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MARXISMO, PSICOANÁLISIS Y SEXPOL
Bernfeld - Fenichel - Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Marxismo,
Psicoanálisis Y Sexpol
Bernfeld - Fenichel - Fromm
- Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Libro 300
Ilustración de
tapa: “Love comes first”. Collage de Annette von Stahl
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Colección
SOCIALISMO y
LIBERTAD
https://elsudamericano.wordpress.com
La red mundial de
los hijos de la revolución social
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL1
Erich Fromm - Otto
Fenichel - Siegfried Bernfeld
Gunnar Leistikow -
I. Sapir - Fritz Sternberg - Karl Teschitz
*
Nota preliminar
SOCIALISMO Y
PSICOANÁLISIS
Siegfried Bernfeld
(1926)
ANÁLISIS CRITICO:
WILHELM REICH, MATERIALISMO DIALÉCTICO Y PSICOANÁLISIS
Otto Fenichel
(1931)
FREUDISMO,
SOCIOLOGÍA, PSICOLOGÍA
I. Sapir (1929/30)
MARXISMO Y
REPRESIÓN
Fritz Sternberg
(1932)
SOBRE MÉTODOS Y
OBJETIVOS DE UNA PSICOLOGÍA SOCIAL ANALÍTICA
Erich Fromm (1932)
UNA VOZ EN EL
DESIERTO Y SU MENSAJE
Gunnar Leistikow
(1936)
SOBRE EL
PSICOANÁLISIS COMO EMBRIÓN DE UNA FUTURA PSICOLOGÍA DIALÉCTICO-MATERIALISTA
Otto Fenichel
(1934)
AUTORIDAD Y
FAMILIA. PARTE SOCIOLÓGICA
Erich Fromm (1936)
COMENTARIO
BIBLIOGRÁFICO: ERICH FROMM, AUTORIDAD Y FAMILIA
Karl Teschitz
(1936)
Indice de fuentes
1 Marxismo, Psicoanálisis y Sexpol. Vol. 1.
Documentos. Compilación de Hans-Peter Gente. Título del original alemán:
Marximus, Psychoanalyse, Sexpol
Fischer Bücherei
Gmbh. Frankfurt am Main, 1970.
1° edición en
castellano: Colección Izquierda Freudiana dirigida por Marie Langer.
Traducción: Nélida
I. M. de Machain, Granica editor. Buenos Aires, julio de 1972
NOTA PRELIMINAR
En este tomo se han
reunido algunos textos que desde hace mucho tiempo son de difícil o hasta de
imposible acceso. Se los ha seleccionado aplicando como criterio su posible
actualidad2 y quizá puedan servir de estímulo para una polémica. Solo después
de agotar este complejo de problemas3 podría hallarse respuesta a determinados
interrogantes. La nota preliminar no pretende más que esbozar el marco dentro
del cual puede desarrollarse la discusión.
Los movimientos
antiautoritarios iniciados por estudiantes universitarios y secundarios y por
obreros jóvenes –movimientos que han dejado en descubierto las estructuras de
dominio de las sociedades capitalistas avanzadas– demostraron la actualidad de
un marxismo que contiene elementos centrales de la teoría freudiana, Pero, por
otra parte, han puesto en evidencia los límites prácticos y teóricos de su
enfoque, como pudo verse en la revolución cultural de mayo de 1968, en París.
Sin embargo, tanto el supuesto fracaso del movimiento antiautoritario, como su
trasformación en partidos con estructuras jerárquicas centralistas, de tipo
leninista, solo pueden hacerse derivar –a su vez– de las premisas de las cuales
partieron estos movimientos. Su punto de partida fue un redes-cubrimiento de la
controversia entre marxismo y psicoanálisis –sostenida en las décadas del
veinte y del treinta– inspirado por Horkheimer, Adorno y Marcuse, a través de
la teoría crítica. Gracias a esa controversia, se hicieron valer por última
vez, en los albores del fascismo, los contenidos emancipadores del marxismo, en
contra de su anquilosamiento revisionista y stalinista.
El marxismo, en
cuanto teoría de la revolución social, se había convertido –en la
interpretación de los teóricos de la II Internacional– en una concepción
determinista de la historia, que posponía la práctica revolu-cionaria ad
calendas graecas o bien la consideraba totalmente superflua. Y desde el momento
en que los bolcheviques revolucionarios tampoco lograron romper el aislamiento
de la Unión Soviética, fue preciso exaltar su autoconcepción como marxistas por
medio de una teoría que –sobre todo bajo la conducción de Stalin– elevó el
triunfo del socialismo a la
2 Se ha prescindido de textos de Wilhelm
Reich, por cuanto en el ínterin estos se han difundido a través de numerosas
reediciones socialistas y por cuanto el tema Sexpol (movimiento de “política
sexual”) está debidamente representado en este tomo por un par de trabajos de
discípulos directos de Reich (Leistikow y Teschitz) y por el concienzudo
comentario de Fenichel.
3 En un tomo
posterior se incluirá abundante bibliografía sobré este tema.
categoría de ley
inalienable, científicamente deducida. Pero solo con el triunfo del fascismo se
puso cabalmente de manifiesto el dilema del marxismo. El Comintern definió al
fascismo como “la dictadura abierta-mente terrorista de los elementos más reaccionarios,
más chauvinistas, más imperialistas del capitalismo financiero” (Dimitroff,
1935), pero no pudo explicar la razón por la cual las masas se plegaron al
fascismo y no a una revolución socialista, para la cual estaban dadas todas las
“condiciones”; por qué las masas, “en lugar de perseguir intereses racionales
y, sobre todo, el de la conservación de la propia vida, se entregaban a una
política catastrófica” (Adorno). La sostenida actualidad de esta situación
confiere relevancia a aquellos enfoques que –desde la década del veinte– han
procurado una apertura teórica y práctica del marxismo, objetivamente
entendido, por la vía del psicoanálisis.
“El arma de la
crítica no puede reemplazar, por cierto, a la critica de las armas; la
violencia material debe ser desplazada con violencia material, pero la teoría
se convierte también en violencia no bien alcanza a las masas. La teoría puede
alcanzar a las masas no bien hace su demostración ad hominem y hace su
demostración ad hominem no bien se torna radical. Ser radical significa tomar
las cosas por la raíz. Pero, para el hombre, la raíz es el propio hombre”
(Marx).
Si se cumple la
frase de los primeros escritos de Marx, según la cual “la supresión de la
autoalienación [...] hace el mismo camino que la auto-alienación misma”, una
teoría revolucionaria debería tomar en serio la estructura de necesidades de
las masas. Y eso es lo que hizo la sexpol de Wilhelm Reich:
“El trabajo en
materia de psicología de las masas no debe estar a la sombra de la política
económica; es la política económica la que debe estar al servicio de la
psicología de masas, puesto que esta capta y conduce a las masas. Las
necesidades de los hombres no existen en función de la política económica sino
que la política económica existe para las necesidades”.4
4 W. Reich: Was ist Klassenbewusstsein?,
Copenhague 1934, pág. 42.
Mientras en la
Rusia revolucionaria los psicoanalistas ensayaban modelos de educación no
autoritaria, sin analizar, sin embargo, la relación de su enfoque teórico con
el marxismo5, en Europa occidental aparecían –estimulados por las conmociones
de la guerra– los primeros trabajos de psicoanalistas que hacían del
socialismo, la revolución y el comunismo, objetos de reflexión.6 En esta época,
Freud formulaba cada vez con mayor claridad las consecuencias metapsicológicas
de su teoría; en publicaciones psicoanalíticas se sostenía una polémica acerca
de si el psicoanálisis era una cosmovisión y, de paso, se rozaba también su
relación con el marxismo.7 Si bien es cierto que hasta 1927 se traducían en la
Unión Soviética todos los trabajos importantes de Freud, más adelante –con el
creciente anqui-losamiento burocrático de la revolución– se va desplazando al
psicoanálisis de la conciencia pública. Los paladines en la polémica contra
Freud son –como ya lo habían sido contra Lukács y Korsch– los seguidores de
Deborin.
Con los trabajos de
Bernfeld, Reich y Fenichel –en los que se señala la mutua necesidad interna de
ambas posiciones– alcanza el debate su primer climax.
Y su resultado se
traduce en un psicoanálisis que –como psicología social y como método de
terapia individual– toma en cuenta puntos de vista marxistas, y en un marxismo
que necesita del psicoanálisis para poder reconstituirse como teoría
revolucionaria, en vista del triunfo de la contrarrevolución fascista y del
stalinismo burocrático.
5 Vera Schmidt: Psychoanalytísche Erxiehung
in Sowjetrussland. Berich über das Kinderheim-Laboratorium in Moskau.
Internacionaler Psychoanalytischer Verlag, Leipzig Viena Zurich, 1924.
En 1921, un grupo
de de psicoanalistas logró fundar un hogar-escuela para tentar nuevos caminos
en la educación sobre la base de comprobaciones psicoanalíticas. Vera Schmidt
proporciona un escueto informe acerca de los destinos externos del
hogar-escuela, de su organización interna, las pautas psicoanalíticas y los
fundamentos pedagógicos generales del trabajo, la labor de los educadores en sí
y observaciones sobre la vida del hogar-escuela-laboratorio. El informe evita
estrictamente todo tipo de planteos políticos y de teoría marxista: sin
embargo, al tomar el modelo de una educación no-autoritaria en un país
revolucionario, está señalando un punto doctrinario de la teoría y práctica
marxistas: la problemática del nuevo ser humano. “Para edificar el comunismo
hay que trasformar al hombre al mismo tiempo que se preparan las bases de la
revolución”... este concepto, reformulado por Che Guevara, está tácitamente
presente en el informe de V. Schmidt. “Este intento puede compararse,
tranquilamente –dice Reich–, con el de la comuna parisiense, aunque en otra
escala, en lo que se refiere a su significación histórica.”
6 Paul Federn: Zur Psychologie der Revolution:
“Dievaterlose Gesellschaft”, Anzengruber Verlag,
Leipzig/Viena,
1919, y Aurel Kolnai: Psychoanalyse und Soziologie. Capítulo: “Versuch einer
Psychoanalyse des Anarcho-Kommunismus”. Internationales Psychoanalytischer
Verlag, 1920, pp. 88-152.
7 Sigfried
Bernfeld: “Ist Psychoanalyse eine Weltanschauung?”, en Zeitscrift für
psychoanalytische Padagogik. Año II, n.° 7 (1928).
Partir, sin más ni
más, de los resultados de la polémica de las décadas del veinte y del treinta
sería no solo ignorar lo ocurrido, a partir del fascismo, con el objeto del
psicoanálisis, es decir con el individuo –en una palabra: sería ignorar el
carácter social del posfascismo–; también significaría pasar por alto las
debilidades de la polémica en sí. Psicoanalistas como Waelder defienden una
concepción positivista de la ciencia, cuya chatura podría haber sido corregida
precisamente por el marxismo. Marxistas como Sapir defienden una teoría del
conocimiento cuyo carácter marxista popular no es menos chato. Reich es tan
ingenuo desde el punto de vista científico-teórico como leninista ortodoxo en
lo que se refiere a la teoría marxista.
Este sería el
momento apropiado para redescubrir en una confrontación con la situación social
modificada, los enfoques teóricos inmanentes de la Sexpol inaugurada por Reich,
que luego desaparecieran cubiertos por ideologías naturalistas.
En un tomo
posterior se documentará la polémica más reciente. El examen del status
científico de la teoría de Freud, confrontada con la de Marx; las experiencias
de una Sexpol, que toma como punto de partida a Reich, ante la actual “ola de
sexo”; la terapia psicoanalítica como insti-tución de la sociedad capitalista y
como instrumento para la liberación de la conciencia revolucionaria; la acogida
brindada a la obra de Herbert Marcuse por las nuevas izquierdas y por los
países del bloque oriental...
todos estos son
temas que todavía suelen discutirse por separado, y que, sin embargo, señalan
decididamente la mutua dependencia de marxismo y psicoanálisis, en la medida en
que ambos tomen en serio sus pretensiones emancipadoras.
H. P. G.
Berlín, junio de
1970.
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
SOCIALISMO Y
PSICOANÁLISIS
Siegfried Bernfeld.
(1926)
Ideas fundamentales
de una conferencia pronunciada en el “Verein Socialistischer Arzte”
Con observaciones
polémicas de Otto Kaus, B. Lantos, Otto Müller y Ernst Simmel
El interrogante
podría ser de importancia decisiva: ¿qué importancia tiene el psicoanálisis
para el proletariado? Es decir: ¿en qué medida y cómo puede ayudarlo en su
lucha de clases? Una respuesta a ese interrogante ya plantearía el problema de
la aplicación práctica del psicoanálisis a la acción política de las masas.
Semejante
procedimiento parecería ser prematuro en tanto el estudio comparativo del
psicoanálisis y del socialismo no haya creado una base teórica general. Por
ello, mis manifestaciones de hoy se centrarán exclusivamente en torno a esta
pregunta: ¿es compatible el psicoanálisis en cuanto ciencia con el socialismo
en cuanto ciencia (es decir el marxismo.), o existe entre ambos una
contradicción excluyente?
El psicoanálisis se
define bajo tres aspectos que revisten diferentes grados de importancia para
nuestro limitado enfoque. El psicoanálisis afirma ser:
1. un método terapéutico, capaz de curar o
mejorar determinadas enferme-dades psíquicas. Esta definición tiene poca
importancia para nuestro problema. Se sobrentiende que el psicoanálisis –en la
medida en que sea ejercido por médicos particulares, cuya fuente de ingresos
sean los pacientes solventes– se aplica con un sentido burgués y en beneficio
de la clase burguesa. También se sobrentiende que –bajo el dominio del
proletariado– puede ser aplicado con un sentido proletario y en beneficio de la
clase proletaria. Se trata de una rama de la medicina y obedece a las leyes de
la práctica médica en la sociedad de clases.
2. El psicoanálisis es una psicología práctica.
Afirma disponer de una serie de evidencias sobre la dinámica del acontecer
mental que, en principio, podrían servir para influir sobre los procesos
psíquicos, tanto individuales como masivos. Precisamente, esta segunda
definición del psicoanálisis puede ser de enorme interés para nosotros: es
preciso averiguar si esta psicología práctica puede tener aplicación en la
técnica de la lucha de clases y si su ayuda se extiende a terrenos importantes
o secundarios de esa lucha. Este análisis queda descartado aquí, por la razón
aducida al comienzo.
3. El psicoanálisis es una psicología, es decir
una ciencia de lo mental. Por cierto, su enfoque es más amplio que el de
cualquier psicología científica conocida hasta ahora: abarca conjuntamente los
procesos psíquicos conscientes y los inconscientes, los individuales y los
colectivos. Esta psicología podría ser incompatible con el marxismo si: a) en
lo que se refiere a los procesos psíquicos colectivos llegara a resultados que
se opusieran a los resultados marxistas, o si condujera necesariamente a consecuencias
extracientíficas, que estuvieran en oposición a las conse-cuencias necesarias
del marxismo; por ejemplo: las consecuencias políticas. A estos dos criterios
negativos se contrapone un criterio positivo. Los métodos científicos de la
psicología freudiana podrían: c) mostrar un parentesco muy próximo con los
métodos científicos de la ciencia social marxista. Si este fuera el caso
–rechazados los criterios negativos–, la compatibilidad de ambas teorías
quedaría demostrada por su modo de pensar idéntico o afín. Analicemos primero
este criterio positivo.
a) El psicoanálisis se distingue de la
psicología oficial por su enfoque genético. El psicoanálisis nunca contempla
los fenómenos psíquicos en sí, como algo general: tampoco busca leyes psíquicas
inmanentes generales. Tal es así, que ni siquiera términos como voluntad,
sentimiento o imaginación, revisten importancia y sentido para él. Es la más
consecuente entre las escuelas genético-psicológicas. Es la única entre ellas
que tiene un enfoque histórico, porque, para ella, la evolución psíquica, la
génesis, no es solo un elemento que puede tener relevancia en su investigación,
sino que es el único principio y objetivo de la investigación. El psicoanálisis
está exclusiva e incondicionalmente ligado a la investigación de la historia de
los fenómenos que pueden ser objeto de su consideración psicológica. Cada
observación psicoanalítica parte de un caso concreto, ya se trate de un acto
fallido, un sueño, un símbolo o una conducta social (adaptación social). Su
misión es investigar cómo surgió ese hecho; penetra teórica-mente en las
vivencias del individuo que ha manifestado el fenómeno e investiga hasta llegar
a sus experiencias y reacciones psíquicas más remotas. El fenómeno en cuestión
se da por “comprendido”, en psico-análisis, cuando se ha dado con sus determinantes
en la prehistoria del fenómeno (es decir, en la historia del individuo o, en
determinados casos, de la humanidad o de los seres vivientes). Solo deja de ser
psicología individual en la medida en que establece, en forma inductiva,
mecanismos típicos y generales del proceso mental y los acepta como hipótesis.
Pero sus conceptos no son “generales” (instinto significa: impulso instintivo
concreto; atención: actos de atención); tampoco son principios, en un sentido
filosófico cualquiera (el principio de la libido es una serie de formas de
conducta típicas motivadas por experiencias vinculadas con la libido; el
complejo de Edipo es una situación real vivida que se repite de manera típica).
El método del psicoanálisis debe califi-carse de histórico, si se quiere
caracterizar su especificidad con respecto a otros enfoques psicológicos.
b) El psicoanálisis se distingue de cualquier
otra psicología conocida hasta ahora, por ser materialista, por principio y en
forma exclusiva y consecuente. Para expresarlo con más precisión: se distingue
de las demás psicologías porque su forma de pensar puede considerarse como
materialista. La palabra “materialista” no lo define con justeza ni con
claridad; la empleo, porque el mismo modo de pensar aplicado a las ciencias
sociales, es designado y juzgado como materialista. Materialista no significa,
en este caso, mecanicista. El psicoanálisis no es, de ninguna manera, una
psico-logía mecanicista (así como tampoco lo es la concepción económica de la
historia). Pero el modo de pensar del psicoanálisis es lo exactamente opuesto a
cualquier tipo de idealismo, porque esta teoría es una decidida y consecuente
enemiga de todos los fenómenos espirituales que, supues-tamente, se rigen por
leyes propias; de todos los contenidos psíquicos vivenciados como “absolutos”,
“objetivos”, “indeducibles”. Esto vale tanto para los procesos psíquicos
individuales como para los colectivos. El psicoanálisis no reconoce ningún
fenómeno psíquico como “valor”, sino que siempre se remonta a algo anterior,
siempre los reduce a fenómenos psíquicos de menor mérito (medidos con la escala
de valores habitual o filosófica). Si el psicoanálisis desconcierta tanto y
genera tanta hostilidad es porque casi llega a afirmar que todos los fenómenos
espirituales que uno está habituado a respetar como algo noble –la moral, el
amor, la religión, el arte, las ciencias– son manifestaciones adulteradas del
instinto sexual primario. Y puesto que el instinto sexual figura entre los
valores “bajos” de la escala filosófica y popular, el psicoanálisis tiene que
aparecer como una corriente que concibe “todo solo” como instinto sexual. Por
supuesto, el psicoanálisis no afirma que no existen los valores, y si no lo
afirma es porque es absolutamente ametafísico y exclusivamente científico.
Pero, en cuanto
psicología, esos valores solo lo instan a estudiar su evolución histórica a
partir de fenómenos elementales (en especial a partir de la sexualidad, aunque
no de manera exclusiva); solo lo inducen a reducirlos. También en su segundo
concepto fundamental, el del incons-ciente, predomina en el psicoanálisis esta
misma tendencia “materialista”. Lo que nosotros vivenciamos como motivos de
nuestra acción, por lo general “solo” son motivos aducidos, que suplantan a
otros inconscientes. Estos últimos se mantienen reprimidos (inconscientes,
inadvertidos); aquellos se imponen como si fueran los únicos existentes, como
algo noble, sagrado... y justamente lo hacen para que los otros, los mezquinos
e inconscientes, puedan abrirse paso a pesar de todo. Esta identidad en el modo
de pensar –en el acento conferido a la investigación– de Freud y de Marx ha
llamado la atención de los adversarios de ambos. Spranger califica a ambos de
materialistas; pero al hacerlo, confunde materialismo con mecanicismo. Desde el
punto de vista de Spranger –y de la burguesía, en general, a la cual él
representa– Marx y Freud son “destructivos”. Así, por ejemplo, Marx explicará
el patriotismo bélico como una super-estructura ideológica que encubre
intereses imperialistas de clase; Freud, a su vez, comprobará la participación
de impulsos instintivos sádicos en el fervor patriótico de un combatiente
voluntario. En cualquier caso, ninguno de los dos mantendrá al patriotismo,
respetuosamente, al margen de toda disección analítica, por considerarlo un
valor sujeto a leyes propias.
Quizás se aduzca
que el carácter “materialista” solo es un rasgo secundario en la psicología
freudiana, puesto que una de sus ideas más importantes es que fenómenos físicos
son provocados por procesos psíquicos. Sin duda es cierto que Freud no ha
continuado, de ninguna manera, el así llamado materialismo, ese materialismo
vulgar de las ciencias naturales anteriores. El psicoanálisis no confirma la
vieja fórmula de Vogt: “El pensamiento es una excreción del cerebro, así como
la orina es una excreción del riñón”; pero Freud está más alejado aún de
ocasionales marchas atrás de carácter idealista-metafísico, ensayadas, por
ejemplo, con la fórmula “El espíritu edifica al cuerpo”. Esta fórmula es
estrictamente afreudiana; lo es por principio. El planteo de Vogt, en cambio,
solo es desacertado. Freud no supone esa relación directa –excretoria– entre
procesos psíquicos extremadamente complejos y funciones corporales. Para él, la
causalidad está condicionada, aquí, de una manera muy sutil y complicada. Freud
interpreta los complejos procesos psíquicos que no son directamente
condicionados por la parte física, o solo lo son en muy pocos casos, y que
ocasionalmente hasta pueden llegar a influir sobre procesos físicos (por
ejemplo en el síntoma histérico). Pero en última instancia, Freud espera –como
lo señala continuamente– que la investigación logre establecer el nexo entre
los procesos libidinales (o sea, los procesos energéticos psíquicos) y las
trans-formaciones químicas de la energía corporal. Entre paréntesis: tampoco
Marx supone, en forma simplista, que la “ideología es una excreción de la
fábrica”, sino que para él, la ideología surge indirectamente de las
condiciones de producción, por vía de los diferentes seres que piensan y tienen
vivencias y que viven en determinadas condiciones de producción; además, en
determinadas circunstancias, la ideología también puede tener una cierta
influencia sobre las condiciones de producción. Sin duda, no se acusará a Marx
de no ser un pensador marxista, por no compartir la ingenua simplicidad de la
filosofía marxista popular.
c) Aun cuando el psicoanálisis –en seguimiento
de su tendencia materia-lista– vea el origen de todos los fenómenos psíquicos
en un punto, no por eso está aplicando un simple monismo, al considerar un
único instinto como elemento fundamental de lo psíquico. El pensamiento
esencial del psicoanálisis tiende, más bien, a establecer conceptos
antitéticos. A los impulsos sexuales se oponen los instintos del yo; al
narcisismo se opone la libido objetal; al Eros se opone el instinto de muerte.
El principio del placer y el de la realidad; el yo y el ello; el individuo y el
mundo exterior son contradicciones que forman parte de la estructura más íntima
de la psicología freudiana. Si bien el psicoanálisis es más consecuente en la
exposición y aplicación de estas contradicciones, que otras escuelas
psicológicas, naturalmente no es la única que las emplea. Pero solo en ella
ocurre: 1. Que estos conceptos sean tomados como auténticas polaridades y no
como dualismo. Eros no se concibe sin instinto de muerte y viceversa. Para el
psicoanálisis carece totalmente de sentido hablar de “yo”, sin incluir en la
idea la contradicción entre impulsos instintivos del mundo interior y mundo
exterior. Para él, las contradicciones son polari-dades que se instituyen
recíprocamente. 2. El sentido metodológico de la polaridad es que permite
concebir las contradicciones psíquicas polares como identidades. De modo que el
método científico del psicoanálisis no está regido por principios monistas y
dualistas, sino por la dialéctica. Toda la técnica de interpretación es (por
principio) dialéctica. El total descon-cierto, la total incomprensión
demostrados por muchos psicólogos de buena voluntad (de todas las restantes
escuelas) respecto a la justificación metódica de este procedimiento
psicoanalítico, se explica en parte por su desconocimiento del carácter del
psicoanálisis, en cuanto primer intento, primer embrión de psicología
dialéctica. 3. La dialéctica del psicoanálisis abarca la realidad del acontecer
psíquico, que realmente avanza con movimiento dialéctico. Esto surge con máxima
claridad en la concepción de la evolución psíquica. Ya mencioné antes la
importancia que tiene para el psicoanálisis el hecho de la evolución. El
psicoanálisis es, en realidad, la teoría de la historia psíquica del individuo.
Esta historia, como cualquier otra, no tiene sus causas en disposiciones y en
vivencias actuales, no es evolución ni desarrollo, tampoco es el resultado de
algún tipo de compromiso o convergencia de estos factores; es una progresión
dialéctica. Freud no ha formulado explícitamente en ningún escrito su concepto
de lo que es “evolución”. Pero no cabe duda de que, en el caso concreto, nunca
ha buscado otra cosa que no sea la siguiente: cada etapa evolutiva encierra en
sí contradicciones que dan origen a innumerables conflictos y por ende exigen
una solución; la solución se produce con los medios contenidos en el propio
conflicto y da lugar a una nueva etapa, cuyos conflictos impulsan un paso más a
la “evolución”. Por ejemplo: el total narcisismo prenatal tiende,
permanentemente, después del naci-miento, a recuperar la situación originaria
(fetal). En la lucha por ese objetivo (alimentación con fines de satisfacción,
único estado que posibilita el sueño; el sueño –situación narcisista) surge el
placer. El conflicto entre la paz del sueño (instinto de muerte) y el placer
del sueño (instinto de Eros) conduce a la etapa de la relación objetal. La
libido objetal conduce a la situación edípica. El temor a la castración
–surgido en los conflictos de la situación edípica, entre yo y mundo exterior–
lleva a la siguiente etapa, la de la formación del superyó. Estaría excediendo
el marco de esta conferencia y exigiendo a mis oyentes un profundo conocimiento
del psicoanálisis si pretendiera demostrar en detalle el carácter dialéctico
que atribuyo a la psicología freudiana, sin crear la impresión de que estoy
entrando en especulaciones abstractas; siendo que, en realidad, la dialéctica
psico-analítica describe y entiende los sucesos psíquicos concretos del
individuo en su medio (mundo de la naturaleza y de la sociedad).
Es imposible negar
que, hasta ahora, el psicoanálisis no ha reconocido conscientemente el carácter
materialista –y menos aun el dialéctico– del método freudiano y que, por
consiguiente, la dialéctica no se aplica en forma totalmente consecuente. La
psicología freudiana no es, de ninguna manera, la psicología dialéctica. Esta
es un objetivo futuro. Freud es hostil a cualquier sistemática prematura; tiene
demasiada conciencia del carácter fragmentario de su ciencia y de cualquier
otra ciencia. Ha dejado –sobre todo en las primeras etapas de su investigación–
más de un complejo de hechos sin someterlo a una elaboración sistemática y ha
esbozado, en parte, algunos otros con los métodos de la psicología no
psicoanalítica. Pero cada una de las revisiones a que, con tanta frecuencia,
somete a sus primeros trabajos ha sido un paso más en el sentido de la
penetración dialéctica. Es así que el psicoanálisis ha llegado a ser un
importante embrión –sin duda el primero– de psicología dialéctica. También es
cierto que el propio Freud ha dedicado pocas reflexiones a su propia manera de
pensar y a los métodos del psicoanálisis, y que por ello no se encuentra en sus
escritos la caracterización del psicoanálisis como materialista ni como
dialéctico. Pero la afirmación de Jurinetz y Thalheimer de que el psicoanálisis
es idealista y metafísico y solo en puntos irrelevantes (y aun así solo en
apariencia) dialéctico, se basa en un gran desconocimiento de la doctrina
freudiana y en una interpretación superficial propia del lego.
El método del
psicoanálisis, su objetivo y el acento que imprime a la investigación, se
adecúan al material con que trabaja: la historia de la vida psíquica; los
puntos de vista de Marx, a su material: la historia de la sociedad. Este íntimo
parentesco de ambas doctrinas no es casual, es perfectamente lógico; porque la
vida psíquica y la vida social son procesos dialécticos y las nociones
acertadas se basan en el descubrimiento consciente de esa, su naturaleza. Por
supuesto, eso no excluye que los resultados aislados del psicoanálisis puedan
ser corregidos por la investigación futura.
Una vez sentado
esto, bastarán pocas palabras para discutir los dos criterios negativos, a)
Hasta ahora, Freud nunca ha utilizado el material propio de la investigación
marxista. Sus trabajos Tótem y tabú y Psicología de las masas y sus esporádicas
observaciones sobre hechos de la historia de la cultura, se limitan a tratar la
ideología o los procesos psíquicos de individuos dentro de un grupo. Su planteo
se refiere exclusivamente a problemas que Marx nunca ha tratado y se ha
limitado a dar por existentes. Rechaza de plano todo tipo de “alma colectiva” y
solo inquiere respecto a los procesos en el individuo; luego investiga la forma
en que este reacciona en determinadas situaciones sociales. Cuando roza
problemas de la prehistoria de algún fenómeno social, de su gestación, deja en
suspenso la necesidad exterior (condiciones económicas, condiciones de
producción) en cuanto última instancia, por tratarse de un problema
extrapsicológico o de un interrogante abierto. (Para Freud, las sublimaciones
primigenias son los mecanismos individuales mediante los cuales se crean nuevas
fuerzas productivas para las exigencias de cambios en las condiciones de
producción, surgidas de emergencias económicas: el instinto sexual sufre
restricciones.) Por otra parte, Marx no ha tratado un problema, por cierto,
apenas esbozado por Freud: ¿cuál es la naturaleza de los mecanismos
psicológicos mediante los cuales determinadas condi-ciones de producción crean
en las cabezas de los seres vivientes y productivos, la ideología correspondiente?
La rivalidad entre las explica-ciones sociológicas y psicológicas del fenómeno
no puede definirse a favor de ninguna de las dos ciencias, porque por el
momento no se ha producido, dado el escaso desarrollo de ambas teorías en las
zonas de contacto. Por lo menos en el terreno psicoanalítico, estos temas no
han sido tratados por autores de trascendencia.
b) Cualquier ciencia puede ser usada al
servicio de cualquier valor, de cualquier interés de clase; para ello solo es
preciso despojarla de su carácter científico en determinados puntos. Del
psicoanálisis no se deduce necesariamente una cosmovisión política o metafísica
determinada. Si se mantiene en forma consecuente su estructura metodológica
histórico-materialista y dialéctica es imposible extraer consecuencias que se
opongan a una ciencia social histórico-materialista y dialéctica. A cualquier
grado imaginable de “desviación” del marxismo hacia derecha o izquierda,
responderá el psicoanálisis con un grado equivalente de “desviación”. En ningún
momento Freud se ha declarado socialista; pero tampoco se ha declarado, en
ningún momento, enemigo del socialismo. Ante esa excepcional reserva será
difícil citar –en una interpretación honesta– aunque más no sea una frase dicha
al pasar, que revista carácter “reaccionario”. La influencia “burguesa” sobre
sus valores se pone de manifiesto en el concepto práctico de “enfermedad” y
asoma en algunos otros aspectos; pero el que esta influencia no se haya hecho
patente en ningún punto importante –aunque solo sea moderadamente importante–
de su investigación es un hecho digno de mención del que, probablemente, no
pueda jactarse ningún otro investigador “burgués” y, con toda seguridad, ningún
psicólogo.
Comentarios
polémicos
Otto Kaus: Para
formular las exigencias que el marxismo debe imponer a una psicología
científica, es preciso partir del concepto de la socialización
(Vergesellschaftung), que constituye la base del teorema marxista. Los teoremas
marxistas solo tienen validez dentro del marco referencial del hombre
socializado; fuera de este sistema referencial, carecen de sentido. El marxismo
no es aplicable a la sociedad de los simios. En esta exigencia, el marxismo
coincide con la idea fundamental de la psicología científica, tal cual se la ha
desarrollado en la psicología individual de Alfred Adler. La psicología
individual también parte de la comprobación de que no se puede entender y
explicar ni el más insignificante de los procesos psico-lógicos en un
individuo, si no se vuelve permanentemente a los problemas de la socialización.
Antes de entrar en cualquier sociología es necesario aclarar esta incógnita:
¿cómo se produce la mera posibilidad de la integración social del hombre? Este
problema lleva a los puntos de vista biológicos generales de los cuales parte
Adler en su teoría de la inferio-ridad: el hombre desarrolla su sentido
comunitario como compensación a su debilidad. La historia de la humanidad es la
historia de cambiantes “posiciones de inferioridad” y de las afirmaciones
extraídas al ente colectivo a fuerza de trabajo (aptos e ineptos). Deben
interpretarse como afirmaciones falsas o “neuróticas”, las actitudes que,
también desde el punto de vista de clase, parecen anormales. Aquella tesis de
que “la existencia determina la conciencia” solo adquiere vital relevancia a
través de la psicología individual y su teoría, según la cual el individuo
desarrolla sus metas y su estilo de vida, sobre la base de experiencias
elaboradas en función de su afán de seguridad. Freud solo ve la relación sexual
en el hombre y ni siquiera la valora como una relación social. Su psicología no
ha llegado siquiera a la percepción de los problemas considerados como tales a
través de comprobaciones biológicas y fenomenológicas. Las relaciones entre
psicoanálisis y marxismo que ha pretendido establecer el disertante, pueden
establecerse entre todos los teoremas concebidos dentro de las ciencias
naturales y no demuestran absolutamente ninguna vinculación real.
Dra. Lantos: El
marxismo ha explicado la evolución de la historia humana sobre la base de
necesidades y posibilidades económicas; ha demostrado que las relaciones entre
las diferentes clases están condicionadas por sus intereses económicos. Al
mismo tiempo, el propio Marx ha señalado que las formas de vida, las ideologías
y las instituciones sociales persisten, de manera notable, hasta mucho después
de desaparecidas las condiciones económicas que las hicieron posibles. En esto
se pone de manifiesto un cierto conservadurismo, un aferrarse a lo antiguo, que
Marx señala como un hecho, sin proporcionar una explicación exhaustiva del
fenómeno. Esta explicación solo puede surgir de la psicología. En este caso,
como en cualquier conducta irracional, no adaptada a la necesidad real, tiene
que tratarse de fijaciones inconscientes. El psicoanálisis podría dejar en
descubierto las relaciones íntimas de estos fenómenos y contribuir así a la
lucha contra el conservadurismo, contra el infantilismo social.
También el hecho de
que amplias clases sociales actúen en contra de sus propios intereses requiere
un mayor esclarecimiento. Sin duda alguna, en estos casos hay que pensar en
falta de visión, de ilustración; pero queda por aclarar si el hecho de que, precisamente,
los oprimidos se dejen engañar con mayor facilidad que las clases dominantes,
en lo que se refiere a sus intereses de clase, se ha de atribuir exclusivamente
a la opresión, a la falta de ilustración y a factores similares, sin duda
primor-diales. Uno se pregunta si en este caso no está actuando también una fe
infantil en la autoridad; si no se ha cumplido un proceso mental de
transferencia de la autoridad importante en el terreno personal, a la persona
poderosa en el terreno social. Solo cuando se aclare hasta cierto punto el
papel del culto a la persona –y, sin duda, esto solo puede lograrse por vía del
psicoanálisis– se podrá orientar dicho culto por los carriles convenientes,
desde el punto de vista social: los que llevan hacia la lucha de clases del
proletariado.
Algunos marxistas
aseguran que su doctrina proporciona un exhaustivo conocimiento de la sociedad
humana y que el psicoanálisis freudiano no puede aportar nada nuevo ni útil al
panorama social. Indudablemente estas ideas no se ajustan al pensamiento de Marx.
Es indiscutible que todas las instituciones humanas –aun las cambiantes formas
de la vida sexual– dependen de la infraestructura económica. Pero ¿por qué
razón reacciona el alma humana a las limitaciones y privaciones que se le
imponen? ¿Cuáles son las enfermedades y atrofias que ha debido soportar en el
terreno social y en el individual? La investigación detenida de estos temas no
ha entrado dentro del campo visual inmediato del marxismo. Freud no desmiente
–por el contrario, lo subraya con frecuencia– que la evolución psíquica está
condicionada por el fundamento social. Pero su campo de acción se centra
especialmente en torno a la investigación de las reacciones psíquicas a
condiciones dadas. De cualquier manera, el psicoanálisis es la única teoría
psicológica que enfoca las realidades de la vida con algo así como un coraje
místico y que señala las insuficiencias de la actual educación y de la moral
sexual del presente –en cuanto factores patógenos– como consecuencias
necesarias de nuestra actual organización social. No se trata de una pugna
entre marxismo y freudismo, sino más bien, de una posibilidad de enriquecer al
marxismo también desde este ángulo.
Dr. Ed. Alexander
(Abogado): El que les habla retoma una observación de la disertante anterior,
respecto al hecho de que la elección de Hindenburg por parte de las masas
alemanas predominantemente proletarias y prole-tarizadas, no admite una
explicación marxista –netamente económica– sino que exige la intervención del
psicoanálisis. Quien les habla está sorprendido de que la disertante no haya
suplantado, en esta ocasión, el complejo de Edipo por el complejo de
Hindenburg. Esta apelación al psico-análisis para explicar un hecho social
(económico, social o político) significa tan solo una evasión del marxismo, del
verdadero problema, que consiste en explicar los fenómenos sociales de acuerdo
con leyes sociales, es decir explicarlos desde un punto de vista marxista.
Precisamente el
complejo de Hindenburg, de la disertante anterior, demuestra que el freudismo y
el marxismo no tienen nada en común. El que les habla –que no pudo escuchar en
su totalidad la conferencia en discusión– se limitará a exponer esto en pocas palabras.
El marxismo es la
doctrina de la trasformación del mundo. Su campo de investigación es el hombre
socializado, es la inmensa sociedad, es el descubrimiento de leyes económicas,
la teoría de las clases y de sus ideologías, del Estado como instrumento de opresión
de las clases dominantes y la política que se deduce de estas leyes: la
organización de la revolución.
El freudismo es, en
el mejor de los casos, una explicación. Ni siquiera es la explicación de un
hecho social objetivo, sino de molestias individuales y de “procesos
psíquicos”. El eje del freudismo es el individuo y no el hombre socializado –es
decir, la sociedad–... es el “alma del individuo”, un concepto metafísico e
idealista, que nada tiene en común con el marxismo. Esa alma es el objeto de
investigación del freudismo. La explica en función de un único punto, a partir
del cual todo puede ser curado; de modo que, por muy “material” que sea el
elemento sexual, no puede llegar al materialismo marxista. Freud ni siquiera ha
llegado al tema de la socialización. Si se aparta del hombre como ente aislado,
solo lo hace para yuxtaponer individuos. Una yuxtaposición de individuos
afectados de todos los complejos habidos y por haber dista mucho de reproducir
a la sociedad humana, con sus leyes económicas, políticas y sociales, con sus
clases, con su parlamento.
No es por simple
casualidad que el freudismo ha surgido allí donde alcanzó su máximo
florecimiento la teoría del aprovechamiento límite: en Viena. Así como Bujarin
calificó acertadamente a la teoría del aprovecha-miento límite, de
Böhm-Barwerk, de economía del rentista, así también podría calificarse al
freudismo de medicina del rentista. El campo del freudismo son los
padecimientos psíquicos del burgués parásito, que vive de rentas. Thalheimer
tiene toda la razón en su explicación materialista del freudismo aparecida en
Unter dem Banner des Marxismus.
Si estas razones
bastan para negar al freudismo como complemento y hasta fundamento del
marxismo, eso no significa que esta teoría no pueda tener una cierta
importancia Para la medicina, es decir, justamente en un terreno en el cual el
conferencista no ha entrado. El freudismo, que desarrolla la medicina del
rentista hasta elevarla a la categoría de ideología, es pasible en sí mismo de
una explicación marxista. Las neurosis que él pretende curar son en sí mismas
producto de una sociedad burguesa decadente. La medicina y la ideología del
freudismo aparecen allí donde surgen las neurosis como productos de
descomposición. Y como, hasta tanto el proletariado no se haya liberado,
también sectores de él pueden ser víctimas de los fenómenos de decadencia, y no
hay que descartar –tampoco debe sorprendernos– que algunos proletarios padezcan
esas neurosis propias de la decadencia burguesa y que también para ellos pueda
llegar a resultar útil el método freudiano... como medicina.
El hecho de que se
rechace el freudismo como complemento del marxismo no significa que el marxismo
sea hostil a toda psicología. Pero la psicología marxista debe tomar como punto
de partida las leyes sociales objetivas, debe ser una psicología de las clases,
extraída de su situación social peculiar. El freudismo de ningún modo promueve
esa psicología marxista; es más, podemos decir con convicción qué le está
cerrando el camino.
Otto Müller: El
camarada Dr. Bernfeld ha trasformado el tema de su conferencia en
«psicoanálisis y marxismo» y ha trazado límites muy precisos a su exposición,
de modo que, finalmente, se ha conformado con mostrar analogías más o menos
formales entre los modos de pensar del psicoanálisis y del marxismo.
Por lo general, la
sabia limitación del enfoque favorece la profundización; pero no creo que esto
tenga vigencia sea cual fuere el tema en torno al cual ha de centrarse el
enfoque. En su introducción, el propio Bernfeld señaló que quizá los terrenos
más interesantes fueran precisamente los que él no iba a tomar en su
conferencia. ¿Y por qué no los trató? Si un grupo de socialistas se dispone a
analizar una determinada ciencia, de acuerdo con puntos de vista marxistas,
¿pueden acaso hacer algo más importante que tratar precisamente los fundamentos
de esa ciencia a la luz de la crítica marxista? Bernfeld ha señalado que la
teoría de la sexualidad como principal instinto de la vida psíquica es el abecé
del psicoanálisis. Como marxistas deberíamos formularnos, en primer lugar, la
siguiente pregunta: ¿cómo se pudo llegar a plantear precisamente esta hipótesis
de trabajo? ¿En qué medida se fundamenta en la evolución de nuestra sociedad?
En nuestra cultura
capitalista, burguesa, todas las manifestaciones de la vida se orientan hacia
la competencia, la lucha por el poder, el rendi-miento individual. La tónica
consecuente en la mentalidad burguesa es la educación en las ambiciones de
mando, en la astucia para burlar al contrincante, en la supresión personal de
todo espíritu de comunidad humana. Para esa sociedad es un “enfermo” aquel que
no logra liberarse por el camino positivista del “éxito” y cae en la forma
negativa, neurótica, del aislamiento. Pero en ambos casos se está haciendo de
los hombres unos ineptos para la sociedad. La psicología individual ve en esta
educación para la ineptitud social la causa de los conflictos absolutamente inevitables
del hombre en el matrimonio y en la profesión. Visto desde el ángulo de esta
hipótesis de trabajo de la psicología individual, parece comprensible que el
hombre sometido a una educación burguesa e individualista entre –en el terreno
de la vida en común– en violento conflicto, precisamente con su pareja.
La esfera sexual
aparece, pues, como la región sintomática en la que el conflicto vital del
hombre burgués sale a la luz con mayor claridad “por imperio de la educación”.
Desde el punto de vista de la historia de la evolución es comprensible que se
haya caído, antes que nada, en la idea de escoger la esfera sexual como base de
una hipótesis explicativa. Sigmund Freud lo hizo; pero si no lo hubiera hecho
él, pues, a otro se le hubiera ocurrido la misma idea.
Pero,
paulatinamente, los pensadores –aun los no-marxistas y los no influidos por la
psicología individual– han ido advirtiendo que nuestra cultura centroeuropea
muestra una exaltación del elemento sexual, comparada con otras culturas más
antiguas. La labor esclarecedora de Karl Marx –quien señaló la íntima necesidad
de un cambio dialéctico de la economía y la ideología burguesas en una economía
y una ideología proletarias, socializadas– tenía que hacerse sentir también en
otros terrenos de la ciencia, Y fue así como se abonó el terreno para una
hipótesis psicológica basada en la idea primordial de la comunidad como
fundamento esencial de la vida humana y que ubica los conflictos sexuales entre
la generalidad de las dificultades de la vida individual. Esta teoría es la
formulada por Alfred Adler. Vistos desde el punto de vista marxista, Freud y
Adler son exponentes de diferentes fases de la evolución social en marcha.
Este enfoque
marxista no resulta natural a todos los seguidores de la psicología individual,
de la misma manera que –probablemente– el tema «Psicoanálisis y marxismo»
tampoco ha de ser bien recibido por muchos psicoanalistas. Después de todo,
tanto el psicoanálisis como la psicología individual han germinado en tierra
científica burguesa y en ellos tienen que quedar huellas innegables de su
origen. Pero sé que muchos amigos están de acuerdo conmigo en que es preciso
someter a examen a nuestra ciencia, para saber si resiste a la crítica marxista
y hasta qué punto lo hace. La conferencia de Bernfeld demuestra que entre
algunos psico-analistas existe una intención similar. ¿No correspondería, pues,
que nos reuniéramos en torno a una mesa, para lograr una comunidad de investigación,
bajo el signo del marxismo, como la que parecen practicar desde hace largo
tiempo los médicos y psicólogos burgueses de otros países, por ejemplo, los de
Francia?
Mientras que el
grupo de psicología individual de la ciudad de Dresden ya trabaja desde hace
mucho tiempo sobre terreno marxista, en el grupo regional berlinés de la
Sociedad de Psicología Individual, el deseo de constituir una comunidad de
trabajo especial para descubrir las relaciones entre marxismo y psicología
individual solo se ha hecho patente en los últimos tiempos. En interés del
asunto me parece importante ampliar en lo posible las bases de investigación;
en una palabra, incluir desde el comienzo al psicoanálisis en los estudios.
Hago llegar, pues, mi invitación a aquellos médicos y psicólogos socialistas
que deseen prestar su colaboración, en especial al disertante: Dr. Bernfeld.
Ernst Simmel: Yo
tenía plena conciencia de las dificultades que implicaba la empresa de exponer
el tema «Psicoanálisis y socialismo» para su discusión en nuestros medios.
Porque, si se tienen en cuenta los pocos y débiles conatos que se han producido
hasta ahora, se trata de un primerísimo intento de descubrir relaciones que
puedan surgir de una psicología social psicoanalítica, para la economía social
marxista.
El Dr. Bernfeld
delimitó claramente su enfoque para el tratamiento de este tema: ha procurado
demostrar que entre la ciencia del socialismo –es decir, el marxismo– y el
psicoanálisis, en cuanto ciencia, existe un estrecho parentesco espiritual o
sea una identidad esencial. Ha demostrado que el psicoanálisis tiende –no menos
que el marxismo– a un modo de pensar y de actuar materialista, histórico y
dialéctico y que en ambos casos el principio de la evolución está ligado a una
polaridad que se establece regularmente y a través de la cual los conflictos
presionan, por propia tensión, hacia la solución, o sea hacia la formación de
nuevos conflictos.
Bernfeld –como todo
investigador que pisa tierra nueva– se ha limitado, pues, en su primer paso, a
señalar que disponemos de las necesarias posibilidades de orientación para
llegar a aplicar otro procedimiento.
Por eso, es
comprensible que –como lo ha demostrado el debate de la conferencia– los
miembros de nuestra asociación se hayan sentido un poco defraudados. Es que, al
no estar familiarizados con el material empírico del psicoanálisis, solo han
visto analogías donde, en realidad, existían verdaderas identidades. Por todas
estas razones me permitiré aclarar un poco más el problema con algunas
observaciones complemen-tarias, formuladas desde puntos de vista más prácticos.
Lo primero que
advierte cualquier observador objetivo es que, dado el amplio rechazo de que
sigue siendo objeto el psicoanálisis, no es posible distinguir una diferencia
de principios entre la actitud negativa de los socialistas y la de los
no-socialistas. Por lo contrario, existe una especie de frente unitario
negativista, que abarca desde los radicales de extrema izquierda hasta los
reaccionarios de extrema derecha.
Pero otra cosa que
llama la atención es que la motivación de las críticas formuladas al marxismo,
por un lado, y al psicoanálisis, por el otro, muestran un íntimo parentesco. En
el marxismo se ve un fenómeno digno de ser tenido en cuenta y combatido, porque,
al haber sido “inventado por el judío Marx”, representa un “peligro judío”; en
el psicoanálisis se ve “un fenómeno de la decadencia capitalista”, porque Freud
y sus pacientes no provienen de la clase proletaria. En ambos casos, argumentos
que se aferran a intrascendencias están encubriendo un rechazo, de naturaleza
afectiva, a conocimientos que ponen en peligro, en un caso, la auto-seguridad
de una clase y, en otro caso, la autoseguridad del individuo.
Marx es combatido
porque, al posibilitar la toma de conciencia de los factores económicos que
condicionan la estratificación social está quitando a la clase interesada en la
formación de capital, el “derecho” a la propiedad, que la distingue de los
desposeídos. Freud es combatido porque ha demostrado la existencia de una
estratificación aun dentro de la psiquis del individuo –lo consciente y lo
inconsciente–, en virtud de la cual el “derecho” del yo consciente a un
“señorío intrapsíquico en su propia casa” ha experimentado una notable
limitación.
Mediante el método
psicoanalítico, Freud pudo descubrir que todo ser humano alberga en su
inconsciente un material de representaciones que –ligado a las tendencias a la
descarga afectiva– limita a la personalidad consciente en el desarrollo de su
conocimiento. Estos contenidos, que permanecen activos, son olvidados gracias
al proceso de represión, que ha hecho desaparecer de la superficie los
conflictos insolubles con el medio y los ha transferido al inconsciente, los ha
“introvertido”. De esa manera, la actitud de la personalidad respecto al mundo
objetivo puede ser más o menos irracional, porque a la realidad objetiva se le
opone una “realidad psíquica”.
Esto demuestra ya
lo desacertado de esa suposición de que el psicoanálisis no se ocupa del
individuo “socializado”. La socialización surge de las relaciones con el medio
social, es decir, con la realidad objetiva. Y aunque el psicoanálisis se ocupe
durante largo tiempo exclusivamente de la psiquis de un individuo, no está
haciendo otra cosa que procurar que ese individuo tome conciencia de los hilos
inconscientes que lo atan a su familia, por encima de esta a su clase y, a
través de esa clase, a la sociedad.
La tarea analítica
en torno a la personalidad individual admite, pues, perfectamente el estudio
del proceso de socialización y está en condiciones de proporcionar un
complemento sociopsicológico al marxismo. Sobre la base de investigaciones
empíricas, demuestra la estrecha vinculación entre los instintos del yo
(instintos de autoconservación) y el instinto sexual y comprueba que, en virtud
de esta vinculación, los condiciona-mientos económicos pueden estar sujetos a
una notoria influencia desde el ángulo de la libido, tanto en la formación de
la personalidad, como en estructuras sobrepersonales, como clase y sociedad.
Por añadidura, un
descubrimiento hecho por Freud (el de que la formación de neurosis va
acompañada por una internalización de conflictos con el mundo exterior y que
eso produce una paralización de la actividad del individuo, porque las energías
de los instintos dejan de aplicarse al manejo de la vida real, para ser
volcadas a un consumo interno) permite reconocer por primera vez a la neurosis
como criterio de “una enfermedad social”.
La meta del
tratamiento psicoanalítico no puede aproximarse menos a un “quietismo” –como se
ha afirmado erróneamente en el debate–; todo lo contrario: es un activismo que,
al sanar el sentido de la realidad del individuo no solo lo lleva a comprender
su situación, sino que lo capacita para un incremento del desarrollo activo y
consciente de su voluntad.
Si gracias a Marx
el proletariado ha llegado a la “conciencia de clase” –es decir, al
reconocimiento de su situación como ente colectivo ligado a otro ente colectivo
por factores económicos–, gracias al complemento psico-analítico ha
experimentado una ampliación hasta ahora insospechada, en virtud de la
ampliación de la conciencia de los individuos que integran la clase. Estos
llegarán a una orientación consciente acerca de las ataduras –hasta ese momento
inconscientes– condicionadas por la libido, que los unen a su clase, y también
de las ataduras inconscientes que los ligan a los miembros de otras clases. De
esa manera, tanto el individuo como la colectividad ganarán en amplitud de
acción, merced a una ampliación de la esfera consciente, ahora libre de
limitaciones “racionalizantes”. Esto se logrará cuando se haya aprendido a aplicar
debidamente a los problemas de la sociedad, del partido, de la formación de
clases y de la lucha de clases, los conocimientos que Freud ha dejado asentados
en obras como Tótem y tabú y, sobre todo, en Psicología de las masas y análisis
del yo.
Precisamente para
esta última deberá forjarse –sobre la base de la experiencia analítica– un arte
totalmente nuevo y más elevado de la táctica de lucha. Por ejemplo, se podrá
juzgar con mayor conocimiento de causa la seguridad del amigo o el empecinamiento
del enemigo, sabiendo que en ocasiones, aparentes intereses económicos pueden
disimular el impulso hacia la descarga afectiva. Así, en un ensayo acerca de
los pueblos belicosos, Freud hace la siguiente afirmación que, naturalmente,
también puede aplicarse a quienes intervienen en la lucha de clases: los
beligerantes “se valen de los intereses para racionalizar sus pasiones”.
El hecho de que,
por otra parte, Freud no subestima las necesidades reales como factor
desencadenante de la lucha, surge de una declaración suya nada “quietista”:
“Las guerras tendrán que existir mientras las condiciones de existencia de los
pueblos sigan siendo tan diferentes.”
Si Freud,
personalmente, no ha llegado a otras consecuencias (“La lucha de clases tendrá
que existir, mientras las condiciones de existencia de las clases sigan siendo
tan diferentes”), eso no significa que haya que condenar al psicoanálisis como
“fenómeno de decadencia capitalista”; significa simplemente que nosotros, los
discípulos de Freud, tenemos el deber de acometer una tarea complementaria, en
la cual nos bastaría con seguir sus huellas.
Por hoy nos
limitaremos a plantearnos una sola pregunta: ¿de dónde surge ese hecho tan
paradójico –un hecho que, en realidad, mueve a la resignación– de que, en
ciertos aspectos, la historia universal se repita, aparentemente sin que nada
logre impedirlo; de que, por ejemplo, los movimientos revolucionarios, que
llevan en sí el germen de una evolución renovada y progresista, siempre den
origen –en su propio seno– a una ola reaccionaria que vuelve a arrasar con todo
o parte de lo logrado? El buscar la causa exclusivamente en una “traición del
líder” ni siquiera tiene un fundamento marxista. ¿Cómo es posible que tantos se
dejen engañar
39
por un solo
individuo? ¿Cómo es posible que un miembro de la misma clase cambie en forma
total al llegar al poder? Y, por fin: ¿cómo es posible que el proletario que a
partir de Marx tiene conciencia de su sujeción económica, derroche su pasión en
divisiones y enfrentamientos internos, en lugar de encauzarla unánimemente en
la lucha por el triunfo de la idea socialista y, por ende, por la superación de
los contrastes entre las clases?... Tiene que existir una razón similar que
depare un destino tan similar a pugnas de intereses humanos disimuladas tras
máscaras tan diferentes y surgidas en épocas sociológicamente tan disímiles de
la historia universal.
Hoy podemos hacer
remontar ese fenómeno –que se repite constante-mente, tanto en el presente como
en el pasado– a una imagen común a la psicología de los sucesos masivos y a la
psiquis individual: la ley de la “compulsión de repetición” inconsciente, formulada
por Freud. Las repeticiones que aparecen en la vida de un individuo en forma
ineludible –como fijadas por el destino– resultan ser intentos
inconscientemente deseados –y por consiguiente provocados– de utilizar una y
otra vez situaciones reales para desprenderse de ciertos afectos (abreacción),
que en realidad corresponden a un conflicto de la prehistoria infantil, que se
ha reprimido y ha quedado relegado al inconsciente, pero que no se ha resuelto.
Este conflicto original proviene de la situación edípica del niño. En ella se
produce una tensión conflictiva, porque la primera integración social del
individuo solo puede realizarse a costa de un renunciamiento a sus impulsos
instintivos dentro de la familia. El deseo de posesión libidinosa del padre o
de la madre, la actitud de celos hacia el progenitor del mismo sexo, la
rivalidad entre los hermanos, esas son las situaciones originales que llevan a
la represión de pasiones demasiado exaltadas. Y a partir de ese núcleo interior
brota, entonces la actividad del hombre en círculos concéntricos hacia afuera,
por encima de la vida real. El lugar del objeto original, ahora olvidado, es
ocupado en la realidad por “imágenes” con similitud de relaciones. Puede
tratarse de maestros, superiores, líderes, colegas, camaradas; pero también de
ideas e intereses. Las energías libidinales volcadas sobre ellos Proporcionan
la base, que como un aglutinante vivo reúne los elementos hasta constituir una
multiplicidad organizada, un organismo, o bien –cuando está cargada de afectos
negativos y destructivos– puede producir nuevamente su descomposición en
partículas aisladas.
Sin duda el
individuo tiene que experimentar una decepción al enterarse de que sus puntos
de vista intelectuales conscientes no bastan para una orientación dentro de la
sociedad, que su ligazón con otros lo lleva, más bien, a transformarse en
objeto de fuerzas afectivas que actúan sobre su inconsciente, partiendo del
inconsciente de otros. Es decepcionante y a la vez conmovedor, porque mediante
la nueva ciencia del psicoanálisis estamos reconociendo un determinismo en esas
fuerzas instintivas libidi-nales, que es resultado supraindividual, es decir la
forma de sociedad, intereses reales de los hombres. El descubrimiento de leyes
naturales nos hace ganar la posibilidad de dominar elementos naturales, a los
que antes estábamos ciegamente –es decir, inconscientemente– librados... De esa
manera nos liberaremos de la “repetición compulsiva” tanto en la historia
universal como en la vida del individuo.
Por otra parte, la
curación de la comunidad –es decir su liberación más o menos completa de
influencias inconscientes, neuróticas– no puede lograrse, por cierto, a través
del tratamiento psicoanalítico de persona-lidades individuales, por intensivo
que este sea. Porque lo cierto es que vivimos en una realidad representada por
el orden social capitalista, que –con sus fracasos y desilusiones– obliga,
directamente, a la mayoría de sus miembros, es decir al proletariado, a revivir
esas etapas iniciales de la primitiva posición conflictiva infantil. De esta
manera, el capitalismo no solo está explotando al proletariado en el terreno
físico, sino también en el de las fuerzas y la salud psíquicas. Es preciso
superar este estado de cosas para que los hombres puedan sanar. Por otra parte,
quienes padecen las consecuencias del capitalismo deben ser aleccionados en los
descubrimientos marxistas y psicoanalíticos, a fin de que puedan llevar a cabo
una lucha de liberación verdaderamente racional.
Para finalizar
quisiera resumir estas ideas en una observación. Desde el punto de vista
psicoanalítico una forma de sociedad no solo puede ser la causa de la dicha o
la desdicha de todos los individuos que ella comprende; también se la puede
considerar como consecuencia de la acción inconsciente de un alma colectiva.
Porque hemos visto que los hombres proyectan sobre el mundo exterior una parte
de sus impulsos instintivos inhibidos, esa parte de la cual no han podido
librarse por vía de la represión. De esa manera pueden sentir como ajeno
aquello que rechazan como elemento consciente de su propio yo. A mi parecer, la
represión condicionada por la renuncia a los instintos, que impone al hombre
una coalición organizada, sólo puede lograrse a través de este medio de la
proyección. Puesto que se trata, en este caso, de complejos de representaciones
y de impulsos instintivos inconscientes, de épocas individuales pasadas, el
resultado supraindividual, es decir la forma de sociedad, debe ser una
organización que está por debajo de los niveles culturales que corresponden al
grado de evolución del individuo.
Por ello, el
capitalismo con su tendencia a reunir la propiedad en, manos de individuos
aislados, explotando a la mayoría y empleando los métodos de lucha más crueles,
se asemeja a esa época de la primera infancia en que el niño –que aún no puede
ser guiado por lazos afectivos específicos– enfrenta a sus rivales pleno de
impulsos de muerte, insistiendo egocéntri-camente en su “mío-mío”. Los
analistas llaman a eso “sadismo anal” de la primera infancia. Parecería ser que
ninguno de nosotros lo ha superado totalmente y que proyectamos sobre la
sociedad lo que no podemos reprimir interiormente. Por Id tanto, estamos
padeciendo a causa de algo que, por lo menos en parte, hemos creado
inconscientemente nosotros mismos. Esto demuestra que el orden social capitalista
es, hasta cierto punto, un correlato colectivista de la “neurosis obsesiva”
individual. Solo podremos curarnos de ella cuando hayamos reconocido en qué
medida nosotros mismos nos aferramos inconscientemente a nuestros
padecimientos.
ANÁLISIS CRITICO:
WILHELM REICH, «MATERIALISMO DIALÉCTICO Y PSICOANÁLISIS» (1931)
Otto Fenichel
Pocas veces se han
elevado voces autorizadas en defensa del psicoanálisis, ante los ocasionales
ataques de que este ha sido objeto por parte del marxismo. Quizá esto se deba a
la escasez de círculos “autorizados”, es decir de autores que dominen en la misma
medida el psicoanálisis y el marxismo científico. Ya tuvimos ocasión de
comentar, en esta misma publicación8 un ensayo de Bernfeld, en el cual no solo
se señala la compatibilidad de ambas disciplinas, sino que se establece una
directa afinidad entre ellas. Ahora sigue esas huellas Reich, cuyo amplio
estudio se ha publicado en un órgano competente para el marxismo –el periódico
ruso-germano Unter dem Banner des Marxismus–, por cierto no sin una nota de la
redacción, en la cual esta hace saber “que no comparte la exposición y
valoración de la teoría freudiana brindada por el autor”. El trabajo de Reich
es una réplica, en parte directa y en parte indirecta, a los ataques de los
marxistas –en especial al de Jurinetz– aparecidos en la misma publicación.
“Marxismo” tiene
para Reich una doble acepción: 1. es una ciencia socio-lógica; 2. es un método
filosófico y una cosmovisión. En lo que respecta a la primera acepción, el
psicoanálisis no puede contradecirlo, por cuanto su objeto es diferente;
nosotros añadiríamos, a título aclaratorio, que es lo mismo que si la física
pretendiera desmentir a la química.
Ambas ciencias son
autónomas, solo se rozan en los sectores limítrofes, en donde pueden y deben
convertirse en auxiliares, la una de la otra. Así como la psicología de la
religión de inspiración psicoanalítica ha necesitado del marxismo para estar a
la altura de su objetivo, así también el marxismo no podría “esclarecer ninguna
perturbación de la capacidad de trabajo o del rendimiento sexual” sin la ayuda
del psicoanálisis. Por eso “el psicoanálisis” no puede ser “erróneo” desde el
punto de vista marxista. A lo sumo es posible que algunos autores aislados
hayan violado las fronteras (recurriendo una vez más a nuestra metáfora: que
hayan intentado resolver un problema físico con medios químicos, de lo cual no
puede surgir nada lógico). Reich señala que esos imposibles intentos de
8 Imago, XIV, p. 385
43
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
explicar fenómenos
sociales por vía puramente psicológica se han dado, por cierto, en la
literatura psicoanalítica, pero que tales errores deben atribuirse a los
autores de marras y no al psicoanálisis... Hay que admitir que es cierto:
algunos trabajos que procuran aplicar el psicoanálisis a la sociología, no se
limitan a la psicología social sino que –excediendo su competencia– pasan por
alto la autonomía de los procesos socio-económicos demostrados por Marx y
quieren resolver con el psicoanálisis lo que el psicoanálisis no puede
resolver. Es digna de gratitud la discreción con que Reich disimula esos
errores. Pero no logra convencer mucho cuando afirma: “Pareciera ser que el
fenómeno de la conciencia de clase le resulta casi inaccesible (al
psicoanálisis)”. Porque este fenómeno es un fenómeno exquisitamente psicológico
y debe ser accesible al psico-análisis, en la misma medida en que lo es el
fenómeno de la percepción interna del propio cuerpo, puesto que la formación y
esencia del cuerpo distan tanto de poder ser captadas por vía psicoanalítica,
como la formación y esencia de las clases sociales. Es más, probablemente, solo
el psicoanálisis logre hacernos comprender por qué tantos proletarios y
tantísimos pequeños-burgueses encuentran difícil reconocer su verdadero lugar
en la estratificación social.
En lo que respecta
a la segunda acepción –el marxismo como método filosófico y como cosmovisión–
cabe preguntarse si los métodos y resultados del psicoanálisis lo desmienten.
Reich se ocupa en primer término de las dos objeciones opuestas con mayor frecuencia
al psicoanálisis: la de que se trata de “un fenómeno de decadencia de la
burguesía” y la de que es “idealista”. La primera de estas objeciones queda
descartada por el lógico argumento de que no todo lo que surgió en la época de
la antigua sociedad ha de ser, solo por eso, inútil para la nueva. (Uno se
pregunta por qué no se señala directamente que los criterios de una ciencia
natural no pueden ser “útil” e “inútil”, sino “correcto” o “incorrecto”.) En lo
que respecta a la segunda objeción, Reich admite, con razón, que existen
desviaciones idealistas dentro del psico-análisis; pero lo que surge de ellas
demuestra que se trata precisamente de eso, de “desviaciones”, y que el núcleo
del psicoanálisis es materialista. Los opositores consideran que el psicoanálisis
es idealista porque no concibe los fenómenos psíquicos como excreciones del
cerebro. En este sentido, Reich demuestra lo poco marxista que es semejante
concepción del materialismo. A base de citas de Marx se establece en forma
incontestable que el propio Marx reconocía expresa-mente la realidad
44
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
material de la
actividad psíquica. El hecho de que el psicoanálisis es materialista en su
esencia queda asegurado al demostrarse que su principal objetivo consiste en
hacer remontar todas las llamadas funciones “superiores” a sus sustratos
biológicos: el “espíritu” a los instintos, los instintos a sus fuentes
somáticas, los actos del hombre al “materialista” principio del
placer-displacer y a su variante, el principio de la realidad. La atribución de
los instintos a fuentes somáticas no ha conducido aun a resultados muy
satisfactorios en el caso del “instinto de muerte”; por eso Reich opina que es
precisamente la presunción de la existencia de este instinto la que ha dado
motivo a “especulaciones idealistas” e “inútiles”. También el principio de la
realidad, que por su esencia está en completa armonía con la concepción
materialista de la historia, puede ser –según Reich– punto de partida de
“desviaciones idealistas”. Pero Reich estará, sin duda, de acuerdo con nosotros
en que si algunos psicoanalistas opinan que deben “educar a sus pacientes en el
principio de la realidad” y eso significa para ellos en la aceptación de la
sociedad actual y en la adaptación a la misma, esa es una cuestión de postura
filosófica personal del analista en cuestión, que de ningún modo tiene su base
en la ciencia y teoría psicoanalíticas. Además, un análisis detenido de los
conceptos “inconsciente”, “represión”, “yo”, “ello”, “super-yó”, etc.,
demuestra que en todos estos conceptos fundamentales del psicoanálisis no
existe el menor rastro “suprasensorial”, sino que son de una naturaleza tan
materialista como cualquier otro concepto auxiliar de las ciencias naturales.
Por encima de eso, toda consideración analítica demuestra que ellos implican un
condicionamiento de la evolución de la psiquis individual por parte del medio,
de su ubicación dentro de la sociedad. Demuestra, además, que en especial la
idea del “superyó” “reemplaza en forma materialista” al concepto de moral, dado
que a través de esa idea del superyó, la moral es reducida “a vivencias, al
instinto de autoconservación, así como al temor al castigo”. De esa manera, el
psicoanálisis podría responder al interrogante que Marx dejó pendiente,
respecto a “la forma en que la ideología social actúa sobre el individuo” o,
como dice Reich más adelante:
“La concepción
psicoanalítica de la psicología del hombre socializado intercala una serie de
eslabones intermedios entre los dos extremos, el de la estructura económica de
la sociedad y el de la super-estructura ideológica, cuyas relaciones causales
ha abarcado, en general, la concepción materialista de la historia”.
45
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
El capítulo
siguiente: “La dialéctica en el terreno psíquico”, ya publicado en el almanaque
psicoanalítico de 1930, es el más claro y mejor logrado de todo el trabajo. Los
descubrimientos más importantes del psicoanálisis no solo pueden ser traducidos
a la nomenclatura dialéctica; también se los expone en forma convincente como
réplicas de procesos naturales objetivamente dialécticos. En este sentido se
estudian la formación de síntomas, la contradicción narcisismo-libido objetal,
la teoría de la identi-ficación, la ambivalencia, la secular represión sexual,
la formación reactiva y, en general, las concepciones de la relación entre lo
racional y lo irracional. La formulación en la cual Reich resume sus estudios
acerca de la concepción psicoanalítica de la evolución psíquica exige,
indudable-mente, una consideración más detenida. Dice Reich:
“Traducida a
términos sociológicos, la tesis central de Freud acerca de la significación del
complejo de Edipo para la evolución del individuo, significa que la existencia
social determina esa evolución”.
En consecuencia,
Reich supone que el actual complejo de Edipo no es parte biológica e
intrasformable de la naturaleza humana, sino que es una consecuencia de la
estructura patriarcal de la sociedad. Estamos seguros de que Freud no lo
contradiría. En Tótem y tabú –impresionado por la profunda “coincidencia entre
la vida mental de los salvajes y la de los neuróticos”– se ha limitado a
señalar que esa estructura familiar tiene que haberse iniciado en épocas muy
remotas, cuando recién estaba apareciendo el hombre. Es indudable que si se
demostraran en forma incontestable puntos de vista sociológicos diferentes al
respecto –por ejemplo: el de la prioridad del matriarcado–, de hecho quedaría
justificada la tesis de una estructura originariamente diferente en los
conflictos de instintos. Pero, por cierto, eso no ha podido comprobarse en el
inconsciente del neurótico, como se ha comprobado el horror al incesto y el
miedo a la castración. Las comprobaciones de Malinowski tampoco parecen
definitivas. Pero hay que admitir, con Reich, que no se puede saber cómo serán
los conflictos de instintos en una futura sociedad sin familia, puesto que al
fin y al cabo, si creemos en la teoría de la descendencia, los caracteres
biológicos también se alteran por influencia del medio; en ese caso, para que
existan trasformaciones profundas tendrán que trascurrir, probablemente, lapsos
muy prolongados.
46
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
El capítulo final
sobre la “posición sociológica del psicoanálisis” guarda una relación muy débil
con el tema principal, es decir, con la demostración de la naturaleza
dialéctico-materialista del psicoanálisis. Dicho capítulo investiga problemas
de gran interés sociológico: “¿A qué factores socio-lógicos debe su existencia
el psicoanálisis? ¿Cuál es su situación en la sociedad actual? ¿Qué misiones
tiene dentro del socialismo?” Respecto al primer punto: “Así como el marxismo
es, en el terreno sociológico, la expresión de la toma de conciencia de las
leyes de la economía..., así es el psicoanálisis la expresión de la toma de
conciencia de la represión sexual de la sociedad”, es una “reacción contra la
ciencia coartada por la moral” de fines del siglo XIX.
Respecto al segundo
punto, a los conocidos motivos de resistencia al psicoanálisis, enumerados por
Freud, Reich incorpora uno nuevo y no menos importante: la liquidación de
“ideologías” sociales emprendida por el psicoanálisis obliga a la sociedad
burguesa a reaccionar hostilmente contra él. “La ciencia oficial seguirá sin
querer saber nada de él, porque su estrecha dependencia de la estructura de
clases no le permite aceptarlo.” Y sin duda es verdad que este motivo de
resistencia desaparecería en una sociedad que ya no necesite de la moral sexual
burguesa. Por otra parte, los restantes motivos –los ya conocidos– se dejan
totalmente de lado al afirmar lo siguiente: “Puesto que el psicoanálisis,
aplicado al pie de la letra, socava las ideologías burguesas; puesto que,
además, la economía socialista constituye la base del libre desarrollo del
intelecto y de la sexualidad, el psicoanálisis solo tiene porvenir dentro del
socialismo.” Es indiscutible que las represiones, tal cual las vemos hoy, son
una respuesta a las fuerzas hostiles al instinto, propias de la sociedad
actual, y no podemos saber cómo serán los conflictos de los instintos en una
sociedad futura.
Respecto al tercer
punto: las misiones prácticas de futuro para el psicoanálisis –que le crearán
problemas más importantes que los que enfrentara en un comienzo y que, a juicio
de Reich, solo podrán cumplirse después de realizada la revolución social– serían
la investigación de la prehistoria de la humanidad, la higiene mental
(profilaxis de las neurosis) y la pedagogía.
47
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Como se verá, se
encara con decisión (ofreciendo, en parte, soluciones) una amplia problemática
práctica de enorme trascendencia, que con frecuencia es medrosamente eludida
por temor a sus relaciones con la política. Aun aquellos que en algunos puntos
no coinciden tanto con Reich, como el autor de este comentario, aprenderán
mucho de este ensayo. Lo más arduo en un trabajo que quiera reunir
psicoanálisis y marxismo es ser en todo momento comprensible para ambos grupos.
La única duda que resta al concluir la lectura de este hermoso escrito es,
precisamente, si esta finalidad se ha logrado. Es dudoso que se haya conseguido
en lo que se refiere a los psicoanalistas, puesto que da por sentado el
conocimiento y aceptación del marxismo, como que ha sido publicado en un
periódico marxista y no en una publicación psicoanalítica. ¿Pero no dará
también demasiado por sentado un conocimiento del psicoanálisis por parte del
lector marxista? Una frase que aparece constantemente entre líneas en el
trabajo de Reich podía haberse pronunciado expressis verbis, con mucha mayor
claridad, contra críticas como la de Jurinetz, que imagina al psicoanálisis
como un sistema filosófico ideado desde un escritorio: el psicoanálisis es una
ciencia natural empírica, que como tal no puede oponerse al marxismo; si lo
hiciera, sus resultados no serían dialécticos, entonces el marxismo estaría
errado; pero yo creo que Reich tiene razón; no es ese el caso, sus resultados
son dialécticos, y así como los resultados de la física solo pueden ser rebatidos
por medios físicos, es decir, por un examen de la realidad, así los
psicológicos solo pueden serlo por medios psicológicos; pero las
interpretaciones filosóficas del psicoanálisis ya no son “el psicoanálisis”.
Estas interpretaciones dependerán –como bien lo saben los marxistas– de todo
tipo de factores subjetivos, entre ellos, sin duda, la situación social del
exegeta. Pero los intentos de “rechazar” al psico-análisis por “idealista”,
parten de un malentendido de la esencia del psicoanálisis y el estar expuesto a
malentendidos es un sino al que el psicoanálisis está acostumbrado y que deberá
soportar entre los marxistas, en la misma medida que entre los burgueses. Es
muy alentador que Reich se esfuerce por aclarar precisamente ese malentendido y
lo es mucho más para el psicoanalista que sea socialista.
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
FREUDISMO,
SOCIOLOGÍA, PSICOLOGÍA (1929-1930)
I. Sapir
Sobre el ensayo de
Wilhelm Reich «Materialismo dialéctico y psicoanálisis»
1. Nota preliminar
La influencia del
psicoanálisis sigue siendo muy intensa en los países capitalistas, no solo en
el terreno de la psicología y la psiquiatría, sino también en diversas
disciplinas histórico-sociales y filosóficas. Por ello, no es de sorprender que
ni siquiera nuestros camaradas fuera de la URSS puedan sustraerse a ese
influjo, que les impide superar en poco tiempo, con ayuda de su orientación,
las adulteraciones a que el freudismo ha dado lugar en la psicología, la
sociología y la filosofía.
El ensayo de Reich
proporciona una base muy apropiada para un análisis a fondo de las principales
tesis del freudismo. Entusiasta adepto de Freud y psicoanalista en actividad,
Reich brinda en su trabajo una exposición extraordinariamente plástica de los fundamentos
del freudismo. La agudeza del planteo y el interés de la polémica se ven
acentuados por la circunstancia de que Reich intenta vestir al freudismo con
ropajes dialécticos. Es innegable que esta tarea se emprende con gran destreza
y conocimiento de causa en el ensayo de Reich. Con más habilidad que cualquiera
de sus predecesores, hace desfilar la mayor cantidad posible de argumentos Para
alcanzar la meta que se ha fijado, y si esa meta no se alcanza, a pesar de todo
–como se demostrará en las páginas que siguen– esa sola circunstancia
constituye una de las mejores pruebas de que la fuente del fracaso de estos
intentos está en su propia naturaleza.
Para comenzar,
Reich expresa su descontento por el hecho de que los críticos del freudismo
carguen en la cuenta de esta doctrina las manifes-taciones antimarxistas de
algunos freudianos, cuando –a su juicio– esos ataques contra el marxismo nada
tienen que ver con el espíritu del psicoanálisis. Deslinda posiciones con
Kolnai y de Man, quienes se han basado en argumentos extraídos del
psicoanálisis para emprender ridículos ataques contra el bolcheviquismo y hacer
una apología del reformismo. Admite lo justificado de la demoledora crítica de
Jurinetz y Deborin ante la aparición de esos “eruditos”, pero previene contra
la
49
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
tendencia a hacer
extensiva esa crítica a toda la doctrina freudiana, es decir, a la base lógica
de tales ataques. Queremos señalar que esa exigencia de Reich está plenamente
justificada: al criticar una teoría estamos obligados a partir de los principios
básicos de la misma y a no conceder especial importancia a los errores y falsas
conclusiones que no surgen directamente de esos principios fundamentales. Desde
ese punto de vista es indiferente quién es el promotor de ese error: si el
propio creador de la teoría o su poco afortunado adepto. Si la teoría es
acertada y fecunda, los errores de sus paladines –sean quienes fueren– deben
ser disimulados de modo que la teoría no solo no sufra daño alguno, sino que
hasta reciba un impulso para un futuro desarrollo. Pero aunque se esté de
acuerdo con este planteo, eso no significa de ninguna manera que los reproches
formulados en algunos casos por Reich a los críticos de Kolnai y de Man sean
justificados. Reich debe demostrar, en primer lugar, que se trata realmente de
una teoría acertada y fecunda. Esa no es tarea fácil cuando se trata de la
interpretación marxista del freudismo. Pero antes de mostrar la esterilidad de
los esfuerzos emprendidos por Reich en esta dirección, quisiéramos llamar la
atención sobre el carácter de armas de doble filo que tienen sus exigencias.
Cada error del camarada Reich debe anotarse –si es que está dentro del
“espíritu” del psicoanálisis– no solo como un error del camarada Reich, sino
también como un ítem en el pasivo de la doctrina en cuya defensa él ha salido a
la palestra.
2. Los límites de
validez del psicoanálisis
¿Qué sector de la
realidad constituye el objeto de la investigación psicoanalítica? La respuesta
clara a este interrogante es ineludible si se pretende fundamentar un juicio a
la teoría estudiada. Wilhelm Reich formula así su respuesta:
“De acuerdo con la
definición de su creador, el psicoanálisis no es otra cosa que un método
psicológico que procura describir y explicar la vida mental con medios tomados
de las ciencias naturales, como si se tratara de un terreno especial de la
naturaleza.”
Y luego:
“El verdadero campo
del psicoanálisis es la vida espiritual del hombre socializado.”
50
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Estas formulaciones
son bastante precisas: el conjunto de fenómenos que entran dentro de la
competencia del psicoanálisis se fija con toda precisión en ellas. A través de
ellas se ve claramente que –para Freud y su discípulo W. Reich– el
psicoanálisis solo enfoca la psicología del individuo y de ninguna manera
penetra en el terreno de la sociología; nominal-mente no se ocupa de la
psicología e ideología de grupos sociales. Como si quisiera evitar todo
malentendido en este aspecto, Reich brinda la siguiente explicación:
“Pero pareciera que
el fenómeno de la conciencia de clase le resulta casi inaccesible, y los
problemas pertenecientes a la socio-logía, como lo son el del movimiento de
masas, el de la política o el de la huelga, no pueden ser objeto de sus
métodos.”
Si las cosas fueran
tal cual las plantea Reich, si el psicoanálisis no pretendiera ser realmente
otra cosa que una teoría psicológica individual, no resultaría explicable ese
apasionamiento tan característico de la discusión sobre psicoanálisis. También resultaría
curioso el hecho de que esas apasionadas polémicas hayan excedido en tan amplia
medida el marco de la psicología y hayan arrastrado también a representantes de
diversas ciencias sociales. Se puede ir aun más lejos y afirmar –ya veremos más
adelante con cuánto derecho– que esos intentos de expansión son característicos
del freudismo. Trabajos de Freud, como Psicología de las masas y análisis del
yo, Tótem y tabú. El porvenir de una ilusión son, Por sus objetivos, obras de
indudable carácter sociológico.
Los trabajos de
Ressner, Varjas, Friedmann y otros, en la literatura rusa, también pertenecen a
esta categoría.
Desde el punto de
vista metodológico no hay nada que objetar si algunos psicólogos –y entre ellos
algunos psicoanalistas– intentan resolver el problema de cómo y por qué una
determinada ideología difundida en la sociedad es asimilada por un determinado
individuo. Pero cuando el psicólogo olvida que la ideología del individuo y la
ideología como fenómeno social representan categorías diferentes en principio
y, cuando entusiasmado por sus éxitos en la primera esfera, cruza
desaprensivamente las fronteras de la segunda, solo lo esperan crasos errores y
conclusiones reaccionarias en ese terreno que le es ajeno.
51
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Reich procura
justificar las incursiones sociológicas de los freudianos arguyendo,
precisamente, que estos se consagran en realidad a tareas puramente
individuales.
“El psicoanálisis
–escribe– puede descubrir, por ejemplo, los motivos irracionales que mueven a
una naturaleza de líder a adherirse al movimiento socialista o al
nacionalista...”.
Si por los “motivos
irracionales” señalados por Reich no se entienden fundamentalmente las
tendencias biológicamente heredadas –como ocurre en el caso del psicoanálisis–
y si no se subrayan –como también es característico del psicoanálisis– los
motivos inconscientes de la conducta –que pese a todo psicoanálisis no
desempeñan necesariamente el papel principal en la evolución de la
personalidad–, en tal caso la intención del investigador, a la cual se remite
Reich, es realmente irreprochable. Lo lamentable es que este tipo de
investigador no es de ningún modo característico del freudismo. En lo que se
refiere al propio Freud, por ejemplo en Tótem y tabú, no se ocupa de las
creencias y prejuicios de representantes aislados de épocas primitivas, sino de
las instituciones religiosas y culturales de esas épocas, en cuanto categorías
sociales. De la misma manera, M. Ressner –un fiel discípulo de Freud– no
investiga en diversos terrenos sociológicos al individuo religioso, desde el
punto de vista del psicoanálisis; estudia las leyes y el origen de la religión
como tal.
Cuando Reich
asegura –como es evidente, de muy buena fe– ser un observador estrictamente
objetivo de todas las ventajas y deficiencias de los trabajos freudianos,
debería testimoniar –en primer lugar– que no está de acuerdo con las corrientes
de investigación psicoanalítica que acabados de describir. Sin embargo, no lo
hace, porque él mismo padece en amplia medida de la misma debilidad. Me ocuparé
en forma especial de esta circunstancia y, por cierto, no solo con fines
puramente polémicos.
Las formulaciones
de Reich respecto al psicoanálisis que acabamos de citar figuran en las
primeras páginas de su trabajo. Pero ya las páginas que siguen hacen surgir
dudas en el lector atento, acerca de si el autor se atiene en verdad a sus
propias formulaciones. De ahí en adelante la duda va en aumento, para
trasformarse por fin en asombro al llegar a un párrafo que consideramos
necesario citar:
52
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
“Pero estas
consideraciones permiten suponer que el psicoanálisis, gracias a su método,
está destinado a descubrir las raíces instintivas de la actividad social del
individuo y, gracias a su teoría dialéctica de los instintos, a explicar la
acción psíquica de las fuerzas productivas en la sociedad, es decir la
formación de las ideologías ‘en la cabeza humana’.”9
Por buena voluntad
que se ponga, es imposible interpretar las últimas palabras de esta frase como
que al hablar de “cabeza”, Reich se está refiriendo a la cabeza del individuo y
no a la “cabeza” del ente colectivo humano; porque en la misma oración el autor
menciona la acción de las fuerzas productivas en la sociedad. Para que no quede
la menor duda al respecto, seguiremos citando:
“La concepción
psicoanalítica de la psicología del hombre socializado intercala una serie de
eslabones intermedios entre los dos extremos, el de la estructura económica de
la sociedad y el de la super-estructura ideológica, cuyas relaciones causales
ha abarcado, en general, la concepción materialista de la historia. Puede
demostrar que la estructura económica de la sociedad no se trasforma
directamente en ideologías ‘en la cabeza del hombre’, sino que la necesidad de
alimentación –cuyas formas de manifestación dependen de las condiciones
económicas– influye sobre las funciones de la energía sexual que son mucho más
plásticas– y que esta influencia social sobre las necesidades sexuales
transfiere –por la limitación de sus objetivos– nuevas energías productivas al
proceso del trabajo social, en forma de libido sublimada. En parte, esto se
cumple directamente, en forma de capacidad de trabajo; en parte,
indirectamente, en forma de manifestaciones más evolu-cionadas de la
sublimación sexual, como por ejemplo la religión, la moral en general, la moral
sexual en particular, la ciencia, etc.”
Después de todo lo
dicho, a Reich no le queda más remedio que extraer esta conclusión, consecuente
con su posición: “Esto significa un lógico ordenamiento del psicoanálisis en la
concepción materialista de la historia.” Creo que esto es bastante claro. Por
el momento dejemos librada a la conciencia científica del autor la permanente
importancia concedida al papel del instinto sexual; pasemos también por alto su
peculiar ordenamiento de la religión, la moral y la ciencia en la categoría
9 Los subrayados me pertenecen (I. S.).
53
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
de las fuerzas
productivas, siendo que no se puede equiparar esta –es decir la categoría de la
base– a la ideología, es decir a la categoría de la superestructura. Todos
estos factores, que sin duda revisten gran interés, carecen de importancia para
nosotros dentro del presente contexto. Solo hemos querido demostrar con toda
claridad, que la modestia de las primeras formulaciones de Reich se disipa como
el humo.
El hecho de que el
freudismo se fijara metas sociológicas además de las psicológicas, ya era bien
conocido antes de la aparición del ensayo de Reich. Esto no es lo interesante,
sino la otra circunstancia, la de que Reich –apoyándose en una argumentación aparentemente
marxista– se solidariza abiertamente con esta tendencia inadmisible desde el
punto de vista metodológico; es interesante que no vacile en incorporar el
freudismo a la teoría del materialismo histórico.
Una de dos: o Reich
quiere aferrarse, a pesar de todo, a sus formulaciones iniciales –con lo cual
estaría en abierta contradicción (y esta vez, por cierto, nada dialéctica)
consigo mismo– o, por alguna razón, supone que sus dos puntos de vista están
orgánicamente ligados entre sí, en cuyo caso estaría en un gran error, por lo
menos a nuestro juicio. Es evidente que la segunda alternativa es la que vale;
por lo tanto no nos queda otro camino que investigar la naturaleza de este
error.
3. Sociología,
psicología social y psicología del individuo
Por el momento
pasaremos por alto todas las definiciones del psico-análisis como ciencia de la
psiquis individual. Iremos más lejos aún e imaginaremos que el psicoanálisis
–tanto en el aspecto metodológico como en el empírico– es un sistema completo
de psicología individual. Esta abstracción nos es indispensable para resolver
el problema de la importancia sociológica del psicoanálisis desde un ángulo
fundamental: el metodológico. Enfocado desde este ángulo, el interrogante puede
ser formulado en los siguientes términos: ¿en qué relación está la psicología
individual con los problemas sociológicos y en qué relación están sus métodos
con la metodología del materialismo histórico? Como es sabido, la teoría del
materialismo histórico adjudica al factor socio-psicológico un lugar muy
preciso y bastante importante.
54
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
“Si quisiéramos
–escribe Plejanov– reducir a una breve fórmula la visión de Marx y Engels de
las relaciones entre la ya célebre base y la no menos célebre
‘superestructura’, obtendríamos lo siguiente:
1. estado de las fuerzas productivas;
2. situaciones económicas condicionadas por
este estado;
3. orden sociopolítico que se estructura sobre
la ‘base’ económica dada;
4. la psicología del hombre social determinada
en parte directamente por la economía y en parte por todo el orden
sociopolítico que se levanta sobre ella;
5. las diferentes ideologías, que reflejan las
características de esa psicología.” (Los subrayados son de Plejanov).
Los dos últimos
puntos del esquema citado se refieren en forma directa al “factor” psicológico.
Si la psicología
social adopta alguna vez formas determinadas, bajo la influencia de causas
sociales y económicas, adquiere una relativa impor-tancia propia y se incorpora
al sistema de “factores” del proceso histórico.
Plejanov se
pregunta: “¿Es acaso ventajosa para la sociedad, en su lucha por la existencia,
esta adaptación de su psicología a su economía, a sus condiciones de vida?”, y
contesta:
“Muy ventajosa,
porque todas las costumbres y opiniones que no responden a la economía, que
chocan con las condiciones de vida, ejercerían una influencia perturbadora
sobre esa lucha por la existencia.. Una psicología adecuada es tan útil para la
sociedad, como lo son para el organismo los órganos bien adaptados a su
función”10
También Engels
habla del papel del factor psicológico:
“Pero también las
(condiciones) políticas y demás, y hasta la tradición que recorre como un
fantasma las cabezas de los hombres (subrayado por Engels), desempeñan un
papel, aunque este no sea el decisivo.”11
10 G. Plejanov, “Sobre el desarrollo de la
concepción monástica de la historia”.
11 F. Engels, Carta del 21 de noviembre de 1890
55
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
En esta cita
también se señala la significación subalterna del factor psico-lógico. Con
mayor precisión aún se determina el peso específico de este último en las
siguientes palabras de Plejanov:
“Para comprender la
danza de una australiana, basta con saber qué papel desempeña en la vida de una
tribu australiana la recolección de raíces silvestres, a cargo de las mujeres.
Pero si uno quisiera entender, digamos, el minuet, el conocimiento de la economía
francesa en el siglo XVIII resultará totalmente insuficiente. En este caso
tendremos que vérnoslas con una danza que expresa la psicología de una clase
improductiva. Sobre la base de una psico-logía de esta clase se explica la gran
mayoría de los ‘usos y costumbres’ de la llamada alta sociedad. El ‘factor’
económico está cediendo aquí, pues, su lugar y rango al psicológico. Pero no
hay que olvidar que la aparición de clases improductivas en una sociedad es, a
su vez, el producto de la evolución económica de esa sociedad Esto indica que
el ‘factor’ económico sigue conservando su destacada importancia, aun cuando
ceda su lugar y rango a otro. Más aun, esta importancia se pone precisamente de
manifiesto en el hecho de que es ella la que en este caso fija las
posibilidades y los límites a la influencia de otros ‘factores’.”12
Las palabras
citadas también revisten interés porque se refieren muy concretamente a un
terreno –el terreno del arte– en el cual la investigación sociopsicológica
viene muy al caso, por cierto siempre dentro de los límites convenientes.
Si se admite que el
factor sociopsicológico tiene auténtica realidad histórica, no se puede negar
el derecho a la existencia a una disciplina o grupo de disciplinas que
investigan en forma especial el contenido, el origen, la significación, etc.,
de la psicología y de la ideología. Este terreno de la ciencia pertenece a las
ciencias sociológicas y debe ser llamado psicología social. Desde el instante
de su aparición, esta rama científica tomó, en el extranjero, una dirección
inaceptable para el marxismo. La psicología social burguesa se basa en
hipótesis idealistas, considera al “factor psicológico” como el protagonista
decisivo del proceso histórico y pasa completamente por alto las raíces
sociales y económicas de la psiquis social. Se busca el origen de esta última
en características “eternas”
12 Los problemas básicos del marxismo, Marx
Bibliothek. Los subrayados son de Plejanov en todos los casos.
56
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
del hombre
(biologismo, punto de vista de la “naturaleza humana”,) o en un místico
“espíritu de la época” (Dilthey, Spranger). Esta clase de psicología social
afirma haber descubierto normas “humanas generales”, que están por encima de
toda clase social y a partir de las cuales los representantes de esta ciencia
pretenden justificar y perpetuar todo lo absurdo y violento que tiene el
capitalismo.
No es poco el
esfuerzo invertido por la ciencia europea y norteamericana en adulterar la
psicología social –en cuanto rama de la investigación científica– como ya ha
ocurrido con un buen número de otras disciplinas que guardan una relación
particularmente estrecha con los fundamentos del dominio capitalista (economía
política, historiografía, ciencias políticas, etcétera). Pero así como la
adulteración de las disciplinas mencionadas no pudo impedir que el marxismo las
desarrollara de acuerdo con sus propias necesidades, hasta hacerlas
extremadamente fecundas, de la misma manera no logrará desacreditar el
pensamiento de esta rama de la ciencia ante los ojos de los marxistas.
Dispersos en distintos pasajes de las obras de Marx, Engels y Plejanov,
encontramos abundantes frases y datos referidos a la psicología social, y seria
un error no seguir elaborándolos en una perspectiva metodológica correcta. Una
metodología correcta exige, especialmente, el reconocimiento de que en una
sociedad de clases la investigación sociopsicológica se conciba, en el fondo,
como la investigación de la psiquis de clase. El hecho de que este punto de
vista tampoco goza de aceptación entre nosotros se pone en evidencia en el
intento de reunir la “psicología social” con la ciencia que tiene por objeto la
investigación de la psiquis del individuo.13 Se procede así aduciendo que la
psiquis del individuo está totalmente socializada... Lo cual, por otra parte,
es verdad. Pero también la medicina –que debe tomar en cuenta en la misma medida
la totalidad de las condiciones sociales y culturales en que vive cada enfermo–
solo lleva la designación de “medicina social” cuando se ocupa de la patología
de grandes cuerpos sociales y no de enfermos aislados. La psicología individual
no se perjudicará en ningún modo, en cuanto ciencia, por conservar su antigua
denominación, siempre que su material sea elaborado teniendo obligatoriamente
en cuenta la “socialización”. La denominación “psicología social” se refiere a
otro complejo de fenómenos de naturaleza muy particular, regido por otras
leyes. Si no se está de acuerdo con eso, se está negando –bajo las
13 Ver, por ejemplo, el ensayo de A. N.
Salmansons en “Mensaje de la Academia Comunista”, 1927, en ruso
57
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
apariencias de una
discusión terminológica, inocente a primera vista– el derecho a la existencia
de una ciencia o de las ciencias que se ocupan de la investigación de la
psiquis social.
Partiendo de la
psicología individual hemos pasado de inmediato a la psicología social, porque
si se plantea el problema del “factor psicológico” en la historia, solo podemos
caer en la psicología social. En lo que respecta a la psicología individual, su
relación con la ciencia de los procesos sociales solo puede ser captada
mediante un análisis de la vinculación entre psiquis social y psiquis
individual. En otras palabras, la categoría de la psiquis social es un eslabón
intermedio entre la categoría de la psiquis individual, por un lado, y una
serie de categorías sociológicas por el otro. El caso sería muy distinto si la
psiquis social fuera, por ejemplo, la psiquis de una capa social cualquiera,
simplemente la suma de las voluntades y tendencias de los representantes de esa
capa. En ese caso, el estudio del “factor psicológico” en la historia podría
reducirse directamente al estudio de numerosas psiquis individuales; bastaría
extraer de los paréntesis todo lo común a la masa total de individuos estudiados
y ese elemento común podría considerarse el resultado seguido por la
investigación. Es evidente que no podrían existir problemas sociopsicológicos
especiales por encima de esto Pero, en realidad, el hecho es diferente, como lo
he señalado antes, al formular las leyes especiales de la psiquis social en
comparación con la individual. ¿Cuál es la fuente de esas leyes especiales?
Aquí nos limitaremos a señalar lo realmente fundamental.
Cada miembro
aislado de un grupo social está sometido a la acción de sus “condiciones de
existencia” y, bajo esa influencia, forma sus tendencias y costumbres, su modo
de pensar y su cosmovisión, que de ninguna manera son las de un ser aislado y
librado a sí mismo, las de un “Robinson”. El hombre despierta a la conciencia,
al pensamiento y a la acción conscientes, por medio de la comunidad social. La
asociación de la cual es miembro despierta sus potencias espirituales y le
imprime una dirección.14 Pero aun cuando el hombre haya “despertado a la
conciencia”, solo una parte insignificante del trabajo que va modelando su
psiquis es resultado de su acción autónoma, “original”; el resto es el
resultado del trabajo psico-lógico de esa comunidad humana, con la cual él está
ligado de una u otra manera. Aquí no se puede hablar de un “espíritu
comunitario” de carácter
14 Franz Mehring: Über historischen
Materialismus.
58
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
místico. La
conversación con un amigo, la asistencia a un mitin, la lectura de libros o
periódicos brindan al hombre –en estado de elaboración total o parcial– ese
material, intelectual o no, cuya “elaboración mental” superaría las fuerzas del
individuo mejor dotado, aunque más no sea porque es un producto de la cultura,
no solo del presente, sino de períodos históricos previos; aunque más no sea
porque un mismo hombre no Puede ni suele ser “especialista” en todos los
problemas de la multi-facética realidad. Bajo semejantes condiciones cobra
enorme importancia la estructura (en especial la estructura sociopsicológica)
de la comunidad social en la que viven los miembros de la sociedad. Una
determinada organización de las condiciones económicas, políticas y de clase
provoca también tipos muy particulares de formación de la “opinión pública” y
de las ideologías vinculadas con ella. El grado de influencia de los diferentes
componentes del ente colectivo social es muy variado. No solo depende (mejor
dicho: casi no depende) de que algunos individuos sean más experimentados, más
enérgicos y mejor dotados que otros, sino de que la situación económica y
política cree en la comunidad focos sociales de influencia ideológica. Tal
centro de influencia puede estar representado por una clase respecto a otra
(por ejemplo, la hegemonía ideal del proletariado sobre el campesinado pequeño
y medio, como factor de la dictadura del proletariado); por el partido respecto
a la clase; por deter-minados órganos del partido respecto a otros órganos del
mismo, etc. Aunque para brindar un ejemplo se enfoque en forma especial la vida
partidaria, no debe interpretarse lo anteriormente expuesto como si las formas
de la organización partidaria no fueran otra cosa que la expresión de su estructura
ideológica, o dicho con otras palabras, como si el partido solo fuera
“agitprop”.15 Las formas de la organización partidaria, que sigue líneas muy
variadas, determinan por un lado esa forma organizativa del partido que se
ocupa de las tareas de agitación y propaganda; pero, por otro lado esta forma
es determinada por sus propias necesidades y ejerce, a su vez, una cierta
influencia sobre la estructura organizativa general, utilizándola para las
misiones de influencia ideológica. Un foco de influencia ideológica y
psicológica no actúa forzosamente solo a través de la palabra y el ejemplo; el
grupo social que representa esa influencia tiene en sus manos, la mayoría de
las veces, las palancas de la vida económica, esa eterna fuente de estados de
ánimo y de opiniones. Así, la oligarquía financiera de los Estados Unidos, no
fabrica la opinión pública solo por medio de su prensa diaria, sino también
mediante la corrupción de la
15. “Agitprop”:
contracción de ”agitación” y ”propaganda”. (N. Ed.)
59
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
“aristocracia
obrera”, mediante la política de precios de los trusts y sindicatos, etc.
Tampoco es
insignificante el papel desempeñado en este complejo mecanismo por la técnica
de comunicación de los centros de influencia ideológica con su periferia. Una
prensa enormemente desarrollada, una actividad editorial muy ramificada, lo
mismo que la actividad radial y cinematográfica... todo esto hace que el
carácter de la formación de la psiquis en la sociedad que utiliza esta técnica
difiera mucho del de la sociedad que no la utiliza.
Además de la
estructura de la acción ideológica, hay otra importante circunstancia que
constituye una fuente más de diferenciación en el proceso sociopsicológico: un
estado dado de la psiquis social no es solo el producto del período histórico
actual, sino que es también fruto de la ideología de etapas precedentes de la
evolución social. Esta energía del legado histórico penetra también en la
psiquis del hoy histórico a través de los libros y de la experiencia personal
de quienes participaron en un movimiento social dado. Por ejemplo, en lo que se
refiere a una ideología de la naturaleza de la filosofía, Engels brinda esta
hermosa formulación:
“La filosofía de
cada época tiene como condición previa un determinado material de ideas que le
ha sido legado por épocas precedentes y que le sirve como punto de partida. A
eso se debe que países que han quedado a la zaga en el proceso de desarrollo
económico puedan desempeñar un papel decisivo en la filosofía: Francia en el
siglo XVIII, respecto a Inglaterra, sobre cuya filosofía se basaron los
franceses; más tarde, Alemania respecto a ambas. Pero tanto en Francia como en
Alemania, la filosofía –y el floreci-miento literario general de esa época– fue
también el resultado de un impulso económico. Estoy seguro de la supremacía
definitiva del desarrollo económico, aun sobre terrenos como este, pero esa
supremacía tiene lugar en condiciones impuestas por el propio terreno en
cuestión.”16
Esta cita de Engels
es de interés para nuestro problema, Por más de una razón: al mismo tiempo que
subraya el factor de la evolución histórica en el proceso ideológico, señala
como un hecho la existencia de una estruc-tura ideológica (en este caso, el papel
preponderante de una nación en la
16 Friedrich Engels, Carta a Conrad Schmidt, del
27 de octubre de 1890. Los subrayados me pertenecen. (I. S.)
60
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
evolución
filosófica de la otra), lo mismo que la circunstancia aun no mencionada por
nosotros– de que cada terreno ideológico se prescribe, hasta cierto punto,
independientemente de las condiciones de la futura evolución. Adhiriendo a a
concepción engelsiana y a los principios del materialismo histórico, ya
habíamos insistido repetidas veces, en páginas anteriores, sobre el hecho de
que –en última instancia– todo el proceso descripto aquí está condicionado por
factores económicos.
Si, finalmente, se
tiene también en cuenta el hecho de que cada ideología está sujeta a la
influencia de las ideologías “vecinas” –y en esta situación son, por ejemplo,
“los reflejos políticos, jurídicos, morales, los que ejercen la mayor acción
directa sobre la filosofía”17– podremos considerar esencialmente completa la
nómina de los factores que determinan las características específicas del
proceso sociopsicológico (o ideológico).
Si no se tienen en
cuenta todos estos factores –la estructura socio-psicológica con sus centros y
métodos de influencia, la evolución histórica de las ideologías y su recíproca
influencia–, no solo no se ha comprendido lo esencial del problema investigado,
sino que se ha anulado la posibilidad de descubrir la fuente de la
particularidad de cada estado sociopsicológico (o ideológico). Estos son
modificables en la misma medida en que lo es la estructura de las relaciones
sociopsicológicas, bajo la influencia de condiciones sociales, económicas y
políticas.
También los
“freudomarxistas” están pecando por la no-consideración de los factores
mencionados, cuando intentan interpretar una carta de Engels en el sentido de
que la formación de ideologías se produciría por medio de procesos psicológicos
individuales. Dicha carta de Engels está dirigida a Franz Mehring y lleva fecha
14 de julio de 1893. Leemos en ella:
“Todos nosotros
hemos concedido y hemos tenido que conceder, en primera instancia, más
importancia a la dirección ejercida por los hechos económicos básicos sobre las
ideas políticas, jurídicas, etc., y sobre los actos posibilitados por estas
ideas. Al hacerlo, el contenido nos ha hecho olvidar la parte formal: la manera
en que surgen estas ideas y demás, y los medios a través de los cuales surgen.”
17 Engels, Ibíd.
61
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Varjas y Friedmann,
y en los últimos tiempos también Chuchmarev (un no freudiano), han interpretado
las palabras “parte formal” y “forma... y medios” como un llamado a la
intervención, de la psicología individual (los dos primeros la aplicación al
psicoanálisis). Sin entrar en un análisis detenido de la carta en cuestión, nos
limitaremos a señalar que esa interpretación (que, dicho sea de paso, casi no
es fundamentada con argumentos por sus autores) no solo no surge de la esencia
del asunto expuesto antes, sino que hasta está en abierta contradicción con las
formulaciones de Engels antes citadas.
Esta observación se
hace extensiva a W. Reich, que luego de señalar con todo acierto que:
“Engels rechaza
abiertamente, en una carta, el concepto de que la producción y la reproducción
de la vida real sean, forzosamente, el único (subrayado por Reich) factor
determinante de la evolución de las ideologías”
extrae de eso una
multitud de consecuencias a favor de la aplicación sociológica del
psicoanálisis. Pero nosotros ya hemos visto qué entiende Engels por factores
que –además del económico, pero sobre la base de éste– condicionan la evolución
de la ideología. Quien se remite a Engels en una interpretación psicoanalítica
de fenómenos sociológicos, está falseando consciente o inconscientemente sus
opiniones. Y ahora podemos pasar a la psicología individual. ¿Significa lo
antedicho que el estudio de la psiquis social no tiene que tomar en cuenta las
leyes de la psiquis individual? De ninguna manera. Todo lo que surge de los
centros sociales de influencia psicológica, todo lo que actúa como “sedimento”
de las diversas etapas de la evolución ideológica a través de las páginas de
los libros, todo eso está apelando, en realidad, al hombre concreto, con su
sistema nervioso, sus hábitos, tendencias y opiniones, que de alguna manera se
han constituido y están hoy ahí. Por bien montado que estuviera el aparato de
influencia socio-ideológica, su efecto sería por demás dudoso si no se tomaran
en cuenta los estados de ánimo y las opiniones del hombre, es decir, del objeto
concreto de la influencia ideológica (adviértase que “tomar en cuenta” no es lo
mismo que “atenderlos servilmente”). Por otra parte, “nosotros hacemos nuestra
propia historia”; lo que en un instante es objeto de la acción histórica, en el
instante siguiente se transforma en sujeto de la misma. Por las conexiones
sociales existentes, las mismas personas que han recibido una
62
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
determinada
influencia psicológica, tanto por parte de sus condiciones de vida... como por
parte de su ente colectivo social, ejercen a su vez una influencia sobre los
diversos terrenos de la actividad social, entre ellos sobre los “centros” de
estructura sociopsicológica. Por cierto no actúan de ninguna manera como suma
de individuos aislados; a pesar de eso, las características psicológicas de
esos individuos aislados se integran en el proceso socioeconómico y
sociopsicológico total.
“El hecho de que
las voluntades individuales –de las cuales cada una persigue aquello hacia lo
cual la impelen su constitución física y las circunstancias externas, en última
instancia económicas (que pueden ser las personales o las sociales de carácter general)–
no logren lo que persiguen, sino que se confundan en un promedio general, en
una resultante común (el término resultante no debe interpretarse en este caso
en un sentido mecánico – I. S), no debe llevarnos a la conclusión de que hay
que considerarlas = 0. Todo lo contrario, todas contribuyen a esa resultante y
están comprendidas en ella.”18
Se sobrentiende
que, aun cuando “las voluntades individuales no deben ser consideradas = 0”,
las palabras de Engels no significan que la socio-logía deba incluir en su
metodología el estudio de las características individuales de la conducta de
diferentes hombres. Solo tienen significación sociológica aquellas acciones
individuales que guarden alguna relación objetiva con la lucha de clases en
cualquiera de sus formas, incluyendo las abstractas e ideológicas. Pero eso
significa que también aquí se manifiesta el factor sobre-individual,
sociopsicológico, en toda su decisiva importancia. No se trata tanto de que
este factor desempeñe un papel importante en el surgimiento de la acción; se
trata, más bien, de que él fija los límites dentro de los cuales la acción
reviste importancia social (así, por ejemplo, no en todas las situaciones y no
en todas las personas, el beber reviste la importancia de un hecho socialmente
lesivo) y que, cuando esta importancia existe, “se apropia” de las
consecuencias objetivas de tal acción y las “exagera”.
El más genial de
los descubrimientos científicos solo tiene importancia histórica en la medida
en que es incorporado al bagaje teórico de la ciencia como fenómeno social y al
caudal práctico del quehacer social.
18 Carta de Engels del 21 de septiembre de 1890.
63
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
¿Pero puede ocurrir
que las leyes de la psicología individual estén en contradicción con las de la
psicología social en tal caso modifiquen la evolución histórica según las
propias necesidades? La pregunta puede formularse también de otra manera:
¿quedan abolidas las leyes de la psicología individual o son específicas para
la evolución social? Para responder a esta pregunta es conveniente establecer
un paralelo entre la psicología individual y la social.
¿Puede decirse que
las leyes de la psicología social queden abolidas en presencia de las leyes de
la evolución social histórica? No, porque ellas mismas están entretejidas en el
sistema de estas leyes. Las leyes de la psicología social distan mucho de ser
indiferentes para las formas del proceso histórico. No es raro que la
psicología y la ideología de una clase entren en conflicto con los deberes
objetivos de esa clase y, puesto que se trata aquí de un fenómeno masivo,
después de un tiempo ese desequi-librio influye en forma decisiva sobre los
destinos de la evolución histórica. Muy diferente es lo que ocurre con las
leyes de la psiquis individual. Sin duda, también la psiquis del individuo
puede entrar en conflicto con los objetivos y con la psiquis de un ente
colectivo, si bien semejante variante no tiene una importancia social digna de
consideración. Pero cuando las desviaciones psicológicas no se producen en
individuos aislados, sino en las masas, un análisis detenido siempre permitirá
establecer que tanto el surgimiento como la ulterior evolución de esa
desviación está condicionada por determinadas fuerzas sociales. Al estudiar un
fenómeno como este será inevitable dejar la esfera de la psicología individual
para pasar al terreno de los procesos sociales, entre los cuales están también
los sociopsicológicos.
Estamos aquí ante
una peculiar situación dialéctica. Las características personales tienen una
destacada importancia sociológica puesto que la historia es forjada por el
hombre; sin embargo, las leyes que rigen estas características están juera de
la psicología individual, y las leyes de la psicología individual quedan
abolidas en el sistema de la totalidad social.
Estas leyes
desempeñan un papel de escasísima importancia, por cierto. Así, por ejemplo,
las costumbres personales de alguna figura histórica destacada son imitadas por
legiones de admiradores o son objeto de interminables comentarios por parte del
público sensacionalista. Pero difícilmente alguien sostenga que esto es algo
más que un superficial rizarse de las aguas de la evolución histórico-social.
64
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Si lo expuesto es
acertado en lo que respecta al contenido de las acciones individuales, es
evidente en lo que se refiere a los resortes personales de estas acciones. En
cuanto productos de una síntesis de las más variadas disposiciones biológicas y
de influencias del medio social, más variadas aún, estos resortes tienen que
ser de una extraordinaria diversidad. Citando, una vez más, las palabras de
Engels: la voluntad del hombre es determinada por la razón o por una erupción
de pasión; pero los motivos que determinan, a su vez, esas erupciones de pasión
y esas órdenes de la razón, son muy diversos. Tan pronto se trata de objetos
externos, tan pronto de motivos ideales, ambición, “amor a la verdad o a la
justicia”, enemistad personal y hasta diferentes estados de ánimo
individuales.19 Todos estos resortes interesan a la sociología más por los
resultados de su acción que por sí mismos. Su papel histórico depende de la
importancia social del contenido de la conducta que nutren. Pero ese contenido
está determinado por factores sociales. Además, aun cuando la actividad humana
–que se basa en manifestaciones de pasión y en órdenes de la razón– representa
la energía propulsora directa del proceso histórico, tomada en abstracto es,
por lo general, un factor hasta cierto punto constante en el proceso histórico
(la actividad política, ideológica, etc., de la sociedad siempre es –cuando
existe– bastante “apasionada”) y, por consiguiente, no puede proporcionar el
fundamento para la explicación de la peculiaridad de cada época histórica.
Pero cuando se
trata de una alteración de la actividad social en cualquier forma concreta (por
ejemplo: un descenso de la actividad de alguna rama de la economía), la
sociología encontrará todo lo necesario para la explicación del fenómeno en las
relaciones entre orden social y económico... y solo allí.
Por consiguiente,
en respuesta a la pregunta formulada al comienzo de este capítulo, podemos
decir lo siguiente:
La psicología
individual, en cuanto ciencia, solo entra en relación con la sociología
metodológicamente bien elaborada, a través de la ciencia (o ciencias) de la
psiquis social (o de clases). El factor psicológico individual desempeña un
papel secundario –desde el punto de vista metodológico– en los procesos
sociopsicológicos, los que a su vez están sometidos a otras fuerzas más
poderosas (económicas) de la evolución histórica. Por lo tanto, el factor
psicológico individual mantiene lo que podría llamarse una
19 Cf., F. Mehring, Über historischen
Materialismus
65
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
subordinación de
segundo grado respecto a estas últimas fuerzas. Esta hipótesis adquiere
especial importancia al ser aplicada al aspecto formal (“resortes”) de la
psiquis individual.
En una ciencia tan
sintética como la sociología marxista tiene que “resultar útil cualquier
trocito de cuerda”; esto alcanza también al problema de los datos
proporcionados por la psicología individual. La utilización de estos datos es
tanto más indicada cuanto más reducido es el fenómeno sociohistórico
investigado, tanto en lo que se refiere a su proximidad al eje de la evolución
histórica, como a su carácter masivo.
Pero la utilización
de esos datos no significa, de ninguna manera, que el estudio de los procesos
psicológicos individuales deba ser admitido en la metodología sociológica.
Menos aun pueden
quedar libres de crítica los intentos de reunir los métodos de la psicología
individual (y por lo tanto del psicoanálisis) y los del materialismo histórico,
como si revistieran casi el mismo valor. No debe olvidarse que los últimos se
refieren al proceso histórico social, como un todo, que abarcan todas sus
fuerzas propulsoras y determinan en forma general sus relaciones recíprocas,
mientras que el método de la psicología individual solo se ocupa de un aspecto
de la evolución social y aun así, con considerables limitaciones, como ya hemos
visto.
4. Psicoanálisis y
materialismo histórico
¿Está el
psicoanálisis en condiciones de quebrantar la plausibilidad de las tesis que
acaban de exponerse con referencia a la importancia de la psicología individual
para la sociología? Para decidir al respecto utilizaremos los ejemplos con los
cuales W. Reich ilustra su concepto de la importancia sociológica–
supuestamente extraordinaria– del psicoanálisis.
a) Acerca de la formación de las ideologías,
Reich asegura que este proceso se cumple de la siguiente manera: la estructura
económica de la sociedad actúa de un cierto modo sobre la necesidad de
alimentación, esta necesidad pone en funcionamiento el poderoso aparato del
instinto sexual, y como el instinto sexual no solo se caracteriza por su
extra-ordinaria intensidad, sino también por su gran capacidad de adaptación,
al quedar expuesto a su vez a la influencia de condiciones externas, sociales,
adopta las formas más diversas y se manifiesta como moral, religión,
66
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
ciencia, etc. La
primera característica de esta línea de pensamiento, lo que la distingue de
otras similares seguidas por diversos psicoanalistas, es que opera con una
serie de tesis del materialismo histórico: tanto en el comienzo como en el
final del proceso de la formación de ideologías se atribuye un papel muy
importante a las razones sociales y económicas. Este es un factor que, aunque
de ninguna manera surge de la teoría psicoanalítica, puede considerarse
positivo en la fórmula de W. Reich. Pero el contenido de esa fórmula dista
mucho de quedar agotado por ese factor. Su centro de gravedad está más bien en
la alusión al papel de los eslabones biológicos del proceso. Esta alusión no es
menos característica de la postura de Reich; pero esta vez señala los límites
que separan sus puntos de vista de los del marxismo ortodoxo. ¿Cuál es, en
realidad, el verdadero papel de los eslabones biológicos? Pertenecen a la
categoría de los “motivos” individuales o de los llamados estímulos internos de
la conducta, acerca de los cuales ya se dijera en párrafos anteriores que su
importancia para la sociología no radica tanto en sí mismos, como en los actos
en los cuales “se vuelca su energía”. Pero las peculiaridades de cada acto, su
contenido, también están condicionadas –como debe admitirlo Reich– por las
circunstancias sociales y económicas. En consecuencia, solo el estudio de estas
últimas puede revelar las peculiaridades de las diversas fases evolutivas de la
ideología, lo cual es un factor esencial para el sociólogo..., mientras que el
análisis biológico no le puede ofrecer nada en este aspecto.
La consideración de
los eslabones biológicos puede, más bien, contribuir a dilucidar otro problema,
un problema no sociológico: el de por qué un determinado hombre, en concreto,
adopta una determinada ideología. Pero también en este punto, el psicoanálisis
se limita a estímulos de la conducta “situados a gran profundidad”, muy
distantes de la conciencia (cuya importancia puede ser a veces muy grande); de
esa manera, estrecha notablemente el círculo de las posibilidades de
investigación.
Porque los
“motivos” personales son mucho más variados que los mencionados por el
psicoanálisis. Vayamos, por ejemplo, a la conducta religiosa. Aun cuando los
impulsos libidinales, sexuales, estén realmente en la más estrecha de las
relaciones con esa forma de conducta que se ha dado en llamar éxtasis
religioso, sigue siendo difícil establecer una relación entre esos impulsos
instintivos y la religiosidad de aquellos hombres cuya conducta está
condicionada por una tradición de validez general y para quienes la religión no
es algo “que eleva el alma”, sino una
67
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
costumbre
obligatoria, cuyo abandono significa atraer sobre ellos diversos castigos y
poner en su contra a la “opinión pública”. ¿Y no tiene, también, una base
psicológica peculiar –que escapa a los esquemas freudianos– la religiosidad de
un teólogo de corte racionalista, que se nutre de los intereses de clase
predominantes y de las conclusiones racionales corres-pondientes al nivel
cultural de la época? Y, por último, ¿qué tiene que ver con el éxtasis
religioso la naturaleza psicológica de esa otra forma de la religiosidad,
vinculada con una extraordinaria limitación del conocimiento, como factor
Psicológico negativo? Me refiero a la forma surgida del convencimiento de que
“quién si no Dios” puede ayudar en desgracia, puesto que “la mano del hombre es
demasiado débil”.20
Nos hemos limitado
a señalar lo esencial; pero eso basta para demostrar que: 1. el psicoanálisis
no alcanza, ni siquiera en el individuo aislado, a abarcar toda la diversidad
de los estímulos internos; 2. que, en realidad, son más los estímulos de la conducta
condicionados por factores sociales, que los condicionados por factores
biológicos (mejor dicho: los factores puramente biológicos no existen); 3. que
en la actividad de la conciencia,21 cuyo poder el psicoanálisis deja totalmente
de lado, lo biológico pasa a ocupar un plano muy secundario; 4. y que,
finalmente, sea cual fuere la naturaleza de los estímulos internos de la
conducta, en cada caso particular son “desencadenados” por la misma
interminable variedad de situaciones sociales. Por ello es importante que el
psicólogo individual imponga limitaciones considerables a su valoración del
papel de los eslabones biológicos. En lo que respecta a la sociología, a ella
le es mucho más indiferente aún la variedad de los estímulos internos.
Cualesquiera sean los motivos que alienten la fe de la gente, desde el punto de
vista sociológico lo único importante es el hecho de que una determinada
religión, con un determinado contenido de doctrina religiosa, es condi-cionada
por determinadas fuerzas sociales; el sociólogo marxista sabrá explicar
exhaustivamente las fuentes de tales fenómenos sociales, a través de factores
de naturaleza social. Aun cuando alguno de los motivos personales antes
mencionados se difundiera ampliamente, el sociólogo podría revelar todas las palancas
sociales y económicas cuyo accionamiento influye en forma decisiva sobre esos
motivos, y podría hacerlo sin detenerse en hacer un análisis psicológico
íntimo.
20 Cf., las rogativas de los campesinos que
piden lluvia
21 Al utilizar aquí y en otros pasajes las
expresiones “actividad de la conciencia”, ”intensidad de los instintos”, etc.,
no olvidamos en ningún momento los procesos fisiológicos que se cumplen en el
organismo y cuya suma se expresa, entre otras cosas, en la psiquis, en la
conciencia, etc.
68
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
b) En otro pasaje de su ensayo, W. Reich
intenta enfocar el proceso del trabajo agrario desde un punto de vista
psicoanalítico. Afirma lo siguiente:
“Tanto desde el
punto de vista social, como desde el individual, el cultivo de la tierra con
herramientas y la siembra de la semilla tiene como finalidad la producción de
alimentos. Pero tiene también el sentido simbólico de un incesto con la madre
(‘madre tierra’).”
Es preciso aclarar
aquí que –de acuerdo con la teoría psicoanalítica– el afán de una relación
incestuosa con la madre es un impulso instintivo extraordinariamente potente,
que actúa en secreto desde las profundi-dades del inconsciente; representa el
contenido esencial del “complejo de Edipo” del cual tanto hablan los
psicoanalistas. W. Reich procura funda-mentar su afirmación señalando que
determinados factores del trabajo agrario –como el ritmo, la siembra de la
semilla, la introducción de una herramienta en un material– representan,
aparentemente, una gratificación inconsciente de las necesidades sexuales del
campesino, gracias a su analogía con el acto sexual. Un resultado objetivo de
esta gratificación sexual es, según Reich, el incremento de la actividad
productiva por canalización de la energía de la libido hacia el proceso de
trabajo; “se trata de un intento mágico de alcanzar con mayor facilidad y mejor
una meta determinada, por medios irracionales”.
Podríamos pasar por
alto el hecho de que los argumentos concretos de W. Reich solo tienen la
apariencia de pruebas. El autor no demuestra, se limita a afirmar y deja que el
lector afiance la plausibilidad de las analogías ofrecidas, recurriendo a su
propia imaginación. De cualquier manera, los estímulos para obtener “bienes de
consumo” son de por sí tan intensos en la esfera social, que difícilmente haya
lugar para teorías de endeble fundamentación acerca de una energía
complementaria, supuestamente ineludible.
La hipótesis
expuesta por Reich debe ser considerada bajo dos aspectos. Por un lado
recomienda el psicoanálisis como método para determinar en forma general la
cantidad de energía humana requerida para una actividad económica exitosa. Pero
el materialismo histórico rechaza semejante planteo abstracto. En primer lugar,
la cantidad buscada por el autor se determina por sí misma, ante todo por las
peculiaridades históricas concretas de la forma agraria en cuestión, con su
técnica de producción característica y sus características condiciones sociales
y económicas,
69
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
acerca de lo cual
no se dice una sola palabra en el trabajo de Reich. En segundo lugar, si de
alguna manera hubiéramos establecido la cantidad de energía abstracta empleada
en alguna comunidad agraria, ese dato no nos permitiría captar absolutamente
nada acerca de la peculiaridad de la forma de economía en la cual se emplea ésa
determinada cantidad de “energía”; y ese es, precisamente, el interrogante
decisivo para el sociólogo. De la respuesta a ese interrogante depende la
explicación de todas las “formas de superestructura”, que tanto atraen también
a los psico-analistas, como hemos visto.
Por otra parte, al
subrayar el factor libidinal en el proceso expuesto, Reich pretende demostrar
la importancia esclarecedora del psicoanálisis, aun respecto al contenido de la
vida agrícola misma. Como dice el autor, “la ubicación de falos artificiales en
campos cultivados..., practicada por muchos pueblos primitivos” es la expresión
objetiva de la presencia del factor sexual.
Es indiscutible que
el instinto sexual se exterioriza de diversas formas en la vida social. Basta
recordar diversas particularidades de la “moda parisiense”, los frívolos
couplets de los cabarets, la difusión de cierto tipo de insultos en las capas
menos educadas de la población, la tónica sexual de la publicidad utilizada por
las compañías comerciales norteamericanas y europeas, etc. Pero, en primer
lugar estos fenómenos tienen una impor-tancia muy secundaria si se los compara
con los importantes problemas de la evolución social (condiciones económicas,
el cambio de diferentes ideologías, etc.). Por lo general solo son síntomas de
estados de ánimo sociales, de los cuales se nutren directamente las ideologías,
pero no son la causa de dichos estados de ánimo.
En segundo lugar,
el solo hecho de que la ubicación de falos sea característica de los pueblos
primitivos y la publicidad con connotaciones sexuales lo sea de las compañías
comerciales de Europa occidental está dando la pauta de que los fenómenos
libidinales que se han mencionado solo revisten interés sociológico en la
medida en que se los considera –en toda su variedad– como productos de una
determinada situación social e histórica. No se puede afirmar que esta
circunstancia arroje una luz particularmente favorable sobre las
potencialidades sociológicas del psico-análisis, ni siquiera en esta esfera de
los fenómenos sexuales-sociales, que está tan próxima a él.
70
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
c) Otro ejemplo de las incursiones
sociológicas de Reich es el que nos brinda el siguiente pasaje:
“Así como el
marxismo fue, en el terreno sociológico, la expresión de la toma de conciencia
de las leyes de la economía, de la explotación de una mayoría por parte de una
minoría, así es el psicoanálisis la expresión de la toma de conciencia de la
represión sexual de la sociedad.”
Esta fórmula, en la
que una vez más el psicoanálisis es orgullosamente colocado en un mismo peldaño
con la teoría del materialismo histórico, es analizada de la siguiente manera
por W. Reich. Una vez que la burguesía destruyó la moral y la religión de la
época feudal, perdió rápidamente su antiguo carácter revolucionario y –cada vez
más preocupada por conservar su propio dominio– creó un nuevo código de vallas
morales y religiosas, más opresivo aún que el del período feudal. Estas vallas,
que –aunque en grado diferente– valían para todas las clases de la sociedad
capitalista, sin excepción, incluyendo a la propia burguesía, desencadenaron un
enorme proceso masivo de represión de la libido en el inconsciente, lo que a su
vez condujo a la aparición de muchas anomalías en la moral sexual y al aumento
de las enfermedades psiconeuróticas. Estamos en presencia de un auténtico mal
social, y es un gran mérito del psicoanálisis el habernos permitido reconocer
las fuentes de ese mal.
En esta línea de
pensamiento hay, indudablemente, algunas tesis acertadas. Está bien expuesto el
orden histórico de los fenómenos: la descomposición ética de la sociedad
burguesa, que se ha vinculado estrechamente con la ideología de esta misma
sociedad. (Dicho sea de paso, estas tesis han surgido independientemente del
psicoanálisis).
La psiconeurología
moderna ya no discute el hecho de que las psiconeurosis no son, de ninguna
manera, consecuencia de un “agotamiento” corriente; son el resultado de
conmociones más profundas del organismo, es decir, de su sistema
vegetativo-endocrino, de los “abismos” de la psiquis, en especial en la esfera
emocional. En este sentido es preciso destacar el enorme mérito del
psicoanálisis, que fue el primero en exponer estos conceptos acerca de la
naturaleza de las psiconeurosis.
71
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Pero hasta esa
explicación proporcionada por W. Reich acerca de la aparición masiva de las
psiconeurosis en la moderna sociedad burguesa requiere corrección en un punto
esencial. Aun colocándose en el punto de vista de la teoría psicoanalítica, hay
que admitir que la represión de la libido no tiene que conducir forzosamente a
la aparición de psiconeurosis. De acuerdo con esta teoría, la libido puede
“sublimarse” adoptando cualquiera de las formas de la actividad socialmente
admitida. En este caso, el proceso de sublimación defiende al individuo de una
posible psiconeurosis o puede hacer desaparecer la ya existente. Pero también
en este terreno el análisis sociológico aventaja al psicológico: para que pueda
producirse esa sublimación, el medio social dado debe proporcionar abundantes
estímulos y un amplio campo para el desarrollo de las aptitudes y energías de
la personalidad. No nos detendremos a investigar aquí si el mecanismo de la
sublimación existe realmente y si el proceso de sublimación se cumple, por fuerza,
a costa de la “energía” libidinal y no a costa de algún otro impulso vital (de
naturaleza primaria o secundaria). Lo único importante para nosotros es
destacar el hecho indiscutible de que la “atmósfera” social propicia para la
formación masiva de psiconeurosis es, por un lado, la atmósfera de la coerción
y la ausencia de derechos, y por el otro, la atmósfera del ocio sobresaturado,
que excluye cualquier iniciativa y ambición sana. En las capas inferiores de la
pirámide de la moderna sociedad burguesa, los fenómenos que corresponden a la
primera categoría quedan ampliamente asegurados por el desempleo masivo, por el
fascismo y otras maravillas del régimen capitalista; en las capas superiores de
la misma pirámide, los fenómenos de la segunda categoría surgen,
inevitablemente, del crecimiento de los monopolios y del paso de muchos
burgueses a la categoría de rentistas... Todos estos son factores que ahogan el
espíritu de empresa tan desarrollado en la fase preimperialista del
capitalismo. Si se llevara más allá el análisis de las peculiaridades del
capitalismo moderno y se ampliara el foco para incluir las peculiaridades de la
lucha de clases y de la vida política entre las observaciones, se abrirían
perspectivas nuevas y más interesantes aún para el problema del estado cultural
y sociopatológico de la sociedad burguesa que ahora nos ocupa. Se comprobaría,
por ejemplo, que el movimiento revolucionario del proletariado desempeña el
papel de un factor de curación para muchos participantes, que produce muchos
hombres templados, espiritualmente fuertes, invulnerables a las enfer-medades
psiconeuróticas. Se establecería, también, que los fenómenos sociopatológicos
surgidos por imperio de las peculiaridades del capitalismo
72
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
moderno, no se
agotan de ninguna manera con la categoría de las psico-neurosis; que ciertas
enfermedades que no guardan ninguna relación con el psicoanálisis, como la
tuberculosis o la arteriosclerosis, también se han difundido mucho en Europa
occidental y Norteamérica.
Todo esto está en
estrecha vinculación con los argumentos de W. Reich. Este autor ha entrado en
el terreno del materialismo histórico y sin embargo no se ha mostrado lo
bastante audaz y consecuente en la aplicación de este método
extraordinariamente fructífero.
Pero aun dejando de
lado la crítica al trabajo de W. Reich, es sumamente aleccionadora la
circunstancia de que, hasta en el terreno médico, la investigación biológica ha
demostrado ser poco fecunda cuando se la deja librada a sí misma. Solo comienza
a producir frutos cuando se la ubica dentro del marco del método materialista
histórico. Esto mismo puede aplicarse, al pie de la letra, al psicoanálisis. No
carece de interés el hecho de que ciertos psicoanalistas aseguren que la teoría
de Freud es un poderoso instrumento para la crítica de la sociedad burguesa.
Pero el psicoanálisis, como teoría de hecho ajena a la sociología, no está en
absoluto capacitado para desempeñar el papel de crítico máximo de la cultura
burguesa; ni aun cuando los representantes del “freudomarxismo” reivindiquen a
las claras dicha atribución.
Los pasajes
comentados del ensayo de Reich inspiran, además, las siguientes réplicas.
Cuando Reich habla de represión, solo se refiere a las consecuencias
sociopatológicas de esa represión. Otros psicoanalistas van mucho más lejos en
su argumentación. Por otra parte, esa autolimitación tampoco es característica
de nuestro autor; porque no está de acuerdo con manifestaciones suyas,
contenidas en otros pasajes del mismo trabajo. El “propio” Freud, por su parte,
ha formulado la siguiente tesis: “la cultura crea la represión y la represión
crea la cultura.” Los “freudo-marxistas” han recogido con entusiasmo esta
fórmula y la exhiben como ejemplo de la correcta aplicación de ese conocido
principio dialéctico acerca de la marcha de la evolución histórica, según el
cual causa y efecto intercambian constantemente su lugar.
Pero el
materialismo dialéctico exige, ante todo, un contenido pleno en la
investigación. En las páginas precedentes ya se ha dicho bastante acerca de la
falta de contenido que, en el aspecto sociológico, caracteriza a la teoría de
la energía humana abstracta, lo que incluye también a la teoría
73
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
de la represión de
la libido. Ahora nos limitaremos, siempre basándonos en los argumentos de
Reich, a proporcionar una nueva ilustración de la inutilidad de la fórmula
freudiana antes citada.
Según Reich, no ha
habido época histórica que haya favorecido tanto la represión sexual, como el
período del capitalismo, en especial el del capitalismo moderno. Si aplicamos
al pie de la letra la fórmula de Freud llegaremos a la conclusión de que la cultura
del capitalismo moderno tendría que estar en un estado de permanente y supremo
florecimiento. Pero hasta Reich debe admitir (y lo afirma así) que ese no es,
por cierto, el caso. Es más, algunos terrenos de la cultura burguesa se
encuentran en pleno estado de decadencia; otros, en cambio (como, por ejemplo,
las ciencias exactas) se mantienen aún a grandes alturas. ¿Cómo pueden
abarcarse, pues, con la fórmula freudiana, estos fenómenos tan disímiles, que
con frecuencia contradicen las conclusiones que ella lleva a extraer? No
trataremos de buscar una salida a esta situación porque a nuestro juicio esa
sería una empresa condenada al fracaso.
“Permítame
–replicaría un freudiano–: de ninguna manera la represión conduce
necesariamente a un florecimiento de la cultura, como tampoco conduce
forzosamente a un aumento de las enfer-medades psiconeuróticas. Usted mismo ha
mencionado antes otro elemento de la teoría freudiana, el principio de la
sublimación. Si la libido reprimida no se canaliza hacia la sublimación, la
cultura decae [...] si la libido se sublima, la cultura florece. La fórmula de
Freud está salvada y requiere, a lo sumo, algunos suplementos sin mayor
importancia.”
No cabe duda de que
esta es la única respuesta posible para un psico-analista. Pero su poder de
convicción es mínimo. Aun cuando se admita la existencia de un mecanismo de
sublimación, esto no explica nada acerca de los problemas de la cultura, porque
el método psicoanalítico no está en condiciones de establecer cuáles son las
palancas que ponen en funciona-miento dicho mecanismo. Solo un exhaustivo
análisis de las condiciones sociales y económicas puede sacarnos de esa
situación crítica; pero este hecho es una mala carta de recomendación para los
ensayos sociológicos del psicoanálisis.
74
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
El material
aportado basta. Los argumentos de Reich, al igual que los de otros freudianos,
han demostrado ser demasiado débiles para triunfar en la empresa de hacer
crecer la importancia sociológica de la psicología individual más allá de los
estrechísimos límites que el método marxista ha trazado a esta ciencia. Las
proposiciones a que llegáramos en la sección anterior permanecen incólumes.
Pero esta
conclusión es harto insuficiente, en especial referida al psico-análisis. Al
comienzo de la sección anterior acepté –como abstracción consciente,
indispensable para el tratamiento diferenciado del problema– que el
psicoanálisis era la teoría ideal de la psicología individual. De hecho, este
no es el caso, como se demostrará más adelante. Como teoría de la personalidad,
el psicoanálisis posee características que no solo hacen metodológicamente
estéril su “incorporación a la teoría del materialismo histórico”, sino que es
proclive a distorsionar en amplia medida las bases de la doctrina marxista de
la evolución social e histórica. En su intento de resolver el problema de la
formación de ideologías, el psicoanálisis opera casi exclusivamente con impulsos
inconscientes del hombre. Semejante postura conduce a dos errores muy
importantes. Primero: si aceptamos que el contenido de la esfera del
inconsciente está determinado, según la teoría de Freud, por impulsos
instintivos primarios de origen biológico, como veremos más adelante,
resultaría ser que las características naturales del hombre son el factor
decisivo en la formación de ideologías y, en general, en la historia. En el
mejor de los casos estamos aquí ante una concepción dualista; en el peor (si se
llevan más adelante, por la lógica, las afirmaciones del psicoanálisis), ante
un idealismo socio-histórico claramente definido; en una palabra, algo
diametralmente opuesto a la doctrina de Marx. Segundo: tanto en lo que se
refiere a hechos observables en la vida diaria, como al aspecto metodológico,
es indispensable descartar el papel de la conciencia social. Ni las ideas
sociológicas de Freud ni las de W. Reich –que son las que nos interesan
particularmente, en este caso– contienen la menor referencia a la acción
histórica de la conciencia. De acuerdo con eso, los hombres “harían su
historia”, pero solo en su calidad de criaturas que se someten ciegamente al
juego de las fuerzas instintivas que bullen dentro de ellos. ¿Es posible que
exista un concepto más alejado de la realidad viva? Cuando aseguramos –y con
toda razón– que una clase de la sociedad solo puede contar con el éxito
político en la medida en que sea capaz de subordinar sus intereses momentáneos
y parciales a los intereses de clase debida-
75
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
mente enfocados y a
su futuro histórico, esto significa que estamos hablando de la gran importancia
histórica que reviste una conciencia de clase clara y evolucionada, cuyos
intereses son inmensamente más poderosos que los procesos inconscientes, aun
cuando se admite (no sin razones) que estos últimos conservan una cierta
independencia en la psiquis del hombre. Podría argumentarse que no todas las
clases tienen clara conciencia de sus intereses y que no siempre la tienen, que
una clase “en sí” no es una clase “para sí” en cualquier momento de su
existencia. Esto es muy cierto; pero, precisamente, si esto se da en la
realidad, la importancia sociológica de la psicología de la respectiva clase
experimentará una sensible disminución. Independientemente, o casi
independiente-mente, de esta su ideología, se convertirá en pelota jugada por
influencias ajenas a la clase y por fuerzas “ciegas” de la evolución económica.
En la introducción
a su ensayo, W. Reich declara con toda modestia que “el fenómeno de la
conciencia de clase resulta casi inaccesible al psico-análisis”. Es muy grato
oír esta declaración de labios de un psicoanalista, pero si este es el caso
(¿cómo es posible que se empeñe en resolver el problema de la formación de
ideologías?! ¿Es posible que Reich crea seriamente que eso se puede lograr
prescindiendo del “fenómeno de la conciencia de clase”, sin tener en cuenta
todas las leyes internas y externas que rigen esa conciencia?
Es muy curioso que
el propio psicoanálisis –que con toda razón puede ser acusado de restar
importancia al “factor” económico en beneficio del psicológico– desacredite a
este factor psicológico precisamente cuando entran en juego procesos
conscientes. Aquí hay algo que parece no andar bien.
¿Es posible
formular la acusación que acabamos de mencionar si el propio psicoanálisis está
restando importancia, hasta cierto punto, a la psicología social?
En realidad, la
contradicción no existe ni entre nosotros ni entre los psicoanalistas. Se trata
simplemente de que el psicoanálisis solo resta importancia a un determinado
componente de la psicología social, y es precisamente el componente a través
del cual esta psicología se revela como producto de condiciones sociales y
económicas. Este concepto no impide a los psicoanalistas representar al
“factor” psicológico como la fuerza histórica más importante, la cual, en
virtud de sus características inmanentes a la naturaleza humana, es
independiente de la economía.
76
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
También el marxismo
concede a la psicología social el lugar que ella merece; pero como él capta
debidamente la estructura y las fuerzas propulsoras de esta psicología, está en
una posición infinitamente mejor que el psicoanálisis para apreciar el verdadero
papel del “factor” socio-psicológico y su ubicación entre muchos otros factores
sociohistóricos.
Si la pretensión
del psicoanálisis de ser “incorporado” a la sociología como una teoría de la
psicología individual es injustificada, sin la menor duda su intento de
distorsionar nuestras bien probadas y examinadas opiniones sobre la verdadera
marcha de la evolución es doblemente inadmisible.
5. Psicoanálisis y
materialismo dialéctico
Hemos llegado así
al último (por orden de aparición, no de importancia) de los puntos. Cuando
Reich atribuye al psicoanálisis una gran importancia sociológica, se encuentra
sin duda en un error, a pesar de que se ha esforzado –más que ningún predecesor
suyo del frente freudiano– por respetar los principios de la dialéctica
materialista. A pesar de todo, el error existe. Por supuesto tiene que surgir
el siguiente interrogante: ¿es este error una consecuencia de la incapacidad
personal de Reich para aplicar debidamente la teoría del psicoanálisis –que de
por sí es correcta– en cuanto ciencia de la psicología individual? ¿O acaso
existen en esta misma teoría fallas radicales que conducen a conclusiones
sociológicas erróneas, en forma inevitable y con total independencia de la
responsa-bilidad científica de los autores que la sostienen? El alto nivel
científico y el talento que se ponen de manifiesto en el ensayo comentado,
hacen a priori más factible la segunda de las alternativas. No obstante eso,
creemos que el problema merece ser investigado.
En todo su trabajo
Reich procura demostrar que el psicoanálisis se mantiene de manera permanente y
consecuente dentro del espíritu del materialismo dialéctico. Si fuera realmente
así, sería imposible hablar de fallas radicales en la teoría psicoanalítica.
Por eso, para hallar la solución del dilema planteado en el párrafo anterior es
imposible dejar de responder a esta pregunta: ¿es el psicoanálisis, en cuanto
ciencia de la psicología individual, realmente dialéctico y materialista?
Para responder, no
seguiremos el sendero trazado por Reich, porque con el método empleado por él
pueden exponerse como dialécticas y materialistas, si no todas las cosas, por
lo menos teorías que están muy
77
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
alejadas del
marxismo. Reich descompone la teoría del psicoanálisis en tesis aisladas y
somete a cada una de ellas a una investigación separada. Pero el psicoanálisis
no es (y eso no debe olvidarse en ningún momento) una simple yuxtaposición de
grandiosos descubrimientos científicos, sino un sistema coherente, cada una de
cuyas tesis tiene un peso específico bien determinado en relación con las
restantes tesis. Eso modifica sustancialmente el asunto. Para evitar errores,
la investigación de cada tesis debe tener permanentemente en cuenta la teoría
in toto o, por lo menos, el núcleo de la teoría. Reich, en cambio, investiga
(sobre todo en el capítulo “La dialéctica en lo psíquico”) en forma sucesiva e
independiente, primero el proceso de formación de las psiconeurosis, luego la
alternativa de placer y displacer, el proceso de identificación, etc., y en
cada uno de estos procesos escoge los factores que ilustran un principio
cualquiera de la dialéctica. O bien procede a la inversa: establece primero un
principio de la dialéctica (por ejemplo, la trasformación de la cantidad en
calidad) y luego busca los ejemplos correspondientes en el material
psicoanalítico disponible. Semejante procedimiento contiene muchos factores
formalistas y no hay nada más ajeno a la dialéctica que el formalismo.
Para captar la
teoría freudiana como un todo, lo mejor es determinar cómo representa esta
teoría la naturaleza de la personalidad humana. La enunciación de una teoría de
la personalidad es la culminación de toda escuela psicológica madura; el
contenido de esa teoría es la mejor base para juzgar las ventajas y
deficiencias del correspondiente sistema psico-lógico. Pero antes de acometer
esta tarea, creemos oportuno detenernos en determinados logros del
psicoanálisis, no para investigar su coincidencia con los fundamentos del
materialismo dialéctico (como ya se señalara, esto debe cumplirse en otro
plano), sino para demostrar que, en efecto, estamos ante un interesante y
valioso brote científico, cuyos frutos aislados deben ser aprovechados por la
ciencia –con independencia del juicio que merezca la teoría psicoanalítica en
su totalidad– aunque más no sea para incorporarlos a un sistema más completo:
el de la psicología marxista en formación. Es preciso descartar de entrada la
imputación de que la crítica metodológica marxista niega en bloque los
diferentes éxitos empíricos de la teoría freudiana y de que se solidariza con
la “indignación moral” y con las mezquinas calumnias tan características de la
crítica burguesa al psicoanálisis.
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Nos limitaremos a
lo más importante. El gran mérito de Freud es la teoría del inconsciente como
sistema particular de actividad psíquica. Que se trate realmente de un sistema
aparte, lo demuestra el hecho de que en él las diferentes vivencias se conectan
entre sí según leyes que no son las que rigen lo claramente consciente. En él
no hay silogismos, ni conclusiones inductivas y deductivas, sino “mecanismos”
de contención, de sublimación, simbolismos particulares, etc., cuya descripción
y crítica no cabría aquí. Además, los procesos del inconsciente están bajo una
acción más íntima e intensa de los sentimientos y emociones que los de la
esfera consciente. Por otra parte, la calificación de sistema aparte que se da
al inconsciente, es confirmada por el hecho de que el ingreso de vivencias
provenientes de la esfera consciente, lo mismo que el proceso inverso, tropieza
con obstáculos, aunque estos no sean tan insuperables bajo condiciones
naturales, como parecería surgir de muchas afirmaciones de Freud. Para que una
vivencia consciente se transforme en inconsciente (en el sentido freudiano de
la palabra, que debe distinguirse de subconsciente, es decir, de lo que solo
desaparece temporariamente de la memoria) debe ser reprimida en el
inconsciente, como algo vergonzoso y antisocial, desde el punto de vista de la
“opinión pública” y del individuo en cuestión. Y a la inversa, para que lo
reprimido vuelva a aflorar a la conciencia, debe caer bajo la acción de
diversas influencias contrarrestantes o distorsionantes, en pugna con las que
Freud ha designado con el común nombre de “censura”.
Todos estos estados
y “aparatos” psíquicos reales son la expresión de determinados procesos
fisiológicos. Sobre esto no cabe duda alguna (al margen del hecho de que Freud
casi no se ha ocupado de este problema) ni desde el punto de vista del
materialismo dialéctico, ni desde el punto de vista de las comprobaciones
empíricas de la fisiología del sistema nervioso central, que describe ciertos
procesos cuyos resultados (inhibición, irradiación, etc.) se asemejan a los
resultados de los procesos psico-analíticos. En esto solo hay que hacer una
importante salvedad: el hecho de que se contemplen los “procesos” de la esfera
consciente e inconsciente como expresión de determinados procesos fisiológicos,
no significa que se esté reduciendo a estos a procesos neurodinámicos
elementales. Como es sabido, I. P. Pavlov supone que una “excitación óptima” de
determinados sectores de la corteza cerebral representa las bases fisiológicas
de la conciencia; a la inversa, el desarrollo de un proceso inhibitorio en esos
puntos conduce a la repetición de la vivencia consciente en cuestión. No
79
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
queremos entrar
aquí en la valoración de esta hipótesis y partimos de sus proposiciones como de
realidades perfectamente adecuadas; no obstante ello, debemos destacar que los
procesos de excitación y de inhibición no actúan en un elemento absolutamente unitario,
sino en la masa cerebral, que posee una estructura muy especial, tanto desde el
punto de vista morfológico como desde el funcional. Para expresarlo en forma
concreta: el “mapa” de los caminos por los cuales se cumplen excitación e
inhibición, no está determinado tan solo por el estímulo exterior, sino por
toda la precedente historia evolutiva de la personalidad, así como por la
disposición y particularidad biológicas de la misma El que la excitación dé por
resultado una neurosis y no otra depende en gran medida de las condiciones
estructurales “preformadas” de un extenso y evolucionado sistema, sin cuya
investigación todo lo que se diga acerca de “inhibición y excitación” no pasará
de ser charla vana.
Todo esto está en
una estrecha relación con el problema del inconsciente. No hay duda de que en
la esfera del inconsciente freudiano, así como en la esfera de la conciencia,
el último fundamento de todos los estados y trasformaciones está representado
por los procesos de excitación y represión. Pero la peculiaridad de las
relaciones en el inconsciente, descubiertas por el psicoanálisis, es un
testimonio de que también la estructura morfológica y funcional de esas
relaciones, es peculiar en comparación con la estructura de otras “esferas” de
la actividad psico-física, y que los propios procesos de la neurodinámica
elemental están ”bajo la égida” de las leyes de estas estructuras.
Desde este punto de
vista, no es la teoría de los reflejos condicionados la que señala el camino al
psicoanálisis (o la que desplaza a este, como lo afirma Sawadowski,22 por
ejemplo), sino por el contrario es el psicoanálisis el que plantea a la teoría
de los reflejos condicionados decenas de problemas que –por la naturaleza de
dicha teoría– escapan a su horizonte.
Con toda intención
omitimos hablar aquí de los demás factores de la teoría freudiana del
inconsciente, del contenido de la esfera inconsciente y de su peso específico
en el sistema total de procesos psicofisiológicos. Estos dos factores, que –en
contraste con los dos precedentes– son muy discutibles, están en relación
directa con el problema de la personalidad y por eso se los tratará en detalle.
22 Ver la versión taquigráfica de la conferencia
de institutos marxistas-leninistas, de 1929, publicada por la Academia
Comunista. Debate sobre el informe de O. Schmidt. En ruso.
80
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
La postura del
psicoanálisis en la búsqueda de los motores “de profundidad” de la conducta
humana, está estrechamente ligada a la teoría del inconsciente. Esa postura es
muy fecunda; ninguna escuela psicológica que procure alcanzar verdaderos éxitos
en el conocimiento de la personalidad puede arreglárselas sin ella.
Independientemente de las opiniones que pueda tener el psicoanálisis “clásico”
acerca de la naturaleza de esos motores “de profundidad”, el principio mismo
–que el psico-análisis ha fundamentado bien y ha incorporado firmemente a la
psicología moderna– es de gran importancia. Se trata de que, al deter-minar los
motivos de alguna acción o intención, es posible descifrar sus verdaderas
causas, aun cuando el sujeto no las haya hecho para nada conscientes y, como
suele suceder, las haya cubierto con un coherente velo de líneas de
pensamiento, que en realidad desempeñaron un papel muy secundario en la
gestación del acto. No se afirma que el hombre oculte a sabiendas los
verdaderos motivos de su comportamiento. Puede actuar con la mejor de las
intenciones y afirmar con pleno convencimiento que tal o cual consideración lo
movió a proceder como lo hizo; no obstante lo cual, un análisis detenido puede
demostrar que, en realidad, “bajo la superficie” de estas consideraciones hubo
otros motivos –como ambición, vanidad herida, hostilidad personal, etc.–, que
desempeñaron un papel mucho más importante. Por razones muy comprensibles, la
directa revelación de ese tipo de motivos produce indignación en la persona así
“puesta en descubierto”. Pero una serie de hechos concretos, resultado de una
constante observación del objeto de la investigación y, a veces, también un
consciente autocontrol, demuestran que el diagnóstico psicológico ha sido
acertado. Esta suplantación de las razones auténticas, pero inconscientes, por
motivos ilusorios, hábilmente compaginados, es llamada “racionalización”.
Para evitar todo
malentendido debemos destacar ya que el principio mencionado sufre una sensible
distorsión en el sistema total del psico-análisis y por ese motivo pierde gran
parte de su valor. En contra de lo que sostienen los psicoanalistas: 1) los motivos
”profundos” no son necesariamente inconscientes; 2) aunque sean inconscientes,
no son necesariamente muy intensos; 3) no siempre están constituidos, casi
podría decirse que las menos de las veces, por impulsos instintivos (los
psicoanalistas insisten en que su base son los impulsos sexuales) y, por fin,
4) en determinadas circunstancias (dura escuela
en el proceso de una actividad social, intelecto muy desarrollado) retroceden
por completo
81
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
ante motivos
racionales conscientes, que en este caso dejan de ser una máscara para
transformarse en la auténtica esencia de la personalidad. Como vemos, la cosa
es mucho más compleja de lo que la pintan los psicoanalistas, no obstante lo
cual, el principio establecido por ellos no pierde nada de su importancia.
Depurado de absolutismos, este principio no es otra cosa que una forma peculiar
de expresar y una forma práctica de fundamentar la pretensión de descubrir la
transformación de la “esencia” en sus manifestaciones exteriores, mediante el
estudio de la vida psíquica individual, y de aprender a extraer conclusiones
acerca de la esencia en sí, sobre la base de estas manifestaciones.
Una de las
características positivas más importantes del método psico-analítico es que él
descubre la dinámica de los procesos psíquicos. El psicoanálisis no se limita a
comprobar la existencia de determinados estados psíquicos, estén estos a la
vista u ocultos, sino que se esfuerza por reconocer la trasformación de los
abiertos en ocultos y viceversa. La psiquis aparece en el psicoanálisis bajo la
forma de una ligazón estructural de diversas “instancias” (conciencia,
preconciencia e inconsciencia), centros de energía de características
particulares, que se mantienen en permanente acción recíproca. El resultado de
esta acción recíproca es no solo la trasformación de las “instancias” mismas,
sino también la formación de una serie de configuraciones psíquicas que llevan
en sí (a veces distorsio-nadas) las características de los motivos que
intervinieron en su formación. La aplicación concreta del principio mencionado
por parte del psico-análisis merece una amplia crítica, como veremos más
adelante. No obstante eso, hay que decir de ese principio lo que ya hemos dicho
del anterior: debe ser incorporado al bagaje metodológico de la psicología
científica.
La teoría
psicoanalítica de los instintos, una de las piedras angulares del
psicoanálisis, contiene más errores que ningún otro de sus elementos
constitutivos. El psicoanálisis sobrestimó (como se verá más adelante) los
componentes biológicos del comportamiento y redujo erróneamente todos los
“resortes” de la vida psíquica a la acción de la libido. Pero pese o, mejor
dicho, justamente a causa de esta sobreestimación de la libido, el
psicoanálisis elaboró una teoría del instinto sexual como no lo hiciera jamás
ninguna otra ciencia. El despertar de las tendencias sexuales ya en el primer
año de vida extrauterina –o, por lo menos, mucho antes de haberse alcanzado la
madurez sexual–, las diferentes fases en la evolución de la libido y la
transición entre una y otra, el frecuente estacionamiento
82
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
en la evolución de
la libido y hasta su llamada regresión, el importante (aunque no excluyente,
como asegura el psicoanálisis) papel del instinto sexual entre todos los
restantes “motores de la conducta”... ninguna de esas tesis pueden ser eludidas
por la psicología, por la pedagogía ni por la medicina.
También es muy
grande la importancia del psicoanálisis para la teoría de las psiconeurosis. Si
bien es muy discutible la afirmación psicoanalítica de que todos los casos de
psiconeurosis se vinculan con anomalías de naturaleza sexual (el psicoanálisis
no vacila en llegar a las tergiversaciones más evidentes para explicar hasta
las psiconeurosis bélicas desde ese punto de vista), es preciso reconocer que
el descubrimiento de una serie de factores en la patogénesis de las
psiconeurosis es mérito de la teoría freudiana. De acuerdo con la teoría
freudiana, un trauma psíquico único, por fuerte que sea, no explicaría por
completo una psiconeurosis. El trauma es más bien el factor desencadenante, el
último eslabón de esa cadena de factores que actuaban desde tiempo atrás,
haciendo inevitable que la enfermedad se declarara. La psiconeurosis es el
resultado de un sostenido conflicto entre los deseos de la persona y las
circunstancias exteriores que oponen obstáculos a la concreción de esos deseos,
obstáculos que por lo general son vivenciados por el propio sujeto como
exigencias muy razonables de la moral, de la conciencia moral, etc. En el
proceso de un conflicto de este tipo, la tendencia interior condenada es
reprimida en el inconsciente, sin por eso perder sus energías. Con el tiempo,
la psiquis del sujeto se vuelve muy vulnerable, se colma de los llamados
complejos, es decir, grupos de representaciones estrechamente vinculadas con
alguna emoción desagradable, pero violenta. En tales condiciones, basta un
motivo externo sin importancia para que la “energía explosiva” acumulada se
canalice a través de síntomas patológicos, a veces muy graves. Contrariamente a
lo que sostiene P. Janet y de acuerdo con la teoría psicoanalítica –que en este
punto está muy acertada– no existe un abismo insalvable entre la psiquis del
psiconeurótico y la del hombre sano. La vida psíquica del enfermo, al igual que
la del sano, se ajusta a leyes, en principio, comunes. La diferencia entre
ambas solo depende de la intensidad del proceso de represión, de la capacidad
de resistencia del sujeto respecto a las consecuencias psíquicas de los
conflictos internos, del tipo de condiciones externas de vida, que en un caso
agravan el estado psíquico y en el otro abren una salida indirecta a las
energías inhibidas de la personalidad.
83
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Como resultado de
la acumulación de factores desfavorables, llegan a predominar los procesos
primitivos, la estructura de la personalidad (su calidad) se modifica
abruptamente y aparece la enfermedad psico-neurótica.
La enumeración de
los méritos fundamentales del psicoanálisis que acabamos de hacer aquí,
difícilmente satisfaga a un entusiasta adepto de la teoría freudiana.
Señalaría, por ejemplo, que hemos omitido o que no hemos dado la debida
importancia a lo esencial del psicoanálisis: la teoría del instinto sexual como
factor central en la evolución de la personalidad, más todas las consecuencias
que surgen de la aceptación de esta teoría. Pero ocurre que en ningún momento
nos hemos considerado obligados a demostrar lo acertado del psicoanálisis como
sistema cerrado. Todo lo contrario, basándonos en la teoría de la personalidad
del psicoanálisis, queremos demostrar lo desacertado del sistema de conceptos
psico-analíticos.
Al hacer la crítica
de la teoría psicoanalítica de la personalidad nos debe interesar,
fundamentalmente, la siguiente cuestión: ¿qué papel atribuye esta teoría a cada
uno de los dos factores principales en la evolución de la personalidad: el
factor biológico y el factor social?; ¿a cuál de los dos le da preferencia, a
cuál considera como factor principal, como el que determina el contenido de la
psiquis y la orientación de la conducta?
Al tratar ese
problema, nuestra literatura científica suele señalar que el psicoanálisis se
caracteriza por un acentuado biologismo. Reich protesta enérgicamente contra
esta opinión y se esfuerza por demostrar, en su ensayo, que los principios del
psicoanálisis no solo no contradicen la tesis de la influencia determinante del
medio social, sino que hasta le propor-cionan fundamentos más sólidos. Reich
afirma que:
“el psicoanálisis
no puede imaginar al niño sin la sociedad; para él solo existe en cuanto ser
socializado”, que “el psicoanálisis atribuye toda la moral que hay en el hombre
a la influencia de la educación”, que “el individuo llega al mundo, en el aspecto
psíquico, como un manojo de necesidades con sus correspondientes instintos. Con
esas necesidades hace su entrada inmediatamente como ser socializado, no solo
en el ámbito social más limitado de la familia, sino –indirectamente, por las
condiciones económicas de la existencia familiar– también en la sociedad en
general.”
84
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Veamos en qué
medida las tesis básicas del psicoanálisis son compatibles con estas
proposiciones.
Como es sabido, el
psicoanálisis hace remontar todos los factores internos de la actividad humana
al instinto sexual. Hasta el instinto de la ingestión de alimentos es
subordinado por Freud –el fundador del psicoanálisis– a Eros, por cuanto
interpreta el instinto de la alimentación como una función del amor a sí mismo
(narcisismo). En el hecho en sí de que Freud haya atribuido al instinto sexual
un decidido predominio sobre todos los demás instintos primarios, no hay nada
que imponga un rechazo por principio. Solo una crítica coartada por estrechos
dogmas morales puede declarar inadmisible, por principio, esa preferencia por
el instinto sexual, aduciendo que con esa afirmación Freud está mancillando la
“pureza de intenciones” del hombre. No cabe duda de que “el manojo de
necesidades e instintos” con que llega al mundo el individuo, constituye el
punto de partida de su futura evolución psíquica. Y si alguien opina que
cualquiera de los instintos de ese “manojo”, por ejemplo el sexual, tiene
prepon-derancia sobre los demás, lo único que cabe es establecer si esa opinión
está fundamentada en hechos suficientemente convincentes. Un análisis detenido
de los argumentos freudianos demuestra que el psicoanálisis no dispone de esos
hechos convincentes en la medida necesaria; pero eso no varía en lo más mínimo
el planteo. Podemos partir tranquilamente del hecho de que Freud y sus
discípulos han logrado demostrar la especial importancia del instinto sexual
como punto de partida de la evolución individual, porque para nosotros lo
importante es otra cosa. El incon-veniente está en que, desde el punto de vista
del psicoanálisis, el instinto sexual –indudablemente, una de las
características biológicas innatas del hombre– no aparece tan solo en el
modesto papel de una de las tantas condiciones de la evolución psíquica; se lo
considera como un poderoso factor determinante de esa evolución, de su
dirección y de su contenido. Pero desde el punto de vista de la dialéctica
materialista ese concepto no puede considerarse acertado. Al afirmar esto y
colocarnos así en el terreno de una crítica metodológica, no tenemos intención
de oponer en forma absoluta la crítica metodológica a la empírica; aunque más
no sea porque la metodología del propio materialismo dialéctico se basa en una
inmensa cantidad de datos empíricos y subraya la necesidad de seguir
acumulándolos en forma incansable. En lo que respecta a la evolución de la
personalidad en especial, la totalidad de los hechos captados por medio de la
observación diaria y el análisis científico demuestran que, también
85
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
en este aspecto, la
concepción dialéctica y materialista del proceso ha sido la única bien fundada
y fecunda.
¿Agotan realmente
los instintos biológicos primarios dados, la totalidad de los “motores”
internos de la conducta? No; junto a estos instintos, reprimiéndolos, existen
en el hombre adulto y activo muchas otras tendencias, que en cierta medida son
análogas a los instintos biológicos –en lo que respecta a sus medios de acción
y a su intensidad–, pero que difieren notablemente de estos en lo que a sus
objetivos y a su dirección respecta. Estas tendencias aparecen en el proceso de
vida social del individuo y se las puede designar en forma adecuada como
impulsos instintivos secundarios (o de origen social). Surge ahora el
interrogante acerca de la relación entre estos impulsos instintivos secundarios
y los primarios (puramente biológicos). Hay una serie de hechos –por ejemplo,
en el terreno de la teoría de los reflejos condicionados y también en el
terreno del propio psicoanálisis– que demuestran la relación genética existente
entre ambos tipos de instintos, es decir que los impulsos instintivos
biológicos constituyen una condición indispensable para la aparición de los
instintos secundarios. Pero la dependencia genética –es decir la dependencia en
una etapa evolutiva cualquiera– no significa necesariamente una dependencia en
todas las siguientes etapas evolutivas y, mucho menos, una subordinación de los
instintos secundarios a los primarios digna de ser tenida en cuenta. Por lo
contrario, los instintos secundarios adquieren, después de su aparición, una
gran importancia independiente, siguen caminos propios en su evolución y
conquistan una posición específica en la estructura total de la personalidad.
Hay que ser muy tendencioso para considerar –contra toda realidad viva– a estos
impulsos instintivos como una degeneración de los instintos biológicos.
Naturalmente, existe una relación continua entre ambos tipos de instinto. A
semejanza del estudio morfológico que, en una serie filogenética, encuentra
entre los últimos representantes de la especie restos rudimen-tarios de órganos
que fueron muy importantes y estuvieron muy desarrollados en los antepasados de
los ejemplares en estudio, la investigación psicológica demuestra que en los
niveles superiores de la evolución psíquica puede establecerse la presencia de
elementos de etapas anteriores de dicha evolución. Inclusive sería erróneo
considerar esos elementos como muertos e inactivos, pues continúan desempeñando
un cierto papel subalterno. Pero en la nueva estructura de la personalidad no
son ya lo que fueron en su momento; antiguos “demiurgos” de la
86
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
evolución, ahora
están “pasados” e incorporados a diversos sectores de la nueva estructura. Y
solo cuando esta entra en descomposición (el proceso enfermizo de la ebriedad),
las antiguas tendencias recuperan su primitiva importancia y pueden llegar a
condicionar la conducta del individuo.
La representación
dialéctica del proceso evolutivo de la personalidad, que acabamos de exponer,
es ajena al psicoanálisis. Esto surge con particular claridad de aquellos
pasajes de las obras de los psicoanalistas, en que estos pasan de las
consideraciones generales a las conclusiones concretas. Así, por ejemplo, Reich
considera oportuno hablar del “ascetismo, basado en la erótica anal” y de “la
diferencia de su importancia en la era burguesa y en la sociedad primitiva o
medieval”. La segunda parte de la frase citada demuestra que, a juicio de
Reich, el ascetismo no solo surge de la erótica anal, sino que sus
manifestaciones están determinadas por ella. Tal cual se deduce del contexto,
la mención de las diferentes épocas solo se debe a que, para Reich, la situación
histórica influye en cierta medida sobre la erótica anal; acerca de la
influencia directa y decisiva de la situación histórica sobre las formas del
ascetismo no dice una sola palabra.
“Si un niño que
gusta jugar con excrementos –leemos en otro pasaje–, más tarde construye, con
igual placer, castillos de arena y, por fin, al llegar a la edad adulta
desarrolla un gran interés por las construcciones, en las tres fases está
contenido lo primitivo, aunque en diferente forma y con diferente función”.
[...] “Otro ejemplo es el del cirujano o el del ginecólogo; el primero está
sublimando su sadismo (cortar), el segundo su afán infantil de ver y tocar.”
A través de estas
citas vemos que hasta la elección de la profesión es determinada por el
instinto sexual. Verdad es que Reich suaviza luego la crudeza de esa
formulación:
“Naturalmente,
aparte de esta compulsión subjetiva, la forma de sublimación está condicionada
por factores económicos, porque es la posición social de un individuo la que
decide si su sadismo se ha de sublimar como matarife, como cirujano o como
detective.”
Pero esta
representación de la realidad tampoco nos satisface. Ante todo es erróneo
tratar la “compulsión subjetiva” y el “condicionamiento econó-mico” como dos
factores aislados; porque no se puede hablar de factores equivalentes, cuando
uno de ellos es condicionado por el otro desde las primeras etapas de la
evolución. Al no tener en cuenta este hecho, Reich
87
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
está demostrando
que, para él, el factor subjetivo es precisamente el instinto biológico y que
está atribuyendo a este una influencia, si no decisiva, por lo menos muy
importante, sobre el contenido de la personalidad. La aclaración de Reich
acerca de que el instinto sexual solo determina el grupo de los oficios a
escoger, mientras que la elección concreta se cumple bajo la influencia de
otros factores (los económicos), no modifica en esencia nuestra afirmación.
No quisiéramos que
se interpreten nuestras palabras como una negación de la importancia de la
predisposición biológica del hombre en la elección de la profesión. Un hombre
con oído poco desarrollado difícilmente escogerá una profesión vinculada con la
música, y un hombre de gran talento natural tendrá –si las circunstancias le
son favorables– grandes posibilidades de progresar en cualquier trabajo de gran
calidad. Pero una cosa es hablar de la predisposición como posibilidad y otra
cosa es considerarla una orientación innata del interés profesional. Lo primero
es muy real y correcto; de lo segundo no podemos decir lo mismo. Teniendo en
cuenta esta concepción de Reich no es de sorprender que, al resumir sus
manifestaciones, escoja la siguiente formulación: “Tanto la intensidad de las
necesidades –que está somáticamente condicionada– como las diferencias
cualitativas de la evolución, dependen del aparato instintivo”. Reich se
muestra, en cambio, muy inconsecuente cuando –contradiciendo todo lo dicho
antes y hasta las palabras que acabamos de citar– declara:
“Las
predisposiciones y los instintos del hombre, formas vacías para contenidos
sociales que han de colmarlas, atraviesan los avatares de las relaciones con el
padre, la madre y las personas encargadas de la educación, y solo entonces
cobran su forma definitiva y reciben sus contenidos.”
Si se prescinde de
la excesiva importancia erróneamente concedida en esta frase a las influencias
familiares, es preciso reconocer que la fórmula de Reich refleja, en términos
generales, la verdadera relación entre el factor biológico y el social, en el desarrollo
de la personalidad. Pero es más evidente aún que esta formulación no surge ni
de los fundamentos del psicoanálisis ni de otras afirmaciones del propio Reich.
¿Cómo es posible afirmar –sin entrar en conflicto con la verdad– que los
instintos son formas vacías, cuando antes se han hecho tan grandes esfuerzos
para demostrar, en contra de la realidad, que esos mismos instintos deter-minan
todo el contenido de la psiquis?
88
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Por supuesto, sería
una falsedad afirmar que el psicoanálisis no tiene para nada en cuenta la
influencia del medio social sobre la personalidad. El psicoanálisis no
desmiente la importancia del factor social y económico, solo lo limita, lo
pospone. Pero también eso es un grave error. De los principios básicos del
psicoanálisis solo puede extraerse la conclusión de que los impulsos puramente
biológicos y las primeras etapas de la evolución –estrechamente ligadas a
ellos– imprimen su sello sobre todo el desarrollo ulterior. Pero semejante
sobrestimación del factor continuidad está negando la evolución misma en toda
su diversidad y, en consecuencia, entra en contradicción con la realidad. Nos
encontramos aquí con una violación, no solo de la dialéctica, sino también del
materialismo: si desde el punto de vista teórico se concede poca importancia a
las influencias sociales sobre la evolución de la personalidad, inmediatamente
una serie de factores de esa evolución dejarán de tener una explicación
racional y quedarán envueltos en una niebla mística.
El análisis del
concepto psicoanalítico sobre la estructura de la personalidad conduce al mismo
resultado final. Hasta ahora no hemos hablado del contenido de ese
inconsciente, que de acuerdo con la concepción psico-analítica desempeña un
papel tan importante en la conducta del individuo. Freud es de opinión que el
inconsciente contiene las vivencias ancestrales y las vivencias de la infancia,
reprimidas por la conciencia, que las considera inadmisibles desde el punto de
vista moral. Sin entrar a considerar si la ley biogenética fundamental puede
aplicarse realmente a las vivencias psíquicas concretas (cosa que, por lo
menos, nos parece muy dudosa), debemos destacar que esta opinión acerca del
contenido de la esfera inconsciente concede muy poca importancia a la
“impregnación” social de la personalidad. Según Freud, el aspecto social de la
personalidad solo está representado en el inconsciente por las vivencias
infantiles reprimidas. Pero en ese caso se estarían reduciendo, de hecho, las
influencias sociales a la acción de la familia y, además, esta solo se haría
sentir durante un breve lapso. Por otra parte, en el caso de las mujeres solo
se habla de represión de experiencias sexuales. En cuanto a las tendencias que
expusiéramos en párrafos anteriores y a las que designá-ramos como secundarias
(que guardan una estrecha relación con la posición económica y con la clase),
el psicoanálisis no encuentra lugar en el inconsciente para ellas, aun cuando
no cabe duda de que también en esta categoría hay tendencias que son
inadmisibles desde el punto de vista de la moral imperante. Pensemos, por
ejemplo, en ese tipo humano
89
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
tan difundido como
lo es el de quien ha cambiado de clase y se esfuerza –muchas veces con todo
éxito– por adaptarse a la psicología del nuevo ambiente social, no obstante lo
cual lleva consigo muchos resabios del pasado, que reprime con gran energía
para alejarlos de la conciencia. Es lógico que los psicoanalistas pasen por
alto todos esos factores, dadas las características de su teoría de los
instintos, cuya crítica ya hemos hecho. De acuerdo con la concepción
psicoanalítica, el inconsciente es asocial, su contenido es determinado por las
características biológicas del hombre.
En la esfera de lo
consciente, también el psicoanálisis reserva un lugar bastante amplio al
aspecto social de la personalidad. Sin embargo, este hecho pierde valor en la
teoría psicoanalítica, por cuanto se atribuye a la conciencia un papel
insignificante, en comparación con el del inconsciente. Algunos psicoanalistas
–entre ellos Reich– combaten esta afirmación y declaran que la terapia
psicoanalítica apela, precisamente, a las energías de la conciencia del
psiconeurótico; sin eso, la terapia no tendría la menor probabilidad de éxito.
El hecho al cual se remiten estos psicoanalistas existe sin la menor duda: a
través de gran número de hechos análogos queda demostrado que los motivos
conscientes de la conducta pueden tener –y por lo general tienen– una influencia
incomparablemente más intensa sobre la personalidad que los motivos
inconscientes. Pero esta influencia, que debería ser reconocida como habitual y
efectiva también en la vida diaria del hombre normal y activo, es considerada
por los psicoanalistas como un fenómeno excepcional, que solo se da con la
intervención del médico o en el caso de una formación y entrenamiento especial
del sujeto en cuestión.
La sobreestimación
del factor biológico, tan característica del psicoanálisis, se hace más
evidente aún si se toman en cuenta conceptos más recientes de Freud acerca de
la estructura de la personalidad. Freud establece una distinción entre el
“ello”, el “yo” y el “superyó”. El “ello” es, fundamental-mente, el mundo de
las vivencias sexuales reprimidas y, por consiguiente, casi coincide con el
inconsciente de la primitiva terminología freudiana. El “yo” son los impulsos
vinculados al instinto de autoconservación, que –como ya hemos visto– también
son atribuidos por Freud a una rama del instinto sexual (narcisismo). Las
vivencias vinculadas con la actividad del “yo” son, predominantemente,
conscientes. El “superyó” son las tendencias ideales del hombre, que se
desarrollan sobre la base de un complejo de Edipo inconsciente y que, por ende,
son inconscientes en su mayor parte. Basta este breve esbozo de los componentes
estructurales básicos de la
90
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
personalidad, según
la nueva clasificación de Freud, para demostrar que también estos están
colmados de un contenido sexual, es decir biológico. Pero lo que nos interesa
aquí es otra circunstancia. De acuerdo con la formulación de Reich, el “ello”
es “una expresión del aspecto biológico de la personalidad”. Por otra parte, el
mismo Reich define la significación del “yo” en los siguientes términos: “El
‘yo’ es solo una porción particular-mente diferenciada del ‘ello’, un
amortiguador u órgano protector interpuesto entre el ‘ello’ y el mundo real.”23
Estas dos formulaciones –que reflejan en un todo las correspondientes opiniones
del psicoanálisis “clásico”– demuestran en forma palmaria que, según la teoría
psico-analítica, la instancia de la personalidad que representa su “aspecto
biológico”, tiene una influencia incomparablemente mayor que el “yo” con sus
elementos condicionados por factores sociales. Aun cuando admitamos que el “yo”
se desarrolla realmente a partir del “ello”, tenemos que preguntarnos lo siguiente:
¿en base a qué elementos se deduce que este “yo”, una vez desarrollado, no
pueda volverse autónomo y ejercer una poderosa influencia en la evolución de la
personalidad (como en realidad ocurre)? Pero para Reich, el “yo” es solo un
“amortiguador u órgano protector”. En realidad, el psicoanálisis ignora la
actividad de la conciencia individual en la misma medida en que ignora la
actividad de la conciencia social. Los errores puestos de manifiesto en las
incursiones sociológicas del psicoanálisis están estrechamente vinculados con
su errónea teoría de la personalidad. En uno y otro caso da por inexistente la
actividad de la conciencia y de esa manera bloquea el camino a la influencia de
las condiciones sociales y económicas sobre el hombre.
Es difícil acusar
al freudismo de falta de lógica interna; por lo contrario, todo en él está tan
diestramente ensamblado que al exponer en forma aislada diversas tesis valiosas
de esta teoría uno se ve, inclusive, obligado a numerosas rectificaciones y reservas.
Es un sistema bien ensamblado e interiormente consecuente, pero su espíritu, su
pensamiento funda-mental, impide reconocerlo como un sistema
dialéctico-materialista.
Ha llegado el
momento de extraer algunas conclusiones finales:
1. El sistema psicoanalítico, como teoría de la
vida psíquica del individuo no resiste la crítica metodológica aplicada desde
el punto de vista de la teoría dialéctica materialista. Aun cuando los
creadores del psicoanálisis hayan logrado exponer en forma adecuada la
dialéctica objetiva de ciertos
23 Las cursivas me pertenecen –(I. S.)
91
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
procesos aislados,
los conceptos generales del psicoanálisis acerca de la naturaleza de la
personalidad no responden ni a las exigencias de la dialéctica, ni a las del
materialismo consecuente. La más grave violación de la dialéctica cometida por
el psicoanálisis reside en la excesiva biologización de la personalidad y en el
descuido de sus componentes sociales. Esta teoría no concede suficiente
atención a la circunstancia de que el individuo es solo una parte de un todo
social articulado de manera muy precisa, y que las leves de ese todo –que, al
pasar por el aparato psicofisiolóaico del individuo, se descomponen como a
través de un prisma– trasforman y dominan las características naturales del
individuo. Los esfuerzos de Reich –encaminados a negar esa violación o a
atenuar las consecuencias de la valoración crítica del psicoanálisis– no pueden
considerarse convincentes ni con la mejor de las voluntades. La fuente
metodológica del error de Reich está en la insuficiente aplicación de los
principios dialécticos al problema del “acoplamiento” y –en relación con eso–
al problema de la conexión entre las diferentes etapas del proceso evolutivo.
El hecho de que el
psicoanálisis no responda a los principios básicos de la dialéctica, tiene que
colocarlo inevitablemente en una cierta contradicción con los principios del
materialismo; esta contradicción se manifiesta con particular claridad en la parte
sociológica de la teoría freudiana.
2. La principal característica de las opiniones
sociológicas de los psico-analistas, y también de Reich, es que –una vez más en
abierta oposición a la dialéctica– otorgan excesiva trascendencia a la
significación sociológica de las leyes de la psiquis individual –y, en
consecuencia, a las posibilidades sociológicas del método psicoanalítico–.
Sustituyen erróneamente la psicología social –en cuanto disciplina sociológica
o grupo de disciplinas sociológicas– por la psicología individual, representada
por el psicoanálisis. Además sobrestiman el papel del factor psicológico en el
proceso histórico, consideran a este factor como la manifestación de la
actividad de fuerzas biológicas instintivas e ignoran por completo la base
económica de este proceso (lo que significa el deslizamiento hacia un idealismo
histórico, como surge de los trabajos sociológicos de Freud) o bien intentan
incorporar el psicoanálisis a la teoría del materialismo histórico, mediante
todo tipo de aclaraciones y añadidos, lo que trae apareado una distorsión de la
concepción marxista de la evolución social (Reich, Varjas).
92
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Pero precisamente
esas opiniones representan un alejamiento del materialismo. El error que
cometen aquí los psicoanalistas es análogo al que Marx descubriera en
Feuerbach, cuyas opiniones materialistas sobre la naturaleza del hombre no le
impedían adoptar una actitud idealista respecto a los fenómenos sociales e
históricos.
3. La parte sociológica de la teoría de Freud
está orgánicamente vinculada con el aspecto psicológico individual de la misma.
Justamente por sobrestimar la importancia de las características naturales del
hombre y de las leyes biopsicológicas que rigen estas características, el
psicoanálisis llega a la conclusión de que las trasformaciones sociales e
históricas responden (por lo menos en algunos momentos) a las trasformaciones
biopsicológicas individuales, y consideran a estas últimas como base de las
primeras.
La relación
orgánica existente entre las distintas partes de la teoría freudiana permite
considerarla como un solo y amplio sistema. Es útil designar este sistema como
“freudismo” para distinguirlo del psico-análisis, que como teoría de la vida
psíquica individual, representa una parte constitutiva del amplio sistema del
freudismo.
4. Y ahora dedicaremos algunas palabras al
trabajo de Reich, en particular. No ha sido posible, en un solo artículo,
detenernos en todos los problemas planteados por Reich y solo hemos tratado lo
fundamental. Hemos debido omitir la crítica a las erróneas opiniones de Reich
acerca de la génesis social de la teoría psicoanalítica y al problema del lugar
ocupado por el freudismo entre las demás ideologías burguesas. No obstante eso,
creemos que lo expuesto basta para dejar establecido que el trabajo de Reich no
es, de ninguna manera, expresión de las verdaderas opiniones marxistas acerca
de la teoría freudiana, por buenas que hayan sido las intenciones del autor en
este sentido. Nosotros rechazamos el freudismo en cuanto sistema, lo que no nos
impide reconocer el alto valor científico de diferentes principios del
psicoanálisis, en especial si se los depura de las abundantes deformaciones a
las que están expuestos dentro del sistema general de conceptos
psicoanalíticos.
93
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
MARXISMO Y
REPRESIÓN
Fritz Sternberg
(1932)
El modo de
producción del capitalismo pone de manifiesto diferencias fundamentales
respecto a todas las formas de producción anteriores. El análisis de esas
diferencias es premisa indispensable para estudiar la historia del pensamiento
en el último siglo. El capitalismo no inventó la explotación. En el período
feudal, como en la Antigüedad, la masa de la población también era explotada
por las clases altas. Pero las formas de explotación eran otras. En todas las
modalidades precapitalistas de producción, la gran mayoría de la población
vivía de la agricultura y la ganadería. Si imaginamos la totalidad del proceso
de trabajo como una línea A–B y si, además, tenemos en cuenta que el campesino
debía trabajar durante un determinado número de días las tierras del señor,
podremos dividir la línea A–B de la siguiente manera: A–C–B. El campesino
trabajaba en su propio beneficio una parte de la semana (la que corresponde a
la línea A–C); el resto de la semana (lo que corresponde a la línea C–B) era
consagrado a los campos del señor. El trabajo que realiza en su propio
beneficio y el que realiza en provecho del señor tienen, pues, su localización
precisa, puesto que el primero se cumple en suelo propio.
Además, el trabajo
que realiza en provecho propio también está apartado en el tiempo del cumplido
en beneficio del señor. En aquellas épocas, la explotación podía representarse
así plásticamente. Si se hubiera fotogra-fiado, por ese entonces, el proceso de
producción, se habría podido determinar a través de la imagen fotográfica en
qué momento terminaba el trabajo propio y en qué momento se iniciaba la
explotación. El campesino sabía que lo estaban explotando, el señor sabía que
estaba explotando. Si se buscaba una razón para ello se la encontraba en el
hecho de que el señor brindaba protección militar al campesino.
La clase señorial
sabía que estaba explotando a los campesinos. Pero esa conciencia no los
perturbaba; no los perturbaba, porque los campesinos no tenían la conciencia de
clase que hoy tiene la clase trabajadora. No la tenían, porque no la podían
tener. Eso queda demostrado por todas las luchas de clase que se presentan a lo
largo de la historia de las moda-lidades precapitalistas de producción. La
historia de todos los períodos económicos, hasta el capitalismo, no es una
pugna entre explotadores y explotados; no es una disputa de la renta señorial
entre los beneficiarios y
94
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
quienes la hacen
posible. Es una lucha de las clases dominantes entre sí y lo que está en
disputa es el reparto de la renta. Ni en Roma ni en Grecia, la tónica de la
historia estuvo dada por las luchas contra esclavos que querían abolir la
esclavitud (si alguna vez se produjo algún levantamiento de esclavos fue porque
la opresión había asumido formas monstruosas); la tónica de la época está dada
por las luchas de las clases dominantes entre sí. Por ejemplo: la lucha entre
patricios y plebeyos. Los esclavos estaban por debajo de ambos. El propio Marx
ha señalado expresamente esto, aunque en un pasaje que suele pasarse por alto.
En el prólogo de El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, escrito por Marx en
1869, es decir, luego de la publicación de El Capital,24 leemos:
“Ante esta analogía
superficial se olvida lo fundamental y es que en la antigua Roma, la lucha de
clases solo se desarrollaba dentro de una minoría privilegiada, entre los
libres ricos y los libres pobres, mientras que la gran masa productiva de la
población, los esclavos, constituían el pedestal puramente pasivo de estas
luchas. Se olvida la significativa frase de Sismondi: ‘El proletariado romano
vivía a costa de la sociedad, mientras que la sociedad moderna vive a costa del
proletariado.’ Ante una diferencia tal entre las condiciones materiales,
económicas, de la lucha de clases en la Antigüedad y en nuestra época, sus
productos políticos no pueden tener en común más de lo que tendrían el
arzobispo de Canterbury y el sumo sacerdote Samuel.”
El Medioevo
manifiesta analogías con la Antigüedad en un punto: la lucha no se desarrolla
entre los siervos y los propietarios. Respecto a las guerras de campesinos
puede decirse lo mismo que se dijo acerca de los levanta-mientos de esclavos en
la Antigüedad. Fueron la respuesta a una opresión excesiva. Tanto para los
esclavos como para los siervos medievales, tanto para los patricios como para
los señores feudales, el trabajo de la mayoría y, por ende, la renta señorial
era una categoría de ingresos cuya desapa-rición estaba fuera del alcance de
cualquier imaginación.
Señalémoslo una vez
más: tanto en el Medioevo como en la Antigüedad, la explotación de las masas
era fácilmente determinable. Podía compro-barse en el espacio y en el tiempo,
era establecida y admitida por la clase dominante, porque la clase dominada, la
de los campesinos carentes de derechos, no tenía conciencia social.
24 Stuttgart-Dietz, 1914, pág. 5
95
Bernfeld - Fenichel
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En ambos puntos se
han producido trasformaciones decisivas con el advenimiento del régimen
capitalista. Hablemos, en primer lugar, de la conciencia de clase de las capas
inferiores.
Por primera vez en
la historia universal podemos comprobar que las clases inferiores tienen
conciencia de clase. Cuando el esclavo recuperaba la libertad la recuperaba
individualmente. Cuando el siervo medieval, el campesino, era liberado de sus
cargas, lo que cambiaba era su situación individual; en cambio, para el ascenso
del obrero, lo primario es la liberación de la clase. Solo a través de ella –y
su consecuencia necesaria: la abolición de las clases– se produce la liberación
del individuo.
Por ello, gran
industria, separación del individuo de los medios de producción, conciencia de
clase de los obreros y lucha de clases, son factores que se condicionan los
unos a los otros.
Por ello, por
primera vez en la historia, la lucha no es como hasta ahora una lucha entre las
clases dominantes que se disputan la distribución de la renta, sino la lucha
por la renta misma: la lucha por la renta entre la burguesía y el proletariado.
Por ello, por
primera vez en la historia, la clase de los señores experimenta que su
plusvalía no es una categoría natural, sobrentendida e indiscutible, sino que
la tiene que defender en permanente lucha contra la clase obrera.
La renta se obtenía
en un suelo tranquilo; el suelo de los beneficios económicos modernos es
volcánico.
La clase baja tiene
conciencia. El proletariado lucha contra su explotación. Lucha por la abolición
de la explotación, por la abolición de la plusvalía, por la abolición de las
clases. ¿Cuál es la respuesta de la clase alta? ¿Cuál es la respuesta de la burguesía?
La respuesta no es: “Sí, explotamos a los obreros; sí, vosotros trabajáis y
nosotros os obligamos a producir nuestros beneficios, porque nosotros tenemos
el poder.” La respuesta es: “La explotación no existe. La palabra explotación
es solo un invento demagógico de los socialistas.”
Y por eso es de
extraordinaria importancia que la particular estructura del modo capitalista de
producción permita a los capitalistas ocultar, reprimir hechos decisivos, que
tanto en la Antigüedad como en el sistema feudal estaban a plena luz del día.
Recordemos la línea A–B y el punto C.
96
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
También en el
capitalismo existe una línea A–C, en la que el obrero cumple un trabajo –dicho
en términos marxistas– “necesario” y una línea C–B, en la cual cumple un
trabajo “adicional”. Pero el trabajo adicional no está claramente separado del
necesario ni en el espacio ni en el tiempo. El obrero no cumple el horario del
trabajo necesario en su casa y el del trabajo suplementario en la fábrica;
trabaja siempre en la fábrica. De modo que no existe la separación en el
espacio. El obrero no trabaja en la fábrica durante un lapso para sí y durante
un lapso para el capitalista. De modo que tampoco en materia de tiempo puede
determinarse cuándo cesa el trabajo necesario y cuándo comienza el adicional.
Si se sigue paso a paso el proceso capitalista de producción, si se lo
fotografía, si se lo registra cinematográficamente, nunca se podrá establecer
cuándo comienza el trabajo adicional. Esta imposibilidad de una delimitación
precisa, exacta, brinda al capitalista la posibilidad de pasar por alto los
hechos decisivos. Le brinda esa posibilidad, y esa posibilidad se ha
trasformado en necesidad. El pasar por alto se ha convertido en disimulo, en
represión, porque la conciencia de clase se ha ido haciendo cada vez más
intensa; porque la lucha contra la explotación, contra los beneficios
económicos, se ha ido haciendo más franca y porque la clase dominante quiere
conservar la conciencia limpia, precisamente para esta lucha. Como es lógico,
la represión tiene que ser más notable en el área próxima a los hechos
candentes, es decir, en la teoría económica. Ya antes de Marx, Say había
elaborado una teoría de las fuerzas productivas. Para producir un bien se
requiere capital, suelo y trabajo. El capital produce intereses; el suelo, la
renta; el trabajo, salario. La plusvalía no existe; no existe la “utilidad”, y
contra los intereses no hay nada que objetar. También el obrero cobra
intereses, cuando deposita su dinero en caja de ahorro. La ciencia burguesa
superó esta teoría de Say en Inglaterra y solo en Inglaterra. Y si esto ocurrió
en Inglaterra, es porque este país era el único en el cual existía una
producción industrial en gran escala, sin que las luchas de clases fueran tan
agudas como para hacer peligrar el sistema. En Alemania, en cambio, la economía
burguesa nunca fue más allá de los simplistas planteos de Say. Ya en el prólogo
a la 2° edición de El Capital, Marx señaló lo fundamental:
“Desde 1848 el modo
capitalista de producción se ha ido desarro-llando rápidamente en Alemania y
hoy en día ha llegado a su fraudulento florecimiento. Pero los hados no son
favorables a nuestros economistas. Mientras pudieron cultivar la economía
97
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
política sin
trabas, las condiciones económicas modernas no se daban en la realidad alemana.
Cuando esas condiciones surgieron a la vida, lo hicieron bajo condiciones que
no hacían admisible por más tiempo su estudio sin trabas dentro del campo
visual burgués...
Tomemos el caso de
Inglaterra. Su economía política clásica coincide con el período en que la
lucha de clases aún no se había desarrollado. Su último gran representante,
Ricardo, toma conciencia, por fin, de la pugna de intereses entre las clases,
entre el salario y el lucro, entre el lucro y la renta de bienes raíces, y la
convierte en punto de partida de sus investigaciones, interpretando
ingenuamente esta pugna como una ley natural. Pero con eso, la economía
científica burguesa entraba en un callejón sin salida.”
Solo se comprende
en qué medida tenía razón Marx, cuando se observa lo producido en Alemania, en
materia de teoría económica, después de su muerte. Es una mezcolanza de las más
burdas simplezas. Sin embargo, resulta interesante observar la intensidad que
ha adquirido el proceso de represión: las palabras que designan lo
característico del capitalismo han desaparecido de la jerga económica burguesa.
En el capitalismo existe el beneficio o ganancia. Pues bien, la conocida obra
de una figura señera de la escuela austríaca se intitula: Historia de la teoría
de la renta (Zinstheorie). Porque la renta siempre existió; en consecuencia,
siempre existirá. Y por ello Böhm-Bawerk, en unión con Cassel –su camarada en
materia de economía ramplona– se esforzó por demostrar que en el socialismo
también tenía que existir la renta.
¿Qué es
capitalismo? Es el modo de producción por el cual los dueños de los medios de
producción están enfrentados a los obreros libres; libres en el célebre doble
sentido marxista: desde el punto de vista legal –en contraste con los esclavos–
y libres de medios de producción –en contraste con los campesinos y los
artesanos–. No poseen más que su capacidad de trabajo. Por lo tanto, el capital
solo es capital bajo determinadas condiciones sociales. El enfoque de la
economía vulgar es otro. Para ella, capital es “trabajo invertido”, “medios de
producción producidos”. Porque los medios de producción siempre han existido,
en la época feudal, en la Antigüedad, en la prehistoria... más aun, hasta entre
los animales, según Böhm-Bawerk. Porque cuando el mono no arranca directamente
los frutos del árbol, sino que recurre a una piedra, la piedra es para el mono
un medio de producción producido y, por consiguiente, capital. En consecuencia,
si siempre ha existido el capital, aun en la nebulosa
98
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
prehistoria, aun en
el reino animal, eso significa –Dios lo quiera– que siempre lo habrá.
En el capitalismo,
la crisis es la expresión más clara de todas sus contradic-ciones. Por ello, la
palabra crisis desapareció del vocabulario económico popular. Se hablaba de
fluctuaciones de la vida económica, se hablaba de alza y baja, se hablaba de reflujo,
de estancamiento y de expansión. Porque cuando se habla de fluctuaciones, la
baja, el reflujo, el seno de la ola es prolegómeno de un nuevo ascenso.
La economía está
muy próxima a las luchas de clases, por eso el proceso de represión es
particularmente burdo en este terreno y se lo puede demostrar en forma
palpable. Pero no se limita a la economía. Domina la totalidad de la vida
espiritual. La domina sin que los portadores de este proceso de represión hayan
tomado conciencia de la situación.
Marx y Freud
Hemos expuesto aquí
los requisitos económicos para la represión: las características del modo
capitalista de producción –en el cual la explotación no surge con tanto realce
como en el feudalismo o en la esclavitud de la Antigüedad– brindaron a las
clases dominantes la posibilidad de la represión. Esta llegó a trasformarse en
necesidad, puesto que en el curso del proceso capitalista, la clase sometida va
adquiriendo una conciencia de clase cada vez más intensa y, en consecuencia,
entabla una lucha contra la explotación, contra el dominio de clase. Si la
clase dominante hubiera admitido la existencia del factor explotación, habría
renunciado voluntariamente a uno de los medios decisivos para el mantenimiento
de su dominio: la propia conciencia limpia, por un lado, y la falta de
esclarecimiento de las masas, por el otro. Por ello era preciso reprimir las
circunstancias económicas decisivas; por ello la represión comenzó a imponerse
más y más en la totalidad de la clase dominante. Por ello debemos establecer precisamente
en el capitalismo y solo en el capitalismo una hipertrofia de la represión.
Pero ocurrió lo
siguiente: la existencia de la represión, como hecho, también fue admitida por
la ciencia burguesa. Freud creó el psicoanálisis. Como se sabe, Freud llegó a
sus primeros resultados con pacientes neuróticos, cuya enfermedad era
funcional, no orgánica; en los cuales, pues, la enfermedad nerviosa no provenía
de trasformaciones orgánicas
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
anatómicamente
comprobables. Hasta entonces se había intentado curar a esos enfermos a través
de la hipnosis y la sugestión, pero Freud descubrió que, en ese caso, el mal
regresaba al poco tiempo y agravado. En su tratamiento partió de la suposición
de que el enfermo trataba de reprimir en el inconsciente las ideas que le
resultaban intolerables y con las cuales era incapaz de habérselas. La misión
del médico entrenado en psicoanálisis es la de conducir al propio paciente al
descubrimiento de ese complejo sumergido en el inconsciente. Si se logra educar
la voluntad del enfermo para que, en adelante, no reprima, la curación se hará
posible en enfermedades nerviosas de origen funcional.
En el curso de sus
investigaciones, Freud vio el mecanismo de represión en funcionamiento, en los
sueños, en los chistes y en la vida diaria en general.
Ahora bien, ¿qué
tienen que ver las investigaciones freudianas con el marxismo? ¿Qué tiene que
ver con el marxismo el hecho de que los neuróticos repriman las ideas que le
resultan incómodas? Para resumirlo en pocas palabras: después que la represión
por los motivos económicos que señalamos se hubo convertido necesariamente en
un fenómeno social, viene el psicoanálisis e investiga el mecanismo individual
de represión en determinados individuos. Lo investiga sin siquiera preguntarse
por qué esas investigaciones se practicaban precisamente a fines del siglo XIX.
Sin preguntárselo, porque es característico de Freud y sus numerosos discípulos
el no plantearse jamás el problema de por qué el psicoanálisis no se descubre
antes del siglo XIX. ¿Cómo es posible que solo en los últimos tiempos se
enfoquen los sueños, se enfoque el chiste con un criterio científico? Después
de todo, la gente viene soñando desde hace millares de años. Para el
psicoanálisis esta circunstancia es casual. Si Freud hubiera nacido en 1625, el
psicoanálisis tendría 300 años de antigüedad.
Pero para los
marxistas, el hecho de que el psicoanálisis haya aparecido a fines del siglo
XIX es una consecuencia lógica. La hipertrofia de la represión es el requisito
para que esta –en su forma individual– se haya convertido en problema para la
burguesía. Por eso es el marxismo el que señala al psicoanálisis su hora de
nacimiento. Pero no solo le señala su hora de nacimiento, sino también sus
límites y errores. Porque una característica de Freud y sus discípulos es su
impermeabilidad a lo econó-mico. Ellos no saben en qué época histórica están
viviendo. También es característico de Freud el considerar al mecanismo de
represión analizado
100
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
por él, como una
categoría humana general y el dejar totalmente de lado en ese análisis el peso
específico de las clases y de su estratificación.
Dos ejemplos: Freud
habla de la muerte del padre como el acontecimiento más importante en la vida
del hombre. Pero la muerte del padre tiene un significado muy diferente para el
hijo de burgués y para el joven proletario... En las últimas décadas de preguerra,
el hijo de burgués solía depender de su padre hasta los 30 años, es decir,
hasta una edad en la que su independencia espiritual ya se había desarrollado,
una edad en la que –desde hacía rato– mantenía relaciones con mujeres. La
muerte del padre –sobre todo en familias en las cuales este hacía uso de todo
su poder patriarcal– significaba, pues, para él un encontrarse a sí mismo.
Entre los
proletarios el asunto era diferente. Ya en el período de aprendizaje, entre los
14 y los 17 años, el joven obrero ganaba parte de su sustento y, con
frecuencia, vivía en casa de su maestro. Una vez terminado el aprendizaje solía
pasar años sin ver a su padre; sobre todo en la segunda mitad del siglo XIX,
época en la cual tuvo lugar un movimiento extraordinariamente intenso en las
capas de la población. Por eso, para el hijo de proletarios la muerte del padre
distaba mucho de ser el acontecimiento más importante de su vida, puesto que el
padre ni siquiera había tenido una influencia muy decisiva sobre él antes de su
muerte. No es casual que Freud no pronuncie una sola palabra sobre estos
hechos.
Otro ejemplo: con
todo acierto, Freud ha llamado la atención sobre el erotismo infantil. Con todo
acierto ha señalado la influencia decisiva que tiene el período de la pubertad
en la vida de muchos hombres. Sin embargo, apenas si ha tratado en forma sistemática
la diferencia decisiva que existe entre la pubertad que trascurre en una casa
paterna con siete habitaciones –en la cual los padres tienen su propio
dormitorio y los niños duermen separados de ellos– y la pubertad de millones de
proletarios en el auge del capitalismo, cuando padres e hijos duermen en una
misma habitación y, a veces, en la misma cama.
Algunos discípulos
de Freud trabajaron sobre este tema, pero los resultados no podían ser
trascendentes, porque su planteo tenía un punto de partida erróneo: aun al
considerar los factores sociales, se partía siempre del mecanismo individual de
represión. El propio Freud apenas si se ocupó del asunto en forma sistemática.
Sus límites están en el mismo
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
terreno que los
límites de la economía burguesa. Es característico de la economía burguesa el
considerar el modo capitalista de producción como algo natural y eterno, no
como algo histórico, que se dio en un período determinado y al que la historia
dejará de lado.
Freud concentra en
la familia todo el interés que ha escatimado a la economía. Y así como la
economía burguesa considera que el modo de producción del capitalismo es algo
perpetuo, él ve la actual organización familiar burguesa como algo eterno e
invariable. En uno de su últimos escritos, Freud define su posición respecto al
comunismo. No quiere polemizar con él en el terreno económico; no se siente
competente para hacerlo. Pero, a su juicio, la propia psicología demostraría
que las consignas comunistas son irrealizables mientras subsista la familia en
su forma actual.
Freud no puede
mostrar con mayor claridad sus propias limitaciones. De la economía no se
ocupa. De la familia tiene que ocuparse. Pero para él, la familia es algo dado
e intrasformable. No advierte que, en el apogeo del capitalismo, la familia
burguesa es otra cosa que la familia proletaria; que la familia, en general, en
el apogeo del capitalismo es otra cosa que la familia en el período feudal o en
la Antigüedad. No advierte que en la actual etapa de declinación del
capitalismo, su organización está experi-mentando nuevas trasformaciones y que
en el socialismo será algo completamente distinto. Y la trasformación de la
familia es decisiva, precisamente para esos procesos que Freud considera tan
esenciales: la muerte del padre y la pubertad. Supongamos que al concretarse el
modo socialista de producción, los hijos ya no crezcan en el seno de la
familia. En ese caso la muerte del padre no puede ser un acontecimiento de
igual importancia que la muerte del padre para un niño burgués, que se haya
desarrollado bajo las actuales circunstancias. Otro tanto puede decirse de la
pubertad, que trascurrirá bajo condiciones totalmente distintas.
Freud nada sabe de
clases y de lucha de clases. Por ello la historia no es para él un proceso
dialéctico sino un permanente y eterno progreso. En uno de los ensayos
incluidos en Aportaciones a la teoría de la neurosis señala como progreso
decisivo el descubrimiento de que la Tierra no es el centro del universo, sino
un planeta que gira alrededor del Sol; otro progreso se debería a Darwin, quien
demostró que una larga serie de animales condujo paulatinamente a la formación
de la especie humana; otro progreso partiría del psicoanálisis, a través del
cual se demostró que
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
los procesos
inconscientes en el hombre no son accidentales sino que están sujetos a un
determinismo y a leyes (señaladas por Freud). Y de todo eso se extrae la
conclusión de que nosotros avanzamos siempre en un proceso continuo. Este
enfoque freudiano de la historia corresponde al del liberalismo burgués. Es el
enfoque de Goethe, quien analizaba la historia humana con ajuste a categorías
de las ciencias naturales y cerraba los ojos a la evidencia de que las clases y
las luchas de clases son los motores decisivos de la historia.
En una conversación
con Eckermann, Goethe, afirma acerca de la Revolución Francesa, que si los de
arriba no hubieran gobernado mal, Francia no habría llegado a la revolución;
compara al gobierno francés con un jardinero que no ha arrancado a tiempo las malas
hierbas... Ese es el concepto que Freud tiene de la historia.
Es evidente que la
guerra imperialista, que la agudización de las luchas de clases, no tienen
cabida en el sistema freudiano. Por eso apenas si se las roza. En los numerosos
libros publicados por Freud después de la Guerra Mundial, apenas si se dedica
una palabra a la guerra. Sus discípulos, en cambio, han consagrado numerosas
publicaciones a ese tema. Cada cual lo ha hecho a su manera y así han salido a
relucir las cosas más espan-tosas. Por ejemplo: esos analistas han llegado a la
conclusión de que los socialdemócratas tienen un complejo paterno y por eso son
partidarios de la autoridad, mientras que los comunistas no tienen complejo
paterno y por eso están en contra de la autoridad.
Se ha afirmado, con
mucha razón, que Freud no es responsable de esta literatura. Pero también hay
que señalar que Freud la hizo posible desde el momento en que consideró posible
un análisis que no computa el factor económico. Eso fue una fuente de errores
para él mismo. En el análisis freudiano, el sexo es siempre el factor decisivo,
y preciso es destacar que es mucho lo que debemos a Freud en materia de
análisis de la sexualidad. Pero como para él todos los demás factores pasan a
segundo plano –mejor dicho tienen que pasar a segundo plano, precisa-mente,
porque se ha descuidado el análisis económico– siempre aparece en Freud una
adulteración del peso específico. En un libro pueden descuidarse determinados
factores si el error se subsana en obras posteriores. Pero cuando esas obras no
aparecen hay una adulteración del peso. Ese es el caso de Freud. Freud, el
creador del concepto de represión, es a la vez uno de los mayores represores de
todos los tiempos.
103
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
En una época en que
la economía obliga a la totalidad de la clase dominante a una represión cada
vez más intensa, en una época en que se produce –en que tiene que producirse–
una hipertrofia de la represión, en esa época, el análisis de la represión debería
haber provocado una conmoción ideológica en todo el orden social, si hubiera
abarcado el fenómeno en toda su profundidad. Pero era preciso denunciar el
proceso de la represión y, a la vez, despojarlo de sus elementos
revolucionarios. Y quedó despojado de estos elementos al exponérselo como
proceso individual; como proceso individual de enfermos, en primer lugar, y
como proceso individual que afectaba, ante todo, el terreno sexológico. La
burguesía podía proclamar la represión, en su versión freudiana, sin traicionar
a su clase, sin siquiera hablar de su clase.
Freud nada sabe
acerca del papel que ha desempeñado. El que ha desenmascarado al inconsciente,
ha sido inconscientemente el instrumento de procesos históricos cuyas leyes él
desconoce.
Marx, Schopenhauer
y Nietzsche
En las páginas
precedentes se ha demostrado que la intensificación de la lucha de clases
obliga a las clases dominantes a reprimir elementos decisivos, para conservar
la conciencia tranquila, y que esa represión es particularmente burda y torpe
en materia económica. Pero la represión va más allá aún y abarca toda la
historia del pensamiento. Sería de extra-ordinario interés analizar, en forma
sistemática, la historia del pensamiento desde este punto de vista. Las líneas
que siguen no pretenden ser un intento de esa naturaleza.
Solo procuran
señalar algunos puntos de vista que pueden ser esenciales para semejante
investigación.
El término
represión pertenece a Freud; pero, por supuesto, no fue él quien descubrió el
fenómeno en sí. Entre otros, Schopenhauer tuvo mucho que decir al respecto. La
obra cumbre de Schopenhauer lleva el título El mundo como voluntad y
representación. La voluntad es el elemento primario, la representación, el
intelecto, lo secundario. Tan secundario es, que en la lucha de intereses entre
voluntad e intelecto, que se produce en el hombre normal, siempre predomina la
voluntad y retrocede el intelecto. Schopenhauer ha desarrollado esa idea en mil
variaciones y es nota característica de su sistema, que el hombre genial sea
aquel que conoce
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
en forma “pura”, es
decir, el hombre en el cual la representación es, lo primario, en el cual la
voluntad debe inclinarse ante la representación.
No es casual que el
sistema de Schopenhauer aparezca cuando el capitalismo está llegando a su
apogeo. Porque no hay orden económico en el cual la voluntad, el interés,
dominen tanto al intelecto. No hay orden económico en el cual se impongan
vallas tan objetivas a la percepción “pura”. Esto no ocurría en el feudalismo
ni en tiempos de la esclavitud. Tampoco ocurrirá en el socialismo. La clase de
los señores feudales podía “percibir en forma pura” sin ser genial. ¿Y por qué?
Porque el conocimiento de todos los hechos decisivos no la perjudicaba; porque,
pese a ese conocimiento, podía seguir perteneciendo a la capa dominante; porque
la clase baja no tenía aún conciencia de clase ni podía tenerla; porque ninguna
clase podía imaginar un orden social sin división en clases. No olvidemos que
los más grandes pensadores de la Antigüedad –Platón y Aristóteles– no podían
imaginar siquiera una sociedad sin esclavos; que Espartaco no quería suprimir
la esclavitud, sino convertir a los esclavos en señores. En aquella época no se
libraban luchas por la abolición de la esclavitud. Las clases eran algo
sobrentendido. La sociedad sin clases escapaba a la imaginación. Una antigua
anécdota, que se narraba en Europa en el siglo XIX, demuestra con toda claridad
hasta qué punto se estaba alejado, en ese entonces, de la idea de una sociedad
sin clases. “Una mujer pobre le dice a una rica: ‘Haremos una revolución para
que todos seamos iguales: usted acarreará piedras y yo usaré vestidos de
terciopelo.”
Puesto que las
clases bajas no tenían conciencia de clase, los de arriba podían percibir la
verdad sin peligro alguno. Por eso, en la época feudal y en la Antigüedad no se
requería “genio” para comprender: nadie necesitaba salir de su clase aunque
percibiera en forma “pura”. Esta situación varió en el capitalismo. En el
capitalismo, el miembro de la clase dominante que “perciba en forma pura” –en
el sentido de Schopenhauer– deberá saltar por sobre su clase, deberá
abandonarla. El miembro “normal” de una clase dominante no lo hace; hasta
ahora, ninguna clase dominante ha renunciado voluntariamente a la explotación
de una clase inferior. Por ello, en el capitalismo, la voluntad, el impulso, es
lo primario; el intelecto, lo secundario. Pero solo lo es en el capitalismo. No
será así por siempre, como tampoco es eterno el capitalismo, puesto que está
condicionado por factores históricos.
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Schopenhauer es un
ejemplo de la naturaleza del enfoque burgués: absolutiza hechos que solo tienen
vigencia en una determinada fase histórica y les atribuye validez general. Las
relaciones entre voluntad y representación dependen de la formación de clases y
de la conciencia de clase. Se modifican sustancialmente en una sociedad con
conciencia de clase.
Por eso, la
ubicación metódica del sistema de Schopenhauer puede determinarse no solo a
partir de la historia del pensamiento, no solo a partir de la filosofía. No se
lo concibe tan solo como un producto de la evolución autónoma del pensamiento.
Tiene una ubicación precisa como superestructura ideológica de un sistema con
una estructura económica muy específica. No es casual que haya surgido y no es
casual que haya surgido en un momento determinado.
Los filósofos han
admitido, de tanto en tanto, que algunos sistemas filosóficos no se explican
exclusivamente como resultado de la evolución autónoma del pensamiento; pero si
lo admiten, no es con referencia al sistema propio sino a los que ellos combaten.
El profesor Heinrich Rickert, de Heidelberg, se ha ocupado, por ejemplo, de la
filosofía nietzscheana de la vida. Luego de “acabar” con ella desde el ángulo
filosófico, procuró explicarla, entre otras cosas, como un resultado de la
precaria salud de Nietzsche, quien –perseguido por la enfermedad– tenía que
tener a “la vida” en muy alta estima. Pero la explicación de la filosofía de
Nietzsche que nos proporciona el señor profesor adolece de la misma chatura que
caracteriza a su propia filosofía. La filosofía de Nietzsche coincide con el
auge del capitalismo; coincide, pues, con una época en que la producción de la
gran industria hace enormes progresos. En la filosofía nietzscheana de la vida
se ponen ya de manifiesto todas las líneas de pensamiento que más tarde harían
eclosión en el movimiento juvenil alemán. El capitalismo destruye muchos
valores que habían sido elementales para generaciones anteriores. Mecaniza la
existencia. Para qué entrar más en detalles: la conciencia de las fuerzas
destructoras de vida contenidas en el capitalismo, penetra en todas las esferas
de la burguesía. La reacción a esa conciencia fue muy diversa. No se podía
meditar en profundidad, porque de hacerlo era forzoso apoyar la plataforma
ideológica del proletariado. Por ello se reaccionó por vía del romanticismo. Ya
sea Rousseau, con su prédica del retorno a la naturaleza, o Sismondi –el
primero que tiene conciencia de las enormes crisis de comienzos del siglo XIX–,
con su elogio a las formas precapitalistas de producción o Gandhi, que hoy
procura combatir la
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
industria textil
inglesa por medio de un retorno a los telares... en todo los casos es lo mismo:
una romántica marcha atrás. En Nietzsche puede comprobarse un proceso similar.
A la creciente
atrofia de los valores, a la creciente atrofia de la vida, responde con una
hipertrofia de la idea “vida”. En momentos en que –en la realidad– el hombre
pierde cada vez más su calidad de ser humano, nace el superhombre. Cuando –en
su libro sobre la situación de las clases trabajadoras en Inglaterra– Engels
expone la inaudita devastación de la sustancia humana por obra del capitalismo,
Nietzsche responde: No debéis proyectaros hacia adelante, sino hacia arriba. La
“vida” –cuyo sendero se hace cada vez más estrecho, que cada vez está más
flanqueada por abismos– se yergue ahora sobre la punta de los pies. La
filosofía la enaltece, la cuelga de las estrellas y cree triunfar así sobre las
fuerzas hostiles a ella contenidas en el capitalismo.
Nietzsche no cantó
a la vida porque estuviera enfermo (ese análisis de Rickert está en el mismo
plano que el análisis sobre Marx, según el cual, este se habría convertido en
el más acérrimo enemigo del capitalismo al negársele un cargo de profesor
auxiliar y como resultado de una afección hepática). Nietzsche cantó a la vida
porque ésta estaba cada vez más ausente de la realidad y él esperaba salvarla
con su canto. Por ello no es de sorprender que se haya convertido en el
filósofo más leído por la burguesía alemana y en el padre espiritual del
movimiento juvenil alemán.
La burguesía
alemana ha tenido mala suerte en muchas cosas. Nunca llegó a desarrollar una
teoría económica (ya hemos hablado de eso), porque la modalidad de producción
propia de la gran industria llegó a su apogeo al mismo tiempo que alcanzaban su
climax los antagonismos sociales, oponiendo así obstáculos al análisis burgués.
Nunca llegó a desarrollar un estilo de vida burgués, propiamente dicho. En
Inglaterra las cosas fueron diferentes. Allí el feudalismo quedó liquidado ya a
fines del siglo XVIII. En Inglaterra la burguesía dominó en el terreno político
y económico por espacio de un siglo, sin guerras en el territorio propio. Por
eso, en una carta a Marx, Engels señala que la burguesía inglesa se las estaba
arreglando para organizar una nobleza burguesa y un proletariado aburguesado.
En Alemania la situación era otra. En Alemania la unificación del país no llegó
como revolución de abajo, sino como revolución de arriba. En Alemania los
junkers tenían poder político. En Alemania, la burguesía procuraba asimilarse a
la nobleza. Para darse tono, añadía
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
como dato personal
en las notas sociales de los periódicos, la condición de oficial de la reserva.
Esa burguesía tenía poder económico, sin el correspondiente poder político.
Como es lógico, esa burguesía tenía una mayor conciencia de la otra cara del capitalismo;
como es lógico, se rebelaba... pero, por supuesto, se rebelaba en forma
burguesa, es decir, dentro del marco del sistema. ¿Y qué hacía? Anteponía un
signo positivo a todos los valores que veía amenazados por el capitalismo
–vida, comunidad, sangre, lo vital, lo orgánico–, creyendo así salvarlos del
peligro. La juventud era capaz de hacerlo durante un tiempo. Eso duraba
mientras esa juventud era rentista, mientras sus padres la mantenían, mientras
podía vagar durante la semana, es decir durante los días en que otra gente
trabajaba. Duraba mientras alternaban con los de su misma especie.
Todo cesaba en
cuanto dejaban de ser rentistas, en cuanto debían desem-peñarse en una
profesión y, al girar día a día en el molino capitalista, se iban enterando de
que los valores a los que ellos habían antepuesto el signo positivo eran
triturados por el proceso capitalista de producción. Se debatían por un tiempo,
se reunían con sus antiguos camaradas de juventud los fines de semana, para
salvar su ritmo en la medida de lo posible. Pero a la larga eso terminaba. A la
larga era imposible luchar en el weekend por valores que eran permanentemente
destruidos en el trascurso de la semana. Así, todo el movimiento juvenil alemán
–por variado que haya sido– tuvo su problema de “señor maduro” y se estrelló
contra él. Hoy se ha convertido en un revoltijo de confusas ideas
nacionalistas, porque no tiene una ideología propia con la cual enfrentar a la
revolución proletaria. No la tiene ni puede tener. Porque no puede llegar a un
análisis de las situaciones decisivas que han destruido aquellos valores que un
día fueron sus propios valores. Debe renunciar a ese análisis, porque no solo
está poniendo en juego su propia forma de vida, sino la existencia de la clase
misma. Por ello se vuelve nacionalista y procura escurrir el bulto al
capitalismo. Y así se refugia en islas, puramente geográficas y también
ideales. Y así se resigna. Y así busca razones para no combatir al capitalismo,
razones que cambian todos los meses. Y así se convierte en pelota a merced de
cualquier moda ideológica. Solo una mínima parte logra dominar la represión,
salta por sobre la clase, se incorpora a las filas de aquellos que no necesitan
de la represión, porque no quieren defender a una clase agonizante sino abrir
una brecha para una nueva forma de producción, en la cual no se conocen las
clases.
108
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
SOBRE MÉTODOS Y
OBJETIVOS DE UNA PSICOLOGÍA SOCIAL ANALÍTICA
Erich Fromm (1932)
El psicoanálisis es
una psicología materialista, basada en las ciencias naturales. Ha señalado,
como motor del comportamiento humano, nece-sidades e impulsos instintivos,
alimentados por “instintos” de raigambre fisiológica, que no son directamente
observables. Ha revelado que la actividad mental consciente solo representa un
sector bastante reducido de la vida espiritual, que el hombre no tiene
conciencia de muchos impulsos decisivos para su comportamiento psicológico.
Pero, sobre todo, ha desenmascarado ideologías privadas y colectivas,
mostrándolas como expresión de determinados deseos y necesidades vinculados con
los instintos y ha descubierto en los móviles “morales” e ideales,
manifes-taciones disimuladas y racionalizadas de los instintos.25
En primer lugar, y
coincidiendo con la vulgar agrupación de los instintos en “hambre y amor”,
Freud conjeturó la existencia de dos grupos de impulsos instintivos, que actúan
como motores de la vida psíquica humana: los instintos de conservación y los
sexuales.26 Designó libido a la energía contenida en los instintos sexuales y
libidinales, a los procesos alimentados por esa energía. En una justificada
extensión del significado habitual del término “instinto sexual”, Freud abarcó
todas las tensiones que, a semejanza de los impulsos genitales, sean de origen
somático y estén ligadas a determinados lugares del cuerpo (“zonas erógenas”) y
cuyo desahogo sea fuente de placer.
25 El “superyó”, como instancia de contención
moral, debe su formación –según Freud– a las relaciones afectivas entre el niño
y sus padres y, por lo tanto, tiene su base en los instintos.
26 Impresionado por el hecho de que los
instintos de conservación contenían elementos libidinales y por la notable
importancia de las tendencias destructivas, Freud modificó su teoría primitiva
y contrapuso a los instintos de conservación de la vida (eróticos), instintos
de destrucción (instinto de muerte). Por trascendental que sea la argumentación
en que se apoya Freud para esta modificación de su punto de vista original, el
carácter de esta reforma es mucho más especulativo y menos empírico que el de
la posición original. A nuestro juicio se apoya en una mezcla de hechos
biológicos y de tendencias psicológicas, antes evitada por Freud. También está
en contradicción con una primitiva posición de Freud: la concepción de los
instintos como deseos, aspiraciones primarias que sirven a las tendencias de
conservación de la vida y se adaptan a ellas. Para nosotros, la consecuencia
lógica de la concepción global de Freud, es que la actividad psíquica humana se
cumpla en la adaptación a los sucesos y necesidades de la vida, y que los
instintos, como tales, se opongan, precisamente, al principio biológico de la
muerte. La polémica acerca de la hipótesis de los instintos de muerte sigue
activa dentro de la ciencia analítica. En lo que a nosotros respecta, en esta
exposición hemos partido de los puntos de vista originales de Freud.
109
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Freud propone como
principio fundamental de la actividad psíquica el “principio del placer”, es
decir la tendencia al máximo desahogo placen-tero de las tensiones instintivas.
Este principio del placer es modificado por el “principio de la realidad”, que
–bajo la influencia de la observación de la realidad– impone una renuncia al
placer o una postergación del mismo con el fin de evitar un mayor displacer o
de obtener una mayor cuota de placer en el futuro.
Para Freud, la
estructura instintiva específica de un hombre está condicionada por dos
factores: la constitución heredada y el destino del individuo, sobre todo su
suerte en la primera infancia. Parte del supuesto de que la constitución
heredada y las vivencias representan una “serie de complementos” y que la
misión específica del análisis consiste en investigar la influencia de las
experiencias sobre la constitución instintiva dada. El método analítico es,
pues, eminentemente histórico: exige la comprensión de la estructura instintiva
a partir de las experiencias vitales. Este método tiene validez tanto en lo que
se refiere a la vida psíquica del individuo sano, como a la del enfermo, es
decir la personalidad neurótica. Lo que distingue al hombre neurótico del
“normal”, es el hecho de que en este último la estructura instintiva se ha
adaptado en forma óptima a sus necesidades vitales reales, mientras que en el
primero, la evolución de los instintos ha tropezado con determinados obstáculos
que han impedido su debida adaptación a la realidad.
Para poder hacer
comprensible la adaptación de los instintos sexuales a la realidad y su
capacidad de trasformación, es necesario señalar deter-minadas características,
que los diferencian de los instintos de auto-conservación.
A diferencia de los
instintos de conservación, los instintos sexuales son postergables. Los
primeros son de naturaleza imperativa, es decir que el no satisfacerlos durante
un lapso más o menos prolongado acarrea la muerte; desde el punto de vista
psíquico, son absolutamente intolerables. Este hecho determina que los
instintos de conservación tengan primacía sobre los instintos sexuales. No se
trata de que representen un papel más importante, sino de que, en caso de
conflicto, son más acuciantes y se imponen sobre los demás mientras no se los
satisfaga.
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
En consecuencia,
los impulsos de los instintos sexuales son reprimibles, mientras que los deseos
provenientes de los instintos de conservación no pueden ser alejados de la
conciencia y permanecer sumergidos en el inconsciente. Otra importante
diferencia entre ambos grupos de instintos es que los sexuales son sublimables,
es decir que la directa satisfacción de un deseo sexual puede ser reemplazada
por una gratificación desvinculada de la primitiva meta sexual y amalgamada con
producciones del yo. Los instintos de conservación no son pasibles de semejante
sublimación.
También es de
especial importancia el hecho de que la satisfacción de los impulsos de
conservación siempre requiera medios reales, mientras que la gratificación de
los instintos sexuales puede lograrse, con frecuencia, a través de fantasías,
sin utilización de medios reales. En concreto, esto significa que el hambre del
ser humano sólo puede satisfacerse con pan, mientras que sus deseos de ser
amado pueden ser satisfechos con una fantasía acerca de un Dios bondadoso y
amante o bien, gratificando sus tendencias sa- distas con un sangriento
espectáculo popular.
Es esencial, por
fin, el hecho de que las diferentes manifestaciones de los instintos sexuales
son, en gran parte –también en contraste con los instintos de conservación–,
intercambiables y desviables. De no ser gratificada, una necesidad instintiva
puede ser reemplazada por otra cuya satisfacción es posible por motivos
internos o externos. Esta capacidad de trasformación y de intercambio, propia
de los instintos sexuales, es una de las claves para comprender tanto la vida
psíquica del neurótico como la del individuo sano, y representa un punto
capital de la teoría psicoanalítica. Pero, a la vez, este es un hecho social de
máxima importancia: permite que se ofrezcan a las masas –y sean aceptadas por
ellas– precisamente aquellas gratificaciones que están disponibles por razones
sociales, o sea, que son convenientes para la clase dominante.27
Resumiendo,
tenemos, pues, que los instintos sexuales –por ser poster-gables, reprimibles,
sublimables y trasformables– tienen un carácter mucho más dúctil y adaptable
que los instintos de conservación, y que se apoyan en estos, siguen sus
huellas.28 Pero el hecho de que sean más adaptables y
27 Es importante el papel de la exacerbación y
gratificación de impulsos sádicos a que suele recurrirse cuando, por razones
socioeconómicas, queda excluida la satisfacción de impulsos de naturaleza
positiva. El sadismo es la gran reserva instintiva a la que se acostumbra a
apelar cuando no hay otra gratificación –por lo general más costosa– para
brindar a las masas. Al mismo tiempo esas energías se aprovechan para
exterminar a los rivales.
28 Cf. Freud, Drei Abhandlungen zur
Sexualtheorie. Ges. Sch. V. Leipzig, Viena, Zurich, 1924.
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
capaces de
trasformación, no significa que los instintos sexuales puedan permanecer, a la
larga, insatisfechos. Hay un mínimo, tanto físico como psíquico; se trata del
nivel mínimo necesario de gratificación de los impulsos sexuales. Por eso, la
diferencia fundamental entre instintos de conservación y sexuales reside, más
bien, en el hecho de que los instintos sexuales son capaces de adaptarse, en
gran medida, a las posibilidades de gratificación, es decir, a las
circunstancias reales de la vida. Ya se desarrollan con miras a esa adaptación
y solo en los individuos neuróticos se presentan perturbaciones en la capacidad
de adaptación. El psicoanálisis ha señalado, precisamente, esa modificabilidad
de los instintos sexuales; ha enseñado a entender la estructura instintiva
individual en función del destino del individuo, o sea como un resultado de la
influencia ejercida por sus experiencias vitales sobre la constitución
instintiva heredada. La adaptación activa y pasiva de elementos biológicos –los
instintos– a factores sociales es el concepto medular del psicoanálisis y toda
investi-gación psicológica personal parte de este concepto.
Originariamente –y
más tarde, siempre en forma predominante– Freud se ocupó de la psicología del
individuo. Pero una vez descubiertos en los instintos los móviles del
comportamiento humano, y en el inconsciente las fuentes secretas de las
ideologías y de las formas de comportamiento, era inevitable que los autores de
esta escuela intentaran pasar del problema del individuo al de la sociedad, de
la psicología personal a la psicología social. Había que hacer el intento de
encontrar, con los medios del psico-análisis, el sentido secreto de formas de
conducta –dentro de la vida social– tan visiblemente irracionales, como las que
se ponen de manifiesto no solo en la religión y en las creencias populares,
sino en la política y en la educación. También era inevitable que, con eso,
surgieran dificultades que no se habrían presentado en caso de respetarse los
límites de la psicología personal.
Pero esas
dificultades no alteran el hecho de que el planteo es una consecuencia
perfectamente concreta y legítima del punto de partida del psicoanálisis. Si
este ha encontrado en la vida instintiva, en el inconsciente, la clave para la
comprensión de la conducta humana, tiene que tener autoridad para declarar
cosas esenciales acerca del trasfondo del comportamiento de la sociedad, y
tiene que estar en condiciones de hacerlo. Porque la “sociedad” también está
integrada por individuos vivos, que no pueden estar sometidos a otras leyes que
las descubiertas por el psicoanálisis en el individuo.
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Por ello, nos
parece desacertado reservar para el psicoanálisis el terreno de la psicología
personal –tal cual lo hace W. Reich– y combatir su aplicación a fenómenos
sociales como la política, la conciencia de clase, etc.29 El hecho de que un
fenómeno sea tratado por las ciencias sociales, no significa necesariamente que
ese fenómeno no pueda ser objeto del psicoanálisis (de la misma manera que un
objeto investigado desde el punto de vista físico no tiene por qué dejar de ser
estudiado desde un punto de vista químico). Solo significa que, en la medida –y
solo en la medida– en que en el fenómeno intervengan factores psicológicos,
este es objeto de estudio de la psicología y, en especial, de la psicología
social, que debe determinar los trasfondos y funciones sociales del fenómeno
psíquico. La tesis de que la psicología solo tiene que habérselas con el
individuo y la sociología con “la” sociedad, es errónea. Porque de la misma
manera en que la psicología se ocupa siempre del hombre socializado, la
sociología se ocupa de una pluralidad de individuos cuya estructura y
mecanismos psíquicos deben ser tenidos en cuenta por ella. Más adelante se
hablará acerca del papel desempeñado por los factores psíquicos precisamente en
los fenómenos sociales, y se señalará, en particular, este punto, como campo de
una psicología social analítica.
El materialismo
histórico es la sociología con la cual el psicoanálisis parece tener más puntos
de contacto, aunque también más divergencias.
Tienen más puntos
de contacto, porque ambas son ciencias materialistas. No parten de “ideas”,
sino de la vida terrenal, de necesidades. Se tocan, sobre todo, en su común
apreciación de la conciencia, que para ellas parece ser más un reflejo de
fuerzas ocultas, que el motor real del comportamiento humano. Pero en esto, en
la determinación de la naturaleza de estos verdaderos factores determinantes,
parece residir una de las diferencias inconciliables entre ambos enfoques. El
materialismo histórico ve en la conciencia una expresión de la existencia
social; el
295 “El verdadero
objeto del psicoanálisis es la vida psíquica del hombre socializado. La de la
masa solo le atañe en la medida en que aparezcan en ella fenómenos individuales
(por ejemplo, el fenómeno del líder) o en la medida en que los fenómenos del "alma
de la masa", como miedo, pánico, obediencia, etc., puedan ser aclarados
sobre la base de su experiencia en el individuo. Pero pareciera ser que el
fenómeno de la conciencia de clase le resulta casi inaccesible y los problemas
pertenecientes a la sociología, como son el del movimiento de masas, el de la
política o el de la huelga, no pueden ser objeto de sus métodos.”
“Dialektischer Materialismus und Psychoanalyse”, Unter dem Banner des Marxismus
III, pág. 737). Dada la importancia fundamental de este problema metodológico
destacamos esta diferencia respecto al punto de vista de Reich, punto de vista
que este autor parece haber modificado de manera muy fecunda, como lo
demuestran sus últimos trabajos. Más adelante señalaremos las múltiples
coincidencias con sus excelentes investigaciones empíricas en materia de
psicología social.
113
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
psicoanálisis, una
expresión de lo inconsciente, de los instintos. Surge el ineludible
interrogante de si estas dos tesis están en pugna y, si no lo están, cuál es su
actitud recíproca y, finalmente, si la utilización de métodos psicoanalíticos
significa un enriquecimiento para el materialismo histórico y por qué.
Antes de abocarnos
al análisis de este problema nos parece necesario aclarar cuáles son las
condiciones que cumple el psicoanálisis para su aplicación a problemas
sociales.30
Freud nunca
consideró al hombre aislado, separado de su contexto social, como objeto de la
psicología.
“Si bien la
psicología individual enfoca al individuo y explora los caminos a través de los
cuales este procura satisfacer sus instintos, al hacerlo, solo rara vez y bajo
condiciones excepcionales está en situación de prescindir de las relaciones del
individuo con sus congéneres. En la vida psíquica del individuo aparece
regularmente el prójimo como ejemplo, como objeto, como auxiliar y como rival.
Por eso, la psicología individual es, desde un comienzo, a la vez psicología
social, en este sentido más amplio pero absolutamente justificado.”31
Pero Freud acabó
también, por completo, con la ilusión de una psicología social, que tenga por
objeto a un grupo como tal: “la” sociedad o cualquier otra configuración social
con su correspondiente “alma de masa” o “alma social”. Más bien parte del hecho
de que cada grupo sólo está constituido por individuos y que solo los
individuos, como tales, son sujetos con características psíquicas.32 Freud
tampoco dio por sentada la existencia de un “instinto social”. Lo que se
designa como tal no es para él un instinto “prístino”, que no admita
descomposición; ve “los comienzos de su formación en un círculo reducido, como
por ejemplo la familia”. De sus opiniones se deduce que la formación y
debilitamiento de las caracte-rísticas sociales se deben a la influencia de
determinadas condiciones del medio, de ciertas condiciones de vida, sobre la
estructura instintiva.
30 En el aspecto metodológico, cf. Fromm, Die
Entwicklung des Christusdogmas, Viena 1931; también Bernfeld, “Sozialismus und
Psychoanalyse mit Diskussionsbemerkungen von E. Simmel und B. Lantos” (Der
sozialistische Arzt II, 2/3, 1926); W. Reich, “Dialektischer Materialismus un
Psychoanalyse” (Unter dem Banner des Marxismus III, 5).
31 Freud, Massenpsychologie und Ich-Analyse,
Ges. Schr VI, pág. 261.
32 Respecto a este problema, cf. las
esclarecedoras manifestaciones de Georg Simmel: “Uber das Wesen der
Sozialpsychologie”. Archiv f. Sozialwssenschait und Sozialpolitik XXVI, 1908,
págs. 287 y sigs.
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Y si para Freud, el
objeto de la psicología es solo el hombre socializado, el hombre entretejido en
su trama social, no por eso deja de reconocer –como ya señaláramos– el
importante papel desempeñado por el medio y las condiciones de vida, tanto en
la evolución psíquica del hombre, como en la comprensión teórica de esta
evolución. Sin duda Freud ha reconocido la raigambre biológico-fisiológica de
los instintos; pero también ha demos-trado hasta qué punto son modificables
esos instintos; ha demostrado que el factor modificante es el medio, es la
realidad social.
El psicoanálisis
parece cumplir, pues, con todos los requisitos necesarios para que su método
resulte útil a las investigaciones sociopsicológicas y para que cualquier
conflicto con la sociología quede descartado. Busca los rasgos psicológicos
comunes a los miembros de un grupo y procura explicar esas actitudes mentales
comunes a partir de destinos comunes. Pero esos destinos no caen –tanto menos
cuanto más amplio es el grupo– en el ámbito de lo casual y de lo personal, sino
que responden a la situación socioeconómica del grupo en cuestión. La
psicología social analítica significa, pues, entender la estructura instintiva,
la actitud libidinal –en gran parte inconsciente– de un grupo, en función de su
estructura socio-económica.
Aquí cabe, sin
embargo, una objeción. El psicoanálisis explica la evolución de los instintos,
precisamente sobre la base de la suerte del individuo en sus primeros años de
vida, es decir en un período en el cual el hombre apenas tiene que ver con la
sociedad y vive casi exclusivamente en el seno de la familia. ¿Cómo pueden,
entonces, adquirir –a criterio del psico-análisis– semejante importancia las
condiciones socioeconómicas? Se trata de un problema aparente. Es verdad que
las primeras influencias decisivas sobre el niño parten de la familia; pero
toda la estructura de la familia, todas las relaciones afectivas típicas que se
dan en ella, todos los ideales educativos que ella sustenta, están, a su vez,
condicionados por el ámbito social, por la clase que sirve de fondo a esa
familia, por la estructura social de la cual ella ha surgido. (Las relaciones
afectivas entre padre e hijo, por ejemplo, son completamente distintas según se
trate de una familia perteneciente a la sociedad burguesa, patriarcal, o de una
“familia” perteneciente a una sociedad matriarcal.) La familia es el medio a
través del cual la sociedad o la clase imprimen en el niño –y por consiguiente
en el adulto– su estructura específica; la familia es el agente psicológico de
la sociedad.
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Ahora bien, los
trabajos psicoanalíticos que han procurado, hasta este momento, aplicar el
psicoanálisis a problemas sociales, no responden, en su mayor parte, a las
exigencias que deben imponerse a una psicología social psicoanalítica.33 El
error se debe a una incorrecta apreciación de la función de la familia. Si bien
se vio que el individuo solo podía entenderse como ser socializado y se
descubrió que las relaciones del niño con los diferentes miembros de la familia
son factores decisivos en la evolución de los instintos, se pasó casi
totalmente por alto el hecho de que la familia, por su parte –con toda su
estructura psicológica y social, con sus metas educacionales específicas y con
sus actitudes afectivas–, era el producto de una determinada estructura social,
en un sentido más estricto, de una determinada estructura de clases; no se
comprendió que, en realidad, no es más que el agente psicológico de la sociedad
y de la clase de la cual ha surgido. Se había encontrado el punto a partir del
cual la sociedad ejercía su influencia sobre el niño y, sin embargo, no se
tomaba conciencia de este descubrimiento. ¿Cómo es posible que esto haya
sucedido? Los investigadores solo tenían un prejuicio en este terreno, un
prejuicio que compartían con todos los demás investigadores –aun los de
avanzada–: la absolutización de la sociedad burguesa y capitalista, y la
creencia –más o menos consciente– de que esa era la sociedad “normal” y que sus
situaciones psíquicas y las situaciones psíquicas que podían darse en ella eran
típicas de “la” sociedad por excelencia.
Pero había otra
razón especial para que los autores analíticos cayeran en este error. Sus
investigaciones eran practicadas, fundamentalmente, en miembros enfermos o
sanos de la moderna sociedad burguesa; para colmo, primordialmente, miembros de
la burguesía,34 para los cuales el
33 Aun dejando de lado los ensayos sin valor
científico (como el superficial escrito sobre psicoanálisis y sociología de A.
Kolnay –quien por un tiempo se atribuyó la condición de psicoanalista– o el
libro de Vergin, Psicoanálisis de la política europea, cuyo autor apenas maneja
los rudimentos del psicoanálisis, esta crítica alcanza a autores como Reik,
Roheim y otros, que han tratado temas de psicología social. Las excepciones las
constituyen S. Bernfeld –quien ha señalado especialmente el condicionamiento
social de todos los esfuerzos pedagógicos (Sysiphos oder über die Grenzen der
Erziehung)– y, sobre todo, W. Reich, cuya apreciación del papel de la familia
coincide en amplia medida con las opiniones aquí expuestas. Reich ha
investigado a fondo el condicionamiento social y las funciones sociales de la
moral sexual. Cf., su Geschlechtsreife, Enthaltsamkeit. Ehemoral y la reciente
publicación Einbruch der Sexualmoral.
34 Desde el punto de vista psicológico es
preciso distinguir en el individuo los rasgos típicos de la sociedad, en
general, y los típicos de su clase; pero, puesto que la estructura psíquica de
la sociedad, en general, imprime su sello en determinados rasgos fundamentales
de las diferentes clases, por importantes que sean, los rasgos específicos de
una clase son de importancia secundaria, comparados con los de la sociedad.
Precisamente esta contradicción entre la relativa uniformidad (o, por lo menos,
la tendencia a ella) de la estructura psíquica de las diferentes clases y la
oposición de sus intereses económicos, es una de las características de la
sociedad de clases,
116
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
trasfondo que
condicionaba la estructura familiar era el mismo, es decir, era constante. De
modo que lo que decidía y distinguía los destinos eran los sucesos
individuales, personales y –desde el punto de vista social– casuales, basados
sobre ese terreno común. Los rasgos psíquicos resultantes de una sociedad
autoritaria, organizada sobre la base del dominio de unas clases y del
sometimiento de otras, sobre la base del lucro, etc., eran, pues, comunes a
todos los objetos de investigación. Lo que los distinguía entre sí era el hecho
de que uno había tenido un padre excesivamente severo, que le inspiraba un
desmedido temor en su infancia; el otro había tenido una hermana un poco mayor,
en quien había volcado todo su cariño; el tercero había tenido una madre que lo
había sujetado tanto, que ya nunca había podido renunciar a ese lazo libidinal.
Indudablemente, esos destinos personales eran de enorme importancia para la
evolución individual, personal, y al suprimir las dificultades psíquicas
surgidas de esos avatares, el análisis –en cuanto terapia– estaba cumpliendo
con su obligación, es decir, estaba convirtiendo al paciente en un ser adaptado
a la realidad social dada. Su metaterapéutica no iba más allá... y no tenía por
qué ir. Pero tampoco iba más allá su comprensión teórica. Para el terreno
esencial del análisis, para la psicología personal, no hacía falta más; porque
el olvido de la estructura social que estaba condicionando la estructura
familiar era una fuente de error sin importancia para la psicología personal.
Pero las cosas
cambiaron de aspecto cuando se pasó de las investigaciones psicológicas
personales a las sociales. Lo que antes había sido una omisión sin importancia,
tenía que convertirse desde el comienzo en una amenazante fuente de errores.
Puesto que se
consideraba la estructura de la sociedad burguesa y su familia patriarcal como
lo “normal”, puesto que se había aprendido a través de la práctica de la
psicología personal, que las diferencias indivi-duales debían considerarse como
un resultado de traumas casuales, se comenzaron a enfocar los diversos
fenómenos de la psicología social con igual criterio: desde el punto de vista
del trauma, es decir, de lo social-mente casual. Por ese camino se llegó,
forzosamente, al abandono del método analítico propiamente dicho. Puesto que no
se tomaba en cuenta
encubierta por las
ideologías. Pero mientras más marcada es la descomposición económica, social y
psicológica de una sociedad, tanto más va desapareciendo el poder modelador de
la sociedad en conjunto o de la clase que domina en ella, y tanto mayores se vuelven
las diferencias entre las estructuras psíquicas de las diferentes clases.
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la diversidad del
“destino”, es decir de la situación económico-social de otras formaciones
sociales –y en consecuencia tampoco se intentaba comprender su estructura
psíquica como fruto de su estructura social–, en lugar de analizar fue preciso
analogizar. Se trataba a la humanidad o a una determinada sociedad como a un
individuo; se transferían los mecanismos específicos descubiertos en el hombre
actual, a todo tipo de formaciones sociales y luego se “explicaba” su
estructura psíquica a partir de la analogía con determinados fenómenos, sobre
todo de naturaleza pato-lógica, típicos del hombre de la sociedad propia.
Pero al establecer
estas analogías se estaba pasando por alto un punto que forma parte de los
fundamentos de la psicología analítica personal: el hecho de que la neurosis
–sea síntoma neurótico o rasgo neurótico del carácter– es el resultado de una
deficiente adaptación de la estructura instintiva de un individuo “anormal” a
la realidad que le ha sido dada; pero en las masas, es decir, en los “sanos”,
esa capacidad de adaptación existe y, por lo tanto, esa sola razón hace que los
fenómenos de psicología de las masas no puedan ser interpretadas por analogía
con los fenómenos neuróticos, sino como resultado de la adaptación de la
estructura instintiva a la realidad social, solo que, con frecuencia, a una
realidad que se aparta en mayor o menor grado de la dada.
El ejemplo más
destacado de este proceder es, posiblemente, la absolu-tización del “complejo
de Edipo” (el odio al padre surgido de la rivalidad por la madre) al que se le
atribuye el carácter de mecanismo humano general, a pesar de que numerosas
investigaciones sociológicas y ético-psicológicas muestran la probabilidad de
que esa actitud afectiva específica solo sea típica de la familia perteneciente
a una sociedad patriarcal y que no sea una característica humana por
excelencia. La absolutización del complejo de Edipo condujo a Freud a basar la
evolución de toda la humanidad en este mecanismo del odio al padre y en las
reacciones resultantes,35 sin prestar atención al proceso material del grupo
investigado.
Aun cuando la
mirada genial de Freud haya descubierto cosas fecundas e importantes a pesar de
su punto de partida sociológicamente erróneo,36
35 Cf., Totem und Tabu.
36 En Zukunft einer Illusion (1927), Freud se
aparta de esta postura –que descuida la realidad social y sus trasformaciones–
y concede importancia a las condiciones económicas, al pasar del enfoque más
limitado de cómo es posible la religión desde el punto de vista de la
psicología personal (como repetición de la actitud infantil hacia el padre), al
enfoque más amplio, psicológico-social, acerca del cómo V porqué de la
necesidad social de una religión. Su respuesta es que la religión fue
necesaria, mientras los hombres necesitaron de la ilusión religiosa a causa de
su impotencia ante la
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
en los demás
autores analíticos, esta fuente de errores tenía que conducir a un resultado
que dejaba al análisis en una posición comprometida a los ojos de la sociología
y, en especial, de las ciencias sociales marxistas.
Pero no se debió
cargar esto a la cuenta del psicoanálisis como tal. Todo lo contrario;
justamente, bastaba con aplicar en forma consecuente los métodos clásicos de la
psicología personal psicoanalítica a la psicología social para llegar a
resultados inobjetables. El error no estaba en el método psicoanalítico en sí;
ocurrió que los autores psicoanalíticos dejaron de aplicarlo en forma
consecuente y correcta, cuando sus investigaciones no enfocaron al individuo,
sino a sociedades, grupos o clases, es decir fenómenos sociales.
Cabe aquí una
observación complementaria.
Hemos señalado la
importancia de la modificabilidad del aparato instintivo, por acción de
factores externos, en última instancia, sociales. Sin embargo, no debe
olvidarse que el aparato instintivo posee –tanto cuantitativa como
cualitativamente– determinados límites de modificabilidad condicionados por
factores fisiológicos y biológicos y que solo está sometido a la influencia de
los factores sociales dentro de esos límites. Pero como resultado de las
cantidades de energía almacenadas en él, el aparato instintivo es, en sí mismo,
una fuerza extremadamente activa que –a su vez– tiene tendencia a modificar las
condiciones de vida en procura de los objetivos de los instintos.37 En la
alternancia de la acción recíproca entre impulsos psíquicos y condiciones económicas,
estas últimas adquieren
naturaleza, vale
decir, a causa de la escasa evolución de las fuerzas productivas. Pero el
desarrollo de la técnica y la creciente “adultez” del género humano –vinculada
a ese desarrollo técnico– convierten a la religión en una ilusión superflua y
nociva. Aun cuando en él no se mencionan, por cierto, todas las funciones de
importancia social de la religión (sobre todo el problema de la relación entre
determinadas formas de religión y determinadas constelaciones sociales), este
trabajo de Freud es el que más se aproxima a la psicología social materialista,
desde el punto de vista del método y del contenido. (Respecto al contenido, nos
limitaremos a recordar una frase: “No es preciso decir que una cultura que deja
insatisfechos a un gran número de sus participantes, y que conduce a la
rebelión, no tiene perspectivas de perdurar, ni lo merece.”). (El libro de
Freud coincide con una opinión emitida por Marx en su juventud, que bien podría
servirle de encabezamiento: “La supresión de la religión como felicidad ilusoria
del pueblo, es un requisito para su verdadera felicidad. El requisito de
renunciar a las ilusiones acerca de su estado, es el requisito de renunciar a
un estado, al estado que necesita de la ilusión. La crítica a la religión es,
pues, el germen de la crítica al valle de lágrimas cuya aureola es la
religión”. [Zur Kritik der Hegelschen Rechtsphilosophie Lit. Nachlass, 1923,
Tomo 1, pág. 385.]) Sin embargo, Freud no continúa esta línea en su siguiente
obra sobre problemas socio-psicológicos, Das Unbehagen in der Kultur, ni desde
el punto de vista del método ni desde el del contenido. Este trabajo podría
considerarse, más bien, como la contraparte de Zukunft einer Illusion.
37 Cf., manifestaciones de Marx en El Capital,
acerca del acrecentamiento de las necesidades como fuente de desarrollo
económico.
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primacía. No porque
representen el motivo más “fuerte” –ese planteo sería erróneo, por cuanto no se
trata de “motivos” cuantitativamente comparables en un mismo plano–, sino
porque la gratificación de gran parte de las necesidades –en especial de las
más acuciantes, las del instinto de conservación– está ligada a la producción
material, y la modifi-cabilidad de la realidad económica exterior es muy
inferior a la del aparato instintivo humano, en especial a la de los instintos
sexuales.
La aplicación
consecuente del método de la psicología personal analítica a los fenómenos
sociales da por resultado el siguiente método socio-psicológico: los fenómenos
socio-psicológicos deben concebirse como procesos de adaptación activa y pasiva
del aparato instintivo a la situación socioeconómica. El aparato instintivo en
sí es algo dado, desde el punto de vista biológico, pero es modificable en
amplia medida; las condiciones económicas desempeñan el papel de factores
formativos primarios. La familia es el medio esencial a través del cual la
situación económica ejerce su influencia formativa sobre la psiquis del
individuo. La psicología social debe explicar las actitudes mentales e
ideologías comunes –que tengan importancia social– y, en especial, sus raíces
inconscientes, basándose en la influencia de las condiciones económicas sobre
las tendencias libidinales.
Hasta aquí, el
método de la psicología social freudiano parece estar en armonía, tanto con el
método de la psicología personal freudiana, como con las exigencias de la
concepción materialista de la historia. Pero las dificultades reaparecen cuando
se confronta este método analítico con una falsa y muy difundida interpretación
de la teoría marxista, que concibe al materialismo histórico como teoría
psicológica y, en especial, como psicología económica.
Si las cosas
fueran, realmente, tal cual las ve Bertrand Russell38 –si Marx
38 En el ensayo “¿Por qué es popular el
psicoanálisis?” aparecido en la publicación judía Forward (y citado por Kautsky
en Der historische Materialismus, Tomo I, págs, 340/1) dice Russell: “Por
supuesto (el psicoanálisis) es inconciliable con el marxismo. Porque Marx
subraya el motivo económico, que a lo sumo está vinculado con la auto-
conservación; el psicoanálisis, en cambio subraya el motivo biológico, que se
vincula con la defensa de la existencia a través de la conservación de la
especie. Indudablemente, los dos puntos de vista son unilaterales, porque ambos
móviles cumplen un papel.” Russell habla luego de la efímera, esa mariposa que
en su estado larval solo tiene órganos para la alimentación, pero no para el
amor, mientras que como insecto plenamente desarrollado, solo dispone de
órganos para la procreación y no para la alimentación. No necesita de estos
últimos, puesto que solo permanece unas pocas horas con vida en ese estado.
¿Qué ocurriría si la efímera fuera capaz de pensar en términos teóricos? “Como
larva sería marxista, como mariposa, freudiana”, afirma Russell y añade que
Marx, “la polilla de biblioteca del Museo Británico”, es el verdadero
representante de la filosofía larval. El, por su parte, dice sentirse más
atraído por Freud, porque “no está mal dispuesto contra los partidarios del
amor,
120
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
considerara el
“hacer dinero” y Freud el amor como móviles decisivos de la acción humana–,
ambas ciencias serían tan inconciliables como él las ve. Pero si la efímera,
que Russell cita como ejemplo, fuera realmente capaz de pensar en términos
teóricos, en lugar de dar la respuesta que él le ha puesto en la boca, diría
que Russell ha entendido mal tanto el psico-análisis como el marxismo; que el
psicoanálisis investiga, precisamente, la adaptación de los factores
biológicos, de los instintos, a lo social, y que el marxismo, por su parte, no
es una teoría psicológica.
Russell no es el
único que interpreta mal ambas teorías, son muchos los teóricos que le hacen
compañía en esto.
Esta concepción de
la visión materialista de la historia como psicología económica tiene uno de
sus representantes más francos y drásticos en Hendrik de Man. Dice este
autor:39
“Como es sabido, el
propio Marx nunca formuló su teoría acerca de los motivos. Ni siquiera definió
alguna vez lo que debía entenderse por clase; la muerte interrumpió su trabajo
cuando estaba por encarar este tema. Sin embargo, no caben dudas acerca de las
opiniones fundamentales que le sirvieron de punto de partida; aun sin
definición expresa, estas se confirman como premisas tácitas, por la permanente
aplicación, tanto en su actividad económica como en la política. Todo principio
económico y toda opinión político-estratégica de Marx están basados en la
convicción de que las acciones humanas por medio de las cuales se cumple el
progreso social son dictadas, en primer lugar, por intereses económicos. La
actual psicología social formularía esta misma idea en su propio lenguaje
diciendo que la conducta social es regida por el instinto de posesión, es
decir, por la tendencia a apropiarse de bienes materiales.
El hecho de que
Marx haya considerado superfluas estas fórmulas u otras semejantes, se debe
simplemente a que su contenido se daba por sentado en la economía política de
su tiempo.”
mientras que el
hacer dinero no es su fuerte, de modo que tampoco lo es la economía ortodoxa,
creada por ancianos áridos.”
39 Zur Psychologie des Sozialismus, 1927, pág.
281.
121
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Lo que Hendrik de
Man considera una “premisa tácita del marxismo” –tácita, porque todos los
economistas políticos (léase burgueses) de la época, la daban por sentada– no
es de ninguna manera el pensamiento de Marx, quien no compartió, por cierto, en
muchos otros puntos las ideas de los teóricos de “su tiempo”.
Aunque en forma
menos manifiesta, también Bernstein se aproxima a esta interpretación
psicologista, cuando en una especie de apología del materialismo histórico
formula las siguientes observaciones:40
“Concepción
económica de la historia no tiene por qué significar que solo se reconocen las
fuerzas económicas, que solo se reconocen los motivos económicos; significa que
la economía es siempre la fuerza decisiva, el eje de los grandes movimientos de
la historia.”41
Tras estas
formulaciones difusas se oculta la concepción del marxismo como psicología
económica, aunque depurada y mejorada por Bernstein con un sentido idealista.42
La idea de que el
“instinto de posesión” es el motivo esencial o único de la actividad humana es
propia del liberalismo. El frente burgués la utilizó, por un lado, como
argumento psicológico contra las posibilidades de aplicación del socialismo;43
por otro lado, los marxistas pertenecientes a la pequeña burguesía
interpretaron al marxismo según el sentido de esta psicología económica.
De hecho, el
materialismo histórico dista mucho de ser una teoría psicológica. Solo tiene
algunas –muy pocas– premisas psicológicas: en primer lugar está la de que son
los hombres los que hacen su historia; luego, la de que son las necesidades las
que motivan las acciones y sentimientos del hombre (hambre y amor) y, además,
la de que esas necesidades crecen en el curso de la evolución social y que ese
crecimiento de las necesidades es una condición para el crecimiento de la
actividad económica.44
40 Die Voraussetzungen des Sozialismus und die
Aulgaben der Sozialdemokratie, Stuttgart, 1899, p.
13.
41 Subrayados de E.F.
42 Desde el comienzo de su libro Der Historische
Materialismus, Kautsky rechaza con toda decisión la interpretación
psicologística, pero complementa el materialismo histórico con una psicología
pura-mente idealista, al formular la hipótesis de un “instinto social”
prístino. Cf. pág. 48.
43 Como gran parte de los ataques contra el
materialismo histórico, no se refiere, en realidad, a este, sino a las
interpolaciones burguesas introducidas de contrabando por “partidarios” u
opositores.
122
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
En el materialismo
histórico, el factor económico solo desempeña un papel vinculado con la
psicología a causa de que las necesidades humanas –y en primer lugar las
derivadas de los instintos de conservación– se ven satisfechas, en gran parte,
por la producción de bienes, lo que induce a buscar en las necesidades el
estímulo a la producción. Es verdad que Marx y Engels han señalado que las
necesidades vinculadas con la defensa de la existencia tienen primacía sobre
todas las demás; pero no han hecho manifestación alguna acerca de la calidad de
los diferentes instintos y necesidades. Y con seguridad nunca han considerado
el “instinto de posesión” –es decir, la necesidad de la posesión en sí, la
posesión por la posesión misma– como la única necesidad y ni siquiera como una
necesidad esencial. Se está incurriendo en una ingenua absolutización al
adjudicar a un rasgo psíquico, que ha adquirido inaudito vigor en la sociedad
capitalista, el carácter de rasgo humano por excelencia, con ese mismo grado de
vigor. A Marx y a Engels, menos que a nadie, puede atribuírseles el haber
elevado rasgos burgueses y capitalistas a la categoría de humanos en general.
Conocían muy bien el lugar que ocupa la psico-logía dentro de la sociología,
pero no eran psicólogos ni pretendieron serlo, yendo más allá de esas
observaciones generales y tratando más en detalle el contenido y mecanismo del
mundo instintivo del hombre. Por otra parte no tenían a su disposición una
psicología materialista científica, fuera de algunos intentos (que por cierto
no son de subestimar) en la literatura de la Ilustración francesa (sobre todo
Helvetius). Solo el psicoanálisis proporcionó esa clase de psicología y
demostró que el “instinto de posesión”, si bien es importante, no desempeña un
papel preponderante entre otras necesidades genitales, sadistas, narcisistas,
etc., dentro del balance psíquico del hombre. Sobre todo pudo demostrar que, en
gran parte, el “instinto de posesión” no tiene como causa más profunda la
necesidad de obtener o de poseer, sino que es una expresión de necesidades
narcisistas, de la necesidad de autoestima y del afán de ser estimado por los
demás. Es lógico que en una sociedad que otorga a los ricos el máximo grado de
estima y admiración, las necesidades narcisistas exalten en los miembros de esa
sociedad el deseo de posesión, mientras que en una sociedad en la cual la base
del respeto no está constituida por la posesión sino, por ejemplo, por las
acciones de impor-
44 “El salvaje tiene que luchar contra la
naturaleza para satisfacer sus necesidades, para conservar su vida y para
reproducirse; pero también el hombre civilizado debe hacerlo en todas las
formas de sociedad y cualquiera sea el modo de producción. Con la evolución de
estas se ensancha este dominio de la necesidad natural; pero, al mismo tiempo,
se amplían las fuerzas de producción que satisfacen esas necesidades.” (Marx,
Kapital, Hamburgo, 1922, III, 2, pág. 353).
123
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
tancia para la
comunidad, los mismos impulsos narcisistas no se manifes-tarán como “instinto
de posesión”, sino como tendencia a la acción de importancia social. Puesto que
las necesidades narcisistas figuran entre las tendencias psíquicas más
elementales y poderosas, es de particular importancia el reconocer que sus
metas y, por consiguiente, sus contenidos concretos dependen de la estructura
de una sociedad y que, por eso, el “instinto de posesión” debe en gran parte su
importante papel a la especial estima en que la sociedad burguesa tiene a la
propiedad.
Por ello, cuando en
la concepción materialista de la historia se habla de causas económicas no se
está haciendo alusión –dejando de lado el significado que acaba de mencionarse–
a la economía como motivo psico-lógico subjetivo, sino como condición objetiva
de la actividad humana. Toda actividad humana, la satisfacción de todas las
necesidades, depende de las características de las condiciones económicas
naturales y esas condiciones son las que prescriben el “cómo” de la vida de los
hombres. Para Marx, la conciencia del hombre solo puede entenderse como
producto de su existencia social, de su vida terrenal, real, condicionada
precisamente por el nivel de las fuerzas productivas.
“La producción de
las ideas, de la imaginación, de la conciencia, está directamente ligada a la
actividad material y al tráfico material del hombre, lenguaje de la vida real.
El imaginar, el pensar –el tráfico espiritual del hombre– aparecen aquí todavía
como un resultado directo de su conducta material. Lo mismo puede decirse de la
producción espiritual que se manifiesta en el lenguaje de la política, de las
leyes, de la moral, de la metafísica, etc., de un pueblo. Los hombres son los
productores de sus representaciones, ideas, etc., pero los hombres verdaderos,
los hombres activos, tal cual los condiciona una determinada evolución de sus
fuerzas productivas y del tráfico que corresponde a las mismas, hasta sus
formaciones más amplias. La conciencia nunca puede ser otra cosa que el ser
consciente y el ser del hombre es su verdadero proceso vital. Si en toda la
ideología, los hombres y sus circunstancias aparecen invertidos, como en una
cámara oscura, este fenómeno surge de su proceso vital histórico, así como la
inversión de los objetos en la retina surge de su proceso físico...”45
45 Marx y Engels, primera parte de Deutschen
Ideologie. Marx-Engels Archiv, T. I, pág. 239.
124
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
El materialismo
histórico ve el proceso histórico como proceso de la adaptación activa y pasiva
del hombre a las condiciones naturales que lo rodean.
“El trabajo es, en
primer lugar, un proceso que se cumple entre el hombre y la naturaleza, un
proceso en el cual el hombre establece, regula y controla su metabolismo con la
naturaleza, por medio de su propia acción. Enfrenta al material natural como si
él mismo fuera un poder natural.”46
El hombre y la
naturaleza son los dos polos de acción recíproca, que se modifican y se
condicionan alternativamente. El proceso histórico siempre permanece ligado a
las condiciones naturales dadas fuera del hombre. A pesar de que su punto de
partida era precisamente la extraordinaria medida en que el hombre es capaz de
modificar a la naturaleza y a sí mismo en el proceso social, Marx insistía en
destacar que todas las modificaciones están ligadas a las condiciones
naturales. Esto es, precisa-mente, lo que distingue su posición de ciertos
enfoques idealistas, que atribuyen a la voluntad humana un poder ilimitado.47
Marx y Engels dicen
en La ideología alemana:48
“Las premisas de
las cuales partimos no son arbitrarias, no son dogmas, son verdaderas premisas
de las que solo se puede hacer abstracción en la fantasía. Son los verdaderos
individuos, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto las dadas,
como las creadas por su propia acción. Por lo tanto, estas premisas son
comprobables por vías puramente empíricas.
La primera
condición de toda historia humana es, naturalmente, la existencia de individuos
humanos vivos. El primer hecho a comprobar es, pues, la organización somática
de esos individuos y la relación con el resto de la naturaleza, surgida de esa
organización. Natural-mente, no podemos ocuparnos aquí de la naturaleza física
del hombre mismo ni de las condiciones naturales que él encuentra, es decir,
las condiciones geológicas, orohidrográficas, climáticas y demás. Toda
historiografía debe partir de esa base natural y de su modificación en el curso
de la historia, por la acción del hombre.”
46 Marx, Kapital, pág. 140.
47 Con respecto a este problema, cf. la obra de
Bujarin, Teoría del materialismo histórico, 1922, que destaca con particular
claridad el factor natural, y el esclarecedor trabajo de K. A. Wittfogel
“Geopolitik, geopraphischer Materialismus und Marxismus” (Unter dem Banner des
Marxismus III, 1, 4, 5), que trata este problema en especial.
48 Op. Cit., págs. 237 y sigs.
125
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Pues bien,
aclarados los malentendidos más burdos, ¿cómo ha de represen-tarse la relación
entre psicoanálisis y materialismo histórico?
El psicoanálisis
puede enriquecer la concepción global del materialismo histórico en un punto
muy concreto: puede ampliar su conocimiento de uno de los factores que actúan
en el proceso social: la naturaleza del propio ser humano. Incorpora el aparato
instintivo del hombre a la serie de condiciones naturales que imponen
modificaciones, pero cuya natura-leza incluye también los límites de la
modificabilidad. El aparato instintivo del hombre es una de las condiciones
“naturales” que forman parte de la infraestructura del proceso social. Pero no
se trata del aparato instintivo “en general” en su “forma biológica prístina”.
En realidad nunca se presenta como tal; lo hace siempre en una determinada
forma, ya modificada por el proceso social. La psiquis humana o sus raíces, las
energías libidinales, forman parte de la infraestructura, pero no son “la”
infraestructura, como señala una interpretación psicologista, y “la” psiquis
humana es siempre solo la psiquis modificada por el proceso social. El
materialismo histórico exige una psicología, es decir una ciencia de las
características psíquicas del hombre. Solo el psicoanálisis ha brindado una
psicología útil para el materialismo histórico.
Este complemento es
particularmente importante por las siguientes razones: Marx y Engels
comprobaron que todo acontecer ideológico depende de la infraestructura
económica, vieron en lo espiritual “lo material trasplantado a la cabeza del
hombre”. Es indudable que, en muchos casos, el materialismo histórico ha podido
proporcionar respuestas correctas sin hipótesis psicológica alguna. Pero solo
pudo hacerlo allí donde la ideología tiene un carácter más o menos
racionalmente dirigido hacia determinadas metas de clase, o allí donde se trata
de establecer una verdadera coordinación entre infraestructura económica y
superestructura ideológica, sin explicar cómo es el camino que media entre la
economía y la cabeza o el corazón del hombre.49
49 Con respecto al problema de la naturaleza de
la superestructura ideológica cf. también carta de Engels a Mehring (del 14 de
julio de 1893) citada en Dunker, Über historischen Materialismus, Berlín,
1930): “Todos nosotros hemos concedido y hemos tenido que conceder, en primera
instancia, más importancia a la dirección ejercida por los hechos económicos
básicos sobre las ideas políticas, jurídicas, etc., y sobre los actos
posibilitados por estas ideas. Al hacerlo, el contenido nos ha hecho olvidar la
parte formal: la forma en que surgen estas ideas y demás, y los medios a través
de los cuales surgen.”
126
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Pero sobre el cómo
del trasplante de lo material a la cabeza del hombre, Marx y Engels no pudieron
ni quisieron dar una respuesta, por falta de una psicología útil. El
psicoanálisis puede demostrar que las ideologías son productos de determinados
deseos, impulsos instintivos, intereses o necesidades, que –puesto que son, en
su mayor parte, inconscientes– afloran como “racionalización”, en forma de
ideología; pero que, si bien esos impulsos instintivos surgen de instintos de
raigambre biológica, llevan en su medida y en su contenido el sello de la
situación socio-económica del individuo o de su clase. Si, como dice Marx, los
hombres son los productores de su ideología, la psicología social analítica es
la más indicada para describir y explicar la peculiaridad de ese proceso de
producción de las ideologías, la acción recíproca de factores “naturales” y
sociales dentro de él. El psicoanálisis puede demostrar, pues, cómo se
trasforma la situación económica en ideología, por vía de la vida instintiva.
Cabe destacar que este “metabolismo” entre el mundo instintivo y el medio lleva
a que el hombre, como tal, se modifique, de la misma manera que el “trabajo”
modifica la naturaleza exterior. La dirección en la cual se cumple esta
modificación del hombre apenas si puede ser esbozada aquí. Se traduce, ante
todo, en la creciente organización del yo, señalada en diversas oportunidades
por Freud, y en el crecimiento de la capacidad de sublimación, directamente
vinculado a ella.50 El psicoanálisis nos permite, por lo tanto, considerar la
formación de ideologías como una especie de “proceso de trabajo”, como una de
las situaciones del metabolismo entre hombre y naturaleza; con la diferencia de
que en este caso, la “naturaleza” está dentro, no fuera del hombre.
El psicoanálisis
puede extraer, simultáneamente, conclusiones acerca de la forma en que actúan
las ideologías o ideas sobre la sociedad. Puede mostrar que los efectos de una
“idea” dependen esencialmente de su contenido inconsciente, que apela a
determinadas tendencias instintivas, de modo que la naturaleza e intensidad de
la caja de resonancia libidinal de la sociedad o de una clase contribuye a
determinar el efecto social de las ideologías.
50 La supuesta vinculación de este proceso con
un crecimiento del superyó y de las represiones, nos parece una contradicción
interna. Porque el crecimiento del yo y de las posibilidades de sublimación
significan, precisamente, un dominio de los instintos por una vía diferente que
la de la represión.
20 La supuesta vinculación de este proceso con
un crecimiento del superyó y de las represiones, nos parece una contradicción
interna. Porque el crecimiento del yo y de las posibilidades de sublimación
significan, precisamente, un dominio de los instintos por una vía diferente que
la de la represión.
127
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Aunque parezca tan
evidente que la psicología social psicoanalítica tiene un lugar muy preciso
dentro del materialismo histórico, cabe señalar algunos otros puntos en los que
esta ciencia puede resolver directamente ciertas dificultades.
En primer lugar,
permite al materialismo histórico enfrentar con mayor claridad algunas
objeciones. Cuando se señalaba el papel representado en la historia por
factores ideales, como el afán de libertad, el amor al grupo al cual se
pertenece, etc., el materialismo histórico podía rechazar ese planteo por su
carácter psicológico y limitarse a demostrar el condiciona-miento económico
objetivo de los sucesos históricos. Pero no estaba en condiciones de brindar
una respuesta clara acerca de la verdadera naturaleza y origen de estas fuerzas
humanas –que como estímulos psíquicos son, sin duda, muy efectivos– y acerca de
cómo se las debía ordenar dentro del proceso social. El psicoanálisis puede
demostrar que esos motivos –aparentemente ideales– son, en realidad, la
expresión racionalizada de necesidades instintivas, libidinales, y que el
contenido y la medida de la necesidad imperante en cada caso, solo puede
considerarse, a su vez, como un producto de la influencia de la situación
socio-económica sobre la estructura instintiva del grupo que ha producido la
ideología o la necesidad que se oculta tras ella. Por consiguiente, el
psicoanálisis puede reducir hasta los motivos ideales más sublimes a su núcleo
terreno libidinal, sin por eso estar obligado a reconocer las necesidades
económicas como las únicas importantes.
La falta de una
psicología adecuada al materialismo histórico llevó a que ciertos
representantes de esta corriente de pensamiento llenaran el vacío con una
psicología privada, puramente idealista. Un ejemplo típico –más típico aún que
el de autores abiertamente idealistas como Bernstein– es Kautsky, quien supone
la existencia de un “instinto social” innato en el hombre. Describe así la
relación entre este instinto y las condiciones sociales: “El hombre se
inclinará más hacia el bien o hacia el mal, según el vigor o la debilidad de
sus instintos sociales.. Pero esto depende, también, en gran parte de sus
condiciones de vida en la sociedad.”51 Es evidente que este instinto social
innato no es otra cosa que el principio moral innato, y que el punto de vista de
Kautsky solo se diferencia de una ética idealista por su forma de expresión.52
51 Op. Cit., pág. 262.
52 Kautsky adopta la misma posición, al rebatir
en los siguientes términos la hipótesis de que el materialismo histórico es una
psicología económica: “Si la visión materialista de la historia afirmara,
128
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Pero aquellos
autores marxistas que no han virado hacia la psicología y la ética idealistas,
conceden poca atención a la psicología.53 Y, en efecto, como ya se señalara en
párrafos anteriores, es verdad que el proceso social puede entenderse aun sin
psicología, a partir del conocimiento de las fuerzas económicas y de las
fuerzas sociales dependientes de ellas. Pero como no son leyes económicas las
que actúan, sino seres humanos vivos –en otras palabras, puesto que las
necesidades económicas y sociales no solo se imponen por medio del pensamiento
racional del hombre, sino sobre todo, a través del aparato instintivo humano,
por medio de sus energías libidinales– resulta lo siguiente: primero, que el
mundo instintivo del hombre es una fuerza natural que –al igual que otras (por
ejemplo la fertilidad del suelo, la irrigación, etc.)– forma parte directa de
la infraestructura del proceso social y representa un importante factor
natural, que se modifica por influencia del proceso social. Por consiguiente,
su conocimiento es necesario para la cabal comprensión del proceso social.
Segundo, que la producción y forma de acción de las ideologías solo puede
entenderse debidamente conociendo el funcionamiento del aparato instintivo. Por
último, que al aparecer factores de condiciona-miento económico por este medio
–el del mundo instintivo– se producen ciertas fracturas; dicho de otra manera:
las peculiaridades de la estructura instintiva hacen que el proceso social se
cumpla, de hecho, con ciertas
realmente, que los
hombres solo son movidos por motivos económicos o por intereses materiales, no
valdría la pena que nos ocupáramos de ella con detenimiento. En ese caso no
pasaría de ser una ampliación de ese antiguo concepto según el cual el egoísmo
o el afán de placer son los únicos móviles de la acción humana. Además, Marx y
Engels habrían desmentido su teoría con sus propios actos; porque nunca hubo
hombres tan altruistas y menos movidos por intereses materiales, que mis dos
maestros” (op. cit., pág. 6) Aquí se revela con toda claridad la posición
idealista de Kautsky. No advierte para nada que los motivos económicos y el
afán de placer son dos cosas completa-mente distintas y que ni siquiera las
cualidades personales más valiosas están por encima del aparato psíquico,
colmado de necesidades de la más variada especie y atento a la satisfacción de
esas necesidades.
53 Bujarin ha dedicado, en su Teoría del
materialismo histórico, un capítulo especial al problema de la psicología.
Explica en él, con todo acierto, que la psicología de una clase no es idéntica
a los “intereses” de esa clase (se está refiriendo a sus intereses económicos
reales); pero que la psicología de la clase debe entenderse siempre en función
de su rol económico-social. Menciona como ejemplo, situaciones en las que las
masas o grupos son dominados por un sentimiento de desesperación, tras una gran
derrota en la lucha de clases. “En ese caso puede comprobarse una relación con
los intereses de la clase, pero esa relación es de una naturaleza muy peculiar:
la lucha fue impulsada por los resortes ocultos de los intereses (subrayado por
E. F.), pero ahora el ejército de los luchadores ha sido derrotado; sobre ese
terreno se inicia la descomposición, la desespe-ración, comienza la fe en un
milagro, la prédica que induce a apartarse de los hombres, las miradas se
dirigen al cielo.” Y sigue diciendo Bujarin: “Vemos, pues, que al estudiar la
psicología de las clases estamos enfrentando un fenómeno muy complicado, cuyo
origen no puede buscarse exclusiva-mente en el simple interés, pero que siempre
tiene su explicación en el medio concreto en que se encuentra la clase en
cuestión.” Habla luego del proceso ideológico como de un tipo especial de
trabajo social. Pero como no tiene a su disposición una psicología apropiada,
no va más allá de ese planteo y no logra entender la naturaleza de ese proceso
de trabajo.
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
diferencias –sobre
todo de ritmo (más rápido o más lento)– respecto a lo que sería dado esperar en
caso de descuidarse el factor psíquico. Por consiguiente, el empleo del
psicoanálisis dentro del materialismo histórico significaría un refinamiento
del método, una ampliación del conocimiento de las fuerzas que actúan en el
proceso social y una mayor seguridad aun, tanto en la comprensión de procesos
históricos, como en el pronóstico del futuro acontecer social y, muy en
especial, una clara visión de la producción de ideologías.
Naturalmente, la
fecundidad de una psicología social psicoanalítica depende del grado de
significación que tengan las fuerzas libidinales en el proceso social. Un
análisis moderadamente amplio del tema sobrepasaría en mucho el marco de este
artículo. Por ello, nos limitaremos por ahora a formular algunas observaciones
básicas.
Si nos preguntamos
qué fuerzas son las que mantienen la estabilidad de una determinada sociedad y
qué fuerzas son las que la conmueven, veremos que, si bien las condiciones
económicas son las contradicciones sociales que deciden sobre la estabilidad o
la decadencia de una sociedad, el factor que –sobre la base de estas
condiciones– representa un elemento de extrema importancia en la estructura
social es el de las tendencias libidinales que actúan en el hombre. Para
comenzar, partamos de una constelación social relativamente estable. ¿Qué
mantiene a los hombres unidos? ¿Qué es lo que hace posible determinados
sentimientos de solidaridad, determinadas posturas de sometimiento o autoridad?
Segura-mente es el aparato exterior del poder (es decir, la policía, la
justicia, las fuerzas armadas, etc.) lo que mantiene a la sociedad dentro de
sus carriles. Seguramente son los intereses racionales y egoístas los que
contribuyen a su formación y estabilidad. Pero ni el aparato exterior del poder
ni los intereses racionales bastarían para garantizar el funciona-miento de la
sociedad si no se sumaran a ellos las tendencias libidinales del hombre. Son
las fuerzas libidinales del hombre las que constituyen el cemento sin el cual
la sociedad no se mantendría unida. Son ellas las que contribuyen a la
producción de las grandes ideologías sociales, en todas las esferas de la
cultura.
Aclaremos esto en
una constelación social de particular importancia: la relación entre las
clases. En la historia que conocemos hasta ahora, una minoría domina a la
mayoría de la sociedad. El dominio de clases no ha sido un triunfo de la
astucia y del engaño, como lo presenta la Ilustración,
130
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
por ejemplo; fue el
resultado necesario de la situación económica de la sociedad, del nivel de las
fuerzas de producción. A Necker, por ejemplo, le parece que “el pueblo
–condenado por leyes de propiedad– solo percibe por su trabajo lo estrictamente
indispensable”. Las leyes son consideradas como medidas de defensa de las
clases acomodadas contra los desposeídos. A juicio de Linguet son algo así como
“una conjuración contra la mayor parte del género humano, ante la cual este no
tiene defensa alguna”.54
La Ilustración ha
descripto y criticado esa relación de dependencia, aunque no haya reconocido su
condicionamiento económico. De hecho, el estable-cimiento del dominio de una
minoría responde a la evolución histórica. Pero ¿cuáles son los factores que determinaron
la permanencia de esta relación?
Sin duda estos
factores son, en primera línea, los medios de coerción física y determinados
grupos encargados de manejar estos medios; pero hay otro importante factor: los
lazos libidinales –miedo, amor, confianza– que atan el alma de la mayoría a la
clase dominante. Ahora bien, esta actitud psíquica no es arbitraria, no es
casual; es la expresión de la adaptación libidinal de los hombres a las
condiciones económicas. Mientras estas condiciones de vida hagan necesario el
dominio de una minoría sobre una mayoría, la libido se acomodará también a la
estructura económica y se convertirá así, a su vez, en factor estabilizante de
la relación de clases.
Pero el hecho de
reconocer el condicionamiento económico de la estructura libidinal no debe
llevar a la psicología social a descuidar la investigación de las bases
psicológicas de esta estructura. No solo debe investigarse la razón por la cual
esta estructura libidinal es necesaria; también es preciso saber cómo es
psicológicamente posible, es decir mediante qué mecanis-mos funciona. Al
investigar la raíz de esta ligazón libidinal con que la mayoría está atada a la
minoría dominante, la psicología social descubrirá, por ejemplo, que esa
relación reproduce o prolonga la actitud psíquica que esos adultos tuvieron de
niños respecto a sus padres, en especial respecto al padre (dentro de la
familia burguesa).55 Se trata de una mezcla de admiración, miedo, fe en la
fuerza, en la inteligencia y en las buenas intenciones del padre, es decir, una
sobreestimación de sus cualidades intelectuales y morales, condicionada por
factores afectivos. Esta actitud
54 Citado por Grünberg en Verhandhingen des
Vereins für Sozialpolitik, Stuttgart, 1924, pág. 31.
55 Pero no debe olvidarse que esta relación
padre-hijo, en particular, está condicionada a su vez por factores sociales.
131
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
se encuentra tanto
en el niño, en su relación con el padre, como en el adulto de la sociedad de
clases de tónica patriarcal, en su relación con los miembros de la clase
dominante. Estrechamente vinculados con ella están esos principios morales que
hacen que el pobre prefiera padecer antes que “obrar mal”; que lo hacen creer
que el sentido de su vida está en la obediencia y el cumplimiento del deber al
servicio de los poderosos. Estos conceptos éticos de tan enorme importancia
para la estabilidad social son, también, el producto de determinadas relaciones
afectivas, emo-cionales, con quienes inauguraron y sustentaron esos conceptos.
Por supuesto, la
formación de esos conceptos no se deja librada al azar. Una parte muy
importante del aparato cultural está consagrada a crear en forma sistemática y
planificada esa actitud condicionada por factores sociales. Uno de los
importantes objetivos de la psicología social es el de establecer el papel que
representa en este terreno la organización educacional y algunas instituciones
como la justicia penal.56
Hemos elegido la
relación libidinal entre la minoría dominante y la mayoría dominada, porque
esta relación es el núcleo social y psíquico de toda sociedad de clases. Pero
todas las demás relaciones dentro de la sociedad tienen, también, su cuño
libidinal. Por ejemplo, las relaciones entre los miembros de la misma clase
muestran otra tonalidad psíquica en la pequeña burguesía que en el
proletariado; la relación libidinal con el líder político tiene una estructura
psicológica diferente cuando este es un proletario –que, aunque dirija a su
clase, se está identificando con ella y está sirviendo a sus deseos– y cuando
se trata de un individuo que aparece a los ojos de la masa como hombre fuerte,
como poderoso pater familias aumentado, como líder autoritario.57
56 Cf. Fromm, “Zur Psychologie des Verbrechers
und der strafenden Gesellschaft”, Imago, XVII, 12. El aparato cultural no solo
sirve para guiar las fuerzas libidinales (en especial las pregenitales y los
instintos parciales) de los hombres en determinadas direcciones convenientes
para la sociedad, sino para debilitarlas, a fin de que no se conviertan en un
peligro para la estabilidad social. Esta amortiguación de las fuerzas
libidinales o su orientación hacia el terreno pregenital es también una de las
razones de la moral sexual de ciertas sociedades.
57 En su Psicología de las masas y análisis del
yo, Freud ha señalado precisamente los factores libidinales de la relación con
el líder. Ha tomado, sin embargo “al líder”, en forma abstracta, así como toma
a “la masa” en forma abstracta, vale decir, sin tomar en cuenta una situación
concreta. Eso confiere a la exposición de los procesos psíquicos una
generalidad que no responde a la realidad, o sea que se imprime un sello de
generalidad a un determinado tipo de relación con el líder. Por otra parte se
está reemplazando el problema decisivo de la psicología social, la relación de
las clases, por un problema secundario, el de la relación masa-lider. Pero es
digno de mención el hecho de que, en ese trabajo Freud señala las tendencias de
la psicología burguesa a adoptar una actitud despectiva hacia la masa, y no las
comparte.
132
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Respondiendo a la
diversidad de relaciones libidinales posibles, dentro de la sociedad se da
también una enorme variedad de ligazones afectivas. Es imposible describirlas y
explicarlas, aunque solo sea superficialmente, en estas páginas. Este es uno de
los objetivos principales de la psicología social. Baste decir que –así como
tiene una determinada estructura económica, social, política y espiritual– cada
sociedad tiene una estructura libidinal muy específica. La estructura libidinal
es el producto de la acción de las condiciones socioeconómicas sobre las
tendencias instintivas, y es, por su parte, un importante factor determinante
tanto en la formación de sentimientos dentro de las diferentes capas de la
sociedad, como en la naturaleza de la “superestructura ideológica”. La
estructura libidinal de una sociedad es el medio a través del cual se cumple la
acción de la economía sobre los fenómenos verdaderamente humanos, sobre los
fenómenos mentales y espirituales.
Por supuesto, la
estructura libidinal de una sociedad es tan poco constante como su estructura
económica y social. Sin embargo, tiene una relativa constancia mientras la
estructura social se mantiene en un cierto equilibrio, vale decir, en las fases
relativamente consolidadas de la evolución social. Con el crecimiento de las
contradicciones objetivas dentro de la sociedad, al iniciarse el proceso más
intenso de descomposición de una determinada forma de sociedad, aparecen
también determinadas trasformaciones en la estructura libidinal de esa
sociedad: desaparecen ligazones tradicionales que mantenían la estabilidad, se
modifican actitudes afectivas tradicionales. Hay energías libidinales que
quedan libres para nuevas aplicaciones, con lo cual cambia también su función
social. Ya no contribuyen a conservar la sociedad; ahora conducen a la
construcción de nuevas formaciones sociales. Han dejado de ser cemento, para
convertirse en sustancia explosiva.
Pero volvamos ahora
al planteo formulado en el comienzo de este trabajo, a la relación entre los
instintos y los destinos del hombre, es decir sus condiciones externas de vida.
Habíamos visto que la psicología personal analítica considera la evolución de
los instintos como el producto de la adaptación activa y pasiva de la
estructura instintiva a las condiciones de vida. La relación entre la
estructura libidinal de la sociedad y sus condiciones económicas es, en
principio, la misma. Se trata de un proceso de adaptación activa y pasiva de la
estructura libidinal de la sociedad a las condiciones económicas. Los hombres,
llevados por sus impulsos libidi-nales, modifican a su vez las condiciones
económicas; las condiciones económicas modificadas dan lugar a nuevas
tendencias y satisfacciones
133
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
libidinales y así
sucesivamente. Lo decisivo es que todas estas trasfor-maciones se remontan, en
última instancia, a las condiciones económicas; que los impulsos instintivos y
las necesidades se trasforman y adaptan con ajuste a las condiciones económicas,
es decir, a lo posible o necesario en cada caso.
La psicología
analítica tiene indudable cabida en el enfoque del materia-lismo histórico.
Investiga uno de los factores naturales que actúan en la relación
sociedad-naturaleza; el mundo instintivo del hombre, su papel activo y pasivo
en el proceso social. Está investigando así un decisivo factor de mediación
entre la base económica y la formación de ideologías. De esa manera, la
psicología social analítica permite la cabal comprensión de la superestructura
ideológica como resultado del proceso que se cumple entre la sociedad y la
naturaleza.
Resumiendo, el
resultado de este estudio acerca del método y los objetivos de una psicología
social de tendencia psicoanalítica es el siguiente: el método es el del clásico
psicoanálisis freudiano, aplicado a los fenómenos sociales: interpretación de
las actitudes psíquicas comunes, de relevancia social, como resultado de la
adaptación activa y pasiva del aparato instintivo a las condiciones
socioeconómicas de la sociedad.
El primer objetivo
de una psicología social psicoanalítica es descubrir las tendencias libidinales
de importancia social; en otras palabras: comprender la estructura libidinal de
la sociedad. En segundo lugar, debe explicar cómo se forma esa estructura libidinal
y cuál es su función en el proceso social. La teoría acerca de cómo se forman
las ideologías a partir de la acción conjunta del aparato instintivo y de las
condiciones socio-económicas, será un elemento de particular importancia.
134
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
UNA VOZ EN EL
DESIERTO Y SU MENSAJE 58
Gunnar Leistikow
(1936)
¡Aprender, aprender
y aprender!
Lenin
1. Sobre la necesidad de una psicología
dialéctico-materialista y los objetivos de la misma.
La evolución
económica del mundo capitalista en los casi setenta años trascurridos desde la
aparición de El Capital, ha confirmado las opiniones de Marx, punto por punto.
El capital se ha concentrado en muy pocas manos, un par de gigantescos trusts y
de empresas monstruo han reducido el aparato estatal a su órgano ejecutivo, el
empobrecimiento ha alcanzado una medida inigualada y los ejércitos de la
reserva industrial abarcan ya sectores amenazadoramente amplios de la masa
obrera. El capitalismo, como sistema económico, ha demostrado su incapacidad
para elevar la producción –aunque más no sea aproximadamente– al nivel de las
fuerzas productivas; apenas si se aprovecha la mitad de la capacidad de
producción de la economía mundial. El monopolio de capital se ha convertido,
realmente, en “traba del modo de producción” que ha florecido con él; la
centralización de los medios de producción y la socialización del trabajo han
alcanzado un punto “en que resultan inconciliables con su cubierta
capitalista”.
No obstante eso,
las consecuencias no se han producido; salvo en Rusia, en donde se dieron
condiciones especiales. No se ha expropiado a los expropiadores y apenas si hay
algún indicio de que esté por sonar la hora final de la propiedad privada
capitalista. Las masas no han seguido las consignas de la revolución; es más,
en muchos países hemos sido testigos de cómo los beneficiarios de una forma de
economía superada lograban enganchar a las masas al carro del capitalismo, sin
que ellas advirtieran que el pasajero era un moribundo, aunque por cierto muy
bien presentado.
58 Este artículo fue escrito a comienzos de 1935
para la revista Neu Weltbühne, a pedido de su redacción. Después de entregado
el manuscrito no volví a tener noticias de la redacción, pese a mis reiteradas
cartas solicitando informes respecto a la suerte corrida Por mi trabajo. El
artículo no fue publicado, no se me devolvió el manuscrito ni se respondió a
mis cartas.
135
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
No nos sorprende
que los hombres que padecen hambre se irriten; pero vale la pena meditar por
qué razón ocurre con mucha mayor frecuencia que los hombres se dejen desollar
por un salario demasiado alto para morir y demasiado bajo para vivir. Cuando,
por añadidura, las masas proletarias votan por un partido fascista –que está
abiertamente al servicio del capital– o imponen la anexión de la zona del Sarre
a la Alemania hitlerista de Thyssen y Rochling; en una palabra, cuando esas
masas actúan contra sus propios intereses, nos estamos enfrentando a hechos
ante los cuales claudica todo nuestro saber marxista.
Esto no es de
sorprender, puesto que se trata de problemas de naturaleza psicológica y no
contamos con una psicología marxista aplicable, ya que la psicología burguesa e
idealista nos resultaría de poca utilidad en este caso.
A partir de Marx
sabemos que lo material (la existencia) se trasmuta en lo ideal (la conciencia)
en la cabeza del hombre. No sabíamos cómo se cumplía ese proceso de
trasformación, ni de acuerdo con qué leyes o en qué condiciones se producía. No
importaba mucho. Ese aspecto era pasado por alto o bien se lo tenía por algo
tan simple y sin complicaciones como el cambio de moneda en un banco. Ni el
marxista más experimentado advertía que esta última suposición era metafísica
burguesa e idealista de la más pura cepa (porque su existencia social no le
había planteado hasta ese momento un problema de esa naturaleza). Tampoco se le
ocurría que las leyes de la dialéctica podían aplicarse al acontecer psíquico,
de la misma manera en que se aplicaban a cualquier otro campo biológico o
social.
Pero la reacción de
cientos de miles de proletarios (para no hablar de los pequeños burgueses) a
las seducciones de la propaganda nazi-fascista, hizo que el problema de la
trasmutación de lo material en ideal, dentro del cerebro humano, adquiriera
vigencia política. El hecho de que Goebbels haya gritado con más fuerza que los
auténticos revolucionarios porque disponía de mas dinero, no es una
explicación. Subsiste la incógnita de por qué, en determinado momento, las
masas empezaron a volcarse a los nazis. Porque Goebbels podría haber gritado
mil veces más fuerte y lo habría hecho en vano, si algo dentro del cerebro de
los hombres no los hubiera inducido a escuchar precisamente esos gritos. Por
consiguiente, el problema es psicológico y con éi surgió la necesidad de una
psicología marxista –con bases dialéctico-materialistas– para despejar
incógnitas como esa.
136
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Ahora bien ¿cuáles
son las condiciones básicas que debe imponer el marxismo a esa psicología?
Primero: tiene que
ser materialista, es decir, tiene que encajar dentro de la biología. Los
sucesos psíquicos solo se producen en el organismo viviente; en consecuencia,
las leyes que tienen validez para los sucesos físicos del organismo humano,
también deben ser aplicables a los sucesos psíquicos. Psíquico y tísico no son
antinomias absolutas; solo son contra-dicciones dialécticas. La absolutización
de la antinomia en la ciencia burguesa es –desde el punto de vista histórico–
un resto de la metafísica medieval, un derivado de la idea teológica de dividir
el mundo en materia inorgánica y en el espíritu de Dios que flota sobre las
aguas.
Pero el hecho de
apoyarse en las ciencias naturales no basta para que la psicología marxista
tenga un carácter materialista. La vida psíquica surge del interjuego de
fuerzas que pugnan por desahogarse (instinto) y otras que frenan ese desahogo.
La biología enseña, sin embargo, que la sustancia viviente como tal, solo
conoce fuerzas que pugnan por su desahogo; por lo tanto, los factores
represivos deben de ser instintos originados en el mundo exterior o bien
modificados por él. Y bien ¿cuáles son las influencias del mundo exterior que
tienen una acción modeladora sobre la psiquis del hombre? Esas influencias
parten de las condiciones en las cuales se satisfacen, o no, las necesidades
del hombre, es decir las situaciones de consumo o producción, la coerción exterior,
en una palabra, aquellas situaciones materiales que –de acuerdo con lo
expresado por Marx– se trasforman en ideología en la cabeza humana.
La segunda
condición que debemos imponer a una psicología que pretenda llevar con justicia
el nombre de marxista, es que aplique las leyes de la dialéctica al objeto de
sus investigaciones, haciendo derivar todos los procesos psíquicos y todas las
contradicciones establecidas dentro de la psiquis –por ejemplo entre la
conciencia y el inconsciente, entre la acción racional y la irracional– de la
contradicción prístina entre yo instintivo y mundo exterior.
Solo una psicología
que cumpla con estos requisitos puede ser tomada en serio y aplicada por los
marxistas. Pero solo esa psicología estará en situación de despejar incógnitas
como la de por qué un hombre hambriento no roba pan en el momento en que puede
hacerlo con impunidad; por qué los proletarios oprimidos no se rebelan contra
los
137
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
opresores; por qué,
en los países católicos, la Iglesia reaccionaria atrae a más jóvenes
proletarios que las organizaciones socialistas; por qué en 1933 las grandes
masas de los obreros industriales no se volcaron a las organizaciones
revolucionarias, como lo habían hecho diez años antes. En otras palabras: por
qué la revolución psicológica del proletariado está retrasada respecto a la
evolución de la base económica.
Existe ya el
intento de fundar una psicología marxista, sobre la base de las ciencias
naturales y del materialismo dialéctico.
Nota añadida en
1936: Manes Sperber me ha advertido que en la publicación rusa “Psijologiia” se
han emprendido nuevos intentos. Lamentablemente, hasta la publicación de este
ensayo no logré obtener dicha publicación, de modo que me veo obligado a
diferir un análisis de esos trabajos.
G. L.
2. El intento de
Reich de fundar una psicología marxista
El primer –y
aparentemente el único– intento de aplicar el método del materialismo
dialéctico a la vida psíquica humana, es el emprendido por Wilhelm Reich. Pero,
hasta ahora, la de Reich ha sido una voz en el desierto.
El sistema
psicológico de Reich parte de una dicotomía en la ideología del proletariado,
al cual Reich convierte en objeto principal de sus investi-gaciones. La razón
de esta dicotomía es que la ideología del proletariado está determinada por dos
factores muy diversos: por un lado las condiciones materiales en las cuales
vive (explotación, desnutrición, problemas de vivienda, etc.); por otro lado,
la ideología burguesa, porque –como sabemos, a través de Marx– la ideología de
la clase dominante es la de toda la sociedad y, por ende, la del proletariado.
Los hombres están sometidos por vía directa e indirecta a sus condiciones de
existencia. Por vía directa, experimentan la influencia inmediata de su
situación económica y social, y por vía indirecta, la de la estructura
ideológica de la sociedad. Por eso, siempre tienen que desarrollar una
contradicción en su estruc-tura psíquica. Esta responde a la contradicción
entre la influencia de la situación material y la de la estructura ideológica
de la sociedad. El obrero, por ejemplo, está expuesto tanto a su situación de
clase, como a la ideología general de la sociedad burguesa.59 Por lo tanto, la
ideología
59 Massenpsychologie, pág. 32.
138
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
del proletario
contiene elementos específicos de su clase y otros compar-tidos por los
miembros de otras clases sociales. Es evidente que las tendencias rebeldes y
revolucionarias del obrero forman parte de los primeros, mientras que los
últimos ejercen una acción represiva sobre las tendencias rebeldes. De modo que
el obrero medio no es exclusivamente revolucionario ni exclusivamente
reaccionario, sino que lleva en sí una contradicción entre actitud
revolucionaria y represión burguesa. Pero la relación entre los elementos
ideológicos progresistas –puramente prole-tarios– y los elementos represivos
burgueses, no solo puede variar según los individuos, sino que varía en un
mismo individuo según el momento, por obra de influencias exteriores. La
importancia que puede tener este hecho en la práctica revolucionaria surge de
algo que sabemos gracias a Marx y a Engels: que si bien la ideología está
determinada por circunstancias exteriores, también existe una acción recíproca
y dialéctica entre ambas, de modo que la ideología modifica, a su vez, a la
base económica.60 Resulta así que la conducta política de cada obrero es
condicionada, en gran parte, por su ideología. Pero antes de extraer
conclusiones para la práctica, debemos tener bien claro cuáles son los
diferentes elementos y cómo cobran forma en la psiquis del obrero.
El origen de los
elementos progresistas que integran la estructura ideo-lógica del obrero, es
evidente: es la situación de la clase proletaria.61 No es clara, en cambio, la
forma en que los elementos burgueses han penetrado en la psiquis del
proletario. Si se lo preguntamos a él, no sabrá darnos una respuesta
satisfactoria, porque “él mismo desconoce las fuerzas que realmente lo mueven”;
“por eso imagina móviles falsos o aparentes”.62 Pero existe un método para
hacer conscientes los contenidos psíquicos inconscientes. Este método es el
psicoanalítico. Reich aplica el psico-análisis a estos problemas;63 cosa
inobjetable desde el punto de vista
60 Engels lo expone con particular claridad en
su carta a J. Bloch, del 21 de septiembre de 1890. En razón de esta acción
recíproca, Reich habla de la “ideología como fuerza material”.
61Allí donde la
clase obrera ha logrado mejorar su situación hasta alcanzar un nivel material
no inferior al de la pequeña burguesía (obreros calificados del Tercer Reich,
EE.UU. y también Suiza, Francia, Holanda, países escandinavos, etc., por lo
general muy bien rentados), aparecen también elementos ideológicos burgueses
(propios de la pequeña burguesía) que pueden alcanzar importancia política
decisiva (inclinación hacia los partidos no revolucionarios, tendencias
conservadoras en los partidos reformistas de los países mencionados, etc.).
62 Engels en su carta a Mehring del 14 de julio
de 1893.
63 Los trabajos de Reich lo han llevado más allá
de los resultados del psicoanálisis, hasta entrar en el terreno de las
investigaciones propias. La economía sexual –surgida de la psicología
dialéctico-materialista de Reich y de sus investigaciones en el terreno
fisiológico– se ha apartado tanto del psicoanálisis y de su evolución
reaccionaria, que ya se ha hecho necesaria una separación absoluta de ambos
campos.
139
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
marxista. Es verdad
que en los círculos marxistas está muy difundida la opinión de que el
psicoanálisis es una ciencia idealista y burguesa; pero este concepto se basa
en un error. Una observación detenida nos demostrará que el psicoanálisis, bien
aplicado, no hace otra cosa que explicar los fenómenos psíquicos como un
interjuego (¡dialéctico!) de instintos de raigambre biológica e influencias del
mundo exterior que tienden a modificar esos instintos. Por lo tanto, está
cumpliendo los requisitos que establecimos para una ciencia marxista.
En primer lugar, el
psicoanálisis demuestra que todo lo “moral” en el ser humano tiene un origen
histórico, vale decir que surge de la influencia de la generación mayor sobre
la joven generación en desarrollo. En este proceso, la generación mayor es guiada,
en primer lugar, por sus propios intereses y, en segundo lugar, por la
ideología social del momento y, en consecuencia, por las condiciones de
producción del momento... Pero, por encima de eso, el psicoanálisis muestra que
las energías que alimentan a la moral no están en una contradicción absoluta
con los instintos biológicos, sino que esta contradicción es de naturaleza
dialéctica. La moral ha surgido de los propios instintos, puesto que el medio
ha logrado canalizar una parte de la energía instintiva para aprovecharla en su
beneficio, y la dirige contra aquellos instintos que le resultan
inconvenientes. Psicoanalizar a un ser humano significa, pues, investigar su
estructura psíquica desde un punto de vista histórico-genético. El
psicoanálisis no es otra cosa que “una visión materialista de la historia
aplicada a la investigación de la historia del individuo”. Esa es la esencia
del asunto y esa esencia no se altera por el hecho de que la burguesía la haya
rodeado de una profusa charlatanería, de la cual el marxista debe distanciarse
más aun que el investigador burgués. Esta charlatanería es particularmente
perjudicial cuando supera los límites de la psicología y se arriesga a encarar
fenómenos sociales. Cuando un “psicoanalista” intenta explicar el capitalismo o
la guerra como una expresión de la avidez humana, de eso solo pueden surgir
disparates; porque el capitalismo es un tema de la sociología y no de la
psicología. Como dice Reich: con la psicología abarcamos la conducta del obrero
en la huelga, pero no la huelga misma. (Por supuesto, la aplicación del método
psicoanalítico a procesos sociológicos debe rechazarse aun en los casos en que
el propio creador del análisis sea quien los emprende, como en El malestar en
la cultura o en Tótem y tabú). Hay que establecer el distingo –como dice Reich–
entre Freud como “científico genial” y Freud como
140
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
“filósofo burgués
de matices anticuados”. Para distanciarse exteriormente del psicoanálisis
burgués, Reich renuncia al término “psicoanálisis”, tan mal empleado v tan
desacreditado, y denomina a su teoría –al psico-análisis dialéctico y
materialista– “economía sexual”.
Puesto que el
psicoanálisis es una ciencia natural dialéctica y materialista (aunque el
propio Freud y muchos otros psicoanalistas burgueses desco-nozcan este hecho)
no hay nada que objetar si Reich lo aplica –junto con sus resultados clínicos–
en las investigaciones sobre la formación de ideologías en la psiquis humana.
3. Aplicación del
psicoanálisis a la psicología marxista
Al aplicar Reich el
psicoanálisis al proceso de la formación de ideologías, se revela que los
elementos psicológicos burgueses –al igual que los específicamente proletarios–
surgen de necesidades materiales. La única diferencia entre unos y otros es
que, en el caso de los elementos burgueses, no se trata de las necesidades
materiales de un individuo, sino de las de la clase dominante. Estas
necesidades se imponen a la psiquis del niño proletario; pero de manera tal que
este las reciba inconsciente-mente y las haga suyas, como si se tratara de sus
propias necesidades. Este proceso se cumple de diversas maneras en la escuela
(burguesa), en los organismos burgueses o eclesiásticos y –no por último– en el
hogar proletario. Porque los padres del niño ya han sido ideológicamente
deformados desde su propia infancia y transfieren inconscientemente los
elementos ideológicos burgueses al niño, de la misma manera en que le
transfieren los elementos proletarios. Esto es tanto más acentuado cuanto más
se aproxima el estilo de vida de los padres al de la pequeña burguesía y tanto
menos cuanto mayores son las necesidades que se padecen en el hogar.
Uno se pregunta
cómo es posible que el niño proletario reciba necesidades que le son extrañas y
las asimile hasta el punto de experimentarlas como propias. Para entender esto
tendremos que hacer una pequeña incursión en la teoría de los instintos.
A través de la
ciencia burguesa se nos ha hecho familiar la distinción entre instinto de
nutrición (o de autoconservación) e instinto sexual (o de conservación de la
especie). Como suele ocurrir con mucha frecuencia, la antinomia no es absoluta
(sino dialéctica). En realidad solo existe un tipo
141
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
de instinto: el
afán de hacer desaparecer el estímulo provocado por una tensión fisiológica.
“La tensión en el estómago, que psíquicamente se hace sentir como hambre,
impulsa a comer y así conserva al individuo; la tensión en los órganos sexuales
–en especial en los genitales–, que se hace sentir en el terreno psíquico como
deseo sexual, impulsa a consumar el acto sexual.”64 Aunque estos dos impulsos
instintivos sean idénticos desde el punto de vista genético, se comportan de
diferente manera cuando las influencias del mundo exterior impiden su
satisfacción. El hambre es rígida e implacable; el impulso sexual, en cambio,
es más dúctil y transformable. Este hecho es de gran importancia, no solo
psicológica sino sociológica.65 Significa que el impulso sexual puede adoptar
otras formas cuando no se lo satisface. Se lo expulsa, entonces, de la
conciencia, se lo “reprime”; pero vuelve a aflorar como síntoma neurótico o
como perversión. En muchos casos admite –aunque en medida muy reducida– una
trasmutación en otras formas de energía sin meta genital, como la fantasía o el
trabajo. Así trasformada, la energía sexual puede emplearse también para
“ligar” emocionalmente a la psiquis, ideas y líneas de pensamiento ajenas, y
otras influencias trasmitidas por los sentidos. Este es el caso de los
elementos ideológicos burgueses.
Si nos preguntamos
cuáles son las influencias del mundo exterior que impiden la gratificación
natural y de esa manera provocan la transfor-mación del impulso sexual, veremos
que se trata, en primer lugar, de medidas educacionales, y que estas comienzan
a aplicarse en la primera infancia. Para mencionar uno de los ejemplos más
comunes: bajo la influencia de la difundida superstición de que el onanismo es
dañoso, se castiga al niño por sus masturbaciones, se amenaza al varoncito con
cortarle su miembro genital o se le dice que Dios, que todo lo ve, nunca le
perdonará ese “pecado”. De esa manera se está reprimiendo una satisfacción
sexual natural, adecuada a esa etapa de la vida y, con frecuencia, no se
obtiene otra cosa que un temor morboso a la castración o un masoquismo de tinte
religioso. Porque el niño tiene que desafiar la prohibición, puesto que la
compulsión hacia el onanismo no cede. Se masturba menos y con remordimientos,
la energía sexual contenida se trasforma en angustia 66 y acentúa el temor al
castigo (miedo real) hasta
64 Reich, Der Einbruch der Sexualmoral, 2° ed.,
1935 (La redacción), pág. 107.
65 Esto no altera el hecho de que el hambre es
el motor más importante del acontecer social (Reich, Massenpsychologie, pág.
107).
66 La angustia es el primer escalón intermedio
en casi todas las trasmutaciones de la energía sexual.
142
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
hacerlo desmedido y
enfermizo (miedo sexual o neurótico). En los adolescentes se estorba el tráfico
sexual al separar los sexos e idealizar la monogamia como educación sexual. Al
reunir a los muchachos con compañeros del mismo sexo en organizaciones menos
controladas se los está exponiendo a la tentación de satisfacer por la vía de
la homo-sexualidad un impulso instintivo que es particularmente pujante en la
pubertad. Pero las amenazas de castigo y la coerción nada logran. Los padres y
educadores no pueden tener a los educandos permanentemente a la vista; por eso
se recurre al sentimiento del honor, al temor de Dios, al amor a los padres y
otros factores emocionales puestos al servicio de la represión sexual. En
relación con esos complejos procesos psíquicos, a los que el psicoanálisis
designa como “identificación”, se movilizan las energías sexuales que no han
llegado a liberarse y estas se vuelcan en la recepción e incorporación de los
preceptos y prohibiciones de los padres. Así se crea esa instancia psíquica que
conocemos por el nombre de “moral” y que acompaña al individuo durante toda la
existencia, limitando su vida sexual, aunque los padres y educadores hayan
desaparecido hace mucho tiempo o estén fuera de alcance.
Uno no puede menos
que preguntarse: ¿Por qué hace esto la moral sexual? ¿Qué interés tiene la
clase dominante en una represión de la vida sexual tan amplia, que no solo
afecta a las clases dominadas, sino a la propia clase dominante? 67
En primer lugar, la
represión sexual provoca un sensible debilitamiento de la capacidad de
resistencia de la clase explotada. Al impedir que la energía sexual fluya
libremente se está creando a cada individuo un problema difícil de manejar; un
problema que exige gran parte de las energías que, en caso contrario, hubieran
sido empleadas en la resistencia contra la opresión social. Para dar una idea
de la enorme cantidad de energía escamoteada así a las clases explotadas,
diremos que el 98% de las obras literarias y cinematográficas en los países
capitalistas, tienen por tema problemas y conflictos eróticos.
67 El hecho de que la represión sexual no es un
fenómeno natural, sino que está estrechamente vinculado con la organización
económica de la propiedad privada, se hace evidente en las tribus primitivas
que aún viven en la etapa económica del comunismo prístino y en la del
matriarcado. Ellas no conocen la represión de la vida sexual infantil y
juvenil, y por eso desconocen también las perversiones y las enfermedades
neuróticas. Cf. Reich, Der Einbruch der sexualmoral.
143
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
En segundo lugar,
una parte de la energía sexual de los oprimidos es movilizada por los opresores
y canalizada de manera que se vuelva contra aquellos en la lucha de clases. Se
trata de esa cuota de energía utilizada para recibir y asimilar la moral sexual,
esa moral hostil a la libertad sexual, que socava la capacidad de resistencia
de los oprimidos.
Finalmente, esta
asimilación de la moral sexual burguesa no solo lleva al proletario a aceptar
dicha moral, sino que –por encima de eso– lo induce a aprobar la opresión de
que es objeto. Esto ocurre, en gran parte, por vía de la religión.
Otra porción de la
energía sexual insatisfecha es aprovechada para arraigar en la psiquis humana,
desde la primera infancia, la fe en Dios. Sobre esta fe –difícil de arrancar
totalmente, por su vinculación con el miedo sexual infantil reprimido– la Iglesia
construye, más tarde, la religión. Esta utiliza, a manera de azote, el concepto
de pecado –también arraigado por medio del miedo sexual–, para lograr que el
adulto sea un súbdito fiel y humilde de la autoridad (burguesa). Para hacer
aceptables estas enseñanzas, las acompaña de un cheque pagadero en la
eternidad.
Para formularlo de
otra manera: la represión sexual se vale de la moral burguesa para convertir al
individuo en un ser medroso, tímido, respetuoso de la autoridad, obediente,
honrado –en el sentido burgués– y educable. Ejerce una acción paralizante, porque
todo impulso agresivo –es decir, la capacidad de rebeldía del hombre– está
impregnado de miedo neurótico; provoca una inhibición general de las ideas y
una incapacidad de crítica, merced a la prohibición de los pensamientos de
naturaleza sexual. En síntesis, su objetivo es la creación de un ciudadano
adaptado al orden de la propiedad privada, paciente, pese a todas sus
necesidades y humilla-ciones”.68 Este tipo se encuentra particularmente bien
definido en la pequeña burguesía, puesto que en esa clase faltan por completo
los elementos ideológicos proletarios que actúan en sentido contrario a este
proceso.69 Dado que la represión sexual está, sobre todo, a cargo de la
familia, esta se convierte en la “principal fábrica ideológica” de la clase
dominante. Entendemos ahora por qué los reaccionarios de todos los frentes se
preocupan tanto por defender esta institución, que es –en realidad– una edición
de bolsillo del Estado autoritario.
68 Reich, Massenpsychologie, 1° ed, pág 50.
69 Siempre que no se haya iniciado la
proletarización de esta clase.
144
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Ahora podemos
entender por qué el niño proletario acepta necesidades que le son ajenas y las
siente como propias, sin tener conciencia de que existe una diferencia. Porque
hemos visto que esas necesidades ajenas –que son las necesidades de la clase
dominante– le han sido impuestas al niño por la moral burguesa y son asimiladas
por él por conducto de su propia energía sexual trasmutada. También podemos
establecer cuál es el contenido de esas necesidades impuestas por la clase
dominante: negación de la vida sexual infantil, juvenil y extramatrimonial,
aceptación pasiva de la explotación y, por sobre todo eso, aprobación de la
opresión sexual y social. Esas comprobaciones bastan para dar cumplimiento a
los requisitos que habíamos establecido para una disciplina marxista: hemos
dejado en claro que el objeto de nuestras investigaciones es de naturaleza
material y hemos derivado todas las contradicciones en que él incurre, de la
primera antinomia entre yo instintivo y mundo exterior.
4. Teoría de la psicología marxista y práctica
revolucionaria. Objeciones a Reich
La aplicación del
psicoanálisis a la investigación de la estructura psíquica del proletario ha
demostrado que los elementos ideológicos específica-mente proletarios, dentro
de esta estructura, son los que lo impulsan hacia adelante. De modo que esos
elementos son los que pueden consi-derarse positivos, desde el punto de vista
revolucionario. Los elementos ideológicos burgueses, en cambio, intervienen
como factor inhibitorio de los impulsos revolucionarios. Y estos elementos
ideológicos extraños, surgidos de las necesidades de la clase dominante, son
retenidos y asimilados por la energía sexual trasformada.
De esta
comprobación puede extraerse una plétora de conclusiones para la práctica
revolucionaria. Dado que la relación entre los elementos progresistas y los
inhibitorios no es constante –puesto que puede variar considerablemente tanto
de un grupo a otro, como de un individuo a otro, según las circunstancias
exteriores– toda propaganda revolucionaria debe encargarse de reforzar los
elementos ideológicos específicamente proletarios y de socavar y debilitar los
elementos burgueses. Pero esta última tarea no es nada simple. La lógica y la
discusión lograrán muy poco, puesto que la recepción de la ideología burguesa
es un proceso incons-ciente y la asimilación de la misma se cumple sobre una
base emocional.
145
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Para destruir los
elementos ideológicos burgueses –inconscientes– es preciso ligar las masas
extra-partidarias al movimiento revolucionario, por vía emocional, como lo han
hecho en forma magistral los fascistas.
Esta es la teoría
de la economía sexual. Para formularlo de otra manera, diremos que es preciso
acabar con el monopolio de la psicología por parte de la ciencia burguesa y
entregar al proletariado la conducción de esta disciplina, de la misma manera
en que Marx y Engels arrancaron a la ciencia burguesa el monopolio y la
conducción en materia de economía política y de sociología.
Con la ayuda de los
descubrimientos de la economía sexual se deberá elevar, en primer lugar, el
nivel de la propaganda revolucionaria y brindar a esta una base científica.
Como es sabido, este aspecto ha sido muy descuidado hasta ahora. En la última
reunión plenaria de la IC se insistió en que la propaganda comunista, en
especial la prensa partidaria, no “encontraba el lenguaje de las masas”. Una de
las principales misiones de la psicología marxista es la de brindar ayuda en
este terreno, reconocer los antiguos errores y evitar otros nuevos.
Reich brinda
consejos para la solución de este problema e impone exigencias a la práctica
revolucionaria. El requisito fundamental es el de elevar las posibilidades de
gratificación sexual y, al mismo tiempo, revelar la verdadera función social de
la represión sexual y de la moral burguesa. Aunque no espera que esta acción
promueva la liberación sexual general del proletariado (puesto que las
modalidades en materia sexual –como toda la existencia social del hombre– están
condicionadas por las modalidades económicas,70 esta liberación solo podrá
concretarse después de la abolición de la propiedad privada en lo que se
refiere a bienes de producción), Reich espera de ella consecuencias de gran
importancia.
Estas consecuencias
serían:
Primero: el
debilitamiento y disolución de los elementos ideológicos burgueses, con lo cual
se estará socavando la columna central del edificio del dominio capitalista: la
pasividad de las masas ante la opresión y la explotación de que son objeto y,
por sobre todo, su aprobación de este hecho social.
70 Reich, Massenpsychologie, 1° ed., pág. 247.
146
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Segundo: la
liberación de las energías psíquicas empleadas en el arraiga-miento de la moral
sexual burguesa y de la religión. Si la religión es el opio de los pueblos, la
moral sexual es su morfina. La deshabituación de las masas a estos
estupefacientes, que las adormecen y las paralizan, liberaría una enorme cuota
de energía sexual trasformada, que podría ser sublimada, en gran parte, y
puesta al servicio de la lucha revolucionaria.
Tercero: la
posibilidad de una lucha exitosa contra la religión y la Iglesia. Puesto que la
receptividad del hombre a los sentimientos religiosos –y, por ende, a las
doctrinas e imposiciones reaccionarias de las iglesias– proviene de una vida
sexual insatisfecha e inhibida, como lo ha revelado la práctica psicoanalítica,
la activación intensiva de las exigencias en materia de política sexual
equivaldría a minar a la Iglesia en su frente más vulnerable.
Cuarto: la
atracción de masas apolíticas, que se mantienen al margen del movimiento
revolucionario. Dado que la opresión sexual no solo afecta al proletariado
sino, prácticamente, a todas las capas de la población, es posible que un
programa de política sexual atraiga a sectores inaccesibles a una influencia
directa de las exigencias revolucionarias en el terreno económico y político y
logre ejercer sobre ellos una influencia política general, por vía de la
política sexual. Este sería, en particular, el caso de los individuos
apolíticos 71 y de esa parte de la pequeña burguesía que está económicamente
proletarizada, pero que ideológicamente sigue siendo muy burguesa, por lo cual
no se adhiere al movimiento revolu-cionario. Se comprenderá mejor la enorme importancia
de este punto si se tiene en cuenta que la inclusión de la liberación sexual en
el programa partidario puede despertar, inclusive, el interés de aquellos
sectores cuya existencia material está asegurada por el fascismo o por la
democracia burguesa y que, por consiguiente, están interesados en el
mantenimiento del modo capitalista de producción. El movimiento revolucionario
no podrá conquistar a policías bien pagos y a miembros de la guardia fascista,
hablándoles de las mejoras que experimentará la población trabajadora en un
futuro Estado socialista. Pero los guardias y miembros de la SS acuartelados no
sufren menos que el proletariado a causa de la represión sexual. Por eso, al
activar el problema sexual, los revolucionarios podrían demostrarles que ellos
también tienen algo que ofrecerles y de esa manera lograrían corromper las
últimas guardias del capital desde su ángulo más sensible.
71 “El hombre apolítico es el hombre absorbido
por los conflictos sexuales” (Reich).
147
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Hasta ahora Reich
no ha tropezado con muchos obstáculos en sus esfuerzos. Está distanciado de los
psicoanalistas burgueses, porque –convencido de que el orden social capitalista
no admite una profilaxis masiva de las enfermedades neuróticas– ha decidido rechazar
ese orden social capitalista y participar en forma activa en la lucha
revolucionaria. Al hacerlo ha violado las fronteras entre ciencia y política,
cosa que –como es sabido– es inconciliable con la dignidad de la ciencia
“pura”, que está muy por encima de las contiendas “profanas”. Pero esta voz en
el desierto tampoco es muy atendida por los marxistas. Se lo acusa de
desviaciones idealistas respecto a la teoría de Marx y de Engels, se oponen sus
exigencias en materia de política sexual a la línea general del Comintern y se
considera derrotista su crítica a la actitud de rechazo hacia las instancias
partidarias superiores.
El hecho de que la
psicología de Reich se considere idealista y anti-marxista es un error que
proviene, como hemos visto, de un insuficiente conocimiento del psicoanálisis,
fácilmente explicable en la mayoría de los marxistas. Tiene más fundamento, en
cambio, el escepticismo con que se han recibido algunas de las sugestiones
prácticas de Reich. La acción político-sexual en amplia escala solo sería
posible en los países en los cuales los partidos revolucionarios tienen
existencia legal, mientras que en los países fascistas podría llevar a un fatal
desmembramiento de las fuerzas revolucionarias. Pero aun allí donde existan
posibilidades de una acción de esa naturaleza, sería necesaria la intervención
de asesores con formación psicoanalítica, y este requisito es tan necesario
como difícil de cumplir.
Reich no sabe poner
sus teorías al alcance de los marxistas no familiarizados con las experiencias
analíticas; tampoco ha logrado dar a sus críticas a las prácticas del
Comintern, en materia de psicología de las masas, una forma que resulte
aceptable a los círculos responsables. Cuando se queja de la falta de apertura
de las instancias superiores del partido, está olvidando que también en ellas
hay aún elementos ideo-lógicos burgueses, que les impiden –como a la mayoría de
los políticos burgueses– juzgar con equidad en lo que se refiere a problemas
sexuales. Como marxista debería decir que esta prevención respecto al enfoque
científico de temas sexuales que se advierte en algunos marxistas, es un
reflejo de la moral sexual burguesa, condicionado por la existencia social.
Como psicólogo con formación analítica debería estar en condiciones de
encontrar medios y caminos
148
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
para superar esas
inhibiciones explicables por el estado actual de la ciencia.
Pero todo esto en
nada altera el mérito de lo que Reich ha hecho por la ciencia marxista. Su
intento de crear una psicología dialéctico-materialista y, sobre todo, su
revelación de las funciones sociales reaccionarias de la represión sexual, son
de valor perdurable. Pero tampoco la práctica revolucionaria –en especial la
propaganda masiva y la política sexual– podrán arreglárselas en el futuro sin
Reich y sin un detenido estudio del análisis. El rechazar indiscriminadamente a
Reich y sus teorías, por tal o cual razón, sería tan desacertado como el
aceptarlo sin críticas y sin reservas. Es necesario que los sectores marxistas
interesados se consagren en forma sistemática al estudio de Reich y de Freud, y
distingan, en cada caso, los elementos científicos, materialistas y dialécticos
fecundos, de las hipertrofias idealistas burguesas.
Debemos trabajar en
forma científica y crítica, y guardarnos de las generalizaciones que nos pueden
conducir, indirectamente, a un pantanoso terreno teológico-metafísico. Porque
lo que nosotros pretendemos es un avance de la ciencia marxista y no un retroceso
del socialismo, que lo lleve de la ciencia a la utopía.
149
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
SOBRE EL
PSICOANÁLISIS COMO EMBRIÓN DE UNA FUTURA PSICOLOGÍA DIALÉCTICO- MATERIALISTA
Otto Fenichel
(1934)
Quienes pretenden
abrirse paso hacia una psicología dialéctico-materialista tienen que combatir
permanentemente contra dos frentes: por un lado, contra el idealismo, que
segrega el alma del cuerpo y la considera como –de alguna manera– más
importante, más “elevada”, algo perteneciente al “más allá”; por el otro lado,
contra la falsa concepción materialista –nosotros la llamaríamos, más bien,
pseudomaterialista– que prefiere negar por completo la existencia del alma.
Dentro del ámbito científico de la psicología, el primer frente es, sin duda
alguna, el más importante; sin embargo, en los círculos vinculados con el
materialismo histórico sigue siendo muy necesario no perder de vista al
segundo.
Es indudable que en
esos círculos se tropieza todavía con una actitud de profunda desconfianza
hacia la psicología en general. Hay que dejar sentado que –viendo las cosas con
objetividad– esta desconfianza es totalmente injustificada, aunque comprensible,
si se tiene en cuenta lo que han ofrecido como ciencia la mayoría de las
escuelas psicológicas conocidas hasta ahora.
Un gran porcentaje
de lo que ellas enseñaban no puede incluirse dentro de las ciencias naturales,
sino dentro de las “ciencias filosóficas”, como ellas mismas se definían. La
psicología no se enseña en las universidades junto con la biología, sino con la
“filosofía”. Si se hojean algunos textos de psicología filosófica se advertirá
que la plétora de problemas metafísicos discutidos en forma especulativa –como
los del libre albedrío, las propiedades del alma y (poco más o menos) su
inmortalidad– proviene, en gran parte, de terrenos que en una época
pertenecieron a la teología. La rígida contraposición de “cuerpo” y “alma”
contiene siempre oculta la contraposición de humano y divino, de natural y
sobrenatural. No ha trascurrido tanto tiempo desde aquella época en que los
prejuicios religiosos obstaculizaban las investigaciones practicadas por la
anatomía científica en el cuerpo humano; pero mientras que los anatomistas y
fisiólogos han logrado liberarse de gran parte de estos prejuicios, amplios
sectores de la psicología siguen impregnados de ellos.
150
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Pero el idealismo
no es la única característica de muchas escuelas psico-lógicas. Estrechamente
ligado a ellas, encontramos también un absoluto olvido de la realidad social y
de su importancia. Se enfoca el pensar y el sentir del hombre como algo que flotara
“por sí mismo” en el aire, con total independencia de la concreta situación
histórica y social en la que se encuentra el hombre que piensa o siente.
Por todas estas
razones consideramos comprensible la desconfianza que la psicología inspira al
materialista. No obstante ello, ese sentimiento es injustificado.
Se cuenta que, en
una ocasión en que se hablaba de fenómenos psíquicos, un anatomista declaró:
“En mi vida, he practicado la disección de más de 5.000 cadáveres y nunca he
encontrado un alma”. También es célebre aquella frase de la Ilustración según
la cual “el alma es una secreción del cerebro”.
El anatomista está
equivocado. No solo es real y “material” lo que se ve, sino también lo que se
percibe directamente a través de una vivencia o indirectamente, por una
conclusión obligada. Es verdad que el anatomista no ha encontrado un alma en
los cadáveres, pero también es verdad que ha sentido y pensado, que ha
experimentado alegría y dolor, como cualquier ser humano. Los datos
proporcionados por nuestra conciencia no son menos reales que los datos de la
naturaleza exterior. Ambas realidades solo se distinguen por algunas
características (por ejemplo, la realidad de los datos proporcionados por la
conciencia no se extiende en el espacio). En lo que respecta a la frase acerca
de la “secreción del cerebro”, además de no existir una razón biológica que la
justifique, nos inspira la siguiente pregunta: ¿Acaso el hecho de que la bilis
sea secreción nos lleva al aserto de que la anatomía del hígado es una ciencia
y la química fisiológica de la bilis no lo es? Puede que la actividad psíquica
esté relacionada con la función del cerebro de la misma manera que la
producción de bilis lo está con el hígado. No obstante eso, la actividad
psíquica así originada es un producto natural, cuyas leyes merecen ser
estudiadas con criterios tan científicos como los aplicados a las leyes de la
bilis.
Es evidente, pues,
que el concepto de que el materialista solo debe creer en lo “corpóreo” y que
el interés por lo psíquico es propio del idealismo, es un craso error. Ese
concepto es, en sí, la consecuencia de un pensa-miento de tendencia idealista,
que convierte lo somático y lo psíquico en
151
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
una antinomia
insalvable. No, materialista es aquel que reconoce la realidad como tal allí
donde la encuentra (y la encuentra tanto en los datos de la percepción interna,
como en los de la percepción externa) y procura entender sus leyes y su
evolución sin “más allá”, a partir de las condiciones que le son inmanentes.
Muchos párrafos de sus escritos demuestran que Marx pensaba así. Para nuestros
fines basta con recordar que, en su doctrina, las necesidades humanas
constituyen la base material que pone en marcha al proceso de producción. Y
esas necesidades (aunque provenientes de una fuente somática, como ya se verá)
son de naturaleza psíquica.
Una psicología
materialista reconoce la existencia de lo psíquico como un ámbito de la
naturaleza y se esfuerza por explicar las formas especiales en que se presenta,
en función de la realidad material en la que está el portador de ese elemento
psíquico (y la realidad material abarca tanto su cuerpo como el mundo concreto
que lo rodea y que actúa sobre su psiquis, a través de las vivencias). Lo
psíquico es real, porque está directa-mente al alcance de la percepción
interior. Pero ¿qué se ha hecho hasta ahora con estos elementos y qué podría y
debería hacerse? En lenta evolución, el pensamiento científico se ha ido
abriendo camino, venciendo la resistencia del pensamiento religioso. Las
ciencias naturales –que surgen y se desarrollan en determinados momentos de la
evolución de las fuerzas humanas de producción, en los cuales su intervención
se convierte en una necesidad técnica– describen y explican los fenómenos
reales. No se necesita gran preparación filosófica ni una gran destreza en la
discusión teórica para entender lo que se pretende significar con “real” y con
“explicar”. “Real” es lo que se da en nuestro mundo de vivencias, sin
importarnos si puede existir un mundo metafísico más allá de nuestra
percepción. “Explicar” un fenómeno significa poder formular pronósticos acerca
de su curso futuro o estar en condiciones de aprovecharlo técnicamente. En
física y astronomía no hay “moralidad”; solo existe lo “acertado” y lo
“errado”. Sabemos, empero, que la posibilidad de lo “científicamente cierto” es
muy limitada. La “verdad pura” es una ficción de la ciencia burguesa. Por
supuesto, los conocimientos en el terreno de la física dependen de la medida en
que los institutos físicos estén subvencionados, dependen de quién los
subvenciona y de los fines con que se otorga la subvención. No obstante ello,
esta ficción forma parte de la índole de la ciencia burguesa y a nadie se le
ocurriría rebatir una publicación sobre un tema físico, arguyendo que sus
resultados son feos o
152
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
inmorales. Pero la
opinión pública reacciona de una manera muy diferente en lo que se refiere a la
realidad espiritual. En este terreno parecería no haber causalidad, cantidad ni
leyes. Aún flotan por doquier vagas ideas acerca del aliento divino insuflado
al hombre –aunque hoy hayan asumido formas levemente distintas, como la del
concepto de “espíritu”– que no puede ser investigado con medios terrenos sin
que se incurra en sacrilegio. Esto podría formularse, también, de la siguiente
manera: se han absolutizado, de manera tendenciosa, algunas diferencias entre
“mundo físico” y “mundo psíquico”; en cambio se han ignorado sus coincidencias
(ambos son naturaleza y deben ser investigados con los métodos de las ciencias
naturales). No sería muy difícil hacer la crítica marxista de las razones por
las cuales ocurre esto, pero así nos apartaríamos demasiado del tema.
Si pretendemos que
la realidad psíquica sea científicamente tratada, de la misma manera que el
resto de la naturaleza, debemos responder a dos preguntas: 1. ¿Cómo hacerlo?;
2. ¿Para qué hacerlo?
Estaríamos
cometiendo una injusticia con la historia de la psicología si afirmáramos que
esta estuvo constituida siempre por especulaciones filosóficas. Han existido y
existen diversas corrientes psicológicas que pueden calificarse de científicas,
por la naturaleza de su pensamiento. Una de las representantes de estas
corrientes es la psicología experi-mental que, por su parte, no es una unidad,
sino que abarca una serie de corrientes de pensamiento y de investigación.
También podría incluirse dentro de esta línea la reflexología practicada en la
Unión Soviética, lo mismo que la psicofísica. A nuestro juicio, ni la
psicología experimental ni la psicofísica parecen cumplir con los requisitos
exigidos a una psicología dialéctico-materialista. La primera puede ser
irreprochable desde el punto de vista científico –lo que permitirá proporcionar
resultados compatibles con el pensamiento dialéctico–, pero solo abarca una u
otra función psíquica, aisladas de su contexto, o un detalle cualquiera de la
vivencia. Lo que en la vida diaria se llama “experiencia”, toda la complejidad
de la vida espiritual humana y sus motivaciones, le son inaccesibles. La
segunda recurre demasiado a la analogía entre el acontecer físico y el
psíquico, utilizando en gran parte un criterio pseudo-materialista. ¿Es posible
que exista una forma de investigación que abarque toda la compleja naturaleza
del cúmulo real de vivencias (que hasta ahora ha escapado a la ciencia y solo
ha sido descripta de manera intuitiva por los literatos), con los métodos de
las ciencias naturales y que tienda hacia un pronóstico y
153
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
una técnica
psicológicos (influencia sobre los hombres), cuya seguridad no sea inferior a
la del pronóstico y las técnicas de la física?
¿Qué debemos exigir
a esa psicología?
1. Debe encajar dentro de la biología. La
actividad psíquica solo aparece en el organismo viviente; es un caso especial
de actividad vital. Las leyes generales que tienen validez para la vida, tienen
que ser válidas también para la psiquis. A esto se añaden determinadas
características especiales de lo psíquico.
2 Como toda ciencia
natural, investiga leyes; por consiguiente, no se conforma con la mera
descripción de procesos que no se repiten. Su objeto no es la persona, sino lo
regular en la vida espiritual: ¿en qué circunstancias se producen las vivencias
a, b, c? ¿Qué fuerzas ejercen una influencia sobre la forma y el contenido de
la vivencia? ¿Por medio de qué mecanismo actúan y cuáles son los resultados?
3. Una psicología materialista está
absolutamente libre de valores. En ella no existe el bien ni el mal, lo moral y
lo inmoral, lo que debe ser y lo que no debe ser; para ella, el bien y el mal,
lo moral y lo inmoral, lo que debe ser y lo que no debe ser son formas de
pensar del hombre y, como tales, es preciso estudiar su origen en función de
condiciones materiales. No permite que ningún “más allá” vuelva a entrar en sus
dominios, cualquiera sea su disfraz.
Si el acontecer
psíquico ha de entenderse, por principio, en función de las condiciones
materiales que le sirven de fundamento, esas condiciones solo pueden ser de dos
órdenes y el único deber de la psicología es considerar al objeto de
investigación como resultado del interjuego de ambas. Estas condiciones son:
primero, la realidad biológica del organismo en cuestión –cuyo origen no es ya
objeto de estudio por parte de la psicología sino de la historia de la
evolución biológica, la llamada filogenia–, y segundo, el medio que ejerce su
acción sobre esa estructura biológica. Este simple planteo ya nos señala los
lugares en los cuales hay que tender los puentes fundamentales entre “el caso
especial: psicología” y la biología; toda sustancia viviente es excitable, vale
decir que acoge las trasformaciones energéticas de su medio como estímulos, las
elabora, trasformándolas en un “estado de excitación” y “reacciona”, con lo
cual vuelve a perder su excitación. Todo acontecer psíquico debe representarse
en última instancia, con ajuste al modelo de este llamado “esquema de
154
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
reflejos”. Un
estímulo actúa sobre una estructura dada; provoca en ella un estado de
excitación que pugna por la “reacción” o “desahogo”; llega por fin a ese
desahogo, superando todos los obstáculos que encuentra en el camino, cuyo
origen será explicado por la psicología materialista como un interjuego entre
la estructura biológica y el mundo exterior. El suceso psíquico se diferencia
del reflectorio por estos obstáculos interpuestos en el camino.
Esta concepción
–según la cual la vida psíquica proviene del interjuego de fuerzas que pugnan
por desahogarse y otras que frenan ese impulso– puede designarse como dinámica.
Ve la vida psíquica como la resultante de fuerzas que deben ser estudiadas en
función del resultado. Para que la psicología siga siendo materialista, estas
fuerzas deben estar compuestas –como ya se ha dicho– por las necesidades
primitivas, de origen somático, y las que han ido surgiendo en el trascurso de
la evolución biológica –los llamados instintos– y las influencias del mundo
exterior sobre estas necesidades. Un tercer elemento, “principio inmanente de
perfección” o algo por el estilo, no tiene cabida en la psicología
materialista. (Una psicología dinámica es siempre, en primer lugar, una
psicología de los instintos. ¿Significa eso que solo reconoce los instintos y
que niega todos los demás sucesos mentales conscientes? No; pero significa que
considera a todos los demás fenómenos como un producto de los instintos y de la
influencia ejercida sobre ellos por el mundo exterior; así como, por ejemplo:
la teoría de las células no queda desmentida por la existencia de sustancia
ósea carente de células o por nervios que igualmente carecen de ellas, siempre
que se pueda explicar que la primera es sustancia intercelular y los segundos
puedan remontarse a la célula con ayuda de la teoría de las neuronas. Hay un
trabajo de Freud, cuyo contenido quizá pueda ser motivo de crítica, pero que
nos parece de gran importancia desde el punto de vista del método heurístico.
Se llama La negación y procura demostrar que una función psíquica aparentemente
tan distante de la vida instintiva como el juicio, es un instinto trasformado
por influencias exteriores.) Ninguna objeción filosófica (“en el orden psíquico
no hay cantidades” y consideraciones por el estilo) impedirá imaginar a estas
fuerzas –en analogía con los fenómenos energéticos del mundo físico– como
dotadas de diferentes intensidades, como capaces de actuar en distintas
direcciones (exigiendo desahogo o inhibiéndolo). La investi-gación de las
diferencias de esas intensidades y su mutua relación se añade como punto de
vista económico al ya mencionado punto de vista
155
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
dinámico. Un
enfoque de esta naturaleza capta el suceso psíquico como lo que parece ser
realmente a través de la vivencia directa: un acontecer fluido, siempre
cambiante, que debe considerarse en su decurso. Y la concepción de una “energía
psíquica”, cuya suma permanece constante y cuyas sumas parciales pueden ser
transferidas de una fuerza a la otra, se conservará mientras sirva para
explicar con claridad los diversos fenómenos y, finalmente, permita formular
pronósticos y posibilite un aprovechamiento técnico.
Decíamos que
explicamos los fenómenos psíquicos como la acción de fuerzas externas sobre
fuerzas internas. Las internas son –según dijéramos– los instintos de origen
biológico. Y bien ¿cuáles son las fuerzas exteriores? Las condiciones
materiales verdaderas actúan sobre el organismo como una fuerza exterior. No
hay psicología en un mundo que flota en el aire como el de Dos hombres, de
Dühring, sobre el que Engels ironizara con tanto acierto; solo puede haberla en
una sociedad concreta y en un determinado lugar de esa sociedad concreta.
Nos hemos internado
mucho en la teoría; por eso, quizá sea mejor volver ahora a la segunda de las
preguntas formuladas, es decir aquella que se refiere a los objetivos prácticos
de una psicología dialéctico-materialista. Al responderla seremos más concretos.
Partamos de un
ejemplo burdo: en la literatura psicológica burguesa se dedican muchas páginas
a la llamada “psicología de la criminalidad”. Se consagran largas meditaciones
y grandes teorías a la explicación de por qué tal o cual individuo roba. Pero,
por lo general, se comete el absurdo error de pasar por alto las condiciones
sociales burguesas, el hecho de que los bienes requeridos para satisfacer
necesidades son abundantes, pero que a la mayoría de los hombres les está
vedado el acceso a ellos. El que alguien quiera satisfacer sus necesidades es
un asunto psicológico, es verdad, pero dista mucho de ser problemático. Es algo
lógico. En semejantes condiciones sociales el problema debería plantearse en
los siguientes términos: ¿por qué hay tanta gente que no roba? Dicho con otras
palabras: ¿qué influencias del medio han ejercido una acción diferente sobre su
psiquis? La primera respuesta será: las clases dominantes han creado, por medio
de una institución, la justicia penal, una fuerza –precisamente, el miedo a la
justicia– que actúa contra las tendencias de la vida instintiva y que, con
frecuencia, demuestra ser más fuerte que ella.
156
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Sin embargo, no
cabe duda de que hay hombres que tampoco roban aunque tengan la seguridad de
que pueden hacerlo impunemente. (Quizá esto resulte más claro en otros actos
“asociales” o “antisociales” que no sean el robo.) Eso significa que el medio
no se limita a provocar miedo, sino que ha trasformado la vida instintiva en un
grado mucho mayor. La influencia de la educación, la “ideología”, ha
trasformado realmente la estructura instintiva del individuo en forma tal, que
las energías sustraídas a los impulsos instintivos originales actúan ahora en
contra de estos, impidiéndoles desarrollarse. La psicología
dialéctico-materialista investiga la forma en que se cumplen estas
trasformaciones de la estructura.
La comprobación de
que el orden social existente modifica la estructura psíquica de sus miembros
por medio de su ideología, no es nueva y, por cierto, no es antimarxista. Se
volvería antimarxista si se tomaran las ideas como algo del más allá, opuesto a
las condiciones económicas. Pero la ideología surge de las condiciones de
producción, de sus contradicciones e intereses, que son los intereses de la
clase dominante. En los escritos de Marx se encuentran muchas páginas, dignas
de ser leídas, acerca de la formación, la importancia y la forma de acción de
la ideología. Allí vemos cómo las condiciones de producción dan origen a las
“ideas en la cabeza del hombre”, y cómo estas –a su vez– influyen sobre la base
económica a través de las acciones de los hombres. Pero Marx no podía
extenderse en los detalles de “cómo” se cumplía este proceso, porque no contaba
con una psicología dialéctico-materialista. Pero los marxistas que por esta
razón restan interés a tales detalles están equivocados. Cuando aseguran que la
clase dominante tiene a su disposición la escuela, la religión, la prensa y la
radio, mientras que los partidos revolucionarios son débiles e impotentes; pero
que mientras más vaya penetrando cuantitativamente su propaganda en las masas y
mientras mayor sea la miseria, tanto más se irá contrapesando la acción de la
ideología, existe el peligro de que se contenten con esa noción. En lugar de
confiar en eso, harían bien en estudiar en detalle la acción de la escuela, la
religión, la prensa y la radio; en esta-blecer un orden de importancia para
estas “fábricas de ideología” y, quizá también, en descubrir otras en las que
puede no haberse pensado hasta ahora, como por ejemplo la familia y la
represión sexual impuesta por la sociedad. Reich ha arrojado luz sobre estos
factores. Si el hombre es un producto de sus condiciones materiales, lo es en
un doble aspecto. Las condiciones económicas no solo actúan directamente sobre
él; también lo hacen indirectamente, a través de la modificación de su
estructura psíquica.
157
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
De esto surge el
más importante de los objetivos prácticos de la psicología
dialéctico-materialista. Solo se ha combatido la ideología de la clase
dominante desenmascarando su verdadera función objetiva. Pero conven-dría saber
por qué esto ha dado tan poco resultado. Ejercer influencia ideológica equivale
siempre a obnubilar el entendimiento. A un hombre que está entusiasmado no se
lo convence con argumentos. Se puede argüir que el entusiasmo no es un estado
tan corriente como para que su tratamiento constituya un problema importante.
Pero si se descubriera que en todos los hombres hay mecanismos ocultos que
podrían desig-narse como “entusiasmos inconscientes” –es decir mecanismos que
en determinados puntos limitan el pensamiento lógico y la acción racional de
manera muy similar a lo que ocurre con el entusiasmo manifiesto– este problema
cobraría importancia práctica. Los descubrimientos de esta categoría tienen que
modificar sustancialmente el trabajo de propaganda. Con mucha frecuencia serán
también de importancia para las decisiones políticas, que pueden resultar
erróneas cuando solo tomen en cuenta las bases económicas materiales, olvidando
su interjuego dialéctico en el cerebro humano. Esto podría ilustrarse con
numerosos ejemplos. El más importante de estos ejemplos es el del retraso en
que se encuentra el “revolucionamiento” del proletariado respecto a la “base
económica”, hecho que solo admite una explicación psicológica. Otro ejemplo:
ocasionalmente se ha ensayado la crítica marxista a las instituciones
educacionales, como instituciones sociales dedicadas al embrutecimiento del
hombre, al modelar su ideología; pero esta crítica tendría otro valor si, por
experiencia psicoanalítica, se conociera mejor la profundidad de la ligazón
vitalicia, no solo en lo que se refiere a los contenidos de las experiencias
infantiles, sino a la forma en que se vivieron estas experiencias, por ejemplo
la importancia de la institución familiar (del “complejo de Edipo” y del
“superyó”).
Una crítica de las
instituciones existentes –cuya importancia social solo puede reconocerse a
fondo con ayuda de la psicología– traería apareada también una plétora de
posibilidades de aplicación práctica de los resul-tados. Lo que hace el
psicoanálisis actual, lo que puede hacer con sus conocimientos, es una terapia
de las neurosis en individuos enfermos, que deben ser tratados durante meses,
durante años, una hora diaria. Eso es todo lo que puede hacer. Semejante
terapia es ridícula si se tiene en cuenta la enormidad del padecimiento
neurótico de las masas, que es injustamente olvidado en presencia de su enorme
padecimiento material.
158
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
(Esto no significa
que estemos subestimando el análisis individual; esta labor terapéutica, por
insuficiente que sea, es a la vez el único método de investigación de la
psicología dialéctico-materialista en gestación). Hasta ahora apenas si se ha
tratado un problema mucho más importante: el de la profilaxis de las neurosis.
Las razones de esta omisión son las mismas por las que también en otros
terrenos de la medicina burguesa existe un interés mucho mayor por la terapia
que por la profilaxis. En segundo lugar, el paciente individual paga al médico
por su labor terapéutica; las consideraciones sobre profilaxis llevarían, en
cambio, al médico a descubrir la raigambre social de las neurosis y, por esa
vía, al descubrimiento del carácter problemático de nuestra sociedad,
descubrimientos que el médico burgués prefiere eludir. Pero si alguien equipado
con conocimientos marxistas recoge –con cautela marxista– los descubrimientos
de la nueva psicología, no solo surgiría la posibilidad de encarar con éxito
los problemas de la profilaxis de las neurosis, sino también la de enfrentar un
objetivo señalado desde hace siglos por la pedagogía burguesa, pero
inalcanzable para ella: el de proporcionar bases científicas a las
instituciones y a las medidas pedagógicas.
Sería interesante
ilustrar estas afirmaciones con ejemplos; pero antes corresponde tratar otro
punto.
No podemos dejar de
reconocer el hecho de que el psicoanálisis –por mucho que contenga elementos
idealistas de los cuales el marxista debe apartarse– es, en esencia, la única
ciencia empírica de la vida psíquica, que cumple todos los requisitos enumerados
y que, por lo mismo, puede considerarse el embrión de una psicología
dialéctico-materialista.
No sería difícil
fundamentar esta afirmación ante psicoanalistas que conozcan, a la vez, los
principios del materialismo dialéctico. Por otra parte, estas pruebas ya han
sido aportadas por varios autores, en especial por Reich en su trabajo
Materialismo dialéctico y psicoanálisis. Pero es muy difícil resumirlas y
exponerlas brevemente ante marxistas que conocen poco o nada de psicoanálisis o
que, inclusive, no pueden encararlo sin prejuicios. Considero que lo mejor es
empezar por convencer a esos camaradas de la legítima necesidad de una
psicología fundamentada en las ciencias naturales. Luego habría que dictar una
especie de curso de introducción al psicoanálisis, que les permita formarse su
propio juicio sobre la medida en que la joven ciencia satisface esa necesidad.
En estas páginas tendré que limitarme a demostrar, por medio de ejemplos, la
utilidad del psicoanálisis para los fines que nosotros perseguimos, y a
159
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
brindar otros
ejemplos de fenómenos internos del movimiento psico-analítico de los cuales es
preciso apartarse, porque –a nuestro juicio– están reñidos con los verdaderos
principios básicos del psicoanálisis.
Previamente
señalaremos que las ideas expuestas en páginas anteriores, acerca del enfoque
dinámico y económico de una psicología materialista, al igual que las
observaciones sobre la acción de la ideología, son fruto del pensamiento
psicoanalítico y reflejan las ideas de Freud.
1. Marx aplicó su método, el materialismo
dialéctico, a su propio territorio científico –las ciencias sociales– y creó
así la “economía política dialéctica”, es decir el “marxismo”, en su sentido
más estricto. “Ser marxista” en otras ciencias, significa aplicar a la ciencia
propia los mismos principios aplicados por Marx en materia de economía
política. Freud –que está apartado del marxismo e inclusive lo ha mal
interpretado y lo ha discutido– no aplicó por cierto estos principios en forma
consciente. El hecho de que sus descubrimientos tengan, a pesar de todo, el
carácter que tienen, habla más aún en favor de ellos. La primera característica
formal común al psicoanálisis y al marxismo salta a la vista, pero es objeto de
diferente valoración según el punto de vista de los distintos autores. Ambas
son ciencias desenmascarantes, vale decir que desconfían de lo que asoma
abiertamente y procuran ver en ello la resultante de fuerzas ocultas. Ambas
están convencidas de que lo que se ofrece como motivo del suceso es un
pretexto, que oculta las verdaderas interrelaciones y las verdaderas causas.
Además, lo que se reconoce como verdadera causa oculta, es algo
fundamentalmente distinto de lo exhibido. En un caso se trata de las
condiciones de producción y de los antagonismos de clase creados por ellas; en
el otro caso se trata de lo “inconsciente”, es decir de las necesidades
biológicas primitivas y de las fuerzas inhibitorias surgidas de influencias
ambientales. Pero cuando los psicoanalistas comienzan a aplicar –en una errónea
equiparación de vida individual y de suceso social– los conocimientos
psicológicos al acontecer social y buscan, por ejemplo, una “vida instintiva
inconsciente de la sociedad”, los marxistas tienen derecho a rebelarse contra
semejante disparate. Se equivocan, en cambio, cuando toman estas ideas por el
verdadero psicoanálisis y piensan que el hecho de que el psicoanálisis procure
“desenmascarar” –como lo hace el marxismo– representa un peligro mayor que la
aplicación de una psicología menos desconfiada, teniendo en cuenta que lo
revelado es tan diferente: en un caso, las verdaderas condiciones materiales de
producción, en el otro, el místico “inconsciente”.
160
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Se equivocan porque
no saben que el inconsciente hace mucho que ha dejado de ser místico y es por
lo menos tan real como el éter. Solo que los psicoanalistas burgueses han
cometido el imperdonable error de pasar por alto las diferencias en el material
y han pretendido investigar hechos sociales, inaccesibles a la psicología, con
métodos psicológicos. (Los difíciles, pero importantes problemas de la relación
objetiva y metódica entre psicología y sociología, acerca de los cuales se
hablará brevemente más adelante, requerirían estudios más detenidos). Pero como
por el momento permaneceremos en el territorio de la psicología, cabe
preguntarse en qué consiste, en realidad, ese “inconsciente” oculto tras los
fenómenos conscientes de la vida psíquica, al que se denuncia como fuente de
origen de los mismos, a semejanza de lo que sucede con las condiciones de
producción ocultas tras las supuestas causas de las trasformaciones sociales.
Ese inconsciente está constituido, en primer lugar, por las necesidades biológicas
del hombre y en segundo lugar por la modificación de esas necesidades, a causa
de influencias del mundo exterior. Las necesidades biológicas son cosas
materiales, cuya existencia ningún marxista puede negar. La estructura psíquica
básica del hombre debe ser considerada –de la misma manera que sus
características anatómicas y fisiológicas– como “constante natural”, base de
las condiciones de producción, que a su vez es modificada por la producción
práctica; como ocurre, por ejemplo, con el clima y las riquezas naturales de un
país en el cual se producen. Está de más hablar acerca de la medida en que los
factores ambientales dependen de la “ubicación social”, de las condiciones
sociales concretas en las que vive el individuo. Por eso, la exigencia de los
psicoanalistas de “buscar lo inconsciente tras los fenómenos psíquicos
conscientes”, nos parece la aplicación a la psicología de aquel principio
aplicado por los marxistas en sociología, según el cual: “Detrás de los
pretextos a los cuales se atribuyen la responsabilidad de los aconteci-mientos
históricos, debemos buscar las verdaderas condiciones de producción, como causa
real.”
2. Estudiar a un hombre con criterio
psicoanalítico significa estudiarlo desde el punto de vista histórico-genético.
En otras palabras, significa estudiar cómo se ha ido gestando la estructura
psíquica actual, como resultado del interjuego de influencias ambientales y
factores biológicos dados. En esta investigación se pone de manifiesto la
enorme prepon-derancia de las vivencias infantiles en la gestación de dicha
estructura. En este aspecto, podría calificarse al psicoanálisis de ciencia
histórica. Pero el
161
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
psicoanálisis no se
conforma con establecer la evolución histórica de una determinada persona;
estudia, de la misma manera, a todos los individuos que puede, los compara y
sobre esta base deduce leyes acerca del choque entre factores biológicos dados
e influencias ambientales. Si el enfoque del psicoanálisis ha de considerarse
histórico, tenemos que reconocer que su visión de la historia del individuo es
también materialista. Pero, por encima de esto, el psicoanálisis pretende ser
una ciencia natural de la historia materialista del hombre. Si los
descubrimientos así logrados son de naturaleza netamente dialéctica, esto habla
muy en favor de esos descubrimientos. Quisiera demostrar que es así, valiéndome
de un solo ejemplo.
En muchas
psicologías se produce una división mecánica del ámbito psíquico en dos
sectores: “elevado” y “bajo”, “bueno” y “malo”, en una palabra: “moral” e
“instinto”. La absolutización de esta antinomia empírica conduce directamente
al idealismo y a la teología. El instinto se vuelve así lo terreno en el hombre
y la moral, lo divino. El psicoanálisis, en cambio, rechaza todo lo “moral” en
el hombre y le atribuye un origen histórico, es decir, que lo considera surgido
de la influencia ejercida por la generación mayor sobre la más joven. En esta
influencia intervienen, en primer lugar, los propios intereses de los mayores
y, en segundo lugar, la ideología social vigente y, en consecuencia, la base
material, es decir, las condiciones de producción del momento. Esto confirma la
aseveración de que el psicoanálisis es materialista. La forma en que ha
descubierto la naturaleza terrena de esa “moral”, supuestamente divina, es un
ejemplo de los servicios que podría prestar a la crítica marxista de las
ideologías e instituciones burguesas. Pero, por encima de esto, demuestra que
las fuerzas que alimentan a la moral no están en contradicción absoluta sino
dialéctica, con las de los instintos biológicos. La moral ha surgido de los
propios instintos, por cuanto el medio ha logrado canalizar una parte de la
energía instintiva y dirigirla contra los impulsos instintivos indeseables.
Esto comienza ya en la primera infancia. El lactante –biológicamente indefenso–
queda librado por completo a la ayuda del mundo adulto para la satisfacción de
todas sus necesidades. Esto crea un vínculo afectivo entre él y su medio y, más
adelante, esta dosis de afecto le es tan indispensable como la leche en el
período de la lactancia. La necesidad de afecto es una necesidad instintiva muy
acentuada en la primera infancia; la conciencia de sí mismo que tiene el niño
depende casi exclusivamente del afecto que recibe. Al depender el niño en esa
forma “narcisista” de la
162
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
ternura que se le
brinde está poniendo en manos del mundo que lo rodea un poderosísimo
instrumento. El medio utiliza esta necesidad instintiva en contra de otros
instintos. “Si no renuncias a tal o cual deseo instintivo dejaré de amarte”.
Esta amenaza o aquella de que “si no renuncias te provocaré un dolor directo”
son los únicos medios utilizados en la educación. De esa manera, el medio está
poniendo al niño en conflicto. Tiene que decidir cual de sus dos necesidades
instintivas es la más importante: si la reprobada por los adultos o su
necesidad de afecto. Y con esto ya se está utilizando una parte de la energía
instintiva del hombre para reprimir otros instintos. Este ejemplo y el de la
directa' provocación de miedo constituyen el modelo más sencillo de influencia
del medio sobre las estructuras instintivas. Pero este mecanismo no llega a
crear una verdadera “moral interna”; simplemente provoca un miedo que limita
todas las acciones, adecuándolas a la opinión del mundo exterior. Más adelante,
este proceso se va complicando. (Solo estoy procurando poner en evidencia la
dialéctica de estas descripciones; quien dude de que los procesos descriptos
son un hecho necesitará una exposición mucho más detallada.) El niño ama a
determinados adultos de su medio con un amor pleno, es decir sexual; pero esos
adultos le prohiben toda gratificación de esa apetencia sexual. El niño queda,
pues, insatisfecho y debe buscar un sustituto para su gratificación. Los
hombres frustrados en sus deseos responden siempre con una evasión al pasado.
Sacan a relucir mecanismos ya superados en su momento, que provocaron mayor
gratificación. El niño frustrado también echa mano a un mecanismo muy antiguo.
La forma más primitiva del amor –si es que a eso puede llamársele amor–, una
forma anterior a lo sexual, buscaba fundirse totalmente en el objeto e
identificarse con él. Buscaba devorarlo, por así decir, para tenerlo siempre
consigo. De la misma manera, el niño, a quien los padres le han prohibido los
deseos sexuales, asimila a esos padres, y una parte de su yo, trasformado por
esa asimilación, comienza a hablar en su interior, de la misma manera en que
antes hablaban los padres. Y así ocurre que las energías con las que estaba
dotado el impulso sexual primitivo se emplean para internalizar las
prohibiciones emitidas por los padres. Por lo tanto, su fuerza ya no está al
servicio de la satisfacción de los instintos, sino que se emplea en su
represión.
3. Se reprocha al psicoanálisis el “atribuir
todo a la sexualidad”. Eso no es verdad. Es verdad, sin embargo, que atribuye
mucho a la sexualidad; más de lo que jamás se hiciera. Pero hay una
característica de esta nueva
163
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
ciencia que el
marxista debe reconocer y que es muy poco común en la psicología: su
imperturbable visión de la realidad. Esta le ha permitido descubrir algo que
antes se ignoraba y que, sin embargo, está tan a la vista, que hoy –luego que
Freud nos hubo abierto los ojos– nos parece inconcebible no haberlo visto: la
sexualidad infantil. El hecho tan caprichoso de que se haya pasado por alto un
fenómeno de semejante importancia, requiere una investigación marxista: es
preciso descubrir el sentido social de esa ilusión de que el niño es asexuado.
No hay sector de la ciencia en que se haya cumplido menos el requisito de la
prescindencia de valores y de moral en el enfoque científico, que en el de la
investigación sexual burguesa. Allí donde la investigación rozaba algún
problema sexual se hacía presente la “moral”. Los conocimientos acerca del
instinto sexual son de gran importancia para toda la psicología del ser humano,
en razón de que la energía del instinto sexual –a diferencia de otros
instintos– puede ser “desplazada” hacia otros terrenos, de modo que hay muchos
fenómenos que, contra todo lo que podría suponerse, son en el fondo un fenómeno
sexual. Es curioso observar hasta qué punto subsisten en los círculos marxistas
los prejuicios burgueses acerca del carácter del instinto sexual (por ejemplo
acerca de su relación con la función de conservación de la especie o sobre la
necesidad de refrenarlo por medio de la moral). Los descubrimientos científicos
en materia de sexualidad, debidos al psicoanálisis, permitirán también aclarar
el sentido social de toda esta ideología que oculta la realidad. El concepto de
que el niño es un pequeño ser instintivo que solo busca su placer por diversos
caminos (polimorfos y perversos) y al cual solo se puede inducir paulatinamente
a que sea “considerado” con el mundo exterior, mediante intervenciones más o
menos profundas del ambiente, es a nuestro entender el comienzo de una
psicología que enfoca los hechos reales. En cuanto al papel y a la función de
la represión social de la sexualidad como condición para una reestructuración
de los hombres que los haga susceptibles a la influencia de las ideologías,
está más allá de toda duda. (La única duda posible sería si la represión social
de la sexualidad no es, en realidad, condición para la existencia de cualquier
sociedad, sea cual fuere su forma, dado que el hombre sin ninguna represión
sexual podría ser incapaz de cultura. La discusión detenida de esta observación
nos llevaría demasiado lejos. Baste aquí con señalar que el hecho de que
existen y han existido sociedades humanas cultivadas, sin represión de la
sexualidad infantil, no habla en favor de una validez general de esta
objeción., Pero aun cuando tal objeción fuera acertada, dependería de la
medida, el contenido y la
164
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
forma de la
represión sexual. Al marxista no le gusta oír hablar de “cultura general”. La
represión sexual vigente y las neurosis provocadas por ella tienen su origen en
las actuales condiciones “culturales”.)
Cuando el marxista
habla de “necesidades biológicas”, por lo general solo piensa en el hambre. No
duda de que en fenómenos como el matrimonio, la prostitución, etc., hay una
compleja intervención de factores sociales sobre un sustrato material
biológico. Pero como –por falta de formación psicológica– ignora la capacidad
de desviación de las necesidades sexuales, tiene tendencia a considerar solo al
hambre como “base material” y a adjudicar todas las demás necesidades
instintivas a la “superestructura”. Este error puede tener graves
consecuencias. La justa apreciación de la importancia de las necesidades
sexuales en todo pensar y hacer del hombre, es uno de los puntos en los cuales
la práctica marxista tendrá que aprender del psicoanálisis. Después de estas
declaraciones positivas acerca del psicoanálisis –por cierto muy insuficientes
y que solo pretenden despertar interés en el tema– queremos señalar que dentro
de la literatura psicoanalítica existen fenómenos que es preciso eludir a toda
costa. Pero hay que cuidarse muy bien de tomarlos por lo esencial del
psicoanálisis. La esencia del psicoanálisis solo puede verse en el intento de
hacer psicología científica con un enfoque dinámico y económico. Ni que decir
que las obras filosóficas publicadas por psicoanalistas (aun por Freud) y
consideradas abiertamente como tales, nada tienen que ver con el psicoanálisis.
La crítica a esos libros –crítica que, por cierto, es muy necesaria– no alcanza
al psicoanálisis como ciencia.
Sería un milagro
que la investigación psicológica, vale decir, la investigación en un terreno
que durante tanto tiempo fuera dominio del idealismo, no recayera
permanentemente en el idealismo. Desde el punto de vista marxista es
interesante comprobar que estas recaídas eran mucho menos comunes dentro del
psicoanálisis en épocas más tranquilas que ahora, cuando muchos psicoanalistas
ven amenazada su existencia material. El peligro de estas recaídas es
particularmente grande en el terreno de la teoría y, dentro de la teoría, en el
terreno de la teoría de los instintos, donde podría llegar a romperse el puente
entre psicología y biología –que nos parece lo esencial en la teoría de los
instintos– por una interpretación errónea del concepto de instinto. Los errores
en la formulación de la teoría, a su vez, conducen fácilmente a especulaciones
con estos conceptos alejados de la base práctica y provocan, por consiguiente,
un dañoso alejamiento del terreno de lo empírico. No es fácil exponer los
puntos de
165
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
controversia ante
quienes no están familiarizados con el tema. Resultará más claro señalar los
errores surgidos de los intentos de aplicar el psico-análisis a los problemas
de la psicología de masas o aun a los problemas de sociología. Dentro de esta
tendencia han aparecido algunos trabajos que dan prueba del más craso
desconocimiento de los procesos sociales. Estamos totalmente de acuerdo con los
marxistas antianalistas en lo que a esos trabajos respecta. Pero no se debe
confundir la errónea aplicación de una ciencia con la ciencia misma. Además,
debemos reconocer que la crítica de esos trabajos no siempre es lo bastante
ponderada. A pesar de todo han aparecido diversos trabajos bienvenidos desde el
punto de vista marxista y, entre ellos, algunos que intentan una correcta
aplicación del pensa-miento y los conocimientos psicoanalíticos a problemas
sociales. Además de los libros de Reich. merece especial mención el trabajo
programático de Fromm intitulado “Sobre métodos y objetivos de una psicología
socialanalítica”.
La sola expresión
”psicología de las masas” suele despertar desconfianza y mala voluntad; pero la
culpa de esto la tiene la falsa psicología de las masas. Cuando hablamos de
fenómenos de psicología de las masas, no estamos pensando en esas “almas de las
masas” que campean en la psicología burguesa y que son contrapuestas a las
“almas individuales”, como ocurrió cuando el psicoanálisis descubrió una vida
psíquica inconsciente, aparte de la consciente: inmediatamente apareció un C.
G. Jung que inventó, por añadidura, un “inconsciente colectivo”. No, el
acontecer psíquico siempre se cumple, para el científico, dentro del individuo.
La psicología de las masas tampoco puede investigar otra cosa que no sean los
procesos en el individuo. Se diferencia de la psicología individual en que solo
investiga los procesos que se cumplen en los individuos en determinadas
circunstancias. Esto ha quedado definitiva-mente en claro en la obra de Freud
Psicología de las masas y análisis del yo. La psicología de las masas estudia los
procesos en el individuo “perteneciente a una masa”. Pero ¿en qué medida
pertenece cada hombre a masas, y a numerosas y diferentes masas? En la medida
en que tiene diversos grupos de características psíquicas en común con diversos
grupos de otros individuos. Precisamente, las características psíquicas en las
que coinciden grupos enteros de hombres son objeto de la psicología de las
masas. Esta aclaración de conceptos es de gran importancia para el planteo
heurístico. Desde el punto de vista metodológico es importante considerarla en
forma detenida (¿de dónde proviene la comunidad de
166
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
características
psíquicas?: de los estímulos exteriores que actúan de igual manera; ¿qué
estímulos actúan de la misma manera sobre grupos enteros?: en última instancia,
las condiciones económicas), pues demostrará lo errada que ha estado hasta
ahora la mayor parte de la sociología psico-analítica (idealista).
El error
fundamental es el siguiente: hemos dicho que el psicoanálisis procura explicar
los fenómenos psíquicos como un resultado del inter-juego de influencias
actuales y estructuras instintivas. Estas estructuras instintivas, por su
parte, están compuestas por factores biológicos dados y las correspondientes
influencias tempranas ejercidas sobre ellos. Por eso, una descripción
psicológica debe abarcar siempre la vivencia y la estructura actual. Existe
solo una categoría de fenómenos en los cuales se pueden descuidar,
relativamente, las vivencias actuales y hacer recaer todo el peso sobre la
estructura. Se trata de los fenómenos neuróticos. Un neurótico se caracteriza,
precisamente, por no reaccionar en forma adecuada a las experiencias actuales.
A todo lo que vivencie, sea lo que fuere, solo responde con determinadas
reacciones esquemáticas, surgidas en su infancia. De modo que lo importante es
captar esa infancia y las experiencias actuales son relativamente secundarias.
(Por cierto, no son absolutamente secundarías; el total descuido del presente
hace que muchos psicoanalistas incurran en burdos errores.) Cuando los
analistas cuya tarea principal es el tratamiento de neurosis, investigan
fenómenos no neuróticos, caen fácilmente en la tentación de conceder –también
en este terreno– más importancia a lo estructural que a lo actual. Pero existe
una categoría de fenómenos en los que el planteo es inverso al de las neurosis,
puesto que lo estructural es en ellos relativamente secundario y lo actual es
lo más importante. Tal es el caso de los fenómenos de psicología de las masas,
en especial de todos aquellos que tienen importancia histórica. Porque en la
medida en que los acontecimientos históricos son susceptibles de captación
psicológica, lo estructural habrá de considerarse en ellos –tal cual se dijera–
como una constante natural y solo como una constante. La estructura instintiva
del hombre ha perma-necido relativamente estable en el curso de los períodos
históricos; por lo tanto, no puede ser esencial para comprender las
trasformaciones ocurridas dentro de esos períodos. Solo tiene importancia lo
actual, es decir, los estímulos externos que actúan de modo diferente sobre las
estructuras relativamente constantes, por las diferencias materiales de las
diferentes sociedades. Y entre los estímulos actuales solo son de importancia
aquellos
167
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
que adquieren
significación desde el punto de vista de la psicología de las masas, es decir,
aquellos que afectan de manera igual o semejante a grupos enteros de
individuos; en una palabra; las verdaderas condiciones materiales. Esto
resultará claro a quien haya captado la concepción mate-rialista de la
historia; pero los psicoanalistas habituados a las neurosis lo han pasado por
alto. Eso ha conducido a que se intente explicar de manera idealista la
historia, a partir de las estructuras, es decir de los “complejos” surgidos de
raíces instintivas.. Este es el error fundamental de esos trabajos que debe
rechazarse. (Pero también sería un error de la crítica el caer en el extremo
opuesto y hacer la historia puramente economística, es decir, no ver que la acción
de las condiciones materiales sobre las estructuras psíquicas de los hombres
hacen que estos piensen y actúen de determinada manera y se conviertan así en
sujetos de la historia). Sé que esto quedaría mejor demostrado a través de un
intento de correcta investigación psicoanalítica de la historia, pero no puedo
proporcionar esos ejemplos en un trabajo como el presente. Por ello me limitaré
a recomendar la hermosa obra de Fromm sobre La evolución del dogma de Cristo y
algunos pasajes de Psicología de masas del fascismo, de Reich.
Citaremos un último
ejemplo extremo de las consecuencias de estos errores: El etnólogo
psicoanalista Roheim emprendió una costosa expe-dición cuyo objeto era el
estudio de diversos pueblos primitivos. Quería aplicar por primera vez el
psicoanálisis en el field-work etnológico. ¿Pero cómo se hace eso? El
psicoanálisis freudiano permite descubrir los procesos psíquicos inconscientes
de un individuo, a partir de sus asociaciones libres. Pero para eso tenemos que
conocer perfectamente sus condiciones de vida y sus pensamientos conscientes
(de lo contrario no podríamos identificarnos con él e interpretar sus
asociaciones). Por ello, para analizar a hombres de un orden social
completamente distinto y sometidos a condiciones culturales extrañas, habría
que comenzar por estudiar larga y detenidamente lo “actual”, es decir, las
condiciones sociales y culturales, las formas de pensamiento consciente de esos
hombres. Una vez familia-rizado con estos elementos, hasta el punto de
convertirse en un verdadero conocedor de su cultura, el investigador podría
añadir la explo-ración de lo inconsciente, de lo “estructural”, por medio del
psicoanálisis.
168
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Pero Roheim
perseguía todo lo contrario. No quería utilizar los conoci-mientos de esas
culturas para el psicoanálisis, sino investigar, mediante el psicoanálisis de
diversos individuos, la cultura de la cual provenían dichos individuos. Por
supuesto, todo lo que estaba haciendo era proyectar nuestros complejos sobre
los pueblos primitivos.
Ahora bien, al
rechazar este método también puede caerse en extremos viciosos. Por ejemplo,
podría decirse que el psicoanálisis se descubrió con pacientes ricos y que los
proletarios viven en un mundo que difiere tanto del de estos, como el de los
pueblos primitivos difiere del nuestro. La generalización de los
descubrimientos psicoanalíticos podría significar también una proyección sobre
el mundo proletario de situaciones que tienen vigencia en la alta burguesía.
Quizá las neurosis y los complejos sean artículos de lujo propios de ricos
ociosos, que carecen de preocu-paciones serias. Es inconcebible que un médico
que practique su ciencia en el medio proletario, que se enfrente diariamente
con el enorme padecimiento neurótico de las masas –que en nada le va en zaga al
padecimiento material– pueda creer semejante cosa. Este hecho es tan curioso
como la ignorancia de la sexualidad infantil y, como esta, es un no querer ver
las cosas, que solo puede tener una explicación social. También es un error
creer que no se analiza a los proletarios. En muchas ciudades tenemos
policlínicos psicoanalíticos que proporcionan tratamiento gratuito y ya son
muchas las historias clínicas de proletarios publicadas por psicoanalistas. Es
cierto, sin embargo, que un analista totalmente inmerso en los prejuicios
burgueses, que no tiene la menor noción de las condiciones de vida y de los
puntos de vista del proletariado, entenderá tan poco a un proletario como
Röheim a los primitivos. Pero también es cierto que muchos médicos sin esas limitaciones
han analizado a proletarios y han podido comprobar que las leyes sobre el alma
humana enunciadas por el psicoanálisis tienen validez general y son aplicables
a todas las clases sociales; que las neurosis de nuestra sociedad son
sorprendentemente análogas en las diferentes clases; que algunas de las
diferencias existentes pueden atribuirse, efectivamente, a la diversidad en las
condiciones de vida del niño burgués y del niño proletario; que confir-mando
aquella frase según la cual “la ideología de una sociedad es la ideología de su
clase dominante”, los principios “morales” del proletariado son siempre
alarmantemente parecidos a los de la burguesía, por lo menos lo bastante
parecidos como para permitir que un hombre se identifique con miembros de una
clase social que no es la suya. Pero a
169
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Roheim no le bastó
con ver en el hombre primitivo una mayor semejanza con el hombre civilizado de
la que realmente existía; además quiso explorar la “cultura primitiva” por
medio de sus análisis. Por supuesto eso es tan imposible como tratar de conocer
la índole del proletariado por medio del psicoanálisis de proletarios.
Nosotros, los
psicoanalistas dialéctico-materialistas, hemos criticado públicamente en
repetidas oportunidades los intentos de explicar y combatir la guerra mediante
el estudio psicoanalítico del sadismo; pero al condenar esos disparates no se
debe condenar al psicoanálisis.
Con esto quiero
poner punto final a mi discusión y condenación de los errores de algunos
psicoanalistas aislados. Es más importante lo positivo en el psicoanálisis, lo
que nos da y lo que solo él puede darnos. Los prejuicios burgueses existen por
doquier en la ciencia, aun en la física; no obstante eso, la física es
imprescindible como base de la técnica socialista, y el marxista que
pretendiera abolir las ciencias por su condición de “burguesas” sería un necio
peligroso. Lo mejor que puede hacer el marxista es estudiar las ciencias de su
época en profundidad. Y el psico-análisis contiene el embrión de una ciencia
natural del alma humana, que reviste especial importancia para él. Si he
logrado que esta afirmación resulte plausible y si mis palabras han servido de
estímulo para que el lector se ocupe con mayor detenimiento de la nueva
ciencia, habré logrado el objetivo perseguido por el presente trabajo.
Con frecuencia se
escucha el argumento de que en una época como la actual no nos podemos dar el
lujo de estudiar durante años los sentimientos de hombres aislados. Nada más
falso. Las necesidades humanas que se reflejan en los sentimientos así
menospreciados son la base de todo lo que ocurre en la sociedad, y la
producción –emprendida para satisfacer esas necesidades, pero que a causa de
sus leyes propias ya no está en condiciones de hacerlo– actúa de múltiples
maneras, directa e indirectamente, como estímulo sobre la vida psíquica del
hombre, que experimenta así una determinada trasformación con ajuste a ciertas
leyes. La base material se convierte en superestructura en el cerebro del
hombre y esta superestructura actúa a su vez sobre la base. La forma en que
esto se cumple merece la atención de todo aquel que se interese por los
procesos sociales. El psicoanálisis nos está brindando los medios para llegar a
conocerla. No opone una concepción “psicológica” a la concepción
histórico-materialista, sino que reduce los hechos psicológicos en forma
170
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
histórico-materialista.
Está acomodando, pues, la psicología en un lugar muy preciso de la teoría de
los procesos sociales; un lugar ya señalado por Marx, un lugar en el que, hasta
ahora –por falta de una psicología dialéctico-materialista–, solo había un
claro.
171
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
AUTORIDAD Y
FAMILIA. PARTE SOCIOPSICOLÓGICA
Erich Fromm (1936)
1. Introducción.
Los fenómenos de autoridad y sus variaciones
La relación con la
autoridad suele ser el rasgo más resaltante en el carácter de los hombres. Hay
hombres que solo son verdaderamente felices cuando se pueden someter a una
autoridad y se sienten tanto mejor cuanto más severa y enérgica es esta. Otros
se muestran rebeldes y arrogantes no bien se ven en la necesidad de aceptar
preceptos, por razonables que estos sean.
Hay rasgos de
carácter, como la ambición o la puntualidad, que no ofrecen mayores variantes;
en cambio, la sola enumeración de unos pocos ejemplos de posibles tipos de
autoridad y de actitudes hacia ella nos ofrece un cuadro tan confuso, que se
llega a dudar de que este fenómeno sea lo bastante uniforme como para ser
objeto de una investigación psicológica global.
Tomemos una
situación de autoridad en la relación padre-hijo, dentro de un determinado tipo
de estructura familiar rural. El padre es temido; se lo obedece sin discusión y
sin reservas. En ciertas ocasiones se mezclará el respeto, en otras el odio, en
los sentimientos y conferirán a la relación su tonalidad particular. Mientras
el padre viva, su voluntad será la única ley, y las esperanzas de independencia
y libertad del hijo estarán vinculadas – consciente o inconscientemente– a la
esperanza de que el padre muera. Esa esperanza, y hasta deseo, está ausente en
un determinado tipo de relación soldado-oficial. El subalterno renuncia con
alegría, con gusto, a su propia personalidad, se convierte en instrumento del
superior, cuya voluntad reemplaza a la suya. Lo admira como a un ser
infinitamente superior y encuentra la felicidad en sus pocas frecuentes
palabras de encomio. También le teme, sin duda; pero, por lo común, solo cuando
cree no haber cumplido bien con su deber. El respeto, la admiración, hasta el amor,
desempeñan un papel mucho más importante que el miedo, entre sus sentimientos.
Otra es, en cambio, la relación con el conductor que se desarrolló en el
movimiento juvenil, sobre todo en Alemania. También en este caso encontramos un
fundirse en el líder, un renunciamiento a la propia personalidad, a los propios
deseos y decisiones. Pero el núcleo de la relación no es el poder de ese líder
ni el
172
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
temor a las
consecuencias de un incumplimiento del deber, sino el amor hacia el conductor y
el temor a perder su afecto. El amor es también el núcleo de la relación de
autoridad tan frecuente en el caso de una subordinación como la de la enfermera
con respecto al médico. Aquí, sin embargo, se trata de amor heterosexual y no
homosexual, con la diversidad de consecuencias que trae apareada esta
diferencia. En el amor homosexual siempre hay un afán de asemejarse e
identificarse; en el heterosexual, no. El deseo de ser amado –cualquiera sea la
medida en que se hace consciente–, el temor a perder aunque más no sea la
oportunidad de ser amado, es la base de la admiración y de la obediencia.
El temor y el amor
desempeñan un papel menos central en la relación del católico práctico y su
confesor. La superioridad de este es, primordial-mente, moral. Es la
personificación de la conciencia del creyente. Puede hacerlo sentir culpable y
puede otorgarle la paz interior por medio de la absolución. A los ojos del
creyente ingenuo, el confesor aparece también como un ser superior; la
distancia que separa a ambos no podrá superarse. El precio por el sometimiento
del penitente –no tanto a la persona del confesor como a la idea y a la
institución que él representa– no es el elogio ni el amor, sino la aceptación,
el perdón.
En todos estos
casos, la tónica en la relación con el portador de la autoridad está dada por
los sentimientos, y la intervención del pensamiento racional es mínima. Este
desempeña, en cambio, un papel decisivo en una relación de autoridad de índole
muy distinta, como es la que existe entre el estudiante universitario y un
profesor respetado y admirado por él. Lo que confiere autoridad a la figura del
docente no es el poder sexual o moral, sino valores espirituales y una
capacidad que el estudiante desea lograr algún día. El rasgo fundamental de
esta relación no está representado por la convicción de que existe una
distancia insalvable, sino por el deseo de llegar a ser como el portador de la
autoridad. Así como en esta estructura el portador de la autoridad es la
personificación de los ideales de su subalterno, en otra estructura de
autoridad –vinculada con esta, en cierto aspecto, pero con nuevos caracteres
distintivos –el portador de la misma es la personificación de los intereses
egoístas. Para el empleado ambicioso, su exitoso superior encarna,
precisamente, este tipo de autoridad. El tomarlo como modelo, el “creer” en él,
sostiene y alienta las propias ambiciones, tanto en lo exterior como en lo
interior. Los elogios y el reconocimiento del superior no complacen tanto por
sí mismos como por la ventaja que significan.
173
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Estos ejemplos no
son demasiado alentadores para quien intente una definición de lo que ha de
entenderse por autoridad en el sentido psicológica. Las diferencias entre las
diversas estructuras emocionales parecen ser más numerosas que sus similitudes
y uno duda de que estas últimas basten para encarar el tema como una unidad. A
veces, el rasgo principal parece ser el temor, otras veces la admiración o el
amor o el egoísmo. Tan pronto es el poder y la peligrosidad, tan pronto la
acción ejemplar, lo que constituye las fuentes de la relación de autoridad; en
un caso solo intervienen los sentimientos, en otro, la razón; en un caso se
experimenta la relación con la autoridad como un peso permanente, en otro caso
como un regocijante enriquecimiento; a veces parece ser forzada por
circunstancias externas que la hacen necesaria, otras veces surge de un acto
voluntario. La relación de autoridad no es tan solo una conducta forzada. El
prisionero de guerra o el preso político que se debe someter a las
disposiciones de sus captores, sin abandonar por eso su actitud hostil y
negativa, no son ejemplo de relación de autoridad.
Cuando Simmel72
afirma que en la autoridad debe haber un resto de libre albedrío, quiere
significar que el someterse puede ser fruto de una imposición, pero que solo
podemos hablar de autoridad cuando el hombre no experimenta en su interior esa
imposición puramente como tal, sino que la complementa o refuerza por medio de
relaciones afectivas. Para expresarlo en términos positivos, toda relación de
autoridad supone el vínculo afectivo de un subordinado a la persona o instancia
que está por encima de él. El sentimiento de autoridad parece albergar siempre
algo de temor, respeto, admiración, amor y, con frecuencia, odio; pero el papel
que desempeñan cuantitativamente los diversos componentes varía mucho en cada
caso. Esto se complica más aun por el hecho de que los componentes unas veces
son conscientes y otras inconscientes; unas veces aparecen directamente y otras
en formaciones reactivas. En vista de todo eso haremos bien en renunciar a una
definición y en conformamos con haber esbozado en forma somera lo que se
entenderá aquí por actitud ante la autoridad como tema psicológico.
La investigación
que sigue se refiere a la dinámica psicológica de la actitud ante la autoridad.
Procura analizar las tendencias instintivas y los mecanismos psíquicos que
intervienen en la gestación de las diversas formas de “actitud ante la
autoridad”. Aunque se distinga de los demás
72 G. Simmel, Soziologie, Leipzig, 1908, pág.
135 y sigs.
174
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
artículos reunidos
en este tomo, por tratarse de una investigación pura-mente psicológica, guarda
una íntima relación con ellos. Puesto que los impulsos e instintos que actúan
en un hombre o en un grupo, aunque se desarrollen sobre la base de determinadas
condiciones fisiológicas y biológicas dadas, siempre lo hacen con miras a la
adaptación activa y pasiva de estas a las condiciones de vida de la sociedad,
la investigación puramente psicológica nunca debe perder contacto con la
realidad específica de la vida, que genera y reproduce permanentemente las
tendencias psíquicas a investigar. Pero dadas la amplitud y las dificultades
del tema, este trabajo se limitará a escoger y a discutir algunos problemas de
la compleja estructura y la dinámica de la actitud ante la autoridad. Por raro
que parezca, dada su gran importancia tanto en el terreno de la psicología
social como en el de la psicología personal, el tema de la actitud ante la
autoridad apenas si ha sido objeto de investigaciones psicológicas. El único
psicólogo que puede servir como punto de partida es Freud, y no solo porque sus
categorías psicológicas son las únicas utiliza- bles, en razón de su carácter
dinámico, sino porque ha tratado directamente el problema de la autoridad y ha
expuesto puntos de vista importantes y fecundos.
2. Autoridad y
superyó. El papel de la familia en su desarrollo
Freud estudia el
tema de la autoridad en relación con dos problemas: la psicología de las masas
y el “superyó”. El tratamiento de ambos problemas demuestra la importancia
decisiva que este autor atribuye a la autoridad, desde el punto de vista de la
psicología. Freud ve la formación de masas como función directa de la relación
de las masas con el líder. “Una masa primaria –dice– es un número de individuos
que han colocado un mismo objeto (el líder) en el lugar de su yo ideal y que,
en consecuencia, se han identificado entre sí en su yo.” 73
73 Freud, Massenpsychologie und Ich-Analyse.
Gesammelte Schriften, Tomo VI, Viena, 1925, pág.
316. Complementa esta idea con la suposición de que
el espíritu común también desempeña un papel en la formación de masas. Remonta
este espíritu común –como es el sentimiento de justicia social– a una primitiva
envidia. “Justicia social significa que no renuncia a muchas cosas para que
otros también tengan que renunciar a ellas o para que no puedan exigirlas, lo
que es lo mismo.” (Ibíd. pág. 322)¡. El ocuparnos en detalle de este análisis
–que, entre paréntesis, solo tiene vigencia en lo que se refiere al sentimiento
social de ciertas capas– nos apartaría demasiado del tema.
175
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
A juicio de Freud,
la autoridad no es menos importante para la formación del “superyó” que para la
formación de masas. Dado que, en adelante, seguiremos manejando los términos
“superyó”, “yo” y “ello”, expondremos brevemente el sentido que Freud ha querido
darles. Freud supone la existencia de tres instancias en el aparato psíquico:
el “ello”, el “yo” y el “superyó”. Estas denominaciones no abarcan “partes”, en
un sentido estático, sino portadores de funciones, en un sentido dinámico.
Estas instancias no están netamente delimitadas, sino que se funden una con la
otra. El “ello” es la forma prístina e indiferenciada del aparato psíquico.
“Al comienzo todo
es libido, acumulada en el ello, mientras que el yo está apenas en formación o
es aún muy débil.” 74El yo es “la parte del ello...
modificada por la
influencia directa del mundo exterior”. 75 Representa “lo que podría llamarse
la razón y la sensatez, en contraste con el ello, que contiene las pasiones”.76
Resumiendo, dice acerca del yo:
“Hemos imaginado
una organización coherente de los procesos psíquicos en la persona y la
llamamos el yo de esa persona. De ese yo depende la conciencia, ese yo domina
los accesos a la motilidad, es decir, a la descarga de excitaciones sobre el
mundo exterior. Es la instancia psíquica que ejerce control sobre todos sus
procesos parciales, que duerme de noche, y, sin embargo, sigue manejando la
censura de los sueños. De este yo parten también las represiones mediante las
cuales ciertas tendencias psíquicas son excluidas, no solo de la conciencia,
sino de las demás formas de validez y acción.” 77
El superyó
–originariamente también designado por Freud “yo ideal” o “ideal de yo”– es
“filogenéticamente la última y más engorrosa”78 de las instancias del aparato
psíquico. Freud señala como sus funciones “la autobservación, la conciencia
moral, la censura de los sueños y la principal influencia en la represión”.79
En su Nueva serie de conferencias señala a la autobservación, la conciencia
moral y la formación de ideales como funciones del superyó.80 Freud responde en
forma contradictoria al interrogante sobre si el examen de la realidad es una
función del super-
74 Las Ich und das Es, Gesammelte Schriften,
Tomo VI, pág. 391.
75 Ibíd., pág. 368.
76 Ibíd., pág. 369.
77 Ibíd., pág. 359.
78 Neue Folge der Vorlesungen, Gesammelte
Schriften, Tomo XII, pág. 234.
79 Massenpsychologie und Ich-Analyse, Op. Cit.
Tomo VI, pág., 309.
80 Neue Folge der Vorlesungen. Op. Cit. Tomo
XII, pág. 220.
176
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
yó.81 Establece una
estrecha relación entre la gestación del superyó y el padre. Aun antes de que
se establezca cualquier relación objetal, el varoncito se identifica con el
padre y detrás del ideal del yo se oculta la primera y más importante de las
identificaciones del individuo: su identifi-catión con el padre de la
prehistoria personal”.82 Esta identificación es reforzada por otra secundaria,
que representa el final de la fase edípica. Bajo la presión del miedo a los
celos del padre, el niño debe renunciar a los deseos sexuales dirigidos hacia
la madre y a los sentimientos de hostilidad y celos dirigidos contra el padre.
Esto le resulta más fácil merced a una identificación con el padre y a una
internalización de sus preceptos y prohibiciones. El miedo exterior es
reemplazado por un miedo interior, que lo protege automáticamente de la
vivencia del miedo exterior. Por este rodeo, el niño alcanza, a la vez, una
parte de los objetivos prohibidos, al volverse igual al padre por medio de la
identi-ficación. El superyó tiene un doble contenido, que responde a esta
dicotomía: “Así tienes que ser (como el padre) ...Así no debes ser (como el
padre); es decir no se debe hacer todo lo que él hace; algunas cosas le están
reservadas a él.”83
“En el curso de la
evolución, el superyó asimila también la influencia de aquellas personas que
han ocupado el lugar de los padres, vale decir, los educadores, maestros y
ejemplos ideales.”84 El superyó “se convierte en portador de la tradición”85 y
es una internalización de la coerción exterior.86 La relación entre el superyó
y el ello se cumple en un doble plano. Por un lado, el superyó es una
“formación reactiva contra los procesos instintivos del ello”87; por otro lado,
extrae sus energías del ello.88
Es innegable que
existen ciertas contradicciones y oscuridades en los conceptos freudianos. En
párrafos anteriores ya se señaló como un punto oscuro el hecho de que el examen
de la realidad se atribuya en unos casos al yo y en otros al superyó. Tampoco se
entiende muy bien por qué la autobservación es una función de la misma
instancia que personifica los
81 Cf. Massenpsychologie und Ich-Analyse, Op.
Cit. Tomo VI, pág. 306 y Das Ich und das Es. Op. Cit. pág. 372.
82 Das Ich und das Es. Op. Cit, Tomo VI, pág.
375.
83 Ibíd, pág. 378.
84 Neue Vorlesungen, Op.Cit., Tomo XII, pág.
218. Véase también: Das Ich und das Es, Op. Cit., Tomo VI, pág. 381.
85 Neue Vorlesungen, Op. Cit., Tomo XII, pág.
221.
86 Die ZukunFt einer Illusion, Op. Cit., Tomo
XI, pág. 418.
87 Das Ich und das Es. Op. Cit., Tomo VI, pág.
401.
88 Hemmung, Symptom undl Angst, Op. Cit., Torno
XI, pág. 55.
177
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
ideales –surgidos
como reacción contra el mundo instintivo– y la conciencia moral. Se tiene la
impresión de que, en este punto, Freud ha sido formalista al plasmar los
conceptos; en otras palabras: que ha adjudicado al superyó todas aquellas
funciones que, por alguna razón, no quiso atribuir al yo o al ello. El concepto
de identificación, tan importante para la génesis del superyó, también tiene un
carácter excesivamente formalista. La identificación descripta por Freud abarca
hechos muy diferentes, desde el punto de vista psicológico, y un planteo menos
formalista distinguiría, por lo menos, tres tipos principales de
identificación: una identificación enriquecedora, es decir, un proceso en el
cual yo asimilo a la persona del otro y refuerzo mi yo con este
enriquecimiento; una identificación empobrecedora, en la cual yo transfiero mi
persona al otro y me convierto en parte del otro y, finalmente, un sentimiento
(consciente o inconsciente) de identidad, que tiene por contenido la igualdad
de mi persona con la del otro y la capacidad de intercambiar mi persona por la
del otro. Pero la base de este sentimiento no sería tanto las “características
comunes” como los intereses en común.
A pesar de las
contradicciones y oscuridades en la teoría del superyó y de la identificación,
Freud ha permitido un decisivo esclarecimiento del problema de la autoridad y,
por encima de eso, de la dinámica social. Su teoría ha contribuido en gran
medida a explicar la razón por la cual el poder imperante en una sociedad puede
ser tan efectivo como lo demuestra la historia. El poder exterior
–personificado en las autoridades más importantes para la sociedad en cuestión–
es un elemento indis-pensable para el sometimiento de las masas a esa
autoridad. Pero, por otra parte, es evidente que esa coerción exterior no solo
actúa directa-mente como tal, sino que, si la masa se somete a los preceptos y
prohibiciones de las autoridades no es solo por temor a la violencia física y a
los medios coercitivos externos. Por supuesto que este caso puede darse, pero
solo en forma excepcional y transitoria. Un sometimiento basado exclusivamente
en los medios de coerción reales exigiría un aparato cuya magnitud lo haría, a
la larga, demasiado oneroso. Afectaría la calidad del trabajo de quienes solo
obedecen por temor exterior, de una manera que resultaría insostenible, por lo
menos para la producción de la sociedad moderna. Además crearía una labilidad y
una inquietud en las condiciones sociales, que también resultaría, a la larga,
inconciliable con las exigencias de la producción. Por lo tanto, cuando el
sometimiento de la masa es, inicialmente, un producto de la coacción exterior,
para
178
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
perdurar debe
trasformar su calidad en el alma del individuo. La dificultad surgida de esta
situación queda resuelta, en parte, por la formación del superyó. La fuerza
exterior experimenta una trasformación por medio del superyó: de fuerza
exterior, pasa a ser fuerza interior. Las autoridades, en cuanto representantes
del poder exterior, son internalizadas y el individuo ya no acata sus preceptos
y prohibiciones solo por temor al castigo exterior, sino por temor a la
instancia psíquica que se ha gestado en su interior.
La fuerza exterior
que actúa sobre la sociedad alcanza al niño a través de la persona de los
padres y, en la familia patriarcal, especialmente a través de la figura del
padre. La identificación con el padre y la internalización de sus preceptos y
prohibiciones convierte al superyó en una instancia investida con los atributos
de la moral y del poder. Pero una vez creada esta instancia, junto con la
identificación se cumple un proceso inverso. El superyó es proyectado
continuamente sobre el portador de la autoridad social dominante; con otras
palabras: el individuo inviste a las autoridades con las características de su
propio superyó. Este acto de proyección del superyó sobre las autoridades
sustrae a estas, en gran parte, de la crítica racional. Se cree en su moral, en
su sabiduría, en su fuerza, en una medida que poco tiene que ver con la
realidad. Eso hace que, a su vez, esas autoridades puedan ser asimiladas,
constantemente internalizadas y convertidas en portadoras del superyó. Esta
transfiguración de las autoridades por proyección de las cualidades del superyó
aclara un punto oscuro. Porque es fácil comprender que el niño, a causa de su
falta de experiencia y de su incapacidad de crítica, tome a los padres como
ideales y los pueda asimilar para formar su superyó. Pero al adulto –con su
capacidad de crítica más desarrollada– le resultaría difícil experimentar el
mismo sentimiento de respeto y reverencia hacia las autoridades que gobiernan
la sociedad, si esas autoridades no adquirieran –por proyección del superyó–
las mismas cualidades que un día tuvieran los padres para el niño, en su
incapacidad de crítica.
La relación
superyó-autoridad es dialéctica. El superyó es una interna-lización de la
autoridad, la autoridad es transfigurada por proyección de las características
del superyó sobre ellas y esa imagen transfigurada se vuelve a internalizar. La
autoridad y el superyó son inseparables. El superyó es el poder exterior
internalizado, y el poder exterior resulta tan efectivo porque ha sido
investido con las cualidades del superyó. De modo que el superyó no es, de
ninguna manera, una instancia forjada en los
179
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
primeros años de
vida y que, a partir de entonces, se mantiene activa en el hombre, cualquiera
sea la índole de la sociedad en la cual este vive. El superyó tendería, más
bien, a desaparecer o a cambiar totalmente su carácter y sus contenidos, si las
autoridades decisivas en la sociedad no prolongaran o –mejor dicho– no
renovaran constantemente el proceso de la formación del superyó iniciado en la
infancia. El hecho de que esas autoridades sean investidas con las cualidades
morales del superyó, tampoco significa que la existencia del superyó, gestado
en el pasado, y su proyección sobre las autoridades basten para que dichas
autoridades resulten efectivas, aun cuando no cuenten con la fuerza física. De
la misma manera en que el niño internaliza el poder emanado del padre, por
medio de la formación del superyó, el mantenimiento y renovación del superyó en
el adulto se basa en la continua internalización del poder exterior objetivo;
porque aunque el superyó convierta el miedo a un peligro exterior en un miedo
interno, el factor dinámico esencial para su formación y conservación sigue
siendo la fuerza exterior y el temor a ella. El miedo exterior no podría ser
internalizado y el poder físico no podría ser transfigurado en poder moral si
ambos no subsistiesen.
Pero esta
afirmación exige ciertas limitaciones. Las experiencias vividas por un hombre
en su infancia y primera juventud son de mayor importancia para la formación de
su carácter que las vivencias de años posteriores. No se trata de que las
experiencias infantiles determinen el carácter hasta el punto de que los
acontecimientos ulteriores no logren ya modificarlo (este es, en amplia medida,
el caso del neurótico, el cual se caracteriza por la mayor o menor incapacidad
de adaptación de su aparato psíquico y por su fijación a la situación
infantil); pero crean disposiciones que provocan una relativa pesadez e inercia
del aparato psíquico ante trasformaciones reales. Considerado desde el ángulo
de nuestro problema, esto significa que cuando las experiencias infantiles han
dado origen a un superyó fuerte, este suele ser relativamente resistente a
situaciones que exigen un superyó con diferente estructura. Debido al carácter
relativamente decisivo de las experiencias infantiles, determinadas estructuras
psíquicas suelen conservar fuerzas que van más allá de las necesidades
sociales. Pero esas discrepancias entre la estructura psíquica y la realidad
social solo pueden ser pasajeras, y para que la estructura psíquica perdure,
deben producirse modificaciones sociales que la vuelvan a condicionar. Podría
decirse que la estructura psíquica tiene la función de un volante, que mantiene
su movimiento aun
180
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
después de haberse
detenido el motor, pero que solo lo hace por un tiempo limitado.
La necesaria
correspondencia de superyó y autoridad no solo se debe a que el superyó tiene
que ser permanentemente producido por una autoridad real y poderosa, sino a
que, de por sí, no es lo bastante fuerte y estable como para cumplir la misión
a su cargo. Es indudable que existen tipos de personalidad –en una gama que va
desde el carácter obsesivo normal hasta el patológico– cuyo superyó es tan
fuerte, que controlaría sus acciones e impulsos, aun cuando no estuviere
personificado por poderes y personas reales. Pero solo un Robinson Crusoe, con
ese carácter obsesivo, continuaría obedeciendo –en la isla– a su superyó, como
estaba habituado a hacerlo antes del naufragio. En el hombre corriente, la
instancia interior no es lo bastante fuerte como para que el temor a su
reprobación resulte suficiente. El temor a las autoridades reales y al poder
que invisten, la esperanza de ventajas materiales, el deseo de ser amado y
alabado por esas autoridades y la gratificación surgida de la realización de
ese deseo (menciones honoríficas, ascensos, etc.), la posibilidad de establecer
relaciones objetales sexuales –en especial homosexuales– con esas autoridades
–aunque se trate de una situación inconsciente y no concretada en la realidad–-
son factores cuya fuerza, por lo menos, no es menor que el temor del yo al
superyó.
Vemos, pues, que la
relación entre superyó y autoridad es muy complicada. Unas veces, el superyó es
la autoridad internalizada y la autoridad es el superyó personificado; otras
veces es el interjuego de ambos lo que crea ese sometimiento voluntario que es
una característica tan sobresaliente de la práctica social.
Puesto que el
superyó se forma ya en los primeros años de vida, como instancia condicionada
por el miedo al padre y por el deseo simultáneo de ser amado por él, la familia
es decisiva como punto de partida de la futura capacidad del adulta para creer
en la autoridad y para someterse a ella, Pero la gestación del superyó es solo
una de las misiones que debe cumplir la familia, en su condición de agente
psicológico de la sociedad, y la gestación del superyó no puede ser separada de
la totalidad de la estructura instintiva y del carácter que la familia produce
en el hombre. Freud ha señalado la importancia decisiva que tienen las
experiencias de la primera infancia en el modelado de la estructura instintiva
y del carácter de un hombre. Ha puntualizado que las relaciones afectivas con
181
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
los padres, el tipo
de amor que se les brinda, el miedo y el odio a ellos, desempeñan el papel
fundamental en la evolución de la psiquis infantil. De esta manera ha
contribuido en forma decisiva a la comprensión de la función social de la
familia. Ha pasado por alto, sin embargo, el hecho de que –dejando de lado las
diferencias individuales que existen entre las diversas familias– la familia
representa, en primer lugar, determinados contenidos sociales y que su
principal función social está en la trasmisión de estos contenidos, no como
trasmisión de opiniones y puntos de vista, sino produciendo la estructura
psíquica deseada por la sociedad. La teoría del superyó padece de esta
deficiencia.
Para Freud, el
superyó representa una identificación con el padre, “a la cual se han añadido,
con el correr del tiempo, los educadores, maestros y la inmensa e indefinida
muchedumbre que constituye su ambiente humano (el prójimo, la opinión
pública)”.89 A su juicio la causa de la identificación está –dejando de lado la
llamada identificación primaria– en el comienzo de la vida: en el complejo de
Edipo. El varón experimenta deseos sexuales referidos a la madre, se ve ante la
amenazante superioridad del padre, teme en especial la castración como castigo
a sus impulsos prohibidos, trasforma el miedo exterior a ser castrado por el
padre, en un miedo interior y, mediante la identificación con el padre,
satisface parte de sus deseos originales. De modo que, para Freud, el superyó
es el “heredero del complejo de Edipo”. Esta concepción es problemática debido
a una falla en la estimación de la relación entre estructura familiar y
estructura de la sociedad en general. Freud dice que, con el trascurso del
tiempo, los representantes de la sociedad se añaden a la figura del padre; eso
es exacto en un cierto sentido exterior y crono-lógico; pero esa comprobación
requiere ser complementada por la inversa: la de que el padre se une a las
autoridades que dominan la sociedad. Porque la autoridad que tiene el padre en
la familia no es una autoridad casual que más tarde será “complementada” por
las autoridades sociales, sino que ella misma está basada, en última instancia,
en la estructura autoritaria de la sociedad en general. Es verdad que el padre
de familia es (en orden cronológico) el primer vehículo de autoridad social
para el niño; pero (si se tiene en cuenta el contenido) su autoridad no es un
prototipo, sino un reflejo.
89 Freud, Zur Einführung des Narzissismus, Op.
Cit., Tomo VI, pág. 180.
182
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
La rivalidad sexual
en la relación padre-hijo, siempre está coloreada por la realidad social. Así,
el complejo de Edipo está condicionado por factores sociales. Freud lo tiene
por un fenómeno común a toda la humanidad y biológicamente necesario y, por ello,
lo proyecta sobre la prehistoria del hombre; pero, en la forma en que él lo
describe, solo es característico de determinadas estructuras sociales. Hay
numerosas sociedades en las cuales el padre no reúne las funciones de rival
sexual y de autoridad omnipotente. En una serie de tribus primitivas, por
ejemplo, estas funciones se encuentran repartidas entre el hermano de la madre
y el padre.
Lo expuesto no
pretende negar la extraordinaria importancia del complejo de Edipo, de los
deseos sexuales del niño y de la rivalidad y hostilidad contra el padre,
surgidas de ellos, en la familia patriarcal. Las experiencias clínicas del
psicoanálisis han demostrado la importancia del complejo de Edipo, más allá de
toda duda. Han demostrado, sobre todo, su impor-tancia como fuente de
hostilidad hacia el padre y de rebeldía contra él, por lo cual la familia
patriarcal –que por su estructura ha provocado los deseos incestuosos del hijo–
provoca también rebeldía contra el padre y, por consiguiente, tendencias a la
descomposición de la familia, precisa-mente por los conflictos entre padre e
hijo. Pero la medida de la hostilidad del hijo depende también de la actitud
del padre hacia él. Dada su notoria superioridad sexual, la actitud del padre
está mucho menos condicionada por la rivalidad sexual que la del hijo; aunque
en determinadas circunstancias –que no entraremos a analizar aquí– la
influencia de dicha rivalidad suele ser bastante marcada. La actitud del padre
queda deter-minada ya el día del nacimiento del hijo y depende de la relación
global entre padre e hijo que se irá desarrollando más tarde, sobre la base de
la constelación individual y social de la familia. Para ilustrar esto con
ejemplos, compararemos algunas situaciones familiares típicas que pueden darse
en nuestra sociedad y que aquí, por supuesto, hemos esquematizado. Pensemos,
por ejemplo, en el contraste que existe entre la relación padre-hijo en una
familia de pequeños propietarios rurales y la que existe en la familia de un
médico de una gran ciudad, con un buen pasar. La situación económica y social
hace que para el campesino, cada miembro de su familia sea, ante todo, mano de
obra que debe aprovecharse al máximo. Cada niño que nace es mano de obra en
potencia, que solo podrá ser aprovechada cuando el niño tenga la edad
suficiente como para trabajar. Hasta entonces, el hijo no pasa de ser una boca
más, que solo se tolera
183
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
con miras a su
posterior aprovechamiento. A esto se añade que, por su situación de clase, ese
campesino ha desarrollado un carácter en el cual el rasgo predominante es el
afán de aprovechar al máximo a la gente y los bienes, y en el cual el amor, el
deseo desinteresado de hacer feliz a la persona amada, es un rasgo
rudimentario. Desde el primer momento, en la actitud del padre hacia el hijo
hay muy poco de amor y mucho de hostilidad y de tendencia a la explotación.
Pero esa misma hostilidad se irá desarrollando en el hijo a medida que pasen
los años. La ancianidad y la muerte del padre pueden librarlo de ser objeto de
explotación y compensarlo de todo lo padecido, al trasformarse él mismo en amo.
La relación entre ambos tendrá una veta de enemistad mortal y eso arroja su
sombra sobre la actitud del padre ante el hijo recién nacido. Esa atmósfera
condiciona también, en gran parte, la reacción y la evolución psicológica
general del hijo. Algo similar ocurría en la familia proletaria de la primera
mitad del siglo XIX. Para ella también los niños eran, funda-mentalmente,
objeto de aprovechamiento económico y nadie se resistió más a la legislación
que limitaba el trabajo infantil que esos padres que explotaban económicamente
a sus hijos. Eran realmente “los peores enemigos de sus hijos” y esa enemistad
confería desde el primer día un matiz decisivo a la relación padre-hijo.
Con nuestro segundo
ejemplo ocurre algo esencialmente distinto. No entraremos a analizar aquí las
tendencias a la explotación que también existen en esta relación, aunque
ocultas y sublimadas. Pero la situación es fundamentalmente distinta. Los hijos
son pocos, no tienen la función de elevar los ingresos del padre ni son
considerados como mano de obra potencial o como un peso que gravita sobre el
presupuesto familiar mientras no están en condiciones de trabajar. Se los trae
al mundo porque el tener hijos es una alegría para los padres. Muchas de las
ambiciones e ideales qué los padres no pudieron concretar para sí mismos, son
transferidos a los hijos y el hecho de que estos los hagan realidad se
experimenta como gratificación personal, sea por el camino de la identificación
o por el del amor objetal. La atmósfera a la que ingresa el niño de esa familia
no es de impaciente y hostil expectación del día en que se pueda aprovechar su
trabajo, sino de amoroso estímulo y de ternura. Este aire tan diferente forja
otro carácter y otras relaciones con el padre desde el primer día de vida. Lo
que pueda existir en materia de rivalidad tiene otro tinte y otro centro de
gravedad. Cuantitativa y cualitativamente difiere por completo de la rivalidad
existente en las familias campesinas y obreras.
184
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Tomemos, por fin,
un tercer ejemplo: una familia de la pequeña burguesía que vive en una gran
ciudad. Una familia en la cual el padre es, digamos, un empleado subalterno del
correo. Sus ingresos son suficientes para cubrir las necesidades propias de la
situación social en la cual se encuentra. La familia no es una comunidad de
producción y los niños no tienen la obligación de aportar lo antes posible mano
de obra o dinero al hogar. Desaparece así parte de la pugna de intereses
surgida de la tendencia paterna a la explotación y parte de la hostilidad
resultante. Pero, por otro lado, la vida del padre es tan pobre en
gratificaciones y –dada su situación profesional y social– tan desprovista de
posibilidades de llegar a dominar y a mandar, que adjudica al hijo y a la
esposa la función de brindarle un sustituto de lo que la vida le ha negado. Por
un rodeo a través de la identificación, el hijo debe tornarle accesible lo que
la vida puso fuera de su alcance; debe brindarle prestigio en la relación con
otros miembros de su grupo social, debe brindarle la posibilidad de satisfacer
sus deseos de dominar y de mandar, compensándolo así por su falta de poder en
la vida profesional. En este caso, la relación padre-hijo es una mezcla de
tendencias de aprovechamiento y afán de promoción, una mezcla de ternura y de
odio. Y esta estructura dicótoma crea, a su vez, reacciones afectivas
específicas en el niño.
El superyó debe su
formación a la relación con el padre, basada en el miedo y en el amor. Pero,
como hemos tratado de demostrar a través de los ejemplos anteriores, el
carácter de ese miedo y de ese amor está determinado, en primer lugar, por la
relación total entre padre e hijo, a su vez condicionada por factores sociales.
De modo que el superyó es –en su fuerza y en su contenido– el reflejo y la
herencia de una relación afectiva mucho más amplia que el complejo de Edipo,
por más que este se halle entretejido en la trama de la relación total. En su
Nueva serie de conferencias, Freud formula una observación sobre el
condicionamiento social del carácter paterno, lo que demuestra que tiene más en
cuenta ese factor que en escritos anteriores. Señala que90 el superyó del niño
“no se forma, en realidad, según el modelo de los padres, sino según el del
superyó de los mismos; se colma con el mismo contenido, se convierte en
portador de la tradición, de todos los valores permanentes que se han ido
trasmitiendo por esta vía, de generación en generación”. Freud añade aquí una
observación polémica:
90 Op. Cit., Tomo XII, pág. 221.
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
“Es probable que la
falla de las llamadas concepciones materialistas de la historia resida en la
subestimación de este factor (se refiere a la formación del superyó. E. F.). Lo
rechazan por considerar que las ‘ideologías’ de los hombres no son otra cosa que
el resultado y superestructura de sus condiciones económicas actuales. Eso es
verdad; pero es muy probable que no sea toda la verdad. La humanidad no vive
nunca por completo en el presente; en las ideologías del superyó vive el
pasado, la tradición de la raza y del pueblo, que va cediendo su lugar, con
mucha lentitud, a las trasformaciones provocadas por influencias del presente;
y mientras el pasado actúa a través del superyó, desempeña un papel fundamental
en la vida humana, independientemente de las condiciones económicas.”91
Cuando Freud señala
aquí la discrepancia entre el ritmo de la evolución económica y la relativa
lentitud de la evolución ideológica, dista mucho de estar en pugna con Marx.
Pero cuando afirma que el superyó desempeña un papel “independiente de las
condiciones económicas”, está incurriendo en una esquematización que aparece
casi siempre que Freud trata fenó-menos sociales. En el presente trabajo se
procura demostrar, precisamente, que una instancia psíquica como el superyó y
el yo, un mecanismo como la represión, e impulsos como los sado-masoquistas
–que determinan en forma tan decisiva sentimientos, pensamientos y acciones del
hombre– no son elementos “naturales” dados, sino que –a su vez– están
parcial-mente condicionados por la forma de vida del hombre, en última
instancia por el modo de producción y la estructura social resultante. Al
demostrar que los hombres no son siempre movidos por sus intenciones
racionales, conscientes, sino por sus pasiones inconscientes, y al señalar la
elasticidad y la ductilidad de esas pasiones, Freud ha proporcionado la clave
para comprender la forma en que la estructura social y económica modifica al
hombre entero y, por consiguiente, sus opiniones y deseos –en una palabra toda
la superestructura cultural–, precisamente, trasmitiéndole la estructura
instintiva modelada por ella. Sin embargo, a causa de ciertas ideas
preconcebidas, solo hizo uso de esta clave para comprender las diferencias
individuales de hombres pertenecientes a una sociedad y no para entender los
rasgos comunes a los hombres, según las sociedades y las ciases.
91 Ibíd, págs. 221 y sigs.
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Hasta ahora hemos
discutido la teoría freudiana de la formación del superyó en la familia y hemos
señalado las influencias sociales sobre la relación padre-hijo y sobre la
formación del superyó surgida de esta relación. Pero la familia misma es el
resultado de una estructura social muy particular y sus funciones son
determinadas, en primer lugar, por esta. Tal convicción lleva nuestra
investigación más allá del problema de la formación del superyó y de la
autoridad en la familia, para enfocar las condiciones sociales generales que
hacen necesaria la existencia de superyó y autoridad. Esta parte de la
investigación hace necesario que nos ocupemos con mayor detenimiento de la
estructura y de la dinámica del aparato psíquico y que investiguemos en
especial la relación entre yo y superyó y su papel en la defensa contra los
instintos.92
92 En todos los escritos de Freud se advierte
una extraña contradicción en la valoración de la fuerza del yo y del superyó,
en su mutua relación. Tan pronto parece que el yo desempeñara un papel bastante
secundario o que obedeciera las órdenes impartidas por el ello o el superyó;
tan pronto, que el yo mostrara una extraordinaria potencia para llevar a cabo
las represiones. Tan pronto califica al yo de “pobre cosa”; tan pronto habla de
la “potencia del yo” ( Das Ich und das Es, Op. Cit., Tomo VI, pág. 401; Hemmung,
Symptom und Angst. Tomo XI, pág. 32). En la literatura analítica ha hallado
mayor eco la concepción que destaca la impotencia y debilidad del yo. Freud lo
deja sentado expresamente y dice: “Son muchas las voces que insisten en
destacar la debilidad del yo, en comparación con el ello; de lo racional, en
comparación con lo demoníaco que hay en nosotros y se disponen a convertir este
principio en piedra angular de una Weltanschauung psicoanalítica. ¿Acaso la
comprensión de la forma en que actúa la represión no debería impedir que los
analistas, precisamente, incurrieran en una toma de partido tan extrema?
(Hemmung, Symptom und Angst, Op. Cit., pág. 33). La formulación imprecisa, en
un punto en el cual está entablando polémica contra una concepción extrema de
la debilidad del yo (“¿Acaso...?”) es característica de la actitud dicotómica
de Freud en este problema. La misma contradicción aparece en sus
manifestaciones acerca de la evolución psíquica de la humanidad. Por una parte,
considera que la evolución del aparato psíquico en el curso de la historia de
la humanidad se caracteriza por un constante crecimiento del superyó.
“Corresponde a la tendencia de nuestra evolución que la coerción externa sea
paulatinamente internalizada al ser recogida por una instancia psíquica
especial, el superyó del hombre. Todo niño es una muestra del proceso seguido
por esa trasformación; solo merced a ella se moraliza y se socializa. Este
fortalecimiento del superyó es una propiedad cultural psicológica de extremo
valor.” (Zukunit einer Illusion, Op. Cit., Tomo XI, pág. 418). En otro pasaje
dice que la represión de instintos es el fenómeno “sobre el cual se basa lo más
valioso de la cultura humana”. Jenseits des Lustprinzips, Op. Cit, Tomo VI,
pág. 232). Por otro lado, Freud habla del psicoanálisis como del “instrumento
que posibilita al yo la progresiva conquista del ello.” (Das Ich und das Es,
Op. Cit, Tomo VI, pág. 401) e insiste en la misma idea en Neue Folge der
Vorlesungen, cuando dice: “Su intención (la del psicoanálisis, E. F.) es la de
fortalecer el yo, independizarlo del superyó, ampliar su campo de percepción y
perfeccionar su organización, a fin de que pueda apropiarse de nuevos sectores
del ello. Donde había ello, tiene que haber yo. Es una obra de cultura como, por
ejemplo, el desecamiento del Suydersee.” (Op. Cit, Tomo XII, pág. 234)..
Las contradicciones
en la relación yo-superyó no encuentran solución en Freud. Difícilmente la
encuentren, porque la contradicción que caracteriza su modo de ver este
problema, es la misma que se advierte en toda su obra, en una inseguridad
general sobre la cual se basa este punto: la contradicción en la apreciación de
las posibilidades de desarrollo de la sociedad humana en general. Freud oscila
aquí entre una actitud característica de la burguesía progresista de los siglos
XVIII y XIX y un pesimismo misantrópico, en agudo contraste con dicha actitud.
A la actitud progresista responde la idea de que el hombre –o el aparato
psíquico del hombre– se trasforma
187
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
3. Autoridad y
represión
El individuo está
entretejido en la trama de su medio natural y social. Ese medio es, a un
tiempo, objeto de la gratificación de sus instintos y valla impuesta a los
mismos. Sus necesidades lo llevan a modificar ese medio a fin de satisfacer sus
instintos. Por otra parte, el medio lo obliga a adaptar sus impulsos y
necesidades, imponiéndoles límites biológico-fisiológicos bastante estrechos.
En este proceso los instintos de autoconservación demuestran ser menos
elásticos, mientras que los sexuales muestran una extraordinaria capacidad de
adaptación, puesto que son transferibles, tras- formables y reprimibles. Al
trasformar su medio natural y social en el curso de la historia, el hombre va
trasformando su aparato psíquico. Esto significa, también, una trasformación de
la intensidad y el contenido de sus necesidades libidinales y, por otra parte,
una trasformación del yo y del superyó. Pero en todo el curso de la historia
estas necesidades han sido siempre mayores que la posibilidad de satisfacerlas.
Este hecho es, por un lado, condición necesaria para que se mantenga la
tendencia a trasformar el medio –tendencia que siempre apunta más allá del
nivel social ya alcanzado– y por otro lado, supone la necesidad de reprimir los
impulsos que no pueden ser satisfechos porque las posibilidades sociales no lo
permiten. La tensión entre las necesidades y los medios sociales disponibles
para su satisfacción es incrementada por la tensión existente entre el nivel
más alto de satisfacción de las necesidades en la clase dominante y el más bajo
en la clase dominada.
La instancia
psíquica que debe dominar tanto el mundo interior como el exterior es el yo. La
actividad del yo se desarrolla en dos direcciones: en el dominio del mundo
exterior y en el del mundo interior, es decir, de los instintos provenientes
del ello. Mientras más numerosos y efectivos son
en el curso de la
historia, a medida que el yo va aprendiendo a dominar el propio mundo
instintivo y el mundo exterior. La actitud contraria tiene por fruto la idea de
que el yo del hombre es una “pobre cosa”, eternamente débil, que no tiene otra
opción que ser dirigida por los impulsos provenientes del ello o por los
provenientes del superyó, y que solo mantiene con esfuerzo las apariencias de
un dominio. El contraste entre ambas actitudes se pone de manifiesto con
particular claridad en dos escritos aparecidos con poca diferencia de tiempo:
El porvenir de uno ilusión y El malestar en la cultura. En el primero hace
hincapié en las posibilidades de la evolución de la sociedad humana, en su
creciente dominio de la naturaleza y liberación de presiones internas y
externas; en el segundo, en la innata malignidad del hombre que tiene que hacer
fracasar, necesariamente, todos los intentos por lograr una sociedad basada en
la felicidad humana. La misma contradicción se encuentra en el tomo XII de los
escritos freudianos, recientemente publicado. En una página habla de la “labor
cultural” representada por el creciente fortalecimiento del yo. En otra página
–en un artículo en homenaje a Josef Popper-Lynkeus– dice que en el Estado
moderno “una masa ansiosa de placeres y destrucción debe ser sometida, por la
fuerza, por una capa superior más ponderada”. (Op. Cit., Tomo XII, pág. 417).
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
los instrumentos de
producción, tanto más crece el dominio sobre la naturaleza y tanto menos
esclavizado a ella está el hombre. Pero este creciente dominio de la naturaleza
nunca lleva a una total independencia o libertad respecto a ella.
El dominio del
mundo instintivo humano –tanto en el sentido de su desarrollo como de su
sometimiento– es un proceso íntimamente vinculado con el dominio del mundo
exterior. El yo del hombre solo se desarrolla paulatinamente en la medida en
que crece su dominio activo y planificado de las fuerzas naturales y sociales.
Mientras es relativamente débil no está en condiciones de encargarse de la
represión de los impulsos instintivos incompatibles con las necesidades
sociales. Esto se logra mediante la gestación del superyó y mediante una
determinada relación psíquica con las autoridades. Lo decisivo, tanto en la
relación del yo con el superyó, como en la del individuo con las autoridades,
es un carácter emocional. El hombre quiere sentirse estimado por su superyó y
por la autoridad, teme su enemistad y satisface su autoestima complaciendo a su
superyó o a sus autoridades, con las cuales se siente identificado. Con ayuda
de esas fuerzas emocionales logra reprimir los impulsos y deseos socialmente
inaceptables o peligrosos. Este rechazo de los instintos, acometido con ayuda
del superyó y de la autoridad, es muy radical. El deseo que ha de rechazarse ni
siquiera llega a la conciencia; se le impide el acceso a esta y, por
consiguiente a la motilidad; se lo reprime. El impulso instintivo reprimido no
es anulado. Queda excluido de la conciencia, pero subsiste en el inconsciente y
se requiere un permanente gasto de energía psíquica para evitar que aflore a la
conciencia. Las neurosis documentan en forma persuasiva la actividad virulenta
y, con frecuencia, peligrosa que pueden desplegar en el individuo los impulsos
instintivos reprimidos. La defensa contra los impulsos instintivos por medio de
su represión por parte del superyó y de las autoridades se puede comparar con
la extinción de un incendio de bosques por medio de otro incendio. Los impulsos
que pugnan por su satisfacción son combatidos por otros impulsos más fuertes:
las relaciones emocionales con la autoridad exterior internalizada.
Quisiéramos encarar
ahora una objeción elemental: ¿es necesaria la concepción del superyó o de la
autoridad para comprender la defensa contra los impulsos instintivos? ¿No basta
acaso el miedo a las consecuencias del impulso instintivo prohibido para que
este sea rechazado? La experiencia demuestra que, en efecto, en muchos casos el
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
miedo basta como
defensa contra los instintos. Si un niño sabe que le van a propinar unos azotes
en cuanto abuse de las golosinas, el miedo al castigo puede ser suficiente como
para posibilitar la represión del deseo. Lo mismo vale para muchos adultos que
solo se abstienen de ciertas acciones, como el robo o el engaño, por temor al
castigo. En todos los casos en los que no se da rienda suelta a estos impulsos
por miedo al castigo, el conflicto y la decisión se cumplen en la conciencia.
El impulso, como tal, es consciente y no está en absoluto reprimido; el miedo
es consciente y al hombre le resultará más o menos difícil inhibir el impulso
según la intensidad de este, la magnitud del peligro y el riesgo de ser
sorprendido. Muy distinto es lo que ocurre con el miedo al superyó y a las
autoridades y con la fuerza inhibitoria de un impulso, emanada de la relación
con ellos. Es indudable que, aparte del deseo de ser estimado por la autoridad
y por el propio superyó, también en este caso el miedo es un factor decisivo.
Pero este miedo es de otra índole que el “miedo real” del cual acabamos de
hablar. No se trata de un miedo claramente definido a determinadas
consecuencias que trae consigo la acción prohibida, sino un miedo irracional,
impreciso, emocional, experimentado ante la autoridad o su representante
interior. Se teme perder su afecto, su respeto y su atención, y por otra parte,
provocar su ira con las imprecisas pero terribles consecuencias que eso puede
atraer. La irracionalidad y emocionalidad de ese miedo a la autoridad hace que
sus efectos sean, en ocasiones, mucho mayores que los del miedo real,
claramente definido. Cuando solo existe este último, el impulso se hace
consciente, aunque en ocasiones sea rechazado por temor; el miedo al superyó o
a la autoridad es, en cambio, tan intenso que ni siquiera el propio impulso
llega a la conciencia, sino que es reprimido antes de alcanzarla.
Aclaremos esta
diferencia con un sencillo ejemplo. Imaginemos a dos muchachas. Una de ellas ha
recibido una educación puritana; los padres, con los cuales mantiene una
relación tierna y respetuosa, le han enseñado que las relaciones sexuales y
hasta los deseos sexuales extramatrimo-niales son un pecado horrible e
imperdonable. La muchacha ha convertido a los padres –junto con esos conceptos
morales sustentados por ellos– en instancia autónoma dentro de ella, es decir,
en superyó. Imaginemos ahora a la otra muchacha, una joven moderna, criada en
una gran ciudad, sin conceptos morales que limiten la vida sexual. Para ella
las relaciones sexuales extramatrimoniales no son de ningún modo inmorales o
pecami-nosas. Supongamos ahora que ambas muchachas conocen a un hombre
190
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
que despierta en
ellas deseos sexuales. En el primer caso puede ocurrir que esos deseos ni
siquiera lleguen a ser conscientes, porque son directamente reprimidos; si la
represión no es totalmente efectiva podrán traducirse, quizá, en un síntoma
como el rubor. En el segundo caso, los deseos serán perfectamente conscientes.
Pero podría suceder que, por alguna circunstancia, la concreción de esos deseos
resulte peligrosa para la muchacha, por ejemplo, porque puede significar la
pérdida de su puesto. Si el miedo a esa pérdida es lo bastante grande, la joven
puede llegar a renunciar a la concreción de sus deseos; pero su miedo será
perfectamente consciente y la represión no intervendrá en el proceso. Se puede
afirmar, con razón, que en ambos casos de defensa contra el instinto, el miedo
ha sido el factor decisivo; pero su calidad y, por consiguiente, su efecto, son
muy distintos en ambos casos. En el primero está indisolublemente mezclado con
el miedo a la pérdida del amor de las autoridades; pero, al mismo tiempo, es
irreal, porque no guarda relación alguna con lo que le ocurriría realmente a la
muchacha, y es tan impreciso y fantásticamente grande como las figuras de la
autoridad o del superyó que las representa.
Es evidente que la
importancia social de la represión de impulsos tabuizados, con ayuda del
vínculo emocional con la autoridad o el superyó, es enorme, comparada con el
rechazo de los instintos basados en un miedo real. La defensa por medio del
miedo real no representa una garantía de absoluta eficacia. Puede ocurrir que
el individuo imagine el peligro menos grave de lo que en realidad es;
inclusive, puede que esté dispuesto a correr el riesgo de ser castigado por la
gratificación de su deseo. La eficacia es tanto menor cuanto menos egoísta es
el deseo (que puede ser inhibido con relativa facilidad por los inconvenientes
acarreados al yo por la acción) y más impulsado está por pasiones. Solo la
defensa basada en la represión constituye una garantía de absoluta y automática
efectividad. En este caso el deseo ni siquiera llega a la conciencia. Por ello,
no hace falta confiar en la sensatez del individuo. Perfección y automa-ticidad
son características de la defensa contra los instintos basada en la represión,
y cuanto mayor importancia social revista la supresión de los impulsos
cuestionados, tanto menos puede confiarse la sociedad en el miedo real,
consciente, al castigo. A esto se añade que –puesto que los impulsos, como
tales, no llegan a hacerse conscientes en el proceso de represión– ni siquiera
queda resentimiento u odio contra la instancia que los prohíbe.
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Pero esta ventaja
de la represión con ayuda de la autoridad y del superyó es contrapesada por
graves inconvenientes, si bien estos afectan más la felicidad personal del
individuo que la estabilidad de su sociedad. Uno de los inconvenientes reside
en el permanente consumo de energía que exige la represión. Freud comparó, una
vez, el impulso instintivo reprimido con un huésped indeseable, al cual se ha
arrojado de la casa, pero que insiste en reingresar, lo que solo puede evitarse
apostando un sirviente en la puerta para que impida el acceso. El consumo de
energías que exige el mantenimiento de la represión es tanto mayor cuanto más
amplias e intensas son las represiones.
Es verdad que el
permanente consumo de energía exigido por el proceso de represión es una
desventaja para el ello; pero tampoco el yo resulta tan favorecido como
parecería ser a primera vista. Por más que el superyó y la autoridad acudan en
su ayuda para facilitarle la defensa contra los instintos peligrosos, por medio
de la represión, el impulso en cuestión no puede ser anulado. El yo lo mantiene
alejado de él, con ayuda de sus aliados; pero al hacerlo está reduciendo,
simultáneamente, su propio poder, puesto que el impulso reprimido representa
una fuerza infiltrada en el territorio que debería ser dominio absoluto del yo.
Cuanto más amplias y más intensas sean las represiones, tanto más defendido
estará el individuo contra irrupciones de los instintos, pero tanto más
limitada será, también, la fuerza de su yo y tanto más rígidas y poco elásticas
serán sus reacciones. Mientras se cumple la represión en servicio del yo, este
es esclavo de los impulsos provenientes del ello. Paga la ayuda de sus aliados
–autoridad y superyó– con la pérdida de su independencia y con la renuncia a su
soberanía.
Antes de seguir con
la evolución del aparato psíquico señalaremos brevemente que el contenido de
los impulsos a reprimir depende de las condiciones sociales. Aquellos impulsos
cuya materialización es incom-patible con el funcionamiento de una determinada
sociedad, son tabuizados y sometidos a la represión. Las condiciones varían
según los diferentes grupos sociales. Hay ciertos impulsos cuya concreción
sería peligrosa para la sociedad en general y que por eso tienen que ser
rechazados por cada uno de los miembros de esa sociedad. Hay otros, en cambio,
cuya satisfacción está permitida para una clase, pero prohibida para otras.
Esta “doble moral” puede estar expresamente establecida o, como en la moderna
sociedad, puede existir de manera tal que requiera un complejo aparato para
provocar y, al mismo tiempo, ocultar la
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
situación. Cuanto
mayores son las represiones necesarias, tanto más importante es el papel
desempeñado por las autoridades y el superyó, como auxiliares del proceso.
Pero el yo también
experimenta una evolución. A medida que los hombres van modificando la
naturaleza en el curso de la historia, el yo va creciendo en fuerza y
capacidad. El yo débil debe desarrollarse bajo la protección del superyó; el yo
que va adquiriendo potencia, en cambio, está cada vez más en condiciones de
hacerse cargo de la defensa contra los instintos, sin la ayuda de sus vínculos
emocionales con el superyó y con la autoridad. Además del rechazo al impulso
instintivo por obra exclusiva del miedo o por represión, o en reemplazo de
éste, aparece el rechazo por “condenación”93 del yo. Esta defensa tiene un
carácter muy distinto al de la represión. No excluye de la conciencia el
impulso condenado y, por consiguiente, no lo sustrae al dominio del yo y lo
debilita, estableciendo una zona autónoma en el aparato psíquico. En el rechazo
por condenación falta también esa rigidez de las reacciones, tan típica de la
represión. Sea cual fuere el origen de la energía con la cual trabaja el yo
(Freud supone que se trata de energía instintiva desexualizada), lo cierto es
que el pensamiento racional desempeña un papel decisivo en el rechazo de los
instintos por condenación y que presta al yo una ayuda tan decisiva como los
vínculos emocionales con la autoridad y con el superyó, en el caso de la
represión. El papel del pensamiento es muy diferente, según se trate de
represión o de condenación. En la represión, el pensamiento tiene
–sustancialmente– la función de “racionalizar”. De la misma manera que en el
experimento poshipnótico –en el cual la persona sometida al ensayo brinda una
explicación razonable de actos que, en realidad, ha ejecutado por orden del
hipnotizador, sin saber nada aún de esa orden–, la racionalización de los
impulsos “ordenados” por el ello o por el superyó (o la autoridad) se produce a
posteriori. Lo compulsivo de la racionalización nos demuestra que aun cuando no
sea la razón sino las fuerzas emocionales las que han dictado las decisiones,
la razón sigue siendo lo bastante fuerte como para hacer aparecer –ante
nosotros y ante los demás– esas decisiones como dictadas por ella. Pero la
racionalización no tiene una acción dinámica; en este caso, la función del
pensamiento racional no es creadora y modificadora, sino encubridora y
legitimante. El rechazo de los instintos por condenación es muy diferente. En
este caso el pensamiento racional conduce a la comprensión, se convierte en
fuerza
93 Cf. Freud, Die Verdrängung, Op. Cit., Tomo
II, pág. 464.
193
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
productiva, en una
potencia que ocupa el lugar de las fuerzas instintivas contenidas en el vínculo
con el superyó y las autoridades; pero no establece una relación antagónica
entre el yo y el ello, como ocurre en la represión, sino que eleva esta contradicción
a un plano superior.
Mientras el yo del
niño sigue siendo débil y poco desarrollado, necesita no solo del miedo real
sino, sobre todo, de la ayuda emocional del superyó y autoridad para defenderse
de los instintos. A medida que el yo se va fortaleciendo puede ir reduciéndose
la importancia de estas instancias. En El porvenir de una ilusión, Freud ha
establecido un paralelo entre el desvalimiento del niño y el del adulto ante
las fuerzas sociales. Ha pasado por alto, sin embargo, que en este caso no
existe un paralelismo, sino una compleja relación. Por una parte, la situación
del niño se diferencia de la del adulto que enfrenta un mundo impenetrable y
lleno de asechanzas, en que el adulto debe pagar cualquier mal paso en el
camino prescripto por la sociedad, con padecimientos físicos y morales,
mientras que el niño –por estar más protegido– se enfrenta a una situación
menos peligrosa y, por consiguiente, no necesita desarrollar un superyó tan
severo o un miedo tan intenso a la autoridad, como el adulto. Por otro lado,
las situa-ciones no son paralelas en razón de que el grado de amedrentamiento
que experimenta el niño, depende en gran medida del grado de miedo que
experimentará más tarde, como adulto, ante la sociedad. Por lo tanto no es el
desvalimiento biológico del niño lo que provoca una marcada necesidad de
superyó y autoridad severa; las necesidades resultantes del desvalimiento
biológico pueden ser satisfechas por una instancia que trate al niño con
amabilidad y sin amedrentarlo. Más bien es el desvali-miento social del adulto
el que imprime su sello al desvalimiento biológico del niño y hace que el
superyó y la autoridad cobren tanta importancia en la evolución infantil.
Si una de las
funciones psicológicas decisivas de la autoridad consiste en posibilitar, junto
con el superyó, la defensa contra los instintos por medio de la represión, el
papel desempeñado por la autoridad y el superyó en este aspecto depende de dos
factores; por un lado el grado de represión que exige la sociedad y, por otro,
la medida en que el yo puede dominar los impulsos instintivos indeseables, por
medio de su condenación consciente, sin ayuda de la represión.
194
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Los instintos se
exteriorizan en necesidades y las necesidades varían según la calidad de los
instintos. Si bien es cierto que, así como hay un nivel mínimo para la
existencia física, hay un “mínimo psíquico”, también es cierto que todas las
necesidades derivadas de los instintos sexuales son tan elásticas, que –en
parte– se adaptan casi por completo a las posibi-lidades de gratificación
dadas. La naturaleza y cantidad de las posibilidades de gratificación
existentes en una sociedad –o, para decirlo con más simplicidad, el grado de
riqueza de una sociedad– determina qué necesi-dades (o sea qué instintos) han
de desarrollarse más y cuáles han de ser inhibidas. La necesidad de la
inhibición de instintos, la necesidad de represión –y esto equivale a decir: la
fuerza del superyó y de la autoridad– es tanto mayor cuanto menos necesidades
pueden ser satisfechas en una sociedad o en una clase dominante.
La evolución del yo
está condicionada por las circunstancias prácticas de la vida. El yo desempeña
el papel decisivo en el dominio de la naturaleza. En una etapa primitiva de la
producción –por ejemplo, en una sociedad a la cual condiciones climáticas favorables
le permiten obtener el sustento con facilidad y sin trabajo intensivo– el papel
desempeñado por el yo es relativamente modesto. Puesto que ni el pensamiento ni
la voluntad están sometidos a gran exigencia, su desarrollo es débil. Pero
mientras más necesarios son el dominio activo de la naturaleza y la
trasformación de las condiciones naturales y sociales, con ayuda del
pensamiento, tanto más se desarrollará el yo. Los conceptos de Freud acerca del
desarrollo del yo requieren una ampliación decisiva en este punto. Freud
concibe al yo, fundamentalmente, como una función pasiva, perceptiva, que pone
de manifiesto la influencia del mundo exterior sobre el ello; no contempla, en
cambio, su función activa, la de modificación del mundo exterior. Porque el yo
no solo se desarrolla por la acción ejercida sobre él por el mundo exterior;
también y sobre todo se desarrolla al actuar sobre el mundo exterior y al
trasformarlo. El yo no solo representa “lo que podría llamarse razón y
sensatez”,94 sino que también representa la capacidad para la acción
planificadora y trasformadora del medio. Esta es la condición esencial para el
desarrollo y fortalecimiento del yo. A medida que el hombre va aprendiendo a
dominar la naturaleza exterior en forma planificada y sensata, va creciendo su
yo y, por consiguiente, la capacidad para manejar su mundo instintivo con la
ayuda de ese yo fortalecido, en lugar de hacerlo con ayuda de la represión.
Pero el desarrollo del yo
94 Freud, Das Ich und das Es, Op. Cit, Tomo VI,
pág. 368.
195
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
dentro de la
sociedad es desigual, concordando con la diversidad de funciones de la clase en
el proceso social. La clase dominante tiene, por su papel rector, una mayor
visión panorámica; por ello, durante el floreci-miento de su dominio es,
también, la más avanzada en su desarrollo del yo. Pero mientras más se
profundizan los contrastes sociales, mientras el orden imperante es más incapaz
de cumplir sus fines en un sentido racional y progresista, tanto menos conduce
el papel social de la clase rectora al fortalecimiento de su yo, y tanto más
irá desplazándose el proceso de crecimiento del yo hacia otros grupos sociales.
El desarrollo del yo de la clase imperante en una sociedad es parcialmente
objetivado en la cultura de esa sociedad, y la recepción de los elementos más
valiosos de la época cultural precedente contribuye al desarrollo del yo de la
nueva clase que accede al poder. En este sentido, el yo demuestra ser una parte
del aparato psíquico humano que evoluciona con el desarrollo de las fuerzas productivas
y de la práctica social, y que a su vez se confunde con la práctica social,
como una fuerza productiva más.
En lo que se
refiere al desarrollo del yo en el niño, el cuadro es el mismo, en esencia.
Cuanto más tienda la educación a fortalecer el pensamiento racional y –en la
medida de las fuerzas infantiles en desarrollo– la intervención activa del
niño, tanto más contribuirá a desarrollar el yo infantil. A la inversa, una
educación que engaña al niño, en lugar de brindarle esclarecimiento, y que
impide su participación activa en la planificación de su propia vida –dentro
del límite de las posibilidades infantiles– está perturbando el desarrollo del
yo. Aun cuando, también en este aspecto, son muchas las variantes individuales
que pueden darse dentro de una sociedad y de una clase, el mínimo y el máximo
de la educación posible en uno y otro sentido dependen, en gran parte, de la
estructura social general y de las circunstancias prácticas de vida que
aguardan al niño en su edad adulta.
Así como la
práctica activa y racional representa la condición positiva para el desarrollo
del yo, la falta de miedo contribuiría como requisito negativo. Mientras aún es
débil, el yo necesita una cierta ausencia de miedo para su desarrollo. Mientras
más amenazado esté el yo débil por el miedo, tanto más inhibido estará en su
desarrollo. Por otra parte, mientras más fuerte es el yo, tanto menos efectivo
es el miedo. La cuota de miedo a la que está sometido el individuo está
condicionada por la sociedad en un doble sentido. Cuanto menor es el poder de
la sociedad frente a una naturaleza peligrosa y amenazante, tanto mayor es el
miedo
196
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
que esta inspira.
En los casos felices en los que –por condiciones naturales favorables, como ser
un clima benigno y fecundo, la seguridad ante el ataque enemigo, etc.– una
sociedad primitiva puede vivir sin temor al medio natural, pese a su yo débil,
la cuota de miedo de sus miembros puede ser relativamente pequeña. La
naturaleza no les infunde temor, salvo cuando se muestra peligrosa y hostil en
la vida práctica. Pero la división de la sociedad en clases crea un miedo
recíproco, suplementario, en los grupos en pugna. Naturalmente, la cuota de
miedo es mayor en las capas inferiores que en aquellas que disponen de los
medios del poder. El miedo es, por su calidad, en parte real y en parte ese
miedo irracional y emocional al superyó y a las autoridades. El yo débil
necesita de la autoridad para cumplir sus deberes psíquicos; la autoridad, por
su parte, debilita al yo, por el miedo que provoca en él. Por lo demás, el
miedo que provoca en el hombre una situación peligrosa no depende,
mecánicamente, de la magnitud del peligro y de la posibilidad de dominarlo. La
actitud pasiva y desvalida hace que el hombre experimente miedo aun ante un
peligro relativamente escaso, mientras que –a la inversa– el hombre con un yo
fuerte no reacciona con miedo, sino en forma activa, ante un peligro grande y
eventualmente insalvable, tanto de pensamiento como de hecho. Si fractus
illabatur orbis impavidum ferient ruinae.
Mucho más
complicado e impenetrable que la influencia de una práctica activa y que la
ausencia de miedo, es el papel que desempeña la satisfacción de impulsos
genitales en el desarrollo del yo. Aunque en este terreno quedan aún aspectos
esenciales por investigar, se podría asegurar que el desarrollo máximo del yo
está condicionado por una satisfacción de la sexualidad genital no limitada por
prohibiciones intimidatorias. Esto no debe interpretarse como que la
satisfacción heterosexual ilimitada produce, necesariamente, un yo fuerte y
como que el yo no puede desarrollarse, en lo más mínimo, bajo la presión de las
prohibiciones sexuales. Tampoco quiere decir que la fortaleza del yo es
proporcional al grado de satisfacción sexual. Gran número de tribus primitivas
nos brindan un ejemplo bien claro de que la sexualidad desinhibida no crea, de
por sí, un yo fuerte. Si las condiciones de vida afortunadas de un grupo
permiten una actitud de aceptación de la sexualidad, relativamente libre de
miedos, esa actitud positiva no conduce de por sí a un yo fuerte. Este, más
bien, se vincula siempre con una vida activa y planificada, que ni siquiera
existe entre esas tribus primitivas. Si, por modificación de las condiciones
económicas, es preciso emplear una mayor cantidad de
197
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
energía en el
dominio de la naturaleza, la nueva vida y el proceso de crecimiento del yo,
vinculado con ella, impondrán limitaciones a la sexualidad y esa coerción
sexual puede llegar a ser un requisito para el desarrollo del yo. Pero la
relación entre yo y sexualidad vuelve a invertirse cuando la evolución del yo
ha alcanzado un determinado nivel, y la represión de la sexualidad puede
convertirse en un freno para su prosecución.
Una de las causas
de la acción limitadora ejercida sobre el yo por una moral hostil a la
sexualidad, se vincula con lo que señaláramos en párrafos anteriores acerca del
papel del miedo como factor inhibitorio del yo. Es indudable que toda sociedad
debe admitir la satisfacción de la sexualidad genital hasta el mínimo necesario
para su reproducción. Pero en una cultura más o menos hostil a la sexualidad
genital –como es la cristiana, por ejemplo–, los deseos sexuales y su
satisfacción se consideran algo malo y pecaminoso, que solo puede perder ese
carácter bajo deter-minadas condiciones, como ser el deseo de engendrar hijos
en el matrimonio monógamo. Pero como, por la organización fisiológica del
hombre, la sexualidad es una fuente de estímulos que supera el mínimo reservado
para ella por la sociedad, su inhibición trae por consecuencia la automática
producción de miedo y sentimiento de culpa. Este miedo así producido, en forma
permanente, tiene una acción paralizadora sobre el yo y refuerza la importancia
del papel de superyó y autoridad. Pero en una sociedad con gran coerción social
la autoridad se ve reforzada también, porque –sobre todo en su forma religiosa–
tiene la posibilidad de liberar otra vez al hombre de parte de su sentimiento
de culpa, alivio este que está necesariamente vinculado a una intensificación
del someti-miento a la autoridad.
La limitación de la
sexualidad genital conduce a que la energía sexual sea orientada en el sentido
de la fijación o en el de la regresión hacia lo que Freud ha llamado “metas
instintivas pregenitales”. Cabe señalar aquí la extrema importancia que revisten
los descubrimientos de Freud para la sociología; pero, por razones de espacio,
deberemos renunciar al análisis del problema de si las sensaciones de las zonas
“erógenas” (oral y anal) realmente tienen la acción causal que les atribuye
Freud en la producción de las diferentes etapas de la organización de la
libido, o si lo que ocurre no es, más bien, que ciertas condiciones de vida
determinan una actitud general de incorporación o deglución (oral), de
retención (anal) o de creación productiva (genital) y los procesos en las zonas
erógenas no son
198
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
otra cosa que un
factor vinculado a las demás condiciones de vida. Sea como fuere, la sexualidad
genital se diferencia de las tendencias pre-genitales, en que el acto sexual le
posibilita una descarga fisiológica, mientras que las demás tendencias carecen
de la posibilidad fisiológica correspondiente. Por ello, el nivel de tensión de
la sexualidad genital baja continuamente, mientras que la ausencia de una
posibilidad de desahogo que extinga su tensión, confiere a los impulsos orales
y anales una energía que nunca disminuye. A eso se debe que los impulsos
pregenitales tengan una fuerza que –desde el punto de vista cuantitativo– hace
más difícil su rechazo, que en el caso de los impulsos genitales. Esta mayor
dificultad significa un factor inhibitorio para el desarrollo del yo. La
cantidad de los impulsos instintivos a rechazar es excesiva para el yo –aun
para el yo en estado de evolución– y lo obliga a recurrir a la ayuda del
superyó y de la autoridad, y por consiguiente a autolimitarse. A esto se añade
un factor cualitativo. Los impulsos pregenitales tienen –en un grado mucho
mayor que los genitales– la característica de instalarse en el propio yo, como
fuerza motriz de ciertos rasgos de carácter, convirtiéndose así en elementos
del yo y dificultando su desarrollo, en el sentido del dominio de los impulsos
instintivos.95
El yo es la
instancia del aparato psíquico que más tarda en desarrollarse y también, como
dice Freud, la más “engorrosa”. Coincidiendo con su génesis, es bastante lábil.
En determinadas circunstancias puede hacer una regresión desde etapas
evolutivas ya alcanzadas hacia otras ya superadas. Este proceso de
“descomposición del yo” es regular y normal en el sueño. Como lo demuestran
claramente los sueños, el ello y el superyó pierden poco de su fuerza habitual
como censores, en el individuo dormido; el yo, en cambio, queda fuera de
actividad, con excepción de restos mínimos. Lo mismo ocurre, en esencia, en
todos los tipos de intoxicación y cualquier ebrio es un elocuente ejemplo de la
rapidez con que se descompone el yo y de la amplia medida en que lo hace, aunque
solo sea de manera transitoria. Las psicosis muestran en forma más drástica aún
el proceso de descomposición del yo, hasta su total destrucción. El ejemplo más
apropiado para estudiar este proceso es el de la hipnosis. En la situación
hipnótica se logra suprimir por completo el juicio y la voluntad, propios del
hombre en estado normal, y reemplazarlos por las funciones de voluntad y juicio
normalmente subordinadas al yo del
95 Cf. ”Die psychoanalytische Characterologie”,
Zeitschrift für Sozialforschung, Año I (1932), págs.
163 y sigs.
199
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
hipnotizado. Lo
decisivo es que el hipnotizado se siente débil y el hipnotizador,
incomparablemente más fuerte y potente. Las técnicas con las cuales se logra
esto varían mucho. Lo fundamental es siempre que el hipnotizado asume el papel
de niñito que –por completo carente de voluntad– se somete al “grande”.
Ferenczi ha
señalado 96 que en la hipnosis la base emocional decisiva está constituida por
un predominio del miedo o del amor al hipnotizador, según si lo que confiere a
este su poder es más el papel del padre o el de la madre. “Sugestionar e
hipnotizar –señala este autor– equivale a provocar intencionalmente aquellas
condiciones bajo las cuales la tendencia a la fe ciega y a la obediencia exenta
de critica –que están presentes en todos los hombres, pero son reprimidas por
la censura y que constituye un resabio del amor erótico y del temor a los
padres, propio de la infancia– pueden ser inconscientemente transferidas a la
persona del hipnotizador o sugestionante”.97 Ferenczi ha proporcionado un
elemento muy útil al señalar el amor y el miedo como condiciones para la
producción de la situación hipnótica y para la efectividad de la misma. Por
nuestra parte, no podemos adherirnos a su opinión de que existe una tendencia a
la fe ciega, que actúa como un instinto y que en circunstancias normales solo
es reprimida. Lo que ocurre en la hipnosis no es el aflorar de una tendencia
reprimida, sino la descomposición del yo. Por otra parte, la actitud infantil
hacia los padres no es “transferida” al hipnotizador al punto de que este logre
cumplir su función porque asume la imagen del padre o de la madre para el
hipnotizado. Podría decirse, más bien, que desempeña el papel del padre o de la
madre, porque logra crear las mismas condiciones que imperaban en la infancia,
es decir, adopta una actitud tan imponente e intimidatoria o tan tierna y
protectora, que el hipnotizado renuncia a su propio yo. Porque, después de
todo, el yo se ha desarrollado para servir de arma al individuo, en su lucha
por la vida. Si otro demuestra ser tan fuerte y peligroso que la lucha contra
él carece de toda perspectiva y el sometimiento es la mejor defensa, o se
muestra tan tierno y protector que la propia actividad resulta innecesaria –en
otras palabras, si se presenta una situación en la cual el ejercicio de las
funciones del yo resulta imposible o superfluo–, el yo desaparece mientras las
funciones a cuyo ejercicio está vinculada su formación no puedan o no necesiten
ser ejercidas. La descomposición del yo en la hipnosis va tan
96 S. Ferenczi, “Introjektion und Übertragung”,
en Bausteine zu Psychoanalyse, Tomo I, Leipzig, Viena, Zurich, 1927, págs. 9 y
sigs.
97 Ibíd, pág. 56 y sigs.
200
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
lejos, que hasta se
suprime totalmente la función de percepción, de modo que el hipnotizado puede
llegar, por ejemplo, a saborear una patata cruda con la sensación y la
conciencia de que tiene por delante un exquisito ananá. Una vez establecida en
forma efectiva la situación hipnótica y una vez que el yo ha sido desintegrado,
en todas sus funciones, ya apenas si importa el contenido de lo que el
hipnotizado ha de creer o sentir.
La situación
hipnótica es solo un ejemplo particularmente claro de descomposición del yo. El
mismo mecanismo aparece –aunque en forma cuantitativamente más moderada– en las
relaciones diarias entre los hombres, cuando uno consigue imponerse al otro por
su mayor fuerza y poder, o aparece ante sus ojos como tierno y protector.98
También en este caso tiene lugar un debilitamiento de la función del yo, aunque
no tan amplio como el que se produce en la hipnosis. La relación entre médico y
paciente, entre oficial y soldado, entre el vendedor hábil y el cliente, entre
la personalidad célebre y el hombre medio de la gran masa, son ejemplos
corrientes. El caso de más importancia social entre estas relaciones hipnoides,
es el de la relación con la autoridad. Como el hipnotizador, esta se impone al
sometido como algo tan poderoso y fuerte que, por un lado, carece de sentido
utilizar el propio yo en contra de ella y, por otro, esto sería innecesario,
puesto que la autoridad se hace cargo de la defensa y conservación del individuo,
función para la cual se ha desarrollado el yo. Por eso, toda autoridad debe
tener un poder superior que incluya los dos aspectos, la peligrosidad y la
protección, en la medida en que quiera hacer innecesario al yo y reemplazarlo.
Se sobrentiende que, mientras menos base su poder en estos aspectos, al cumplir
con su papel real y social, tanto más tendrá que recurrir la autoridad a todo
tipo de técnicas para crear en sus subordinados la sensación de poder. Una de
las más importantes entre estas técnicas consiste en crear, en quienes la
siguen, la idea de que su felicidad personal y su destino pueden concretarse
mejor y más rápido a través de la autoridad, que a través de los propios
esfuerzos activos. Por irracional que sea esta promesa en determinadas
condiciones, la sensación de que el sometimiento a la autoridad es útil y
sensato, desempeña un papel subjetivo de enorme importancia.
98 En el artículo
citado, Ferenczi menciona una interesante comprobación acerca de esta
transición entre la hipnosis y el fenómeno diario. Señala este autor que los
miembros de las clases bajas son hipnotizados con mucha mayor facilidad por
miembros de las clases altas, que por los de su misma condición. Menciona el
caso de un soldado que se quedó instantáneamente dormido ante una orden de su
teniente, sin necesidad de que mediaron otros procedimientos (Ibíd., pág. 36).
201
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Si se concibe la
relación con la autoridad como una situación hipnoide, condicionada por la
descomposición del yo, no será de sorprender que lo que crean y piensen los
sometidos a esta situación sea absurdo. Al hipnotizador le da lo mismo hacer
creer al hipnotizado que la patata cruda es un ananá o que es una patata asada;
lo mismo vale para todas las clases de ideología que se han sugerido a las
masas en el curso de la historia. Precisamente, mientras más absurdo e
irracional sea lo sugerido, tanto mayor será el poder y la capacidad de las
autoridades. Porque lo sensato, lo puede hacer el hombre simple, por sus
propios medios; el prometer lo insensato y maravilloso es prerrrogativa del
poderoso y solo significa un aumento de su prestigio. El “credo quia absurdum
est” tiene plena vigencia en la situación hipnoide.
Hasta ahora solo
hemos hablado de una función de la autoridad: la inhibición o represión de los
instintos. Pero, junto a esta función negativa, la autoridad tiene siempre otra
positiva: la de estimular a su sometido para que se ajuste a un determinado comportamiento
y la de constituir para él un ejemplo y un ideal. Porque la actividad del
hombre en sociedad no se limita a reprimir determinados impulsos, sino que
también debe llevar a la realidad otros orientados hacia las metas aprobadas
por la sociedad. El superyó como autoridad internalizada, tiene la doble
función y el doble contenido propios de la autoridad: la represión de ciertos
instintos y el estímulo de otros. Precisamente, el hecho de que tanto la
autoridad como el superyó tengan esta doble fisonomía es una condición esencial
de su efectividad. Dado que también tienen por contenido los ideales e impulsos
positivos del individuo, el aspecto coercitivo recibe también el resplandor de
esa función positiva. Si solo se experimentara temor ante la autoridad y el
superyó, ese temor tendría otra calidad que el que se siente cuando, al mismo
tiempo, se los ama como personificación de los ideales. Precisamente, su doble
función es lo que crea esa relación irracional tan peculiar que confiere al
miedo a la autoridad la fuerza necesaria para el proceso de represión. Porque
el violar las prohibiciones de la autoridad no solo significa el peligro de ser
castigado, sino el de perder la estima de esa instancia que personifica los
propios ideales, el contenido de todo lo que uno quisiera ser.
El contenido de
aquello hacia lo cual estimulan la autoridad y el superyó depende en su doble
aspecto de las condiciones sociales. Algunos ideales tienen validez para todos
los miembros de la sociedad, otros la tienen expresamente o de hecho para
determinados grupos. El contenido del
202
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
ideal puede estar
más en la dirección de la felicidad del individuo –es decir en el máximo
desarrollo de sus condiciones– o en el cumplimiento del deber. En el último de
los casos, la propia represión de los instintos se convierte en ideal. No solo
el contenido de ambos aspectos de autoridad y superyó tiene explicaciones
sociales; también las tiene la relación específica entre los componentes. La
función coercitiva y la función estimulante de superyó y autoridad constituyen
una unidad dialéctica que no admite la segregación de uno de los dos aspectos.
La formación del
individuo con miras a los ideales que se le inculcarán, lo mismo que las
prohibiciones que limitarán sus instintos, tiene lugar en la sociedad burguesa
por conducto de la familia. También en este aspecto el padre representa la
realidad social, y la identificación con él es la piedra fundamental para la
formación del superyó y, por consiguiente, para la futura relación emocional
con las autoridades que personifican los mismos ideales. Por ejemplo, si un
comerciante del siglo XVIII personifica para su hijo las tendencias hostiles a
los instintos, también personifica los ideales (de diligencia, solidez,
dedicación al negocio, etc.) que un día permitirán a su futuro heredero y
sucesor desempeñar con éxito su papel social. Tal cual lo hemos expuesto en
párrafos anteriores, al referirnos a la función coercitiva del superyó y de la
autoridad, también el éxito de la función del ideal depende de que la situación
económica del hijo –ya adulto– no difiera fundamentalmente de la que le fuera
establecida por el padre. Porque cuando se produce un cambio de esta índole,
los ideales que el hijo ha recibido del padre por identificación, desempeñarán
una función inhibitoria, en lugar de ser estimulantes.
4. El carácter
autoritario-masoquista
El análisis de la
represión de los instintos ha demostrado que, en deter-minadas condiciones
sociales, que impiden el fortalecimiento del yo más allá de cierta medida, la
misión de la represión de instintos solo puede cumplirse con ayuda de la
relación irracional con la autoridad y su representante interno: el superyó.
Pero esta función negativa no aclara la peculiar gratificación que significa la
relación con la autoridad para muchos de los que están sometidos a ella; no
explica ese placer que les produce la obediencia y el sometimiento, un placer
tan difundido que se
203
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
ha creído ver en él
un instinto natural, innato, de sometimiento.99 El hecho de que el sometimiento
pueda llegar a representar un placer explica por qué ha sido tan fácil someter
a los hombres; por qué esto ha sido, en general, más fácil que lo inverso, es
decir, que el inducir a los hombres a que renuncien al sometimiento y adquieran
independencia interior. Pero la consecuencia extraída por autores como
McDougall y Vierkandt –es decir, la conclusión de que el sometimiento como
placer es índice de un instinto de sometimiento innato– es la hipóstasis de un
fenómeno que se cierra a la comprensión.
En los párrafos que
siguen se procurará analizar la satisfacción brindada por el sometimiento a la
autoridad y de mostrar que no se trata de un “instinto de sometimiento” que
siempre ha existido y que siempre existirá, sino de un fenómeno psíquico condicionado
por factores históricos. En este análisis será preciso distinguir los casos en
los cuales el sometimiento como tal es placentero, de otros en que no lo es. La
conclusión de que el sometimiento es siempre placentero, tan solo porque lo es
en muchos casos, es por lo general una racionalización de teorías sociales que
pretenden demostrar la fundamental necesidad del dominio del hombre sobre el
hombre y refuerzan esa necesidad con el argumento de que así se satisfacen los
deseos de los sometidos.
La situación de
inferioridad y superioridad varía por completo, según el contenido material de
la relación. El maestro está en una situación de superioridad respecto a su
discípulo, otro tanto ocurre con el propietario de un esclavo, respecto a éste.
Sin embargo, el interés del maestro y del discípulo están en la misma
dirección; en cambio el interés del propietario de un esclavo reside en
explotar a este al máximo, y el esclavo, por su parte, procura salvar un resto
de felicidad de las exigencias de su amo. En los casos que acabamos de
mencionar, la superioridad tiene una función opuesta. En el primer caso es
requisito para el progreso de un individuo; en el segundo, para su explotación.
Pero la contradicción entre carácter inhibitorio y carácter estimulante de la
relación de autoridad ha demostrado ser relativa. Prácticamente no existe una
oposición absoluta entre los intereses del superior y del inferior. Por lo
común, el esclavo recibe el mínimo de alimentos y de protección necesarios como
para que pueda cumplir sus tareas en beneficio del amo. El actual obrero de una
fábrica
99 Cf. Vierkandt, Gesellschaftslehre, Stuttgart
1928, pág. 37 y sigs. McDougall, Grundlage einer Sozialpsychologie. Versión
alemana de la XI edición de Social Psychology, Jena 1928, pág. 169 y sigs., y
también el pasaje de Ferenczi antes citado.
204
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
recibe un salario
abonado por su empresario. El padre campesino de aquel ejemplo mencionado en
páginas anteriores, que aprovecha a su hijo como mano de obra, también lo
mantiene y le brinda protección. El pequeño empleado de correos pretende que su
hijo satisfaga su propia ambición y sus propias necesidades de poder, pero a
cambio de eso le brinda la posibilidad de ascender en la escala social y de
desarrollar sus fuerzas. Por lo tanto, en todas estas relaciones de autoridad
no hay una oposición rígida entre inhibición y estímulo. El peso de cada factor
depende de la peculiaridad de la situación social dentro de la cual se
enfrentan el superior y el inferior. En términos muy generales puede decirse
que el mínimo de estímulo está determinado por la posibilidad de que el
subalterno satisfaga los intereses del superior. Cuando la situación de
superioridad está establecida desde el punto de vista político y legal (como en
la relación entre amo y esclavo o entre señor feudal y campesino) la medida del
estímulo (en términos concretos: manutención, tiempo libre, etc.) es
abiertamente determinada por el superior. En los casos, como el del obrero
actual, en los cuales la dependencia de hecho (a causa de las condiciones
desiguales en que se encuentran el obrero y el empresario en el mercado de
trabajo) queda encubierta por la independencia jurídica, la determinación de la
medida de estímulo tampoco se cumple abierta-mente; tiene lugar a través del
rodeo de las leyes y necesidades económicas. Pero esto no aclara en nada la
medida del contraste de intereses; esta medida está determinada, más bien, por
la situación histórica vigente en cada caso. Mientras que las oposiciones entre
grupos sociales no logren superarse ni en el caso ideal, es muy posible que
esto ocurra en relaciones de autoridad individuales. Ejemplo de esto sería la
relación entre el acaudalado comerciante y su futuro heredero y sucesor en el
negocio. Su interés es mutuo. El hijo debe brindar al padre la satisfacción de
responder a sus deseos y a sus ideales, de elevar su prestigio y de
proporcionarle la seguridad económica que le da el saberse representado en el
negocio; pero él, por su parte, desea ascender a la posición del padre.
En el caso de
intereses mutuos, la relación está determinada por el hecho de que uno extrae
tantos beneficios como el otro, Pero cuando existe una legítima comunidad de
intereses entre el superior y el subordinado, desaparece la oposición de
intereses como tal y, con ella, también la satisfacción de los intereses
recíprocos, que no por eso dejan de ser individuales. La historia nos brinda
hasta ahora abundantes ejemplos de
205
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
estructuras de
autoridad con intereses separados; en cambio son muy escasos los ejemplos de
relaciones entre superiores y subalternos basadas en la solidaridad de
intereses. Impera en las organizaciones sociales primitivas, en las cuales la
lucha común contra la naturaleza crea una solidaridad inicial. También la
encontramos en la actualidad allí donde se crea un interés común que se
diferencia fundamentalmente de la simple igualdad de intereses recíprocos,
basada en existencias aisladas e indivi-duales. En el siguiente análisis de la
psicología de los deseos instintivos gratificados en la relación de autoridad,
no se da por sentada la identidad de intereses individuales ni su comunidad,
sino una relación basada en intereses contrapuestos.
Si uno se sustrae a
la tentación de construir un instinto especial para cada necesidad natural y,
en lugar de eso, procura analizar la base instintiva de la necesidad, se puede
llegar a una comprensión decisiva de la base instintiva del carácter autoritario.
El placer de la obediencia, del someti-miento, del renunciamiento a la propia
personalidad, ese sentimiento de “dependencia a secas”, son rasgos típicos del
carácter masoquista. Por cierto, el masoquismo es uno de los fenómenos cuyo
estudio apenas ha sido iniciado por el psicoanálisis.100 Las causas de la
dificultad en la investigación del problema del masoquismo podrían residir
fundamental-mente en lo siguiente: el carácter masoquista –en sus
manifestaciones no patológicas– es hasta tal punto el de la mayoría de los
componentes de nuestra sociedad, que para los investigadores que consideran el
carácter del hombre burgués como lo “normal” y natural, no representa un
problema científico. Además, la perversión masoquista, como anomalía que
fascina a los psicólogos, ha concentrado la atención hasta el punto de hacer
pasar a segundo plano un fenómeno más importante: el del carácter masoquista.
Entre los autores que han tratado en forma más fecunda el problema del
masoquismo figuran, sobre todo, W. Reich y K. Horney101. Reich ha llamado la
atención sobre el principio del placer, que también domina al masoquismo, y ha
señalado que ni siquiera este está “más allá del principio del placer”; pero,
por esa sobrevaloración fisiolo-gística del factor sexual que caracteriza a sus
trabajos, ha impuesto límites muy estrechos a la fecundidad de ese punto de
vista. Horney es quien ha abierto el acceso a la comprensión del masoquismo
como actitud mental
100 Especial importancia reviste el trabajo de
Freud Das ökonomische Problem des Masochismus, Op. Cit., Tomo V, pág. 374 y
sigs.
101 Cf. W. Reich, Charakteranalyse, Viena 1933; K.
Horney, "The Problem oí Feminine Masochism" en: Psychoanalytic
Review. Tomo XXII 3, 1935.
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
básica. Sus
trabajos han representado un estímulo decisivo para las observaciones que
siguen. Esta autora ve en la perversión masoquista tan solo un caso especial de
una actitud mental mucho más general, condicionada, sobre todo, por un
debilitamiento de la agresividad normal, de la capacidad para imponer
exigencias en forma activa e independiente, y demuestra que una serie de rasgos
caracterológicos –que hasta ahora solo se habían contemplado en forma aislada–
surgen de una estructura masoquista.
Freud ha aportado
al problema de la caracterología algunos puntos de vista de importancia
decisiva para la comprensión del carácter masoquista y, por consiguiente, del
carácter autoritario. Conviene mencionarlos antes de entrar en la discusión de
los rasgos aislados del carácter masoquista. Según Freud, el carácter se
desarrolla como una adaptación de la estruc-tura instintiva a determinadas
condiciones sociales, al trasformarse –en el yo– los impulsos instintivos en
rasgos caracterológicos, por sublimación y por formación de reacciones. Al
establecer así una mediación entre los instintos –es decir, el “ello”– y la
conducta socialmente necesaria, el carácter adquiere una doble función. Los
instintos proporcionan la energía necesaria para el comportamiento adaptado a
las exigencias sociales y son gratificados por mediación del carácter. Freud ha
demostrado que –aunque tengan un contenido racional– determinados rasgos
caractero-lógicos tienen su origen en determinadas pasiones. Si el individuo se
aferra con una tenacidad tan sorprendente al carácter logrado en un momento y a
las actitudes surgidas de él, es porque cada rasgo caracte-rológico, en sí,
representa una gratificación. Freud, Abraham y otros autores de la escuela
psicoanalítica han demostrado esto con particular claridad en los rasgos del
“carácter anal”. Han podido probar que ciertos rasgos, como el celo, la
puntualidad, la prolijidad, el tesón, etc. no son características casuales,
sino que tienen sus raíces en la estructura instintiva específica de un
individuo. Por ello, la conducta basada en el celo, la puntualidad y el tesón
constituye una gratificación de los instintos, aunque con frecuencia
inconsciente y disfrazada por una explicación racional. Lo mismo puede decirse
del carácter autoritario. El placer de la obediencia y el sometimiento puede
ser consciente o estar totalmente oculto tras racionalizaciones como el
determinismo, la necesidad o la sensatez; pero lo decisivo del carácter
autoritario es que las situaciones en las que puede obedecer son tan
gratificantes para él, que no procura trasformarlas sino reforzarlas cada vez
que las encuentra en la realidad.
207
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Dado que el
carácter gratificante y placentero de esta conducta suele ser totalmente
inconsciente, con frecuencia es difícil distinguir entre los casos en que,
efectivamente, hay rasgos de carácter autoritario-masoquista y aquellos en los
cuales se trata simplemente de un sometimiento impuesto o motivado por razones
prácticas. Para establecer esa distinción es preciso recurrir al método de
interpretación de lo consciente, tendiente a descubrir las tendencias
inconscientes ocultas tras él. Este método es aplicado instintivamente por las
personas capaces de penetración psicológica y ha sido desarrollado en forma
científica y sistemática por el psicoanálisis. Tenemos que dar por sentado el
conocimiento de este método interpretativo, para la comprensión de nuestras
observaciones.
Para Freud, el
carácter no es una suma de rasgos aislados, sino que posee una estructura muy
precisa; la trasformación de un rasgo del carácter provoca la de todos los
demás. Los descubrimientos psicoanalíticos demuestran que una estructura
caracterológica que contiene al maso-quismo, tiene que contener también,
necesariamente, el sadismo. Solo puede hablarse de una diferencia entre el
carácter sádico y el masoquista en razón de que, en un caso, están más
reprimidas las tendencias masoquistas y en el otro las tendencias sádicas y, en
cada caso, el comportamiento muestra más la tendencia opuesta a la reprimida.
Pero el lado reprimido del sado-masoquismo tampoco desaparece totalmente y
aflora en los lugares más diversos y, con frecuencia, más ocultos. A esto se
añade lo siguiente: al fortalecerse la estructura como tal, por el
fortalecimiento de uno de los aspectos –por ejemplo: el masoquista–, también se
intensifica, necesariamente, la otra tendencia instintiva. Esto trae apareado
una importante consecuencia sociopsico-lógica: una sociedad que genera el
sado-masoquismo como estructura instintiva predominante, tiene que proporcionar
posibilidades de satis-facción para ambos aspectos del sado-masoquismo.
Las tendencias
masoquistas hacen que el hombre renuncie a su indivi-dualidad, a su propia
personalidad y a su felicidad, para entregarse al poder, para disolverse en él.
Y en esa entrega, que en los casos pato-lógicos llega hasta el padecimiento de
dolores físicos, el individuo experimenta placer y satisfacción. Las tendencias
sádicas persiguen la meta inversa: procuran hacer de los demás, instrumentos
pasivos de la propia voluntad, buscan dominarlos en forma absoluta e ilimitada
y, en los casos extremos, obligarlo a padecer dolores, con las
exteriorizaciones que estos suponen. Sobre esta base instintiva surge la
actitud hacia el
208
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
prójimo típica del
carácter sado-masoquista, que como se verá es a la vez la del carácter
autoritario de que hablamos aquí. El rasgo característico de esta actitud es su
diversidad, según el grado de fortaleza del individuo al cual tiene por objeto.
Si se dividen los tipos de personalidad en forma muy general, según
determinados puntos de vista, agrupándolos en aquellos cuya agresión se vuelve
contra los poderosos mientras que sus simpatías se vuelven hacia los oprimidos,
y en aquellos cuya agresión se vuelve contra los indefensos, mientras que sus
simpatías son para los poderosos, el carácter autoritario será un definido
representante del segundo tipo. En el fondo de sus sentimientos hacia los
fuertes y poderosos está el miedo. Este, como tal, es relativamente poco
consciente y a partir de él se desarrollan el respeto, la admiración y el amor.
Allí donde este carácter presiente poder, casi automáticamente lo respeta y lo
ama. No importa que se trate del poder de un hombre, de una institución o de un
pensamiento reconocido por la sociedad. Con toda razón se podría aplicar a este
tipo la inversión de un conocido refrán y decir: “Te quiero porque me
aporreas”. Es feliz cuando puede obedecer órdenes que provengan de una
instancia a la cual él puede temer, respetar y amar, a causa de su poder y de
la seguridad que emana. Ese deseo de recibir órdenes y de poder ajustar su
conducta a ellas, ese afán de someterse a un superior, de entregarse por
completo a él, puede ir tan lejos que hasta el castigo y los malos tratos del
superior lleguen a resultarle placenteros.
Pero ese amor al
más fuerte surge, por cierto, de una base extremadamente ambivalente. El hecho
de que ame al poderoso y al fuerte, no significa que no lo envidie y odie al
mismo tiempo. Sin embargo, por lo común, ese odio es reprimido. Con frecuencia,
la ambivalencia se manifiesta en una división de los poderosos: unos son
investidos con todas las buenas cualidades y son amados, los otros con todas
las malas cualidades y son odiados. Son ejemplos de esta situación el odio
contra los dioses de religiones ajenas, contra las autoridades de otros pueblos
–especialmente en la guerra–, contra el capital financiero, como oposición al
“capital productor”, o la rebeldía contra el padre en caso de sometimiento
extremo a un líder. Esta ambivalencia es tanto más marcada, cuanto mayores son
los motivos reales de odio que proporciona una determinada autoridad, y esa
división suele ser fomentada y apoyada por la otra autoridad, puesto que le
permite alcanzar un doble objetivo: mantener el odio alejado de su propia relación
con los subalternos y canalizarlo contra los poderes que quiere combatir con
ayuda de estos. Cuando la autoridad
209
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
ya no logra que los
sentimientos de los individuos sean reprimidos o transferidos a otros objetos,
aparece la abierta hostilidad contra ella. Pero esa hostilidad tiene carácter
de terquedad, no de lucha activa contra la autoridad constituida. La falta de
capacidad para ese tipo de lucha –o, para expresarlo de otra manera, la falta
de potencia ofensiva– es la característica negativa de la relación de este
carácter con la autoridad. Esta deficiencia afecta tanto a la acción como al
pensamiento. En determinadas circunstancias puede conducir hasta una tenaz
rebeldía contra el poder en ejercicio; pero, en ese caso, por lo general se
entrega a otro poder.
Si la incapacidad
para la acción independiente es la característica de la actitud del carácter
autoritario en su relación con el más fuerte, su actitud hacia el más débil e
impotente ofrece una compensación. Así como el poder despierta en él,
automáticamente, miedo y amor –aun cuando este amor sea ambivalente–, así
también el desvalimiento despierta en él desprecio y odio. Pero este odio se
distingue del experimentado por el carácter no autoritario contra el más
fuerte, no solo por el objeto, sino también por su calidad. Mientras que el
primero quiere suprimir o exterminar al más fuerte, el segundo quiere torturar
y hacer padecer al débil. Toda la hostilidad y la agresión que no ha podido
ponerse de manifiesto en la relación con el más fuerte, encuentra su objeto en
el débil. El odio contra el fuerte tiene que ser reprimido, en cambio la
crueldad hacia el débil puede ser disfrutada. Ha sido preciso renunciar a
imponer su voluntad al más fuerte, pero resta el placer, la sensación de poder,
que proporciona el ilimitado dominio del débil. ¿Y cómo demostrar mejor el
dominio, que obligándolo a sufrir?
Tanto las
tendencias masoquistas como las sádicas encuentran satisfacción en las
sociedades autoritarias. Cada una de estas formas de sociedad está articulada
en un sistema de dependencias hacia arriba y hacia abajo. Cuanto más bajo esté
un individuo en esa jerarquía, mayor será el número de instancias superiores de
las cuales depende. Debe obedecer las órdenes de su superior inmediato; pero
las indicaciones de este, a su vez, provienen de la cúspide de la pirámide, es
decir, del monarca, del líder o de un dios. Eso confiere al superior inmediato
–por poco imponente que sea su papel en la jerarquía– el brillo de los grandes
y poderosos. El placer de la entrega y de la obediencia, típico del carácter
masoquista, encuentra así satisfacción, aunque en diverso grado, según la
situación social. Teóricamente, la cabeza de la sociedad sería el único que no
recibe
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
órdenes. Pero aun
en ese caso se satisfacen las tendencias masoquistas, a través de la sensación
de estar ejecutando órdenes de Dios o del destino. En la sociedad autoritaria
también se presentan abundantes posibilidades de ceder a impulsos sadistas, dominando
a los más débiles y subalternos. No solo los miembros de las capas dominantes
tienen objetos de dominio a su disposición; también el hombre simple encuentra
siempre seres más débiles que él, que pueden ser objeto de su sadismo. Las
mujeres, los niños y los animales desempeñan un papel extremadamente importante
en este aspecto. Cuando los objetos de sadismo no bastan, se los crea
artificialmente, arrojando a la arena esclavos o enemigos prisioneros, o clases
sociales enteras y minorías raciales. Los espectáculos circenses sádicos
desempeñaban un papel tanto más importante cuanto más escaso era el pan y
cuanto más contribuía el desvalimiento real del hombre a fortificar la
estructura sado-masoquista. En la sociedad autoritaria el carácter sado-masoquista
es provocado por la estructura económica que hace necesaria la jerarquía de
autoridades En el Estado autoritario –como en la sociedad burguesa en general–
la vida del individuo está librada al azar; tanto más cuanto más baja sea su
ubicación en la jerarquía. El carácter relativamente impredecible de la vida
social –y por consiguiente la individual– crea una desalentadora dependencia, a
la cual se adapta el individuo desarrollando una estructura caracterológica
sado-masoquista.
La actitud básica
masoquista, generada en esta sociedad, se pone de manifiesto no solo en la
relación con la autoridad, antes analizada, sino en una determinada postura
ante el mundo y ante el destino, en un sentimiento de vida y en una
Weltanschauung que podría designarse como masoquista. El carácter masoquista
contempla su relación con el mundo a través de la lente de un destino
ineludible. No solo ama los elementos dados que limitan la existencia del
hombre y coartan su libertad; también ama el estar sometido a un hado ciego y
todopoderoso. Su posición social determina lo que le ha de parecer irrevocable.
Para el soldado, la voluntad o el capricho de su superior es su destino, es lo
que determina su vida y a lo cual él se somete gustoso. El pequeño comerciante
se somete a las leyes de la economía, como si estas fueran su destino. La
crisis y la prosperidad no son, para él, fenómenos sociales que pueden ser
modificados por la intervención humana, sino expresión de una disposición
superior a la cual hay que someterse. Para los que están en el pináculo de la
pirámide, las cosas no varían mucho en el fondo. La diferencia está solo en la
magnitud y generalidad de aquello a lo cual uno se siente sometido,
211
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
y no en la
sensación de irremisible dependencia de los hados. No solo se vivencian como
destino ineludible los poderes que determinan la propia vida, sino también
aquellos que parecen dominar la vida humana en general. La existencia de la
guerra se ve como una fatalidad; el hecho de que una parte de la humanidad sea
dominada por otra parte se considera irrevocable; se piensa que el nivel de
padecimiento del mundo nunca podrá ser sustancialmente inferior de o que ha
sido hasta ahora. El destino puede ser racionalizado en forma realista como
“ley natural” o “imperio de las circunstancias”; en forma filosófica, como
“poder del pasado”102; en forma religiosa, como “voluntad de Dios”, o moral
como “deber”; pero lo cierto es que siempre hay un poder superior, algo que
está fuera del hombre, y contra lo cual se estrella toda actividad propia y
solo resta la posibilidad del sometimiento ciego. El carácter masoquista
diviniza el pasado. Lo que siempre estuvo, deberá seguir estando siempre.
Desear algo que nunca haya existido es un delito o una locura. La vida
102 Cf, en este aspecto, las siguientes
manifestaciones, típicas de- Moeller van den Brucks: “El hombre revolucionario
vive el delirio de que, con ese derrumbe, habrá llegado el momento a partir del
cual la existencia podrá ser organizada de acuerdo con valores totalmente
nuevos, de acuerdo con leyes que han surgido de sus cerebros, que podrán
imponerse al presente y que separarán de un solo tajo –con la fuerza que jamás
tuviera otro acontecimiento en la historia– el pasado –un tiempo con historia,
pero desdichado– del futuro –un tiempo sin historia, pero feliz–; conforme a
una nueva cronología, que comprendería el período que va desde el comienzo de
la vida humana hasta Karl Marx y el período que va desde Karl Marx hasta el fin
de la vida. Pero ante las pretensiones de este delirio se yergue la continuidad
de la historia humana, que–como ley del movimiento, de naturaleza conservadora–
comenzaría a regir nuevamente el mismo día en que, por un instante, el hombre
revolucionario lograra ‘derrocar’ realmente y a fondo el ‘orden social
imperante’, borrando aparentemente sus últimas huellas. La era que erróneamente
se creía extinguida se vengaría de la violencia de que ha sido objeto. Los
espíritus de las filosofías se burlarían de los decretos con que se pretendió
desalojarlos del mundo. Y los muertos a los que se proclamaba muertos volverían
a vivir.
“Continuidad y
conservatividad se complementan mutuamente y son aspectos de la misma sustancia
que sirve de base a todo suceso. En el mejor de los casos, el comunismo tiene
para sí los setenta y cinco años durante los cuales preparó para la lucha de
clases al proletariado, en el mundo que debía conquistar; pero, más allá de
eso, estos setenta y cinco años tienen en contra la suma de los .milenios, la
naturaleza cósmica de este planeta y la naturaleza biológica de sus seres, esa
misma naturaleza a la que no consiguió dominar ni trasformar la más grande, la
más íntima de las revoluciones, aquella que más profundamente penetró en el
alma humana: el advenimiento de Jesús y la difusión del cristianismo. Tienen en
contra las peculiaridades raciales, la acción de las culturas, las leyes del
ámbito geográfico. Todo esto sobrevive a cualquier cambio del escenario
histórico y de los hombres y poderes que lo ocupan. Su acción se hizo sentir,
inclusive, sobre Cristo y el Cristianismo, desde las influencias de la Antigüedad
clásica en el ámbito mediterráneo, hasta las totales tras- formaciones
emprendidas por el hombre nórdico en Occidente. Para el hombre revolucionario,
la historia comienza con él. Por eso Marx hablaba del movimiento proletario
como del ‘movimiento autónomo de la enorme mayoría’. Pero estaba confundiendo
movimiento con movimiento autónomo y no veía que todo lo que hoy se mueve, en
el ano y en el día en que casualmente estamos escribiendo, en realidad no se
'está moviendo' por su cuenta sino que ‘es movido’ por los milenios que
presionan desde atrás”. (Das dritte Reich, III, Ed. Hamburgo 1930, pp.
219-220).
212
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
humana está
sometida a las leyes de un poder superior y no puede escapar a su dominio. El
concepto de la religiosidad como sentimiento de dependencia absoluta –que no
debe eludirse sino disfrutarse– coincide con el sentido masoquista del mundo,
en general; la idea del pecado original, que recae implacablemente sobre todas
las generaciones futuras, es característica de la moral masoquista. Una culpa
moral y cualquier falla en una conducta es un suceso del cual el hombre ya
nunca podrá escapar. Toda la idea de culpa y pecado se fundamenta en esta
actitud masoquista. Quien haya pecado una vez quedará atado con cadenas
indisolubles a su propia acción. Esa falta se convierte en una potencia que lo
domina y que nunca le devuelve la libertad. La expiación puede suavizar las
consecuencias de la culpa; pero la necesidad de la expiación solo confirma el
ineludible poder del suceso.103
Todo pensamiento
masoquista tiene algo en común: la vida está deter-minada por poderes ajenos al
individuo, a su voluntad y a sus intereses. Hay que someterse a ellos y el
placer que puede ocasionar ese sometimiento es la última felicidad alcanzable.
El desvalimiento del hombre es el tema básico de esta filosofía masoquista.
Moeller van der Bruck ha expresado claramente este sentimiento en el pasaje que
citamos a continuación:
“El hombre
conservador es mucho más escéptico. No cree en ningún progreso –por el progreso
mismo– convertido en realidad y tal cual lo exige la razón. Cree más bien en la
catástrofe, en la impotencia del hombre para evitarla, en la fatalidad con que
que se desarrolla su destino y en la espantosa desilusión que aguarda al final
a la buena fe burlada. El hombre conservador solo cree en el poder de la gracia
otorgada al individuo y en la predestinación en cuyo signo han de estar los
hombres, los pueblos, las épocas –a partir de ese individuo– siempre que puedan
lograrlo por voluntad propia.”104
Esta Weltanschauung
masoquista está en oposición a la actividad y al coraje. Solo que actividad y
coraje tienen un significado muy diferente para el carácter
masoquista-autoritario y para el no-masoquista. Para el carácter masoquista,
actividad significa dar lo mejor de sí en un reverente sometimiento a lo
históricamente dado y en nombre de un poder superior.
103 Cabe recordar aquí aquella grandiosa expresión
de esta idea del carácter ineludible de la culpa, que es el personaje de Javen,
Los miserables, de Víctor Hugo.
104 Op. Cit., pág. 223/21.
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Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Esto no quiere
decir que la medida de la actividad del carácter autoritario-masoquista sea en
sí inferior a la del no autoritario. Lo diferente es la índole: en ella aparece
siempre esa veta masoquista de la inclinación al sometimiento. La actividad se
cumple en nombre de Dios, del pasado, del curso natural; nunca en nombre de los
que aún no han nacido, de los que vendrán, de los que aún son impotentes o,
lisa y llanamente, de la felicidad. El carácter autoritario extrae su fuerza
para la acción de su adhesión a los poderes superiores. Estos poderes, por su
parte, nunca admiten intervención o modificación. En el carácter masoquista el
valor consiste en soportar el sufrimiento que impone el destino o su
personi-ficación: el líder. La virtud suprema es el soportar sin quejas el
padecimiento impuesto, no el abolir o, al menos, reducir ese padecimiento.
Someterse al destino es el heroísmo del masoquista; trasformar el destino es el
heroísmo del revolucionario.
También el carácter
masoquista-autoritario puede ser ofensivo; pero solo puede atacar cuando se
encuentra en un estado de terca rebeldía contra alguna autoridad o cuando ya se
siente dueño del poder. Tiene que creer que está luchando en nombre de un poder
–ya se llame este, historia, naturaleza, Dios o lo que fuere– y que es su
ejecutor. Es cobarde cuando, en lugar de pelear por el pasado, lucha por lo
futuro; cuando en lugar de luchar por lo establecido, lo hace por lo que
vendrá; cuando en lugar de pelear por los poderosos, lo hace por los débiles.
La impotencia es para él siempre signo de injusticia o de inferioridad, y no
bien la autoridad en la que había creído se muestra poco firme o insegura, su
antiguo amor se trasforma en odio y desprecio. Le falta esa potencia ofensiva
capaz de atacar a un poder establecido, sin por eso sentirse al servicio de un
poder “superior”.105
Parecería ser que
la falta de planificación de la vida social y el carácter azaroso e indefenso
que eso imprime a la vida individual –en una palabra: la “dependencia a secas”
de poderes superiores, que ha sido característica de la mayor parte de la historia–,
también ha condicionado el carácter masoquista, y ha hecho que sea típico de la
estructura psíquica de la gran mayoría de los hombres. Pero la fuerza con que
se ha desarrollado la estructura sado-masoquista no es igual en las diferentes
épocas y en las
105 Lo que se señala aquí acerca del carácter
masoquista, solo se refiere, naturalmente, al masoquista “normal”, no
patológico. El enfermo carece de la capacidad para desarrollar la actividad que
puede desarrollar el carácter masoquista y que ha otorgado a la pequeña
burguesía –que es la clase que mejor lo representa– su inesperada fuerza.
214
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
diferentes clases.
Cuando una clase –como la burguesa en el siglo XVIII– domina mejor las fuerzas
naturales y sociales que la clase que la ha precedido, desarrolla una sensación
de fuerza y de independencia que resta potencia al sado-masoquismo. Pero cuanto
más se profundicen los contrastes dentro de la sociedad, cuanto más insalvables
se vuelvan, cuanto más ciegas e incontroladas sean las fuerzas sociales, cuanto
más catástrofes –como la guerra y la desocupación– ensombrezcan la vida del
individuo como ineludibles fuerzas del destino, tanto más potente y
generalizada se hará la estructura instintiva sado-masoquista y, por
consiguiente, la estructura caracterológica autoritaria, y tanto más se
convertirá la entrega al destino en virtud suprema y en placer. Este placer
hace posible que los hombres soporten de buen grado semejante vida, y el
masoquismo ha demostrado ser uno de los requisitos psíquicos más importantes
para el funcionamiento de la sociedad. Es uno de los elementos principales en
el cemento que la mantiene unida. El sado-masoquismo solo podrá superarse en
forma definitiva en una sociedad en la cual los hombres regulen su vida en
forma planificada, razonable y activa, y en la cual la virtud suprema no sea el
valor de soportar y obedecer, sino el coraje de luchar por la felicidad y
triunfar sobre los hados. Aun así seguirá existiendo el sado-masoquismo como
fenómeno patológico en algunos individuos, pero habrá perdido su enorme
impor-tancia social. Si Prometeo solo ha sido hasta ahora el santo protector de
unos pocos, algún día el hombre medio podrá decir con él:
Ten por cierto que
yo no trocaría
mi triste destino
por tu servil oficio;
pues juzgo mejor
servir a esta roca,
que no ser dócil
mensajero de tu padre Zeus
(Esquilo: Prometeo
encadenado)
Hemos procurado
demostrar que la estructura social autoritaria crea y satisface las necesidades
surgidas de una base sado-masoquista. El reconocer esto ayuda a la comprensión
psicológica de la actitud hacia la autoridad, puesto que el masoquismo es un fenómeno
clínicamente bien observado y las observaciones demuestran, sin lugar a dudas,
que el someterse a una potencia más encumbrada y más fuerte –más aún, el
padecer por ella– puede ser experimentado como un placer, y que el individuo
puede anhelar situaciones en las que se satisfaga esa necesidad. Pero el
interrogante de por qué el dolor puede ser gratificante y
215
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
placentero,
pertenece a los problemas psicológicos cuyas soluciones apenas si se han
esbozado. Como se señalara en párrafos anteriores, la dificultad consistía en
que solo se tenían en cuenta los casos patológicos y, en especial, las formas
perversas del masoquismo. El hecho de que el displacer pudiera ser placentero,
contradecía el principio del placer, fundamental para todos los restantes
procesos instintivos. Pero quizás ocurra que en la perversión masoquista no se
desee el dolor por el dolor en sí, sino como suprema expresión de total
sometimiento al más fuerte y que en el plano de ese deseo se lo experimente
como gratificante y solo el yo lo vivencie como dolor. En cualquier caso, vemos
que la situación de dependencia y la obediencia son vivenciadas como algo
puramente positivo por muchos hombres, aun en su conciencia, mientras que para
otros la situación de dependencia es una de las más insoportables y
desagradables que existen. Parecería ser que el acceso a la comprensión del
masoquismo se logra mejor a partir del carácter que a partir de la perversión y
que, en este punto, la sociopsicología podría obtener resultados valiosos aun
para la psicopatología.
La gratificación
contenida en el masoquismo es de índole negativa y positiva: negativa en cuanto
liberación del miedo –o sea logro de protección, por medio del acercamiento a
un poder superior–; positiva en cuanto satisfacción de los propios deseos de grandeza
y fuerza, al fundirse en ese poder. La debilidad de la propia capacidad para
formular e imponer exigencias es la condición previa para que ambos tipos de
gratificación sean importantes y necesarios. Si dicha debilidad supera los
valores medios propios de una sociedad, estará condicionada por factores
individuales; si es común a una sociedad o clase, será producto de las formas
de vida de estas.
La postura
masoquista ante la autoridad satisface tanto la necesidad de mitigar el miedo
como la necesidad de grandeza y poder. El individuo está ante un mundo al cual
no alcanza a comprender ni a dominar, y al cual está librado sin defensa
alguna. Las religiones han procurado mitigar ese miedo a través de los recursos
más diversos. En especial la creencia en la justicia del destino del individuo
–sea en forma de transmigración de las almas, según la creencia índica, o en la
forma cristiana de un Dios que hace justicia a los hombres al final– tiene la
función de atenuar el miedo que produce un destino abrumador, azaroso e
impenetrable. Esa fe proporciona al individuo la posibilidad de interpretar el
destino como algo con sentido y de creer en una compensación futura. Pero esa
misma
216
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
función psicológica
es desempeñada por la autoridad, tanto más cuanto más débil es el efecto de la
fe religiosa. El carácter autoritario renuncia a entender y a dictar por sí
mismo las leyes que rigen su vida y la de la sociedad; a cambio de eso entrega a
Dios o a algún otro poder toda su confianza y se mantiene más allá de toda
duda. Aunque el individuo confundido en la masa no tenga posibilidades de
entender la vida, aun cuando esté indefenso ante las fuerzas que lo gobiernan
desde adentro y desde afuera, puede lograr tranquilidad manteniéndose junto al
fuerte y dejándose conducir por él. Esta seguridad aumenta cuando –mediante
determinadas técnicas, sobre todo la de la obediencia– tiene la posibilidad de
influir sobre la autoridad y lograr que esta le sea favorable. De esa manera,
el mundo pierde para él su carácter caótico. Solo cuando se tiene una idea
clara de la medida del miedo que provoca el desvalimiento real del hombre en la
sociedad, puede apreciarse el importante papel que desempeña la autoridad como
tranquilizante; aunque esta seguridad sea ficticia; algo así como una
seguridad-prótesis. La medida del miedo varía dentro de la sociedad, según el
papel de las clases en el proceso de producción. El efecto de este miedo en las
clases altas es inverso al ejercido sobre las clases bajas. En estas últimas
contribuye a acentuar su adhesión a la autoridad y su fe en ella; en aquellas
promueve un aumento de la presión sobre las clases dominadas. Ahora bien,
cuando hablamos de la seguridad psicológica que proporciona la autoridad, esto
no significa que la seguridad tenga que ser forzosamente irreal. En una
sociedad en la cual los súbditos reciben realmente el máximo de protección y
seguridad por su adhesión a los dominantes, esta función psicológica de la autoridad
está coincidiendo con su función económica y social. Solo cuando los dominados
lograran realmente mejores condiciones de vida y una mayor seguridad, la
función psicológica de la autoridad se volverá irracional y esta necesitará de
un refuerzo psicológico artificial. Desaparecida la función real de las
autoridades en el proceso de producción, estas deben hacer resaltar su propia
seguridad y carencia de miedo, mediante una serie de procedimientos
ideológicos.
Pero la relación
masoquista con la autoridad no solo atempera el miedo, sino que brinda un
sustituto a la posibilidad de satisfacer en la realidad los deseos de grandeza
y poder. Porque el fundirse en los grandes, en los más fuertes, no solo
significa renunciar a la propia personalidad; también equivale a participar de
una personalidad potente y destacada. Al entre-garse a ella se está
participando de su brillo y de su poder. No se puede
217
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
considerar este
mecanismo como una identificación. Esta se produce, más bien, en la estructura
autoritaria democrática, en la cual la distancia entre conductor y conducido
parece salvable. Pero en la estructura autoritaria extrema, se considera que el
conductor ha nacido para conducir e impera sobre aquellos que, por naturaleza,
han nacido para ser conducidos. No es posible identificarse con ese conductor
nato, pero se puede participar de él, y ese participar suple en sus partidarios
muchas de las gratificaciones que su miserable posición social les niega. Esta
“gratificación supletoria” de índole narcisista, lograda merced a la entrega
masoquista a un poder superior, no solo se logra a través de la relación con el
conductor, sino también a través de la participación en el esplendor de la
nación o de la raza. Cuanto mayor le parezca al individuo el poder y el
esplendor de esa potencia de la cual él participa, tanto más intensa será su
gratificación. Por ello, toda ideología que invista a esas potencias con virtudes
maravillosas caerá en suelo fértil. Podría compararse la situación de la
participación psicológica con la participación política de la clientela romana,
lo cual nos permitiría hablar de una relación de clientela.
La seguridad contra
el miedo y la participación en el esplendor del poder son las gratificaciones
directamente contenidas en la actitud masoquista. Pero además existen
determinadas tendencias cuya vinculación con la estructura masoquista es muy
frecuente –según se ha podido comprobar a través de la experiencia analítica– y
que también extraen satisfacción de la relación con la autoridad. Cabe
mencionar aquí el hecho de que el sado-masoquismo suele ir acompañado por una
relativa debilidad de la genitalidad heterosexual. Esto tiene dos
consecuencias: por un lado, que las tendencias pregenitales, y en especial
anales, se desarrollan con relativa fuerza y se ponen de manifiesto en
fenómenos caracterológicos como el orden, la puntualidad, la ahorratividad,
etc., que desempeñan un papel tan evidente y de tanta importancia social en el
carácter de tipo autoritario de la pequeña burguesía. La otra consecuencia es
la existencia de tendencias homosexuales. La medida en que la estructura
sado-masoquista está vinculada con la homosexualidad es un problema poco
aclarado aún en muchos aspectos. Aquí nos limitaremos a llamar la atención
sobre dos puntos de vista. Uno es que, a causa del miedo fundamental que
experimenta el carácter sado-masoquista ante todo lo extraño y desconocido, la
mujer –que en muchos aspectos representa un mundo desconocido y distinto, a
causa de sus diferencias biológicas y psicológicas– le provoca miedo. Es verdad
que logra atenuar ese miedo
218
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
rebajándolo y
creándose desde el comienzo una posición superior; pero el miedo sigue siendo
un factor que lo impulsa hacia la homosexualidad. A esto se añade otro factor
basado en la estructura de la sociedad patriarcal autoritaria. La mujer es
siempre la más débil en esta sociedad y, puesto que el sádico odia y desprecia
automáticamente a los débiles, también su actitud hacia la mujer adquiere una
nota hostil y cruel. Pero así como desprecia y odia a la mujer por su posición
social subalterna, así respeta, ama al héroe y líder masculino, por su fuerza y
su superioridad. La vida amorosa de este tipo muestra, pues, una curiosa
dicotomía. Desde el punto de vista fisiológico, el hombre medio autoritario es
heterosexual. En el aspecto psíquico, en cambio, es homosexual. Dicho de otro
modo: es potente ante la mujer, en lo que se refiere a la satisfacción de los
impulsos sexuales físicos y, por consiguiente, tiene un mínimo de aptitud
heterosexual como para fundar una familia y para engendrar hijos; en el aspecto
psíquico, en cambio, es homosexual y tiene una actitud hostil y cruel hacia la
mujer. Este elemento de homosexualidad se trasforma en muchos individuos en una
homosexualidad manifiesta, en el sentido lato. Las estructuras autoritarias
extremas de los últimos tiempos han demostrado esto por medio de abundantes
ejemplos. Pero estos casos de homosexualidad manifiesta no son los de mayor
importancia sociológica. Lo importante es ese tierno y amoroso vínculo
masoquista que une al hombre débil con el más fuerte y que representa un factor
de unión tanto más importante y necesario cuanto más irracional es este vínculo
y más se opone a los intereses reales del más débil.
Otro rasgo que
aparece habitualmente vinculado a la estructura sado-masoquista es una cierta
tendencia a la vacilación o una dificultad en tomar decisiones independientes,
rasgo este que aparece en forma extrema y patológica en los neuróticos
obsesivos. Una de las raíces de esta tendencia a la duda y a la vacilación está
en la ambivalencia característica de la estructura instintiva sado-masoquista,
es decir, en la simultaneidad de los impulsos instintivos opuestos y en la
incapacidad para resolver esa contradicción. No podemos entrar en detalle
acerca de la base instintiva de la duda y, por eso, remitimos a la literatura
clínica psicoanalítica. En esta se hace resaltar poco un importante fundamento
de la capacidad de decisión, que no ha de buscarse en la vida instintiva sino
en el yo. En páginas anteriores hemos señalado que, precisamente, una de las
características del yo fuerte es la de poder actuar y decidir en forma
planificada y activa, y que el desarrollo de ese yo está ligado a una
219
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
práctica que
posibilite tales actitudes y decisiones. Dado que las estruc-turas sociales
autoritarias tienden a limitar el desarrollo del yo, la dificultad de decisión
–que es alimentada desde el terreno instintivo por la ambivalencia vinculada
con el sado-masoquismo– se verá reformada también en el terreno del yo: el
individuo sometido a la autoridad no necesita, más aun, no debe decidir.
En los casos
patológicos extremos, en la duda obsesiva, la vacilación suele ser tan intensa
que ni siquiera da lugar al sometimiento; en la estructura menos extrema, de la
cual hablamos aquí, la liberación de las decisiones independientes y, por
consiguiente, de la duda, es una de las mayores gratificaciones que puede
ofrecer el Estado autoritario a su súbdito.
Acabamos de hablar
de las funciones gratificantes de la autoridad, directa o indirectamente
vinculadas con la estructura sado-masoquista. Pero ahora debemos mencionar dos
gratificaciones más, que por cierto no son menos importantes que las
anteriormente mencionadas, pero que no manifiestan relación con el
sado-masoquismo. Las sociedades patriarcales autoritarias se caracterizan por
una estructura emocional “patricéntrica”. El hombre de esta sociedad no
experimenta una necesidad directa de amor y simpatía. Más bien cree tener
derecho a la felicidad y al amor solo en la medida en que cumple las exigencias
que le son impuestas por la autoridad paterna. Necesita, fundamentalmente, de
una “justificación” para su vida. El único camino hacia un sentimiento –aunque
relativo– de justificación de la propia felicidad y del deseo de ser amado,
está –en esta estructura– en el cumplimiento del deber y en la obediencia a la
autoridad. Por este camino se llega, pues, a justificar la exigencia de un
mínimo de amor y felicidad. La complacencia del superior es la única prueba
efectiva del deber cumplido y, por ende, de que las propias exigencias vitales,
sobre todo la de ser amado, son justificadas.
Mencionaremos ahora
la última pero decisiva característica de la actitud autoritaria. Se trata de
una característica que disimula pero refuerza el contenido social de la
relación de autoridad. El hecho de que el portador de la autoridad domine y
aproveche a quienes están sometidos a su autoridad, debería contribuir a
despertar en estos odio y envidia, en una medida tanto mayor cuanto más
irracional fuera el dominio. Pero cuando se logra crear esa típica actitud
respecto a la autoridad, en la cual el portador de esta es admirado y amado
como si se tratara de un ser superior, entonces no solo se ha conseguido ahogar
los sentimientos hostiles gracias a la intensidad de los sentimientos
positivos, sino que la
220
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
actitud admirativa
está motivando la relación del dominado con la autoridad. Si esta es tan
grandiosa como él la cree, es lógico y razonable que viva mejor y que sea más
feliz de lo que es él. La tendenciosa sobrestimación de la autoridad adquiere
así la importante función de fundamentar interiormente, en sentido material, la
relación de depen-dencia –y no solo en su aspecto formal, sino en el del
aprovechamiento y el dominio– y de profundizarla, eternizarla y glorificarla.
El requisito más
indispensable de la autoridad es el poder de sus portadores. El individuo debe
esperar de ellos protección y seguridad; pero, al mismo tiempo, los debe temer
tanto como para dejar de lado cualquier resistencia. En el caso de ser prescindible,
la autoridad debe aparentar total confianza en su propio éxito y crear la
sensación de que solo ella puede salvar a la sociedad del caos. Debe provocar
la sensación de que es inexpugnable e invencible, para posibilitar la
gratificación de los sentimientos masoquistas y fatalistas. Al mismo tiempo
debe tratar, por todos los medios, de acentuar el temor que produce. Este es
requisito fundamental para la actitud amorosa masoquista hacia cualquier tipo
de dominio. En tiempos normales, la función más importante de la justicia penal
es la de provocar este temor. El hecho de que el Estado decida sobre la vida y
libertad de sus ciudadanos le confiere esa potencia correctiva que es necesaria
para provocar un mínimo de temor. Por ello – pese a su total ineficacia para
combatir la delincuencia– la justicia penal era un recurso indispensable para
el Estado y su importancia ideológica residía más en la impresión provocada
sobre la masa de ciudadanos corrientes, que en su efecto sobre los
delincuentes. Pero mientras más importancia va cobrando el miedo como recurso
para mantener la autoridad, tanto más habrá que recurrir a medios más radicales
que la justicia penal. El efecto del terror no depende solo de la severidad del
castigo; gran parte de él surge de su calidad de imprevisible. En la justicia
penal, el individuo sabe qué castigo le corresponde por tal o cual delito; el
terror, en cambio –por su falta de racionalidad– tiene como característica el
procedimiento repentino y fulminante, que acentúa notablemente el miedo. Cuando
el terror quiere apelar oficialmente o de hecho a las penas más horribles, echa
mano al recurso de la mutilación y de la castración, de efecto tan profundo. La
seguridad inconmovible y la crueldad son características que debe exhibir la
autoridad ante sus objetos. Esta combinación solo permite la alternativa entre
el miedo a los castigos y la absoluta sumisión.
221
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
La fe en la
omnipotencia de la autoridad es intensificada por medio de los más variados
recursos psicológicos y culturales. Lo más importante es crear la sensación de
una distancia y de una diferencia de índole absolutas entre la masa y los
portadores de la autoridad. Para que el objeto de la autoridad crea en la
omnipotencia de esta, debe estar convencido de que es de una naturaleza
completamente distinta a la suya. Una lógica primitiva obliga al hombre de la
calle a extraer la conclusión de que si la autoridad se asemeja a él, no podría
tener la fuerza y la seguridad que demuestra y que tanto lo imponen. Las
técnicas para provocar esa sensación de que existe una brecha insalvable entre
el objeto y el sujeto de la autoridad, son múltiples. En su mayor parte son de
naturaleza ideológica. La autoridad debe ser considerada como algo natural y,
por lo mismo, necesaria. El jefe ha nacido para su función, ya sea porque esa
capacidad le ha sido legada por una determinada familia, como en los sistemas
feudales y monárquicos, o simplemente porque ha nacido con el don del mando.
Pero como la autoridad no solo es natural y necesaria por su capacidad innata,
sino que a la vez ha sido aprobada y enviada por Dios, se refuerza así la
sensación de su total superioridad. Además de los medios ideológicos, hay una
amplia serie de otras medidas que refuerzan esa sensación de distancia. El
trato especial que ha de dispensarse a los portadores de la autoridad, las
ropas diferentes –en especial los uniformes imponentes–, las fórmulas sociales
reservadas a la capa superior –desde la cultura gastronómica hasta el código de
honor de la aristocracia– hacen que los portadores de la autoridad aparezcan
como algo especial y son medidas cuya acción psicológica social no es nada
despreciable. Todos estos medios contribuyen a acentuar la sensación de
sometimiento incondicional y, por consiguiente, a fortalecer una función de la
autoridad (en cuanto fenómeno psíquico) que es la más importante en una
sociedad basada en contrastes de intereses: la de profundizar el contraste real
y, al mismo tiempo, transfigurarlo.106 Estos medios no son necesarios cuando la
solidaridad de intereses determina la relación inter-humana. La admiración y
respeto a la autoridad lleva a una creciente semejanza con ella. A esto se
añade que la autoridad tiende a suprimirse a sí misma.
106 En sociología se ha comprobado repetidas veces
la importancia fundamental de tales medios. Cf. por ejemplo B. R. M. Maclver,
Society, its Structure and Changes. Nueva York 1933, pág. 259 y sigs. “Desde
tiempos remotos, la ceremonia se ha considerado como un importante medio para
la conservación del orden social... La ceremonia proclama la excelsitud y la
firmeza del orden social, impone distancia y privilegios, para que la
familiaridad no se convierta en crítica y en irrespetuosidad...”
222
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
Pero la autoridad
no solo debe ser poderosa e inspirar temor, no solo debe ser necesaria y
absolutamente superior por determinación divina y natural; también debe
constituir un ejemplo moral para los que se le han sometido. Si exige de estos
“olvido de sí mismos”, renuncia a la propia felicidad, cumplimiento del deber
hasta los últimos extremos, trabajo infatigable, etc., deberá mostrar ella
misma esos rasgos morales, para permitir la formación del superyó y para
conferir al miedo que inspira, ese doble carácter analizado en páginas
anteriores y que solo surge cuando, además de temer el poder de la autoridad,
se la ama por ejemplar, por noble y valiosa. El hombre simple debe creer que su
líder nada desea para sí, que todo lo hace por los demás, que trabaja en forma
ininterrumpida desde la mañana hasta la noche y que apenas si se permite algún
gusto. El gobernante es severo, pero justo. La autoridad se muestra bajo esta
luz mediante la enseñanza de la historia, la prensa, las fotografías y –no en
última instancia– por medio de la veneración a autoridades muertas,
trasformadas en arquetipos de todas las virtudes. La familia va preparando ya
la receptividad a esa imagen. El niño debe creer que los padres no mienten
jamás y que cumplen realmente con todas las exigencias morales que imponen al
hijo. Debe creer que todo lo que hacen los padres es para su bien y que nada
está más lejos de ellos que el perseguir fines egoístas en la educación de sus
hijos. En esta educación familiar en las cualidades morales –a las que, desde
el comienzo, el niño aprende a vincular con la autoridad– reside, precisamente,
una de las funciones más importantes de la formación del carácter autoritario.
Una de las grandes conmociones en la vida infantil es la que se produce cuando
el niño comienza a comprobar que los padres responden, en realidad, muy poco, a
las exigencias que ellos mismos imponen. Pero como la escuela y, más tarde, la
prensa van erigiendo nuevas autoridades en reemplazo de las primitivas y estas
autoridades no son accesibles a su examen, la ilusión de moralidad de las
autoridades, primitivamente creada, logra subsistir. Esta fe en la calidad
moral de poder, es eficazmente complementada por una perma-nente educación en
el sentimiento de la propia indignidad moral y de la tendencia al pecado.
Mientras más intensos son el sentimiento de culpa y la convicción de la propia
insignificancia, tanto más radiantes resplan-decerán las virtudes de los
superiores. La religión y la rígida moral sexual desempeñan el papel principal
en la formación de los sentimientos de culpa tan importantes para la relación
con la autoridad.
223
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Por sólido que sea
el vínculo con una autoridad, la historia de los individuos –como la de las
sociedades– es una cadena de sublevaciones. La sublevación contra la autoridad
puede asumir, desde el punto de vista psicológico, dos formas fundamentalmente
distintas: en un caso se trata del derrocamiento de una autoridad, que no
implica el cambio de la estructura caracterológica autoritaria, con sus
necesidades y gratificaciones específicas. A este caso lo designaremos como
rebelión. En el otro caso, en cambio, se produce una fundamental trasformación
de la estructura caracterológica, en la cual se debilitan o desaparecen los
impulsos que reclaman una autoridad fuerte. Esta renuncia al objeto de la
autoridad por trasformación de la estructura caracterológica será designada
como revolución, en el sentido psicológico. El hecho de que el individuo se
subleve contra un determinado amo –no porque quiera otro, sino porque no quiere
amo alguno– se debe a que el yo no necesita ya de la adhesión y la
participación masoquistas. El caso de la “rebelión” es muy distinto. Cabe
distinguir aquí dos posibilidades: en primer lugar, puede suceder que la
hostilidad a la autoridad, normalmente reprimida, entre en erupción y que la
autoridad imperante hasta ese momento sea odiada con la misma vehemencia con
que antes se la amaba y se la respetaba; sin embargo, en este caso no se
reemplaza automáticamente la autoridad por otra. Es muy frecuente que estos
individuos reaccionen ante cualquier autoridad con una automática rebeldía, de la
misma manera que el tipo autoritario reacciona automáticamente sometiéndose y
admirando. Esta reacción suele ser tan irracional como la actitud autoritaria
positiva. No se trata de que una autoridad sea sensata o no, útil o no, que
esté para bien o para mal... La sola existencia de autoridad provoca
inmediatamente en este tipo una actitud rebelde. Vista en superficie, esta
actitud hostil a la autoridad es la misma que la del tipo “revolucionario”
antes descripto. Si el carácter autoritario positivo reprime el lado hostil de
su ambivalente actitud afectiva ante la autoridad, el rebelde, el carácter
autoritario negativo, está reprimiendo su amor. Toda su rebeldía es
superficial. En realidad conserva las mismas ansias de amor y reconocimiento de
los poderosos; su rebeldía es, por lo común, el resultado de un tratado
excesivamente severo, injusto o desprovisto de afecto. Por terco y hostil que
se muestre, está luchando denodadamente por el amor de la autoridad. Siempre
estará dispuesto a capitular si se le da la posibilidad, satisfaciendo un
mínimo de sus exigencias de justicia y amor. Los tipos anarquistas son, con
frecuencia, ejemplos de este carácter rebelde; si se convierten en adoradores
del poder, no es porque se haya producido un
224
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
gran cambio desde
el punto de vista psicológico. Entre este tipo de rebelde y aquel que renuncia
a la autoridad respetada hasta ese momento, pero que simultáneamente se somete
a otra, hay una serie de gradaciones. La causa de esta última reacción puede ser
también el resentimiento por un trato injusto o desprovisto de amor, por parte
de la autoridad. Con frecuencia, la razón reside también en que la autoridad
pierde su cualidad decisiva, el poder y la superioridad absoluta, con lo cual
cesa también necesariamente su función psicológica. La hostilidad reprimida
hasta ese momento se vuelve con particular virulencia contra la autoridad
reconocida hasta ese momento, y el amor y la admiración se vuelcan en la
nueva.107 Esta “rebelión”, en la cual solo cambia el objeto, sin que por ello
desaparezca la estructura autoritaria –que más bien se fortalece y cuyo ideal
es el tipo del rebelde que ha alcanzado el poder– tiene enorme importancia
sociológica. Con frecuencia asume el aspecto exterior de “revolución”. La nueva
autoridad se sirve de la indignación contra la antigua autoridad y fomenta la
ilusión de que la lucha contra la opresión de esta última es una lucha contra
la opresión en general. El afán de libertad e independencia parece haberse
concretado. Pero, puesto que la estructura psíquica fundamental no ha variado,
la revolución no pasa de ser una pasajera erupción de terquedad y rebeldía, y
la nueva autoridad ocupa el lugar que la antigua no supo conservar.
Hemos tratado en
extensión la estructura autoritaria extrema, desarrollada en Europa en los
últimos tiempos, no solo porque ha sido decisiva en el presente y en la mayor
parte de la historia conocida, sino porque deter-minados rasgos básicos están
presentes en todas las situaciones de autoridad no basadas en la solidaridad de
intereses de superiores y subalternos. Sin embargo, ya se ha señalado que tanto
la estructura social como la estructura psicológica de la autoridad se
trasforman en la medida en que la satisfacción de los intereses del portador de
la autoridad está al servicio de los intereses de los individuos sometidos a
ella. Encontramos un ejemplo de recíproca (aunque desigual) satisfacción de
intereses en la típica democracia europea del siglo XIX. En contraste con la
jerarquía característica del capitalismo monopolista –en la cual una pequeña
capa, que ejerce el dominio económico, se enfrenta cada vez más a la enorme
mayoría, representada por la masa que depende económicamente de
107 Lutero constituye un ejemplo clásico de este
tipo. Su vida se caracteriza por la permanente yuxtaposición de una actitud
hostil y terca hacia una autoridad y el sometimiento masoquista a otra. También
en otros aspectos pone de manifiesto las características del tipo
sado-masoquista aquí descripto.
225
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
ella–, la
estructura social de esa época se caracterizaba por su rica articulación. En la
burguesía existía una amplia gradación en materia de poder político y
económico, y se producía un cierto movimiento ascendente. En esa sociedad, las
autoridades no estaban determinadas en primer lugar por la característica
formal de su capacidad de dominio, sino –por lo menos dentro de ciertos
límites– por un factor de contenido: su obra. La condición de conductor no era
innata con un sentido metafísico, sino que estaba determinada por la acción
económica. Solo poseía la autoridad quien mejor concretaba lo que todos
ambicionaban y, al hacerlo, se convertía en modelo. El llegar a ser como los
conductores de la economía era la mejor garantía de éxito y ascenso.
Esto da lugar a una
diferencia decisiva entre la estructura psicológica de la autoridad democrática
y la existente en el Estado totalitario. Para este último es fundamental la
distancia insalvable entre objeto de la autoridad y portador de la misma. Entre
aquel que ha nacido para mandar y aquel que ha nacido para obedecer existe una
diferencia de índole. Justamente por eso, el subalterno debe estar satisfecho
con su puesto y conformarse con hallar la felicidad en el alegre sometimiento a
la voluntad del poderoso y con participar de su esplendor, en la medida en que
pueda identificarse con él. La distancia psicológica entre conductor y
conducido es, en este caso, tan solo la expresión de la insalvable distancia
económica entre la pequeña capa de conductores de la economía y la gran masa,
solo que transferida al plano de las relaciones humanas dentro de la jerarquía.
Muy diferente es el caso de la autoridad democrática. La brecha entre objeto de
la autoridad y portador de la misma no parece ser aquí insalvable. La acción
cumplida por los portadores de la autoridad está, de por sí, al alcance de
cualquiera. El individuo se puede identificar con la autoridad democrática, en
lugar de tener que conformarse con una simple participación. La función
psicológica de la autoridad es, pues, en este caso, la de constituir un ejemplo
para el subalterno y la de proporcionarle, por medio del sentimiento de respeto
y admiración, el impulso necesario para asemejarse cada vez más a la autoridad,
hasta llegar a alcanzarla.
El que esta función
de la autoridad sea real o ideológica, depende de la situación social, en
general, y del papel de cada individuo, en particular. Para aquellos individuos
y grupos que, realmente, pueden ascender a las esferas superiores de la
sociedad, esta función de la autoridad es real. Cuanto más se asemejan al tipo
conductor, tanto mayores perspectivas
226
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
tienen de llegar a
dirigir. En las primeras épocas de este orden social, esto alcanzaba a amplios
sectores de la burguesía y, en cierta manera, también al proletariado. Se amaba
y se admiraba a la autoridad como personificación de aquello que uno mismo deseaba
ser y ocasionalmente podía llegar a ser, según la situación. Pero para la gran
mayoría de la sociedad esta sensación de que la distancia que separaba de la
autoridad solo era casual y de que cualquiera que se esforzara podía obtener lo
mismo, era un mero espejismo, sea porque el ascenso solo les estaba reservado a
los miembros de determinadas clases o porque el número de los triunfadores era
extremadamente reducido. No obstante eso, mientras la situación económica
permitió creer que el ascenso y la aproximación a la autoridad eran factibles,
se pudo mantener esta ilusión y, con ella, la estructura autoritaria
democrática. Solo cuando el creciente sometimiento económico de la gran mayoría
de la población hizo desaparecer las bases de cualquier ilusión de ascenso,
surgió como típica la estructura autoritaria que analizáramos antes. Aun en la
estructura autoritaria democrática –que no solo disimulaba en gran medida las
situaciones de dominio, sino que estimulaba en las masas la incansable ambición
y la laboriosidad, tan esenciales para la economía burguesa en ascenso–
subsistía ese rasgo que hemos descripto al hablar de la estructura autoritaria
extrema: la admisión pasiva y fatalista de un poder superior. Solo que este no
estaba personificado por el gobernante predestinado, sino que se manifestaba en
las “necesidades económicas”, en “la estructura del hombre”, etc. Estas
autoridades encubiertas y despersonalizadas han sido tratadas a fondo en otros
trabajos contenidos en el presente volumen, por lo cual podemos renunciar a
entrar más en detalle en lo que a ellas se refiere.
También en la
sociedad construida sobre la base de una solidaridad de intereses de sus
miembros, hay relaciones de autoridad. Esto se debe a que el complejo proceso
de la producción exige funciones directivas y ejecutivas en la administración y
también, a que las diferencias de edad y de talento imponen la existencia de
superiores y de subalternos. Pero, puesto que todo individuo tiene la
posibilidad de desarrollar hasta un grado óptimo sus dotes, y ni siquiera el
más brillante de los talentos justifica que se sacrifique el desarrollo de las
condiciones de otros hombres ni puede servir para dominar y aprovechar a otros,
la autoridad adquiere una estructura y una dinámica de índole diferente, que se
distingue fundamentalmente de las de cualquier sociedad basada en la pugna de
intereses.
227
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
En una palabra: la
autoridad se hace racional. Esto influye también en la relación del niño con la
autoridad. Es indudable que, en cualquier sociedad, los adultos son superiores
al niño en fuerza física y en inteligencia, y también es indudable que el niño
necesita de la ayuda del adulto para su desarrollo. Pero, puesto que la
relación con el adulto –se trate de los padres o de cualquier otro– está
determinada por la posición que tendrá un día el niño en la sociedad, en su
calidad de adulto, la autoridad cumple una función completamente distinta para
el niño que la cumplida en la antigua familia. Está al servicio exclusivo de su
desarrollo y aun cuando deba inhibir determinados impulsos instintivos, esa
función coercitiva también será diferente, porque estará al servicio del
desarrollo de la personalidad total del niño.
228
MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
COMENTARIO
BIBLIOGRÁFICO:
ERICH FROMM,
AUTORIDAD Y FAMILIA
Karl Teschitz
(1936)
¿Cómo logra
combinar el autor en el tratamiento de su tema, dos métodos de crítica social
como son el psicoanálisis v el marxismo, sin tomar posición en materia política
y apartándose de toda alusión a una consecuencia práctica?
En primer lugar lo
ha logrado merced a la elección de los ejemplos. En el primer capítulo, “Los
fenómenos de autoridad y sus variaciones”, se describen las situaciones más
diversas; sin embargo, no se dice una palabra acerca de los fenómenos de
autoridad que otorgan su fisonomía particular al fascismo. En general, en todo
el trabajo solo se lo menciona bajo la neutra y académica designación de
“Estado autoritario”.
Adhiriéndose a
Freud, Fromm explica luego la actitud autoritaria como un resultado de la
internalización de la autoridad paterna. Señala, sin embargo, que Freud ha
pasado por alto el hecho de que esa autoridad no surge de una situación casual
e individual, sino que está estrechamente vinculada al contenido social de la
institución familiar en general. Según dice Fromm, en nuestra sociedad
“un sometimiento
basado exclusivamente en los medios de coerción reales exigiría un aparato cuya
magnitud lo haría, a la larga, demasiado oneroso... Por lo tanto, cuando el
sometimiento de la masa es un producto de la coerción exterior, para perdurar
debe trasformar su calidad en el alma del individuo. La dificultad surgida de
esta situación queda resuelta, en parte, por la formación del superyó...
Debido al carácter
relativamente decisivo de las experiencias infantiles, determinadas estructuras
psíquicas suelen conservar fuerzas que van más allá de las necesidades
sociales.”
[De acuerdo! Pero
esas ideas ya figuraban, en el otoño de 1933, en Psicología de masas del
fascismo... Véase, sobre todo, el concepto de “estructura psíquica” introducido
por Reich en la doctrina social marxista... ¿por qué no cita Fromm esta obra?
229
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
¿Y cómo arraiga
individualmente esta estructura? A través de la conducta del adulto, modelada
por la misma estructura, responde Fromm con todo acierto.
“Por lo tanto no es
el desvalimiento biológico del niño lo que provoca una notable necesidad de
superyó y autoridad severa; las necesidades resultantes del desvalimiento
biológico pueden ser satisfechas por una instancia que trate al niño con
amabilidad y sin amedrentarlo. Más bien es el desvalimiento social del adulto
el que imprime su sello al desvalimiento biológico del niño.”
Pero Fromm no
menciona el hecho de que estas necesidades son, ante todo, de índole sexual y,
con habilidad digna de admiración, sortea todo el problema de la represión
sexual condicionada por la sociedad.
Pero lo más
grotesco es –siempre dentro de este contexto– la mención a la sociedad
matriarcal, en la cual no podría hablarse de complejo de Edipo, en el sentido
freudiano. Pero ¿qué es lo que varía en esa sociedad? ¿No se impone una
limitación sexual a los niños?... como nos informa Malinowski... No. Según
Fromm, la diferencia decisiva reside en que las funciones de todopoderoso rival
sexual y de todopoderosa autoridad “en una serie de tribus primitivas, por
ejemplo, se encuentran repartidas entre el hermano de la madre y el padre”.
En el capítulo
sobre “Autoridad y represión” encontramos una serie de observaciones
inteligentes. Aparentemente también se reconoce la impor-tancia que tiene la
sexualidad genital desinhibida para un desarrollo sano. Con todo, la
satisfacción sexual no crea, de por sí, un yo fuerte, como podemos observarlo
en los pueblos primitivos.
“Si, por
modificación de las condiciones económicas, es preciso emplear una mayor
cantidad de energía en el dominio de la natu-raleza, la nueva vida y el proceso
de crecimiento del yo, vinculados con ella, impondrán limitaciones a la
sexualidad y esa coerción sexual puede llegar a ser requisito para el
desarrollo del yo.”
El único núcleo de
verdad que encontramos en esta idea es que determi-nadas estructuras, producto
de la represión sexual, capacitan mejor para determinados trabajos dentro de la
producción capitalista. Subjetivamente, estas estructuras podrían resultar útiles
hoy al individuo; objetivamente, significan una merma de actividad y de alegría
de vivir, merma que la
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
sociedad socialista
hará desaparecer merced a su organización del trabajo. Solo la sociedad
capitalista necesita de un hombre sexualmente perturbado para poder dominar a
la naturaleza.
En el capítulo
final, Fromm describe la estructura sado-masoquista del hombre de nuestra
sociedad. Rechaza la teoría de Reich acerca del masoquismo, por “su
sobrestimación psicologística del factor sexual”. Y por eso falta,
lamentablemente, un fundamento psicológico profundo en las diferentes formas de
comportamiento en las cuales Fromm ve una manifestación de esta estructura. Con
todo, su descripción es ingeniosa y didáctica, aunque poco sistemática en el
ordenamiento.
Según Fromm, la
autoridad seguirá existiendo –en interés de una conducción económica ordenada–
aun en una sociedad construida sobre la base de una solidaridad de intereses,
solo que esa autoridad será más racional. En materia de educación, solo estará
–en una sociedad de ese tipo– al servicio del desarrollo del niño.
“y aun cuando deba
inhibir determinados impulsos instintivos, esa función coercitiva también será
diferente, porque estará al servicio del desarrollo de la personalidad total
del niño.”
Sin embargo,
semejante desarrollo acompañado por una limitación de los instintos conduciría,
necesariamente, a una predisposición irracional para aceptar la autoridad y,
por lo tanto, pondría en peligro el propio programa de Fromm. Porque Fromm no
conoce el concepto de autoconducción, elaborado por la economía sexual.
Volvamos a la
pregunta de la cual partimos. Fromm no puede llegar a consecuencias políticas,
porque trabaja con abstracciones, sin contacto con las necesidades de la
práctica política y pedagógica, en materia de esclarecimiento teórico. Pero
entonces, un investigador de esta naturaleza no debería llamarse marxista o
bien debería declararse partidario de una nueva clase de marxismo, que se
distingue del verdadero por la separación de teoría y práctica. Otra cosa
fundamental es que Fromm, en lugar de seguir las huellas de la economía sexual,
se solidariza con el giro –negativo respecto a la sexualidad– impreso a la
teoría analítica y de esa manera pierde de vista el terreno práctico más
importante hacia el cual conduce la incorporación de la psicología profunda al
marxismo: el de la política sexual y el de la psicología de masas de la
economía sexual.
231
Bernfeld - Fenichel
- Fromm - Leistikow - Sapir - Sternberg - Teschitz
Su ejemplo
demuestra de qué manera una combinación de marxismo y psicoanálisis, carente de
crítica, puede convertir a este último en un ornamento prácticamente superfluo
y hasta puede conducir a una distorsión antisocialista de la teoría
revolucionaria.
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MARXISMO,
PSICOANÁLISIS Y SEXPOL (1926-1936)
INDICE DE FUENTES
1. Der Sozialistische Arzt II, 2-3, Berlín,
1926, págs. 15-33, y Siegfried Bemfeld, Antiautoritäre Erziehung und Psychoanalyse,
obra editada bajo la dirección de Lutz von Werder y Reinhart Wolff, Darmstadt,
1969, Tomo 2, págs. 483-497.
2. Unter dem Banner des Marxismus/Imago XVII
(1931). págs. 132-137.
3. Unter dem Banner des Marxismus III (1929),
págs. 937- 952, IV (1930), págs. 123-147.
4. Literarische Welt VIII (1932), N° 4/5, págs.
11-18.
5. Zeitschrift für Sozialforschung I (1932),
págs. 28-54, Erich Fromm, Francfort/M., 1970, edición Suhrkamp 425.
6. Zeitschrift für Politische Psychologie und
Sexualökonomie III (1936), 3/4, págs. 100-113.
7. Zeitschrift für Politische Psychologie und
Sexualökonomie I (1934), 1, págs. 43-62.
8. Studien über Autoritat und Familie, obra
editada bajo la dirección de Max Horkheimer, París, 1936, págs. 77-135.
9. Zeitschrift für Politische Psychologie und
Sexualökonomie III (1936), 3/4, págs. 176-178.
FIN

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