© Libro N° 14376. El Artesano. Sennett, Richard. Emancipación. Octubre 18 de 2025
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EL ARTESANO
Richard Sennett
El Artesano
Richard Sennett
El objetivo del
trabajo de Richard Sennett es reivindicar una cultura de lo material que
ofrezca "un cuadro de lo que los humanos sabemos hacer" y que
reconduzca nuestra relación con la naturaleza. Somos materia y accionamos con
ella. Y es en esta acción que el artesano es el más hábil, porque consigue la
mejor conexión entre la mano y la cabeza. Sennett quiere reivindicar el
materialismo, una categoría degradada, "mancillada por el marxismo en la
historia política reciente y por la fantasía y la codicia del consumidor en la
vida cotidiana". Para ello se propone un trabajo en tres partes: El
artesano es la primera de ellas; seguirán otros dos libros: Guerreros y
sacerdotes, "sobre la elaboración de rituales que administran la agresión
y el fervor", y El extranjero, "sobre las habilidades necesarias para
producir y habitar entornos sostenibles".
Sennett hace en El
artesano un despliegue de curiosidad —el gran motor del conocimiento— que le
lleva por campos tan diversos como la escritura, la arquitectura o la música,
siempre a la búsqueda de la habilidad, la peculiar forma de experiencia con que
el artesano se encuentra con la materia y actúa sobre ella. Y al mismo tiempo
la sensibilidad del violinista frustrado por accidente, que es Sennett, ilumina
este viaje antropológico con un inevitable deje de melancolía.
Richard Sennett
El Artesano
ePub r1.0
marianico_elcorto
09.10.13
Título original: The
Craftsman
Richard Sennett,
2008
Traducción: Marco
Aurelio Galmarini
Diseño de portada:
Snowdon / Vogue
Editor digital:
marianico_elcorto
ePub base r1.0
Para Alan y Lindsay
travail, opium
unique
Agradecimientos
Tengo una deuda
especial de gratitud con el filósofo Richard Foley. «¿Cuál es su idea
conductora?», me preguntó Foley en un momento en que me hallaba atascado en mi
proyecto, a lo que respondí, movido por un impulso instantáneo; «Hacer es
pensar». No pareció convencido. En el esfuerzo por convencerlo agradezco su
consejo a mis amigos Joseph Rykwert, Craig Calhoun, Niall Hobhousc y Clifford
Geetz, ya fallecido, mientras que a mis editores Stuart Profitt y John Kulka
les estoy reconocido por sus comentarios a los manuscritos.
En este proyecto he
aprendido de mis estudiantes. En Nueva York agradezco su colaboración sobre
todo a Monika Krause, Erin O’Connor, Alton Phillips y Aaron Panofsky; en
Londres, a Cassim Shepard y Matthew Gill. Admirable fue el trabajo de mi
asistente de investigación, Elizabeth Rusbridger, y lo mismo cabe decir del de
Laura Jones Dooley, la editora del manuscrito de este libro.
Muchos de los
ejemplos de artesanía corresponden a prácticas musicales. Para ellas me he
inspirado en mi temprana experiencia de ejecutante, así como en mis más
recientes conversaciones sobre el oficio musical con tres amigos: Alan
Rusbridger, Ian Bostridge y Richard Goode.
Por último, Saskia
Sassen, Hilaty Koob-Sassen y Rut Blees-Luxembourg me han obsequiado con el
mejor regalo que una familia puede hacer a un escritor: me han dejado a solas
para pensar, fumar y escribir.
Prólogo: el hombre
como creador de sí mismo
LA CAJA DE PANDORA
Hannah Arendt y
Robert Oppenheimer
Poco después de la
crisis cubana de los misiles, aquellos días de 1962 en que el mundo estuvo al
borde de la guerra atómica, me encontré por casualidad en la calle con mi
maestra Hannah Arendt. La crisis de los misiles la había conmovido, como a
todos, pero también la había reafirmado en su convicción más profunda. En La
condición humana había sostenido unos años antes que ni el ingeniero, ni ningún
otro productor de cosas materiales, es dueño y señor de lo que hace; que la
política, instalada por encima del trabajo físico, es la que tiene que
proporcionar la orientación. Ella había llegado a esta convicción en la época
en que el proyecto Manhattan desarrolló las primeras bombas atómicas en Los
Álamos en 1945. Durante la crisis de los misiles, incluso los norteamericanos
aún muy jóvenes en los años de la Segunda Guerra Mundial, experimentaron
auténtico miedo. En las calles de Nueva York hacía un frío de muerte, pero
Arendt permanecía indiferente a la temperatura. Lo que le interesaba era que yo
extrajera la lección correcta, a saber: que, en general, las personas que
producen cosas no comprenden lo que hacen.
El temor de Arendt
a la invención de materia autodestructivo se remonta en la cultura occidental
al mito griego de Pandora. Diosa de la invención, Pandora fue «enviada por Zeus
a la tierra como castigo por la transgresión de Prometeo»[1]. En Los trabajos y
los días, Hesíodo describió a Pandora como el «amargo regalo de todos los
dioses» que, al abrir su caja (según algunas versiones, su jarra) de nuevas
maravillas, «esparció dolores y males entre los hombres»[2]. En el desarrollo
posterior de la cultura griega, sus gentes creyeron cada vez con mayor
convicción que Pandora representaba un aspecto de su propia naturaleza; la
cultura fundada en cosas hechas por el hombre corre continuamente el riesgo de
autolesionarse.
La posible causa de
este riesgo es algo próximo a la inocencia en los seres humanos: a éstos, sin
distinción de género, les seduce lo maravilloso, la excitación, la curiosidad,
de modo que crean la ilusión de que abrir la caja es un acto neutral. Acerca de
la primera arma de destrucción masiva, Arendt podía haber citado una nota que
dejó en su diario Robert Oppenheimer, director del proyecto Manhattan.
Oppenheimer se tranquilizaba con esta afirmación: «Cuando ves algo técnicamente
atractivo, sigues adelante y lo haces; sólo una vez logrado el éxito técnico te
pones a pensar qué hacer con ello. Es lo que ocurrió con la bomba atómica»[3].
El poeta John
Milton contó una historia parecida acerca de Adán y Eva como alegoría de los
peligros de la curiosidad, con Eva en el papel de Oppenheimer. En la
escena cristiana
primitiva de Milton, lo que lleva a los seres humanos a autoinfligirse daño no
es tanto el ansia de sexo como la sed de conocimiento. La imagen de Pandora
aparece con fuerza en los escritos del teólogo moderno Reinhold Niebuhr, quien
observa que es propio de la naturaleza humana creer que tenemos el deber de
intentar todo aquello que parezca posible.
La generación de
Arendt podía cifrar el miedo a la autodestrucción, ponerle números de tal
magnitud que nublaran la mente. En la primera mitad del siglo XX murieron al
menos setenta millones de personas en guerras, campos de concentración y
gulags. A juicio de Arendt, esta cifra representa la combinación de ceguera
científica y poder burocrático (de burócratas sólo preocupados por cumplir con
su trabajo), encarnada en el organizador de los campos de exterminio nazis,
Adolf Eichmann, a cuyo respecto utilizó la expresión «la banalidad del mal».
Hoy, la
civilización material en tiempos de paz exhibe cifras igualmente pasmosas de
autodestrucción. Un millón, por ejemplo, es la cantidad de años que requirió la
naturaleza para crear el combustible fósil que hoy se consume en un solo año.
La crisis ecológica es pandórica, producida por el hombre; la tecnología tal
vez sea un aliado poco fiable para recuperar el control[4]. El matemático
Martin Rees describe una revolución en micro-electrónica de la que se desprende
al menos la posibilidad de un mundo robótico más allá de la capacidad de los
seres humanos normales para dominarlo; Rees imagina rarezas tales como
microrrobots autorreplicantes pensados para limpiar de contaminación la
atmósfera, pero que podrían terminar devorando la biosfera[5]. Un ejemplo más
cercano es el de la ingeniería genética, tanto en la agricultura como en la
ganadería.
El temor de Pandora
crea un clima racional de miedo, pero el miedo puede ser paralizante, realmente
maligno. Por sí misma, la tecnología puede parecer más el enemigo que un simple
riesgo. La caja medioambiental de Pandora se cerró con excesiva facilidad, por
ejemplo, en un discurso que el propio maestro de Arendt, Martin Heidegger,
pronunció en 1949, al final de su vida, en Bremen. En esta infausta ocasión,
Heidegger «minimizó la singularidad del Holocausto en la "historia de los
crímenes cometidos por el hombre" al comparar "la producción de
cadáveres en las cámaras de gas y los campos de exterminio" con la
agricultura mecanizada». En palabras del historiador Peter Kempt, «Heidegger
pensaba que ambas cosas debían considerarse encarnaciones del "mismo
frenesí tecnológico" que, si quedará fuera de control, conduciría a una
catástrofe ecológica mundial»[6].
Si bien es cierto
que la comparación resulta repulsiva, Heidegger se dirige a un deseo real
existente en muchos de nosotros: el de volver a un modo de vida o lograr un
futuro imaginario en los cuales vivir en la naturaleza de una manera más
sencilla. En un contexto distinto, Heidegger, ya mayor, escribió, contra las
pretensiones del moderno mundo de las máquinas, que «esta moderación, esta
preservación, es el
carácter
fundamental de la vida»[7]. Una famosa imagen de estos escritos de vejez invoca
«una cabaña en la Selva Negra» a la que el filósofo se retira, limitando su
lugar en el mundo a la satisfacción de las necesidades elementales[8]. Tal vez
este deseo podría surgir en cualquiera que afrontara las gigantescas
dimensiones de la destrucción moderna.
En el mito antiguo,
los horrores de la caja de Pandora no eran consecuencia de una falta humana;
los dioses estaban furiosos. En una época más secular, el miedo pandórico es
más desconcertante, pues los inventores de las armas atómicas unieron
curiosidad y culpa; las consecuencias no buscadas de la curiosidad son
difíciles de explicar. La producción de la bomba llenó de sentimiento de culpa
a Oppenheimer, lo mismo que a I. I. Raby, Leo Szilard y muchos otros que habían
trabajado en Los Álamos. En su diario, Oppenheimer recordó las palabras del
dios indio Krishna: «Me he convertido en la Muerte, Destructora de mundos»[9].
Expertos en miedo a su propia pericia: ¿qué se puede hacer con esta terrible
paradoja?
Más tarde, en 1953,
cuando pronunció las Conferencias Reith para la BBC, editadas como La ciencia y
el conocimiento común —las transmisiones radiofónicas tenían por finalidad
explicar el lugar de la ciencia en la sociedad moderna—, Oppenheimer sostuvo que
si se consideraba la tecnología como un enemigo, sólo se conseguiría dejar más
indefensa a la humanidad. Sin embargo, abrumado bajo el peso de la preocupación
por la bomba nuclear y su criatura termonuclear, no fue capaz de ofrecer a sus
oyentes ninguna sugerencia práctica acerca de cómo manejarse con ella. Aunque
confundido, Oppenheimer era un hombre de mundo. A una edad relativamente
temprana se le había confiado el proyecto de la bomba durante la Segunda Guerra
Mundial y combinó su privilegiada capacidad mental con el talento para dirigir
un amplio grupo de científicos; sus habilidades eran tanto de orden científico
como empresarial. Pero tampoco a estos colaboradores de confianza pudo
ofrecerles un cuadro satisfactorio de la manera en que se utilizaría su
trabajo. He aquí las palabras de despedida que les dirigió el 2 de noviembre de
1945: «Es bueno dejar a la humanidad en su conjunto el máximo poder posible
para controlar el mundo y convivir con él de acuerdo con sus conocimientos y
sus valores»[10]. Las obras del creador se convirtieron en problema político.
Como ha observado David Cassidy, uno de los biógrafos de Oppenheimer, las
Conferencias de Reith fueron la demostración de «una inmensa decepción, tanto
del orador como de sus oyentes»[11].
Si los expertos no
pueden dar sentido a su trabajo, ¿qué se puede esperar del público? Aunque
sospecho que sabía poco de física, Arendt recogió el desafío de Oppenheimer:
dejar que el público se enfrentara al problema. Ella tenía gran confianza en la
capacidad del público para entender las condiciones materiales en las que vive,
así como en que la acción política podía fortalecer la voluntad de la humanidad
de ser dueña y señora de las cosas, las herramientas y las máquinas. En
cuanto a las armas
de la caja de Pandora, me dijo Arendt, debería haber habido una discusión
pública acerca de la bomba, incluso cuando estaba aún en proceso de
fabricación; fuera o no correcto, creía que esta discusión pública no habría
impedido mantener el secreto del proceso técnico. Las razones de su confianza
se exponen en su libro más importante.
La condición
humana, publicado en 1938, afirma abiertamente el valor de los seres humanos
que hablan franca e ingenuamente entre sí. Dice Arendt; «El habla y la acción,
son los modos en que los seres humanos se manifiestan unos a otros no como
objetos físicos, sino en cuanto hombres. Esta manifestación, en la medida en
que se distingue de la mera existencia corporal, se basa en la iniciativa, pero
se trata de una iniciativa de la cual ningún ser humano puede abstenerse sin
dejar de ser humano». Y declara: «Una vida sin habla y sin acción está
literalmente muerta para el mundo»[12]. En este ámbito público la gente debería
decidir, a través del debate, qué tecnologías habría que estimular y cuáles
debieran reprimirse. Aunque es posible que esta afirmación sobre el intercambio
de ideas parezca idealista, Arendt era a su manera una filósofa eminentemente
realista que sabía que la discusión pública acerca de los límites humanos nunca
puede ser una política de la felicidad.
Tampoco creía
Hannah Arendt en verdades religiosas o naturales que dieran estabilidad a la
vida. Más bien, al igual que John Locke y Thomas Jefferson, creía que una
organización política no es lo mismo que un monumento histórico o un lugar
declarado «patrimonio de la humanidad»: las leyes deben ser modificables. Según
esta tradición liberal, las reglas que emanan de la deliberación han de ser
cuestionadas cuando cambian las condiciones y se profundiza la reflexión; de
esta manera cobran existencia nuevas reglas, también provisionales. La
contribución de Arendt a esta tradición estriba en parte en la intuición de que
el proceso político guarda exacto paralelismo con la condición humana de dar a
luz hijos, criarlos y luego dejarlos marchar. Arendt habla de natalidad cuando
describe el proceso de nacimiento, formación y separación en política[13]. El
rasgo esencial de la vida es que nada perdura; sin embargo, en política
necesitamos algo que nos oriente, que nos ponga por encima de las confusiones
del momento. Las páginas de La condición humana exploran cómo podría el
lenguaje ayudarnos a nadar, por así decir, en las procelosas aguas del tiempo.
En cuanto alumno de
Hannah Arendt hace medio siglo, siempre he hallado inspiración en su filosofía,
pese a que ya entonces no me pareciera muy adecuada para tratar las cosas
materiales y las prácticas concretas contenidas en la caja de Pandora. El buen
maestro imparte una explicación satisfactoria; el gran maestro — Arendt era una
gran maestra— produce inquietud, transmite intranquilidad, invita a pensar.
Entonces creía oscuramente, y hoy lo veo más claro, que la dificultad de Arendt
para el tratamiento de Pandora estriba en su distinción entre Animal laborans
y Homo faber.
(Naturalmente, hombre, en sentido general, no sólo significa personas de sexo
masculino. A lo largo de este libro, cuando tenga que utilizar un lenguaje
marcado por el género, trataré de dejar clara esta circunstancia). Éstas son
dos imágenes de personas en el trabajo, imágenes austeras de la condición
humana, puesto que la filósofa excluye el placer, el juego y la cultura.
El Animal laborans,
como la propia expresión da a entender, es el ser humano asimilable a una
bestia de carga, un siervo condenado a la rutina. Arendt enriquece esta imagen
suponiendo a este siervo absorbido en una tarea que deja el mundo fuera, estado
muy bien ejemplificado en la sensación de Oppenheimer de que la bomba atómica
era un problema «tentador», o la obsesión de Eichmann por asegurar la
eficiencia de las cámaras de gas. Con tal de lograrlo, ninguna otra cosa
importa: para el Animal laborans el trabajo es un fin en sí mismo.
Por el contrario,
Homo faber es para Arendt la imagen de hombres y mujeres que hacen otra clase
de trabajo, que producen una vida en común. Una vez más, Arendt enriquece una
idea heredada. La etiqueta latina Homo faber no significa otra cosa que «hombre
en cuanto productor». La frase aparece en los escritos renacentistas sobre
filosofía y en las artes; dos generaciones antes que Arendt, Henri Bergson la
había aplicado a la psicología; ella la aplica a la política, y de un modo
especial. Homo faber es el juez del trabajo y la práctica materiales; no el
colega del Animal laborans, sino su superior. A juicio de Arendt, nosotros, los
seres humanos, vivimos en dos dimensiones. En una hacemos cosas; en esta
condición somos amorales, estamos absortos en una tarea. También anida en
nosotros otro modo de vida superior; en él detenemos la producción y comenzamos
a analizar y juzgar juntos. Mientras que para el Animal laborans sólo existe la
pregunta «¿cómo?», el Homo faber pregunta «¿por qué?».
Esta división me
parece falsa, porque menosprecia a la persona práctica volcada en su trabajo.
El animal humano que es el Animal laborans tiene capacidad de pensar, el
productor mantiene discusiones mentales con los materiales mucho más que con
otras personas; pero no cabe duda de que las personas que trabajan juntas
hablan entre sí sobre lo que hacen. Para Arendt, la mente entra en
funcionamiento una vez terminado el trabajo. Más equilibrada es la versión
según la cual en el proceso de producción están integrados el pensar y el
sentir.
Lo interesante de
esta observación, tal vez demasiado evidente, reside en su relación con la caja
de Pandora. Dejar que la «gente reconozca el problema» una vez terminado el
trabajo significa confrontar a las personas con hechos habitualmente
irreversibles en la práctica. El compromiso debe comenzar antes y requiere una
comprensión mayor, más elaborada, del proceso por el cual se pasa mientras se
producen cosas, un compromiso más materialista que el de pensadores como
Arendt. Para tratar con Pandora es preciso un materialismo cultural más
rotundo.
Junto a la palabra
materialismo debería enarbolarse una bandera de advertencia; ha sido degradada,
mancillada, por el marxismo en la historia política reciente y por la fantasía
y la codicia del consumidor en la vida cotidiana. El pensamiento «materialista»
también es oscuro porque la mayoría de las personas utilizamos objetos tales
como ordenadores o automóviles, que no fabricamos nosotros mismos y que no
comprendemos. En torno a «cultura», una vez el crítico literario Raymond
Williams llegó a contar varios centenares de usos modernos del término[14].
Este asilvestrado jardín verbal se divide aproximadamente en dos grandes capas:
en una, la cultura está representada únicamente por las artes; en la otra, por
las creencias religiosas, políticas y sociales que unen a un pueblo. Con harta
frecuencia, al menos en ciencias sociales, la expresión «cultura material»
desprecia las telas, los tableros de circuitos o el pescado al horno como
objetos dignos de consideración por sí mismos; en cambio, considera que la formación
de esas cosas físicas es reflejo de normas sociales, intereses económicos o
convicciones religiosas; se prescinde de la cosa en sí misma.
En estas
condiciones, necesitamos abrir una página nueva. Podemos hacerlo simplemente
preguntando —aunque las respuestas no son en absoluto simples— que nos enseña
de nosotros mismos el proceso de producir cosas concretas. Aprender de las
cosas requiere preocuparse por las cualidades de las telas o el modo correcto
de preparar un pescado; buenos vestidos o alimentos bien cocinados pueden
habilitarnos para imaginar categorías más amplias de «lo bueno». Abierto a los
sentidos, el materialista cultural quiere investigar dónde se encuentra placer
y cómo se organiza éste. Lleno de curiosidad por las cosas en sí mismas, quiere
comprender cómo pueden generar valores religiosos, sociales o políticos. El
Animal laborans serviría de guía al Homo faber.
En mi vejez he
regresado mentalmente a aquella calle del Upper West Side. Quiero exponer el
argumento que en mi juventud no fui capaz de formular a Arendt, el de que la
gente puede aprender de sí misma a través de las cosas que produce, que la
cultura material importa. Al envejecer, mi maestra alentó mayor esperanza en
que las capacidades de juicio del Homo faber salvarían de sí misma a la
humanidad. En el invierno de mi vida, en cambio, ha aumentado mi esperanza
acerca del animal humano en el trabajo. El contenido de la caja de Pandora
puede hacerse menos temible; sólo podemos lograr una vida material más humana
si comprendemos mejor la producción de las cosas.
EL PROYECTO
«El artesano»,
«Guerreros y sacerdotes», «El extranjero»
Éste es el primero
de tres libros sobre cultura material, todos relativos a los
peligros de la caja
de Pandora, aunque cada uno está pensado como volumen independiente. Este versa
sobre la artesanía, la habilidad de hacer las cosas bien; el tema del segundo
es la elaboración de rituales que administran la agresión y el fervor; el tercero
explora las habilidades necesarias para producir y habitar entornos
sostenibles. Los tres atañen a la cuestión de la técnica, pero entendida más
como asunto cultural que como procedimiento irreflexivo; cada uno se refiere a
una técnica para llevar un modo de vida particular. El amplio proyecto contiene
una paradoja personal de la que he tratado de hacer un uso productivo: la de
ser yo un escritor de mentalidad filosófica que se interroga acerca de
cuestiones tales como la talla en madera, la instrucción militar o los paneles
solares.
Es posible que el
término «artesanía» sugiera un modo de vida que languideció con el advenimiento
de la sociedad industrial, pero eso es engañoso, «Artesanía» designa un impulso
humano duradero y básico, el deseo de realizar bien una tarea, sin más. La artesanía
abarca una franja mucho más amplia que la correspondiente al trabajo manual
especializado. Efectivamente, es aplicable al programador informático, al
médico y al artista; el ejercicio de la paternidad, entendida como cuidado y
atención de los hijos, mejora cuando se practica como oficio cualificado, lo
mismo que la ciudadanía. En todos estos campos, la artesanía se centra en
patrones objetivos, en la cosa en sí misma. Sin embargo, a menudo las
condiciones sociales y económicas se interponen en el camino de disciplina y
compromiso del artesano: las escuelas pueden no proporcionar las herramientas
adecuadas para hacer bien el trabajo y los lugares de trabajo pueden no valorar
verdaderamente la aspiración de calidad. Y aunque la artesanía recompense a un
individuo con una sensación de orgullo por el trabajo realizado, esta
recompensa no es simple, A menudo el artesano tiene que hacer frente a
conflictivos patrones objetivos de excelencia: el deseo de hacer bien algo sólo
por hacerlo bien puede verse obstaculizado por la presión de la competencia, la
frustración o la obsesión.
El artesano explora
estas dimensiones de habilidad, compromiso y juicio de una manera particular.
Se centra en la estrecha conexión entre la mano y la cabeza. Todo buen artesano
mantiene un diálogo entre unas prácticas concretas y el pensamiento; este diálogo
evoluciona hasta convertirse en hábitos, los que establecen a su vez un ritmo
entre la solución y el descubrimiento de problemas. La conexión entre la mano y
la cabeza se advierte en dominios aparentemente tan distintos como la
albañilería, la cocina, el diseño de un patio de recreo o la ejecución musical
al violonchelo, pero todas estas prácticas pueden fracasar o no desarrollarse
plenamente. No hay nada inevitable en lo tocante a la adquisición de una
habilidad, de la misma manera en que no hay nada irreflexivamente mecánico en
torno a la técnica misma.
La civilización
occidental ha tenido un problema de honda raigambre a la hora de establecer
conexiones entre la cabeza y la mano, de reconocer y alentar el impulso
propio de la
artesanía. Estas dificultades se exploran en la primera parte del libro.
Comienza como un relato acerca de los talleres —los gremios de orfebres
medievales, los talleres de los fabricantes de instrumentos musicales como
Antonio Stradivarius, los laboratorios modernos—, donde los maestros y los
aprendices trabajan juntos, pero no como iguales. La lucha del artesano con las
máquinas se manifiesta en el invento dieciochesco de los robots, en las páginas
de esa biblia de la Ilustración que es la Enciclopedia de Diderot y en el
creciente temor del siglo XIX a las máquinas industriales. La conciencia de los
materiales, propia del artesano, recorre la larga historia de la producción de
ladrillos, una historia que se extiende desde la antigua Mesopotamia hasta
nuestros días y que muestra la manera en que trabajadores anónimos pueden dejar
huella de sí mismos en objetos inanimados.
En su segunda
parte, el libro explora más detalladamente el desarrollo de la destreza.
Presento dos argumentos polémicos: en primer lugar, que todas las habilidades,
incluso las más abstractas, empiezan como prácticas corporales; en segundo
lugar, que la comprensión técnica se desarrolla a través del poder de la
imaginación. El primer argumento se centra en el conocimiento que se obtiene en
la mano a través del tacto y el movimiento. El argumento acerca de la
imaginación comienza con la exploración del lenguaje que intenta dirigir y
orientar la habilidad corporal. Este lenguaje alcanza su máxima funcionalidad
cuando muestra de modo imaginativo cómo hacer algo. La utilización de
herramientas imperfectas o incompletas estimula la imaginación a desarrollar habilidades
aptas para la reparación y la improvisación. Ambos argumentos se combinan en la
reflexión sobre la manera en que la resistencia y la ambigüedad pueden ser
experiencias instructivas; para trabajar bien, antes que luchar contra estas
experiencias, todo artesano tiene que aprender de ellas. Un variado grupo de
casos ilustra el fundamento de la habilidad en la práctica física: los hábitos
manuales de pulsar una tecla de piano o usar un cuchillo; las recetas escritas
que orientan al novato en la cocina; el uso de instrumentos científicos
imperfectos, como los primeros telescopios, o instrumentos extraños como el
escalpelo del anatomista; las máquinas y los planos de construcción que pueden
operar con la resistencia del agua o las variedades del terreno. Desarrollar
habilidades en todos estos campos es difícil, pero no es ningún misterio.
Podemos comprender los procesos imaginativos que nos capacitan para mejorar la
producción de las cosas.
En su tercera
parte, el libro se ocupa de problemas más generales de motivación y de talento.
Aquí el argumento es que, por una razón en particular, la motivación importa
más que el talento. El deseo de calidad del artesano plantea un peligro
motivacional: la obsesión por conseguir cosas perfectas podría estropear el
propio trabajo. Como artesanos, sostengo, es más fácil que fallemos por
incapacidad para organizar la obsesión que por falta de habilidad. La
Ilustración creía que todo el
mundo posee la
capacidad de hacer un buen trabajo, que en la mayoría de nosotros hay un
artesano inteligente. Esta confianza tiene sentido aún hoy.
No hay duda de que,
desde un punto de vista ético, la artesanía es ambigua. Robert Oppenheimer fue
un artesano comprometido, que llevó sus habilidades técnicas al extremo de
producir la mejor bomba que le fue posible. Sin embargo, el ethos del artesano
contiene corrientes compensatorias, como ocurre con el principio de utilizar el
mínimo de energía en el esfuerzo físico. El buen artesano, además, emplea
soluciones para desvelar un territorio nuevo; en la mente del artesano, la
solución y el descubrimiento de problemas están íntimamente relacionados. Por
esta razón, la curiosidad puede preguntar indistintamente «por qué» y «cómo»
acerca de cualquier proyecto. De esta suerte, el artesano está a la sombra de
Pandora y puede a la vez evadirse de ella.
El libro termina
reflexionando sobre cómo el modo de trabajar del artesano puede servir para
anclarse en la realidad material. La historia ha trazado falsas líneas
divisorias entre práctica y teoría, técnica y expresión, artesano y artista,
productor y usuario; la sociedad moderna padece esta herencia histórica. Pero
el pasado de la artesanía y los artesanos también sugiere maneras de utilizar
herramientas, organizar movimientos corporales y reflexionar acerca de los
materiales, que siguen siendo propuestas alternativas viables acerca de cómo
conducir la vida con habilidad.
Los volúmenes
siguientes se basan en la naturaleza del oficio tal como se expone en este
primer libro. Pandora sigue siendo su instigación. Pandora es una diosa de
destrucción agresiva; el sacerdote y el guerrero, que en la mayoría de las
culturas se entrelazan, son sus representantes. En el segundo volumen del
proyecto exploro lo que podría exaltar o atemperar sus poderes combinados.
Tanto la religión
como la guerra se organizan mediante rituales; por mi parte, investigo los
rituales como un tipo de oficio. Es decir que me interesan menos las ideologías
del nacionalismo o la yihad que las prácticas rituales que entrenan y
disciplinan el cuerpo humano para atacar o rezar, o los rituales que producen
el despliegue de grupos de cuerpos en el campo de batalla o en los espacios
sagrados. Una vez más, los códigos de honor se hacen concretos mediante la
coreografía de movimientos y gestos en el interior de continentes físicos
formados por muros, campamentos militares y campos de batalla, por un lado, y,
por otro lado, por santuarios, cementerios, monasterios y lugares de retiro. El
ritual requiere habilidad; debe estar bien hecho. El sacerdote-artesano o el
guerrero-artesano compartirán el ethos de otros artesanos cuando intenten hacer
bien su trabajo por el simple hecho de hacerlo bien. El aura que rodea el
ritual sugiere el misterio de su origen, velado mientras opera. Guerreros y
sacerdotes trata de ver detrás de este velo, explorando de qué manera el oficio
del ritual hace física la fe. Mi propósito en este estudio es comprender cómo
se podría alterar el matrimonio fatal de religión y agresión
mediante el cambio
de las prácticas rituales de uno y otra. Se trata, sin duda, de una reflexión
puramente teórica; con todo, explorar cómo sería posible cambiar o regular el
comportamiento concreto parece más realista que aconsejar un cambio de ánimo.
El último libro del
proyecto vuelve a un terreno más seguro, la tierra misma. Tanto en la cuestión
de los recursos naturales como en la del cambio climático afrontamos una crisis
física que en gran parte afecta a nuestro propio hacer humano. Hoy, el mito de
Pandora se ha convertido en un símbolo secular de autodestrucción. Para hacer
frente a esta crisis física estamos obligados a cambiar tanto las cosas que
producimos como nuestro modo de utilizarlas. Necesitaremos aprender otras
maneras de construir edificios, utilizar los transportes e idear rituales que
nos acostumbren a ahorrar. Necesitaremos convertirnos en buenos artesanos del
medio ambiente.
El término
«sostenible» se usa hoy para expresar este tipo de artesanía, y es portador de
una carga particular. «Sostenible» sugiere vivir en unión más íntima con la
naturaleza —como imaginaba Martin Heidegger en su vejez—, establecer un
equilibrio entre nosotros y los recursos de la tierra, imagen de armonía y de
reconciliación. A mi juicio, es una manera inadecuada, insuficiente, de
considerar el oficio medioambiental: para cambiar los procedimientos
productivos y al mismo tiempo los rituales de uso hace falta una autocrítica
más radical. Más vigoroso sería el impulso a cambiar la manera en que hemos
empleado los recursos si nos imagináramos como inmigrantes empujados por el
azar o el destino a un territorio que no es el nuestro, extranjeros en un lugar
que no podemos dominar como propio.
El extraño, observa
el sociólogo Georg Simmel, aprende el arte de la adaptación de una manera más
minuciosa, aunque más penosa, que la gente que se siente con derecho de
pertenencia, en paz con su entorno. Además, a juicio de Simmel, el extranjero
refleja fielmente la sociedad en la que ingresa, ya que no puede dar por
sentados determinados modos de vida que para los nativos son completamente
naturales[15]. Tan grandes son los cambios que se requieren para modificar los
acuerdos a los que llega la humanidad con el mundo físico, que únicamente esta
sensación de autodesplazamiento y extrañeza puede impulsar las prácticas reales
de cambio y la reducción de nuestros deseos de consumo; el sueño de vivir en
equilibrio y en paz con el mundo corre el riesgo, a mi juicio, de llevarnos a
tratar de escapar a una naturaleza idealizada antes que a hacer frente al uso
autodestructivo del territorio que hemos practicado realmente. Al menos éste es
el punto de partida en mi esfuerzo por comprender otro tipo de técnicas de habilidad
medioambiental y la razón por la cual he titulado El extranjero este tercer
volumen. Hoy en día, esta habilidad nos es ajena.
Éste es, en
resumen, el proyecto sobre cultura material que tengo previsto. El
artesano, Guerreros
y sacerdotes y El extranjero nos transmiten en conjunto un relato acerca de la
declaración del Coriolano de Shakespeare: «Soy el creador de mí mismo».
Materialmente, los seres humanos tienen una gran habilidad para lograr hacerse
un lugar en el mundo. Pandora planea sobre esta historia en objetos, rituales y
en la tierra misma. Nunca se puede poner a Pandora a descansar; la diosa griega
representa inextinguibles poderes humanos de mala gestión, de daño
autoinfligido y de confusión. Pero, si estos poderes se entienden
materialmente, tal vez se los pueda tener a raya.
Escribo en el marco
de una larga tradición, la del pragmatismo norteamericano, tradición que se
explica más ampliamente al final de este volumen. El pragmatismo ha tratado de
unir la filosofía a las prácticas concretas de las artes y las ciencias, a la economía
política y a la religión; su carácter distintivo es la búsqueda de problemas
filosóficos insertos en la vida cotidiana. El estudio de la artesanía y la
técnica es simplemente el lógico paso siguiente en la historia del desarrollo
del pragmatismo.
UNA NOTA SOBRE
HISTORIA
La brevedad del
tiempo
En este proyecto,
la idea de utilizar el registro de la historia se la debo a un experimento
mental que propone el biólogo John Maynard Smith, quien nos pide que imaginemos
una película de dos horas de duración que, a gran velocidad, cronometre la
evolución desde los primeros vertebrados hasta nuestra aparición: «el hombre
productor de herramientas aparecería únicamente en el último minuto». Luego el
biólogo imagina una segunda película de dos horas que haga un seguimiento de la
historia del hombre productor de herramientas: «la domesticación de los
animales y las plantas se mostraría sólo en el último medio minuto, y el
período transcurrido entre la invención del motor de vapor y el descubrimiento
de la energía atómica no ocuparía más de un segundo»[16].
El objetivo del
experimento mental es desafiar la famosa declaración que abre El mensajero, la
novela de L. P. Hartley: «El pasado es un país extranjero». En los quince
segundos del relato documentado de la civilización, no hay razón por la cual
Homero, Shakespeare, Goethe o simplemente las cartas de una abuela, tendrían
que ser ajenos a nuestra comprensión. En la historia natural, el tiempo de la
cultura es breve. Sin embargo, en estos mismos pocos segundos los seres humanos
han ideado modos de vida enormemente distintos.
En el estudio de la
cultura material he tratado el registro histórico como un catálogo de
experimentos de la producción de objetos, realizada por experimentadores no
ajenos a nosotros, cuyos experimentos nos son comprensibles.
Si, desde este
punto de vista, el tiempo de la cultura es breve, desde otro punto de
vista es largo.
Dado que telas, recipientes, herramientas y máquinas son objetos sólidos,
podemos volver a ellos una y otra vez a lo largo del tiempo; podemos demorarnos
en ellos como no podemos hacerlo en el curso de una discusión. La cultura
material tampoco obedece a los ritmos de la vida biológica. Los objetos no se
desintegran inevitablemente desde dentro, como un cuerpo humano. Las historias
de las cosas siguen un curso diferente, en el que la importancia del papel de
la metamorfosis y la adaptación crece a través de generaciones humanas.
Podía haber dado a
esta exploración la forma de un relato estrictamente lineal, comenzando por los
griegos y terminando en la actualidad. En cambio, he preferido escribir según
un criterio temático, moverme entre el pasado y el presente, convocar el registro
experimental. Cuando he considerado que el lector requeriría un contexto
detallado, lo he proporcionado; en caso contrario, no.
En resumen, la
cultura material ofrece un cuadro de lo que los seres humanos son capaces de
hacer. Esta visión aparentemente ilimitada tiene sus fronteras en el daño
autoinfligido, ya sea inocente, intencionado o accidental. No es probable que
el repliegue a valores espirituales aporte gran ayuda a la hora de vérselas con
Pandora. Mejor guía sería la naturaleza, siempre que entendamos nuestros
propios trabajos como parte de su ser.
Primera parte.
Artesanos
1. El artesano
atribulado
La idea de artesano
evoca de inmediato una imagen. Si se atisba a través de la ventana de un taller
de carpintero, se ve en el interior un hombre mayor rodeado de sus aprendices y
sus herramientas. Reina allí el orden, distintas partes de sillas juntas y
cuidadosamente sujetas, el olor fresco de la viruta de la madera llena la
habitación, el carpintero se inclina sobre su mesa de trabajo para realizar una
delicada incisión de marquetería. El taller está amenazado por una futura
fábrica de muebles.
También podría
verse al artesano en un laboratorio cercano. Allí, una joven técnica frunce el
ceño ante una mesa sobre la que seis conejos muertos yacen boca arriba y con un
corte en el vientre. Mira con preocupación porque ha habido algún problema con
la inyección que les ha aplicado y trata de determinar si ha cometido un error
en el procedimiento o si es éste el que falla.
A un tercer
artesano se lo puede oír en la sala de conciertos de la ciudad. Allí una
orquesta está ensayando con un director invitado; éste trabaja obsesivamente
con la sección de cuerdas de la orquesta, repitiendo una y otra vez un pasaje
para lograr que los músicos deslicen sus respectivos arcos sobre las cuerdas
exactamente a la misma velocidad. Los instrumentistas están cansados, pero
también alegres, porque su sonido va ganando cohesión. El gerente de la
orquesta está preocupado; si el director invitado insiste, el ensayo entrará en
horas extraordinarias, con los consiguientes costes suplementarios para la
administración. El director es ajeno a eso.
El carpintero, la
técnica de laboratorio y el director son artesanos porque se dedican a hacer
bien su trabajo por el simple hecho de hacerlo bien. Su actividad es práctica,
pero su trabajo no es simplemente un medio para un fin que los trasciende. El
carpintero podría vender más muebles si trabajara más rápidamente; la técnica
del laboratorio podría pasar el problema a su jefe; el director invitado
tendría mayores probabilidades de ser nuevamente contratado si mirase el reloj.
No cabe duda de que es posible arreglárselas en la vida sin entrega. El
artesano representa la condición específicamente humana del compromiso. Uno de
los objetivos de este libro es explicar cómo se adquiere un compromiso a través
de la práctica, pero no necesariamente de modo instrumental.
No se entiende bien
la artesanía, como he comentado en el prólogo, cuando se la equipara únicamente
a una habilidad manual como la del carpintero. En relación con los trabajos del
artesano, el alemán emplea la palabra Handwerk, y el francés artisanal. El
inglés puede ser más inclusivo, como ocurre con el término statecrafi (oficio
de gobernar); Antón Chéjov aplicaba el término ruso mastersvo tanto a su
habilidad de médico como de escritor. En primer lugar quisiera abordar todas
estas prácticas concretas como si se tratara de laboratorios en los que es
posible investigar sentimientos e ideas. Un segundo objetivo de este estudio es
explorar qué sucede cuando se separan la mano y la cabeza, la técnica y la
ciencia, el arte y el oficio. Mostraré cómo sufre entonces la cabeza, cómo se
ven dañadas tanto la comprensión como la expresión.
Toda artesanía se
funda en una habilidad desarrollada en alto grado. De acuerdo con una medida de
uso común, para producir un maestro carpintero o músico hacen falta diez mil
horas de experiencia. Diversos estudios muestran que, a medida que progresa, la
habilidad mejora su sintonía con el problema, como en el caso de la técnica de
laboratorio que se preocupa por el procedimiento, mientras que la gente con
niveles elementales de habilidad se debate de modo más exclusivo por conseguir
que las cosas funcionen. En sus niveles superiores, la técnica ya no es una
actividad mecánica; se puede sentir más plenamente lo que se está haciendo y
pensar en ello con mayor profundidad cuando se hace bien. Mostraré que los
problemas éticos del oficio hacen su aparición cuando se alcanza la maestría.
La recompensa
emocional que la artesanía brinda con el logro de la habilidad es doble: el
artesano se basa en la realidad tangible y puede sentirse orgulloso de su
trabajo. Pero la sociedad ha obstaculizado estas recompensas en el pasado y
sigue haciéndolo hoy. En diferentes momentos de la historia occidental, la
actividad práctica ha sido degradada, se la ha divorciado de objetivos
supuestamente superiores. La habilidad técnica ha sido desterrada de la
imaginación; la realidad tangible, cuestionada por la religión, y el orgullo
del trabajo propio considerado como un lujo. Si el artesano se destaca por ser
una persona comprometida, sus aspiraciones e intentos reflejarán estos
problemas generales del pasado y el presente.
EL HEFESTO MODERNO
Las tejedoras
antiguas y los programadores de Linux
Una de las
celebraciones más tempranas del artesano se halla en el himno homérico al dios
patrón de los artesanos, Hefesto: «A Hefesto, famoso por su industria, canta,
Musa de voz sonora, el que junto a Atena, la de ojos de lechuza, oficios
ilustres enseñó a los hombres que moran sobre la tierra, quienes antes en
grutas de las montañas habitaban como fieras. Pero ahora, habiendo aprendido
oficios
gracias a Hefesto,
famoso por su ingenio, con holgura, en tanto se suceden los años, su vida pasan
sin cuidado, en sus propias casas»[17]. Por su espíritu, el poema se opone a la
leyenda de Pandora, que surge más o menos en la misma época. Pandora influye
decisivamente en la destrucción; Hefesto, en el artesano como dador de paz y
productor de civilización.
Puede parecer que
el himno a Hefesto no celebra más que un cliché según el cual una civilización
comienza cuando los seres humanos empiezan a usar herramientas. Pero este himno
fue escrito miles de años después de la fabricación de herramientas tales como
cuchillos, la rueda y el telar, Al ser más que un técnico, el artesano
civilizador ha empleado estas herramientas para un bien colectivo, el de poner
fin a la deambulante existencia de una humanidad formada por
cazadores-recolectores o guerreros sin arraigo. Al reflexionar sobre el himno
homérico a Hefesto, un historiador moderno ha escrito que puesto que la
artesanía «sacó a la gente del aislamiento, personificado por los Cíclopes,
habitantes de las cavernas, para los primeros griegos el oficio y la comunidad
eran indisociables»[18].
La palabra que el
himno utiliza para designar al artesano es demioergos, término compuesto a
partir de público (demios) y productivo (ergon). El artesano arcaico ocupaba
una franja social aproximadamente equivalente a la clase media. Además de los
trabajadores manuales cualificados, como los alfareros, entre los demioergoi se
contaban los médicos y los magistrados inferiores, así como los cantantes y los
heraldos que en tiempos antiguos hacían las veces de los actuales presentadores
de noticias. Esta franja de ciudadanos comunes vivía entre los aristócratas,
relativamente escasos, que no trabajaban, y la masa de esclavos, que realizaban
la mayor parte del trabajo y que en muchos casos poseían grandes habilidades
técnicas, pero cuyos talentos no les procuraban ningún reconocimiento político
ni de derechos[19]. Era en esta sociedad arcaica donde el himno honraba como
civilizadores a quienes combinaban la cabeza y la mano.
La Grecia arcaica,
como muchas otras sociedades que hasta hace muy poco los antropólogos
calificaban de «tradicionales», daban por supuesto que las habilidades debían
transmitirse de generación en generación. Este supuesto es más notable de lo
que podría parecer. En la sociedad tradicional «de las habilidades», las normas
sociales cuentan más que las dotes individuales. El desarrollo de los talentos
de un individuo dependía de que se respetaran las reglas establecidas por
generaciones anteriores; poco significaba en este contexto la expresión más
moderna de «genio» personal. Llegar a tener habilidad requería, en lo personal,
ser obediente. Quien fuera que compuso el himno a Hefesto, aceptaba la
naturaleza de este vínculo comunitario. Como ocurre con los valores más
profundamente arraigados de cualquier cultura, parecía evidente la
identificación con otros artesanos como conciudadanos. La habilidad los unía a
sus antepasados lo mismo que a sus semejantes. En su evolución
gradual, pues, las
habilidades tradicionales parecen exentas del principio de «natalidad» de
Hannah Arendt.
Si en la época de
Homero se celebraba al artesano como una persona pública, hombre o mujer, en
los tiempos clásicos el honor del artesano se había ensombrecido. El lector de
Aristófanes encuentra un pequeño signo de este cambio en el desdén con que este
autor trata a los alfareros Kittos y Bacchios como bufones estúpidos en virtud
del trabajo que realizan[20]. Más grave es el presagio de la fortuna declinante
del artesano que aparece en los escritos de Aristóteles dedicados a la
naturaleza del oficio. En la Metafísica declara: «Pensamos que los arquitectos
de cualquier profesión son más admirables, tienen más conocimientos y son más
sabios que los artesanos, porque conocen las razones de lo que hacen»[21].
Aristóteles abandona el viejo término para referirse al artesano, demioergos, y
emplea en cambio jeirotejnon, que significa simplemente trabajador manual[22].
Este cambio tuvo un
significado particular, ambiguo, para las mujeres trabajadoras. Desde los
tiempos más antiguos, la tejeduría fue un oficio reservado a las mujeres, a las
que investía de respeto en el dominio público. El himno destaca oficios como la
tejeduría, en cuanto prácticas que ayudan a civilizar a las tribus de
cazadores-recolectores. Cuando la sociedad arcaica se hizo clásica, todavía se
celebraba la virtud pública de las tejedoras. En Atenas, las mujeres hilaban
una tela, el peplos, que luego exhibían por las calles de la ciudad en un
ritual anual. Pero otros oficios domésticos, como el de cocinar, no tenían el
mismo estatus público, y ningún oficio daría a las mujeres atenienses de la era
clásica el derecho a votar. El desarrollo de la ciencia clásica contribuyó a
cargar la habilidad de sentido genérico, lo que terminó en la aplicación del
término «artesano» únicamente a los hombres. Esta ciencia oponía la destreza
manual del hombre a la fuerza de los órganos internos de las mujeres como portadoras
del hijo en su seno; contrastaba los músculos de los brazos y las piernas de
uno y otro sexo, más fuertes en los hombres que en las mujeres, y daba por
supuesto que el cerebro masculino era más «musculoso» que el femenino[23].
Esta distinción de
carácter genérico sembró la semilla de una planta que ha sobrevivido hasta hoy:
la mayor parte de las habilidades domésticas parece de distinta naturaleza que
el trabajo que ahora se realiza fuera del hogar. No pensamos en el cuidado y
educación de los hijos, por ejemplo, como oficio en el mismo sentido en que
pensamos como oficio la fontanería o la programación, aun cuando para ser un
buen padre o una buena madre hace falta un alto grado de destrezas aprendidas.
El filósofo clásico
que más empatía mostró con el ideal arcaico de Hefesto fue Platón, a quien
también preocupaba su desaparición. Remontaba la habilidad a la raíz
lingüística de poiéin, que significa «hacer». Es la palabra de la que deriva
poesía, y también en el himno los poetas aparecen como una clase de artesanos.
Toda artesanía
es trabajo
impulsado por la calidad; Platón formuló este objetivo como la areté, el patrón
de excelencia, implícito en todo acto: la aspiración a la calidad impulsará al
artesano a progresar, a mejorar antes que a salir del paso con el menor
esfuerzo posible. Pero, ya en su época, Platón observaba que aunque «todos los
artesanos son poetas… no se les llama poetas, tienen otros nombres»[24]. A
Platón le preocupaba que estos nombres diferentes, en realidad habilidades
diferentes, impidieran a sus contemporáneos comprender lo que tenían en común.
Algo parecía haberse perdido en los cinco siglos transcurridos entre el himno a
Hefesto y su propia época. La unidad de los tiempos arcaicos entre habilidad y
comunidad se había debilitado. Las habilidades prácticas aún sostenían la vida
cotidiana de la ciudad, pero en general no se las apreciaba debidamente por
hacerlo.
Para comprender la
presencia viva de Hefesto, pido al lector que dé un gran salto mental. La gente
que participa en el software de ordenadores de «código abierto», en particular
en el sistema operativo Linux, son artesanos que encarnan algunos de los elementos
celebrados por primera vez en el himno a Hefesto, pero no otros. Los técnicos
de Linux, como grupo, también ejemplifican la preocupación de Platón, aunque en
una forma moderna; más que menospreciado, este cuerpo de artesanos parece ser
un tipo de comunidad insólita, marginal.
El sistema Linux es
un oficio público. El núcleo fundamental del software del código Linux está a
disposición de todo el mundo, cualquiera puede emplearlo y adaptarlo. La gente
se toma tiempo para mejorarlo. Linux se contrapone al código que emplea Microsoft,
cuyos secretos se guardaron hasta hace muy poco como propiedad intelectual de
una compañía. En una aplicación actual y popular de Linux, Wikipedia, el núcleo
del código hace posible una enciclopedia a la que puede contribuir cualquier
usuario[25]. Con el establecimiento de Linux, en los años noventa, se trató de
recuperar parte de la aventura de los primeros días de la informática, en los
setenta. Durante esas dos décadas, la industria del software, en su breve vida,
se redujo a un escaso número de empresas dominantes que compraban o presionaban
a los competidores menores. En este proceso, los monopolios parecen producir en
masa trabajos de peor calidad.
Técnicamente, el
software de código abierto respeta los patrones de la Iniciativa de Código
Abierto (Open Source Iniciative), pero la mera etiqueta de «software libre» no
recoge cómo se utilizan los recursos en Linux[26]. Es útil la distinción de
Eric Raymond entre dos tipos de software libres: el modelo de «catedral», en el
que un grupo cerrado de programadores desarrolla el código y luego lo pone a
disposición de todo el mundo, y el modelo de «bazar», en el que cualquier
persona puede participar a través de internet para desarrollar ese código.
Linux se inspira en la idea de
artesanos en un
bazar electrónico. El núcleo fue desarrollado por Linus Torvalds, quien a
comienzos de los años noventa trabajó inspirándose en la creencia de Raymond de
que «dado un número suficiente de ojos, todos los errores son superficiales»,
que es una manera de decir, en lenguaje de ingeniero, que si en el bazar de
elaboración de códigos participa una cantidad suficiente de personas, los
problemas de la producción de un buen código pueden resolverse más fácilmente
que en el código al estilo de catedral y sin duda más fácilmente que en el
software de propiedad comercial[27].
Por tanto, ésta es
una comunidad de artesanos a quienes es posible aplicar la apelación antigua de
demioergoi. Se centra en el logro de calidad, en hacer un buen trabajo, que es
la marca de identidad primordial del artesano. En el mundo tradicional del antiguo
alfarero o médico, era la comunidad la que establecía los patrones del buen
trabajo, mientras que las habilidades se transmitían de generación en
generación. Sin embargo, estos herederos de Hefesto experimentaron un conflicto
comunitario en torno al uso de sus habilidades.
La comunidad de
programadores lucha por conciliar la calidad y el acceso abierto. En la
aplicación Wikipedia, por ejemplo, muchas entradas son tendenciosas, ofensivas
o lisa y llanamente erróneas. Hoy, un grupo disidente desea aplicar patrones de
edición, intención que se da de bofetadas con la aspiración del movimiento a
ser una comunidad abierta. Los editores «elitistas» no discuten la competencia
técnica de sus adversarios; todos los profesionales que intervienen en este
conflicto defienden apasionadamente el mantenimiento de la calidad. El
conflicto es igualmente tenso en el dominio generativo de la programación de
Linux. Sus miembros se enfrentan a un problema estructural: ¿cómo puede
coexistir en una comunidad la calidad del conocimiento con el intercambio libre
e igualitario?[28]
Sería erróneo
imaginar que por el hecho de que las comunidades de oficio tradicionales se
transmitieran las habilidades de generación en generación, estas habilidades
eran fijas, inmutables. Todo lo contrario. Por ejemplo, la alfarería antigua
cambió radicalmente cuando se introdujo el disco rotatorio de piedra que
sostenía un terrón de arcilla; se produjeron entonces nuevas maneras de estirar
la arcilla. Pero el cambio radical se fue dando lentamente. En Linux, el
proceso de evolución de habilidades es acelerado; el cambio se produce
diariamente. Una vez más, podríamos pensar que un buen artesano, sea un
cocinero o un programador, sólo se interesa por la solución de problemas, por
soluciones que pongan fin a una tarea, por el cierre. En ese caso no seríamos
justos con el trabajo efectivamente realizado. En la red de Linux, lo más
frecuente es que cuando la gente resuelve un «error», vea abrirse nuevas
posibilidades para el empleo del sofiware. El código evoluciona constantemente,
no es un objeto acabado y fijo. En Linux hay una relación casi instantánea
entre solución y descubrimiento de problemas.
Sin embargo, el
ritmo experimental de la solución de problemas y su descubrimiento convierten
al antiguo alfarero y al programador moderno en miembros de la misma tribu. Más
útil es comparar los programadores de Linux con otra tribu moderna, la de los
burócratas que se niegan a dar un paso hasta que no estén previstas todas las
metas, todos los procedimientos y los resultados deseados de una determinada
política. Este es un sistema de conocimiento cerrado. En la historia de los
oficios manuales, los sistemas de conocimiento cerrados han tendido a ser de
corta duración. El antropólogo André Leroi-Gourhan, por ejemplo, opone el
oficio abierto, en constante evolución, difícil, pero de larga duración, de la
producción de cuchillos de metal en la Grecia preclásica, al de la fabricación
de cuchillos de madera, un sistema de producción más preciso y económico, pero
estático, que pronto fue abandonado a favor del más problemático de metal[29].
Linux es, en su
carácter impersonal, profundamente «griego». En los talleres de Linux online,
es imposible saber, por ejemplo, si «aristotle@mit.edu» es hombre o mujer; lo
que interesa es la contribución que «aristotle@mir.edu» aporta a la discusión.
Los artesanos antiguos experimentaban una impersonalidad semejante; era
frecuente dirigirse en público a los demioergoi por los nombres de sus
respectivas profesiones. En efecto, toda artesanía tiene algo de este carácter
impersonal. Que la calidad del trabajo sea impersonal puede dar a la práctica
de la artesanía una apariencia de rígida intransigencia; el hecho de tener una
relación neurótica con el padre no servirá como excusa de que las piezas no
encajen perfectamente. En uno de los centros de chat de Linux con base en Gran
Bretaña, al que pertenezco, han desaparecido las cortesías y los rodeos
habituales de la cultura británica. Ya no aparecen expresiones tales como «Yo
habría pensado que…»; en cambio, se ha introducido «El problema es jodido».
Visto de otra manera, esta impersonalidad sin remilgos ayuda a la gente a
abrirse.
C. Wright Mills,
sociólogo de mediados del siglo XX, habría sacado partido de la comunidad de
Linux en su esfuerzo por definir el carácter del artesano. Mills escribe: «El
trabajador con sentido artesanal se compromete en el trabajo por el trabajo
mismo; las satisfacciones derivadas del trabajo constituyen su recompensa; en
su mente, los detalles del trabajo cotidiano se conectan con el producto final;
el trabajador puede controlar sus acciones en el trabajo; la habilidad se
desarrolla con el proceso del trabajo; el trabajo se relaciona con la libertad
para experimentar; por último, en el trabajo artesanal, familia, comunidad y
política se miden en función de los patrones de satisfacción interior, de
coherencia y de experimentación»[30].
No obstante el
idealismo poco realista que parece caracterizar la descripción de Mili, en
lugar de rechazarla sería más útil preguntarnos por qué la artesanía del tipo
de Linux es tan poco frecuente. Se trata de una versión moderna de la antigua
preocupación de Platón; los programadores de Linux luchan sin duda con
cuestiones
fundamentales como
la colaboración, la necesaria relación entre solución y descubrimiento de
problemas y la naturaleza impersonal de los patrones de calidad, pese a que la
comunidad parece especial, cuando no marginal. Existe al parecer un conjunto de
fuerzas sociales que desplaza estos problemas fundamentales hacia la periferia.
EL DEBILITAMIENTO
DE LA MOTIVACIÓN
La desmoralización
de los trabajadores debida a las imposiciones y la competencia
El mundo moderno
tiene dos recetas para despertar el deseo de trabajar duro y bien. Una es el
imperativo moral de trabajar en bien de la comunidad. La otra receta recurre a
la competencia: supone que competir con otros estimula el deseo de tener un
buen rendimiento y, en lugar de la recompensa de la cohesión de la comunidad,
promete recompensas individuales. Ambas recetas han demostrado ser
problemáticas. Ninguna de ellas —en su forma más pura— ha satisfecho la
aspiración de calidad del artesano.
Los problemas del
imperativo moral los he experimentado personalmente y de manera aguda con
ocasión de una visita que hice con mi mujer al imperio comunista en 1988, en
vísperas de su derrumbe. Habíamos recibido una invitación de la Academia Rusa
de Ciencias para visitar Moscú, viaje que se organizaría sin el «apoyo» del
Ministerio de Asuntos Exteriores y sus espías residentes; se nos prometía
libertad en la ciudad. Visitamos las iglesias de Moscú anteriormente cerradas y
a la sazón llenas de gente, así como las oficinas de un periódico no autorizado
en el que la gente fumaba, hablaba y en raros momentos escribía. Casi como en
una ocurrencia de último momento, nuestros anfitriones nos condujeron a los
suburbios de Moscú, donde yo nunca había estado.
La mayor parte de
estas urbanizaciones se había construido en las décadas posteriores a la
Segunda Guerra Mundial. Diseñados como enormes tableros de ajedrez, los barrios
se extendían hacia el horizonte sobre un terreno llano con abedules y álamos en
plantaciones dispersas. El diseño arquitectónico de los edificios suburbanos
era bueno, pero el Estado no había sido capaz de controlar la buena calidad del
trabajo. Las señales de la escasa motivación de los trabajadores aparecían en
los detalles de la construcción: en casi todos los edificios, el hormigón
estaba mal vertido y consolidado sin cuidado; las ventanas prefabricadas, bien
concebidas, habían sido oblicuamente colocadas en la estructura de hormigón, y
la masilla que se había aplicado en los huecos entre los marcos y el hormigón
era escasa. En un edificio nuevo encontramos las cajas de cartón vacías de la
masilla para sellar las ventanas, cuyo contenido, nos informó el guía, habido
sido vendido en el mercado negro. En unas pocas torres de apartamentos los
trabajadores habían rellenado con
papel de periódico
los huecos entre los marcos de las ventanas y las paredes y luego habían
pintado las juntas para dar la impresión —que sólo duraría una o dos
estaciones— de que los edificios habían sido sellados.
La artesanía de
mala calidad era un barómetro de otras formas de indiferencia material. La
urbanización que visitamos estaba destinada a ciudadanos relativamente
privilegiados: la clase científica soviética. A estas familias se les habían
asignado pisos individuales en lugar de obligarlas a vivir en espacios
comunitarios. Sin embargo, la negligencia de la construcción se reflejaba en el
descuido de los habitantes respecto de su entorno: ni una planta en los
maceteros de las ventanas y los balcones; las paredes estaban cubiertas de una
costra de grafitis pintados con crayón o spray, con obscenidades que nadie se
había tomado la molestia de limpiar. Cuando pregunté acerca del decadente
estado de estos edificios, nuestros guías turísticos nos dieron una explicación
vaga. A «la gente» —en general— no le importa, está desmoralizada.
Esta amplia condena
no podía aplicarse al imperio en su totalidad, puesto que en la Unión Soviética
los obreros de la construcción habían demostrado durante mucho tiempo su
capacidad para levantar edificios científicos y militares de gran calidad. Sin
embargo, los guías parecían decididos a demostrar el vacío de la receta moral
colectiva de la artesanía. Nos llevaron a mi mujer y a mí de bloque en bloque
con sombría satisfacción, señalando el fraude y el engaño, casi con el placer
de un experto al contemplar el falso enmasillado que la naturaleza no
necesitaba más de un invierno para poner en evidencia. Azuzado, uno de nuestros
guías acuñó la expresión «las ruinas del marxismo» para explicar la
desmoralización tanto de los trabajadores como de los habitantes indiferentes a
su entorno.
El joven Karl Marx
creía ser un Hefesto secular cuyos escritos liberarían al artesano moderno. En
los Grundrisse, enmarcó la artesanía en los términos más amplios posibles como
«actividad formadora»[31]. Cargó el acento en que el yo y las relaciones sociales
se desarrollaban a través de la producción de cosas físicas, lo que hace
posible el «desarrollo del individuo en todos los campos»[32]. Antes de
convertirse en analista de la injusticia económica, Marx fue para los
trabajadores un Moisés que prometía hacer real la dignidad del trabajo como
algo natural a todo el mundo en cuanto parte de una comunidad. El núcleo
utópico del marxismo sobrevivió incluso cuando, ya más viejo e insensible, Marx
se convirtió en un ideólogo amargado y rígido. Todavía en «El Programa de
Gotha» reincidía en la visión de que el comunismo reavivaría el espíritu de la
artesanía[33].
En la práctica, la
economía planificada de Rusia parece explicar la ruina del marxismo. Los
economistas llaman la atención sobre la productividad extremadamente baja de la
sociedad civil rusa a lo largo de los años setenta y ochenta. La industria de
la construcción sufrió problemas particulares de
planificación
centralizada: su burocracia central era inepta a la hora de evaluar las
necesidades materiales de un proyecto; el traslado de los materiales a través
de las inmensas distancias del país era lento y se realizaba por trayectos
irracionales: rara vez el personal de las fábricas y el de la construcción se
comunicaban de manera directa. Y las autoridades reaccionaban con irritación a
la iniciativa que se tomaba en la obra, porque temían que la autonomía
administrativa local diera lugar a una resistencia general al Estado.
Por estas razones,
el imperativo moral «¡Haz un buen trabajo por tu país!» sonaba a hueco. Pero,
en la práctica, los problemas no son ni mucho menos exclusivos de la industria
de la construcción en Rusia. El sociólogo Darren Thiel encontró igualmente desmoralizados
a los trabajadores de muchas obras británicas. La industria de la construcción
de mercado libre en Gran Bretaña adolece de baja productividad, sus obreros
especializados son maltratados o tratados con indiferencia y la iniciativa en
el lugar de trabajo es desalentada[34].
Pero el imperativo
moral no es intrínsecamente vacío. En las mismas décadas en que Rusia se
descomponía, Japón prosperaba bajo una economía planificada impregnada de su
propio imperativo cultural de trabajar bien en aras del bien común. Se ha
llamado a Japón «nación de artesanos», que es un poco como llamar a Inglaterra
nación de tenderos u observar que los neozelandeses son buenos criadores de
ovejas[35]. Sin embargo, en el último medio siglo los japoneses dieron muestras
de una creatividad práctica que devolvió la vida al país tras la Segunda Guerra
Mundial. En la década de 1950 los japoneses producían masivamente bienes
simples y baratos. A comienzos de los setenta producían automóviles, radios y
aparatos estereofónicos baratos y de gran calidad, así como acero y aluminio
excelentes para aplicaciones especiales.
Precisamente el
hecho de trabajar con elevados patrones de rendimiento proporcionó en esos años
a los japoneses un sentimiento de autorrespeto y de respeto mutuo. En parte,
necesitaban la meta colectiva porque los trabajadores, en particular los
pertenecientes a los niveles medios de las organizaciones, pasaban muchas horas
juntos en el trabajo y raras veces veían a su mujer e hijos, todo para cumplir
con los objetivos. Pero el imperativo moral operaba gracias a la manera en que
estaba organizado.
En los años de
posguerra las corporaciones japonesas adoptaron el remedio favorito del
analista empresarial W, Edwards Deming, quien defendía, en beneficio del
«control de calidad total», que el personal de dirección se ensuciara las manos
en el taller y los subordinados hablaran abiertamente a sus superiores. Cuando
Deming hablaba de «artesanía colectiva», quería decir que el cemento que
aglutina una institución se crea tanto a través de intensos intercambios como
mediante el compromiso compartido. A menudo las caricaturas representan a los
japoneses como
conformistas
aborregados, estereotipo difícilmente compatible con el recíproco rigor crítico
que los trabajadores japoneses de las plantas de Toyota, Subaru y Sony exhibían
en lo tocante a sus respectivos esfuerzos.
En Japón, la
jerarquía imperaba en los lugares de trabajo, pero en estas plantas era normal
el lenguaje llano de la comunidad de Linux. En las fábricas japonesas era
posible hacer saber la verdad al poder, pues un dirigente experto era capaz de
penetrar sin dificultad los códigos lingüísticos de cortesía y deferencia y
comprender el mensaje de que algo funcionaba mal o no lo suficientemente bien.
En el colectivismo soviético, por el contrario, tanto el centro ético como el
técnico estaban demasiado alejados de la vida práctica. Marx se ocupaba del
«trabajador»; Deming y sus seguidores japoneses se ocupaban del trabajo.
Más que
convertirnos en japoneses, esta comparación pretende invitarnos a reflexionar
nuevamente sobre el triunfalismo con que una generación anterior saludaba el
hundimiento del Imperio soviético y el triunfo del capitalismo mientras el
comunismo se derrumbaba. Gran parte del relato triunfalista giraba alrededor
del contraste entre las virtudes de la competencia y los vicios del
colectivismo: se consideraba que era más probable que la competencia individual
produjera un buen trabajo y estimulara la calidad. No sólo los capitalistas
suscribieron esta opinión; tanto en la «reforma» de servicios públicos como en
la atención médica, los esfuerzos se dirigieron a promover la competencia
interna y los mercados a fin de mejorar la calidad de los servicios. Hemos de
examinar más atentamente esta opinión triunfalista, pues ensombrece tanto el
papel de la competencia como el de la cooperación en el logro de un trabajo
bien hecho y, más en general, las virtudes de la artesanía.
La historia del
teléfono móvil es un ejemplo ilustrativo de la superioridad de la cooperación
sobre la competencia para el logro de un trabajo bien hecho.
El teléfono móvil
es el resultado de la transformación de dos tecnologías: la radio y el
teléfono. Antes de que estas dos tecnologías se fusionaran, las señales
telefónicas se propagaban por líneas terrestres, mientras que las de la radio
se emitían por el aire. En la década de 1970 había en las fuerzas armadas una
especie de teléfono móvil. Eran radios grandes e incómodas con bandas
destinadas a la comunicación. Las versiones nacionales del teléfono móvil
funcionaban internamente en los taxis, con alcance limitado y sonido de mala
calidad. El carácter fijo de la línea telefónica terrestre era su defecto,
mientras que su virtud era la claridad y la seguridad de la transmisión.
Lo esencial de esta
ventaja era la tecnología de conmutación del teléfono de línea terrestre,
elaborada, comprobada y cuidadosamente perfeccionada a lo largo de varias
generaciones de usuarios. Esta tecnología de conmutación era lo que tenía que
cambiar para
fusionar la radio y el teléfono. El problema y su solución estaban
suficientemente claros. Sin embargo, su conexión estaba rodeada de
incertidumbres.
Los economistas
Richard Lester y Michael Piore han estudiado las empresas que intentaron crear
la tecnología de la conmutación y encontraron que, en ciertas compañías, la
cooperación y la colaboración permitieron realizar progresos en este campo,
mientras que en otras empresas la competencia interna dificultó los esfuerzos
de los ingenieros por mejorar la calidad de las conmutaciones. Motorola, que
tiene una historia de éxitos, desarrolló lo que se llama «expositor de
tecnología», creado por un pequeño grupo de ingenieros, sobre el que se
colocaron posibles soluciones técnicas que otros equipos podrían utilizar en el
futuro; antes que tratar de resolver directamente el problema, se desarrollaron
herramientas cuyo valor inmediato no estaba claro. Nokia abordó el problema con
otro enfoque cooperativo, fomentando entre los ingenieros conversaciones
abiertas, sin orientación de objetivos, en las que a menudo se incluía a
vendedores y diseñadores. Las fronteras entre las unidades empresariales de
Nokia eran deliberadamente difusas, puesto que para lograr una sensibilidad
adecuada al problema se necesitaba algo más que información técnica: hacía
falta pensamiento lateral. Lester y Piore describen el proceso de comunicación
al que esto dio lugar como «fluido, dependiente del contexto e
indeterminado»[36].
Por el contrario,
compañías como Ericsson actuaron aparentemente con más claridad y disciplina al
dividir el problema en sus componentes. Se intentó que el nacimiento de la
nueva conmutación se produjera a través del «intercambio de información» entre
oficinas, «más que mediante la creación de una comunidad interpretativa»[37].
Dada la rigidez de la organización empresarial, la situación de Ericsson
empeoró. Finalmente consiguió resolver el problema de la tecnología de la
conmutación, pero con mayor dificultad, ya que las diferentes oficinas
protegieron sus respectivos territorios. En cualquier organización, los
individuos o los equipos que compiten y reciben recompensas por obtener mejores
resultados acapararán información. En empresas de tecnología, la acumulación de
información impide el buen trabajo.
Las corporaciones
que tuvieron éxito gracias a la cooperación compartían con la comunidad de
Linux esa marca experimental de artesanía tecnológica que es la íntima y fluida
articulación entre la solución y el descubrimiento de problemas. Por el
contrario, en el marco de la competencia, para medir el rendimiento y dosificar
las recompensas se necesitan patrones claros de logros y de conclusiones.
Un músico no
tendría ninguna dificultad en comprender la historia del teléfono móvil, pues
para un buen músico de cámara o de orquesta, sobre todo en los ensayos, ésa es
la única manera de mejorar. Tal vez los oyentes imaginen a veces que el trabajo
con un director o un solista de gran fama inspira a los ejecutantes de la
orquesta, que el virtuoso establece un nivel que eleva el rendimiento de todos,
pero eso depende del
comportamiento de
la estrella. Un solista apartado del trabajo colectivo puede en realidad
disminuir la voluntad de los miembros de la orquesta de tocar bien. Los
ingenieros, lo mismo que los músicos, son seres intensamente competitivos; en
ambos casos, el problema es qué sucede cuando desaparece una cooperación
compensatoria: el trabajo se degrada. Sin embargo, el relato triunfalista ha
tendido a la ceguera ante este necesario equilibrio.
La evidencia de
desmoralización de los trabajadores rusos que mi mujer y yo descubrimos en los
suburbios de Moscú puede hallarse también más cerca de casa. Cuando regresé de
ese último viaje al Imperio comencé a estudiar a los demioergoi de la nueva
economía norteamericana: los trabajadores de nivel medio cuyas habilidades
deberían haberles servido para ocupar un lugar seguro en la «nueva economía»
que empezó a gestarse en la última década del siglo pasado[38]. Esta expresión
se refiere al trabajo en los sectores de la alta tecnología, las finanzas y los
servicios, sostenidos por inversores internacionales y organizados en
instituciones más flexibles, sensibles y centradas en el corto plazo que las
rígidas jaulas burocráticas del pasado. Mis estudiantes y yo nos centramos en
personas que preparan códigos informáticos, llevan la contabilidad o se ocupan
de despachar artículos a tiendas locales de una red minorista, todas ellas
competentes, pero sin títulos especialmente atractivos ni salarios llamativos.
El mundo que
conocieron sus padres y sus abuelos estaba en cierto modo protegido de los
rigores de la competencia. Los trabajadores cualificados de clase media
encontraban un puesto en las corporaciones o en burocracias relativamente
estables del siglo XX, que incentivaban a sus empleados a lo largo de toda su
carrera, desde el principio de la edad adulta hasta la jubilación. Los
antepasados de nuestros entrevistados trabajaron duro para alcanzar sus fines;
sabían perfectamente qué sería de ellos si no lo hacían.
Ya no es novedad
comprobar que este mundo de clase media ha sufrido una gran quiebra. El sistema
empresarial que otrora organizaba carreras profesionales es hoy un laberinto de
empleos fragmentados. En principio, muchas empresas de la nueva economía suscriben
las doctrinas del trabajo en equipo y la cooperación, pero, a diferencia de las
prácticas reales de Nokia y Motorola, a menudo estos principios son una farsa.
Hemos encontrado gente que da muestras de amistad y cooperación bajo la mirada
vigilante de los jefes-supervisores, pero que, a diferencia de lo que ocurre en
las buenas empresas japonesas, no desafía a sus superiores ni discute con
ellos. Hemos constatado, lo mismo que otros investigadores, que rara vez los
empleados calificaban de amigos a las personas con las que trabajaban en
equipo. Algunos entrevistados se sentían estimulados por esta competencia
individual, pero para la mayoría era una situación deprimente, y por una razón
particular: la estructura de las recompensas no funcionaba bien para ellos.
La nueva economía
ha roto dos formas tradicionales del trabajo compensatorio. Tradicionalmente,
las empresas prósperas recompensaban a los empleados que trabajan duro, sin
distinción de niveles. Pero en estas nuevas compañías, la participación de los
empleados de nivel medio en la riqueza se ha detenido durante la generación
pasada, mientras que la riqueza de los que ocupan los niveles superiores se ha
disparado. Una medida de ello es que en 1974 el consejero delegado de una gran
corporación norteamericana ganaba alrededor de treinta veces más que la mediana
de los salarios de la empresa, mientras que en 2004 el consejero delegado
ganaba de trescientas cincuenta a cuatrocientas veces más. En estos treinta
años, la mediana de los salarios, en dólares de valor constante, sólo aumentó
el cuatro por ciento.
Para la generación
anterior, el mero servicio a una compañía era otra recompensa por el trabajo,
labrada en piedra burocrática a través de los aumentos automáticos de sueldo
por antigüedad. En la nueva economía, tales recompensas por los servicios han
disminuido o desaparecido; hoy las empresas tienen una visión a corto plazo,
con preferencia por trabajadores más jóvenes y más frescos sobre los más
viejos, supuestamente con mayor implicación personal en la empresa. Para el
trabajador, eso significa que, a medida que acumula experiencia, pierde valor
institucional. Los primeros técnicos a quienes entrevisté en Silicon Valley
pensaban que la superación de este problema de la experiencia pasaba por el
desarrollo de sus habilidades y la creación de una coraza interna que pudieran
trasladar de empresa en empresa.
Pero el oficio no
los protege. En el actual mercado de trabajo globalizado, los trabajadores de
habilidad media corren el riesgo de perder su empleo y verse sustituidos por un
colega en India o China con sus mismas habilidades, pero que trabaja por un salario
más bajo; la pérdida de empleo ya no es tan sólo un problema de la clase
obrera. Una vez más, muchas empresas tienden a no realizar inversiones a largo
plazo en las habilidades de un empleado y prefieren contratar personal nuevo
que disponga ya de las habilidades necesarias, antes que embarcarse en el
proceso más caro del reciclaje.
Este sombrío
paisaje tiene sus trampas. El sociólogo Christopher Jencks ha mostrado que las
«ventajas [económicas] dependientes de la cualificación» son cuantiosas en los
niveles superiores de la escala de habilidades, pero más pobres en los
inferiores; hoy están extraordinariamente bien remunerados los diseñadores de
los sistemas de élite, pero a menudo los ingresos de los programadores de bajo
nivel no son mejores, y a veces son incluso peores, que los de los trabajadores
de oficios manuales de servicios, como fontaneros y yeseros. Una vez más,
sostiene Alan Blinder, pese a que muchos puestos de trabajo de alta
especialización técnica se están externalizando en Asia y Oriente Medio, hay
empleos imposibles de exportar porque requieren el contacto cara a cara. Si uno
vive en Nueva York, puede trabajar con un
contable de Bombay,
pero no tendría sentido tratar acerca de un divorcio con un abogado que reside
en esa ciudad[39].
Sin embargo, las
dificultades de los artesanos de la nueva economía son una llamada de atención
contra el triunfalismo. En Estados Unidos y en Gran Bretaña, el crecimiento de
la nueva economía ha impulsado a muchos de estos trabajadores a encerrarse en sí
mismos. Las empresas que muestran escasa lealtad con sus empleados reciben a
cambio escaso compromiso por parte de éstos: las compañías de internet que
tuvieron problemas en los primeros años del siglo XXI aprendieron una amarga
lección, pues sus empleados, antes que esforzarse por ayudar a sobrevivir a las
empresas en peligro, prefirieron abandonar el barco. Sin confianza en las
instituciones, los trabajadores de la nueva economía presentan tasas más bajas
de votación y de participación política que los trabajadores de dos
generaciones antes; aunque muchos pertenecen a organizaciones voluntarias,
pocos participan activamente en ellas. En su famoso libro Solo en la bolera, el
politólogo Robert Putnam ha explicado esta merma del «capital social» como resultado
de la cultura televisiva y la ética consumista; en nuestro estudio hemos
constatado que la indiferencia respecto de las instituciones estaba más
directamente ligada a las experiencias en el trabajo[40].
Si bien el trabajo
que se realiza en empleos de la nueva economía es cualificado, muy exigente e
impone horarios prolongados, sigue siendo una tarea disociada; hemos encontrado
pocos técnicos que creyeran que serían recompensados por el hecho de hacer bien
un trabajo, sin otra finalidad. El artesano moderno puede cultivar en su fuero
interno este ideal, pero dado el sistema de retribuciones, ese esfuerzo será
invisible.
En resumen, desde
el punto de vista social, la desmoralización tiene muchos aspectos. Puede darse
cuando una meta colectiva de trabajo bien hecho se vacía de contenido; también
la competencia pura y dura puede impedir el buen trabajo y deprimir a los trabajadores.
Ni el corporativismo, ni el capitalismo, en tanto meras etiquetas, abordan el
problema institucional. Las formas de comunicación colectiva en las plantas de
la industria automotriz japonesa y las prácticas de cooperación en firmas como
Nokia y Motorola han sido beneficiosas para las empresas. En cambio, en otros
ámbitos de la nueva economía la competencia ha restado eficiencia a los
trabajadores y los ha descorazonado, mientras que el ethos artesanal del
trabajo bien hecho queda sin recompensa o es invisible.
LA FRACTURA DE LAS
HABILIDADES
División entre la
mano y la cabeza
Suele definirse la
era moderna como una economía de habilidades, pero ¿qué es
exactamente una
habilidad? La respuesta genérica es que habilidad es una práctica adiestrada.
En esto, la habilidad se opone al coup de foudre o inspiración súbita. El
atractivo de la inspiración reside en parte en la convicción de que el puro
talento puede sustituir a la formación. Para apuntalar esta convicción suele
acudirse a los prodigios de la música. Es un error. Es verdad que Wolfgang
Amadeus Mozart era capaz de recordar larguísimos pasajes, pero entre los cinco
y los siete años este compositor había aprendido a entrenar su gran memoria
musical innata improvisando al teclado. Desarrolló métodos para dar la
impresión de que producía música de manera espontánea. La música que luego
escribió sigue pareciendo espontánea porque la trasladó directamente al papel
con relativamente pocas correcciones, pero las cartas de Mozart demuestran que
volvía mentalmente una y otra vez a sus partituras antes de dejarlas impresas
en tinta.
Deberíamos
sospechar de las pretensiones del talento innato, no entrenado. «Podría
escribir una buena novela sólo con tener tiempo suficiente» o «sólo con poder
concentrarme», es en general una fantasía narcisista. Por el contrario, volver
una y otra vez a una acción permite la autocrítica. La educación moderna teme
que el aprendizaje repetitivo embote la mente. Temeroso de aburrir a los niños,
ansioso por presentar estímulos siempre distintos, el maestro ilustrado evitará
la rutina; pero todo eso priva a los niños de la experiencia de estudiar según
sus propias prácticas arraigadas modulándolas desde dentro.
El desarrollo de la
habilidad depende de cómo se organice la repetición. Por eso en la música, como
en los deportes, la duración de una sesión de práctica debe Juzgarse con
cuidado: la cantidad de veces que se repite una pieza depende del tiempo
durante el cual se pueda mantener la atención en una fase dada del aprendizaje.
A medida que la habilidad mejora, crece la capacidad para aumentar la cantidad
de repeticiones. Es lo que en música se conoce como regla de Isaac Stern; este
gran violinista declaró que cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede uno
ensayar sin aburrirse. Hay momentos de hallazgos repentinos que desbloquean una
práctica que estaba atascada, pero esos momentos están integrados en la rutina.
Cuando una persona
desarrolla una habilidad, lo que repite cambia de contenido. Esto parece
evidente; en los deportes, al repetir una y otra vez un servicio de tenis el
jugador aprende a dirigir la pelota de diferentes maneras; en música, al Mozart
niño de seis o siete años le fascinaba la progresión de sexta napolitana en
posición fundamental (el movimiento, digamos, de un acorde de do mayor a uno de
la bemol mayor). Tras unos años de trabajar en ello, se hizo experto en
producir la modulación en otras posiciones. Pero no se trata de algo obvio.
Cuando la práctica está organizada como medio con un fin determinado,
reaparecen los problemas del sistema cerrado; la persona en proceso de
formación satisfará una meta predeterminada, pero no querrá seguir progresando.
La relación abierta entre solución
y descubrimiento de
problemas, como la que se da en el trabajo de Linux, construye y expande las
habilidades, pero esto no puede ser un acontecimiento único. La habilidad sólo
se abre de esta manera porque el ritmo de solución y apertura se reproduce una
y otra vez.
En la sociedad
moderna, estos preceptos relativos al desarrollo de la habilidad a través de la
práctica chocan con un gran obstáculo. Me refiero al mal uso que se puede hacer
de las máquinas. En el lenguaje común, lo «mecánico» equivale a lo repetido de manera
estática. Sin embargo, gracias a la revolución que ha tenido lugar en la
microinformática, la maquinaria moderna no es estática; gracias a los bucles de
retroalimentación, las máquinas pueden aprender de su experiencia. El mal uso
de la máquina consiste en impedir que las personas aprendan con la repetición.
La máquina inteligente puede separar la comprensión mental humana del
aprendizaje manual, instructivo, repetitivo. Cuando esto se produce, las
capacidades conceptuales humanas se resienten.
A partir de la
Revolución Industrial del siglo XVIII la máquina pareció una amenaza para el
trabajo del artista-artesano. Se trataba de una amenaza física: las máquinas
industriales nunca se cansaban, hacían el mismo trabajo hora tras hora sin
quejarse. La amenaza de la máquina moderna al desarrollo de las habilidades es
de otra índole.
Un ejemplo de este
mal uso tiene lugar en el CAD (diseño asistido por ordenador), programa de
software que permite a los ingenieros diseñar objetos físicos y a los
arquitectos generar en pantalla imágenes de edificios. La tecnología se remonta
al trabajo de Ivan Sutherland, ingeniero del Massachusetts Institute of
Technology, que en 1963 imaginó cómo un usuario podía interactuar gráficamente
con un ordenador. El mundo material moderno sería imposible sin las maravillas
del CAD. Permite modelar al instante productos que van de tornillos a
automóviles, especifica con precisión su ingeniería y dirige su producción
real[41]. En el trabajo arquitectónico, sin embargo, esta tecnología necesaria
encierra también el peligro de mal uso.
En el campo
arquitectónico, el diseñador establece en pantalla una serie de puntos; los
algoritmos del programa conectan los puntos para formar una línea, en dos o en
tres dimensiones. El diseño asistido por ordenador se ha hecho prácticamente
universal en los estudios de arquitectura por su rapidez y precisión. Entre sus
virtudes está la capacidad para rotar imágenes, de modo que el diseñador puede
ver la casa o el edificio de oficinas desde muchos puntos de vista. A
diferencia del modelo físico, el modelo de pantalla puede ser rápidamente
alargado, encogido o dividido en partes. Hay sofisticadas aplicaciones del CAD
que representan los efectos
que producen sobre
una estructura el juego cambiante de la luz, el viento o la variación
estacional de la temperatura. Tradicional mente, los arquitectos analizaban de
dos maneras los edificios reales: en plano de alzado y por secciones. El diseño
asistido por ordenador permite muchas otras formas de análisis, como hacer un
viaje virtual en pantalla siguiendo, por ejemplo, las corrientes de aire del
edificio.
¿Cómo es posible
hacer mal uso de una herramienta tan útil? Cuando el CAD se incorporó a la
enseñanza de la arquitectura para sustituir el dibujo a mano, una arquitecta
joven del MIT observó que «cuando dibujas un terreno, cuando colocas en él las
líneas de nivel y los árboles, se te queda grabado en la cabeza. Llegas a
conocer el lugar de una manera que resulta imposible con el ordenador… El
conocimiento de un terreno se adquiere trazándolo una y otra vez, no dejando
que el ordenador lo "regenere" para ti»[42]. No se trata de
nostalgia: la observación de esta arquitecta señala lo que se pierde
mentalmente cuando el trabajo de pantalla sustituye al dibujo físico. Lo mismo
que otras prácticas visuales, los esbozos arquitectónicos son a menudo imágenes
de posibilidades; en el proceso de plasmación y perfeccionamiento a mano de
estos esbozos, el diseñador se comporta precisamente como un jugador de tenis o
un músico, esto es, se implica profundamente en él, madura el pensamiento
acerca del mismo. El terreno, como observa esta arquitecta, «se te queda
grabado en la mente».
El arquitecto Renzo
Piano explica su propio procedimiento de trabajo en estos términos: «Comienzas
por un bosquejo, luego haces un dibujo, después produces un modelo y finalmente
vas a la realidad —vas al terreno específico— para volver luego a dibujar. Creas
una especie de circularidad entre dibujar y hacer»[43]. En lo que respecta a la
repetición y la práctica, Piano observa: «Esto es muy típico del enfoque
artesanal. Piensas y haces al mismo tiempo. Dibujas y haces. El dibujo… es
revisado. Lo haces, lo rehaces y lo vuelves a rehacer»[44]. Esta cautivante
metamorfosis circular puede quedar abortada por el CAD. Una vez establecidos
los puntos en la pantalla, los algoritmos se ocupan de trazar el dibujo; el mal
uso depende de que el proceso sea un sistema cerrado, una relación estática
entre medios y fines, pues en ese caso desaparece la «circularidad» de la que
habla Piano. El físico Víctor Weisskopf dijo una vez a los estudiantes del MIT
que trabajaban exclusivamente con experimentos informatizados: «Cuando me
mostráis ese resultado, el ordenador comprende la respuesta, pero no creo que
vosotros la comprendáis»[45].
El diseño asistido
por ordenador encierra peligros particulares cuando se trata de pensar
edificios. Dadas las capacidades de la máquina para borrar y redibujar de
manera instantánea, observa el arquitecto Elliot Félix, «cada acción es menos
sistemática de lo que sería en el papel…, menos cuidadosamente meditada»[46].
Este peligro se puede evitar volviendo al dibujo a mano; más difícil de
contrarrestar es el problema de los materiales de que está hecho un edificio.
Las pantallas planas de los
ordenadores no
pueden reproducir adecuadamente las texturas de los diferentes materiales ni
asistir en la elección de los colores, aunque los programas CAD pueden calcular
maravillosamente el volumen preciso de ladrillo o de acero que necesita un
edificio. El hecho de dibujar los ladrillos a mano, por tedioso que sea,
instiga al dibujante a pensar en su materialidad, a hacerse cargo de su
solidez, que contrasta con el espacio que corresponde a una ventana, vacío y
sin marca en el papel. El diseño asistido por ordenador también impide al
diseñador pensar en la escala como algo que se opone al puro tamaño. La escala
implica juicios de proporción; el sentido de la proporción en pantalla se
manifiesta al dibujante como la relación de clusters y píxeles. El objeto en
pantalla puede ser en realidad manipulado con el fin de presentarlo, por
ejemplo, desde la ventajosa perspectiva de quien se encuentra en el terreno
mismo, pero a este respecto el CAD a menudo se utiliza de forma incorrecta: lo
que aparece en pantalla, encuadrado con una unificación como nunca se da en la
visión física, tiene una coherencia inverosímil.
Los problemas
relativos a la materialidad tienen un largo linaje en arquitectura. Pocos
proyectos de edificios a gran escala anteriores a la era industrial contaron
con dibujos tan precisos como los que hoy produce el CAD; el papa Sixto V
rehízo la Piazza del Popolo en Roma a finales del siglo XVI describiendo en una
conversación los edificios y el espacio público que imaginaba, instrucción
verbal que dejaba amplio espacio al albañil, el cristalero y el ingeniero para
que trabajaran con libertad y adaptándose a las condiciones reales. Los
proyectos —dibujos a tinta en los que es posible borrar, pero quedan confusos—
adquieren fuerza legal a finales del siglo XIX, con lo cual estas imágenes en
papel llegan a ser el equivalente de un contrato. Además, el proyecto marcaba
una desconexión decisiva entre la cabeza y la mano en el diseño: la idea de una
cosa se concebía acabada antes de su construcción.
Un ejemplo
sorprendente de los problemas que pueden derivar del diseño mentalizado se
advierten en el Georgia’s Peachtree Center, situado en los límites de Atlanta.
Aquí se encuentra un pequeño bosque de torres de oficinas de hormigón,
aparcamientos, tiendas y hoteles, todo rodeado de autopistas. En 2004 el
complejo abarcaba alrededor de cincuenta y cuatro hectáreas, lo cual lo
convierte en uno de los mayores «megaproyectos» de la región. El Peachtree
Center es demasiado grande y complicado como para que hubiera podido realizarlo
ningún grupo de arquitectos que trabajara a mano. El analista de planificación
Bent Flyvbjerg expone otra razón de índole económica que hace necesaria la
utilización del CAD para proyectos de este alcance: los efectos acumulativos
que derivan de pequeños errores[47].
Algunos aspectos
del diseño son excelentes. Los edificios, más que agruparse en un gran centro
único, en un mall, se distribuyen en una cuadrícula de calles formando catorce
manganas; el complejo rinde tributo a la calle y está concebido para que sea
agradablemente peatonal. La arquitectura de los tres grandes hoteles es de John
Portman, exuberante
diseñador partidario de detalles impresionantes como los ascensores de cristal
que suben y bajan las cuarenta plantas por patios interiores. Por otro lado,
los tres centros comerciales y torres de oficinas son cajas más convencionales
de hormigón y acero, algunas con detalles renacentistas o barrocos en la
fachada, sello distintivo del diseño posmoderno. En su conjunto, el proyecto
pretende tener carácter, no pasar desapercibido. Sin embargo, sobre el terreno
resultan evidentes tres importantes defectos de este proyecto que amenazan el
diseño asistido por ordenador de modo más general como práctica de diseño
virtual.
El primer defecto
es la desconexión entre simulación y realidad. En el plano, las calles del
Peachtree Center están animadas con terrazas bien diseñadas; pero no se tiene
en cuenta el intenso calor de Georgia. De hecho, durante gran parte del año las
terrazas de los cafés están vacías desde las últimas horas de la mañana hasta
el final de la tarde. La simulación es un sustituto imperfecto de la
descripción de la sensación de luz, viento y calor sobre el terreno. Tal vez
hubiera sido mejor que los diseñadores se sentaran sin protección al calor del
sol del mediodía georgiano durante una hora diaria antes de ir a trabajar; la
incomodidad física les habría hecho ver más claro. El gran problema estriba
aquí en que la simulación puede ser un sustituto insuficiente de la experiencia
táctil.
El diseño sin
intervención directa imposibilita cierto sentido de las relaciones personales.
Por ejemplo, el hotel de Portman enfatiza la idea de coherencia, con su
espectáculo de ascensores de cristal subiendo y bajando por un patio interior
de cuarenta plantas; las habitaciones del hotel dan a plazas de aparcamiento.
En pantalla, el problema de las plazas de aparcamiento puede obviarse mediante
una simple rotación que haga desaparecer el mar de coches; en la realidad, esto
es imposible. Sin duda, no se trata de un defecto inherente al ordenador. Los
diseñadores de Portman pudieron muy bien haber introducido una imagen de todos
los coches y ver en pantalla ese mar de vehículos desde las habitaciones del
hotel, pero en ese caso el diseño les habría planteado un problema fundamental.
Mientras que el Linux tiene la función de descubrir problemas, el CAD se
utiliza a menudo para ocultarlos. La diferencia explica en parte el éxito
comercial del CAD; se puede utilizar para soslayar las dificultades.
Finalmente, las
precisiones del CAD acentúan un problema subyacente desde hace mucho tiempo en
los proyectos: el de la sobredeterminación. Los diversos planificadores
implicados en el Peachtree Center muestran con orgullo sus edificios de uso
mixto. Pero los usos mixtos se han calculado hasta el último metro cuadrado:
los cálculos arrojan una falsa inferencia acerca del buen funcionamiento del
objeto terminado. El diseño sobredeterminado excluye el ordenamiento imperfecto
de edificios que permite a empresas y comunidades recientes crecer y renovarse.
Esta textura es el resultado de estructuras poco determinadas que dejan espacio
para que
diversas formas de
uso se desmarquen de un programa, cambien de rumbo y evolucionen. Falta, pues,
la informal y, por tanto, cómoda y sociable vida de calle propia de los barrios
más viejos de Atlanta. El proyecto excluye forzosamente la acogida positiva de
lo incompleto; las formas se deciden con anterioridad a su utilización. Aunque
es cierto que el CAD no es la causa de este problema, también es cierto que el
programa lo agudiza: los algoritmos trazan casi instantáneamente un cuadro
totalizado.
Lo táctil, lo
relacional y lo incompleto, son experiencias físicas que tienen lugar en el
acto de dibujar. El dibujo representa una gama más amplia de experiencias, lo
mismo que la escritura, que abarca la revisión editorial y la reescritura, o
que la ejecución musical, que comprende la repetida exploración de las
misteriosas cualidades de un acorde determinado. Lo difícil y lo incompleto
deberían ser acontecimientos positivos en nuestra comprensión; deberían
estimularnos como no pueden hacerlo la simulación ni la fácil manipulación de
objetos completos. La cuestión —me gusta insistir en ello— es más complicada
que la simple oposición de la mano y la máquina. Los modernos programas
informáticos pueden aprender de su experiencia de manera expansiva porque los
algoritmos se vuelven a escribir a través de la retroalimentación de los datos.
El problema, como dice Víctor Weisskopf, está en que se puede dejar a las
máquinas hacer ese aprendizaje mientras los humanos sirven como testigos
pasivos y consumidores de la competencia creciente, pero sin participar en
ella. Por esta razón Renzo Piano, diseñador de objetos muy complicados, vuelve,
en un proceso circular, a dibujarlos a mano a grandes rasgos. Los abusos del
CAD ilustran cómo, cuando la cabeza y la mano se separan, la que sufre es la
cabeza.
El diseño asistido
por ordenador podría servir como emblema de un gran desafío que la sociedad
moderna debe afrontar: el de pensar como artesanos que hacen un buen uso de la
tecnología. «Conocimiento encarnado» es una expresión actual de moda en las
ciencias sociales, pero «pensar como artesano» no es sólo una actitud mental,
sino que tiene también una importante dimensión social.
Encerrado en el
Peachtree Center un fin de semana de discusiones sobre «Valores de la comunidad
y objetivos nacionales», me interesé particularmente por su aparcamiento. Al
final de cada plaza se había colocado un parachoques estandarizado. Parecían
lisos, pero el borde inferior era de metal filoso, susceptible de rayar coches
o herir pantorrillas. Sin embargo, por seguridad, algunos estaban girados hacia
atrás. La irregularidad de esta operación ponía de manifiesto que la tarea se
había realizado manualmente, suavizando y redondeando el acero allí donde podía
resultar peligroso; el artesano había pensado por el arquitecto. La iluminación
de este aparcamiento interno era de intensidad desigual, con repentinas
apariciones de sombras peligrosas. Para guiar a los conductores que atravesaban
zonas irregulares de
luz, los pintores
habían agregado líneas blancas de extrañas formas que, más que responder a un
plan, parecían fruto de la improvisación. El artesano había pensado en la luz
más y más profundamente que los diseñadores.
Evidentemente,
estos pulidores y pintores no habían estado presentes en las sesiones iniciales
de diseño para indicar, basándose en su experiencia, los puntos problemáticos
de los diseños que se presentaban en pantalla. A aquellos que poseen un
conocimiento incorporado, pero son simples trabajadores manuales, no se les
confiere ese privilegio. Esta es la importante dimensión social del problema de
la habilidad; la separación de la cabeza y la mano no es sólo de naturaleza
intelectual, sino también social.
PATRONES EN
CONFLICTO
Lo perfecto contra
lo práctico
¿Qué entendemos por
trabajo de buena calidad? Una respuesta se refiere a cómo debería hacerse algo;
otra, a cómo funciona lo que se ha hecho. Se trata de la diferencia entre
perfección y funcionalidad. En teoría, no debería haber conflicto; en el mundo
real, lo hay. A menudo adherimos a un patrón de perfección que raramente se
logra, si es que se llega a lograr alguna vez. La alternativa es trabajar de
acuerdo con el patrón de lo posible, de lo simplemente bien hecho. Pero esto
también puede ser una fórmula de frustración. Es raro que el deseo de hacer un
buen trabajo se satisfaga con salir del paso.
De esta manera, de
acuerdo con la medida de calidad absoluta, el escritor se obsesionará con cada
coma hasta que el ritmo de un párrafo sea perfecto, y el carpintero cepillará
una ensambladura de mortaja y espiga hasta lograr su completa rigidez sin necesidad
de tornillos. De acuerdo con la medida de funcionalidad, el escritor tiene que
entregar su trabajo a tiempo sin importar que todas las comas estén en su
lugar, pues el objetivo del escrito es ser leído. El carpintero con mentalidad
funcional evitará preocuparse por todos los detalles, sabiendo que los pequeños
defectos pueden corregirse con tornillos ocultos. Una vez más, el objetivo es
terminar el trabajo para que la pieza pueda ser utilizada. Para el defensor de
la calidad absoluta que hay en todo artesano, cada imperfección es un fracaso;
para el profesional, la obsesión por la perfección es el camino seguro al
fracaso.
Para superar este
conflicto es necesario cierto refinamiento filosófico. Práctica y práctico
comparten la raíz lingüística. Podría parecer que cuanto más se entrene uno y
más practique, tanto más práctica será su mentalidad y tanto más se centrará en
lo posible y lo particular. En realidad, la larga experiencia de una práctica
puede conducir en sentido contrario. Otra variante de la «regla de Isaac Stern»
es ésta: cuanto mejor sea tu técnica, más inalcanzables serán tus patrones.
(Según su estado
de ánimo, Isaac
Stern elaboró muchas, muchísimas variaciones de la «regla de Isaac Stern» sobre
las ventajas de la práctica repetida). De parecida manera puede operar Linux.
Las personas más hábiles en su uso son en general las que más reflexionan sobre
las posibilidades ideales e ilimitadas del programa.
El conflicto entre
hacer algo bien y simplemente hacerlo tiene hoy un escenario institucional que
ilustraré en la administración de atención médica. Muchos lectores mayores,
como yo, saben demasiado bien de qué se trata.
En la década
pasada, el Servicio Nacional de Salud de Gran Bretaña (NHS) adoptó nuevas
medidas para evaluar el trabajo de médicos y enfermeros: a cuántos pacientes se
visita, cuánto tiempo deben éstos esperar para ser atendidos, con qué
eficiencia se los remite a los especialistas. Son mediciones numéricas de la
manera adecuada de proporcionar atención médica, pero su intención es servir
humanamente a los intereses de los pacientes. Más fácil sería, por ejemplo,
dejar que la remisión a los especialistas se hiciera a criterio del médico. No
obstante, tanto los médicos como los enfermeros, los asistentes de enfermería y
el personal de limpieza creen que, si se mide de acuerdo con las posibilidades
prácticas reales, estas «reformas» han restado calidad a la atención. Sus
impresiones no tienen nada de extraño. Como informan numerosos investigadores
de Europa Occidental, los médicos creen que sus habilidades profesionales en el
trato a los pacientes se ven perjudicadas por la presión que ejercen los
patrones institucionales.
El contexto
específico del Servicio Nacional de Salud (NHS) es muy distinto del sistema de
managed-care de estilo norteamericano y de otros mecanismos impulsados por el
mercado. Después de la Segunda Guerra Mundial, la creación del NHS fue una
fuente de orgullo nacional. El NHS reclutaba el mejor personal, que era además
un personal comprometido, como lo demuestra el hecho de que fueran tan pocos
los profesionales que se marcharon en busca de empleos mejor pagados en Estados
Unidos. Gran Bretaña ha invertido en salud un tercio menos de su producto
interior bruto que Estados Unidos, y sin embargo su tasa de mortalidad infantil
es más baja y la supervivencia de los ancianos es más alta. El sistema
británico de salud es «gratuito», financiado mediante impuestos. Los británicos
se han declarado satisfechos de pagar estos impuestos, o incluso de aumentar su
contribución siempre que con ello se mejorara el servicio.
Con el tiempo, lo
mismo que todos los sistemas, el NHS se agotó. Los hospitales envejecieron,
seguían utilizándose equipos que necesitaban ser sustituidos, se prolongaban
los períodos de espera de los pacientes y no se formaba nuevo personal de
enfermería. Con el propósito de resolver estos defectos, hace una década
políticos británicos se volvieron hacia otro modelo de calidad: el que
estableció Henry Ford en la industria norteamericana del automóvil a comienzos
del siglo XX. El «fordismo» llevó al extremo la división del trabajo: cada
trabajador realiza una tarea que se mide
lo más precisamente
posible mediante estudios de tiempo-movimiento; el resultado se evalúa en
función de objetivos que, una vez más, son puramente cuantitativos. Aplicado a
la atención de la salud, el fordismo controla el tiempo que los médicos y los
enfermeros destinan a cada paciente; un sistema de tratamiento médico que se
basa en la concepción de la autonomía de sus partes tiende a tratar hígados
cancerosos o espaldas fracturadas y no a pacientes como totalidades[48]. Un
inconveniente particular del sistema británico de atención médica es la
cantidad de veces que se «reformó» el servicio de salud en la década pasada de
acuerdo con las líneas del fordismo; cuatro reorganizaciones generales de
sentido inverso respecto de los cambios anteriores o sin ninguna relación con
ellos.
La mala fama que
adquirió el fordismo en la industria privada se debió a razones que Adam Smith
fue el primero en exponer, ya en el siglo XVIII, en La riqueza de las naciones.
La división del trabajo se centra en partes antes que en totalidades; al genio
vivaz de los comerciantes contrapuso Smith la falta de ingenio de los obreros
fabriles, que se limitan a producir un objeto insignificante hora tras hora,
día tras día. No obstante, Smith creía que este sistema sería más eficiente que
el trabajo a mano de la era preindustrial. Henry Ford justificó sus
procedimientos con el argumento de que los coches que se construían
íntegramente con máquinas eran de mejor calidad que los que en esa misma época
se montaban en pequeños talleres. La llegada de la microelectrónica a la
manufactura reforzó el fundamento de esta manera de producir; en efecto, los
microcensores eran mucho más exactos y seguros que los ojos y las manos en la
detección de problemas. En resumen, según el criterio de calidad absoluta, la
máquina es mejor artesano que una persona.
La reforma médica
se introduce en este largo debate acerca de la naturaleza y el valor de la
artesanía en una sociedad de orientación mecánica, cuantitativa. En el NHS, los
reformadores fordistas pueden afirmar que la calidad ha mejorado realmente; en
particular, los cánceres y las enfermedades cardíacas reciben mejor
tratamiento. Además, por frustrados que se sientan, los médicos y los
enfermeros británicos no han perdido la voluntad de trabajar bien; su historia
no es la de los obreros soviéticos de la construcción. Aunque cansados de las
constantes reformas y disgustados ante el sistema de objetivos a cumplir, estos
proveedores de atención sanitaria no se volvieron indiferentes a la realización
de un trabajo de alta calidad; Julián Legrand, perspicaz analista del NHS, pone
de relieve el hecho de que, pese a que el personal añora los viejos tiempos de
práctica sin controles, si se los remontara mágicamente a dos generaciones
atrás, quedarían horrorizados de lo que verían[49].
Añoranza aparte,
¿qué pasa con el «oficio» médico humillado por esos cambios? Ciertos estudios
sobre enfermeros proporcionan una respuesta[50]. En el «viejo» NHS, los
enfermeros escuchaban tanto los relatos de los pacientes mayores acerca de sus
hijos como sus quejas de dolores y padecimientos; en las salas del hospital,
muchas
veces los
enfermeros intervenían cuando un paciente entraba en crisis, pese a no estar
legalmente autorizados a ello. Obviamente, un enfermo no se puede reparar como
si fuera un automóvil, pero tras esta obviedad hay una cuestión más profunda
acerca del patrón de la práctica. Hacer un buen trabajo significa tener
curiosidad, investigar y aprender de la incertidumbre. Lo mismo que ocurre con
los programa-dores de Linux, el oficio de enfermería negocia una zona liminal
entre la solución de problemas y el descubrimiento de problemas; al escuchar la
charla de una persona mayor, el enfermero puede descubrir pistas sobre sus
males que pasarían inadvertidas en un chequeo programado.
Esta zona liminal
de investigación es importante para los médicos en otro sentido. En el modelo
fordista de medicina tiene que haber una enfermedad específica a tratar; la
evaluación del rendimiento de un médico se realizará, por tanto, contando el
tiempo que necesitó para tratar la mayor cantidad de hígados posible y la
cantidad de hígados que quedaron bien. Puesto que la realidad corporal no
encaja bien en este modelo de clasificación, y puesto que el buen tratamiento
ha de admitir el experimento, una cantidad no despreciable de médicos crean
expedientes ficticios con el fin de conseguir que los inspectores burocráticos
les concedan tiempo. Muchas veces los médicos del NHS diagnostican a un
paciente una enfermedad para justificar el tiempo invertido en explorar un
cuerpo desconcertante.
Los defensores de
la calidad absoluta que elaboran los patrones para el sistema pueden afirmar
que han elevado la calidad de la atención. Los enfermeros y los médicos en
ejercicio argumentan en contra de esta afirmación numérica. Más que difuso
sentimentalismo, lo que reivindican es la necesidad de curiosidad y
experimentos y, creo, estarían de acuerdo con la imagen kantiana de «la madera
torcida de la humanidad», tanto en su aplicación a los pacientes como a sí
mismos.
Este conflicto
llegó a un punto crítico el 26 de junio de 2006, en la reunión anual de la
British Medical Association, en Belfast. El presidente de la asociación, el
doctor James Johnson, observó que «el método que apoya el gobierno para mejorar
la calidad y mantener bajos los precios consiste en hacer lo que se hace en los
supermercados: ofrecer posibilidad de elección y competencia». Dirigiéndose a
sus colegas, dijo: «Me decís que el ritmo vertiginoso y la planificación
incoherente con que se aplica la reforma de los sistemas está desestabilizando
gravemente el NHS. El mensaje que recibo de la profesión médica es que el NHS
está en peligro y que los médicos han sido marginados». Dirigiéndose al
gobierno, instó: «Trabajen ustedes con la profesión. No somos el enemigo. Les
ayudaremos a encontrar la solución». Sin embargo, cuando los funcionarios
gubernamentales subieron al escenario, sus discursos fueron recibidos con un
cortés pero gélido silencio[51].
Los médicos y los
enfermeros británicos están cansados de reformas en un NLIS que ya ha sido
varias veces reformado a fondo en una década. Cualquier reforma
organizacional
lleva tiempo para ser asimilada: el personal tiene que aprender cómo poner en
práctica los cambios, a quién llamar en cada momento, qué formularios emplear,
qué procedimientos seguir. Si un paciente tiene un ataque cardiaco, no se
piensa en ir a buscar el «Manual de rendimientos de las mejores prácticas» para
enterarse de las últimas reglas acerca de lo que se supone que hay que hacer.
El proceso de asimilación es más largo cuanto mayor y más compleja sea la
organización en las que se trabaja. El NHS, que es la entidad que más empleos
proporciona en Gran Bretaña, está formado por más de 11 millones de personas.
No puede cambiar de rumbo como si fuera un velero. Tanto los enfermeros como
los médicos están todavía aprendiendo los cambios propuestos hace una década.
La asimilación
—conversión de información y práctica en conocimiento tácito— constituye un
proceso esencial para todas las habilidades. Si una persona tuviera que pensar
todos y cada uno de los movimientos que realiza cuando se despierta,
necesitaría una hora para levantarse de la cama. A menudo, cuando hablamos de
hacer algo «instintivamente» nos referimos a un comportamiento a tal punto
convertido en rutina que no pensamos en él. Al aprender una habilidad,
desarrollamos un complicado repertorio de esos procedimientos. En las fases
superiores de la habilidad, hay una constante interrelación entre el
conocimiento tácito y el reflexivo, el primero de los cuales sirve como ancla,
mientras que el otro cumple una función crítica y correctiva. La calidad artesanal
es resultado de esta fase superior en juicios a partir de hábitos tácitos y
suposiciones. Cuando una institución como el NHS, sometida a una reforma
convulsa, no permite desarrollar el ancla tácita, el motor del juicio se
atasca. El personal carece de experiencias que juzgar; sólo tiene un conjunto
de proposiciones abstractas acerca del trabajo de buena calidad.
En cambio, a los
partidarios de patrones de calidad absoluta les preocupa de múltiples maneras
el intercambio entre el conocimiento tácito y el explícito, a tal punto que en
los escritos de Platón sobre la artesanía se trata el patrón empírico con
desconfianza. Platón considera que con harta frecuencia es una excusa de la
mediocridad. Sus herederos modernos del NHS deseaban eliminar de raíz el
conocimiento asimilado, exponerlo a la limpieza del análisis racional, y se han
sentido frustrados porque gran parte del conocimiento tácito que habían
adquirido los médicos y los enfermeros era precisamente conocimiento que no
podían expresar en palabras ni exponer en proposiciones lógicas. Michael
Polanyi, el filósofo moderno más en sintonía con el conocimiento tácito, ha
reconocido que se trata de una preocupación justificada. Cómodamente instalada
en este conocimiento, la gente prescindirá del patrón superior; despertar la
autoconciencia es precisamente la manera de impulsar al trabajador a que mejore
su trabajo.
Por tanto, tenemos
aquí un emblemático conflicto entre evaluaciones de calidad,
del cual derivan
dos conceptos distintos de artesanía institucional. Para adoptar un punto de
vista amplio, digamos que los reformadores del NHS están elaborando un sistema
que funciona correctamente, y su impulso por la reforma refleja algo acerca de
toda artesanía: el rechazo a salir simplemente del paso, la negación del
trabajo sólo suficientemente bueno como una excusa de la mediocridad. Siguiendo
con este mismo punto de vista respecto de las reivindicaciones de la práctica,
reconozcamos que ésta abarca la detección de un problema —sea una enfermedad,
un parachoques o una pieza del núcleo informático de Linux— con todas sus
ramificaciones. Este artesano ha de ser paciente y abstenerse de soluciones
apresuradas. Un buen trabajo de este tipo tiende a centrarse en las relaciones;
o bien despliega el pensamiento relacional acerca de los objetos, o bien, como
en el caso de los enfermeros del NHS, presta atención a las pistas que ofrecen
otras personas. Eso refuerza las lecciones de la experiencia a través del diálogo
entre conocimiento tácito y crítica explícita.
Así las cosas, una
razón de las dificultades que pueden presentarse a la hora de pensar los
valores de la artesanía es que ya la palabra misma implica valores en
conflicto, conflicto que en escenarios institucionales como la atención médica
sigue hasta hoy sin resolver y mantiene toda su crudeza.
Un antiguo ideal de
la artesanía, celebrado en el himno de Hefesto, unía habilidad y comunidad.
Todavía hoy son evidentes las huellas de aquel ideal entre los programadores de
Linux. Parecen un grupo extraño, marginal, debido a tres problemáticas formas de
organización de la artesanía en la actualidad.
La primera
dificultad se presenta en el intento de las instituciones de motivar al
personal a trabajar bien. Algunos esfuerzos para motivar un buen trabajo en
nombre del grupo se han revelado vacíos, como lo demuestra la degradación del
marxismo en la sociedad civil soviética. Otras motivaciones colectivas, como
las de las fábricas japonesas de posguerra, han tenido éxito. El capitalismo
occidental ha afirmado a veces que lo que más motiva a trabajar bien no es la
colaboración, sino la competencia individual, pero en el dominio de la
tecnología avanzada, las empresas que facilitan la cooperación son las que han
obtenido resultados de mayor calidad.
Un segundo problema
reside en el desarrollo de habilidades. La habilidad es una práctica entrenada;
la tecnología moderna se utiliza mal cuando priva a sus usuarios precisamente
de ese concreto y repetitivo entrenamiento manual. Cuando la cabeza y la mano
se separan, el resultado es deterioro mental, particularmente evidente cuando
una tecnología como el CAD se utiliza para eliminar el aprendizaje que tiene
lugar a través del dibujo a mano.
En tercer lugar,
está el problema derivado de los criterios de calidad en conflicto: uno, basado
en la perfección; el otro, en la experiencia práctica. Estas distintas maneras
de evaluar la calidad entran en conflicto institucional, como en el caso de la
atención médica, en
la que el deseo de los reformadores de obtener resultados de acuerdo con un
patrón absoluto de calidad resulta irreconciliable con el patrón de calidad
basado en la práctica asimilada. El filósofo descubre en este conflicto las
reivindicaciones divergentes del conocimiento tácito y del conocimiento
explícito; en su trabajo, el artesano se siente empujado en direcciones
contrarias.
Podemos comprender
mejor estas tres dificultades si analizamos más profundamente su historia. En
el capítulo siguiente exploraremos el taller como institución social que motiva
a los artesanos. Después nos detenemos en los primeros esfuerzos de la Ilustración
del siglo XVIII por dar sentido a las máquinas y las habilidades. Por último,
nos ocuparemos de la conciencia tácita y de la explícita en la larga historia
del trabajo artesanal con un material particular.
2. El taller
El taller es el
hogar del artesano, expresión que debe entenderse históricamente en su sentido
literal. En la Edad Media, los artesanos dormían, comían y criaban a sus hijos
en los lugares en los que trabajaban. El taller, como tal y como hogar de las
familias, era de escala reducida, pues cada uno albergaba como máximo unas
pocas docenas de personas; el taller medieval no se asemejaba en nada a la
fábrica moderna, con espacio para centenares o millares de personas. Es fácil
comprender el atractivo romántico que el taller-hogar ejercía sobre los
socialistas que afrontaban por primera vez el paisaje industrial del siglo XIX.
Karl Marx, Charles Fourier y Claude Saint-Simon veían en el taller un espacio
de trabajo humano, donde también parecían encontrar un buen hogar, un lugar en
el cual el trabajo y la vida se entremezclaban.
Sin embargo, esta
cautivadora imagen es engañosa. El taller-hogar medieval no respondía a las
reglas de una familia moderna regida por el amor. Organizado en un sistema de
gremios, el taller proporcionaba otras recompensas emocionales más
impersonales, la más importante de las cuales era el prestigio en la ciudad,
«Hogar» sugiere estabilidad segura, pero esto era algo por lo cual los talleres
tenían que luchar, pues no podían dar por supuesta su supervivencia. Incluso
hoy, el taller como hogar podría enturbiar esta viva escena del trabajo. En la
actualidad, la mayoría de los laboratorios científicos están organizados como
talleres, en el sentido de que son lugares de trabajo pequeños y con relaciones
cara a cara. También en las grandes empresas se pueden crear las condiciones
propias del taller: las plantas modernas de
la industria
automotriz combinan la línea de montaje con espacios reservados a pequeños
equipos especializados; la fábrica de automóviles se ha convertido en un
archipiélago de talleres.
Más satisfactoria
es la siguiente definición del taller: espacio productivo en el que las
personas tratan las cuestiones de autoridad en relaciones cara a cara. Esta
austera definición no sólo atañe a quién manda o a quién obedece en el trabajo,
sino también a las habilidades como fuente de la legitimidad del mando o de la
dignidad de la obediencia. En un taller, las habilidades del maestro pueden
valerle el derecho a mandar, y aprender de ellas y asimilarlas puede dignificar
la obediencia del aprendiz o del oficial. En principio.
Para emplear esta
definición necesitamos tener en cuenta el antónimo de autoridad: autonomía,
trabajo autosuficiente realizado sin interferencia de nadie. La autonomía tiene
su propio poder de seducción. Es fácil imaginar que, en caso de haber dispuesto
de mayor control sobre su trabajo, los obreros de la construcción soviéticos a
los que nos hemos referido en el capítulo anterior habrían trabajado con mayor
dedicación. Los enfermeros y los médicos de Gran Bretaña creían sin duda que
estaban en mejores condiciones de afrontar una tarea difícil si se los dejaba
solos. Debían ser dueños de su casa. Sin embargo, nadie aprendería a poner
cristales en una ventana o a extraer sangre trabajando solo. En el trabajo
artesanal tiene que haber un superior que establezca patrones y que dé
formación. En el taller, las desigualdades de habilidad y experiencia se
convierten en un asunto de relaciones personales. El taller exitoso depositará
la autoridad legítima en personas, no en derechos y deberes preestablecidos en
un papel. En el taller fallido, los subordinados, como en el caso de los
obreros rusos de la construcción, se desmoralizarán o, como en el de los
enfermeros británicos en la convención médica, mostrarán su enfado precisamente
ante aquellos a quienes deberían obedecer.
La historia social
de la artesanía es en gran parte la historia de los esfuerzos de los talleres
para resolver o eludir problemas de autoridad y autonomía. Los talleres tienen
en realidad otros aspectos, como sus relaciones con los mercados o la búsqueda
de fondos financieros y beneficios. La historia social de los talleres pone de
relieve la manera en que las instituciones se organizaron para encarnar la
autoridad. Un momento significativo de la historia de los talleres tuvo lugar a
finales de la era medieval, período particularmente esclarecedor para los
problemas de autoridad de nuestros días.
LA CASA DEL GREMIO
El orfebre medieval
La autoridad del
artesano medieval se basaba en su condición de cristiano. El
cristianismo
primitivo había abrazado desde sus orígenes la dignidad del artesano. Que
Cristo fuera hijo de un carpintero era un hecho de gran relevancia tanto para
los teólogos como los laicos, pues los humildes orígenes de Dios enviaban una
señal acerca de la universalidad de su mensaje. Agustín pensaba que Adán y Eva
«tenían la dicha de trabajar en un huerto… ¿Hay acaso una visión más
maravillosa que la siembra de semillas, la plantación de esquejes, el
trasplante de arbustos?»[52]. Además, la religión adoptó el trabajo del
artesano porque estas labores podían contrarrestar la tendencia humana a la
autodestrucción. Como en el himno a Hefesto, el trabajo artesanal parecía
apacible y productivo más que violento. Por esta razón, en la Edad Media
aparecieron nuevos santos-artesanos. En la Gran Bretaña anglosajona, por
ejemplo, los santos Dunstan y Ethelwold eran artesanos del metal, venerados por
el sosiego con que trabajaban.
Si bien respetaba
el trabajo artesanal, la doctrina cristiana medieval también temía a la Pandora
humana, temor que puede remontarse a los orígenes de la fe. La Roma pagana —en
su creencia de que el trabajo que se hace con las manos puede desvelar muchas
cosas acerca del alma— representaba una inmensa locura. Agustín sostenía en sus
Sermones que confessio significaba «acusación de sí mismo; alabanza de
Dios»[53]. El principio del retiro cristiano tenía su fundamento en la
convicción de que cuanta más distancia se tomara de la obsesión por las cosas
materiales, más cerca se estaría de descubrir una vida interior intemporal que
no es obra humana. Desde el punto de vista de la doctrina, el artesano
representa la aparición de Cristo a la humanidad, pero no su ser.
El artesano
cristiano de la temprana Edad Media encontró su hogar espiritual en la Tierra
en monasterios como el de Saint-Gall, situado en la actual Suiza, refugio
montañoso amurallado en cuyo interior los monjes, además de rezar, cultivaban
el huerto, practicaban la carpintería y elaboraban medicamentos con hierbas.
Saint-Gall albergaba artesanos seglares cuya vida se ajustaba a la disciplina
monástica casi con el mismo rigor. En un monasterio cercano, las monjas de
clausura estricta dedicaban gran parte del día a tejer y coser. Saint-Gall y
los monasterios afines eran comunidades ampliamente autosuficientes,
«sostenibles», como diríamos hoy, que producían la mayor parte de lo que
necesitaban para sobrevivir. Los talleres de Saint-Gall respondían a los preceptos
de autoridad de acuerdo con el doble canon de la fe: el Espíritu Santo puede
aparecerse a hombres y a mujeres que se hallan en estas condiciones, pero no
está contenido entre los muros del convento.
En los siglos XII y
XIII, a medida que las ciudades se desarrollaron, el taller se convirtió en
otro tipo de espacio, a la vez sagrado y profano. Una comparación de la
parroquia que rodeaba la catedral de Notre-Dame de París en 1300 con el
monasterio de Saint-Gall trescientos años antes, en 1000, muestra algunas de
las diferencias. La parroquia episcopal urbana tenía en su seno muchas casas
«privadas», en el sentido
de que un taller
alquilaba o compraba locales a la parroquia y en ellos no podían entrar a
capricho ni los monjes ni los funcionarios religiosos. La Explanada del Obispo,
del lado sur del Sena, servía a la comunidad religiosa como puerta de entrada
para los bienes; la Explanada de Saint Landry, en el lado norte, servía a la
heterogénea comunidad seglar. Cuando Jehan de Chelles empezaba la fase final de
la construcción de esta comunidad urbana, a mediados del siglo XIII, el Estado
se presentaba en sus celebraciones inaugurales como par de la Iglesia. Estas
dos autoridades celebraban juntas y por igual a «los gremios de la
construcción, con elogios a los tallistas, los sopladores de vidrio, los
tejedores y los carpinteros que se encargaban del trabajo manual, así como a
los banqueros que financiaban la obra»[54].
Los gremios eran
corporaciones que intentaban traducir en términos profanos el principio según
el cual rex nunquam moritur, el rey nunca muere[55]. En parte, los gremios se
sostenían en virtud de documentos legales, pero mucho más gracias a la
transmisión práctica de conocimiento. En este «capital de conocimiento» se veía
la fuente del poder económico del gremio. El historiador Robert López describe
el gremio urbano como «una federación de talleres autónomos, cuyos propietarios
[los maestros] tomaban normalmente todas las decisiones y establecían los
requisitos de promoción desde los niveles más bajos [oficiales, ayudantes
contratados o aprendices]»[56]. El Livre des métiers de 1268 contiene una lista
de un centenar de oficios organizados de esta manera y divididos en siete
grupos: alimentos, joyería, metales, textiles y pañeros, pieles y
construcción[57].
Pero a la ciudad
también pasaba la autoridad religiosa de tipo jerárquico. No sólo se trataba de
que los rituales religiosos imprimieran su modelo a las rutinas cotidianas de
los trabajadores urbanos de los gremios, sino que el maestro de cada uno de los
siete gremios más importantes de París reclamaba una autoridad moral afín a la
de un abad. En la ciudad, esa aspiración se veía en parte apoyada por la pura
necesidad. Las ciudades medievales no tenían policía efectiva y la violencia
reinaba en sus calles tanto de noche como de día. El equilibrio interno del
monasterio era completamente inexistente en la ciudad y la violencia de las
calles penetraba en y entre los talleres. La palabra latina auctoritas designa
un personaje que inspira temor, respeto y, en consecuencia, sumisión: el
maestro de un taller tenía que inspirar esos sentimientos para mantener el
orden en su casa.
En gran parte, para
la moral cristiana, el modelo de «hombre» se inspiraba en el artesano cristiano
urbano. La doctrina de la Iglesia primitiva consideraba en general el tiempo
libre como tentación, el ocio como invitación a la pereza. Este temor afectaba
particularmente a las mujeres. Eva era la tentadora, que distraía de su trabajo
al hombre. Los Padres de la Iglesia imaginaban a las mujeres particularmente
proclives a la licencia sexual si no tenían nada en que ocupar sus manos. Este
prejuicio alimentó una práctica: la tentación femenina podía contrarrestarse
mediante
un oficio
particular, el de la aguja —ya fuera en el tejido, ya en el bordado—, que tenía
siempre ocupadas las manos de la mujer.
La idea de la aguja
como remedio para la ociosidad femenina se remonta a Jerónimo, uno de los
primeros Padres de la Iglesia. Como ocurre con los prejuicios que maduran con
el tiempo, a comienzos de la Edad Media este rechazo de la sexualidad se
convirtió igualmente en fuente de honor. Como señala el historiador Edward
Lucie-Smirh, «las reinas no se avergonzaban de tejer ni de coser»; Edith, reina
de Eduardo el Confesor, cosía telas sencillas, lo mismo que Matilde, reina de
Guillermo el Conquistador[58].
No obstante, en la
artesanía, el término genérico «hombre» excluía a las mujeres de la pertenencia
formal a los gremios, aun cuando cocinaran y limpiaran en las casas de los
talleres de la ciudad.
En el gremio
medieval, la autoridad masculina se encarnaba en una jerarquía de tres niveles:
maestro, oficiales y aprendices. Los contratos especificaban la duración de un
aprendizaje, habitualmente siete años, y el coste, normalmente a cargo de los
padres del joven aspirante. Las etapas de progreso en el gremio estaban
marcadas, primero, por la presentación de la obra maestra (chef d’œuvre) que
realizaba el aprendiz al cabo de sus siete años de aprendizaje, trabajo que
demostraba las habilidades elementales que había adquirido. Si aprobaba, ya
oficial, trabajaría durante otros cinco o diez años hasta que pudiera
demostrar, con una obra maestra superior (chef d’oœvre élevé), que merecía
ocupar el lugar del maestro.
La presentación del
aprendiz se basaba en la imitación: el aprendizaje como copia, mientras que la
del oficial tenía mayor alcance. Debía demostrar competencia de gestión y poner
de manifiesto su fiabilidad como futuro líder. La diferencia entre la pura imitación
del procedimiento y la comprensión más amplia de cómo utilizar lo que se sabe
es, como hemos visto en el capítulo anterior, señal distintiva de todo
desarrollo de habilidades. El taller medieval se caracterizaba por la autoridad
que confería a los maestros, jueces de este progreso. Los veredictos del
maestro eran definitivos, inapelables. Sólo raramente un gremio interferiría en
los juicios de maestros individuales de un taller, pues el maestro unía en su
persona autoridad y autonomía.
A este respecto, un
oficio que se presta bien al estudio es el de la orfebrería medieval, pues
tenía una peculiaridad que lo hace comprensible a nuestros ojos del siglo XXI.
El aprendiz de orfebre estaba sujeto a su puesto mientras aprendía a fundir,
expurgar y pesar metales preciosos. La adquisición de estas habilidades
requería las instrucciones personales y prácticas de su maestro. Pero una vez
presentada su obra maestra en su lugar de residencia, el aprendiz podía pasar
de una ciudad a otra como
oficial, de acuerdo
con las oportunidades que se le presentaran[59]. El oficial orfebre que se
desplazaba de esta manera presentaba su obra maestra superior ante
corporaciones de maestros artesanos en ciudades extranjeras. Con sus talentos
de gestión y su conducta moral tenía que convencer a estos extraños de que
podía llegar a ser uno de ellos. A propósito de los emigrantes económicos
modernos, el sociólogo Alejandro Portes observa su personalidad emprendedora,
en comparación con la personalidad pasiva de quienes se quedan en su casa. Este
dinamismo migratorio era inherente a la orfebrería medieval.
Por esta razón el
orfebre atrajo en su época la atención de Ibn Jaldún, primero y uno de los más
grandes sociólogos de la historia. Ibn Jaldún nació en lo que hoy es Yemen,
pero viajó extensamente por la Andalucía española, que a la sazón era una
sociedad mixta formada por judíos, cristianos y musulmanes, con ligero
predominio de éstos. La Muqaddimah, una vasta empresa, es en parte una rigurosa
exposición sobre artesanía. En Andalucía Ibn Jaldún prestó atención tanto a los
productos de los gremios cristianos locales como al trabajo de los orfebres
itinerantes. A su juicio, los orfebres se parecían a los bereberes,
fortalecidos por los viajes y la movilidad. Los gremios sedentarios, por el
contrario, le parecían perezosos y «corruptos». El buen maestro, en sus
palabras, «preside una casa itinerante»[60].
En el reverso de la
moneda, el trabajo itinerante y el flujo del comercio internacional en la era
medieval dieron lugar a los mismos temores que experimentamos hoy en día. La
gran preocupación de los gremios urbanos era que el mercado se inundara de bienes
nuevos que ellos no habían producido. Los gremios del Londres o el París
medievales en particular organizaron acciones defensivas contra el crecimiento
del comercio en Europa del Norte. Conjuraban esta amenaza mediante la
imposición de multas e impuestos en las puertas de las ciudades y la estricta
regulación del funcionamiento de las ferias en el interior de las ciudades. Los
gremios itinerantes, como el de los orfebres, buscaban contratos que
mantuvieran las mismas condiciones de trabajo dondequiera que el orfebre
trabajara. Lo mismo que los antiguos tejedores griegos, estos artesanos
medievales trataban de transmitir intactas las prácticas del oficio de
generación en generación. Su enemigo fue el ritmo de «natalidad» y extinción
del que habla Hannah Arendt, por razones de mantenimiento de la práctica del
oficio en condiciones internacionalmente similares.
El Livre de métiers
menciona de paso a maestros que se convirtieron en oficiales «ya a causa de la
pobreza, ya por elección»[61]. El primer tipo de movilidad descendente es fácil
de entender; los maestros fracasados se convertían en sirvientes de otras personas.
El segundo, tal vez se explique con el modelo del orfebre itinerante: un
maestro que renuncia a su lugar en la jerarquía de los gremios de una ciudad
con el fin de viajar en busca de otras oportunidades.
A pesar de que los
orfebres adultos constituían algo semejante a los modernos
trabajadores
flexibles, que se desplazan a donde hay trabajo, los miembros de los gremios
forjaron un fuerte sentimiento de comunidad. La red del gremio proporcionaba a
los trabajadores contactos en sus mudanzas y, lo que es igualmente importante,
ponía el énfasis en las obligaciones del migrante para con sus nuevos
compañeros orfebres. Un elaborado ritual cumplía las funciones de unir entre sí
a los miembros del gremio. Además, muchos gremios de orfebrería contaban con
fraternidades asociadas que incluían mujeres; estas fraternidades proveían
ayuda a los trabajadores en apuros, desde la organización de acontecimientos
sociales hasta la compra de parcelas donde enterrar a sus muertos. En una época
en que los contratos escritos entre adultos no tenían prácticamente fuerza
vinculante, en que la base de las transacciones comerciales era la confianza
informal, «la obligación terrenal más urgente de todo artesano medieval era el
establecimiento de una buena reputación personal»[62]. Y lo era sobre todo para
los orfebres itinerantes, extraños en muchos de los lugares en los que
trabajaban. La vida ritual de los gremios y sus fraternidades proporcionaban un
marco para establecer su probidad.
Tener «autoridad»
es algo más que ocupar un lugar honorable en una red social. Para el artesano,
la autoridad reside igualmente en la cualidad de sus habilidades. Y en el caso
del orfebre, las buenas habilidades que establecía la autoridad del maestro eran
inseparables de su ética. Este imperativo ético se expresaba a través de una
actividad puramente técnica, el aquilatamiento, que daba al orfebre su valor
económico.
La economía
medieval sufría el ataque de monedas corruptas, desvalorizadas y falsas. Además
de fundir oro a partir de la pepita en bruto, el orfebre tenía la función de
descubrir la verdad en relación con sustancias camufladas. El honor del gremio
reforzaba la honestidad; los orfebres deshonestos, cuando se los descubría,
eran severamente castigados por otros miembros del gremio[63]. La reputación
del artesano fiable era importante tanto económica como políticamente, pues era
él quien certificaba la autenticidad de la riqueza de un noble o del gobierno
de una ciudad. Para reforzar el sentido ético del artesano, en el siglo XIII el
aquilatamiento del oro se convirtió en ritual religioso, santificado por
oraciones especiales, durante el cual el contenido en oro era objeto de
juramento en el nombre de Dios por parte de un maestro artesano. Es posible que
hoy no creamos que la fe contribuya a establecer la verdad en cuestiones de
química; nuestros antepasados sí lo creían.
Los procedimientos
del aquilatamiento del oro no eran científicos en sentido moderno. La
metalurgia se hallaba aún bajo el dominio de la antigua creencia en los cuatro
elementos básicos de la naturaleza. Sólo a finales del Renacimiento los
metalúrgicos pudieron utilizar ampliamente la única prueba de «copelación», en
la
que se quema una
muestra con aire caliente para oxidar impurezas, como el plomo[64]. Antes, el
orfebre medieval tenía que valerse de muchas pruebas para llegar a la
conclusión de que el material que tenía en las manos era realmente oro.
En el
aquilatamiento, el término «manual» no era para el orfebre simplemente una
manera de hablar; indicaba que lo más importante de las pruebas dependía de su
sentido del tacto. El orfebre extendía y apretaba el material en la mano
tratando de evaluar su naturaleza a partir de su consistencia. En la Edad Media
se dotaba al tacto de propiedades mágicas, incluso religiosas, como en el
«tacto del rey», operación en la que el rey imponía las manos a una persona
para curarle la lepra o la escrófula. En la práctica del oficio, cuanto más
lento y exploratorio, más fiable parecía a sus pares y a sus empleados el
trabajo del orfebre con sus manos. Los resultados inmediatos a los que se
llegaba con una sola prueba eran sospechosos.
También la ética
dio forma a la relación entre los orfebres y los alquimistas. En los siglos XIV
y XV, la alquimia no era en absoluto la locura por la que hoy la tomamos, pues
entonces se creía que todos los elementos sólidos compartían la misma «tierra»
fundamental. Ni eran embaucadores los que practicaban la alquimia; a finales
del siglo XVII incluso figuras como Isaac Newton tuvieron sus escarceos
alquímicos. «La mayoría de los principales alquimistas —dice el historiador
Keith Thomas— creían dedicarse a una severa disciplina espiritual más que a una
mera búsqueda de oro»[65]. Perseguían principios de purificación de acuerdo con
los cuales era posible extraer una sustancia «noble» a partir de la tierra en
bruto, lo que a su vez servía de modelo de la purificación del alma. Así, a
menudo el orfebre y el alquimista eran, por así decirlo, las dos caras de la
misma moneda, ambos comprometidos en la misma búsqueda de purificación.
Sin embargo, el
orfebre medieval, en tanto que enemigo jurado del falsificador, cumplía la
función de crítico práctico de las pretensiones de la alquimia. En la Edad
Media abundaban los tratados de alquimia, algunos de los cuales eran pura
fantasía, mientras que otros constituían serias y profundas investigaciones que
se basaban en la ciencia de la época. En el aquilatamiento, el orfebre
comprobaba la teoría con sus manos, en el sentido literal de la expresión. Su
relación con tos teóricos alquimistas se asemejaba al moderno enfermero
británico que ante una pila de «reformas» sobre el papel evalúa su sustancia en
la práctica.
Tal vez lo más
revelador de la orfebrería sea lo que este oficio pone de manifiesto en lo
tocante al taller como hogar del artesano, en calidad de lugar que une familia
y trabajo. Todos los gremios medievales se basaban en la jerarquía de la
familia, pero no se trataba necesariamente de parentesco biológico. El maestro
artesano se hallaba legalmente in loco parentis con respecto a los oficiales y
los aprendices a él
subordinados, pese
a no tener con ellos ningún vínculo de sangre. Un padre confiaba sus hijos al
maestro artesano como padre sustituto, lo que resultaba sobre todo evidente en
la transferencia del derecho a castigar con violencia física el mal comportamiento.
Sin embargo, al
convertir el lugar de trabajo en sustituto de la familia, se limitaba también
la autoridad del padre sustituto. El maestro estaba obligado por un juramento
religioso al que ningún padre jamás debía someterse: el de mejorar las
habilidades de las personas a su cargo. Este contrato, observa el historiador
S. R. Epstein, protegía a los aprendices del «oportunismo de sus maestros. [De
lo contrario,] eran susceptibles de ser explotados como mano de obra barata»
sin ningún beneficio a cambio[66]. En correspondencia, el aprendiz se
comprometía mediante juramento religioso a mantener los secretos de su maestro.
Estos vínculos legales y religiosos proporcionaban recompensas emocionales que
el lazo biológico no podía proveer: garantizaban al buen aprendiz que sería
portador de emblemas o banderas del gremio en los desfiles cívicos y que
gozaría de un lugar de privilegio en los banquetes. Los juramentos religiosos
de los gremios establecían el honor recíproco entre el padre sustituto y el
hijo más que la simple obediencia filial.
Hoy, a la docena de
años que dura aproximadamente la infancia le sigue una adolescencia que parece
prolongarse, penosamente, una década más. Los historiadores de la infancia,
como Philippe Aries, han sostenido que en la Edad Media esa prolongación de la juventud
era completamente desconocida: a partir de los seis o siete años, los niños
eran tratados como jóvenes adultos, luchaban junto a la gente mayor y a menudo
se casaban antes de llegar a la pubertad[67]. Pese a errores fácticos, el
relato de Aries explica las relaciones de autoridad y autonomía en la vida del
gremio, pues estas relaciones giraban en torno al trato de adulto incipiente
que se daba al niño.
Los registros
históricos muestran que muchos gremios privilegiaban a los hijos biológicos de
los maestros, pero el disfrute de tal privilegio no estaba asegurado. En
efecto, los negocios familiares duraderos eran más bien la excepción que la
regla. Según una amplia estimación, a comienzos del siglo XV, en el denso
cinturón europeo de talleres que iba de Brujas a Venecia sólo la mitad de los
negocios familiares, aproximadamente, pasaba de generación en generación. A
finales del siglo XVII, únicamente la décima parte de los hijos de artesanos
ocupaban el lugar de su padre[68]. Para ser más exactos, en 1375, alrededor de
la mitad de los hijos de maestros toneleros de Brujas se hacían cargo de los
talleres de sus padres; hacia 1500, casi ninguno[69]. Paradójicamente, el
juramento que obligaba al padre vicario a transmitir una habilidad constituía
una garantía más segura que el poder del padre biológico para transmitir una
empresa de la que el joven adulto pudiera ser dueño en su propia casa.
La subrogación, tal
como se experimentaba hace ocho siglos, no es por completo un «país
extranjero», para recordar la frase de L. P. Hartley. La paternidad vicaria es
una realidad moderna en las escuelas, donde los maestros dominan una parte cada
ve2 mayor del ciclo vital humano. El divorcio y las segundas nupcias crean otro
tipo de paternidad vicaria.
El taller medieval
era un hogar que se mantenía unido más poi honor que por amor. En esta casa, el
maestro concretamente basaba su autoridad en la transferencia de habilidades.
Éste era el papel del padre sustituto en el desarrollo infantil. No «daba» amor;
se le pagaba para que ejerciera su tipo particular de paternidad. Como un
espejo que se alza ante nosotros, in loco parentis es una imagen de paternidad
estimulante y a la vez inquietante, el maestro desempeñaba un claro papel de
figura paterna que expandía los horizontes de un niño más allá de los
accidentes del nacimiento. Además, en la orfebrería se iniciaba al niño en un
código de honor adulto que ampliaba sus horizontes allende la casa individual y
los confines de un padre amado en particular. El padre vicario medieval podía
ser afectuoso con los jóvenes a su cargo, pero no tenía por qué amarlos. El
amor, en sus vicisitudes íntimas, en la pureza de su generosidad, no es
objetivo de la artesanía. El padre vicario, sentimos la tentación de decir, era
una figura paterna más fuerte.
En resumen, el
artesano medieval era al mismo tiempo hermano y extraño para la mirada actual.
Su trabajo era migrante, aunque también procuraba estabilidad mediante la
habilidad compartida. La conducta ética estaba implícita en su trabajo técnico.
Su oficio requería la participación activa, como una práctica clínica. Su
paternidad vicaria revela virtudes aún hoy poderosas, aunque su taller no haya
perdurado. Ninguna de las muchas razones de la declinación del taller medieval
es más importante que el fundamento de la autoridad que en él se daba, esto es,
el conocimiento que podía transmitirse por imitación, el ritual y la
subrogación.
EL MAESTRO EN
SOLEDAD
El artesano se hace
artista
Probablemente, la
pregunta más común que se hace la gente acerca de la artesanía, o el oficio, es
en qué se diferencia del arte. En términos numéricos, la pregunta no tiene gran
alcance. En efecto, los artistas profesionales constituyen una parte pequeñísima
de la población, mientras que los artesanos se extienden por coda clase de
trabajos. En términos prácticos, no hay arte sin artesanía; la idea de una
pintura no es una pintura. La línea divisoria entre artesanía y arte parecería
establecer una separación entre técnica y expresión, pero, como me dijo una vez
el poeta James Merrill: «Si esta línea existe, no es el poeta quien tiene que
trazarla; el poeta sólo ha de centrarse en hacer real el poema». Aunque la
pregunta «¿qué es el arte?» plantea
una cuestión seria
e inagotable, es posible que esta particular preocupación por encontrar la
definición del arte esconda algo más: tratamos de hacernos una idea de qué
significa la autonomía, entendida como impulso que nos impele desde dentro a
trabajar de una manera expresiva, por nosotros mismos.
Así fue al menos
como concibieron la cuestión los historiadores Margot y Rudolf Wittkower en su
apasionante Nacidos bajo el signo de Saturno, que narra el surgimiento del
artista del Renacimiento a partir de la comunidad medieval de artesanos[70]. En
esta versión del cambio cultural, el «arte» realiza un ascenso de gran
envergadura. Ante todo, representa el privilegio nuevo y más amplio que la
sociedad moderna concede a la subjetividad: el artesano está volcado hacia
fuera, hacia su comunidad, mientras que el artista se vuelve hacia dentro,
hacia sí mismo. Los Wittkower destacan la reaparición de Pandora en el cambio;
la subjetividad autodestructiva se puso en evidencia con los suicidios de los
artistas Francesco Bassano y Francesco Borromini[71]. Para la mentalidad de sus
contemporáneos, fue el genio lo que impulsó a estos hombres a la desesperación.
Esta versión del
cambio no es un relato del todo exacto; las oscuras consecuencias de la
subjetividad se aplicaban en el pensamiento renacentista a un campo más amplio
que el de la creación artística, se tratara o no de genios. Anatomía de la
melancolía (1621), de Robert Burton, exploraba el «temperamento saturniano»
como una condición humana que, arraigada en la biología, se da cuando se
permite la proliferación del melancólico «humor» introspectivo, lo más cercano
que se pueda imaginar a lo que para la medicina moderna sería una secreción
glandular. El aislamiento, explicaba Burton, estimula esta secreción. Su
digresiva obra maestra volvía una y otra vez al temor de que la subjetividad se
convirtiera en melancolía. Para Burton, el «artista» es sólo un ejemplo del
riesgo de depresión implicado en el funcionamiento del cuerpo humano en
solitario.
Los Wittkower
creían que el arte colocaba a los artistas en una situación social de mayor
autonomía que la del artesano, debido a una razón específica; que el artista
aspiraba a la originalidad de su trabajo, y la originalidad es el rasgo
distintivo de individuos únicos, solitarios. En realidad, pocos artistas del
Renacimiento trabajaron en solitario. El taller del artesano tuvo continuidad
en el estudio del artista, lleno de asistentes y aprendices, pero los maestros
de estos estudios concedieron un valor nuevo a la originalidad del trabajo que
en ellos se realizaba; la originalidad no era un valor que los rituales de los
gremios medievales celebraran. Aún hoy, este contraste da forma a nuestro
pensamiento: el arte parece llamar la atención sobre el trabajo único o, al
menos, distintivo, mientras que la artesanía es una práctica más anónima,
colectiva y continuada. Pero deberíamos desconfiar de este contraste. La
originalidad es también una etiqueta social, y los individuos originales
establecen vínculos peculiares con otras personas.
Los mecenas de los
artistas del Renacimiento y el mercado para su arte cambió a medida que la
sociedad cortesana se desarrolló a expensas de las comunas medievales. Los
clientes tenían una relación cada vez más personal con los maestros de los
estudios. Con frecuencia no entendían qué intentaban conseguir los artistas,
pero con la misma frecuencia afirmaban su autoridad para juzgar el valor del
trabajo. Si bien el artista era original en sus obras, carecía, como miembro de
una comunidad, del escudo colectivo que lo defendiera de esos veredictos. La
única defensa del artista contra la intrusión era alegar «No me entendéis», que
por cierto no constituía una fórmula de venta demasiado atractiva. Una vez más
nos encontramos con una resonancia moderna; ¿quién está en condiciones de
juzgar la originalidad? ¿El creador o el consumidor?
El orfebre más
famoso del Renacimiento, Benvenuto Cellini, trató estos problemas en su
Autobiografía, que empezó a escribir en 1558. Este libro se inicia con una
afirmación de confianza: un soneto en el que se jacta de dos logros. El
primero, relativo a su vida: «Me he visto envuelto en sorprendentes aventuras y
he salido de ellas con vida para poder contarlo». Nacido en Florencia en 1550,
Cellini fue encarcelado en varias ocasiones por sodomía; tuvo ocho hijos y fue
astrólogo. Sufrió dos intentos de asesinato por envenenamiento, uno con
diamantes pulverizados y otro mediante una «salsa deliciosa» que había
preparado un «sacerdote vicioso»; asesinó a un cartero; ciudadano francés por
adopción, abominó de Francia; soldado, espió para el ejército contra el cual
peleaba…; el catálogo de tan asombrosos episodios es inagotable.
El segundo logro se
refiere a su obra. «En mi obra —se jacta— / he superado a muchos y he llegado
al nivel / del único mejor que yo»[72]. Un solo maestro, Miguel Ángel, y ningún
igual; ninguno de sus pares es capaz de alzarse a su nivel ni de ser tan original.
Un famoso salero de oro que Cellini produjo en 1543 para Francisco I de Francia
(hoy en el Kunsthistorisches Museum de Viena) servía para justificar su
jactancia. Ni tan altivo monarca se habría servido sal de ese salero, ni
siquiera ocasionalmente. El cuenco que contiene la sal está empotrado en una
maraña dorada. En su corona, dos figuras doradas, una masculina y otra
femenina, representan el Mar y la Tierra (la sal pertenece a ambos dominios),
mientras que, en la base de ébano, diversas figuras en bajorrelieve representan
la Noche, el Día, el Ocaso y la Aurora, además de los cuatro Vientos (la Noche
y el Día rinden homenaje directo a las esculturas que Miguel Ángel realizó de
estas mismas figuras para las tumbas de los Medici). La intención de este magnífico
objeto era causar asombro, y lo consiguió.
Antes de
preguntarnos por qué este salero es más una obra de arte que una pieza de
artesanía, tenemos que situar a Cellini entre sus colegas. A lo largo de la
Edad
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Media hubo
maestros, y también oficiales, como consta en el Livre des métiers, que
deseaban establecerse por su cuenta como empresarios. Estos empresarios
artesanos deseaban pagar a sus asistentes sin asumir la obligación de darles
formación. Su prosperidad dependía de que consiguieran hacerse un nombre para
sus productos, algo parecido a lo que hoy llamaríamos «marca de fábrica».
Esta última
circunstancia confería una señal de distinción cada vez más personal. Los
gremios medievales no tendían a acentuar diferencias individuales en el seno de
los talleres de una ciudad; el esfuerzo colectivo de control del gremio indica
dónde se han hecho una taza o un abrigo, no quién los ha hecho. En la cultura
material del Renacimiento, aportar el nombre del autor del objeto se hizo cada
vez más importante para la venta de una amplia variedad de bienes, incluso de
los más prosaicos. El salero de Cellini responde a este modelo general de
marca. El hecho de que un cuenco para la sal se hubiera convertido en un objeto
de tal refinamiento que trascendía cualquier mera finalidad funcional era por
sí mismo un motivo de atracción, tanto del objeto como de su autor.
Alrededor de 1100
empezó a mostrarse un cambio en la relación de los orfebres con otros
artesanos, cambio que observa Alain de Lille en su Anticlaudianus a comienzos
de la década de 1180. Hasta ese momento, las formas de trabajar el oro en los
objetos decorativos habían marcado las pautas de la pintura y la fabricación
del vidrio, pues el marco de oro orientaba los objetos en él contenidos. Más o
menos en esa época, como observa T. E. Heslop, historiador de los oficios, el
proceso comenzó a invertirse lentamente; «Lo que llamaríamos naturalismo, más
fácil de asociar a la pintura y la escultura, llegó a ser dominante al punto de
que los orfebres tuvieron que cultivar las artes del dibujo y el modelado de
una manera hasta entonces desconocida»[73]. Los cuadros en oro de Cellini son
resultado de este proceso; son una «nueva» modalidad de la orfebrería, en parte
simplemente debido a que incorporan al trabajo del metal otra práctica
artesanal: la del dibujo.
Cellini mantuvo
cierta lealtad respecto de los talleres artesanales de donde surgió su arte.
Nunca se avergonzó de la fundición y la suciedad, el ruido y el sudor que le
son característicos. Además, apoyó el valor de la artesanía tradicional
practicada con probidad. En la Autobiografía cuenta su lucha por extraer oro,
oro real y en grandes cantidades, de masas de material sin desbastar, cuando
incluso sus mecenas más ricos se habrían conformado con la ilusión del dorado
superficial. En términos de carpintería, Cellini odiaba el enchapado. Deseaba
«oro honesto» y sostenía el mismo patrón de veracidad para los otros materiales
con los que trabajaba, incluso en metales baratos como el latón. Tenía que ser
puro, para que las cosas parecieran lo que son.
Considerar la
autobiografía de Cellini únicamente como instrumento al servicio de su autor
sería banalizarla. Si bien en la economía de la época, artesanos-artistas de
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todo tipo
proclamaban los méritos individuales de su obra, el libro de Cellini no
pertenece a la categoría de la publicidad. En efecto, decidió no publicarlo en
vida; lo escribió para sí mismo y lo dejó para la posteridad. No obstante, lo
mismo que muchos otros objetos, su salero llegó a adquirir valor público porque
exponía y expresaba el carácter íntimo de su autor. Era eso, sin duda, lo que
pensaba Francisco I cuando exclamó: «¡He aquí a Cellini en persona!»
Este tipo de
distinción conllevaba recompensas materiales. Como señala el historiador John
Hale, muchos artistas prosperaban gracias a la originalidad de su obra: la casa
de Lucas Cranach el Viejo en Wittenberg era un palacete; lo mismo la de Giorgio
Vasari en Arezzo[74]. Lorenzo Ghiberti, Sandro Botticelli y Andrea del
Verrocchio se formaron como orfebres. Por lo que sabemos, eran más ricos que
sus pares, que permanecían estrictamente en la órbita gremial del
aquilatamiento y de la producción de materia prima.
En sentido general,
la autoridad descansa en un hecho básico de poder: el maestro determina cómo ha
de ser el trabajo que otros realizan bajo su dirección. En esto, el estudio del
artista del Renacimiento no se diferenciaba mucho del taller medieval ni del
laboratorio científico moderno. En el estudio de un artista, el maestro puede
encargarse del diseño de conjunto de la pintura y luego completar las partes
más expresivas de la misma, como, por ejemplo, las cabezas. Pero la existencia
del estudio del Renacimiento se debía sobre todo a las dotes particulares del
maestro; el objetivo no era producir simplemente pinturas como tales, sino más
bien crear sus cuadros o cuadros a su manera. La originalidad daba particular
importancia a las relaciones cara a cara en el seno del estudio. A diferencia
de los orfebres que se dedicaban al aquilatamiento, los asistentes del artista
tenían que permanecer físicamente cerca de sus maestros. En qué consiste la
originalidad es algo difícil de dejar asentado por escrito en un reglamento que
se pueda llevar en el equipaje.
La raíz de
«originalidad» se remonta a una palabra griega, poesis, que Platón y otros
utilizaron con el significado de «algo donde antes no había nada». La
originalidad marca una época; denota la súbita aparición de algo donde antes no
había nada, porque algo adviene súbitamente a la existencia, despierta en
nosotros emociones de asombro y veneración. En el Renacimiento, la aparición
súbita de algo se relacionaba con el arte —el genio, si se quiere— de un
individuo.
Sin duda nos
equivocaríamos si imagináramos que los artesanos medievales se resistían por
completo a la innovación, pero su trabajo artesanal cambiaba lentamente y como
resultado del esfuerzo colectivo. Por ejemplo, la inmensa catedral de Salisbury
comenzó, en 1220-1225, como un conjunto de pilares y vigas de piedra que
delimitaban la Lady Chapel en un extremo de la futura catedral[75]. Los
constructores tenían una idea general del tamaño final de la catedral, pero
nada más. Sin embargo, las proporciones de las vigas de la Lady Chapel sugerían
un DNA (Distributed
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Internet
Applications Architecture) más amplio de ingeniería de la construcción y se
expresaba en la gran nave y dos transeptos construidos entre 1225 y 1250. De
1250 a 1280, este DNA generó el claustro, el tesoro y la sala capitular; en
ésta, las geometrías originales, que apuntaban a una estructura cuadrada,
fueron adaptadas a un octógono, mientras que en el tesoro se adaptaron a una
bóveda de seis lados. ¿Cómo lograron los constructores tan asombrosa
construcción? No hubo ni un solo arquitecto; los albañiles no tenían planos
previos. Más bien al contrario, las acciones elementales con que empezó la
construcción evolucionaron hasta convertirse en principios que fueron
gestionados colectivamente a lo largo de tres generaciones. Cada hecho que se
producía en la práctica de la construcción era absorbido e integrado en las
instrucciones y regulación de la generación siguiente.
El resultado es un
edificio sorprendente, característico, que materializaba las innovaciones en
materia de construcción, pero que no es original en el mismo sentido que el
salero de Cellini: efecto asombroso, pintura hecha de oro puro. Como se ha
señalado ya, el «secreto» de la originalidad es aquí que la bidimensionalidad
del dibujo se ha transferido a la tridimensionalidad del oro, y Cellini llevaba
esta transferencia a un extremo tal que sus contemporáneos jamás habían
imaginado posible.
Pero la
originalidad tenía un precio. La originalidad podía malograr la autonomía. La
Autobiografía de Cellini es un ejemplo típico de cómo la originalidad podía
crear nuevos tipos de dependencia social y, en verdad, de humillación. Cellini
abandonó el dominio del gremio del aquilatamiento y la producción de metales
para ingresar en la vida de la corte con todas sus intrigas y sus mecenazgos.
Sin garantías corporativas del valor de su trabajo, Cellini tuvo que seducir,
acosar e implorar ante reyes y príncipes de la Iglesia. Fueron pruebas de
fuerza desiguales. Por muy polémico y ególatra que Cellini pudiera haber sido
con respecto a sus mecenas, en última instancia su arte dependía de ellos. Hubo
en la vida de Cellini un momento revelador en que esa desigual prueba de fuerza
se le hizo evidente. Envió a Felipe II de España la escultura en mármol de un
Cristo desnudo, al que el rey, con bastante maldad, le agregó un [a] hoja de
parra de oro. Cellini se quejó de que se había mancillado el carácter distintivo
de Cristo, a lo que Felipe II le contestó: «Es mío».
Hoy diríamos que es
una cuestión de integridad —la integridad de la cosa en sí misma—, pero también
es una cuestión relativa a la posición social del autor. Cellini, como insistió
repetidamente en su autobiografía, no debía ser valorado como se valora a un
cortesano, por un título formal o un puesto en la corte. Cualquier persona que
sobresaliese tenía que demostrar su valor a los demás. El orfebre medieval
proporcionaba una prueba de su valor mediante rituales colectivos y una prueba
del valor de su trabajo mediante el lento y cuidadoso proceso de producción.
Estos patrones son irrelevantes para juzgar la originalidad. Póngase el lector
en el
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distinguido lugar
de Felipe II: ante un objeto original y tan poco familiar, ¿cómo estimaría su
valor? Y ante la declaración de Cellini «¡Yo soy un artista! ¡No toquéis lo que
he hecho!», podría perfectamente pensar, imbuido de su majestad real: «¿Cómo se
atreve?»
Un último hecho
sintomático acerca de la Autobiografía de Cellini es que sus experiencias de
dependencia no correspondida y de malentendidos intensificaron la conciencia de
sí mismo. Una y otra vez, en estas páginas, la humillación procedente de un
mecenas impulsa a su autor a períodos de introspección. Era la situación
exactamente opuesta a la de aislamiento pasivo y melancólico que describen las
páginas de la Anatomía de la melancolía de Burton. Aquí el artista del
Renacimiento podría perfectamente constituir el emblema del primer hombre
moderno: activo, y por tanto sufriente, volcado en su vida interior en busca de
refugio en su «creatividad autónoma». Desde este punto de vista, la creatividad
reside en nuestro interior, con independencia de cómo nos trate la sociedad.
Esta creencia
hundía profundamente sus raíces en la filosofía del Renacimiento. Apareció en
los escritos del filósofo Pico della Mirándola, quien entendió Homo faber con
el significado de «el hombre como creador de sí mismo». Pico fue una de las
fuentes (no reconocidas) de Hannah Arendt; su Discurso sobre la dignidad del
hombre, que data de 1486, se basaba en la convicción de que, a medida que la
fuerza de la costumbre y la tradición se debilitaba, la gente tenía que
«experimentar» por sí misma. La vida de cada persona es un relato cuyo autor no
sabe cómo terminará. El personaje que Pico escogió para representar el Homo
faber era Odiseo viajando por el mundo sin saber dónde iría a parar. Una idea
afín a la del hombre como obra de sí mismo aparece en Shakespeare, cuando
Coriolano afirma: «Soy el creador de mí mismo», auténtico desafío a la máxima
de Agustín que advertía: «¡Fuera las manos del yo! ¡Apenas lo toques, lo
arruinarás!»[76]
El arte desempeña
un papel particular en este viaje vital, al menos para los artistas. La obra de
arte se convierte en una boya en el mar, señala el camino. Pero, a diferencia
de un marino, el artista explora su propia trayectoria mediante estas boyas que
produce para sí mismo. Es así, por ejemplo, como procede Giorgio Vasari en Las
vidas (1568), uno de los primeros libros que se escribieron para documentar
carreras artísticas. Las «vidas» de Vasari son las de artistas que se
desarrollaron interiormente, que produjeron obras a pesar de todos los
inconvenientes, artistas con una autónoma e irresistible necesidad de creación.
Las obras de arte son la prueba de una vida interior sostenida incluso ante la
humillación y la incomprensión, como las que a veces tuvo que soportar Cellini.
Los artistas del Renacimiento descubrieron que la originalidad no proporciona
un sólido fundamento social a la autonomía.
El artista
despreciado o incomprendido tiene una larga trayectoria en la cultura
occidental más refinada, y en todas las artes. Cellini es el atribulado
antecesor de
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Mozart en sus
relaciones con el obispo de Salzburgo, en el siglo XVIII, o de las luchas de Le
Corbusier con una convencional Universidad de Harvard en sus intentos de
construir el Carpenter Center for the Visual Arts, en el siglo XX. La
originalidad saca a la superficie las relaciones de poder entre el artista y el
mecenas. A este respecto, el sociólogo Norbert Elias nos recuerda que en las
sociedades cortesanas, el vínculo de obligación mutua estaba distorsionado. El
duque o el cardenal pagaban las facturas de los comerciantes cuando les iba
bien, si es que las pagaban; Cellini, como muchos otros, murió sin cobrar
grandes deudas que la nobleza tenía con él.
En resumen, la
historia de Cellini hace posible cierto contraste sociológico entre artesanía
—u oficio— y arte. Una y otro se distinguen, en primer lugar, por el agente: el
arte tiene un agente orientador o dominante, mientras que la artesanía tiene un
agente colectivo. Además, se distinguen por el tiempo: lo súbito contra lo
lento. Por último, se distinguen por la autonomía, pero, sorprendentemente,
quizás el artista solitario y original haya tenido menos autonomía, tal vez
haya sido incluso más dependiente de un poder que no lo entendía o que le
imponía su capricho, y, por tanto, más vulnerable que el cuerpo de artesanos.
En lo sustancial, estas diferencias son importantes aún hoy para quienes no
pertenecen a los reducidos grupos de artistas profesionales.
Los trabajadores no
motivados, como los obreros soviéticos de la construcción, o los deprimidos,
como los médicos y los enfermeros británicos, no sufren tanto por el trabajo
que realizan como por la manera en que está organizado. Por esa razón no
debemos abandonar la idea del taller como espacio social. Los talleres, hoy
como ayer, han sido y son un factor de cohesión social mediante rituales de
trabajo, sea el de compartir una taza de té, sea el del desfile de la ciudad;
mediante la tutoría, sea la formal paternidad subrogada del medievo, sea el
asesoramiento informal en el lugar de trabajo; o mediante el hecho de compartir
cara a cara la información.
Por estas razones,
el giro histórico es más complejo que un simple relato de decadencia; al taller
de grato ambiente social se le ha agregado un nuevo y perturbador conjunto de
valores de trabajo. La moderna ideología de gestión empresarial urge a trabajar
«creativamente» y a demostrar originalidad incluso a los empleados del nivel
más bajo de la organización. En el pasado, satisfacer esta orden era una fuente
segura de ansiedad. El artista del Renacimiento aún necesitaba un taller, y es
indudable que en él sus ayudantes aprendían del ejemplo de su maestro. La
propia maestría del maestro cambió de contenido; las exigencias de distinción y
originalidad le planteaban un problema motivacional. En adelante, necesitaría
la voluntad de luchar para cumplir con estas exigencias. Su honor adoptó una
naturaleza competitiva. El taller le serviría como refugio de la sociedad.
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«SUS SECRETOS
MURIERON CON ÉL»
En el taller de
Stradivarius
En su
Autobiografía, Cellini dice que los «secretos de su arte morirían» con él[77].
Sin duda, su osadía y su innovación no podían transmitirse por medio de las
cabalgatas, fiestas y oraciones de otras épocas; el valor del trabajo residía
en su originalidad. Así pues, había a largo plazo un límite concreto en la vida
del taller. En la jerga moderna, la transferencia de conocimiento se hizo
difícil; la originalidad del maestro la impedía. Esta dificultad persiste,
tanto en los laboratorios científicos como en los estudios de los artistas.
Mientras que en un laboratorio es fácil introducir al novato en materia de
procedimientos, mucho más difícil es para un científico transmitir la capacidad
para indagar la presencia de nuevos problemas en el curso de la solución de los
antiguos o para explicar la intuición, surgida de la experiencia, de que un
problema está a punto de entrar en un callejón sin salida.
La dificultad de la
transferencia de conocimiento plantea un interrogante acerca de por qué es tan
difícil, por qué el saber se convierte en un secreto personal. No es lo que
ocurre en los conservatorios de música, por ejemplo; tanto por medio de las clases
individuales y magistrales como de discusiones en talleres de trabajo, la
expresión es objeto de constante análisis y refinamiento. En la famosa Clase
19, dirigida por Mstislav Rostropovich en el Conservatorio de Moscú las décadas
de 1950 y 1960, el gran violonchelista utilizaba todo tipo de medios —novelas,
bromas y vodka, junto con el estricto análisis musical— para forzar a sus
discípulos a aumentar su expresividad individual[78]. Sin embargo, en la
fabricación de instrumentos musicales, los secretos de maestros como Antonio
Stradivarius o Guarnieri del Gesù murieron realmente con ellos. Montañas de
dinero e infinidad de experimentos han fracasado en su intento de obtener
información acerca de los secretos de estos maestros. Algo del carácter propio
de estos talleres ha de haber inhibido la transferencia de conocimiento.
Cuando Antonio
Stradivarius comenzó a fabricar violines, formaba parte de una tradición cuyos
modelos para el tallado de la tapa, la tabla armónica y el clavijero de los
instrumentos de cuerda eran los que había establecido Andrea Amati un siglo
antes. Los lutieres posteriores (la palabra «lutier» designa a los fabricantes
de diversos instrumentos de cuerda) se mantenían fieles a estos maestros de
Cremona y a su vecino austríaco Jacob Stainer. Muchos se formaron en los
talleres de sus discípulos; otros aprendieron reparando viejos instrumentos que
caían en sus manos. Desde los orígenes de este oficio, en el Renacimiento, hubo
libros sobre el tallado, pero la producción de los textos era cara y escaso su
número; la formación técnica
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implicaba el
contacto directo con los instrumentos y la explicación oral transmitida de
generación en generación. El joven lutier habría tenido en sus manos, copiado o
reparado un Amati original o prototipo. Éste era el método de transferencia de
conocimiento que heredó Stradivarius.
Por dentro, el
taller de Stradivarius también tenía reminiscencias del pasado, pues, como
sucedía con otros lutieres, la casa, habitada por la familia de Stradivarius y
muchos jóvenes huéspedes aprendices y oficiales, todos varones, era a la vez
lugar de trabajo y hogar. El trabajo ocupaba todas las horas de vigilia. El
taller funcionaba de sol a sol y el equipo de trabajo echaba literalmente
raíces en los bancos, pues los aprendices solteros dormían debajo de ellos,
sobre sacos de paja. Como en el pasado, los hijos varones de Stradivarius que
aprendían el oficio estaban sometidos a las mismas reglas formales de los
aprendices huéspedes.
Normalmente, la
tarea de los más jóvenes consistía en el trabajo preparatorio, como impregnar
de agua la madera, moldearla toscamente y cortarla de manera aproximada. Los
oficiales de nivel superior realizaban la talla más fina de la tabla y montaban
el clavijero, mientras que el maestro se hacía personalmente cargo del ajuste
final de las partes y el barnizado, última capa protectora de la madera y
garantía final de su sonido. Pero el maestro estaba presente en todas las fases
de la producción. Sabemos, gracias a las investigaciones de Tony Faber, que
Stradivarius se ocupaba en persona de los detalles más insignificantes de la
producción de sus violines. Aunque raramente viajaba, en la casa se hallaba en
constante movimiento, no limitado a una función: su personalidad desbordante y
dominante estallaba a veces en espectaculares rabietas, sin parar de dar
instrucciones y lanzar exhortaciones[79].
Sin embargo, el
orfebre medieval no se habría sentido cómodo allí. Como Cellini, el taller de
Stradivarius giraba alrededor de los talentos extraordinarios de un individuo.
Pero tal vez Cellini mismo tuviera dificultad en comprenderlo: entonces el
maestro se presentaba ante el mercado abierto y no ya ante uno o unos pocos
mecenas. En la época de Stradivarius, la cantidad de lutieres y el volumen de
instrumentos también se había expandido radicalmente. La oferta comenzó a
superar la demanda. Incluso Stradivarius, pese a la fama que adquirió muy
pronto, tenía motivos de preocupación acerca de los mercados, porque trataba
con muchos clientes privados y el sostén que proporcionaba este mercado se
mostraba inconstante, sobre todo al final de su larga vida. En las condiciones
de decadencia económica general de la década de 1720, su taller tuvo que
reducir costes y gran parte de su producción quedó sin vender[80]. Las fisuras
en la jerarquía del taller se ampliaron debido a las incertidumbres del mercado
abierto; los aprendices ambiciosos, al ver que incluso un maestro tan famoso
tenía un destino tan incierto, comenzaron a pagar para rescindir los últimos
años de sus contratos o solicitar que se abolieran. Lo que era insólito en los
tiempos del Livre des métiers se había hecho normal: el mercado abierto
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estrechaba el marco
temporal del domino del maestro.
El mercado también
profundizaba esas desigualdades cuya semilla había plantado en el Renacimiento
la imposición de marcas a los bienes artesanales. Ya en 1680, el éxito de
Stradivarius supuso una presión sobre otras familias, como la de los Guarnieri,
empresa fundada por Andrea Guarnieri. El nieto Bartolomeo Giuseppe, conocido
como «Del Gesù», trabajaba a la sombra de Stradivarius. «En contraposición a la
gran clientela internacional de Antonio Stradivarius», nos cuenta el biógrafo
de Guarnieri, sus «clientes eran en general… humildes ejecutantes de Cremona
que [tocaban en] palacios e iglesias de esta ciudad y sus alrededores»[81]. A
pesar de que era un fabricante de tanta calidad como Stradivarius, Del Gesù
sólo pudo mantener su taller durante quince años; mayores fueron aún los
problemas que tuvo para retener a los mejores aprendices.
Cuando Antonio
Stradivarius murió, legó el negocio a sus dos hijos, Omobono y Francesco,
quienes nunca se casaron y pasaron toda su vida adulta en la casa de su padre
como sus siervos-herederos. Fueron capaces de comerciar en su nombre durante
varios años, pero finalmente la empresa se fue a pique. No les había enseñado,
no había podido enseñarles cómo ser un genio. (Los instrumentos de Omobono y
Francesco que he tenido en mi poder y que he tocado son excelentes, pero nada
más).
Éste es el breve
resumen de la muerte de un taller. Durante casi tres siglos los lutieres se
esforzaron por revivir este cadáver con el fin de recuperar los secretos de
Stradivarius y de Guarnieri del Gesù, que murieron con ellos. Esta
investigación de la originalidad se inició en vida de los hijos de
Stradivarius. Los imitadores de Guarnieri del Gesù empezaron a trabajar unos
ochenta años después de su muerte, estimulados por la historia falsa de que sus
mejores violines los había producido en la prisión. Hoy, el análisis del
trabajo del maestro tiene lugar en tres frentes: copias físicas exactas de la
forma de los instrumentos; análisis químico del barniz y un trabajo de análisis
retrospectivo a partir del sonido (la idea es que se podría copiar el sonido en
instrumentos que no tuvieran la misma apariencia que un Stradivarius o un
Guarnieri). Incluso así, como ha hecho notar el violinista Arnold Steinhardt,
integrante del Cuarteto de Cuerdas Guarnieri, el músico profesional puede
distinguir casi al instante entre el original y cualquier copia[82].
Lo que falta en
estos análisis es una reconstrucción de los talleres del maestro, o, para
decirlo con más precisión, un elemento que se ha perdido irremisiblemente: la
absorción en el conocimiento tácito, no verbal y sin codificar en palabras, que
allí se producía y que llegó a convertirse en hábito, a saber, los mil pequeños
movimientos cotidianos que se agregan a una práctica.
El hecho más
importante que conocemos acerca del taller de Stradivarius es la apasionada
dedicación de su maestro, que saltaba inesperadamente de un sitio a otro,
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reuniendo y
procesando los miles de pequeños fragmentos de información, que podían no tener
el mismo significado para los asistentes que sólo se ocupaban de una parte del
proceso. Lo mismo ocurre en los laboratorios científicos dirigidos por genios
idiosincrásicos: la cabeza de su director o directora se llena de una
información cuyo sentido sólo él o ella pueden captar. Por eso es imposible
penetrar en los secretos del físico Enrico Fermi si sólo se estudian los
detalles de sus procedimientos de laboratorio.
Para expresar esta
observación en lenguaje abstracto: en un taller en el que dominan la
individualidad y la originalidad del maestro, es probable que también domine el
conocimiento tácito. Tras la muerte del maestro, seguramente resulta imposible
reconstruir todas las pistas, movimientos y conocimientos intuitivos reunidos
en la totalidad de su obra; no hay ya manera de pedirle que haga explícito lo
tácito.
En teoría, el
taller bien administrado debía equilibrar el conocimiento tácito y el
explícito. Se insistiría ante los maestros para lograr que se explicaran, que
sacaran a la luz el conjunto de pistas y movimientos que habían asimilado
silenciosamente en su interior, a condición de que pudieran y de que quisieran
hacerlo. Gran parte de su autoridad les viene de ver lo que otros no ven, de
saber lo que otros no saben; su autoridad se manifiesta en su silencio.
¿Tendríamos entonces que sacrificar los chelos y los violines Stradivarius en
aras de un taller más democrático?
En el siglo XVII,
la persona más consciente de la dificultad de la transferencia de conocimiento
fue el poeta John Donne, quien expuso el problema de la singularidad en
términos de descubrimiento científico; en estos famosos versos imaginaba al
innovador como un ave Fénix que renace de las cenizas de la verdad y la
tradición recibidas:
Príncipe, Súbdito,
Padre, Hijo, son cosas olvidadas, pues cada hombre en soledad piensa ser un
Fénix, y que por eso nadie más puede haber en esa clase, a la que él pertenece,
salvo él[83][*].
Hoy, la dificultad
para recuperar los secretos de los genios ilustra el contraste que hemos
expuesto en el primer capítulo entre los dos patrones de calidad de un oficio:
el absoluto y el de la calidad de la práctica. El maestro establece un patrón
absoluto, cuya reproducción se demuestra a menudo imposible. Pero debería
tomarse en serio el interrogante democrático que se acaba de formular. ¿Por qué
tratar de recuperar la originalidad de otro? El lutier moderno quiere continuar
con la empresa de fabricar violines; desea producir los mejores violines
posibles de acuerdo con sus aptitudes, antes que quedarse inmovilizado, preso
de la infructuosa imitación. Ésta es la reafirmación de la práctica contra la
perfección. Y, sin embargo, el violonchelo
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Stradivarius
«Davidoff» define lo que un chelo puede llegar a ser, qué es posible, y propone
un modelo que, una vez que se ha oído, resulta imposible de olvidar, sobre todo
si da la casualidad de que uno fabrica chelos.
«Sus secretos
murieron con él»: he aquí una afirmación que proyecta una sombra particular
sobre la ciencia. El sociólogo Robert K. Merton trató de explicar la
transferencia de conocimientos en la ciencia apelando a su famosa imagen; «A
hombros de gigantes»[84]. Con esto quería decir dos cosas: en primer lugar, que
la obra de los grandes científicos establece los términos de referencia, las
órbitas en las que giran los científicos de niveles inferiores; y en segundo
lugar, que el conocimiento es aditivo y acumulativo: se construye en el tiempo,
a medida que unos seres humanos se montan sobre los hombros de gigantes, como
las columnas humanas del circo.
En artesanía, la
idea de Merton se aplicaría a los constructores de la catedral de Salisbury,
cuyos trabajos operaron en la órbita de sus antecesores, gigantes o no. La idea
remitiría a los rituales de los orfebres medievales, que celebraban los
patrones que habían establecido los fundadores monásticos del gremio como
padres. Aunque su modelo sirvió de guía a los albañiles y los orfebres
medievales, resulta más difícil de aplicar al ámbito más moderno del taller de
Stradivarius. No cabe duda de que el deseo de subirse a los hombros del lutier
existió desde su muerte; pero la búsqueda de una base donde apoyarse fue
frustrante y pensar en un gigante podía resultar paralizante. En la práctica,
siempre que resolvemos problemas prácticos espinosos, por pequeños que sean,
hacemos algo original. Y, sin embargo, para el científico es tan imposible
olvidar las ambiciones de Einstein como para un fabricante de instrumentos
musicales olvidar el sonido de un Stradivarius.
En resumen, la
historia del taller muestra una receta que une estrechamente a la gente. Los
ingredientes esenciales de esta receta son la religión y el ritual. Una época
más secular sustituyó estos ingredientes por la originalidad, condición que, en
sus términos prácticos, era independiente de la autonomía, pues implicaba una
nueva forma de autoridad en el taller, una autoridad a menudo silenciosa y de
corta vida.
Una característica
del mundo moderno es nuestra preocupación por rendir obediencia tanto a la
autoridad en esta forma personalizada, como a la autoridad de un orden más
antiguo y de naturaleza más religiosa. Para mencionar sólo un ejemplo de esta
preocupación: Etienne de la Boétie, casi contemporáneo de Cellini, fue uno de
los primeros en poner en tela de juicio la sumisión a la autoridad superior a
través de la admiración o la imitación. A su juicio, la gente tiene mayor
capacidad de libertad. En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria escribió:
«Muchos hombres, muchas aldeas, muchas ciudades, muchas naciones sufren a veces
bajo un solo tirano sin más poder que el que ellos mismos le otorgan; no podría
el tirano hacerles ningún daño si no prefirieran ellos soportarlo a
contradecirlo… En consecuencia, son los habitantes
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mismos quienes
permiten o, más bien, producen su propia servidumbre»[85]. Debe descartarse la
servidumbre por admiración o por tradición, ya que en ese caso el taller no
puede ser un hogar cómodo para el artesano, pues su esencia misma descansa en
la autoridad personalizada y cara a cara del conocimiento. Y sin embargo es un
hogar necesario. Puesto que no puede haber trabajo cualificado sin modelos, es
infinitamente preferible que estos modelos estén encarnados en un ser humano
antes que en un código de práctica inerte y estático. El taller del artesano es
el escenario en el que se desarrolla el conflicto moderno, y tal vez
irresoluble, entre autonomía y autoridad.
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3. Máquinas
El mayor dilema al
que hace frente el artesano-artista moderno es el de la máquina: ¿es la máquina
una herramienta amiga o un enemigo que sustituye el trabajo de la mano humana?
En la historia económica del trabajo manual cualificado, la maquinaria, que comenzó
siendo una aliada, ha terminado a menudo como enemiga. Los tejedores, los
panaderos y los trabajadores del acero han adoptado herramientas que finalmente
se han vuelto contra ellos. Hoy, la llegada de la microelectrónica significa
que las máquinas inteligentes pueden invadir dominios del trabajo no manual,
como el diagnóstico médico o los servicios financieros, otrora reservados al
juicio humano.
El atractivo del
CAD (diseño asistido por ordenador) reside en su velocidad, en que nunca se
cansa y en que, en realidad, su capacidad de cálculo es superior a la de
cualquier persona que trabaje dibujando a mano. Sin embargo, para los seres
humanos la mecanización puede tener un elevado precio personal; el mal uso de
la programación del CAD disminuyó la capacidad de comprensión de sus usuarios.
Parece una historia triste, pero tal vez se pueda contar de otra manera.
¿Podría servirnos esta imperfección comparativa para aprender algo positivo
acerca del ser humano?
Los trabajadores,
lo mismo que muchos escritores, se han debatido con esta cuestión filosófica
desde los albores de la Era Industrial, en el siglo XVIII. Sus observaciones y
argumentos se basaban en una experiencia de la cultura material muy anterior a
la producción mecánica.
Ya en el siglo XV,
Europa se vio invadida por lo que el historiador Simón Schama ha llamado «una
vergüenza de la riqueza», una cornucopia de bienes materiales[86]. En el
Renacimiento, el comercio con países no europeos y la cantidad en constante
aumento de artesanos que trabajaban en las ciudades incrementaron enormemente
el volumen de bienes a disposición de la gente. Jerry Brotton y Lisa Jardine
evocan la «marea de nuevos objetos materiales» que inundó primero los hogares
de Italia en el siglo XV[87]. A comienzos del XVI, en los Países Bajos, Gran
Bretaña y Francia «había una demanda sin precedentes de escritorios, mesas,
aparadores, conjuntos de estantes y armarios colgantes, todo destinado al
adorno y exhibición de nuevas posesiones», en palabras de John Hale[88]. Cuando
la abundancia material se extendió a capas sociales más bajas, se amplió a los
objetos más comunes, como la posesión de varias cacerolas donde cocinar,
diferentes platos donde comer, más de un único par de zapatos para calzarse y
distintas vestimentas para las diferentes estaciones. Cada vez había a
disposición del pueblo común más cosas cuya necesidad damos hoy por
supuesta[89].
Fue al hacer la
crónica de esta marea de objetos materiales cuando Schama aplicó
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la frase «una
vergüenza de la riqueza» a la Holanda de los siglos XVI y XVII, acostumbrada
desde hacía mucho tiempo a la frugalidad y el ahorro. La frase puede resultar
engañosa, pues con frecuencia, a principios de la era moderna, la reacción
general a la abundancia de cosas al alcance de la mano era la ansiedad. El
mundo enriquecido de objetos provocó una intensa preocupación teológica, tanto
en los círculos de la Reforma como en los de la Contrarreforma, en torno a la
seducción de lo material; por debajo del horizonte teológico, este temor afectó
incluso a objetos tan inocuos de la vida cotidiana como los juguetes
infantiles.
A finales del siglo
XVI y comienzos del XVII, por primera vez, los niños europeos comenzaban a
disfrutar de abundancia de juguetes. Con anterioridad —y extrañamente para
nosotros— los adultos se divertían con muñecas, soldados de juguete y otros
artefactos infantiles; se trataba de objetos escasos y caros. A medida que su
coste se redujo, la cantidad de juguetes aumentó. En este proceso, los juguetes
se convirtieron también en propiedad característica de la niñez. El incremento
del número de juguetes introdujo los primeros análisis —en realidad el concepto
mismo — del hecho de «mimar» a los hijos.
En el siglo XVIII,
la introducción de las máquinas incrementó la ansiedad de riqueza. Las
ancestrales cuestiones de privación y carencia no desaparecieron —las masas de
europeos seguían viviendo en una sociedad de escasez—, pero la producción
mecánica de vajilla, ropa, ladrillos y vidrio añadió otra dimensión a la
preocupación: la de cómo hacer buen uso de esos bienes, qué sería favorecido
por la abundancia, cómo evitar que las posesiones estropearan el carácter.
En conjunto, el
siglo XVIII se decantó por la virtud de la abundancia de producción mecánica,
lo mismo que nosotros. Para los consumidores, la máquina era entonces una
promesa de progreso, y de hecho la entrada del siglo XXI es testigo de una
infinita mejora de la calidad de vida: más y mejores medicamentos, casas,
alimentos y una lista interminable. La calidad de la vida material de los
trabajadores europeos pobres de los tiempos modernos es, en muchos sentidos,
superior a la de las clases burguesas del siglo XVII; incluso Martin Heidegger
terminó por instalar electricidad y tuberías modernas en su cabaña de la Selva
Negra. Lo que más preocupaba a los escritores de la Ilustración era el aspecto
productivo de las máquinas, su influencia en la experiencia del hacer,
preocupaciones que aún subsisten.
Ciertas figuras de
la Ilustración consideraban que la superioridad de las máquinas no era motivo
de desesperación para el hombre. Al fin y al cabo, Isaac Newton había descrito
la naturaleza entera como una máquina gigantesca, visión que en el siglo XVIII
llevaron a su extremo autores como Julien Offray de la Mettrie. Otros autores,
inspirados en la eficiencia de la nueva maquinaria, como el motor de vapor de
James Watt, creían en visiones de progreso racional y de «perfectibilidad del
Hombre». Pero había también quienes pensaban otra cosa acerca de este modelo, y
no precisamente a
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la manera de
tradicionalistas contrarios a lo nuevo, sino que la comparación del hombre y la
máquina los llevaba a pensar más en el hombre. Pasaban entonces a primer plano
las virtudes humanas de templanza y simplicidad como contribución a la cultura
humana; de ninguna de estas actitudes se podía decir que fuera mecánica. La
gente que pensaba de esta manera se interesaba particularmente por la
artesanía, que parecía la mediadora entre la abundancia de lo mecánico y el
recato de lo humano.
Desde el punto de
vista social, los artesanos tomaron un nuevo rumbo. El motor de vapor de Watt
del siglo XVIII, originariamente construido en un taller cuyas condiciones de
trabajo se asemejaban a las del estudio de Antonio Stradivarius, pasó en poco
tiempo a ser fabricado, y luego utilizado, en un escenario social radicalmente
distinto. En 1823, la fórmula para la producción de un motor de vapor estaba
completamente codificada en documentos; el maestro —y el propio Watt se
comportaba como un Stradivarius de la ingeniería— ya no tuvo secretos que
guardar. Esto refleja un cambio más amplio en la ingeniería del siglo XIX, que
ya hemos tenido oportunidad de apreciar en la historia del proyecto: un
movimiento que va del conocimiento implícito al predominio del conocimiento
explícito. Por supuesto, el trabajo de taller continuó de distintas maneras en
las artes, el comercio cotidiano y en las ciencias, pero el taller parecía
estar simplemente alimentando los medios para el establecimiento de otra
institución; el taller como estación de paso hacia la fábrica.
A medida que la
cultura mecánica maduraba, el artesano del siglo XIX se mostraba cada vez menos
como mediador y más como enemigo de la máquina. Contra la perfección rigurosa
de la máquina, el artesano se convertía en emblema de la individualidad humana,
emblema concretamente constituido por el valor positivo que se atribuía a la
diversidad, los defectos y las irregularidades del trabajo hecho a mano. La
producción del vidrio en el siglo XVIII había presagiado este cambio de valores
culturales; ahora, los escritos de John Ruskin, el gran analista romántico de
la artesanía, lamentaban la pérdida de los talleres del pasado preindustrial y
convertían los trabajos del artesano de su época en blasón de resistencia,
tanto al capitalismo como a las máquinas.
Estos cambios
culturales y sociales están aún vigentes entre nosotros. Culturalmente,
seguimos luchando por comprender positivamente nuestros límites, en comparación
con la máquina; socialmente, seguimos luchando con el antitecnologismo. En
ambos casos, el trabajo artesanal sigue siendo el foco.
LA HERRAMIENTA
ESPEJO
Replicantes y
robots
Una
herramienta-espejo —expresión de mi cosecha— es un instrumento que nos
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invita a pensar en
nosotros mismos. Hay dos tipos de herramientas-espejo: el replicante y el
robot.
La denominación
moderna del primer tipo viene de la película Blade Runner, que presenta copias
de seres humanos. Las mujeres perfectas creadas en la novela de Ira Levin
titulada Las poseídas de Stepford también son replicantes. En el mundo real,
los marcapasos cardíacos hacen las veces de máquinas replicantes al
proporcionar la carga de energía que el corazón necesita para su correcto
funcionamiento biológico. Todos estos artificios nos reflejan por imitación.
Por el contrario,
una máquina rebotica es la ampliación de nosotros: es más fuerte, trabaja más
rápido y nunca se cansa. Sin embargo, explicamos sus funciones en referencia a
nuestras medidas humanas. La pequeña iPod, por ejemplo, posee la memoria de un robot;
actualmente la máquina es capaz de contener más de treinta y cinco mil minutos
de música, casi la totalidad de la producción escrita de J. S. Bach, más de lo
que ningún cerebro humano puede recordar. El robot es como un espejo de un
parque de atracciones, que amplía la memoria humana hasta dimensiones
gigantescas. Pero, técnicamente, esta gigantesca memoria está organizada para
servir a la pequeña memoria humana de canciones u otras músicas de longitud
abarcable. Los oyentes de iPod nunca utilizan toda la capacidad de memoria de
la máquina a la vez.
Hay una zona
ambigua entre el replicante y el robot, entre la imitación y la ampliación. En
la película Blade Runner, las copias replicantes de los seres humanos amplían
los aspectos particularmente brutales, depravados, de la vida cotidiana. A la
inversa, el Frankenstein de Mary Shelley relata la historia de un gigante de
fabricación humana que desea ser un replicante, pero que es tratado como un ser
humano normal. En general, el replicante nos muestra tal como somos; el robot,
tal como podríamos ser.
El tamaño y la
escala proporcionan dos medidas de la magnitud de la «ampliación». En
arquitectura, es posible ver edificios muy grandes a escala humana, mientras
que ciertas estructuras de pequeño tamaño parecen muy grandes. Para el
historiador Geoffrey Scott, las enormes iglesias barrocas parecen hechas a
escala humana porque sus muros ondulantes y su decorado imitan los movimientos
del cuerpo humano, mientras que el estático pequeño Tempietto de Bramante
parece tan grande, tan ampliado, como el Panteón que le sirve de modelo[90].
La misma distinción
entre medida y escala se aplica a las máquinas; la máquina de diálisis renal es
un gran replicante, mientras que los robots del gabinete de los horrores del
astrofísico Martin Rees, que se alimentan de atmósfera, son microrrobots.
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En la Ilustración,
que fue cuando se empezaron a construir replicantes precisos, las máquinas
parecían juguetes benignos. En 1738, una tienda de París exhibió un autómata
extraordinario construido por Jacques de Vaucanson, inventor de máquinas que se
había educado con los jesuitas. El Flautista de Vaucanson era una figura de
tamaño natural de un metro sesenta y cinco centímetros de altura que tocaba la
flauta. Lo maravilloso era la propia flauta, pues mucho más fácil era que una
figura mecánica tocara el clave, que sólo requería de la máquina la pulsación
de una tecla. El problema de tocar una flauta residía en que para producir el
sonido no sólo se necesitaba la acción de los dedos, sino también la
respiración. Vaucanson creó su Pato con aparato digestivo, criatura mecánica
que parecía ingerir granos por la boca y expeler poco después los excrementos
por el ano. El Pato con aparato digestivo resultó ser un fraude (el ano estaba
relleno), aunque un fraude interesante. El Flautista, en cambio, era auténtico[91].
Para poner al
Flautista en funcionamiento, Vaucanson creó en la base de la figura un
complicado sistema de nueve fuelles que cruzaban el pecho del robot con tres
tubos y proporcionaban el aliento; un conjunto separado de palancas operaba una
lengua mecánica, y otro abría y cerraba los labios. El conjunto era una
maravilla mecánica. Al evocar la admiración que produjo, Voltaire calificó a
Vaucanson de «Prometeo moderno».
Pero esta máquina
no dejaba de ser un replicante, porque el Flautista no era dios. El autómata de
Vaucanson no tocaba más rápido que un flautista humano. Como artista, era
limitado, pues sólo producía contrastes forte-piano y era incapaz de tocar
legato, que consiste en disolver una nota en la siguiente. De modo que era un
replicante tranquilizador; su funcionamiento se podía medir con los patrones de
la ejecución musical humana. El estímulo imaginativo que ofrecía a los
visitantes de la tienda de Vaucanson residía en el asombro que producían los
medios de imitación: ¿cómo era posible que nueve fuelles y tres tubos tuvieran
parentesco con la respiración humana?
Este replicante,
desgraciadamente, engendró un robot. Aunque falto de interés por la ciencia,
Luis XV sospechó que podía sacarse más provecho del talento de Vaucanson que la
mera construcción de un curioso juguete. En 1741 puso al inventor a cargo de la
fabricación de seda francesa. La seda que se producía en Francia a principios
del siglo XVIII, sobre todo en Lyon, no era de calidad uniforme: las
herramientas eran toscas, los tejedores estaban mal pagados y a menudo se
declaraban en huelga. Inspirándose en su conocimiento del replicante, Vaucanson
trató de producir un robot que eliminara el problema humano.
Vaucanson
transfirió el conocimiento de la tensión de la respiración que había
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obtenido en el
Flautista a las máquinas de tejer que tenían que mantener las hebras en
tensión. En los telares, la lanzadera era movida de manera muy precisa,
determinando con exactitud la tensión y con ello la solidez del tejido; antes,
los trabajadores actuaban «al tacto» y por inspección visual. El telar de
Vaucanson aumentó a su vez el número de hebras de seda de color que se podían
mantener en el mismo grado de tensión durante el proceso, número mucho mayor
que el que previamente podían manipular dos manos humanas.
En Lyon, como en
otros sitios, la inversión en estas máquinas resultó más barata que la
inversión en mano de obra, mientras que el producto final era de mejor calidad.
Gaby Wood acierta al observar que el Flautista «fue diseñado para la diversión
humana», pero que los telares de Vaucanson en Lyon estaban «destinados a
demostrar al hombre su prescindibilidad»[92]. En las décadas de 1740 y 1750,
los tejedores lioneses asaltaban a Vaucanson en la calle cada vez que éste se
atrevía a salir. Y el inventor los provocó más aún con el diseño de una máquina
para tejer un intrincado dibujo de flores y pájaros, un complejo telar movido
por un burro.
Así empezó la
clásica historia del desplazamiento del artesano por la máquina. Las máquinas
de Vaucanson parecen un germen económico que haya infectado al artesano
moderno; fue el robot, más que el replicante, el que dio esta negativa y
amenazadora lección de los límites humanos. ¿Habría una herramienta-espejo más
benévola que mostrara una imagen más positiva?
EL ARTESANO DE LA
ILUSTRACIÓN
La «Enciclopedia»
de Diderot
Para desarrollar
esta cuestión tendremos que sumergirnos en el término «Ilustración», proceso en
el que fácilmente podemos terminar ahogados. Literalmente, la voz castellana
ilustración, la inglesa enlightenment, la alemana Aufklärung y la francesa
éclaircissement significan «arrojar luz sobre algo»; Siècle de Lumières,
expresión francesa para designar la Ilustración histórica, significa «Siglo de
las Luces». Entendida como el proceso de iluminar con la luz de la razón los
usos y costumbres de la sociedad, «Ilustración» se convirtió en el siglo XVIII
en una palabra de moda (como lo es hoy «identidad») que en el París de la
década de 1720 estaba en boca de todo el mundo y que una generación más tarde
se extendería a Berlín. Hubo una Ilustración norteamericana a mediados de
siglo, encabezada por Benjamín Franklin, y una Ilustración escocesa
representada por filósofos y economistas en busca de sol mental en las brumas
de Edimburgo.
Tal vez la manera
más concisa de enmarcar las relaciones de «la Ilustración» con la cultural
material, y en particular con la máquina, sea viajar mentalmente a Berlín. En
diciembre de 1783, el teólogo Johann Zöllner invitó a los lectores del
Berlinische
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Monatsschrift a
responder a la pregunta «¿Qué es la Ilustración?». Esta serie periodística se
prolongó luego durante doce años. Muchos participantes respondieron a esta
pregunta invocando el progreso y el perfeccionamiento. En estas palabras
residía precisamente la energía para la Ilustración; el hombre podía lograr
mayor control sobre sus circunstancias materiales. Al pastor Zöllner estas
respuestas, que celebraban la expansión de los poderes humanos más que su
limitación, le parecieron muy inquietantes. Sus feligreses parecían muy atentos
cuando leía en la iglesia los relatos bíblicos sobre pecados humanos y no iban
más allá de la pura cortesía cuando les hablaba de los peligros que acechaban a
sus almas Inmortales. La tolerancia se había convertido en la pariente bien
educada de la condescendencia; en cierto sentido, la razón segura de sí misma
era peor que las infernales herejías satánicas del pasado.
A los principales
escritores que respondieron a su llamamiento los guiaba la misma pasión por la
capacidad del adulto humano para vivir sin dogmas. El enunciado más eminente de
esta apasionada convicción pertenece a Immanuel Kant, quien escribió en el número
del 30 de septiembre de 1784 del Berlinische Monatsschrift: «La Ilustración es
la salida del hombre de su minoría de edad, de la cual él mismo es culpable. La
minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento,
sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando
la causa de ella no yace en un defecto del entendimiento, sino en la falta de
decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin conducción ajena.
Supere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la
divisa de la Ilustración»[93]. El énfasis recae aquí en el acto de
razonamiento. La libertad de razonar mejora el entendimiento al desechar las
certezas infantiles.
Este tipo de
razonamiento libre no tiene nada de mecánico. Se dice a veces que el siglo
XVIII se tomó demasiado en serio la mecánica newtoniana. Es lo que hizo
Voltaire al afirmar que la maquinaria de la naturaleza tal como se explica en
las páginas de Newton, precisa y exactamente equilibrada, debía servir como
modelo de un orden social, que la física ofrecía a la sociedad un patrón
absoluto. No era el modo de razonar de Kant, quien, por supuesto, alentaba la
esperanza de que las supersticiones destructivas perdieran su dominio sobre la
mente adulta, pero no se imaginaba que las rutinas de la máquina fueran a
ocupar el lugar de la plegaria. El pensamiento libre someterá siempre sus
reglas al juicio crítico y, en consecuencia, al cambio; el interés principal de
Kant se centra más en el juicio y la reflexión que en la planificación del
orden. ¿Puede la razón libre degradarse, entonces, al extremo de convertirse en
desorden, su polo opuesto? Con el ensombrecimienco de la Revolución Francesa,
incluso activistas políticos como Johann Adam Bergk llegaron a preguntarse si
el razonamiento libre y desencarnado desempeñaba algún papel en el caos
colectivo. En 1796, el Berlinische Monatsschnft dio por zanjado el tema.
Las líneas
precedentes aluden a un inmenso mar cuyas principales corrientes son
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la razón, la
revolución y la tradición. Perdidas en esas corrientes se encuentran aquellas
páginas de periódico en las que se debatía sobre la cultura de un tipo material
más cotidiano. Lo más ilustrado de estas discusiones se debe a Moses
Mendelssohn. De origen judío pobre, emigrado a Berlín, donde intentó hacerse
rabino, Mendelssohn rechazó la formación talmúdica de la sinagoga por demasiado
estrecha y se convirtió en un filósofo que leía en alemán, griego y latín. En
1767 escribió Fedón, libro en el que rompía con la fe de sus padres para
declarar su creencia en una religión de la Naturaleza, una Ilustración
materialista. La contribución de Mendelssohn al debate periodístico acerca de
la Ilustración se fundaba en este materialismo.
Tenía como divisa
una ecuación; Bildung = Kultur + Aufklarung[94]. Bildung implica al mismo
tiempo educación, la formación de valores y la conducta mediante la cual se
adopta un rumbo personal en las relaciones sociales. Aufkldrung es la razón
libre de Kant. Kultur, dice JVlendelssohn, designa más el ámbito práctico «de
las cosas que uno hace y que no hace» que las buenas maneras y el gusto
refinado[95]. Mendelssohn abrazó una visión amplia y generosa de la cultura
práctica. Creía que las cosas ordinarias «que uno hace y que no hace» eran tan
valiosas como cualquier abstracción; al reflexionar racionalmente sobre ellas,
mejoramos.
Bildung = Kultur +
Aufklärung era la síntesis de la lectura de Mendelssohn de un libro notable: la
Enciclopedia o Diccionario de Artes y Oficios, editado principalmente bajo la
dirección de Denis Diderot[96]. Los treinta y cinco volúmenes de la Enciclopedia,
que aparecieron entre 1751 y 1772, se convirtieron en un bestseller que leía
todo el mundo, desde Catalina la Grande de Rusia hasta los mercaderes de Nueva
York[97]. Describían exhaustivamente, en palabras e imágenes, cómo se hacían
las cosas prácticas y proponía maneras de mejorarlas. Había una gran diferencia
de énfasis entre los encyclopédistes y los escritores alemanes: para los
franceses, lo fundamental eran las prácticas cotidianas de trabajo, no la
comprensión de sí mismo kantiana ni la mendelssohniana formación del yo. De
este acento provenía el credo de la Enciclopedia. Alababa a quienes se
comprometen en hacer bien el trabajo por el simple hecho de hacerlo bien; el
artesano se destacaba como emblema de la Ilustración. Pero sobre estos hombres
y estas mujeres ejemplares se cernía el espectro de los robots de Vaucanson,
sus fantasmas newtonianos.
Para comprender
esta biblia de la artesanía es preciso comprender los motivos de su autor.
Diderot era un provinciano pobre emigrado a París, donde hablaba sin parar,
tenía demasiados amigos y gastaba el dinero de otras personas[98]. Diderot
invirtió gran parte de su vida en trabajos rutinarios de redacción para pagar
sus deudas; en el primer momento, la Enciclopedia debió de parecerle una manera
más de mantener a
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sus acreedores a
distancia. El proyecto comenzó como una traducción al francés del texto inglés
de Ephraim Chambers titulado Universal Dictionary of Arts and Sciences (1728),
colección encantadora y bastante desorganizada de piezas de un «virtuoso» de las
ciencias, es decir, tal como se entendía «virtuoso» a mediados del siglo XVIII,
de un aficionado animado por una gran curiosidad. Una función de este tipo de
trabajo literario consistía en alimentar la curiosidad del virtuoso,
ofreciéndole fragmentos de información digeribles y, tal vez, unas cuantas
frases bien elaboradas que el virtuoso fuera capaz de reproducir como propias
en una conversación elegante.
Naturalmente, la
perspectiva de traducir varios centenares de páginas de tales apetitosos
bocados era deprimente para un hombre de las dotes de Diderot. Muy pronto dejó
de lado el texto de Chambers y confeccionó una lista de colaboradores que
proporcionaran aportaciones más extensas y profundas para las diferentes
entradas[99]. Es verdad que la Enciclopedia apuntaba más al lector general que
a servir como manual técnico para profesionales. El deseo de Diderot era
estimular entre sus lectores más al filósofo que al virtuoso.
En general, ¿cómo
podía afirmar la Enciclopedia que las obras del artesano eran símbolos de la
Ilustración?
Primero y ante
todo, porque colocaba los oficios manuales en pie de igualdad con los trabajos
intelectuales. La idea general era muy incisiva; en efecto, la Enciclopedia
reprochaba a los miembros hereditarios de la élite que no trabajaran y que, por
tanto, no contribuyeran de ninguna manera a la sociedad. Al restituir al
trabajador manual algo así como su antiguo honor griego, los enciclopedistas
lanzaron un desafío al privilegio tradicional tan vigoroso como el ataque de
Kant, pero de distinta índole: el trabajo útil cuestiona más el pasado que la
razón libre. El simple orden alfabético coadyuvaba a la creencia de la
Enciclopedia en la equivalencia ética de trabajo manual y ocupaciones
supuestamente superiores. En francés, roi (rey) tiene su sitio junto a
rotisseur (asador de carnes rojas y aves), de la misma manera que, en inglés,
knit (tejer) viene a continuación de king (rey). Como observa el historiador
Robert Darnton, la Enciclopedia consideraba estos acoplamientos como algo más
que afortunadas casualidades, pues rebajaban la autoridad de un monarca hasta
hacerla aparecer como algo vulgar.
Las páginas de la
Enciclopedia prestaban particular atención, pues, a la utilidad y la
inutilidad. En una reveladora lámina se veía a una criada trabajando
atentamente en un sombrero de mujer. La criada irradia interés y energía,
mientras que su patrona languidece de aburrimiento: la hábil sirvienta y su
aburrida señora constituyen una parábola de vitalidad y decadencia. Diderot
creía que el aburrimiento era el más corrosivo de los sentimientos humanos,
pues erosionaba la voluntad (Diderot
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continuó toda su
vida con la exploración de la psicología del aburrimiento, que culminó en su
novela Jacques el fatalista). En la Enciclopedia, Diderot y sus colegas
celebraban la vitalidad de aquellos a quienes se juzgaba socialmente
inferiores, antes que demorarse en sus sufrimientos. El vigor era lo
importante: los enciclopedistas deseaban que los trabajadores ordinarios fueran
objeto de admiración, no de compasión.
Este énfasis
positivo se basaba en una de las piedras de toque de la ética del siglo XVIII:
el poder de la simpatía. Tal como la entendían nuestros antepasados, no se
plegaba a la máxima moral de la Biblia que manda tratar al prójimo como a uno
mismo. Como observaba Adam Smith en la Teoría de los sentimientos morales:
«Como no podemos tener experiencia inmediata de lo que sienten otros hombres,
no podemos hacernos una idea de la manera en que les afecta pensando en lo que
nosotros sentiríamos en una situación parecida»[100]. En consecuencia, para
entrar en la vida de otros hace falta un acto de imaginación. Lo mismo observa
David Hume en su Tratado de la naturaleza humana: «Si yo estuviera presente en
cualquiera de las operaciones quirúrgicas más terribles, no hay duda de que,
antes incluso de que ésta comenzara, la preparación de los instrumentos, la
disposición de las vendas, el calentamiento de los hierros, junto a todas las
señales de angustia y preocupación del paciente y de los asistentes, producirían
en mi mente un gran efecto y me provocarían los más intensos sentimientos de
piedad y terror»[101]. Para ambos filósofos, «empatía» significaba ponerse en
el lugar del otro, con toda su diferencia, antes que buscar en éste lo que lo
asemeja a nosotros. Así, en la Teoría de los sentimientos morales, Smith invoca
el «Espectador Imparcial», figura que juzga a los otros no en función de sus
intereses personales, sino más bien por la impresión que producen en él. Es
este trabajo de imaginación de la simpatía, y no la razón, lo primero que nos
ilumina acerca de otras personas.
En el Berlín de
Mendelssohn, este tipo de simpatía volcada al exterior se convirtió en método
de un juego de salón común en los medios burgueses de la ciudad. La gente
encarnaba un personaje famoso de la literatura o de la historia y trataba de
mantener la representación durante toda la velada. Estamos en Berlín, no en el
Carnaval de Venecia, donde, para la reina renacentista María de Medici,
cubierta de joyas, beber un vaso de vino con un Sócrates fofo y prácticamente
desnudo podía no haber sido más que una diversión; en Berlín, nos entrenamos
para imaginar qué es ser otra persona, cómo piensa, siente y se comporta otra
persona[102]. En París, la Enciclopedia apuntaba a capas más bajas de la
sociedad y no pedía a sus lectores de los salones que imitaran a la gente común
que se afanaba en su trabajo, sino que la admiraran.
La Enciclopedia
trataba de sacar a sus lectores de su ensimismamiento para hacerlos entrar en
la vida de los artesanos, para arrojar luz sobre qué es el trabajo bien
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hecho. En toda su
extensión, los volúmenes muestran gente que se dedica a tareas a veces
tediosas, a veces peligrosas, a veces complicadas; la expresión de todos los
rostros tiende a la misma serenidad. Acerca de estas láminas, el historiador
Adriano Tilgher pone de relieve el «sentido de paz y calma que emana de todo
trabajo bien organizado, disciplinado y realizado con un espíritu tranquilo y
satisfecho»[103], Estas ilustraciones incitan al lector a entrar en ese dominio
en el que impera la satisfacción por las cosas ordinarias bien hechas.
En la Antigüedad,
las habilidades artesanales de los dioses se glorificaban como armas en eterna
lucha por la maestría. Los trabajos y los días, de Hesíodo, o las Geórgicas, de
Virgilio, describen el trabajo humano como reflejo de algo de esa gloria divina
y lo presentan como una lucha heroica. De la misma manera, en nuestros tiempos
los guerreros trabajadores aparecían en el arte kitsch nazi y soviético como
titanes de la forja y el arado. A mediados del siglo XVIII, los filósofos
trataron de romper este encantamiento guerrero. El historiador de la economía
Albert Hirschmann descubrió que la oficina de contabilidad es un escenario que
calma el espíritu bélico, que sustituye el impulso a la violencia por el
cálculo diligente[104]. Con más intensidad aún se pensaba que tal encantamiento
se quebraba en el taller del artesano.
Diderot comparaba
los placeres de la artesanía más con el sexo en el matrimonio que con las
excitaciones de una aventura. La serenidad que se ve en las caras de los
sopladores de vidrio y en los productores de papel de Diderot irradia también
en las naturalezas muertas de Jean-Baptiste-Siméon Chardin: una satisfacción
serena, constante, por las cosas materiales bien compuestas, bien urdidas.
Este resumen
demasiado breve de los orígenes de la Enciclopedia y de los objetivos generales
prepara el terreno para la demostración de qué se aprende con el conocimiento
de los propios límites. La cuestión de los límites humanos se le planteó a
Diderot en el momento mismo en que, por así decirlo, se levantó de su sillón.
Su método para descubrir cómo trabajaba la gente era, como el de un antropólogo
moderno, preguntar: «Nos dirigimos a los trabajadores más cualificados de París
y de todo el reino. Nos tomamos la molestia de visitar sus talleres,
interrogarlos, escribir lo que ellos nos dictaban, desarrollar plenamente sus
ideas, identificar y definir los términos peculiares de su profesión»[105].
Enseguida la investigación tropezó con dificultades, porque gran parte del
conocimiento de los artesanos es conocimiento tácito, lo que quiere decir que
la gente sabe cómo hacer una cosa, pero no puede verbalizar lo que sabe.
Diderot comentaba acerca de sus investigaciones: «Con suerte, puede que de mil
personas se encuentre una docena capaz de explicar con cierta claridad las
herramientas o la maquinaria que emplea, así como las cosas que
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produce».
En esta observación
subyace un gran problema. Ser incapaz de expresarse en palabras no significa
ser estúpido; en realidad, lo que podemos decir en palabras tal vez sea más
limitado que lo que podemos hacer con las cosas. Es posible que el trabajo
artesanal establezca un campo de destreza y de conocimiento que trasciende las
capacidades verbales humanas para explicarlo; describir con precisión cómo
hacer un nudo corredizo es una tarea que pone a prueba las capacidades del más
profesional de los escritores (y desde luego supera las mías). He aquí, tal
vez, el límite humano fundamental: el lenguaje no es una «herramienta-espejo»
adecuada para los movimientos físicos del cuerpo humano. Y sin embargo yo
escribo y el lector lee un libro sobre práctica física; Diderot y sus
colaboradores reunieron un conjunto de volúmenes sobre este tema que, apilados,
llegaban casi al metro ochenta de altura.
Una solución a los
límites del lenguaje consiste en sustituir la palabra por la imagen. Las
múltiples láminas, obra de muchas manos, que ilustran copiosamente la
Enciplopedia, ayudaban a los trabajadores incapaces de expresarse en palabras,
y lo hacían de una manera particular. En las ilustraciones del soplado de
vidrio, por ejemplo, cada fase del soplado de una botella aparece en una imagen
distinta; se ha eliminado toda la chatarra de un taller ordinario, de modo que
el espectador se centra únicamente en lo que las manos y la boca tienen que
hacer en ese momento para transformar en botella el líquido de la fundición. En
otras palabras, las imágenes ilustran el proceso reduciendo los movimientos a
una serie de imágenes simplificadas y claras, a la manera de lo que el
fotógrafo Henri Cartier-Bresson llamaba «momentos decisivos».
Tal vez se pueda
imaginar la experiencia de la ilustración como una experiencia estrictamente
visual que siguiera este procedimiento fotográfico, un procedimiento que
permitiera pensar en las cosas materiales con los ojos. En silencio, como en un
monasterio, la comunicación entre la gente se reduciría al mínimo en beneficio
de la contemplación de cómo se hace un objeto. El budismo zen sigue esta senda
no verbal y considera al artesano una figura emblemática que ilumina mostrando
antes que hablando. El zen enseña que para comprender el oficio del tiro con
arco no es preciso convertirse en arquero, que basta con componer
silenciosamente en la mente sus momentos decisivos. Además del procedimiento
fotográfico, la Ilustración occidental siguió otro camino hacia la comprensión.
Es posible superar los límites del lenguaje mediante la implicación activa en
una práctica. La solución de Diderot a los límites del lenguaje fue convertirse
él mismo en trabajador; «Hay máquinas tan difíciles de describir y destrezas tan
inaprensibles que… muchas veces ha habido que coger esas máquinas, hacerlas
funcionar y ponerse manos a la obra»[106]. Auténtico reto para un hombre
acostumbrado a los salones. No sabemos con precisión qué habilidades manuales
intentó adquirir Diderot, aunque, dadas sus circunstancias profesionales, lo
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más probable es que
fueran las relativas a la composición tipográfica y la impresión de grabados.
Aunque inusual, su inmersión en el trabajo manual era lógica en una cultura en
la que el ethos de la simpatía impulsaba a la gente a salir de sí misma y entrar
en otras vidas. Sin embargo, la ilustración a través de la práctica —o, como
dicen los educadores modernos, aprender haciendo— plantea la cuestión del
talento personal para actuar y, en consecuencia, la posibilidad de aprender
poco a causa de la falta de aptitudes para hacer realmente el trabajo.
Muchos de los
colaboradores de Diderot eran científicos que consideraban el método de ensayo
y error como una guía en la experimentación. Nicolas Malebranche, por ejemplo,
imaginó el proceso de ensayo y error como el camino que lleva de muchos a pocos
errores, una mejora permanente y progresiva a través del experimento. La
«ilustración» aumenta a medida que el error decrece. El comentario de Diderot
acerca de sus propias experiencias en los talleres parece en un primer momento
un eco de esa versión científica de corrección de fallos. «Hay que hacerse
aprendiz y producir malos resultados a fin de estar en condiciones de enseñar
cómo producir los buenos». Los «malos resultados» inducirán a razonar con más
intensidad y, de esa manera, se mejorará.
Pero el método de
ensayo y error puede conducir a un resultado completamente distinto si el
talento propio se demuestra insuficiente para lograr la maestría final. Este
fue el caso de Diderot, muchos de cuyos defectos y errores, al sumergirse en la
práctica, demostraron ser «irremediables». Al exponerse uno mismo a la práctica
y atreverse a hacer cosas, se puede tener más la sensación de fracaso que de
error, tomar conciencia de límites de la habilidad personal acerca de los
cuales no hay nada que hacer. Desde esta perspectiva, el aprender haciendo,
panacea de la educación progresista, puede ser segura receta de crueldad. Cruel
escuela es el taller del artesano si activa en nosotros el sentimiento de
insuficiencia.
La intersección de
la práctica y el talento plantea al filósofo social una cuestión general
relativa a la operatividad; tendemos a creer que el compromiso es mejor que la
pasividad. La búsqueda de calidad también es una cuestión de operatividad, el
motivo impulsor del artesano. Pero la actividad, y en particular el trabajo de
buena calidad, no tiene lugar en un vacío social o emocional. El deseo de hacer
algo bien es una prueba decisiva; la ineptitud en el rendimiento personal
humilla de una manera muy distinta que las desigualdades de posición social
heredada o las apariencias externas de riqueza, porque afecta a la persona
misma. La actividad lo es todo para lo bueno, pero perseguir activamente el
buen trabajo y descubrir que no se es capaz de hacerlo corroe el sentimiento de
autoestima.
Con demasiada
frecuencia nuestros antepasados hicieron la vista gorda ante este problema. El
espíritu progresista del siglo XVIII proclamó enfáticamente las virtudes de las
«carreras abiertas al talento»; el talento, no la herencia, era en justicia el
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fundamento de la
movilidad social ascendente. Los propulsores de esta doctrina, en su impulso
por destruir el privilegio heredado, podían fácilmente desdeñar el destino de
los perdedores en la competición basada en el talento. Diderot no acostumbraba
a prestar atención a estos perdedores. En su obra, desde los primeros libros
hasta sus piezas de madurez, como El sobrino de Rameau y Jacques el fatalista,
lo que engendra la forma más aplastante de ruina es más la falta de talento que
la circunstancia social o el ciego azar. Sin embargo, es preciso hacer un
esfuerzo de exposición y compromiso. En una carta, Diderot observa que sólo el
rico puede permitirse ser estúpido; para los demás, la capacidad es una
necesidad, no una opción. Por tanto, el talento hace su carrera. Es el esquema
de una tragedia, pero en las páginas de Diderot los perdedores también pueden
ganar algo. El fracaso puede templarlos, puede enseñarles una modestia
fundamental incluso cuando esa virtud se obtenga con mucho dolor.
En realidad, la
expresión «fracaso saludable» ya había aparecido en los ensayos de Michel de
Montaigne, en cuyas páginas Dios educa a la humanidad mostrándonos lo que no
podemos hacer. Para Diderot, como para Montesquieu y —extrañamente— para
Benjamín Franklín, la pura normalidad podría ocasionar de manera dramática el
sentimiento de fracaso saludable.
En la Enciclopedia
de Diderot, la máquina crea esta ocasión dramática como hecho y a la vez como
figura. El replicante no enseña nada acerca del fracaso saludable, pero el
robot tiene al menos la posibilidad de hacerlo. El replicante puede estimular
el razonamiento acerca de nosotros mismos, de nuestra maquinaria interna. El
robot, más poderoso, incansable, puede proponer un patrón en comparación con el
cual todo ser humano fracasa. ¿Hemos de deprimirnos por este resultado?
La fabricación de
papel sugiere que no. La Enciclopedia nos muestra la fabricación de papel en
una fábrica de la época de la Ilustración, L’Anglée, a unos cien kilómetros de
París, cerca de la ciudad de Montargis. En el siglo XVIII, la producción de
pasta papelera era una operación sucia y pestilente, pues a menudo se
utilizaban harapos que se cogían de cadáveres y luego se dejaban pudrir en
contenedores durante dos meses para extraerles las fibras. La entrada de la
Enciclopedia correspondiente a L’Anglée muestra en qué medida el oficio debía
mejorarse, esfuerzo para el que se requería la cooperación del ser humano y el
robot.
En primer lugar,
una observación sencilla: como reflejo de la obsesión del siglo XVIII por la
higiene, los suelos se barrían a fondo. Además, no se ve a ningún trabajador a
punto de vomitar, porque el ilustrador ha dibujado contenedores con cierres
herméticos, anticipo de una innovación que fue realidad sólo una generación más
tarde. Luego, en la sala en la que se golpean las fibras hasta convertirlas en
pulpa
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—la más sucia de
todas las actividades— no hay ni un solo ser humano, sino únicamente una
trituradora autorregulable, robot de aspecto moderno que vigila una especie de
automatización primitiva, pero también en este caso se trata de una máquina que
poco después, gracias al motor de vapor, se haría realidad. Finalmente, en la
sala donde tiene lugar la más delicada división del trabajo, unas palas
depositan en bandejas planas la masa de papel que extraen de la cuba, y pese a
lo agobiante de esta tarea, tres artesanos trabajan con el rostro sereno y una
coordinación digna de bailarines; los trabajadores han ordenado esta tarea
utilizando el análisis racional.
Esta descripción,
relato compuesto por una secuencia de imágenes silenciosas, es curiosa
precisamente porque anticipa innovaciones reales en L’Anglée. La imaginación
del escritor y del grabador ha presentado el proceso de fabricación del papel
de tal manera que las herramientas mecánicas eliminen las tareas más
«bestiales»; de acuerdo con esto, muestran máquinas que hacen posible el paso a
primer plano del juicio y la cooperación humanos. El principio general del uso
de la máquina es aquí que, si el cuerpo humano es frágil, la máquina debe
ayudarle y reemplazarlo. El robot es un cuerpo extraño; esta trituradora no
trabaja en absoluto como el brazo humano en la tarea de estirar, comprimir y
aplastar la pulpa. La máquina es extraña y superior a nosotros, pero no
inhumana.
Esta máquina
muestra no sólo cómo superar los límites humanos, sino que además es ventajosa
desde el punto de vista productivo. Aquí, la relación entre el ser humano y la
máquina es relativamente inadecuada. Contra este modelo ilustrado de
desigualdad —la fabricación de papel con sus robots amigos—, la Enciclopedia
explora el soplado de vidrio con el fin de poner de manifiesto la autenticidad
del fracaso saludable. Para entender la relación del ser humano y la máquina en
esta comparación, hemos de conocer algo de la sustancia misma del vidrio.
La fabricación del
vidrio se practica al menos desde hace dos mil años. Las fórmulas antiguas
combinaban arena y óxido de hierro, lo que producía un matiz azul verdoso en
virtud del cual el vidrio era más bien traslúcido que transparente. Finalmente,
por ensayo y error se logró producir un vidrio más transparente añadiendo
ceniza de helecho, potasa, piedra caliza y manganeso. Aun así, el vidrio no era
de buena calidad, y su fabricación resultaba muy ardua. Las vidrieras
medievales se realizaban soplando el vidrio fundido a través de una varilla y
haciéndolo girar rápidamente para obtener una forma plana; luego se presionaba
esta plancha caliente sobre una losa plana de piedra y se cortaba en pequeños
trozos cuadrados. Pero el proceso era tan lento y caro que resultaba
antieconómico; dado el elevado valor de los cristales, el duque de
Northumberland los hacía quitar de las ventanas de su castillo cada vez que
salía de viaje. En la Edad Media, lo mismo que en la Antigüedad, normalmente el
papel aceitado hacía las veces de vidrio en las ventanas de los edificios más
comunes.
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La búsqueda de
vidrieras claras y amplias derivó de la necesidad de dejar entrar la luz en las
casas y al mismo tiempo protegerlas del viento, la lluvia y los olores nocivos
de la calle. A finales del siglo XVII, los vidrieros franceses aprendían a
hacer láminas de vidrio más grandes en la fábrica de cristales de
Saint-Germain, bajo la dirección de Abraham Thévart, quien en 1688 fundió
láminas de entre veinticuatro y veinticinco metros de altura por entre doce y
catorce metros de ancho. La historiadora Sabine Melchior-Bonnet observa que se
trataba de «un tamaño del que previamente sólo se había oído hablar en cuentos
de hadas», aunque el vidrio mismo mantuviera aún su fórmula química
medieval[107]. A partir de ese momento, el cambio técnico en la producción de
láminas de vidrio de gran tamaño se aceleró: a comienzos del siglo XVIII
mejoraron los hornos que se utilizaban para calentar el vidrio, A eso le siguió
un trabajo artesanal más refinado en lo tocante al vertido, el aplanamiento y
el recalentamiento. En la época en que el abate Pluche describió los resultados
en su Espectáculo de la Naturaleza de 1746, la producción de grandes paneles de
vidrio para ventanas había llegado a ser económicamente viable; estas
innovaciones francesas hicieron posible los trabajos de Saint-Gobain en
Francia, para superar a sus antiguos rivales de Venecia, los vidrieros de la
isla de Murano.
Mientras que el
vidriero tradicional del siglo XVIII vertía su vidrio en moldes, como si
hiciera ladrillos, el vidriero moderno quería estirar su vidrio para formar
láminas. Esto es lo que la Enciclopedia trata de describir, inspirándose en los
experimentos contemporáneos de París. El ilustrador presenta un estudio
comparativo. Primero muestra la manera tradicional de girar en espiral y luego
aplanar una pequeña bola de vidrio derretido para convertirla en cristal de
ventana; en contraposición, vemos otra imagen de un soplador de vidrio
trabajando con una laminadora para aplanar un cristal. Este procedimiento
mecánico establecía un patrón superior de panel perfectamente liso, que un
soplador jamás podría lograr con la manera tradicional de trabajar: las laminadoras
producían un vidrio de espesor absolutamente uniforme.
En esta última
versión, es la máquina la que establece los términos de calidad, elevando la
competencia a un patrón que la mano y el ojo humano son incapaces de alcanzar.
A este respecto podría ser útil que trazáramos una comparación con el trabajo
de orfebrería que hemos presentado en el capítulo anterior, donde los gremios
de orfebres eran lugares de aprendizaje práctico de la calidad. El aprendiz de
orfebre asimilaba el oficio imitando al maestro en el trabajo; en la nueva
manera de hacer un panel de cristal, el vidriero no puede imitar a una máquina.
La laminadora no sólo funciona de otra manera que el ojo, sino que además
trabaja de acuerdo con un patrón que el soplador nunca podría alcanzar con la
simple inspección visual.
Por tanto, el
vidrio parece tan sólo un material más de los destinados a ser colonizados por
los telares de Vaucanson y su progenie, a favor del beneficio
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económico, pero en
detrimento del artesano cualificado. ¿Qué podrían encontrar de saludable en la
nueva tecnología el soplador de vidrio o el lector de la Enciclopedia?
Para responder a
esa pregunta haremos una digresión, como es costumbre de los filósofos, en
torno a una observación general y luego a un tema aparentemente irrelevante. La
cuestión general reside en cuál es la finalidad que atribuimos a un modelo.
Todo modelo muestra cómo se debe hacer una cosa. El modelo producido por una
máquina perfecta sugiere que efectivamente es posible hacer un trabajo
absolutamente libre de defecto; si la laminadora de vidrio es más «talentosa»
que el ojo humano, la profesión de fabricante de vidrieras debería, en toda
justicia, ser dominio exclusivo de la máquina. Pero esta manera de pensar es
errónea en cuanto a la finalidad del modelo. Un modelo es más una propuesta que
una orden. Su perfección no nos estimula a imitar, sino a innovar.
Para que esta
fórmula tenga sentido, hemos de dejar por un momento el taller del siglo XVIII
y entrar en sus guarderías infantiles. Uno de los logros cotidianos de la
Ilustración reside en explicar la crianza de los hijos entendida como oficio,
como artesanía. La Enciclopedia no es más que uno de los centenares de libros
que explicaban cómo alimentar y mantener limpios a los bebés, atender a niños
enfermos, enseñar eficientemente el control de esfínteres a los que empiezan a
caminar y, por encima de todo, cómo estimular y educar a los hijos desde edad
temprana. Sobre estas cuestiones, se consideraba inadecuada la sabiduría
popular; lo mismo que cualquier conocimiento tradicional, parecía tan sólo una
continuación del prejuicio, particularmente dañino en materia de crianza de los
hijos, pues los avances médicos hacían posible la supervivencia infantil con un
simple cambio de prácticas de los padres. Una generación después de la
Enciclopedia, la vacunación se convirtió en el centro de un debate entre los padres
que rechazaban este avance de la medicina basándose en argumentos tradicionales
y los padres que aceptaban el programa estricto de vacunaciones repetidas que
por entonces prescribía la medicina[108].
La cuestión del
modelo aparecía cuando se trataba de la formación necesaria para producir un
niño ilustrado. En los escritos de Jean-Jacques Rousseau, sobre todo en su
novela Julia, o la nueva Eloísa, se considera que el «oficio» de ambos padres
en la educación de los hijos para la libertad consiste, en el caso de la madre,
en estimularlos a actuar espontáneamente según sentimientos naturales como la
simpatía, y en el del padre, en incitar tanto a niños como a niñas a pensar
racionalmente antes que a seguir modelos de autoridad recibidos. Sin embargo,
la idea de fondo que circula en los escritos de Rousseau es que tanto el padre
como la madre deben servir a su manera como modelo de comportamiento: «Soy el
adulto en que tú debes convertirte». Imítame.
En las cartas de
consejo a su nieta, Conversaciones de Emilia, Louise d’Epinay, amiga de
Diderot, se oponía a esta versión del modelo parental[109]. Primero discute
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la división
parental del trabajo de Rousseau. Una madre que se limite a confiar en su
instinto no hará lo suficiente para formar el carácter de un vástago; y un
padre que se comporte como severo hombre de razón corre el riesgo de impulsar a
su hijo a encerrarse en sí mismo. Más en relación con nuestro tema, desafía el
ideal de Rousseau del padre o la madre como modelos ejemplares. Ella cree que
es necesario que los adultos acepten ser padres «suficientemente buenos» antes
que «padres perfectos», como hace su sucesor, Benjamin Spock, autor de la guía
para padres más útil de los tiempos modernos. Como cuestión de sentido común,
los padres tienen que aceptar sus limitaciones, lección que, en cualquier caso,
les enseñarán los hijos de mentalidad independiente. Pero el verdadero problema
es la imagen de sí mismos que los padres ofrecen a sus hijos: antes que
transmitir la idea «sé como yo», es preferible el consejo parental más
indirecto. «Así es como he vivido» invita al hijo a razonar acerca de ese
ejemplo. Este consejo omite «En consecuencia, tú debes…». Encuentra tu camino;
antes que imitar, innova.
No quiero decir que
deba considerarse a Madame D’Épinay una filósofa, pero su pequeño y olvidado
libro hace reflexionar. Tiene la misma fuerza que la famosa imagen de Kant de
la «madera torcida de la humanidad», es un llamamiento a reconocer y aceptar límites.
Volviendo a las orientaciones de los trabajos en vidrio, este llamamiento en
tan válido en el taller como en la guardería infantil o la biblioteca. En el
taller, el reto consiste en que se trate el modelo ideal como algo que la gente
pueda usar a su manera, de acuerdo con su propio entendimiento. El objeto hecho
a máquina, al igual que en el caso de los padres, es una propuesta acerca de
cómo se podría hacer algo determinado; nosotros, más que someternos a ella, la
sopesamos. Así, más que una orden, el modelo resulta ser un estímulo.
Fue Voltaire quien
realizó esa conexión. Voltaire, aunque esporádicamente, contribuyó de manera
anónima a la Enciclopedia. El mismo Voltaire que se adhería al universo
mecánico de Newton, dudaba de que muchas de las máquinas que en esas páginas se
representaban y se describían pudieran llevar por sí solas al Progreso. Antes
la humanidad tiene que aceptar su propia debilidad y su tendencia a confundir
las cosas; si la gente aceptara sinceramente sus defectos, la máquina perfecta
dejaría de parecer un remedio imperioso; en efecto, buscaríamos activamente una
alternativa a ellas. Voltaire propuso brillantemente esta idea en su novela
Cándido.
La parábola de
Voltaire narra, uno tras otro, cuentos de violación, tortura, esclavitud y
traición. La fuente de estos desastres es el doctor Pangloss, doble literario
del filósofo G. W. Leibniz, que hace las veces de caricatura del hombre de
razón que no quiere tener nada que ver con el puro desorden. Pero Pangloss,
como su homólogo en la vida real, es brillante; es un celebrante mecanicista de
la perfección cuyas explicaciones de por qué «todo es para mejor en el mejor de
los mundos posibles» resultan impecables. El joven Cándido, un Odiseo en calzas
y peluca, es
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obtuso. Sin
embargo, finalmente reconoce que las panaceas de su maestro son demasiado
peligrosas. Por último, concluye en el famoso «Il faut cultiver notre jardin»,
con lo que quiere decir que el trabajo sencillo es una buena medicina para los
maltratados por la vida.
Sin duda, la
recomendación de Cándido/Voltaire de preferir la horticultura al lamento es un
buen consejo. Pero no se trata de un consejo tan simple. Por supuesto,
probablemente ni Cándido ni Pangloss sabían fertilizar un huerto ni manejar una
pala; también ellos eran criaturas de salón; esta novela no es una
argumentación a favor de la formación profesional. Y aunque lo fuera, la
Enciclopedia ha mostrado en todo caso al salonier que el trabajo manual es
mucho más complicado de lo que parece cuando se mira el mundo desde las
ventanas del Palais Royal. El fondo del consejo es que se debe preferir lo que
uno es capaz de hacer por sí mismo, lo limitado y concreto y, por tanto,
humano. La idea central de Voltaire es ésta: sólo quien acepte que
probablemente no es perfecto, puede llegar a hacer juicios realistas de la vida
y a preferir lo limitado y concreto y, por tanto, humano.
El espíritu de ese
consejo es lo que la época de Voltaire empezaba a comprender en su encuentro
con las máquinas. En el artículo sobre el soplado del vidrio, la Enciclopedia
sostiene que el imperfecto vidrio hecho a mano tiene sus virtudes: la
irregularidad, la originalidad y lo que el escritor designa vagamente como
«carácter». Los dos conjuntos de imágenes del soplado de vidrio son por tanto
inseparables; sólo si se sabe cómo algo podría hacerse a la perfección, es
posible esta alternativa, la de un objeto con especificidad y carácter. La
burbuja o la superficie irregular de una pieza de vidrio pueden ser valoradas,
mientras que el patrón de perfección no deja espacio al experimento ni a la
variación, y la persecución de la perfección, amonesta Voltaire a sus colegas
filósofos, puede llevar a los seres humanos a la amargura antes que al
progreso.
En sus diferentes
artículos, la Enciclopedia avanza y retrocede entre los polos representados por
la fábrica de papel y el taller del vidriero: la primera como una
reconciliación del ser humano y el robot; el segundo como afirmación de trabajo
que no se confunde con la perfección; el trabajo perfecto serviría como término
de comparación a otro tipo de trabajo que tiende a otra clase de resultado. En
consecuencia, por un camino muy diferente al de la celebración renacentista del
genio artístico, el artesano de la Ilustración podía celebrar y a la vez lograr
la individualidad. Pero para seguir este camino, el buen artesano tenía que
adoptar la advertencia de Voltaire; tenía que aceptar su propia imperfección.
El primer encuentro
de la modernidad con el poder de las máquinas produjo una cultura densa y
contradictoria. Las máquinas colmaron esa cornucopia de bienes que había
comenzado a llenarse en una época anterior. Con mejor dotación material, la
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Ilustración
idealizó la capacidad de los seres humanos para desarrollar por sí mismos sus
posibilidades y pensó que estaban casi a punto de arrojar por la borda el
sometimiento a la tradición; la promesa de que la humanidad se liberaría de
esos grilletes aparecía en las páginas del Berlinische Monatsschrift.
¿Resultaría ser la máquina un poder alternativo que exigía sumisión? ¿Y qué
clase de máquina? La gente se maravillaba ante los replicantes y temía a los
robots, esos ingenios extraños superiores a los cuerpos de sus creadores.
La Enciclopedia de
Diderot se sumergía en este tema reconociendo desde el primer momento los
límites humanos más básicos, esto es, los del lenguaje a la hora de expresar
las operaciones del cuerpo humano, en especial las del artesano en el trabajo.
Ni el trabajador ni el analista del trabajo pueden explicar realmente lo que
ocurre. Metido en el proceso de trabajo con el fin de informarse, Diderot
descubrió un límite más, a saber, el del talento; no podía entender
intelectualmente el trabajo que no podía ejecutar bien en la práctica. Había
entrado en la peligrosa guarida del robot, en la que los «talentos» de la
máquina suministraban un modelo de perfección en comparación con el cual medían
los seres humanos su propia insuficiencia.
Sólo una generación
después de la aparición de la Enciclopedia, Adam Smith llegó a la conclusión de
que, en efecto, las máquinas pondrían fin al proyecto de la Ilustración. En La.
riqueza de las naciones declara que, en una fábrica, «en general, el hombre que
pasa toda su vida ejecutando unas pocas operaciones sencillas… se vuelve todo
lo estúpido e ignorante que puede ser una criatura humana»[110]. El círculo de
Diderot trataba de llegar a otra conclusión, que yo formularía así:
La manera
inteligente de usar una máquina es juzgar sus capacidades y amoldar el uso que
se hace de ellas teniendo más en cuenta nuestros propios límites que sus
potencialidades. No debemos competir con la máquina. Una máquina, como
cualquier modelo, debe proponer, no imponer; y la humanidad, por cierto, debe
huir de toda imposición de imitar la perfección. Contra la exigencia de la
perfección podemos reivindicar nuestra propia individualidad, que da carácter
distintivo al trabajo que hacemos. Para lograr este tipo de carácter en la
artesanía son necesarias la modestia y la conciencia de nuestras propias
insuficiencias.
No le pasará
inadvertido al lector que, como Diderot en el taller, he sido yo quien ha
hablado en su nombre. Esto se explica porque tal vez las implicaciones de la
Ilustración sólo son evidentes dos siglos y medio más tarde. En cualquier buena
práctica artesanal se requiere un sólido juicio sobre la maquinaria. Hacer las
cosas bien —ya se trate de la perfección funcional o de la mecánica— no es una
opción a escoger si no nos aporta conocimiento sobre nosotros mismos.
EL ARTESANO
ROMÁNTICO
John Ruskin contra
el Mundo Moderno
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A mediados del
siglo XIX, con la cristalización del sistema económico moderno, decayó la
esperanza de que los artesanos encontraran un lugar honorable en el
ordenamiento industrial. Las grandes líneas de interrelación de la fuerza de
trabajo y las máquinas se manifestaron con máxima claridad en Estados Unidos y
Gran Bretaña, cuyos gobiernos alentaron muy pronto el experimento mecánico para
el desarrollo industrial. En ambos países, la consecución de máquinas para la
producción a gran escala amenazó poco a poco el estatus de los trabajadores más
cualificados e incrementó la cantidad de obreros semicualificados o sin ninguna
cualificación, pues la máquina, antes que apuntar a eliminar las tareas no
cualificadas e insalubres, como en la fábrica de papel de L’Anglée, tendía a
sustituir la costosa fuerza de trabajo cualificada.
Los trabajadores
del acero de los Estados Unidos eran los representantes típicos del cambio que
se producía en muchas otras industrias básicas. El acero es una aleación de
hierro y carbono que aumenta la resistencia de sus agentes. El convertidor de
Bessemer, que empezó a utilizarse después de 1855, producía en masa esta
aleación mediante un nuevo tipo de gigantesca cámara oval de oxidación. Entre
1865 y 1900, el diseño industrial se centró en logros técnicos, como la
tecnología de maestreo, que sustituyó las costosas habilidades humanas que
hasta entonces habían evaluado y regulado la adición de materiales para la
producción de acero en el desarrollo del proceso de producción. La maquinaria,
muy ingeniosa, estaba también diseñada para sustituir con números absolutos la
evaluación humana de la regulación del enfriamiento del metal líquido[111].
En la industria del
acero del siglo XIX, los artesanos cualificados afrontaban dos futuros posibles
a causa del cambio tecnológico: la pérdida de la cualificación o el despido. Lo
primero significaba al menos el mantenimiento del empleo. En las fábricas de
acero norteamericanas de 1900, alrededor de la mitad de los artesanos había
aceptado este destino, mientras que la otra mitad trataba de abrirse camino
como trabajadores del metal en otras tareas. Sin embargo, las habilidades
implicadas en la producción del acero no son fáciles de «transferir» a otras
tareas de fundición, hecho característico de muchas industrias básicas,
entonces y hoy.
Las habilidades
altamente especializadas no sólo forman una larga y simple lista de
procedimientos, sino toda una cultura constituida en torno a esas acciones. En
1900, los trabajadores del acero habían desarrollado un conjunto de
conocimientos comunes gracias a los cuales grandes grupos de trabajadores
podían trabajar en medio de un ruido ensordecedor y en un ambiente mal
iluminado. Sin duda, estas condiciones de trabajo no eran transferibles a
espacios pequeños como el de un taller mecánico especializado, donde el
trabajador tenía que concentrarse más en su propio cuerpo. El problema que esto
planteaba era distinto del que afrontaban los lutieres de Cremona del siglo
XVIII en torno a las dificultades de la transferencia de tecnología.
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En el taller
pequeño del lutier se trataba de la transmisión de talento individual; en la
fábrica metalúrgica, en cambio, la cuestión era la adaptación de una habilidad
ya establecida a una nueva cultura espacial. Como he documentado en otro sitio,
en 1995 los programadores desplazados del trabajo en grandes computadoras
centrales a ordenadores personales o videoconsolas se enfrentaron a un problema
semejante. La dificultad del cambio estribaba más en el lugar de trabajo que en
la tarea informática propiamente dicha[112].
Los trabajadores
especializados se opusieron al cambio tecnológico en tres frentes: el de los
empleadores, el de los trabajadores no cualificados que ocupaban su lugar y el
de las máquinas. A este respecto, la American Federation of Labor (AFL) se
convirtió en un sindicato emblemático. En su larga vida, diversos sindicatos de
trabajadores cualificados lucharon con éxito contra sus empleadores; muchas
organizaciones sindicales llegaron a un entendimiento con los trabajadores no
cualificados, en su mayoría inmigrantes, preferidos de los empleadores. Pero en
el tercer frente, el de la máquina, no libraron una buena batalla. Los
sindicatos aglutinados por la AFL no consiguieron invertir en estrategias
alternativas de diseño mecánico; los artesanos no auspiciaron la investigación
o bien diseñaron máquinas que mantendrían la necesidad de un amplio cuerpo de
operarios cualificados. La mecanización fue algo que se impuso desde fuera a la
fuerza de trabajo y no el resultado de un proceso en el seno mismo del movimiento
obrero.
El fracaso en este
tercer frente magnificó la amenaza simbólica de la máquina. En la industria
moderna, los obreros especializados viven con y de las máquinas, pero rara vez
las crean. De esta manera, el progreso tecnológico llega a parecer inseparable
de la dominación ajena.
No hubo protesta
victoriana más apasionada contra semejante dominio mecánico que la del escritor
inglés John Ruskin, quien instaba a sus lectores a abominar de la mera idea de
civilización mecánica. Pensaba que en los gremios medievales los trabajadores manuales
vivían mejor, en instituciones de calidad superior a la de las fábricas
modernas. La radicalidad de la posición de Ruskin consistía en afirmar que la
sociedad moderna en su conjunto podía y debía regresar al pasado preindustrial.
Ruskin era un
insólito defensor de los trabajadores cualificados e incluso de cualquier
actividad física. Nacido en el seno de una familia próspera y muy unida, fue un
niño introvertido; de adulto se convirtió en un hombre sensible y vulnerable
que en los claustros de Oxford encontró refugio, pero no paz interior. En
parte, los objetos físicos y el trabajo artesanal le servían de alivio de su
propia interioridad, pero no se plegaba en absoluto al estereotipo del esteta
maniático. El gran biógrafo moderno de Ruskin, Tim Hilton, lo presenta como un
hombre que muy pronto anticipó la máxima
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«sólo conecta», de
E. M. Forster, que en el caso de Ruskin significaba conectar con otras personas
a través de las cosas hechas a mano[113].
En los primeros
viajes a Italia, en particular a Venecia, Ruskin descubrió una inesperada
belleza en sus edificios medievales de tosco acabado. Las gárgolas, los
portales en arco y las ventanas talladas en piedra le atrajeron más que las
geometrías abstractas de la arquitectura renacentista posterior o el perfecto
acabado de los ebanistas del siglo XVIII. Dibujó estos toscos objetos con el
mismo espíritu con que los encontró, evocando bellamente las irregularidades de
las piedras de Venecia en líneas que fluían libremente en el papel; dibujando
descubrió los placeres del tacto.
El estilo literario
de Ruskin es intensamente personal; extrae ideas y preceptos de sus propias
sensaciones y de su experiencia. Hoy formularíamos su llamamiento como «toma
contacto con tu propio cuerpo». Lo mejor de su prosa tiene un poder táctil casi
hipnótico, que hace sentir al lector el musgo húmedo sobre una piedra antigua o
ver el polvo en calles iluminadas por el sol. A medida que el trabajo avanzaba,
su contraste entre pasado y presente se hacía más polémico: las catedrales
italianas se contraponían a las fábricas británicas y el trabajo expresivo de
los italianos a la estúpida rutina industrial de los ingleses. En el Oxford de
las décadas de 1850 y 1860 Ruskin puso en práctica la consigna de «tomar
contacto con el cuerpo propio». Llevó a los suburbios a trabajar en la
construcción de carreteras a grupos de jóvenes de clase social acomodada, cuyas
manos doloridas y encallecidas constituían la prueba de haber conectado con la
Vida Real.
Si bien el
«ruskinismo» implicaba la valoración de la belleza de tosco acabado y de más de
un matiz de erotismo en el rudo trabajo físico, también arrojaba luz sobre un
recelo muy difícil de mencionar para los lectores de Ruskin. La era industrial
consumaba el cuerno de la abundancia; en efecto, la máquina vertía una
cornucopia de ropas, utensilios domésticos, libros y periódicos, así como
máquinas para producir otras máquinas. Lo mismo que a sus predecesores, a los
Victorianos la abundancia material les produjo al mismo tiempo admiración y
angustia. La máquina introducía un elemento nuevo en la relación entre cantidad
y calidad. Por primera vez, la pura cantidad de objetos iguales hacía temer que
el gran número embotara los sentidos; la uniforme perfección de los bienes
hechos a máquina no invitaba a un acercamiento comprensivo, no provocaba
ninguna respuesta personal.
Esta relación
inversa entre cantidad y calidad se expresaba en el derroche, problema que para
las sociedades de escasez era sólo un sueño. Podemos estudiar
retrospectivamente esta cuestión a través de las cifras actuales de derroche,
de productos que se desechan mucho antes de llegar al final de su vida útil.
Según un cálculo, el noventa y dos por ciento de los coches de segunda mano en
venta en Gran Bretaña en 2005 tenían al menos cinco años más de vida útil; el
ochenta y seis por ciento de los compradores de ordenadores nuevos en 2004
empleaban en éstos los
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mismos programas
que en los viejos. Una explicación de semejante despilfarro está en que los
consumidores compran el poder potencial de los nuevos objetos más que el poder
que utilizan realmente; el coche nuevo puede correr a ciento sesenta kilómetros
por hora, aunque el conductor esté normalmente atascado en el tráfico. Otra
explicación del despilfarro moderno es que los consumidores están más
estimulados por las expectativas que por el uso en sí; tener lo último que ha
salido es más importante que hacer uso duradero de ello[114]. De una u otra
manera, la posibilidad de disponer tan fácilmente de cosas nos desensibiliza
ante los objetos reales que tenemos en la mano.
Ruskin no era el
primer Victoriano en percibir que la pura cantidad podía disminuir las
cualidades táctiles de las cosas materiales. El problema del derroche apareció
antes, en la novela de Benjamin Disraeli titulada Sybil o las dos naciones, de
1845 La finalidad de este tratado-novela era atacar la penuria en que vivían
las masas populares en Inglaterra, ataque que se acentuaba con las
descripciones que ofrecía Disraeli de la riqueza y el derroche (trozos de carne
a medio comer, botellas de vino de las que sólo se ha bebido un vaso, ropas
usadas una o dos veces durante la estación y luego descartadas). Muchos
escritores victorianos han descrito los horrores de la pobreza. La voz de
Disraeli se distingue porque en Sybil, lo mismo que en las otras dos novelas
que con ella forman un conjunto, presenta el despilfarro como una negligencia
de los privilegiados. A este respecto, Ruskm hizo sonar una alarma en esa época
sobresaturada; las habitaciones en las que vivía estaban, para su época,
relativamente desnudas de adornos. Como buen victoriano, fraguó una moral para
esta sobriedad estética: cuanto menos pendientes estemos de las cosas, mejor
podremos cuidar de los demás.
La cantidad se mide
tanto por el tamaño como por el número. Para la generación de Ruskin, lo grande
quedaba simbolizado en una máquina que se presentó en la Gran Exposición de
1851, la gran celebración del siglo de la cornucopia industrial.
Concebida por el
príncipe regente, la exposición era un despliegue masivo de maquinaria moderna
y productos industriales instalados en un gigantesco invernadero diseñado y
ejecutado por Joseph Paxton. Lo abarcaba todo, desde sofisticados motores de
vapor y herramientas impulsadas a vapor hasta inodoros de porcelana y cepillos
para el pelo hechos a máquina. Se incluían objetos hechos a mano, notablemente
en las secciones dedicadas a las artesanías de las colonias británicas. Los
objetos hechos en Gran Bretaña se presentaban para mostrar la variedad que
podía adoptar una «forma-tipo» industrial como un inodoro, moldeado en diversas
formas, desde una simple taza hasta una urna decorada o (mi preferida) un
elefante arrodillado[115]. En el primer vertiginoso estallido del consumo de
productos industriales, no había estricta correlación entre función y forma.
El inmenso
invernadero de Paxton que albergaba este himno a la máquina
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industrial,
impropiamente llamado Palacio de Cristal, era él mismo producto de las
innovaciones en la fabricación del vidrio que habían anticipado las páginas de
la Enciclopedia, Para conseguir grandes superficies de vidrio laminado y lo
suficientemente fuertes como para utilizar en la construcción, se requería un
cambio en las proporciones de soda y cal en el material y la invención de
máquinas de rodillos de hierro fundido capaces de tolerar altas temperaturas
constantes, requisitos completamente extraños al cristal. Finalmente, estas
innovaciones llegaron en la década de 1840[116]. Los soportales de París, cuya
construcción se había comenzado en las décadas anteriores del mismo siglo,
tenían techos de vidrio, pero los paneles de cristal de los pórticos eran más
pequeños y los del techo, más llovedizos. En la exposición, todo era de vidrio,
vidrio firmemente encajado en marcos de metal. El edificio materializaba una
estética sólo posible gracias al trabajo de la máquina, una estética de pura
transparencia que abolía la división visual entre el interior y el exterior.
El objeto de la
Gran Exposición de 1851 que demostraba del modo más espectacular el dominio de
la máquina era un robot al que se concedió en el Palacio de Cristal un lugar de
honor en la base de la tribuna del orador: el Hombre de Acero del conde Dunin, cuyo
nombre derivaba de su creador. Siete mil piezas de acero, forjadas en planchas
y muelles, componían la figura de un hombre de metal con la forma del Apolo de
Belvedere, un brazo tendido hacia delante como para estrechar una mano,
haciendo girar una manivela, esta figura de metal comenzaba a extenderse; los
muelles y las ruedas que tenía en su interior empujaban hacia fuera planchas
ocultas, de modo que conservaba la perfección de la forma del Apolo de
Belvedere, pero adquiría el tamaño de un Goliat que daba una cálida bienvenida.
Sólo se necesitaban treinta segundos para agrandar el Hombre de Acero del conde
Dunin hasta duplicar su tamaño o para reducirlo de nuevo a escala normal[117].
A diferencia de los
replicantes parisinos de Vaucanson, el griego de metal no imitaba ninguna
función humana; a diferencia de los robots lioneses de Vaucanson, el Hombre de
Acero no producía nada, salvo la impresión de su propio poder. El ethos del
automóvil sobrepotenciado se materializaba aquí en este robot Victoriano;
grandioso, pero sin ninguna finalidad.
Esa impresión de
poder mecánico absoluto, que era todo el objetivo de la Gran Exposición, fue lo
que Ruskin trató de reducir. Este era el radical y enérgico contexto de su
nostalgia; pero, más que suspirar de añoranza, Ruskin sentía rabia. Sus
escritos son un llamamiento a combatir la cornucopia moderna, para reforzar la
sensibilidad a los objetos. Igualmente, en su llamamiento a la lucha, exhortaba
a los artesanos a reafirmar sus derechos al respeto de la sociedad.
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A mediados de la
década de 1850, Ruskin contribuyó a la creación del Working Men’s College en
una casa de la Red Lion Square de Londres. En una carta a su amiga Pauline
Trevelyan describe a los estudiantes del mencionado College: «Mi deseo es dar
breves conferencias a unas doscientas personas por vez, decoradores de tiendas,
y maestros calígrafos, y tapiceros, y alhamíes, y fabricantes de ladrillos, y
sopladores de vidrio, y alfareros». La finalidad de estas conferencias era en
parte despejar las máscaras decorativas de la forma-tipo, hacer conscientes a
sus alumnos de la esencial uniformidad de la producción mecánica. «Mi deseo es
hacer explotar la impresión y la pólvora, las dos grandes maldiciones de la
época. He comenzado a pensar que el abominable arte de la impresión es la raíz
de todas las desgracias, acostumbra a la gente a que todo tenga la misma
forma». Ruskin proponía despertar los sentidos de los artesanos creando un
espacio donde pudieran contemplar unos pocos objetos verdaderamente únicos, hechos
en el pasado, «un espacio donde cualquiera pueda ir todo el día y siempre a ver
exclusivamente lo que es bueno»[118]. Deseaba que, tanto como la pintura y la
escultura medievales, sus estudiantes apreciaran en todo su valor las
irregularidades de los objetos hechos a mano, como el vidrio del siglo XVIII.
Detrás del Working
Men’s College había una idea positiva de la artesanía, que se concebía en
términos generales como aplicable a la gente que utiliza tanto la cabeza como
las manos. Esta concepción cristalizó en el libro que aseguró la fama de
Ruskin, Las siete lámparas de la arquitectura, de 1849. El trabajo gótico de la
piedra, dice, es una «gramática», una gramática «exuberante», en la que una
forma engendra otra, a veces mediante la voluntad del cantero, a veces
simplemente por casualidad; «exuberancia» es otro nombre que Ruskin da al
«experimento». En Las piedras de Venecia, de 1851-1853, este término adquiere
un sentido más profundo. Aquí Ruskin empieza a tener en cuenta, como hemos
visto entre los programadores de Linux, la conexión íntima entre solución y
descubrimiento de problemas. Un trabajador «extravagante», exuberante y
entusiasmado está dispuesto a correr el riesgo de perder el control de su
trabajo; cuando las máquinas pierden el control, se averían; cuando las
personas lo pierden, hacen descubrimientos, tropiezan con afortunados
accidentes. En la pérdida de control, al menos temporalmente, ve Ruskin la
receta de la buena artesanía y una guía para su enseñanza. En Las piedras de
Venecia, Ruskin inventa su figura de un dibujante que ha perdido
momentáneamente el control de su trabajo:
Puedes enseñar a un
hombre a dibujar una línea recta, a trazar una curva y a moldearla… con
admirable velocidad y precisión; y considerarás perfecto su trabajo en su
estilo; pero si le pides que reflexione acerca de cualquiera de esas formas,
que vea si puede encontrar otra mejor de su invención, se detiene, su ejecución
se hace vacilante, piensa, y lo más probable es que
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piense mal, lo más
probable es que cometa un error en el primer toque que como ser pensante dé a
su trabajo. Pero con todo eso has hecho de él un hombre, cuando antes era sólo
una máquina, una herramienta animada[119].
El dibujante de
Ruskin se recuperará y su técnica será mejor gracias a la crisis por la que ha
pasado. Ya sea como el cantero que deja en la piedra las muescas y los errores,
ya como el dibujante que recupera la habilidad para trazar líneas rectas exactas,
ahora el artesano es consciente de sí mismo. Su senda no es la destreza sin
esfuerzo, ha tenido dificultades y ha aprendido de ellas. El artesano moderno
ha de modelarse a sí mismo como este dibujante atribulado antes que como el
Hombre de Acero del conde Dunin.
Las siete lámparas
de la arquitectura, de Ruskin, proporcionaba siete guías o «lámparas» al
artesano atribulado y a cualquiera que trabaje directamente sobre cosas
materiales[120]. Helas aquí:
«la lámpara del
sacrificio», con lo que Ruskin se refiere, como yo mismo, a la voluntad de
hacer bien algo por el simple hecho de hacerlo bien, es decir, dedicación;
«la lámpara de la
verdad», esa verdad que «continuamente da pérdidas y ganancias»; es la
afirmación de la dificultad, la resistencia y la ambigüedad por parte de
Ruskin;
«la lámpara del
poder», de un poder moderado, orientado por otros patrones antes que la
voluntad ciega;
«la lámpara de la
belleza», que para Ruskin se encuentra más en el detalle, el adorno —belleza a
la medida de la mano— que en el gran diseño;
«la lámpara de la
vida», siendo la vida equivalente a lucha y energía, y la muerte a perfección
letal;
«la lámpara de la
memoria», orientación que proporcionan los tiempos anteriores al dominio de la
máquina; y
«la lámpara de la
obediencia», que consiste en la obediencia al ejemplo que ofrece la práctica de
un maestro antes que a sus obras particulares; en otras palabras, esforzarse en
ser como Stradivarius, pero no tratar de copiar sus violines particulares.
De acuerdo con una
vena de pensamiento radical, Ruskin rechaza el presente y mira al pasado para
luego volver a mirar hacia el futuro. Ruskin trató de infundir en todo tipo de
artesanos el deseo, incluso el anhelo, de un espacio perdido de libertad, un espacio
libre en el que se pudiera experimentar, un espacio protegido en el que se
pudiera perder al menos momentáneamente el control. En la sociedad moderna la
gente tendrá que luchar para conseguir este espacio. Ruskin creía que los
rigores de la
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era industrial
conspiraban contra las vivencias de experimentación libre y de fracaso
saludable; de haber vivido lo suficiente, habría valorado la observación de F.
Scott Fitzgerald según la cual en Estados Unidos no hay segundas oportunidades.
Para Ruskin, el artesano es un emblema para todos aquellos que tienen auténtica
necesidad de una oportunidad «para vacilar…, para equivocarse»; el artesano
debe trascender el trabajo orientado por la «lámpara» de la máquina y llegar
con sus dudas a ser algo más que una «herramienta animada».
¿Qué habría pensado
Diderot de las siete lámparas que orientan al artesano? Seguramente, el
enciclopedista habría valorado la humanidad de Ruskin, pero habría insistido en
que la razón podía desempeñar en ello un papel más importante, y que la máquina
moderna, incluso un robot, contribuye a la auto-comprensión humana. Ruskin
hubiera replicado que Diderot aún no había conocido la dura verdad del poder
industrial. Diderot habría podido objetar que las lámparas de Ruskin iluminan
la manera en que los artesanos han hecho bien su trabajo, pero no ofrecen
verdadera orientación acerca de los materiales que el artesano moderno debe
manipular. Expresado en términos modernos, podríamos comparar a Ruskin y
Heidegger; Ruskin no aspiraba a escapar a una cabaña de ensueño, sino que
buscaba otro tipo de práctica material y otra clase de compromiso social.
En su época, el
artesano de Ruskin aparecía como una figura romántica, y como tropo romántico
servía de contrapeso al romanticismo encarnado en emblema del artista como
virtuoso técnico.
A comienzos del
siglo XVIII, un virtuoso como Chambers, con una amplia gama de intereses, se
sentía más bien orgulloso de su condición de simple aficionado. En tiempos de
Chambers no se habría calificado de virtuoso a Antonio Stradivarius; su genio
discurría por un solo canal. En Gran Bretaña, el caballero aficionado ha
conservado un prestigio un tanto esnob, lo mismo que su polo opuesto, el
caballero que exhibe una maestría sin esfuerzo, fortuita. Ante una complicada
cirugía del cáncer, nadie confiaría su cuerpo a uno ni a otro. Pero el virtuoso
especialista también tiene una inquietante relación con la técnica.
En música, el
virtuoso obsesionado por la técnica comenzó a aparecer en escena a mediados del
siglo XVIII. En el nuevo marco de los conciertos públicos, la pura destreza de
los dedos se convirtió en una exhibición por cuyo espectáculo el público
pagaba; el oyente aficionado empezó a aplaudir como un inferior. Esta situación
contrastaba con las interpretaciones en la corte, en las que Federico el
Grande, por ejemplo, tocaba las partes de flauta en las composiciones que
encargaba a sus músicos contratados o, antes, el papel de bailarín principal
que con frecuencia asumía Luis XIV en los espectáculos que se organizaban en
Versalles. Ambos reyes tenían
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grandes dotes para
lo que hacían, pero, en las cortes, la línea divisoria entre público y
ejecutante, entre maestro técnico y aficionado, no estaba nada clara. El
sobrino de Rameau, la novela de Diderot, marca la contundencia de esta nueva
línea tal como se empezaba a trazar en su época. En parte, este diálogo
pregunta qué es el dominio de la técnica, y responde que es el resultado de una
lucha heroica del hombre con un instrumento. Luego el diálogo plantea la
cuestión de si la brillantez técnica compromete la integridad artística. En la
historia de la música, la respuesta a esta pregunta ha sido cada vez más
apremiante, desde Niccoló Paganini a Sigismond Thalberg y Franz Liszt en sus
apariciones públicas durante la primera mitad del siglo XIX. Estos ejecutantes
escenificaron la épica de la técnica, en desmedro, en los casos de Paganini y
Thalberg, de las virtudes musicales de simplicidad y modestia.
Hacia la década de
1850, el virtuoso musical parecía ser alguien cuya habilidad técnica se había
desarrollado a tal extremo de perfección, que en comparación con ellos los
ejecutantes aficionados del público se sentían insignificantes, prácticamente
desprovistos de todo valor. El auge del virtuoso en el escenario coincidió con
el silencio y la inmovilidad en la sala de concierto, pasividad que constituía
una demostración de fidelidad del público al artista. El virtuoso conmociona y
sobrecoge. Como contrapartida, el virtuoso desata en los oyentes pasiones que
ellos no habrían podido producir con sus propias habilidades[121].
Ruskin abominaba de
este ethos del virtuoso romántico. Las vacilaciones y los errores del artesano
no tenían nada en común con semejantes actuaciones; en música, la situación
análoga a la celebración de Ruskin del artesano sería la haus-musik, en la que los
aficionados aprendían los clásicos en sus propios términos. Pero Ruskin
trasladó el escenario en el que aparece el virtuoso comprometido, de la sala de
conciertos a los trabajos de ingeniería.
Ingenieros como
Isambard Kingdom Brunel —de quien se hablará más extensamente unas páginas más
adelante— encarnaban para Ruskin los males del virtuosismo de la técnica.
Ingeniero de barcos de acero, puentes y viaductos de luz muy amplia, Brunel fue
un virtuoso técnico cuyo trabajo se adecuaba en cierto modo a las «lámparas» de
Ruskin: era experimental, y gran parte del experimento resultó defectuoso. Y
además Brunel era un artesano comprometido, por no decir apasionado, que, de
haber sido más prudente, hubiese podido ganar más dinero. Sin embargo, su
trabajo celebra la pura proeza técnica, lo que para Ruskin era imperdonable.
Este rechazo equivalía a algo así como una manía religiosa: el virtuosismo que
emplea máquinas es inhumano, siempre y dondequiera que sea.
Ruskin, en resumen,
buscaba afirmar los derechos de un trabajo que no es de aficionado ni de
virtuoso. Este término medio del trabajo es la artesanía. Y esta figura del
artesano como trabajador a la vez desafiante y condenado, se ha transmitido de
la época de Ruskin a la nuestra, aun cuando haya desaparecido la etiqueta
explícita de
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«romántico».
Una década después
de la muerte de Ruskin en 1900, el sociólogo norteamericano Thorstein Veblen,
en la prosa característicamente adornada de The Spirit of Workmanship, saludaba
las virtudes ruskinianas de lo hecho a mano por encima de lo fabricado a máquina:
«Las visibles imperfecciones —escribe Veblen— de los objetos hechos a mano, al
ser honorables, se tienen por marcas de superioridad, de utilidad, o de ambas
cosas»[122]. La Gran Exposición que vio personalmente, la de Chicago de 1893,
parecía marcar la desaparición del artesano; la mayor parte del trabajo
artesanal que se exhibía tenía origen en lugares y pueblos que Veblen —con
implícito sentido de la ironía— llamaba «primitivos» o «no desarrollados». Los
bienes civilizados dominaban en su profusa, uniforme y mecánica abundancia.
Como es propio de un economista, Veblen ligaba la desaparición del artesano a
los patrones del consumo; la Gran Exposición de Londres de 1851 fue para él un
temprano anticipo del «consumo ostentoso» que la máquina hacía posible. El buen
artesano, absorbido por la preocupación de hacer bien su trabajo e incapaz de
explicar el valor de lo que hace, es un mal vendedor[123].
Al heredero de
Veblen, C. Wright Mills, la máquina también le parece el instrumento que
condena al artesano, no obstante su profunda dedicación al trabajo, la adopción
del experimento y la irregularidad, la modestia de sus ambiciones, su cuidado y
su originalidad. «Este modelo de artesanado —declara Mills— se ha vuelto un
anacronismo»[124]. También esto es ruskiniano. Tal vez este tipo de mentalidad
explique por qué los propios artesanos, como los obreros norteamericanos del
acero, no intentaron implicarse en la innovación tecnológica a través de sus
sindicatos, o tal vez esto se deba a que los trabajadores amenazados no podían
luchar en todos los frentes. Sin embargo, esta historia plantea un problema
fundamental. Si tuviéramos que elegir entre la manera ilustrada y la manera
romántica de entender la artesanía, creo que deberíamos preferir la de los
primeros tiempos, cuando trabajar con máquinas era menos una lucha que un
desafío radical de emancipación. Y lo sigue siendo.
4. Conciencia
material
Durante la reunión
de la British Medical Association de 2006, en la que se
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desbordaron las
emociones de médicos y enfermeros, se habilitó un espacio para alojar la
avalancha de periodistas, miembros del público, como yo, y personal médico que
no cabía en la sala. Seguramente, en esa sala había tenido lugar una
presentación científica antes de nuestra llegada, pues en la gigantesca
pantalla que teníamos ante nuestros asientos aún permanecía la imagen a todo
color de una mano enguantada levantando una parte del intestino grueso de un
paciente durante una intervención quirúrgica. Los periodistas echaban de vez en
cuando un vistazo a esa imagen monstruosa para apartar de inmediato la mirada,
como si hubiera en ella algo obsceno. Sin embargo, los médicos y enfermeros
allí presentes parecían prestarle cada vez más atención, en particular en los
momentos en que las voces de funcionarios del gobierno, desde los altavoces,
inundaban el ambiente con su cantinela sobre la reforma.
La atención absorta
de aquellas personas en todo lo que hacía la mano enguantada con el intestino
grueso es conciencia material. Todos los artesanos la tienen, incluso aquellos
que practican el arte más arcano. Se cuenta que una vez el pintor Edgar Degas
le dijo a Stéphane Mallarmé: «Tengo una idea magnífica para un poema, pero no
creo que sea capaz de desarrollarla», a lo que Mailarmé respondió: «Mi querido
Edgar, los poemas no se hacen con ideas, sino con palabras».
Como es de
imaginar, «conciencia material» es una expresión que hace que a los filósofos
se les haga la boca agua. ¿Es nuestra conciencia de las cosas independiente de
las cosas mismas? ¿Es de la misma naturaleza nuestra conciencia de las palabras
que nuestra percepción táctil de un intestino? Mejor que perderse en este
bosque filosófico sería centrarse en lo que hace interesante a un objeto. Este
es el campo de conciencia propio del artesano; todos sus esfuerzos por lograr
un trabajo de buena calidad dependen de su curiosidad por el material que tiene
entre las manos.
Quisiera formular
una simple propuesta en torno a esta conciencia material comprometida: nos
interesan de manera particular las cosas que podemos cambiar. La gigantesca
imagen del intestino humano en la pantalla era intrigante porque los cirujanos,
se notaba, estaban haciendo allí algo extraordinario. Los seres humanos dedican
el pensamiento a las cosas que pueden cambiar, y ese pensamiento gira alrededor
de tres momentos clave: metamorfosis, presencia y antropomorfosis. La
metamorfosis puede ser tan directa como un cambio en el procedimiento, que es
lo que ocurre, por ejemplo, cuando los alfareros pasan de moldear arcilla en
una tabla fija a darle forma en un torno: los alfareros que hagan ambas cosas
tendrán conciencia de la diferencia en la técnica. La presencia puede
registrarse dejando simplemente una marca de autor o marca de fábrica, como el
sello de un ladrillero. La antropomorfosis tiene lugar cuando atribuimos
cualidades humanas a una materia prima; las culturas supuestamente primitivas
imaginan que en un árbol viven espíritus, y también en una lanza hecha con su
madera; las refinadas personalizan los
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materiales cuando
emplean palabras como «modesto» o «simpático» para describir detalles del
acabado de un armario.
En este capítulo
investigaré más en profundidad cada una de estas formas de conciencia material
entre los artesanos que trabajan con arcilla.
METAMORFOSIS
El relato del
alfarero
La manera más
sencilla de hacer una vasija es enrollar una tira de arcilla alrededor de un
disco plano[125]. Una pequeña innovación consiste en colocar una calabaza
cortada debajo del disco plano para poder girar más fácilmente la vasija en las
manos del alfarero mientras la tira va tomando forma alrededor de los lados.
Esta pequeña innovación sugiere un paso mucho más importante: la utilización de
un disco de rotación libre.
Este paso se dio
alrededor del año 4000 a. C. en lo que hoy es Irak, y alrededor de 2500 a. C.
se expandió hacia el oeste, hasta el Mediterráneo. A partir del año 1000 a. C.
los tornos de los alfareros griegos eran pesados discos de madera o de piedra
que rotaban sobre un soporte de piedra acabado en punta. El ayudante del
alfarero sostenía el torno y lo hacía girar mientras el alfarero modelaba la
arcilla con ambas manos. El impulso del torno indicaba una manera completamente
nueva de dar forma a la arcilla con respecto a la de enroscar la tira; ahora el
alfarero podía trabajar con una bola de arcilla húmeda. En el caso de una
vasija pequeña, estaba hecha de una sola pieza. Las más grandes podían montarse
uniendo tubos moldeados en el disco giratorio. Pero, pequeña o grande, una vez
que la vasija se empezaba a secar, el alfarero eliminaba con un estilete la
arcilla sobrante, mientras la pieza giraba en el torno.
A partir de 800 a.
C., aproximadamente, la alfarería arcaica y antigua se hizo manifiestamente más
compleja. Sin embargo, la pura utilidad no explica esta lógica, puesto que el
trabajo con la tira producía objetos que cumplían perfectamente su función y se
hacían vasijas más rápidamente que con el torno. Tampoco la simple utilidad
explicaría la intención decorativa que se incorporó a la superficie de estas
vasijas.
Toda pieza de
alfarería puede decorarse mediante el uso de slips. Se trata de arcillas muy
refinadas de diferentes colores que, una vez secas, se pueden mezclar para
crear colores más intensos que después se aplican sobre la superficie de una
vasija. Los slips antiguos se diferencian de los barnices modernos de la
alfarería en que no tienen un alto contenido de sílice. Sin embargo, los
griegos desarrollaron técnicas para controlar el proceso de cocción en el horno
para que la superficie adquiriera un brillo vítreo. La alfarera moderna Suzanne
Staubach ha investigado
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experimentalmente
cómo utilizaban los alfareros griegos el horno a modo de laboratorio químico
para obtener estos resultados policromados. Se calentaban los hornos a 900
grados para oxidar la arcilla. Luego se echaba serrín dentro del horno para
comenzar el proceso de reducción. Pero sólo con esto, el slip no adoptaba su
color característico. El alfarero descubrió una manera de reoxidar la arcilla
abriendo el regulador de tiro. Entonces el cuerpo de la vasija se ponía rojo,
mientras que las figuras pintadas con el slip permanecían negras. Si el slip se
pintaba como fondo, se producía el mismo contraste, pero a la inversa[126].
Los cambios en la
técnica del slip abrieron posibilidades expresivas a los alfareros. La vasija
utilitaria que se empleaba para almacenar y para cocinar, de decoración
sencilla, se pudo luego pintar con escenas que mostraban a los griegos la
naturaleza de sus mitos y los acontecimientos importantes de su historia. A
medida que la alfarería griega evolucionaba, estas imágenes se fueron
transformando en más que simples representaciones, para terminar cumpliendo las
funciones de comentarios sociales: por ejemplo, los absurdos de la lujuria de
la ancianidad se plasmaba en figuras de hombres gordos y calvos con pesados y
caídos genitales en persecución de jóvenes ágiles y bien musculados.
Este tipo de
decoración no carecía de valor económico. La vasija decorada se convirtió en un
«objeto pictórico que —como observa el clasicista John Boardman— podía
entretener e incluso instruir a los compradores nacionales o extranjeros»[127].
Con el tiempo, la alfarería terminó siendo un artículo importante en el
comercio del Mediterráneo. Los alfareros que siglos antes experimentaban con
una piedra giratoria en lugar de una calabaza no habían podido prever su valor.
Como no disponemos
de registro escrito de lo que los antiguos alfareros pensaban del torno, sólo
podemos inferir que eran conscientes de lo que hacían porque sus herramientas y
su práctica se modificaban y porque los alfareros de la era clásica temprana utilizaron
ambos procedimientos. Nos interesa sacar la conclusión de que sabían lo que
hacían porque sirve de advertencia contra los relatos dominados por las
explicaciones ad hoc, que tanto perjudica a las exposiciones tecnológicas.
Este tipo de
explicación supone que el cambio tiene que darse de una determinada manera, que
cada paso conduce inexorablemente al siguiente; el productor no pudo hacer ni
pensar otra cosa, como en «la cuña simple condujo inevitablemente al martillo
doble de carpintero». Se trata de una explicación retrospectiva. En el caso de
la alfarería, para una mirada retrospectiva puede resultar perfectamente lógico
que el torno fuera la causa por la cual se pasara de enrollar una tira a
levantar paredes de arcilla para modelar una vasija, pero la persona que
reemplazó por primera vez su calabaza por una piedra, ¿cómo podía saber lo que
nosotros sabemos? Tal vez el alfarero se sintiera perplejo, tal vez alborozado;
en cualquier caso, son estados de conciencia más comprometidos que aquel al que
aluden las explicaciones ad hoc.
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En el capítulo
sobre el taller hemos visto que la duración demostró ser una manera de
distinguir entre artesanía y arte: la práctica artesanal perdura, mientras que
el arte original es más puntual. El alfarero antiguo vivía en un tiempo que
perduraba; desde que el primer torno empezó a girar sobre un pivote pasaron
siglos antes de que la práctica de levantar la arcilla se convirtiera en
rutina. La asimilación corporal de una práctica, en la que las acciones de la
mano se vuelven poco a poco conocimiento tácito, explica esta longue durée. Y
constituye una nueva señal de prudencia.
Algunos seguidores
de Adam Smith, basándose en que la mayoría de los oficios necesita mucho tiempo
para encarnarse en hábitos corporales, llegaron a la conclusión de que los
trabajadores manuales no tienen particular conciencia de sí mismos en ninguna
generación, que dan por supuestos ciertos procedimientos y que se limitan a
continuar realizando el trabajo tal como lo conocen. Los escritos de John
Ruskin ponen en cuestión esta visión de torpeza mental: tal como lo entiende
este autor, el sentido de la tradición transmite, de generación en generación,
los errores, las imperfecciones y las variaciones presentes en toda práctica,
sin que la provocación mental de estas incertidumbres se desgaste con el
tiempo. Alrededor de 600 a. C. había grandes diferencias en la calidad de las
vasijas que se producían en todo el Egeo. Ruskin opina que los propios
artesanos debieron de percibir estas diferencias e interesarse por ellas. El
paso del disco fijo al torno demanda una atención semejante. Precisamente
porque el tiempo de trabajo del artesano era lento, en ningún momento podía
resultar claro el abanico de variaciones que podrían producirse tanto en las
formas como en las prácticas. Enunciado como principio, esto equivale a decir
que la metamorfosis estimula la mente.
La metamorfosis era
un tema importante en la mitología antigua. El mundo antiguo —dice el
historiador E. R. Dodds-asociaba los cambios en la forma con lo
irracional[128]. La magia eleva los riesgos de los acontecimientos imprevistos
y otorga a los cambios de forma una irresistible capacidad para provocar
asombro y temor. Ovidio declaraba al comienzo de las Metamorfosis: «Me lleva el
ánimo a decir las muradas formas a nuevos cuerpos», y logra su propósito en el
famoso relato de Acteón, que quebrantó la ley divina espiando a una diosa
desnuda, por lo cual los dioses lo transformaron repentinamente en un ciervo
que sus propios perros desgarraron. El asombro y el temor dominaban el mito de
Pandora, como en el caso del perfume que, liberado de su recipiente, se
convierte en una plaga. Esto es despertar por obra de la magia.
Sin embargo, tal
como la concebían los antiguos, la metamorfosis no era un proceso completamente
irracional. Los mitos se inspiraban en la física. Los materialistas antiguos,
como Heráclito y Parménides, creían que toda realidad física es una interminable
recombinación, una incesante metamorfosis de los cuatro elementos básicos de la
naturaleza: fuego, agua, tierra y aire. A diferencia de la
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ciencia moderna de
la evolución, en la que la flecha del cambio se mueve hacia una complejidad
cada vez mayor, para estos antiguos filósofos todos los procesos naturales
parecen moverse hacia la entropía, la corrupción de la forma en sus cuatro
elementos más simples, el retorno del agua al agua y de la arcilla a la
arcilla, estado primitivo a partir del cual podrían darse nuevas combinaciones,
nuevas metamorfosis[129].
El desafío cultural
consistía en cómo resistir este ciclo natural de metamorfosis, es decir, cómo
combatir la corrupción. Platón encontró una solución filosófica en la famosa
imagen de la «línea dividida» de La República, una línea de conocimiento que se
hace cada vez más duradera; aunque las cosas físicas se corrompan, su forma o
idea permanece[130]. En respuesta a sus contemporáneos sobre el flujo material,
Platón afirmaba que una fórmula matemática es una idea independiente de la
tinta que se usa para escribirla[131]. Por la misma razón, sostenía
Aristóteles, la expresión verbal no se circunscribe a los sonidos específicos
de las palabras, y por eso mismo podemos traducir de una lengua a otra.
En la civilización
occidental, el deseo de algo más duradero que los materiales corruptibles es
una de las fuentes de la supuesta superioridad de la cabeza sobre la mano y del
teórico sobre el artesano, porque las ideas son perdurables. Esta convicción hace
las delicias de los filósofos, pero éstos no deberían estar tan contentos.
Theoría comparte su raíz griega con theatron, que significa literalmente «lugar
para ver»[132]. En el teatro de las ideas, el filósofo puede pagar un precio
por ideas duraderas, mientras que, en el taller, el artesano no dispone de esa
oportunidad.
En el teatro
arcaico había relativamente poca diferencia entre el espectador y el actor,
entre ver y actuar: la gente bailaba y hablaba, luego se retiraba a un asiento
de piedra y observaba cómo otros bailaban y declamaban. En la época de
Aristóteles, los actores y los bailarines se habían convertido en una casta con
habilidades especiales relativas al vestuario, oratoria y movimiento. El
público permanecía fuera del escenario, desarrollando de esa manera sus propias
habilidades de interpretación como espectadores. En cuanto críticos, trataban
de especular acerca de aquello que los personajes en escena parecían no
entender de sí mismos (aunque a veces ese papel esclarecedor lo asumía el coro,
instalado en el escenario). El clasicista Myles Burnyeat cree que aquí, en el
teatro clásico, reside el origen de la frase «ver con los ojos de la
mente»[133], que equivale a entender con independencia del actuar o hacer,
entender con los ojos mentales del observador antes que con los del actor.
El artesano,
comprometido en un diálogo continuo con los materiales, no padece esta
división. Su despertar es más completo. En parte, la gran ambivalencia de
Platón con respecto a los artesanos se debe a que sabía esto. El mismo filósofo
que creía que una idea trasciende la tinta con que está escrita alababa a los
artesanos como demiurgos; en efecto, los artesanos estaban tan involucrados con
cosas materiales
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como entre ellos
mismos. El taller tiene una demanda que presentar contra el teatro, práctica
contra teoría. Pero, aun así, ¿cómo podría el artesano preservarse de la
corrupción? La arcilla, el más filosófico delos materiales, muestra tres
maneras completamente diferentes en las que sus artesanos podían orientar la
metamorfosis de su oficio.
Las metamorfosis
pueden ocurrir ordenadamente, ante todo, a través de la evolución de una
forma-tipo. Una «forma-tipo» es la expresión que se utiliza en tecnología para
una categoría genérica de objeto; el cambio se produce mediante la elaboración
de su especie. Una vez desarrollada la antigua tecnología de los slips, por
ejemplo, fue posible producir vasijas con fondos rojos o negros. Cada
forma-tipo puede dar lugar a complicadas especies. Podemos pensar en algunos
ejemplos modernos. El sociólogo Harvey Molotch menciona el ejemplo moderno del
PT Cruiser, un automóvil que adapta la tecnología del siglo XXI a una
carrocería estilo retro de los años cincuenta[134]. En el medio urbano de Gran
Bretaña, el pueblo de Poundbury es una forma-tipo que ha evolucionado de manera
parecida, con sus casas de infraestructuras modernas revestidas de falsos
ropajes medievales, Isabelinos o georgianos. Más complicada es la evolución de
una forma-tipo que se produce cuando una nueva condición material aconseja un
nuevo uso de una antigua herramienta: volviendo al antiguo trabajo de la
arcilla, la temperatura más elevada del horno obligó a manejar de manera
diferente el regulador de tiro.
El historiador de
la tecnología Henry Petroski insiste con razón en la importancia del fracaso
saludable en la metamorfosis interna de la forma-tipo. Cuando un objeto tan
simple como una vasija se agrieta, o un objeto tan complicado como un puente se
desplaza, lo primero que estudiará el analista son sus detalles, sus pequeños
componentes, que reclaman atención inmediata, a consecuencia de lo cual pueden
cambiar y evolucionar secciones diminutas de la forma-tipo. Esta orientación
hacia lo muy pequeño parece la manera sensata de tratar los fallos o el ensayo
y el error, y para Petroski revela una conciencia sana. De nada sirve
desesperarse, que es lo que ocurre cuando se imagina la inutilidad del proyecto
entero porque una pequeñísima parte del mismo no funciona. (Un ejemplo de
pérdida de control fue la respuesta del público británico al Puente del
Milenio, puente peatonal que diseñaron Ove Arup y Foster Partners para cruzar
el Támesis. Al comienzo, osciló ligeramente; el público se imaginó que se
caería, pero eso era imposible; un cambio en su mecanismo de amortiguación
solucionó el problema). Esta observación nos lleva un paso adelante en el
pensamiento de Madame D’Epinay sobre los modelos. Podría parecer que el fracaso
exige una reconfiguración orgánica, pues el cambio más insignificante modifica
la relación de todas las partes entre sí, pero las reparaciones tecnológicas no
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tienen por qué
operar de esta manera: no es necesario cambiar la totalidad de la forma-tipo. A
medida que las partes específicas evolucionan, pueden hacer incluso más viable
el tipo genérico[135]. Una simple observación resume esta durabilidad: las
vasijas antiguas incorporaban otras prácticas visuales, pero no por eso dejaban
de ser vasijas para metamorfosearse en esculturas.
Un segundo tipo de
metamorfosis debida al hombre se produce cuando se unen dos o más elementos
disímiles, como en la combinación de las tecnologías de la radio y el teléfono
de línea terrestre. En este caso, el artesano tiene que decidir conscientemente
si la combinación dará mejor resultado como compuesto, en el cual el todo se
vuelve distinto de las partes, o como mezcla, en la que las partes coexisten
como elementos independientes. En los oficios que hemos estudiado hasta ahora,
el orfebre ponía el acento en la importancia de la mezcla, pues en la fundición
y en el aquilatamiento trataba de separar el oro de los metales básicos con los
que a menudo estaba mezclado; el orfebre honesto sospechaba de las mezclas
fraudulentas de la alquimia. Por el contrario, el vidriero ha necesitado una
actitud más positiva frente a la síntesis. Para aclarar el color de los vidrios
medievales, el vidriero tenía que introducir materiales como manganeso y piedra
caliza, que modificaban la fórmula química básica de la sustancia; en la
práctica, la claridad del vidrio era la piedra de toque de la síntesis. El
alfarero antiguo tenía que decidir entre estos dos procedimientos en la mezcla
de barnices. En las vasijas antiguas hay muchos matices del negro: algunos de
ellos eran producidos por compuestos químicos y otros por estratificación,
horneando un barniz sobre otro para producir la oscuridad.
Tal vez la
metamorfosis que más desafía al productor a mantener conscientemente la forma
sea el «cambio de dominio». Con esta fórmula —de mi cosecha— se hace alusión al
hecho de utilizar una herramienta con una finalidad diferente a la que tuvo en
un primer momento, o que la orientación principal de una práctica se aplique a
una actividad completamente distinta. Las formas-tipo se desarrollan —por así
decirlo— en un territorio determinado; los cambios de dominio atraviesan los
límites de ese territorio. La experiencia de metamorfosis del alfarero antiguo
reside en el desarrollo interno de una forma-tipo; para ello, podríamos coger
la tejeduría, oficio que se alaba por primera vez en el himno a Hefesto; este
oficio viajó a través de diversos dominios.
El telar doméstico
arcaico estaba formado por dos palos verticales unidos por un travesaño. Las
hebras, que unas pesas tensaban por debajo, colgaban del travesaño; el tejedor
trabajaba en sentido transversal, empezando por la parte superior y empujando continuamente
las hebras horizontales hacia arriba para apretar la tela. «Tejed de manera
compacta: haced buena tela, con muchas hebras transversales para un corto
trecho de hebras longitudinales», aconsejaba el historiador Hesíodo[136]. La
tela, en ángulos rectos exactos, tendrá entonces bellas proporciones.
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La unión de
urdimbre y trama pasó a aplicarse en el dominio del ensamble de mortaja y
espiga en la construcción de naves. En esta unión se encajan dos piezas de
madera cortando el final de una dentro de la otra, a veces clavándolas, a veces
realizando la inserción de manera oblicua, lo que exime de clavar. La
ensambladura de mortaja y espiga es un modo de tejer la madera: tanto el
tejedor como el carpintero se centran en producir uniones a escuadra. Por lo
que se sabe, los carpinteros arcaicos disponían de los formones para realizar
esa tarea, pero no los utilizaron con esa finalidad. El cambio de dominio tuvo
lugar cuando las ciudades griegas comenzaron a colonizar asentamientos muy
alejados de la base nacional. Las juntas no ingleteadas de los navíos más
viejos, cubiertas de alquitrán, se erosionaban en los largos viajes marítimos,
hasta que en el siglo VI a. C., los carpinteros navales empezaron a emplear la
unión de mortaja y espiga para tratar los cascos no estancos.
Esta metamorfosis
se trasladó a otro dominio, pues las cerradas junturas ortogonales de la tela y
la madera se convirtieron en una sugerencia para el trazado de las calles. Los
planos en cuadrícula más antiguos habían conectado edificios individuales, pero
la ciudad griega de Selinunte, por ejemplo, fundada en Sicilia en 627 a. C.,
era puro entramado; la esquina se destacaba como un elemento principal del
diseño. La imagen de un «tejido urbano» no es en este caso una metáfora
ocasional, sino más bien una descripción exacta; análogamente, Selinunte tenía
la rigidez y la solidez de un buque.
Al igual que en
alfarería, estas permutaciones en el tejido se produjeron lentamente y como
destilado de la práctica antes que dictadas por la teoría. Lo que permanece, lo
que no se deteriora, es la técnica de centrarse en el ángulo recto. Los cambios
de dominio, cuando se enuncian abiertamente, parecen ir en contra del sentido
común; a primera vista es absurdo comparar un barco con una tela. Pero el lento
trabajo del artesano madura la lógica y mantiene la forma. Muchas proposiciones
aparentemente absurdas, no lo son en realidad; sólo que todavía ignoramos sus
conexiones. El estudio del trabajo artesanal de la alfarería nos ofrece una
posibilidad para descubrirlas.
Los cambios de
dominio son las metamorfosis que más asombraron al antropólogo Claude
Lévi-Strauss, el Ovidio de la antropología moderna; el tema de la metamorfosis
le ocupó durante toda su larga vida. Más que la alfarería, la tejeduría o la
carpintería, el oficio básico era para él la cocina, pero, a su juicio, la
lógica del cambio se aplica a todos los oficios, Lévi-Strauss presenta el
cambio como un triángulo culinario, en sus palabras, «un campo semántico
triangular cuyos vértices corresponden respectivamente a las categorías de lo
crudo, lo cocido y lo podrido»[137]. Lo crudo es el reino de la naturaleza, tal
como el hombre la encuentra; la cocina crea el dominio de la cultura,
naturaleza metamorfoseada. Es célebre en la producción cultural la declaración
de Lévi-Strauss según la cual la comida es buena
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para comer (bonne à
manger) y buena para pensar (bonne à penser), que quiere decir, literalmente:
cocinar da origen a la idea de calentar con otros fines; la gente que comparte
un ciervo cocinado comienza a pensar que puede compartir una casa caldeada, y
así es como se hace posible pensar en la abstracción «es una persona cálida»
(en el sentido de «sociable»)[138]. Son cambios de dominio.
Exactamente de la
misma manera que la carne, también la arcilla habría servido a Lévi-Strauss. La
arcilla es buena para pensar. En alfarería, la arcilla cruda es «cocinada»
tanto por las herramientas que le dan la forma de una vasija como por el horno,
que hace el trabajo literal de cocinar. La arcilla cocinada proporciona un
medio para producir imágenes que, en una vasija, crean una narración que se
desarrolla según se va girando la vasija. Esta narración puede viajar, y puede
ser intercambiada o vendida como artefacto cultural. En lo que insiste
Lévi-Strauss es en que el valor simbólico resulta inseparable de la conciencia
de la condición material de un objeto; sus creadores pensaron ambas cosas al
mismo tiempo.
En resumen, la
metamorfosis da lugar a la conciencia material por tres vías: a través de la
evolución interna de una forma-tipo, en el juicio acerca de mezcla y síntesis
y, por último, mediante el pensamiento implicado en un cambio de dominio. Para
decidir cuál de estas tres formas mantuvo absorto al personal médico en la
mencionada reunión se necesitaría un conocimiento profesional del intestino
grueso del que yo desgraciadamente no dispongo, pero, basándome en el
comentario de mi vecina, según el cual lo que veía era algo «no convencional»,
sospecho que se trataba de un cambio de dominio. Ella podía reconocer lo
insólito de la imagen y, a pesar de eso, prestarle atención y aprender de ella,
porque ya poseía un oficio que la orientara en ese territorio extraño.
PRESENCIA
El relato del
ladrillero
El grabador en
metal, madera o arcilla pone de manifiesto una segunda categoría de conciencia
material. Este artesano deja una marca personal de su presencia en el objeto.
En la historia de la artesanía, estas marcas de autor no contenían en general
mensaje político alguno, como sí puede haberlo en un grafiti garabateado en una
pared, sino que eran meras afirmaciones que trabajadores anónimos habían
impuesto a materiales inertes: fecit («Yo lo hice», «Aquí estoy, en este
trabajo», que es como decir «Existo»). La filósofa Anne Phillips no tendría
nada que reprochar a semejante declaración como parte de lo que ella llama «la
política de la presencia», ni tampoco lo tendrían los historiadores del trabajo
y las marcas de autor de los esclavos norteamericanos. Las antiguas impresiones
en ladrillos también llevaban este mensaje, pero para comprenderlo es preciso
entender con cierto detalle los ladrillos
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mismos.
Los ladrillos de
barro se utilizaron en la construcción durante cerca de diez mil años. Los
arqueólogos han encontrado ladrillos de arcilla pura de esta antigüedad en
Jericó y, en esta misma ciudad, ladrillos de adobe —arcilla reforzada con paja
o estiércol— que se remontan a 7600 a. C. Los ladrillos secados al sol en
moldes son baratos y se hacen con rapidez, pero están a merced de las
condiciones atmosféricas y a menudo las lluvias prolongadas los estropean. La
invención del ladrillo cocido, alrededor de 3500 a. C., marcó un punto de
inflexión en la construcción de este material, pues los bloques conservaron la
misma resistencia en todas las estaciones y se los pudo utilizar en una
variedad de climas.
La invención del
ladrillo cocido fue inseparable de la invención del horno; hay ciertos indicios
de que al comienzo se utilizaron los mismos recintos para la cocina y la
construcción. En la cocción de ladrillos, las paredes del horno hacen un
trabajo imposible para el fuego al aire libre. Incluso en los primeros hornos
de que se tiene noticia, las temperaturas podían superar claramente los mil
grados. Los ladrillos con un cincuenta por ciento de arcilla necesitan entre
ocho y quince horas de calor a esta temperatura y un tiempo igual de
enfriamiento, que ha de ser lento para evitar las grietas.
La naturaleza de
los ladrillos varía de acuerdo con la cantidad de arcilla que contengan. En
general, los ladrillos de barro sin cocer están compuestos por menos del
treinta por ciento de arcilla; en el otro extremo, los ladrillos de terracota
tienen en general el setenta y cinco por ciento de arcilla. Arena, paja y agua
aumentan el volumen de la arcilla, pero en el ladrillo cocido debe evitarse la
piedra en la mezcla, o bien introducirla machacada, pues la elevada temperatura
del horno puede hacerla explotar[139].
El ladrillo,
pequeño y fácil de transportar, influyó radicalmente tanto en la forma como en
las características visuales y táctiles de los edificios de grandes
dimensiones. Al menos desde 3000 a. C. los egipcios construyeron arcos y
bóvedas con ladrillos cocidos, con lo que agregaron curvas al sistema de vigas
y dinteles en ángulo recto de las estructuras primitivas. Los mesopotamios se
convirtieron en maestros del barnizado y de la pintura del ladrillo, de modo
que la permanencia del color fue una característica de las paredes.
Los griegos no
innovaron gran cosa en lo que atañe a la colocación de los ladrillos apilados
verticalmente. Esto se explicaría en parte por la disponibilidad y durabilidad
de la piedra para arquitectura, aunque la mayoría de las casas griegas eran
demasiado modestas para utilizar este material; en los edificios públicos los
griegos preferían la plasticidad de la piedra tallada. La contribución griega a
la elaboración de la artesanía de la piedra reside en la fabricación de tejas
que se colocaban horizontal-mente. Las tejas de terracota comenzaron a
fabricarse poco después de 2600 a. C. en
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la región que
rodeaba a Argos, y de ahí derivaron tres sistemas distintos de superposición de
tejas.
Los ladrillos
romanos tendían a ser de poco espesor, aunque presentaban una amplia variedad
de formas y tamaños. Los romanos eran maestros en la cocción del ladrillo,
maestría que les permitió lograr una de las mayores hazañas de todas las formas
de construcción, el arco de medio punto. En los arcos anteriores, los ensambles
de mortaja y espiga corrían el riesgo de degradarse y de poner en peligro la
estructura. Los romanos idearon maneras de elaborar ladrillos cuneiformes,
innovación que permitió a los constructores lograr la estabilidad del arco
abovedado y de esa manera extenderlo a toda la edificación romana, de
acueductos a casas. Los ladrillos en forma de cuña, o dovelas, requerían moldes
más complicados y no se podían cocer tan mecánicamente como bloques de tamaño
uniforme. El ladrillero tenía que saltear de alguna manera el ladrillo casi
cocido para que la cocción se completara de manera homogénea.
Es imposible
separar el trabajo en ladrillo de los romanos de un logro técnico asociado: el
refinamiento del cemento, llamado también hormigón. Las formas primitivas del
cemento se reducían a una débil argamasa compuesta de piedra caliza y agua. Los
romanos transformaron esta argamasa tradicional en cemento agregándole una
ceniza volcánica conocida como puzo-lana (de Pozzuoli, cerca del Vesubio), que,
al reaccionar con la cal, producía mayor resistencia. Con esta mezcla se
pudieron construir gruesas paredes de cascotes de piedra, pues el cemento
pegaba la piedra con firmeza.
Hacia el siglo III
a. C. aproximadamente, la tecnología del cemento vertido admitía, en principio,
una manera completamente nueva de construir. El gran complejo de almacenes
conocido como Porticus Aemilia (iniciado alrededor de 193 a. C.), era toda una
exhibición de las posibilidades del cemento; aquí se dio prácticamente
existencia a un gran espacio mediante el vertido. A veces el ladrillo y el
hormigón cooperaban, como cuando se cubría una estructura de ladrillo con
abundante cemento que se moldeaba de manera que pareciera piedra, o cuando se
convertían paredes paralelas de ladrillo en un cofre vertiendo cemento entre
ellas. En las ciudades, lo más común era que estos dos materiales siguieran
cada uno su camino, usándose el ladrillo en la infraestructura de caminos,
acueductos y casas modestas, mientras que el hormigón vertido se empleaba como
material visto de preferencia en edificios ceremoniales o mayestáticos. Muchas
veces, como observa Frank Brown, se conseguía dar a las fachadas el aspecto de
edificios íntegramente construidos de mármol o alabastro, material del que
sustancialmente no estaba hecho; se disfrazaba su verdadera materialidad[140].
Apenas las legiones
romanas capturaban un territorio, los ingenieros romanos comenzaban a construir
una ciudad según el modelo de la metrópolis. Era un imperio
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hecho de ladrillo:
ladrillos para los caminos, los puentes y los acueductos, ladrillos para los
edificios. La construcción de una plaza o un edificio se inspiraba
estrictamente en códigos de simbolismo religioso, como ha mostrado el
historiador Joseph Rykwert. Hasta las construcciones más profanas, como los
graneros, estaban cubiertas por una capa de significados que hacían referencia
a los orígenes y los dioses de Roma; la tecnología era inseparable de la
religión[141]. E inseparable del Estado; en efecto, todo edificio tenía un
significado político; la política y los políticos no se desentendían ni
siquiera de las viviendas de los barrios pobres de Roma, en las que se
superponían precariamente unas plantas a otras sobre cimientos poco seguros.
Estas condiciones
dieron forma al oficio del ladrillero romano. En tiempos del reinado del
emperador Adriano, un siglo después de Cristo, el arquitecto romano había
desarrollado elaborados y detallados dibujos —germen del proyecto— y modelos de
terracota o yeso para mostrar en tres dimensiones cómo sería la
estructura[142]. Todo lo demás quedaba en manos de los gremios y los artesanos,
desde los equipos de demolición hasta los albañiles o los carpinteros (que
producían los moldes en los que se vertía el hormigón) y los pintores o los
estucadores. Estos gremios eran en sí mismos una especie de miniestados, cuyas
reglas de trabajo dictaban con precisión quién hacía cada cosa y cuándo. Muchos
de estos ladrilleros y albañiles eran esclavos sin ningún derecho.
El historiador
Keith Hopkins nos recuerda que en Roma los privilegiados sociales consideraban
de manera discriminatoria a quienes tenían por debajo. Estaban perfectamente al
tanto de las condiciones de vida de los soldados ordinarios, y por mera
proximidad sabían cómo vivían los sirvientes de su casa, fueran libres o
esclavos[143]. Los artesanos, y sobre todo los artesanos esclavos, vivían en un
espacio anónimo entre la milicia y el servicio personal.
Para legitimar esta
dominación, los romanos se basaron en la distinción griega entre teoría y
práctica. Aristóteles reaparece en el manual de Vitrubio cuando el arquitecto
romano declara: «Las diversas artes se componen de dos cosas: artesanía y
teoría.» (En latín, ex opera contra eius rationatione). Y razona: «La artesanía
pertenece [únicamente] a quienes están entrenados… en el trabajo; la teoría se
comparte con todas las personas educadas. En lo que concierne a la teoría,
todas las cosas son compartidas…, mientras que el trabajo realizado con
precisión a mano o por medios técnicos pertenece a quienes tienen una formación
especializada en un oficio determinado»[144]. Esta opinión, según la cual el
generalista cualificado está por encima del artesano especializado, reflejaba
una clara estructura jerárquica en el Estado romano. Los Diez libros de
arquitectura de Vitrubio (c. 20-30 a. C.), texto básico de la edificación
romana, contenía al menos secciones sobre la construcción con ladrillos[145];
otros influyentes autores romanos en materia de arquitectura, como Frontino o
Faventino, ignoraron sencillamente este material del que estaba
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literalmente hecho
el Imperio romano[146]. En cuanto a la pregunta «¿quién hizo esto?», tal vez
fuera preferible dejarla sin respuesta.
Sin embargo, los
artesanos encontraron maneras de dejar su huella en el trabajo. Eso fue
posible, en parte, porque en la construcción romana de edificios había un hueco
entre la dirección y la ejecución. Como en el caso del personal médico del NHS
británico, se daba una gran dosis de improvisación sobre el terreno. Hubo que
cometer muchos «errores» formales para que las casas, los caminos y el
alcantarillado cumplieran su función. El pensamiento de los trabajadores de
condición servil suponía la corrección y la adaptación, y se trataba en
realidad de una forma arriesgada de pensar, porque para muchos maestros de
gremio estas variaciones necesarias eran insubordinaciones. En algunos casos,
la necesidad de improvisación se debía pura y simplemente a que muchos esclavos
eran extranjeros de procedencia lejana, sin modelos romanos en la cabeza; a
estos cautivos, el látigo del amo no podía explicarles lo que se suponía que
debían hacer.
La marca del
fabricante es un signo peculiar. En Grecia apareció especialmente cuando los
alfareros fueron capaces de pintar escenas complejas; entonces comenzaron a
firmar sus productos, a veces con la mención del tugar en el que vivían, a
veces con su nombre. Esa firma podía añadir valor económico. Las marcas que
dejaron los constructores romanos esclavos sólo daban testimonio de su
presencia. En algunos edificios romanos de las provincias galas, las marcas
impresas —raramente un nombre, casi siempre un símbolo que identificaba el
lugar de procedencia de su autor o la tribu a la que pertenecía— son tan densas
en el trabajo en ladrillo como lo son las marcas de los albañiles en el Taj
Mahal, donde los sellos mongoles crean una inmensa superficie decorativa.
Muchas de las irregularidades de adaptación del trabajo romano en ladrillo
pasaron a ser decoraciones expresivas, minúsculas ondulaciones a modo de teja
adornada que se hubiera pegado con argamasa para cubrir una junta imperfecta.
También estas irregularidades pueden considerarse una marca de fábrica.
La historia de los
ladrillos establece una particular conexión entre artesanía y política.
«Presencia», para el pensamiento moderno, parece tener un sentido
autorreferencial, constituir un énfasis de la palabra «yo». En cambio, el
antiguo enladrillado establecía la presencia mediante pequeños detalles que
marcaban el detalle mismo de manera impersonal. De una manera que le era
propia, el artesano romano, de baja condición social, podía combinar anonimato
y presencia. El ladrillero esclavo no pensaba en la expresión en sentido
moderno, ni su mundo se asemejaba al del albañil medieval de Ruskin, la
irregularidad de cuyo trabajo simbolizaba la libertad de actuación del
artesano.
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El tamaño de los
ladrillos también cuenta en el mensaje que envían. El gran historiador del
ladrillo Alec Clifton-Taylor observa que lo esencial es su pequeñez, que lo
adapta a la posibilidad de manipularlo con una sola mano. Una pared de
ladrillos —dice— «es, pues, una suma de pequeños efectos. Esto implica una
calidad y una intimidad humanas que no se encuentran en la misma medida en la
arquitectura en piedra». Clifton-Taylor observa más adelante que la mampostería
de ladrillos impone «cierta contención…, el ladrillo es antimonumental…, la
pequeñez de la unidad de ladrillo no estaba a tono con las aspiraciones… más
fastuosas del clasicismo»[147]. Los antiguos albañiles que trabajaban con
ladrillo en los proyectos más monumentales del Imperio clásico tenían todavía
en sus manos un material con una implicación física completamente distinta, que
era precisamente lo que permitía al ladrillero o albañil esclavo anónimo dar a
conocer su presencia. El historiador Moses Finlay advierte prudentemente contra
el uso de una vara de medir moderna para evaluar las marcas de fábrica antiguas
como si se tratara de señales de desafío; lo que esas marcas declaran es mucho
más «existo» que «resisto». Pero «existo» es quizás la señal más urgente que un
esclavo puede emitir[148].
ANTROPOMORFOSIS
El descubrimiento
de la virtud en el material
Un tercer tipo de
conciencia material atribuye cualidades humanas a cosas inanimadas. «Ha quedado
realmente guapa», me dice mi mecánico acerca de una reparación de la
transmisión que había costado mil dólares. Los ladrillos muestran de manera
ejemplar cómo se produce la antropomorfosis; en un momento determinado de la
historia, los fabricantes comenzaron a atribuir a simples terrones de arcilla
cocida cualidades humanas de índole ética, como ocurre con la «honestidad» del
ladrillo o la «amabilidad» de ciertas paredes de ladrillos. Este lenguaje
humanizador engendró a su vez uno de los grandes dualismos de la conciencia
material moderna: la oposición entre naturalidad y artificialidad.
Para comprender
este giro antropomórfico, pediría al lector que hiciera uno de esos saltos
mentales en el tiempo que propone Maynard Smith. Los romanos pusieron su
impresión en el ladrillo dondequiera que se asentaran en Gran Bretaña. Cuando
el Imperio tocó a su fin y los romanos se marcharon, la fabricación inglesa de
ladrillos entró en una etapa de decadencia que duró casi mil años. Durante ese
milenio, los constructores ingleses talaron bosques o extrajeron piedra de las
canteras y sólo hacia 1400 se logró algo semejante a la sofisticación
tecnológica de la edificación romana con ladrillos. El resurgimiento del oficio
se convirtió en una necesidad cuando, en 1666, el Gran Incendio de Londres
consumió la mayor parte de sus edificios de madera; Christopher Wren, al
comenzar la reconstrucción de la ciudad, hizo de la
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ampliación del
comercio del ladrillo una prioridad urgente.
Hacia finales del
siglo XVII, los ladrilleros ingleses se hicieron expertos en la fabricación
barata de grandes cantidades de ladrillos, pero no en Londres. En gran parte,
ese desarrollo tuvo lugar gracias a los cottage kilns, pequeños hornos de
ladrillo que se instalaron en los patios traseros de las aldeas de comunidades
con abundantes fuentes de arcilla. La producción de ladrillos era una habilidad
ordinaria de la vida campesina. Los cottage kilns aportaron a los ladrillos una
nueva cualidad estética: el color. El ladrillo inglés de los siglos XVI y XVII
era mayoritariamente rojo, pero rojo de diferentes matices en función del
origen de la arcilla con que se fabricaba y de las prácticas de cocción, que
vallaban entre los distintos ladrilleros domésticos.
En este punto
comenzó el antropomorfismo; el color fue la primera invitación a pensar que los
ladrillos poseían cualidades humanas. Los edificios de estilo Tudor y Estuardo,
observa Clifton-Taylor, se asemejaban en sus superficies de ladrillos a «la
paleta de los pintores impresionistas», pues las sutiles variaciones del rojo
hacían que las paredes brillaran a la luz[149]. A sus contemporáneos del siglo
XVIII, estas cualidades les sugerían imágenes como la «melena brillante» o la
«piel moteada» del edificio. Las viejas mamposterías de ladrillo en las que los
tonos rojos viraban al marrón o el negro se describían como «el erosionado
rostro de un anciano».
En cuanto al
lenguaje, no hay en las descripciones nada destacable. Despliegan el poder de
la metáfora, que es lo mismo que ocurre en la expresión «la aurora de dedos
rosados», metáfora antropomorfizante, o en la simple voz «calidez» cuando se
refiere a un rasgo de personalidad y no a un acceso de fiebre. Los puritanos
que objetan esos tropos someterían todo adjetivo y todo adverbio a un suspicaz
estudio detectivesco y, en consecuencia, empobrecerían radicalmente el
lenguaje. Poco es lo que «aurora de dedos rosados» desvela en relación con el
equilibrio entre el reflejo y la absorción de luz en la niebla, que es lo que
determina su coloración. La atribución de cualidades humanas a los materiales
—honestidad, modestia, virtud— no tiene el objetivo de explicar; su propósito
es realzar nuestra conciencia de los materiales mismos y, de esta manera,
pensar en su valor.
Este tipo de
riqueza metafórica penetró en el lenguaje de la fabricación de ladrillos del
siglo XVIII al tiempo que el libro impreso se difundía entre los artesanos; el
desarrollo de la alfabetización creó un público entre los profesionales. Los
libros de cocina los escribían cocineros en activo; hacia el siglo XVII, los
gremios de Londres habían publicado volúmenes profesionales. Estos volúmenes
eran sabiduría de destilación colectiva, aunque en unos pocos casos se daban
los nombres de los artesanos que los habían escrito[150]. Todos contenían mucho
más know-how que la
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Encyclopedia de
Chambers y eran tan técnicos como algunos de los volúmenes de Diderot, pero sin
su filosofía. En el caso del trabajo en ladrillo, el nuevo tipo de libro de las
profesiones suministraba modelos, explicaba procedimientos y exploraba los méritos
de los ladrillos producidos en los hornos de diferentes provincias.
Fue con el intento
de evaluar la calidad del buen trabajo en ladrillo como comenzó a introducirse
la metáfora de tipo ético: en lo fundamental, «honesto» es el ladrillo a cuya
arcilla no se ha agregado color artificial[151]. El orfebre medieval también buscaba
oro «honesto», pero el marco de referencia, más antiguo, era distinto, pues esa
palabra se aplicaba estrictamente a una propiedad química, a la pureza de una
sustancia. En el siglo XVII, ladrillo «honesto» remite a la composición del
ladrillo y a su utilización en la construcción. Ladrillo «honesto» hace
referencia a la albañilería en la que todos los ladrillos que forman, por
ejemplo, un lazo flamenco, provienen del mismo horno; más aún, el ladrillo
«honesto» evoca una superficie de construcción cuya albañilería más bien se
exhibe en lugar de cubrirse: no se ha aplicado a su rostro cosmética ni «tarros
de colorete de puta». Una razón de este cambio era que los albañiles comenzaban
a tomar conciencia de los debates —y se sentían comprometidos en ellos— sobre
el significado de la naturalidad en oposición al artificio. La gran
preocupación de la Ilustración por la naturaleza dejó perfectamente claro cuál
era el uso adecuado de un material natural.
Es posible entender
la influencia que esas metáforas ejercieron en los ladrillos si se piensa en
las actitudes que hoy adoptamos en torno a los alimentos orgánicos, también
llamados biológicos. En términos estrictos, la expresión alude a la pureza
sustancial de esos alimentos y a la mínima manipulación de que son objeto en su
producción. Así, un pollo de corral puede describirse sin antropomorfismo como
un ave sana e incluso feliz, pues ha sido aliviada del estrés de la jaula en
batería. Si pensamos más a la manera de Ruskin, daremos un paso adelante en
cuanto a la referencia de lo no humano a lo humano. Por ejemplo, piénsese por
un instante en un tomate irregular y con la piel rugosa a causa de las huellas
que en ella ha dejado el gusano depredador, esto es, el tipo de hortaliza que
se vende a precios elevados a los consumidores a los que no les gustan los
tomates industrializados, como el Better Boy, perfectamente uniforme y
brillante. Ruskin cree que al preferir una hortaliza de apariencia tosca, irregular,
estamos diciendo algo acerca de nosotros mismos; el tomate orgánico refleja
para nosotros valores de «hogar». (El Better Boy es, en realidad, un tomate
sabroso).
En 1756, el ilustre
Isaac Ware publicó The Complete Body of Architecture, extenso volumen que trata
de dar sentido a la naturalidad, que para él consiste en que un edificio
muestre por fuera los materiales de que está hecho por dentro: esto es lo que
hace a un edificio honesto, y, una vez más, rudimentario e irregular. A Ware le
gustaba la provocación sensual del color que emanaba de los plebeyos cottage
kilns.
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Cuando, en 1754,
Ware diseño su Wrotham Park, la casa era de simple ladrillo rojo (el estuco que
hoy recubre el edificio data del siglo XIX), y en Londres admiraba el «ladrillo
honesto» que entonces caracterizaba las casas de los pobres. Pero este arbitro
del gusto del siglo XVIII también pensaba —y no sin contradicción— que el
ladrillo parecía plebeyo y que, por tanto, había que ocultarlo. Ware advierte
al «arquitecto sensato» que no utilice ladrillo en la fachada de los edificios
«nobles». En el estuco, material que contrastaba con el ladrillo, veía el rasgo
característico del artificio.
El estuco es una
mezcla de cal y arena finamente tamizada que se conoce desde los tiempos de los
romanos. A partir de 1677, los constructores británicos empezaron a utilizar el
glassis, una mezcla que se podía pulir, y, a partir de 1773, «cemento de Liardet»,
que permitía una superficie aún más reluciente; la década de 1770 fue testigo
de la aparición de la piedra Coade, de composición afín a la terracota, pero
que puede ser tratada de tal manera que parezca mármol. En todas las variantes,
el estuco es un material flexible, idóneo para simular muchas cosas que en
realidad no es: se pueden recubrir de estuco falsas columnas, estatuas, urnas,
tallas en madera… La imaginación del constructor podía hacer real casi
cualquier construcción que el cliente deseara.
Isaac Ware se
anticipó al rechazo del historiador moderno John Summerson del estuco como
«material falso», pese a que The Complete Body of Architecture se refiere
detalladamente a temas tales como la manera de montar cupidos fundidos en
glassis sobre el marco de la puerta de una habitación, de simular una gruta
llena de marsopas y ninfas mediante pintura sobre estuco hidrófugo y teñir y
decorar con nervaduras un marco de ventana de estuco pulido a fin de que
pareciera mármol de Carrara.
El estuco, habría
que decir, era el material preferido del británico con ambiciones de ascenso
social. El material hacía posible la construcción rápida y barata de edificios
de aspecto grandioso. En el siglo XIX, en Regent’s Park, por ejemplo, los
contratos de arrendamiento exigían que «en ningún momento se variara ni se
cambiara el color del estuco, sino que debía imitar siempre la piedra de
Bath»[152].
Sin embargo, la
ética material del estuco tiene las mismas cualidades dinámicas que la del
juego y la fantasía: ética de la libertad, o al menos así lo era para el
artesano. El Builder’s Magazine, aunque señalaba las virtudes del ladrillo
«honesto», mostraba también que los artificios del estuco podían dar a los
artesanos mayor libertad para experimentar en su trabajo. A la hora de hacer
una falsa columna interior, el estucador debía empezar por los moldes normales
en los que vertería luego el estuco. Una vez retirados los moldes, el estucador
podía agregar toda clase de variaciones a mano. Los trabajadores expertos en
esto se convertían en admirables artesanos-artistas en el oficio; Jean André
Rouquet utilizó la expresión francesa jeu
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de main, «juego de
mano», para describir esa artesanía que despertaba la admiración de los
compañeros.
El lector perspicaz
se habrá percatado de que aunque «ladrillo honesto» es una construcción
antropomórfica, la columna estucada que imita la piedra no aspira a esta
reivindicación animada. No es más que una columna artificial. Pocos clientes de
una gruta de jardín soñaban con engañar a sus huéspedes; el placer se debía a
la conciencia del artificio. En manos del artesano, la naturalidad podía ser
una experiencia más engañosa, como la de una ingeniosa construcción que
ocultara su arte.
En el jardín inglés
de finales del siglo XVIII, por ejemplo, unas plantas aparentemente
desordenadas estaban elegidas, sin embargo, para que tuvieran un efecto óptimo
sobre el ojo humano; los senderos estaban cuidadosamente trazados para asombrar
una y otra vez al caminante; el ha-ha, cerca profundamente hundida en una
zanja, separaba los animales del campo de los observadores que paseaban por el
jardín, pero creaba la ilusión de que las vacas y las ovejas se movían
libremente junto al espectador; el jardín inglés salvaje era cualquier cosa,
excepto salvaje; estaba tan trabajado como el estuco.
En el dominio del
ladrillo, el gran debate moderno acerca de las virtudes de la naturalidad y las
opuestas libertades de la fantasía-artificio cristalizó en dos versiones
diferentes del oficio. En época de Ware, el ladrillo parecía el material de
construcción que mejor se adaptaba a la búsqueda de autenticidad tal como la
definían los escritos políticos de Rousseau, El ladrillo representaba los
deseos de la Ilustración de vivir en armonía con las cosas simples, deseo que
expresaba Chardin en su pintura, y de mostrarse cada uno como realmente era,
como lo ponían de manifiesto los vestidos de algodón que las mujeres usaban en
su casa. Lo mismo que ocurría con el paisajista, el pintor y la modista
buscaban ocultar su presencia. Tal vez la vestimenta sea lo más significativo
de este extremo. El siglo XVIII era una época de pelucas que usaban en público
los mismos hombres que en privado preferían ropas simples, «honestas». Estas
ropas de uso doméstico eran cualquier cosa excepto harapos; en efecto, estaban
hábilmente cortadas, de modo que dejaban a la vista la maestría del tejedor, y
podían ser tan artificiosas como los modelos de barcos en miniatura que las
mujeres británicas y francesas, para señalar el triunfo de la nación en combate
contra un enemigo, usaban en público sobre el pelo cubierto de una capa de
grasa y teñido de azul que pretendía imitar el agua de mar ondeante[153].
Filósofos de
diversas corrientes han argumentado durante mucho tiempo que la división entre
naturaleza y cultura es una distinción falsa. Esta breve excursión por la
historia del ladrillo sugiere más bien que ese argumento no es acertado. La
distinción puede construirse, literalmente, y la cuestión reside en cómo se
hace. En manos del artesano, la arcilla horneada se convertía en emblema de
rectitud natural; pero esta
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virtud natural era
más hecha que hallada. Así como en la Enciclopedia francesa era necesario
aparear distintos procedimientos de producción del vidrio, así también en la
humanización de los materiales había que aparear honestidad y fantasía o
ladrillo y estuco, que se complementaban. Una vez más, el siglo XVIII muestra
una técnica de antropomorfización que puede hallarse en muchas otras culturas y
en muchos momentos históricos diferentes. Cuando lo natural y lo artificial se
plantean como opuestos, es posible asociar la virtud humana a lo primero y la
libertad a lo segundo. Las habilidades artesanales son necesarias para
establecer esas asociaciones y para realzar así el valor consciente de los
objetos. De la inmensa cantidad de ladrillos que inundaron Londres desde
auténticos cottage kilns, Ware, el constructor experto, seleccionó
rigurosamente sólo los mejores como materialización de sus valores. El artesano
que construye un objeto que parece simple y honesto es tan reflexivo —
¿diríamos tan astuto?— como el que trama una fantasía.
Como cuestión aún
no resuelta en esta historia habría que añadir algo a la fabricación de
ladrillos después de la época de Isaac Ware. En la era industrial estos
modestos objetos se vieron implicados en el debate acerca de la imitación. ¿Es
deshonesta la imitación? ¿Es destructiva? No se trata de una pregunta
abstracta; como muestran los ensayos del diseño asistido por ordenador,
«imitación» puede ser sinónimo de «diseño».
Ya en el siglo
XVIII era evidente que los objetos hechos a máquina podían ser programados para
que parecieran hechos a mano al modo tradicional. La Enciclopedia de Diderot
observa el fenómeno de la imitación y se maravilla ante los telares que
reproducen industrialmente los tapices antiguos, pero se trataba de
reproducciones especializadas de coste muy elevado. En la fabricación de
ladrillos, muy pronto quedó claro que las máquinas podían imitar algunas de las
cualidades del «ladrillo honesto» a bajo coste y en inmensas cantidades. La
entrada de la máquina mantendría hasta nuestros días el debate acerca de la
integridad de este material.
La simple cantidad
de ladrillos fabricados a máquina parecía, por un lado, poner fin a cualquier
debate ético sobre la base de las propiedades naturales del ladrillo. Un siglo
después de Ware se producían ladrillos uniformes y sin señal alguna de color local
diferenciado. Las variaciones en el color de la arcilla eran «corregidas»
mediante la adición de tintes minerales antes de homogeneizarla en máquinas de
moler y de moldear accionadas a vapor. La homogeneidad del ladrillo se aseguró
más aún mediante la introducción del horno de Hoffmann, en 1858; en este horno
se podía mantener el calor a temperatura constante las veinticuatro horas del
día, lo que trajo como consecuencia un espectacular crecimiento de la cantidad
de ladrillos que se producía en operaciones ininterrumpidas. Los Victorianos
quedaron sepultados bajo
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montañas de
aquellos ladrillos de fábrica que Ruskin, entre muchos otros, tanto detestaba.
Pero los mismos
progresos de la técnica podían utilizarse también en la imitación: se podía
agregar color y alterar la proporción entre la arcilla y la arena para imitar
la composición de los ladrillos tradicionales de diferentes orígenes
geográficos. El ladrillero preindustrial no era del todo inocente; una manera
tradicional de dar aspecto antiguo a ladrillos nuevos consistía en recubrirlos
con un limo de estiércol de cerdo. En las fábricas se podía conseguir este
efecto antes de que los ladrillos llegaran a la obra mediante un proceso más
rápido y sin necesidad de cerdos. Los intelectuales se imaginan el «simulacrum»
como un producto de la «posmodernidad», pero los trabajadores del ladrillo
tuvieron que luchar con los simulacros mucho antes. El artesano tradicional
sólo podía defender su terreno en la producción de ladrillos si sostenía que
era capaz de detectar la diferencia entre lo auténtico y la imitación, pero
esto era un asunto para colegas y conocedores. En realidad, los progresos de la
industria en materia de fabricación de ladrillos hacían cada vez más difícil
detectar las diferencias. Lo mismo vale para las industrias de nuestros días
que mezclan, amasan y hornean pan biológico.
Se puede decir que
la Baker House, de Alvar Aalto, una residencia de estudiantes que se construyó
entre 1946 y 1949 en el Massachusetts Institute of Technology, es el mayor
edificio moderno de ladrillo que destaca la autenticidad de los materiales tal
como la entendía Isaac Ware. Es un edificio largo y ondulado cuyas paredes
curvas dan a los dormitorios de los estudiantes vistas exteriores del Charles
River, diferentes pero igualmente bellas. Las paredes curvas están hechas de
ladrillo con un efecto deliberadamente «primitivo». Éstas son las palabras con
que el propio Aalto describe su método de construcción: «Los ladrillos se
hicieron con arcilla de humus expuesta al sol. La cocción se realizó en
pirámides que se montaron manualmente, sin utilizar ningún combustible aparte
de roble. Cuando se levantaron las paredes se admitieron todos los ladrillos,
sin seleccionarlos, a resultas de lo cual el color cambia del negro al amarillo
canario, aunque el tono predominante es el rojo brillante»[154]. Esta manera deliberadamente
tradicional de producir ladrillos parece cerrar el círculo de nuestro relato.
Aalto destaca la «honestidad» de su producción de ladrillos con una marca
impresa en la superficie de la pared: de vez en cuando, cada capa de ladrillos
incluye un ladrillo excesivamente quemado y distorsionado. Estos ladrillos
ennegrecidos y combados hacen que los ladrillos regulares parezcan nuevos al
espectador; el contraste acentúa el carácter de unos y otros. De esta manera,
estamos preparados para pensar qué es el ladrillo, es decir, para hacer una
reflexión sobre el material, que no se nos habría ocurrido si todos los
ladrillos fueran de imperturbable y uniforme perfección.
La imitación o
simulación sigue representando, en el dominio del artesano,
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exactamente la
misma provocación que en el siglo XVIII: la necesidad de lo negativo para
imprimir lo positivo «verdadero». El simulacro industrializado nos hace pensar
más intensamente en la naturaleza. La marca positiva de Aalto fue el ladrillo
imperfecto como un icono de virtud. La naturaleza y la virtud a la que nos
referimos nos concierne.
La larga historia
de la manipulación de la arcilla muestra tres maneras de tomar conciencia a
partir de los materiales: alterándolos, marcándolos o identificándolos con
nosotros. Cada acto tiene una rica estructura interior: las metamorfosis pueden
tener lugar a través del desarrollo de una forma-tipo, la combinación de formas
o el cambio de dominio. Marcar un objeto puede ser un acto político, no en
sentido programático, sino en el más fundamental de establecer la presencia
propia, y de hacerlo objetivamente. La antropomorfosis desvela el poder de la
metáfora y una técnica para la elaboración de símbolos. En la historia de la
alfarería, ninguno de estos tres procesos demostró ser tan simple como estas
etiquetas sumarias podrían indicar. Los trabajadores de la arcilla, hombres o
mujeres, tuvieron que afrontar poco a poco el cambio tecnológico, la presión
política que los hacía invisibles y el choque con los atributos humanos del
material. Por supuesto, podríamos tratar la arcilla pura y simplemente como un
material necesario para cocinar y para protegernos. Pero con este espíritu
utilitario eliminaríamos la mayor parte de lo que ha hecho a esta sustancia
culturalmente rica en consecuencias.
RESUMEN DE LA
PRIMERA PARTE
A estas alturas,
tal vez sea útil echar una mirada al camino que hemos recorrido en la Primera
parte.
La categoría de
artesano abarca más que la de artesano-artista; hombre o mujer, representa en
cada uno de nosotros el deseo de hacer algo bien, concretamente y sin ninguna
otra finalidad. Los actuales desarrollos en el sector de la alta tecnología
reflejan también un antiguo modelo de este tipo de actividad, pero la realidad
sobre el terreno es que quienes aspiran a ser buenos artesanos se ven
frustrados o son incomprendidos por las instituciones sociales. Estos males son
complejos porque pocas instituciones se proponen producir trabajadores
infelices. Cuando el compromiso material resulta vacío, se busca refugio en el
mundo interior; se privilegia la expectativa por encima del encuentro concreto
y los patrones de calidad en el trabajo separan diseño y realización.
La historia de los
artesanos-artistas tiene algo que decir acerca de estos males más generales.
Hemos comenzado en el taller medieval, en el que individuos desiguales, maestro
y aprendiz, estaban estrechamente unidos. La separación entre arte y oficio
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en el Renacimiento
modificó esa relación social; el taller cambió aún más cuando las habilidades
que en él se practicaban se convirtieron en prácticas únicas. Fue una historia
en la que la individuación en el seno del taller sólo produjo mayor dependencia
en el conjunto de la sociedad, una larga serie de cambios en los que la
transmisión de la habilidad y la transferencia de tecnología se vieron
afectadas negativamente. Así, el espacio social del taller resultó fragmentado
y se puso en tela de juicio el sentido de autoridad.
Los espíritus
progresistas de mediados del siglo XVIII deseaban reparar estas fisuras. Para
ello tuvieron que ocuparse de una herramienta típicamente moderna: la máquina
industrial. Buscaron al mismo tiempo la comprensión humana de la máquina y una
percepción igualmente ilustrada de sí mismos en relación con los poderes de la
máquina. Un siglo más tarde, la máquina ya no parecía admitir esta humanidad;
por el contrario, parecía dramatizar el hecho desnudo de la dominación. Algunos
creyeron que la manera más radical de oponerse a la máquina era dar la espalda
a la modernidad. Este gesto romántico tuvo la virtud del heroísmo, pero condenó
al artesano, que no pudo evitar convertirse en víctima de la máquina.
Desde los orígenes
de la civilización clásica, los artesanos fueron maltratados. Lo que les
permitió mantener su humanidad fue la creencia en su trabajo y la implicación
personal con sus materiales. Con el tiempo, la conciencia material ha adoptado
las tres formas que se han estudiado en este capítulo, una conciencia que
favorece el trabajo y que incluso puede llegar a ser un enriquecimiento para el
trabajador.
Tal vez la
culminación lógica del camino que hemos trazado sea la declaración del poeta
William Carlos Williams en la década de 1930: «sólo debería haber ideas en las
cosas». El poeta estaba harto de que se hablara tanto del alma; mejor vivir en
«las cosas que se tocan de día con las manos»[155]. Ese fue el credo de los
artesanos en el pasado. En la Segunda parte nos ocuparemos de cómo adquiere y
desarrolla el artesano las habilidades físicas específicas para conseguirlo.
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Segunda parte El
oficio
5. La mano
La técnica tiene
mala reputación; se le suele atribuir insensibilidad. Pero no es así como la
ven las personas de manos muy bien adiestradas. Para ellas, la técnica está
íntimamente ligada a la expresión. Este capítulo da un primer paso en la
investigación de esa conexión.
Hace dos siglos,
Immanuel Kant observó de paso: «La mano es la ventana de la mente»[156]. La
ciencia moderna ha tratado de confirmar esta observación. Las manos son las
partes de las extremidades humanas que realizan los movimientos más variados y
controlables a voluntad. La ciencia ha tratado de mostrar cómo estos
movimientos, junto con las variadas modalidades de prensión de las manos y el
sentido del tacto, influyen en la manera de pensar. Exploraré este vínculo
entre la mano y la cabeza en tres tipos de artesanos cuyas manos adquieren una
gran destreza: músicos, cocineros y sopladores de vidrio. Este tipo de técnica
manual avanzada es una especialización, pero tiene también implicaciones para
la experiencia más ordinaria.
LA MANO INTELIGENTE
Cómo la mano se
hizo humana
Asir y tocar
La imagen de «la
mano inteligente» apareció en las ciencias ya en 1833, una generación antes de
Darwin, con la publicación de The Hand, de Charles Bell[157]. Este autor,
cristiano devoto, creía que la mano estaba perfectamente diseñada por Dios, el
Creador, como miembro adaptado a una finalidad, como todas sus obras. Bell
atribuía a la mano un lugar privilegiado en la creación, y utilizó diversos
experimentos para sostener que el cerebro recibe información más fiable del
tacto de la mano que de las imágenes del ojo, que tan a menudo resultan ser
apariencias falsas, engañosas. Darwin echó abajo la convicción de Bell acerca
de la intemporalidad de la mano tanto en la forma como en la función. En la
evolución, conjeturaba Darwin, el cerebro de los monos aumentó de tamaño cuando
utilizó los brazos y las manos con
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otra finalidad que
mantener el equilibro del cuerpo en movimiento[158]. Con mayor capacidad
cerebral, nuestros antepasados humanos aprendieron a mantener objetos en las
manos, pensar en esos objetos y, finalmente, darles forma; los homínidos
pudieron construir herramientas; los humanos, cultura.
Hasta hace poco,
los evolucionistas pensaban que lo que acompañó al aumento de tamaño del
cerebro no fueron tanto los cambios de estructura de la mano como sus usos.
Así, hace medio siglo, Frederick Wood Jones afirmó que lo que ha hecho posible
el desarrollo del Homo sapiens «no es la perfección de la mano, sino la
totalidad del mecanismo nervioso gracias al cual se producen, se coordinan y se
controlan los movimientos de la mano»[159]. Hoy sabemos que, en la historia
reciente de nuestra especie, la propia estructura física de la mano ha
evolucionado. El doctor Raymond Tallis, filósofo y médico moderno, explica
parte del cambio comparando la libertad del chimpancé con la del ser humano
para mover el pulgar en la articulación trapeciometacarpiana: «Como en los
chimpancés, la articulación se compone de una superficie cóncava y una curva
entrelazadas en forma de silla de montar. La diferencia entre nosotros y los
chimpancés es que en éstos el entrelazamiento de estas superficies es más
acentuado, lo que limita el movimiento e impide en particular la oposición del
pulgar al resto de los dedos»[160]. La investigación de John Napier y otros ha
mostrado que, en la evolución del Homo sapiens, la oposición física entre el
pulgar y los otros dedos se ha hecho cada vez más articulada. Esta oposición se
ha combinado con sutiles cambios que han tenido lugar en los huesos que
sostienen y fortalecen el índice[161].
Estos cambios
estructurales han permitido a nuestra especie la experiencia física única de la
prensión. Asir es una acción voluntaria; deriva de una decisión, contrariamente
a lo que ocurre con los movimientos involuntarios, como el parpadeo. A la
etnóloga Mary Marzke se debe la útil distinción de tres maneras básicas de asir
las cosas. En primer lugar, podemos coger objetos pequeños entre la punta del
pulgar y un lado del índice. En segundo lugar, podemos depositar un objeto en
la palma y hacerlo girar empujándolo y masajeándolo entre el pulgar y los otros
dedos. (Si bien los primates avanzados pueden realizar estas dos formas de
prensión, no pueden hacerlo tan bien como nosotros). En tercer lugar, está el
asir ahuecando la mano — como cuando se sostiene una pelota u otro objeto de
gran tamaño, con el pulgar y el índice en oposición al objeto—, lo que está aún
más desarrollado en nuestra especie. La prensión con ahuecamiento de la mano
nos permite sostener con seguridad un objeto en una mano mientras trabajamos en
él con la otra.
Una vez que un
animal como nosotros puede asir bien de estas tres maneras, la evolución
cultural se encarga del resto. Marzke remonta la aparición del Homo faber en la
tierra al momento en que, por así decir, alguien puede prender cosas con
firmeza a fin de procesarlas: «La mayor parte de las características únicas de
la mano humana
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moderna, incluido
el pulgar, puede relacionarse con… las tensiones producidas con ocasión del uso
de estas formas de asir durante la manipulación de herramientas de
piedra»[162]. Luego viene la reflexión sobre la naturaleza de lo que uno tiene
en la mano. El argot norteamericano nos aconseja «get a grip» y, más en
general, se habla en inglés de «coming to grips with an issue»[163]. En ambos
casos se refleja el diálogo evolutivo entre la mano y el cerebro.
Sin embargo, hay un
problema en torno a la prensión, particularmente importante para las personas
que desarrollan una técnica manual avanzada; el de soltar. En música, por
ejemplo, sólo es posible tocar con rapidez y limpieza si se aprende a soltar
una tecla del piano o a retirar el dedo de una cuerda o de un pistón. De la
misma manera, desde el punto de vista mental, necesitamos aprender a tomar
distancia de un problema, a soltarlo, en general por un tiempo, para apreciar
mejor de qué se trata y volver luego a cogerlo con una nueva actitud. Hoy los
neuropsicólogos creen que la capacidad, tanto física como cognitiva, de soltar,
de liberar algo, subraya la habilidad para tomar distancia respecto de un temor
o de una obsesión. Soltar o liberar tiene también implicación ética, como
cuando renunciamos al control (la prensión, grip) de otras personas.
Uno de los mitos
que rodean a la técnica es que las personas que la llevan a un nivel de
excelencia fuera de lo común deben empezar por estar dotadas de condiciones
corporales extraordinarias. En lo que respecta a la mano, esto no es del todo
cierto. Por ejemplo, la capacidad para mover los dedos a gran velocidad tiene
en todos los seres humanos su asiento en el tracto piramidal del cerebro. Con
entrenamiento, todas las manos pueden extenderse hasta formar un ángulo recto
entre el pulgar y el índice. Mientras que para los chelistas las manos pequeñas
son una necesidad, para los pianistas constituyen una limitación que se puede
superar con técnicas apropiadas[164]. Otras actividades físicas de gran
dificultad, como la cirugía, no requieren manos especiales como condición
previa. Hace ya mucho tiempo, Darwin observó que, en todo comportamiento del
organismo, las dotes físicas son un punto de partida, no un fin. Esto es
válido, sin duda, en el caso de la técnica de la mano humana. La prensión se
desarrolla en el individuo de la misma manera en que se ha desarrollado en
nuestra especie.
El tacto plantea
diferentes problemas a la mano inteligente. En la historia de la medicina, lo
mismo que en filosofía, se ha debatido durante mucho tiempo sobre si el tipo de
información sensorial que el cerebro recibe del tacto es distinto del que le proporciona
el ojo. Se pensaba que el tacto proporciona datos invasivos, «ilimitados»,
mientras el ojo suministra imágenes contenidas en un marco. Si uno toca una
estufa caliente, el cuerpo entero experimenta una súbita conmoción, mientras
que una visión
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dolorosa se mitiga
instantáneamente cerrando los ojos. Hace un siglo, el biólogo Charles
Sherrington reformuló esta discusión. Exploró lo que él denominó «tacto
activo», que alude al intento consciente de orientar la yema del dedo; él
consideraba que el tacto no era sólo reactivo, sino también activo[165].
Un siglo después,
la investigación de Sherrington ha experimentado otro giro. Los dedos pueden
implicarse en una actividad táctil de indagación sin intención consciente, como
cuando buscan un punto particular en un objeto que estimula el cerebro a empezar
a pensar; se habla aquí de tacto «localizado». Ya hemos visto un ejemplo, pues
es ésta la manera en que el orfebre medieval efectuaba un aquilatamiento; para
realizar estas evaluaciones, los dedos hacían rodar la «tierra» metálica entre
las yemas y la presionaban hasta encontrar un punto particular que pareciera
impuro. A partir de esta evidencia sensorial localizada, el orfebre razonaba
retrospectivamente sobre la naturaleza del material.
Las callosidades
que se forman en las manos de quienes las utilizan profesionalmente constituye
un caso particular de tacto localizado. En principio, el engrosamiento de la
piel debería insensibilizar el tacto, pero en la práctica ocurre lo contrario.
Al proteger las terminaciones nerviosas de la mano, las callosidades hacen
menos vacilante el acto de exploración. Aunque todavía no se conoce bien la
fisiología de este proceso, se sabe que el callo sensibiliza la mano a
pequeñísimos espacios físicos y al mismo tiempo estimula la sensibilidad en las
yemas de los dedos. La función del callo en la mano es comparable a la del zoom
en una cámara fotográfica.
En cuanto a las
capacidades animales de la mano, Charles Bell creía que los diferentes miembros
u órganos sensoriales tienen canales neurales separados hacia el cerebro y que
por eso es posible aislar unos de otros los sentidos. La neurología de nuestros
días ha mostrado que esta creencia es falsas por el contrario, una red neuronal
de ojo-cerebro-mano hace posible el funcionamiento coordinado del tacto, la
prensión y la vista. Por ejemplo, la información almacenada sobre el acto de
sostener una pelota en la mano ayuda al cerebro a interpretar una fotografía
bidimensional de una pelota: la curva de la mano y la sensación del peso de la
pelota en ella ayudan al cerebro a pensar en tres dimensiones, a ver en su
totalidad esférica un objeto que sobre el papel es plano.
La prehensión
Coger algo
Al decir que
«cogemos algo» implicamos físicamente una acción preparatoria. En el gesto
físico ordinario de coger un vaso, la mano adoptará una forma redondeada
adecuada para sostenerlo antes de llegar a tocar su superficie. El cuerpo se
prepara
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para coger el vaso
antes de saber si está frío como el hielo o caliente como el agua hirviendo. El
término técnico que se usa para hacer referencia a los movimientos en los que
el cuerpo anticipa los datos de los sentidos y actúa adelantándose a ellos es
«prehensión».
Desde el punto de
vista mental, «cogemos algo» cuando comprendemos el concepto, por ejemplo, de
una ecuación como a / d = b + c antes de ejecutar simplemente las operaciones.
La prehensión da una proyección particular tanto a la comprensión mental como a
la acción física: uno no espera a tener toda la información a mano para pensar,
sino que anticipa el significado. La prehensión pone en evidencia una actitud
vigilante, un compromiso y la asunción de riesgos en el acto de anticipar el
futuro. Es el polo opuesto a la actitud del prudente contable que no mueve un
solo músculo mental hasta que no dispone de todos los números.
Los recién nacidos
humanos comienzan a practicar la prehensión ya en su segunda semana de vida, al
tratar de alcanzar con la mano los objetos que tienen delante. Puesto que el
ojo y la mano actúan coordinadamente, la prehensión se incrementa cuando el bebé
puede sostener la cabeza erguida: con el cuello más controlado, puede ver mejor
lo que tiene a su alcance. En los primeros cinco meses de vida, el brazo del
bebé desarrolla la capacidad neuromuscular de moverse en forma independiente
hacia lo que ven los ojos. En los cinco meses siguientes, la mano del niño
desarrolla la capacidad neuromuscular para adoptar diferentes posiciones
adecuadas a la prensión. Ambas habilidades están ligadas al desarrollo del
tracto piramidal del cerebro, que es una vía neural ubicada entre la región
motora primaria de la corteza cerebral y la espina dorsal. Hacia finales del
primer año, para decirlo en palabras de Frank Wilson, «la mano está lista para
toda una vida de exploración física»[166].
Las consecuencias
verbales de la prehensión quedan ilustradas por un experimento que realizó el
filósofo Thomas Hobbes cuando era tutor de los hijos de la familia Cavendish.
Hobbes envió a los jóvenes Cavendish a una habitación oscura en la que había
colocado todo tipo de objetos raros. Cuando hubieron buscado a tientas, Hobbes
les pidió que abandonaran la habitación y le describieran que habían «visto»
con las manos. Observó que los niños empleaban un lenguaje más agudo, más
preciso, que el que les era habitual cuando veían en un espacio iluminado.
Explicó esto en parte mediante la idea de que, en la oscuridad, se trataba de
«asir un sentido», estímulo que sirvió a los niños Cavendish para expresarse
con mayor precisión más tarde, ya a la luz y desaparecidas las sensaciones
inmediatas[167].
Prepararse para
coger algo, en la modalidad de la prehensión, establece hechos sobre el
terreno, como, por ejemplo, cuando un director de orquesta imprime a la mano
gestos de dirección un instante antes de que se produzca el sonido. Si el gesto
de la mano para indicar un acento se produjera exactamente a tiempo, el
director no
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dirigiría, pues el
sonido ya se habría producido. Lo mismo vale para el bateador de criquet:
«adelántate al swing». Al oeste con la noche, el notable libro de memorias de
Beryl Markham, proporciona otro ejemplo. En los días en que los pilotos
recibían poca información por medio de instrumentos, voló a través de la noche
africana imaginando haber ejecutado ya el levantamiento o el giro que estaba a
punto de realizar[168]. Todas estas proezas técnicas se basan en lo que todos
hacemos para coger un vaso.
La explicación más
completa de la prehensión con la que hoy contamos es la de Raymond Tallis. Este
autor organiza el fenómeno en cuatro dimensiones: anticipación del tipo de
formas que la mano deberá adoptar para coger el vaso; contacto, cuando el
cerebro recibe datos sensoriales a través del tacto; reconocimiento
lingüístico, cuando se da nombre a lo que se tiene en las manos; y finalmente,
reflexión sobre lo que se ha hecho[169], Tallis no afirma que todo esto tenga
que ser conscientemente asumido. La orientación personal puede permanecer
centrada en el objeto; lo que la mano sabe es lo que ella hace. A los cuatro
elementos de Tallis yo agregaría un quinto: los valores desarrollados por manos
extraordinariamente hábiles.
VIRTUDES DE LA MANO
En las yemas de los
dedos
Veracidad
Cuando los niños
pequeños aprenden a tocar un instrumento de cuerda, al comienzo no saben dónde
tienen que poner sus dedos en el diapasón para producir un sonido de altura
exacta. El método Suzuki, que debe su nombre al educador musical japonés Suzuki
Shin’ichí, resuelve el problema instantáneamente mediante la colocación de
finas cintas de plástico sobre el diapasón. El niño violinista coloca un dedo
sobre una cinta de color y produce una nota perfectamente afinada. Este método
pone el acento en la belleza del sonido —que Suzuki llama «tonalization»— desde
el primer momento, pasando por alto las complejidades inherentes a la
producción de un sonido bello. El movimiento de la mano está determinado por un
destino fijo de la yema del dedo[170].
Este método de
fácil utilización inspira confianza de manera inmediata. Hacia la cuarta
lección, un niño ya puede ser un virtuoso en la ejecución de la melodía
infantil Twinkle, Twinkle, Little Star. Además, el método de Suzuki alimenta la
confianza social; sobre la base de Twinkle, Twinkle. Little Star puede montarse
toda una orquesta de niños de siete años, porque la mano de cada uno sabe
exactamente qué hacer. Esta feliz seguridad, sin embargo, se ve gravemente
afectada en el momento en que se suprimen las cintas.
En principio, el
hábito debería haber asimilado la precisión. Uno se imagina que,
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en el diapasón sin
marcas, tos dedos caerían exactamente donde había estado la cinta. Pero lo
cierto es que esta forma mecánica de hábito falla; y falla por una razón
física. El método de Suzuki ha estirado lateralmente las manos pequeñas en la
línea de los nudillos, pero no ha sensibilizado las yemas de los dedos, que son
las que realmente pisan las cuerdas. Puesto que las yemas de los dedos no
conocen el diapasón del violín, apenas desaparecen las cintas comienzan a
surgir sonidos ásperos. Para la técnica vale lo mismo que para el amor: la
confianza ingenua es débil. Una complicación posterior se presenta si el
ejecutante mira el diapasón tratando de descubrir dónde había estado la cinta.
El ojo no encontrará respuesta en esa lisa superficie negra. Así, una orquesta
infantil sin cintas suena como chillidos de una muchedumbre.
Lo que tenemos aquí
es un problema de falsa seguridad. El problema del pequeño músico recuerda la
advertencia de Víctor Weisskopf a los científicos y técnicos adultos, según la
cual «el ordenador entiende la respuesta, pero no creo que tú la entiendas». Otra
posible analogía de las cintas infantiles en los adultos nos la ofrecen las
funciones de «revisión ortográfica y gramatical» de los programas de
procesamiento de textos, que no dan a sus usuarios absolutamente ninguna
comprensión de las razones por las que una construcción gramatical es
preferible a otras.
Suzuki entendió
bien el problema de la falsa seguridad. Aconsejaba eliminar las cintas tan
pronto como el niño sintiera el placer de hacer música. Como músico autodidacta
(su interés musical despertó a finales de los años cuarenta, cuando oyó una
grabación de Mischa Elman del Ave María de Schubert), Suzuki supo por sus
experimentos que la veracidad reside en las yemas de los dedos: el tacto es el
árbitro del sonido. Hay en esto un paralelismo con el aquilatamiento del
orfebre, la lenta y exploratoria palpación de materiales con las yemas de los
dedos, que evitaba la seguridad instantánea, la falsa seguridad.
Queremos saber qué
clase de verdad es esta que desemboca en falsa seguridad. En música, el oído
opera de consuno con la yema del dedo en la exploración. Para
decirlo de manera
más estricta, el músico toca la cuerda de distintas maneras, oye una variedad
de efectos y luego trata por todos los medios de repetir y reproducir el sonido
que desea. En realidad, puede ser difícil y angustioso responder a estas preguntas;
«¿Qué he hecho, exactamente? ¿Cómo puedo volver a hacerlo?» En lugar de
utilizar la yema del dedo como simple instrumento, este tipo de tacto retrocede
de la sensación al procedimiento. El principio consiste en razonar
retrospectivamente, en retroceder de la consecuencia a la causa.
¿Qué le pasa a
quien actúa de acuerdo con este principio? Imaginemos a un niño luchando por
afinar sin la ayuda de las cintas. Le parece haber tocado una nota con toda
exactitud, pero luego el oído le dice que la nota siguiente que toca en esa
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posición suena mal.
Este problema tiene una razón física: en todos los instrumentos de cuerda,
cuando la cuerda pisada se acorta, debe disminuir también la separación entre
los dedos; la retroalimentación procedente del oído envía la señal de que es
necesario el ajuste lateral en la línea de los nudillos (un famoso ejercicio de
los Études de Jean-Pierre Duport explora la interrelación de la disminución de
la distancia lateral y el mantenimiento de la mano redondeada cuando el
chelista pasa por todas las cuerdas en sus sesenta centímetros de longitud).
Por medio del ensayo y el error, el principiante aprendería a contraer la línea
de los nudillos sin la ayuda de cintas, pero sólo con eso no estaría en
presencia de la solución. Tal vez haya mantenido la mano en ángulo recto con
respecto al diapasón. Tal vez ahora trate de inclinar la palma de la mano hacia
un lado, hacia las clavijas; esto ayuda. Puede producir un sonido preciso
porque la inclinación compensa las diferencias entre el primero y el segundo dedo,
de distinta longitud. (Además, un ángulo recto perfecto con la cuerda tensiona
el segundo dedo, más largo). Pero esta nueva posición desbarata la solución que
creía haber encontrado para el problema lateral de la línea de los nudillos.
Y así
sucesivamente. Cada nuevo problema de afinación correcta lo obliga a
reconsiderar soluciones a las que había llegado anteriormente.
¿Qué podría motivar
a un niño a seguir un camino tan difícil? Según una escuela de psicología, esa
motivación tiene origen en una experiencia fundamental del desarrollo de todos
los seres humanos: el acontecimiento primigenio de separación, que puede crear
en el niño la curiosidad. Esta investigación va asociada, a mediados del siglo
XX., a los nombre de D. W. Winnicott y John Bowlby, psicólogos interesados en
las experiencias tempranas de unión y separación de los seres humanos, que
empiezan con la pérdida de contacto entre el niño y el pecho de su madre[171].
Para la psicología popular, la pérdida de esa conexión es causa de ansiedad y
duelo; los mencionados psicólogos británicos intentaron mostrar que se trata en
realidad de un acontecimiento mucho más rico.
Winnicott sostenía
que cuando el niño deja de estar unido al cuerpo materno experimenta nuevos
estímulos que lo orientan al exterior. Bowlby estudió en la guardería la
diferencia que la separación produce en las maneras que tienen los pequeños de
tocar, sopesar y hacer girar objetos inanimados. Observó cuidadosamente
actividades cotidianas que hasta entonces se habían considerado prácticamente
desprovistas de interés. Para nosotros, hay un aspecto de esta investigación
que reviste particular importancia.
Ambos psicólogos
han puesto el acento en las energías con que los niños cargan los «objetos
transicionales», expresión técnica que designa la capacidad humana para
interesarse por personas o cosas materiales cambiantes. Dada su orientación
psicoterapéutica, esta escuela psicológica se proponía ayudar a vivir más
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cómodamente en el
campo de las mudables relaciones humanas a pacientes adultos que parecían
fijados a traumas infantiles de seguridad. Pero en sentido más general, la
expresión «objeto transicional» se refiere a lo verdaderamente capaz de
comprometer la curiosidad: una experiencia incierta o inestable. Sin embargo,
el niño que se somete a las incertidumbres de la producción sonora, o de
cualquier otra actividad manual exigente, constituye un caso especial, pues
parece enfrentarse a un proceso indefinido e interminable que sólo ofrece
soluciones provisionales que no brindan al músico la sensación de aumentar su
control ni la experiencia emocional de seguridad.
En la práctica, las
cosas no llegan a ser tan terribles, porque el músico tiene un patrón objetivo
que alcanzar: afinar. Como los expertos en política descritos en el primer
capítulo, podríamos decir que sólo las personas con patrones de veracidad
objetivos y prefijados pueden alcanzar elevados niveles de habilidad técnica.
En música, habría que observar simplemente que la creencia en la corrección
impulsa mejoras técnicas; la curiosidad por objetos transicionales desarrolla
definiciones de cómo deberían ser. Ese patrón de corrección es la calidad del
sonido, incluso para Suzuki. Por eso empieza por la tonalization, término
acuñado por Suzuki, que se refiere a la emisión y reconocimiento de un sonido
bello. La creencia en la corrección técnica y su búsqueda crea la expresión. En
música, este tránsito tiene lugar cuando los patrones pasan de acontecimientos
físicos, como tocar con buen sonido, a cuestiones de orden más estético, como,
por ejemplo, producir un buen fraseo. Por supuesto, los descubrimientos espontáneos
y las casualidades felices informan de cómo debe sonar una pieza musical. Sin
embargo, tanto el compositor como el intérprete deben tener un criterio para
dar sentido a las casualidades felices y seleccionar cuáles son las más
felices. En el desarrollo de la técnica convertimos los objetos transicionales
en definiciones y sobre la base de estas definiciones tomamos decisiones.
Se dice que los
compositores y los ejecutantes oyen con el «oído interior», pero esta metáfora
inmaterial es engañosa, sobre todo en el caso de compositores como Arnold
Schönberg, a quienes los sonidos reales de lo que han anotado en el papel les
producen una fuerte impresión, pero también en el del ejecutante cuyo estudio
de las partituras es una preparación necesaria, pero no suficiente, para posar
el arco sobre la cuerda o los labios en la lengüeta. El momento de la verdad es
el sonido en sí.
Y es también, por
tanto, el momento en que el error se hace evidente al músico. Como ejecutante,
es en la yema de los dedos donde experimento el error, error que trataré de
corregir. Tengo un patrón de lo que debe ser, pero mi veracidad reside en el
simple reconocimiento de que cometo errores. A veces, en las discusiones
científicas este reconocimiento se reduce al cliché «aprender de los propios
errores». La técnica musical demuestra que esto no es tan sencillo. Tengo que
estar dispuesto a cometer errores, a tocar notas erróneas, para conseguir
finalmente las correctas. Este es el
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compromiso con la
veracidad que adquiere el joven músico cuando elimina las cintas de Suzuki.
Al hacer música, el
efecto retroactivo entre las yemas de los dedos y la palma de la mano tiene una
curiosa consecuencia: proporciona un sólido fundamento al desarrollo de la
seguridad física. La práctica que reacciona de inmediato al error de las puntas
de los dedos incrementa realmente la confianza en uno mismo: cuando el músico
consigue hacer algo correctamente más de una vez, deja de sentirse aterrorizado
por el error. A su vez, al hacer que algo suceda más de una vez, tenemos un
objeto a evaluar y las variaciones en ese acto de magia permiten explorar la
igualdad y la diferencia; la práctica se convierte en narración más que en mera
repetición digital; los movimientos que se consiguen con esfuerzo van siendo
asimilados cada vez más profundamente en el cuerpo; el ejecutante avanza
lentamente hacia una mayor destreza. En la etapa de la cinta, por el contrario,
la práctica musical se hace aburrida, una interminable repetición de lo mismo.
No es sorprendente que en estas condiciones el trabajo manual tienda a
degradarse.
La disminución del
temor a cometer errores es decisiva en nuestro arte, pues el músico que está
tocando en el escenario no puede detenerse, paralizado, si comete un error. En
la interpretación musical, la confianza en recuperarse de un error no es un rasgo
de personalidad, sino una habilidad aprendida. Por tanto, la técnica musical se
desarrolla a través de una dialéctica entre la manera correcta de hacer algo y
la disposición a experimentar mediante el error. Ambos aspectos son
inseparables. Si, en sus inicios, al músico sólo le es dada la vía correcta,
padecerá una falsa sensación de seguridad. Si, por el contrario, el músico en
ciernes se prodiga excesivamente en la curiosidad, limitándose a acompañar el
flujo del objeto transicional, nunca progresará.
Este diálogo atañe
a una de las divisas de la artesanía, el empleo de procedimientos o
herramientas «adaptados a una finalidad» o especializados, con lo que se trata
de eliminar todos aquellos que no sirvan a un fin predeterminado. La idea se
materializó en las ilustraciones de Diderot de la fábrica de L’Anglée, en las
que no se veía desorden alguno ni restos de papeles; hoy los programadores
hablan de sistemas sin fisura; la cinta de Suzuki es una estratagema adaptada a
una finalidad. Debemos pensar la adaptación a una finalidad más como logro que
como punto de partida. Para llegar a esa meta, el proceso de trabajo tiene que
hacer algo que a la mente bien ordenada le resulta desagradable: cohabitar
temporalmente con la confusión, con movimientos equivocados, falsos puntos de
partida, callejones sin salida. Lo cierto es que en tecnología, lo mismo que en
arte, el artesano que indaga va más allá de un simple encuentro fortuito con la
confusión; la crea como medio para comprender los procedimientos funcionales.
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La acción adaptada
a una finalidad establece el contexto de la prehensión. La prehensión parece
preparar la mano para que esté bien adaptada y lista para actuar, pero esta
historia es incompleta. No cabe duda de que cuando hacemos música nos
preparamos, pero no podemos volver atrás cuando la mano no se adapta a su
objetivo o finalidad; para corregir, tenemos que estar dispuestos a permanecer
más tiempo en el error —más aún, tenemos que desearlo—, a fin de comprender
plenamente qué falló en la preparación inicial. El horizonte completo del
programa de las sesiones prácticas que mejoran la destreza es éste: preparar,
pensar en los errores, recuperar la forma. En esta historia, la adaptación a la
finalidad es más un logro que algo preconcebido.
LOS DOS PULGARES
A partir de la
coordinación, cooperación
En el imaginario
social del taller surge una virtud perdurable de los artesanos. Diderot
idealizaba la cooperación en las imágenes de la fabricación de papel de
L’Anglée, donde los empleados trabajaban juntos y en armonía. ¿Tiene el trabajo
cooperativo alguna base corporal? En las ciencias sociales, esta pregunta se ha
planteado recientemente y a menudo en discusiones sobre el altruismo. El debate
se ha centrado en la cuestión de si el altruismo está o no programado en los
genes humanos. Me gustaría apuntar en otra dirección: ¿qué indicarían las
experiencias de coordinación física acerca de la cooperación social? Se trata
de una pregunta que puede concretarse explorando cómo las dos manos se
coordinan y cooperan mutuamente.
Los dedos de las
manos se diferencian tanto en fuerza como en flexibilidad, lo que impide la
coordinación entre iguales. Esto es cierto incluso en el caso de los pulgares,
cuyas respectivas capacidades dependen de que uno sea diestro o zurdo. Cuando
la mano alcanza un elevado nivel de habilidades, estas desigualdades pueden
compensarse; los índices y los pulgares harán el trabajo que otros dedos no
pueden realizar por sí mismos. La expresión coloquial «echar una mano» refleja
esta experiencia emocional. El trabajo compensatorio de las manos insinúa
—aunque tal vez no se trate más que de una insinuación— que la cooperación
fraternal no depende de que se comparta por igual una habilidad. Utilizaré
nuevamente la música como medio para explorar la coordinación y la cooperación
entre miembros desiguales, pero cambiaré los instrumentos de cuerda por el
piano.
La independencia de
las manos es un tema central en la ejecución pianística, lo mismo que la
independencia de los dedos. A menudo la música sencilla de piano
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encarga el papel
melódico estelar a los dedos cuarto y quinto de la mano derecha, los más
débiles, y el de bajo armónico a esos mismos dedos, igualmente débiles, de la
mano izquierda. Estos dedos deben fortalecerse, mientras que el pulgar, el más
fuerte de todos en cada mano, tiene que aprender a trabajar con los demás
conteniendo su fuerza. Lo más probable es que los principiantes otorguen a la
mano derecha un papel más importante que a la izquierda. De esta manera, en los
comienzos, la coordinación de las manos tropieza con problemas de conciliación
de desigualdades.
En el piano
jazzístico, este desafío físico es aún más difícil de superar. El piano de jazz
moderno rara vez separa melodía y armonía entre una y otra mano, como se hacía
en los blues de las barrelhouses. Por el contrario, en el piano de jazz moderno
los ritmos están a menudo más a cargo de la mano derecha que de la izquierda,
como en otros tiempos. Cuando el pianista y filósofo David Sudnow empezó a
tocar jazz descubrió hasta qué extremos podían llegar las dificultades
inherentes a los problemas de coordinación. En su notable libro titulado Ways
ofthe Hand, Sudnow, de formación musical clásica, cuenta sus inicios como
pianista de jazz. Comenzó por tomar un camino lógico, pero equivocado[172].
Cuando se toca jazz
en el piano, lo más frecuente es que la mano izquierda tenga que realizar
amplios estiramientos laterales de la palma o abarquillar los dedos para lograr
las peculiares armonías de este arte. Sudnow, con toda lógica, comenzó por
aplicar a los movimientos este orden: primero el estiramiento de la mano, luego
su cierre en barquillo. De la misma manera, trabajó por separado el movimiento
lateral rápido de la mano derecha sobre amplios espacios del teclado, la mano
saltarina que en el jazz tradicional se movía «a zancadas» (stride piano); en
el jazz más moderno, cuando se progresa rápidamente hacia los registros agudos
del piano se conserva el pulso rítmico en la parta alta.
Descomponer los
problemas técnicos en sus distintas partes resultó contraproducente, pues la
separación no le sirvió prácticamente de nada a la hora de encoger la izquierda
y saltar con la derecha al mismo tiempo. Peor aún, preparó de forma excesiva
las prácticas por separado, lo que puede resultar desastroso a la hora de
improvisar. El trabajo independiente con cada mano creó un problema para los
pulgares. Estos dedos son los más valiosos para el pianista de jazz, su anclaje
en el teclado. Pero ahora, al anclar, por así decir, barcos de diferente
tamaño, cada uno con su propia ruta, los pulgares no podían trabajar juntos.
Un gran hallazgo
fue para él descubrir que «una sola nota bastaría perfectamente» para
orientarlo. «Se podría tocar una nota mientras dura un acorde y otra
inmediatamente después, en correspondencia con otro acorde, y de esa manera
formar las melodías»[173]. En términos técnicos, esto significa que todos los
dedos comienzan a trabajar como pulgares, y los dos pulgares comienzan a
interactuar, asumiendo cada uno el papel del otro cuando es necesario.
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Una vez que Sudnow
tuvo ese momento de iluminación, cambió su procedimiento práctico. Utilizó
todos los dedos como verdaderos socios. Si físicamente uno de esos socios era
demasiado débil o demasiado fuerte, le pedía a otro que hiciera su trabajo. Las
fotografías en las que se ve a Sudnow tocando horrorizarían a los maestros
convencionales de piano, pues parece contorsionado. Pero al oírlo se advierte
la facilidad con que toca. Y puede hacerlo porque en un determinado momento
convirtió la coordinación en objetivo permanente de su estudio.
Hay una razón
biológica que explica el funcionamiento de la coordinación entre miembros
desiguales. El cuerpo calloso es un puente que conecta en el cerebro la corteza
motora del hemisferio derecho con la del izquierdo; transmite información
acerca del control del movimiento corporal de un lado al otro. La práctica que
divide el trabajo manual en partes debilita esta transferencia neuronal[174].
También la
compensación tiene un fundamento biológico. Se ha dicho que el Homo sapiens es
un «simio asimétrico»[175]. La prehensión física es asimétrica. Para coger
cosas, alargamos una mano —en la mayoría de los seres humanos, la derecha— con
preferencia a la otra. Cuando se coge algo ahuecando la mano, según la
descripción de Mary Marzke ya mencionada, la mano más débil sostiene el objeto
sobre el cual trabaja la más fuerte. El psicólogo francés Yves Guiard, que
estudió cómo contrarrestar la asimetría, obtuvo resultados sorprendentes[176].
El fortalecimiento del miembro débil, como es de esperar, forma parte de la
historia, pero los ejercicios destinados a lograr sólo esto no aumentarán la
destreza de la mano débil. La mano más fuerte tiene que recalibrar su fuerza
para permitir que la más débil desarrolle su destreza. Lo mismo vale para los
dedos: para «ayudar», el índice tiene que pensar, por así decir, como un cuarto
dedo. Y también para los pulgares: oímos cómo los dos pulgares de Sudnow
trabajan juntos como si fueran uno solo, pero, desde el punto de vista
fisiológico, el pulgar más fuerte inhibe capacidad de extensión. Esto resulta
aún más necesario cuando el pulgar ayuda al débil cuarto dedo; entonces tiene
que comportarse como un cuarto dedo. Tal vez la tarea más ardua de coordinación
cooperativa sea tocar un arpegio en el que el pulgar izquierdo, fuerte, se
estira para asistir al más débil meñique derecho.
La coordinación
manual tiene que hacer frente a una falsa idea en lo que se refiere a la manera
en que la gente adquiere habilidad. Es fácil imaginar que uno construye el
control técnico yendo de la parte al todo, perfeccionando el trabajo de cada
parte por separado y luego reuniéndolas, como si la idoneidad técnica se
asemejara a la producción industrial en una cadena de montaje. Pero los frutos
de la coordinación manual son muy escasos si se la organiza de esa manera.
Antes que el resultado combinado de actividades individualizadas, discretas y
separadas, la coordinación opera mucho mejor si ambas manos trabajan juntas
desde el primer momento.
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El arpegio también
ofrece una pista acerca del tipo de fraternidad idealizada por Diderot, y
después por Saint-Simon, Fourier y Robert Owen, la fraternidad de personas que
comparten la misma destreza. La verdadera prueba de su vinculación se da cuando
reconocen que la comparten en distinto grado. La «mano fraternal» representa la
inhibición de los dedos más fuertes, que Yves Guiard considera el punto crucial
de la coordinación física. ¿Tiene esto un reflejo social? Esta pista puede
llevarse más lejos si se comprende mejor el papel de la fuerza mínima en el
desarrollo de las habilidades manuales.
MANO-MUÑECA-ANTEBRAZO
La lección de la
fuerza mínima
Para entender qué
es la fuerza mínima, observemos otro tipo de trabajo manual cualificado, la
mano del cocinero.
Los arqueólogos han
encontrado piedras afiladas de unos dos millones y medio de años de antigüedad
que se usaban para cortar; los cuchillos de bronce datan de al menos seis mil
años, y el hierro martillado, de tres mil quinientos[177]. El hierro en bruto
era más simple de fundir que el bronce y produjo una mejora en los cuchillos,
porque facilitó su afilado. Los cuchillos de acero templado de nuestros días
satisfacen por completo esta exigencia. El cuchillo, observa el sociólogo
Norbert Elias, ha sido siempre «un instrumento peligroso…, un arma de ataque»,
que todas las culturas deben rodear de tabúes en tiempos de paz, sobre todo
cuando se utiliza con fines domésticos[178]. Así, cuando ponemos la mesa,
colocamos el cuchillo con su borde afilado hacia dentro y no hacia fuera, lo
que podría constituir un peligro para nuestro vecino.
Dado su peligro
potencial, el cuchillo y su uso han sido simbólicamente asociados al
autocontrol. Por ejemplo, C. Calviac, en su tratado Civilité, de 1360, aconseja
a una persona joven «cortar la carne en trozos muy pequeños sobre la tabla de
cortar» y llevársela luego a la boca «con la mano derecha… solamente con tres
dedos». Este comportamiento sustituye un uso previo del cuchillo a modo de
lanza para sostener grandes trozos de alimento de tal modo que la boca pudiera
morderlos. Calviac criticaba esa manera de comer, no sólo por la probabilidad
de que los jugos se escurrieran por el mentón o por el riesgo de tragar mocos y
fluidos nasales, sino también porque no enviaba señal alguna de
autodominio[179].
En la mesa china,
los palillos reemplazaron hace miles de años al cuchillo como símbolo de
apacibilidad; su uso permite comer pequeñas piezas de alimento de la manera
higiénica y disciplinada que Calviac recomendaba hace sólo cinco siglos. El
problema del artesano chino residía en ofrecer comida que se pudiera consumir
mejor con los apacibles palillos que con el bárbaro cuchillo. En parte, la
solución está en
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que, si bien la
punta afilada del cuchillo es importante en cuanto instrumento de matar, lo que
más interesa como herramienta de cocina es el borde de la hoja. Cuando China
entró en la era del hierro martillado, en la dinastía Chou, hicieron su
aparición los cuchillos especializados, pensados exclusivamente para cocinar,
en particular la cuchilla de carnicero, con su borde afiladísimo y la punta
cuadrada.
En China, desde la
dinastía de Chou hasta hace poco, el chef de cuchilla se sentía orgulloso de
utilizar este instrumento como herramienta multiuso, para trocear carne,
cortarla en lonchas o picarla (hsiao, tsu o hui), mientras que los cocineros
menos hábiles recurrían a cuchillos distintos para cada tarea. El Chuang-tzu,
un temprano texto taoísta, elogiaba al cocinero Ting, que usaba la cuchilla
para buscar «los huecos en las articulaciones», fina disección que aseguraba
que los dientes humanos pudieran alcanzar toda la carne comestible de un
animal[180]. El chef de cuchilla buscaba precisión cuando cortaba el pescado en
rodajas y los vegetales en dados, con lo que aumentaba su aprovechamiento
comestible; y cortaba carne y verduras en trozos de tamaño parecido para poder
cocinarlas de modo más homogéneo en una sola olla. El secreto que hacía posible
esos objetivos era el cálculo de la fuerza mínima, mediante la técnica de dejar
caer y soltar.
La antigua técnica
de la cuchilla se basaba en el mismo tipo de opción que tiene hoy un carpintero
no profesional a la hora de clavar un clavo en la madera. Una opción es poner
el pulgar contra el mango del martillo para dirigir la herramienta; toda la fuerza
del golpe viene de la muñeca. La alternativa es rodear el mango con el pulgar;
en este caso, el antebrazo entero puede proporcionar fuerza. Si el carpintero
aficionado elige esta alternativa, incrementará la fuerza bruta del golpe, pero
también correrá el riesgo de perder precisión. El antiguo jefe de cuchilla
chino optaba por la segunda posición, pero desarrolló otra manera de usar la
combinación de antebrazo, mano y cuchilla para cortar el alimento con
precisión. En lugar de lanzar un martillazo, guiaba desde la articulación del
codo la combinación de antebrazo, mano y cuchilla de tal modo que el filo
cayera sobre el alimento; en el momento en que el filo tomaba contacto con
éste, los músculos del antebrazo se contraían para aliviar la presión posterior.
Recuérdese que el
chef sostiene la cuchilla con el pulgar rodeando el mango; el antebrazo hace
las veces de extensión del mango, con el codo como pivote. En el caso mínimo,
el peso de la cuchilla que cae será la única fuente de fuerza, que cortará
suavemente el alimento sin aplastarlo, como si el chef tocara pianissimo. Pero
puede que el alimento crudo sea más duro; en ese caso, el cocinero tendrá que
aplicar más presión desde el codo para crear, por así decirlo, un forte
culinario. Sin embargo, al picar alimentos, como al tocar acordes, la línea
básica de control físico, el punto de partida, es el cálculo y la aplicación de
la fuerza mínima. El cocinero, más que aumentar la presión, la reduce; el
cuidado del chef por no dañar los materiales lo ha
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entrenado para
ello. Un vegetal aplastado es irrecuperable, pero una pieza de carne que no se
ha cortado puede salvarse mediante la repetición de un golpe ligeramente más
fuerte.
La idea de la
utilización de la fuerza mínima como línea básica de autocontrol se expresa en
el consejo apócrifo, aunque perfectamente lógico, que se daba en la antigua
cocina china: lo primero que debe aprender el buen cocinero es a cortar con la
cuchilla un grano de arroz hervido.
Antes de ocuparnos
de las implicaciones de esta regla del oficio tenemos que entender mejor un
corolario físico de la fuerza mínima: la liberación. Si el cocinero o el
carpintero sujetan con fuerza la cuchilla o el martillo una vez asestado el
golpe, impiden el rebote de la herramienta. La tensión se dará a lo largo del
antebrazo. Por razones fisiológicas que aún no están del todo claras, la
capacidad de retirar fuerza en la pequeña fracción de segundo posterior a su
aplicación también contribuye a la mayor precisión del gesto; la puntería
mejora. De la misma manera, cuando se toca el piano, la capacidad para liberar
una tecla se integra en un único movimiento con la presión de la misma, presión
que debe cesar en el momento del contacto para que los dedos se muevan fácil y
rápidamente a otras teclas. En la ejecución de instrumentos de cuerda, cuando
se va a un nuevo sonido, la mano sólo puede realizar limpiamente el movimiento
retirándose, un fragmento de segundo antes, de la cuerda que acaba de presionar.
Por esta razón es más difícil producir un sonido claro y suave que ejecutar una
serie de notas de gran volumen sonoro. El bateo del criquet o del béisbol
requiere la misma destreza en la liberación.
En el movimiento de
mano-muñeca-antebrazo, la prehensión desempeña un papel importante en la
liberación de la presión. El brazo en su conjunto realiza la misma clase de
anticipación que para coger una copa, pero a la inversa. Incluso cuando el
golpe está a punto de producirse, el brazo entero se prepara, en una fracción
de segundo antes del contacto, para el paso siguiente, el de soltar. La
estimación de los objetos que describe Raymond Tallis tiene lugar en este paso,
cuando el brazo en su conjunto deshace la tensión propia de la prensión y la
sujeción del martillo o la cuchilla gana soltura.
Así, el «cortar a
cuchilla un grano de arroz» representa dos reglas corporales íntimamente
conectadas: la de establecer la línea básica de energía mínima necesaria, y la
de aprender a dejar ir, o soltar. Desde el punto de vista técnico, se trata
aquí del control del movimiento, pero el proceso está lleno de implicaciones
humanas, con las que los antiguos autores chinos de arte culinario estaban
compenetrados. El Chuang-tzu aconseja no comportarse en la cocina como un
guerrero. De ello extrae el taoísmo una ética más amplia para el Homo faber: la
del carácter contraproducente de un tratamiento agresivo, adverso, de los
materiales naturales. Más tarde, en Japón, el budismo zen se inspiró en esta
herencia para explorar la ética del dejar ir, encarnada
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en el tiro con
arco. Desde el punto de vista físico, este deporte se centra en liberar de
tensión la cuerda del arco. Los autores de zen evocan la ausencia de agresión
física, la calma espiritual que debería presidir este momento; este marco
mental es necesario para que el arquero pueda dar con precisión en la
diana[181].
En las sociedades
occidentales, el uso del cuchillo también sirvió como símbolo cultural de
agresión mínima. Norbert Elias descubrió que los europeos de la temprana Edad
Media consideraban los peligros del cuchillo de modo más bien pragmático. Lo
que Elias llama «proceso civilizador» comenzó cuando el cuchillo adquirió mayor
importancia simbólica y se convirtió para la mente colectiva en evocación de
los males de la violencia espontánea y al mismo tiempo en remedio para esa
violencia. «La sociedad, que en esa época comenzaba… a limitar los peligros
reales que amenazaban a la gente…, establecía también una barrera en torno a
los símbolos — observa Elias—. Así fue como, junto con las coerciones sobre los
individuos, se incrementaron las restricciones y las prohibiciones en relación
con el cuchillo»[182]. Con estas palabras se refiere, por ejemplo, al hecho de
que en 1400 las peleas a cuchillo tal vez fueran un acontecimiento normal en
una cena festiva, pero que hacia 1600 estos estallidos de violencia estaban muy
mal vistos. O a que en 1600 un hombre que se encontraba con un extraño en la
calle no se llevara automáticamente la mano a la empuñadura de su arma.
Una persona «bien
educada» disciplinaba el cuerpo en las necesidades biológicas más elementales,
a diferencia de los toscos campesinos, a quienes se tenía por «marranos» —en
nuestro lenguaje coloquial— que se tiraban pedos sin ningún control o se
limpiaban los mocos con las mangas. Una consecuencia del autocontrol fue el
alivio de la tensión agresiva. El trabajo de picar que realiza el chef hace más
comprensible esta proposición quijotesca: el autocontrol corre parejo a la
facilidad, a la comodidad.
Al examinar el
surgimiento de la sociedad cortesana en el siglo XVII, Elias se sorprendió de
la manera en que este paralelismo había llegado a definir al aristócrata amable
como agradable para con los demás y dueño de sí mismo; una de las habilidades
sociales del aristócrata era comer correctamente. Esta señal de buenos modales
en la mesa sólo resultaba posible porque en la sociedad educada los riesgos de
violencia física y las peligrosas habilidades asociadas al cuchillo estaban en
retirada. En el surgimiento de la vida burguesa en el siglo XVIII, el código
bajó un peldaño en la escala social y volvió a cambiar de naturaleza; la
capacidad de autocontrol se convirtió en señal de la «naturalidad» que
celebraban los filósofos. La mesa y sus modales seguían siendo piedra de toque
de distinción social. Por ejemplo, la clase media observaba la regla de que
sólo se debía cortar con cuchillo el alimento que no se pudiera trocear o
partir en lonchas con el borde más delicado, pero romo, de un tenedor, y
despreciaba a las capas sociales inferiores por utilizar el cuchillo a
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modo de lanza.
Elias es un
admirable historiador, pero se equivoca, creo, como analista de la vida social
que con tanta vivacidad describe. Trata la conducta civilizada como un barniz
que oculta una experiencia personal más sólida: la vergüenza, auténtico
elemento catalizador de la autodisciplina. Sus historias acerca de sonarse las
narices, ventosear y orinar en público, lo mismo que acerca de la evolución de
las costumbres en la mesa, tienen todas origen en la vergüenza de las funciones
corporales naturales, de su expresión espontánea; el «proceso civilizador»
inhibe la espontaneidad. A Elias la vergüenza le parece un sentimiento dirigido
hacia dentro; «La ansiedad que llamamos "vergüenza" es densamente
velada a la vista de los demás…, nunca se expresa directamente en gestos
ruidosos… Es un conflicto en el seno de la propia personalidad: uno se reconoce
inferior»[183].
Esto, que desentona
si se aplica a la aristocracia, no resulta tan chocante en relación con las
costumbres de la clase media. Sin embargo, esta explicación no puede aplicarse
en absoluto a la comodidad o el autocontrol que busca el artesano; en su caso, no
es la vergüenza el motivo del aprendizaje de la fuerza mínima y la liberación.
Desde el punto de vista estrictamente físico, no puede ser ése el impulso que
lo mueve. Es cierto que hay una fisiología de la vergüenza y que esta
fisiología es mensurable en la tensión muscular del estómago y de los brazos;
vergüenza, ansiedad y tensión muscular forman una trinidad non sancta en el
organismo humano. La fisiología de la vergüenza cancelaría la libertad de
movimiento físico que un artesano necesita para trabajar. La tensión muscular
es muy negativa para el autocontrol físico. En términos positivos, cuando los
músculos se desarrollan, tanto en volumen como en definición, los reflejos que
los ponen en tensión se hacen menos pronunciados; la actividad física se vuelve
más suave, menos espasmódica. Esta es la razón por la cual las personas con
cuerpos físicamente fuertes calibran mejor la fuerza mínima que las personas
con cuerpos débiles; se ha desarrollado un gradiente de fuerza muscular. Los
músculos bien desarrollados en el cuerpo también son más capaces de relajarse.
Mantienen la forma aun cuando se dejen ir. Desde el punto de vista mental, el
artesano de la palabra no podría explorar éstas ni emplearlas bien si estuviera
embargado por la ansiedad.
Para ser justos con
Elias, podemos imaginar dos dimensiones del autocontrol: una de ellas es una
superficie bajo la cual subyace el desasosiego personal; la otra, una realidad
cómoda consigo misma, tanto física como mentalmente, una realidad que sirve al
desarrollo de la destreza manual del artesano. Esta segunda dimensión conlleva
su propia implicación social.
La estrategia
militar y diplomática debe evaluar constantemente grados de fuerza bruta. Los
estrategas que utilizaron la bomba atómica decidieron que se necesitaba una
fuerza abrumadora para lograr la rendición de los japoneses. En la estrategia
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militar actual de
Estados Unidos, la «doctrina Powell» propone la acumulación de una cantidad
intimidatoria de soldados sobre el terreno, mientras que la doctrina de
«conmoción y pavor» sustituye los hombres por tecnología: una masiva
acumulación de misiles robóticos y bombas guiadas por láser, que se arrojan de
una sola vez contra un enemigo[184]. El enfoque alternativo ha sido propuesto
por el politólogo y diplomático Joseph Nye con el apodo «poder blando»; se
parece más a la manera en que trabajaría el artesano hábil. En la coordinación
manual, el problema gira en torno a las desigualdades de fuerza; trabajando
juntas, las manos desiguales subsanan la debilidad. Asociado a la distensión,
el poder moderado del artesano da un paso más. La combinación proporciona
autocontrol al cuerpo del artesano y hace posible la precisión de la acción; en
el trabajo manual, la fuerza ciega, bruta, es contraproducente. Todos estos
ingredientes —cooperación con el débil, contención de la fuerza, liberación
después del ataque— están presentes en el «poder blando»; además, esta doctrina
trata de trascender la contraproducente fuerza ciega. He aquí un oficio
integrado en el «arte de gobernar».
LA MANO Y EL OJO
El ritmo de
concentración
El trastorno de
déficit de atención es en la actualidad motivo de preocupación de muchos
maestros y padres. El interés principal se centra en saber si los niños pueden
prestar atención durante períodos prolongados y no sólo por breves momentos.
Algunos casos de déficit de atención se deben a desequilibrios hormonales,
otros a factores culturales. En cuanto a estos últimos, el sociólogo Neil
Postman produjo un extenso corpus de investigación acerca de los efectos
negativos que tiene la televisión sobre los niños[185]. Sin embargo, a menudo
experimentados estudiosos definen el intervalo de atención en términos tales
que no parecen aportar información demasiado útil en respuesta a la mencionada
preocupación de los adultos.
Como se ha dicho al
comienzo de este libro, diez mil horas es el tiempo normal que se requiere para
convertirse en experto. El psicólogo Daniel Levitin observa que en estudios
sobre «compositores, jugadores de baloncesto, escritores de ficción, patinadores
sobre hielo… y grandes criminales, esta cifra aparece una y otra vez»[186].
Este intervalo, aparentemente larguísimo, representa el tiempo que los
investigadores estiman necesario para que habilidades complejas se arraiguen
con profundidad suficiente para utilizarlas sin esfuerzo, para convertirse en
conocimiento tácito. Dejando de lado el gran criminal, no se trata en realidad
de una cifra tan enorme. La regla de las diez mil horas se traduce en una
práctica de tres horas diarias durante diez años, sin duda un período de
entrenamiento común en jóvenes deportistas. Los siete años de aprendizaje en
una orfebrería medieval representan un
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poco menos de cinco
horas de trabajo diarias, lo que concuerda con lo que se sabe de los talleres.
En el caso de un médico interno residente, las extenuantes condiciones de
trabajo pueden comprimir las diez mil horas en tres años o menos.
La preocupación del
adulto por los déficit de atención es, por el contrario, de escala mucho más
reducida: cómo conseguirá un niño concentrarse siquiera una hora seguida. A
menudo los educadores buscan interesar intelectual y emocionalmente a los niños
con el fin de desarrollar sus habilidades de concentración. Para ello se basan
en la teoría de que el compromiso real engendra concentración. Pero lo que
muestra el desarrollo a largo plazo de las habilidades manuales es lo contrario
de esta teoría. Lo primero que se da es la capacidad de concentración por
largos períodos; sólo cuando una persona logre esto se involucrará emocional o
intelectualmente. La capacidad de concentración física sigue reglas propias,
que se basan en cómo se aprende a practicar una actividad, a repetir lo que se
hace y a aprender de la repetición. Esto quiere decir que la concentración
tiene una lógica interna; esta lógica, creo, puede aplicarse tanto al trabajo
mantenido durante una hora como a lo largo de varios años.
Para entender esta
lógica podríamos profundizar en la exploración de la relación entre la mano y
el ojo. Las relaciones entre estos dos órganos pueden organizar de manera
sostenible el proceso de la práctica. Nadie podría orientarnos mejor que Erin
O’Connor acerca de cómo la mano y el ojo aprenden a concentrarse
conjuntamente[187]. Sopladora de vidrio dotada de espíritu filosófico, esta
autora ha investigado el desarrollo de la atención a largo plazo a través de
sus propias luchas por conseguir un tipo particular de copa de vino. En las
páginas de una respetada publicación especializada informa de que hacía mucho
tiempo que le encantaban los vinos italianos de Barolo y que, en consecuencia,
trató de dar forma a una copa lo suficientemente grande y redonda como para
retener el buqué de esos vinos. Para lograrlo tenía que ampliar la duración de
su capacidad de concentración.
El marco de este
aprendizaje fue el momento crítico del oficio de soplador de vidrio, cuando el
vidrio fundido se acumula al final de un tubo largo y angosto. El vidrio
viscoso perderá firmeza, a menos que se mantenga el tubo en constante
movimiento giratorio. Para conseguir una bola regular, las manos tenían que
hacer algo parecido a dar vuelta a una cuchara de té en un tarro de miel. En
este trabajo manual se involucra todo el cuerpo. Para evitar la tensión al
girar el tubo, el soplador de vidrio debe inclinar la espalda hacia delante
desde la cintura más que desde los hombros, como un remero que se acomoda para
iniciar una remada. Esta posición también estabiliza al artesano a la hora de
extraer del horno el vidrio fundido. Pero lo decisivo es la relación entre la
mano y el ojo.
En su aprendizaje
de cómo hacer una copa para el Barolo, O’Connor pasó por etapas que se asemejan
a las que hemos observado entre los músicos y los cocineros.
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Tuvo que revisar
hábitos que había adquirido soplando piezas más sencillas para investigar por
qué fallaba, y así descubrió, por ejemplo, que, con la manera cómoda de
trabajar que había terminado por ser habitual en ella, recogía demasiado poco
vidrio fundido en el extremo del tubo. Tenía que desarrollar una mejor
conciencia de su cuerpo en relación con el líquido viscoso, como si hubiera una
continuidad entre la carne y el vidrio. Esto suena poético, aunque tal vez la
poesía se desvaneciera con los estentóreos comentarlos de su mentor; «¡Más
lento allí, metepatas, mantén el equilibrio!» Afortunadamente, O’Connor,
delicada y reservada, tuvo la sabiduría de no sentirse ofendida. En
consecuencia, su coordinación aumentó.
Ahora estaba en
mejor posición para utilizar la tríada de la «mano inteligente», esto es, la
coordinación de mano, ojo y cerebro. Su tutor la instaba: «¡No apartes los ojos
del vidrio! ¡Está empezando a colgar [se refería a la bola fundida del extremo
del canuto]!» Esto hizo que ella aflojara la presión con la que sostenía el
tubo. Al asirlo más ligeramente, como haría un chef con su cuchilla, incrementó
su control. Pero todavía tenía que aprender a prolongar la concentración.
Esta prolongación
tuvo lugar en dos fases. En primer lugar, perdió la conciencia de su cuerpo
tomando contacto con el vidrio caliente y quedó totalmente absorbida por el
material físico como fin en sí mismo. «Mi conciencia del peso del tubo de
soplar en la palma de la mano pasó a segundo plano; en su lugar se instaló la
sensación del borde saliente en el punto medio del tubo, después la del peso de
la acumulación del vidrio en el extremo del mismo y, por último, la acumulación
que tendía a formar una copa»[188]. El filósofo Maurice Merleau-Ponty utiliza
la expresión «ser como cosa» para describir lo que O’Connor experimenta[189].
El filósofo Michael Polanyi lo llama «conciencia focal» y recurre al acto de
clavar un clavo; «Cuando dejamos caer el martillo no sentimos que su mango nos
ha golpeado la palma, sino que su cabeza ha dado en el clavo… De la sensación
en la palma de la mano tengo una conciencia subsidiaria, que se da integrada en
mi conciencia focal de clavar el clavo»[190]. Si pudiera expresar esto mismo de
otra manera, diría que ahora estamos absortos en algo, que ya no somos
conscientes de nosotros mismos, ni siquiera de nuestro yo corporal. Nos hemos
convertido en la cosa sobre la cual estamos trabajando.
Ahora esta
conciencia absorta tenía que ampliarse. El desafío con el que se topó O’Connor
fue resultado de un nuevo fracaso. Aunque su yo en posición adecuada, relajado
y absorto, había tenido éxito en concentrar el vidrio en una burbuja y en darle
la forma deseada de una copa adecuada para un Barolo, el vidrio, al enfriarse,
se hizo «asimétrico y demasiado voluminoso», lo que el maestro artesano bautizó
como globlet[191].
Se dio cuenta de
que el problema estaba en no abandonar ese momento de «ser en una cosa». Para
trabajar mejor, descubrió, necesitaba anticipar en qué se convertiría
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el material
inmediatamente después, como etapa todavía-no-existente de su evolución. Su
instructor llamaba a esto simplemente «estar tras la huella»; ella, con
mentalidad más filosófica, comprendió que estaba implicada en un proceso de
«anticipación corporal», siempre un paso por delante del material como líquido
fundido, luego burbuja, luego burbuja con un tallo, luego tallo con un pie.
Tenía que convertir esa prehensión en un estado mental permanente y aprendió a
hacerlo, a veces con éxito, a veces no, soplando la copa una y otra vez. Aun
cuando, por casualidad, hubiera tenido éxito la primera vez, habría repetido la
acción para asegurar los actos de reunir, soplar y girar en sus manos. Es la
repetición por la repetición misma: como las brazadas de un nadador, el puro
movimiento repetido termina siendo un placer en sí mismo.
Se podría pensar,
como hizo Adam Smith en su descripción del trabajo industrial, que la rutina es
mecánica, que una persona que hace lo mismo una y otra vez se va empobreciendo
mentalmente; se podría equiparar rutina y aburrimiento. Para personas que desarrollan
destrezas manuales complejas, no es en absoluto así. Repetir una y otra vez una
acción es estimulante cuando se organiza mirando hacia delante. Lo sustancial
de la rutina puede cambiar, metamorfosearse, mejorar, pero la compensación
emocional reside en la experiencia personal de repetir. Esta experiencia no
tiene nada de extraño, todos la conocemos: es el ritmo. Ya presente en las
contracciones del corazón humano, el artesano ha extendido el ritmo a la mano y
el ojo. El ritmo tiene dos componentes: la acentuación y el tempo, la velocidad
de una acción. En música, cambiar el tempo de una obra es un medio de mirar
adelante y anticipar. Las indicaciones ritardando y accelerando obligan al
músico a preparar un cambio; estas amplias alteraciones del tempo lo mantienen
alerta. Lo mismo sucede con el ritmo a pequeña escala. Si uno toca un vals
rigurosamente a tiempo, tal como lo marca el metrónomo, comprobará que cada vez
es más difícil concentrarse en él; el acto de mantener con toda regularidad la
acentuación de un compás requiere micropausas y microimpulsos. Para volver al
análisis del capítulo anterior, la acentuación repetida de un compás establece
una forma-tipo. Los cambios de tempo son como las especies variadas que surgen
en el seno de esta rúbrica genérica. La prehensión se centra en el tempo; el
músico se concentra productivamente.
El ritmo que
mantenía específicamente alerta a O’Connor estaba en la disciplina que la mano
recibía del ojo, que constantemente la vigilaba, la juzgaba y la adaptaba
estableciendo el tempo. Aquí la complejidad está en que dejaba de ser
consciente de sus manos, en que dejaba de pensar en lo que éstas hacían, para
enfocar la conciencia en lo que veía. Los movimientos de las manos, asimilados
como conocimiento implícito, se convertían en parte del acto de mirar hacia
delante. Para el músico de orquesta, el director se manifiesta visualmente y
con una ligerísima anticipación en la indicación del sonido, indicación que el
ejecutante registra también una fracción de
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segundo antes de
producirlo.
Me temo que mis
capacidades descriptivas han llegado a su límite en la representación del ritmo
implicado en la concentración y seguramente he dado la impresión de que se
trata de una experiencia más abstracta de lo que es en realidad. Los signos de
una persona que se concentra en la práctica son bastante concretos. Una persona
que ha aprendido a concentrarse bien no contará la cantidad de veces que repite
un movimiento por orden del oído o del ojo. Cuando me concentro profundamente
en el estudio del violonchelo, quiero repetir un gesto físico una y otra vez
para hacerlo mejor, pero también hacerlo mejor para poder repetirlo. Lo mismo
sucedía con Erin O’Connor. Ella no llevaba la cuenta del número de veces;
simplemente quería volver a soplar dentro del tubo, al mismo tiempo que lo
sostenía y lo hacía girar en sus manos. Sin embargo, era el ojo el que marcaba
el tempo. Cuando los dos elementos del ritmo se combinan en la práctica, una
persona puede mantenerse alerta durante largos períodos, y así mejorar.
¿Qué pasa entonces
con la materia sobre la cual uno practica? ¿Se estudia mejor una invención a
tres voces de J. S. Bach que un ejercicio de Ignaz Moscheles sólo porque es
mejor música? Según mi experiencia personal, no; el ritmo, que es un equilibrio
entre repetición y anticipación, es en sí mismo atractivo. Cualquiera que haya
estudiado latín o griego en su niñez podría llegar a la misma conclusión. Gran
parte del aprendizaje de estas lenguas era «rutina» y su material, remoto. Sólo
poco a poco, las rutinas que nos permitían aprender la lengua griega nos ayudan
a interesarnos por una cultura extraña y hacía mucho tiempo desaparecida. Lo
mismo que sucede con otros aprendices que aún no han penetrado en el contenido
de un tema, lo primero que hay que aprender es a concentrarse. La práctica
tiene su propia estructura y un interés que le es propio.
El valor práctico
de este trabajo manual avanzado para las personas que se ocupan de trastornos
de déficit de atención consiste en centrar la atención en el modo de organizar
las sesiones prácticas. El aprendizaje rutinario no es un enemigo en sí mismo. Las
sesiones prácticas pueden llegar a ser interesantes si se crea para ellas un
ritmo interno propio, por breve que sea: las acciones complicadas realizadas
por un soplador de vidrio o un chelista experimentados pueden simplificarse
mientras se preserve la misma estructura temporal. Flaco servicio hacemos a
quienes padecen trastornos de déficit de atención si les pedimos que primero
comprendan y luego se impliquen.
Tal vez parezca que
el objetivo de una buena práctica es rebajar la importancia del compromiso,
pero los compromisos se dan de dos maneras: como decisiones y como
obligaciones. En la primera, juzgamos si vale la pena llevar a cabo una acción
particular o dedicar tiempo a una persona en particular; en la otra, nos
sometemos a
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un deber, a una
costumbre o a la necesidad de otra persona. El ritmo organiza el segundo tipo
de compromiso; aprendemos a cumplir un deber una y otra vez. Como han señalado
los teólogos hace ya mucho tiempo, los rituales religiosos, para hacerse
convincentes, deben ser repetidos día tras día, mes tras mes, año tras año. Las
repeticiones procuran estabilidad, pero en la práctica religiosa no pierden por
ello frescura; en cada oportunidad, el oficiante anticipa que algo importante
está a punto de suceder.
He traído a debate
este vasto tema en parte porque la práctica que se da en la repetición de una
frase musical, en el acto de picar carne o en el de soplar una copa de vidrio
tiene en su propia naturaleza algo de ritual. Hemos entrenado nuestras manos en
la repetición, estamos vigilantes, no nos aburrimos, porque hemos desarrollado
la habilidad de la anticipación. Pero de la misma manera, la persona capaz de
realizar una tarea una y otra vez ha adquirido una habilidad técnica, la
habilidad rítmica del artesano, sea cual sea el dios o los dioses a los que
rinda culto.
Este capítulo ha
explorado en detalle la idea de la unidad de cabeza y mano. Esta unidad
impregnó los ideales de la Ilustración del siglo XVIII y sirvió de fundamento a
la defensa del trabajo manual que realizó Ruskin en el siglo XIX. No hemos
recorrido exactamente su camino, pues nos hemos dedicado a describir formas de
comprensión mental que surgen del desarrollo de habilidades manuales
especializadas y raras, como son la perfecta afinación de un sonido, el corte
de un grano de arroz con cuchilla de carnicero o el soplado de una copa
difícil. Pero incluso estas habilidades se basan en principios básicos del
cuerpo humano.
La concentración
lleva a su plenitud una determinada línea de desarrollo técnico en la mano.
Antes las manos han tenido que experimentar a través del tacto, pero de acuerdo
con un patrón objetivo; han aprendido a coordinarse de manera desigual; han
aprendido la aplicación de la fuerza mínima y la liberación. Las manos, en
consecuencia, establecen un repertorio de gestos aprendidos. En el seno del
proceso rítmico que se produce y se mantiene con la práctica, es posible
refinar más aún los gestos o modificarlos. La prehensión preside todo paso
técnico, y cada paso está saturado de implicación ética.
6. Instrucciones
expresivas
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EL PRINCIPIO DE LA
INSTRUCCIÓN
Mostrar, no hablar
Éste es un capítulo
breve sobre un tema difícil. Diderot descubrió que los impresores y los
tipógrafos se expresaban de manera incomprensible a la hora de explicar lo que
hacían, y yo mismo me considero incapaz de explicar claramente en palabras cómo
se coordinan la mano y el ojo. El lenguaje lucha por describir la acción física
y esa lucha tiene su manifestación más clara en el lenguaje que nos explica qué
hemos de hacer. El problema lo conoce cualquiera que haya intentado montar una
estantería siguiendo las instrucciones escritas que acompañan a las piezas. A
medida que aumenta el enfado, uno se da cuenta de la magnitud del abismo que
puede haber entre el lenguaje de las instrucciones y el cuerpo.
En el taller o en
el laboratorio, la palabra hablada parece más eficaz que las instrucciones
escritas. Siempre que un procedimiento resulta difícil, podemos consultar a
alguien de inmediato, discutirlo de cabo a rabo una y otra vez, mientras que
cuando leemos una página escrita podemos discutir con nosotros mismos sobre lo
que hemos leído, pero no tenemos la retroalimentación del otro. Sin embargo, el
simple hecho de privilegiar la palabra del otro, pronunciada a viva voz y cara
a cara, es una solución incompleta, pues ambos interlocutores tienen que estar
en el mismo sitio, el aprendizaje se hace local y, además, muchas veces el
diálogo no planificado es muy confuso y divagante. El desafío no consiste tanto
en renunciar a la letra impresa como en lograr que las instrucciones transmitan
información, en crear instrucciones expresivas.
Este complicado
problema tiene un aspecto biológico que han puesto de manifiesto los estudios
que relacionan las actividades de las manos con los usos del lenguaje. El más
útil de estos estudios, para lo que aquí nos interesa, se ocupa de la
coordinación de las instrucciones mediante palabras y gestos de las manos. Los
investigadores han explorado este vínculo estudiando las conexiones entre la
apraxia y la afasia. La apraxia (pérdida del movimiento coordinado) concierne a
las dificultades que se pueden experimentar en la ejecución de una tarea tal
como abotonarse una camisa. De la misma manera, la afasia (pérdida de la
capacidad del empleo o comprensión de las palabras) puede manifestarse como
incomprensión de la instrucción verbal de abotonarse una camisa. El neurólogo
Frank Wilson ha trabajado con pacientes que sufren ambos trastornos. Wilson
sostiene que el tratamiento previo de la apraxia facilitará el de la afasia;
esto quiere decir que la recuperación de una habilidad física ayuda al paciente
a comprender el lenguaje, en particular el lenguaje de las instrucciones[192].
La afasia misma, como ha mostrado Sheila Hale en The Man Who Lost His Language,
título de su conmovedor libro de memorias, puede adoptar
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muchas formas, pero
en todas ellas el afásico se estresa particularmente cuando se le pide que haga
algo físico[193].
La intuición
terapéutica de Wilson sugiere de manera general que el movimiento corporal es
el fundamento del lenguaje. La idea atrae a muchos de los investigadores que
colaboraron en el influyente volumen titulado Gesture and the Nature of
Language[194]. Su idea guía es que las propias categorías del lenguaje proceden
de acciones manuales intencionales, de modo que los verbos derivan de
movimientos manuales, los sustantivos «cogen» cosas en forma de nombres,
mientras que los adverbios y los adjetivos, a modo de herramientas manuales,
modifican movimientos y objetos. El tema central es aquí la manera en que las
experiencias de tacto y de prensión, tal como se presentaron en el capítulo
anterior, infunden al lenguaje su poder directivo.
El neurólogo Oliver
Sacks ha seguido un camino diferente en la comprensión de las instrucciones que
dan los gestos de la mano. Su fascinante estudio Veo una voz explora el
lenguaje de signos para sordos[195]. Le asombra cómo muchas veces los
movimientos de la mano ilustran un concepto verbal con gestos más que con un
signo abstracto, como cuando se expresa «¡cuidado!» apuntando con el índice de
la mano derecha hacia delante y curvando los otros dedos contra la palma. Los
procedimientos que describe para el sordo recuerdan el arte de la mímica tal
como se desarrolló en la commedia dell’arte, en el Renacimiento, o el uso de la
mímica en el ballet del siglo XIX, Al igual que los mimos, quienes ejecutan el
lenguaje de signos para sordos se involucran en la actividad física de
presentación visual.
La presentación
tiene su traducción en un consejo profesional que suele darse a los escritores
jóvenes: «¡No expliques, muestra!» Esto significa, en el desarrollo de una
novela, evitar declaraciones del tipo «Estaba deprimida» y escribir en cambio
algo así como «Se acercó lentamente a la cafetera, la taza le pesaba en la
mano». Así se nos muestra qué es la depresión. La representación física
transmite más que la etiqueta. Mostrar, no explicar, es lo que se hace en los
talleres cuando el maestro demuestra el procedimiento adecuado mediante la
acción: su exposición se convierte en guía. Sin embargo, este tipo de mímica
tiene un inconveniente.
Con frecuencia se
espera que el aprendiz absorba por osmosis la lección del maestro; la
demostración del maestro exhibe un acto cumplido satisfactoriamente y el
aprendiz tiene que imaginarse cuál es el secreto de tal operación. El
aprendizaje por demostración descarga su peso sobre el aprendiz y da por
supuesta la posibilidad de la imitación directa. Es cierto que a menudo el
proceso funciona bien, pero con la misma frecuencia fracasa. En los
conservatorios de música, por ejemplo, muchas veces al maestro, incapaz de
mostrar el error, sino sólo la manera correcta de hacer algo, le resulta
difícil retroceder a la situación elemental del alumno. Sacks observa
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que los sordos que
aprenden el lenguaje de los signos tienen que trabajar mucho para imaginar
exactamente qué es lo que deben asimilar de lo que el instructor ha hecho en
realidad.
El lenguaje
directivo escrito puede hacer más concreto y definido el proceso de osmosis.
Hay en el taller del escritor herramientas específicas que permiten la
expresión instructiva. En este capítulo mostraré cómo se pueden usar con
eficacia y asimilar concretamente sus lecciones explorando una instrucción
escrita que alguna vez todo lector ha tratado de seguir: la receta de cocina.
La receta que he escogido es exigente —cómo preparar un pollo deshuesado
relleno—, pero este misterioso desafío abre las puertas al extenso y difícil
tema del papel de la imaginación en la artesanía.
LA RECETA ESCRITA
Durante las Guerras
Napoleónicas, el general Suchet obtuvo una victoria importante sobre ingleses y
españoles en el lago español de la Albufera, en Valencia, Agradecido, Napoleón
convirtió al general Suchet en duque de la Albufera, y el eminente chef Carâme
inventó una serie de platos en su honor, en particular el Poulet
la d’Albufera. Este pollo deshuesado,
relleno de arroz, trufas y foie-gras y cubierto con una salsa de pimientos,
caldo de ternera y crema, es una de las glorias de la alta cocina del siglo
XIX, y sin duda una implacable fuente de ataques cardíacos en la época. Lo
mismo que ocurre con gran parte de la cocina francesa, finalmente el arte
refinado se abre camino entre las prácticas más comunes. Pero, en ese terreno
práctico, ¿cómo abordar la tarea?
Denotación muerta
Los infortunios de
un pollo
Comencemos con la
necesidad de deshuesar el pollo. El cocinero provenzal-norteamericano Richard
Olney explica con toda precisión cómo hacerlo con un cuchillo de hoja delgada
de 17,5 cm en lugar de con una cuchilla de chef china: «Cortar la articulación
de cada escápula con el ala correspondiente y, sujetándola firmemente entre el
pulgar y el índice de la mano izquierda, retirar la carne con la otra mano.
Despegar la carne de la pechuga trabajando a lo largo de la quilla con la punta
del cuchillo y forzando la carne hacia los costados con las puntas de los
dedos. Luego, también con las puntas de los dedos, separar toda la carne que
rodea las costillas y finalmente, en el punto más alto de la quilla, atravesar
el cartílago que la une a la piel, con cuidado de no perforar ésta»[196]. Más
que mostrar, Olney explica. Si el lector ya sabe deshuesar, esta descripción
podría ser un repaso útil, pero al
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novato no le sirve
para nada. Si es un principiante quien sigue esas instrucciones, seguramente
muchos pobres pollos quedarán completamente despedazados.
El lenguaje mismo
alberga una causa particular del desastre que se vislumbra. En las
instrucciones de Olney, cada verbo es una orden: cortar, despegar, separar.
Estos verbos, más que explicar el proceso de la acción, nombran actos, y por
esa razón hablan más que muestran. Por ejemplo, cuando Olney aconseja «despegar
la carne del esternón, trabajando a lo largo de la quilla», no puede transmitir
los peligros de desgarrar la carne del pollo precisamente bajo ese hueso.
Simplemente por su número y su densidad, los verbos producen un encantamiento
ilusorio; en realidad, son al mismo tiempo específicos e inoperantes. El
problema que representan es la denotación muerta y tiene su paralelo visual en
las instrucciones que se ofrecen para armar objetos de automontaje: las flechas
de giro, las imágenes de tornillos de diferentes medidas, etc., son exactas,
pero útiles únicamente para quien ya ha montado la pieza.
Un remedio para la
denotación muerta es «escribir lo que uno sabe», consejo que se da con
frecuencia a los escritores jóvenes. La idea es que una persona puede extraer
conclusiones instructivas de experiencias por las que ha pasado personalmente.
Sin embargo, este presunto remedio no es tal; lo que uno sabe puede resultarle
tan familiar que dé por supuestas referencias clave con la idea preconcebida de
que todos las comparten. Es así como se puede decir, en referencia a una obra
arquitectónica: «El reluciente centro comercial de McGuppy se parece a una
canción de Bon Jovi». Posiblemente para un lector de Borneo la imagen de un
reluciente centro comercial carezca por completo de sentido y yo, por mi parte,
no he oído nunca una melodía de Bon Jovi. Una buena parte de la escritura
contemporánea está salpicada de referencias fortuitas a productos comerciales;
en dos generaciones, esta escritura será incomprensible. La familiaridad corre
el riesgo de producir sólo más denotación muerta. El desafío que plantean las
denotaciones muertas es precisamente separarse del conocimiento tácito, que
requiere el afloramiento en la conciencia del conocimiento que, a fuer de
evidente y habitual, parece sencillamente natural.
Cuando daba clases
de redacción, pedía a mis alumnos que reescribieran las instrucciones impresas
que acompañaban al nuevo software. Aunque completamente exactas, estas nefastas
publicaciones suelen ser ininteligibles. Llevan al extremo la denotación muerta.
Los redactores-ingenieros no sólo omiten «tonterías» que «todo el mundo sabe»,
sino que, además, reprimen analogías, metáforas y color adverbial. El acto de
desvelar lo que está enterrado en la cripta del conocimiento tácito puede
valerse de estas herramientas imaginativas. Al invocar las señales que envían
los pájaros con el gorjeo o las abejas con la danza, la persona que reescribe
las instrucciones de software puede hacer comprensible la función del
hipertexto y la economía con que puede utilizarse. (El hipertexto entrecruza
documentos; si las
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invitaciones o los
gorjeos son excesivos, si hay demasiadas marcas de hipertexto, el procedimiento
pierde valor).
El gorjeo de
pájaros del hipertexto es una imagen basada en la analogía. La receta de cocina
lleva un paso más adelante la tarea que encomendé a mis alumnos. El tropo
imaginativo se convierte él mismo en explicación. Mostraré cómo ocurre tal cosa
y cómo el conocimiento tácito, una vez desvelado, puede convertirse en
instrucción expresiva a través de los desafíos a los que hacen frente tres
cocineras modernas con la invención de recetas basadas en el Poulet á la
d’Albufera. Dos de estas cocineras se hicieron famosas; la tercera murió en el
anonimato. Las tres admiraban a Richard Olney; ninguna escribió como él. Sus
recetas de pollo recalcaron de diversas maneras las capacidades lingüísticas de
la ilustración empática, el relato y la metáfora.
Ilustración
empática
«Poularde á la
d’Albufera» de julio, Child
En la década de
1950 los norteamericanos sufrieron el primer gran ataque de comida
industrializada; a los alimentos de buen sabor, las tiendas preferían en
general las frutas y las verduras fáciles de empaquetar y trasladar; el
procesamiento de la carne y de las aves de corral se convirtió en norma; todo
producto fresco se envolvía en celofán para protegerlo. Por supuesto, había
formas de cocina norteamericana de gran refinamiento, sobre todo en el Viejo
Sur, pero en esos años de esterilización, lo más probable era que el chef
suburbano buscara inspiración en el extranjero. Child lo hizo en Francia.
Para ampliar el
horizonte de sus lectores, Julia Child describió procedimientos que había
aprendido profesionalmente de joven en París. Imaginó nuevamente estos
procedimientos para el novato, principalmente extranjero; el mestizaje cultural
la preparó para transformar la receta denotativa. Las recetas de Child, me
parece, están pensadas para ser leídas dos veces, una antes de empezar a
cocinar, para captar su sentido general, y luego por etapas durante el proceso,
mientras el cocinero manipula el ave.
La Poularde à la
d’Albufera de Child emplea un ave, la pularda, que en Bretaña corre en libertad
la mayor parte de su vida y luego es confinada y cebada para la cocina. Con más
de cuatro páginas de extensión, su receta se divide en seis pasos detallados.
(Su versión emplea un pollo semideshuesado [demi-désossée], al que se le han
quitado la pechuga y la carcasa para poder rellenarlo y atarlo para ser
cocinado). En cada etapa adelanta situaciones. Por ejemplo, imagina al
principiante cogiendo el cuchillo y aconseja: «Siempre dirigir el filo del
cuchillo contra el hueso y no contra la carne»[197]. Cuando cocinaba para la
televisión, Child fue pionera del empleo de primeros planos para que se
apreciara el movimiento de las manos pasando de una
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tarea a la
siguiente. Los dibujos que acompañan su texto se centran análogamente en el
procedimiento más difícil que la mano habrá de afrontar.
Las recetas de
Child se leen de manera completamente diferente de las de Olney, de direcciones
precisas, porque su relato se estructura en torno a la empatía con el cocinero;
ella se centra en el protagonista humano antes que en el ave. El lenguaje que de
ello se desprende está en realidad lleno de analogías, pero no se trata de
analogías exactas, sino de contornos imprecisos, y por una razón. Cortar un
tendón de pollo es técnicamente como cortar una cuerda, pero la sensación es
distinta. Éste es un momento instructivo para su lector: en efecto, ese «como,
pero no exactamente como» enfoca el cerebro y la mano del lector en el acto
mismo de cortar el tendón. Las analogías imprecisas tienen también un aspecto
emocional; la indicación de que un nuevo gesto o acto guardan cierta semejanza
con algo que uno ya ha hecho tiende específicamente a inspirar confianza.
En el siglo XVIII,
como hemos visto, se pensaba que la empatía unía a la gente, como creía Adam
Smith, quien pedía a sus lectores que compartieran las desgracias y
limitaciones de otros seres humanos. Desde este punto de vista, la empatía
instruye éticamente, pero no porque se suponga que imitamos las desgracias y
las dificultades de los otros, sino porque, al entenderlos mejor, seremos más
sensibles a sus necesidades. El escritor de lenguaje instructivo que hace el
esfuerzo de empatía tiene que desmontar, paso a paso, el conocimiento que ha
integrado como rutina, y sólo entonces puede conducir paso a paso a su lector.
Pero, como experto, sabe qué es lo que viene a continuación y dónde está el
peligro; el experto orienta anticipando las dificultades al novato; la empatía
y la prehensión se combinan. Este es el método de Julia Child.
Child ha sido
ocasionalmente criticada por los chefs por escribir de manera confusa y, al
mismo tiempo, demasiado detallada. Sin embargo, cada uno de estos seis pasos es
necesario, porque en la preparación de este plato en particular acechan
demasiados peligros. El hecho de proporcionar sostén al lector en tales
momentos de peligro impone una carga a cualquier autor que intente instruir
expresivamente. Tiene que recuperar el sentimiento de inseguridad. En muchas
instrucciones, el lenguaje paralizante de autoridad y certeza delata la
incapacidad del autor para re-imaginar la inseguridad del lector. Cuando
hacemos un trabajo artesanal para nosotros mismos tratamos de acabarlo, por
supuesto. Child, por lo que he observado en sus presentaciones por televisión,
adopta una manera particular, por no decir peculiar, de sostener el cuchillo de
deshuesar. La práctica la ha llevado a esa decisión; la práctica le ha dado
confianza; deshuesa sin vacilación. Sin embargo, si queremos instruir, sobre
todo si lo hacemos a través de un medio impreso, tenemos que regresar
emocionalmente al momento anterior a la formación de esos hábitos. Así, por un
momento Child se imaginará sosteniendo con torpeza el cuchillo y el maestro de
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violonchelo volverá
a tocar notas falsas. Este retorno a la inseguridad es el signo de empatía que
ofrece el instructor.
La presentación del
escenario
«Poulet à la
Berrichonne» de Elizabeth David
Lo mismo que Julia
Child, Elizabeth David procuró mejorar la calidad de la cocina enseñando a sus
lectores a preparar platos extranjeros. Después de la Segunda Guerra Mundial
había mucha menos comida en Gran Bretaña que en Estados Unidos, y la que había fue
destruida. Por ejemplo, el tratamiento que los cocineros nacionales daban a las
verduras era el de enemigos a los que había que hervir hasta someterlos. David
intentó poner remedio a ese lamentable estado de cosas no sólo enseñando a sus
lectores platos extranjeros, sino también a cocinar de otra manera.
David escribe casi
siempre recetas claras y simples, pero cuando tiene que llevar muy lejos a los
lectores prefiere otra manera de escribir. Un ejemplo es su receta de una
versión rural del plato maestro de Caréme, David describe la preparación del
Poulet à la Berrichonne como si fuera un relato de Ovidio, el viaje de
transformación de una vieja gallina dura y vapuleada sobre la tabla del
carnicero que se convierte en el tierno plato escalfado sobre su lecho de arroz
con perejil. A diferencia de Child, su intención es enseñar la técnica mediante
la evocación del contexto cultural de este viaje. Su receta de pollo escalfado
semi-deshuesado empieza por evocar a un chef de Berry reflexionando qué hacer
con gallinas viejas que hacia Pascua ya no sirven como ponedoras. David
presenta al cocinero local palpando y pinchando el ave, como si fuera un músico
al que le han quitado del violín las cintas de Suzuki. La educación táctil del
cocinero continuará con la evaluación de la textura de los ingredientes sólidos
que rellenarán el ave (¿qué ligereza han de tener la carne molida de cerdo y de
ternera que se utilizará para el pâté?). Estos ingredientes, rociados con
brandy, vino y caldo de ternera, son introducidos bajo la piel. El relato da
otro paso cuando David describe cómo hace un cocinero de Berry para conseguir
ligereza en la cocción; el ave se cocina lenta, muy lentamente, con el fuego
bajo y en un caldo fragante de tomillo, perejil y hoja de laurel.
La larga receta no
precisa de más de una lectura; es un breve relato de orientación que debería
leerse antes de cocinar; luego uno podría ponerse a trabajar sin volver a
consultar el libro. Es casi seguro que ni uno entre mil lectores de David haya
visitado jamás la provincia de Berry, lugar de origen de su receta. Pero al
igual que su mentor Norman Douglas, autor de libros de viajes, David creía que,
para estar en condiciones de hacer las cosas como se hacen en otro sitio,
primero y ante todo es necesario imaginarse cómo es la vida allí.
Esta receta en
especial encarna un fenómeno que hemos explorado previamente
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en el capítulo
sobre conciencia de los materiales: el cambio de dominio. En la exposición de
David, el estado de la carne del ave determina toda la historia, de la misma
manera en que el exacto ángulo recto del telar servía como guía a otros oficios
antiguos. Con la carne como referencia, el nuevo cocinero está preparado para
iniciar el viaje. En todo proceso productivo es útil cambiar de posición: el
escultor camina alrededor de la estatua, el carpintero pone un armario cabeza
abajo para tener una nueva perspectiva del mismo; la función de cortar y pegar
de los procesadores de texto ayuda al escritor a mover con rapidez un párrafo
al territorio extraño de otro capítulo. El punto de referencia que se mantiene
en un cambio de dominio, sea el ángulo recto, sea la carne, impide que estos
cambios se disgreguen en fragmentos. Un estilo específico de escritura expide
el pasaporte para ese viaje guiado.
Es la presentación
del escenario, en la que el «dónde» prepara la escena del «cómo». Si cuenta el
lector con el estimable privilegio de tener un tío de Oriente Medio (da igual
si judío o musulmán), entenderá de inmediato el aspecto instructivo de esta presentación.
Las palabras de advertencia son introducidas con la expresión «Permíteme
contarte una historia». El tío quiere acaparar tu atención, sacarte fuera de ti
mismo, embelesarte con una escena fascinante. Los periodistas, por desgracia,
han abusado de este recurso; los relatos de negociaciones políticas en Oriente
Medio o los avances en quimioterapia comienzan inevitablemente con una breve
historia personal para llevar al lector «allí», aun cuando se trate de un
documento diplomático. Las presentaciones del escenario efectivas no se limitan
a un punto; por el contrario, como en Viaje a Oxiana, del gran autor de libros
de viajes Robert Byron, se nos transporta a un lugar, y allí se nos muestra una
escena clara y detallada, pero intrigante en su significación.
Así procede el
mencionado tío en su afán instructivo: cuanto mayor sea su deseo de dejar un
mensaje indeleble, menos directa será la conexión entre la escena que presenta
y la moraleja; habrá que deducirla personalmente una vez establecido el marco.
Esa es la función provocadora de cualquier parábola. También en el estilo de
Elizabeth David, las presentaciones del escenario dan rodeos al abordar
aspectos específicos de la instrucción. Se ha objetado, por cierto, que esta
manera de escribir elude hacerse compatible con la técnica. Por ejemplo, en la
receta de David para el ave deshuesada, la autora dice al lector que si la
tarca de deshuesar lo desanima demasiado, «tendrá que persuadir al pollero o al
carnicero de que deshuese el ave para usted; aún hay muchos de ellos capaces de
hacerlo, pero usted nunca lo sabrá si no pregunta»[198].
En su defensa
podría decirse que la finalidad de David es sacudir al lector para hacerlo
pensar en términos gastronómicos. La gastronomía es una narración que tiene un
comienzo (ingredientes crudos), una etapa intermedia (su combinación y cocción)
y un fin (comer). Para alcanzar el «secreto» de preparar una comida extraña, es
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preferible pasar
por esa narración antes que centrarse directamente en la etapa intermedia; es
imaginando el proceso completo como sale uno fuera de sí mismo. La presentación
del escenario cumple una función específica; la de un pasaporte que se utiliza para
ingresar en un lugar extraño. Puesto que la autora quiere que ese ingreso sea
una sacudida, su prosa tiene poco del apoyo empático y tranquilizador de las
páginas de Child, Por el contrario, ha aplicado a la receta culinaria la lógica
del tío de Oriente Medio.
Instrucción
mediante metáforas
Receta de «Poulet à
la d’Albufera» de Madame Benshaw
Una tercera manera
de redactar instrucciones expresivas me fue proporcionada por Madame Benshaw,
quien me enseñó a cocinar el Poulet à la d’Albufera. Madame Benshaw había
llegado a Boston como refugiada desde Irán en 1970. Apenas podía pronunciar su
nombre, pues un funcionario de inmigración había simplificado un complicado
nombre persa, y apenas chapurreaba el inglés. Era una cocinera asombrosa, que
de alguna manera dominaba la cocina francesa y la italiana tanto como la persa.
Me hice alumno suyo de una escuela nocturna y, hasta que murió, fuimos amigos.
(Era tan imponente, que nunca la llamé por su nombre de pila, Fátima; aquí
seguirá siendo Madame Benshaw).
Dada la pobreza de
su inglés, enseñaba a cocinar sobre todo mediante ejemplos prácticos,
acompañados de ligeras sonrisas y enérgicas negaciones que realizaba frunciendo
sus espesas cejas. Estuve a punto de cortarme la mano izquierda al tratar de
deshuesar mi segundo pollo, pero en esa ocasión su ceño fruncido no era una
respuesta a mi dolor, sino a la presencia de sangre humana sobre la tabla de
picar. (La limpieza y el orden en la cocina eran para ella virtudes divinas).
Como ingredientes del relleno, lo único que podía utilizar era lo que
encontraba en el mercado; no sabía sus nombres en inglés, y tampoco los
conocíamos nosotros, sus alumnos. La enseñanza práctica directa no funcionó
demasiado bien para nosotros; el problema estaba en que movía las manos con
excesiva rapidez, y una vez que empezaba a trabajar no hacía una pausa ni
vacilaba.
Así las cosas, le
pedí que escribiera la receta; yo le corregiría el lenguaje y luego se la daría
a los otros tres alumnos (todos estábamos en un nivel avanzado, de modo que las
cuestiones elementales quedaban excluidas). He conservado lo que escribió, porque
le costó un mes largo de lucha producir esa fórmula y porque el resultado fue
absolutamente asombroso tratándose de una persona con tal virtuosismo técnico.
He aquí la fiel
reproducción del texto: «Su hijo muerto. Prepárelo para una nueva vida. Échele
tierra dentro. ¡Cuidado! No debe comer demasiado. Póngale su chaqueta dorada.
Báñelo. Caliéntelo, pero con cuidado. El exceso de sol lleva a un niño a la
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muerte. Póngale sus
joyas. Esta es mi receta». Para que esto tuviera sentido, inserté mis propias y
prosaicas referencias. «Su hijo muerto [el pollo]. Prepárelo para una nueva
vida [deshuéselo]. Échele tierra dentro [rellénelo]. ¡Cuidado! No debe comer demasiado
[rellénelo ligeramente]. Póngale su chaqueta dorada [dórelo antes de
hornearlo]. Báñelo [prepare el caldo para escalfarlo]. Caliéntelo, pero con
cuidado. El exceso de sol lleva a un niño a la muerte [temperatura de cocción:
130°]. Póngale sus joyas [una vez cocido, vierta la salsa de pimiento]. Esta es
mi receta». Más tarde he sabido que muchas recetas persas se expresan en este
lenguaje poético. Y están pensadas como recetas: ¿cómo es posible que cumplan
su función?
Ésta es una receta
concebida íntegramente en metáforas: «Su hijo muerto» representa un pollo
traído directamente de la carnicería, pero mediante esta simple sustitución
aleja la seriedad que evidentemente Madame Benshaw desea transmitir acerca de
los animales sacrificados; en la cocina clásica persa, los animales tienen un
ser interior, un alma, no menos que los seres humanos. No hay duda de que la
orden «Prepárelo para una nueva vida» es una imagen de gran carga simbólica.
Tal vez un antiguo embalsamador egipcio o un cristiano particularmente devoto y
propietario de una empresa funeraria no encontraran en ella nada que les
llamara la atención; pero en el caso del cocinero, la orden alerta la mano. La
imagen de Madame Benshaw de la preparación para una nueva vida enaltece la
tarea profana de separar la carne de la quilla del ave, mientras que el truco
técnico de no romper la piel al deshuesar parece ahora un acto de protección
del niño. También las dos precauciones sacuden la conciencia. Un error que cometen
los cocineros principiantes es rellenar las aves en exceso. La advertencia de
Madame Benshaw «No debe comer demasiado» despierta en el cocinero su propia
repulsión física a fin de prevenir este error. «Un niño muere por exceso de
sol» aclara la lógica de cocinar a fuego bajo; el ave-niño debe sentirse
caliente al tacto, pero no ardiente. Para establecer la mencionada temperatura
he tenido en cuenta la sensación que experimento al tocar la piel de mi hijo
cuando tiene y cuando no tiene fiebre. (Hay cocineros que reducirían
efectivamente la temperatura hasta apenas algo más que el calor correspondiente
a la fiebre humana).
¿Caprichoso? No
para un persa. No son más caprichosas las metáforas que en la conciencia
material imaginan el ladrillo como «honesto» o «casto». La cuestión reside en
saber a qué fines sirven semejantes actos de imaginación.
Los analistas de la
metáfora la consideran de dos maneras[199]. El físico Max Black pensaba que
metáforas como «el alba de dedos rosados» crea un todo mayor que la suma de sus
partes y completo en sí mismo, un compuesto estable. Al filósofo Donald Davidson
no le satisface del todo esta manera de entender las metáforas. Para él, las
metáforas son más bien procesos modelados a partir de palabras. Lo que importa
de las metáforas como procesos es que se desplazan hacia delante y hacia los
lados, lo que permite abarcar nuevos significados, mientras que para Black la
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metáfora, completa
en sí misma, ha llegado a un punto de reposo. El punto de vista de Davidson se
basa en parte en el trabajo empírico del lingüista Román Jakobson sobre la
afasia. Lo que los afásicos no pueden hacer bien es emplear el lenguaje
metafórico como herramienta para generar más conocimiento; las metáforas les
parecen absurdas. Si se recuperan, los afásicos se sienten impresionados por lo
que pueden hacer con el lenguaje metafórico. (Soy consciente de la advertencia
de Sheila Hale según la cual muchos afásicos tienen plena capacidad mental, aun
cuando no puedan decir o escribir lo que piensan. En la medida en que es
posible determinarlo, la muestra de Jakobson estaba formada por pacientes que
habían sufrido un daño interno más invasivo).
Madame Benshaw
pertenece con toda certeza al campo de Davidson-Jakobson. Cada una de sus
metáforas es una herramienta para contemplar consciente e intensamente los
procesos implícitos en el acto de rellenar, dorar o regular la temperatura del
horno. Las metáforas no nos incitan a volver atrás y reconstruir, paso a paso,
la manera en que una acción repetida ha llegado a convertirse en conocimiento
tácito. En cambio, agregan valor simbólico; deshuesar, cocer y rellenar crean
conjuntamente una nueva metáfora de reencarnación. Y esto es así porque aclaran
el objetivo esencial al que debe tender el cocinero en cada fase del trabajo.
Los tres alumnos
consideramos que la metáfora de «su hijo muerto» era excesiva para nuestro
gusto norteamericano, pero a los tres nos parecieron útiles las advertencias y
más aún la metáfora de la ropa. «Póngale su chaqueta dorada» es una guía
excelente para evaluar el dorado de las verduras y de las carnes; «póngale sus
joyas» aclara la finalidad de la salsa y orienta mejor sobre la prudencia en la
cantidad de salsa que cualquier medida física de cucharas o tazas; una salsa
debe adornar, no ocultar la comida que tiene debajo. Nuestra cocina mejoró
ostensiblemente. Finalmente, Madame Benshaw quedó contenta. «Esta es mi
receta».
De estas tres
maneras, el lenguaje expresivo, lleno de imaginación, puede cumplir la función
práctica de guía. Podríamos comparar las tres cocineras de la siguiente manera.
Julia Child se ha identificado con el cocinero; Madame Benshaw, con la comida;
en cuanto a Elizabeth David, las presentaciones del escenario que utiliza
tienen por finalidad descentrar al lector, mientras que los relatos de Madame
Benshaw tienden a inducirlo a una actuación de naturaleza sagrada. El lenguaje
de Julia Child utiliza de modo instructivo los momentos de dificultad, que ella
es capaz de prever. Las presentaciones de escenario ideadas por Elizabeth David
utilizan datos secundarios de modo productivo; ella trae a colación hechos,
anécdotas y observaciones que no tienen directamente nada que ver con la
cocina. El lenguaje de Madame Benshaw se vale exclusivamente de la metáfora con
el fin de cargar de peso simbólico cada acción física. Todos estos estilos
literarios de recetas de cocina
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orientan más
mostrando que explicando; todos trascienden la denotación muerta.
Las tres clases de
orientación no se limitan a las recetas culinarias. Las direcciones expresivas
conectan el oficio técnico con la imaginación. Estas herramientas del lenguaje
pueden aplicarse a la educación musical, a la redacción de manuales de informática
o a la filosofía. Pero ¿qué ocurre con las herramientas físicas? Ahora nos toca
profundizar en el estudio que rondaba las discusiones históricas sobre la
maquinaria que hemos expuesto en la Primera parte: el de cómo se podrían
utilizar las herramientas de modo imaginativo.
7. Herramientas
estimulantes
Una vieja
fotografía de una fábrica de pianos de Estados Unidos muestra un armario que un
constructor de pianos ha tallado para sus herramientas, un mueble de caoba con
bellas incrustaciones de marfil y nácar, señal de la estima que el artesano les
profesaba[200]. Cada herramienta de este juego está adaptada a una finalidad,
es específica: la llave, a ajustar las clavijas; la púa, a suavizar los
martillos; el cuchillo de fieltro, a los amortiguadores; cada una de ellas
tiene su tarea propia. Estas herramientas envían un mensaje más preciso que la
receta escrita de Madame Benshaw. Y, sin embargo, el armario de las
herramientas no es una base de aprendizaje.
El mejor uso de las
herramientas es, en parte, consecuencia del reto que éstas nos plantean, reto
que a menudo se produce precisamente porque las herramientas no son
específicas. Puede que no sean lo suficientemente buenas o que su empleo sea
difícil de imaginar. El reto aumenta cuando nos vemos obligados a emplear estas
herramientas para reparar o deshacer errores. Tanto en la fabricación como en
la reparación, es posible superar el desafío adaptando la forma de una
herramienta, o bien improvisando con ella tal como es, utilizándola según
maneras para las que no fue ideada. Sea cual fuere la forma en que la usemos,
la mera imperfección de la herramienta nos ha enseñado algo.
La herramienta
multiuso parece un caso especial. En el armario del fabricante de pianos, el
destornillador de punta plana se acerca a este tipo de herramienta, pues,
además de atornillar, puede escoplear, levantar o alinear. Pero en su variedad
misma, esta herramienta multiuso admite todo tipo de posibilidades
insospechadas; también puede ampliar nuestras habilidades, a poco que nuestra
imaginación esté a la altura de
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las circunstancias.
Sin ninguna duda, se puede calificar de sublime al destornillador de punta
plana, entendiendo por sublime, como en filosofía y en bellas artes, lo
potencial mente extraño. En artesanía, esa sensación se centra sobre todo en
objetos muy simples en su forma, pero aparentemente capaces de hacer cualquier
cosa.
Tanto la
herramienta limitada, frustrante, como la sublime herramienta multiuso, han
aparecido ya en estas páginas: la primera, en las retortas del alquimista
medieval, que no proporcionaban información precisa; la segunda, en la
lanzadera del celar de Vaucanson, que con la elegante sencillez de su acción
sugiere muchas otras aplicaciones industriales, cada una con consecuencias
potencialmente tremendas para los trabajadores. Nos proponemos comprender mejor
cómo el artesano puede conseguir el control de su habilidad, y mejorarla
realmente, en el uso de estos dos tipos de instrumentos, lo cual significa
comprender mejor nuestras capacidades imaginativas.
HERRAMIENTAS
DIFÍCILES
Telescopios,
microscopios y escalpelos
Cuando la era
científica moderna tomó forma, a finales del siglo XVI y en el XVII, los
científicos emplearon nuevas y viejas herramientas de maneras novedosas con el
fin de obtener una nueva comprensión del mundo natural. Tres herramientas —el
telescopio, el microscopio y el escalpelo— desafiaron la visión medieval de la
posición de la humanidad en el mundo y la manera de entender el cuerpo. El
telescopio coadyuvó a destronar al ser humano de su antiguo puesto en el centro
del universo; el microscopio desveló una riquísima vida oculta para el hombre a
simple vista; el escalpelo permitió a los anatomistas una nueva comprensión de
la estructura orgánica. Estos instrumentos estimularon el pensamiento
científico tanto por sus defectos y limitaciones como por sus poderes de
revelación.
Ya en el siglo XI,
el escritor musulmán Alhazen deseaba investigar el cielo más allá del alcance
natural del ojo humano. Pero el vidrio del que disponía lo derrotó. Como hemos
visto, las antiguas fórmulas para la fabricación de vidrio producían un tono azul
verdoso; los vidrieros medievales lograron aclarar un poco el color agregando
ceniza de helecho, potasa, piedra caliza y manganeso, pero aun así el vidrio
seguía siendo de escasa calidad. El sueño de Alhazen se vio también frustrado a
causa del deficiente moldeado del vidrio, que se distorsionaba cuando se vertía
en formas curvas en lugar de láminas planas.
La deformación
mejoró algo a comienzos del siglo XVI, cuando se idearon hornos que alcanzaban
temperaturas más altas para calentar la base de arena del vidrio. Es probable
que fueran Johann y Zacharias Janssen, fabricantes holandeses de lentes,
quienes inventaron en 1590 el primer microscopio compuesto, con una lente
convexa
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en un extremo de un
tubo y un ocular cóncavo en el otro. En 1611, el astrónomo Johannes Kepler
propuso un instrumento que potenciaba verdaderamente la visión, con el empleo
de dos lentes convexas, que ampliaban enormemente los objetos. Con las lentes
intercambiadas en el tubo, este instrumento más poderoso se convirtió en lo que
Galileo llamó «telescopio invertido»; el término moderno «microscopio» hizo su
aparición en 1625[201].
En relación con la
nueva cosmología desvelada por el telescopio, Blaise Pascal, dirigiéndose a sus
contemporáneos, declaraba: «El silencio eterno de estos espacios infinitos me
da miedo»[202]. En un principio, el microscopio parecía ser más una maravilla
que una amenaza. En el Novum Organum, Francis Bacon expresa su admiración ante
la precisión de la naturaleza que desvelaba el microscopio, «los latentes e
invisibles detalles de los cuerpos…, la forma y los rasgos precisos del cuerpo
de una pulga». En la década de 1680, Bernard de Fontenelle quedó maravillado
ante la profusión de vida que se revelaba bajo las lentes: «Vemos desde el
elefante hasta el acaro; allí termina nuestra visión. Pero más allá del acaro
comienza una infinita multitud de animales para los cuales el acaro es un
elefante y que no son perceptibles para la visión ordinaria»[203]. Las dos
herramientas del siglo XVII llevaron al historiador Herbert Butterfield a decir
que, en esta época, la ciencia era algo así como «ponerse gafas nuevas»[204].
Sin embargo, el
vidrio para telescopios y microscopios aún proporcionaba datos imprecisos
porque las lentes de vidrio continuaban siendo difíciles de pulir; el paño de
lustrar impregnado de feldespato no llegaría hasta un siglo después. Y, aunque
ampliando y alargando el tubo se conseguía incrementar el aumento, la
ampliación acrecentaba las pequeñas irregularidades en la superficie de la
lente. Un observador moderno que mirara hoy por los telescopios que se usaban
en la época de Galileo tendría que hacer un gran esfuerzo para distinguir entre
una estrella distante y un grano del vidrio.
Estas lentes
ejemplificaban los problemas genéricos de una herramienta difícil por el simple
hecho de no ser suficientemente buena. Otro problema es el que plantea una
herramienta que, pese a funcionar bien, no da pistas que permitan inferir sin
dificultad cuál es la mejor manera de usarla. Un ejemplo de ello es el
escalpelo del siglo XVII.
Los médicos
medievales diseccionaban con cuchillos de cocina. La cirugía ordinaria
utilizaba a las mil maravillas la navaja del barbero, de hierro primitivo y,
por tanto, difícil de mantener afilada. A finales del siglo XV aparecieron
cuchillos de hierro mejor templado, hierro que entonces se mezclaba con el
mismo sílice que se usaba para el vidrio; estos cuchillos estaban muy bien
afilados gracias a los bloques de piedra compuesta que sustituyeron a la
tradicional faja de cuero.
El escalpelo
moderno era un producto de esta tecnología. Su hoja era más
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pequeña y su astil
más corto que en el cuchillo de cocina. Los escalpelos aparecieron en distintas
variedades adaptados a fines particulares de disección y de cirugía, algunos
con filo sólo en la punta, para cortar membranas, otros en forma de gancho, pero
romos en toda su superficie, para levantar vasos sanguíneos. Las sierras y
tijeras para huesos se convirtieron en herramientas prácticas a comienzos del
siglo XVI, aunque estos adminículos habían existido anteriormente en hierro
toscamente templado, con bordes tan romos que aplastarían seguramente tantos
huesos como los que separaban.
Sin embargo, estas
herramientas más finas resultaron más difíciles de usar; la gran precisión del
escalpelo era un reto a la técnica manual del médico o del disector. Andrés
Vesalio, médico de Bruselas, publicó su De humani corporis fabrica (Sobre la
estructura del cuerpo humano) en 1543. El trabajo constituyó un acontecimiento
tanto en el terreno de la artesanía como en el de la comprensión del cuerpo,
pues Vesalio se basó en la «observación repetida de cadáveres que había
disecado con sus propias manos»[205]. Antes de esa época, el experto explicaba
desde una situación elevada lo que veía mientras un barbero o un estudiante
realizaban la operación. El anatomista del Renacimiento todavía obedecía el
antiguo principio galénico para diseccionar cadáveres: retirar capas de piel y
músculos para sacar luego los órganos y llegar por fin al esqueleto[206]. Al
coger las cosas literalmente con sus propias manos, Vesalio buscó información
más exacta, como, por ejemplo, la distribución de los vasos sanguíneos que formaban
vetas en el tejido muscular y en los órganos. Para llegar a estos datos, la
investigación de Vesalio requería una refinadísima técnica manual en el uso del
escalpelo. Era preciso desplazar la atención preferente a las puntas de los
dedos, pues disminuía el esfuerzo necesario de los hombros y los brazos para
penetrar en el cuerpo. La aplicación de la fuerza mínima, que hemos analizado
en el capítulo sobre la mano, se convirtió en una necesidad urgente; el filo
mismo del escalpelo entrañaba el peligro de que el más ligero error de la mano
estropeara la disección o provocara un desastre cuando se intervenía en
organismos vivos.
En las primeras
generaciones que usaron el escalpelo, los cirujanos tenían que averiguar por
ensayo y error la mejor manera de controlarlo. La sencillez y la ligereza del
escalpelo eran un desafío. El chef de cuchilla chino tenía un instrumento
pesado que por su peso mismo ponía en evidencia el problema de la fuerza bruta
y la necesidad de controlarla, como ocurre con la señal de alerta que nos envía
un martillo pesado, mientras que un instrumento ligero y sencillo en su forma
ofrece al usuario pocas pistas sobre la práctica del autocontrol.
A menudo las
herramientas simples presentan este problema: la posibilidad de usarlas de
distintas maneras aumenta el desconcierto acerca de la mejor manera de hacerlo
en una aplicación particular. Una analogía moderna es la que nos ofrece el
contraste entre el destornillador con cabeza en estrella de Phillips y el
destornillador
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plano. En el
primero, instrumento específico, el movimiento de la mano se infiere
claramente; la rotación de la muñeca ajusta o afloja el tornillo. El
destornillador de cabeza recta, en cambio, puede usarse también como formón,
lezna o cúter, pero de la forma del instrumento es difícil inferir los
movimientos de la muñeca para llevar a cabo estas acciones.
Tanto por la
función como por la forma, el escalpelo se asemejaba al destornillador plano.
El desconcierto acerca de la mejor manera de usarlo se entrecruzaba con el
problema de la repetición. Vesalio apelaba a las demostraciones visuales más
que a intuiciones. Por ejemplo, se podía levantar una venita del tejido en el
que formaba una veta y analizarla y estudiarla como un objeto independiente. Al
comienzo, lo difícil era mostrar a los demás cómo manejar el escalpelo para
repetir el movimiento. En 1543, el conocimiento que se tenía de la acción
muscular era demasiado primitivo como para que el artesano pudiera explicar
que, para mantener levantada la vena con el lado plano del escalpelo cogido con
el pulgar y el índice, había que contraer los músculos que controlan el cuarto
y el quinto dedo; tal como ocurre con cualquier trabajo artesanal, la
comprensión de lo que se hace apareció lentamente, con posterioridad a la
realización del acto. Se necesitaron tres generaciones para asimilar este
procedimiento, que sólo a finales del siglo XVII se convirtió en conocimiento
común. Como observa Roy Porter, historiador de la medicina, el hechizo
instantáneo de las herramientas de disección fue más metafísico que técnico,
como se advierte, por ejemplo, en la expresión «disección del alma» que se lee
en Anatomy of the Soul, de Philip Stubbs (1589)[207]. Ante la perplejidad
acerca de cómo emplear esta herramienta multiuso, nuestros antepasados médicos
recurrieron a un lenguaje grandilocuente para transmitir un misterio técnico.
Estas breves
descripciones no dejan de ser asombrosas. En efecto, gracias al uso de
herramientas imperfectas o desconcertantes se produjo un gran avance de la
ciencia.
REPARACIONES
Arreglo y
exploración
La reparación es un
aspecto descuidado, mal comprendido, pero absolutamente importante de la
técnica artesanal. El sociólogo Douglas Harper cree que hacer y reparar forman
un todo indisoluble y dice que quienes hacen ambas cosas poseen el
«conocimiento que les permite ver, más allá de los elementos de una técnica, su
finalidad y su coherencia de conjunto. Este conocimiento es la
"inteligencia vital, faliblemente a tono con las circunstancias
reales" de la vida. Es el conocimiento en el que hacer y reparar son
partes de una continuidad»[208]. Para simplificar, a menudo es la reparación de
las cosas lo que nos permite comprender su funcionamiento.
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La manera más
simple de efectuar una reparación es desarmar, encontrar lo que falla,
arreglarlo y luego devolver al objeto su estado anterior. A esto se le podría
llamar reparación estática; es lo que se da, por ejemplo, cuando se reemplaza
el fusible quemado de una tostadora. Una reparación dinámica cambiará la forma
o la función del objeto, que es lo que ocurre si se sustituye un filamento roto
de la tostadora por otro de mayor potencia, de modo que el aparato pueda tostar
el pan tanto en rebanadas como en bollos. En un nivel técnico más complejo, la
reparación dinámica puede implicar un salto de dominio, como cuando una fórmula
matemática corrige errores en secuencias de datos. O puede requerir nuevas
herramientas; en algún momento del siglo XVI alguien descubrió que los clavos
dañados se extraían mejor con una doble boca curva en un martillo que con una
cuña de borde plano.
Las reparaciones
son un terreno de prueba para todas las herramientas. Más aún, la experiencia
de realizar reparaciones dinámicas establece una línea, fina pero bien
definida, entre la herramienta específica y la multiuso. Es probable que,
mentalmente, coloquemos en la caja para herramientas específicas la que se
limita a restaurar, mientras que la multiuso nos permite explorar más
profundamente el acto de reparar. La diferencia interesa porque indica dos
tipos de respuesta emocional a un objeto que no funciona. Puede que queramos
simplemente aliviar la frustración y que para ello empleemos herramientas
adaptadas a un fin. Pero también puede ocurrir que toleremos la frustración
porque sintamos curiosidad; la posibilidad de realizar una reparación dinámica será
estimulante y la herramienta multiuso servirá como instrumento de curiosidad.
Así fue durante la
revolución científica del siglo XVII. Las reparaciones dinámicas tenían lugar
tanto en los cambios de dominio como en el desarrollo de habilidades
correctivas. Acerca de lo primero, el historiador Peter Dear observa lo
siguiente: «La reputación de Nicolás Copérnico como astrónomo se basaba en su
talento matemático, no en su supuesta competencia como observador; los
astrónomos eran matemáticos». Esta afirmación es aplicable también a Galileo, y
más tarde a Newton[209]. Dadas las imágenes llenas de imperfecciones de que
disponían, sólo pudieron lograr algo porque llevaron el pensamiento más allá de
lo que veían. Bacon había dicho en el Novum Organum que «sin duda el sentido de
la vista ocupa el primer lugar como proveedor de información»[210]. Sin
embargo, los instrumentos visuales de esa época no eran, en palabras del
filósofo Richard Rorty, ningún claro «espejo de la Naturaleza»; era imposible
reparar físicamente la mala calidad de los datos visuales[211]. La física
recurrió a herramientas matemáticas que la llevaron a trascender la visión; la
reparación tenía lugar en otro dominio.
Las reparaciones
dinámicas de tipo más físico marcaron el trabajo al que dedicó su vida una
figura ejemplar del siglo XVIII: Christopher Wren, Su padre, un importante
clérigo inglés, se vio obligado a huir con su familia cuando se produjo la
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revolución puritana
de la década de 1640. Wren creció en medio de este trauma político, con la
ciencia como refugio. De niño, jugó con telescopios y microscopios; a los trece
años, ofreció a su padre un telescopio de cartón que él mismo había inventado; tres
años después, estudiaba astronomía en Oxford; en 1665 intentó construir un
telescopio de veinticuatro metros. Asimismo lo fascinaban las revelaciones del
microscopio, en gran parte debido a su amistad con Robert Hooke, el gran
experto del siglo XVII en este instrumento.
Aunque era un gran
matemático, Wren trató de reparar los defectos de las lentes sin abandonar el
campo de la visión. Los estudiosos modernos se inclinan por atribuir a Wren un
famoso dibujo del ojo de un zángano gris, de Robert Hooke, publicado en 1665 en
Micrographia, que presenta una imagen mucho más clara que todo cuanto Hooke o
Wren pudieron haber visto bajo la lente del microscopio[212]. La imagen estaba
además sombreada de una manera imposible de hallar en ningún microscopio, pues
Wren utilizó las convenciones del claroscuro de los artistas de su época para
poner de relieve los contrastes de luz y oscuridad. En este caso, la
«reparación» producía un nuevo tipo de imagen que, más que utilizar una fórmula
matemática, combinaba ciencia y arte. La pluma se convertía en una herramienta
correctiva para tratar los defectos del vidrio.
En la adolescencia
temprana, Wren aprendió su tercer oficio, la disección de animales. En gran
medida, su destreza física se había desarrollado por ensayo y error, pues la
maestría manual de Vesalio aún no se había convertido en asignatura escolar. Su
motivación para mejorar la técnica manual era de índole intelectual; en 1656,
haciendo un corte en las venas de perros e inoculando en ellas un vomitivo, el
crocus metallorum, se propuso poner a prueba la tesis de William Harvey sobre
la circulación de la sangre, publicada por primera vez en 1628. Si la idea de
Harvey era cierta, debían producirse resultados violentos, y efectivamente se
produjeron. «Así inyectado —escribió Wren—, el perro lanzó de inmediato un
vómito y siguió vomitando hasta morir»[213]. Hubo contemporáneos que objetaron
que este tipo de experimentos, con inclusión de tormentos, no tenía cabida en
la medicina y que seguramente de ellos no podía seguirse reparación corporal
alguna. Era una objeción perturbadora para la época de Wren, temerosa de la
curiosidad ilimitada y de las consecuencias pandóricas de su propia ciencia.
A mi parecer, Wren
fue tan sensible como Milton al impacto potencialmente destructor del nuevo
conocimiento. Pero las herramientas y las técnicas particulares de disección le
permitieron abordar un gigantesco desastre que tuvo lugar durante su vida, el Gran
Incendio de Londres de 1666, En respuesta a este acontecimiento, Wren trató de
aplicar a la curación de la ciudad herida el principio de la reparación
dinámica que había aprendido científicamente.
Wren había añadido
la arquitectura a sus intereses científicos, comenzando por la
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Pembroke Chapel de
Cambridge y siguiendo con el Sheldonian Theater de Oxford a comienzos de la
década de 1660. Con el regreso de Carlos II al trono de Inglaterra en 1660,
Wren se reintegró a la escena pública como arquitecto. En calidad de tal
recibió el encargo de un nuevo plano para Londres después del incendio, que
había desplazado a doscientos mil londinenses y destruido más de trece mil
edificios en cuatro días, con sus peores momentos en el segundo y el
tercero[214]. El incendio se propagó rápidamente porque la mayor parte de los
edificios de Londres eran de madera. El desastre natural fue agravado por el
saqueo, delito fácil de cometer puesto que, en el segundo y el tercer día, la
mayoría de la gente había huido del muro de las llamas llevándose muy pocas
cosas. La propia fuga fue caótica; el crecimiento de Londres en los tres siglos
anteriores al incendio no había obedecido a ningún plan general, de modo que el
desplazamiento por sus calles sinuosas era difícil.
Una opción era la
simple restauración de la ciudad respetando la forma que había tenido, aunque
sustituyendo en los edificios la madera por ladrillo, pero no fue ésta la
elección de Wren. Por el contrario, la perspectiva de reparar la ciudad lo
movió a pensar en el diseño urbano de manera innovadora[215]. Lo que guió a
Wren fue su fondo científico, aunque no podía aplicar mecánicamente al trazado
de las calles y a la forma de los edificios lo que él y sus contemporáneos
sabían acerca de las lentes o del cuerpo humano; las herramientas de las que
disponía no se adaptaban a esa finalidad.
Se presentaron
cinco propuestas a competición para reconstruir la ciudad devastada. La de
Wren, como la de John Evelyn, trasladaba a la forma de las calles algo así como
la visión que se tiene del cielo con un telescopio. La calle recta que se
alejaba hacia un punto de fuga había sido una aspiración urbanística desde que,
en la década de 1590, el papa Sixto V concibiera las calles de Roma en forma de
corredor que partían de la Piazza del Popolo. En la Roma sixtina, el habitante
de la ciudad se orientaba por gigantescos obeliscos estratégicamente colocados
al final de las calles-corredor para advertir al peatón que allí terminaban. El
proyecto de Wren no tenía estas señales, era como la canalización del espacio
visto a través de un telescopio, un canal sin la definición de la planificación
sixtina. La gran calle de este a oeste que Wren imaginó interrumpida por San
Pablo estaría irregularmente salpicada de mercados. La propia San Pablo estaría
emplazada de manera irregular, pues la calle pasaría junto a ella más que
desembocar coherentemente en esta gran estructura. Hacia el oeste, el paseo
cruzaría el río Fleet y seguiría sin un final definido. Hacia el este rodearía
la Aduana y terminaría en el espacio abierto.
Para Wren, como
para muchos de sus contemporáneos, el microscopio también sugería una nueva
manera de investigar la densidad de la ciudad. Excepto cuando la ciudad fue
atacada por la peste, la densidad de su población no fue particular motivo de
análisis para las autoridades. Wren, en cambio, puso bajo el microscopio los
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bloques de
viviendas de las calles principales. Y lo hizo de manera completamente
específica. Calculando lo más detalladamente posible la densidad de población
en las parroquias de la ciudad, volvió a estimar la cantidad de iglesias que se
necesitaban para atender a un número uniforme de feligreses. En su plan, los
cálculos de densidad arrojaban la cifra de diecinueve iglesias en lugar de las
ochenta y seis que había antes del incendio. En esto, el plan urbanístico tenía
cierto parecido con el dibujo del ojo del zángano, pues mostraba más claridad
que la existente en la realidad.
Por último, sus
perros borrachos le ayudaron a pensar en la reparación de Londres. El escalpelo
había permitido a los anatomistas estudiar la circulación de la sangre; ese
conocimiento, aplicado al movimiento en las calles, sugería que el
funcionamiento de éstas era como el de las arterias y las venas; fue la época
en que los planificadores comenzaron a incorporar en sus proyectos calles de un
solo sentido. La intención del sistema circulatorio en la ciudad era para Wren
de índole comercial y tendía a garantizar la eficiencia, sobre todo creando
calles que permitieran el desplazamiento de las mercancías hacia y desde el
conjunto de almacenes que se extendían junto al Támesis. Pero al proyecto le
faltaba un equivalente al corazón humano, una plaza central coordinadora.
Roger Pratt, un
antiguo adversario, sostenía que el plan de Wren debía ser rechazado
precisamente porque era cirugía exploratoria, lo cual planteaba más problemas
de los que resolvía. Los padres de la ciudad no podían dar un solo paso
adelante, decía Pratt, «puesto que nadie sabía cómo ofrecer un proyecto
aceptable mientras no especificara de antemano [los resultados]». A esta
objeción burocrática, la respuesta de Wren consistía en señalar las ventajas de
la experimentación; poseía, en palabras de un contemporáneo, la «poderosa
fertilidad de la imaginación», fertilidad que incorporaba lo incompleto y lo
ambiguo[216].
Me he demorado en
este acontecimiento monumental en parte porque hoy nos encontramos con
desastres afines, como las inundaciones de las ciudades de Nueva Orleans o
Gloucester; y el calentamiento global podría producir nuevas y súbitas
catástrofes. La cuestión que afrontaba la época de Wren sigue siendo la
nuestra, a saber, si la restauración debería restituir la forma anterior o
efectuar una reparación más dinámica, más innovadora. La segunda opción puede
parecer demasiado exigente desde el punto de vista técnico, pues no se dispone
para ello de herramientas especializadas. La historia de Wren tal vez refuerce
el deseo de escoger la segunda opción; nos muestra que herramientas limitadas e
inciertas pueden desempeñar un papel positivo en el cambio, al estimular la
imaginación y ampliar la competencia. Todos conocemos bien las palabras de
Heráclito según las cuales «ningún hombre se baña dos veces en el mismo río»,
porque ni el hombre ni el río son los mismos. El artesano no interpreta este
aforismo en el sentido de que la vida es puro flujo, mera inestabilidad. El
artesano sólo reflexionará sobre cómo hacer las cosas cuando las
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repare; en ese
trabajo de renovación, pueden resultar útiles las herramientas limitadas o
difíciles.
HERRAMIENTAS
SUBLIMES
Los alambres
milagrosos de Luigi Galvaní
El término
«galvanismo» designa el movimiento y el momento de la cultura material en que
el estudio de la electricidad parecía anunciar lo sublime. El galvanismo se
inspiró tanto en la auténtica ciencia como en la magia sobrenatural. Esta
última se manifestaba en sesiones en las que la gente se reunía en salones
oscuros, conectada a misteriosos cables y botellas, con la esperanza de que
haciendo pasar repentinamente la corriente eléctrica por su cuerpo se curaría
en forma instantánea de una enfermedad o recobraría la potencia sexual. La
buena ciencia del galvanismo del siglo XVIII había ido madurando desde los
tiempos antiguos.
En el siglo VI a.
C., Tales de Mileto se preguntó por qué, si se frotaba con ámbar una piel
animal, a ésta se le erizaban los pelos; tenía que producirse alguna
transferencia de energía. (La palabra moderna «electricidad» deriva de
élektron, voz griega que significa «ámbar»). La primera aparición de la palabra
inglesa electricity se encuentra en Pseudodoxia Epidémica, de Thomas Browne, en
1646; aunque Girolamo Cardano, Otto von Guericke y Robert Boyle realizaron
importantes contribuciones al estudio de la electricidad, campo que se hizo
autónomo en el siglo XVII, gracias al invento de nuevas herramientas
experimentales.
De estas
herramientas, la que ideó Pieter Van Musschenbroek en 1745, la botella de
Leyden, probablemente sea la que tuvo consecuencias de mayor alcance. La
botella de Leyden era un recipiente de vidrio con agua y un alambre de metal
inmerso en ella. Este dispositivo almacenaba electricidad cuando, por diversos
medios, se enviaba una carga electrostática a través del alambre; al cubrir el
vidrio exterior con una lámina metálica, el almacenamiento parecía
incrementarse. Cómo se producía este almacenamiento era por entonces un
misterio; Benjamín Franklin creía, incorrectamente, que la carga se almacenaba
en el vidrio. Hoy sabemos que la superficie exterior y la interior de la
botella de Leyden almacenan cargas iguales y opuestas; Van Musschenbroek no lo
sabía. Tampoco se entendía bien por qué la energía almacenada en la botella de
Leyden podía producir una conmoción tan grande a un organismo vivo, en especial
cuando estos recipientes se conectaban en paralelo, pero justamente estas
conmociones se convirtieron en la obsesión del físico boloñés Luigi Galvani.
Galvani experimentó
el paso de corrientes eléctricas por cuerpos de ranas y otros animales. Las
reacciones espasmódicas de éstos le parecieron una prueba de la existencia de
un jugo que contenía «fluido eléctrico animal» y que animaba los
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músculos, es decir,
que de alguna manera los cuerpos vivos se asemejaban a la botella de Leyden. Su
colega Alessandro Volta, en cambio, creía que la reacción espasmódica era
consecuencia de la reacción química de elementos metálicos alojados en los
músculos que respondían a la carga. Para ambos, los músculos de la rana que
reaccionaban de ese modo eran el anuncio de algo sublime; en este punto se
incluían posibles explicaciones de la energía, y por tanto de la vida, de todos
los seres vivos.
En su estudio sobre
materialismo inglés del siglo XVIII, The Lunar Men, Jenny Uglow muestra cómo el
galvanismo llegó a revestir sublimidad científica incluso a los ojos de
personas de mentalidad más práctica. Para Stephen Gray, en la década de 1730,
el hecho de que la electricidad pudiera transmitirse a grandes distancias por
un cable era simplemente un milagro. Hacia el final del siglo, Erasmus Darwin,
el abuelo de Charles, había vislumbrado mucho más. «¿Era todo el cuerpo un
circuito eléctrico?», preguntaba en The Temple of Nature, y agregaba: «¿Sería
demasiado atrevido imaginar que el origen de todos los animales de sangre
caliente sea un filamento vivo al que la primera gran causa dotó de animalidad,
con capacidad para adquirir partes nuevas, acompañadas de nuevas propensiones…
y, por tanto, con la facultad de continuidad para mejorar gracias a la
actividad que le es inherente?»[217] Uglow observa que en estas palabras se
anticipa la teoría de la evolución; nosotros destacaríamos sólo una de ellas:
filamento, el cable eléctrico, tan prosaico para nosotros y tan poderoso para
ellos.
Lo «sublime»: para
Hegel, «el arte simbólico, con su anhelo, fermentación, misterio y
sublimidad»[218]. Estos términos podrían tener su traducción en la práctica de
un oficio. La botella de Leyden y el filamento eléctrico fueron integrados en
un proyecto que se proponía reanimar cadáveres recientes por medio de la
electricidad. Giovanni Aldini, sobrino de Galvani, había puesto a prueba
exactamente esto en cadáveres de criminales que acababan de ser ejecutados y
publicó los resultados en 1803. Un vasto e ingenuo público británico creía que
los músculos electrificados y espasmódicos de esos cuerpos que acababan de
morir eran signos, como sostenía Aldini, de «resurrección imperfecta». En
cualquier caso, el proyecto era una promesa de revelación del misterio de la
vida.
Lo «sublime»: para
Edmund Burke, «con el dolor como fundamento… ningún placer procedente de una
causa positiva pertenece a lo sublime»[219]. Éstas serían las consecuencias si
se practicara el oficio con todo rigor; la búsqueda de lo sublime científico crearía
el sufrimiento pandórico producido por el hombre, o eso era lo que pensaba Mary
Shelley a propósito del galvanismo: botellas y alambres que daban alas a la
imaginación en persecución del Misterio Último, dolor resultante del esfuerzo
por inducir vida.
Frankenstein fue
escrito en 1816 como resultado de un juego de sociedad. Aquel
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verano, Mary
Shelley viajaba con Percy Shelley, su marido, y Lord Byron. Para pasar el
tiempo, Byron propuso que cada uno escribiera un cuento de fantasmas. Mary
Shelley, de diecinueve años y sin experiencia como escritora, escribió una
historia de horror. En ella describe una Criatura de carne y hueso (sin más
nombre) creada por su doctor Victor Frankenstein, más grande, más fuerte y más
resistente que cualquier ser humano, cuya piel amarilla se estira firmemente
sobre músculos gigantescos y cuyos ojos son sólo córnea.
Su Criatura desea
ser amada por la gente con la que se encuentra; es un robot que quiere ser un
replicante. Pero la gente común huye aterrorizada de la Criatura, que,
angustiada, se venga convirtiéndose en un asesino que mata al hermano menor de
Frankenstein, a su mejor amigo y a su mujer. En un sueño que anotó, al comienzo
mismo de la redacción de la historia, imaginó una Criatura que se erguía por
encima de su creador y lo observaba con «ojos amarillos, acuosos, pero
especulativos»[220].
En la universidad,
Percy Shelley se había interesado superficialmente por experimentos sobre la
«electricidad vital». Mary Shelley dejó en su novela pistas que sus lectores
entenderían por la popularidad del galvanismo y que darían credibilidad a la
historia; el joven doctor Frankenstein sigue estas pistas en la fabricación de
su criatura. Reúne distintas partes de cuerpos de cadáveres y prepara los
fluidos, los cables y la maquinaria necesaria para pegar la carne y
electrificarla. «El tema de la electricidad y el galvanismo —nos dice
Frankenstein— era para mí nuevo y, a la vez, asombroso»[221]. Shelley no
explica cómo se pegan las partes del cuerpo ni cómo éstas se hacen más grandes
y más fuertes. En su introducción al relato invoca una «máquina poderosa» que
hace posible el trabajo del doctor Frankenstein, con lo que probablemente se
refiriera a cierto tipo de batería voltaica que por entonces se utilizaba en
experimentos de galvanismo[222].
A los lectores del
cuento de Shelley siempre los ha conmovido la obsesión del doctor Frankenstein
tanto con la muerte como con la vida. «Para estudiar las causas de la vida,
debemos antes recurrir a la muerte», declara sucintamente con una fórmula que
repite los experimentos escénicos de Aldini[223]. Esta misma zona liminar entre
la vida y la muerte aparece en gran parte de la literatura de ciencia ficción:
más avanzado el siglo XIX, en Elsupermacho, de Alfred Jarry, y ya en el siglo
XX, en los robots de Isaac Asimov, que viven en el espacio exterior. Pero fue
un acto particular de imaginación lo que permitió a Mary Shelley abrir las
puertas a lo sublime científico.
Lo sublime
científico reside en el acto de Mary Shelley de imaginar en qué consistiría ser
la herramienta de otro llevada a la vida. Hacía falta un salto intuitivo para
imaginarse a uno mismo como máquina viviente. Galvani creía suministrar los
medios para dar este salto intuitivo cuando se refería a la botella de Leyden y
al filamento cargado de electricidad como el «instrumento de vida», pero él
mismo no
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recorrió el arco de
ese salto intuitivo. Se interpusieron los confusos rituales de las sesiones, y
por cierto que con provecho, pues con ellas Galvani se hizo rico. Acabaran
muertos o siguieran con vida, aumentara o no su producción espermática, los
pacientes pagaban por anticipado. Aunque Mary Shelley carecía de laboratorio,
se podría decir que era mejor investigadora que Galvani, pues se proponía
conocer las consecuencias de esta ciencia. Ella aspiraba a comprender mejor su
ciencia imaginándose a sí misma como su herramienta.
Hoy podríamos dar
el mismo salto intuitivo que en la ficción de Shelley, pero por necesidad.
Cuanto más reales son las máquinas de pensar, tanto más necesario resulta
intuir qué piensan. Antes de los recientes avances en microelectrónica, la
automatización inteligente parecía una fantasía. En 2006, el Departamento de
Ciencia e Innovación del gobierno británico publicó un informe titulado «Los
derechos de los robots». Sus autores declaraban que «si la inteligencia
artificial llega a hacerse realidad y alcanza amplia difusión, o si [los
robots] pueden reproducirse y mejorar por sí mismos, podría reclamarse la
ampliación de la aplicación de los derechos humanos a ellos»[224]. Sin embargo,
¿en qué medida la autoorganización de una máquina compleja resulta sostenible
por sí misma? A Noel Sharkey, crítico con este informe, le inquietan en cambio
los robots militares que luchan inteligentemente, sin consideración alguna por
la muerte de los seres humanos[225]. Al igual que la Criatura de She-Uey, los
robots pueden tener, si no derechos, voluntad propia. Aunque dejando de lado
las espesuras de la inteligencia artificial, quisiéramos entender mejor cómo se
puede en general embarcar las herramientas en grandes saltos intuitivos a lo
desconocido. Sólo para complicar más las cosas, quisiéramos comprender la
relación entre los saltos intuitivos y el trabajo de la reparación dinámica.
DESPERTAR
Cómo se producen
los saltos intuitivos
Lo sublime sugiere
un horizonte ilimitado. Sin embargo, es posible dar una explicación concreta de
cómo se produce el salto intuitivo. Tiene lugar en cuatro etapas.
Hume sostenía que
la mente amplía su marco de referencia «tropezando» con lo inesperado, lo
imprevisto; la imaginación es algo que nos ocurre. La mente del artesano no
funciona como imaginaba Hume, porque las prácticas específicas preparan el
terreno en el cual se puede tropezar. La intuición comienza con la sensación de
que algo que aún no es podría llegar a ser. ¿Cómo tenemos esa sensación? En la
técnica artesanal, la sensación de posibilidad se basa en el sentimiento de
frustración producido por las limitaciones de una herramienta o por la falta de
comprobación de sus posibilidades. Los telescopios y los microscopios
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imperfectos del
siglo XVII insinuaban que podía haber algo más allá de los poderes de las
lentes; en lo sublime científico del siglo XVIII, las botellas de Leyden y los
filamentos cargados de electricidad sugerían oscuras aplicaciones al cuerpo
humano.
¿Cómo organiza,
pues, el uso de una herramienta estas posibilidades? La primera etapa tiene
lugar cuando rompemos el molde de lo adaptado a una finalidad. Esta ruptura
ocupa en el ámbito imaginativo una parte distinta de la retrospección. En la
idea que Thomas Hobbes tiene de la imaginación, por ejemplo, se mira hacia
atrás en busca de sensaciones ya experimentadas. «La imaginación —dice este
autor— no es otra cosa que sensación empobrecida». Una vez que el objeto que
nos ha llamado la atención ha desaparecido «o que los ojos se han cerrado, aún
retenemos una imagen de la cosa que hemos visto, aunque más oscura que la que
se ve [realmente]». Lo mismo que en el experimento con la familia Cavendish,
escribía Hobbes, comenzamos por recomponer esta experiencia como lenguaje,
«secuela y contextura de los nombres de las cosas en Afirmaciones, Negaciones y
otras formas del Habla»[226]. En este caso, «imaginación» es el proceso de
reconstrucción, pero no es así como opera la reparación dinámica. Cuando Wren
dibujó el ojo del zángano, no estaba reconstruyendo en su memoria algo «más
oscuro de lo que se ve [en la realidad]». Por el contrario, Wren construyó la
claridad a partir de la oscuridad. Podemos denominar nueva formación a esta
primera etapa. El terreno está preparado, pues la nueva formación se inspira en
habilidades técnicas establecidas (en el caso de Wren, su capacidad para
dibujar con el empleo de efectos del claroscuro y plumas de punta muy fina). La
nueva formación no es ni más ni menos que la voluntad de comprobar si es
posible cambiar el uso de una herramienta o una práctica.
La etapa siguiente
de un salto imaginativo tiene lugar a través de la contigüidad estabilizadora.
Dos dominios diferentes se aproximan; cuanto más cerca están uno de otro, más
estimulante parece su doble presencia. En los experimentos de Galvani y Volta,
la botella de Leyden y su parafernalia acercaban el intangible dominio de la
energía al de las sustancias materiales del agua o el metal. Gracias a los
instrumentos, se habían acercado más aún dos dominios, el de lo invisible y el
de lo tangible. Lo mismo sucede en una reparación dinámica con instrumentos más
simples; la mano o el ojo sienten que la herramienta no estaba pensada para
eso; lo fácil y lo difícil, lo uno junto a lo otro. En su punto de máxima
comprehensión, Mary Shelley trató de poner juntas la vida y la muerte: su
ficticio doctor Frankenstein, como el sobrino real de Galvani, procuraba
entender lo que estos estados compartían en el fondo. Retomando un ejemplo
previo de este libro, para inventar el teléfono móvil fue necesario que los
investigadores aproximaran dos tecnologías completamente distintas, las de la
radio y el teléfono, y que luego pensaran en lo que podían llegar a compartir,
pero que aún no compartían.
En realidad, el
salto intuitivo de un dominio a otro tiene lugar en dos etapas más.
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Aunque se esté
preparado para ello, nunca se sabe de antemano cómo se interpretará la
comparación. En esta tercera etapa, uno comienza por sacar a la luz de la
conciencia el conocimiento tácito para realizar la comparación, y se sorprende.
La sorpresa es una manera de decirse a sí mismo que algo que uno sabe puede ser
distinto de lo que supone. Muchas transferencias de tecnología que se creían
meras aplicaciones rutinarias de un procedimiento a otro resultaron
esclarecedoras precisamente en esta etapa; había en el procedimiento inicial
algo más completo o más multifacético de lo que se había supuesto. Aquí es
cuando se empieza a experimentar asombro. Los griegos antiguos materializaron
la admiración en el poiein, que significa «hacer». En El banquete. Platón dice:
«Todo lo que pasa del no ser al ser es una poiesis», un motivo de asombro. El
escritor moderno Walter Benjamín utiliza otra palabra griega, aura —«bañado en
su propia luz»—, para describir el asombro de que una cosa exista. Los seres
humanos pueden asombrarse sin ninguna condición previa ante cosas que no han
hecho; pero en lo que respecta a lo que han hecho, el terreno de la sorpresa y
la admiración tiene que estar preparado.
La etapa final es
el reconocimiento de que un salto no desafía la gravedad; en la transferencia
de habilidades y prácticas, los problemas no resueltos permanecen sin resolver.
Al imaginar que podía analizar la densidad de la población de una ciudad aplicando
una técnica de microscopio, Wren no podía calcular de manera rigurosa. Roger
Pratt detectó la imprecisión y se lo reprochó, pero Wren perseveró, sabiendo
que la técnica, aunque imperfecta, proporcionaba un nuevo punto de vista. El
reconocimiento de que un salto intuitivo no puede desafiar la gravedad importa
más aún porque corrige una fantasía habitual acerca de la transferencia de
tecnología, según la cual la importación de un procedimiento aclarará un
problema confuso. Lo más frecuente es que la técnica transferida, como
cualquier inmigrante, lleve consigo sus propios problemas.
Estos son, pues,
los cuatro elementos implicados en un salto intuitivo: impresión de una nueva
forma, contigüidad, sorpresa y gravedad. La secuencia no es estricta, al menos
en sus dos primeras etapas; a veces, comparar dos herramientas diferentes puede
llevar al conocimiento de que cada una podría ser utilizada de otra manera. En
la caja de herramientas del fabricante de pianos, por ejemplo, por azar la púa
para suavizar los martillos está junto a un cuchillo para el fieltro. Al
fijarse en esta proximidad, que no es extraña dado que ambas herramientas son
del mismo tamaño, uno podría verse inducido a pensar que el punzón también se
podría utilizar para levantar el fieltro, aunque no estuviera diseñado para esa
tarea.
Sea cual sea el
orden de las primeras etapas, ¿por qué llamar «intuitivo» al proceso
acumulativo de un salto intuitivo? ¿No es lo que he descrito una forma de
razonamiento? Es razonamiento, pero no de tipo deductivo y constituye una forma
especial de inducción.
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Los saltos
intuitivos desafían los silogismos. La lógica clásica proporciona silogismos
tales como: «Todos los hombres son mortales / Sócrates es un hombre / Luego,
Sócrates es mortal». El primer enunciado es el axioma, o premisa mayor, y es
una proposición universal. El movimiento del silogismo en el segundo enunciado
va de lo general a lo particular. El tercer enunciado hace una deducción basada
en este flujo. La inducción ha dado forma al primer enunciado, el cual declara
la verdad general de que todos los hombres son mortales, que nosotros decidimos
explorar aplicando la generalidad a un caso particular y, finalmente, extraemos
una conclusión.
El guía espiritual
de los científicos del siglo XVII, Francis Bacon, sostuvo que los silogismos
pueden ser engañosos; rechazó la «deducción por enumeración», es decir, la
acumulación masiva de casos similares, ignorando los ejemplos discordantes.
Además, el hecho de que una cantidad de casos sea semejante no explica por sí
solo su naturaleza: no se puede entender cómo se hace el vino sólo con beberlo
en grandes cantidades. El pensamiento silogístico, declaró Bacon, no es
suficiente para «indagar la verdad» de los primeros principios[227].
El salto intuitivo
no encaja bien en los moldes del pensamiento silogístico, deductivo. La nueva
formación y la comparación decantan una práctica o herramienta de un entorno
habitual; la insistencia en las tres primeras etapas de un salto intuitivo
recae en el si, en el ¿qué pasaría si?, y no en el entonces. Ese consciente
reconocimiento final conlleva una carga —tanto en la transferencia de
tecnología como en las artes, el cargado traspaso de problemas— en lugar de la
finalidad clarificadora de una conclusión silogística.
Sin restar mérito a
la experiencia, he intentado quitar algo de misterio a la intuición. La
intuición admite el entrenamiento. Utilizadas de determinadas maneras, las
herramientas organizan estas experiencias imaginativas con resultados
positivos. Tanto los instrumentos especializados como los multiuso pueden
permitirnos dar los saltos imaginativos necesarios para reparar la realidad
material o guiarnos hacia lo que presentimos como una realidad desconocida
preñada de posibilidades. Estas herramientas son sólo una parte del dominio de
la imaginación. Ahora deseo agregar elementos a este rincón mediante la
exploración de la resistencia y la ambigüedad. Al igual que la intuición,
también éstas configuran la imaginación del artesano.
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8. Resistencia y
ambigüedad
«¡No trates de dar
en la diana!» Este extraño consejo zen parece tan desconcertante que no sería
asombroso que el joven arquero se sintiera tentado de apuntar la flecha contra
su maestro. Pero no es cuestión de perversidad del maestro: el autor de Kyudo:
el arte japonés del tiro con arco quiere decir «¡No te esfuerces tanto!», con
lo que ofrece el siguiente consejo práctico: si te pones demasiado tenso, si
quieres asegurarte en exceso, apuntarás mal y fallarás sin sistema alguno[228].
El consejo va más allá de recomendar la fuerza mínima. Se insta al joven
arquero a trabajar con la resistencia del arco, a explorar diferentes maneras
de apuntar la flecha, como si el procedimiento fuera ambiguo. Al final, el
arquero apuntará mejor.
El consejo del
maestro zen se podría aplicar al urbanismo. Gran parte de la planificación
urbana del siglo XX respondía a este principio: derriba todo lo que puedas,
arrásalo y luego construye a partir de cero. Se pensaba que había que sustituir
el entorno existente a voluntad del planificador. Con frecuencia esta agresiva
receta ha demostrado ser desastrosa, pues destruye muchos edificios viables y,
con ellos, modos de vida consustanciados con el tejido urbano. Demasiado a
menudo, lo que se levantó en lugar de los edificios destruidos resultó
indudablemente peor que éstos; los grandes proyectos adolecen de
sobre-determinación de la forma, de excesiva adaptación a una finalidad; con el
cambio histórico, como sucede inexorablemente, los edificios estrictamente
definidos se vuelven obsoletos. Así las cosas, el buen artesano urbano está
dispuesto a seguir el consejo del maestro zen, trabajar menos agresivamente,
aceptar de buen grado la ambigüedad. Éstas son actitudes; pero ¿cómo
convertirlas en habilidades?
EL TRABAJO DEL
ARTESANO CON LA RESISTENCIA
Quisiéramos
comenzar con las resistencias, esto es, los hechos que se interponen en el
camino de la voluntad. Hay dos tipos de resistencias: las que se presentan
espontáneamente y las que uno mismo provoca. Así como un carpintero descubre
nudos inesperados en un trozo de madera, un constructor hallará lodo imprevisto
bajo la superficie del suelo sobre el que construye. Estas resistencias
espontáneas contrastan con lo que ocurre con un pintor que borra un retrato
perfectamente válido y decide empezar de nuevo; en este caso, el propio artista
es quien ha puesto un obstáculo en su camino. Las dos clases de resistencias
parecerían completamente distintas: en la primera, algo exterior nos bloquea,
mientras que en la segunda somos nosotros mismos quienes creamos las
dificultades. Pero hay ciertas técnicas comunes al aprendizaje de cómo tratar
unas y otras.
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EL CAMINO DE LA
RESISTENCIA MÍNIMA
Cajas y tubos
Para explorar qué
hace una persona cuando encuentra resistencia, podríamos prestar atención a una
de las divisas de la ingeniería, que aconseja seguir «el camino de la menor
resistencia posible». Esta máxima tiene su raíz en la mano humana, sobre la
base del precepto de combinar la fuerza mínima con la liberación. La historia
de la ingeniería urbana ofrece un experimento iluminador en sus dimensiones
medioambientales.
El capitalismo
moderno —ha sostenido Lewis Mumford— comenzó con la colonización sistemática
del suelo. Redes de minas suministraron el carbón necesario para alimentar el
motor de vapor, que a su vez trajo consigo el transporte público y la
producción a gran escala[229]. La tecnología de la perforación del subsuelo
abrió el camino a los modernos sistemas de saneamiento —las tuberías
subterráneas disminuyeron el azote de la peste— y de esa manera coadyuvó al
aumento de la población. En la actualidad, el mundo subterráneo de las ciudades
sigue siendo tan importante como en el pasado, pues los túneles albergan hoy
los cables de fibra óptica que explotan los recursos de la comunicación
digital.
La tecnología
moderna de la minería es originariamente hija de los descubrimientos del
escalpelo sobre el cuerpo humano. Andrés Vesalio, el médico de Bruselas
fundador de la disección moderna, publicó De humani corporis fabrica en 1533.
En 1540, la tecnología moderna para el trabajo en el subsuelo fue codificada en
Pirotechnia, de Vannocchio Biringuccio, un tratado que insta a sus lectores a
pensar como Vesalio, es decir, a utilizar las técnicas mineras de levantar
placas de piedra o extraer estratos de tierra en lugar de desmenuzarlas[230].
Trabajando de esta manera, afirmaba Biringuccio, se optaría por el camino de la
menor resistencia posible en la perforación del subsuelo.
El final del siglo
XVIII es la época en que los planificadores sintieron la apremiante necesidad
de aplicar a la esfera del subsuelo estos principios de la minería. La
expansión de las ciudades puso en evidencia que el transporte de agua limpia y
la eliminación de excrementos exigía túneles de mayor tamaño que los de la
antigua ciudad romana. Además, los planificadores urbanos intuyeron que
posiblemente la gente se desplazaría más rápidamente de un lugar a otro de la
ciudad bajo tierra que por la maraña de calles de la superficie. Pero en
Londres el suelo era una masa inestable de fango; las técnicas del siglo XVIII
que se utilizaban en las minas de carbón no serían demasiado útiles. Además,
debido a la presión de la marea sobre la masa de lodo de Londres, los soportes
de madera que se empleaban en la roca dura o en las minas de carbón no podrían
estabilizar ni siquiera sectores relativamente sólidos del subsuelo. La Venecia
renacentista ofreció a los constructores londinenses
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del siglo XVIII
cierta comprensión de que la cimentación con pilotes podía mantener almacenes a
flote sobre el lodo, pero no daba pistas sobre cómo poblar el lodo mismo.
¿Era posible
superar estas resistencias del subsuelo? El ingeniero Marc Isambard Brunel
tenía una respuesta. Había dejado Francia a los veinticuatro años para ir a
Gran Bretaña en 1793 y procrear al todavía más famoso ingeniero Isambard
Kingdom Brunel. Los Brunel consideraban la resistencia natural como su enemiga;
cuando, en 1826, padre e hijo intentaron construir un túnel bajo el Támesis, al
este de la Torre de Londres, se propusieron vencerla[231].
A Brunel padre se
le ocurrió la idea de una construcción móvil de metal que permitiera a los
trabajadores abrir un túnel y revestirlo de ladrillos a medida que avanzaba.
Dicha construcción constaba de tres cámaras de hierro interconectadas, cada una
de ellas de aproximadamente noventa centímetros de ancho por 6,30 metros de
altura y propulsada por un gran sistema helicoidal en la base. En cada
compartimento había hombres que colocaban los lados, las bases y las partes
superiores de ladrillo del túnel mientras la construcción avanzaba; detrás de
los hombres de la primera cámara iba un ejército mucho más numeroso de
albañiles para espesar y reforzar las nuevas paredes. En el metal de la pared
delantera de la construcción, unas pequeñas perforaciones permitían el paso del
barro, con lo que se aligeraba la presión desde delante; otros hombres
retiraban ese lodo.
Al luchar contra el
barro y el agua en lugar de trabajar con ellos, el resultado fue pobre. En un
día, la construcción subterránea pudo avanzar sólo unos veinticinco centímetros
de los trescientos sesenta metros del trayecto total del túnel. Además de lento,
el escudo era frágil: estaba a unos cuatro metros y medio debajo del lecho del
Támesis, de modo que unas presiones extraordinarias de la marea podían romper
la primera capa del revestimiento; y lo cierto es que muchos obreros murieron
en los compartimentos cuando eso efectivamente ocurrió. En 1835 se interrumpió
la obra. Pero a los Brunel podía faltarles cualquier cosa, menos decisión. En
1836, Brunel padre reconfiguró el mecanismo helicoidal que impulsaba el escudo
y en 1841 se terminó el túnel (su inauguración oficial tuvo lugar en 1843).
Hicieron falta quince años para cubrir los trescientos sesenta metros bajo
tierra[232].
A Brunel hijo le
debemos todo, desde la invención de arcenes herméticos — caissons— para puentes
hasta los barcos con casco de hierro y la creación de vagones de ferrocarril
eficientes. El retrato más conocido de este hombre es una fotografía en la que,
con un puro en la mano y el sombrero de copa echado hacia atrás, posa
ligeramente inclinado hacia delante, como listo para saltar, sobre un fondo de
grandes cadenas que cuelgan del enorme barco con casco de hierro que él mismo
inventara. Es la imagen de un luchador heroico, de un conquistador, capaz de
superar cualquier obstáculo que se encuentre en el camino. Pero, en este caso,
la agresión del combate
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se demostró
ineficaz.
Tras la huella de
los Brunel, otros tuvieron éxito al trabajar con la presión del agua y el lodo
en lugar de luchar contra ella. Es lo que ocurrió en la construcción de un
túnel bajo el Támesis en 1869, sin percances y apenas en un poco más de once
meses. En vez de la pared plana de los Brunel, Peter Barlow y James Greathead
diseñaron una estructura en forma de hocico achatado, cuya superficie curva era
más fácil de impulsar en el lodo. El túnel también era más pequeño, con unos
noventa centímetros de ancho por sólo 2,30 metros de altura, tamaño calculado
en función de las presiones de las mareas, lo que no se tuvo en cuenta en la
gigantesca fortaleza subterránea de los Brunel. Para la estructura del túnel,
la nueva construcción ovoidal utilizó un entubado de hierro fundido en lugar de
ladrillos. Los anillos de hierro fundido eran fijados con pernos a medida que
avanzaba la excavación, de modo que la forma del tubo distribuía la presión
superficial. Los resultados prácticos no se hicieron esperar; con el aumento
del tamaño de ese mismo tubo ovoidal, la nueva ingeniería hizo posible el
inicio de la red del Metro de Londres.
La forma tubular
puede parecer una solución evidente desde el punto de vista técnico, aunque los
Victorianos no advirtieran sus implicaciones humanas. Bautizaron como «escudo
Great-head» a la nueva solución, con generoso reconocimiento al socio más joven;
sin embargo, este nombre era engañoso, porque el término «escudo» sigue
sugiriendo un arma de combate. No cabe duda, como dijeron en la década de 1870
los defensores de los Brunel, que sin su ejemplo inicial, la alternativa de
Barlow y Greathead nunca habría llegado a ser una realidad. Que es lo que
interesa. Al comprobar el deficiente comportamiento de esta imposición
arbitraria, los ingenieros que sucedieron a los Brunel reimaginaron la tarea.
Los Brunel lucharon contra la resistencia del subsuelo; Greathead trabajó en
colaboración con ella.
Este pasaje de la
historia de la ingeniería plantea ante todo un problema psicológico que es
menester eliminar, como una telaraña. Una afirmación clásica de la psicología
sostenía que la resistencia produce frustración y, dando un paso más, que la
frustración produce cólera. En esto reside el impulso a hacer añicos un equipo
para armar cuyas piezas no encajan. En la jerga de las ciencias sociales, es el
«síndrome de frustración-agresión». La Criatura de Mary Shelley encarna el
síndrome con mayor violencia aún; su Criatura se ve impulsada a matar por
frustración amorosa. El nexo último entre frustración y conducta violenta
parece ser puro sentido común; pertenece al sentido común, sí, pero no es
sensato.
El síndrome de
frustración-agresión proviene de las reflexiones de los observadores del siglo
XIX, en particular de Gustave Le Bon, sobre las multitudes
revolucionarias[233]. Le Bon dejó de lado los aspectos específicos del agravio
político
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y destacó el hecho
de que las frustraciones reprimidas aumentan considerablemente el número de
participantes de las multitudes. Incapaz de descargar su cólera por canales
políticos formales, la multitud cada vez más frustrada termina asemejándose a
una batería que se está cargando: en un momento dado, la multitud libera esta
energía mediante la violencia.
Nuestro ejemplo de
ingeniería deja claro por qué el comportamiento que observa Le Bon en las
muchedumbres no es un modelo de trabajo idóneo. Los Brunel, Barlow y Greathead,
todos ellos tuvieron un elevado nivel de tolerancia a la frustración en su
trabajo. El psicólogo Lionel Festinger exploró en el laboratorio esa tolerancia
a la frustración observando animales expuestos a frustración prolongada;
descubrió que muchas veces las ratas y las palomas, en lugar de montar en
cólera, se hacían expertas en soportar la frustración, exactamente igual que
los ingenieros. Los animales organizaban su conducta para arreglárselas, al
menos temporalmente, sin gratificación. Las observaciones de Festinger se
inspiraron en investigaciones previas de Gregory Bateson sobre la tolerancia a
los «dobles vínculos», que son frustraciones sin salida[234]. Y un experimento
reciente con jóvenes a los que se les dan a conocer las respuestas verdaderas a
preguntas a las que previamente habían dado una respuesta equivocada muestra
que a veces continúan indagando y probando métodos o soluciones alternativas,
incluso cuando ya conocen la respuesta correcta. No es sorprendente; quieren
entender por qué se han equivocado.
Es cierto que la
máquina mental puede paralizarse cuando se topa con una resistencia demasiado
grande o demasiado prolongada, o con una resistencia que no admite
investigación. Cualquiera de estas condiciones podría inducir a una persona a
renunciar. ¿Hay habilidades que permitan convivir, y convivir productivamente,
con la frustración? Se destacan tres.
La primera recurre
a dar un nuevo formato, que puede inaugurar un salto de la imaginación. Barlow
anota que se imaginó a sí mismo cruzando el Támesis a nado (pensamiento
repugnante en una época en que las aguas residuales no recibían ningún
tratamiento de depuración). Luego imaginó qué forma inanimada se parecía más a
su cuerpo; su cuerpo tenía más de tubo que de caja. Es un auxiliar
antropomórfico para esta operación de dar un nuevo formato y se parece a la
proyección humana que ya hemos observado en los ladrillos honestos, pero con la
diferencia de que en este caso el auxiliar apunta a la solución de un problema.
El problema es reformulado con nuevos protagonistas, por así decir: un nadador
en lugar de un canal en el agua. Henry Petroski amplía considerablemente el
objetivo de Barlow: sin remodelar la resistencia, muchos problemas exactamente
definidos seguirían sin solución posible para el ingeniero[235].
Esa habilidad se
distingue del trabajo del detective que rastrea un error hasta su fuente.
Reformular un problema con diferentes protagonistas es una técnica a emplear
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cuando el trabajo
detectivesco llega a un punto muerto. Algo físicamente parecido a lo que Barlow
hizo mentalmente es lo que hacemos en el piano cuando, ante un acorde imposible
de tocar con una mano, lo tocamos con la otra; a menudo un cambio en los dedos
que se utilizan para tocar el acorde o el cambio de la mano protagonista arroja
nueva luz sobre el problema; por tanto, la frustración se alivia. Esta manera
productiva de abordar la resistencia podría compararse también con una
traducción literaria; por mucho que pueda perderse al pasar de una lengua a
otra, la traducción mantendrá los significados.
La segunda
respuesta a la resistencia tiene que ver con la paciencia. La tan a menudo
observada paciencia de los buenos artesanos es signo de una capacidad para no
cejar en un trabajo frustrante, y la paciencia en la forma de concentración
sostenida, como hemos visto en el capítulo 5, es una habilidad adquirida que
puede mejorar con el tiempo. Brunel conservó la paciencia, o al menos el tesón,
durante muchos años. A estas alturas podemos volver a formular una regla, de
naturaleza opuesta al síndrome de frustración-agresión: cuando algo se prolonga
más de lo que esperas, deja de pelear con ello. Esta regla se cumplió en el
laberinto que Festinger ideó en su laboratorio para las palomas. Al comienzo,
las palomas desorientadas se daban contra las paredes de plástico del
laberinto, pero a medida que avanzaban en el experimento, dejaban de atacar las
paredes, aunque sin dejar de estar confusas; aún se movían con dificultad, pero
con más calma, pese a no saber adónde se dirigían. Pero esta regla no es en
absoluto tan simple como parece.
La dificultad
reside en calibrar el tiempo. Si una dificultad perdura, una alternativa a la
renuncia es la reorientación de las expectativas. En casi todos los trabajos
calculamos cuánto tiempo llevará hacerlo; la resistencia nos obliga a revisar
el cálculo. El error parece haber sido imaginarnos que podíamos terminar
rápidamente un trabajo, pero en realidad el truco está en que para poder hacer
esa revisión debemos fracasar repetidamente, o eso es lo que cree el autor de
Kyudo: el arte japonés del tiro con arco. El maestro zen ofrece su consejo de
detener la lucha en particular al principiante que yerra una y otra vez el
tiro. Por tanto, la paciencia de un artesano puede definirse como la suspensión
temporal del deseo de finalizar.
De esto se
desprende una tercera habilidad para trabajar con la resistencia, que me da
cierto apuro enunciar sin rodeos: la de identificarse con la resistencia. Esto
podría parecer un principio carente de contenido que viene a sugerir que para
enfrentarse a un perro que quiere morder, hay que pensar como un perro. Pero en
artesanía la identificación tiene un significado preciso. Al imaginarse a sí
mismo nadando en el Támesis contaminado, Barlow respondió más al flujo del agua
que a su presión, mientras que Brunel se había centrado en el elemento que
menos resistencia ofrece — la presión del agua— y había luchado contra ese
desafío mayor. La identificación que practica un buen artesano es selectiva, o
sea, la que en una situación difícil busca el
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elemento que menos
resistencia ofrece. A menudo este elemento es más pequeño, y por eso parece
menos importante que el desafío mayor. Tanto en el trabajo técnico como en el
artístico es un error tratar primero las grandes dificultades y luego limpiar
los detalles; el buen trabajo procede muchas veces precisamente en sentido
opuesto. Así, en el piano, al enfrentarse a un acorde complicado, la
inclinación de la palma ofrece de entrada menos dificultad que el estiramiento
de los dedos; es más probable que el pianista realice progresos respondiendo
positivamente a este detalle.
No hay duda de que
centrarse en elementos pequeños y productivos es tanto una cuestión de actitud
como de procedimiento. A mi juicio, la actitud deriva del poder de la empatía
que se ha descrito en el capítulo 3, no entendida como abierta expresión de amor,
sino simplemente como disposición a volverse al exterior. De esta manera,
Barlow no abordó su problema de ingeniería con la esperanza de encontrar algo
así como un defecto en las defensas enemigas, un punto débil para explotar. Su
tratamiento de la resistencia consistió en seleccionar un aspecto de ésta con
el que pudiera trabajar. Frente a un perro que ladra, mejor sería mantener la
mano abierta delante de él que responder mordiendo también nosotros.
En resumen, las
habilidades para trabajar bien con la resistencia son las de reconfigurar el
problema en otros términos, readaptar la conducta propia si el problema se
prolonga más de lo esperado e identificarse con el elemento del problema que
menos resistencia ofrezca.
LA CREACIÓN DE
DIFICULTADES
El trabajo de la
piel
En el polo opuesto
de las resistencias espontáneas, nosotros mismos podemos crear dificultades.
Esto se debe a que muchas veces las soluciones fáciles y escuetas ocultan
complejidad. Precisamente por esta razón el joven músico que elimina las cintas
de Suzuki de un instrumento de cuerdas pone difíciles las cosas. El urbanismo
moderno ofrece un ejemplo afín y más rico de la creación de dificultades. Es el
caso de un edificio que muchos lectores conocen bien, el Museo Guggenheim, de
Frank Gehry, en Bilbao. La construcción del edificio contiene una historia
oculta a la mirada del visitante.
Cuando las
autoridades de Bilbao, en la década de 1980, encargaron un museo de arte, lo
hicieron con la esperanza de estimular la inversión en un puerto exhausto. El
transporte marítimo había disminuido en Bilbao y, durante generaciones de
explotación medioambiental, la ciudad había decaído y perdido vitalidad. En
parte, se eligió a Gehry, cuyos intereses son fundamentalmente escultóricos,
porque las autoridades de Bilbao advirtieron que otra elegante caja de vidrio y
acero como museo no enviaría la decisiva señal del cambio que buscaban. Sin
embargo, el
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emplazamiento
escogido hacía difícil el envío de esa señal, pues, aunque próximo al agua,
estaba inmerso en la maraña de calles que había dejado una planificación urbana
antigua y deficiente.
Durante mucho
tiempo Gehry ha esculpido edificios de metal, un material flexible que se puede
adaptar a las inclinaciones y curvas de la maraña de calles. Aquí quería
desplegar su metal en una estructura acolchada, con el fin de difuminar la luz
que se reflejaba en el edificio y suavizar su ingente volumen. La aleación de
plomo y cobre era el material que más fácilmente y con menor coste se habría
adaptado al proyecto de Gehry; su fabricación en grandes hojas carece por
completo de complicaciones. Pero en España este metal es ilegal porque se
considera tóxico.
El camino de la
menor resistencia posible habría sido el de la corrupción. Los poderosos
patrocinadores del proyecto hubieran podido sobornar a los funcionarios del
gobierno para que autorizaran el mencionado material, modificaran la ley u
obtuvieran una excepción para tan estelar arquitecto. Sin embargo, los
funcionarios y el arquitecto aceptaron que el cobre con plomo entraña riesgos
medioambientales. Así las cosas, Gehry buscó otro material. «Eso —ha escrito,
no sin cierta dosis de circunspección— llevó mucho tiempo»[236].
Al comienzo, su
estudio experimentó con acero inoxidable, que no reflejaba, como quería Gehry,
el juego de luces sobre las superficies curvas. Ante la frustración, cambió al
titanio, que tenía «calidez y carácter», pero resultaría demasiado caro y rara
vez había sido utilizado para revestir edificios con anterioridad a los años
ochenta. El titanio que se producía con fines militares, principalmente para
determinadas partes de los aviones, habría costado una fortuna y nunca se
destinaba al trabajo arquitectónico en tierra.
Gehry visitó una
fábrica en Pittsburgh, donde se laminaba el titanio, y trató de modificar la
manera de producir el metal. Dice Gehry, aunque algo equívocamente: «Pedimos al
fabricante que continuara buscando la combinación correcta de aceite, ácidos,
rodillos y calor para llegar a obtener el material que deseábamos»; la frase
«combinación correcta» es engañosa porque, al comienzo, ni él ni los otros
diseñadores sabían exactamente lo que querían.
Además —y en esto
consistía el mayor desafío técnico— había que crear nueva maquinarla. Lo que
Gehry tenía a su disposición eran rodillos diseñados para laminar acero
fundido, pero estos rodillos eran demasiado burdos y pesados, sobre todo cuando
decidió que quería una estructura con una cubierta acolchada a fin de difuminar
la luz que en ella se reflejaba. Para conseguir un laminado preciso había que
reconsiderar los cojinetes que soportaban los rodillos. El nuevo mecanismo de
amortiguación fue importado y adaptado de los amortiguadores hidráulicos de los
automóviles.
Este cambio de
dominio sólo planteó más dificultades. Ahora había que explorar
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la composición del
metal teniendo en cuenta las herramientas de laminación, para lo cual Gehry y
su equipo tenían que evaluar en cada etapa tanto las características estéticas
como las estructurales. Esto llevó un año. Finalmente, los fabricantes produjeron
láminas de una aleación de titanio que recubrían una estructura acolchada y
tenían un tercio de milímetro de espesor. Estas hojas, a la vez más delgadas y
menos rígidas que las planchas de acero inoxidable, se mueven ligeramente con
el viento. La luz se difumina efectivamente y aletea sobre la estructura
acolchada; las hojas corrugadas también dieron prueba de enorme resistencia.
El espíritu
artesanal que orientó esta investigación material fue más flexible que el de la
mera solución de problemas. Los fabricantes tuvieron que replantearse una
herramienta, los rodillos, importada de otra máquina y reimaginada como telar
para metales. La investigación de la composición del titanio, que se realizó
mediante la variación controlada de sus elementos, fue más sencilla. Es difícil
saber qué pensaron y qué sintieron los técnicos mientras desarrollaban esta
delicada tarea, pero algo sabemos acerca de los procesos mentales de Gehry. La
experiencia le pareció iluminadora, término que utilizo con toda deliberación.
Una vez que pudo
producir y utilizar titanio acolchado —explica Gehry—, empezó a considerar sus
supuestos sobre estabilidad, que es el aspecto más importante del diseño
arquitectónico. Advirtió que «la estabilidad que da la piedra es falsa, porque
la piedra se deteriora con la contaminación de nuestras ciudades, mientras que
un tercio de milímetro de titanio es una garantía por cien años». La
estabilidad —en contra de las apariencias— puede asociarse más a lo delgado que
a lo grueso y más a lo ondulante que a lo rígido.
Tal vez el aspecto
más interesante de esta historia previa a la construcción del museo sea lo que
el arquitecto consiguió gracias a haber creado él mismo todas estas
dificultades en torno a la piel del edificio. Con sus trabajos sobre la
superficie llegó a cuestionar un aspecto básico de la estructura. Es cierto que
la sencillez constituye un objetivo de la artesanía, pues forma parte de la
medida de lo que David Pye llamó «solidez» de una práctica. Pero crear
dificultades sin ninguna necesidad es una manera de pensar acerca de la
naturaleza de la solidez. «Es demasiado fácil» es una puesta a prueba de «aquí
hay algo más de lo que parece».
Esta observación
más bien general tiene hoy una aplicación práctica. Muchas veces la
planificación urbana, al igual que otras prácticas técnicas, centra la atención
en la complejidad innecesaria, tratando de eliminar enredos del sistema de
calles o del espacio público. La simplicidad funcional tiene un precio; la
reacción de los habitantes de las ciudades a los espacios vacíos tiende a ser
neutral. El planificador-diseñador que intenta dar vida a estos espacios
públicos muertos puede tener éxito introduciendo arbitrariamente elementos en
apariencia innecesarios, como accesos indirectos a las entradas principales o
bolardos para marcar el territorio, o, como hizo
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Mies van der Rohe
con el Seagram Building de Nueva York, ideando complicadas entradas laterales a
su torre de elegante sencillez. La complejidad puede servir como herramienta de
diseño para contrarrestar la neutralidad. Los incrementos de complejidad pueden
estimular en el público un compromiso mayor con su entorno. Esto es lo que
explica que se califique un espacio público como demasiado simple,
excesivamente cómodo.
En el proceso de
producción, introducir complejidad es un procedimiento que responde a la
sospecha de que las cosas no son lo que parecen; en este caso, complicar las
cosas es una técnica de investigación. A este respecto podríamos observar que
para el equipo industrial de Gehry, el resultado de sus esfuerzos no fue tanto
el enriquecimiento estético como una nueva concepción del rodillo de
laminación; la introducción de la complejidad los había retrotraído a esa
herramienta simple. A veces, la planificación intrínsecamente compleja lleva
también a enfocar la atención en los elementos simples del medio construido: un
sencillo banco o un grupo de árboles introducidos en un vacío espacial.
Por tanto, las
resistencias pueden ser espontáneas o provocadas por nosotros mismos. En ambos
casos se necesitan tolerancia a la frustración e imaginación. Para tratar las
primeras nos identificaremos con el obstáculo abordando el problema, por así
decir, desde su punto de vista. Las dificultades que uno mismo crea encierran
la sospecha de que las cuestiones podrían o deberían ser más complejas de lo
que parecen; es posible que para averiguarlo tengamos que complicarlas más aún.
El filósofo John
Dewey apostó por el aprendizaje positivo a partir de la resistencia, en parte
debido a su controvertida posición en el umbral del siglo XX. Los darwinistas
sociales contemporáneos de Dewey habían magnificado la actitud de Brunel.
Suponían que toda criatura viva tendía a superar los obstáculos que le
planteaban todas las otras criaturas competidoras. Para estos malos discípulos
de Charles Darwin, el mundo natural era sólo un lugar de lucha; la sociedad,
sostenían, estaba regida por el interés egoísta, cualquier cooperación
altruista brillaba por su ausencia. Dewey consideraba esto como una fantasía
machista que desconocía el verdadero problema: la clave de la supervivencia es
trabajar en colaboración con la resistencia.
Dewey era heredero
de la Ilustración. Como Madame D’Épinay, creía en la necesidad de conocer los
límites propios. También fue pragmatista, de modo que creía que para hacer
cosas, más que librar una guerra contra las resistencias que se nos pongan por
delante, necesitamos comprenderlas. Dewey, filósofo de la cooperación, declara:
«Únicamente si comparte las relaciones ordenadas de su medio puede un organismo
asegurar la estabilidad esencial para vivir»[237]. Como se verá al
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final de este
libro, de estos sencillos principios extrajo toda una filosofía de la acción.
Pero lo más importante es que la resistencia le interesaba como un problema
medioambiental. El uso que Dewey hace de la expresión «medio ambiente» es más
bien general y abstracto; con ella se refiere a veces a la ecología de un
bosque, a veces a las fábricas. Intenta transmitir la idea de que esa
resistencia siempre tiene un contexto, sea natural o social, que la experiencia
de la resistencia nunca es un acontecimiento aislado. Con este espíritu, pero
de modo un poco más definido, quisiéramos especificar dónde tienen lugar las
resistencias.
LUGARES DE
RESISTENCIA
Paredes y membranas
Todo organismo vivo
tiene dos lugares de resistencia: las paredes y las membranas celulares. Ambas
resisten las presiones externas para mantener intactos los elementos internos
de la célula, pero lo hacen de distintas maneras. La pared celular es más excluyente,
mientras que la membrana permite más intercambio fluido y sólido. En lo que
respecta a su función de filtro, la diferencia entre estas estructuras es de
grado; no obstante, en aras de la claridad, permítaseme exagerarla y decir que
una membrana es un contenedor resistente y a la vez poroso.
Una diferencia
paralela a la que existe entre paredes y membranas celulares puede hallarse en
las ecologías naturales. Una frontera ecológica se asemeja a la pared celular,
mientras que un linde ecológico se parece a la membrana celular. Una frontera
puede ser un territorio defendido, como los que establecen las manadas de
leones o de lobos, una zona prohibida para otros animales. O puede ser
simplemente un linde en donde terminan las cosas, como la línea de árboles de
una montaña que marca la frontera por encima de la cual los árboles no pueden
crecer. Un linde ecológico, por el contrario, es un lugar de intercambio en
donde los organismos se hacen más interactivos. Un linde de este tipo es la
costa de un lago; en la orilla y la tierra los animales pueden encontrar muchos
otros organismos y alimentarse de ellos. Lo mismo vale para las capas de
temperatura dentro del lago: la zona en donde una capa se une a otra es una
zona acuática de intenso intercambio biológico. Un linde ecológico, como una
membrana celular, resiste la mezcla indiscriminada; contiene diferencia, pero
es poroso. El linde es un borde activo.
Estas distinciones
naturales se reflejan en el medio construido por el hombre. El muro que Israel
está levantando en los territorios de Cisjordania, por ejemplo, está concebido
para que funcione como una pared celular o una frontera ecológica; en aras de
la seguridad, no por casualidad, el muro es de metal, el menos poroso de los
materiales. Los grandes ventanales de vidrio plano que se utilizan en la
arquitectura moderna son otra versión de la frontera; en efecto, aunque
permiten la visión interior,
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no dejan pasar los
olores ni los ruidos e impiden tocar. Otra variante moderna es la urbanización
cerrada, que mantiene la vida herméticamente confinada entre sus muros
custodiados por cámaras de vigilancia. Lo predominante en la ciudad moderna es
la frontera establecida por el tráfico de las autopistas, que separa las partes
de la ciudad unas de otras. En todos estos espacios, la resistencia al exterior
está destinada a hacerse absoluta, la frontera ha de evitar la interacción
humana.
Merece la pena
reflexionar un poco más sobre las murallas, porque en la historia de las
ciudades, a veces murallas que nacieron como fronteras inertes se transformaron
en lindes más activos.
Hasta la invención
de la artillería, la gente se protegía detrás de murallas cuando era atacada;
en las ciudades medievales, las puertas que se instalaron en las murallas
regulaban el comercio que entraba en la ciudad; la falta de permeabilidad de
las murallas permitía recaudar eficazmente los impuestos en estos pocos puntos
de control. Algunas grandes murallas medievales, sin embargo, como las que aún
hoy subsisten en Aviñón, sufrieron modificaciones a lo largo del tiempo; dentro
de los muros de la ciudad, en el siglo XVI el alojamiento creció sin ninguna
regulación ni control; fuera, las murallas daban abrigo a mercados ilegales y,
lejos de los controles del centro, atraían a exiliados extranjeros y a otros
marginados. Aunque sin duda no lo pareciera, esas murallas funcionaban más bien
como membranas celulares, a la vez porosas y resistentes.
Los primeros guetos
de Europa también se transformaron en lugares con murallas de este tipo.
Concebidas para contener presencias supuestamente impuras o ajenas a la ciudad,
como los comerciantes judíos o musulmanes, las murallas de los primeros guetos
muy pronto empezaron a permeabilizarse. En Venecia, por ejemplo, las islas
reservadas para los judíos y los edificios llamados fundacos, donde se alojaban
alemanes, griegos y armenios, estaban rodeadas de muros en cuya proximidad la
actividad económica se hacía cada vez más intensa. Los guetos eran formalmente
más complicados que las prisiones, pues reflejaban la complejidad de Venecia
como ciudad internacional[238].
La manera en que
los urbanistas de hoy desean fomentar el desarrollo repite la transformación de
las murallas medievales. En urbanismo, trabajar en colaboración con la
resistencia significa convertir las fronteras en lindes. Impulsan esta
estrategia tanto valores económicos como de tolerancia. Una ciudad necesita
absorber constantemente nuevos elementos. En las ciudades saludables, la
energía económica empuja del centro a la periferia. El problema está en que
somos mejores constructores de fronteras que de lindes. Hay para ello una razón
profunda.
Desde sus orígenes,
el centro de la ciudad europea ha sido más importante que su periferia; las
cortes, las asambleas políticas, los mercados y los centros de culto religioso
más importantes han tenido su sede en el centro de la ciudad. Este énfasis
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geográfico se
traducía en un valor social: el centro es probablemente el lugar más compartido
por la gente. En la planificación moderna esto ha significado que los esfuerzos
para fortalecer la vida de la comunidad traten de intensificar la vida en el
centro. Pero ¿es el centro, como espacio y como valor social, un buen lugar
para preparar el cóctel de la diversidad cultural? En absoluto.
Esto es lo que he
descubierto hace unos años, cuando colaboré en la creación de un mercado que
sirviera al Harlem hispano de Nueva York. Esta comunidad, a la sazón una de las
más pobres de la ciudad, se extendía por encima de la calle Noventa y seis, en el
Upper East Side de Manhattan. Al sur, en un cambio brusco, se hallaba una de
las comunidades más ricas del mundo, comparable al Mayfair de Londres o al
Distrito Séptimo de París. Decidimos situar La Marqueta en el centro del Harlem
Hispano y considerar la calle Noventa y seis como un límite muerto donde no
podía suceder gran cosa. Nos equivocamos. Debimos haber tratado esta calle como
un linde importante; el emplazamiento del mercado en ella habría estimulado la
actividad que mantuviera a ricos y pobres en contacto comercial cotidiano.
(Otros planificadores, más prudentes, aprendieron de este error; en el límite
sudoccidental del Harlem afroamericano trataron de situar los nuevos
equipamientos de la comunidad en los lindes entre comunidades).
En toda actividad
artesanal aspiramos a seguir el impulso del urbanista a trabajar junto con la
resistencia en situaciones liminares. Desarrollamos la habilidad en la zona
liminal de la vida. Sin embargo, el error de planificación cometido en el
Harlem hispano encierra un peligro en relación con el trabajo. Muchos
ejecutivos tienen en mente un mapa de trabajo realizado por sus respectivas
organizaciones: casillas con actividades especializadas, flechas y diagramas
que las conectan. En este mapa mental —tan caro a los expertos en personal—, lo
más común es que el trabajo más importante ocupe una posición prominente,
central, y que las tareas secundarias o independientes sean desplazadas al
fondo o a los costados del diagrama; la representación del medio laboral es la
misma que la de una ciudad o una comunidad. A menudo el mapa resulta engañoso,
porque puede haberse evaluado mal y haber desplazado a la periferia auténticos
problemas. Además, a menudo las flechas y los diagramas de flujo de este mapa
mental representan erróneamente el tipo de trabajo que sólo puede realizarse en
una zona liminar. Es allí donde tienen lugar las reparaciones cuando los
técnicos, los enfermeros o los vendedores afrontan problemas difíciles y
ambiguos: lo más probable es que las flechas de casilla a casilla sólo
representen quién informa a quién.
Ojalá esos mapas
organizativos sólo se hallaran en los despachos de los infames capitalistas.
Pero, por desgracia, la gran mayoría de la gente confecciona mapas mentales
similares, que representan más las partes de su trabajo que los procesos del
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mismo. En el
límite, la zona donde hay que vérselas con la dificultad, es particularmente
necesario un proceso de representación más riguroso, aunque más complejo; para
abordar la dificultad necesitamos visualizarla. Este es probablemente el mayor
reto con el que se encuentra cualquier buen artesano: el de reconocer la
dificultad con los ojos de la mente.
Así, la inclinación
de la palma de la mano parece periférica en el mapa mental que un músico
elabora a propósito del estiramiento para ejecutar un acorde, y sin embargo es
una zona para el trabajo productivo con la resistencia de los dedos; la palma
se convierte en un espacio de trabajo. De la misma manera, al clavar un clavo,
tenemos que establecer esa zona liminar del mango del martillo en la cual la
firmeza de la prensión interactúa con la libertad del codo; este punto de apoyo
es nuestro espacio de trabajo. Al evaluar la firmeza de la carne de un pollo
sacrificado para comer, la punta del dedo se convierte en un linde sensible. En
la orfebrería, el momento de la verdad en el aquilatamiento es una zona liminar
tanto física como mentalmente, pues las yemas de los dedos exploran la textura
de una sustancia problemática tratando de reconocerla y nombrarla. Todas éstas
son maneras de ver el trabajo, en especial el trabajo difícil.
Este reto casa
perfectamente con el problema con el que comenzamos, que trataba de precisar el
«lugar de la resistencia». La frase tiene dos sentidos: o bien denota una
frontera, una resistencia a la contaminación, excluyente, letal, o bien un
linde, un lugar de intercambio y a la vez de separación. Las murallas de las
ciudades han encarnado ambos sentidos. En el contexto de una ciudad
multicultural, el segundo tipo de espacio es al mismo tiempo más desafiante y
más necesario. También en el trabajo, la frontera es un espacio de contención;
el medio más productivo para trabajar con la resistencia es un linde.
AMBIGÜEDAD
El crítico
literario William Empson escribió un famoso estudio sobre siete tipos de
ambigüedad en el lenguaje, gama que va de la flagrante contradicción a la
imprecisión total. Todo buen escritor reparte la ambigüedad, sea cual fuere,
como el vino exquisito, es decir, con cuentagotas. Podemos explotar el aspecto
expresivo del suspense o de personajes sin determinar, con tal de que no lo
hagamos con demasiada frecuencia. Por tanto, ¿cómo abordar las imprecisiones?
La anticipación de
la ambigüedad
La creación de un
borde
Se trata aquí sobre
todo de la realización de un movimiento que sabemos que
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producirá un
resultado ambiguo. Es lo que ocurrió, por ejemplo, cuando el joven violinista
retiró las cintas de Suzuki; no sabía exactamente qué pasaría, pero fue un paso
decisivo. La ambigüedad puede crearse también mecánicamente, como en la «lógica
confusa» inherente a muchos programas informáticos; en ellos, el principio
organizativo es la postergación. Un programa de lógica confusa es lo
suficientemente elaborado como para postergar la resolución de un conjunto de
problemas mientras trabaja en otro campo, en busca de informaciones útiles; el
ordenador moderno es capaz de mantener en su memoria un ingente volumen de
soluciones provisionales. Aunque en términos de tiempo humano esa espera sea
imperceptible, de apenas unos microsegundos, en la escala temporal del
ordenador el mecanismo se detiene, la aplicación queda momentáneamente sin
resolver.
También en diseño
urbano podemos producir ambigüedad ideando lugares en los que la gente no sabe
bien dónde está, lugares en los que se siente perdida. Un espacio de esas
características es el laberinto. La ambigüedad planificada resulta más valiosa
si con la desorientación momentánea el diseñador aspira a que la gente aprenda
algo, a que se haga ducha en el tratamiento de la ambigüedad. Amsterdam ofrece
un ejemplo gráfico de esta ambigüedad instructiva diseñada, un tipo particular
de borde vital.
En los años
inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, el arquitecto Aldo Van
Eyck comenzó a llenar los espacios vacíos de Amsterdam con zonas de recreo:
patios traseros llenos de basura, glorietas, rincones abandonados y bordes de
calzadas. Van Eyck eliminó la basura y niveló el suelo; a veces su equipo
pintaba las paredes de los edificios contiguos y el propio arquitecto diseñó el
equipamiento de las zonas de recreo, los cajones de arena y las piscinas para
niños. A diferencia del patio de recreo escolar, estos miniparques callejeros
eran también atractivos para los adultos. Muchos tenían bancos cómodos o
estaban cerca de cafés o bares, lo que permitía a los adultos que cuidaban
niños entrar un momento y beber algo para calmar los nervios. Van Eyck
construyó muchas zonas urbanas de recreo de este tipo a mediados de los años
setenta; Liane Lefaivre, historiadora del urbanismo, eleva a centenares su
número total, pues otras ciudades holandesas siguieron el ejemplo de
Amsterdam[239]. Desgraciadamente, pocos han sobrevivido.
El objetivo que se
proponía el diseñador con estos pequeños parques era enseñar a los niños a
prever y manejar las transiciones ambiguas en el espacio urbano. Por ejemplo,
los niños a los que se llevaba a la zona de recreo de Hendrikplantsoen, tal
como ésta era en 1948, podían revolcarse en los cajones de arena que no estaban
nítidamente separados de las áreas de hierba[240]. La ausencia de delimitación
precisa entre la arena y la hierba estaba deliberadamente diseñada para
proporcionar a los más pequeños una oportunidad de asombrarse ante esta
diferencia táctil. Cerca de los cajones de arena había sitios para que los
niños un poco mayores treparan y los
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adultos se
sentaran. Para hacer posible el tránsito de la zona de los primeros pasos a la
de trepar, el arquitecto colocó unas piedras de diferentes alturas unas junto a
otras, pero no en línea recta, de modo que el niño pequeño tenía que
experimentar contra su cuerpo una especie de bosque de piedras escalonadas. Una
vez más, la ausencia de clara definición física constituía un reto; había
bordes, pero no separaciones nítidas; la exploración de esta condición tenía la
finalidad de estimular el deseo de investigar.
Van Eyck intuyó que
esas ambigüedades espaciales también estimularían a los niños a
interrelacionarse, que los más pequeños tenderían a ayudarse mutuamente a
gatear y a dar los primeros pasos. Esta idea se desarrolló con ocasión de la
construcción del parque Buskenblaserstraat[241]. Este parque se fraguó a partir
de un espacio vacío en una esquina con tráfico ininterrumpido. Mientras que el
cajón de arena estaba perfectamente delimitado e instalado lejos de las calles,
el equipamiento para que los niños treparan no estaba tan protegido. La
actividad cooperativa — vigilancia de los coches, gritos, muchos gritos— se
convierte en una cuestión de seguridad; éste fue un parque ruidoso desde el
primer momento. Cuando juegan alrededor de esas estructuras tubulares, los
niños no sólo tienen que vigilarse unos a otros cuando los coches se acercan,
sino que también tienen que definir reglas acerca del modo de empleo del
mobiliario de juego. Al igual que el anatomista con su escalpelo, Van Eyck fue
partidario de las formas simples de mobiliario lúdico, que dieran pocas
indicaciones de uso. Y justamente porque en el Buskenblaserstraat hay
suficiente espacio para lanzar una pelota con las manos o con los pies, los
niños tuvieron que avenirse a reglas de juego que les permitieran jugar sin ser
atropellados por los coches. Por tanto, el arquitecto diseñó un parque que
empleaba los elementos más simples y claros que invitaran a sus jóvenes
usuarios a desarrollar la habilidad de anticipar el peligro y manejarlo; no
buscaba protegerlos mediante el aislamiento.
El de Van
Boetzelaerstraat es el más ambicioso de los parques de Van Eyck[242].Aquí, en
otro espacio que había quedado libre en un rincón de una sección densamente
construida de Amsterdam, el arquitecto colocó sus piedras de trepar y su
equipamiento tubular, pero también trató de incluir en el diseño edificios a un
lado del parque y tiendas al otro lado de la calle, idea arriesgada porque en
este sitio el tráfico podía ser intenso. De noche, los adolescentes tomaban el
control del rincón y pasaban allí el tiempo a la espera de que sucediera algo,
mientras que los adultos sentados en los bancos esperaban que no pasara nada.
Lo interesante del
parque de Van Boetzelaerstraat es que niños, adolescentes y adultos aprendieron
a usarlo conjuntamente. El diseño proporciona una orientación sutil, los bancos
están colocados de tal manera que los padres puedan vigilar a los niños más
pequeños que juegan cerca de la calzada. Terminado el parque, grupos de
adolescentes colonizaron la acera del otro lado de la calle; los compradores
que descansaban tendían a mirar a los niños que hacían cabriolas justo al lado
del tráfico,
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pero no se metían
con ellos; los compradores activos atravesaban el espacio para pasar de una
tienda a otra, invadiendo la ocupada zona de recreo. En este dominio público,
más que interactuar verbalmente, la gente se mezclaba físicamente. Pero el
dominio público no era neutral ni indiferente; atraía a los jóvenes y a los
ancianos del vecindario.
Aquí, por tanto,
había proyectos que cumplían concretamente el objetivo de crear un borde vital,
una membrana porosa. Van Eyck encontró maneras sencillas y claras de lograr que
los usuarios de sus parques, jóvenes y ancianos, aumentaran su capacidad de anticipación
y manejo de la ambigüedad en el borde. Por supuesto, hay una paradoja. Van Eyck
reflexionó profundamente sobre la mejor manera de conseguir esto de manera
visual; difícilmente su lógica visual puede considerarse «confusa» en el
sentido ordinario de la palabra. Y los niños que aprendieron a llevarse bien
con la ambigüedad inherente a los diseños de sus parques terminaron creando
reglas de comportamiento para sí mismos. Estos parques son una demostración de
seguridad en oposición a la regulación de salud y seguridad de la mayor parte
del actual diseño de parques, que encierran y aíslan a los niños.
La habilidad del
profesional de estos diseños puede compararse con la «lógica del tío de Oriente
Medio» implícita en las recetas de Elizabeth David —una conclusión que se deja
deliberadamente sin enunciar— o, más concretamente, al uso de la elipsis en la
escritura (…) Como en la escritura, la mejor manera que tiene el diseñador de
utilizar ese recurso es seguir el principio moderno según el cual menos es más.
Es decir que el uso eficaz de la ambigüedad obliga a su autor a pensar en la
economía. Es difícil imaginar juntas la ambigüedad y la economía, pero ambas
tienen su lugar en la familia más amplia de las prácticas artesanales si
concebimos la creación de ambigüedad como un ejemplo especial de aplicación de
la fuerza mínima. Van Eyck eligió muy cuidadosamente dónde difuminar los bordes
en sus zonas de recreo; por el contrario, la relación del espacio de la zona de
recreo con las entradas de los edificios es en general clara, muy definida.
También habría sido engañoso por mi parte transmitir la idea de que las recetas
de David carecen de bordes definidos. En lo que se refiere a la carne del ave,
las recetas están llenas de «haga» y «no haga»; los vacíos que tienen lugar en
la escena narrativa se destacan sobre el fondo de estas órdenes. En la
escritura, la economía estratégica de la elipsis debería situarse precisamente
allí donde el lector desea liberarse de tensión, lo que una conclusión
explícita podría proporcionarle, pero es ahí donde el escritor quiere retener
al lector…, que el lector siga leyendo.
El gran antagonista
de Van Eyck fue Le Corbusier, más fue Le Corbusier urbanista que el arquitecto
de edificios individuales. Le Corbusier fue enemigo de la vida en la calle; él
pensaba que, en el mejor de los casos, era desorden, y en el peor, confusión
irracional en el plano. Su Plan Voisin para París, concebido en la década de
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1920 para el
distrito del Marais, vacía por completo sus calles de seres humanos para hacer
de ellas meras arterias y venas, espacio depurado para la circulación del
tráfico. En un memorable ensayo titulado «Whatever Space and Time Mean, Place
and Occasion Mean More», Van Eyck expresó el contraste entre Le Corbusier y él
mismo como el que se da entre crear espacio y crear lugar[243]. Mientras que Le
Corbusier relegaba las calles a la función de arterias conductoras del tráfico,
para Van Eyck el plano representaba el ámbito en el que la gente «conoce» las
ciudades. El emplazamiento de bancos y de bolardos, la altura de las
piedras-escalones, las poco definidas separaciones de la arena, la hierba y el
agua, son herramientas de ese aprendizaje, educación en la ambigüedad.
IMPROVISACIÓN
Escaleras
Las casas de
vecindad del Lower East Side de Nueva York son un ejemplo de que es posible
hacerse experto en ambigüedad sin ayuda de diseños didácticos como los de Aldo
Van Eyck. Aquí la gente ha improvisado. Los edificios de esta parte pobre de
Nueva York han adquirido un aspecto uniforme después de tres generaciones de
leyes sobre la vivienda —de 1867, 1879 y 1901— cuyo objetivo era garantizar luz
y aire en las nuevas viviendas destinadas a gente de escasos recursos. Los
residentes inmigrantes ignoraron las prescripciones legales. La escalera de entrada,
en general de arenisca, se diseñaba para que cumpliera la función de pasaje de
entrada y salida. Muy pronto los moradores de estas viviendas comenzaron a
utilizar los escalones como asientos; las paredes laterales de las escaleras se
convirtieron en bastidores en los que se exponían artículos en venta y se
secaba la ropa. Más que un pasaje, la entrada terminó siendo un espacio público
habitado donde la gente pasaba el tiempo, chismorreaba y vendía; es decir,
llevaba una vida de calle que aligeraba el hacinamiento interior.
El arquitecto
Bernard Rudofsky se inspiró en el ejemplo de estas escaleras. En Architecture
without Architects documentó cómo la mayoría de las ciudades se construyó sobre
todo improvisando, sin la guía de ningún diseño formal coherente. Se agregaban
edificios a los edificios y calles a las calles, sus formas se adaptaban a las
diferentes condiciones del terreno en el proceso de expansión: así se
desarrollaron ciudades como El Cairo o las vastas periferias de Ciudad de
México.
La improvisación es
una habilidad de usuario. Se inspira en la metamorfosis de la forma-tipo que se
produce con el paso del tiempo. En los micromedios de las entradas de las casas
de vecindad de Nueva York, de una manzana a otra del Lower East Side se producían
cambios relativos a las mercancías y a la manera de exhibirlas en cuerdas de
tender la ropa. También las variaciones étnicas de los diferentes
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vecindarios eran
motivo de cambios en la forma-tipo. Esto puede verse aún hoy; en los
vecindarios asiáticos, las sillas tienden a situarse frente a la calle y en
paralelo a ésta, mientras que en los viejos vecindarios italianos están
colocadas en ángulo recto con respecto a la calle, de modo que la gente pueda
ver a sus vecinos de otros portales.
No se entendería
correctamente la creación de estos territorios si se los considerara
espontáneos y por tal cosa se entendiera que todo ha sido fortuito. En las
escaleras de las viviendas los improvisadores observan y experimentan con las
escaleras de entrada de sus casas en relación con su propio cuerpo. Lo mismo
que un músico de jazz, el habitante de una de estas casas de vecindad que
improvisa se somete a reglas. Los materiales físicos que tiene a mano en la
calle son datos disponibles, como la melodía escrita y las armonías
fundamentales que se especifican para cada pieza en el cheat book de un músico
de jazz (de cheat, «estafa», porque muchas de esas canciones están tomadas
ilegalmente al margen del copyright.) La buena improvisación jazzística obedece
a reglas de economía; las variaciones escogen un elemento a explorar, de lo
contrario pierden foco; las inversiones armónicas están reguladas por lo que
precede. Sobre todo, el músico de jazz tiene que elegir para su instrumento
elementos a los que pueda responder otro músico con un instrumento distinto.
Una improvisación feliz evitará ser el equivalente sonoro de un laberinto
visual.
Lo mismo vale para
el uso improvisado de la calle por la gente. En las culturas de la calle
supervivientes del Lower East Side, los libreros están completamente apiñados,
pero extienden artículos que los separan de sus vecinos, como si se tratara de
un tema musical con variaciones; los buhoneros que utilizan las escaleras se
mueven en una especie de coreografía para permitir a los curiosos desplazarse
de un portal a otro; los moradores cuelgan la colada de una casa a otra para no
obstruir ventanas clave. Al visitante accidental esto puede parecerle un caos,
pero en realidad los ocupantes de la calle han improvisado una forma coherente
y económica de usarla. Rudofsky pensaba que este orden oculto corresponde a la
manera en que se desarrolla la mayor parte de los asentamientos de población
pobre y que el trabajo de improvisar un orden en la calle une la gente a su
comunidad, mientras que los proyectos de «renovación», que tal vez proporcionen
una calle más limpia, casas bonitas y grandes tiendas, no ofrecen a los
habitantes ninguna manera de marcar su presencia en el espacio.
En los talleres,
las oficinas y los laboratorios se produce tanta improvisación como en las
calles. Lo mismo que en el jazz, otras formas de improvisación implican
habilidades susceptibles de desarrollo y mejora. La anticipación puede
reforzarse; la gente puede hacer progresos en su capacidad para negociar lindes
y bordes; puede hacerse más selectiva en relación con los elementos que decide
variar. En el capítulo
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siguiente
exploraremos cómo podrían las organizaciones llegar a asemejarse a las buenas
calles, pero ahora quisiéramos resumir el camino que hemos recorrido hasta
aquí.
RESUMEN DE LA
SEGUNDA PARTE
El hilo que recorre
todos los cambios de dirección y las digresiones de la Segunda parte es el
progreso en el desarrollo de la habilidad, palabra que no necesita
justificación. En la artesanía, la gente puede mejorar y efectivamente mejora.
Las digresiones y cambios de dirección de la Segunda parte se deben a que el
progreso no es lineal. La habilidad se construye moviéndose de manera
irregular, y a veces dando rodeos.
El desarrollo de
una mano inteligente muestra algo así como un progreso lineal. Es necesario
sensibilizar la mano en la punta de los dedos, capacitarla para razonar a
través del tacto. Una vez conseguido esto, es posible abordar los problemas de
coordinación. La integración de la mano, la muñeca y el antebrazo da lecciones
sobre la fuerza mínima. Cuando se ha aprendido esto, la mano puede trabajar con
el ojo para mirar físicamente adelante, para anticipar y, por tanto, mantener
la concentración. Cada etapa, aunque exige mucho esfuerzo, fundamenta el
movimiento hacia la siguiente; pero cada una es también un desafío
independiente.
Tomar las
instrucciones expresivas como guía aporta a este proceso una ayuda que las
instrucciones más denotativas no pueden proporcionar. Las instrucciones
expresivas orientan acerca del sentido de la totalidad de una práctica. Entre
muchas posibilidades, he descrito tres herramientas expresivas susceptibles de
proporcionar esta orientación: la ilustración empática, que se identifica con
las dificultades con que tropieza un principiante; la presentación del
escenario, que coloca al aprendiz en una situación extraña, y la instrucción
mediante la metáfora, que alienta al aprendiz a imaginar un nuevo marco para lo
que está haciendo.
La necesidad de
imaginación se hace evidente en el uso de las herramientas. Si estas
herramientas resultan limitadas o su uso es muy difícil, la inventiva hace
posible cierto tipo de trabajo de reparación, que he llamado reparación
dinámica. Y la imaginación es necesaria también para dar sentido a las
herramientas poderosas, o multiuso, llenas de posibilidades no explotadas y tal
vez peligrosas. He tratado de eliminar parte del misterio del uso imaginativo
de las herramientas mediante la explicación de la estructura de los saltos
intuitivos.
Nadie hace uso de
todos estos recursos de modo permanente; en el trabajo, lo mismo que en el
amor, el progreso se da por rachas. Pero las personas pueden mejorar y
efectivamente mejoran. Nos gustaría simplificar y racionalizar las habilidades,
como suelen hacer los manuales, pero esto es imposible porque somos
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organismos
complejos. Cuanto más utilice una persona estas técnicas, cuanto más a fondo
profundice en ellas, mayor será la recompensa emocional que reciba — recompensa
propia del artesano— y mayor el sentimiento de competencia que experimente.
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Tercera parte.
Artesanía
9. El trabajo
impelido por la calidad
En este capítulo y
el siguiente abordaré dos grandes cuestiones que completan este estudio de la
artesanía. La primera hace referencia al deseo del artesano de realizar un buen
trabajo; la segunda, a las destrezas necesarias para ello. Tal como se ha visto
al comienzo de la Primera parte, hay grupos, como el de los programadores de
Linux, para quienes la calidad es su motivo impulsor, mientras que para otros,
como los obreros soviéticos de la construcción, no. Nos gustaría observar más
detenidamente los factores humanos que mantienen viva esta ambición.
Nuestros
antepasados de la Ilustración creían que la naturaleza proveía a la humanidad
en general de la inteligencia necesaria para trabajar bien; consideraban al ser
humano un animal capaz, convicción en la que basaban la exigencia de mayor
igualdad. La sociedad moderna tiende a dar particular importancia a las
diferencias de habilidad: la «economía de las habilidades» intenta
constantemente distinguir entre listos y tontos. Nuestros antepasados
ilustrados tenían razón, al menos en lo tocante a la artesanía. Todos
compartimos aproximadamente en la misma medida las destrezas elementales que
nos permiten convertirnos en buenos artesanos; la motivación y la aspiración a
la calidad es lo que lleva a los seres humanos por distintos caminos en la
vida. Las condiciones sociales conforman estas motivaciones.
Cuando, en la
década de 1960, W, Edwards Deming presentó sus ideas sobre el «control de
calidad total» para las organizaciones, muchos ejecutivos de grandes empresas,
movidos por el lucro, consideraron una banalidad la persecución de la calidad.
Deming enunció recetas tales como: «Lo más importante no se puede medir» y
«Sólo se puede confiar en lo que se revisa»; el ciclo Deming-Shewhart para el
control de calidad es un proceso en cuatro pasos que investiga y analiza antes
de empezar a trabajar[244]. Los ejecutivos de mentalidad práctica preferían los
experimentos sobre la motivación que Elton Mayo y sus colegas habían llevado a
cabo en los años veinte en la Western Electric Company. Según Mayo, lo que más
estimulaba a los trabajadores a aumentar la productividad era simplemente el
hecho
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de que se les
reconociera como seres humanos. Pero Mayo no se centró en la calidad de los
productos de estos trabajadores ni en sus facultades críticas. A las empresas
para las que Mayo trabajaba les interesaba más la obediencia que la calidad;
los trabajadores contentos no se distraen de sus tareas y no hacen
huelgas[245].
El éxito de la
economía japonesa tras la Segunda Guerra Mundial y del Wirtschaftswunder alemán
en esos mismos años imprimió un giro a la discusión. A mediados de los años
setenta, estas dos economías se habían labrado un nicho de mercado con
productos de gran calidad, algunos de ellos baratos, como los automóviles
japoneses, otros caros, como las máquinas-herramienta alemanas. A medida que
estos mercados se expandieron y los niveles de calidad de las firmas
norteamericanas y británicas cayeron, comenzaron a sonar las alarmas y se
«redescubrió» a Deming como el profeta de finales de los años ochenta. En la
actualidad, tanto los ejecutivos como las escuelas empresariales cantan loas a
la «búsqueda de excelencia», para decirlo con palabras de los gurús del mundo
empresarial Tom Peters y Robert Waterman[246].
Gran parte de esta
retórica es mera exageración, pero la historia de Deming es compleja y
cautelosa. La complejidad consiste en que para incitar la aspiración a la
calidad y conseguirla, la propia organización tiene que estar formalmente bien
articulada. Necesita, como Nokia, redes abiertas de información y tiene que
estar dispuesta a esperar, como Apple, a que sus productos sean realmente
buenos para lanzarlos al mercado, Deming sabía que estos aspectos de la
organización raras veces están presentes en los diagramas organizativos de tipo
jerárquico. Sin embargo, Deming no era sólo un vendedor, un impulsor de la
calidad, sino que también reconocía que el trabajo impelido por la calidad,
centrado en el logro de buenos resultados concretos, no necesariamente unifica
ni sustenta las organizaciones.
Como hemos visto a
propósito del Servicio Nacional de Salud de Gran Bretaña (NHS), es posible
perseguir patrones de calidad superiores por vías que terminen creando un
importante conflicto interno. Esto se debe a que es posible tener diferentes
versiones de lo que significa patrones superiores; en el caso de NHS, se
trataba de la oposición entre corrección formal y prácticas asimilables. Quien
exige calidad puede también crear divisiones. La insistencia desde arriba sobre
el procedimiento correcto en el NHS mejoró realmente el tratamiento del cáncer
y de la cardiopatía, pero esas mismas instrucciones redujeron la calidad de
tratamientos en situaciones médicas crónicas de menor gravedad. La búsqueda de
excelencia puede crear problemas a la perdurabilidad de las organizaciones,
como en un taller de Stradivarius. Aquí la experiencia de hacer un trabajo de
gran calidad era inherente al propio conocimiento tácito del maestro, razón por
la cual su excelencia no podía ser transmitida a la generación siguiente.
Sin embargo, la
calidad puede convertirse en un problema más que en un objeto
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de propaganda, como
lo señala la palabra «impelido» en la expresión «impelido por la calidad».
Impelido alude a la energía obsesiva de la que se carga la producción de un
objeto concreto o la formación de una destreza. La energía obsesiva es un rasgo
característico de grandes trabajadores, como Christopher Wren, pero también, de
un modo más elemental, está presente en acciones de variada enjundia. Para
volver a escribir una y otra vez una frase con el propósito de imprimirle poder
de evocación o ritmo adecuados, se necesita una energía obsesiva. En el amor,
la obsesión corre el riesgo de deformar el carácter; en la acción, de producir
fijación y rigidez. Al igual que la organización bien articulada, el artesano
individual también debe hacer frente a estos peligros. La búsqueda de calidad
implica aprender a utilizar adecuadamente la energía obsesiva.
Tuve plena
conciencia de toda la energía obsesiva que encierra el trabajo «impelido por la
calidad» en un sushi bar de Nueva York, un pequeño local en Greenwich Village
que atiende a japoneses que trabajan en el extranjero, lo que consigue en parte
imprimiendo su menú únicamente en japonés y ahuyentando así a posibles clientes
norteamericanos, y en parte conectando vía satélite con la televisión de Tokio,
siempre presente, aunque no a un volumen más alto que la voz natural de una
persona. La gente habla al televisor al mismo tiempo que lo mira. Suelo ir allí
con mi amigo japonés encargado del mantenimiento de mi chelo.
Una noche vimos
Project X, una serie sobre ingeniería de producto de la madre patria. El
episodio de esa semana describía el invento de la calculadora de mano. Los
clientes habituales se mostraban interesados, pero Project X captó por completo
su atención exactamente en el momento en que un ingeniero apretó el botón de
encendido de la calculadora y exclamó repentinamente: «¡Funciona!» Casi al
instante, en todo el bar se comparaban aquellos gloriosos días de posguerra con
la avalancha de recientes y muy divulgados fallos de calidad en virtud de los
cuales baterías y fotocopiadoras de fabricación japonesa habían estado en
peligro de incendiarse. Era sin duda un aluvión de comentarios, pues la gente
gesticulaba ante las imágenes de las calculadoras de mano y aplaudía a sus
fabricantes cuando aparecían en pantalla, para luego protestar por el actual
estado de decadencia de la nación; ocasionalmente se dirigían a mí por cortesía
para resumirme todo aquello con las expresiones «malo…», «una vergüenza…»,
mientras yo me entretenía con un misterioso trozo de pescado.
El quid de la
obsesión es que lo bueno y lo no-suficientemente-bueno se vuelven inseparables.
En el bar, una vez que hubimos pasado al inglés, o algo aproximado, señalé que
sólo esporádicamente había explotado una batería o se había incendiado una
fotocopiadora, pero mis compañeros de bar no recibían el mensaje. Algo en ellos
se sentía ultrajado por la mera idea de seguridad relativa. La obsesión remite
a la calidad de cada calculadora de mano y de cada batería de ordenador de los
millones
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de unidades
existentes. La obsesión expresa una pasión por lo genérico, que es la razón por
la que Deming hablaba de control de calidad total. Otro nombre de la obsesión
es «implacabilidad»; ambas ideas comparten la preocupación por la totalidad,
que no acepta ninguna excepción por descuido o desinterés. El acoplamiento de
los resultados buenos y no-suficientemente-buenos funciona como un supervisor
implacable.
¿Por qué podría una
persona verse dominada por semejante obsesión? Los artesanos del sushi bar eran
en su mayoría gente que había abandonado el sistema educativo perversamente
competitivo de Japón y, en determinado momento de su juventud o de su edad adulta
temprana, había optado por dejar atrás una cultura rígida, que no perdona; por
distintos caminos personales fueron a parar a este tranquilo rincón de Nueva
York, Con los años he sabido que un buen número de estos artesanos son, en el
mejor de los casos, inmigrantes semilegales (sin tarjeta verde, pero a menudo
con tarjetas falsas de la seguridad social, que les permiten trabajar para
empleadores no demasiado rigurosos); el orgullo por la calidad de su trabajo
los mantiene conectados a los «valores japoneses» y lo utilizan como icono para
diferenciarse de otras minorías étnicas y raciales de la ciudad. Los
parroquianos del sushi bar son racistas de un tipo especial; contraponen su
propia lucha por la calidad a la indolencia que creen predominante entre los negros
y los hispanos de Estados Unidos.
También ponen de
manifiesto una segunda marca característica de la obsesión: la implacable
persecución de la excelencia como seña de distinción. Según el sociólogo Pierre
Bourdieu, en el seno de las organizaciones, lo mismo que en los grupos étnicos,
la retórica de la calidad sirve como herramienta para la reivindicación de
estatus: Yo/nosotros estoy/estamos más motivados y tenemos más aspiraciones que
los demás[247]. La seña de distinción puede llevar tanto a afirmaciones de
superioridad como al incremento del aislamiento y la desconexión sociales.
Estos inmigrantes japoneses no son como los orfebres medievales. Más que servir
para su integración en una sociedad más amplia, su pasión por el trabajo de
buena calidad se ha convertido en parte de una historia internalizada, en un
icono de su condición de extranjeros. Como veremos, otros trabajadores
impelidos por la calidad pueden comportarse más en general como seres aislados
en una organización.
La obsesión por la
calidad es una manera de someter el propio trabajo a la implacable presión
general; los trabajadores entregados a esta pasión pueden dominar a otros menos
impelidos por ella o tomar distancia respecto de ellos. Se trata de dos
peligros; exploremos primero el segundo.
PERICIA
El experto sociable
y el antisocial
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El peligro que las
personas impelidas por la excelencia representan para los demás se concreta en
la figura del experto. Este aparece bajo dos disfraces, el sociable o el
antisocial. Una institución bien articulada favorecerá al experto sociable; el
experto aislado constituye por sí mismo una señal de que la organización tiene
problemas.
El origen y el
prestigio del experto son antiguos, empezando por el honor que se tributaba a
demioergoi como ciudadanos. Desde la Edad Media, el experto ha desempeñado el
papel de maestro artesano, que es forzosamente un experto sociable. Los
rituales civiles y religiosos que estructuraban los gremios forjaban un vínculo
social en el cual el maestro tenía el deber de participar; la organización
interna de cada taller, que se basaba en la autoridad ejercida personalmente en
el marco de una pequeña comunidad, reafirmaba aún más la sociabilidad. Más
cerca de los tiempos modernos, el aficionado fue poco a poco perdiendo terreno,
en especial en el despertar de la Era Industrial: la curiosidad insaciable del
aficionado pareció entonces menos valiosa que el conocimiento especializado.
Sin embargo, el experto moderno dispone de pocos rituales potentes que lo unan
a la comunidad en general o incluso a los colegas.
Eso es lo que
sostiene el sociólogo Elliott Krause en The Death of the Guilds. Sus estudios
sobre ingenieros, abogados, médicos y académicos muestran que el poder de las
asociaciones profesionales se debilitó en el último siglo bajo las presiones de
un mercado impersonal y un Estado burocrático, pese a que las profesiones
mismas se convertían en disciplinas más rigurosas, más expertas. Las
organizaciones nacionales o internacionales son, por supuesto, mucho más
amplias que los gremios urbanos del pasado, pero sus reuniones, según Krause,
han conservado algo del cohesivo carácter ritual de éstas. El primer uso
moderno de la palabra «profesional» se refería a personas que se consideraban
otra cosa que simples empleados. En general, el gobierno y la regulación legal
han tenido más influencia que el mercado en la restricción de las profesiones;
la ley burocratizó el contenido mismo del saber de los profesionales. Lo que
estuvo ausente fue la comunidad, observación que también y por primera vez
hicieron Robert Perrucci y Joel Gerstl en su estudio pionero titulado
Profession without Community[248].
El estudio
científico de la pericia ha pasado por tres fases[249]. Al principio, se
estudiaba al «experto» como una persona que había desarrollado capacidades
analíticas aplicables a cualquier campo; un consultor que va de empresa en
empresa representa este tipo de experto. Luego los analistas de la pericia
«descubrieron» la importancia del contenido; el experto tenía que saber mucho
acerca de algo en particular (de este descubrimiento vienen la reglas de las
diez mil horas). Hoy, ambos criterios se combinan con las investigaciones
sociales realizadas por Perrucci, Gerstl y Krause para establecer el marco de
un problema: el de cómo puede un experto
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actuar con
sociabilidad si carece de una firme comunidad profesional, un gremio fuerte.
¿Puede un buen trabajo hacer por sí mismo que el experto se abra a los demás?
Vimla Patel y Guy
Groen han explorado al experto sociable comparando las habilidades clínicas de
estudiantes de medicina brillantes, pero novatos, con médicos que llevan ya
varios años de profesión[250]. El médico experimentado, como era de esperar, es
más preciso en el diagnóstico. Esto se debe en gran parte al hecho de que
tiende a ser más receptivo a la peculiaridad de cada paciente, mientras que el
estudiante de medicina tenderá con mayor probabilidad a ser formalista, a
seguir escrupulosamente el manual y a aplicar rígidamente las reglas generales
a los casos particulares. Además, el médico experimentado piensa en unidades de
tiempo más amplias, no sólo retrospectivamente en los casos conocidos del
pasado, sino, lo que es más interesante, con proyección al futuro, tratando de
prever el porvenir indeterminado del paciente. El médico experimentado se
centra en la evolución del paciente, mientras que el talento sin rodaje piensa
estrictamente en términos de causa y efecto inmediatos. Al novato, sin bagaje de
historias clínicas, le resulta difícil imaginar el destino del paciente
individual. Esto quiere decir que la capacidad de aprehensión del artesano, que
hemos analizado en el capítulo sobre la mano, se elabora en la práctica médica
a largo plazo. Tratar a los demás como totalidades personales a través del
tiempo es una marca de pericia sociable.
La experiencia
artesanal con herramientas imperfectas también tiene su recorrido en la
comprensión de la pericia sociable. Estas herramientas obligaron a sus
usuarios, como hemos visto a propósito de los científicos del siglo XVII, a
estar mentalmente preparados no sólo para producir, sino también para reparar;
la reparación es una categoría fundamental de la artesanía; también hoy se
considera que un experto es alguien con tanta capacidad para producir como para
reparar. Podríamos recordar las palabras del sociólogo Douglas Harper: un
experto es alguien «con conocimientos que le permiten ver, más allá de los
elementos de una técnica, su objetivo y su coherencia de conjunto… Es un
conocimiento en el que producir y reparar forman parte de un continuo»[251].
Según el estudio de Harper sobre los pequeños talleres mecanizados, los
expertos sociables tienden a explicar y aconsejar a sus clientes. Esto quiere
decir que el experto sociable se siente cómodo en el papel de mentor, eco
moderno del in loco parentis medieval.
Por último, el
aspecto sociable de la pericia atañe a la cuestión de la transferencia de
conocimiento que se planteaba en el taller de Stradivarius. El maestro no podía
transmitir su experiencia, en él convertida en conocimiento tácito personal. Un
número demasiado grande de expertos modernos se imaginan cogidos también ellos
en la trampa de Stradivarius, al punto de que se podría llamar síndrome de
Stradivarius a la convicción de la inefabilidad de la pericia personal. Este
síndrome se presenta en los médicos británicos que no han debatido opciones
sobre tratamiento,
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que no se han
expuesto a críticas, que no han compartido sus conocimientos con los colegas.
En consecuencia, con el tiempo sus habilidades se van degradando en comparación
con las de los médicos que no están profesionalmente encerrados en sí
mismos[252]. Parece que los médicos de familia locales —esos personajes
tranquilizadores de las novelas románticas sobre el mundo de la medicina—
padecen de modo especial el síndrome de Stradivarius.
El GoodWork Project
de la Universidad de Harvard ha investigado, bajo la dirección de Howard
Gardner, diversas maneras de superar los problemas de la acumulación de
conocimientos especializados. Los investigadores del GoodWork Project
estudiaron, por ejemplo, una famosa caída del estándar profesional del New York
Times en un momento en que unos cuantos periodistas llegaron a niveles
espectaculares de corrupción[253]. De acuerdo con el GoodWork Project, el fallo
estaba en la institución. «Somos el New York Times», inefable, el Stradivarius
de los noticieros. Resultado: el diario no comunicó explícitamente sus patrones
de calidad y este silencio abrió una brecha que los periodistas sin escrúpulos
aprovecharon para colonizar la organización. Para Gardner, la transparencia
puede contrarrestar este peligro, pero sólo un determinado tipo de
transparencia, la claridad que los estándares de un buen trabajo deben tener
para los no expertos. Según Gardner y sus colegas, el esfuerzo por acuñar un
lenguaje de esas características incita a los expertos a trabajar mejor y con
mayor honestidad. Matthew Gill ofrece un análisis parecido de las prácticas de
contabilidad en Londres: más que las reglas y regulaciones auto treferenciales,
lo que mantiene la honestidad de los contables es el estándar claramente
comprensible para los no expertos. Al abrirse al exterior se someten ellos
mismos a control y al mismo tiempo pueden comprobar qué sentido tiene su
trabajo para los demás[254]. Las normas comprensibles para los no expertos elevan
la calidad de las organizaciones consideradas como totalidades.
La pericia sociable
no crea una comunidad en el sentido de la autoconciencia ni de la ideología;
simplemente consiste en buenas prácticas. La organización bien articulada se
centrará en seres humanos en cuanto totalidades a lo largo del tiempo, alentará
la tutoría y exigirá patrones de calidad expresados en un lenguaje que entienda
cualquier persona de la organización.
La pericia
antisocial tiene un aspecto más complicado. Hay una inherente desigualdad de
conocimiento y habilidad entre el experto y el no experto. La pericia
antisocial carga el acento sobre la mera comparación odiosa. Una consecuencia
evidente de enfatizar la desigualdad es la sensación de humillación y el
resentimiento que este experto puede producir en los demás; otra consecuencia,
más sutil, es que el propio experto se sienta acosado por las críticas.
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La industria
panadera de Boston ha dado ejemplos de ambos aspectos de comparación odiosa. En
la década de 1970, las panaderías de Boston trabajaban de una manera que
hubiera resultado familiar al orfebre medieval; el oficio estaba regido por
maestros que transmitían sus habilidades a los aprendices en una relación cara
a cara. Hacia el año 2000, la automatización ocupó el lugar de los maestros
panaderos. Cuando los programadores y los encargados de las máquinas
irrumpieron en los talleres, las relaciones entre los expertos y «los
muchachos» se hicieron tensas. Los expertos hablaban de las máquinas y daban
instrucciones que ponían de relieve su conocimiento; la reacción de los
muchachos fue de disgusto. Aunque tenían que obedecer a los jefes, en privado
se burlaban de los expertos. La gente que programaba la complicada maquinaria
para fabricar el pan percibió esas señales no precisamente sutiles y, en lugar
de afrontar el problema, se encerró en sí misma. Las visitas a los
establecimientos se hicieron más esporádicas; y las instrucciones se daban por
correo electrónico. Los trabajadores se mostraban hoscos, pero, curiosamente,
también el personal de dirección se sentía menos conectado, era mucho menos
leal a su empresa que los maestros panaderos de otros tiempos. Las
organizaciones se vieron afectadas por cambios permanentes en el personal
técnico de nivel superior[255].
La comparación
odiosa refuerza la competencia, y, por supuesto, una organización bien dirigida
como Nokia tiende a combinar la competencia y la colaboración, pero esta
afortunada y productiva condición requiere competidores cordiales. Para lograr
esa cordialidad, los competidores tienen que centrarse menos en criterios de
mejor y peor, pues en el trabajo estos criterios implican control. El
menosprecio que tantas veces profesan los jefes por sus empleados proviene
justamente de haberse instalado en esa distinción. Este menosprecio tiene el
inconveniente de impedir que el propio jefe se sienta cómodo en la
organización, repleta, a su juicio, de vagos e incompetentes.
En las relaciones
entre expertos, la comparación odiosa puede hacerles perder de vista el sentido
mismo de la calidad. En el campo científico, esta verdad general es objeto de
particular y nefasta aplicación. La «carrera contrarreloj» —esto es, la carrera
por la publicación de resultados— domina los laboratorios científicos de tal
manera que llega a trivializar el trabajo mismo.
Un exttaordinario
ejemplo de ello es la controversia acerca del descubridor del VIH, el virus de
inmunodeficiencia humana como retrovirus causante del sida. El descubrimiento
tuvo lugar de manera independiente en los años ochenta en dos laboratorios:
uno, dirigido por Luc Montagnier, en el Instituto Pasteur de Francia; el otro,
dirigido por Robert Gallo, en Estados Unidos. Entre ambos laboratorios estalló
una agria disputa (que finalmente se resolvió mediante un acuerdo entre los
presidentes de ambas naciones, François Mitterrand y Ronald Reagan).
El debate gira en
torno a quién lo consiguió antes. El laboratorio de Montagnier
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publicó sus
hallazgos en 1983 y el de Gallo en 1984, pero el grupo de este último reclamó
la precedencia basándose en un trabajo anterior, de 1974, sobre los
re-trovirus. El grupo de Montagnier sostuvo que Gallo utilizaba de manera
irregular una muestra el VIH que el Instituto Pasteur ya había producido. Gallo
adujo que su laboratorio había sido el primero en cultivar el virus en una
línea celular «inmortalizada», lo que hizo posible los análisis de sangre para
detectar el VIH; además, afirmó haber sido el primero en desarrollar las
técnicas para el cultivo de células T en condiciones de laboratorio. Ambos
laboratorios discutían también sobre el nombre que debía darse al
descubrimiento. Montagnier utilizaba el acrónimo LAV, Gallo el HTLV-III: los
presidentes convinieron adoptar el de HIV (en castellano, VIH). Esta fastidiosa
querella era vital para la carrera de los científicos, quienes, con la mirada
puesta en las futuras patentes, lo que en realidad se disputaban era «la
propiedad» del virus.
Bajo estas
cuestiones de fechas y de nombres tenía lugar una amarga lucha por cuál de los
dos laboratorios había hecho el mejor trabajo, y esto es lo que debería
asombrarnos. No hay ninguna razón para juzgar inferiores a quienes realizan un
trabajo com-probadamente idéntico sólo porque lo hagan más lentamente. No hay
ninguna lógica en comparar el laboratorio que lo consigue antes con un caballo
purasangre y atribuirle mejor calidad; la obsesión por quién consigue antes el
objetivo es por completo ajena al descubrimiento mismo. La odiosa comparación
de la velocidad ha distorsionado el sentido de la calidad. Sin embargo, la
pasión por la carrera impulsa la ciencia; los que quedan atrapados en esta
obsesión competitiva pierden fácilmente de vista el valor y la finalidad de lo
que hacen. No piensan al ritmo del artesano, con la lentitud que hace posible
la reflexión.
En resumen, hay
maneras sociables y maneras antisociales de ser experto. La pericia sociable se
dirige a los demás en el despliegue de sus perspectivas de la misma manera en
que el artesano explora el cambio material; la habilidad de reparación se
ejerce al modo del mentor; los patrones que sirven de guía son transparentes,
es decir, comprensibles para los no expertos. La pericia antisocial humilla a
los demás al tiempo que acosa y aisla al experto. La comparación odiosa puede
desembocar en pérdida de calidad. Por supuesto, la desigualdad es inherente a
toda pericia, se trate de carpintería, cocina o ciencia. Mientras que la
comparación odiosa tiene un marcado carácter personal, el experto sociable está
menos obsesionado por su propia justificación.
Para entender mejor
esta diferencia necesitamos conocer más a fondo el fenómeno mismo de la
obsesión. ¿Es forzosamente destructivo o hay formas positivas de obsesión?
EL ROSTRO DE JANO
DE LA OBSESIÓN
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Historia de dos
casas
Dado el estado de
conocimiento actual, el aspecto negativo de la obsesión es el mejor conocido.
En psicología académica, uno de estos aspectos negativos es el
«perfeccionismo», que se refiere a la gente que compite contra sí misma. Nada
parece lo bastante bueno a quien se mide permanentemente con lo que podría
haber sido. Miriam Adderholdt asocia el perfeccionismo a la conducta anoréxica
de jovencitas que nunca creen estar suficientemente delgadas: Thomas Hurka
considera la incapacidad de liberarse de sentimientos de inadecuación personal
como causa psicosomática de hipertensión arterial y de úlceras[256]. Desde el
punto de vista clínico, el perfeccionismo se clasifica como trastorno
obsesivo-compulsivo, lo que quiere decir que el sujeto responderá a sus persistentes
sentimientos de inferioridad exactamente de la misma manera, una y otra vez. El
perfeccionismo es una trampa de la conducta.
Una escuela de
psicoanálisis ha dado un paso más en la exploración de la dinámica del
perfeccionismo. Para el psicoanalista Otto Kernberg, la autoexigencia hace las
veces de escudo de protección ante el juicio de los demás: «Yo seré mi peor
crítico antes que permitir que me juzgues tú»[257]. Lo que hay detrás de esta
defensa, sostienen los analistas de la escuela de Kernberg, es la convicción de
que «para mí no hay nada suficientemente bueno». La vida es un espectáculo y
uno mismo es el crítico; nada está nunca a la altura de las circunstancias; es
como si uno se convirtiera en su propio experto aislado. La etiqueta que el
psicoanálisis ha acuñado para este fenómeno es «narcisismo», y para Kernberg se
trata de un trastorno límite de la personalidad[258]. Los patrones
perfeccionistas de la calidad recaen en esa zona limítrofe.
También la
sociología ha tratado de desentrañar el sentido del perfeccionismo. Max Weber
creía que era un producto social e histórico. En La ética protestante y el
espíritu elel capitalismo presenta este impulso interior con otro nombre, el de
una ética del trabajo que él llama «ascetismo terrenal». Según Weber, este
ascetismo surgió cuando el cristianismo protestante se combinó con el
capitalismo de la siguiente manera: el creyente religioso, «que en un primer
momento huyera del mundo para refugiarse en la soledad, tenía bajo control,
desde el monasterio y a través de la Iglesia, el mundo al que había renunciado.
Pero, en conjunto, había dejado intacto el carácter naturalmente espontáneo de
la vida cotidiana. Ahora enttaba con decisión en el mercado de la vida, cerraba
de un portazo el monasterio y acometía la empresa de impregnar la vida
cotidiana con su meticulosidad, de imprimirle la forma de una vida en el mundo,
pero no de, ni para este mundo»[259]. Este impulso se diferencia de la
autodisciplina católica en que el individuo no tiene más público que él mismo;
en el monasterio del yo, uno es el único y más severo
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crítico de sí
mismo. Traducida a la experiencia común, la exposición de Weber trata de
explicar por qué una persona podría no estar nunca satisfecha con lo que tiene,
por qué cada logro puede hacer que se sienta vacía en el mismo momento de
conseguirlo. Bajo la bandera de la ética protestante, la autojustificación no
admite satisfacción.
En la actualidad,
la mayoría de los estudiosos considera que la exposición histórica weberiana
del «ascetismo terrenal» adolece de graves errores. Por ejemplo, en el siglo
XVII muchos católicos devotos se comportaban compulsivamente en el mercado,
mientras que muchos protestantes devotos no lo hacían. La fuerza del argumento
de Weber reside más en su visión de la necesidad interior de competir llevada
al extremo: probarse constantemente a sí mismo es una fórmula segura de
infelicidad. Lo extraño es que el sociólogo —puritano estricto— está más
dispuesto a aceptar el perfeccionismo que el psicoanalista. Mientras que los
escritos de Kernberg sobre el narcisismo invertido ponen en tela de juicio la
sinceridad de la duda de sí mismo, Weber no se cuestiona la autenticidad de la
angustia de la personalidad compulsiva.
Estos son, por
tanto, los aspectos negativos de cierta forma de obsesión. Sin embargo, las
obsesiones del artesano no encajan ni en el marco psicoanalítico ni en el marco
sociológico weberiano. Esto se debe en parte a que las rutinas por las que se
canalizan los procedimientos artesanales hacen que el individuo salga fuera de
sí mismo. El perfeccionismo entraña una elevada dosis de agitación interior y
las rutinas artesanales alivian la tensión porque imponen un ritmo constante de
trabajo. Es lo que el filósofo Adriano Tilgher trató de transmitir cuando
hablaba de la «dedicación tranquila» del artesano que veía en las páginas de la
Enciclopedia. Además, la concentración del artesano en objetos o procedimientos
concretos se opone a la queja narcisista del «si pudiera». La sopladora de
vidrio Erin O’Connor se siente frustrada, pero muestra decisión. El único
terreno en que la obsesión puede ser un problema para el artesano es el de la
realización misma del trabajo. El hombre compulsivo de Weber está presente en
el proceso de trabajo, a menudo compitiendo consigo mismo y a veces padeciendo
de perfeccionismo, pero no como se imagina Weber, ni siempre, porque la
artesanía también produce formas positivas de obsesión. La construcción de dos
casas en Viena a finales de la década de 1920 muestra el rostro bifrontc de la
obsesión.
De 1927 a 1929, el
filósofo Ludwig Wittgenstein trabajó en el proyecto y la construcción de una
casa para su hermana en la Kundmanngasse, una calle de Viena que en esa época
tenía muchas parcelas de terreno libres para la urbanización. Aunque a veces
Wittgenstein habló con orgullo de la casa de la Kundmanngasse, terminó siendo
el crítico más severo de sí mismo. En una nota personal de 1940 decía
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que al edificio «le
falta salud»; con este sombrío estado de ánimo pensó que aunque su arquitectura
«tenía buenas maneras», carecía de «vida primordial»[260]. Diagnosticó con
agudeza la dolencia de la casa: cuando comenzó estaba convencido de no tener «interés
en levantar un edificio, sino en… enfrentarme a los fundamentos de todo
edificio posible»[261].
Imposible imaginar
un proyecto de mayor alcance. El joven filósofo se propuso entender la
naturaleza de toda arquitectura y construir un edificio ejemplar, perfecto, y
al primer intento (en efecto, ésta sería la única construcción que realizaría
Wittgenstein en toda su vida, a excepción de una cabaña en Noruega). El marco
de referencia era el intento de lograr algo con valor genérico: «dos
fundamentos de todo edificio posible». La casa de la Kundmanngasse corresponde
al final de un período de la vida de Wittgenstein en que había buscado el
equivalente filosófico de «los fundamentos de todo edificio posible». De 1910 a
1924, más o menos, se consagró con implacable rigor a conseguirlo. En un juicio
retrospectivo tan crítico sobre su arquitectura va implícito, creo, el
reconocimiento del coste que para él tuvo ese gran esfuerzo. Pero lo que ahora
nos interesa es el edificio: a juicio del propio Wittgenstein, su lucha por
lograr una perfección ideal produjo un objeto sin vida. Lo extremado del rigor
lo deformó.
Una buena manera de
evaluar este proyecto y el posterior diagnóstico de sus defectos por parte del
filósofo es comparar la casa de Wittgenstein con otra, construida en Viena en
la misma época, según el proyecto del arquitecto profesional Adolf Loos. Wittgenstein
formó su gusto arquitectónico con Loos, cuya Villa Moller fue la coronación de
una larga carrera profesional. Nacido en 1870 en Brno, Checoslovaquia, Loos se
formó durante un corto tiempo en una escuela técnica y prosiguió sus estudios
en Estados Unidos mientras trabajaba como albañil. Su propio ejercicio
profesional de la arquitectura se inició en 1897. Pese a ser al comienzo más
conocido por sus escritos y sus proyectos sobre el papel, siempre tuvo un
marcado interés por los procesos materiales de la construcción de edificios.
Esta conexión le permitió una experiencia más positiva de la obsesión, en la
que el indeclinable deseo de lograr cosas bien hechas se convirtió en un
diálogo con las circunstancias más allá de su control y el trabajo de los otros.
Wittgenstein
conoció a Loos el 27 de julio de 1914, en el Café Imperial de Viena, más
atraído por sus escritos que por sus edificios reales. Loos concebía la
arquitectura como una Neue Sachlichkeit, una «nueva objetividad», por la cual
entendía en parte las estructuras que mostraban de una manera simple su
finalidad y la construcción de sus formas. El ethos del «ladrillo honesto» que
hemos estudiado en el capítulo sobre la conciencia material reaparece en la
Neue Sachlichkeit —pues materiales y forma son una y la misma cosa—, pero Loos
eliminó las asociacienes antropomórficas de la discusión del siglo XVIII sobre
los materiales. También
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detestaba las casas
de la época de sus padres, con sus colgantes arañas de luces de cristal
tallado, los suelos cubiertos por alfombras orientales superpuestas, las
chucherías sobre los anaqueles y las mesas abarrotando espacios interiores
obstruidos además por falsas columnas antiguas.
En 1908, Loos
arremetió contra todo esto en su opúsculo Ornamento y delito. En lugar del
crimen decorativo, Loos trató de incorporar a la arquitectura la belleza
práctica que, con ocasión de sus viajes a Estados Unidos, había descubierto en
objetos utilitarios diseñados para el uso cotidiano: maletas, imprentas,
teléfonos. Admiraba en particular la pureza del Puente de Brooklyn y la
estructura de las estaciones de ferrocarril de Nueva York. Anticipada por la
Enciclopedia y en oposición a las doctrinas de John Ruskin, como sus
contemporáneos de la Bauhaus en Alemania, Loos abrazó la estética
revolucionaria difundida por la industrialización. Las máquinas que unían
oficio y arte desvelaban la belleza esencial de todas las formas construidas.
Las ideas de
«pureza» y «sencillez» tendrían gran resonancia en un joven con los
antecedentes de Wittgenstein, circunstancias que es necesario exponer no sólo
para comprender su gusto estético, sino también para explicar los problemas que
tendría al hacer frente a «los fundamentos de todo edificio posible». Su padre,
Karl, se había convertido en uno de los industriales más ricos de Europa. El
viejo Wittgenstein era mucho más que un craso capitalista. Los músicos Gustav
Mahler, Bruno Walter y Pablo Casals estuvieron en su casa, en cuyas paredes
verían pinturas de Gustav Klimt y otros nuevos artistas; el arquitecto Josef
Hofmann había trabajado en una de las casas de campo de Karl Wittgenstein.
Pero Wittgenstein,
al igual que otros judíos ricos de la preguerra, debía tener mucho cuidado con
la exhibición de su riqueza, pues en la Viena de la década de 1890 se agitaba
un antisemitismo dirigido en particular contra judíos que habían llegado a los
niveles más altos de la sociedad. El inmenso Palais Wittgenstein en la
Alleegasse conseguía el equilibrio entre la exhibición y la discreción en su
división de espacios íntimos y espacios formales. Aunque los grifos del baño
estuvieran chapados en oro y los tocadores y pequeños salones estuvieran llenos
de ónix y jaspe, el salón principal tendía a una relativa contención. Karl
Wittgenstein podía comprar la pintura que deseara y compró la mejor, pero en
éste, su salón más público, sólo expuso unos cuantos cuadros escogidos. Esta
era, pues, la resonancia que para los judíos ricos de Viena tenía la máxima «el
adorno es un crimen»; el adorno tenía que manifestar la riqueza
silenciosamente, como en las habitaciones a las que se va a orinar.
Cuando Wittgenstein
conoció a Loos en el Café Imperial, se había formado, pese a no tener necesidad
de trabajar, como ingeniero mecánico en Berlín y luego como ingeniero
aeronáutico en la Universidad de Manchester. Poco se sabe de lo que el
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joven filósofo
dijera a Loos en el café, pero ese encuentro fue el comienzo de una amistad. La
riqueza de Wittgenstein invirtió la relación clásica entre maestro y aprendiz.
A partir de ese momento, el más joven comenzó a pasar en secreto dinero al
mayor.
Es importante
recordar la fortuna de la familia Wittgenstein para comprender la forma
negativa que la obsesión adoptó en el trabajo arquitectónico de Ludwig. Pese a
que finalmente terminara donando su fortuna, utilizó sin dudarlo la riqueza
familiar toda vez que la necesitó para la construcción de la casa de su hermana
en la Kundmanngasse. La falta de limitación se advierte en el conocido relato
de su sobrina Hermine Wittgenstein en su Family Recoilectiom: «Hizo levantar
tres centímetros el cielo raso de una gran habitación precisamente cuando se
empezaba la limpieza de toda la casa»[262]. En realidad, ese ajuste
aparentemente insignificante de un cielo raso implicaba una masiva
reconstrucción estructural, sólo posible para un cliente decidido a no reparar
en gastos. Hermine explica muchos cambios de este tipo como consecuencia del
«rigor implacable de Ludwig cuando se proponía conseguir las proporciones
exactas»[263]. Ni la contención ni la resistencia económicas serían sus
maestras, y esta libertad ilimitada contribuyó al perfeccionismo que terminó
por «enfermar» la casa.
En los edificios de
Loos, en cambio, la escasez de dinero se combinó a menudo con la estética de la
sencillez, como ocurrió en la casa que construyó para sí mismo en Viena entre
1909 y 1911. Su imaginación no era incondicionalmente puritana; en el concurso
de la Chicago Tribune Tower de 1922 agregó columnas de granito pulido para un
cliente rico. Cuando pudo, Loos compró estatuas africanas o vidrio veneciano y
los colocó en sus casas. La economía y la sencillez a la que la teoría lo
inclinaba y que la escasez de dinero le imponía, no significaban que la Neue
Sachlichkeit fuera un ejercicio de negación de la sensualidad; la obsesión por
la forma no anestesiaba su sensibilidad a los materiales.
La necesidad de
Loos de responder positivamente a las dificultades que encontraba se puso de
manifiesto en los errores que se produjeron durante la construcción de la Villa
Moller. Cuando advirtió que los cimientos no se habían echado de acuerdo con
las especificaciones, y sin poder ya levantarlos y empezar de nuevo, lo que
hizo fue engrosar una de las paredes laterales para compensar el error,
convirtiéndola en el lado destacado del frente. Las características de pureza
formal de la Villa Moller son fruto del trabajo para subsanar muchos errores y
defectos semejantes, que Loos tuvo que aceptar como hechos consumados; la
necesidad estimuló su sentido de la forma. Wittgenstein, que no conocía
limitación financiera alguna, careció de ese diálogo creativo entre la forma y
el error.
Es posible que para
lograr una forma perfecta haya que eliminar las huellas, borrar la evidencia
del progreso del trabajo. Una vez desaparecida esta evidencia, la
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obra aparece
inmaculada. La perfección de esta limpieza es una condición estática; el objeto
no ofrece señal alguna de la historia de su producción.
De acuerdo con esta
diferencia básica, la comparación entre las dos casas refleja las consecuencias
en la proporción de la fachada, el volumen de las habitaciones y el detalle del
material.
En lo que respecta
a la forma, la casa de Wittgenstein es una gran caja de zapatos con varias
cajas pequeñas anexas a ambos lados; el único techo inclinado está en la parte
alta de una caja de la parte posterior del edificio. Toda la superficie está
cubierta por una capa de cal gris suave; no hay absolutamente ningún adorno.
Las ventanas, sobre todo en la fachada principal, son severas. Las filas de
tres ventanas en cada una de las tres plantas están exactamente distribuidas
como si estuvieran divididas en tres paneles iguales con una proporción de 1:1,
La Villa Moller es otro tipo de caja. En la época en que la construyó, Loos
había dejado atrás una convicción anterior según la cual un edificio debía
mostrar en su exterior lo que tenía dentro. En las paredes externas se ven
ventanas de diferentes tamaños, distribuidas de tal modo que constituyen una
composición por sí mismas, algo así como una pintura de Mondrian. En la casa de
Wittgenstein las ventanas obedecen rígidamente a una regla formal, mientras que
en la Villa Moller responden más a un espíritu lúdico.
Los contrastes se
agudizan en el interior de ambas casas. En el vestíbulo de la Villa Moller los
planos de las columnas, las escaleras, los suelos y las paredes invitan al
visitante a seguir entrando. El genio de Loos para iluminar estas superficies
es el que preside la mayor parte de este trabajo, pues a medida que se entra,
los cambios de luz modifican la apariencia de las formas sólidas del edificio.
El vestíbulo y el pasillo de entrada de la casa de Wittgenstein no transmiten
esa invitación. La obsesión por la proporción exacta hace que el vestíbulo se
parezca más a una cámara de aislamiento. Esto se debe a la manera en que se ha
aplicado el cálculo: las dimensiones de las paredes interiores de vidrio son
exactamente proporcionales a las de las ventanas exteriores, y la misma
relación hay entre las tablas del suelo y las puertas. La luz del día sólo
entra en el salón indirectamente y de manera uniforme; por la noche, la luz
emana de un simple globo de luz. A medida que se entra en la casa, esta diferencia
entre el espacio estático y el dinámico aumenta constantemente.
Los diseñadores
modernos afrontan un desafío básico en la relación entre el volumen de los
espacios individuales y la circulación entre ellos. La disposición lineal de la
arquitectura aristocrática del Antiguo Régimen —según la cual cada habitación
se abre con elegancia a otra, formando una visión continua— dependía más de la
ubicación de las puertas que de su medida. Los arquitectos modernos, con la
esperanza de permitir el libre movimiento de las personas por el espacio, han
ampliado las puertas y eliminado paredes en los interiores de las casas. Pero
el arte de la disposición de las estancias es algo más complicado que la
supresión de barreras
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entre ellas: las
formas de las paredes, los cambios de nivel del suelo y los cambios de luz,
todo ello tiene que organizar los movimientos, de modo que uno sepa adonde ir,
a qué velocidad hacerlo y qué terminará por proporcionarle descanso.
Loos calculó
magistralmente el tamaño de las estancias en función del ritmo de circulación
de una a otra; Wittgenstein trató cada una de ellas como un problema de
dimensión y proporción en sí misma. La maestría de Loos se muestra plenamente
en la sala, con sus distintos niveles, la mezcla de materiales y la complejidad
de la iluminación; estas condiciones continúan la invitación que ya expresara
el vestíbulo. El salón de la casa de Wittgenstein es un bloque espacial.
Wittgenstein intentó crear movilidad con un medio muy poco elaborado, como es
el diseño de una pared plegable de tal manera que el salón se abriera
completamente por un lado a una biblioteca adyacente; pero la ausencia de
barrera no establecía entre una y otra habitación un ritmo de circulación. No
son más que dos cajas situadas una junto a la otra y cuyas dimensiones han sido
calculadas por separado. (El cielo raso de este salón es el que Wittgenstein
bajó y luego levantó tres centímetros).
Por último, un
contraste en los detalles materiales. En la Villa Moller los adornos, más que
inexistentes, son estudiados. Jarras, macetas y pinturas se integran en las
superficies de las paredes; su tamaño está cuidadosamente escogido, de manera
que no se impongan a los volúmenes de las habitaciones. A principios de los
años veinte, Loos empezó a romper con sus propias convicciones de pureza
industrial para ampliar esta simplicidad sensual. Hacia la época de la Villa
Moller había dado rienda suelta a la sensualidad material de las maderas
veteadas.
Los materiales de
Wittgenstein son, en cierto sentido —al menos a mi parecer— objetos bellos que
responden bien a la exigencia de la Neue Sachlichkeit. Wittgenstein dejó que su
talento floreciera en la ingeniería de objetos como radiadores y llaves, así como
en cocinas y otros lugares de los que raramente se ocupaban los arquitectos
profesionales de su época. Gracias a su riqueza, pudo diseñar y fabricar todo
de manera especial, en lugar de utilizar piezas comunes disponibles en el
mercado. Un pomo particularmente hermoso abre la ventana de la cocina. Este
pomo llama la atención por ser una de las pocas piezas de ferretería diseñadas
con la mirada puesta en el uso práctico más que en la exhibición formal. Pero
los pomos de las puertas de esta casa están otra vez sometidos a la obsesión de
Wittgenstein por la proporción perfecta; en esas habitaciones altas, están
colocados exactamente en el punto medio entre el suelo y el cielo raso, de ahí
la dificultad para usarlos. En la Villa Moller, Loos no prestó ninguna atención
a los detalles de la instalación de los radiadores y las tuberías, que tienden
a estar ocultos o encerrados detrás de superficies de madera y piedra, más
suaves al tacto.
He aquí, pues, un
ejemplo arquitectónico de cómo cobra existencia el rostro de Jano de la
obsesión. Por un lado, en la casa de Wittgenstein se ha dado plena libertad
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a la obsesión, que
ha terminado en decepción; por otro lado, un arquitecto con los mismos
principios estéticos, pero más limitaciones prácticas, más dispuesto a jugar y
a comprometerse en un diálogo entre forma y materiales, produjo una casa de la
que, con razón, se sentía orgulloso. Se podría decir que una obsesión saludable
se cuestiona sus propias convicciones impulsoras. Por supuesto, muchos
arquitectos consideran la casa de Wittgenstein una obra más bella de lo que él
mismo creía. Estos admiradores de su edificio pasan por alto sus juicios
posteriores, que la consideran producto de la neurosis que tan abrumadoramente
sufría este arquitecto. A mi modo de ver, más vale tomar las palabras de
Wittgenstein en serio, como las de un adulto con plena capacidad de
autocrítica.
Los males que él
veía en su casa reflejan, en la época de su autocrítica, el efecto destructivo
del perfeccionismo en flosofía y, más en general, en la vida mental. Su
temprano Tractatus se había propuesto establecer las pruebas más estrictas
posibles del pensamiento lógico; gran parte de las posteriores Investigaciones
filosóficas[264], escritas más o menos en la misma época de sus reflexiones
sobre la casa de la Kundmanngasse, intentan liberar la filosofía de las
rigideces de esa construcción mental. A un filósofo al que en ese momento le
interesaba el juego del lenguaje, el color y otras sensaciones, un filósofo
dado por entonces a la escritura de paradojas y parábolas más que a establecer
reglas, la persecución de la forma genérica ideal de todos los edificios bien
podía parecerle «enferma» y «sin vida».
He descrito las
casas con tanto detalle porque sus rostros de Jano pueden servir de ayuda para
administrar bien la obsesión en trabajos más cotidianos.
El buen artesano
entiende la importancia del esbozo, es decir, la falta de conocimiento acabado
de los detalles de una empresa en el momento de embarcarse en ella. Cuando
empezó, Loos deseaba que la Villa Moller fuera un buen producto en su
categoría; su experiencia lo preparó para la forma-tipo, pero no fue más allá
mientras no estuvo in situ; el esbozo informal es un procedimiento de trabajo
para prevenir una conclusión prematura. El impulso genérico de Wittgenstein se
expresaba como deseo de saber qué haría y qué conseguiría antes de ponerse
manos a la obra. En esta forma de obsesión predomina el plan acabado del
proyecto.
El buen artesano
asigna valor positivo a la contingencia y la limitación. Loos utilizó ambas
cosas. En nuestro capítulo sobre conciencia material hemos insistido en el
valor de la metamorfosis. Loos hizo que la metamorfosis tuviera lugar en los
objetos gracias a su consideración de los problemas in situ como oportunidades;
Wittgenstein no estaba mentalmente preparado para sacar partido de las
dificultades ni comprendió la necesidad de hacerlo. La obsesión le impidió ver
esa posibilidad.
Para un buen
artesano es necesario evitar la persecución implacable de un
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problema hasta
tenerlo perfectamente detectado en sus propios términos, porque, al hacerlo,
éste pierde su carácter relacional, como ocurre con las estancias de la casa de
la Kundmanngasse. La obsesión por la proporción perfecta fue la causa de esta
pérdida del carácter relacional en el vestíbulo de Wittgenstein, La alternativa
positiva a esta compulsión a la resolución es permitir al objeto cierta
imperfección, decidir dejarlo irresuelto.
El buen artesano
evita el perfeccionismo que puede degradarse en una demostración de presunción
tal que el productor se sienta más inclinado a mostrar lo que él es capaz de
hacer que lo que hace el objeto. Este es el problema de objetos hechos a mano,
como los pomos de las puertas de la casa de la Kundmanngasse, que resaltan la
forma. El buen artesano rehuye discretamente señalar la importancia de algo.
El buen artesano
aprende cuándo es el momento de parar. Es probable que más trabajo sólo empeore
las cosas. Las casas de Wittgenstein dejan claro cuándo llega el momento
específico de parar: precisamente cuando uno se siente tentado de borrar todas
las huellas de la producción del trabajo, con el fin de que parezca un objeto
de absoluta pureza.
Si imaginamos que
la construcción de una institución se asemeja a la de una casa, sería
preferible hacerlo a la manera de Loos, no a la de Wittgenstein. En lugar de
aspirar a lograr algo completo y acabado de una vez, habría que construir una
estructura provisional que comenzara con un esbozo y fuera capaz de
evolucionar. En el interior de esta institución uno querría solucionar el
problema de la disposición lineal de los espacios como lo hizo Loos, invitando
a la circulación entre un sector y el siguiente. Habría que comprometerse con
la dificultad, el accidente y la limitación. Se evitaría resolver las tareas
específicas del personal hasta el punto de que, como las habitaciones,
resultaran independientes unas de otras. Se sabría cuándo llega el momento de
detener la construcción de la institución, dejando cuestiones sin resolver, y
no se tocarían para nada las huellas del proceso de desarrollo. Se desea una
institución viva, pero es imposible construir una institución así con la
pretensión inagotable de perfección; esta persecución, y Wittgenstein lo sabía,
había dejado su casa sin vida. Por el contrario, la construcción de una
escuela, una empresa o una carrera profesional a la manera de Loos tendría como
resultado una institución de gran calidad social.
VOCACIÓN
Un relato de apoyo
Tal vez la mayor
diferencia entre Loos y Wittgenstein era que Adolf Loos poseía
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una experiencia de
trabajo; cada proyecto de edificio era como un capítulo de su vida.
Wittgenstein carecía de este tipo de narración; cuando su apuesta de todo o
nada lo decepcionó, no volvió a construir una casa. Esta diferencia señala una
nueva dimensión positiva de la obsesión: la fuerza impulsora del trabajo para
lograr una producción abundante.
Max Weber llamaba
«vocación» a la narración de sostén. La palabra alemana que Weber empleaba para
designar la vocación, Beruf, tiene dos resonancias: la gradual acumulación de
conocimientos y habilidades y la convicción cada vez más firme de tener como destino
hacer en la vida precisamente lo que se hace. Weber propone estas marcas
distintivas de la vocación en su ensayo titulado «La ciencia como
vocación»[265]. Una manera de expresar aproximadamente lo que Weber quiere
decir es: tu vida «tiene sentido». Por el contrario, el «ascetismo terrenal» no
proporciona ni satisfacción en la acumulación de habilidades, ni la convicción
de tener un destino particular.
La raíz del ideal
de la vocación remite a la religión. En el cristianismo temprano se pensaba que
una vocación advenía al yo, como cuando el sacerdote se siente llamado por
Dios. Como en la conversión de Agustín, una vez que se ha respondido a la
llamada, el creyente puede creer rettospectivamente que no podía hacer otra
cosa; el servicio a Dios era un deseo al que estaba destinado desde un
principio. A diferencia del hinduismo, las vocaciones cristianas no pueden ser
heredadas de una generación anterior; el individuo debe responder al
llamamiento de su voluntad libre. Hoy, en el cristianismo evangelista, las
«decisiones de los adultos a favor de Cristo» mantienen esta doble
característica; la decisión y el destino se combinan.
Contra su propia
idealización de la vocación científica, We-ber sabía bien que sus fundamentos
religiosos podían reflejarse en el mundo secular. Un líder, ya sea Cristo, ya
sea Napoleón, proporciona a sus adeptos una iluminación súbita del camino a
seguir; el líder carismático es la motivación, provee de ambición a los demás.
En cambio, la vocación científica surge «desde dentro», se inspira en pequeños
esfuerzos disciplinados —la rutina del laboratorio o, por extensión, la
práctica musical—, cada uno sin implicaciones vitales excesivamente peligrosas.
Nadie necesita una buena educación para ir tras Cristo o Napoleón, pero en la
vocación científica la formación es capital. La Bildung de una persona —su
formación temprana y su marco ideológico— prepara el terreno para la actividad
automotivada y sostenida a lo largo de la vida adulta.
En esta versión
benévola de la vocación parecen quedar fuera de lugar el «rigor implacable» y
la «obsesión». Pero se trata más bien de que el tiempo puede atemperar su
efecto. El sociólogo Jeremy Seabrook realizó hace unos años una serie de
entrevistas a Len Greenham, un anciano curtidor marroquí que vivía en el norte
de Inglaterra, Greenham aprendió en su juventud a preparar las pieles caprinas
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marroquíes de modo
que el cuero pudiera usarse tanto en la encuademación como en la fabricación de
bolsos, delicado y difícil conjunto de operaciones al que Greenham, como su
padre y su abuelo, había dedicado toda su vida. Los ritmos del trabajo organizaban
su vida familiar y sus hábitos cotidianos. No fumaba «porque te afectaba la
resistencia» y practicaba deportes para mantenerse en buena forma para el
trabajo[266]. Su trabajo podía ser compulsivo y obsesivo, pero no de la misma
manera que el de los médicos que se disputaban el VIH: él añadía constantemente
valor a su vida.
Greenham, sin
embargo, no se siente en paz con el mundo. Aunque sabe que ha vivido bien, en
las entrevistas expresa muchos malos presentimientos. La encuademación a mano
es sencillamente demasiado cara para que su empresa continúe con ella en Gran
Bretaña; ahora el oficio está en auge en India. «Mi abuelo hubiera pensado que,
después de tantos años de oficio y con habilidades recibidas de los mayores,
gente de un conocimiento acumulado durante mucho tiempo, es triste no poder
transmitirlo a nadie más»[267]. Pero él sigue trabajando con energía; es el
artesano que lleva dentro.
En inglés antiguo,
career (carrera profesional) designaba un camino bien trazado, mientras que job
(empleo) se refería simplemente a un trozo de carbón o una pila de madera que
se podía llevar de un lugar a otro a voluntad. El orfebre medieval en el seno
de un gremio era un ejemplo del rumbo de una «carrera» en desarrollo. Su senda
vital estaba bien trazada en el tiempo, claramente marcadas las etapas de su
progreso, incluso cuando el trabajo mismo fuera inexacto. Era la suya una
historia lineal. Como se ha mostrado en el capítulo 1, la «sociedad de las
habilidades» está demoliendo las carreras profesionales; hoy predominan los
empleos aleatorios; se piensa que, en el curso de su historia laboral, la gente
ha de desplegar un abanico de destrezas en lugar de cultivar una única habilidad;
esta sucesión de proyectos o tareas erosiona la creencia de estar llamado a
hacer bien una sola cosa. La artesanía parece particularmente vulnerable a esa
posibilidad, puesto que se basa en el aprendizaje lento y en el hábito. Su
forma de obsesión —la de Len Greenham— ya no parece provechosa.
No estoy convencido
de que éste sea el final ineludible del artesano. Las escuelas y las
instituciones estatales, e incluso las empresas con fines de lucro, pueden dar
un paso concreto en apoyo de las vocaciones. Ese paso consiste en promover
habilidades sucesivas, sobre todo a través del reciclaje laboral. Los artesanos
han demostrado poseer cualidades particularmente pro-metedoras para ello. A su
servicio está la disciplina necesaria para un buen trabajo manual, como lo está
también su concentración en problemas concretos antes que en el inestable
trabajo sobre las
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cambiantes
relaciones humanas. Por esta sencilla razón se ha demostrado que es más fácil
reciclar como programador informático a un fontanero que a un vendedor. Muchas
veces los empresarios no aprecian esta oportunidad porque para ellos la rutina
manual equivale a trabajo tonto, al Animal laborans que imaginaba Arendt. Pero
ya hemos visto a lo largo de este libro que en realidad se trata justamente de
lo contrario. Para los buenos artesanos, las rutinas no son estáticas,
evolucionan, y los artesanos progresan.
La mayor parte de
la gente desea creer que su vida es algo más que una serie aleatoria de
acontecimientos sin conexión entre sí[268]. La institución bien articulada, una
vez decidido que la lealtad es importante, aspira a responder a ese deseo. Los
trabajadores que una institución ha reciclado tienen una vinculación mucho más
fuerte con ella que los trabajadores temporales. La lealtad es particularmente
importante para una empresa cuando el ciclo empresarial decae; los trabajadores
aguantarán hasta el final, trabajarán más horas e incluso aceptarán la
reducción de salarios antes que desertar. Mejorar la cualificación no es una
panacea colectiva ni individual. En la economía moderna, la deslocalización es
un hecho permanente. Pero imaginar cómo mejorar las habilidades existentes
—ampliarlas o emplearlas como base para la adquisición de nuevas habilidades—
es una estrategia que con el tiempo ayuda a los individuos a orientarse. La
organización bien articulada aspirará a aplicar esta estrategia para mantener
la coherencia interna.
En resumen, el
impulso a hacer un buen trabajo no resulta ser un impulso sencillo. Además,
esta motivación personal es inseparable de la organización social. Tal vez en
cada uno de nosotros haya un ingeniero japonés deseoso de hacer
sistemáticamente bien las cosas y ser reconocido por ello, pero eso es sólo el
comienzo de la historia. Las instituciones tienen que socializar a ese
trabajador, que a su vez tiene que convivir armónicamente con la competitividad
ciega. El trabajador tendrá que aprender a manejar la obsesión en el proceso
mismo del trabajo, cuestionándolo y moderándolo. El impulso a hacer un buen
trabajo puede dar al sujeto un sentido vocacional; las instituciones mal
organizadas ignorarán el deseo de su personal de dar sentido a su vida, mientras
que las organizaciones bien articuladas sacarán provecho de esa circunstancia.
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10. Habilidad
He dejado para el
final de este libro su propuesta más controvertida: la de que prácticamente
todos los seres humanos pueden llegar a ser buenos artesanos. Es una propuesta
controvertida porque las sociedades modernas clasifican a las personas de
acuerdo con una estricta jerarquía según la habilidad. Cuanto mejores son en
algo, menor es su número. Este enfoque no sólo se ha aplicado a la inteligencia
innata, sino también al posterior desarrollo de las habilidades: cuanto más
lejos se llegue, menos personas habrá allí.
La artesanía no se
adapta a este marco. Como se verá en este capítulo, el ritmo de la rutina en la
artesanía se inspira en la experiencia infantil del juego, y casi rodos los
niños juegan bien. No es probable que el diálogo con los materiales que se da en
la artesanía sea recogido por los tests de inteligencia; una vez más, la
mayoría de las personas es capaz de razonar bien sobre sus sensaciones físicas.
El trabajo artesanal encarna la gran paradoja de que una actividad de gran
refinamiento y complejidad surja de actos mentales tan simples como la
descripción detallada de los hechos y su indagación posterior.
Nadie podría negar
que los individuos nacen desiguales o se vuelven desiguales. Pero, en lo que
respecta a los seres humanos, la desigualdad no es lo más importante. La
capacidad de nuestra especie para producir cosas pone más en evidencia lo que
tenemos en común. Del hecho de compartir estos talentos se desprenden
consecuencias políticas. La Enciclopedia de Diderot afirmaba que la base común
de los talentos era la artesanía, tanto en su principio general como en los
detalles prácticos, porque en ella descansaba una visión de gobierno. Aprender
a trabajar bien capacita para autogobernarse y, por tanto, convierte a los
individuos en buenos ciudadanos. La criada laboriosa tiene más probabilidades
de ser una buena ciudadana que su señora aburrida. El enaltecimiento
democrático del pequeño propietario rural o del artesano habilidoso que hiciera
Thomas Jefferson se sustenta sobre la misma base, la de que el hombre práctico
es capaz de juzgar si un gobierno construye bien porque él entiende de
construcción, adagio que desgraciadamente Jefferson no aplicó a sus esclavos.
La convicción de que el buen trabajo modela una buena ciudadanía sufrió un
proceso de distorsión y de perversión en el curso de la historia moderna, para
terminar en las vacías y desoladoras mentiras del Imperio soviético. La
desigualdad derivada de comparaciones odiosas pasó a primer plano como una
verdad aparentemente más fiable en torno al trabajo, pero esta «verdad» socava
la participación democrática.
Quisiéramos
recuperar algo del espíritu de la Ilustración en términos adecuados a nuestra
época. Quisiéramos que la habilidad compartida en el trabajo nos enseñara a
autogobernarnos y a conectar con otros ciudadanos en un terreno común.
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Trabajo y juego
El hilo del oficio
Este terreno común
aparece muy pronto en el desarrollo humano, en el arte del juego. El trabajo y
el juego parecen oponerse en la medida en que el juego da la impresión de no
ser otra cosa que una evasión de la realidad. Sin embargo, el juego enseña a los
niños a ser sociables y canaliza el desarrollo cognitivo; el juego inculca
obediencia a las reglas, pero contrarresta esta disciplina permitiendo a los
niños crear y experimentar con las reglas a las que obedecen. Estas
capacidades, una vez que se empieza a trabajar, sirven luego durante toda la
vida.
El juego tiene
lugar en dos campos. En los juegos competitivos, las reglas se establecen antes
de que los jugadores comiencen a actuar; una vez adoptada una convención, los
jugadores son sus siervos. Los juegos marcan los ritmos de la repetición. En un
espacio de juego más abierto, como cuando un niño palpa un trozo de fieltro,
predomina la estimulación sensorial; el niño juega con el fieltro, experimenta
con él. El diálogo con los objetos materiales ha comenzado.
El primer autor
moderno que escribió sobre el juego fue Friedrich von Schiller en La educación
estética del hombre. En la decimocuarta carta afirma: «El impulso sensible nos
requiere físicamente; el de la forma, moralmente… En el impulso a jugar se
combinan ambos»[269]. A juicio de Schiller, el juego intercede entre el placer
y el rigor; regula la acción humana equilibrada. Más tarde, en el siglo XIX,
esta visión desapareció entre los psi-cólogos, que consideraron el juego más
afín al sueño, un comportamiento físico semejante al versátil e indefinido
proceso de un sueño. En el siglo XX el enfoque volvió atrás y Schiller
reapareció en la consulta del psicólogo. Freud mostró que el sueño seguía
cierta lógica, una lógica afín a lo lúdico[270].
Una generación
después de que Freud concibiera la analogía entre soñar y jugar, Johan Huizinga
trazó una línea nítida entre juego y trabajo en su estudio Homo Ludens[271].
Ese gran libro mostraba que en la Europa premoderna los adultos disfrutaban de
los mismos juegos de cartas, las mismas charadas y los mismos juguetes que sus
hijos. Para Huizinga, los rigores de la Revolución Industrial hicieron que los
adultos dejaran de lado los juguetes; el trabajo moderno es «desesperadamente
serio». Él sostenía que, en consecuencia, cuando se impone la utilidad, los
adultos pierden algo esencial a la capacidad de pensar: la libre curiosidad que
se da en el abierto espacio de juego cuando se palpa un fieltro. Sin embargo,
Huizinga observaba, para decirlo en sus palabras, la «seriedad formal» de la
gente cuando juega, y sabía que esta gravedad formal era algo igualmente
importante.
Desde esa época los
antropólogos han tratado de comprender esta seriedad formal en términos de
ceremonias. El antropólogo más notable en esta tarea fue Clifford
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Geertz, quien acuñó
la expresión «juego profundo» y la aplicó a ceremonias tan variadas como la del
mercader de Oriente Medio que ofrece a los clientes una preceptiva taza de
café, la de una pelea de gallos en Indonesia o la de un festival político en Bali[272].
A diferencia de Huizinga, Geertz insistió en la línea telefónica siempre
abierta que conecta la formación infantil en los juegos con roles adultos como
los de sacerdotes, representantes de ventas, planifica-dores urbanos o
políticos. Geertz pensaba que tal vez la añorante visión del pasado que tenía
Huizinga le impidió apreciar que la producción y puesta en práctica de reglas
perdura a lo largo del ciclo vital completo del ser humano.
En nuestros
estudios, los parques de Amsterdam de Aldo Van Eyck muestran esta conexión de
línea telefónica abierta. Valiéndose de la ambigüedad de las zonas liminares,
el diseñador busca destilar rituales corporales de los niños que juegan por
medio de la difuminación de los límites, pues los niños tienen que aprender a
coordinar sus movimientos con el fm de mantenerse a salvo. Así tomarían forma,
esperaba Van Eyck, las ceremonias de contacto y de observación: grupos de niños
pequeños cavando en la arena, niños más grandes jugando a la pelota,
adolescentes bulliciosos cotilleando, adultos descansando de la compra y
vigilando, todo lo cual compone lo que Geertz llama la «escenografía» del juego
profundo, rituales cotidianos que crean la cohesión social entre los
individuos.
Pero ¿cómo produce
el arle de jugar la conexión entre juego y trabajo? Esta era una pregunta
apremiante para Erik Erikson, psicoanalista que dedicó gran parte de su vida a
estudiar las serias repercusiones de lo que hacen los niños con sus bloques de
construcción, ositos de peluche y cartas, y que es probablemente el autor que
más claramente escribió sobre el juego en el siglo XX[273]. Para Erikson, la
relación entre estas experiencias y el trabajo residía en su condición de
primeros experimentos en artesanía.
Erikson fue un
freudiano reacio en materia de psicología infantil. Cuando se preguntó por qué
los chicos construyen torres de bloques o castillos de naipes hasta que se
derrumban, le habría resultado fácil recurrir a la explicación fálica freudiana
de la erección y la eyaculación. En cambio, observó que los muchachos ponían a
prueba los límites de un objeto viable creando una regla para medir «la altura
que podía alcanzar». Análogamente, se preguntó por qué las niñas pequeñas
vestían y desvestían una y otra vez sus muñecas. Desde el punto de vista
freudiano, el hecho podría explicarse como la exhibición y el ocuitamiento de
tos órganos sexuales y las zonas erógenas del cuerpo. Para Erikson, estos niños
estaban aprendiendo a realizar un trabajo práctico, mientras que las niñas se
concentraban en lograr que sus manos abotonaran correctamente y ajustaran con
habilidad un vestido. El intento de un niño, o de una niña, de arrancar los
ojos a un osito de peluche no es necesariamente una expresión de agresividad.
Más que atacar furiosamente al juguete, lo que hacen los
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niños es ponerlo a
prueba: ¿cuánto resiste? El juego puede ser un campo de expresión sexual
infantil, pero en ensayos como «Toys and Their Reasons», Erikson afirmó que
también es trabajo técnico sobre objetos materiales[274].
Tal vez sus
intuiciones más duraderas sean las concernientes a la objetivación, a la
valoración de la cosa en sí misma. La escuela de las «relaciones de objeto» de
D. W. Winnicotl y John Bowlby puso el énfasis, como ya hemos visto, en la
experiencia infantil de las cosas por sí mismas, como resultado de la
separación y la pérdida. Erikson, en cambio, destacó la capacidad de proyección
del niño pequeño en objetos inanimados, capacidad de antropomorfización que
continúa en la vida adulta cuando, por ejemplo, se califica de «honesto» a un
ladrillo. Pero para Erikson se trata de una conexión bidireccional; la realidad
material responde, corrige constantemente la proyección, advierte acerca de la
verdad material. Si el osito de peluche con ojos resistentes recibe un nombre
porque el niño se proyecta en él, la inmovilidad de esos ojos le advertirá
contra la creencia de que el osito es en realidad como él. Aquí, en el juego,
está el origen del diálogo que el artesano lleva a cabo con materiales como la
arcilla o el vidrio.
Al enfoque de
Erikson es menester agregar una explicación de las reglas que hacen posible
este diálogo. Hay al menos dos.
La primera atañe a
la coherencia en el establecimiento de reglas. En un comienzo, muchas de las
reglas que los niños inventan para los juguetes o los juegos carecen de
funcionalidad, como, por ejemplo, la ausencia de criterio para la puntuación.
Las reglas coherentes requieren colaboración; todos los niños tienen que estar
de acuerdo en acatarlas. Además, las reglas coherentes son inclusivas; tienen
que aplicarse a jugadores con diferencias de habilidad. En el núcleo de la
coherencia se halla la repetición, es decir, la invención de reglas que
permitan a los juegos repetirse. La repetición de los juegos proporciona la
base para poner la práctica a prueba, esto es, para repetir una y otra vez un
procedimiento. Pero en el juego infantil los niños aprenden también a modificar
las reglas que ellos mismos se dan, y esto también tiene consecuencias en la
vida adulta, como cuando al repetir una práctica de índole técnica podemos ir
poco a poco modificándola, cambiándola o mejorándola. Para mejorar una destreza
necesitamos cambiar las reglas que se repiten (la metamorfosis de las reglas
que ayudaron a Erin O’Connor a mejorar su rendimiento como sopladora de
vidrio). En resumen, el juego inaugura el entrenamiento, y éste es a la vez una
cuestión de repetición y modulación.
En segundo lugar,
el juego es una escuela donde aprender a incrementar la complejidad. Como
padres, podemos observar que los niños de cuatro o cinco años se aburren de una
manera hasta entonces desconocida para ellos; los juguetes simples ya no les
interesan. Los psicólogos explican que el aburrimiento se debe a que los niños
se hacen más críticos de su mundo de objetos. Sin duda los niños son capaces de
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construir formas
complejas a partir de materiales simples, «empobrecidos», como los bloques Lego
o el juego de damas. Lo que importa son los objetos que permiten al niño
complicar una estructura a medida que sus capacidades cognitivas maduran[275].
La emergenre capacidad de lectura da al niño la posibilidad de crear reglas
nuevas y más elaboradas para los juegos.
De estas
capacidades deriva nuestra aptitud para añadir complejidad a las cosas en el
trabajo adulto. El escalpelo, una herramienta sencilla, sirvió a finalidades de
gran complejidad en el trabajo científico del siglo XVIL, tal como había
sucedido desde el siglo XV con el destornillador de punta plana; en sus
comienzos, uno y otro fiíeron herramientas elementales. Realizan un trabajo
complejo sólo porque nosotros, como adultos, hemos aprendido a jugar con sus
posibilidades en lugar de tratar cada herramienta como destinada a un único
fin. El aburrimiento es un estímulo tan importante en la artesanía como en el
juego; al aburrirse, el artesano busca qué más puede hacer con las herramientas
de las que dispone.
Por supuesto, la
coherencia y el aumento de complejidad pueden entrar en conflicto, pero al
reajustar las reglas del juego, los niños aprenden a manejar estas tensiones.
En el juego de niños de cuatro a seis años, observa el psicólogo Jerome Bruner,
la complejidad pesa más que la coherencia; en las etapas medias de la infancia,
de los ocho a los diez años, las reglas estrictas se hacen más importantes, y a
comienzos de la adolescencia se manejan nuevamente ambas cosas de manera
equilibrada[276]. Es precisamente este equilibrio lo que Schiller tenía en
mente cuando pensaba en el juego como un importante punto de apoyo.
Este breve esbozo
de la manera en que la habilidad en el juego se relaciona con el trabajo
debería ser nuestra Ilustración, literalmente. El saber artesanal se inspira en
lo que aprenden los niños en el diálogo del juego con los materiales físicos,
la disciplina para obedecer reglas y el progreso de la complejidad en el
establecimiento de esas reglas. Sin embargo, pese a la universalidad del juego
y a su riqueza de implicaciones para la vida adulta, el prejuicio moderno se
aferra a la convicción de que sólo unas pocas personas tienen capacidad para
realizar un trabajo verdaderamente bueno. Recordando las convicciones políticas
de Jefferson, podríamos reformular este prejuicio de la siguiente manera: la
buena aptitud ciudadana que se da en el juego, se pierde en el trabajo.
Tal vez la manera
de entender la habilidad sirva para clarificar este prejuicio.
LA HABILIDAD
Localizar, indagar,
desvelar
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Los pensadores de
la Ilustración creían que las habilidades que sustentan un oficio son innatas.
La biología moderna reivindica esta convicción; gracias a los progresos de la
neurología, tenemos un conocimiento cada vez más preciso de la geografía cerebral
de las habilidades. Por ejemplo, podemos trazar un mapa neuronal de la
localización cerebral del sentido del oído y de la manera en que procesamos esa
información neuronal, necesaria para el oficio de músico.
La respuesta básica
a los sonidos comienza en la cotteza auditiva, situada en el centro del
cerebro. La persona responde a los sonidos físicos que oye principalmente en
las estructuras subcorticales del cerebro; aquí, el ritmo estimula la actividad
del cerebelo. La capacidad de procesar esa información también tiene una
geografía neuronal. La corteza prefrontal provee de re-troalimentación acerca
de la corrección o incorrección del movimiento de la mano; ésta es una
localización neuroiógica de la experiencia correspondiente a la exclamación
«¡Funciona!». El aprendizaje de la lectura musical interesa a la corteza
visual. Las emociones que se experimentan en la interpretación y la audición de
la música también tienen regiones específicas en el cerebro. Las respuestas más
simples excitan el vermis del cerebelo; las más complicadas, la amígdala[277].
A causa de su
complejidad, el cerebro procesa más bien paralelamente que en forma sucesiva. A
la manera de un grupo de pequeños ordenadores interconeciados que funcionan
simultáneamente, las regiones geográficas del cerebro procesan al mismo tiempo
su propia información y se comunican con otras regiones. En la experiencia
auditiva, si un área local de percepción del sonido resulta dañada, también se
resentirá el pensar en sonidos en general. Cuanto mayor sea la estimulación, la
transmisión y la retroalimentación que tiene lugar en el conjunto de la
geografía cerebral, más pensamos y sentimos[278].
El malestar que
produce este mapa de habilidades innatas no se basa en los hechos —que, por
supuesto, con el tiempo serán revisados—, sino en sus implicaciones.
¿Representa desigualdades indelebles? ¿Es mejor la corteza prefrontal de una
persona que la de otra? Quisiéramos hacer notar que la preocupación por el
hecho de que los seres humanos estén estructural o genéticamente programados
para ser desiguales tiene una raíz antigua. En la filosofía occidental se
remonta a la idea de predestinación.
Al final de La
República, Platón expone el «mito de Er», relato de un hombre que tiene una
visión de la vida de ultratumba[279]. En ese mundo de los muertos descubre algo
así como la transmigración de las almas, que eligen los cuerpos que habitarán
después y la vida que llevarán. Algunas eligen mal. Con la intención de huir de
los sufrimientos que han padecido, entran en otros, nuevos e insospechados.
Algunas eligen sabiamente, porque en su vida anterior han tenido conocimiento
de cómo
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actuar
correctamente, conocimiento que ha infundido serenidad a su juicio. Sin
embargo, al nacer en su nuevo cuerpo, cada persona tiene un destino, el sello
de aquello en lo que habrá de convertirse.
Esta visión
contrasta con la predestinación tal como apareció más adelante en el
cristianismo y, sobre todo, en el protestantismo calvinista. Juan Calvino creía
que Dios ha predestinado desde el nacimiento unas almas a la salvación y otras
a la condenación. Sin embargo, el Dios de Calvino tiene algo de sádico, pues
oculta su destino a los individuos y los obliga a rogar misericordia y a
demostrar su valor con el fin de que se reconsidere su destino. No sólo sádico,
sino también desconcertante: ¿cómo es posible tener un destino que se puede
cambiar? Sin meternos en esta trampa teológica, podríamos observar simplemente
que este tipo de protestantismo une lo innato y lo desigual: unos individuos
son más dignos de la misericordia divina porque comienzan la vida en mejor
forma espiritual que otros; las modificaciones del destino en el transcurso de
una vida humana sigue centrándose en la comparación odiosa de un individuo con
otros.
Hace un siglo, el
calvinismo adoptó una nueva y peligrosa forma moderna en el movimiento
eugenésico particularmente representado por los escritos de William Graham
Sumner: no malgastar recursos en individuos o grupos que carecen de habilidad
innata para aprovecharlos. Una versión apenas menos peligrosa de esto es la
práctica educativa que trata de determinar qué es capaz de aprender un
individuo antes de intentar enseñarle. La visión del platonismo era algo más
positiva: aun cuando seas innatamente inferior a otros en capacidad, haz lo
mejor que puedas con las cartas que te han tocado. El consuelo que depara esta
visión depende de que los demás no atribuyan demasiada importancia a esas
diferencias.
Sería sin duda
reduccionista imaginar las conexiones cerebrales y sus procesos paralelos como
un sistema cerrado —moderna versión de ingeniería de la predestinación—,
establecido en el nacimiento mismo y que funciona de acuerdo con su propia
lógica interna. El modelo de ingeniería alternativo es el de un sistema
abierto, en el que los desarrollos posteriores retroalimentan los datos del
punto de partida. En relación con el cerebro, la cultura funciona como sistema
abierto y de un modo particular. Diferentes tipos de entornos estimulan, o no,
el trabajo cerebral de procesamiento en paralelo en regiones como la corteza
prefrontal. Martha Nussbaum y Amartya Sen prefieren el término «capacidad» al
de «habilidad» y conciben cada capacidad como activada o reprimida por la
cultura. Como ya vimos en los estudios sobre la prensión y la aprehensión, una
capacidad es inherente a la estructura ósea de la mano humana; aunque haya
manos más grandes, aunque algunas estén dotadas de gran amplitud lateral desde
el nacimiento, la diferencia real entre manos hábiles y manos torpes reside en
el estímulo y el entrenamiento que cada una reciba.
Incluso los
biólogos que más vigorosamente objetan la imagen de la naturaleza
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humana como tabla
rasa adoptan este punto de vista. En parte, el centrarse en la desigualdad deja
en la sombra una cuestión igualmente importante de la sobreabundancia. Por
ejemplo, las investigaciones sobre programación del lenguaje que llevó a cabo
Steven Pinker, especialista en psicología cognitiva, muestran que la especie
humana es capaz de producir «demasiado» significado, una sobreabundancia de
sentidos opuestos y contradictorios tanto en el lenguaje hablado como en el
escrito. La cultura reduce y selecciona esta exuberante habilidad que todos
compartimos[280]. Genetistas de distinta procedencia llegan a la misma
conclusión por diferentes caminos. Para Richard Lewontin, los potenciales
genéticos no se resuelven «naturalmente»; el cuerpo humano está lleno de
posibilidades que necesitan la organización social y cultural para manifestarse
y concretarse[281].
El telar de
Vaucanson, innatamente superior a las manos humanas, proporciona el contexto
más esclarecedor para reflexionar sobre las consecuencias de las desigualdades
naturales. Destruir las máquinas —esto es, negar su superioridad— demostró no
ser una opción válida. La mejor opción fue tratar el telar como un medicamento,
es decir, tener cuidado de no administrarlo en dosis excesivas; es al menos lo
que pensó Voltaire en relación con los inventos prácticos del hombre al que
antes había saludado como «Prometeo moderno». Esto equivale a decir que hay que
emplear los recursos innatamente superiores, pero no obsesionarse con su
superioridad. Creo que esta serena sabiduría de la Ilustración es una buena
manera de entender el alcance del mapa de habilidades del cerebro. Sus recursos
se distribuyen o se aplican en forma desigual en los diferentes individuos; si
la sociedad se obsesiona con este hecho, puede envenenarse. Conviene no hacer
juicios sobre el destino y estimular el organismo humano todo lo posible.
Tal vez el campo
más restringido de la artesanía aborde con más intensidad la cuestión de la
desigualdad de talentos. Las habilidades innatas sobre las que se basa la
artesanía no son excepcionales; por el contrario, las comparte la gran mayoría
de los seres humanos y más o menos en la misma medida.
El saber artesanal
tiene como fundamentos tres habilidades básicas: la de localizar, la de indagar
y la de desvelar. La primera implica dar concreción a una materia; la segunda,
reflexionar sobre sus cualidades; la tercera, ampliar su significado. El carpintero
examina el veteado característico de un trozo de madera en busca de detalles:
gira una y otra vez la madera calculando de qué modo el patrón superficial
refleja la estructura oculta; decide que para realzar la veta es preferible un
disolvente para metales al barniz normal para madera. Para desarrollar estas
aptitudes el cerebro tiene que procesar en paralelo información visual,
auditiva, táctil y relativa a símbolos lingüísticos.
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La capacidad de
localización es la facultad que permite determinar dónde sucede algo
importante. En lo que respecta a la mano, hemos visto que esta Iocalización se
produce en la punta de los dedos del músico o del orfebre; en lo que atañe al
ojo, se centra en el ángulo recto entre trama y urdimbre de un telar, o en el
extremo del tubo de soplar vidrio. En el invento del teléfono móvil, el foco se
centró en la caja de conmutación; en el de la calculadora de mano, en el tamaño
de las teclas. La misma tarea realiza el «zoom» de una pantalla de ordenador o
de una cámara fotográfica.
La localización
puede ser el resultado de la estimulación sensorial, como cuando el escalpelo
encuentra un material inesperadamente duro durante una disección; en ese
momento, los movimientos de la mano del anatomista se ralentizan y reducen su
amplitud; la localización también puede darse cuando la estimulación sensorial
proviene de algo ausente o ambiguo. Un absceso en el cuerpo, que envía la señal
física de una pérdida de tensión, localizará el movimiento de la mano. Es
también ésta la estimulación que Van Eyck ideó en sus parques al eliminar
fronteras precisas entre la calle y el lugar de juego, de modo que los niños
que allí jugaban tuvieran que centrarse en la zona limlnal para mantenerse a
salvo.
En los estudios de
psicología cognitiva se conoce a veces la Iocalización como «atención focal».
Gregory Bateson y León Festinger suponen que los seres humanos se centran en
las dificultades y contradicciones que ellos llaman «disonancias cognitivas».
La obsesión de Wittgenstein por la altura exacta del cielo raso de una
habitación de su casa tiene origen en lo que, de acuerdo con sus reglas de la
proporción, percibía como disonancia cognitiva. También puede haber
localización cuando algo funciona con éxito. Una vez que Frank Gehry consiguió
realizar su cubierta acolchada de titanio, se concentró más en las
posibilidades del material. Estas complicadas experiencias de disonancia
cognitiva provienen directamente, como ha sostenido Festinger, del comportamiento
animal que consiste en la capacidad para prestar atención al «aquí» o al
«esto». Los procesos paralelos que tienen lugar en el cerebro activan
diferentes circuitos neuronales para establecer la atención. En los seres
humanos, en particular en personas que practican un oficio, este pensamiento
animal localiza específicamente dónde son importantes un material, una práctica
o un problema.
La capacidad para
indagar no es ni más ni menos que la tarea de investigar el lugar donde algo
ocurre. Los neurólogos que siguen el modelo de la disonancia cognitiva creen
que el cerebro hace algo así como imaginar en forma secuencial que todas las
puertas de un espacio mental están cerradas con llave. En ese caso, ya no hay
duda, pero la curiosidad permanece, el cerebro se pregunta si están cerradas
con llaves distintas y, si es así, por qué. También pueden presentarse
preguntas surgidas del éxito en las operaciones, como en los momentos de la
programación de Linux en que la solución de problemas incita a los
progra-madores a formularse nuevas
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preguntas. Desde el
punto de vista neurológico, eso se explica como la activación de una nueva
conexión de circuitos entre las distintas regiones del cerebro. La nueva
conexión hace posibles nuevos procesamientos paralelos, pero no de manera
instantánea, no todos a la vez. Desde el punto de vista fisiológico, «indagar»
significa permanecer en un estado incipiente; el cerebro sopesa entonces sus
opciones de circuito.
Este estado es la
traducción neuronal de la experiencia de la curiosidad, que suspende la
resolución y la decisión con el fm de explorar. De esta suerte, es posible
imaginar el proceso del trabajo como si obedeciera a cierto ritmo, en el que la
acción lleva a un estado de suspensión mientras se indagan los resultados, tras
lo cual la acción recomienza en una nueva forma. Hemos visto que este ritmo de
acción-reposo/indagación-acción marca el desarrollo de las habilidades manuales
complejas; la actividad meramente mecánica, que no desarrolla ninguna técnica,
no es más que simple movimiento.
La capacidad para
desvelar un problema se inspira en saltos intuitivos, específicamente en su
posibilidad de acercar dominios disímiles unos a otros y de preservar el
conocimiento tácito en el salto entre ellos. El simple hecho de pasar de un
dominio de actividad a otro estimula una nueva manera de pensar los problemas.
El «desvelar» va íntimamente unido al «abrirse a», en el sentido de estar
dispuesto a hacer las cosas de otra manera, a pasar de una esfera de hábitos a
otra. Tan elemental es esta habilidad, que muchas veces su importancia pasa
inadvertida.
La capacidad para
cambiar de hábitos alcanza gran profundidad en el reino animal. Algunos
biólogos, tras la huella de Richard Lewontin, creen que la capacidad de
responder y plantear problemas en diferentes dominios es la clave etológica de
la selección natural. Sea como fuere, los seres humanos son capaces de cambiar
de hábitos y de compararlos. En esta capacidad se basan las fábricas para
cambiar una y otra vez de tarea a los trabajadores; la lógica es aquí impedir
el aburrimiento que resulta de los sistemas rutinarios cerrados. El
aburrimiento se evita sólo gracias a que el cambio de dominio nos vuelve a
estimular mentalmente. A menudo los estudios acerca de las habilidades se
extienden demasiado en la solución de problemas, pero, como hemos visto, esta
solución está estrechamente relacionada con el descubrimiento de problemas.
Esta conexión es posible en virtud de una capacidad humana elemental: la
capacidad para cambiar, comparar y modificar los hábitos.
He hecho un flaco
favor a mis lectores con la reducción de un amplio territorio de investigación
a estos tres puntos. No me propongo insinuar que las capacidades que comparten
los seres humanos —de localizar, indagar y desvelar— sean simples. Lo que pretendo
es poner de relieve que compartimos estas capacidades con otros animales y con
todos los otros seres humanos, y a continuación me propongo mostrar por qué las
compartimos aproximadamente en la misma medida.
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INTELIGENCIA
OPERATIVA
El paradigma de
Stanford-Binet
Alfred Binet y
Theodore Simón desarrollaron el primer test de inteligencia en 1905. Una década
más tarde, Lewis Terman revisó su trabajo y creó el test conocido como
Stanford-Binet, hoy en su quinta revisión. A lo largo de un siglo, el test se
ha desarrollado ampliamente. Explora cinco campos mentales básicos; fluidez de
razonamiento, principalmente en la esfera del uso del lenguaje; conocimiento
básico, sobre todo de vocabulario y símbolos matemáticos; razonamiento
cuantitativo, ante todo deductivo; procesamiento visual-espacial y memoria
operativa[282].
Estos campos
parecen describir la materia prima de la que está compuesta cualquier
habilidad. Pero no abarcan las habilidades básicas de la artesanía. Esto se
debe a que los tests de CI responden a los tres principios conductores de
Binet: que la inteligencia puede medirse por medio de respuestas correctas a
preguntas, que las respuestas distribuirán a los individuos de un grupo según
una curva de Gauss, y que los tests ponen a prueba la potencialidad biológica
de una persona antes que su formación cultural.
El último de estos
principios ha sido el más controvertido a lo largo del tiempo: ¿cómo se puede
separar naturaleza y cultura? Aún no hay un argumento que justifique la
separación. En el siglo XVIII, Diderot y la mayoría de los autores de la
Ilustración afirmaron que había que distinguir las dos cosas porque las
criadas, los zapateros y los cocineros comunes tienen más inteligencia innata
de la que las clases superiores les permiten expresar. Contrario, aunque bien
intencionado, era el propósito de Binet en su estudio de la inteligencia no
cultivada, pues aspiraba a descubrir qué pueden hacer realmente los más lentos
y tontos con el fin de encontrarles trabajos de nivel apropiado a su escasa
habilidad. El interés de Terman era al mismo tiempo benévolo y maligno; deseaba
descubrir individuos de habilidad excepcional con independencia de su posición
en la jerarquía social, pero, en su condición de eugenista militante, también
deseaba identificar a los particularmente estúpidos para esterilizarlos. Ni
Binet, ni Terman, tenían demasiado interés por el término medio.
En el siglo XX, los
tests de Stanford-Binet crearon un nuevo estigma, basado más en las
puntuaciones de grupos que de individuos. Si los grupos étnicos o raciales
arrojaban cifras relativamente malas en los tests, esos resultados se
utilizaban a veces para confirmar el prejuicio de que, por ejemplo, los negros
en conjunto eran menos inteligentes que los blancos, invocando esta vez la
«ciencia» para afirmar su supuesta inferioridad. Para combatir esto se acusó de
prejuicio cultural a los propios tests. El argumento sostenía que mientras que
para un niño blanco de clase media era normal encontrarse con el símbolo π en
la escuela (símbolo que aparecía en la sección de
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conocimiento
general del test), al niño de los barrios bajos ese signo le resultaba
extraño[283].
A tal punto se
extendió este debate, que se ha terminado por abandonar el procedimiento que
utilizara Binet por primera vez; sin embargo, el procedimiento estadístico ha
seguido siendo el factor principal en nuestra manera de entender la
inteligencia. Binet apoyaba la creencia de que las puntuaciones de grupos de
personas obedecerían a la curva de distribución normal en forma de campana:
unos pocos memos en un extremo, la mayoría de nosotros en el medio y unos pocos
Einstein en el otro extremo. La forma específica de esta curva fue
originariamente detectada por Abraham de Moivre en 1734, perfeccionada por Cari
Friedrich Gauss en 1809 y bautizada como «normal» por Charles Sanders Peirce en
1875.
Sin embargo, una
campana puede adoptar muchas formas diferentes. En los tests de reconocimiento
visual, la curva se parece más a una copa de champán invertida que a un campana
suavemente abovedada. Esto quiere decir que la mayoría tiene las mismas habilidades
para reconocer la relación entre una imagen y una palabra como «perro». En esta
habilidad particular no hay grandes diferencias. En términos numéricos, si se
comienza con una media de inteligencia de 100 y la desviación estándar es de 6
= 15, el CI de nivel 115 corresponde al percentil 84, el de 130 al percentil
97,9, el 145 al percentil 99,99, el 160 al percentil 99,997. Hacia abajo, la
curva es similar. De esta manera, la inmensa mayoría de los seres humanos está
dentro de la desviación estándar respecto de la media.
Es extraño que ni
Binet, ni Terman, demostraran verdadero interés por esta zona media tan
densamente poblada. Con sólo situar la definición de «capaz» una desviación
estándar más arriba, se elimina al ochenta y cuatro por ciento de la población.
Y si la bajamos, sólo el dieciséis por ciento de la población puede
considerarse incapaz.
Los términos que se
emplean para referirse a esta zona media, densamente poblada y en forma de copa
de champán son a menudo despectivos, como «mediocre» o «nada especial». Sin
embargo, estos términos se justifican mediante un movimiento estadístico extraordinariamente
simple. ¿Justifica una desviación estándar la diferenciación de categoría entre
mediocre y capaz, entre la masa y la élite? Los individuos que se hallan en el
CI de nivel 85 pueden afrontar muchas de las cuestiones que resuelve
satisfactoriamente la masa que está por encima de ellos, sólo que más
lentamente. Esto es particularmente cierto en relación con el procesamiento
visual-espacial y las capacidades de la memoria operativa. Si se sube una
desviación estándar, de 100 a 115, la única ruptura cognitiva real tiene lugar
en la simbolización verbal. Incluso aquí, las cosas no son nada claras, pues
los individuos que obtienen 100 de CI pueden poseer la comprensión del símbolo
confinada en el conocimiento tácito o expresarla en la práctica física.
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Por último, Binet y
Terman llegaron a la curva de Gauss «normal» reuniendo en una sola cifra todos
los aspectos de la inteligencia sometidos al test. Eso da por supuesto que
todas las dimensiones de la inteligencia están interconectadas. Los
administradores modernos del test han incluido la letra «g» para representar el
elemento aglutinador de las distintas formas de inteligencia. El psicólogo
Howard Gardner (que en el capítulo anterior apareció bajo otra apariencia
profesional, como estudioso del trabajo bien hecho) ha refutado vigorosamente
el factor «g». Este autor cree que los seres humanos poseen más capacidades de
inteligencia que las que mide el test de Stanford-Binet y que estas capacidades
son distintas e independientes en los diferentes individuos, lo que significa
que no es posible reunirías en una sola cifra.
La lista de Gardner
comprende más sentidos corporales que la de Stanford-Binet: añade el tacto, el
movimiento y la audición de palabras, los símbolos matemáticos y las imágenes
como lugares de pensamiento inteligente; y, con más osadía, agrega como forma
de inteligencia la habilidad para comunicarse con otros e incluso la capacidad
para explorarse y juzgarse objetivamente a sí mismo[284]. Los críticos técnicos
de Gardner responden que su lista es demasiado extensa y poco sistemática y
defienden la integración de las respuestas en una única cifra con el argumento
de que en el marco de Stanford-Binet la fluidez de razonamiento, la memoria
operativa y el procesamiento visual-espacial están realmente correlacionados,
o, al menos, que las fórmulas para el factor «g» tienen sentido.
Las habilidades
artesanales plantean una objeción aún más fundamental. No es probable que
aparezcan en los tests de inteligencia, en parte debido al paradigma básico de
Stanford-Binet, en el que las preguntas que se formulan tienen respuestas
correctas.
En principio, las
respuestas correctas son la versión de «¡Funciona!» que da el administrador del
test. La ecuación 2 + 2 = 5 no funciona. Los cálculos tienen respuestas
correctas, pero no hay una respuesta correcta equivalente para una definición
verbal. He aquí, por ejemplo, dos definiciones verbales de la palabra incisive:
Tras los agudos
(incisive) análisis de Huntley, los operadores de bonos se vieron
inmediatamente impulsados a un frenesí de ventas.
La incisiva
(incisive) cobertura que Cheryl realizó de los asuntos del Ayuntamiento la
convierten en una gran candidata al Premio Pulitzer.
Aun dejando de lado
todas las cuestiones de contexto cultural, la situación a que el test da lugar
es en realidad la de un acertijo. En efecto, la respuesta correcta que se
ofrece como equivalente verbal para ambos casos es acute (agudo, penetrante),
cuando en el segundo caso sería más adecuado exposed (sin tapujos), que no se
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ofrece[285]. La
actitud mental del artesano tiende a insistir en este problema, hacerlo más
específico, reflexionar sobre él, pero el tiempo se echa encima. Hay que
responder a todas las preguntas que se pueda para elevar la puntuación, de modo
que uno arriesga una conjetura y sigue adelante. Los saltos intuitivos que se
abren a un problema son imposibles de medir con un test de opción múltiple.
Estos saltos son un ejercicio de asociación de elementos disímiles. No hay una
respuesta correcta a esta pregunta: «¿Se parecen las calles de la ciudad a
arterias y venas?»
El método de Binet,
por tanto, creó un agujero negro en el pensamiento que se plantea problemas,
penalizó a quienes se coman el tiempo necesario para reflexionar y no pudo
abordar la cuestión de la calidad. Una buena puntuación total en los tests
podría inducir precisamente al abandono de aquellos problemas que son
verdaderos problemas. Las habilidades artesanales se aplican a las
profundidades del pensamiento, normalmente dirigidas a un problema particular,
mientras que las puntuaciones del CI representan un manejo más superficial de
muchos problemas.
Como he sostenido
en otro lugar, la superficialidad encuentra en la sociedad moderna un uso
particular[286]. En la empresa, los regímenes actuales de administración de
tests tienden a identificar la habilidad potencial innata, aplicable a las
oportunidades en rápida transformación, propias de la economía globalizada.
Hacer bien una cosa o comprenderla en profundidad puede ser una fórmula segura
para que un trabajador o una compañía se queden atrás en esta febril carrera de
cambios. Los tests que miden la capacidad de una persona para manejar muchos
problemas a costa de la profundidad convienen a un sistema económico que premia
el estudio rápido, el conocimiento superficial, demasiado a menudo encarnado en
consultores en tránsito constante por distintas organizaciones. La habilidad
del artesano para profundizar representa el polo opuesto de la habilidad
potencial así desplegada.
Pese a que nadie
negaría que las habilidades varían en los extremos, la forma de la curva de
Gauss del CI plantea una pregunta acerca de la zona media. ¿A qué se debe la
ceguera ante este potencial? La persona con un CI igual a 100 no es muy
diferente en capacidad de la persona con CI de 115, pero ésta tiene muchas más
probabilidades de llamar la atención. Esta pregunta tiene una respuesta
endiablada: hinchando pequeñas diferencias de grado hasta producir grandes
diferencias cualitativas se legitima el sistema de privilegio. En
correspondencia, al asimilar la media a la mediocridad se legitima el
desprecio, razón por la cual Gran Bretaña destina proporcionalmente más fondos
a la educación de élite que a las escuelas técnicas y por la que Estados Unidos
tiene tantas dificultades en encontrar aportaciones contributivas sin ánimo de
lucro a las escuelas de formación profesional.
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Pero no cerraremos
nuestra exposición con estos abusos venales.
La capacidad para
trabajar bien es amplia y equitativamente compartida por los seres humanos;
aparece primero en el juego y se elabora en las capacidades para localizar,
indagar y desvelar problemas. La Ilustración esperaba que, al aprender a hacer
un buen trabajo, los hombres mejorarían su capacidad de autogobierno. Ese
proyecto político no se ve en absoluto amenazado por falta de inteligencia
entre los seres humanos comunes. Tal vez el corazón del artesano sea una roca
menos sólida. Es probable que la mayor amenaza para el artesano no sea la falta
de recursos mentales, sino el mal manejo emocional del impulso a hacer un buen
trabajo, mala gestión que la sociedad puede empeorar o tratar de rectificar.
Éstas son las razones por las cuales en la Tercera parte he sostenido que, para
la plena realización de la artesanía, la motivación es más importante que el
talento.
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Conclusión: el
taller filosófico
PRAGMATISMO
El oficio de la
experiencia
Este estudio ha
tratado de rescatar al Animal laborans del desprecio con el que lo trató Hannah
Arendt. El animal humano en el trabajo puede verse enriquecido por las
habilidades y dignificado por el espíritu de la artesanía. En la cultura
europea, esta visión de la condición humana es tan antigua como el himno
homérico a Hefesto; en el islam cumplió una función en los escritos de Ibn
Jaldún y el confucianismo contó con su guía a lo largo de varios milenios[287].
En nuestra época, el espíritu artesanal tiene un hogar filosófico en el
pragmatismo.
Durante más de un
siglo, este movimiento se ha dedicado a dar sentido filosófico a la experiencia
concreta. El movimiento pragmatista comenzó a finales del siglo XIX como
reacción norteamericana a los males del idealismo en Europa, representado por
G. W. F. Hegel, tal como lo veía el primer pragmatista, C. S. Peirce. En
oposición a Hegel, Peirce trató de hallar las claves de la cognición humana en
pequeños actos de la vida cotidiana; lo inspiraban el espíritu científico
experimental del siglo XVII y el empirismo de Hume del siglo XVIII. Desde sus
inicios, el pragmatismo abordó la cuestión de la calidad de la experiencia
junto con los hechos concretos. Fue así como William James buscó una
alternativa a la amargura, la ironía y los trágicos presagios que le parecían
desprenderse de los escritos de Friedrich Nietzsche; en los escritos de James
sobre religión, el filósofo prestaba tanta atención a los pequeños detalles de
la práctica religiosa cotidiana como a las grandes cuestiones relativas a la
doctrina, y en esos pequeños detalles encontró la recompensa de la religión.
El pragmatismo se
dio en dos oleadas. La primera tuvo lugar entre finales del siglo XIX y la
Primera Guerra Mundial. Luego se produjo una interrupción de dos generaciones
hasta nuestra época, en la que el movimiento ha revivido y se ha extendido a
Europa. Hoy está representado, entre otros autores, por Hans Joas en Alemania,
una escuela de pragmatistas jóvenes en Dinamarca y los norteamericanos Richard
Rorty, Richard Bernstein y yo mismo. Dos guerras mundiales y el periplo del
Imperio soviético pusieron a prueba la esperanza encarnada en el pragmatismo,
pero no la extinguieron, pues su impulso vital mantiene su compromiso con las
actividades humanas ordinarias, plurales y constructivas[288].
El pragmatista de
la primera oleada que abordó directamente la condición del Animal laborans fue
John Dewey, educador injustamente acusado de los pecados del sentimentalismo de
la educación progresista, estudioso de la biología que cuestionó las posiciones
agresivas y competitivas del darwinismo social y, sobre todo, socialista
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decididamente
contrario al marxismo doctrinario. Sin duda, Dewey habría estado de acuerdo con
la crítica de Hannah Arendt al marxismo: las falsas esperanzas que Marx ofreció
a la humanidad pueden medirse, en palabras de Arendt, con «la abundancia o
escasez de los bienes necesarios al proceso de la vida»[289]. Contra esta
medida cuantitativa, Dewey defendió un socialismo basado en la mejora de la
calidad de la experiencia en el trabajo, antes que abogar, como Arendt, por una
política que trasciende el trabajo en sí.
En los escritos de
Dewey aparecen muchos de los temas propios de la artesanía, aunque en una
formulación más abstracta: la estrecha relación entre la solución y el
descubrimiento de problemas, la técnica y la expresión, el juego y el trabajo.
La mejor conjunción de estas conexiones se encuentra en el libro del Dewey
socialista titulado Democracia y educación: «Tanto el trabajo como el juego son
libres y tienen su motivación intrínseca, al margen de las falsas condiciones
económicas que tienden a hacer del juego un estímulo ocioso para los sectores
pudientes y del trabajo una tarea desagradable para los pobres. Desde el punto
de vista psicológico, el trabajo no es más que una actividad que incluye
conscientemente la consideración de sus consecuencias como parte de sí mismo;
se convierte en trabajo coaccionado cuando sus efectos quedan al margen de la
actividad, como un fin para el cual ésta sólo es un medio. El trabajo que se
mantiene impregnado de juego es arte»[290]. Dewey fue socialista a la manera de
John Ruskin y William Morris. Los tres instaron a los trabajadores a evaluar su
trabajo en términos de experimento compartido, de ensayo y error colectivo. La
buena artesanía lleva implícito el socialismo. Posiblemente el funcionamiento
de una moderna planta automotriz japonesa o de una sala de chat de Linux
incluyeran de buen grado otros tipos de colaboración, pero aun así, los tres
autores cuestionarían la persecución de la calidad exclusivamente como medio
para la obtención de beneficio económico.
Desde el punto de
vista filosófico, el pragmatismo ha sostenido que, para trabajar bien, la gente
necesita libertad respecto de las relaciones entre medios y fines. Bajo esta
convicción filosófica subyace un concepto que, creo, unifica todo el pragmatismo.
Se trata del concepto de «experiencia», término más ambiguo en inglés
(experience) que en alemán, que lo separa en dos: Erlebnis y Erfahrung. El
primero («vivencia») designa un acontecimiento o relación que produce una
impresión emocional interior, mientras que el segundo («experiencia») se
refiere a un acontecimiento, acción o relación que vuelca el sujeto al exterior
y que requiere más habilidad que sensibilidad. El pensamiento pragmatista ha
insistido en que estos dos sentidos no deberían separarse. Si uno se mantiene
únicamente en el dominio de la Erfahrung, creía William James, puede quedar
atrapado por el pensamiento y la acción dominados por los medios y los fines y
sucumbir al vicio del instrumentalismo. Constantemente es necesario el monitor
interno de la Erlebnis, del
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«qué impresión
produce».
Pero la artesanía,
tal como la hemos presentado en este libro, pone el acento en el campo de la
Erfahrung. La artesanía se centra en objetos en sí mismos y en prácticas
impersonales, depende de la curiosidad, atempera la obsesión, orienta al
artesano hacia fuera. Ya en el seno del taller filosófico del pragmatismo, me
gustaría ampliar los argumentos a favor de este énfasis en el valor de la
experiencia entendida como oficio.
La experiencia como
oficio, en cuanto idea, se remonta a los escritos de Madame D’Epinay sobre la
crianza de los hijos, en el siglo XVIII. Madame D’Épinay se pronunció contra la
idea de que basta con el amor instintivo y sostuvo que, para educar bien, los
padres debían refrenar con autocrítica la tendencia a mandar. Centrarse en el
hijo volcaría a los padres al exterior. En lugar del amor irreflexivo o la
imposición, lo que se necesita son patrones objetivos y racionales que orienten
sobre el momento de ir a dormir, qué comer o dónde jugar; de lo contrario, el
niño carecerá de rumbo; la puesta en práctica de esos estándares requiere una
habilidad que ningún progenitor desarrolla si no es a través de la práctica. La
concepción que postulaba Madame D’Épinay de la crianza de los hijos como oficio
—volcada al exterior, habilidosa y fiel a estándares objetivos— se ha
convertido en los tiempos modernos en la manera común de entender esta tarea
como un oficio, con el acento más sobre la Erfahrung que sobre la Erlebnis.
¿Qué implica el
«oficio de la experiencia» considerado estrictamente como concepto? Quisiéramos
centrarnos en la forma y el procedimiento, es decir, en las técnicas de la
experiencia. Éstas podrían orientarnos incluso en encuentros únicos, al proveer
una envoltura de conocimiento tácito a nuestras acciones. Quisiéramos dar forma
a la impronta que las gentes y los acontecimientos han dejado en nosotros, de
manera que estas improntas sean inteligibles para quienes no conocen la misma
gente o no han vivido los mismos acontecimientos que nosotros. Tal como se
mostraba en el análisis de la pericia, quisiéramos tratar de hacer transparente
nuestro conocimiento particular para que los demás puedan comprenderlo y
responder a él. La idea de la experiencia como oficio pone en tela de juicio el
tipo de subjetividad que anida en el puro proceso de sentir. Por supuesto, se
trata de una cuestión de ponderación; las improntas son las materias primas de
la experiencia, pero nada más que eso, materias primas.
El argumento que he
presentado en este libro sostiene que el oficio que consiste en producir
objetos físicos proporciona una visión interior de las técnicas de la
experiencia capaces de modelar nuestro trato con los demás. Tanto las
dificultades como las posibilidades de hacer bien las cosas se aplican al
establecimiento de relaciones humanas. Los desafíos materiales, como el trabajo
de las resistencias o el manejo de las ambigüedades, ayudan a comprender las
resistencias que unas personas
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desarrollan con
respecto a otras o las inciertas fronteras entre ellas. He insistido en el
papel abierto y positivo que la rutina de la práctica del juego desempeña en la
producción artesanal de objetos físicos; de la misma manera, la gente necesita
practicar las relaciones interpersonales y aprender las habilidades de la
anticipación y la revisión a fin de mejorar estas relaciones.
Reconozco que el
lector puede negarse a concebir la experiencia en términos de técnica, Pero lo
que somos surge directamente de lo que nuestro cuerpo puede hacer. Las
consecuencias sociales están inscritas en la estructura y el funcionamiento del
cuerpo humano, así como en las operaciones de la mano humana. Lo único que
sostengo, ni más ni menos, es que las capacidades de nuestro cuerpo para dar
forma a las cosas físicas son las mismas en que se inspiran nuestras relaciones
sociales. Y, aunque controvertible, ese punto de vista no es exclusivamente
mío. Un sello distintivo del movimiento pragmatista ha sido dar por supuesta la
continuidad entre lo orgánico y lo social. Mientras que algunos sociobiólogos
han argumentado que la genética determina la conducta, los pragmatisras, como
Han Joas, sostienen que la propia riqueza del cuerpo proporciona los materiales
para una amplia variedad de acción creadora. El saber artesanal muestra la
continuidad entre lo orgánico y lo social en acción.
El lector perspicaz
habrá advertido ya que la palabra «creatividad» aparece lo menos posible en
este libro. Eso se debe a que dicho término lleva implícita una gran carga
romántica, la del misterio de la inspiración, las reivindicaciones del genio.
He tratado de eliminar algunos de los misterios mostrando cómo se producen los
saltos intuitivos en las reflexiones de la gente común sobre las acciones de
sus manos o sobre el uso de herramientas. He procurado tratar conjuntamente
oficio y arte porque todas las técnicas contienen implicaciones expresivas.
Esto es cierto en relación con la fabricación de una vasija, pero también, y en
la misma medida, en lo que se refiere a la educación de un hijo.
Reconozco también
que el aspecto menos desarrollado de mi argumentación es el que se refiere a la
política, el dominio de Arendt, el del «arte de gobernar». Se podría decir que
el pragmatismo moderno es fiel a la creencia de Jefferson de que aprender a hacer
bien un trabajo es el fundamento de la ciudadanía. Tal vez el hecho de que esta
fe originariamente ilustrada mantenga su fuerza impulsora se deba a que
establece un puente entre las esferas de lo social y de lo político, mientras
que Arendt, al inspirarse en una antigua tradición de pensamiento político que
se remonta a Maquiavelo, creía que al arte de gobernar era un campo de pericia
autónomo. La conexión entre trabajo y ciudadanía puede implicar el socialismo,
pero no necesariamente la democracia; tal como se manifestaba en el gremio
medieval, cuyos talleres sirvieron de modelo a Ruskin, Morris y Dewey, la
jerarquía en el trabajo podía, sin cambio alguno, transformarse en jerarquía
del Estado. Pero hay en el saber artesanal razones que
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acreditan la fe del
pragmatismo en la democracia; estas razones residen en las capacidades a las
que recurren los seres humanos para desarrollar habilidades, a saber, la
universalidad del juego, las capacidades básicas para precisar, indagar y
desvelar, no restringidas a una élite, sino ampliamente distribuidas entre los
seres humanos.
El autogobierno
supone la capacidad de los ciudadanos para trabajar colectivamente en la
solución de problemas objetivos, para desconfiar de las soluciones rápidas. Sin
embargo, lo que falta en la fe democrática de Dewey es la comprensión del
filtro negativo de los medios de comunicación de masas. Las noticias del
periodismo rosa y sensacionalista o los blogs llenos de trivialidades
personales no contribuyen a desarrollar un tipo más elaborado de comunicación.
Sin embargo, el pragmatismo insiste en que el remedio para estos males debe
radicar en la experiencia, en el terreno de la participación ciudadana, que
enfatiza las virtudes de la práctica con sus repeticiones y la lentitud de sus
revisiones[291]. El reproche de Arendt a la democracia es que exige demasiado
de los seres humanos ordinarios; sin embargo, en lo que respecta a la
democracia moderna sería más adecuado decir que les exige demasiado poco. Sus
instituciones y herramientas de comunicación no se inspiran en el desarrollo de
las competencias que la mayoría de las personas despliega en el trabajo. La
creencia en esas habilidades es el homenaje que el pragmatismo rinde al oficio
de la experiencia.
CULTURA
Pandora y Hefesto
A veces se dice que
el pragmatismo sacraliza la experiencia, pero la experiencia artesanal no
admite la adoración incondicional. Desde sus orígenes en la historia de
Occidente, el trabajo técnico ha provocado ambivalencia, que se simboliza en
las deidades de Hefesto y de Pandora. El contraste que se da en la mitología
clásica entre sus respectivas personalidades ayuda a comprender el valor
cultural que se ha atribuido al artesano.
La mayor parte del
canto XVIII de la Ilíada de Homero está dedicada a las loas a Hefesto, el
constructor de todas las casas del Monte Olimpo. Leemos allí que también es
artesano en cobre, joyero e inventor de carros[292]. Pero Hefesto también es
cojo — tiene un pie deforme— y en la cultura griega antigua la deformidad era
causa de profunda vergüenza: el kalós kagathós (bello mental y físicamente)
contrastaba con el aisjrós, única palabra que designa al mismo tiempo lo feo y
lo vergonzoso[293]. Es un dios defectuoso.
Que Hefesto sea
cojo no deja de tener cierta coherencia social. El pie deforme simboliza el
valor social del artesano. Hefesto fabrica joyas a partir del cobre, un
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material vulgar;
las formas de sus carros se inspiran en los huesos de pájaros muertos. Homero
incluye a Hefesto en medio de un relato sobre héroes y violencia heroica; para
estos héroes, las virtudes domésticas del hogar y la tierra son objeto de
desprecio. La intención de la desgraciada figura de Hefesto es dar a entender
que la civilización doméstica material nunca satisfará el deseo de gloria; éste
es su defecto.
Por el contrario,
Hesíodo describió a Pandora como «el bello mal… Un estupor se apoderó de los
inmortales dioses y hombres mortales cuando vieron el espinoso engaño,
irresistible para los hombres». Se podría considerar a Pandora, lo mismo que a
Eva, como la quintaesencia de la seducción sexual, pero el mito entero sugiere
otra lectura. El propio nombre de Pandora significa «todos los dones»; la caja
que contiene sus dones está guardada en el hogar que comparte con Epimeteo;
cuando se abre, sólo el más inmaterial de los dones, la esperanza, queda en la
caja mientras los demás salen volando para convertirse en fuerza destructora.
Las herramientas físicas, los elixires y los medicamentos, hacen el daño; los
bienes materiales constituyen el «bello mal»[294].
El «bello mal» de
Pandora parece estar en aguda contraposición a la idea de «banalidad del mal»
de Hannah Arendt, que ésta acuñó cuando estudiaba a Adolf Eichmann y otros
diseñadores de los campos de concentración nazis. La banalidad del mal se
aplica al artesano que sólo trata de hacer su trabajo lo mejor posible. Sin
embargo, la investigación posterior sobre Eichmann y otros diseñadores del
Holocausto se ha inclinado más por la presencia de Pandora; esos diseñadores
fueron destructores animados por el odio a los judíos y, a la vez, por las
seducciones del Götterdammerung, la belleza de la destrucción[295]. El mito de
Pandora se instaló en la cultura griega como relato en el que Pandora sólo
abrió su caja a instancias de los demás. El peligro estaba en los anhelos
materiales de éstos, en la curiosidad y el deseo de lo que había en su
interior. Ella satisfizo ese deseo, pero al levantar la tapa transformó los
dulces perfumes en vapores venenosos, las espadas de oro les cortaron las manos
y los suaves vestidos asfixiaron a quienes los llevaban.
Estas figuras
mitológicas dan a entender la ambivalencia en torno a la cultura material que
caracteriza nuestra civilización desde sus orígenes. La civilización
occidental, más que elegir entre estas figuras, las ha fusionado en la
ambivalencia de la experiencia física de factura humana. Tanto Hefesto como
Pandora son artífices. Cada uno de estos artífices contiene un contrario: un
dios virtuoso que produce objetos cotidianos valiosos, pero cuya imagen es fea
y humillante, y una diosa cuyas posesiones son tan bellas, tan deseables como
su cuerpo, y tan malignas como él. La fusión de estas dos figuras fue la razón
por la que Platón pudo celebrar la virtud de las arcaicas tecnologías
domesticadoras y, a la vez, afirmar la belleza superior del alma inmaterial;
por la que los primeros cristianos pudieron reconocer la virtud de las labores
de carpintería, costura u horticultura y, no obstante, desdeñar el amor a las
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cosas materiales;
por la que la Ilustración abrazó y al mismo tiempo temió la perfección de las
máquinas; por la que Wittgenstein pudo llamar enfermedad a su deseo de
construir un edificio bello, perfecto. El objeto material de factura humana no
es un hecho neutral; es, por el contrario, una fuente de malestar porque está
hecho por el hombre.
Esta ambivalencia
en torno a lo hecho por el hombre ha forjado la suerte del artesano. La
historia ha realizado algo así como una serie de experimentos al presentar
sucesivamente al artesano como trabajador esclavo, cristiano de bien,
encarnación de la Ilustración y, finalmente, condenada reliquia del pasado
preindustrial. Este relato tiene un aspecto espinoso. El artesano ha podido
convocar en su ayuda a una capacidad y una dignidad arraigadas en el cuerpo
humano: a actos tan simples como la prensión o la prehensión, o tan complejos
como las lecciones de resistencia y ambigüedad que dan forma inteligible a las
herramientas y a las construcciones materiales humanas. La unidad de mente y
cuerpo del artesano puede encontrarse en el lenguaje expresivo que orienta la
acción física. La actividad corporal repetida y la práctica permiten a este
Animal laborans desarrollar la habilidad desde dentro y reconfigurar el mundo
material a través de un lento proceso de metamorfosis. El origen de todos estos
poderes es tan simple, tan elemental y físico como jugar con juguetes.
Por tanto, el
aspecto espinoso del relato que hemos presentado en estas páginas es, en cierto
sentido, muy conocido: naturaleza versus cultura, la índole natural de lo hecho
por los artesanos —con independencia de la habilidad que lleguen a desarrollar
— en oposición a la
antigua ambivalencia de la cultura occidental en relación con las cosas de
factura humana. Aunque no era filósofo, Isaac Ware quería por esta vía dar
sentido al ladrillo. El contraste entre ladrillo honesto y estuco artificial,
pese a tratarse en ambos casos de materiales fabricados, llegó a convertirse en
emblema de la contraposición entre naturaleza y cultura; el primero estaba en
consonancia con una habilidad que se había formado en modestas circunstancias
domésticas, mientras que el segundo era un material desarrollado a
requerimiento de trepadores sociales, lo cual no le impedía ser atrayente y
bello para el propio Ware.
Una manera de
superar este punto muerto podría ser ignorar el pie deforme de Hefesto, por así
decir, y evaluarlo por lo que hace; acercarnos a este mundo natural y toda su
modestia, la arcadia arcaica en la que la humanidad usó por primera vez
herramientas y habilidades en aras del bien común. Este fue el impulso de John
Ruskin, aunque, en su versión, la arcadia se encarnaba en los gremios de la
ciudad medieval. Pero un modo de vida en armonía con las capacidades naturales
del artesano no deja espacio a Pandora. Las habilidades del artesano, aunque
naturales, nunca son inocentes.
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ÉTICA
Orgullo por el
trabajo propio
He dejado para el
final de este libro un tema que bien podría el lector pensar que debería haber
estado al comienzo. El orgullo por el trabajo propio anida en el corazón de la
artesanía como recompensa de la habilidad y el compromiso. Aunque, tanto para el
judaísmo como para el cristianismo, el orgullo a secas constituye un pecado,
porque es ponerse en el lugar de Dios, el orgullo por el trabajo propio
parecería sustraerse él, pues el trabajo tiene una existencia independiente. En
la Autobiografía de Benvenuto Cellini, la detestable jactancia de sus hazañas
sexuales es del todo irrelevante al trabajo en oro que realiza. El trabajo
trasciende a quien lo ha hecho.
Lo que más
enorgullece a los artesanos es el desarrollo de las habilidades. Por eso la
simple imitación no produce una satisfacción perdurable; la habilidad tiene que
evolucionar. La lentitud del tiempo artesanal es una fuente de satisfacción; la
práctica se encarna en nosotros y hace que la habilidad se funda con nuestro
ser. La lentitud del tiempo artesanal permite el trabajo de la reflexión y de
la imaginación, lo que resulta imposible cuando se sufren presiones para la
rápida obtención de resultados. La madurez implica mucho tiempo; la propiedad
de la habilidad es duradera.
Pero el orgullo por
el trabajo también plantea su propio e importante problema ético, que se
ejemplifica, como hemos visto al comienzo de este estudio, en los creadores de
la bomba atómica. Se habían sentido orgullosos de hacer algo que, una vez
acabado el trabajo, produjo gran zozobra a muchos de ellos. El poder de
seducción del trabajo los había conducido, al modo de Pandora, a hacer el mal.
Estos científicos, que se aferraban al orgullo absoluto del trabajo mismo, como
Edward Teller, el planificador de las bombas de hidrógeno que derivaron del
proyecto de Los Álamos, tendían a la negación de Pandora. En el otro extremo
del espectro estaban los firmantes del Manifiesto Russell-Einstein de 1955,
documento que constituyó el punto de partida del movimiento de las Conferencias
de Pugwash a favor del control de las armas nucleares. Dice el manifiesto: «Los
hombres que más saben son los más apesadumbrados»[296].
El pragmatismo
carece de buena solución para el problema ético que plantea el orgullo del
trabajo propio, pero dispone de un correctivo parcial, que consiste en llamar
la atención sobre la conexión entre medios y fines. El creador de la bomba
habría podido preguntar durante su fabricación: ¿cuál es el poder mínimo que
debe tener la bomba que produciremos? Esto es efectivamente lo que preguntaron
científicos como Joseph Rotblat, por lo que muchos colegas los acusaron de
perturbadores, o incluso de desleales. La intención del pragmatismo es
enfatizar el valor de la indagación ética durante el proceso de trabajo, en
oposición a la ética ex post facto, investigación que comienza tras la
consumación de los hechos.
Por esta razón he
insistido a lo largo de todo el libro en las etapas y las secuencias
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del proceso de
trabajo, indicando el momento en que el artesano puede hacer una pausa y
reflexionar sobre lo que está haciendo. Estas pausas no tienen por qué
disminuir el orgullo por el trabajo; en cambio, debido a que se va juzgando el
trabajo a medida que se va haciendo, el resultado puede ser más satisfactorio
desde el punto de vista ético. Reconozco que este énfasis en la reflexión por
etapas puede ser incompleto, porque a menudo no es posible tener conocimiento
de las consecuencias éticas o, incluso, materiales. Por ejemplo, en el siglo
XVI nadie hubiera podido prever que refinando los compuestos metálicos que se
empleaban en la fabricación de cuchillos se terminaría haciendo posibles
intervenciones quirúrgicas menos dolorosas que las que entonces se practicaban
con la navaja del barbero. Sin embargo, este afán por mirar al futuro es la
manera ética de enorgullecerse del trabajo propio. Comprender la secuencia de
desarrollo interno de la práctica del oficio, las fases del proceso por el cual
se hace uno mejor artesano, puede contrarrestar la convicción de Hannah Arendt
sobre la irreflexividad del Animal laborans. No obstante, nuestra escuela
filosófica no superaría la ingenuidad si el pragmatismo no reconociera que a
menudo el desenlace de este relato está marcado por la amargura y la desazón.
La figura de
Hefesto cojo, orgulloso de su trabajo aunque no de sí mismo, representa el tipo
más digno de persona a que podamos aspirar.
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RICHARD SENNETT.
Nacido en Chicago en 1943, graduado de las Universidades de Chicago y Harvard
—en esta última obtiene su Doctorado—, es quizás uno de los principales
exponentes de la vida académica americana contemporánea.
Profesor de la
London School of Economics (LSE) y Profesor de Humanidades de la New York
University, Sennett ha hecho una llamativa carrera a partir de la exploración
de los intersticios existentes entre la sociología académica, la historia
intelectual de la moda y la crítica social.
Ha sido galardonado
con los premios Amalfi y Ebert de Sociología y en 2006 fue distinguido en
Alemania con el Premio Hegel. Es miembro de la Academia Americana de Artes y
Ciencias, la Sociedad Real de Literatura, la Sociedad Real de las Artes y la
Academia Europea. Ha sido miembro también del Centro de Estudios Avanzados en
Ciencias del Comportamiento y Presidente del Concejo Americano de Trabajo. Es
el fundador del Instituto de Humanidades de Nueva York, que ha reunido a
notables figuras –como Susan Sontag, Thomas Kuhn, Joseph Brodsky y Michel
Foucault.
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Notas
Gaby Wood, Living Dolls, Londres, Faber
and Faber, 2002, p. XIX. <<
Véase Marina Warner, «The Making of
Pandora», en Warner, Monuments and Maidens: The Allegory of the Female Form,
Nueva York, Vintage, 1996, pp. 214-219. <<
Testimonio de Oppenheimer ante un comité
gubernamental en ] 954, reimpreso en Jeremy Bernstein, Oppenheimer: Portrait
ofan Enigma, Londres, Duclcworth, 2004, pp. 121-122. <<
Dos estudios esclarecedores, aunque
deprimentes, son el de Nicholas Stern, The Economics of Climate Change: The
Stem Review, Cambridge, Cambridge University Press, 2007 [trad. esp.: El
informe Stem: la verdad sobre el cambio climático, Barcelona, Paidós, 2008], y
el de George Monbiot, Heat: How to Stop the Planet fi-om Buming, Londres,
Penguin, 2007 [trad. esp.: Calor: cómo parar el calentamiento global, Barcelona,
RBA, 2008]. <<
Martin Rees, Our Final Century? Will the
Human Race Sur-vive the Twenty-First Century?, Londres, Random House, 2003
[trad. esp,: Nuestra hora final: ¿será el siglo XXI el último de la humanidad?,
Barcelona, Crítica, 2004], <<
Heidegger citado en Danieli Beil,
Communitarianism andits Critics, Oxford, Clarendon Press, 1993, p, 89, Véase
también Catherine Zuckert, «Martin Heidegger: His Philosophy and His Politics»,
Political Theory, febrero de 1990, p. 71, y Peter Kempt, «Heidegger’s Greatness
and His Blindness», Phihsophy and Social Criticism, abril de 1989, p. 121.
<<
Martin Heidegger, «Building, Dwelling,
Thinking», en Heidegger, Poetry, Language, Thought, Nueva York, Harper and Row,
1971, p. 149. <<
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ᔀ Ȁ
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Véase
Adam Sharr, Heidegger’s Hut, Cambridge, Mass., MIT Press, 2006 [trad. esp.: La
cabaña de Heidegger: un espacio para pensar, Barcelona, Gustavo Gili, 2008].
<<
Cita tomada de Amarrya Sen, The
Argumentative Indian: Writings on Indian History, Culture and Identity,
Londres, Penguin, 2005, p, 5 [trad. esp.: La argumentación india, Barcelona,
Gedisa, 2007]. <<
Cita tomada de Bernstein, Oppenheimer, p.
89. <<
David Cassidy, /. Robert Oppenheimer and
the American Century, Nueva York, Pi, 2005, p. 343. <<
Hannah Arendt, The Human Condition
(1958), 2.ª ed., Chicago, University of Chicago Press, 1998, p. 176 [trad.
esp.: La condición humana, Barcelona, Paidós, 2008]. <<
Véase ibíd., p. 9, y, otra vez, p. 246.
<<
Raymond Williams, «Culture», en Williams,
Keywords: A Vocabulary of Culture and Society, Londres, Fontana, 1983, pp.
87-93. <<
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ ✀
Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ
Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Véase
Georg Simmel, «The Stranger», en The Sociology of Georg Simmel, Nueva York,
Free Press, 1964. <<
John Maynard Smith, The Theory of
Evolution, Cambridge, Cambridge University Press, 1993, p. 311 [trad. esp.: La
teoría de la evolución, Madrid, Hermann Blume, 1984] <<
«Homeric Hymn to Hephaestus», en H. G.
Evelyn-White, trad., Hesiod, the Homeric Hymns, and Homérica, Cambridge, Mass.,
Harvard Loeb Classical Library, 1914, p. 447. [De la cita en castellano: Himnos
homéricos, edición de José B. Torres, Madrid, Cátedra, 2005, p. 351.] <<
Indra Kagis McEwen, Sócrates’Ancestor: An
Essay on Architectural Beginnings, Cambridge, Mass., MIT Press, 1997, pp 119.
Estoy muy agradecido a este brillante ensayo por su rico tesoro de definiciones
y referencias <<
Véase ibíd., pp. 72-73, una lista
completa. <<
Para un resumen de las pocas
descripciones literarias de los alfareros, véase W. Miller, Daedalus and
Thespis: The Contributions of the Ancient Dramatic Poets to Our Knowledge ofthe
Arts and Crafts of Greece, 3 vols, en 5, Nueva York, Macmillan, 1929-1932, vol.
3, pp. 690-693. <<
Aristóteles, Metafísica, 981a30-b2.
<<
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 㤀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Una
vez más, agradezco a Indra Kagis McEwen el haberme llamado la atención sobre
esto. <<
Véase Richard Sennett, Flesh and Stone:
The Body and the City in Western Civilization, Nueva York, W. W. Norton, 1993,
pp. 42-43 [trad. esp.; Carne y piedra: el cuerpo y la ciudad en la civilización
occidental, Madrid, Alianza, 2007]. <<
Platón, El banquete, 205b-c. <<
Para una buena descripción general, véase
Glyn Moody, Rebel Cade: Linus and the Open Source Revolution, Nueva York,
Perseus, 2002. <<
Los patrones que utiliza la Open Source
Iniciative pueden encontrarse en http://opensource.org/docs/def-print.php.
<<
Véase Eric S. Raymond, The Cathedral and
the Bazaar: Musings on Linux and Open Source by an Accidental Revolutionary
Cambridge, Mass., O’Reilly Linux, 1999. <<
Dos visiones del problema social
implicado son Eric Hippel y Georg von Krogh, «Open Source Software and the
"Private Collective" Innovational Model», Organization Science, 14,
2003, pp. 209-233, y Sharma Srinayaran y otros, «A Framework for Creating
Hybrid-Open Source Software Communities», Information Systems Journal, 12,
2002, pp. 7-25. <<
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 䬀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Véase
André Leroi-Gourhan, Milieu et techniques, vol. 2, París, Albin-Michel, 1945,
pp. 606-624 [trad. esp,: Evolución y técnica, Madrid, Taurus, 2 vols., 1988 y
1989]. <<
C. Wright Mills, White Collar: The
American Middle Classes, Nueva York, Oxford University Press, 1931, pp. 220-223
[trad. esp.: White-collar. Las clases medias en Norteamérica, Madrid, Aguilar,
1973]. <<
Karl Marx, The Grundrisse, Nueva York,
Vintage, 1973, p. 301. <<
Ibíd., p. 324. <<
Karl Marx, «Critique of the Gotha
Program», en Karl Marx y Friedrich Engels, Selected Works, Londres, Lawrence
and Wishart, 1968, p. 324. <<
Darren Thiel, «Builders: The Social
Organisation of a Construction Site», tesis doctoral, Universiry of London,
2005. <<
Martin Fackler, «Japanese Fret That
Quality Is in Decline», New York Times, 21 de septiembre de 2006, A1, C4.
<<
̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ 尀 Ȁ ̀嬀 崀Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Ā ᜀ Richard
K. Lester y Michael J. Piore, Innovation, the Missing Dimension, Cambridge,
Mass., Harvard University Press, 2004, p. 98. <<
Véase Christopher Jencks, Who Gets Ahead?
The Determinants of Economic Success in America, Nueva York, Wiley, 1979; Gary
Burtiess y Christopher Jenclts, «American Inequality and Its Consequences»,
documento de debate, Washington, D. C, Brookings Institution, marzo de 2003; y
Alan Blinder, «Outsourcing: Bigger Than You Thought», American Prospect,
noviembre de 2006, pp. 44-46. <<
Para este debate, véase Robert D. Putnam,
Bowling Alone: The Collapse and Revival of American Community, Nueva York,
Simón and Schuster, 2000 [trad. esp.: Solo en la bolera: colapso y
resurgimiento de la comunidad norteamericana, Barcelona, Círculo de Lectores.
Galaxia Gutenberg, 2002], y Sennett, Corrosión of Character. <<
Para un buen estudio general, véase Wayne
Carison, A Critical History of Computer Graphics and Animation, Ohio State
University, 2003, disponible en
http://accad.osu.edu/waynec/history/lessons.html. <<
Sherry Turkle, Life on the Screen:
Identity in the Age ofthe Internet, Nueva York, Simón and Schuster, 1995, pp.
64, 281 n20 [trad. esp.: La vida en pantalla: la construcción de la identidad
en la era de Internet, Barcelona, Paidós, 1997]. <<
Cita tomada de Edward Robbins, Why
Architects Draw, Cambridge, Mass., MIT Press, 1994, p. 126. <<
Cita tomada de Sherry Turkle, «Seeing
through Computers: Education in a Culture of Simulation (Advantages and
Disadvantages of Computer Simulation)», American Prospect, marzo-abril de 1997,
p.81. <<
Elliot Félix, «Drawing Digitally»,
presentación en el Urban Design Seminar, MIT, Cambridge, Mass., 4 de octubre de
2005. <<
Bent Flyvbjerg Nils Bruzelius y Wemer
Rothengatter, Megaprojects and Risk: An Anatomy of Ambition, Cambridge,
Cambridge University Press, 2003, pp. 11-21. Véase también Peter Hall, Great
Planning Disasters, Harmondsworth, Penguin, 1980.
Para un excelente informe periodístico
acerca de la manera en que el trabajo a destajo define la práctica médica,
véase Atul Gaande, «Piecework)», New Yorker, 4 de abril de 2005, pp. 44-53.
<<
La exposición más concisa de esta opinión
es de Julián Legrand, The Provisión of Health Care: Is the Public Sector
Ethically Superior to the Prívate Sector?, Londres, LSE Books, 2001. <<
Una buena guía de las opiniones sobre la
práctica apareció en el debate acerca de la privatización de la enfermería en
la conferencia de 2006 del Royal Council of Nursing. Este material puede
hallarse en su sitio de internet http://www.rcn.org.uk/news/congress/2006/5.php<<
La vía más cómoda para acceder al texto
completo de los discursos es la dirección de internet
http://bma.org.uk/ap.nsficontent/ARM2006JJohnson<<
Cita, en inglés, en Peter Brown,
Augustine of Hippo: A Biography Berkeley, University of California Press, 1967,
p- 143 [trad. esp.: Agustín de Hipona, Boadilla del Monte, Acento, 2001].
<<
Agustín, Sermons, La Standard Edition
autorizada por el Vaticano utiliza un sistema común de referencia en todas las
lenguas. Este pasaje clave está en 67,2. <<
Véase Richard Sennett, Flesh and Stone:
The Body and the City in Western Civilization, Nueva York, W. W. Norton, 1993,
pp. 152-153. <<
Véase Ernst Kantorowkz, The King’s Two
Bodies: A Study in Mediaeval Political Theology, Princeton, N. J., Princeton
University Press, 1981, p. 316 ss [trad. esp.: Los dos cuerpos del rey: un
estudio de teología política medieval, Madrid, Alianza, 1985]. <<
Robert S. López. The Commercial
Revolution of the Middle Ages, 950-1350, Englewood ClifFs, N. J.,
Prentice-Hali, 1971, p. 127 [trad. esp.: La revolución comercial en la Europa
medieval, Barcelona El Albir, 1981]. <<
Sennett, Flesh and Stone, p. 201.
<<
Edward Lucie-Smith, The Story of Craft,
Nueva York, Van Nostrand, 1984, pp. 115. <<
Véase J. F. Hayward, Virtuoso Goldsmiths
and the Triumph of Mannerism, 1540-1620, Nueva York, Rizzoli International,
1976. <<
Ibn Jaldún, The Muqaddimah: An
Introduction to History, versión abreviada, Princeton, N. J., Princeton
University Press, 2004 pp. 285-289. <<
Bronislaw Geremek, Le sakriat dans
Tartisanat parisién aux XIII-XV siecles: Étude sur la main d’auvre au moyen
age, París Mouton 1968, p. 42. <<
Gervase Rosser, «Crafts, Guilds and
Negotiation of Work in the Medieval Town», Past and Present, 154, febrero de
1997, p. 9. <<
Véase Hayvifard, Virtuoso Goldsmiths.
<<
Véase Benjamín WooUey, The Queen’s
Conjurer. The Science andMagic of Dr. John Dee, Adviser to Queen Elizabeth I,
Nueva York Holt, 2001, p. 251. <<
Keith Thomas, Religión and the Decline
ofMagic, Londres, Penguin, 1991, p. 231. <<
S. R. Epstein, «Guilds, Apprenticeship,
and Technological Change», Journal of Economic History, 58, 1998, p. 691.
<<
Véase Phillippe Aries, Centuries of
Childhood: A Social History of Family Life, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1962.
<<
Para un interesante debate sobre el tema,
véase Rosser, «Crafts, Guilds, and Negotiation of Work», pp. 16-17. <<
Ibíd. p. 17. <<
Véase Rudolf y Margot Wittkower, Born
under Satum: The Character and Conduct of Artists: A Documented Historyjrom
Antiquity to the French Revolution, Londres, Weidenfeld and Nicolson, 1963, pp.
91-95, 134-135 [trad. esp.: Nacidos bajo el signo de Saturno, Madrid, Cátedra,
1988]; u, otra vez, Lucie-Smith, Story of Craft, p, 149. <<
Véase Wittkower y Wittkower, Born under
Satum, pp. 139-142. <<
Benvenuto Cellini, Autobiography,
Londres, Penguin, 1998, pp. XIX [trad. esp.; Autobiografía de Benvenuto
Cellini, Barcelona, Planeta, 1963]. El traductor, como todos los estudiosos de
Cellini, debe mucho a los trabajos textuales de Paolo Rossi. Rossi se esforzó
en establecer el texto de este soneto, pero incluso en una versión clara, el
sentido del italiano no queda transparente. Me he tomado la libertad de
insertar only ante one en los versos que he citado, porque eso es lo que parece
llevar implítico la jactancia; si se quita mi inserción, queda un juicio
desconcertante. <<
T. E, Heslop, «Hierarchies and Medieval
Art», en Peter Dorner, ed., The Culture of Craft, Manchester, Manchester
University Press, 1997, p. 59. <<
Véase John Hale, The Civilization of
Europe in the Renaissance, Nueva York, Atheneum, 1994, pp. 279-281 [trad. esp.;
La civilización del renacimiento en Europa, Barcelona, Crítica, 1996]. <<
La fuente del relato que sigue es
reconstrucción de la secuencia de edificación de «The Cathedral of the Blessed
Virgin Mary, Salisbury» de 1220 a 1900, que realizó la Royal Commission on the
Historical Monuments of England. Agradezco a Robert Scott el haber puesto este
mapa a mi disposición. <<
Cita de Agustín en Stephen J. Greenblatt,
Renaissance Self-Fashioning: From More to Shakespeare, Chicago, University of
Chicago Press, 1981, p. 2.
Benvenuto Cellini, Autobiography,
Londres, Penguin, 1998, pp. XIV-XV. <<
Véase Elizabeth Wilson, Mstislav
Rostropovich: The Legend of Class 19, Londres, Faber and Faber, 2007, caps. 11,
12. <<
Véase Toby Faber, Stradivarius, Londres,
MacMillan, 2004, pp. 50-66. Aunque Faber es al mismo tiempo riguroso y
evocador, el lector en busca de una exposición más técnica debería consultar lo
que aún hoy es el mejor de todos los estudios sobre Stradivarius: William H.
Hili, Arthur F. Hill y Alfred Ebsworrh, Antonio Stradivari (1902), Nueva York,
Dover, 1963. Otra fuente biográfica es Charles Beare y Bruce Carlson, Antonio
Stradivari: The Cremona Exhihition of 1987, Londres,], and A. Beare, 1993. <<
Véase Faber, Stradivarius, p. 59.
<<
Duane Rosengard y Cario Chiesa, «Guarnen
del Gesù: A Brief History», en Merropolitan Museum, catálogo para la exposición
The Violín Masterpieces of Guarneri del Gesù, Londres, Peter Bidduiph, 1994, p.
15. <<
Casi todos los números de la revista
profesional de los lutieres, The Strad, se ocupan de estos problemas. Una guía
particularmente útil sobre los problemas de barniz en particular sigue siendo
L. M. Condax, Final Summary Report of the Violín Varnish Research Project,
Pirtsburgh, sin sello editorial, 1970. <<
John Donne, Complete Poetry of John
Donne, Londres, Nonesuch, 1929, p. 365 [trad. esp.: Donne, poesía completa,
Sant Cugar del Valles, Ediciones 29, 1998]. <<
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- Página 323
«Prince, Subject, Father, Son, are things
forgot, / For every man alone thinks he hath got / To be a Phoenix, and chat
then can be / None of that kind, of which he is, but he».<<
Robert K. Merton, On the Shoulders of
Giants, Nueva York, Free Press, 1965 [trad. tsp.: A hombros de gigantes,
Barcelona, Edicions 62, 1990]. <<
Etienne de la Boétie, The Politics of
Obedience: The Discourse of Voluntary Servitude (1552-1553), Auburn, Ala.,
Mises Institute, 1975, p. 42 [trad. esp.: El discurso de la servidumbre
voluntaria, Barcelona, Tusquets, 1980]. <<
Véase Simón Schama, The Embarrassment of
Riches: An Interpretation of Dutch Culture in the Golden Age, 2.ª ed. Londres,
Fontana, 1988. <<
Jerry Brotton y Lisa Jardine, Global
Interests: Renaissance Art between East and West, Ithaca, N, Y., Cornell
University Press, 2000. <<
John Hale, The Civilization of Europe in
the Renaissance, Nueva York, Arheneum, 1994, p. 266. <<
Werner Sombart, Luxury and Capitalism
(1913), Ann Arbor, Universiry of Michigan Press, 1967, esp. pp. 58-112 [trad.
esp.: Lujo y capitalismo, Madrid, Alianza, 1979. <<
Véase Geoffrey Scott, The Architecture of
Humanism: A Study in the History of Taste, Princecon, N. J., Architectural
Press, 1980 [erad, esp,: La arquitectura del humanismo, Barcelona, Barral,
1970]. <<
Estos replicantes tienen papeles hablados
en la novela de Thomas Pynchon Masón and Dixon, Nueva York, Henry Holr, 1997
[trad. esp.: Masón y Dixon, Barcelona, Tusquers, 2000]. Gaby Wood proporciona
información más precisa y puramente histórica: véase Wood, Living Dolls,
Londres, Faber and Faber, 2002, pp. 21-24. <<
Wood, Living Dolls, p. 58. <<
Immanuel Kant, «Beanrwortung der Frage:
Was ist Aufklarung», Berlinische Monatsschrift, 4, 1784, p. 481. <<
Moses Mendelssohn, «Über die Frage: Was
hcisst Aufklarung», Berlinische Monatsschrift, 4, 1984, p, 193. <<
La respuesta original de Mendelssohn se
publicó en Berlinische Monatsschrift, 4, 1784, pp. 193-200; la frase proviene
de una carta a August von Hennings, de ese mismo año, que apareció en Moses
Mendelssohn, Gesammelte Schriften Juhilaumsausgabe, vol. 13, Brief weschsel
IIL, Stuttgart, Frommann, 1977, p- 234. <<
Agradezco al difunto Kari Weintraub, de
la Universidad de Chicago, haberme llamado la atención acerca de la conexión
entre Mendelssohn y Diderot. Desgraciadamente, Weintraub no vivió para
completar su ensayo sobre estas relaciones. La mejor manera de encontrar sus
escritos existentes (escribió poco, pero siempre con gran autoridad) es
consultar Karl Weintraub, Visions of Culture, Chicago, University of Chicago
Press, 1969. <<
El texto original es Denis Diderot y Jean
d’Alembert, Encyciopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et
des métiers, par une société de gens de lettres, 28 vols. París, varios
edirores, 1751-1772. Para entender las complejidades de la empresa de edición,
véase Robert Darnton, The Business of Enlightenment: A Publishing History of
the Encyciopédie, 1775-1800, Cambridge, Mass., Belknap Press of Harvard
University Press, 1979. <<
La mejor biografía en inglés, a mi
juicio, sigue siendo N, Furbank, Diderot, Londres, Secker and Warburg, 1992
[trad. esp.: Diderot, Barcelona, Salamandra, 1994]. <<
Philipp Blom, Encyciopédie, Londres,
Fourth Estáte, 2004, pp. 43-44 [trad. esp.: Encyciopédie, Barcelona, Anagrama,
2007]. <<
Adam Smith, The Theory of Moral
Sentiments (1759), Oxford, Oxford University Press, 1979, p. 9 [trad. esp.: La
teoría de los sentimientos morales, Madrid, Alianza, 2004]. <<
David Hume, A Treatise of Human Nature,
ed. E. C. Mossner, Londres, Penguin, 1985, p. 627 [trad, esp,: De la moral:
tratado de la naturaleza humana, Barcelona, Folio, 2007]. <<
Jerrold Siegel, The Idea of the Self
Thought and Experience in Western Europe since the Seventeenth Century,
Cambridge, Cambridge University Press, 2005, p. 352. <<
C. Wright Mills, The Sociological
Imagination, Oxford, Oxford University Press, 1959, p. 223 [trad. esp.: La
imaginación sociológica, Madrid, Fondo de Cultura Económica de España, 1999];
Adriano Tilgher, Work: What It Has Meant to Men through the Ages, Nueva York,
Harcourt, Brace, 1930, p. 63. <<
Véase Albert O. Hirschmann, The Passions
and the Interests: Political Arguments for Capitalism befare Its Triumph,
Princeron, N. J., Princeton University Press, 1992. <<
Cita en Furbank, Diderot, p. 40. <<
Ibíd., y lo mismo para las citas que
aparecen en los párrafos siguienres. <<
Sabine Meichior-Bonnet, The Mirror: A
History, Londres, Routledge, 2002, p. 54 [trad, esp.: Historia del espejo,
Barcelona, Herder, 1996]. <<
El lector que tenga interés en desenredar
esta complicada historia puede consultar tres clásicos; Lawrence Stone, Family,
Sex, and Marriage in England, 1500-1800, Londres, Penguin, 1990; Edward
Shorter, Making ofthe Modem Family, Londres, Fontana, 1977, y Philippe Aries,
Centuries of Childhood: A Social History of Family Life, Penguin, 1973.
<<
Véase Francis Steegmuller, A Woman, a
Man, and Two Kingdoms: The Story of Madame D’Épinay and the Abbé Caliani, Nueva
York, Aifred A. Knopf, 1991, y Ruth Plaut Weinreb, Eagle in a Gauze Cage:
Louise D’Épinay, Femme de Lettres, Nueva York, AMS Press, 1993. <<
Adam Smith, The Wealth of Nations, vol. 1
(1776), Londres, Methuen, 1961, pp. 302-323 [trad. esp.: La riqueza de las
naciones, Madrid, Alianza, 1999]. <<
David Brody, Steelworkers in America, ed.
rev., Urbana, III., University of Illinois Press, 1998, ofrece un excelente
cuadro general de la industria del acero en el siglo XIX. <<
Véase Richard Sennett, The Corrosión of
Character, Nueva York, W. W. Norton, 1998, pp. 122-135. <<
Los dos volúmenes de la biografía de Tim
Hilton son: John Ruskin, The Early Years y John Ruskin, The Later Years, New
Haven y Londres, Yale University Press, 1985, 2000. <<
Para una revisión de esta literatura,
véase Richard Sennett, The Culture of the New Capitalism, New Haven y Londres,
Yale University Press, 2006, cap, 3. <<
El concepto de «forma-tipo» está tomado
de Harvey Molotch, Where Stuff Comes From: How Toasters, Toilets, Cars,
Computers, and Many Others Things Come to Be as They Are, Nueva York,
Rout-ledge, 2003, pp. 97, 103-105. <<
Para información sobre la historia del
vidrio plano, véase Richard Sennett, The Conscience of the Eye: The Design and
Social Life of Cities, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1990, pp. 106-114 [trad.
esp.: La conciencia del ojo, Barcelona, Versal, 1991].
Tal vez el lector quisiera saber que he
descrito con más detalles la Gran Exposición y, en particular, el robot del
conde Dunin en una novela histórica. Véase Richard Sennett, Palais-Royal, Nueva
York, Alfred Knopf, 1987, pp. 228-237 [trad. esp.; Palais-Royal, Barcelona,
Versal, 1988]. <<
Cita en Hilton, Ruskin, The Early Years,
pp. 202-203. <<
John Ruskin, The Stones of Venice (1851
-1833), Nueva York, Da Capo, 2003, p. 35 [trad. esp.: Las piedras de Venecia,
Murcia, Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Murcia,
2000]. <<
Lo que sigue es un resumen de John
Ruskin, The Seven Lamps of Architecture, versión original de 1849 en
«working-mans edition», reed. Londres, George Routledge and Sons, 1901 [trad.
esp.: Las siete lámparas de la arquitectura, Barcelona, Alta Fulla, 2000].
<<
Para una explicación completa de este
fenómeno, véase Richard Sennett, The Fall of Public Man, Nueva York, Alfred A.
Knopf, 1977, p. 3 [trad. esp.: El declive del hombre público, Barcelona,
Península, 2002]. <<
Thorstein Veblen, The Theory ofthe
Leisure Class (1899), en The Portable Veblen, ed. Max Lerner, Nueva York,
Viking, 1948, p. 192 [trad. esp.: Teoría de la clase ociosa, Madrid, Alianza,
2008]. <<
Un resumen útil de las ideas bastante
dispersas de Veblen sobre el consumo ostensible es Penguin Great Ideas:
Conspicuous Consumption, Londres, Penguin, 2005. <<
Para el torno del alfarero, véase Joseph
Noble, «Poctery Manufacture», en Cari Roebuck, ed., The Muses at Work: Arts,
Crafts, and Professions inAncient Greece andRome, Cambridge, Mass., MIT Press,
1969, pp. 120-122. <<
Suzanne Staubach, Clay: The History and
Evolution of Humankind’s Relationship with Earth’s Most Primal Element, Nueva
York, Berkeley, 2005, p. 67.
John Boardman, The History of Greek Vases,
Londres, Thames and Hudson, 2001, p. 40. <<
Véase E. R. Dodds, The Greeks and the
Irrational, 2.ª ed., Berkeley, University of California Press, 2004, pp,
135-144 [trad. esp.; Los griegos y lo irracional, Madrid, Alianza, 1997].
<<
Para un excelente resumen, véase Richard
C. Vitzhum, Materialism: An Affirmative History and Definition, Amherst, N. Y.,
Pro-metheus Books, 1995,
Platón, Teéteto, 181b-190a. <<
Véase Andrea Wilson Nightingale,
Speaacles of Truth in Classical Greek Philosophy: Theoria in Its Cultural
Context, Cambridge, Cambridge University Press, 2005. <<
M. F. Burnyeat, «Long Walk to Wisdom»,
TLS, 24 de febrero de 2006, p. 9. <<
HarveyMolotch, Where Stuff Comes From:
HowToasters, Toilets, Cars, Computers, andMany Others Things Come to Be as
TheyAre, Nueva York, Roudedge, 2003, p. 113. <<
Véase Henry Petroski, To Engineer Is
Human: The Role of Failure in Successful Design, Londres, MacMillan, 1985, esp.
pp. 75-84. <<
Véase Annette B. Weiner, «Why Cloth?», en
Weiner y Jane Schneider, eds., Cloth and Human Experience, Washington, D. C,
Smithsonian Institution Press, 1989, p.
Para un simple enunciado, véase Claude
Lévi-Srrauss, «The Culinary Triangle», New Society, 11 de diciembre de 1966,
pp. 937-940. Una explicación completa del triángulo culinario se encontrará en
Lévi-Strauss, Introduction to a Science of Mythology, vol. 3, The Origin of
Table Manners, Nueva York, Harper and Row, 1978.
Michael Symons, A History of Cooks and
Cooking, Londres, Prospect, 2001, p. 114; es un error creer que esta famosa
fórmula representa estatus y prestigio; para Lévi-Stauss, la «fisiología del
pensamiento» unifica todas las sensaciones humanas a través de símbolos.
<<
Véase James W. E Campbell y Will Pryce,
Brick: A World History, Londres, Thames and Hudson, 2003, pp. 14-15 [trad.
esp.: Ladrillo: historia universal, Art Blume, 2004]. <<
Frank E. Brown, Roman Architecture, Nueva
York, G. Braziller, 1981. <<
Véase Joseph Rykwert, The Idea of a Town:
The Anthropology of Urban Form in Rome, Italy and the Ancient World, Princeton,
N. J., Princeton University Press, 1976 [trad. esp.; La idea de ciudad:
antropología de la forma urbana en el mundo antiguo, Madrid, Hermann Blume,
1985]. <<
Véase James Packer, «Roman Imperial
Building», en Roebuck, ed., Muses at Work, pp. Al-Ai. <<
Keith Hopkins, Conquerors and Slaves,
Cambridge, Cambridge University Press, 1987 [trad. esp.: Conquistadores y
esclavos, Barcelona, Edicions 62, 1981]. <<
Vitrubio, On Architecture, Cambridge,
Mass., Harvard Loeb Classical Library, 1931, 1.1.15-16 [trad. esp.: De
Architectura, Vaicncia, Albatros, 1978]. <<
Virrubio, The Ten Books of Architecture,
Nueva York, Dover, 1960, véase 2.3.1-4, 2,8.16-20, 7.1.4-7 [trad. esp.: Los
diez libros de arquitectura, Barcelona, Iberia, 1985]. <<
Agradezco esta observación a Campbell y
Pryce, Brick, p, 44. <<
Alec Clifton-Taylor, The Pattern of
English Building, Londres, Faber and Faber, 1972, p. 242. <<
Véase M. I. Finley, Ancient Slavery and
Modern Ideology, Londres, Chatto and Windus, 1980 [trad. esp.: Esclavitud
antigua e ideología moderna, Barcelona, Crítica, 1982]. <<
Clifton-Taylor, Pattern of English
Building, p, 232; el lenguaje encarnado
Véase Jean André Rouquet, The Present
State of the Arts in England (1756), Londres, Cornmarket, 1979, pp. 44 ss.
<<
Véase Builder’s Magazine, periódico que
se publicó entre 1774 y 1778; su lenguaje descriptivo se analiza en Martín
Weil, «Interior Details in Eighteenth-Century Archirectural Books», Bulletin of
the Association fot Preservation Technology, 10, n.º 4, 1978, pp. 47-66.
<<
Clifton-Taylor, Pattern of English
Building, p. 369. <<
Véase Richard Sennett, The Fall of Public
Man, Nueva York, AlfredA. Knopf, 1977, p. 2. <<
Véase Richard Sennett, The Fall of Public
Man, Nueva York, AlfredA. Knopf, 1977, p. 2. <<
Alvar Aalto, citado en Campbell y Ptyce,
Brick, p. 271.
William Carlos
Williams, Imaginations, Nueva York, New Directions, 1970, p. 110. Véase el
excelente análisis de esta declaración y sus asociaciones en Bill Brown, A
Sense of Things: The Object Matter of American Literature, Chicago,
Universityof Chicago Press, 2003, pp. 1-4. <<
O así lo cita Raymond Tallis, The Hand: A
Philosophical Inquiry in Human Being, Edimburgo, Edinburgh University Press,
2003, p.4. <<
Charles Bell, The Hand, Its Mechanism and
Vital Endowments, as Evincing Design, Londres, 1833. Es el cuarto de los
llamados Tratados Bridgewater sobre «el poder, la sabiduría y la bondad de Dios
tal como se manifiestan en la creación». <<
Charles Darwin, The Descent of Man
(1879), Londres, Pen-guin, 2004, pp. 71-75 [trad. esp.: El origen del hombre,
Madrid, Edaf, 2001]. <<
Frederick Wood Jones, The Principies
ofAnatomy as Seen in the Hand, Baltimore, Williams and Williams, 1942, pp.
298-299. <<
Tallis, The Hand, p. 24. <<
Véase John Napier, Hands, ed. rev.,
Princeton, N. J., Princeton University Press, 1993, pp. 55 ss. Un excelente
resumen popular de este cambio de visiones se encuentra en Frank R. Wilson, The
Hand: How Its Use Shapes the Brain, Language, and Human Culture, Nueva York,
Pant-heon, 1998, pp. 112-146 [trad. esp.: La mano: de cómo su uso configura el
cerebro, el lenguaje y la cultura humana, Barcelona, Tusquets, 2002].
Mary Marzke, «Evolutionary Development of
the Human Thumb», en Hand Clinics, 8, n.º 1, febrero de 1992, pp. 1-8. Véase
también Marzke, «Precisión Grips, Hand Morphology, and Tools», American Journal
of Physical Anthropology 102, 1997, pp. 91-110. <<
* En ambas expresiones, con el sentido de
«dominarse» y «luchar con un problema», respectivamente, interviene en su
acepción figurada la voz, grip, que significa «prender», «asir», «coger»,
«agarrar», y los sustantivos correspondientes. (N. del T.)
<<
Véase K, Müller y V, Homberg,
«Development of Speed of Repetitive Movements in Children.,.», Neuroscience
Letters 144, 1992, pp. 57-60. <<
Véase Charles Sherrington, The
Integrative Action of the Nervous System, Nueva York, Scribner’s Sons, 1906.
<<
Wilson, The Hand, p. 99. <<
A. P. Martinich, Hobbes: A Biography,
Cambridge, Cambridge Unlvetsity Press, 1999.
Beryl Markbam, West with the Night, nueva
ed., Londres, Virago, 1984 [trad, esp.: Al oeste de la noche, Barcelona,
Salvat, 1995]. <<
Véase Tallis, The Hand, cap. 11, esp. pp.
329-331. <<
Véase Shin’ichi Suzuki, Nurturedby Love:
A New Approach to Talent Education, Miami, Fla., Warner, 1968. <<
D. W, Winnicott, Playing and Realiíy,
Londres, Routledge, 1971 [trad. esp.: Realidad y juego, Barcelona, Gedisa,
1982]; John Bowlby, A Secure Base: Parent-Child Attachment and Healthy Human
Development, Londres, Routledge, 1988 [trad. esp.: Una base segura:
aplicaciones clínicas de una teoría del apego, Barcelona, Paidós, 2004].
David Sudnow, Ways
of the Hand: A Rewritten Account, 2.ª ed., Cambridge, Mass., MIT Press, 2001.
<<
David Sudnow, Ways of the Hand: A
Rewritten Account, 2.ª ed., Cambridge, Mass., MIT Press, 2001. <<
Ibíd., p. 84. <<
Para un interesante análisis de este
fenómeno, véase Julie Lyonn Lieberman, «The Slide», Strad, 116, julio de 2005,
p. 69. <<
Véase Michael C. Corballis, The Lopsided
Ape: Evolution of the Generative Mind, Nueva York, Oxford University Press,
1991. <<
Yves Guiard, «Asymmetric Division of
Labor in Human Bimanual Action», Journal of Motor Behaviour, 19, n.º 4, 1987,
pp. 488-502. <<
Para esta historia véase Michael Symons,
A History of Cooks and Cooking, Londres, Prospect, 2001, p. 144. <<
Norbert Elias, The Civilizing Process,
ed. rev., Oxford, Blackwell, 1994, p. 104 [trad. esp.: El proceso de la
civilización. Investigaciones sociogenéticas, Madrid, Fondo de Cultura
Económica de España, 1988]. El lector ha de tener en cuenta que la edición
revisada incluye material histórico que el autor ignoraba en la edición
original, Über den Prozess der Zivilisation, en 1939. <<
Cita en ibíd., p. 78. <<
David Knechtges, «A Literary Feast: Food
in Early Chinese Literature», Journal of the American Oriental Society, 106,
1986, pp. 49-63. <<
John Stevens, Zen Bow, Zen Arrow: The
Life and Teachings of Awa Kenzo, Londres, Shambhala, 2007. <<
Ibíd., p. 415. <<
Para una explicación del conflicto entre
la estrategia de Powell y la de Rumsfeld en la guerra que Estados Unidos
comenzó en Irak en 2003, véase Michael R. Gordon y Bernard E. Trainor, Cobra
II, Nueva York, Pantheon, 2006. <<
Véase, por ejemplo, Neil Postman, Amusing
Ourselves to Death: Public Discourse in the Age of Show Business, Nueva York,
Viking, 1985 [trad. esp.: Divertirse hasta morir: el discurso público en la era
del «show business», Barcelona, Ediciones de la Tempestad, 2001]. <<
Daniel Levitin, This Is Your Brain on
Music, Nueva York, Dutton, 2006, p. 193.
<<
Erin O’Connor, «Embodied Knowledge: The
Experience of Meaning and the Struggle towards Proficiency in Glassblowing»,
Ethnography, 6, n.º 2, 2005, pp. 183-204. <<
Ibíd., pp. 188-189. <<
Maurice Merleau-Ponty, The Phenomenology
of Perception (1945), Nueva York, Humanities Press, 1962 [trad. esp.:
Fenomenología de la percepción, Barcelona, Edicions 62, 1980]. <<
Michael Polanyi, Personal Knowledge:
Towards a Post-Critical Philosophy, Chicago, University of Chicago Press, 1962,
p. 55. <<
* Globlet es una deformación
ridiculizante de goblet (copa), mediante la introducción de la idea deglobe
(globo). (N. del T.) <<
Frank R. Wilson, The Hand: How Its Use
Shapes the Brain, Language, and Human Culture, Nueva York, Pantheon, 1998, pp.
204-207. <<
Sheila Hale, The Man Who Lost His
Language: A Case of Aphasia, ed. rev., Londres, Jessica Kingsley, 2007.
<<
Véase D. Armstrong, W. Stokoe y S.
Wilcox, Gesture and the Nature of Language, Cambridge, Cambridge University
Press, 1995. <<
Véase Oliver Sacks, Seeing Voices: A
Journey into the World of the Deaf, Berkeley, University of California Press,
1989 [trad. esp. Veo una voz: viaje al mundo de los sordos, Barcelona,
Anagrama, 2006]. <<
Richard Olney, The French Menú Cookbook,
Boston, Godine, 1985, p. 206. <<
Julia Child y Simone Beck, Mastering the
Art of French Cooking, vol. 2, Nueva York, Alfred A. Knopf, 1970, p. 362.
<<
Elizaberh David, French Provincial
Cooking, Londres, Penguin, 1960, ed. rev., 1970, p. 402.<<
Max Black, «How Metaphors Work: A Reply
to Donald Da-vidson», en Sheldon Sacks, ed., On Metaphor, Chicago, University
of Chicago Press, 1979, pp. 181-192; Donald Davidson, «Whar Metaphors Mean», en
ibíd,, pp, 29-45; Roman Jakobson, «Two Types of Language and Two Types of
Disturbance», reimp. en Jakobson, On Language, ed. de Linda R. Waugh y Monique
Monville-Burston, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1955. <<
Reproducción en James Parakilas y otros,
Piano Roles: Three Hundred Years of Life with the Piano, New Haven y Londres,
Yale University Press, 2002, fig. 8. <<
Véase el admirable libro de David
Freedberg, The Eye ofthe Lynx: Galilea, His Friends, and the Beginnings of
Modern Natural History, Chicago, University of Chicago Press, 2003, pp. 152-153
[erad, esp.: El poder de las imágenes: estudios sobre la historia y la teoría
de la respuesta, Madrid, Cátedra, 1992]. <<
Citado, en este contexto, en Steven
Shapin, The Scientific Revolution, Chicago, University of Chicago Press, 1998,
p. 28 [trad. esp. La revolución científica: una interpretación alternativa,
Barcelona, Paidós, 2000]. El libro de Shapin, junto con el de Peter Dear,
Revolutionizing the Sciences: European Knowledge and Its Ambitions, 1500-1700,
Basingstoke, Palgrave, 2001 [trad. esp.: La revolución de las ciencias, Madrid,
Marcial Pons, 2007], proporciona una excelente visión panorámica. <<
Cita en Shapin, Scientific Revolution, p.
147. <<
Herbert Butterfield, The Origins of
Modern Science, ed. rev., Nueva York, Free Press, 1965, p. 10 [trad. esp.: Los
orígenes de la ciencia moderna, Madrid, Taurus, 1982]. <<
Andrea Carlino, Books ofthe Body:
Anatomical Ritual and Renaissance Learning, Chicago, University of Chicago
Press, 1999, p. 1. <<
Véase la excelente explicación de Peter
Dear, Revolutionizing the Sciences: European Knowledge and Its Ambitions,
1500-1700, Basingstoke, Palgrave, 2001, p. 39. <<
Roy Porter, Flesh in the Age of Reason:
The Modem Foundations of Body and Soul, Londres, Penguin, 2003, p. 133.
<<
Douglas Harper, Working Knowledge: Skill
and Community in a SmallShop, Chicago, University of Chicago Press, 1987, p.
21. <<
Dezv, Revolutionizing the Sciences, p.
138. <<
Francis Bacon, Novum Organum, Chicago,
Open Court, 2000, p. 225 [trad. esp.: Novum organum, Barcelona, Hogar del
Libro, 1988]. <<
Richard Rorty, Philosophy and the Mirror
of Nature, Princeton, N. J„ Princeton University Press, 1981 [trad. esp.: La
filosofía y el espejo de la naturaleza, Madrid, Cátedra, 1989]. <<
Véase Robert Hooke, Micrographia (1665),
reimp. Nueva York, Dover, 2003, p.
181 [trad. esp.;
Micrografia, Barcelona, Círculo de Lectores, 1995]. <<
Christopher Wren, carta a William Petty,
c. 1656-1658, cita en Adrián Tinniswood, His Invention so Fertile: A Life of
Christopher Wren, Londres, Pimiico, 2002, p. 36. <<
Ibíd., p. 149. <<
Ibíd., p. 154. <<
Ibíd. <<
Jenny Uglow, The Lunar Men: Five Friends
Whose Curiosity Changed the World, Londres, Faber and Faber, 2002, pp. 11, 428.
<<
Esta frase de Philosophy of Fine Art de
G. W. F. Hegel aparece en Hazard Adams, ed., Critical Theory since Plato, ed.
rev., Londres, Hcinie and Heinle, 1992, p. 538. <<
Edmund Burke, A Philosophical Enquiry
into the Origins of Our Ideas of Suhlime and BeautififI (1757) [trad. esp.:
Indagación filosófica sobre el origen de las ideas acerca de lo sublime y lo
bello, Barcelona, Altaya, 1995]. Las referencias remiten a la Standard Edition
y a la edición Boulton de 1958, que han limpiado de impurezas el texto: 3.27
(Boulton, p. 124); 2.22 (Boulton, p. 86). <<
Cita en Mary Shelley, Frankenstein; or,
The Modern Prometheus (1818), Londres, Penguin, 1902, p. XXII [trad. esp.:
Frankenstein o El moderno Prometeo, Madrid, Cátedra, 1996]. <<
Para una útil elucidación del proceso,
véase Maurice Hindle, editor de la actual edición de Frankenstein, Penguin, p.
267. <<
Ibíd., p. 52. <<
Disponible en
http://www.foresight.gov.uk/index.html<<
Noel Sharkey, citado en James Randerson,
«Forget Robot Rjghts, Experts Say, Use Them for Public Safety», Guardian, 24 de
abril de 2007, p. 10. <<
Hay muchas ediciones del Leviathan de
Hobbes. Utilizaré el texto que ha establecido cuidadosamente Richard Tuck en la
colección de Cambridge Texts in the History of Political Thought. Como los
lectores pueden tener otras, emplearé para las referencias las divisiones de
capítulos y secciones hoy estándar entre los estudiosos de Hobbes, además del
número de página de la edición mencionada, Thomas Hobbes, Leviathan, ed. de
Richard Tuck, Cambridge, Cambridge University Press, 1996, 2.5.15 [trad. esp.;
Leviatán, Madrid, Alianza, 1996]. <<
Véase Peter Dear, Revolutionizing the
Sciences, Basingstoke, Palgrave, 2001, pp. 61-62, de donde están tomadas las
citas de Bacon. Este texto es una excelente introducción a los cambios en la
ciencia del siglo XVI. <<
William R. B. Acker, Kyudo: The Japanese
Art of Archery, Boston, Tuttie, 1998 [trad. esp.: Kyudo: el arte japonés del
tiro con arco, Barcelona, Obelisco, 1999]. <<
Lewis Mumford, Technics and
Civilizations, Nueva York, Harcourt Brace, 1934, pp. 69-70 [trad. esp.: Técnica
y civilización, Madrid, Alianza, 1997]. <<
David Freedberg, The Eye of the Lynx:
Galilea, His Friends, and the Beginnings of Modem Natural History, Chicago,
University of Chicago Press, 2003, p. 60. <<
La historiadora Rosalind Wilhams ofrece
un breve relato de esta hisroria en Notes on the Underground: An Essay on
Technology, Society, and the Imagination, Cambridge, Mass., MIT Press, 1992,
pp. 75-77. <<
La historia de este trabajo también se
cuenta en Steven Brindle, Brunel: The Man Who Built the World, Londres,
Weidenfeld y Nicholson, 2005, pp. 40-50, 64-66.
<<
Véase Gustave Le Bon, The Crowd: A Study
of the Popular Mind (1896), Nueva York, Dover, 2002. <<
León Festinger, A Theory of Cognitive
Dissonance, Stanford, Calif, Stanford University Press, 1957 [trad. esp.:
Teoría de la disonancia cognoscitiva, Madrid, Centro de Estudios Políticos y
Constitucionales, 1975]. Bateson preparó el camino para este trabajo en su
teoría del «doble vínculo»; véase Gregory Bateson y otros, «Toward a Theory of
Schizophrenia», Behavioral Science, 1, 1956, pp. 251-264. <<
Henry Petroski, To Engineer is Human: The
Role of Failure in Succesful Design, Londres, MacMillan, 1985, pp. 216-217.
<<
Coosje Van Bruggen, Frank O. Cehry:
Guggenheim Museum, Bilbao, Nueva York, Solomon R, Guggenheim Foundation, 1997,
ap. 2, declaración de Frank Gehry, «Gehry on Titanium», p. 141; las citas
siguientes remiten a esta misma fuente. <<
John Dewey, Art as Experience, Nueva
York, Capricorn, 1934, p. 15 [trad, esp. El arte como experiencia, Barcelona,
Paidós, 2008]. <<
Para una explicación más completa, véase
Richard Sennett, Flesh and Stone: The Body and the City in Western
Civilization, Nueva York, W. W. Norton, 1993, pp. 212-250. <<
Véase Liane Lefaivre, «Space, Place, and
Play», en Liane Le-faivre e Ingeborg de Roode, eds., Aldo Van Eyck: The
Playgrounds and the City, Rotterdam, NAi en cooperación con Stedelijk Museum,
Amsterdam, 2002, p. 25. <<
Ilustración en ibíd., p. 6. <<
Ilustración en ibíd., p. 20. <<
Ilustración en ibíd., p. 19. <<
Aldo Van Eyck, «Whatever Space and Time
Mean, Place and Occasion Mean More», Forum, 4, 1960-1961, p. 121. <<
La introducción más útil a su obra es W.
Edwards Deming, The New Economics for Industry, Government, and Education, 2.ª
ed., Cambridge, Mass., MIT Press, 2000 [trad. esp.; La nueva economía: para la
industria, el gobierno y la educación, Madrid, Díaz de Santos, 1997]. <<
Elton Mayo y otros, The Human Problems of
an Industrial Civilization, Nueva York, Macmillan, 1933. <<
Tom Peters y Robert Waterman, In Search
of Excellence, Nueva York, HarperCollins, 1984 [erad, esp.: En busca de la
experiencia, Barcelona, Folio, 1986].
<<
Véase Pierre Bourdieu, Distinction: A
Social Critique of the Judffnent of Taste, Londres, Routiedge and Kegan Paul,
1986 [trad. esp,: La distinción: criterios y bases sociales del gusto, Madrid,
Taurus, 1991]. <<
Elliott A. Krause, Death of the Guilds:
Professions, States, and the Advance of Capitalism, 1930 to the Present, New
Haven y Londres, Yale University Press, 1996; Robert Perrucci y Joel E. Gerstl,
Profession without Community: Engineers in American Society, Nueva York, Random
House, 1969. <<
Véase Kenneth Holyoke, «Symbolic
Connectionism: Toward Third-generation Theories of Expertise», en K. Anders
Ericsson y Jacqui Smith, eds., Toward a General Theory of Expertise: Prospects
and Limits, Cambridge, Cambridge University Press, 1991, pp. 303-335. <<
Vilma Patel y Guy Groen, «The Nature of
Medical Expertise», en Ericsson y Smith, eds. General Theory of Expertise, pp.
93-125. <<
Douglas Harper, Working Knowledge: Skill
and Community in a Small Shop, Chicago, University of Chicago Press, 1987, p.
21. <<
Una investigación fundamental en este
campo es William Kinrch, «The Role of Knowledge in Discourse Comprehension: A
Construction-Integration Model», Psychological Review, 95, 1987, pp. 163-182.
<<
Howard Gardner, Mihaly Csikszentmihaly y
William Damon, Good Work: When Excellence and Ethics Meet, Nueva York, Basic
Books, 2002 [trad. esp.; Buen trabajo: cuando ética y excelencia convergen,
Barcelona, Paidós, 2002]. <<
Matthew Gill, «Accountant’s Truth:
Argumentation, Performance and Ethics on the Construction of Knowledge by
Accountants in the City of London», tesis doctoral, University of London, 2006.
<<
Richard Sennett, The Corrosion of
Character: The Personal Consequences of Work in the New Capitalism, Nueva York,
W. W. Norton, 1998, pp. 64-75. <<
Véase Miriam Adderholdt, Perfectionism:
What’s Bad about Being Too Good, Minneapolis, Free Spirit, 1999, y Thomas
Hurka, Perfectionism, Oxford, Oxford University Press, 1993. <<
Orto F. Kernberg, Borderline Conditions
and Pathological Narcissism, Nueva York, J. Aronson, 1975 [trad. esp.:
Desórdenes fronterizos y narcisismo patológico, Barcelona, Paidós, 2005].
<<
Estas etiquetas han sido tema de un
debate interno entre Kernberg y el analista Heinz Kohut. Véase Gildo Consolini,
«Kernberg versus Kohut: A (Case) Study in Contrasts», Clinical Social Work
Journal, 27, 1999, pp. 71-86. <<
Max Weber, The Protestant Ethic and the
Spirit of Capitalism, Londres, Alien and Unwin, 1976 [trad. esp.: La ética
protestante y el espíritu del capitalismo, Barcelona, Edicions 62, 1993].
<<
Cita en Paul Wijdeveld, Ludwig
Wittgenstein, Architect, 2.ª ed., Amsterdam, Pepin, 2000, p. 173. <<
Cita en ibíd., 174. <<
Hermine Wittgenstein,
«Familienerinnerungen», manuscrito, cita en ibíd. p. 148.
<<
Ibíd. <<
Ludwig Wittgenstein, Philosophical
Investigations, ed. bilingüe, 3.ª ed., Oxford, Blackwell, 2002, 208e-209e
[trad. esp.: Investigaciones filosóficas, Barcelona, Crítica, 2008]. <<
Véase Max Weber, «Science as a Vocation»,
en Weber, From Max Weber: Essays in Sociology, Nueva York, Oxford University
Press, 1958. <<
Trevor Blackwell y Jeremy Seabrook, «Len
Greenham», en Blackwell y Seabrook, Talking Work, Londres, Faber and Faber,
1996, pp. 25-30. <<
Ibíd, p. 27. <<
Véase Simon Head, The New Ruthless
Economy: Work and Power in the Digital Age, Oxford, Oxford University Press,
2005, caps. 1, 9, 10. <<
Friedrich Schiller, On the Aesthetic
Education of Man, Mine-ola, N. Y., Dover, 2004 [trad. esp.: La educación
estética del hombre, Barcelona, Espasa-Calpe]. En el pasaje citado de la carta
decimocuarta, he tomado la primera frase de la página 75 y la segunda de la
página 74. <<
Es un tema atractivo que me tienta, pero
que me abstengo de desarrollar aquí. Los dos textos clave son Interpretation of
Dreams, de Freud, y sus escritos sobre sexualidad infantil, en el vol. 17 de
The Complete Works of Sigmund Freud, trad. de James Strachey. <<
Véase Johan Huizinga, Homo Ludens,
Londres, Routledge, 1998 [trad. esp.: Homo ludens, Madrid, Lumen, 1998].
<<
Clifford Geercz, The lnterpretation of
Cultures: Selected Essays, Londres, Hutchinson, 1975 [trad, esp,:
Interpretación de las culturas, Barcelona, Gedisa, 1988]. <<
Véase Erik Erikson, Childhood and
Society, Nueva York, Vintage, 1995 [trad. esp.: Infancia y sociedad, Barcelona,
Paidós, 1983] Véase también Erikson, Toys and Reasons: Stages and Ritualization
of Experience, Nueva York, W. W. Norton, 1977 [trad. esp.: Juego y desarrollo,
Barcelona, Crítica, 1982]. <<
Erikson, Toys and Reasons. <<
Un texto fundacional de una extensa
literatura es Mihaly Csikszentmihalyi, Beyond Boredom and Anxiety: Experiencing
Flow in Work and Play, Nueva York, Jossey-Bass, 2000. <<
Véase Jerome BruneryHelen
Weinreich-Haste, Making Sense: The Child’s Construction of the World, Londres,
Methuen, 1987 [trad. esp.: La elaboración del sentido: la construcción del
mundo por el niño, Barcelona, Paidós. 2004], y, como base de este libro, Jerome
Bruner, On Knowing, Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1962. <<
El estudio más accesible que he leído
sobre este tema es el de Daniel Levitin, This Is Your Brain on Music, Nueva
York, Dutton,2006, esp. pp. 84-85. (No se desanime el lector por tan
desafortunado título; es un estudio excelente). Para información más técnica
véase Isabelle Peretz y Robert J. Zatorre, eds., The Cognitive Neuroscience of
Music, Oxford, Oxford University Press, 2003. <<
Si he entendido bien, ésta es la opinión
de Gerald M. Edelman y Giulio Tononi en A Universe of Consciousness: How Matter
Becomes Imagination, Nueva York, Basic Books, 2000 [trad. esp.; El universo de
la conciencia: cómo la materia se convierte en imaginación, Barcelona, Crítica,
2002]. <<
Platón, La República, 6l4b2-621b6.
<<
Véase Steven Pinker, The Language
Instinct, Nueva York, Morrow, 1994 [trad. esp.: El instinto del lenguaje,
Madrid, Alianza, 2001], y Pinker, The Blank Slate: The Denial of Human Nature
in Modern Intellectual Life, Nueva York, Viking, 2002. <<
Richard Lewontin, «After the Genome, What
Then?», New York Review of Books, 19 de julio de 2001. <<
Véase Stanford-Binet Intelligence Scales,
5.ª ed., Nueva York, Riverside, 2004.
<<
El lector interesado en esta deplorable
historia puede consultar Richard J. Herrnstein y Charles Murray, The Belt
Curve: Intelligence and Class Structure in American Life, Nueva York, Free
Press, 1994, y sus críticos: véase Charles Lane, «The Tainted Sources of the
Bell Curve», New York Review of Books, 1 de diciembre de 1994. <<
La mejor introducción a este trabajo
sigue siendo un libro anterior: Howard Gardner, Trames of Mind: The Theory of
Multiple Intelligences, Nueva York, Basic Books, 1983. <<
Me he tomado la libertad de extraer este
ejemplo de otro libro mío, The Culture of the New Capitalism, New Haven y
Londres, Yale University Press, 2006, p. 119.
<<
Véase ibíd., cap. 2. <<
Véase Ibn Jaldún, The Muqaddimah: An
Introduction to History, Princeton, N. J., Princeton University Press, 2004,
pp. 297-332; Confucio, The Analects of Confucius, Londres, Alien and Unwin,
1938 [trad. The Analectas, Madrid, Edaf, 1998]. <<
En su estado actual, el pragmatismo tiene
sus principales exponentes en Hans Joas, The Creativity of Action, Chicago,
University of Chicago Press, 1996; William Eggington y Mike Sandbothe, eds.,
The Pragmatic Turn in Philosophy, Albany, State University Press of New York,
2004; Richard Rorty, Contingency, Irony and Solidarity, Cambridge, Cambridge
University Press, 1989 [trad. esp.; Contingencia, ironía y solidaridad,
Barcelona, Paidós, 2001], y Richard Bernstein, «The Resurgence of Pragmatism»,
Social Research, 59, 1992, pp. 813-840. <<
Hannah Arendt, The Human Condition
{1958), 2.ª ed., Chicago, University of Chicago Press, 1998, p. 108. <<
John Dewey, Democracy and Education
(1916), Nueva York, Macmillan, 1969, pp. 241-242 [trad. esp.: Democracia y
educación: una introducción a la filosofía de la educación, Madrid, Morata,
2004]. <<
Crítica pareja a mi propio trabajo, por
ejemplo, de Sheldon Wolin; véase «The Rise of Private Man», New York Review of
Books, 14 de abril de 1977 <<
Homero, Ilíada. Casas; 1.603-1.604;
carros: 18.373-18.377; joyería, 18.400-18.402. <<
Véase Kristina Berggren, «Homo Faber or
Homo Symbolicus? The Fascination with Copper in the Sixth Millennium»,
Transoxiana, 8, junio de 2004. <<
Hesíodo, Theogony, Works and Days,
Testimonia, Cambridge, Mass., Loeb Classical Library, Harvard University Press,
2006, p. 51. [Hesíodo, Obras y fragmentos, Madrid, Biblioteca Básica Gredos,
2000, p. 36.] <<
Véase Hannah Arendt, Eichmann in
Jerusalem: A Report on the Banality of Evil, Nueva York, Harcourt, Brace,
Jovanovich, 1963 [trad. esp.: Eichmann en Jerusaíén, Barcelona, Lumen, 2003].
La mejor historia revisionista en inglés es David Cesarani, ecoming Eichmann,
Cambridge, Da Capo, 2005. <<
El texto del manifiesto Russell-Einstein
se puede leer online en www.pugwash.org/about/manifesto.html<<
FIN

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