mirar de los médicos al agente Xiang.

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—Ya casi estamos —informó Jerry—. Cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¡Fin!

El ruido blanco que había inundado la sala se apagó y solo quedó el sonido del respirador al intentar satisfacer la demanda de un paciente al que habían hecho pasar un mal trago.

Mason exhaló un suspiro que no había sido consciente de contener y se sintió embargado por un sentimiento de culpa. No le extrañaba que hubiera habido que inmovilizar al agente. ¿Por qué clase de torturas hacía pasar a la gente? Y lo que es más, ¿merecía la pena?

—Las constantes del paciente están volviendo a la normalidad. La presión sanguínea está en 135/78 y el ritmo cardíaco es de 70. Ambos van bajando.

Mason se volvió hacia el neurocientífico.

—¿Me oye?

Jerry asintió.

—¿Chris? Agente Xiang, soy el director Mason. ¿Está bien para continuar?

El neurocientífico seguía observando la pantalla.

—¿Puedes volver a hacer la pregunta? No estoy seguro de que la haya oído. Su cerebro aún está procesando la agresión.

Mason se le acercó más.

—Agente Xiang, ¿está bien para continuar?

El neurocientífico asintió.

—Las ondas del EEG concuerdan con las respuestas afirmativas que registramos antes del inicio de las pruebas. Está bien.

Mason dio un paso atrás e indicó a los médicos que continuaran. No había leyes que se opusieran a lo que estaban haciendo, pero sintió que probablemente debería haberlas.

Todo ello en nombre de la seguridad nacional.

A Alicia le pareció que las llamas del infierno no serían tan horrorosas como la quemazón que notaba en la cara por culpa de las sustancias químicas con las que la habían rociado. Corrió a su puesto y oyó al resto de los reclutas tosiendo y luchando contra los efectos del gas pimienta.

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Parpadear ni siquiera ayudaba; notaba los párpados como papel de lija ardiente. Lo único que podía hacer era apretar los dientes e intentar ignorar el dolor dando saltos arriba y abajo sobre las almohadillas anteriores de los pies.

—¡Muévete, muévete, muévete!

Uno de los instructores la empujó hacia la pista y Alicia tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no propinarle un puñetazo en la sien.

Ella y una docena de reclutas de la Academia del FBI se encontraban en una zona remota de la base de los marines en Quantico. Solo hacía tres días que había empezado aquellas clases. No obstante, a pesar del entorno polvoriento, de las sustancias químicas que le abrasaban la cara y de la agonía física que sentía, sabía que había una cosa que no podía hacer.

Permitir que aquellos cabrones pudieran con ella.

—Cuanto más sudéis y sufráis aquí, menos sangraréis en las misiones. Quiero que todos corráis dos kilómetros. Son seis vueltas para vosotros, que sois medio tontos.

Parpadeando para ahuyentar el dolor y las lágrimas, Alicia empezó a correr.

—¡Yoder, Sánchez y Smith!

Alicia y otros dos agentes se giraron hacia el instructor.

Hizo con el dedo un gesto en el sentido contrario a las agujas del reloj.

—Hacia el otro lado, zopencos.

Alicia presionó con un dedo una aleta de la nariz, sacó un moco increíblemente grande en dirección al instructor, y se afanó para alcanzar al resto de la clase.

Al terminar la carrera, Alicia se sentía mucho mejor, aunque seguía notando una quemazón en la garganta. No había sido la primera en acabar las nueve vueltas, pero había terminado entre el primer tercio de reclutas, lo cual no estaba mal. A media carrera había notado dolor en la parte inferior del abdomen. No parecía un dolor de regla normal, pero ¿qué podía hacer? Ni por asomo pensaba mencionarlo; teniendo en cuenta que era la única mujer de la clase, no pensaba usarlo como excusa.

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En la universidad nunca había corrido con más de un kilo de pesas en los tobillos, y nunca habría imaginado lo agotador que resultaba correr cargando con todo el equipo táctico. Habían dado el equipo completo a todos los reclutas, desde las botas de combate a un chaleco de combate avanzado con inserciones balísticas, un sistema de distribución de peso y lo que el instructor denominaba SAPI y ESBI, inserciones de protección para armas pequeñas y placas balísticas laterales mejoradas. Probablemente, todo aquello no pesaba más de ocho o diez kilos, pero Alicia los había notado en sus carnes a lo largo de las seis vueltas.

Los dos últimos reclutas volvieron de la pista rendidos. Tenían los ojos inyectados en sangre, mocos medio secos en la nariz y a saber qué más les corría por la cara y por el pelo. Presentaban un aspecto deplorable.

Alicia conocía la sensación… demasiado bien.

Cuando todos los futuros agentes hubieron completado la carrera y se hubieron acomodado en los bancos, un instructor se colocó ante ellos y habló.

—Bueno, reclutas. Hoy tenemos algo especial.

Señaló con el pulgar hacia el centro de entrenamiento que tenía a la espalda, un pueblo fantasma construido a unos quinientos metros. Tenía una disposición en forma de cuadrícula, con una calle principal que lo dividía de norte a sur. El día anterior, cuando habían entrado para repasar varios escenarios de combate en recintos cerrados, habían visto el armazón de vehículos quemados a lo largo de la calle. Hoy Alicia veía otra cosa. Algo metálico. Pero no era capaz de identificarlo desde lejos.

El instructor sonrió.

—Unos investigadores de la DARPA han desarrollado una nueva unidad de inteligencia artificial y la hemos conectado a uno de nuestros robots artificieros.

Los artificieros eran los que manejaban explosivos. Y entonces Alicia se dio cuenta de qué era el objeto metálico de la calle principal. Hacía un par de semanas había trabajado con un grupo de ellos y había tenido ocasión de probar una de sus unidades de desactivación de bombas en remoto. Era genial. Le había recordado al robot de la película WALL-E. Incluso tenía brazos que podía manipular por control remoto.

—Con toda esta mejora de IA, se supone que el robot detecta e identifica combatientes sobre el terreno. Ya ha superado muchas pruebas, pero antes de que pueda trabajar en circunstancias reales hay que afinarlo.

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Hoy os toca intentar engañarlo. Lo único que tenéis que hacer es tocarlo sin que levante la bandera roja, lo cual significaría que os ha visto. ¿Alguna pregunta?

Uno de los aprendices levantó la mano.

—¿Señor? ¿Hasta qué distancia ve?

—Buena pregunta. El robot detectará todo lo que tenga a un radio de trescientos metros.

En el cinturón del instructor sonó una voz procedente de lo que parecía un walkie-talkie.

«Estamos preparados».

El instructor habló por un micro que llevaba sujeto al hombro. —Oído. —A continuación, señaló al hombre que había formulado la

pregunta—. Smith, como veo que eres curioso, puedes ir el primero.

El recluta salió disparado del banco y corrió en dirección norte, bordeando el pueblo artificial hasta que desapareció entre los edificios. Al cabo de un momento, el robot giró hacia el este, porque lo había detectado.

De repente, el recluta pasó corriendo y el brazo del robot se propulsó hacia arriba, con algo rojo en el extremo.

«Individuo detectado —graznó el walkie-talkie—. Envía al siguiente agente».

El instructor señaló a otro aprendiz.

—Darby, te toca a ti.

Scott Darby, un rubio gigantesco, se levantó y dio una palmada en el hombro al tipo que estaba sentado a su lado. Carl algo.

—Oye, ¿quieres jugar al pilla pilla con Robo Machaca?

—Venga.

Los dos hombres hablaron en susurros antes de esprintar. Se separaron y se aproximaron a su objetivo en direcciones opuestas.

¿Iba uno de ellos a sacrificarse para que el otro tocara al robot? Cuando entraron en el pueblo, el robot se mostró inquieto, escaneando

adelante y atrás, detectando el movimiento. Pero los hombres se escondían detrás de edificios antes de que pudiera dirigir la atención hacia ellos.

Entonces, Carl lanzó una piedra más allá de su objetivo.

Sin embargo, en lugar de seguir el movimiento de la piedra, el robot se giró, levantó el brazo y se puso a dar vueltas, con lo que levantó una nube de polvo.

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Alicia no estaba muy segura de qué había ocurrido, pero la voz del walkie-talkie anunció:

«Ambos agentes identificados. Envía al siguiente».

—Cortez, te toca.

El hombre que estaba sentado al lado de Alicia se levantó de un salto y corrió hacia delante. Igual que los demás, se agachó detrás de los edificios y así fue retrasando la inevitable derrota. Su táctica fue lanzar una nube de tierra para distraer al robot. Pero, en cuanto resultó visible, el robot lo delató.

«Joder, qué rápido es».

—Yoder, te toca.

Alicia se levantó e inclinó la cabeza hacia el cobertizo de suministros.

—¿Puedo usar la tela mosquitera? —preguntó.

El instructor se encogió de hombros.

—Puedes usar cualquier cosa que tengas a mano.

Alicia desenrolló casi quince metros de una bobina de tela mosquitera y se envolvió en ella. El instructor y los reclutas la observaban con interés y confusión hacerse un traje abombado.

En cuanto lo tuvo bien sujeto, miró su sombra. Apenas veía nada a través de las capas de malla, pero había conseguido crear el efecto deseado: su sombra era redonda, disimulando cualquier forma humana. Alicia esperó que la IA no supiera cómo identificarla.

Con las manos en el interior del traje, empujó hacia fuera la malla para parecer aún más redonda y se encaminó fatigosamente hacia el norte.

No se molestó en bordear los edificios. Avanzó en línea recta hacia el robot, bamboleándose. El corazón le latía con fuerza.

Cuando la tuvo al alcance, el robot se giró ligeramente.

Alicia siguió avanzando.

El robot se movía adelante y atrás como si tuviera un tic nervioso. Sin duda, detectaba que algo se le acercaba. Pero ¿iba a identificarlo como un combatiente?

Alicia oyó el silbido del sistema hidráulico del robot. Vio el trapo rojo sujeto en su mano robótica.

«Está a punto de levantarlo».

Pero era demasiado tarde. Alicia chocó con él y gritó.

—¡Pillado! —Se sintió triunfante.

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Dos hombres salieron de detrás de un edificio. Iban vestidos de paisano, con la insignia de identificación sujeta al cuello. Uno parecía molesto y el otro se reía.

—¿Cómo supiste que tu marca de calor no se detectaría a través de la malla?

Alicia se encogió de hombros.

—No tenía ni idea. Imaginé que, si no le mostraba una silueta humana, podría engañarlo.

—Pura chiripa —dijo el otro hombre entre dientes.

—No, ha sido perfecto —afirmó el primero. Levantó el pulgar hacia Alicia para darle el visto bueno—. Nunca se me habría ocurrido. —Habló por un dispositivo manual—. Parece que la recluta ha encontrado una grieta en la armadura. Nos queda trabajo por hacer.

«Oído. Dejaré descansar al resto por hoy. Yoder, buen trabajo.

Volvemos al aula a las ocho de la mañana».

Mientras los científicos se disponían a desatornillar uno de los paneles del robot, Alicia se fue quitando las capas de mosquitera. Pese a su pequeña victoria contra WALL-E, el Robo Machaca, no lograba despojarse de la ansiedad que sentía al pensar en las actividades de entrenamiento que le quedaban por delante. A diferencia de sus clases en la universidad, donde sabía exactamente qué entraba, allí no tenía ni idea de lo que la Panda le tenía preparado.

Ni siquiera estaba del todo segura de qué suponía ser una agente de la Panda. La formación no parecía seguir ninguna lógica. La semana anterior había trabajado con los marines en ejercicios de acondicionamiento. Esta semana entrenaba en la Academia del FBI. ¿Y la siguiente? Vete a saber.

Deseó tener al menos alguna nota que le sirviera de referencia, porque no sabía si lo estaba haciendo bien o mal. Pero quizá eso cambiara al día siguiente. Tenía una sesión de valoración de mitad de curso con Mason en la sede de la Panda y no lograba evitar preguntarse qué le diría sobre su rendimiento.

Habían transcurrido tres meses desde que Alicia aceptara entrar en la Panda, en lo que había sido una decisión muy trascendente para ella. No

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solo le había significado mudarse a un nuevo apartamento en D. C., sino dejar Princeton sin terminar el máster en neurociencia. Lo de no haber terminado los estudios le dolía y ahora, al dejar atrás Lincoln Park, cruzar el National Mall, pasar por Foggy Bottom y entrar en el viejo Georgetown, le asaltaban las dudas acerca de su decisión.

Hizo una llamada en su teléfono y activó el manos libres del coche. —¿Qué tal, hija?

Oír la voz grave de su padre adoptivo debería haberla tranquilizado, pero no fue así.

—Papá, ¿en qué demonios estaba pensando? Tengo la impresión de que ayer mismo estaba en clase, era una estudiante normal, y ahora me estoy preparando para ser… jolín, ni siquiera sé para qué me estoy preparando. Prácticas de tiro, formación en combate en espacios cerrados, y hace unos días participé en una sesión entera de tácticas de manipulación de vehículos para aprender a conducir y disparar a la vez, maniobra de evasión, simulacros de emboscada… Papá, esto es una locura.

Su padre se echó a reír.

—Alicia, respira hondo. ¿Dónde estás?

Ella respiró hondo y exhaló, lo cual la hizo sentir un poco mejor.

—Voy camino de la central para mi evaluación trimestral con Mason.

Tengo el estómago revuelto. Joder, tengo ganas de vomitar.

—No tienes por qué estar nerviosa. Ya lo tienes. Además, he estado curioseando y, hasta el momento, todo el mundo dice cosas positivas acerca de tus progresos.

—Si tú lo dices… Tampoco te iban a decir a ti si lo hago fatal. Eres Levi Yoder, superespía. Y yo no soy más que… yo. —A Alicia se le formó un nudo en la garganta y el corazón se le aceleró—. Papá, yo… no recuerdo por qué accedí a esto. Y lo digo muy en serio… tengo la mente en blanco. Creo que estoy perdiendo la chaveta.

—Te aseguro que no estás perdiendo nada. Y esos lapsus… Cariño, digamos que te pasan con razón.

—¿Qué quieres decir?

—Es difícil de explicar. A veces, cuando sufrimos experiencias traumáticas, ciertas cosas quedan bloqueadas de nuestra conciencia. Es de lo más normal.

Alicia notó un escalofrío y empezó a sentirse mareada.

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—No hace falta que me cuentes cómo funciona el cerebro, soy neurocientífica, ¿recuerdas? O iba a serlo. Pero… ¿qué trauma, papá? ¿Me… —tragó saliva— violaron… o algo así? ¿Qué estoy bloqueando?

—No, no, nada de eso. Es que… conseguiste involucrarte en algo relacionado con la Panda. Eres una crack, Alicia. Pero fue duro para ti. Mason y yo pensamos que quizá perderías recuerdos del incidente y, a decir verdad, me alegro de que así fuera. Es lo mejor, créeme. Y si este asunto te pone nerviosa, habla con Mason. Él lo entenderá a la perfección.

—A lo mejor.

—Como quieras. Escucha, hoy estoy en D. C. para una breve reunión. ¿Quedamos arriba para comer algo? ¿Qué te parece a las doce?

—Genial, papá. —Alicia se secó unas lágrimas de frustración de las mejillas. Respiró hondo y luego espiró lentamente en un intento de apaciguar su miedo, ansiedad y nervios—. Perdona, me estoy comportando como una niña pequeña. Es que estoy nerviosa… y un poco histérica.

—Alicia, no tienes de qué preocuparte. —Alicia intuyó la sonrisa en su voz.

Terminaron la llamada cuando aparcaba en una plaza a un lado de la carretera de la parte antigua de Georgetown. Curiosamente, había encontrado muy poco tráfico y llegaba una hora antes a la reunión, por lo que sintonizó una emisora de canciones antiguas e intentó apaciguar los nervios.

Ni siquiera la música de Earth, Wind & Fire consiguió disipar emociones que la embargaban. Al cabo de media hora, se rindió y salió del coche.

—Guapa, ¿tienes algo de comida para darme?

Se giró y vio a un anciano con la ropa raída que le gritaba desde calle abajo. Sonrió al acercarse a él. Reconoció al «mendigo» porque era miembro de la Panda, y lo que gritaba era en realidad un código que informaba a quien se acercara a la central de que no había nada raro. Pedir comida era señal de que todo iba bien. Si hubiera pedido algo de beber… pues entonces Alicia habría tenido que marcharse de allí de inmediato.

Más adelante, Alicia vio un letrero que le resultaba familiar. Había un gallo a la izquierda y una cabeza de toro de largos cuernos a la derecha. Aquella zona no era precisamente acomodada, pero Alicia le había acabado cogiendo cierto cariño a la fachada roñosa.

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Entró en el Rooster and Bull, y la inundó el olor a cerveza rancia y cera para madera. El local era un antro… así como la entrada a una de las organizaciones más clandestinas del mundo.

Las pocas mesas y reservados estaban vacíos a aquellas horas del día, y el local estaba tan poco iluminado como de costumbre. Detrás de la barra, un hombre secaba una copa. Asintió hacia ella cuando se dirigió al fondo del establecimiento.

Alicia entró en el servicio para hombres. Un hombre canoso sentado en un taburete cerca del lavamanos la miró por encima de sus gafas de estilo John Lennon.

—¿De vuelta, chiquilla?

Ella sonrió.

—Harold, ¿cuántos pantalones de vestir marrones y camisas de cuadros tienes? Siempre te veo con la misma ropa.

—¡Bah! —Harold le tendió una toalla blanca—. Mi mujer siempre me daba la vara con lo mismo.

Alicia cogió la toalla. Parecía una toalla normal y corriente, pero sabía que tenía una serie de etiquetas RFID cosidas y que servía como una especie de llave.

—Ya veo que tu mujer era inteligente —dijo, guiñándole el ojo.

Por aquel guiño, el hombre esbozó una sonrisa antes de mascullar algo ininteligible mientras la despedía con un gesto de la mano.

Alicia rio al entrar en el tercero de los tres inodoros que había, el que tenía el cartel de «No funciona» enganchado con celo. Cerró la puerta tras de sí, colocó la toalla especial en la palanca de vaciado de la cisterna y la accionó.

El suelo cayó de inmediato, llevándose con él a Alicia y al inodoro. Se aferró a la cisterna para mantener el equilibrio mientras descendía a una velocidad de vértigo por un hueco sumamente profundo. Había hecho aquel recorrido docenas de veces, pero seguía revolviéndosele el estómago.

Tras unos segundos que se le hicieron muy largos, las paredes se desprendieron y el ascensor inodoro fue frenando. Alicia se concentró en recuperar el equilibrio para bajar a una estancia anodina situada en las profundidades de la parte antigua de Georgetown. La plataforma se detuvo en un hueco del suelo y Alicia se bajó.

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El ascensor inodoro subió con la misma rapidez con la que había bajado y desapareció por el hueco del techo.

Alicia tiró la toalla de mano a un cesto y luego se dirigió a la única salida de la sala: una puerta de acero con un panel de seguridad montado a un lado. Colocó la mano extendida en el panel y una línea azul la barrió de un lado a otro hasta que se encendió un led verde y resonó un clic desde el interior del muro.

«Apártate», advirtió una voz digitalizada.

Tres cerrojos enormes se deslizaron desde los bloques de retención situados en el lado derecho de la puerta, que se entreabrió hacia fuera.

Alicia recordó la primera vez que su padre y el director Mason la habían llevado allí. El lugar le recordaba a un refugio antiaéreo de la década de 1950, aunque no sabía de ningún refugio antiaéreo que tuviera en la entrada una puerta de una aleación de tungsteno y acero de más de un metro de grosor y que pesara dieciocho toneladas.

Pasó por la abertura, dobló una esquina y bajó por un pasillo que conducía a otra puerta, provista de un escáner de retina. Acercó un ojo al recuadro de la pared y, tras emitir un destello de luz verde, la puerta hizo clic.

Alicia la empujó para abrirla y entró en el sanctasanctórum de la sede estadounidense de la Panda.

Se encontraba en una sala más grande que la mayoría de los almacenes. De pie en una pasarela metálica situada a unos seis metros sobre el suelo, Alicia disfrutaba de una vista completa de los cubículos dispuestos en forma de cuadrícula por debajo de ella y que se extendían hasta donde le alcanzaba la vista. Independientemente de la hora del día o de la noche a la que llegara, allí siempre había hombres y mujeres trabajando como si les fuera la vida. Y lo más probable era que, en algún lugar del mundo, la vida de alguien sí que dependiera del trabajo de aquella gente.

Cuatro pantallas enormes, de quince metros cada una, colgaban del techo en el centro de la sala y mostraban información, mapas, fotografías, imágenes vía satélite y demás, y la pasarela en la que estaba bordeaba la gigantesca sala y conducía a las oficinas, cuyas ventanas también daban a la zona de trabajo central.

No era la primera vez que aquel lugar le recordaba a la sede central de la película Men in Black, con la diferencia de que allí no había alienígenas,

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al menos que ella supiera.

Bajó por una escalera de metal al conjunto de cubículos e inició la larga marcha hasta el extremo opuesto del complejo cavernario. Cuando por fin llegó a la sala de reuniones C1, donde tenía previsto reunirse con Mason, las mariposas que sentía en el estómago amenazaban con salirle volando por la boca.

Aunque llegaba temprano, encontró al director esperando, observando una fotografía. Levantó la vista hacia el reloj de pared y se quedó boquiabierta al ver que no llegaba un cuarto de hora antes, sino cuarenta y cinco minutos tarde.

—Oh, Dios mío, no…

—¿Cambio horario? —preguntó Mason—. ¿Se te ha olvidado que esta noche había cambio de hora?

Él la miraba con sus ojos claros, plateados. Tenía cincuenta y pico años, el pelo castaño claro y entradas. La mayoría de los hombres con su aspecto habrían sido considerados aburridos o normaluchos. Mason, no. Tenía un porte especial… Su presencia llamaba la atención. Aquel hombre era el miembro más antiguo de la Panda en Estados Unidos, al menos que ella supiera, y allí estaba ella presentándose casi una hora tarde a su evaluación.

—¡Cuánto lo siento! ¿Pasamos la reunión a otro día?

Mason ignoró la propuesta y le deslizó la foto que había estado mirando desde el otro lado de la mesa de reuniones.

—Dime qué ves.

Alicia tomó asiento frente a él y cogió la foto. Parecía una reunión de negocios.

—Bueno, hay mucha gente asiática, pero supongo que eso no es lo que quieres que te diga.

—¿Reconoces a alguien?

Estaba a punto de negar con la cabeza cuando una mujer le llamó la atención. Se la veía de perfil y estaba bastante lejos de la cámara, pero…

—No estoy segura, pero creo que sí.

Sintió cierto recelo. Su jefe esperaba una respuesta de ella, una respuesta sincera, pero Alicia no quería traicionar la confianza de aquella mujer. A fin de cuentas, estaba implicada en el lado turbio del negocio.

—Cre… creo que mi padre la conoce.

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—Una forma muy diplomática de decirlo, jovencita. —Mason suavizó su expresión pétrea y asintió ligeramente—. Muy bien. Hablaré con Levi dentro de un rato.

Mason miró el reloj de pared y se levantó de la silla.

—Lo siento, pero tengo otra reunión a la hora en punto, así que tendremos que dejar la valoración para otro día. Mi equipo concertará una cita. —Se acercó a la puerta, agarró la maneta y se volvió para mirar a Alicia—. Y la próxima vez no llegues tarde.

Ella asintió.

El teléfono de Mason sonó cuando abría la puerta y se lo acercó al oído.

—Oye, Levi. Enseguida subo. Mi despacho. —Volvió a mirar a Alicia

—. Esta sala está libre hasta dentro de dos horas, por si te quieres quedar aquí.

Cerró la puerta tras él silenciosamente.

Alicia se cogió la cabeza con las manos. Había sido una perfeccionista toda la vida. Siempre llegaba antes a las citas, a las reuniones, a clase, a todo. No podía creer que hubiera cometido aquel error tan tonto. La formación de las últimas semanas había sido tan intensa que había olvidado por completo el mundo exterior… y cosas tan mundanas como el cambio horario.

Había imaginado que la reunión de aquel día aliviaría su tensión. Que recibiría orientación acerca de su rendimiento, aunque fuera malo, y que así se sentiría más tranquila. Sin embargo, había llegado casi una hora tarde a una reunión con uno de los hombres más importantes de toda la Panda. Y, de no haberse quedado tanto rato sentada en el coche, casi habría llegado a la hora.

Recordó el consejo de su padre y respiró hondo. No ayudó.

_____ fin del avance____

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AVANCE - EL LIENZO ENGAÑOSO

París – 21 de agosto de 1911

En las majestuosas salas del Louvre se hizo el silencio. El ajetreo de la vida nocturna parisina quedó reducido a un murmullo lejano tras unos muros de piedra de siglos de antigüedad. Vincenzo Peruggia se ajustó el guardapolvo blanco que llevaba puesto, el mismo uniforme que el personal de mantenimiento del museo. Tenía las palmas de las manos empapadas de sudor; las frotó en la basta tela del guardapolvo y se encasquetó mejor la gorra. Llevaba una caja de herramientas en una mano, lo cual lo confundía con el resto de los trabajadores que movían escaleras y andamios.

Los aromas de la cera para suelos y de la madera envejecida se mezclaban en la quietud del ambiente, transportados por los suaves ecos metálicos de las herramientas que se entrechocaban a lo lejos. Como el museo ya había cerrado sus puertas, solo quedaba un mínimo de personal. A Vincenzo le palpitaba el pulso a cada paso en dirección al Salon Carre, donde se exhibía la Mona Lisa. Se obligó a aparentar calma y se concentró totalmente. Todo movimiento en falso, cualquier fallo de la máscara, haría que lo pillaran.

Encontró el cuadro tal como lo recordaba: más pequeño de lo que la mayoría de los visitantes imaginaban, pero la paleta suave y tenue y la misteriosa sonrisa eclipsaban las obras maestras que la rodeaban. Durante unos instantes, mantuvo la mirada posada en aquel rostro legendario. La magnitud de lo que estaba a punto de hacer pesaba sobre él como una losa.

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Dejó la caja de herramientas en el suelo y se arrodilló. En un reconocimiento anterior, había visto que el marco estaba fijado con unos sencillos soportes de madera y unos clavos minúsculos. Con cuidado, hizo palanca con una herramienta estrecha en la juntura y soltó el panel con apenas un suspiro. Nadie pareció darse cuenta, no era más que otro trabajador del turno de noche.

Vincenzo llevaba un gran delantal bajo el guardapolvo. Con sumo cuidado, sacó la Mona Lista del marco de madera dorada. El lienzo, montado en un fino panel de madera, era lo bastante pequeño como para escondérselo bajo el delantal sin doblarlo ni dañarlo. Le temblaban los dedos al abotonarse el guardapolvo y esconder aquel tesoro de valor incalculable.

Cogió la caja de herramientas y bajó por el pasillo. Los altos techos se alzaban imponentes sobre él y las innumerables obras maestras que cubrían las paredes parecían juzgarlo en silencio. Oyó el eco de unas pisadas desde atrás, y un guarda, a lo lejos, le dedicó un asentimiento desinteresado para volver a centrarse enseguida en los titulares de un periódico. Política y guerra, pensó Vincenzo, qué trivialidades comparado con lo que está ocurriendo en este preciso instante.

Descendió por la imponente escalinata principal del museo, magnificada por el silencio de la hora tardía. Cada paso que daba en los fríos peldaños de piedra resonaba en sus oídos como un trueno interior. Cerca de la salida, un guarda solitario bostezaba junto a las pesadas puertas de roble.

—¿Noche tranquila? —preguntó el guarda, desperezándose. —Siempre —repuso Vincenzo, esbozando una sonrisa. Su leve acento

italiano pasó desapercibido. Señaló la caja de herramientas—. Voy a devolver esto al taller.

El guarda lo despidió con apenas una mirada rápida.

En el exterior, la luz de la luna bañaba la imponente fachada del Louvre. La ciudad de París exhalaba a su alrededor: el repiqueteo distante de cascos en los adoquines, los pocos automóviles que traqueteaban por allí, el suave murmullo de los vendedores callejeros que seguían con su trabajo… Siguió caminando, con la espalda recta y la mirada al frente, hasta ser engullido por un callejón estrecho. Allí, a la reconfortante sombra de un alto muro de piedra, relajó los hombros. Las campanas de la iglesia anunciaron la hora y su tañido resonó por el Sena.

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Se llevó una mano al guardapolvo y palpó el latido regular de su corazón y la fría superficie de la Mona Lisa robada debajo. Soltó una risa temblorosa, puro alivio triunfante. Acto seguido, lanzando una última mirada hacia la pálida luna, Vincenzo Peruggia desapareció entre las laberínticas calles de París.

Acababa de cometer el mayor robo de una obra de arte del siglo.

Puerto de Baltimore, Maryland – Hoy, 9.00

La niebla se abría paso entre los edificios que bordeaban el agua, vagando como un espectro de múltiples brazos que rodeaba el almacén, sus volutas enrollándose sobre el muelle. Más allá ronroneaba el motor de un barco. Era un ronroneo bajo y monótono que se mezclaba con el suave vaivén del agua contra los pilotes. En el interior, los fluorescentes parpadeaban en el techo con un zumbido, emitiendo sombras retorcidas en el suelo de hormigón manchado. El aire apestaba a sal, madera húmeda y óxido, una mezcla fuerte que provocaba un cosquilleo en la garganta.

Dos siluetas con batas oscuras se movieron entre enormes cajas. Sus pisadas quedaban absorbidas por la quietud cavernosa. El vaho de su respiración formaba volutas en el aire frío y desaparecía en la penumbra.

La más alta de los dos, la de un hombre cuya bata desprendía un fuerte olor a tabaco, apuntó a los pasillos con una linterna. El haz enfocó hileras de cajas idénticas con distintas marcas troqueladas. La luz se posó en un letrero situado al final de un pasillo: «B-14».

—Por aquí —musitó, girándose.

Se internaron en el almacén. Daba la sensación de que la temperatura descendía a cada paso. La linterna dejó ver pintura desportillada y unas ratas hambrientas que salían disparadas de debajo de los palés. Al final, el haz de luz enfocó una caja más grande que las demás, recientemente marcada con caracteres cirílicos.

—Tal como dijo Frankie.

Le dio la linterna a su compañero, que alumbró con ella la caja mientras el más alto sacaba una pata de cabra. Gruñendo por el esfuerzo,

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consiguió levantar la tapa. La madera se astilló, los clavos rechinaron en el silencio y un montón de paja cayó al suelo en cascada.

En el interior de la caja, envuelta en plástico de burbujas, había una forma rectangular.

—Parece lo que hemos venido a buscar —anunció el hombre, mientras su respiración nublaba el aire frío.

La luz de la linterna temblaba ligeramente bajo la mirada del compañero. En la mano enguantada del más alto, con gesto rápido, diestro y calculado, apareció una navaja. Cortó las capas del plástico protector de burbujas, que se desprendió, y apareció no solo un cuadro, sino un curioso embalaje secundario: un estuche en forma de bolsa de malla de acero plastificada, bien cerrada con un grueso cable trenzado. En el punto de cierre había una pequeña caja metálica rectangular, lisa y sin más añadidos que una placa mate y plana del tamaño de la huella de un pulgar.

El hombre más bajo —nervudo y de facciones marcadas— avanzó. Se ajustó las gafas en la nariz.

—¿Qué coño es eso? ¿Un candado?

El más alto se encogió de hombros y presionó el pulgar contra la placa. El dispositivo emitió un suave zumbido, pero nada más. Ningún clic, no se abrió. Solo silencio.

—¿Un candado electrónico? —sugirió el hombre más bajo.

—Bueno, sé qué hacer con los candados. —El alto metió la mano en la bata y sacó un cortapernos, de los que se usan para romper cadenas gruesas—. Está claro que no voy a quedarme aquí pensando en si es el paquete correcto o no.

Cortó el cable con un fuerte crujido. La malla se abrió un poco, liberando una tensión contenida.

La malla cayó y apareció un cuadro con un marco dorado.

Dejando a un lado la linterna grande, el hombre bajo se sacó del bolsillo una luz en forma de bolígrafo y pasó un haz violeta por la superficie del lienzo. Sus movimientos eran metódicos y su rostro fue reflejando un pasmo estudiado.

El otro se le acercó más entrecerrando los ojos.

—¿Es lo que creo que es?

—No puede ser… —Las palabras del bajito se fueron apagando, casi con reverencia.

—¿Entonces es falso? —El tono del alto sonó peligrosamente bajo.

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—Un momento —siseó el otro. Enfocó con luz UV una esquina donde sombras y reflejos se mezclaban con un realismo inquietante. El esfumado —la transición de colores con efecto ahumado— era tan refinado que tragó saliva—. Esta técnica… si fuera el auténtico debería estar protegido por un cristal antibalas en el Louvre. No en este almacén.

Pasó el haz por el borde ornamentado del marco. Un suave tic metálico rasgó el aire.

Los dos hombres se pusieron tensos y se quedaron sin respiración. El hombre alto palpó la pistola que llevaba oculta en la bata. —¿Qué coño ha sido eso?

Una distorsión vacilante titiló sobre la superficie del cuadro. A continuación, se oyó un silbido, afilado como el cristal roto. El hombre alto se tambaleó hacia atrás, con una tos húmeda. Le flaquearon las piernas y resolló buscando desesperadamente algo a lo que sujetarse y que le permitiera respirar.

El hombre bajo ahogó un grito, con los ojos desorbitados, mientras se sujetaba la garganta. Su linterna repicó por el suelo, el haz en movimiento dibujaba patrones irregulares en las paredes. Se estranguló y se hizo surcos en el cuello con las uñas. Se manchó los dedos de sangre. Su cuerpo empezó a convulsionar.

Una saliva sanguinolenta salía de la boca del hombre alto mientras él también convulsionaba. En cuestión de segundos, los dos se quedaron inmóviles.

El cuadro dorado cayó en el suelo de hormigón con un último golpe seco que resonó. El marco tallado brillaba bajo las luces parpadeantes, silencioso, letal y perfectamente quieto.

Siguió un momento de una quietud antinatural, apenas punteada por el zumbido sordo del motor de un barco en el exterior. Aquella máquina distante seguía funcionando, ajena a los dos cuerpos que iban enfriándose allí cerca.

En la penumbra, el cuadro permaneció donde había caído, convertido en un mal presagio de algo mucho más peligroso que el arte.

Upper East Side, Manhattan —Helmsley Arms

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Levi Yoder empujó las puertas de cristal ornamentado del Helmsley Arms y se dejó bañar por el frescor del aire acondicionado. El vestíbulo estaba reluciente: el mármol blanco resplandecía bajo las lámparas de araña, un leve olor a limpiador de pino y a cuero emanaba de las butacas. Era como entrar en otro mundo: dinero de antiguo, familias de rancio abolengo, deudas de antaño.

Dominic Russo —de pecho fuerte y grueso, con el pelo engominado hacia atrás y un bigote poblado que debió de estar de moda años atrás— ocupaba la pequeña garita de seguridad que había a un lado.

—¡Levi! ¡Aquí! —gritó con un acento muy marcado—. Tengo un mensaje para ti.

Levi levantó la bolsa de la compra de papel que llevaba en una mano.

—Dom, amigo mío, vengo con regalos.

Con una sonrisa, sacó una bolsita con el logo de la panadería Nonna’s impreso y la dejó en el mostrador.

—Cannoli recién hechos para los que estáis de guardia.

Dominic se dio una palmada en el pecho.

—Tenía que haber imaginado que no te ibas a olvidar del grandullón. —Sus dientes de oro destellaron bajo la lámpara—. Pero, escucha, Frankie dijo que el Don te espera arriba. Supongo que es algo importante.

Levi miró su teléfono.

«Una llamada perdida». Debió de producirse mientras iba en el metro, la señal iba y venía. Se guardó el móvil.

—Tomo nota. —Se despidió de Dominic con un gesto amistoso y se dirigió al grupo de ascensores panelados en latón.

Un mensajero de UPS entró a las prisas cargado con paquetes y Dominic se focalizó en él y le ladró unas cuantas órdenes. Las puertas de un ascensor se abrieron emitiendo un suave repique y Levi entró. Pulsó el botón de la última planta. Mientras la cabina subía, estiró los hombros para aliviar la ligera tensión acumulada. La llamada perdida era de Vinnie, que odiaba hablar por teléfono. Sin duda, algo había pasado.

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Dos hombres del tamaño de un armario hacían guardia ante las puertas dobles talladas del ático. Al ver a Levi, uno murmuró hacia un micrófono que llevaba oculto en el puño de la camisa. Abrió la puerta con un crujido y asintió hacia Levi para que entrara.

—Levi, el Don ha dicho que te acomodes, que enseguida llega.

El espacioso vestíbulo era una curiosa mezcla de opulencia a la antigua y toques modernos: sofás de cuero, mesas de anticuario, una chimenea chisporroteante que inundaba el ambiente con un aroma a madera curada y ahumada. En un lado había una gran estatua de mármol, una reproducción exacta de la Venus de Milo, cuya gracia atemporal llamaba la atención.

Levi se acercó a la chimenea y posó la mirada en la repisa, en una foto enmarcada que le partía el corazón.

Los recuerdos se reprodujeron en su interior como una película muda. La fotografía mostraba a Levi más joven, a Don Vincenzo (Vinnie) más joven, a una rubia que se convertiría en la esposa de Vinnie, y ahí estaba Mary, la mujer de Levi, fallecida hacía años. Unas marcas de pintalabios emborronaban la imagen en dos puntos: una por encima de la cabeza de Levi y otra por encima de la de Vinnie. La foto se tomó en Jennings Beach, cabellos alborotados por el viento, narices quemadas por el sol, la cabellera negra de Mary revoloteando alrededor de su sonrisa desenfadada.

Le dolía ver aquella foto. No solo porque nunca había llegado a recuperarse de la muerte de Mary, sino porque le recordaba que él y Vinnie tenían la misma edad. Pero, ahora que Levi estaba allí, se percató de que Vinnie parecía mayor: sienes plateadas, ojeras más profundas. Mientras que Levi parecía diez años más joven, incluso veinte. Sabía perfectamente a qué se debía, pero reconocerlo lo incomodaba y se le encogía el pecho por lo culpable que se sentía por ello.

—¡Levi!

La voz de Vincenzo Bianchi resonó desde la entrada privada al salón. Entró dando grandes zancadas y con los brazos abiertos. A pesar de las canas que le salpicaban el pelo y de las líneas de expresión que le surcaban el rostro, presentaba un aspecto formidable. Levi se giró y esbozó una sonrisa cuando Vinnie le dio un fuerte abrazo y unas palmadas en ambas mejillas al estilo italiano.

—Maldita sea —dijo Vinnie, retrocediendo para hacerle un repaso—.

Cada vez que te veo estás mejor. No sé qué haces, pero funciona.

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Levi se encogió ligeramente de hombros; el comentario le dolía más de lo que aparentaba.

—¿Querías verme?

Vinnie vio la bolsa de la compra que llevaba Levi y miró dentro. —Ah, has ido al viejo barrio. —Dio una palmada en el vientre plano

de Levi—. Si comes suficientes postres de Nonna’s a lo mejor acabas echando barriga.

Levi rio y le estrechó la mano.

—No son para mí. Alicia viene esta noche y he pensado que estaría bien tenerle algo dulce.

—Es buena chica —afirmó Vinnie, asintiendo—. Inteligente, espabilada. Me acuerdo de cuando era pequeña. Siempre se comportaba como si tuviera diez años más. —Dedicó a Levi una mirada cómplice—. Parecida a alguien que conozco. —Señaló con la cabeza un escritorio ornamentado situado al fondo de la sala—. Ven. Vamos a hablar.

Levi lo siguió. El calor que emanaba la chimenea otorgaba calidez a la gran sala, aunque notaba la tensión que Vinnie desprendía. Algo no iba bien. En cuanto se aposentaron, Levi en el sillón de cuero y Vinnie detrás del escritorio, el Don se sirvió una buena cantidad de un licor ámbar de un decantador de cristal tallado.

—Ha sido uno de esos días —murmuró, tomándose la bebida de un trago y rellenándose el vaso—. Normalmente no bebo tanto, pero a veces, en fin… —Su voz se fue apagando y apoyó ambos codos en la madera pulida—. Se han ido dos de nuestros hombres, Vito Maniscalco y Carmine Ricci.

A Levi se le encogió el estómago.

—¿Muertos?

Vinnie asintió con la mandíbula apretada.

—Ha ocurrido esta mañana. Fueron a recoger un cargamento del almacén de Red Hook, algo de ese contacto ruso con el que nos ayudaste a conectar.

Levi apretó los labios al máximo y le devolvió el asentimiento. Inmediatamente le vino a la cabeza la imagen de Oleg Zharkov, un joven mafioso ruso al que había conocido hacía tiempo. Era uno de los que se habían beneficiado de la caída del Telón de Acero, y tenía contactos tanto en el gobierno ruso como en los bajos fondos.

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—Bueno, iré al grano… —Vinnie hizo girar la bebida ámbar—. Parece que tu Zharkov estaba relacionado con unas personas que sabían que ciertos «artículos interesantes» estaban guardados tras el Telón de Acero… objetos que los nazis confiscaron durante la guerra.

—¿Y los hombres de Zharkov los encontraron?

—Exacto. —Vinnie apuntó el índice en su dirección para ponerle énfasis.

Levi abrió unos ojos como platos ante la magnitud de lo que Vinnie acababa de decir. Todo el mundo sabía que los nazis habían robado la mitad de los tesoros artísticos de Europa y que pocos se habían recuperado.

—La idea era que nuestra organización funcionara como una especie de intermediaria.

Levi asintió, porque sabía muy bien a qué se refería el Don. La familia Bianchi traficaría con lo que fuera. Comprar y vender lo que legalmente se consideraban objetos robados.

—Ayudaríamos a devolver parte de esos artículos, dándoles una procedencia verificable, y luego ganaríamos un dineral. —Vinnie hizo una pausa; una expresión de amargura se reflejó en su rostro—. Hoy ha sido el primer envío y tengo a dos hombres muertos y una pintura embalada. Está en un piso franco cerca de aquí.

—O sea que crees… —Levi se paró para medir sus palabras—. ¿Crees que los rusos nos la han jugado?

—Es posible —declaró Vinnie con un tono siniestro—. O tal vez los rusos no tengan nada que ver y alguien nos esté haciendo pagar las consecuencias. Lo único que sé es que es imposible que dos de mis hombres decidieran tener un ataque al corazón en plena recogida. Quiero que descubras qué ha pasado con ese envío, ¿capisce?

—Por supuesto. ¿Y qué pasa con Vito y Carmine? ¿De verdad que fueron ataques al corazón?

—Aún no lo sabemos —dijo Vinnie con un gesto de desdén—. Uno de los nuestros en la oficina del forense va a informarnos en cuanto sepa qué ha pasado. —Señaló hacia Levi—. Habla con Frankie. Te dirá dónde está guardado el cuadro y, si tienes que ir al almacén a buscar algo, te dará la información que necesites.

—Vinnie, supongo que necesitas respuestas ya de ya, ¿no?

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El Don vaciló unos segundos con los labios bien apretados y luego meneó la cabeza.

—Sé que esta noche viene tu hijita, puedes…

—No te preocupes por Alicia. De hecho, iba a preguntarte si no te importa que la lleve conmigo. Ya sabes que ha estado preparándose con los federales y tal, y estoy convencido de que se está hartando de los tipos de la Panda. Sé que tiene muchas ganas de empezar con sus labores investigadoras, así que creo que acompañarme le puede ir bien. Y a lo mejor incluso me resulta útil.

Don Bianchi ladeó la cabeza y sonrió a Levi con complicidad.

—Es buena chica, Levi. Inteligente… pero no hace falta que te recuerde que no forma parte de lo nuestro.

—Por supuesto que no, y no quiero este tipo de vida para ella. Como bien dices, es buena chica. Me he enterado de ciertas cosas que hizo con Tony y me gustaría ver ese arrojo con mis propios ojos, ya me entiendes. Me cuesta imaginar a mi niñita haciendo cosas así, pero, si Alicia tiene esas agallas, entonces podría resultar útil en muchos sentidos que ni me había imaginado. Tengo la impresión de que ha llegado el momento de ver de qué es capaz.

El Don guardó silencio un instante y luego asintió una sola vez.

—De acuerdo. Ve primero a hablar con Frankie y entérate de dónde está el paquete. Dale recuerdos a Alicia de mi parte, id a chafardear, haced lo que tengáis que hacer. No necesito saber más hasta que tengas respuestas.

Levi se levantó, se abotonó la americana y dedicó un asentimiento a su amigo.

—Te informaré cuando sepa algo con cara y ojos.

—Nadie se carga a dos de los nuestros, Levi. Quiero nombres. —El Don engulló su segunda copa sin apartar la mirada de Levi—. Tienes mi permiso para hacer lo que haga falta, y me dan igual las consecuencias. — Hizo un gesto hacia la entrada del salón y se sirvió una tercera copa.

El parpadeo de los fluorescentes llenaba el taller oculto detrás del Gerard’s, iluminando las filas de estanterías llenas de aparatos electrónicos

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y equipamiento diverso. Levi se recostó en el asiento esperando la llegada de Alicia. El ambiente olía ligeramente a aceite de freír y a cerveza, a modo de recordatorio de que a apenas seis metros al otro lado de la entrada del taller estaba el bar.

Se oyó un pitido en la única puerta del taller y Levi se levantó desplegando una amplia sonrisa al ver entrar a Alicia, su hija adoptiva. Ella no tenía ni idea de que lo encontraría allí, tal como él lo había dispuesto. Sabía que era un momento trascendente de la vida de ella y quería ver su reacción en persona.

—Me parece que tengo que felicitarte. Has acabado tu primera misión en solitario —dijo él, abriendo los brazos para abrazarla—. Estoy orgulloso de ti.

De inmediato vio la grieta que se abría en su compostura, el ligero temblor de sus labios antes de dejarse abrazar. Cuando empezó a sollozar, él la abrazó con fuerza, deseando protegerla de todo mal. Sin embargo, desde el momento en que encontró a aquella niña asiática en las calles, supo que era distinta: concienzuda pero despierta, siempre capaz de encontrar una salida a sus problemas.

—No sabía que estabas en la ciudad —dijo entre lágrimas y con la voz amortiguada por el hombro de él.

—Acabo de llegar. —Él se separó, le colocó las manos encima de los hombros y la miró a la cara—. ¿Sabes lo que vas a hacer?

Alicia se secó las lágrimas con el dorso de la mano y carraspeó, avergonzada ante aquella muestra de vulnerabilidad.

Denny, socio de Levi desde hacía tiempo en quien confiaba sin reservas, le tendió una caja de pañuelos de papel antes de dirigirse al fondo del taller para dejarles espacio. Levi se fijó en la fuerza con que Alicia sujetaba los pañuelos, como si intentara mantenerse firme.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, secándose los ojos.

Señaló una silla situada junto a la mesa donde estaba su maletín.

—Sé que te has estado replanteando el futuro, sobre todo con la Panda. Estás a punto de convertirte en miembro de pleno derecho. Es una decisión trascendente, que yo entiendo a la perfección. Mason me ha ofrecido serlo en otras ocasiones y siempre he rechazado la oferta. Prefiero mi libertad. No me gusta estar atado a nadie, ni siquiera a ellos.

—En cierto modo, ya estás atado a otra panda. —Alicia le dedicó una sonrisa torcida.

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No era una ingenua. Aunque Levi nunca había reconocido abiertamente su relación con la Cosa Nostra, ella había frecuentado a sus socios —pasados y presentes— lo suficiente como para atar cabos. Reconocía el aliento de la mafia.

Levi hizo caso omiso del comentario y siguió a lo suyo.

—¿Qué planes tienes? —insistió.

Alicia hizo una mueca con expresión pensativa. Levi vio rodar los engranajes de su mente al plantearse la respuesta. Admiraba aquella forma de ser: nunca se precipitaba al hablar, antes absorbía y sopesaba todas las posibilidades.

—Papá, a decir verdad, me gusta la idea de ser flexible y tener libertad, un poco como tú dices, pero no estoy segura. Me refiero a que, si quisiera actuar sola, no sabría ni por dónde empezar. Y aún no entiendo las implicaciones económicas de todo esto.

Levi asintió.

—Es una preocupación comprensible.

Alicia apuntó en dirección a Denny con el pulgar.

—Él me ayudó muchísimo cuando estuve en el extranjero, y diría que le debo decenas de miles de dólares.

—¡Millones! —se oyó la voz de Denny, seguida de una risa jadeante.

—¿Lo ves? —Alicia se encogió de hombros esbozando una sonrisa—. Millones. Aparte del dinero que me pagaron por la misión, no es que tenga grandes ahorros. ¿Y dónde conseguiría a los clientes? Es que no sé…

—Alicia, un momento. —Su padre la hizo callar.

—Es obvio que Denny bromea con lo de los «millones», pero ahora olvidémonos del dinero. No estaba seguro de si estarías hecha para este tipo de trabajo. A veces las cosas se ponen feas.

Levi miró en dirección a Denny. Aunque le separaban varios pasillos de estanterías del genio de la electrónica, bajó la voz. Confiaba en Denny, pero los asuntos de la «familia» eran otra cosa. Mirando de nuevo a Alicia, se le acercó más y habló en un susurro.

—Tony me dijo lo que hiciste en casa de Don Vianello, la jugada con el teléfono, usar a la hermana del asesino a tu favor. ¿Podrías hacerlo en la vida real? Si la situación lo exigiera, ¿serías capaz de hacerle daño a alguien?

Alicia abrió bien los ojos. Hizo ademán de hablar, pero cerró la boca y sopesó la respuesta con el ceño fruncido.

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Su vacilación resultaba de lo más elocuente.

Respondió con voz serena pero cargada de emoción.

—No creo. Si alguien se lo mereciera, a lo mejor. Pero ¿torturar a alguien inocente? No, no podría hacerlo. Me da igual cuánto dinero esté en juego.

—Bien. —Levi sonrió, notando que se le liberaba la tensión del cuello y de los hombros. No estaba seguro de qué respondería—. Yo tampoco — afirmó, recostándose en el asiento—. Eres lista, Alicia, un gran instinto. Y, por lo que sé, rindes bien bajo presión. Así que voy a hacerte una oferta.

Abrió el maletín, dejando al descubierto fajos bien ordenados de billetes nuevos de cien dólares. Alicia reaccionó al instante de forma espontánea y los miró asombrada. Aunque enseguida relajó los hombros, el momento de tensión delató su sorpresa y una sensación eléctrica, que fue incapaz de evitar, le recorrió el cuerpo.

—Es tu capital inicial —declaró—. Es tuyo independientemente de lo que decidas, incluso aunque no quieras ir por libre. Ni tú y tus hermanas lo sabéis, pero cada una de vosotras recibirá un maletín como este como herencia al cumplir los treinta años. Como tú quieres independizarte, te lo entrego un poco antes. Te daré tiempo para que hagas tus cuentas y llegues a un acuerdo con Denny y, posiblemente, con otra gente a la que te presentaré. ¿Qué te parece?

Resopló suavemente al contemplar el dinero.

—¿Y la Panda?

—No te comprometas con ellos a tiempo completo —aconsejó Levi, descartando la idea—. Trabaja por proyectos, como yo. A Mason no le gustará, pero ya le ayudaré yo a verlo bajo un prisma positivo. Así puedes vivir en ambos mundos. —Empujó el maletín con el codo en su dirección

—. Así que, dime, ¿qué te parece?

Una sonrisa iluminó el rostro de Alicia, la misma que le había

mostrado el día que le dijo que la adoptaba. Vio que la decisión se iba solidificando ante sus ojos incluso antes de que hablara.

—Creo que eso es lo que quiero —dijo con voz suave—. Quiero ir por libre. Y… gracias, papá. Por todo. Te quiero.

Levi sintió una gran calidez en su interior, aunque la disimuló bajo su calma exterior. No hacía falta decir nada más, sabía cómo se sentía su hija.

Se levantó, se inclinó y le dio un beso en la coronilla, como siempre había hecho.

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—Mañana llamaré a Mason y le diré que quiero un cambio en el contrato.

—Bien. Entonces, asunto zanjado. Tenemos una cosa por hacer. — Levi se levantó y le dedicó una sonrisa torcida. Echó una mirada detrás de ella y se sorprendió—. ¿Dónde está tu gato? Pensaba que lo llevabas a todas partes.

Ella miró en la dirección en la que él miraba y sacudió la cabeza. —Una vecina me pidió el transportín y los de Acela no querían que lo

llevara en brazos. No es que fuera a secuestrar el tren o algo así. Sea como sea, está con la vecina. A Bagel le gusta acosar a su perro y… oye, ¿qué quieres decir con eso de que tenemos una cosa por hacer? —Ladeó la cabeza y lo miró con expresión sospechosa—. ¿Te refieres a esta noche?

Levi asintió.

—Si no recuerdo mal, cuando estudiaste en Princeton fuiste a clases de historia de arte, ¿no?

—Sí… —respondió muy lentamente. Su suspicacia fue dando paso a una expresión divertida—. ¿Por qué lo preguntas?

Levi se giró y llamó a Denny.

—Alicia y yo nos vamos. Quizá te necesite esta noche, tarde. ¿Estarás por aquí?

You know me, I’m always around. Just call my name and I’ll be there.

Alicia gruñó cuando Denny cantó parte de la respuesta.

—Ya sabía que eras cursi, pero nunca imaginé que te pondrías a cantar un tema de Mariah Carey.

—¿Mariah? Oh, qué joven eres, son los Jackson 5, que no se te olvide. —De acuerdo, basta ya de culturilla musical. —Levi soltó un bufido y sacudió la cabeza—. Mantén el teléfono encendido y luego hablamos. —

Hizo un gesto hacia Alicia para que lo siguiera hacia la entrada del taller. Cuando estaba a punto de abrir la puerta, miró a Alicia y le preguntó: —Por cierto, ¿cómo llevas el ruso?

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APÉNDICE

Si has leído otros de mis libros, seguro que esperas que este científico que escribe introduzca ahora unas nociones científicas a pesar de tratarse de una novela. No me gusta ser predecible, pero aquí estamos otra vez, en el apéndice. Y, como en la mayoría de mis novelas, he hablado de ciertas cosas que quizá requieran una explicación.

Está claro que esta es una obra de ciencia ficción, pero también incluye una buena dosis de hechos científicamente comprobados. Lo que intento hacer en este apéndice es explicar ciertos elementos de un modo más serio.

En Multiverso se abordan varios temas científicos que merecerían una serie de libros cada uno para hacerles justicia. Pero aquí nos centraremos en lo esencial y me esforzaré al máximo por explicar un tema o palabra de moda en concreto y diferenciar lo que es básicamente real de lo que son libertades que me he tomado.

Asimismo, quiero que seas consciente de que los temas que voy a tratar son sumamente complejos y que se van complicando cada vez más a medida que se van pelando las capas de la cebolla. Lo máximo a lo que aspiro es a dar una idea útil de lo que se trata y suficientes palabras claves como para profundizar en el tema si te apetece.

Siempre he creído que se aprende investigando, y las personas realmente interesadas en las nociones científicas que hay detrás de algunas de estas cosas aprenderán más si buscan más información al respecto. Yo daré un punto de partida e ideas acerca de lo que hay que buscar. El resto es cosa tuya.

Los taquiones, ¿existen realmente?

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La novela empieza enseguida con la idea de que los taquiones existen, pero ¿es cierto?

En primer lugar, hablemos de la idea de que haya algo que se desplace más rápido que la luz.

Quizá digas: «Yo pensaba que no existía nada que pudiera ir más rápido que la luz».

Se trata de una idea equivocada habitual acerca de las teorías de Einstein, y en la novela especifico algunos de esos principios.

El primero es que nada que inicialmente se mueva más despacio que la velocidad de la luz puede acelerarse de manera que la supere.

Eso es cierto.

Sin embargo, eso no significa que no haya nada capaz de viajar más rápido que la luz. Queda abierta la posibilidad de que existan partículas que se muevan más rápido que la luz desde el momento en que se crean. No obstante, si tales partículas existieran, según la ley de la Relatividad Especial, su velocidad nunca podría reducirse a menos de la velocidad de la luz.

Las ecuaciones relacionadas con la masa y la velocidad son extrañamente simétricas con respecto a la barrera asociada a la velocidad de la luz. Se necesitaría una energía infinita para llevar a una partícula (bariónica) normal con masa a la velocidad de la luz. Igual que se necesitaría una energía infinita para enlentecer a una partícula taquiónica (superlumínica) hasta la velocidad de la luz.

Es raro, lo reconozco.

Son algunos de los detalles que aparecen en la novela, en la que los científicos «juegan» a acelerar y desacelerar partículas empleando cantidades ingentes de energía para conseguir en parte lo que el profesor Salomon intenta hacer.

Otra forma curiosa de verlo sería la siguiente: las partículas taquiónicas que se mueven infinitamente rápido tienen energía cero, al igual que las partículas bariónicas sin velocidad en nuestro lado de la barrera. En este caso, el infinito es igual a cero.

El concepto de las partículas más rápidas que la luz (taquiones) ha sido alimento de la ciencia ficción durante años. Tengo la suerte de haber mantenido conversaciones con Greg Benford, físico teórico y uno de los grandes autores de lo que suele considerarse ciencia ficción «dura», es

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decir, la ciencia ficción basada en gran medida en la ciencia, en lugar de en elucubraciones. Él me sugirió muchas investigaciones actuales y, tras muchas lecturas, llegué a las mismas conclusiones a las que han llegado otros científicos… no sé si los taquiones existen.

Pero hablemos de lo que «creemos» que podría ser verdad porque, al fin y al cabo, de eso trata la investigación teórica. No se sabe hasta que se sabe.

Roger Clay y Philip Crouch, dos investigadores australianos, redactaron en 1972 un informe titulado «Posible observación de taquiones asociados con lluvias extensas de rayos cósmicos».

Su experimento consistió en situar un globo meteorológico en la parte alta de la atmósfera (20 km), con un detector de partículas que intentaba captar una lluvia de rayos cósmicos. Resultado, en resumen: midieron la llegada de un taquión que viajaba a 2,5 veces la velocidad de la luz.

Interesante.

La ciencia y la metodología de medición que emplearon se consideraban apropiadas. Sin embargo, aquellos resultados ya tienen cincuenta años y no se han repetido desde entonces. Estadísticamente, así debería haber sido.

La hipótesis de que el taquión exista resulta razonable y la existencia de taquiones es sin duda algo que permite la Relatividad Especial de Einstein.

Para esta novela, tenemos que aceptarlo simplemente como acto de fe.

Taquiones: si son reales, ¿permiten viajar en el tiempo?

Con la teoría de la relatividad en mente, ya sabemos que la dilatación temporal existe, relacionada con el aumento de nuestra velocidad. Por ejemplo, el tiempo pasa un poco más lento cuando viajas en un jet que cuando lo haces por tierra. Véanse los experimentos de Hafele y Keating en la parte del apéndice dedicada a Viajar en el tiempo.

Obviamente, la dilatación/deformación del tiempo es muy pequeña en ese caso, pero la dilatación aumenta a medida que nos acercamos a la velocidad de la luz. Por ejemplo, si viajáramos a una velocidad muy cercana a la de la luz, en un abrir y cerrar de ojos pasarían millones de años en el mundo real mientras que para nosotros solo habría transcurrido una fracción de segundo.

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Con las mismas ecuaciones, predecimos que, si una partícula puede sobrepasar la velocidad de la luz, la deformación del tiempo sería negativa y entonces la partícula retrocedería en el tiempo.

Detectar un taquión:

Aún no hemos encontrado de manera fiable taquiones acerca de los cuales podamos decir con certeza cómo los detectamos, pero uno de los métodos más sencillos sería el que he descrito en la novela, que tiene que ver con la radiación de Cherenkov.

¿Qué es la radiación de Cherenkov?

En términos sencillos, la radiación de Cherenkov se observa cuando una partícula cargada viaja por una sustancia (medio) a una velocidad mayor que la de la luz.

Hoy en día, solemos ver la radiación de Cherenkov en centrales nucleares refrigeradas con agua. Lo interesante es que la velocidad de la luz varía dependiendo de la sustancia que la luz atraviesa. Por ejemplo, el agua enlentece la luz en un 75% de su velocidad normal. Sin embargo, cuando se enciende el núcleo del reactor, si pudiéramos verlo, de repente aparecería un destello azul.

Lo que ocurre es que, cuando el núcleo de un reactor se pone en línea, se producen trillones de fisiones nucleares por segundo y hay una cantidad enorme de energía que irradia hacia el exterior en cada uno de los casos. Algunas de las partículas emitidas son partículas beta con niveles muy elevados de energía cinética. Hasta tal punto que son impelidas hacia el exterior a una velocidad que supera la velocidad de la luz en el agua.

Hay que imaginar que cada una de esas partículas estalla a través de una barrera similar a una explosión sónica. Pero esa explosión emite el destello azul que se ve.

La idea de detectar un taquión no cambiaría mucho, pero se querría detectar en un vacío donde la velocidad de la luz no se hubiera enlentecido. Y, efectivamente, es lo que he descrito en la novela.

Ahora bien, para ser sincero, no sabemos si los taquiones son partículas cargadas. Si no lo son, entonces son más difíciles de detectar.

Así que me he arrogado el derecho del autor a considerar los taquiones partículas cargadas. De lo contrario, la historia tendría muchas más complicaciones de las que consideré necesarias.

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Paradojas: el quebradero de cabeza del mundo de la ciencia

Siempre que se habla de viajar en el tiempo, sobre todo hacia el pasado, es inevitable que salga el tema de las paradojas. Es el aguafiestas de la celebración, lo que amarga el ponche de la ciencia. Agh… paradojas.

Pero, ¿qué son?

La paradoja más sencilla que se emplea para describir el viaje en el tiempo se llama «la paradoja del abuelo».

La paradoja del abuelo es una situación que surge cuando una persona retrocede en el tiempo para matar a su abuelo. Una vez muerto, el padre del asesino no puede nacer, y eso nos deja con el enigma de cómo ha podido existir el asesino para matar al abuelo.

La paradoja del abuelo se toma como argumento contra la posibilidad lógica de viajar al pasado.

Y ahora ya sabes por qué a los científicos siempre les duele la cabeza. Bueno, existe una cosa llamada «principio de la autoconsistencia de

Novikov». Su objetivo es resolver las paradojas relacionadas con los viajes a través del tiempo, que es un «rasgo» oculto de la relatividad general.

La implicación es que para el universo en el que estamos existe una sola línea temporal, por lo que el viajero en el tiempo no podría cambiar el pasado de manera que influyera en el futuro.

En cierto modo, este concepto juega con la idea del libre albedrío, pero en realidad defiende que una persona sería físicamente incapaz de cambiar el pasado.

Pero, si es el caso, si retrocedes en el tiempo y matas a tu abuelo, ¿cómo no va a cambiarlo todo?

Ahí es donde entra en juego la física cuántica, que dice que un acontecimiento puede tener distintas consecuencias posibles, cada uno con una probabilidad distinta de producirse.

Hemos visto indicios de ello en la novela cuando Mason recuerda distintas cosas que ocurren a lo largo de la línea del tiempo.

Pero ¿eso es ciencia o invención?

Bueno, sin duda estamos en el terreno de la ciencia real, pero es algo teórico a lo que se dedican muchas tesis y grandes cerebros.

Y ¿qué significa eso a nivel práctico?

Bueno, prepárate para sumergirte en las profundidades de la ciencia… ¡Vamos allá!

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Según la interpretación de «muchos mundos» de la teoría cuántica, actos como el matar al propio abuelo se ven como distintas posibles consecuencias que se producen en líneas de tiempo «paralelas». De acuerdo con esta interpretación, la paradoja del abuelo podría explicarse si el asesino empieza en una línea de tiempo en la que el abuelo vivió el tiempo suficiente para tener hijos, y por tanto el asesino nació y luego pasaría a una pista de tiempo paralela en la que nunca nacieron. Básicamente, son un elemento nuevo en un nuevo universo.

Y así es como se ha acuñado el término «multiverso».

El multiverso: ¿es una cosa?

Hace años que en la comunidad de físicos se debate la existencia del multiverso. Se trata de la hipótesis de que existen muchas (posiblemente infinitas) copias de nuestro universo en paralelo la una con respecto a la otra. Si tomamos la suma total de toda la materia, energía, tiempo y espacio en todos estos universos, obtenemos el «multiverso».

Aunque la idea se ha popularizado en las novelas de ciencia ficción y de fantasía, muchas figuras prestigiosas de la comunidad científica (por ejemplo, Stephen Hawkins y Michio Kaku) respaldan este concepto. Una teoría relacionada, llamada «teoría de la contraparte», propone que, en múltiples copias de un mundo determinado, cada objeto o evento no es necesariamente idéntico, sino que es una copia en la que pueden existir variabilidades. Si vamos un paso más allá, existe algo llamado «la interpretación de los muchos mundos». Se trata de un mecanismo por el que se puede concebir que el mundo en el que vivimos no es más que uno de los muchos posibles. En concreto, por cada forma diferente en que el mundo podría haber evolucionado, hay un mundo distinto y separado que representa ese resultado.

Si todo esto parece confuso, bienvenido al multiverso.

Viajes en el tiempo

Cuando Einstein describió por primera vez la relatividad general, en 1915, describió nuestro universo con respecto a las tres dimensiones espaciales de las que somos muy conscientes y de una cuarta dimensión, que era el tiempo. Ahí es donde entra en juego el término espacio-tiempo,

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el que los científicos emplean para describir las cuatro dimensiones de nuestro universo.

La relatividad general describe el espacio-tiempo en sí. En realidad, es un modelo en que el espacio y el tiempo están entrelazados para simplificar la forma en que hablamos de las cuatro dimensiones que normalmente implicarían el espacio y el tiempo. Aquí, Einstein determinó que los objetos grandes causan una distorsión en el espacio-tiempo, y a esa distorsión se conoce como «gravedad».

La idea de viajar hacia delante en el tiempo no es ni mucho menos controvertida. De hecho, ha demostrado ser cierta.

En ciencia, el efecto suele llamarse «dilación temporal», y se ha verificado de forma experimental. Para más información, recomiendo los experimentos realizados en el Observatorio Naval de Estados Unidos por parte de Hafele y Keating, que documentaron qué ocurría cuando cuatro relojes atómicos sumamente precisos se sincronizaban y dos de ellos volaban por el mundo mientras los otros dos permanecían en el mismo sitio. Cuando los relojes volvieron a estar juntos, la hora había cambiado de modo apenas perceptible en los relojes que habían viajado a velocidad de jet. Habían avanzado en el tiempo una fracción de segundo. No parece nada extraordinario, pero demostró que el viaje en el tiempo hacia delante era posible.

Sin embargo, retroceder en el tiempo plantea cuestiones interesantes. Ya he explicado el concepto de los taquiones y su capacidad para

retroceder en el tiempo desde nuestro marco de referencia. Aquí describiré otro método más, que no resultaba práctico en una novela de la era moderna. Lo reservo para una aventura ambientada en un futuro lejano.

En 1974, Frank Tipler cogió las ecuaciones de Einstein para la relatividad y se dio cuenta de que tenía lógica que se pudiera construir un dispositivo para viajar en el tiempo.

Por supuesto, las ecuaciones descritas sobre el papel no se traducen en soluciones prácticas con el nivel de ciencia y conocimientos de que disponemos hoy en día. Pero, como experimento mental, Tipler planteó cómo sería tal cosa si dispusiéramos de la tecnología adecuada.

Empecemos con una gran cantidad de masa: el equivalente a la masa de diez soles. (Lo sé, lo sé, sé que estás pensando que nos hemos pasado de la raya y que nos hemos vuelto locos. Confía en mí).

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Si agrupáramos toda esa masa en el espacio equivalente que ocuparía un agujero negro, hablaríamos de algo que tendría menos de treinta kilómetros de un extremo a otro.

La verdad es que no es tan grande.

En lugar de una bola, Tipler propuso crear un cilindro con esta cantidad de masa. Más o menos como el centro de cartón de un rollo de papel de cocina, pero más grande.

Imagina que el cilindro rotara muy, muy rápido.

Cuando se combina la inmensa fuerza gravitacional de la masa con la rotación superrápida, se consigue algo llamado «efecto de arrastre del marco».

¿Qué es eso?

De hecho, el cilindro estaría arrastrando con él el espacio-tiempo y, si siguiéramos la rotación en una dirección, nos encontraríamos en una CTC (curva cerrada de tipo tiempo) que nos propulsaría al pasado.

Una CTC es básicamente donde el tiempo se cierra en bucle de manera que, cuando creemos que estamos avanzando, acabamos llegando al punto de partida y nos damos cuenta de que en realidad estábamos retrocediendo en el tiempo. Si expandimos esa idea a la eternidad, podemos imaginar que retrocedemos una cantidad de tiempo arbitraria.

Si nos moviéramos en la otra dirección, iríamos hacia el futuro.

Soy consciente de que son conceptos de física teórica muy avanzados, pero te invito a profundizar en ello si lo deseas.

Por descontado, existen enormes dificultades para construir algo así. Variables como el uso de materia exótica que contuviera energía negativa, o una construcción con una longitud infinita.

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M. A. Rothman, autor súper ventas en las listas de USA TODAY, siempre ha sido una persona creativa, con una trayectoria impecable en el campo de las ciencias y las matemáticas. Ha sabido aprovechar ese talento en Silicon Valley a lo largo de una fructífera carrera de más de 30 años, si bien nunca imaginó que le serviría para embarcarse en terreno literario alguno.

Cuando tuvo hijos hace ya unos cuantos años, empezó a contarles cuentos a la hora de dormir. Así es como surgió una carrera accidental como escritor.

Como ingeniero cosmopolita que es, con una sólida formación científica, este novelista accidental empezó a escribir historias con un denominador común: la tecnología y las tramas internacionales.

Él mismo se presenta así:

«Soy hijo de militar, políglota y el primer miembro de mi familia nacido en Estados Unidos. Todo ello tuvo una gran influencia en mi juventud, porque me inculcó el amor por la lectura y una curiosidad insaciable por el mundo y lo que contiene. De adulto, mi pasión por los viajes y la aventura me ha llevado a visitar muchos lugares impresionantes que, a veces, aparecen en las historias que escribo».

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»Espero que esta novela te haya resultado entretenida.

»Mike Rothman

»Mi blog está en: www.michaelarothman.com

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»Twitter: @MichaelARothman




FIN

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