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Libro N° 14377. Lingüística Se Escribe Con A. La Perspectiva De Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje. Moure, Teresa.


© Libro N° 14377. Lingüística Se Escribe Con A. La Perspectiva De Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje. Moure, Teresa.  Emancipación. Octubre 18 de 2025

 

Título Original: © Lingüística Se Escribe Con A. La Perspectiva De Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje. Teresa Moure

 

Versión Original: © Lingüística Se Escribe Con A. La Perspectiva De Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje. Teresa Moure

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/linguistica-se-escribe-con-a/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LINGÜÍSTICA SE ESCRIBE CON A

La Perspectiva De Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje

Teresa Moure


 

 

 

 

 

 

Lingüística Se Escribe Con A

La Perspectiva De Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje

Teresa Moure

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los manuales de historia de la lingüística que se usan en la actualidad no recogen ningún nombre de mujer. Ninguno. Algo que resulta paradójico si tenemos en cuenta que el surgimiento de esta disciplina, en el primer tercio del siglo XX, coincide con el acceso de las mujeres occidentales a la educación superior, eligiendo en muchos casos estudios humanísticos. ¿Cómo explicar este hecho? ¿Acaso ninguna logró hacer aportaciones significativas en un campo de saber que tuvo muchas cultivadoras? Este libro propone no tanto hacer una crónica de las lingüistas olvidadas —un olvido que no solo afectaría a figuras individuales, sino a todo un colectivo

 

— como reflexionar sobre las causas de su exclusión. ¿Cómo se forjan las ideas sobre las lenguas? ¿Qué temas, estilos y metodologías han primado en su gestación, difusión y progreso? Teresa Moure traza una historia alternativa y crítica de la lingüística, ilustrando la participación de las mujeres en oficios y saberes relacionados, como la traducción, la criptografía, la antropología, la primatología, la sociolingüística o la filosofía del lenguaje. Y lo hace a partir de una interesante hipótesis: mostrando cómo esas mujeres, consideradas voces secundarias en este saber (y otros muchos), se dedicaron a asuntos considerados “menores” o marginales, con planteamientos y procedimientos divergentes a los canónicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Teresa Moure

 

Lingüística Se Escribe Con A

 

La Perspectiva De Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 09-10-2025

 

Teresa Moure, 2021

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

 

Cubierta

 

Lingüística se escribe con A

PRIMERA PARTE UNA HIPÓTESIS CONSTRUIDA SOBRE LA SOSPECHA

CAPÍTULO 1 POR UNA LINGÜÍSTICA CON PERSPECTIVA DE GÉNERO

1.1. EL SABER TAMBIÉN TIENE MEMORIA

1.2. ELLAS, FUERA DE LA HISTORIA: OLVIDADAS, BORRADAS Y SILENCIADAS

1.3. LINGÜÍSTICA, UNA CIENCIA SIN ELLAS

1.4. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS CAPÍTULO 2 ¿Una ausencia absoluta?

 

2.1. ELLAS HABLAN: NARRATIVAS AUTOBIOGRÁFICAS CONTEMPORÁNEAS

2.2. MUJERES LEÍDAS POR MUJERES

2.3. LOS SESGOS DE LA DISCRIMINACIÓN

2.4. AÚN MENOS QUE LINGÜISTAS: MUJERES CON OFICIOS RELACIONADOS CON EL LENGUAJE

2.5. ALGUNAS LECTURAS SOBRE LINGÜÍSTICA FEMINISTA Y OTRAS REFERENCIAS BÁSICAS

CAPÍTULO 3 OFICIOS LINGÜÍSTICOS CON PROTAGONISMO FEMENINO: LA CRIPTOGRAFÍA 3.1. LAS IDEAS INVISIBLES

 

3.2. CRIPTOGRAFÍA EN VIOLETA: LAS CODE GIRL

3.3. EL ENFOQUE COLECTIVO FRENTE AL ENFOQUE DE LAS GRANDES MUJERES

3.4. LINGÜÍSTICA EN FEMENINO: LA INTUICIÓN

3.5. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA CRIPTOGRAFÍA

SEGUNDA PARTE TRADICIONES DE GÉNERO EN LOS MÁRGENES: LA LINGÜÍSTICA FEMINISTA

CAPÍTULO 4 TRADUCTORAS: DE LA INVISIBILIDAD A LA PRESENCIA INCÓMODA

4.1. EL MÁS INVISIBLE DE LOS OFICIOS LINGÜÍSTICOS

4.2. PARA UNA GENEALOGÍA FEMINISTA DE LA TRADUCCIÓN

 4.3. LA CONVULSIÓN DE LA TEORÍA: LA ESCUELA FEMINISTA DE TRADUCCIÓN QUEBEQUESA

 

4.4. MANIPULACIÓN Y CALIDAD DE LA TRADUCCIÓN: UNA CUESTIÓN DE LEALTADES

4.5. LINGÜÍSTICA EN FEMENINO: LA TRANSGRESIÓN

4.6. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA TRADUCCIÓN

CAPÍTULO 5 PRIMATÓLOGAS Y OTRAS MUJERES QUE HABLAN CON SIMIOS

5.1. LA PRIMATOLOGÍA, ¿UN CAMPO FEMINIZADO?

5.2. DEFINIENDO LOS LÍMITES DE LO HUMANO

5.3. PROYECTOS DE COMUNICACIÓN ENTRE ESPECIES: SERES HUMANOS QUE HABLAN CON SIMIOS (Y SIMIOS QUE LES RESPONDEN)

 

5.4. SUE SAVAGE-RUMBAUGH Y SU LEGADO: UNA LECTURA FEMINISTA

5.5. LINGÜÍSTICA EN FEMENINO: LA SOMBRA DEL MACHISMO EN LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

5.6. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA SOBRE LOS PROYECTOS DE LENGUAJE HUMANO EN PRIMATES

 

CAPÍTULO 6 TEJIENDO HILOS ENTRE EL OTRO Y LA PROPIA VIDA: LA MIRADA DE LAS ANTROPÓLOGAS 6.1. HIJAS DE “PAPÁ FRANZ”

 

6.2. PONIENDO EL GÉNERO BAJO LOS FOCOS

6.3. ¿OTRA VEZ CAZADORES Y RECOLECTORAS?

6.4. LINGÜÍSTICA EN FEMENINO: EL PUNTO DE VISTA ÍNTIMO

 

6.5. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DEL LEGADO LINGÜÍSTICO DE LAS ANTROPÓLOGAS

 

CAPÍTULO 7 CUANDO A LA GRAMÁTICA LE CRECIERON LOS ACCIDENTES: LAS SOCIOLINGÜISTAS FEMINISTAS 7.1. UNA GUERRA CONTRA LOS GRAMÁTICOS

 

7.2. LAS PRÁCTICAS DEPURATIVAS DEL FEMINISMO

7.3. LA IRRUPCIÓN DEL GÉNERO: UN ACTIVISMO SOCIAL QUE MARCA AGENDA PROPIA

7.4. UN DEBATE TAN VIGENTE COMO SILENCIADO

7.5. LINGÜÍSTICA EN FEMENINO: LA REBELDÍA

7.6. ALGUNAS LECTURAS SOBRE SOCIOLINGÜÍSTICA FEMINISTA Y OTRAS REFERENCIAS BÁSICAS

 

CAPÍTULO 8 UN PASEO CON HUMPTY DUMPTY: LAS FILÓSOFAS DE LA HIGIENE

 

8.1. EL GRAN VACÍO DE LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE

8.2. MÁS ALLÁ DE LA CORRECCIÓN POLÍTICA: EL MOVIMIENTO A FAVOR DE LA HIGIENE VERBAL

8.3. Y LLEGÓ JUDITH BUTLER PARA HACER LIMPIEZA

8.4. LINGÜÍSTICA INTERCULTURAL COMO FILOSOFÍA DEL LENGUAJE

8.5. LINGÜÍSTICA EN FEMENINO: NUEVAS REGLAS DE JUEGO

8.6. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE CON ORIENTACIÓN DE GÉNERO

TERCERA PARTE POSIBILIDADES DE REESCRIBIR LA HISTORIA CAPÍTULO 9 LA VIDA ÍNTIMA DE LAS LINGÜISTAS 9.1. DIOSES QUE SIEMPRE DEFRAUDAN

 

9.2. AMANTES Y OTROS ASUNTOS DE LOS QUE CONVENDRÍA NO HABLAR, O TAL VEZ SÍ

9.3. SEÑORAS DE

9.4. ¿DÓNDE QUEDARON LAS DISCÍPULAS?

9.5. SIN MENTORES NI TUTELAS: MARÍA MOLINER

9.6. VIDA COTIDIANA Y PERFILES COLECTIVOS

9.7. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA VIDA COTIDIANA

 

CAPÍTULO 10 SI UNA MIRADA VIOLETA RECORRIESE LA HISTORIA

10.1. ¿POR QUÉ LA PERSPECTIVA DE GÉNERO AÑADE ALGO QUE NO ESTABA?

10.2. LO QUE PANDORA METIÓ EN SU CAJA Y OTRAS SUGERENCIAS PARA CONTINUAR

10.3. EL PUNTO DE VISTA DE LA MULTITUD

10.4. DE OFICIO, RASTREADORA (Y TAN REFERENCIAL COMO

UN HOMBRE)

AGRADECIMIENTOS

Listados

LISTADO I MUJERES LINGÜISTAS EN LA WIKIPEDIA LISTADO II LINGÜISTAS Y MUJERES VINCULADAS A IDEAS U OFICIOS LINGÜÍSTICOS QUE SE HAN MENCIONADO Sobre la autora

 

NOTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

UNA HIPÓTESIS

 

CONSTRUIDA

 

SOBRE LA SOSPECHA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO 1

 

POR UNA LINGÜÍSTICA CON PERSPECTIVA DE GÉNERO

 

 

 

«A veces, cuando estoy sola en la oscuridad, y el universo me revela aún otro secreto, digo los nombres de mis hermanas perdidas hace mucho tiempo, olvidadas en los libros que registran nuestra ciencia: Aglaonice de Tesalia, Hypatia, Hildegarda, Catherine Hevelius, Maria Agnesi, como si las estrellas pudieran recordarlas».

 

CAROLINE LUCRETIA HERSCHEL (1750-1848), primera mujer que descubrió un cometa

 

 

 

1.1. EL SABER TAMBIÉN TIENE MEMORIA

 

En las sociedades contemporáneas, el concepto de memoria histórica parece estar bien instalado. Ligeramente reiterativo, por combinar dos términos sinónimos, alude a una restauración de la dignidad de las personas vencidas en situaciones de conflicto. Es una reinterpretación de los hechos a la luz de la política y de la justicia. Su tamaño y alcance son diferentes en la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial, en los países que surgieron tras la caída de la Unión Soviética o en la España que desentierra a un dictador fallecido cuatro décadas antes y discute dónde depositar esos restos sin exaltar su legado ideológico. El concepto a veces alimenta actuaciones inesperadas, como la arremetida contra monumentos emblemáticos de un régimen anterior o las tentaciones de denominar los espacios de nuevo que se observan, por ejemplo, en la revisión continuada del nombre de la ciudad de San Petersburgo. Muchos efectos diferentes encajan ahí. En todos los casos, sin embargo, la memoria histórica interviene para cicatrizar heridas abiertas. El debate público que abre está invocando otra historia, diferente de la canónica. Sin memoria no somos nada. Sabemos esto por razones puramente biográficas. Sabemos esto cuando un miembro de nuestro círculo de afectos sufre alzhéimer y

 

 

 

 

 

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comienza a olvidar todo: la memoria es la clave de nuestra existencia, individual y colectiva.

 

Antes de que la telefonía pusiera en nuestras manos la capacidad de pasarnos la vida haciendo selfies, las generaciones pasadas se retrataban en ocasiones especiales: cuando partían a la guerra o al servicio militar, en el caso de los hombres; con ocasión de una boda o de una reunión familiar o de grupo. Querían poder rememorar un momento importante. La palabra recordar incluye el latín cor, “corazón” y el prefijo re-, “dos veces”. Recordar es pasar dos veces por el corazón: la original —digamos, ese momento en que se hace el retrato— y la otra, la dedicada a la contemplación de lo que antes fue y lo que ahora es. Implica una cierta nostalgia por el pasado, ya que queremos confrontar quienes somos con quienes fuimos y, si es posible, reconciliarnos con nuestro ser anterior. La memoria tiene algo que ver con la reconciliación: es una forma de ser en el tiempo.

 

Podríamos diferenciar, en este sentido, una memoria colectiva —la más estudiada en la historia clásica, con sus listas de reyes, de episodios solemnes, de guerras— y una memoria privada. Importa notar aquí que incluso esta, llena de pormenores íntimos, también estará compuesta de incidentes compartidos con otros seres humanos. Ni siquiera por ser propia, la memoria de nuestras vidas es absolutamente individual: nos ofrecemos, a veces a nuestro pesar, a la contemplación por parte de ojos ajenos. En la memoria soy vista. Y analizada.

 

El retrato alcanza su esplendor con la aparición de la fotografía: ya no se puede culpar al pintor por algún detalle desfavorecedor. La fotografía llegó para hacer retratos neutrales y esa intención de objetividad siempre condicionó las narrativas históricas —y hasta las biográficas—. De ahí que las generaciones que nos precedieron, previas a la actual era narcisista del selfie, se compusieran mucho para hacerse fotos: elegían la mejor ropa, se peinaban con esmero y posaban. En un ensayo de gran profundidad poética, John Berger (1982) analizaba fotografías personales de figuras anónimas —mineros, obreras, grupos de aldeanos— y destacaba cómo aparecían tremendamente serios ante la cámara: el retrato iba acompañado de la especial solemnidad de quien está mirando hacia el futuro.

 

Las fotos son especialmente interesantes cuando hablamos de mujeres porque, durante siglos, ellas fueron las guardianas de la memoria familiar. Conservaron los pocos retratos; también las trenzas de cabello que

 

 

 

 

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cortaban a las niñas o los dientes que se les caían a las criaturas. Las mujeres cuidaban esas pertenencias sin valor monetario, solo sentimental, en una pavorosa lucha contra el reloj. Al asegurarse de que subsistiesen, se estaban comportando como artistas de la memoria. Por eso, por haber ejercido de sacerdotisas de la historia, es particularmente revelador que tengamos tan poca memoria sobre ellas. Se quedaron fuera del relato oficial: olvidadas, borradas y silenciadas. Y esta es, también, una forma de violencia que les ha sido infligida.

 

Como todos los saberes académicos, la historiografía es un relato de poder. O, para hablar con propiedad, durante mucho tiempo fue un relato de poder. Esto es lo que queremos decir cuando exclamamos que son los vencedores los que cuentan la historia, no los vencidos. Hoy la disciplina intenta corregir ese desvío de su cometido inicial en respuesta a la crítica feroz que diferentes movimientos sociales le han dirigido. En los países anglosajones las feministas hicieron una humorada: tomaron la palabra history y la sustituyeron por herstory. Era una estrategia punk, uno de esos juegos que los comentaristas de los periódicos, empeñados en colocar el sentido común por encima de la sensibilidad, criticarían. History en inglés es un préstamo del latín, pero desde el punto de vista de un/a hablante nativo/a, podría ser reanalizado en hi, el posesivo masculino, y story. History era su historia, la de él. Y ahora, proponían, debería hacerse una herstory, una historia de ella. La falsa etimología, que el feminismo utilizaba provocadoramente, era pura ironía para ridiculizar aquella historia concebida alrededor de las batallas, de los asuntos de los grandes señores que excluían a casi toda la humanidad como protagonista. Las voces subalternas —las de otras clases, etnias o géneros— estaban reivindicando el derecho a aparecer en la foto de la historia. Y, aunque lloviesen críticas contra el atrevimiento feminista, lo cierto es que, paralelamente a esta reivindicación, fueron apareciendo los estudios históricos de la vida cotidiana, atentos a episodios minúsculos que iluminaban una nueva forma de escribir la memoria colectiva.

 

También los campos de conocimiento tienen su propia historia. A veces la miran con condescendencia —cuando la medicina recuerda las sangrías que supuestamente iban a equilibrar los humores—, otras con suma veneración —cuando la filosofía sueña con remitir todo a los dictados de Aristóteles—. Como en el caso de la historia de la humanidad, la historiografía, en tanto que historia de los campos de conocimiento,

 

 

 

 

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tiende a ser parcial y elitista. Selecciona los hitos que deben rememorarse en relación con los temas que hoy parecen vigorosos y, escudándose en la dificultad de archivar y documentar todos los episodios, elimina lo que no considera conveniente recordar. De entrada, una correcta panorámica de cualquier disciplina podría asomarse, aunque fuera de manera complementaria, a la historia cotidiana. Si fuésemos a hablar de lingüística, por ejemplo, ¿sabemos algo de cómo se forjaron las ideas sobre las lenguas? ¿Sabemos sobre las relaciones personales de sus protagonistas? ¿Sabemos de rivalidades, afectos y desafectos? ¿Sabemos de las condiciones materiales en que se gesta, progresa o se difunde una determinada concepción sobre el lenguaje? Tales preguntas justificarían un trayecto detenido. Exigirían registrar errores, ideas desbaratadas o desatinos que trazasen una línea paralela al relato formal de la disciplina. Este podría perfectamente ser el cometido de las presentes páginas, y es probable que nos tengamos que asomar a una lingüística alternativa, hecha de ideas consideradas «menores». Pero, sobre todo, una panorámica de las ideas sobre el lenguaje exige antes solucionar un error: el de la exclusión.

 

 

 

1.2. ELLAS, FUERA DE LA

 

HISTORIA: OLVIDADAS,

 

BORRADAS Y SILENCIADAS

 

En los últimos años, los estudios de género, que eran una novedad de las universidades norteamericanas algunas décadas atrás, han consolidado su campo de trabajo difundiendo, entre otras, la idea de que las mujeres han sido deliberadamente borradas de la historia del conocimiento. La hipótesis es interesante y provocadora. No trata de invocar el conocido factor social de la desigualdad, sino algo más sofisticado: explicar cómo se llevó a cabo un plan de ocultación.

 

Habitualmente, al analizar la historia, aceptamos que las mujeres tuvieron y tienen en el mundo menores oportunidades de bienestar, de satisfacción y de elección. De manera evidente, hasta periodos muy recientes, ellas tuvieron escasa formación. Con esta lógica sociológica, que pretende actuar a su favor, en realidad se puede estar legitimando que las mujeres sean borradas de la historia de las diversas disciplinas: apenas ocupadas de lo doméstico, no habrían hecho nada señalado en la esfera

 

 

 

 

 

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pública. Tal formulación es simplista. Olvida que cuando, a partir de la Revolución francesa, las sociedades europeas se atribuyen la libertad, la igualdad y la fraternidad —con todas las cautelas que queramos colocar a tales ideales en aquella versión—, una serie de acontecimientos aseguraron que para ellas las cosas se quedasen exactamente igual que habían sido siempre. Además, en el imaginario contemporáneo, las abuelas, como las mujeres del siglo XIX, las de la Edad Media o las de la Antigüedad, aparecen recluidas en el territorio doméstico. Para todas ellas se supone una misma existencia, a lo largo de la historia y en las diferentes comunidades. El masculino genérico instituido en las lenguas románicas contribuyó decisivamente a divulgar este estereotipo que, sin mayores matices, es falso. Decimos los griegos, los vikingos, los aborígenes americanos, así en masculino, y lo que se nos viene a la cabeza inmediatamente es la imagen de un hombre con falda y sandalias, en el caso de los griegos; de un hombre con un casco adornado con cuernos, en el caso de los vikingos, y de un hombre con plumas en la cabeza y la cara pintada, en el caso de los amerindios. Son imágenes estereotipadas y no siempre con sustento fidedigno, pero lo importante ahora es que nunca evocan personajes femeninos. Ellas no están en nuestra foto mental. Esta ausencia se ve potenciada, entre otros factores, por el uso continuado de ese mecanismo gramatical del masculino genérico y determina que todas las mujeres se identifiquen, como si en cualquier época y geografía hubiesen vivido exactamente igual. Cuando practicamos la medida higiénica de hablar en femenino no pretendemos poner todo patas arriba, ni gritar que ahora es el momento para que las mujeres ejerzan el mando. Tampoco seguimos las consignas de un grupo organizado al modo de una secta; lo que practicamos es un escrupuloso análisis del discurso, que armoniza con una determinada visión de la historia. En esa visión conviene formular algunas preguntas: ¿dónde estaban ellas? ¿Por qué no nos han enseñado, por ejemplo, cómo vivían las campesinas del siglo XVI en el norte de Europa o si lo hacían de forma diferente a las africanas? ¿Por qué no conocemos nombres de pintoras, de escultoras, de científicas, de filósofas? Algunas existieron y desaparecieron de la memoria colectiva, pero ¿por qué?

 

Como cualquier otro programa de investigación mínimamente elaborado, los estudios de género avanzan por capas. En la primera envoltura, la más superficial, se aceptaba la que vengo llamando hipótesis

 

 

 

 

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sociológica: las mujeres afrontarían la prohibición explícita del estudio y la obligación de servir en la comunidad como criadas cariñosas, frecuentemente convencidas de que esta era su verdadera y única función en el mundo. Pero, en una segunda envoltura aparecieron algunas voces dispuestas a formular visiones alternativas, como la de que siempre hubo mujeres en la historia de cualquier actividad humana. Una revisión atenta de la historia del arte, por ejemplo, revelará a partir de los trabajos de Linda Nochlin (1971), la existencia de notables mujeres artistas en todos los periodos. Y algo semejante sucedería en la trayectoria de otras disciplinas ocupadas de las más diversas actividades intelectuales. Si los resultados de esa dedicación femenina no fueron tan profundos, tan amplios o exitosos como los de ellos, la causa debía ser buscada en otro sitio. La idea de líder, fuera del ámbito político o militar donde es obvia, impregna las artes —con sus genios, siempre masculinos— o las letras y las ciencias —con sus grandes padres de tal o cual idea, que deben ser reconocidos en vida y valorados post mortem—. Como contrapeso, los trabajos de las últimas décadas se han destinado a recuperar figuras femeninas olvidadas o ignoradas; es la versión de la historia en femenino. La tarea desarrollada en esta dirección es inmensa: de hecho, no conservamos memoria de nombres que parecieron poco interesantes y nunca documentamos el grueso de la humanidad, que perece sin transmitir su legado. Pero que esta aproximación sea interesante y justa, en el sentido de restituir la gloria a quien no la tuvo, no agota, todavía no, las posibilidades de una aproximación con perspectiva de género. En este caso, preferiremos dirigir nuestra atención hacia colectivos enteros silenciados.

 

Podemos hacer una historia de las matemáticas sin incluir nombres de mujer y probablemente no pasará nada: prueba de ello es que la mayoría de los manuales no incluyen ninguna y siguen siendo dados por válidos. En una formulación torpe del problema, pero muy habitual en los medios académicos, una persona que forma a otras como especialistas en determinado campo se ve restringida por la brevedad de los tiempos. Los programas son demasiado amplios y ya tenemos bastante si atendemos a las ideas fundamentales para detenernos en lecturas oblicuas de la ingente información a nuestro alcance. Continuando con el ejemplo, una historia de las matemáticas en femenino puede rescatar algunas de esas voces olvidadas negligentemente siempre que admita dejar inmensos lapsos

 

 

 

 

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temporales y espaciales entre una María matemática y otra María matemática y, lo que es todavía peor, el resultado será una curiosidad, un libro para contentar la tendencia de esta época que para muchos concede excesiva importancia al sexo o al género —categorías que, desde el punto de vista de la posición dominante, carecen de interés intrínseco—. Sin embargo, el estudio de la paradoja del género podría producir conclusiones relevantes en caso —es solo una hipótesis— de que podamos demostrar que esas voces secundarias se ocuparon, precisamente, de los márgenes de la disciplina. Ya no estaríamos dibujando una historia en femenino, sino una versión crítica de la historia precedente y el problema no sería haber excluido a determinadas mujeres en su dimensión individual, sino haber considerado insignificante todo un colectivo.

 

Whitney Chadwick (1990), como Nochlin estudiosa del arte, asegura que muchas mujeres vivieron de la pintura en todas las épocas. Tenían pericia, disfrutaban de reconocimiento y sus obras eran compradas. Pero, dado que los materiales eran caros, las mujeres, menos consideradas que sus padres o maridos en los talleres artísticos, recibían óleos o lienzos de inferior calidad y en cantidades reducidas. Con esa precariedad, no podían pintar los grandes temas mitológicos o las batallas y retratos de reyes que dieron fama a sus compañeros. Tenían que limitarse a flores y pequeñas naturalezas muertas. Después, su obra sería reinterpretada como menos destacada; también como indicativa de su «delicadeza femenina». No era delicadeza; era escasez material y simbólica.

 

A partir de las preguntas que se formula Linda Nochlin sobre la inexistencia de genios femeninos, o de la documentada revisión de las artes visuales de Whitney Chadwick, es una práctica común en los estudios de género hacer denuncias esclarecedoras en términos cuantitativos y afirmar, al estilo de las Guerrilla Girls, que los manuales de historia del arte apenas registran un 2 % o un 3 % de nombres femeninos, mientras que el 98 % de los desnudos en los museos son de cuerpos de mujer. Esta indagación puede destapar mayores sorpresas dependiendo del marco en que nos situemos.

 

 

Ü

1.3. LING ÍSTICA, UNA CIENCIA SIN ELLAS

 

 

 

 

 

 

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Los manuales de historiografía lingüística que usamos en el siglo XXI no recogen ningún nombre de mujer. Ninguno. Es sorprendente porque esta es una disciplina joven, cuyo nacimiento tiende a situarse en torno a 1916 con la publicación del Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure. Aunque la fecha sea, como todas, controvertida —no sería desatinado retrotraer su nacimiento con diferentes justificaciones—, podemos afirmar con certeza que estamos ante un perfil de estudio nacido exactamente en el momento en que las mujeres occidentales empiezan a acceder a la instrucción superior. Es cierto que la feminización de las universidades fue, a comienzos del siglo XX, tímida, pero también imparable. En las décadas siguientes, a medida que las modas intelectuales y algunos procesos externos prestigiaban las ciencias naturales y las tecnologías, ellas tenderán a decantarse por los estudios humanísticos. Así como las mujeres de determinada posición social habían conseguido durante siglos un grado de distinción, en el sentido de Bourdieu (1979), a partir de conocimientos de economía doméstica, piano u otro instrumento musical y un cierto dominio del francés, varias generaciones de mujeres consiguieron en el pasado siglo hacerse con un espacio social y con una habitación propia en los estudios de Humanidades —que llegan a ser contemplados como un lugar propicio para encontrar marido—. Sería imaginable que muchas de ellas hubiesen escogido la Lingüística. Filólogas, profesoras de idiomas o traductoras forman parte del vago catálogo que identificaría a posibles mujeres instruidas y, en tal contexto, ¿cómo es que no consiguen aparecer en los manuales que pretenden recoger el progreso de la disciplina? ¿Acaso ninguna era lo bastante buena?

 

Si aceptamos la explicación que usa para la literatura Anna Caballé (2004), las mujeres tienden en mayor medida a ser sustituidas. Así, aunque algunos nombres de escritoras se cuelen ocasionalmente en un manual de literatura o en una antología, pierden su puesto destacado en cuanto se mueren. Aparecen por cota, como si fuesen idénticas, todas representativas de la feminidad y son silenciadas en cuanto cumplen su misión de figurantes. La argumentación es plausible también en otros ámbitos, porque un mecanismo ideológico profundamente patriarcal impregnó e impregna todavía la labor de las ciencias. Es urgente corregirlo ya. Es urgente que el profesorado de cualquier materia procure citar personalidades femeninas y así aliviar tanta exclusión. La idea de revisar

 

 

 

 

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cualquier disciplina o de hacer historia de la humanidad sin incluir a las mujeres es injusta, evidentemente. Pero no se trata de un problema ético, o no solo de eso. Es también un problema de fundamento para la historiografía, que, en el siglo XXI, no puede seguir siendo la historia del poder y permanecer conforme. Faltaría a su principio de componer una memoria fiel de lo sucedido.

 

Recientemente han ido iniciándose algunos movimientos en esta dirección. Un equipo internacional, coordinado por las profesoras de la Universidad de Cambridge Wendy Ayres-Bennett y Helena Sanson, y donde participa la profesora de la Universidad de Córdoba María Luisa Calero Vaquera, trata de recuperar figuras de lingüistas olvidadas. Bajo su auspicio, la Royal Society de Londres organizó en 2016 el congreso Distant and Neglected Voices: Women in the History of Linguistics, para incorporar la herencia femenina a la historiografía lingüística oficial[1]. Pueden incluso rastrearse algunos precedentes anteriores (Breyfogle, 1991). Como ya he indicado, este estilo de iniciativas, correspondientes con la hipótesis de la historia en femenino, componen una vía de trabajo urgente, destinada a una restitución necesaria. Pero una lingüística con perspectiva de género es un territorio amplio, susceptible de recibir diversos enfoques.

 

El objetivo del presente libro no es tanto hacer una crónica de lingüistas olvidadas como reflexionar sobre las causas de la discriminación en un campo con muchas cultivadoras. A medio camino entre la investigación y la divulgación, no exige para su lectura estar al tanto de la lingüística actual. Es una revisión de tendencias, escuelas o conceptos que envuelven el pensamiento contemporáneo y que, en muchos casos, han tenido impacto en diferentes saberes. Incluye transferir el conocimiento lingüístico o filosófico a la sociedad, a las artes y a las vidas y, desde esos entornos, devolvérselo decantado a la disciplina. Pretende conjuntar el rigor necesario para revisar las ideas sobre el lenguaje con la sospecha de que muchas de ellas eran frágiles o, simplemente, se habían cocinado con las técnicas oportunas. Nuestra hipótesis no es ni sociológica ni rescatadora de figuras y, de alguna manera, podría ser formulada como género y posicionamientos subalternos en las ideas lingüísticas. Exige revisar la historia de la disciplina ordenando las nociones, las mentalidades, las influencias, los factores humanos y sociales que debieron de entrelazarse para explicar la consideración marginal de ciertos

 

 

 

 

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sujetos y de determinadas temáticas. Y podría ser exportable a otros campos de conocimiento.

 

Partimos, por ejemplo, de que la lingüística es absolutamente masculina y, al tiempo, profundamente eurocéntrica. El estudio de las lenguas, sin embargo, no exigía grandes inversiones para su estudio, como el lienzo de la pintura o los laboratorios químicos, de manera que sociológicamente sería esperable que tuviese muchas cultivadoras. Y, siendo muchas, lo lógico es que alguna acabase por ser ilustre. De hecho, hoy, cuando pretendemos evitar la brecha de género en la educación, hablamos de la necesidad de que las estudiantes se inscriban en ingenierías, aceptando implícitamente que no es preciso animarlas a entrar en las facultades de Filología, Letras, Humanidades o Traducción, simplemente porque ya lo hacen. En un sentido solo parcialmente diferente, el perfil llamado lingüística general nació con el objetivo abarcador de estudiar todas las lenguas humanas y, sin embargo, continuó y en buena medida continúa practicando esquemas —en la enseñanza de segundas lenguas, en las políticas lingüísticas de las sociedades poscoloniales, en la omnipresente aceptación del inglés como lengua internacional— marcadamente eurocéntricos. Nuestra hipótesis pretende relacionar este estilo de márgenes en lingüística, para escudriñar si las mujeres, sujetos poco focales, y los temas periféricos guardan alguna relación. El resultado, sin duda, será reivindicativo del papel de las mujeres en esta disciplina, como en todas. Pero, sobre todo, indagará acerca de algo más comprometedor: determinar qué estilo de ideas o qué procedimientos metodológicos se primaron, de manera que la crítica se vuelva sobre el objeto de estudio y sirva para revisarlo, para reformularlo y, llegado el caso, para desestabilizarlo.

 

 

 

1.4. REFERENCIAS

 

BIBLIOGRÁFICAS

 

BERGER, J. (1982): Another Way of Telling, Londres, Alfred A. Kpnof. Fotografías de Jean Mohr. Trad. esp. Pilar Vázquez, Otra manera de contar, Barcelona, Gustavo Gili, 2013.

 

BOURDIEU, P. (1979): La distinction. Critique sociale du jugement, París, Les éditions de Minuit. Trad. esp. Mª del Carmen Ruiz Elvira, La

 

 

 

 

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distinción. Criterio y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 1998.

 

BREYFOGLE, Donna (1991): «Women in the History of Linguistics», en H. C. Wolfart, (ed.), Linguistic Studies Presented to John L. Finlay. Memoir 8: Algonquian and Iroquian Linguistics, Winnipeg-Manitoba, Algonquian and Iroquian Linguistics, 91-112.

 

CABALLÉ, Anna (dir.) (2004): La vida escrita por las mujeres, Barcelona, Lumen, 4 vols.

 

CHADWICK, Whitney (1990): Women, Art, and Society, Thames and Hudson. Trad. esp. María Barberán, Mujer, arte y sociedad, Barcelona, Destino, 1993.

 

NOCHLIN, Linda (1971): «Why Have There Been no Great Women Artists?», Art New, 69, 22-39.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 2

 

¿Una ausencia absoluta?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Espero haber acertado, al menos parte del tiempo».

 

JEAN AITCHISON, lingüista

 

 

 

2.1. ELLAS HABLAN: NARRATIVAS AUTOBIOGRÁFICAS CONTEMPORÁNEAS

 

Como cualquier otra especialidad universitaria, la lingüística compone un relato de construcción parcial, con procedimientos sancionados en cada época y, por tanto, frecuentemente anclados en supuestos revisables. Serviría para una indagación filológica, y hasta psicoanalítica, explorar las causas de que tantos campos de conocimiento que han negado sistemáticamente la entrada a las mujeres tengan en las lenguas de nuestro entorno una obligatoria y mecánica marca de género gramatical femenino. Lingüística se escribe con a, efectivamente, pero esa a solo es una casualidad combinatoria y, al reapropiarnos de la etiqueta, estamos usando el sarcasmo como estrategia. Una línea posible para abordar una lingüística en femenino pasaría por revisar los testimonios de las protagonistas. El problema estaría en la dificultad de conseguir ese material: las mujeres que perdieron visibilidad a lo largo de la historia están muertas. Y, casi por definición, escribir sobre las contemporáneas podría superar y hasta traicionar la reconstrucción histórica que está al fondo de esta reflexión. Felizmente, en el proceso de dilucidación de cualquier hipótesis, el azar desempeña un papel importante.

 

Casi por casualidad, cae en mis manos un libro publicado a comienzos de este siglo: está editado por Keith Brown y Vivien Law (2002) y reúne 23 autobiografías profesionales de lingüistas de Gran Bretaña. Aunque sería preferible no acercarnos tanto a la contemporaneidad, me llama la atención el hecho de que una de las grandes figuras que exponen allí su

 

 

 

 

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punto de vista, el historiógrafo Robert Robins, explique (2002: 249) que, para la mayoría de los miembros de su generación en Europa —él había nacido en 1921—, la Segunda Guerra Mundial fue un factor decisivo en la elección de su perfil profesional. Si el desastre de la guerra ayuda a valorar las diferencias idiomáticas como vehículos para la paz, los saberes lingüísticos podían haber atraído especialmente a los muchachos, al final, los convocados por el Ejército. En la biografía de Charles Hockett, por ejemplo, uno de los referentes norteamericanos de la lingüística del siglo XX, tienen un papel importante sus destinos militares en lugares donde aprendió lenguas exóticas que enseñaría a la tropa y que, más tarde, ya instalado en su puesto universitario, servirían de base para sus teorizaciones. De manera semejante, la guerra de Vietnam está detrás de muchos de los logros en traducción automática y explica, de manera indirecta, el desarrollo de los formalismos que dominaron la gramática durante varias décadas. Estando las mujeres un poco más apartadas de los aspectos materiales del conflicto, podrían no haber sentido la misma atracción por la lingüística, pero, como veremos más adelante, ese supuesto no deja de ser un prejuicio. Por el testimonio de Robins venimos a refrendar que estamos ante un campo sumamente reciente: la primera cátedra de Lingüística General en el Reino Unido fue establecida en Londres en 1944 y ocupada por John Rupert Firth; cuatro años después se crearía otra en Escocia, dirigida por John Lyons. Los grandes nombres masculinos de la contemporaneidad comienzan a aparecer en cuanto se abre un libro de alcance histórico.

 

Con el objetivo de hacer memoria de los 50 años inaugurales de la lingüística británica, Keith Brown y Vivien Law editan un conjunto de relatos descriptivos, redactados bajo el modelo habitual de las cortesías académicas —no refieren, al menos no directamente, enredos, envidias o recelos entre las diferentes voces protagonistas— y destinados a ilustrar con referencias personales ese periodo, puesto que las carreras que se documentan coinciden con el establecimiento de la lingüística en las universidades inglesas. Están escritos por profesionales ya en periodo de jubilación, entre los 60 y los 80 años, que responden a la solicitud de mirar hacia atrás y recordar su trayecto: tramos de estudio, puestos de trabajo y temas de interés. En general, son humildes en el tono, aunque no falsamente modestos: revisan cómo diversos asuntos fueron cautivando sus mentes, mencionan las tensiones con la administración o la sobrecarga

 

 

 

 

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de trabajo, los problemas económicos que sus proyectos tuvieron que afrontar, los espacios de encuentro y las influencias; todo con la austeridad de formato de un informe y unas pocas concesiones a la nostalgia. Los hombres convocados a hablar de sí son, en su mayoría, sobradamente conocidos para cualquier estudiante de Lingüística: Halliday, Lyons, Robins, Crystal. Pero es sorprendente que, incluso si hay una mujer entre las dos personas que dirigen el proyecto, de esos 23 nombres solo tres sean femeninos. En el año 2002, iniciado el siglo XXI, la paridad es apenas un sueño en las listas políticas de las campañas electorales.

 

Esas tres mujeres convocadas, a pesar de su notable trabajo, no serían reconocidas, no ya por el estudiantado, ni siquiera por lingüistas que no se hubieran especializado en sus áreas concretas de trabajo. Se trata de Jean Aitchison, sin duda, la de mayor renombre, Gillian Brown y Anna Morpurgo-Davies. En una nota inicial, Keith Brown comenta que el proyecto fue alentado por Robins, cuyo impulso, en su opinión, se deja sentir en todo el volumen, aunque ya no pueda firmarlo: el mentor ha fallecido durante el periodo de elaboración. Es conmovedor ese tributo de discípulo, porque Robins figura como uno de los entrevistados, mientras que, de manera ciertamente dramática, Keith Brown se ve obligado a indicar que también a su propia coeditora le ha sobrevenido la muerte antes de que el libro vea la luz. Ni siquiera esa fatalidad sirve para que aparezca una necrológica glosando su labor. Más impactantes aún serán las confesiones de las protagonistas.

 

A diferencia de lo que ocurre en las artes, los deportes o la política, las personalidades dedicadas a la investigación solo adquieren prestigio dentro de un círculo reducido: por grandes que hayan sido sus aportaciones al desarrollo del conocimiento, nunca logran esa presencia pública que exige responder entrevistas y cuidar de la propia imagen. Por eso las declaraciones de estas tres mujeres van a ser singularmente significativas. No nos interesa tanto lo que comenten de sus líneas de investigación, puesto que asumimos que deben tener trayectorias profundas y completas; de otra manera no habrían sido invitadas a participar. Lo más atractivo es hacer una lectura en clave biográfica. Una metodología cualitativa de uso creciente en los estudios humanísticos con perspectiva de género es la de los relatos de vida. Mujeres de diferentes clases, etnias o culturas tienden a contar sus existencias sobre los mismos parámetros, como si guardasen puntos de intersección que, curiosamente —sobre todo si la categoría de

 

 

 

 

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ser humano tiene validez universal— no aparecen cuando son hombres quienes relatan sus biografías. Si nos dejamos orientar por lo que ellas revelan sobre la repercusión de su condición femenina en el ámbito profesional, la exclusión o la rareza comienzan a asomar. Así, Jean Aitchison se describe como alguien extremadamente amante de las palabras y documenta su afán de atesorarlas con anécdotas de infancia. Este registro íntimo que, como veremos, será un distintivo de las lingüistas, no se observa en los capítulos de sus colegas masculinos. Comenta también que escogió la opción filológica junto a otros compañeros con los que más tarde coincidiría en la enseñanza universitaria, incluido John Wells, uno de los participantes en el volumen. Y ahí aflora una suave ironía (Brown y Law, 2002: 2):

 

Indirectamente, tengo una deuda con John y algunos de los otros hombres que escogieron esta opción. Fueron simpáticos y condescendientes conmigo, una de las dos únicas chicas de aquel curso. «¡Pobre de ti! Debe de ser muy duro ser una mujer clasicista en Cambridge. Los hombres hemos estudiado latín y griego durante muchos más años». Trabajé duro para compensar ese supuesto déficit (aunque estuviese fuera de los usos de aquel entorno admitir que se trabajase y fingiese no hacerlo) y (para mi sorpresa y agrado) acabé con los mejores resultados de entre los estudiantes de Filología de aquel año.

 

Los relatos de vida de las lingüistas incluyen algunas informaciones subliminales como esta. Hechas con palabras correctas, aludiendo a la gratitud que ahora experimenta por el hecho de que un comentario juvenil le sirviese de acicate para el estudio, Aitchison está denunciando un comportamiento condescendiente y suscitando nuestra complicidad. Gillian Brown referirá sus problemas de modo más explícito (Brown y Law, 2002: 63):

 

En Essex, las desventajas desde el punto de vista de la investigación de ser la única mujer profesora en la universidad fueron rápidamente visibles cuando me pidieron que participase en un número cada vez mayor de comités y,

 

 

 

 

 

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eventualmente, me convirtieron en decana de Ciencias Sociales. A nivel nacional, también, las instituciones buscaban mujeres para los comités.

 

A partir de ahí menciona su participación en 13 prestigiosas instituciones académicas, lo que suponía una enorme cantidad de trabajo administrativo que la apartaba de la investigación. Gillian Brown condensa el sentimiento contradictorio de buena parte de las profesionales contemporáneas: al detestar la exclusión tradicional, acaban asumiendo como una obligación aceptar cuando son llamadas para detentar un cargo. Tal acto de responsabilidad, aunque satisfaga una legítima vanidad personal, no deja de ser un lastre: investigar exige tiempo y calma. Esta lectura se ve apoyada por Anna Morpurgo-Davies, la tercera de las mujeres incluidas, quien cuenta que en 1970 Palmer anunció que se retiraría de su cátedra en el otoño siguiente. La codiciada posición quedaba libre y «para mi sorpresa, me la ofrecieron, aunque no la había solicitado. Acepté» (Brown y Law, 2002: 220). La escasez de mujeres se entremezcla con las tradiciones de estructuras terriblemente masculinizadas, que la obligan a trasladarse de centro:

 

La cátedra estaba vinculada a Worcester, un college masculino. La regla era que los centros femeninos aceptasen, por su parte, a las escasas profesoras: Helen Gardner, profesora de inglés en Merton, se había ido al Lady Margaret Hall […] y yo, que me quedé en segundo lugar, me fui a Somerville, que se estremeció con la cantidad de espacio para libros que precisaba.

 

Estos testimonios permiten apreciar una cierta distancia entre las mujeres y el sistema académico en el que participan. Jean Aitchison se detiene para remedar la extraña dicción de Jakobson —que, aunque instalado en los Estados Unidos durante décadas, había llegado de Rusia— o contando las dificultades de entender a Chomsky, quien hablaba demasiado rápido, con un acento peculiar y que, cuando daba la espalda al grupo para escribir en el encerado, resultaba completamente inaudible. Sin embargo, este estilo de humoradas también se descubre en algunos de los relatos masculinos incluidos en el volumen; puede tratarse de un simple rasgo de

 

 

 

 

 

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personalidad. En las mujeres, en todo caso, el tono es extravertido; son especialmente irreverentes. Como diría Audre Lorde, no se acaba con el amo con las armas del amo y, conscientes de su condición subalterna, ellas son más incisivas cuando describen las interioridades de las estructuras académicas. Se refieren al silencio que sigue a la publicación de sus obras, a la dificultad de obtener un puesto de renombre o a problemas de conciliación. Por extraño que resulte, además, cuentan sus vidas profesionales en relación con las de los hombres que las rodean.

 

En su diseño editorial, las entrevistas van precedidas de una especie de ficha, con informaciones personales seleccionadas con un criterio bastante conservador: fecha de nacimiento, fecha de matrimonio(s) y número de descendientes. En consecuencia, la lectura de un volumen destinado a glosar los avances de la disciplina en una de las tradiciones más fecundas en términos nacionales resulta especialmente reveladora. Los hombres, después de dejar constancia de sus datos, no harán mayores comentarios sobre su vida personal —y, por cierto, solo cuatro de ellos son solteros—. Ellas sí; reiteradamente. Anna Morpurgo-Davies menciona el nombre de su exmarido, cuyo apellido, Davies, ha mantenido, y también el año en que contrajo matrimonio en un parágrafo marcadamente poético sobre aquel invierno. Jean Aitchison comenta que su «compañero de muchos años, ahora marido», es lexicógrafo y en la bibliografía final, junto a los libros citados como fundamentales en su etapa de formación, incluye cuatro obras suyas. Todavía más clara al respecto de tareas y cargas personales es Gillian Brown, casada con el editor masculino del proyecto, Keith Brown. Cuenta cómo su directora, Muriel Bradbrook, consideraba a finales de los cincuenta que el estudio lingüístico debía servir para esclarecer textos literarios y no para describir «la mera mecánica del lenguaje». Gillian se presenta como contraria a esta afirmación y explica que se apartó de sus consejos al sentirse atraída por los estudios fonéticos en boga, que no la limitaban a la clásica orientación filológica. Esta decisión, que la coloca como pionera de una lingüística entendida en términos contemporáneos, también se explica, siguiendo sus propias palabras, por cuestiones poco teóricas. Parecen, más bien, bastantes terrenales las que la mueven en 1964 a irse a Edimburgo para conseguir una especialidad en Fonética. Durante los dos años anteriores, su marido y ella habían enseñado inglés en la Universidad de Cape Coast, en Ghana. Para explicar el contexto de la vuelta a Europa, dice (Brown y Law, 2002: 55):

 

 

 

 

 

 

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Keith y yo discutimos cuál de nosotros estudiaría para el Diploma en Lingüística General en oposición al Diploma en Fonética. Teníamos, por aquel entonces, tres hijas, de 1, 2 y 3 años, y estaríamos viviendo con un presupuesto ajustado. Opté por el título en Fonética, que podría llevarme solo dos años.

 

En adelante seguirá desgranando sus diferentes puestos y cargos en relación con los correspondientes de su marido y con mención explícita a la compatibilidad entre ellos. Para justificar su trabajo de campo sobre la lengua bantú lumasaaba indica (Brown y Law, 2002: 58):

 

En el verano de 1968 dejé a Keith con nuestras hijas y sus abuelas y pasé dos meses en Uganda, estudiando un dialecto que se hablaba en Bugisu (era un quid pro quo, porque Keith había pasado dos meses en Ghana estudiando akano en 1967).

 

No podemos saber en qué medida estas mujeres, nacidas en la década de los treinta del siglo pasado, se implicaron en el movimiento feminista o la simpatía con que se recibieron sus conquistas. Y, con intención de que la ideología no se convierta en un filtro con que interpretarlas, evitaré el comentario exhaustivo que la lectura invita a bosquejar, pero sí puedo asegurar con total honestidad que las declaraciones presentadas no están buscadas con lupa. Las tres biografías guardan claves comunes, comentarios ligeramente críticos sobre el ambiente intelectual de la época y algunos indicios de insatisfacción. Los detalles podrían multiplicarse. Elocuentemente, ellas citan muchas obras de mujeres; ellos no. Ellas hablan de mentoras, directoras, compañeras; en ellos la referencia a mujeres es francamente escasa. Eso sin acudir a los modos de expresión: Anna Morpurgo-Davies, por ejemplo, se refiere a Zellig Harris como «uno de mis héroes». No será preciso aclarar que no se encuentra en todo el libro una expresión equivalente de un compañero: ningún lingüista consideró a una mujer como una de sus heroínas, aunque probablemente no fuese fácil encontrar ninguna en una posición tan referencial.

 

Ya se ha indicado que estas tres mujeres son mucho menos conocidas que la mayoría de sus compañeros en el libro. Ahora podemos ilustrar la

 

 

 

 

 

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diferencia de impacto en términos más populares. Mientras ellas escriben páginas enteras sobre su trayectoria intelectual, obras, artículos en revistas especializadas, estancias en centros de prestigio o cargos honoríficos, es difícil que, incluso un/una lingüista profesional, las considere fundamentales para la historia de la disciplina. Si navegásemos por Internet en busca de información, el resultado sería aún más desconcertante. Recomponiendo versiones diferentes, la ficha de estas tres autoras y la de una cuarta, la también lingüista Vivien Law, que las edita, sería, más o menos, la que sigue:

 

Gillian Brown (Reino Unido, 1937-): Lingüista británica especialista en análisis del discurso —a pesar de que en su propia versión personal figura una notable dedicación a la didáctica de lenguas—. Se citan algunas de sus obras, sin referencias editoriales. No se menciona su experiencia de campo en Uganda, aunque en una de sus obras citadas (Phonological Rules and Dialect Variation: A Study of the Phonology of Lumasaaba) se mencione explícitamente una lengua tan poco habitual como el lumasaaba, que podría haber servido para ampliar un perfil reducido.

 

Anna Morpurgo-Davies (Italia, 1937-2014): A pesar de sus orígenes italianos, desarrolla toda su carrera en la Universidad de Oxford, cultivando la Lingüística Histórica. Su labor se describe como fundamental para descifrar los jeroglíficos anatolios. Se citan una decena de cargos honoríficos y varias distinciones honoris causa, pero no se menciona ninguna de sus obras. Sin embargo, aparecen referidas las fechas en que estuvo casada y con quién, así como los estudios de matemáticas de su abuelo y los problemas políticos que padeció su padre.

 

Jean Margaret Aitchison (Reino Unido, 1938-): Profesora emérita de la Universidad de Oxford, después de haber desempeñado diferentes puestos docentes entre 1962 y 2002. Especialista en psicolingüística, también ha cultivado otras áreas de interés. Autora de obras como The Articulate Mammal: An Introduction to Psycholinguistics (1976) o The Seeds of Speech: Language Origin and Evolution (1996). Frente a la austeridad y a las restricciones propias de estos medios, en la Wikipedia se indica que desciende de un noble escocés que fue lugarteniente en el Gobierno del Punjab cuando era provincia británica.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Vivien Law (Canadá, 1954-2002): Profesora en la Universidad de Cambridge, doctorada en 1979. Especialista en historiografía lingüística, entre sus obras figuran History of Linguistic Thought in the Early Middle Ages, de la que fue editora, o Grammar and Grammarians in the Early Middle Ages. Sorprendentemente, la información de la Wikipedia proporciona datos sobre su boda y de que consiguió con ella el título de lady.

 

 

Evidentemente, no se trata de que la información contenida en este tipo de recursos sea más o menos parca: como ya se ha dicho, un o una profesional de la lingüística casi nunca consigue una proyección fuerte en Internet, menos aún cuando se trata de personas que, por su edad, estarían menos familiarizadas con ese medio que las generaciones siguientes. Lo que llama la atención es la cantidad de datos personales, sobre matrimonios, títulos de nobleza y otras informaciones irrelevantes en la trayectoria académica y que, además, no tienen parangón en el caso masculino. Intentando medir la posible disimetría entre sexos y después de haber rastreado en varias biografías, encuentro que Saussure (Martín Zorraquino, 2016) contrajo matrimonio con la aristócrata Marie Faesch, con la que tuvo dos hijos, Raymond y Jacques, y una vida apacible, repartida entre Ginebra en invierno y Melagny en verano y que, a partir de 1907, estos destinos se compaginaron con su residencia en el castillo de Vufflens, propiedad de la familia Faesch. Aunque esos datos dibujan un perfil aristocrático de Saussure, nunca son divulgados, al menos no en el formato de apuntes breves que exigen las crónicas rápidas: en el caso de Saussure, lo importante es la obra. El sesgo de género es obvio.

 

He optado por analizar este capítulo de las biografías intelectuales sobre la base del libro de Brown y Law porque data del presente siglo y contiene contribuciones femeninas. No se trata de un caso excepcional. Otras bionarrativas famosas inciden de manera frontal en esta brecha. Laborda (2017) ha analizado las biografías de lingüistas compendiadas por Sebeok (1966) y por Koerner (1990, 1998), demostrando consecuencias semejantes. El equipo de trabajo y la selección de biografías de Sebeok muestra un canon masculino y anglosajón. Pero la obra recogerá también personajes marginales que le parecieron interesantes y que decidió incluir como un «capricho personal», como Anton Reguly, prototipo del investigador de campo; Carl Meinhof, pionero en lingüística africana; o

 

 

 

 

 

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Wilhelm Schmidt, un autor «prolífico y extravagante» (Sebeok, 1966: XIII). Como vemos, todo historiador tiene un cierto margen para incluir sus preferencias; lo curioso es que estas nunca sean femeninas. Sebeok, como Laborda se ha encargado de señalar, usó 1200 páginas para recoger 73 biografías de lingüistas. Todas son de hombres.

 

En el caso de Koerner, el asunto de género es particularmente espinoso. Aunque su selección tiene otras ausencias clamorosas, como la escuela generativista, la exclusión de mujeres de su selección provocó reacciones y, al comienzo de la tercera entrega de la serie, se vio obligado a responder a la crítica que en este sentido le había formulado Julia Falk[2]. En su defensa, Koerner (1998: viii) indica que ni una sola de las mujeres de la Sociedad Lingüística de América a quien había escrito se había molestado en contestarle. En su opinión las candidatas eran tan pocas como remisas a enviar su autorretrato y, si estaban descontentas, deberían hacer algo al respecto.

 

Es especialmente desolador que la situación no haya mejorado mucho desde entonces. Si cruzamos las variables lingüista y mujer y hacemos una búsqueda en Internet, observaremos las dificultades que todavía hoy se perciben para obtener información fidedigna. En el listado I se adjunta la lista que proporciona la Wikipedia en enero de 2020. Tal fuente sería cuestionable en términos científicos, ya que depende del criterio anónimo de las personas que la confeccionaron. Sin embargo, la he aceptado por su impacto; finalmente es el recurso más habitual para solucionar hoy nuestras lagunas de conocimiento. Esa lista no ofrece un panorama sistemático ni mínimamente riguroso: está escorada geográfica e históricamente, al dedicar excesiva atención a figuras anglosajonas contemporáneas, como si el resto del planeta o el pensamiento lingüístico a lo largo de la historia no existiesen. Peor todavía es que contenga lagunas inexcusables e, igualmente, presencias inexplicables. No seré capaz de dar los nombres de todas las que faltan, pero puedo, al menos, dejar constancia de mi sorpresa por el hecho de que mi propio nombre figure ahí. Probablemente firmar una obra propia en otros campos, como en la literatura, genere una presencia en la red que remite a la palabra lingüista. En todo caso, que solo sean 338 las lingüistas referidas es indicativo de excesivas ausencias; estamos ante un panorama de exclusión realmente clamoroso. Las lingüistas consignadas reclaman la presencia de otras: la lista invita a recuperar nombres de mujer leídos o escuchados en

 

 

 

 

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conferencias; invita a explorar el rastro de las directoras, de las mentoras y hasta de aquellas mujeres de la historia que, aunque sea de manera tenue, puedan relacionarse con oficios lingüísticos. Pero, incluso cuando se descubren otros nombres para engrosar la lista, la información que se puede obtener sobre ellas en la red es siempre escasa y da excesivo protagonismo a su vida privada, a expensas de la atención que su obra merecería. Uno de los casos más patéticos es el de Eevi Ross, de quien apenas es posible conocer en este tipo de búsquedas, además de su nacionalidad estonia y de su fecha de nacimiento, que en 2006 recibió el premio a la madre del año porque había tenido 11 hijos e hijas. El título equivalente sería impensable para adornar la biografía de un lingüista masculino.

 

 

 

2.2. MUJERES LEÍDAS POR

 

MUJERES

 

Es bastante habitual en crítica literaria —refiriéndose a obras de creación

 

— o en estudios de género —refiriéndose a textos de carácter filosófico o técnico— que las feministas se quejen de que los hombres apenas leen a sus compañeras. Además, en los usos académicos, aunque nos llenemos la boca hablando de igualdad, tendemos a reiterar figuras clásicas que se ven todavía más agigantadas con esa continuada mención de sus nombres y de sus palabras. Para evitar este silenciamiento, el activismo feminista sugirió, años atrás, que debía modificarse la habitual manera de citar — apellido e inicial— desencriptando el nombre de pila si era de mujer. Si vemos un artículo de un tal S. Smith, después lo referenciaremos como él. Pero si viésemos Suzanne Smith, por ejemplo, recuperaríamos la información de que existen practicantes femeninas de una disciplina. Además del valor que estas tácticas puedan tener para convocar a otras mujeres, crean una filiación, un linaje paralelo: el lenguaje abre puertas y disuelve silencios densos. El resultado es que hoy muchos trabajos académicos especifican el nombre, ya sea este de autoría masculina o femenina. No sé si se trata de una contrapropuesta por parte de los autores, pero son cada vez más frecuentes los listados bibliográficos con nombres completos. De cualquier modo, la táctica es útil porque sirve para calibrar

 

 

 

 

 

 

 

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la escasa frecuencia con que los autores importantes de un campo mencionan a sus compañeras.

 

Una afirmación de este estilo parecerá atrevida. Los autores argumentarán que ellos simplemente citan trabajos que guiaron su indagación; citan fuentes, sin atender al sexo de quien firma. Sin embargo, cualquiera que se haya iniciado en tareas de investigación sabe que la cita tiene un importante componente psicológico: llegado un determinado momento en el estudio de un tema, deberíamos citar tantos trabajos que, directa o indirectamente, nos han influido, que nos vemos en la obligación de seleccionar. Las bibliografías se rehacen habitualmente para introducir adiciones corteses o hipócritas; los flujos de simpatía y las desavenencias se dejan sentir y, al final, leer un listado de referencias es todo menos aséptico: muchas filiaciones intelectuales y marcas de escuela pueden ser decodificadas ahí. En este sentido, es preocupante la escasa prevalencia femenina en el desarrollo de las disciplinas: las mujeres son poco referenciadas por sus compañeros, tal vez incluso poco leídas. Y, las lean o no, no las reconocen como marcas indelebles en su bagaje intelectual. Si quisiésemos aceptar de buena fe la disculpa de que se citan trabajos independientemente del sexo, no sería explicable que las referencias de autoría femenina sean mucho más frecuentes en trabajos de investigadoras. Esta evidencia, muy al contrario, demuestra que las contribuciones femeninas sí están publicadas y pueden ser inspiradoras. Ejemplificar con datos reales este supuesto sonaría a meter el dedo en el ojo a muchas grandes personalidades de la lingüística. Por eso, baste para ilustrar tal afirmación, una somera revisión de la bibliografía en el volumen de biografías intelectuales de Brown y Law (2002) ya comentado. Parece idóneo porque se trata de listados someros, donde cada lingüista deja constancia de su propia obra y de unas pocas que hayan marcado decisivamente su experiencia. Pues bien, la mayor parte de ellos —John Lyons, Peter Matthews, Frank Palmer o Randolph Quirk— no menciona ningún trabajo de mujer, a menos que sea su coautora. Insinuar que no existían tales figuras referenciales es a todas luces falso porque una pequeña minoría —por ejemplo, Robins— sí incluye trabajos de mujeres —en este caso Vivien Law y Margaret Thomas—. No pretendo construir argumentos especialmente beligerantes, ni afirmar que ellos son de Marte y ellas de Venus. Se trata de denunciar que ellas tienden a ser invisibilizadas y que, además, si alguna vez alcanzan cierto relieve, su

 

 

 

 

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nombre se desvanece rápidamente. El argumento no pretende culpar a los distinguidos hombres de la lingüística: salvo que una actitud especialmente crítica nos ponga en guardia, los dispositivos escolares nos han adiestrado para que prioricemos las figuras masculinas. Pondré un ejemplo propio.

 

Me interesa de manera especial todo lo que se publica sobre filosofía del lenguaje. Es uno de esos terrenos a medio camino entre dos tradiciones que nos cautivan precisamente porque observan el mismo objeto desde ópticas distantes y a veces irreconciliables. Pienso en mencionar en mis clases alguna mujer que practique filosofía del lenguaje y no encuentro ninguna en mi primer repaso mental. Me esfuerzo. Siento un poco de vergüenza, como si hubiera sido atrapada en falta. Doy un par de vueltas a mis libros. Me he quejado muchas veces de que los temarios de Filosofía incluyan muy residualmente nombres de mujer. Reviso la bibliografía acumulada por décadas de estudios feministas y observo que la tendencia, incluso en ambientes activistas, ha sido apenas considerar filósofas a algunas ensayistas o pensadoras específicamente vinculadas a reivindicar derechos para las mujeres, del tipo de Christine de Pizan o Mary Wollstonecraft. Nada en contra de esta opción, a no ser que indirectamente genera un espejismo: podría parecer que el único tema sobre el que las mujeres han pensado sea el de la cuestión femenina. ¿Acaso las mujeres no han pensado sobre el lenguaje? Obviamente sí. Lo han hecho en sociolingüística a partir de los años setenta, pero, también aquí, con un fuerte componente reivindicativo: promoviendo usos inclusivos o desarrollando teorías sobre cómo conversan los grupos masculinos, femeninos o mixtos. Lo ha hecho, por ejemplo, desde la filosofía Judith Butler de una manera grandiosa, pero la autora está específicamente vinculada a la cuestión de género. ¿Y los demás temas? Apenas me viene a la cabeza Elisabeth Anscombe, editora de algunos textos de Wittgenstein. De repente, y la casualidad es la que vuelve a guiar una recomposición tan fragmentaria como esta, al leer a Donna Haraway, filósofa posfeminista, promotora del concepto de cíborg y de un particular pensamiento en defensa de los animales, descubro que cita a una filósofa del lenguaje, además de poeta y académica con especialidad lingüística y literaria, Victoria Hearne (1946-2001), de quien nunca había oído hablar antes. Donna Haraway (2003: 49) presenta el trabajo de Hearne como un estudio sobre las instrucciones que los entrenadores caninos o los jinetes y demás

 

 

 

 

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adiestradores de circo emplean con sus animales. No se trata de que los consideren peludos humanoides parlantes; estas evidencias nos mantienen alerta ante el hecho de que hay alguien ahí, en los animales con los que dialogamos. Haraway usa cariñosamente una expresión irónica para describir cómo fue recibido el trabajo de Hearne; usaría un lenguaje «filosóficamente sospechoso» —como, por cierto, harán todas las mujeres implicadas en la zoosemiótica, que veremos en el capítulo 5—. El hallazgo de Victoria Hearne expande la hipótesis inicial. Las mujeres han acabado por penetrar en el elitista reducto de la sabiduría, pero apenas abriendo gateras, puertas de entrada demasiado exiguas, bien diferentes de un portalón franqueado con una gran alfombra roja; ellas apenas se rastrean en la memoria de otras investigadoras; en general, sus procedimientos suscitan sospechas.

 

En los capítulos siguientes dedicaré siempre el apartado final a reflexionar sobre las virtudes que se han atribuido a la investigación femenina en cada campo. De entrada, llama la atención el aire ambiguo de todas ellas: intuición, transgresión, creatividad, atención a lo íntimo, rebeldía. Estos valores no guardan simetría alguna con los habitualmente usados para describir la investigación masculina. En el caso femenino, no se habla de sistematicidad o de rigor; no se habla de dedicación, ni de esmero, ni de genialidad. Ellas están también bajo sospecha.

 

 

 

2.3. LOS SESGOS DE LA

 

DISCRIMINACIÓN

 

Una de las mujeres más citadas en la filología hispánica es María Moliner (1900-1981). Autora de un diccionario imaginativo y solvente, realizado en su domicilio particular con un primitivo sistema de notas manuscritas, difícilmente pudo entrar en la historia de la disciplina. No solo no era filóloga, sino que se había atrevido a desarrollar un proyecto monumental, que desafiaba a la Real Academia Española. Esta institución le negó la entrada. Igualmente, una de las mujeres más citadas en el campo de la antropología lingüística norteamericana es Mary Haas (1910-1996). Sin embargo, no tuvo un trabajo permanente hasta muy tarde en su carrera y sobrevivía a base de becas de investigación. En el siglo XXI es ya habitualmente reconocido que las mujeres han estado marginadas y

 

 

 

 

 

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tuvieron escaso acceso a las instituciones, incluso aquellas que, como María Moliner o Mary Haas, lograron un amplio prestigio en sus campos. El fenómeno no es exclusivo de la lingüística: la famosa antropóloga Margaret Mead (1901-1978) no consiguió ser comisaria del Museo Americano de Historia Natural hasta los sesenta años y la genetista Bárbara McClintock (1902-1992), galardonada con un Nobel, tuvo que dejar de publicar porque sus presupuestos eran demasiado innovadores en el panorama científico que la rodeaba. Dedicaremos alguna atención a todas ellas.

 

Una tentación fácil, al reescribir la historia desde un punto de vista alternativo, consiste en limitarse a señalar estas discriminaciones. Probablemente vivimos una época sensible hacia los diferentes movimientos sociales que protestan por la marginalidad de sus miembros. En mi opinión, no basta con una denuncia; reconocer la exclusión debe cuestionar el tipo de conocimiento alcanzado. El filósofo iraní Hamid Dabashi (2015) ha denunciado la arrogancia eurocéntrica que ejercemos cada vez que llamamos a la filosofía occidental simplemente filosofía, mientras que calificamos a la filosofía africana de etnofilosofía, de la misma manera que consideramos la música africana como etnomúsica. Tal crítica crea un símil perfectamente aplicable a nuestro campo: igual que, en los paradigmas vigentes, una filosofía africana no sería una «verdadera» filosofía, una lingüística con nombres de mujer tiene un aire peligrosamente violeta; suena a una secundaria lingüística en femenino. Presumiblemente, sería catalogada como un cuaderno de quejas donde se anotan las aspiraciones de quienes apenas pueden habitar los márgenes. Es posible, desde luego, conformarse con insinuar ese deseo o aspiración. Pero en mi opinión sugiere un análisis bastante más profundo. Y esclarecedor.

 

A finales de los años sesenta y principios de los setenta, un número importante de mujeres comenzó a cuestionar públicamente la idea tradicional de mujer, sus relaciones con los hombres, las capacidades o actividades que les eran adjudicadas. En ese contexto activista, el uso público de las lenguas llamó inmediatamente la atención y muchas de ellas, sin ser lingüistas, acuñaron nuevas palabras —como sexismo—, rechazaron la identificación tradicional de humanidad y masculinidad o iniciaron análisis que desenmascararon la trivialización que se estaba haciendo de las mujeres y de lo femenino. A pesar de que esta es una vía

 

 

 

 

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rica en sociolingüística, donde las teorías feministas permiten indagar en la identidad de género codificada a través de usos sociales e idiomáticos, no cuenta con un aplauso mayoritario. Tampoco constituye la única posibilidad de ensayar una alternativa. Muchas lingüistas, incluso considerándose feministas, no se sienten capaces de conectar sus temas de especialidad con estas inquietudes: trabajar en sintaxis formal o en fonética requiere otros procedimientos. Al mismo tiempo, esta lingüística feminista, que parte de una determinada concepción del lenguaje como poder, desarrollará vínculos y filiaciones hasta convertirse en un marco conceptual propio. Pero este capítulo no es estrictamente historia: sus protagonistas están vivas y todavía desprende un fuerte olor a novedad en la siempre resistente academia.

 

Con evidente humor, Paula Treichler (1990) comenta que cuando hacía sus estudios de doctorado, a finales de la década de los sesenta, leía biografías de lingüistas que comenzaban siendo niños prodigio, como Rask o Saussure, se volvían poco a poco vertiginosos y audaces, muriéndose unos 60 años y unos 60 libros después. Uno de estos eruditos, cuyo nombre dice haber olvidado, realizó investigaciones gramaticales durante 18 horas al día y siete días por semana, año tras año. Cuando, al finalizar su carrera, familia y amistades se reunieron para organizar una celebración en su honor, el pobre hombre saludó a todo el mundo durante unos minutos y después, abrumado por la sensación de que estaba perdiendo un tiempo precioso, se retiró a su despacho, donde permaneció hasta su muerte. La anécdota transmite la principal contradicción que, en este campo como en todos, han tenido que afrontar las mujeres. En Wall Street o Silicon Valley, en los ejemplos de Paula Treichler, parece que la jornada entera debe dedicarse a un único objetivo, y la universidad se ha ido amoldando a esa presión. Las mujeres compatibilizan su tarea de investigación con prácticas de cuidados y, por tanto, muy raramente rozan la excelencia. Intentando trascender esta queja social, por justa y bien fundamentada que sea, la primera pregunta que surge es si las lingüistas, obligadas a dedicar parte de su energía a estos otros objetivos, también profesionalmente se decantan por temas vinculados al cuidado. Así parece ser en la sociedad, donde las profesiones relacionadas con la sanidad o la docencia han sido la principal ocupación femenina. Esta línea argumental sugiere que encontraremos mayor número de mujeres en lingüística aplicada. Tendremos oportunidad de verificar si la expectativa se cumple.

 

 

 

 

 

 

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En un encuentro sobre el papel de las mujeres en la profesión organizado por la Universidad de Cornell, Friedrich Newmeyer, uno de los pocos hombres presentes, declaraba (1990: 43) que, en 1924, con motivo de la fundación de la Sociedad Lingüística de América, se reunieron en Nueva York 29 grandes lingüistas; todos eran hombres. Se podría pensar que se trataba de una simple consecuencia de no existir mujeres importantes en aquel momento. Pero no era el caso. Al menos dos mujeres, Louise Pound y Cornelia Catlin Coulter, tenían logros indiscutiblemente iguales a la mayoría de los hombres convocados. Y otras eruditas posiblemente merecerían un lugar en tan exclusiva lista. ¿Por qué entonces no había mujeres presentes en la reunión fundadora de la Sociedad Lingüística de América? Newmeyer acepta una explicación sociológica: era impensable entonces que una mujer dejase a su familia un par de días, incluso en una ocasión tan transcendental como fundar el mayor cuerpo profesional de lingüistas del mundo. La explicación puede ser cierta, pero suena superficial y ligeramente anticuada: en los locos años veinte muchas mujeres ensayaron formas de vida alternativa, como veremos en el capítulo dedicado a las antropólogas. Lo más interesante procede de los nombres que revela y que desconozco. Busco información. Louise Pound (1872-1958) se especializó en inglés americano y en el folclore y la cultura popular de Nebraska. Rápidamente sé de su vida personal: lesbiana y deportista, ganó trofeos de baloncesto y hasta llegó a vencer en algún encuentro de tenis pasados los 40 años. No puedo dejar de pensar que nunca supe qué haría Hjelmslev en su tiempo libre o a quien amaría. En cuanto a Cornelia Coulter (1885-1960), especialista en lenguas clásicas, los datos son más exiguos y menos divertidos. Pero, además de una nota de obituario que la destaca como determinada y justa, su bibliografía incluye una docena de obras.

 

El problema de estas explicaciones es que acaban por ser circulares. Al principio, las mujeres no estudiaban y, por tanto, no producirían ideas lingüísticas. En una segunda fase, las mujeres se graduaban, pero no asistían a congresos porque cuidaban, de manera que no pueden hoy figurar en los programas de estudio como grandes teóricas. En una tercera fase, digamos a partir de los sesenta, muchas académicas son ya feministas y, si encuentran alguna vía de conexión entre su activismo y su trabajo, será en sociolingüística. Esta perspectiva enlaza con la hipótesis que Dabashi (2015) enunciaba para la filosofía realizada fuera de los grandes

 

 

 

 

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círculos occidentales: es posible que esos nombres de mujeres ausentes existan, que se hayan ocupado de intereses variados y que, sin embargo, ni siquiera podamos verlas. Estarían ahí, pero fuera de foco.

 

En el trabajo antes citado, Newmeyer abandona el tono habitual del volumen —dedicado a cuestiones como el acoso sexual en la universidad o la dificultad de que las mujeres consiguiesen mentores y, en tal caso, que pudiesen desarrollar con ellos una complicidad intelectual no revuelta con otro tipo de experiencias— para proponer una hipótesis. Aunque no sea ampliamente conocido, las condiciones para las mujeres en la universidad norteamericana empeoraron en la primera mitad del siglo XX. Había menos mujeres docentes en 1962 que en 1890 en todas las áreas. Del mismo modo, mientras que el 15 % de los doctorados recayeron en mujeres en 1930, la cifra desciende al 8 % en 1950 y el porcentaje no superó al de 1930 hasta mediados de la década de los setenta. Estos datos, sin duda interesantes viniendo de una sociedad donde las expectativas femeninas eran más amplias que en otras culturalmente dominadas por la religión o la familia, son, sin embargo, interpretados por Newmeyer de forma reduccionista. Las mujeres se acercarían a la lingüística pensando que formaba parte de las humanidades. No resulta sorprendente que las mujeres prefieran dedicarse a la adquisición infantil del lenguaje y no a la lingüística matemática, asegura el lingüista, quien reconoce carecer de explicación para el hecho de que ellas hayan contribuido tanto a la fonética experimental, que implica el conocimiento de la física y el dominio de una maquinaria formidable (1989: 49-50). Por mucho que remita esos estereotipos a la sociedad y no los reconozca como propios, las palabras de Newmeyer invitan a explorar otra senda porque en esta los argumentos se están haciendo peligrosamente circulares.

 

 

Ú

2.4. AÜN MENOS QUE

 

LING ISTAS: MUJERES CON OFICIOS RELACIONADOS CON EL LENGUAJE

 

Un panorama histórico de cualquier disciplina acostumbra a ofrecer una serie cronológica de escuelas y figuras. Sin embargo, la idea misma de que exista una tradición inquebrantable adolece de ingenuidad. Si la historia es

 

 

 

 

 

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escrita por los vencedores, cualquier campo quedará circunscrito al esqueleto conformado en las clases de primaria: Prehistoria, Grecia, Roma, Edad Media y así en adelante. Es, en buena medida, una trayectoria previsible. Los esquemas escolares mantienen este modelo por su utilidad didáctica: permite que el estudiantado exporte conceptos básicos de una asignatura a otra, de manera que el Barroco en arte remita a la visión del mundo propia de una sociedad y una época convulsas, que, a su vez, permite analizar la política, pero también interpretar la producción literaria. Sobre la base de ese esqueleto, la historia de la lingüística remite a una serie que va del Crátilo de Platón, pasando por los modistas y Ockham hasta, paso a paso, desembocar como por encanto en la publicación póstuma del pensamiento de Saussure, que ya no remite a acontecimientos externos y exige echar un vistazo al interior de la propia disciplina. El panorama queda miniaturizado. Podría objetarse que esa historia de la lingüística que nos fue transmitida apenas consigue desarrollar el mapa conceptual de una historia de la gramática. Si existen bases legítimas para sospechar que todo relato histórico es parcial, deberíamos agarrarnos a la cautela como principio metodológico. La masculinización de la crónica de las ideas lingüísticas no puede ser simplemente respondida con un panfleto reivindicativo, aunque este sería absolutamente legítimo. La hipótesis de que han existido agentes secundarios puede ligarse al cultivo de ideas desconsideradas entre los grandes hitos históricos y que compondrían una intrahistoria: no tanto una historia menor como una historia en paralelo. Laborda (2013) se refiere a la tradición retórica como una de las vetas diferentes del discurso oficial en lingüística y reivindicaciones semejantes, aunque no formuladas de manera tan explícita, pueden encontrarse en los manuales de Pragmática, Análisis del discurso o Teoría de la traducción. El lema sería: dime cómo cuentas la historia y te diré qué historia resulta.

 

Si sustituyésemos el enfoque cronológico tradicional por otro fundamentado en las ideas sobre el lenguaje, como invita a hacer la multiplicación de enfoques que el campo ha experimentado en los últimos 40 años, tal vez las cosas podrían ser de otro modo. Lo que se está proponiendo implica superar la mera cronología de eventos históricos como una corrección necesaria para algunos de los sesgos que hoy se pueden percibir. Tal vez a través de asuntos y temáticas —que lógicamente transcurren en una línea temporal, con escuelas y tradiciones, pero sin

 

 

 

 

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limitarse a ese enfoque—, el panorama varíe. Si se admiten como temas capitales formalismos, computación y lenguajes artificiales, va a ser difícil no mencionar a Ada Lovelace. Si la historia de la gramática deja de invocar continuamente a Donato y Prisciano, no solo podremos atender a lenguas ajenas a la tradición grecolatina; también aparecerá una era de las gramáticas que exporta valores occidentales en un proceso acelerado de colonización y explica el eurocentrismo practicado por los grandes centros de investigación. De manera colateral, esa era de las gramáticas nos llevará a la tradición menor de la traducción, donde la presencia femenina es mucho más significativa que en el debate sobre la arbitrariedad del signo.

 

Por otra parte, una historia de las ideas permite superar la visión de los genios. Seguramente ningún nombre de mujer aislado puede ser un referente como el Platón del Crátilo; las circunstancias históricas que conocemos explican ese vacío. Pero tendremos una historia colectiva: la de las traductoras, ya mencionadas, la de las documentalistas y archivistas, la de las bibliotecarias, la de las profesoras que enseñan a leer y escribir, la de las experiencias vinculadas al cuidado que caminan de la mano de esa preferencia que Newmeyer notaba por campos como la psicolingüística, la de tantas mujeres indigenistas que han descrito lenguas con pocos hablantes o han diseñado sistemas alfabéticos para ellas. El resultado será una historia coral, vinculada a perspectivas de contrapoder, de pequeñas resistencias. Con tal reformulación podríamos aliviar la herida de que aún hoy, en los mecanismos más populares de transmisión de la información, las profesionales del lenguaje se presenten con pinceladas biográficas de revista rosa. En otro sentido, las mujeres quizás hayan cultivado en menor medida la teorización, pero han desarrollado oficios lingüísticos, como la criptografía o la traducción; han revolucionado campos enteros como la antropología lingüística o la sociolingüística; se han dedicado a remover prejuicios y ampliar horizontes y procedimientos en las investigaciones sobre lenguaje humano en animales o en temáticas diversas que tienen alcance filosófico. Que estos trabajos estén vinculados a ideas tenidas por menores es una hipótesis que conviene revisar: a este objetivo vamos a dedicarnos en los siguientes capítulos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2.5. ALGUNASÜ LECTURAS SOBRE LING ÍSTICA FEMINISTA Y

 

OTRAS REFERENCIAS BÁSICAS

 

BROWN, K. y LAW, Vivien (eds.) (2002): Linguistics in Britain: Personal Histories, Oxford, Philosophical Society-Blackwell.

 

DABASHI, H. (2015): Can Non-Europeans Think?, Londres, Zed Books. Trad. port. P. Barata, Os não-europeus pensam?, Braga, Elsinore, 2017.

 

DAVISON, Alice y ECKERT, Penelope (eds.) (1990): Women in the Linguistics Profession: The Cornell Lectures, publicado por el Committee on the Status of Women in Linguistics, Linguistic Society of America.

 

FALK, Julia S. (2014): Women, Language and Linguistics: Three American Stories form the First Half of the Twentieth Century, Londres, Routledge.

 

HARAWAY, Donna J. (2003): The Companion Species Manifesto: Dogs, People, and Significant Otherness, Chicago, Prickly Paradigm Press. Trad. esp. Manifiesto de las especies de compañía, Gasteiz, Sans Soleil Ediciones, 2016.

 

HELLER, Monica y MCELHINNY, Bonnie (2017): Language, Capitalism and Colonialism. Toward a Critical History, University of Toronto Press.

 

KOERNER, E. F. K. (ed.) (1991): First Person Singular II: Autobiographies by North American scholars in the Language Sciences, Ámsterdam, John Benjamins.

 

— (1998): First Person singular III: Autobiographies by North American scholars in the Language Sciences, Ámsterdam, John Benjamins.

 

LABORDA GIL, X. (2013): El anzuelo de Platón. Como inventan los lingüistas su Historia, Barcelona, UOC.

 

— (2017): ¿Por qué ser lingüista? La historiografia bionarrativa, Barcelona, Horsori.

 

 

 

 

 

 

 

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MARTÍN ZORRAQUINO, María Antonia (2016): El «Cours de Linguistique Générale» de Ferdinand de Saussure: Algunas reflexiones, desde la lingüística hispánica, en el centenario de su publicación, Universidad de Zaragoza.

 

NEWMEYER, F. (1990): «The Structure of the Field and its Consequences for Women», en Alice Davison y Penelope Eckert (eds.), Women in the Linguistics Profession: The Cornell Lectures, 43-53.

 

SEBEOK, T. A. (ed.) (1966): Portraits of Linguists. A Biographical Source Book for the History of Western Linguistics, 1746-1963, Bloomington-Londres, Indiana University Press, 2 vols.

 

TREICHLER, Paula (1990): «Women and Linguistics. The Legacy of Institutionalization», en Alice Davison y Penelope Eckert (eds.) (1990), 23-31.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 3

 

OFICIOS LINGÜÍSTICOS CON PROTAGONISMO FEMENINO: LA CRIPTOGRAFÍA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Licenciatura: Lingüística; idiomas, ninguno».

 

JOAN CLARKE, criptógrafa en Bletchley Park

 

 

 

3.1. LAS IDEAS INVISIBLES

 

En los últimos años asistimos a un intento de recuperación de mujeres olvidadas después de haberse consagrado a actividades científicas. Se trata de un tributo interesante para perfilar una noción diferente del estereotipo de la abnegada ama de casa y madre. Como ha sido sugerido anteriormente, el interés que ese legado despierta entre feministas vinculadas a diferentes disciplinas no siempre se corresponde con una mirada en profundidad. Podemos recuperar, siguiendo el ejemplo ya usado, nombres de insignes matemáticas sin por ello incorporar ningún cambio de perspectiva en la historia de esa disciplina. No es difícil, a partir del siglo XX, encontrar figuras como Maryam Mirzajani, ganadora de la Medalla Fields en 2014, o Karen Uhlenbeck, distinguida en 2019 con el Premio Abel, siendo ambas menciones consideradas equivalentes al Nobel. Sin embargo, un catálogo como este de mujeres en la cumbre, por decirlo de alguna manera, simplemente demuestra lo que ya sabíamos: que siempre ha existido una minoría de mujeres en cualquier ámbito. Aunque sus nombres merezcan todas las honras que se tributan habitualmente a sus colegas masculinos, la lista de grandes matemáticas en la contemporaneidad no altera en absoluto el panorama, a saber, la idea de que las matemáticas como disciplina son intocables en sus fundamentos y principios y, como era de esperar, accesibles a personas con diferentes cuerpos. En el caso de Uhlenbeck, la Academia Noruega de las Ciencias destacaba, sin embargo, además de sus contribuciones científicas en análisis, geometría y física matemática, que esta autora, defensora de la

 

 

 

 

 

 

 

 

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igualdad de género en las ciencias, podía considerarse un modelo para las niñas e inspiradora de vocaciones científicas.

 

Ampliando esta perspectiva, la historiógrafa de la ciencia Londa Schiebinger (1991) alertaba sobre la vigencia en las ciencias de patrones subalternos, dignos de ser reconsiderados. En una determinada época se extendió entre las élites nobiliarias europeas la costumbre de albergar entre sus propiedades un observatorio astronómico donde se anotarían las horas en que aparecía o se apagaba una determinada estrella. El hecho de que fuesen, precisamente, mujeres las llamadas a trabajar en aquel nuevo oficio —tal vez porque la actividad de observar el cielo no exigiese grandes conocimientos teóricos y fuese francamente aburrida— proporciona un cambio de paradigma. Las mujeres, incluso cuando no podemos recuperar sus nombres —ellas como colectivo— estuvieron implicadas en los descubrimientos astronómicos. Posteriormente, la clasificación de las estrellas en el observatorio de Harvard a finales del siglo XIX también sería hecha por mujeres. Con el enfoque metodológico de Schiebinger, ya no se trataría de recuperarlas como mera curiosidad, sino de reconsiderar la manera en que las ciencias practicaron una segregación sexual y de otros tipos. El dato invita a revisar los procedimientos con que se ha construido el conocimiento científico y, en consecuencia, alimenta alternativas críticas en cada disciplina. Dicho con otras palabras: con escasísimas excepciones, dada la condición subordinada de las mujeres en la historia, cuando estas se dedicaron a actividades intelectuales, solo les fue permitido acceder a los estilos de conocimiento tenidos en cada momento por insignificantes, o por tediosos y repetitivos.

 

Con el paso del tiempo, esta tarea invisible de las mujeres puede servir también para analizar el tipo de ideas que los grandes centros difusores del conocimiento han enaltecido. El estudio de una determinada disciplina con perspectiva de género permite entender mejor muchos debates intelectuales, muchas de las explicaciones obtenidas y formular adecuadamente las todavía no encontradas, en un sentido que enlaza con los estudios culturales y la multiculturalidad. Porque la exclusión de las mujeres no es muy diferente de la exclusión de otras razas, de otras culturas, de otras visiones del mundo. La exclusión de las mujeres forma parte de la exclusión del Otro[3] y explica el eurocentrismo que ha sido arrogantemente practicado por los grandes centros de poder académico.

 

 

 

 

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Finalmente, de este modo los estudios de género pueden ser situados en el lugar correcto: no valorados por su capacidad de construir santorales alternativos, sino por contribuir de forma decisiva a evitar todos los tipos de exclusión, ligando el sexismo a otras supremacías —por razón de clase social, de etnia o cultura, de capacidad física o psíquica, de orientación sexual— y revitalizándose frente a cualquier crítica que los juzgue parciales, secundarios o vinculados a la defensa de intereses de grupo, por mucho que los intereses de grupo de la mitad de la humanidad tampoco parezcan insignificantes.

 

En 2017 la película Hidden Figures rescataba del olvido a un grupo de mujeres afroamericanas que trabajaron como calculadoras humanas en la NASA. Sin sus exactos cómputos habría sido imposible aquella conquista del espacio que se había convertido en uno de los objetivos primordiales de la política internacional en plena Guerra Fría. La doble exclusión de estas mentes, por ser de mujer y por ser de personas negras, exigía una restauración en términos éticos. Y buena parte del interés del asunto descansaba en que la producción cinematográfica no las presentaba como firmas al pie de un inmenso descubrimiento: la perspectiva de género incorporaba una crítica a la noción de genialidad. No se trata, está claro, de defender que las mujeres no sean geniales, sino de reconsiderar la propia noción de genio, una especie de líder carismático dotado de facultades sobrehumanas; un semidios, un individuo mítico y, por tanto, inexistente. Esta vía de recuperación de colectivos enteros dota de sentido especial a la visibilización de las figuras femeninas en la historia de las ideas lingüísticas.

 

En el mismo año en que se estrenaba Hidden Figures, la periodista Liza Mundy (2017) publicaba su investigación sobre un episodio histórico marcado por el silencio: el de las criptógrafas. El término criptografía se aplica a las técnicas de cifrado o codificado de una información y, evidentemente, a las usadas para quebrar esos códigos. Vinculada en el imaginario literario y cinematográfico a las actividades de espionaje, hoy su dimensión matemática se ve particularmente realzada, pero en el pasado fue, ante todo, una artesanía lingüística. La criptografía está relacionada con temas muy sugestivos: la creación de la escritura, la elaboración de sistemas mnemónicos y semióticos, la esteganografía o escritura secreta, la confección de lenguas internacionales auxiliares, del tipo del esperanto, o la fascinación occidental por las escrituras jeroglífica y china. En un

 

 

 

 

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sentido más general, la creación de formalismos para la lógica, las matemáticas o la química pueden ser vistos como un capítulo de las ideas lingüísticas a partir de las críticas al lenguaje ordinario hechas por la filosofía analítica; y las gramáticas formales y los sistemas de simbolización explican buena parte de los avances en sintaxis contemporánea, lingüística computacional e inteligencia artificial. Aunque los manuales traten estos asuntos de manera fragmentaria, como si no estuviesen relacionados o como si fuesen anecdóticos, todos los grandes filósofos del siglo XVII dedicaron parte de su obra a buscar mecanismos alternativos a las lenguas naturales con diferentes objetivos: el tema no parece banal. Finalmente, la criptografía pone el foco en la imaginación y la creatividad, fuerzas habitualmente desvalorizadas en la tarea de dilucidación científica. De ahí que, antes de analizar las diferentes lingüísticas feministas que podemos rastrear en la historia, vayamos a sumergirnos en un campo peculiar, una actividad profesional vinculada con las lenguas que compone, en sí misma, una idea menor en la disciplina y que, en un determinado momento, tuvo como protagonistas a agentes tradicionalmente secundarios: mujeres prácticamente anónimas.

 

 

 

3.2. CRIPTOGRAFÍA EN VIOLETA:

 

LASCODE GIRL

 

Durante la Segunda Guerra Mundial, más de 10 000 mujeres fueron reclutadas por el Ejército de los Estados Unidos para participar en tareas de descifrado de mensajes secretos. Con evidente pulso literario, Mundy se centra en la emocionante oportunidad que se abría para ellas, convocadas a una actividad urgente en tiempos de guerra. El Ejército exigía un compromiso de sigilo que mantuvieron incluso cuando, finalizada la contienda, fueron obligadas a regresar a vidas anónimas y poco interesantes: ni les fueron ofrecidas posibilidades de promoción, ni la formación adquirida tenía validez en la vida civil y, sin embargo, nunca rompieron el secreto. Al revisar los Archivos Nacionales del College Park en Maryland, Liza Mundy encontró testimonios orales recientemente desclasificados y consiguió localizar a algunas de las sobrevivientes y entrevistarlas. Su trabajo permite ligar la evolución de la inteligencia militar moderna con la intervención de aquellas mujeres que, mientras

 

 

 

 

 

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descifraban mensajes secretos, enfrentaban las rivalidades burocráticas, el sexismo administrativo y la rigidez de unos mandos del Ejército dedicados a vigilar escrupulosamente su vida sexual —relaciones con otros militares, lesbianismo, aborto— y su entrega. Sin duda, estaban sometidas a un rigor adicional al ya requerido para los soldados.

 

El 7 de diciembre de 1941 tuvo lugar el ataque de Pearl Harbor. El desaliento ante este episodio de la guerra explica que el Ejército y la Marina estadounidenses ideasen una operación de inteligencia destinada a captar fuerzas por todas partes. Aunque apenas el 4 % de las mujeres había pasado por la universidad, los militares no tenían mucho margen de elección, ya que los hombres estaban participando en el frente de combate, y, por tanto, pidieron al profesorado de las universidades femeninas que identificasen a las mejores alumnas en matemáticas e idiomas. La guerra indirectamente estaba creando para ellas una oportunidad que nunca había existido.

 

Según Liza Mundy, las primeras candidatas fueron seleccionadas con métodos propios del espionaje. Diversas estudiantes sin relación entre sí recibían una carta que las convocaba a una reunión con alguna profesora. No obstante, en lugar de una presumible orientación académica, al llegar al lugar del encuentro debían responder dos preguntas: si les gustaban los crucigramas y si pensaban contraer matrimonio en breve. Responder afirmativamente a la primera pregunta y negativamente a la segunda permitía acceder al siguiente nivel: una serie de pruebas de agudeza matemática y lingüística no muy especializadas. Solo las que superasen con éxito esta fase serían alentadas para integrarse en un equipo de criptoanálisis sometido a la más estricta confidencialidad. Las reclutas debían traducir documentos, formar grupos para resolver los códigos cifrados por el ejército enemigo, que cambiaban constantemente, o elaborar y difundir informaciones falsas, por ejemplo, sobre el lugar exacto del desembarque aliado antes del día D. Que en el otro bando estuviesen alemanes y japoneses explica que se primase el conocimiento avanzado de idiomas o una cierta soltura a la hora de adquirirlos.

 

Sin embargo, la incorporación de las mujeres al Ejército fue tratada como una circunstancia excepcional. Se las llamaba WAVES, es decir, women accepted for voluntary emergency service, un eufemismo para poder reclutarlas, evitando al tiempo cualquier compromiso de continuidad. Tenían que cortarse el pelo y llevar uniforme, pero también

 

 

 

 

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accedían al sentimiento de orgullo y camaradería militar, y en apenas un año había 4000 criptógrafas que romperían los cifrados, desde luego, pero también los duros códigos de la condición femenina, pues hacían la marcha militar cantando: «No preciso un hombre para darme simpatía / Por qué lo precisaba antes es un misterio». Obviamente, estos testimonios biográficos inciden en que la jerarquía militar las contemplaba como una especie de secretarias o ayudantes; también en que se pensaba, como en el caso de las astrónomas, que las mujeres eran hábiles en trabajos mecánicos y tediosos y, sin duda, los estadios iniciales del análisis criptográfico tienen mucho de eso. Pero, en general, las partícipes en el proyecto se muestran satisfechas por integrarse en la guerra y por haber puesto sus mentes al servicio de lo que consideraban una buena causa. De manera singularmente interesante, Lisa Mundy insiste en que la ruptura de códigos en la Segunda Guerra Mundial «fue un gigantesco esfuerzo de equipo» y «el propio genio acostumbra a ser un fenómeno colectivo». Los códigos fueron destruidos por el paciente trabajo de grupos de mujeres que intercambiaban lo que habían aprendido, anotado y recogido. Las palabras de Mundy dejan traslucir una intención que armoniza perfectamente con la hipótesis que estamos barajando. Y todavía deberíamos añadir que por entonces el Ejército norteamericano incorporó también a un número significativo de personas afroamericanas, lo que contribuye a socavar la imagen del militar como hombre y blanco, aunque seguramente se mantuviese la idea de que tenía que ser heterosexual.

 

Las protagonistas sobrevivientes relatan en sus conversaciones que, para desencriptar códigos, además de conocimientos lingüísticos y matemáticos, era imprescindible tener una mente intuitiva, con capacidad de relacionar algún detalle, aparentemente irrelevante, de un mensaje con otro leído meses atrás. Esa descripción de las facultades precisas para el descifrado recuerda, de alguna manera, el perfil psicológico clásicamente atribuido a la intuición femenina. Es de esperar que las protagonistas de una historia arrastren las concepciones propias de su tiempo y educación, pero el dato, dejando de lado cómo pueda sonarnos hoy esa supuesta predisposición de facultades para uno y otro sexo, podría ser revelador de la peculiar autoestima de las protagonistas de este capítulo de la historia. Volveremos sobre este asunto más adelante.

 

Como en la Segunda Guerra Mundial la paz del mundo parecía depender de los mensajes interceptados al otro bando, igual que en los

 

 

 

 

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Estados Unidos, entre los aliados europeos comienzan a entrar mujeres para participar en las actividades de información. El caso más emblemático, sin duda, fue el de las 8000 británicas incorporadas a los servicios de criptoanálisis de Bletchley Park, cuyos nombres aparecen vinculados a las máquinas Purple o Enigma, con complejos sistemas mecánicos de cifrado. Precedentes de los actuales computadores, estas máquinas realizaban miles de intentos hasta dar con las correspondencias entre letras que permitirían entender los mensajes. Las mujeres eran abordadas en las universidades, como en el caso americano, o a partir de relaciones familiares de confianza. Las debutantes, mayoritariamente de clase alta, fueron muy apreciadas, aunque al comienzo solo se dedicasen a tareas administrativas. Sin embargo, a medida que la guerra intensificaba los ataques, se incorporaron específicamente lingüistas y matemáticas. En 1942 el periódico Daily Telegraph organizó un concurso: se trataba de solucionar un crucigrama en 12 minutos. Las ganadoras entraron en Bletchley Park porque se pensaba que tenían importantes habilidades en pensamiento lateral, una técnica para resolver problemas a través de estrategias o algoritmos no ortodoxos que normalmente son desdeñados por el pensamiento lógico. Una vez más, la creatividad, como una fuerza desconocida o contraria a los caminos del pensamiento racional, parecía entrar en acción. Tal idea nos invita a pensar en lo que las mujeres, por ser el Otro, aportan, y no a hablar sin más de la presencia de mujeres.

 

De hecho, los servicios de criptoanálisis ingleses en Bletchley Park reclutaron personal entre matemáticos y científicos. Solo más tarde recurrieron a las mujeres. La curiosidad que hoy produce esta feminización de una actividad militarizada se percibe en que Netflix haya colocado en emisión una serie con el título The Bletchley Circle, dedicada a destacar el perfil psicológico de la nueva mujer que surge con la guerra. Como en el caso norteamericano el compromiso de confidencialidad, acabada la contienda, fue celosamente custodiado y los secretos estratégicos que podrían haber comprometido a los Gobiernos se mantuvieron bien guardados. Pero, a partir de 1975 los documentos relativos a este capítulo de la historia dejaron de ser considerados secretos de Estado y un conjunto de trabajos periodísticos (Singh, 1999) rescataron algunos nombres, como Mavis Lever, Jane Fawcett, Joan Clarke, Jean Valentine o Ruth Borne.

 

 

 

 

 

 

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Estas investigaciones muestran que fue la pura necesidad lo que impulsó la entrada de mujeres en este ámbito. Muchos mandos militares solo aceptaban que fuesen secretarias y creían que el esfuerzo intelectual que exigiría Colossus, la máquina que derrotó a la famosa Enigma, sería excesivo para ellas. La frase que encabeza este capítulo —«licenciatura: Lingüística; idiomas: ninguno»— corresponde a la ficha en el grupo de Joan Clarke: matemática de profesión, tuvo que anotarse como lingüista porque el estricto protocolo del Ejército británico no permitía que las mujeres participasen en las fases de criptoanálisis, aunque con ella, por causas de fuerza mayor, hiciesen una excepción. Así se producía la paradoja de que era presentada como una lingüista que no sabía lenguas. Curiosamente, se alentó la formación de equipos mixtos, entre un boffin, un científico o ingeniero, y una deb, una joven debutante. Entre los líderes, además del renombrado Alan Turing, figuraba como principal criptoanalista Dilly Knox, quien se rodeaba de las mujeres más atractivas, elocuentemente denominadas «las chicas de Dilly» (Morillo, 2007): no todo fue, ni mucho menos, transparente en la incorporación de las mujeres.

 

 

 

3.3. EL ENFOQUE COLECTIVO FRENTE AL ENFOQUE DE LAS GRANDES MUJERES

 

Mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, podemos ya rastrear una criptografía excepcionalmente activa en Estados Unidos. Una figura civil, George Fabyan, había fundado los laboratorios Riverbank, que, años más tarde, compartirían sus conocimientos con la Marina, cuando los objetivos militares dictaminaron la creación de un departamento especializado en desencriptar mensajes. Sin embargo, esa figura inicial de Fabyan perseguía un objetivo bastante excéntrico: probar que Shakespeare era un impostor y que sus obras, en realidad, habían sido escritas por Francis Bacon. La posibilidad de que un magnate dedicase parte de su fortuna a investigar tan peregrina cuestión literaria resulta bastante inesperada en el contexto de la política internacional, pero la realidad con frecuencia desbarata los supuestos más racionales. Según la hipótesis de Fabyan, envuelta en un vago aire conspirativo, en las obras atribuidas erróneamente a Shakespeare, Bacon habría dejado un código secreto que, al ser descifrado,

 

 

 

 

 

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revelaría que él era el verdadero autor. Con el objetivo de desvelar esa clave, Fabyan contrató a un grupo de especialistas en la literatura shakespeariana, donde se singulariza un nombre de mujer: Elizebeth Smith [Friedman] (1892-1980).

 

Llamada frecuentemente «la primera criptógrafa norteamericana», era una graduada en literatura inglesa con alguna experiencia docente antes de ingresar, en 1916, en Riverbank, donde se ocuparía de descifrar los mensajes supuestamente contenidos en las obras de teatro y poemas de Shakespeare. A pesar de tan peculiar nacimiento, la institución de Fabyan acabó proporcionando al Ejército norteamericano la única experiencia disponible, lo que propiciaría el contacto entre ese grupo, apenas vinculado a un proyecto literario, y las instancias gubernamentales. Todavía en Riverbank, Elizebeth Friedman realiza importantes contribuciones teóricas a la criptografía moderna, particularmente al cifrado de mensajes en mandarín, y acabará por dedicarse a la supervisión del espionaje comercial, en concreto a la desarticulación de actividades de contrabando en la época de la ley seca. Aunque el grado de sofisticación de estos encriptados no pudiese ser ni remotamente tan complejo como los que se daban en el periodo de guerra, este servicio al Gobierno estadounidense brindaría a Friedman la posibilidad de perfeccionar sus técnicas de descifrado. Para la Segunda Guerra Mundial ese bagaje previo sería visto como decisivo y, por tanto, fue convocada para participar en la organización del recién creado Departamento de Criptografía de la Marina.

 

La historia de Elizebeth Friedman es, como vemos, bastante diferente de la de las code girl porque ella ya era en aquel momento una experta que se había granjeado su credibilidad con una impoluta hoja de servicios. Cuando finalmente regresó la paz, retomó el asunto que la había guiado hacia la criptografía y publicó The Shakespearean Ciphers Examined, donde desechaba definitivamente la idea de que Shakespeare hubiese usurpado el nombre de Bacon. Además, las contribuciones de Friedman no padecen la falta de reconocimiento habitual en la historia de las mujeres: está incluida en el salón de honor de la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana (NSA) y en 2019 el Senado de Estados Unidos aprobó una resolución destinada a honrar su vida y legado. En este sentido, ella se aproxima, mucho más que la generación siguiente, la de las code girl, a la figura de genio. De entrada, se le atribuye haber resuelto por sí sola numerosos sistemas de cifrados alemanes, incluidas tres máquinas Enigma

 

 

 

 

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distintas. Finalizada la guerra, pasó a ser consultora del Fondo Monetario Internacional, donde crearía sistemas de seguridad para las comunicaciones —es decir, estaría más cercana a los desarrollos actuales de una criptografía orientada a la autenticación de la identidad en las transacciones económicas—, lo que resta a su figura buena parte del romanticismo que adornaba a las code girl. En un sentido diferente, el hecho de dedicarse a cuestiones comerciales es decisivo para que conservemos memoria detallada de su actividad. Siguiendo la estela de su trabajo, hoy, más en ningún periodo bélico, habitamos una civilización de mensajes cifrados: cada vez que entramos en Internet, sacamos dinero del banco o hacemos una compra online enviamos datos que son tratados, descifrados y devueltos en un proceso de cierta complejidad criptográfica para preservar la información como confidencial y a salvo de piratas. No parece difícil concluir que la globalización y la dinámica capitalista intervienen de manera decisiva en la consolidación de estas figuras aisladas como peculiares o geniales.

 

Otra de las individualidades de este campo que, sorprendentemente, aparece citada a menudo en publicaciones feministas como digna de reivindicación, es Hedy Lamarr (1914-2000). Austríaca de nacimiento, hizo carrera como actriz en Hollywood y su vida es un puro folletín, lo que tal vez explique el excepcional interés que suscita. Su biografía contiene los enredos habituales en una estrella de cine: numerosos maridos y amantes, escasa participación en películas de calidad, a pesar de una siempre alabada belleza, o escándalos por filmar escenas con desnudos explícitos. Casada con un fabricante de armas alemán con simpatías nazis, prosigue los estudios de Ingeniería que había abandonado para una primera incursión en el cine. En ese contexto, asiste a reuniones de negocios entre su marido y altos mandos del Ejército alemán. Según parece, en esas reuniones aprendería técnicas de espionaje y obtendría documentos valiosos que, más tarde, cedería al Gobierno americano.

 

Podemos pasar por alto, siquiera momentáneamente, la dificultad de la gesta que se le atribuye, esa de conseguir en cenas y soirées desentrañar cuestiones que debían mantenerse en el más estricto de los secretos. Aunque en la red se encuentren continuas alabanzas sobre esta actividad política, también referida y reiterada en algunas publicaciones, parece exagerado suponer que pudo aprender criptografía en reuniones frívolas. Además, en su autobiografía (Lamarr, 1966) no aparecen detalles que

 

 

 

 

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justifiquen tan desmesurado fervor feminista como despierta: muy al contrario, su obsesión por la belleza y sus comentarios vulgares podrían situarla bastante lejos de esa idealización. Comenta de pasada haber hablado de estas actividades con su amigo músico George Antheil y que ambos experimentaron con los sistemas de control automático de instrumentos que él había usado componiendo. Hedy Lamarr, consciente de la fragilidad de las emisiones de radio usadas en el desarrollo de misiles teledirigidos, habría buscado junto a su socio un método alternativo inspirado en un par de tambores perforados y sincronizados para cambiar entre 88 frecuencias, lo que impedía que esas emisiones fuesen rastreadas por el enemigo. Lamarr y Antheil solicitaron la patente para ese sistema de comunicaciones secretas que, bastante después, sería usado para construir torpedos teledirigidos por radio y considerado pionero de la modulación de señales en espectro extendido y, por tanto, un precedente del wifi.

 

Parece lógico que la habitual misoginia quiera ser combatida con una relación de mujeres profundas, interesantes o no suficientemente consideradas en su labor. Parece justo reivindicar figuras sin cuya constante dedicación muchos de los eventuales descubrimientos no habrían sido posibles. Menos adecuado es conceder excesivo protagonismo a determinados hitos o protagonistas que, sospechosamente, nos conduzcan a leer lo que queramos leer, y esto, me temo, es lo que ocurre con el engrandecimiento de Hedy Lamarr. Como indicaba Robins, prestigioso historiógrafo de la lingüística (1967: 15), los hechos y la verdad no están establecidos por anticipado como la solución de un crucigrama, a la espera de que se complete el descubrimiento. En la figura de Hedy Lamarr, cualesquiera que sean sus verdaderos méritos, no hay dedicación constante a una actividad intelectual, sino todo lo contrario. Tampoco existe silenciamiento, ya que contaba con una considerable proyección pública. El hecho de que, en el mejor de los casos, su patente tuviese después aplicaciones interesantes constituye una anécdota curiosa, pero no exactamente significativa del enfoque que debe darse a una lingüística de género.

 

Si se tratase únicamente de consolidar el binomio criptografía y mujeres, la historia proporciona abundantes referencias que no pasan de la mera curiosidad. García et al. (2005: 10) refieren que el libro erótico Kamasutra, del siglo IV, lista 64 artes que las mujeres deben conocer y practicar, entre las que figuran, además del canto y la cocina, algunas

 

 

 

 

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actividades intelectuales como el ajedrez, y en el número 45, el arte de la mlecchita-vikalpa o escritura secreta. A continuación, se describen diferentes métodos de cifrado: el kautiliyam, consistente en cambiar letras por otras relacionadas fonéticamente, y la mūladeviya, o emparejamiento aleatorio de las letras del alfabeto, que llevaría a sustituir cada grafema de un texto por su pareja de acuerdo con esa clave. Por supuesto, el Kamasutra no pretende reivindicar la posibilidad de que las mujeres participen en el conocimiento en sentido riguroso, sino apenas la de que usen esos juegos para encubrir sus amoríos. Igualmente, podría mencionarse el caso de la reina de Escocia María Estuardo, que, apresada en un castillo, usaría claves encriptadas para escribir cartas a su aliado Anthony Babington. Por ellas se descubre que estaría planificando el asesinato de Isabel I para recuperar la corona de Escocia, en una auténtica conspiración. El descubrimiento de lo que la crónica histórica inglesa consideró una traición le costó la vida. Sin embargo, María Estuardo tampoco pasaría del nivel de una usuaria en un juego más o menos sofisticado y, sin duda, arriesgado.

 

Desde el punto de vista que asumimos en esta lingüística con perspectiva de género, independientemente de la desigual fortuna de sus aplicaciones, es interesante la naturaleza lingüística de esta actividad colectiva de la criptografía. Las mujeres que formaron parte de los ejércitos aliados fueron convocadas por sus destrezas idiomáticas, en particular por sus conocimientos de alemán, y la actividad que desarrollaron era una modelización matemática orientada a datos reales de lenguas específicas. Los nombres de las americanas que se fueron recuperando, como la mencionada Elizebeth Friedman o Agnes Meyer Driscoll, tenían en su formación, a veces junto a las matemáticas y la física, conocimientos de francés, alemán, latín o griego, además del inglés nativo, y sus trabajos las familiarizarían con el japonés, durante la guerra, y con el mandarín, en la época en que se dedican al espionaje industrial o a la lucha contra el comercio ilegal. En general, las publicaciones no especializadas ofrecen nombres con escasa información, mientras los manuales de criptografía prestan nula atención a la perspectiva feminista. De esta manera, perdemos el rastro de las aportaciones realmente relevantes. En la prensa, sin embargo, se percibe una fuerte atracción por divinizar ciertas figuras. Si Friedman era la sabia que colaboró con el Gobierno y Lamarr la actriz glamurosa redescubierta como inventora a

 

 

 

 

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tiempo parcial, ahora los retratos tienden a fijarse en la invención genial o casual. Así aparece referido el relativamente reciente caso de Sarah Flannery, una estudiante irlandesa que a los 16 años firmaba un trabajo escolar sobre los sistemas de cifrado en la historia y acababa por integrarse en una empresa de seguridad de datos en Dublín donde diseñaría un algoritmo para cifrar mensajes con un gasto de tiempo inferior al de los computadores. Fue declarada la mejor joven científica del año 1999 en Irlanda. Hoy tiene una exitosa carrera como matemática en Cambridge.

Infelizmente, no tenemos ninguna información sobre la posible intervención de mujeres en la criptografía del otro bando en guerra o en geografías más próximas. Durante la guerra civil española se usaron máquinas Enigma y, aunque el equipo español PC Bruno, liderado por Antonio Camazón, ayudase en la decodificación de Enigma, los siete miembros del proyecto eran masculinos. Finalmente, en la guerra española se usaron otras máquinas, como la Hagelin, que el propio Hagelin y su mujer se habían llevado a Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y la todavía menos conocida Kryha, que usó el bando franquista[4]. Habrá que suponer, por tanto, que solo el bando aliado, en cuyas sociedades las mujeres estaban ya más emancipadas, llegó a apostar por ellas.

 

 

Ü

3.4. LING ÍSTICA EN FEMENINO:

 

LA INTUICIÓN

 

La intuición ha sido tradicionalmente considerada el equivalente femenino de la inteligencia. Dentro del conjunto de mitos asociados a la diferencia sexual, se suponía que ellas se mostraban más sensibles a ingredientes ocultos, que no operaban sobre la base de deducciones completamente racionales y que fantaseaban o se dejaban influir por sus afectos. No parece haber una base muy sólida para estas atribuciones, que funcionaron como una justificación: si a ellas les era vedada la entrada a las instituciones culturales era porque se estaban ejerciendo mecanismos de control. O, visto lo que pasó en la guerra, porque nadie las había necesitado. Por eso resulta sorprendente, con ojos actuales, que las code girl, en su periodo de mayor emancipación y reconocimiento intelectual,

 

 

 

 

 

 

 

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reivindicasen, precisamente, que eran mejores criptógrafas porque eran más intuitivas.

 

En teoría del conocimiento, la intuición (del latín intueri, “mirar fijamente”) implica la conexión directa con una información relevante sin el proceso de razonamiento que exige un tiempo de búsqueda —el eureka, “lo encontré”—. Al verificarse de manera automática, es difícil reconstruir las fases del proceso y verbalizarlas. En cualquier caso, un sujeto intuye cuando llega a la conclusión oportuna a partir de reacciones emocionales, de percepciones de la realidad sensorial no muy concretas o de conceptos derivados de su ambiente cultural, creencias e ideología. Con esta presentación, la cualidad tiene un aire ambivalente: si alguien responde a un problema aportando una solución intuitiva, será porque ha tomado una decisión rápida, apoyada en un instinto y no en una lenta evaluación de las posibilidades racionalmente disponibles. En caso de que acierte, intuitivo no será muy meritorio; en caso de que se equivoque, habrá actuado irracionalmente, dejándose guiar por prejuicios. No es casual que la intuición se asocie específicamente con las mujeres —el famoso sexto sentido— o con pueblos no occidentales, donde la mirada eurocéntrica la liga al esoterismo, a prácticas ocultas y mágicas.

 

Pero si la intuición es una forma especial de actividad cognoscitiva convendría analizar en qué consiste. Descartes consideraba que la forma deductiva de la demostración se basaba en axiomas, pero que estos podían conocerse sin demostración alguna, es decir, intuitivamente. No parece haber, por tanto, en el planteamiento cartesiano un rechazo de tal noción, aunque será Spinoza el pensador que la delinee de manera más ventajosa, presentándola como un nivel de conocimiento superior, capaz de apelar a la esencia de las cosas, como si se tratase de una facultad ligeramente mística. Es cierto que a lo largo de la historia se le ha reconocido una función auxiliar, pero solo en los últimos años la intuición parece haberse revalorizado, aunque muchas veces ese nuevo protagonismo proceda de una psicología volcada a dinamizar la acción empresarial y asegurar el éxito económico. También en entornos educativos o informáticos se observan connotaciones positivas en el uso del término intuitivo para calificar un proceso o la formulación de una actividad —típicamente un programa o un videojuego— que no exige perder mucho tiempo asimilando instrucciones previas: el público usuario se moverá con espontaneidad en el formato que se le ha presentado de manera intuitiva.

 

 

 

 

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La intuición aparece en estos usos recientes como un resultado de la experiencia acumulada, como un conocimiento súbito de la verdad procedente de relatos formales e informales que se grabarían en el subconsciente y podrían guiar la toma de decisiones en un mundo frenético, donde apenas hay tiempo para análisis racionales prolongados. Ha perdido los componentes mágicos para verificar en la práctica su eficacia; ha dejado de ser una corazonada, un presentimiento, para manifestarse como un conocimiento informal o poco reglado que define una cierta aura, puesto que pone en juego, de manera vertiginosa, todas las habilidades adquiridas y las escenifica inmediatamente, sin ensayo ni esfuerzo aparentes.

 

Al rehacer el trabajo de cifrado y descifrado que practicaban las code girl, el concepto un tanto vago de intuición va tomando forma, de modo que su papel en el quebrado de mensajes está desprovisto de los ingredientes sexistas que causaban nuestra inicial cautela. Desencriptar es una operación compleja por el número de variables matemáticas que se hace necesario manejar y por la presión de actuar a contrarreloj. Una máquina desencripta por cálculo de frecuencias[5], probando todas las combinaciones, pero eso exige tiempo porque estas componen un número astronómico. De ahí que, mientras los sistemas computacionales fueron deficitarios, la mente humana se sirviese de otras habilidades derivadas de todo lo que sabemos intuitivamente de un texto cuando hablamos la lengua en que está escrito. De hecho, muchos criptogramas pueden resolverse como un puro ejercicio de ingenio. Sin calculadoras aptas para considerar miles de posibilidades a enorme velocidad, muchos esfuerzos se mitigarían no por el análisis detenido —racional, meticuloso, y establecido paso a paso— de cada una de las posibilidades, sino por una especie de atajo mental que sobreviene de manera fortuita a la o el analista. Yendo a un ejemplo práctico, si estoy desencriptando un mensaje en español y me falta uno de los caracteres de la palabra _erde, una posibilidad atractiva es proponer rápidamente verde, la única de las respuestas válida, sin perder tiempo revisando todas las demás.

 

Tal vez todo comenzase por incorporar mujeres a una tarea tediosa, pero, como ellas destacaban en sus testimonios, buena parte del quehacer que les habían asignado se resolvía, simplemente, a partir de la competencia lingüística que, como hablantes, tenían de los idiomas en cuestión. La lingüística chomskiana, unos años más tarde, explotaría este

 

 

 

 

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concepto de competencia en sus refinados análisis teóricos. No es de extrañar que tal término se vincule a una corriente que desarrolló como ninguna las capacidades del formalismo en lingüística —y que, por cierto, se convirtió en el principal modelo teórico, al suplantar otras posibles vías de investigación porque surgía, como la criptografía, financiada por el Ejército y al amparo de determinados intereses políticos (Heller y McElhinny, 2017)—. En su desarrollo, la competencia chomskiana se identificaría como un conocimiento ideal de la lengua, desentendiéndose de los flujos reales en las comunidades hablantes. Para las criptógrafas, en cambio, esa competencia se liga a una supuesta intuición, a una «virtud femenina». Estos paralelos entre una lingüística central, que dictó los temas importantes y algunas lingüísticas periféricas, ocupadas de resolver problemas o detectar las brechas que resquebrajan el edificio perfecto que se debe construir, constituyen un foco de atención fundamental en la propuesta que defendemos: los sujetos marginales, como ellas, fueron relegados a asuntos no nucleares; sus logros no serían «verdadera» lingüística; sus procedimientos no completamente «científicos».

 

Obviamente, no todas las mujeres incorporadas a los centros de criptografía tendrían esa disposición, y quienes estuviesen dotadas de ella no la tendrían por el hecho de ser mujeres. Si comenzamos esta lingüística de género por la criptografía es porque documenta perfectamente que no hay nada de esencialismo en la propuesta. Simplemente, su condición de sujetos periféricos, un poco marginales académicamente, permitía que incorporasen la frescura de lo cotidiano, la capacidad imaginativa del pensamiento lateral. Sus habilidades chocarían por inesperadas en mujeres, pero también por llegar de lógicas diferentes, ausentes de los protocolos, a veces excesivamente rígidos, de la investigación.

Debe aclararse que, por mucha fascinación que los mensajes secretos produzcan entre lingüistas —al final amantes de los textos—, no siempre estamos ante una actividad genuinamente lingüística. Heródoto contaba que cuando Histieo quiso comunicar a su yerno Aristágoras de Mileto que estaba en condiciones de levantarse contra la ocupación persa, tatuó un mensaje en el cráneo de un esclavo a quien antes había rapado el cabello y lo envió a través de las líneas enemigas después de esperar que le hubiese vuelto a crecer. Un incidente de ese estilo, que implica astucia en la transmisión del mensaje, no tiene nada que ver con la lingüística, como tampoco los desarrollos actuales en criptografía, que remiten a un universo

 

 

 

 

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de ceros y unos, donde los mensajes se blindan a través de una potente combinatoria. Podríamos decir que existió un periodo lingüístico en la criptografía que podría relacionarse con otros capítulos en la historia de las ideas sobre el lenguaje; es, precisamente, esta pista la que estamos siguiendo.

 

En este sentido, la búsqueda de la primera lengua hablada por la humanidad, la que habría hablado Dios en el paraíso, produjo una ingente cantidad de elucubraciones a partir de finales de la Edad Media y muchos humanistas del Renacimiento intentaron razonar, con escasa fortuna, sobre si esa lengua sería el hebreo o el arameo entre otras posibilidades — algunas realmente risibles, como la de Goropius Becanus, que insistía en que esa lengua primigenia sería el flamenco holandés, no por casualidad su lengua materna—. El ideal de una lengua perfecta, mejor que las demás, compone un capítulo realmente intenso de las ideas lingüísticas, cuyas derivaciones se rastrean en la propia filología histórica y sus filiaciones familiares o en ciertas ramas del marxismo ortodoxo que consideraron jerarquías de lenguas, como superestructura, basadas en el desarrollo económico de sus respectivas comunidades. Pero, de manera particular durante el siglo XVII, muchos comerciantes con inquietudes intelectuales diseñaron sistemas artificiales a partir de vocabularios comparados que intentaban superar las limitaciones de las lenguas naturales para el contacto internacional. En una determinada altura pareció extenderse esta moda a la filosofía y los pensadores, de Descartes a Leibniz, dedicaron notables esfuerzos a idear sistemas artificiales que ya no pretendían ser prácticos, sino catálogos orientadores de la realidad, al inventariar todo cuanto existe según divisiones supuestamente racionales. Estos pensadores no se percataban aún de que cada lengua es un rico sistema categorizador de la realidad y de que, en consecuencia, no existen unos fundamentos clasificatorios válidos aquí y allá: vemos el mundo tal y como es contado por nuestra lengua, como sugerirá más tarde la antropología.

 

Sin embargo, ese periodo lingüístico de la criptografía tiene puntos de conexión con la construcción de lenguas artificiales, en los proyectos filosóficos mencionados y en otros más involucrados en necesidades prácticas, como el esperanto[6]. Igualmente, el asunto tiene conexiones con la teoría general de construcción de formalismos para la lógica, la química o las matemáticas —que partían de que las lenguas naturales, afectadas de vaguedades y ambigüedad eran insuficientes para la ciencia—, con los

 

 

 

 

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sistemas de computación y la inteligencia artificial y hasta con los universales lingüísticos de base empírica. Lo que llama sin duda la atención es que en la moda europea del XVII de construir lenguas perfectas no aparece ningún nombre de mujer. Se trataba de proyectos teóricos, y cualquier teorización en esa época era un lujo para ellas. Cuando en el siglo XX las circunstancias bélicas las convocaron, las mujeres aportaron un conocimiento práctico de idiomas y tal vez también una excepcional capacidad de pensamiento lateral o resolución de problemas por vías diferentes de la lógica convencional: un poder típico del Otro. La máquina Enigma, por ejemplo, funcionaba como una máquina de escribir. Cuando se pulsaba una tecla, a través de un sistema de rotores, se iluminaba otra letra que correspondía al cifrado. Para descifrar el mensaje era preciso disponer de un libro de claves que se cambiaban con altísima frecuencia, en algún momento de la contienda incluso diariamente. Eso debe dar una idea del esfuerzo imaginativo, computacional y lingüístico que tuvieron que afrontar las code girl.

 

En las últimas décadas la criptografía ha seguido teniendo importantes figuras femeninas, como Lenore Blum (n. 1943), que creó el generador de números pseudoaleatorios BBS; Sha Goldwasser (n. 1958), coinventora de las demostraciones de conocimiento cero, donde una persona trata de demostrar a otra que sabe algo sin transmitírselo; o Tal Rabin (n. 1962), directora del grupo de investigación en criptografía y privacidad de IBM. Este tipo de desarrollos son los que aparecen hoy en los videojuegos y en las escape room, que, curiosamente, tienden a ser vistos como manifestaciones de ocio masculino, a pesar de que tantas programadoras independientes estén diseñando productos imaginativos, donde las clásicas habilidades en el manejo de armas han sido sustituidas por acciones empáticas[7]. Pero el capítulo más relevante de la criptografía desde la perspectiva lingüística tiene como escenario los episodios mencionados de la Segunda Guerra Mundial, en la lucha de los aliados por descifrar la máquina alemana Enigma. Esta circunstancia histórica que convocó el pensamiento lateral de las mujeres también fue detonante para la aparición de otros personajes inesperados. Para cifrar sus propias comunicaciones, en algún momento el Ejército norteamericano decidió abandonar los algoritmos de cifrado. Apostó por dejar el mensaje abierto, pero expresado en algún idioma tan exótico que no pudiese ser comprendido. El cuerpo de marines contaba con unos 500 nativos americanos que, como las mujeres,

 

 

 

 

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se ocupaban de tareas menores; básicamente eran operadores de radio. También en este caso las necesidades bélicas empujaron al Ejército a solicitar que tradujesen los mensajes a algunas de sus lenguas nativas. Probaron con diferentes idiomas —a modo experimental llegaron a utilizar el euskera para cifrar mensajes en el frente del Pacífico en Guadalcanal y en las Islas Salomón— pero la lengua más empleada fue el navajo. Podríamos hablar, a la par de esta criptografía femenina, de una criptografía indigenista, siendo el indigenismo otra de las materias pendientes en el análisis crítico de las ideas lingüísticas. Como veremos, la asociación entre lingüística femenina y lingüística intercultural va a ser una constante en nuestro horizonte.

 

Tras la contienda, la criptografía pasa a convertirse en teoría de la comunicación, con los trabajos de Claude Shannon, que modeliza las técnicas anteriores, para transformarlas en un sistema matemático avanzado. Probablemente en ese momento la criptografía deja de ser una actividad lingüística. También deja de ser territorio para espías y diplomáticos que guardan secretos militares, a medida que, en una sociedad asfixiada por las comunicaciones digitales, los procesos criptográficos se generalizan en la vida cotidiana. Por ahora tomemos nota de la intuición: una de las cualidades más asociadas a los sujetos femeninos ha sido reclamada por las criptógrafas como descriptiva de su habilidad. Puede tratarse de un rasgo de sexismo o, tal vez, de una disposición real no muy descrita en la epistemología. La hipótesis está abierta a que los sujetos marginales ocupados de ideas menores tengan sus propios procedimientos, sus propios idearios e incluso a que vengan a desbaratar lo que entendemos por investigación y por lingüística.

 

 

 

 

3.5. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA CRIPTOGRAFÍA

 

BRAVO, E. (2017): «Las mujeres que le rompieron el código a Hitler», en https://www.yorokobu.es/mujeres-codigo/, consultado el 14/11/19.

 

DE MIGUEL, R. (2008): Criptografía clásica y moderna, Oviedo, Septem eds.

 

 

 

 

 

 

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GALBRAITH, S. D. (2012): Mathematics of Public Key Cryptography, Cambridge University Press.

 

GARCÍA, E.; LÓPEZ, M. A. y ORTEGA, J. (2005): Una introducción a la criptografia. Historia y actualidad, Universidad de Castilla-La Mancha.

 

GARDNER, M. (1972): Codes, Ciphers and Secret Writing, Dover Publications.

 

HINSLEY, F. H. y STRIPP, A. (2002): Codebreakers. The Inside Story of Bletchley Park, Oxford University Press, 2.ª ed.

 

KAHN, D. (1967): The Codebreakers. The Story of Secret Writing, Scribner.

 

LAMARR, Hedy (1966): Ecstasy and Me. Autobiography. Trad. esp. [sin mención de traductor/a], Éxtasis y yo, Barcelona, Notorious eds.

 

MACHIAVELO, A y REIS, R. (s. f.): «Uma introdução (ingénua) à criptografia», en https://www.dcc.fc.up.pt/~rvr/resources/Files/Cap-Cripto.pdf, consultado el 14/11/19.

 

MORILLO, Paz (2007): «Mujeres y criptografia», Matematicalia: Revista digital de divulgación matemática de la Real Sociedad Matemática Española, vol. 4-2.

 

MOURE, Teresa (2005): Outro idioma é posible, Vigo, Galaxia.

 

MUNDY, Liza (2017): Code Girl: The Untold Story of the American Women Code Breakers of World War II, Hachette books ed.

 

PRIETO MARTÍN, M. (2020): Historia de la criptografía: Cifras, códigos y secretos desde la antigua Grecia a la guerra fría, Madrid, La esfera de los libros.

 

QUISQUATER, J. J.; GUILLOU. L. C. y BERSON, T. A. (1989): «How to Explain Zero-Knowledge Protocols to Your Children», CRYPTO’89, 628-631.

 

ROBINS, R. H. (1967): A Short History of Linguistics, Londres, Longman. Trad. esp. María Condor, Breve historia de la linguística, Madrid, Cátedra, 2000.

 

 

 

 

 

 

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SCHIEBINGER, Londa (1991): Mind Has No Sex?, Harvard University Press, 1991. Trad. esp. María Condor, ¿Tiene sexo la mente?, Madrid, Cátedra, 2004.

 

SEOANE, Antía y SANMARTÍN, Maite (2019): As mulheres que amavam os videojogos, Santiago de Compostela, Através Editora.

 

SINGH, S. (1999): The Code Book. The Secret History of Codes and Code-Breaking, Fourth State, 2002.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SEGUNDA PARTE

 

TRADICIONES DE GÉNERO EN LOS MÁRGENES: LA LINGÜÍSTICA FEMINISTA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 4

 

TRADUCTORAS: DE LA INVISIBILIDAD

 

A LA PRESENCIA INCÓMODA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Mi rma en una traducción signi ca “esta traducción ha utilizado todas las estrategias posibles de traducción feminista para hacer que lo femenino sea visible”».

È

SUSANNE DE LOTBINI  RE-HARWOOD, traductora

 

 

 

4.1. EL MÁS INVISIBLEÜ DE LOS OFICIOS LING ÍSTICOS

 

Mucho antes de que la lingüística fuese reconocida con perfil propio, la cultura escrita conseguía transmitirse de manera efectiva a través de traducciones. Los documentos considerados importantes se copiaban, se ilustraban —o, como se decía en otras épocas, se iluminaban— y se vertían a otras lenguas para favorecer su difusión. Sin embargo, la intervención de ese agente externo que media entre quien ha escrito un texto y su público receptor pasó inadvertida durante siglos. Parecía darse por sentado que alguien pasaba sus ojos por el texto fuente y, sobre la base de su conocimiento de otro idioma, absorbía el significado exacto y lo volcaba de la forma más oportuna en la lengua destino. Esta imagen ingenua de la traducción estalló en pedazos en la contemporaneidad cuando aproximaciones filosóficas, antropológicas, semióticas y culturales repararon en aspectos inadvertidos del acto de traducir, pues, de hecho, el estructuralismo como corriente dominante en la lingüística del siglo XX mantuvo durante mucho tiempo posturas simplificadas, derivadas de la premisa de que las lenguas operan como sistemas cerrados y, hasta cierto punto, inconmensurables.

 

La mayoría de las críticas contemporáneas contra esta perspectiva habrían de incidir en los múltiples factores que intervienen en el proceso de traducir. De entrada, importa saber quién es ese alguien que traduce.

 

 

 

 

 

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Puede ser una persona que realice ese trabajo para subsistir, alguien que haya obtenido del texto un placer estético que ahora quiera compartir voluntariamente o alguien que pretenda difundir un avance técnico: su implicación será diferente; su modo de enfrentarse al texto, también. Y si ¿quién traduce? fuese la pregunta, evidentemente el género entraría a formar parte de las variables de interés. Igualmente sería relevante considerar qué lenguas se traducen y en qué contextos culturales, o cuáles son las prerrogativas de ese agente: ¿debe ajustarse con extremo rigor al texto fijado en el original o tiene, más bien, que adaptarlo a las necesidades de su contexto cultural para que sea correctamente entendido? Lejos del perfil inicial, donde la traducción seguía una pura mecánica, en este entramado teórico, atento a condiciones sociales y redes de influencias, fue ganando protagonismo la idea de que se trataba de una actividad compleja, que aunaba una perspectiva lingüística con otros componentes no menos importantes: desde el acervo de conocimientos culturales sobre las sociedades que hablan las dos lenguas concernidas hasta aspectos artísticos que hacían de la traducción un tipo específico de actividad literaria. Tal vez por eso se haya ido desarrollando una disciplina híbrida, la teoría de la traducción, que ni pretende ser un elenco de los problemas reales con que se enfrentan las personas que traducen, ni encaja completamente en la lingüística entendida de la manera académica al uso. Buena prueba de ello es que un manual de lingüística incluye siempre capítulos sobre fonética o gramática, pero raramente un capítulo sobre traducción. En este sentido, al menos, podría decirse que la traducción ha sido tratada como un material menor.

 

El conocimiento sobre lenguas diversas forma parte del acervo cultural de la humanidad, de manera que la práctica de enseñarlas, como la de proporcionar una mediación entre ellas —ya sea oral o gestual, en la interpretación, ya sea escrita, en la traducción— deberían componer los capítulos iniciales de cualquier manual. No ha sido en absoluto así. La fuerte carga simbólica del pensamiento de Saussure reescribió la historia y explica la preferencia por ingredientes abstractos. A comienzos del siglo XX, una serie de figuras emergentes coinciden en la necesidad de elaborar en esa estela un paradigma científico para el estudio de las lenguas que en adelante se reconocerá como lingüística. A partir de ahí, cuando se rastreen precedentes históricos, solo se aceptarán perfiles marcadamente teóricos, como las abstracciones morfológicas de Pāṇini, un gramático del

 

 

 

 

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sánscrito del siglo IV a. C., o el debate sobre la naturaleza convencional del signo en el Crátilo de Platón. Los aspectos empíricos de las lenguas, en cambio, fueron relegados a un segundo plano —tratados como doxa y no como episteme— y, limpiamente, la didáctica de lenguas y la traducción resultaron barridas del mapa conceptual, por lo menos hasta el último cuarto del siglo XX.

En una revisión histórica, debe incidirse en que la tarea de traducir se verifica en diferentes contextos —políticos, diplomáticos, culturales—, aunque su representación académica la ligue en Occidente casi exclusivamente a un espacio concreto, el de los conventos. Es innegable que siempre existieron figuras que, con su conocimiento de dos o más idiomas, realizaban una mediación cultural. Las crónicas las recogen incidiendo en su condición de nativas de extracción popular, que asesoran a una corte o al alto mando de una expedición militar o comercial: si viajeros como Marco Polo pudieron realizar sus expediciones era porque en ellas tomaban parte intérpretes. Sin embargo, la versión que nos fue transmitida privilegia la práctica escrita, el vehículo principal de la auctoritas. Este perfil, inequívocamente vinculado a los intereses de la Iglesia o de la burguesía, es limitador: deja fuera muchos de los intercambios culturales que realmente existieron para destacar cómo llegaron a las sociedades europeas los textos griegos de Aristóteles, por usar un ejemplo significativo. La figura de intérprete desaparece. Otras ocupaciones lingüísticas, como la ya aludida de la enseñanza de idiomas, también resultarían parcialmente invisibilizadas, pero en el caso que nos ocupa ni siquiera la traducción de textos filosóficos o religiosos, la única tenida por importante, salió bien parada.

 

Poco a poco se fue consolidando la apreciación de que quien traduce hace bien su trabajo solo cuando desaparece. Tal supuesto es inconsistente porque toda traducción implica una mediación. No obstante, se generalizó en la práctica escolar la idea de que existiría una traducción literal — puesta al servicio de la peregrina idea de que el original es una especie de palabra sagrada— y una traducción libre, donde estaría permitido apartase de una reproducción palabra por palabra para reformular los modismos o cambiar los ejemplos. Las ideas lingüísticas están transmitiendo así un cierto desdén por el oficio de traducir. En vez de considerar que una buena traducción exige adaptar el original a otra lengua y a otro público, se alaba

 

 

 

 

 

 

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la versión literal y se sospecha de quien ha mediado entre ambos textos, como sugiere el proverbio italiano traduttore, traditore.

 

Con estos supuestos, los manuales de lingüística presentan, aún hoy, la teoría de la traducción como un campo de investigación poco sistematizado y proclive a basarse en la intuición de quien lo practica. Tal perfil elimina la carga teórica de la traducción, que está siendo vista como una actividad «derivada», dependiente de las ocurrencias y habilidades de agentes incapaces de dar con patrones teóricos —precisamente, lo que la lingüística estructural había privilegiado como paradigma de cientificidad

—. No obstante, la traducción nunca se desvinculó completamente de esos fundamentos teóricos porque las personas que se ocupaban de traducir, a lo largo de la historia, solían detallar los problemas con que se habían enfrentado en prefacios introductorios. Muchas veces, además, también cultivaban la literatura de creación o los estudios gramaticales: el interés por los problemas de lengua es patente en sus comentarios.

El devenir de las ideas lingüísticas en este punto documenta desde el Renacimiento la impronta de los motivos religiosos. La narrativa bíblica había producido una interpretación teológica sobre el origen y la diversidad de las lenguas a través de dos mitos: Adán atribuyendo nombres a todas las cosas y la confusión de lenguas en Babel. La lengua hablada en el paraíso —la usada por Adán en su tarea, pero también la que habría hablado con el propio Dios— sería la más antigua y perfecta de todas: la diversidad posterior solo podía verse como una degeneración. Las explicaciones fueron muy distintas. El mundo católico pretendió recuperar la lengua adánica, dando lugar a una serie de trabajos etimológicos, comparativos y filológicos que enmarcan la lingüística europea del Renacimiento. Pero los teólogos protestantes consideraron que esa lengua primigenia se había perdido y que, por tanto, era necesario cultivar el poliglotismo y favorecer la traducción. Serán específicamente las traducciones anglosajonas las que introduzcan prefacios explicativos, a veces extensos y casi siempre de gran calidad, que pueden considerarse los primeros tratados de traducción del mundo moderno.

El asentamiento de la lingüística como disciplina independiente no fue especialmente provechoso para este asunto. El estructuralismo parte de la evidencia de que el vocabulario de las lenguas es diferente para postular el carácter arbitrario de la relación entre las dos caras del signo. Con el tiempo, esta arbitrariedad abarcaría también la selección de significados:

 

 

 

 

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cada comunidad tendería a discernir con mayor detalle las entidades destacadas de su entorno, dejando a un lado aspectos secundarios. Una serie de factores ajenos consolidan la asociación convencional de esos significados con las correspondientes formas fónicas, de manera que cada lengua es un sistema independiente, una estructura per se. Lo que en francés se denomina vin rouge no puede traducirse por vino rojo porque el campo semántico de los colores tiene diferente amplitud en ambas lenguas; también porque el español contiene la forma específica tinto. No existen las equivalencias perfectas y la facultad humana de categorizar, aparentemente universal, se fragmenta en cada lengua/sistema. Esta óptica condicionó la historia. La notable diversidad lingüística existente —que, además, sería exaltada por las versiones más deterministas del estructuralismo— acabaría poniendo en tela de juicio la posibilidad misma de la traducción.

 

Solo cuando la lingüística textual empiece a andar sus primeros pasos, se irá reconociendo la necesidad de conformar un saber independiente, ocupado del problema general de traducir y de sus efectos en la elaboración del texto, que implican aspectos literarios, culturales o sociales más allá de los puramente lingüísticos. Desde luego, estas pinceladas históricas pretenden reivindicar la teoría de la traducción como una disciplina independiente, incluida en la orientación aplicada de los estudios lingüísticos por su naturaleza multidisciplinar y porque se orienta hacia la solución de los problemas materiales de versión de una lengua a otra. A pesar de que se aprecie una crítica a la falta de sensibilidad con que la lingüística ha tratado estos temas, no pretendo sugerir que las escuelas lingüísticas hayan tenido nula repercusión en el progreso de la traducción. El estructuralismo, por ejemplo, erradicó la concepción antigua y popular de que los contenidos expresados por las distintas lenguas eran idénticos y, por tanto, de que la traducción consistía en una mera sustitución en el plano de la expresión. Obviamente, las cosas no son tan sencillas cuando las formas léxicas del inglés know o can pueden compartir una misma versión, “saber”, o versiones tan diferentes como “conocer” en el primer caso y “poder” en el segundo. Pero este prejuicio todavía sigue vigente: en la vida cotidiana las personas se preguntan cómo se traduce una palabra dada a determinada lengua, aunque nunca se traduzcan palabras aisladas, sino frases enteras, dependientes de contextos. A cambio de este avance, la tradición estructural es probablemente responsable del prejuicio, muy

 

 

 

 

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extendido, de que algunas palabras son supuestamente intraducibles. El portugués saudade, de acuerdo con esta óptica, designaría un sentimiento solo comprensible plenamente desde el sentir de la comunidad que lo ha nombrado.

 

El caso de la saudade portuguesa evoca la idea de que la lengua nativa es una prisión de la que no podemos salir; una idea que, precisamente, ha sido rebatida con argumentos llegados de la traducción. El éxito que demuestran las traductoras y traductores profesionales al conseguir, aun sin ser exactamente bilingües, traslaciones notables verifica la capacidad humana de establecer conceptos sobre un significado con independencia de la lengua de que se trate. Volviendo a la división escolar entre traducción literal y libre, el riesgo de añadir una información que venga a traicionar el original puede minimizarse. Cuando se traduce del mandarín, una lengua sin tiempos verbales, al español, que sí los posee, no es obligatorio adicionar información; basta con seleccionar las formas temporales oportunas a partir de valores comunicativos que el texto de partida expresa mediante otros mecanismos. La teoría y la práctica pueden revelar desajustes, pero traducir no es necesariamente traicionar el texto original.

 

Lo realmente importante es que la traducción crea un nuevo acto de comunicación a partir de uno ya existente, de modo que se convierte en campo de pruebas idóneo para examinar el papel del lenguaje en la vida social. Todo depende de nuestra capacidad para identificar los textos como signos complejos. Solo así es posible diferenciar entre los recursos de un texto poliédrico, como la Biblia, y los del envoltorio bilingüe de una caja de galletas. Lo ideal es conseguir un producto que genere en su público las mismas reacciones que el texto original generaba en el suyo. La traducción, así contemplada, se orienta hacia su punto de destino, no al original, y atiende como nunca a negociar el significado, maximizando la eficiencia comunicativa. Pero nuevas dificultades llegarán de la cantidad de parámetros implicados: quién traduce, qué se traduce, para quién se traduce, cuándo y por qué se traduce[8]. Como es obvio, no es lo mismo contar con un tiempo razonable para dar la versión de un texto que trabajar como intérprete en unas negociaciones diplomáticas tensas. Además, el campo se ha ido ampliando con variantes como la interpretación simultánea, el subtitulado o el doblaje de material sonoro, la traducción de humor gráfico o la elaboración de resúmenes; y cada caso demandará

 

 

 

 

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estrategias diferentes. Ante problemas de tal complejidad, durante mucho tiempo el género pasó inadvertido. Estaba ahí, agazapado, para irrumpir en un momento dado y cuestionarlo todo.

 

 

 

 

4.2. PARA UNA GENEALOGÍA FEMINISTA DE LA TRADUCCIÓN

 

Según hemos indicado, en su representación histórica, la traducción es una actividad practicada en conventos y destinada a preservar los documentos importantes para unos determinados poderes. El supuesto de partida implica que alguien que conoce al menos dos lenguas convierte un texto opaco en transparente para otra sociedad. Tal descripción, por impecable que parezca, hace gala de una neutralidad imposible: no existe forma material de leer un texto y versionarlo en otra lengua sin introducir matices no originalmente expresados. Pero la falta de neutralidad tiene otros alcances. Así, se repiten hasta la saciedad expresiones como los amanuenses, los copistas, los monjes, la escuela de traductores u otras similares: ellas no están. La historia medieval, por lo menos tal y como ha sido transmitida en foros no especializados, difunde la idea de que los monasterios masculinos se consagran al estudio y a la conservación de textos, mientras que los femeninos apenas se ocupan de trabajos domésticos o de aguja, aparte, en ambos casos, de la oración. Sería una duda razonable, entonces, preguntarse si existieron monjas eruditas, que se hubiesen dedicado también a transmitir textos: tal supuesto abriría una puerta para rescatar del anonimato algunas mujeres que habrían intervenido en oficios lingüísticos. Esta posibilidad, aunque minoritaria, aparece documentada, aunque tal vez lo más oportuno fuese recordar que existían foros diferentes a los conventuales. Los llamados libros de mujeres, que recogían una miscelánea de textos religiosos, romances, libros de horas y contenidos especializados de farmacopea fueron una constante en la instrucción de mujeres burguesas (Cátedra, 2003). Junto a ellos subsistían materiales, habitualmente prohibidos, ligados al conocimiento de plantas y a recetas para enfermedades, que en algunos casos fueron traducidos en entornos de convivencia cultural, como los de la tradición sefardí en la península ibérica[9]. Investigar esa vía daría un nuevo sentido a la recuperación de nombres femeninos, si pudiese

 

 

 

 

 

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demostrarse que esos textos de brujas —que incluían recetas para abortar o para remedios para los dolores del parto o el puerperio— eran traducidos por mujeres, pero, evidentemente, resulta difícil recuperar los nombres en textos antiguos, que circularon anónimos, por estar perseguidos o porque el concepto de autoría recibía una valoración diferente a la actual.

 

Una tradición ligeramente diferente es la compuesta por unas pocas eruditas que escribieron tratados en defensa de la educación femenina o abordando la llamada querella de las mujeres, de excepcional difusión entre el público femenino. La ciudad de las damas, de la francesa Christine de Pizan (1364-1430) o Musea Virginea, de la inglesa Batsua Makin (1600-1675), serían ejemplos representativos. En este último caso, el texto fue redactado en latín, griego, hebreo, español, alemán, francés e italiano.

Actualmente, en la Unión Europea casi un 65 % de las personas inscritas en estudios superiores de Traducción son mujeres[10]. A pesar del perfil que hemos presentado como canónico en la historia de las ideas lingüísticas, la feminización profesional del campo no es una novedad. Durante la Edad Media y el Renacimiento, la traducción era en Occidente una de las escasas habilidades aceptadas para aquellas que, por cuestión de clase y formación, pudiesen enfrentarse a los textos. Si acudimos al registro que venimos denominando historia en femenino, podemos observar que habitualmente pertenecen a familias influyentes que consideran los idiomas como un signo de distinción. Pero muchas de ellas usarán ese legado después para ejercer como divulgadoras en ese sentido semiculto que se ha dado a las salonnières[11]. El creciente interés por reconstruir esta genealogía feminista de la traducción ha dado lugar a abundantes congresos y publicaciones científicas en los últimos años (Delisle, 2002).

 

Para argumentar la exclusión de los agentes femeninos en el campo de la traducción he intentado construir un listado de traductoras relevantes que, a pesar del silencio y la precariedad general de la instrucción de las mujeres, consiguieron hacerse un nombre. Como puede imaginarse, esta selección no es, en modo alguno, exhaustiva: no están todas las que son, pero sí son todas las que están. Sus nombres son indicativos de que las mujeres cultivaron siempre el campo de la traducción y denuncian que los masculinos genéricos con que se oculta su presencia deberían ser sustituidos por formas más inclusivas, que permitan divulgar su actividad.

 

 

 

 

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De manera anecdótica, todavía se debe comentar que no ha sido fácil encontrar en esta lista nombres hispanos[12]:

 

Filipa de Lencastre (1435-1497): Noble portuguesa refugiada en el monasterio de Odivelas, según el uso, frecuente en toda Europa, de que una mujer de cierta posición social, incluso no habiendo escogido deliberadamente la vida monástica, podía apartarse del mundo y dedicarse al estudio. Autora de tratados espirituales, textos políticos y algunos poemas, traduce al portugués textos en latín y francés (Evangelhos e homilias para todo o anho).

 

Infanta Dona Catarina (1436-1463): Recibió esmerada educación, como correspondía a la hija de don Duarte, rey de Portugal que perteneció a la llamada Ínclita Generación y fue, él mismo, autor. Traduce textos del latín al portugués.

 

Leonor de Noronha (1488-1563): Aristócrata portuguesa, conocedora de latín, español e italiano. Fue autora y traductora de textos históricos, algo inhabitual en una mujer de su época. El acceso masivo a este género forma parte de una estrategia cultural de la nobleza, en todas las épocas de crisis socioeconómica, para realzar un pasado heroico y contribuir a la unidad social. Traduce del latín al portugués Crónica geral de Marco António Cocio Sabélico des ho começo do mundo até nosso tempo.

 

La Malinche (1500-1551?): Mujer náhuatl con un papel decisivo en la conquista de México por Hernán Cortés, lo que ha generado diversas interpretaciones de su figura, desde la reverencia de quienes justifican la colonización hasta la imagen de traidora a su pueblo, además de la reapropiación feminista que la contempla como víctima de un choque cultural. En medio de las vicisitudes de su biografía, puede decirse que hacía tareas de intérprete para los españoles a partir de sus conocimientos de náhuatl y maya.

 

Margaret More [Roper] (1505-1544): Escritora y traductora inglesa; es la primera mujer de esa nacionalidad que publica sin pertenecer a la nobleza. Estudió griego y latín. Tradujo, entre otras, las obras de Erasmo de Rotterdam del latín al inglés y el autor expresó su satisfacción por los resultados conseguidos. Sus traducciones ilustran el debate entre catolicismo y protestantismo en su época.

 

Margaret Tyler (1540-1590): Considerada la primera traductora del español al inglés, tradujo la narración de Diego Ortúñez de Calahorra Espejo de los altos hechos dignos de príncipes y caballeros, que adquirió gran popularidad. Su traducción, sin

 

 

 

 

 

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embargo, no era literal y, muy elocuentemente, se dijo de ella que tenía un estilo masculino e inapropiado, además de ser criticada por no limitarse a textos religiosos, los únicos en los que las mujeres podían fijar su atención. En el prefacio justifica su trabajo con una curiosa Carta al lector donde recupera varios retratos de mujeres valiosas sugiriendo que debían ser más valoradas en el ámbito literario.

 

Mary Sidney [Herbert] (1561-1621): Escritora y traductora inglesa, es una de las primeras mujeres que firma sin pseudónimo. De origen noble, recibió una cuidada educación, que incluía estudios de latín, griego, francés e italiano. Su matrimonio con el conde de Pembroke le permitió dedicarse a las letras y patrocinar el trabajo de escritores y científicos. Tradujo los salmos de David, consiguiendo que su versión ejerciese gran influencia en la poesía inglesa posterior, a pesar de que circuló durante siglos en forma manuscrita. También tradujo del italiano a Petrarca y del francés The Tragedy of Antony de Robert Garnier, un texto curioso por transmitir una imagen positiva de Cleopatra, y con el que logró influir en Shakespeare, para su Marco Antonio y Cleopatra. Diferentes estudiosos contemporáneos han manejado la idea de que Mary Sidney fuese integrante del círculo que escribió las obras de Shakespeare. Independientemente de la validez de estas teorías, el dato da una idea de la calidad de su obra.

 

Aphra Behn (1640-1689): Es la primera escritora profesional en lengua inglesa. Con una vida novelesca que incluye una infancia en la Guayana holandesa, donde asistiría a las revueltas de la población esclava, y un breve matrimonio seguido de una vida sentimental agitada, trabajó de espía para su Gobierno. Además de desarrollar una intensa actividad literaria, sobrevivía haciendo traducciones del francés y del latín al inglés.

 

Anne Le Fèvre [Dacier] (1647-1672): Filóloga, traductora y escritora francesa. Hija de un filósofo, convivió con un miembro de la Academia francesa, de quien toma el apellido Dacier con que firma su obra. Traduce al francés obras de autores latinos, como Plauto o Terencio, y griegos, como la Ilíada y la Odisea de Homero. No renuncia a entrar en polémicas y, así, en su ensayo Las causas de la corrupción del gusto critica directamente a su contemporáneo Houdar de La Motthe que, como ella, había traducido la Ilíada.

 

Isabel Rebeca Correa (c. 1655-c. 1700): Nacida en Portugal y muerta en Ámsterdam, pertenecía a la comunidad de judíos

 

 

 

 

 

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hispanoportugueses que se establecieron en Holanda en el siglo XVII. Es una de las primeras escritoras de los Países Bajos. Sabía portugués, español, latín, griego, francés e italiano. Además de obra de creación propia en sefardí, publicó traducciones del italiano al español.

 

Giuseppa Eleonora Barbapiccola (1702-1740?): Escritora, filósofa y traductora italiana. Tradujo los Principios de la Filosofía de Descartes y se considera la introductora del pensamiento cartesiano en Italia. En el prólogo deja una nota donde anima a incentivar el estudio de las ciencias en la educación de las mujeres.

 

Émilie du Châtelet (1706-1749). Matemática y física francesa, traduce del latín, el griego y el inglés al francés. Compañera de Voltaire, introdujo en Francia las teorías de Newton a través de estas traducciones.

 

Elizabeth Carter (1717-1806): Escritora y traductora inglesa. Traducía del francés y del italiano al inglés, especialmente textos para la instrucción femenina, como Newtonianismo per le donne de Francesco Algarotti. Consiguió gran celebridad por su traducción del estoico griego Epicteto, la primera que se hacía al inglés.

 

Claudine Poullet [Picardet] (1735-1820): De nacionalidad francesa, traduce textos científicos, especialmente sobre química y minerales, del sueco, del alemán, del italiano y del latín al francés, además de participar en investigaciones meteorológicas. Su labor es paradigmática en un contexto de cambio que lleva desde la traducción solitaria a la consolidación de equipos que trabajan conjuntamente, buscando los textos originales y colaborando para validar la exactitud de las traducciones.

 

Mary Fairfax [Greig/Somerville] (1780-1872): Matemática y divulgadora científica escocesa. Su trabajo tuvo gran reconocimiento y formó parte de diversas sociedades científicas. Sus análisis de las perturbaciones de la órbita de Urano dieron origen a las investigaciones que llevaron al descubrimiento de Neptuno en 1846. Tradujo diversas obras científicas, entre ellas La mecánica celeste de Laplace, del francés al inglés, que tuvo excelentes críticas y una importante difusión.

 

Sacajawea (1788-1812): Amerindia de la etnia de los soshone que sirvió de intérprete en la expedición al Oeste de los Estados Unidos a cargo de Lewis y Clark. Es una figura histórica rodeada de leyendas y mixtificaciones literarias. En cualquier caso, estaba

 

 

 

 

 

 

 

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casada con un francés y sus conocimientos geográficos y medicinales la convirtieron en guía, además de intérprete.

 

Julia Evelina Smith (1792-1886): Escritora y activista sufragista estadounidense. Sus conocimientos de hebreo, latín y griego le permitieron convertirse en la primera traductora de la Biblia desde sus idiomas originales al inglés. Pertenecía a una familia de mujeres, las Smith de Glastonbury, reconocidas por su lucha por la abolición de la esclavitud y en favor de los derechos y la educación de las mujeres. Su versión de la Biblia, que concentró su dedicación durante ocho años, tardó dos décadas en publicarse. Smith pretendía una versión literal, lo que dificultaba considerablemente la lectura.

 

Sarah Austin (1793-1867): Tradujo al inglés, desde el francés, el alemán y el provenzal, libros de viajes y de poesía medieval, algunos de los cuales se reimprimieron varias veces. Mantuvo correspondencia con escritores y fue autora de panfletos en defensa de un sistema nacional de instrucción.

 

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873): De nacionalidad cubana, fue una escritora de renombre cuya obra se considera un precedente feminista. Instalada en España, optó a un sillón de la RAE que nunca obtuvo. Tradujo, del francés al español, a autores como Dumas padre o Victor Hugo. Indicaba siempre en notas etiquetas relativas a su intervención, del estilo de traducción, traducción libre, imitación.

 

Mary Ann Evans (George Eliot) (1819-1880): Escritora inglesa con importante obra propia de carácter realista, crítica con el sentimentalismo de otras autoras contemporáneas. Sabía latín, griego, alemán, italiano y francés. Tradujo la Ética de Spinoza al inglés, aunque no la publicó. También tradujo del alemán al inglés a otros pensadores, como Feuerbach o David Strauss. Mantuvo extensa correspondencia con el evolucionista social Spencer y el filósofo Stuart Mill. Dejó una importante influencia declarada en el escritor francés Proust.

 

Clémence Augustine Royer (1830-1902): Filósofa, científica, traductora y economista francesa, además de emblema del feminismo y del libre pensamiento. Ejerce profesionalmente como profesora, al tiempo que publica obras referenciales en los campos que cultiva. Miembro de la Sociedad de Antropología francesa. Tradujo El origen de las especies de Charles Darwin del inglés al francés, convirtiéndose en la introductora del darwinismo en Francia. Su traducción incluye un prefacio con su interpretación de

 

 

 

 

 

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las teorías darwinistas que no gustó al autor, pero continuó siendo su traductora en las diferentes ediciones francesas que incorporaban modificaciones posteriores. Algunos comentarios hechos por Darwin a otros autores sobre ella merecen ser reseñados: «Hubiera deseado que la traductora conociese mejor la historia natural; debe de ser una mujer inteligente, pero singular; nunca había escuchado hablar de ella hasta que se propuso traducir mi libro». O, también: «Prácticamente en todo El Origen de las especies, allí donde expongo una gran duda, ¡ella añade una nota explicando el problema o diciendo que no existe tal problema! Es realmente curioso ver qué clase de personas ambiciosas hay en el mundo»[13]. En las sucesivas ediciones Royer, efectivamente, se atreve a introducir algunas de sus teorías económico-políticas, como la eugenesia, o a criticar la teoría de la pangénesis que Darwin había comentado. Estas polémicas muestran, independientemente de la calidad de la traducción de Royer, el valor de esta actividad como espacio de debate, especialmente útil para la depuración de ideas.

 

Faustina Sáez [de Melgar] (1834-1895): Escritora española involucrada en la defensa de la educación femenina y directora de publicaciones especialmente dirigidas a esa temática. Además de una abundante obra propia, traduce del francés al español textos de Pierre Zaccone o Madame de Waddeville.

 

Emilia Pardo Bazán (1851-1921): Escritora con una obra prolífica y reconocida como exponente del naturalismo en España. Con una intensa actividad como crítica literaria o columnista, traduce del alemán al español a Heine, del francés al español a los hermanos Goncourt, y del inglés a John Stuart Mill.

 

Jenny Julia Eleanor Marx (1855-1898): Activista política y autora marxista, su vida transcurre en el Reino Unido. Hija de Karl Marx, de quien fue colaboradora y cuyos manuscritos editará a su muerte, se independiza económicamente ejerciendo como profesora y dictando conferencias. Su figura aparece ensombrecida por la presión del legado paterno y por ciertos componentes de género, ya que se suicida al saber que su compañero se acaba de casar con otra mujer. Tradujo del francés al inglés Madame Bovary y también algunos escritos de Clara Zetkin.

 

Julia Asensi (1859-1921): Escritora, periodista y traductora española. Organizadora de tertulias literarias, cultiva un romanticismo tardío, volcado en el costumbrismo y en la literatura

 

 

 

 

 

 

 

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infantil. Traduce textos literarios de diversos autores del francés al español.

 

Constance Clara Black [Garnett] (1861-1946): Fue la traductora al inglés de los grandes novelistas rusos del XIX como Tolstói, Dostoyevski, Chéjov o Gorki. Sabía, además de ruso, latín y griego. Sin embargo, sus traducciones fueron acusadas por Brodsky y Nabokov de haber alterado el estilo original de los autores.

 

 

Esta relación atestigua la existencia de un número importante de mujeres que se formaron en lenguas, que escogieron traducir en vez de realizar otras actividades más favorecidas por su sociedad y su medio y que frecuentemente publicaron, consiguiendo así introducir las ideas o creaciones de personalidades extranjeras en nuevos públicos. La lista ni es exhaustiva ni representativa: está escorada por varios motivos. El primero es que resulta más fácil conocer el trabajo de una traductora cuando es, además, famosa por otra actividad, como tener obra de creación propia o ser una dama conocida en un entorno social privilegiado. El segundo tiene que ver con cuestiones de difusión editorial: es más fácil saber de traducciones entre lenguas europeas que entre las de otros continentes. He intentado paliar esta desviación incluyendo un par de casos de intérpretes amerindias que ilustran, simbólicamente, la existencia de otros pueblos y otras culturas y avisan del riesgo de imperialismo cultural. Hasta donde yo sé, no hay, por ejemplo, traductoras de lenguas siníticas o africanas antes del siglo XX. No es tan extraño: alejadas de los entornos académicos, esas lenguas solo podían aprenderse viajando, y viajar no formaba parte de las actividades que a ellas les eran permitidas. He interrumpido el listado en 1870 porque las mujeres nacidas a partir de ese momento ya desenvolverían buena parte de su tarea, si no toda, en el siglo XX, donde el acceso femenino a los estudios superiores se amplía. Eso obliga a dejar fuera nombres interesantes, como las españolas María de Maeztu, María Lejárraga [Martínez Sierra] o Isabel Oyarzábal, que han sido objeto de interés en la memoria feminista reciente. A veces, la carencia de información en este tema es tan aguda que consultar una sola referencia (Frade, 2016) permite acceder a las semblanzas de tres mujeres portuguesas que van seguidas en mi ordenación, hecha por año de nacimiento, sin que vuelva a aparecer una sola mujer que traduzca al portugués en la lista: eso da una idea de la necesidad de rellenar todavía

 

 

 

 

 

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muchas lagunas. Estos nombres son, únicamente, sintomáticos de que existe una genealogía femenina y, de acuerdo con sus declaraciones, obras y vidas, también feminista en la traducción. Sin embargo, si tomamos como referencia los Premios Nacionales de Traducción en el Estado español, convocados a partir de 1984, podemos observar la valoración secundaria que en periodos recientes todavía tenían las traductoras. Entre 1984 y 2009, de los 35 nombres premiados, solo cinco eran femeninos, lo que suponía un 14 %, una cifra bastante alejada de la igualdad. Los cambios sociales han implicado una mejora considerable en la última década, donde la relación de premiadas asciende al 60 %. Las invisibles se han ido haciendo visibles; han luchado por ello.

 

 

 

4.3. LA CONVULSIÓN DE LA TEORÍA: LA ESCUELA FEMINISTA DE TRADUCCIÓN QUEBEQUESA

 

A pesar de los escasos comentarios al respecto en manuales especializados, la traducción feminista existe. En abril del 2008 saltaba a los medios de comunicación en Galicia una disputa peculiar. La reconocida escritora María Reimóndez, traductora profesional, había realizado por encargo de la editorial Rinoceronte una versión al gallego de la novela de Mark Haddon The Curious Incident of the Dog in the Night Time. Sin embargo, la editorial no admitió el texto y, cuando rescindió el contrato, el caso pasó a los tribunales. En opinión de la editorial, la traductora había manipulado el original, al traducir sistemáticamente los neutros ingleses por femeninos. En opinión de María Reimóndez, su traducción solo incorporaba un enfoque no sexista: dado que en inglés no se usan marcadores de género en los sustantivos, una expresión como the surfers es habitualmente traducida por “los surfistas”, pero no hay nada en el texto que impida su traducción como “las surfistas”. Apelando a un criterio gramatical, la traducción es lingüísticamente irreprochable, aunque produzca —quiere, de hecho, producir— una llamada de atención. Cuando el autor del original fue consultado, consideró la intervención totalmente inaceptable. El problema es interesante desde un punto de vista de género y también como constatación de las relaciones entre lenguaje y pensamiento. En una lengua donde no se marca el género, parece

 

 

 

 

 

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imposible que quien emite un mensaje piense en esa categoría: probablemente the surfers es escrito sin pensar en el sexo de las personas que, a lo lejos, surfean en la playa. En las lenguas románicas, en cambio, el género gramatical obliga a encarar la realidad de diferente manera. Habitualmente en lingüística se acepta, por ejemplo, que una lengua como el alemán, donde quien habla tiene que usar marcas gramaticales específicas para indicar si un objeto está sobre una mesa en posición vertical —como lo estaría una botella— o en posición horizontal —como lo estaría un cuaderno—, obliga a pensar en ese estar en de una manera distinta de como lo hace una lengua románica, que no exige precisar tanto. Pero el tema filosófico general de la relación entre palabra y pensamiento choca aquí con algo más concreto que una elucubración sobre la diversidad lingüística; choca con las reivindicaciones feministas, acusadas de pura ideología[14].

 

La legitimidad de la intervención feminista en las traducciones ha desatado en las últimas décadas ríos de polémica. De entrada, se ha defendido la urgencia de incorporar una perspectiva de género fundamentada en los valores cívicos de justicia e igualdad y en una ética profesional que desafía la idea de que la traducción sea un género secundario o menor. Pero algunos de los argumentos contrarios a estas intervenciones también podrían ser asumidos desde posiciones netamente feministas. Así, en la traducción de textos filosóficos, si Aristóteles o Kant hubiesen dicho, en sus lenguas originales, el hombre es un animal racional, la versión feminista esperable sería algo como el ser humano es un animal racional, bajo el presupuesto de que tales autores habrían pretendido formular una especie de universal, si bien en sus épocas este estuviese limitado a los individuos de sexo masculino —y también a una determinada raza, a quien detentase los medios de producción y no estuviese sujeto a esclavitud—. Como actualmente se entiende que esta condición incluye otros sujetos, la traducción óptima, por adecuarse a la expectativa social en que se recibe el texto, debería decir el ser humano es racional o la persona es racional, algo de este tipo. Más allá de la cuestión de los derechos y de la visibilidad, la propuesta feminista abre el debate a la negociación del significado y al lugar de la traducción en la sociedad. Si traduzco del hindi al español un texto que presenta personas muy tristes vestidas de blanco, se considerará lícito que lo modifique, aunque también será válido indicar en una nota al pie que el blanco en aquella sociedad es

 

 

 

 

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el color del luto. Traducir por personas muy tristes vestidas de negro es orientarse hacia la recepción del texto, en lugar de primar una fidelidad exagerada a lo que la voz emisora ha producido. Volviendo al ejemplo de los textos filosóficos, sería posible entonces que una traducción sensible al género optase por mantener rigurosamente el original masculino para realzar que así fue como se expresaron los autores y notar el peso de la historia. Esta vía sería contraria a hacer a los filósofos el favor de actualizar su pensamiento.

 

Un análisis sosegado de este enfrentamiento entre la perspectiva androcéntrica de que ha hecho gala el pensamiento occidental y la alternativa feminista aconseja extremar las cautelas. Con todo, es inevitable reconocer que en la sociedad actual buena parte de las expertas en traducción han decidido destacar con diferentes estrategias los valores machistas incrustados en los textos. Han optado por intervenir. Esta actitud tiene fundamento, ya que, en los últimos 50 años, diferentes concepciones teóricas en la filosofía, y de modo general en la cultura, han venido a cuestionar la noción de verdad. La muerte del autor de Roland Barthes, la desaparición de los grandes relatos de Lyotard, los juegos del lenguaje de Wittgenstein, la cultura como simulacro de Baudrillard son algunas referencias inexcusables para documentar la idea de que la verdad objetiva ha desaparecido: nos situamos ante un flujo caleidoscópico de impresiones variables, que mutan continuamente y alteran nuestra certidumbre. Inevitablemente estas percepciones de la subjetividad afectan a todos los productos culturales, traducción incluida.

 

Como resultado de estos nuevos aires, en Canadá, a principios de los ochenta un grupo de teóricas feministas desarrolla un modelo de traducción que dará al traste con los supuestos tradicionales. No son las primeras ni las únicas en desafiar la fidelidad al texto. Simplemente incorporan un objetivo inédito: convertir la actividad de traducir en un proceso activo. Susanne de Lotbinière-Harwood, Barbara Godard, Suzanne Jill Levine o Carol Maier son algunas de las primeras autoras que se negaron a aceptar la doble marginalidad de ser mujeres y dedicarse a una actividad considerada secundaria como la traducción. Al conjuntar la perspectiva feminista con su actividad profesional, sacudirán el campo y serán diana de críticas variadas. Sin embargo, para valorar su propuesta convendría considerar la denuncia que están haciendo respecto a la condición menor de la actividad de traducir. Ha sido bastante frecuente,

 

 

 

 

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aunque cada vez lo sea menos, citar en bibliografías especializadas trabajos de investigación traducidos sin mención explícita de quien los había traducido. Sobre este punto de partida —la busca de un protagonismo más fuerte en su trabajo—, apuestan por el objetivo de acabar con el lenguaje sexista y con el lugar secundario de mujeres y traducciones en el ámbito socioliterario. Traducir no será ya una actividad pasiva en contraste con el carácter activo del texto original, con todas las evocaciones sexuales que tal terminología trasluce. La traductora reescribe el texto y por tanto puede intervenir en esa recreación a fin de cambiar las expresiones machistas. Como era de esperar, muchas críticas señalarían que una estrategia semejante está ejerciendo y legitimando una manipulación del original.

 

En su propuesta teórica, transmitida habitualmente a través de prefacios a las obras que traducen, indican que el yo que traduce no es neutro, nunca lo ha sido; es un cuerpo sexuado. Traducir es para ellas una actividad política y puede utilizarse para defender determinadas ideas. La traductora deja de estar sometida al Autor; tiene autonomía gnoseológica como agente de cambio social; en el proceso de traducir no pretende reproducir, sino producir activamente, y así la diferencia se convierte en un concepto positivo, de manera que la traductora pasa a ser considerada participante activa en la creación del significado textual. La actividad clave se denomina womanhandling the text, aunque más que una «manipulación de mujer» sea una «manipulación de feminista», además de que el término en inglés no tenga connotaciones tan claramente negativas como en español, por lo que preferimos utilizar la expresión, más neutra, de intervención feminista.

 

A veces, estas traductoras sienten que tienen legitimidad para cambiar frases del texto original que no correspondan con su ideología. Suzanne Jill Levine, en su traducción al inglés de La Habana para un infante difunto, de Cabrera Infante, sustituye no one man can rape a woman por no wee man can rape a woman. De manera similar, Susanne de Lotbinière-Harwood, al traducir Lettres d’une autre, de Lise Gauvin, transforma, colocándolas entre comillas, las frases con las que no está de acuerdo, como una referencia general a las mujeres como masters of the kitchen.

En la edición bilingüe de Neons in the Night, una antología de poemas del autor quebequés Lucien Francoeur, la traductora, Susanne de

 

 

 

 

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Lotbinière-Harwood, presenta su trabajo en el prefacio como el puño de una revolución de dos tonos: uno tranquilo y uno ácido, la búsqueda de identidad, la búsqueda de intoxicación; un delicado equilibrio, cuerda floja, oscuridad en el borde. «Nosotras, de la generación Quebec-rock, somos tiernas voluntarias, víctimas de la lucha» (1980: 7). Esta «revolución de dos tonos» puede leerse como una referencia a los intentos de crear una identidad cultural y lingüística propia en Quebec, filtrando las influencias inglesas y hasta francesas que se consideran imperialistas. Desde el punto de vista sociolingüístico, el pueblo quebequés mantiene un pulso con el Estado canadiense para reivindicar su identidad y su cultura propia, también, en un sentido más amplio que la independencia política, para reflejar el desarrollo del país y no solo sus influencias externas o sus posibilidades internacionales. Esa búsqueda de identidad, en un contexto plurilingüe, va a confluir con el clima rebelde de las propuestas feministas. La denuncia de Lotbinière-Harwood, ligeramente poética en ese prefacio, se hará todavía más fuerte unos años después (1991), cuando señala que en los tres años que pasó traduciendo a Francoeur, se dio cuenta, con mucha angustia, de que su voz traductora estaba siendo distorsionada para hablar en masculino; obligada por la postura del poema, por la lengua, por su profesión, a desempeñar el papel de voyeur masculino, como si el único lugar para hablar disponible y la única audiencia posible fueran los hombres.

 

Sobre el caldo de cultivo del movimiento independentista quebequés, que se había expresado convenientemente en la música, las traductoras toman conciencia de su participación en las categorías tradicionales y se rebelan. Pero no todas trabajan de la misma forma. Louise von Flotow (2011) considera dos paradigmas de género dentro de los estudios de traducción. El primero recoge ideas que derivan del activismo feminista y, por tanto, se centra en las mujeres como un grupo que tiene una historia particular dentro de la sociedad patriarcal. Aquí habría que incluir la trayectoria de las traductoras mencionadas. El segundo paradigma, un poco posterior, abarca identidades más variadas y referencias o intereses homosexuales; camina en el sentido de cuestionar las identidades tradicionales al ampliar los límites de las etiquetas hombre y mujer.

 

De entre los muchos problemas que asoman, el primero no es tanto lingüístico como de tipo literario/ideológico. Las traductoras de Quebec han puesto el foco en que la traductora existe y en que puede sentir

 

 

 

 

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aversión hacia el mensaje. Liberar su papel consistiría en dar rienda suelta a sus sentimientos en la propia actividad de traducir. Pero esta no es la única alternativa. Otras traductoras (Maier, 1985: 4) han optado por poner a disposición del público textos que plantean preguntas difíciles y perspectivas abiertas, aceptando materiales ideológicamente antagónicos a ellas y que, sin embargo, les parecen válidos para propiciar la reflexión. Lo que todas estas intervenciones pretenden dejar patente es la posibilidad de producir significados nuevos a partir de un texto, una actitud que armoniza bien con los postulados de la crítica literaria en esa misma época: cada lectura es diferente e igualmente válida. Al rescatar el papel de la traductora, esas objeciones ideológicas van a tener repercusiones en el tratamiento lingüístico.

 

El libro antes mencionado, Neons in the Night, fue considerado insultante y, realmente, no era para menos: está repleto de metáforas negativas y despliega toda una imaginería que convierte a las mujeres en objetos sexuales dentro de un universo de rock y drogas. Y lo que Lotbinière-Harwood se atrevió a hacer fue denunciar su situación de voyeur, de alguien que observa sin poder participar u opinar. A partir de ahí, decidirá dedicarse a textos de autoras feministas, con los que se siente más a gusto, o bien hacer notar el machismo implícito en los textos de algunos autores. Pero no se trataba de una queja aislada o solo capaz de prender la llama en su grupo cercano de influencia. En esos ochenta, cuando las traductoras quebequesas comienzan a teorizar sobre su actividad, la sociolingüística se veía también sacudida por la impronta feminista, como tendremos oportunidad de analizar en el capítulo 7. Desde los trabajos pioneros de Robin Lakoff sobre las características del habla femenina, comienza a observarse en diversas disciplinas lingüísticas una auténtica irrupción del género, categoría hasta ese momento absolutamente ausente de la investigación. En todo caso, conviene señalar ahora que una idea que haría furor en la sociolingüística de los noventa de la mano de Deborah Tannen fue acuñada precisamente por un estudio canadiense (Daniel Maltz y Ruth Borker, 1982) que proponía que hombres y mujeres se socializan conformando dos subculturas lingüísticas, con sus propias reglas y, por tanto, proclives a entrar en conflicto.

 

La sociolingüística feminista, no obstante, condujo a dos enfoques diferentes: el reformista, que elaboraba normas de estilo destinadas a conseguir un discurso más inclusivo y que, tantos años después, intenta

 

 

 

 

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tímidamente penetrar en la educación no universitaria, y el radical, que consideraba las lenguas como una fuente de opresión, un mecanismo socialmente implantado para ver el mundo en masculino. Ante esta visión, más pesimista, la propuesta era simple: no se trataba de enmendar las lenguas históricas, sino de desenmascarar su androcentrismo creando otras nuevas. Precisamente aquí se situarían los trabajos de las traductoras que anhelan expresar la experiencia femenina: su intervención adopta estrategias de raigambre punk para evitar ser meras espectadoras.

 

En este movimiento para la feminización del lenguaje, el mundo anglófono es referencial, y esto resulta sorprendente porque el inglés prácticamente carece de género gramatical —que solo aparece, de manera residual, en los pronombres— y, por tanto, podríamos decir que es menos sexista que otros idiomas. En las sociedades donde se hablan lenguas románicas, en cambio, este tipo de aproximación fue más tardío y caminó a rebufo de los movimientos sociales. Por ejemplo, solo se ha visibilizado de manera clara en los últimos años en España, con bastante enojo desde la Real Academia, a partir del auge social del feminismo, y apenas se registra en Portugal. En ninguno de estos contextos el paradigma se ha hecho fuerte en la creación literaria. Eso no significa, evidentemente, que no existan escritoras con temáticas o estilos feministas, pero todavía no se publican obras literarias de creación, por ejemplo, con las ortografías disidentes, como @, x, e o *, que pueden encontrarse en textos activistas. Quebec, por su parte, se convirtió en la primera comunidad de habla francesa donde se feminizó de manera notoria el idioma. Como indica Lise Gauvin (2000), las mujeres pensaron en la lengua articulando la teoría con prácticas transgresoras y provocativas. Feminizar las palabras implicaba prepararse para la engreída reacción que unos pequeños morfemas iban a producir; intervenir en los textos era aún más atrevido. La traducción se convirtió en un espacio efervescente para escritoras, traductoras y editoras: si la lengua las había colonizado, ellas sentían necesidad de estudiarla hasta encontrar mecanismos acordes con su propia subjetividad para reinventarla.

 

La traducción puede hacer especialmente vulnerable a la persona que escribió el texto original en todos los sentidos, también el de género. Quien traduce, está leyendo e interpretando y, consciente o inconscientemente, busca en el texto los valores que le convienen. En consecuencia, la traducción feminista se contempla a sí misma como una

 

 

 

 

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mediación autora-traductora-lectora que interviene compensando las diferencias entre idiomas y culturas, concentrándose en la transmisión de valores ideológicos que considera imprescindibles, como el género. Ese modelo puede aplicarse a la morfología, a la selección léxica, a la traducción de pronombres o a los diferentes mecanismos —prefacio, nota al pie— donde se puede poner de manifiesto la ideología. En el prefacio a Lettres d’une autre, de Lise Gauvin, traducido por Lotbinière-Harwood (1989), puede leerse la frase que encabeza este capítulo y que alude a la práctica de traducir como una actividad política, en el sentido de estar destinada a conseguir que el idioma hable por las mujeres, que ellas sean vistas y oídas en el mundo real.

 

A veces la intervención exige comprometerse con el propio código. De ahí que se introduzcan neologismos, como las formas écrivaine o professeure, inexistentes en el francés convencional, y todavía otros más potentes, como lovhers, en inglés, para que sea posible nombrar el lesbianismo. Más comprometedor, sin duda, es el secuestro, una apropiación del texto por parte de la traductora sin una postura feminista específica, que frecuentemente conlleva feminizar el masculino genérico. La estrategia alcanzó gran impacto casi de manera fortuita: si feminizamos québécois, obtenemos la forma québécois-es, que las traductoras usan con ese guion bien visible, porque en tal contexto, muy elocuentemente, esa -e en francés es muda. Muchas de estas estrategias fueron implementadas sobre textos de autoras feministas porque la discordia estaba servida: la intervención sobre el original es fuerte y, aunque ellas teorizaron con profundidad sobre la hipótesis de transmitir ideas políticas, su intervención fue acusada de excesiva. Si un texto ha sido transformado en sus ideas y en su forma, también es posible que el público lo rechace, que quiera acceder al «verdadero» original.

 

 

 

4.4. MANIPULACIÓN Y CALIDAD DE LA TRADUCCIÓN: UNA CUESTIÓN DE LEALTADES

 

Tal y como venimos viendo, el campo de la traducción, insuficientemente considerado dentro de los estudios lingüísticos, se ha ido desarrollando de manera hasta cierto punto independiente. Su evolución demuestra que el

 

 

 

 

 

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pensamiento contemporáneo no es una realidad erudita, con un conjunto de personalidades que teorizan en un foro especializado, sino que impregna las mentalidades y tiene consecuencias en los saberes. La innovación conceptual de que el significado no está fijado con anterioridad, sino que se negocia en el acto de comunicación, ha modificado la perspectiva de quien traduce. Como mediadoras en una actividad lingüística, las traductoras se niegan a participar en la difusión de contenidos ideológicos con los que no están de acuerdo. No hay nada de extraño ahí: es de imaginar que alguien implicado en la actividad sindical tenga una especial habilidad a la hora de leer contenidos sobre explotación laboral o que quien simpatice con el movimiento ecologista advierta en un relato sobre la vida en una granja significados que pasen inadvertidos a una persona con menor sensibilidad hacia estos temas. La tarea de expresarse implica revelar un punto de vista sobre los acontecimientos que, en nuestra época, se retroalimenta de los movimientos sociales en favor de colectivos desfavorecidos: géneros diversos, minorías sexuales, razas no blancas, personas con funcionalidades diferentes. Se trata de una serie de prescripciones, a menudo aludidas despectivamente como corrección política, de las que nos ocuparemos en los capítulos 7 y 8. De todos estos movimientos, el más organizado y feroz ha sido el feminismo, por lo que no resulta sorprendente que sus puntos de vista se articulasen en la traducción con nitidez. Al final, solo se trata de decidir hacia dónde dirigir la propia lealtad.

 

Llegado este punto, resulta imprescindible revisar algunos supuestos derivados de los estudios de género porque, si el feminismo nunca fue un campo homogéneo, a partir de los años noventa la tensión entre propuestas teóricas e itinerarios activistas, entre versiones orientadas a tomar el poder y otras preocupadas por mantener una alerta crítica, o entre modelos como igualdad y diferencia dio lugar a un puzle donde muchos conceptos se entrecruzaron. Los medios de comunicación limitan habitualmente el panorama feminista al espectro del concepto de igualdad porque casa bien con los valores de una democracia occidental tal y como es de ordinario entendida. Sin embargo, muchas de las propuestas de las últimas décadas son bastante más rebeldes: deconstruyen el concepto de mujer y difuminan el binarismo; se alían con movimientos en defensa del Otro — antirracistas, contrarios a la explotación del tercer mundo y de la clase trabajadora o defensores de los animales—; incorporan una agenda

 

 

 

 

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anticolonial, transnacional y pacifista; pretenden diluir el poder humano sobre el resto de la naturaleza; se ocupan del impacto de las migraciones, de los derechos de las personas con funcionalidades diferentes o asumen un programa descolonizador que coincide en denunciar estructuras como la familia, el Estado, la ciencia o el capitalismo por su capacidad para agrandar la brecha de género[15]. Aunque explicar la evolución del pensamiento feminista brevemente sea un objetivo imposible, la intersección entre las nuevas resistencias, llegadas de vivencias subalternas, y los posicionamientos teóricos de ruptura del género que incorporó la teoría queer puede observarse de manera muy plástica en la presentación de sí misma que hace la escritora chicana Gloria Andalzúa (La prieta, 1988):

 

Soy una puente columpiada por el viento, un crucero habitado por torbellinos, Gloria, la mediadora, montada a horcajadas en el abismo. «Tu lealtad es a la raza, al movimiento Chicano», me dicen los de mi raza. «Tu lealtad es al tercer mundo», me dicen mis amigos negros y asiáticos. «Tu lealtad es a tu género, a las mujeres», me dicen las feministas. También existen mi lealtad al movimiento gay, a la revolución socialista, a la Época Nueva, a la magia y a lo oculto. ¿Qué soy? Una lesbiana feminista tercermundista, inclinada al marxismo y al misticismo. Me fragmentarán y a cada pequeño trozo le pondrán una etiqueta.

 

En este contexto de interseccionalidad está naciendo el posfeminismo, que acusará al feminismo anterior de esencialista por no aceptar la muerte del concepto mujer. A veces, como en las autoras citadas, la ruptura procede de una crítica consciente al modo en que se está construyendo el género: las mujeres racializadas insisten en que el feminismo corre el riesgo de convertirse en un movimiento exclusivo para blancas, como ya advertían bell hooks o Audre Lorde. En otros casos, como el de Monique Wittig, se destacará que las feministas heterosexuales, insatisfechas por los límites profesionales que enfrentan en la lucha por romper el techo de cristal, olvidan otras realidades: al final, en su conocida frase, la lesbiana no es una mujer porque no acepta verse subyugada por los hombres. Finalmente, en un tercer grupo contestatario del que es figura de referencia Judith

 

 

 

 

 

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Butler, la propia noción de género se contempla como una ficción limitadora e innecesaria, una performance que ejecutamos tan irreal como el propio sexo binario que nos han enseñado a admitir como única posibilidad. Como resultado, insistir en un sujeto fuerte femenino significaría caer en todos los errores del autoritarismo, la jerarquía y las oposiciones binarias. Ante este estilo de críticas que difuminan el nosotras propio de la sororidad feminista, las feministas clásicas respondieron: no podían admitir la muerte de un sujeto, el femenino, al que no se había dado todavía la oportunidad de existir (Rodríguez Magda, 2019). Probablemente, estas dos grandes ramas actuales del feminismo indiquen que no en todos los lugares del planeta ni en todas las clases sociales o modos de vida, las mujeres contemporáneas experimenten la misma realidad. De alguna manera, esa realidad fluye a velocidades diferentes en distintos entornos. Si el feminismo daba cuerpo a una serie de reivindicaciones comunes, el posfeminismo se explica por una necesidad de escapar de todas las cápsulas, al tiempo que se denuncia el riesgo de domesticación del ideario cuando llega a las instituciones. Tenemos, por tanto, dos sensibilidades básicas: la que defiende que una lucha de las mujeres todavía tiene sentido, la de las feministas clásicas, y la que considera necesario acabar con las categorías y, significativamente, opta por la estrategia del genderfuck, la de las posfeministas.

 

Como las traductoras quebequesas comenzaron su actividad en los ochenta, sus estrategias se corresponden más bien con el feminismo clásico. A veces justifican sus actuaciones porque han obtenido el permiso del autor o autora del original; otras veces escogen para traducir textos que expresan su misma ideología. La pregunta podría formularse en torno a códigos deontológicos profesionales: ¿es ético cambiar el texto? Estas autoras dirían que traducir es una actividad con la que se puede y se debe reivindicar todo lo que a las mujeres les ha sido negado. Su posicionamiento rotundo se sustenta en el reconocimiento de que cualquier traducción tiene algo de manipulación y en el hecho de que la mayoría de las escuelas vigentes en teoría de la traducción no admitirían regresar a la noción de equivalencia. Lo que parecía una envoltura ideológica tiene complicaciones técnicas.

 

Todo análisis feminista del lenguaje, no solamente la traducción, parte del supuesto de que la lengua transmite estereotipos de género. Sin embargo, muchos gramáticos continúan negando esa evidencia. El

 

 

 

 

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académico Ignacio Bosque (2012)[16], por ejemplo, señalaba en un polémico artículo que los hablantes pueden ser sexistas; las lenguas, como códigos, no. Apoyado en que muchas mujeres no sienten presionadas o a disgusto con el uso de los masculinos genéricos, argumentaba sobre la vigencia de patrones históricos o aun sobre la imposibilidad de feminizar determinadas secuencias, hasta minimizar la herida social que el feminismo había denunciado, asegurando que la lengua es completamente ajena a los estereotipos degradantes que todavía circulan. Aunque, como sucede con todos los problemas de sensibilidad, sea difícil demostrar esa carga negativa que determinados usos arrastran para alguien que se pertrecha en que no los aprecia, es posible advertir la existencia de estereotipos de una manera sencilla. Los talleres de formación feminista han diseñado repetidas propuestas en esta dirección. Angela Goddard y Lindsey Patterson (2000), en esta línea, proponen un ejercicio de inversión de papeles con gran potencia didáctica. Toman un fragmento de una novela romántica, Seducción, de Charlotte Lamb, y alteran los roles masculino y femenino. Cuando él se siente «invadido por una oleada de pánico» ante la tentativa del avance erótico de ella, cuando grita «¡no!» pero ella se abalanza sobre él «estrechándolo junto a su pecho tan bruscamente que él se desmorona», y él intenta «alejarse, tembloroso», del texto emana un efecto hilarante. Seguramente el texto de Lamb no es de gran valor literario, pero sin duda es representativo de un modelo sentimental que ha circulado y todavía circula en nuestras sociedades, difundiendo estereotipos. La inversión demuestra que no sería plausible que el personaje masculino se comportase y/o hablase así, de manera que el mundo no es un lugar simétrico ni los valores transmitidos por los textos son neutros. El arquetipo de lo femenino se comporta con inseguridad, timidez y recato; valores que, trasladados al género masculino, pasan a ser risibles. Es una buena demostración de que los discursos contienen mucho más de lo que se supone cuando se analizan palabra por palabra: en los textos que leemos hay frecuentes distorsiones de la realidad o reproducciones de esquemas caducos que sirven para caricaturizar o trivializar uno de los grupos, el de las mujeres. La lingüística de filiación feminista, en traducción como en sociolingüística, por muy subversiva que parezca, se ha limitado a poner en práctica el mismo modelo que desde la sociología, desde la educación o desde una política comprometida con valores democráticos se ha repetido tanto en las últimas décadas: si

 

 

 

 

 

 

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nuestros productos culturales, lengua incluida, reproducen estereotipos, acabaremos dándolos por válidos.

 

En realidad, propuestas mucho más tímidas que la de las traductoras quebequesas provocarían rechazo: el público lector quiere acceder a los originales lo más exactamente posible. Quizás el peso de la tradición nos haya acostumbrado a pensar en un texto como si fuese palabra sagrada y en quien lo ha escrito como alguien con aura de prestigio cuyas palabras no se tocan. Agradecemos la mediación, pues de otra manera no podríamos leer textos escritos en lenguas que no dominamos, pero tendemos a pensar que quien traduce debe ser tan transparente como un cristal. Sin embargo, antes de valorar el alcance de las propuestas feministas, convendría reflexionar de manera genérica sobre la oportunidad de manipular o intervenir en el texto. Veamos un ejemplo. Mary Kingsley fue una autora inglesa que escribió un libro de viajes por África occidental a finales del siglo XIX[17]. Su óptica sorprende porque una mujer victoriana, sin gran formación previa, pero con suficiente independencia y ánimo para emprender por cuenta propia una aventura semejante, consigue documentar las regiones que visita haciendo gala de una óptica sumamente respetuosa con las costumbres locales. Todo el libro está plagado de comentarios inusitados en su época y sociedad, ya que Mary Kingsley, que sirvió de inspiración para la película La reina de África, tenía puntos de vista propios y modernos. Sin embargo, puntualmente usa para referirse a la población nativa el término savage. El sentido que se desprende de este adjetivo es el de «no civilizado al modo occidental». Si la autora usó savage en un parágrafo, ¿cuál es la mejor traducción? ¿Aquella que mantiene exactamente lo que Mary Kingsley dijo? ¿O una que mantenga el espíritu de sus palabras y no sus proprias palabras? Cuando formulo esta pregunta, no estoy haciendo una crítica sobre traducciones concretas; simplemente aventuro que, si editar un texto es visualizar el pensamiento de quien lo ha escrito, una palabra como nativa/o puede ser más respetuosa con el pensamiento original que la forma original, digamos salvaje, que la autora habría usado sin demasiada reflexión. Las palabras van ganando peso con los análisis críticos. De esta manera podría presentarse la intervención de quien traduce como una licencia de su oficio que redunda en beneficio de la autoría del texto.

 

Finalmente, atendiendo a los últimos avances en teoría de la traducción, al traducir importa generar en quien lee ese texto los mismos

 

 

 

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efectos que el texto original producía. Para comprobar el alcance de este supuesto podemos tomar como ejemplo las metáforas con las que nos referimos a la actividad racional. Algunas de ellas asocian el cerebro a una máquina, como puede observarse en no consigo ponerme en funcionamiento o estoy un poco oxidada. La lingüística cognitiva, atenta a los efectos de las metáforas, notó la rapidez con que la metáfora cerebro = máquina era sustituida en nuestras sociedades por una variante de tipo informático: cerebro = ordenador. Podemos apreciarla en he dejado de procesar información o necesito desconectar unos días. Supongamos que debemos traducir este estilo de frases a una lengua donde las innovaciones informáticas no se incorporan fácilmente, sino que se usan préstamos de una lengua extranjera. De modo más concreto, supongamos que tenemos que traducirlas al navajo. El navajo es una lengua completa, una autentica y particular visión del mundo, pero, dado el contexto sociolingüístico en que, a duras penas, subsisten las lenguas amerindias, es más que probable que los términos informáticos no hayan penetrado en el léxico simplemente porque sus hablantes los usan en inglés. Pues bien, a la hora de traducir las frases anteriores, habría que optar por dos posibilidades. La primera mantendría rigurosamente la identificación entre cerebro y computador creando neologismos. Quien realizase la traducción precisaría conocer bien la historia interna de la lengua, lo cual no es imposible, pero, incluso así, resultaría difícil que sus innovaciones fuesen correctamente comprendidas o que triunfasen. Una segunda posibilidad, más práctica, sustituiría esa metáfora por aquella variante más tradicional que identificaba cerebro con máquina. Seguramente en navajo los resultados serían más fluidos y la traducción funcionaría mejor. La manipulación del texto en tal caso no condiciona la calidad de la traducción; al contrario, forma parte del oficio mismo de traducir. Estrategias de este tipo son habituales e incluso elogiadas como habilidad siempre que se mantenga una supuesta neutralidad ideológica. El problema de la traducción feminista no sería, entonces, atentar contra las leyes de la traducción, sino, más bien, centrar su lealtad en una ideología e introducirla en un texto que podría carecer de ella.

 

 

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4.5. LING ÍSTICA EN FEMENINO:

 

LA TRANSGRESIÓN

 

 

 

 

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Al traducir se transmite voluntaria o involuntariamente una visión del mundo. Al mismo tiempo, quien traduce puede desmarcarse de la visión del mundo de quien ha escrito un original. El siempre mencionado proverbio traduttore, traditore no es una crítica a la persona que traduce; insinúa que la actividad de traducir conlleva obligatoriamente una interpretación. Esta suele ser aceptada cuando implica lealtad hacia el texto o hacia su autor o autora y parece más atrevida cuando implica lealtad hacia el público que va a recibir la traducción, a pesar de que teóricamente se haya defendido que ese es el verdadero fin de una traducción: reproducir ante un nuevo público el mismo efecto que el original producía en el suyo. El problema de la escuela quebequesa es que orienta su lealtad hacia el propio sistema de valores que la traductora abraza y que es potencialmente asumido por un colectivo del que podemos formar parte o no. En el primer caso, es decir, si somos feministas convencidas de la necesidad de sacudir a la sociedad, podemos disfrutar mucho de la traducción. En el segundo, probablemente experimentaremos una sensación de traición. La pregunta, en mi opinión debería formularse así: ¿es legítimo en el oficio de traducir desmarcarse de las condiciones socialmente estipuladas para la recepción? ¿Hasta cuándo y por qué?

 

En la España de las primeras décadas del siglo XX, en un ambiente poco propicio a aceptar la emancipación de las mujeres, María de Maeztu, traductora, declaraba (apud Johnson y Zubiaurre, 2012: 189):

 

Soy feminista, me avergonzaría de no serlo, porque creo que toda mujer que piensa debe sentir el deseo de colaborar, como persona, en la obra total de la cultura humana. Y eso es lo que para mí significa, en primer término, el feminismo: es, por un lado, el derecho que la mujer tiene a la demanda de trabajo cultural y, por otro, el deber en que la sociedad se halla de otorgárselo. En efecto: cultura es, en realidad, trabajo, operación; es pensar nuevas soluciones científicas, cumplir nuevos actos morales, crear nuevos sentimientos estéticos; es dinamismo y no un conjunto de cosas estáticas.

 

Cumplir nuevos actos morales, crear nuevos sentimientos estéticos es la principal actividad de las traductoras feministas. Tal y como funcionó en Quebec, sobre una reivindicación política más amplia, se trataba de una

 

 

 

 

 

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reescritura, un tipo de adaptación, semejante a las ediciones escolares de textos clásicos, donde se acepta manipular claramente el original con objetivos didácticos, de simplificación o actualización del idioma. Quizá en el pacto ético que quien traduce mantiene con la autoría de un texto y con la sociedad, la intervención no sería válida si no se hubiese mencionado en el contrato, esto es, en ese prefacio inicial. Es ahí donde se estipulan las condiciones de inteligibilidad. Aunque se haya hablado poco de las conexiones entre ética y lingüística, se puede afirmar que tenemos la obligación ética de ser lingüísticamente inteligibles: ese es el objetivo de toda depuración. Cuando evito una palabra como denigrar, lo hago porque el significado de “insultar, desconsiderar” envasado en una cápsula que lleva implícita la raza negra, parece aceptar como justo insultar o desconsiderar a personas negras. Practico una higiene verbal para transparentar cuál es mi posición moral. Sin un prefacio donde se explicite el pacto, describiendo hacia donde se dirige la lealtad de la mediadora, las intervenciones no estarían justificadas. Evidentemente, no me refiero a traducir the surfers como las surfistas o men por la gente, que podrían defenderse como impecables. Me estoy refiriendo a secuestros fuertes, continuados a lo largo del texto o más comprometedores. Es importante recordar que otras intervenciones no suelen levantar ampollas. Cuando un texto original está escrito en un registro o variedad dialectal diferente del estándar, el problema para una traducción de calidad es dar con una versión que consiga ilustrar esa peculiaridad. Es frecuente traducir textos del inglés que reflejan variedades locales, sociales o étnicas con fórmulas que reproducen habla popular o dialectos que, como el andaluz, sin dejar de ser español, mantienen un perfil propio. No parece ser, entonces, la intervención misma lo que está en juego.

 

Con todo, las estrategias de feminización escandalizan a los puristas o a los fielmente instalados en posiciones conservadoras, pero también han levantado ciertas cautelas dentro del propio grupo feminista. Luise von Flotow (1997) señalaba algunos problemas, como el elitismo: al final las traducciones se dirigen a un público muy específico, el de personas ampliamente formadas en estudios de género y/o capaces de aceptar un texto que se hace en ocasiones singularmente complejo por estar lleno de innovaciones y juegos de palabras. Más contundente, sin duda, es la crítica de Rosemary Arrojo, que ha acusado este tipo de traducciones de oportunistas, hipócritas y teóricamente incompetentes (1994: 160). Las

 

 

 

 

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traductoras tomarían posesión del texto para resaltar valores que originalmente podrían no estar presentes y mitigar las formas ofensivas del machismo, haciendo uso de técnicas a veces violentas, como la del secuestro. En muchas ocasiones las referencias filosóficas postestructuralistas en que dicen fundamentarse las traductoras están, en opinión de Arrojo, deformadas. Obviamente, estos trabajos fueron posibles en un contexto político determinado, donde existía un público propicio a admitirlos y el sustento de editoriales dispuestas a arriesgar en una determinada dirección.

 

Los posibles excesos pueden notarse con un ejemplo. Si una autora feminista en un original describiese un personaje masculino e hiciese que este expresase contenidos claramente machistas, la traductora teóricamente estaría legitimada para intervenir. Y, sin embargo, la construcción psicológica de un personaje real puede exigir que la autora original dé rienda suelta a un imaginario determinado sin compartirlo. Algunos de los efectos más críticos que operan en la sociedad derivan del sarcasmo, la ironía —que implica decir lo contrario de lo que se piensa— o el humor. Las estrategias depurativas de la traducción feminista podrían quebrar completamente tales posibilidades creativas. Depurar es una opción, pero tiene límites y puede generar reservas: la intervención es, como decían sus autoras, un acto político; nunca una opción neutral.

 

En todo caso, ni las traductoras que componen la lista de traductoras femeninas ni las teóricas de la traducción feminista se han hecho un hueco en los manuales que revisan la historia de las ideas lingüísticas: su exclusión también es ideología.

 

 

 

 

4.6. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA TRADUCCIÓN

 

CASTRO, Olga (2008): «Género y traducción. Elementos discursivos para una reescritura feminista», Lectora. Revista de done i textualitat, 14, 285-301.

 

— (2009): «El género (para)traducido: pugna ideológica en la traducción y paratraducción de O curioso incidente do can a medianoite», Quaderns: Revista de Traducció, 16, 251-264.

 

 

 

 

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— (2011): «Traductoras gallegas del siglo XX. Reescribiendo la historia de la traducción desde el género y la nación», Monografías de Traducción e Interpretación, 3, 107-130.

 

CASTRO, Olga y ERGUN, Emek (eds.) (2017): Feminist  Translation

 

Studies: Local and Transnational Perspectives, Londres, Routledge.

 

— (2018): «Translation and Feminism», en J. Evans y Fruela Fernandez (eds.), The Routledge Handbook of Translation and Politics, Londres, Routledge, 125-143.

 

CASTRO, Olga et al. (eds.) (2020): Special Issue on Feminist Translation Studies, Mutatis Mutandis, Latin American Translation Journal, 13

 

(1).

 

CÁTEDRA, P. M. (2003): «Bibliotecas y “libros de mujeres”», Península.

 

Revista de estudios Ibéricos, 13-27.

 

CID, Rosa y SANTO TOMÁS, Magdalena (2002): Oficios y saberes de mujeres, Universidad de Valladolid.

 

DELISLE, J. (dir.) (2002): Portraits de traductrices, Les Presses de l’Université d’Ottawa.

 

— (ed.) (2010): Retratos de traductoras y traductores, Medellín, Editorial Universidad de Antioquía.

 

DELISLE, J. y WOODSWORTH, Judith (1995): Translators through History, Ámsterdam-Filadelfia, John Benjamins.

 

FLOTOW, Luise von (1997), Translation and Gender. Translation in the Era of Feminism, Mánchester, St. Jerome Publishing / Ontario, University of Ottawa Press.

 

— (ed.) (2011): Translating Women, University of Ottawa Press.

 

FRADE, Mafalda (2016): «Contributo para a história da tradução em Portugal: as primeiras tradutoras conhecidas», Ágora. Estudos Clássicos em Debate, 18, 141-155.

 

GAUVIN, Lise (2000): Langagement, l’écrivain et la langue au Québec, Montreal, Boréal.

 

 

 

 

 

 

 

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GODDARD, Angela y PATTERSON, Lindsey M. (2000): Language and Gender, Londres-Nueva York, Routledge. Trad. esp. Silvia Molina Plaza, Lenguaje y género, Cuenca, Ediciones de la Universidad de Castilla-La Mancha, 2005.

 

JOHNSON, Roberta y ZUBIAURRE, Maite, eds. (2012): Antología del pensamiento feminista español (1726-2011), Madrid, Cátedra.

 

LOTBINIÈRE-HARWOOD, Susanne (1991): Re-belle et infidèle. La traduction como pratique de réécriture au féminin / The Body Bilingual. Translation as a Rewriting in the Feminine, Montreal, Les éditions du remue ménage.

 

MAIER, Carol (1985): «A Woman in Translation, Reflecting», Translation Review, 17, 4-8.

 

MALTZ, D. y BORKER, Ruth (1982): «A Cultural Approach to Male-Female Miscommunication», en J. Gumperz (ed.), Language and Social Identity, Cambridge University Press, 195-216.

 

MARTÍNEZ CRESPO, Alicia (ed.) (1995): Manual de mugeres en el qual se contienen muchas y diversas reçeutas muy buenas, Universidad de Salamanca.

 

MOURE, Teresa (2012): Queer-emos un mundo novo, Vigo, Galaxia.

 

PASCUA, Isabel (2011): Las múltiples caras de la Historia de la traducción, Madrid, Anroart.

 

RODRÍGUEZ MAGDA, Rosa (2019): La mujer molesta. Feminismos postgénero y transidentidad sexual, Madrid, Ménades ed.

 

ROMERO LÓPEZ, Dolores (ed.) (2016): Retratos de traductoras en la Edad de Plata, Madrid, Escolar y Mayo.

 

SNELL-HORNBY, Mary; JETTMAROVÁ, Zuzana y KAINDL K. (eds.) (1997): Translation as Intercultural Communication. Selected Paper from the EST Congress-Prague 1995, Ámsterdam, John Benjamins.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 5

 

PRIMATÓLOGAS Y OTRAS MUJERES

 

QUE HABLAN CON SIMIOS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«¿En qué términos debemos pensar en estos seres no humanos pero que poseen tantas características similares a las humanas? ¿Cómo debemos tratarlos? Seguramente, debemos tratarlos con la misma consideración y amabilidad que mostramos a otros humanos; y como reconocemos los derechos humanos, ¿también deberíamos reconocer los derechos de los grandes simios? Sí».

 

JANE GOODALL, primatóloga

 

 

 

5.1. LA PRIMATOLOGÍA,Z ¿UN

CAMPO FEMINI  ADO?

 

La tipificación de las mujeres como charlatanas ha sido un lugar común muy reiterado: diferentes culturas y registros han cultivado la idea de que ellas hablan constantemente. Podríamos ensayar una reapropiación feminista y asegurar, con un toque de ironía, que, efectivamente, las mujeres hablan mucho y con cualquiera; tanto como para hablar con primates.

 

A partir de los años sesenta una disciplina poco cultivada y que no había conseguido grandes fuentes de financiación, la primatología, experimentó un despegue excepcional con el trabajo de campo de tres figuras femeninas: Jane Goodall, dedicada al estudio de los chimpancés; Dian Fossey, al de los gorilas y Biruté Galdikas, al de los orangutanes. Esta feminización puede parecer un éxito, pero lo es un poco menos si observamos que las tres, inexpertas e inicialmente poco preparadas, fueron enviadas a sus destinos por una de las grandes figuras de la arqueología, Louis Leakey. La imagen de un académico importante escogiendo específicamente mujeres para estas expediciones invita a rebuscar un poco más. De hecho, parece que ellas mismas se autodenominaban Los ángeles

 

 

 

 

 

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de Leakey y hoy son habitualmente reconocidas como las trimates, una etiqueta que suma humorísticamente el prefijo tri- y la palabra primate. No me atreveré a hacer una lectura despectiva de la denominación —entre otros motivos, porque ellas mismas no considerarían un insulto ser asimiladas a unos seres cuya dignidad tanto han destacado—, pero, dada la habitual invisibilidad de las científicas, es curioso que se generen este tipo de respuestas cuando las listas de nombres masculinos ocupados de un mismo tema no suscitan ningún tipo de sorpresa o ironía.

 

Antes de estas expediciones femeninas, los primates habían sido poco estudiados en sus ambientes naturales. En los muy excepcionales precedentes, los investigadores se habían fijado en los comportamientos violentos de los machos dominantes: cuanto más agresiva fuese la actitud animal, más claramente se perfilaba la superioridad humana. Ese error de perspectiva, el de tomar un subconjunto de los ejemplares observados como representativo de la totalidad, aparece enmendado en cuanto Jane Goodall se incorpora a la investigación. Inglesa de nacimiento, se había formado con el equipo de Leakey en Kenia y, tres años después, en 1960, fue enviada ya como investigadora responsable a Gombe (Tanzania). Tal vez porque no tuviese una amplia formación académica detrás —ha sido una de las pocas personas a las que se ha permitido hacer un doctorado sin una licenciatura previa—, mostraba cierta independencia de criterio: decidió observar a todos los chimpancés, también hembras, crías y machos no dominantes. En lugar de numerar los ejemplares, les ponía nombres que, además de individualizarlos, los humanizaban. Los procedimientos de Goodall son, una vez más, intuitivos: se acerca a esa comunidad, observa con empatía y erosiona los muros entre especies. Se ha discutido mucho sobre esa cualidad «femenina» de la empatía en la investigación, que también se advierte en sus compañeras (Jahme, 2001). Tal vez porque quienes opinan sean frecuentemente personalidades de las ciencias naturales, a partir del concepto de empatía se introduce un falso debate sobre si esta es una cualidad biológica o socialmente aprendida. Es cierto que muchas veces se ha insistido en que las hembras de diferentes especies de mamíferos tienen una peculiar manera de escuchar, derivada de la necesidad biológica de atender a sus crías. Pero parece más lógico considerar que el ser humano nace con disposiciones para atender a sus semejantes: la posibilidad de que se consagre a esa actividad con esmero o bien la cultive escasamente tendrá que ver con el refuerzo social que

 

 

 

 

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reciba. Dicho de otra manera, en una sociedad capitalista e individualista, muchas mujeres no mostrarán hoy en absoluto esa inclinación, que, en cambio, sí podría observarse en hombres convenientemente socializados para ello. Como en el caso de la intuición de las criptógrafas, en mi opinión, el debate sobre la empatía de las primatólogas no consiste tanto en adjudicar o no esa cualidad al grupo por motivos genéticos, cuanto en determinar su alcance y consecuencias en la investigación. Las primatólogas introducen comportamientos empáticos en su convivencia con los primates. Ya sea que deriven de su condición biológica, ya que los hayan desarrollado al ser educadas como mujeres, esos comportamientos van a modificar el campo de la primatología y a hacer historia.

 

La americana Dian Fossey, instalada en Ruanda poco después de que Goodall iniciase sus trabajos en Tanzania, también se integra entre los gorilas usando su lenguaje gestual. La empatía es tan fuerte que acabará convirtiéndose en la defensora de su causa: será asesinada años después por cazadores furtivos de la zona en medio de una fuerte tensión entre el respeto que ella reclamaba para estos enclaves salvajes y una serie de intereses económicos entrecruzados que pretendían servirse de ellos a cualquier precio. La tercera del grupo, la canadiense Biruté Galdikas, se incorpora a Borneo (Indonesia) en la década de los setenta e introduce esas mismas técnicas en su trabajo de campo sobre los orangutanes: sus reivindicaciones de los escasos espacios que restan para estos animales, y que en su opinión durarán poco, la han convertido en una auténtica activista ecologista. No es de extrañar que las tres tuviesen perfiles relativamente similares y usasen idénticos patrones de observación. Por un lado, es posible que circulase alguna información entre quienes participaban en proyectos alentados por los mismos referentes. Por otro, intentar integrarse en la comunidad que se observa es un procedimiento habitual en otras disciplinas, como en la antropología. El riesgo aquí es caer en estereotipos. Se dice que el matrimonio de Louis y Mary Leakey prefería investigadoras porque ambos suponían que las mujeres, por su dedicación habitual a los cuidados, tendrían mayor proclividad a desarrollar estrategias de horizontalidad en el trabajo. Obviamente, el panorama cambia si, en vez de ser vistas como pioneras, aparecen como el mero resultado de una hipótesis promovida desde un marco universitario ajeno a la realidad cotidiana de esa observación. Pero el asunto no está en saber si fue antes el huevo o la gallina. Lo importante es que esos métodos

 

 

 

 

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diferentes permitieron formular nuevas hipótesis: ellas no reservaban su interés para el líder de la manada; atendían a las tácticas de supervivencia del grupo.

 

Jane Goodall, al dedicar a cada individuo un nombre humano, lo personaliza, de manera que los actos del simio merezcan una interpretación. Mike será el pequeño chimpancé, no muy dotado físicamente, que consigue un puesto de liderato porque, al jugar casualmente con unas latas, observa que el tremendo ruido que causa sirve para atemorizar a otros machos y, en adelante, aprovecha esa ventaja para ascender en una estricta jerarquía de poder que no era, entonces, puramente biológica. Gigi es una hembra estéril que adopta maternalmente a toda cría de chimpancé o de humano con que se encuentre. Y así, uno por uno, los chimpancés son observados con un grado de detalle similar al que dedicamos a las criaturas humanas en la interacción social, lo que va a ampliar el foco de estudio.

 

Instalarse durante largos periodos de tiempo, a veces décadas enteras, en los entornos que se observan ofreció a estas tres mujeres otras perspectivas. Cuando Jane Goodall indica que los chimpancés quitan las hojas a las ramas para introducirlas en los huecos de los árboles y cazar termitas, no solo está tirando por tierra el supuesto de que su alimentación era vegetariana; también obliga a redefinir el concepto mismo de humano, antes apoyado, entre otros factores, en la capacidad de valerse de herramientas: los chimpancés también lo hacían. Así lo explica (Goodall, 2005: 37):

 

Por entonces, los científicos pensaban que solo los humanos utilizaban y fabricaban utensilios. Sostenían que lo que nos diferenciaba del resto del reino animal era sobre todo esa habilidad. «El hombre, fabricante de instrumentos», así se nos describía en los libros de antropología de la época. Envié un telegrama a Louis Leakey. «Bueno, respondió, ahora tendremos que redefinir el concepto de humano, el de instrumento […] o aceptar a los chimpancés como humanos».

 

Este hallazgo ayuda a entender cómo los cambios de procedimientos introducen mudanzas conceptuales. Al mismo tiempo que las primatólogas

 

 

 

 

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redefinían los límites de lo humano, la emergente perspectiva de género estaba aplicándose a la historia y revelaba que la observación de la vida cotidiana favorecía conclusiones diferentes de las derivadas de fijar la atención exclusivamente en reyes y grandes batallas, como vimos en el capítulo 1. Me parece que el asunto tiene una importancia capital. Se está pasando de un enfoque basado en la lucha por el poder —que premia la mirada androcéntrica— a una visión plural, atenta a la cantidad de acciones diversas que constituyen lo que, en una determinada comunidad, podemos llamar cultura. En otro sentido, ampliar el foco para considerar el universo femenino es una consecuencia directa de haber introducido mujeres en la investigación. Las tres primatólogas percibieron realidades antes inadvertidas, que desbordaban el paradigma de lo biológico: las hembras primates mantenían relaciones sexuales entre ellas y se unían en clanes para protegerse de los ataques de machos.

 

A pesar de la importancia de este trío, la tentación de imaginar que la igualdad está instalada en la primatología ha sido cuestionada por Elsa Addesi, Marta Borgi y Elisabetta Palagi (2012). En su opinión, las científicas han aumentado en general, y existen más primatólogas que especialistas en otras ramas de la biología, pero el techo de cristal continúa intacto: ellos copan los puestos de relevancia. Me atrevería a añadir que el hecho de que estas tres figuras referenciales se mantuviesen durante décadas enteras en el estudio de campo indicaría, más bien, una actitud distante de las disputas de poder habituales en los entornos universitarios. Finalmente, podemos destacar el activismo que desprenden estas investigadoras: aunque hayan recibido prestigiosas honras académicas, especialmente Jane Goodall, continuaron exhibiendo una actitud políticamente incómoda, tremendamente combativa contra la deforestación de las selvas, el abuso que los seres humanos ejercen sobre esos hábitats, el tráfico de animales salvajes y el cambio climático. Y, como es sabido, el perfil activista no es el más recomendable para el prestigio científico. En cualquier caso, la línea de investigación de estas mujeres está viva (Goodall, n. 1934; Biruté Galdikas, n. 1946; Dian Fossey, 1932-1985) y ha despertado la atención general hacia un tema poco considerado. Sus logros avivaron el interés por conocer mejor a los grandes simios y están en la base de tantas experimentaciones posteriores para intentar que esos inteligentes animales aprendiesen lenguas humanas. Ninguna de ellas es lingüista, pero su trabajo abrió un campo, muy

 

 

 

 

 

 

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cultivado entre los sesenta y los ochenta y aún latente, el de la zoosemiótica, otra idea menor en el desarrollo de la lingüística.

 

 

 

5.2. DEFINIENDO LOS LÍMITES DE LO HUMANO

 

Los humanos somos animales. Tan racionales como se quiera, o se pueda, pero animales. Con un criterio que ha sido acusado de especista, imponemos nuestro dominio sobre el resto de la naturaleza para obtener beneficios como especie. Peter Singer (2006) indica que el término especismo, que hoy aparece en los diccionarios de filosofía, es reciente. Cuando Richard Ryder lo usó por primera vez fue para justificar la preferencia que sentimos hacia los seres que pertenecen a nuestra propia especie, hacia los que son como nosotros. Esta perspectiva se asume en la vida ordinaria cada vez que nos decantamos por lo más próximo: la mayoría de las personas supone que tiene mayores obligaciones hacia su propia descendencia que hacia las criaturas de los demás, o que debe responder a la desgracia ocurrida a un vecino, no a la que acontece a una parte de la humanidad desconocida que llega en una patera. Según Singer, estas preferencias están relacionadas con el especismo. Tal forma de ver la realidad, por muy natural que parezca a primera vista, puede generar razonamientos peligrosos porque, desde ahí, se justificaría el racismo, como una preferencia por los seres que identificamos como iguales frente a cualquier forma de otredad. Ni siquiera primar la vida humana sobre otras vidas encuentra fácil justificación, porque podría seguirse que debemos preferir a los seres de la propia raza o del propio país. Pero, en un giro conceptual aparentemente contradictorio, si la especie no fuese importante, podríamos salvar de ahogarse a un perro antes que a una niña, y eso también chocaría con el sentido moral más primario.

 

La cultura occidental situó a los animales en un nivel inferior. Quienes piensan que la ética se basa en un contrato social dirán que la inferior capacidad de los animales para correspondernos recíprocamente está en la base de que orientemos nuestras preferencias hacia los humanos. Esta argumentación contiene una falacia porque en una operación de salvamento muchas personas se orientarían específicamente a rescatar a quien no pudiese salvarse ni, en consecuencia, devolver el favor: criaturas

 

 

 

 

 

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de pocos años o personas con disfuncionalidades serían, en general, una inclinación preferente. Además, este supuesto de la reciprocidad nos permitiría abusar de las generaciones todavía no nacidas: como no pueden actuar a nuestro favor podríamos, por ejemplo, dejar el planeta exhausto a nuestro paso, convertirlo en un vertedero radioactivo o agotar sus reservas de agua.

 

Con frecuencia la mayor relevancia moral atribuida a los seres humanos deriva en los tratados de filosofía de la autoconsciencia, el sentido de la justicia o el lenguaje, facultades que nuestra especie poseería en exclusiva. Aunque podrían ofrecerse otros ejemplos de pensadores occidentales, la referencia habitual es René Descartes, quien establecía el lenguaje como atributo definitorio de la condición humana[18]. Si el cristianismo había convertido a Adán en amo y señor de la creación, con derecho a subyugar a los animales, la filosofía occidental, que elaboró sutiles conceptos, dando por sentada su acción laica e independiente de todo dogma, continuó siendo bastante obediente en su concepción de la naturaleza. El paradigma racionalista establecía una jerarquía que colocaba al hombre, en masculino, en un lugar privilegiado, para justificar que podía servirse a capricho de los animales y de la naturaleza en su conjunto. La mujer ocuparía un lugar intermedio en esa jerarquía; al no ostentar los privilegios exclusivos del hombre, estaría más cerca de los animales. Precisamente, para justificar esa posición no completamente humana se elaboró el relato de la inferioridad intelectual femenina, de su dependencia física y psicológica o, incluso, de su tendencia al histerismo[19]. Y en su Ética (1677), Spinoza rechazaba la consideración ética para los animales como fundamentada en supersticiones y en la misericordia propia de las mujeres[20]. En este sentido, la conexión con la naturaleza ha sido siempre un atributo femenino, frecuentemente esgrimido para restar derechos a las mujeres. Tal vez por estar situadas en los márgenes, excluidas de las instituciones, las figuras minoritarias de científicas o ilustradas que podemos rescatar demuestran contemplar la realidad de otra manera. Margaret Cavendish (1623-1673), por ejemplo, escribe varios tratados sobre filosofía natural y opta por investigar sin atravesar los cuerpos de los insectos con las agujas habituales en la entomología, convencida de que por dañarlos no aprendería más.

 

Evidentemente, la concepción de la naturaleza y, en particular, de los animales como una realidad sometida al criterio humano tiene escasa

 

 

 

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justificación. Al final, parece insustentable que tengamos alguna obligación moral hacia nuestros animales domésticos y ninguna para los que van al matadero. Este argumento, que recupera una justificación racional, no solo un vínculo emocional, para decidir estos asuntos se encuentra reiteradamente en la historia del pensamiento feminista: las sufragistas condenaron las prácticas de vivisección, y en la contemporaneidad Sarah Ruddick propuso una práctica maternal que era, en realidad, una extensión de los cuidados domésticos a la totalidad del planeta. Al mismo tiempo, el movimiento Chipko, los trabajos contra la esterilización de las semillas de Vandana Shiva o el land art de las fotógrafas feministas son tentativas contemporáneas de construir una vía alternativa que acaba fraguando en la corriente ecofeminista. El ecofeminismo sostiene que se han usado los mismos principios de opresión para secundarizar a las mujeres y para dominar la naturaleza. En algunos casos, como en los trabajos de Carol Adams, Greta Gaard o Catriona Sandilands, se trabaja específicamente en modelizar un continuum entre las categorías de ser humano y animal, evitando ese salto cualitativo que coloca a la primera en un lugar privilegiado. Cito estos precedentes para señalar que el problema de la consideración de los animales tiene toda una genealogía feminista detrás.

 

Al establecer condiciones necesarias y suficientes que definen lo humano, el pensamiento europeo moderno traza meandros tramposos. Cuando un individuo nace sin los atributos de la racionalidad o el lenguaje, o cuando una enfermedad lo priva de ellos, no se dice que por esa carencia deje de ser humano. Pero cuando un animal muestre estos rasgos, no por ello va a ser considerado parte de la comunidad de iguales. En lingüística, donde las posturas cartesianas han sido un punto de referencia inexcusable, la lección quedó bien aprendida: solo los seres humanos hablan; ningún sistema de comunicación animal es, por tanto, un lenguaje verdadero. De hecho, cuando intente definir el sistema de comunicación humano, la teoría lingüística (Hockett, 1968) usará matrices de rasgos ligeramente sesgadas para colocar el lenguaje por encima de los códigos usados por diferentes especies animales. El carácter arbitrario de sus signos, la dualidad —o capacidad del signo de dividirse en dos niveles diferentes— o la productividad —la capacidad infinita de producir nuevos mensajes a partir de unas unidades básicas— serán propiedades especialmente relevantes. La abstracción, una vez más, define el panorama

 

 

 

 

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de la lingüística contemporánea, frente a otros componentes que podrían haber difuminado las fronteras entre especies. Uno de los rasgos usados por Hockett, la tergiversabilidad, es decir, la capacidad de mentir —que implica producir mensajes con finalidades diferentes a las puramente biológicas— se documenta en los sistemas de gritos de muchos tipos de monos. Emitir el grito correspondiente al mensaje peligro por depredador volando es una actitud frecuente entre crías. Cuando el grupo huye despavorido, el mono ríe: ha gastado una broma. Ese inteligente comportamiento no ha sido interpretado como sintomático de, siquiera, un cierto grado de humanidad.

 

 

 

 

5.3. PROYECTOS DE COMUNICACIÓN ENTRE ESPECIES: SERES HUMANOS QUE HABLAN CON SIMIOS (Y SIMIOS QUE LES RESPONDEN)

 

En este contexto, a partir de los años cincuenta y con verdadero furor a partir de los setenta, una serie de proyectos de investigación mayoritariamente diseñados desde la psicología, no desde la lingüística, buscaron enseñar el lenguaje humano a chimpancés en cautividad. Si el chimpancé era una especie tan próxima como se aseguraba, existía la posibilidad de que no hubiese creado un sistema de comunicación elaborado y altamente simbólico por sí mismo, aunque pudiese aprenderlo bajo las condiciones oportunas: por ejemplo, siendo criado con estímulos semejantes a los que recibían las criaturas humanas. La hipótesis despertó una gran curiosidad, no solo porque tuviese un claro impacto mediático entre tantas personas amantes de los animales, sino también porque en esa época el innatismo radical de Chomsky había conmocionado la lingüística: el lenguaje era una facultad exclusiva de la especie humana y genéticamente determinada, no una habilidad que pudiese aprenderse. Si los chimpancés, correctamente atendidos y con toda una «familia» investigadora a su alrededor pendiente de sus resultados comunicativos — dando apoyos, recompensas y refuerzos—, llegasen a dominar el lenguaje humano, la premisa básica de la gramática generativa quedaría descartada. El presupuesto era atrevido en el clima de beligerancia entre las escuelas

 

 

 

 

 

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lingüísticas del momento. Pero, sobre todo, en caso de que tales experimentos tuviesen éxito, el abismo entre la especie humana y los demás animales podría ser puesto en tela de juicio.

 

El primer proyecto de estas características fue acometido por Keith y Catherine Hayes, dos psicólogos que en los años cincuenta adoptaron a Vicky, una chimpancé, y decidieron tratarla como si fuese su hija, intentando, por mecanismos básicamente conductistas, enseñarle a hablar inglés. Sin embargo, después de cinco años de un adiestramiento que desplegaba diferentes tácticas pedagógicas y logopédicas, Vicky apenas conseguía vocalizar tres palabras: mummy (mamá), daddy (papá) y cup (taza). En las pruebas a que la sometían, se mostraba tan inteligente como un ser humano de su edad, a pesar de que contaba con la desventaja de no poder valerse de un sistema simbólico para representar el mundo. Muy elocuentemente, cuando le pedían que clasificase los individuos reproducidos en una serie de fotografías en dos grupos, personas y no-personas, hacía bien la tarea, a no ser porque se colocaba ella misma en el primero.

 

En 1966, otra pareja de la psicología norteamericana, Beatrice y Allen Gardner, asumió un plan semejante. También adoptarían una chimpancé hembra, Washoe, pero esta vez usarían con ella la lengua de signos empleada en su país por la población sorda, la American Sign Language (ASL). En el tiempo que media entre los dos experimentos se había sabido que en la especie humana tiene lugar un cambio anatómico a partir de los pocos meses de edad, el descenso del tracto supralaríngeo. Este cambio, que inicialmente supone una desventaja desde el punto de vista biológico, porque podemos atragantarnos mientras comemos, trae como consecuencia la conversión de la faringe en una caja de resonancia que posibilita el habla en su sentido material: permite la producción de un número razonablemente grande de sonidos. Al usar la ASL, los Gardner querían hacer abstracción de estas pequeñas diferencias materiales entre ambas especies y acabar demostrando que, en el ambiente apropiado, un chimpancé era suficientemente inteligente para hablar. Los avances de la primera fase de la investigación fueron espectaculares: a los cuatro años Washoe respondía correctamente a 500 signos y usaba más de 80. Además, era capaz de generalizar, aplicándolos a objetos distintos a los usados en el entrenamiento previo, y podía referirse con ellos a objetos ausentes. Empleaba, por ejemplo, el signo perro para ejemplares de diversas

 

 

 

 

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especies con apariencias diferentes del que se le había mostrado en una fotografía y para perros reales, y con el tiempo comenzó a usar espontáneamente la combinación oír-perro cuando oía un ladrido. También aprendió el signo abrir para una puerta determinada y lo generalizó después, aplicándolo a otras puertas o incluso a cajas, donde el mecanismo de apertura es diferente, e incluso lo usaba para pedir que alguien la ayudase a accionar el grifo cuando quería agua.

 

Washoe, no obstante, fracasó en un sentido muy particular. En su entrenamiento se decidió no enseñarle reglas sintácticas para comprobar cuál era el curso espontáneo de desarrollo que seguía. Como el equipo de investigación que la rodeaba usaba las reglas sintácticas correctamente, ya se daban condiciones semejantes a las que rodean al ser humano cuando adquiere el lenguaje. Washoe efectuó su primera combinación de signos (dulce-dame) a los 20 meses; a los 34 los Gardner habían registrado 330 combinaciones. Era un ritmo considerablemente más lento que el de los bebés humanos pero el hecho de que se produjesen efectivamente esas combinaciones fue considerado suficiente: los chimpancés eran mucho más inteligentes de lo que se pensaba.

 

Este relativo éxito promovió las investigaciones en el campo. Diferentes especialistas en psicología o lingüística pensaron que podrían aportar algo desafiando el innatismo vigente y, una vez abierto el camino, los experimentos sobre el lenguaje humano en chimpancés y en otros monos antropoides proliferaron. David Premack, por ejemplo, decidió usar un sistema de fichas que representaban palabras —y variaban en forma, tamaño, textura y color— para enseñar a Sarah. Esta chimpancé demostró capacidad de pensar en algo aunque estuviese ausente. También mostraba interés por la interacción, de manera que no respondía preguntas si Premack se marchaba, como cuando en una conversación dejamos de prestar atención a otra persona (Premack, 1972: 95). Representaba manzana con una pieza triangular de plástico azul, lo que demuestra que usaba signos arbitrarios. Por su parte, los Gardner extendieron su experimento a otros cuatro chimpancés: Moja, Pili, Tatu y Dar. Todos ellos usaron signos para comunicarse con los investigadores, con personas desconocidas y entre ellos; también con otros animales, con sus juguetes y hasta con árboles. Entretanto Washoe adoptó a una cría, Loulis, que llegó a utilizar el mismo sistema, aunque se duda de si fue una enseñanza activa de su madre —lo que avalaría la transmisión cultural que Hockett había

 

 

 

 

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establecido como rasgo exclusivamente humano— o simplemente aprendió a partir del uso que hacían otros chimpancés. En todo caso, Allen y Beatrice Gardner aprovecharon para resaltar su método: en contraste con las fichas de plástico de Premack —o con los teclados que introducirá más adelante Rumbaugh—, la lengua de signos no hacía a los simios depender de las personas (Gardner y Gardner, 1989: 25).

 

En 1970, un joven investigador de Columbia, Herbert Terrace, entró en escena. Su chimpancé, que llevaba el irónico nombre de Nim Chimpsky, fue criado como un bebé humano repitiendo el esquema de Washoe. Después de 27 meses de adiestramiento, cuando se disponía a redactar resultados optimistas sobre las 20 000 secuencias que reflejaban su uso de varios signos, la investigación pegó un giro. Aunque Nim fuese más inteligente de lo que tradicionalmente se había pensado, su comportamiento lingüístico no era convincente. En la observación de los registros grabados, Terrace advirtió que sus cuidadores lo orientaban hacia la respuesta correcta apenas un cuarto de segundo antes de que él realmente la emitiese. Actuaba como una paloma a la que se enseña a levantar con el pico objetos de diferentes colores en cierto orden (Terrace, 1979: 20). Se abría paso la sospecha de que efectivamente los simios solo usaban signos para recibir recompensas en forma de comida, sin ninguna muestra de querer emprender una conversación espontáneamente. Dejando a un lado los problemas éticos que envolvieron al experimento —se habló de desatención al animal y, en los años siguientes, el proyecto dio lugar a una película cuyo mensaje final fue también cuestionado por el investigador—, el experimento de Terrace se interpretó en los círculos lingüísticos como suficiente para desacreditar todas las investigaciones sobre lenguaje en simios. Ni siquiera era importante que pudiesen aprender un número elevado de signos y usarlos con corrección, incluso en ausencia de sus adiestradores. La principal sospecha que se cernía sobre todas las investigaciones era la de métodos poco rigurosos. Si quien los entrenaba orientaba consciente o inconscientemente las respuestas, los simios estaban actuando apenas como cualquier animal de circo capaz de percibir señales corporales que dan la falsa impresión de que es capaz, por ejemplo, de contar.

 

Diferentes experimentos, cada vez con más dificultades para encontrar financiación, intentaron responder con nuevas evidencias, todas en la misma línea: los chimpancés Sherman y Austin se comunicaban a través

 

 

 

 

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de símbolos y el orangután Chantek aprendió 150 diferentes, que usaba espontáneamente y de manera correcta. Todo esto antes de llegar al bonobo Kenzi, que aprendía a un ritmo más rápido que los chimpancés, suscitando en su adiestradora, Sue Savage-Rumbaugh, la honorable etiqueta de «simio al borde de la mente humana». Las valoraciones más entusiastas concluían que los monos antropoides eran capaces de usar y entender el lenguaje humano, hasta un cierto punto, aunque no parecía posible que llegasen a desarrollarlo de manera espontánea. Los experimentos hacían que se tambaleasen las antiguas creencias que distinguían radicalmente simios y humanos. Hasta las visiones más escépticas tuvieron que admitir que los monos antropoides eran capaces de un pensamiento abstracto y conceptual de un nivel muy superior al que se sospechaba. Independientemente de posturas más o menos proclives a la crítica de Terrace, todos los proyectos producían resultados comparables.

 

En general, los simios aprenden a manejarse bastante bien con los códigos que se les ofrecen, pero son repetitivos y tienden a imitar la producción de signos de quien los entrena. El punto crucial, desde el punto de vista lingüístico, está en que la longitud media de sus enunciados no aumenta, como sucede con los seres humanos. A pesar de su capacidad innata para la comunicación, de que transmiten contenidos semánticos y se ajustan a los turnos de conversación, a los simios les falta el componente sintáctico. Nuestros parientes no están dotados genéticamente de esta capacidad simbólica. Para expresarlo con un ejemplo, los seres humanos que están adquiriendo el lenguaje frecuentemente cometen errores del tipo de decir *rompido en vez de roto, derivados de una generalización de las reglas que usan. Estas emisiones, contrarias a la norma, avalan precisamente la idea de que no aprenden por imitación, puesto que nunca las habrán escuchado en su medio. Sin embargo, ninguna criatura comete errores de sintaxis; nadie dice jardín en el perro el está, sino el perro está en el jardín o en el jardín está el perro. Los chimpancés tienen cosas que decir, y pueden saber cómo decirlas, pero no rentabilizan reglas vacías de significado para canalizar sus mensajes, como el orden de palabras. Ahora bien, con los criterios utilizados para juzgar los logros de los chimpancés, muchos seres humanos tampoco demostrarían tener competencia lingüística: las personas que padecen una afasia de Broca son incapaces de manejar esas reglas sintácticas.

 

 

 

 

 

 

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El problema en el lenguaje, como en la autoconsciencia o en la formulación de juicios morales debe formularse de una manera más general. Los experimentos zoosemióticos, al final, cuestionan la existencia de un escalón que nos separe de manera tan clara y distinta de los otros eslabones de la cadena. Sería posible que hubiese una gradación de cualidades intelectuales entre las especies. Tal vez habría que observar esas cualidades en cada individuo y no establecer la adjudicación siempre al amparo de las conquistas de cada especie, puesto que de un cuerpo de mujer puede nacer una criatura desprovista de algunos de esos rasgos históricamente considerados relevantes para definir la condición humana. Obsérvese, por cierto, que eso sería introducir los métodos no-discretos, los propios de la teoría queer, en un contexto diferente al de género[21].

 

El pensamiento en el que bebemos ha sido administrado por estructuras de poder, como la religión o la propia ciencia, interesadas en fundamentar un salto discreto entre humano y no humano. Que era una estructura de poder y no una consecuencia de determinadas premisas puede descubrirse en el hecho de que muchos de los individuos subsumidos en la animalidad durante siglos hoy se consideren completamente humanos. Así, en otras épocas la esclavitud de la raza negra tenía un sustento —por supuesto interesado y falaz— en la presunta animalidad de ese grupo, al que se negó la condición de plenamente humano. También las mujeres estuvieron del otro lado de la barrera y aún es muy reciente el salto femenino al grupo de la verdadera humanidad. En las últimas décadas, la ética y la zoología han desarrollado modelos que reclaman para ciertos simios fuertemente emparentados con nuestra especie, chimpancés, orangutanes y gorilas, una consideración en términos morales semejante a la de los humanos a través del Proyecto Gran Simio en defensa de la comunidad de iguales (Cavalieri y Singer, 1993).

 

Por supuesto, este movimiento de defensa de los grandes simios no avanza sin críticas: son habituales las parodias por parte de voces que demuestran no entender las implicaciones sociales y éticas de una resistencia de estas características. Nunca se ha sostenido que los animales tengan exactamente los mismos derechos que las personas. Las mofas sobre el derecho al voto de las vacas, la libertad de expresión de los perros o la libertad de culto de los cerdos pueden desarmarse. No tienen sentido, una vez que esos derechos tampoco rigen en la infancia humana, sin que quepa deducir que contemplamos a los miembros de poca edad de nuestra

 

 

 

 

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especie como menos humanos. Las vacas no precisan votar, ni los pájaros visitar museos; las personas en su madurez desarrollan intereses diferentes del resto de los animales. Otro asunto es que los demás seres de la naturaleza —y ahora no me refiero exclusivamente a los considerados en el Proyecto Gran Simio— no tengan derechos. Parece difícil sostener que en un mundo justo un chimpancé con alta percepción de la realidad tenga que vivir en un circo, como parece peligroso pensar que las selvas deban ser deforestadas para que algunos humanos obtengan beneficios económicos. A mediados del siglo XX, la ciencia extendió el uso de los animales en la investigación, al mismo tiempo que la tecnología impulsaba nuevas prácticas ganaderas: las granjas industriales marcaron un paso en el proceso de subyugación animal a causa del número de individuos expuestos a procedimientos mecánicos. En este punto, la formación de una comunidad de iguales con los simios, el contemplar una gradación de cualidades intelectuales —sin blancos y negros, o aptos e ineptos— para el pensamiento o para el lenguaje se revela como una cuestión de gran calado. Y, al menos en ese sentido, las investigaciones sobre lenguaje humano en simios se deberían haber convertido en un capítulo históricamente relevante en el desarrollo de las ideas lingüísticas. Habitualmente, los manuales no lo consideran.

 

 

 

5.4. SUE SAVAGE-RUMBAUGH Y SU LEGADO: UNA LECTURA FEMINISTA

 

Un bonobo hace una fogata para prepararse una golosina o solicita a un bailarín que repita para él su danza en privado a fin de que los demás bonobos, demasiados excitados por su actuación, no se alteren. También sabe usar tijeras, se reconoce en el espejo y se divierte con el videojuego Pac-Man. Ese bonobo es Kanzi y ha convivido durante décadas con la investigadora Sue Savage-Rumbaugh (Estados Unidos, n. 1946), así presentada por Christine Kenneally (2007: 64):

 

El nombre de Sue Savage-Rumbaugh puede no resultar tan familiar como el de Noam Chomsky, pero su lugar en la historia está garantizado. Ella es la investigadora que ha

 

 

 

 

 

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tenido más éxito en lanzar puentes sobre el abismo que separa las especies, enseñando a un simio a producir y comprender aspectos del lenguaje. Ella y su compañero Duane Rumbaugh toman material en bruto, como un chimpancé o un bonobo con su arquitectura neuronal, y comprueban hasta qué punto pueden saltarse unos cuantos millones de años de evolución.

 

Aunque ha trabajado con chimpancés comunes en el Centro de Investigación sobre el lenguaje de la Universidad Estatal de Georgia en Atlanta, Savage-Rumbaugh se ha dedicado especialmente a los chimpancés enanos, también llamados bonobos, conocidos por su conducta sexual exagerada o, como la investigadora indica, especialmente humana. Como los humanos, los bonobos experimentan placer y lo usan a modo de válvula de escape que elimina de sus comunidades las conductas agresivas. Tal vez por haber sido interpretados como promiscuos u obscenos, los bonobos solo recientemente han recibido atención científica. En su comunicación con ellos, Sue Savage-Rumbaugh usa el yerkish, una lengua artificial especialmente desarrollada para estos experimentos con el objetivo de eliminar la ambigüedad de los gestos manuales, y probablemente también de pertrecharse contra posibles críticas. El yerkish exige usar una especie de tablet con multitud de botones donde aparecen figuras variadas, de formas geométricas, los lexigramas. Estos símbolos, correspondientes a palabras del inglés oral o a conectores gramaticales, son arbitrarios, es decir, no guardan ningún parecido con aquello que representan. De este modo, al pulsar el teclado, un chimpancé puede responder a una pregunta, explicando, por ejemplo, donde se encuentra un plátano.

 

Cuando Sue Savage-Rumbaugh estaba intentando enseñar yerkish a Matata, una bonobo bajo su custodia, observó que una cría que esta había adoptado, Kanzi, estaba aprendiendo también, únicamente a partir de observación. Le bastaba, como a un ser humano, estar expuesto a ese lenguaje para hacerse con él. A los 8 años comprendía unos 250 símbolos que usaba bien —lo que equivale a la destreza de una persona a los 2 años y medio— y era capaz de solicitar con ellos, por ejemplo, que le pusiesen su película favorita, una versión de Tarzán, lo que indica que su actividad no tenía nada de repetitivo, sino que era capaz de tomar la iniciativa en la

 

 

 

 

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conversación. Kanzi no fue el único ejemplar estudiado, aunque sí uno de los más famosos. Una de las hijas biológicas de Matata, Panbanisha, también hizo progresos espectaculares, llegando a comprender 6000 palabras del inglés oral, mientras Kanzi, que solo comenzó su aprendizaje a los 9 meses, se limita a unas 3000. A cambio, él está más interesado en mantener la interacción, disfruta del experimento y colabora mejor, por lo que resulta fácilmente observable.

 

Sue Savage-Rumbaugh comenzó a publicar sus trabajos de mayor impacto después de que Terrace hubiese desacreditado el campo. Ella nunca ha afirmado que el lenguaje humano sea una propiedad biológica compartida con los grandes simios o algo parecido, que pudiese justificar ese carpetazo final que se dio en lingüística a este tipo de experimentos. Simplemente, ha mostrado sus observaciones: un uso de signos por parte de los bonobos semejante al de un bebé de 2 años y medio, una relativamente alta comprensión de la lengua oral, con decodificación de estructuras sintácticas y un evidente interés, pragmático y semántico, en comunicarse con su círculo inmediato. Estas observaciones apoyarían únicamente la hipótesis de que, en cautiverio y a través de una transmisión cultural con grandes dosis de dedicación directa, o adiestramiento, las crías pueden aprender hasta un cierto punto el código humano y usarlo con eficiencia, con otros humanos o entre ellos. Eso no cuestiona el innatismo vigente en la lingüística actual, puesto que, de hecho, tal mecanismo biológico no se ha dado en la especie de los chimpancés. Y, con todo, las críticas se desataron.

 

Por mucho que se trate de una académica con abundantes publicaciones de referencia, Sue Savage-Rumbaugh tuvo que enfrentar los sarcasmos que —especialmente, aunque no solo— los lingüistas generativistas dirigieron a su proyecto. En algunas entrevistas Noam Chomsky comentó que estos proyectos eran irracionales y los comparó con enseñar a un humano a batir los brazos para volar. Steven Pinker, también generativista, ha insistido en que se adiestra a los simios para que pulsen la tecla oportuna cuando quieren que otros simios sin pelo les lleven chucherías (Pinker, 1994). Savage-Rumbaugh reaccionó distanciándose de los experimentos precedentes, a los que acusa de haber atendido exclusivamente a la producción por parte del primate. En su opinión, a Washoe, Sarah o Nim se les enseñaba exclusivamente a nombrar; no se les pedía que demostrasen una competencia receptiva

 

 

 

 

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equivalente. Una actividad tan simple como entregar un objeto a cambio de un mensaje emitido con símbolos exige, en su opinión, que el simio vaya más allá de la conducta automática de usar esos símbolos para obtener recompensas concretas: tiene que coordinar sus acciones y responder a deseos expresados de manera simbólica por quien le habla. Eso supone un nivel conceptual que no se observa entre primates en condiciones naturales y también una interesante cooperación con los objetivos humanos. La falta de atención a tales hechos habría enturbiado la comprensión correcta de la conducta de los primates estudiados (Savage-Rumbaugh et al., 1980: 65):

 

Las y los investigadores del lenguaje en simios no deben limitarse a describir lo que los simios dicen. Han de atender al contexto no verbal total y deben evaluar el valor informativo de los símbolos per se. Esto exige el registro en video de todos los aspectos del entrenamiento y las pruebas. Las dificultades a la hora de interpretar y registrar con cualquier otro método todos los aspectos relevantes de las conductas y las tareas desafían los límites de las horas de registro y las grabaciones magnetofónicas. Habrá que desarrollar métodos para investigar los aspectos semánticos de los varios tipos de producciones simbólicas y de las condiciones lingüísticas socioconductuales inherentes. Las y los experimentadores deben dejar de buscar similitudes superficiales entre simios y niños y niñas y, en su lugar, deben investigar las capacidades cognitivas subyacentes en los procesos simbólicos.

 

Ya Washoe había demostrado conductas sorprendentes cuando daba volteretas por una habitación calzada con un zapato rojo mientras hacía los signos correspondientes a zapato y rojo, un comportamiento psicológicamente semejante al del soliloquio infantil —ese monólogo interior que las criaturas de pocos años sostienen mientras juegan—. Y la lectura de los textos de Savage-Rumbaugh muestra numerosos detalles que corroborarían la aludida empatía de las primatólogas. Así, cuando Panbanisha, repentinamente, va al teclado y toca los signos correspondientes a pelea, furiosa y Austin, después de haberse peleado con

 

 

 

 

 

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Austin por un ordenador, la investigadora expresa que ese episodio le resulta especialmente gratificante, porque la chimpancé no está usando los símbolos para pedir comida, sino para acusar a su compañero; para cotillear.

 

No parece claro que los primates hayan sido tratados en estos experimentos como animales de circo. Es curiosa la duplicidad de considerar que sí hay lenguaje cuando una criatura humana reúne un sustantivo y un verbo para formar una frase y, en cambio, descartar que sea lenguaje cuando quien realiza esa misma proeza pertenece a otra especie. Es cierto que la complejidad sintáctica está fuera de las capacidades de los simios, pero bastaría con que se aceptase que estos experimentos tienen el grado de rigor necesario para sugerir que entre los seres humanos y sus parientes simios no hay tan inmensa distancia. No se puede decir tajantemente que Kanzi tenga habla humana, pero responde adecuadamente en videos publicados a indicaciones como coloca agua en la cazuela, pon una inyección al perro o quítale los zapatos a Sue, mientras la investigadora lleva un casco en la cabeza para evitar la sospecha de que pueda estar enviándole signos de lo que pide. Todo esto debe valorarse teniendo en cuenta que, en la vida diaria, las personas repetimos que nos resulta difícil, por ejemplo, comunicarnos por teléfono —y, más aún, a través de las redes sociales— porque, al no ver el rostro del otro, no conseguimos interpretar de forma adecuada lo que nos está diciendo. Se percibe en este contraste una cierta arrogancia antropocéntrica que impide reconocer la animalidad humana o la humanidad del simio. Si los experimentos aportasen solo una ilusión, no se habría perdido nada por intentarlo: podrían mejorar nuestro conocimiento sobre los entresijos de la comunicación, o aplicarse a la elaboración de sistemas adecuados para personas con disfuncionalidades. Y si las investigaciones estuviesen animadas por el interés de demostrar que los seres humanos debíamos bajar del pedestal en que el cartesianismo nos había colocado, o por defender los derechos de los animales, también merecerían alguna consideración. Kanzi no se comporta como el perro de Pavlov, apenas salivando cuando suena una campanilla, aunque no sea capaz de pronunciar una conferencia.

 

Sue Savage-Rumbaugh, a pesar de todos estos ríos de críticas, tiene una carrera de prestigio. Como no se trata de una figura olvidada y por su condición de autora contemporánea y viva no entraría en las restricciones

 

 

 

 

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que nos hemos colocado en estas páginas. Si en el capítulo anterior la genealogía de las traductoras se interrumpía en el siglo XIX para no perder el panorama histórico de la exclusión que, en principio se rompió en el siglo XX, no parece haber explicación para todas las mujeres de este capítulo, menos aún para ella. En este punto, introduciremos un giro en la argumentación. Como en el caso de las traductoras quebequesas, no se trata aquí de valorar las teorías de una autora o de una escuela, sino, más bien, de reflexionar sobre las causas de que, incluso investigadoras contemporáneas, que han penetrado en los círculos académicos, se mantengan secundarizadas, como si sus campos de interés fuesen triviales por definición. Muchos de los trabajos de Sue Savage-Rumbaugh se publicaron en la década de los ochenta, como los de las traductoras feministas, de manera que ya han pasado 40 años, un periodo suficiente para que sean consignados en un panorama histórico, incluso, si fuese necesario, para desestimarlos. Pero no es así.

 

Las investigaciones sobre primates aludidas al comienzo de este capítulo, las de Goodall, Fossey o Galdikas, incorporaron nuevos puntos de vista y una serie de métodos asociados a ellos. Las investigaciones circunscritas a primates y lenguaje también implicaron un número sorprendente de mujeres. En colaboración con sus maridos, Catherine Hayes, Beatrice Gardner y la propia Sue Savage-Rumbaugh, quien se incorpora al proyecto Lana de Duane Rumbaugh, se introducen en un campo minoritario. De manera más general, también la filósofa Vicky Hearne (1986), mencionada en el capítulo 2, orientó su atención a los intercambios comunicativos entre personas cuidadoras y animales domésticos. Incluso en los últimos años, dentro de lo que Eva Meijer ha llamado filosofía del abandono (Meijer, 2015), se podrían citar muchos trabajos de pensadoras que estudian la conexión ético-política de la comunicación entre diversas especies, como los de la propia Dona Haraway (2003) o los menos conocidos de Iris Marion Young (1990), Irene Pepperberg (1995), Joanna Burger (2002), Barbara Smuts (2006) o Sue Donaldson (2011). Obviamente no son las únicas, como no eran las llamadas trimates las únicas primatólogas. Pero eso significa que el tema captó atención femenina —como no consiguieron hacerlo los debates sobre la arbitrariedad o sobre el principio de doble articulación, por ejemplo— y la circunstancia de que este fuerte interés se relacione con una idea periférica en lingüística es singularmente reveladora. Puede parecer

 

 

 

 

 

 

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casual, pero la presencia femenina, también aquí, está ligada a la intervención de nuevos procedimientos, de variantes metodológicas. Evidentemente, no sabemos si, en el caso de los proyectos con más claros resultados para la lingüística, fue idea de ellas o de sus compañeros adoptar a los simios y tratarlos como a bebés humanos, creando una forma de relación entrañada que guarda alguna relación con el éxito de estos proyectos. No sabemos de quién fue la idea, pero sí sabemos que cuando ellas están, ese procedimiento, que rompe con los protocolos sobre el tratamiento de los animales en laboratorio, se documenta. Las propias declaraciones de Sue Savage-Rumbaugh sobre la necesidad de no tomar en cuenta únicamente la producción de mensajes lingüísticos, sino también su comprensión, dan una vuelta de tuerca a lo que se entiende por lenguaje: si primamos la producción, aceptamos que el lenguaje consiste en construir emisiones de acuerdo con un patrón de reglas correctamente formuladas; si primamos la recepción, basta para hablar de lenguaje el hecho de compartir un código con que penetrar en el universo del Otro.

 

Además de reivindicar el legado de Savage-Rumbaugh, esta lectura pretende destacar la presencia de otros factores en la investigación. Pero, si se tratase simplemente de apoyar la idea de que el machismo ha circulado en este entorno, tampoco sería difícil de documentar. Entre los experimentos para enseñar lenguajes humanos a primates, uno de los más citados es el de Francine Patterson y su gorila hembra Koko a partir de 1972. Koko aprendió un vocabulario más amplio que el famoso chimpancé Nim Chimpsky y sus oraciones se caracterizaban «por una gran creatividad, espontaneidad y estructura» (Patterson y Linden, 1981: 116). Además, su uso era productivo, en el sentido de que se valía de unidades ya conocidas para crear otras nuevas. Así puede interpretarse la anécdota de que Koko se refiere a sí misma como un elefante mientras se coloca un tubo largo en la boca a modo de trompa. Es posible que muchas de las declaraciones de Patterson puedan ser leídas con distancia: idealiza al sujeto que observa, trata a Koko como a una niña y aproxima constantemente sus comportamientos a los de un ser humano. Pero la investigadora insiste en que no se puede comprender el funcionamiento mental de otros animales a los que se está llevando al límite de sus habilidades sin mantener una relación profunda con ellos (Patterson y Linden, 1981: 211). La empatía se ha convertido en una justificación metodológica.

 

 

 

 

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Pues bien, cuando las conclusiones de Herbert Terrace acabaron con el interés que el lenguaje en animales había despertado, Martin Gardner comentó la bibliografía al respecto (1980), apoyando la idea de que todos estos experimentos eran una de las versiones más salvajes del inteligente Hans, un cliché habitual en psicología para nombrar los casos de entrenamiento animal donde el entrenador da pistas, poco visibles para el público, que permiten a un caballo simular que cuenta porque levanta las patas tantas veces como se le haya pedido, cuando en realidad está respondiendo a una mínima señal de su entrenador. Evidentemente, era legítimo que Gardner expresase su opinión y perfectamente aceptable que esta se inclinase hacia la desconsideración de los experimentos. Lo que ya no es tan aceptable es que diga (1980):

 

No es difícil comprender por qué Penny (joven, guapa, con largo cabello rubio) recibió tanta publicidad. ¿Qué podía haber más impactante que unas fotos en color de la Bella y la Bestia, las cabezas juntas, charlando embelesadas?

 

Las estudiantes de lingüística hemos tenido que estudiar este tema así, escuchando comentarios insidiosos sin posibilidad de respuesta. A veces, es difícil argumentar el desdén que se percibe en palabras, aparentemente neutrales, dirigidas sibilinamente a otras mujeres, pero muchos de esos comentarios se quedan ahí, en nuestras cabezas, agitándose. Alimentan una respuesta. Como poco, justifican una cierta reserva hacia los criterios que, con una frecuencia aterradora, invisibilizan el trabajo de las pocas mujeres que, ocasionalmente, podrían servirnos de referentes. Felizmente, Christine Kenneally (2007: 70) ha señalado de forma contundente la dificultad de comprender que comentarios como el de Gardner hayan formado parte del debate. Nunca habría sucedido lo mismo si el investigador en cuestión hubiese sido Chomsky, cuyo aspecto físico seguramente nuca ha sido mencionado en referencia a su trabajo y su interés para el público, y a quien nunca se habría llamado Noam en circunstancias semejantes.

 

Si se trataba de realizar críticas, hubiese sido preferible que estas se formulasen en torno al modo en que los animales eran criados en recintos universitarios, alejados de sus hábitats naturales, obligados a usar un modelo intelectual que no les interesaba, en lugar de esos vanos

 

 

 

 

 

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comentarios sobre la belleza de las científicas que los eclipsaba o las reiteraciones de una serie de postulados vagos a los que tantos autores parecen abrazarse. Savage-Rumbaugh se ha defendido de estos ataques diciendo que el debate ha generado «más calor que luz». No hay expresión más elegante para contarlo. Los resultados de los primeros experimentos fueron admitidos demasiado rápidamente y también rechazados con la misma vehemencia después del caso Nim (Savage-Rumbaugh, 1986: 398). Cuando ya el fuego se había calmado un poco, Joel Wallman (1992: 109) aseguraba de manera tajante que ninguno de estos proyectos había logrado instilar ni siquiera una forma decadente de lenguaje humano en los animales. Esta intervención extemporánea todavía merece algún comentario porque fue otra mujer, la psicóloga Patricia Greenfield (1994: 940-2), quien respondió con acritud: Wallman había exagerado las diferencias entre el lenguaje humano y el del simio, había valorado inadecuadamente la competencia de los simios y, finalmente, había ignorado resultados publicados que no concordaban con su tesis, usando evidencias escasamente científicas para discutir los resultados. Sin embargo, en los mismos meses en que se difundía el libro de Wallman, prestigiosas publicaciones le dirigían comentarios bastante elogiosos, que pueden rastrearse todavía hoy, como uno de esos reclamos promocionales que las editoriales usan para estimular las ventas, en cuanto se busca el libro en la red: revistas como Semiótica, American Journal of Primatology o Contemporary Psychology se deshicieron en elogios sobre «un libro racional y concienzudo» o «un tratamiento vívido de las controversias» sobre los programas de lenguaje en simios con «una narrativa académica y entretenida, agradable y elegante». Ante estas evidencias, parece sugerente la idea de que se está produciendo una auténtica brecha de género en la interpretación de los resultados. Intentaremos, en el siguiente apartado, explorar si esa brecha cabe en una actividad como la ciencia. Por ahora, baste con dejar constancia de que estos experimentos desprendían una actitud empática y consideraban la posibilidad de que los simios tuviesen algo interesante que decirnos. Eso ya es intelectualmente desafiante en un mundo colapsado, donde todas las evidencias biológicas y ontológicas nos invitan a ser humildes y a venir a menos[22]. El futuro parece abrirse a nuevas estrategias teóricas que permitan, en todas las disciplinas, afrontar la crisis ecológica que padecemos. Nuestras ciencias deben, hoy más que nunca, favorecer que pisemos más suavemente sobre el planeta.

 

 

 

 

 

 

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5.5. LING ÍSTICA EN FEMENINO: LA SOMBRA DEL MACHISMO EN LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

 

Bajo la etiqueta, de perfiles poco definidos, Ciencia, tecnología y sociedad —en adelante, CTS— se ha ido introduciendo, a lo largo de las últimas décadas, una perspectiva crítica sobre el quehacer de las ciencias. Su objetivo podría considerarse epistemológico, ya que los estudios de CTS abordan la teoría del conocimiento, pero sus métodos proceden de la sociología: combinan conceptos emanados de las disciplinas científicas con la biografía de sus protagonistas y contemplan la capacidad de difusión de nuevas ideas. Una de sus variantes, habitualmente denominada Ciencia, tecnología y género (CTG) se orienta específicamente a cuestionar el androcentrismo tradicional de las prácticas científicas.

 

El programa filosófico de la sospecha, que remite a Marx, Nietzsche y Freud, impregna el pensamiento del siglo XX y, en ese modelo, los entresijos de las grandes estructuras de conocimiento deben ser analizados con rigor. Las escuelas feministas han aplicado esa sospecha también a la ciencia y a la tecnología como estructuras patriarcales. Los estudios de CTG son, al final, una de las diversas maneras en que esa crítica ha cristalizado. En algunos casos, se trata de una orientación practicada por mujeres especialistas en diferentes campos de conocimiento que, como activistas, han participado del movimiento feminista y acaban incorporando esta orientación a su trabajo habitual (Rose, 1994); en otros, se trata de sociólogas o filósofas decididas a teorizar sobre el género. En cualquier caso, los enfoques biologicistas que predominaron en los setenta relacionaban habilidades cognitivas con sexos y eso puede explicar, en parte, que estas especialistas, ya fatigadas por las dificultades para hacerse un hueco en la academia, buscasen una vía alternativa. Como ha indicado Londa Schiebinger (1991), las ciencias se han dedicado históricamente a probar determinados prejuicios, ideológicamente orientados, que presuponían la inferioridad de algunos pueblos, razas o géneros. La ciencia no ha sido nunca neutral.

 

Además de trabajos de índole más administrativa, que presentan un enfoque desagregado por géneros de esta o aquella actividad, se encuentran en esta orientación reflexiones que enlazan lo que sería una crítica al sexismo como forma de discriminación presente en los reductos

 

 

 

 

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elitistas de la investigación, con una complejidad de perspectivas anticoloniales, antirracistas o en defensa de minorías. Lo curioso, quizás, es el efecto de contaminación: lejos del corsé académico, muchas de las teóricas comienzan a mezclar sus técnicas de trabajo. Y si antes no era habitual en biología usar biografías, entrevistas personales o relatos informales para construir un discurso histórico, tampoco era muy frecuente que en los estudios literarios se introdujesen porcentajes o estadísticas con medidas de impacto. Esta contaminación, casi como registro estilístico, es marca de buena parte de los estudios culturales en sentido amplio, que adoptaron un perfil claramente político, con la noción de subalternidad como protagonista y que consiguieron, por esta vía, impactar en estructuras de discurso muy rígidas como el relato académico.

 

Con el paso del tiempo, el enfoque ha ido cambiando desde un perfil que podríamos denominar mujeres que hacen ciencia a otro, más maduro, que podría identificarse como ciencia con perspectiva de género. Las etiquetas siempre son parciales y es probable que una lingüística feminista, pongamos por caso, desate las cautelas de quien está asentado en posiciones de poder, pero, de manera evidente, existe una diferencia entre denunciar efectos sexistas en las prácticas de las instituciones, desde el acoso sexual hasta la negación absoluta de los logros de ellas —algo que podría ser enmendado con una reforma higiénica en las instituciones— a la idea de captar mujeres para disciplinas donde ellas no han ido por el peso de los estereotipos. Todavía más radical sería la propuesta de formular una ciencia X reformada. Si la investigación ha sido practicada desde estructuras de poder, obedece a criterios y controles que pueden ser reemplazados. La perspectiva de género implica, en este sentido, una democratización del conocimiento.

 

El acceso de las mujeres a la universidad es tardío en toda Europa: en Suiza se admite su entrada en 1860, en Inglaterra en 1870, en Francia en 1880, en Alemania en 1900, en España en 1910[23]. Con todo, algo se nos queda en el tintero siempre porque, por acasos y fortunas, algunas franquearon ocasionalmente las pesadas puertas de entrada. Centrándonos en lingüística, en el siglo XVI Francisca de Nebrija, hija del famoso gramático, sucedió a su padre en la cátedra de Retórica que este ocupaba en la Universidad de Alcalá. Así que ella y Luisa de Medrano, otra humanista de esa época, que dio clase en la Universidad de Salamanca, consiguieron la extraña proeza de enseñar en una institución que no las

 

 

 

 

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admitiría como alumnas. Los cursos de Gramática se superan hoy sin mencionarlas, los de Historia de la Lingüística también.

 

Probablemente el sentir común de quien no se interese por la perspectiva de género coincidirá en especular, sin dignarse a conocer su legado, que, aparte de algún mérito de carácter —esa masculinidad atribuida a toda intelectual anterior a la contemporaneidad—, estas mujeres no habrán hecho ninguna contribución especialmente notable. En efecto, la hipótesis es plausible. Pero en este caso convendría responder a otra pregunta: ¿cuántos practicantes masculinos conocemos de ciencia normal, en el sentido de investigación practicada siguiendo un modelo, sin innovaciones o revoluciones conceptuales? Muchos. En la historia de la gramática los mencionamos, uno tras otro, como autoridades, casi como parte del paisaje de la disciplina, y repetimos que Apolonio Díscolo, Donato y Prisciano inician una línea que domina durante siglos con escasas variantes. Asumimos que no tienen que distanciarse de sus precedentes, que es suficiente con que reproduzcan o introduzcan ligerísimas modificaciones para conseguir un puesto en la historia. Para ellas, en cambio, no es así. La tendencia de profesionales y docentes es justificar la ausencia de las mujeres por «las circunstancias históricas de su tiempo», en lugar de denunciar que existe un plan de ocultación deliberado o inconsciente.

 

Como la historia de la ciencia con perspectiva de género es poco conocida, mencionaré a continuación algunos casos, externos a la lingüística, de científicas de gran importancia que sufrieron diferentes tipos de misoginia, a pesar de haber introducido en sus investigaciones hipótesis especialmente imaginativas, que muchas veces desencadenaron resultados deslumbrantes. Esta excursión al exterior es imprescindible para valorar, en el siguiente capítulo, lo que pasó con algunas de las primeras estudiosas de lenguas exóticas y, de modo general, con las antropólogas.

 

El primer caso, el más conocido, es el de Marie Curie (1867-1934), afectada de un tratamiento machista de tipo aleccionador. Nacida en Polonia, y física y química de formación, fue la prestigiosa ganadora de dos Premios Nobel, además de protagonista de una vida con varias fases. En la primera, es una joven polaca que llega a Francia para perfeccionar sus estudios y, con todas las vicisitudes de la precariedad económica, consigue especializarse. En la segunda, es una mujer casada con Pierre Curie, también científico; ambos se consagran con absoluta dedicación al

 

 

 

 

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estudio de la radioactividad y sus logros son premiados con un Nobel que comparten. Después de que él muriese en un accidente, se inicia la tercera fase, en la que ella continúa con su trabajo y establece una relación sentimental con otro científico, exalumno de Pierre y casado, que no es bien vista en los círculos científicos. El escándalo que sacude a la sociedad francesa y a la comunidad científica internacional, curiosamente alarmada por cuestiones sexuales, explica el ostracismo a que Marie Curie fue condenada. Era una extranjera, con sospechas infundadas de procedencia judía y, además, una rompehogares, de manera que cuando la Academia sueca le concede un segundo Nobel, el galardón apenas obtiene eco, a pesar de la absoluta excepcionalidad de que dos distinciones de la máxima categoría recayesen en una mujer. La Academia francesa, por su parte, no le concede entrada la primera vez que es propuesta alegando exactamente su condición femenina. Y su vida, que continúa siendo activa y azarosa, con su implicación en el uso de la radiología en la I Guerra Mundial, ilustra todavía varios episodios de xenofobia y de misoginia. Esta versión no es la más habitual en los manuales, que tienden a elidir todo lo que sucede a la muerte de Pierre Curie. Estaríamos ante un caso de ocultamiento de las condiciones personales en que una científica hizo su trabajo. Pero el asunto puede ser aún más complicado.

 

Rosalind Franklin (1920-1958) fue una química y cristalógrafa inglesa que desarrolló una contribución decisiva para el descubrimiento de la estructura del ADN. Después de doctorarse, hace una estancia en Francia donde aprende la técnica de difracción de los rayos X, que aplicaría cuando, a su vuelta al Reino Unido, entrase en un equipo para investigar el ADN. Su lugar de trabajo, el King’s College de Londres, era conocido por prácticas misóginas: a título de ejemplo, muchos de los espacios de tal institución estaban reservados a los hombres. Las protestas de Rosalind Franklin por estas segregaciones sirvieron para que sus colegas Watson y Crick se refiriesen a ella como «una feminista que se queja de trivialidades». En esos años, ella llega a obtener imágenes del ADN de una nitidez que nadie había conseguido antes; Watson y Crick, también interesados por esa estructura, comienzan a utilizarlas, a veces sin su permiso. Fueron esas fotografías y los resultados provisionales que Franklin expuso en una conferencia en 1951 los que llevaron a estos dos científicos a proponer una estructura del ADN que publicaron en Nature con una mínima mención al hecho de haber sido estimulados por algunos

 

 

 

 

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resultados experimentales inéditos de Franklin y su equipo. En el mismo número de esa revista, Franklin publicaba un artículo técnico sobre sus fotografías donde apoyaba el modelo propuesto por Watson y Crick, aunque ella había publicado ya la hipótesis de que esa molécula tendría una estructura helicoidal 16 meses antes. Una muerte prematura, a los 37 años, explica que nunca consiguiese el Nobel: cuando se concede en 1962 a Watson y Crick, ella ya no estaba para compartirlo con ellos. A principios de los ochenta uno de sus estudiantes y beneficiario de su testamento, Klug, recibe también el Nobel continuando la línea de investigación que ella había iniciado.

 

Diferentes biografías lanzan sospechas sobre la honestidad de Watson y Crick: se habla de robo de los datos de Franklin, de prisas para publicar unos resultados parciales y así adelantarse a ella, o de cómo Rosalind Franklin se negaba a publicar algo que todavía no era concluyente. En este sentido, procedía como una auténtica investigadora experimental: necesitaba evidencias relevantes antes de mostrar públicamente un modelo. En todo caso, para documentar el sexismo que esta científica tuvo que enfrentar, basta con las afirmaciones escritas por Watson en su libro La doble hélice, una memoria personal de los descubrimientos del ADN. De la investigadora con quien, por lo menos, ha compartido datos, si es que no los ha robado, dice: «Estaba decidida a no destacar sus atributos femeninos. Aunque era de rasgos enérgicos, no carecía de atractivo, y habría podido resultar muy guapa si hubiera mostrado el menor interés por vestir bien. Pero no lo hacía. Nunca llevaba los labios pintados para resaltar el contraste con su cabello liso y negro, y, a sus 31 años, todos sus vestidos mostraban una imaginación propia de las empollonas adolescentes inglesas» (Angulo, 2014). Y más tarde insiste que era evidente que, «o Rosy se iba, o habría que ponerla en su sitio». Nadie llamaba Rosy a Rosalind Franklin; era un apodo que a ella la incomodaba.

 

En pleno siglo XX, por tanto, en instancias tan elitistas como la práctica de la investigación científica, las mujeres sufrieron diferentes tipos de segregación, invisibilidad y trivialización. Ya no se trata, como en otros periodos históricos, de si eran pocas las que se formaban y muy fuerte el peso de las estructuras sociales que las relegaban al hogar. La ciencia es una actividad humana, hecha por personas que deben valorar hipótesis, tomar decisiones, aliarse a otras. Esa actividad no es angélica, ni ajena a prejuicios sociales o culturales: contiene, con frecuencia,

 

 

 

 

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xenofobia, racismo o sexismo, si en las sociedades correspondientes existe la xenofobia, el racismo o el sexismo. Y los científicos, en masculino, bien pudieron sentirse amenazados por las mujeres que se iban incorporando a una actividad altamente competitiva.

 

En todo caso, para concluir este capítulo, todavía utilizaré otro nombre propio, el de Barbara McClintock (1902-1983), una genetista estadounidense que obtuvo el Premio Nobel de Medicina en 1983. Doctora en Botánica, desde finales de los años veinte estudió los cambios cromosómicos en la reproducción del maíz e inició la cartografía genética de esta planta, ocupando sucesivos puestos académicos donde experimentaba cierta insatisfacción: como las demás mujeres, estaba excluida de las reuniones de la facultad y se la amenazaba con despedirla si se casaba. Aun en ese ambiente hostil, consiguió que sus contribuciones fuesen consideradas fundamentales, por lo que entró a formar parte de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos en 1944. McClintock había observado que dos elementos genéticos parecían controlar la ruptura de un cromosoma particular en el maíz. Como no podía hallarlos en ninguna parte del cromosoma, concluyó que no tenían una posición fija: saltaban. Además, parecían ejecutar un programa que controlaba el desarrollo de la planta. Su hipótesis explicaba cómo esos elementos saltarines, o más técnicamente transponibles, regulaban la acción de los genes inhibiéndolos o modulándolos. Se trataba de un trabajo conceptualmente complejo y novedoso que fue contemplado con escepticismo por sus colegas. Esta reacción, que ella describió como una «respuesta de perplejidad e incluso hostilidad», la alejó de la principal corriente científica en su época y determinó que dejase de publicar a partir de 1953, aunque continuase investigando. En las dos décadas siguientes, otros científicos publicaron los mecanismos de regulación genética que ella había postulado. Respecto de su decisión de no continuar publicando, en 1973 escribía:

 

A lo largo de los años he descubierto que es difícil, si no imposible, hacer que otra persona sea consciente de sus suposiciones tácitas […]. Esto se hizo dolorosamente evidente en la década de los cincuenta cuando intenté convencer a mis colegas de que la acción de los genes tenía que estar y estaba controlada. Hoy es igualmente doloroso

 

 

 

 

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reconocer la inmovilidad de los supuestos que otras personas mantenían respecto a los elementos reguladores del maíz y su modo de acción. Se debe esperar al momento idóneo para un cambio conceptual[24].

 

El reconocimiento le llegó muy tarde. Aunque se pensaba que esos genes saltarines solo estaban en el maíz, en los sesenta un par de científicos franceses los encontraron también en las bacterias y recordaron su trabajo: los elementos transponibles, que habían suscitado tanta reserva, fueron recuperados en un contexto diferente y el legado de McClintock llegó a ser valorado. De cualquier modo, los manuales de genética continúan pasando por alto sus contribuciones, que se pierden en la historia de la ciencia, y el Nobel que se le concede en 1983 premia trabajos que había realizado 30 años antes. Buena parte de los problemas de interpretación en este caso proceden de una controversia que la convierte en especialmente interesante para los estudios de género. Durante los últimos años de la vida de McClintock, la feminista Evelyn Fox Keller escribió una biografía sobre ella que detalla el ostracismo de que había sido objeto y explica su propuesta en un lenguaje divulgativo: si el material saltaba de posición en el cromosoma, el gen estaba controlado por el entorno celular. La biografía de Keller postula que la concepción de la ciencia por parte de una mujer podía ser diferente y también de que sus opiniones, poco ortodoxas, determinaron su aislamiento. Por un lado, el trabajo de McClintock desafiaba la versión genética de Watson y Crick: los cromosomas no eran unas cadenas fijas y estables de información, sino que contenían pedazos de ADN que saltaban de un lado a otro, es decir, el genoma estaba compuesto por genes que interactuaban entre sí, afectando a los demás. Esta perspectiva comunitaria, horizontal, fue destacada por Keller como una perspectiva femenina de la realidad, atenta a la interacción y empática con el comportamiento del material genético. Con el curso de los años, fue advirtiéndose que este modelo servía para explicar, por ejemplo, como las bacterias se hacían resistentes a los antibióticos, o como generamos anticuerpos. Por este motivo le fue otorgado el Nobel en Medicina. De esta manera, McClintock acabó reinterpretada como un icono feminista: la ciencia es holística y se resiste a visiones reduccionistas; está abierta a la imaginación. Pero, tras su muerte, un segundo biógrafo, Nathaniel Comfort, se empeña en desmantelar el mito McClintock, señalando que

 

 

 

 

 

 

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siempre había sido muy considerada y que incluso su reputación era enorme en los primeros años. Es posible que Keller y Comfort simplemente adopten perspectivas antagónicas con respecto a la subjetividad en la práctica científica. Más inquietante es que el hecho de que McClintock se convirtiese en referente feminista desatase tanta atención cuando parece incontrovertido que padeció un aislamiento indeseado[25]. Es muy elocuente que su trabajo se opusiese a la concepción de Watson y Crick, los mismos científicos implicados en el caso Rosalind Franklin. Watson comenta en su mencionado trabajo La doble hélice que a finales de los cuarenta había un campo de maíz en los laboratorios Cold Spring Harbor donde Franklin trabajaba y él era un estudiante. Ese campo de maíz, dedicado a la investigación, estaba cerca de las instalaciones deportivas donde se jugaba al béisbol y, si la pelota caía entre el maíz, una mujer salía de entre las plantas a regañar a los estudiantes. «Era como ser reprendido por tu mamá». Más allá del tono condescendiente, destinado tal vez a producir humor, la misoginia de ese científico aparece en escena de nuevo. Y en este sentido importa recordar que la hipótesis de McClintock desafiaba la suya; esa mamá era, sobre todo, su rival.

 

Cuando se aboga por una perspectiva de género en la ciencia no se pretende decir que ellos no han hecho nada; es evidente que han construido un modelo de conocimiento, que han trabajado, que han conseguido ciertos logros. Otra cosa es pensar que ese es el único modelo posible y ellos los únicos agentes respetables. Las relecturas feministas sobre las contribuciones de las mujeres científicas no están llenas de odio a lo masculino; simplemente reivindican la hipótesis de que existan otras maneras de encarar la realidad: cerebros diferentes buscan en diferentes sitios. Esa es la base de la creatividad humana. La defensa de que los agentes encargados de la producción del conocimiento sean variados en origen, formación, creencias o mochilas intelectuales es un requisito para que el pensamiento humano sea más profundo. La pluralidad se convierte, aquí, en eficacia. Cuando casos como los de Marie Curie, Rosalind Franklin y Barbara McClintock saltan a nuestra observación, es lógico pensar que tal vez hayan existido también mujeres oscurecidas en la historia de las ideas sobre el lenguaje. Es importante recordar sus nombres y, más aún, recuperar su legado, sus hipótesis o sus vías de disidencia.

 

Las zoosemióticas que buscaron puentes entre el lenguaje humano y los sistemas de comunicación animal fueron censuradas en lingüística por

 

 

 

 

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creer en las capacidades de los simios, caricaturizadas por su interés en ellos o alabadas por su bonita imagen física, como si solo pensasen en ser la bella frente a la bestia. Hoy no deben ser vistas como excéntricas o como meras promotoras de proyectos fracasados, sino como investigadoras comprometidas con vetas de pensamiento alternativo. Les habían dicho que, como mujeres, eran charlatanas; decidieron charlar con quien mejor les parecía.

 

 

 

 

5.6. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA SOBRE LOS PROYECTOS DE LENGUAJE HUMANO EN PRIMATES

 

ADDESSI, Elsa; BORGI, Marta y PALAGI E., Elisabetta (2012): «Is Primatology an Equal-Opportunity Discipline?», Public Library of Science One, 7 (1), e30458.

 

ANGULO, E. (2014): «El caso Rosalind Franklin», Mujeres con ciencia, en https://mujeresconciencia.com/2014/05/09/el-caso-de-rosalind-franklin/, consultado el 02/06/2020.

 

ARRIBAS, B. (2019): Venir a menos, Madrid, Los Libros de la Catarata.

 

BURGER, Joanna (2002): «The Parrot Who Owns Me: The Story of a Relationship», Nueva York, Random House.

 

CAVALIERI, P. y SINGER, P. (eds.) (1993): The Great Ape Project. Equality beyond humanity, Fourth state limited. Trad. esp. C. Martín y C. González, El Proyecto «Gran Simio». La igualdad más allá de la humanidad, Madrid, Trotta, 1998.

 

DONALDSON, Sue y KYMLICKA, W. (2011): Zoopolis: A Political Theory of Animal Rights, Oxford University Press.

 

DUBREUIL, Laurent y SAVAGE-RUMBAUGH, Sue (2018): Dialogues on the Human Ape. Posthumanities, University Minnesota Press.

 

FORSBERG, Niklas; BURLEY, Mikel y HÄMÄLÄINEN, Nora (eds.) (2012):

 

Language, Ethics and Animal Life. Wittgenstein and beyond, Nueva

 

 

 

 

 

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York, Bloomsbury.

 

GARCÍA DAUDER, Silvia y PÉREZ SEDEÑO, Eulalia (2017): Las «mentiras» científicas sobre las mujeres, Madrid, Los Libros de la Catarata.

 

GARDNER, M. (1980): «Monkey Business», The New York Review of Books, 27/4, 3-6.

 

GARDNER, R. Allan y GARDNER, Beatrice T. (1969): «Teaching Sign Language to a Chimpanzee», Science, 165, 664-672.

 

GONZÁLEZ GARCÍA, Marta y PÉREZ SEDEÑO, Eulalia (2002). «Ciencia, Tecnología y Género», Revista Iberoamericana de Ciencia, Tecnología, Sociedad e Innovación, OEI, 2, en http://www.campus-oei.org/revistactsi/numero2/varios2.htm, consultado el 03/05/2020.

 

GOODALL, Jane (2005): Harvest for Hope, Nueva York, Warner Books.

 

Trad. esp. J. M. Ibeas, Otra manera de vivir, Barcelona, Lumen, 2007.

 

GREENFIELD, Patricia M. (1994): «Review of J. Wallman, “Aping language”», International Journal of Primatology, 15, 939-943.

 

GREENFIELD, Patricia M. y SAVAGE-RUMBAUGH, Sue (1990): «Grammatical Combination in Pan Paniscus: Processes of Learning and Invention in the Evolution and Development of Language», en S. Parker y K. Gibson (eds.), Language and Intelligence in Monkeys and Apes: Comparative Developmental Perspectives, Cambridge University Press, 540-578.

 

HARAWAY, Donna (2003): The Companion Species Manifesto, Chicago, Prickly Paradigm Press.

 

HEARNE, Vicky (1986): Adam’s Task: Calling Animals by Name, Nueva York, Skyhorse.

 

HOCKETT, C. F. y ALTMANN, S. A. (1968): «A Note on Design Features», en T. A. Sebeok (ed.), Animal Communication: Techniques of Study and Results of Research, Bloomington, Indiana University Press, 61-72.

 

JAHME, Carole (2001): Beauty and the Beasts: Woman, Ape and Evolution, Nueva York, Soho Press, 2.ª ed.

 

 

 

 

 

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KENNEALLY, Christine (2007): The First Word. The Search of the Origins of Language, Londres, Penguin Books. Trad. esp. E. Bernárdez, La primera palabra: la búsqueda de los orígenes del lenguaje, Madrid, Alianza, 2009.

 

LONGINO, Helen (1990): Science as Social Knowledge, Princeton University Press.

 

LUCE, Judith de y WILDER, H. (eds.) (1983): Language in Primates.

 

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PATTERSON, Francine (1978): «The Gestures of a Gorilla. Sign Language Acquisition in Another Pongid Species», Brain and Language, 5, 72-97.

 

PEPPERBERG, Irene (1995): «Grey Parrot Intelligence», Proceedings of the International Aviculturists Society, enero, 11-15.

 

PINKER, S. (1994): The Language Instinct, Nueva York, William Morrow and Company, Inc. Trad. esp. J. M. Igoa y A. Pradera, El instinto del lenguaje. Cómo crea el lenguaje la mente, Madrid, Alianza, 1996.

 

PREMACK, D. (1972): «Teaching Language to the Ape», Scientific American, 227, 92-99.

 

ROSE, Hilary (1994): Love, Power and Knowledge: Towards a Feminist Transformation of the Sciences, Bloomington, Indiana University Press.

 

RUMBAUGH, D. M. (ed.) (1977): Language Learning by a Chimpanzee: The Lana Project, Nueva York, Academic Press.

 

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SEBEOK, T. H. (1982): Perspectives in Zoosemiotics, La Haya, Mouton.

 

SINGER, P. (ed.) (2006): In Defense of Animals: the Second Wave, Malden (Mass.)- Oxford-Victoria, Blackwell Publishers.

 

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TERRACE, H. S. (1979): Nim, Nueva York, Knopf.

 

WALLMAN, J. (1992): Aping Languages, Cambridge University Press.

 

YOUNG, Iris Marion (1990): Justice and the Politics of Difference, Princeton University Press.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 6

 

TEJIENDO HILOS ENTRE EL OTRO Y LA PROPIA VIDA:

 

LA MIRADA DE LAS ANTROPÓLOGAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Aprendí a observar el mundo a mi alrededor y a anotar lo que veía».

 

MARGARET MEAD, antropóloga

 

Z

6.1. HIJAS DE “PAPÁ FRAN  ”

 

Recuperar una historia de la lingüística en femenino implica, por un lado, escudriñar los intersticios por donde brotaron ideas innovadoras que permanecen marginadas y, por el otro, arrojar luz sobre trayectorias colectivas y, hasta cierto punto, anónimas. Frecuentemente, exige atender a temas considerados periféricos en el núcleo duro de la lingüística, así como a disciplinas híbridas. En la antropología norteamericana del siglo

 

XX  se encuentra un foco especialmente fecundo de acuerdo con esta perspectiva. La figura más influyente del campo, Franz Boas, constituyó un círculo compacto, interesado por describir las lenguas y culturas amerindias, el folclore o las costumbres de los pueblos que las hablaban. Su papel iba a ser esencial para desarrollar la vertiente americana del estructuralismo que ensancharía los horizontes con datos de lenguas que ni remotamente habían entrado en la disciplina. Partían de un trabajo empírico, fuertemente descriptivo y, sin embargo, su enfoque conmovería la teoría general sobre el lenguaje.

Ejerciendo su indudable prestigio y a veces con prácticas académicas cuestionables[26], Franz Boas controló el estudio de las lenguas amerindias a lo largo y ancho de Estados Unidos, reservándolas exclusivamente para sus estudiantes y administrando cuáles debían ser descritas y cuándo, pero, a diferencia de otras figuras fundacionales, alentó al estudio a muchas mujeres. Sus discípulas se desplazaron con audacia a diferentes comunidades, aprendieron lenguas amerindias y escribieron sus

 

 

 

 

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reflexiones sobre temas tan variados como innovadores —de hecho, desbordarían los límites tradicionales de la antropología al introducir cuestiones como género, nutrición, desarrollo de la infancia y la adolescencia o comportamiento sexual—, además de dejar importantes legados autobiográficos donde señalaban los problemas del campo y su perspectiva como mujeres instaladas en él. Y, sin embargo, estas discípulas de Boas, con trabajos de calidad, se mantuvieron en los bordes de la historia canónica (Franceschi, 2014); muchas de ellas solo consiguieron ser «académicas ocultas» (Parezo, 1993).

 

Boas, nacido en Alemania, quería recopilar el patrimonio inmaterial de los pueblos indígenas americanos antes de que su contacto con Europa los hiciera desaparecer. Aunque había realizado en su juventud trabajo de campo entre los inuit de Canadá y se había esmerado en ser uno más entre ellos, cuando llegó a Estados Unidos tuvo que lidiar con otro tipo de problemas: la consideración general de los amerindios como salvajes, su propia condición de extranjero en un ambiente general de xenofobia y las presiones de la comunidad judía de donde procedía lo convirtieron —de la misma manera que a otras figuras de la lingüística, como Jakobson— en una personalidad con un aura diferente. Tal vez por ese motivo, cuando la historia refiere las peculiaridades de esta escuela tiende a utilizar, de manera reiterada, la metáfora de la familia, un tropo elaborado sobre las declaraciones de uno de los discípulos más conocidos de Boas, Alfred Kroeber, que lo definió como un «auténtico patriarca» (Stocking, 1976: 7), además de que se supiese que era llamado, al menos por sus discípulas, papá Franz (Hurston, 1996: 141). La antropología feminista ha destacado este paternalismo: el profesor escogía qué estudiantes podían ocupar un puesto, quiénes transmitirían más adecuadamente su legado y quiénes se estaban desviando; un territorio minado en las siempre delicadas relaciones entre un mentor y las personas a las que forma.

 

Siguiendo el objetivo que nos ocupa, las estudiantes de Boas desarrollaron una metodología propia: las historias de vida. Se trataba de relatos biográficos de sus informantes, recogidos bajo el formato de entrevistas exhaustivas y apoyados en documentos que corroborasen la información. Este método, atento a las contradicciones o conflictos del sujeto que informa, les permitía captar una visión dinámica de la realidad social, no siempre movida por procesos lógicos, además de ilustrar ópticas

 

 

 

 

 

 

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subjetivas, que proporcionaban claves para interpretar algunos fenómenos sociales o históricos.

 

Este estilo de técnicas cualitativas, de formato narrativo, encajaba bien con la perspectiva de su mentor, el llamado particularismo histórico. Boas había sido el primero en rechazar el modelo evolucionista, importado de la biología, según el cual todas las sociedades seguirían el mismo camino de desarrollo. Convencido de que cada comunidad atesora una manera peculiar de ver la realidad y una representación colectiva única de su pasado histórico, Boas pretendía, al contrario, recuperar los principios generales del relato que ordena el entramado social. Sin embargo, vio con ojos críticos la tendencia de sus estudiantes a entretejer la investigación con relatos parcialmente autobiográficos: la consideraba peligrosa para la cientificidad del campo. Como es habitual en todas las humanidades, la antropología tenía que labrarse un lugar entre las disciplinas de prestigio y, por ese camino, podía hacerse sospechosa de acumular datos de manera poco sistemática. Que sus discípulas se sintiesen especialmente atraídas por la narrativa experiencial demuestra, por tanto, una cierta resistencia femenina al canon científico, además de una interesante dosis de rebeldía contra el «padre». Contraviniendo a su maestro, usarán la historia de vida para los sujetos que investigan y para sí mismas: quieren contar cómo es su percepción de la realidad desde su condición de estudiosas, desde las contradicciones de la sociedad con el ser mujer, desde su perfil de jóvenes emancipadas o, a veces, de madres.

 

En algunos campos, los métodos de trabajo influyen particularmente sobre quien investiga. Es fácil pensar que si una investigadora se inmiscuye en la cotidianeidad de un grupo y pretende entrevistar a sus miembros con el grado de respeto y confianza que la tarea exige, esa pauta se traslade a su vida. Probablemente esa es la diferencia más radical entre las ciencias naturales y las ciencias humanas: el sujeto que investiga en física de partículas, al salir de su despacho puede llevarse problemas a casa, pero no un conocimiento que afecte a su subjetividad; quien investiga en sociología, en cambio, después de haber abordado un tema como la violencia de género, no saldrá inmune. Lo investigado se vuelve sobre el sujeto investigador de una manera imprevisible en las humanidades, especialmente en épocas en que un campo disciplinar y sus límites no estén todavía bien definidos. En las antropólogas norteamericanas el diario propio no se distingue claramente del cuaderno

 

 

 

 

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de campo y el ejercicio de autodisciplina que exige esa observación determina que sus escritos, aparentemente informales, se conviertan en verdaderos dispositivos, tanto para el conocimiento propio como para el de los pueblos que investigan. A medio camino entre el instrumento de trabajo y la creación literaria, ellas expresan los problemas de su investigación, pero también liberan su subjetividad y dejan escapar comentarios personales, vínculos intelectuales y complicidades entre los protagonistas de esa familia que Boas está creando. Margaret Mead utilizó la autobiografía; Ruth Landes y Zora Neale Hurston optaron por monografías plagadas de reflexiones íntimas. En todos los casos, las barreras entre la producción de conocimiento y su divulgación se hacían difusas porque el método incorporaba técnicas que ellas también consumían y de las que se apropiaron.

 

En tal contexto, la actividad de las discípulas de Boas es descrita habitualmente con la misma cualidad que se aplicaba a las criptógrafas (vid. cap. 3) y que, de soslayo, ha aparecido en el bagaje de las traductoras y de las primatólogas: la intuición. Se supone que la palabra alude aquí a una cierta perspicacia para combinar la maquinaria institucional y los espacios privados, con la que convierten el cultivo de su disciplina en un modo de vivir. Tan intuitivamente como se quiera, las investigadoras expresan tensiones contra el modelo disciplinar y contra la disolución del autor que Boas preferiría como registro. Así, Margaret Mead (1901-1978) se retrata continuamente, en una tentativa firme por dejar memoria; quiere reinterpretar la historia de la disciplina, reescribirla, y no renuncia para ello a mencionar los lazos personales (1972: 115):

 

Al adoptar la antropología como carrera, elegí una relación aún más estrecha con Ruth [Benedict], una amistad que duró hasta su muerte en 1948. Cuando yo estaba de viaje, ella tenía que asumir mis diversas responsabilidades frente a los demás y, cuando ella viajaba, yo hacía lo mismo. Leíamos nuestros respectivos trabajos, escribíamos poemas en respuesta a poemas, nuestras esperanzas y nuestras preocupaciones en relación con Boas, Sapir, la antropología y, en los años que siguieron, en relación con el mundo. Cuando murió, había leído todo lo que ella había escrito y

 

 

 

 

 

 

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ella había leído todo lo que yo había escrito. Nadie más lo había hecho, y nadie más lo hace ahora.

 

Todavía hoy, basta con leer un ensayo redactado por una o un especialista de Europa y otra u otro de Estados Unidos para observar que el viejo continente cultiva el estereotipo de la frialdad académica: distancia con respecto al objeto analizado, estilo más formal y omisión de cualquier dato personal, frente a las inmensas dedicatorias, las anécdotas que aluden a determinados momentos de la vida de quien escribe o el uso de hipocorísticos en la firma tan característicos del estilo americano. Ese contraste entre diferentes tradiciones, visto en términos geográficos, reaparece habitualmente ante la brecha de género. Las críticas literarias feministas registran esa tendencia a relatar pormenores personales como rasgo propio de la literatura femenina, y lo que encontramos en antropología simplemente es uno de sus mejores exponentes. Es obvio que la de Margaret Mead es una escritura cálida. Decide entrañarse en los objetos que analiza, envolverse en su investigación. Lógicamente, estas cualidades todavía se exageran en su autobiografía, ya completamente alejada del corsé académico, y donde incluye alusiones a sus matrimonios y su maternidad o evalúa sus privilegios como estadounidense, blanca y con una buena educación (1972: 108-109):

 

Pertenecíamos a una generación de mujeres que se sentían maravillosamente libres —libres de la necesidad de casarse a menos que así lo deseáramos, libres para posponer la boda mientras estábamos haciendo otras cosas, libres de la necesidad de llegar a un acuerdo y a un compromiso— y de todo lo que había limitado o había tenido un impacto en las mujeres de generaciones anteriores […]. Aprendimos a conocer la lealtad hacia otras mujeres, el placer de conversar con mujeres y la alegría de encontrar eso tan interesante como la complementariedad que se produce por la diferencia de sexo.

 

Este tipo de comentarios captan el interés de quien lee. Incluso se dirían pensados para fascinar a un público bastante más amplio que el círculo

 

 

 

 

 

 

 

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restringido a que puede dirigirse un ensayo antropológico. Volveremos más tarde sobre este particular.

 

Dejando momentáneamente a un lado el carácter decisivo de Boas, es presumible que si la antropología se feminizó fue porque tenía necesidad de mujeres. Probablemente, como en el caso de las primatólogas, parecían más adecuadas para recopilar datos, que exigían una monumental paciencia y entrega de tiempo, y de ahí que fuesen enviadas a las expediciones. Además, si se pretendía que otras mujeres, de diversas comunidades y cuyos códigos se desconocían, revelasen sus confidencias, era necesario contar con investigadoras en las entrevistas. Asunto diferente sería que les fuese permitido interpretar después esos datos. Es cierto que algunas, como Ruth Benedict o la propia Margaret Mead, tuvieron carreras universitarias, pero muchas de las discípulas trabajaron al margen de la academia o en puestos de escaso reconocimiento. En 1931, una joven estudiante de Antropología de Columbia, Henrietta Schmerler, que había sido alumna de Boas y de Ruth Benedict, fue violada y asesinada en una reserva apache de Arizona donde realizaba su trabajo de campo. Las autoridades locales consideraron que la joven no habría tenido en cuenta la cultura apache, se habría comportado de manera provocativa, habría preguntado por temas considerados tabú o simplemente se habría extralimitado al aceptar la invitación de ir a cabalgar sola con un hombre. El incidente explica que toda esta generación de investigadoras se aplicase a repetir que no había riesgo en su actividad para no perder su recién estrenada autonomía, pero, al contravenir las normas implícitas en su propia tribu, tan preparada para culparlas, y asumir osadamente el viaje como rito de iniciación, tuvieron que ser conscientes también de que se exponían enormemente en una sociedad poco proclive a aceptar su independencia. Margaret Rossiter (1982: 129) se ha referido al hecho de que las antropólogas exhibiesen una especial cualificación, un plus de rendimiento, además de demostrar un fuerte estoicismo. Finalmente, ellas ampliaron la temática de la investigación, entrando en asuntos cotidianos y creando una agenda alternativa, orientada hacia los cuidados —dieta, trato a la infancia— o de identidad sexual —con especial atención a los casos transgénero habituales en culturas amerindias— y su estilo parece especialmente accesible a no especialistas (Parezo, 1993; Cole, 2003).

 

Antes de destacar los nombres y contribuciones de este grupo, un par de figuras particulares merecen ser consignadas fuera de la lista porque no

 

 

 

 

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son discípulas de Boas. Alice Cunningham Fletcher (1838-1923) era, de hecho, 20 años mayor que el padre fundacional y podría ser catalogada como una reformista social, incluso si sus criterios no serían aceptables hoy. Procedente de una importante familia de Boston y formada como maestra, se interesa por la cultura nativa americana vinculándose al Museo Peabody de Arqueología y Etnología de la Universidad de Harvard. Ahí realiza expediciones sin precedentes en las reservas sioux y organiza la defensa de los derechos civiles de esta comunidad. Además de firmar numerosas investigaciones y escritos informales, fue nombrada agente especial para reasignar tierras a diferentes tribus. Aunque este es un capítulo poco honroso de la historia de Estados Unidos —que exiliaba a los aborígenes de sus territorios originales para enviarlos a reservas en tierras desconocidas y pobres—, el papel de Alice Fletcher tiene componentes de activista: participa en movimientos para mantener la propiedad individual de la tierra, organiza sistemas de préstamos, financia los estudios de la primera mujer nativa americana que llega a ser doctora, a pesar de ser una mediadora entre las comunidades que estudia y el Estado, una especie de redactora de informes para mejorar planes de educación no siempre consistentes. Además de investigaciones etnográficas en el campo musical, su línea de trabajo con los omaha será continuada por Margaret Mead.

 

El segundo nombre que debemos mencionar es el de Matilda Cox Evans [Stevenson] (1849-1915), una texana más formada de lo habitual que, tras su matrimonio con el geólogo y etnólogo James Stevenson, consigue integrarse en sus expediciones. Durante los 13 años que pasan juntos en las Montañas Rocosas conforman un equipo y ella también gana consideración en la comunidad científica. Publicó varios tratados sobre la tribu zuñi de Nuevo México.

Menciono estas dos autoras para evitar el peso excesivo del mito de «papá Franz» porque existe una genealogía femenina en la antropología norteamericana muy sugerente. El espíritu aventurero de los pioneros, todavía presente por entonces, y la sensación de un continente cuajado de diversidad debió de captar la atención de muchas mujeres poco interesadas en ser ángeles del hogar, ya que las antropólogas en ese país fueron demasiadas para que su presencia se haga depender exclusivamente de los dictados de Boas. Una revisión de la antropología en clave de género podría buscar hipótesis alternativas para explicar el interés femenino por el

 

 

 

 

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Otro; no parece difícil relacionar la subalternidad del género con otras condiciones marginales, como etnia, raza o clase en la línea actual de los estudios culturales (Song, 2009). En cualquier caso, las más conocidas de entre las antropólogas que humorísticamente llamaban papá Franz a Boas fueron las siguientes:

 

Elsie Clew Parsons (1875-1941): Procedente de una familia rica de Nueva York, apoyó y financió las publicaciones de muchas antropólogas vinculadas a la Universidad de Columbia. Sin embargo, prescindió de hacer carrera académica —estaba casada y tenía cuatro hijos—, lo que contribuyó a que se olvidasen sus estudios sobre las mujeres de la etnia pueblo (Deacon, 1997). También escribió obras que combinaban la crítica feminista y el análisis etnográfico, como The Old Fashioned Women (1913) y Fear and Conventionality (1914). Hoy es catalogada como una feminista antimodernidad por su deseo de preservar la identidad indígena incluso cuando los pueblos nativos mostraban interés por el cambio cultural. Esta actitud, la misma que se observa en Boas, en las discípulas aparece comúnmente criticada, aunque fuese lógico sospechar que, cuando los pueblos amerindios aceptasen la modernización, acabarían adoptando la perspectiva occidental. También recibió otras críticas que no se aplicaron a sus compañeros, aunque presuntamente realizasen prácticas semejantes. Así, el hecho de que durante sus investigaciones cambiase de nombre para desarrollar una identidad hopi fue interpretado como una manera ilegítima de aumentar su acceso a espacios reservados.

 

 

Ruth Fulton [Benedict] (1887-1948): Es la figura referencial del grupo porque, por edad, fue profesora de muchas de las demás, entre ellas Margaret Mead, con quien mantuvo una profunda relación. En su prestigiosa carrera académica, prolonga y profundiza las ideas de Boas, estableciendo el modelo de los patrones culturales que rigen los valores propios de cada comunidad. Fue la primera mujer en la presidencia de la Sociedad Americana de Antropología. Su legado, como veremos más adelante, se ve ocasionalmente ensombrecido por demasiadas alusiones a su vida íntima, pero su obra, en conjunto, mereció consideración.

 

Ella Cara Deloria (1889-1971): Nacida en una reserva sioux, hija de un sacerdote de la Iglesia episcopal, quiso expresar la experiencia colonizada en sus obras de creación o en su trabajo antropológico.

 

 

 

 

 

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Hablaba fluidamente las variedades sioux dakota y lakota. Escribió tratados y diccionarios, donde recopiló los conocimientos de diferentes comunidades indias, y un informe sobre la situación del navajo.

 

Zora Neale Hurston (1891-1960): Era afroamericana, de manera que asumía dos marginalidades a un tiempo, las derivadas de género y raza. Escritora que frecuentaba los círculos artísticos negros de Harlem, fue invitada por Boas a estudiar el folclore de los estados del Sur y, disfrutando de becas, llegó a recopilar el patrimonio cultural de la población negra y su humor. Escribía sus ensayos en su propio dialecto sureño, lo que puede interpretarse como un nuevo enfrentamiento a los cánones académicos.

 

Gladys Amanda Reichard (1893-1955): Considerada una de las figuras más comprometidas con el estudio de las lenguas y culturas nativas americanas, escribió gramáticas y diccionarios del wiyot, el navajo o el coeur d’Alene, además de desarrollar una carrera académica en Columbia que la convirtió en profesora de muchas antropólogas de su época. Volveremos sobre ella en el siguiente capítulo.

 

Erna Gunther (1896-1982): Fue una de las discípulas más especializadas. Trabajó casi exclusivamente en etnobotánica — campo donde sus contribuciones siguen siendo referenciales— y etnohistoria. Formada en Columbia con Boas, fue profesora en las Universidades de Washington y Alaska. Estudió a los pueblos salish y makah.

 

Esther Goldfrank (1896-1997): Estudió a los indios pueblo y trabajó con Elsie Clew Parsons y Ruth Benedict entre los pies negros. Es otra de las antropólogas que publicó una autobiografía donde se funde el relato personal con los hallazgos y reflexiones de su tarea profesional.

 

Ruth Bernheim [Bunzel] (1898-1990): Aunque comenzó siendo secretaria de Franz Boas, aceptó el consejo de este de que debía estudiar Antropología y se graduó en Columbia. Participó con Ruth Benedict en una expedición entre los zuni y se sintió fascinada por la alfarería que realizaban las mujeres. Su tesis doctoral sostenía que este oficio femenino preservaba patrones tradicionales al tiempo que permitía la innovación. Procuró definir cómo se sentían las artistas en el proceso creativo. Cuando más tarde emprendió el estudio del consumo de alcohol en determinadas comunidades de México y Guatemala, evitó términos como alcoholismo, que

 

 

 

 

 

 

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arrastran los valores occidentales; ella solo pretendía estudiar a las personas y sus hábitos de consumo, tal y como son vistos en sus contextos culturales.

 

Hortensia Powdermaker (1900-1970): Después de graduarse, realiza estudios en la Escuela de Economía de Londres, donde Malinowksi la introduce en la antropología. Se ocupó de la integración interracial, es decir, de la adquisición de valores blancos por parte de las comunidades negras de Mississippi. Aunque hizo algunos trabajos de campo en Zambia, consiguió gran impacto analizando a distancia como las producciones cinematográficas de Hollywood estaban cambiando las mentalidades africanas. Desarrolló su carrera académica, fundamentalmente, en el Queens College.

 

Margaret Mead (1901-1978): Si la antropología tiene un nombre de mujer, ese ha de ser el suyo. A pesar de ser la gran figura del grupo y aún mucho más que eso, con frecuencia es aludida por su personalidad o por affaires biográficos. Tuvo prestigio científico, aunque condicionado por las críticas de Sapir, y una notoria popularidad, algo poco habitual en una antropóloga. Volveremos sobre su obra en el siguiente capítulo.

 

Dorothy Demetracopolou [Lee] (1905-1975): Griega de nacimiento, aunque educada en Estados Unidos, realizó grandes contribuciones teóricas en una carrera tardía. Durante años se ocupó de sus cuatro hijos e hijas, escribiendo esporádicamente algún artículo hasta que, finalizado el periodo de crianza, comenzó su carrera académica. Su obra tiene un claro tinte feminista, al orientarse a temáticas como la igualdad de oportunidades, la autonomía individual, y los valores de la participación en el grupo. De particular interés para nuestra óptica es que escribió sobre las lenguas griega, wintu, trobriand, hopi y tikopia.

 

Ruth Landes (1908-1991): Bielorrusa de ascendencia judía y discípula de Ruth Benedict, es claramente una de las académicas ocultas. No resulta fácil encontrar sus datos biográficos o su obra escrita. Por fuentes indirectas, se observa que estudió pueblos afrodescendientes en diversos lugares del mundo y, en particular, el candomblé en Brasil, donde trabajó principalmente con mujeres y homosexuales. Sus análisis subrayan la autonomía económica de las mujeres y su capacidad para gestionar la vida material y espiritual, a pesar de trabajar en condiciones precarias de discriminación, enfermedad e inseguridad. Sus originales interpretaciones sirvieron

 

 

 

 

 

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para que le fuese adjudicado «un punto de vista femenino idiosincrático» (Cole, 2002: 539), acusado, eso sí, de poca profundidad teórica. Aunque en los textos explícitamente feministas una valoración como la de tener un punto de vista idiosincrático sea a menudo positiva, cuando se aplica a una obra como Ojibwa Woman parece que se está sugiriendo una perspectiva científica devaluada, como si la cientificidad fuese patrimonio masculino. Su idea es que el sincretismo de marcos culturales diversos fue posible en Brasil por la flexibilidad de las autoridades religiosas, mientras en otros lugares, como Estados Unidos, los grupos negros fueron obligados a adaptarse a la cultura norteamericana[27]. El respeto a la diversidad, que será la base del poscolonialismo defendido décadas más tarde por Said, Bhabba o Spivak, parece más que intuido y, sin embargo, resulta hoy complicado acceder a las obras de esta autora. Franceschi (2014) señala la preocupación de Ruth Landes por los roles femeninos, la identidad homosexual y el transgénero como índice de la modernidad de su aproximación. Su obra adquiere así un carácter político, volcado hacia una anormalidad que desafía los valores dominantes.

 

Podríamos concluir que un conjunto de mujeres se dio cita en torno a los círculos antropológicos norteamericanos en la primera mitad del siglo XX y que todas coincidieron en mostrar un ostensible interés por ignorar los criterios de objetividad y neutralidad, aunque sus carreras no siempre consiguiesen despegar. Son mujeres versátiles, que pueden explicar el racismo o la condición sexual marginal de sus informantes, al tiempo que reflexionan sobre sus propios amantes o la dieta para su prole. Y eso las ha convertido en «desviadas», por incorporar un tipo de conocimiento con el que la academia no estaba familiarizada. Como indica Parezo (1993: 6), si las antropólogas eran necesarias para la disciplina, ¿por qué sabemos tan poco sobre ellas? ¿Por qué al enumerar la serie de mujeres que emprendieron trabajos de campo aparecen miradas incrédulas? ¿Por qué no figuran en los manuales de antropología, ni son citadas en los debates? Parece que pagaron un alto precio por la oportunidad de ser hijas de Boas: el de ser consideradas siempre eternas estudiantes. Ruth Behar y Deborah Gordon (1995: 178-179) han señalado que las antropólogas fueron socialmente impulsadas a asumir el rol de «etnógrafas hijas». Aunque los hombres pudieron tener experiencias semejantes, su condición auxiliar era

 

 

 

 

 

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transitoria: se trataba de un periodo de formación antes de asumir el rol de verdadero heredero. Ruth Landes, por ejemplo, cuando llegó a Brasil con 30 años, estaba casada, tenía un doctorado y algunas publicaciones, pero tuvo que mantenerse en una posición secundaria a lo largo de toda su carrera.

 

Se diría que estas mujeres, en vez de traspasar todos los muros, parecieron dispuestas a trabajar en silencio, movidas por su propia curiosidad o por la necesidad de no permanecer encerradas en casa ignorantes de todo, y manteniendo la secreta esperanza de que las autoridades académicas ni siquiera advirtiesen su presencia para que no dificultasen su trabajo. Aunque todas estaban documentando la evidencia de que cada lengua es un sistema completo para ordenar el mundo, aunque muchas fueron las únicas especialistas en algunas lenguas exóticas y poco conocidas, ninguna es nombrada en un manual de lingüística, ninguna recibe la consideración de gramática, ninguna se vincula al tópico recurrido de la relatividad lingüística cuando es mencionado en un foro. No obstante, con el paso del tiempo, sus escritos habrían de llegar a otras que podrían reivindicar un trabajo tanto tiempo oculto.

 

 

 

6.2. PONIENDO EL GÉNERO BAJO LOS FOCOS

 

 

6.2.1. La ceguera de una antropología sin género

 

La antropología se escribe con nombres masculinos, como Boas, Kroeber, Sapir, Lévi-Strauss, Durkheim o Malinowski. Solo esporádicamente los panoramas se completan con apenas dos nombres femeninos: los de Margaret Mead y Ruth Benedict. Sin embargo, como hemos visto en el apartado anterior, muchas mujeres entraron en el campo introduciendo métodos alternativos que lo modificaron. Más allá del oscurecimiento a que fueron sometidas, convendría explicar ahora dos puntos importantes: el sexismo inherente a este tipo de investigación y la desaparición absoluta en la historia de la lingüística de estas contribuciones femeninas. Intentaré analizar cada uno de estos aspectos vinculándolos a las figuras de dos mujeres. Una de las escogidas es —no podría ser de otra manera—

 

 

 

 

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Margaret Mead, por la relevancia general que consiguió en su trayectoria y por su vinculación con la perspectiva de género. La otra será Gladys Reichard, exponente de una antropología específicamente lingüística, lo que permite reivindicarla dentro de la historia de la disciplina.

 

La antropología tiene un perfil peculiar, porque en ella seres humanos estudian a otros seres humanos. Desde sus comienzos, exigió una dosis considerable de autocrítica: ¿puede quien investiga quedar al margen de la pregunta que formula?, ¿se puede escapar a la propia red cultural?, ¿se están proyectando los valores de la tribu de procedencia en la tribu investigada? En tal contexto, es inevitable reconocer que, como disciplina académica, inicia su desarrollo practicada casi exclusivamente por hombres blancos occidentales durante un periodo específico de la historia y que por ese motivo tomó un rumbo sesgado. La incorporación de mujeres pudo durante algún tiempo no suponer ningún cambio en este sentido: aprender antropología era, al fin y al cabo, aprender unas pautas, unas rutinas establecidas, que invitaban a pensar en masculino. Es la incorporación de mujeres dotadas de un pensamiento emancipador lo que vino a modificar sensiblemente el panorama: ideas como la del hombre cazador, tan arraigadas como controvertidas hoy, pudieron ser desplazadas a medida que se atenuaba la mirada androcéntrica. Los etnógrafos masculinos utilizaban informantes masculinos, bien por camaradería, bien por dificultades para acceder a las mujeres o por cierto temor a que esa elección provocase malentendidos. A veces observaban actividades donde ellas participaban, aunque raramente estaban con mujeres a solas. Cuando las antropólogas feministas comienzan a publicar, las polémicas se encienden: los más reputados antropólogos se habían referido a que las mujeres eran usadas como monedas de cambio, a que las sociedades puramente matriarcales no existían o a que la menstruación era asociada con impureza. Ellas ven otra realidad. Refieren inusitadas libertades sexuales, documentan linajes femeninos o modelos de pudor bastante diversos. Las críticas palabras de Ruby Rohrlich-Leavitt no son excepción (1975: 49):

 

En la antropología de los aborígenes australianos, funcionalistas y estructuralistas como Durkheim, Warner y Lévi-Strauss establecen dicotomías ficticias y simplistas que designan arbitrariamente a los hombres como sagrados y a

 

 

 

 

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las mujeres como profanas, o a los hombres como agentes y a las mujeres como objetos sobre los que se actúa, a la vez que, incongruentemente, se desvaloriza a las mujeres precisamente en los campos en que son agentes comprometidas con la acción.

 

Las reticencias actuales de la investigación antropológica no blanca hacia los grandes padres de la disciplina proceden de autoras como Nancy Chodorow (n. 1944) o Michelle Rosaldo (1944-1981) que participaron desde finales de los sesenta en la construcción de una veta de género en las ciencias sociales y que abrieron el campo a otras figuras más recientes, como Henrietta Moore (n. 1957). Hasta ese momento, igual que los pueblos indígenas, las mujeres eran contempladas como el Otro: se las identificaba con la naturaleza, se confundía su falta de poder en las sociedades con una hipotética falta de autoridad y, sobre todo, las descripciones atendían a ritos o ceremonias masculinas que formaban parte de la esfera pública, mientras que la esfera privada, donde realmente sucede la vida, recibía escasa o nula atención. Y, evidentemente, no eran los pueblos observados quienes habían inventado la separación entre lo público y lo privado.

 

Si en cualquier disciplina el sesgo de género es lamentable, en antropología es particularmente catastrófico. Su evidencia hace pensar en una particular ceguera que impide percibir tanta parcialidad. Cuando se menciona la palabra feminismo, los medios de comunicación se limitan habitualmente a transmitir la idea del techo de cristal: las mujeres, por serlo, difícilmente pueden prosperar en sus carreras profesionales. Esta visión de las cosas no es la única en los estudios feministas; al contrario, muchas de las corrientes actuales, sin negar esa evidencia, la han rebasado. De alguna manera, desear estar en la cumbre es aceptar el mundo tal cual es, y determinadas perspectivas feministas juzgan que llegaron para romperlo todo; también la existencia de jerarquías. Sin entrar ahora a debatir ese postulado, quiero destacar que muchas mujeres consiguen labrarse carreras de éxito, demostrando que pueden ser tan buenas como los hombres en el ejercicio de su actividad, sin por eso librarse de interpretaciones sexistas. Margaret Mead es un buen ejemplo de ello. Que consiguiese ese prestigio interviniendo como feminista y antes de que en su disciplina hubiese una verdadera consciencia del problema de género

 

 

 

 

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actuó como si un inmenso nubarrón se hubiese instalado a su lado y proyectase una densa sombra en torno a su figura.

 

 

 

6.2.2. Mujeres en la cumbre y sexismo: el caso de Margaret Mead

 

Margaret Mead creció en una familia del ambiente intelectual de Filadelfia, marcada por la creatividad de su madre, socióloga y activista social. En Columbia, donde se matriculó desoyendo los consejos de su padre, entra en contacto con Ruth Benedict, con quien mantendría a lo largo de su vida una intensa y profunda relación. Junto a ella conoce a todo el círculo boasiano y es durante algún tiempo amante del reconocido lingüista Edward Sapir. Este dato, como se verá, no es meramente anecdótico: cuando finalice su relación sentimental, Sapir usará su gran predicamento en los círculos antropológicos para desacreditarla públicamente. Además, la figura de Mead se presenta siempre excesivamente envuelta en turbulencias sexuales. Las reseñas biográficas tienden a indicar, antes de detallar en qué consistió su aportación a la antropología, que practicó, como Ruth Benedict y también con Ruth Benedict, el amor libre, un asunto perteneciente a la esfera estrictamente privada que, sin embargo, parece influir en la interpretación de sus trabajos. Tras graduarse, se casa con Luther Cresswell, y más tarde contraerá otros matrimonios, con Reo Fortune y Gregory Bateson, con quien tendrá a su única hija, pero, como señal de emancipación, mantiene siempre su apellido de soltera. Tal pormenor es significativo, no solo por inhabitual en las norteamericanas de su época, también porque era resultado de una reflexión. De hecho, cuando edite a Ruth Benedict, que siempre usó el apellido de su marido, Mead colocará también el nombre de su familia de procedencia: Fulton.

 

El primer trabajo importante de Margaret Mead se desarrolla en Samoa, donde estudiaría el periodo de la adolescencia en las muchachas, un aspecto especialmente interesante para la sociedad americana, que acababa de etiquetar esa edad como problemática:

 

Me dediqué a las jóvenes de la comunidad. Pasé la mayor parte de mi tiempo con ellas. […] Hablando su idioma, comiendo sus alimentos sentada, descalza, con las piernas

 

 

 

 

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cruzadas sobre el suelo guijoso, hice todo lo posible por reducir al mínimo las diferencias existentes entre nosotras y aprender a conocer y comprender a todas las jóvenes de tres aldeas situadas sobre la costa de la pequeña isla de Tau, en el archipiélago de Manu (Mead, 1928: 45).

 

Sus observaciones indicaban que no había grandes motivos de ansiedad en la vida de las adolescentes samoanas, a diferencia de lo que ocurría en Occidente. En una suave transición a la edad adulta, las mujeres gozaban de una considerable libertad sexual y retrasaban su matrimonio para experimentar con diferentes amantes. Después, una vez casadas, mantenían relaciones monógamas, donde criarían hijas que volvían a reproducir ese periodo de experimentación. Al mismo tiempo, existía un sistema taupou, o de virginidad institucionalizada, pero solo se verificaba en las jóvenes de elevada posición social. A su regreso, publica estos resultados en Coming of Age in Samoa (1928), un libro que se convirtió en best seller porque ese toque de liberalidad conmocionó a la sociedad americana. Más allá del escándalo de abordar un tema que iba a ser suculento para el gran público, Mead estaba intentando rebatir los supuestos biologicistas imperantes aún en las disciplinas humanas: sus observaciones apuntaban que todos los comportamientos estaban dictados por el marco cultural, verificando así la idea general que había defendido siempre Franz Boas. La angustia de la adolescencia occidental era un patrón cultural; otras sociedades podían experimentar la entrada en la madurez de diferentes maneras. La comparación intercultural se mostraba iluminadora, porque ilustraba, como indicó el propio Boas en el prólogo, que los estándares diferían de la forma más inesperada.

 

A partir de ahí, comienza una exitosa carrera profesional, acusada con frecuencia de apoyarse en exceso en Ruth Benedict, incluso de usarla para escalar a mejores puestos académicos. Benedict muere repentinamente en 1948, siendo la primera presidenta de la Asociación Americana de Antropología, lo que fue interpretado como un índice de feminización de esa disciplina, y Margaret Mead pasa entonces a ser considerada la más importante referente de esa feminización. Aunque realiza otras expediciones —una de ellas a Bali, donde se vio muy influida por la tarea de las misiones jesuitas— y sigue escribiendo, sus obras reciben continuas críticas en publicaciones de prestigio. Sapir había establecido que nunca

 

 

 

 

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sería una verdadera antropóloga y muchos especialistas continuaron dudando de sus métodos o destacando su estilo informal, que parecía destinado a la divulgación, en vez de dirigirse, como era prescriptivo, a la comunidad científica. Con el paso del tiempo, se convirtió en una activista política que hizo muy presente su oposición a la guerra de Vietnam y al uso de armas nucleares. Sus críticos continuaron renegando de su estilo poco formal; entre el estudiantado era llamada «God, the mother» y no es raro encontrar otras variadas descalificaciones, como «la madre gruñona de la antropología» (Martínez Veiga, 2015).

 

En 1970, cuando la oposición a la guerra de Vietnam estaba en su punto álgido, algunos grupos estudiantiles anunciaron que tenían pruebas de la participación de varios antropólogos en actividades de contrainsurgencia en el sudeste asiático. La Asociación Americana de Antropología encargó a algunos de sus miembros, entre quienes se encontraba Margaret Mead, la creación de un comité ético para evaluar esa posibilidad. El comité exculpó a los acusados, pero en una reunión tumultuosa, donde se ofrecieron pruebas y contrapruebas, el informe leído por Margaret Mead fue recibido entre abucheos. Su actividad académica y su ética también estaban siendo cuestionadas. Finalmente, para completar el catálogo de osadías, pasó el último periodo de su vida (1955-1978) conviviendo con la antropóloga Rhoda Métraux, con quien mantuvo una amplia colaboración también en el terreno profesional.

 

Después de la muerte de Mead, Derek Freeman (1983) criticó de manera muy beligerante su trabajo. Ella solo había estado en Samoa nueve meses y no hablaba bien la lengua nativa; él había permanecido allí casi 50 años y hablaba samoano de manera fluida. Con ese bagaje, que parecía claramente superior, el hecho de que Freeman indicase que todas las mujeres se veían sujetas al taupou o que las antiguas informantes de Mead declarasen haberle mentido, parecía echar por tierra toda su obra. La polémica desatada todavía no se ha resuelto y muchos conocidos intelectuales, de Peter Singer a Steven Pinker, han arremetido contra los supuestos errores de Mead. No obstante, las críticas de Freeman despiertan algunas sospechas. Aparte de que esperó a que ella hubiese muerto para formularlas —de manera que no pudiese defenderse—, investigaciones posteriores han mostrado que las mujeres entrevistadas por Mead se habían convertido al cristianismo. Sumidas en los valores occidentales, la hipótesis de que estas mujeres, ya abuelas, renegasen de sus escarceos

 

 

 

 

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juveniles puede tener otras explicaciones. Además, es posible que estas informantes no quisiesen confiar su intimidad a un hombre mayor como lo habían hecho con una mujer joven. Finalmente, en una investigación antropológica parece fundamental diferenciar entre lo que las personas consideran como lo que se debe hacer y lo que las personas realmente hacen. En este caso, la Asociación Americana de Antropología rompió una lanza en favor de Mead al declarar que el libro de Freeman estaba pobremente escrito y era acientífico, irresponsable y engañoso.

 

La trayectoria de Mead muestra objetivos ambiciosos. Por un lado, consiguió introducir la perspectiva femenina que habían desarrollado tantas hijas de Boas de una manera productiva, simplemente por mantener su carrera en los centros académicos y por no renunciar pese a las sucesivas tormentas de críticas. Mead contribuyó decisivamente a minar los dualismos de género, la idea de que el comportamiento de los hombres era productivo y el de las mujeres expresivo y sentimental. Así, en Sex and Temperament in Three Primitive Societies (1935), Mead se refería a que todos los roles sexuales varían de acuerdo con los contextos socioculturales: los hombres no eran siempre guerreros, ni las mujeres hogareñas; testimonios de las comunidades chambri, arapesh y mundugumor documentaban disposiciones alternativas. Por esta hipótesis es considerada una precursora del concepto de género. Por otro lado, su curiosidad la lleva a utilizar marcos variados, desde el particularismo histórico de Boas hasta conceptos freudianos o el modelo de los patterns de Benedict. Es una intelectual consciente de que los procedimientos son fluidos y se adaptan en su interactuación con la realidad. Por eso los toma o los abandona, sin amilanarse a la hora de formular críticas contundentes contra algunas figuras establecidas. En Growing up in New Guinea (1930), por ejemplo, intenta desarticular la idea de Lévy-Bruhl de que los pueblos primitivos piensan de forma animista. Para ello estudia a niñas y niños de la isla de Manus y demuestra que sus pensamientos son prácticos; las referencias a los espíritus solo aparecen en la edad adulta, lo que indicaría, de nuevo, la vigencia de una narrativa cultural, no de una «inferioridad» en términos racionales.

 

Para valorar su legado, también conviene destacar que su figura de activista política contrasta con las acusaciones de haber trabajado para los intereses del Gobierno norteamericano. En 1939 Margaret Mead, su marido Gregory Bateson y Geoffrey Gorer participaron en la primera

 

 

 

 

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iniciativa para poner la antropología al servicio de la guerra en un Comité para la Moral Nacional destinado a producir estudios de la cultura que elevasen los ánimos de su país durante el conflicto bélico. Muchas de las figuras vinculadas al círculo de Boas, como Ruth Benedict, también participaron con trabajos sobre la comprensión de los modos de vida de otras naciones. En artículos, conferencias y libros, la antropología norteamericana adquiere un carácter nacional, aunque sus protagonistas lo verían como una manera de aplicar sus conocimientos a la resolución de problemas prácticos y legitimar su estudio. Mead explicaría su evolución teórica como un proceso dictado por la lectura de la obra de su amiga Ruth Benedict, por los problemas del entendimiento transcultural y por la necesidad de restaurar la confianza colectiva en tiempos de guerra (Mead, 1972: 175-178).

 

Como la guerra imposibilitaba usar la técnica tradicional de observación participante en el campo, entrevistaban a inmigrantes y analizaban las obras de arte de otros países con el fin de describir universos culturales diferentes; eran estudios a distancia de la cultura (Neiburg y Goldman, 2001). Con el tiempo, esta vertiente aplicada de la antropología se extendería a la sociología y la psicología para dar cuenta de la diversidad social y cultural de Estados Unidos: indígenas, personas de color, inmigrantes de diversas procedencias, habitantes de pequeñas comunidades rurales o de grandes urbes. La antropología definiría algunos caminos de la política norteamericana a partir del New Deal, especialmente en la Unidad de Antropología Aplicada de la Agencia de Asuntos Indígenas, en un intento de construir una especie de ingeniería social. De esta manera, las críticas a Margaret Mead encontraron en los últimos años de su vida una nueva diana: a pesar de mostrarse como una activista, desarrollaba una curiosa complicidad con la política gubernamental. El carácter patriótico de esta investigación casaba sospechosamente bien con los principios de relativismo cultural que había trazado Boas. Sus estudiantes se habrían dejado seducir por los problemas del maestro, es decir, por la experiencia de un inmigrante judío alemán en Estados Unidos, y habrían intentado desarrollar su contradicción entre el universalismo y el compromiso con las culturas amenazadas en medio de una cierta ambigüedad.

 

La trayectoria de Margaret Mead, vista con mirada de género, se acerca más a la perspectiva de las grandes mujeres que a la de los

 

 

 

 

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enfoques colectivos. A lo largo de la historia, siempre, en todos los periodos y sociedades, ha habido mujeres protagonistas. Una Cleopatra, una Mesalina, una Nefertiti son individualizadas como seres peculiares, con poder e influencia, con virtudes y capacidad de decidir y hasta parecen contraargumentar la existencia de dominación sobre las mujeres porque, al fin y al cabo, han estado ahí con perfil propio. Pero que su nombre se vea individualizado implica también un castigo: habitualmente quedan retratadas en las crónicas por sus malas decisiones, su destino trágico o porque el poder que detentaron las masculiniza; son monstruosas, poco femeninas, extremadamente malvadas o ambiciosas. El enfoque colectivo, en cambio, es el que permite rescatar del anonimato a figuras menores, que han pasado desapercibidas y que participaban dentro de un grupo. Al desmarcarse del conjunto casi anónimo de las hijas de papá Franz, Margaret Mead aparece hoy como un personaje sin parangón. Sus teorías son cuestionadas post mortem, incluso con poco sustento teórico; su estilo, que era pretendido y que podría ser valorado como una marca de rebeldía, es despreciado como poco científico. Sus cambios no se contemplan como evoluciones teóricas lógicas en una larga carrera, sino como inconsistencias derivadas de un profundo afán de protagonismo.

 

La escuela de Boas fue fragmentándose. A partir de los años treinta, Edward Sapir, instalado en la Universidad de Yale, consigue que cristalice la tendencia de cultura y personalidad, crítica con todas las formas de objetivación de la cultura; al final, la única realidad era las de las personalidades individuales en interacción (Sapir, 1924, 1925). Con la debida cautela, podría indicarse que esta se erigió en la línea continuadora de Boas. Entretanto Ruth Benedict se distanciaba ligeramente con sus patrones culturales que alentaban abiertamente el uso de la antropología en la ingeniería social. Tenemos, por tanto, dos ramas, la crítica cultural de Sapir y la antropología aplicada de Benedict-Mead. Sin embargo, como tantas veces, no parecen dimensiones mutuamente excluyentes, sino posibilidades de realizar la investigación en marcos concretos, sin demasiadas oscilaciones teóricas, aunque con diferencias en el ethos de la investigación o, si se quiere, con consecuencias políticas. En este complejo entramado parece haber mucho de contexto y de diferencias entre los miembros de la familia criada por papá Franz. En And Keep Your Powder Dry: An Anthropologist Looks at America (1942) Margaret Mead escribía que, después de seis viajes a otras culturas donde había hecho trabajo de

 

 

 

 

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campo, regresó a «un mundo al borde de la guerra, convencida de que la próxima tarea sería aplicar lo que sabíamos, como mejor podíamos, a los problemas de nuestra sociedad» (Mead, 1942: 3). Ese es el perfil de una persona dedicada a la antropología, sin necesidad de más apellidos. En su desconsideración continuada, parece haber tenido demasiado peso el odio que generó en Sapir haber sido rechazado como amante —y al que me referiré en el capítulo 9 para no enturbiar ahora el trabajo académico de Mead con cuestiones de cama—. Las grandes mujeres suelen encontrar una piedra en su zapato a partir de relaciones personales, aspecto que no parece darse entre ellos.

 

Como indicaba Derek Freeman, Margaret Mead no fue nunca especialista en samoano. No se ocupó del tipo de investigación antropológica que se reclama como parte de los estudios lingüísticos. Podríamos pensar que eso justifica su ausencia en los manuales. Y, sin embargo, su trabajo para definir los objetivos de una disciplina humanística, su capacidad para combinar teoría y aplicaciones, su interés por las culturas amenazadas o en peligro de subsistencia y su pretensión de someter a corroboración empírica cualquier supuesto universal son temas de interés lingüístico y, en mi opinión, ingredientes suficientes para que, en un ambiente de notables influencias culturales, su obra o su figura fuesen mencionadas. Entretanto, en lingüística continúa hablándose de Boas, Sapir y Whorf como los únicos exponentes del relativismo cultural. Parece que estos tres personajes nadaban en un caldo espeso de relativistas, con una importante presencia femenina. Curiosamente todas ellas fueron barridas de nuestra vista.

 

 

 

6.2.3. La negligencia de olvidar la veta empírica: el caso de Gladys Reichard

 

Gladys Amanda Reichard (1893-1955) merece también un tratamiento más profundo por su papel fundamental en el estudio de las lenguas y culturas amerindias. Julia Falk (1999b) ha desvelado que sus trabajos sobre el navajo le crearon un conflicto con Edward Sapir, lo que explica que no sean frecuentemente citados. La escuela emergente de Sapir se centraba en la reconstrucción histórica de familias y grupos lingüísticos, dentro de un enfoque particular del análisis estructuralista. Gladys Reichard no estaría interesada en estos objetivos tipológicos y llegó a

 

 

 

 

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mostrar su desacuerdo con la atención que el círculo sapiriano brindaba al principio fonémico. Sus intereses eran, en este sentido, más generalistas que descriptivos: se centraban en las interrelaciones entre la lengua y la expresión cultural, religiosa o artística. Cuando transcribía, no se preocupaba de seguir escrupulosamente un modelo que permitiese después rastrear los parentescos entre las lenguas amerindias porque su principal objetivo era la variación misma, es decir, registrar las diferencias de pronunciación de sus informantes. Pero la sociolingüística, como tal, todavía no había nacido. Sapir y su discípulo Harry Hoijer consideraron que esas transcripciones irregulares eran errores técnicos que usaron para desacreditar el trabajo de Reichard. En la interpretación de Julia Falk, el conflicto con Sapir ilustra cómo pueden impugnarse los métodos para tapar, en realidad, la intromisión que implica ser una mujer en un campo dominado por hombres. Aunque la figura de Sapir ya comienza a ser sospechosa de prácticas misóginas, me interesa también destacar la negligencia que suponía en aquel contexto desconsiderar la variación como una fuente informativa espectacularmente valiosa.

 

Podríamos estar ante una diferencia entre especialistas de carácter puramente técnico. Para Reichard era fundamental recopilar minuciosa y detalladamente lo que las y los hablantes decían; para Sapir era prioritario resumir la diversidad a modelos formales manejables. Sería un conflicto entre un lingüista de bota, alguien que hace trabajo de campo, y un lingüista de bata, alguien que teoriza en un despacho. Ella había abandonado la zona de confort del gabinete universitario, lo cual, siendo mujer, era una doble osadía. Era esperable que considerase los datos como su principal objetivo científico si pasaba gran parte de su tiempo entrevistando a hablantes de diferentes idiomas en sus ambientes domésticos. Sabemos, por ejemplo, que favoreció que la población autóctona colaborase en la recopilación de datos y en el análisis lingüístico, con una actitud que hoy parece especialmente moderna, la de crear redes para estimular a miembros de la sociedad no especializados a participar en la actividad científica. Su colaborador principal y, en ocasiones, coautor, Adolph Bitanny, era un narrador oral, un contador de cuentos navajo, y es de suponer que, además de ser hablante nativo, incorporaría aspectos decisivos para la correcta comprensión del universo mental de su pueblo. Aunque Gladys Reichard recibió en vida diferentes honores académicos, como el de secretaria de la American Ethnological

 

 

 

 

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Society, no es en absoluto una figura divulgada ni reconocida. Un listado de sus obras tendría más elocuencia que ninguna valoración para ilustrar un caso de oscurecimiento voluntario de una figura femenina, pero, para extremar el rigor, voy a considerar solo las específicamente lingüísticas: Wivot Grammar and Texts (1925), la entrada sobre el coeur d’Alene en el Handbook of American Indian Languages (1938), Stem-list of the Coeur d’Alene language (1939), Agentive and Causative Elementes in Navajo (1940; en coautoría con Adolph Bitanny), Composition and Symbolism of the Coeur d’Alene Verb Stem (1945), Significance of Aspiration in Navaho (1948), The Character of the Navajo Verb Stem (1949), Language and Synesthesia (1949, en coautoría con Roman Jakobson y Elizabeth Werth), Navaho Grammar (1951) o A Comparison of Five Salish Languages (1958-1960). Para resumir, esta mujer consigue, entre 1925 y 1960, publicar una docena de ensayos gramaticales sobre lenguas no previamente documentadas. Es alguien situado en el lugar oportuno y en el momento apropiado, coautora de figuras tan indiscutibles como Jakobson, y no desatiende la proyección pública de su trabajo. Sin embargo, ni siquiera cuando revisamos críticamente el eurocentrismo de la lingüística actual tenemos noticia de ella. Durante décadas los debates teóricos ocuparon los círculos lingüísticos, pero, a partir de los noventa, la disciplina ha notado la necesidad de documentar la diversidad lingüística antes de que esta desaparezca. Esta es la apelación que, solemnemente, hizo la Asociación de Tipología Lingüística (ALT) y la impronta del movimiento ecolingüístico se percibe hoy nítidamente: no podemos presumir de conocer el lenguaje humano si todas las muestras empíricas que tomamos en consideración proceden de unas pocas lenguas pertenecientes a la misma familia. La atención a la diversidad no es solo una muestra de talante democrático o de respeto intercultural; es una necesidad para proceder de manera rigurosa cuando se pretende conseguir generalizaciones con base empírica y no contentarse con meras elucubraciones. Como decía Hockett, cuya carrera se movió siempre entre los dos campos, «la lingüística sin antropología es estéril; la antropología sin lingüística es ciega» (1980: 100).

 

Si, en un contexto propicio a la descripción de variantes que puedan hacernos dudar de las aseveraciones tantas veces pronunciadas, la obra de esta autora todavía no se menciona, no existe otra posibilidad que concluir que la disciplina es más misógina de lo que pensábamos. Debemos ahora

 

 

 

 

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analizar esa genealogía femenina del inventario etnolingüístico. Antes, de soslayo, podríamos mencionar que la piedra en el zapato que encontró esta autora también se llamaba Edward Sapir. Es posible que el ilustre lingüista fuese una persona quisquillosa, una de esas autoridades académicas siempre dispuestas a saltar al combate por una pequeña diferencia. Lo cierto es que no he encontrado evidencias de que dificultase la promoción profesional de otros hombres, aunque tal vez las haya, pero ya son dos las antropólogas —y todavía aparecerá alguna más— detenidas por el mismo individuo, uno de los grandes padres de la lingüística, que pasará a la historia de la disciplina como el exponente de toda esta escuela. Mientras se ha divulgado hasta la saciedad la vida sexual de Margaret Mead y tanto ella como Gladys Reichard han tenido que pasar a la historia como poco rigurosas, o simplemente no han pasado, no me parece descabellado apuntar que parte de los logros de Sapir también se deban a haber sabido negar a sus compañeras el puesto que les correspondía. Repetir su nombre en solitario como líder del grupo, además de inadecuado, servirá para perpetuar la misoginia.

 

 

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6.3. ¿OTRA VE CA ADORES Y RECOLECTORAS?

 

Aunque no se corresponda con las fuentes históricas del personaje real, la factoría Disney ha popularizado en nuestra época una versión de Pocahontas, la de una indígena enamorada de un europeo y movida por ese sentimiento a mediar entre las dos culturas. Haciendo una recreación del mito, los y las profesionales de la antropología parecen, como Pocahontas, fascinarse con el Otro y en buena medida su tarea, originariamente orientada a conocer mejor el entramado cultural, sirve para preservar la diversidad. En este sentido, las antropólogas pueden ser vistas como Pocahontas. Como ella, navegan entre dos culturas. Como ella, son osadas y rompen moldes. Y, como ella, se han quedado envueltas en leyendas que juzgan su intervención de manera interesada. El punto de partida que he adoptado, el de la escuela de Boas, no agota, claro está, el panorama: es una muestra de la existencia de mujeres cultivando la antropología en un momento decisivo para su constitución, pero no un capítulo aislado. Los trabajos de Phyllis Kaberry (1910-1977), en Australia occidental primero y

 

 

 

 

 

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en Camerún más tarde, hechos con clara conciencia de género, podrían habernos servido igualmente para comenzar esta indagación. Estamos ante una disciplina en donde el enfoque feminista ha ganado la partida, hasta el punto de que hoy existe una antropología del género con un perfil diferenciado. Pero Kaberry, como algún otro ejemplo que podría aducirse, es el caso de una individualidad —también, por cierto, con un mentor masculino, Malinowski—; no representa un círculo donde, además, las mujeres fueron particularmente ninguneadas, al menos en el sentido académico. Salvo Ella Deloria, Dorothy Lee y Gladys Reichard, las autoras incluidas como hijas de Boas son antropólogas sin especialización en lingüística. Eso exige, antes de continuar, apuntar siquiera tentativamente los contornos de un campo disciplinar de perfiles bastante poco definidos.

 

En las últimas décadas, a medida que el estudio se diversifica, una serie de campos híbridos, que desbordan la tradición gramatical, se fueron incorporando al repertorio disciplinar, a veces reunidos bajo etiquetas como lingüística externa o ramas de la lingüística. El estudio de los componentes sociales del lenguaje conduce paulatinamente al ámbito de las diferencias interculturales, esto es, a una disciplina híbrida, la antropología lingüística o etnolingüística. Dado que es relativamente reciente, las etiquetas con que denominarla se usan todavía sin excesiva precisión. En general, se acepta que su objeto de estudio abarca aspectos culturales en el uso de las lenguas, aunque con una caracterización semejante no resulte fácil deslindarla de la sociolingüística. No hay que olvidar la tendencia occidental a considerar sociológico lo que remite a nuestra cultura y antropológico lo referido a comunidades que calificamos como exóticas. En cualquier caso, se trataría de abordar las relaciones entre la lengua y el grupo humano que la habla, caracterizado como una comunidad cuya cohesión se basa en la unidad de formas de vida, de vocación histórica y de concepción del mundo.

 

Aunque al principio se desarrolló de modo fragmentario y un tanto ocasional —muy apegada a la dialectología, a los estudios de folclore, o a aspectos de vago aire anecdótico, desde las supersticiones lingüísticas a los tabúes verbales— con el paso del tiempo fue adquiriendo contornos propios (Duranti, 1997). Las investigaciones del estructuralismo americano, que estimulaban un trabajo de campo vinculado a las técnicas antropológicas, en la línea de Boas y sus discípulos/as, revelaron que todas

 

 

 

 

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las culturas, independientemente de que sean más o menos primitivas en su grado de desarrollo tecnológico, poseen lenguas complejas. No hay una evolución de las lenguas similar a la de la cultura humana; no se documentan protolenguas o lenguas de la Edad de Piedra. Si son sencillas en un punto —por ejemplo, en la falta de desinencias para flexionar la palabra—, compensan esa sencillez con una enorme complejidad en otro aspecto —por ejemplo, en lo que respecta al orden de las palabras en la frase—. En esta línea, una de las cuestiones que ha mostrado mayor productividad es la hipótesis de relatividad lingüística, que, por esta importancia histórica, merece un comentario particular.

 

Un discípulo de Sapir, Benjamin Lee Whorf (1956), estudiando la lengua amerindia hopi, obtuvo interesantes conclusiones sobre la influencia entre las condiciones de vida de una comunidad y la lengua que habla. Los hopis, por ejemplo, dedican una misma palabra a insectos, aeroplanos y aviadores; una actitud excesivamente inclusiva, al menos desde el punto de vista de las lenguas europeas, que poseen significantes diferenciados para cada uno de estos significados. Whorf supone alguna relación entre estas diferencias idiomáticas y la cosmovisión que arrastran y, renovando el debate sobre las relaciones entre lenguaje y pensamiento, escribe una serie de elocuentes artículos con los que subraya la arbitrariedad de las soluciones lingüísticas: cada lengua está imponiendo sus propios moldes al flujo de percepciones de quien la habla, así que la posibilidad de encontrar fundamentos comunes para los repartos efectuados por los distintos idiomas queda en entredicho. Más aún, las comunidades humanas poseen visiones del mundo diferentes porque sus lenguas condicionan la realidad como algo dispuesto a ser contado: el lenguaje disecciona la naturaleza con decisiones arbitrarias, que luego son irreductibles. Toda comparación es vana.

 

Esta noción de relatividad lingüística, derivada del particularismo de Boas y del proceder de toda su escuela, ha propiciado un intenso debate. Algunos experimentos posteriores demostraban que las lenguas del mundo comparten un sistema universal de categorización que puede observarse en los términos para designar el color. No todo serían puras convenciones lingüísticas; factores perceptivos, cognitivos o ambientales explican las diferencias que vemos en la realidad. También Laura Martin (1986) ha desmantelado los manidos ejemplos que, desde Whorf, se habían usado para ilustrar el determinismo lingüístico: las innumerables palabras que,

 

 

 

 

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según suele decirse, usan los esquimales para aludir a la nieve son resultado de la necesidad de nombrar una realidad especialmente diversa en ese medio físico. La tendencia cognitiva de las últimas décadas, imperante tanto en la lingüística como en la psicología, reaccionó contra el relativismo ontológico de la tradición que arranca de Boas para formular universales culturales.

 

En su desarrollo posterior, la antropología lingüística fue absorbiendo, al menos parcialmente, muchos de los enfoques sobre folclore, educación, marcos cognitivos o adquisición infantil del lenguaje. Las comunidades de habla serían entidades, al tiempo reales e imaginarias, cuyos límites están siendo continuamente negociados. Un entierro, un partido de fútbol o la sala de espera de una consulta de pediatría actúan como escenarios de situaciones comunicativas específicas y el individuo pasa a comportarse según la pauta que, para esta situación, fije su comunidad, preguntando por determinados temas, usando un sistema metafórico o un ideal de cortesía concretos. La influencia de teóricos de la sociedad contemporánea, como Foucault o Bourdieu, y de su atención a la constitución de la sociedad en la cultura cotidiana y en las tecnologías de poder cristaliza en la corriente conocida como Antropología interpretativa (Geertz, 1973), que se propone desvelar expresiones del comportamiento social enigmáticas en su superficie. Como resultado de este flujo, la sociolingüística y la antropología lingüística actuales compiten en objetos y métodos. De hecho, Hymes (1962) pretendió vincular las dos disciplinas bajo la etiqueta de etnografía del habla. Aunque tal denominación se mantiene viva, o con ligeras modificaciones, como etnografía de la comunicación, en los últimos años han proliferado los enfoques y las denominaciones, como la muy atractiva de lingüística cultural, sugerida por Palmer (1996), o la de etnografía lingüística, más habitual en los círculos británicos (Copland y Creese, 2015).

 

Volviendo a la genealogía feminista en este campo, las hijas de papá Franz desbrozaron una jungla inmensa. La generación siguiente tendría un acceso más frecuente a la universidad, pero todavía continuarían los silencios. Mary Rosamund Haas (1910-1966) fue una discípula de Sapir con una carrera notable: escribió la gramática del tunica y del natchez, ambas lenguas amerindias, antes de que, a partir de los cuarenta, en medio de los intereses de la política internacional norteamericana, se hiciese especialista en thai, la lengua oficial de Vietnam. Ni siquiera con el

 

 

 

 

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carácter claramente político que tuvo el estudio de esa lengua en aquel contexto y en el posterior conflicto bélico, suele ser mencionado en los manuales el nombre de una mujer que ostentó el cargo de presidenta de la Sociedad Lingüística de América. Muy significativamente, las presentaciones que se hacen de ella en las enciclopedias de lingüística — cuando se hacen— o las biografías que circulan en Internet documentan la constante habitual en la historia de las mujeres: siempre mencionan que estuvo casada con Morris Swadesh, el lingüista que popularizó la técnica de la glotocronología, aunque el matrimonio apenas durase seis años. Obviamente, cuando se busca a Swadesh, los datos sobre su matrimonio no aparecen, como si —para él sí— fuese más importante destacar su obra que su vida personal. Por otra parte, Grimes (1975: iv) indica que en el verano de 1931 Sapir —otra vez él— envió a Mary Haas y a Swadesh a la isla de Vancouver para que estudiasen el nitinat, aunque le encargó a él ocuparse de la lengua y a ella apenas recopilar música y canciones. Felizmente parece que, al final, un mejor acuerdo entre la pareja determinaría que ambos se estudiasen la lengua. En la Enciclopedia de Philip Strazny encontramos todavía un detalle esclarecedor (2005: 430): «Mary Haas no estaba interesada en la teoría lingüística, pero estaba fascinada por los datos de las lenguas y transmitió esto a su estudiantado». Tal vez haya que suponer que las antropólogas, como antes las primatólogas, sean personas dispuestas a fascinarse con los datos, aunque no parezca muy claro qué puede significar exactamente esta afirmación. O, tal vez, se pueda colegir que en el trabajo antropológico primero se coleccionan datos, después se interpretan. Si las dos tareas están jerarquizadas, se deduce que no todos los sujetos accederán a esa segunda fase. Cuando, en la observación de los chimpancés (capítulo 5) Jane Goodall aportaba el dato de que manejaban herramientas, fue su mentor, Leakey, quien se refirió a la necesidad de redefinir el concepto de ser humano o de considerar como tal al chimpancé: fue él quien «construyó» la teoría. La hipótesis más plausible apuntaría que a ellas se les permitió apenas ser recolectoras. Además de que el proceso de recogida de datos sea poco atractivo, lo importante siempre en una investigación es poder decidir qué hacer con ellos. No se trata de recopilar bonitos ejemplos de costumbres curiosas y clasificarlos alfabéticamente o de cualquier otra manera, sino de poder reflexionar, de extrañarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

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El propio Strazny (2005) presenta a Mary Haas como alguien que mantuvo su firme compromiso con el modelo de lingüística desarrollado por Boas y Sapir. Probablemente ese elogio solo significa que no cayó en las redes generativistas, tan sólidas en su época. Porque lo que se señala en diversas fuentes es que ella, junto con su colega Charles Voegelin, propusieron un modelo de clasificación de las lenguas amerindias diferente al de Sapir y, por cierto, más cercano a lo que hoy se tiene por válido.

 

Obviamente, Mary Haas no es la única. Berta Vidal de Battini (Argentina, 1900-1984) estudió las características del español de su país en trabajos de corte etnográfico, muy apegados a la dialectología. Thelma D. Sullivan (Estados Unidos, 1918-1981) fue considerada la mayor especialista de náhuatl y su gramática continúa siendo referencial. Kay Williamson (1935-2005) fue llamada la «madre de la lingüística nigeriana», por haber dedicado 50 años de su vida al estudio del igbo y el ijo en la cuenca del Níger. A pesar de los abundantes trabajos de corte gramatical que había publicado, declaraba no interesarse por las aportaciones académicas, porque cifraba su compromiso como lingüista en ayudar a las poblaciones locales proporcionándoles, como también hizo, sistemas ortográficos. Miriam Lichtheim (1914-2004) fue egiptóloga. Tatyana Elizarenkova (1929-2007) fue una reconocida especialista en sánscrito, pali e hindi. Una antropóloga que ya ha pasado a la historia de los estudios de género, Michelle Zimbalist [Rosaldo] (1944-1981), estudió el ilongot. La lista de cultivadoras de la antropología lingüística, como es de imaginar, se multiplica en nuestros días. Intentando dar una muestra de mujeres de diferentes continentes, en India, Anvita Abbi propone una nueva clasificación para las lenguas andamanesas; la intelectual indígena y americanista Ofelia Zepeda es autora de una gramática del papago y trabaja en la alfabetización del o’odham; Niina Nin Zhang es una de las mayores especialistas contemporáneas en mandarín; la prematuramente fallecida holandesa Helma van den Berg (1965-2003) fue especialista en lenguas caucásicas, autora de gramáticas y diccionarios del hanzib, el dargi y el avar; la tipóloga rusa Alexandra Aikhenvald sorprende por su dilatado conocimiento de lenguas —sánscrito, acadio, finés, húngaro, italiano, lituano, árabe y griego antiguo—, además de ser especialista en las lenguas amazónicas de la familia arawat. Los nombres no tienen ninguna pretensión de exhaustividad; apenas ilustran la existencia de una

 

 

 

 

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veta interesante entre las recopiladoras de datos que con el tiempo pudieron convertirse en gramáticas o tipólogas, con una clara línea de intervención en defensa de las lenguas minorizadas. Lo que sí se nota es que, a medida que las mujeres se hacen un espacio en la academia, las trayectorias se bifurcan.

 

Por un lado, se percibe esta veta, más orientada hacia la gramática, donde se practica una descripción de lenguas que no habían sido estudiadas. Tal objetivo, con independencia de que ya no interese estrictamente a la antropología, exige el uso de las técnicas usuales en ese campo. Además, a menudo se practica con una cierta vocación activista que encaja con los objetivos de la ecolingüística, cuyo empuje está siendo muy vigoroso en la investigación actual (Singer, 2020; Roche, 2020). Por otro lado, podrían considerarse los trabajos de corte fundamentalmente antropológico, donde se tratan cuestiones generales de la relación entre las lenguas y la cultura. Ahí, por ejemplo, podría situarse la línea de Bamby Schieffelin y Kathryn Woolard sobre ideologías lingüísticas (Schieffelin et al., 1998) o la de Judith Irvine y Susan Gal sobre dinámicas de la diferencia social (Irvine y Gal, 2019), al igual que la de Monica Heller (2011) sobre las relaciones entre lengua y nación. Evidentemente, existen otras reputadas figuras femeninas en la etnografía lingüística contemporánea —Alexandra Jaffe, Helen Kelly Holmes o Mary Bucholtz, por citar algunas de ellas— pero no pretendemos hacer un catálogo, solo insinuar una clasificación, directamente derivada del mayor o menor peso concedido en cada caso a ingredientes idiomáticos o culturales. En este sentido, esa bifurcación de lo gramatical y lo etnográfico, aun respetando las preferencias temáticas, ilustra adecuadamente como en las generaciones actuales la presencia femenina mueve las barreras entre teoría y acumulación de datos y flexibiliza los procedimientos: las mujeres no quieren solo dejarse fascinar por los datos.

 

De hecho, encontramos una tercera línea de investigación, todavía más híbrida, que podemos personificar en la trayectoria de Emily Martin. Esta sinóloga y antropóloga feminista ha analizado las metáforas utilizadas para enseñar conceptos biológicos, en particular la reproducción, y ha encontrado que reflejan definiciones estereotipadas de lo masculino y lo femenino: la menstruación sigue siendo presentada como el «fracaso» de un óvulo expulsado y, en general, los procesos biológicos femeninos aparecen como menos dignos que los masculinos. En su perspectiva

 

 

 

 

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(Martin, 1991), la biología no se feminiza simplemente incorporando mujeres a las tareas de investigación, sino practicando un análisis escrupuloso del lenguaje porque las metáforas fraudulentas guían a las y los científicos, estimulando la formulación de ciertas preguntas en lugar de otras. Periférica tal vez, pero este tipo de investigación es, sin duda, de alcance lingüístico.

Si las antropólogas han participado del interés por el Otro de Pocahontas, todavía comparten con ella otro rasgo: son viajeras. Los espacios cuentan. Algunas disciplinas se practican fundamentalmente en recintos diferentes del despacho universitario. Aunque en una facultad de Medicina haya docentes, se habla de actividades que ocurren en un hospital; en la de Biología o en la de Química, de experiencias que tienen lugar en un laboratorio; en la de Derecho, de asuntos que remiten a los tribunales. La lingüística ha sido exageradamente una práctica de gabinete. Por eso, incluso en su veta más gramatical, la tarea de trasladarse a un lugar remoto para hacer una investigación de campo coloca a la lingüística en una encrucijada de caminos, en sentido real y figurado. Por muy sólida que sea su formación académica, las antropólogas proceden de una vía que llega de las grandes viajeras: la hispana Egeria, las inglesas Aphra Behn, Mary Kingsley o Freya Stark, la austríaca Ida Pfeiffer, la holandesa Alexine Tinne, la jamaicana Mary Seacole, las estadounidenses Fanny Stevenson y Nellie Bly o la danesa Karen Blixen, entre otras muchas que se podría mencionar, son referentes feministas para la actividad prohibida del viaje. Desafiando a sus comunidades de origen y aceptando costumbres exóticas, estas mujeres emprendieron expediciones hacia lo desconocido. Lógicamente aprendieron lenguas y, a su regreso, a veces fueron traductoras o embajadoras de las culturas que habían visitado. Tal vez no baste con ese mérito, intelectual y cívico, para entrar en un manual de historia de las ideas lingüísticas, pero ese interés por el Otro sí constituye un ingrediente del imaginario intelectual cuando se trata de nombres masculinos, desde Marco Polo a Livingstone. Además de la disimetría sexual, conviene señalar que esta vía empírica, relativa al conocimiento del Otro, ha sido una idea menor en el desarrollo de la lingüística, una idea despreciada. En paralelo a esa desconsideración, el panorama de pensamiento que hemos trazado en Occidente entroniza la idea de la arbitrariedad del signo, a través de su formulación, ligeramente confusa, en los textos platónicos o, si se prefiere acudir a un entorno

 

 

 

 

 

 

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exclusivamente lingüístico, en la visión teórica de Saussure. Sin embargo, las antropólogas no hacen más que manejar la idea de arbitrariedad. Con ejemplos empíricos. De una manera sólida, coherente y entretejida con la propia experiencia. Por eso, precisamente, fueron descartadas.

 

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6.4. LING ÍSTICA EN FEMENINO:

 

EL PUNTO DE VISTA ÍNTIMO

 

Aquello que en Occidente ha sido considerado como «naturalmente» masculino o femenino no existe; forma parte del etnocentrismo con que, de manera arrogante, el pensamiento occidental abordó la diversidad. Esta evidencia se presenta con total rotundidad y por primera vez en los trabajos de Margaret Mead. La pasividad, el trabajo colaborativo o el gusto por los cuidados pueden aparecer en unas tribus como actitudes reservadas a las mujeres y en otras como reservadas a los hombres, o como alentadas o prohibidas para ambos sexos. De esta manera, un dato aislado, como el hecho de que en el pueblo arapesh de Nueva Guinea ninguno de los sexos muestre comportamientos agresivos o dominantes deja de ser una mera excepción, para interpretarse como una evidencia empírica de la diversidad. Esto es importante: en una sociedad como la del siglo XXI donde todo parece regirse por la razón práctica, la teoría todavía puede reivindicarse por ser útil, justamente el perfil que siempre se le ha negado. Decimos «dejémonos de teorías; queremos resultados prácticos» pero no parece haber posibilidad de que nada útil, valioso, nada que pueda solucionar nuestros problemas exista sin una hipótesis que lo sustente. La teoría es una forma de ordenar la diversidad de lo real. En este sentido, la reivindicación pionera de Margaret Mead de que no existen roles de género coloca en el debido lugar todas las pintorescas anécdotas que simplemente ilustraban cómo en tal tribu existía un tercer género, o en tal otra los hombres aparecían como afeminados o las mujeres como matriarcas. Una de las grandes ventajas de la antropología de género es que desesencializa todo. Nancy Chodorow (1971) observaba que la infancia en las sociedades occidentales es más egoísta que en cualquier otra parte del mundo. A pesar de que se suele adjudicar a esta autora una mirada excesivamente maternal, estaba sosteniendo que ningún comportamiento está escrito en los genes; somos cultura.

 

 

 

 

 

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Una vez asentado el carácter arbitrario de la asignación sexual, parece curioso que durante tanto tiempo las antropólogas no mereciesen otro papel que el de sentirse fascinadas por los datos. Quienes practican una ciencia viven en una época concreta y no pueden evitar compartir una serie de supuestos que forman parte de su envoltura cultural. La ciencia es una actividad hecha por personas que, a pesar de sus detallados conocimientos en un campo concreto, pueden mostrarse bastante básicas en otros sentidos. El extraordinario trabajo de una arqueología con perspectiva de género hecho por el equipo científico de Adovasio (2007: 40) ilustra el asunto con precisión:

 

Por eso los arqueólogos, en su mayoría hombres, encontraron exclusivamente herramientas y armas de piedra y dieron por hecho que el mundo masculino se remontaba al Pleistoceno e incluso antes. Por norma general, hacían caso omiso de las mujeres […] El método era, en cierto modo, autocomplaciente, pero se debía más a un acto inconsciente que a un desagradable complot deliberado contra las mujeres. A unas personas como nosotras, que vivimos en el siglo XXI, no puede sorprendernos que los científicos, como todos los seres humanos, sean producto de su época. En la actualidad casi todos los científicos (hombres y mujeres) son conscientes de esas presuposiciones no cuestionadas, e intentan tenerlas en cuenta (por lo menos cuando se dedican a la ciencia «de verdad»).

 

Desde la escuela nos han repetido que los hombres cazaban y las mujeres recolectaban. Así se agigantó una imagen masculina que combatía contra mamíferos enormes, como osos o mamuts y, a veces, hasta se explicaron habilidades diferentes, del tipo del lenguaje, como resultado de la cooperación en grupo. Con una mirada alejada de esta iconografía y más anclada en la vida cotidiana, la arqueología de los últimos años ha venido a cuestionar ese estereotipo. De entrada, los seres humanos primitivos no comerían tanta carne, sino que recurrirían a menudo a fuentes de proteína de otras procedencias. Además, buscarían carroña o cazarían mamíferos pequeños, también reptiles, mariscos o insectos, en una tarea más cercana a la recolección que a la caza. Ellas no estarían ausentes de esa práctica,

 

 

 

 

 

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según se desprende de la observación de chimpancés hembras, que participan en cacerías semejantes, a veces incluso cargadas con sus crías. Sally McBrearty et al. (1991) han intentado desarticular el mito de que los hombres primitivos llevarían a la cueva carne para su descendencia y para su compañera. En este mito la relación monógama asegura al hombre que las crías sean realmente suyas. Puede observarse aquí claramente que, como en el caso analizado por Emily Martin de la reproducción en biología, muchas metáforas científicas emanan de un universo cultural cuajado de determinadas expectativas. Pues bien, en antropología parece haberse exagerado el papel de los grandes cazadores de mamuts frente a las pequeñas recolectoras, válidas para recoger datos in situ, pero no para reflexionar profundamente sobre ellos.

 

En mi opinión, la mayor contribución de las antropólogas feministas, se dediquen o no explícitamente a las lenguas, es la de haber acabado —o estar en proceso de conseguirlo— con una narrativa distorsionada. No es necesario usar la palabra machista porque el proceso sería muchas veces inconsciente, pero sí constatar que era errónea. En este sentido es clamoroso que en la práctica antropológica ellas actuasen como recolectoras, no de fruta, sino de datos. Indica que todavía eran vistas como auxiliares, como secretarias, como personal secundario. Y, en una sociedad jerárquica, el personal secundario no pasa a la historia. Por eso, analizar con cierta profundidad las contribuciones de las antropólogas exige, como diría Leakey, o reconsiderar cuál es el cometido de quien investiga en antropología o reconsiderar la importancia de los datos.

 

Es lícito que las antropólogas quieran hacer teoría como hoy hacen. Pero no es menos importante considerar que si en la actualidad en lingüística podemos tener mujeres en la cumbre, figuras como Tove Skutnabb-Kangas y su reivindicación de que la muerte de las lenguas es un genocidio con múltiples culpables, o Anna Wierzbicka y sus universales semánticos de naturaleza cognitiva, es porque antes hemos tenido tantas personas haciendo descripciones[28]. Si bien se piensa, esta crítica de las metáforas que llega de Emily Martin o del equipo de Adovasio no es más que una manera de desarrollar el punto de vista íntimo, reclamando la propia subjetividad en la ordenación de causas y efectos. Las antropólogas que introdujeron ese estilo popular, plagado de reflexiones personales, no se sentían insignificantes; querían formar parte de la historia y tomar las riendas de su propia biografía. Como las viajeras, se enrolaron en un

 

 

 

 

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trabajo ingrato porque querían participar y, quizás, también porque querían ver con ojos propios, no a través de testimonios indirectos.

 

En este sentido, su narrativa biográfica tiene un valor singular porque implica un autorreconocimiento como objeto de estudio. Tiene algo de la intuición de las criptógrafas y de la empatía de las primatólogas vistas en los capítulos anteriores y, todavía, añade una especial versatilidad. Pensadoras feministas como Luce Irigaray o Teresa de Lauretis, con su peculiar manera de hacer psicoanálisis, permitirían múltiples lecturas de estos procedimientos. En cualquier caso, el estructuralismo antropológico, con sus teorías de la división del trabajo, presentó un ser humano con atributos exclusivamente masculinos, de manera que, como fue habitual en el pensamiento occidental, a las mujeres les correspondía una oposición especular de esos atributos casi por definición. Su situación es paradójica, ya que como como productoras de conocimiento se han silenciado y como objeto histórico aparecen prisioneras de unos prismas ciegos a su actividad. Como ha indicado Judith Butler (1997), el problema del sujeto es fundamentalmente político: los sistemas de creencias se formalizan jurídicamente y producen sujetos que después se representan, de manera que la identidad es un resultado de las prácticas discursivas. Lo decible, lo narrable, lo opinable —y, por ende, lo callado, o lo que no ha podido contraargumentarse— están establecidos. La práctica autobiográfica rompe los corsés y saca a la luz un continuo cuestionamiento del canon científico, un diálogo productivo entre el sujeto que se está construyendo en la investigación y el objeto investigado. No es extraño que muchas líneas actuales, continuadoras de este modelo, como la biografía lingüística que se practica para documentar el aprendizaje de lenguas entre emigrantes en diferentes generaciones y que es una idea «marginal» en lingüística contemporánea, tengan tantas cultivadoras femeninas (Wolf-Farré, 2018). El estilo importa, ya que, como dice Judith Butler, tal vez la literatura no pueda enseñarnos a vivir, pero las personas que tienen preguntas sobre cómo vivir suelen acudir a la literatura.

 

En este capítulo he citado media centena de mujeres: ninguna aparece en un manual sobre la historia de la lingüística.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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6.5. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN

 

FEMINISTAÜ DEL LEGADO

LING        ÍSTICO DE LAS

 

ANTROPÓLOGAS

 

ADOVASIO, J. M.; SOFFER, Olga y PLAGE, J. (2007): The Invisible Sex. Uncovering the True Roles of Women in Prehistory, Smithsonian Books/Harper Collins Publishers. Trad. esp. Ana Mata, El sexo invisible, Barcelona, Lumen, 2008.

 

BEHAR, Ruth y GORDON, Deborah (eds.) (1995): Women Writing Culture, Berkeley, University of California Press.

 

BUTLER, Judith (1997): The Psychic Life of Power. Theories in Subjection, Stanford University Press.

 

CHODOROW, Nancy (1971): «Being and Doing», en Vivian Gornick y Barbara K. Moran (eds.), Women in Sexist Society, Nueva York, Basic books, 94-123.

 

COLE, Sally (2002): «Mrs. Landes Meet Mrs. Benedict: Culture Pattern and Individual Agency in the 1930s», American Anthropologist, 104/2, 533-543.

 

— (2003): Ruth Landes. A Life in Anthropology, Lincoln-Londres, University of Nebraska Press.

 

COPLAND,  Fiona  y  CREESE,  Angela  (2015):  Linguistic  Ethnography:

 

Collecting, Analysing and Presenting Data, Londres, Sage Pub.

 

DARNELL, Regna (1998): And Along Came Boas. Continuity and Revolution in Americanist Anthropology, Ámsterdam-Filadelfia, John Benjamins Publishing Company.

 

DEACON, Desley (1997): Elsie Clews Parsons: Inventing Modern Life, Chicago-Londres, University of Chicago Press.

 

DURANTI, A. (1997): Linguistic Anthropology, Cambridge University Press. Trad. esp. P. Tena, Antropología lingüística, Madrid, Cambridge University Press, 2000.

 

 

 

 

 

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FALK, Julia S. (1999a): «”Language as a Living, Cultural Phenomenon” – Gladys Amanda Reichard and the Study of Native American Languages», D. Cram et al. (eds.), History of Linguistics 1996, Ámsterdam-Filadelfia, John Benjamins, 1999, 111-118.

 

— (1999b): Women, Language and Linguistics: Three American Stories from the First Half of the Twentieth Century, Londres, Routledge.

 

FRANCESCHI, Zelda Alice (2014): «Las discípulas ocultas de Franz Boas.

 

Historia e historias de vida», Maguaré, 28/1, 19-49.

 

FREEMAN, D. (1983): Margaret Mead and Samoa: The Making and Unmaking of an Anthropological Myth, Cambridge, Harvard University Press.

 

— (1997): «Paradigms in Collision: Margaret Mead’s Mistake and What it has done to Anthropology», Skeptic, 5, 66-73.

 

GEERTZ, C. (1973): The Interpretation of Cultures, Nueva York, Basic books. Trad. esp. A. Bixio, La interpretación de las culturas, Barcelona, Gedisa, 2003.

 

GRIMES, J. (1975): The Threads of Discourse, Berlín-Nueva York-Ámsterdam, Mouton.

 

HELLER, Monica (2011): Paths to Post-Nationalism: A Critical Ethnography of Language and Identity, Oxford University Press.

 

HOCKETT, C. F. (1980): «Preserving the heritage», en B. Davis y R. O’Cain (eds.), First person Singular: Papers from the Conference on an Oral Archive for the History of American Linguistics, Ámsterdam, John Benjamins, 99-107.

 

IRVINE, Judith T. y GAL, Susan (2019): Signs of Difference. Language and Ideology in Social Life, Cambridge University Press.

 

LAMPHERE, Louise (2001): «Unofficial Histories: A Vision of Anthropology from the Margins», American Anthropologist, 106, 126-139.

 

 

LAMPHERE, Louise y ROSALDO, Michelle (1974): Women, Culture, and Society, Stanford University Press.

 

 

 

 

 

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LUTKEHAUS, Nancy C. (2008): Margaret Mead. The Making of An American Icon, Princeton-Oxford, Princeton University Press.

 

MARTIN, Laura (1986): «Eskimo Words for Snow: A Case Study in the Genesis and Decay of an Anthropological Example», American Anthropologist, 88/2, 418-423.

 

MARTIN, Emily (1991): «The Egg and the Sperm: How Science Has Constructed a Romance Based on Stereotypical Male-Female Roles», Signs, 16/3, 485-501.

 

MARTÍN CASARES, Aurelia (2006): Antropología del género. Culturas, mitos y estereotipos sexuales, Madrid, Cátedra, 2008, 2.ª ed.

 

MCBREARTY, Sally y MONITZ, M. (1991): «Prostitutes or Providers? Hunting, Tool Use, and Sex Roles in Earliest Homo», en D. Walde y N. Willows (eds.), Annual Conference of Chacmool, The Archaeological Association of Calgary, Canadá.

 

 

MEAD, Margaret (1928): Coming of Age in Samoa, Nueva York, William Morrow ed., 1929. Trad. esp. Elena Dukesky Yoffe, Adolescencia y cultura en Samoa, Barcelona, Paidós, 1995.

 

— (1942): And Keep Your Powder Dry. An Anthropologist Looks at America, Morrow Quill, Nueva York, 1965.

 

— (1972): Blackberry Winter. My Earlier Years, Nueva York, Touchstone book.

 

MOURE, Teresa (2019): Linguística eco-. O estúdio das línguas no Antropoceno, Santiago de Compostela, Através ed.

 

NEIBURG, F. y GOLDMAN, M. (2001): «Teoría, política y ética en los estudios antropológicos del carácter nacional», Alteridades, 11/22, 95-110.

 

OERTZEN Christine, RENTETZI, Maria y WATKINS, Elisabeth (2013): «Finding Science in Surprising Places: Gender and the Geography of Scientific Knowledge», introducción a Beyond the Academy: Histories of Gender and Knowledge, Centaurus, 55, 73-80.

 

 

 

 

 

 

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OKELY, Judith y CALLAWAY, Hellen (1992): Anthropology and Autobiography, Londres-Nueva York, Routledge.

 

PALMER, G. (1996): Toward a Theory of Cultural Linguistics, Austin, University of Texas Press. Trad. esp. E. Bernárdez, Lingüística cultural, Madrid, Alianza, 2000.

 

PAREZO, Nancy (1993): Hidden Scholars: Women Anthropologist and the Native American Southwest, Albuquerque, University of New Mexico Press.

 

ROCHE, G. (2020): «Abandoning Endangered Languages: Ethical Loneliness, Language Oppression, and Social Justice», American Anthropologist, 122/1, 164-169.

 

ROSSITER, Margaret (1982): Women Scientists in America: Struggles and Strategies to 1940, Baltimore, John Hopkins University.

 

ROHRLICH-LEAVITT, Ruby; SYKES, Barbara y WEATHERFORD,  Elizabeth

 

(1975): «Aboriginal Women: Male and Female, Anthropological Perspectives», en Rayna Reiter (ed.), Toward an Anthropology of Women, Nueva York, Monthly Review Press. Trad. esp. María Jesús Izquierdo, en Olivia Harris y Kate Young (eds.), Antropología y feminismo, Barcelona, Anagrama, 1979, 47-60.

 

SAPIR,     E.      (1924):       «Culture,    Genuine      and    Spurious»,  en       David

 

G. Mandelbaum (ed.), Selected Writings of Edward Sapir in Language, Culture and Personality, University of California Press, 1985, 308-331.

 

— (1925): «The Emergence of the Concept of Personality in a Study of Cultures», en D. G. Mandelbaum (ed.), Selected Writings of Edward Sapir in Language, Culture and Personality, University of California Press, 1985, 590-597.

 

SCHIEFFELIN, Bambi; WOOLARD, Kathryn y KROSKRITY, P. (eds.) (1998):

 

Language Ideologies. Practice and Theory, Oxford University Press.

 

SINGER, Ruth (2020): «Why Don’t Linguists Talk about Politics? Moving Forward on Language Endangerment—Together», American Anthropologist, 122/1, 175-177.

 

 

 

 

 

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SONG, Sarah (2009): Justice, Genre, and the Politics of Multiculturalism,

 

CUP.

 

STOCKING, d’Alene. (1976): «Ideas and Institutions in American Anthropology: Toward a History of the Interwar Period», en G. W. Stocking (ed.), Selected Paper from the American Anthropologist 1921-1945, Washington, American Anthropological Association, 1-53.

 

STRAZNY, P. (ed.) (2005): Encyclopedia of Linguistics, Nueva York, Fitzroy Dearborn, 2 vols.

 

WHORF, B. L. (1956): Language, Thought and Reality, Cambridge (Mass.), The M. I. T. Press. Trad. esp. J. M. Pomares, Lenguaje, pensamiento y realidad, Barcelona, Seix Barral, 1971.

 

WOLF-FARRÉ (2018): «El concepto de la Biografía Lingüística y su aplicación como herramienta lingüística», Lengua y Habla, 22, en https://www.semanticscholar.org/paper/El-concepto-de-la-Biograf%C3%ADa-Ling%C3%BC%C3%ADstica-y-su-como-Wolf-Farr%C3%A9/6bfecac9fc156f1f12432aac239dec3ea8c2c144, consultado el 20/04/20.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 7

 

CUANDO A LA GRAMÁTICA LE CRECIERON

 

LOS ACCIDENTES: LAS SOCIOLINGÜISTAS FEMINISTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Justo después de haber publicado la primera edición de este libro, en una entrevista de trabajo me mencionaron su título,Feminismo y teoría lingüística , para comentar: “Pero esto” —dijo el desconcertado catedrático— “es como si escribe un libro sobre lingüística y jardinería orgánica, ¿no?”. No me dieron el trabajo […] Sospecho que un libro titulado Marxismo y teoría lingüística , por ejemplo, no habría generado tanto desconcierto, incluso para quienes no son marxistas. El catedrático […] ubicaba el feminismo en la misma casilla que el amor libre, ser vegetariana o llevar sandalias».

 

DEBORAH CAMERON, sociolingüista

 

 

 

7.1. UNA GUERRA CONTRA LOS GRAMÁTICOS

 

En las últimas décadas, las feministas han insistido en depurar el lenguaje. Actuando fuera de ámbitos académicos, en distintos países y con diferentes teorías, sacaron a la luz el modo insidioso en que las estructuras gramaticales silenciaban o estereotipaban lo femenino. Ni las lenguas eran inocentes, ni permitían nombrarlo todo; y si el poder estaba controlando qué aspectos de la realidad deberían ser nombrados y cómo, renovar el lenguaje se convertía en asunto urgente. Las pioneras de este movimiento de depuración fueron especialmente anónimas: eran activistas que, después, conseguían cierta voz en círculos educativos, literarios y editoriales, jurídicos o políticos, acusando al sistema de valores dominante de un proceso sistemático de discriminación por cuestión de género. Estaban formulando una reflexión que concernía a la lingüística en un sentido profundo: no se trataba simplemente de que la sociedad fuese sexista y, como resultado, impregnase de sexismo nuestro discurso; al

 

 

 

 

 

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contrario, ciertos mecanismos aparentemente inocuos, como las lenguas, se encargaban de promover y perpetuar valores caducos. Había que desenmascarar su apariencia de neutralidad. Porque las lenguas, presentadas siempre como meros dispositivos al servicio de la comunicación, disfrutaban de un aire de inocencia que las mantenía a salvo de filtros. Esta ola de activistas invirtió una enorme energía en realizar análisis sutiles que, sin embargo, provocaron reacciones desproporcionadas entre sus adversarios: las feministas eran intolerantes o neuróticas, estaban obsesionadas con la defensa de sus intereses y condensaban su insatisfacción en darles vueltas a las palabras.

 

Esos análisis pretendían demostrar que los usos lingüísticos —en forma de preferencias léxicas, de proverbios, de asimetrías o hasta en la regulación, más abstracta, de los morfemas— insultaban, excluían o parodiaban a las mujeres. Por primera vez un movimiento social creaba una ética lingüística que movía a apropiarse de los significados que realmente se quisiesen transmitir: su línea de trabajo, como veremos en el capítulo 8, se trasladaría a otros ámbitos, desde el combate contra el racismo hasta la creación de todo un movimiento de higiene verbal. Desde los comienzos, incidieron en que la preponderancia de los hombres en la vida pública y una cierta administración de la gramática habían consolidado el hábito de hablar en masculino, una práctica que debía ser abandonada, ya que las mujeres estaban demostrando su capacidad para incorporarse a todas las ocupaciones, incluso a aquellas que podrían juzgarse poco atractivas para merecer esa auténtica toma practicada entre los setenta y los ochenta: nada de derechos del hombre, ni de asociaciones de escritores o colegios de abogados, porque era importante reflexionar colectivamente sobre la existencia de mujeres con derechos, de escritoras o de abogadas. Finalmente, los conceptos habían sido definidos a partir de un representante masculino, según documentaban los diccionarios que recogían partidario u obrero, por ejemplo, y nunca los femeninos correspondientes partidaria u obrera. En los medios académicos se justificaba esta medida apelando a un supuesto valor genérico del masculino que le permitiría denotar una entidad femenina de la que no interesase expresar el género. Con todo, tal valor genérico solo procedía de una pura convención histórica y se hacía la vista gorda frente a la evidencia de que en los diccionarios podría haberse usado el femenino, al que, además, le correspondía la primera aparición por orden alfabético.

 

 

 

 

 

 

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Con la incorporación de las mujeres a actividades sociales antes vedadas deberían aumentar las denominaciones en femenino, argumentaron las primeras disidentes de la gramática patriarcal, que proponían formas inusuales como médica, estudianta, presidenta o diputada. Por supuesto, estas innovaciones tuvieron desigual fortuna: algunas se instalaron rápidamente, mientras que otras continúan despertando suspicacias. Lo interesante del caso es que en nuestro entorno las academias —las mismas que aceptan almóndiga por ser una pronunciación popular frecuente— levantasen su voz contra las nuevas formas obtenidas haciendo uso de un mecanismo vigente en las lenguas románicas donde el habla tradicional siempre registró generalas, alcaldesas, ayudantas o individuas. Que esos femeninos tuviesen a veces significados peyorativos u humorísticos podía adjudicarse al carácter episódico con que las mujeres ejecutaban las funciones aludidas y no a las limitaciones de los paradigmas morfológicos correspondientes. Pero los gramáticos respondían con argumentos peregrinos: una forma como gerenta era inadecuada porque las terminaciones en -ente procedían de neutros latinos. Estaban acudiendo, de manera un tanto purista, a la etimología y rebuscaban en la lista hasta encontrar los ejemplos oportunos: puesto que no había existido necesidad de crear *cantanta, no debía habilitarse gerenta; se trataría de una mujer gerente, sin más. Un prescriptivismo conservador asfixiaba cualquier intento de innovación, pero, sibilinamente, los gramáticos olvidaban otros ejemplos que sin duda también conocían, y el oficio, tradicionalmente femenino, de gobernanta —no referido a países, claro, sino al cuidado de una casa— no se usaba como modelo. Las innovaciones que el feminismo empujaba apelaban a una nueva sensibilidad y, sin embargo, eran desoídas o ridiculizadas. Si alguna de ellas acabó aceptándose, fue a causa de la extraordinaria tenacidad del activismo: estamos ante el capítulo de las ideas lingüísticas del que más ha renegado la lingüística académica.

 

El proceso era internacional, aunque las primeras teóricas comprometidas procedían de ambientes anglosajones. Esto también es interesante. Teniendo en cuenta que el inglés no tiene apenas género gramatical y, por tanto, no es la más desequilibrada de las lenguas en este punto, que todas las teóricas procedan de países anglófonos indica que era el movimiento social, y no necesidades intrínsecas, quien capitaneaba el cambio. Al tratarse de un movimiento en principio no regulado desde la

 

 

 

 

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investigación, las soluciones fueron muy diversas. En algunas lenguas llegó a canonizarse la feminización indirecta, a través de mecanismos como el artículo, del estilo de la presidente, porque las mujeres que entraban en la vida política temían que su participación se viese menoscabada con una forma completamente feminizada, presidenta, que se había aplicado tradicionalmente a la compañera del presidente. Incluso llegó a revisarse si la expresión del sexo no trabajaría en contra de la consideración de las profesionales: ¿En vez de la médica o la médico, no sería más adecuado decir simplemente el médico, también para una mujer, y notar así que no había diferencias en el ámbito profesional? El debate era vivo y enriquecedor: las mujeres entraban en la vida social haciendo ruido, cuestionando lo que habían sido antes y construyendo lo que querían ser.

 

La tendencia a favor de las formas feminizadas era más complicada en lenguas con género doble y, en cualquier idioma, tuvo altibajos marcados por el ritmo de la actualidad: cuando los medios de comunicación y la escuela se interesaron por este particular, el tema recibió alguna atención, no en otros contextos. Pero los avances debían afrontar una dosis extra de agresividad: personas de tendencias moderadas y poco dadas a enfrentamientos se situaron abiertamente en contra; muchos intelectuales arremetieron en la prensa contra el supuesto exceso de imponer fórmulas fatigosas, como lectores y lectoras. Quienes se quejaban eran, por cierto, los mismos que no dudaban en utilizar fórmulas de cortesía del tipo de señoras y señores, de manera que nombrar a las mujeres no les parecía tan mal, siempre que no fuese reclamado como un derecho. En este contexto, cuando hace unos años una ministra del Estado español pronunció la palabra miembra desató un debate furibundo, que estaba condenado a servir de carnaza en viñetas humorísticas. Realmente, no había tanta novedad en ese proceder; las feminizaciones extremas se estaban practicando desde hacía tiempo en algunos círculos; lo sorprendente era que fuesen usadas en instancias de poder. El debate enfrentaría a las versiones comprometidas con la causa feminista, con sus matices y tensiones, y a quienes se rasgaban las vestiduras lamentándose de que se estuviese corrompiendo la lengua. Entretanto, la sociolingüística parecía no existir como disciplina académica.

 

A estas alturas, 50 años después de que el feminismo se organizase activamente en este sentido, sería lógico que la lingüística incluyese en sus anales cómo se desató esa práctica depurativa, por qué el lenguaje se puso

 

 

 

 

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de moda en foros inesperados y qué implicaron estas políticas transformadoras que, en definitiva, eran una lucha entre la gramática y la sociolingüística.

 

 

 

 

7.2. LAS PRÁCTICAS DEPURATIVAS DEL FEMINISMO

 

La inclusión del término femenino secularmente olvidado no apareció como una moda o un lavado de cara para captar demagógicamente la simpatía de las mujeres, sino como un mecanismo educativo y ético. Repitiendo un ejemplo del que ya hemos echado mano, leer en un libro de historia los griegos, los vikingos o los amerindios evoca en nuestras mentes la imagen de una serie de hombres, lo que infunde sospechas sobre la capacidad del supuesto masculino genérico para ser algo más que una mera forma en masculino. En consecuencia, ellas, las mujeres griegas, vikingas o amerindias, han desaparecido de nuestra memoria. Igualmente, los textos en masculino sobre la teoría de la evolución fomentan que imaginemos un simio, que se va colocando paulatinamente en posición erecta, hasta adoptar una figura estilizada que culmina en la imagen de un hombre, como si las mujeres no se viesen afectadas por ese proceso. De ahí que el uso de formas femeninas en el discurso habitual que se está reclamando no pueda contemplarse como una propuesta cortés o acorde con los tiempos; implica entrenar nuestra razón con un dispositivo crítico que se blinde contra la segregación. Al incluir las formas femeninas, se pretende restituir un orden justo tras una práctica secular de violencia simbólica; un orden contrario a cualquier discriminación. De hecho, en el nacimiento de la sociolingüística como disciplina académica fue fundamental el clima sociopolítico generado por movimientos como el feminismo o la lucha por los derechos civiles de la población afroamericana en Estados Unidos (Koerner, 1986).

 

Aunque desde el activismo se destaque cuántos sectores sociales permanecen todavía ajenos a estos cambios —infrecuentes en instancias conservadoras, como la Iglesia o el Ejército, o en entornos más neutros, como la sanidad—, los usos jurídicos y administrativos, los ambientes educativos, sindicales o políticos se han ido haciendo inclusivos y en la cultura alternativa o en entornos artísticos son cada vez más frecuentes. En

 

 

 

 

 

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honor a la verdad, también se perciben algunos usos rituales que incluyen estas formas apenas como carta de presentación amable. En este sentido parece imprescindible revisar la carga teórica de su impacto porque, si no se propaga la indagación que alienta estas transformaciones, lo que nació como una bomba podría desactivarse fácilmente.

 

Las innovaciones feministas tuvieron diferente recepción en las distintas comunidades, pero en cualquier geografía o cultura se enfrentaron al conservadurismo de los ámbitos académicos: las instituciones rechazan las nuevas fórmulas o las incorporan tardíamente y en su forma más moderada. Así, hasta un texto administrativo con constantes duplicaciones -os/-as prescinde de los grandes debates sobre los peligros del binarismo, una de las principales innovaciones del pensamiento contemporáneo. Y, en muchos casos, todavía se percibe un comportamiento defensivo, como si los usos inclusivos implicasen un peligroso desafío a la concordia social. Se diría que el sexismo lingüístico goza de una apariencia falsa de dignidad que le permite mantenerse, generación tras generación, amparado en razonamientos de dudoso sustento como la normativa correcta, la etimología o el orden secular de las cosas. Un ejemplo puede ser ilustrador[29]. El astronauta Armstrong, al poner su pie en la Luna, parece que declaró: Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la humanidad. La frase, reproducida hasta la saciedad fuese histórica o no, motiva una contestación. Con una mínima modificación —Este es un pequeño paso para un ser humano, pero un gran paso para la humanidad —, Armstrong se habría salvado de excluir a la mitad de los miembros de la especie. Sin embargo, la interpretación imperante en gramática exige aceptar que las mujeres están incluidas en la categoría hombre aludida por el astronauta y que solo un exceso de susceptibilidad podría entender lo contrario porque, apelando a un complicado artefacto construido y administrado por el poder, hombre es un término que se opone a mujer pero que, al tiempo, puede incluirla en un uso presuntamente neutro, precisamente el que se llama genérico. La explicación técnica para todo esto se relaciona con la visión estructuralista de la teoría de la marca.

 

Cuando dos términos están en distribución complementaria —o sea, cuando son las dos únicas posibilidades de elección— uno de ellos adquiere el valor de representante de ambas, de modo que puede ser usado, bien con su significado particular, bien para identificar los dos términos antes diferenciados. Así, la palabra noche se opone a día y, en este caso

 

 

 

 

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día se refiere solo a una porción temporal de 12 horas. Pero esta misma palabra también puede usarse en calidad de término no marcado para representar la suma de noche + día, o sea, las 24 horas, siendo ahí sinónimo de jornada. Por supuesto, esta explicación, que supone la existencia de dos formas día ocultas bajo la misma apariencia fónica, es un rizo insustentable desde el punto de vista lógico[30]. No obstante, el principal problema de esta visión anclada en el estructuralismo clásico no tiene que ver siquiera con su escasa solvencia, sino con algo elemental en sociolingüística: que las noches no protestan, las mujeres sí. Esa es también la razón de que las academias acepten almóndiga y no gerenta: evitar tomar parte en un conflicto social.

Si Armstrong dijese que se perfumaba cada día con colonia de hombre, nadie entendería que en ese hombre estaban incluidas las mujeres. Pero, en caso de referirse a los derechos del hombre, parece obligado aceptar la intención inclusiva. Estos supuestos, todavía muy extendidos, ejercen una fuerte coacción sobre las mujeres. Cuando una maestra en la clase de educación infantil dice: ¡Que todos los niños se levanten!, Manuel, seguro de que es un niño, se levantará, mientras que Manuela, insegura de si está o no incluida en el sustantivo niños, mirará lo que hacen las demás o tendrá que preguntar: ¿Las niñas también? Esa inseguridad explica que las mujeres participen menos en la vida pública, que les cueste hacer oír su voz y también que sean más susceptibles y tiendan a enfadarse más por lo que se dice y por lo que se omite, por lo que se da a entender o por el tono que se usa, como demuestran tantas discusiones cotidianas: las mujeres somos lingüísticamente escrupulosas. Nos han obligado a serlo. Desde niñas, debemos aprender a interpretar cuándo y en qué condiciones estamos incluidas en el supuesto hombre-genérico. Si se habla de colonia de hombre, no; si se habla de pequeños pasos para un hombre, presuntamente sí, aunque la historia haya demostrado precisamente lo contrario. Este esfuerzo negociador, que implica asumir una suerte de identidad doble, no se les exige a ellos y, por tanto, es la base de una discriminación que, además, puede explicar la escasa tendencia a la participación en asuntos públicos de las mujeres: en muchos casos se habrían autoexcluido. La misma sociedad que insiste en que ellas deben ser especialistas en interpretación —y coincidir sin sospechas en la única interpretación tenida por válida— no aceptaría con tanta alegría que Armstrong dijese: Este es un pequeño paso para un blanco, aunque un

 

 

 

 

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gran paso para la humanidad. Aquí el subconjunto no sirve para denominar el conjunto, lo que significa que la discriminación racial, al menos practicada lingüísticamente, encaja peor en la sociedad que la discriminación por razón de género, que todavía no se reconoce como tal. En rigor, ninguna discriminación puede ser mejor o peor que otra, pero detectarla y prevenirla en el género es fundamental también como laboratorio para percibirla en otros entornos.

 

Un mensaje funciona solo si puede ser entendido. Lo que la sociolingüística feminista vino a postular es que, si las mujeres están dispuestas a incluirse dentro de la categoría hombre-genérico, entonces el término hombre puede utilizarse para denominarlas; no en otro caso. Como muchas mujeres contemporáneas ya no se sienten incluidas en tal categoría, esta deja automáticamente de incorporarlas. Agarrarse de manos y pies a las distinciones tradicionales no es ni razonable ni científico: la lingüística cuando se fundamenta como disciplina erradica de sus objetivos la prescripción. No sería muy difícil demostrar que, a lo largo de la historia del pensamiento occidental, otras razas distintas de la blanca u otras condiciones de clase como la esclavitud han implicado que ciertos individuos se viesen fuera de la condición de hombre. En coherencia, la situación de las mujeres a lo largo del tiempo no ha sido tan feliz como para concluir que, si Armstrong dijo que el hombre había llegado a la Luna, pensemos que se estaba refiriendo a todos los miembros de la especie.

 

Revisar la historia de las ideas lingüísticas implica tratar el asunto, siempre relegado en los manuales, de cómo el feminismo ha auspiciado una reforma de las lenguas. También exige debatir las fórmulas que pueden ser usadas para que nuestros usos no desprecien, excluyan o trivialicen; para que no practiquemos discriminaciones por razón de género. De la mano de las sociolingüistas feministas las lenguas pueden ser administradas como dispositivos éticos y esto todavía complicará el panorama. Como ya se ha indicado[31], en las últimas décadas muchas de las derivaciones teóricas del feminismo han venido a romper con el binarismo, es decir, con la idea simplista de que solo existen hombres y mujeres. La teoría queer ha auspiciado la consideración de que el género es apenas una actuación, una performance que ejecutamos entre una infinidad de posiciones intermedias que se desplegarían a partir de la masculinidad y la feminidad. Estos postulados, que originaron una cierta

 

 

 

 

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desorientación, habían estado siempre latentes en la percepción popular; simplemente su entrada en la agenda filosófica les daba profundidad y capacidad de renovar el panorama conceptual. Ahora bien, en la medida en que asumamos el fin del binarismo y la reivindicación de géneros diversos, tendremos que reconocer un problema en el lenguaje que se ha venido difundiendo como alternativo: la reiterada duplicación de -os/-as puede acabar fortaleciendo un binarismo limitador. Paradójicamente una acción destinada a evitar la discriminación de género puede obligar a ajustarse a un patrón y acabar reforzando la división bipartita entre hombres y mujeres. En el lenguaje tradicional, cuando alguien escogía mal una opción y después rectificaba, la ironía popular respondía con un si no es buey, es vaca. Tal frase evoca a la perfección el contexto en que se desarrolla la propuesta, ya larga pero todavía no central, de la sociolingüística de género. Quizás haya más posibilidades que buey y vaca y, en este sentido, añadir a todos y a todas no aporta nada a buenas tardes, pero reduce todos los sujetos asistentes a una reunión a dos posibilidades, en función de lo que tengan entre las piernas o, peor todavía, de lo que se supone que tienen. Desarrollar los desafíos del sexismo lingüístico en la época queer ha sido también el cometido de la sociolingüística feminista reciente; un cometido que exige tareas de matiz y que apela a las dimensiones filosófica, lingüística, social y literaria de la interacción. Pronunciar formas dobles es una valentía necesaria frente a aquel ridículo monolitismo, pero quizás no baste. En 1979, cuando se estrenó la película de los Monty Python La vida de Brian funcionaba bien la parodia humorística: cada vez que alguien decía los judíos una feminista puntualizaba y las judías. Era una broma sobre la excesiva rigidez del feminismo, siempre preparado para ejercer su crítica, pero también un juego anacrónico en el discurso del siglo I. Hoy, al decir los judíos y las judías el paso del feminismo parece haberse quedado miniaturizado en un mundo donde las ideas se crean y se difunden a toda velocidad.

 

En síntesis, en las últimas décadas el activismo feminista ha venido proponiendo diferentes depuraciones del discurso para aligerar su androcentrismo. Bebiendo de ese movimiento, muchas sociolingüistas han ido filtrando, añadiendo, modificando argumentos y sancionando, por la vía académica, esos usos. Porque la presencia de feministas en entornos universitarios o intelectuales ha dado cobertura a lo que sucedía en las calles. Pero la sociolingüística no es el núcleo duro de las ideas

 

 

 

 

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lingüísticas, que han girado históricamente en torno a la gramática, la semántica o la fonética, y, cuando adquiere tintes militantes, lo es aún menos. Evitar que el masculino sea considerado la forma estándar no es una simple norma de estilo, sino una táctica para que la visión del mundo en masculino no se imponga a expensas de otras visiones. A pesar del sustento filosófico y antropológico de este proceder y de un vigoroso movimiento a su favor, la lingüística muestra una fuerte resistencia a asumir esta estrategia como asunto propio.

 

 

 

 

7.3. LA IRRUPCIÓN DEL GÉNERO: UN ACTIVISMO SOCIAL QUE MARCA AGENDA PROPIA

 

 

7.3.1. ¿Por qué Robin Lako se enfadó tanto?

 

Cuando el feminismo era un movimiento beligerante, pero todavía sin eco en la academia, una profesora de la Universidad de California en Berkeley, Robin Tolmach [Lakoff], publicaba un trabajo pionero (1975) donde conjugaba ideología y profesión. Era llamativo que una autora situada en el entorno de la gramática generativa —y por tanto cultivadora de una lingüística sin interés en aspectos sociales— decidiese iniciar una ruta de estas características. Hasta el momento, se suponía que hombres y mujeres hablaban del mismo modo. Aunque la historia de las ideas sobre el lenguaje ilustre una continuada atención por la variación —geográfica, histórica, social— se daba por sentado que no existían generolectos. Pero si así fuera, habría que justificar ese desajuste: al haber asumido que cualquier variable mínima —como unos pocos kilómetros de distancia, el paso del tiempo o las diversas ocupaciones a que nos dedicamos— explica que hablemos de manera diferente, parece poco plausible la hipótesis de que un aspecto tan regulador de nuestras existencias como el género no vaya a dejar su impronta en la lengua. Robin Tolmach [Lakoff] es la primera persona que firma un trabajo destinado a registrar esas diferencias. No usa una base empírica —esa no era la costumbre en el marco en el que había trabajado—, sino sus propias intuiciones como hablante de inglés y, si se quiere, como mujer blanca y de formación universitaria. Pero también

 

 

 

 

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lo hace movida por un afán político. Monica Heller y Bonnie McElhinny (2017: 216) revisan ese contexto:

 

Reflexionando sobre su libro 30 años más tarde, Lakoff […] nota que, como estudiante de Chomsky en el MIT, no podía evitar ser consciente de la participación activa de este en los movimientos antibelicistas y que era duro para una estudiante permanecer neutral sobre los acontecimientos mundiales: la revuelta de la juventud contra la Guerra de Vietnam y a favor de la revolución femenina resultantes de los derechos civiles y de los movimientos antiguerra. Sin embargo, sentía que el estudio de la lingüística transformacional no ofrecía suficiente información sobre los estados mentales, los deseos y las identidades personales para proporcionar herramientas para tal implicación. Para ella y para otras, la cuestión era qué partes de la realidad psicológica y social requerían codificación lingüística.

 

Hasta ese momento, la cuestión feminista aplicada a las lenguas se había ocupado únicamente de señalar el sexismo que podría extraerse del uso del falso genérico, de las disimetrías de trato implicadas en formas como señorita o de efectos discursivos del estilo de describir a los hombres por su profesión y a las mujeres por su apariencia. Ella se desviará de ese tratamiento del lenguaje en tercera persona, que mira hacia los usos de manera indirecta, para colocar en foco el yo de quien habla: el yo-hombre hace usos diferentes del yo-mujer. El sexismo lingüístico exigía atender a un aspecto tan subjetivo como la intencionalidad, al atribuir a los enunciados determinadas cargas ideológicas. Pero cualquiera podía ponerse a salvo esgrimiendo que esa no había sido su intención. En una lectura foucaultiana podríamos decir que el análisis practicado, entonces y ahora, por el feminismo sigue el modelo de la confesión católica: hay que revelar los objetivos últimos de lo que se piensa o se siente al hablar; hay que autoanalizarse escrupulosamente. Obviamente, muchas personas se sienten fiscalizadas por ese análisis y de ahí sus prevenciones. Aunque Robin Lakoff no usase un corpus empírico bien sustentado, estaba enfocando el tema de una manera que permitía corroboración: iba a demostrar que el género existía y que a la lingüística se le había escapado.

 

 

 

 

 

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Conviene aclarar que las feministas anglosajonas ya hablaban en esta época de gender. La diferencia sexo/género, un clásico del pensamiento feminista que habitualmente se remite a la obra de la filósofa francesa Simone de Beauvoir, fue cultivada y desarrollada por muchas intelectuales, como hemos visto en el caso de Margaret Mead. Esta diferencia teórica no tuvo, sin embargo, una entrada fácil en la lingüística, a pesar de que, según explica Patrizia Violi (1991) el macho y la hembra biológicos se transforman en hombre y mujer precisamente a través de mecanismos simbólicos, como el lenguaje. Cuando se acusaba a un hombre de mover las manos de manera «afeminada» o cuando se consideraba que una mujer era demasiado asertiva se estaba haciendo referencia a géneros sociales, pero el análisis del discurso no utilizó apenas esta categoría. Entrado el siglo XXI todavía instituciones de prestigio como la Real Academia Española dictaban que género era una traslación inadecuada del inglés para referirse a la cuestión feminista, porque en español el término solo aludía a la categoría gramatical, y de ahí que desestimasen la expresión violencia de género, en cuyo lugar recomendaban violencia doméstica. Es cierto que en los ámbitos jurídicos las posiciones feministas acabaron imponiéndose, pero esta manera de blindar la gramática al empuje exterior explica lo tardíamente que entró en algunas tradiciones la innovación sociolingüística. El trabajo de Robin Lakoff pasó a la historia porque, al abrir la puerta al género, sus consecuencias superarían todas las expectativas. El punto de arranque consistió en registrar los rasgos que caracterizarían el habla femenina. Como era la primera vez que se recogían, aparecían ligeramente reiterados y, como suscitaron investigaciones posteriores, que los extendían o los contestaban, su presentación hoy solo puede hacerse de manera un tanto libre y sintética:

 

 

El habla de las mujeres registra mayores diferencias de altura, un rango de modulación no imputable a las diferencias anatómicas que les sirve para expresar emociones. Los hombres, en cambio, usan un discurso prosódicamente plano, que les confiere autoridad. En esta línea se ha comentado que Margaret Thatcher cuando se presentó a primera ministra recibió clases de oratoria porque sus directores de campaña aseguraban que no debía sonar «como un loro».

 

 

 

 

 

 

 

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Abundancia de flexión interrogativa, de entonación vacilante y dubitativa que expresa inseguridad. Lakoff atendía especialmente a las question tags del inglés, en su opinión más frecuentes en el discurso femenino. Análisis y contrastaciones posteriores cuestionaron esta evidencia: en muchos casos, la absoluta autoridad acaba sus emisiones con una coletilla que no implica ningún tipo de duda. Un padre que riñe a su hija por llegar tarde a casa puede decir: No vuelvas después de las diez, ¿entendido? sin que deba presumirse que está negociando con su interlocutora. Para actuar con todo rigor, debe indicarse también que otros estudios posteriores avalaron la hipótesis de Lakoff. Profesoras, intelectuales o médicas en el ejercicio de sus profesiones o concediendo entrevistas solían acabar sus enunciados con expresiones como ¿vale?, ¿no?, ¿de acuerdo?, chocantes dada su condición de expertas.

 

Proliferación de detalles en la descripción y tendencia a multiplicar adjetivos o intensificadores. Los discursos femeninos son prolijos en pormenores; el relato no avanza porque acumula reiteraciones. En sociedades azotadas por la prisa, este rasgo tiende a generar rechazo o resultar exasperante. Como manifestación visible, las mujeres tenderían a la repetición de calificativos casi sinónimos o a acumular intensificadores it’s very very blue, superinteresantísimo.

 

Las mujeres tienen un léxico propio, según Lakoff relacionado con los roles tradicionales. Hoy diríamos que muestran un inventario léxico más extenso y donde se singularizan términos específicamente femeninos —como la forma del español mono para bonito—. Resulta sencillo encontrar esas formas feminizadas porque los humoristas las han usado para simular feminidad. Además, ellas usan muchos diminutivos, algunos con carácter casi exclusivo, y abusan de las formas recortadas —bici, boli, cari, pelu —.

 

Las mujeres sufren una estigmatización de la vulgaridad: han sido educadas para hablar de manera refinada evitando las formas obscenas. No es difícil explicar que las mujeres en un esquema tradicional consiguen desmarcarse de su clase de procedencia exhibiendo la forma de hablar propia de una dama o que usan ese refinamiento para escalar posiciones especialmente complicadas. Con todo, este rasgo, en mi opinión, ha sido el que más se ha transformado desde la publicación del libro de Lakoff. Los cambios sociales han creado un espejismo de igualdad y han motivado el

 

 

 

 

 

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furor por la obscenidad en el habla femenina como una forma de liberación.

 

Estas propiedades no fueron nunca presentadas como suficientes y necesarias para definir el habla femenina. De ahí que la incomodidad de muchas mujeres —que insisten en que no hablan así— no tenga gran valor. No se trata de medir la feminidad de una mujer a partir de su habla, sino de delimitar en qué consistiría el discurso femenino, incluso de una manera abstracta y, por tanto, ligeramente estereotipada. Una parodia humorística o una representación teatral usan a menudo un actor que, para asumir un papel femenino, utiliza precisamente un tono o un léxico determinados. Son indicadores lingüísticos de género, aun cuando puedan ser usados por cualquiera o, incluso, aunque algunas mujeres, especialmente en el uso de sus profesiones, los hayan ido relegando para adquirir una variedad más masculina. También las diferencias de edad o envoltura social intervienen modulando estos rasgos. Sin embargo, sabemos que un grupo de hombres mayores que juegan una partida de cartas en un bar hablan de diferente manera que un grupo de mujeres de la misma edad en una peluquería; o que la joven dependienta de una tienda de ropa, al decir Cari, te queda muy mono, está usando algunas formas lingüísticas que la hiperfeminizan. El trabajo de Lakoff estaba registrando esa variación.

 

Aunque no fuesen exactamente fuentes de inspiración para Lakoff, existían algunos precedentes en esta línea. La antropología del siglo XX, ya antes de aceptar el género como objeto de atención —Sapir, Malinowksi, Lévi-Strauss— se había referido al concepto de bilingüismo sexual atestiguado en diversas comunidades. En algunas, los hombres accedían a un dialecto exclusivo para hablar entre ellos; en otras, eran las mujeres las que poseían una variedad diferenciada para su grupo. Lo revelador era que en ambos casos el habla femenina implicaba menor rango social: cuando los hombres ostentaban un dialecto propio era una especie de habla privilegiada para chamanes; cuando lo tenían ellas era un registro menoscabado, una forma de hablar por casa. No obstante, el atrayente fenómeno del bilingüismo sexual se quedó ahí, envuelto en un vago aire de exotismo, como una de las muchas anécdotas que la antropología acumulaba antes de que el género irrumpiese para convulsionar el panorama. Lo que sin duda conocía Robin Lakoff era el

 

 

 

 

 

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trabajo del gramático inglés Otto Jespersen (1922)[32] que insistía en que las mujeres ejercían una gran influencia en el desarrollo lingüístico «al evitar instintivamente lo soez y preferir expresiones refinadas y, en ciertos casos, indirectas», además de tener un discurso que suena «lánguido e insípido». Probablemente, Jespersen solo se tratase con damas, educadas para ejercer su posición de clase. Pero este raro precedente, que dedica un capítulo entero de su libro al habla femenina, pudo ser bastante para que Robin Lakoff se refiriese a una tradición que estereotipaba a las mujeres: ellas parecían condenadas a ser lingüísticamente elegantes.

 

La interpretación que esta autora hizo del habla femenina constituyó un capítulo más para la controversia porque, tras haber destapado el tema, mostró ampliamente su descontento con el perfil del habla femenina. En su opinión, se estaría socializando a las mujeres para que sonasen como damas, lo que las relegaba a permanecer donde estaban, porque ser una dama excluye tener poder. Las mujeres aprendían a mostrarse lingüísticamente inferiores: si hablaban como hombres, transgredían los cánones esperados; si hablaban como mujeres, eran consideradas insignificantes. Infelizmente, los comienzos de la sociolingüística feminista no son muy positivos. En un arranque de activista, Robin Lakoff concluye que, si las mujeres quieren acceder al poder, tendrán que cambiar sus usos. En los años siguientes, el trabajo, a pesar de recibir críticas potentes, pasó a ser citado como referencia inexcusable. Fuera de los entornos lingüísticos, las feministas lo tuvieron muy en cuenta porque comenzaron a impartirse cursos para directivas: se habían convencido de que para triunfar debían ganar confianza en su expresión y mostrar autoridad. No querían tener un habla desviada; querían hablar como ellos, igual que querían hacer todo como ellos. Era la época del feminismo de la igualdad.

 

 

 

7.3.2. Inventando lenguas nuevas:

 

el feminismo radical

 

La actividad más innovadora del feminismo de los setenta consistió en la toma de conciencia, una técnica propia de la interacción teatral y las dinámicas de grupos que suponía que, al charlar y compartir experiencias personales, las mujeres percibirían que sus problemas personales estaban

 

 

 

 

 

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determinados por estructuras sociales: era la práctica del conocido lema the personal is political. De forma general, el feminismo usó el silencio como símbolo de opresión, mientras la liberación implicaba hablar y tomar contacto. Incluso uno de los males mencionados en los círculos violeta de la época, el malestar del ama de casa urbana, fue denominado por Betty Friedan el problema sin nombre, destacando sus componentes lingüísticos. Finalmente, las medidas educativas en favor de la coeducación, con su preocupación por depurar el sexismo, son aplicaciones de una intervención en el lenguaje que tuvo su mayor exponente en el feminismo radical.

 

Aunque su nombre pueda generar malas interpretaciones, el feminismo radical es una escuela de pensamiento y de activismo surgida en los ochenta especialmente en los países anglófonos y caracterizada por la organización en pequeños grupos, de militancia exclusivamente femenina, donde se explora la carga ideológica de las lenguas. Radical tiene aquí un significado etimológico: pretenden transformar la sociedad de raíz. Este movimiento fue responsable históricamente de notar la alienación resultante de que las palabras se volviesen contra las mujeres y supuso un revulsivo contra la creencia ilustrada de que el lenguaje refleja el pensamiento. Al amparo de las versiones antropológicas en lingüística, establecía un nuevo punto de vista que iba a recibir el apoyo de las tendencias deconstructivas y posmodernas. Por un lado, defendía que no existe la realidad al margen de su representación lingüística —otra vez, el relativismo lingüístico—, sino que el propio discurso construye nuestra percepción de la realidad. Además, el proceso no estaría completamente bajo control consciente; los seres humanos son estructurados como seres sociales por el lenguaje. Un elemento gramatical, como el masculino que se denomina genérico, puede tener su origen en el bagaje cultural previo, pero acaba convertido en un artefacto que favorece los prejuicios. En un informado trabajo, que recoge y sintetiza los precedentes en esta dirección, Dale Spender (1985: 160) denunciaba que el genérico reforzaba la creencia de que el grupo dominante, el masculino, constituía una categoría universal, de modo que incluso aquellos que no eran miembros de ese grupo aprenderían a aceptar esa realidad. Se estaba produciendo un cambio de perspectiva que denunciaba el control, por parte de los hombres, del sistema lingüístico. Las teorías de Lakoff pasaron a ser reinterpretadas: formular preguntas no era una característica del habla

 

 

 

 

 

 

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femenina que indicase inseguridad, sino una táctica de las mujeres para integrarse socialmente.

 

En un sentido más general, el trabajo de las feministas radicales aparece como una aplicación de la hipótesis de relatividad lingüística, pero la historia de la lingüística se ha dedicado a borrar estas dos tradiciones. Las ha minorizado, en el sentido de despreciar sus conclusiones y en el de considerarlas prescindibles para construir un capítulo de su historia. Solo así se explica que prestigiosos lingüistas actuales insistan en que las sociedades pueden ser sexistas, pero las lenguas no (Bosque, 2012): están privando a las lenguas de su capacidad ontológica para mediar entre nuestras mentes y la realidad. Si eso fuese cierto, la lingüística apenas sería una disciplina formal, ocupada de los inventarios de palabras que constituyen cada idioma. Edwin y Shirley Ardener (1975, 1978), cultivando la antropología social, incidieron en la argumentación de que la sociedad es plural y que cada grupo genera sus propias ideas sobre la realidad, pero no todos pueden conformarlas públicamente. En la mayoría de los casos, el grupo dominante difunde su cosmovisión mientras que los menos poderosos se quedan enmudecidos, sin posibilidad de representar la realidad a su manera. En sus ejemplos, las mujeres manejan visiones del mundo diferentes, pero se ven forzadas a codificarlas en los términos masculinos dominantes. Como consecuencia, ellas los entienden mejor a ellos, porque el grupo enmudecido precisa entender el modelo dominante para traducirlo a sus propios términos, mientras que el proceso inverso no es necesario. Según los Ardener, el patriarcado define en positivo un término como maternidad y luego resulta imposible para las mujeres usar esa palabra de una manera propia, en relación con la experiencia compleja de la maternidad, que, según en qué circunstancias, puede vivirse con fuertes contradicciones internas.

 

Estos análisis se generalizarían entre los feminismos de la diferencia que sucedieron al anterior paradigma de la igualdad, también fuera del campo de la lingüística. Aunque muchas veces sus supuestos sean cuestionables, abrían la espita del orgullo: si las mujeres habían sido históricamente denostadas y todo lo que se calificase de femenino era tenido por inferior, aparecían dos salidas posibles. La primera sugería que las mujeres y lo femenino valían tanto como los hombres y lo masculino; todos los sujetos eran iguales. La segunda, vinculada a los feminismos de la diferencia, rompía la vara de medir: al fortalecer el término denostado y

 

 

 

 

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dejar constancia de los valores alternativos de las mujeres, ellas no eran «tan X como los hombres»; eran otra manifestación de lo humano. Por supuesto, tanto en posturas conservadoras o antifeministas como en los modelos de la igualdad, este viraje que imprimía la diferencia produjo incomodidad. Era una otredad rebelde y combativa; pretendía revalorizar el legado femenino en todas las facetas de la vida, pero parecía cuestionar lo ya avanzado y corría el riesgo de caer en esencialismos. En el sentido puramente lingüístico, buscaba estrategias de diálogo y dinámicas de consenso respetuosas con un discurso que se había visto desprestigiado. Se alzaba como una alternativa para sortear aquel monumental enfado que debió de sentir Robin Lakoff cuando consiguió definir el habla femenina para concluir después que no era válida. El modelo radical, además, armonizaba bien con una experiencia compartida por tantas mujeres en aquellos círculos de debate: la de ser literalmente aplastadas en una discusión por formas argumentales o estrategias de discurso masculinas — interrupciones, bromas eróticas, dureza verbal— que no correspondían a sus pautas de interacción. Eso también era lenguaje.

 

En esta línea subversiva algunas escritoras recrearon universos utópicos donde funcionaban lenguas artificiales de su invención. El feminismo radical no creía en los libros de estilo ni en la utilidad de estigmatizar determinados usos —como si todas hubiesen visto La vida de Brian—. Más aún, consideraban que esos intentos didácticos de prohibir algunas formas estaban condenados al fracaso. Este punto es importante porque 40 años después se intentará que penetren en las escuelas fórmulas que ya en los ochenta estaban siendo criticadas. Al postular que todos los seres humanos miramos el mundo en masculino, el objetivo será desvelar el androcentrismo reescribiendo las lenguas. La lingüista y escritora de ficción Suzette Haden Elgin en su novela Native Tongue (1984) escenificaba la hipótesis del relativismo lingüístico: los personajes femeninos de su relato creaban una lengua artificial, el láadan, que permitía codificar temas prohibidos, por ejemplo, la ausencia de descendencia como un estado positivo. En inglés, el término barren denota a la mujer posmenopáusica o infértil de un modo negativo que solo puede explicarse como resultado de una óptica patriarcal. En vez de prohibirlo, la reacción pasaba por acuñar un término que se consideraba positivo, childfree, literalmente «libre de criaturas». El láadan está repleto de términos premonitorios de grandes cambios como:

 

 

 

 

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Acantófila: mujer que establece relaciones con personas que abusan de ella o la desprecian, a pesar de su malestar (del griego acanthós, “espina”).

 

Abuelar: usar la sabiduría y experiencia de las mujeres mayores para resolver problemas.

 

Scratscrack: noche en blanco por atender menores o personas enfermas mientras los miembros masculinos de la familia duermen tranquilamente. La palabra suena mal porque designa algo desagradable.

 

 

La palabra acantófila evoca las relaciones tóxicas, abuelar el edadismo o discriminación por razón de edad, que tiende a despreciar el conocimiento poco formal pero efectivo de las abuelas, y scratscrack enuncia la necesidad de conciliación y práctica común de cuidados por parte de los diferentes géneros. De alguna manera, el nuevo vocabulario está introduciendo muchos de los conceptos que los grupos feministas exploraban en sus prácticas. Esta creativa idea de jugar con las posibilidades de una lengua construida desató otras exploraciones conceptuales. Así, también Mary Daly inventó nuevos términos que engrosarían un diccionario alternativo. Entre ellos, aparecen formas realmente humorísticas, como las siguientes:

 

Las viejas historias: noticias patriarcales distorsionadas por fuentes oficiosas y difundidas en los periódicos.

 

Falosofía: filosofía de locos exagerada. Sabiduría cargada con ideas «seminales» y propagada con argumentos ambiciosos.

 

 

Probablemente, como aseguran estas autoras, las categorías lingüísticas influyen en nuestra cosmovisión, pero es imposible controlar hasta el final un dispositivo como el lenguaje, que está siendo usado activamente por toda la sociedad sin un comité de académicos que vigile el uso que cada persona hace de las palabras. Así, en los últimos años asistimos a la introducción de la palabra pareja como uso habitual. Si en algún momento esta palabra remitía simplemente a dos que van en mutua compañía u obligaba a decir donde tenía lugar el emparejamiento —como en pareja de baile—, hoy es una expresión frecuente para aludir a una pareja sentimental. La forma va obteniendo popularidad porque permite a quien habla no expresar el grado de estabilidad social de esa relación ni el sexo

 

 

 

 

 

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de la otra persona, de modo que quien habla no se remite a una orientación sexual automática. Angela Goddard y Lindsey Patterson (2000) usan ejemplos de este estilo para invalidar la hipótesis de relatividad lingüística, pues en su opinión, si fuese cierta, estos cambios serían imposibles. Es cierto que la hipótesis en una versión fuerte predicaría que no podemos apartarnos de la conceptualización de nuestra lengua inicial pero, en una versión más suave, estaría explicando justamente lo que sucede con la cuestión del género: solo aquellas personas que eduquen su sensibilidad y orienten su potencialidad crítica podrán salir de la condena inicial que supone incorporarse a un producto colectivo; de otra manera, los demás — nuestros antepasados, los poderosos, los que nos legaron sus estructuras a través de obras literarias, informes o documentos— estarán pensando en nuestro lugar. Repetidamente expuestas a estereotipos, las personas acaban aceptándolos; por eso la reflexión sobre el lenguaje es urgente y debe divulgarse.

 

Todavía en la línea radical, Don Zimmerman y Candace West (1975) notaron que en la conversación de grupos mixtos el 98 % de las interrupciones eran de hombre a mujer. Sus conclusiones tuvieron tanto impacto que en los años siguientes comenzaría a circular la idea de la interrupción como micromachismo: sería uno de los mecanismos que ellos usan para lograr turnos de habla imponiendo sus perspectivas. Por su parte, Marjorie Swacker (1975) grabó entrevistas donde solicitaba a hombres y mujeres que hablasen sobre unas imágenes que les ofrecía: los hombres hablaron tres veces más. La falta de correspondencia entre la idea habitual de que ellas son muy habladoras y su silencio real en los experimentos se explicaba de forma efectiva: la investigación medía el uso real que ambos géneros hacían del tiempo; la versión popular asumía el criterio tradicional de que las mujeres deben estar en absoluto silencio: cualquier intervención ya sería exagerada.

 

Aunque la veta lingüística del feminismo radical hizo importantes contribuciones, al final su línea de investigación contribuiría a denunciar, tal y como aseguraban los feminismos de la época, que todos los hombres son abusones y todas las mujeres están siendo acosadas. Que fuese necesario explorar esa línea política no justifica sus métodos: es sospechoso que las investigaciones den exactamente con aquello que necesitan encontrar. Para no repetir estereotipos convendría buscar otros rasgos que apoyasen las diferencias entre el habla masculina y femenina.

 

 

 

 

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Algunas culturas, como las mediterráneas, valoran una alta participación; en otras, prima una cortesía que implica no interrumpir nunca a quien habla. Las diferencias podrían explicarse como un contraste cultural entre comunidades donde prima mostrar interés en la charla brindando palabras a la persona que está hablando, y comunidades donde esto sería inadmisible. Tal vez entre hombres y mujeres los desajustes e interrupciones también pudiesen explicarse así.

 

 

 

7.3.3. Ellas siempre fueron charlatanas:

 

los estudios sobre la conversación

 

En 1996 la profesora inglesa Jennifer Coates publicaba un libro sobre el habla femenina. Más de 10 años atrás había comenzado a grabar a sus amigas en las reuniones semanales que celebraban, a primeras horas de la noche, en sus domicilios particulares. Después de que un traslado la obligase a cambiar de residencia, siguió registrando las conversaciones que mantenía con otros grupos de amigas. Su interés pasaba por estudiar el modo en que se realizaba la interacción lingüística en grupos exclusivamente femeninos, lo que ella llamó las mujeres en sus comunidades de habla. Concluyó, en la línea que se venía apuntando desde el feminismo de la diferencia, que las mujeres se socializan a través del lenguaje, al que conceden singular importancia, de forma que acostumbran a valorar el hecho de compartir con las demás sus motivaciones internas para las acciones que emprenden. Apenas un año antes, al otro lado del mundo, en Nueva Zelanda, Janet Holmes publicaba un trabajo sobre la cortesía donde establecía algunas pautas, coincidentes con las de Coates, que, desde ese momento, se consideraron fundamentales en los estudios de género: la mayoría de las mujeres se divierten hablando y contemplan la conversación como un medio importante para mantener el contacto con sus círculos íntimos. Ellas usan la lengua para establecer, nutrir y desarrollar sus relaciones personales; ellos, en cambio, tienden a usar el lenguaje apenas como una herramienta para obtener y producir información (Holmes, 1995: 2).

 

Estos trabajos se relacionan con la tradición iniciada en la antropología de los años ochenta por Daniel Maltz y Ruth Borker (1982)[33]. Su máxima exponente, Deborah Tannen (1991, 1994) llevaría sofisticadas ideas

 

 

 

 

 

 

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lingüísticas a las estanterías más populares: algunas de sus obras hasta se vendían en los supermercados. Como en el caso de las antropólogas, nos encontramos con una investigación que, por temática y estilo, sobrepasó los círculos especializados y conmovió al gran público.

 

Las investigaciones de Deborah Tannen tienen como marco preferente la expresión de las relaciones interpersonales en el discurso. Aunque graba materiales reales, usa con frecuencia descripciones de escenas típicas en universos culturales concretos. En muchas familias norteamericanas, por ejemplo, es la madre quien tiene el rol de animar a los demás a contar su jornada en la cena. Ese ritual ejemplificaría, en la línea de Coates o Holmes, como la subcultura femenina valora la cercanía que se establece al compartir detalles personales. El padre, en cambio —y, por extensión los hombres— tomaría la mención de cualquier problema como una excusa para aconsejar o juzgar, contraviniendo el pacto de simplemente aprovechar la reunión para establecer conexiones emocionales fuertes. Son las maniobras de conexión femeninas que se oponen a las maniobras de control, de entrada, masculinas. El problema principal es que la versión de Tannen de los conflictos tiende a ser comprensiva —a veces demasiado comprensiva y hasta justificadora, según la óptica feminista— porque los patrones se apartan de cualquier jerarquía. Una mujer al evitar que su marido haga las palomitas —alegando «porque siempre las quemas»— estaría usando una maniobra de control, ya que efectivamente impide que las haga, envuelta en el bien común de la familia, en su conexión y su interés por unas palomitas en su punto. Tannen nunca explicó por qué sus observaciones partían de mujeres y hombres implícitamente heterosexuales y aplastadoramente blancos (Heller y McElhinny, 2017: 216). Aunque ellas y ellos tenían dificultades para comunicarse, sus problemas procedían de manejar estilos diferentes. Al poner el foco ahí, inevitablemente las relaciones de dominación que tanto se habían explorado quedaban enmascaradas o se relegaban a un segundo plano.

 

La hipótesis subyacente, la de que existen diversas culturas en conflicto, supone que los seres humanos, en función de su género, habitan tribus distintas. Las mujeres consideran las preguntas un medio para mantener el flujo de la conversación y repiten las expresiones de su interlocutor/a en un efecto de eco destinado a conseguir que los argumentos no se vean enfrentados y reforzando la idea de que ellas se mantienen a la escucha. Sin embargo, los hombres conversan escapando

 

 

 

 

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de las situaciones que los obligan a compartir asuntos íntimos y tienden a resolver la interacción como si se les estuviesen pidiendo soluciones para los problemas que se les comentan. El desacuerdo está servido: los hombres sienten el habla de las mujeres como cháchara repetitiva e interrumpen abruptamente dando soluciones a los asuntos sobre los que, a su parecer, ellas divagan. Las mujeres, en consecuencia, se sienten poco comprendidas o mal escuchadas y rechazan las soluciones que ellos les brindan porque tampoco desean que nadie les solucione sus problemas; simplemente, buscan una escucha confidencial y solidaria. Como puede apreciarse, Tannen sintetiza las evidencias precedentes —incluso cita a su antigua profesora Robin Lakoff como fuente de inspiración— pero tiende a la disolución del conflicto de género: la existencia de comunidades de habla diferentes podía advertirse en etnias, culturas o clases sociales distintas. Las interrupciones masculinas, consideradas antes un micromachismo, ahora serían un simple indicio de la implicación de los hombres en el discurso y el malestar solo surge de que las mujeres tienden a conceder a sus oyentes un trato más reverencial.

 

Por otro lado, es difícil sostener hasta el final la idea de que todas las mujeres se comporten como magníficas colaboradoras en un debate, de que todas ellas sientan la alegría de compartir universos imaginarios recreados a través del lenguaje, mientras los hombres actúen sistemáticamente como entrevistadores apenas interesados en ir al grano, sin permitirse divagaciones. Diferente sería manejar la hipótesis de que la socialización femenina —las pautas educativas predominantes en la sociedad— tienden a primar el enfoque colaborativo en las niñas, frente al enfoque competitivo que se reserva para ellos. Una serie de modelos sociales se estarían solapando, incluso inconscientemente, en nuestro entorno y determinarían la tendencia masculina al liderato que se observa en la sociedad. Si muchas mujeres dicen chocar en su ámbito profesional contra discriminaciones y si las estadísticas muestran que los hombres continúan mostrando su prevalencia social, existe un espacio para la intervención educativa en torno al género, aun sabiendo que la categoría tiene algo de estereotipado. El supuesto de que las mujeres, desde la infancia, reciben pautas educativas o presiones sociales para no destacar, para trabajar en común y en silencio, resulta atractivo precisamente para desarmar educaciones tiránicas u opresoras, pero no podrá mantenerse durante mucho tiempo a medida que los patrones sociales muden. En otro

 

 

 

 

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sentido, la tendencia a la colaboración frente a la competitividad puede ser una de las claves de la supervivencia de la especie y resulta un valor fundamental en sociedades no capitalistas. Este estilo de socialización colaborativa también tiene lugar en otros grupos organizados, desde la actividad agrícola tradicional al asociacionismo cultural, cuyos miembros comparten algo más que una franja de tiempo invertido en común. De forma más matizada, podría argumentarse que existe un modelo de interacción movido por intereses inmediatos, por el aquí y ahora, que apenas se detiene en la satisfacción mutua que supone la conversación y que incluso contempla los turnos de debate bajo la metáfora conceptual de una guerra que se debe ganar y no perder, desplegando agresividad, oponiendo con mucha fuerza los propios argumentos y desoyendo lo que se dice del otro lado. Esas personas han tendido a ser hombres en los capítulos de la historia precedente, pero no está escrito en ningún sitio que no puedan ser mujeres, y tal vez sea más productivo pensar en el género como una categoría de adscripción individual, como sugiere la tradición queer. Bastaría con distinguir entre hablantes cooperantes, que escuchan y retoman parte de los discursos —apostillando como dices tú o regalándonos la palabra oportuna cuando dudamos o vacilamos— frente al laconismo de quien solo contemple la lengua como herramienta.

 

Podría aceptarse que la socialización femenina —como la de otros grupos dominados— ha primado hasta ahora un modelo específico de cortesía. Según la tradición feminista, los grupos masculinos primarían la camaradería entre sus miembros, lo que los anima a expresarse simpatía, mientras que los grupos femeninos primarían la libertad de decisión, que se hace patente en el uso reiterado de esas preguntas eco: ¿verdad?, ¿no es así? En ese abanico habría fluctuaciones, individuales y de grupo, pero puede reconocerse una domesticación del discurso para que resulte refinado, un proceso que, en el caso de lenguas en contacto, explica la preferencia de las mujeres por la lengua dominante[34].

 

 

7.4. UN DEBATE TAN VIGENTE COMO SILENCIADO

 

El cambio de orientación entre los análisis que remitían las diferencias al dominio y aquellos que apelan a la diversidad cultural, aunque

 

 

 

 

 

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controvertido, liberó la investigación. No se trataba —por lo menos no desde el punto de vista lingüístico— de buscar culpables, sino de conocer los recursos para deconstruir el género dentro de un marco cultural. Porque si las mujeres desarrollaron modelos discursivos propios, sería por vivir en un gueto, no como consecuencia de su anatomía o de algo que las hiciera esencialmente diferentes. El siguiente paso consistiría en revisar los valores asociados a la comunidad de habla femenina: la tolerancia, la capacidad de colaboración, la empatía de la subcultura femenina debería impulsarse por su positivo efecto en la transformación social. El orgullo del feminismo de la diferencia, una vez desprovisto de rasgos identitarios o esencialistas, podía ser productivo.

 

En las literaturas poscoloniales se ha prestado atención a la frecuencia con que las mujeres y las etnias no occidentales son representadas como no bastante directas, francas, o asertivas: serían figuras portadoras de una cierta duplicidad. La perspectiva de género en el siglo XXI invita a sospechar de estereotipos. Pero los modelos académicos han estimulado a los hombres a participar y, en cambio, han inhibido a las mujeres. Eso puede explicar mejor que en las reuniones cotidianas los hombres tomen la palabra antes, la mantengan durante más tiempo e interrumpan con mayor frecuencia, como los estudios experimentales han demostrado: las normas que rigen la conversación, por muy invisibles que parezcan, están vigentes y regulan los intercambios. Precisamente de esa experiencia nacía el resquemor de tantos grupos feministas a la entrada de hombres en sus filas.

 

Para dar cuenta del debate real, debemos indicar también que lingüistas como Deborah Cameron, feminista pero muy crítica con estas teorías, insisten en que los estudios precedentes comparaban los usos lingüísticos de hombres y mujeres de manera poco apropiada; en sus propias investigaciones (Cameron, 1994: 44) hombres y mujeres usan la misma cantidad de preguntas, de formas de cortesía, de apostillas y de marcas de inseguridad y, por este motivo, acusa a autoras como Lakoff o Tannen de hacer un trabajo poco empírico al describir los rasgos que ejemplifican su hipótesis.

Desde luego, ni las mujeres hablan todas igual, ni mucho menos usan una variedad desviada del estándar, pero continúa existiendo un perfil lingüístico femenino que está excepcionalmente connotado, hasta el punto de que las mujeres profesionales intenten abandonar las marcas que

 

 

 

 

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pueden delatarlas. No está nada claro que las mujeres puedan ganar autoridad si usan los privilegios lingüísticos de los hombres, una frase que tiene bastante de mantra y poco aval empírico. La estrategia de dar cursos de asertividad a las mujeres que quieren ascender en el medio empresarial parece errada, puesto que existen otras alternativas como la reivindicación de la expresión de los afectos, que parece creciente en los sectores más jóvenes de la sociedad, o como una óptica más positiva al respecto de la inseguridad del discurso femenino tradicional. Finalmente, los discursos tajantes pronunciados por conferenciantes brillantes que parecen dirigirse a un auditorio sumiso no componen la única opción posible, y las nuevas masculinidades avanzan en esta dirección[35]. Además, el poder rara vez se ejerce directamente a través de la coerción, sino que suele entrelazarse con nuestra existencia tejiendo una red densa, e inoculando ideologías a través del discurso. Como indica Cameron, nadie impone violentamente a las niñas que jueguen con muñecas o deseen adornos, aunque el problema para una educación libre es conseguir que no lo hagan —y yo matizaría aquí, o que no hagan solo eso, o que también deseen muñecas y adornos los niños, o que el lenguaje persuasivo de la publicidad no nos socialice sobre los prejuicios más rancios—. Como el asunto es complejo, no puede esperarse que funcione una única perspectiva y al primer intento; el debate debe ser todavía estimulado. Hasta el momento, en los manuales de historia de las ideas lingüísticas nada de esto aparece. La sociolingüística de género es una moda, una concesión a la actualidad o una excentricidad semejante a un tratado sobre lingüística y jardinería orgánica. Eso, a pesar de que haya introducido en la teoría un tema candente en las calles.

 

A diferencia de lo que ocurre con las demás ideas que estamos tratando, la línea de la sociolingüística feminista no remite al liderazgo de una personalidad académica, sino al propio movimiento social: en las últimas décadas muchas mujeres se desvincularon de los roles tradicionales y sometieron a una escrupulosa investigación prácticamente todas las dimensiones de sus vidas: la maternidad, la vestimenta, la elección de a quién amar o las pautas para desenvolver una existencia digna de ser vivida. Desde un punto de vista teórico, buena parte de la investigación se limitaba a hacer catálogo de usos lingüísticos dispersos y atribuirlos a la dominación masculina en vez de establecer el uso social a que sirven los generolectos. El problema estaba en que las activistas apremiaban: como tenían que hablar, demandaban recetas claras para

 

 

 

 

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comunicar con solvencia y de manera inclusiva. Al haber perdido la referencia de las academias, a veces sus propuestas son poco reflexivas o movidas por las prisas.

 

En primer lugar, se percibe una tensión entre feministas clásicas y posfeministas. Las primeras insisten en que lo femenino no ha sido todavía nombrado. Su propuesta pasa por las formas dobles, compañeros y compañeras, para introducir el femenino a toda costa. Las segundas prefieren grafías disidentes, como compañer@s, compañer*s, compañerxs o compañeres para responder, en una línea queer, a la inmensa cantidad de géneros que realmente existen. La innovación mayor de esa teoría, ya comentada en otros capítulos, consiste en la aceptación del género como una pura actuación. Ejecutamos un género a través de rituales, de elecciones sobre vestimentas o prácticas cosméticas, sobre gestos u otros comportamientos que nos definen como seres sexuados dentro de una amplia gama de grises que transitan entre los polos extremos masculino y femenino. Lo interesante de esta perspectiva es que cambia radicalmente el enfoque: no se trata de una injusticia hecha a las mujeres, sino de dar relieve a la diversidad de géneros que realmente existen. Además de convocar más fuerzas aliadas, la perspectiva queer introduce un fuerte aliento ético: no se trabaja para unos intereses de grupo; no existe un nosotras; hay que construir un lenguaje para la humanidad diversa, para toda la alteridad.

 

De tanto negociar la diversidad interna de la categoría mujer, admitiendo que no hay normas a las que ajustarse, la categoría misma se debilita: ¿en qué consiste, al final, ser mujer? resulta una pregunta difícil o imposible de contestar. Como igualmente difícil sería demostrar en qué se diferencian hombres y mujeres. Algunas personas no tienen cuerpos que puedan ser etiquetados en un sexo de los dos reconocidos, puesto que existen variantes cromosómicas que no se ajustan al XX de las mujeres ni al XY de los hombres, sino que abocan a un tipo mixto con la tríada XXY. También existen personas que presenta discordancias varias entre su sexo cromosómico y hormonal, mujeres barbudas, hombres con pechos, personas con los dos órganos sexuales a un tiempo, visibles o parcialmente escondidos en su interior. En paralelo a toda esta casuística, algunas personas aseguran sentirse encerradas en la cárcel de un cuerpo en el que no se reconocen y reclaman otra identidad, mientras que otras, más o menos a gusto en sus cuerpos, no se identifican con los perfiles

 

 

 

 

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psicológicos o culturales que se les solían adjudicar. Toda esta variación, bien trabajada, fragua en una respuesta rebelde al binarismo: hay tantos géneros como individuos y ni siquiera cada sujeto tiene que permanecer instalado en esas celdas toda la vida. Las personas cambian. Las palabras de Judith Butler expresando cómo escribió El género en disputa resultan tanto más elocuentes cuanto que su estilo es generalmente opaco (1990:

 

19):

 

No lo compuse simplemente desde la academia, sino también desde los movimientos sociales convergentes de los cuales he formado parte, y en el contexto de una comunidad lésbica y gay de la costa este de los Estados Unidos, donde viví 14 años antes de escribirlo. A pesar de la dislocación del sujeto que la lleva a cabo, hay una persona aquí: asistí a muchas reuniones, bares y marchas, y vi muchos tipos de géneros; entendí que yo misma estaba en la encrucijada de algunos de ellos, y me encontré con la sexualidad en varios de sus bordes culturales. Conocí a muchas personas que estaban tratando de definir su camino en medio de un importante movimiento a favor del reconocimiento y de las libertades sexuales, y sentí la alegría y la frustración que implica formar parte de ese movimiento tanto en su lado esperanzador como en su disensión interna. Estaba instalada en la academia, y simultáneamente estaba viviendo una vida fuera de esos muros; y si bien El género en disputa es un libro académico, para mí comenzó con un movimiento de transición, sentada en Rehoboth Beach, pensando si podría vincular los diferentes lados de mi vida.

 

Ante tantas dificultades para expandir el potencial transformador del mensaje feminista, las propuestas se multiplican de una manera descontrolada. La reduplicación -os/-as, insistentemente solicitada por el feminismo clásico, antes de ser incorporada masivamente ya se ha visto sobrepasada por otras fórmulas. Al tiempo, muchas feministas se muestran favorables a formas como miembra o individua, aunque no siempre sean conscientes de que esta decisión acabaría legitimando también, por coherencia, formas en masculino como astronauto, artisto o feministo. No

 

 

 

 

 

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estoy insinuando que las innovaciones «corrompan» los paradigmas morfológicos o que antes de ser asumidas deban ser sancionadas por las instituciones. Es justo reconocer, además, que en los contextos oportunos podrían tener un valor para la educación social. Así, cuando en un parlamento se pronuncia miembra o portavoza, por muy extrañas que suenen estas alternativas, se está invitando a la reflexión. Pero la creación masiva de formas dobles entraña riesgos, como el de reforzar el binarismo, y, desde un punto de vista filosófico y/o lingüístico, debemos sopesar muy bien el alcance de los cambios.

 

La opción de feminizar el lenguaje no exige romper con la categoría gramatical. Formas como individuo, sujeto o persona, las dos primeras con género gramatical masculino, la última con femenino, nos permiten aludir inclusivamente a individuos de distintos sexos/géneros sin caer en discriminaciones, precisamente porque no se han visto históricamente diferenciadas. Ante una frase como Rosalía de Castro es la escritora más significativa de la literatura gallega, puede entenderse que es la más significativa de las mujeres de las letras gallegas o que es la más significativa de las personas de las letras gallegas. Cuando las mujeres comenzaron a notar su insatisfacción ante un lenguaje que llamaron patriarcal, se referían también a estos fenómenos. Mientras que la tarea de escultoras, lectoras o políticas a lo largo de la historia parece inexistente por el uso habitual del masculino, cuando se usa el femenino tendemos a pensar en un subconjunto inscrito dentro de un universo más amplio. Así, si usamos escritores, propiciamos que se piense en masculino; si usamos personas que escriben, estamos ensanchando el referente, y, para los fines pedagógicos que estas medidas pretenden, la palabra persona tiene un muy útil género gramatical femenino, que exigirá las oportunas concordancias y acabará por feminizar un texto. Si creamos la pareja correspondiente para estas formas —¿persono?—, nos obligamos a denominar siempre el sexo, y esto puede ser un arma de doble filo: ¿desea todo el mundo ser nombrado sobre su anatomía? ¿No deberíamos tener que preguntar el género en vez de deducirlo de la apariencia? De entrada, en una época de identidades en transformación no deberíamos apegarnos a cuestiones anatómicas.

 

No es preciso saber, al redactar un escrito, si la presidencia de determinada asociación recae en un ser humano con determinado cuerpo o determinada identidad. Por eso parece preferible dirigirse a la presidencia

 

 

 

 

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que a cualquiera de las otras alternativas posibles: dirigirnos a un presidente, el falso genérico, parece lesivo, pero la fórmula doble, algo como estimado/a presidente/a, no complace a nadie, quizá porque nadie es al tiempo las dos cosas, como la barra parece sugerir. O quizá porque en el fondo la actividad de presidir no forme parte de lo que una persona es, sino de la posición que ocupa, y, por tanto, el género esté de más ahí. Los abstractos, del estilo de presidencia, ciudadanía, profesorado, cumplen apropiadamente con la intención inclusiva y con esa brevedad que muchas personas demandan. Es obvio que su uso puede sorprender en ciertas combinaciones. Parecerá raro que la ciudadanía proteste —quien protesta, se argumentará, son las ciudadanas y los ciudadanos—. Sonará extraño que el profesorado diga algo; serán las profesoras y los profesores quienes lo digan. Pero esa extrañeza solo puede imputarse a su condición de usos recientes de la lengua; en cuanto se generalicen, se limarán todas las asperezas. La posibilidad de aceptar estas fórmulas por presiones feministas no será superior a la que debe crearle a la sociedad que se validen formas como almóndiga por la presión de la pronunciación popular en determinadas zonas geográficas.

 

En medio de estos debates, conviene aludir a algunas innovaciones ortográficas aparecidas en los últimos años, como la arroba. Aunque muchas críticas la presenten como una importación informática, está documentada desde el siglo XVI, cuando un comerciante italiano usó ese híbrido de a y o para representar una unidad de medida y calibrar las mercancías de los barcos que llegaban de América. En consecuencia, mucho antes de que se percibiese su potencial para transmitir lo desviado, lo intermedio, lo que está fuera de la categorización de género, la arroba daba forma a una unidad de medida árabe, lo que da cuenta de su filiación mestiza. Pero esta grafía díscola no goza de mucha fortuna. Por un lado, la ortografía es una institución amparada por la escuela donde no caben todavía estas innovaciones; por otro, en los combativos círculos del feminismo clásico se considera que no remedia el problema porque, al tratarse de un simple soporte en la escritura, exige que en la lengua oral tomemos una decisión y temen que quien lea tienda a seleccionar el masculino de modo que, por ejemplo, asociación de escritor@s se lea como asociación de escritores. Sin embargo, el hecho de que en la escritura se introduzca un signo desafiante, que obliga a una elección para su lectura, ya demanda singular atención. Cuando usamos ciudadanos y

 

 

 

 

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ciudadanas, las personas se mantienen en su cápsula de género y la fórmula simplemente aporta la benevolencia de aceptarlas también a ellas. Cuando usamos ciudadan@s, en cambio, la grafía disidente obliga también al hombre que lee a cuestionar la categoría masculina como ese universal al que pueden añadirse coletillas en femenino. Otras opciones, como ciudadan*s o ciudadanxs, tienen esa misma función de rescatar la diversidad, aunque en las lenguas románicas donde las posibilidades son - os y -as la arroba parezca la solución gráfica idónea para representar un camino continuo entre los polos masculino y femenino. En cualquier caso, todas las grafías disidentes tienen como objetivo ser inclusivas, además de evitar la repetición y sus posibles efectos discordantes, esa fatiga que tanto se ha ridiculizado. Es cierto que muchas personas se sienten intimidadas para usarlas fuera de escritos informales porque las academias no los aceptan. Continuarán sin hacerlo. Y quizás no podamos seguir esperando por unas instituciones que caminan tan despacio.

 

Los signos @, x,* incorporan esa madurez gráfica de obligar a quien lee a decidir sobre una forma fónica, y eso parece una opción atractiva. No obstante, existen soluciones que exigen un cambio morfológico radical, como ciudadanes. Y no son excepcionales. En alemán (Motschenbacher, 2010: 41) se utiliza StudentInnen, un compuesto del masculino Studenten y del femenino Studentinnen, para referirse a mujeres y hombres estudiantes. También es más fácil encontrarnos con estas formas en la convocatoria de una manifestación o en el tablero de una facultad que en la oficina de empleo o en el juzgado, pero eso es mero resultado de un uso todavía reciente, que no tienen detrás una gran trayectoria histórica. Lo que resulta fundamental y hace pensar en una victoria futura de estas reivindicaciones es que personas del género dominante, el que históricamente ha detentado los privilegios, la utilicen. Y el camino ya está iniciado.

 

De todas estas estrategias fuertes de visualización del género, todavía resta el femenino genérico, que concede a las formas femeninas el valor reservado para aquel supuesto universal en masculino. Desde la gramática no resulta fácil aceptarlas. Y tampoco desde una cierta ética que nos previene contra la actitud de devolver ojo por ojo la agresión. Con todo, en los últimos tiempos esa estrategia, ligada a la táctica del secuestro de las traductoras, se ha introducido tímidamente en algunos textos o en discursos públicos con extraordinarios efectos didácticos. Hasta hace unos

 

 

 

 

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pocos años, una inversión del genérico de manera que el femenino fuese lo no marcado, lo habitual, apenas podía verse en grupos beligerantes o en textos más o menos rebeldes —por ejemplo, en un ensayo sobre el movimiento okupa—; hoy se lee en algunas publicaciones o se usa en discursos públicos, especialmente de carácter político. Cuando quien la pronuncia performa como hombre —viste, gesticula o figura ante nuestros ojos en masculino— su uso es potentísimo y ejerce un efecto vivificante en nuestras conciencias. Ningún manual de estilo debería despojarnos de la posibilidad de utilizar la lengua para crear ideas, o para liberar las mentes de sus cadenas, como hacemos sin duda cuando nos referimos a las filósofas de la Antigua Grecia, a las escultoras del Renacimiento o a las madres de una idea, y nos damos cuenta de que ni por asomo ha habido nunca entre los grandes nadie que no cumpliese el requisito de ostentar el género oportuno. Es una fórmula para ciertos contextos. En cualquier caso, poner orden en este entramado complejo es tarea de la que la lingüística, en general, parece desentenderse.

 

 

Ü

7.5. LING ÍSTICA EN FEMENINO:

 

LA REBELDÍA

 

Las lenguas se dotan de instituciones que seleccionan las formas apropiadas, actuando como auténticos mecanismos de control, que vigilan y punen. Es esperable que las academias sean lentas a la hora de admitir cambios o que se prevengan en su contra, dado que están constituidas por individuos que ostentan privilegios de género, clase y estatus; las estructuras académicas son conservadoras per se y no quieren perder poder. Frente a este inmovilismo, tendríamos que revisar el talante que se atribuye a las disciplinas científicas y, por extensión, a quien las cultiva. La sociolingüística es un campo de saber con fama de aperturismo, probablemente a causa del tipo de problemas que aborda. A pesar de todo, algunos textos especializados todavía eluden la cuestión de género, cayendo en una paradoja: después de argumentar que las diferencias sociales, ya sean económicas, de clase, de prestigio o de raza, dejan huella en las lenguas, una diferencia tan adiestradora de papeles sociales como el género no se considera digna de atención, o bien el asunto se resuelve de pasada, como si estuviese demasiado sesgado para caber en los estrechos

 

 

 

 

 

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márgenes de la investigación. Sin embargo, en el siglo XXI no parece factible cultivar ninguna de las ciencias humanas sin atender a la cuestión del género. Las sociolingüistas tratadas en este capítulo, al armonizar experiencia militante y profesión, practicaron una investigación particularmente desobediente (Mills, 2012).

 

Ahondando en los posibles lastres que esta actitud les deparó, más allá de no pasar a los manuales de la historia de la disciplina, cabe también preguntarse por qué las sociolingüistas feministas no han convencido a más mujeres especialistas. Con la cantidad de filólogas que se titulan cada año bastaría para tener un nutrido grupo de profesionales practicando una acción política de género. No creo, con honestidad, que este efecto se haya producido hasta ahora: las mujeres —y, eventualmente, los hombres— se sensibilizan como feministas en otros entornos: en la acción política o sindical, al entrar en contacto con feministas en la vida social o por algún episodio biográfico. Solo desde ahí pueden incorporar el feminismo al saber académico instituido. Al quedar excluida de los programas reglados de estudios superiores, la feminización del lenguaje se produce fuera de los centros académicos y, por tanto, incidentalmente y de modo ajeno a los centros de irradiación del saber, los que marcan qué es importante y qué no lo es.

 

En un sentido más técnico, habría que mencionar que la lingüística se ha construido históricamente como un aparato de saber lento e incapaz de gestionar sus conflictos. Frente a disciplinas muy proclives a las revoluciones, la lingüística se sitúa entre las más evasivas a la hora de practicar cambios. Por circunstancias históricas y epistemológicas diversas, que exceden el propósito de estas páginas, en este campo cuesta mucho esfuerzo difundir las novedades que se van adquiriendo en la investigación. Por eso, aunque haya cátedras de estudios de género y aunque de ellas emanen investigaciones de importante calado, puede permitirse permanecer impermeable a supuestos que perturben lo que ha sido tradicionalmente admitido.

 

En tercer lugar, existen dificultades innegables. Para explicitar el femenino y evitar ese nada neutro masculino, es preciso enfrentar terribles críticas. En opinión de muchas personas, la expresión del masculino y el femenino juntos recarga el discurso innecesariamente. Desde luego, no pasa nada por hacer ese trabajo adicional, que no es tan oneroso como lo presentan sus detractores, pero la actitud positiva hacia el cambio que

 

 

 

 

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exigen estas innovaciones se ve desalentada, cuando no abiertamente ridiculizada, por algunos sectores sociales. Sin embargo, ningún académico propugna la eliminación de las formas de cortesía para salvaguardar la economía del lenguaje, que tanto se cacarea en este contexto injustificadamente: si hubiese tanta prisa y el lenguaje tendiese, como dicen, a la simplicidad, nos ahorraríamos el decir por favor o aboliríamos la pesada diferencia usted/tú. Pero también aquí hay trampa: el concepto de economía del lenguaje está ligado al marco conceptual del estructuralismo —que no es la única óptica posible en la actualidad— y en ningún caso se identifica con el sentido que le dan los medios de comunicación al pintar la lengua como un todo armonioso y económico. No es cierto: toda lengua natural es fértil y prolija, tiene sinónimos, abunda en detalles innecesarios, explora caminos. De otro modo no se entendería que tuviésemos adjetivos de color que solo aplicamos a determinadas cosas —como tinto, que reservamos para el vino, o rubio, prácticamente solo usado para el cabello—, o formas verbales de usos tan complejos y poco económicos como el pretérito anterior —si en las lenguas todo fuese economía, ya se habría eliminado una forma con usos tan escasos como hube cantado—. Las lenguas nunca economizan en recursos. Y eso es bien sabido por quienes deciden invocar la supuesta economía para defender un sistema fortísimo, que no precisa de su defensa, proponiendo explicaciones interesadas, para mantener el privilegio de nombrar el mundo a placer. Si esa austera economía del lenguaje ahorra algo será únicamente saliva.

 

Ahora bien, expresarnos en femenino complica el discurso —es cierto

 

— y, sobre todo, exige una intención adicional de quien habla: la de emitir en sintonía de género. Como, además, las feministas son inmediatamente etiquetables en ese cajón de personas exigentes que tienden a mostrarse excesivamente suspicaces, la tarea no resulta agradable para las más tímidas o las que tengan menos ganas de significarse: en otras palabras, no ayuda a las personas a pensar si quieren comprometerse con esta depuración. Quienes practican la feminización padecen una situación paradójica: su discurso, que quiere ser respetuoso con la diversidad, las convierte en diana de ataques inmerecidos. Volveremos sobre estas implicaciones éticas en el próximo capítulo.

Puesto que hablamos de intervenciones externas, conviene reflexionar al respecto de la introducción, practicada desde esferas institucionales y

 

 

 

 

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con una clara misión pedagógica, de formas lingüísticas políticamente correctas. Se trata de recomendaciones para sustituir negro por persona de color o residencia de ancianos por residencia de mayores. Dentro de estas intervenciones y a lo largo de la década de los noventa en nuestro entorno se dio cierto empuje a la feminización, evitando formas despreciativas o tratamientos de cortesía frívolos, del tipo de señorita, además de denominar en los colectivos también a las mujeres. El principal problema es que esa iniciativa no se vio acompañada de medidas sustanciales más transformadoras. Cuando muchos políticos en campaña electoral dicen gallegos y gallegas no están esforzándose por incorporar una perspectiva de género, sino que aplican a su discurso un lavado de cara. En el momento actual casi diríamos que, en ese contexto, de no hacerlo, se verían tan criticados que están presionados para adoptar una medida discursiva en la que no creen. Esto nos coloca en un punto crucial: los cambios lingüísticos deben tener un objetivo que transcienda a la ordenación de la lengua, que penetre en el orden social. El ejercicio lingüístico de depuración se presenta como indispensable para transformar el mundo porque implica una toma de conciencia al respecto de ciertos valores. Creíamos tener una lengua inocente y que decidíamos nuestras bromas, pero podemos vernos también como marionetas que al hablar reproducen sistemas de valores ajenos. No creo que esta repugnancia a sentirnos cómplices de mantener etiquetas insultantes sea en absoluto ajena al espíritu feminista. Por eso nadie debería caricaturizar las propuestas feministas como aquellas que sugieren decir las mesas y los mesos o despropósitos semejantes. La idea de fondo es no excluir, ni condenar a nadie a comportarse de acuerdo con etiquetas prefijadas.

 

Entretanto, queer ha roto las clases bien configuradas. Como quien se mete en un traje que le viene estrecho, las categorías hombre y mujer han reventado; se les han saltado las costuras. El pensamiento feminista había construido una noción de grupo: las mujeres, hermanadas por la sororidad, eran víctimas de una opresión que las unía, por encima de clase o de raza. Componían un nosotras. Algunas de las propuestas más interesantes del feminismo han insistido en la dificultad de constituir ese sujeto político colectivo llamado las mujeres. En los últimos tiempos, de hecho, el sector del feminismo que se ocupa exclusivamente de la defensa de los derechos de las mujeres es acusado por otras feministas de actitudes discriminatorias hacia personas transgénero. El término TERF, trans-

 

 

 

 

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exclusionary radical feminist, aplicado como insulto a aquellas que sostienen la existencia de dos grupos en guerra, el masculino y el femenino, condensa esta tensión. Y el debate actual entre un feminismo orientado hacia la multiplicidad de géneros, o posfeminismo, y un feminismo tildado de clásico está generando un profundo debate intelectual, que renegocia nuestras categorías (Phipps, 2020). Pero las críticas internas en el feminismo a la homogeneidad y a la manera en que un grupo de mujeres blancas, mayoritariamente heterosexuales y bien asentadas económica y simbólicamente en la sociedad han impuesto su agenda son ya antiguas (hooks, 1984: 9).

 

Queer está en la raíz de esa disidencia interna. Eso no significa que esté contra el feminismo, ni que sea una teoría al servicio de la homosexualidad. Queer nace de una herida también, como toda subversión de género; de una disidencia contra la excesiva categorización. Puede recoger a personas inicialmente insatisfechas con su cuerpo o con su orientación, pero ni siquiera esto es obligatorio. Y, con toda probabilidad, moverá a esas personas hacia una conciencia y aceptación de sí que se ha llamado, tal vez sin mucho acierto, orgullo. Porque el orgullo era un defecto en la tradición moral de la que venimos y aquí se trata, más bien, de reconciliarse con la propia experiencia, con la propia historia, con el cuerpo y con el ser. En su afán de liberación, queer brama contra las etiquetas, sin que eso signifique incomprensión hacia la situación de las mujeres.

 

La primera indagación de queer es la exposición de la rareza, de la variedad y ahí se hace catálogo. Precisamente porque los términos hombre y mujer son insuficientes para recoger nuestra experiencia, la lengua incluye formas como hermafrodita —hoy reemplazada por intersexual—, andrógino, travesti, transexual, transgénero, además de referir las orientaciones sexuales, que fueron las parodiadas históricamente y, por tanto, las que han tenido formas de expresión propias: lesbiana, bollera, tortillera, gay, maricón, mariquita, afeminado, invertido y un largo elenco de palabras que acaban siendo vistas como impronunciables. La creencia de que solo hay dos tipos de persona, hombre y mujer, no procede de la experiencia, sino de una ilusión social de homogeneidad, de una norma a la que ha sido obligatorio acomodarse (Bing y Bergvall, 1996) y que pudo generalizarse a través de artefactos como los usos gramaticales. El concepto de pluma servía en el imaginario popular para recoger esa gama

 

 

 

 

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de grises y para estigmatizarla también. Pero la segunda indagación atañe a cada persona como sujeto pensante. En las lenguas de esta parte del mundo, cuando hablamos, otras personas deciden si yo soy él o ella. En la primera o en la segunda persona, solo tenemos una posibilidad —decimos yo hablo o tú hablas independientemente de nuestro cuerpo y de nuestra mente—. Por supuesto, no es así en todas partes, en algunas lenguas rige una distinción de género en la primera persona, pero en Occidente, ahora mismo, delegamos en criterio ajeno un asunto tan delicado como este. Dado que nuestro género debe ser dilucidado por otro sujeto —que dirá él habla o ella habla—, es inevitable que exageremos nuestra performance para que la interpretación ajena coincida con la identidad que creemos tener. El género, al final, sería una cuestión eminentemente lingüística.

 

El sexismo lingüístico ha agitado las sociedades y ha agitado la lingüística. Eminentes escritores, filólogos o académicos se empeñan periódicamente en repetirnos que la discriminación de las mujeres es aún evidente en la sociedad pero que eso no tiene nada que ver con las inocentes lenguas. A veces (Bosque, 2012) lamentan la falta de lingüistas entre las personas responsables de tales iniciativas. Se puede comprender esa reacción corporativista, pero, en honor a la verdad, convendría recordar que existen sociolingüistas feministas y que nadie expulsó a los y las especialistas: fue la lingüística profesional quien históricamente se desentendió de cuestiones espinosas como estas. Los programas académicos apenas incluyen la perspectiva de género, de manera que el estudiantado se gradúa sin tratar esta cuestión; difícilmente podrá después manejar criterios acordes con la efervescencia de la sociedad en que viven. El pensamiento feminista lleva décadas avisando de que, desde niñas, las mujeres viven al acecho, sometidas al doble esfuerzo de valorar si en cada frase estarán o no incluidas; un esfuerzo que nunca se les demanda a ellos. Realmente, ¿sería tan difícil modificar los hábitos de uso de las lenguas cuando lo que está en juego no es una preferencia estilística, sino un mecanismo de inclusión social?

 

La sociolingüística feminista no pretende saber más que la gramática. Ni menos. Porque la gramática, ese conjunto de reglas que nos permiten elaborar sutiles pensamientos, está a nuestro servicio; no al revés. Por eso las lingüistas que han trabajado con perspectiva de género, que también existen, no defienden la honra de las lenguas —eso de que están libres de toda sospecha de discriminación—; sino que destapan fuentes de

 

 

 

 

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discriminación. Dado que muy prestigiosas mujeres del ámbito de las ciencias y de las artes no reclaman un uso no discriminatorio, los gramáticos insisten en que las feministas deben creerse muy importantes para venir a reclamarlo. Pues no muy importantes, pero sí conscientes. Las sociolingüistas feministas, de cualquiera de los muchos géneros que existen, son plenamente conscientes de que, para colonizar a alguien, lo primero es hurtarle los ojos con los que puede ver la realidad. Por eso tantas mujeres y tantos académicos, sabios con la lengua, no se percatan de los mecanismos opresores escondidos en el discurso. Y no los aceptarán hasta que el enfoque menor de la lingüística con perspectiva de género aparezca en los manuales.

 

 

 

 

7.6. ALGUNASÜ LECTURAS SOBRE SOCIOLING ÍSTICA FEMINISTA Y

 

OTRAS REFERENCIAS BÁSICAS

 

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CAPÍTULO 8

 

UN PASEO CON HUMPTY DUMPTY:

 

LAS FILÓSOFAS DE LA HIGIENE

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Dentro del itinerario suprimido del sujeto subalterno, la pista de la diferencia sexual está doblemente suprimida. […] Si en el contexto de la producción colonial el subalterno no tiene historia y no puede hablar, el subalterno como femenino está aún más profundamente en tinieblas».

 

GAYATRI CHAKRAVORTY SPIVAK,  lósofa

 

 

 

8.1. EL GRAN VACÍO DE LA

 

FILOSOFÍA DEL LENGUAJE

 

Decía María Zambrano (1977) que «la palabra no destinada al consumo es la que nos constituye; precisamente, la palabra que no hablamos, la que habla en nosotros y solo a veces trasladamos en decir». Estos pensamientos evocan el movimiento en defensa de la higiene verbal, que se ha verificado en el interior de la lingüística y fuera de ella durante las últimas décadas y que defiende tomar cuenta de esa palabra que nos constituye. El problema, como a estas alturas ya era de imaginar, es que María Zambrano, filósofa en tiempos difíciles, y su razón poética nunca aparecen reivindicadas en los estudios lingüísticos. Ni se nombra. Finalmente, si los manuales en España no han recogido a Francisca de Nebrija, con la proeza de haber dado clases en la universidad en el siglo XVI, mucho menos pueden hacerse eco de alguien que, como Zambrano, remite a otro campo. Y así el silencio sobre la obra intelectual de mujeres en la periferia, como las dos mencionadas, se perpetúa.

 

Pero, además del sesgo de género, la exclusión de María Zambrano ya era inevitable en ópticas estrechas porque los campos de la lingüística y la filosofía se han constituido como saberes independientes y, en esas condiciones, la filosofía del lenguaje se ha quedado como un territorio intermedio y afectado de cierta indefinición.

 

 

 

 

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Ya ha sido comentado que la lingüística es un área de conocimiento de implantación reciente que, en el siglo XX, desarrolló un ingente campo conceptual para blindarse completamente, evitando que su objeto de atención, el lenguaje, fuese absorbido por disciplinas vecinas. La vitalidad de la investigación lingüística y su despliegue en una multitud de saberes hasta cierto punto independientes contrasta con la idea general que la contempla como una disciplina unitaria en el conjunto del conocimiento. De hecho, resulta muy complicado hoy para la filosofía, la psicología, la antropología o la biología aludir a la idea de lenguaje porque la lingüística se ha apropiado de ella. La especialización en métodos o facetas particulares ha dado lugar a una verdadera proliferación de lingüísticas, a veces excesivamente distantes para poder entenderse entre sí. Solo con estas salvedades se entiende que la definición más habitual del campo en los manuales introductorios sea la de ciencia que estudia el lenguaje humano. Tal declaración puede parecer inocua, pero trasluce dos inquietantes tomas de postura. En primer lugar, supone que la lingüística es, por definición, una ciencia. ¿Qué se quiere decir con esto? ¿Cualquier disciplina de un programa de estudios es una ciencia? ¿Qué pasaría si un estudio sobre el lenguaje, por ejemplo, de teoría de la traducción, no constituyese una ciencia en sentido estricto? ¿Nos quedaríamos sin estudiantes o sin interés por ese asunto? En segundo lugar, la disciplina se justifica presentando su propio punto de vista como idóneo: al erigirse en la verdadera ciencia del lenguaje asume implícitamente que se aproximará a este objeto con mayor propiedad que otras. Aunque la biología, la antropología o la psicología, en su quehacer, tengan algo que aportar sobre determinados aspectos del lenguaje, solo a la lingüística le corresponde integrar los diferentes prismas y conciliarlos con los aspectos simbólicos de las lenguas y las reglas de estructuración interna, el campo tradicional de la gramática. De este modo, parece erigirse en un marco de conocimiento crítico que se proyecta sobre el lenguaje en sus múltiples dimensiones. Ese perfil determina que entre en abierta disputa con la filosofía o, más concretamente, con aquella parte de la filosofía ocupada del lenguaje. Dicho en otras palabras, la etiqueta de lingüística estaría recubriendo una búsqueda de conocimiento similar a la búsqueda filosófica, aunque restringida a uno solo de los objetos filosóficos posibles.

 

No creo, sin embargo, que pueda decirse que la lingüística profesional tenga en el siglo XXI la pretensión de asimilarse a la filosofía del lenguaje.

 

 

 

 

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Entre ambas no circula demasiado flujo de información y hasta podría documentarse un cierto menosprecio mutuo. Desde sus comienzos, el estructuralismo perseveró en diseñar nociones y métodos propios. En tal contexto, la lingüística acabó por ocuparse de cuestiones sistemáticas y abstractas para no identificar su trabajo con lo que pudiese seguirse del conocimiento común sobre las lenguas. A lo largo de estas páginas, hemos venido viendo que ese interés extraordinario por la abstracción iba condenando como menores otras ideas, relegadas a los márgenes —y que los sujetos subalternos, como las mujeres, cultivaron con preferencia—. Todavía más: durante décadas la disciplina evitó los factores psicológicos, biológicos o sociales para no perderse en campo ajeno y practicar única y exclusivamente lingüística, aun si no se sabía muy bien qué cosa sería esa ciencia sistemática y «pura», que se nos antoja un tanto anodina y con unas pretensiones de neutralidad imposibles de seguir. El ideal, aludido como inmanencia, consistía básicamente en ocuparse de aspectos que solo competen al lenguaje. Se entenderá que en un entorno donde se ha luchado tanto por la autonomía no va a ser fácil defender que el enfoque adoptado es filosófico. Por otra parte, tampoco la filosofía como práctica profesional precisa de la lingüística, y menos de la lingüística actual. De hecho, ha insistido en llamar filosofía del lenguaje a algo que tiene muy poco que ver con lo que la lingüística busca y, además, no guarda relación con las nociones básicas que en esta disciplina han ido surgiendo.

 

Estas cuestiones epistemológicas —o, más bien, gnoseológicas— explican la historia de malas relaciones entre filosofía y lingüística y la inestabilidad de la filosofía del lenguaje. La etiqueta de lingüística frente a filología, como todavía suele llamarse en el Estado español, se impuso históricamente cuando el estructuralismo comenzó a defender un determinado modelo de cientificidad para su estudio —ahí figuras como Bloomfield, Hockett o Jakobson tuvieron un papel referencial—. Al abandonar la prescripción o norma de buen uso como motivo, se pretendía obtener un conocimiento coherente, objetivo y sistemático sobre el lenguaje. Pero la afirmación del carácter científico de esta investigación esconde muchas veces la mera creencia intuitiva que identifica ciencia con disciplina respetable, asentada en la tradición académica o portadora de un cierto rigor. En realidad, el marco de trabajo no es unitario: en fonética experimental, los métodos son empíricos y se proyectan sobre aspectos materiales del lenguaje; en historiografía lingüística los métodos son

 

 

 

 

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hermenéuticos y el objeto —el progreso de las ideas lingüísticas— es inmaterial; en gramática se describen reglas formales y se elaboran los conceptos teóricos para explicarlas; en traducción automática la lingüística se reviste de tecnología o, al menos, se convierte en ciencia aplicada. Se diría entonces que, al amparo de una misma etiqueta, se aglutinan investigaciones de muy diversa naturaleza, lo cual encaja bien con un objeto tan complejo como el lenguaje. Una de las aproximaciones posibles canalizaría el interés por el lenguaje como idea filosófica y, en este sentido, la filosofía del lenguaje es a menudo considerada una subdisciplina lingüística. Pero, y aquí está el meollo del problema, también una lingüística general de extensión amplia, al abarcar todas las caras diferentes de ese gran prisma que compone su objeto de estudio, está siendo, en efecto, una auténtica filosofía del lenguaje.

 

Las divisiones administrativas pueden conseguir engañarnos. En ellas, la Filosofía del Lenguaje aparece como una materia impartida por profesorado de Filosofía, no de Lingüística. Lo que habitualmente encontramos en los programas de estudio universitario correspondientes es una revisión o una expansión del quehacer de una de las tradiciones del siglo XX: la filosofía analítica[36]. Sin la pretensión de construir una crítica para ella, lo menos que puede decirse es que la analítica se ve limitada a cuestiones semánticas bastante burdas con la pretensión de fondo de crear un lenguaje para la ciencia, y conlleva una visión de las lenguas reduccionista y poco atenta a apuntar nuevos problemas. En muchas ocasiones sus versiones en los manuales concluyen en la teoría de actos de habla, enunciada por Austin y Searle en los sesenta, y no siempre se enlaza con temas igualmente filosóficos, como la crítica de valores impresos en el discurso que se percibe en la tradición francesa que va de Foucault a Bourdieu, ni con la semiótica cultural de Eco o con una expansión hacia nuevas cuestiones, que solo se observa muy excepcionalmente[37].

 

Tal y como indicaba Gustavo Bueno (1995a, 1995b), la filosofía es un campo de conocimiento reconocible como una actividad crítica ejercida con mayor extensión y profundidad que en las propias ciencias porque a estas no les es dado desbordar sus círculos categoriales. Sin embargo, la lingüística actual es un caso raro porque desafía esos círculos, lo que la convierte, a mi juicio, en un saber filosófico, casi diríamos en un subconjunto de la filosofía que se ocupa del lenguaje. El patrón estructural impuso límites: el inmanentismo o la arbitrariedad del signo llevaban

 

 

 

 

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implícito ese objetivo fundacional del cierre categorial. El hecho de que en las últimas décadas esos límites se superasen exigiría una explicación adicional: tal vez, la lingüística que se practica en el siglo XXI haya alcanzado un estatus epistemológico diferente o esté amenazando la solidez de las clasificaciones tradicionales. Si, siguiendo la imagen de Bueno, las ideas son como hilos dorados que atraviesan las categorías, las cosen y tejen una malla de relaciones, es lógico que se produzcan efectos de este tipo: en un determinado momento la lingüística era un saber categorial y en otro entendemos por lingüística «todo lo que tenga que ver con el lenguaje», en un proceso abierto como es de esperar en la producción histórica y social de las ideas. Con este perfil tan enmarañado, algunas cuestiones formuladas desde la Filosofía, o formuladas desde la vida social pero susceptibles de alcance filosófico, no penetran en la gran historia de las ideas lingüísticas. Y, como suele ocurrir con los campos marginales, ahí descubrimos una tarea densa y silenciosa realizada por mujeres. Según los roles tradicionales, ellas se ocupaban de limpiar; pues bien, aquí han entrado para cumplir la misión asignada: la de poner orden y cuidar de una higiene escrupulosa.

 

 

 

8.2. MÁS ALLÁ DE LA CORRECCIÓN POLÍTICA: EL MOVIMIENTO A FAVOR DE LA HIGIENE VERBAL

 

El lenguaje no es solo un inocuo sistema de comunicación o un esquema cognitivo para representarnos el mundo, como suelen repetir los manuales con la intención de que nos parezca inofensivo. El lenguaje es también un mecanismo simbólico que genera y reproduce poder. Así lo ha demostrado la sociolingüística feminista, como otras tradiciones de análisis crítico del discurso. Si aceptamos esta premisa inicial, no puede sorprendernos que las gramáticas mantengan usos que choquen con la sensibilidad actual o que se muestren más conservadoras que el sentir general de quien las habla: las lenguas son productos históricos, que arrastran cosmovisiones caducas, formas de ver el mundo que ya no compartimos con las generaciones que nos precedieron. Tal efecto puede ilustrarse acudiendo al dato de que tradicionalmente las lenguas peninsulares acogieron con

 

 

 

 

 

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insultos a otras comunidades con las que convivían: reservaban el término marrano para aludir al pueblo judío, o el término moro —con todas las asociaciones que lo negro y lo escuro evocan— para aludir de forma peyorativa a las personas naturales del Magreb, aglutinando diferentes religiones, etnias y culturas. Aunque estas etiquetas puedan explicarse recurriendo a los grandes periodos de guerras y enfrentamientos con comunidades etnias diferentes, no es igualmente aceptable que se mantengan hoy.

 

El movimiento a favor de la feminización del lenguaje que hemos visto en el capítulo 7 estuvo en los orígenes de otro movimiento, más general, a favor de su depuración, que pretendía eliminar no solo las muestras de sexismo, sino cualquier carga ideológica peyorativa. Estamos ante lo que en los medios de comunicación suele llamarse lenguaje políticamente correcto, pero la etiqueta higiene verbal permite evitar la crítica implícita que la primera denominación arrastra. De hecho, este uso negativo, hoy generalizado, debería evitarse. Según Deborah Cameron (1995), la expresión políticamente correcto nacía en los años ochenta dentro de los partidos políticos de izquierdas para satirizar a los militantes de ortodoxia rígida, que aspiraban a cumplir a la perfección el ideal político, frente a actitudes más relajadas, que se permitían ciertas libertades en sus obligaciones. De este insulto se apropiaron las fuerzas conservadoras para ridiculizar todos los valores de la izquierda, incluso los sostenidos por aquella militancia light que había lanzado la acusación original de rigidez. El cambio de sentido es sugestivo cuando de lo que estamos hablando es de legitimar nuevos usos de las palabras.

 

Cuando decimos que las palabras de una lengua encierran una cosmovisión, adoptamos la perspectiva antropológica vista en el capítulo 6, según la cual los significados han sido construidos en la comunidad y tienen vigencia a partir de los valores del grupo. De esta manera, las expresiones que identifican a las personas gitanas como desaseadas, a las negras como poco inteligentes y sumisas, o a las mujeres como promiscuas son resultado de una visión del mundo promovida por un vehículo cultural, la lengua, donde aprendemos a expresarnos no solo con lo que realmente sentimos; también con coletillas y discurso repetido. El empuje del feminismo en la modificación de estos hábitos de uso ha sido fundamental: hoy llamamos violencia de género a lo que antes se llamaba simplemente violencia doméstica o, remontándonos más atrás, crimen/drama pasional.

 

 

 

 

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Parece incontestable que si, para describir el asesinato de una mujer, todavía usásemos la expresión obsoleta de crimen pasional, estaríamos legitimándolo. Las etiquetas actúan en las mentes de manera tan sutil como inevitable.

 

Cuando el feminismo radical comenzó a practicar análisis que desenmascaraban el androcentrismo, otros colectivos, no siempre tan organizados, advirtieron que la desvalorización de lo femenino no era la única herida que las lenguas propagaban. Contenidos racistas, edadistas o capacitistas —es decir, discriminaciones por razón de raza, edad o capacidades— eran habituales y también deberían evitarse si se trataba, como diría Zambrano, de que nuestra palabra nos contuviese. Cuando se decide no llamar a una mujer inválida sino persona con funcionalidades alternativas, lo que prima es el intento de sensibilizar a la sociedad, hostil e indiferente, hacia ella en particular y, en general, hacia los pacientes afectados de problemas físicos o mentales. La nueva palabra evita la herida de insinuar que esa mujer no es válida y nos recuerda que su hándicap no la contiene al completo ni la resume; esa persona está dotada de otras habilidades y hasta es posible que algunas de ellas hayan sido desarrolladas a partir de sus limitaciones iniciales, como nos sucede a todas y todos. Recurriendo de nuevo a Deborah Cameron (1995) y su higiene verbal, los términos convencionales implican la evaluación de un fenómeno; las alternativas vienen a cuestionar esa evaluación contemplando el asunto desde distinto ángulo: la preferencia por personas del propio sexo se ve ahora como un asunto social y no clínico, la prostitución como la descripción de una práctica y no como un estatus moral, o la raza como una historia y no como una genética. Pero nada de esto sucede en el vacío político. Decir afroamericano en vez de negro no es usar un eufemismo, es preferir un término que evoca una historia de colonialismo y esclavitud en vez de quedarse en el color de piel, un dato absolutamente irrelevante para denominar a nadie[38].

 

El movimiento de higiene verbal revisa el poder de las palabras en nuestras mentes y esa revisión tiene carácter social, político y, sobre todo ético: evita infligir heridas. Se percibe aquí una cierta dejadez en la lingüística nuclear, al desentenderse de estos asuntos precisamente por unas connotaciones ideológicas que interpreta como poco científicas. Y, sin embargo, el movimiento estaba haciendo un análisis destinado a desvelar cómo se construye el significado en la vida social. En palabras de

 

 

 

 

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Angela Goddard y Lindsey Patterson (2000: 106), mientras se vuelve una y otra vez a renombrar algunos grupos, porque las denominaciones nuevas atraen significados con connotaciones negativas, las personas que representan la norma no reciben nombre alguno, simplemente son personas. El asunto gana peso cuando es considerado desde el prisma informado y riguroso de una auténtica filosofía del lenguaje contemporánea. No en vano, toda la indagación de Judith Butler que veremos a continuación es una lectura de la teoría de actos de habla de Austin y Searle, y, además, de clara utilidad social.

 

El código lingüístico que usamos para expresar nuestras intenciones no es compartido sin más con la comunidad: las personas muestran sensibilidades hacia las palabras que usan. Una palabra como privilegio, por ejemplo, arrastra connotaciones. Si decimos ante una puesta de sol que contemplarla es un privilegio, una ecologista que la escuche considerará que esa expresión tiene un vago aire poético y que ensalza el bienestar que nos produce la naturaleza, mientras que otra persona de mochila marxista no se sentirá cómoda con tal palabra y renegará de la posibilidad de estar usufructuando una experiencia que no es brindada por igual a todas las personas. El movimiento de depuración del lenguaje pretende precisamente desafiar la idea de que existe un código universal y neutro que pueda ser compartido por la totalidad de la comunidad hablante; de ahí la fiereza con que se combate. Su objetivo es revisar el lenguaje diario y su violencia; su método consiste en poner ciertas expresiones en cuarentena. Pero, cuando una tentativa de reforma aduce que una expresión es racista, las personas partidarias de su uso insistirán en no tener esa intención y argumentarán que se están leyendo contenidos que ellas no manejan y que, en cambio, la depuración atenta contra la cultura secular, contra lo que realmente existe o contra el sentido del humor. El debate es difícil de reglamentar porque ningún sujeto es el propietario de los significados de una lengua ni su administrador. Mientras en nuestras sociedades aparecen grupos fascistas que convocan a manifestaciones explícitas de violencia contra minorías desfavorecidas o surgen los haters en las redes sociales, las propuestas conservadoras insisten en mostrarse partidarias de los usos históricos o, incluso, de la autenticidad, presuponiendo que la depuración es sinónimo de castración deliberada y amenaza la libertad de expresión o restringe la posibilidad de construir humor y expresar muestras de camaradería. El tono jocoso de tantos chistes sobre el tema invita a que la

 

 

 

 

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depuración parezca absurda, de manera que se acaba reclamando que penetre en el discurso toda la fiereza de los suburbios. Y eso podría ser óptimo si tuviese algo de subversivo. Cuando en la obra de Lewis Carroll A través del espejo y lo que Alicia encontró allí el personaje de Humpty Dumpty decía que las palabras significaban lo que él quería que significasen, Alicia protestó argumentando que él no podía hacer que las palabras significasen lo que él quisiese. La respuesta de Humpty Dumpty, lacónica, contenía todo un tratado político: «La cuestión es saber quién manda. Solo eso».

 

La higiene verbal pretende alimentar valores de respeto e interculturalidad, pero no faltará quien la vea como un ataque a la libertad de expresión, bien porque quiera apoyar otros valores, bien porque se sienta a gusto con el mundo tal cual es. Al final, se trata de valorar si el lenguaje es solo un medio para expresar ideas o también un potente constructor de ideas, en cuyo caso sería inevitablemente político y la verdad de lo que alguien dijese sería relativa al poder que sustentase. En todo caso, los movimientos de orgullo —el black power y su reivindicación de la negritud o el movimiento queer, que consigue introducir en las vías académicas un insulto para gays— han venido demostrando que el significado no es inmutable.

 

Los seres humanos somos lingüísticamente vulnerables (Burgos, 2008). En la simplificación de una sociedad de prisas y consumo, podríamos pensar que un insulto no es un acto violento comparado, por ejemplo, con la tortura. Pero el lenguaje tiene capacidad de producir daños; incluso nos aprovechamos de ello en la vida social. Probablemente no sea muy cortés insultar al árbitro de un partido de fútbol, pero, visto desde otra perspectiva, el insulto libera a quien guardaba demasiada violencia en su interior y puede ser preferible a un ataque físico. Lo que no cabe es minimizar el impacto de las palabras: habitamos profundamente las palabras porque precisamos el lenguaje para darnos existencia, para otorgar inteligibilidad a nuestras vidas. Al nacer, nos ponen un nombre; este es el primer indicio de que nuestra existencia transcurre en el lenguaje. A partir de ahí, ya nada acontecerá sin una clara dimensión lingüística. A la luz de esa evidencia, expresiones como merienda de negros o gitanada revelan cuántas heridas pueden llevar los seres humanos inscritas en su piel.

 

 

 

 

 

 

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El enfoque de la higiene verbal no se restringe a un escrupuloso análisis semántico. Cuestiona la autoridad del código y de quien cree administrarlo y echa un pulso a los usos que hemos recibido en nuestra educación, convirtiéndose en un verdadero observatorio para analizar el alcance de la lengua en la vida social. Pero quizá el aspecto más filosófico de la indagación sea el que tiene que ver con la intencionalidad. La teoría de actos de habla, como suele ser referida en filosofía, y toda la pragmática, como suele ser denominada en lingüística, atiende a ese estilo de factores que están más allá del puro análisis del código. En su versión clásica, la de filósofos como Austin, Searle o Grice, esta teoría no deja de ser una derivación de la filosofía analítica inglesa, que ya se había fijado en el papel de la intencionalidad subjetiva del lenguaje. Según Derrida (1972), para Austin la intención era el soporte del acto comunicativo y, sin embargo, habría que preguntarse sobre la conciencia del sujeto cuando habla y sospechar de su capacidad para ejercer algún control sobre lo dicho. Al final, el sentido, tal vez, se quiebre o se escape por algún orificio de fuga. Para superar las anteriores limitaciones de la teoría de actos de habla, el filósofo francés incorporará la iterabilidad: si una expresión es citada una y otra vez —si es iterable—, resulta conocida y, por tanto, capaz de producir el efecto performativo. Así ocurre cuando, en el contrato matrimonial, se pronuncia la consabida fórmula «yo os declaro marido y mujer». Desde aquí arrancará Judith Butler.

 

 

 

 

8.3. Y LLEGÓ JUDITHZBUTLER PARA HACER LIMPIE A

 

La pensadora contemporánea Judith Butler (n. 1956) es una de esas figuras que alcanzan tal renombre por una aportación determinada que toda su restante obra parece después desaparecer a ojos públicos. Su vinculación con la teoría queer ha sido, en este sentido, una especie de dardo envenenado. Es cierto que esa teoría ha modificado en buena medida nuestra época, conmocionando las clasificaciones y mejorando la existencia de muchas personas. Incluso en un sentido puramente teórico, ha contribuido a una visión más matizada de la realidad, donde no todo son ya ceros y unos. Sin embargo, Butler es una pensadora en activo, con gran capacidad de revisitar otras tradiciones y de construir conceptos

 

 

 

 

 

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potentes. Sus relecturas de la teoría de actos de habla, por ejemplo, tienen una fuerza deslumbrante. Por eso es especialmente triste que no sea mencionada en los manuales de historia de las ideas lingüísticas.

 

Butler (1997) corrige la perspectiva precedente sobre los actos de habla indicando que decir que el habla es un acto no basta; su peculiaridad es la dimensión corporal que alcanza, lo que ella llama la «escandalosa relación entre lenguaje y cuerpo». A menudo juzgamos que un acto de habla transmite una intención y, de esta manera, situamos la conciencia en un lugar anterior y diferente del habla, que quedaría reducida a ser un medio con el que transmitimos nuestra conciencia. Pero, señala Butler, no es posible prescindir del cuerpo. En una amenaza, por ejemplo, el acto performativo de amenazar puede verse debilitado por la actitud corporal de quien emite la amenaza —que nos permite interpretar que es una broma— o, al contrario, una expresión podría no contener una amenaza abiertamente formulada y, sin embargo, el cuerpo de quien la ha pronunciado podría hacer irrumpir esa idea. Las dos posibilidades están relacionadas, aunque son diferentes. Ya antes de ella, Michel Foucault (1966) se había referido a la práctica cristiana de la confesión, alentada por el objetivo de descubrir, en una indagación que tiene el lenguaje como vehículo, los deseos más ocultos y verdaderos del sujeto que se confiesa. Al ofrecerlos al sacerdote para su análisis, se opera lingüísticamente y también lingüísticamente este puede ejercer la función de dirigir y controlar el alma que ha pecado. En este sentido al menos, el yo no existe antes, no es algo que deba ser descifrado como una parte oscura, sino que precisamente a través del habla el yo puede constituirse a sí mismo ante la presencia propiciadora de otra persona, el confesor.

 

Judith Butler toma de Foucault esta idea de un yo dialógico. En la conversación mostramos una parte del yo desconocida. Exponiéndonos así, entregamos esa parte a otra persona con el fin de que nos la devuelva modificada de una manera que escapa a nuestro control. En el transcurso de un diálogo el yo se reelabora, se ve afectado por las palabras. Por eso la conversación implica un hacer algo juntos que modifica a los sujetos. En este contexto, la teoría de Butler es revolucionaria. Digamos que existen palabras que hieren, como marrano o subnormal. Llevan implícita una carga de odio hacia determinados colectivos y sirven para descargar nuestra ira contra alguien que ni siquiera tiene que pertenecer a ellos. Una serie de movimientos sociales se articularon entonces por su sensibilidad

 

 

 

 

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contra estas heridas: aseguraban que cuando repetíamos estas palabras reproducíamos el odio hacia los colectivos denostados. Los espectros más conservadores insistieron en que se estaba castrando el lenguaje y promoviendo eufemismos. Desde el activismo se respondió que no se trataba de censurar palabras malsonantes, sino de observar en qué medida representaban a minorías vulnerables y, solo en ese caso, de evitarlas por las connotaciones que arrastraban. El problema no era ser maleducada usando la palabra subnormal para insultar a alguien; el problema era que el insulto identificaba a personas con algún tipo de disfuncionalidad como negativas. El impacto de los grupos sociales a favor de la higienización fue máximo porque consiguieron activar en las legislaciones de muchos estados el concepto de delito de odio como una injuria punible cuando se dirigía específicamente a colectivos desfavorecidos. Pero las fuerzas conservadoras continuaron alimentando la idea de que se estaban practicando análisis enrevesados: quien hablaba no tenía esas segundas intenciones que se le atribuían —solo insultaría a aquellas personas a quienes realmente se dirigía y no a los colectivos evocados con la historia de la palabra— y se resistían a que nadie les dijese lo que podían o no decir. Todo este proceso llevaría a esperar que Judith Butler, vinculada al movimiento LGTB, se opusiese al uso de palabras como maricón o bollera, y, sin embargo, va a cuestionar con sutiles argumentos la tesis de que determinadas palabras, inequívocamente, sean ofensivas, que la esencia del performativo sea cumplirse.

 

Por confesiones corporales, Butler (2004) entiende las reveladoras conexiones entre las palabras y los cuerpos que hablan, capaces de desplegar significados variados e imprevisibles. A veces se abren en un contradiscurso que permite pensar la agencia lingüística, una acción subversiva contra el lenguaje de odio, sin acudir a instancias represivas legales. En otras palabras, el lenguaje de odio evidencia la fragilidad humana: somos tan vulnerables que hasta las palabras pueden hacernos daño. Pero como sujetos también podemos producir una respuesta crítica: la repetición de las palabras, al alejarlas de su marco convencional, elimina la injuria. Cuando una mujer lleva una camiseta donde se autodenomina puta; cuando dos hombres se llaman entre sí maricones o dos personas hispanas se apelan como sudacas o panchitos, las palabras injuriosas repetidas en otros contextos logran desalojar el odio que contenían.

 

 

 

 

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El concepto de discurso de odio, normativizado jurídicamente en las legislaciones es, en realidad, un asunto lingüístico, una nueva idea presuntamente menor, que no entra en los manuales de historia de la disciplina a pesar de haber despertado gran interés entre las últimas generaciones de mujeres ocupadas del lenguaje, como Judith Butler y como tantas activistas anónimas. Algo parecido podría decirse de corrección política o de higiene verbal, que encontramos en las obras de Robin Tolmach [Lakoff] y Deborah Cameron. Además de la dificultad de conjugar campos diversos para renovar las perspectivas, en este caso estamos ante uno de los conceptos más difíciles de delimitar al que podamos enfrentarnos porque siempre depende de valoraciones construidas culturalmente y, por tanto, locales. Finalmente, todo discurso de odio es contextual: una misma palabra puede ser un vínculo de hermandad y afecto, como el nigger entre dos afroamericanos en Estados Unidos, e insultante cuando la pronuncia en relación con ellos una persona que goza de los privilegios derivados de ser blanca.

 

En ese sentido, Judith Butler nos previene: el discurso de odio solo puede ser rotulado como tal a posteriori y, por tanto, tendríamos que delegar en otras instancias, presumiblemente en los Gobiernos y en la literatura jurídica, el poder de definirlo. Esto podría volverse contra las víctimas. En los tribunales norteamericanos se legisla mucho sobre las palabras, de manera que esta advertencia de la autora incide en lo problemático del caso: la tendencia ha sido penalizar la representación de las sexualidades no normativas, mientras que las expresiones racistas no son tan claramente prohibidas. Frente a la propuesta habitual en los entornos activistas de censurar discursos susceptibles de producir odio, Judith Butler aconseja que las minorías se aprovechen de las características performativas del discurso para sus fines políticos resignificando las palabras ofensivas, tal y como la comunidad LGTB ha hecho con queer. Porque las tentativas de censurar un discurso lo hacen más interesante y contribuyen a propagarlo. No se trata de que el lenguaje racista, sexista u homófobo no sean ejercicios de poder que deban ser eliminados. Simplemente no emanan de un hablante soberano que exista antes del acto de habla y que, como responsable moral de la injuria, deba ser castigado. En la línea de Derrida, es la iterabilidad la que dota de poder a la palabra para causar la herida y este proceso excede las responsabilidades de quien habla. En español se hacen chistes sobre Lepe,

 

 

 

 

 

 

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suponiendo que sus habitantes son poco inteligentes. Lepe funciona porque fue iterado con ese sentido y otro pueblo no. La lengua tiene una vida social que excede a cada hablante y su ilusión de ser Humpty Dumpty. Pero repetir el insulto asociado a otros contenidos abre una puerta para que las palabras hirientes no consigan sus propósitos: la relación entre palabra y herida puede ser alterada.

La propia Judith Butler confiesa que en otra época el término queer la sobrecogía; pensaba que no estaba justificado repetir un nombre tan insultante. Pero el uso de la palabra en nuevos contextos sirvió para disminuir la ofensa y hasta transformó el término en un signo de reconocimiento afirmativo. Si el discurso de odio funciona como una cadena ritual, que reproduce convenciones previas, es posible que las personas al hablar se reapropien del significado y desemanticen una palabra hasta desalojar la carga injuriosa. La propuesta es absolutamente innovadora porque desafía tanto a la tradición del significado como a la práctica activista de la depuración. En una visión sociológica, como la de Bourdieu, que el performativo tenga o no éxito dependerá de la autoridad/prestigio de quien lo pronuncie. Es la hipótesis de Humpty Dumpty. Pero de esta manera se desatiende la capacidad resignificadora sustentada en que una fórmula se repita de un modo no convencional, que rompa con el contexto de origen, para que el cuerpo que habla, donde sedimentó con sufrimiento la injuria, pueda rehacer la historia y mirar hacia el futuro con el orgullo del reconocimiento, tal y como Rosa Parks, al sentarse en un asiento reservado para personas blancas, consiguió abolir las leyes discriminatorias.

 

Con esta estrategia punk las palabras pueden abrirse a la inestabilidad del significado e incluso algunas de aquellas prohibidas por determinados movimientos sociales pueden ser usadas entre amigos o en el humor y la creación artística sin permitir que sean instancias represoras las que decidan sobre el significado. Hacer la limpieza pudo ser visto como una actividad femenina; hacerla de manera que no condicionase todas nuestras vidas es una actividad feminista. Tal vez Judith Butler ya limpiase sobre limpio porque durante décadas el movimiento de higiene verbal, en los márgenes, había desatado la cuestión última: que el lenguaje que pensamos nos piensa. Pero lo cierto es que ella abrió una vía para explorar lo que significa hablar. Eso es filosofía del lenguaje, aunque no aparezca en los manuales de lingüística ni de filosofía. Todavía.

 

 

 

 

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Ü

8.4. LING ÍSTICA

 

INTERCULTURAL COMO

 

FILOSOFÍA DEL LENGUAJE

 

Hace unos años, Patrizia Violi (1991: 133) se refería a la teoría de la subjetividad de Émile Benveniste y al hecho de que fuese valorada en filosofía y en psicoanálisis de manera muy productiva, que ella juzgaba resultado de una atención superior a la que le había dispensado la lingüística. Evidentemente, los ecos de Benveniste en Maurice Merleau-Ponty o Paul Ricoeur son obvios. No se trata de reivindicar a este lingüista, que suele aparecer en los manuales, sino de demostrar una vez más que la mirada de género, en este caso la de Violi, se fija con frecuencia en lo que no ha tenido suficiente consideración. Con la perspectiva de estar transitando los márgenes y, por tanto, de precisar herramientas específicas, podría llegar a afirmarse que en las últimas décadas (i) se ha practicado una lingüística intercultural; (ii) que esta surge en paralelo con ciertas inquietudes llegadas de la filosofía política y la ética; (iii) que el problema de la tensión entre lo uno y lo diverso puede considerarse también filosofía del lenguaje, aunque este asunto no haya sido tradicionalmente considerado por la escuela analítica inglesa, convertida en paradigma inexcusable. En ese contexto sí puede haber una filosofía del lenguaje de filiación feminista.

 

 

 

8.4.1. ¿Integración de minorías o crítica de la razón occidental?

 

La conformación de las sociedades del siglo XXI, más plurales y mestizas que en otros periodos, ha venido empujando hacia la consideración, por lo menos teórica, del Otro. La llegada a Occidente de poblaciones migrantes arrastradas por los problemas económicos que la política internacional, también occidental, había creado, generaba nuevas formas de convivencia: barrios enteros lucían otras normas y múltiples cultos, en las escuelas había que decidir sobre las vestimentas o las dietas apropiadas para creencias diferentes y aparecían creaciones culturales hibridadas que hacían peligrar los símbolos nacionales. Todo provocaba un renovado interés por repensar la diversidad cultural y las normas de convivencia. Los Estados europeos habían abrazado ideales de presunta universalidad

 

 

 

 

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—sufragio, voluntad popular, concepto de nación o costumbres compartidas— que tal vez no lo eran tanto. Por un lado, las minorías llegadas de otras latitudes reclamaban el reconocimiento a sus diversas identidades y que les fuesen garantizados sus derechos con medidas permanentes, no dependientes de Gobiernos transitorios. Por otro, las mayorías insistían en que quien atravesaba sus fronteras lo hacía buscando un asilo ideológico o una oportunidad económica y debía instalarse en un mundo ya constituido, multiplicando bajo la forma de visados los requisitos exigidos para esa entrada. Al final, se trataba de negociar una política válida para una población que se había hecho variopinta. Con todo, quizá la anterior homogeneidad era una ilusión porque los modélicos estados siempre habían tenido desocupados permanentes, personas «sin techo», o recluidas en guetos racializados, incluso antes de que llegase la nueva categoría de «sin papeles». En esa negociación de las normas comunes, el debate, inicialmente legislativo, fue adquiriendo connotaciones filosóficas: si no se protegían, las culturas minoritarias serían fagocitadas por las dominantes; el contrato social aparentemente armonioso estallaría porque aceptar la diversidad obliga a negociar acuerdos, a cuestionar emblemas o divisiones administrativas, a dar cabida a cultos religiosos —con sus correspondientes días festivos— o a lenguas inusitadas.

 

La negociación multicultural ha sido abordada por la filosofía política. De hecho, retoma alguno de los problemas que de manera más reiterada han ocupado a la tradición filosófica occidental desde sus comienzos: la tensión entre la unidad y la diversidad. La universalidad o relatividad de los valores remite al debate sofista entre naturaleza y convención, a la pluralidad de modelos de buena vida de Aristóteles, a las pautas de justicia y deber de Kant. Simplemente, ahora, cuando la vertiente antropológica del conocimiento había establecido que los valores estaban culturalmente motivados, la resolución del puzle se hacía más compleja que en los tiempos de Voltaire, Rousseau o Maquiavelo, así como la filosofía se había hecho más consciente de los peligros de la opresión y el totalitarismo. Al interpretar la colonización de América como un genocidio, al revisar las masacres en la historia de África o, incluso, las guerras fratricidas en Europa, el pensamiento contemporáneo no podía tener mucha confianza en unas normas de convivencia justa emanadas de un pensador europeo aislado en sus lecturas[39], sin la experiencia de haberse dejado contaminar

 

 

 

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por el Otro. Los teóricos del Estado moderno resultaban ingenuos; las reacciones de los Estados del primer mundo no lo eran menos. Habían intentado suavizar su impacto sobre otros pueblos formulando cartas de derechos —derechos humanos, derechos de pueblos indígenas, derechos lingüísticos— que, además de ser papel mojado, continuaban redactadas con cosmovisiones occidentales. No bastaba con reconocer derechos y libertades para asegurar la justicia; el asunto estaba en legitimar la misma validez para las diferentes maneras de estar en el mundo si la afirmación de unas podría implicar la anulación de otras. Se había aceptado que el Otro existiese para alimentar la curiosidad de turistas o antropólogas/os; lo que parecía amenazante era que el Otro se instalase en nuestro territorio e intentase modificar nuestros puntos de vista.

 

El reconocimiento de culturas minoritarias en marcos democráticos aseguraba una práctica de derecho que no rompiese con la actitud cívica idealmente compartida, en la línea de Will Kymlicka o Jürgen Habermas[40], o de manera más específicamente lingüística en Stephen May (2013). Tal y como existen individuos críticos con su propia cultura de procedencia, habría que educar en valores de respeto a ese crisol de diferencias; habría que asegurar la convivencia con medidas de integración. El problema es, sin embargo, cómo continuar afirmando que las diferencias son valiosas si no se modifican los criterios de lo común. En sociedades constituidas a partir de migraciones, muy fragmentadas, como la estadounidense, las cosas pueden verse de diferente modo que en aquellas que han mantenido un único patrón. Y aun en las de este tipo, en muchos de los Estados europeos, ¿cómo se integra una sociedad como la gitana, tradicionalmente denostada, con verdadero respeto a sus diferencias? ¿En qué medida la legislación, en vez de hacerle un hueco, acogerá su manera de ver el mundo? El multiculturalismo, con diferentes firmas y una cierta presencia en las políticas progresistas, se enfrentaba al riesgo de ser folclórico, garantizando que se escuchase un tipo alternativo de música, se permitiese parar a una hora para rezar o se aceptasen restricciones alimentarias, sin atender a las tensiones que genera la convivencia en un marco realmente plural[41].

 

En este sentido, Slavoj Žižek (1997) advierte del peligro de identificar multiculturalismo con la mera coexistencia de modos de vida diferentes, lo que, al final, promueve la idea perversa de que el capitalismo es la verdadera cosmovisión, la verdadera cultura. En su órbita, de visión

 

 

 

 

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marxista y lacaniana, se ha venido desarrollando una crítica al multiculturalismo que señala la indiferenciación de las diversas identidades no favorecidas, mientras la clase dominante parece ostentar una identidad estable y bien organizada. La tarea filosófica consistiría en afrontar el debate de respetar las diferencias culturales sin perderse en su diversidad interna y mantener la perspectiva de que la homogeneidad del capitalismo es constante. Esta propuesta, claramente política, choca con otras vías de trabajo, como las emprendidas en torno a la textualidad, que llaman la atención sobre el hecho de que todo en la cultura es un simulacro, un relato puramente ficcional. Representados como posmodernos, una etiqueta que a veces arrastra una carga despectiva, filósofos como Baudrillard insistían en la idea, muy plástica y literaria, de que los discursos han perdido su sentido y se agotan en la fascinación, en lo espectacular. Sin embargo, los análisis del mundo financiero, imaginario pero capaz de tener claras repercusiones en lo real, consiguen saltarse las fronteras e Internet, aparentemente despolitizada, es pura ideología. Para Žižek las ideas dominantes no son las de los individuos dominantes; incorporan motivos de los grupos oprimidos y así vuelven a ser útiles para la dominación: poder y contrapoder se generan mutuamente. La diversidad se tolera, pero no modifica el pensamiento único en que nos estamos sumergiendo.

 

Por muy somera que esta presentación deba ser, no estaría completa sin mencionar una tradición diferente sobre el Otro: la crítica contra el eurocentrismo lanzada en las últimas décadas desde los estudios culturales y poscoloniales. El problema no es siempre la integración y son muchas las vías que se abren para una ética de lo híbrido, para una cultura del intercambio, que sea realmente intercultural. Los mismos principios que sustentarían el derecho a preservar cultos o lenguas propias podrían servir para justificar limpiezas étnicas o una educación discriminatoria para las mujeres. La tensión entre lo uno y lo diverso transita entre la balcanización y la uniformización. Homi Bhabha (2002: 213) advertía que las periferias no están pobladas por fuerzas aliadas entre sí: cuestiones de diferencia racial y cultural se solapan con problemas de sexualidad y género, y determinan las alianzas sociales de clase. El tiempo para asimilar minorías o nociones holísticas y orgánicas ha quedado atrás.

 

En una revisión fuerte de todos los conceptos emanados de Occidente y sus categorías binarias, el pensamiento poscolonial resitúa los conceptos.

 

 

 

 

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La multiculturalidad —ya no el multiculturalismo— equivale a diversidad, no a diferencia, y la educación se compromete no con una simple multiculturalidad como exposición de diferencias, sino con una interculturalidad, es decir, con una presentación crítica y reflexiva que rechace toda jerarquía entre las diferencias. La perspectiva poscolonial repiensa el consenso liberal e insiste en los procesos de alteridad, volcándose en los materiales textuales que la producen o la niegan. Así, Edward Said (1994) se refería a cómo la literatura europea justificaba la opresión en los territorios colonizados y Gayatri Spivak (1999) insistía en que la idea de informantes nativos/as, tan atractiva para la antropología, no aportaba una perspectiva real; era producida por el propio artefacto antropológico para hacer posible su investigación. En sus palabras, lo patético del trabajo poscolonial era que en él «hasta los verdaderos subalternos se volvían completamente insoportables». La línea de los estudios culturales y poscoloniales venía a reivindicar que los seres humanos fuera de Europa y de Estados Unidos también piensan (Mbembe, 2013; Dabashi, 2015), que la realidad no podía continuar siendo analizada desde los fundamentos de las universidades de prestigio, en sociedades privilegiadas, con investigaciones hechas exclusivamente por los agentes oportunos: hombres blancos, heterosexuales, de mediana edad, educados en modelos burgueses y hablantes de lenguas con presencia en el llamado «mercado» internacional de la cultura.

 

 

 

8.4.2. La negación del Otro y el asesinato de sus lenguas

 

Tanto la filosofía como la lingüística han practicado modelos claramente eurocéntricos: han privilegiado figuras europeas o estadounidenses, han continuado las tradiciones surgidas en el mundo occidental y menospreciado otros acercamientos y, finalmente, han privilegiado las lenguas de esos entornos. En el caso lingüístico no es difícil demostrar que las lenguas actuaron como dispositivos colocados al servicio de los grandes proyectos imperialistas en el dominio de las Américas o de África: las primeras gramáticas del español y del portugués llevaban implícito ese objetivo de servir a determinados intereses patrióticos. A partir de ahí, las instituciones académicas han difundido la falsedad de que el mundo habla sobre todo lenguas europeas: cuando se pregunta cuáles son las lenguas

 

 

 

 

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más habladas del mundo, la relación suele incluir, además del omnipresente inglés o del español, variedades como francés, alemán, ruso o italiano; nunca otras como urdú, tamil o javanés, con un número de hablantes igual o superior y que, en todo caso, están entre las 20 lenguas más habladas del mundo. En un ensayo rebelde y lúcido al que he hecho referencia en varias ocasiones, Hamid Dabashi (2015: 76) ya alertaba sobre lo que este ombliguismo podía implicar:

 

Y los pensadores fuera del ámbito de estos filósofos europeos: ¿cómo los vamos a nombrar, designar y honrar con el epíteto de «intelectual público» y aprender con ellos en la era de los medios de comunicación globalizados? […] ¿Por qué un estornudo de Mozart es «música» (y creo que hasta el estornudo del gran genio fuese melodioso), pero las ragas musicales indias más sofisticadas son objeto de «etnomusicología»? ¿No será ese etno- también aplicable al pensamiento filosófico que los filósofos indios practican, de tal forma que su pensamiento esté más sujeto al estudio de campo e investigación antropológica por parte de Europa Occidental y de América del Norte?

 

La apertura hacia territorios diferentes ha sido una característica que los estudios culturales han venido a introducir en la agenda de la filosofía, como ya hemos visto, y en la de la lingüística. En este entorno, después de los debates teóricos de los años cincuenta y sesenta, comenzó a apreciarse cierto cansancio al respecto de la elucubración y un renovado interés por los inventarios de datos reales. La lingüística de corte antropológico siempre había sostenido que era difícil que los conceptos teóricos de la gramática, como sujeto, adjetivo calificativo o género femenino fuesen válidos si el material empírico en que se sustentaban se extraía únicamente de unas pocas de entre las lenguas realmente habladas. El asunto se complicó cuando Michel Krauss (1992) dio la voz de alarma: a finales del siglo XXI el 90 % de las lenguas que por entonces se hablaban aún en el planeta habrá desaparecido. Esa alarma acusó el interés por describir aquellas lenguas que todavía no habían entrado en la teoría gramatical, pero, sobre todo, lo que ahora nos interesa es que vino a crear una nueva ética de la investigación: continuar teorizando sobre lenguas europeas

 

 

 

 

 

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implicaba cultivar un jardín de pitiminí, una lingüística miope, satisfecha con sus propios límites y eurocentrada. El principal problema que se abría a la lingüística del siglo XXI consistía en comprometerse con su objeto de estudio y defender las lenguas como espacios para la libertad democrática y la diversidad cultural.

 

Por impacto de la globalización, las lenguas están desapareciendo a una velocidad inédita en cualquier otro periodo histórico, hasta el punto de que en un par de generaciones el mapa del patrimonio lingüístico de la humanidad puede verse modificado de modo sustancial. La esperanza en el progreso económico está alejando a las personas más jóvenes de las culturas tradicionales y de sus lenguas. Adquirir una variante bien instalada en el que, con poco acierto y enorme peso del capitalismo, se llama mercado mundial —una lengua con mayor número de hablantes, más prestigiosa, declarada oficial— se identifica con la promoción social del individuo. Considerada una oportunidad de futuro, la lengua prestigiosa recibe una adhesión inmediata, mientras que la lengua materna ya no se transmitirá a la siguiente generación porque es vista como rústica, inútil o como parte de un mundo antiguo hacia el que se muestra una absoluta indiferencia.

 

La mayoría de los tratados clásicos en lingüística usaban la calificación de moribundas para lenguas con escaso número de hablantes y en franco retroceso social. La expresión de lenguas muertas, en cambio, se reservaba casi exclusivamente para prestigiosos idiomas del pasado, como el latín o el griego clásico. Muertas parecía significar aquí que, desgraciadamente, los bárbaros habrían acabado con todo: romperían las estatuas de mármol y declinarían con escasa sutileza hasta acabar por confundir aquellas maravillosas diferenciaciones que realizaban los pueblos antiguos. A partir de Krauss, sin embargo, la etiqueta pasa a incluir las lenguas desconsideradas, ausentes de la tradición lingüística y destinadas a morir en un futuro inmediato. El cambio terminológico es interesante y muchos lingüistas se han involucrado en una polémica con todas las características de la interculturalidad. Finalmente, insisten quienes comparten la óptica tradicional, las lenguas han muerto siempre, y citan acadio, hitita, lidio o semejantes, es decir, lenguas de antiguas civilizaciones que aparecen descritas en los atlas y, no por casualidad, con una curiosa cruz cristiana antepuesta a su nombre, como una bendición, un R. I. P. En este contexto, la voz de una lingüista contemporánea, Tove Skutnabb-Kangas (Finlandia,

 

 

 

 

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n. 1940) se ha alzado para insistir en que la etiqueta de muerte de lenguas es timorata: las lenguas no se mueren, son asesinadas.

 

Creo que puede hablarse con toda propiedad de una lingüística intercultural en un sentido que sobrepasa el creciente interés por describir lenguas exóticas: la interculturalidad compone un nutrido activismo latente en círculos lingüísticos, ambientes literarios y contornos activistas variados. El escritor y teórico de las literaturas poscoloniales Ngũgĩ wa Thiong’o anima a las y los escritores de África a escribir en sus lenguas nativas y liberarse de toda colonización mental. Su prosa documenta los castigos corporales infligidos en la escuela a las y los niños keniatas como él que, en lugar de inglés, hablasen kikuyu. Hace unas décadas, como en tantos lugares con lengua propia diferente de aquella que el Estado quiere promover, el «culpable» de hablar kikuyu en las proximidades de la escuela era azotado o recibía una placa de metal que se colgaba de su cuello con la inscripción soy un burro: el conflicto entre las lenguas en contacto es todo menos inocente. En sus palabras (1993: 73-74):

 

Cuando las naciones están en términos de igualdad e independencia, tienden a encontrar la necesidad de comunicarse cambiando la lengua de manera recíproca. Pueden escoger la lengua del otro simplemente para facilitar la comunicación en sus relaciones con él. Pero cuando son opresoras y oprimidas, como sucedió en el imperialismo, las lenguas no pueden experimentar un encuentro genuinamente democrático. La nación opresiva usa la lengua como un medio para hacerse fuerte en la nación oprimida. […]. Será escusado decir que el encuentro entre el inglés y la mayoría de las lenguas de los países del tercer mundo no ocurrió en condiciones de independencia e igualdad. Inglés, francés y portugués llegaron al tercer mundo para anunciar la llegada de la Biblia y de la espada. Ellos vinieron clamando por el oro, el oro de los esclavos negros encadenados, oro que brilla como sudor en fábricas y plantaciones. Si el arma fue lo que volvió posible la explotación del oro y lo que permitió el cautiverio político de sus legítimos propietarios, fue la lengua lo que permitió la captura de sus culturas, valores, y, finalmente, sus mentes.

 

 

 

 

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Después de leer la denuncia de Thiong’o, el dato proporcionado por Tove Skutnabb-Kangas (2000) de que, de las 1200 lenguas originales de África, ninguna es usada como medio de instrucción en los centros de enseñanza secundaria adquiere otra lectura: la época colonial no ha concluido porque la globalización trabaja en el mismo sentido. Tove Skutnabb-Kangas ha sido escogida aquí para representar la visión del paradigma intercultural porque en su defensa de las lenguas minorizadas ha llegado a señalar que la escuela es uno de los más importantes agentes de extinción masiva de lenguas. Su documentada visión del genocidio lingüístico practicado en la educación formal da cuenta de numerosos ejemplos relevantes que resumiremos con el caso de los samis, el último pueblo aborigen de Europa. La nación sami está dividida entre Finlandia, Noruega, la península de Kola —dentro de la Federación Rusa— y Suecia y tiene una población aproximada de entre 65 000 y 120 000 individuos. En un área particularmente dura para la vida, ese grupo étnico desarrolló nueve lenguas sami diferentes, de manera que, para favorecer el entendimiento mutuo, usan una lengua franca, el skolt. En la década de los ochenta el skolt no era utilizado en las escuelas, donde la enseñanza solo se practicaba en las variedades oficiales de los Estados correspondientes. Satu Mosnikoff, una profesora finlandesa compañera de un sami, fue la primera docente en introducirlo en las aulas y llegó a demostrar el positivo impacto de esta medida en los resultados académicos de sus estudiantes. Pero Mosnikoff usaba una ortografía propia, un artefacto que entró en conflicto con la transcripción diseñada por un nativo y acabó viéndose obligada a abandonar su proyecto. Como consecuencia, hoy no se aprende en skolt en la escuela sami. Skutnabb-Kangas documenta otros muchos casos donde las políticas educativas son decisivas para la pérdida de lenguas, un extremo que constatan las investigaciones de la lingüística africana (Djité, 2008; Ouane y Glanz, 2010).

 

Como se ha indicado, el asunto de la muerte de las lenguas entró en la lingüística contemporánea envuelto en polémica. Algunos autores minimizan su impacto en el mundo actual, señalando que las lenguas han muerto siempre[42]. Otros lo relacionan con catástrofes naturales y proponen que se describan rápidamente las lenguas que aún conservamos para tenerlas documentadas[43]. Son muy activos también los grupos que recurren a cartas de protección como la Declaración Universal de Derechos Lingüísticos. Finalmente, está el grupo de lingüistas que apuntan

 

 

 

 

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a las condiciones políticas como causa y promueven conductas profesionales diferentes: la lingüística debe describir las lenguas antes de que desaparezcan, pero también comprometerse con su conservación como una fuente de riqueza. Esta es la clave de la interculturalidad, que subsume el programa conocido como ecolingüística, pero también incluye trabajos de planificación lingüística de corte aplicado:

 

El paradigma del genocidio lingüístico (que sostengo) defiende que la mayoría de las lenguas hoy no se mueren por muerte «natural». El lingüicidio implica que existen agentes implicados en causar la muerte de las lenguas. Estos pueden ser activos o pasivos […]. Las políticas pasivas, especialmente en la educación, son decisivas. El genocidio es un concepto análogo al de racismo, sexismo, clasismo, edadismo y una coarticulación de todos ellos (Skutnabb-Kangas, 2000: 369).

 

La contundencia de Skutnabb-Kangas en las anteriores declaraciones todavía se ve realzada en la última frase, que apunta a una serie de discriminaciones diferentes. Todas ellas tuvieron algún desarrollo en el movimiento de higiene verbal antes aludido y lo que ahora advertimos es su transformación en guía para reorientar el aparato conceptual de la disciplina y las prioridades en la agenda de objetivos de la investigación. En ese sentido, al menos, estamos ante una aproximación filosófica.

 

 

 

8.4.3. La lingüística intercultural/ecológica como losofía del lenguaje (renovada)

 

Esa lingüística que se vuelca sobre la diversidad tiene una lectura en términos ecológicos que viene siendo productivamente desarrollada[44]. Su componente crítico se advierte en un rechazo a las limitaciones anteriores. Durante mucho tiempo parecía imposible reunir informaciones fiables sobre variedades distantes de los principales centros de investigación, pero ya hace décadas que Internet permite moderar las dificultades de la distancia espacial y publicar la información obtenida para su posterior verificación y contraste por parte de toda la comunidad científica. Su carácter crítico implica una negación del perfil de los atlas que pueden

 

 

 

 

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colocar en su introducción una estimación aproximada del número de lenguas en el mundo, diciendo, por ejemplo, que son unas 3000, y a continuación, dar información de 300, sin aclarar por qué no se incluyen las demás. La estimación del número de hablantes varía demasiado de proyecto a proyecto, los nombres de la lengua no coinciden en los diferentes inventarios —lo que genera confusión—, las comunidades que hablan esas pequeñas lenguas del mundo son descritas como tribus —lo que sugiere que son consideradas de manera despectiva—, su historia externa se presenta como conflictiva —ocupaciones del territorio, exilios forzados, migraciones—, como si la de las lenguas bien asentadas fuese pacífica; su historia interna aparece como desconocida para la propia lingüística que se enorgullece de ser la ciencia del lenguaje por excelencia. Además, habitualmente los datos lingüísticos parecen secundarios frente a apreciaciones culturales genéricas —como asegurar que sus hablantes son animistas o chamanistas—, de manera que muchas de las posibilidades de respetar al Otro que implica su estudio desaparecen. Pero quizás la característica más importante es que faltan referentes. Nunca se habla de que Kofi Annan, que llegó a ser secretario general de la ONU, nació en Ghana y habló fante antes que inglés. No se habla de que Philip Emeagwali, científico de la computación, nació en Nigeria y fue criado en varias lenguas no europeas. No se habla de las primeras lenguas de Christopher Chetsanga, doctor en bioquímica y biología molecular y prestigioso científico de Zimbabue, o de Kiran Mazumdar-Shaw, una reconocida biotecnóloga india de lengua gujarati. Evidentemente, un atlas no tiene que hacer funciones pedagógicas, pero, al filtrar la información de que una lengua es hablada por un grupo nómada dedicado a la ganadería que practica el animismo, sin vincularla a referentes cultos, contribuye a menguar su prestigio.

 

El hecho de que algunas personas críen a su prole en una variedad con la que creen mantener vínculos ancestrales, aunque no sea su lengua materna, evoca una responsabilidad con el patrimonio cultural, porque lo cómodo, evidentemente, sería expresarse en la lengua dominante. Esa voluntad individual y colectiva, además de un ejercicio de resistencia, alimenta una nueva lingüística de vocación intercultural. Aunque esta etiqueta no aparece en los manuales al uso, constituye un quehacer ecológicamente entrañado con orientación política y vocación ética. Resitúa el objeto de estudio en una posición que no emana del programa

 

 

 

 

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especializado propio de una ciencia, es decir, sobrepasa los círculos categoriales en el sentido anteriormente sugerido por Gustavo Bueno. El problema de las lenguas se ha convertido así en un problema filosófico: atiende a la historia de las comunidades y a sus procesos de conceptualización de la realidad, redescribe los fundamentos de una disciplina y sus objetivos, genera un diálogo interno —sobre las leyes que protegen esas lenguas y sobre las campañas de reparación de ese legado cultural—, advierte de los peligros de la pérdida.

 

Para completar el perfil de estos trabajos es preciso mencionar todavía el problema de los suicidios rituales. Se han documentado diversos ejemplos de comunidades que quieren desaparecer. Entre los guarani-kaiowá de Brasil, por ejemplo, se registra un suicidio juvenil por semana. Este estilo de genocidio silencioso, como lo llama la antropología, se verifica también en la comunidad nunak de Colombia, en la comunidad attawapiscat de Canadá y entre varios grupos aborígenes australianos. Se trata en todos los casos de pueblos que no encuentran vías en el mundo actual para mantenerse diferentes de la cultura blanca dominante —de la homogeneidad del capitalismo, en palabras de Žižek— y tampoco quieren pertenecer a ella. Dejan de tener descendencia y de proyectarse en el futuro. El asunto puede ser descrito con la asepsia habitual en la ciencia, sugiriendo simplemente que esas lenguas se quedan sin hablantes, o formulando las preguntas últimas: ¿qué mueve a esas personas para querer desaparecer? ¿Cuáles son los problemas de la diferenciación cultural? ¿Qué tipo de vínculo sentimental o racional existe entre la persona hablante y su lengua materna? No parece descabellado pensar que, si estas son preguntas filosóficas, la investigación lingüística que las formule estará haciendo filosofía. Si esta filosofía no fuese «del lenguaje», ¿de qué podríamos estar hablando?

 

La perspectiva de género que hemos pretendido desarrollar a lo largo de estas páginas reclamaba no centrarse en la construcción de un santoral paralelo de autoras olvidadas. Desde el principio, mencionamos que se trataría, más bien, de considerar cómo los temas periféricos, las ideas menores, estaban vinculados a sujetos marginales, que muchas veces serían mujeres. Desde el principio, aludimos a otras lingüísticas. En este último campo esas otras perspectivas, indigenistas, racializadas, interculturales, ecológicas o como quiera que sean llamadas establecen una poderosa alianza con el género. Todas ellas son perspectivas oblicuas o no

 

 

 

 

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centrales para la historia de una disciplina que ha sido marcadamente eurocéntrica. Los estudios sobre las diversas lenguas nacieron vinculados a prácticas de dominio: aprendemos las lenguas de otros pueblos porque no los comprendemos y consideramos positivo para el comercio o para el intercambio de ideas —y obsérvese que ambos objetivos son bastante diferentes— entenderlos mejor. Inmediatamente, la práctica de traducción o la descripción gramatical es adoptada por el poder como una obscena arma política. Que el concepto mismo de gramática remita a la Antigüedad grecolatina no es casual. Ni tampoco es casual que los estudios gramaticales a gran escala comenzasen con la conquista del Nuevo Mundo. El panorama no es muy diferente del que se observaba en las demás ciencias: la Europa blanca, moderna y tecnologizada, con su propia ética sobre la propiedad o el crecimiento impuso su punto de vista al resto del planeta. En este contexto, el término imperialismo puede parecer excesivamente ideologizado. Por eso, en busca de una cierta mesura tiende a ser sustituido por eurocentrismo. El cambio es interesante también para no circunscribir el proceso al periodo colonial, porque lo innegable es que nunca las diversas lenguas pesaron lo mismo. Y calibrar esas diferencias de peso es, también, una tarea filosófica.

 

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8.5. LING ÍSTICA EN FEMENINO:

 

NUEVAS REGLAS DE JUEGO

 

El volumen publicado por Alice Davison y Penelope Eckert (1990) sobre lingüística y mujeres recogía un encuentro universitario del año anterior. Basta con leer las contribuciones allí incluidas para observar que las lingüistas hace 30 años integraban el problema del sexismo, que las reunía, con otras discriminaciones; en particular, casi todos los trabajos se referían a la homofobia y al racismo. 10 años más tarde y en un trabajo no específico sobre género, Tove Skutnabb-Kangas (2000) identificaba los problemas de supervivencia de lenguas amenazadas con la prevalencia de determinados poderes que acusaba de discriminatorios por razón de género, edad y habilidad. Una lectura transversal nos coloca sobre la pista de que lingüistas diferentes, en subcampos y países distintos, desarrollan una misma sensibilidad que muestra rebeldía hacia una lingüística desentendida de esos problemas y, al tiempo, trabaja por instaurar unas

 

 

 

 

 

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nuevas reglas de juego. Las autoras son muchas y tan diferentes como todas las que hemos ido mencionando, desde sociolingüistas como Susan Romaine o Deborah Cameron a filósofas como Judith Butler, desde autoras orientadas a lo pedagógico como Angela Goddard y Lindsey Paterson a otras que apenas comparten experiencias en un encuentro entre profesionales, como las reunidas en el compendio de Alice Davison y Penelope Eckert. En todos los casos resalta una evidencia: en los últimos tiempos muchas académicas han considerado que su sensibilidad política al respecto de determinados temas no estaba desgajada de su actividad profesional. Estas especialistas cultivan sus campos con el rigor esperable, pero no solo lo hacen desde el púlpito de la academia, sino que nos permiten observar la huella de los movimientos sociales donde también están presentes. Se dejan influir e influyen. A veces solo denuncian prácticas intolerables o improcedentes, pero en algunas ocasiones teorizan. Y lo hacen ya en un marco que no es específicamente lingüístico: convierten el tema en una disculpa para preguntarse por las causas últimas. Todas ellas se han encontrado con Humpty Dumpty, quien les ha dicho que las palabras significarán lo que él quiera si tiene el suficiente poder para imponer su punto de vista. Y ellas han perforado las grietas por donde ese punto de vista se derrama. Han amasado las ideas, les han dado otra forma, inventando conceptos nuevos, como higiene verbal o genocidio lingüístico. Lo han hecho de manera escrupulosa, muchas veces fuera de un círculo influyente que les otorgue un papel en un manual de historia de la lingüística, pero tampoco serán reclamadas para aparecer en otro de filosofía del lenguaje. La articulación administrativa es rígida en este sentido y renueva, tarde y mal, sus propósitos. No importa si están abordando problemas lingüísticos desde todos los enfoques posibles, no solo desde los emanados de su marco categorial. No importa si escriben cientos de páginas rigurosas: lo que es filosofar sobre el lenguaje está establecido y no coincide con esto. Pero lo menos importante en estos casos son las etiquetas.

 

Los temas que se han escogido como ilustrativos de este capítulo pueden parecer desconectados. No lo están tanto como a primera vista pudiera parecer. La hipótesis inicial es que la lengua determina nuestra manera de ver el mundo. A partir de ahí, es lógico que surjan diferentes aproximaciones. La primera de ellas sugiere que, siendo esta hipótesis cierta, algunas discriminaciones implícitas en los usos tradicionales de las

 

 

 

 

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lenguas se estarían inoculando en la población, se estarían reproduciendo. Aquí se inicia la depuración que fue, y continúa siendo, un objetivo prioritario en el activismo. Los movimientos sociales se instalaron ahí. En un momento determinado una sociedad permite la proliferación de ideologías conservadoras y patriarcales, de donde arrancan insultos como puta o maricón. En el momento siguiente, estas formas se desemantizan; ya no aluden a las prácticas sexuales que originalmente se estigmatizaron con ellas, sino que las y los hablantes insisten en usarlas sin propósito de insulto o incluso con tono apreciativo: son juegos del lenguaje. No parecen darse cuenta de que cuando llaman a alguien puta o maricón como broma, lo que están haciendo es asegurar a gritos que no lo es —«puta, que quiero decir que no eres puta, sino amiga»—, con lo cual subrayan que la verdadera pertenencia a los grupos denostados sí sería negativa.

 

Las autoras que hemos recogido no siempre coinciden con el punto de vista de los grupos feministas, aunque también lo sean. Ya vimos en el capítulo 7 que la feminista Deborah Cameron critica muchas de las propuestas de «las feministas», introduce matices, niega que haya un propietario final de la lengua: su paseo con Humpty Dumpty es productivo. También lo es el paseo de la posfeminista Judith Butler, aunque a su vez diferente. La reapropiación de términos ofensivos sirve para contraatacar (Butler, 1997: 53-4). Censurar el lenguaje de odio puede fortalecerlo y, finalmente, no se trata de acribillar con críticas a quien habla, que va a quejarse del control que se hace de su libertad. Nadie puede construir un nuevo lenguaje de la nada, pero sí puede alterarse el círculo vicioso que nos condena a repetir significados estereotipados y visiones del mundo obsoletas. Dar nuevos significados a los insultos liberará el lenguaje de todos y todas: al final se trata de reapropiarse de lo que nos habían quitado.

 

Charlar con Humpty Dumpty es también la actividad que se emprende en la lingüística de corte ecológico y en otras extensiones de un quehacer sobre las lenguas volcado hacia la interculturalidad. Si las palabras determinan nuestra visión del mundo, restringir nuestra atención a las lenguas hegemónicas es arrodillarnos ante esa óptica, renegar de los diversos legados culturales y, al final, hacer del mundo un lugar más pobre. Si cada comunidad tiene una manera propia de ver la realidad, preservar todas las lenguas no es ya una cuestión que pueda quedar al albur de políticas ocasionales, ni siquiera puede depender de la voluntad, o

 

 

 

 

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del grado de organización de fuerzas, de sus hablantes. Porque, al igual que un planeta con su biodiversidad menoscabada está en peligro, un planeta con menos cosmovisiones está peor preparado para subsistir. Tove Skutnabb-Kangas, en su paseo con Humpty Dumpty debió de apostillar: «Si las palabras van a significar lo que tú quieras que signifiquen, asegúrate por lo menos de que sean bastante diversas; tendrás más posibilidades». Estaba reclamando las lenguas como patrimonio cultural de la humanidad, de la misma manera que pueden serlo la Capilla Sixtina o el Taj Mahal. Nadie con una mínima sensibilidad podría argumentar, como hacen hoy tantos lingüistas, que estos monumentos pueden ser destruidos mañana porque los monumentos han sido destruidos siempre. El enfoque intercultural en lingüística ofrece una perspectiva no nacional de las lenguas: no se trata de defenderlas porque sean nuestras y solo en el caso de que sean nuestras; todas ellas son patrimonio compartido de la humanidad.

 

Puede llamar la atención de una lectura atenta que, aunque ha sido mencionada varias veces, la raza no haya merecido un apartado específico. Era lógico que estuviese. Porque el racismo es uno de los objetivos de la depuración emprendida por la higiene verbal y porque su presencia es bastante evidente en toda la rama intercultural —la cual, al final, solo está acusando de racismo a la práctica de pensamiento occidental—. Lengua y raza están ligadas a la crítica colonial y a la disputa de poder y, por esta razón, su presencia es constante en la línea antropológica de las ideologías que ya hemos mencionado. Una voz filosófica tan potente como la de Angela Davis (1981, 1990) ha modulado la noción de raza en alianza con las de clase y género en el contexto posmoderno que abre el feminismo a la pluralidad del Otro. Y muchos nombres de mujer en la lingüística reciente han tratado la intersección entre género y raza (Green, 2002; Hill, 2008; Bucholtz, 2011), han observado que el perfil de hablante nativa/o se usa para minorizar otras etnias (Lippi-Green, 1997; Aneja, 2016), han estudiado cómo el racismo se infiltra en el humor (Chun, 2004) o se han referido a la creación de identidades étnicas como espacios de resistencia (McElhinny, 2010; Veronelli, 2015; Vigouroux, 2017). En el entorno de las lenguas románicas interesan especialmente los análisis sobre el grupo hispano (Fought, 2003; Mar-Molinero y Stewart, 2006). En cualquier caso, en los últimos años la lingüística ha puesto en práctica el modelo filosófico intercultural en una intersección productiva con el género, de manera que

 

 

 

 

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la multiplicidad de las otredades ha venido a desestabilizar el antiguo sujeto centrado y fuerte y también ha dinamitado su autoridad.

 

Convendría todavía aludir a un aspecto que queda fuera de la perspectiva de género. Con cierta frecuencia en los manuales de lingüística sí aparece la figura del sociólogo de la educación Basil Bernstein (1924-2000). Su obra remite a la diferencia entre códigos restringidos y elaborados. Los primeros son contextuales, enmarcados en la producción material y habitualmente empleados por el proletariado. Los elaborados, en cambio, más universalistas e independientes del contexto, sirven a la reproducción del control simbólico y son usados por la clase dirigente. La escuela, como otras instituciones, premian a quien usa el código elaborado, de manera que el fracaso escolar, habitual en la clase trabajadora, responde a un proceso social arbitrario: la escuela actúa de forma selectiva, agigantando las diferencias de clase en ese esquema cultural. Estas teorías, con sus resonancias en Bourdieu y su modelo de la reproducción y el buen gusto burgués, también aplicable a la escuela, fueron llevadas desde su contexto a otro muy diferente. Al final sirvieron, mal interpretadas o manipuladas, para «justificar» que el Black English era una pésima manera de hablar inglés que influía en el fracaso escolar. Lo que nacía como una propuesta de clase, comprometida con el bienestar social, acababa garantizando a su autor un lugar ciertamente extraño en el progreso de las ideas, como si su formulación hubiera sido racista desde el comienzo. Estamos ante un nuevo ejemplo de márgenes en la lingüística, aunque no sean femeninos. Mientras algunas autoras claman con acierto por reubicar este autor en las ideas lingüísticas (Lucíola Santos, 2003), el caso puede servir para ilustrar que los márgenes están feminizados, pero no solo habitados por ellas. Al final, la historia es una escritura lenta, que permite modificaciones. Por eso es tan productivo charlar con Humpty Dumpty.

 

 

 

 

8.6. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE CON ORIENTACIÓN DE GÉNERO

 

ANEJA,  Geeta  (2016):  «Rethinking  Nativeness:  Toward  a  Dynamic Paradigm of (Non)Native Speakering», Critical Inquiry in Language

 

 

 

 

 

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TERCERA PARTE

 

POSIBILIDADES

 

DE REESCRIBIR LA HISTORIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 9

 

LA VIDA ÍNTIMA DE LAS LINGÜISTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Una de las razones por las cuales el trabajo de las mujeres ha sido mal entendido o ignorado es que a rma un conjunto de valores que di eren de la cultura dominante. Parece obvio que una mujer artista que vaya a su estudio todos los días y compruebe la evidencia clara de sus habilidades verá que los valores de la sociedad que la de nen como pasiva e inferior no pueden ser correctos. Si desafía esos valores, inevitablemente desa ará a otros cuando descubra en su jornada creativa que la mayor parte de lo que se le ha enseñado a creer sobre sí misma es inexacto y está distorsionado».

 

JUDY CHICAGO y MIRIAM SCHAPIRO, artistas plásticas

 

 

 

9.1. DIOSES QUE SIEMPRE

 

DEFRAUDAN

 

Con el evocador título de «Dioses que siempre defraudan», Edward Said abría la última parte de sus Representaciones del intelectual (1994). La idea de fondo de todo el ensayo era revisar los compromisos y peligros ideológicos que rodean a las figuras que una sociedad va destacando como referenciales. Las ideas que el/la intelectual representa deben implicarse con la emancipación y la ilustración, entendidas no como abstracciones apáticas a las que se rinda pleitesía, sino como potencialmente vinculadas a la experiencia de la pobreza, la marginación o la falta de voz de quien no tiene acceso al poder. Frente a cualquier ideario, conviene conservar en la mente, en la visión de Said, un espacio abierto para la duda y para una medida de ironía atenta y escéptica (1994: 141). Bajo la inspiración de su propuesta, muchas trayectorias femeninas en la investigación pueden revisarse de manera productiva. Como ya he indicado en los primeros capítulos, una lingüística con perspectiva de género no consiste en sustituir

 

 

 

 

 

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los nombres masculinos por nombres femeninos con la idea de asegurar que ellas también han estado, aun cuando sus contribuciones fuesen menores. Es preciso reconocer que, a veces, las revisiones de género exageran su entusiasmo: encuentran tal mujer desempeñando tal tarea y concluyen que, si no conocemos su legado, es porque la disciplina es sexista. Hasta cierto punto sería deseable que todo fuese tan sencillo. En realidad, para la revisión de género de una disciplina se precisa un distanciamiento crítico, lo que, en palabras de Said —revisadas para feminizarlas—, exige conservar la autonomía de la francotiradora y de la escéptica antes que la cualidad vagamente religiosa de una auténtica creyente. Eso supone reordenar el panorama: ¿es cierto que las contribuciones han sido menores? ¿Por qué? Si fuese porque ellas no estaban en el lugar oportuno en el momento adecuado, podríamos acudir a la explicación sociológica sobre la desventaja de ser mujer y la consiguiente marginación en el trabajo intelectual. Pero muchas veces, y esto es más revelador, las ideas ascienden a la consideración de fundamentales por ingredientes externos, que nunca se dan en el caso de que hayan sido cultivadas por agentes ajenos al perfil canónico de científico: un hombre de procedencia burguesa, blanco y heterosexual, que consagra su vida a mantenerse en el escalafón cultivando una fuerte competitividad.

 

En este sentido, los enfoques destinados a recuperar mujeres de la historia son limitativos. No cuestionan los criterios de selección, o lo hacen mínimamente. Añaden nombres femeninos a un canon que mantienen inalterado. En contrapartida, y para mantener el espíritu crítico que aconseja Said, en las presentes páginas no nos hemos ocupado tanto de recuperar desconocidas practicantes de ciencia normal, en el sentido de Kuhn, cuanto de ofrecer versiones alternativas que desenmascaran algunos prejuicios o errores en la investigación previa y que permiten reformular el orden de prioridades. En lugar de preguntarnos por las ausentes, la tendencia ha sido revisar las presentes. En lugar de asumir un canon intocable con su apéndice de mujeres, se ha pretendido demostrar que, al haberlas difuminado, se estaba prescindiendo de determinadas hipótesis, procedimientos o temáticas y, en consecuencia, la perspectiva era más limitada.

 

En 2005 Siobhan Chapman y Christopher Routledge publicaban un volumen sobre grandes figuras en lingüística y filosofía del lenguaje[45].

 

 

 

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Era interesante, desde luego, no solo la ambición de la propuesta, sino también que las dos disciplinas, habitualmente divididas como campos de conocimiento diferentes, esta vez se presentasen unificadas, tal y como aquí se ha defendido. Como es obvio, la selección de autoridades en el compendio dependía del punto de vista de sus autoras/es. Nada hay que replicar a que se incluya Aristóteles, por ejemplo, pero se podría censurar que se dediquen más de seis páginas a Aristóteles, dos a Franz Bopp y solo una a Bronislaw Malinowski o ninguna a Steven Pinker y Howard Gardner (Sew, 2007); también que no se incluyan perspectivas sobre el lenguaje en acción, donde podrían caber propuestas artísticas que han trabajado específicamente el lenguaje, como la obra visual de Nancy Spero, o aquellas centradas en la ausencia de lenguaje, como toda la corriente de pensamiento zen que cultiva el silencio —un concepto solo en apariencia opuesto al de lenguaje—. Ni siquiera, en honor a Said, se va a criticar que falten importantes figuras femeninas contemporáneas que han cultivado aspectos centrales en la disciplina —no los periféricos que hemos desarrollado en los capítulos anteriores—, como Joan Bybee, Marianne Mithun, Suzanne Romaine, Tatiana Slama-Cazacu, Sandra Thompson, Moira Yip o Anna Wierzbicka, cuyos logros son semejantes a muchos de los lingüistas masculinos incluidos, además de ser realizados en algunos de los más reputados centros de investigación. Bastará con mencionar que de las 80 entradas solo cuatro corresponden a mujeres: Deborah Cameron, Julia Kristeva, Lesley Milroy y Deborah Tannen. En esta obra panorámica, la representación femenina se queda en un 5 %; eso sin mencionar que tres de estas autoras son sociolingüistas, lo que contribuye a alimentar la conclusión equivocada de que la participación femenina en lingüística ha sido, además de menor, extremadamente especializada.

 

Unos años más tarde, Chapman y Routledge (2009) publicaban un nuevo volumen de consulta, centrado ahora en recopilar las ideas clave en lingüística y filosofía del lenguaje. Como en el caso anterior, se podría entrar a debatir si eran las ochenta ideas más importantes, si faltaban algunas, si sobraban otras o si, simplemente, muchas de las incluidas no eran, verdaderamente ideas, sino capítulos de la historia de esas ideas, o conceptos auxiliares para entenderlas. No nos detendremos aquí, simplemente porque no corresponde al objetivo que nos hemos trazado. Pero aceptando provisionalmente esta relación de ochenta entradas sobre temas lingüísticos, lo curioso del caso es que solo la de prototipo remite

 

 

 

 

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inequívocamente a un nombre femenino, el de Eleanor Rosch, una psicóloga pionera en la introducción de una teoría para categorizar a partir de clases graduales. Además, otra de las entradas, la de feminismo, irá siempre asociada —y tal vez esto tampoco sea lo mejor— a nombres de mujer. El «peligro» de reconocer el feminismo como una idea viva en lingüística es que la aparente apertura de enfoque produzca este efecto secundario indeseable: la entrada de las mujeres en lingüística, como en los diferentes campos de conocimiento, no las recupera como especialistas en los temas que cultivan sino, más bien, como especialistas en sí mismas, en la cuestión femenina. Dejando a un lado las ideas de prototipo y feminismo, las otras 68 entradas evocan preeminentemente nombres masculinos, de la misma manera que evocan nombres blancos y que escriben fundamentalmente en inglés.

 

Podemos tomar este sesgo de la disciplina, en pleno siglo XXI como punto de partida para una indagación más profunda. Incluso las mujeres recientes, las nacidas en el siglo XX, han tenido poca o ninguna repercusión en las revisiones históricas del campo. El asunto no mejora cuando, en las últimas décadas, se incorporan las herramientas tecnológicas: la información en red sobre mujeres lingüistas aboca a escasa presencia y a información sesgada. A modo de ejemplo, en el caso de Eeva Ahven (1924-2009), lingüista estonia, accedemos al curioso dato de donde está enterrada, pero no a sus obras ni temas de interés. Algo semejante sucede con la rusa Larissa Bogoraz (1926-2004), a diferencia de que en este caso es posible recabar bastante información sobre sus posicionamientos políticos como disidente de la antigua Unión Soviética. De su obra, nada. La información que se extrae de Internet es sobre todo biográfica, sin verdadera atención a las contribuciones de las profesionales al campo, como si se cumpliese con el requisito de rellenar un informe atestiguando que hay mujeres lingüistas y después se prescindiese de sus aportaciones. Con frecuencia, aparecen relacionadas con un autor prestigioso y poco más. Nunca en el perfil de ese autor masculino encontramos información sobre ellas. A veces, los datos del hombre con quien una lingüista se relaciona ni siquiera son interesantes para su biografía profesional y, sin embargo, se hacen constar: así, para la académica chilena Marianne Peronard (1932-2016) no hay reparos en comentar en la Wikipedia: «Contrajo matrimonio con el ingeniero químico Hugo Tampier Bittner, con quien tuvo seis hijos». Obviamente, los

 

 

 

 

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criterios para una biografía no exigen prescindir de los datos personales; no se trata de eso. El problema está en que, cuando se dedica un espacio escaso a una figura, cuando ni siquiera se registran las obras que ha escrito o los cargos que ha desempeñado, esas informaciones perpetúan la idea de que las mujeres se realizan en su dimensión familiar. Hay, todavía, disimetría, como hemos visto en el capítulo 2. Si eso es grave en el caso de biografías editadas como libros, todavía lo es más en las de formato wiki, cuya autoría colectiva permite deducir que este criterio continúa instalado en la sociedad. Además de ligar las obras de tantas autoras a ideas tildadas de secundarias, conviene, dadas estas disimetrías, denunciar algunos parámetros sexistas que se han aplicado en la lingüística reciente. Esta revisión forma parte de los cuidados metodológicos en la línea de Said y no responde al esquema fácil de colocar mujeres como intelectuales de referencia sin más. Ya se sabe que si hacemos de ellas diosas, nos defraudarán. Pero ahora mismo son otras figuras las que nos han defraudado; algunos padres fundacionales de la disciplina han sido un fiasco.

 

 

 

9.2. AMANTES Y OTROS ASUNTOS

 

DE LOS QUE CONVENDRÍAZ NO HABLAR, O TAL VE SÍ

 

Cuando se narra la historia de una escuela o de un círculo influyente en cualquier disciplina se toman decisiones. Así, se decide transmitir la idea de que Boas era un padre protector, interesado en promocionar la carrera de sus discípulas. Al mismo tiempo, se destaca el ambiente de influencias mutuas entre los miembros de la familia boasiana: Edward Sapir desarrolla el concepto de forma en paralelo con el concepto de patrón de Ruth Benedict. Sapir y Benedict se habían formado con Boas, se conocían, se leían y se influían mutuamente. Esa versión no es tan neutra como parece. Cuando se opta por exponer asépticamente lo público se está dando determinada información y escondiendo otra, más privada, tal vez por pudor, tal vez por una restricción relacionada con el rigor propio del trabajo intelectual. Veamos el caso con mayor detalle.

 

En 1922 la joven estudiante Margaret Mead conoce a la entonces profesora ayudante Ruth Benedict. Ambas establecen una relación muy

 

 

 

 

 

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estrecha que se mantendrá de por vida y que incluye siempre una sólida amistad, una influencia intelectual considerable y una enorme capacidad de confiarse el relato de sus respectivas vidas. Eran los locos años veinte y ambas parecían mujeres dispuestas a experimentar. Entre 1922 y 1925 aproximadamente mantienen también una relación erótica en un marco de amor libre que hoy llamaríamos poliamoroso: sin exclusividad, pero atento, entonces y en el futuro, cuando este vínculo erótico se disuelva, al cuidado de la otra. Durante este periodo, Edward Sapir también mantiene una relación con Margaret Mead, aunque en su caso habría que definirla en el marco más tradicional del triángulo amoroso. Cuando Mead lo rechaza como amante y le explica su versión del amor libre, Sapir reacciona en las pautas más tradicionales del amante celoso y replica a sus observaciones sobre la juventud en Samoa con una crítica furibunda: en 1929, en una reseña para un libro de Boas, califica a Margaret Mead de incompetente e incapaz de llevar a cabo un proyecto antropológico riguroso. También en una carta a Ruth Benedict escribirá que Margaret Mead es «una prostituta aborrecible, un símbolo maloliente de todo lo que odio en la cultura americana» (Banner, 2003: 24). Las palabras son suficientemente elocuentes. Martínez Veiga (2015) se refiere asimismo a como Sapir aireaba el affaire que había tenido con Mead entre el círculo de Boas, cuyos miembros no se molestaron en defenderla, y al hecho, más interesante, de que, en la larga correspondencia entre Mead y Benedict, la primera se refería muchas veces al precio que había tenido que pagar por aquella relación. Sapir tenía una posición privilegiada en el ambiente intelectual de la antropología y el descrédito que había sembrado sobre el trabajo de Mead estuvo siempre ahí, para explicar la enorme cantidad de críticas que ella debería afrontar, incluso en revistas especializadas donde los criterios de objetividad deberían estar garantizados. Para siempre se consagrarían las etiquetas de que su investigación era superficial; escribía para el gran público, con poca profundidad y menos rigor, además de empañar todo con continuas referencias a detalles que justificasen la libertad sexual.

 

Es sorprendente cuántas veces llegamos a saber de las prácticas sexuales de las mujeres concernidas en el trabajo intelectual y qué escasa es esta información para los hombres. Antes de que Mary Catherine Bateson, la hija de Margaret Mead, divulgase la vida íntima de su madre —en un libro biográfico, With a Daughter’s Eye—, ya era conocido que

 

 

 

 

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también Ruth Benedict, casada con Stanley Benedict, había mantenido muchos romances con personas de ambos sexos. La biografía de Banner (2003) la presenta como alguien que consigue construir relaciones en que es amante, amiga y mentora. Pero Ruth Benedict no debió de chocar con ningún amante tan airado como Edward Sapir y su trabajo fue correctamente valorado. Años más tarde, el antropólogo Clifford Geertz (1988: 102-127) destacaba la extrema ambición de Margaret Mead —un rasgo destacado por muchos de sus detractores y que nunca se menciona al respecto de Boas o de Chomsky, por ejemplo— y las razones de que cultivase su amistad con Ruth Benedict. Lo haría, literalmente, para engrandecerse. A su estilo le aplica comentarios apasionados: es indisciplinado, flojo y basado en improvisaciones, dice diecisiete cosas a la vez, de forma que siempre tiene razón porque adapta su perspectiva a los cambios que surgen en la disciplina. Estos tratamientos vejatorios son a menudo silenciados: se pasa sobre ellos de puntillas o, simplemente, no se mencionan, aunque contribuyan de manera significativa a explicar por qué del legado intelectual femenino sabemos tan poco. Si ellas fueron esposas y madres, sus biografías se limitarán a privilegiar los aspectos privados; si fueron mujeres emancipadas, su trabajo se verá perjudicado. Es un dilema imposible de resolver. Por eso no se trata solo de adicionar mujeres al cóctel, sino de agitarlo.

 

Cuando se hace historia de las disciplinas, se recogen nombres de figuras que elaboraron conceptos capitales o que crearon ambientes propicios para influir en grupos enteros. La tendencia ha sido diferenciar lo público y lo privado de una manera tajante. De esta manera, quien estudia lingüística llega a conocer nombres como Saussure, Hjelmslev o Halliday por sus contribuciones intelectuales, sin saber si fueron homosexuales, padres de familia o vividores que frecuentaban ambientes nocturnos. La separación entre lo público y lo privado viene a decir que no nos interesan esas personalidades por sus comportamientos humanos, por su vida privada. La biografía, una de las claves para la historia, es un género que de alguna manera rompe estas dos facetas: tal vez se escriba para realzar una figura, pero obliga a sacar a la luz esos aspectos ocultos. Sin embargo, las escasas biografías de lingüistas que existen, hechas cuando son extremadamente célebres, manejan con extremo cuidado esa información: llegamos a saber, por ejemplo, que Saussure pasaba parte del año en un castillo propiedad de la familia de su mujer y poco más. Se

 

 

 

 

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evita, en general, hablar de sexo, de amistades que pudieron implicar influencias intelectuales, como se evita mencionar si hubo problemas económicos, aunque un detalle como este podría explicar que hayan cultivado determinados campos, cuando la persona biografiada ha tenido que asumir una ocupación o un encargo docente. En los manuales de lingüística aparece escasísima información personal. Accedemos, tal vez, a datos sobre varios lingüistas que escaparon del ambiente revolucionario ruso a principios del siglo XX para instalarse en Estados Unidos, donde padecen las reticencias de su condición de emigrantes, pero se habla de ello de manera aséptica, «despolitizada». En este sentido, resulta difícil conocer y valorar adecuadamente la cuestión privada.

 

No estoy abogando aquí por hablar sin tapujos de todo. No creo que sea interesante para distinguir relaciones sintagmáticas y paradigmáticas conocer a fondo la vida amorosa de quien establece la diferencia. Simplemente, estoy sugiriendo que los comentarios que se encuentran sobre la vida personal de algunas mujeres mencionadas en los capítulos precedentes —Margaret Mead, Ruth Benedict, Mary Haas o Louise Pound, por ejemplo— responden a un trato diferente.

 

Volviendo a Sapir, en el capítulo 6 hemos visto que no solo tuvo conflictos con Margaret Mead; también se observa machismo en su trato con Gladys Reichard y Mary Haas. Al mismo tiempo que vetaba, dificultaba el ascenso o menospreciaba las capacidades de las mujeres que lo rodeaban, este autor era elevado por las voces que escribieron la historia de la disciplina a la condición de representante, junto con Whorf, del relativismo en lingüística. La hipótesis de Sapir-Whorf, se dice y se repite. Pues bien, una lingüística con perspectiva de género no pretende sustituir esa etiqueta por otra como la hipótesis de Mead-Benedict. Sapir contribuyó con trabajos teóricos decisivos a definir el relativismo. Pero también menoscabó las contribuciones de otras compañeras que participaban de los mismos puntos de partida, que nadaban en el mismo caldo intelectual. Una lingüística con perspectiva de género preferirá sustituir la hipótesis de Sapir-Whorf por la hipótesis del relativismo lingüístico o la hipótesis de la escuela boasiana. Obsérvese, entonces, que no estamos —no únicamente— ante un punto de vista militante, que los elimine a ellos para colocarlas a ellas. Estamos ante una corrección de género de un relato histórico que ha sido distorsionado y que ahora ensanchamos al dotarlo de mayor profundidad e incorporar la perspectiva

 

 

 

 

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de una labor colectiva. El relativismo es una consecuencia de diversos factores: la formación previa de Boas, que llega de otro lugar y con otra óptica; la creación de un potente círculo que se dedica a las lenguas y culturas nativas americanas; las innovaciones conceptuales y procedimentales que surgen en ese grupo, extendido por la amplia geografía estadounidense y bien conectado entre sí; el extraordinario vigor de la antropología en esa época; la tensión entre teoría y observación que, en ese momento, concede algún peso a la segunda y la necesidad de una revisión del eurocentrismo practicado por la disciplina. La etiqueta modificada con esta perspectiva de género es más adecuada, más justa y mejor conocedora de lo que subyace, que, ahora sí, puede quedarse en lo privado o ser un tipo de conocimiento avanzado, propio de quien domina los entresijos de un campo.

 

Una lingüística con perspectiva de género no es, de entrada, un instrumento para captar la atención de estudiantes femeninas ni una convocatoria para realzar el trabajo de las mujeres por el mero hecho de ser mujeres; es una rectificación necesaria para subsanar el sesgo implícito en las visiones anteriores. No es la única rectificación que se puede y debe hacer. La lingüística debe hacerse mestiza y dejar de privilegiar los entornos blancos y anglosajones, que soy consciente de haber destacado también en exceso a lo largo de estas páginas porque son omnipresentes y, por tanto, imprescindibles en una primera aproximación; habrá que corregir este enfoque en el futuro ampliando la perspectiva de género a otras latitudes y entornos de la disciplina. La lingüística no solo se practica en los grandes centros de irradiación del poder académico; también en espacios fronterizos, en comunidades con lenguas propias e identidades difusas o en enclaves, urbanos o no tanto, poco interesantes académicamente, pero multilingües y, por tanto, es susceptible de correcciones que quiebren su eurocentrismo y limen los privilegios de clase, etnia y poder. Desde Beirut, la voz de la intelectual Joumana Haddad (2016: 101) nos recuerda con humor que existen libros intimidantes, que volvemos a colocar en la estantería mientras buscamos otro más sencillo, precisamente el tipo de libro que avala nuestra sensación de que ya lo sabemos todo y de que aquello que no sabemos no es importante. Es cierto que, a medida que nos especializamos en un campo, corremos el riesgo de ya solo deleitarnos con los libros que nos aseguran que tenemos razón, con aquellos que, según Haddad, nos dan una

 

 

 

 

 

 

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palmadita en la espalda, corroborando nuestras ideas y validando nuestras creencias. Pero cuando pensamos que solo esos libros merecen nuestra atención, nos equivocamos: un libro de páginas rotas, que repiense una tradición, es un verdadero libro de historia de cualquier disciplina. Mientras se va construyendo, parece positivo limar el personalismo. La idea de genio, implícita, por continuar con el ejemplo, en denominaciones como la hipótesis de Sapir-Whorf, es limitadora, además de injusta. El conocimiento adquirido por la humanidad nunca es un asunto absolutamente individual. Ya nos refiramos a la lengua o a la historia, cada individuo tiene alojado en su mente todo un colectivo. En una época de máximo individualismo como la que vivimos, conviene destacar este dato. Incluso cuando una persona permanece sola en una habitación, reflexionando en torno a un problema, la concatenación de sus pensamientos se realiza fundamentalmente por vía lingüística y, en ese sentido, junto a la mente que piensa, están sentándose a pensar la totalidad de hablantes de su comunidad lingüística y cultural, las distinciones y las nociones comunes en su época, el bagaje científico, artístico e ideológico que el colectivo ha amasado a lo largo de los años; también los prejuicios y conceptos distorsionados que pueda arrastrar. Para bien o para mal, la mente genial apenas existe. Avanzamos lenta y penosamente, pero en colectivo. Por eso es tan importante que las biografías humanicen, que apaguen los egos excesivos, que se vuelquen sobre el grupo. Por eso es tan importante no construir divinidades que después nos defrauden.

 

Ñ

9.3. SE      ORAS DE

 

En el tipo de revisión crítica que estamos proponiendo, los ingredientes biográficos ocupan un lugar. Lejos de reivindicarlos para escribir una crónica amarilla, podemos usarlos como una ayuda esclarecedora. Para las mujeres, la sociedad tradicional reservaba un papel que dificultaba el ejercicio profesional, eran señoras de. Quien investiga tiene la obligación de presentar su campo de creencias para que la lectura pueda ser matizada. No se trata de no tener creencias, puesto que no hay individuos neutros; sino de colocarlas sobre la mesa. Por ejemplo, en las presentes páginas he optado por colocar entre corchetes el apellido de casada, tan habitual en el uso de las mujeres anglosajonas. Lo he hecho sistemáticamente, no cuando

 

 

 

 

 

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las autoras habían firmado con varios nombres. Es una manera de incluir un punto de vista propio: colocar el nombre de la familia de procedencia realza el ser que era esa mujer, independientemente o antes de su matrimonio. Porque para las mujeres los matrimonios han pesado demasiado, también en lingüística.

 

Vayamos a un ejemplo. Una de las lingüistas que hemos tratado[46] y que aparece referida entre ese escaso 5 % femenino del libro de Chapman y Routledge es Robin Tolmach [Lakoff]. A cualquier estudiante de lingüística le sonará el apellido Lakoff, compartido por dos lingüistas contemporáneos, George y Robin, que estuvieron casados. Nacidos en la década de los cuarenta, ambos pertenecen a la primera generación de seguidores de Chomsky y protagonizaron una de las más tempranas contestaciones a su modelo: la semántica generativa. El nuevo programa, claro está, tendría otros practicantes que no mencionaremos porque corresponden a la lingüística nuclear ya ampliamente historiada: son hombres, con carreras prestigiosas en grandes universidades y aportaciones sobradamente mencionadas. El asunto es que la semántica generativa llegaba para cuestionar la linealidad en la adquisición del lenguaje infantil que la primera gramática generativa había situado como modelo de referencia[47]. Este perfil contestatario, que fue una de las características de las guerras internas en el generativismo, se encuentra también en las aportaciones que George y Robin Lakoff han desarrollado en dos líneas en cierta forma paralelas, aun cuando cada una de ellas discurra a su manera.

 

George Lakoff es hoy una figura reputada de la lingüística cognitiva. Robin Lakoff es una de las escasas mujeres con nombre propio que ya hemos visto como inauguradora de la sociolingüística feminista. Es fácil observar que él tiene un perfil incontrovertido: en un campo con tantas divisiones como la lingüística, se admite que practica uno de los muchos enfoques actualmente vigorosos; ella, incluso inaugurando un campo, ha tenido que afrontar, en cambio, acendradas críticas. Estas disimetrías pueden y deben ser consideradas. No se trata aquí de medirlos o de insinuar el argumento fácil de que ella ha sido menos considerada por ser mujer. Al contrario, lo que nos interesa destacar es que a lo largo de sus carreras se han mostrado proactivos y entusiastas, han trabajado duro y tienen un lugar. Pero, como la sombra del divorcio planea entre ellos, sus inmensas similitudes nunca se mencionan. Ambos han usado conceptos

 

 

 

 

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del campo cultural, como los marcos de referencia en los que se mueve el significado; ambos han proyectado sus análisis al estudio del lenguaje de la política y los medios de comunicación. En el año 2000, Robin Tolmach [Lakoff] revisaba el caso O. J. Simpson, el escándalo Lewinsky y el fenómeno de la corrección política. En 2004, George Lakoff aplicaba las metáforas conceptuales a la manera en que los partidos políticos republicano y demócrata estructuran la realidad. En ambos casos, se referían a modelos culturales, marcos que actúan como organizadores previos de nuestras ideas y a la capacidad de corporeizar —esto es, de representar con metáforas corporales— la realidad para manejarla. George y Robin Lakoff cultivan un análisis del discurso político —y, por cierto, de carácter filosófico, aunque no se incluyan nunca en los manuales de filosofía del lenguaje— donde la manera de aprehender la realidad está mediada en la lengua por artefactos culturales. Sus trabajos, independientes y separados, documentan una línea de influencia mutua que nunca se nombra porque, en virtud de un apellido compartido durante algún tiempo, se supone que tal influencia no debe ser mencionada. No creo, en absoluto, que Robin Tolmach [Lakoff] sea la señora de Lakoff. Nada más lejos de la realidad. Pero ambos representan una línea potente, diseñada con influencias mutuas que no se nombran para no aludir a lo privado. Entonces, en previsión de que estemos perdiendo información, lo privado debe ser revisitado a través de algunos casos singularmente representativos.

 

 

 

9.3.1. El per  l de la compañera-

 

colaboradora: María Goyri

 

María Amalia Goyri (1873-1954) fue una filóloga española apenas conocida por su matrimonio con uno de los grandes eruditos de su época, Ramón Menéndez Pidal, a pesar de haber sido ella misma investigadora y profesora. Dada la celebridad de la pareja, llamada a veces los Curie españoles, de esta mujer circula una amplia información biográfica que siempre incluye un dato estrictamente privado: era hija de madre soltera. Precisamente, se atribuye a la impronta independiente de su madre que se distanciase del modelo de joven española de la época; María Goyri hacía deporte y estudiaba, tanto como para, tras obtener títulos de comercio y de institutriz, solicitar la entrada en la facultad de Filosofía y Letras en el

 

 

 

 

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curso 1891-92. Le permitieron asistir como oyente durante un año sin matricularse y, en el curso siguiente, se aceptó su inscripción con la advertencia de que no debía permanecer en los pasillos ni sentarse junto a sus compañeros: entraría con el profesor en el aula y se situaría a su lado. Como mujer, podía distraer a la clase. Esta anécdota, que hoy convoca a la risa, la ha convertido en una personalidad frecuentemente citada en los estudios de género, aunque nunca en lingüística: la disciplina no incluye el género en su historia. Pero había que tener mucha personalidad para aceptar distinguirse así del grupo de iguales con 16 años. Ya licenciada, conoce al que será su marido a partir de 1900 y hacen su viaje de bodas por las tierras del Cid, para recopilar el romancero popular. Compatibilizando investigación, obligaciones domésticas y maternidad, María se doctora con una tesis sobre Lope de Vega y el Romancero. Como muchas mujeres de su clase y formación, tiene preocupaciones que hoy podríamos vincular con un prefeminismo consciente, relativas a la delincuencia, la protección de la infancia y la promoción de la enseñanza femenina y colabora con otras mujeres reconocidas en los programas pedagógicos de la Institución Libre de Enseñanza y la Junta para Ampliación de Estudios, en las que no tardaría en integrarse.

 

Al igual que otras figuras académicas de esa época, fue investigada durante la Guerra Civil como sospechosa de republicanismo. Las autoridades franquistas solicitan en 1937 un informe de las actividades familiares y requieren que el matrimonio Menéndez Pidal-Goyri sea vigilado de manera discreta. Esos informes presentarán a Menéndez Pidal como «presidente de la Academia de la Lengua. Persona de gran cultura, esencialmente bueno, débil de carácter, totalmente dominado por su mujer» y a ella como «persona de gran talento, de gran cultura, de una energía extraordinaria, que ha pervertido a su marido y a sus hijos; muy persuasiva y de las personas más peligrosas de España. Es sin duda una de las raíces más robustas de la revolución»[48]. Ante esta situación, la familia se exilia, aunque regresan a España después de la guerra. Curiosamente, no será depurada y continúa trabajando como docente y directora del Colegio Estudio, fundado por su hija Jimena.

 

Evidentemente, María Goyri no es estrictamente hablando lo que hoy entendemos por una lingüista: el perfil del campo varió mucho justamente en los años en que transcurrió su vida. Pero en la España de su época la mayoría de los perfiles lingüísticos profesionales eran de este estilo: una

 

 

 

 

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formación filológica orientada a los textos literarios y a la historia de la lengua. No está totalmente dentro del campo ni totalmente fuera. Además, es una mujer diferente al canon establecido, culta y transgresora hasta un cierto punto; en otro sentido es una esposa diligente, muy trabajadora y siempre en la sombra. Responde al perfil que habitualmente se da a la mujer que «está detrás de un gran hombre» y, en este sentido, al no tener una vida tan rupturista como una Margaret Mead, tiende a formar parte del grupo de mujeres ausentes. Es fácil que, conviviendo con alguien interesado en los mismos temas, su bibliografía también se entremezcle con la de su marido. La tentación de presentarla como secretaria que pasa a limpio el trabajo masculino, que lo relee y revisa como colaboradora, o aun como la de verdadera autora sin derecho a firma, es muy fuerte y aparece con cierta frecuencia en las revisiones de su figura. Me interesa más destacar que, al estudiar el Romancero, una obra de autoría colectiva, de tradición popular y transmisión anónima, pudiese tener menos interés en firmar su trabajo que simplemente en hacerlo. De hecho, en una carta que escribe a Arturo Zabala, refiriéndose a un cuento que había recopilado, muy elocuentemente indica: «No necesita llevar nombre de autor, pues yo no lo soy; lo oí hace mucho tiempo, me hizo gracia y como me lo contaron te lo cuento» (Cid, 2017). María Goyri encaja bien en la tradición de los colectivos a que tantas veces nos hemos referido. Su figura, a pesar de gozar de un cierto reconocimiento —aunque imposible de comparar con el de Menéndez Pidal— es el emblema de toda una generación de mujeres y, en ese sentido, el acercamiento biográfico es una constatación de las fisuras por donde se infiltra el sexismo en la disciplina[49].

 

 

9.3.2. El per  l de la compañera-rival:

 

Carol Schatz [Chomsky]

 

Al hablar de lingüistas y vida privada, uno de los personajes que salta a la luz con mayor fuerza es el de la estadounidense Carol Doris Schatz [Chomsky] (1930-2008). A diferencia de los demás ejemplos tratados en esta sección, ella sí fue una profesional de la lingüística, doctorada por la prestigiosa Universidad de Harvard, donde ejerció su carrera docente. Su perfil tal vez no corresponda al de una de esas figuras que deban pasar a la

 

 

 

 

 

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historia por unas aportaciones singulares, pero interesa, de una manera peculiar, en una historia de la lingüística concebida con perspectiva de género. Durante 59 estuvo casada con la máxima autoridad viva del campo, Noam Chomsky, famoso por haber formulado una perspectiva radicalmente innatista de la adquisición del lenguaje. Y, sin embargo, Carol Chomsky, como fue conocida, trabajó ese mismo tema, la adquisición, en su veta empírica. De alguna manera, suena a provocación. Su biografía puede tener otros detalles interesantes en una perspectiva de género. Así, parece que el joven matrimonio, a sus veintipocos años decide priorizar la carrera de Carol, respondiendo a la inquietud de que la implicación política de Noam en las actividades contra la guerra de Vietnam lo llevasen a la cárcel. Ante una eventualidad como esta, necesitarían que ella fuese autónoma económicamente. Frente a este aire de modernidad en su relación, es sorprendente que los dos miembros de una pareja preocupada por un mismo tema —cómo se desarrolla la capacidad del lenguaje en la mente infantil— desplieguen un instrumental tan contrario: él un modelo abstracto, puramente teórico y frecuentemente formal; ella un modelo empírico, hecho de casos concretos, con un abordaje práctico y procedimientos experimentales.

 

En su obra más conocida (Carol Chomsky, 1969) estudiaba cómo el ser humano va tomando conciencia de su lengua materna en la infancia y adquiere destrezas sintácticas que le permiten formar frases cada vez más complejas. La edad clave se situaría en torno a los 5 años, momento en que se comienzan a manejar esas habilidades sintácticas que, paulatinamente, se irán perfeccionando durante todo el periodo infantil. La obra no critica, en absoluto, la propuesta innatista del generativismo; simplemente se sitúa en otro paradigma. Es, de alguna manera, un trabajo al servicio de la pedagogía, enraizado en la observación y la práctica infantil y lo más ajeno posible a los debates teóricos que caracterizaban el chomskismo en los sesenta. En la década posterior, se centraría en diseñar un método para mejorar la comprensión lectora[50]: la lectura repetida. Básicamente consistía en pedir al sujeto con dificultades lectoras que leyese un pasaje en silencio mientras escuchaba una grabación que reproducía el mismo texto con una buena dicción. Tras realizar varias audiciones de este tipo, la niña o el niño sería capaz de leer de manera autónoma, mostrando gran fluidez y una correcta comprensión del significado. Obviamente, esta ejercitación, que incluye un cierto grado de automatismo, se sitúa en las

 

 

 

 

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antípodas de los debates generativistas. No es que sean incompatibles — todas las teorizaciones de Noam Chomsky se referían exclusivamente a hablantes/oyentes ideales—, pero el desacuerdo en de fondo es evidente. Con certeza, las niñas y niños con problemas de lectoescritura no serán hablantes/oyentes ideales, pero esta frase resultaría, como poco, insultante en pedagogía y entre quienes se ocupan de ellos/as. La hipótesis con que está trabajando Carol parece suponer que algunos individuos necesitan más tiempo para adquirir solvencia en ciertas habilidades lingüísticas y que intervenir con ejercitaciones repetidas puede ayudar. Y eso suena ligeramente conductista. Es verdad que la lectura y la escritura no entran dentro del núcleo de la teoría chomskiana, que se refiere a la adquisición del lenguaje oral; pero este aspecto vuelve a interesarnos: son actividades lingüísticas periféricas, y ya sabemos que la asociación entre mujeres y periferias ha sido muy productiva.

 

Han pasado 50 años desde la publicación de la principal obra de Carol Chomsky y podría decirse, con la tranquilidad de haber ganado perspectiva temporal, que su valor es relativo. Sin embargo, el componente biográfico sirve para formular algunas preguntas. Ella no se dedicaba a otra actividad; era lingüista. En una época en que toda la disciplina se vio conmovida por las hipótesis de Noam, ella convivía con él, enseñaba en Harvard, se interesaba por la adquisición del lenguaje, pero lo hacía «de otra forma». De entrada, recuperar esta información permite contextualizar mejor cómo se construyen los paradigmas o qué fuerzas externas deciden las modas, es decir, la conversión de los principales centros de investigación en el mundo al modelo propuesto por un investigador que, en otros sentidos, parece tener un pensamiento bastante independiente. Finalmente, el chomskismo fue muy beligerante con quien pensase diferente, lo que convierte en suculento el dato de que se pensase diferente en la propia casa de Noam Chomsky. Que la pareja Noam-Carol continuase unida, a pesar del debate intelectual que debió de suscitarse entre ellos, sirve para, en una revisión histórica, considerar el modo en que paradigmas opuestos y aparentemente irreconciliables pueden coexistir, siempre que se den las circunstancias oportunas: ¿era la visión de Noam la de una adquisición normal del lenguaje, frente a la desviada del patrón de Carol? ¿Cómo se conjuntan teoría y aplicaciones? ¿Hasta dónde puede llegar el debate? Parece ser que Carol Chomsky declaró «siempre me río cuando la gente habla de lo interesante que debe ser nuestra conversación

 

 

 

 

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en la mesa, ya que estamos en el mismo campo[51]». No sabemos si se reía porque entendía como perfectamente natural que cada uno trabajase con la perspectiva de su preferencia o porque no se imaginaba discutiendo de esto. No queremos dar pábulo a hipótesis indemostrables, pero la idea de las esposas que practican la disciplina sin el nivel de genialidad de los maridos o que contraargumentan sin conseguir auditorio ni siquiera en el círculo inmediato de Harvard no es muy halagüeña.

 

Noam Chomsky es inequívocamente la figura más importante en la lingüística de las últimas cinco décadas. En el Arts and Humanities Citation Index (1980-1992) aparece como la persona viva más citada del mundo, y entre los no vivos estaría a la par de Platón, Aristóteles, Shakespeare, Marx o Lenin. Como, además de lingüista, es un pensador político extremadamente lúcido y un activista comprometido, su perfil no es el habitual en la disciplina: sus declaraciones levantan ampollas y despierta inmensa atención mediática. Algunos testimonios destacan su integridad y su brillantez; otros su capacidad oportunista de situarse bajo los focos, al resguardo que le brinda una posición acomodada. Ahora, cuando ya supera los 90 años, basta que asome su rostro a las cámaras para que sus declaraciones se difundan por todo el mundo en pocos días, suscitando conversaciones y polémicas. Es lógico que su biografía tenga un tratamiento más detallado de lo habitual entre lingüistas. En su caso sí se mencionan sus tres hijos, incluso con nombres propios; sabemos qué música le gusta o que no lee ficción. Evidentemente, las personas que obtienen tanta popularidad no siempre disfrutan de ella ni son responsables de las declaraciones que hagan en su nombre quienes los conocen bien y quienes no los conocen en absoluto. Pero, ya que estamos aludiendo a la vida privada, parece inevitable mencionar la reiteración con que los medios comentan que en 2014 se casa en segundas nupcias con Valeria Wasserman, traductora de origen brasileño, y cómo siempre se deja caer que ella es 35 años menor. No creemos que los ingredientes personales deban entrar en la historia hasta este punto, todo lo contrario. Ninguna información de este estilo pasará a la historia; es producto efímero. Lo curioso es que, en los anales de la disciplina, 60 años de convivencia con el lingüista que conmovió los paradigmas del siglo XX no susciten un breve comentario para aquella compañera que enfrentaba la adquisición del lenguaje, en su propia casa, con una perspectiva radicalmente

 

 

 

 

 

 

 

 

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diferente. Carol Chomsky parece no haber existido, como todas las voces contrarias a lo que en cada momento fue dominante.

 

 

 

9.3.3. El per  l de la compañera-in  uencia:

 

Shirley Orlino    [Hockett]

 

Cuando revisamos el papel de las mujeres en la historia, los saltos de una disciplina a otra son inevitables. Con esa interdisciplinariedad propia de los estudios de género, en este apartado vamos a referirnos a Shirley Orlinoff, que nunca fue lingüista, sino matemática y profesora en una escuela superior de Ingeniería, pero que, como en el caso anterior, también convivió con un lingüista afamado, Charles Hockett, durante casi 60 años. Con frecuencia, en las revisiones históricas del estructuralismo se menciona la atracción que los modelos formales fueron ejerciendo en la trayectoria de este autor. Las influencias siempre se buscan fuera. Ni una sola vez he encontrado una alusión a que estaba casado con una matemática. Me atrevo a asegurar que, si el caso fuese inverso —una reputada lingüista atraída por formulaciones matemáticas y casada con un profesor de ingeniería— el componente biográfico ya habría aparecido.

 

Charles Francis Hockett (1916-2000) fue una de las figuras más relevantes del estructuralismo norteamericano, especialmente por sus aportaciones para delimitar la lingüística como disciplina científica. Se doctoró en Lingüística y Antropología en la Universidad de Yale, donde fue discípulo de Sapir y de Whorf, con una tesis basada en su trabajo de campo sobre la lengua algonquina potawátomi. Estamos ante un lingüista formado en la tradición antropológica, cuyos métodos llevaría al Ejército al ser reclutado en 1942. En ese periodo militar, su tarea consistiría en reforzar el aprendizaje del mandarín en la escuela de oficiales, elaborando guías de idiomas y diccionarios que serían usados después de la guerra en programas civiles. Más tarde, enviado a Tokio, haría lo mismo con el japonés. Una vez licenciado en 1946, se instala en la Universidad de Cornell en Ithaca, donde permanecerá hasta su jubilación en 1982, consagrado a un trabajo teórico, a lo que denominaba «un instituto de lingüística en sesión permanente, que me permitía pasar la mayor parte del tiempo como quería, trabajando bien en lingüística, bien en antropología[52]» (1980: 104).

 

 

 

 

 

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La marca de estilo de Hockett es el desarrollo de una teoría gramatical ilustrada con ejemplos de gran variedad de idiomas, del inglés o el mandarín hasta un buen número de lenguas amerindias, particularmente algonquinas, que exhibían estructuras bastante diferentes de las atestiguadas por las europeas, con las que se había construido la base conceptual de la lingüística precedente. De alguna manera, estaba fijando los problemas que todavía debían ser afrontados y también estaba absorbiendo el legado de la escuela de Boas para teorizar sobre él y, así, convertirlo en lingüística verdadera y no en la variante menor que habían practicado las hijas de papá Franz. Sin embargo, a partir de los años cincuenta se interesó por las matemáticas y los sistemas formales: pretendía explorar aquellas propiedades del lenguaje natural susceptibles de tratamiento matemático. Al final, rechazaría ese esfuerzo por inútil. Su libro más conocido, el Curso de lingüística moderna (1958), presentaba el estudio del lenguaje humano de modo absolutamente original y, a veces, desafiante, pero el impacto de esta obra está envuelto en una cierta ironía porque su publicación coincidió con la aparición de Estructuras sintácticas de Chomsky y, por tanto, con el nacimiento de la gramática generativa. Ahí parece haber un punto de inflexión que marca el fin de la lingüística estructural (Gair, 2007). La perspectiva que Hockett y toda su escuela había adoptado fracasaba porque los elementos básicos, como fonemas y morfemas, no concurrían en la jerarquía compositiva prevista: en el estructuralismo no todo encajaba tan bien y se vio obligado a reconocer que la investigación podría estar mal dirigida para dar cuenta de la complejidad del lenguaje natural. A partir de ese momento, insistirá en introducir lo que llama un enfoque dinámico, centrado en la competencia y en el comportamiento del oyente en tiempo real. Seguir esta línea de pensamiento llevó a Hockett a renegar de un paradigma donde había desempeñado un papel decisivo. En el futuro lo importante sería: «Cuando escuchamos a alguien decir algo en una lengua que conocemos, ¿cómo sabemos lo que está diciendo?» (1987: 2). Desolado, concluye que las lenguas no tienen diseño, no responden a un modelo formal.

 

Sus últimos escritos, a finales de la década de los ochenta, reflejan la intención de repensar las bases teóricas, desde un punto de vista psicológico. No se trataba de una nueva propuesta, sino de enunciar preguntas sin resolver, de una manera poco ortodoxa, que nunca se convirtió en un programa de investigación claro que otras y otros pudiesen

 

 

 

 

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seguir y que, por tanto, no atrajo gran atención. Convertido en el crítico más prominente a Chomsky, el carácter poliédrico de Hockett transmite la imagen de un hombre que cambia de opinión. De hecho, en su discurso en 1960 en la Sociedad Lingüística de América había caracterizado las Estructuras sintácticas de Chomsky como «uno de los únicos cuatro grandes avances de la historia de la lingüística moderna». Pero, más tarde, a medida que Chomsky se declaraba fuertemente racionalista, Hockett debió de sentirse decepcionado y considerar que esa falta de proyección empírica del chomskismo era acientífica. En respuesta al agresivo estilo de confrontación de los generativistas, cayó también en una acalorada retórica, pero mantuvo su mente abierta a la hipótesis de que la otra visión podía estar en lo cierto. Quizá su contribución más original sea la definición del lenguaje humano a partir de una matriz de rasgos que se documenta parcialmente en los sistemas de comunicación de otras especies animales. Pero a lo largo de su dilatada carrera, desarrolló la hipótesis de la lingüística antropológica norteamericana de que las únicas generalizaciones válidas sobre el lenguaje son de base empírica y por ello se aplicó al estudio de lenguas diversas.

 

Shirley Orlinoff Hockett (1920-2013), la compañera de Charles Hockett, no tiene el bagaje apropiado para entrar en la historia de las ideas lingüísticas. Sin embargo, es curioso que el interés de Hockett por los modelos formales en la década de los cincuenta e incluso después, cuando intenta valorar el alcance de las propuestas de Chomsky, nunca se relacione con el hecho de convivir con una matemática con la que se había casado precisamente en 1942. La costumbre académica anglosajona de elaborar obituarios del profesorado nos permite saber algo más de ella[53]. Había nacido en el Bronx, Nueva York, como Sonja Orlinoff, aunque, como muchas personas norteamericanas de la época, cambiaría su nombre para que no tuviese resonancias rusas en un contexto de grave tensión política. Tras graduarse en 1941 se marchó a la Universidad de Michigan en Ann Arbor para hacer un posgrado de Matemáticas Aplicadas y allí conoció a Charles Hockett. Después de la boda se alista también en la armada, que, según su marido, aprovechó su habilidad matemática haciéndole recordar los números de teléfono de cualquiera a quien hubiese que llamar en su oficina. Cuando se queda embarazada de su primera hija, Alpha, nacida en 1944, es licenciada con honores, y en el 1946 la familia se instala en Ithaca, donde Charles había sido contratado como profesor de

 

 

 

 

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Lingüística y Antropología. La biografía de Shirley Hockett no es precisamente abundante en sucesos. Ocupa un puesto a tiempo parcial como profesora de Matemáticas en la escuela superior de esa universidad, en donde enseñará 20 años. Tiene cinco hijos e hijas entre 1944 y 1953. En 1966 se traslada al departamento de Matemáticas, como profesora a tiempo completo, coincidiendo con la época en que sus obligaciones maternales son de menor intensidad. Permanecerá en ese cargo hasta que se jubile como emérita. Siguiendo el tono habitual en este tipo de registros panegíricos, es ensalzada como una buena profesora que sabe el nombre de sus estudiantes desde el primer día de clase. Sus publicaciones son escasas, de corte didáctico y habitualmente en coautoría.

 

Mirando desde otro ángulo, era alguien procedente de una familia de emigrantes, que se había criado en uno de los barrios más mestizos y multiculturales del mundo y algún rechazo debió de padecer, puesto que se cambió de nombre: era fácil que se sintiese atraída por aquellos aspectos intelectuales más estables, como los matemáticos, y no por las continuadas diferencias culturales que creaban a su alrededor tantos problemas. La tendencia a excluir la vida privada de la comprensión de los capítulos históricos está aquí en la base de que una mujer no pueda ser vista como referencia para la tendencia al formalismo de un autor prestigioso. En este sentido, la perspectiva de género no es la única que puede incorporarse. Como se ha referido en el capítulo 6, la historia de la lingüística antropológica en Estados Unidos se vio influida por los intereses políticos. Dentro de los programas de cooperación entra la Armada y las universidades, al calor de la Segunda Guerra Mundial, el Ejército norteamericano promovió el estudio de idiomas entre los soldados, algo que parecía interesante en medio del grave conflicto internacional. De hecho, Bloomfield, el mentor de Hockett, además de escribir gramáticas sobre lenguas algonquinas, también se ocuparía del holandés, hasta ese momento poco presente en los círculos de teoría lingüística. Los factores históricos y biográficos explican muchos vericuetos del progreso de las ideas y, en ese sentido, exigen una atención minuciosa. Pero en la óptica que se nos ha transmitido ellas son señoras de y, por tanto, se han quedado fuera también del mapa conceptual de las influencias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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9.4. ¿DÓNDE QUEDARON LAS DISCÍPULAS?

 

Uno de los aspectos privados que más llama la atención en la revisión histórica de la lingüística es la ausencia de filiaciones femeninas. Todo campo científico o intelectual se cultiva sobre una traslación de energías: la persona madura intenta que su legado perdure en las que llegan después. Eso se entremezclará con cariño, con experiencias personales compartidas o con la dosis de resistencia necesaria para subsistir frente a las rivalidades con otros grupos, pero la figura mentora debe confiar en que sus aprendices serán capaces de engrandecer el mensaje con contribuciones propias y de expandirlo en múltiples direcciones. La generación siguiente devolverá su agradecimiento a esta referencia inicial recordando aquella condición de aprendiz. Este proceder ha sido la norma habitual entre hombres. Si en algún sitio se percibe la camaradería masculina en la disciplina es aquí, porque, como ya fue indicado en el capítulo 2, ellos no parecen, cuando se les pregunta, haber tenido ninguna profesora referencial y muy escasamente mencionan a compañeras. Bally dedicó su principal libro, El lenguaje y la vida, a su maestro Saussure y, a su vez, recibía la dedicatoria de su alumno, Henri Frei, en Grammaire des fautes. Los cruces de dedicatorias de este estilo delatan la existencia de una genealogía del conocimiento; de un círculo, formalmente establecido o no. Y la historia rastrea las deudas intelectuales que unos autores han contraído con otros: Pike dedica su obra más monumental a Sapir; Lévi-Strauss, se ha repetido muchas veces, tiene una deuda de gratitud inmensa con Jakobson, de quien fue alumno en Nueva York. Una línea de investigación interesante se abre a nuestros ojos: convendría revisar las tabulas gratulatorias, las dedicatorias y, en general, los paratextos de los libros de lingüística, para establecer mapas de influencias y corroborar la escasa presencia femenina: en el siglo XX ellas ya estaban, pero sus nombres no pasaban a este tipo de letra impresa. Podían figurar entre el elenco del profesorado de un centro, pero, en la medida en que cualquier colectivo participa en la construcción de su propia historia con este estilo de comentarios que denuncian genealogías, ellas nuevamente fueron excluidas.

 

El asunto podría tratarse de una manera más reivindicativa. En la época del Me too sería lógico atender a las cuestiones personales también

 

 

 

 

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en el conflictivo campo de las relaciones mentor-discípula. Si a la diferencia de estatus y de edad se añade el influjo que un grado superior de excelencia puede ejercer en cualquier individuo, el campo está abonado para explicar, de manera poco amable, muchas exclusiones. Molly Hite (1990) se ha referido específicamente al acoso sexual en la comunidad universitaria, pero, al expresarse por escrito, menciona varios casos manteniendo el anonimato. Por su parte, Penelope Eckert (1990) ha perfilado como el acoso, además de intervenir de manera directa en cada víctima, influye de manera insidiosa en otros aspectos de la comunidad universitaria. En este sentido, ha destacado el desinterés de los profesores por mantener contacto con sus alumnas por un vago temor a recibir cargos de acoso. La posibilidad de ser malinterpretados limitaría el alcance de las invitaciones para realizar cualquier tipo de actividad. Puesto que los roles continúan pesando, señala Eckert, los conflictos entre esposas y alumnas o compañeras forman parte del entramado universitario. En su opinión, ambos grupos son vulnerables debido a su posición relativamente impotente en situaciones dominadas por hombres. Sin embargo, la dificultad de dar con informes o valoraciones en este sentido es enorme: lo privado tiende a permanecer en los muros domésticos, como la violencia de género nos ha enseñado, y es presumible que también permanezca dentro de los muros de las facultades.

 

Para responder adecuadamente a la pregunta de por qué no ha habido grandes mujeres lingüistas en la línea de Linda Nochlin sugerida en el capítulo 1, hay que atreverse a entrar por ahí. Así lo ha hecho la antropóloga Susan Philips (2010), al recordar que durante los sesenta y setenta la posición de las mujeres en la academia era bastante precaria. Se mantenía la expectativa de que se casarían, serían madres y abandonarían la investigación. Monica Heller y Bonnie McElhinny (2017: 217) tienen la valentía de añadir que Dell Hymes, el director de Susan Philips, usaba su posición para aumentar las posibilidades de muchos estudiantes y convocar becas, pero fue acusado de acosar sexualmente a un gran número de mujeres, lo que tuvo impacto en la carrera de diversas especialistas. Aunque los problemas de acoso sexual sean la punta del iceberg, no constituyen el único capítulo en esta tensa relación de los directores con sus discípulas. Los ejemplos de exclusión son reiterados. De nuevo Monica Heller y Bonnie McElhinny (2017: 216) señalan que el comité de sociolingüística, un auténtico centro de poder, tuvo 23 miembros

 

 

 

 

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masculinos en la década de los sesenta; solo Susan Ervin-Tripp y Gillian Sankoff, que no coincidieron en sus periodos, eran mujeres. Parece que hubo algún interés por reclutar a Claudia Mitchell-Kernan, una afroamericana que trabajaba sobre las formas discursivas de la juventud de color, pero nunca llegó a integrarse. Cuando las mujeres estaban presentes, a menudo eran observadoras, aunque fuesen invitadas a presentar comunicaciones en los congresos, especialmente sobre adquisición y educación y, según consta en los archivos de la Fundación Rockefeller, algunas insistían en que se estaba prestando poca o ninguna atención a las mujeres o sugerían que alguna sesión podría ser organizada por una mujer, cuyo trabajo podría debatirse. Como detalle revelador, Virginia Hymes, la esposa del mencionado Dell Hymes, actuaba como secretaria en el Comité de Sociolingüística, tomando notas sobre lo que los demás decían en un encuentro organizado en 1975. Además, en la correspondencia entre los miembros de ese comité se usa regularmente el término man para aludir genéricamente a un colega.

 

Al eliminar lo privado de la historia se contribuye a eludir este y otros temas espinosos: cómo el género afecta en la práctica investigadora, a las decisiones de las graduadas, a la búsqueda de empleo, a las evaluaciones del alumnado, a cómo somos percibidas como profesionales, a la elección de las líneas de investigación, al progreso en la carrera académica, a las expectativas que la comunidad tiene sobre el trabajo femenino o, evidentemente, a los malabarismos para conciliar las diferentes facetas de la vida. El campo de las relaciones personales ha sido atendido con una óptica tradicional, como si las filiaciones fuesen exclusivamente un asunto de camaradería masculina y no una manera de trasvasar el saber a la siguiente generación, llena de entusiasmo y de fe en las capacidades del Otro. A menos que no se tenga esa fe, el asunto merece ser revisado.

 

 

 

9.5. SIN MENTORES NI TUTELAS:

 

MARÍA MOLINER

 

De entre las mujeres vinculadas a ideas lingüísticas que no aparecen en las versiones históricas de la disciplina, un capítulo de singular importancia sería el de aquellas que, a pesar de conseguir un mérito destacable, no llegaron a incorporarse a ningún grupo o centro de investigación y, en

 

 

 

 

 

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consecuencia, vieron menoscabados sus logros. La mejor representante que he encontrado de este perfil es María Moliner (1900-1981). Ella puede explicar el caso de una persona que consigue una hazaña en solitario, sin mentores ni tutelas; también con un reconocimiento de segunda clase.

 

Su biografía sugiere una difícil situación económica —su padre abandona a la familia— que la obliga a alternarse con su hermano en la matrícula de los cursos de bachillerato. Licenciada en Filosofía y Letras, gana una oposición al cuerpo de archivos y bibliotecas. Buena parte de su vida transcurre en un ambiente privado, con un matrimonio y cuatro hijos e hijas, que compatibiliza con su profesión y con las actividades pedagógicas, en la línea de la Institución Libre de Enseñanza, que promovía la República. En esa época ocupa puestos relevantes en la organización de bibliotecas populares. La guerra, como en el caso de María Goyri, sirve para desproveerla de sus méritos de funcionaria, dentro de la estrategia de represalias políticas del franquismo, que sospecha de ella como adicta al régimen republicano. Pero, aun degradada con la pérdida de 18 puestos en el escalafón, mantiene su puesto de trabajo. Solo cuando sus hijas e hijos son mayores, comienza la tarea colosal de elaborar un diccionario del español. Lo hace en su tiempo libre, de manera voluntaria, sin vincularse a ningún equipo, por puro interés en mejorar aspectos de la lexicografía del español con los que no está conforme. Este perfil es uno de los más rebeldes e inesperados que se dan en lingüística. María Moliner no tiene estudios filológicos, no pertenece a un grupo que trace este objetivo y la tarea se prolonga durante 15 largos años. La imagen que se ha extendido es la de una mujer madura que cubre a mano millares de fichas en la mesa de su cocina, pero este cliché, nacido para exaltar su mérito, se convierte también, indirectamente, en una forma de denostarla. Cuando Dámaso Alonso conoce su trabajo, media con la editorial Gredos que, después de años de interlocución, llegará a publicar los dos volúmenes de su Diccionario de uso del español, entre 1966 y 1967. A la muerte de María Moliner, Gabriel García Márquez escribía un artículo en El País[54] que, con mejor intención que resultados, construía el modelo que repetidamente se popularizaría sobre ella:

 

María Moliner, para decirlo del modo más corto, hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil,

 

 

 

 

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más acucioso, y más divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español, tiene dos tomos de casi 3000 páginas en total, que pesan 3 kilos, y viene a ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de la Lengua, y —a mi juicio— más de dos veces mejor.

 

La biografía de Inmaculada de La Fuente (2011) presenta, en cambio, a una autora estudiosa, segura de sí misma y con una ambición intelectual y profesional que el franquismo no pudo desbaratar. Pero la imagen pública que triunfó conserva algunas resonancias de esta presentación de García Márquez: una ama de casa que emprende una proeza inesperada. Ni siquiera en su familia aquel afán de escribir diariamente estaba bien visto: alguno de sus hijos se refiere irónicamente al diccionario como uno más de sus hermanos y cuenta que ella se levantaba muy temprano para iniciar su tarea antes de ir al trabajo, de manera que debían retirar todos los días la improvisada oficina de la cocina para poder desayunar. De hecho, el diccionario contiene una dedicatoria ilustrativa de la mala conciencia de su autora: «A mi marido y a nuestros hijos les dedico esta obra terminada en restitución de la atención que por ella les he robado».

 

El Diccionario de uso es una herramienta concebida de modo muy personal. De entrada, incorpora muchas palabras ausentes del DRAE, especialmente neologismos, pero, sobre todo, destaca por sus criterios de organización: incluye sinónimos, reorganiza el alfabeto eliminando las letras ch y ll —el DRAE no lo hará hasta 1994— e incorpora vías para llegar a palabras desconocidas a partir de otras conocidas. En 1972 su autora fue propuesta por Dámaso Alonso y otros académicos para entrar en la RAE, pero la candidatura no consiguió bastantes apoyos frente a la de Emilio Alarcos Llorach, que tenía a sus espaldas una amplia carrera académica. Aunque se insistió mucho en que no era filóloga, la sospecha de misoginia se cernía ya sobre la institución cuando los periódicos de la época airearon el problema que todavía nos persigue: ¿por qué las mujeres nunca son lo suficientemente eminentes para entrar en las instituciones? En una entrevista de esa época María Moliner declaraba:

 

Sí, mi biografía es muy escueta en cuanto a que mi único mérito es mi diccionario. Es decir, yo no tengo ninguna obra

 

 

 

 

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que se pueda añadir a esa para hacer una larga lista que contribuya a acreditar mi entrada en la Academia […] Mi obra es limpiamente el diccionario. […] Desde luego es una cosa indicada que un filósofo […] entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: «Pero y ese hombre, ¡cómo no está en la Academia!»[55].

 

No parece haber en este estilo de declaraciones una excesiva humildad: María Moliner no es una insegura y tímida ama de casa con inquietudes amateur; es alguien consciente de que ha emprendido una tarea inmensa, que implica una fuerte contestación a la institución que fija, brilla y da esplendor a la lengua. Todas las exclusiones que hemos ido desgranando en capítulos anteriores se condensan en ella: María Moliner no pasa a la historia; es intuitiva, más que teórica, tremendamente rebelde y se ocupa de la actividad menor de coleccionar datos. Ni siquiera puede obtener el beneficio de haber sido enarbolada como una víctima del sexismo vigente porque no faltaron voces femeninas que vinieron a justificar su exclusión. Así, la también lingüista Violeta Demonte quitaba hierro a la acusación de misoginia al señalar[56] que el diccionario era importante y novedoso, pero, como la fundamentación teórica de sus criterios no siempre era clara y sus supuestos tenían origen intuitivo, constituía una obra desigual. La intuición, de nuevo, aparece, como siempre en los relatos marginales de la historia de las mujeres. Y esta vez no resulta ser una virtud. Cuando se critica el trabajo de Moliner como de «desigual utilidad» parece sugerirse que otros trabajos semejantes son sólidos e inquebrantables, útiles en todas sus entradas. Sin perspectiva de género, incluso una tarea ingente y memorable se queda a las puertas de la historia, por lo menos de la historia oficial.

 

 

 

9.6. VIDA COTIDIANA Y PERFILES COLECTIVOS

 

En las últimas décadas se ha desarrollado un paradigma historiográfico caracterizado por el interés en la vida cotidiana y los aspectos privados. Si, por ejemplo, leemos en un texto de este estilo que una casa rural europea

 

 

 

 

 

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en el siglo XVII usaba determinado tipo de lámpara de queroseno para iluminar la cocina —una estancia que en invierno reuniría a la familia en las muchas horas de falta de luz—, el dato puede permitir que transformemos nuestro punto de vista. Alguien tenía que limpiar diariamente las cenizas de esa lámpara; un trabajo tedioso y sucio que, al no exigir pericia ni fuerza física, sería encomendado a quien tuviese dificultades para hacer otras tareas: una criatura, o una persona anciana. Podemos atrevernos, entonces, con una reflexión más profunda. Para superar la escasez natural del invierno, los seres humanos permanecen juntos durante las horas oscuras. Cocinan, reparan instrumentos, conservan sus cosechas, dan de comer a los animales. En estos tiempos, las horas de los relatos, todos dependen de que alguien haya limpiado la lámpara. Es de suponer que eso produciría una sensación de interdependencia mutua y la creencia de que ningún trabajo doméstico era inútil o prescindible. El concepto mismo de trabajo doméstico tal y como hoy lo entendemos, como un conjunto de tareas rutinarias y poco interesantes, no podía existir en aquella época. Será la feminista Betty Friedan, en los años cincuenta, quien hable por primera vez del espacio doméstico como «el campo de concentración de las mujeres». Hay excesivo resentimiento en su frase, pero transmite de manera muy gráfica la causa de que varias generaciones de mujeres intentasen librarse del yugo de permanecer cautivas, aisladas de todo, haciendo esas tareas poco reconocidas mientras les era negado el espacio público. La hipótesis de mantenerse como el ángel del hogar está fuera del imaginario femenino actual, incluso en posiciones conservadoras: la autonomía y la capacidad de pisar la plaza pública son valores innegociables de nuestro tiempo. Sin embargo, el concepto de trabajo doméstico como tiempo esclavo es una relativa novedad. No podía existir cuando todo el grupo dependía de la limpieza de la lámpara, o cuando todos los miembros del clan hacían, en realidad, sus trabajos en las extensiones de la casa. La historia contada a través de los objetos cotidianos permite valorar cómo el capitalismo se fue haciendo con nuestras existencias, marcando pautas y exclusiones. También resulta útil para tomar conciencia respecto a la visión implacable del poder que identifica algunos sujetos como menores, como no verdaderos sujetos de derecho, lo que se aplica en particular, aunque no exclusivamente, a las mujeres.

 

El binomio historiografía versus mujeres guarda pésimas relaciones.

 

 

 

 

 

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La historia tendió a ser parcial por causa de quienes la escribieron, una élite poco representativa de la totalidad, y por los objetos de atención sobre los que se orientaba y, en consecuencia, ha sido escasamente femenina. Dar voz a colectivos silenciados no solo es una práctica feminista; es también una práctica intercultural que persigue una restitución en términos de justicia simbólica. La tradición intelectual en Occidente ha privilegiado el debate entre racionalismo y empirismo, que aparece constantemente en cualquier campo, también en lingüística. El racionalismo supone una defensa de la teoría, de las entidades abstractas y del razonamiento, que suele ejemplificarse con la obra del filósofo francés Descartes. El empirismo, al contrario, parte de la subjetividad individual y de experiencias particulares que nos llegan por los sentidos. A lo largo de estas páginas hemos visto que ellas se han implicado más en perspectivas empíricas, han sido coleccionadoras de datos, recopiladoras de informaciones que a veces desbarataban las grandes teorías y, de ahí, que fuesen desplazadas del centro de atención. Eso no significa que tengamos grandes referentes femeninos del empirismo. Los manuales de filosofía ilustran esta manera de enfrentar la realidad con otra figura masculina; por ejemplo, la del filósofo británico Hume. La representación es masculina. Hoy, en el activismo y en la educación menos formal, las estudiantes que reciben esta información advierten rápidamente que el escenario con que se describe la historia es excesivamente masculino y hasta es probable que expresen su queja de forma poco elegante. Quienes nos ocupamos de la docencia o la investigación podemos sonreír ante su afán reivindicativo o justificar que las cosas fueron así, que no depende de nuestra voluntad el curso de la historia, que nuestras clases, conferencias o artículos enuncian lo que realmente hubo, no lo que querríamos que hubiese. También podemos experimentar una cierta rigidez ante el registro vulgar que adopta el estudiantado cuando se refiere a este asunto, y que va a ser filtrado de nuestros informes sobre la recepción de lo investigado en la sociedad. Un defensor acérrimo de la historiografía o de la filosofía tradicionales insistiría en que no tenemos la culpa de que las mujeres no se hayan dedicado a la teoría lingüística o, en general, a la investigación filosófica o científica de altura. Si queremos estudiar la filosofía del siglo XVII, para continuar con el ejemplo, ese experto proseguiría argumentando que no podremos incluir ningún nombre de mujer. Si hubo alguna, sus escritos no influirían tanto en el pensamiento posterior. No sería justo colocarla a la

 

 

 

 

 

 

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par de los grandes nombres. Con este pensamiento circular, se perpetúa el error de contar una visión parcial de la historia. Porque, si se trata de explicar el pensamiento occidental del siglo XVII, lo primero sería reconocer que era cultivado por una minúscula élite y que la mayoría sería indiferente a sus dictados. Existen siempre diversos métodos para aprehender una realidad que queremos conocer. Metodológicamente es atinado registrar pensadores como Descartes o Hume; tienen méritos sobrados y páginas que todavía hoy nos estremecen. Pero eso no agota la aproximación histórica en absoluto: la posibilidad de prestar atención a las ideas marginales, a las cultivadas en el anonimato, a las líneas de fuga es un cuidado metodológico imprescindible para contrapesar una óptica sesgada. Para el debate entre racionalismo y empirismo habría que buscar referencias en figuras con otro color de piel, otro relato de heridas, otro género. Cuando los historiadores o los lingüistas se aferran a que deben contar lo que realmente hubo, solo evidencian la debilidad de los procedimientos de investigación que se fueron construyendo como canónicos: la actividad académica nos acostumbra a ciertos errores y tendemos a privilegiar nuestra tradición sobre otras narrativas. Lo hacemos automáticamente porque los dispositivos educativos nos han entrenado para reproducir, no para hacer un cortocircuito en la instalación de las disciplinas que cultivamos. Por eso, como corrección metodológica debemos aplicar la sospecha. Nietzsche o Foucault, también hombres, también europeos y mainstream, predicaron que la sospecha debía ser mimada como una pequeña planta. Solo falta cultivarla en nuestros jardines universitarios, porque hoy el feminismo no puede continuar siendo considerado informal o necio.

 

En el siglo XVII la universidad comienza a ser una institución francamente importante, como la Iglesia o el Estado: esos tres poderes deciden qué tipo de conocimiento será relevante y cuál será pura superstición. Al mismo tiempo cierra sus puertas a las mujeres. Hasta ese momento muchas de ellas practicaban saberes empíricos: era oficio femenino saber qué plantas curaban y dónde o cuándo recogerlas o cómo aplicarlas. Pero las universidades tendrán sus propias fábricas de médicos, todos masculinos; como ellas no podían entrar, su saber tuvo que correr en paralelo, fuera de jurisdicción, rebelde y anormal. Los estudios de género han rehabilitado la figura de la bruja como una mujer segregada de la comunidad por su interés en el conocimiento, que recibe un trato vejatorio

 

 

 

 

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o una condena constante. Al final, las brujas eran las grandes poseedoras de conocimiento empírico y su persecución fue tan importante para fortalecer el capitalismo como la colonización y la expropiación de las tierras de las masas campesinas (Federici, 2004). Por eso nosotras, las mujeres contemporáneas, somos las nietas de las brujas que el poder ha podido quemar, pero no borrar. El hecho de que en las últimas décadas muchas artistas e intelectuales se hayan aproximado a la historia con ojos violeta está cambiando algunos patrones. Una amplia masa de lectoras cultas interviene con fuerza en la selección del conocimiento que debe difundirse y la sociedad está más abierta a recibir reinterpretaciones feministas de lo que lo ha estado nunca. Solo falta que las disciplinas académicas dejen de pensar que eso es una amenaza, que no sugieran que una lingüística en femenino, por ejemplo, es una invención de activista y no una manera de acercarse a las lenguas más amplia y rigurosamente fundamentada.

 

La historiógrafa de la vida cotidiana Michelle Perrot (2006) indica que la escritura femenina estuvo limitada durante siglos a la correspondencia privada o a la contabilidad del negocio familiar. Las mujeres iban menos tiempo a la escuela y apenas aprendían a leer, mucho menos a escribir. Incluso en clases sociales elevadas, su educación se limitaba a tocar un instrumento, saber un poco del idioma de moda y dominar ciertas labores de aguja. La alfabetización fue un lujo. Históricamente ellas, cuando aparecen retratadas con una pluma en la mano, están haciendo de copistas o cultivando las relaciones familiares. Atreverse a publicar una obra propia exigía mucho más que la destreza motriz y visual de la caligrafía. Pero Molière llamó preciosas ridículas a las mujeres que se reunían en salones literarios para canalizar su curiosidad y hacer de difusoras culturales, para informarse de las ideas científicas que circulaban, para traducirlas o comentarlas. A partir de aquí, y hemos visto muchos casos, algunas de estas mujeres cultas desarrollan un particular interés por la instrucción femenina y su trabajo pasa a ser más pedagógico —en el sentido de orientado a las prácticas escolares, un reducto que se fueron ganando— que teórico. Es probable que las mujeres actuales quieran reescribir una historia ingrata y no solo para hacer crónica de las voces silenciadas. Lo interesante es aprender del capítulo de la exclusión para advertir la negligencia de los campos de conocimiento, para ordenar ideas, mentalidades, influencias, factores humanos y sociales que se entrelazaron

 

 

 

 

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y finalmente explicar este oscurecimiento de las aportaciones femeninas que continúa dándose en periodos muy recientes. El resultado será reivindicativo del papel de las mujeres en la historia. También servirá de base para una memoria lícita y completa, que indague en el estilo de ideas que el poder ha ido promoviendo; fomentará la crítica y el bienestar social. Regresar a la historia en femenino implica corregir desviaciones o, si fuese necesario, revisar el relato, reformularlo y hacer peligrar la versión oficial.

 

 

 

9.7. ALGUNAS LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA VIDA COTIDIANA

 

BANNER, Lois W. (2003): Intertwined Live: Margaret Mead, Ruth Benedict, and Their Circle, Nueva York, Alfred A. Knopf.

 

CHAPMAN, Siobhan y ROUTLEDGE, C. (eds.) (2005): Key Thinkers in Linguistics and the Philosophy of Language, Nueva York, Oxford University Press.

 

— (2009): Key Ideas in Linguistics and the Philosophy of Language, Edinburgh University Press.

 

CHOMKSY, Carol (1969): Acquisition of Syntax in Children from Five to Ten, Cambridge (Mass.), The MIT Press.

 

CID, J. A. (2017): «Bibliografía de María Goyri», Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, 105, 75-92.

 

ECKERT, Penelope (1990): «Personal and Professional Networks», en Alice Davison y Penelope Eckert (eds.), Women in the Linguistics Profession: The Cornell Lectures, publicado por el Committee on the Status of Women in Linguistics, Linguistic Society of America, 142-154.

 

FEDERICI, Silvia (2004): Caliban and the Witch. Women, the Body and Primitive Accumulation, Autonomedia. Trad. esp. Verónica Hendel y L. Sebastián Touza, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva, Madrid, Traficantes de Sueños, 2010.

 

 

 

 

 

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FUENTE, Inmaculada de la (2011): El exilio interior. La vida de María Moliner, Madrid, Turner Noema.

 

GAIR, James W. (2007): «Charles Francis Hockett 1916-2000, A Biographical Memoire», Biographical Memoires Vol. 89, Washington, D. C, National Academies Press, National Academy of Sciences, 150-179.

 

HADDAD, Joumana (2016): The Third Sex. What Plato Told Me on His Deathbed. Trad. esp. Sara Cantú Pérez de Salazar, El tercer sexo. Lo que Platón me contó en su lecho de muerte, Madrid, Vaso Roto, 2019.

 

HELLER, Monica y MCELHINNY, Bonnie (2017): Language, Capitalism and Colonialism. Toward a Critical History, University of Toronto Press.

 

HITE, Molly (1990): «Sexual Harassment and the University Community», en Alice Davison y Penelope Eckert (eds.), Women in the Linguistics Profession: The Cornell Lectures. Publicado por el Committee on the Status of Women in Linguistics, Linguistic Society of America, 155-163.

 

HOCKETT, C. F. (1987): Refurbishing our Foundations, Ámsterdam, John Benjamins.

 

LAKOFF, G. (2004): Don’t Think of an Elephant: Know Your Values, Frame the Debate, Chelsea Green Publishing. Trad. esp. Paula Aguiriano, No pienses en un elefante, Madrid, Atalaya, 2007.

 

[LAKOFF] TOLMACH, Robin (2000): The Language War, University of California Press.

 

MARTÍNEZ VEIGA, U. (2015): Historia de la Antropología. Formaciones socioeconómicas y praxis antropológicas, teorías e ideologías, Madrid, UNED.

 

PERROT, Michelle (2006): Mon histoire des femmes, París, Ed. du Seuil. Trad. esp. Mariana Saúl, Mi historia de las mujeres, Buenos Aires, FCE, 2008.

 

PHILIPS, Susan (2010): «The Feminization of Anthropology: Moving Private Discourses into the Public Sphere», Gender and Language, 4/1.

 

 

 

 

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SAID, E. (1994): Representations of the Intellectual, Londres, Vintage. Trad. esp. Isidro Arias, Representaciones del intelectual, Barcelona, Paidós, 2016, 2.ª ed.

 

SEW, Jyh Wee (2007): «Reseña de Siobhan Chapman and Christopher Routledge (eds.), Key Thinkers in Linguistics and the Philosophy of Language», Nueva York, Oxford University Press, 2005, xii + 281», Eight International Busker Festivals in Singapore 13-21 November 2004, California Linguistic Notes, 32, 2.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 10

 

SI UNA MIRADA VIOLETA RECORRIESE LA HISTORIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Mientras una crea en la gramática, continúa creyendo en Dios».

 

KATHY ACKER, poeta punk

 

 

 

10.1. ¿POR QUÉÑLA PERSPECTIVA DE GÉNERO A ADE ALGO QUE

 

NO ESTABA?

 

Las fotografias de Ana Mendieta de On Giving Life (1975) componen una de las series más provocadoras del body art. Ante la obra de arte, el ojo que mira se siente pequeño, juez poco capacitado para apreciar. Si nos preguntasen por lo que vemos, dudaríamos, las neuronas tendrían que reorganizar la información antes de que escapase, abrupta, la respuesta: «Veo una mujer manteniendo relaciones sexuales con un esqueleto». La rareza de la frase todavía puede sacudirnos de nuevo —y, por cierto, ahí comenzaría otro debate, el de si una imagen vale o no más que mil palabras—. Dejando a un lado el impacto de la última escena, las fotos que Ana Mendieta publicó en ese prado y con tan peculiar acompañante, evocan una secuencia temporal: ella coloca un esqueleto como si lo preparase para la sesión. Rápidamente, a pesar del desnudo, a pesar de tantas evocaciones culturales que nos apelan para mencionar erotismo, naturaleza y otros temas asociados al arte femenino, llegaría una idea especialmente interesante: ella no es una simple amante; es la propietaria de la cámara, el ojo que la guía. En vez de retratarse como un mero objeto de deseo, aparece como alguien que desarrolla un proyecto. Cuando se acueste sobre el esqueleto nos hará sentir cómo se nos clavan sus huesos en las caderas y las claves de la interpretación se van haciendo más sugestivas y relajadas. ¿Estará quejándose de alguien que la amó distante como un muerto o lamentándose por la fugacidad de los abrazos? La

 

 

 

 

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artista estaba asegurando «No soy la amante; yo soy la vida». Cuando las mujeres se colocaron detrás de la cámara de fotos y no simplemente posaron para ella, hubo que renegociar el canon. Ya no servían los modelos clásicos de belleza o de erotismo; en los años siguientes, otros muchos lugares comunes saltarían por los aires: ni ellas eran sensuales porque sí ni les gustaban las florecillas para los retratos. El body art y el land art eran, sobre todo, un compromiso político.

 

Vayamos un poco más atrás. En 1968, cuando el discurso de Martin Luther King intentaba combatir el odio racial e instaurar los derechos civiles, una de esas mujeres cuyo nombre es poco visible, la pedagoga estadounidense Jane Elliot, llevaba a cabo en sus clases un experimento. Dividió un aula de primaria de acuerdo con un criterio chocante, el color de ojos. A continuación, convenció a sus estudiantes de que tener los ojos azules era sinónimo de inteligencia y bondad, mientras los ojos castaños denotaban apatía y retraso académico. Durante varias jornadas, las criaturas de ojos azules recibieron su felicitación; las de ojos castaños un cierto desdén, cuando no una abierta crítica, por cualquier cosa que hiciesen. Lo impactante del caso es que el grupo asumía hasta el final la dramatización ideada por Elliot: si la profesora afirmaba que tener los ojos castaños determinaba que alguien fuese un inepto, ese alguien se comportaba como un inepto y, del mismo modo, una alta expectativa sobre las actuaciones de las personas con ojos azules parecía tener como resultado que estas se implicasen con mayor intensidad en las responsabilidades que les eran encomendadas. En un determinado momento, invirtió las tornas: ahora lo negativo era tener ojos azules y lo positivo tenerlos castaños. Y los comportamientos volvían a ser acordes con los roles asignados. Esta dinámica, que tuvo continuidad en el tiempo y reunió, años más tarde, a sus protagonistas ya en edad adulta, escenificaba el poder de los estereotipos en las sociedades, además de estimular la empatía al permitir experimentar el racismo en carnes propias. Como este, diferentes proyectos pedagógicos o psicológicos han demostrado que los grupos desfavorecidos acaban reproduciendo los prejuicios lanzados contra ellos. Son profecías autocumplidas. En el documental de Kirie Davies A Girl Like Me (2006) —basado en la investigación de Kenneth Brancoft Clark y Mamie Phipps Clark, una pareja de psicólogos/as afroamericanos/as de los años treinta— se observa que, cuando se pide a niñas y niños de color que elijan entre varias

 

 

 

 

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muñecas, escogen la de raza blanca justificando su preferencia con un argumento descorazonador: «Es mejor porque es más blanca». Los estereotipos en que nadamos se mantienen como un diminuto director de conciencia que nos recita al oído lo que debemos hacer o preferir. Por eso erradicarlos es tan urgente. En este sentido, la presentación de la historia de un campo en masculino no solo es falsa en sí misma, sino que contribuye a propagar la idea igualmente distorsionada de que las mujeres no han hecho contribuciones importantes. No están porque no lo merecen y, así, se extiende en los reductos privilegiados del saber una visión deturpada de la realidad. Si durante mucho tiempo se pudo sostener el prejuicio de que las mujeres eran menos capaces, hoy, en general, esa idea carece de aceptación, pero el sexismo continúa viajando por el circuito social, aunque disfrazado. Apelar sin más a que no estaban por circunstancias conocidas no soluciona el estereotipo; al contrario, lo justifica.

 

En el relato sociológico habitual, las mujeres, obligadas a atender a lo doméstico, no participaron en la construcción de las disciplinas científicas y, por tanto, recomponer una disciplina en femenino nos aboca a nombres menores. Aquí importa, y mucho, una reconstrucción adecuada, como unir los nombres que efectivamente podamos destacar a una hipótesis que explique su oscurecimiento. A veces ellas no estaban en el lugar oportuno porque habían sido desplazadas, pero otras veces sí estaban y, sin embargo, sus contribuciones fueron igualmente desconsideradas, juzgadas como irrelevantes. Las aportaciones del Otro, las de las mujeres como las de los pueblos no occidentales, son relegadas al cajón de lo anecdótico o de lo marginal. Hemos visto reiteradamente que ellas desarrollan muchas veces temas u orientaciones divergentes de las líneas de investigación en cada momento tenidas por principales. La mirada de género permite, además de valorarlas, construir una crítica a las ideas dominantes que no son las únicas y que, en ocasiones, con el paso del tiempo se observan ligeramente agigantadas en su importancia. Explorar lo marginal es redondear la figura, concederle amplitud de campo.

 

En las presentes páginas hemos repasado algunas tradiciones lingüísticas que podríamos denominar feministas, bien porque han sido específicamente construidas dentro de una orientación de género, como en el caso de la antropología lingüística o de la sociolingüística, bien porque se dieron algunas circunstancias casuales para que el poder académico

 

 

 

 

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prefiriese que fuesen mujeres las que realizasen una actividad, en el caso de la criptografía en la Segunda Guerra Mundial o en el de las primatólogas. Ocasionalmente, ellas consiguieron trazar una barrera que las distinguiese con voz propia —en las traductoras de la escuela quebequesa o en las sociolingüistas y filósofas vinculadas al concepto de higiene verbal—. No se trata de una visión unitaria y por eso he renunciado a encabalgar unos capítulos con otros para poder escribir sobre esta variedad compleja un libro de páginas discontinuas: la lingüística escrita con a está tan fragmentada como lo estaría cualquier aproximación a las ideas lingüísticas que no pretendiese ser puramente cronológica, pero revela, una y otra vez, la existencia de ambientes, círculos o figuras particularmente atractivas que construyeron críticas potentes, de las que con frecuencia sabemos poco. Igualmente se observa la vigencia de puntos de vista o métodos alternativos en la investigación y la posibilidad de que el conocimiento se expanda en multitud de direcciones, a veces imprevisibles. La perspectiva de género puede ser combativa, porque nace de una herida y tiene vocación crítica, pero no elimina la lingüística tradicional: no cuestiona la importancia de las figuras masculinas, no desconsidera ni humilla a los investigadores e investigadoras que se han centrado en otros temas o procedimientos, no distorsiona. No insinúa, como las caricaturas sobre el feminismo suelen propagar, que todo es mejor si lo han hecho mujeres, ni intenta combinar lo incombinable. No se trataría de hablar de «feminismo y sonorización de las oclusivas sordas intervocálicas», ni de «complementos directos con perspectiva de género». La perspectiva feminista en lingüística que presentamos está atenta, en cambio, a asuntos considerados no nucleares y los incorpora a la agenda de la investigación, con procedimientos divergentes de los practicados por la tradición o de los sancionados por las grandes instituciones. En particular, parece que ha intervenido de manera decisiva en que la recogida y análisis de datos, susceptible de proporcionar corroboraciones empíricas, no se infravalore con respecto a la producción de teorías elucubrativas o abstractas. La perspectiva de género es una manera de poner a prueba la solidez que el conocimiento humano ha alcanzado en cada una de sus divisiones y proporciona la ventaja de la pluralidad: está abierta a la incorporación de saber por parte de agentes diferentes que, a lo largo de la historia, han sido marginados y que en el siglo XXI pueden hacer oír su voz.

 

 

 

 

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Los capítulos tratados, siguiendo subdisciplinas lingüísticas, componen una tentativa de ensanchar la mirada e insinuar los postulados básicos de esta aproximación alternativa. Hoy algunas disciplinas lingüísticas están ampliamente feminizadas, como la psicolingüística o la didáctica de lenguas. Por eso precisamente no parecía tan urgente caminar por una senda, donde ya, de manera efectiva, las investigadoras de las últimas décadas han trazado su propia cartografía de la resistencia. En coherencia con la hipótesis que orienta todo el trabajo, he preferido transitar por veredas, por caminos marginales, por las otras lingüísticas y en algún caso, como el de las criptógrafas, considerar un oficio vinculado a los idiomas que nunca está propiamente en la historia de la lingüística y que, en su desarrollo reciente, se ha alejado bastante de ella. Bajo la forma de virtudes o de defectos, estas investigaciones con perspectiva de género han recibido calificaciones concretas. De sus practicantes se ha dicho que son intuitivas, transgresoras, a veces creativas o abiertas a una pluralidad de perspectivas. Se ha insistido en que entremezclan lo público y lo privado, proponiendo un punto de vista íntimo que a veces generalizan amenazando la supuestamente necesaria disolución del yo que investiga. Se las ha etiquetado como rebeldes. Pero estaban estableciendo nuevas reglas de juego. No parece un mal bagaje, siempre que aparezcan y no se haga, como en algunas fotos de familia después de un conflicto, un recorte voluntario que las condene a desaparecer.

 

 

 

 

10.2. LO QUE PANDORA METIÓ EN SU CAJA Y OTRAS SUGERENCIAS PARA CONTINUAR

 

Es posible, sin embargo, que la reivindicación de que la lingüística se escribe con a se haya quedado corta. Podríamos haber hablado de muchas más autoras que hoy son referenciales, pero nos habríamos escapado de la perspectiva histórica. Podríamos haber rescatado más nombres del pasado, si no nos hubiésemos colocado la restricción inicial de que las contribuciones no solo remitirían a un nombre de mujer, sino que, además, debían ligarse a ideas marginales o tildadas de secundarias. En la mitología griega, Pandora, dotada de innumerables gracias, recibe el cometido de llevar cierta caja a Epimeteo con la expresa prohibición de

 

 

 

 

 

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abrirla. Pero, siguiendo el arquetipo de la banalidad o la inconsciencia femenina, no resistió a la curiosidad y abrió la caja, de donde escaparon todos los males que los dioses habían guardado y que se extenderían por la superficie terrestre. Pandora, como era de esperar, fue culpada de tanta desolación por no haber sabido prudentemente acatar el mandato. Sin embargo, conviene reconocerle un atributo moral que, a pesar de sus nefastas consecuencias en el mito, es una virtud en la práctica científica: la curiosidad. Si Pandora se dedicase a la lingüística, querría indagar en otros episodios de la historia de las ideas sobre el lenguaje, diferentes de los aquí sugeridos. De manera complementaria y a modo de propuesta de futuro, enunciaré sucintamente algunos episodios de la historia de las ideas sobre el lenguaje susceptibles de recibir un enfoque de género.

 

El tema de las lenguas internacionales auxiliares ha sido mencionado varias veces a lo largo de las presentes páginas. Llama la atención el hecho de que, particularmente en la Europa del racionalismo, tantos pensadores, además de comerciantes y otras mentes prácticas, se dedicasen con esmero a diseñar lenguas fáciles de aprender y usar, desprovistas de ambigüedades y vaguedad o que actuasen como un catálogo para ordenar la realidad. Ninguno de los cientos de proyectos conservados es de autoría femenina. Este capítulo de la historia de las ideas lingüísticas parece singularmente interesante tanto por la atracción que causó como por el carácter errático de las vías exploradas. Compone una verdadera lección resumida de lingüística general comprobar que mentes tan lúcidas como la de Leibniz, particularmente empeñado en esta cuestión, consiguiesen elaborar una propuesta tras otra sin llegar a entender, al final, la verdadera naturaleza del lenguaje. El tema tiene, sin embargo, una posible filiación femenina. Hildegarda de Bingen fue una abadesa benedictina del siglo XII con una importante obra filosófica y literaria. La veneración que suscitó explica que sus obras fuesen copiadas e iluminadas. En ellas destaca una Ignota lingua per simplicem hominem, es decir, el primer proyecto de lengua artificial de que se tiene noticia. Si ligamos esta figura, más o menos remota, a la de Alice Vanderbilt (1874-1950), fundadora de la International Auxiliary Language Association y coautora en 1945 con Mary Bray de un documentado informe sobre el tema, una posible genealogía femenina permitiría, una vez más, vincular temas secundarios a agentes inesperados; un trabajo que está por hacer.

 

 

 

 

 

 

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También en el terreno de los lenguajes formales la estirpe femenina existe. El personaje de Ada Lovelace (1815-1852), casi novelesco, suele aparecer en los estudios de género como la precursora de la programación informática. A ella se atribuye la proeza de conseguir que la máquina deduzca operaciones sin dictarle los resultados intermedios, adaptando las tarjetas perforadas de los telares de Jacquard a la realización de cálculos. Mucho más tarde, Grace Hopper (1906-1992), una científica de la computación y militar estadounidense, se hizo un hueco en la historia al haber desarrollado el primer compilador para un lenguaje de programación y, sobre todo, al implicarse activamente en el uso de las lenguas naturales en la interfaz, abandonando el lenguaje-máquina que se usaba hasta el momento. De sus propuestas nace el COBOL, un lenguaje de programación universal orientado a los negocios. La recuperación de estas figuras femeninas en tecnologías ha sido señalada siempre, desde los estudios de género, como una necesidad social para estimular las vocaciones científicas entre ellas. Si los programas educativos y las planificaciones políticas concuerdan en esa necesidad, será porque se supone que la brecha de género abierta en los campos de conocimiento no es precisamente enriquecedora. Ese supuesto está ya reclamando una lingüística en femenino. Hasta ahora, la lingüística computacional ha atraído a muchas practicantes, pero continúa siendo referenciada en términos históricos de una forma abrumadoramente masculina.

 

Una nueva sugerencia corresponde con un capítulo bien conocido en las panorámicas de la lingüística. En el siglo XVII, al amparo de una vuelta al logicismo, adquiere renombre en Europa la Gramática general y razonada de Port-Royal, un proyecto enciclopédico de gran calado. Aunque solo suelen mencionarse Antoine Arnauld y Claude Lancelot, los autores del opúsculo, el proyecto nace en la abadía de Port-Royal de Champs, vinculada a la doctrina jansenista. Angélique y Agnès, hermanas de Antoine Arnauld, fueron abadesas en Port-Royal, que era, importa destacarlo, un convento femenino. Parece que también aquí algo de la historia de las mujeres se ha perdido u olvidado y será necesario recuperarlo.

 

A diferencia de otros campos, la lingüística es una ciencia reciente, que nace justamente en el momento en que las mujeres inician el camino de su emancipación. Por eso hemos primado las disciplinas y enfoques contemporáneos. Con todo, convendría revisar la historia del pensamiento,

 

 

 

 

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la historia de la filosofía, en busca de autoras. Sería raro que ninguna de ellas hubiese hablado del lenguaje. A medida que las ciencias se despegaban de su matriz, la filosofía pareció abandonar su vocación de preguntarse por los porqués para centrarse en hacer historia. Estudiar Filosofía en secundaria evoca la mención de autores seriados, todos ellos masculinos y amparados en la posibilidad de documentar un progreso, o por lo menos una cronología de las ideas consideradas importantes: Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes, Hume, Kant, Marx, Nietzsche, por ejemplo. Si alguna perspectiva se atreve a incluir mujeres, entonces aparecen los nombres de Mary Wollstonecraft, de Olympe de Gouges o de Simone de Beauvoir, de manera que ellas parecen especialistas en su asunto, en sus derechos. Se diría que no piensan sobre los más diversos temas, como hacen ellos, sino sobre sí mismas. Sería interesante que una revisión de género incluyese a Hiparquia, a María la judía, a Christine de Pisan, a Maria Gaetana Agnesi, a Aleksandra Kollontai, a Lou Andreas-Salomé, a Hannah Arendt. La exclusión de las pensadoras es indicativa de la ideología patriarcal que todavía se propaga desde la didáctica de la filosofía, pero también de la negación de la otredad significativa. Si la filosofía enseña a pensar, no puede conformarse con un inventario que recoja únicamente a los pensadores que entraron en la historia canónica. Y, obsérvese aquí, que la historia sería la disciplina que nos enseña a hacer memoria de los hechos para no incurrir en los mismos errores. Es poco probable que cometamos los errores de un filósofo medieval, así que, incluso abordando la filosofía con un enfoque puramente histórico, habría que conceder una atención específica a la segregación de género, como a las actitudes eurocéntricas e imperialistas. Sería raro, insisto, que ninguna de las mujeres que se sentaron a pensar hubiese hablado del lenguaje. No estamos buscando reivindicaciones de sus derechos, sino ideas y, en particular, ideas lingüísticas. Lo de menos es que hayan acertado. Porque en la investigación nunca ha sido lo importante el dar con la respuesta correcta, sino el formular la pregunta adecuada, aunque no sepamos contestarla.

 

 

 

 

10.3. EL PUNTO DE VISTA DE LA MULTITUD

 

 

 

 

 

 

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Las mujeres revisadas no son las únicas en la historia de las ideas lingüísticas. Una figura histórica como la zarina Catalina de Rusia podría figurar en nuestros manuales. Nacida en lo que hoy es territorio polaco con el nombre de Sophia Friederike Auguste, solo accedió a esa posición de poder al contraer matrimonio con Pedro III, heredero al trono en la época en que se casaron, y posterior zar. Catalina mostró desde el comienzo un gran apego a su nuevo país: aprendió rápidamente ruso y cambió su nombre para rusificarlo. No fue una reina consorte; llegó a ostentar el título de zarina por sí misma después de conseguir que fuese depuesto su marido en una de esas turbulentas conspiraciones tan frecuentes en la corte. Su reinado se prolongó más de 30 años y la historia la recoge como una figura popular por haber practicado unas mínimas reformas sociales dentro del esquema feudal en que se movían los zares rusos. Escribió sus memorias, pero las biografías construyen una peculiar imagen de ella, sobre algunos tópicos que se repiten continuamente. Es identificada como una mujer culta, una gran lectora, con una intensa curiosidad por los avances científicos y por la realidad política, hasta el punto de mantener correspondencia con las figuras representativas de la Ilustración e incluso intensas relaciones personales con Diderot o Voltaire. Pero también se le atribuyen todos los escándalos sexuales que habitualmente van asociados a las mujeres con poder. Como ilustrada, promueve diferentes actividades culturales, entre ellas la fundación de la Academia de Ciencias de San Petersburgo. De modo especialmente significativo para nuestros objetivos, patrocina la elaboración de un catálogo de lenguas del mundo de dimensiones colosales. Obviamente, Catalina, aunque hablaba varias lenguas, nunca fue lexicógrafa y, por tanto, la obra no es de su autoría. Pero sí estamos ante un caso de autoría simbólica; de promoción de un proyecto colectivo.

 

El autor principal del diccionario fue Peter Simon Pallas, un naturalista alemán de reconocido prestigio que había sido invitado por la propia zarina en 1767 a integrarse en la recién fundada Academia de Ciencias. Con ese abarcador afán de conocimiento de la Ilustración, dirigió una expedición a Siberia y otra a la Rusia meridional para recopilar especímenes naturales y fue nombrado miembro de la Oficina Topográfica rusa. Después de 30 años de trabajo de campo, ocupó diversos honores, entre ellos el de profesor del heredero al trono, además de escribir diversos ensayos de temas zoológicos, geológicos y botánicos que sirvieron para

 

 

 

 

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identificar muchos vertebrados; otros de tipo etnográfico y geográfico contribuirían a trazar el mapa de Rusia. Finalmente, figura como autor del vocabulario comparado Linguarum totius Orbis vocabularia comparativa, aunque una obra de tal envergadura reunía a diferentes colaboradores. El ambicioso proyecto pretendía recopilar un glosario universal y comparado de todos los idiomas y, en las sucesivas ediciones se llegaron a incorporar 164 lenguas asiáticas, 55 europeas, 30 africanas y 23 amerindias. El punto de partida era el ruso y las entradas, escritas en alfabeto cirílico, suman 2722.

 

Un asunto particularmente interesante aquí tiene que ver con la Corona española[57]. En 1785, la zarina Catalina II solicitó al rey de España Carlos III una serie de libros impresos, manuscritos y vocabularios relacionados con las lenguas amerindias de las entonces colonias españolas. La petición fue aceptada y algunas instituciones abrieron los correspondientes expedientes para enviarle esa información. Pero nunca lo hicieron. Parece que el material no llegó a ser demandado a los virreyes de esas colonias hasta pasados dos años. Eso explica que no se incorporase en las dos primeras ediciones del vocabulario comparado ruso y también que una gran cantidad del material lingüístico enviado finalmente desde América se encuentre hoy en el Archivo General de Indias de Sevilla. Aunque la petición de la zarina se refiriese a entradas léxicas concretas, las autoridades de las Indias incluyeron también algunos documentos que consideraron de interés sobre muchas lenguas amerindias[58]. Con ojos actuales, la petición de una reina de tierras frías llega por valija diplomática para almacenarse olvidada en la corte española, a pesar de documentar precisamente las lenguas que estaban siendo eliminadas.

 

Catalina fue una soberana adepta a las ideas ilustradas y en tal contexto no es sorprendente que alentase una suerte de diccionario universal para descubrir el origen y la diversificación de las lenguas. El proyecto, como sucede tantas veces en lingüística, va de la mano de los inventarios de la naturaleza que estaban siendo confeccionados por entonces: las clasificaciones de las especies siguiendo el modelo de Linneo dejaron sentir su influjo a menudo en dialectología. Las obras de estas características son, por necesidad, colectivas y, además, poco teóricas. De alguna manera, en un diccionario multilingüe la autoría se diluye; se trata, más bien, de una compilación del saber recogido por las diversas lenguas incluidas. En ese sentido, el mérito no está en quien compila, sino en

 

 

 

 

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propulsar una idea revolucionaria que, además, en este caso, parecía colocar en igualdad de posición lenguas con gran trayectoria literaria e inmenso poder político, como el ruso o el español de aquella capital de las colonias americanas, con las humildes lenguas del Nuevo Mundo. Y eso mucho antes de que el compromiso antropológico con la diversidad se hubiese desarrollado de manera efectiva. El hecho de que los datos se quedasen en Sevilla y no viajasen a San Petersburgo puede ser indicativo de que los diplomáticos, al final, advirtiesen el inmenso poder contenido en tal diccionario.

 

Sin embargo, Catalina no mereció un lugar en la historia de las ideas lingüísticas. Y eso parece una restricción ideológica. Es cierto que algunas historias de la lingüística, como las de Arens y Robins[59], mencionan el capítulo del diccionario y comentan que Rusia estaba convirtiéndose en un imperio caracterizado por el plurilingüismo y que, en tal contexto, la zarina debía tener interés en orientarse y en respetar las lenguas de su país de acogida. Podría decirse que nombran a la mujer, pero relegan su importancia a la pura anécdota cortesana. La perspectiva de género retomaría este episodio de otra manera. No se trata de alabar a Catalina ni de desvirtuar los hechos históricos exagerando su contribución. No hay nada que exagerar: dentro de la perspectiva de los trabajos colectivos que hemos asumido, es significativo que, en un territorio inmenso y atrasado, como la Rusia de la época, se crease en la corte un grupo interesado en la diversidad cultural y lingüística. Es significativo que la zarina estuviese al corriente del proyecto ilustrado, que pidiese a los sabios en boga que pasasen temporadas en su país, que financiase esos proyectos y que incluyese en su correspondencia un asunto tan poco ligado aparentemente a los intereses de Estado como solicitar documentación sobre lenguas exóticas. Parece que la zarina practicaba otras disidencias con respecto a los reyes de su tiempo: fue la primera en cuestionar la pena de muerte, por ejemplo. Pero no se trata, insisto, de agrandar su figura. Simplemente, una personalidad diferente puede ayudar a que las cosas tomen un rumbo diferente. Cuando en el siglo XX se reavive el interés por los datos de lenguas, va a ser obligado mencionar la escuela de San Petersburgo que, de manera independiente, había consolidado una tradición filológica sólida sobre las lenguas habladas en todas las Rusias. Y podemos imaginar que la causa está aquí. Si las cosas fueron así, así deben ser contadas: la Catalina

 

 

 

 

 

 

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promotora de un proyecto empírico no puede ser anécdota, mientras Donato y Prisciano permanecen insistentemente en los manuales.

 

Otro asunto es que una historia de las ideas tienda a privilegiar a determinados agentes. Además de masculinos, esos agentes suelen tener la formación universitaria oportuna: deben intercambiarse información en círculos selectos, deben atesorar currículos; su pericia tiene que proceder de alguna institución que la haya avalado. Si Catalina no había hecho estudios de lexicografía, no puede aparecer vinculada a ese inmenso vocabulario. Algo parecido le sucedería, mucho más tarde, a María Moliner. La especialidad actúa como un filtro que impide ver a estas protagonistas menores de la historia. Peor aún: impide que revisemos los grandes movimientos que, en realidad, están construidos por una multitud, llevando este concepto de la teoría política a la práctica científica: una multiplicidad social de sujetos que son capaces de actuar en común como agentes de producción biopolítica, en este caso dentro del marco de la elaboración de ideas. Con una perspectiva abierta a sujetos no focales, lejos de los animales universitarios en que nos hemos convertido, podemos reconstruir mejor la realidad pasada. Porque, como Catalina de Rusia, otras mujeres podrían entrar en el canon.

 

Sin salir de ese país, bastante más tarde, cuando se produzca la revolución bolchevique, una bibliotecaria y documentalista que tuvo un lugar destacado en el leninismo, Nadia Krupskaia, tuvo a su cargo la educación en el primer Gobierno revolucionario. Gestionar la educación en un territorio tan vasto y plurilingüe implicaba decidir sobre lenguas y eso es hacer planificación lingüística en el contexto más oportuno: el de un Gobierno que pretendía haber llegado para cambiarlo todo. Ni que decir tiene que Nadia Krupskaia nunca es mencionada en un panorama de las ideas lingüísticas. No estoy sugiriendo la reivindicación de un legado intelectual que no estoy segura de que se haya producido; simplemente que esa posibilidad, como tantas otras, debe ser estudiada. Eso, a menos que se quiera defender que la lingüística solo y siempre ha podido ser practicada por personas con una titulación en Lingüística, una especialidad terriblemente reciente para poder dar cuenta de todo cuanto se ha pensado sobre el lenguaje. Por ahora, bastaría con considerar la atracción que la diversidad ha ejercido sobre los sujetos femeninos en la línea que va de las antropólogas a las cultivadoras de la gramática tipológica, pasando por la defensa comprometida de las lenguas minorizadas en las versiones

 

 

 

 

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ecolingüística e intercultural. En los últimos meses, ha comenzado a mencionarse incluso el efecto de la COVID-19 como un motivo para tomarse la defensa de la diversidad lingüística en serio (Piller, 2020[60]).

 

 

10.4. DE OFICIO, RASTREADORA (Y TAN REFERENCIAL COMO UN HOMBRE)

 

Rastrear significa inquirir, indagar o averiguar algo discurriendo a través de conjeturas o señales. Por lo menos esta es una de sus definiciones cuando se aplica a seres humanos. Porque el verbo también se usa para algunos animales que, por medio de su peculiar olfato, consiguen seguir una pista, encontrar algo que no se revela directamente a la observación. Si muchas de las mujeres que han escrito la Lingüística con a han sido eliminadas, es porque su tarea se consideró menor. Las primatólogas pasaban horas con los simios, pero, en opinión de sus críticos, creían demasiado en las habilidades de esas especies. Evidentemente, si no creyesen en ellas, no malgastarían su tiempo dedicándoselo. Las antropólogas dedicaban gran atención a sus informantes, cuyas colaboraciones alientan. Por eso se concedió a su labor cierto interés: proporcionaban muchos datos que no eran accesibles a los hombres. Ellas podían pasar hasta la cocina, dicho en términos coloquiales, y podían ganarse la confianza de otras mujeres. Después, lo que les revelasen, si no casaba bien con las teorías, sería desconsiderado. Rastrear es seguir los olores de lo desconocido, dejarse impregnar. Rastrear ha sido una actividad femenina en las ciencias, en particular en lingüística y debe formar parte del discurso de la disciplina. El uso peyorativo de lo femenino ha sido estructuralmente necesario para entronizar un sistema patriarcal de significado. No tenía que ver con lo que las mujeres hiciesen en la vida real; se trataba de un significado con vigencia política por estar organizado en el discurso. Y el discurso de las ciencias ha sido un continuado ejercicio de la razón normativa y excluyente[61]. Pero este tipo de errores pueden rectificarse con enfoques híbridos. La arquitectura con perspectiva de género nos ha enseñado que las casas particulares y el urbanismo público están construidos con una perspectiva política. En los apartamentos raramente hay más de una habitación donde quepa una cama

 

 

 

 

 

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grande, lo que trasluce una sociedad ordenada de determinada manera y donde el sexo solo está permitido para la pareja principal, que origina y sostiene la familia, y erradicado de sus descendientes o de ascendientes ya mayores. Los espacios públicos no tienen en cuenta la diversidad funcional: las ciudades son cada vez más hostiles para el paseo, para la persona con pocas fuerzas físicas, para quien enfrenta una lesión, una diversidad funcional o un embarazo. La arquitectura de género hace otra arquitectura; humaniza. La medicina con perspectiva de género ha ejercido críticas potentes, como la que deriva del concepto de violencia obstétrica, o ha mostrado que algunas enfermedades, como el infarto de miocardio, tienen diferentes síntomas en hombres y mujeres y que, curiosamente, solo se divulgan los que se verifican en ellos. El derecho con perspectiva de género no solo ha redefinido términos como violencia de género, violación o estupro; también ha mostrado que los hombres tienden a preferir regulaciones con códigos bien estipulados, mientras las mujeres prefieren regulaciones contextuales, válidas según en qué circunstancias. Y así sucesivamente, todos los campos han sido azotados por una perspectiva crítica que no siempre es asumida por la autoridad académica. Popularmente esta crítica se presenta como malhumorada o producto de cierta insatisfacción con lo que ha sido establecido como bien común. Pero la crítica, imprescindible, es también una fuerza en positivo, que se niega a que perpetuemos los errores, que nos conduce hacia un mayor bienestar con las categorías; que produce satisfacciones colectivas. Escribir las disciplinas con a, también la lingüística, es un proceso de justicia restaurativa, y, sobre todo, alimenta la sensibilidad hacia lo que se ha quedado fuera de foco; implica una traslación hacia la periferia, abandonando centros que tal vez solo hayan sido colocados en esa posición privilegiada por quien hacía la fotografía. La lingüística con perspectiva de género, imaginativa, atenta a las heridas, entremezclando lo público y lo privado, muy interesada por renegociar los objetos de atención y repensar las categorías, es una disciplina que ha dejado de estar restringida a un tipo de individuo para ser practicada por una multitud híbrida, descabezada, que avanza convencida de ser un sujeto biopolítico amplio y capaz, por tanto, de tener muchos ojos diferentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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AGRADECIMIENTOS

 

 

 

 

 

No hubiera podido realizar este trabajo sin la colaboración de mis estudiantes de Panorámica de las ideas lingüísticas en la Universidad de Santiago de Compostela durante el primer semestre del curso 2019-2020. Antes de que la pandemia sacudiese nuestras vidas, aceptaron de muy buen grado atender un poco menos a los señores de la escuela modista y a los también señores de la gramática histórico-comparativa y se sumergieron con interés en perspectivas alternativas feministas e interculturalistas, que desplazasen el centro, y en otras formas de lingüística aberrante, como las llamamos, porque el humor siempre tuvo un lugar destacado en nuestras sesiones. Sin sus preguntas, sus críticas — incluidos sus miedos a que nos estuviésemos apartando del camino recto— y su entusiasmo por algunas figuras menores, este libro no habría sido posible. Mi deuda de gratitud con ellas y ellos es enorme. Durante el confinamiento posterior, a medida que estas páginas tomaban una forma definitiva, el núcleo duro de aquel grupo siguió reuniéndose, bajo el formato de una videoconferencia semanal, lo que me permitió mantener un diálogo ininterrumpido y fructífero con Suevia Camba, María Cifuentes, Cristian Macedo Barbosa, Iria Martínez Teijeiro y Carmen Rodríguez Blumer que, espero, continuarán esta senda.

 

Tengo la fortuna de que mis grandes amigos y referentes intelectuales Brais Arribas, desde la filosofía; Alejandro Dayán, desde la sociolingüística, y Philip Krummrich, desde la teoría de la literatura, hayan iniciado conmigo hace tiempo diálogos que me convierten en deudora de muchos de sus puntos de vista. Ellos han ampliado mis lecturas y han leído la primera versión de este trabajo enriqueciéndola con sus reflexiones. Siempre he pensado que el feminismo no era una cuestión femenina, sino una política de los cuerpos sensibles. Mi agradecimiento, siendo inmenso, no lo es tanto como su generosidad y su estímulo. El aliento para

 

 

 

 

 

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escudriñar en los rincones se alimenta también de mi profunda amistad con Xemma Fernández, que me anima siempre en todas mis incursiones: a la pequeña Rita, su hija, va dedicado este libro. Porque ella es el futuro.

 

La circunstancia de haber escrito buena parte de este libro confinada me invita a mencionar la extrañeza que me supuso la decisión de que COVID-19 tenga un nombre femenino: la COVID. Es cierto que es una enfermedad, pero el sarampión y el cáncer también lo son y eso no les impide tener nombres masculinos. Como antes los huracanes, parece ser que las epidemias causadas por virus se nombran preferiblemente en femenino. Después de eso, no será tan raro que también la lingüística pueda escribirse con A.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Listados

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LISTADO I

 

MUJERES LINGÜISTAS

 

EN LA WIKIPEDIA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.    Abbi, Anvita

 

2.    Abbott, Barbara

3.    Aikhenvald, Alexandra;

4.    Aitchison, Jean;

5.    Alexiadou, Artemis;

6.    Antas, Jolanta;

7.    Armstrong, Lilias;

8.    Ashraf, Syeda Ummehani;

 

9.    Atkins, Beryl;

10.  Bagchi, Tista;

11.  Baird, Jessie Little Doe

12.  Bannon, Ann;

13.  Barandovská-Frank, Věra;

 

14.  Barber, Katherine;

15.  Bardovi-Harlig, Kathleen;

 

16.  Baron, Naomi;

17.  Bazzanella, Carla;

18.  Beckman, Mary;

19.  Bell, Jeannie;

20.  Bellugi, Ursula;

21.  Berez-Kroeker, Andrea;

22.  Berezovich, Elena;

23.  Berg, Helma van den;

24.  Berko Gleason, Jean;

25.  Berman, Ruth A.;

26.  Bermúdez, Eloína Miyares;

 

27.  Bernot, Denise;

28.  Biagi, Maria Luisa Altieri;

 

29.  Bishop, Judith;

30.  Blake, Renée A.;

 

 

 

 

 

Página 301

 

31.  Blau, Joyce;

 

32.  Bleek, Dorothea

33.  Borer, Hagit;

34.  Bowerman, Melissa;

35.  Bowern, Claire;

36.  Boyce, Mary;

37.  Bresnan, Joan;

38.  Briggs, Jean;

39.  Bromwich, Rachel;

40.  Broselow, Ellen;

41.  Browman, Catherine;

42.  Brown, Penelope;

43.  Brugman, Til;

44.  Bucholtz, Mary;

45.  Bull, Tove;

46.  Burlak, Svetlana;

47.  Burridge, Kate;

48.  Butt, Miriam;

49.  Bybee, Joan;

50.  Cacoullos, Rena Torres;

51.  Cameron, Deborah;

52.  Canger, Una;

53.  Cassell, Justine;

54.  Catach, Nina;

55.  Cataldi, Lee;

56.  Catrileo, María;

57.  Chaski, Carole;

58.  Cheshire, Jenny;

59.  Chevalier, Marion Frances;

 

60.  Chomsky, Carol;

61.  Choueiri, Lina;

62.  Christensen, Kirsti Koch;

 

63.  Chuilleanáin, Eiléan Ní;

64.  Chung, Sandra;

65.  Cirlot, Victoria;

66.  Clark, Dymphna;

67.  Clark, Eve V.;

68.  Cole, Jennifer S.;

69.  Condee, Nancy;

70.  Contini-Morava, Ellen;

 

 

 

 

 

Página 302

 

71.  Cowper, Elizabeth;

 

72.  Crago, Martha;

73.  Davies, Anna Morpurgo;

74.  Davis, Jenny L.;

75.  D’Costa, Jean;

76.  de Castro, Yeda Pessoa;

77.  de Guzman, Maria Odulio;

78.  de Malkiel, Mª Rosa Lida

79.  Deloria, Ella Cara;

80.  Dent, Susie;

81.  Dino, Güzin;

82.  Dorian, Nancy;

83.  Doron, Helen;

84.  Dragićević, Rajna;

85.  Duarte, Dulce Almada;

86.  Dürscheid, Christa;

87.  Dwyer, Arienne;

88.  Eckert, Penelope;

89.  Ehrlich, Susan;

90.  Eichholz, Vilma Sindona;

91.  Elgin, Suzette Haden;

92.  Elizarenkova, Tatyana;

93.  Engdahl, Elisabet;

94.  England, Nora;

95.  Ergun, Zeynep;

96.  Erlés, Patricia Esteban;

97.  Erofeyeva, Tamara;

98.  Ervin-Tripp, Susan M.;

99.  Eskildsen, Rosario M Gutiérrez

 

100. Faber, Pamela;

101. Farion, Iryna;

102. Fellbaum, Christiane;

103. Fielding, Stephanie;

104. Fierz-David, Linda;

105. Fischer-Jørgensen, Eli;

106. Fitzgerald, Colleen;

107. Fjeld, Ruth Vatvedt;

108. Florey, Margaret;

109. Fodor, Janet Dean;

110. Foster, Mary LeCron;

 

 

 

 

 

Página 303

 

111. Freidenberg, Olga;

 

112. Frolova, Olga;

113. Fromkin, Victoria;

114. Gabain, Annemarie von;

 

115. Gabanyi, Anneli Ute;

116. Gal, Susan;

117. Gelashvili, Naira;

118. Genetti, Carol;

119. Gerdts, Donna;

120. Gezundhajt, Henriette;

121. Ghomeshi, Jila;

122. Glisan, Eileen;

123. Glushkova, Irina;

124. Goldberg, Adele;

125. Goodman, Felicitas;

126. Gopnik, Myrna;

127. Green, Lisa;

128. Grigore, Delia;

129. Groll, Sarah Israelit;

130. Gvishiani, Natalia;

131. Haas, Mary;

132. Hajičová, Eva;

133. Hakulinen, Auli;

134. Hall, Kira;

135. Harley, Heidi;

136. Harris, Alice;

137. Harrison, Jane Ellen;

138. Hasan, Ruqaiya;

139. Hasdeu, Iulia;

140. Hasluck, Margaret;

141. Hatcher, Anna Granville;

 

142. Heath, Shirley Brice;

143. Heim, Irene;

144. Heller, Monica;

145. Hercus, Luise;

146. Hermon, Gabriella;

147. Herring, Susan;

148. Hidasi, Judit;

149. Hildebrandt, Martha;

150. Hill, Elizabeth;

 

 

 

 

 

Página 304

 

151. Hill, Jane H.;

 

152. Hinton, Leanne;

153. Hoff, Erika;

154. Holst, Clara;

155. Holtsmark, Anne;

156. Hume, Elizabeth V.;

157. Humphreys, Jennett;

 

158. Inkelas, Sharon;

159. Irigaray, Luce;

160. Itō, Junko;

161. Ivars, Ann-Marie;

162. Jaszczolt, Katarzyna;

 

163. Jeanne, LaVerne;

164. Jefferson, Gail;

165. Jelinek, Eloise

166. Jinfang, Li;

167. Jobbé-Duval, Brigitte;

 

168. Jones, Eliza Grew;

169. Kachru, Yamuna;

170. Kahane, Renée;

171. Kapeliuk, Olga;

172. Karttunen, Frances;

173. Keating, Patricia;

174. Kepping, Ksenia;

175. Kevelson, Roberta;

176. Kilham, Hannah;

177. Kipfer, Barbara Ann;

 

178. Kirkness, Verna;

179. Kiss, Katalin É.;

180. Klepfisz, Irena;

181. Kober, Alice;

182. Kordić, Snježana;

183. Korkmaz, Zeynep;

184. Kormos, Judit;

185. Kornfilt, Jaklin;

186. Kozhina, Margarita;

187. Kramer, Christina;

188. Kratzer, Angelika;

189. Lahiri, Aditi;

190. Lakoff, Robin;

 

 

 

 

 

Página 305

 

191. Lambton, Ann;

 

192. Larsen-Freeman, Diane;

 

193. Lastra, Yolanda;

194. Legate, Julie Anne;

195. Levin, Beth;

196. Lippi, Rosina;

197. Lloyd, Lucy;

198. Marika, Raymattja;

199. Martineau, France;

200. Martinez, Esther;

201. Massam, Diane;

202. Massignon, Geneviève;

203. Masterman, Margaret;

204. Mazdapour, Katayun;

205. McKay, Sandra Lee;

206. McKean, Erin;

207. McMahon, April;

208. Meakins, Felicity;

209. Meiman-Kitrossky, Inna;

 

210. Mendoza-Denton, Norma;

 

211. Menn, Lise;

212. Mestergazi, Elena;

213. Meyerhoff, Miriam;

214. Michaelis, Laura;

215. Michaelis, Susanne Maria;

 

216. Mierzejewska, Halina;

217. Milroy, Lesley;

218. Mints, Zara;

219. Mithun, Marianne;

220. Moliner, María;

221. Morford, Jill;

222. Morison, Odille;

223. Moure, Teresa;

224. Munro, Pamela;

225. Muscă, Mona;

226. Myers-Scotton, Carol;

227. Nábělková, Mira;

228. Napier, Susan J.;

229. Napoli, Donna Jo;

230. Nemni, Monique;

 

 

 

 

 

Página 306

 

231. Nichols, Johanna;

 

232. Nielsen, Harriet Bjerrum;

233. Nuzhat, Shaista;

234. Okrent, Arika;

235. Olsen, Birgit Anette;

236. Olthuis, Marja-Liisa;

237. O’Shea, Natalia;

238. Ozanne-Rivierre, Françoise

 

239. Özsoy, A. Sumru;

240. Partee, Barbara;

241. Pätsch, Gertrud;

242. Pavilionienė, Marija Aušrinė

 

243. Perkins, Ellavina;

244. Perret, Michèle;

245. Perstølen, Einfrid;

246. Pierrehumbert, Janet;

247. Piirainen, Elisabeth;

248. Poplack, Shana;

249. Pou, Saveros;

250. Prince, Ellen;

251. Proskouriakoff, Tatiana;

252. Pusch, Luise F.;

253. Qiriazi, Parashqevi;

254. Rakeei, Fatemeh;

255. Rauch, Irmengard;

256. Reinhart, Tanya;

257. Reutner, Ursula;

258. Rey-Debove, Josette;

259. Reynolds, Barbara;

260. Rice, Keren;

261. Rivers, Wilga;

262. Romaine, Suzanne;

263. Ronat, Mitsou;

264. Rošker, Jana S.;

265. Rowlands, Jane Helen;

266. Sabatini, Alma;

267. Sadiqi, Fatima;

268. Safavi, Azarmi Dukht;

269. Sakaguchi, Alicja;

270. Sakayan, Dora;

 

 

 

 

 

Página 307

 

271. Samant, Satvasheela;

 

272. Sampson, Hazel;

273. Saubel, Katherine Siva;

 

274. Saunders, Irene;

275. Schieffelin, Bambi;

276. Seki, Lucy;

277. Semino, Elena;

278. Shakryl, Tamara;

279. Shaw, Patricia Alice;

280. Shepard-Kegl, Judy;

281. Shvedova, Natalia;

282. Siewierska, Anna;

283. Simpson, Jane;

284. Širola, Dorjana;

285. Sjoestedt, Marie-Louise;

 

286. Skutnabb-Kangas, Tove;

 

287. Smith, Adeline;

288. Snell-Hornby, Mary;

289. Sorace, Antonella;

290. Sova, Lyubov;

291. Sovran, Tamar;

292. Sow, Salamatou;

293. Stollznow, Karen;

294. Sullivan, Thelma D.;

295. Swain, Merrill;

296. Sweetser, Eve;

297. Tambroni, Clotilde;

298. Tannen, Deborah;

299. Tarlinskaja, Marina;

300. Tarone, Elaine;

301. Tarpent, Marie-Lucie;

302. Tenenbaum, Joan M.;

303. Thomas, M. Carey;

304. Thomason, Sarah;

305. Thompson, Sandra;

306. Timm, Erika;

307. Traugott, Elizabeth C.;

 

308. Tu, Joan Lee;

309. Turville-Petre, Joan;

310. Ulhicun, Aisin-Gioro;

 

 

 

 

 

Página 308

 

311. Uri, Helene;

 

312. Vainikka, Anna;

313. Vaissière, Jacqueline;

314. van Dijk, Marijn;

315. Varlamova, Galina;

316. Verspoor, Marjolijn;

317. Vojtko, Margaret Mary;

318. Walden, Tsvia;

319. Ward, Ida C.;

320. Wąsik, Elżbieta M.

321. Watahomigie, Lucille;

322. White, Lydia;

323. Wierzbicka, Anna;

324. Williamson, Kay;

325. Wodak, Ruth;

326. Wray, Alison;

327. Yartseva, Viktoria;

328. Yee, Mary;

329. Yershova, Galina;

330. Yip, Virginia;

331. Young-Scholten, Martha;

 

332. Zaenen, Annie;

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LISTADO II

 

LINGÜISTAS Y MUJERES VINCULADAS A IDEAS U OFICIOS LINGÜÍSTICOS QUE SE HAN MENCIONADO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1.    Abbi, Anvita: 6.3.

 

2.    Ahven, Eeva: 9.1.

3.    Aikhenvald, Alexandra, 6.3.

4.    Aitchison, Jane: 2.1.

5.    Aneja, Geeta: 8.5.

6.    Anscombe, Elizabeth: 2.2.

7.    Ardener, Shirley: 7.3.

8.    Arrojo, Rosemary: 4.4.

9.    Asensi, Julia de: 4.2.

10.  Austin, Sarah: 4.2.

11.  Ayres-Bennett, Wendy: 1.3.

12.  Banner, Lois: 9.2.

13.  Barbapiccola, Giuseppa Eleonora: 4.2.

14.  Behn, Aphra: 4.2.

15.  [Benedict] Fulton, Ruth: 6.1, 6.2, 9.2.

16.  Berg, Helma van den: 6.3.

17.  Bogoraz, Larissa: 9.1.

18.  Borne, Ruth: 3.2.

19.  Borker, Ruth: 4.3, 4.6, 7.3.

20.  Bradbrook, Muriel: 2.1.

21.  Bray, Mary: 10.2.

22.  Breyfogle, Donna: 1.3.

23.  Brown, Gillian: 2.1.

24.  Brown, Penelope: 7.3.

25.  Bucholtz, Mary: 6.3, 8.5.

26.  Burger, Joanna: 5.4.

27.  Burgos, Elvira: 8.2.

28.  Butler, Judith: 2.2, 7.4, 8.2, 8.3, 8.5, 9.1.

29.  Bybee, Joan: 9.1.

30.  Calero Vaquera, Mª Luisa: 1.3.

 

 

 

 

 

Página 310

 

31.  Cameron, Deborah: 7.3, 8.2, 8.3, 8.5, 9.1.

 

32.  Carter, Elizabeth: 4.2.

33.  Castro, Olga: 4.3., 4.5.

34.  Catalina de Rusia: 10.3.

35.  Catarina de Portugal, infanta: 4.2.

36.  Chapman, Siobhan 9.1.

37.  Châtelet, Émilie du: 4.2.

38.  [Chomsky] Schatz, Carol Doris: 9.3.

39.  Chun, Elaine: 8.5.

40.  Clarke, Joan: 3.2.

41.  Coates, Jennifer: 7.3.

42.  Copland, Fiona: 6.3.

43.  Correa, Isabel Rebeca: 4.2.

44.  Coulter, Cornelia: 2.3.

45.  Creese, Angela: 6.3.

46.  Daly, Mary: 7.3.

47.  Davison, Alice: 8.5.

48.  Eckert, Penelope: 2.5, 8.5, 9.4.

49.  Elgin, Suzette Haden: 7.3.

50.  Elizarenkova, Tatyana: 6.3.

51.  Ervin-Tripp, Susan: 9.4.

52.  Evans, Mary Ann (George Eliot): 4.2.

53.  Fairfax, Mary [Greig/Somerville]: 4.2.

54.  Falk, Julia: 2.1, 2.5, 6.2.

55.  Fawcett, Jane: 3.2.

56.  Flotow, Louise von: 4.3., 4.4.

57.  Fought, Carmen: 8.5.

58.  Frade, Mafalda: 4.5.

59.  Franceschi, Zelda Alice: 6.1.

60.  [Friedman] Smith, Elizebeth: 3.3.

61.  Gal, Susan: 6.3.

62.  Gardner, Beatrice: 5.3, 5.4.

63.  Gardner, Helen: 2.1.

64.  [Garnett] Black, Constance Clara: 4.2.

 

65.  Gauvin, Lise: 4.3.

66.  Glanz, Christine: 8.4.

67.  Godard, Barbara: 4.3.

68.  Goddard, Angela: 4.3, 4.5, 7.3, 8.2, 8.5.

 

69.  Gómez de Avellaneda, Gertrudis: 4.2.

 

70.  Goyri, María Amalia: 9.3.

 

 

 

 

 

Página 311

 

71.  Green, Lisa: 8.5.

 

72.  Greenfield, Patricia: 5.4.

73.  Haas, Mary Rosamund: 2.3, 6.3, 9.2.

74.  Haddad, Joumana: 9.2.

75.  Haraway, Donna: 2.2., 2.5., 5.4.

76.  Hayes, Catherine: 5.3., 5.4.

77.  Hearne, Victoria: 2.2., 5.4.

78.  Heller, Monica: 2.5, 7.3, 6.3, 9.4.

79.  [Herbert], Mary Sidney: 4.2.

80.  Hildegarda de Bingen: 10.2.

81.  Hill, Jane: 8.5.

82.  Hite, Molly: 9.4.

83.  [Hockett] Orlinoff, Shirley: 9.3.

84.  Holmes, Janet: 7.3, 9.1.

85.  Hopper, Grace: 10.2

86.  Hurston, Zora Neale: 6.1.

87.  Hymes, Virginia: 9.4.

88.  Irvine, Judith: 6.3.

89.  Jaffe, Alexandra: 6.3.

90.  Jettmarová, Zuzana: 4.5.

91.  Kelly-Holmes, Helen: 6.3.

92.  Kenneally, Christine: 5.4.

93.  Kristeva, Julia: 9.1.

94.  [Lakoff] Tolmach, Robin: 7.3, 8.3, 9.1, 9.3.

 

95.  Lamarr, Hedy: 3.3., 3.5.

96.  Landes, Ruth: 6.1.

97.  Law, Vivien: 2.1., 2.2., 2.5.

98.  Lencastre, Filipa de: 4.2.

99.  Lejárraga [Martínez Sierra], María: 4.2.

100. Lever, Mavis: 3.2.

101. Levine, Suzanne Jill: 4.3.

102. Lichtheim, Miriam: 6.3.

103. Lippi-Green, Rosina: 8.5.

104. Lotbinière-Harwood, Susanne: 4.3.

105. Lovelace, Ada: 2.4, 10.2.

106. Maeztu, María de: 4.2, 4.4.

107. Maier, Carol: 4.3.

108. Malinche, la: 4.2.

109. Mar-Molinero, Clare: 8.5.

110. Martin, Emily: 6.3.

 

 

 

 

 

Página 312

 

111. Martin, Laura: 6.3.

 

112. Martín Zorraquino, María Antonia: 2.1, 2.5.

 

113. Marx, Jenny Julia Eleanor: 4.2.

114. McElhinny, Bonnie: 2.5, 7.3, 8.5, 9.4.

115. Mead, Margaret: 2.3, 6.1, 6.2, 9.2.

116. Meijer, Eva: 5.4.

117. Meyer Driscoll, Agnes: 3.3.

118. Mills, Sarah: 7.1, 7.5.

119. Milroy, Lesley: 9.1.

120. Mitchell-Kernan, Claudia: 9.4.

121. Mithun, Marianne: 9.1.

122. Moliner, María: 2.3., 9.5.

123. Morpurgo-Davies, Anna: 2.1.

124. Moure, Teresa 3.5, 4.4. 5.3, 7.3, 8.4.

125. Nebrija, Francisca de: 8.1.

126. Noronha, Leonor de: 4.2.

127. Ouane, Adama: 8.4.

128. Oyarzábal, Isabel: 4.2.

129. Pardo Bazán, Emilia: 4.2.

130. Parezo, Nancy: 6.1.

131. Patterson, Francine: 5.4.

132. Patterson, Lindsey: 4.3, 4.5, 7.3, 8.2, 8.5.

 

133. Pascua, Isabel: 4.5.

134. Pepperberg, Irene: 5.4.

135. Peronard, Marianne: 9.1.

136. [Picardet] Poullet, Claudine: 4.2.

137. Philips, Susan: 9.4.

138. Phipps, Alison: 7.5.

139. Pound, Louise: 2.3., 9.2.

140. Reichard, Gladys: 6.1, 9.2.

141. Reimóndez, María: 4.3.

142. Romaine, Suzanne: 8.2, 8.5, 9.1.

143. Romero López, Dolores: 4.5.

144. [Roper] More, Margaret: 4.2.

145. Rosaldo, Michelle: 6.2, 6.3.

146. Rosch, Eleanor: 9.1.

147. Ross, Eevi: 2.1.

148. Royer, Clémence Augustine: 4.2.

149. Sacajawea: 4.2.

150. Sáez [de Melgar], Faustina: 4.2.

 

 

 

 

 

Página 313

 

151. Sankoff, Gillian: 9.4.

 

152. Sanson, Helena: 1.3.

153. Santos, Lucíola L. C. P.: 8.5.

154. Savage-Rumbaugh, Sue: 5.3, 5.4.

155. Schiebinger, Londa: 3.1, 3.5.

156. Schieffelin, Bamby: 6.3.

157. Sew, Jyh Wee: 9.1.

158. Skutnabb-Kangas, Tove: 6.4, 8.4, 8.5.

 

159. Singer, Ruth: 6.3.

160. Slama-Cazacu, Tatiana: 9.1.

161. Smith, Julia Evelina: 4.2.

162. Smuts, Barbara: 5.4.

163. Spivak, Gayatri: 8.4.

164. Snell-Hornby, Mary: 4.5.

165. Stewart, Miranda: 8.5.

166. Sullivan, Thelma: 6.3.

167. Swacker, Marjorie: 7.3.

168. Tannen, Deborah: 7.3, 9.1.

169. Thomas, Margaret: 2.2.

170. Thompson, Sandra: 9.1.

171. Treichler, Paula: 2.3., 2.5.

172. Tyler, Margaret: 4.2.

173. Valentine, Jean: 3.2.

174. Vanderbilt, Alice: 10.2.

175. Veronelli, Gabriella: 8.5.

176. Vidal de Battini, Berta: 6.3.

177. Vigouroux, Cécile: 8.5.

178. Violi, Patrizia: 7.3, 8.4.

179. West, Candace: 7.3.

180. Wierzbicka, Anna: 6.4., 9.1.

181. Williamson, Kay: 6.3.

182. Woodsworth, Judith: 4.5.

183. Woolard, Kathryn: 6.3.

184. Yip, Moira: 9.1.

185. Young, Iris Marion: 5.4.

186. Zambrano, María: 8.1, 8.2.

187. Zepeda, Ofelia: 6.3.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 314

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Teresa Moure es profesora titular de Lingüística General en la Universidad de Santiago de Compostela. En su trayectoria investigadora y docente se ha centrado en universales del lenguaje, ecología lingüística y estudios de género. Paralelamente, ha desarrollado una faceta literaria como novelista, dramaturga, ensayista y poeta en lengua gallega. Varias de sus obras de creación han sido traducidas al español (Hierba mora, Artes subversivas para cultivar jardines o Una madre tan punk) así como a otras lenguas. Con ellas ha ganado diversos premios (Premio de la Crítica de narrativa gallega 2005, Premio Álvaro Cunqueiro y Premio María Casares de teatro en 2009 o Premio Ramón Piñeiro de ensayo en 2005 y en 2012). En 2012 en Queer-emos un mundo novo ya abordaba los compromisos éticos de un lenguaje inclusivo, un punto de arranque para ahora revisar la historia de las ideas lingüísticas en busca de voces silenciadas por cuestión de género.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1]   https://www.thebritishacademy.ac.uk/events/distant-and-neglected-voices-women-history-linguistics/, consultado el 04/10/19. <<

 

 

 

 

 

[2]   Vid. Word, 44/2, 1993. <<

 

 

 

[3]   El uso de la forma con mayúsculas el Otro pretende evocar una alteridad diversa, en género y en otros muchos aspectos, pero he mantenido la forma en masculino para subrayar que durante mucho tiempo continuó representada por el término dominante. Con frecuencia, el lenguaje inclusivo, que he intentado mantener escrupulosamente en esta obra, enfrenta estos problemas de denominación que son, sin duda, problemas de pensamiento y que subrayan la insuficiencia de nuestras herramientas para abordarlos. <<

 

 

 

 

 

[4]   Agradezco estos datos a la profesora Pino Caballero, de la Universidad de La Laguna, quien solícitamente me los ha proporcionado en comunicación personal. <<

 

 

 

 

 

 

[5]   Explicar la complejidad de los métodos criptográficos exigiría superar el espacio de que disponemos en estas páginas y desviarnos del objetivo principal. Baste, por tanto, con indicar que el cálculo de frecuencias implicaría contar el número de apariciones de una letra en un texto e intentar dar con su correspondencia en la lengua origen detectando cuál tendría en ella porcentajes similares. <<

 

 

 

 

 

[6]   Para más información, vid. Moure (2005). <<

 

 

 

 

 

[7]   Vid. Seoane y Sanmartín (2019). <<

 

 

 

 

 

 

[8]   Para una visión general del campo, vid. Munday, J. (2009): Introducing Translation Studies: Theories and Applications, 2.ª ed, Londres, Routledge, o Baker, M. (2011): In other Words: A Coursebook on Translation, 2.ª ed., Londres, Routledge. <<

 

 

[9]   A modo de ejemplo, vid. Martínez Crespo, Alicia (1995). <<

 

 

 

[10] Vid. https://www.traduccionestridiom.com/traductoras-la-mujer-en-la-traduccion/, consultado el 31/03/2020. <<

 

 

 

 

 

 

[11] En la Europa de los siglos XVIII y XIX los salones literarios tuvieron gran protagonismo en la difusión cultural. Se trataba de círculos organizados a modo de reuniones para debatir todo tipo de asuntos intelectuales, con frecuencia temas científicos y filosóficos, siempre organizados por una mujer de clase alta, que aportaba un cierto grado de refinamiento. El papel de las salonnières implicaba ser las anfitrionas que convocaban en su casa, supervisando que todo fuese bien, pero también ellas, como organizadoras, y sus amigas participaban activamente en los debates. Visto con perspectiva de género, las mujeres de la burguesía o la aristocracia, excluidas del saber formal por la academia, estaban orientando su afán de conocimiento hacia foros alternativos, donde eran mecenas y animadoras, pero donde también estaban subvirtiendo las rígidas normas de género que les habían impuesto. <<

 

 

 

 

[12] A título de ejemplo, todavía la tesis doctoral presentada en la Universidad Complutense de Madrid en mayo de 2000 La traducción en España en el ámbito de las relaciones internacionales con especial referencia a las naciones y lenguas germánicas (S. XVI-XIX), por Ingrid

 

Cáceres Würsig, que recoge numerosas figuras, no incluía ni una sola mujer. <<

 

 

 

 

 

 

[13] Vid. Darwin Correspondence Project (University of Cambridge): https://www.darwinproject.ac.uk (cartas 3562 y 3721), consultado el 21/10/2019. <<

 

 

 

 

 

[14] Vid. Castro, Olga (2009). <<

 

 

[15] Para más información, vid. Moure (2012). <<

 

 

 

 

 

 

[16] Vid. Bosque, I. (2012): «Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer», https://www.rae.es/sites/default/files/Sexismo_linguistico_y_visibilidad _de_la_mujer_0.pdf <<

 

 

 

 

 

[17] Vid. Kingsley, Mary (1897): Travels in West Africa. Trad. esp. J. L. Moreno Ruiz, Viajes por el África Occidental, Madrid, Valdemar, 2001. <<

 

 

 

 

 

 

[18] Descartes, R. (1637): Discours de la méthode. Trad. esp. A. Gual Mir, Discurso del método, Madrid, EDAF, 2012, parte V, 41. <<

 

 

 

 

 

[19] El histerismo fue una patologización de conductas diversas que servía para mantener a las mujeres encerradas en esferas privadas bajo la disculpa de sus nervios sensibles y el control que su útero ejercía sobre ellas al ritmo de la luna. En Platón, por cierto, el útero, base léxica en griego para el histerismo, era concebido como un animal furioso. <<

 

 

[20] Spinoza, B. (1677): Ethica ordine geometrico demonstrata. Trad.

 

V. Peña, Ética demostrada según el orden geométrico, parte IV, proposición XXXVII, escolio I., Editora nacional, Madrid, 1975, 302. <<

 

 

 

 

 

 

[21] Vid. Moure (1996): La alternativa no-discreta en Lingüística. Una perspectiva histórica y metodológica, Universidad de Santiago de Compostela. <<

 

 

 

 

 

[22] Tomo la idea del venir a menos del ensayo del mismo título del filósofo Brais Arribas (2019), que explora las posibilidades de un nihilismo débil, abierto a la pluralidad y la diversidad. <<

 

 

 

 

 

 

[23] Oficialmente fue un poco anterior, en 1868, pero se exigía todavía un permiso expreso de la superioridad para que una mujer ingresase (González García y Pérez Sedeño, 2002). <<

 

 

 

 

[24] Carta de B. McClintock a J. R. S. Fincham, Repositorio de la US Library of Medicine. <<

 

 

 

[25] Sus declaraciones son muy significativas: «He disfrutado realmente de no estar obligada a defender mis interpretaciones. Simplemente pude trabajar con el máximo placer. Nunca me sentí con la necesidad, ni con el deseo, de defender mis puntos de vista» (ibid.). <<

 

 

 

 

 

 

[26] Vid. Anderson, S. (1985): Phonology in the Twentieth Century. Theories of Rules and Theories of Representations, Univ. Of Chicago Press. Trad. esp. Elena de Miguel Aparicio, La fonología en el siglo XX, Madrid, Visor, 1990. <<

 

 

 

 

 

[27]

 

https://culturaypersonalidadblog.wordpress.com/author/marcoeblog/, entrada 10-10-2016, consultado el 16-04-2020. <<

 

 

 

 

 

 

[28] Cuando escribo esta frase lo primero que redacto es «si no hubiéramos tenido un ejército haciendo descripciones». Sustituir las palabras para evitar metáforas que alimenten otros valores es, también, un aprendizaje que les debemos a estas autoras. <<

 

 

 

 

 

 

[29] Deborah Cameron (1994) introduce algunos comentarios sobre estas frases de Armstrong, pero como se trata de una anécdota muy divulgada me he permitido desarrollar una versión personal del relato. <<

 

 

 

 

 

[30] La frase de Ockham «non sunt multiplicanda entia praeter necessitatem» alerta de que la mejor explicación es siempre la más simple. Conocida como la navaja de Ockham, es un principio metodológico que salvaguarda la economía en las teorías y previene acerca de los peligros de excesivas diferenciaciones. En el estructuralismo, sin embargo, se recurre con frecuencia a diferenciaciones contrarias a la intuición, como la que ejemplificamos. <<

 

 

 

[31] Vid. caps. 4 y 6. <<

 

 

 

 

 

 

[32] Vid. Jespersen, O. (1922): Language. It Nature, Development and Origin, Londres, Allen & Unwin. <<

 

 

 

 

 

 

 

[33] Para la conexión entre esta línea sociolingüística y la traducción en Quebec, vid. cap. 4. <<

 

 

[34] Para el caso de sociedades con conflictos lingüísticos abiertos y la tendencia de las mujeres a decidirse en favor de la lengua dominante vid. Moure (2010, 2012). <<

 

 

 

 

 

 

[35] Mientras reviso estas líneas, el doctor Fernando Simón, que comparece diariamente ante los medios de comunicación españoles para explicar los detalles del estado de alarma durante la crisis de la COVID-19, se presenta a mis ojos como un ejemplo óptimo de este proceder. También observo comentarios en este sentido en las redes sociales que lo identifican como un modelo de nueva masculinidad. <<

 

 

 

 

 

[36] En el marco hispanohablante, las filosofías del lenguaje de Acero, Bustos y Quesada (Introducción a la filosofía del lenguaje, Madrid, Cátedra, 1982), Acero (Filosofía y Análisis del Lenguaje, Madrid, Cincel, 1985), Bustos Guadaño (Filosofía contemporánea del lenguaje, 2 vols., Madrid, UNED, 1987), Hierro Pescador (Principios de filosofía del lenguaje, 2 vols., Madrid, Alianza, 1983) o García Carpintero (Las palabras, las ideas y las cosas, Barcelona, Ariel, 1996) reflejan perfectamente esta orientación. <<

 

[37] Vid. Dascal et al. (1995). <<

 

 

 

 

[38] Desde una perspectiva contraria a cualquier forma de racismo podemos asegurar que el color de piel es absolutamente irrelevante y que no debería ser usado para identificar a nadie. Sin embargo, el asunto no es tan simple. En el caso de personas que sufren discriminación y violencia racial fuera de Estados Unidos, negro/a puede ser una etiqueta relevante porque no se puede hablar de afroamericano/a. Además, parece que la preferencia está cambiando, pues las propias personas negras que participan estos días en las protestas #BlackLivesMatter están reclamando nuevamente la etiqueta black, entre otros motivos porque muchas no pueden remontar sus genealogías hasta África. <<

 

 

 

 

[39] El pensador europeo, así en masculino, como algún otro de los escasos masculinos genéricos usados en este libro, no puede reemplazarse por una forma inclusiva sin perder buena parte del efecto crítico que contiene. Como en el caso de la forma el Otro (vid. nota 5 en cap. 3), pretende evocar la diversidad de esa categoría y, al tiempo, representarla con el término masculino/dominante. No se trata tanto de defender la opción que en un momento dado escojamos como de advertir las brechas que se abren al pensamiento confortable que da todas las categorías por seguras. <<

 

[40] Vid. Kymlicka, W. (1995) [Multicultural Citizenship. A Liberal Theory of Minority Rights, Oxford, Claredon Press. Trad. esp. C. Castells Auleda, Ciudadanía multicultural. Una teoría liberal de los derechos de las minorías, Barcelona, Paidós, 1996] o Habermas, J. (1995) [«Multiculturalism and the Liberal State», Stanford Law Review 47/5, 1995, 849-853] y (1996) [Between Facts and Norms, Cambridge (Mass.), The MIT Press]. <<

 

 

 

 

[41] S. Vertovec (2007) intentó introducir el concepto de superdiversidad que sería criticado por Ndhlovu (2016) como una noción blanca y europea, que no toma en cuenta la realidad de otras latitudes. <<

 

 

 

 

 

[42] Vid. Mufwene, S. (2008): Language Evolution. Contact, Competition and Change, Londres-Nueva York, Continuum. <<

 

 

 

 

 

[43] Vid. Crystal, D. (2000): Language Death, Cambridge Univ. Press. Trad. esp. P. Tena, La muerte de las lenguas, Cambridge University Press.

 

<< 

 

 

 

 

 

[44] Para más información, vid. Moure (2019). <<

 

 

 

 

[45] Esas ideas eran: aceptabilidad/gramaticalidad; adecuación; ambigüedad/vaguedad; filosofía analítica; analítico/sintético; inteligencia

artificial; conductismo; cognitivismo; composicionalidad; connotación/denotación; continuidad; significado convencional; análisis de la conversación; córpora; teoría de la correspondencia; creatividad; deconstrucción; deducción/inducción; descripciones definidas; descriptivismo; análisis crítico del discurso; rasgos distintivos; émico/ ético; empirismo/racionalismo; feminismo; fonología generativa; semántica generativa; glosemática; holismo; idealismo; implicatura; indeterminación; innatismo; integracionismo; intencionalidad; intuicion; juegos del lenguaje; lenguaje del pensamiento; langue/parole; relatividad lingüística; variable lingüística; lógica; forma lógica; positivismo lógico; mentalismo; metáfora; minimalismo; modalidad; semántica model-theoretic; nombres; significado no natural; teoría de la optimalidad; filosofía del lenguaje ordinario; performativo; fonema; cortesía; corrección política; lógica de Port-Royal, semántica de mundo posible; postestructuralismo; presuposición; lenguaje privado; actitudes proposicionales; proposiciones; prototipo; psicoanálisis; teoría de la relevancia; datos sensoriales; sentido y referencia; signo y semiótica; semántica situacional; teoría de actos de habla; estructuralismo; gramática sistémico-funcional; gramática generativo-transformacional; teorías de la verdad; valor de verdad; tipo/ejemplar; gramática universal; uso/mención.

<< 

 

 

 

 

 

[46] Vid. cap. 7. <<

 

 

 

 

 

 

[47] Probablemente la influencia de Piaget se dejaba sentir en la idea de la semántica generativa de que no había correspondencia entre estructura profunda y superficial. Sus practicantes se desviaron del marco ortodoxo al postular que la naturaleza del conocimiento inscrito en el genoma humano es de naturaleza semántica: la misma expresión usada en contextos diferentes muestra la necesidad de explicar lo que se quiere decir en lugar de la forma en que se dice, con la idea al fondo de buscar un conocimiento del mundo, más o menos universal, que contrasta con las expectativas de cada lengua particular y que ayudaría a las criaturas de poca edad para guiarse en las etapas de adquisición. <<

 

 

 

[48] http://www.fundacionramonmenendezpidal.org/mariagoyri/, consultado el 14/05/2020. <<

 

 

 

 

 

 

[49] Cid (2017: 91), en un detallado trabajo sobre la bibliografía de esta autora, transcribe una carta de Pascual Urbán a Menéndez Pidal en 1942 que ilustra adecuadamente los usos sexistas de la época: «Hace ya cerca de medio siglo tuve el gusto de ser, por breves días, discípulo de V., que daba un cursillo sobre los orígenes del Castellano en los Estudios Superiores del Ateneo. Mas no es este grato recuerdo el que me lleva a escribirle, sino otro más complaciente todavía, y es que, por el año 1896, fui condiscípulo de una alumna, quizás la única, entonces, de la Central, tan bella como prudente y aplicada (y no debe V. tomar como lisonja ni menos como piropo estas palabras, puesto que ella se mostraba tan recatada y virtuosa que nadie, ¡cosa rara en aquellos medios escolares!, se atrevía a requebrarla). Y esta era su señora, Doña María Goiri [sic], a la que, en recuerdo de mejores tiempos, me complazco en remitirle, en sobre aparte, un folletito modesto en su forma, pero interesante en su fondo sobre el Misterio de Elche». <<

Página 365

 

[50] Fox, Margelit (2008): «Carol Chomsky, 78, Linguist and Educator, Dies», The New York Times, consultado el 21/10/19. <<

 

[51] Carol Chomsky; at 78; Harvard language professor was wife of MIT linguist <<

 

[52] Vid. Hockett, C. F. (1980): «Preserving the Heritage», en B. Davis y R. O’Cain (eds.), First Person Singular: Papers from the Conference on an Oral Archive for the History of American Linguistics, Ámsterdam, John Benjamins, 99-107. <<

 

[53] Shirley Hockett Obituary <<

Página 369

 

[54]

 

https://elpais.com/diario/1981/02/10/opinion/350607617_850215.html <<

 

 

[55] D. Sueiro, «¿Será María Moliner la primera mujer que entre en la Academia?», Heraldo de Aragón, 07-11-1972. <<

[56]

 

https://elpais.com/diario/1981/01/23/cultura/349052402_850215.html <<

 

[57] Vid. Stala, Ewa (2011): «Diccionario de Catalina la grande (1787-1789)», en Rosanna Krzyszkowska-Pawlik, E. Palka y E. Stala, Studia Iberystyczne, Ksiegarnia Akademicka, 2011, 151-164. <<

 

[58] Se trata de léxicos de tagalo, bicol, cagayán, panganisano, bisaya y zámbala de entre las lenguas de Filipinas; quechua y aimara de Perú; sáliba de Nueva Granada; y quiché, cakchiquel, tzutujil, cakchí, pocomano, poqomchí, popoluca, chol, tzotzil, tzendal, chanabal, zoque, subinha, chiapaneca, mam, cabécar, viceyta, lean, mulia y térraba de Guatemala. Para más información, vid. Oropesa, F. (2016): «El proyecto enciclopédico de las lenguas indígenas del nuevo mundo (1785-1792)», consultado02/11/19. <<

  

 

[59] Vid. Robins, R. H. (1967): A Short History of Linguistics, Londres, Longman. Trad. esp. María Condor, Breve historia de la lingüística, Madrid, Cátedra, 2000. Arens, H. (1955): Sprachwissenschaft. Der Gang Ihrer Entwicklung von der Antike bis zur gegenwart. Trad. esp. E. Wulff, La Linguística. Sus textos y su evolución desde la antigüedad hasta nuestros días, Madrid, Gredos, 1975. <<

 

[60] Vid. Piller, Ingrid (2020): «Covid-19 Forces Us to Take Linguistic Diversity Seriously», en G. Boomgaarden (ed.), A De Gruyter Social Sciences Pamphlet: Perspectives on the Pandemic. International Social Science Thought Leaders Reflect on Covid-19, Berlin, De Gruyter, 2020, 12-17. <<

 

 

[61] Braidotti, Rosi (2004): Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade, Barcelona, Gedisa. Ed. esp. de varios artículos y conferencias organizada por Amalia Fischer Pfeiffer, 61. <<



FIN

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