© Libro N° 14377. Lingüística Se Escribe Con A. La Perspectiva De Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje. Moure, Teresa. Emancipación. Octubre 18 de 2025
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LINGÜÍSTICA SE ESCRIBE CON
A
Teresa Moure
Lingüística
Se Escribe Con A
La
Perspectiva De Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje
Teresa Moure
Los manuales de
historia de la lingüística que se usan en la actualidad no recogen ningún
nombre de mujer. Ninguno. Algo que resulta paradójico si tenemos en cuenta que
el surgimiento de esta disciplina, en el primer tercio del siglo XX, coincide
con el acceso de las mujeres occidentales a la educación superior, eligiendo en
muchos casos estudios humanísticos. ¿Cómo explicar este hecho? ¿Acaso ninguna
logró hacer aportaciones significativas en un campo de saber que tuvo muchas
cultivadoras? Este libro propone no tanto hacer una crónica de las lingüistas
olvidadas —un olvido que no solo afectaría a figuras individuales, sino a todo
un colectivo
— como reflexionar
sobre las causas de su exclusión. ¿Cómo se forjan las ideas sobre las lenguas?
¿Qué temas, estilos y metodologías han primado en su gestación, difusión y
progreso? Teresa Moure traza una historia alternativa y crítica de la
lingüística, ilustrando la participación de las mujeres en oficios y saberes
relacionados, como la traducción, la criptografía, la antropología, la
primatología, la sociolingüística o la filosofía del lenguaje. Y lo hace a
partir de una interesante hipótesis: mostrando cómo esas mujeres, consideradas
voces secundarias en este saber (y otros muchos), se dedicaron a asuntos
considerados “menores” o marginales, con planteamientos y procedimientos
divergentes a los canónicos.
Teresa Moure
Lingüística Se
Escribe Con A
La Perspectiva De
Género En Las Ideas Sobre El Lenguaje
ePub r1.0
Titivillus
09-10-2025
Teresa Moure, 2021
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
Cubierta
Lingüística se
escribe con A
PRIMERA PARTE UNA
HIPÓTESIS CONSTRUIDA SOBRE LA SOSPECHA
CAPÍTULO 1 POR UNA
LINGÜÍSTICA CON PERSPECTIVA DE GÉNERO
1.1. EL SABER
TAMBIÉN TIENE MEMORIA
1.2. ELLAS, FUERA
DE LA HISTORIA: OLVIDADAS, BORRADAS Y SILENCIADAS
1.3. LINGÜÍSTICA,
UNA CIENCIA SIN ELLAS
1.4. REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS CAPÍTULO 2 ¿Una ausencia absoluta?
2.1. ELLAS HABLAN:
NARRATIVAS AUTOBIOGRÁFICAS CONTEMPORÁNEAS
2.2. MUJERES LEÍDAS
POR MUJERES
2.3. LOS SESGOS DE
LA DISCRIMINACIÓN
2.4. AÚN MENOS QUE
LINGÜISTAS: MUJERES CON OFICIOS RELACIONADOS CON EL LENGUAJE
2.5. ALGUNAS
LECTURAS SOBRE LINGÜÍSTICA FEMINISTA Y OTRAS REFERENCIAS BÁSICAS
CAPÍTULO 3 OFICIOS
LINGÜÍSTICOS CON PROTAGONISMO FEMENINO: LA CRIPTOGRAFÍA 3.1. LAS IDEAS
INVISIBLES
3.2. CRIPTOGRAFÍA
EN VIOLETA: LAS CODE GIRL
3.3. EL ENFOQUE
COLECTIVO FRENTE AL ENFOQUE DE LAS GRANDES MUJERES
3.4. LINGÜÍSTICA EN
FEMENINO: LA INTUICIÓN
3.5. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA CRIPTOGRAFÍA
SEGUNDA PARTE
TRADICIONES DE GÉNERO EN LOS MÁRGENES: LA LINGÜÍSTICA FEMINISTA
CAPÍTULO 4
TRADUCTORAS: DE LA INVISIBILIDAD A LA PRESENCIA INCÓMODA
4.1. EL MÁS
INVISIBLE DE LOS OFICIOS LINGÜÍSTICOS
4.2. PARA UNA
GENEALOGÍA FEMINISTA DE LA TRADUCCIÓN
4.3. LA CONVULSIÓN DE LA TEORÍA: LA ESCUELA
FEMINISTA DE TRADUCCIÓN QUEBEQUESA
4.4. MANIPULACIÓN Y
CALIDAD DE LA TRADUCCIÓN: UNA CUESTIÓN DE LEALTADES
4.5. LINGÜÍSTICA EN
FEMENINO: LA TRANSGRESIÓN
4.6. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA TRADUCCIÓN
CAPÍTULO 5
PRIMATÓLOGAS Y OTRAS MUJERES QUE HABLAN CON SIMIOS
5.1. LA
PRIMATOLOGÍA, ¿UN CAMPO FEMINIZADO?
5.2. DEFINIENDO LOS
LÍMITES DE LO HUMANO
5.3. PROYECTOS DE
COMUNICACIÓN ENTRE ESPECIES: SERES HUMANOS QUE HABLAN CON SIMIOS (Y SIMIOS QUE
LES RESPONDEN)
5.4. SUE
SAVAGE-RUMBAUGH Y SU LEGADO: UNA LECTURA FEMINISTA
5.5. LINGÜÍSTICA EN
FEMENINO: LA SOMBRA DEL MACHISMO EN LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
5.6. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA SOBRE LOS PROYECTOS DE LENGUAJE
HUMANO EN PRIMATES
CAPÍTULO 6 TEJIENDO
HILOS ENTRE EL OTRO Y LA PROPIA VIDA: LA MIRADA DE LAS ANTROPÓLOGAS 6.1. HIJAS
DE “PAPÁ FRANZ”
6.2. PONIENDO EL
GÉNERO BAJO LOS FOCOS
6.3. ¿OTRA VEZ
CAZADORES Y RECOLECTORAS?
6.4. LINGÜÍSTICA EN
FEMENINO: EL PUNTO DE VISTA ÍNTIMO
6.5. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DEL LEGADO LINGÜÍSTICO DE LAS
ANTROPÓLOGAS
CAPÍTULO 7 CUANDO A
LA GRAMÁTICA LE CRECIERON LOS ACCIDENTES: LAS SOCIOLINGÜISTAS FEMINISTAS 7.1.
UNA GUERRA CONTRA LOS GRAMÁTICOS
7.2. LAS PRÁCTICAS
DEPURATIVAS DEL FEMINISMO
7.3. LA IRRUPCIÓN
DEL GÉNERO: UN ACTIVISMO SOCIAL QUE MARCA AGENDA PROPIA
7.4. UN DEBATE TAN
VIGENTE COMO SILENCIADO
7.5. LINGÜÍSTICA EN
FEMENINO: LA REBELDÍA
7.6. ALGUNAS
LECTURAS SOBRE SOCIOLINGÜÍSTICA FEMINISTA Y OTRAS REFERENCIAS BÁSICAS
CAPÍTULO 8 UN PASEO
CON HUMPTY DUMPTY: LAS FILÓSOFAS DE LA HIGIENE
8.1. EL GRAN VACÍO
DE LA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE
8.2. MÁS ALLÁ DE LA
CORRECCIÓN POLÍTICA: EL MOVIMIENTO A FAVOR DE LA HIGIENE VERBAL
8.3. Y LLEGÓ JUDITH
BUTLER PARA HACER LIMPIEZA
8.4. LINGÜÍSTICA
INTERCULTURAL COMO FILOSOFÍA DEL LENGUAJE
8.5. LINGÜÍSTICA EN
FEMENINO: NUEVAS REGLAS DE JUEGO
8.6. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE CON ORIENTACIÓN DE GÉNERO
TERCERA PARTE
POSIBILIDADES DE REESCRIBIR LA HISTORIA CAPÍTULO 9 LA VIDA ÍNTIMA DE LAS
LINGÜISTAS 9.1. DIOSES QUE SIEMPRE DEFRAUDAN
9.2. AMANTES Y
OTROS ASUNTOS DE LOS QUE CONVENDRÍA NO HABLAR, O TAL VEZ SÍ
9.3. SEÑORAS DE
9.4. ¿DÓNDE
QUEDARON LAS DISCÍPULAS?
9.5. SIN MENTORES
NI TUTELAS: MARÍA MOLINER
9.6. VIDA COTIDIANA
Y PERFILES COLECTIVOS
9.7. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA VIDA COTIDIANA
CAPÍTULO 10 SI UNA
MIRADA VIOLETA RECORRIESE LA HISTORIA
10.1. ¿POR QUÉ LA
PERSPECTIVA DE GÉNERO AÑADE ALGO QUE NO ESTABA?
10.2. LO QUE
PANDORA METIÓ EN SU CAJA Y OTRAS SUGERENCIAS PARA CONTINUAR
10.3. EL PUNTO DE
VISTA DE LA MULTITUD
10.4. DE OFICIO,
RASTREADORA (Y TAN REFERENCIAL COMO
UN HOMBRE)
AGRADECIMIENTOS
Listados
LISTADO I MUJERES
LINGÜISTAS EN LA WIKIPEDIA LISTADO II LINGÜISTAS Y MUJERES VINCULADAS A IDEAS U
OFICIOS LINGÜÍSTICOS QUE SE HAN MENCIONADO Sobre la autora
NOTAS
PRIMERA PARTE
UNA HIPÓTESIS
CONSTRUIDA
SOBRE LA SOSPECHA
CAPÍTULO 1
POR UNA LINGÜÍSTICA
CON PERSPECTIVA DE GÉNERO
«A veces, cuando
estoy sola en la oscuridad, y el universo me revela aún otro secreto, digo los
nombres de mis hermanas perdidas hace mucho tiempo, olvidadas en los libros que
registran nuestra ciencia: Aglaonice de Tesalia, Hypatia, Hildegarda, Catherine
Hevelius, Maria Agnesi, como si las estrellas pudieran recordarlas».
CAROLINE LUCRETIA
HERSCHEL (1750-1848), primera mujer que descubrió un cometa
1.1. EL SABER
TAMBIÉN TIENE MEMORIA
En las sociedades
contemporáneas, el concepto de memoria histórica parece estar bien instalado.
Ligeramente reiterativo, por combinar dos términos sinónimos, alude a una
restauración de la dignidad de las personas vencidas en situaciones de
conflicto. Es una reinterpretación de los hechos a la luz de la política y de
la justicia. Su tamaño y alcance son diferentes en la Alemania posterior a la
Segunda Guerra Mundial, en los países que surgieron tras la caída de la Unión
Soviética o en la España que desentierra a un dictador fallecido cuatro décadas
antes y discute dónde depositar esos restos sin exaltar su legado ideológico.
El concepto a veces alimenta actuaciones inesperadas, como la arremetida contra
monumentos emblemáticos de un régimen anterior o las tentaciones de denominar
los espacios de nuevo que se observan, por ejemplo, en la revisión continuada
del nombre de la ciudad de San Petersburgo. Muchos efectos diferentes encajan
ahí. En todos los casos, sin embargo, la memoria histórica interviene para cicatrizar
heridas abiertas. El debate público que abre está invocando otra historia,
diferente de la canónica. Sin memoria no somos nada. Sabemos esto por razones
puramente biográficas. Sabemos esto cuando un miembro de nuestro círculo de
afectos sufre alzhéimer y
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comienza a olvidar
todo: la memoria es la clave de nuestra existencia, individual y colectiva.
Antes de que la
telefonía pusiera en nuestras manos la capacidad de pasarnos la vida haciendo
selfies, las generaciones pasadas se retrataban en ocasiones especiales: cuando
partían a la guerra o al servicio militar, en el caso de los hombres; con
ocasión de una boda o de una reunión familiar o de grupo. Querían poder
rememorar un momento importante. La palabra recordar incluye el latín cor,
“corazón” y el prefijo re-, “dos veces”. Recordar es pasar dos veces por el
corazón: la original —digamos, ese momento en que se hace el retrato— y la
otra, la dedicada a la contemplación de lo que antes fue y lo que ahora es.
Implica una cierta nostalgia por el pasado, ya que queremos confrontar quienes
somos con quienes fuimos y, si es posible, reconciliarnos con nuestro ser
anterior. La memoria tiene algo que ver con la reconciliación: es una forma de
ser en el tiempo.
Podríamos
diferenciar, en este sentido, una memoria colectiva —la más estudiada en la
historia clásica, con sus listas de reyes, de episodios solemnes, de guerras— y
una memoria privada. Importa notar aquí que incluso esta, llena de pormenores
íntimos, también estará compuesta de incidentes compartidos con otros seres
humanos. Ni siquiera por ser propia, la memoria de nuestras vidas es
absolutamente individual: nos ofrecemos, a veces a nuestro pesar, a la
contemplación por parte de ojos ajenos. En la memoria soy vista. Y analizada.
El retrato alcanza
su esplendor con la aparición de la fotografía: ya no se puede culpar al pintor
por algún detalle desfavorecedor. La fotografía llegó para hacer retratos
neutrales y esa intención de objetividad siempre condicionó las narrativas
históricas —y hasta las biográficas—. De ahí que las generaciones que nos
precedieron, previas a la actual era narcisista del selfie, se compusieran
mucho para hacerse fotos: elegían la mejor ropa, se peinaban con esmero y
posaban. En un ensayo de gran profundidad poética, John Berger (1982) analizaba
fotografías personales de figuras anónimas —mineros, obreras, grupos de
aldeanos— y destacaba cómo aparecían tremendamente serios ante la cámara: el
retrato iba acompañado de la especial solemnidad de quien está mirando hacia el
futuro.
Las fotos son
especialmente interesantes cuando hablamos de mujeres porque, durante siglos,
ellas fueron las guardianas de la memoria familiar. Conservaron los pocos
retratos; también las trenzas de cabello que
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cortaban a las
niñas o los dientes que se les caían a las criaturas. Las mujeres cuidaban esas
pertenencias sin valor monetario, solo sentimental, en una pavorosa lucha
contra el reloj. Al asegurarse de que subsistiesen, se estaban comportando como
artistas de la memoria. Por eso, por haber ejercido de sacerdotisas de la
historia, es particularmente revelador que tengamos tan poca memoria sobre
ellas. Se quedaron fuera del relato oficial: olvidadas, borradas y silenciadas.
Y esta es, también, una forma de violencia que les ha sido infligida.
Como todos los
saberes académicos, la historiografía es un relato de poder. O, para hablar con
propiedad, durante mucho tiempo fue un relato de poder. Esto es lo que queremos
decir cuando exclamamos que son los vencedores los que cuentan la historia, no los
vencidos. Hoy la disciplina intenta corregir ese desvío de su cometido inicial
en respuesta a la crítica feroz que diferentes movimientos sociales le han
dirigido. En los países anglosajones las feministas hicieron una humorada:
tomaron la palabra history y la sustituyeron por herstory. Era una estrategia
punk, uno de esos juegos que los comentaristas de los periódicos, empeñados en
colocar el sentido común por encima de la sensibilidad, criticarían. History en
inglés es un préstamo del latín, pero desde el punto de vista de un/a hablante
nativo/a, podría ser reanalizado en hi, el posesivo masculino, y story. History
era su historia, la de él. Y ahora, proponían, debería hacerse una herstory,
una historia de ella. La falsa etimología, que el feminismo utilizaba
provocadoramente, era pura ironía para ridiculizar aquella historia concebida
alrededor de las batallas, de los asuntos de los grandes señores que excluían a
casi toda la humanidad como protagonista. Las voces subalternas —las de otras
clases, etnias o géneros— estaban reivindicando el derecho a aparecer en la
foto de la historia. Y, aunque lloviesen críticas contra el atrevimiento
feminista, lo cierto es que, paralelamente a esta reivindicación, fueron
apareciendo los estudios históricos de la vida cotidiana, atentos a episodios
minúsculos que iluminaban una nueva forma de escribir la memoria colectiva.
También los campos
de conocimiento tienen su propia historia. A veces la miran con condescendencia
—cuando la medicina recuerda las sangrías que supuestamente iban a equilibrar
los humores—, otras con suma veneración —cuando la filosofía sueña con remitir
todo a los dictados de Aristóteles—. Como en el caso de la historia de la
humanidad, la historiografía, en tanto que historia de los campos de
conocimiento,
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tiende a ser
parcial y elitista. Selecciona los hitos que deben rememorarse en relación con
los temas que hoy parecen vigorosos y, escudándose en la dificultad de archivar
y documentar todos los episodios, elimina lo que no considera conveniente
recordar. De entrada, una correcta panorámica de cualquier disciplina podría
asomarse, aunque fuera de manera complementaria, a la historia cotidiana. Si
fuésemos a hablar de lingüística, por ejemplo, ¿sabemos algo de cómo se
forjaron las ideas sobre las lenguas? ¿Sabemos sobre las relaciones personales
de sus protagonistas? ¿Sabemos de rivalidades, afectos y desafectos? ¿Sabemos
de las condiciones materiales en que se gesta, progresa o se difunde una
determinada concepción sobre el lenguaje? Tales preguntas justificarían un
trayecto detenido. Exigirían registrar errores, ideas desbaratadas o desatinos
que trazasen una línea paralela al relato formal de la disciplina. Este podría
perfectamente ser el cometido de las presentes páginas, y es probable que nos
tengamos que asomar a una lingüística alternativa, hecha de ideas consideradas
«menores». Pero, sobre todo, una panorámica de las ideas sobre el lenguaje
exige antes solucionar un error: el de la exclusión.
1.2. ELLAS, FUERA
DE LA
HISTORIA:
OLVIDADAS,
BORRADAS Y
SILENCIADAS
En los últimos
años, los estudios de género, que eran una novedad de las universidades
norteamericanas algunas décadas atrás, han consolidado su campo de trabajo
difundiendo, entre otras, la idea de que las mujeres han sido deliberadamente
borradas de la historia del conocimiento. La hipótesis es interesante y
provocadora. No trata de invocar el conocido factor social de la desigualdad,
sino algo más sofisticado: explicar cómo se llevó a cabo un plan de ocultación.
Habitualmente, al
analizar la historia, aceptamos que las mujeres tuvieron y tienen en el mundo
menores oportunidades de bienestar, de satisfacción y de elección. De manera
evidente, hasta periodos muy recientes, ellas tuvieron escasa formación. Con
esta lógica sociológica, que pretende actuar a su favor, en realidad se puede
estar legitimando que las mujeres sean borradas de la historia de las diversas
disciplinas: apenas ocupadas de lo doméstico, no habrían hecho nada señalado en
la esfera
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pública. Tal
formulación es simplista. Olvida que cuando, a partir de la Revolución
francesa, las sociedades europeas se atribuyen la libertad, la igualdad y la
fraternidad —con todas las cautelas que queramos colocar a tales ideales en
aquella versión—, una serie de acontecimientos aseguraron que para ellas las
cosas se quedasen exactamente igual que habían sido siempre. Además, en el
imaginario contemporáneo, las abuelas, como las mujeres del siglo XIX, las de
la Edad Media o las de la Antigüedad, aparecen recluidas en el territorio
doméstico. Para todas ellas se supone una misma existencia, a lo largo de la
historia y en las diferentes comunidades. El masculino genérico instituido en
las lenguas románicas contribuyó decisivamente a divulgar este estereotipo que,
sin mayores matices, es falso. Decimos los griegos, los vikingos, los
aborígenes americanos, así en masculino, y lo que se nos viene a la cabeza
inmediatamente es la imagen de un hombre con falda y sandalias, en el caso de
los griegos; de un hombre con un casco adornado con cuernos, en el caso de los
vikingos, y de un hombre con plumas en la cabeza y la cara pintada, en el caso
de los amerindios. Son imágenes estereotipadas y no siempre con sustento
fidedigno, pero lo importante ahora es que nunca evocan personajes femeninos.
Ellas no están en nuestra foto mental. Esta ausencia se ve potenciada, entre
otros factores, por el uso continuado de ese mecanismo gramatical del masculino
genérico y determina que todas las mujeres se identifiquen, como si en cualquier
época y geografía hubiesen vivido exactamente igual. Cuando practicamos la
medida higiénica de hablar en femenino no pretendemos poner todo patas arriba,
ni gritar que ahora es el momento para que las mujeres ejerzan el mando.
Tampoco seguimos las consignas de un grupo organizado al modo de una secta; lo
que practicamos es un escrupuloso análisis del discurso, que armoniza con una
determinada visión de la historia. En esa visión conviene formular algunas
preguntas: ¿dónde estaban ellas? ¿Por qué no nos han enseñado, por ejemplo,
cómo vivían las campesinas del siglo XVI en el norte de Europa o si lo hacían
de forma diferente a las africanas? ¿Por qué no conocemos nombres de pintoras,
de escultoras, de científicas, de filósofas? Algunas existieron y
desaparecieron de la memoria colectiva, pero ¿por qué?
Como cualquier otro
programa de investigación mínimamente elaborado, los estudios de género avanzan
por capas. En la primera envoltura, la más superficial, se aceptaba la que
vengo llamando hipótesis
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sociológica: las
mujeres afrontarían la prohibición explícita del estudio y la obligación de
servir en la comunidad como criadas cariñosas, frecuentemente convencidas de
que esta era su verdadera y única función en el mundo. Pero, en una segunda
envoltura aparecieron algunas voces dispuestas a formular visiones
alternativas, como la de que siempre hubo mujeres en la historia de cualquier
actividad humana. Una revisión atenta de la historia del arte, por ejemplo,
revelará a partir de los trabajos de Linda Nochlin (1971), la existencia de
notables mujeres artistas en todos los periodos. Y algo semejante sucedería en
la trayectoria de otras disciplinas ocupadas de las más diversas actividades
intelectuales. Si los resultados de esa dedicación femenina no fueron tan
profundos, tan amplios o exitosos como los de ellos, la causa debía ser buscada
en otro sitio. La idea de líder, fuera del ámbito político o militar donde es
obvia, impregna las artes —con sus genios, siempre masculinos— o las letras y
las ciencias —con sus grandes padres de tal o cual idea, que deben ser
reconocidos en vida y valorados post mortem—. Como contrapeso, los trabajos de
las últimas décadas se han destinado a recuperar figuras femeninas olvidadas o
ignoradas; es la versión de la historia en femenino. La tarea desarrollada en
esta dirección es inmensa: de hecho, no conservamos memoria de nombres que
parecieron poco interesantes y nunca documentamos el grueso de la humanidad,
que perece sin transmitir su legado. Pero que esta aproximación sea interesante
y justa, en el sentido de restituir la gloria a quien no la tuvo, no agota,
todavía no, las posibilidades de una aproximación con perspectiva de género. En
este caso, preferiremos dirigir nuestra atención hacia colectivos enteros
silenciados.
Podemos hacer una
historia de las matemáticas sin incluir nombres de mujer y probablemente no
pasará nada: prueba de ello es que la mayoría de los manuales no incluyen
ninguna y siguen siendo dados por válidos. En una formulación torpe del
problema, pero muy habitual en los medios académicos, una persona que forma a
otras como especialistas en determinado campo se ve restringida por la brevedad
de los tiempos. Los programas son demasiado amplios y ya tenemos bastante si
atendemos a las ideas fundamentales para detenernos en lecturas oblicuas de la
ingente información a nuestro alcance. Continuando con el ejemplo, una historia
de las matemáticas en femenino puede rescatar algunas de esas voces olvidadas
negligentemente siempre que admita dejar inmensos lapsos
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temporales y
espaciales entre una María matemática y otra María matemática y, lo que es
todavía peor, el resultado será una curiosidad, un libro para contentar la
tendencia de esta época que para muchos concede excesiva importancia al sexo o
al género —categorías que, desde el punto de vista de la posición dominante,
carecen de interés intrínseco—. Sin embargo, el estudio de la paradoja del
género podría producir conclusiones relevantes en caso —es solo una hipótesis—
de que podamos demostrar que esas voces secundarias se ocuparon, precisamente,
de los márgenes de la disciplina. Ya no estaríamos dibujando una historia en
femenino, sino una versión crítica de la historia precedente y el problema no
sería haber excluido a determinadas mujeres en su dimensión individual, sino
haber considerado insignificante todo un colectivo.
Whitney Chadwick
(1990), como Nochlin estudiosa del arte, asegura que muchas mujeres vivieron de
la pintura en todas las épocas. Tenían pericia, disfrutaban de reconocimiento y
sus obras eran compradas. Pero, dado que los materiales eran caros, las
mujeres, menos consideradas que sus padres o maridos en los talleres
artísticos, recibían óleos o lienzos de inferior calidad y en cantidades
reducidas. Con esa precariedad, no podían pintar los grandes temas mitológicos
o las batallas y retratos de reyes que dieron fama a sus compañeros. Tenían que
limitarse a flores y pequeñas naturalezas muertas. Después, su obra sería
reinterpretada como menos destacada; también como indicativa de su «delicadeza
femenina». No era delicadeza; era escasez material y simbólica.
A partir de las
preguntas que se formula Linda Nochlin sobre la inexistencia de genios
femeninos, o de la documentada revisión de las artes visuales de Whitney
Chadwick, es una práctica común en los estudios de género hacer denuncias
esclarecedoras en términos cuantitativos y afirmar, al estilo de las Guerrilla
Girls, que los manuales de historia del arte apenas registran un 2 % o un 3 %
de nombres femeninos, mientras que el 98 % de los desnudos en los museos son de
cuerpos de mujer. Esta indagación puede destapar mayores sorpresas dependiendo
del marco en que nos situemos.
Ü
1.3. LING ÍSTICA,
UNA CIENCIA SIN ELLAS
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Los manuales de
historiografía lingüística que usamos en el siglo XXI no recogen ningún nombre
de mujer. Ninguno. Es sorprendente porque esta es una disciplina joven, cuyo
nacimiento tiende a situarse en torno a 1916 con la publicación del Curso de
lingüística general de Ferdinand de Saussure. Aunque la fecha sea, como todas,
controvertida —no sería desatinado retrotraer su nacimiento con diferentes
justificaciones—, podemos afirmar con certeza que estamos ante un perfil de
estudio nacido exactamente en el momento en que las mujeres occidentales
empiezan a acceder a la instrucción superior. Es cierto que la feminización de
las universidades fue, a comienzos del siglo XX, tímida, pero también
imparable. En las décadas siguientes, a medida que las modas intelectuales y
algunos procesos externos prestigiaban las ciencias naturales y las
tecnologías, ellas tenderán a decantarse por los estudios humanísticos. Así
como las mujeres de determinada posición social habían conseguido durante
siglos un grado de distinción, en el sentido de Bourdieu (1979), a partir de
conocimientos de economía doméstica, piano u otro instrumento musical y un
cierto dominio del francés, varias generaciones de mujeres consiguieron en el
pasado siglo hacerse con un espacio social y con una habitación propia en los
estudios de Humanidades —que llegan a ser contemplados como un lugar propicio
para encontrar marido—. Sería imaginable que muchas de ellas hubiesen escogido
la Lingüística. Filólogas, profesoras de idiomas o traductoras forman parte del
vago catálogo que identificaría a posibles mujeres instruidas y, en tal
contexto, ¿cómo es que no consiguen aparecer en los manuales que pretenden
recoger el progreso de la disciplina? ¿Acaso ninguna era lo bastante buena?
Si aceptamos la
explicación que usa para la literatura Anna Caballé (2004), las mujeres tienden
en mayor medida a ser sustituidas. Así, aunque algunos nombres de escritoras se
cuelen ocasionalmente en un manual de literatura o en una antología, pierden su
puesto destacado en cuanto se mueren. Aparecen por cota, como si fuesen
idénticas, todas representativas de la feminidad y son silenciadas en cuanto
cumplen su misión de figurantes. La argumentación es plausible también en otros
ámbitos, porque un mecanismo ideológico profundamente patriarcal impregnó e
impregna todavía la labor de las ciencias. Es urgente corregirlo ya. Es urgente
que el profesorado de cualquier materia procure citar personalidades femeninas
y así aliviar tanta exclusión. La idea de revisar
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cualquier
disciplina o de hacer historia de la humanidad sin incluir a las mujeres es
injusta, evidentemente. Pero no se trata de un problema ético, o no solo de
eso. Es también un problema de fundamento para la historiografía, que, en el
siglo XXI, no puede seguir siendo la historia del poder y permanecer conforme.
Faltaría a su principio de componer una memoria fiel de lo sucedido.
Recientemente han
ido iniciándose algunos movimientos en esta dirección. Un equipo internacional,
coordinado por las profesoras de la Universidad de Cambridge Wendy
Ayres-Bennett y Helena Sanson, y donde participa la profesora de la Universidad
de Córdoba María Luisa Calero Vaquera, trata de recuperar figuras de lingüistas
olvidadas. Bajo su auspicio, la Royal Society de Londres organizó en 2016 el
congreso Distant and Neglected Voices: Women in the History of Linguistics,
para incorporar la herencia femenina a la historiografía lingüística
oficial[1]. Pueden incluso rastrearse algunos precedentes anteriores
(Breyfogle, 1991). Como ya he indicado, este estilo de iniciativas,
correspondientes con la hipótesis de la historia en femenino, componen una vía
de trabajo urgente, destinada a una restitución necesaria. Pero una lingüística
con perspectiva de género es un territorio amplio, susceptible de recibir
diversos enfoques.
El objetivo del
presente libro no es tanto hacer una crónica de lingüistas olvidadas como
reflexionar sobre las causas de la discriminación en un campo con muchas
cultivadoras. A medio camino entre la investigación y la divulgación, no exige
para su lectura estar al tanto de la lingüística actual. Es una revisión de
tendencias, escuelas o conceptos que envuelven el pensamiento contemporáneo y
que, en muchos casos, han tenido impacto en diferentes saberes. Incluye
transferir el conocimiento lingüístico o filosófico a la sociedad, a las artes
y a las vidas y, desde esos entornos, devolvérselo decantado a la disciplina.
Pretende conjuntar el rigor necesario para revisar las ideas sobre el lenguaje
con la sospecha de que muchas de ellas eran frágiles o, simplemente, se habían
cocinado con las técnicas oportunas. Nuestra hipótesis no es ni sociológica ni
rescatadora de figuras y, de alguna manera, podría ser formulada como género y
posicionamientos subalternos en las ideas lingüísticas. Exige revisar la historia
de la disciplina ordenando las nociones, las mentalidades, las influencias, los
factores humanos y sociales que debieron de entrelazarse para explicar la
consideración marginal de ciertos
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sujetos y de
determinadas temáticas. Y podría ser exportable a otros campos de conocimiento.
Partimos, por
ejemplo, de que la lingüística es absolutamente masculina y, al tiempo,
profundamente eurocéntrica. El estudio de las lenguas, sin embargo, no exigía
grandes inversiones para su estudio, como el lienzo de la pintura o los
laboratorios químicos, de manera que sociológicamente sería esperable que
tuviese muchas cultivadoras. Y, siendo muchas, lo lógico es que alguna acabase
por ser ilustre. De hecho, hoy, cuando pretendemos evitar la brecha de género
en la educación, hablamos de la necesidad de que las estudiantes se inscriban
en ingenierías, aceptando implícitamente que no es preciso animarlas a entrar
en las facultades de Filología, Letras, Humanidades o Traducción, simplemente
porque ya lo hacen. En un sentido solo parcialmente diferente, el perfil
llamado lingüística general nació con el objetivo abarcador de estudiar todas
las lenguas humanas y, sin embargo, continuó y en buena medida continúa
practicando esquemas —en la enseñanza de segundas lenguas, en las políticas
lingüísticas de las sociedades poscoloniales, en la omnipresente aceptación del
inglés como lengua internacional— marcadamente eurocéntricos. Nuestra hipótesis
pretende relacionar este estilo de márgenes en lingüística, para escudriñar si
las mujeres, sujetos poco focales, y los temas periféricos guardan alguna
relación. El resultado, sin duda, será reivindicativo del papel de las mujeres
en esta disciplina, como en todas. Pero, sobre todo, indagará acerca de algo
más comprometedor: determinar qué estilo de ideas o qué procedimientos
metodológicos se primaron, de manera que la crítica se vuelva sobre el objeto
de estudio y sirva para revisarlo, para reformularlo y, llegado el caso, para
desestabilizarlo.
1.4. REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
BERGER, J. (1982):
Another Way of Telling, Londres, Alfred A. Kpnof. Fotografías de Jean Mohr.
Trad. esp. Pilar Vázquez, Otra manera de contar, Barcelona, Gustavo Gili, 2013.
BOURDIEU, P.
(1979): La distinction. Critique sociale du jugement, París, Les éditions de
Minuit. Trad. esp. Mª del Carmen Ruiz Elvira, La
Página 17
distinción.
Criterio y bases sociales del gusto, Madrid, Taurus, 1998.
BREYFOGLE, Donna
(1991): «Women in the History of Linguistics», en H. C. Wolfart, (ed.),
Linguistic Studies Presented to John L. Finlay. Memoir 8: Algonquian and
Iroquian Linguistics, Winnipeg-Manitoba, Algonquian and Iroquian Linguistics,
91-112.
CABALLÉ, Anna
(dir.) (2004): La vida escrita por las mujeres, Barcelona, Lumen, 4 vols.
CHADWICK, Whitney
(1990): Women, Art, and Society, Thames and Hudson. Trad. esp. María Barberán,
Mujer, arte y sociedad, Barcelona, Destino, 1993.
NOCHLIN, Linda
(1971): «Why Have There Been no Great Women Artists?», Art New, 69, 22-39.
Página 18
CAPÍTULO 2
¿Una ausencia
absoluta?
«Espero haber
acertado, al menos parte del tiempo».
JEAN AITCHISON,
lingüista
2.1. ELLAS HABLAN:
NARRATIVAS AUTOBIOGRÁFICAS CONTEMPORÁNEAS
Como cualquier otra
especialidad universitaria, la lingüística compone un relato de construcción
parcial, con procedimientos sancionados en cada época y, por tanto,
frecuentemente anclados en supuestos revisables. Serviría para una indagación
filológica, y hasta psicoanalítica, explorar las causas de que tantos campos de
conocimiento que han negado sistemáticamente la entrada a las mujeres tengan en
las lenguas de nuestro entorno una obligatoria y mecánica marca de género
gramatical femenino. Lingüística se escribe con a, efectivamente, pero esa a
solo es una casualidad combinatoria y, al reapropiarnos de la etiqueta, estamos
usando el sarcasmo como estrategia. Una línea posible para abordar una
lingüística en femenino pasaría por revisar los testimonios de las
protagonistas. El problema estaría en la dificultad de conseguir ese material:
las mujeres que perdieron visibilidad a lo largo de la historia están muertas.
Y, casi por definición, escribir sobre las contemporáneas podría superar y
hasta traicionar la reconstrucción histórica que está al fondo de esta
reflexión. Felizmente, en el proceso de dilucidación de cualquier hipótesis, el
azar desempeña un papel importante.
Casi por
casualidad, cae en mis manos un libro publicado a comienzos de este siglo: está
editado por Keith Brown y Vivien Law (2002) y reúne 23 autobiografías
profesionales de lingüistas de Gran Bretaña. Aunque sería preferible no
acercarnos tanto a la contemporaneidad, me llama la atención el hecho de que
una de las grandes figuras que exponen allí su
Página 19
punto de vista, el
historiógrafo Robert Robins, explique (2002: 249) que, para la mayoría de los
miembros de su generación en Europa —él había nacido en 1921—, la Segunda
Guerra Mundial fue un factor decisivo en la elección de su perfil profesional.
Si el desastre de la guerra ayuda a valorar las diferencias idiomáticas como
vehículos para la paz, los saberes lingüísticos podían haber atraído
especialmente a los muchachos, al final, los convocados por el Ejército. En la
biografía de Charles Hockett, por ejemplo, uno de los referentes
norteamericanos de la lingüística del siglo XX, tienen un papel importante sus
destinos militares en lugares donde aprendió lenguas exóticas que enseñaría a
la tropa y que, más tarde, ya instalado en su puesto universitario, servirían
de base para sus teorizaciones. De manera semejante, la guerra de Vietnam está
detrás de muchos de los logros en traducción automática y explica, de manera
indirecta, el desarrollo de los formalismos que dominaron la gramática durante
varias décadas. Estando las mujeres un poco más apartadas de los aspectos
materiales del conflicto, podrían no haber sentido la misma atracción por la
lingüística, pero, como veremos más adelante, ese supuesto no deja de ser un
prejuicio. Por el testimonio de Robins venimos a refrendar que estamos ante un
campo sumamente reciente: la primera cátedra de Lingüística General en el Reino
Unido fue establecida en Londres en 1944 y ocupada por John Rupert Firth;
cuatro años después se crearía otra en Escocia, dirigida por John Lyons. Los
grandes nombres masculinos de la contemporaneidad comienzan a aparecer en
cuanto se abre un libro de alcance histórico.
Con el objetivo de
hacer memoria de los 50 años inaugurales de la lingüística británica, Keith
Brown y Vivien Law editan un conjunto de relatos descriptivos, redactados bajo
el modelo habitual de las cortesías académicas —no refieren, al menos no
directamente, enredos, envidias o recelos entre las diferentes voces
protagonistas— y destinados a ilustrar con referencias personales ese periodo,
puesto que las carreras que se documentan coinciden con el establecimiento de
la lingüística en las universidades inglesas. Están escritos por profesionales
ya en periodo de jubilación, entre los 60 y los 80 años, que responden a la
solicitud de mirar hacia atrás y recordar su trayecto: tramos de estudio,
puestos de trabajo y temas de interés. En general, son humildes en el tono,
aunque no falsamente modestos: revisan cómo diversos asuntos fueron cautivando
sus mentes, mencionan las tensiones con la administración o la sobrecarga
Página 20
de trabajo, los
problemas económicos que sus proyectos tuvieron que afrontar, los espacios de
encuentro y las influencias; todo con la austeridad de formato de un informe y
unas pocas concesiones a la nostalgia. Los hombres convocados a hablar de sí
son, en su mayoría, sobradamente conocidos para cualquier estudiante de
Lingüística: Halliday, Lyons, Robins, Crystal. Pero es sorprendente que,
incluso si hay una mujer entre las dos personas que dirigen el proyecto, de
esos 23 nombres solo tres sean femeninos. En el año 2002, iniciado el siglo
XXI, la paridad es apenas un sueño en las listas políticas de las campañas
electorales.
Esas tres mujeres
convocadas, a pesar de su notable trabajo, no serían reconocidas, no ya por el
estudiantado, ni siquiera por lingüistas que no se hubieran especializado en
sus áreas concretas de trabajo. Se trata de Jean Aitchison, sin duda, la de
mayor renombre, Gillian Brown y Anna Morpurgo-Davies. En una nota inicial,
Keith Brown comenta que el proyecto fue alentado por Robins, cuyo impulso, en
su opinión, se deja sentir en todo el volumen, aunque ya no pueda firmarlo: el
mentor ha fallecido durante el periodo de elaboración. Es conmovedor ese
tributo de discípulo, porque Robins figura como uno de los entrevistados,
mientras que, de manera ciertamente dramática, Keith Brown se ve obligado a
indicar que también a su propia coeditora le ha sobrevenido la muerte antes de
que el libro vea la luz. Ni siquiera esa fatalidad sirve para que aparezca una
necrológica glosando su labor. Más impactantes aún serán las confesiones de las
protagonistas.
A diferencia de lo
que ocurre en las artes, los deportes o la política, las personalidades
dedicadas a la investigación solo adquieren prestigio dentro de un círculo
reducido: por grandes que hayan sido sus aportaciones al desarrollo del
conocimiento, nunca logran esa presencia pública que exige responder
entrevistas y cuidar de la propia imagen. Por eso las declaraciones de estas
tres mujeres van a ser singularmente significativas. No nos interesa tanto lo
que comenten de sus líneas de investigación, puesto que asumimos que deben
tener trayectorias profundas y completas; de otra manera no habrían sido
invitadas a participar. Lo más atractivo es hacer una lectura en clave
biográfica. Una metodología cualitativa de uso creciente en los estudios
humanísticos con perspectiva de género es la de los relatos de vida. Mujeres de
diferentes clases, etnias o culturas tienden a contar sus existencias sobre los
mismos parámetros, como si guardasen puntos de intersección que, curiosamente
—sobre todo si la categoría de
Página 21
ser humano tiene
validez universal— no aparecen cuando son hombres quienes relatan sus
biografías. Si nos dejamos orientar por lo que ellas revelan sobre la
repercusión de su condición femenina en el ámbito profesional, la exclusión o
la rareza comienzan a asomar. Así, Jean Aitchison se describe como alguien
extremadamente amante de las palabras y documenta su afán de atesorarlas con
anécdotas de infancia. Este registro íntimo que, como veremos, será un
distintivo de las lingüistas, no se observa en los capítulos de sus colegas
masculinos. Comenta también que escogió la opción filológica junto a otros
compañeros con los que más tarde coincidiría en la enseñanza universitaria,
incluido John Wells, uno de los participantes en el volumen. Y ahí aflora una
suave ironía (Brown y Law, 2002: 2):
Indirectamente,
tengo una deuda con John y algunos de los otros hombres que escogieron esta
opción. Fueron simpáticos y condescendientes conmigo, una de las dos únicas
chicas de aquel curso. «¡Pobre de ti! Debe de ser muy duro ser una mujer
clasicista en Cambridge. Los hombres hemos estudiado latín y griego durante
muchos más años». Trabajé duro para compensar ese supuesto déficit (aunque
estuviese fuera de los usos de aquel entorno admitir que se trabajase y
fingiese no hacerlo) y (para mi sorpresa y agrado) acabé con los mejores
resultados de entre los estudiantes de Filología de aquel año.
Los relatos de vida
de las lingüistas incluyen algunas informaciones subliminales como esta. Hechas
con palabras correctas, aludiendo a la gratitud que ahora experimenta por el
hecho de que un comentario juvenil le sirviese de acicate para el estudio, Aitchison
está denunciando un comportamiento condescendiente y suscitando nuestra
complicidad. Gillian Brown referirá sus problemas de modo más explícito (Brown
y Law, 2002: 63):
En Essex, las
desventajas desde el punto de vista de la investigación de ser la única mujer
profesora en la universidad fueron rápidamente visibles cuando me pidieron que
participase en un número cada vez mayor de comités y,
Página 22
eventualmente, me
convirtieron en decana de Ciencias Sociales. A nivel nacional, también, las
instituciones buscaban mujeres para los comités.
A partir de ahí
menciona su participación en 13 prestigiosas instituciones académicas, lo que
suponía una enorme cantidad de trabajo administrativo que la apartaba de la
investigación. Gillian Brown condensa el sentimiento contradictorio de buena
parte de las profesionales contemporáneas: al detestar la exclusión
tradicional, acaban asumiendo como una obligación aceptar cuando son llamadas
para detentar un cargo. Tal acto de responsabilidad, aunque satisfaga una
legítima vanidad personal, no deja de ser un lastre: investigar exige tiempo y
calma. Esta lectura se ve apoyada por Anna Morpurgo-Davies, la tercera de las
mujeres incluidas, quien cuenta que en 1970 Palmer anunció que se retiraría de
su cátedra en el otoño siguiente. La codiciada posición quedaba libre y «para
mi sorpresa, me la ofrecieron, aunque no la había solicitado. Acepté» (Brown y
Law, 2002: 220). La escasez de mujeres se entremezcla con las tradiciones de
estructuras terriblemente masculinizadas, que la obligan a trasladarse de
centro:
La cátedra estaba
vinculada a Worcester, un college masculino. La regla era que los centros
femeninos aceptasen, por su parte, a las escasas profesoras: Helen Gardner,
profesora de inglés en Merton, se había ido al Lady Margaret Hall […] y yo, que
me quedé en segundo lugar, me fui a Somerville, que se estremeció con la
cantidad de espacio para libros que precisaba.
Estos testimonios
permiten apreciar una cierta distancia entre las mujeres y el sistema académico
en el que participan. Jean Aitchison se detiene para remedar la extraña dicción
de Jakobson —que, aunque instalado en los Estados Unidos durante décadas, había
llegado de Rusia— o contando las dificultades de entender a Chomsky, quien
hablaba demasiado rápido, con un acento peculiar y que, cuando daba la espalda
al grupo para escribir en el encerado, resultaba completamente inaudible. Sin
embargo, este estilo de humoradas también se descubre en algunos de los relatos
masculinos incluidos en el volumen; puede tratarse de un simple rasgo de
Página 23
personalidad. En
las mujeres, en todo caso, el tono es extravertido; son especialmente
irreverentes. Como diría Audre Lorde, no se acaba con el amo con las armas del
amo y, conscientes de su condición subalterna, ellas son más incisivas cuando
describen las interioridades de las estructuras académicas. Se refieren al
silencio que sigue a la publicación de sus obras, a la dificultad de obtener un
puesto de renombre o a problemas de conciliación. Por extraño que resulte,
además, cuentan sus vidas profesionales en relación con las de los hombres que
las rodean.
En su diseño
editorial, las entrevistas van precedidas de una especie de ficha, con
informaciones personales seleccionadas con un criterio bastante conservador:
fecha de nacimiento, fecha de matrimonio(s) y número de descendientes. En
consecuencia, la lectura de un volumen destinado a glosar los avances de la
disciplina en una de las tradiciones más fecundas en términos nacionales
resulta especialmente reveladora. Los hombres, después de dejar constancia de
sus datos, no harán mayores comentarios sobre su vida personal —y, por cierto,
solo cuatro de ellos son solteros—. Ellas sí; reiteradamente. Anna
Morpurgo-Davies menciona el nombre de su exmarido, cuyo apellido, Davies, ha
mantenido, y también el año en que contrajo matrimonio en un parágrafo
marcadamente poético sobre aquel invierno. Jean Aitchison comenta que su
«compañero de muchos años, ahora marido», es lexicógrafo y en la bibliografía
final, junto a los libros citados como fundamentales en su etapa de formación,
incluye cuatro obras suyas. Todavía más clara al respecto de tareas y cargas
personales es Gillian Brown, casada con el editor masculino del proyecto, Keith
Brown. Cuenta cómo su directora, Muriel Bradbrook, consideraba a finales de los
cincuenta que el estudio lingüístico debía servir para esclarecer textos
literarios y no para describir «la mera mecánica del lenguaje». Gillian se
presenta como contraria a esta afirmación y explica que se apartó de sus
consejos al sentirse atraída por los estudios fonéticos en boga, que no la
limitaban a la clásica orientación filológica. Esta decisión, que la coloca
como pionera de una lingüística entendida en términos contemporáneos, también
se explica, siguiendo sus propias palabras, por cuestiones poco teóricas.
Parecen, más bien, bastantes terrenales las que la mueven en 1964 a irse a
Edimburgo para conseguir una especialidad en Fonética. Durante los dos años
anteriores, su marido y ella habían enseñado inglés en la Universidad de Cape
Coast, en Ghana. Para explicar el contexto de la vuelta a Europa, dice (Brown y
Law, 2002: 55):
Página 24
Keith y yo
discutimos cuál de nosotros estudiaría para el Diploma en Lingüística General
en oposición al Diploma en Fonética. Teníamos, por aquel entonces, tres hijas,
de 1, 2 y 3 años, y estaríamos viviendo con un presupuesto ajustado. Opté por
el título en Fonética, que podría llevarme solo dos años.
En adelante seguirá
desgranando sus diferentes puestos y cargos en relación con los
correspondientes de su marido y con mención explícita a la compatibilidad entre
ellos. Para justificar su trabajo de campo sobre la lengua bantú lumasaaba
indica (Brown y Law, 2002: 58):
En el verano de
1968 dejé a Keith con nuestras hijas y sus abuelas y pasé dos meses en Uganda,
estudiando un dialecto que se hablaba en Bugisu (era un quid pro quo, porque
Keith había pasado dos meses en Ghana estudiando akano en 1967).
No podemos saber en
qué medida estas mujeres, nacidas en la década de los treinta del siglo pasado,
se implicaron en el movimiento feminista o la simpatía con que se recibieron
sus conquistas. Y, con intención de que la ideología no se convierta en un filtro
con que interpretarlas, evitaré el comentario exhaustivo que la lectura invita
a bosquejar, pero sí puedo asegurar con total honestidad que las declaraciones
presentadas no están buscadas con lupa. Las tres biografías guardan claves
comunes, comentarios ligeramente críticos sobre el ambiente intelectual de la
época y algunos indicios de insatisfacción. Los detalles podrían multiplicarse.
Elocuentemente, ellas citan muchas obras de mujeres; ellos no. Ellas hablan de
mentoras, directoras, compañeras; en ellos la referencia a mujeres es
francamente escasa. Eso sin acudir a los modos de expresión: Anna
Morpurgo-Davies, por ejemplo, se refiere a Zellig Harris como «uno de mis
héroes». No será preciso aclarar que no se encuentra en todo el libro una
expresión equivalente de un compañero: ningún lingüista consideró a una mujer
como una de sus heroínas, aunque probablemente no fuese fácil encontrar ninguna
en una posición tan referencial.
Ya se ha indicado
que estas tres mujeres son mucho menos conocidas que la mayoría de sus
compañeros en el libro. Ahora podemos ilustrar la
Página 25
diferencia de
impacto en términos más populares. Mientras ellas escriben páginas enteras
sobre su trayectoria intelectual, obras, artículos en revistas especializadas,
estancias en centros de prestigio o cargos honoríficos, es difícil que, incluso
un/una lingüista profesional, las considere fundamentales para la historia de
la disciplina. Si navegásemos por Internet en busca de información, el
resultado sería aún más desconcertante. Recomponiendo versiones diferentes, la
ficha de estas tres autoras y la de una cuarta, la también lingüista Vivien
Law, que las edita, sería, más o menos, la que sigue:
Gillian Brown
(Reino Unido, 1937-): Lingüista británica especialista en análisis del discurso
—a pesar de que en su propia versión personal figura una notable dedicación a
la didáctica de lenguas—. Se citan algunas de sus obras, sin referencias
editoriales. No se menciona su experiencia de campo en Uganda, aunque en una de
sus obras citadas (Phonological Rules and Dialect Variation: A Study of the
Phonology of Lumasaaba) se mencione explícitamente una lengua tan poco habitual
como el lumasaaba, que podría haber servido para ampliar un perfil reducido.
Anna
Morpurgo-Davies (Italia, 1937-2014): A pesar de sus orígenes italianos,
desarrolla toda su carrera en la Universidad de Oxford, cultivando la
Lingüística Histórica. Su labor se describe como fundamental para descifrar los
jeroglíficos anatolios. Se citan una decena de cargos honoríficos y varias
distinciones honoris causa, pero no se menciona ninguna de sus obras. Sin
embargo, aparecen referidas las fechas en que estuvo casada y con quién, así
como los estudios de matemáticas de su abuelo y los problemas políticos que
padeció su padre.
Jean Margaret
Aitchison (Reino Unido, 1938-): Profesora emérita de la Universidad de Oxford,
después de haber desempeñado diferentes puestos docentes entre 1962 y 2002.
Especialista en psicolingüística, también ha cultivado otras áreas de interés.
Autora de obras como The Articulate Mammal: An Introduction to
Psycholinguistics (1976) o The Seeds of Speech: Language Origin and Evolution
(1996). Frente a la austeridad y a las restricciones propias de estos medios,
en la Wikipedia se indica que desciende de un noble escocés que fue
lugarteniente en el Gobierno del Punjab cuando era provincia británica.
Página 26
Vivien Law (Canadá,
1954-2002): Profesora en la Universidad de Cambridge, doctorada en 1979.
Especialista en historiografía lingüística, entre sus obras figuran History of
Linguistic Thought in the Early Middle Ages, de la que fue editora, o Grammar
and Grammarians in the Early Middle Ages. Sorprendentemente, la información de
la Wikipedia proporciona datos sobre su boda y de que consiguió con ella el
título de lady.
Evidentemente, no
se trata de que la información contenida en este tipo de recursos sea más o
menos parca: como ya se ha dicho, un o una profesional de la lingüística casi
nunca consigue una proyección fuerte en Internet, menos aún cuando se trata de
personas que, por su edad, estarían menos familiarizadas con ese medio que las
generaciones siguientes. Lo que llama la atención es la cantidad de datos
personales, sobre matrimonios, títulos de nobleza y otras informaciones
irrelevantes en la trayectoria académica y que, además, no tienen parangón en
el caso masculino. Intentando medir la posible disimetría entre sexos y después
de haber rastreado en varias biografías, encuentro que Saussure (Martín
Zorraquino, 2016) contrajo matrimonio con la aristócrata Marie Faesch, con la
que tuvo dos hijos, Raymond y Jacques, y una vida apacible, repartida entre
Ginebra en invierno y Melagny en verano y que, a partir de 1907, estos destinos
se compaginaron con su residencia en el castillo de Vufflens, propiedad de la
familia Faesch. Aunque esos datos dibujan un perfil aristocrático de Saussure,
nunca son divulgados, al menos no en el formato de apuntes breves que exigen
las crónicas rápidas: en el caso de Saussure, lo importante es la obra. El
sesgo de género es obvio.
He optado por
analizar este capítulo de las biografías intelectuales sobre la base del libro
de Brown y Law porque data del presente siglo y contiene contribuciones
femeninas. No se trata de un caso excepcional. Otras bionarrativas famosas
inciden de manera frontal en esta brecha. Laborda (2017) ha analizado las
biografías de lingüistas compendiadas por Sebeok (1966) y por Koerner (1990,
1998), demostrando consecuencias semejantes. El equipo de trabajo y la
selección de biografías de Sebeok muestra un canon masculino y anglosajón. Pero
la obra recogerá también personajes marginales que le parecieron interesantes y
que decidió incluir como un «capricho personal», como Anton Reguly, prototipo
del investigador de campo; Carl Meinhof, pionero en lingüística africana; o
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Wilhelm Schmidt, un
autor «prolífico y extravagante» (Sebeok, 1966: XIII). Como vemos, todo
historiador tiene un cierto margen para incluir sus preferencias; lo curioso es
que estas nunca sean femeninas. Sebeok, como Laborda se ha encargado de
señalar, usó 1200 páginas para recoger 73 biografías de lingüistas. Todas son
de hombres.
En el caso de
Koerner, el asunto de género es particularmente espinoso. Aunque su selección
tiene otras ausencias clamorosas, como la escuela generativista, la exclusión
de mujeres de su selección provocó reacciones y, al comienzo de la tercera
entrega de la serie, se vio obligado a responder a la crítica que en este
sentido le había formulado Julia Falk[2]. En su defensa, Koerner (1998: viii)
indica que ni una sola de las mujeres de la Sociedad Lingüística de América a
quien había escrito se había molestado en contestarle. En su opinión las
candidatas eran tan pocas como remisas a enviar su autorretrato y, si estaban
descontentas, deberían hacer algo al respecto.
Es especialmente
desolador que la situación no haya mejorado mucho desde entonces. Si cruzamos
las variables lingüista y mujer y hacemos una búsqueda en Internet,
observaremos las dificultades que todavía hoy se perciben para obtener
información fidedigna. En el listado I se adjunta la lista que proporciona la
Wikipedia en enero de 2020. Tal fuente sería cuestionable en términos
científicos, ya que depende del criterio anónimo de las personas que la
confeccionaron. Sin embargo, la he aceptado por su impacto; finalmente es el
recurso más habitual para solucionar hoy nuestras lagunas de conocimiento. Esa
lista no ofrece un panorama sistemático ni mínimamente riguroso: está escorada
geográfica e históricamente, al dedicar excesiva atención a figuras anglosajonas
contemporáneas, como si el resto del planeta o el pensamiento lingüístico a lo
largo de la historia no existiesen. Peor todavía es que contenga lagunas
inexcusables e, igualmente, presencias inexplicables. No seré capaz de dar los
nombres de todas las que faltan, pero puedo, al menos, dejar constancia de mi
sorpresa por el hecho de que mi propio nombre figure ahí. Probablemente firmar
una obra propia en otros campos, como en la literatura, genere una presencia en
la red que remite a la palabra lingüista. En todo caso, que solo sean 338 las
lingüistas referidas es indicativo de excesivas ausencias; estamos ante un
panorama de exclusión realmente clamoroso. Las lingüistas consignadas reclaman
la presencia de otras: la lista invita a recuperar nombres de mujer leídos o
escuchados en
Página 28
conferencias;
invita a explorar el rastro de las directoras, de las mentoras y hasta de
aquellas mujeres de la historia que, aunque sea de manera tenue, puedan
relacionarse con oficios lingüísticos. Pero, incluso cuando se descubren otros
nombres para engrosar la lista, la información que se puede obtener sobre ellas
en la red es siempre escasa y da excesivo protagonismo a su vida privada, a
expensas de la atención que su obra merecería. Uno de los casos más patéticos
es el de Eevi Ross, de quien apenas es posible conocer en este tipo de
búsquedas, además de su nacionalidad estonia y de su fecha de nacimiento, que
en 2006 recibió el premio a la madre del año porque había tenido 11 hijos e
hijas. El título equivalente sería impensable para adornar la biografía de un
lingüista masculino.
2.2. MUJERES LEÍDAS
POR
MUJERES
Es bastante
habitual en crítica literaria —refiriéndose a obras de creación
— o en estudios de
género —refiriéndose a textos de carácter filosófico o técnico— que las
feministas se quejen de que los hombres apenas leen a sus compañeras. Además,
en los usos académicos, aunque nos llenemos la boca hablando de igualdad,
tendemos a reiterar figuras clásicas que se ven todavía más agigantadas con esa
continuada mención de sus nombres y de sus palabras. Para evitar este
silenciamiento, el activismo feminista sugirió, años atrás, que debía
modificarse la habitual manera de citar — apellido e inicial— desencriptando el
nombre de pila si era de mujer. Si vemos un artículo de un tal S. Smith,
después lo referenciaremos como él. Pero si viésemos Suzanne Smith, por
ejemplo, recuperaríamos la información de que existen practicantes femeninas de
una disciplina. Además del valor que estas tácticas puedan tener para convocar
a otras mujeres, crean una filiación, un linaje paralelo: el lenguaje abre
puertas y disuelve silencios densos. El resultado es que hoy muchos trabajos
académicos especifican el nombre, ya sea este de autoría masculina o femenina.
No sé si se trata de una contrapropuesta por parte de los autores, pero son
cada vez más frecuentes los listados bibliográficos con nombres completos. De
cualquier modo, la táctica es útil porque sirve para calibrar
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la escasa
frecuencia con que los autores importantes de un campo mencionan a sus
compañeras.
Una afirmación de
este estilo parecerá atrevida. Los autores argumentarán que ellos simplemente
citan trabajos que guiaron su indagación; citan fuentes, sin atender al sexo de
quien firma. Sin embargo, cualquiera que se haya iniciado en tareas de investigación
sabe que la cita tiene un importante componente psicológico: llegado un
determinado momento en el estudio de un tema, deberíamos citar tantos trabajos
que, directa o indirectamente, nos han influido, que nos vemos en la obligación
de seleccionar. Las bibliografías se rehacen habitualmente para introducir
adiciones corteses o hipócritas; los flujos de simpatía y las desavenencias se
dejan sentir y, al final, leer un listado de referencias es todo menos
aséptico: muchas filiaciones intelectuales y marcas de escuela pueden ser
decodificadas ahí. En este sentido, es preocupante la escasa prevalencia
femenina en el desarrollo de las disciplinas: las mujeres son poco
referenciadas por sus compañeros, tal vez incluso poco leídas. Y, las lean o
no, no las reconocen como marcas indelebles en su bagaje intelectual. Si
quisiésemos aceptar de buena fe la disculpa de que se citan trabajos
independientemente del sexo, no sería explicable que las referencias de autoría
femenina sean mucho más frecuentes en trabajos de investigadoras. Esta
evidencia, muy al contrario, demuestra que las contribuciones femeninas sí
están publicadas y pueden ser inspiradoras. Ejemplificar con datos reales este
supuesto sonaría a meter el dedo en el ojo a muchas grandes personalidades de
la lingüística. Por eso, baste para ilustrar tal afirmación, una somera
revisión de la bibliografía en el volumen de biografías intelectuales de Brown
y Law (2002) ya comentado. Parece idóneo porque se trata de listados someros,
donde cada lingüista deja constancia de su propia obra y de unas pocas que
hayan marcado decisivamente su experiencia. Pues bien, la mayor parte de ellos
—John Lyons, Peter Matthews, Frank Palmer o Randolph Quirk— no menciona ningún
trabajo de mujer, a menos que sea su coautora. Insinuar que no existían tales
figuras referenciales es a todas luces falso porque una pequeña minoría —por
ejemplo, Robins— sí incluye trabajos de mujeres —en este caso Vivien Law y
Margaret Thomas—. No pretendo construir argumentos especialmente beligerantes,
ni afirmar que ellos son de Marte y ellas de Venus. Se trata de denunciar que
ellas tienden a ser invisibilizadas y que, además, si alguna vez alcanzan
cierto relieve, su
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nombre se desvanece
rápidamente. El argumento no pretende culpar a los distinguidos hombres de la
lingüística: salvo que una actitud especialmente crítica nos ponga en guardia,
los dispositivos escolares nos han adiestrado para que prioricemos las figuras
masculinas. Pondré un ejemplo propio.
Me interesa de
manera especial todo lo que se publica sobre filosofía del lenguaje. Es uno de
esos terrenos a medio camino entre dos tradiciones que nos cautivan
precisamente porque observan el mismo objeto desde ópticas distantes y a veces
irreconciliables. Pienso en mencionar en mis clases alguna mujer que practique
filosofía del lenguaje y no encuentro ninguna en mi primer repaso mental. Me
esfuerzo. Siento un poco de vergüenza, como si hubiera sido atrapada en falta.
Doy un par de vueltas a mis libros. Me he quejado muchas veces de que los
temarios de Filosofía incluyan muy residualmente nombres de mujer. Reviso la
bibliografía acumulada por décadas de estudios feministas y observo que la
tendencia, incluso en ambientes activistas, ha sido apenas considerar filósofas
a algunas ensayistas o pensadoras específicamente vinculadas a reivindicar
derechos para las mujeres, del tipo de Christine de Pizan o Mary
Wollstonecraft. Nada en contra de esta opción, a no ser que indirectamente
genera un espejismo: podría parecer que el único tema sobre el que las mujeres
han pensado sea el de la cuestión femenina. ¿Acaso las mujeres no han pensado
sobre el lenguaje? Obviamente sí. Lo han hecho en sociolingüística a partir de
los años setenta, pero, también aquí, con un fuerte componente reivindicativo:
promoviendo usos inclusivos o desarrollando teorías sobre cómo conversan los
grupos masculinos, femeninos o mixtos. Lo ha hecho, por ejemplo, desde la
filosofía Judith Butler de una manera grandiosa, pero la autora está específicamente
vinculada a la cuestión de género. ¿Y los demás temas? Apenas me viene a la
cabeza Elisabeth Anscombe, editora de algunos textos de Wittgenstein. De
repente, y la casualidad es la que vuelve a guiar una recomposición tan
fragmentaria como esta, al leer a Donna Haraway, filósofa posfeminista,
promotora del concepto de cíborg y de un particular pensamiento en defensa de
los animales, descubro que cita a una filósofa del lenguaje, además de poeta y
académica con especialidad lingüística y literaria, Victoria Hearne
(1946-2001), de quien nunca había oído hablar antes. Donna Haraway (2003: 49)
presenta el trabajo de Hearne como un estudio sobre las instrucciones que los
entrenadores caninos o los jinetes y demás
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adiestradores de
circo emplean con sus animales. No se trata de que los consideren peludos
humanoides parlantes; estas evidencias nos mantienen alerta ante el hecho de
que hay alguien ahí, en los animales con los que dialogamos. Haraway usa
cariñosamente una expresión irónica para describir cómo fue recibido el trabajo
de Hearne; usaría un lenguaje «filosóficamente sospechoso» —como, por cierto,
harán todas las mujeres implicadas en la zoosemiótica, que veremos en el
capítulo 5—. El hallazgo de Victoria Hearne expande la hipótesis inicial. Las
mujeres han acabado por penetrar en el elitista reducto de la sabiduría, pero
apenas abriendo gateras, puertas de entrada demasiado exiguas, bien diferentes
de un portalón franqueado con una gran alfombra roja; ellas apenas se rastrean
en la memoria de otras investigadoras; en general, sus procedimientos suscitan
sospechas.
En los capítulos
siguientes dedicaré siempre el apartado final a reflexionar sobre las virtudes
que se han atribuido a la investigación femenina en cada campo. De entrada,
llama la atención el aire ambiguo de todas ellas: intuición, transgresión,
creatividad, atención a lo íntimo, rebeldía. Estos valores no guardan simetría
alguna con los habitualmente usados para describir la investigación masculina.
En el caso femenino, no se habla de sistematicidad o de rigor; no se habla de
dedicación, ni de esmero, ni de genialidad. Ellas están también bajo sospecha.
2.3. LOS SESGOS DE
LA
DISCRIMINACIÓN
Una de las mujeres
más citadas en la filología hispánica es María Moliner (1900-1981). Autora de
un diccionario imaginativo y solvente, realizado en su domicilio particular con
un primitivo sistema de notas manuscritas, difícilmente pudo entrar en la historia
de la disciplina. No solo no era filóloga, sino que se había atrevido a
desarrollar un proyecto monumental, que desafiaba a la Real Academia Española.
Esta institución le negó la entrada. Igualmente, una de las mujeres más citadas
en el campo de la antropología lingüística norteamericana es Mary Haas
(1910-1996). Sin embargo, no tuvo un trabajo permanente hasta muy tarde en su
carrera y sobrevivía a base de becas de investigación. En el siglo XXI es ya
habitualmente reconocido que las mujeres han estado marginadas y
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tuvieron escaso
acceso a las instituciones, incluso aquellas que, como María Moliner o Mary
Haas, lograron un amplio prestigio en sus campos. El fenómeno no es exclusivo
de la lingüística: la famosa antropóloga Margaret Mead (1901-1978) no consiguió
ser comisaria del Museo Americano de Historia Natural hasta los sesenta años y
la genetista Bárbara McClintock (1902-1992), galardonada con un Nobel, tuvo que
dejar de publicar porque sus presupuestos eran demasiado innovadores en el
panorama científico que la rodeaba. Dedicaremos alguna atención a todas ellas.
Una tentación
fácil, al reescribir la historia desde un punto de vista alternativo, consiste
en limitarse a señalar estas discriminaciones. Probablemente vivimos una época
sensible hacia los diferentes movimientos sociales que protestan por la
marginalidad de sus miembros. En mi opinión, no basta con una denuncia;
reconocer la exclusión debe cuestionar el tipo de conocimiento alcanzado. El
filósofo iraní Hamid Dabashi (2015) ha denunciado la arrogancia eurocéntrica
que ejercemos cada vez que llamamos a la filosofía occidental simplemente
filosofía, mientras que calificamos a la filosofía africana de etnofilosofía,
de la misma manera que consideramos la música africana como etnomúsica. Tal
crítica crea un símil perfectamente aplicable a nuestro campo: igual que, en
los paradigmas vigentes, una filosofía africana no sería una «verdadera»
filosofía, una lingüística con nombres de mujer tiene un aire peligrosamente
violeta; suena a una secundaria lingüística en femenino. Presumiblemente, sería
catalogada como un cuaderno de quejas donde se anotan las aspiraciones de
quienes apenas pueden habitar los márgenes. Es posible, desde luego,
conformarse con insinuar ese deseo o aspiración. Pero en mi opinión sugiere un
análisis bastante más profundo. Y esclarecedor.
A finales de los
años sesenta y principios de los setenta, un número importante de mujeres
comenzó a cuestionar públicamente la idea tradicional de mujer, sus relaciones
con los hombres, las capacidades o actividades que les eran adjudicadas. En ese
contexto activista, el uso público de las lenguas llamó inmediatamente la
atención y muchas de ellas, sin ser lingüistas, acuñaron nuevas palabras —como
sexismo—, rechazaron la identificación tradicional de humanidad y masculinidad
o iniciaron análisis que desenmascararon la trivialización que se estaba
haciendo de las mujeres y de lo femenino. A pesar de que esta es una vía
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rica en
sociolingüística, donde las teorías feministas permiten indagar en la identidad
de género codificada a través de usos sociales e idiomáticos, no cuenta con un
aplauso mayoritario. Tampoco constituye la única posibilidad de ensayar una
alternativa. Muchas lingüistas, incluso considerándose feministas, no se
sienten capaces de conectar sus temas de especialidad con estas inquietudes:
trabajar en sintaxis formal o en fonética requiere otros procedimientos. Al
mismo tiempo, esta lingüística feminista, que parte de una determinada
concepción del lenguaje como poder, desarrollará vínculos y filiaciones hasta
convertirse en un marco conceptual propio. Pero este capítulo no es
estrictamente historia: sus protagonistas están vivas y todavía desprende un
fuerte olor a novedad en la siempre resistente academia.
Con evidente humor,
Paula Treichler (1990) comenta que cuando hacía sus estudios de doctorado, a
finales de la década de los sesenta, leía biografías de lingüistas que
comenzaban siendo niños prodigio, como Rask o Saussure, se volvían poco a poco
vertiginosos y audaces, muriéndose unos 60 años y unos 60 libros después. Uno
de estos eruditos, cuyo nombre dice haber olvidado, realizó investigaciones
gramaticales durante 18 horas al día y siete días por semana, año tras año.
Cuando, al finalizar su carrera, familia y amistades se reunieron para
organizar una celebración en su honor, el pobre hombre saludó a todo el mundo
durante unos minutos y después, abrumado por la sensación de que estaba
perdiendo un tiempo precioso, se retiró a su despacho, donde permaneció hasta
su muerte. La anécdota transmite la principal contradicción que, en este campo
como en todos, han tenido que afrontar las mujeres. En Wall Street o Silicon
Valley, en los ejemplos de Paula Treichler, parece que la jornada entera debe
dedicarse a un único objetivo, y la universidad se ha ido amoldando a esa
presión. Las mujeres compatibilizan su tarea de investigación con prácticas de
cuidados y, por tanto, muy raramente rozan la excelencia. Intentando trascender
esta queja social, por justa y bien fundamentada que sea, la primera pregunta
que surge es si las lingüistas, obligadas a dedicar parte de su energía a estos
otros objetivos, también profesionalmente se decantan por temas vinculados al
cuidado. Así parece ser en la sociedad, donde las profesiones relacionadas con
la sanidad o la docencia han sido la principal ocupación femenina. Esta línea
argumental sugiere que encontraremos mayor número de mujeres en lingüística
aplicada. Tendremos oportunidad de verificar si la expectativa se cumple.
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En un encuentro
sobre el papel de las mujeres en la profesión organizado por la Universidad de
Cornell, Friedrich Newmeyer, uno de los pocos hombres presentes, declaraba
(1990: 43) que, en 1924, con motivo de la fundación de la Sociedad Lingüística
de América, se reunieron en Nueva York 29 grandes lingüistas; todos eran
hombres. Se podría pensar que se trataba de una simple consecuencia de no
existir mujeres importantes en aquel momento. Pero no era el caso. Al menos dos
mujeres, Louise Pound y Cornelia Catlin Coulter, tenían logros
indiscutiblemente iguales a la mayoría de los hombres convocados. Y otras
eruditas posiblemente merecerían un lugar en tan exclusiva lista. ¿Por qué
entonces no había mujeres presentes en la reunión fundadora de la Sociedad Lingüística
de América? Newmeyer acepta una explicación sociológica: era impensable
entonces que una mujer dejase a su familia un par de días, incluso en una
ocasión tan transcendental como fundar el mayor cuerpo profesional de
lingüistas del mundo. La explicación puede ser cierta, pero suena superficial y
ligeramente anticuada: en los locos años veinte muchas mujeres ensayaron formas
de vida alternativa, como veremos en el capítulo dedicado a las antropólogas.
Lo más interesante procede de los nombres que revela y que desconozco. Busco
información. Louise Pound (1872-1958) se especializó en inglés americano y en
el folclore y la cultura popular de Nebraska. Rápidamente sé de su vida
personal: lesbiana y deportista, ganó trofeos de baloncesto y hasta llegó a vencer
en algún encuentro de tenis pasados los 40 años. No puedo dejar de pensar que
nunca supe qué haría Hjelmslev en su tiempo libre o a quien amaría. En cuanto a
Cornelia Coulter (1885-1960), especialista en lenguas clásicas, los datos son
más exiguos y menos divertidos. Pero, además de una nota de obituario que la
destaca como determinada y justa, su bibliografía incluye una docena de obras.
El problema de
estas explicaciones es que acaban por ser circulares. Al principio, las mujeres
no estudiaban y, por tanto, no producirían ideas lingüísticas. En una segunda
fase, las mujeres se graduaban, pero no asistían a congresos porque cuidaban,
de manera que no pueden hoy figurar en los programas de estudio como grandes
teóricas. En una tercera fase, digamos a partir de los sesenta, muchas
académicas son ya feministas y, si encuentran alguna vía de conexión entre su
activismo y su trabajo, será en sociolingüística. Esta perspectiva enlaza con
la hipótesis que Dabashi (2015) enunciaba para la filosofía realizada fuera de
los grandes
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círculos
occidentales: es posible que esos nombres de mujeres ausentes existan, que se
hayan ocupado de intereses variados y que, sin embargo, ni siquiera podamos
verlas. Estarían ahí, pero fuera de foco.
En el trabajo antes
citado, Newmeyer abandona el tono habitual del volumen —dedicado a cuestiones
como el acoso sexual en la universidad o la dificultad de que las mujeres
consiguiesen mentores y, en tal caso, que pudiesen desarrollar con ellos una
complicidad intelectual no revuelta con otro tipo de experiencias— para
proponer una hipótesis. Aunque no sea ampliamente conocido, las condiciones
para las mujeres en la universidad norteamericana empeoraron en la primera
mitad del siglo XX. Había menos mujeres docentes en 1962 que en 1890 en todas
las áreas. Del mismo modo, mientras que el 15 % de los doctorados recayeron en
mujeres en 1930, la cifra desciende al 8 % en 1950 y el porcentaje no superó al
de 1930 hasta mediados de la década de los setenta. Estos datos, sin duda
interesantes viniendo de una sociedad donde las expectativas femeninas eran más
amplias que en otras culturalmente dominadas por la religión o la familia, son,
sin embargo, interpretados por Newmeyer de forma reduccionista. Las mujeres se
acercarían a la lingüística pensando que formaba parte de las humanidades. No
resulta sorprendente que las mujeres prefieran dedicarse a la adquisición
infantil del lenguaje y no a la lingüística matemática, asegura el lingüista,
quien reconoce carecer de explicación para el hecho de que ellas hayan
contribuido tanto a la fonética experimental, que implica el conocimiento de la
física y el dominio de una maquinaria formidable (1989: 49-50). Por mucho que
remita esos estereotipos a la sociedad y no los reconozca como propios, las
palabras de Newmeyer invitan a explorar otra senda porque en esta los
argumentos se están haciendo peligrosamente circulares.
Ú
2.4. AÜN MENOS QUE
LING ISTAS: MUJERES
CON OFICIOS RELACIONADOS CON EL LENGUAJE
Un panorama
histórico de cualquier disciplina acostumbra a ofrecer una serie cronológica de
escuelas y figuras. Sin embargo, la idea misma de que exista una tradición
inquebrantable adolece de ingenuidad. Si la historia es
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escrita por los
vencedores, cualquier campo quedará circunscrito al esqueleto conformado en las
clases de primaria: Prehistoria, Grecia, Roma, Edad Media y así en adelante.
Es, en buena medida, una trayectoria previsible. Los esquemas escolares
mantienen este modelo por su utilidad didáctica: permite que el estudiantado
exporte conceptos básicos de una asignatura a otra, de manera que el Barroco en
arte remita a la visión del mundo propia de una sociedad y una época convulsas,
que, a su vez, permite analizar la política, pero también interpretar la
producción literaria. Sobre la base de ese esqueleto, la historia de la
lingüística remite a una serie que va del Crátilo de Platón, pasando por los
modistas y Ockham hasta, paso a paso, desembocar como por encanto en la
publicación póstuma del pensamiento de Saussure, que ya no remite a
acontecimientos externos y exige echar un vistazo al interior de la propia
disciplina. El panorama queda miniaturizado. Podría objetarse que esa historia
de la lingüística que nos fue transmitida apenas consigue desarrollar el mapa
conceptual de una historia de la gramática. Si existen bases legítimas para
sospechar que todo relato histórico es parcial, deberíamos agarrarnos a la
cautela como principio metodológico. La masculinización de la crónica de las
ideas lingüísticas no puede ser simplemente respondida con un panfleto
reivindicativo, aunque este sería absolutamente legítimo. La hipótesis de que
han existido agentes secundarios puede ligarse al cultivo de ideas desconsideradas
entre los grandes hitos históricos y que compondrían una intrahistoria: no
tanto una historia menor como una historia en paralelo. Laborda (2013) se
refiere a la tradición retórica como una de las vetas diferentes del discurso
oficial en lingüística y reivindicaciones semejantes, aunque no formuladas de
manera tan explícita, pueden encontrarse en los manuales de Pragmática,
Análisis del discurso o Teoría de la traducción. El lema sería: dime cómo
cuentas la historia y te diré qué historia resulta.
Si sustituyésemos
el enfoque cronológico tradicional por otro fundamentado en las ideas sobre el
lenguaje, como invita a hacer la multiplicación de enfoques que el campo ha
experimentado en los últimos 40 años, tal vez las cosas podrían ser de otro
modo. Lo que se está proponiendo implica superar la mera cronología de eventos
históricos como una corrección necesaria para algunos de los sesgos que hoy se
pueden percibir. Tal vez a través de asuntos y temáticas —que lógicamente
transcurren en una línea temporal, con escuelas y tradiciones, pero sin
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limitarse a ese
enfoque—, el panorama varíe. Si se admiten como temas capitales formalismos,
computación y lenguajes artificiales, va a ser difícil no mencionar a Ada
Lovelace. Si la historia de la gramática deja de invocar continuamente a Donato
y Prisciano, no solo podremos atender a lenguas ajenas a la tradición
grecolatina; también aparecerá una era de las gramáticas que exporta valores
occidentales en un proceso acelerado de colonización y explica el eurocentrismo
practicado por los grandes centros de investigación. De manera colateral, esa
era de las gramáticas nos llevará a la tradición menor de la traducción, donde
la presencia femenina es mucho más significativa que en el debate sobre la
arbitrariedad del signo.
Por otra parte, una
historia de las ideas permite superar la visión de los genios. Seguramente
ningún nombre de mujer aislado puede ser un referente como el Platón del
Crátilo; las circunstancias históricas que conocemos explican ese vacío. Pero
tendremos una historia colectiva: la de las traductoras, ya mencionadas, la de
las documentalistas y archivistas, la de las bibliotecarias, la de las
profesoras que enseñan a leer y escribir, la de las experiencias vinculadas al
cuidado que caminan de la mano de esa preferencia que Newmeyer notaba por
campos como la psicolingüística, la de tantas mujeres indigenistas que han
descrito lenguas con pocos hablantes o han diseñado sistemas alfabéticos para
ellas. El resultado será una historia coral, vinculada a perspectivas de
contrapoder, de pequeñas resistencias. Con tal reformulación podríamos aliviar
la herida de que aún hoy, en los mecanismos más populares de transmisión de la
información, las profesionales del lenguaje se presenten con pinceladas
biográficas de revista rosa. En otro sentido, las mujeres quizás hayan
cultivado en menor medida la teorización, pero han desarrollado oficios
lingüísticos, como la criptografía o la traducción; han revolucionado campos
enteros como la antropología lingüística o la sociolingüística; se han dedicado
a remover prejuicios y ampliar horizontes y procedimientos en las
investigaciones sobre lenguaje humano en animales o en temáticas diversas que
tienen alcance filosófico. Que estos trabajos estén vinculados a ideas tenidas
por menores es una hipótesis que conviene revisar: a este objetivo vamos a
dedicarnos en los siguientes capítulos.
Página 38
2.5. ALGUNASÜ
LECTURAS SOBRE LING ÍSTICA FEMINISTA Y
OTRAS REFERENCIAS
BÁSICAS
BROWN, K. y LAW,
Vivien (eds.) (2002): Linguistics in Britain: Personal Histories, Oxford,
Philosophical Society-Blackwell.
DABASHI, H. (2015):
Can Non-Europeans Think?, Londres, Zed Books. Trad. port. P. Barata, Os
não-europeus pensam?, Braga, Elsinore, 2017.
DAVISON, Alice y
ECKERT, Penelope (eds.) (1990): Women in the Linguistics Profession: The
Cornell Lectures, publicado por el Committee on the Status of Women in
Linguistics, Linguistic Society of America.
FALK, Julia S.
(2014): Women, Language and Linguistics: Three American Stories form the First
Half of the Twentieth Century, Londres, Routledge.
HARAWAY, Donna J.
(2003): The Companion Species Manifesto: Dogs, People, and Significant
Otherness, Chicago, Prickly Paradigm Press. Trad. esp. Manifiesto de las
especies de compañía, Gasteiz, Sans Soleil Ediciones, 2016.
HELLER, Monica y
MCELHINNY, Bonnie (2017): Language, Capitalism and Colonialism. Toward a
Critical History, University of Toronto Press.
KOERNER, E. F. K.
(ed.) (1991): First Person Singular II: Autobiographies by North American
scholars in the Language Sciences, Ámsterdam, John Benjamins.
— (1998): First
Person singular III: Autobiographies by North American scholars in the Language
Sciences, Ámsterdam, John Benjamins.
LABORDA GIL, X.
(2013): El anzuelo de Platón. Como inventan los lingüistas su Historia,
Barcelona, UOC.
— (2017): ¿Por qué
ser lingüista? La historiografia bionarrativa, Barcelona, Horsori.
Página 39
MARTÍN ZORRAQUINO,
María Antonia (2016): El «Cours de Linguistique Générale» de Ferdinand de
Saussure: Algunas reflexiones, desde la lingüística hispánica, en el centenario
de su publicación, Universidad de Zaragoza.
NEWMEYER, F.
(1990): «The Structure of the Field and its Consequences for Women», en Alice
Davison y Penelope Eckert (eds.), Women in the Linguistics Profession: The
Cornell Lectures, 43-53.
SEBEOK, T. A. (ed.)
(1966): Portraits of Linguists. A Biographical Source Book for the History of
Western Linguistics, 1746-1963, Bloomington-Londres, Indiana University Press,
2 vols.
TREICHLER, Paula
(1990): «Women and Linguistics. The Legacy of Institutionalization», en Alice
Davison y Penelope Eckert (eds.) (1990), 23-31.
Página 40
CAPÍTULO 3
OFICIOS
LINGÜÍSTICOS CON PROTAGONISMO FEMENINO: LA CRIPTOGRAFÍA
«Licenciatura:
Lingüística; idiomas, ninguno».
JOAN CLARKE,
criptógrafa en Bletchley Park
3.1. LAS IDEAS
INVISIBLES
En los últimos años
asistimos a un intento de recuperación de mujeres olvidadas después de haberse
consagrado a actividades científicas. Se trata de un tributo interesante para
perfilar una noción diferente del estereotipo de la abnegada ama de casa y madre.
Como ha sido sugerido anteriormente, el interés que ese legado despierta entre
feministas vinculadas a diferentes disciplinas no siempre se corresponde con
una mirada en profundidad. Podemos recuperar, siguiendo el ejemplo ya usado,
nombres de insignes matemáticas sin por ello incorporar ningún cambio de
perspectiva en la historia de esa disciplina. No es difícil, a partir del siglo
XX, encontrar figuras como Maryam Mirzajani, ganadora de la Medalla Fields en
2014, o Karen Uhlenbeck, distinguida en 2019 con el Premio Abel, siendo ambas
menciones consideradas equivalentes al Nobel. Sin embargo, un catálogo como
este de mujeres en la cumbre, por decirlo de alguna manera, simplemente
demuestra lo que ya sabíamos: que siempre ha existido una minoría de mujeres en
cualquier ámbito. Aunque sus nombres merezcan todas las honras que se tributan
habitualmente a sus colegas masculinos, la lista de grandes matemáticas en la
contemporaneidad no altera en absoluto el panorama, a saber, la idea de que las
matemáticas como disciplina son intocables en sus fundamentos y principios y,
como era de esperar, accesibles a personas con diferentes cuerpos. En el caso
de Uhlenbeck, la Academia Noruega de las Ciencias destacaba, sin embargo,
además de sus contribuciones científicas en análisis, geometría y física
matemática, que esta autora, defensora de la
Página 41
igualdad de género
en las ciencias, podía considerarse un modelo para las niñas e inspiradora de
vocaciones científicas.
Ampliando esta
perspectiva, la historiógrafa de la ciencia Londa Schiebinger (1991) alertaba
sobre la vigencia en las ciencias de patrones subalternos, dignos de ser
reconsiderados. En una determinada época se extendió entre las élites
nobiliarias europeas la costumbre de albergar entre sus propiedades un
observatorio astronómico donde se anotarían las horas en que aparecía o se
apagaba una determinada estrella. El hecho de que fuesen, precisamente, mujeres
las llamadas a trabajar en aquel nuevo oficio —tal vez porque la actividad de
observar el cielo no exigiese grandes conocimientos teóricos y fuese
francamente aburrida— proporciona un cambio de paradigma. Las mujeres, incluso
cuando no podemos recuperar sus nombres —ellas como colectivo— estuvieron implicadas
en los descubrimientos astronómicos. Posteriormente, la clasificación de las
estrellas en el observatorio de Harvard a finales del siglo XIX también sería
hecha por mujeres. Con el enfoque metodológico de Schiebinger, ya no se
trataría de recuperarlas como mera curiosidad, sino de reconsiderar la manera
en que las ciencias practicaron una segregación sexual y de otros tipos. El
dato invita a revisar los procedimientos con que se ha construido el
conocimiento científico y, en consecuencia, alimenta alternativas críticas en
cada disciplina. Dicho con otras palabras: con escasísimas excepciones, dada la
condición subordinada de las mujeres en la historia, cuando estas se dedicaron
a actividades intelectuales, solo les fue permitido acceder a los estilos de
conocimiento tenidos en cada momento por insignificantes, o por tediosos y
repetitivos.
Con el paso del
tiempo, esta tarea invisible de las mujeres puede servir también para analizar
el tipo de ideas que los grandes centros difusores del conocimiento han
enaltecido. El estudio de una determinada disciplina con perspectiva de género
permite entender mejor muchos debates intelectuales, muchas de las
explicaciones obtenidas y formular adecuadamente las todavía no encontradas, en
un sentido que enlaza con los estudios culturales y la multiculturalidad.
Porque la exclusión de las mujeres no es muy diferente de la exclusión de otras
razas, de otras culturas, de otras visiones del mundo. La exclusión de las
mujeres forma parte de la exclusión del Otro[3] y explica el eurocentrismo que
ha sido arrogantemente practicado por los grandes centros de poder académico.
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Finalmente, de este
modo los estudios de género pueden ser situados en el lugar correcto: no
valorados por su capacidad de construir santorales alternativos, sino por
contribuir de forma decisiva a evitar todos los tipos de exclusión, ligando el
sexismo a otras supremacías —por razón de clase social, de etnia o cultura, de
capacidad física o psíquica, de orientación sexual— y revitalizándose frente a
cualquier crítica que los juzgue parciales, secundarios o vinculados a la
defensa de intereses de grupo, por mucho que los intereses de grupo de la mitad
de la humanidad tampoco parezcan insignificantes.
En 2017 la película
Hidden Figures rescataba del olvido a un grupo de mujeres afroamericanas que
trabajaron como calculadoras humanas en la NASA. Sin sus exactos cómputos
habría sido imposible aquella conquista del espacio que se había convertido en
uno de los objetivos primordiales de la política internacional en plena Guerra
Fría. La doble exclusión de estas mentes, por ser de mujer y por ser de
personas negras, exigía una restauración en términos éticos. Y buena parte del
interés del asunto descansaba en que la producción cinematográfica no las
presentaba como firmas al pie de un inmenso descubrimiento: la perspectiva de
género incorporaba una crítica a la noción de genialidad. No se trata, está
claro, de defender que las mujeres no sean geniales, sino de reconsiderar la
propia noción de genio, una especie de líder carismático dotado de facultades
sobrehumanas; un semidios, un individuo mítico y, por tanto, inexistente. Esta
vía de recuperación de colectivos enteros dota de sentido especial a la visibilización
de las figuras femeninas en la historia de las ideas lingüísticas.
En el mismo año en
que se estrenaba Hidden Figures, la periodista Liza Mundy (2017) publicaba su
investigación sobre un episodio histórico marcado por el silencio: el de las
criptógrafas. El término criptografía se aplica a las técnicas de cifrado o
codificado de una información y, evidentemente, a las usadas para quebrar esos
códigos. Vinculada en el imaginario literario y cinematográfico a las
actividades de espionaje, hoy su dimensión matemática se ve particularmente
realzada, pero en el pasado fue, ante todo, una artesanía lingüística. La
criptografía está relacionada con temas muy sugestivos: la creación de la
escritura, la elaboración de sistemas mnemónicos y semióticos, la
esteganografía o escritura secreta, la confección de lenguas internacionales auxiliares,
del tipo del esperanto, o la fascinación occidental por las escrituras
jeroglífica y china. En un
Página 43
sentido más
general, la creación de formalismos para la lógica, las matemáticas o la
química pueden ser vistos como un capítulo de las ideas lingüísticas a partir
de las críticas al lenguaje ordinario hechas por la filosofía analítica; y las
gramáticas formales y los sistemas de simbolización explican buena parte de los
avances en sintaxis contemporánea, lingüística computacional e inteligencia
artificial. Aunque los manuales traten estos asuntos de manera fragmentaria,
como si no estuviesen relacionados o como si fuesen anecdóticos, todos los
grandes filósofos del siglo XVII dedicaron parte de su obra a buscar mecanismos
alternativos a las lenguas naturales con diferentes objetivos: el tema no
parece banal. Finalmente, la criptografía pone el foco en la imaginación y la
creatividad, fuerzas habitualmente desvalorizadas en la tarea de dilucidación
científica. De ahí que, antes de analizar las diferentes lingüísticas
feministas que podemos rastrear en la historia, vayamos a sumergirnos en un
campo peculiar, una actividad profesional vinculada con las lenguas que
compone, en sí misma, una idea menor en la disciplina y que, en un determinado
momento, tuvo como protagonistas a agentes tradicionalmente secundarios:
mujeres prácticamente anónimas.
3.2. CRIPTOGRAFÍA
EN VIOLETA:
LASCODE GIRL
Durante la Segunda
Guerra Mundial, más de 10 000 mujeres fueron reclutadas por el Ejército de los
Estados Unidos para participar en tareas de descifrado de mensajes secretos.
Con evidente pulso literario, Mundy se centra en la emocionante oportunidad que
se abría para ellas, convocadas a una actividad urgente en tiempos de guerra.
El Ejército exigía un compromiso de sigilo que mantuvieron incluso cuando,
finalizada la contienda, fueron obligadas a regresar a vidas anónimas y poco
interesantes: ni les fueron ofrecidas posibilidades de promoción, ni la
formación adquirida tenía validez en la vida civil y, sin embargo, nunca
rompieron el secreto. Al revisar los Archivos Nacionales del College Park en
Maryland, Liza Mundy encontró testimonios orales recientemente desclasificados
y consiguió localizar a algunas de las sobrevivientes y entrevistarlas. Su
trabajo permite ligar la evolución de la inteligencia militar moderna con la
intervención de aquellas mujeres que, mientras
Página 44
descifraban
mensajes secretos, enfrentaban las rivalidades burocráticas, el sexismo
administrativo y la rigidez de unos mandos del Ejército dedicados a vigilar
escrupulosamente su vida sexual —relaciones con otros militares, lesbianismo,
aborto— y su entrega. Sin duda, estaban sometidas a un rigor adicional al ya
requerido para los soldados.
El 7 de diciembre
de 1941 tuvo lugar el ataque de Pearl Harbor. El desaliento ante este episodio
de la guerra explica que el Ejército y la Marina estadounidenses ideasen una
operación de inteligencia destinada a captar fuerzas por todas partes. Aunque
apenas el 4 % de las mujeres había pasado por la universidad, los militares no
tenían mucho margen de elección, ya que los hombres estaban participando en el
frente de combate, y, por tanto, pidieron al profesorado de las universidades
femeninas que identificasen a las mejores alumnas en matemáticas e idiomas. La
guerra indirectamente estaba creando para ellas una oportunidad que nunca había
existido.
Según Liza Mundy,
las primeras candidatas fueron seleccionadas con métodos propios del espionaje.
Diversas estudiantes sin relación entre sí recibían una carta que las convocaba
a una reunión con alguna profesora. No obstante, en lugar de una presumible orientación
académica, al llegar al lugar del encuentro debían responder dos preguntas: si
les gustaban los crucigramas y si pensaban contraer matrimonio en breve.
Responder afirmativamente a la primera pregunta y negativamente a la segunda
permitía acceder al siguiente nivel: una serie de pruebas de agudeza matemática
y lingüística no muy especializadas. Solo las que superasen con éxito esta fase
serían alentadas para integrarse en un equipo de criptoanálisis sometido a la
más estricta confidencialidad. Las reclutas debían traducir documentos, formar
grupos para resolver los códigos cifrados por el ejército enemigo, que
cambiaban constantemente, o elaborar y difundir informaciones falsas, por
ejemplo, sobre el lugar exacto del desembarque aliado antes del día D. Que en
el otro bando estuviesen alemanes y japoneses explica que se primase el
conocimiento avanzado de idiomas o una cierta soltura a la hora de adquirirlos.
Sin embargo, la
incorporación de las mujeres al Ejército fue tratada como una circunstancia
excepcional. Se las llamaba WAVES, es decir, women accepted for voluntary
emergency service, un eufemismo para poder reclutarlas, evitando al tiempo
cualquier compromiso de continuidad. Tenían que cortarse el pelo y llevar
uniforme, pero también
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accedían al
sentimiento de orgullo y camaradería militar, y en apenas un año había 4000
criptógrafas que romperían los cifrados, desde luego, pero también los duros
códigos de la condición femenina, pues hacían la marcha militar cantando: «No
preciso un hombre para darme simpatía / Por qué lo precisaba antes es un
misterio». Obviamente, estos testimonios biográficos inciden en que la
jerarquía militar las contemplaba como una especie de secretarias o ayudantes;
también en que se pensaba, como en el caso de las astrónomas, que las mujeres
eran hábiles en trabajos mecánicos y tediosos y, sin duda, los estadios
iniciales del análisis criptográfico tienen mucho de eso. Pero, en general, las
partícipes en el proyecto se muestran satisfechas por integrarse en la guerra y
por haber puesto sus mentes al servicio de lo que consideraban una buena causa.
De manera singularmente interesante, Lisa Mundy insiste en que la ruptura de
códigos en la Segunda Guerra Mundial «fue un gigantesco esfuerzo de equipo» y
«el propio genio acostumbra a ser un fenómeno colectivo». Los códigos fueron
destruidos por el paciente trabajo de grupos de mujeres que intercambiaban lo
que habían aprendido, anotado y recogido. Las palabras de Mundy dejan traslucir
una intención que armoniza perfectamente con la hipótesis que estamos
barajando. Y todavía deberíamos añadir que por entonces el Ejército
norteamericano incorporó también a un número significativo de personas
afroamericanas, lo que contribuye a socavar la imagen del militar como hombre y
blanco, aunque seguramente se mantuviese la idea de que tenía que ser
heterosexual.
Las protagonistas
sobrevivientes relatan en sus conversaciones que, para desencriptar códigos,
además de conocimientos lingüísticos y matemáticos, era imprescindible tener
una mente intuitiva, con capacidad de relacionar algún detalle, aparentemente
irrelevante, de un mensaje con otro leído meses atrás. Esa descripción de las
facultades precisas para el descifrado recuerda, de alguna manera, el perfil
psicológico clásicamente atribuido a la intuición femenina. Es de esperar que
las protagonistas de una historia arrastren las concepciones propias de su
tiempo y educación, pero el dato, dejando de lado cómo pueda sonarnos hoy esa
supuesta predisposición de facultades para uno y otro sexo, podría ser
revelador de la peculiar autoestima de las protagonistas de este capítulo de la
historia. Volveremos sobre este asunto más adelante.
Como en la Segunda
Guerra Mundial la paz del mundo parecía depender de los mensajes interceptados
al otro bando, igual que en los
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Estados Unidos,
entre los aliados europeos comienzan a entrar mujeres para participar en las
actividades de información. El caso más emblemático, sin duda, fue el de las
8000 británicas incorporadas a los servicios de criptoanálisis de Bletchley
Park, cuyos nombres aparecen vinculados a las máquinas Purple o Enigma, con
complejos sistemas mecánicos de cifrado. Precedentes de los actuales
computadores, estas máquinas realizaban miles de intentos hasta dar con las
correspondencias entre letras que permitirían entender los mensajes. Las
mujeres eran abordadas en las universidades, como en el caso americano, o a
partir de relaciones familiares de confianza. Las debutantes, mayoritariamente
de clase alta, fueron muy apreciadas, aunque al comienzo solo se dedicasen a
tareas administrativas. Sin embargo, a medida que la guerra intensificaba los
ataques, se incorporaron específicamente lingüistas y matemáticas. En 1942 el
periódico Daily Telegraph organizó un concurso: se trataba de solucionar un
crucigrama en 12 minutos. Las ganadoras entraron en Bletchley Park porque se
pensaba que tenían importantes habilidades en pensamiento lateral, una técnica
para resolver problemas a través de estrategias o algoritmos no ortodoxos que
normalmente son desdeñados por el pensamiento lógico. Una vez más, la
creatividad, como una fuerza desconocida o contraria a los caminos del
pensamiento racional, parecía entrar en acción. Tal idea nos invita a pensar en
lo que las mujeres, por ser el Otro, aportan, y no a hablar sin más de la presencia
de mujeres.
De hecho, los
servicios de criptoanálisis ingleses en Bletchley Park reclutaron personal
entre matemáticos y científicos. Solo más tarde recurrieron a las mujeres. La
curiosidad que hoy produce esta feminización de una actividad militarizada se
percibe en que Netflix haya colocado en emisión una serie con el título The
Bletchley Circle, dedicada a destacar el perfil psicológico de la nueva mujer
que surge con la guerra. Como en el caso norteamericano el compromiso de
confidencialidad, acabada la contienda, fue celosamente custodiado y los
secretos estratégicos que podrían haber comprometido a los Gobiernos se
mantuvieron bien guardados. Pero, a partir de 1975 los documentos relativos a
este capítulo de la historia dejaron de ser considerados secretos de Estado y
un conjunto de trabajos periodísticos (Singh, 1999) rescataron algunos nombres,
como Mavis Lever, Jane Fawcett, Joan Clarke, Jean Valentine o Ruth Borne.
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Estas
investigaciones muestran que fue la pura necesidad lo que impulsó la entrada de
mujeres en este ámbito. Muchos mandos militares solo aceptaban que fuesen
secretarias y creían que el esfuerzo intelectual que exigiría Colossus, la
máquina que derrotó a la famosa Enigma, sería excesivo para ellas. La frase que
encabeza este capítulo —«licenciatura: Lingüística; idiomas: ninguno»—
corresponde a la ficha en el grupo de Joan Clarke: matemática de profesión,
tuvo que anotarse como lingüista porque el estricto protocolo del Ejército
británico no permitía que las mujeres participasen en las fases de
criptoanálisis, aunque con ella, por causas de fuerza mayor, hiciesen una
excepción. Así se producía la paradoja de que era presentada como una lingüista
que no sabía lenguas. Curiosamente, se alentó la formación de equipos mixtos,
entre un boffin, un científico o ingeniero, y una deb, una joven debutante.
Entre los líderes, además del renombrado Alan Turing, figuraba como principal
criptoanalista Dilly Knox, quien se rodeaba de las mujeres más atractivas,
elocuentemente denominadas «las chicas de Dilly» (Morillo, 2007): no todo fue,
ni mucho menos, transparente en la incorporación de las mujeres.
3.3. EL ENFOQUE
COLECTIVO FRENTE AL ENFOQUE DE LAS GRANDES MUJERES
Mucho antes de la
Segunda Guerra Mundial, podemos ya rastrear una criptografía excepcionalmente
activa en Estados Unidos. Una figura civil, George Fabyan, había fundado los
laboratorios Riverbank, que, años más tarde, compartirían sus conocimientos con
la Marina, cuando los objetivos militares dictaminaron la creación de un
departamento especializado en desencriptar mensajes. Sin embargo, esa figura
inicial de Fabyan perseguía un objetivo bastante excéntrico: probar que
Shakespeare era un impostor y que sus obras, en realidad, habían sido escritas
por Francis Bacon. La posibilidad de que un magnate dedicase parte de su
fortuna a investigar tan peregrina cuestión literaria resulta bastante
inesperada en el contexto de la política internacional, pero la realidad con
frecuencia desbarata los supuestos más racionales. Según la hipótesis de
Fabyan, envuelta en un vago aire conspirativo, en las obras atribuidas
erróneamente a Shakespeare, Bacon habría dejado un código secreto que, al ser
descifrado,
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revelaría que él
era el verdadero autor. Con el objetivo de desvelar esa clave, Fabyan contrató
a un grupo de especialistas en la literatura shakespeariana, donde se
singulariza un nombre de mujer: Elizebeth Smith [Friedman] (1892-1980).
Llamada
frecuentemente «la primera criptógrafa norteamericana», era una graduada en
literatura inglesa con alguna experiencia docente antes de ingresar, en 1916,
en Riverbank, donde se ocuparía de descifrar los mensajes supuestamente
contenidos en las obras de teatro y poemas de Shakespeare. A pesar de tan
peculiar nacimiento, la institución de Fabyan acabó proporcionando al Ejército
norteamericano la única experiencia disponible, lo que propiciaría el contacto
entre ese grupo, apenas vinculado a un proyecto literario, y las instancias
gubernamentales. Todavía en Riverbank, Elizebeth Friedman realiza importantes
contribuciones teóricas a la criptografía moderna, particularmente al cifrado
de mensajes en mandarín, y acabará por dedicarse a la supervisión del espionaje
comercial, en concreto a la desarticulación de actividades de contrabando en la
época de la ley seca. Aunque el grado de sofisticación de estos encriptados no
pudiese ser ni remotamente tan complejo como los que se daban en el periodo de
guerra, este servicio al Gobierno estadounidense brindaría a Friedman la
posibilidad de perfeccionar sus técnicas de descifrado. Para la Segunda Guerra
Mundial ese bagaje previo sería visto como decisivo y, por tanto, fue convocada
para participar en la organización del recién creado Departamento de
Criptografía de la Marina.
La historia de
Elizebeth Friedman es, como vemos, bastante diferente de la de las code girl
porque ella ya era en aquel momento una experta que se había granjeado su
credibilidad con una impoluta hoja de servicios. Cuando finalmente regresó la
paz, retomó el asunto que la había guiado hacia la criptografía y publicó The
Shakespearean Ciphers Examined, donde desechaba definitivamente la idea de que
Shakespeare hubiese usurpado el nombre de Bacon. Además, las contribuciones de
Friedman no padecen la falta de reconocimiento habitual en la historia de las
mujeres: está incluida en el salón de honor de la Agencia de Seguridad Nacional
norteamericana (NSA) y en 2019 el Senado de Estados Unidos aprobó una
resolución destinada a honrar su vida y legado. En este sentido, ella se
aproxima, mucho más que la generación siguiente, la de las code girl, a la
figura de genio. De entrada, se le atribuye haber resuelto por sí sola
numerosos sistemas de cifrados alemanes, incluidas tres máquinas Enigma
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distintas.
Finalizada la guerra, pasó a ser consultora del Fondo Monetario Internacional,
donde crearía sistemas de seguridad para las comunicaciones —es decir, estaría
más cercana a los desarrollos actuales de una criptografía orientada a la
autenticación de la identidad en las transacciones económicas—, lo que resta a
su figura buena parte del romanticismo que adornaba a las code girl. En un
sentido diferente, el hecho de dedicarse a cuestiones comerciales es decisivo
para que conservemos memoria detallada de su actividad. Siguiendo la estela de
su trabajo, hoy, más en ningún periodo bélico, habitamos una civilización de
mensajes cifrados: cada vez que entramos en Internet, sacamos dinero del banco
o hacemos una compra online enviamos datos que son tratados, descifrados y
devueltos en un proceso de cierta complejidad criptográfica para preservar la
información como confidencial y a salvo de piratas. No parece difícil concluir
que la globalización y la dinámica capitalista intervienen de manera decisiva en
la consolidación de estas figuras aisladas como peculiares o geniales.
Otra de las
individualidades de este campo que, sorprendentemente, aparece citada a menudo
en publicaciones feministas como digna de reivindicación, es Hedy Lamarr
(1914-2000). Austríaca de nacimiento, hizo carrera como actriz en Hollywood y
su vida es un puro folletín, lo que tal vez explique el excepcional interés que
suscita. Su biografía contiene los enredos habituales en una estrella de cine:
numerosos maridos y amantes, escasa participación en películas de calidad, a
pesar de una siempre alabada belleza, o escándalos por filmar escenas con
desnudos explícitos. Casada con un fabricante de armas alemán con simpatías
nazis, prosigue los estudios de Ingeniería que había abandonado para una
primera incursión en el cine. En ese contexto, asiste a reuniones de negocios
entre su marido y altos mandos del Ejército alemán. Según parece, en esas
reuniones aprendería técnicas de espionaje y obtendría documentos valiosos que,
más tarde, cedería al Gobierno americano.
Podemos pasar por
alto, siquiera momentáneamente, la dificultad de la gesta que se le atribuye,
esa de conseguir en cenas y soirées desentrañar cuestiones que debían
mantenerse en el más estricto de los secretos. Aunque en la red se encuentren
continuas alabanzas sobre esta actividad política, también referida y reiterada
en algunas publicaciones, parece exagerado suponer que pudo aprender
criptografía en reuniones frívolas. Además, en su autobiografía (Lamarr, 1966)
no aparecen detalles que
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justifiquen tan
desmesurado fervor feminista como despierta: muy al contrario, su obsesión por
la belleza y sus comentarios vulgares podrían situarla bastante lejos de esa
idealización. Comenta de pasada haber hablado de estas actividades con su amigo
músico George Antheil y que ambos experimentaron con los sistemas de control
automático de instrumentos que él había usado componiendo. Hedy Lamarr,
consciente de la fragilidad de las emisiones de radio usadas en el desarrollo
de misiles teledirigidos, habría buscado junto a su socio un método alternativo
inspirado en un par de tambores perforados y sincronizados para cambiar entre
88 frecuencias, lo que impedía que esas emisiones fuesen rastreadas por el
enemigo. Lamarr y Antheil solicitaron la patente para ese sistema de
comunicaciones secretas que, bastante después, sería usado para construir
torpedos teledirigidos por radio y considerado pionero de la modulación de
señales en espectro extendido y, por tanto, un precedente del wifi.
Parece lógico que
la habitual misoginia quiera ser combatida con una relación de mujeres
profundas, interesantes o no suficientemente consideradas en su labor. Parece
justo reivindicar figuras sin cuya constante dedicación muchos de los
eventuales descubrimientos no habrían sido posibles. Menos adecuado es conceder
excesivo protagonismo a determinados hitos o protagonistas que,
sospechosamente, nos conduzcan a leer lo que queramos leer, y esto, me temo, es
lo que ocurre con el engrandecimiento de Hedy Lamarr. Como indicaba Robins,
prestigioso historiógrafo de la lingüística (1967: 15), los hechos y la verdad
no están establecidos por anticipado como la solución de un crucigrama, a la
espera de que se complete el descubrimiento. En la figura de Hedy Lamarr,
cualesquiera que sean sus verdaderos méritos, no hay dedicación constante a una
actividad intelectual, sino todo lo contrario. Tampoco existe silenciamiento,
ya que contaba con una considerable proyección pública. El hecho de que, en el
mejor de los casos, su patente tuviese después aplicaciones interesantes
constituye una anécdota curiosa, pero no exactamente significativa del enfoque
que debe darse a una lingüística de género.
Si se tratase
únicamente de consolidar el binomio criptografía y mujeres, la historia
proporciona abundantes referencias que no pasan de la mera curiosidad. García
et al. (2005: 10) refieren que el libro erótico Kamasutra, del siglo IV, lista
64 artes que las mujeres deben conocer y practicar, entre las que figuran,
además del canto y la cocina, algunas
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actividades
intelectuales como el ajedrez, y en el número 45, el arte de la
mlecchita-vikalpa o escritura secreta. A continuación, se describen diferentes
métodos de cifrado: el kautiliyam, consistente en cambiar letras por otras
relacionadas fonéticamente, y la mūladeviya, o emparejamiento aleatorio de las
letras del alfabeto, que llevaría a sustituir cada grafema de un texto por su
pareja de acuerdo con esa clave. Por supuesto, el Kamasutra no pretende
reivindicar la posibilidad de que las mujeres participen en el conocimiento en
sentido riguroso, sino apenas la de que usen esos juegos para encubrir sus
amoríos. Igualmente, podría mencionarse el caso de la reina de Escocia María
Estuardo, que, apresada en un castillo, usaría claves encriptadas para escribir
cartas a su aliado Anthony Babington. Por ellas se descubre que estaría
planificando el asesinato de Isabel I para recuperar la corona de Escocia, en
una auténtica conspiración. El descubrimiento de lo que la crónica histórica
inglesa consideró una traición le costó la vida. Sin embargo, María Estuardo
tampoco pasaría del nivel de una usuaria en un juego más o menos sofisticado y,
sin duda, arriesgado.
Desde el punto de
vista que asumimos en esta lingüística con perspectiva de género,
independientemente de la desigual fortuna de sus aplicaciones, es interesante
la naturaleza lingüística de esta actividad colectiva de la criptografía. Las
mujeres que formaron parte de los ejércitos aliados fueron convocadas por sus
destrezas idiomáticas, en particular por sus conocimientos de alemán, y la
actividad que desarrollaron era una modelización matemática orientada a datos
reales de lenguas específicas. Los nombres de las americanas que se fueron
recuperando, como la mencionada Elizebeth Friedman o Agnes Meyer Driscoll,
tenían en su formación, a veces junto a las matemáticas y la física,
conocimientos de francés, alemán, latín o griego, además del inglés nativo, y
sus trabajos las familiarizarían con el japonés, durante la guerra, y con el
mandarín, en la época en que se dedican al espionaje industrial o a la lucha
contra el comercio ilegal. En general, las publicaciones no especializadas
ofrecen nombres con escasa información, mientras los manuales de criptografía
prestan nula atención a la perspectiva feminista. De esta manera, perdemos el
rastro de las aportaciones realmente relevantes. En la prensa, sin embargo, se
percibe una fuerte atracción por divinizar ciertas figuras. Si Friedman era la
sabia que colaboró con el Gobierno y Lamarr la actriz glamurosa redescubierta
como inventora a
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tiempo parcial,
ahora los retratos tienden a fijarse en la invención genial o casual. Así
aparece referido el relativamente reciente caso de Sarah Flannery, una
estudiante irlandesa que a los 16 años firmaba un trabajo escolar sobre los
sistemas de cifrado en la historia y acababa por integrarse en una empresa de
seguridad de datos en Dublín donde diseñaría un algoritmo para cifrar mensajes
con un gasto de tiempo inferior al de los computadores. Fue declarada la mejor
joven científica del año 1999 en Irlanda. Hoy tiene una exitosa carrera como
matemática en Cambridge.
Infelizmente, no
tenemos ninguna información sobre la posible intervención de mujeres en la
criptografía del otro bando en guerra o en geografías más próximas. Durante la
guerra civil española se usaron máquinas Enigma y, aunque el equipo español PC
Bruno, liderado por Antonio Camazón, ayudase en la decodificación de Enigma,
los siete miembros del proyecto eran masculinos. Finalmente, en la guerra
española se usaron otras máquinas, como la Hagelin, que el propio Hagelin y su
mujer se habían llevado a Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y
la todavía menos conocida Kryha, que usó el bando franquista[4]. Habrá que
suponer, por tanto, que solo el bando aliado, en cuyas sociedades las mujeres
estaban ya más emancipadas, llegó a apostar por ellas.
Ü
3.4. LING ÍSTICA EN FEMENINO:
LA INTUICIÓN
La intuición ha
sido tradicionalmente considerada el equivalente femenino de la inteligencia.
Dentro del conjunto de mitos asociados a la diferencia sexual, se suponía que
ellas se mostraban más sensibles a ingredientes ocultos, que no operaban sobre
la base de deducciones completamente racionales y que fantaseaban o se dejaban
influir por sus afectos. No parece haber una base muy sólida para estas
atribuciones, que funcionaron como una justificación: si a ellas les era vedada
la entrada a las instituciones culturales era porque se estaban ejerciendo
mecanismos de control. O, visto lo que pasó en la guerra, porque nadie las
había necesitado. Por eso resulta sorprendente, con ojos actuales, que las code
girl, en su periodo de mayor emancipación y reconocimiento intelectual,
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reivindicasen,
precisamente, que eran mejores criptógrafas porque eran más intuitivas.
En teoría del
conocimiento, la intuición (del latín intueri, “mirar fijamente”) implica la
conexión directa con una información relevante sin el proceso de razonamiento
que exige un tiempo de búsqueda —el eureka, “lo encontré”—. Al verificarse de
manera automática, es difícil reconstruir las fases del proceso y
verbalizarlas. En cualquier caso, un sujeto intuye cuando llega a la conclusión
oportuna a partir de reacciones emocionales, de percepciones de la realidad
sensorial no muy concretas o de conceptos derivados de su ambiente cultural,
creencias e ideología. Con esta presentación, la cualidad tiene un aire
ambivalente: si alguien responde a un problema aportando una solución
intuitiva, será porque ha tomado una decisión rápida, apoyada en un instinto y
no en una lenta evaluación de las posibilidades racionalmente disponibles. En
caso de que acierte, intuitivo no será muy meritorio; en caso de que se
equivoque, habrá actuado irracionalmente, dejándose guiar por prejuicios. No es
casual que la intuición se asocie específicamente con las mujeres —el famoso
sexto sentido— o con pueblos no occidentales, donde la mirada eurocéntrica la
liga al esoterismo, a prácticas ocultas y mágicas.
Pero si la
intuición es una forma especial de actividad cognoscitiva convendría analizar
en qué consiste. Descartes consideraba que la forma deductiva de la
demostración se basaba en axiomas, pero que estos podían conocerse sin
demostración alguna, es decir, intuitivamente. No parece haber, por tanto, en
el planteamiento cartesiano un rechazo de tal noción, aunque será Spinoza el
pensador que la delinee de manera más ventajosa, presentándola como un nivel de
conocimiento superior, capaz de apelar a la esencia de las cosas, como si se
tratase de una facultad ligeramente mística. Es cierto que a lo largo de la
historia se le ha reconocido una función auxiliar, pero solo en los últimos
años la intuición parece haberse revalorizado, aunque muchas veces ese nuevo
protagonismo proceda de una psicología volcada a dinamizar la acción
empresarial y asegurar el éxito económico. También en entornos educativos o
informáticos se observan connotaciones positivas en el uso del término
intuitivo para calificar un proceso o la formulación de una actividad
—típicamente un programa o un videojuego— que no exige perder mucho tiempo
asimilando instrucciones previas: el público usuario se moverá con
espontaneidad en el formato que se le ha presentado de manera intuitiva.
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La intuición
aparece en estos usos recientes como un resultado de la experiencia acumulada,
como un conocimiento súbito de la verdad procedente de relatos formales e
informales que se grabarían en el subconsciente y podrían guiar la toma de
decisiones en un mundo frenético, donde apenas hay tiempo para análisis
racionales prolongados. Ha perdido los componentes mágicos para verificar en la
práctica su eficacia; ha dejado de ser una corazonada, un presentimiento, para
manifestarse como un conocimiento informal o poco reglado que define una cierta
aura, puesto que pone en juego, de manera vertiginosa, todas las habilidades
adquiridas y las escenifica inmediatamente, sin ensayo ni esfuerzo aparentes.
Al rehacer el
trabajo de cifrado y descifrado que practicaban las code girl, el concepto un
tanto vago de intuición va tomando forma, de modo que su papel en el quebrado
de mensajes está desprovisto de los ingredientes sexistas que causaban nuestra
inicial cautela. Desencriptar es una operación compleja por el número de
variables matemáticas que se hace necesario manejar y por la presión de actuar
a contrarreloj. Una máquina desencripta por cálculo de frecuencias[5], probando
todas las combinaciones, pero eso exige tiempo porque estas componen un número
astronómico. De ahí que, mientras los sistemas computacionales fueron
deficitarios, la mente humana se sirviese de otras habilidades derivadas de
todo lo que sabemos intuitivamente de un texto cuando hablamos la lengua en que
está escrito. De hecho, muchos criptogramas pueden resolverse como un puro
ejercicio de ingenio. Sin calculadoras aptas para considerar miles de
posibilidades a enorme velocidad, muchos esfuerzos se mitigarían no por el
análisis detenido —racional, meticuloso, y establecido paso a paso— de cada una
de las posibilidades, sino por una especie de atajo mental que sobreviene de
manera fortuita a la o el analista. Yendo a un ejemplo práctico, si estoy
desencriptando un mensaje en español y me falta uno de los caracteres de la
palabra _erde, una posibilidad atractiva es proponer rápidamente verde, la
única de las respuestas válida, sin perder tiempo revisando todas las demás.
Tal vez todo
comenzase por incorporar mujeres a una tarea tediosa, pero, como ellas
destacaban en sus testimonios, buena parte del quehacer que les habían asignado
se resolvía, simplemente, a partir de la competencia lingüística que, como
hablantes, tenían de los idiomas en cuestión. La lingüística chomskiana, unos
años más tarde, explotaría este
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concepto de
competencia en sus refinados análisis teóricos. No es de extrañar que tal
término se vincule a una corriente que desarrolló como ninguna las capacidades
del formalismo en lingüística —y que, por cierto, se convirtió en el principal
modelo teórico, al suplantar otras posibles vías de investigación porque
surgía, como la criptografía, financiada por el Ejército y al amparo de
determinados intereses políticos (Heller y McElhinny, 2017)—. En su desarrollo,
la competencia chomskiana se identificaría como un conocimiento ideal de la
lengua, desentendiéndose de los flujos reales en las comunidades hablantes.
Para las criptógrafas, en cambio, esa competencia se liga a una supuesta
intuición, a una «virtud femenina». Estos paralelos entre una lingüística
central, que dictó los temas importantes y algunas lingüísticas periféricas,
ocupadas de resolver problemas o detectar las brechas que resquebrajan el
edificio perfecto que se debe construir, constituyen un foco de atención
fundamental en la propuesta que defendemos: los sujetos marginales, como ellas,
fueron relegados a asuntos no nucleares; sus logros no serían «verdadera»
lingüística; sus procedimientos no completamente «científicos».
Obviamente, no
todas las mujeres incorporadas a los centros de criptografía tendrían esa
disposición, y quienes estuviesen dotadas de ella no la tendrían por el hecho
de ser mujeres. Si comenzamos esta lingüística de género por la criptografía es
porque documenta perfectamente que no hay nada de esencialismo en la propuesta.
Simplemente, su condición de sujetos periféricos, un poco marginales
académicamente, permitía que incorporasen la frescura de lo cotidiano, la
capacidad imaginativa del pensamiento lateral. Sus habilidades chocarían por
inesperadas en mujeres, pero también por llegar de lógicas diferentes, ausentes
de los protocolos, a veces excesivamente rígidos, de la investigación.
Debe aclararse que,
por mucha fascinación que los mensajes secretos produzcan entre lingüistas —al
final amantes de los textos—, no siempre estamos ante una actividad
genuinamente lingüística. Heródoto contaba que cuando Histieo quiso comunicar a
su yerno Aristágoras de Mileto que estaba en condiciones de levantarse contra
la ocupación persa, tatuó un mensaje en el cráneo de un esclavo a quien antes
había rapado el cabello y lo envió a través de las líneas enemigas después de
esperar que le hubiese vuelto a crecer. Un incidente de ese estilo, que implica
astucia en la transmisión del mensaje, no tiene nada que ver con la
lingüística, como tampoco los desarrollos actuales en criptografía, que remiten
a un universo
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de ceros y unos,
donde los mensajes se blindan a través de una potente combinatoria. Podríamos
decir que existió un periodo lingüístico en la criptografía que podría
relacionarse con otros capítulos en la historia de las ideas sobre el lenguaje;
es, precisamente, esta pista la que estamos siguiendo.
En este sentido, la
búsqueda de la primera lengua hablada por la humanidad, la que habría hablado
Dios en el paraíso, produjo una ingente cantidad de elucubraciones a partir de
finales de la Edad Media y muchos humanistas del Renacimiento intentaron razonar,
con escasa fortuna, sobre si esa lengua sería el hebreo o el arameo entre otras
posibilidades — algunas realmente risibles, como la de Goropius Becanus, que
insistía en que esa lengua primigenia sería el flamenco holandés, no por
casualidad su lengua materna—. El ideal de una lengua perfecta, mejor que las
demás, compone un capítulo realmente intenso de las ideas lingüísticas, cuyas
derivaciones se rastrean en la propia filología histórica y sus filiaciones
familiares o en ciertas ramas del marxismo ortodoxo que consideraron jerarquías
de lenguas, como superestructura, basadas en el desarrollo económico de sus
respectivas comunidades. Pero, de manera particular durante el siglo XVII,
muchos comerciantes con inquietudes intelectuales diseñaron sistemas artificiales
a partir de vocabularios comparados que intentaban superar las limitaciones de
las lenguas naturales para el contacto internacional. En una determinada altura
pareció extenderse esta moda a la filosofía y los pensadores, de Descartes a
Leibniz, dedicaron notables esfuerzos a idear sistemas artificiales que ya no
pretendían ser prácticos, sino catálogos orientadores de la realidad, al
inventariar todo cuanto existe según divisiones supuestamente racionales. Estos
pensadores no se percataban aún de que cada lengua es un rico sistema
categorizador de la realidad y de que, en consecuencia, no existen unos
fundamentos clasificatorios válidos aquí y allá: vemos el mundo tal y como es
contado por nuestra lengua, como sugerirá más tarde la antropología.
Sin embargo, ese
periodo lingüístico de la criptografía tiene puntos de conexión con la
construcción de lenguas artificiales, en los proyectos filosóficos mencionados
y en otros más involucrados en necesidades prácticas, como el esperanto[6].
Igualmente, el asunto tiene conexiones con la teoría general de construcción de
formalismos para la lógica, la química o las matemáticas —que partían de que
las lenguas naturales, afectadas de vaguedades y ambigüedad eran insuficientes
para la ciencia—, con los
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sistemas de
computación y la inteligencia artificial y hasta con los universales
lingüísticos de base empírica. Lo que llama sin duda la atención es que en la
moda europea del XVII de construir lenguas perfectas no aparece ningún nombre
de mujer. Se trataba de proyectos teóricos, y cualquier teorización en esa
época era un lujo para ellas. Cuando en el siglo XX las circunstancias bélicas
las convocaron, las mujeres aportaron un conocimiento práctico de idiomas y tal
vez también una excepcional capacidad de pensamiento lateral o resolución de
problemas por vías diferentes de la lógica convencional: un poder típico del
Otro. La máquina Enigma, por ejemplo, funcionaba como una máquina de escribir.
Cuando se pulsaba una tecla, a través de un sistema de rotores, se iluminaba
otra letra que correspondía al cifrado. Para descifrar el mensaje era preciso
disponer de un libro de claves que se cambiaban con altísima frecuencia, en
algún momento de la contienda incluso diariamente. Eso debe dar una idea del
esfuerzo imaginativo, computacional y lingüístico que tuvieron que afrontar las
code girl.
En las últimas
décadas la criptografía ha seguido teniendo importantes figuras femeninas, como
Lenore Blum (n. 1943), que creó el generador de números pseudoaleatorios BBS;
Sha Goldwasser (n. 1958), coinventora de las demostraciones de conocimiento
cero, donde una persona trata de demostrar a otra que sabe algo sin
transmitírselo; o Tal Rabin (n. 1962), directora del grupo de investigación en
criptografía y privacidad de IBM. Este tipo de desarrollos son los que aparecen
hoy en los videojuegos y en las escape room, que, curiosamente, tienden a ser
vistos como manifestaciones de ocio masculino, a pesar de que tantas
programadoras independientes estén diseñando productos imaginativos, donde las
clásicas habilidades en el manejo de armas han sido sustituidas por acciones
empáticas[7]. Pero el capítulo más relevante de la criptografía desde la
perspectiva lingüística tiene como escenario los episodios mencionados de la
Segunda Guerra Mundial, en la lucha de los aliados por descifrar la máquina
alemana Enigma. Esta circunstancia histórica que convocó el pensamiento lateral
de las mujeres también fue detonante para la aparición de otros personajes
inesperados. Para cifrar sus propias comunicaciones, en algún momento el
Ejército norteamericano decidió abandonar los algoritmos de cifrado. Apostó por
dejar el mensaje abierto, pero expresado en algún idioma tan exótico que no
pudiese ser comprendido. El cuerpo de marines contaba con unos 500 nativos
americanos que, como las mujeres,
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se ocupaban de
tareas menores; básicamente eran operadores de radio. También en este caso las
necesidades bélicas empujaron al Ejército a solicitar que tradujesen los
mensajes a algunas de sus lenguas nativas. Probaron con diferentes idiomas —a
modo experimental llegaron a utilizar el euskera para cifrar mensajes en el
frente del Pacífico en Guadalcanal y en las Islas Salomón— pero la lengua más
empleada fue el navajo. Podríamos hablar, a la par de esta criptografía
femenina, de una criptografía indigenista, siendo el indigenismo otra de las
materias pendientes en el análisis crítico de las ideas lingüísticas. Como
veremos, la asociación entre lingüística femenina y lingüística intercultural
va a ser una constante en nuestro horizonte.
Tras la contienda,
la criptografía pasa a convertirse en teoría de la comunicación, con los
trabajos de Claude Shannon, que modeliza las técnicas anteriores, para
transformarlas en un sistema matemático avanzado. Probablemente en ese momento
la criptografía deja de ser una actividad lingüística. También deja de ser
territorio para espías y diplomáticos que guardan secretos militares, a medida
que, en una sociedad asfixiada por las comunicaciones digitales, los procesos
criptográficos se generalizan en la vida cotidiana. Por ahora tomemos nota de
la intuición: una de las cualidades más asociadas a los sujetos femeninos ha
sido reclamada por las criptógrafas como descriptiva de su habilidad. Puede
tratarse de un rasgo de sexismo o, tal vez, de una disposición real no muy
descrita en la epistemología. La hipótesis está abierta a que los sujetos
marginales ocupados de ideas menores tengan sus propios procedimientos, sus
propios idearios e incluso a que vengan a desbaratar lo que entendemos por
investigación y por lingüística.
3.5. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA CRIPTOGRAFÍA
BRAVO, E. (2017):
«Las mujeres que le rompieron el código a Hitler», en
https://www.yorokobu.es/mujeres-codigo/, consultado el 14/11/19.
DE MIGUEL, R.
(2008): Criptografía clásica y moderna, Oviedo, Septem eds.
Página 59
GALBRAITH, S. D.
(2012): Mathematics of Public Key Cryptography, Cambridge University Press.
GARCÍA, E.; LÓPEZ,
M. A. y ORTEGA, J. (2005): Una introducción a la criptografia. Historia y
actualidad, Universidad de Castilla-La Mancha.
GARDNER, M. (1972):
Codes, Ciphers and Secret Writing, Dover Publications.
HINSLEY, F. H. y
STRIPP, A. (2002): Codebreakers. The Inside Story of Bletchley Park, Oxford
University Press, 2.ª ed.
KAHN, D. (1967):
The Codebreakers. The Story of Secret Writing, Scribner.
LAMARR, Hedy
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SEGUNDA PARTE
TRADICIONES DE
GÉNERO EN LOS MÁRGENES: LA LINGÜÍSTICA FEMINISTA
Página 62
CAPÍTULO 4
TRADUCTORAS: DE LA
INVISIBILIDAD
A LA PRESENCIA
INCÓMODA
«Mi rma en una
traducción signi ca “esta traducción ha utilizado todas las estrategias
posibles de traducción feminista para hacer que lo femenino sea visible”».
È
SUSANNE DE
LOTBINI RE-HARWOOD, traductora
4.1. EL MÁS
INVISIBLEÜ DE LOS OFICIOS LING ÍSTICOS
Mucho antes de que
la lingüística fuese reconocida con perfil propio, la cultura escrita conseguía
transmitirse de manera efectiva a través de traducciones. Los documentos
considerados importantes se copiaban, se ilustraban —o, como se decía en otras
épocas, se iluminaban— y se vertían a otras lenguas para favorecer su difusión.
Sin embargo, la intervención de ese agente externo que media entre quien ha
escrito un texto y su público receptor pasó inadvertida durante siglos. Parecía
darse por sentado que alguien pasaba sus ojos por el texto fuente y, sobre la
base de su conocimiento de otro idioma, absorbía el significado exacto y lo
volcaba de la forma más oportuna en la lengua destino. Esta imagen ingenua de
la traducción estalló en pedazos en la contemporaneidad cuando aproximaciones
filosóficas, antropológicas, semióticas y culturales repararon en aspectos
inadvertidos del acto de traducir, pues, de hecho, el estructuralismo como
corriente dominante en la lingüística del siglo XX mantuvo durante mucho tiempo
posturas simplificadas, derivadas de la premisa de que las lenguas operan como
sistemas cerrados y, hasta cierto punto, inconmensurables.
La mayoría de las
críticas contemporáneas contra esta perspectiva habrían de incidir en los
múltiples factores que intervienen en el proceso de traducir. De entrada,
importa saber quién es ese alguien que traduce.
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Puede ser una
persona que realice ese trabajo para subsistir, alguien que haya obtenido del
texto un placer estético que ahora quiera compartir voluntariamente o alguien
que pretenda difundir un avance técnico: su implicación será diferente; su modo
de enfrentarse al texto, también. Y si ¿quién traduce? fuese la pregunta,
evidentemente el género entraría a formar parte de las variables de interés.
Igualmente sería relevante considerar qué lenguas se traducen y en qué
contextos culturales, o cuáles son las prerrogativas de ese agente: ¿debe
ajustarse con extremo rigor al texto fijado en el original o tiene, más bien,
que adaptarlo a las necesidades de su contexto cultural para que sea
correctamente entendido? Lejos del perfil inicial, donde la traducción seguía
una pura mecánica, en este entramado teórico, atento a condiciones sociales y
redes de influencias, fue ganando protagonismo la idea de que se trataba de una
actividad compleja, que aunaba una perspectiva lingüística con otros
componentes no menos importantes: desde el acervo de conocimientos culturales
sobre las sociedades que hablan las dos lenguas concernidas hasta aspectos
artísticos que hacían de la traducción un tipo específico de actividad
literaria. Tal vez por eso se haya ido desarrollando una disciplina híbrida, la
teoría de la traducción, que ni pretende ser un elenco de los problemas reales
con que se enfrentan las personas que traducen, ni encaja completamente en la
lingüística entendida de la manera académica al uso. Buena prueba de ello es que
un manual de lingüística incluye siempre capítulos sobre fonética o gramática,
pero raramente un capítulo sobre traducción. En este sentido, al menos, podría
decirse que la traducción ha sido tratada como un material menor.
El conocimiento
sobre lenguas diversas forma parte del acervo cultural de la humanidad, de
manera que la práctica de enseñarlas, como la de proporcionar una mediación
entre ellas —ya sea oral o gestual, en la interpretación, ya sea escrita, en la
traducción— deberían componer los capítulos iniciales de cualquier manual. No
ha sido en absoluto así. La fuerte carga simbólica del pensamiento de Saussure
reescribió la historia y explica la preferencia por ingredientes abstractos. A
comienzos del siglo XX, una serie de figuras emergentes coinciden en la
necesidad de elaborar en esa estela un paradigma científico para el estudio de
las lenguas que en adelante se reconocerá como lingüística. A partir de ahí,
cuando se rastreen precedentes históricos, solo se aceptarán perfiles
marcadamente teóricos, como las abstracciones morfológicas de Pāṇini, un
gramático del
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sánscrito del siglo
IV a. C., o el debate sobre la naturaleza convencional del signo en el Crátilo
de Platón. Los aspectos empíricos de las lenguas, en cambio, fueron relegados a
un segundo plano —tratados como doxa y no como episteme— y, limpiamente, la
didáctica de lenguas y la traducción resultaron barridas del mapa conceptual,
por lo menos hasta el último cuarto del siglo XX.
En una revisión
histórica, debe incidirse en que la tarea de traducir se verifica en diferentes
contextos —políticos, diplomáticos, culturales—, aunque su representación
académica la ligue en Occidente casi exclusivamente a un espacio concreto, el
de los conventos. Es innegable que siempre existieron figuras que, con su
conocimiento de dos o más idiomas, realizaban una mediación cultural. Las
crónicas las recogen incidiendo en su condición de nativas de extracción
popular, que asesoran a una corte o al alto mando de una expedición militar o
comercial: si viajeros como Marco Polo pudieron realizar sus expediciones era
porque en ellas tomaban parte intérpretes. Sin embargo, la versión que nos fue
transmitida privilegia la práctica escrita, el vehículo principal de la
auctoritas. Este perfil, inequívocamente vinculado a los intereses de la
Iglesia o de la burguesía, es limitador: deja fuera muchos de los intercambios
culturales que realmente existieron para destacar cómo llegaron a las
sociedades europeas los textos griegos de Aristóteles, por usar un ejemplo
significativo. La figura de intérprete desaparece. Otras ocupaciones
lingüísticas, como la ya aludida de la enseñanza de idiomas, también
resultarían parcialmente invisibilizadas, pero en el caso que nos ocupa ni
siquiera la traducción de textos filosóficos o religiosos, la única tenida por
importante, salió bien parada.
Poco a poco se fue
consolidando la apreciación de que quien traduce hace bien su trabajo solo
cuando desaparece. Tal supuesto es inconsistente porque toda traducción implica
una mediación. No obstante, se generalizó en la práctica escolar la idea de que
existiría una traducción literal — puesta al servicio de la peregrina idea de
que el original es una especie de palabra sagrada— y una traducción libre,
donde estaría permitido apartase de una reproducción palabra por palabra para
reformular los modismos o cambiar los ejemplos. Las ideas lingüísticas están
transmitiendo así un cierto desdén por el oficio de traducir. En vez de
considerar que una buena traducción exige adaptar el original a otra lengua y a
otro público, se alaba
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la versión literal
y se sospecha de quien ha mediado entre ambos textos, como sugiere el proverbio
italiano traduttore, traditore.
Con estos
supuestos, los manuales de lingüística presentan, aún hoy, la teoría de la
traducción como un campo de investigación poco sistematizado y proclive a
basarse en la intuición de quien lo practica. Tal perfil elimina la carga
teórica de la traducción, que está siendo vista como una actividad «derivada»,
dependiente de las ocurrencias y habilidades de agentes incapaces de dar con
patrones teóricos —precisamente, lo que la lingüística estructural había
privilegiado como paradigma de cientificidad
—. No obstante, la
traducción nunca se desvinculó completamente de esos fundamentos teóricos
porque las personas que se ocupaban de traducir, a lo largo de la historia,
solían detallar los problemas con que se habían enfrentado en prefacios
introductorios. Muchas veces, además, también cultivaban la literatura de
creación o los estudios gramaticales: el interés por los problemas de lengua es
patente en sus comentarios.
El devenir de las
ideas lingüísticas en este punto documenta desde el Renacimiento la impronta de
los motivos religiosos. La narrativa bíblica había producido una interpretación
teológica sobre el origen y la diversidad de las lenguas a través de dos mitos:
Adán atribuyendo nombres a todas las cosas y la confusión de lenguas en Babel.
La lengua hablada en el paraíso —la usada por Adán en su tarea, pero también la
que habría hablado con el propio Dios— sería la más antigua y perfecta de
todas: la diversidad posterior solo podía verse como una degeneración. Las
explicaciones fueron muy distintas. El mundo católico pretendió recuperar la
lengua adánica, dando lugar a una serie de trabajos etimológicos, comparativos
y filológicos que enmarcan la lingüística europea del Renacimiento. Pero los
teólogos protestantes consideraron que esa lengua primigenia se había perdido y
que, por tanto, era necesario cultivar el poliglotismo y favorecer la
traducción. Serán específicamente las traducciones anglosajonas las que introduzcan
prefacios explicativos, a veces extensos y casi siempre de gran calidad, que
pueden considerarse los primeros tratados de traducción del mundo moderno.
El asentamiento de
la lingüística como disciplina independiente no fue especialmente provechoso
para este asunto. El estructuralismo parte de la evidencia de que el
vocabulario de las lenguas es diferente para postular el carácter arbitrario de
la relación entre las dos caras del signo. Con el tiempo, esta arbitrariedad
abarcaría también la selección de significados:
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cada comunidad
tendería a discernir con mayor detalle las entidades destacadas de su entorno,
dejando a un lado aspectos secundarios. Una serie de factores ajenos consolidan
la asociación convencional de esos significados con las correspondientes formas
fónicas, de manera que cada lengua es un sistema independiente, una estructura
per se. Lo que en francés se denomina vin rouge no puede traducirse por vino
rojo porque el campo semántico de los colores tiene diferente amplitud en ambas
lenguas; también porque el español contiene la forma específica tinto. No
existen las equivalencias perfectas y la facultad humana de categorizar,
aparentemente universal, se fragmenta en cada lengua/sistema. Esta óptica
condicionó la historia. La notable diversidad lingüística existente —que,
además, sería exaltada por las versiones más deterministas del estructuralismo—
acabaría poniendo en tela de juicio la posibilidad misma de la traducción.
Solo cuando la
lingüística textual empiece a andar sus primeros pasos, se irá reconociendo la
necesidad de conformar un saber independiente, ocupado del problema general de
traducir y de sus efectos en la elaboración del texto, que implican aspectos
literarios, culturales o sociales más allá de los puramente lingüísticos. Desde
luego, estas pinceladas históricas pretenden reivindicar la teoría de la
traducción como una disciplina independiente, incluida en la orientación
aplicada de los estudios lingüísticos por su naturaleza multidisciplinar y
porque se orienta hacia la solución de los problemas materiales de versión de
una lengua a otra. A pesar de que se aprecie una crítica a la falta de
sensibilidad con que la lingüística ha tratado estos temas, no pretendo sugerir
que las escuelas lingüísticas hayan tenido nula repercusión en el progreso de
la traducción. El estructuralismo, por ejemplo, erradicó la concepción antigua
y popular de que los contenidos expresados por las distintas lenguas eran
idénticos y, por tanto, de que la traducción consistía en una mera sustitución
en el plano de la expresión. Obviamente, las cosas no son tan sencillas cuando
las formas léxicas del inglés know o can pueden compartir una misma versión,
“saber”, o versiones tan diferentes como “conocer” en el primer caso y “poder”
en el segundo. Pero este prejuicio todavía sigue vigente: en la vida cotidiana
las personas se preguntan cómo se traduce una palabra dada a determinada
lengua, aunque nunca se traduzcan palabras aisladas, sino frases enteras,
dependientes de contextos. A cambio de este avance, la tradición estructural es
probablemente responsable del prejuicio, muy
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extendido, de que
algunas palabras son supuestamente intraducibles. El portugués saudade, de
acuerdo con esta óptica, designaría un sentimiento solo comprensible plenamente
desde el sentir de la comunidad que lo ha nombrado.
El caso de la
saudade portuguesa evoca la idea de que la lengua nativa es una prisión de la
que no podemos salir; una idea que, precisamente, ha sido rebatida con
argumentos llegados de la traducción. El éxito que demuestran las traductoras y
traductores profesionales al conseguir, aun sin ser exactamente bilingües,
traslaciones notables verifica la capacidad humana de establecer conceptos
sobre un significado con independencia de la lengua de que se trate. Volviendo
a la división escolar entre traducción literal y libre, el riesgo de añadir una
información que venga a traicionar el original puede minimizarse. Cuando se
traduce del mandarín, una lengua sin tiempos verbales, al español, que sí los
posee, no es obligatorio adicionar información; basta con seleccionar las
formas temporales oportunas a partir de valores comunicativos que el texto de
partida expresa mediante otros mecanismos. La teoría y la práctica pueden
revelar desajustes, pero traducir no es necesariamente traicionar el texto
original.
Lo realmente
importante es que la traducción crea un nuevo acto de comunicación a partir de
uno ya existente, de modo que se convierte en campo de pruebas idóneo para
examinar el papel del lenguaje en la vida social. Todo depende de nuestra
capacidad para identificar los textos como signos complejos. Solo así es
posible diferenciar entre los recursos de un texto poliédrico, como la Biblia,
y los del envoltorio bilingüe de una caja de galletas. Lo ideal es conseguir un
producto que genere en su público las mismas reacciones que el texto original
generaba en el suyo. La traducción, así contemplada, se orienta hacia su punto
de destino, no al original, y atiende como nunca a negociar el significado,
maximizando la eficiencia comunicativa. Pero nuevas dificultades llegarán de la
cantidad de parámetros implicados: quién traduce, qué se traduce, para quién se
traduce, cuándo y por qué se traduce[8]. Como es obvio, no es lo mismo contar
con un tiempo razonable para dar la versión de un texto que trabajar como intérprete
en unas negociaciones diplomáticas tensas. Además, el campo se ha ido ampliando
con variantes como la interpretación simultánea, el subtitulado o el doblaje de
material sonoro, la traducción de humor gráfico o la elaboración de resúmenes;
y cada caso demandará
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estrategias
diferentes. Ante problemas de tal complejidad, durante mucho tiempo el género
pasó inadvertido. Estaba ahí, agazapado, para irrumpir en un momento dado y
cuestionarlo todo.
4.2. PARA UNA
GENEALOGÍA FEMINISTA DE LA TRADUCCIÓN
Según hemos
indicado, en su representación histórica, la traducción es una actividad
practicada en conventos y destinada a preservar los documentos importantes para
unos determinados poderes. El supuesto de partida implica que alguien que
conoce al menos dos lenguas convierte un texto opaco en transparente para otra
sociedad. Tal descripción, por impecable que parezca, hace gala de una
neutralidad imposible: no existe forma material de leer un texto y versionarlo
en otra lengua sin introducir matices no originalmente expresados. Pero la
falta de neutralidad tiene otros alcances. Así, se repiten hasta la saciedad
expresiones como los amanuenses, los copistas, los monjes, la escuela de
traductores u otras similares: ellas no están. La historia medieval, por lo
menos tal y como ha sido transmitida en foros no especializados, difunde la
idea de que los monasterios masculinos se consagran al estudio y a la
conservación de textos, mientras que los femeninos apenas se ocupan de trabajos
domésticos o de aguja, aparte, en ambos casos, de la oración. Sería una duda
razonable, entonces, preguntarse si existieron monjas eruditas, que se hubiesen
dedicado también a transmitir textos: tal supuesto abriría una puerta para
rescatar del anonimato algunas mujeres que habrían intervenido en oficios
lingüísticos. Esta posibilidad, aunque minoritaria, aparece documentada, aunque
tal vez lo más oportuno fuese recordar que existían foros diferentes a los
conventuales. Los llamados libros de mujeres, que recogían una miscelánea de
textos religiosos, romances, libros de horas y contenidos especializados de
farmacopea fueron una constante en la instrucción de mujeres burguesas
(Cátedra, 2003). Junto a ellos subsistían materiales, habitualmente prohibidos,
ligados al conocimiento de plantas y a recetas para enfermedades, que en
algunos casos fueron traducidos en entornos de convivencia cultural, como los
de la tradición sefardí en la península ibérica[9]. Investigar esa vía daría un
nuevo sentido a la recuperación de nombres femeninos, si pudiese
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demostrarse que
esos textos de brujas —que incluían recetas para abortar o para remedios para
los dolores del parto o el puerperio— eran traducidos por mujeres, pero,
evidentemente, resulta difícil recuperar los nombres en textos antiguos, que
circularon anónimos, por estar perseguidos o porque el concepto de autoría
recibía una valoración diferente a la actual.
Una tradición
ligeramente diferente es la compuesta por unas pocas eruditas que escribieron
tratados en defensa de la educación femenina o abordando la llamada querella de
las mujeres, de excepcional difusión entre el público femenino. La ciudad de
las damas, de la francesa Christine de Pizan (1364-1430) o Musea Virginea, de
la inglesa Batsua Makin (1600-1675), serían ejemplos representativos. En este
último caso, el texto fue redactado en latín, griego, hebreo, español, alemán,
francés e italiano.
Actualmente, en la
Unión Europea casi un 65 % de las personas inscritas en estudios superiores de
Traducción son mujeres[10]. A pesar del perfil que hemos presentado como
canónico en la historia de las ideas lingüísticas, la feminización profesional
del campo no es una novedad. Durante la Edad Media y el Renacimiento, la
traducción era en Occidente una de las escasas habilidades aceptadas para
aquellas que, por cuestión de clase y formación, pudiesen enfrentarse a los
textos. Si acudimos al registro que venimos denominando historia en femenino,
podemos observar que habitualmente pertenecen a familias influyentes que
consideran los idiomas como un signo de distinción. Pero muchas de ellas usarán
ese legado después para ejercer como divulgadoras en ese sentido semiculto que
se ha dado a las salonnières[11]. El creciente interés por reconstruir esta
genealogía feminista de la traducción ha dado lugar a abundantes congresos y
publicaciones científicas en los últimos años (Delisle, 2002).
Para argumentar la
exclusión de los agentes femeninos en el campo de la traducción he intentado
construir un listado de traductoras relevantes que, a pesar del silencio y la
precariedad general de la instrucción de las mujeres, consiguieron hacerse un
nombre. Como puede imaginarse, esta selección no es, en modo alguno,
exhaustiva: no están todas las que son, pero sí son todas las que están. Sus
nombres son indicativos de que las mujeres cultivaron siempre el campo de la
traducción y denuncian que los masculinos genéricos con que se oculta su
presencia deberían ser sustituidos por formas más inclusivas, que permitan
divulgar su actividad.
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De manera
anecdótica, todavía se debe comentar que no ha sido fácil encontrar en esta
lista nombres hispanos[12]:
Filipa de Lencastre
(1435-1497): Noble portuguesa refugiada en el monasterio de Odivelas, según el
uso, frecuente en toda Europa, de que una mujer de cierta posición social,
incluso no habiendo escogido deliberadamente la vida monástica, podía apartarse
del mundo y dedicarse al estudio. Autora de tratados espirituales, textos
políticos y algunos poemas, traduce al portugués textos en latín y francés
(Evangelhos e homilias para todo o anho).
Infanta Dona
Catarina (1436-1463): Recibió esmerada educación, como correspondía a la hija
de don Duarte, rey de Portugal que perteneció a la llamada Ínclita Generación y
fue, él mismo, autor. Traduce textos del latín al portugués.
Leonor de Noronha
(1488-1563): Aristócrata portuguesa, conocedora de latín, español e italiano.
Fue autora y traductora de textos históricos, algo inhabitual en una mujer de
su época. El acceso masivo a este género forma parte de una estrategia cultural
de la nobleza, en todas las épocas de crisis socioeconómica, para realzar un
pasado heroico y contribuir a la unidad social. Traduce del latín al portugués
Crónica geral de Marco António Cocio Sabélico des ho começo do mundo até nosso
tempo.
La Malinche
(1500-1551?): Mujer náhuatl con un papel decisivo en la conquista de México por
Hernán Cortés, lo que ha generado diversas interpretaciones de su figura, desde
la reverencia de quienes justifican la colonización hasta la imagen de traidora
a su pueblo, además de la reapropiación feminista que la contempla como víctima
de un choque cultural. En medio de las vicisitudes de su biografía, puede
decirse que hacía tareas de intérprete para los españoles a partir de sus
conocimientos de náhuatl y maya.
Margaret More
[Roper] (1505-1544): Escritora y traductora inglesa; es la primera mujer de esa
nacionalidad que publica sin pertenecer a la nobleza. Estudió griego y latín.
Tradujo, entre otras, las obras de Erasmo de Rotterdam del latín al inglés y el
autor expresó su satisfacción por los resultados conseguidos. Sus traducciones
ilustran el debate entre catolicismo y protestantismo en su época.
Margaret Tyler
(1540-1590): Considerada la primera traductora del español al inglés, tradujo
la narración de Diego Ortúñez de Calahorra Espejo de los altos hechos dignos de
príncipes y caballeros, que adquirió gran popularidad. Su traducción, sin
Página 71
embargo, no era
literal y, muy elocuentemente, se dijo de ella que tenía un estilo masculino e
inapropiado, además de ser criticada por no limitarse a textos religiosos, los
únicos en los que las mujeres podían fijar su atención. En el prefacio
justifica su trabajo con una curiosa Carta al lector donde recupera varios
retratos de mujeres valiosas sugiriendo que debían ser más valoradas en el
ámbito literario.
Mary Sidney
[Herbert] (1561-1621): Escritora y traductora inglesa, es una de las primeras
mujeres que firma sin pseudónimo. De origen noble, recibió una cuidada
educación, que incluía estudios de latín, griego, francés e italiano. Su
matrimonio con el conde de Pembroke le permitió dedicarse a las letras y
patrocinar el trabajo de escritores y científicos. Tradujo los salmos de David,
consiguiendo que su versión ejerciese gran influencia en la poesía inglesa
posterior, a pesar de que circuló durante siglos en forma manuscrita. También
tradujo del italiano a Petrarca y del francés The Tragedy of Antony de Robert
Garnier, un texto curioso por transmitir una imagen positiva de Cleopatra, y
con el que logró influir en Shakespeare, para su Marco Antonio y Cleopatra.
Diferentes estudiosos contemporáneos han manejado la idea de que Mary Sidney
fuese integrante del círculo que escribió las obras de Shakespeare.
Independientemente de la validez de estas teorías, el dato da una idea de la
calidad de su obra.
Aphra Behn
(1640-1689): Es la primera escritora profesional en lengua inglesa. Con una
vida novelesca que incluye una infancia en la Guayana holandesa, donde
asistiría a las revueltas de la población esclava, y un breve matrimonio
seguido de una vida sentimental agitada, trabajó de espía para su Gobierno.
Además de desarrollar una intensa actividad literaria, sobrevivía haciendo
traducciones del francés y del latín al inglés.
Anne Le Fèvre
[Dacier] (1647-1672): Filóloga, traductora y escritora francesa. Hija de un
filósofo, convivió con un miembro de la Academia francesa, de quien toma el
apellido Dacier con que firma su obra. Traduce al francés obras de autores
latinos, como Plauto o Terencio, y griegos, como la Ilíada y la Odisea de
Homero. No renuncia a entrar en polémicas y, así, en su ensayo Las causas de la
corrupción del gusto critica directamente a su contemporáneo Houdar de La
Motthe que, como ella, había traducido la Ilíada.
Isabel Rebeca
Correa (c. 1655-c. 1700): Nacida en Portugal y muerta en Ámsterdam, pertenecía
a la comunidad de judíos
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hispanoportugueses
que se establecieron en Holanda en el siglo XVII. Es una de las primeras
escritoras de los Países Bajos. Sabía portugués, español, latín, griego,
francés e italiano. Además de obra de creación propia en sefardí, publicó
traducciones del italiano al español.
Giuseppa Eleonora
Barbapiccola (1702-1740?): Escritora, filósofa y traductora italiana. Tradujo
los Principios de la Filosofía de Descartes y se considera la introductora del
pensamiento cartesiano en Italia. En el prólogo deja una nota donde anima a incentivar
el estudio de las ciencias en la educación de las mujeres.
Émilie du Châtelet
(1706-1749). Matemática y física francesa, traduce del latín, el griego y el
inglés al francés. Compañera de Voltaire, introdujo en Francia las teorías de
Newton a través de estas traducciones.
Elizabeth Carter
(1717-1806): Escritora y traductora inglesa. Traducía del francés y del
italiano al inglés, especialmente textos para la instrucción femenina, como
Newtonianismo per le donne de Francesco Algarotti. Consiguió gran celebridad
por su traducción del estoico griego Epicteto, la primera que se hacía al
inglés.
Claudine Poullet
[Picardet] (1735-1820): De nacionalidad francesa, traduce textos científicos,
especialmente sobre química y minerales, del sueco, del alemán, del italiano y
del latín al francés, además de participar en investigaciones meteorológicas.
Su labor es paradigmática en un contexto de cambio que lleva desde la
traducción solitaria a la consolidación de equipos que trabajan conjuntamente,
buscando los textos originales y colaborando para validar la exactitud de las
traducciones.
Mary Fairfax
[Greig/Somerville] (1780-1872): Matemática y divulgadora científica escocesa.
Su trabajo tuvo gran reconocimiento y formó parte de diversas sociedades
científicas. Sus análisis de las perturbaciones de la órbita de Urano dieron
origen a las investigaciones que llevaron al descubrimiento de Neptuno en 1846.
Tradujo diversas obras científicas, entre ellas La mecánica celeste de Laplace,
del francés al inglés, que tuvo excelentes críticas y una importante difusión.
Sacajawea
(1788-1812): Amerindia de la etnia de los soshone que sirvió de intérprete en
la expedición al Oeste de los Estados Unidos a cargo de Lewis y Clark. Es una
figura histórica rodeada de leyendas y mixtificaciones literarias. En cualquier
caso, estaba
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casada con un
francés y sus conocimientos geográficos y medicinales la convirtieron en guía,
además de intérprete.
Julia Evelina Smith
(1792-1886): Escritora y activista sufragista estadounidense. Sus conocimientos
de hebreo, latín y griego le permitieron convertirse en la primera traductora
de la Biblia desde sus idiomas originales al inglés. Pertenecía a una familia
de mujeres, las Smith de Glastonbury, reconocidas por su lucha por la abolición
de la esclavitud y en favor de los derechos y la educación de las mujeres. Su
versión de la Biblia, que concentró su dedicación durante ocho años, tardó dos
décadas en publicarse. Smith pretendía una versión literal, lo que dificultaba
considerablemente la lectura.
Sarah Austin
(1793-1867): Tradujo al inglés, desde el francés, el alemán y el provenzal,
libros de viajes y de poesía medieval, algunos de los cuales se reimprimieron
varias veces. Mantuvo correspondencia con escritores y fue autora de panfletos
en defensa de un sistema nacional de instrucción.
Gertrudis Gómez de
Avellaneda (1814-1873): De nacionalidad cubana, fue una escritora de renombre
cuya obra se considera un precedente feminista. Instalada en España, optó a un
sillón de la RAE que nunca obtuvo. Tradujo, del francés al español, a autores como
Dumas padre o Victor Hugo. Indicaba siempre en notas etiquetas relativas a su
intervención, del estilo de traducción, traducción libre, imitación.
Mary Ann Evans
(George Eliot) (1819-1880): Escritora inglesa con importante obra propia de
carácter realista, crítica con el sentimentalismo de otras autoras
contemporáneas. Sabía latín, griego, alemán, italiano y francés. Tradujo la
Ética de Spinoza al inglés, aunque no la publicó. También tradujo del alemán al
inglés a otros pensadores, como Feuerbach o David Strauss. Mantuvo extensa
correspondencia con el evolucionista social Spencer y el filósofo Stuart Mill.
Dejó una importante influencia declarada en el escritor francés Proust.
Clémence Augustine
Royer (1830-1902): Filósofa, científica, traductora y economista francesa,
además de emblema del feminismo y del libre pensamiento. Ejerce
profesionalmente como profesora, al tiempo que publica obras referenciales en
los campos que cultiva. Miembro de la Sociedad de Antropología francesa.
Tradujo El origen de las especies de Charles Darwin del inglés al francés,
convirtiéndose en la introductora del darwinismo en Francia. Su traducción
incluye un prefacio con su interpretación de
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las teorías
darwinistas que no gustó al autor, pero continuó siendo su traductora en las
diferentes ediciones francesas que incorporaban modificaciones posteriores.
Algunos comentarios hechos por Darwin a otros autores sobre ella merecen ser
reseñados: «Hubiera deseado que la traductora conociese mejor la historia
natural; debe de ser una mujer inteligente, pero singular; nunca había
escuchado hablar de ella hasta que se propuso traducir mi libro». O, también:
«Prácticamente en todo El Origen de las especies, allí donde expongo una gran
duda, ¡ella añade una nota explicando el problema o diciendo que no existe tal
problema! Es realmente curioso ver qué clase de personas ambiciosas hay en el
mundo»[13]. En las sucesivas ediciones Royer, efectivamente, se atreve a
introducir algunas de sus teorías económico-políticas, como la eugenesia, o a
criticar la teoría de la pangénesis que Darwin había comentado. Estas polémicas
muestran, independientemente de la calidad de la traducción de Royer, el valor
de esta actividad como espacio de debate, especialmente útil para la depuración
de ideas.
Faustina Sáez [de
Melgar] (1834-1895): Escritora española involucrada en la defensa de la
educación femenina y directora de publicaciones especialmente dirigidas a esa
temática. Además de una abundante obra propia, traduce del francés al español
textos de Pierre Zaccone o Madame de Waddeville.
Emilia Pardo Bazán
(1851-1921): Escritora con una obra prolífica y reconocida como exponente del
naturalismo en España. Con una intensa actividad como crítica literaria o
columnista, traduce del alemán al español a Heine, del francés al español a los
hermanos Goncourt, y del inglés a John Stuart Mill.
Jenny Julia Eleanor
Marx (1855-1898): Activista política y autora marxista, su vida transcurre en
el Reino Unido. Hija de Karl Marx, de quien fue colaboradora y cuyos
manuscritos editará a su muerte, se independiza económicamente ejerciendo como
profesora y dictando conferencias. Su figura aparece ensombrecida por la
presión del legado paterno y por ciertos componentes de género, ya que se
suicida al saber que su compañero se acaba de casar con otra mujer. Tradujo del
francés al inglés Madame Bovary y también algunos escritos de Clara Zetkin.
Julia Asensi
(1859-1921): Escritora, periodista y traductora española. Organizadora de
tertulias literarias, cultiva un romanticismo tardío, volcado en el
costumbrismo y en la literatura
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infantil. Traduce
textos literarios de diversos autores del francés al español.
Constance Clara
Black [Garnett] (1861-1946): Fue la traductora al inglés de los grandes
novelistas rusos del XIX como Tolstói, Dostoyevski, Chéjov o Gorki. Sabía,
además de ruso, latín y griego. Sin embargo, sus traducciones fueron acusadas
por Brodsky y Nabokov de haber alterado el estilo original de los autores.
Esta relación
atestigua la existencia de un número importante de mujeres que se formaron en
lenguas, que escogieron traducir en vez de realizar otras actividades más
favorecidas por su sociedad y su medio y que frecuentemente publicaron,
consiguiendo así introducir las ideas o creaciones de personalidades
extranjeras en nuevos públicos. La lista ni es exhaustiva ni representativa:
está escorada por varios motivos. El primero es que resulta más fácil conocer
el trabajo de una traductora cuando es, además, famosa por otra actividad, como
tener obra de creación propia o ser una dama conocida en un entorno social
privilegiado. El segundo tiene que ver con cuestiones de difusión editorial: es
más fácil saber de traducciones entre lenguas europeas que entre las de otros
continentes. He intentado paliar esta desviación incluyendo un par de casos de
intérpretes amerindias que ilustran, simbólicamente, la existencia de otros
pueblos y otras culturas y avisan del riesgo de imperialismo cultural. Hasta
donde yo sé, no hay, por ejemplo, traductoras de lenguas siníticas o africanas
antes del siglo XX. No es tan extraño: alejadas de los entornos académicos,
esas lenguas solo podían aprenderse viajando, y viajar no formaba parte de las
actividades que a ellas les eran permitidas. He interrumpido el listado en 1870
porque las mujeres nacidas a partir de ese momento ya desenvolverían buena
parte de su tarea, si no toda, en el siglo XX, donde el acceso femenino a los
estudios superiores se amplía. Eso obliga a dejar fuera nombres interesantes,
como las españolas María de Maeztu, María Lejárraga [Martínez Sierra] o Isabel
Oyarzábal, que han sido objeto de interés en la memoria feminista reciente. A
veces, la carencia de información en este tema es tan aguda que consultar una
sola referencia (Frade, 2016) permite acceder a las semblanzas de tres mujeres
portuguesas que van seguidas en mi ordenación, hecha por año de nacimiento, sin
que vuelva a aparecer una sola mujer que traduzca al portugués en la lista: eso
da una idea de la necesidad de rellenar todavía
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muchas lagunas.
Estos nombres son, únicamente, sintomáticos de que existe una genealogía
femenina y, de acuerdo con sus declaraciones, obras y vidas, también feminista
en la traducción. Sin embargo, si tomamos como referencia los Premios
Nacionales de Traducción en el Estado español, convocados a partir de 1984,
podemos observar la valoración secundaria que en periodos recientes todavía
tenían las traductoras. Entre 1984 y 2009, de los 35 nombres premiados, solo
cinco eran femeninos, lo que suponía un 14 %, una cifra bastante alejada de la
igualdad. Los cambios sociales han implicado una mejora considerable en la
última década, donde la relación de premiadas asciende al 60 %. Las invisibles
se han ido haciendo visibles; han luchado por ello.
4.3. LA CONVULSIÓN
DE LA TEORÍA: LA ESCUELA FEMINISTA DE TRADUCCIÓN QUEBEQUESA
A pesar de los
escasos comentarios al respecto en manuales especializados, la traducción
feminista existe. En abril del 2008 saltaba a los medios de comunicación en
Galicia una disputa peculiar. La reconocida escritora María Reimóndez,
traductora profesional, había realizado por encargo de la editorial Rinoceronte
una versión al gallego de la novela de Mark Haddon The Curious Incident of the
Dog in the Night Time. Sin embargo, la editorial no admitió el texto y, cuando
rescindió el contrato, el caso pasó a los tribunales. En opinión de la
editorial, la traductora había manipulado el original, al traducir
sistemáticamente los neutros ingleses por femeninos. En opinión de María
Reimóndez, su traducción solo incorporaba un enfoque no sexista: dado que en
inglés no se usan marcadores de género en los sustantivos, una expresión como
the surfers es habitualmente traducida por “los surfistas”, pero no hay nada en
el texto que impida su traducción como “las surfistas”. Apelando a un criterio
gramatical, la traducción es lingüísticamente irreprochable, aunque produzca
—quiere, de hecho, producir— una llamada de atención. Cuando el autor del
original fue consultado, consideró la intervención totalmente inaceptable. El
problema es interesante desde un punto de vista de género y también como
constatación de las relaciones entre lenguaje y pensamiento. En una lengua
donde no se marca el género, parece
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imposible que quien
emite un mensaje piense en esa categoría: probablemente the surfers es escrito
sin pensar en el sexo de las personas que, a lo lejos, surfean en la playa. En
las lenguas románicas, en cambio, el género gramatical obliga a encarar la realidad
de diferente manera. Habitualmente en lingüística se acepta, por ejemplo, que
una lengua como el alemán, donde quien habla tiene que usar marcas gramaticales
específicas para indicar si un objeto está sobre una mesa en posición vertical
—como lo estaría una botella— o en posición horizontal —como lo estaría un
cuaderno—, obliga a pensar en ese estar en de una manera distinta de como lo
hace una lengua románica, que no exige precisar tanto. Pero el tema filosófico
general de la relación entre palabra y pensamiento choca aquí con algo más
concreto que una elucubración sobre la diversidad lingüística; choca con las
reivindicaciones feministas, acusadas de pura ideología[14].
La legitimidad de
la intervención feminista en las traducciones ha desatado en las últimas
décadas ríos de polémica. De entrada, se ha defendido la urgencia de incorporar
una perspectiva de género fundamentada en los valores cívicos de justicia e
igualdad y en una ética profesional que desafía la idea de que la traducción
sea un género secundario o menor. Pero algunos de los argumentos contrarios a
estas intervenciones también podrían ser asumidos desde posiciones netamente
feministas. Así, en la traducción de textos filosóficos, si Aristóteles o Kant
hubiesen dicho, en sus lenguas originales, el hombre es un animal racional, la
versión feminista esperable sería algo como el ser humano es un animal
racional, bajo el presupuesto de que tales autores habrían pretendido formular
una especie de universal, si bien en sus épocas este estuviese limitado a los
individuos de sexo masculino —y también a una determinada raza, a quien
detentase los medios de producción y no estuviese sujeto a esclavitud—. Como
actualmente se entiende que esta condición incluye otros sujetos, la traducción
óptima, por adecuarse a la expectativa social en que se recibe el texto,
debería decir el ser humano es racional o la persona es racional, algo de este
tipo. Más allá de la cuestión de los derechos y de la visibilidad, la propuesta
feminista abre el debate a la negociación del significado y al lugar de la
traducción en la sociedad. Si traduzco del hindi al español un texto que
presenta personas muy tristes vestidas de blanco, se considerará lícito que lo
modifique, aunque también será válido indicar en una nota al pie que el blanco
en aquella sociedad es
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el color del luto.
Traducir por personas muy tristes vestidas de negro es orientarse hacia la
recepción del texto, en lugar de primar una fidelidad exagerada a lo que la voz
emisora ha producido. Volviendo al ejemplo de los textos filosóficos, sería
posible entonces que una traducción sensible al género optase por mantener
rigurosamente el original masculino para realzar que así fue como se expresaron
los autores y notar el peso de la historia. Esta vía sería contraria a hacer a
los filósofos el favor de actualizar su pensamiento.
Un análisis
sosegado de este enfrentamiento entre la perspectiva androcéntrica de que ha
hecho gala el pensamiento occidental y la alternativa feminista aconseja
extremar las cautelas. Con todo, es inevitable reconocer que en la sociedad
actual buena parte de las expertas en traducción han decidido destacar con
diferentes estrategias los valores machistas incrustados en los textos. Han
optado por intervenir. Esta actitud tiene fundamento, ya que, en los últimos 50
años, diferentes concepciones teóricas en la filosofía, y de modo general en la
cultura, han venido a cuestionar la noción de verdad. La muerte del autor de
Roland Barthes, la desaparición de los grandes relatos de Lyotard, los juegos
del lenguaje de Wittgenstein, la cultura como simulacro de Baudrillard son
algunas referencias inexcusables para documentar la idea de que la verdad
objetiva ha desaparecido: nos situamos ante un flujo caleidoscópico de
impresiones variables, que mutan continuamente y alteran nuestra certidumbre.
Inevitablemente estas percepciones de la subjetividad afectan a todos los
productos culturales, traducción incluida.
Como resultado de
estos nuevos aires, en Canadá, a principios de los ochenta un grupo de teóricas
feministas desarrolla un modelo de traducción que dará al traste con los
supuestos tradicionales. No son las primeras ni las únicas en desafiar la
fidelidad al texto. Simplemente incorporan un objetivo inédito: convertir la
actividad de traducir en un proceso activo. Susanne de Lotbinière-Harwood,
Barbara Godard, Suzanne Jill Levine o Carol Maier son algunas de las primeras
autoras que se negaron a aceptar la doble marginalidad de ser mujeres y
dedicarse a una actividad considerada secundaria como la traducción. Al
conjuntar la perspectiva feminista con su actividad profesional, sacudirán el
campo y serán diana de críticas variadas. Sin embargo, para valorar su
propuesta convendría considerar la denuncia que están haciendo respecto a la
condición menor de la actividad de traducir. Ha sido bastante frecuente,
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aunque cada vez lo
sea menos, citar en bibliografías especializadas trabajos de investigación
traducidos sin mención explícita de quien los había traducido. Sobre este punto
de partida —la busca de un protagonismo más fuerte en su trabajo—, apuestan por
el objetivo de acabar con el lenguaje sexista y con el lugar secundario de
mujeres y traducciones en el ámbito socioliterario. Traducir no será ya una
actividad pasiva en contraste con el carácter activo del texto original, con
todas las evocaciones sexuales que tal terminología trasluce. La traductora
reescribe el texto y por tanto puede intervenir en esa recreación a fin de
cambiar las expresiones machistas. Como era de esperar, muchas críticas
señalarían que una estrategia semejante está ejerciendo y legitimando una
manipulación del original.
En su propuesta
teórica, transmitida habitualmente a través de prefacios a las obras que
traducen, indican que el yo que traduce no es neutro, nunca lo ha sido; es un
cuerpo sexuado. Traducir es para ellas una actividad política y puede
utilizarse para defender determinadas ideas. La traductora deja de estar
sometida al Autor; tiene autonomía gnoseológica como agente de cambio social;
en el proceso de traducir no pretende reproducir, sino producir activamente, y
así la diferencia se convierte en un concepto positivo, de manera que la
traductora pasa a ser considerada participante activa en la creación del
significado textual. La actividad clave se denomina womanhandling the text,
aunque más que una «manipulación de mujer» sea una «manipulación de feminista»,
además de que el término en inglés no tenga connotaciones tan claramente
negativas como en español, por lo que preferimos utilizar la expresión, más
neutra, de intervención feminista.
A veces, estas
traductoras sienten que tienen legitimidad para cambiar frases del texto
original que no correspondan con su ideología. Suzanne Jill Levine, en su
traducción al inglés de La Habana para un infante difunto, de Cabrera Infante,
sustituye no one man can rape a woman por no wee man can rape a woman. De
manera similar, Susanne de Lotbinière-Harwood, al traducir Lettres d’une autre,
de Lise Gauvin, transforma, colocándolas entre comillas, las frases con las que
no está de acuerdo, como una referencia general a las mujeres como masters of
the kitchen.
En la edición
bilingüe de Neons in the Night, una antología de poemas del autor quebequés
Lucien Francoeur, la traductora, Susanne de
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Lotbinière-Harwood,
presenta su trabajo en el prefacio como el puño de una revolución de dos tonos:
uno tranquilo y uno ácido, la búsqueda de identidad, la búsqueda de
intoxicación; un delicado equilibrio, cuerda floja, oscuridad en el borde.
«Nosotras, de la generación Quebec-rock, somos tiernas voluntarias, víctimas de
la lucha» (1980: 7). Esta «revolución de dos tonos» puede leerse como una
referencia a los intentos de crear una identidad cultural y lingüística propia
en Quebec, filtrando las influencias inglesas y hasta francesas que se
consideran imperialistas. Desde el punto de vista sociolingüístico, el pueblo
quebequés mantiene un pulso con el Estado canadiense para reivindicar su
identidad y su cultura propia, también, en un sentido más amplio que la independencia
política, para reflejar el desarrollo del país y no solo sus influencias
externas o sus posibilidades internacionales. Esa búsqueda de identidad, en un
contexto plurilingüe, va a confluir con el clima rebelde de las propuestas
feministas. La denuncia de Lotbinière-Harwood, ligeramente poética en ese
prefacio, se hará todavía más fuerte unos años después (1991), cuando señala
que en los tres años que pasó traduciendo a Francoeur, se dio cuenta, con mucha
angustia, de que su voz traductora estaba siendo distorsionada para hablar en
masculino; obligada por la postura del poema, por la lengua, por su profesión,
a desempeñar el papel de voyeur masculino, como si el único lugar para hablar
disponible y la única audiencia posible fueran los hombres.
Sobre el caldo de
cultivo del movimiento independentista quebequés, que se había expresado
convenientemente en la música, las traductoras toman conciencia de su
participación en las categorías tradicionales y se rebelan. Pero no todas
trabajan de la misma forma. Louise von Flotow (2011) considera dos paradigmas
de género dentro de los estudios de traducción. El primero recoge ideas que
derivan del activismo feminista y, por tanto, se centra en las mujeres como un
grupo que tiene una historia particular dentro de la sociedad patriarcal. Aquí
habría que incluir la trayectoria de las traductoras mencionadas. El segundo
paradigma, un poco posterior, abarca identidades más variadas y referencias o
intereses homosexuales; camina en el sentido de cuestionar las identidades
tradicionales al ampliar los límites de las etiquetas hombre y mujer.
De entre los muchos
problemas que asoman, el primero no es tanto lingüístico como de tipo
literario/ideológico. Las traductoras de Quebec han puesto el foco en que la
traductora existe y en que puede sentir
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aversión hacia el
mensaje. Liberar su papel consistiría en dar rienda suelta a sus sentimientos
en la propia actividad de traducir. Pero esta no es la única alternativa. Otras
traductoras (Maier, 1985: 4) han optado por poner a disposición del público textos
que plantean preguntas difíciles y perspectivas abiertas, aceptando materiales
ideológicamente antagónicos a ellas y que, sin embargo, les parecen válidos
para propiciar la reflexión. Lo que todas estas intervenciones pretenden dejar
patente es la posibilidad de producir significados nuevos a partir de un texto,
una actitud que armoniza bien con los postulados de la crítica literaria en esa
misma época: cada lectura es diferente e igualmente válida. Al rescatar el
papel de la traductora, esas objeciones ideológicas van a tener repercusiones
en el tratamiento lingüístico.
El libro antes
mencionado, Neons in the Night, fue considerado insultante y, realmente, no era
para menos: está repleto de metáforas negativas y despliega toda una imaginería
que convierte a las mujeres en objetos sexuales dentro de un universo de rock y
drogas. Y lo que Lotbinière-Harwood se atrevió a hacer fue denunciar su
situación de voyeur, de alguien que observa sin poder participar u opinar. A
partir de ahí, decidirá dedicarse a textos de autoras feministas, con los que
se siente más a gusto, o bien hacer notar el machismo implícito en los textos
de algunos autores. Pero no se trataba de una queja aislada o solo capaz de
prender la llama en su grupo cercano de influencia. En esos ochenta, cuando las
traductoras quebequesas comienzan a teorizar sobre su actividad, la
sociolingüística se veía también sacudida por la impronta feminista, como
tendremos oportunidad de analizar en el capítulo 7. Desde los trabajos pioneros
de Robin Lakoff sobre las características del habla femenina, comienza a
observarse en diversas disciplinas lingüísticas una auténtica irrupción del
género, categoría hasta ese momento absolutamente ausente de la investigación.
En todo caso, conviene señalar ahora que una idea que haría furor en la
sociolingüística de los noventa de la mano de Deborah Tannen fue acuñada
precisamente por un estudio canadiense (Daniel Maltz y Ruth Borker, 1982) que
proponía que hombres y mujeres se socializan conformando dos subculturas
lingüísticas, con sus propias reglas y, por tanto, proclives a entrar en conflicto.
La sociolingüística
feminista, no obstante, condujo a dos enfoques diferentes: el reformista, que
elaboraba normas de estilo destinadas a conseguir un discurso más inclusivo y
que, tantos años después, intenta
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tímidamente
penetrar en la educación no universitaria, y el radical, que consideraba las
lenguas como una fuente de opresión, un mecanismo socialmente implantado para
ver el mundo en masculino. Ante esta visión, más pesimista, la propuesta era
simple: no se trataba de enmendar las lenguas históricas, sino de desenmascarar
su androcentrismo creando otras nuevas. Precisamente aquí se situarían los
trabajos de las traductoras que anhelan expresar la experiencia femenina: su
intervención adopta estrategias de raigambre punk para evitar ser meras
espectadoras.
En este movimiento
para la feminización del lenguaje, el mundo anglófono es referencial, y esto
resulta sorprendente porque el inglés prácticamente carece de género gramatical
—que solo aparece, de manera residual, en los pronombres— y, por tanto, podríamos
decir que es menos sexista que otros idiomas. En las sociedades donde se hablan
lenguas románicas, en cambio, este tipo de aproximación fue más tardío y caminó
a rebufo de los movimientos sociales. Por ejemplo, solo se ha visibilizado de
manera clara en los últimos años en España, con bastante enojo desde la Real
Academia, a partir del auge social del feminismo, y apenas se registra en
Portugal. En ninguno de estos contextos el paradigma se ha hecho fuerte en la
creación literaria. Eso no significa, evidentemente, que no existan escritoras
con temáticas o estilos feministas, pero todavía no se publican obras
literarias de creación, por ejemplo, con las ortografías disidentes, como @, x,
e o *, que pueden encontrarse en textos activistas. Quebec, por su parte, se
convirtió en la primera comunidad de habla francesa donde se feminizó de manera
notoria el idioma. Como indica Lise Gauvin (2000), las mujeres pensaron en la
lengua articulando la teoría con prácticas transgresoras y provocativas.
Feminizar las palabras implicaba prepararse para la engreída reacción que unos
pequeños morfemas iban a producir; intervenir en los textos era aún más
atrevido. La traducción se convirtió en un espacio efervescente para
escritoras, traductoras y editoras: si la lengua las había colonizado, ellas
sentían necesidad de estudiarla hasta encontrar mecanismos acordes con su
propia subjetividad para reinventarla.
La traducción puede
hacer especialmente vulnerable a la persona que escribió el texto original en
todos los sentidos, también el de género. Quien traduce, está leyendo e
interpretando y, consciente o inconscientemente, busca en el texto los valores
que le convienen. En consecuencia, la traducción feminista se contempla a sí
misma como una
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mediación
autora-traductora-lectora que interviene compensando las diferencias entre
idiomas y culturas, concentrándose en la transmisión de valores ideológicos que
considera imprescindibles, como el género. Ese modelo puede aplicarse a la
morfología, a la selección léxica, a la traducción de pronombres o a los
diferentes mecanismos —prefacio, nota al pie— donde se puede poner de
manifiesto la ideología. En el prefacio a Lettres d’une autre, de Lise Gauvin,
traducido por Lotbinière-Harwood (1989), puede leerse la frase que encabeza
este capítulo y que alude a la práctica de traducir como una actividad
política, en el sentido de estar destinada a conseguir que el idioma hable por
las mujeres, que ellas sean vistas y oídas en el mundo real.
A veces la
intervención exige comprometerse con el propio código. De ahí que se
introduzcan neologismos, como las formas écrivaine o professeure, inexistentes
en el francés convencional, y todavía otros más potentes, como lovhers, en
inglés, para que sea posible nombrar el lesbianismo. Más comprometedor, sin
duda, es el secuestro, una apropiación del texto por parte de la traductora sin
una postura feminista específica, que frecuentemente conlleva feminizar el
masculino genérico. La estrategia alcanzó gran impacto casi de manera fortuita:
si feminizamos québécois, obtenemos la forma québécois-es, que las traductoras
usan con ese guion bien visible, porque en tal contexto, muy elocuentemente,
esa -e en francés es muda. Muchas de estas estrategias fueron implementadas
sobre textos de autoras feministas porque la discordia estaba servida: la
intervención sobre el original es fuerte y, aunque ellas teorizaron con
profundidad sobre la hipótesis de transmitir ideas políticas, su intervención
fue acusada de excesiva. Si un texto ha sido transformado en sus ideas y en su
forma, también es posible que el público lo rechace, que quiera acceder al
«verdadero» original.
4.4. MANIPULACIÓN Y
CALIDAD DE LA TRADUCCIÓN: UNA CUESTIÓN DE LEALTADES
Tal y como venimos
viendo, el campo de la traducción, insuficientemente considerado dentro de los
estudios lingüísticos, se ha ido desarrollando de manera hasta cierto punto
independiente. Su evolución demuestra que el
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pensamiento
contemporáneo no es una realidad erudita, con un conjunto de personalidades que
teorizan en un foro especializado, sino que impregna las mentalidades y tiene
consecuencias en los saberes. La innovación conceptual de que el significado no
está fijado con anterioridad, sino que se negocia en el acto de comunicación,
ha modificado la perspectiva de quien traduce. Como mediadoras en una actividad
lingüística, las traductoras se niegan a participar en la difusión de
contenidos ideológicos con los que no están de acuerdo. No hay nada de extraño
ahí: es de imaginar que alguien implicado en la actividad sindical tenga una
especial habilidad a la hora de leer contenidos sobre explotación laboral o que
quien simpatice con el movimiento ecologista advierta en un relato sobre la
vida en una granja significados que pasen inadvertidos a una persona con menor
sensibilidad hacia estos temas. La tarea de expresarse implica revelar un punto
de vista sobre los acontecimientos que, en nuestra época, se retroalimenta de
los movimientos sociales en favor de colectivos desfavorecidos: géneros
diversos, minorías sexuales, razas no blancas, personas con funcionalidades
diferentes. Se trata de una serie de prescripciones, a menudo aludidas
despectivamente como corrección política, de las que nos ocuparemos en los
capítulos 7 y 8. De todos estos movimientos, el más organizado y feroz ha sido
el feminismo, por lo que no resulta sorprendente que sus puntos de vista se
articulasen en la traducción con nitidez. Al final, solo se trata de decidir
hacia dónde dirigir la propia lealtad.
Llegado este punto,
resulta imprescindible revisar algunos supuestos derivados de los estudios de
género porque, si el feminismo nunca fue un campo homogéneo, a partir de los
años noventa la tensión entre propuestas teóricas e itinerarios activistas, entre
versiones orientadas a tomar el poder y otras preocupadas por mantener una
alerta crítica, o entre modelos como igualdad y diferencia dio lugar a un puzle
donde muchos conceptos se entrecruzaron. Los medios de comunicación limitan
habitualmente el panorama feminista al espectro del concepto de igualdad porque
casa bien con los valores de una democracia occidental tal y como es de
ordinario entendida. Sin embargo, muchas de las propuestas de las últimas
décadas son bastante más rebeldes: deconstruyen el concepto de mujer y
difuminan el binarismo; se alían con movimientos en defensa del Otro —
antirracistas, contrarios a la explotación del tercer mundo y de la clase
trabajadora o defensores de los animales—; incorporan una agenda
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anticolonial,
transnacional y pacifista; pretenden diluir el poder humano sobre el resto de
la naturaleza; se ocupan del impacto de las migraciones, de los derechos de las
personas con funcionalidades diferentes o asumen un programa descolonizador que
coincide en denunciar estructuras como la familia, el Estado, la ciencia o el
capitalismo por su capacidad para agrandar la brecha de género[15]. Aunque
explicar la evolución del pensamiento feminista brevemente sea un objetivo
imposible, la intersección entre las nuevas resistencias, llegadas de vivencias
subalternas, y los posicionamientos teóricos de ruptura del género que
incorporó la teoría queer puede observarse de manera muy plástica en la
presentación de sí misma que hace la escritora chicana Gloria Andalzúa (La
prieta, 1988):
Soy una puente
columpiada por el viento, un crucero habitado por torbellinos, Gloria, la
mediadora, montada a horcajadas en el abismo. «Tu lealtad es a la raza, al
movimiento Chicano», me dicen los de mi raza. «Tu lealtad es al tercer mundo»,
me dicen mis amigos negros y asiáticos. «Tu lealtad es a tu género, a las
mujeres», me dicen las feministas. También existen mi lealtad al movimiento
gay, a la revolución socialista, a la Época Nueva, a la magia y a lo oculto.
¿Qué soy? Una lesbiana feminista tercermundista, inclinada al marxismo y al
misticismo. Me fragmentarán y a cada pequeño trozo le pondrán una etiqueta.
En este contexto de
interseccionalidad está naciendo el posfeminismo, que acusará al feminismo
anterior de esencialista por no aceptar la muerte del concepto mujer. A veces,
como en las autoras citadas, la ruptura procede de una crítica consciente al
modo en que se está construyendo el género: las mujeres racializadas insisten
en que el feminismo corre el riesgo de convertirse en un movimiento exclusivo
para blancas, como ya advertían bell hooks o Audre Lorde. En otros casos, como
el de Monique Wittig, se destacará que las feministas heterosexuales,
insatisfechas por los límites profesionales que enfrentan en la lucha por
romper el techo de cristal, olvidan otras realidades: al final, en su conocida
frase, la lesbiana no es una mujer porque no acepta verse subyugada por los
hombres. Finalmente, en un tercer grupo contestatario del que es figura de
referencia Judith
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Butler, la propia
noción de género se contempla como una ficción limitadora e innecesaria, una
performance que ejecutamos tan irreal como el propio sexo binario que nos han
enseñado a admitir como única posibilidad. Como resultado, insistir en un
sujeto fuerte femenino significaría caer en todos los errores del
autoritarismo, la jerarquía y las oposiciones binarias. Ante este estilo de
críticas que difuminan el nosotras propio de la sororidad feminista, las
feministas clásicas respondieron: no podían admitir la muerte de un sujeto, el
femenino, al que no se había dado todavía la oportunidad de existir (Rodríguez
Magda, 2019). Probablemente, estas dos grandes ramas actuales del feminismo
indiquen que no en todos los lugares del planeta ni en todas las clases
sociales o modos de vida, las mujeres contemporáneas experimenten la misma
realidad. De alguna manera, esa realidad fluye a velocidades diferentes en
distintos entornos. Si el feminismo daba cuerpo a una serie de reivindicaciones
comunes, el posfeminismo se explica por una necesidad de escapar de todas las
cápsulas, al tiempo que se denuncia el riesgo de domesticación del ideario
cuando llega a las instituciones. Tenemos, por tanto, dos sensibilidades
básicas: la que defiende que una lucha de las mujeres todavía tiene sentido, la
de las feministas clásicas, y la que considera necesario acabar con las
categorías y, significativamente, opta por la estrategia del genderfuck, la de
las posfeministas.
Como las
traductoras quebequesas comenzaron su actividad en los ochenta, sus estrategias
se corresponden más bien con el feminismo clásico. A veces justifican sus
actuaciones porque han obtenido el permiso del autor o autora del original;
otras veces escogen para traducir textos que expresan su misma ideología. La
pregunta podría formularse en torno a códigos deontológicos profesionales: ¿es
ético cambiar el texto? Estas autoras dirían que traducir es una actividad con
la que se puede y se debe reivindicar todo lo que a las mujeres les ha sido
negado. Su posicionamiento rotundo se sustenta en el reconocimiento de que
cualquier traducción tiene algo de manipulación y en el hecho de que la mayoría
de las escuelas vigentes en teoría de la traducción no admitirían regresar a la
noción de equivalencia. Lo que parecía una envoltura ideológica tiene
complicaciones técnicas.
Todo análisis
feminista del lenguaje, no solamente la traducción, parte del supuesto de que
la lengua transmite estereotipos de género. Sin embargo, muchos gramáticos
continúan negando esa evidencia. El
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académico Ignacio
Bosque (2012)[16], por ejemplo, señalaba en un polémico artículo que los
hablantes pueden ser sexistas; las lenguas, como códigos, no. Apoyado en que
muchas mujeres no sienten presionadas o a disgusto con el uso de los masculinos
genéricos, argumentaba sobre la vigencia de patrones históricos o aun sobre la
imposibilidad de feminizar determinadas secuencias, hasta minimizar la herida
social que el feminismo había denunciado, asegurando que la lengua es
completamente ajena a los estereotipos degradantes que todavía circulan.
Aunque, como sucede con todos los problemas de sensibilidad, sea difícil
demostrar esa carga negativa que determinados usos arrastran para alguien que
se pertrecha en que no los aprecia, es posible advertir la existencia de
estereotipos de una manera sencilla. Los talleres de formación feminista han
diseñado repetidas propuestas en esta dirección. Angela Goddard y Lindsey
Patterson (2000), en esta línea, proponen un ejercicio de inversión de papeles
con gran potencia didáctica. Toman un fragmento de una novela romántica,
Seducción, de Charlotte Lamb, y alteran los roles masculino y femenino. Cuando
él se siente «invadido por una oleada de pánico» ante la tentativa del avance
erótico de ella, cuando grita «¡no!» pero ella se abalanza sobre él
«estrechándolo junto a su pecho tan bruscamente que él se desmorona», y él
intenta «alejarse, tembloroso», del texto emana un efecto hilarante.
Seguramente el texto de Lamb no es de gran valor literario, pero sin duda es
representativo de un modelo sentimental que ha circulado y todavía circula en
nuestras sociedades, difundiendo estereotipos. La inversión demuestra que no
sería plausible que el personaje masculino se comportase y/o hablase así, de
manera que el mundo no es un lugar simétrico ni los valores transmitidos por
los textos son neutros. El arquetipo de lo femenino se comporta con
inseguridad, timidez y recato; valores que, trasladados al género masculino,
pasan a ser risibles. Es una buena demostración de que los discursos contienen
mucho más de lo que se supone cuando se analizan palabra por palabra: en los
textos que leemos hay frecuentes distorsiones de la realidad o reproducciones
de esquemas caducos que sirven para caricaturizar o trivializar uno de los
grupos, el de las mujeres. La lingüística de filiación feminista, en traducción
como en sociolingüística, por muy subversiva que parezca, se ha limitado a
poner en práctica el mismo modelo que desde la sociología, desde la educación o
desde una política comprometida con valores democráticos se ha repetido tanto
en las últimas décadas: si
Página 88
nuestros productos
culturales, lengua incluida, reproducen estereotipos, acabaremos dándolos por
válidos.
En realidad,
propuestas mucho más tímidas que la de las traductoras quebequesas provocarían
rechazo: el público lector quiere acceder a los originales lo más exactamente
posible. Quizás el peso de la tradición nos haya acostumbrado a pensar en un
texto como si fuese palabra sagrada y en quien lo ha escrito como alguien con
aura de prestigio cuyas palabras no se tocan. Agradecemos la mediación, pues de
otra manera no podríamos leer textos escritos en lenguas que no dominamos, pero
tendemos a pensar que quien traduce debe ser tan transparente como un cristal.
Sin embargo, antes de valorar el alcance de las propuestas feministas,
convendría reflexionar de manera genérica sobre la oportunidad de manipular o
intervenir en el texto. Veamos un ejemplo. Mary Kingsley fue una autora inglesa
que escribió un libro de viajes por África occidental a finales del siglo
XIX[17]. Su óptica sorprende porque una mujer victoriana, sin gran formación
previa, pero con suficiente independencia y ánimo para emprender por cuenta propia
una aventura semejante, consigue documentar las regiones que visita haciendo
gala de una óptica sumamente respetuosa con las costumbres locales. Todo el
libro está plagado de comentarios inusitados en su época y sociedad, ya que
Mary Kingsley, que sirvió de inspiración para la película La reina de África,
tenía puntos de vista propios y modernos. Sin embargo, puntualmente usa para
referirse a la población nativa el término savage. El sentido que se desprende
de este adjetivo es el de «no civilizado al modo occidental». Si la autora usó
savage en un parágrafo, ¿cuál es la mejor traducción? ¿Aquella que mantiene
exactamente lo que Mary Kingsley dijo? ¿O una que mantenga el espíritu de sus
palabras y no sus proprias palabras? Cuando formulo esta pregunta, no estoy
haciendo una crítica sobre traducciones concretas; simplemente aventuro que, si
editar un texto es visualizar el pensamiento de quien lo ha escrito, una
palabra como nativa/o puede ser más respetuosa con el pensamiento original que
la forma original, digamos salvaje, que la autora habría usado sin demasiada
reflexión. Las palabras van ganando peso con los análisis críticos. De esta
manera podría presentarse la intervención de quien traduce como una licencia de
su oficio que redunda en beneficio de la autoría del texto.
Finalmente,
atendiendo a los últimos avances en teoría de la traducción, al traducir
importa generar en quien lee ese texto los mismos
Página 89
efectos que el
texto original producía. Para comprobar el alcance de este supuesto podemos
tomar como ejemplo las metáforas con las que nos referimos a la actividad
racional. Algunas de ellas asocian el cerebro a una máquina, como puede
observarse en no consigo ponerme en funcionamiento o estoy un poco oxidada. La
lingüística cognitiva, atenta a los efectos de las metáforas, notó la rapidez
con que la metáfora cerebro = máquina era sustituida en nuestras sociedades por
una variante de tipo informático: cerebro = ordenador. Podemos apreciarla en he
dejado de procesar información o necesito desconectar unos días. Supongamos que
debemos traducir este estilo de frases a una lengua donde las innovaciones
informáticas no se incorporan fácilmente, sino que se usan préstamos de una
lengua extranjera. De modo más concreto, supongamos que tenemos que traducirlas
al navajo. El navajo es una lengua completa, una autentica y particular visión
del mundo, pero, dado el contexto sociolingüístico en que, a duras penas, subsisten
las lenguas amerindias, es más que probable que los términos informáticos no
hayan penetrado en el léxico simplemente porque sus hablantes los usan en
inglés. Pues bien, a la hora de traducir las frases anteriores, habría que
optar por dos posibilidades. La primera mantendría rigurosamente la
identificación entre cerebro y computador creando neologismos. Quien realizase
la traducción precisaría conocer bien la historia interna de la lengua, lo cual
no es imposible, pero, incluso así, resultaría difícil que sus innovaciones
fuesen correctamente comprendidas o que triunfasen. Una segunda posibilidad,
más práctica, sustituiría esa metáfora por aquella variante más tradicional que
identificaba cerebro con máquina. Seguramente en navajo los resultados serían
más fluidos y la traducción funcionaría mejor. La manipulación del texto en tal
caso no condiciona la calidad de la traducción; al contrario, forma parte del
oficio mismo de traducir. Estrategias de este tipo son habituales e incluso
elogiadas como habilidad siempre que se mantenga una supuesta neutralidad
ideológica. El problema de la traducción feminista no sería, entonces, atentar
contra las leyes de la traducción, sino, más bien, centrar su lealtad en una
ideología e introducirla en un texto que podría carecer de ella.
Ü
4.5. LING ÍSTICA EN FEMENINO:
LA TRANSGRESIÓN
Página 90
Al traducir se
transmite voluntaria o involuntariamente una visión del mundo. Al mismo tiempo,
quien traduce puede desmarcarse de la visión del mundo de quien ha escrito un
original. El siempre mencionado proverbio traduttore, traditore no es una
crítica a la persona que traduce; insinúa que la actividad de traducir conlleva
obligatoriamente una interpretación. Esta suele ser aceptada cuando implica
lealtad hacia el texto o hacia su autor o autora y parece más atrevida cuando
implica lealtad hacia el público que va a recibir la traducción, a pesar de que
teóricamente se haya defendido que ese es el verdadero fin de una traducción:
reproducir ante un nuevo público el mismo efecto que el original producía en el
suyo. El problema de la escuela quebequesa es que orienta su lealtad hacia el
propio sistema de valores que la traductora abraza y que es potencialmente
asumido por un colectivo del que podemos formar parte o no. En el primer caso,
es decir, si somos feministas convencidas de la necesidad de sacudir a la
sociedad, podemos disfrutar mucho de la traducción. En el segundo,
probablemente experimentaremos una sensación de traición. La pregunta, en mi
opinión debería formularse así: ¿es legítimo en el oficio de traducir
desmarcarse de las condiciones socialmente estipuladas para la recepción?
¿Hasta cuándo y por qué?
En la España de las
primeras décadas del siglo XX, en un ambiente poco propicio a aceptar la
emancipación de las mujeres, María de Maeztu, traductora, declaraba (apud
Johnson y Zubiaurre, 2012: 189):
Soy feminista, me
avergonzaría de no serlo, porque creo que toda mujer que piensa debe sentir el
deseo de colaborar, como persona, en la obra total de la cultura humana. Y eso
es lo que para mí significa, en primer término, el feminismo: es, por un lado,
el derecho que la mujer tiene a la demanda de trabajo cultural y, por otro, el
deber en que la sociedad se halla de otorgárselo. En efecto: cultura es, en
realidad, trabajo, operación; es pensar nuevas soluciones científicas, cumplir
nuevos actos morales, crear nuevos sentimientos estéticos; es dinamismo y no un
conjunto de cosas estáticas.
Cumplir nuevos
actos morales, crear nuevos sentimientos estéticos es la principal actividad de
las traductoras feministas. Tal y como funcionó en Quebec, sobre una
reivindicación política más amplia, se trataba de una
Página 91
reescritura, un
tipo de adaptación, semejante a las ediciones escolares de textos clásicos,
donde se acepta manipular claramente el original con objetivos didácticos, de
simplificación o actualización del idioma. Quizá en el pacto ético que quien
traduce mantiene con la autoría de un texto y con la sociedad, la intervención
no sería válida si no se hubiese mencionado en el contrato, esto es, en ese
prefacio inicial. Es ahí donde se estipulan las condiciones de inteligibilidad.
Aunque se haya hablado poco de las conexiones entre ética y lingüística, se
puede afirmar que tenemos la obligación ética de ser lingüísticamente
inteligibles: ese es el objetivo de toda depuración. Cuando evito una palabra
como denigrar, lo hago porque el significado de “insultar, desconsiderar”
envasado en una cápsula que lleva implícita la raza negra, parece aceptar como
justo insultar o desconsiderar a personas negras. Practico una higiene verbal
para transparentar cuál es mi posición moral. Sin un prefacio donde se
explicite el pacto, describiendo hacia donde se dirige la lealtad de la
mediadora, las intervenciones no estarían justificadas. Evidentemente, no me
refiero a traducir the surfers como las surfistas o men por la gente, que
podrían defenderse como impecables. Me estoy refiriendo a secuestros fuertes,
continuados a lo largo del texto o más comprometedores. Es importante recordar
que otras intervenciones no suelen levantar ampollas. Cuando un texto original
está escrito en un registro o variedad dialectal diferente del estándar, el
problema para una traducción de calidad es dar con una versión que consiga
ilustrar esa peculiaridad. Es frecuente traducir textos del inglés que reflejan
variedades locales, sociales o étnicas con fórmulas que reproducen habla
popular o dialectos que, como el andaluz, sin dejar de ser español, mantienen
un perfil propio. No parece ser, entonces, la intervención misma lo que está en
juego.
Con todo, las
estrategias de feminización escandalizan a los puristas o a los fielmente
instalados en posiciones conservadoras, pero también han levantado ciertas
cautelas dentro del propio grupo feminista. Luise von Flotow (1997) señalaba
algunos problemas, como el elitismo: al final las traducciones se dirigen a un
público muy específico, el de personas ampliamente formadas en estudios de
género y/o capaces de aceptar un texto que se hace en ocasiones singularmente
complejo por estar lleno de innovaciones y juegos de palabras. Más contundente,
sin duda, es la crítica de Rosemary Arrojo, que ha acusado este tipo de
traducciones de oportunistas, hipócritas y teóricamente incompetentes (1994:
160). Las
Página 92
traductoras
tomarían posesión del texto para resaltar valores que originalmente podrían no
estar presentes y mitigar las formas ofensivas del machismo, haciendo uso de
técnicas a veces violentas, como la del secuestro. En muchas ocasiones las
referencias filosóficas postestructuralistas en que dicen fundamentarse las
traductoras están, en opinión de Arrojo, deformadas. Obviamente, estos trabajos
fueron posibles en un contexto político determinado, donde existía un público
propicio a admitirlos y el sustento de editoriales dispuestas a arriesgar en
una determinada dirección.
Los posibles
excesos pueden notarse con un ejemplo. Si una autora feminista en un original
describiese un personaje masculino e hiciese que este expresase contenidos
claramente machistas, la traductora teóricamente estaría legitimada para
intervenir. Y, sin embargo, la construcción psicológica de un personaje real
puede exigir que la autora original dé rienda suelta a un imaginario
determinado sin compartirlo. Algunos de los efectos más críticos que operan en
la sociedad derivan del sarcasmo, la ironía —que implica decir lo contrario de
lo que se piensa— o el humor. Las estrategias depurativas de la traducción
feminista podrían quebrar completamente tales posibilidades creativas. Depurar
es una opción, pero tiene límites y puede generar reservas: la intervención es,
como decían sus autoras, un acto político; nunca una opción neutral.
En todo caso, ni
las traductoras que componen la lista de traductoras femeninas ni las teóricas
de la traducción feminista se han hecho un hueco en los manuales que revisan la
historia de las ideas lingüísticas: su exclusión también es ideología.
4.6. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA TRADUCCIÓN
CASTRO, Olga
(2008): «Género y traducción. Elementos discursivos para una reescritura
feminista», Lectora. Revista de done i textualitat, 14, 285-301.
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género (para)traducido: pugna ideológica en la traducción y paratraducción de O
curioso incidente do can a medianoite», Quaderns: Revista de Traducció, 16,
251-264.
Página 93
— (2011):
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desde el género y la nación», Monografías de Traducción e Interpretación, 3,
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ERGUN, Emek (eds.) (2017): Feminist
Translation
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Routledge Handbook of Translation and Politics, Londres, Routledge, 125-143.
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Latin American Translation Journal, 13
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WOODSWORTH, Judith (1995): Translators through History, Ámsterdam-Filadelfia,
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John Benjamins.
Página 95
CAPÍTULO 5
PRIMATÓLOGAS Y
OTRAS MUJERES
QUE HABLAN CON
SIMIOS
«¿En qué términos
debemos pensar en estos seres no humanos pero que poseen tantas características
similares a las humanas? ¿Cómo debemos tratarlos? Seguramente, debemos
tratarlos con la misma consideración y amabilidad que mostramos a otros
humanos; y como reconocemos los derechos humanos, ¿también deberíamos reconocer
los derechos de los grandes simios? Sí».
JANE GOODALL,
primatóloga
5.1. LA
PRIMATOLOGÍA,Z ¿UN
CAMPO FEMINI ADO?
La tipificación de
las mujeres como charlatanas ha sido un lugar común muy reiterado: diferentes
culturas y registros han cultivado la idea de que ellas hablan constantemente.
Podríamos ensayar una reapropiación feminista y asegurar, con un toque de ironía,
que, efectivamente, las mujeres hablan mucho y con cualquiera; tanto como para
hablar con primates.
A partir de los
años sesenta una disciplina poco cultivada y que no había conseguido grandes
fuentes de financiación, la primatología, experimentó un despegue excepcional
con el trabajo de campo de tres figuras femeninas: Jane Goodall, dedicada al
estudio de los chimpancés; Dian Fossey, al de los gorilas y Biruté Galdikas, al
de los orangutanes. Esta feminización puede parecer un éxito, pero lo es un
poco menos si observamos que las tres, inexpertas e inicialmente poco
preparadas, fueron enviadas a sus destinos por una de las grandes figuras de la
arqueología, Louis Leakey. La imagen de un académico importante escogiendo
específicamente mujeres para estas expediciones invita a rebuscar un poco más.
De hecho, parece que ellas mismas se autodenominaban Los ángeles
Página 96
de Leakey y hoy son
habitualmente reconocidas como las trimates, una etiqueta que suma
humorísticamente el prefijo tri- y la palabra primate. No me atreveré a hacer
una lectura despectiva de la denominación —entre otros motivos, porque ellas
mismas no considerarían un insulto ser asimiladas a unos seres cuya dignidad
tanto han destacado—, pero, dada la habitual invisibilidad de las científicas,
es curioso que se generen este tipo de respuestas cuando las listas de nombres
masculinos ocupados de un mismo tema no suscitan ningún tipo de sorpresa o
ironía.
Antes de estas
expediciones femeninas, los primates habían sido poco estudiados en sus
ambientes naturales. En los muy excepcionales precedentes, los investigadores
se habían fijado en los comportamientos violentos de los machos dominantes:
cuanto más agresiva fuese la actitud animal, más claramente se perfilaba la
superioridad humana. Ese error de perspectiva, el de tomar un subconjunto de
los ejemplares observados como representativo de la totalidad, aparece
enmendado en cuanto Jane Goodall se incorpora a la investigación. Inglesa de
nacimiento, se había formado con el equipo de Leakey en Kenia y, tres años
después, en 1960, fue enviada ya como investigadora responsable a Gombe
(Tanzania). Tal vez porque no tuviese una amplia formación académica detrás —ha
sido una de las pocas personas a las que se ha permitido hacer un doctorado sin
una licenciatura previa—, mostraba cierta independencia de criterio: decidió
observar a todos los chimpancés, también hembras, crías y machos no dominantes.
En lugar de numerar los ejemplares, les ponía nombres que, además de
individualizarlos, los humanizaban. Los procedimientos de Goodall son, una vez
más, intuitivos: se acerca a esa comunidad, observa con empatía y erosiona los
muros entre especies. Se ha discutido mucho sobre esa cualidad «femenina» de la
empatía en la investigación, que también se advierte en sus compañeras (Jahme,
2001). Tal vez porque quienes opinan sean frecuentemente personalidades de las
ciencias naturales, a partir del concepto de empatía se introduce un falso
debate sobre si esta es una cualidad biológica o socialmente aprendida. Es
cierto que muchas veces se ha insistido en que las hembras de diferentes
especies de mamíferos tienen una peculiar manera de escuchar, derivada de la
necesidad biológica de atender a sus crías. Pero parece más lógico considerar
que el ser humano nace con disposiciones para atender a sus semejantes: la
posibilidad de que se consagre a esa actividad con esmero o bien la cultive
escasamente tendrá que ver con el refuerzo social que
Página 97
reciba. Dicho de
otra manera, en una sociedad capitalista e individualista, muchas mujeres no
mostrarán hoy en absoluto esa inclinación, que, en cambio, sí podría observarse
en hombres convenientemente socializados para ello. Como en el caso de la
intuición de las criptógrafas, en mi opinión, el debate sobre la empatía de las
primatólogas no consiste tanto en adjudicar o no esa cualidad al grupo por
motivos genéticos, cuanto en determinar su alcance y consecuencias en la
investigación. Las primatólogas introducen comportamientos empáticos en su
convivencia con los primates. Ya sea que deriven de su condición biológica, ya
que los hayan desarrollado al ser educadas como mujeres, esos comportamientos
van a modificar el campo de la primatología y a hacer historia.
La americana Dian
Fossey, instalada en Ruanda poco después de que Goodall iniciase sus trabajos
en Tanzania, también se integra entre los gorilas usando su lenguaje gestual.
La empatía es tan fuerte que acabará convirtiéndose en la defensora de su
causa: será asesinada años después por cazadores furtivos de la zona en medio
de una fuerte tensión entre el respeto que ella reclamaba para estos enclaves
salvajes y una serie de intereses económicos entrecruzados que pretendían
servirse de ellos a cualquier precio. La tercera del grupo, la canadiense
Biruté Galdikas, se incorpora a Borneo (Indonesia) en la década de los setenta
e introduce esas mismas técnicas en su trabajo de campo sobre los orangutanes:
sus reivindicaciones de los escasos espacios que restan para estos animales, y
que en su opinión durarán poco, la han convertido en una auténtica activista
ecologista. No es de extrañar que las tres tuviesen perfiles relativamente
similares y usasen idénticos patrones de observación. Por un lado, es posible que
circulase alguna información entre quienes participaban en proyectos alentados
por los mismos referentes. Por otro, intentar integrarse en la comunidad que se
observa es un procedimiento habitual en otras disciplinas, como en la
antropología. El riesgo aquí es caer en estereotipos. Se dice que el matrimonio
de Louis y Mary Leakey prefería investigadoras porque ambos suponían que las
mujeres, por su dedicación habitual a los cuidados, tendrían mayor proclividad
a desarrollar estrategias de horizontalidad en el trabajo. Obviamente, el
panorama cambia si, en vez de ser vistas como pioneras, aparecen como el mero
resultado de una hipótesis promovida desde un marco universitario ajeno a la
realidad cotidiana de esa observación. Pero el asunto no está en saber si fue
antes el huevo o la gallina. Lo importante es que esos métodos
Página 98
diferentes
permitieron formular nuevas hipótesis: ellas no reservaban su interés para el
líder de la manada; atendían a las tácticas de supervivencia del grupo.
Jane Goodall, al
dedicar a cada individuo un nombre humano, lo personaliza, de manera que los
actos del simio merezcan una interpretación. Mike será el pequeño chimpancé, no
muy dotado físicamente, que consigue un puesto de liderato porque, al jugar
casualmente con unas latas, observa que el tremendo ruido que causa sirve para
atemorizar a otros machos y, en adelante, aprovecha esa ventaja para ascender
en una estricta jerarquía de poder que no era, entonces, puramente biológica.
Gigi es una hembra estéril que adopta maternalmente a toda cría de chimpancé o
de humano con que se encuentre. Y así, uno por uno, los chimpancés son
observados con un grado de detalle similar al que dedicamos a las criaturas
humanas en la interacción social, lo que va a ampliar el foco de estudio.
Instalarse durante
largos periodos de tiempo, a veces décadas enteras, en los entornos que se
observan ofreció a estas tres mujeres otras perspectivas. Cuando Jane Goodall
indica que los chimpancés quitan las hojas a las ramas para introducirlas en
los huecos de los árboles y cazar termitas, no solo está tirando por tierra el
supuesto de que su alimentación era vegetariana; también obliga a redefinir el
concepto mismo de humano, antes apoyado, entre otros factores, en la capacidad
de valerse de herramientas: los chimpancés también lo hacían. Así lo explica
(Goodall, 2005: 37):
Por entonces, los
científicos pensaban que solo los humanos utilizaban y fabricaban utensilios.
Sostenían que lo que nos diferenciaba del resto del reino animal era sobre todo
esa habilidad. «El hombre, fabricante de instrumentos», así se nos describía en
los libros de antropología de la época. Envié un telegrama a Louis Leakey.
«Bueno, respondió, ahora tendremos que redefinir el concepto de humano, el de
instrumento […] o aceptar a los chimpancés como humanos».
Este hallazgo ayuda
a entender cómo los cambios de procedimientos introducen mudanzas conceptuales.
Al mismo tiempo que las primatólogas
Página 99
redefinían los
límites de lo humano, la emergente perspectiva de género estaba aplicándose a
la historia y revelaba que la observación de la vida cotidiana favorecía
conclusiones diferentes de las derivadas de fijar la atención exclusivamente en
reyes y grandes batallas, como vimos en el capítulo 1. Me parece que el asunto
tiene una importancia capital. Se está pasando de un enfoque basado en la lucha
por el poder —que premia la mirada androcéntrica— a una visión plural, atenta a
la cantidad de acciones diversas que constituyen lo que, en una determinada
comunidad, podemos llamar cultura. En otro sentido, ampliar el foco para
considerar el universo femenino es una consecuencia directa de haber
introducido mujeres en la investigación. Las tres primatólogas percibieron
realidades antes inadvertidas, que desbordaban el paradigma de lo biológico:
las hembras primates mantenían relaciones sexuales entre ellas y se unían en
clanes para protegerse de los ataques de machos.
A pesar de la
importancia de este trío, la tentación de imaginar que la igualdad está
instalada en la primatología ha sido cuestionada por Elsa Addesi, Marta Borgi y
Elisabetta Palagi (2012). En su opinión, las científicas han aumentado en
general, y existen más primatólogas que especialistas en otras ramas de la
biología, pero el techo de cristal continúa intacto: ellos copan los puestos de
relevancia. Me atrevería a añadir que el hecho de que estas tres figuras
referenciales se mantuviesen durante décadas enteras en el estudio de campo
indicaría, más bien, una actitud distante de las disputas de poder habituales
en los entornos universitarios. Finalmente, podemos destacar el activismo que
desprenden estas investigadoras: aunque hayan recibido prestigiosas honras
académicas, especialmente Jane Goodall, continuaron exhibiendo una actitud
políticamente incómoda, tremendamente combativa contra la deforestación de las
selvas, el abuso que los seres humanos ejercen sobre esos hábitats, el tráfico
de animales salvajes y el cambio climático. Y, como es sabido, el perfil
activista no es el más recomendable para el prestigio científico. En cualquier
caso, la línea de investigación de estas mujeres está viva (Goodall, n. 1934;
Biruté Galdikas, n. 1946; Dian Fossey, 1932-1985) y ha despertado la atención
general hacia un tema poco considerado. Sus logros avivaron el interés por
conocer mejor a los grandes simios y están en la base de tantas
experimentaciones posteriores para intentar que esos inteligentes animales aprendiesen
lenguas humanas. Ninguna de ellas es lingüista, pero su trabajo abrió un campo,
muy
Página 100
cultivado entre los
sesenta y los ochenta y aún latente, el de la zoosemiótica, otra idea menor en
el desarrollo de la lingüística.
5.2. DEFINIENDO LOS
LÍMITES DE LO HUMANO
Los humanos somos
animales. Tan racionales como se quiera, o se pueda, pero animales. Con un
criterio que ha sido acusado de especista, imponemos nuestro dominio sobre el
resto de la naturaleza para obtener beneficios como especie. Peter Singer
(2006) indica que el término especismo, que hoy aparece en los diccionarios de
filosofía, es reciente. Cuando Richard Ryder lo usó por primera vez fue para
justificar la preferencia que sentimos hacia los seres que pertenecen a nuestra
propia especie, hacia los que son como nosotros. Esta perspectiva se asume en
la vida ordinaria cada vez que nos decantamos por lo más próximo: la mayoría de
las personas supone que tiene mayores obligaciones hacia su propia descendencia
que hacia las criaturas de los demás, o que debe responder a la desgracia
ocurrida a un vecino, no a la que acontece a una parte de la humanidad
desconocida que llega en una patera. Según Singer, estas preferencias están
relacionadas con el especismo. Tal forma de ver la realidad, por muy natural
que parezca a primera vista, puede generar razonamientos peligrosos porque,
desde ahí, se justificaría el racismo, como una preferencia por los seres que
identificamos como iguales frente a cualquier forma de otredad. Ni siquiera
primar la vida humana sobre otras vidas encuentra fácil justificación, porque
podría seguirse que debemos preferir a los seres de la propia raza o del propio
país. Pero, en un giro conceptual aparentemente contradictorio, si la especie
no fuese importante, podríamos salvar de ahogarse a un perro antes que a una
niña, y eso también chocaría con el sentido moral más primario.
La cultura
occidental situó a los animales en un nivel inferior. Quienes piensan que la
ética se basa en un contrato social dirán que la inferior capacidad de los
animales para correspondernos recíprocamente está en la base de que orientemos
nuestras preferencias hacia los humanos. Esta argumentación contiene una
falacia porque en una operación de salvamento muchas personas se orientarían
específicamente a rescatar a quien no pudiese salvarse ni, en consecuencia,
devolver el favor: criaturas
Página 101
de pocos años o
personas con disfuncionalidades serían, en general, una inclinación preferente.
Además, este supuesto de la reciprocidad nos permitiría abusar de las
generaciones todavía no nacidas: como no pueden actuar a nuestro favor
podríamos, por ejemplo, dejar el planeta exhausto a nuestro paso, convertirlo
en un vertedero radioactivo o agotar sus reservas de agua.
Con frecuencia la
mayor relevancia moral atribuida a los seres humanos deriva en los tratados de
filosofía de la autoconsciencia, el sentido de la justicia o el lenguaje,
facultades que nuestra especie poseería en exclusiva. Aunque podrían ofrecerse
otros ejemplos de pensadores occidentales, la referencia habitual es René
Descartes, quien establecía el lenguaje como atributo definitorio de la
condición humana[18]. Si el cristianismo había convertido a Adán en amo y señor
de la creación, con derecho a subyugar a los animales, la filosofía occidental,
que elaboró sutiles conceptos, dando por sentada su acción laica e
independiente de todo dogma, continuó siendo bastante obediente en su
concepción de la naturaleza. El paradigma racionalista establecía una jerarquía
que colocaba al hombre, en masculino, en un lugar privilegiado, para justificar
que podía servirse a capricho de los animales y de la naturaleza en su
conjunto. La mujer ocuparía un lugar intermedio en esa jerarquía; al no
ostentar los privilegios exclusivos del hombre, estaría más cerca de los
animales. Precisamente, para justificar esa posición no completamente humana se
elaboró el relato de la inferioridad intelectual femenina, de su dependencia
física y psicológica o, incluso, de su tendencia al histerismo[19]. Y en su
Ética (1677), Spinoza rechazaba la consideración ética para los animales como
fundamentada en supersticiones y en la misericordia propia de las mujeres[20].
En este sentido, la conexión con la naturaleza ha sido siempre un atributo femenino,
frecuentemente esgrimido para restar derechos a las mujeres. Tal vez por estar
situadas en los márgenes, excluidas de las instituciones, las figuras
minoritarias de científicas o ilustradas que podemos rescatar demuestran
contemplar la realidad de otra manera. Margaret Cavendish (1623-1673), por
ejemplo, escribe varios tratados sobre filosofía natural y opta por investigar
sin atravesar los cuerpos de los insectos con las agujas habituales en la
entomología, convencida de que por dañarlos no aprendería más.
Evidentemente, la
concepción de la naturaleza y, en particular, de los animales como una realidad
sometida al criterio humano tiene escasa
Página 102
justificación. Al
final, parece insustentable que tengamos alguna obligación moral hacia nuestros
animales domésticos y ninguna para los que van al matadero. Este argumento, que
recupera una justificación racional, no solo un vínculo emocional, para decidir
estos asuntos se encuentra reiteradamente en la historia del pensamiento
feminista: las sufragistas condenaron las prácticas de vivisección, y en la
contemporaneidad Sarah Ruddick propuso una práctica maternal que era, en
realidad, una extensión de los cuidados domésticos a la totalidad del planeta.
Al mismo tiempo, el movimiento Chipko, los trabajos contra la esterilización de
las semillas de Vandana Shiva o el land art de las fotógrafas feministas son
tentativas contemporáneas de construir una vía alternativa que acaba fraguando
en la corriente ecofeminista. El ecofeminismo sostiene que se han usado los
mismos principios de opresión para secundarizar a las mujeres y para dominar la
naturaleza. En algunos casos, como en los trabajos de Carol Adams, Greta Gaard
o Catriona Sandilands, se trabaja específicamente en modelizar un continuum
entre las categorías de ser humano y animal, evitando ese salto cualitativo que
coloca a la primera en un lugar privilegiado. Cito estos precedentes para
señalar que el problema de la consideración de los animales tiene toda una
genealogía feminista detrás.
Al establecer
condiciones necesarias y suficientes que definen lo humano, el pensamiento
europeo moderno traza meandros tramposos. Cuando un individuo nace sin los
atributos de la racionalidad o el lenguaje, o cuando una enfermedad lo priva de
ellos, no se dice que por esa carencia deje de ser humano. Pero cuando un
animal muestre estos rasgos, no por ello va a ser considerado parte de la
comunidad de iguales. En lingüística, donde las posturas cartesianas han sido
un punto de referencia inexcusable, la lección quedó bien aprendida: solo los
seres humanos hablan; ningún sistema de comunicación animal es, por tanto, un
lenguaje verdadero. De hecho, cuando intente definir el sistema de comunicación
humano, la teoría lingüística (Hockett, 1968) usará matrices de rasgos
ligeramente sesgadas para colocar el lenguaje por encima de los códigos usados
por diferentes especies animales. El carácter arbitrario de sus signos, la
dualidad —o capacidad del signo de dividirse en dos niveles diferentes— o la
productividad —la capacidad infinita de producir nuevos mensajes a partir de
unas unidades básicas— serán propiedades especialmente relevantes. La
abstracción, una vez más, define el panorama
Página 103
de la lingüística
contemporánea, frente a otros componentes que podrían haber difuminado las
fronteras entre especies. Uno de los rasgos usados por Hockett, la
tergiversabilidad, es decir, la capacidad de mentir —que implica producir
mensajes con finalidades diferentes a las puramente biológicas— se documenta en
los sistemas de gritos de muchos tipos de monos. Emitir el grito
correspondiente al mensaje peligro por depredador volando es una actitud
frecuente entre crías. Cuando el grupo huye despavorido, el mono ríe: ha
gastado una broma. Ese inteligente comportamiento no ha sido interpretado como
sintomático de, siquiera, un cierto grado de humanidad.
5.3. PROYECTOS DE
COMUNICACIÓN ENTRE ESPECIES: SERES HUMANOS QUE HABLAN CON SIMIOS (Y SIMIOS QUE
LES RESPONDEN)
En este contexto, a
partir de los años cincuenta y con verdadero furor a partir de los setenta, una
serie de proyectos de investigación mayoritariamente diseñados desde la
psicología, no desde la lingüística, buscaron enseñar el lenguaje humano a
chimpancés en cautividad. Si el chimpancé era una especie tan próxima como se
aseguraba, existía la posibilidad de que no hubiese creado un sistema de
comunicación elaborado y altamente simbólico por sí mismo, aunque pudiese
aprenderlo bajo las condiciones oportunas: por ejemplo, siendo criado con
estímulos semejantes a los que recibían las criaturas humanas. La hipótesis
despertó una gran curiosidad, no solo porque tuviese un claro impacto mediático
entre tantas personas amantes de los animales, sino también porque en esa época
el innatismo radical de Chomsky había conmocionado la lingüística: el lenguaje
era una facultad exclusiva de la especie humana y genéticamente determinada, no
una habilidad que pudiese aprenderse. Si los chimpancés, correctamente atendidos
y con toda una «familia» investigadora a su alrededor pendiente de sus
resultados comunicativos — dando apoyos, recompensas y refuerzos—, llegasen a
dominar el lenguaje humano, la premisa básica de la gramática generativa
quedaría descartada. El presupuesto era atrevido en el clima de beligerancia
entre las escuelas
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lingüísticas del
momento. Pero, sobre todo, en caso de que tales experimentos tuviesen éxito, el
abismo entre la especie humana y los demás animales podría ser puesto en tela
de juicio.
El primer proyecto
de estas características fue acometido por Keith y Catherine Hayes, dos
psicólogos que en los años cincuenta adoptaron a Vicky, una chimpancé, y
decidieron tratarla como si fuese su hija, intentando, por mecanismos
básicamente conductistas, enseñarle a hablar inglés. Sin embargo, después de
cinco años de un adiestramiento que desplegaba diferentes tácticas pedagógicas
y logopédicas, Vicky apenas conseguía vocalizar tres palabras: mummy (mamá),
daddy (papá) y cup (taza). En las pruebas a que la sometían, se mostraba tan
inteligente como un ser humano de su edad, a pesar de que contaba con la
desventaja de no poder valerse de un sistema simbólico para representar el
mundo. Muy elocuentemente, cuando le pedían que clasificase los individuos
reproducidos en una serie de fotografías en dos grupos, personas y no-personas,
hacía bien la tarea, a no ser porque se colocaba ella misma en el primero.
En 1966, otra
pareja de la psicología norteamericana, Beatrice y Allen Gardner, asumió un
plan semejante. También adoptarían una chimpancé hembra, Washoe, pero esta vez
usarían con ella la lengua de signos empleada en su país por la población
sorda, la American Sign Language (ASL). En el tiempo que media entre los dos
experimentos se había sabido que en la especie humana tiene lugar un cambio
anatómico a partir de los pocos meses de edad, el descenso del tracto
supralaríngeo. Este cambio, que inicialmente supone una desventaja desde el
punto de vista biológico, porque podemos atragantarnos mientras comemos, trae
como consecuencia la conversión de la faringe en una caja de resonancia que
posibilita el habla en su sentido material: permite la producción de un número
razonablemente grande de sonidos. Al usar la ASL, los Gardner querían hacer
abstracción de estas pequeñas diferencias materiales entre ambas especies y
acabar demostrando que, en el ambiente apropiado, un chimpancé era
suficientemente inteligente para hablar. Los avances de la primera fase de la
investigación fueron espectaculares: a los cuatro años Washoe respondía
correctamente a 500 signos y usaba más de 80. Además, era capaz de generalizar,
aplicándolos a objetos distintos a los usados en el entrenamiento previo, y
podía referirse con ellos a objetos ausentes. Empleaba, por ejemplo, el signo
perro para ejemplares de diversas
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especies con
apariencias diferentes del que se le había mostrado en una fotografía y para
perros reales, y con el tiempo comenzó a usar espontáneamente la combinación
oír-perro cuando oía un ladrido. También aprendió el signo abrir para una
puerta determinada y lo generalizó después, aplicándolo a otras puertas o
incluso a cajas, donde el mecanismo de apertura es diferente, e incluso lo
usaba para pedir que alguien la ayudase a accionar el grifo cuando quería agua.
Washoe, no
obstante, fracasó en un sentido muy particular. En su entrenamiento se decidió
no enseñarle reglas sintácticas para comprobar cuál era el curso espontáneo de
desarrollo que seguía. Como el equipo de investigación que la rodeaba usaba las
reglas sintácticas correctamente, ya se daban condiciones semejantes a las que
rodean al ser humano cuando adquiere el lenguaje. Washoe efectuó su primera
combinación de signos (dulce-dame) a los 20 meses; a los 34 los Gardner habían
registrado 330 combinaciones. Era un ritmo considerablemente más lento que el
de los bebés humanos pero el hecho de que se produjesen efectivamente esas
combinaciones fue considerado suficiente: los chimpancés eran mucho más
inteligentes de lo que se pensaba.
Este relativo éxito
promovió las investigaciones en el campo. Diferentes especialistas en
psicología o lingüística pensaron que podrían aportar algo desafiando el
innatismo vigente y, una vez abierto el camino, los experimentos sobre el
lenguaje humano en chimpancés y en otros monos antropoides proliferaron. David
Premack, por ejemplo, decidió usar un sistema de fichas que representaban
palabras —y variaban en forma, tamaño, textura y color— para enseñar a Sarah.
Esta chimpancé demostró capacidad de pensar en algo aunque estuviese ausente.
También mostraba interés por la interacción, de manera que no respondía
preguntas si Premack se marchaba, como cuando en una conversación dejamos de
prestar atención a otra persona (Premack, 1972: 95). Representaba manzana con
una pieza triangular de plástico azul, lo que demuestra que usaba signos
arbitrarios. Por su parte, los Gardner extendieron su experimento a otros
cuatro chimpancés: Moja, Pili, Tatu y Dar. Todos ellos usaron signos para
comunicarse con los investigadores, con personas desconocidas y entre ellos;
también con otros animales, con sus juguetes y hasta con árboles. Entretanto
Washoe adoptó a una cría, Loulis, que llegó a utilizar el mismo sistema, aunque
se duda de si fue una enseñanza activa de su madre —lo que avalaría la
transmisión cultural que Hockett había
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establecido como
rasgo exclusivamente humano— o simplemente aprendió a partir del uso que hacían
otros chimpancés. En todo caso, Allen y Beatrice Gardner aprovecharon para
resaltar su método: en contraste con las fichas de plástico de Premack —o con
los teclados que introducirá más adelante Rumbaugh—, la lengua de signos no
hacía a los simios depender de las personas (Gardner y Gardner, 1989: 25).
En 1970, un joven
investigador de Columbia, Herbert Terrace, entró en escena. Su chimpancé, que
llevaba el irónico nombre de Nim Chimpsky, fue criado como un bebé humano
repitiendo el esquema de Washoe. Después de 27 meses de adiestramiento, cuando
se disponía a redactar resultados optimistas sobre las 20 000 secuencias que
reflejaban su uso de varios signos, la investigación pegó un giro. Aunque Nim
fuese más inteligente de lo que tradicionalmente se había pensado, su
comportamiento lingüístico no era convincente. En la observación de los
registros grabados, Terrace advirtió que sus cuidadores lo orientaban hacia la
respuesta correcta apenas un cuarto de segundo antes de que él realmente la
emitiese. Actuaba como una paloma a la que se enseña a levantar con el pico
objetos de diferentes colores en cierto orden (Terrace, 1979: 20). Se abría
paso la sospecha de que efectivamente los simios solo usaban signos para
recibir recompensas en forma de comida, sin ninguna muestra de querer emprender
una conversación espontáneamente. Dejando a un lado los problemas éticos que
envolvieron al experimento —se habló de desatención al animal y, en los años
siguientes, el proyecto dio lugar a una película cuyo mensaje final fue también
cuestionado por el investigador—, el experimento de Terrace se interpretó en
los círculos lingüísticos como suficiente para desacreditar todas las
investigaciones sobre lenguaje en simios. Ni siquiera era importante que
pudiesen aprender un número elevado de signos y usarlos con corrección, incluso
en ausencia de sus adiestradores. La principal sospecha que se cernía sobre
todas las investigaciones era la de métodos poco rigurosos. Si quien los
entrenaba orientaba consciente o inconscientemente las respuestas, los simios
estaban actuando apenas como cualquier animal de circo capaz de percibir
señales corporales que dan la falsa impresión de que es capaz, por ejemplo, de
contar.
Diferentes
experimentos, cada vez con más dificultades para encontrar financiación,
intentaron responder con nuevas evidencias, todas en la misma línea: los
chimpancés Sherman y Austin se comunicaban a través
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de símbolos y el
orangután Chantek aprendió 150 diferentes, que usaba espontáneamente y de
manera correcta. Todo esto antes de llegar al bonobo Kenzi, que aprendía a un
ritmo más rápido que los chimpancés, suscitando en su adiestradora, Sue
Savage-Rumbaugh, la honorable etiqueta de «simio al borde de la mente humana».
Las valoraciones más entusiastas concluían que los monos antropoides eran
capaces de usar y entender el lenguaje humano, hasta un cierto punto, aunque no
parecía posible que llegasen a desarrollarlo de manera espontánea. Los
experimentos hacían que se tambaleasen las antiguas creencias que distinguían
radicalmente simios y humanos. Hasta las visiones más escépticas tuvieron que
admitir que los monos antropoides eran capaces de un pensamiento abstracto y
conceptual de un nivel muy superior al que se sospechaba. Independientemente de
posturas más o menos proclives a la crítica de Terrace, todos los proyectos
producían resultados comparables.
En general, los
simios aprenden a manejarse bastante bien con los códigos que se les ofrecen,
pero son repetitivos y tienden a imitar la producción de signos de quien los
entrena. El punto crucial, desde el punto de vista lingüístico, está en que la
longitud media de sus enunciados no aumenta, como sucede con los seres humanos.
A pesar de su capacidad innata para la comunicación, de que transmiten
contenidos semánticos y se ajustan a los turnos de conversación, a los simios
les falta el componente sintáctico. Nuestros parientes no están dotados
genéticamente de esta capacidad simbólica. Para expresarlo con un ejemplo, los
seres humanos que están adquiriendo el lenguaje frecuentemente cometen errores
del tipo de decir *rompido en vez de roto, derivados de una generalización de
las reglas que usan. Estas emisiones, contrarias a la norma, avalan
precisamente la idea de que no aprenden por imitación, puesto que nunca las
habrán escuchado en su medio. Sin embargo, ninguna criatura comete errores de
sintaxis; nadie dice jardín en el perro el está, sino el perro está en el
jardín o en el jardín está el perro. Los chimpancés tienen cosas que decir, y
pueden saber cómo decirlas, pero no rentabilizan reglas vacías de significado
para canalizar sus mensajes, como el orden de palabras. Ahora bien, con los
criterios utilizados para juzgar los logros de los chimpancés, muchos seres
humanos tampoco demostrarían tener competencia lingüística: las personas que
padecen una afasia de Broca son incapaces de manejar esas reglas sintácticas.
Página 108
El problema en el
lenguaje, como en la autoconsciencia o en la formulación de juicios morales
debe formularse de una manera más general. Los experimentos zoosemióticos, al
final, cuestionan la existencia de un escalón que nos separe de manera tan
clara y distinta de los otros eslabones de la cadena. Sería posible que hubiese
una gradación de cualidades intelectuales entre las especies. Tal vez habría
que observar esas cualidades en cada individuo y no establecer la adjudicación
siempre al amparo de las conquistas de cada especie, puesto que de un cuerpo de
mujer puede nacer una criatura desprovista de algunos de esos rasgos
históricamente considerados relevantes para definir la condición humana.
Obsérvese, por cierto, que eso sería introducir los métodos no-discretos, los
propios de la teoría queer, en un contexto diferente al de género[21].
El pensamiento en
el que bebemos ha sido administrado por estructuras de poder, como la religión
o la propia ciencia, interesadas en fundamentar un salto discreto entre humano
y no humano. Que era una estructura de poder y no una consecuencia de determinadas
premisas puede descubrirse en el hecho de que muchos de los individuos
subsumidos en la animalidad durante siglos hoy se consideren completamente
humanos. Así, en otras épocas la esclavitud de la raza negra tenía un sustento
—por supuesto interesado y falaz— en la presunta animalidad de ese grupo, al
que se negó la condición de plenamente humano. También las mujeres estuvieron
del otro lado de la barrera y aún es muy reciente el salto femenino al grupo de
la verdadera humanidad. En las últimas décadas, la ética y la zoología han
desarrollado modelos que reclaman para ciertos simios fuertemente emparentados
con nuestra especie, chimpancés, orangutanes y gorilas, una consideración en
términos morales semejante a la de los humanos a través del Proyecto Gran Simio
en defensa de la comunidad de iguales (Cavalieri y Singer, 1993).
Por supuesto, este
movimiento de defensa de los grandes simios no avanza sin críticas: son
habituales las parodias por parte de voces que demuestran no entender las
implicaciones sociales y éticas de una resistencia de estas características.
Nunca se ha sostenido que los animales tengan exactamente los mismos derechos
que las personas. Las mofas sobre el derecho al voto de las vacas, la libertad
de expresión de los perros o la libertad de culto de los cerdos pueden
desarmarse. No tienen sentido, una vez que esos derechos tampoco rigen en la
infancia humana, sin que quepa deducir que contemplamos a los miembros de poca
edad de nuestra
Página 109
especie como menos
humanos. Las vacas no precisan votar, ni los pájaros visitar museos; las
personas en su madurez desarrollan intereses diferentes del resto de los
animales. Otro asunto es que los demás seres de la naturaleza —y ahora no me
refiero exclusivamente a los considerados en el Proyecto Gran Simio— no tengan
derechos. Parece difícil sostener que en un mundo justo un chimpancé con alta
percepción de la realidad tenga que vivir en un circo, como parece peligroso
pensar que las selvas deban ser deforestadas para que algunos humanos obtengan
beneficios económicos. A mediados del siglo XX, la ciencia extendió el uso de
los animales en la investigación, al mismo tiempo que la tecnología impulsaba
nuevas prácticas ganaderas: las granjas industriales marcaron un paso en el
proceso de subyugación animal a causa del número de individuos expuestos a
procedimientos mecánicos. En este punto, la formación de una comunidad de
iguales con los simios, el contemplar una gradación de cualidades intelectuales
—sin blancos y negros, o aptos e ineptos— para el pensamiento o para el
lenguaje se revela como una cuestión de gran calado. Y, al menos en ese
sentido, las investigaciones sobre lenguaje humano en simios se deberían haber
convertido en un capítulo históricamente relevante en el desarrollo de las
ideas lingüísticas. Habitualmente, los manuales no lo consideran.
5.4. SUE
SAVAGE-RUMBAUGH Y SU LEGADO: UNA LECTURA FEMINISTA
Un bonobo hace una
fogata para prepararse una golosina o solicita a un bailarín que repita para él
su danza en privado a fin de que los demás bonobos, demasiados excitados por su
actuación, no se alteren. También sabe usar tijeras, se reconoce en el espejo y
se divierte con el videojuego Pac-Man. Ese bonobo es Kanzi y ha convivido
durante décadas con la investigadora Sue Savage-Rumbaugh (Estados Unidos,
n. 1946), así presentada por Christine Kenneally (2007: 64):
El nombre de Sue
Savage-Rumbaugh puede no resultar tan familiar como el de Noam Chomsky, pero su
lugar en la historia está garantizado. Ella es la investigadora que ha
Página 110
tenido más éxito en
lanzar puentes sobre el abismo que separa las especies, enseñando a un simio a
producir y comprender aspectos del lenguaje. Ella y su compañero Duane Rumbaugh
toman material en bruto, como un chimpancé o un bonobo con su arquitectura neuronal,
y comprueban hasta qué punto pueden saltarse unos cuantos millones de años de
evolución.
Aunque ha trabajado
con chimpancés comunes en el Centro de Investigación sobre el lenguaje de la
Universidad Estatal de Georgia en Atlanta, Savage-Rumbaugh se ha dedicado
especialmente a los chimpancés enanos, también llamados bonobos, conocidos por
su conducta sexual exagerada o, como la investigadora indica, especialmente
humana. Como los humanos, los bonobos experimentan placer y lo usan a modo de
válvula de escape que elimina de sus comunidades las conductas agresivas. Tal
vez por haber sido interpretados como promiscuos u obscenos, los bonobos solo
recientemente han recibido atención científica. En su comunicación con ellos,
Sue Savage-Rumbaugh usa el yerkish, una lengua artificial especialmente
desarrollada para estos experimentos con el objetivo de eliminar la ambigüedad
de los gestos manuales, y probablemente también de pertrecharse contra posibles
críticas. El yerkish exige usar una especie de tablet con multitud de botones
donde aparecen figuras variadas, de formas geométricas, los lexigramas. Estos
símbolos, correspondientes a palabras del inglés oral o a conectores
gramaticales, son arbitrarios, es decir, no guardan ningún parecido con aquello
que representan. De este modo, al pulsar el teclado, un chimpancé puede
responder a una pregunta, explicando, por ejemplo, donde se encuentra un
plátano.
Cuando Sue
Savage-Rumbaugh estaba intentando enseñar yerkish a Matata, una bonobo bajo su
custodia, observó que una cría que esta había adoptado, Kanzi, estaba
aprendiendo también, únicamente a partir de observación. Le bastaba, como a un
ser humano, estar expuesto a ese lenguaje para hacerse con él. A los 8 años
comprendía unos 250 símbolos que usaba bien —lo que equivale a la destreza de
una persona a los 2 años y medio— y era capaz de solicitar con ellos, por
ejemplo, que le pusiesen su película favorita, una versión de Tarzán, lo que
indica que su actividad no tenía nada de repetitivo, sino que era capaz de
tomar la iniciativa en la
Página 111
conversación. Kanzi
no fue el único ejemplar estudiado, aunque sí uno de los más famosos. Una de
las hijas biológicas de Matata, Panbanisha, también hizo progresos
espectaculares, llegando a comprender 6000 palabras del inglés oral, mientras
Kanzi, que solo comenzó su aprendizaje a los 9 meses, se limita a unas 3000. A
cambio, él está más interesado en mantener la interacción, disfruta del
experimento y colabora mejor, por lo que resulta fácilmente observable.
Sue Savage-Rumbaugh
comenzó a publicar sus trabajos de mayor impacto después de que Terrace hubiese
desacreditado el campo. Ella nunca ha afirmado que el lenguaje humano sea una
propiedad biológica compartida con los grandes simios o algo parecido, que pudiese
justificar ese carpetazo final que se dio en lingüística a este tipo de
experimentos. Simplemente, ha mostrado sus observaciones: un uso de signos por
parte de los bonobos semejante al de un bebé de 2 años y medio, una
relativamente alta comprensión de la lengua oral, con decodificación de
estructuras sintácticas y un evidente interés, pragmático y semántico, en
comunicarse con su círculo inmediato. Estas observaciones apoyarían únicamente
la hipótesis de que, en cautiverio y a través de una transmisión cultural con
grandes dosis de dedicación directa, o adiestramiento, las crías pueden
aprender hasta un cierto punto el código humano y usarlo con eficiencia, con
otros humanos o entre ellos. Eso no cuestiona el innatismo vigente en la
lingüística actual, puesto que, de hecho, tal mecanismo biológico no se ha dado
en la especie de los chimpancés. Y, con todo, las críticas se desataron.
Por mucho que se
trate de una académica con abundantes publicaciones de referencia, Sue
Savage-Rumbaugh tuvo que enfrentar los sarcasmos que —especialmente, aunque no
solo— los lingüistas generativistas dirigieron a su proyecto. En algunas
entrevistas Noam Chomsky comentó que estos proyectos eran irracionales y los
comparó con enseñar a un humano a batir los brazos para volar. Steven Pinker,
también generativista, ha insistido en que se adiestra a los simios para que
pulsen la tecla oportuna cuando quieren que otros simios sin pelo les lleven
chucherías (Pinker, 1994). Savage-Rumbaugh reaccionó distanciándose de los
experimentos precedentes, a los que acusa de haber atendido exclusivamente a la
producción por parte del primate. En su opinión, a Washoe, Sarah o Nim se les
enseñaba exclusivamente a nombrar; no se les pedía que demostrasen una
competencia receptiva
Página 112
equivalente. Una
actividad tan simple como entregar un objeto a cambio de un mensaje emitido con
símbolos exige, en su opinión, que el simio vaya más allá de la conducta
automática de usar esos símbolos para obtener recompensas concretas: tiene que
coordinar sus acciones y responder a deseos expresados de manera simbólica por
quien le habla. Eso supone un nivel conceptual que no se observa entre primates
en condiciones naturales y también una interesante cooperación con los
objetivos humanos. La falta de atención a tales hechos habría enturbiado la
comprensión correcta de la conducta de los primates estudiados (Savage-Rumbaugh
et al., 1980: 65):
Las y los
investigadores del lenguaje en simios no deben limitarse a describir lo que los
simios dicen. Han de atender al contexto no verbal total y deben evaluar el
valor informativo de los símbolos per se. Esto exige el registro en video de
todos los aspectos del entrenamiento y las pruebas. Las dificultades a la hora
de interpretar y registrar con cualquier otro método todos los aspectos
relevantes de las conductas y las tareas desafían los límites de las horas de
registro y las grabaciones magnetofónicas. Habrá que desarrollar métodos para
investigar los aspectos semánticos de los varios tipos de producciones
simbólicas y de las condiciones lingüísticas socioconductuales inherentes. Las
y los experimentadores deben dejar de buscar similitudes superficiales entre
simios y niños y niñas y, en su lugar, deben investigar las capacidades
cognitivas subyacentes en los procesos simbólicos.
Ya Washoe había
demostrado conductas sorprendentes cuando daba volteretas por una habitación
calzada con un zapato rojo mientras hacía los signos correspondientes a zapato
y rojo, un comportamiento psicológicamente semejante al del soliloquio infantil
—ese monólogo interior que las criaturas de pocos años sostienen mientras
juegan—. Y la lectura de los textos de Savage-Rumbaugh muestra numerosos
detalles que corroborarían la aludida empatía de las primatólogas. Así, cuando
Panbanisha, repentinamente, va al teclado y toca los signos correspondientes a
pelea, furiosa y Austin, después de haberse peleado con
Página 113
Austin por un
ordenador, la investigadora expresa que ese episodio le resulta especialmente
gratificante, porque la chimpancé no está usando los símbolos para pedir
comida, sino para acusar a su compañero; para cotillear.
No parece claro que
los primates hayan sido tratados en estos experimentos como animales de circo.
Es curiosa la duplicidad de considerar que sí hay lenguaje cuando una criatura
humana reúne un sustantivo y un verbo para formar una frase y, en cambio, descartar
que sea lenguaje cuando quien realiza esa misma proeza pertenece a otra
especie. Es cierto que la complejidad sintáctica está fuera de las capacidades
de los simios, pero bastaría con que se aceptase que estos experimentos tienen
el grado de rigor necesario para sugerir que entre los seres humanos y sus
parientes simios no hay tan inmensa distancia. No se puede decir tajantemente
que Kanzi tenga habla humana, pero responde adecuadamente en videos publicados
a indicaciones como coloca agua en la cazuela, pon una inyección al perro o
quítale los zapatos a Sue, mientras la investigadora lleva un casco en la
cabeza para evitar la sospecha de que pueda estar enviándole signos de lo que
pide. Todo esto debe valorarse teniendo en cuenta que, en la vida diaria, las
personas repetimos que nos resulta difícil, por ejemplo, comunicarnos por
teléfono —y, más aún, a través de las redes sociales— porque, al no ver el
rostro del otro, no conseguimos interpretar de forma adecuada lo que nos está
diciendo. Se percibe en este contraste una cierta arrogancia antropocéntrica
que impide reconocer la animalidad humana o la humanidad del simio. Si los
experimentos aportasen solo una ilusión, no se habría perdido nada por
intentarlo: podrían mejorar nuestro conocimiento sobre los entresijos de la
comunicación, o aplicarse a la elaboración de sistemas adecuados para personas
con disfuncionalidades. Y si las investigaciones estuviesen animadas por el
interés de demostrar que los seres humanos debíamos bajar del pedestal en que el
cartesianismo nos había colocado, o por defender los derechos de los animales,
también merecerían alguna consideración. Kanzi no se comporta como el perro de
Pavlov, apenas salivando cuando suena una campanilla, aunque no sea capaz de
pronunciar una conferencia.
Sue
Savage-Rumbaugh, a pesar de todos estos ríos de críticas, tiene una carrera de
prestigio. Como no se trata de una figura olvidada y por su condición de autora
contemporánea y viva no entraría en las restricciones
Página 114
que nos hemos
colocado en estas páginas. Si en el capítulo anterior la genealogía de las
traductoras se interrumpía en el siglo XIX para no perder el panorama histórico
de la exclusión que, en principio se rompió en el siglo XX, no parece haber
explicación para todas las mujeres de este capítulo, menos aún para ella. En
este punto, introduciremos un giro en la argumentación. Como en el caso de las
traductoras quebequesas, no se trata aquí de valorar las teorías de una autora
o de una escuela, sino, más bien, de reflexionar sobre las causas de que,
incluso investigadoras contemporáneas, que han penetrado en los círculos
académicos, se mantengan secundarizadas, como si sus campos de interés fuesen
triviales por definición. Muchos de los trabajos de Sue Savage-Rumbaugh se
publicaron en la década de los ochenta, como los de las traductoras feministas,
de manera que ya han pasado 40 años, un periodo suficiente para que sean
consignados en un panorama histórico, incluso, si fuese necesario, para
desestimarlos. Pero no es así.
Las investigaciones
sobre primates aludidas al comienzo de este capítulo, las de Goodall, Fossey o
Galdikas, incorporaron nuevos puntos de vista y una serie de métodos asociados
a ellos. Las investigaciones circunscritas a primates y lenguaje también implicaron
un número sorprendente de mujeres. En colaboración con sus maridos, Catherine
Hayes, Beatrice Gardner y la propia Sue Savage-Rumbaugh, quien se incorpora al
proyecto Lana de Duane Rumbaugh, se introducen en un campo minoritario. De
manera más general, también la filósofa Vicky Hearne (1986), mencionada en el
capítulo 2, orientó su atención a los intercambios comunicativos entre personas
cuidadoras y animales domésticos. Incluso en los últimos años, dentro de lo que
Eva Meijer ha llamado filosofía del abandono (Meijer, 2015), se podrían citar
muchos trabajos de pensadoras que estudian la conexión ético-política de la
comunicación entre diversas especies, como los de la propia Dona Haraway (2003)
o los menos conocidos de Iris Marion Young (1990), Irene Pepperberg (1995),
Joanna Burger (2002), Barbara Smuts (2006) o Sue Donaldson (2011). Obviamente
no son las únicas, como no eran las llamadas trimates las únicas primatólogas.
Pero eso significa que el tema captó atención femenina —como no consiguieron hacerlo
los debates sobre la arbitrariedad o sobre el principio de doble articulación,
por ejemplo— y la circunstancia de que este fuerte interés se relacione con una
idea periférica en lingüística es singularmente reveladora. Puede parecer
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casual, pero la
presencia femenina, también aquí, está ligada a la intervención de nuevos
procedimientos, de variantes metodológicas. Evidentemente, no sabemos si, en el
caso de los proyectos con más claros resultados para la lingüística, fue idea
de ellas o de sus compañeros adoptar a los simios y tratarlos como a bebés
humanos, creando una forma de relación entrañada que guarda alguna relación con
el éxito de estos proyectos. No sabemos de quién fue la idea, pero sí sabemos
que cuando ellas están, ese procedimiento, que rompe con los protocolos sobre
el tratamiento de los animales en laboratorio, se documenta. Las propias
declaraciones de Sue Savage-Rumbaugh sobre la necesidad de no tomar en cuenta
únicamente la producción de mensajes lingüísticos, sino también su comprensión,
dan una vuelta de tuerca a lo que se entiende por lenguaje: si primamos la
producción, aceptamos que el lenguaje consiste en construir emisiones de
acuerdo con un patrón de reglas correctamente formuladas; si primamos la
recepción, basta para hablar de lenguaje el hecho de compartir un código con
que penetrar en el universo del Otro.
Además de
reivindicar el legado de Savage-Rumbaugh, esta lectura pretende destacar la
presencia de otros factores en la investigación. Pero, si se tratase
simplemente de apoyar la idea de que el machismo ha circulado en este entorno,
tampoco sería difícil de documentar. Entre los experimentos para enseñar
lenguajes humanos a primates, uno de los más citados es el de Francine
Patterson y su gorila hembra Koko a partir de 1972. Koko aprendió un
vocabulario más amplio que el famoso chimpancé Nim Chimpsky y sus oraciones se
caracterizaban «por una gran creatividad, espontaneidad y estructura»
(Patterson y Linden, 1981: 116). Además, su uso era productivo, en el sentido
de que se valía de unidades ya conocidas para crear otras nuevas. Así puede
interpretarse la anécdota de que Koko se refiere a sí misma como un elefante
mientras se coloca un tubo largo en la boca a modo de trompa. Es posible que
muchas de las declaraciones de Patterson puedan ser leídas con distancia:
idealiza al sujeto que observa, trata a Koko como a una niña y aproxima
constantemente sus comportamientos a los de un ser humano. Pero la
investigadora insiste en que no se puede comprender el funcionamiento mental de
otros animales a los que se está llevando al límite de sus habilidades sin
mantener una relación profunda con ellos (Patterson y Linden, 1981: 211). La
empatía se ha convertido en una justificación metodológica.
Página 116
Pues bien, cuando
las conclusiones de Herbert Terrace acabaron con el interés que el lenguaje en
animales había despertado, Martin Gardner comentó la bibliografía al respecto
(1980), apoyando la idea de que todos estos experimentos eran una de las versiones
más salvajes del inteligente Hans, un cliché habitual en psicología para
nombrar los casos de entrenamiento animal donde el entrenador da pistas, poco
visibles para el público, que permiten a un caballo simular que cuenta porque
levanta las patas tantas veces como se le haya pedido, cuando en realidad está
respondiendo a una mínima señal de su entrenador. Evidentemente, era legítimo
que Gardner expresase su opinión y perfectamente aceptable que esta se
inclinase hacia la desconsideración de los experimentos. Lo que ya no es tan
aceptable es que diga (1980):
No es difícil
comprender por qué Penny (joven, guapa, con largo cabello rubio) recibió tanta
publicidad. ¿Qué podía haber más impactante que unas fotos en color de la Bella
y la Bestia, las cabezas juntas, charlando embelesadas?
Las estudiantes de
lingüística hemos tenido que estudiar este tema así, escuchando comentarios
insidiosos sin posibilidad de respuesta. A veces, es difícil argumentar el
desdén que se percibe en palabras, aparentemente neutrales, dirigidas
sibilinamente a otras mujeres, pero muchos de esos comentarios se quedan ahí,
en nuestras cabezas, agitándose. Alimentan una respuesta. Como poco, justifican
una cierta reserva hacia los criterios que, con una frecuencia aterradora,
invisibilizan el trabajo de las pocas mujeres que, ocasionalmente, podrían
servirnos de referentes. Felizmente, Christine Kenneally (2007: 70) ha señalado
de forma contundente la dificultad de comprender que comentarios como el de
Gardner hayan formado parte del debate. Nunca habría sucedido lo mismo si el
investigador en cuestión hubiese sido Chomsky, cuyo aspecto físico seguramente
nuca ha sido mencionado en referencia a su trabajo y su interés para el
público, y a quien nunca se habría llamado Noam en circunstancias semejantes.
Si se trataba de
realizar críticas, hubiese sido preferible que estas se formulasen en torno al
modo en que los animales eran criados en recintos universitarios, alejados de
sus hábitats naturales, obligados a usar un modelo intelectual que no les
interesaba, en lugar de esos vanos
Página 117
comentarios sobre
la belleza de las científicas que los eclipsaba o las reiteraciones de una
serie de postulados vagos a los que tantos autores parecen abrazarse.
Savage-Rumbaugh se ha defendido de estos ataques diciendo que el debate ha
generado «más calor que luz». No hay expresión más elegante para contarlo. Los
resultados de los primeros experimentos fueron admitidos demasiado rápidamente
y también rechazados con la misma vehemencia después del caso Nim
(Savage-Rumbaugh, 1986: 398). Cuando ya el fuego se había calmado un poco, Joel
Wallman (1992: 109) aseguraba de manera tajante que ninguno de estos proyectos
había logrado instilar ni siquiera una forma decadente de lenguaje humano en
los animales. Esta intervención extemporánea todavía merece algún comentario
porque fue otra mujer, la psicóloga Patricia Greenfield (1994: 940-2), quien
respondió con acritud: Wallman había exagerado las diferencias entre el
lenguaje humano y el del simio, había valorado inadecuadamente la competencia
de los simios y, finalmente, había ignorado resultados publicados que no
concordaban con su tesis, usando evidencias escasamente científicas para
discutir los resultados. Sin embargo, en los mismos meses en que se difundía el
libro de Wallman, prestigiosas publicaciones le dirigían comentarios bastante
elogiosos, que pueden rastrearse todavía hoy, como uno de esos reclamos
promocionales que las editoriales usan para estimular las ventas, en cuanto se
busca el libro en la red: revistas como Semiótica, American Journal of Primatology
o Contemporary Psychology se deshicieron en elogios sobre «un libro racional y
concienzudo» o «un tratamiento vívido de las controversias» sobre los programas
de lenguaje en simios con «una narrativa académica y entretenida, agradable y
elegante». Ante estas evidencias, parece sugerente la idea de que se está
produciendo una auténtica brecha de género en la interpretación de los
resultados. Intentaremos, en el siguiente apartado, explorar si esa brecha cabe
en una actividad como la ciencia. Por ahora, baste con dejar constancia de que
estos experimentos desprendían una actitud empática y consideraban la
posibilidad de que los simios tuviesen algo interesante que decirnos. Eso ya es
intelectualmente desafiante en un mundo colapsado, donde todas las evidencias
biológicas y ontológicas nos invitan a ser humildes y a venir a menos[22]. El
futuro parece abrirse a nuevas estrategias teóricas que permitan, en todas las
disciplinas, afrontar la crisis ecológica que padecemos. Nuestras ciencias
deben, hoy más que nunca, favorecer que pisemos más suavemente sobre el
planeta.
Página 118
Ü
5.5. LING ÍSTICA EN
FEMENINO: LA SOMBRA DEL MACHISMO EN LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA
Bajo la etiqueta,
de perfiles poco definidos, Ciencia, tecnología y sociedad —en adelante, CTS—
se ha ido introduciendo, a lo largo de las últimas décadas, una perspectiva
crítica sobre el quehacer de las ciencias. Su objetivo podría considerarse
epistemológico, ya que los estudios de CTS abordan la teoría del conocimiento,
pero sus métodos proceden de la sociología: combinan conceptos emanados de las
disciplinas científicas con la biografía de sus protagonistas y contemplan la
capacidad de difusión de nuevas ideas. Una de sus variantes, habitualmente
denominada Ciencia, tecnología y género (CTG) se orienta específicamente a
cuestionar el androcentrismo tradicional de las prácticas científicas.
El programa
filosófico de la sospecha, que remite a Marx, Nietzsche y Freud, impregna el
pensamiento del siglo XX y, en ese modelo, los entresijos de las grandes
estructuras de conocimiento deben ser analizados con rigor. Las escuelas
feministas han aplicado esa sospecha también a la ciencia y a la tecnología
como estructuras patriarcales. Los estudios de CTG son, al final, una de las
diversas maneras en que esa crítica ha cristalizado. En algunos casos, se trata
de una orientación practicada por mujeres especialistas en diferentes campos de
conocimiento que, como activistas, han participado del movimiento feminista y
acaban incorporando esta orientación a su trabajo habitual (Rose, 1994); en
otros, se trata de sociólogas o filósofas decididas a teorizar sobre el género.
En cualquier caso, los enfoques biologicistas que predominaron en los setenta
relacionaban habilidades cognitivas con sexos y eso puede explicar, en parte,
que estas especialistas, ya fatigadas por las dificultades para hacerse un
hueco en la academia, buscasen una vía alternativa. Como ha indicado Londa
Schiebinger (1991), las ciencias se han dedicado históricamente a probar
determinados prejuicios, ideológicamente orientados, que presuponían la
inferioridad de algunos pueblos, razas o géneros. La ciencia no ha sido nunca
neutral.
Además de trabajos
de índole más administrativa, que presentan un enfoque desagregado por géneros
de esta o aquella actividad, se encuentran en esta orientación reflexiones que
enlazan lo que sería una crítica al sexismo como forma de discriminación presente
en los reductos
Página 119
elitistas de la
investigación, con una complejidad de perspectivas anticoloniales,
antirracistas o en defensa de minorías. Lo curioso, quizás, es el efecto de
contaminación: lejos del corsé académico, muchas de las teóricas comienzan a
mezclar sus técnicas de trabajo. Y si antes no era habitual en biología usar
biografías, entrevistas personales o relatos informales para construir un
discurso histórico, tampoco era muy frecuente que en los estudios literarios se
introdujesen porcentajes o estadísticas con medidas de impacto. Esta
contaminación, casi como registro estilístico, es marca de buena parte de los
estudios culturales en sentido amplio, que adoptaron un perfil claramente
político, con la noción de subalternidad como protagonista y que consiguieron,
por esta vía, impactar en estructuras de discurso muy rígidas como el relato
académico.
Con el paso del
tiempo, el enfoque ha ido cambiando desde un perfil que podríamos denominar
mujeres que hacen ciencia a otro, más maduro, que podría identificarse como
ciencia con perspectiva de género. Las etiquetas siempre son parciales y es
probable que una lingüística feminista, pongamos por caso, desate las cautelas
de quien está asentado en posiciones de poder, pero, de manera evidente, existe
una diferencia entre denunciar efectos sexistas en las prácticas de las
instituciones, desde el acoso sexual hasta la negación absoluta de los logros
de ellas —algo que podría ser enmendado con una reforma higiénica en las
instituciones— a la idea de captar mujeres para disciplinas donde ellas no han
ido por el peso de los estereotipos. Todavía más radical sería la propuesta de
formular una ciencia X reformada. Si la investigación ha sido practicada desde
estructuras de poder, obedece a criterios y controles que pueden ser
reemplazados. La perspectiva de género implica, en este sentido, una
democratización del conocimiento.
El acceso de las
mujeres a la universidad es tardío en toda Europa: en Suiza se admite su
entrada en 1860, en Inglaterra en 1870, en Francia en 1880, en Alemania en
1900, en España en 1910[23]. Con todo, algo se nos queda en el tintero siempre
porque, por acasos y fortunas, algunas franquearon ocasionalmente las pesadas
puertas de entrada. Centrándonos en lingüística, en el siglo XVI Francisca de
Nebrija, hija del famoso gramático, sucedió a su padre en la cátedra de
Retórica que este ocupaba en la Universidad de Alcalá. Así que ella y Luisa de
Medrano, otra humanista de esa época, que dio clase en la Universidad de
Salamanca, consiguieron la extraña proeza de enseñar en una institución que no
las
Página 120
admitiría como
alumnas. Los cursos de Gramática se superan hoy sin mencionarlas, los de
Historia de la Lingüística también.
Probablemente el
sentir común de quien no se interese por la perspectiva de género coincidirá en
especular, sin dignarse a conocer su legado, que, aparte de algún mérito de
carácter —esa masculinidad atribuida a toda intelectual anterior a la
contemporaneidad—, estas mujeres no habrán hecho ninguna contribución
especialmente notable. En efecto, la hipótesis es plausible. Pero en este caso
convendría responder a otra pregunta: ¿cuántos practicantes masculinos
conocemos de ciencia normal, en el sentido de investigación practicada
siguiendo un modelo, sin innovaciones o revoluciones conceptuales? Muchos. En
la historia de la gramática los mencionamos, uno tras otro, como autoridades,
casi como parte del paisaje de la disciplina, y repetimos que Apolonio Díscolo,
Donato y Prisciano inician una línea que domina durante siglos con escasas
variantes. Asumimos que no tienen que distanciarse de sus precedentes, que es
suficiente con que reproduzcan o introduzcan ligerísimas modificaciones para
conseguir un puesto en la historia. Para ellas, en cambio, no es así. La
tendencia de profesionales y docentes es justificar la ausencia de las mujeres
por «las circunstancias históricas de su tiempo», en lugar de denunciar que
existe un plan de ocultación deliberado o inconsciente.
Como la historia de
la ciencia con perspectiva de género es poco conocida, mencionaré a
continuación algunos casos, externos a la lingüística, de científicas de gran
importancia que sufrieron diferentes tipos de misoginia, a pesar de haber
introducido en sus investigaciones hipótesis especialmente imaginativas, que
muchas veces desencadenaron resultados deslumbrantes. Esta excursión al
exterior es imprescindible para valorar, en el siguiente capítulo, lo que pasó
con algunas de las primeras estudiosas de lenguas exóticas y, de modo general,
con las antropólogas.
El primer caso, el
más conocido, es el de Marie Curie (1867-1934), afectada de un tratamiento
machista de tipo aleccionador. Nacida en Polonia, y física y química de
formación, fue la prestigiosa ganadora de dos Premios Nobel, además de
protagonista de una vida con varias fases. En la primera, es una joven polaca
que llega a Francia para perfeccionar sus estudios y, con todas las vicisitudes
de la precariedad económica, consigue especializarse. En la segunda, es una
mujer casada con Pierre Curie, también científico; ambos se consagran con
absoluta dedicación al
Página 121
estudio de la
radioactividad y sus logros son premiados con un Nobel que comparten. Después
de que él muriese en un accidente, se inicia la tercera fase, en la que ella
continúa con su trabajo y establece una relación sentimental con otro
científico, exalumno de Pierre y casado, que no es bien vista en los círculos
científicos. El escándalo que sacude a la sociedad francesa y a la comunidad
científica internacional, curiosamente alarmada por cuestiones sexuales,
explica el ostracismo a que Marie Curie fue condenada. Era una extranjera, con
sospechas infundadas de procedencia judía y, además, una rompehogares, de
manera que cuando la Academia sueca le concede un segundo Nobel, el galardón
apenas obtiene eco, a pesar de la absoluta excepcionalidad de que dos
distinciones de la máxima categoría recayesen en una mujer. La Academia
francesa, por su parte, no le concede entrada la primera vez que es propuesta
alegando exactamente su condición femenina. Y su vida, que continúa siendo
activa y azarosa, con su implicación en el uso de la radiología en la I Guerra
Mundial, ilustra todavía varios episodios de xenofobia y de misoginia. Esta
versión no es la más habitual en los manuales, que tienden a elidir todo lo que
sucede a la muerte de Pierre Curie. Estaríamos ante un caso de ocultamiento de
las condiciones personales en que una científica hizo su trabajo. Pero el
asunto puede ser aún más complicado.
Rosalind Franklin
(1920-1958) fue una química y cristalógrafa inglesa que desarrolló una
contribución decisiva para el descubrimiento de la estructura del ADN. Después
de doctorarse, hace una estancia en Francia donde aprende la técnica de
difracción de los rayos X, que aplicaría cuando, a su vuelta al Reino Unido,
entrase en un equipo para investigar el ADN. Su lugar de trabajo, el King’s
College de Londres, era conocido por prácticas misóginas: a título de ejemplo,
muchos de los espacios de tal institución estaban reservados a los hombres. Las
protestas de Rosalind Franklin por estas segregaciones sirvieron para que sus
colegas Watson y Crick se refiriesen a ella como «una feminista que se queja de
trivialidades». En esos años, ella llega a obtener imágenes del ADN de una
nitidez que nadie había conseguido antes; Watson y Crick, también interesados
por esa estructura, comienzan a utilizarlas, a veces sin su permiso. Fueron
esas fotografías y los resultados provisionales que Franklin expuso en una
conferencia en 1951 los que llevaron a estos dos científicos a proponer una
estructura del ADN que publicaron en Nature con una mínima mención al hecho de
haber sido estimulados por algunos
Página 122
resultados
experimentales inéditos de Franklin y su equipo. En el mismo número de esa
revista, Franklin publicaba un artículo técnico sobre sus fotografías donde
apoyaba el modelo propuesto por Watson y Crick, aunque ella había publicado ya
la hipótesis de que esa molécula tendría una estructura helicoidal 16 meses
antes. Una muerte prematura, a los 37 años, explica que nunca consiguiese el
Nobel: cuando se concede en 1962 a Watson y Crick, ella ya no estaba para
compartirlo con ellos. A principios de los ochenta uno de sus estudiantes y
beneficiario de su testamento, Klug, recibe también el Nobel continuando la
línea de investigación que ella había iniciado.
Diferentes
biografías lanzan sospechas sobre la honestidad de Watson y Crick: se habla de
robo de los datos de Franklin, de prisas para publicar unos resultados
parciales y así adelantarse a ella, o de cómo Rosalind Franklin se negaba a
publicar algo que todavía no era concluyente. En este sentido, procedía como
una auténtica investigadora experimental: necesitaba evidencias relevantes
antes de mostrar públicamente un modelo. En todo caso, para documentar el
sexismo que esta científica tuvo que enfrentar, basta con las afirmaciones
escritas por Watson en su libro La doble hélice, una memoria personal de los
descubrimientos del ADN. De la investigadora con quien, por lo menos, ha
compartido datos, si es que no los ha robado, dice: «Estaba decidida a no destacar
sus atributos femeninos. Aunque era de rasgos enérgicos, no carecía de
atractivo, y habría podido resultar muy guapa si hubiera mostrado el menor
interés por vestir bien. Pero no lo hacía. Nunca llevaba los labios pintados
para resaltar el contraste con su cabello liso y negro, y, a sus 31 años, todos
sus vestidos mostraban una imaginación propia de las empollonas adolescentes
inglesas» (Angulo, 2014). Y más tarde insiste que era evidente que, «o Rosy se
iba, o habría que ponerla en su sitio». Nadie llamaba Rosy a Rosalind Franklin;
era un apodo que a ella la incomodaba.
En pleno siglo XX,
por tanto, en instancias tan elitistas como la práctica de la investigación
científica, las mujeres sufrieron diferentes tipos de segregación,
invisibilidad y trivialización. Ya no se trata, como en otros periodos
históricos, de si eran pocas las que se formaban y muy fuerte el peso de las
estructuras sociales que las relegaban al hogar. La ciencia es una actividad
humana, hecha por personas que deben valorar hipótesis, tomar decisiones,
aliarse a otras. Esa actividad no es angélica, ni ajena a prejuicios sociales o
culturales: contiene, con frecuencia,
Página 123
xenofobia, racismo
o sexismo, si en las sociedades correspondientes existe la xenofobia, el
racismo o el sexismo. Y los científicos, en masculino, bien pudieron sentirse
amenazados por las mujeres que se iban incorporando a una actividad altamente
competitiva.
En todo caso, para
concluir este capítulo, todavía utilizaré otro nombre propio, el de Barbara
McClintock (1902-1983), una genetista estadounidense que obtuvo el Premio Nobel
de Medicina en 1983. Doctora en Botánica, desde finales de los años veinte estudió
los cambios cromosómicos en la reproducción del maíz e inició la cartografía
genética de esta planta, ocupando sucesivos puestos académicos donde
experimentaba cierta insatisfacción: como las demás mujeres, estaba excluida de
las reuniones de la facultad y se la amenazaba con despedirla si se casaba. Aun
en ese ambiente hostil, consiguió que sus contribuciones fuesen consideradas
fundamentales, por lo que entró a formar parte de la Academia Nacional de
Ciencias de los Estados Unidos en 1944. McClintock había observado que dos
elementos genéticos parecían controlar la ruptura de un cromosoma particular en
el maíz. Como no podía hallarlos en ninguna parte del cromosoma, concluyó que
no tenían una posición fija: saltaban. Además, parecían ejecutar un programa
que controlaba el desarrollo de la planta. Su hipótesis explicaba cómo esos
elementos saltarines, o más técnicamente transponibles, regulaban la acción de
los genes inhibiéndolos o modulándolos. Se trataba de un trabajo
conceptualmente complejo y novedoso que fue contemplado con escepticismo por
sus colegas. Esta reacción, que ella describió como una «respuesta de
perplejidad e incluso hostilidad», la alejó de la principal corriente
científica en su época y determinó que dejase de publicar a partir de 1953,
aunque continuase investigando. En las dos décadas siguientes, otros
científicos publicaron los mecanismos de regulación genética que ella había
postulado. Respecto de su decisión de no continuar publicando, en 1973
escribía:
A lo largo de los
años he descubierto que es difícil, si no imposible, hacer que otra persona sea
consciente de sus suposiciones tácitas […]. Esto se hizo dolorosamente evidente
en la década de los cincuenta cuando intenté convencer a mis colegas de que la
acción de los genes tenía que estar y estaba controlada. Hoy es igualmente
doloroso
Página 124
reconocer la
inmovilidad de los supuestos que otras personas mantenían respecto a los
elementos reguladores del maíz y su modo de acción. Se debe esperar al momento
idóneo para un cambio conceptual[24].
El reconocimiento
le llegó muy tarde. Aunque se pensaba que esos genes saltarines solo estaban en
el maíz, en los sesenta un par de científicos franceses los encontraron también
en las bacterias y recordaron su trabajo: los elementos transponibles, que habían
suscitado tanta reserva, fueron recuperados en un contexto diferente y el
legado de McClintock llegó a ser valorado. De cualquier modo, los manuales de
genética continúan pasando por alto sus contribuciones, que se pierden en la
historia de la ciencia, y el Nobel que se le concede en 1983 premia trabajos
que había realizado 30 años antes. Buena parte de los problemas de
interpretación en este caso proceden de una controversia que la convierte en
especialmente interesante para los estudios de género. Durante los últimos años
de la vida de McClintock, la feminista Evelyn Fox Keller escribió una biografía
sobre ella que detalla el ostracismo de que había sido objeto y explica su
propuesta en un lenguaje divulgativo: si el material saltaba de posición en el cromosoma,
el gen estaba controlado por el entorno celular. La biografía de Keller postula
que la concepción de la ciencia por parte de una mujer podía ser diferente y
también de que sus opiniones, poco ortodoxas, determinaron su aislamiento. Por
un lado, el trabajo de McClintock desafiaba la versión genética de Watson y
Crick: los cromosomas no eran unas cadenas fijas y estables de información,
sino que contenían pedazos de ADN que saltaban de un lado a otro, es decir, el
genoma estaba compuesto por genes que interactuaban entre sí, afectando a los
demás. Esta perspectiva comunitaria, horizontal, fue destacada por Keller como
una perspectiva femenina de la realidad, atenta a la interacción y empática con
el comportamiento del material genético. Con el curso de los años, fue
advirtiéndose que este modelo servía para explicar, por ejemplo, como las
bacterias se hacían resistentes a los antibióticos, o como generamos
anticuerpos. Por este motivo le fue otorgado el Nobel en Medicina. De esta
manera, McClintock acabó reinterpretada como un icono feminista: la ciencia es
holística y se resiste a visiones reduccionistas; está abierta a la
imaginación. Pero, tras su muerte, un segundo biógrafo, Nathaniel Comfort, se
empeña en desmantelar el mito McClintock, señalando que
Página 125
siempre había sido
muy considerada y que incluso su reputación era enorme en los primeros años. Es
posible que Keller y Comfort simplemente adopten perspectivas antagónicas con
respecto a la subjetividad en la práctica científica. Más inquietante es que el
hecho de que McClintock se convirtiese en referente feminista desatase tanta
atención cuando parece incontrovertido que padeció un aislamiento
indeseado[25]. Es muy elocuente que su trabajo se opusiese a la concepción de
Watson y Crick, los mismos científicos implicados en el caso Rosalind Franklin.
Watson comenta en su mencionado trabajo La doble hélice que a finales de los
cuarenta había un campo de maíz en los laboratorios Cold Spring Harbor donde
Franklin trabajaba y él era un estudiante. Ese campo de maíz, dedicado a la
investigación, estaba cerca de las instalaciones deportivas donde se jugaba al
béisbol y, si la pelota caía entre el maíz, una mujer salía de entre las
plantas a regañar a los estudiantes. «Era como ser reprendido por tu mamá». Más
allá del tono condescendiente, destinado tal vez a producir humor, la misoginia
de ese científico aparece en escena de nuevo. Y en este sentido importa
recordar que la hipótesis de McClintock desafiaba la suya; esa mamá era, sobre
todo, su rival.
Cuando se aboga por
una perspectiva de género en la ciencia no se pretende decir que ellos no han
hecho nada; es evidente que han construido un modelo de conocimiento, que han
trabajado, que han conseguido ciertos logros. Otra cosa es pensar que ese es el
único modelo posible y ellos los únicos agentes respetables. Las relecturas
feministas sobre las contribuciones de las mujeres científicas no están llenas
de odio a lo masculino; simplemente reivindican la hipótesis de que existan
otras maneras de encarar la realidad: cerebros diferentes buscan en diferentes
sitios. Esa es la base de la creatividad humana. La defensa de que los agentes
encargados de la producción del conocimiento sean variados en origen,
formación, creencias o mochilas intelectuales es un requisito para que el
pensamiento humano sea más profundo. La pluralidad se convierte, aquí, en
eficacia. Cuando casos como los de Marie Curie, Rosalind Franklin y Barbara
McClintock saltan a nuestra observación, es lógico pensar que tal vez hayan
existido también mujeres oscurecidas en la historia de las ideas sobre el
lenguaje. Es importante recordar sus nombres y, más aún, recuperar su legado,
sus hipótesis o sus vías de disidencia.
Las zoosemióticas
que buscaron puentes entre el lenguaje humano y los sistemas de comunicación
animal fueron censuradas en lingüística por
Página 126
creer en las
capacidades de los simios, caricaturizadas por su interés en ellos o alabadas
por su bonita imagen física, como si solo pensasen en ser la bella frente a la
bestia. Hoy no deben ser vistas como excéntricas o como meras promotoras de
proyectos fracasados, sino como investigadoras comprometidas con vetas de
pensamiento alternativo. Les habían dicho que, como mujeres, eran charlatanas;
decidieron charlar con quien mejor les parecía.
5.6. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA SOBRE LOS PROYECTOS DE LENGUAJE
HUMANO EN PRIMATES
ADDESSI, Elsa;
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(1979): Nim, Nueva York, Knopf.
WALLMAN, J. (1992):
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YOUNG, Iris Marion
(1990): Justice and the Politics of Difference, Princeton University Press.
Página 130
CAPÍTULO 6
TEJIENDO HILOS
ENTRE EL OTRO Y LA PROPIA VIDA:
LA MIRADA DE LAS
ANTROPÓLOGAS
«Aprendí a observar
el mundo a mi alrededor y a anotar lo que veía».
MARGARET MEAD,
antropóloga
Z
6.1. HIJAS DE “PAPÁ
FRAN ”
Recuperar una
historia de la lingüística en femenino implica, por un lado, escudriñar los
intersticios por donde brotaron ideas innovadoras que permanecen marginadas y,
por el otro, arrojar luz sobre trayectorias colectivas y, hasta cierto punto,
anónimas. Frecuentemente, exige atender a temas considerados periféricos en el
núcleo duro de la lingüística, así como a disciplinas híbridas. En la
antropología norteamericana del siglo
XX se encuentra un foco especialmente fecundo de
acuerdo con esta perspectiva. La figura más influyente del campo, Franz Boas,
constituyó un círculo compacto, interesado por describir las lenguas y culturas
amerindias, el folclore o las costumbres de los pueblos que las hablaban. Su
papel iba a ser esencial para desarrollar la vertiente americana del
estructuralismo que ensancharía los horizontes con datos de lenguas que ni
remotamente habían entrado en la disciplina. Partían de un trabajo empírico,
fuertemente descriptivo y, sin embargo, su enfoque conmovería la teoría general
sobre el lenguaje.
Ejerciendo su
indudable prestigio y a veces con prácticas académicas cuestionables[26], Franz
Boas controló el estudio de las lenguas amerindias a lo largo y ancho de
Estados Unidos, reservándolas exclusivamente para sus estudiantes y
administrando cuáles debían ser descritas y cuándo, pero, a diferencia de otras
figuras fundacionales, alentó al estudio a muchas mujeres. Sus discípulas se
desplazaron con audacia a diferentes comunidades, aprendieron lenguas
amerindias y escribieron sus
Página 131
reflexiones sobre
temas tan variados como innovadores —de hecho, desbordarían los límites
tradicionales de la antropología al introducir cuestiones como género,
nutrición, desarrollo de la infancia y la adolescencia o comportamiento
sexual—, además de dejar importantes legados autobiográficos donde señalaban
los problemas del campo y su perspectiva como mujeres instaladas en él. Y, sin
embargo, estas discípulas de Boas, con trabajos de calidad, se mantuvieron en
los bordes de la historia canónica (Franceschi, 2014); muchas de ellas solo
consiguieron ser «académicas ocultas» (Parezo, 1993).
Boas, nacido en
Alemania, quería recopilar el patrimonio inmaterial de los pueblos indígenas
americanos antes de que su contacto con Europa los hiciera desaparecer. Aunque
había realizado en su juventud trabajo de campo entre los inuit de Canadá y se
había esmerado en ser uno más entre ellos, cuando llegó a Estados Unidos tuvo
que lidiar con otro tipo de problemas: la consideración general de los
amerindios como salvajes, su propia condición de extranjero en un ambiente
general de xenofobia y las presiones de la comunidad judía de donde procedía lo
convirtieron —de la misma manera que a otras figuras de la lingüística, como
Jakobson— en una personalidad con un aura diferente. Tal vez por ese motivo,
cuando la historia refiere las peculiaridades de esta escuela tiende a
utilizar, de manera reiterada, la metáfora de la familia, un tropo elaborado
sobre las declaraciones de uno de los discípulos más conocidos de Boas, Alfred
Kroeber, que lo definió como un «auténtico patriarca» (Stocking, 1976: 7),
además de que se supiese que era llamado, al menos por sus discípulas, papá
Franz (Hurston, 1996: 141). La antropología feminista ha destacado este
paternalismo: el profesor escogía qué estudiantes podían ocupar un puesto,
quiénes transmitirían más adecuadamente su legado y quiénes se estaban
desviando; un territorio minado en las siempre delicadas relaciones entre un
mentor y las personas a las que forma.
Siguiendo el
objetivo que nos ocupa, las estudiantes de Boas desarrollaron una metodología
propia: las historias de vida. Se trataba de relatos biográficos de sus
informantes, recogidos bajo el formato de entrevistas exhaustivas y apoyados en
documentos que corroborasen la información. Este método, atento a las
contradicciones o conflictos del sujeto que informa, les permitía captar una
visión dinámica de la realidad social, no siempre movida por procesos lógicos,
además de ilustrar ópticas
Página 132
subjetivas, que
proporcionaban claves para interpretar algunos fenómenos sociales o históricos.
Este estilo de
técnicas cualitativas, de formato narrativo, encajaba bien con la perspectiva
de su mentor, el llamado particularismo histórico. Boas había sido el primero
en rechazar el modelo evolucionista, importado de la biología, según el cual
todas las sociedades seguirían el mismo camino de desarrollo. Convencido de que
cada comunidad atesora una manera peculiar de ver la realidad y una
representación colectiva única de su pasado histórico, Boas pretendía, al
contrario, recuperar los principios generales del relato que ordena el
entramado social. Sin embargo, vio con ojos críticos la tendencia de sus
estudiantes a entretejer la investigación con relatos parcialmente
autobiográficos: la consideraba peligrosa para la cientificidad del campo. Como
es habitual en todas las humanidades, la antropología tenía que labrarse un
lugar entre las disciplinas de prestigio y, por ese camino, podía hacerse
sospechosa de acumular datos de manera poco sistemática. Que sus discípulas se
sintiesen especialmente atraídas por la narrativa experiencial demuestra, por
tanto, una cierta resistencia femenina al canon científico, además de una
interesante dosis de rebeldía contra el «padre». Contraviniendo a su maestro,
usarán la historia de vida para los sujetos que investigan y para sí mismas:
quieren contar cómo es su percepción de la realidad desde su condición de
estudiosas, desde las contradicciones de la sociedad con el ser mujer, desde su
perfil de jóvenes emancipadas o, a veces, de madres.
En algunos campos,
los métodos de trabajo influyen particularmente sobre quien investiga. Es fácil
pensar que si una investigadora se inmiscuye en la cotidianeidad de un grupo y
pretende entrevistar a sus miembros con el grado de respeto y confianza que la
tarea exige, esa pauta se traslade a su vida. Probablemente esa es la
diferencia más radical entre las ciencias naturales y las ciencias humanas: el
sujeto que investiga en física de partículas, al salir de su despacho puede
llevarse problemas a casa, pero no un conocimiento que afecte a su
subjetividad; quien investiga en sociología, en cambio, después de haber
abordado un tema como la violencia de género, no saldrá inmune. Lo investigado
se vuelve sobre el sujeto investigador de una manera imprevisible en las
humanidades, especialmente en épocas en que un campo disciplinar y sus límites
no estén todavía bien definidos. En las antropólogas norteamericanas el diario
propio no se distingue claramente del cuaderno
Página 133
de campo y el
ejercicio de autodisciplina que exige esa observación determina que sus
escritos, aparentemente informales, se conviertan en verdaderos dispositivos,
tanto para el conocimiento propio como para el de los pueblos que investigan. A
medio camino entre el instrumento de trabajo y la creación literaria, ellas
expresan los problemas de su investigación, pero también liberan su
subjetividad y dejan escapar comentarios personales, vínculos intelectuales y
complicidades entre los protagonistas de esa familia que Boas está creando.
Margaret Mead utilizó la autobiografía; Ruth Landes y Zora Neale Hurston
optaron por monografías plagadas de reflexiones íntimas. En todos los casos,
las barreras entre la producción de conocimiento y su divulgación se hacían
difusas porque el método incorporaba técnicas que ellas también consumían y de
las que se apropiaron.
En tal contexto, la
actividad de las discípulas de Boas es descrita habitualmente con la misma
cualidad que se aplicaba a las criptógrafas (vid. cap. 3) y que, de soslayo, ha
aparecido en el bagaje de las traductoras y de las primatólogas: la intuición. Se
supone que la palabra alude aquí a una cierta perspicacia para combinar la
maquinaria institucional y los espacios privados, con la que convierten el
cultivo de su disciplina en un modo de vivir. Tan intuitivamente como se
quiera, las investigadoras expresan tensiones contra el modelo disciplinar y
contra la disolución del autor que Boas preferiría como registro. Así, Margaret
Mead (1901-1978) se retrata continuamente, en una tentativa firme por dejar
memoria; quiere reinterpretar la historia de la disciplina, reescribirla, y no
renuncia para ello a mencionar los lazos personales (1972: 115):
Al adoptar la
antropología como carrera, elegí una relación aún más estrecha con Ruth
[Benedict], una amistad que duró hasta su muerte en 1948. Cuando yo estaba de
viaje, ella tenía que asumir mis diversas responsabilidades frente a los demás
y, cuando ella viajaba, yo hacía lo mismo. Leíamos nuestros respectivos
trabajos, escribíamos poemas en respuesta a poemas, nuestras esperanzas y
nuestras preocupaciones en relación con Boas, Sapir, la antropología y, en los
años que siguieron, en relación con el mundo. Cuando murió, había leído todo lo
que ella había escrito y
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ella había leído
todo lo que yo había escrito. Nadie más lo había hecho, y nadie más lo hace
ahora.
Todavía hoy, basta
con leer un ensayo redactado por una o un especialista de Europa y otra u otro
de Estados Unidos para observar que el viejo continente cultiva el estereotipo
de la frialdad académica: distancia con respecto al objeto analizado, estilo más
formal y omisión de cualquier dato personal, frente a las inmensas
dedicatorias, las anécdotas que aluden a determinados momentos de la vida de
quien escribe o el uso de hipocorísticos en la firma tan característicos del
estilo americano. Ese contraste entre diferentes tradiciones, visto en términos
geográficos, reaparece habitualmente ante la brecha de género. Las críticas
literarias feministas registran esa tendencia a relatar pormenores personales
como rasgo propio de la literatura femenina, y lo que encontramos en
antropología simplemente es uno de sus mejores exponentes. Es obvio que la de
Margaret Mead es una escritura cálida. Decide entrañarse en los objetos que
analiza, envolverse en su investigación. Lógicamente, estas cualidades todavía
se exageran en su autobiografía, ya completamente alejada del corsé académico,
y donde incluye alusiones a sus matrimonios y su maternidad o evalúa sus
privilegios como estadounidense, blanca y con una buena educación (1972:
108-109):
Pertenecíamos a una
generación de mujeres que se sentían maravillosamente libres —libres de la
necesidad de casarse a menos que así lo deseáramos, libres para posponer la
boda mientras estábamos haciendo otras cosas, libres de la necesidad de llegar
a un acuerdo y a un compromiso— y de todo lo que había limitado o había tenido
un impacto en las mujeres de generaciones anteriores […]. Aprendimos a conocer
la lealtad hacia otras mujeres, el placer de conversar con mujeres y la alegría
de encontrar eso tan interesante como la complementariedad que se produce por
la diferencia de sexo.
Este tipo de
comentarios captan el interés de quien lee. Incluso se dirían pensados para
fascinar a un público bastante más amplio que el círculo
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restringido a que
puede dirigirse un ensayo antropológico. Volveremos más tarde sobre este
particular.
Dejando
momentáneamente a un lado el carácter decisivo de Boas, es presumible que si la
antropología se feminizó fue porque tenía necesidad de mujeres. Probablemente,
como en el caso de las primatólogas, parecían más adecuadas para recopilar
datos, que exigían una monumental paciencia y entrega de tiempo, y de ahí que
fuesen enviadas a las expediciones. Además, si se pretendía que otras mujeres,
de diversas comunidades y cuyos códigos se desconocían, revelasen sus
confidencias, era necesario contar con investigadoras en las entrevistas.
Asunto diferente sería que les fuese permitido interpretar después esos datos.
Es cierto que algunas, como Ruth Benedict o la propia Margaret Mead, tuvieron
carreras universitarias, pero muchas de las discípulas trabajaron al margen de
la academia o en puestos de escaso reconocimiento. En 1931, una joven
estudiante de Antropología de Columbia, Henrietta Schmerler, que había sido
alumna de Boas y de Ruth Benedict, fue violada y asesinada en una reserva
apache de Arizona donde realizaba su trabajo de campo. Las autoridades locales
consideraron que la joven no habría tenido en cuenta la cultura apache, se
habría comportado de manera provocativa, habría preguntado por temas
considerados tabú o simplemente se habría extralimitado al aceptar la
invitación de ir a cabalgar sola con un hombre. El incidente explica que toda
esta generación de investigadoras se aplicase a repetir que no había riesgo en
su actividad para no perder su recién estrenada autonomía, pero, al contravenir
las normas implícitas en su propia tribu, tan preparada para culparlas, y
asumir osadamente el viaje como rito de iniciación, tuvieron que ser
conscientes también de que se exponían enormemente en una sociedad poco
proclive a aceptar su independencia. Margaret Rossiter (1982: 129) se ha
referido al hecho de que las antropólogas exhibiesen una especial
cualificación, un plus de rendimiento, además de demostrar un fuerte
estoicismo. Finalmente, ellas ampliaron la temática de la investigación,
entrando en asuntos cotidianos y creando una agenda alternativa, orientada
hacia los cuidados —dieta, trato a la infancia— o de identidad sexual —con
especial atención a los casos transgénero habituales en culturas amerindias— y
su estilo parece especialmente accesible a no especialistas (Parezo, 1993;
Cole, 2003).
Antes de destacar
los nombres y contribuciones de este grupo, un par de figuras particulares
merecen ser consignadas fuera de la lista porque no
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son discípulas de
Boas. Alice Cunningham Fletcher (1838-1923) era, de hecho, 20 años mayor que el
padre fundacional y podría ser catalogada como una reformista social, incluso
si sus criterios no serían aceptables hoy. Procedente de una importante familia
de Boston y formada como maestra, se interesa por la cultura nativa americana
vinculándose al Museo Peabody de Arqueología y Etnología de la Universidad de
Harvard. Ahí realiza expediciones sin precedentes en las reservas sioux y
organiza la defensa de los derechos civiles de esta comunidad. Además de firmar
numerosas investigaciones y escritos informales, fue nombrada agente especial
para reasignar tierras a diferentes tribus. Aunque este es un capítulo poco
honroso de la historia de Estados Unidos —que exiliaba a los aborígenes de sus
territorios originales para enviarlos a reservas en tierras desconocidas y
pobres—, el papel de Alice Fletcher tiene componentes de activista: participa
en movimientos para mantener la propiedad individual de la tierra, organiza
sistemas de préstamos, financia los estudios de la primera mujer nativa
americana que llega a ser doctora, a pesar de ser una mediadora entre las
comunidades que estudia y el Estado, una especie de redactora de informes para
mejorar planes de educación no siempre consistentes. Además de investigaciones
etnográficas en el campo musical, su línea de trabajo con los omaha será
continuada por Margaret Mead.
El segundo nombre
que debemos mencionar es el de Matilda Cox Evans [Stevenson] (1849-1915), una
texana más formada de lo habitual que, tras su matrimonio con el geólogo y
etnólogo James Stevenson, consigue integrarse en sus expediciones. Durante los
13 años que pasan juntos en las Montañas Rocosas conforman un equipo y ella
también gana consideración en la comunidad científica. Publicó varios tratados
sobre la tribu zuñi de Nuevo México.
Menciono estas dos
autoras para evitar el peso excesivo del mito de «papá Franz» porque existe una
genealogía femenina en la antropología norteamericana muy sugerente. El
espíritu aventurero de los pioneros, todavía presente por entonces, y la
sensación de un continente cuajado de diversidad debió de captar la atención de
muchas mujeres poco interesadas en ser ángeles del hogar, ya que las
antropólogas en ese país fueron demasiadas para que su presencia se haga
depender exclusivamente de los dictados de Boas. Una revisión de la
antropología en clave de género podría buscar hipótesis alternativas para
explicar el interés femenino por el
Página 137
Otro; no parece
difícil relacionar la subalternidad del género con otras condiciones
marginales, como etnia, raza o clase en la línea actual de los estudios
culturales (Song, 2009). En cualquier caso, las más conocidas de entre las
antropólogas que humorísticamente llamaban papá Franz a Boas fueron las
siguientes:
Elsie Clew Parsons
(1875-1941): Procedente de una familia rica de Nueva York, apoyó y financió las
publicaciones de muchas antropólogas vinculadas a la Universidad de Columbia.
Sin embargo, prescindió de hacer carrera académica —estaba casada y tenía cuatro
hijos—, lo que contribuyó a que se olvidasen sus estudios sobre las mujeres de
la etnia pueblo (Deacon, 1997). También escribió obras que combinaban la
crítica feminista y el análisis etnográfico, como The Old Fashioned Women
(1913) y Fear and Conventionality (1914). Hoy es catalogada como una feminista
antimodernidad por su deseo de preservar la identidad indígena incluso cuando
los pueblos nativos mostraban interés por el cambio cultural. Esta actitud, la
misma que se observa en Boas, en las discípulas aparece comúnmente criticada,
aunque fuese lógico sospechar que, cuando los pueblos amerindios aceptasen la
modernización, acabarían adoptando la perspectiva occidental. También recibió
otras críticas que no se aplicaron a sus compañeros, aunque presuntamente
realizasen prácticas semejantes. Así, el hecho de que durante sus
investigaciones cambiase de nombre para desarrollar una identidad hopi fue
interpretado como una manera ilegítima de aumentar su acceso a espacios
reservados.
Ruth Fulton
[Benedict] (1887-1948): Es la figura referencial del grupo porque, por edad,
fue profesora de muchas de las demás, entre ellas Margaret Mead, con quien
mantuvo una profunda relación. En su prestigiosa carrera académica, prolonga y
profundiza las ideas de Boas, estableciendo el modelo de los patrones
culturales que rigen los valores propios de cada comunidad. Fue la primera
mujer en la presidencia de la Sociedad Americana de Antropología. Su legado,
como veremos más adelante, se ve ocasionalmente ensombrecido por demasiadas
alusiones a su vida íntima, pero su obra, en conjunto, mereció consideración.
Ella Cara Deloria
(1889-1971): Nacida en una reserva sioux, hija de un sacerdote de la Iglesia
episcopal, quiso expresar la experiencia colonizada en sus obras de creación o
en su trabajo antropológico.
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Hablaba fluidamente
las variedades sioux dakota y lakota. Escribió tratados y diccionarios, donde
recopiló los conocimientos de diferentes comunidades indias, y un informe sobre
la situación del navajo.
Zora Neale Hurston
(1891-1960): Era afroamericana, de manera que asumía dos marginalidades a un
tiempo, las derivadas de género y raza. Escritora que frecuentaba los círculos
artísticos negros de Harlem, fue invitada por Boas a estudiar el folclore de los
estados del Sur y, disfrutando de becas, llegó a recopilar el patrimonio
cultural de la población negra y su humor. Escribía sus ensayos en su propio
dialecto sureño, lo que puede interpretarse como un nuevo enfrentamiento a los
cánones académicos.
Gladys Amanda
Reichard (1893-1955): Considerada una de las figuras más comprometidas con el
estudio de las lenguas y culturas nativas americanas, escribió gramáticas y
diccionarios del wiyot, el navajo o el coeur d’Alene, además de desarrollar una
carrera académica en Columbia que la convirtió en profesora de muchas
antropólogas de su época. Volveremos sobre ella en el siguiente capítulo.
Erna Gunther
(1896-1982): Fue una de las discípulas más especializadas. Trabajó casi
exclusivamente en etnobotánica — campo donde sus contribuciones siguen siendo
referenciales— y etnohistoria. Formada en Columbia con Boas, fue profesora en
las Universidades de Washington y Alaska. Estudió a los pueblos salish y makah.
Esther Goldfrank
(1896-1997): Estudió a los indios pueblo y trabajó con Elsie Clew Parsons y
Ruth Benedict entre los pies negros. Es otra de las antropólogas que publicó
una autobiografía donde se funde el relato personal con los hallazgos y
reflexiones de su tarea profesional.
Ruth Bernheim
[Bunzel] (1898-1990): Aunque comenzó siendo secretaria de Franz Boas, aceptó el
consejo de este de que debía estudiar Antropología y se graduó en Columbia.
Participó con Ruth Benedict en una expedición entre los zuni y se sintió
fascinada por la alfarería que realizaban las mujeres. Su tesis doctoral
sostenía que este oficio femenino preservaba patrones tradicionales al tiempo
que permitía la innovación. Procuró definir cómo se sentían las artistas en el
proceso creativo. Cuando más tarde emprendió el estudio del consumo de alcohol
en determinadas comunidades de México y Guatemala, evitó términos como
alcoholismo, que
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arrastran los
valores occidentales; ella solo pretendía estudiar a las personas y sus hábitos
de consumo, tal y como son vistos en sus contextos culturales.
Hortensia
Powdermaker (1900-1970): Después de graduarse, realiza estudios en la Escuela
de Economía de Londres, donde Malinowksi la introduce en la antropología. Se
ocupó de la integración interracial, es decir, de la adquisición de valores
blancos por parte de las comunidades negras de Mississippi. Aunque hizo algunos
trabajos de campo en Zambia, consiguió gran impacto analizando a distancia como
las producciones cinematográficas de Hollywood estaban cambiando las
mentalidades africanas. Desarrolló su carrera académica, fundamentalmente, en
el Queens College.
Margaret Mead
(1901-1978): Si la antropología tiene un nombre de mujer, ese ha de ser el
suyo. A pesar de ser la gran figura del grupo y aún mucho más que eso, con
frecuencia es aludida por su personalidad o por affaires biográficos. Tuvo
prestigio científico, aunque condicionado por las críticas de Sapir, y una
notoria popularidad, algo poco habitual en una antropóloga. Volveremos sobre su
obra en el siguiente capítulo.
Dorothy
Demetracopolou [Lee] (1905-1975): Griega de nacimiento, aunque educada en
Estados Unidos, realizó grandes contribuciones teóricas en una carrera tardía.
Durante años se ocupó de sus cuatro hijos e hijas, escribiendo esporádicamente
algún artículo hasta que, finalizado el periodo de crianza, comenzó su carrera
académica. Su obra tiene un claro tinte feminista, al orientarse a temáticas
como la igualdad de oportunidades, la autonomía individual, y los valores de la
participación en el grupo. De particular interés para nuestra óptica es que
escribió sobre las lenguas griega, wintu, trobriand, hopi y tikopia.
Ruth Landes
(1908-1991): Bielorrusa de ascendencia judía y discípula de Ruth Benedict, es
claramente una de las académicas ocultas. No resulta fácil encontrar sus datos
biográficos o su obra escrita. Por fuentes indirectas, se observa que estudió
pueblos afrodescendientes en diversos lugares del mundo y, en particular, el
candomblé en Brasil, donde trabajó principalmente con mujeres y homosexuales.
Sus análisis subrayan la autonomía económica de las mujeres y su capacidad para
gestionar la vida material y espiritual, a pesar de trabajar en condiciones
precarias de discriminación, enfermedad e inseguridad. Sus originales
interpretaciones sirvieron
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para que le fuese
adjudicado «un punto de vista femenino idiosincrático» (Cole, 2002: 539),
acusado, eso sí, de poca profundidad teórica. Aunque en los textos
explícitamente feministas una valoración como la de tener un punto de vista
idiosincrático sea a menudo positiva, cuando se aplica a una obra como Ojibwa
Woman parece que se está sugiriendo una perspectiva científica devaluada, como
si la cientificidad fuese patrimonio masculino. Su idea es que el sincretismo
de marcos culturales diversos fue posible en Brasil por la flexibilidad de las
autoridades religiosas, mientras en otros lugares, como Estados Unidos, los
grupos negros fueron obligados a adaptarse a la cultura norteamericana[27]. El
respeto a la diversidad, que será la base del poscolonialismo defendido décadas
más tarde por Said, Bhabba o Spivak, parece más que intuido y, sin embargo,
resulta hoy complicado acceder a las obras de esta autora. Franceschi (2014)
señala la preocupación de Ruth Landes por los roles femeninos, la identidad
homosexual y el transgénero como índice de la modernidad de su aproximación. Su
obra adquiere así un carácter político, volcado hacia una anormalidad que
desafía los valores dominantes.
Podríamos concluir
que un conjunto de mujeres se dio cita en torno a los círculos antropológicos
norteamericanos en la primera mitad del siglo XX y que todas coincidieron en
mostrar un ostensible interés por ignorar los criterios de objetividad y
neutralidad, aunque sus carreras no siempre consiguiesen despegar. Son mujeres
versátiles, que pueden explicar el racismo o la condición sexual marginal de
sus informantes, al tiempo que reflexionan sobre sus propios amantes o la dieta
para su prole. Y eso las ha convertido en «desviadas», por incorporar un tipo
de conocimiento con el que la academia no estaba familiarizada. Como indica
Parezo (1993: 6), si las antropólogas eran necesarias para la disciplina, ¿por
qué sabemos tan poco sobre ellas? ¿Por qué al enumerar la serie de mujeres que
emprendieron trabajos de campo aparecen miradas incrédulas? ¿Por qué no figuran
en los manuales de antropología, ni son citadas en los debates? Parece que
pagaron un alto precio por la oportunidad de ser hijas de Boas: el de ser consideradas
siempre eternas estudiantes. Ruth Behar y Deborah Gordon (1995: 178-179) han
señalado que las antropólogas fueron socialmente impulsadas a asumir el rol de
«etnógrafas hijas». Aunque los hombres pudieron tener experiencias semejantes,
su condición auxiliar era
Página 141
transitoria: se
trataba de un periodo de formación antes de asumir el rol de verdadero
heredero. Ruth Landes, por ejemplo, cuando llegó a Brasil con 30 años, estaba
casada, tenía un doctorado y algunas publicaciones, pero tuvo que mantenerse en
una posición secundaria a lo largo de toda su carrera.
Se diría que estas
mujeres, en vez de traspasar todos los muros, parecieron dispuestas a trabajar
en silencio, movidas por su propia curiosidad o por la necesidad de no
permanecer encerradas en casa ignorantes de todo, y manteniendo la secreta
esperanza de que las autoridades académicas ni siquiera advirtiesen su
presencia para que no dificultasen su trabajo. Aunque todas estaban
documentando la evidencia de que cada lengua es un sistema completo para
ordenar el mundo, aunque muchas fueron las únicas especialistas en algunas
lenguas exóticas y poco conocidas, ninguna es nombrada en un manual de
lingüística, ninguna recibe la consideración de gramática, ninguna se vincula
al tópico recurrido de la relatividad lingüística cuando es mencionado en un
foro. No obstante, con el paso del tiempo, sus escritos habrían de llegar a
otras que podrían reivindicar un trabajo tanto tiempo oculto.
6.2. PONIENDO EL
GÉNERO BAJO LOS FOCOS
6.2.1. La ceguera
de una antropología sin género
La antropología se
escribe con nombres masculinos, como Boas, Kroeber, Sapir, Lévi-Strauss,
Durkheim o Malinowski. Solo esporádicamente los panoramas se completan con
apenas dos nombres femeninos: los de Margaret Mead y Ruth Benedict. Sin
embargo, como hemos visto en el apartado anterior, muchas mujeres entraron en
el campo introduciendo métodos alternativos que lo modificaron. Más allá del
oscurecimiento a que fueron sometidas, convendría explicar ahora dos puntos
importantes: el sexismo inherente a este tipo de investigación y la
desaparición absoluta en la historia de la lingüística de estas contribuciones
femeninas. Intentaré analizar cada uno de estos aspectos vinculándolos a las
figuras de dos mujeres. Una de las escogidas es —no podría ser de otra manera—
Página 142
Margaret Mead, por
la relevancia general que consiguió en su trayectoria y por su vinculación con
la perspectiva de género. La otra será Gladys Reichard, exponente de una
antropología específicamente lingüística, lo que permite reivindicarla dentro
de la historia de la disciplina.
La antropología
tiene un perfil peculiar, porque en ella seres humanos estudian a otros seres
humanos. Desde sus comienzos, exigió una dosis considerable de autocrítica:
¿puede quien investiga quedar al margen de la pregunta que formula?, ¿se puede
escapar a la propia red cultural?, ¿se están proyectando los valores de la
tribu de procedencia en la tribu investigada? En tal contexto, es inevitable
reconocer que, como disciplina académica, inicia su desarrollo practicada casi
exclusivamente por hombres blancos occidentales durante un periodo específico
de la historia y que por ese motivo tomó un rumbo sesgado. La incorporación de
mujeres pudo durante algún tiempo no suponer ningún cambio en este sentido:
aprender antropología era, al fin y al cabo, aprender unas pautas, unas rutinas
establecidas, que invitaban a pensar en masculino. Es la incorporación de
mujeres dotadas de un pensamiento emancipador lo que vino a modificar
sensiblemente el panorama: ideas como la del hombre cazador, tan arraigadas
como controvertidas hoy, pudieron ser desplazadas a medida que se atenuaba la
mirada androcéntrica. Los etnógrafos masculinos utilizaban informantes
masculinos, bien por camaradería, bien por dificultades para acceder a las
mujeres o por cierto temor a que esa elección provocase malentendidos. A veces
observaban actividades donde ellas participaban, aunque raramente estaban con
mujeres a solas. Cuando las antropólogas feministas comienzan a publicar, las
polémicas se encienden: los más reputados antropólogos se habían referido a que
las mujeres eran usadas como monedas de cambio, a que las sociedades puramente
matriarcales no existían o a que la menstruación era asociada con impureza.
Ellas ven otra realidad. Refieren inusitadas libertades sexuales, documentan
linajes femeninos o modelos de pudor bastante diversos. Las críticas palabras
de Ruby Rohrlich-Leavitt no son excepción (1975: 49):
En la antropología
de los aborígenes australianos, funcionalistas y estructuralistas como
Durkheim, Warner y Lévi-Strauss establecen dicotomías ficticias y simplistas
que designan arbitrariamente a los hombres como sagrados y a
Página 143
las mujeres como
profanas, o a los hombres como agentes y a las mujeres como objetos sobre los
que se actúa, a la vez que, incongruentemente, se desvaloriza a las mujeres
precisamente en los campos en que son agentes comprometidas con la acción.
Las reticencias
actuales de la investigación antropológica no blanca hacia los grandes padres
de la disciplina proceden de autoras como Nancy Chodorow (n. 1944) o Michelle
Rosaldo (1944-1981) que participaron desde finales de los sesenta en la
construcción de una veta de género en las ciencias sociales y que abrieron el
campo a otras figuras más recientes, como Henrietta Moore (n. 1957). Hasta ese
momento, igual que los pueblos indígenas, las mujeres eran contempladas como el
Otro: se las identificaba con la naturaleza, se confundía su falta de poder en
las sociedades con una hipotética falta de autoridad y, sobre todo, las
descripciones atendían a ritos o ceremonias masculinas que formaban parte de la
esfera pública, mientras que la esfera privada, donde realmente sucede la vida,
recibía escasa o nula atención. Y, evidentemente, no eran los pueblos
observados quienes habían inventado la separación entre lo público y lo
privado.
Si en cualquier
disciplina el sesgo de género es lamentable, en antropología es particularmente
catastrófico. Su evidencia hace pensar en una particular ceguera que impide
percibir tanta parcialidad. Cuando se menciona la palabra feminismo, los medios
de comunicación se limitan habitualmente a transmitir la idea del techo de
cristal: las mujeres, por serlo, difícilmente pueden prosperar en sus carreras
profesionales. Esta visión de las cosas no es la única en los estudios
feministas; al contrario, muchas de las corrientes actuales, sin negar esa
evidencia, la han rebasado. De alguna manera, desear estar en la cumbre es
aceptar el mundo tal cual es, y determinadas perspectivas feministas juzgan que
llegaron para romperlo todo; también la existencia de jerarquías. Sin entrar
ahora a debatir ese postulado, quiero destacar que muchas mujeres consiguen
labrarse carreras de éxito, demostrando que pueden ser tan buenas como los
hombres en el ejercicio de su actividad, sin por eso librarse de
interpretaciones sexistas. Margaret Mead es un buen ejemplo de ello. Que
consiguiese ese prestigio interviniendo como feminista y antes de que en su
disciplina hubiese una verdadera consciencia del problema de género
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actuó como si un
inmenso nubarrón se hubiese instalado a su lado y proyectase una densa sombra
en torno a su figura.
6.2.2. Mujeres en
la cumbre y sexismo: el caso de Margaret Mead
Margaret Mead
creció en una familia del ambiente intelectual de Filadelfia, marcada por la
creatividad de su madre, socióloga y activista social. En Columbia, donde se
matriculó desoyendo los consejos de su padre, entra en contacto con Ruth
Benedict, con quien mantendría a lo largo de su vida una intensa y profunda
relación. Junto a ella conoce a todo el círculo boasiano y es durante algún
tiempo amante del reconocido lingüista Edward Sapir. Este dato, como se verá,
no es meramente anecdótico: cuando finalice su relación sentimental, Sapir
usará su gran predicamento en los círculos antropológicos para desacreditarla
públicamente. Además, la figura de Mead se presenta siempre excesivamente
envuelta en turbulencias sexuales. Las reseñas biográficas tienden a indicar,
antes de detallar en qué consistió su aportación a la antropología, que
practicó, como Ruth Benedict y también con Ruth Benedict, el amor libre, un
asunto perteneciente a la esfera estrictamente privada que, sin embargo, parece
influir en la interpretación de sus trabajos. Tras graduarse, se casa con
Luther Cresswell, y más tarde contraerá otros matrimonios, con Reo Fortune y
Gregory Bateson, con quien tendrá a su única hija, pero, como señal de
emancipación, mantiene siempre su apellido de soltera. Tal pormenor es
significativo, no solo por inhabitual en las norteamericanas de su época,
también porque era resultado de una reflexión. De hecho, cuando edite a Ruth
Benedict, que siempre usó el apellido de su marido, Mead colocará también el
nombre de su familia de procedencia: Fulton.
El primer trabajo
importante de Margaret Mead se desarrolla en Samoa, donde estudiaría el periodo
de la adolescencia en las muchachas, un aspecto especialmente interesante para
la sociedad americana, que acababa de etiquetar esa edad como problemática:
Me dediqué a las
jóvenes de la comunidad. Pasé la mayor parte de mi tiempo con ellas. […]
Hablando su idioma, comiendo sus alimentos sentada, descalza, con las piernas
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cruzadas sobre el
suelo guijoso, hice todo lo posible por reducir al mínimo las diferencias
existentes entre nosotras y aprender a conocer y comprender a todas las jóvenes
de tres aldeas situadas sobre la costa de la pequeña isla de Tau, en el
archipiélago de Manu (Mead, 1928: 45).
Sus observaciones
indicaban que no había grandes motivos de ansiedad en la vida de las
adolescentes samoanas, a diferencia de lo que ocurría en Occidente. En una
suave transición a la edad adulta, las mujeres gozaban de una considerable
libertad sexual y retrasaban su matrimonio para experimentar con diferentes
amantes. Después, una vez casadas, mantenían relaciones monógamas, donde
criarían hijas que volvían a reproducir ese periodo de experimentación. Al
mismo tiempo, existía un sistema taupou, o de virginidad institucionalizada,
pero solo se verificaba en las jóvenes de elevada posición social. A su
regreso, publica estos resultados en Coming of Age in Samoa (1928), un libro
que se convirtió en best seller porque ese toque de liberalidad conmocionó a la
sociedad americana. Más allá del escándalo de abordar un tema que iba a ser
suculento para el gran público, Mead estaba intentando rebatir los supuestos
biologicistas imperantes aún en las disciplinas humanas: sus observaciones
apuntaban que todos los comportamientos estaban dictados por el marco cultural,
verificando así la idea general que había defendido siempre Franz Boas. La
angustia de la adolescencia occidental era un patrón cultural; otras sociedades
podían experimentar la entrada en la madurez de diferentes maneras. La
comparación intercultural se mostraba iluminadora, porque ilustraba, como
indicó el propio Boas en el prólogo, que los estándares diferían de la forma
más inesperada.
A partir de ahí,
comienza una exitosa carrera profesional, acusada con frecuencia de apoyarse en
exceso en Ruth Benedict, incluso de usarla para escalar a mejores puestos
académicos. Benedict muere repentinamente en 1948, siendo la primera presidenta
de la Asociación Americana de Antropología, lo que fue interpretado como un
índice de feminización de esa disciplina, y Margaret Mead pasa entonces a ser
considerada la más importante referente de esa feminización. Aunque realiza
otras expediciones —una de ellas a Bali, donde se vio muy influida por la tarea
de las misiones jesuitas— y sigue escribiendo, sus obras reciben continuas
críticas en publicaciones de prestigio. Sapir había establecido que nunca
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sería una verdadera
antropóloga y muchos especialistas continuaron dudando de sus métodos o
destacando su estilo informal, que parecía destinado a la divulgación, en vez
de dirigirse, como era prescriptivo, a la comunidad científica. Con el paso del
tiempo, se convirtió en una activista política que hizo muy presente su
oposición a la guerra de Vietnam y al uso de armas nucleares. Sus críticos
continuaron renegando de su estilo poco formal; entre el estudiantado era
llamada «God, the mother» y no es raro encontrar otras variadas
descalificaciones, como «la madre gruñona de la antropología» (Martínez Veiga,
2015).
En 1970, cuando la
oposición a la guerra de Vietnam estaba en su punto álgido, algunos grupos
estudiantiles anunciaron que tenían pruebas de la participación de varios
antropólogos en actividades de contrainsurgencia en el sudeste asiático. La
Asociación Americana de Antropología encargó a algunos de sus miembros, entre
quienes se encontraba Margaret Mead, la creación de un comité ético para
evaluar esa posibilidad. El comité exculpó a los acusados, pero en una reunión
tumultuosa, donde se ofrecieron pruebas y contrapruebas, el informe leído por
Margaret Mead fue recibido entre abucheos. Su actividad académica y su ética
también estaban siendo cuestionadas. Finalmente, para completar el catálogo de
osadías, pasó el último periodo de su vida (1955-1978) conviviendo con la
antropóloga Rhoda Métraux, con quien mantuvo una amplia colaboración también en
el terreno profesional.
Después de la
muerte de Mead, Derek Freeman (1983) criticó de manera muy beligerante su
trabajo. Ella solo había estado en Samoa nueve meses y no hablaba bien la
lengua nativa; él había permanecido allí casi 50 años y hablaba samoano de
manera fluida. Con ese bagaje, que parecía claramente superior, el hecho de que
Freeman indicase que todas las mujeres se veían sujetas al taupou o que las
antiguas informantes de Mead declarasen haberle mentido, parecía echar por
tierra toda su obra. La polémica desatada todavía no se ha resuelto y muchos
conocidos intelectuales, de Peter Singer a Steven Pinker, han arremetido contra
los supuestos errores de Mead. No obstante, las críticas de Freeman despiertan
algunas sospechas. Aparte de que esperó a que ella hubiese muerto para
formularlas —de manera que no pudiese defenderse—, investigaciones posteriores
han mostrado que las mujeres entrevistadas por Mead se habían convertido al
cristianismo. Sumidas en los valores occidentales, la hipótesis de que estas
mujeres, ya abuelas, renegasen de sus escarceos
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juveniles puede
tener otras explicaciones. Además, es posible que estas informantes no
quisiesen confiar su intimidad a un hombre mayor como lo habían hecho con una
mujer joven. Finalmente, en una investigación antropológica parece fundamental
diferenciar entre lo que las personas consideran como lo que se debe hacer y lo
que las personas realmente hacen. En este caso, la Asociación Americana de
Antropología rompió una lanza en favor de Mead al declarar que el libro de
Freeman estaba pobremente escrito y era acientífico, irresponsable y engañoso.
La trayectoria de
Mead muestra objetivos ambiciosos. Por un lado, consiguió introducir la
perspectiva femenina que habían desarrollado tantas hijas de Boas de una manera
productiva, simplemente por mantener su carrera en los centros académicos y por
no renunciar pese a las sucesivas tormentas de críticas. Mead contribuyó
decisivamente a minar los dualismos de género, la idea de que el comportamiento
de los hombres era productivo y el de las mujeres expresivo y sentimental. Así,
en Sex and Temperament in Three Primitive Societies (1935), Mead se refería a
que todos los roles sexuales varían de acuerdo con los contextos
socioculturales: los hombres no eran siempre guerreros, ni las mujeres
hogareñas; testimonios de las comunidades chambri, arapesh y mundugumor
documentaban disposiciones alternativas. Por esta hipótesis es considerada una
precursora del concepto de género. Por otro lado, su curiosidad la lleva a
utilizar marcos variados, desde el particularismo histórico de Boas hasta
conceptos freudianos o el modelo de los patterns de Benedict. Es una
intelectual consciente de que los procedimientos son fluidos y se adaptan en su
interactuación con la realidad. Por eso los toma o los abandona, sin amilanarse
a la hora de formular críticas contundentes contra algunas figuras
establecidas. En Growing up in New Guinea (1930), por ejemplo, intenta
desarticular la idea de Lévy-Bruhl de que los pueblos primitivos piensan de
forma animista. Para ello estudia a niñas y niños de la isla de Manus y
demuestra que sus pensamientos son prácticos; las referencias a los espíritus
solo aparecen en la edad adulta, lo que indicaría, de nuevo, la vigencia de una
narrativa cultural, no de una «inferioridad» en términos racionales.
Para valorar su
legado, también conviene destacar que su figura de activista política contrasta
con las acusaciones de haber trabajado para los intereses del Gobierno
norteamericano. En 1939 Margaret Mead, su marido Gregory Bateson y Geoffrey
Gorer participaron en la primera
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iniciativa para
poner la antropología al servicio de la guerra en un Comité para la Moral
Nacional destinado a producir estudios de la cultura que elevasen los ánimos de
su país durante el conflicto bélico. Muchas de las figuras vinculadas al
círculo de Boas, como Ruth Benedict, también participaron con trabajos sobre la
comprensión de los modos de vida de otras naciones. En artículos, conferencias
y libros, la antropología norteamericana adquiere un carácter nacional, aunque
sus protagonistas lo verían como una manera de aplicar sus conocimientos a la
resolución de problemas prácticos y legitimar su estudio. Mead explicaría su
evolución teórica como un proceso dictado por la lectura de la obra de su amiga
Ruth Benedict, por los problemas del entendimiento transcultural y por la
necesidad de restaurar la confianza colectiva en tiempos de guerra (Mead, 1972:
175-178).
Como la guerra
imposibilitaba usar la técnica tradicional de observación participante en el
campo, entrevistaban a inmigrantes y analizaban las obras de arte de otros
países con el fin de describir universos culturales diferentes; eran estudios a
distancia de la cultura (Neiburg y Goldman, 2001). Con el tiempo, esta
vertiente aplicada de la antropología se extendería a la sociología y la
psicología para dar cuenta de la diversidad social y cultural de Estados
Unidos: indígenas, personas de color, inmigrantes de diversas procedencias,
habitantes de pequeñas comunidades rurales o de grandes urbes. La antropología
definiría algunos caminos de la política norteamericana a partir del New Deal,
especialmente en la Unidad de Antropología Aplicada de la Agencia de Asuntos
Indígenas, en un intento de construir una especie de ingeniería social. De esta
manera, las críticas a Margaret Mead encontraron en los últimos años de su vida
una nueva diana: a pesar de mostrarse como una activista, desarrollaba una
curiosa complicidad con la política gubernamental. El carácter patriótico de
esta investigación casaba sospechosamente bien con los principios de
relativismo cultural que había trazado Boas. Sus estudiantes se habrían dejado
seducir por los problemas del maestro, es decir, por la experiencia de un
inmigrante judío alemán en Estados Unidos, y habrían intentado desarrollar su
contradicción entre el universalismo y el compromiso con las culturas
amenazadas en medio de una cierta ambigüedad.
La trayectoria de
Margaret Mead, vista con mirada de género, se acerca más a la perspectiva de
las grandes mujeres que a la de los
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enfoques
colectivos. A lo largo de la historia, siempre, en todos los periodos y
sociedades, ha habido mujeres protagonistas. Una Cleopatra, una Mesalina, una
Nefertiti son individualizadas como seres peculiares, con poder e influencia,
con virtudes y capacidad de decidir y hasta parecen contraargumentar la
existencia de dominación sobre las mujeres porque, al fin y al cabo, han estado
ahí con perfil propio. Pero que su nombre se vea individualizado implica
también un castigo: habitualmente quedan retratadas en las crónicas por sus
malas decisiones, su destino trágico o porque el poder que detentaron las
masculiniza; son monstruosas, poco femeninas, extremadamente malvadas o
ambiciosas. El enfoque colectivo, en cambio, es el que permite rescatar del
anonimato a figuras menores, que han pasado desapercibidas y que participaban
dentro de un grupo. Al desmarcarse del conjunto casi anónimo de las hijas de
papá Franz, Margaret Mead aparece hoy como un personaje sin parangón. Sus
teorías son cuestionadas post mortem, incluso con poco sustento teórico; su
estilo, que era pretendido y que podría ser valorado como una marca de
rebeldía, es despreciado como poco científico. Sus cambios no se contemplan
como evoluciones teóricas lógicas en una larga carrera, sino como inconsistencias
derivadas de un profundo afán de protagonismo.
La escuela de Boas
fue fragmentándose. A partir de los años treinta, Edward Sapir, instalado en la
Universidad de Yale, consigue que cristalice la tendencia de cultura y
personalidad, crítica con todas las formas de objetivación de la cultura; al
final, la única realidad era las de las personalidades individuales en
interacción (Sapir, 1924, 1925). Con la debida cautela, podría indicarse que
esta se erigió en la línea continuadora de Boas. Entretanto Ruth Benedict se
distanciaba ligeramente con sus patrones culturales que alentaban abiertamente
el uso de la antropología en la ingeniería social. Tenemos, por tanto, dos
ramas, la crítica cultural de Sapir y la antropología aplicada de
Benedict-Mead. Sin embargo, como tantas veces, no parecen dimensiones mutuamente
excluyentes, sino posibilidades de realizar la investigación en marcos
concretos, sin demasiadas oscilaciones teóricas, aunque con diferencias en el
ethos de la investigación o, si se quiere, con consecuencias políticas. En este
complejo entramado parece haber mucho de contexto y de diferencias entre los
miembros de la familia criada por papá Franz. En And Keep Your Powder Dry: An
Anthropologist Looks at America (1942) Margaret Mead escribía que, después de
seis viajes a otras culturas donde había hecho trabajo de
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campo, regresó a
«un mundo al borde de la guerra, convencida de que la próxima tarea sería
aplicar lo que sabíamos, como mejor podíamos, a los problemas de nuestra
sociedad» (Mead, 1942: 3). Ese es el perfil de una persona dedicada a la
antropología, sin necesidad de más apellidos. En su desconsideración
continuada, parece haber tenido demasiado peso el odio que generó en Sapir
haber sido rechazado como amante —y al que me referiré en el capítulo 9 para no
enturbiar ahora el trabajo académico de Mead con cuestiones de cama—. Las
grandes mujeres suelen encontrar una piedra en su zapato a partir de relaciones
personales, aspecto que no parece darse entre ellos.
Como indicaba Derek
Freeman, Margaret Mead no fue nunca especialista en samoano. No se ocupó del
tipo de investigación antropológica que se reclama como parte de los estudios
lingüísticos. Podríamos pensar que eso justifica su ausencia en los manuales. Y,
sin embargo, su trabajo para definir los objetivos de una disciplina
humanística, su capacidad para combinar teoría y aplicaciones, su interés por
las culturas amenazadas o en peligro de subsistencia y su pretensión de someter
a corroboración empírica cualquier supuesto universal son temas de interés
lingüístico y, en mi opinión, ingredientes suficientes para que, en un ambiente
de notables influencias culturales, su obra o su figura fuesen mencionadas.
Entretanto, en lingüística continúa hablándose de Boas, Sapir y Whorf como los
únicos exponentes del relativismo cultural. Parece que estos tres personajes
nadaban en un caldo espeso de relativistas, con una importante presencia
femenina. Curiosamente todas ellas fueron barridas de nuestra vista.
6.2.3. La
negligencia de olvidar la veta empírica: el caso de Gladys Reichard
Gladys Amanda
Reichard (1893-1955) merece también un tratamiento más profundo por su papel
fundamental en el estudio de las lenguas y culturas amerindias. Julia Falk
(1999b) ha desvelado que sus trabajos sobre el navajo le crearon un conflicto
con Edward Sapir, lo que explica que no sean frecuentemente citados. La escuela
emergente de Sapir se centraba en la reconstrucción histórica de familias y
grupos lingüísticos, dentro de un enfoque particular del análisis
estructuralista. Gladys Reichard no estaría interesada en estos objetivos
tipológicos y llegó a
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mostrar su
desacuerdo con la atención que el círculo sapiriano brindaba al principio
fonémico. Sus intereses eran, en este sentido, más generalistas que
descriptivos: se centraban en las interrelaciones entre la lengua y la
expresión cultural, religiosa o artística. Cuando transcribía, no se preocupaba
de seguir escrupulosamente un modelo que permitiese después rastrear los
parentescos entre las lenguas amerindias porque su principal objetivo era la
variación misma, es decir, registrar las diferencias de pronunciación de sus
informantes. Pero la sociolingüística, como tal, todavía no había nacido. Sapir
y su discípulo Harry Hoijer consideraron que esas transcripciones irregulares
eran errores técnicos que usaron para desacreditar el trabajo de Reichard. En
la interpretación de Julia Falk, el conflicto con Sapir ilustra cómo pueden
impugnarse los métodos para tapar, en realidad, la intromisión que implica ser
una mujer en un campo dominado por hombres. Aunque la figura de Sapir ya
comienza a ser sospechosa de prácticas misóginas, me interesa también destacar
la negligencia que suponía en aquel contexto desconsiderar la variación como
una fuente informativa espectacularmente valiosa.
Podríamos estar
ante una diferencia entre especialistas de carácter puramente técnico. Para
Reichard era fundamental recopilar minuciosa y detalladamente lo que las y los
hablantes decían; para Sapir era prioritario resumir la diversidad a modelos
formales manejables. Sería un conflicto entre un lingüista de bota, alguien que
hace trabajo de campo, y un lingüista de bata, alguien que teoriza en un
despacho. Ella había abandonado la zona de confort del gabinete universitario,
lo cual, siendo mujer, era una doble osadía. Era esperable que considerase los
datos como su principal objetivo científico si pasaba gran parte de su tiempo
entrevistando a hablantes de diferentes idiomas en sus ambientes domésticos.
Sabemos, por ejemplo, que favoreció que la población autóctona colaborase en la
recopilación de datos y en el análisis lingüístico, con una actitud que hoy
parece especialmente moderna, la de crear redes para estimular a miembros de la
sociedad no especializados a participar en la actividad científica. Su colaborador
principal y, en ocasiones, coautor, Adolph Bitanny, era un narrador oral, un
contador de cuentos navajo, y es de suponer que, además de ser hablante nativo,
incorporaría aspectos decisivos para la correcta comprensión del universo
mental de su pueblo. Aunque Gladys Reichard recibió en vida diferentes honores
académicos, como el de secretaria de la American Ethnological
Página 152
Society, no es en
absoluto una figura divulgada ni reconocida. Un listado de sus obras tendría
más elocuencia que ninguna valoración para ilustrar un caso de oscurecimiento
voluntario de una figura femenina, pero, para extremar el rigor, voy a
considerar solo las específicamente lingüísticas: Wivot Grammar and Texts
(1925), la entrada sobre el coeur d’Alene en el Handbook of American Indian
Languages (1938), Stem-list of the Coeur d’Alene language (1939), Agentive and
Causative Elementes in Navajo (1940; en coautoría con Adolph Bitanny),
Composition and Symbolism of the Coeur d’Alene Verb Stem (1945), Significance
of Aspiration in Navaho (1948), The Character of the Navajo Verb Stem (1949),
Language and Synesthesia (1949, en coautoría con Roman Jakobson y Elizabeth
Werth), Navaho Grammar (1951) o A Comparison of Five Salish Languages
(1958-1960). Para resumir, esta mujer consigue, entre 1925 y 1960, publicar una
docena de ensayos gramaticales sobre lenguas no previamente documentadas. Es
alguien situado en el lugar oportuno y en el momento apropiado, coautora de
figuras tan indiscutibles como Jakobson, y no desatiende la proyección pública
de su trabajo. Sin embargo, ni siquiera cuando revisamos críticamente el
eurocentrismo de la lingüística actual tenemos noticia de ella. Durante décadas
los debates teóricos ocuparon los círculos lingüísticos, pero, a partir de los
noventa, la disciplina ha notado la necesidad de documentar la diversidad
lingüística antes de que esta desaparezca. Esta es la apelación que, solemnemente,
hizo la Asociación de Tipología Lingüística (ALT) y la impronta del movimiento
ecolingüístico se percibe hoy nítidamente: no podemos presumir de conocer el
lenguaje humano si todas las muestras empíricas que tomamos en consideración
proceden de unas pocas lenguas pertenecientes a la misma familia. La atención a
la diversidad no es solo una muestra de talante democrático o de respeto
intercultural; es una necesidad para proceder de manera rigurosa cuando se
pretende conseguir generalizaciones con base empírica y no contentarse con
meras elucubraciones. Como decía Hockett, cuya carrera se movió siempre entre
los dos campos, «la lingüística sin antropología es estéril; la antropología
sin lingüística es ciega» (1980: 100).
Si, en un contexto
propicio a la descripción de variantes que puedan hacernos dudar de las
aseveraciones tantas veces pronunciadas, la obra de esta autora todavía no se
menciona, no existe otra posibilidad que concluir que la disciplina es más
misógina de lo que pensábamos. Debemos ahora
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analizar esa
genealogía femenina del inventario etnolingüístico. Antes, de soslayo,
podríamos mencionar que la piedra en el zapato que encontró esta autora también
se llamaba Edward Sapir. Es posible que el ilustre lingüista fuese una persona
quisquillosa, una de esas autoridades académicas siempre dispuestas a saltar al
combate por una pequeña diferencia. Lo cierto es que no he encontrado
evidencias de que dificultase la promoción profesional de otros hombres, aunque
tal vez las haya, pero ya son dos las antropólogas —y todavía aparecerá alguna
más— detenidas por el mismo individuo, uno de los grandes padres de la
lingüística, que pasará a la historia de la disciplina como el exponente de
toda esta escuela. Mientras se ha divulgado hasta la saciedad la vida sexual de
Margaret Mead y tanto ella como Gladys Reichard han tenido que pasar a la
historia como poco rigurosas, o simplemente no han pasado, no me parece
descabellado apuntar que parte de los logros de Sapir también se deban a haber
sabido negar a sus compañeras el puesto que les correspondía. Repetir su nombre
en solitario como líder del grupo, además de inadecuado, servirá para perpetuar
la misoginia.
Z Z
6.3. ¿OTRA VE CA
ADORES Y RECOLECTORAS?
Aunque no se
corresponda con las fuentes históricas del personaje real, la factoría Disney
ha popularizado en nuestra época una versión de Pocahontas, la de una indígena
enamorada de un europeo y movida por ese sentimiento a mediar entre las dos
culturas. Haciendo una recreación del mito, los y las profesionales de la
antropología parecen, como Pocahontas, fascinarse con el Otro y en buena medida
su tarea, originariamente orientada a conocer mejor el entramado cultural,
sirve para preservar la diversidad. En este sentido, las antropólogas pueden
ser vistas como Pocahontas. Como ella, navegan entre dos culturas. Como ella,
son osadas y rompen moldes. Y, como ella, se han quedado envueltas en leyendas
que juzgan su intervención de manera interesada. El punto de partida que he
adoptado, el de la escuela de Boas, no agota, claro está, el panorama: es una
muestra de la existencia de mujeres cultivando la antropología en un momento
decisivo para su constitución, pero no un capítulo aislado. Los trabajos de
Phyllis Kaberry (1910-1977), en Australia occidental primero y
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en Camerún más
tarde, hechos con clara conciencia de género, podrían habernos servido
igualmente para comenzar esta indagación. Estamos ante una disciplina en donde
el enfoque feminista ha ganado la partida, hasta el punto de que hoy existe una
antropología del género con un perfil diferenciado. Pero Kaberry, como algún
otro ejemplo que podría aducirse, es el caso de una individualidad —también,
por cierto, con un mentor masculino, Malinowski—; no representa un círculo
donde, además, las mujeres fueron particularmente ninguneadas, al menos en el
sentido académico. Salvo Ella Deloria, Dorothy Lee y Gladys Reichard, las
autoras incluidas como hijas de Boas son antropólogas sin especialización en
lingüística. Eso exige, antes de continuar, apuntar siquiera tentativamente los
contornos de un campo disciplinar de perfiles bastante poco definidos.
En las últimas
décadas, a medida que el estudio se diversifica, una serie de campos híbridos,
que desbordan la tradición gramatical, se fueron incorporando al repertorio
disciplinar, a veces reunidos bajo etiquetas como lingüística externa o ramas
de la lingüística. El estudio de los componentes sociales del lenguaje conduce
paulatinamente al ámbito de las diferencias interculturales, esto es, a una
disciplina híbrida, la antropología lingüística o etnolingüística. Dado que es
relativamente reciente, las etiquetas con que denominarla se usan todavía sin
excesiva precisión. En general, se acepta que su objeto de estudio abarca
aspectos culturales en el uso de las lenguas, aunque con una caracterización
semejante no resulte fácil deslindarla de la sociolingüística. No hay que
olvidar la tendencia occidental a considerar sociológico lo que remite a
nuestra cultura y antropológico lo referido a comunidades que calificamos como
exóticas. En cualquier caso, se trataría de abordar las relaciones entre la
lengua y el grupo humano que la habla, caracterizado como una comunidad cuya
cohesión se basa en la unidad de formas de vida, de vocación histórica y de
concepción del mundo.
Aunque al principio
se desarrolló de modo fragmentario y un tanto ocasional —muy apegada a la
dialectología, a los estudios de folclore, o a aspectos de vago aire
anecdótico, desde las supersticiones lingüísticas a los tabúes verbales— con el
paso del tiempo fue adquiriendo contornos propios (Duranti, 1997). Las
investigaciones del estructuralismo americano, que estimulaban un trabajo de
campo vinculado a las técnicas antropológicas, en la línea de Boas y sus
discípulos/as, revelaron que todas
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las culturas,
independientemente de que sean más o menos primitivas en su grado de desarrollo
tecnológico, poseen lenguas complejas. No hay una evolución de las lenguas
similar a la de la cultura humana; no se documentan protolenguas o lenguas de
la Edad de Piedra. Si son sencillas en un punto —por ejemplo, en la falta de
desinencias para flexionar la palabra—, compensan esa sencillez con una enorme
complejidad en otro aspecto —por ejemplo, en lo que respecta al orden de las
palabras en la frase—. En esta línea, una de las cuestiones que ha mostrado
mayor productividad es la hipótesis de relatividad lingüística, que, por esta
importancia histórica, merece un comentario particular.
Un discípulo de
Sapir, Benjamin Lee Whorf (1956), estudiando la lengua amerindia hopi, obtuvo
interesantes conclusiones sobre la influencia entre las condiciones de vida de
una comunidad y la lengua que habla. Los hopis, por ejemplo, dedican una misma
palabra a insectos, aeroplanos y aviadores; una actitud excesivamente
inclusiva, al menos desde el punto de vista de las lenguas europeas, que poseen
significantes diferenciados para cada uno de estos significados. Whorf supone
alguna relación entre estas diferencias idiomáticas y la cosmovisión que
arrastran y, renovando el debate sobre las relaciones entre lenguaje y
pensamiento, escribe una serie de elocuentes artículos con los que subraya la
arbitrariedad de las soluciones lingüísticas: cada lengua está imponiendo sus
propios moldes al flujo de percepciones de quien la habla, así que la
posibilidad de encontrar fundamentos comunes para los repartos efectuados por
los distintos idiomas queda en entredicho. Más aún, las comunidades humanas
poseen visiones del mundo diferentes porque sus lenguas condicionan la realidad
como algo dispuesto a ser contado: el lenguaje disecciona la naturaleza con
decisiones arbitrarias, que luego son irreductibles. Toda comparación es vana.
Esta noción de
relatividad lingüística, derivada del particularismo de Boas y del proceder de
toda su escuela, ha propiciado un intenso debate. Algunos experimentos
posteriores demostraban que las lenguas del mundo comparten un sistema
universal de categorización que puede observarse en los términos para designar
el color. No todo serían puras convenciones lingüísticas; factores perceptivos,
cognitivos o ambientales explican las diferencias que vemos en la realidad.
También Laura Martin (1986) ha desmantelado los manidos ejemplos que, desde
Whorf, se habían usado para ilustrar el determinismo lingüístico: las
innumerables palabras que,
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según suele
decirse, usan los esquimales para aludir a la nieve son resultado de la
necesidad de nombrar una realidad especialmente diversa en ese medio físico. La
tendencia cognitiva de las últimas décadas, imperante tanto en la lingüística
como en la psicología, reaccionó contra el relativismo ontológico de la
tradición que arranca de Boas para formular universales culturales.
En su desarrollo
posterior, la antropología lingüística fue absorbiendo, al menos parcialmente,
muchos de los enfoques sobre folclore, educación, marcos cognitivos o
adquisición infantil del lenguaje. Las comunidades de habla serían entidades,
al tiempo reales e imaginarias, cuyos límites están siendo continuamente
negociados. Un entierro, un partido de fútbol o la sala de espera de una
consulta de pediatría actúan como escenarios de situaciones comunicativas
específicas y el individuo pasa a comportarse según la pauta que, para esta
situación, fije su comunidad, preguntando por determinados temas, usando un
sistema metafórico o un ideal de cortesía concretos. La influencia de teóricos
de la sociedad contemporánea, como Foucault o Bourdieu, y de su atención a la
constitución de la sociedad en la cultura cotidiana y en las tecnologías de
poder cristaliza en la corriente conocida como Antropología interpretativa
(Geertz, 1973), que se propone desvelar expresiones del comportamiento social
enigmáticas en su superficie. Como resultado de este flujo, la sociolingüística
y la antropología lingüística actuales compiten en objetos y métodos. De hecho,
Hymes (1962) pretendió vincular las dos disciplinas bajo la etiqueta de
etnografía del habla. Aunque tal denominación se mantiene viva, o con ligeras
modificaciones, como etnografía de la comunicación, en los últimos años han
proliferado los enfoques y las denominaciones, como la muy atractiva de
lingüística cultural, sugerida por Palmer (1996), o la de etnografía lingüística,
más habitual en los círculos británicos (Copland y Creese, 2015).
Volviendo a la
genealogía feminista en este campo, las hijas de papá Franz desbrozaron una
jungla inmensa. La generación siguiente tendría un acceso más frecuente a la
universidad, pero todavía continuarían los silencios. Mary Rosamund Haas
(1910-1966) fue una discípula de Sapir con una carrera notable: escribió la
gramática del tunica y del natchez, ambas lenguas amerindias, antes de que, a
partir de los cuarenta, en medio de los intereses de la política internacional
norteamericana, se hiciese especialista en thai, la lengua oficial de Vietnam.
Ni siquiera con el
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carácter claramente
político que tuvo el estudio de esa lengua en aquel contexto y en el posterior
conflicto bélico, suele ser mencionado en los manuales el nombre de una mujer
que ostentó el cargo de presidenta de la Sociedad Lingüística de América. Muy
significativamente, las presentaciones que se hacen de ella en las
enciclopedias de lingüística — cuando se hacen— o las biografías que circulan
en Internet documentan la constante habitual en la historia de las mujeres:
siempre mencionan que estuvo casada con Morris Swadesh, el lingüista que
popularizó la técnica de la glotocronología, aunque el matrimonio apenas durase
seis años. Obviamente, cuando se busca a Swadesh, los datos sobre su matrimonio
no aparecen, como si —para él sí— fuese más importante destacar su obra que su
vida personal. Por otra parte, Grimes (1975: iv) indica que en el verano de
1931 Sapir —otra vez él— envió a Mary Haas y a Swadesh a la isla de Vancouver
para que estudiasen el nitinat, aunque le encargó a él ocuparse de la lengua y
a ella apenas recopilar música y canciones. Felizmente parece que, al final, un
mejor acuerdo entre la pareja determinaría que ambos se estudiasen la lengua.
En la Enciclopedia de Philip Strazny encontramos todavía un detalle
esclarecedor (2005: 430): «Mary Haas no estaba interesada en la teoría
lingüística, pero estaba fascinada por los datos de las lenguas y transmitió
esto a su estudiantado». Tal vez haya que suponer que las antropólogas, como
antes las primatólogas, sean personas dispuestas a fascinarse con los datos,
aunque no parezca muy claro qué puede significar exactamente esta afirmación.
O, tal vez, se pueda colegir que en el trabajo antropológico primero se
coleccionan datos, después se interpretan. Si las dos tareas están
jerarquizadas, se deduce que no todos los sujetos accederán a esa segunda fase.
Cuando, en la observación de los chimpancés (capítulo 5) Jane Goodall aportaba
el dato de que manejaban herramientas, fue su mentor, Leakey, quien se refirió
a la necesidad de redefinir el concepto de ser humano o de considerar como tal
al chimpancé: fue él quien «construyó» la teoría. La hipótesis más plausible
apuntaría que a ellas se les permitió apenas ser recolectoras. Además de que el
proceso de recogida de datos sea poco atractivo, lo importante siempre en una
investigación es poder decidir qué hacer con ellos. No se trata de recopilar
bonitos ejemplos de costumbres curiosas y clasificarlos alfabéticamente o de
cualquier otra manera, sino de poder reflexionar, de extrañarse.
Página 158
El propio Strazny
(2005) presenta a Mary Haas como alguien que mantuvo su firme compromiso con el
modelo de lingüística desarrollado por Boas y Sapir. Probablemente ese elogio
solo significa que no cayó en las redes generativistas, tan sólidas en su
época. Porque lo que se señala en diversas fuentes es que ella, junto con su
colega Charles Voegelin, propusieron un modelo de clasificación de las lenguas
amerindias diferente al de Sapir y, por cierto, más cercano a lo que hoy se
tiene por válido.
Obviamente, Mary
Haas no es la única. Berta Vidal de Battini (Argentina, 1900-1984) estudió las
características del español de su país en trabajos de corte etnográfico, muy
apegados a la dialectología. Thelma D. Sullivan (Estados Unidos, 1918-1981) fue
considerada la mayor especialista de náhuatl y su gramática continúa siendo
referencial. Kay Williamson (1935-2005) fue llamada la «madre de la lingüística
nigeriana», por haber dedicado 50 años de su vida al estudio del igbo y el ijo
en la cuenca del Níger. A pesar de los abundantes trabajos de corte gramatical
que había publicado, declaraba no interesarse por las aportaciones académicas,
porque cifraba su compromiso como lingüista en ayudar a las poblaciones locales
proporcionándoles, como también hizo, sistemas ortográficos. Miriam Lichtheim
(1914-2004) fue egiptóloga. Tatyana Elizarenkova (1929-2007) fue una reconocida
especialista en sánscrito, pali e hindi. Una antropóloga que ya ha pasado a la
historia de los estudios de género, Michelle Zimbalist [Rosaldo] (1944-1981),
estudió el ilongot. La lista de cultivadoras de la antropología lingüística,
como es de imaginar, se multiplica en nuestros días. Intentando dar una muestra
de mujeres de diferentes continentes, en India, Anvita Abbi propone una nueva
clasificación para las lenguas andamanesas; la intelectual indígena y
americanista Ofelia Zepeda es autora de una gramática del papago y trabaja en
la alfabetización del o’odham; Niina Nin Zhang es una de las mayores
especialistas contemporáneas en mandarín; la prematuramente fallecida holandesa
Helma van den Berg (1965-2003) fue especialista en lenguas caucásicas, autora
de gramáticas y diccionarios del hanzib, el dargi y el avar; la tipóloga rusa
Alexandra Aikhenvald sorprende por su dilatado conocimiento de lenguas
—sánscrito, acadio, finés, húngaro, italiano, lituano, árabe y griego antiguo—,
además de ser especialista en las lenguas amazónicas de la familia arawat. Los
nombres no tienen ninguna pretensión de exhaustividad; apenas ilustran la
existencia de una
Página 159
veta interesante
entre las recopiladoras de datos que con el tiempo pudieron convertirse en
gramáticas o tipólogas, con una clara línea de intervención en defensa de las
lenguas minorizadas. Lo que sí se nota es que, a medida que las mujeres se
hacen un espacio en la academia, las trayectorias se bifurcan.
Por un lado, se
percibe esta veta, más orientada hacia la gramática, donde se practica una
descripción de lenguas que no habían sido estudiadas. Tal objetivo, con
independencia de que ya no interese estrictamente a la antropología, exige el
uso de las técnicas usuales en ese campo. Además, a menudo se practica con una
cierta vocación activista que encaja con los objetivos de la ecolingüística,
cuyo empuje está siendo muy vigoroso en la investigación actual (Singer, 2020;
Roche, 2020). Por otro lado, podrían considerarse los trabajos de corte
fundamentalmente antropológico, donde se tratan cuestiones generales de la
relación entre las lenguas y la cultura. Ahí, por ejemplo, podría situarse la
línea de Bamby Schieffelin y Kathryn Woolard sobre ideologías lingüísticas
(Schieffelin et al., 1998) o la de Judith Irvine y Susan Gal sobre dinámicas de
la diferencia social (Irvine y Gal, 2019), al igual que la de Monica Heller
(2011) sobre las relaciones entre lengua y nación. Evidentemente, existen otras
reputadas figuras femeninas en la etnografía lingüística contemporánea
—Alexandra Jaffe, Helen Kelly Holmes o Mary Bucholtz, por citar algunas de
ellas— pero no pretendemos hacer un catálogo, solo insinuar una clasificación,
directamente derivada del mayor o menor peso concedido en cada caso a
ingredientes idiomáticos o culturales. En este sentido, esa bifurcación de lo
gramatical y lo etnográfico, aun respetando las preferencias temáticas, ilustra
adecuadamente como en las generaciones actuales la presencia femenina mueve las
barreras entre teoría y acumulación de datos y flexibiliza los procedimientos:
las mujeres no quieren solo dejarse fascinar por los datos.
De hecho,
encontramos una tercera línea de investigación, todavía más híbrida, que
podemos personificar en la trayectoria de Emily Martin. Esta sinóloga y
antropóloga feminista ha analizado las metáforas utilizadas para enseñar
conceptos biológicos, en particular la reproducción, y ha encontrado que
reflejan definiciones estereotipadas de lo masculino y lo femenino: la
menstruación sigue siendo presentada como el «fracaso» de un óvulo expulsado y,
en general, los procesos biológicos femeninos aparecen como menos dignos que
los masculinos. En su perspectiva
Página 160
(Martin, 1991), la
biología no se feminiza simplemente incorporando mujeres a las tareas de
investigación, sino practicando un análisis escrupuloso del lenguaje porque las
metáforas fraudulentas guían a las y los científicos, estimulando la
formulación de ciertas preguntas en lugar de otras. Periférica tal vez, pero
este tipo de investigación es, sin duda, de alcance lingüístico.
Si las antropólogas
han participado del interés por el Otro de Pocahontas, todavía comparten con
ella otro rasgo: son viajeras. Los espacios cuentan. Algunas disciplinas se
practican fundamentalmente en recintos diferentes del despacho universitario.
Aunque en una facultad de Medicina haya docentes, se habla de actividades que
ocurren en un hospital; en la de Biología o en la de Química, de experiencias
que tienen lugar en un laboratorio; en la de Derecho, de asuntos que remiten a
los tribunales. La lingüística ha sido exageradamente una práctica de gabinete.
Por eso, incluso en su veta más gramatical, la tarea de trasladarse a un lugar
remoto para hacer una investigación de campo coloca a la lingüística en una
encrucijada de caminos, en sentido real y figurado. Por muy sólida que sea su
formación académica, las antropólogas proceden de una vía que llega de las
grandes viajeras: la hispana Egeria, las inglesas Aphra Behn, Mary Kingsley o
Freya Stark, la austríaca Ida Pfeiffer, la holandesa Alexine Tinne, la jamaicana
Mary Seacole, las estadounidenses Fanny Stevenson y Nellie Bly o la danesa
Karen Blixen, entre otras muchas que se podría mencionar, son referentes
feministas para la actividad prohibida del viaje. Desafiando a sus comunidades
de origen y aceptando costumbres exóticas, estas mujeres emprendieron
expediciones hacia lo desconocido. Lógicamente aprendieron lenguas y, a su
regreso, a veces fueron traductoras o embajadoras de las culturas que habían
visitado. Tal vez no baste con ese mérito, intelectual y cívico, para entrar en
un manual de historia de las ideas lingüísticas, pero ese interés por el Otro
sí constituye un ingrediente del imaginario intelectual cuando se trata de
nombres masculinos, desde Marco Polo a Livingstone. Además de la disimetría
sexual, conviene señalar que esta vía empírica, relativa al conocimiento del
Otro, ha sido una idea menor en el desarrollo de la lingüística, una idea
despreciada. En paralelo a esa desconsideración, el panorama de pensamiento que
hemos trazado en Occidente entroniza la idea de la arbitrariedad del signo, a
través de su formulación, ligeramente confusa, en los textos platónicos o, si
se prefiere acudir a un entorno
Página 161
exclusivamente
lingüístico, en la visión teórica de Saussure. Sin embargo, las antropólogas no
hacen más que manejar la idea de arbitrariedad. Con ejemplos empíricos. De una
manera sólida, coherente y entretejida con la propia experiencia. Por eso,
precisamente, fueron descartadas.
Ü
6.4. LING ÍSTICA EN FEMENINO:
EL PUNTO DE VISTA
ÍNTIMO
Aquello que en
Occidente ha sido considerado como «naturalmente» masculino o femenino no
existe; forma parte del etnocentrismo con que, de manera arrogante, el
pensamiento occidental abordó la diversidad. Esta evidencia se presenta con
total rotundidad y por primera vez en los trabajos de Margaret Mead. La
pasividad, el trabajo colaborativo o el gusto por los cuidados pueden aparecer
en unas tribus como actitudes reservadas a las mujeres y en otras como
reservadas a los hombres, o como alentadas o prohibidas para ambos sexos. De
esta manera, un dato aislado, como el hecho de que en el pueblo arapesh de
Nueva Guinea ninguno de los sexos muestre comportamientos agresivos o
dominantes deja de ser una mera excepción, para interpretarse como una
evidencia empírica de la diversidad. Esto es importante: en una sociedad como
la del siglo XXI donde todo parece regirse por la razón práctica, la teoría
todavía puede reivindicarse por ser útil, justamente el perfil que siempre se
le ha negado. Decimos «dejémonos de teorías; queremos resultados prácticos»
pero no parece haber posibilidad de que nada útil, valioso, nada que pueda
solucionar nuestros problemas exista sin una hipótesis que lo sustente. La
teoría es una forma de ordenar la diversidad de lo real. En este sentido, la
reivindicación pionera de Margaret Mead de que no existen roles de género
coloca en el debido lugar todas las pintorescas anécdotas que simplemente
ilustraban cómo en tal tribu existía un tercer género, o en tal otra los
hombres aparecían como afeminados o las mujeres como matriarcas. Una de las
grandes ventajas de la antropología de género es que desesencializa todo. Nancy
Chodorow (1971) observaba que la infancia en las sociedades occidentales es más
egoísta que en cualquier otra parte del mundo. A pesar de que se suele
adjudicar a esta autora una mirada excesivamente maternal, estaba sosteniendo
que ningún comportamiento está escrito en los genes; somos cultura.
Página 162
Una vez asentado el
carácter arbitrario de la asignación sexual, parece curioso que durante tanto
tiempo las antropólogas no mereciesen otro papel que el de sentirse fascinadas
por los datos. Quienes practican una ciencia viven en una época concreta y no
pueden evitar compartir una serie de supuestos que forman parte de su envoltura
cultural. La ciencia es una actividad hecha por personas que, a pesar de sus
detallados conocimientos en un campo concreto, pueden mostrarse bastante
básicas en otros sentidos. El extraordinario trabajo de una arqueología con
perspectiva de género hecho por el equipo científico de Adovasio (2007: 40)
ilustra el asunto con precisión:
Por eso los
arqueólogos, en su mayoría hombres, encontraron exclusivamente herramientas y
armas de piedra y dieron por hecho que el mundo masculino se remontaba al
Pleistoceno e incluso antes. Por norma general, hacían caso omiso de las
mujeres […] El método era, en cierto modo, autocomplaciente, pero se debía más
a un acto inconsciente que a un desagradable complot deliberado contra las
mujeres. A unas personas como nosotras, que vivimos en el siglo XXI, no puede
sorprendernos que los científicos, como todos los seres humanos, sean producto
de su época. En la actualidad casi todos los científicos (hombres y mujeres)
son conscientes de esas presuposiciones no cuestionadas, e intentan tenerlas en
cuenta (por lo menos cuando se dedican a la ciencia «de verdad»).
Desde la escuela
nos han repetido que los hombres cazaban y las mujeres recolectaban. Así se
agigantó una imagen masculina que combatía contra mamíferos enormes, como osos
o mamuts y, a veces, hasta se explicaron habilidades diferentes, del tipo del
lenguaje, como resultado de la cooperación en grupo. Con una mirada alejada de
esta iconografía y más anclada en la vida cotidiana, la arqueología de los
últimos años ha venido a cuestionar ese estereotipo. De entrada, los seres
humanos primitivos no comerían tanta carne, sino que recurrirían a menudo a
fuentes de proteína de otras procedencias. Además, buscarían carroña o cazarían
mamíferos pequeños, también reptiles, mariscos o insectos, en una tarea más
cercana a la recolección que a la caza. Ellas no estarían ausentes de esa
práctica,
Página 163
según se desprende
de la observación de chimpancés hembras, que participan en cacerías semejantes,
a veces incluso cargadas con sus crías. Sally McBrearty et al. (1991) han
intentado desarticular el mito de que los hombres primitivos llevarían a la
cueva carne para su descendencia y para su compañera. En este mito la relación
monógama asegura al hombre que las crías sean realmente suyas. Puede observarse
aquí claramente que, como en el caso analizado por Emily Martin de la
reproducción en biología, muchas metáforas científicas emanan de un universo
cultural cuajado de determinadas expectativas. Pues bien, en antropología
parece haberse exagerado el papel de los grandes cazadores de mamuts frente a
las pequeñas recolectoras, válidas para recoger datos in situ, pero no para
reflexionar profundamente sobre ellos.
En mi opinión, la
mayor contribución de las antropólogas feministas, se dediquen o no
explícitamente a las lenguas, es la de haber acabado —o estar en proceso de
conseguirlo— con una narrativa distorsionada. No es necesario usar la palabra
machista porque el proceso sería muchas veces inconsciente, pero sí constatar
que era errónea. En este sentido es clamoroso que en la práctica antropológica
ellas actuasen como recolectoras, no de fruta, sino de datos. Indica que
todavía eran vistas como auxiliares, como secretarias, como personal
secundario. Y, en una sociedad jerárquica, el personal secundario no pasa a la
historia. Por eso, analizar con cierta profundidad las contribuciones de las
antropólogas exige, como diría Leakey, o reconsiderar cuál es el cometido de
quien investiga en antropología o reconsiderar la importancia de los datos.
Es lícito que las
antropólogas quieran hacer teoría como hoy hacen. Pero no es menos importante
considerar que si en la actualidad en lingüística podemos tener mujeres en la
cumbre, figuras como Tove Skutnabb-Kangas y su reivindicación de que la muerte
de las lenguas es un genocidio con múltiples culpables, o Anna Wierzbicka y sus
universales semánticos de naturaleza cognitiva, es porque antes hemos tenido
tantas personas haciendo descripciones[28]. Si bien se piensa, esta crítica de
las metáforas que llega de Emily Martin o del equipo de Adovasio no es más que
una manera de desarrollar el punto de vista íntimo, reclamando la propia
subjetividad en la ordenación de causas y efectos. Las antropólogas que
introdujeron ese estilo popular, plagado de reflexiones personales, no se
sentían insignificantes; querían formar parte de la historia y tomar las
riendas de su propia biografía. Como las viajeras, se enrolaron en un
Página 164
trabajo ingrato
porque querían participar y, quizás, también porque querían ver con ojos
propios, no a través de testimonios indirectos.
En este sentido, su
narrativa biográfica tiene un valor singular porque implica un
autorreconocimiento como objeto de estudio. Tiene algo de la intuición de las
criptógrafas y de la empatía de las primatólogas vistas en los capítulos
anteriores y, todavía, añade una especial versatilidad. Pensadoras feministas
como Luce Irigaray o Teresa de Lauretis, con su peculiar manera de hacer
psicoanálisis, permitirían múltiples lecturas de estos procedimientos. En
cualquier caso, el estructuralismo antropológico, con sus teorías de la
división del trabajo, presentó un ser humano con atributos exclusivamente
masculinos, de manera que, como fue habitual en el pensamiento occidental, a
las mujeres les correspondía una oposición especular de esos atributos casi por
definición. Su situación es paradójica, ya que como como productoras de
conocimiento se han silenciado y como objeto histórico aparecen prisioneras de
unos prismas ciegos a su actividad. Como ha indicado Judith Butler (1997), el
problema del sujeto es fundamentalmente político: los sistemas de creencias se
formalizan jurídicamente y producen sujetos que después se representan, de
manera que la identidad es un resultado de las prácticas discursivas. Lo
decible, lo narrable, lo opinable —y, por ende, lo callado, o lo que no ha
podido contraargumentarse— están establecidos. La práctica autobiográfica rompe
los corsés y saca a la luz un continuo cuestionamiento del canon científico, un
diálogo productivo entre el sujeto que se está construyendo en la investigación
y el objeto investigado. No es extraño que muchas líneas actuales,
continuadoras de este modelo, como la biografía lingüística que se practica
para documentar el aprendizaje de lenguas entre emigrantes en diferentes
generaciones y que es una idea «marginal» en lingüística contemporánea, tengan
tantas cultivadoras femeninas (Wolf-Farré, 2018). El estilo importa, ya que,
como dice Judith Butler, tal vez la literatura no pueda enseñarnos a vivir,
pero las personas que tienen preguntas sobre cómo vivir suelen acudir a la
literatura.
En este capítulo he
citado media centena de mujeres: ninguna aparece en un manual sobre la historia
de la lingüística.
Página 165
6.5. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN
FEMINISTAÜ DEL
LEGADO
LING ÍSTICO DE LAS
ANTROPÓLOGAS
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consultado el 20/04/20.
Página 170
CAPÍTULO 7
CUANDO A LA
GRAMÁTICA LE CRECIERON
LOS ACCIDENTES: LAS
SOCIOLINGÜISTAS FEMINISTAS
«Justo después de
haber publicado la primera edición de este libro, en una entrevista de trabajo
me mencionaron su título,Feminismo y teoría lingüística , para comentar: “Pero
esto” —dijo el desconcertado catedrático— “es como si escribe un libro sobre lingüística
y jardinería orgánica, ¿no?”. No me dieron el trabajo […] Sospecho que un libro
titulado Marxismo y teoría lingüística , por ejemplo, no habría generado tanto
desconcierto, incluso para quienes no son marxistas. El catedrático […] ubicaba
el feminismo en la misma casilla que el amor libre, ser vegetariana o llevar
sandalias».
DEBORAH CAMERON,
sociolingüista
7.1. UNA GUERRA
CONTRA LOS GRAMÁTICOS
En las últimas
décadas, las feministas han insistido en depurar el lenguaje. Actuando fuera de
ámbitos académicos, en distintos países y con diferentes teorías, sacaron a la
luz el modo insidioso en que las estructuras gramaticales silenciaban o
estereotipaban lo femenino. Ni las lenguas eran inocentes, ni permitían
nombrarlo todo; y si el poder estaba controlando qué aspectos de la realidad
deberían ser nombrados y cómo, renovar el lenguaje se convertía en asunto
urgente. Las pioneras de este movimiento de depuración fueron especialmente
anónimas: eran activistas que, después, conseguían cierta voz en círculos
educativos, literarios y editoriales, jurídicos o políticos, acusando al
sistema de valores dominante de un proceso sistemático de discriminación por
cuestión de género. Estaban formulando una reflexión que concernía a la
lingüística en un sentido profundo: no se trataba simplemente de que la
sociedad fuese sexista y, como resultado, impregnase de sexismo nuestro
discurso; al
Página 171
contrario, ciertos
mecanismos aparentemente inocuos, como las lenguas, se encargaban de promover y
perpetuar valores caducos. Había que desenmascarar su apariencia de
neutralidad. Porque las lenguas, presentadas siempre como meros dispositivos al
servicio de la comunicación, disfrutaban de un aire de inocencia que las
mantenía a salvo de filtros. Esta ola de activistas invirtió una enorme energía
en realizar análisis sutiles que, sin embargo, provocaron reacciones
desproporcionadas entre sus adversarios: las feministas eran intolerantes o
neuróticas, estaban obsesionadas con la defensa de sus intereses y condensaban
su insatisfacción en darles vueltas a las palabras.
Esos análisis
pretendían demostrar que los usos lingüísticos —en forma de preferencias
léxicas, de proverbios, de asimetrías o hasta en la regulación, más abstracta,
de los morfemas— insultaban, excluían o parodiaban a las mujeres. Por primera
vez un movimiento social creaba una ética lingüística que movía a apropiarse de
los significados que realmente se quisiesen transmitir: su línea de trabajo,
como veremos en el capítulo 8, se trasladaría a otros ámbitos, desde el combate
contra el racismo hasta la creación de todo un movimiento de higiene verbal.
Desde los comienzos, incidieron en que la preponderancia de los hombres en la
vida pública y una cierta administración de la gramática habían consolidado el
hábito de hablar en masculino, una práctica que debía ser abandonada, ya que
las mujeres estaban demostrando su capacidad para incorporarse a todas las
ocupaciones, incluso a aquellas que podrían juzgarse poco atractivas para
merecer esa auténtica toma practicada entre los setenta y los ochenta: nada de derechos
del hombre, ni de asociaciones de escritores o colegios de abogados, porque era
importante reflexionar colectivamente sobre la existencia de mujeres con
derechos, de escritoras o de abogadas. Finalmente, los conceptos habían sido
definidos a partir de un representante masculino, según documentaban los
diccionarios que recogían partidario u obrero, por ejemplo, y nunca los
femeninos correspondientes partidaria u obrera. En los medios académicos se
justificaba esta medida apelando a un supuesto valor genérico del masculino que
le permitiría denotar una entidad femenina de la que no interesase expresar el
género. Con todo, tal valor genérico solo procedía de una pura convención
histórica y se hacía la vista gorda frente a la evidencia de que en los diccionarios
podría haberse usado el femenino, al que, además, le correspondía la primera
aparición por orden alfabético.
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Con la
incorporación de las mujeres a actividades sociales antes vedadas deberían
aumentar las denominaciones en femenino, argumentaron las primeras disidentes
de la gramática patriarcal, que proponían formas inusuales como médica,
estudianta, presidenta o diputada. Por supuesto, estas innovaciones tuvieron
desigual fortuna: algunas se instalaron rápidamente, mientras que otras
continúan despertando suspicacias. Lo interesante del caso es que en nuestro
entorno las academias —las mismas que aceptan almóndiga por ser una
pronunciación popular frecuente— levantasen su voz contra las nuevas formas
obtenidas haciendo uso de un mecanismo vigente en las lenguas románicas donde
el habla tradicional siempre registró generalas, alcaldesas, ayudantas o
individuas. Que esos femeninos tuviesen a veces significados peyorativos u
humorísticos podía adjudicarse al carácter episódico con que las mujeres
ejecutaban las funciones aludidas y no a las limitaciones de los paradigmas
morfológicos correspondientes. Pero los gramáticos respondían con argumentos
peregrinos: una forma como gerenta era inadecuada porque las terminaciones en
-ente procedían de neutros latinos. Estaban acudiendo, de manera un tanto
purista, a la etimología y rebuscaban en la lista hasta encontrar los ejemplos
oportunos: puesto que no había existido necesidad de crear *cantanta, no debía
habilitarse gerenta; se trataría de una mujer gerente, sin más. Un
prescriptivismo conservador asfixiaba cualquier intento de innovación, pero,
sibilinamente, los gramáticos olvidaban otros ejemplos que sin duda también
conocían, y el oficio, tradicionalmente femenino, de gobernanta —no referido a
países, claro, sino al cuidado de una casa— no se usaba como modelo. Las
innovaciones que el feminismo empujaba apelaban a una nueva sensibilidad y, sin
embargo, eran desoídas o ridiculizadas. Si alguna de ellas acabó aceptándose,
fue a causa de la extraordinaria tenacidad del activismo: estamos ante el
capítulo de las ideas lingüísticas del que más ha renegado la lingüística académica.
El proceso era
internacional, aunque las primeras teóricas comprometidas procedían de
ambientes anglosajones. Esto también es interesante. Teniendo en cuenta que el
inglés no tiene apenas género gramatical y, por tanto, no es la más
desequilibrada de las lenguas en este punto, que todas las teóricas procedan de
países anglófonos indica que era el movimiento social, y no necesidades
intrínsecas, quien capitaneaba el cambio. Al tratarse de un movimiento en
principio no regulado desde la
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investigación, las
soluciones fueron muy diversas. En algunas lenguas llegó a canonizarse la
feminización indirecta, a través de mecanismos como el artículo, del estilo de
la presidente, porque las mujeres que entraban en la vida política temían que
su participación se viese menoscabada con una forma completamente feminizada,
presidenta, que se había aplicado tradicionalmente a la compañera del
presidente. Incluso llegó a revisarse si la expresión del sexo no trabajaría en
contra de la consideración de las profesionales: ¿En vez de la médica o la
médico, no sería más adecuado decir simplemente el médico, también para una
mujer, y notar así que no había diferencias en el ámbito profesional? El debate
era vivo y enriquecedor: las mujeres entraban en la vida social haciendo ruido,
cuestionando lo que habían sido antes y construyendo lo que querían ser.
La tendencia a
favor de las formas feminizadas era más complicada en lenguas con género doble
y, en cualquier idioma, tuvo altibajos marcados por el ritmo de la actualidad:
cuando los medios de comunicación y la escuela se interesaron por este
particular, el tema recibió alguna atención, no en otros contextos. Pero los
avances debían afrontar una dosis extra de agresividad: personas de tendencias
moderadas y poco dadas a enfrentamientos se situaron abiertamente en contra;
muchos intelectuales arremetieron en la prensa contra el supuesto exceso de
imponer fórmulas fatigosas, como lectores y lectoras. Quienes se quejaban eran,
por cierto, los mismos que no dudaban en utilizar fórmulas de cortesía del tipo
de señoras y señores, de manera que nombrar a las mujeres no les parecía tan
mal, siempre que no fuese reclamado como un derecho. En este contexto, cuando
hace unos años una ministra del Estado español pronunció la palabra miembra
desató un debate furibundo, que estaba condenado a servir de carnaza en viñetas
humorísticas. Realmente, no había tanta novedad en ese proceder; las
feminizaciones extremas se estaban practicando desde hacía tiempo en algunos
círculos; lo sorprendente era que fuesen usadas en instancias de poder. El
debate enfrentaría a las versiones comprometidas con la causa feminista, con
sus matices y tensiones, y a quienes se rasgaban las vestiduras lamentándose de
que se estuviese corrompiendo la lengua. Entretanto, la sociolingüística
parecía no existir como disciplina académica.
A estas alturas, 50
años después de que el feminismo se organizase activamente en este sentido,
sería lógico que la lingüística incluyese en sus anales cómo se desató esa
práctica depurativa, por qué el lenguaje se puso
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de moda en foros
inesperados y qué implicaron estas políticas transformadoras que, en
definitiva, eran una lucha entre la gramática y la sociolingüística.
7.2. LAS PRÁCTICAS
DEPURATIVAS DEL FEMINISMO
La inclusión del
término femenino secularmente olvidado no apareció como una moda o un lavado de
cara para captar demagógicamente la simpatía de las mujeres, sino como un
mecanismo educativo y ético. Repitiendo un ejemplo del que ya hemos echado
mano, leer en un libro de historia los griegos, los vikingos o los amerindios
evoca en nuestras mentes la imagen de una serie de hombres, lo que infunde
sospechas sobre la capacidad del supuesto masculino genérico para ser algo más
que una mera forma en masculino. En consecuencia, ellas, las mujeres griegas,
vikingas o amerindias, han desaparecido de nuestra memoria. Igualmente, los
textos en masculino sobre la teoría de la evolución fomentan que imaginemos un
simio, que se va colocando paulatinamente en posición erecta, hasta adoptar una
figura estilizada que culmina en la imagen de un hombre, como si las mujeres no
se viesen afectadas por ese proceso. De ahí que el uso de formas femeninas en
el discurso habitual que se está reclamando no pueda contemplarse como una propuesta
cortés o acorde con los tiempos; implica entrenar nuestra razón con un
dispositivo crítico que se blinde contra la segregación. Al incluir las formas
femeninas, se pretende restituir un orden justo tras una práctica secular de
violencia simbólica; un orden contrario a cualquier discriminación. De hecho,
en el nacimiento de la sociolingüística como disciplina académica fue
fundamental el clima sociopolítico generado por movimientos como el feminismo o
la lucha por los derechos civiles de la población afroamericana en Estados
Unidos (Koerner, 1986).
Aunque desde el
activismo se destaque cuántos sectores sociales permanecen todavía ajenos a
estos cambios —infrecuentes en instancias conservadoras, como la Iglesia o el
Ejército, o en entornos más neutros, como la sanidad—, los usos jurídicos y
administrativos, los ambientes educativos, sindicales o políticos se han ido
haciendo inclusivos y en la cultura alternativa o en entornos artísticos son
cada vez más frecuentes. En
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honor a la verdad,
también se perciben algunos usos rituales que incluyen estas formas apenas como
carta de presentación amable. En este sentido parece imprescindible revisar la
carga teórica de su impacto porque, si no se propaga la indagación que alienta
estas transformaciones, lo que nació como una bomba podría desactivarse
fácilmente.
Las innovaciones
feministas tuvieron diferente recepción en las distintas comunidades, pero en
cualquier geografía o cultura se enfrentaron al conservadurismo de los ámbitos
académicos: las instituciones rechazan las nuevas fórmulas o las incorporan
tardíamente y en su forma más moderada. Así, hasta un texto administrativo con
constantes duplicaciones -os/-as prescinde de los grandes debates sobre los
peligros del binarismo, una de las principales innovaciones del pensamiento
contemporáneo. Y, en muchos casos, todavía se percibe un comportamiento
defensivo, como si los usos inclusivos implicasen un peligroso desafío a la
concordia social. Se diría que el sexismo lingüístico goza de una apariencia
falsa de dignidad que le permite mantenerse, generación tras generación,
amparado en razonamientos de dudoso sustento como la normativa correcta, la
etimología o el orden secular de las cosas. Un ejemplo puede ser
ilustrador[29]. El astronauta Armstrong, al poner su pie en la Luna, parece que
declaró: Este es un pequeño paso para un hombre, pero un gran paso para la
humanidad. La frase, reproducida hasta la saciedad fuese histórica o no, motiva
una contestación. Con una mínima modificación —Este es un pequeño paso para un
ser humano, pero un gran paso para la humanidad —, Armstrong se habría salvado
de excluir a la mitad de los miembros de la especie. Sin embargo, la
interpretación imperante en gramática exige aceptar que las mujeres están
incluidas en la categoría hombre aludida por el astronauta y que solo un exceso
de susceptibilidad podría entender lo contrario porque, apelando a un
complicado artefacto construido y administrado por el poder, hombre es un
término que se opone a mujer pero que, al tiempo, puede incluirla en un uso
presuntamente neutro, precisamente el que se llama genérico. La explicación
técnica para todo esto se relaciona con la visión estructuralista de la teoría
de la marca.
Cuando dos términos
están en distribución complementaria —o sea, cuando son las dos únicas
posibilidades de elección— uno de ellos adquiere el valor de representante de
ambas, de modo que puede ser usado, bien con su significado particular, bien
para identificar los dos términos antes diferenciados. Así, la palabra noche se
opone a día y, en este caso
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día se refiere solo
a una porción temporal de 12 horas. Pero esta misma palabra también puede
usarse en calidad de término no marcado para representar la suma de noche +
día, o sea, las 24 horas, siendo ahí sinónimo de jornada. Por supuesto, esta
explicación, que supone la existencia de dos formas día ocultas bajo la misma
apariencia fónica, es un rizo insustentable desde el punto de vista lógico[30].
No obstante, el principal problema de esta visión anclada en el estructuralismo
clásico no tiene que ver siquiera con su escasa solvencia, sino con algo
elemental en sociolingüística: que las noches no protestan, las mujeres sí. Esa
es también la razón de que las academias acepten almóndiga y no gerenta: evitar
tomar parte en un conflicto social.
Si Armstrong dijese
que se perfumaba cada día con colonia de hombre, nadie entendería que en ese
hombre estaban incluidas las mujeres. Pero, en caso de referirse a los derechos
del hombre, parece obligado aceptar la intención inclusiva. Estos supuestos, todavía
muy extendidos, ejercen una fuerte coacción sobre las mujeres. Cuando una
maestra en la clase de educación infantil dice: ¡Que todos los niños se
levanten!, Manuel, seguro de que es un niño, se levantará, mientras que
Manuela, insegura de si está o no incluida en el sustantivo niños, mirará lo
que hacen las demás o tendrá que preguntar: ¿Las niñas también? Esa inseguridad
explica que las mujeres participen menos en la vida pública, que les cueste
hacer oír su voz y también que sean más susceptibles y tiendan a enfadarse más
por lo que se dice y por lo que se omite, por lo que se da a entender o por el
tono que se usa, como demuestran tantas discusiones cotidianas: las mujeres
somos lingüísticamente escrupulosas. Nos han obligado a serlo. Desde niñas, debemos
aprender a interpretar cuándo y en qué condiciones estamos incluidas en el
supuesto hombre-genérico. Si se habla de colonia de hombre, no; si se habla de
pequeños pasos para un hombre, presuntamente sí, aunque la historia haya
demostrado precisamente lo contrario. Este esfuerzo negociador, que implica
asumir una suerte de identidad doble, no se les exige a ellos y, por tanto, es
la base de una discriminación que, además, puede explicar la escasa tendencia a
la participación en asuntos públicos de las mujeres: en muchos casos se habrían
autoexcluido. La misma sociedad que insiste en que ellas deben ser
especialistas en interpretación —y coincidir sin sospechas en la única
interpretación tenida por válida— no aceptaría con tanta alegría que Armstrong dijese:
Este es un pequeño paso para un blanco, aunque un
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gran paso para la
humanidad. Aquí el subconjunto no sirve para denominar el conjunto, lo que
significa que la discriminación racial, al menos practicada lingüísticamente,
encaja peor en la sociedad que la discriminación por razón de género, que
todavía no se reconoce como tal. En rigor, ninguna discriminación puede ser
mejor o peor que otra, pero detectarla y prevenirla en el género es fundamental
también como laboratorio para percibirla en otros entornos.
Un mensaje funciona
solo si puede ser entendido. Lo que la sociolingüística feminista vino a
postular es que, si las mujeres están dispuestas a incluirse dentro de la
categoría hombre-genérico, entonces el término hombre puede utilizarse para
denominarlas; no en otro caso. Como muchas mujeres contemporáneas ya no se
sienten incluidas en tal categoría, esta deja automáticamente de incorporarlas.
Agarrarse de manos y pies a las distinciones tradicionales no es ni razonable
ni científico: la lingüística cuando se fundamenta como disciplina erradica de
sus objetivos la prescripción. No sería muy difícil demostrar que, a lo largo
de la historia del pensamiento occidental, otras razas distintas de la blanca u
otras condiciones de clase como la esclavitud han implicado que ciertos
individuos se viesen fuera de la condición de hombre. En coherencia, la
situación de las mujeres a lo largo del tiempo no ha sido tan feliz como para
concluir que, si Armstrong dijo que el hombre había llegado a la Luna, pensemos
que se estaba refiriendo a todos los miembros de la especie.
Revisar la historia
de las ideas lingüísticas implica tratar el asunto, siempre relegado en los
manuales, de cómo el feminismo ha auspiciado una reforma de las lenguas.
También exige debatir las fórmulas que pueden ser usadas para que nuestros usos
no desprecien, excluyan o trivialicen; para que no practiquemos
discriminaciones por razón de género. De la mano de las sociolingüistas
feministas las lenguas pueden ser administradas como dispositivos éticos y esto
todavía complicará el panorama. Como ya se ha indicado[31], en las últimas
décadas muchas de las derivaciones teóricas del feminismo han venido a romper
con el binarismo, es decir, con la idea simplista de que solo existen hombres y
mujeres. La teoría queer ha auspiciado la consideración de que el género es
apenas una actuación, una performance que ejecutamos entre una infinidad de
posiciones intermedias que se desplegarían a partir de la masculinidad y la
feminidad. Estos postulados, que originaron una cierta
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desorientación,
habían estado siempre latentes en la percepción popular; simplemente su entrada
en la agenda filosófica les daba profundidad y capacidad de renovar el panorama
conceptual. Ahora bien, en la medida en que asumamos el fin del binarismo y la
reivindicación de géneros diversos, tendremos que reconocer un problema en el
lenguaje que se ha venido difundiendo como alternativo: la reiterada
duplicación de -os/-as puede acabar fortaleciendo un binarismo limitador.
Paradójicamente una acción destinada a evitar la discriminación de género puede
obligar a ajustarse a un patrón y acabar reforzando la división bipartita entre
hombres y mujeres. En el lenguaje tradicional, cuando alguien escogía mal una
opción y después rectificaba, la ironía popular respondía con un si no es buey,
es vaca. Tal frase evoca a la perfección el contexto en que se desarrolla la
propuesta, ya larga pero todavía no central, de la sociolingüística de género.
Quizás haya más posibilidades que buey y vaca y, en este sentido, añadir a
todos y a todas no aporta nada a buenas tardes, pero reduce todos los sujetos
asistentes a una reunión a dos posibilidades, en función de lo que tengan entre
las piernas o, peor todavía, de lo que se supone que tienen. Desarrollar los
desafíos del sexismo lingüístico en la época queer ha sido también el cometido
de la sociolingüística feminista reciente; un cometido que exige tareas de
matiz y que apela a las dimensiones filosófica, lingüística, social y literaria
de la interacción. Pronunciar formas dobles es una valentía necesaria frente a
aquel ridículo monolitismo, pero quizás no baste. En 1979, cuando se estrenó la
película de los Monty Python La vida de Brian funcionaba bien la parodia
humorística: cada vez que alguien decía los judíos una feminista puntualizaba y
las judías. Era una broma sobre la excesiva rigidez del feminismo, siempre
preparado para ejercer su crítica, pero también un juego anacrónico en el
discurso del siglo I. Hoy, al decir los judíos y las judías el paso del
feminismo parece haberse quedado miniaturizado en un mundo donde las ideas se
crean y se difunden a toda velocidad.
En síntesis, en las
últimas décadas el activismo feminista ha venido proponiendo diferentes
depuraciones del discurso para aligerar su androcentrismo. Bebiendo de ese
movimiento, muchas sociolingüistas han ido filtrando, añadiendo, modificando
argumentos y sancionando, por la vía académica, esos usos. Porque la presencia
de feministas en entornos universitarios o intelectuales ha dado cobertura a lo
que sucedía en las calles. Pero la sociolingüística no es el núcleo duro de las
ideas
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lingüísticas, que
han girado históricamente en torno a la gramática, la semántica o la fonética,
y, cuando adquiere tintes militantes, lo es aún menos. Evitar que el masculino
sea considerado la forma estándar no es una simple norma de estilo, sino una táctica
para que la visión del mundo en masculino no se imponga a expensas de otras
visiones. A pesar del sustento filosófico y antropológico de este proceder y de
un vigoroso movimiento a su favor, la lingüística muestra una fuerte
resistencia a asumir esta estrategia como asunto propio.
7.3. LA IRRUPCIÓN
DEL GÉNERO: UN ACTIVISMO SOCIAL QUE MARCA AGENDA PROPIA
7.3.1. ¿Por qué
Robin Lako se enfadó tanto?
Cuando el feminismo
era un movimiento beligerante, pero todavía sin eco en la academia, una
profesora de la Universidad de California en Berkeley, Robin Tolmach [Lakoff],
publicaba un trabajo pionero (1975) donde conjugaba ideología y profesión. Era
llamativo que una autora situada en el entorno de la gramática generativa —y
por tanto cultivadora de una lingüística sin interés en aspectos sociales—
decidiese iniciar una ruta de estas características. Hasta el momento, se
suponía que hombres y mujeres hablaban del mismo modo. Aunque la historia de
las ideas sobre el lenguaje ilustre una continuada atención por la variación
—geográfica, histórica, social— se daba por sentado que no existían
generolectos. Pero si así fuera, habría que justificar ese desajuste: al haber
asumido que cualquier variable mínima —como unos pocos kilómetros de distancia,
el paso del tiempo o las diversas ocupaciones a que nos dedicamos— explica que
hablemos de manera diferente, parece poco plausible la hipótesis de que un
aspecto tan regulador de nuestras existencias como el género no vaya a dejar su
impronta en la lengua. Robin Tolmach [Lakoff] es la primera persona que firma
un trabajo destinado a registrar esas diferencias. No usa una base empírica
—esa no era la costumbre en el marco en el que había trabajado—, sino sus
propias intuiciones como hablante de inglés y, si se quiere, como mujer blanca
y de formación universitaria. Pero también
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lo hace movida por
un afán político. Monica Heller y Bonnie McElhinny (2017: 216) revisan ese
contexto:
Reflexionando sobre
su libro 30 años más tarde, Lakoff […] nota que, como estudiante de Chomsky en
el MIT, no podía evitar ser consciente de la participación activa de este en
los movimientos antibelicistas y que era duro para una estudiante permanecer neutral
sobre los acontecimientos mundiales: la revuelta de la juventud contra la
Guerra de Vietnam y a favor de la revolución femenina resultantes de los
derechos civiles y de los movimientos antiguerra. Sin embargo, sentía que el
estudio de la lingüística transformacional no ofrecía suficiente información
sobre los estados mentales, los deseos y las identidades personales para
proporcionar herramientas para tal implicación. Para ella y para otras, la
cuestión era qué partes de la realidad psicológica y social requerían
codificación lingüística.
Hasta ese momento,
la cuestión feminista aplicada a las lenguas se había ocupado únicamente de
señalar el sexismo que podría extraerse del uso del falso genérico, de las
disimetrías de trato implicadas en formas como señorita o de efectos
discursivos del estilo de describir a los hombres por su profesión y a las
mujeres por su apariencia. Ella se desviará de ese tratamiento del lenguaje en
tercera persona, que mira hacia los usos de manera indirecta, para colocar en
foco el yo de quien habla: el yo-hombre hace usos diferentes del yo-mujer. El
sexismo lingüístico exigía atender a un aspecto tan subjetivo como la
intencionalidad, al atribuir a los enunciados determinadas cargas ideológicas.
Pero cualquiera podía ponerse a salvo esgrimiendo que esa no había sido su
intención. En una lectura foucaultiana podríamos decir que el análisis
practicado, entonces y ahora, por el feminismo sigue el modelo de la confesión
católica: hay que revelar los objetivos últimos de lo que se piensa o se siente
al hablar; hay que autoanalizarse escrupulosamente. Obviamente, muchas personas
se sienten fiscalizadas por ese análisis y de ahí sus prevenciones. Aunque
Robin Lakoff no usase un corpus empírico bien sustentado, estaba enfocando el
tema de una manera que permitía corroboración: iba a demostrar que el género
existía y que a la lingüística se le había escapado.
Página 181
Conviene aclarar
que las feministas anglosajonas ya hablaban en esta época de gender. La
diferencia sexo/género, un clásico del pensamiento feminista que habitualmente
se remite a la obra de la filósofa francesa Simone de Beauvoir, fue cultivada y
desarrollada por muchas intelectuales, como hemos visto en el caso de Margaret
Mead. Esta diferencia teórica no tuvo, sin embargo, una entrada fácil en la
lingüística, a pesar de que, según explica Patrizia Violi (1991) el macho y la
hembra biológicos se transforman en hombre y mujer precisamente a través de
mecanismos simbólicos, como el lenguaje. Cuando se acusaba a un hombre de mover
las manos de manera «afeminada» o cuando se consideraba que una mujer era
demasiado asertiva se estaba haciendo referencia a géneros sociales, pero el
análisis del discurso no utilizó apenas esta categoría. Entrado el siglo XXI
todavía instituciones de prestigio como la Real Academia Española dictaban que
género era una traslación inadecuada del inglés para referirse a la cuestión feminista,
porque en español el término solo aludía a la categoría gramatical, y de ahí
que desestimasen la expresión violencia de género, en cuyo lugar recomendaban
violencia doméstica. Es cierto que en los ámbitos jurídicos las posiciones
feministas acabaron imponiéndose, pero esta manera de blindar la gramática al
empuje exterior explica lo tardíamente que entró en algunas tradiciones la
innovación sociolingüística. El trabajo de Robin Lakoff pasó a la historia
porque, al abrir la puerta al género, sus consecuencias superarían todas las
expectativas. El punto de arranque consistió en registrar los rasgos que
caracterizarían el habla femenina. Como era la primera vez que se recogían,
aparecían ligeramente reiterados y, como suscitaron investigaciones posteriores,
que los extendían o los contestaban, su presentación hoy solo puede hacerse de
manera un tanto libre y sintética:
El habla de las
mujeres registra mayores diferencias de altura, un rango de modulación no
imputable a las diferencias anatómicas que les sirve para expresar emociones.
Los hombres, en cambio, usan un discurso prosódicamente plano, que les confiere
autoridad. En esta línea se ha comentado que Margaret Thatcher cuando se
presentó a primera ministra recibió clases de oratoria porque sus directores de
campaña aseguraban que no debía sonar «como un loro».
Página 182
Abundancia de
flexión interrogativa, de entonación vacilante y dubitativa que expresa
inseguridad. Lakoff atendía especialmente a las question tags del inglés, en su
opinión más frecuentes en el discurso femenino. Análisis y contrastaciones
posteriores cuestionaron esta evidencia: en muchos casos, la absoluta autoridad
acaba sus emisiones con una coletilla que no implica ningún tipo de duda. Un
padre que riñe a su hija por llegar tarde a casa puede decir: No vuelvas
después de las diez, ¿entendido? sin que deba presumirse que está negociando
con su interlocutora. Para actuar con todo rigor, debe indicarse también que
otros estudios posteriores avalaron la hipótesis de Lakoff. Profesoras,
intelectuales o médicas en el ejercicio de sus profesiones o concediendo
entrevistas solían acabar sus enunciados con expresiones como ¿vale?, ¿no?, ¿de
acuerdo?, chocantes dada su condición de expertas.
Proliferación de
detalles en la descripción y tendencia a multiplicar adjetivos o
intensificadores. Los discursos femeninos son prolijos en pormenores; el relato
no avanza porque acumula reiteraciones. En sociedades azotadas por la prisa,
este rasgo tiende a generar rechazo o resultar exasperante. Como manifestación
visible, las mujeres tenderían a la repetición de calificativos casi sinónimos
o a acumular intensificadores it’s very very blue, superinteresantísimo.
Las mujeres tienen
un léxico propio, según Lakoff relacionado con los roles tradicionales. Hoy
diríamos que muestran un inventario léxico más extenso y donde se singularizan
términos específicamente femeninos —como la forma del español mono para
bonito—. Resulta sencillo encontrar esas formas feminizadas porque los
humoristas las han usado para simular feminidad. Además, ellas usan muchos
diminutivos, algunos con carácter casi exclusivo, y abusan de las formas
recortadas —bici, boli, cari, pelu —.
Las mujeres sufren
una estigmatización de la vulgaridad: han sido educadas para hablar de manera
refinada evitando las formas obscenas. No es difícil explicar que las mujeres
en un esquema tradicional consiguen desmarcarse de su clase de procedencia exhibiendo
la forma de hablar propia de una dama o que usan ese refinamiento para escalar
posiciones especialmente complicadas. Con todo, este rasgo, en mi opinión, ha
sido el que más se ha transformado desde la publicación del libro de Lakoff.
Los cambios sociales han creado un espejismo de igualdad y han motivado el
Página 183
furor por la
obscenidad en el habla femenina como una forma de liberación.
Estas propiedades
no fueron nunca presentadas como suficientes y necesarias para definir el habla
femenina. De ahí que la incomodidad de muchas mujeres —que insisten en que no
hablan así— no tenga gran valor. No se trata de medir la feminidad de una mujer
a partir de su habla, sino de delimitar en qué consistiría el discurso
femenino, incluso de una manera abstracta y, por tanto, ligeramente
estereotipada. Una parodia humorística o una representación teatral usan a
menudo un actor que, para asumir un papel femenino, utiliza precisamente un
tono o un léxico determinados. Son indicadores lingüísticos de género, aun
cuando puedan ser usados por cualquiera o, incluso, aunque algunas mujeres,
especialmente en el uso de sus profesiones, los hayan ido relegando para
adquirir una variedad más masculina. También las diferencias de edad o
envoltura social intervienen modulando estos rasgos. Sin embargo, sabemos que
un grupo de hombres mayores que juegan una partida de cartas en un bar hablan
de diferente manera que un grupo de mujeres de la misma edad en una peluquería;
o que la joven dependienta de una tienda de ropa, al decir Cari, te queda muy
mono, está usando algunas formas lingüísticas que la hiperfeminizan. El trabajo
de Lakoff estaba registrando esa variación.
Aunque no fuesen
exactamente fuentes de inspiración para Lakoff, existían algunos precedentes en
esta línea. La antropología del siglo XX, ya antes de aceptar el género como
objeto de atención —Sapir, Malinowksi, Lévi-Strauss— se había referido al
concepto de bilingüismo sexual atestiguado en diversas comunidades. En algunas,
los hombres accedían a un dialecto exclusivo para hablar entre ellos; en otras,
eran las mujeres las que poseían una variedad diferenciada para su grupo. Lo
revelador era que en ambos casos el habla femenina implicaba menor rango
social: cuando los hombres ostentaban un dialecto propio era una especie de
habla privilegiada para chamanes; cuando lo tenían ellas era un registro
menoscabado, una forma de hablar por casa. No obstante, el atrayente fenómeno
del bilingüismo sexual se quedó ahí, envuelto en un vago aire de exotismo, como
una de las muchas anécdotas que la antropología acumulaba antes de que el
género irrumpiese para convulsionar el panorama. Lo que sin duda conocía Robin
Lakoff era el
Página 184
trabajo del
gramático inglés Otto Jespersen (1922)[32] que insistía en que las mujeres
ejercían una gran influencia en el desarrollo lingüístico «al evitar
instintivamente lo soez y preferir expresiones refinadas y, en ciertos casos,
indirectas», además de tener un discurso que suena «lánguido e insípido».
Probablemente, Jespersen solo se tratase con damas, educadas para ejercer su
posición de clase. Pero este raro precedente, que dedica un capítulo entero de
su libro al habla femenina, pudo ser bastante para que Robin Lakoff se
refiriese a una tradición que estereotipaba a las mujeres: ellas parecían
condenadas a ser lingüísticamente elegantes.
La interpretación
que esta autora hizo del habla femenina constituyó un capítulo más para la
controversia porque, tras haber destapado el tema, mostró ampliamente su
descontento con el perfil del habla femenina. En su opinión, se estaría
socializando a las mujeres para que sonasen como damas, lo que las relegaba a
permanecer donde estaban, porque ser una dama excluye tener poder. Las mujeres
aprendían a mostrarse lingüísticamente inferiores: si hablaban como hombres,
transgredían los cánones esperados; si hablaban como mujeres, eran consideradas
insignificantes. Infelizmente, los comienzos de la sociolingüística feminista
no son muy positivos. En un arranque de activista, Robin Lakoff concluye que,
si las mujeres quieren acceder al poder, tendrán que cambiar sus usos. En los
años siguientes, el trabajo, a pesar de recibir críticas potentes, pasó a ser
citado como referencia inexcusable. Fuera de los entornos lingüísticos, las
feministas lo tuvieron muy en cuenta porque comenzaron a impartirse cursos para
directivas: se habían convencido de que para triunfar debían ganar confianza en
su expresión y mostrar autoridad. No querían tener un habla desviada; querían
hablar como ellos, igual que querían hacer todo como ellos. Era la época del
feminismo de la igualdad.
7.3.2. Inventando
lenguas nuevas:
el feminismo
radical
La actividad más
innovadora del feminismo de los setenta consistió en la toma de conciencia, una
técnica propia de la interacción teatral y las dinámicas de grupos que suponía
que, al charlar y compartir experiencias personales, las mujeres percibirían que
sus problemas personales estaban
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determinados por
estructuras sociales: era la práctica del conocido lema the personal is
political. De forma general, el feminismo usó el silencio como símbolo de
opresión, mientras la liberación implicaba hablar y tomar contacto. Incluso uno
de los males mencionados en los círculos violeta de la época, el malestar del
ama de casa urbana, fue denominado por Betty Friedan el problema sin nombre,
destacando sus componentes lingüísticos. Finalmente, las medidas educativas en
favor de la coeducación, con su preocupación por depurar el sexismo, son
aplicaciones de una intervención en el lenguaje que tuvo su mayor exponente en
el feminismo radical.
Aunque su nombre
pueda generar malas interpretaciones, el feminismo radical es una escuela de
pensamiento y de activismo surgida en los ochenta especialmente en los países
anglófonos y caracterizada por la organización en pequeños grupos, de
militancia exclusivamente femenina, donde se explora la carga ideológica de las
lenguas. Radical tiene aquí un significado etimológico: pretenden transformar
la sociedad de raíz. Este movimiento fue responsable históricamente de notar la
alienación resultante de que las palabras se volviesen contra las mujeres y
supuso un revulsivo contra la creencia ilustrada de que el lenguaje refleja el
pensamiento. Al amparo de las versiones antropológicas en lingüística,
establecía un nuevo punto de vista que iba a recibir el apoyo de las tendencias
deconstructivas y posmodernas. Por un lado, defendía que no existe la realidad
al margen de su representación lingüística —otra vez, el relativismo
lingüístico—, sino que el propio discurso construye nuestra percepción de la
realidad. Además, el proceso no estaría completamente bajo control consciente;
los seres humanos son estructurados como seres sociales por el lenguaje. Un
elemento gramatical, como el masculino que se denomina genérico, puede tener su
origen en el bagaje cultural previo, pero acaba convertido en un artefacto que
favorece los prejuicios. En un informado trabajo, que recoge y sintetiza los
precedentes en esta dirección, Dale Spender (1985: 160) denunciaba que el
genérico reforzaba la creencia de que el grupo dominante, el masculino,
constituía una categoría universal, de modo que incluso aquellos que no eran
miembros de ese grupo aprenderían a aceptar esa realidad. Se estaba produciendo
un cambio de perspectiva que denunciaba el control, por parte de los hombres,
del sistema lingüístico. Las teorías de Lakoff pasaron a ser reinterpretadas:
formular preguntas no era una característica del habla
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femenina que
indicase inseguridad, sino una táctica de las mujeres para integrarse
socialmente.
En un sentido más
general, el trabajo de las feministas radicales aparece como una aplicación de
la hipótesis de relatividad lingüística, pero la historia de la lingüística se
ha dedicado a borrar estas dos tradiciones. Las ha minorizado, en el sentido de
despreciar sus conclusiones y en el de considerarlas prescindibles para
construir un capítulo de su historia. Solo así se explica que prestigiosos
lingüistas actuales insistan en que las sociedades pueden ser sexistas, pero
las lenguas no (Bosque, 2012): están privando a las lenguas de su capacidad
ontológica para mediar entre nuestras mentes y la realidad. Si eso fuese
cierto, la lingüística apenas sería una disciplina formal, ocupada de los
inventarios de palabras que constituyen cada idioma. Edwin y Shirley Ardener
(1975, 1978), cultivando la antropología social, incidieron en la argumentación
de que la sociedad es plural y que cada grupo genera sus propias ideas sobre la
realidad, pero no todos pueden conformarlas públicamente. En la mayoría de los
casos, el grupo dominante difunde su cosmovisión mientras que los menos
poderosos se quedan enmudecidos, sin posibilidad de representar la realidad a
su manera. En sus ejemplos, las mujeres manejan visiones del mundo diferentes,
pero se ven forzadas a codificarlas en los términos masculinos dominantes. Como
consecuencia, ellas los entienden mejor a ellos, porque el grupo enmudecido
precisa entender el modelo dominante para traducirlo a sus propios términos,
mientras que el proceso inverso no es necesario. Según los Ardener, el
patriarcado define en positivo un término como maternidad y luego resulta
imposible para las mujeres usar esa palabra de una manera propia, en relación
con la experiencia compleja de la maternidad, que, según en qué circunstancias,
puede vivirse con fuertes contradicciones internas.
Estos análisis se
generalizarían entre los feminismos de la diferencia que sucedieron al anterior
paradigma de la igualdad, también fuera del campo de la lingüística. Aunque
muchas veces sus supuestos sean cuestionables, abrían la espita del orgullo: si
las mujeres habían sido históricamente denostadas y todo lo que se calificase
de femenino era tenido por inferior, aparecían dos salidas posibles. La primera
sugería que las mujeres y lo femenino valían tanto como los hombres y lo
masculino; todos los sujetos eran iguales. La segunda, vinculada a los
feminismos de la diferencia, rompía la vara de medir: al fortalecer el término
denostado y
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dejar constancia de
los valores alternativos de las mujeres, ellas no eran «tan X como los
hombres»; eran otra manifestación de lo humano. Por supuesto, tanto en posturas
conservadoras o antifeministas como en los modelos de la igualdad, este viraje
que imprimía la diferencia produjo incomodidad. Era una otredad rebelde y
combativa; pretendía revalorizar el legado femenino en todas las facetas de la
vida, pero parecía cuestionar lo ya avanzado y corría el riesgo de caer en
esencialismos. En el sentido puramente lingüístico, buscaba estrategias de
diálogo y dinámicas de consenso respetuosas con un discurso que se había visto
desprestigiado. Se alzaba como una alternativa para sortear aquel monumental
enfado que debió de sentir Robin Lakoff cuando consiguió definir el habla
femenina para concluir después que no era válida. El modelo radical, además,
armonizaba bien con una experiencia compartida por tantas mujeres en aquellos
círculos de debate: la de ser literalmente aplastadas en una discusión por
formas argumentales o estrategias de discurso masculinas — interrupciones,
bromas eróticas, dureza verbal— que no correspondían a sus pautas de
interacción. Eso también era lenguaje.
En esta línea
subversiva algunas escritoras recrearon universos utópicos donde funcionaban
lenguas artificiales de su invención. El feminismo radical no creía en los
libros de estilo ni en la utilidad de estigmatizar determinados usos —como si
todas hubiesen visto La vida de Brian—. Más aún, consideraban que esos intentos
didácticos de prohibir algunas formas estaban condenados al fracaso. Este punto
es importante porque 40 años después se intentará que penetren en las escuelas
fórmulas que ya en los ochenta estaban siendo criticadas. Al postular que todos
los seres humanos miramos el mundo en masculino, el objetivo será desvelar el
androcentrismo reescribiendo las lenguas. La lingüista y escritora de ficción
Suzette Haden Elgin en su novela Native Tongue (1984) escenificaba la hipótesis
del relativismo lingüístico: los personajes femeninos de su relato creaban una
lengua artificial, el láadan, que permitía codificar temas prohibidos, por
ejemplo, la ausencia de descendencia como un estado positivo. En inglés, el
término barren denota a la mujer posmenopáusica o infértil de un modo negativo
que solo puede explicarse como resultado de una óptica patriarcal. En vez de
prohibirlo, la reacción pasaba por acuñar un término que se consideraba
positivo, childfree, literalmente «libre de criaturas». El láadan está repleto
de términos premonitorios de grandes cambios como:
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Acantófila: mujer
que establece relaciones con personas que abusan de ella o la desprecian, a
pesar de su malestar (del griego acanthós, “espina”).
Abuelar: usar la
sabiduría y experiencia de las mujeres mayores para resolver problemas.
Scratscrack: noche
en blanco por atender menores o personas enfermas mientras los miembros
masculinos de la familia duermen tranquilamente. La palabra suena mal porque
designa algo desagradable.
La palabra
acantófila evoca las relaciones tóxicas, abuelar el edadismo o discriminación
por razón de edad, que tiende a despreciar el conocimiento poco formal pero
efectivo de las abuelas, y scratscrack enuncia la necesidad de conciliación y
práctica común de cuidados por parte de los diferentes géneros. De alguna
manera, el nuevo vocabulario está introduciendo muchos de los conceptos que los
grupos feministas exploraban en sus prácticas. Esta creativa idea de jugar con
las posibilidades de una lengua construida desató otras exploraciones
conceptuales. Así, también Mary Daly inventó nuevos términos que engrosarían un
diccionario alternativo. Entre ellos, aparecen formas realmente humorísticas,
como las siguientes:
Las viejas
historias: noticias patriarcales distorsionadas por fuentes oficiosas y
difundidas en los periódicos.
Falosofía:
filosofía de locos exagerada. Sabiduría cargada con ideas «seminales» y
propagada con argumentos ambiciosos.
Probablemente, como
aseguran estas autoras, las categorías lingüísticas influyen en nuestra
cosmovisión, pero es imposible controlar hasta el final un dispositivo como el
lenguaje, que está siendo usado activamente por toda la sociedad sin un comité
de académicos que vigile el uso que cada persona hace de las palabras. Así, en
los últimos años asistimos a la introducción de la palabra pareja como uso
habitual. Si en algún momento esta palabra remitía simplemente a dos que van en
mutua compañía u obligaba a decir donde tenía lugar el emparejamiento —como en
pareja de baile—, hoy es una expresión frecuente para aludir a una pareja
sentimental. La forma va obteniendo popularidad porque permite a quien habla no
expresar el grado de estabilidad social de esa relación ni el sexo
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de la otra persona,
de modo que quien habla no se remite a una orientación sexual automática.
Angela Goddard y Lindsey Patterson (2000) usan ejemplos de este estilo para
invalidar la hipótesis de relatividad lingüística, pues en su opinión, si fuese
cierta, estos cambios serían imposibles. Es cierto que la hipótesis en una
versión fuerte predicaría que no podemos apartarnos de la conceptualización de
nuestra lengua inicial pero, en una versión más suave, estaría explicando
justamente lo que sucede con la cuestión del género: solo aquellas personas que
eduquen su sensibilidad y orienten su potencialidad crítica podrán salir de la
condena inicial que supone incorporarse a un producto colectivo; de otra
manera, los demás — nuestros antepasados, los poderosos, los que nos legaron
sus estructuras a través de obras literarias, informes o documentos— estarán
pensando en nuestro lugar. Repetidamente expuestas a estereotipos, las personas
acaban aceptándolos; por eso la reflexión sobre el lenguaje es urgente y debe
divulgarse.
Todavía en la línea
radical, Don Zimmerman y Candace West (1975) notaron que en la conversación de
grupos mixtos el 98 % de las interrupciones eran de hombre a mujer. Sus
conclusiones tuvieron tanto impacto que en los años siguientes comenzaría a
circular la idea de la interrupción como micromachismo: sería uno de los
mecanismos que ellos usan para lograr turnos de habla imponiendo sus
perspectivas. Por su parte, Marjorie Swacker (1975) grabó entrevistas donde
solicitaba a hombres y mujeres que hablasen sobre unas imágenes que les
ofrecía: los hombres hablaron tres veces más. La falta de correspondencia entre
la idea habitual de que ellas son muy habladoras y su silencio real en los
experimentos se explicaba de forma efectiva: la investigación medía el uso real
que ambos géneros hacían del tiempo; la versión popular asumía el criterio
tradicional de que las mujeres deben estar en absoluto silencio: cualquier
intervención ya sería exagerada.
Aunque la veta
lingüística del feminismo radical hizo importantes contribuciones, al final su
línea de investigación contribuiría a denunciar, tal y como aseguraban los
feminismos de la época, que todos los hombres son abusones y todas las mujeres
están siendo acosadas. Que fuese necesario explorar esa línea política no
justifica sus métodos: es sospechoso que las investigaciones den exactamente
con aquello que necesitan encontrar. Para no repetir estereotipos convendría
buscar otros rasgos que apoyasen las diferencias entre el habla masculina y
femenina.
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Algunas culturas,
como las mediterráneas, valoran una alta participación; en otras, prima una
cortesía que implica no interrumpir nunca a quien habla. Las diferencias
podrían explicarse como un contraste cultural entre comunidades donde prima
mostrar interés en la charla brindando palabras a la persona que está hablando,
y comunidades donde esto sería inadmisible. Tal vez entre hombres y mujeres los
desajustes e interrupciones también pudiesen explicarse así.
7.3.3. Ellas
siempre fueron charlatanas:
los estudios sobre
la conversación
En 1996 la
profesora inglesa Jennifer Coates publicaba un libro sobre el habla femenina.
Más de 10 años atrás había comenzado a grabar a sus amigas en las reuniones
semanales que celebraban, a primeras horas de la noche, en sus domicilios
particulares. Después de que un traslado la obligase a cambiar de residencia,
siguió registrando las conversaciones que mantenía con otros grupos de amigas.
Su interés pasaba por estudiar el modo en que se realizaba la interacción
lingüística en grupos exclusivamente femeninos, lo que ella llamó las mujeres
en sus comunidades de habla. Concluyó, en la línea que se venía apuntando desde
el feminismo de la diferencia, que las mujeres se socializan a través del
lenguaje, al que conceden singular importancia, de forma que acostumbran a
valorar el hecho de compartir con las demás sus motivaciones internas para las
acciones que emprenden. Apenas un año antes, al otro lado del mundo, en Nueva
Zelanda, Janet Holmes publicaba un trabajo sobre la cortesía donde establecía
algunas pautas, coincidentes con las de Coates, que, desde ese momento, se
consideraron fundamentales en los estudios de género: la mayoría de las mujeres
se divierten hablando y contemplan la conversación como un medio importante
para mantener el contacto con sus círculos íntimos. Ellas usan la lengua para
establecer, nutrir y desarrollar sus relaciones personales; ellos, en cambio,
tienden a usar el lenguaje apenas como una herramienta para obtener y producir
información (Holmes, 1995: 2).
Estos trabajos se
relacionan con la tradición iniciada en la antropología de los años ochenta por
Daniel Maltz y Ruth Borker (1982)[33]. Su máxima exponente, Deborah Tannen
(1991, 1994) llevaría sofisticadas ideas
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lingüísticas a las
estanterías más populares: algunas de sus obras hasta se vendían en los
supermercados. Como en el caso de las antropólogas, nos encontramos con una
investigación que, por temática y estilo, sobrepasó los círculos especializados
y conmovió al gran público.
Las investigaciones
de Deborah Tannen tienen como marco preferente la expresión de las relaciones
interpersonales en el discurso. Aunque graba materiales reales, usa con
frecuencia descripciones de escenas típicas en universos culturales concretos.
En muchas familias norteamericanas, por ejemplo, es la madre quien tiene el rol
de animar a los demás a contar su jornada en la cena. Ese ritual
ejemplificaría, en la línea de Coates o Holmes, como la subcultura femenina
valora la cercanía que se establece al compartir detalles personales. El padre,
en cambio —y, por extensión los hombres— tomaría la mención de cualquier
problema como una excusa para aconsejar o juzgar, contraviniendo el pacto de
simplemente aprovechar la reunión para establecer conexiones emocionales
fuertes. Son las maniobras de conexión femeninas que se oponen a las maniobras
de control, de entrada, masculinas. El problema principal es que la versión de
Tannen de los conflictos tiende a ser comprensiva —a veces demasiado
comprensiva y hasta justificadora, según la óptica feminista— porque los
patrones se apartan de cualquier jerarquía. Una mujer al evitar que su marido
haga las palomitas —alegando «porque siempre las quemas»— estaría usando una
maniobra de control, ya que efectivamente impide que las haga, envuelta en el
bien común de la familia, en su conexión y su interés por unas palomitas en su
punto. Tannen nunca explicó por qué sus observaciones partían de mujeres y
hombres implícitamente heterosexuales y aplastadoramente blancos (Heller y McElhinny,
2017: 216). Aunque ellas y ellos tenían dificultades para comunicarse, sus
problemas procedían de manejar estilos diferentes. Al poner el foco ahí,
inevitablemente las relaciones de dominación que tanto se habían explorado
quedaban enmascaradas o se relegaban a un segundo plano.
La hipótesis
subyacente, la de que existen diversas culturas en conflicto, supone que los
seres humanos, en función de su género, habitan tribus distintas. Las mujeres
consideran las preguntas un medio para mantener el flujo de la conversación y
repiten las expresiones de su interlocutor/a en un efecto de eco destinado a
conseguir que los argumentos no se vean enfrentados y reforzando la idea de que
ellas se mantienen a la escucha. Sin embargo, los hombres conversan escapando
Página 192
de las situaciones
que los obligan a compartir asuntos íntimos y tienden a resolver la interacción
como si se les estuviesen pidiendo soluciones para los problemas que se les
comentan. El desacuerdo está servido: los hombres sienten el habla de las mujeres
como cháchara repetitiva e interrumpen abruptamente dando soluciones a los
asuntos sobre los que, a su parecer, ellas divagan. Las mujeres, en
consecuencia, se sienten poco comprendidas o mal escuchadas y rechazan las
soluciones que ellos les brindan porque tampoco desean que nadie les solucione
sus problemas; simplemente, buscan una escucha confidencial y solidaria. Como
puede apreciarse, Tannen sintetiza las evidencias precedentes —incluso cita a
su antigua profesora Robin Lakoff como fuente de inspiración— pero tiende a la
disolución del conflicto de género: la existencia de comunidades de habla
diferentes podía advertirse en etnias, culturas o clases sociales distintas.
Las interrupciones masculinas, consideradas antes un micromachismo, ahora
serían un simple indicio de la implicación de los hombres en el discurso y el
malestar solo surge de que las mujeres tienden a conceder a sus oyentes un
trato más reverencial.
Por otro lado, es
difícil sostener hasta el final la idea de que todas las mujeres se comporten
como magníficas colaboradoras en un debate, de que todas ellas sientan la
alegría de compartir universos imaginarios recreados a través del lenguaje,
mientras los hombres actúen sistemáticamente como entrevistadores apenas
interesados en ir al grano, sin permitirse divagaciones. Diferente sería
manejar la hipótesis de que la socialización femenina —las pautas educativas
predominantes en la sociedad— tienden a primar el enfoque colaborativo en las
niñas, frente al enfoque competitivo que se reserva para ellos. Una serie de
modelos sociales se estarían solapando, incluso inconscientemente, en nuestro
entorno y determinarían la tendencia masculina al liderato que se observa en la
sociedad. Si muchas mujeres dicen chocar en su ámbito profesional contra
discriminaciones y si las estadísticas muestran que los hombres continúan
mostrando su prevalencia social, existe un espacio para la intervención
educativa en torno al género, aun sabiendo que la categoría tiene algo de
estereotipado. El supuesto de que las mujeres, desde la infancia, reciben
pautas educativas o presiones sociales para no destacar, para trabajar en común
y en silencio, resulta atractivo precisamente para desarmar educaciones
tiránicas u opresoras, pero no podrá mantenerse durante mucho tiempo a medida
que los patrones sociales muden. En otro
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sentido, la
tendencia a la colaboración frente a la competitividad puede ser una de las
claves de la supervivencia de la especie y resulta un valor fundamental en
sociedades no capitalistas. Este estilo de socialización colaborativa también
tiene lugar en otros grupos organizados, desde la actividad agrícola
tradicional al asociacionismo cultural, cuyos miembros comparten algo más que
una franja de tiempo invertido en común. De forma más matizada, podría
argumentarse que existe un modelo de interacción movido por intereses
inmediatos, por el aquí y ahora, que apenas se detiene en la satisfacción mutua
que supone la conversación y que incluso contempla los turnos de debate bajo la
metáfora conceptual de una guerra que se debe ganar y no perder, desplegando agresividad,
oponiendo con mucha fuerza los propios argumentos y desoyendo lo que se dice
del otro lado. Esas personas han tendido a ser hombres en los capítulos de la
historia precedente, pero no está escrito en ningún sitio que no puedan ser
mujeres, y tal vez sea más productivo pensar en el género como una categoría de
adscripción individual, como sugiere la tradición queer. Bastaría con
distinguir entre hablantes cooperantes, que escuchan y retoman parte de los
discursos —apostillando como dices tú o regalándonos la palabra oportuna cuando
dudamos o vacilamos— frente al laconismo de quien solo contemple la lengua como
herramienta.
Podría aceptarse
que la socialización femenina —como la de otros grupos dominados— ha primado
hasta ahora un modelo específico de cortesía. Según la tradición feminista, los
grupos masculinos primarían la camaradería entre sus miembros, lo que los anima
a expresarse simpatía, mientras que los grupos femeninos primarían la libertad
de decisión, que se hace patente en el uso reiterado de esas preguntas eco:
¿verdad?, ¿no es así? En ese abanico habría fluctuaciones, individuales y de
grupo, pero puede reconocerse una domesticación del discurso para que resulte
refinado, un proceso que, en el caso de lenguas en contacto, explica la
preferencia de las mujeres por la lengua dominante[34].
7.4. UN DEBATE TAN
VIGENTE COMO SILENCIADO
El cambio de
orientación entre los análisis que remitían las diferencias al dominio y
aquellos que apelan a la diversidad cultural, aunque
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controvertido,
liberó la investigación. No se trataba —por lo menos no desde el punto de vista
lingüístico— de buscar culpables, sino de conocer los recursos para deconstruir
el género dentro de un marco cultural. Porque si las mujeres desarrollaron modelos
discursivos propios, sería por vivir en un gueto, no como consecuencia de su
anatomía o de algo que las hiciera esencialmente diferentes. El siguiente paso
consistiría en revisar los valores asociados a la comunidad de habla femenina:
la tolerancia, la capacidad de colaboración, la empatía de la subcultura
femenina debería impulsarse por su positivo efecto en la transformación social.
El orgullo del feminismo de la diferencia, una vez desprovisto de rasgos
identitarios o esencialistas, podía ser productivo.
En las literaturas
poscoloniales se ha prestado atención a la frecuencia con que las mujeres y las
etnias no occidentales son representadas como no bastante directas, francas, o
asertivas: serían figuras portadoras de una cierta duplicidad. La perspectiva
de género en el siglo XXI invita a sospechar de estereotipos. Pero los modelos
académicos han estimulado a los hombres a participar y, en cambio, han inhibido
a las mujeres. Eso puede explicar mejor que en las reuniones cotidianas los
hombres tomen la palabra antes, la mantengan durante más tiempo e interrumpan
con mayor frecuencia, como los estudios experimentales han demostrado: las
normas que rigen la conversación, por muy invisibles que parezcan, están
vigentes y regulan los intercambios. Precisamente de esa experiencia nacía el
resquemor de tantos grupos feministas a la entrada de hombres en sus filas.
Para dar cuenta del
debate real, debemos indicar también que lingüistas como Deborah Cameron,
feminista pero muy crítica con estas teorías, insisten en que los estudios
precedentes comparaban los usos lingüísticos de hombres y mujeres de manera
poco apropiada; en sus propias investigaciones (Cameron, 1994: 44) hombres y
mujeres usan la misma cantidad de preguntas, de formas de cortesía, de
apostillas y de marcas de inseguridad y, por este motivo, acusa a autoras como
Lakoff o Tannen de hacer un trabajo poco empírico al describir los rasgos que
ejemplifican su hipótesis.
Desde luego, ni las
mujeres hablan todas igual, ni mucho menos usan una variedad desviada del
estándar, pero continúa existiendo un perfil lingüístico femenino que está
excepcionalmente connotado, hasta el punto de que las mujeres profesionales
intenten abandonar las marcas que
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pueden delatarlas.
No está nada claro que las mujeres puedan ganar autoridad si usan los
privilegios lingüísticos de los hombres, una frase que tiene bastante de mantra
y poco aval empírico. La estrategia de dar cursos de asertividad a las mujeres
que quieren ascender en el medio empresarial parece errada, puesto que existen
otras alternativas como la reivindicación de la expresión de los afectos, que
parece creciente en los sectores más jóvenes de la sociedad, o como una óptica
más positiva al respecto de la inseguridad del discurso femenino tradicional.
Finalmente, los discursos tajantes pronunciados por conferenciantes brillantes
que parecen dirigirse a un auditorio sumiso no componen la única opción
posible, y las nuevas masculinidades avanzan en esta dirección[35]. Además, el
poder rara vez se ejerce directamente a través de la coerción, sino que suele
entrelazarse con nuestra existencia tejiendo una red densa, e inoculando
ideologías a través del discurso. Como indica Cameron, nadie impone violentamente
a las niñas que jueguen con muñecas o deseen adornos, aunque el problema para
una educación libre es conseguir que no lo hagan —y yo matizaría aquí, o que no
hagan solo eso, o que también deseen muñecas y adornos los niños, o que el
lenguaje persuasivo de la publicidad no nos socialice sobre los prejuicios más
rancios—. Como el asunto es complejo, no puede esperarse que funcione una única
perspectiva y al primer intento; el debate debe ser todavía estimulado. Hasta
el momento, en los manuales de historia de las ideas lingüísticas nada de esto
aparece. La sociolingüística de género es una moda, una concesión a la
actualidad o una excentricidad semejante a un tratado sobre lingüística y
jardinería orgánica. Eso, a pesar de que haya introducido en la teoría un tema
candente en las calles.
A diferencia de lo
que ocurre con las demás ideas que estamos tratando, la línea de la
sociolingüística feminista no remite al liderazgo de una personalidad
académica, sino al propio movimiento social: en las últimas décadas muchas
mujeres se desvincularon de los roles tradicionales y sometieron a una
escrupulosa investigación prácticamente todas las dimensiones de sus vidas: la
maternidad, la vestimenta, la elección de a quién amar o las pautas para
desenvolver una existencia digna de ser vivida. Desde un punto de vista
teórico, buena parte de la investigación se limitaba a hacer catálogo de usos
lingüísticos dispersos y atribuirlos a la dominación masculina en vez de
establecer el uso social a que sirven los generolectos. El problema estaba en
que las activistas apremiaban: como tenían que hablar, demandaban recetas
claras para
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comunicar con
solvencia y de manera inclusiva. Al haber perdido la referencia de las
academias, a veces sus propuestas son poco reflexivas o movidas por las prisas.
En primer lugar, se
percibe una tensión entre feministas clásicas y posfeministas. Las primeras
insisten en que lo femenino no ha sido todavía nombrado. Su propuesta pasa por
las formas dobles, compañeros y compañeras, para introducir el femenino a toda costa.
Las segundas prefieren grafías disidentes, como compañer@s, compañer*s,
compañerxs o compañeres para responder, en una línea queer, a la inmensa
cantidad de géneros que realmente existen. La innovación mayor de esa teoría,
ya comentada en otros capítulos, consiste en la aceptación del género como una
pura actuación. Ejecutamos un género a través de rituales, de elecciones sobre
vestimentas o prácticas cosméticas, sobre gestos u otros comportamientos que
nos definen como seres sexuados dentro de una amplia gama de grises que
transitan entre los polos extremos masculino y femenino. Lo interesante de esta
perspectiva es que cambia radicalmente el enfoque: no se trata de una
injusticia hecha a las mujeres, sino de dar relieve a la diversidad de géneros que
realmente existen. Además de convocar más fuerzas aliadas, la perspectiva queer
introduce un fuerte aliento ético: no se trabaja para unos intereses de grupo;
no existe un nosotras; hay que construir un lenguaje para la humanidad diversa,
para toda la alteridad.
De tanto negociar
la diversidad interna de la categoría mujer, admitiendo que no hay normas a las
que ajustarse, la categoría misma se debilita: ¿en qué consiste, al final, ser
mujer? resulta una pregunta difícil o imposible de contestar. Como igualmente
difícil sería demostrar en qué se diferencian hombres y mujeres. Algunas
personas no tienen cuerpos que puedan ser etiquetados en un sexo de los dos
reconocidos, puesto que existen variantes cromosómicas que no se ajustan al XX
de las mujeres ni al XY de los hombres, sino que abocan a un tipo mixto con la
tríada XXY. También existen personas que presenta discordancias varias entre su
sexo cromosómico y hormonal, mujeres barbudas, hombres con pechos, personas con
los dos órganos sexuales a un tiempo, visibles o parcialmente escondidos en su
interior. En paralelo a toda esta casuística, algunas personas aseguran
sentirse encerradas en la cárcel de un cuerpo en el que no se reconocen y
reclaman otra identidad, mientras que otras, más o menos a gusto en sus cuerpos,
no se identifican con los perfiles
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psicológicos o
culturales que se les solían adjudicar. Toda esta variación, bien trabajada,
fragua en una respuesta rebelde al binarismo: hay tantos géneros como
individuos y ni siquiera cada sujeto tiene que permanecer instalado en esas
celdas toda la vida. Las personas cambian. Las palabras de Judith Butler
expresando cómo escribió El género en disputa resultan tanto más elocuentes
cuanto que su estilo es generalmente opaco (1990:
19):
No lo compuse
simplemente desde la academia, sino también desde los movimientos sociales
convergentes de los cuales he formado parte, y en el contexto de una comunidad
lésbica y gay de la costa este de los Estados Unidos, donde viví 14 años antes
de escribirlo. A pesar de la dislocación del sujeto que la lleva a cabo, hay
una persona aquí: asistí a muchas reuniones, bares y marchas, y vi muchos tipos
de géneros; entendí que yo misma estaba en la encrucijada de algunos de ellos,
y me encontré con la sexualidad en varios de sus bordes culturales. Conocí a
muchas personas que estaban tratando de definir su camino en medio de un
importante movimiento a favor del reconocimiento y de las libertades sexuales,
y sentí la alegría y la frustración que implica formar parte de ese movimiento
tanto en su lado esperanzador como en su disensión interna. Estaba instalada en
la academia, y simultáneamente estaba viviendo una vida fuera de esos muros; y
si bien El género en disputa es un libro académico, para mí comenzó con un
movimiento de transición, sentada en Rehoboth Beach, pensando si podría
vincular los diferentes lados de mi vida.
Ante tantas
dificultades para expandir el potencial transformador del mensaje feminista,
las propuestas se multiplican de una manera descontrolada. La reduplicación
-os/-as, insistentemente solicitada por el feminismo clásico, antes de ser
incorporada masivamente ya se ha visto sobrepasada por otras fórmulas. Al
tiempo, muchas feministas se muestran favorables a formas como miembra o
individua, aunque no siempre sean conscientes de que esta decisión acabaría
legitimando también, por coherencia, formas en masculino como astronauto,
artisto o feministo. No
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estoy insinuando
que las innovaciones «corrompan» los paradigmas morfológicos o que antes de ser
asumidas deban ser sancionadas por las instituciones. Es justo reconocer,
además, que en los contextos oportunos podrían tener un valor para la educación
social. Así, cuando en un parlamento se pronuncia miembra o portavoza, por muy
extrañas que suenen estas alternativas, se está invitando a la reflexión. Pero
la creación masiva de formas dobles entraña riesgos, como el de reforzar el
binarismo, y, desde un punto de vista filosófico y/o lingüístico, debemos
sopesar muy bien el alcance de los cambios.
La opción de
feminizar el lenguaje no exige romper con la categoría gramatical. Formas como
individuo, sujeto o persona, las dos primeras con género gramatical masculino,
la última con femenino, nos permiten aludir inclusivamente a individuos de
distintos sexos/géneros sin caer en discriminaciones, precisamente porque no se
han visto históricamente diferenciadas. Ante una frase como Rosalía de Castro
es la escritora más significativa de la literatura gallega, puede entenderse
que es la más significativa de las mujeres de las letras gallegas o que es la
más significativa de las personas de las letras gallegas. Cuando las mujeres
comenzaron a notar su insatisfacción ante un lenguaje que llamaron patriarcal,
se referían también a estos fenómenos. Mientras que la tarea de escultoras,
lectoras o políticas a lo largo de la historia parece inexistente por el uso
habitual del masculino, cuando se usa el femenino tendemos a pensar en un
subconjunto inscrito dentro de un universo más amplio. Así, si usamos escritores,
propiciamos que se piense en masculino; si usamos personas que escriben,
estamos ensanchando el referente, y, para los fines pedagógicos que estas
medidas pretenden, la palabra persona tiene un muy útil género gramatical
femenino, que exigirá las oportunas concordancias y acabará por feminizar un
texto. Si creamos la pareja correspondiente para estas formas —¿persono?—, nos
obligamos a denominar siempre el sexo, y esto puede ser un arma de doble filo:
¿desea todo el mundo ser nombrado sobre su anatomía? ¿No deberíamos tener que
preguntar el género en vez de deducirlo de la apariencia? De entrada, en una
época de identidades en transformación no deberíamos apegarnos a cuestiones
anatómicas.
No es preciso
saber, al redactar un escrito, si la presidencia de determinada asociación
recae en un ser humano con determinado cuerpo o determinada identidad. Por eso
parece preferible dirigirse a la presidencia
Página 199
que a cualquiera de
las otras alternativas posibles: dirigirnos a un presidente, el falso genérico,
parece lesivo, pero la fórmula doble, algo como estimado/a presidente/a, no
complace a nadie, quizá porque nadie es al tiempo las dos cosas, como la barra
parece sugerir. O quizá porque en el fondo la actividad de presidir no forme
parte de lo que una persona es, sino de la posición que ocupa, y, por tanto, el
género esté de más ahí. Los abstractos, del estilo de presidencia, ciudadanía,
profesorado, cumplen apropiadamente con la intención inclusiva y con esa
brevedad que muchas personas demandan. Es obvio que su uso puede sorprender en
ciertas combinaciones. Parecerá raro que la ciudadanía proteste —quien
protesta, se argumentará, son las ciudadanas y los ciudadanos—. Sonará extraño
que el profesorado diga algo; serán las profesoras y los profesores quienes lo
digan. Pero esa extrañeza solo puede imputarse a su condición de usos recientes
de la lengua; en cuanto se generalicen, se limarán todas las asperezas. La
posibilidad de aceptar estas fórmulas por presiones feministas no será superior
a la que debe crearle a la sociedad que se validen formas como almóndiga por la
presión de la pronunciación popular en determinadas zonas geográficas.
En medio de estos
debates, conviene aludir a algunas innovaciones ortográficas aparecidas en los
últimos años, como la arroba. Aunque muchas críticas la presenten como una
importación informática, está documentada desde el siglo XVI, cuando un
comerciante italiano usó ese híbrido de a y o para representar una unidad de
medida y calibrar las mercancías de los barcos que llegaban de América. En
consecuencia, mucho antes de que se percibiese su potencial para transmitir lo
desviado, lo intermedio, lo que está fuera de la categorización de género, la
arroba daba forma a una unidad de medida árabe, lo que da cuenta de su
filiación mestiza. Pero esta grafía díscola no goza de mucha fortuna. Por un
lado, la ortografía es una institución amparada por la escuela donde no caben
todavía estas innovaciones; por otro, en los combativos círculos del feminismo
clásico se considera que no remedia el problema porque, al tratarse de un
simple soporte en la escritura, exige que en la lengua oral tomemos una
decisión y temen que quien lea tienda a seleccionar el masculino de modo que,
por ejemplo, asociación de escritor@s se lea como asociación de escritores. Sin
embargo, el hecho de que en la escritura se introduzca un signo desafiante, que
obliga a una elección para su lectura, ya demanda singular atención. Cuando
usamos ciudadanos y
Página 200
ciudadanas, las
personas se mantienen en su cápsula de género y la fórmula simplemente aporta
la benevolencia de aceptarlas también a ellas. Cuando usamos ciudadan@s, en
cambio, la grafía disidente obliga también al hombre que lee a cuestionar la
categoría masculina como ese universal al que pueden añadirse coletillas en
femenino. Otras opciones, como ciudadan*s o ciudadanxs, tienen esa misma
función de rescatar la diversidad, aunque en las lenguas románicas donde las
posibilidades son - os y -as la arroba parezca la solución gráfica idónea para
representar un camino continuo entre los polos masculino y femenino. En
cualquier caso, todas las grafías disidentes tienen como objetivo ser
inclusivas, además de evitar la repetición y sus posibles efectos discordantes,
esa fatiga que tanto se ha ridiculizado. Es cierto que muchas personas se
sienten intimidadas para usarlas fuera de escritos informales porque las
academias no los aceptan. Continuarán sin hacerlo. Y quizás no podamos seguir
esperando por unas instituciones que caminan tan despacio.
Los signos @, x,*
incorporan esa madurez gráfica de obligar a quien lee a decidir sobre una forma
fónica, y eso parece una opción atractiva. No obstante, existen soluciones que
exigen un cambio morfológico radical, como ciudadanes. Y no son excepcionales.
En alemán (Motschenbacher, 2010: 41) se utiliza StudentInnen, un compuesto del
masculino Studenten y del femenino Studentinnen, para referirse a mujeres y
hombres estudiantes. También es más fácil encontrarnos con estas formas en la
convocatoria de una manifestación o en el tablero de una facultad que en la
oficina de empleo o en el juzgado, pero eso es mero resultado de un uso todavía
reciente, que no tienen detrás una gran trayectoria histórica. Lo que resulta
fundamental y hace pensar en una victoria futura de estas reivindicaciones es
que personas del género dominante, el que históricamente ha detentado los
privilegios, la utilicen. Y el camino ya está iniciado.
De todas estas
estrategias fuertes de visualización del género, todavía resta el femenino
genérico, que concede a las formas femeninas el valor reservado para aquel
supuesto universal en masculino. Desde la gramática no resulta fácil
aceptarlas. Y tampoco desde una cierta ética que nos previene contra la actitud
de devolver ojo por ojo la agresión. Con todo, en los últimos tiempos esa
estrategia, ligada a la táctica del secuestro de las traductoras, se ha
introducido tímidamente en algunos textos o en discursos públicos con
extraordinarios efectos didácticos. Hasta hace unos
Página 201
pocos años, una
inversión del genérico de manera que el femenino fuese lo no marcado, lo
habitual, apenas podía verse en grupos beligerantes o en textos más o menos
rebeldes —por ejemplo, en un ensayo sobre el movimiento okupa—; hoy se lee en
algunas publicaciones o se usa en discursos públicos, especialmente de carácter
político. Cuando quien la pronuncia performa como hombre —viste, gesticula o
figura ante nuestros ojos en masculino— su uso es potentísimo y ejerce un
efecto vivificante en nuestras conciencias. Ningún manual de estilo debería
despojarnos de la posibilidad de utilizar la lengua para crear ideas, o para
liberar las mentes de sus cadenas, como hacemos sin duda cuando nos referimos a
las filósofas de la Antigua Grecia, a las escultoras del Renacimiento o a las
madres de una idea, y nos damos cuenta de que ni por asomo ha habido nunca
entre los grandes nadie que no cumpliese el requisito de ostentar el género
oportuno. Es una fórmula para ciertos contextos. En cualquier caso, poner orden
en este entramado complejo es tarea de la que la lingüística, en general,
parece desentenderse.
Ü
7.5. LING ÍSTICA EN FEMENINO:
LA REBELDÍA
Las lenguas se
dotan de instituciones que seleccionan las formas apropiadas, actuando como
auténticos mecanismos de control, que vigilan y punen. Es esperable que las
academias sean lentas a la hora de admitir cambios o que se prevengan en su
contra, dado que están constituidas por individuos que ostentan privilegios de
género, clase y estatus; las estructuras académicas son conservadoras per se y
no quieren perder poder. Frente a este inmovilismo, tendríamos que revisar el
talante que se atribuye a las disciplinas científicas y, por extensión, a quien
las cultiva. La sociolingüística es un campo de saber con fama de aperturismo,
probablemente a causa del tipo de problemas que aborda. A pesar de todo,
algunos textos especializados todavía eluden la cuestión de género, cayendo en
una paradoja: después de argumentar que las diferencias sociales, ya sean
económicas, de clase, de prestigio o de raza, dejan huella en las lenguas, una
diferencia tan adiestradora de papeles sociales como el género no se considera
digna de atención, o bien el asunto se resuelve de pasada, como si estuviese
demasiado sesgado para caber en los estrechos
Página 202
márgenes de la
investigación. Sin embargo, en el siglo XXI no parece factible cultivar ninguna
de las ciencias humanas sin atender a la cuestión del género. Las
sociolingüistas tratadas en este capítulo, al armonizar experiencia militante y
profesión, practicaron una investigación particularmente desobediente (Mills,
2012).
Ahondando en los
posibles lastres que esta actitud les deparó, más allá de no pasar a los
manuales de la historia de la disciplina, cabe también preguntarse por qué las
sociolingüistas feministas no han convencido a más mujeres especialistas. Con
la cantidad de filólogas que se titulan cada año bastaría para tener un nutrido
grupo de profesionales practicando una acción política de género. No creo, con
honestidad, que este efecto se haya producido hasta ahora: las mujeres —y,
eventualmente, los hombres— se sensibilizan como feministas en otros entornos:
en la acción política o sindical, al entrar en contacto con feministas en la
vida social o por algún episodio biográfico. Solo desde ahí pueden incorporar
el feminismo al saber académico instituido. Al quedar excluida de los programas
reglados de estudios superiores, la feminización del lenguaje se produce fuera
de los centros académicos y, por tanto, incidentalmente y de modo ajeno a los
centros de irradiación del saber, los que marcan qué es importante y qué no lo
es.
En un sentido más
técnico, habría que mencionar que la lingüística se ha construido
históricamente como un aparato de saber lento e incapaz de gestionar sus
conflictos. Frente a disciplinas muy proclives a las revoluciones, la
lingüística se sitúa entre las más evasivas a la hora de practicar cambios. Por
circunstancias históricas y epistemológicas diversas, que exceden el propósito
de estas páginas, en este campo cuesta mucho esfuerzo difundir las novedades
que se van adquiriendo en la investigación. Por eso, aunque haya cátedras de
estudios de género y aunque de ellas emanen investigaciones de importante
calado, puede permitirse permanecer impermeable a supuestos que perturben lo
que ha sido tradicionalmente admitido.
En tercer lugar,
existen dificultades innegables. Para explicitar el femenino y evitar ese nada
neutro masculino, es preciso enfrentar terribles críticas. En opinión de muchas
personas, la expresión del masculino y el femenino juntos recarga el discurso innecesariamente.
Desde luego, no pasa nada por hacer ese trabajo adicional, que no es tan
oneroso como lo presentan sus detractores, pero la actitud positiva hacia el
cambio que
Página 203
exigen estas
innovaciones se ve desalentada, cuando no abiertamente ridiculizada, por
algunos sectores sociales. Sin embargo, ningún académico propugna la
eliminación de las formas de cortesía para salvaguardar la economía del
lenguaje, que tanto se cacarea en este contexto injustificadamente: si hubiese
tanta prisa y el lenguaje tendiese, como dicen, a la simplicidad, nos
ahorraríamos el decir por favor o aboliríamos la pesada diferencia usted/tú.
Pero también aquí hay trampa: el concepto de economía del lenguaje está ligado
al marco conceptual del estructuralismo —que no es la única óptica posible en
la actualidad— y en ningún caso se identifica con el sentido que le dan los
medios de comunicación al pintar la lengua como un todo armonioso y económico.
No es cierto: toda lengua natural es fértil y prolija, tiene sinónimos, abunda
en detalles innecesarios, explora caminos. De otro modo no se entendería que
tuviésemos adjetivos de color que solo aplicamos a determinadas cosas —como
tinto, que reservamos para el vino, o rubio, prácticamente solo usado para el
cabello—, o formas verbales de usos tan complejos y poco económicos como el
pretérito anterior —si en las lenguas todo fuese economía, ya se habría
eliminado una forma con usos tan escasos como hube cantado—. Las lenguas nunca
economizan en recursos. Y eso es bien sabido por quienes deciden invocar la
supuesta economía para defender un sistema fortísimo, que no precisa de su
defensa, proponiendo explicaciones interesadas, para mantener el privilegio de nombrar
el mundo a placer. Si esa austera economía del lenguaje ahorra algo será
únicamente saliva.
Ahora bien,
expresarnos en femenino complica el discurso —es cierto
— y, sobre todo,
exige una intención adicional de quien habla: la de emitir en sintonía de
género. Como, además, las feministas son inmediatamente etiquetables en ese
cajón de personas exigentes que tienden a mostrarse excesivamente suspicaces,
la tarea no resulta agradable para las más tímidas o las que tengan menos ganas
de significarse: en otras palabras, no ayuda a las personas a pensar si quieren
comprometerse con esta depuración. Quienes practican la feminización padecen
una situación paradójica: su discurso, que quiere ser respetuoso con la
diversidad, las convierte en diana de ataques inmerecidos. Volveremos sobre
estas implicaciones éticas en el próximo capítulo.
Puesto que hablamos
de intervenciones externas, conviene reflexionar al respecto de la
introducción, practicada desde esferas institucionales y
Página 204
con una clara
misión pedagógica, de formas lingüísticas políticamente correctas. Se trata de
recomendaciones para sustituir negro por persona de color o residencia de
ancianos por residencia de mayores. Dentro de estas intervenciones y a lo largo
de la década de los noventa en nuestro entorno se dio cierto empuje a la
feminización, evitando formas despreciativas o tratamientos de cortesía
frívolos, del tipo de señorita, además de denominar en los colectivos también a
las mujeres. El principal problema es que esa iniciativa no se vio acompañada
de medidas sustanciales más transformadoras. Cuando muchos políticos en campaña
electoral dicen gallegos y gallegas no están esforzándose por incorporar una
perspectiva de género, sino que aplican a su discurso un lavado de cara. En el
momento actual casi diríamos que, en ese contexto, de no hacerlo, se verían tan
criticados que están presionados para adoptar una medida discursiva en la que
no creen. Esto nos coloca en un punto crucial: los cambios lingüísticos deben
tener un objetivo que transcienda a la ordenación de la lengua, que penetre en
el orden social. El ejercicio lingüístico de depuración se presenta como
indispensable para transformar el mundo porque implica una toma de conciencia
al respecto de ciertos valores. Creíamos tener una lengua inocente y que
decidíamos nuestras bromas, pero podemos vernos también como marionetas que al
hablar reproducen sistemas de valores ajenos. No creo que esta repugnancia a
sentirnos cómplices de mantener etiquetas insultantes sea en absoluto ajena al
espíritu feminista. Por eso nadie debería caricaturizar las propuestas
feministas como aquellas que sugieren decir las mesas y los mesos o
despropósitos semejantes. La idea de fondo es no excluir, ni condenar a nadie a
comportarse de acuerdo con etiquetas prefijadas.
Entretanto, queer
ha roto las clases bien configuradas. Como quien se mete en un traje que le
viene estrecho, las categorías hombre y mujer han reventado; se les han saltado
las costuras. El pensamiento feminista había construido una noción de grupo:
las mujeres, hermanadas por la sororidad, eran víctimas de una opresión que las
unía, por encima de clase o de raza. Componían un nosotras. Algunas de las
propuestas más interesantes del feminismo han insistido en la dificultad de
constituir ese sujeto político colectivo llamado las mujeres. En los últimos
tiempos, de hecho, el sector del feminismo que se ocupa exclusivamente de la
defensa de los derechos de las mujeres es acusado por otras feministas de
actitudes discriminatorias hacia personas transgénero. El término TERF, trans-
Página 205
exclusionary
radical feminist, aplicado como insulto a aquellas que sostienen la existencia
de dos grupos en guerra, el masculino y el femenino, condensa esta tensión. Y
el debate actual entre un feminismo orientado hacia la multiplicidad de
géneros, o posfeminismo, y un feminismo tildado de clásico está generando un
profundo debate intelectual, que renegocia nuestras categorías (Phipps, 2020).
Pero las críticas internas en el feminismo a la homogeneidad y a la manera en
que un grupo de mujeres blancas, mayoritariamente heterosexuales y bien
asentadas económica y simbólicamente en la sociedad han impuesto su agenda son
ya antiguas (hooks, 1984: 9).
Queer está en la
raíz de esa disidencia interna. Eso no significa que esté contra el feminismo,
ni que sea una teoría al servicio de la homosexualidad. Queer nace de una
herida también, como toda subversión de género; de una disidencia contra la
excesiva categorización. Puede recoger a personas inicialmente insatisfechas
con su cuerpo o con su orientación, pero ni siquiera esto es obligatorio. Y,
con toda probabilidad, moverá a esas personas hacia una conciencia y aceptación
de sí que se ha llamado, tal vez sin mucho acierto, orgullo. Porque el orgullo
era un defecto en la tradición moral de la que venimos y aquí se trata, más
bien, de reconciliarse con la propia experiencia, con la propia historia, con
el cuerpo y con el ser. En su afán de liberación, queer brama contra las
etiquetas, sin que eso signifique incomprensión hacia la situación de las
mujeres.
La primera
indagación de queer es la exposición de la rareza, de la variedad y ahí se hace
catálogo. Precisamente porque los términos hombre y mujer son insuficientes
para recoger nuestra experiencia, la lengua incluye formas como hermafrodita
—hoy reemplazada por intersexual—, andrógino, travesti, transexual,
transgénero, además de referir las orientaciones sexuales, que fueron las
parodiadas históricamente y, por tanto, las que han tenido formas de expresión
propias: lesbiana, bollera, tortillera, gay, maricón, mariquita, afeminado,
invertido y un largo elenco de palabras que acaban siendo vistas como
impronunciables. La creencia de que solo hay dos tipos de persona, hombre y
mujer, no procede de la experiencia, sino de una ilusión social de homogeneidad,
de una norma a la que ha sido obligatorio acomodarse (Bing y Bergvall, 1996) y
que pudo generalizarse a través de artefactos como los usos gramaticales. El
concepto de pluma servía en el imaginario popular para recoger esa gama
Página 206
de grises y para
estigmatizarla también. Pero la segunda indagación atañe a cada persona como
sujeto pensante. En las lenguas de esta parte del mundo, cuando hablamos, otras
personas deciden si yo soy él o ella. En la primera o en la segunda persona,
solo tenemos una posibilidad —decimos yo hablo o tú hablas independientemente
de nuestro cuerpo y de nuestra mente—. Por supuesto, no es así en todas partes,
en algunas lenguas rige una distinción de género en la primera persona, pero en
Occidente, ahora mismo, delegamos en criterio ajeno un asunto tan delicado como
este. Dado que nuestro género debe ser dilucidado por otro sujeto —que dirá él
habla o ella habla—, es inevitable que exageremos nuestra performance para que
la interpretación ajena coincida con la identidad que creemos tener. El género,
al final, sería una cuestión eminentemente lingüística.
El sexismo
lingüístico ha agitado las sociedades y ha agitado la lingüística. Eminentes
escritores, filólogos o académicos se empeñan periódicamente en repetirnos que
la discriminación de las mujeres es aún evidente en la sociedad pero que eso no
tiene nada que ver con las inocentes lenguas. A veces (Bosque, 2012) lamentan
la falta de lingüistas entre las personas responsables de tales iniciativas. Se
puede comprender esa reacción corporativista, pero, en honor a la verdad,
convendría recordar que existen sociolingüistas feministas y que nadie expulsó
a los y las especialistas: fue la lingüística profesional quien históricamente
se desentendió de cuestiones espinosas como estas. Los programas académicos
apenas incluyen la perspectiva de género, de manera que el estudiantado se
gradúa sin tratar esta cuestión; difícilmente podrá después manejar criterios
acordes con la efervescencia de la sociedad en que viven. El pensamiento
feminista lleva décadas avisando de que, desde niñas, las mujeres viven al
acecho, sometidas al doble esfuerzo de valorar si en cada frase estarán o no
incluidas; un esfuerzo que nunca se les demanda a ellos. Realmente, ¿sería tan
difícil modificar los hábitos de uso de las lenguas cuando lo que está en juego
no es una preferencia estilística, sino un mecanismo de inclusión social?
La sociolingüística
feminista no pretende saber más que la gramática. Ni menos. Porque la
gramática, ese conjunto de reglas que nos permiten elaborar sutiles
pensamientos, está a nuestro servicio; no al revés. Por eso las lingüistas que
han trabajado con perspectiva de género, que también existen, no defienden la
honra de las lenguas —eso de que están libres de toda sospecha de
discriminación—; sino que destapan fuentes de
Página 207
discriminación.
Dado que muy prestigiosas mujeres del ámbito de las ciencias y de las artes no
reclaman un uso no discriminatorio, los gramáticos insisten en que las
feministas deben creerse muy importantes para venir a reclamarlo. Pues no muy
importantes, pero sí conscientes. Las sociolingüistas feministas, de cualquiera
de los muchos géneros que existen, son plenamente conscientes de que, para
colonizar a alguien, lo primero es hurtarle los ojos con los que puede ver la
realidad. Por eso tantas mujeres y tantos académicos, sabios con la lengua, no
se percatan de los mecanismos opresores escondidos en el discurso. Y no los
aceptarán hasta que el enfoque menor de la lingüística con perspectiva de
género aparezca en los manuales.
7.6. ALGUNASÜ
LECTURAS SOBRE SOCIOLING ÍSTICA FEMINISTA Y
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CAPÍTULO 8
UN PASEO CON HUMPTY
DUMPTY:
LAS FILÓSOFAS DE LA
HIGIENE
«Dentro del
itinerario suprimido del sujeto subalterno, la pista de la diferencia sexual
está doblemente suprimida. […] Si en el contexto de la producción colonial el
subalterno no tiene historia y no puede hablar, el subalterno como femenino
está aún más profundamente en tinieblas».
GAYATRI CHAKRAVORTY
SPIVAK, lósofa
8.1. EL GRAN VACÍO
DE LA
FILOSOFÍA DEL
LENGUAJE
Decía María
Zambrano (1977) que «la palabra no destinada al consumo es la que nos
constituye; precisamente, la palabra que no hablamos, la que habla en nosotros
y solo a veces trasladamos en decir». Estos pensamientos evocan el movimiento
en defensa de la higiene verbal, que se ha verificado en el interior de la
lingüística y fuera de ella durante las últimas décadas y que defiende tomar
cuenta de esa palabra que nos constituye. El problema, como a estas alturas ya
era de imaginar, es que María Zambrano, filósofa en tiempos difíciles, y su
razón poética nunca aparecen reivindicadas en los estudios lingüísticos. Ni se
nombra. Finalmente, si los manuales en España no han recogido a Francisca de
Nebrija, con la proeza de haber dado clases en la universidad en el siglo XVI,
mucho menos pueden hacerse eco de alguien que, como Zambrano, remite a otro
campo. Y así el silencio sobre la obra intelectual de mujeres en la periferia,
como las dos mencionadas, se perpetúa.
Pero, además del
sesgo de género, la exclusión de María Zambrano ya era inevitable en ópticas
estrechas porque los campos de la lingüística y la filosofía se han constituido
como saberes independientes y, en esas condiciones, la filosofía del lenguaje
se ha quedado como un territorio intermedio y afectado de cierta indefinición.
Página 213
Ya ha sido
comentado que la lingüística es un área de conocimiento de implantación
reciente que, en el siglo XX, desarrolló un ingente campo conceptual para
blindarse completamente, evitando que su objeto de atención, el lenguaje, fuese
absorbido por disciplinas vecinas. La vitalidad de la investigación lingüística
y su despliegue en una multitud de saberes hasta cierto punto independientes
contrasta con la idea general que la contempla como una disciplina unitaria en
el conjunto del conocimiento. De hecho, resulta muy complicado hoy para la
filosofía, la psicología, la antropología o la biología aludir a la idea de
lenguaje porque la lingüística se ha apropiado de ella. La especialización en
métodos o facetas particulares ha dado lugar a una verdadera proliferación de
lingüísticas, a veces excesivamente distantes para poder entenderse entre sí.
Solo con estas salvedades se entiende que la definición más habitual del campo
en los manuales introductorios sea la de ciencia que estudia el lenguaje
humano. Tal declaración puede parecer inocua, pero trasluce dos inquietantes
tomas de postura. En primer lugar, supone que la lingüística es, por
definición, una ciencia. ¿Qué se quiere decir con esto? ¿Cualquier disciplina
de un programa de estudios es una ciencia? ¿Qué pasaría si un estudio sobre el
lenguaje, por ejemplo, de teoría de la traducción, no constituyese una ciencia
en sentido estricto? ¿Nos quedaríamos sin estudiantes o sin interés por ese
asunto? En segundo lugar, la disciplina se justifica presentando su propio
punto de vista como idóneo: al erigirse en la verdadera ciencia del lenguaje
asume implícitamente que se aproximará a este objeto con mayor propiedad que
otras. Aunque la biología, la antropología o la psicología, en su quehacer,
tengan algo que aportar sobre determinados aspectos del lenguaje, solo a la
lingüística le corresponde integrar los diferentes prismas y conciliarlos con
los aspectos simbólicos de las lenguas y las reglas de estructuración interna,
el campo tradicional de la gramática. De este modo, parece erigirse en un marco
de conocimiento crítico que se proyecta sobre el lenguaje en sus múltiples
dimensiones. Ese perfil determina que entre en abierta disputa con la filosofía
o, más concretamente, con aquella parte de la filosofía ocupada del lenguaje.
Dicho en otras palabras, la etiqueta de lingüística estaría recubriendo una
búsqueda de conocimiento similar a la búsqueda filosófica, aunque restringida a
uno solo de los objetos filosóficos posibles.
No creo, sin
embargo, que pueda decirse que la lingüística profesional tenga en el siglo XXI
la pretensión de asimilarse a la filosofía del lenguaje.
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Entre ambas no
circula demasiado flujo de información y hasta podría documentarse un cierto
menosprecio mutuo. Desde sus comienzos, el estructuralismo perseveró en diseñar
nociones y métodos propios. En tal contexto, la lingüística acabó por ocuparse
de cuestiones sistemáticas y abstractas para no identificar su trabajo con lo
que pudiese seguirse del conocimiento común sobre las lenguas. A lo largo de
estas páginas, hemos venido viendo que ese interés extraordinario por la
abstracción iba condenando como menores otras ideas, relegadas a los márgenes
—y que los sujetos subalternos, como las mujeres, cultivaron con preferencia—.
Todavía más: durante décadas la disciplina evitó los factores psicológicos,
biológicos o sociales para no perderse en campo ajeno y practicar única y
exclusivamente lingüística, aun si no se sabía muy bien qué cosa sería esa
ciencia sistemática y «pura», que se nos antoja un tanto anodina y con unas
pretensiones de neutralidad imposibles de seguir. El ideal, aludido como
inmanencia, consistía básicamente en ocuparse de aspectos que solo competen al
lenguaje. Se entenderá que en un entorno donde se ha luchado tanto por la
autonomía no va a ser fácil defender que el enfoque adoptado es filosófico. Por
otra parte, tampoco la filosofía como práctica profesional precisa de la
lingüística, y menos de la lingüística actual. De hecho, ha insistido en llamar
filosofía del lenguaje a algo que tiene muy poco que ver con lo que la
lingüística busca y, además, no guarda relación con las nociones básicas que en
esta disciplina han ido surgiendo.
Estas cuestiones
epistemológicas —o, más bien, gnoseológicas— explican la historia de malas
relaciones entre filosofía y lingüística y la inestabilidad de la filosofía del
lenguaje. La etiqueta de lingüística frente a filología, como todavía suele
llamarse en el Estado español, se impuso históricamente cuando el
estructuralismo comenzó a defender un determinado modelo de cientificidad para
su estudio —ahí figuras como Bloomfield, Hockett o Jakobson tuvieron un papel
referencial—. Al abandonar la prescripción o norma de buen uso como motivo, se
pretendía obtener un conocimiento coherente, objetivo y sistemático sobre el
lenguaje. Pero la afirmación del carácter científico de esta investigación
esconde muchas veces la mera creencia intuitiva que identifica ciencia con
disciplina respetable, asentada en la tradición académica o portadora de un
cierto rigor. En realidad, el marco de trabajo no es unitario: en fonética
experimental, los métodos son empíricos y se proyectan sobre aspectos
materiales del lenguaje; en historiografía lingüística los métodos son
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hermenéuticos y el
objeto —el progreso de las ideas lingüísticas— es inmaterial; en gramática se
describen reglas formales y se elaboran los conceptos teóricos para
explicarlas; en traducción automática la lingüística se reviste de tecnología
o, al menos, se convierte en ciencia aplicada. Se diría entonces que, al amparo
de una misma etiqueta, se aglutinan investigaciones de muy diversa naturaleza,
lo cual encaja bien con un objeto tan complejo como el lenguaje. Una de las
aproximaciones posibles canalizaría el interés por el lenguaje como idea
filosófica y, en este sentido, la filosofía del lenguaje es a menudo
considerada una subdisciplina lingüística. Pero, y aquí está el meollo del
problema, también una lingüística general de extensión amplia, al abarcar todas
las caras diferentes de ese gran prisma que compone su objeto de estudio, está
siendo, en efecto, una auténtica filosofía del lenguaje.
Las divisiones
administrativas pueden conseguir engañarnos. En ellas, la Filosofía del
Lenguaje aparece como una materia impartida por profesorado de Filosofía, no de
Lingüística. Lo que habitualmente encontramos en los programas de estudio
universitario correspondientes es una revisión o una expansión del quehacer de
una de las tradiciones del siglo XX: la filosofía analítica[36]. Sin la
pretensión de construir una crítica para ella, lo menos que puede decirse es
que la analítica se ve limitada a cuestiones semánticas bastante burdas con la
pretensión de fondo de crear un lenguaje para la ciencia, y conlleva una visión
de las lenguas reduccionista y poco atenta a apuntar nuevos problemas. En
muchas ocasiones sus versiones en los manuales concluyen en la teoría de actos
de habla, enunciada por Austin y Searle en los sesenta, y no siempre se enlaza
con temas igualmente filosóficos, como la crítica de valores impresos en el
discurso que se percibe en la tradición francesa que va de Foucault a Bourdieu,
ni con la semiótica cultural de Eco o con una expansión hacia nuevas
cuestiones, que solo se observa muy excepcionalmente[37].
Tal y como indicaba
Gustavo Bueno (1995a, 1995b), la filosofía es un campo de conocimiento
reconocible como una actividad crítica ejercida con mayor extensión y
profundidad que en las propias ciencias porque a estas no les es dado desbordar
sus círculos categoriales. Sin embargo, la lingüística actual es un caso raro
porque desafía esos círculos, lo que la convierte, a mi juicio, en un saber
filosófico, casi diríamos en un subconjunto de la filosofía que se ocupa del
lenguaje. El patrón estructural impuso límites: el inmanentismo o la
arbitrariedad del signo llevaban
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implícito ese
objetivo fundacional del cierre categorial. El hecho de que en las últimas
décadas esos límites se superasen exigiría una explicación adicional: tal vez,
la lingüística que se practica en el siglo XXI haya alcanzado un estatus
epistemológico diferente o esté amenazando la solidez de las clasificaciones
tradicionales. Si, siguiendo la imagen de Bueno, las ideas son como hilos
dorados que atraviesan las categorías, las cosen y tejen una malla de
relaciones, es lógico que se produzcan efectos de este tipo: en un determinado
momento la lingüística era un saber categorial y en otro entendemos por
lingüística «todo lo que tenga que ver con el lenguaje», en un proceso abierto
como es de esperar en la producción histórica y social de las ideas. Con este
perfil tan enmarañado, algunas cuestiones formuladas desde la Filosofía, o
formuladas desde la vida social pero susceptibles de alcance filosófico, no
penetran en la gran historia de las ideas lingüísticas. Y, como suele ocurrir
con los campos marginales, ahí descubrimos una tarea densa y silenciosa
realizada por mujeres. Según los roles tradicionales, ellas se ocupaban de
limpiar; pues bien, aquí han entrado para cumplir la misión asignada: la de
poner orden y cuidar de una higiene escrupulosa.
8.2. MÁS ALLÁ DE LA
CORRECCIÓN POLÍTICA: EL MOVIMIENTO A FAVOR DE LA HIGIENE VERBAL
El lenguaje no es
solo un inocuo sistema de comunicación o un esquema cognitivo para
representarnos el mundo, como suelen repetir los manuales con la intención de
que nos parezca inofensivo. El lenguaje es también un mecanismo simbólico que
genera y reproduce poder. Así lo ha demostrado la sociolingüística feminista,
como otras tradiciones de análisis crítico del discurso. Si aceptamos esta
premisa inicial, no puede sorprendernos que las gramáticas mantengan usos que
choquen con la sensibilidad actual o que se muestren más conservadoras que el
sentir general de quien las habla: las lenguas son productos históricos, que
arrastran cosmovisiones caducas, formas de ver el mundo que ya no compartimos
con las generaciones que nos precedieron. Tal efecto puede ilustrarse acudiendo
al dato de que tradicionalmente las lenguas peninsulares acogieron con
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insultos a otras
comunidades con las que convivían: reservaban el término marrano para aludir al
pueblo judío, o el término moro —con todas las asociaciones que lo negro y lo
escuro evocan— para aludir de forma peyorativa a las personas naturales del Magreb,
aglutinando diferentes religiones, etnias y culturas. Aunque estas etiquetas
puedan explicarse recurriendo a los grandes periodos de guerras y
enfrentamientos con comunidades etnias diferentes, no es igualmente aceptable
que se mantengan hoy.
El movimiento a
favor de la feminización del lenguaje que hemos visto en el capítulo 7 estuvo
en los orígenes de otro movimiento, más general, a favor de su depuración, que
pretendía eliminar no solo las muestras de sexismo, sino cualquier carga
ideológica peyorativa. Estamos ante lo que en los medios de comunicación suele
llamarse lenguaje políticamente correcto, pero la etiqueta higiene verbal
permite evitar la crítica implícita que la primera denominación arrastra. De
hecho, este uso negativo, hoy generalizado, debería evitarse. Según Deborah
Cameron (1995), la expresión políticamente correcto nacía en los años ochenta
dentro de los partidos políticos de izquierdas para satirizar a los militantes
de ortodoxia rígida, que aspiraban a cumplir a la perfección el ideal político,
frente a actitudes más relajadas, que se permitían ciertas libertades en sus
obligaciones. De este insulto se apropiaron las fuerzas conservadoras para
ridiculizar todos los valores de la izquierda, incluso los sostenidos por aquella
militancia light que había lanzado la acusación original de rigidez. El cambio
de sentido es sugestivo cuando de lo que estamos hablando es de legitimar
nuevos usos de las palabras.
Cuando decimos que
las palabras de una lengua encierran una cosmovisión, adoptamos la perspectiva
antropológica vista en el capítulo 6, según la cual los significados han sido
construidos en la comunidad y tienen vigencia a partir de los valores del grupo.
De esta manera, las expresiones que identifican a las personas gitanas como
desaseadas, a las negras como poco inteligentes y sumisas, o a las mujeres como
promiscuas son resultado de una visión del mundo promovida por un vehículo
cultural, la lengua, donde aprendemos a expresarnos no solo con lo que
realmente sentimos; también con coletillas y discurso repetido. El empuje del
feminismo en la modificación de estos hábitos de uso ha sido fundamental: hoy
llamamos violencia de género a lo que antes se llamaba simplemente violencia
doméstica o, remontándonos más atrás, crimen/drama pasional.
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Parece
incontestable que si, para describir el asesinato de una mujer, todavía
usásemos la expresión obsoleta de crimen pasional, estaríamos legitimándolo.
Las etiquetas actúan en las mentes de manera tan sutil como inevitable.
Cuando el feminismo
radical comenzó a practicar análisis que desenmascaraban el androcentrismo,
otros colectivos, no siempre tan organizados, advirtieron que la
desvalorización de lo femenino no era la única herida que las lenguas
propagaban. Contenidos racistas, edadistas o capacitistas —es decir,
discriminaciones por razón de raza, edad o capacidades— eran habituales y
también deberían evitarse si se trataba, como diría Zambrano, de que nuestra
palabra nos contuviese. Cuando se decide no llamar a una mujer inválida sino
persona con funcionalidades alternativas, lo que prima es el intento de
sensibilizar a la sociedad, hostil e indiferente, hacia ella en particular y,
en general, hacia los pacientes afectados de problemas físicos o mentales. La
nueva palabra evita la herida de insinuar que esa mujer no es válida y nos
recuerda que su hándicap no la contiene al completo ni la resume; esa persona
está dotada de otras habilidades y hasta es posible que algunas de ellas hayan
sido desarrolladas a partir de sus limitaciones iniciales, como nos sucede a
todas y todos. Recurriendo de nuevo a Deborah Cameron (1995) y su higiene
verbal, los términos convencionales implican la evaluación de un fenómeno; las
alternativas vienen a cuestionar esa evaluación contemplando el asunto desde
distinto ángulo: la preferencia por personas del propio sexo se ve ahora como
un asunto social y no clínico, la prostitución como la descripción de una
práctica y no como un estatus moral, o la raza como una historia y no como una
genética. Pero nada de esto sucede en el vacío político. Decir afroamericano en
vez de negro no es usar un eufemismo, es preferir un término que evoca una
historia de colonialismo y esclavitud en vez de quedarse en el color de piel,
un dato absolutamente irrelevante para denominar a nadie[38].
El movimiento de
higiene verbal revisa el poder de las palabras en nuestras mentes y esa
revisión tiene carácter social, político y, sobre todo ético: evita infligir
heridas. Se percibe aquí una cierta dejadez en la lingüística nuclear, al
desentenderse de estos asuntos precisamente por unas connotaciones ideológicas
que interpreta como poco científicas. Y, sin embargo, el movimiento estaba
haciendo un análisis destinado a desvelar cómo se construye el significado en
la vida social. En palabras de
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Angela Goddard y
Lindsey Patterson (2000: 106), mientras se vuelve una y otra vez a renombrar
algunos grupos, porque las denominaciones nuevas atraen significados con
connotaciones negativas, las personas que representan la norma no reciben
nombre alguno, simplemente son personas. El asunto gana peso cuando es
considerado desde el prisma informado y riguroso de una auténtica filosofía del
lenguaje contemporánea. No en vano, toda la indagación de Judith Butler que
veremos a continuación es una lectura de la teoría de actos de habla de Austin
y Searle, y, además, de clara utilidad social.
El código
lingüístico que usamos para expresar nuestras intenciones no es compartido sin
más con la comunidad: las personas muestran sensibilidades hacia las palabras
que usan. Una palabra como privilegio, por ejemplo, arrastra connotaciones. Si
decimos ante una puesta de sol que contemplarla es un privilegio, una
ecologista que la escuche considerará que esa expresión tiene un vago aire
poético y que ensalza el bienestar que nos produce la naturaleza, mientras que
otra persona de mochila marxista no se sentirá cómoda con tal palabra y
renegará de la posibilidad de estar usufructuando una experiencia que no es
brindada por igual a todas las personas. El movimiento de depuración del
lenguaje pretende precisamente desafiar la idea de que existe un código universal
y neutro que pueda ser compartido por la totalidad de la comunidad hablante; de
ahí la fiereza con que se combate. Su objetivo es revisar el lenguaje diario y
su violencia; su método consiste en poner ciertas expresiones en cuarentena.
Pero, cuando una tentativa de reforma aduce que una expresión es racista, las
personas partidarias de su uso insistirán en no tener esa intención y
argumentarán que se están leyendo contenidos que ellas no manejan y que, en
cambio, la depuración atenta contra la cultura secular, contra lo que realmente
existe o contra el sentido del humor. El debate es difícil de reglamentar
porque ningún sujeto es el propietario de los significados de una lengua ni su
administrador. Mientras en nuestras sociedades aparecen grupos fascistas que
convocan a manifestaciones explícitas de violencia contra minorías
desfavorecidas o surgen los haters en las redes sociales, las propuestas
conservadoras insisten en mostrarse partidarias de los usos históricos o,
incluso, de la autenticidad, presuponiendo que la depuración es sinónimo de
castración deliberada y amenaza la libertad de expresión o restringe la
posibilidad de construir humor y expresar muestras de camaradería. El tono
jocoso de tantos chistes sobre el tema invita a que la
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depuración parezca
absurda, de manera que se acaba reclamando que penetre en el discurso toda la
fiereza de los suburbios. Y eso podría ser óptimo si tuviese algo de
subversivo. Cuando en la obra de Lewis Carroll A través del espejo y lo que
Alicia encontró allí el personaje de Humpty Dumpty decía que las palabras
significaban lo que él quería que significasen, Alicia protestó argumentando
que él no podía hacer que las palabras significasen lo que él quisiese. La
respuesta de Humpty Dumpty, lacónica, contenía todo un tratado político: «La
cuestión es saber quién manda. Solo eso».
La higiene verbal
pretende alimentar valores de respeto e interculturalidad, pero no faltará
quien la vea como un ataque a la libertad de expresión, bien porque quiera
apoyar otros valores, bien porque se sienta a gusto con el mundo tal cual es.
Al final, se trata de valorar si el lenguaje es solo un medio para expresar
ideas o también un potente constructor de ideas, en cuyo caso sería
inevitablemente político y la verdad de lo que alguien dijese sería relativa al
poder que sustentase. En todo caso, los movimientos de orgullo —el black power
y su reivindicación de la negritud o el movimiento queer, que consigue
introducir en las vías académicas un insulto para gays— han venido demostrando
que el significado no es inmutable.
Los seres humanos
somos lingüísticamente vulnerables (Burgos, 2008). En la simplificación de una
sociedad de prisas y consumo, podríamos pensar que un insulto no es un acto
violento comparado, por ejemplo, con la tortura. Pero el lenguaje tiene
capacidad de producir daños; incluso nos aprovechamos de ello en la vida
social. Probablemente no sea muy cortés insultar al árbitro de un partido de
fútbol, pero, visto desde otra perspectiva, el insulto libera a quien guardaba
demasiada violencia en su interior y puede ser preferible a un ataque físico.
Lo que no cabe es minimizar el impacto de las palabras: habitamos profundamente
las palabras porque precisamos el lenguaje para darnos existencia, para otorgar
inteligibilidad a nuestras vidas. Al nacer, nos ponen un nombre; este es el
primer indicio de que nuestra existencia transcurre en el lenguaje. A partir de
ahí, ya nada acontecerá sin una clara dimensión lingüística. A la luz de esa
evidencia, expresiones como merienda de negros o gitanada revelan cuántas heridas
pueden llevar los seres humanos inscritas en su piel.
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El enfoque de la
higiene verbal no se restringe a un escrupuloso análisis semántico. Cuestiona
la autoridad del código y de quien cree administrarlo y echa un pulso a los
usos que hemos recibido en nuestra educación, convirtiéndose en un verdadero
observatorio para analizar el alcance de la lengua en la vida social. Pero
quizá el aspecto más filosófico de la indagación sea el que tiene que ver con
la intencionalidad. La teoría de actos de habla, como suele ser referida en
filosofía, y toda la pragmática, como suele ser denominada en lingüística,
atiende a ese estilo de factores que están más allá del puro análisis del
código. En su versión clásica, la de filósofos como Austin, Searle o Grice,
esta teoría no deja de ser una derivación de la filosofía analítica inglesa,
que ya se había fijado en el papel de la intencionalidad subjetiva del
lenguaje. Según Derrida (1972), para Austin la intención era el soporte del
acto comunicativo y, sin embargo, habría que preguntarse sobre la conciencia
del sujeto cuando habla y sospechar de su capacidad para ejercer algún control
sobre lo dicho. Al final, el sentido, tal vez, se quiebre o se escape por algún
orificio de fuga. Para superar las anteriores limitaciones de la teoría de
actos de habla, el filósofo francés incorporará la iterabilidad: si una
expresión es citada una y otra vez —si es iterable—, resulta conocida y, por
tanto, capaz de producir el efecto performativo. Así ocurre cuando, en el
contrato matrimonial, se pronuncia la consabida fórmula «yo os declaro marido y
mujer». Desde aquí arrancará Judith Butler.
8.3. Y LLEGÓ
JUDITHZBUTLER PARA HACER LIMPIE A
La pensadora
contemporánea Judith Butler (n. 1956) es una de esas figuras que alcanzan tal
renombre por una aportación determinada que toda su restante obra parece
después desaparecer a ojos públicos. Su vinculación con la teoría queer ha
sido, en este sentido, una especie de dardo envenenado. Es cierto que esa
teoría ha modificado en buena medida nuestra época, conmocionando las
clasificaciones y mejorando la existencia de muchas personas. Incluso en un
sentido puramente teórico, ha contribuido a una visión más matizada de la
realidad, donde no todo son ya ceros y unos. Sin embargo, Butler es una
pensadora en activo, con gran capacidad de revisitar otras tradiciones y de
construir conceptos
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potentes. Sus
relecturas de la teoría de actos de habla, por ejemplo, tienen una fuerza
deslumbrante. Por eso es especialmente triste que no sea mencionada en los
manuales de historia de las ideas lingüísticas.
Butler (1997)
corrige la perspectiva precedente sobre los actos de habla indicando que decir
que el habla es un acto no basta; su peculiaridad es la dimensión corporal que
alcanza, lo que ella llama la «escandalosa relación entre lenguaje y cuerpo». A
menudo juzgamos que un acto de habla transmite una intención y, de esta manera,
situamos la conciencia en un lugar anterior y diferente del habla, que quedaría
reducida a ser un medio con el que transmitimos nuestra conciencia. Pero,
señala Butler, no es posible prescindir del cuerpo. En una amenaza, por
ejemplo, el acto performativo de amenazar puede verse debilitado por la actitud
corporal de quien emite la amenaza —que nos permite interpretar que es una
broma— o, al contrario, una expresión podría no contener una amenaza
abiertamente formulada y, sin embargo, el cuerpo de quien la ha pronunciado
podría hacer irrumpir esa idea. Las dos posibilidades están relacionadas,
aunque son diferentes. Ya antes de ella, Michel Foucault (1966) se había
referido a la práctica cristiana de la confesión, alentada por el objetivo de
descubrir, en una indagación que tiene el lenguaje como vehículo, los deseos
más ocultos y verdaderos del sujeto que se confiesa. Al ofrecerlos al sacerdote
para su análisis, se opera lingüísticamente y también lingüísticamente este
puede ejercer la función de dirigir y controlar el alma que ha pecado. En este
sentido al menos, el yo no existe antes, no es algo que deba ser descifrado
como una parte oscura, sino que precisamente a través del habla el yo puede
constituirse a sí mismo ante la presencia propiciadora de otra persona, el
confesor.
Judith Butler toma
de Foucault esta idea de un yo dialógico. En la conversación mostramos una
parte del yo desconocida. Exponiéndonos así, entregamos esa parte a otra
persona con el fin de que nos la devuelva modificada de una manera que escapa a
nuestro control. En el transcurso de un diálogo el yo se reelabora, se ve
afectado por las palabras. Por eso la conversación implica un hacer algo juntos
que modifica a los sujetos. En este contexto, la teoría de Butler es
revolucionaria. Digamos que existen palabras que hieren, como marrano o
subnormal. Llevan implícita una carga de odio hacia determinados colectivos y
sirven para descargar nuestra ira contra alguien que ni siquiera tiene que
pertenecer a ellos. Una serie de movimientos sociales se articularon entonces
por su sensibilidad
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contra estas
heridas: aseguraban que cuando repetíamos estas palabras reproducíamos el odio
hacia los colectivos denostados. Los espectros más conservadores insistieron en
que se estaba castrando el lenguaje y promoviendo eufemismos. Desde el
activismo se respondió que no se trataba de censurar palabras malsonantes, sino
de observar en qué medida representaban a minorías vulnerables y, solo en ese
caso, de evitarlas por las connotaciones que arrastraban. El problema no era
ser maleducada usando la palabra subnormal para insultar a alguien; el problema
era que el insulto identificaba a personas con algún tipo de disfuncionalidad
como negativas. El impacto de los grupos sociales a favor de la higienización
fue máximo porque consiguieron activar en las legislaciones de muchos estados
el concepto de delito de odio como una injuria punible cuando se dirigía
específicamente a colectivos desfavorecidos. Pero las fuerzas conservadoras
continuaron alimentando la idea de que se estaban practicando análisis enrevesados:
quien hablaba no tenía esas segundas intenciones que se le atribuían —solo
insultaría a aquellas personas a quienes realmente se dirigía y no a los
colectivos evocados con la historia de la palabra— y se resistían a que nadie
les dijese lo que podían o no decir. Todo este proceso llevaría a esperar que
Judith Butler, vinculada al movimiento LGTB, se opusiese al uso de palabras
como maricón o bollera, y, sin embargo, va a cuestionar con sutiles argumentos
la tesis de que determinadas palabras, inequívocamente, sean ofensivas, que la
esencia del performativo sea cumplirse.
Por confesiones
corporales, Butler (2004) entiende las reveladoras conexiones entre las
palabras y los cuerpos que hablan, capaces de desplegar significados variados e
imprevisibles. A veces se abren en un contradiscurso que permite pensar la
agencia lingüística, una acción subversiva contra el lenguaje de odio, sin
acudir a instancias represivas legales. En otras palabras, el lenguaje de odio
evidencia la fragilidad humana: somos tan vulnerables que hasta las palabras
pueden hacernos daño. Pero como sujetos también podemos producir una respuesta
crítica: la repetición de las palabras, al alejarlas de su marco convencional,
elimina la injuria. Cuando una mujer lleva una camiseta donde se autodenomina
puta; cuando dos hombres se llaman entre sí maricones o dos personas hispanas
se apelan como sudacas o panchitos, las palabras injuriosas repetidas en otros
contextos logran desalojar el odio que contenían.
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El concepto de
discurso de odio, normativizado jurídicamente en las legislaciones es, en
realidad, un asunto lingüístico, una nueva idea presuntamente menor, que no
entra en los manuales de historia de la disciplina a pesar de haber despertado
gran interés entre las últimas generaciones de mujeres ocupadas del lenguaje,
como Judith Butler y como tantas activistas anónimas. Algo parecido podría
decirse de corrección política o de higiene verbal, que encontramos en las
obras de Robin Tolmach [Lakoff] y Deborah Cameron. Además de la dificultad de
conjugar campos diversos para renovar las perspectivas, en este caso estamos
ante uno de los conceptos más difíciles de delimitar al que podamos
enfrentarnos porque siempre depende de valoraciones construidas culturalmente
y, por tanto, locales. Finalmente, todo discurso de odio es contextual: una
misma palabra puede ser un vínculo de hermandad y afecto, como el nigger entre
dos afroamericanos en Estados Unidos, e insultante cuando la pronuncia en
relación con ellos una persona que goza de los privilegios derivados de ser
blanca.
En ese sentido,
Judith Butler nos previene: el discurso de odio solo puede ser rotulado como
tal a posteriori y, por tanto, tendríamos que delegar en otras instancias,
presumiblemente en los Gobiernos y en la literatura jurídica, el poder de
definirlo. Esto podría volverse contra las víctimas. En los tribunales
norteamericanos se legisla mucho sobre las palabras, de manera que esta
advertencia de la autora incide en lo problemático del caso: la tendencia ha
sido penalizar la representación de las sexualidades no normativas, mientras
que las expresiones racistas no son tan claramente prohibidas. Frente a la
propuesta habitual en los entornos activistas de censurar discursos
susceptibles de producir odio, Judith Butler aconseja que las minorías se
aprovechen de las características performativas del discurso para sus fines
políticos resignificando las palabras ofensivas, tal y como la comunidad LGTB
ha hecho con queer. Porque las tentativas de censurar un discurso lo hacen más
interesante y contribuyen a propagarlo. No se trata de que el lenguaje racista,
sexista u homófobo no sean ejercicios de poder que deban ser eliminados.
Simplemente no emanan de un hablante soberano que exista antes del acto de
habla y que, como responsable moral de la injuria, deba ser castigado. En la
línea de Derrida, es la iterabilidad la que dota de poder a la palabra para
causar la herida y este proceso excede las responsabilidades de quien habla. En
español se hacen chistes sobre Lepe,
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suponiendo que sus
habitantes son poco inteligentes. Lepe funciona porque fue iterado con ese
sentido y otro pueblo no. La lengua tiene una vida social que excede a cada
hablante y su ilusión de ser Humpty Dumpty. Pero repetir el insulto asociado a
otros contenidos abre una puerta para que las palabras hirientes no consigan
sus propósitos: la relación entre palabra y herida puede ser alterada.
La propia Judith
Butler confiesa que en otra época el término queer la sobrecogía; pensaba que
no estaba justificado repetir un nombre tan insultante. Pero el uso de la
palabra en nuevos contextos sirvió para disminuir la ofensa y hasta transformó
el término en un signo de reconocimiento afirmativo. Si el discurso de odio
funciona como una cadena ritual, que reproduce convenciones previas, es posible
que las personas al hablar se reapropien del significado y desemanticen una
palabra hasta desalojar la carga injuriosa. La propuesta es absolutamente
innovadora porque desafía tanto a la tradición del significado como a la
práctica activista de la depuración. En una visión sociológica, como la de
Bourdieu, que el performativo tenga o no éxito dependerá de la autoridad/prestigio
de quien lo pronuncie. Es la hipótesis de Humpty Dumpty. Pero de esta manera se
desatiende la capacidad resignificadora sustentada en que una fórmula se repita
de un modo no convencional, que rompa con el contexto de origen, para que el cuerpo
que habla, donde sedimentó con sufrimiento la injuria, pueda rehacer la
historia y mirar hacia el futuro con el orgullo del reconocimiento, tal y como
Rosa Parks, al sentarse en un asiento reservado para personas blancas,
consiguió abolir las leyes discriminatorias.
Con esta estrategia
punk las palabras pueden abrirse a la inestabilidad del significado e incluso
algunas de aquellas prohibidas por determinados movimientos sociales pueden ser
usadas entre amigos o en el humor y la creación artística sin permitir que sean
instancias represoras las que decidan sobre el significado. Hacer la limpieza
pudo ser visto como una actividad femenina; hacerla de manera que no
condicionase todas nuestras vidas es una actividad feminista. Tal vez Judith
Butler ya limpiase sobre limpio porque durante décadas el movimiento de higiene
verbal, en los márgenes, había desatado la cuestión última: que el lenguaje que
pensamos nos piensa. Pero lo cierto es que ella abrió una vía para explorar lo
que significa hablar. Eso es filosofía del lenguaje, aunque no aparezca en los
manuales de lingüística ni de filosofía. Todavía.
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Ü
8.4. LING ÍSTICA
INTERCULTURAL COMO
FILOSOFÍA DEL
LENGUAJE
Hace unos años,
Patrizia Violi (1991: 133) se refería a la teoría de la subjetividad de Émile
Benveniste y al hecho de que fuese valorada en filosofía y en psicoanálisis de
manera muy productiva, que ella juzgaba resultado de una atención superior a la
que le había dispensado la lingüística. Evidentemente, los ecos de Benveniste
en Maurice Merleau-Ponty o Paul Ricoeur son obvios. No se trata de reivindicar
a este lingüista, que suele aparecer en los manuales, sino de demostrar una vez
más que la mirada de género, en este caso la de Violi, se fija con frecuencia
en lo que no ha tenido suficiente consideración. Con la perspectiva de estar
transitando los márgenes y, por tanto, de precisar herramientas específicas,
podría llegar a afirmarse que en las últimas décadas (i) se ha practicado una
lingüística intercultural; (ii) que esta surge en paralelo con ciertas
inquietudes llegadas de la filosofía política y la ética; (iii) que el problema
de la tensión entre lo uno y lo diverso puede considerarse también filosofía
del lenguaje, aunque este asunto no haya sido tradicionalmente considerado por
la escuela analítica inglesa, convertida en paradigma inexcusable. En ese
contexto sí puede haber una filosofía del lenguaje de filiación feminista.
8.4.1. ¿Integración
de minorías o crítica de la razón occidental?
La conformación de
las sociedades del siglo XXI, más plurales y mestizas que en otros periodos, ha
venido empujando hacia la consideración, por lo menos teórica, del Otro. La
llegada a Occidente de poblaciones migrantes arrastradas por los problemas económicos
que la política internacional, también occidental, había creado, generaba
nuevas formas de convivencia: barrios enteros lucían otras normas y múltiples
cultos, en las escuelas había que decidir sobre las vestimentas o las dietas
apropiadas para creencias diferentes y aparecían creaciones culturales
hibridadas que hacían peligrar los símbolos nacionales. Todo provocaba un
renovado interés por repensar la diversidad cultural y las normas de
convivencia. Los Estados europeos habían abrazado ideales de presunta
universalidad
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—sufragio, voluntad
popular, concepto de nación o costumbres compartidas— que tal vez no lo eran
tanto. Por un lado, las minorías llegadas de otras latitudes reclamaban el
reconocimiento a sus diversas identidades y que les fuesen garantizados sus
derechos con medidas permanentes, no dependientes de Gobiernos transitorios.
Por otro, las mayorías insistían en que quien atravesaba sus fronteras lo hacía
buscando un asilo ideológico o una oportunidad económica y debía instalarse en
un mundo ya constituido, multiplicando bajo la forma de visados los requisitos
exigidos para esa entrada. Al final, se trataba de negociar una política válida
para una población que se había hecho variopinta. Con todo, quizá la anterior
homogeneidad era una ilusión porque los modélicos estados siempre habían tenido
desocupados permanentes, personas «sin techo», o recluidas en guetos
racializados, incluso antes de que llegase la nueva categoría de «sin papeles».
En esa negociación de las normas comunes, el debate, inicialmente legislativo,
fue adquiriendo connotaciones filosóficas: si no se protegían, las culturas
minoritarias serían fagocitadas por las dominantes; el contrato social
aparentemente armonioso estallaría porque aceptar la diversidad obliga a
negociar acuerdos, a cuestionar emblemas o divisiones administrativas, a dar
cabida a cultos religiosos —con sus correspondientes días festivos— o a lenguas
inusitadas.
La negociación
multicultural ha sido abordada por la filosofía política. De hecho, retoma
alguno de los problemas que de manera más reiterada han ocupado a la tradición
filosófica occidental desde sus comienzos: la tensión entre la unidad y la
diversidad. La universalidad o relatividad de los valores remite al debate
sofista entre naturaleza y convención, a la pluralidad de modelos de buena vida
de Aristóteles, a las pautas de justicia y deber de Kant. Simplemente, ahora,
cuando la vertiente antropológica del conocimiento había establecido que los
valores estaban culturalmente motivados, la resolución del puzle se hacía más
compleja que en los tiempos de Voltaire, Rousseau o Maquiavelo, así como la
filosofía se había hecho más consciente de los peligros de la opresión y el
totalitarismo. Al interpretar la colonización de América como un genocidio, al
revisar las masacres en la historia de África o, incluso, las guerras
fratricidas en Europa, el pensamiento contemporáneo no podía tener mucha
confianza en unas normas de convivencia justa emanadas de un pensador europeo
aislado en sus lecturas[39], sin la experiencia de haberse dejado contaminar
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por el Otro. Los
teóricos del Estado moderno resultaban ingenuos; las reacciones de los Estados
del primer mundo no lo eran menos. Habían intentado suavizar su impacto sobre
otros pueblos formulando cartas de derechos —derechos humanos, derechos de
pueblos indígenas, derechos lingüísticos— que, además de ser papel mojado,
continuaban redactadas con cosmovisiones occidentales. No bastaba con reconocer
derechos y libertades para asegurar la justicia; el asunto estaba en legitimar
la misma validez para las diferentes maneras de estar en el mundo si la
afirmación de unas podría implicar la anulación de otras. Se había aceptado que
el Otro existiese para alimentar la curiosidad de turistas o antropólogas/os;
lo que parecía amenazante era que el Otro se instalase en nuestro territorio e
intentase modificar nuestros puntos de vista.
El reconocimiento
de culturas minoritarias en marcos democráticos aseguraba una práctica de
derecho que no rompiese con la actitud cívica idealmente compartida, en la
línea de Will Kymlicka o Jürgen Habermas[40], o de manera más específicamente
lingüística en Stephen May (2013). Tal y como existen individuos críticos con
su propia cultura de procedencia, habría que educar en valores de respeto a ese
crisol de diferencias; habría que asegurar la convivencia con medidas de
integración. El problema es, sin embargo, cómo continuar afirmando que las
diferencias son valiosas si no se modifican los criterios de lo común. En
sociedades constituidas a partir de migraciones, muy fragmentadas, como la
estadounidense, las cosas pueden verse de diferente modo que en aquellas que
han mantenido un único patrón. Y aun en las de este tipo, en muchos de los
Estados europeos, ¿cómo se integra una sociedad como la gitana,
tradicionalmente denostada, con verdadero respeto a sus diferencias? ¿En qué
medida la legislación, en vez de hacerle un hueco, acogerá su manera de ver el
mundo? El multiculturalismo, con diferentes firmas y una cierta presencia en
las políticas progresistas, se enfrentaba al riesgo de ser folclórico,
garantizando que se escuchase un tipo alternativo de música, se permitiese
parar a una hora para rezar o se aceptasen restricciones alimentarias, sin
atender a las tensiones que genera la convivencia en un marco realmente
plural[41].
En este sentido,
Slavoj Žižek (1997) advierte del peligro de identificar multiculturalismo con
la mera coexistencia de modos de vida diferentes, lo que, al final, promueve la
idea perversa de que el capitalismo es la verdadera cosmovisión, la verdadera cultura.
En su órbita, de visión
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marxista y
lacaniana, se ha venido desarrollando una crítica al multiculturalismo que
señala la indiferenciación de las diversas identidades no favorecidas, mientras
la clase dominante parece ostentar una identidad estable y bien organizada. La
tarea filosófica consistiría en afrontar el debate de respetar las diferencias
culturales sin perderse en su diversidad interna y mantener la perspectiva de
que la homogeneidad del capitalismo es constante. Esta propuesta, claramente
política, choca con otras vías de trabajo, como las emprendidas en torno a la
textualidad, que llaman la atención sobre el hecho de que todo en la cultura es
un simulacro, un relato puramente ficcional. Representados como posmodernos,
una etiqueta que a veces arrastra una carga despectiva, filósofos como
Baudrillard insistían en la idea, muy plástica y literaria, de que los
discursos han perdido su sentido y se agotan en la fascinación, en lo
espectacular. Sin embargo, los análisis del mundo financiero, imaginario pero
capaz de tener claras repercusiones en lo real, consiguen saltarse las
fronteras e Internet, aparentemente despolitizada, es pura ideología. Para
Žižek las ideas dominantes no son las de los individuos dominantes; incorporan
motivos de los grupos oprimidos y así vuelven a ser útiles para la dominación:
poder y contrapoder se generan mutuamente. La diversidad se tolera, pero no
modifica el pensamiento único en que nos estamos sumergiendo.
Por muy somera que
esta presentación deba ser, no estaría completa sin mencionar una tradición
diferente sobre el Otro: la crítica contra el eurocentrismo lanzada en las
últimas décadas desde los estudios culturales y poscoloniales. El problema no
es siempre la integración y son muchas las vías que se abren para una ética de
lo híbrido, para una cultura del intercambio, que sea realmente intercultural.
Los mismos principios que sustentarían el derecho a preservar cultos o lenguas
propias podrían servir para justificar limpiezas étnicas o una educación
discriminatoria para las mujeres. La tensión entre lo uno y lo diverso transita
entre la balcanización y la uniformización. Homi Bhabha (2002: 213) advertía
que las periferias no están pobladas por fuerzas aliadas entre sí: cuestiones
de diferencia racial y cultural se solapan con problemas de sexualidad y
género, y determinan las alianzas sociales de clase. El tiempo para asimilar
minorías o nociones holísticas y orgánicas ha quedado atrás.
En una revisión
fuerte de todos los conceptos emanados de Occidente y sus categorías binarias,
el pensamiento poscolonial resitúa los conceptos.
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La
multiculturalidad —ya no el multiculturalismo— equivale a diversidad, no a
diferencia, y la educación se compromete no con una simple multiculturalidad
como exposición de diferencias, sino con una interculturalidad, es decir, con
una presentación crítica y reflexiva que rechace toda jerarquía entre las
diferencias. La perspectiva poscolonial repiensa el consenso liberal e insiste
en los procesos de alteridad, volcándose en los materiales textuales que la
producen o la niegan. Así, Edward Said (1994) se refería a cómo la literatura
europea justificaba la opresión en los territorios colonizados y Gayatri Spivak
(1999) insistía en que la idea de informantes nativos/as, tan atractiva para la
antropología, no aportaba una perspectiva real; era producida por el propio
artefacto antropológico para hacer posible su investigación. En sus palabras,
lo patético del trabajo poscolonial era que en él «hasta los verdaderos
subalternos se volvían completamente insoportables». La línea de los estudios
culturales y poscoloniales venía a reivindicar que los seres humanos fuera de
Europa y de Estados Unidos también piensan (Mbembe, 2013; Dabashi, 2015), que
la realidad no podía continuar siendo analizada desde los fundamentos de las
universidades de prestigio, en sociedades privilegiadas, con investigaciones
hechas exclusivamente por los agentes oportunos: hombres blancos,
heterosexuales, de mediana edad, educados en modelos burgueses y hablantes de
lenguas con presencia en el llamado «mercado» internacional de la cultura.
8.4.2. La negación
del Otro y el asesinato de sus lenguas
Tanto la filosofía
como la lingüística han practicado modelos claramente eurocéntricos: han
privilegiado figuras europeas o estadounidenses, han continuado las tradiciones
surgidas en el mundo occidental y menospreciado otros acercamientos y,
finalmente, han privilegiado las lenguas de esos entornos. En el caso
lingüístico no es difícil demostrar que las lenguas actuaron como dispositivos
colocados al servicio de los grandes proyectos imperialistas en el dominio de
las Américas o de África: las primeras gramáticas del español y del portugués
llevaban implícito ese objetivo de servir a determinados intereses patrióticos.
A partir de ahí, las instituciones académicas han difundido la falsedad de que
el mundo habla sobre todo lenguas europeas: cuando se pregunta cuáles son las
lenguas
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más habladas del
mundo, la relación suele incluir, además del omnipresente inglés o del español,
variedades como francés, alemán, ruso o italiano; nunca otras como urdú, tamil
o javanés, con un número de hablantes igual o superior y que, en todo caso, están
entre las 20 lenguas más habladas del mundo. En un ensayo rebelde y lúcido al
que he hecho referencia en varias ocasiones, Hamid Dabashi (2015: 76) ya
alertaba sobre lo que este ombliguismo podía implicar:
Y los pensadores
fuera del ámbito de estos filósofos europeos: ¿cómo los vamos a nombrar,
designar y honrar con el epíteto de «intelectual público» y aprender con ellos
en la era de los medios de comunicación globalizados? […] ¿Por qué un estornudo
de Mozart es «música» (y creo que hasta el estornudo del gran genio fuese
melodioso), pero las ragas musicales indias más sofisticadas son objeto de
«etnomusicología»? ¿No será ese etno- también aplicable al pensamiento
filosófico que los filósofos indios practican, de tal forma que su pensamiento
esté más sujeto al estudio de campo e investigación antropológica por parte de
Europa Occidental y de América del Norte?
La apertura hacia
territorios diferentes ha sido una característica que los estudios culturales
han venido a introducir en la agenda de la filosofía, como ya hemos visto, y en
la de la lingüística. En este entorno, después de los debates teóricos de los años
cincuenta y sesenta, comenzó a apreciarse cierto cansancio al respecto de la
elucubración y un renovado interés por los inventarios de datos reales. La
lingüística de corte antropológico siempre había sostenido que era difícil que
los conceptos teóricos de la gramática, como sujeto, adjetivo calificativo o
género femenino fuesen válidos si el material empírico en que se sustentaban se
extraía únicamente de unas pocas de entre las lenguas realmente habladas. El
asunto se complicó cuando Michel Krauss (1992) dio la voz de alarma: a finales
del siglo XXI el 90 % de las lenguas que por entonces se hablaban aún en el
planeta habrá desaparecido. Esa alarma acusó el interés por describir aquellas
lenguas que todavía no habían entrado en la teoría gramatical, pero, sobre
todo, lo que ahora nos interesa es que vino a crear una nueva ética de la
investigación: continuar teorizando sobre lenguas europeas
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implicaba cultivar
un jardín de pitiminí, una lingüística miope, satisfecha con sus propios
límites y eurocentrada. El principal problema que se abría a la lingüística del
siglo XXI consistía en comprometerse con su objeto de estudio y defender las
lenguas como espacios para la libertad democrática y la diversidad cultural.
Por impacto de la
globalización, las lenguas están desapareciendo a una velocidad inédita en
cualquier otro periodo histórico, hasta el punto de que en un par de
generaciones el mapa del patrimonio lingüístico de la humanidad puede verse
modificado de modo sustancial. La esperanza en el progreso económico está
alejando a las personas más jóvenes de las culturas tradicionales y de sus
lenguas. Adquirir una variante bien instalada en el que, con poco acierto y
enorme peso del capitalismo, se llama mercado mundial —una lengua con mayor
número de hablantes, más prestigiosa, declarada oficial— se identifica con la
promoción social del individuo. Considerada una oportunidad de futuro, la
lengua prestigiosa recibe una adhesión inmediata, mientras que la lengua materna
ya no se transmitirá a la siguiente generación porque es vista como rústica,
inútil o como parte de un mundo antiguo hacia el que se muestra una absoluta
indiferencia.
La mayoría de los
tratados clásicos en lingüística usaban la calificación de moribundas para
lenguas con escaso número de hablantes y en franco retroceso social. La
expresión de lenguas muertas, en cambio, se reservaba casi exclusivamente para
prestigiosos idiomas del pasado, como el latín o el griego clásico. Muertas
parecía significar aquí que, desgraciadamente, los bárbaros habrían acabado con
todo: romperían las estatuas de mármol y declinarían con escasa sutileza hasta
acabar por confundir aquellas maravillosas diferenciaciones que realizaban los
pueblos antiguos. A partir de Krauss, sin embargo, la etiqueta pasa a incluir
las lenguas desconsideradas, ausentes de la tradición lingüística y destinadas
a morir en un futuro inmediato. El cambio terminológico es interesante y muchos
lingüistas se han involucrado en una polémica con todas las características de
la interculturalidad. Finalmente, insisten quienes comparten la óptica
tradicional, las lenguas han muerto siempre, y citan acadio, hitita, lidio o semejantes,
es decir, lenguas de antiguas civilizaciones que aparecen descritas en los
atlas y, no por casualidad, con una curiosa cruz cristiana antepuesta a su
nombre, como una bendición, un R. I. P. En este contexto, la voz de una
lingüista contemporánea, Tove Skutnabb-Kangas (Finlandia,
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n. 1940) se ha
alzado para insistir en que la etiqueta de muerte de lenguas es timorata: las
lenguas no se mueren, son asesinadas.
Creo que puede
hablarse con toda propiedad de una lingüística intercultural en un sentido que
sobrepasa el creciente interés por describir lenguas exóticas: la
interculturalidad compone un nutrido activismo latente en círculos
lingüísticos, ambientes literarios y contornos activistas variados. El escritor
y teórico de las literaturas poscoloniales Ngũgĩ wa Thiong’o anima a las y los
escritores de África a escribir en sus lenguas nativas y liberarse de toda
colonización mental. Su prosa documenta los castigos corporales infligidos en
la escuela a las y los niños keniatas como él que, en lugar de inglés, hablasen
kikuyu. Hace unas décadas, como en tantos lugares con lengua propia diferente
de aquella que el Estado quiere promover, el «culpable» de hablar kikuyu en las
proximidades de la escuela era azotado o recibía una placa de metal que se
colgaba de su cuello con la inscripción soy un burro: el conflicto entre las
lenguas en contacto es todo menos inocente. En sus palabras (1993: 73-74):
Cuando las naciones
están en términos de igualdad e independencia, tienden a encontrar la necesidad
de comunicarse cambiando la lengua de manera recíproca. Pueden escoger la
lengua del otro simplemente para facilitar la comunicación en sus relaciones
con él. Pero cuando son opresoras y oprimidas, como sucedió en el imperialismo,
las lenguas no pueden experimentar un encuentro genuinamente democrático. La
nación opresiva usa la lengua como un medio para hacerse fuerte en la nación
oprimida. […]. Será escusado decir que el encuentro entre el inglés y la
mayoría de las lenguas de los países del tercer mundo no ocurrió en condiciones
de independencia e igualdad. Inglés, francés y portugués llegaron al tercer
mundo para anunciar la llegada de la Biblia y de la espada. Ellos vinieron
clamando por el oro, el oro de los esclavos negros encadenados, oro que brilla
como sudor en fábricas y plantaciones. Si el arma fue lo que volvió posible la
explotación del oro y lo que permitió el cautiverio político de sus legítimos
propietarios, fue la lengua lo que permitió la captura de sus culturas,
valores, y, finalmente, sus mentes.
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Después de leer la
denuncia de Thiong’o, el dato proporcionado por Tove Skutnabb-Kangas (2000) de
que, de las 1200 lenguas originales de África, ninguna es usada como medio de
instrucción en los centros de enseñanza secundaria adquiere otra lectura: la época
colonial no ha concluido porque la globalización trabaja en el mismo sentido.
Tove Skutnabb-Kangas ha sido escogida aquí para representar la visión del
paradigma intercultural porque en su defensa de las lenguas minorizadas ha
llegado a señalar que la escuela es uno de los más importantes agentes de
extinción masiva de lenguas. Su documentada visión del genocidio lingüístico
practicado en la educación formal da cuenta de numerosos ejemplos relevantes
que resumiremos con el caso de los samis, el último pueblo aborigen de Europa.
La nación sami está dividida entre Finlandia, Noruega, la península de Kola
—dentro de la Federación Rusa— y Suecia y tiene una población aproximada de
entre 65 000 y 120 000 individuos. En un área particularmente dura para la vida,
ese grupo étnico desarrolló nueve lenguas sami diferentes, de manera que, para
favorecer el entendimiento mutuo, usan una lengua franca, el skolt. En la
década de los ochenta el skolt no era utilizado en las escuelas, donde la
enseñanza solo se practicaba en las variedades oficiales de los Estados
correspondientes. Satu Mosnikoff, una profesora finlandesa compañera de un
sami, fue la primera docente en introducirlo en las aulas y llegó a demostrar
el positivo impacto de esta medida en los resultados académicos de sus
estudiantes. Pero Mosnikoff usaba una ortografía propia, un artefacto que entró
en conflicto con la transcripción diseñada por un nativo y acabó viéndose
obligada a abandonar su proyecto. Como consecuencia, hoy no se aprende en skolt
en la escuela sami. Skutnabb-Kangas documenta otros muchos casos donde las
políticas educativas son decisivas para la pérdida de lenguas, un extremo que
constatan las investigaciones de la lingüística africana (Djité, 2008; Ouane y
Glanz, 2010).
Como se ha
indicado, el asunto de la muerte de las lenguas entró en la lingüística
contemporánea envuelto en polémica. Algunos autores minimizan su impacto en el
mundo actual, señalando que las lenguas han muerto siempre[42]. Otros lo
relacionan con catástrofes naturales y proponen que se describan rápidamente
las lenguas que aún conservamos para tenerlas documentadas[43]. Son muy activos
también los grupos que recurren a cartas de protección como la Declaración
Universal de Derechos Lingüísticos. Finalmente, está el grupo de lingüistas que
apuntan
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a las condiciones
políticas como causa y promueven conductas profesionales diferentes: la
lingüística debe describir las lenguas antes de que desaparezcan, pero también
comprometerse con su conservación como una fuente de riqueza. Esta es la clave
de la interculturalidad, que subsume el programa conocido como ecolingüística,
pero también incluye trabajos de planificación lingüística de corte aplicado:
El paradigma del
genocidio lingüístico (que sostengo) defiende que la mayoría de las lenguas hoy
no se mueren por muerte «natural». El lingüicidio implica que existen agentes
implicados en causar la muerte de las lenguas. Estos pueden ser activos o pasivos
[…]. Las políticas pasivas, especialmente en la educación, son decisivas. El
genocidio es un concepto análogo al de racismo, sexismo, clasismo, edadismo y
una coarticulación de todos ellos (Skutnabb-Kangas, 2000: 369).
La contundencia de
Skutnabb-Kangas en las anteriores declaraciones todavía se ve realzada en la
última frase, que apunta a una serie de discriminaciones diferentes. Todas
ellas tuvieron algún desarrollo en el movimiento de higiene verbal antes
aludido y lo que ahora advertimos es su transformación en guía para reorientar
el aparato conceptual de la disciplina y las prioridades en la agenda de
objetivos de la investigación. En ese sentido, al menos, estamos ante una
aproximación filosófica.
8.4.3. La
lingüística intercultural/ecológica como losofía del lenguaje (renovada)
Esa lingüística que
se vuelca sobre la diversidad tiene una lectura en términos ecológicos que
viene siendo productivamente desarrollada[44]. Su componente crítico se
advierte en un rechazo a las limitaciones anteriores. Durante mucho tiempo
parecía imposible reunir informaciones fiables sobre variedades distantes de
los principales centros de investigación, pero ya hace décadas que Internet
permite moderar las dificultades de la distancia espacial y publicar la
información obtenida para su posterior verificación y contraste por parte de
toda la comunidad científica. Su carácter crítico implica una negación del
perfil de los atlas que pueden
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colocar en su
introducción una estimación aproximada del número de lenguas en el mundo,
diciendo, por ejemplo, que son unas 3000, y a continuación, dar información de
300, sin aclarar por qué no se incluyen las demás. La estimación del número de
hablantes varía demasiado de proyecto a proyecto, los nombres de la lengua no
coinciden en los diferentes inventarios —lo que genera confusión—, las
comunidades que hablan esas pequeñas lenguas del mundo son descritas como
tribus —lo que sugiere que son consideradas de manera despectiva—, su historia
externa se presenta como conflictiva —ocupaciones del territorio, exilios
forzados, migraciones—, como si la de las lenguas bien asentadas fuese
pacífica; su historia interna aparece como desconocida para la propia lingüística
que se enorgullece de ser la ciencia del lenguaje por excelencia. Además,
habitualmente los datos lingüísticos parecen secundarios frente a apreciaciones
culturales genéricas —como asegurar que sus hablantes son animistas o
chamanistas—, de manera que muchas de las posibilidades de respetar al Otro que
implica su estudio desaparecen. Pero quizás la característica más importante es
que faltan referentes. Nunca se habla de que Kofi Annan, que llegó a ser
secretario general de la ONU, nació en Ghana y habló fante antes que inglés. No
se habla de que Philip Emeagwali, científico de la computación, nació en
Nigeria y fue criado en varias lenguas no europeas. No se habla de las primeras
lenguas de Christopher Chetsanga, doctor en bioquímica y biología molecular y
prestigioso científico de Zimbabue, o de Kiran Mazumdar-Shaw, una reconocida
biotecnóloga india de lengua gujarati. Evidentemente, un atlas no tiene que
hacer funciones pedagógicas, pero, al filtrar la información de que una lengua
es hablada por un grupo nómada dedicado a la ganadería que practica el
animismo, sin vincularla a referentes cultos, contribuye a menguar su
prestigio.
El hecho de que
algunas personas críen a su prole en una variedad con la que creen mantener
vínculos ancestrales, aunque no sea su lengua materna, evoca una
responsabilidad con el patrimonio cultural, porque lo cómodo, evidentemente,
sería expresarse en la lengua dominante. Esa voluntad individual y colectiva,
además de un ejercicio de resistencia, alimenta una nueva lingüística de
vocación intercultural. Aunque esta etiqueta no aparece en los manuales al uso,
constituye un quehacer ecológicamente entrañado con orientación política y
vocación ética. Resitúa el objeto de estudio en una posición que no emana del
programa
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especializado
propio de una ciencia, es decir, sobrepasa los círculos categoriales en el
sentido anteriormente sugerido por Gustavo Bueno. El problema de las lenguas se
ha convertido así en un problema filosófico: atiende a la historia de las
comunidades y a sus procesos de conceptualización de la realidad, redescribe
los fundamentos de una disciplina y sus objetivos, genera un diálogo interno
—sobre las leyes que protegen esas lenguas y sobre las campañas de reparación
de ese legado cultural—, advierte de los peligros de la pérdida.
Para completar el
perfil de estos trabajos es preciso mencionar todavía el problema de los
suicidios rituales. Se han documentado diversos ejemplos de comunidades que
quieren desaparecer. Entre los guarani-kaiowá de Brasil, por ejemplo, se
registra un suicidio juvenil por semana. Este estilo de genocidio silencioso,
como lo llama la antropología, se verifica también en la comunidad nunak de
Colombia, en la comunidad attawapiscat de Canadá y entre varios grupos
aborígenes australianos. Se trata en todos los casos de pueblos que no
encuentran vías en el mundo actual para mantenerse diferentes de la cultura
blanca dominante —de la homogeneidad del capitalismo, en palabras de Žižek— y
tampoco quieren pertenecer a ella. Dejan de tener descendencia y de proyectarse
en el futuro. El asunto puede ser descrito con la asepsia habitual en la
ciencia, sugiriendo simplemente que esas lenguas se quedan sin hablantes, o
formulando las preguntas últimas: ¿qué mueve a esas personas para querer
desaparecer? ¿Cuáles son los problemas de la diferenciación cultural? ¿Qué tipo
de vínculo sentimental o racional existe entre la persona hablante y su lengua
materna? No parece descabellado pensar que, si estas son preguntas filosóficas,
la investigación lingüística que las formule estará haciendo filosofía. Si esta
filosofía no fuese «del lenguaje», ¿de qué podríamos estar hablando?
La perspectiva de
género que hemos pretendido desarrollar a lo largo de estas páginas reclamaba
no centrarse en la construcción de un santoral paralelo de autoras olvidadas.
Desde el principio, mencionamos que se trataría, más bien, de considerar cómo
los temas periféricos, las ideas menores, estaban vinculados a sujetos
marginales, que muchas veces serían mujeres. Desde el principio, aludimos a
otras lingüísticas. En este último campo esas otras perspectivas, indigenistas,
racializadas, interculturales, ecológicas o como quiera que sean llamadas
establecen una poderosa alianza con el género. Todas ellas son perspectivas
oblicuas o no
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centrales para la
historia de una disciplina que ha sido marcadamente eurocéntrica. Los estudios
sobre las diversas lenguas nacieron vinculados a prácticas de dominio:
aprendemos las lenguas de otros pueblos porque no los comprendemos y
consideramos positivo para el comercio o para el intercambio de ideas —y
obsérvese que ambos objetivos son bastante diferentes— entenderlos mejor.
Inmediatamente, la práctica de traducción o la descripción gramatical es
adoptada por el poder como una obscena arma política. Que el concepto mismo de
gramática remita a la Antigüedad grecolatina no es casual. Ni tampoco es casual
que los estudios gramaticales a gran escala comenzasen con la conquista del
Nuevo Mundo. El panorama no es muy diferente del que se observaba en las demás
ciencias: la Europa blanca, moderna y tecnologizada, con su propia ética sobre
la propiedad o el crecimiento impuso su punto de vista al resto del planeta. En
este contexto, el término imperialismo puede parecer excesivamente
ideologizado. Por eso, en busca de una cierta mesura tiende a ser sustituido
por eurocentrismo. El cambio es interesante también para no circunscribir el
proceso al periodo colonial, porque lo innegable es que nunca las diversas
lenguas pesaron lo mismo. Y calibrar esas diferencias de peso es, también, una
tarea filosófica.
Ü
8.5. LING ÍSTICA EN FEMENINO:
NUEVAS REGLAS DE
JUEGO
El volumen
publicado por Alice Davison y Penelope Eckert (1990) sobre lingüística y
mujeres recogía un encuentro universitario del año anterior. Basta con leer las
contribuciones allí incluidas para observar que las lingüistas hace 30 años
integraban el problema del sexismo, que las reunía, con otras discriminaciones;
en particular, casi todos los trabajos se referían a la homofobia y al racismo.
10 años más tarde y en un trabajo no específico sobre género, Tove
Skutnabb-Kangas (2000) identificaba los problemas de supervivencia de lenguas
amenazadas con la prevalencia de determinados poderes que acusaba de
discriminatorios por razón de género, edad y habilidad. Una lectura transversal
nos coloca sobre la pista de que lingüistas diferentes, en subcampos y países
distintos, desarrollan una misma sensibilidad que muestra rebeldía hacia una
lingüística desentendida de esos problemas y, al tiempo, trabaja por instaurar
unas
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nuevas reglas de
juego. Las autoras son muchas y tan diferentes como todas las que hemos ido
mencionando, desde sociolingüistas como Susan Romaine o Deborah Cameron a
filósofas como Judith Butler, desde autoras orientadas a lo pedagógico como
Angela Goddard y Lindsey Paterson a otras que apenas comparten experiencias en
un encuentro entre profesionales, como las reunidas en el compendio de Alice
Davison y Penelope Eckert. En todos los casos resalta una evidencia: en los
últimos tiempos muchas académicas han considerado que su sensibilidad política
al respecto de determinados temas no estaba desgajada de su actividad
profesional. Estas especialistas cultivan sus campos con el rigor esperable,
pero no solo lo hacen desde el púlpito de la academia, sino que nos permiten
observar la huella de los movimientos sociales donde también están presentes.
Se dejan influir e influyen. A veces solo denuncian prácticas intolerables o
improcedentes, pero en algunas ocasiones teorizan. Y lo hacen ya en un marco
que no es específicamente lingüístico: convierten el tema en una disculpa para
preguntarse por las causas últimas. Todas ellas se han encontrado con Humpty
Dumpty, quien les ha dicho que las palabras significarán lo que él quiera si
tiene el suficiente poder para imponer su punto de vista. Y ellas han perforado
las grietas por donde ese punto de vista se derrama. Han amasado las ideas, les
han dado otra forma, inventando conceptos nuevos, como higiene verbal o
genocidio lingüístico. Lo han hecho de manera escrupulosa, muchas veces fuera
de un círculo influyente que les otorgue un papel en un manual de historia de
la lingüística, pero tampoco serán reclamadas para aparecer en otro de
filosofía del lenguaje. La articulación administrativa es rígida en este
sentido y renueva, tarde y mal, sus propósitos. No importa si están abordando
problemas lingüísticos desde todos los enfoques posibles, no solo desde los
emanados de su marco categorial. No importa si escriben cientos de páginas
rigurosas: lo que es filosofar sobre el lenguaje está establecido y no coincide
con esto. Pero lo menos importante en estos casos son las etiquetas.
Los temas que se
han escogido como ilustrativos de este capítulo pueden parecer desconectados.
No lo están tanto como a primera vista pudiera parecer. La hipótesis inicial es
que la lengua determina nuestra manera de ver el mundo. A partir de ahí, es lógico
que surjan diferentes aproximaciones. La primera de ellas sugiere que, siendo
esta hipótesis cierta, algunas discriminaciones implícitas en los usos
tradicionales de las
Página 240
lenguas se estarían
inoculando en la población, se estarían reproduciendo. Aquí se inicia la
depuración que fue, y continúa siendo, un objetivo prioritario en el activismo.
Los movimientos sociales se instalaron ahí. En un momento determinado una
sociedad permite la proliferación de ideologías conservadoras y patriarcales,
de donde arrancan insultos como puta o maricón. En el momento siguiente, estas
formas se desemantizan; ya no aluden a las prácticas sexuales que originalmente
se estigmatizaron con ellas, sino que las y los hablantes insisten en usarlas
sin propósito de insulto o incluso con tono apreciativo: son juegos del
lenguaje. No parecen darse cuenta de que cuando llaman a alguien puta o maricón
como broma, lo que están haciendo es asegurar a gritos que no lo es —«puta, que
quiero decir que no eres puta, sino amiga»—, con lo cual subrayan que la
verdadera pertenencia a los grupos denostados sí sería negativa.
Las autoras que
hemos recogido no siempre coinciden con el punto de vista de los grupos
feministas, aunque también lo sean. Ya vimos en el capítulo 7 que la feminista
Deborah Cameron critica muchas de las propuestas de «las feministas», introduce
matices, niega que haya un propietario final de la lengua: su paseo con Humpty
Dumpty es productivo. También lo es el paseo de la posfeminista Judith Butler,
aunque a su vez diferente. La reapropiación de términos ofensivos sirve para
contraatacar (Butler, 1997: 53-4). Censurar el lenguaje de odio puede
fortalecerlo y, finalmente, no se trata de acribillar con críticas a quien
habla, que va a quejarse del control que se hace de su libertad. Nadie puede
construir un nuevo lenguaje de la nada, pero sí puede alterarse el círculo
vicioso que nos condena a repetir significados estereotipados y visiones del
mundo obsoletas. Dar nuevos significados a los insultos liberará el lenguaje de
todos y todas: al final se trata de reapropiarse de lo que nos habían quitado.
Charlar con Humpty
Dumpty es también la actividad que se emprende en la lingüística de corte
ecológico y en otras extensiones de un quehacer sobre las lenguas volcado hacia
la interculturalidad. Si las palabras determinan nuestra visión del mundo,
restringir nuestra atención a las lenguas hegemónicas es arrodillarnos ante esa
óptica, renegar de los diversos legados culturales y, al final, hacer del mundo
un lugar más pobre. Si cada comunidad tiene una manera propia de ver la
realidad, preservar todas las lenguas no es ya una cuestión que pueda quedar al
albur de políticas ocasionales, ni siquiera puede depender de la voluntad, o
Página 241
del grado de
organización de fuerzas, de sus hablantes. Porque, al igual que un planeta con
su biodiversidad menoscabada está en peligro, un planeta con menos
cosmovisiones está peor preparado para subsistir. Tove Skutnabb-Kangas, en su
paseo con Humpty Dumpty debió de apostillar: «Si las palabras van a significar
lo que tú quieras que signifiquen, asegúrate por lo menos de que sean bastante
diversas; tendrás más posibilidades». Estaba reclamando las lenguas como
patrimonio cultural de la humanidad, de la misma manera que pueden serlo la
Capilla Sixtina o el Taj Mahal. Nadie con una mínima sensibilidad podría
argumentar, como hacen hoy tantos lingüistas, que estos monumentos pueden ser
destruidos mañana porque los monumentos han sido destruidos siempre. El enfoque
intercultural en lingüística ofrece una perspectiva no nacional de las lenguas:
no se trata de defenderlas porque sean nuestras y solo en el caso de que sean
nuestras; todas ellas son patrimonio compartido de la humanidad.
Puede llamar la
atención de una lectura atenta que, aunque ha sido mencionada varias veces, la
raza no haya merecido un apartado específico. Era lógico que estuviese. Porque
el racismo es uno de los objetivos de la depuración emprendida por la higiene
verbal y porque su presencia es bastante evidente en toda la rama intercultural
—la cual, al final, solo está acusando de racismo a la práctica de pensamiento
occidental—. Lengua y raza están ligadas a la crítica colonial y a la disputa
de poder y, por esta razón, su presencia es constante en la línea antropológica
de las ideologías que ya hemos mencionado. Una voz filosófica tan potente como
la de Angela Davis (1981, 1990) ha modulado la noción de raza en alianza con
las de clase y género en el contexto posmoderno que abre el feminismo a la
pluralidad del Otro. Y muchos nombres de mujer en la lingüística reciente han
tratado la intersección entre género y raza (Green, 2002; Hill, 2008; Bucholtz,
2011), han observado que el perfil de hablante nativa/o se usa para minorizar
otras etnias (Lippi-Green, 1997; Aneja, 2016), han estudiado cómo el racismo se
infiltra en el humor (Chun, 2004) o se han referido a la creación de
identidades étnicas como espacios de resistencia (McElhinny, 2010; Veronelli,
2015; Vigouroux, 2017). En el entorno de las lenguas románicas interesan
especialmente los análisis sobre el grupo hispano (Fought, 2003; Mar-Molinero y
Stewart, 2006). En cualquier caso, en los últimos años la lingüística ha puesto
en práctica el modelo filosófico intercultural en una intersección productiva
con el género, de manera que
Página 242
la multiplicidad de
las otredades ha venido a desestabilizar el antiguo sujeto centrado y fuerte y
también ha dinamitado su autoridad.
Convendría todavía
aludir a un aspecto que queda fuera de la perspectiva de género. Con cierta
frecuencia en los manuales de lingüística sí aparece la figura del sociólogo de
la educación Basil Bernstein (1924-2000). Su obra remite a la diferencia entre códigos
restringidos y elaborados. Los primeros son contextuales, enmarcados en la
producción material y habitualmente empleados por el proletariado. Los
elaborados, en cambio, más universalistas e independientes del contexto, sirven
a la reproducción del control simbólico y son usados por la clase dirigente. La
escuela, como otras instituciones, premian a quien usa el código elaborado, de
manera que el fracaso escolar, habitual en la clase trabajadora, responde a un
proceso social arbitrario: la escuela actúa de forma selectiva, agigantando las
diferencias de clase en ese esquema cultural. Estas teorías, con sus
resonancias en Bourdieu y su modelo de la reproducción y el buen gusto burgués,
también aplicable a la escuela, fueron llevadas desde su contexto a otro muy
diferente. Al final sirvieron, mal interpretadas o manipuladas, para
«justificar» que el Black English era una pésima manera de hablar inglés que
influía en el fracaso escolar. Lo que nacía como una propuesta de clase,
comprometida con el bienestar social, acababa garantizando a su autor un lugar
ciertamente extraño en el progreso de las ideas, como si su formulación hubiera
sido racista desde el comienzo. Estamos ante un nuevo ejemplo de márgenes en la
lingüística, aunque no sean femeninos. Mientras algunas autoras claman con
acierto por reubicar este autor en las ideas lingüísticas (Lucíola Santos,
2003), el caso puede servir para ilustrar que los márgenes están feminizados,
pero no solo habitados por ellas. Al final, la historia es una escritura lenta,
que permite modificaciones. Por eso es tan productivo charlar con Humpty
Dumpty.
8.6. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA FILOSOFÍA DEL LENGUAJE CON ORIENTACIÓN DE GÉNERO
ANEJA, Geeta
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TERCERA PARTE
POSIBILIDADES
DE REESCRIBIR LA
HISTORIA
Página 249
CAPÍTULO 9
LA VIDA ÍNTIMA DE
LAS LINGÜISTAS
«Una de las razones
por las cuales el trabajo de las mujeres ha sido mal entendido o ignorado es
que a rma un conjunto de valores que di eren de la cultura dominante. Parece
obvio que una mujer artista que vaya a su estudio todos los días y compruebe la
evidencia clara de sus habilidades verá que los valores de la sociedad que la
de nen como pasiva e inferior no pueden ser correctos. Si desafía esos valores,
inevitablemente desa ará a otros cuando descubra en su jornada creativa que la
mayor parte de lo que se le ha enseñado a creer sobre sí misma es inexacto y
está distorsionado».
JUDY CHICAGO y
MIRIAM SCHAPIRO, artistas plásticas
9.1. DIOSES QUE
SIEMPRE
DEFRAUDAN
Con el evocador
título de «Dioses que siempre defraudan», Edward Said abría la última parte de
sus Representaciones del intelectual (1994). La idea de fondo de todo el ensayo
era revisar los compromisos y peligros ideológicos que rodean a las figuras que
una sociedad va destacando como referenciales. Las ideas que el/la intelectual
representa deben implicarse con la emancipación y la ilustración, entendidas no
como abstracciones apáticas a las que se rinda pleitesía, sino como
potencialmente vinculadas a la experiencia de la pobreza, la marginación o la
falta de voz de quien no tiene acceso al poder. Frente a cualquier ideario,
conviene conservar en la mente, en la visión de Said, un espacio abierto para
la duda y para una medida de ironía atenta y escéptica (1994: 141). Bajo la
inspiración de su propuesta, muchas trayectorias femeninas en la investigación
pueden revisarse de manera productiva. Como ya he indicado en los primeros
capítulos, una lingüística con perspectiva de género no consiste en sustituir
Página 250
los nombres
masculinos por nombres femeninos con la idea de asegurar que ellas también han
estado, aun cuando sus contribuciones fuesen menores. Es preciso reconocer que,
a veces, las revisiones de género exageran su entusiasmo: encuentran tal mujer
desempeñando tal tarea y concluyen que, si no conocemos su legado, es porque la
disciplina es sexista. Hasta cierto punto sería deseable que todo fuese tan
sencillo. En realidad, para la revisión de género de una disciplina se precisa
un distanciamiento crítico, lo que, en palabras de Said —revisadas para
feminizarlas—, exige conservar la autonomía de la francotiradora y de la
escéptica antes que la cualidad vagamente religiosa de una auténtica creyente.
Eso supone reordenar el panorama: ¿es cierto que las contribuciones han sido
menores? ¿Por qué? Si fuese porque ellas no estaban en el lugar oportuno en el
momento adecuado, podríamos acudir a la explicación sociológica sobre la
desventaja de ser mujer y la consiguiente marginación en el trabajo
intelectual. Pero muchas veces, y esto es más revelador, las ideas ascienden a
la consideración de fundamentales por ingredientes externos, que nunca se dan
en el caso de que hayan sido cultivadas por agentes ajenos al perfil canónico
de científico: un hombre de procedencia burguesa, blanco y heterosexual, que
consagra su vida a mantenerse en el escalafón cultivando una fuerte
competitividad.
En este sentido,
los enfoques destinados a recuperar mujeres de la historia son limitativos. No
cuestionan los criterios de selección, o lo hacen mínimamente. Añaden nombres
femeninos a un canon que mantienen inalterado. En contrapartida, y para
mantener el espíritu crítico que aconseja Said, en las presentes páginas no nos
hemos ocupado tanto de recuperar desconocidas practicantes de ciencia normal,
en el sentido de Kuhn, cuanto de ofrecer versiones alternativas que
desenmascaran algunos prejuicios o errores en la investigación previa y que
permiten reformular el orden de prioridades. En lugar de preguntarnos por las
ausentes, la tendencia ha sido revisar las presentes. En lugar de asumir un
canon intocable con su apéndice de mujeres, se ha pretendido demostrar que, al
haberlas difuminado, se estaba prescindiendo de determinadas hipótesis,
procedimientos o temáticas y, en consecuencia, la perspectiva era más limitada.
En 2005 Siobhan
Chapman y Christopher Routledge publicaban un volumen sobre grandes figuras en
lingüística y filosofía del lenguaje[45].
Página 251
Era interesante,
desde luego, no solo la ambición de la propuesta, sino también que las dos
disciplinas, habitualmente divididas como campos de conocimiento diferentes,
esta vez se presentasen unificadas, tal y como aquí se ha defendido. Como es
obvio, la selección de autoridades en el compendio dependía del punto de vista
de sus autoras/es. Nada hay que replicar a que se incluya Aristóteles, por
ejemplo, pero se podría censurar que se dediquen más de seis páginas a
Aristóteles, dos a Franz Bopp y solo una a Bronislaw Malinowski o ninguna a
Steven Pinker y Howard Gardner (Sew, 2007); también que no se incluyan
perspectivas sobre el lenguaje en acción, donde podrían caber propuestas
artísticas que han trabajado específicamente el lenguaje, como la obra visual
de Nancy Spero, o aquellas centradas en la ausencia de lenguaje, como toda la
corriente de pensamiento zen que cultiva el silencio —un concepto solo en
apariencia opuesto al de lenguaje—. Ni siquiera, en honor a Said, se va a
criticar que falten importantes figuras femeninas contemporáneas que han
cultivado aspectos centrales en la disciplina —no los periféricos que hemos
desarrollado en los capítulos anteriores—, como Joan Bybee, Marianne Mithun,
Suzanne Romaine, Tatiana Slama-Cazacu, Sandra Thompson, Moira Yip o Anna
Wierzbicka, cuyos logros son semejantes a muchos de los lingüistas masculinos
incluidos, además de ser realizados en algunos de los más reputados centros de
investigación. Bastará con mencionar que de las 80 entradas solo cuatro
corresponden a mujeres: Deborah Cameron, Julia Kristeva, Lesley Milroy y
Deborah Tannen. En esta obra panorámica, la representación femenina se queda en
un 5 %; eso sin mencionar que tres de estas autoras son sociolingüistas, lo que
contribuye a alimentar la conclusión equivocada de que la participación
femenina en lingüística ha sido, además de menor, extremadamente especializada.
Unos años más
tarde, Chapman y Routledge (2009) publicaban un nuevo volumen de consulta,
centrado ahora en recopilar las ideas clave en lingüística y filosofía del
lenguaje. Como en el caso anterior, se podría entrar a debatir si eran las
ochenta ideas más importantes, si faltaban algunas, si sobraban otras o si,
simplemente, muchas de las incluidas no eran, verdaderamente ideas, sino
capítulos de la historia de esas ideas, o conceptos auxiliares para
entenderlas. No nos detendremos aquí, simplemente porque no corresponde al
objetivo que nos hemos trazado. Pero aceptando provisionalmente esta relación
de ochenta entradas sobre temas lingüísticos, lo curioso del caso es que solo
la de prototipo remite
Página 252
inequívocamente a
un nombre femenino, el de Eleanor Rosch, una psicóloga pionera en la
introducción de una teoría para categorizar a partir de clases graduales.
Además, otra de las entradas, la de feminismo, irá siempre asociada —y tal vez
esto tampoco sea lo mejor— a nombres de mujer. El «peligro» de reconocer el
feminismo como una idea viva en lingüística es que la aparente apertura de
enfoque produzca este efecto secundario indeseable: la entrada de las mujeres
en lingüística, como en los diferentes campos de conocimiento, no las recupera
como especialistas en los temas que cultivan sino, más bien, como especialistas
en sí mismas, en la cuestión femenina. Dejando a un lado las ideas de prototipo
y feminismo, las otras 68 entradas evocan preeminentemente nombres masculinos,
de la misma manera que evocan nombres blancos y que escriben fundamentalmente
en inglés.
Podemos tomar este
sesgo de la disciplina, en pleno siglo XXI como punto de partida para una
indagación más profunda. Incluso las mujeres recientes, las nacidas en el siglo
XX, han tenido poca o ninguna repercusión en las revisiones históricas del
campo. El asunto no mejora cuando, en las últimas décadas, se incorporan las
herramientas tecnológicas: la información en red sobre mujeres lingüistas aboca
a escasa presencia y a información sesgada. A modo de ejemplo, en el caso de
Eeva Ahven (1924-2009), lingüista estonia, accedemos al curioso dato de donde
está enterrada, pero no a sus obras ni temas de interés. Algo semejante sucede
con la rusa Larissa Bogoraz (1926-2004), a diferencia de que en este caso es
posible recabar bastante información sobre sus posicionamientos políticos como
disidente de la antigua Unión Soviética. De su obra, nada. La información que
se extrae de Internet es sobre todo biográfica, sin verdadera atención a las
contribuciones de las profesionales al campo, como si se cumpliese con el requisito
de rellenar un informe atestiguando que hay mujeres lingüistas y después se
prescindiese de sus aportaciones. Con frecuencia, aparecen relacionadas con un
autor prestigioso y poco más. Nunca en el perfil de ese autor masculino
encontramos información sobre ellas. A veces, los datos del hombre con quien
una lingüista se relaciona ni siquiera son interesantes para su biografía
profesional y, sin embargo, se hacen constar: así, para la académica chilena
Marianne Peronard (1932-2016) no hay reparos en comentar en la Wikipedia:
«Contrajo matrimonio con el ingeniero químico Hugo Tampier Bittner, con quien
tuvo seis hijos». Obviamente, los
Página 253
criterios para una
biografía no exigen prescindir de los datos personales; no se trata de eso. El
problema está en que, cuando se dedica un espacio escaso a una figura, cuando
ni siquiera se registran las obras que ha escrito o los cargos que ha desempeñado,
esas informaciones perpetúan la idea de que las mujeres se realizan en su
dimensión familiar. Hay, todavía, disimetría, como hemos visto en el capítulo
2. Si eso es grave en el caso de biografías editadas como libros, todavía lo es
más en las de formato wiki, cuya autoría colectiva permite deducir que este
criterio continúa instalado en la sociedad. Además de ligar las obras de tantas
autoras a ideas tildadas de secundarias, conviene, dadas estas disimetrías,
denunciar algunos parámetros sexistas que se han aplicado en la lingüística
reciente. Esta revisión forma parte de los cuidados metodológicos en la línea
de Said y no responde al esquema fácil de colocar mujeres como intelectuales de
referencia sin más. Ya se sabe que si hacemos de ellas diosas, nos defraudarán.
Pero ahora mismo son otras figuras las que nos han defraudado; algunos padres
fundacionales de la disciplina han sido un fiasco.
9.2. AMANTES Y
OTROS ASUNTOS
DE LOS QUE
CONVENDRÍAZ NO HABLAR, O TAL VE SÍ
Cuando se narra la
historia de una escuela o de un círculo influyente en cualquier disciplina se
toman decisiones. Así, se decide transmitir la idea de que Boas era un padre
protector, interesado en promocionar la carrera de sus discípulas. Al mismo
tiempo, se destaca el ambiente de influencias mutuas entre los miembros de la
familia boasiana: Edward Sapir desarrolla el concepto de forma en paralelo con
el concepto de patrón de Ruth Benedict. Sapir y Benedict se habían formado con
Boas, se conocían, se leían y se influían mutuamente. Esa versión no es tan
neutra como parece. Cuando se opta por exponer asépticamente lo público se está
dando determinada información y escondiendo otra, más privada, tal vez por
pudor, tal vez por una restricción relacionada con el rigor propio del trabajo
intelectual. Veamos el caso con mayor detalle.
En 1922 la joven
estudiante Margaret Mead conoce a la entonces profesora ayudante Ruth Benedict.
Ambas establecen una relación muy
Página 254
estrecha que se
mantendrá de por vida y que incluye siempre una sólida amistad, una influencia
intelectual considerable y una enorme capacidad de confiarse el relato de sus
respectivas vidas. Eran los locos años veinte y ambas parecían mujeres
dispuestas a experimentar. Entre 1922 y 1925 aproximadamente mantienen también
una relación erótica en un marco de amor libre que hoy llamaríamos poliamoroso:
sin exclusividad, pero atento, entonces y en el futuro, cuando este vínculo
erótico se disuelva, al cuidado de la otra. Durante este periodo, Edward Sapir
también mantiene una relación con Margaret Mead, aunque en su caso habría que
definirla en el marco más tradicional del triángulo amoroso. Cuando Mead lo
rechaza como amante y le explica su versión del amor libre, Sapir reacciona en
las pautas más tradicionales del amante celoso y replica a sus observaciones
sobre la juventud en Samoa con una crítica furibunda: en 1929, en una reseña
para un libro de Boas, califica a Margaret Mead de incompetente e incapaz de llevar
a cabo un proyecto antropológico riguroso. También en una carta a Ruth Benedict
escribirá que Margaret Mead es «una prostituta aborrecible, un símbolo
maloliente de todo lo que odio en la cultura americana» (Banner, 2003: 24). Las
palabras son suficientemente elocuentes. Martínez Veiga (2015) se refiere
asimismo a como Sapir aireaba el affaire que había tenido con Mead entre el
círculo de Boas, cuyos miembros no se molestaron en defenderla, y al hecho, más
interesante, de que, en la larga correspondencia entre Mead y Benedict, la
primera se refería muchas veces al precio que había tenido que pagar por
aquella relación. Sapir tenía una posición privilegiada en el ambiente
intelectual de la antropología y el descrédito que había sembrado sobre el
trabajo de Mead estuvo siempre ahí, para explicar la enorme cantidad de
críticas que ella debería afrontar, incluso en revistas especializadas donde
los criterios de objetividad deberían estar garantizados. Para siempre se
consagrarían las etiquetas de que su investigación era superficial; escribía
para el gran público, con poca profundidad y menos rigor, además de empañar
todo con continuas referencias a detalles que justificasen la libertad sexual.
Es sorprendente
cuántas veces llegamos a saber de las prácticas sexuales de las mujeres
concernidas en el trabajo intelectual y qué escasa es esta información para los
hombres. Antes de que Mary Catherine Bateson, la hija de Margaret Mead,
divulgase la vida íntima de su madre —en un libro biográfico, With a Daughter’s
Eye—, ya era conocido que
Página 255
también Ruth
Benedict, casada con Stanley Benedict, había mantenido muchos romances con
personas de ambos sexos. La biografía de Banner (2003) la presenta como alguien
que consigue construir relaciones en que es amante, amiga y mentora. Pero Ruth
Benedict no debió de chocar con ningún amante tan airado como Edward Sapir y su
trabajo fue correctamente valorado. Años más tarde, el antropólogo Clifford
Geertz (1988: 102-127) destacaba la extrema ambición de Margaret Mead —un rasgo
destacado por muchos de sus detractores y que nunca se menciona al respecto de
Boas o de Chomsky, por ejemplo— y las razones de que cultivase su amistad con
Ruth Benedict. Lo haría, literalmente, para engrandecerse. A su estilo le
aplica comentarios apasionados: es indisciplinado, flojo y basado en
improvisaciones, dice diecisiete cosas a la vez, de forma que siempre tiene
razón porque adapta su perspectiva a los cambios que surgen en la disciplina.
Estos tratamientos vejatorios son a menudo silenciados: se pasa sobre ellos de
puntillas o, simplemente, no se mencionan, aunque contribuyan de manera
significativa a explicar por qué del legado intelectual femenino sabemos tan
poco. Si ellas fueron esposas y madres, sus biografías se limitarán a
privilegiar los aspectos privados; si fueron mujeres emancipadas, su trabajo se
verá perjudicado. Es un dilema imposible de resolver. Por eso no se trata solo
de adicionar mujeres al cóctel, sino de agitarlo.
Cuando se hace
historia de las disciplinas, se recogen nombres de figuras que elaboraron
conceptos capitales o que crearon ambientes propicios para influir en grupos
enteros. La tendencia ha sido diferenciar lo público y lo privado de una manera
tajante. De esta manera, quien estudia lingüística llega a conocer nombres como
Saussure, Hjelmslev o Halliday por sus contribuciones intelectuales, sin saber
si fueron homosexuales, padres de familia o vividores que frecuentaban
ambientes nocturnos. La separación entre lo público y lo privado viene a decir
que no nos interesan esas personalidades por sus comportamientos humanos, por
su vida privada. La biografía, una de las claves para la historia, es un género
que de alguna manera rompe estas dos facetas: tal vez se escriba para realzar
una figura, pero obliga a sacar a la luz esos aspectos ocultos. Sin embargo,
las escasas biografías de lingüistas que existen, hechas cuando son
extremadamente célebres, manejan con extremo cuidado esa información: llegamos
a saber, por ejemplo, que Saussure pasaba parte del año en un castillo
propiedad de la familia de su mujer y poco más. Se
Página 256
evita, en general,
hablar de sexo, de amistades que pudieron implicar influencias intelectuales,
como se evita mencionar si hubo problemas económicos, aunque un detalle como
este podría explicar que hayan cultivado determinados campos, cuando la persona
biografiada ha tenido que asumir una ocupación o un encargo docente. En los
manuales de lingüística aparece escasísima información personal. Accedemos, tal
vez, a datos sobre varios lingüistas que escaparon del ambiente revolucionario
ruso a principios del siglo XX para instalarse en Estados Unidos, donde padecen
las reticencias de su condición de emigrantes, pero se habla de ello de manera
aséptica, «despolitizada». En este sentido, resulta difícil conocer y valorar
adecuadamente la cuestión privada.
No estoy abogando
aquí por hablar sin tapujos de todo. No creo que sea interesante para
distinguir relaciones sintagmáticas y paradigmáticas conocer a fondo la vida
amorosa de quien establece la diferencia. Simplemente, estoy sugiriendo que los
comentarios que se encuentran sobre la vida personal de algunas mujeres
mencionadas en los capítulos precedentes —Margaret Mead, Ruth Benedict, Mary
Haas o Louise Pound, por ejemplo— responden a un trato diferente.
Volviendo a Sapir,
en el capítulo 6 hemos visto que no solo tuvo conflictos con Margaret Mead;
también se observa machismo en su trato con Gladys Reichard y Mary Haas. Al
mismo tiempo que vetaba, dificultaba el ascenso o menospreciaba las capacidades
de las mujeres que lo rodeaban, este autor era elevado por las voces que
escribieron la historia de la disciplina a la condición de representante, junto
con Whorf, del relativismo en lingüística. La hipótesis de Sapir-Whorf, se dice
y se repite. Pues bien, una lingüística con perspectiva de género no pretende
sustituir esa etiqueta por otra como la hipótesis de Mead-Benedict. Sapir
contribuyó con trabajos teóricos decisivos a definir el relativismo. Pero
también menoscabó las contribuciones de otras compañeras que participaban de
los mismos puntos de partida, que nadaban en el mismo caldo intelectual. Una
lingüística con perspectiva de género preferirá sustituir la hipótesis de
Sapir-Whorf por la hipótesis del relativismo lingüístico o la hipótesis de la
escuela boasiana. Obsérvese, entonces, que no estamos —no únicamente— ante un
punto de vista militante, que los elimine a ellos para colocarlas a ellas.
Estamos ante una corrección de género de un relato histórico que ha sido
distorsionado y que ahora ensanchamos al dotarlo de mayor profundidad e
incorporar la perspectiva
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de una labor
colectiva. El relativismo es una consecuencia de diversos factores: la
formación previa de Boas, que llega de otro lugar y con otra óptica; la
creación de un potente círculo que se dedica a las lenguas y culturas nativas
americanas; las innovaciones conceptuales y procedimentales que surgen en ese
grupo, extendido por la amplia geografía estadounidense y bien conectado entre
sí; el extraordinario vigor de la antropología en esa época; la tensión entre
teoría y observación que, en ese momento, concede algún peso a la segunda y la
necesidad de una revisión del eurocentrismo practicado por la disciplina. La
etiqueta modificada con esta perspectiva de género es más adecuada, más justa y
mejor conocedora de lo que subyace, que, ahora sí, puede quedarse en lo privado
o ser un tipo de conocimiento avanzado, propio de quien domina los entresijos
de un campo.
Una lingüística con
perspectiva de género no es, de entrada, un instrumento para captar la atención
de estudiantes femeninas ni una convocatoria para realzar el trabajo de las
mujeres por el mero hecho de ser mujeres; es una rectificación necesaria para subsanar
el sesgo implícito en las visiones anteriores. No es la única rectificación que
se puede y debe hacer. La lingüística debe hacerse mestiza y dejar de
privilegiar los entornos blancos y anglosajones, que soy consciente de haber
destacado también en exceso a lo largo de estas páginas porque son
omnipresentes y, por tanto, imprescindibles en una primera aproximación; habrá
que corregir este enfoque en el futuro ampliando la perspectiva de género a
otras latitudes y entornos de la disciplina. La lingüística no solo se practica
en los grandes centros de irradiación del poder académico; también en espacios
fronterizos, en comunidades con lenguas propias e identidades difusas o en
enclaves, urbanos o no tanto, poco interesantes académicamente, pero multilingües
y, por tanto, es susceptible de correcciones que quiebren su eurocentrismo y
limen los privilegios de clase, etnia y poder. Desde Beirut, la voz de la
intelectual Joumana Haddad (2016: 101) nos recuerda con humor que existen
libros intimidantes, que volvemos a colocar en la estantería mientras buscamos
otro más sencillo, precisamente el tipo de libro que avala nuestra sensación de
que ya lo sabemos todo y de que aquello que no sabemos no es importante. Es
cierto que, a medida que nos especializamos en un campo, corremos el riesgo de
ya solo deleitarnos con los libros que nos aseguran que tenemos razón, con
aquellos que, según Haddad, nos dan una
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palmadita en la
espalda, corroborando nuestras ideas y validando nuestras creencias. Pero
cuando pensamos que solo esos libros merecen nuestra atención, nos equivocamos:
un libro de páginas rotas, que repiense una tradición, es un verdadero libro de
historia de cualquier disciplina. Mientras se va construyendo, parece positivo
limar el personalismo. La idea de genio, implícita, por continuar con el
ejemplo, en denominaciones como la hipótesis de Sapir-Whorf, es limitadora,
además de injusta. El conocimiento adquirido por la humanidad nunca es un
asunto absolutamente individual. Ya nos refiramos a la lengua o a la historia,
cada individuo tiene alojado en su mente todo un colectivo. En una época de
máximo individualismo como la que vivimos, conviene destacar este dato. Incluso
cuando una persona permanece sola en una habitación, reflexionando en torno a
un problema, la concatenación de sus pensamientos se realiza fundamentalmente
por vía lingüística y, en ese sentido, junto a la mente que piensa, están sentándose
a pensar la totalidad de hablantes de su comunidad lingüística y cultural, las
distinciones y las nociones comunes en su época, el bagaje científico,
artístico e ideológico que el colectivo ha amasado a lo largo de los años;
también los prejuicios y conceptos distorsionados que pueda arrastrar. Para
bien o para mal, la mente genial apenas existe. Avanzamos lenta y penosamente,
pero en colectivo. Por eso es tan importante que las biografías humanicen, que
apaguen los egos excesivos, que se vuelquen sobre el grupo. Por eso es tan
importante no construir divinidades que después nos defrauden.
Ñ
9.3. SE ORAS DE
En el tipo de
revisión crítica que estamos proponiendo, los ingredientes biográficos ocupan
un lugar. Lejos de reivindicarlos para escribir una crónica amarilla, podemos
usarlos como una ayuda esclarecedora. Para las mujeres, la sociedad tradicional
reservaba un papel que dificultaba el ejercicio profesional, eran señoras de.
Quien investiga tiene la obligación de presentar su campo de creencias para que
la lectura pueda ser matizada. No se trata de no tener creencias, puesto que no
hay individuos neutros; sino de colocarlas sobre la mesa. Por ejemplo, en las
presentes páginas he optado por colocar entre corchetes el apellido de casada,
tan habitual en el uso de las mujeres anglosajonas. Lo he hecho
sistemáticamente, no cuando
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las autoras habían
firmado con varios nombres. Es una manera de incluir un punto de vista propio:
colocar el nombre de la familia de procedencia realza el ser que era esa mujer,
independientemente o antes de su matrimonio. Porque para las mujeres los matrimonios
han pesado demasiado, también en lingüística.
Vayamos a un
ejemplo. Una de las lingüistas que hemos tratado[46] y que aparece referida
entre ese escaso 5 % femenino del libro de Chapman y Routledge es Robin Tolmach
[Lakoff]. A cualquier estudiante de lingüística le sonará el apellido Lakoff,
compartido por dos lingüistas contemporáneos, George y Robin, que estuvieron
casados. Nacidos en la década de los cuarenta, ambos pertenecen a la primera
generación de seguidores de Chomsky y protagonizaron una de las más tempranas
contestaciones a su modelo: la semántica generativa. El nuevo programa, claro
está, tendría otros practicantes que no mencionaremos porque corresponden a la
lingüística nuclear ya ampliamente historiada: son hombres, con carreras
prestigiosas en grandes universidades y aportaciones sobradamente mencionadas.
El asunto es que la semántica generativa llegaba para cuestionar la linealidad
en la adquisición del lenguaje infantil que la primera gramática generativa
había situado como modelo de referencia[47]. Este perfil contestatario, que fue
una de las características de las guerras internas en el generativismo, se
encuentra también en las aportaciones que George y Robin Lakoff han
desarrollado en dos líneas en cierta forma paralelas, aun cuando cada una de
ellas discurra a su manera.
George Lakoff es
hoy una figura reputada de la lingüística cognitiva. Robin Lakoff es una de las
escasas mujeres con nombre propio que ya hemos visto como inauguradora de la
sociolingüística feminista. Es fácil observar que él tiene un perfil
incontrovertido: en un campo con tantas divisiones como la lingüística, se
admite que practica uno de los muchos enfoques actualmente vigorosos; ella,
incluso inaugurando un campo, ha tenido que afrontar, en cambio, acendradas
críticas. Estas disimetrías pueden y deben ser consideradas. No se trata aquí
de medirlos o de insinuar el argumento fácil de que ella ha sido menos
considerada por ser mujer. Al contrario, lo que nos interesa destacar es que a
lo largo de sus carreras se han mostrado proactivos y entusiastas, han
trabajado duro y tienen un lugar. Pero, como la sombra del divorcio planea
entre ellos, sus inmensas similitudes nunca se mencionan. Ambos han usado
conceptos
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del campo cultural,
como los marcos de referencia en los que se mueve el significado; ambos han
proyectado sus análisis al estudio del lenguaje de la política y los medios de
comunicación. En el año 2000, Robin Tolmach [Lakoff] revisaba el caso O. J. Simpson,
el escándalo Lewinsky y el fenómeno de la corrección política. En 2004, George
Lakoff aplicaba las metáforas conceptuales a la manera en que los partidos
políticos republicano y demócrata estructuran la realidad. En ambos casos, se
referían a modelos culturales, marcos que actúan como organizadores previos de
nuestras ideas y a la capacidad de corporeizar —esto es, de representar con
metáforas corporales— la realidad para manejarla. George y Robin Lakoff
cultivan un análisis del discurso político —y, por cierto, de carácter
filosófico, aunque no se incluyan nunca en los manuales de filosofía del
lenguaje— donde la manera de aprehender la realidad está mediada en la lengua
por artefactos culturales. Sus trabajos, independientes y separados, documentan
una línea de influencia mutua que nunca se nombra porque, en virtud de un
apellido compartido durante algún tiempo, se supone que tal influencia no debe
ser mencionada. No creo, en absoluto, que Robin Tolmach [Lakoff] sea la señora
de Lakoff. Nada más lejos de la realidad. Pero ambos representan una línea
potente, diseñada con influencias mutuas que no se nombran para no aludir a lo
privado. Entonces, en previsión de que estemos perdiendo información, lo
privado debe ser revisitado a través de algunos casos singularmente
representativos.
9.3.1. El per l de la compañera-
colaboradora: María
Goyri
María Amalia Goyri
(1873-1954) fue una filóloga española apenas conocida por su matrimonio con uno
de los grandes eruditos de su época, Ramón Menéndez Pidal, a pesar de haber
sido ella misma investigadora y profesora. Dada la celebridad de la pareja, llamada
a veces los Curie españoles, de esta mujer circula una amplia información
biográfica que siempre incluye un dato estrictamente privado: era hija de madre
soltera. Precisamente, se atribuye a la impronta independiente de su madre que
se distanciase del modelo de joven española de la época; María Goyri hacía
deporte y estudiaba, tanto como para, tras obtener títulos de comercio y de
institutriz, solicitar la entrada en la facultad de Filosofía y Letras en el
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curso 1891-92. Le
permitieron asistir como oyente durante un año sin matricularse y, en el curso
siguiente, se aceptó su inscripción con la advertencia de que no debía
permanecer en los pasillos ni sentarse junto a sus compañeros: entraría con el
profesor en el aula y se situaría a su lado. Como mujer, podía distraer a la
clase. Esta anécdota, que hoy convoca a la risa, la ha convertido en una
personalidad frecuentemente citada en los estudios de género, aunque nunca en
lingüística: la disciplina no incluye el género en su historia. Pero había que
tener mucha personalidad para aceptar distinguirse así del grupo de iguales con
16 años. Ya licenciada, conoce al que será su marido a partir de 1900 y hacen
su viaje de bodas por las tierras del Cid, para recopilar el romancero popular.
Compatibilizando investigación, obligaciones domésticas y maternidad, María se
doctora con una tesis sobre Lope de Vega y el Romancero. Como muchas mujeres de
su clase y formación, tiene preocupaciones que hoy podríamos vincular con un
prefeminismo consciente, relativas a la delincuencia, la protección de la
infancia y la promoción de la enseñanza femenina y colabora con otras mujeres
reconocidas en los programas pedagógicos de la Institución Libre de Enseñanza y
la Junta para Ampliación de Estudios, en las que no tardaría en integrarse.
Al igual que otras
figuras académicas de esa época, fue investigada durante la Guerra Civil como
sospechosa de republicanismo. Las autoridades franquistas solicitan en 1937 un
informe de las actividades familiares y requieren que el matrimonio Menéndez Pidal-Goyri
sea vigilado de manera discreta. Esos informes presentarán a Menéndez Pidal
como «presidente de la Academia de la Lengua. Persona de gran cultura,
esencialmente bueno, débil de carácter, totalmente dominado por su mujer» y a
ella como «persona de gran talento, de gran cultura, de una energía
extraordinaria, que ha pervertido a su marido y a sus hijos; muy persuasiva y
de las personas más peligrosas de España. Es sin duda una de las raíces más
robustas de la revolución»[48]. Ante esta situación, la familia se exilia,
aunque regresan a España después de la guerra. Curiosamente, no será depurada y
continúa trabajando como docente y directora del Colegio Estudio, fundado por
su hija Jimena.
Evidentemente,
María Goyri no es estrictamente hablando lo que hoy entendemos por una
lingüista: el perfil del campo varió mucho justamente en los años en que
transcurrió su vida. Pero en la España de su época la mayoría de los perfiles
lingüísticos profesionales eran de este estilo: una
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formación
filológica orientada a los textos literarios y a la historia de la lengua. No
está totalmente dentro del campo ni totalmente fuera. Además, es una mujer
diferente al canon establecido, culta y transgresora hasta un cierto punto; en
otro sentido es una esposa diligente, muy trabajadora y siempre en la sombra.
Responde al perfil que habitualmente se da a la mujer que «está detrás de un
gran hombre» y, en este sentido, al no tener una vida tan rupturista como una
Margaret Mead, tiende a formar parte del grupo de mujeres ausentes. Es fácil
que, conviviendo con alguien interesado en los mismos temas, su bibliografía
también se entremezcle con la de su marido. La tentación de presentarla como
secretaria que pasa a limpio el trabajo masculino, que lo relee y revisa como
colaboradora, o aun como la de verdadera autora sin derecho a firma, es muy
fuerte y aparece con cierta frecuencia en las revisiones de su figura. Me
interesa más destacar que, al estudiar el Romancero, una obra de autoría
colectiva, de tradición popular y transmisión anónima, pudiese tener menos
interés en firmar su trabajo que simplemente en hacerlo. De hecho, en una carta
que escribe a Arturo Zabala, refiriéndose a un cuento que había recopilado, muy
elocuentemente indica: «No necesita llevar nombre de autor, pues yo no lo soy;
lo oí hace mucho tiempo, me hizo gracia y como me lo contaron te lo cuento»
(Cid, 2017). María Goyri encaja bien en la tradición de los colectivos a que
tantas veces nos hemos referido. Su figura, a pesar de gozar de un cierto
reconocimiento —aunque imposible de comparar con el de Menéndez Pidal— es el
emblema de toda una generación de mujeres y, en ese sentido, el acercamiento
biográfico es una constatación de las fisuras por donde se infiltra el sexismo
en la disciplina[49].
9.3.2. El per l de la compañera-rival:
Carol Schatz
[Chomsky]
Al hablar de
lingüistas y vida privada, uno de los personajes que salta a la luz con mayor
fuerza es el de la estadounidense Carol Doris Schatz [Chomsky] (1930-2008). A
diferencia de los demás ejemplos tratados en esta sección, ella sí fue una
profesional de la lingüística, doctorada por la prestigiosa Universidad de
Harvard, donde ejerció su carrera docente. Su perfil tal vez no corresponda al
de una de esas figuras que deban pasar a la
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historia por unas
aportaciones singulares, pero interesa, de una manera peculiar, en una historia
de la lingüística concebida con perspectiva de género. Durante 59 estuvo casada
con la máxima autoridad viva del campo, Noam Chomsky, famoso por haber formulado
una perspectiva radicalmente innatista de la adquisición del lenguaje. Y, sin
embargo, Carol Chomsky, como fue conocida, trabajó ese mismo tema, la
adquisición, en su veta empírica. De alguna manera, suena a provocación. Su
biografía puede tener otros detalles interesantes en una perspectiva de género.
Así, parece que el joven matrimonio, a sus veintipocos años decide priorizar la
carrera de Carol, respondiendo a la inquietud de que la implicación política de
Noam en las actividades contra la guerra de Vietnam lo llevasen a la cárcel.
Ante una eventualidad como esta, necesitarían que ella fuese autónoma
económicamente. Frente a este aire de modernidad en su relación, es
sorprendente que los dos miembros de una pareja preocupada por un mismo tema
—cómo se desarrolla la capacidad del lenguaje en la mente infantil— desplieguen
un instrumental tan contrario: él un modelo abstracto, puramente teórico y
frecuentemente formal; ella un modelo empírico, hecho de casos concretos, con
un abordaje práctico y procedimientos experimentales.
En su obra más
conocida (Carol Chomsky, 1969) estudiaba cómo el ser humano va tomando
conciencia de su lengua materna en la infancia y adquiere destrezas sintácticas
que le permiten formar frases cada vez más complejas. La edad clave se situaría
en torno a los 5 años, momento en que se comienzan a manejar esas habilidades
sintácticas que, paulatinamente, se irán perfeccionando durante todo el periodo
infantil. La obra no critica, en absoluto, la propuesta innatista del
generativismo; simplemente se sitúa en otro paradigma. Es, de alguna manera, un
trabajo al servicio de la pedagogía, enraizado en la observación y la práctica
infantil y lo más ajeno posible a los debates teóricos que caracterizaban el
chomskismo en los sesenta. En la década posterior, se centraría en diseñar un
método para mejorar la comprensión lectora[50]: la lectura repetida.
Básicamente consistía en pedir al sujeto con dificultades lectoras que leyese
un pasaje en silencio mientras escuchaba una grabación que reproducía el mismo
texto con una buena dicción. Tras realizar varias audiciones de este tipo, la
niña o el niño sería capaz de leer de manera autónoma, mostrando gran fluidez y
una correcta comprensión del significado. Obviamente, esta ejercitación, que
incluye un cierto grado de automatismo, se sitúa en las
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antípodas de los
debates generativistas. No es que sean incompatibles — todas las teorizaciones
de Noam Chomsky se referían exclusivamente a hablantes/oyentes ideales—, pero
el desacuerdo en de fondo es evidente. Con certeza, las niñas y niños con
problemas de lectoescritura no serán hablantes/oyentes ideales, pero esta frase
resultaría, como poco, insultante en pedagogía y entre quienes se ocupan de
ellos/as. La hipótesis con que está trabajando Carol parece suponer que algunos
individuos necesitan más tiempo para adquirir solvencia en ciertas habilidades
lingüísticas y que intervenir con ejercitaciones repetidas puede ayudar. Y eso
suena ligeramente conductista. Es verdad que la lectura y la escritura no
entran dentro del núcleo de la teoría chomskiana, que se refiere a la
adquisición del lenguaje oral; pero este aspecto vuelve a interesarnos: son
actividades lingüísticas periféricas, y ya sabemos que la asociación entre
mujeres y periferias ha sido muy productiva.
Han pasado 50 años
desde la publicación de la principal obra de Carol Chomsky y podría decirse,
con la tranquilidad de haber ganado perspectiva temporal, que su valor es
relativo. Sin embargo, el componente biográfico sirve para formular algunas
preguntas. Ella no se dedicaba a otra actividad; era lingüista. En una época en
que toda la disciplina se vio conmovida por las hipótesis de Noam, ella
convivía con él, enseñaba en Harvard, se interesaba por la adquisición del
lenguaje, pero lo hacía «de otra forma». De entrada, recuperar esta información
permite contextualizar mejor cómo se construyen los paradigmas o qué fuerzas
externas deciden las modas, es decir, la conversión de los principales centros
de investigación en el mundo al modelo propuesto por un investigador que, en
otros sentidos, parece tener un pensamiento bastante independiente. Finalmente,
el chomskismo fue muy beligerante con quien pensase diferente, lo que convierte
en suculento el dato de que se pensase diferente en la propia casa de Noam Chomsky.
Que la pareja Noam-Carol continuase unida, a pesar del debate intelectual que
debió de suscitarse entre ellos, sirve para, en una revisión histórica,
considerar el modo en que paradigmas opuestos y aparentemente irreconciliables
pueden coexistir, siempre que se den las circunstancias oportunas: ¿era la
visión de Noam la de una adquisición normal del lenguaje, frente a la desviada
del patrón de Carol? ¿Cómo se conjuntan teoría y aplicaciones? ¿Hasta dónde
puede llegar el debate? Parece ser que Carol Chomsky declaró «siempre me río
cuando la gente habla de lo interesante que debe ser nuestra conversación
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en la mesa, ya que
estamos en el mismo campo[51]». No sabemos si se reía porque entendía como
perfectamente natural que cada uno trabajase con la perspectiva de su
preferencia o porque no se imaginaba discutiendo de esto. No queremos dar
pábulo a hipótesis indemostrables, pero la idea de las esposas que practican la
disciplina sin el nivel de genialidad de los maridos o que contraargumentan sin
conseguir auditorio ni siquiera en el círculo inmediato de Harvard no es muy
halagüeña.
Noam Chomsky es
inequívocamente la figura más importante en la lingüística de las últimas cinco
décadas. En el Arts and Humanities Citation Index (1980-1992) aparece como la
persona viva más citada del mundo, y entre los no vivos estaría a la par de
Platón, Aristóteles, Shakespeare, Marx o Lenin. Como, además de lingüista, es
un pensador político extremadamente lúcido y un activista comprometido, su
perfil no es el habitual en la disciplina: sus declaraciones levantan ampollas
y despierta inmensa atención mediática. Algunos testimonios destacan su
integridad y su brillantez; otros su capacidad oportunista de situarse bajo los
focos, al resguardo que le brinda una posición acomodada. Ahora, cuando ya
supera los 90 años, basta que asome su rostro a las cámaras para que sus
declaraciones se difundan por todo el mundo en pocos días, suscitando
conversaciones y polémicas. Es lógico que su biografía tenga un tratamiento más
detallado de lo habitual entre lingüistas. En su caso sí se mencionan sus tres
hijos, incluso con nombres propios; sabemos qué música le gusta o que no lee
ficción. Evidentemente, las personas que obtienen tanta popularidad no siempre
disfrutan de ella ni son responsables de las declaraciones que hagan en su
nombre quienes los conocen bien y quienes no los conocen en absoluto. Pero, ya
que estamos aludiendo a la vida privada, parece inevitable mencionar la
reiteración con que los medios comentan que en 2014 se casa en segundas nupcias
con Valeria Wasserman, traductora de origen brasileño, y cómo siempre se deja
caer que ella es 35 años menor. No creemos que los ingredientes personales
deban entrar en la historia hasta este punto, todo lo contrario. Ninguna
información de este estilo pasará a la historia; es producto efímero. Lo
curioso es que, en los anales de la disciplina, 60 años de convivencia con el
lingüista que conmovió los paradigmas del siglo XX no susciten un breve
comentario para aquella compañera que enfrentaba la adquisición del lenguaje,
en su propia casa, con una perspectiva radicalmente
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diferente. Carol
Chomsky parece no haber existido, como todas las voces contrarias a lo que en
cada momento fue dominante.
9.3.3. El per l de la compañera-in uencia:
Shirley Orlino [Hockett]
Cuando revisamos el
papel de las mujeres en la historia, los saltos de una disciplina a otra son
inevitables. Con esa interdisciplinariedad propia de los estudios de género, en
este apartado vamos a referirnos a Shirley Orlinoff, que nunca fue lingüista,
sino matemática y profesora en una escuela superior de Ingeniería, pero que,
como en el caso anterior, también convivió con un lingüista afamado, Charles
Hockett, durante casi 60 años. Con frecuencia, en las revisiones históricas del
estructuralismo se menciona la atracción que los modelos formales fueron
ejerciendo en la trayectoria de este autor. Las influencias siempre se buscan
fuera. Ni una sola vez he encontrado una alusión a que estaba casado con una
matemática. Me atrevo a asegurar que, si el caso fuese inverso —una reputada
lingüista atraída por formulaciones matemáticas y casada con un profesor de
ingeniería— el componente biográfico ya habría aparecido.
Charles Francis
Hockett (1916-2000) fue una de las figuras más relevantes del estructuralismo
norteamericano, especialmente por sus aportaciones para delimitar la
lingüística como disciplina científica. Se doctoró en Lingüística y
Antropología en la Universidad de Yale, donde fue discípulo de Sapir y de
Whorf, con una tesis basada en su trabajo de campo sobre la lengua algonquina
potawátomi. Estamos ante un lingüista formado en la tradición antropológica,
cuyos métodos llevaría al Ejército al ser reclutado en 1942. En ese periodo
militar, su tarea consistiría en reforzar el aprendizaje del mandarín en la
escuela de oficiales, elaborando guías de idiomas y diccionarios que serían
usados después de la guerra en programas civiles. Más tarde, enviado a Tokio, haría
lo mismo con el japonés. Una vez licenciado en 1946, se instala en la
Universidad de Cornell en Ithaca, donde permanecerá hasta su jubilación en
1982, consagrado a un trabajo teórico, a lo que denominaba «un instituto de
lingüística en sesión permanente, que me permitía pasar la mayor parte del
tiempo como quería, trabajando bien en lingüística, bien en antropología[52]»
(1980: 104).
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La marca de estilo
de Hockett es el desarrollo de una teoría gramatical ilustrada con ejemplos de
gran variedad de idiomas, del inglés o el mandarín hasta un buen número de
lenguas amerindias, particularmente algonquinas, que exhibían estructuras
bastante diferentes de las atestiguadas por las europeas, con las que se había
construido la base conceptual de la lingüística precedente. De alguna manera,
estaba fijando los problemas que todavía debían ser afrontados y también estaba
absorbiendo el legado de la escuela de Boas para teorizar sobre él y, así,
convertirlo en lingüística verdadera y no en la variante menor que habían
practicado las hijas de papá Franz. Sin embargo, a partir de los años cincuenta
se interesó por las matemáticas y los sistemas formales: pretendía explorar
aquellas propiedades del lenguaje natural susceptibles de tratamiento
matemático. Al final, rechazaría ese esfuerzo por inútil. Su libro más
conocido, el Curso de lingüística moderna (1958), presentaba el estudio del
lenguaje humano de modo absolutamente original y, a veces, desafiante, pero el
impacto de esta obra está envuelto en una cierta ironía porque su publicación
coincidió con la aparición de Estructuras sintácticas de Chomsky y, por tanto,
con el nacimiento de la gramática generativa. Ahí parece haber un punto de
inflexión que marca el fin de la lingüística estructural (Gair, 2007). La
perspectiva que Hockett y toda su escuela había adoptado fracasaba porque los
elementos básicos, como fonemas y morfemas, no concurrían en la jerarquía
compositiva prevista: en el estructuralismo no todo encajaba tan bien y se vio
obligado a reconocer que la investigación podría estar mal dirigida para dar
cuenta de la complejidad del lenguaje natural. A partir de ese momento,
insistirá en introducir lo que llama un enfoque dinámico, centrado en la
competencia y en el comportamiento del oyente en tiempo real. Seguir esta línea
de pensamiento llevó a Hockett a renegar de un paradigma donde había
desempeñado un papel decisivo. En el futuro lo importante sería: «Cuando
escuchamos a alguien decir algo en una lengua que conocemos, ¿cómo sabemos lo
que está diciendo?» (1987: 2). Desolado, concluye que las lenguas no tienen
diseño, no responden a un modelo formal.
Sus últimos
escritos, a finales de la década de los ochenta, reflejan la intención de
repensar las bases teóricas, desde un punto de vista psicológico. No se trataba
de una nueva propuesta, sino de enunciar preguntas sin resolver, de una manera
poco ortodoxa, que nunca se convirtió en un programa de investigación claro que
otras y otros pudiesen
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seguir y que, por
tanto, no atrajo gran atención. Convertido en el crítico más prominente a
Chomsky, el carácter poliédrico de Hockett transmite la imagen de un hombre que
cambia de opinión. De hecho, en su discurso en 1960 en la Sociedad Lingüística
de América había caracterizado las Estructuras sintácticas de Chomsky como «uno
de los únicos cuatro grandes avances de la historia de la lingüística moderna».
Pero, más tarde, a medida que Chomsky se declaraba fuertemente racionalista,
Hockett debió de sentirse decepcionado y considerar que esa falta de proyección
empírica del chomskismo era acientífica. En respuesta al agresivo estilo de
confrontación de los generativistas, cayó también en una acalorada retórica,
pero mantuvo su mente abierta a la hipótesis de que la otra visión podía estar
en lo cierto. Quizá su contribución más original sea la definición del lenguaje
humano a partir de una matriz de rasgos que se documenta parcialmente en los
sistemas de comunicación de otras especies animales. Pero a lo largo de su
dilatada carrera, desarrolló la hipótesis de la lingüística antropológica
norteamericana de que las únicas generalizaciones válidas sobre el lenguaje son
de base empírica y por ello se aplicó al estudio de lenguas diversas.
Shirley Orlinoff
Hockett (1920-2013), la compañera de Charles Hockett, no tiene el bagaje
apropiado para entrar en la historia de las ideas lingüísticas. Sin embargo, es
curioso que el interés de Hockett por los modelos formales en la década de los
cincuenta e incluso después, cuando intenta valorar el alcance de las
propuestas de Chomsky, nunca se relacione con el hecho de convivir con una
matemática con la que se había casado precisamente en 1942. La costumbre
académica anglosajona de elaborar obituarios del profesorado nos permite saber
algo más de ella[53]. Había nacido en el Bronx, Nueva York, como Sonja
Orlinoff, aunque, como muchas personas norteamericanas de la época, cambiaría
su nombre para que no tuviese resonancias rusas en un contexto de grave tensión
política. Tras graduarse en 1941 se marchó a la Universidad de Michigan en Ann
Arbor para hacer un posgrado de Matemáticas Aplicadas y allí conoció a Charles
Hockett. Después de la boda se alista también en la armada, que, según su
marido, aprovechó su habilidad matemática haciéndole recordar los números de
teléfono de cualquiera a quien hubiese que llamar en su oficina. Cuando se
queda embarazada de su primera hija, Alpha, nacida en 1944, es licenciada con
honores, y en el 1946 la familia se instala en Ithaca, donde Charles había sido
contratado como profesor de
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Lingüística y
Antropología. La biografía de Shirley Hockett no es precisamente abundante en
sucesos. Ocupa un puesto a tiempo parcial como profesora de Matemáticas en la
escuela superior de esa universidad, en donde enseñará 20 años. Tiene cinco
hijos e hijas entre 1944 y 1953. En 1966 se traslada al departamento de
Matemáticas, como profesora a tiempo completo, coincidiendo con la época en que
sus obligaciones maternales son de menor intensidad. Permanecerá en ese cargo
hasta que se jubile como emérita. Siguiendo el tono habitual en este tipo de
registros panegíricos, es ensalzada como una buena profesora que sabe el nombre
de sus estudiantes desde el primer día de clase. Sus publicaciones son escasas,
de corte didáctico y habitualmente en coautoría.
Mirando desde otro
ángulo, era alguien procedente de una familia de emigrantes, que se había
criado en uno de los barrios más mestizos y multiculturales del mundo y algún
rechazo debió de padecer, puesto que se cambió de nombre: era fácil que se
sintiese atraída por aquellos aspectos intelectuales más estables, como los
matemáticos, y no por las continuadas diferencias culturales que creaban a su
alrededor tantos problemas. La tendencia a excluir la vida privada de la
comprensión de los capítulos históricos está aquí en la base de que una mujer
no pueda ser vista como referencia para la tendencia al formalismo de un autor
prestigioso. En este sentido, la perspectiva de género no es la única que puede
incorporarse. Como se ha referido en el capítulo 6, la historia de la
lingüística antropológica en Estados Unidos se vio influida por los intereses
políticos. Dentro de los programas de cooperación entra la Armada y las
universidades, al calor de la Segunda Guerra Mundial, el Ejército
norteamericano promovió el estudio de idiomas entre los soldados, algo que
parecía interesante en medio del grave conflicto internacional. De hecho,
Bloomfield, el mentor de Hockett, además de escribir gramáticas sobre lenguas
algonquinas, también se ocuparía del holandés, hasta ese momento poco presente
en los círculos de teoría lingüística. Los factores históricos y biográficos
explican muchos vericuetos del progreso de las ideas y, en ese sentido, exigen
una atención minuciosa. Pero en la óptica que se nos ha transmitido ellas son señoras
de y, por tanto, se han quedado fuera también del mapa conceptual de las
influencias.
Página 270
9.4. ¿DÓNDE
QUEDARON LAS DISCÍPULAS?
Uno de los aspectos
privados que más llama la atención en la revisión histórica de la lingüística
es la ausencia de filiaciones femeninas. Todo campo científico o intelectual se
cultiva sobre una traslación de energías: la persona madura intenta que su legado
perdure en las que llegan después. Eso se entremezclará con cariño, con
experiencias personales compartidas o con la dosis de resistencia necesaria
para subsistir frente a las rivalidades con otros grupos, pero la figura
mentora debe confiar en que sus aprendices serán capaces de engrandecer el
mensaje con contribuciones propias y de expandirlo en múltiples direcciones. La
generación siguiente devolverá su agradecimiento a esta referencia inicial
recordando aquella condición de aprendiz. Este proceder ha sido la norma
habitual entre hombres. Si en algún sitio se percibe la camaradería masculina
en la disciplina es aquí, porque, como ya fue indicado en el capítulo 2, ellos
no parecen, cuando se les pregunta, haber tenido ninguna profesora referencial y
muy escasamente mencionan a compañeras. Bally dedicó su principal libro, El
lenguaje y la vida, a su maestro Saussure y, a su vez, recibía la dedicatoria
de su alumno, Henri Frei, en Grammaire des fautes. Los cruces de dedicatorias
de este estilo delatan la existencia de una genealogía del conocimiento; de un
círculo, formalmente establecido o no. Y la historia rastrea las deudas
intelectuales que unos autores han contraído con otros: Pike dedica su obra más
monumental a Sapir; Lévi-Strauss, se ha repetido muchas veces, tiene una deuda
de gratitud inmensa con Jakobson, de quien fue alumno en Nueva York. Una línea
de investigación interesante se abre a nuestros ojos: convendría revisar las
tabulas gratulatorias, las dedicatorias y, en general, los paratextos de los
libros de lingüística, para establecer mapas de influencias y corroborar la
escasa presencia femenina: en el siglo XX ellas ya estaban, pero sus nombres no
pasaban a este tipo de letra impresa. Podían figurar entre el elenco del
profesorado de un centro, pero, en la medida en que cualquier colectivo
participa en la construcción de su propia historia con este estilo de
comentarios que denuncian genealogías, ellas nuevamente fueron excluidas.
El asunto podría
tratarse de una manera más reivindicativa. En la época del Me too sería lógico
atender a las cuestiones personales también
Página 271
en el conflictivo
campo de las relaciones mentor-discípula. Si a la diferencia de estatus y de
edad se añade el influjo que un grado superior de excelencia puede ejercer en
cualquier individuo, el campo está abonado para explicar, de manera poco
amable, muchas exclusiones. Molly Hite (1990) se ha referido específicamente al
acoso sexual en la comunidad universitaria, pero, al expresarse por escrito,
menciona varios casos manteniendo el anonimato. Por su parte, Penelope Eckert
(1990) ha perfilado como el acoso, además de intervenir de manera directa en
cada víctima, influye de manera insidiosa en otros aspectos de la comunidad
universitaria. En este sentido, ha destacado el desinterés de los profesores
por mantener contacto con sus alumnas por un vago temor a recibir cargos de
acoso. La posibilidad de ser malinterpretados limitaría el alcance de las
invitaciones para realizar cualquier tipo de actividad. Puesto que los roles
continúan pesando, señala Eckert, los conflictos entre esposas y alumnas o
compañeras forman parte del entramado universitario. En su opinión, ambos
grupos son vulnerables debido a su posición relativamente impotente en
situaciones dominadas por hombres. Sin embargo, la dificultad de dar con
informes o valoraciones en este sentido es enorme: lo privado tiende a
permanecer en los muros domésticos, como la violencia de género nos ha
enseñado, y es presumible que también permanezca dentro de los muros de las
facultades.
Para responder
adecuadamente a la pregunta de por qué no ha habido grandes mujeres lingüistas
en la línea de Linda Nochlin sugerida en el capítulo 1, hay que atreverse a
entrar por ahí. Así lo ha hecho la antropóloga Susan Philips (2010), al
recordar que durante los sesenta y setenta la posición de las mujeres en la
academia era bastante precaria. Se mantenía la expectativa de que se casarían,
serían madres y abandonarían la investigación. Monica Heller y Bonnie McElhinny
(2017: 217) tienen la valentía de añadir que Dell Hymes, el director de Susan
Philips, usaba su posición para aumentar las posibilidades de muchos
estudiantes y convocar becas, pero fue acusado de acosar sexualmente a un gran
número de mujeres, lo que tuvo impacto en la carrera de diversas especialistas.
Aunque los problemas de acoso sexual sean la punta del iceberg, no constituyen
el único capítulo en esta tensa relación de los directores con sus discípulas.
Los ejemplos de exclusión son reiterados. De nuevo Monica Heller y Bonnie McElhinny
(2017: 216) señalan que el comité de sociolingüística, un auténtico centro de
poder, tuvo 23 miembros
Página 272
masculinos en la
década de los sesenta; solo Susan Ervin-Tripp y Gillian Sankoff, que no
coincidieron en sus periodos, eran mujeres. Parece que hubo algún interés por
reclutar a Claudia Mitchell-Kernan, una afroamericana que trabajaba sobre las
formas discursivas de la juventud de color, pero nunca llegó a integrarse.
Cuando las mujeres estaban presentes, a menudo eran observadoras, aunque fuesen
invitadas a presentar comunicaciones en los congresos, especialmente sobre
adquisición y educación y, según consta en los archivos de la Fundación
Rockefeller, algunas insistían en que se estaba prestando poca o ninguna
atención a las mujeres o sugerían que alguna sesión podría ser organizada por
una mujer, cuyo trabajo podría debatirse. Como detalle revelador, Virginia
Hymes, la esposa del mencionado Dell Hymes, actuaba como secretaria en el
Comité de Sociolingüística, tomando notas sobre lo que los demás decían en un
encuentro organizado en 1975. Además, en la correspondencia entre los miembros
de ese comité se usa regularmente el término man para aludir genéricamente a un
colega.
Al eliminar lo
privado de la historia se contribuye a eludir este y otros temas espinosos:
cómo el género afecta en la práctica investigadora, a las decisiones de las
graduadas, a la búsqueda de empleo, a las evaluaciones del alumnado, a cómo
somos percibidas como profesionales, a la elección de las líneas de
investigación, al progreso en la carrera académica, a las expectativas que la
comunidad tiene sobre el trabajo femenino o, evidentemente, a los malabarismos
para conciliar las diferentes facetas de la vida. El campo de las relaciones
personales ha sido atendido con una óptica tradicional, como si las filiaciones
fuesen exclusivamente un asunto de camaradería masculina y no una manera de
trasvasar el saber a la siguiente generación, llena de entusiasmo y de fe en
las capacidades del Otro. A menos que no se tenga esa fe, el asunto merece ser
revisado.
9.5. SIN MENTORES
NI TUTELAS:
MARÍA MOLINER
De entre las
mujeres vinculadas a ideas lingüísticas que no aparecen en las versiones
históricas de la disciplina, un capítulo de singular importancia sería el de
aquellas que, a pesar de conseguir un mérito destacable, no llegaron a
incorporarse a ningún grupo o centro de investigación y, en
Página 273
consecuencia,
vieron menoscabados sus logros. La mejor representante que he encontrado de
este perfil es María Moliner (1900-1981). Ella puede explicar el caso de una
persona que consigue una hazaña en solitario, sin mentores ni tutelas; también
con un reconocimiento de segunda clase.
Su biografía
sugiere una difícil situación económica —su padre abandona a la familia— que la
obliga a alternarse con su hermano en la matrícula de los cursos de
bachillerato. Licenciada en Filosofía y Letras, gana una oposición al cuerpo de
archivos y bibliotecas. Buena parte de su vida transcurre en un ambiente
privado, con un matrimonio y cuatro hijos e hijas, que compatibiliza con su
profesión y con las actividades pedagógicas, en la línea de la Institución
Libre de Enseñanza, que promovía la República. En esa época ocupa puestos
relevantes en la organización de bibliotecas populares. La guerra, como en el
caso de María Goyri, sirve para desproveerla de sus méritos de funcionaria,
dentro de la estrategia de represalias políticas del franquismo, que sospecha
de ella como adicta al régimen republicano. Pero, aun degradada con la pérdida
de 18 puestos en el escalafón, mantiene su puesto de trabajo. Solo cuando sus
hijas e hijos son mayores, comienza la tarea colosal de elaborar un diccionario
del español. Lo hace en su tiempo libre, de manera voluntaria, sin vincularse a
ningún equipo, por puro interés en mejorar aspectos de la lexicografía del
español con los que no está conforme. Este perfil es uno de los más rebeldes e
inesperados que se dan en lingüística. María Moliner no tiene estudios
filológicos, no pertenece a un grupo que trace este objetivo y la tarea se
prolonga durante 15 largos años. La imagen que se ha extendido es la de una
mujer madura que cubre a mano millares de fichas en la mesa de su cocina, pero
este cliché, nacido para exaltar su mérito, se convierte también,
indirectamente, en una forma de denostarla. Cuando Dámaso Alonso conoce su
trabajo, media con la editorial Gredos que, después de años de interlocución,
llegará a publicar los dos volúmenes de su Diccionario de uso del español,
entre 1966 y 1967. A la muerte de María Moliner, Gabriel García Márquez
escribía un artículo en El País[54] que, con mejor intención que resultados,
construía el modelo que repetidamente se popularizaría sobre ella:
María Moliner, para
decirlo del modo más corto, hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió
sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil,
Página 274
más acucioso, y más
divertido de la lengua castellana. Se llama Diccionario de uso del español,
tiene dos tomos de casi 3000 páginas en total, que pesan 3 kilos, y viene a
ser, en consecuencia, más de dos veces más largo que el de la Real Academia de
la Lengua, y —a mi juicio— más de dos veces mejor.
La biografía de
Inmaculada de La Fuente (2011) presenta, en cambio, a una autora estudiosa,
segura de sí misma y con una ambición intelectual y profesional que el
franquismo no pudo desbaratar. Pero la imagen pública que triunfó conserva
algunas resonancias de esta presentación de García Márquez: una ama de casa que
emprende una proeza inesperada. Ni siquiera en su familia aquel afán de
escribir diariamente estaba bien visto: alguno de sus hijos se refiere
irónicamente al diccionario como uno más de sus hermanos y cuenta que ella se
levantaba muy temprano para iniciar su tarea antes de ir al trabajo, de manera
que debían retirar todos los días la improvisada oficina de la cocina para
poder desayunar. De hecho, el diccionario contiene una dedicatoria ilustrativa
de la mala conciencia de su autora: «A mi marido y a nuestros hijos les dedico
esta obra terminada en restitución de la atención que por ella les he robado».
El Diccionario de
uso es una herramienta concebida de modo muy personal. De entrada, incorpora
muchas palabras ausentes del DRAE, especialmente neologismos, pero, sobre todo,
destaca por sus criterios de organización: incluye sinónimos, reorganiza el alfabeto
eliminando las letras ch y ll —el DRAE no lo hará hasta 1994— e incorpora vías
para llegar a palabras desconocidas a partir de otras conocidas. En 1972 su
autora fue propuesta por Dámaso Alonso y otros académicos para entrar en la
RAE, pero la candidatura no consiguió bastantes apoyos frente a la de Emilio
Alarcos Llorach, que tenía a sus espaldas una amplia carrera académica. Aunque
se insistió mucho en que no era filóloga, la sospecha de misoginia se cernía ya
sobre la institución cuando los periódicos de la época airearon el problema que
todavía nos persigue: ¿por qué las mujeres nunca son lo suficientemente
eminentes para entrar en las instituciones? En una entrevista de esa época
María Moliner declaraba:
Sí, mi biografía es
muy escueta en cuanto a que mi único mérito es mi diccionario. Es decir, yo no
tengo ninguna obra
Página 275
que se pueda añadir
a esa para hacer una larga lista que contribuya a acreditar mi entrada en la
Academia […] Mi obra es limpiamente el diccionario. […] Desde luego es una cosa
indicada que un filósofo […] entre en la Academia y yo ya me echo fuera, pero
si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, diría: «Pero y ese hombre,
¡cómo no está en la Academia!»[55].
No parece haber en
este estilo de declaraciones una excesiva humildad: María Moliner no es una
insegura y tímida ama de casa con inquietudes amateur; es alguien consciente de
que ha emprendido una tarea inmensa, que implica una fuerte contestación a la institución
que fija, brilla y da esplendor a la lengua. Todas las exclusiones que hemos
ido desgranando en capítulos anteriores se condensan en ella: María Moliner no
pasa a la historia; es intuitiva, más que teórica, tremendamente rebelde y se
ocupa de la actividad menor de coleccionar datos. Ni siquiera puede obtener el
beneficio de haber sido enarbolada como una víctima del sexismo vigente porque
no faltaron voces femeninas que vinieron a justificar su exclusión. Así, la
también lingüista Violeta Demonte quitaba hierro a la acusación de misoginia al
señalar[56] que el diccionario era importante y novedoso, pero, como la
fundamentación teórica de sus criterios no siempre era clara y sus supuestos
tenían origen intuitivo, constituía una obra desigual. La intuición, de nuevo,
aparece, como siempre en los relatos marginales de la historia de las mujeres.
Y esta vez no resulta ser una virtud. Cuando se critica el trabajo de Moliner
como de «desigual utilidad» parece sugerirse que otros trabajos semejantes son
sólidos e inquebrantables, útiles en todas sus entradas. Sin perspectiva de
género, incluso una tarea ingente y memorable se queda a las puertas de la
historia, por lo menos de la historia oficial.
9.6. VIDA COTIDIANA
Y PERFILES COLECTIVOS
En las últimas
décadas se ha desarrollado un paradigma historiográfico caracterizado por el
interés en la vida cotidiana y los aspectos privados. Si, por ejemplo, leemos
en un texto de este estilo que una casa rural europea
Página 276
en el siglo XVII
usaba determinado tipo de lámpara de queroseno para iluminar la cocina —una
estancia que en invierno reuniría a la familia en las muchas horas de falta de
luz—, el dato puede permitir que transformemos nuestro punto de vista. Alguien
tenía que limpiar diariamente las cenizas de esa lámpara; un trabajo tedioso y
sucio que, al no exigir pericia ni fuerza física, sería encomendado a quien
tuviese dificultades para hacer otras tareas: una criatura, o una persona
anciana. Podemos atrevernos, entonces, con una reflexión más profunda. Para
superar la escasez natural del invierno, los seres humanos permanecen juntos
durante las horas oscuras. Cocinan, reparan instrumentos, conservan sus
cosechas, dan de comer a los animales. En estos tiempos, las horas de los
relatos, todos dependen de que alguien haya limpiado la lámpara. Es de suponer
que eso produciría una sensación de interdependencia mutua y la creencia de que
ningún trabajo doméstico era inútil o prescindible. El concepto mismo de
trabajo doméstico tal y como hoy lo entendemos, como un conjunto de tareas
rutinarias y poco interesantes, no podía existir en aquella época. Será la
feminista Betty Friedan, en los años cincuenta, quien hable por primera vez del
espacio doméstico como «el campo de concentración de las mujeres». Hay excesivo
resentimiento en su frase, pero transmite de manera muy gráfica la causa de que
varias generaciones de mujeres intentasen librarse del yugo de permanecer
cautivas, aisladas de todo, haciendo esas tareas poco reconocidas mientras les
era negado el espacio público. La hipótesis de mantenerse como el ángel del
hogar está fuera del imaginario femenino actual, incluso en posiciones
conservadoras: la autonomía y la capacidad de pisar la plaza pública son
valores innegociables de nuestro tiempo. Sin embargo, el concepto de trabajo
doméstico como tiempo esclavo es una relativa novedad. No podía existir cuando
todo el grupo dependía de la limpieza de la lámpara, o cuando todos los
miembros del clan hacían, en realidad, sus trabajos en las extensiones de la
casa. La historia contada a través de los objetos cotidianos permite valorar
cómo el capitalismo se fue haciendo con nuestras existencias, marcando pautas y
exclusiones. También resulta útil para tomar conciencia respecto a la visión
implacable del poder que identifica algunos sujetos como menores, como no
verdaderos sujetos de derecho, lo que se aplica en particular, aunque no
exclusivamente, a las mujeres.
El binomio
historiografía versus mujeres guarda pésimas relaciones.
Página 277
La historia tendió
a ser parcial por causa de quienes la escribieron, una élite poco
representativa de la totalidad, y por los objetos de atención sobre los que se
orientaba y, en consecuencia, ha sido escasamente femenina. Dar voz a
colectivos silenciados no solo es una práctica feminista; es también una
práctica intercultural que persigue una restitución en términos de justicia
simbólica. La tradición intelectual en Occidente ha privilegiado el debate
entre racionalismo y empirismo, que aparece constantemente en cualquier campo,
también en lingüística. El racionalismo supone una defensa de la teoría, de las
entidades abstractas y del razonamiento, que suele ejemplificarse con la obra
del filósofo francés Descartes. El empirismo, al contrario, parte de la
subjetividad individual y de experiencias particulares que nos llegan por los
sentidos. A lo largo de estas páginas hemos visto que ellas se han implicado
más en perspectivas empíricas, han sido coleccionadoras de datos, recopiladoras
de informaciones que a veces desbarataban las grandes teorías y, de ahí, que
fuesen desplazadas del centro de atención. Eso no significa que tengamos
grandes referentes femeninos del empirismo. Los manuales de filosofía ilustran
esta manera de enfrentar la realidad con otra figura masculina; por ejemplo, la
del filósofo británico Hume. La representación es masculina. Hoy, en el
activismo y en la educación menos formal, las estudiantes que reciben esta
información advierten rápidamente que el escenario con que se describe la historia
es excesivamente masculino y hasta es probable que expresen su queja de forma
poco elegante. Quienes nos ocupamos de la docencia o la investigación podemos
sonreír ante su afán reivindicativo o justificar que las cosas fueron así, que
no depende de nuestra voluntad el curso de la historia, que nuestras clases,
conferencias o artículos enuncian lo que realmente hubo, no lo que querríamos
que hubiese. También podemos experimentar una cierta rigidez ante el registro
vulgar que adopta el estudiantado cuando se refiere a este asunto, y que va a
ser filtrado de nuestros informes sobre la recepción de lo investigado en la
sociedad. Un defensor acérrimo de la historiografía o de la filosofía
tradicionales insistiría en que no tenemos la culpa de que las mujeres no se
hayan dedicado a la teoría lingüística o, en general, a la investigación
filosófica o científica de altura. Si queremos estudiar la filosofía del siglo
XVII, para continuar con el ejemplo, ese experto proseguiría argumentando que
no podremos incluir ningún nombre de mujer. Si hubo alguna, sus escritos no
influirían tanto en el pensamiento posterior. No sería justo colocarla a la
Página 278
par de los grandes
nombres. Con este pensamiento circular, se perpetúa el error de contar una
visión parcial de la historia. Porque, si se trata de explicar el pensamiento
occidental del siglo XVII, lo primero sería reconocer que era cultivado por una
minúscula élite y que la mayoría sería indiferente a sus dictados. Existen
siempre diversos métodos para aprehender una realidad que queremos conocer.
Metodológicamente es atinado registrar pensadores como Descartes o Hume; tienen
méritos sobrados y páginas que todavía hoy nos estremecen. Pero eso no agota la
aproximación histórica en absoluto: la posibilidad de prestar atención a las
ideas marginales, a las cultivadas en el anonimato, a las líneas de fuga es un
cuidado metodológico imprescindible para contrapesar una óptica sesgada. Para
el debate entre racionalismo y empirismo habría que buscar referencias en
figuras con otro color de piel, otro relato de heridas, otro género. Cuando los
historiadores o los lingüistas se aferran a que deben contar lo que realmente
hubo, solo evidencian la debilidad de los procedimientos de investigación que
se fueron construyendo como canónicos: la actividad académica nos acostumbra a
ciertos errores y tendemos a privilegiar nuestra tradición sobre otras
narrativas. Lo hacemos automáticamente porque los dispositivos educativos nos
han entrenado para reproducir, no para hacer un cortocircuito en la instalación
de las disciplinas que cultivamos. Por eso, como corrección metodológica
debemos aplicar la sospecha. Nietzsche o Foucault, también hombres, también
europeos y mainstream, predicaron que la sospecha debía ser mimada como una
pequeña planta. Solo falta cultivarla en nuestros jardines universitarios,
porque hoy el feminismo no puede continuar siendo considerado informal o necio.
En el siglo XVII la
universidad comienza a ser una institución francamente importante, como la
Iglesia o el Estado: esos tres poderes deciden qué tipo de conocimiento será
relevante y cuál será pura superstición. Al mismo tiempo cierra sus puertas a
las mujeres. Hasta ese momento muchas de ellas practicaban saberes empíricos:
era oficio femenino saber qué plantas curaban y dónde o cuándo recogerlas o
cómo aplicarlas. Pero las universidades tendrán sus propias fábricas de
médicos, todos masculinos; como ellas no podían entrar, su saber tuvo que
correr en paralelo, fuera de jurisdicción, rebelde y anormal. Los estudios de
género han rehabilitado la figura de la bruja como una mujer segregada de la
comunidad por su interés en el conocimiento, que recibe un trato vejatorio
Página 279
o una condena
constante. Al final, las brujas eran las grandes poseedoras de conocimiento
empírico y su persecución fue tan importante para fortalecer el capitalismo
como la colonización y la expropiación de las tierras de las masas campesinas
(Federici, 2004). Por eso nosotras, las mujeres contemporáneas, somos las
nietas de las brujas que el poder ha podido quemar, pero no borrar. El hecho de
que en las últimas décadas muchas artistas e intelectuales se hayan aproximado
a la historia con ojos violeta está cambiando algunos patrones. Una amplia masa
de lectoras cultas interviene con fuerza en la selección del conocimiento que
debe difundirse y la sociedad está más abierta a recibir reinterpretaciones
feministas de lo que lo ha estado nunca. Solo falta que las disciplinas
académicas dejen de pensar que eso es una amenaza, que no sugieran que una
lingüística en femenino, por ejemplo, es una invención de activista y no una
manera de acercarse a las lenguas más amplia y rigurosamente fundamentada.
La historiógrafa de
la vida cotidiana Michelle Perrot (2006) indica que la escritura femenina
estuvo limitada durante siglos a la correspondencia privada o a la contabilidad
del negocio familiar. Las mujeres iban menos tiempo a la escuela y apenas
aprendían a leer, mucho menos a escribir. Incluso en clases sociales elevadas,
su educación se limitaba a tocar un instrumento, saber un poco del idioma de
moda y dominar ciertas labores de aguja. La alfabetización fue un lujo.
Históricamente ellas, cuando aparecen retratadas con una pluma en la mano,
están haciendo de copistas o cultivando las relaciones familiares. Atreverse a
publicar una obra propia exigía mucho más que la destreza motriz y visual de la
caligrafía. Pero Molière llamó preciosas ridículas a las mujeres que se reunían
en salones literarios para canalizar su curiosidad y hacer de difusoras
culturales, para informarse de las ideas científicas que circulaban, para
traducirlas o comentarlas. A partir de aquí, y hemos visto muchos casos,
algunas de estas mujeres cultas desarrollan un particular interés por la
instrucción femenina y su trabajo pasa a ser más pedagógico —en el sentido de
orientado a las prácticas escolares, un reducto que se fueron ganando— que
teórico. Es probable que las mujeres actuales quieran reescribir una historia
ingrata y no solo para hacer crónica de las voces silenciadas. Lo interesante
es aprender del capítulo de la exclusión para advertir la negligencia de los
campos de conocimiento, para ordenar ideas, mentalidades, influencias, factores
humanos y sociales que se entrelazaron
Página 280
y finalmente
explicar este oscurecimiento de las aportaciones femeninas que continúa dándose
en periodos muy recientes. El resultado será reivindicativo del papel de las
mujeres en la historia. También servirá de base para una memoria lícita y
completa, que indague en el estilo de ideas que el poder ha ido promoviendo;
fomentará la crítica y el bienestar social. Regresar a la historia en femenino
implica corregir desviaciones o, si fuese necesario, revisar el relato,
reformularlo y hacer peligrar la versión oficial.
9.7. ALGUNAS
LECTURAS PARA UNA INTERPRETACIÓN FEMINISTA DE LA VIDA COTIDIANA
BANNER, Lois W.
(2003): Intertwined Live: Margaret Mead, Ruth Benedict, and Their Circle, Nueva
York, Alfred A. Knopf.
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Language, Nueva York, Oxford University Press.
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CHOMKSY, Carol
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The MIT Press.
CID, J. A. (2017):
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ECKERT, Penelope
(1990): «Personal and Professional Networks», en Alice Davison y Penelope
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publicado por el Committee on the Status of Women in Linguistics, Linguistic
Society of America, 142-154.
FEDERICI, Silvia
(2004): Caliban and the Witch. Women, the Body and Primitive Accumulation,
Autonomedia. Trad. esp. Verónica Hendel y L. Sebastián Touza, Calibán y la
bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación primitiva, Madrid, Traficantes de Sueños,
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Página 281
FUENTE, Inmaculada
de la (2011): El exilio interior. La vida de María Moliner, Madrid, Turner
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(2007): «Charles Francis Hockett 1916-2000, A Biographical Memoire»,
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National Academy of Sciences, 150-179.
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Cantú Pérez de Salazar, El tercer sexo. Lo que Platón me contó en su lecho de
muerte, Madrid, Vaso Roto, 2019.
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Eckert (eds.), Women in the Linguistics Profession: The Cornell Lectures.
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Society of America, 155-163.
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(1987): Refurbishing our Foundations, Ámsterdam, John Benjamins.
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Don’t Think of an Elephant: Know Your Values, Frame the Debate, Chelsea Green
Publishing. Trad. esp. Paula Aguiriano, No pienses en un elefante, Madrid,
Atalaya, 2007.
[LAKOFF] TOLMACH,
Robin (2000): The Language War, University of California Press.
MARTÍNEZ VEIGA, U.
(2015): Historia de la Antropología. Formaciones socioeconómicas y praxis
antropológicas, teorías e ideologías, Madrid, UNED.
PERROT, Michelle
(2006): Mon histoire des femmes, París, Ed. du Seuil. Trad. esp. Mariana Saúl,
Mi historia de las mujeres, Buenos Aires, FCE, 2008.
PHILIPS, Susan
(2010): «The Feminization of Anthropology: Moving Private Discourses into the
Public Sphere», Gender and Language, 4/1.
Página 282
SAID, E. (1994):
Representations of the Intellectual, Londres, Vintage. Trad. esp. Isidro Arias,
Representaciones del intelectual, Barcelona, Paidós, 2016, 2.ª ed.
SEW, Jyh Wee
(2007): «Reseña de Siobhan Chapman and Christopher Routledge (eds.), Key
Thinkers in Linguistics and the Philosophy of Language», Nueva York, Oxford
University Press, 2005, xii + 281», Eight International Busker Festivals in
Singapore 13-21 November 2004, California Linguistic Notes, 32, 2.
Página 283
CAPÍTULO 10
SI UNA MIRADA
VIOLETA RECORRIESE LA HISTORIA
«Mientras una crea
en la gramática, continúa creyendo en Dios».
KATHY ACKER, poeta
punk
10.1. ¿POR QUÉÑLA
PERSPECTIVA DE GÉNERO A ADE ALGO QUE
NO ESTABA?
Las fotografias de
Ana Mendieta de On Giving Life (1975) componen una de las series más
provocadoras del body art. Ante la obra de arte, el ojo que mira se siente
pequeño, juez poco capacitado para apreciar. Si nos preguntasen por lo que
vemos, dudaríamos, las neuronas tendrían que reorganizar la información antes
de que escapase, abrupta, la respuesta: «Veo una mujer manteniendo relaciones
sexuales con un esqueleto». La rareza de la frase todavía puede sacudirnos de
nuevo —y, por cierto, ahí comenzaría otro debate, el de si una imagen vale o no
más que mil palabras—. Dejando a un lado el impacto de la última escena, las
fotos que Ana Mendieta publicó en ese prado y con tan peculiar acompañante,
evocan una secuencia temporal: ella coloca un esqueleto como si lo preparase
para la sesión. Rápidamente, a pesar del desnudo, a pesar de tantas evocaciones
culturales que nos apelan para mencionar erotismo, naturaleza y otros temas
asociados al arte femenino, llegaría una idea especialmente interesante: ella
no es una simple amante; es la propietaria de la cámara, el ojo que la guía. En
vez de retratarse como un mero objeto de deseo, aparece como alguien que
desarrolla un proyecto. Cuando se acueste sobre el esqueleto nos hará sentir
cómo se nos clavan sus huesos en las caderas y las claves de la interpretación
se van haciendo más sugestivas y relajadas. ¿Estará quejándose de alguien que
la amó distante como un muerto o lamentándose por la fugacidad de los abrazos?
La
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artista estaba
asegurando «No soy la amante; yo soy la vida». Cuando las mujeres se colocaron
detrás de la cámara de fotos y no simplemente posaron para ella, hubo que
renegociar el canon. Ya no servían los modelos clásicos de belleza o de
erotismo; en los años siguientes, otros muchos lugares comunes saltarían por
los aires: ni ellas eran sensuales porque sí ni les gustaban las florecillas
para los retratos. El body art y el land art eran, sobre todo, un compromiso
político.
Vayamos un poco más
atrás. En 1968, cuando el discurso de Martin Luther King intentaba combatir el
odio racial e instaurar los derechos civiles, una de esas mujeres cuyo nombre
es poco visible, la pedagoga estadounidense Jane Elliot, llevaba a cabo en sus
clases un experimento. Dividió un aula de primaria de acuerdo con un criterio
chocante, el color de ojos. A continuación, convenció a sus estudiantes de que
tener los ojos azules era sinónimo de inteligencia y bondad, mientras los ojos
castaños denotaban apatía y retraso académico. Durante varias jornadas, las
criaturas de ojos azules recibieron su felicitación; las de ojos castaños un
cierto desdén, cuando no una abierta crítica, por cualquier cosa que hiciesen.
Lo impactante del caso es que el grupo asumía hasta el final la dramatización
ideada por Elliot: si la profesora afirmaba que tener los ojos castaños
determinaba que alguien fuese un inepto, ese alguien se comportaba como un
inepto y, del mismo modo, una alta expectativa sobre las actuaciones de las
personas con ojos azules parecía tener como resultado que estas se implicasen
con mayor intensidad en las responsabilidades que les eran encomendadas. En un
determinado momento, invirtió las tornas: ahora lo negativo era tener ojos
azules y lo positivo tenerlos castaños. Y los comportamientos volvían a ser
acordes con los roles asignados. Esta dinámica, que tuvo continuidad en el
tiempo y reunió, años más tarde, a sus protagonistas ya en edad adulta,
escenificaba el poder de los estereotipos en las sociedades, además de
estimular la empatía al permitir experimentar el racismo en carnes propias.
Como este, diferentes proyectos pedagógicos o psicológicos han demostrado que
los grupos desfavorecidos acaban reproduciendo los prejuicios lanzados contra
ellos. Son profecías autocumplidas. En el documental de Kirie Davies A Girl
Like Me (2006) —basado en la investigación de Kenneth Brancoft Clark y Mamie
Phipps Clark, una pareja de psicólogos/as afroamericanos/as de los años
treinta— se observa que, cuando se pide a niñas y niños de color que elijan
entre varias
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muñecas, escogen la
de raza blanca justificando su preferencia con un argumento descorazonador: «Es
mejor porque es más blanca». Los estereotipos en que nadamos se mantienen como
un diminuto director de conciencia que nos recita al oído lo que debemos hacer
o preferir. Por eso erradicarlos es tan urgente. En este sentido, la
presentación de la historia de un campo en masculino no solo es falsa en sí
misma, sino que contribuye a propagar la idea igualmente distorsionada de que
las mujeres no han hecho contribuciones importantes. No están porque no lo
merecen y, así, se extiende en los reductos privilegiados del saber una visión
deturpada de la realidad. Si durante mucho tiempo se pudo sostener el prejuicio
de que las mujeres eran menos capaces, hoy, en general, esa idea carece de
aceptación, pero el sexismo continúa viajando por el circuito social, aunque
disfrazado. Apelar sin más a que no estaban por circunstancias conocidas no
soluciona el estereotipo; al contrario, lo justifica.
En el relato
sociológico habitual, las mujeres, obligadas a atender a lo doméstico, no
participaron en la construcción de las disciplinas científicas y, por tanto,
recomponer una disciplina en femenino nos aboca a nombres menores. Aquí
importa, y mucho, una reconstrucción adecuada, como unir los nombres que
efectivamente podamos destacar a una hipótesis que explique su oscurecimiento.
A veces ellas no estaban en el lugar oportuno porque habían sido desplazadas,
pero otras veces sí estaban y, sin embargo, sus contribuciones fueron
igualmente desconsideradas, juzgadas como irrelevantes. Las aportaciones del
Otro, las de las mujeres como las de los pueblos no occidentales, son relegadas
al cajón de lo anecdótico o de lo marginal. Hemos visto reiteradamente que
ellas desarrollan muchas veces temas u orientaciones divergentes de las líneas
de investigación en cada momento tenidas por principales. La mirada de género
permite, además de valorarlas, construir una crítica a las ideas dominantes que
no son las únicas y que, en ocasiones, con el paso del tiempo se observan
ligeramente agigantadas en su importancia. Explorar lo marginal es redondear la
figura, concederle amplitud de campo.
En las presentes
páginas hemos repasado algunas tradiciones lingüísticas que podríamos denominar
feministas, bien porque han sido específicamente construidas dentro de una
orientación de género, como en el caso de la antropología lingüística o de la
sociolingüística, bien porque se dieron algunas circunstancias casuales para
que el poder académico
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prefiriese que
fuesen mujeres las que realizasen una actividad, en el caso de la criptografía
en la Segunda Guerra Mundial o en el de las primatólogas. Ocasionalmente, ellas
consiguieron trazar una barrera que las distinguiese con voz propia —en las
traductoras de la escuela quebequesa o en las sociolingüistas y filósofas
vinculadas al concepto de higiene verbal—. No se trata de una visión unitaria y
por eso he renunciado a encabalgar unos capítulos con otros para poder escribir
sobre esta variedad compleja un libro de páginas discontinuas: la lingüística
escrita con a está tan fragmentada como lo estaría cualquier aproximación a las
ideas lingüísticas que no pretendiese ser puramente cronológica, pero revela,
una y otra vez, la existencia de ambientes, círculos o figuras particularmente
atractivas que construyeron críticas potentes, de las que con frecuencia
sabemos poco. Igualmente se observa la vigencia de puntos de vista o métodos
alternativos en la investigación y la posibilidad de que el conocimiento se
expanda en multitud de direcciones, a veces imprevisibles. La perspectiva de
género puede ser combativa, porque nace de una herida y tiene vocación crítica,
pero no elimina la lingüística tradicional: no cuestiona la importancia de las
figuras masculinas, no desconsidera ni humilla a los investigadores e
investigadoras que se han centrado en otros temas o procedimientos, no
distorsiona. No insinúa, como las caricaturas sobre el feminismo suelen
propagar, que todo es mejor si lo han hecho mujeres, ni intenta combinar lo
incombinable. No se trataría de hablar de «feminismo y sonorización de las
oclusivas sordas intervocálicas», ni de «complementos directos con perspectiva
de género». La perspectiva feminista en lingüística que presentamos está
atenta, en cambio, a asuntos considerados no nucleares y los incorpora a la
agenda de la investigación, con procedimientos divergentes de los practicados
por la tradición o de los sancionados por las grandes instituciones. En
particular, parece que ha intervenido de manera decisiva en que la recogida y
análisis de datos, susceptible de proporcionar corroboraciones empíricas, no se
infravalore con respecto a la producción de teorías elucubrativas o abstractas.
La perspectiva de género es una manera de poner a prueba la solidez que el
conocimiento humano ha alcanzado en cada una de sus divisiones y proporciona la
ventaja de la pluralidad: está abierta a la incorporación de saber por parte de
agentes diferentes que, a lo largo de la historia, han sido marginados y que en
el siglo XXI pueden hacer oír su voz.
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Los capítulos
tratados, siguiendo subdisciplinas lingüísticas, componen una tentativa de
ensanchar la mirada e insinuar los postulados básicos de esta aproximación
alternativa. Hoy algunas disciplinas lingüísticas están ampliamente
feminizadas, como la psicolingüística o la didáctica de lenguas. Por eso
precisamente no parecía tan urgente caminar por una senda, donde ya, de manera
efectiva, las investigadoras de las últimas décadas han trazado su propia
cartografía de la resistencia. En coherencia con la hipótesis que orienta todo
el trabajo, he preferido transitar por veredas, por caminos marginales, por las
otras lingüísticas y en algún caso, como el de las criptógrafas, considerar un
oficio vinculado a los idiomas que nunca está propiamente en la historia de la
lingüística y que, en su desarrollo reciente, se ha alejado bastante de ella.
Bajo la forma de virtudes o de defectos, estas investigaciones con perspectiva
de género han recibido calificaciones concretas. De sus practicantes se ha
dicho que son intuitivas, transgresoras, a veces creativas o abiertas a una
pluralidad de perspectivas. Se ha insistido en que entremezclan lo público y lo
privado, proponiendo un punto de vista íntimo que a veces generalizan
amenazando la supuestamente necesaria disolución del yo que investiga. Se las
ha etiquetado como rebeldes. Pero estaban estableciendo nuevas reglas de juego.
No parece un mal bagaje, siempre que aparezcan y no se haga, como en algunas
fotos de familia después de un conflicto, un recorte voluntario que las condene
a desaparecer.
10.2. LO QUE
PANDORA METIÓ EN SU CAJA Y OTRAS SUGERENCIAS PARA CONTINUAR
Es posible, sin
embargo, que la reivindicación de que la lingüística se escribe con a se haya
quedado corta. Podríamos haber hablado de muchas más autoras que hoy son
referenciales, pero nos habríamos escapado de la perspectiva histórica.
Podríamos haber rescatado más nombres del pasado, si no nos hubiésemos colocado
la restricción inicial de que las contribuciones no solo remitirían a un nombre
de mujer, sino que, además, debían ligarse a ideas marginales o tildadas de
secundarias. En la mitología griega, Pandora, dotada de innumerables gracias,
recibe el cometido de llevar cierta caja a Epimeteo con la expresa prohibición
de
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abrirla. Pero,
siguiendo el arquetipo de la banalidad o la inconsciencia femenina, no resistió
a la curiosidad y abrió la caja, de donde escaparon todos los males que los
dioses habían guardado y que se extenderían por la superficie terrestre.
Pandora, como era de esperar, fue culpada de tanta desolación por no haber
sabido prudentemente acatar el mandato. Sin embargo, conviene reconocerle un
atributo moral que, a pesar de sus nefastas consecuencias en el mito, es una
virtud en la práctica científica: la curiosidad. Si Pandora se dedicase a la
lingüística, querría indagar en otros episodios de la historia de las ideas
sobre el lenguaje, diferentes de los aquí sugeridos. De manera complementaria y
a modo de propuesta de futuro, enunciaré sucintamente algunos episodios de la
historia de las ideas sobre el lenguaje susceptibles de recibir un enfoque de
género.
El tema de las
lenguas internacionales auxiliares ha sido mencionado varias veces a lo largo
de las presentes páginas. Llama la atención el hecho de que, particularmente en
la Europa del racionalismo, tantos pensadores, además de comerciantes y otras
mentes prácticas, se dedicasen con esmero a diseñar lenguas fáciles de aprender
y usar, desprovistas de ambigüedades y vaguedad o que actuasen como un catálogo
para ordenar la realidad. Ninguno de los cientos de proyectos conservados es de
autoría femenina. Este capítulo de la historia de las ideas lingüísticas parece
singularmente interesante tanto por la atracción que causó como por el carácter
errático de las vías exploradas. Compone una verdadera lección resumida de
lingüística general comprobar que mentes tan lúcidas como la de Leibniz,
particularmente empeñado en esta cuestión, consiguiesen elaborar una propuesta
tras otra sin llegar a entender, al final, la verdadera naturaleza del
lenguaje. El tema tiene, sin embargo, una posible filiación femenina. Hildegarda
de Bingen fue una abadesa benedictina del siglo XII con una importante obra
filosófica y literaria. La veneración que suscitó explica que sus obras fuesen
copiadas e iluminadas. En ellas destaca una Ignota lingua per simplicem
hominem, es decir, el primer proyecto de lengua artificial de que se tiene
noticia. Si ligamos esta figura, más o menos remota, a la de Alice Vanderbilt
(1874-1950), fundadora de la International Auxiliary Language Association y
coautora en 1945 con Mary Bray de un documentado informe sobre el tema, una
posible genealogía femenina permitiría, una vez más, vincular temas secundarios
a agentes inesperados; un trabajo que está por hacer.
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También en el
terreno de los lenguajes formales la estirpe femenina existe. El personaje de
Ada Lovelace (1815-1852), casi novelesco, suele aparecer en los estudios de
género como la precursora de la programación informática. A ella se atribuye la
proeza de conseguir que la máquina deduzca operaciones sin dictarle los
resultados intermedios, adaptando las tarjetas perforadas de los telares de
Jacquard a la realización de cálculos. Mucho más tarde, Grace Hopper
(1906-1992), una científica de la computación y militar estadounidense, se hizo
un hueco en la historia al haber desarrollado el primer compilador para un
lenguaje de programación y, sobre todo, al implicarse activamente en el uso de
las lenguas naturales en la interfaz, abandonando el lenguaje-máquina que se
usaba hasta el momento. De sus propuestas nace el COBOL, un lenguaje de
programación universal orientado a los negocios. La recuperación de estas
figuras femeninas en tecnologías ha sido señalada siempre, desde los estudios
de género, como una necesidad social para estimular las vocaciones científicas
entre ellas. Si los programas educativos y las planificaciones políticas
concuerdan en esa necesidad, será porque se supone que la brecha de género
abierta en los campos de conocimiento no es precisamente enriquecedora. Ese
supuesto está ya reclamando una lingüística en femenino. Hasta ahora, la
lingüística computacional ha atraído a muchas practicantes, pero continúa
siendo referenciada en términos históricos de una forma abrumadoramente
masculina.
Una nueva
sugerencia corresponde con un capítulo bien conocido en las panorámicas de la
lingüística. En el siglo XVII, al amparo de una vuelta al logicismo, adquiere
renombre en Europa la Gramática general y razonada de Port-Royal, un proyecto
enciclopédico de gran calado. Aunque solo suelen mencionarse Antoine Arnauld y
Claude Lancelot, los autores del opúsculo, el proyecto nace en la abadía de
Port-Royal de Champs, vinculada a la doctrina jansenista. Angélique y Agnès,
hermanas de Antoine Arnauld, fueron abadesas en Port-Royal, que era, importa
destacarlo, un convento femenino. Parece que también aquí algo de la historia
de las mujeres se ha perdido u olvidado y será necesario recuperarlo.
A diferencia de
otros campos, la lingüística es una ciencia reciente, que nace justamente en el
momento en que las mujeres inician el camino de su emancipación. Por eso hemos
primado las disciplinas y enfoques contemporáneos. Con todo, convendría revisar
la historia del pensamiento,
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la historia de la
filosofía, en busca de autoras. Sería raro que ninguna de ellas hubiese hablado
del lenguaje. A medida que las ciencias se despegaban de su matriz, la
filosofía pareció abandonar su vocación de preguntarse por los porqués para
centrarse en hacer historia. Estudiar Filosofía en secundaria evoca la mención
de autores seriados, todos ellos masculinos y amparados en la posibilidad de
documentar un progreso, o por lo menos una cronología de las ideas consideradas
importantes: Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes, Hume, Kant, Marx,
Nietzsche, por ejemplo. Si alguna perspectiva se atreve a incluir mujeres,
entonces aparecen los nombres de Mary Wollstonecraft, de Olympe de Gouges o de
Simone de Beauvoir, de manera que ellas parecen especialistas en su asunto, en
sus derechos. Se diría que no piensan sobre los más diversos temas, como hacen
ellos, sino sobre sí mismas. Sería interesante que una revisión de género
incluyese a Hiparquia, a María la judía, a Christine de Pisan, a Maria Gaetana
Agnesi, a Aleksandra Kollontai, a Lou Andreas-Salomé, a Hannah Arendt. La
exclusión de las pensadoras es indicativa de la ideología patriarcal que
todavía se propaga desde la didáctica de la filosofía, pero también de la
negación de la otredad significativa. Si la filosofía enseña a pensar, no puede
conformarse con un inventario que recoja únicamente a los pensadores que
entraron en la historia canónica. Y, obsérvese aquí, que la historia sería la
disciplina que nos enseña a hacer memoria de los hechos para no incurrir en los
mismos errores. Es poco probable que cometamos los errores de un filósofo
medieval, así que, incluso abordando la filosofía con un enfoque puramente
histórico, habría que conceder una atención específica a la segregación de
género, como a las actitudes eurocéntricas e imperialistas. Sería raro,
insisto, que ninguna de las mujeres que se sentaron a pensar hubiese hablado
del lenguaje. No estamos buscando reivindicaciones de sus derechos, sino ideas
y, en particular, ideas lingüísticas. Lo de menos es que hayan acertado. Porque
en la investigación nunca ha sido lo importante el dar con la respuesta
correcta, sino el formular la pregunta adecuada, aunque no sepamos contestarla.
10.3. EL PUNTO DE
VISTA DE LA MULTITUD
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Las mujeres
revisadas no son las únicas en la historia de las ideas lingüísticas. Una
figura histórica como la zarina Catalina de Rusia podría figurar en nuestros
manuales. Nacida en lo que hoy es territorio polaco con el nombre de Sophia
Friederike Auguste, solo accedió a esa posición de poder al contraer matrimonio
con Pedro III, heredero al trono en la época en que se casaron, y posterior
zar. Catalina mostró desde el comienzo un gran apego a su nuevo país: aprendió
rápidamente ruso y cambió su nombre para rusificarlo. No fue una reina
consorte; llegó a ostentar el título de zarina por sí misma después de
conseguir que fuese depuesto su marido en una de esas turbulentas
conspiraciones tan frecuentes en la corte. Su reinado se prolongó más de 30
años y la historia la recoge como una figura popular por haber practicado unas
mínimas reformas sociales dentro del esquema feudal en que se movían los zares
rusos. Escribió sus memorias, pero las biografías construyen una peculiar
imagen de ella, sobre algunos tópicos que se repiten continuamente. Es
identificada como una mujer culta, una gran lectora, con una intensa curiosidad
por los avances científicos y por la realidad política, hasta el punto de
mantener correspondencia con las figuras representativas de la Ilustración e
incluso intensas relaciones personales con Diderot o Voltaire. Pero también se
le atribuyen todos los escándalos sexuales que habitualmente van asociados a
las mujeres con poder. Como ilustrada, promueve diferentes actividades
culturales, entre ellas la fundación de la Academia de Ciencias de San
Petersburgo. De modo especialmente significativo para nuestros objetivos,
patrocina la elaboración de un catálogo de lenguas del mundo de dimensiones
colosales. Obviamente, Catalina, aunque hablaba varias lenguas, nunca fue
lexicógrafa y, por tanto, la obra no es de su autoría. Pero sí estamos ante un
caso de autoría simbólica; de promoción de un proyecto colectivo.
El autor principal
del diccionario fue Peter Simon Pallas, un naturalista alemán de reconocido
prestigio que había sido invitado por la propia zarina en 1767 a integrarse en
la recién fundada Academia de Ciencias. Con ese abarcador afán de conocimiento
de la Ilustración, dirigió una expedición a Siberia y otra a la Rusia
meridional para recopilar especímenes naturales y fue nombrado miembro de la
Oficina Topográfica rusa. Después de 30 años de trabajo de campo, ocupó
diversos honores, entre ellos el de profesor del heredero al trono, además de
escribir diversos ensayos de temas zoológicos, geológicos y botánicos que
sirvieron para
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identificar muchos
vertebrados; otros de tipo etnográfico y geográfico contribuirían a trazar el
mapa de Rusia. Finalmente, figura como autor del vocabulario comparado
Linguarum totius Orbis vocabularia comparativa, aunque una obra de tal
envergadura reunía a diferentes colaboradores. El ambicioso proyecto pretendía
recopilar un glosario universal y comparado de todos los idiomas y, en las
sucesivas ediciones se llegaron a incorporar 164 lenguas asiáticas, 55
europeas, 30 africanas y 23 amerindias. El punto de partida era el ruso y las
entradas, escritas en alfabeto cirílico, suman 2722.
Un asunto
particularmente interesante aquí tiene que ver con la Corona española[57]. En
1785, la zarina Catalina II solicitó al rey de España Carlos III una serie de
libros impresos, manuscritos y vocabularios relacionados con las lenguas
amerindias de las entonces colonias españolas. La petición fue aceptada y
algunas instituciones abrieron los correspondientes expedientes para enviarle
esa información. Pero nunca lo hicieron. Parece que el material no llegó a ser
demandado a los virreyes de esas colonias hasta pasados dos años. Eso explica
que no se incorporase en las dos primeras ediciones del vocabulario comparado
ruso y también que una gran cantidad del material lingüístico enviado
finalmente desde América se encuentre hoy en el Archivo General de Indias de
Sevilla. Aunque la petición de la zarina se refiriese a entradas léxicas
concretas, las autoridades de las Indias incluyeron también algunos documentos
que consideraron de interés sobre muchas lenguas amerindias[58]. Con ojos
actuales, la petición de una reina de tierras frías llega por valija
diplomática para almacenarse olvidada en la corte española, a pesar de
documentar precisamente las lenguas que estaban siendo eliminadas.
Catalina fue una
soberana adepta a las ideas ilustradas y en tal contexto no es sorprendente que
alentase una suerte de diccionario universal para descubrir el origen y la
diversificación de las lenguas. El proyecto, como sucede tantas veces en
lingüística, va de la mano de los inventarios de la naturaleza que estaban
siendo confeccionados por entonces: las clasificaciones de las especies
siguiendo el modelo de Linneo dejaron sentir su influjo a menudo en
dialectología. Las obras de estas características son, por necesidad,
colectivas y, además, poco teóricas. De alguna manera, en un diccionario
multilingüe la autoría se diluye; se trata, más bien, de una compilación del
saber recogido por las diversas lenguas incluidas. En ese sentido, el mérito no
está en quien compila, sino en
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propulsar una idea
revolucionaria que, además, en este caso, parecía colocar en igualdad de
posición lenguas con gran trayectoria literaria e inmenso poder político, como
el ruso o el español de aquella capital de las colonias americanas, con las
humildes lenguas del Nuevo Mundo. Y eso mucho antes de que el compromiso
antropológico con la diversidad se hubiese desarrollado de manera efectiva. El
hecho de que los datos se quedasen en Sevilla y no viajasen a San Petersburgo
puede ser indicativo de que los diplomáticos, al final, advirtiesen el inmenso
poder contenido en tal diccionario.
Sin embargo,
Catalina no mereció un lugar en la historia de las ideas lingüísticas. Y eso
parece una restricción ideológica. Es cierto que algunas historias de la
lingüística, como las de Arens y Robins[59], mencionan el capítulo del
diccionario y comentan que Rusia estaba convirtiéndose en un imperio
caracterizado por el plurilingüismo y que, en tal contexto, la zarina debía
tener interés en orientarse y en respetar las lenguas de su país de acogida.
Podría decirse que nombran a la mujer, pero relegan su importancia a la pura
anécdota cortesana. La perspectiva de género retomaría este episodio de otra
manera. No se trata de alabar a Catalina ni de desvirtuar los hechos históricos
exagerando su contribución. No hay nada que exagerar: dentro de la perspectiva
de los trabajos colectivos que hemos asumido, es significativo que, en un
territorio inmenso y atrasado, como la Rusia de la época, se crease en la corte
un grupo interesado en la diversidad cultural y lingüística. Es significativo
que la zarina estuviese al corriente del proyecto ilustrado, que pidiese a los
sabios en boga que pasasen temporadas en su país, que financiase esos proyectos
y que incluyese en su correspondencia un asunto tan poco ligado aparentemente a
los intereses de Estado como solicitar documentación sobre lenguas exóticas.
Parece que la zarina practicaba otras disidencias con respecto a los reyes de
su tiempo: fue la primera en cuestionar la pena de muerte, por ejemplo. Pero no
se trata, insisto, de agrandar su figura. Simplemente, una personalidad
diferente puede ayudar a que las cosas tomen un rumbo diferente. Cuando en el
siglo XX se reavive el interés por los datos de lenguas, va a ser obligado
mencionar la escuela de San Petersburgo que, de manera independiente, había
consolidado una tradición filológica sólida sobre las lenguas habladas en todas
las Rusias. Y podemos imaginar que la causa está aquí. Si las cosas fueron así,
así deben ser contadas: la Catalina
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promotora de un
proyecto empírico no puede ser anécdota, mientras Donato y Prisciano permanecen
insistentemente en los manuales.
Otro asunto es que
una historia de las ideas tienda a privilegiar a determinados agentes. Además
de masculinos, esos agentes suelen tener la formación universitaria oportuna:
deben intercambiarse información en círculos selectos, deben atesorar currículos;
su pericia tiene que proceder de alguna institución que la haya avalado. Si
Catalina no había hecho estudios de lexicografía, no puede aparecer vinculada a
ese inmenso vocabulario. Algo parecido le sucedería, mucho más tarde, a María
Moliner. La especialidad actúa como un filtro que impide ver a estas
protagonistas menores de la historia. Peor aún: impide que revisemos los
grandes movimientos que, en realidad, están construidos por una multitud,
llevando este concepto de la teoría política a la práctica científica: una
multiplicidad social de sujetos que son capaces de actuar en común como agentes
de producción biopolítica, en este caso dentro del marco de la elaboración de
ideas. Con una perspectiva abierta a sujetos no focales, lejos de los animales
universitarios en que nos hemos convertido, podemos reconstruir mejor la
realidad pasada. Porque, como Catalina de Rusia, otras mujeres podrían entrar
en el canon.
Sin salir de ese
país, bastante más tarde, cuando se produzca la revolución bolchevique, una
bibliotecaria y documentalista que tuvo un lugar destacado en el leninismo,
Nadia Krupskaia, tuvo a su cargo la educación en el primer Gobierno
revolucionario. Gestionar la educación en un territorio tan vasto y plurilingüe
implicaba decidir sobre lenguas y eso es hacer planificación lingüística en el
contexto más oportuno: el de un Gobierno que pretendía haber llegado para
cambiarlo todo. Ni que decir tiene que Nadia Krupskaia nunca es mencionada en
un panorama de las ideas lingüísticas. No estoy sugiriendo la reivindicación de
un legado intelectual que no estoy segura de que se haya producido; simplemente
que esa posibilidad, como tantas otras, debe ser estudiada. Eso, a menos que se
quiera defender que la lingüística solo y siempre ha podido ser practicada por
personas con una titulación en Lingüística, una especialidad terriblemente
reciente para poder dar cuenta de todo cuanto se ha pensado sobre el lenguaje.
Por ahora, bastaría con considerar la atracción que la diversidad ha ejercido
sobre los sujetos femeninos en la línea que va de las antropólogas a las
cultivadoras de la gramática tipológica, pasando por la defensa comprometida de
las lenguas minorizadas en las versiones
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ecolingüística e
intercultural. En los últimos meses, ha comenzado a mencionarse incluso el
efecto de la COVID-19 como un motivo para tomarse la defensa de la diversidad
lingüística en serio (Piller, 2020[60]).
10.4. DE OFICIO,
RASTREADORA (Y TAN REFERENCIAL COMO UN HOMBRE)
Rastrear significa
inquirir, indagar o averiguar algo discurriendo a través de conjeturas o
señales. Por lo menos esta es una de sus definiciones cuando se aplica a seres
humanos. Porque el verbo también se usa para algunos animales que, por medio de
su peculiar olfato, consiguen seguir una pista, encontrar algo que no se revela
directamente a la observación. Si muchas de las mujeres que han escrito la
Lingüística con a han sido eliminadas, es porque su tarea se consideró menor.
Las primatólogas pasaban horas con los simios, pero, en opinión de sus
críticos, creían demasiado en las habilidades de esas especies. Evidentemente,
si no creyesen en ellas, no malgastarían su tiempo dedicándoselo. Las
antropólogas dedicaban gran atención a sus informantes, cuyas colaboraciones
alientan. Por eso se concedió a su labor cierto interés: proporcionaban muchos
datos que no eran accesibles a los hombres. Ellas podían pasar hasta la cocina,
dicho en términos coloquiales, y podían ganarse la confianza de otras mujeres.
Después, lo que les revelasen, si no casaba bien con las teorías, sería
desconsiderado. Rastrear es seguir los olores de lo desconocido, dejarse
impregnar. Rastrear ha sido una actividad femenina en las ciencias, en
particular en lingüística y debe formar parte del discurso de la disciplina. El
uso peyorativo de lo femenino ha sido estructuralmente necesario para
entronizar un sistema patriarcal de significado. No tenía que ver con lo que
las mujeres hiciesen en la vida real; se trataba de un significado con vigencia
política por estar organizado en el discurso. Y el discurso de las ciencias ha
sido un continuado ejercicio de la razón normativa y excluyente[61]. Pero este
tipo de errores pueden rectificarse con enfoques híbridos. La arquitectura con
perspectiva de género nos ha enseñado que las casas particulares y el urbanismo
público están construidos con una perspectiva política. En los apartamentos
raramente hay más de una habitación donde quepa una cama
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grande, lo que
trasluce una sociedad ordenada de determinada manera y donde el sexo solo está
permitido para la pareja principal, que origina y sostiene la familia, y
erradicado de sus descendientes o de ascendientes ya mayores. Los espacios
públicos no tienen en cuenta la diversidad funcional: las ciudades son cada vez
más hostiles para el paseo, para la persona con pocas fuerzas físicas, para
quien enfrenta una lesión, una diversidad funcional o un embarazo. La
arquitectura de género hace otra arquitectura; humaniza. La medicina con
perspectiva de género ha ejercido críticas potentes, como la que deriva del
concepto de violencia obstétrica, o ha mostrado que algunas enfermedades, como
el infarto de miocardio, tienen diferentes síntomas en hombres y mujeres y que,
curiosamente, solo se divulgan los que se verifican en ellos. El derecho con
perspectiva de género no solo ha redefinido términos como violencia de género,
violación o estupro; también ha mostrado que los hombres tienden a preferir
regulaciones con códigos bien estipulados, mientras las mujeres prefieren
regulaciones contextuales, válidas según en qué circunstancias. Y así
sucesivamente, todos los campos han sido azotados por una perspectiva crítica
que no siempre es asumida por la autoridad académica. Popularmente esta crítica
se presenta como malhumorada o producto de cierta insatisfacción con lo que ha
sido establecido como bien común. Pero la crítica, imprescindible, es también
una fuerza en positivo, que se niega a que perpetuemos los errores, que nos
conduce hacia un mayor bienestar con las categorías; que produce satisfacciones
colectivas. Escribir las disciplinas con a, también la lingüística, es un
proceso de justicia restaurativa, y, sobre todo, alimenta la sensibilidad hacia
lo que se ha quedado fuera de foco; implica una traslación hacia la periferia,
abandonando centros que tal vez solo hayan sido colocados en esa posición
privilegiada por quien hacía la fotografía. La lingüística con perspectiva de
género, imaginativa, atenta a las heridas, entremezclando lo público y lo
privado, muy interesada por renegociar los objetos de atención y repensar las
categorías, es una disciplina que ha dejado de estar restringida a un tipo de
individuo para ser practicada por una multitud híbrida, descabezada, que avanza
convencida de ser un sujeto biopolítico amplio y capaz, por tanto, de tener
muchos ojos diferentes.
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AGRADECIMIENTOS
No hubiera podido
realizar este trabajo sin la colaboración de mis estudiantes de Panorámica de
las ideas lingüísticas en la Universidad de Santiago de Compostela durante el
primer semestre del curso 2019-2020. Antes de que la pandemia sacudiese
nuestras vidas, aceptaron de muy buen grado atender un poco menos a los señores
de la escuela modista y a los también señores de la gramática
histórico-comparativa y se sumergieron con interés en perspectivas alternativas
feministas e interculturalistas, que desplazasen el centro, y en otras formas
de lingüística aberrante, como las llamamos, porque el humor siempre tuvo un
lugar destacado en nuestras sesiones. Sin sus preguntas, sus críticas —
incluidos sus miedos a que nos estuviésemos apartando del camino recto— y su
entusiasmo por algunas figuras menores, este libro no habría sido posible. Mi
deuda de gratitud con ellas y ellos es enorme. Durante el confinamiento
posterior, a medida que estas páginas tomaban una forma definitiva, el núcleo
duro de aquel grupo siguió reuniéndose, bajo el formato de una videoconferencia
semanal, lo que me permitió mantener un diálogo ininterrumpido y fructífero con
Suevia Camba, María Cifuentes, Cristian Macedo Barbosa, Iria Martínez Teijeiro
y Carmen Rodríguez Blumer que, espero, continuarán esta senda.
Tengo la fortuna de
que mis grandes amigos y referentes intelectuales Brais Arribas, desde la
filosofía; Alejandro Dayán, desde la sociolingüística, y Philip Krummrich,
desde la teoría de la literatura, hayan iniciado conmigo hace tiempo diálogos
que me convierten en deudora de muchos de sus puntos de vista. Ellos han
ampliado mis lecturas y han leído la primera versión de este trabajo
enriqueciéndola con sus reflexiones. Siempre he pensado que el feminismo no era
una cuestión femenina, sino una política de los cuerpos sensibles. Mi
agradecimiento, siendo inmenso, no lo es tanto como su generosidad y su
estímulo. El aliento para
Página 298
escudriñar en los
rincones se alimenta también de mi profunda amistad con Xemma Fernández, que me
anima siempre en todas mis incursiones: a la pequeña Rita, su hija, va dedicado
este libro. Porque ella es el futuro.
La circunstancia de
haber escrito buena parte de este libro confinada me invita a mencionar la
extrañeza que me supuso la decisión de que COVID-19 tenga un nombre femenino:
la COVID. Es cierto que es una enfermedad, pero el sarampión y el cáncer
también lo son y eso no les impide tener nombres masculinos. Como antes los
huracanes, parece ser que las epidemias causadas por virus se nombran
preferiblemente en femenino. Después de eso, no será tan raro que también la
lingüística pueda escribirse con A.
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Listados
Página 300
LISTADO I
MUJERES LINGÜISTAS
EN LA WIKIPEDIA
1. Abbi, Anvita
2. Abbott, Barbara
3. Aikhenvald, Alexandra;
4. Aitchison, Jean;
5. Alexiadou, Artemis;
6. Antas, Jolanta;
7. Armstrong, Lilias;
8. Ashraf, Syeda Ummehani;
9. Atkins, Beryl;
10. Bagchi, Tista;
11. Baird, Jessie Little Doe
12. Bannon, Ann;
13. Barandovská-Frank, Věra;
14. Barber, Katherine;
15. Bardovi-Harlig, Kathleen;
16. Baron, Naomi;
17. Bazzanella, Carla;
18. Beckman, Mary;
19. Bell, Jeannie;
20. Bellugi, Ursula;
21. Berez-Kroeker, Andrea;
22. Berezovich, Elena;
23. Berg, Helma van den;
24. Berko Gleason, Jean;
25. Berman, Ruth A.;
26. Bermúdez, Eloína Miyares;
27. Bernot, Denise;
28. Biagi, Maria Luisa Altieri;
29. Bishop, Judith;
30. Blake, Renée A.;
Página 301
31. Blau, Joyce;
32. Bleek, Dorothea
33. Borer, Hagit;
34. Bowerman, Melissa;
35. Bowern, Claire;
36. Boyce, Mary;
37. Bresnan, Joan;
38. Briggs, Jean;
39. Bromwich, Rachel;
40. Broselow, Ellen;
41. Browman, Catherine;
42. Brown, Penelope;
43. Brugman, Til;
44. Bucholtz, Mary;
45. Bull, Tove;
46. Burlak, Svetlana;
47. Burridge, Kate;
48. Butt, Miriam;
49. Bybee, Joan;
50. Cacoullos, Rena Torres;
51. Cameron, Deborah;
52. Canger, Una;
53. Cassell, Justine;
54. Catach, Nina;
55. Cataldi, Lee;
56. Catrileo, María;
57. Chaski, Carole;
58. Cheshire, Jenny;
59. Chevalier, Marion Frances;
60. Chomsky, Carol;
61. Choueiri, Lina;
62. Christensen, Kirsti Koch;
63. Chuilleanáin, Eiléan Ní;
64. Chung, Sandra;
65. Cirlot, Victoria;
66. Clark, Dymphna;
67. Clark, Eve V.;
68. Cole, Jennifer S.;
69. Condee, Nancy;
70. Contini-Morava, Ellen;
Página 302
71. Cowper, Elizabeth;
72. Crago, Martha;
73. Davies, Anna Morpurgo;
74. Davis, Jenny L.;
75. D’Costa, Jean;
76. de Castro, Yeda Pessoa;
77. de Guzman, Maria Odulio;
78. de Malkiel, Mª Rosa Lida
79. Deloria, Ella Cara;
80. Dent, Susie;
81. Dino, Güzin;
82. Dorian, Nancy;
83. Doron, Helen;
84. Dragićević, Rajna;
85. Duarte, Dulce Almada;
86. Dürscheid, Christa;
87. Dwyer, Arienne;
88. Eckert, Penelope;
89. Ehrlich, Susan;
90. Eichholz, Vilma Sindona;
91. Elgin, Suzette Haden;
92. Elizarenkova, Tatyana;
93. Engdahl, Elisabet;
94. England, Nora;
95. Ergun, Zeynep;
96. Erlés, Patricia Esteban;
97. Erofeyeva, Tamara;
98. Ervin-Tripp, Susan M.;
99. Eskildsen, Rosario M Gutiérrez
100. Faber, Pamela;
101. Farion, Iryna;
102. Fellbaum, Christiane;
103. Fielding, Stephanie;
104. Fierz-David, Linda;
105. Fischer-Jørgensen, Eli;
106. Fitzgerald, Colleen;
107. Fjeld, Ruth Vatvedt;
108. Florey, Margaret;
109. Fodor, Janet Dean;
110. Foster, Mary LeCron;
Página 303
111. Freidenberg, Olga;
112. Frolova, Olga;
113. Fromkin, Victoria;
114. Gabain, Annemarie von;
115. Gabanyi, Anneli Ute;
116. Gal, Susan;
117. Gelashvili, Naira;
118. Genetti, Carol;
119. Gerdts, Donna;
120. Gezundhajt, Henriette;
121. Ghomeshi, Jila;
122. Glisan, Eileen;
123. Glushkova, Irina;
124. Goldberg, Adele;
125. Goodman, Felicitas;
126. Gopnik, Myrna;
127. Green, Lisa;
128. Grigore, Delia;
129. Groll, Sarah Israelit;
130. Gvishiani, Natalia;
131. Haas, Mary;
132. Hajičová, Eva;
133. Hakulinen, Auli;
134. Hall, Kira;
135. Harley, Heidi;
136. Harris, Alice;
137. Harrison, Jane Ellen;
138. Hasan, Ruqaiya;
139. Hasdeu, Iulia;
140. Hasluck, Margaret;
141. Hatcher, Anna Granville;
142. Heath, Shirley Brice;
143. Heim, Irene;
144. Heller, Monica;
145. Hercus, Luise;
146. Hermon, Gabriella;
147. Herring, Susan;
148. Hidasi, Judit;
149. Hildebrandt, Martha;
150. Hill, Elizabeth;
Página 304
151. Hill, Jane H.;
152. Hinton, Leanne;
153. Hoff, Erika;
154. Holst, Clara;
155. Holtsmark, Anne;
156. Hume, Elizabeth V.;
157. Humphreys, Jennett;
158. Inkelas, Sharon;
159. Irigaray, Luce;
160. Itō, Junko;
161. Ivars, Ann-Marie;
162. Jaszczolt, Katarzyna;
163. Jeanne, LaVerne;
164. Jefferson, Gail;
165. Jelinek, Eloise
166. Jinfang, Li;
167. Jobbé-Duval, Brigitte;
168. Jones, Eliza Grew;
169. Kachru, Yamuna;
170. Kahane, Renée;
171. Kapeliuk, Olga;
172. Karttunen, Frances;
173. Keating, Patricia;
174. Kepping, Ksenia;
175. Kevelson, Roberta;
176. Kilham, Hannah;
177. Kipfer, Barbara Ann;
178. Kirkness, Verna;
179. Kiss, Katalin É.;
180. Klepfisz, Irena;
181. Kober, Alice;
182. Kordić, Snježana;
183. Korkmaz, Zeynep;
184. Kormos, Judit;
185. Kornfilt, Jaklin;
186. Kozhina, Margarita;
187. Kramer, Christina;
188. Kratzer, Angelika;
189. Lahiri, Aditi;
190. Lakoff, Robin;
Página 305
191. Lambton, Ann;
192. Larsen-Freeman, Diane;
193. Lastra, Yolanda;
194. Legate, Julie Anne;
195. Levin, Beth;
196. Lippi, Rosina;
197. Lloyd, Lucy;
198. Marika, Raymattja;
199. Martineau, France;
200. Martinez, Esther;
201. Massam, Diane;
202. Massignon, Geneviève;
203. Masterman, Margaret;
204. Mazdapour, Katayun;
205. McKay, Sandra Lee;
206. McKean, Erin;
207. McMahon, April;
208. Meakins, Felicity;
209. Meiman-Kitrossky, Inna;
210. Mendoza-Denton, Norma;
211. Menn, Lise;
212. Mestergazi, Elena;
213. Meyerhoff, Miriam;
214. Michaelis, Laura;
215. Michaelis, Susanne Maria;
216. Mierzejewska, Halina;
217. Milroy, Lesley;
218. Mints, Zara;
219. Mithun, Marianne;
220. Moliner, María;
221. Morford, Jill;
222. Morison, Odille;
223. Moure, Teresa;
224. Munro, Pamela;
225. Muscă, Mona;
226. Myers-Scotton, Carol;
227. Nábělková, Mira;
228. Napier, Susan J.;
229. Napoli, Donna Jo;
230. Nemni, Monique;
Página 306
231. Nichols, Johanna;
232. Nielsen, Harriet Bjerrum;
233. Nuzhat, Shaista;
234. Okrent, Arika;
235. Olsen, Birgit Anette;
236. Olthuis, Marja-Liisa;
237. O’Shea, Natalia;
238. Ozanne-Rivierre, Françoise
239. Özsoy, A. Sumru;
240. Partee, Barbara;
241. Pätsch, Gertrud;
242. Pavilionienė, Marija Aušrinė
243. Perkins, Ellavina;
244. Perret, Michèle;
245. Perstølen, Einfrid;
246. Pierrehumbert, Janet;
247. Piirainen, Elisabeth;
248. Poplack, Shana;
249. Pou, Saveros;
250. Prince, Ellen;
251. Proskouriakoff, Tatiana;
252. Pusch, Luise F.;
253. Qiriazi, Parashqevi;
254. Rakeei, Fatemeh;
255. Rauch, Irmengard;
256. Reinhart, Tanya;
257. Reutner, Ursula;
258. Rey-Debove, Josette;
259. Reynolds, Barbara;
260. Rice, Keren;
261. Rivers, Wilga;
262. Romaine, Suzanne;
263. Ronat, Mitsou;
264. Rošker, Jana S.;
265. Rowlands, Jane Helen;
266. Sabatini, Alma;
267. Sadiqi, Fatima;
268. Safavi, Azarmi Dukht;
269. Sakaguchi, Alicja;
270. Sakayan, Dora;
Página 307
271. Samant, Satvasheela;
272. Sampson, Hazel;
273. Saubel, Katherine Siva;
274. Saunders, Irene;
275. Schieffelin, Bambi;
276. Seki, Lucy;
277. Semino, Elena;
278. Shakryl, Tamara;
279. Shaw, Patricia Alice;
280. Shepard-Kegl, Judy;
281. Shvedova, Natalia;
282. Siewierska, Anna;
283. Simpson, Jane;
284. Širola, Dorjana;
285. Sjoestedt, Marie-Louise;
286. Skutnabb-Kangas, Tove;
287. Smith, Adeline;
288. Snell-Hornby, Mary;
289. Sorace, Antonella;
290. Sova, Lyubov;
291. Sovran, Tamar;
292. Sow, Salamatou;
293. Stollznow, Karen;
294. Sullivan, Thelma D.;
295. Swain, Merrill;
296. Sweetser, Eve;
297. Tambroni, Clotilde;
298. Tannen, Deborah;
299. Tarlinskaja, Marina;
300. Tarone, Elaine;
301. Tarpent, Marie-Lucie;
302. Tenenbaum, Joan M.;
303. Thomas, M. Carey;
304. Thomason, Sarah;
305. Thompson, Sandra;
306. Timm, Erika;
307. Traugott, Elizabeth C.;
308. Tu, Joan Lee;
309. Turville-Petre, Joan;
310. Ulhicun, Aisin-Gioro;
Página 308
311. Uri, Helene;
312. Vainikka, Anna;
313. Vaissière, Jacqueline;
314. van Dijk, Marijn;
315. Varlamova, Galina;
316. Verspoor, Marjolijn;
317. Vojtko, Margaret Mary;
318. Walden, Tsvia;
319. Ward, Ida C.;
320. Wąsik, Elżbieta M.
321. Watahomigie, Lucille;
322. White, Lydia;
323. Wierzbicka, Anna;
324. Williamson, Kay;
325. Wodak, Ruth;
326. Wray, Alison;
327. Yartseva, Viktoria;
328. Yee, Mary;
329. Yershova, Galina;
330. Yip, Virginia;
331. Young-Scholten, Martha;
332. Zaenen, Annie;
Página 309
LISTADO II
LINGÜISTAS Y
MUJERES VINCULADAS A IDEAS U OFICIOS LINGÜÍSTICOS QUE SE HAN MENCIONADO
1. Abbi, Anvita: 6.3.
2. Ahven, Eeva: 9.1.
3. Aikhenvald, Alexandra, 6.3.
4. Aitchison, Jane: 2.1.
5. Aneja, Geeta: 8.5.
6. Anscombe, Elizabeth: 2.2.
7. Ardener, Shirley: 7.3.
8. Arrojo, Rosemary: 4.4.
9. Asensi, Julia de: 4.2.
10. Austin, Sarah: 4.2.
11. Ayres-Bennett, Wendy: 1.3.
12. Banner, Lois: 9.2.
13. Barbapiccola, Giuseppa Eleonora: 4.2.
14. Behn, Aphra: 4.2.
15. [Benedict] Fulton, Ruth: 6.1, 6.2, 9.2.
16. Berg, Helma van den: 6.3.
17. Bogoraz, Larissa: 9.1.
18. Borne, Ruth: 3.2.
19. Borker, Ruth: 4.3, 4.6, 7.3.
20. Bradbrook, Muriel: 2.1.
21. Bray, Mary: 10.2.
22. Breyfogle, Donna: 1.3.
23. Brown, Gillian: 2.1.
24. Brown, Penelope: 7.3.
25. Bucholtz, Mary: 6.3, 8.5.
26. Burger, Joanna: 5.4.
27. Burgos, Elvira: 8.2.
28. Butler, Judith: 2.2, 7.4, 8.2, 8.3, 8.5, 9.1.
29. Bybee, Joan: 9.1.
30. Calero Vaquera, Mª Luisa: 1.3.
Página 310
31. Cameron, Deborah: 7.3, 8.2, 8.3, 8.5, 9.1.
32. Carter, Elizabeth: 4.2.
33. Castro, Olga: 4.3., 4.5.
34. Catalina de Rusia: 10.3.
35. Catarina de Portugal, infanta: 4.2.
36. Chapman, Siobhan 9.1.
37. Châtelet, Émilie du: 4.2.
38. [Chomsky] Schatz, Carol Doris: 9.3.
39. Chun, Elaine: 8.5.
40. Clarke, Joan: 3.2.
41. Coates, Jennifer: 7.3.
42. Copland, Fiona: 6.3.
43. Correa, Isabel Rebeca: 4.2.
44. Coulter, Cornelia: 2.3.
45. Creese, Angela: 6.3.
46. Daly, Mary: 7.3.
47. Davison, Alice: 8.5.
48. Eckert, Penelope: 2.5, 8.5, 9.4.
49. Elgin, Suzette Haden: 7.3.
50. Elizarenkova, Tatyana: 6.3.
51. Ervin-Tripp, Susan: 9.4.
52. Evans, Mary Ann (George Eliot): 4.2.
53. Fairfax, Mary [Greig/Somerville]: 4.2.
54. Falk, Julia: 2.1, 2.5, 6.2.
55. Fawcett, Jane: 3.2.
56. Flotow, Louise von: 4.3., 4.4.
57. Fought, Carmen: 8.5.
58. Frade, Mafalda: 4.5.
59. Franceschi, Zelda Alice: 6.1.
60. [Friedman] Smith, Elizebeth: 3.3.
61. Gal, Susan: 6.3.
62. Gardner, Beatrice: 5.3, 5.4.
63. Gardner, Helen: 2.1.
64. [Garnett] Black, Constance Clara: 4.2.
65. Gauvin, Lise: 4.3.
66. Glanz, Christine: 8.4.
67. Godard, Barbara: 4.3.
68. Goddard, Angela: 4.3, 4.5, 7.3, 8.2, 8.5.
69. Gómez de Avellaneda, Gertrudis: 4.2.
70. Goyri, María Amalia: 9.3.
Página 311
71. Green, Lisa: 8.5.
72. Greenfield, Patricia: 5.4.
73. Haas, Mary Rosamund: 2.3, 6.3, 9.2.
74. Haddad, Joumana: 9.2.
75. Haraway, Donna: 2.2., 2.5., 5.4.
76. Hayes, Catherine: 5.3., 5.4.
77. Hearne, Victoria: 2.2., 5.4.
78. Heller, Monica: 2.5, 7.3, 6.3, 9.4.
79. [Herbert], Mary Sidney: 4.2.
80. Hildegarda de Bingen: 10.2.
81. Hill, Jane: 8.5.
82. Hite, Molly: 9.4.
83. [Hockett] Orlinoff, Shirley: 9.3.
84. Holmes, Janet: 7.3, 9.1.
85. Hopper, Grace: 10.2
86. Hurston, Zora Neale: 6.1.
87. Hymes, Virginia: 9.4.
88. Irvine, Judith: 6.3.
89. Jaffe, Alexandra: 6.3.
90. Jettmarová, Zuzana: 4.5.
91. Kelly-Holmes, Helen: 6.3.
92. Kenneally, Christine: 5.4.
93. Kristeva, Julia: 9.1.
94. [Lakoff] Tolmach, Robin: 7.3, 8.3, 9.1, 9.3.
95. Lamarr, Hedy: 3.3., 3.5.
96. Landes, Ruth: 6.1.
97. Law, Vivien: 2.1., 2.2., 2.5.
98. Lencastre, Filipa de: 4.2.
99. Lejárraga [Martínez Sierra], María: 4.2.
100. Lever, Mavis: 3.2.
101. Levine, Suzanne Jill: 4.3.
102. Lichtheim, Miriam: 6.3.
103. Lippi-Green, Rosina: 8.5.
104. Lotbinière-Harwood, Susanne: 4.3.
105. Lovelace, Ada: 2.4, 10.2.
106. Maeztu, María de: 4.2, 4.4.
107. Maier, Carol: 4.3.
108. Malinche, la: 4.2.
109. Mar-Molinero, Clare: 8.5.
110. Martin, Emily: 6.3.
Página 312
111. Martin, Laura: 6.3.
112. Martín Zorraquino, María Antonia: 2.1, 2.5.
113. Marx, Jenny Julia Eleanor: 4.2.
114. McElhinny, Bonnie: 2.5, 7.3, 8.5, 9.4.
115. Mead, Margaret: 2.3, 6.1, 6.2, 9.2.
116. Meijer, Eva: 5.4.
117. Meyer Driscoll, Agnes: 3.3.
118. Mills, Sarah: 7.1, 7.5.
119. Milroy, Lesley: 9.1.
120. Mitchell-Kernan, Claudia: 9.4.
121. Mithun, Marianne: 9.1.
122. Moliner, María: 2.3., 9.5.
123. Morpurgo-Davies, Anna: 2.1.
124. Moure, Teresa 3.5, 4.4. 5.3, 7.3, 8.4.
125. Nebrija, Francisca de: 8.1.
126. Noronha, Leonor de: 4.2.
127. Ouane, Adama: 8.4.
128. Oyarzábal, Isabel: 4.2.
129. Pardo Bazán, Emilia: 4.2.
130. Parezo, Nancy: 6.1.
131. Patterson, Francine: 5.4.
132. Patterson, Lindsey: 4.3, 4.5, 7.3, 8.2, 8.5.
133. Pascua, Isabel: 4.5.
134. Pepperberg, Irene: 5.4.
135. Peronard, Marianne: 9.1.
136. [Picardet] Poullet, Claudine: 4.2.
137. Philips, Susan: 9.4.
138. Phipps, Alison: 7.5.
139. Pound, Louise: 2.3., 9.2.
140. Reichard, Gladys: 6.1, 9.2.
141. Reimóndez, María: 4.3.
142. Romaine, Suzanne: 8.2, 8.5, 9.1.
143. Romero López, Dolores: 4.5.
144. [Roper] More, Margaret: 4.2.
145. Rosaldo, Michelle: 6.2, 6.3.
146. Rosch, Eleanor: 9.1.
147. Ross, Eevi: 2.1.
148. Royer, Clémence Augustine: 4.2.
149. Sacajawea: 4.2.
150. Sáez [de Melgar], Faustina: 4.2.
Página 313
151. Sankoff, Gillian: 9.4.
152. Sanson, Helena: 1.3.
153. Santos, Lucíola L. C. P.: 8.5.
154. Savage-Rumbaugh, Sue: 5.3, 5.4.
155. Schiebinger, Londa: 3.1, 3.5.
156. Schieffelin, Bamby: 6.3.
157. Sew, Jyh Wee: 9.1.
158. Skutnabb-Kangas, Tove: 6.4, 8.4, 8.5.
159. Singer, Ruth: 6.3.
160. Slama-Cazacu, Tatiana: 9.1.
161. Smith, Julia Evelina: 4.2.
162. Smuts, Barbara: 5.4.
163. Spivak, Gayatri: 8.4.
164. Snell-Hornby, Mary: 4.5.
165. Stewart, Miranda: 8.5.
166. Sullivan, Thelma: 6.3.
167. Swacker, Marjorie: 7.3.
168. Tannen, Deborah: 7.3, 9.1.
169. Thomas, Margaret: 2.2.
170. Thompson, Sandra: 9.1.
171. Treichler, Paula: 2.3., 2.5.
172. Tyler, Margaret: 4.2.
173. Valentine, Jean: 3.2.
174. Vanderbilt, Alice: 10.2.
175. Veronelli, Gabriella: 8.5.
176. Vidal de Battini, Berta: 6.3.
177. Vigouroux, Cécile: 8.5.
178. Violi, Patrizia: 7.3, 8.4.
179. West, Candace: 7.3.
180. Wierzbicka, Anna: 6.4., 9.1.
181. Williamson, Kay: 6.3.
182. Woodsworth, Judith: 4.5.
183. Woolard, Kathryn: 6.3.
184. Yip, Moira: 9.1.
185. Young, Iris Marion: 5.4.
186. Zambrano, María: 8.1, 8.2.
187. Zepeda, Ofelia: 6.3.
Página 314
Teresa Moure es
profesora titular de Lingüística General en la Universidad de Santiago de
Compostela. En su trayectoria investigadora y docente se ha centrado en
universales del lenguaje, ecología lingüística y estudios de género.
Paralelamente, ha desarrollado una faceta literaria como novelista, dramaturga,
ensayista y poeta en lengua gallega. Varias de sus obras de creación han sido
traducidas al español (Hierba mora, Artes subversivas para cultivar jardines o
Una madre tan punk) así como a otras lenguas. Con ellas ha ganado diversos
premios (Premio de la Crítica de narrativa gallega 2005, Premio Álvaro
Cunqueiro y Premio María Casares de teatro en 2009 o Premio Ramón Piñeiro de
ensayo en 2005 y en 2012). En 2012 en Queer-emos un mundo novo ya abordaba los
compromisos éticos de un lenguaje inclusivo, un punto de arranque para ahora
revisar la historia de las ideas lingüísticas en busca de voces silenciadas por
cuestión de género.
NOTAS
[1] https://www.thebritishacademy.ac.uk/events/distant-and-neglected-voices-women-history-linguistics/,
consultado el 04/10/19. <<
[2] Vid. Word, 44/2, 1993. <<
[3] El uso de la forma con mayúsculas el Otro
pretende evocar una alteridad diversa, en género y en otros muchos aspectos,
pero he mantenido la forma en masculino para subrayar que durante mucho tiempo
continuó representada por el término dominante. Con frecuencia, el lenguaje
inclusivo, que he intentado mantener escrupulosamente en esta obra, enfrenta
estos problemas de denominación que son, sin duda, problemas de pensamiento y
que subrayan la insuficiencia de nuestras herramientas para abordarlos. <<
[4] Agradezco estos datos a la profesora Pino
Caballero, de la Universidad de La Laguna, quien solícitamente me los ha
proporcionado en comunicación personal. <<
[5] Explicar la complejidad de los métodos
criptográficos exigiría superar el espacio de que disponemos en estas páginas y
desviarnos del objetivo principal. Baste, por tanto, con indicar que el cálculo
de frecuencias implicaría contar el número de apariciones de una letra en un
texto e intentar dar con su correspondencia en la lengua origen detectando cuál
tendría en ella porcentajes similares. <<
[6] Para más información, vid. Moure (2005).
<<
[7] Vid. Seoane y Sanmartín (2019). <<
[8] Para una visión general del campo, vid.
Munday, J. (2009): Introducing Translation Studies: Theories and Applications,
2.ª ed, Londres, Routledge, o Baker, M. (2011): In other Words: A Coursebook on
Translation, 2.ª ed., Londres, Routledge. <<
[9] A modo de ejemplo, vid. Martínez Crespo,
Alicia (1995). <<
[10] Vid.
https://www.traduccionestridiom.com/traductoras-la-mujer-en-la-traduccion/,
consultado el 31/03/2020. <<
[11] En la Europa de los siglos XVIII y XIX los
salones literarios tuvieron gran protagonismo en la difusión cultural. Se
trataba de círculos organizados a modo de reuniones para debatir todo tipo de
asuntos intelectuales, con frecuencia temas científicos y filosóficos, siempre
organizados por una mujer de clase alta, que aportaba un cierto grado de
refinamiento. El papel de las salonnières implicaba ser las anfitrionas que
convocaban en su casa, supervisando que todo fuese bien, pero también ellas,
como organizadoras, y sus amigas participaban activamente en los debates. Visto
con perspectiva de género, las mujeres de la burguesía o la aristocracia,
excluidas del saber formal por la academia, estaban orientando su afán de
conocimiento hacia foros alternativos, donde eran mecenas y animadoras, pero
donde también estaban subvirtiendo las rígidas normas de género que les habían
impuesto. <<
[12] A título de ejemplo, todavía la tesis doctoral
presentada en la Universidad Complutense de Madrid en mayo de 2000 La
traducción en España en el ámbito de las relaciones internacionales con
especial referencia a las naciones y lenguas germánicas (S. XVI-XIX), por
Ingrid
Cáceres Würsig, que
recoge numerosas figuras, no incluía ni una sola mujer. <<
[13] Vid. Darwin Correspondence Project (University
of Cambridge): https://www.darwinproject.ac.uk (cartas 3562 y 3721), consultado
el 21/10/2019. <<
[14] Vid. Castro, Olga (2009). <<
[15] Para más información, vid. Moure (2012).
<<
[16] Vid. Bosque, I. (2012): «Sexismo lingüístico y
visibilidad de la mujer»,
https://www.rae.es/sites/default/files/Sexismo_linguistico_y_visibilidad
_de_la_mujer_0.pdf <<
[17] Vid. Kingsley, Mary (1897): Travels in West
Africa. Trad. esp. J. L. Moreno Ruiz, Viajes por el África Occidental, Madrid,
Valdemar, 2001. <<
[18] Descartes, R. (1637): Discours de la méthode.
Trad. esp. A. Gual Mir, Discurso del método, Madrid, EDAF, 2012, parte V, 41.
<<
[19] El histerismo fue una patologización de
conductas diversas que servía para mantener a las mujeres encerradas en esferas
privadas bajo la disculpa de sus nervios sensibles y el control que su útero
ejercía sobre ellas al ritmo de la luna. En Platón, por cierto, el útero, base
léxica en griego para el histerismo, era concebido como un animal furioso.
<<
[20] Spinoza, B. (1677): Ethica ordine geometrico
demonstrata. Trad.
V. Peña, Ética
demostrada según el orden geométrico, parte IV, proposición XXXVII, escolio I.,
Editora nacional, Madrid, 1975, 302. <<
[21] Vid. Moure (1996): La alternativa no-discreta
en Lingüística. Una perspectiva histórica y metodológica, Universidad de
Santiago de Compostela. <<
[22] Tomo la idea del venir a menos del ensayo del
mismo título del filósofo Brais Arribas (2019), que explora las posibilidades
de un nihilismo débil, abierto a la pluralidad y la diversidad. <<
[23] Oficialmente fue un poco anterior, en 1868,
pero se exigía todavía un permiso expreso de la superioridad para que una mujer
ingresase (González García y Pérez Sedeño, 2002). <<
[24] Carta de B. McClintock a J. R. S. Fincham,
Repositorio de la US Library of Medicine. <<
[25] Sus declaraciones son muy significativas: «He
disfrutado realmente de no estar obligada a defender mis interpretaciones.
Simplemente pude trabajar con el máximo placer. Nunca me sentí con la
necesidad, ni con el deseo, de defender mis puntos de vista» (ibid.). <<
[26] Vid. Anderson, S. (1985): Phonology in the
Twentieth Century. Theories of Rules and Theories of Representations, Univ. Of
Chicago Press. Trad. esp. Elena de Miguel Aparicio, La fonología en el siglo
XX, Madrid, Visor, 1990. <<
[27]
https://culturaypersonalidadblog.wordpress.com/author/marcoeblog/,
entrada 10-10-2016, consultado el 16-04-2020. <<
[28] Cuando escribo esta frase lo primero que
redacto es «si no hubiéramos tenido un ejército haciendo descripciones».
Sustituir las palabras para evitar metáforas que alimenten otros valores es,
también, un aprendizaje que les debemos a estas autoras. <<
[29] Deborah Cameron (1994) introduce algunos
comentarios sobre estas frases de Armstrong, pero como se trata de una anécdota
muy divulgada me he permitido desarrollar una versión personal del relato.
<<
[30] La frase de Ockham «non sunt multiplicanda
entia praeter necessitatem» alerta de que la mejor explicación es siempre la
más simple. Conocida como la navaja de Ockham, es un principio metodológico que
salvaguarda la economía en las teorías y previene acerca de los peligros de
excesivas diferenciaciones. En el estructuralismo, sin embargo, se recurre con
frecuencia a diferenciaciones contrarias a la intuición, como la que
ejemplificamos. <<
[31] Vid. caps. 4 y 6. <<
[32] Vid. Jespersen, O. (1922): Language. It Nature,
Development and Origin, Londres, Allen & Unwin. <<
[33] Para la conexión entre esta línea
sociolingüística y la traducción en Quebec, vid. cap. 4. <<
[34] Para el caso de sociedades con conflictos
lingüísticos abiertos y la tendencia de las mujeres a decidirse en favor de la
lengua dominante vid. Moure (2010, 2012). <<
[35] Mientras reviso estas líneas, el doctor
Fernando Simón, que comparece diariamente ante los medios de comunicación
españoles para explicar los detalles del estado de alarma durante la crisis de
la COVID-19, se presenta a mis ojos como un ejemplo óptimo de este proceder.
También observo comentarios en este sentido en las redes sociales que lo
identifican como un modelo de nueva masculinidad. <<
[36] En el marco hispanohablante, las filosofías del
lenguaje de Acero, Bustos y Quesada (Introducción a la filosofía del lenguaje,
Madrid, Cátedra, 1982), Acero (Filosofía y Análisis del Lenguaje, Madrid,
Cincel, 1985), Bustos Guadaño (Filosofía contemporánea del lenguaje, 2 vols.,
Madrid, UNED, 1987), Hierro Pescador (Principios de filosofía del lenguaje, 2
vols., Madrid, Alianza, 1983) o García Carpintero (Las palabras, las ideas y
las cosas, Barcelona, Ariel, 1996) reflejan perfectamente esta orientación.
<<
[37] Vid. Dascal et al. (1995). <<
[38] Desde una perspectiva contraria a cualquier
forma de racismo podemos asegurar que el color de piel es absolutamente
irrelevante y que no debería ser usado para identificar a nadie. Sin embargo,
el asunto no es tan simple. En el caso de personas que sufren discriminación y
violencia racial fuera de Estados Unidos, negro/a puede ser una etiqueta
relevante porque no se puede hablar de afroamericano/a. Además, parece que la
preferencia está cambiando, pues las propias personas negras que participan
estos días en las protestas #BlackLivesMatter están reclamando nuevamente la
etiqueta black, entre otros motivos porque muchas no pueden remontar sus
genealogías hasta África. <<
[39] El pensador europeo, así en masculino, como
algún otro de los escasos masculinos genéricos usados en este libro, no puede
reemplazarse por una forma inclusiva sin perder buena parte del efecto crítico
que contiene. Como en el caso de la forma el Otro (vid. nota 5 en cap. 3),
pretende evocar la diversidad de esa categoría y, al tiempo, representarla con
el término masculino/dominante. No se trata tanto de defender la opción que en
un momento dado escojamos como de advertir las brechas que se abren al pensamiento
confortable que da todas las categorías por seguras. <<
[40] Vid. Kymlicka, W. (1995) [Multicultural
Citizenship. A Liberal Theory of Minority Rights, Oxford, Claredon Press. Trad.
esp. C. Castells Auleda, Ciudadanía multicultural. Una teoría liberal de los
derechos de las minorías, Barcelona, Paidós, 1996] o Habermas, J. (1995)
[«Multiculturalism and the Liberal State», Stanford Law Review 47/5, 1995,
849-853] y (1996) [Between Facts and Norms, Cambridge (Mass.), The MIT Press].
<<
[41] S. Vertovec (2007) intentó introducir el
concepto de superdiversidad que sería criticado por Ndhlovu (2016) como una
noción blanca y europea, que no toma en cuenta la realidad de otras latitudes.
<<
[42] Vid. Mufwene, S. (2008): Language Evolution.
Contact, Competition and Change, Londres-Nueva York, Continuum. <<
[43] Vid. Crystal, D. (2000): Language Death,
Cambridge Univ. Press. Trad. esp. P. Tena, La muerte de las lenguas, Cambridge
University Press.
<<
[44] Para más información, vid. Moure (2019).
<<
[45] Esas ideas eran: aceptabilidad/gramaticalidad;
adecuación; ambigüedad/vaguedad; filosofía analítica; analítico/sintético;
inteligencia
artificial;
conductismo; cognitivismo; composicionalidad; connotación/denotación;
continuidad; significado convencional; análisis de la conversación; córpora;
teoría de la correspondencia; creatividad; deconstrucción; deducción/inducción;
descripciones definidas; descriptivismo; análisis crítico del discurso; rasgos
distintivos; émico/ ético; empirismo/racionalismo; feminismo; fonología
generativa; semántica generativa; glosemática; holismo; idealismo; implicatura;
indeterminación; innatismo; integracionismo; intencionalidad; intuicion; juegos
del lenguaje; lenguaje del pensamiento; langue/parole; relatividad lingüística;
variable lingüística; lógica; forma lógica; positivismo lógico; mentalismo;
metáfora; minimalismo; modalidad; semántica model-theoretic; nombres;
significado no natural; teoría de la optimalidad; filosofía del lenguaje
ordinario; performativo; fonema; cortesía; corrección política; lógica de
Port-Royal, semántica de mundo posible; postestructuralismo; presuposición;
lenguaje privado; actitudes proposicionales; proposiciones; prototipo;
psicoanálisis; teoría de la relevancia; datos sensoriales; sentido y
referencia; signo y semiótica; semántica situacional; teoría de actos de habla;
estructuralismo; gramática sistémico-funcional; gramática generativo-transformacional;
teorías de la verdad; valor de verdad; tipo/ejemplar; gramática universal;
uso/mención.
<<
[46] Vid. cap. 7. <<
[47] Probablemente la influencia de Piaget se dejaba
sentir en la idea de la semántica generativa de que no había correspondencia
entre estructura profunda y superficial. Sus practicantes se desviaron del
marco ortodoxo al postular que la naturaleza del conocimiento inscrito en el
genoma humano es de naturaleza semántica: la misma expresión usada en contextos
diferentes muestra la necesidad de explicar lo que se quiere decir en lugar de
la forma en que se dice, con la idea al fondo de buscar un conocimiento del mundo,
más o menos universal, que contrasta con las expectativas de cada lengua
particular y que ayudaría a las criaturas de poca edad para guiarse en las
etapas de adquisición. <<
[48] http://www.fundacionramonmenendezpidal.org/mariagoyri/,
consultado el 14/05/2020. <<
[49] Cid (2017: 91), en un detallado trabajo sobre
la bibliografía de esta autora, transcribe una carta de Pascual Urbán a
Menéndez Pidal en 1942 que ilustra adecuadamente los usos sexistas de la época:
«Hace ya cerca de medio siglo tuve el gusto de ser, por breves días, discípulo
de V., que daba un cursillo sobre los orígenes del Castellano en los Estudios
Superiores del Ateneo. Mas no es este grato recuerdo el que me lleva a
escribirle, sino otro más complaciente todavía, y es que, por el año 1896, fui
condiscípulo de una alumna, quizás la única, entonces, de la Central, tan bella
como prudente y aplicada (y no debe V. tomar como lisonja ni menos como piropo
estas palabras, puesto que ella se mostraba tan recatada y virtuosa que nadie,
¡cosa rara en aquellos medios escolares!, se atrevía a requebrarla). Y esta era
su señora, Doña María Goiri [sic], a la que, en recuerdo de mejores tiempos, me
complazco en remitirle, en sobre aparte, un folletito modesto en su forma, pero
interesante en su fondo sobre el Misterio de Elche». <<
Página 365
[50] Fox, Margelit (2008): «Carol Chomsky, 78,
Linguist and Educator, Dies», The New York Times, consultado el 21/10/19.
<<
[51] Carol Chomsky; at 78; Harvard language
professor was wife of MIT linguist <<
[52] Vid. Hockett, C. F. (1980): «Preserving the
Heritage», en B. Davis y R. O’Cain (eds.), First Person Singular: Papers from
the Conference on an Oral Archive for the History of American Linguistics,
Ámsterdam, John Benjamins, 99-107. <<
[53] Shirley Hockett Obituary <<
Página 369
[54]
https://elpais.com/diario/1981/02/10/opinion/350607617_850215.html
<<
[55] D. Sueiro, «¿Será María Moliner la primera
mujer que entre en la Academia?», Heraldo de Aragón, 07-11-1972. <<
[56]
https://elpais.com/diario/1981/01/23/cultura/349052402_850215.html
<<
[57] Vid. Stala, Ewa (2011): «Diccionario de
Catalina la grande (1787-1789)», en Rosanna Krzyszkowska-Pawlik, E. Palka y E.
Stala, Studia Iberystyczne, Ksiegarnia Akademicka, 2011, 151-164. <<
[58] Se trata de léxicos de tagalo, bicol, cagayán,
panganisano, bisaya y zámbala de entre las lenguas de Filipinas; quechua y
aimara de Perú; sáliba de Nueva Granada; y quiché, cakchiquel, tzutujil,
cakchí, pocomano, poqomchí, popoluca, chol, tzotzil, tzendal, chanabal, zoque,
subinha, chiapaneca, mam, cabécar, viceyta, lean, mulia y térraba de Guatemala.
Para más información, vid. Oropesa, F. (2016): «El proyecto enciclopédico de
las lenguas indígenas del nuevo mundo (1785-1792)», consultado02/11/19. <<
[59] Vid. Robins, R. H. (1967): A Short History of
Linguistics, Londres, Longman. Trad. esp. María Condor, Breve historia de la
lingüística, Madrid, Cátedra, 2000. Arens, H. (1955): Sprachwissenschaft. Der
Gang Ihrer Entwicklung von der Antike bis zur gegenwart. Trad. esp. E. Wulff,
La Linguística. Sus textos y su evolución desde la antigüedad hasta nuestros
días, Madrid, Gredos, 1975. <<
[60] Vid. Piller, Ingrid (2020): «Covid-19 Forces Us
to Take Linguistic Diversity Seriously», en G. Boomgaarden (ed.), A De Gruyter
Social Sciences Pamphlet: Perspectives on the Pandemic. International Social
Science Thought Leaders Reflect on Covid-19, Berlin, De Gruyter, 2020, 12-17.
<<
[61] Braidotti, Rosi (2004): Feminismo, diferencia
sexual y subjetividad nómade, Barcelona, Gedisa. Ed. esp. de varios artículos y
conferencias organizada por Amalia Fischer Pfeiffer, 61. <<
FIN

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