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Libro N° 14357. Psicoanálisis, Feminismo Y Marxismo. Langer, Marie.


© Libro N° 14357. Psicoanálisis, Feminismo Y Marxismo. Langer, Marie.  Emancipación. Octubre 11 de 2025

 

Título Original: © Psicoanálisis, Feminismo Y Marxismo. Marie Langer

 

Versión Original: © Psicoanálisis, Feminismo Y Marxismo. Marie Langer

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.marxists.org/espanol/tematica/psicologia/langer-psicoanalisis-feminismo-y-marxismo.pdf


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

PSICOANÁLISIS, FEMINISMO

Y MARXISMO

Marie Langer


 

 

 

 

 

 

 

Psicoanálisis, Feminismo

Y Marxismo

Marie Langer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marie Langer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

 

 

 

 

 

 

PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

 

Libro 277

 

Imagen de tapa: mural “La educación” Miguel Alandia Pantoja La Paz, Bolivia.1960

 

 

Marie Langer

 

Colecció́n

SOCIALISMO y LIBERTAD

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

https://elsudamericano.wordpress.com

 

 

 

La red mundial de los hijos de la revolució́n social

 

 

Marie Langer

 

 

PSICOANÁLISIS, FEMINISMO

 

Y MARXISMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*      FREUD Y LA SOCIOLOGÍA

 

*      RELACIÓN ENTRE LO COGNITIVO Y LO AFECTIVO

 

*      LA MUJER, LA LOCURA Y LA SOCIEDAD

 

*      CODA AL TEMA DE LA MUJER

 

*      FEMINISMO Y SEXUALIDAD

 

*      PLANIFICACIÓN FAMILIAR E IMPERIALISMO

 

*      PSICOANÁLISIS, LUCHA DE CLASES Y SALUD MENTAL

 

*      LA MUJER: SUS LIMITACIONES Y POTENCIALIDADES

 

*      PATOLOGÍA FEMENINA Y CONDICIONES DE VIDA

 

*      ACERCA DEL “SOCIALISMO Y EL HOMBRE EN CUBA” DE ERNESTO CHE GUEVARA

 

*      LA INSTITUCIÓN PSICOANALÍTICA

 

*      ANÁLISIS GRUPAL INSTITUCIONAL EN LA CLASE OBRERA

 

*      LA VEJEZ, MI VEJEZ

 

*      LO QUE EL GRUPO ME DIO

 

*      UN POCO DE MEMORIA Y DE HISTORIA...

 

*      PSICOANÁLISIS Y/O REVOLUCIÓN SOCIAL

 

*      TERRORISMO DE ESTADO. EFECTOS PSICOLÓGICOS EN LOS NIÑOS

 

 

 

 

 

PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

 

FREUD Y LA SOCIOLOGÍA

 

Tengo el honor de hablarles hoy –en el día que corresponde al centenario del nacimiento de Freud– de él y su influencia sobre la sociología.1 Me decidí a hablarles de sociología, aunque no soy socióloga y como hubiera podido elegir como tema la influencia que los descubrimientos de Freud han tenido sobre la antropología, la pedagogía, el estudio y la comprensión de las religiones o cualquier otra disciplina, cuyo objeto de estudio primordial es el hombre y su forma de ser. Elegí el tema de sociología por varias causas. Lo que sé, donde me siento en casa, sería el tema de Freud y el análisis. Pero no se puede hablar de Freud y el análisis en una breve conferencia. Del análisis hablamos aquí, en este local, siempre, desde años y siempre nos quedará mucho que hablar. Y también hoy, al hablarles de sociología, el análisis será lo central del tema. Pero hoy no se trata de hablar directamente del análisis, la obra trascendental de Freud, sino de la influencia que sus descubrimientos tuvieron sobre otros territorios afines, mostrando así la facultad de fecundación que su pensamiento tuvo sobre las ciencias del hombre. Creía haber elegido la sociología, casualmente, por azar, y porque estaba segura de poder demostrar esta facultad en el terreno sociológico, como en cualquier otro. Hasta que, al empezar a leer trabajos sociológicos, al darme cuenta qué alejados estamos todavía, no de hecho, pero sí de expresión, sociólogos y analistas, y al estudiar, reflexionar y discutir sobre el tema, me di cuenta que Freud tenía razón, que no hay “punto de urgencia” del momento actual. Tanto el psicoanálisis, en su evolución y maduración, como la sociología en la sociedad misma han llegado a una encrucijada, donde no solamente pueden, sino deben acercarse y encontrar la ¡forma de trabajar, en el terreno debido, en común. Tanto nosotros, los psicoanalistas, como ellos, los sociólogos, cada uno de su lado, pero con la tendencia a integrar mutuamente nuestro trabajo en lo que se refiere a los problemas candentes de la actualidad. Y tanto ellos, como nosotros debemos adquirir consciencia de nuestra responsabilidad frente a ellos. Responsabilidad que nosotros tenemos por la herencia que Freud nos dejó y que nos autoriza y obliga a participar conscientemente en la solución de los problemas sociales, más allá de un enfoque estrictamente terapéutico.

 

 

 

 

1     Publicado en Revista de Psicoanálisis, Tomo XIII, n.° 3, de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

 

 

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Marie Langer

 

Con todo, aun para hablar de sociología, tengo que empezar hablando de análisis –aunque a nosotros, los analistas, nos reprochen a menudo que nos cueste hablar de otro tema. Empezaré, enumerando los más importantes descubrimientos de Freud con respecto al hombre. Después veremos su aplicación a la sociología.

 

Freud, acercándose al enfermo, al neurótico, descubrió primeramente en él que las causas de sus síntomas y actuaciones eran dobles. Las conocidas y manifestadas por él, las conscientes, pues, y otras de igual o, como se pudo ver pronto, mayor importancia, que él desconocía y, en parte, no había conocido nunca. Ya antes de Freud, algunos filósofos, algunos poetas habían vislumbrado la existencia del inconsciente. Pero era Freud, quien lo descubrió y estudió sistemáticamente y demostró a través de todos sus pequeños indicios y manifestaciones hasta dónde este mundo desconocido dentro de todos nosotros era la base de todos nuestros actos, pensamientos y afectos, el suelo que nos nutre, el refugio que nos envuelve siempre de nuevo.

 

El segundo gran descubrimiento de Freud era su comprender, paulatino y a pesar de su propio extrañamiento, del alcance de la sexualidad para todos nosotros y todo lo que abarca esta sexualidad más allá de lo estrictamente genital, su participación en todas nuestras relaciones y, de nuevo, sus raíces profundas que tienen su arraigo en la primera infancia. Descubre cómo el ser de un algo que desconoce el medio ambiente, que está centrado solamente en sí mismo, se convierte, impulsado por sus necesidades libidinosas, sexuales en último término, o de relación objetal, en un ente social.

 

Finalmente nos queda hablar del enfoque que Freud dio a toda la vida, su enfoque dualista y, por eso, intrínsecamente dinámico, el enfoque de los dos grandes instintos, Eros y Tanatos. Para Freud siempre el enfoque de todo problema era dinámico, basado en la lucha entre dos fuerzas. Primeramente estaba centrado en el contraste entre consciente e inconsciente, después entre las fuerzas del yo o de autoconseryación y las fuerzas libidinosas y finalmente Freud definió el dualismo más amplio, la lucha entre Eros, la vida y Tanatos, la muerte.

 

Les pido disculpas por esta exposición mía, por dos causas: Una, haberles hablado de conceptos, ya tan conocidos por Uds. y la otra, por haberme referido a conceptos tan importantes en tan pocas palabras. Pero me pareció inevitable. Hubiera tenido que enumerarlos, para hablar de cualquier tema relacionado a la influencia de Freud sobre ciencias afines y no puedo

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

exponerlos dándoles en tiempo todo el valor que tienen porque esto significaría hablar muchas, muchísimas horas seguidas.

 

Veamos ahora, más brevemente todavía, y admitiendo plenamente lo muy fragmentario de la exposición, algo de sociología y psicología. Ambas ciencias tienen una interrelación obvia. Han sido difundidas estando en una relación de interdependencia recíproca. Una se refiere a los seres humanos, unidos en grupos y sociedades con sus instituciones y ya, para explicar el funcionamiento y las peculiaridades de éstas, a la célula del conjunto, la familia y a su átomo, el individuo. La otra, la psicología, se ocupa en primer enfoque del átomo, del ser aislado, para estudiarlo en su ambiente inmediato –la familia– y mediato – el grupo social, profesional, nacional, etc.–. Comprendemos las instituciones y sus cambios, si comprendemos sus integrantes, los hombres y su evolución y comprendemos a éstos a través de cómo instituciones externas los condicionan y cómo ellos condicionan a éstas.

 

Sin embargo, la sociología no tenía siempre este enfoque. La psicología tampoco. O a una psicología estática, meramente descriptiva, como en mucho lo era la psicología clásica, correspondía o una sociología igualmente estática o una alejada del hombre como entidad psicofísica. Tomemos como ejemplo el marxismo, teoría sociológica anterior a Freud en unos decenios. El marxismo como concepto es dinámico, se basa en un enfoque dialéctico de la historia humana. Pero no incluye en este enfoque aspectos psicológicos, porque todo su dinamismo está únicamente en función de la evolución de los medios de producción y el hombre como entidad psicológica está definido en función de su lugar frente a estos medios, su pertenencia a determinada clase social y su lucha derivada de esto. No discutiré lo acertado o erróneo del concepto marxista. Lo traje solamente para mostrar cómo una teoría sociológica, anterior a Freud, pudo ser muy dinámica, pero prescindiendo totalmente de un enfoque psicológico, quedando así incompleta.

 

Igualmente, si tomamos el darwinismo en su aspecto sociológico, admiramos su carácter evolutivo o no estático, pero también chocamos de nuevo con su prescindencia de la psicología humana en un nivel algo más complejo.

 

Tomemos ahora dos ejemplos de la sociología clásica: La sociología positivista, de Comte, prescinde simplemente de lo psicológico, incluyéndolo en el terreno de la biología o de la sociología. También la sociología ya contem-poránea de Freud, como la escuela de Durkheim no pudo integrar la psicología dentro de su disciplina. Intentó resolver el problema psicológico en

 

 

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Marie Langer

 

la sociología, creando una psicología ad hoc, cuyos valores –ética, moral, etc.– aparecieron como surgidos de la nada, como inherentes al hecho social, sin que se explicara el cómo de su aparición en el individuo, ni de su evolución en la sociedad.

 

O, aunque la sociología, por ser el objeto básico de su investigación el hombre, tiene que tomar en cuenta su psiquismo, no puede llegar a enfoques más dinámicos, más profundos y completos, mientras que la psicología no viniera a su encuentro, ofreciéndole este enfoque. Y no es precisamente la psicología, que puede hacerlo, sino justamente el psicoanálisis.

 

Porque la psicología clásica, limitándose a expresiones aisladas de la personalidad humana o a sus estratos superficiales, no sirve para explicar en su totalidad las relaciones existentes entre el individuo y su ambiente social. El psiocanálisis tiene y ofrece los elementos necesarios, aunque, para comprender las relaciones humanas en su totalidad, tendrá que integrarse con una sociología dispuesta a esta integración.

 

¿Cómo el psicoanálisis puede preparar y, en parte y en sus principios por lo menos, ya concretar esta síntesis? Ocurre debido a dos líneas de investigación de Freud y sus continuadores, dos líneas que se cruzan a menudo. Una consiste en los descubrimientos sobre la evolución del niño. Freud nos mostró cómo éste se convierte de un ser aislado y asocial, hablando en sentido psicológico, en una persona social, con múltiples vínculos complejos y diferenciados, de fines diversos con su medio ambiente. El análisis nos hace comprender, pues, cómo el hombre se vincula y adapta a su ambiente y cómo influye sobre él. O cómo va hacia el ambiente y se proyecta en él. La segunda línea corresponde al proceso inverso. Ahí Freud nos muestra cómo el medio ambiente, los padres, los primeros objetos irrumpen en el niño, influyen sobre él. Cómo el niño introyecta, es decir incluye dentro de su personalidad partes e imágenes de los personajes del mundo externo. Es obvia la contribución fundamental que las teorías de Freud aportan a la comprensión de las relaciones humanas, relaciones entre el individuo y su sociedad, si él era quien nos mostró el mundo interno, inconsciente, desconocido, hasta entonces, que existe dentro de cada uno de nosotros y su vinculación, sus cambios e intercambios constantes que ocurren detrás de nuestra observación consciente entre éste y el mundo externo, conocido. Pero también este mundo extemo y familiar tomó otras características al revelársenos su dualismo entre actuaciones concretas, visibles y causas diferentes, opuestas a menudo, e inconscientes.

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

Ubicaré en el tiempo, con unas pocas palabras, la evolución de Freud, que le hizo sobrepasar los límites que su enfoque primitivo, el del médico, dedicado únicamente a curar al enfermo, le había trazado. Su primer encuentro con los problemas psicológicos ocurrió cuando él se acercaba a sus enfermos. Entendió que para curarlos, tenía que comprenderlos y conocer las causas de sus síntomas. La búsqueda de estas causas lo llevó a ocuparse de la infancia de ellos y descubrir ahí los complejos patógenos. Después de la muerte de su padre, Freud empezó su autoanálisis o situarse a sí mismo en el lugar del enfermo y objeto de investigación. Verificó entonces la existencia del complejo de Edipo en sí mismo, en su propia infancia, estableciendo así un nexo entre neurótico y normal, niño y primitivo. Freud al descubrir los primeros conflictos interpersonales que sufre el niño y realizar la importancia duradera que adquieren para la evolución del hombre y toda la vida posterior, entró en el terreno de la sociología. De ahí surgió Tótem y Tabú, su primera obra sociológica importante. Mientras que la muerte de su padre le había llevado a este enfoque, la caída del emperador y del imperio austríaco al final de la primera guerra mundial, reforzó esta línea. Se había perdido un mundo social que, para los que lo configuraban, había parecido casi perenne. Una cadena de revoluciones, de grandes cambios sociales pasó por Europa, transformando definitivamente a la vieja Rusia, país, al cual Freud había estado ligado por muchos de sus pacientes. En Austria él pudo ver las masas agitadas que le hicieron recordar la horda primitiva de su hipótesis desarrollada en Tótem y Tabú. No creo que sea casual que Freud dedicara los años siguientes a diferenciar y elaborar los conceptos del yo, ello y superyo y de adjudicar a este último la responsabilidad de nuestras tendencias conservadoras. El superyo perpetúa los conceptos de nuestros antepasados, haciéndonos reacios a cambios sociales que, enfocados de un punto de vista material, en sí serían factibles. Estudió las funciones del yo, sus posibilidades y limitaciones en su trabajo de establecer contacto con el mundo externo, de asimilarlo e influir sobre él. Nos habla de su papel de coordinador entre exigencias instintivas del patrimonio del ello, la conciencia moral, perteneciente al campo del superyo y el mundo externo. Así sentó la base para todos los estudios posteriores de relaciones entre mundo interno y externo, entre objetos reales e introyectados, pertenecientes al mundo de fantasías inconscientes. En esta época aparece justamente su obra más importante, del punto de vista sociológico, la Psicología de las masas y análisis del yo, en la cual aclara a través de qué mecanismos –identificación, introyección– los hombres se unen entre ellos y cómo cada uno adquiere características de los demás y logra integrar simultáneamente los más distintos grupos sociales. Es

 

 

 

 

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Marie Langer

 

esta obra que nos permite adquirir un nuevo enfoque de los movimientos sociales del pasado y del presente.

 

Pasemos revista, muy brevemente, a todas las obras sociológicas de Freud y a su método de trabajo. En Tótem y Tabú compara la conducta social de los primitivos con lo descubierto en el análisis de sujetos neuróticos y normales, llegando así a aclarar el significado del totemismo y a demostrar su carácter de religión primitiva. Entra en discusión abierta con los sociólogos y antro-pólogos de su época. El análisis de distintos tabúes lo lleva a descubrimientos importantes sobre el origen de las prohibiciones del incesto y de la familia. Su hipótesis sobre el origen de la familia fue aceptada por unos, rechazada por otros. Pero no creo que lo más importante de esta obra sea lo acertado o erróneo de su hipótesis, sino el descubrimiento de un nuevo método de investigación o sea de la aplicabilidad del análisis individual como instrumento importante a la sociología, antropología, etc., o, tomando el término más general que Hartmann usa en un estudio parecido (aparecido en Psicoanálisis de hoy) a las ciencias sociales.

 

Mientras que el tema de la familia está siempre presente en los, trabajos de Freud –de la familia como primer y más importante contacto del niño con el mundo externo–, el de las religiones vuelve en dos obras más. Una es de carácter sociológico –El futuro de una ilusión– y la otra, su última reconstrucción histórica. En ésta –Moisés y el monoteísmo– vuelve de nuevo al estudio del origen de la religión y al de su propio pueblo, el judío. Es interesante que una de estas obras se refiera al futuro y la otra al pasado remoto. Freud trata a la humanidad como a un solo enfermo, cuya historia hay que conocer bien y perseguir hasta la primera infancia –la casi prehistoria, en este caso– para comprender su sintomatología actual, todos nuestros problemas religiosos, ideológicos y sociales actuales y poder enfocar con optimismo su futuro. Aunque Freud haya sido un espíritu sumamente escéptico, nos muestra en El futuro de una ilusión todo su optimismo, basado en su confianza en la ratio –la razón– del hombre.

 

Otras obras sociológicas de Freud se refieren al presente. En La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna enfoca por primera vez un tema social para descubrirnos todo el conflicto que surge entre el individuo y su sociedad por las necesidades instintivas de éste en lucha contra las exigencias y represiones de la comunidad. Este mismo tema vuelve más tarde en El malestar en la cultura. Si en el primer trabajo nos muestra el conflicto entre instintos sexuales y sociedad, en este último el tema central es la lucha

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

existente entre los instintos agresivos del individuo y la civilización. Mientras que en Tótem y Tabú aplica al estudio de la sociedad primitiva conceptos adquiridos a través de análisis individuales, en El malestar en la cultura nos proporciona un conocimiento totalmente nuevo acerca de los sentimientos de culpabilidad y del destino que sufren las agresiones durante el desarrollo del superyo.

 

Ya cité como obra fundamental a La psicología de las masas y el análisis del yo. En ella encontramos el mismo intercambio fructífero de descubrimientos pertenecientes al terreno social e individual. De nuevo Freud entabla una discusión directa con diversos sociólogos, rebatiendo sus argumentos y modificando sus teorías. La discusión versa sobre el carácter específico de las masas –es decir grupos sociales– y sus relaciones con su conductor. Es ahí donde Freud introduce en todo su alcance los conceptos de identificación. Nos demuestra así como el conocimiento profundo del individuo y de sus mecanismos psicológicos puede servirnos de base para comprender los distintos procesos sociales y políticos que ocurren en diversos grupos sociales.

 

He reseñado brevemente los trabajos concretamente sociológicos de Freud. Testimonian el gran interés que Freud tenía por este tema y su convicción de que la psicología ni puede, ni debe limitarse al estudio de un ente hipotético, el hombre aislado de su ambiente. Que el hombre siempre actúa en función de su grupo social, cuyas principales figuras introduce dentro de su psiquismo desde un principio, para después, de adulto, contribuir a su vez, a formar a otros y a la sociedad.

 

Que el mismo énfasis sobre la importancia de lo sociológico en el sentido más amplio de la palabra fue compartido por muchos de sus colaboradores, lo muestra una serie importante de estudios. Para nombrar algunos, cito las contribuciones fundamentales a la comprensión de la mitología, que nos ofrecen los trabajos de Rank, a los estudios de Reik sobre la religión o sobre diversos temas antropológicos, a Roheim que ha sido el primer psicoanalista que se convirtió en un Fieldworker, es decir, antropólogo de campo, que convivía durante largas épocas con los primitivos, para aplicar los conoci-mientos que Freud le había ofrecido, verlos confirmados en su esencia y necesitados de alguna modificación en la gran prueba de la práctica.

 

Están también las escuelas disidentes del psicoanálisis. Alfred Adler que centró toda su teoría psicológica alrededor de conflictos de rivalidad, de deseo de dominio, de problemas de minusvalía, es decir, en último término, de dificultades del individuo frente a la sociedad. Karen Horney que abandonó a

 

 

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Marie Langer

 

Freud, reprochándole descuido de los aspectos sociales. ¿Me podrán preguntar por qué cito los disidentes, si mi tema es Freud y la sociología? Justamente por eso, porque gran parte de lo valioso que tienen sus teorías y que han permitido la sobrevivencia de sus escuelas, consiste en lo que se han llevado, conscientemente o no, admitiéndolo o no, del psicoanálisis. Es cierto que han ampliado el enfoque sociológico de Freud, aunque a costa de la importancia que él dio a los factores instintivos. Pero si lo pudieron hacer, era justamente por haber sido antes psicoanalistas, y no psicólogos clásicos, es decir, por haber estudiado y trabajado con un enfoque psicológico que intrínsecamente contenía lo social. También hablo de ellos para contestar al reproche que han hecho a Freud, al irse de él, de que el psicoanálisis sería una teoría decadente que dejaba de lado los aspectos sociales. Evidentemente el análisis no cubre todos estos aspectos, ni pretende hacerlo. Pero en teoría no es decadente. Lo que es en la práctica, depende de la aplicación que le damos nosotros, los psicoanalistas. Freud mismo nunca negó la importancia de los factores sociales en el desarrollo de las neurosis o de la evolución psicológica en general. Mostrándonos siempre que los planteos básicos son comunes a todos los seres humanos, comprobó justamente que la diferenciación entre ellos proviene de las diferencias de ambientes y figuras que lo rodean, principal-mente durante su primera infancia.

 

La mejor comprobación del interés por lo social que Freud mostró y despertó en sus colaboradores y continuadores sea tal vez el hecho que en la actualidad ya haya estudios y trabajos en común entre psicoanalistas y sociólogos, a pesar de la dificultad que plantea una terminología y métodos distintos de trabajo. Que esta dificultad puede ser vencida y con suma utilidad científica para ambas especialidades, lo comprueba, p. ej., el libro de Kardiner y Linton: El individuo y su sociedad, escrito por un psicoanalista y un antro-pólogo. Para poder colaborar se pusieron de acuerdo en lo metodológico y definieron y crearon un idioma técnico común.

 

Para seguir en este camino y poder ampliarlo, debemos vencer la desconfianza existente entre psicoanalistas y sociólogos, desconfianza basada en el temor de que cada uno, al entrar en contacto científico con el otro, podría perder algo de su ciencia y de sus convicciones. Freud nos enseñó que la desconfianza entre naciones vecinas las lleva a exagerar y sobrevalorar las diferencias que existen de hecho entre ellas, por temor de perder, si no, su individualidad. Lo mismo nos ocurre a nosotros en nuestras ciencias afines, cuando vigilamos cada uno con demasiada cautela su punto de vista, siempre dispuestos a acusamos mutuamente de caer en sociologismos o psicologismos.

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

Otra prueba reciente de la aplicabilidad del análisis en el terreno social –y no exclusivamente de investigación sino en la práctica de la terapia– sería el desarrollo de una psicoterapia de grupo de corte psicoanalítico. Su base son los conceptos de Freud en general y en especial los desarrollados por él en La psicología de las masas y el análisis del yo. Su aplicabilidad directa a la terapia colectiva proviene de los crecientes conocimientos adquiridos sobre las relaciones objétales, gracias a los estudios primeramente de la escuela psico-analítica húngara y después inglesa. Basándose en estos conocimientos varios psicoanalistas –cito a Bion, Foulkes, Riekman y Esriel– se acercaron a la psicoterapia colectiva, convirtiéndola en análisis de grupo. En nuestro medio posteriormente un grupo de psicoanalistas, reunidos en la Asociación de psicología y psicoterapia de grupo, desarrolla y estudia esta técnica.

 

En Inglaterra y en los Estados Unidos la técnica surgida del análisis de grupo y de la psicoterapia colectiva en general ha sido usada en la industria con fines de aliviar conflictos y tensiones. También en la Argentina, debido a su creciente desarrollo industrial, se empieza a aplicarla. Vemos aquí cómo el análisis entra de lleno en un terreno francamente social y político. Observamos el mismo fenómeno, al enterarnos, que métodos psicoanalíticos son usados para averiguar por medio de cuestionarios e influir por propaganda adecuada la ideología y opinión pública.

 

Queramos o no, el psicoanálisis, por su trascendencia, por haber desbordado desde hace mucho y casi desde un principio las limitaciones de un mero método terapéutico, más por su evolución y madurez alcanzada actualmente, ha entrado en el campo social y político. Ha entrado también, porque este otro campo tiene su evolución y sus necesidades de buscar soluciones más completas. Pero si las cosas son de esta manera, es importante, tomar consciencia de ello, para que cada uno pueda tomar posición y para que cada uno se dé cuenta de la responsabilidad que asume frente a la sociedad a través de su trabajo. Freud nos mostró que no se puede estudiar la psicología del hombre como ente aislado porque la sociedad en la cual vive influye sobre él y él sobre ésta. Freud nos hizo adquirir consciencia de estos procesos. Parece haber llegado el momento de tomar el mismo enfoque frente a nuestro trabajo como psicoanalistas. Debemos considerarlo y ubicarlo dentro de la sociedad con sus influencias e interacciones mutuas y debemos tomar consciencia de las modificaciones en la realidad externa, social, que pueden ser consecuencia de nuestro trabajo y nuestros descubrimientos.

 

 

 

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Marie Langer

 

 

 

Para terminar, espero haber demostrado, lo que sostuve al principio de esta breve charla: Que, como el objeto de investigación de Freud ha sido el hombre en toda su profundidad y complejidad, puede mostrarse su influencia sobre cualquier ciencia del hombre. Y eso reza especialmente para la socio-logía, que se dedica a la investigación y comprensión de las relaciones interhumanas, en su estudio del juego dinámico de fuerzas entre individuo y sociedad en sus aspectos conscientes e inconscientes.

 

Julio-Septiembre de 1956

 

Marie Langer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

 

RELACIÓN ENTRE LO COGNITIVO Y LO AFECTIVO

 

 

Participación en las Jornadas Teóricas de Psicología auspiciada por el Centro de Neurología y Psicología Aplicada y por la Federación Argentina de Psiquiatras.

 

Participantes: Dra. Marie Langer, Dr. Emilio Rodrigué, Dr. José Jtzinghson, Dr. E Berdichevski, Lic. Narciso Benbenaste. Coordinador Dr. Juan Azcoaga.

 

 

En principio quiero reiterar las dificultades que tengo en relación a esta mesa redonda y que ya expliqué cuando me invitaron. ¿En qué consiste mi dificultad? Yo pienso que para conseguir un intercambio realmente comprensivo y fecundo deberíamos constituirnos en grupo de estudio que por lo menos tuviera un año de trabajo. Como el doctor Azcoaga expuso al resumir la primera jornada usamos diferentes esquemas referenciales. Esquemas que debieran ser explicitados, aclarados entre nosotros... eso sí sería un trabajo útilísimo.

 

Así que me temo que esta noche cada uno quedará con su monólogo, aunque después nos interroguemos mutuamente. Pero de todos modos es un principio y vale la pena. Es un principio, importante.

 

Para empezar abordaré el concepto de discontinuidad. Freud instituyó una discontinuidad. Cuando fundó el Psicoanálisis produjo un salto cualitativo entre la psicología clásica y la reciente disciplina. El psicoanálisis es algo nuevo, una nueva ciencia que seguramente revolucionará el propio concepto de “ciencia” pero que tiene un campo bien definido: el campo del inconciente. Campo bien definido; definible desde el marxismo.

 

Con el psicoanálisis estamos, entonces, ante un conocimiento nuevo, de por sí, que nos trae tanto la teoría del conocimiento, como la teoría de los afectos.

 

En términos marxistas: ¿Por qué sería importante el reconocimiento del inconciente? O de otro modo ¿En qué puede aportar? ¿Cómo puede complementar el psicoanálisis a una teoría marxista del hombre?

 

 

 

 

 

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Marie Langer

 

Tal vez sería más interesante invitar alguna vez a O. Masota, a Raúl Sciarreta, y a otros que se dedican tanto, actualmente, a investigar el posible entendi-miento mutuo entre psicoanálisis y marxismo, y poder hacerles a ellos estas preguntas, Yo, admito, que tengo muchas limitaciones para responder. Con todo hay un cierto parecido, una cierta analogía, entre el descubrimiento de Freud y el descubrimiento de Marx.

 

Ambos, detrás de una experiencia real, (el individuo o la sociedad) descubren las leyes que rigen, condicionan o motivan su existencia manifiesta.

 

Cuando Freud funda el psicoanálisis, instituye el inconciente y el inconciente permite entender el contexto lógico que une hechos tan aparentemente alejados, aislados, diferentes y dispares como pueden ser los lapsus, la expresión lúdica de un niño, un gesto, el relato de un sueño. Son las leyes que rigen el inconciente, las que dan coherencia a estas producciones.

 

La noción de inconciente, de por sí, es contradictoria. Significa que si existe un inconciente existe, también, un conciente y viceversa. Obviamente la conciencia siempre está reconocida por la psicología clásica pero no como tal, no en su forma dialéctica: en la medida que no se tenía en cuenta la noción de inconciente y en cuanto se ignoraba el conflicto entre ambas instancias. La conciencia no era desde el marxismo objeto científico.

 

Tendría que hablarles, ahora, de lo cognitivo y de lo emotivo. El inconciente contiene lo emotivo y para que llegue a lo conciente y se transforme en pensamiento lógico, y en adquisición de conocimientos, se necesita un traspaso que muchas veces es limitado: en la primera teoría de Freud, por la censura, en la segunda teoría de Freud sería por el yo, o por la angustia que en el yo despiertan ciertas emociones.

 

Entonces vemos como las emociones, o un conflicto emocional, limitan la adquisición de conocimientos analíticos. Eso está muy claro para los analistas de niños, pero también para la gente que se dedica a la educación y tienen conocimientos analíticos. Es notorio como el niño puede ser impedido en su capacidad de adquirir conocimientos, y a veces inhibido en la adquisición de conocimientos muy definidos como por ejemplo las operaciones de suma, por un conflicto emotivo, por un conflicto celoso que no le permite sumar a papá y mamá juntos, o a los miembros de su familia.

 

Ahora este conflicto imprime una conciencia limitada. Yo sé que el término que aplico se usa desde el marxismo como una capacidad limitada para adquirir conocimientos.

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

De todos modos Freud centró, como ustedes saben, toda su investigación en la problemática sexual, en la angustia frente al sexo, angustia dé castración, etc., en la angustia frente a un conocimiento muy concreto, muy físico que es el reconocimiento que el niño hace de la diferencia de sexos.

 

Y Freud, además, daba mucha importancia a la limitación de la capacidad del conocimiento que impone el adulto, más el adulto de entonces, padres de principio de siglo, al conocimiento sexual de los niños; y decía que tanto el presentarle a los niños un dios, como presentarle a los niños la cigüeña, es decir, tapar la curiosidad natural y el deseo natural del niño de adquirir conocimientos, con mentiras o con ilusiones, perturbaba seriamente su capacidad presente y futura de adquirir conocimientos.

 

Un punto donde tal vez se pueda hablar del conocimiento como algo muy importante es en el tratamiento analítico, y eso sería la manera de curar. El tratamiento analítico es una terapia y su finalidad es aliviar los trastornos y bregar para que el individuo pueda amar mejor, gozar mejor y trabajar mejor. Esa es la definición de Freud. Pero además, es para que sepa conocerse mejor o adquirir un conocimiento frente a sí mismo, de sí mismo.

 

Y de vuelta estamos en el vehículo muy íntimo entre conocimiento y emoción. Uds. saben, supongo, que en el análisis, el campo de curación o el campo terapéutico, es el campo transferencial, donde a través de la reactualización emocional (lo intelectual solo no basta, de ninguna manera) la persona adquiere gracias a la actitud del analista –interpretativa– un conocimiento nuevo, cualitativamente nuevo, y profundo de sí mismo.

 

Finalmente, algo que nos falta en Freud, donde Freud tenía conciencia limitada, es obviamente en lo social. En este sentido, ya les dije antes, Marx funda el materialismo dialéctico, el materialismo histórico, explica la lucha de clases, el mecanismo real subyacente a nuestra sociedad; y Freud, a nuestra conciencia. Pero a lo que Freud no pudo llegar, porque estaba sumergido en la situación, es a contemplar la sociedad o reconocer la sociedad en sentido marxista. Por eso, en este nivel, cuando Freud se mete en el campo social y cuando opina sobre la sociedad incurre en contradicciones y distorsiones que se impone reinvestigar a la luz del psicoanálisis. Como lo describió el Dr. Berdichevski, el paralelo entre Freud y Marx, es que las conductas pueden tener motivaciones que no son concientes. Pero creo que hay una definición que hay que aclarar: lo no concierne, en el sentido de no leído, de no conocido, de no aprendido, no es inconciente en términos analíticos.

 

 

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Marie Langer

 

En términos analíticos lo inconciente es algo que está dentro de uno pero que no puede surgir a la conciencia. No que uno tendría que tener el derecho de tomarlo de afuera como estudiar determinados libros que la censura nos impide estudiar.

 

Freud ha tomado estas analogías de lo social es decir, tanto la represión como la censura, obviamente son metáforas tomadas directamente de la situación social existente.

 

¿En qué sentido coincide la falsa conciencia de Marx y el inconciente de Freud? El doctor Berdichevski definió antes la falsa conciencia como la ideología de las clases dominantes y es cierto que en el niño esa falsa conciencia, también, se instala. Pero ocurre que no coincide, o no coincide totalmente, con lo que para el psicoanálisis es lo reprimido en el niño.

 

Es necesario aclarar que lo reprimido no sólo es lo reprimido en la vida adulta sino que, para Freud, la represión opera desde un principio, originando el inconciente, y que sólo después existen contenidos que retienen hechos concientes o que podrían hacerse concientes y que, represión mediante, se tornan inconcientes o no logran concientizarse.

 

En la represión secundaria, o en el inconciente resultado de la represión secundaria, hay mucho que coincide con la falsa conciencia en el sentido marxista. El niño se cria dentro de su familia, pero la familia mediatiza la ideología de las clases dominantes, sea familia perteneciente a éstas o sea una familia perteneciente a los oprimidos. Igualmente las dos familias tienen esta ideología e imponen entonces al niño reprimir y aumentar esta falsa conciencia.

 

Finalmente lo del inconciente. Sí, yo me imagino al hombre nuevo que, esperamos, surja en la sociedad sin clases. Creo que también tendrá inconciente, creo que dialécticamente no podemos imaginarnos al hombre sin conflictos. Desde ya que el conflicto será distinto y habrá menos, supongamos, porque buscamos un hombre más feliz, pero desde ya que también tendrá inconciente.

 

Y a este nivel dije ya que, el psicoanálisis es algo complementario al marxismo, puede dar explicaciones individuales dentro de todo un esquema que abarca al hombre total dentro de su sociedad total. Igualmente el conflicto individual seguirá existiendo.

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

 

 

 

En la exposición inicial, afirmé que la idea de Freud era que la persona tenía que conocerse a sí misma; que haya conciencia donde antes hubo inconciente. Que (en su primera versión por lo menos) llene todas las lagunas amnémicas de la infancia, etc. Esto es: el conocimiento de sí misma.

 

Supongo que en el análisis pretendemos más que el conocimiento de sí mismo. Pretendemos que este conocimiento vaya junto, también con el conocimiento del mundo y de los demás. Porque si no, sería una situación totalmente aislada y no una situación que se desarrolla entre dos, entre “otros”.

 

El conocimiento de sí mismo el paciente lo adquiere a través de la reactualización corregida con el analista, transfiriendo sobre él todos sus objetos y conflictos trascendentes. Entonces, adquiere conocimiento de sus relaciones con los demás, y ahí, creo, entra lo social, aunque no ha sido explícitamente destacado como una finalidad del análisis. Está tal vez muy indirectamente en la pretensión de Freud que el hombre analizado pueda trabajar mejor. ¿Qué significa esto? Que, creo, entra toda la ideología. Y entra la ideología del analista y del paciente, en interacción.

 

Marie Langer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA MUJER, LA LOCURA Y LA SOCIEDAD

 

La ponencia de Franca Basaglia me gustó mucho. Era pensada, crítica y casi abarcativa. Concuerdo con la mayoría de sus planteos, pero no en cómo inició su discurso, parafraseando lo dicho por Franco. Decía que era optimista con respecto a la razón que tuviéramos las feministas, pero pesimista con respecto a la práctica. Yo no soy pesimista2 frente al progreso de la liberación de la mujer en la práctica. Hay un largo camino, tanto para nosotras como para los hombres, para transformar una opresión de miles de años en igualdad, pero hemos logrado más en este siglo que en toda nuestra historia conocida. Si no fuera así, ¿habría entre ustedes que nos escuchan y cuestionan a las normas sagradas, tantas mujeres? ¿Podemos negar el paso adelante que significa la independencia económica de la mujer de clase media o de la obrera calificada? ¿O lo que los anticonceptivos actuales, a pesar de todas sus fallas, nos han dado a nivel de independencia sexual y familiar? ¿O la legalización del aborto, conquistada ya en tantos países? Por eso insisto que, aunque el camino sea largo, aunque nos falte mucho por lograr, mucho también hemos logrado ya.

 

Pero veamos el tema específico de esta ponencia: la locura de la mujer. Cuando me propusieron este título, me quedé perpleja en un primer momento. ¿Hay realmente diferencias entre el delirio de un hombre y de una mujer? Pero, reflexionando un poco, vi que sí, que obviamente las había. Si nos queremos imaginar a un hombre que enloqueció, decimos que se cree Napoleón. Pero una muchacha loca estaría más inclinada a identificarse con la virgen María. Y si interpretáramos este delirio, veríamos que el ideal de esta niña consistió en haberse embarazado, sin placer, ni pecado, de un hijo mesiánico. –En este encuentro, al ofrecernos los compañeros “psiquiatrizados” sus dolorosos testimonios, Steve, destinado desde que naciera por sus padres al sacerdocio, nos habló de su delirio místico.

 

Sí, existen delirios y locuras diferentes para cada sexo, porque todo delirio responde no tanto al propio sujeto, sino al pensamiento y mandato de otros, de los padres, quienes nos configuraron y no nos permitieron pensar por nosotros mismos, pero también de padres que, a su vez, fueron “pensados” por la sociedad.

 

 

2     Publicado en Antipsiquiatría y Política, del IV Encuentro Internacional de Alternativas a la Psiquiatría. Ed. Extemporáneos S.A. Cuernavaca, México 1978

 

 

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¿Qué significa entonces que alguien se identifique con Napoleón, el varón exitoso y omnipotente, o con la virgen inmaculada o, en el caso de Steve, con quien lucha contra un ángel azul, repitiendo el sueño del patriarca Jacobo del viejo testamento? Y, además, ¿qué es y qué significa ser “loco”?

 

En alemán usamos la palabra “verruckt” que podría traducirse como “dislocado”. En español, los términos “loco”, “loca” vienen del latín, de “locus”, lugar. Eso parece contradictorio, pero si lo tomamos dialécticamente, no lo es tanto. El “loco” está dislocado en su relación con la “realidad” (perdonen las comillas, pero sería demasiado complicado entrar en este tema), pero está en su lugar, en el locus que la sociedad le adjudica. Quien se cree Napoleón, cumple con las cualidades que ésta adjudica al hombre: ser conquistador, poderoso, penetrante, etc. Y la mujer que, aunque se imagina virgen, se sueña madre, también cumple exactamente, aunque esté dislocada, con un papel adjudicado: nada de sexo, todo por la maternidad; nada de proyecto propio, todo para el hijo que la redime de su vacío. Y también Steve, sin darse cuenta, cumplió con un mandato, con el de sus padres. ¿Pero, cómo ubicar al homosexual pasivo y travestí, que no cumple al tomar el papel femenino? Es loco, dislocado, al renunciar al poder que le da su sexo. Por eso le dicen “loca”, como a la prostituta, dislocada de su deber de mujer y madre pura que le adjudica la sociedad. Pero igualmente está en su lugar, porque la prostitución garantizó durante siglos y milenios la integridad de la familia.

 

Pero volvamos a Steve, y a la locura de la mujer. Cuan dolorosa fue la historia de Steve y cuanto sufrimiento iatrogénico. Con todo, nos habló de la lucha con el ángel azul, transmitía fuerza y ternura. Ahora no quisiera más hablarles de esta locura dolorosa, pero creativa, llena de ángeles, guerreros y vírgenes, sino de otra, mucho más cotidiana, frecuente y triste y nada espectacular, pero sí de una locura meramente femenina. Para eso resumiré brevemente los resultados de una investigación que realizamos siete años atrás Sylvia Bermann, otros compañeros y yo, en Buenos Aires. Fue en el servicio de psicopatología, ubicado en un barrio obrero, que ella dirigía. Nos había llamado la atención cuántas mujeres, alrededor de los 30 años, esposas de obreros calificados, es decir, viviendo sin apremios económicos grandes, pero también sin ninguna posibilidad de lujo, acudían espontáneamente al servicio. Sus quejas se parecían monótonamente: tristeza, frigidez, un poco de histeria, otro poco de hipocondría, algo paranoides con las vecinas y con la suegra, y muy ligadas a la mamá. Tensión y disputa entre madre y esposo equivalía a una catástrofe. Los hijos –allá no se tienen más que 2 ó 3–ya iban a la escuela,

 

 

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ya daban poco trabajo. Soñaban las madres que un día estos hijos serían patrones o universitarios. Pero ahora ni ellos ni el esposo lograban llenar el vacío de sus vidas.3

 

Centraremos nuestra investigación alrededor de varios ejes: hogar versus trabajo remunerado en el mundo laboral, y las carencias a nivel de placer sexual y de intereses culturales, sociales o políticos. Y nos encontramos con el vacío que había enfermado a estas mujeres. Las que habían trabajado antes de nacer sus hijos, hablaban generalmente con nostalgia de esa época, a pesar de la doble jornada de trabajo y de los sueldos bajos. Sí, en ese entonces habían sido distintas. Pudimos comprobar que estas mujeres, encerradas en sus hogares, carentes de estímulos, con excepción de la televisión y los chismes de vecinas, enfrentadas con las exigencias familiares, habían perdido su autoestima. Se habían infantilizado y, por mero aburrimiento, por cierto muy comprensible, sufrían de depresiones y otros síntomas que justificaban sus quejas constantes. En suma, padecían una locura gris. Mujeres como éstas vimos revivir en nuestros grupos terapéuticos hospitalarios, cuando logramos, solidarios los integrantes del grupo y el equipo coordinador, romper su aislamiento y encierro mental y despertar su interés en estudios, actividades comunitarias o políticas. Y muchas, junto con un proyecto propio, un existere per se, nos diría Franca, redescubrieron también el placer sexual.

 

Pudimos verificar, de este modo, que la neurosis y la depresión del ama de casa no están determinadas biológicamente, sino por el papel que le adjudica la sociedad. Pero, podría argumentarse que hay crisis psicológicas de la mujer causadas por factores hormonales y por eso, consecuencia de su sexo. De los tres cuadros de “locura femenina” que describiré ahora, eso parecería válido para la psicosis puerperal y la depresión menopáusica.

 

La psicosis puerperal no es frecuente pero parece ser la exageración de un fenómeno muy conocido y habitual: la depresión post partum. Esta suele interpretarse como el duelo de la madre por la pérdida del vínculo íntimo con su hijo, de quien el parto la separa, aunque lo recupere de otra manera al darlo a luz. Es cierto esto. Sin embargo, la depresión post partum también contiene otro elemento importante que se pone de manifiesto con toda

 

3 Ya sé que las amas de casa no son las únicas que carecen de un proyecto propio. Una investigación realizada por el departamento de Medicina del Trabajo de la Universidad de Buenos Aires en 1973, demostró que el obrero muy a menudo ya a los 30 años, no espera nada para sí mismo, sino delega sus proyectos para el futuro en sus hijos.

 

 

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crudeza en la psicosis puerperal: el pánico de que, al tener un hijo, una deje de ser la que era y tenga que asumir el destino y carácter de la propia madre. Nunca más se será libre y muchacha. Nunca más.

 

Hace un tiempo tuve la oportunidad de observar este proceso en una joven mujer. Hija de una madre abandonada, amargada, que se sacrificaba por criar y educar a sus tres niñas, sin embargo Alicia había sido una muchacha vital, desafiante, orgullosa y creativa. Había logrado salirse, por lo menos geográficamente, del círculo familiar y del ambiente provinciano opresivo. Fue brillante y sumamente popular én la Universidad. Trabajaba y estudiaba. Se casó “edípicamente”, si puede decirse así, con un hombre mayor y de posición. Hasta ahí todo iba todavía más o menos bien. Pero el nacimiento de su primer hijo la quebró. El niño nació bien y sano, pero ella se quedó en cama, llorando desconsoladamente, descuidando al niño, a la casa y a su propio cuerpo, durante largos meses. La vida había perdido todo atractivo para ella. Pudimos comprender posteriormente lo que le había pasado. Al haber dado a luz a su hijo, sintió horror y desesperanza por el temor de haberlo perdido todo, de no ser más ella, sino de tener que sufrir, en adelante, el destino gris de su propia madre.

 

La depresión menopáusica es otra locura femenina, determinada, según los libros, por cambios hormonales. Franca nos dio una descripción brillante del sufrimiento de la mujer de cierta edad. Pero ¿este sufrimiento es de toda mujer o de la que existe solamente en función y al servicio de su familia? ¿De la mujer que cumple con su papel de vivir “por los demás”? Ya sé, y desde ya también por experiencia propia que envejecer nos pone tristes. Más, si queremos la vida. Pero esto ocurre tanto al hombre como a la mujer. O quizá más a la mujer que, en nuestra sociedad, pierde tanto más pronto sus oportunidades amorosas y sociales que el hombre. Pero también esta situación está variando favorablemente: una mujer que hoy en día todavía es considerada una compañera interesante, tanto en lo sexual como en sus actividades profesionales y sociales, antes era descartada. Fue al principio de siglo que Freud desaconsejó . tomar una mujer mayor de 35 años en análisis, ya que a esta edad su vida y destino sería difícilmente modificable. Es cierto, alrededor de los 45 años la mujer ¿sufre?, no, no es la palabra adecuada, está en un proceso de cambio hormonal. Pero si tiene su proyecto vital, su identidad propia y no únicamente la de esposa y madre, no perderá ni sus vínculos amorosos, ni su placer sexual, ni sus intereses, aunque haya perdido su menstruación y su fertilidad. Creo que nunca vi este cuadro psiquiátrico que se llama depresión menopáusica y para cuya curación lo único que nos

 

 

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ofrece groseramente la psiquiatría son 5 ó 6 electro-shocks en una mujer de este tipo.

 

Si les hablo ahora de “locas de amor” obviamente no uso un término psiquiátrico, sino popular. Juana la loca, reina viuda de España, entró en la historia por (aunque dislocada por el amor a su esposo muerto) ser ejemplo para la mujer española. Así hay que ser, siendo mujer y esposa. Ella estaba perfectamente en su lugar programado por la sociedad.

 

Esta es vieja historia. Pero también ya pasó más de un siglo, desde que Flaubert nos describiera la triste locura de Madame Bovary. Pero el “bovarismo” sigue actual entre nosotras, las mujeres de clase media. Y estar enamorada, nos dice una feminista norteamericana, lamentablemente se convierte para muchas mujeres en una ocupación de tiempo completo. No hemos cambiado tanto, muchas de nosotras, desde que otra "loca de amor", la monja portuguesa medieval, Mariana, escribiera desencantada a su caballero francés, que apenas ahora caía en cuenta de haber estado más enamorada de su amor que de él.

 

El amor es lindísimo, el amor vale la pena. Igualmente la pasión y el placer, pero cuando las fantasías del príncipe azul que tiene que venir para liberarnos, para defendernos, para enaltecer nuestra belleza y mantenernos, nos paralizan absorbiendo nuestra vitalidad y capacidad de independencia y de un verdadero compañerismo, entonces corremos muchos riesgos. Y es ahí, donde perdemos nuestra posibilidad de una real liberación.

 

Si analizamos las tres locuras femeninas que describí, vemos que en la psicosis puerperal enloquece la desesperación por creerse obligada a adoptar el papel femenino asignado, mientras que en la depresión menopáusica proviene del sentirse vaciada por la pérdida de este papel, y el “bovarismo” de la rebelión contra el lugar programado, pero sin la capacidad de ocupar otro, realmente propio.

 

Llegados a este punto, dejemos de lado lo hormonal, porque nos enfrentamos con otro planteo: la alternativa del proyecto propio de la mujer versus el que le asigna la sociedad. Este, desde ya, nos es bien conocido. Consiste en la Reproduccion, con mayúsculas. Nuestro deber es la reproducción biológica de la fuerza de trabajo. Y estas tres tareas que se imbrican y se sobreponen, se desarrollan “naturalmente” dentro del marco de la familia. Claro, hubo cambios. En un país como México ya no se estimula la fertilidad múltiple. Paradójicamente las mujeres debemos el gran salto que significa en nuestra

 

 

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liberación el perfeccionamiento de los anticonceptivos, alcanzando en los últimos decenios, a hombres blancos, occidentales, ya que son ellos, los que deciden, diseñan y subvencionan las investigaciones, que empezaron a preocuparse por el crecimiento demográfico de indígenas y mestizos del Tercer Mundo. También a nivel biológico las mujeres nos hemos convertido ahora en ejército de reserva. ¿Qué quiero decir con esto? A nivel laboral se ha demostrado que el Estado facilita el trabajo de la mujer en épocas de guerra o de coyuntura, pero en épocas de crisis es ella la primera a quien se despide. Comparte en muchos países europeos este destino con el “psicótico rehabilitado”. Pero en nuestro siglo ya no se maneja solamente su fuerza de trabajo de esta manera, sino también su fertilidad según necesidades superiores. Fue MacNamara quien, años atrás, propuso limitar los créditos otorgados por Estados Unidos a los países latinoamericanos que aceptasen sus normas de planificación familiar. Resulta de este modo que mientras en unos países se intenta disuadir a la mujer de tener muchos hijos, en otros se la estimula con premios y subsidios a una maternidad múltiple. En ambos casos se opera aparentemente en favor de ella y de su realización. Antes todo esto era más sencillo. Dar hijos a la patria era el deber más sagrado de la mujer.

 

Viajando últimamente por los Andes venezolanos preguntamos por un camino. “Cuando lleguen a “La loca” –nos contestaron los lugareños– tienen que doblar”. Pronto nos dimos cuenta que “La Loca” era un lugar de referencia importante. Quisimos conocerlo. En un cruce de varias carreteras, sobre un cerro bajo, fácilmente alcanzable por unas escaleras de piedra, se yergue una estatua gigantesca, en bronce, representando a una mujer indígena. Con cara desencajada levanta la derecha en alto, los 5 dedos extendidos. El antebrazo izquierdo sale de la túnica a la altura del ombligo y su mano muestra el índice y el pulgar, como señalando algo. Un poema, grabado en placa de bronce, enaltece a la mujer y su destino: Es una madre que durante la guerra de independencia perdió la razón al perder a sus 7 hijos en la lucha. Enloqueció al enterarse de su muerte y desde entonces deambulaba por la región gritando constantemente: “Eran siete, eran siete”, y señalando el número con sus dedos.

 

Esta mujer cumplió su deber con la patria: Siete hijos varones, siete soldados muertos en la guerra. Se enloqueció. Y, aunque le digan “La Loca”, le erigieron un monumento, como ejemplo de mujer. Siete hijos muertos es para enloquecer a cualquiera. Pero yo me pregunté otra cosa. ¿Esta pobre mujer sabía el porqué de esta guerra? ¿Sabía para qué causa murieron sus hijos? ¿Y

 

 

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para ella, pobre e indígena, era su causa o la de los grandes señores, para los cuales las grandes palabras de patria e independencia tenían un sentido tan distinto y unas consecuencias concretas y prácticas tan diferentes? Debe haber sido su incomprensión que junto con su inmenso dolor pesaba sobre su mente enloquecida y, ya que deambulaba sola, solitaria, también la falta de solidaridad de los demás. Igualmente, sin preguntárselo, la transformaron en heroína y en ejemplo, apropiándose su dolor.

 

Reparé en ella, porque tenía en mente a otras “locas” que aparecen con cierta frecuencia en las noticias sobre Buenos Aires en los periódicos: Las locas de Plaza de Mayo. Son madres y esposas de desaparecidos que se juntan silenciosamente cada jueves en la histórica plaza. Ahí exigen, a través de su presencia silenciosa, a las autoridades militares que actualmente gobiernan el país, que les devuelvan a sus seres queridos. Las llaman las locas. Pero, ¿por qué? Supongo, por varias causas: Es locura enfrentar al gobierno; varias de ellas ya fueron detenidas y se desconoce su paradero. ¿O son locas –malas mujeres– porque no cumplieron con su misión de sujetar al esposo, de educar al hijo, a la hija en la sumisión? Tal vez. Sin embargo no son locas, ni se enloquecieron de angustia y dolor, ni son únicamente mujeres que reclaman desde su papel femenino, porque ellas sí comprenden esta guerra. No sé si todas, pero muchas de ellas comparten el proyecto de los hijos, de los esposos que, por esta misma causa, perdieron la libertad y, tal vez, la vida.

 

Franca nos dijo que la mujer debiera lograr “existir para sí misma”. Las locas de Plaza de Mayo han dado un paso más. Tienen un proyecto que les pertenece, pero que comparten con sus hijos, sus esposos y sus compañeras. En otras palabras, su existir, su proyecto vital está insertado, aunque sea personal, para ellas mismas, en el deseo y en la lucha común por la transformación de toda una sociedad.

 

Al hablarles de la triste locura del ama de casa, del sufrimiento estéril de la loca de amor, del temor a la maternidad de muchas mujeres, no quise decir que no hay que amar, ni tener hijos, para poder vivir la propia vida. De ninguna manera. Pero para, al finalizar, contarles quiénes son, para mí, y para muchas, las mujeres dignas de toda admiración, hablaré primero de Giséle Halamí. Ella nació todavía en la Argelia colonial, con todas las desventajas posibles. Era árabe, era pobre y a su padre le dio tal vergüenza que su mujer hubiera dado a luz a una niña que durante semanas negó, frente a las preguntas de sus compañeros de trabajo, que el alumbramiento ya había tenido lugar. En su libro autobiográfico, Giséle Halamí nos cuenta de su

 

 

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infancia pobre, de su marginación, de su lucha para poder estudiar. También nos habla de su primer aborto, realizado sin anestesia, después de haber entrado al hospital sangrando por las maniobras primitivas y clandestinas para interrumpir el embarazo. Relata cómo el médico, al oir sus gritos de dolor le dice que así está bien, que esta experiencia le servirá de lección. Le sirvió, aunque de otra manera a como él se imaginó. Giséle, siempre trabajando, ganándose penosamente la vida, estudia derecho en París. Recibida, vuelve a Argelia para dedicarse a la defensa de los patriotas. Los dolores provocados por la inducción de su segundo aborto la sorprenden en plena audiencia judicial. Tuvo amantes, tiene marido, tiene 2 hijos y “la lección” dolorosa del aborto ilegal le sirvió. Fue ella quien encabezó el movimiento francés, finalmente victorioso, para la legalización del aborto. Describe su vida junto con esta larga lucha en su libro: La causa de las mujeres.

 

Muy distinta es Domitila. O no tanto. También sus padres se afligen al nacer ella mujer. También proviene de un ambiente paupérrimo, pero ella nunca salió de su pobreza. Es boliviana, hija y esposa de minero de la mina Siglo XX. Estudia la escuela primaria con grandes sacrificios. Trabaja desde muy pequeña para subsistir y colaborar con la manutención de sus hermanas menores. También de ella disponemos de un testimonio que relata su vida sacrificada, pero de luchadora pertinaz4 Ya casada y madre de varios hijos –tendrá 7 hijos vivos y uno muerto al nacer por el maltrato que sufre en la cárcel– entra a militar en el Comité de Amas de Casa de la mina Siglo XX. Pero estas amas de casa no sufren de una “locura triste”. Luchan, a la par de los hombres, contra la miseria y la explotación. Domitila se transforma en líder de esta organización y, más allá, en dirigente obrera. La designan delegada a la tribuna del año internacional de la mujer (México, 1975). Ahí observa y escucha atónita las reivindicaciones de diferentes grupos de mujeres. Había venido a México para denunciar la explotación inhumana que sufre el proletariado de su país. Había esperado aprender nuevos caminos para la lucha de liberación del pueblo boliviano. Pero no puede compartir los problemas de las otras congresales. Ni le interesaba la fundación de un sindicato de las lesbianas norteamericanas por sus derechos legales, ni tampoco la lucha contra el hombre. Pero finalmente Domitila se ubica en la tribuna. Junto con otras latinoamericanas, exiliadas muchas de ellas, logra transmitir en un momento su problemática común. Esta consiste, según

 

4     Si me permiten hablar..., testimonio de Domitila, recogido por Moema Viezzer, Siglo XXI Ed., México.

 

 

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Domitila, “no en pelearnos con nuestros compañeros, sino que, con ellos, cambiar el sistema en que vivimos por un otro, donde hombres y mujeres tengamos derechos a la vida, al trabajo, a la organización”.

 

Sí, para mí estas dos mujeres son ejemplos. Tienen compañero, tienen hijos, pero no delegan su propia realización en el amor o en la familia. Tienen su proyecto propio, compartido con muchos. Y saben luchar. Esto constituye la mejor protección contra la locura específica de la mujer.

 

México 1978

 

Marie Langer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CODA AL TEMA DE LA MUJER5

 

“Feminista es quien tiende a mejorar la condición de la mujer en el mundo. Es feminista toda mujer u hombre que toma conciencia de la opresión de que es objeto la mujer.”

 

Yvette Roudy

 

 

Lo que diré ahora no será novedad para los lectores de literatura feminista. Tal vez estas palabras contengan una mínima aportación original; tal vez todo está ya dicho o escrito. Me importa menos su novedad que la posibilidad de que tengan algún valor para los lectores que no se habían definido nunca antes como “feministas” y que ahora se reconocen en la cita de Yvette Roudy.6 Pretendo hacer un breve bosquejo, fantasioso tal vez, o hipotético, pero que para mí contiene una explicación del surgimiento del patriarcado y del porqué sólo ahora existe la posibilidad de que este período termine y de que aparezca una sociedad en la cual la mujer deje de ser una marginada.

 

Empezaré por citar a Ernest Borneman7 un investigador convencido de que en la época prehistórica existió una sociedad matrista. Destaco de él una tesis que me parece central y que se origina en el paso de una comunidad sustentada en la caza, la pesca y la recolección, y que era matrista, a una sociedad de pastoreo, patriarcal. En efecto: según Borneman, la aparición de la domesticación trae consigo el inicio del patriarcado y de la propiedad privada (el ganado fácil de contar y repartir, origina la apropiación individual y está en la base de la aparición del dinero: pecunia –de pecus=ganado– significa en latín dinero). Ahora bien, ser pastor permite hacer una observación fundamental: mientras que los animales machos y adultos no cambian de cuerpo ni se multiplican, las hembras, una vez montadas, quedan preñadas y dan a luz nuevos animales (por lo demás, Borneman supone que de esta manera el ganado se transforma en el primer capital que, en cuanto tal, rinde interés). Así pues, simultáneamente, el ganado enseña al hombre la conexión entre coito, embarazo y parto, hasta entonces desconocida en muchos lugares, y se constituye en el primer capital privado.

 

5     Publicado en Memoria, Historia y Diálogo Psicoanalítico; Marie Langer-Jaime Palacio-Enrique Grinsberg. Folios Ediciones S.A. México 1981.

6 La mujer, una marginada, Editorial Pluma, Bogotá, 1980.

7 Das Palriarchat: Ursprung und Zukunft unseres Gesellschaftsystems, [El patriarcado: origen y futuro del sistema de nuestra sociedad] S. Fischer Verlag, Frankfurt am Main, 1975.

 

 

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En El origen de la familia, Engels sostiene que sólo con la formación de un excedente de producción, con la creación de un sobreproducto, empieza tanto la posibilidad de una herencia como la de transformar a integrantes de otras comunidades, apresados en acciones guerreras, en esclavos. Esto nos resulta familiar en la figura de los pastores patriarcales y guerreros del Viejo Testamento; pero Engels asegura también que el patriarcado, es decir la dominación de la mujer, tiene su origen en el deseo del hombre de dejar en herencia sus bienes a los descendientes procreados por él. No estoy convencida de que este factor de “legitimidad” haya sido decisivo; me parece que es proyectar una necesidad psicológica moderna, ligada a nuestra sociedad e ideología, a una época pretérita. En Roma, por ejemplo, se dejaba en herencia una fortuna, o el propio Imperio, de la misma manera al hijo biológico que al biológicamente ajeno, adoptado.

 

Los comienzos de la dominación de la mujer pueden Ver vistos de otra manera: si el esclavo es valioso porque produce más de lo que consume, el hijo también lo es; la mujer, capaz de dar hijos, se transforma de un ser libre en “capital”, como lo es la hembra del ganado. Es decir, también da “interés”, y puesto que este “interés” es producto de su unión sexual, es necesario apropiarse de ella, coartar su libertad y sus deseos para poder gozar de su capacidad reproductiva. Poco a poco se quedará confinada a la esfera doméstica, sujeta a severas normas “morales” para que ponga sus huevos en el nido propio. Es, a mi entender, de esta manera como su capacidad de dar a luz a quienes serán los hombres y mujeres del mañana se transforma de un poder, de algo que era su fuerza y conformaba su posición elevada en la sociedad primitiva, en causa de su perdición, su sojuzgamiento. Y junto con la mujer se reprime al niño: el pater familiae es el amo absoluto.

 

Según Borneman, el patriarcado surge con la transformación de los cazadores en pastores. Obviamente esta transformación no ocurrió en todos los lugares en los que, sin embargo, reconocemos la existencia del patriarcado aunque también encontremos, en ritos y figuras de diosas de fertilidad, la existencia del matrismo o del matriarcado anteriores. En América, por ejemplo, particularmente en México, conocemos las limitaciones sexuales estrictas a que las sociedades prehispánicas sometieron a la mujer confinándola a su función reproductiva (entre los mexicas solamente la muerte en parto podía equipararla, en el más allá, con el guerrero caído, con el hombre). Cuando vemos en el fresco tcothiuacano el sacerdote que riega con su semen la tierra fértil para fecundarla en la ceremonia que inicia la siembra, sabemos que el hombre prehispánico ha descubierto ya lo mismo que el pastor. Tal vez en

 

 

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estas comunidades debemos relacionar el descubrimiento coito-embarazo-parto con la agricultura alrededor de la cual giran casi todos los mitos.

 

En cualquier caso, el hombre del patriarcado intenta borrar todas las huellas del poder femenino primitivo. Se adjudica su capacidad: Eva sale de una costilla de Adán y Palas Atenea de la cabeza de Zeus. Por eso en la Roma antigua y en otros muchos pueblos un niño es considerado parte de la familia sólo cuando el padre lo levanta del suelo y, alzándolo, lo “da a la luz”. Por eso existe en muchas comunidades la “couvade” (mientras que la mujer está pariendo discretamente en un lugar alejado, su compañero, rodeado de amigos, se queja ruidosamente de un trabajo de parto espectacular y ficticio). Por eso, también, Napoleón definió a la mujer como un árbol cuyos frutos pertenecen al hombre, su jardinero. Por eso..., y podríamos acumular innumerables “por eso”. Y si pensamos un momento en el Génesis debemos tal vez interpretar que es por la envidia que el hombre siente frente a las capacidades creativas de la mujer que Jehová condena a la mujer a dar vida con dolor.

 

¿Existió realmente el matriarcado? ¿Son suficientes las pruebas de que disponemos? Desde Darwin, Bachofen, Engels (y Borneman es una afinación de éstos) se ha convertido en una tradición de la izquierda creer por lo menos en una sociedad matrista en el inicio de la historia de la humanidad. No disponemos todavía de un corpus de investigación que complete las reflexiones que Marx hace en los Formen (Formaciones económicas precapitalistas) y que seguramente nos ayudaría a movernos con mayor seguridad en este terreno. Por otra parte, nuestra mística feminista (indispensable en la lucha) puede muchas veces llevarnos a hacer afirmaciones no del todo válidas científica-mente. La evidencia histórica más reciente, por su parte, no siempre es favorable a la hipótesis de la existencia del matriarcado. Podemos decir, sí, que no todo el tiempo la mujer estuvo sometida; podemos decir que aun cuando los sistemas de parentesco matrilineales no signifiquen el matriarcado previo, sí hablan de la importancia de la mujer en las sociedades que los practicaron. Pero, sobre todo, podemos afirmar con absoluta certeza que, ya en tiempos históricos, el papel de la mujer en muchos pueblos altamente civilizados no fue siempre secundario. El Código de Hamurabi legisla sobre una base de gran igualdad e independencia de la mujer en Babilonia (¿el escándalo de otros pueblos contemporáneos frente al “libertinaje” de Babilonia no provendrá de las libertades sexuales de que gozaba la mujer?). En Grecia, el papel de la mujer degeneró desde los tiempos homéricos a la época clásica en que la mujer es meramente una esclava paridora y un objeto,

 

 

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parte del menaje de casa. En Roma, a pesar de la importancia histórica de tantas mujeres cuyos nombres conocemos, la mujer es tratada como imbécil frente a la ley y no puede firmar un contrato o servir de testigo, mucho menos ocupar cargos públicos. Sin embargo, si hemos de creer a Herodoto, en Egipto las cosas ocurrían de modo muy diverso: las mujeres eran el sexo dominante y la cantidad de reinas egipcias parece probarlo. En Esparta la igualdad de los sexos era casi total: las mujeres podían mezclarse libremente con los hombres en cualquier parte, tenían voz y voto en los asuntos públicos...

 

 

La Edad Media siguió el modelo romano (¿éste había seguido el griego y el etrusco?) que terminó por dominar los usos de todas las comunidades que poblaron la Europa medieval. El cristianismo, ¿cómo transición con el poder romano?, no hizo sino fortalecer el dominio masculino a pesar de reconocer un alma a la mujer; sólo hay que recordar las atrocidades que escribe San Pablo para confirmarlo: el hombre no cubre su cabeza en la iglesia porque es la gloria de Dios; la mujer es la gloria del hombre y no debe hablar en el templo, etc.

 

En América, el sometimiento de la mujer parece tener las mismas caracte-rísticas, básicamente, que en Europa y en Asia; sin embargo, tampoco faltan comunidades en que la mujer tiene derechos... En síntesis, podría decirse que ha habido épocas históricas en que la mujer comparte derechos con el hombre, como en Esparta o en Egipto o en Babilonia (sin embargo, yo estaría mucho más con Borneman cuando dice que en estas sociedades podemos observar restos del matriarcado).

 

He dicho que no disponemos de un cuerpo de investigación suficiente para probar la existencia del matriarcado, pero tampoco lo tenemos para probar su inexistencia. Sea como fuere –y aunque pongo en duda la validez de Tótem y Tabú porque Freud se basa ahí, para hacer la reconstrucción de nuestra prehistoria, en el complejo edípico de un niño de principios del siglo XX– podría pedirse la misma validez para demostrar la existencia del matriarcado en el pasado. O, por el contrario, sostener como lo hace Marina Moller Gambaroff8 que “por lo menos a nivel psicológico el matriarcado existe antes que el patriarcado”. Podemos interpretar la historia matriarcal como el mito proveniente de la experiencia personal de cada uno de nosotros en cuya vida, después de una madre todopoderosa que nos alimentó no según nuestros méritos sino según nuestras necesidades –condición que define el logro

 

8     Emanzipation machi Angst [Emanciparse da miedo], Kursbuch Verlag, Berlín, 1977 (Kursbuch 47).

 

 

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futuro de una sociedad comunista y que supuestamente habría regido en la sociedad matrista– apareció el padre como “ley”, interrumpiendo nuestro idilio con ella.

 

Lo cierto es que a partir de un cierto momento, que puede tener ubicación distinta en la historia según la sociedad, la mujer quedó confinada en la esfera doméstica realizando el “trabajo invisible” (Isabel Larguía), es decir, produciendo hijos y restituyendo diariamente la fuerza de trabajo de su compañero. ¿Qué pasó con su sexo? Masters y Johnson sostienen que la capacidad de goce de la mujer primitiva fue ilimitada (un trasunto de esta capacidad es el mito en el que Tiresias, que ha sido hombre y mujer, asegura en una disputa entre dioses que es la mujer quien más goza en el amor). Para poder construir la sociedad basada en la familia, la autoridad paterna y la prohibición del incesto para volver dócil a la mujer, tuvo que reprimirse su avidez sexual. Esta represión coincide con el origen de la “civilización” y la historia escrita. ¿Fue necesario que el hijo reprimiera su deseo por la madre, pero que también ella se viera obligada a reprimir su sexo y, en consecuencia, su deseo por el hijo, facilitando así la represión en el varón, para que apareciera la historia escrita y patriarcal?

 

Al privilegiar la función reproductora, la sexualidad y la capacidad de goce de la mujer estaban de más, porqué podían llevarla a la infidelidad y al abandono del hogar. Es cierto que la mujer quedó convertida en un objeto altamente sexualizado, pero como objeto sexual del y para el hombre. Eso explica que precisamente en Oriente, de cuyo erotismo intenso nos hablan Las mil y una noches, las mujeres llevan una vida sumamente restringida, destinada a dar hijos y placer al hombre e incluso, si es necesario, a trabajar para él. Que su propio placer no cuenta está demostrado por la práctica, frecuente en las sociedades musulmanas, de la clitoridectomía, es decir, de la amputación ritual del clítoris, el órgano más altamente erógeno de la mujer y que no tiene otra función que la de la excitación sexual y el placer. De este modo, se verá menos tentada a la infidelidad sin por eso perturbar el goce del hombre.

 

¿Cómo se logró que las mujeres aceptaran esta posición que les fuera asignada? ¿Que ellas mismas aceptaran desarrollarse, poco a poco, en inferioridad de condiciones psíquicas y mentales? ¿Que la mayoría de ellas admitiera finalmente esta supuesta ”inferioridad natural” y quedaran “colonizadas desde dentro”, para usar la terminología de Frantz Fanón?

 

 

 

 

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Wilhelm Reich diría que esta aceptación pasiva fue la consecuencia de la represión sexual a que se vieron sometidas... Pero dijimos al principio que la psicología del ser humano es la resultante de dos vertientes, la sociológica y la biológica. Y mientras que esta última siguió y fue supuesta inmutable, la posición social de las mujeres, así como las estructuras familiares, sufrieron en el transcurso de la historia y de cada sociedad cambios múltiples; ninguno tan definitorio, sin embargo, como el provocado por la conquista de los hombres del dominio patriarcal.

 

Sí; la mayoría de las mujeres aceptó a lo largo de la historia su posición, la consideraron, lo mismo que los hombres, como “natural”, es decir, definida biológicamente o, también, como expresión de la voluntad divina. Pero no todas acataron el orden y la mayoría de las que se rebelaron tuvieron que sufrir las consecuencias. Cito solamente el caso extremo de Olimpia de Gouges. Fue ella quien, durante la revolución francesa, elaboró la Declaration des droits de la femme et citoyenne. Pero haber creído que el lema revolucionario de “Liberté, égalité et fraternité” abarcaba también a las mujeres, le costó la cabeza en la guillotina.

 

Había medios más persuasivos para mantener a la mujer en su lugar o hacer que lo retomara si por causas económicas lo había abandonado. En Inglaterra, las mujeres proletarias del siglo pasado que trabajaban en las fábricas abandonaban a sus hijos en el hogar o los llevaban también a trabajar. A nadie de las clases dominantes le parecía mal que lo hiciesen, pero sí que tuvieran muchos hijos. Malthus sostenía que los pobres no debían aumentar su número en la Nación, porque la reproducción de muchos pobres podía ser causante de guerras y hambruna y de la degeneración de la raza: dos hijos por pareja era lo deseable. ¿No hace pensar esto en el momento en que Mac Namara quería limitar la ayuda económica estadounidense a América Latina a los países dispuestos a aceptar la planificación familiar?

 

Anna Davin9 nos describe cómo este criterio cambió radicalmente, al estallar en 1899, la guerra del imperio inglés contra los Boers. Se necesitaban muchos soldados, y soldados que casi exclusivamente provenían de las capas humildes de la sociedad. Precisamente por pobres, muchos se presentaron como voluntarios; la guerra les Ofrecía la oportunidad única de buena comida, buena ropa, en fin... Pero resultaba que de cada cinco voluntarios solamente dos estaban en condiciones físicas para resistir las fatigas de la guerra. Surgió una gran campaña para la educación y el esclarecimiento de las

 

9     Anna Davin, “Maternitá e imperialismo”, en Nuova DWF. (Donna. Woman. Femme. Quaderni di studi internazionali sulla donna), n. ° 6/7, 1978, Roma.

 

 

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madres ”ignorantes” y culpables, ya que por abandonar a sus hijos y alimentarlos insuficientemente, estaban dañando el futuro del Imperio y de la raza.

 

Al principio de nuestro siglo el malthusianismo como ideología estatal estaba superado y todos los gobiernos exigían muchos hijos a las madres. Para convencerlas debía, según John Bums, un diputado liberal de la época, “darse dignidad y pureza a la maternidad con todos los medios disponibles”. De esta manera se pretendía conseguir el consenso de las mujeres para aceptar su “destino natural”.

 

La rebelión contra este destino había empezado cerca del fin del siglo pasado. Linda Gordon10 nos habla del movimiento de “maternidad voluntaria” surgido en esta época en los Estados Unidos. Las mujeres exigían el derecho de planificar el número de sus hijos, pero como el uso de los anticonceptivos, bastante primitivos e inseguros por cierto en esta época, les parecía amoral, propusieron como método la abstinencia sexual. Dos tendencias pertene-cientes a este movimiento declararon que esto significaba para ellas el mismo sacrificio y la misma disciplina en dominar sus impulsos “animales” que para los hombres; es decir, tuvieron la osadía de sostener que la mujer también siente deseos.

 

Pero si por las guerras las mujeres como proveedoras de futuros soldados habían sido condenadas a una maternidad constante que las ataba al hogar, paradójicamente también por una guerra, la Primera Guerra Mundial, empezó su liberación o, para ser más exacta, la liberación de la mujer, de las clases dominantes. Pero son estas clases que “producen” la ideología dominante de la sociedad.

 

Ya en 1951, en la primera edición de Maternidad y Sexo describía este cambio:

 

“...de pronto, las mujeres de los diversos países beligerantes, cuyo único campo de acción había sido el hogar y su núcleo social, y cuya única función era tener hijos y educarlos, y que vivían en dependencia económico-social, primeramente de sus padres y después de sus esposos, se vieron incitadas a ocupar en todos los terrenos el lugar del hombre. Realizaron exitosamente tareas que hasta entonces se habían considerado irrealizables para ellas y obtuvieron, junto con su inclusión en el proceso de trabajo, plena independencia y responsabilidad. Una vez terminada la guerra, el cambio ya se había hecho irreversible.

 

10   “Maternitá voluntaria”, en Nuova DWF. Op. cit.

 

 

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“La mujer de la clase media en 1914 [en la primera parte de este libro describo, cómo mi madre y sus amigas vivieron esta situación] respondió con tanto entusiasmo al llamado de las autoridades a abandonar su hogar y empezar a trabajar, no únicamente por patriotismo, sino por estar disponibles psicológica y materialmente. La generación anterior, en su época, ocupada por numerosos embarazos y la crianza difícil de muchos hijos, no habría podido hacerlo, pero ella, la mujer burguesa de principios de siglo, tenía un número reducido de hijos y se sentía desperdiciada en su hogar vacío. Los progresos de la medicina habían disminuido la mortalidad infantil y ponían a disposición de la pareja métodos anticonceptivos bastante eficaces y hasta el aborto realizable ya sin mayores riesgos físicos y legales”.

 

Es cierto lo que dije ahí con respecto al cambio de la posición de la mujer; sin embargo, todavía durante toda la primera mitad de nuestro siglo se mantiene la idealización de la maternidad tal vez no como la única, pero sí la más noble función femenina. Desde luego que estos conceptos cambian según la situación económica y política de cada época histórica. Mientras que Hitler, por ejemplo, exige al principio a las mujeres muchos hijos de raza pura (vuelve el tema de la “raza”, ya preocupación del imperialismo inglés) y que se dediquen plenamente a ellos, en la medida que progresa la guerra y empieza a faltar fuerza de trabajo y alimentos, las llama para que abandonen de nuevo el hogar.

 

Juliet Mitchell describe la situación de la posguerra en Inglaterra y Estados Unidos. Los hombres volvían de la lucha y encontraban sus puestos de trabajo ocupados por mujeres ¿Cómo hacer que, después de haber prestado eficazmente un servicio tan importante vuelvan al hogar junto a sus hijos, muchos de los cuales hasta entonces habían sido atendidos en guarderías y hogares infantiles? Sostiene Mitchell que no es casual que precisamente en esta época surjan en Estados Unidos las investigaciones de Spitz que describen el “hospitalismo” y demuestran cómo una institución, de por sí bien llevada, daña al niño pequeño, si le falta cariño maternal. Por cierto, dice también que este cariño puede ser sustituido por el vínculo con una enfermera u otra persona, dedicada a darle afecto estable. Pero esta parte de su investigación se suele olvidar. Mientras tanto, en Inglaterra Melanie Klein y Winnicott descubren la importancia enorme del primer vínculo madre-hijo para la salud mental futura del niño. No dudo de la buena fe de estos investigadores, ni del valor de sus descubrimientos, pero ellos, como los

 

 

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científicos que describieron la “madre esquizofrenizante” en la misma época de posguerra fueron usados y apoyaban, sin querer, ni saberlo, la misma línea que los investigadores de los que habla Maternitá e imperialismo que acusaron a las madres obreras de ser responsables del hambre de sus hijos, de su salud precaria y de la derrota del imperio.

 

Mientras que para Juliet Mitchell el auge de la importancia del vínculo madre-hijo sería un ejemplo de cómo la ciencia tampoco es neutra, sino sigue en sus investigaciones el interés político del momento, del establishment (el estudio de Bruno Bettelheim11 en un kibutz israelí que demuestra que los niños, separados de sus padres desde sus primeros días de vida y criados en pequeños grupos de iguales son distintos de nuestros niños, pero de ningún modo más enfermos, obtuvo mucho menos publicidad), Elisabeth Badinte12 sostiene que la acusación a las madres, por cierto, también para ella dependiente de factores económicos, viene de mucho más lejos. Para ella Rousseau, a través de su Emile fue el primer ideólogo que condenaba a la mujer al sacrificio total en pos de su maternidad y la declaraba prácticamente única responsable de la salud mental y física del niño. Poco a poco Rousseau convenció a filósofos, teólogos y mujeres que ellas debieran “naturalmente”, instintivamente, ser dedicadas, sacrificadas y gozar con el sacrificio. Según ella, el último ideólogo de esta corriente será, ciento cincuenta años más tarde, Freud y después, muchos de sus seguidores. Habla de Helene Deutsch, quien describe el parto como orgasmo masoquista y critica, a su vez, a Melanie Klein y especialmente a Winnicott por su insistencia en la importancia desuna madre, fiel al modelo de Sofie, la esposa ideal de Emile. Pero también cuestiona a Winnicott por dejar al padre totalmente afuera de la crianza. Subraya cómo, desde Freud hasta Lacan, se da mucha importancia al papel del padre dedicado al mundo de afuera. En última instancia, es un padre símbolo de lucha, de progreso y éxito; un padre con función simbólica, representante de la palabra y la ley.

 

Estas serían dos opiniones feministas que explican el por qué nosotras, las madres, siempre nos sentiríamos culpables. Pero existe también una explicación psicoanalítica, con la cual yo, por otra parte, concuerdo, ya que todos nuestros sentimientos son polideterminados y no solamente consecuencia de factores ideológicos. Analíticamente diríamos que se declara culpable a la madre por el rencor reprimido, inconsciente, pero vigente todavía, que el adulto, la adulta, sintió de muy niño contra esta madre

 

11   Los niños del sueño, Siglo XXI, México, 1974

12   L’amour en plus, histoire del’amour maternel. XVII-XX. siécle, Flammarion, París, 1980.

 

 

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omnipotente de su primera infancia por las frustraciones y carencias inevitables que ella le impusiera o de las cuales, aunque ella no fuera la responsable, él igualmente la acusó.

 

Pero volvamos al aspecto social: si la mujer tuvo oportunidad de demostrar en la primera mitad de nuestro siglo que sus capacidades no eran inferiores a las del hombre, sólo en la segunda mitad, con la preocupación por la “explosión demográfica” se pretende llevar masivamente a la mujer de los países en desarrollo a la limitación o hasta a la renuncia a la maternidad, y ésta pierde prestigio. Entonces los poderosos deciden dedicar grandes sumas a la investigación de métodos anticonceptivos baratos y de uso fácil. También se difunde la ligadura de las trompas, irreversible hasta ahora, para esterilizar a la mujer, muchas veces en contra de su propia voluntad. La práctica correspondiente para el hombre se usa poco. Surge la pildora, por cierto también con todas sus secuelas fisiológicas y psicológicas, según el caso; pero gracias a la pildora y al dispositivo intrauterino la “maternidad voluntaria” se hace realidad factible.

 

Desde entonces el coito está para la mujer tan libre de consecuencias como para el hombre. Placer y amor están por primera vez separados, también para ella, de la procreación. Y la maternidad que, si estamos en lo cierto, ha sido objeto de la envidia del hombre, provocadora de su avidez y causa, por eso, de la derrota femenina, se ha vuelto mucho menos sagrada y admirable, pero además controlable según la voluntad de la mujer o la pareja. Se ha vuelto mucho más compartida.

 

La autonomía del acto amoroso frente a la maternidad equivale, de hecho, a un cambio biológico de la mujer. Por eso ahora, y junto con la tecnificación que quita toda importancia a la diferencia de la fuerza física de los sexos, están dadas las condiciones para una verdadera igualdad de derechos y/deberes entre mujer y hombre, de un verdadero compañerismo.

 

Pero si la psicología es la resultante de lo biológico y lo social y si en ambos terrenos hubo cambios significativos ¿cómo cambió, cómo cambiará la psicología de la mujer? Imposible decirlo; difícil de generalizar, porque todos estos cambios varían de sociedad en sociedad, de una capa social a otra. Mientras que Simone de Beauvoir todavía sostiene que una mujer, para realizarse necesita renunciar a la maternidad, las mujeres más jóvenes generalmente no piensan así. Es cierto que especialmente en los países desarrollados muchas renuncian al hijo, pero también es cierto que la

 

 

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mayoría no está dispuesta a hacerlo. Surgió un fenómeno nuevo en Europa que se da también en México: el de la profesional soltera que, generalmente alrededor de los treinta y cinco años, decide tener un hijo.

 

¿Pero esta “nueva mujer” que tiene oportunidades con las cuales sus abuelas ni soñaron, es feliz? Yo la conozco bien, desde adentro, a través de muchos años de práctica psicoanalítica, yo diría que sí, que en todo caso es más feliz que las pacientes de Freud. Pero tiene sus conflictos. Un pedido a los jóvenes psicoanalistas y psicoterapeutas, especialmente a los colegas hombres: ayúdenle a resolverlos. No les digan, como lo hizo la generación psicoanalítica anterior, basándose en los conceptos de Freud sobre la envidia del pene, que es por ésta que quieren emprender tal o cual estudio, abordar ésta u otra responsabilidad fuera del hogar. No la carguen de culpa, si su niño está enfermito o agresivo en el jardín de infantes o se hace pipí en la cama. Es cierto, puede ser, porque ella trabaja o porque se está divorciando, pero muchos hijos de madres a la antigua hacen lo mismo. Además, no somos perfectos, ni nosotros, los padres, ni nuestros hijos. Y, más aún, como Freud siempre insistió, somos resultado de nuestra herencia biológica, nuestra constitución y sí, también de los acontecimientos de nuestra infancia. Por eso, no culpen a las madres de todo, sino analicen mejor sus rencores con la propia madre, rencores que a veces, en un salto a través de la contra-transferencia, se desplazan a sus pacientes. Sí, las madres parecen siempre las culpables; las mujeres en general, en la cama también. Espero que ya se habrán convencido, antes de leer este texto, de que una mujer no tiene porqué renunciar al placer que puede obtener de su clítoris, que no tiene porqué renunciar a éste, como creía Freud, para ser “verdaderamente femenina”.

 

Las mujeres que vemos en análisis (pero también las que no están en esta situación) se sienten fácilmente culpables precisamente por sus logros. Es por la “tradición-prejuicio”, para tomar un término de Isabel Larguía.13 Se sienten jaladas por tantas exigencias tan diversas. Pero ¿cómo cumplir bien y estar bien en el trabajo, si su cabeza está con el niño? Hoy, lunes, por ejemplo, ¿la empleada habrá vuelto después de su fin de semana libre? ¿No fallará el transporte escolar? Por suerte, su compañero no es machista, entiende, comparte, pero igualmente, le da a entender a veces que su madre guisaba tanto mejor, que su casa de infancia, sin tanto aparato, relucía de limpieza y que sus camisas siempre estaban bien planchadas y con todos los botones en

 

13   “El sector más explotado de la historia”, en Fem., vol. 4, núm. 15. México, 1980.

 

 

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su lugar. ¡Cuántas discusiones por estos malditos botones de camisa, mientras que la esposa más feminista del mundo nunca reprochará a su compañero que él no le arregló el dobladillo descosido de su falda!

 

Sí, por favor, terapeutas y analistas, ya que ella no está castrada, aunque esté insegura con respecto a sus derechos y capacidades, por favor no la castren ustedes. Una meta importante del análisis de esta mujer sería que ella comprendiera como Freud nos lo explicó para el hijo varón frente a su padre, que también para la hija es causa de culpabilidad haber logrado superar a su madre. Es esta culpabilidad desplazada que se racionaliza al pensar que una es tanto peor como esposa y madre de los que fue ella. Esta culpabilidad proviene de la vieja rivalidad con mamá, a quien ahora se ha ganado. Para que esta victoria no sea demasiado resonante, mejor amargarse, mejor decir que una, al no saber coser, ni guisar como ella, es una nulidad. Otra meta sería también ayudarla para que se dé cuenta de que el cariño materno no se mide cuantitativa, sino cualitativamente. O, dicho en otras palabras, que una madre amargada y encerrada en su hogar e irritada con los niños, su casi única compañía y objeto de dominio, suele dar menos que otra que viene llena de estímulos del afuera y les dedica sólo un tiempo limitado, pero bien dedicado.

 

Hablemos de otra paciente, de una a la antigua: la mujer, ama de casa, cincuentona, que sufre la famosa “depresión menopáusica”. ¿Cómo no estar deprimida, si la meta de su vida, si su único “producto visible” fueron estos hijos que ya se alejaron de casa, en la cual ella, desocupada al fin, espera diariamente la vuelta del afuera de un esposo que ya no se interesa mayormente en ella? Por favor no la manden al psiquiatra, para que la medique, ni al ginecólogo para que intente la magia del rejuvenecimiento a través de las hormonas. Entiéndanla, ayúdenla; que ella se entienda y tal vez encontrará todavía otra alternativa, algo que hacer esta vez en el afuera, para sentirse útil en este mundo.

 

Pero dejemos por el momento el enfoque psicológico y volvamos al enfoque social: a pesar de los logros de la mujer actual su participación en puestos directivos y de decisión sigue siendo mínima. Es cierto que algunas mujeres, Margaret Tatcher, por ejemplo, o Golda Meir –omito adrede las que llegaron a su puesto por ser viudas o hijas de estadistas famosos– hayan alcanzado este poder, pero también es cierto que eso es excepcional.

 

 

 

 

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¿Cómo lograr una verdadera igualdad de derechos y oportunidades, que satisfaga a ambos integrantes de la pareja? Los movimientos feministas intentan lograrlo, pero no todos. Están quienes centran su militancia en la lucha contra el hombre. Para entender esta actitud e intentar modificarla, nos puede servir la comprensión psicoanalítica. Marina Moeller Gambaroff14 define la hostilidad contra el hombre como un síntoma, es decir como compromiso entre lo reprimido y la defensa. Sostiene que la angustia y hostilidad que provoca el intento de emancipación proviene de la primera relación con la madre y se desplaza secundariamente sobre el hombre, pero también que sólo la elaboración de esta primera conflictiva capacita a la mujer para emanciparse realmente y luchar con eficacia contra el patriarcado.

 

La lucha contra el patriarcado no debe confundirse con una lucha contra el hombre. La mujer que rechaza al hombre y ve, como único vínculo posible, el que puede existir con otra mujer, regresa a la relación preedípica. Instalada en ésta, intenta reestablecer su idilio con una madre generosa y omni-potente, negando su propia hostilidad y la otra imagen, la de la madre omnipotentemente terrorífica. Desplaza a ésta sobre el hombre y apacigua simultáneamente a la madre interna renunciando con ese fin a su vagina, su capacidad de emancipación y autonomía, como también a su maternidad: en síntesis, renuncia al hombre, heredero del padre, y a todo lo que él podría darle.

 

He reivindicado en estas páginas al feminismo, pero no por cierto a la corriente hostil al hombre. ¿Para qué se necesitan movimientos feministas, si los partidos de la izquierda defienden los derechos de la mujer y si la lucha feminista divide y, por eso, debilita la pugna contra el sistema? Este argumento, antes clásico y casi irrefutable, actualmente ya no se mantiene. Ya somos muchas –y muchos también– los que sostenemos que feminismo sin marxismo no puede lograr un cambio estructural, pero también que los partidos marxistas no son suficientes como para luchar verdaderamente por los derechos y las necesidades de la mujer. Comprueba eso que en los organismos directivos tanto de los partidos marxistas en los diferentes países capitalistas, como en los países socialistas, nosotras, las mujeres, estamos totalmente en minoría, con el resultado de que las necesidades sociales de las mujeres y, especialmente de las madres, son insuficientemente atendidas.

 

14   Según la autora, las madres que provocan en sus hijas esta constelación, son, a la vez mujeres reprimidas y frenadas por sus condiciones de vida. Esto las lleva a abusar de su omnipotencia en relación con la niña –también con el niño, pero eso excede nuestro tema– para defender un lugar de poder y proveedor de autoestima. De esta manera intensifican la hostilidad inherente a cualquier relación de dependencia, y, por eso, la necesidad de represión.

 

 

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Pienso, por ejemplo, en la segunda jornada de trabajo a cargo, principalmente, de la mujer.

 

¿Por qué ocurre eso? No porque los hombres sean “malos”; de ninguna manera. Ni porque pequen de mala fe. En teoría estaban dispuestos como consta en escritos desde Bebel hasta Fidel Castro, a conseguir para la mujer la igualdad de posibilidades y derechos en todos los niveles. Y en la práctica revolucionaria de hecho ocurre así. Todos sabemos de la participación activa de la mujer en las guerras de liberación en Argelia, por ejemplo, o en América Latina. Entre las primeras medidas tomadas por el soviet supremo en 1917 figuró una modificación total de la legislación con respecto a la mujer y sus derechos. Lenin fue, sin duda feminista, aunque no hubiera aceptado esta definición. Pero una vez consolidado el nuevo sistema, todo parece volver casi a la situación anterior. La mujer argelina, con excepción de una minoría de intelectuales, retomó el velo. Ocurre esto porque los dirigentes, pero también todo el pueblo que representan, han sido educados a la antigua, en familias tradicionales, porque como dice Lenin, es difícil cambiar las costumbres o, como nos demuestra Freud, nuestro superyo, es decir, nuestras normas, juicios y prejuicios éticos nos son heredados por nuestros abuelos, de generación en generación.

 

Hay que ser mujer, hay que haber experimentado en carne propia nuestra inseguridad, nuestras dudas, nuestra sobrecarga y marginación, para reconocer todo lo que hay que cambiar. ¿Qué hacer entonces y cómo movilizarnos adecuadamente sin quitar, sino sumando fuerzas con nuestros compañeros, nuestros aliados naturales?

 

En Italia y en España me comentaron un fenómeno interesante. En un primer momento del auge de los partidos marxistas de los últimos años –la España post-Franco, la Italia con un partido comunista casi mayoritario– las mujeres votaban masivamente por estos partidos, ya que sus líderes, en la lucha preelectoral les habían prometido defender reivindicaciones feministas como la despenalización del aborto, la ley de divorcio, etc. Sin embargo, una vez terminada y, a menudo ganada, la lucha electoral, los dirigentes partidarios vieron muchas otras prioridades y temieron que lo prometido a las feministas pudiera chocar a los compañeros hombres, pero también a un gran número de mujeres temerosas del cambio y de su posible libertad mayor. Las que los habían votado por sus promesas, posteriormente incumplidas, empezaron a organizarse, a ingresar en movimientos feministas. En las elecciones siguientes les negaron el voto. Hubo una baja electoral de la izquierda, resultado

 

 

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también de este proceso. Debido a esta baja en el período posterior la izquierda tomó mucho más en serio lo prometido: se lograron cambios importantes. Muchas mujeres volvieron a los partidos y los movimientos feministas, bastante anarquistas en su estructura, disminuyeron su lucha. Se produjo así un movimiento dialéctico importante, en el cual los partidos fueron revitalizados e impulsados a la lucha por las necesidades femeninas, por el vaivén de las feministas.

 

Se pudo, pues, impulsar a los partidos tradicionales de izquierda desde afuera. Yvette Roudy, miembro de dirección del Partido Socialista Francés nos describe el trabajoso proceso de cómo lograr un cambio desde dentro de un partido y de los sindicatos. Es ella también quien sostiene que no podrá haber igualdad sin socialismo, porque el capitalismo patriarcal –y no existe otro– es una escuela de desigualdades.

 

Con esta frase, linda por veraz, también por sintética y, por eso apta para ser la última de este libro, lo iba a dar por terminado. Pero, cuando ya casi todo estaba escrito, tropecé, por casualidad con la historia del amor maternal de E. Badinter. Así, estuve a tiempo, para incluir unas líneas referidas al papel ideológico de Rousseau y cómo sus conceptos sobre la psicología femenina influyeron la teoría respectiva de Freud.

 

Hice dos descubrimientos que me impactaron y que quiero comentar todavía. Primero: entendí mi antipatía por Rousseau. Seguro que leíamos Emile en el Realgymnasium y que conocí, por eso, a Sofie, compañera modelo para un hombre ideal. Sofie era dedicada, sacrificada, totalmente entregada al hogar y a la maternidad. No era demasiado inteligente, pero sí práctica. No era discutidora, ni ambiciosa. Frágil y vulnerable, encontraba apoyo, guía y protección en su esposo. Nosotras, las mujeres, debíamos ser como ella, nos decía implícitamente Jean Jacques. Parece que no me gustó este discurso; lo reprimí, lo olvidé. Ahora entiendo por qué reaccionaba siempre con burla irónica cuando alguien alababa el famoso lema de Rousseau, el “retournons à la nature” que, para mí debe haber significado retornar a Sofie.

 

Segundo descubrimiento: mi madre, aun con sus contradicciones y rebeliones, era una madre rousseauniana. Empecé este libro hablando de mi madre y lo terminaré comprendiéndola mejor.

 

 

 

 

 

 

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Al establecer Badinter el vínculo entre Rousseau, Freud y sus seguidores, especialmente Helene Deutsch, recalca que la tríada característica de la “mujer femenina”, el “pasividad, masoquismo y narcisismo” ya viene de ciento cincuenta años atrás. Claro, la argumentación es nueva. Freud sostiene que el narcisismo mayor de la mujer es un intento de compensación de su falta de pene. Por eso disminuye gracias a la maternidad, ya que el niño significa para su inconsciente un sustituto fálico. Helene Deutsch argumenta que el masoquismo femenino es resultado de la vuelta “biológica” de la actividad dirigida primitivamente hacia el mundo, hacia sí misma, hacia dentro de la niña.

 

Ya que descubrí a mi madre como rousseauniana, pero también porque pertenecía a la generación de pacientes de Freud, revisé mis recuerdos, viendo si le cabían las tres características femeninas. Pero antes algo con respecto al narcisismo: años atrás, al escribir sobre la mujer, sus limitaciones y potencialidades15 sostuve, basándome en el concepto de Isabel Larguía sobre el trabajo invisible de la mujer, que su posesividad frente a los hijos se debe a que éstos son el único producto visible y perdurable que a la gran mayoría de ellas se permite producir. Son estos hijos que, si son bien logrados, testimonian el valor y la integridad materna. Ahora, al reflexionar sobre el narcisismo femenino que disminuye con la maternidad, me resultó claro que efectivamente los hijos, como único producto etc., son cargados con el narcisismo de su madre. Y me hacía recordar a mi madre y a una escena irritante para mí de niña y muchas veces repetida: Mamá, palpándome y verificando que era sana y robusta, solía decir: “Esta sí me ha salido bien”. Yo prometía ser un producto fuerte y perdurable.

 

¿Y el masoquismo femenino? Es cierto, mi madre era masoquista y siempre dispuesta a sacrificarse por sus hijas. Vivió sus últimos años prácticamente en la miseria, sin aceptar ninguna ayuda y cuidando una pequeña fortuna que le había quedado. Esta era destinada para nosotras, en herencia, especialmente para proteger la vejez de mi hermana. Sí, como muchas otras, ésta era una actitud sacrificada, “maternal” y masoquista, digna de Sofie. Pero cuando mi madre tenía la oportunidad, como lo describo en las primeras páginas de este libro, de ser activa, de dedicarse a algo, con pasión, y fuera del hogar, este masoquismo desaparecía como por encanto. En resumen, diría que la tríada femenina existe, pero como superestructura de determinada época, ya condenada a desaparecer.

 

15   Véase Cuestionamos n.° 2

 

 

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Descubrí que mi padre también estaba marcado por esta tríada y su ideología. Por eso, despertando mi protesta y mis celos edípicos, solía decir: “Mi Gretl es una santa”. Mi madre desde luego no era santa, y por suerte, diría ahora, pero tenía derecho a este título por el mero hecho de su maternidad. Y también, es cierto, por haber sido muy solidaria y nada prejuiciosa con mi padre, cuando realmente tuvo problemas, pero eso es otra historia. A veces nos miraba papá, a nosotras tres, a su mujer y a sus hijas y decía lleno de compasión: “Pobres mujeres, con lo que sufren por lo que tienen adentro”. Eso también venía de Sofie. Eramos genitalmenle frágiles y vulnerables. Por eso entendí tan bien a Melanie Klein, cuando conocí su concepto de “castración interna, femenina”, concepto que Freud tapó con el horror del complejo de castración del varón a la vista del misterioso genital de la mujer. De chica, al caminar por las calles de Viena, solía leer las chapas de las puertas que indicaban los consultorios médicos y sus especialidades. Solía preguntarme –preguntar a los adultos no tenía sentido, no me hubieran respondido– por qué había tantas chapas que decían “Frauenarzt”, médico de mujeres (ginecólogo en español es más discreto). Y me preguntaba, por qué no existía el “Mannerarzt” y si realmente éramos tanto más enfermizas que ellos.

 

Al final de este libro creo haber encontrado el denominador común del marxismo, el psicoanálisis y el feminismo, los tres intereses fundamentales de mi vida. Este denominador común es la conciencia: la conciencia para poder lograr el cambio.

 

 

 

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FEMINISMO Y SEXUALIDAD

 

Dedicaré una pocas líneas16 al tema de la sexualidad femenina, para comentar después unos aportes a la discusión sobre “el deseo natural de procrear” y sobre “el instinto materno”. Esta discusión hubiera sido, unas décadas atrás, inimaginalbe. La propongo debido a la presencia de Gisele Halimi, luchadora exitosa en Francia por el derecho de la mujer de disponer de su propio cuerpo. A ella la acusaron, como a todos los que luchan por este derecho, de atentar contra el “instinto materno” y, por ende, contra la moral y la naturaleza. De ahí mi planteo de discutir si existe realmente tal instinto y aún suponiendo que fuera así, si el ser humano en su larga evolución y lucha por el dominio de la naturaleza no demostró su capacidad de moldear las exigencias instintivas, según las necesidades e imposibilidades socioeconómicas y culturales.

 

Antes quisiera ejemplificar, al hablar de la sexualidad femenina, cuan social-mente determinadas somos.

 

Hasta hace relativamente poco fueron los hombres quienes, escribiendo sobre nuestra sexualidad, dictaminaban qué y cómo debiéramos sentir, nosotras las mujeres. Sus investigaciones demostraban, junto con nuestra inferioridad intelectual y nuestro infantilismo afectivo, nuestra predisposición magnífica para la maternidad. La descripción de nuestra sexualidad resultaba más bien pobre. Solían, además, generalizar, sin tomar en cuenta la pertenencia a la historia, clase y sociedad de las diferentes mujeres. Recién en las últimas décadas son mujeres las que lograron dedicarse al tema. Debemos a la antropóloga Margaret Mead, por ejemplo, el conocimiento de la existencia de “sociedades frígidas” y otras, donde se supone que la gran mayoría de las mujeres gozan violentamente. Debemos a la escritora Doris Lessing el conocimiento de la precariedad y de la dependencia emocional de la capacidad orgástica de ciertas “mujeres liberadas” de clase media y país desarrollado. El informe Hite nos ofrece la gama enorme de variedades de formas de goce de la mujer norteamericana, blanca, de clase media.

 

Podría seguir ejemplificando con las investigaciones de Masters and Johnson o con la literatura feminista muy abundante sobre el tema. Pero me limitaré al comentario de una paciente de clase obrera argentina quien, años atrás, tuve que entrevistar en un servicio psicosomático de ginecología. Cuando

 

16   Publicado en el Seminario: “Feminismo, Política y Movimientos Feministas”. 1-3 marzo 1982. Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo. México.

 

 

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pregunté a esta mujer cuarentona y desgastada sobre su vida sexual, me contestó: “Mi esposo es muy considerado. Como sabe, cuan cansada estoy de noche, no hace ya uso de mí, sino se arregla fuera de casa”.

 

Ella me demostró, de forma para mí dramática, cuan moldeable es el instinto sexual. Veamos ahora, a través de los comentarios sobre dos libros, como ocurre lo mismo con el “instinto maternal”.

 

Tres hombres Gunnar Heinsohn, sociólogo, Rolf Knieper, abogado y Otto Steiger, economista escriben sobre la “Teoría general de población de la era moderna” (Allgemeine Bevolkerungs-theorie der Neuzeit, Suhrkampverlag 1979). Los autores sostienen que el deseo de descendencia no es innato, sino el resultado del interés de la clase dominante. Este, a su vez, depende de las relaciones de producción y la ganancia correspondiente. La decadencia de la Roma tardía fue resultado del hecho que los esclavos ya no estaban interesados en tener descendencia, con el resultado de falta de brazos para el trabajo y para la guerra. Esclavos y proletarios lograron no tener hijos ya que en Roma junto con la desintegración de las familias patridas, el infanticidio, el aborto y anticonceptivos primitivos estaban a la orden del día. La necesidad de superar la disminución constante de la población trabajadora fue una de las causas que llevó junto con el hecho que desde el final del siglo II d.C. muchos esclavos y proletarios se habían transformado en pequeños campesinos, necesitados de herederos que trabajen su tierra, a la adopción de la religión cristiana. Era ésta y su herencia judía la que reestablecía la familia patriarcal en decadencia y prohibía el infanticidio y el acto sexual infertil. Sin embargo no se logró impedir que las parteras mantengan y amplíen su vieja sabiduría en métodos anticonceptivos y de aborto.

 

Según los autores fue recién al principio de la época moderna cuando el auge de un nuevo mercantilismo –la nueva economía representada por Jean Bodin– lleva a una eliminación radical de estas medidas limitantes del crecimiento de la población y de sus causantes. Según los autores la decisión de aumentar la población por todos los métodos factibles sería la causa del –hasta la eliminación masiva de seres humanos en los campos de concentración nazi– más horrendo crimen y masacre de la humanidad: la persecución, tortura y matanza de millones de mujeres, acusadas de brujería y trato con el diablo, pero de hecho por ser conocedoras de vieja sabiduría ginecológica, adquirida durante siglos y milenios. A través del terror –la letra con fuego entra– se impone la nueva consigna: no hay que tener los hijos , de los cuales uno puede responsabilizarse, sino los hijos que Dios manda. El placer sexual

 

 

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de la mujer es secundario y hasta indecoroso, lo importante es su función de madre. La familia adopta la moral cristiana, el “deseo natural de descendencia” y la maternidad y paternidad sin límites. Esta evolución provoca en nuestro siglo la explosión demográfica del tercer mundo junto con una liberalización de normas en el mundo desarrollado. Resurge la lucha por la libertad del aborto, se descubren anticonceptivos cada vez más seguros y mejores y se planifica a la familia. Sin embargo, en los países desarrollados esta planificación implica a menudo tener un sólo hijo o prescindir del todo de descendencia.

 

Las ventajas de una vida libre de las preocupaciones que causa la crianza de los hijos, parecen de más peso para muchas parejas, que el supuesto “deseo natural del hijo”.

 

En resumen, los autores sostienen que, la causa y el recuerdo del horrendo crimen cometido contra las brujas fue reprimido, hasta por los marxistas y sustituido por la creencia de un instinto maternal.

 

La tesis de los autores me pareció muy estimulante y digna de tomar en cuenta. No concuerdo con las deducciones que hacen para el futuro, o sea, que la única manera de aumentar de nuevo la disposición de las mujeres a la maternidad sería transformar a ésta en fuente de ingreso y, cuasi, en profesión. Creo que en este punto la integración de una mujer al equipo de autores hubiera sido de bastante utilidad.

 

Mencionaré ahora nuevamente “el amor en más” (L’amour en plus) de Elizabelh Badinter, que demuestra que no siempre bastaba, tener hijos, para despertar al instinto y amor maternal. Ella describe, como, desde el siglo XVII en adelante, hasta bien entrado el siglo pasado, la población urbana francesa solía desembarazarse de sus recién nacidos mandándolos al campo, al cuidado de amas de leche campesinas. El resultado fue una mortalidad infantil enorme y una baja preocupante a la larga, para los gobernantes, del índice de aumento de la población. Demuestra la autora, a través de su libro, como las madres de entonces carecían totalmente de “instinto maternal”, pero también, como éste fue creado, “el amor forzado” lo llama Badinter, con el tiempo por el desarrollo de una filosofía y moral impuesta. Fue Rousseau, quien inventó a través de la pareja ideal, Emile y Sofie, a la mujer suave, indefensa, de inteligencia práctica y dedicada totalmente a la atención del esposo y a la crianza de sus hijos. Sostiene que Freud y sus seguidores, especialmente Helene Deutsch, Melanie Klein y Winnicott, serían los últimos herederos de la ideología roussoniana. Predice una época nueva, en la cual ya

 

 

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no toda, la responsabilidad para la crianza y salud mental de los hijos, recaiga sobre la madre, sino donde se estaría despertando el “instinto paterno”. Daré como ejemplo el éxito de taquilla que obtuvo, unos años atrás la película “Kramer vs. Kramer” como también una nueva modalidad en los divorcios. Hay madres que deciden, “hacer su vida” y padres, de quedarse con los hijos.

 

 

México 1982

 

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PLANIFICACIÓN FAMILIAR E IMPERIALISMO

 

El tema17 me interesó desde hace mucho. Además sabía que en la Argentina, a pesar de sus 8 habitantes por kilómetro cuadrado, existen en salas de ginecología y obstetricia, servicios de Planeamiento Familiar, mantenidos por subsidios norteamericanos y llamativamente bien equipados. Suelen disponer de varios psicólogos, sociólogos y asistentes sociales rentados.

 

Años atrás, durante la recepción de un congreso, escuché cómo la esposa de un diplomático estadounidense alababa la labor médica que realizaba su nuera:

 

“Trabaja en el Centro de Family Planning en el ghetto negro de Chicago. Me dice a menudo que no tendríamos que preocuparnos tanto por el poder negro y él futuro, siempre que se siga apoyando la labor de estas instituciones. Allí logran convencer a muchas mujeres. Si se puede seguir trabajando en esta línea, dentro de pocos decenios habrán resuelto el problema negro pacíficamente”.

 

En ese entonces suponía que se “convencía a muchas mujeres” para que usen la píldora o la espiral. Pero la lectura del abundante material de propaganda de la Asociación Internacional (con sede en Nueva York) para la Esterilización Voluntaria, me aclaró el malentendido. Se trata de la vasectomía en el hombre y la ligadura de trompas en la mujer, que son “la manera más segura para evitar embarazos no deseados”. Los deseados también, ya que el método es definitivo.

 

Pero es un método útil para Estados Unidos. En Puerto Rico, p.e., el arte de persuasión sumado a la pobreza ya dieron resultados muy alentadores. En 1965 un tercio de las mujeres entre 20 y 49 años fue esterilizado. Pero lamentablemente “en América Latina, donde el problema de la explosión demográfica es casi tan grande como en la India” (parece que desconocen los datos de la Argentina o de Bolivia p. ej.) la esterilización voluntaria no tiene adeptos. Puerto Rico es, gracias a la influencia norteamericana, una excepción significativa.

 

El éxito del método allá se merece un estudio profundo (seguramente financiado por la Asociación) para ver “cómo podría lograrse lo mismo en otros países latinoamericanos”.

 

17   Publicado en Gaceta Psiquiátrica, Órgano Oficial de la Federación Argentina de Psiquiatras. Octubre 1973 n.° 14

 

 

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Pero en la India la pobreza reinante parece tan grande, que métodos psicológicos de persuasión son prescindibles:

 

“El estímulo ofrecido en la India a hombres oscila entre 1.30 y 4.50 dólares. Parece un testimonio trágico del compromiso del individuo con la sociedad, si es seducido a vender definitivamente su capacidad de reproducción por unos pocos dólares”.

 

¿Hay que esterilizar a la gente pobre o hay que combatir la pobreza? Ellos la combaten así, esterilizando. Luchan por un fin noble, Contra un gran peligro. El Prof. Ehrlich, de la Stanford University, autor de La bomba de la población declara que la vasectomía es un instrumento importante para la sobrevivencia del género humano. El Dr. Harrison Brown advierte que la intranquilidad social y hasta la guerrilla podrían ser la consecuencia del hambre. Ya que la gente teme morirse de inanición, recurre a la violencia. “Situaciones con toda la violencia de Vietnam podrían surgir en otros lugares”. “Para evitar guerras, el sentido común nos indica –dice otro colaborador del proyecto– que únicamente la aplicación de un programa vigoroso de planeamiento familiar, incluyendo esterilización voluntaria, tiene alguna chance de éxito. Los que trabajan por la paz y los que trabajan para este tipo de programas son aliados naturales, ya que luchan por la misma causa”. ¿No les alegra que tengamos ahora nuevos aliados?

 

La organización dispone también de una psiquiatra. El material de propaganda está lleno de estadísticas, color de rosa, donde el casi 100% de los interrogados posteriormente aseguran que están contentos de haberse sometido a la esterilización.

 

La Dra. Helen Edey dice al respecto: “las estadísticas, resultado de los cuestionarios tomados después de la operación no son científicas ni debida-mente controladas”. Además supone que quien asegura estar plenamente satisfecho con su esterilidad, niega las consecuencias psicológicas, para no enfrentar un hecho ya irreversible.

 

Octubre 1973

 

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PSICOANÁLISIS, LUCHA DE CLASES Y SALUD MENTAL

 

Mucho se ha dicho en estos últimos años, del psicoanálisis como instrumento del status quo y como terapia disponible únicamente para una élite.

 

Es por eso que creemos vale la pena transmitir una experiencia, aunque ésta haya quedado trunca, en la cual se intentó poner el psicoanálisis al servicio de la salud mental de la clase obrera.

 

Al pretender nosotros, un grupo grande de psicoanalistas, utilizar nuestros conocimientos en la práctica hospitalaria, seguimos a Gramsci, que exige a los intelectuales, (los técnicos) poner todo el bagaje de sus conocimientos a disposición del proyecto del proletariado.

 

Trabajamos desde este enfoque en la Argentina, país latinoamericano, cuyas características sociopolíticas de esta época pasamos a sintetizar a fin de inscribir nuestra experiencia en el marco histórico en el que se dio. Es un país potencialmente rico, con un desarrollo dependiente primero de Inglaterra y luego dé EE.UU. La población es blanca (pocos indígenas sobrevivieron a la conquista aunque en la clase baja hay mestizos). La clase dominante está constituida por latifundistas (oligarquía vacuna) y por industriales en auge desde la primera época peronista. La cúspide militar proviene de ambos sectores. La clase media, sólida, y fuerte, se compone de pequeños comerciantes, pequeños industriales y empleados. Entre ellos y entre sus hijos universitarios, el conocimiento es un valor fundamental: ofrece una alternativa de progreso social.

 

Debido a esta clase media inquieta, compuesta en su mayoría por inmigrantes o sus descendientes y colmada de contradicciones, el psicoanálisis que emerge de los años 40, tiene un desarrollo y un poder ideológico único. La Asociación Psicoanalítica Argentina formó psicoanalistas que aprendieron a aplicar su técnica exitosamente y en forma clásica en su consultorio privado.

 

No obstante, algunos siempre intentaron trabajar psicoanalíticamente en los servicios hospitalarios, enfrentándose con múltiples dificultades. Queremos ejemplificar con un caso extremo, en el cual el terapeuta, “buen analista”, procedente de clase alta y carente de cualquier formación marxista, no logra establecer contacto con sus pacientes de clase baja. Eso lo llevó a transformar la dificultad de encontrar un código común en un obstáculo insalvable.

 

 

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Publicó su experiencia en un trabajo, en el cual nos habla de la imposibilidad de un diagnóstico frente a estos pacientes villeros (“Nunca supimos diferenciar si nuestro paciente padecía de psicosis, psicopatía o debilidad mental”) y su tratamiento. Sostiene que el pobre es incapaz de conceptualización y basándose en un trabajo norteamericano, encuentra que también en la Argentina la colaboración del paciente de clase baja es nula, mientras que se recurra únicamente al uso de la palabra.

 

Nuestra concepción difiere fundamentalmente de ésta, aunque al ponerla en práctica hemos introducido ciertas variantes, que describiremos más adelante, en la técnica psicoanalítica clásica de terapia grupal.

 

Volvemos al país, 1966 de nuevo dictadura militar. En la “noche de los bastones largos” se desmantela la Universidad. Los servicios psiquiátricos más reaccionarios no son tocados, pero los jóvenes psiquiatras de izquierda recurren por primera vez, frente al vacío científico oficial a la Asociación Psicoanalítica. El ámbito institucional del psicoanálisis, casi aséptico hasta entonces, se contamina con sangre joven que nos trae sus conocimientos, pero también su NO a la psiquiatría manicomial y su preocupación social.

 

La dictadura militar se desgasta, crecen las luchas populares. Se cambia de dictador de turno. Sobreviene el Cordobazo, una lucha armada que dura tres días y transcurre en Córdoba, centro de la industria pesada y, en 1918, cuna de la reforma universitaria.

 

La lucha se generaliza en el país y muchos intelectuales adquieren conciencia política y se cuestionan su inserción y su praxis. En el curso de este proceso dos grupos importantes de psicoanalistas salen de su institución con una crítica política a la teoría y práctica que ésta enseña y permite. Otro grupo, de psiquiatras marxistas, olvidan su fobia y prejuicios frente al psicoanálisis y juntos confluyen en y militan desde la Federación de Psiquiatras, entidad, gremial, científica y política. Pronto se amplía la base y, entre la Asociación de Psicólogos, la Asociación de Psicopedagogos y la Federación de Psiquiatras se forma la Coordinadora de Trabajadores de la Salud Mental, con su Centro de Docencia e Investigación que imparte enseñanza de psicoanálisis y marxismo.

 

Una apertura política se vuelve posible gracias al desgaste y desprestigio creciente del partido militar, las luchas de la clase obrera, la actividad de la guerrilla peronista y marxista, y las presiones de los partidos políticos tradicionales, que obligan a Lanusse a asumir una “actitud democrática”. Esta

 

 

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se plasma en elecciones relativamente condicionadas a partir de las cuales el voto popular masivo conquista –por breve tiempo– el control de parte del aparato gubernamental, pero no el poder efectivo que permanece finalmente en manos de la derecha, cuyos agentes más visibles son los militares y los monopolios multinacionales.

 

El espacio político y social que abre este limitado retroceso de la reacción, permite aperturas en una serie de campos, entre ellos, el de nuestra actividad. En el plano de la psiquiatría se amplían y cobran una nueva vida y línea los Centros de Salud Mental y los servicios hospitalarios de psicopatología (Ya no seguimos intentando implantar la bibliografía norteamericana ideologizada y ajena a nuestras necesidades).

 

En este momento empieza nuestra experiencia, parecida, sin duda a la de muchos servicios. Sabíamos de la precariedad del proyecto, pero sentimos que debíamos aprovechar el espacio ideológico que la coyuntura política e histórica nos ofrecía.

 

Pasamos a describir la Institución, donde desarrollamos nuestra labor clínica. Se trata de un hospital general en una población suburbana, la de más alta densidad, del gran Buenos Aires. Un servicio de psicopatología, ya limitado a consultorio externo, desmantelado y pauperizado con únicamente dos profesionales rentados. Hemos contado con el apoyo lúcido de las autoridades del servicio, que habían en los últimos años superado su desconfianza por el psicoanálisis y, aunque nó colaboran con nosotros en la tarea concreta, la facilitaban con todos los medios a su alcance.

 

Destacamos esto, ya que toda labor institucional, tendiente a un verdadero cambio social se vuelve de por sí subversiva, y su evolución y duración depende de una interacción compleja entre las personas que la llevan adelanté, las autoridades de la institución y la lucha política dentro de la sociedad en la cual la institución está inscripta. En concreto: una labor como la nuestra fue posible, mientras la situación política de la Argentina parecía prerrevolucionaria, se volvió fácil durante el breve período de la presidencia de Cámpora (el slogan “El pueblo al poder” caracteriza a esta época) y se tornó más y más dura después, a medida que la derecha peronista reconquistaba y se afianzaba en el poder. Terminó bruscamente con el cierre de éste como de los demás servicios similares, días después que la Junta Militar asumiera el poder en la Argentina. Simultáneamente se cierran los centros progresistas de Salud Mental.

 

 

 

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Los pacientes: provenían del barrio obrero, en el que funcionaba el servicio. Algunos vivían en casas de material, otros en viviendas precarias de la villa miseria. Los hombres eran en su mayoría de extracción obrera; trabajaban como tales o como pequeños comerciantes, o se desempeñaban en un oficio independiente. Algunos provenían de clase media baja. Las mujeres eran en su gran mayoría casadas y únicamente amas de casa, aunque hubiera alguna empleada y obrera entre ellas. Casi todos los pacientes habían abandonado el estudio en el primario escolar, unos pocos recién en el secundario. Algunos habían recurrido al servicio de psicopatología por darse cuenta de “sufrir de los nervios”, pero muchos, ya que nuestro consultorio estaba inserto en un hospital general, fueron derivados por ptros servicios, como clínica médica, endocrinología, neurología, etc.

 

El equipo terapéutico: éramos varios terapeutas con experiencia en psico-terapia psicoanalítica de grupo. Organizamos los equipos de tal manera, que siempre hubiera dos coterapeutas experimentados, en lo posible un hombre y una mujer. Asistían además, como observadores participantes, varios psicólogos o psiquiatras jóvenes. Intervenían espontáneamente. El entrar gradualmente y, según el ritmo personal en la tarea interpretativa, facilitaba a los neófitos su aprendizaje. Según sus capacidades, se transformaron, en el curso de la terapia, en coterapeutas que, a su vez, podían formar nuevos equipos. Como todos teníamos el mismo derecho a intervenir, también podíamos discrepar con las interpretaciones dadas por otro.

 

De esta manera se enriquecían las interpretaciones, abarcando contradicciones y enfoques más globales, pero también desmitificando ante el paciente, la palabra santa del analista. Así se establecía un diálogo más fluido entre terapeutas e integrantes del grupo.

 

Ninguno de nosotros estaba pago en el servicio, pero los mayores nos financiábamos este y otros trabajos con nuestro consultorio privado, mientras que los jóvenes recibieron de esta manera una formación práctica, desde ya gratuita, que de otra forma, difícilmente hubiera estado a su alcance. Para su formación teórica disponían de los cursos del Centro de Docencia e Investigación. Ya que todos estábamos ligados al trabajo gremial y político de la Coordinadora, entidad que mencionábamos antes y que nos abarcaba como trabajadores de la salud mental, poco a poco formábamos un código y un proyecto común. También nuestra técnica y nuestras expectativas cambiaron y se consolidaron sobre la marcha. Pero en esta época muy caliente hubo poco tiempo para la teorización y conceptualización de nuestra

 

 

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experiencia; recién ahora lo podemos intentar, pero en ese entonces sabíamos, desde ya, que no éramos terapeutas “neutrales”, porque no existe neutralidad en una sociedad de clases, y, que la supuesta neutralidad que se exige y se enseña en las asociaciones psicoanalíticas oficiales es, de hecho, complicidad con el sistema.

 

Hablaremos ahora de nuestra meta y técnica terapéutica aunque no la tuviéramos clara desde un principio. A nivel de meta práctica hablamos de 3 tipos de enfermos: 1) Los que vinieron a resolver un conflicto o una crisis actual: éstos se quedaron poco tiempo y no pretendemos que hayan obtenido modificaciones importantes; resolvieron su conflicto actual por encontrar a otros que los escucharon y los acompañaron en su problema. 2) Los que nos fueron derivados de otros servicios con los cuales intentamos juntos entender el conflicto subyacente a su dolencia psicosomática, para que logren prescindir de esta defensa autodestructiva, y 3) Los que venían a modificar una conducta o un sufrimiento “neurótico”. Con ellos la meta sería que logren discriminar y asumir la propia responsabilidad en esto, la de su familia y de la sociedad. Esto en mayor o menor grado es también válido para todos los pacientes. Implica un cuestionamiento de la familia y de la sociedad, que alivia de vivencias de fracaso y de sentimientos de culpa, a menudo inconscientes, que se desarrolla en la interacción de los integrantes del grupo y de los terapeutas. Es importante, ya que en nuestra sociedad competitiva nos inculcan que cada uno solo es responsable de sus éxitos y fracasos.

 

Concordamos con Pichón Riviere que todo proceso de curación implica un aprendizaje. Pero subrayamos que para que se logre y para que la persona que necesitaba en su momento la ayuda terapéutica, pueda después seguir adelante sin terapia, deberá haber adquirido no solamente insight en los problemas psicológicos que la llevaron a la enfermedad, sino también los instrumentos necesarios, para entender cómo la sociedad y el lugar que ocupa en ella condicionó su propia vida. Pero tampoco esta toma de conciencia será operativa si no aprende simultáneamente a salirse de su aislamiento y adquirir vínculos solidarios, más allá de su pequeño mundo privado.

 

Insistimos en la solidaridad, porque pudimos observar como el proceso terapéutico de los grupos evolucionaba en la medida en que ésta se consolidaba no obstante las rivalidades-tensiones y ambivalencias existentes. Pero también porque conocemos la estrategia fundamental del capitalismo que, gracias al aislamiento al que nos somete, transforma millones de seres

 

 

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humanos en polvo humano (Lukács) y lograr así, manipularlos con facilidad. Así nos expone al desamparo y a la dependencia y nos priva de la posibilidad de establecer vínculos libidinosos. Como única seguridad nos ofrece la competencia y eficacia individual.

 

En la medida que contraponemos a la competencia enfermante que nos impone el sistema social dominante, la solidaridad y creamos lazos de cooperación, nuestra meta de salud se vuelve subversiva. Lleva al obrero, a la esposa, al niño, a cuestionarse el porqué de su dependencia.

 

No adoctrinábamos en los grupos, no pretendíamos formar células de militantes, pero sí, trabajar con los pacientes concretos y los medios y la técnica posible para lograr una salud, contradictoria con las propuestas del sistema. Nosotros pertenecíamos a otra clase que nuestros pacientes, pero teníamos este proyecto en común con ellos.

 

Describiremos ahora las modificaciones técnicas que aprendimos con nuestros pacientes y con la institución sobre la marcha, aunque nuestro marco de referencia seguía siendo psicoanalítico. Pero nuestro manejo posible del tiempo era distinto. No puede pedirse, por ejemplo, a un ama de casa que abandone su hogar, gastando en transporte, regularmente durante años, recurriendo a la vecina para que le cuide a sus niños y pidiendo al esposo que se prepare la comida. Su tiempo vale, igualmente vale el tiempo del obrero. Nuestros pacientes privados tienen muchas posibilidades de manejar su horario. Esta variable tiempo, nos llevaba a evitar la regresión profunda; nunca quedábamos en silencio (tipo Bion), interpretábamos poco en transferencia, pero no dejábamos de hacerlo, si se trataba de volver consciente el resentimiento frente a los o al terapeuta o a los compañeros del grupo, como también su idealización al servicio de la dependencia infantil. Enfatizábamos más la problemática actual, sin por eso, prescindir, de la historia de cada integrante. Excepcionalmente recurríamos a una breve dramatización de alguna escena traumática del paciente, para que él pudiera unir mejor su pensar, comprender y sentir, encuentro fundamental en toda terapia.

 

Aunque generalmente nuestras intervenciones fueron interpretativas, con algunos pacientes no era factible prescindir del todo de una medicación. Había en cada equipo, un integrante a cargo de ésta, quien medicaba en la medida que fuera estrictamente necesario y discutido con el paciente. Este recurría generalmente al psiquiatra una vez terminada la sesión grupal. La

 

 

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asistencia al grupo de un profesional, también experto en esta tarea, permitía un dosaje mínimo y adecuado de los psicofármacos.

 

No condenábamos como acting out los encuentros de los miembros del grupo terapéutico, sino los considerábamos enriquecedores, ya que estaban al servicio de la terapia. Ejercitaban la solidaridad del grupo.

 

No explicitábamos que nuestro trabajo no recibía remuneración económica. Para nuestros pacientes éramos médicos y psicólogos del hospital, cuyo pago a nadie se le ocurrió poner en duda. Pero nos abstuvimos de aclarar eso para que ellos no se sientan atendidos por filantropía, idealizándonos y, frenando por eso la transferencia negativa.

 

En estos grupos comparábamos una vez más, que una terapia analítica es perfectamente operativa, aunque el paciente no pague por su atención. Freud, mucho tiempo atrás y a nivel de consultorio privado y análisis clásico de seis veces por semana, mantuvo que un tratamiento gratuito no era factible ni para el psicoanalista, por causas económicas obvias, ni para el analizado ya que aumentaría mucho sus resistencias. Haber trasladado esta afirmación al trabajo institucional, haberla mantenido durante medio siglo, implica una ideologización, cuya base monetaria es evidente. Nosotros, en nuestros grupos tuvimos justo la impresión opuesta: la ausencia de un contrato económico entre pacientes y terapeutas facilitaba la labor y limpiaba el campo transferencia! de interferencias. El paciente podía proyectar situaciones múltiples en nosotros, pero nunca sentirse mercancía.

 

Explicitábamos que los jóvenes terapeutas que asistían al grupo, estaban incluidos en el equipo a los fines de su formación. Ejemplificamos las ventajas de esta veracidad con el siguiente material: en el mes de vacaciones la pareja terapéutica mayor “papá y mamá” no atiende. El grupo queda a cargo de un joven psiquiatra. Este es recibido en las primeras sesiones con burlas irónicas y resentimientos “Los padres se van, para hacer el amor y pasarlo bien. Ellos, los pacientes-hijos quedan al cuidado de un hermano mayor”. Pero en el transcurso del mes cambió la actitud del grupo. Frente a la interpretación consecuente de la dependencia infantil de los integrantes: “¿qué podemos hacer sin mamá y papá?” y de la parálisis subsiguiente, disminuye la trans-ferencia negativa. Se llega a un enfoque más realista: “¿de qué nos sirve criticar sistemáticamente cada interpretación del joven?” y después al “¿qué podemos hacer juntos y con él, sin nuestros grandes terapeutas?”. Finalmente se produce un trabajó fructífero, gracias al logro de una

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

coparticipación de todos, solidarios con el joven y dispuestos a colaborar con su formación.

 

Esto nos lleva a otro ítem importante: La transferencia se establece, en circunstancias favorables, con la institución que sirve de continente, más allá de las técnicas que la componen. Pero esto se da únicamente si la institución comparte el proyecto terapéutico.

 

Para hablar ahora de indicación y contraindicación de nuestra psicoterapia deberemos recurrir a diagnósticos psiquiátricos y psicoanalíticos. Nos moveremos pues, en esta terminología, aclarando antes que estamos al tanto de la ideologización de la nosografía psiquiátrica y la larga discusión que suele provocar. Pero nuestro uso de ella es muy relativo. Prescindir del todo de ésta terminología implicaría entrar en el juego de las palabras, para redescribir en otros términos, menos culpógenos tal vez, lo que todos sabemos.

 

No se nos planteó, en las entrevistas de admisión, atender en los grupos psicóticos graves, ya que nuestro servicio carecía de internación. No aceptábamos pacientes traídos por sus familiares por crisis agudas, con peligro de suicidio. Pero, si en el curso de la terapia grupal surgía este riesgo para un integrante, confiábamos que el grado de solidaridad adquirido por el grupo le serviría de contención. Esta expectativa nuestra nunca fue defraudada, aunque el equipo terapéutico trabajara una sola hora semanal con cada grupo.

 

Rechazábamos hipocondríacos u otros cuadros de aislamiento narcisístico tan grave, que no pudiera esperarse que llegue a una interacción positiva con los demás integrantes.

 

Aceptábamos sin problemas, a “psicópatas” y “perversos”. Consideramos, como indicación casi absoluta para una terapia grupal inmigración y exilio. El grupo tiene, en estas circunstancias, una función doble: la normalmente terapéutica y la de ofrecer arraigo y solidaridad al recién llegado.

 

Tropezamos, un día, con una contraindicación no pensada previamente; por desconocimiento, casi incluimos en un grupo a un policía, yerno de un comisario. Al darnos cuenta de su ocupación e ideología concomitante desechamos esta posibilidad, ya que podría poner en peligro la discusión franca de la situación política del momento en el grupo, transformarse en alcahuete y estereotiparse en un papel fijo de perseguidor.

 

 

 

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Hablaremos ahora de nuestros pacientes y, en primer lugar del ama de casa de clase baja. Ellas formaban parte importante de las que buscaban nuestra ayuda. El ama de casa está actualmente en el centro de interés de feministas y marxistas; se discute su doble explotación –triple para la esposa de un obrero de país dependiente– ya que produce y reproduce la fuerza de trabajo del obrero sin recibir remuneración. Se analiza su psicología, condicionada por su no participación en la producción de valores de cambio. Y en general con respecto a la mujer se critica como ideologizado el concepto freudiano de su supuesta inferioridad y castración.

 

Nosotros no entraremos aquí en la polémica; nuestro enfoque surgirá del material clínico. Se basa, en la práctica, en una intervención realizada con anterioridad a nuestra experiencia en el servicio. En ésta estudiamos la patología, los factores desencadenantes, y la personalidad premórbida de un número de amas de casa de extracción proletaria que recurría al consultorio externo por cuadros de ansiedad, somatizaciones, frigidez, etc. Seguíamos en nuestra investigación las líneas principales del enfoque ya clásico de Wilhem Reich: La reclusión en el hogar de la esposa del obrero y su dependencia económica de él que es explotado a su vez aumenta su represión sexual la vuelve reaccionaria que repercute en sus hijos. Pudimos demostrar cómo el ama de casa se enferma y se infantiliza en estas circunstancias, cómo se reduce su mundo a la pequeña familia y vecindad, cómo se refuerza regresivamente su dependencia de la madre y de la suegra y cómo efectivamente, en el transcurso de los años, el único contacto que suele mantener con el esposo es el sexual, pero como rutina, transformado en una tarea doméstica más. Ella ni pretende ya, recibir o dar cariño y, menos aún, gozar de esta unión.

 

Frustrada, careciendo de autoestima, delega sus proyectos vitales en los hijos, desquitándose al mismo tiempo con ellos de sus carencias y repitiendo así su propio condicionamiento. Finalmente se enferma, para recuperar un lugar más importante en la familia. Eran estas amas de casa las que más provecho sacaron del grupo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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HISTORIALES CLINICOS:

 

Susana, mujer agradable de unos treinta años, esposa de un ferroviario, nos fue derivada por el servicio de clínica médica a causa de una hipertensión escencial. Callada durante largo tiempo, escuchaba con sumo interés las discusiones de los demás. Sin embargo una vez se dedicó casi una sesión entera a Susana; fue cuando ella planteó su temor pánico ante la inminencia de un viaje a su pueblo natal. Ahí se iba a enfrentar con su suegra temida, dueña de su esposo y rival de ella. En esta oportunidad las interpretaciones del grupo y los terapeutas lograron disminuir su temor; volvió contenta de su viaje. Desde entonces comenzó a participar más activamente en el grupo y a formar lazos amistosos, especialmente con Ramón, muchacho homosexual del que hablaremos más adelante. Un día llega, sonrojada y feliz; –“No necesito venir más. Ya me curé”. –nos explica–. –“Ya sé que no tengo la presión alta, sino calentura no más”–. Gracias a las explicaciones que Ramón le había dado en el café, había hablado sinceramente con su esposo, por primera vez, sobre sus dificultades sexuales y como él debiera actuar, para que ella pudiese gozar. Así logró superar su frigidez, subyacente a su trastorno de presión.

 

Elena, casada con un ex paracaidista que, debido a un accidente, tuvo que colocarse como empleado gráfico, llega al grupo por un estado depresivo y de ansiedad. Durante meses se limita a quejarse de su esposo, porque éste tenía una amante y se despreocupaba de ella y de los hijos. Costó tiempo, hasta que Elena pudiera mostrar los autorreproches que se escondían detrás de esta acusación y confesar en el grupo que ella también tenía un amante. Gracias a la reacción comprensiva y no moralista de los demás, como a las interpretaciones de los terapeutas, pudo recién entrar en su problemática real: era imposible para ella separarse de su esposo, pues su amante estaba casado y no dispuesto a un divorcio y ella no podía mantenerse sola y, menos aún, mantener a sus hijos. No sabemos cuál fue su salida ulterior, pero empezó a trabajar antes que terminara el grupo. De todos modos, la terapia le sirvió para transformar un problema ficticio y, por eso enfermante, en otro real.

 

Alcira, la mantenida, joven divorciada y atractiva, consulta por estados de ansiedad y trastornos de tipo de conversión histérica. Está cargada con todas las ambiciones y todos los prejuicios de clase media baja. Es cursi. Su amante, gracias al cual puede económicamente dedicarse a preparar el ingreso a medicina, comparte cuidadosamente su tiempo libre entre ella y su propio

 

 

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hogar. Cuando él llega del trabajo, ella debe estar libre, y esperarlo con la comida lista y la cama preparada. Además ella no lo quiere. El, bastante mayor que Alcira, es un sindicalista burócrata de tercera línea, fóbico, machista y casado.

 

En una terapia individual previa, Alcira se había afianzado en sus estudios, pero sin cambiar su sintomalología, ni su problemática vital. En el grupo se decide, a pesar de las protestas de su amante, a buscar trabajo. Encuentra un empleo afín a su carrera, en una clínica. Luego rompe con él; simultáneamente mejora bastante de sus síntomas.

 

María, ama de casa, casada, es derivada por el servicio de pediatría, porque, debido a su “nerviosidad”, trataba mal a sus dos hijos. Las cosas con su marido tampoco iban bien, ya que se había vuelto frígida en estos últimos años. “El sexo no le interesa más, tiene otras preocupaciones más serias”. Lo único que le interesa es la salud de su hermana, mucho menor que ella y a su cargo, que sufre de un aneurisma. En cualquier momento puede tener un accidente grave.

 

María no se siente cómoda en el grupo; no quiere seguir viniendo. “¿De qué le sirve, si su problema no puede ser resuelto con palabras?”. Y el discurso de los demás no le interesa, pues siente las preocupaciones de los otros ajenas a ella. Recién a raíz de una experiencia dolorosa y parecida de otro integrante del grupo (el nacimiento y muerte de un niño con malformación congénita grave), se descongela de golpe, interviene y comienza a contar, fríamente, pero después con todo su dolor, una parte de su vida que nunca había mencionado. Y descubrimos, bajo esa preocupación absorbente y enfermante por su hermana, el duelo por la muerte de un hijito suyo, con malformación cardíaca. La enfermedad última y la muerte de este niño había ocurrido, años atrás, en circunstancias muy especiales. El personal del hospital de niños, donde estaba internado su hijo, estaba de huelga. Esta falta de atención apresuró, tal vez, el desenlace final.

 

María junto con un grupo de madres, concordaba políticamente con la huelga y ayudaba, como podía, para suplir la falta de personal. El clima de solidaridad que vivían estas madres configuró una experiencia gratificante. Pero también, y eso era lo más difícil de admitir para ella, se sintió aliviada por la muerte de un niño irremediablemente inválido (Por eso fue reprimido y dio lugar a un duelo congelado que paralizó su desarrollo y aprendizaje vital,18 ya que es

 

18 Fernando Ulloa (Comunicación personal).

 

 

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sustituido en castigo, por la preocupación constante por su hermana). Este proceso inconsciente se aceleró dramáticamente. El cambio que María experimentó, cuando había podido comprender y elaborar toda esta situación fue espectacular. Ella logró en un lapso muy breve, recuperar su personalidad anterior y también su militancia. De alguien encerrado en una problemática fija, limitante e insoluble, se transformó en una persona interesada de nuevo en su esposo, sus hijos, y en el mundo.

 

Pronto decidió no necesitar más de la terapia; pero, al despedirse de nosotros, nos entregó a cada uno un volante del Partido al cual había ingresado.

 

Después de un tratamiento de algunos meses María se dio de alta, Susana también. Pero, ¿los pacientes tienen derecho a eso? En términos clásicos de terapia analítica eso sería una resistencia a combatir con múltiples inter-pretaciones. Nuestro criterio era distinto. Si buscamos que el paciente se independice, si confiamos que aprendió algo en el grupo, lo creemos con pleno derecho a decidir por sí mismo, pero, y eso es importante y vuelve menos riesgoso el desprendimiento, también con el derecho, de recurrir de nuevo al grupo cuando lo necesite.

 

Lina, mujercita frágil y poco llamativa, se sentía infeliz y peleada con todos. Era obrera. Quería seguir trabajando. Militaba. Tenía el proyecto de estudiar en el colegio nocturno; pero estaba casada, tenía un hijo y una suegra con la que convivía. Esta era su rival invencible. Cuando su marido le pedía algo, ya la suegra se lo había alcanzado. Cuando pretendía, en el poco tiempo disponible, preparar una comida para su marido o su hijo la suegra ya lo había hecho.

 

El grupo le da un primer consejo operativo: que coloque un tabique en la cocina, prescinda de la ayuda de la suegra y asuma las dificultades que eso le iba a traer. El tabique sirvió, por que simbolizaba la distancia oportuna de su suegra y la intimidad mínima, necesaria para la convivencia con su esposo. Mejoran las relaciones familiares. Logrado eso se retira del grupo, argumentando falta de tiempo.

 

En ese momento las circunstancias le imponían un mayor compromiso político en su trabajo en la villa miseria. Pasan seis meses y Lina vuelve. Había disminuido sus horas de trabajo y había entrado en un colegio nocturno para adultos. La represión en la villa había aumentado muchísimo. Dos veces habían baleado el local del partido en el cual trabajaba. Además estaba

 

 

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embarazada. Como todo se complicó y ella sentía que sola no podía enfrentar las situaciones, había decidido su vuelta al grupo.

 

Siguió por un tiempo y se retiró de nuevo. No sabemos qué pasó después, pero, relatamos su historia, no sólo para ejemplificar la fuerza y el espíritu de lucha de una militante de la clase obrera, sino también para aclarar, cómo sentimos nuestra función. Como ya dijimos, no pretendíamos siempre lograr en nuestros pacientes cambios profundos, ni altas definitivas. Pero sí sentíamos como nuestra obligación fundamental, estar disponibles para cuando cualquiera de ellos necesitara volver, por precisar de ayuda. Podría decirse que respetábamos mucho más la realidad vital de los que atendíamos, que lo que suele hacerse en un tratamiento psicoanalítico clásico.

 

Isabel: pero no todos nuestros pacientes eran héroes. Isabel respetaba el sistema. Gorda y carenciada sexualmente, de 40 años, analfabeta del interior del país, con una infancia maldita sin padre, era viuda de un gendarme que nunca se dignó casarse con ella, aunque tuvieron juntos tres hijos. Isabel vivía en la villa con la pequeña pensión que sus hijos recibían como huérfanos del finado gendarme. La ayudaba, además, su hija mayor. Esta era todo su orgullo y su esperanza. Gracias a ella saldrá de la miseria. Sus hijos varones no servían para eso; el menor, por su poca edad, y el mayor, porque era "medio hippy" y peronista de izquierda. Ella también era peronista, desde ya adoraba al general; pero era como se debía ser, una peronista de las de antes.

 

Aprendimos mucho de Isabel. Hubo mucha discusión en el grupo gracias a ella. Por ejemplo, cuando contaba satisfecha que en una huelga en la fábrica, donde su hija se desempeñaba como capataza, ésta se había puesto del lado de los propietarios.

 

Isabel tuvo su momento de felicidad cuando, entre el hijo del "judío de la fábrica" (el dueño) y su nena (la capataza), parecía darse un idilio amoroso. Pronto se iban a casar. Era patético, verla a Isabel en el grupo, con las cejas depiladas, en preparación para el casamiento. Pero cuando el compromiso fracasó, su orgullo herido no le permitió, seguir en el grupo.

 

Pasamos ahora a describir el material y destino de tres pacientes hombres.

 

Primero Ramón, del cual ya hemos hablado en conexión con Susana. Ramón, muchacho corpulento, inteligente, de 28 años y extracción de clase media baja, homosexual desafiante, llegó al grupo por una depresión grave que le impedía trabajar, amar y terminar sus estudios secundarios. Ramón se siente

 

 

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víctima, y con causa, de sus padres. Mientras que a su hermano le dieron el tratamiento adecuado a la criptorquídea que padecía, con él, que tuvo el mismo problema, aplicaron un experimento hormonal con resultados desastrosos. Ramón quedó estéril y con unos senos, debidos a altas dosis de hormonas, que tuvo que eliminar a través de cirugía estética. Era, a pesar de su apariencia imponente, arrogancia y agresividad verbal, un homosexual pasivo. Desarrolló una transferencia erótica intensa con el terapeuta hombre del equipo, a quien amenazaba con suicidio o con enloquecerse, si éste no se ocupaba más de él. Sin embargo, con ciertas pacientes mujeres podía ser muy tierno y fraternal. Especialmente les ayudaba en la comprensión de su problemática sexual, como también en cómo manejar adecuadamente y sin dañarlos a sus hijos varones. Ramón aprovechó la experiencia del grupo en un máximo, tal como nosotros, los terapeutas, también aprovechamos su capacidad de comprensión e interacción con los demás.

 

Citamos su caso para demostrar que la homosexualidad en sí, no constituye, según nuestra experiencia, una contraindicación a la terapia grupal. Pero tampoco creemos que, por lo menos en América Latina, la homosexualidad pueda servir de bandera de liberación. Ni nuestra problemática, ni la salida social necesaria pasan por este terreno.

 

Hablaremos ahora de Ramiro, obrero metalúrgico a quien no pudimos ayudar. Apareció en el grupo enviado por neurología, con el diagnóstico de simulador. Necesitaba una renta y arrastraba lamentablemente una pierna. Era un hombrecito vencido, de unos 40 años, que aparentaba mucho más. No tenía familia, su mujer lo había abandonado con sus hijos. Dos veces asumió su condición de clase. En la primera ocasión se discutía acaloradamente la “ejecución” por un grupo guerrillero de un burócrata sindical, corrupto y poderosísimo. El intervino bruscamente, cuando una integrante del grupo defendía al muerto por ser padre de familia. Con suma violencia contó como este mismo sindicalista, 20 años atrás, lo había humillado y traicionado a él y a su gremio. La segunda oportunidad se dio cuando la misma mujer, sobrina de un pequeño propietario de fábrica, le ofreció un puesto de sereno. El aceptó encantado, pero a las pocas semanas renunció con violencia a su trabajo, “porque éste no era digno, sino en la práctica, tarea de policía y espía de los compañeros” que trabajaban ahí. A Ramiro no lo pudimos ayudar porque sus necesidades concretas eran demasiado urgentes y, efectivamente, no podían ser satisfechas con palabras. Pronto comenzó a faltar y finalmente desapareció del grupo.

 

 

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Finalmente Juan, que fue causante de una larga y esclarecedora discusión ideológica, enfocada tanto desde el punto de vista psicoanalítico y social. Juan, lindo muchacho de unos 28 años, pobre, aunque tuviera en España parientes adinerados, estaba casado con una muchacha ambiciosa, que se atendía en otro grupo. De joven había entrado en la policía, para poder ganarse la vida. Sin embargo renunció cuando lo quisieron usar, primera-mente, para matar pequeños ladrones y después, como provocador en una manifestación obrera. Luego procuró mantenerse como electricista.

 

Durante la presidencia de Cámpora se ofrecía el reingreso a la policía a quienes se habían ido por discriminación política, con pago de todos los haberes; Juan podía tomar este camino, obteniendo así los medios para que su mujer salga de la villa, de la casita precaria y disponga de baño propio y cocina. Si se decidía a esto ella lo amaría mucho.

 

Se discutió esto durante toda la sesión se analizó entre todos qué era ser policía. Juan no dijo nada al final, pero ya no defendía su proyecto. Recién en sesiones posteriores nos enteramos que había renunciado a él.

 

Al revisar estos historiales y recordar muchos otros que no describimos aquí, podemos definir mejor cuál fue nuestra meta terapéutica.

 

Pero antes quisiéramos recalcar de nuevo: no encontramos dificultades específicas para aplicar nuestros conocimientos psicoanalíticos. Los pacientes entendían nuestras interpretaciones; tenían mayor o menor capacidad de insigth, igual como ocurre entre burgueses; estaban tan capacitados como nuestros analizandos de consultorio privado, para pensar y hablar en lugar de actuar. Pero algunos, muy carenciados, tenían una enorme necesidad de esta hora, durante la cual tenían defecho de escuchar y ser escuchados; que alguien se interesara por su destino y fuera testigo de éste, era mucho más inmediato y por eso más apreciado y terapéutico de lo que es para nuestros pacientes privados.

 

Sin embargo, cuando faltaban los medios mínimos para susbistir como en el caso de Ramiro, fracasábamos.

 

Nuestra meta terapéutica: Hemos descrito logros relativos y también fracasos. En términos generales podríamos decir qué nuestra meta era –aparte de las mejorías sintomáticas– ayudar a nuestros pacientes a perder, o disminuir, por lo menos, prejuicios sexuales y sociales y liberarse relativamente de la ideología de la clase dominante. Era también lograr descubrimientos

 

 

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súbitos, al debilitarse la represión y los sentimientos de culpa inconscientes. Era poder adquirir conciencia y una visión diferente de sí mismos y del mundo. Era conseguir que comprendan cómo habían sido condicionados para ocupar el lugar que la sociedad les adjudicaba y, poder tomar decisiones, en un clima de solidaridad, que ofrecían una salida a su situación (muchos comenzaron a estudiar, algunos a interesarse activamente en el proceso social).

 

Resumiendo podríamos decir, que muchos de ellos se acercaron, durante el breve lapso que durara nuestra labor, al grado de salud posible que permitiera su historia y condición vital en el momento histórico y político que atravesaba nuestro país.

 

Traemos esta experiencia sabiendo que no puede ser repetida tal cual en otro lugar y momento. Sin embargo esperamos que ayude a los compañeros que buscan soluciones parecidas a encontrar una alternativa factible.

 

 

 

México 1982

 

Marie Langer y Alberto Siniego

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA MUJER: SUS LIMITACIONES Y POTENCIALIDADES

 

 

...para el campo psíquico el territorio biológico desempeña en realidad la parte de la roca viva subyacente. La repudiación de la femineidad (por la mujer) puede ser otra cosa que un hecho biológico, una parte del gran enigma de la sexualidad.

 

Freud, Análisis terminable e interminable.

 

 

 

La mujer no sería psicológicamente un hombre castrado, sino que ya habría nacido como hembra.

 

Ernest Jones, resumiendo los aportes de Melanie Klein.

 

 

 

Tomar como axiomática a la envidia del pene en la mujer es antibiológico, ya que eso presupone que la mitad de la raza humana estaría disconforme con su sexo.

 

Karen Horney, Sobre la génesis del complejo de castración femenino.

 

 

 

Si las mujeres creen que su situación dentro de la sociedad es una situación óptima, si las mujeres creen que la función revolucionaria dentro de la sociedad se ha cumplido estarían cometiendo un grave error. A nosotros nos parece que las mujeres tienen que esforzarse mucho para alcanzar el lugar que realmente deben ocupar dentro de la sociedad.

 

Fidel Castro, Discurso, 1966.

 

 

 

La mujer es el producto más deformado de la sociedad de clases.

 

Isabel Larguía, “Contra el trabajo invisible”.

 

 

 

 

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I

 

 

Estas citas, tan polémicas y contrapuestas, resumen, por un lado, la historia tumultuosa del concepto psicoanalítico de Freud de la supremacía del hombre y de la envidia del pene de la mujer, y sintetizan, por el otro, el criterio cubano con respecto a ella. Los cubanos son, desde Lenin, los primeros que replantean específica y científicamente este problema, tratado con anterioridad por Marx y especialmente por Engels. Reunidas, nos colocan en otra vuelta de espiral frente a la vieja problemática de la igualdad y diferencia de los sexos, como también frente al viejo dilema de prioridades, causas, efectos e interrelaciones entre los factores biológicos y socioeconómicos que forman la psicología del ser humano y determinan sus capacidades.

 

Intentaré una confrontación, para ver dónde estas líneas de pensamiento que, obviamente, se contradicen también concuerdan o se complementan, aunque esto ocurra en diferentes niveles.

 

Empecemos desde el lado psicoanalítico con una breve reseña de los criterios de Freud, de Horney y de Melanie Klein. Freud estudió, primero y principal-mente, el desarrollo de la sexualidad infantil en el varón. Para él, el sexo “estándar” era el masculino. Después atribuyó a la mujer el mismo desarrollo hasta el momento en que la niña se da cuenta por primera vez de la diferencia anatómica entre los sexos, reconocimiento que, según él, generalmente ocurre a los tres o cuatro años de edad.

 

Dice que la niña reacciona siempre frente a este descubrimiento, con un sentimiento inmediato de envidia, deseando tener ella misma un genital masculino, sintiéndose inferior y despreciando a su propio sexo. La inter-pretación que ella encuentra a su falta de pene es la de haber sido castrada. Este proceso psicológico sería independiente del ambiente social de la niña. Pasada la primera desilusión, la niña llega solo paulatinamente y a través de muchos conflictos, a reconciliarse con su propio sexo, pero generalmente subsiste durante toda su vida cierto resentimiento por su femineidad. Además, su falta de pene, que considera casi un defecto orgánico, tiene como consecuencia indirecta una inferioridad en el plano psicológico, cultural y moral.

 

 

 

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Freud explica esta inferioridad por el diferente destino del complejo edípico en ambos sexos. Mientras que en el varón el temor a la castración lleva a una renuncia total al amor incestuoso hacia la madre y, de esta manera, a la disolución (Untergang en alemán) del complejo, la niña, que no teme un ataque físico, por sentirse ya castrada, primeramente espera recibir el pene del padre, para transformar luego este anhelo en el deseo de tener un hijo con él. La ecuación pene-niño queda vigente en el inconciente de ella porque no ha sido destruido, sino únicamente reprimido su amor sexual hacia el padre. Por eso su superyó y conciencia moral se constituyen de una manera menos tajante que en el varón. Suponemos que esta sería la aportación psicoanalítica para entender el espíritu menos revolucionario y más reformista de la mujer, como también su capacidad para la espera y la ensoñación, representada con maestría en la Odisea por Penélope.

 

En el camino de su maduración la niña sufre un proceso arduo y penoso que a menudo no llega a un final feliz, ya que debe trocar su actividad primitiva en pasividad, abandonar a su primer objeto de amor –la madre– por el padre, y desplazar su zona de placer sexual de su pene diminuto, es decir de su clítoris, a la vagina. Si no logra eso, no habrá alcanzado su femineidad, en la cual el hijo simboliza un sustituto del pene.

 

El concepto según el cual la envidia del pene es el eje de la psicología femenina fue aceptada por todos los primeros colaboradores de Freud y sigue, para la gran mayoría de los psicoanalistas, aún hoy en vigencia. Sin embargo, no es casual que hayan sido principalmente psicoanalistas mujeres, en primer lugar Karen Horney luego Melanie Klein, quienes hayan cuestionado este enfoque y descubierto el carácter eminentemente defensivo de la envidia del pene.

 

Según Karen Horney la niña envidia al varón porque él posee un órgano genital visible, que puede mostrar y tocar, lo que implica también que él sí puede cerciorarse, cuando quiere, de que está intacto y no ha sufrido la castración, es decir, un daño genital. K. Horney critica como antibiológica la posición psicoanalítica de tomar como axiomática la envidia fálica y ver en el hijo principalmente un sustituto del pene anhelado. Es biológicamente absurdo suponer que la mitad de la raza humana esté disconforme con su sexo. Si concordamos con Fidel Castro en que “las mujeres tienen que esforzarse mucho para llegar a alcanzar el lugar que realmente deben ocupar dentro de la sociedad”, admitimos que efectivamente la mitad del género humano debería estar insatisfecha con su sexo. Pero creemos que en la

 

 

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actualidad esto ya no es un hecho biológicamente determinado, sino que se debe a otras causas, aunque en una época lejana la distribución de papeles entre los sexos, tan desfavorable a la mujer, se haya basado en la mayor fuerza varonil y la posesión del pene.

 

Los conceptos de Freud sobre la psicología de la mujer fueron duramente criticados por marxistas y feministas como desligados del proceso histórico y tendientes a considerar la familia patriarcal y capitalista como inamovible, es decir, en último término, como reaccionarios. Basándose en este criterio rechazaron, a menudo, todo el psicoanálisis. Sin embargo, por desconoci-miento, nunca entraron a la discusión las investigaciones de Melanie Klein.

 

Menos en Buenos Aires, tal vez. Dentro y fuera de la Asociación Psicoanalítica Argentina fueron consideradas, durante mucho tiempo, como básicas. Pero con cierto tinte de moda, lo que hace que actualmente sean suplantadas, a menudo, por “la vuelta a Freud” o por Lacan, quien no se preocupó mayormente por el problema femenino.19 Personalmente creí que la vuelta a Freud es necesaria. A mí también, y especialmente a nivel técnico, me ha dado mucho. Admito también que hubo exageración en el seguimiento de los kleinianos. Pero no deberíamos prescindir de ciertos conceptos de Melanie Klein que son fundamentales e indudablemente operativos, especialmente en lo que concierne a la sexualidad femenina. Me refiero a la reparación, la fantasía inconciente y la castración femenina. Freud, maestro en descubrir lo latente, se quedó frente a la genitalidad femenina y la envidia del pene en lo manifiesto, y dejó de lado lo imaginario.

 

Para Melanie Klein la envidia del pene y la frecuencia de una actitud viril en la mujer, sería defensiva. La niña pequeña, simultáneamente con su amor por la madre, también la odió por las frustraciones tempranas, sentidas durante la lactancia, y por sus celos del padre y su envidia por todo lo que imagina que la madre tiene adentro. Porque ésta, en las fantasías inconcientes de la niña, no tiene solamente los pechos llenos de leche deseada, sino también la panza llena de niños que el pene de papá le da. Ataca y destroza en estas mismas fantasías a los contenidos de la barriga de mamá (no solamente en fantasías, ¿vieron cómo los niños pequeños patalean la panza de mamá, y especial-mente cuando ésta está embarazada?) pero teme por eso mismo la venganza

 

19   Pero finaliza una breve aportación al tema: “Propuestas destinadas a un Congreso sobre Sexualidad Femenina”, con el siguiente párrafo que si lo entendí bien, contribuye a nuestro planteo: “¿Por qué en fin la instancia social de la mujer permanece trascendente con relación al contrato que propaga el trabajo?; y especialmente ¿es por su efecto que se mantiene el estatuto del matrimonio en la decadencia del paternalismo?”

 

 

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de su madre y que ésta la haya destruido internamente. Claro, lo mismo podría temer el varón, ya que él también odia y patalea. Pero él puede cerciorarse (Karen Horney) de que está intacto. Su genital no es invisible. Ve, toca y usa a su pene y lo admira en su funcionamiento. La niña le envidia esta misma ventaja y defensivamente, por temor de haber sufrido ya la castración retaliativa en su interior, lo que equivale a nunca poder llegar a ser mujer (temor a la castración femenina), se imagina, deseando siempre de nuevo, que ella también tiene pene, hasta convencerse, reiteradamente también y con dolor, de que nunca lo tuvo o que ya lo ha perdido.

 

Así se enfrentan, en el terreno psicoanalítico, tres tesis radicalmente diferentes: la mujer se siente por causas biológicas, es decir por su falta de pene, inferior y como un varón castrado (Freud); la mujer acepta su sexo, aunque frente a las ansiedades tempranas, debidas a su configuración anatómica, pasa por una etapa durante la cual, defensivamente y por su temor de no ser intacta internamente, anhela poseer un pene (Melanie Klein); y la mujer, en su primera infancia, envidia al varón porque dispone de un órgano sexual visible y tocable, el pene (Karen Horney).

 

Del lado marxista, Castro afirma, lisa y llanamente, que aun en Cuba, donde tienen pleno acceso a cualquier profesión y actividad, las mujeres deberían estar disconformes con su situación y Larguía nos habla de la mujer como “del producto más deformado de la sociedad de clases”.

 

Su primer trabajo sobre el tema publicado junto con Dumoulín en 1972, por la Casa de las Américas (Cuba), ya es clásico y fundamental para nuestra discusión. Por oso citaré literalmente algunas partes y resumiré otras despreocupándome por el espacio que utilice. Aprendí mucho a través de la lectura de este artículo.20

 

Empecemos:

 

“La familia, en su forma conocida por nosotros, surge con la disolución de la comunidad primitiva... La ‘casa’ surge como primera forma de empresa privada, propiedad del jefe de la familia, para la producción, el intercambio y la competencia con las demás casas y para la acumulación del plusproducto21 (...) No había sido siempre así. En la comunidad primitiva, el trabajo y las demás actividades sociales se realizaban en común, y tanto la propiedad como las relaciones de parentesco reforzaban estos lazos colectivos.

 

20   Isabel Larguía y John Dumoulin, ”Hacia una ciencia de la liberación de la mujer”.

 

21   Es decir en el momento en el cual el hombre aprende a producir más de lo que consume.

 

 

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“Fue solo con el surgimiento de la familia patriarcal que la vida social quedó dividida en dos esferas: la esfera pública y la esfera doméstica.

 

“Estas dos esferas tuvieron una evolución desigual: mientras en la primera se producían grandes transformaciones históricas, la segunda, que evolucionaba más lentamente, operaba como freno de la primera.22

 

“Con el desarrollo del intercambio mercantil y de la división de la sociedad en clases, todos los cambios económicos, políticos y culturales tuvieron su centro en la esfera pública, mientras que en el hogar solo se consolidó la familia individual como actualmente la conocemos.

 

“La mujer fue relegada a la esfera doméstica por la división del trabajo entre los sexos, al tiempo que se desarrollaba a través de milenios una poderosísima ideología que aún determina la imagen de la mujer y su papel en la vida social.”

 

Hasta aquí se trata de un resumen inteligente de conceptos elaborados por Marx y Engels en común (La Ideología alemana) y posteriormente por Engels (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado). Pero lo que sigue es, que yo sepa, el aporte original, sumamente esclarecedor, de Larguía y Dumoulín. Antes de citarlo, una breve aclaración: mientras que Freud nos habla de lo biológico como la “roca viva”, base de las tan diferentes características de ambos sexos, obviamente los autores marxistas también consideran lo biológico como básico, pero lo toman estrictamente dentro de sus límites funcionales. Engels adjudica a las diferentes funciones de hombre y mujer, en el proceso procreativo, la primera división de trabajo, y Larguía Dumoulín destacan que, de las tareas que clásicamente se adjudican a la mujer, solo la reproducción y la lactancia son determinadas biológicamente, mientras que la educación y el cuidado de los hijos, como la labor en la casa, de por sí no son trabajos fijados al sexo. Pero tienen una característica muy especial: son “trabajo invisible”. ¿Qué quiere decir? Cito:

 

“A partir de la disolución de las estructuras comunitarias y de su reemplazo por la familia patriarcal, el trabajo de la mujer se individualizó progresivamente y fue limitado a la elaboración de valores de uso para el consumo directo y privado. Segregada del mundo del plusproducto, la mujer se constituyó en el cimiento económico invisible de la sociedad de clases. Por el contrario, el trabajo del hombre se cristalizó, a través de diferentes modos de

 

22   Mientras que los hombres ya llegan a la huna, el hogar y lugar de trabajo de las mujeres sigue siendo “un miserable taller individual”.

 

 

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producción, en objetos económicamente visibles, destinados a crear riqueza al entrar en el proceso de intercambio. En el capitalismo, ya sea como propietario de los medios de producción o como operador de los mismos, por medio de la venta de su fuerza de trabajo, el hombre se define esencialmente como productor de mercancías. Su posición social se categoriza gracias a esta actividad y su pertenencia a una u otra clase se determina según la situación que ocupe dentro del mundo creado por la producción de bienes para el intercambio.

 

“La mujer, expulsada del universo económico creador de plus-producto, cumplió, no obstante, una función económica fundamental. La división del trabajo le asignó la tarea de reponer la mayor parte de la fuerza de trabajo que mueve la economía, transformando materias primas en valores de uso para el consumo directo. Provee de este modo a la alimentación, al vestido, al mantenimiento de la vivienda, así como a la educación de los hijos.”

 

O dicho de otra manera: si el obrero tuviera que pagar, fuera de su hogar, por su comida, la limpieza de su ropa y la crianza de sus hijos, necesitaría, para su subsistencia, un sueldo mucho mayor, y la plusvalía, o sea el beneficio, la ganancia de su patrón, sería mucho menor. De esta manera, nuestro mundo capitalista basa su subsistencia y rentabilidad en el trabajo invisible da la mujer, ama de casa, independientemente de que ella trabaje, además, fuera del hogar. En este caso, el trabajo invisible se transforma en su segunda jornada de trabajo, que se agrega a su otra labor. La familia patriarcal es sagrada y considerada como biológicamente predeterminada e inamovible por el sostén que la mujer en su hogar da al sistema. Es por eso también que la derecha suele unir en un solo lema “patria, familia y propiedad”.

 

La primera división de trabajo se implantaba, pues, sobre las diferencias anatómicas de los sexos. Las funciones procreativas de la mujer se ligaban al hogar y determinaban su mayor debilidad física y su dependencia de la protección del hombre para la crianza de los niños. Esta necesidad facilitaba, a su vez, la perpetuación de su sumisión económica. Todo esto es archisabido. Pero se suelen dejar de lado en este análisis dos hechos fundamentales. 1) Solo en nuestro siglo el sexo se independiza de la procreación y la mujer asume en general el control de su fertilidad. Por otra parte, 2) la diferencia de fuerza física relativa y parcialmente producto de una educación diferente, se vuelve solamente absoluta en las marcas máximas de rendimiento de las olimpíadas, pero ya no cuenta en la vida diaria altamente mecanizada.

 

 

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II

 

Tanto para los marxistas como para los psicoanalistas la evolución psicosocial tan distinta de la mujer y del hombre arranca desde las diferencias sexuales. Pero obviamente analizan las consecuencias de esta situación de manera diferente. Precisamente por eso me parece interesante que puedan descubrirse analogías e interrelaciones. Veámoslo con respecto a las consecuencias de lo “invisible”, característica que se refiere tanto al trabajo de la mujer, como a sus genitales.

 

Concretamente: ¿cómo influye psicológicamente el trabajo invisible en la mentalidad de la mujer que lo realiza? Supongo que todos tenemos claro a que se refiere Larguía, cuando lo define así: El ama de casa, por ejemplo, cocina durante horas. Produce algo, importante y necesario: la comida. Pero, ¿cuál es el destino de este “producto”? Su consumo inmediato transcurre generalmente sin pena ni gloria o con pena, a través de comentarios típicos: “No me gusta eso” (los niños). “¿Por qué, si ya sabes que quiero el bife bien cocido o bien crudo, nunca aprenderás a hacerlo así? ¿Es pedir tanto por parte de un hombre que viene cansado del trabajo?” (el marido). O con gloria: “Realmente excelente. ¡Dame la receta!” Con estos comentarios nos movemos ya en la clase media y quien habló en último término es la visita. Después se levanta la mesa, se lavan los platos y cuando todo esté finalmente limpio y ordenado como había estado antes, el trabajo realizado durante horas efectivamente, se ha vuelto invisible. Lo mismo podríamos decir de la limpieza, de la manutención de la ropa, etcétera. Pero lo que aquí nos interesa es cómo influye esta situación conciente o inconcientemente en la “disconformidad de la mujer con su sexo” y en su carácter y destino.

 

De hecho, el trabajo invisible aísla y deprime. Carece de estímulos, de prestigio y de remuneración económica directa. Ataca la autoestima. Por todos estos factores “promueve y mantiene una mentalidad burguesa”.23 Y a veces llega a enfermar. Además, efectivamente, ínfantíliza. Todo eso se sabe. Pero, a menudo, sin saberlo realmente, no es fácil medir el grado de aisla-miento y regresión que provoca.

 

Freud nos asegura24 que la mujer, preocupada por su familia y poco capacitada para la sublimación, cela con hostilidad al varón que, se brinda a la sociedad y al progreso cultural.

 

23   Kate Randall, “La conciencia es una prioridad”, en Para la liberación del segundo sexo, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1972.

24   Sigmund Freud: “El malestar en la cultura”, Obras completas.

 

 

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Muchos sociólogos y políticos han señalado que la mujer de clase obrera vota generalmente por la derecha, es decir, por el anticambio y en contra de su propio porvenir.

 

Las últimas elecciones chilenas demostraron de nuevo que gran parte de las mujeres de clase obrera votan contra los partidos marxistas, y de este modo contra sus propios intereses. Para Wilhelm Reich25 la inclinación de la mujer de votar por la familia, la propiedad privada y la patria, proviene de haber ínternalízado como único papel femenino posible el que le impone la sociedad capitalista, es decir, el de la madre desexualízada. Este voto es consecuencia de la represión sexual que ella sufre, y sirve, simultáneamente, para perpetuarla. Hoy en día diríamos que la mujer está colonizada desde adentro.

 

Es cierto que en la semana siguiente a las elecciones chilenas muchas mujeres argentinas vílleras y de clase obrera votaron contra la dictadura militar y por el peronismo. Pero no todas ellas lo hicieron por la “patria socialista”. Sin embargo, todas votaron a Perón, porque habían quedado fíeles a Evita a pesar de todas las promesas y toda la represión de 18 largos años. Evita había logrado movilizar a las masas femeninas de bajo nivel económico y ganarlas para el cambio. Al romper el esquema psicosocial vigente para la mujer argentina en general, y para una primera dama muy especialmente, había creado un liderazgo femenino, único en la historia. Desde ya que su figura merecería un estudio aparte y a fondo. Quisiera destacar aquí solo algunos elementos aislados: el poder de Evita no radicaba únicamente en la ayuda concreta que daba a las masas femeninas, ni en haberles brindado la oportunidad de tener voz y voto y una dignidad que antes nunca habían conocido, sino que les hablaba en su idioma y despertaba y respondía a sus sentimientos. Cuando Evita hablaba, generalmente no con un discurso lógico, ni se dirige a una conciencia de clase abstracta, sino a la mujer tal cual es, con todas sus fuerzas frenadas y con todas las limitaciones que le impone el papel al cual la sociedad de clases la limitó.

 

Además, en sus discursos se alternan dos figuras muy diferentes: la compañera Evita a menudo es el “gorrión humilde” que vale solamente por su amor al General, para convertirse de golpe en otra lúcida y reivindicadora de su sexo: “Ha llegado la hora de la mujer redimida del tutelaje social y ha muerto la hora de la mujer relegada a la tangencia más ínfima con el verdadero mundo dinámico y moderno.”26

 

25   Wilhelm Reich, Psicología de masas del fascismo, Buenos Aires, Editora Latina, 1972.

26   Eva Perón: Mensaje a las mujeres. 1949

 

 

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Sin embargo, no fueron todas estas reflexiones, sino una observación concreta en el hospital la que hizo que Sylvia Bermann, otros compañeros del servicio y yo empezáramos una investigación al respecto, a través de una encuesta.27 Nos llamó la atención el gran número de amas de casa de clase media baja o clase obrera que concurrían al servicio de psicopatología con cuadros depresivos. Cito:

 

“En la gran mayoría de las pacientes que interrogamos, el cuadro por el que habían consultado puede definirse como una depresión reactiva en una personalidad inmadura. El resto sufre de estados depresivos poco definidos. En su sintomatología se observa la presencia de angustia vaga, deseos de llorar, labilidad, falta de madurez afectiva y frigidez. Alrededor de la mitad sufre de algias hipocondríacas.”

 

Estas mujeres no siempre habían sido así. Generalmente se acordaban con nostalgia de la época en la cual salían de su casa para trabajar. Dejaron el trabajo para atender a los niños que, ahora, ya habían crecido. Generalmente los esposos eran buenos y la situación económica no demasiado abrumadora. Pero la vida sexual les interesaba poco. Sus diversiones –salidas– se limitaban al núcleo familiar, como, regresivamente, todas sus alegrías y penas. En la mayoría de los casos la depresión que durante largo tiempo fue mero aburrimiento, se desencadenó abiertamente por la pérdida de uno de los padres o un disgusto con la madre o con uno de los hijos. Vivían apegadas a mamá. Estaban llenas de tabúes y miedos al “qué dirán”. El mundo entraba en su casa casi exclusivamente a través de los vecinos. Cocinaban, fregaban, atendían al marido, a los padres, a los hijos y necesitaban enfermarse, para recibir algo de mimos y estímulos. La catástrofe mayor podía darse en un conflicto de lealtad típico. ¿Si mamá y el esposo se llevan mal, a quién hay que hacer caso?

 

Incluimos en nuestra encuesta, en contraste con investigaciones hechas por otros autores que ya demuestran lo neurotizante de la vida del ama de casa, dos factores que nos parecían fundamentales: la vida sexual marital que se había vuelto muy pobre y la carencia de toda ideología activa. Y llegamos a plantearnos si en la psicoterapia a seguir deberíamos aconsejar alguna actividad comunal o ideológica. No nos animamos a sugerir que vuelvan al trabajo, por dos causas obvias: 1) la desocupación actualmente imperante en

 

27   Sylvia Bermann, Marie Langer, Horacio Mazzini, Francisco Ortega y Sonia Zanatti, Patología femenina y condiciones de vida, trabajo presentado en el V Congreso Nacional de Psiquiatría, Córdoba, 1972.

 

 

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nuestro país y 2) lo agotador de la segunda jornada de trabajo que tiene que cumplir la mujer de clase obrera, cuando vuelve de la fábrica.

 

Una pequeña observación al margen: en nuestros países subdesarrollados la mujer de clase media puede trabajar profesionalmente y evitar así tanto la segunda jornada como el tedio del confinamiento al trabajo invisible, ya que dispone de servicio doméstico barato. O, como antes la mujer de la burguesía podía mantener su “pureza” física y virginidad, virtudes dudosas, pero entonces muy apreciadas, a costa de las prostitutas, ahora la mujer de clase media mantiene su hogar y su mente a costa de la chica del interior y sin formación que se le ofrece como sirvienta.

 

A esta altura de nuestras reflexiones lo característico de la mujer podría condensarse en la palabra “invisible”. Tanto para marxistas, como para psicoanalistas su anatomía define su destino. Para los marxistas, ello ocurre casi en los albores de la humanidad; al llegar el hombre al poder crear instrumentos de trabajo que le permitieron producir más de lo necesario para su subsistencia, limita a la mujer al hogar y a las tareas ligadas a la crianza de los hijos y al mantenimiento de la fuerza de trabajo. Esta situación la condena al trabajo “invisible” y persiste hasta ahora, determinando toda su caractero-logía específica. Para la gran mayoría de los psicoanalistas su genital “invisible” y su desconocimiento consecutivo de su capacidad procreativa y de goce la inferioriza y la conflictúa, para confinarla posteriormente en el hogar. La familia su función en ella son la meta de su evolución “normal”.

 

Esta familia, cimiento de la sociedad de clases, produce una superestructura ideológica que dificulta reconocerla como elemento histórico pasajero y que hasta casi impide pensar con claridad sobre la mujer.

 

Supongo que es por eso que recién con Larguía y Dumoulín, se haya descubierto el valor económico y el freno revolucionario que implica el trabajo invisible de la mujer. Hay más analogías entre lo biológico y lo social. Como cada comida, preparada con esmero, desaparece en pocos minutos, cada menstruación responde a un trabajo biológico invisible que fue inútil, ya que no dio fruto. Hasta el mismo orgasmo femenino –objeto de discusiones acaloradas entre psicoanalistas y feministas– recién gracias a la tecnología moderna y al ingenio de Masters y Johnson, pudo perder su carácter de misterio e invisibilidad y fue estudiado y verificado objetivamente.

 

 

 

 

 

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El único producto visible y duradero que logra la mujer dentro de su vida hogareña, es el hijo. Y a su amor y atadura por este hijo se agrega, posesivamente, su necesidad de mostrarlo a los demás y de educarlo de manera que testimonie su propio valor, frente al terror creciente de perderlo, cuando él sea adulto y se independice, robado por otra mujer.

 

Todos somos cómplices de la limitación de la mujer al trabajo invisible. Hasta Juan XXIII cuando dice que “Dios y la naturaleza dieron a la mujer diversas labores que perfeccionan y complementan la obra encargada a los hombres” y, desde ya, hasta los psicoanalistas. Según Kate Millet:

 

“La psicología ha reemplazado a la religión como fuerza conformista del comportamiento social, de modo que se puede catalogar a cualquier actividad que vaya contra el statu quo, considerado norma, como conducta desarreglada, lamentable o peligrosa.”28

 

Traeré un ejemplo al respecto: analizo, actualmente, en el hospital, a un grupo de mujeres. Tengo a dos jóvenes psicólogas como observadoras participantes. Profesionalmente están bien formadas. O deformadas, como decía mi amiga Diana, del Centro de Docencia e Investigación, cuando hablamos de la dificultad de enseñar y, por eso, de aprender un psicoanálisis distinto. Mis observadoras dicen exactamente lo que yo hubiera dicho tiempo atrás. Veamos: una mujer joven de clase obrera y precaria situación económica, que espera su primer hijo, cuenta cómo intenta estudiar, para evitar en el futuro la vida mezquina que lleva su madre. “Usted quiere superar a su mamá”, le dice una de las psicólogas. Esta es una interpretación “correcta” y aparentemente nada más.

 

Ya que la joven quiere estudiar medicina, todavía podría haberse agregado algo al respecto de su rivalidad transferencial. Pero latentemente –y somos especialistas de lo latente– es una intervención ideológica y culpógena, porque implica que eso –querer superar a mamá– está mal. Pero, ¿por qué está mal, querer superar a la madre de una? ¿Y por qué da culpa? Porque así nos lo enseñaron. Este es nuestro superyó que sirve para que uno no “supere” a los padres y para que la familia y el mundo queden tal cual es.29 La

 

28   K. Millet, “Política sexual”, en Para la liberación del segundo sexo, Bs. As., Ed. de la Flor, 1972.

29   Discutiendo este ejemplo con una amiga mía que aprecio también como colega, ella sostuvo que no era cierto que, años atrás, hubiera interpretado así. Ni muchos otros analistas tampoco. Que además, "usted quiere superar a su mamá" no era una interpretación, sino un señalamiento. Es cierto que sobresimplifico. Ocurre porque estoy polemizando. Es cierto también que Freud, cuando afirma que superar al propio padre genera culpa, se refiere justo a una culpa irracional que el análisis debiera poder disolver. Pero es cierto también que a menudo se interpreta culpógenamente por la inconciente contaminación ideológica que sufre nuestro instrumento.

 

 

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chica que quiere estudiar y que además ¡oh escándalo! no está feliz con su embarazo, sigue hablando: “Usted rivaliza con su marido”, acota la otra psicóloga. Este trabaja y estudia. Lo mismo hace ella, pero cuando tenga el niño le será casi imposible seguir su carrera. Sin duda la observadora tiene razón. ¿Pero, en sí, está mal rivalizar en un ambiente donde el hombre tiene poco y la mujer nada? Bueno, ella tiene su embarazo, como le recalca una integrante del grupo. Mientras que el esposo tiene, como el padre también, pene, aclara otra, con cierta experiencia previa de psicoterapia analítica hospitalaria. Es cierto, estamos hechas así. ¿Pero implica esta diferencia biológica que no se debe pretender cambiar de destino? ¿Cambiar cómo? ¿Individualmente? Yo, sabiendo que el marido de la chica embarazada, además de trabajar y estudiar, milita en la izquierda, resumo:

 

“Es cierto que usted pretende llegar a más que su madre y tener la misma oportunidad que su marido. ¿Y por qué no? Está en su derecho. Pero hay dos caminos para lograrlo: luchar únicamente para salir una misma o luchar, simultáneamente, para que todos salgan y la vina deje de ser mezquina.”

 

Tal vez valga la pena detenernos acá para analizar en detalle tres intervenciones terapéuticas. Interpretar significa verbalizar explícita –o implícitamente– lo latente que la otra persona expresa a través de muchas señales, pero especialmente de su discurso. Se interpreta usando un esquema referencial –el psicoanalítico–, un instrumento –el propio inconciente–, y además interviene en el proceso toda la personalidad del que interpreta, es decir, también su concepción del mundo.

 

Al decir: “Usted quiere superar a mamá” se interpreta estrictamente en un nivel edípico, dirigiéndose a la niña dentro de la mujer adulta que sigue compitiendo con su madre por papá. La segunda interpretación (usted rivaliza con su marido) apunta a la envidia fálica, es decir, al complejo edípico negativo y tiene la finalidad implícita que la paciente asuma esta envidia, la descarte posteriormente y adopte una actitud “femenina” hacia el marido-padre, aceptando al niño como sustituto del pene anhelado. Curiosamente, en nuestra paciente esto equivaldría a que renunciara primero a sus estudios para después, cuando la situación económica, gracias al esfuerzo conjunto de la pareja, lo permita, renunciar también a su trabajo. Dicho más concreta-mente: las dos interpretaciones estrictamente edípicas tienden a transformar a una mujer “rebelde” en sumisa ama de casa y paciente futura de nuestra encuesta antes mencionada. Dedicada plenamente al trabajo invisible del

 

 

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hogar, vivirá “como mamá” en dependencia emocional total de su marido-padre y de su hijo, único producto visible y sustituto del pene. Será más infantil que el hombre con menos capacidad de sublimación, ya que también ahora cela, como Freud lo describe, de la actividad política de su marido. Pero, ¿la mujer es así, o la sociedad la moldea de esta manera?

 

Sin embargo, las dos psicoterapeutas habían interpretado de buena fe y sin ninguna intención conciente de apoyar a esta sociedad, al poner de modelo a la familia patriarcal. En ellas lo latente era su ideología en favor de la sociedad de clases.

 

Tomemos ahora mi interpretación. La primera parte retoma el nivel edípico, pero intenta implícitamente que la paciente discrimine entre sus deseos infantiles y sus derechos de mujer adulta. Pero la segunda parte (“Pero hay dos caminos, para lograrlo: luchar únicamente para salir una misma o luchar simultáneamente para que todos salgan y la vida deje de ser mezquina”) apunta a otra parte del drama edípico y de la historia humana y alude no al marido-padre, sino al marido hermano.

 

Tótem y Tabú es un elemento importante en la teoría de Freud. Plantearé después una duda que tengo al respecto que, sin embargo, no anula lo que quiero decir ahora. Según Freud, la horda de los hermanos se alió para matar al padre tirano que los explotaba y que, para conservar su posesión sobre las mujeres de la horda, los expulsaba cuando llegaban a la madurez sexual. Una vez que lo mataron, lo devoraron en comida totémica, lo endiosaron y lo introyectaron como superyó. Después, obedeciendo ya a este superyó y para que la tragedia no se repitiese, renunciaban al incesto con las madres y hermanas de la horda. Al hablar del complejo edípico que, individualmente y como fantasma repite este acontecimiento histórico, nos referimos casi siempre a la prohibición para el varón del amor incestuoso hacia su madre y del ataque celoso contra el padre. Pero dejamos de lado otra situación igualmente prohibida y reprimida por el superyó que es previa al crimen edípico: la alianza entre los hermanos. Podemos deducir que, según esta hipótesis, lo más “criminal”, y por eso lo más prohibido y reprimido por este superyó paterno, es vencer los celos mutuos entre hermanos para destronar al padre o, ampliado a la sociedad, anteponer la solidaridad entre compañeros al bienestar individual y familiar y al respeto por la autoridad instituida.

 

 

 

 

 

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Al hablarle a la paciente del “segundo camino” le señalo implícitamente que no confunda a su marido con su padre, sino que lo equipare simbólicamente con su hermano, para aliarse con él y con otros compañeros contra el sistema, como lo puede haber hecho en su infancia contra los padres, pero ahora de manera adulta y con una meta en común.

 

 

 

 

 

III

 

Es difícil tomar distancia para descubrir cómo la ideología imperante se filtra en la ciencia, y cómo, en la nuestra, mezclamos criterios biológicos, psicológicos y culturales, para mantener a la familia. Tomemos como ejemplo a la lactancia, función biológica de la mujer que está en un paulatino proceso de desaparición. Yo, como otros psicoanalistas, estaba hasta hace poco convencida de la importancia del amamantamiento y del valor fundamental de una relación madre-hijo intensa para la salud mental de ambos.

 

¿Pero realmente importa tanto la alternativa pecho o mamadera? O, para dar un paso más (y creo, el decisivo), ¿realmente está mal que en los países socialistas muchos niños se críen desde la segunda semana de vida en guarderías? Creo que está bien. Creo que una jardinera con vocación, que dispone además de todos los medios necesarios y trabaja un solo turno al día, está mucho más preparada que una madre, generalmente nerviosa, cansada y a menudo exasperada, para criar a un niño. Supongo, además, que es esta crianza colectiva la que atenta realmente contra la propiedad privada. Y vi, además, niños llamativamente sanos, alegres, seguros, en estas guarderías del Este. Pero inclusive allí les cuesta pensar que eso está bien. Porque el superyó, según Freud, o la fuerza de las costumbres, según Lenin, son difícilmente modificables. Por eso las directoras de las guarderías casi se disculpaban, al informarnos que muchos de los niños estaban desde muy chiquitos con ellas. Una jardinera en Berlín Este explicó cómo se cuidaba para que los niños no la quisieran más que a mamá.

 

 

 

 

 

 

 

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¿Pero está mal que un niño quiera más a su jardinera que a mamá? Todavía eso no está demostrado. Además, el amor no se mide. Tiene cualidades diferentes según el vínculo que se establezca. Un niño que no dependa totalmente de la madre, como una madre que no necesite totalmente al niño, ni le sacrifique otros intereses y necesidades, aprenderán desde el principio una relación más equilibrada e igualitaria.

 

¿Y el padre? Para que un niño desarrolle bien su identidad sexual en este mundo de dos sexos, necesita de un contacto temprano con ambos y el padre le falla a menudo, tanto en la sociedad capitalista, como en la socialista. Aquí, entre nosotros, los padres separados a menudo son los que mejor cumplen con su papel, al dedicarse al niño unas cuantas horas por semana, intensa y seriamente, como si fuera una profesión. Pero en la sociedad socialista, como lo sugiere Margaret Randall30 para Cuba, debería haber jóvenes que colaborasen en los círculos infantiles. El niño necesita el contacto físico con un hombre. Estudiantes, maestros y psicólogos debieran dedicarse a atender y jugar con los chicos y a enseñarles, jugando, a adquirir su identidad física y a las niñas su esquema corporal complementario. No hace falta que un varón juegue con armas, ni una niña con muñecas, para que cada uno pertenezca realmente a su sexo. Pero necesitan de presencias y vínculos tempranos con ambos sexos, para identificarse con uno y diferenciarse de otro, sin que eso determine una ideología.

 

Hay que investigar mucho con respecto a todo eso. Afortunadamente en Cuba se realizan ahora estudios muy serios que comparan la evolución psicosocial de niños criados en guarderías y círculos infantiles con otros que recién entran a la sociedad cuando asisten a la escuela.

 

Corremos el riesgo de romper la familia. ¿Pero es generalmente una institución tan sana? Nosotros, los psicoanalistas, que vivimos de los errores cometidos por la familia en la infancia de nuestros pacientes, deberíamos haber sabido cuestionarla tiempo atrás. De todos modos, desde hace unos cuantos años, Laing, Cooper y otros lo hicieron con inteligencia y lucidez. Pero, ¿por qué tardamos tanto? Porque cuestionar el vínculo madre-hijo no implica únicamente un ataque a la familia actual, cimiento de la sociedad de clases, sino a nuestra propiedad privada más íntima y absoluta, al vínculo tal vez más posesivo existente, donde los hijos pertenecen a los padres y aprenden de ellos una identidad, basada en la posesión.

 

30   Margaret Randall, “La conciencia es una prioridad”, en Para la liberación del segundo sexo, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1972.

 

 

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Cuando la mujer pueda ser realmente creativa en un trabajo visible, ¿seguirá necesitando tanto de su hijo como único producto suyo y mejor que el de los demás? y ¿seguirá delegando sus deseos, ambiciones y ansias del futuro en él?

 

¿Pero las mujeres seguirán dispuestas para el embarazo y el parto si el Estado se encarga del cuidado y la crianza de los hijos y éstos ya no serán posesión de la madre, porque además tendrá otras gratificaciones? ¿Si no hubiese más sacrificios, primero de la madre y luego del hijo, si ya no se desarrollara el amor culposo y culpógeno que conocemos, sino un vínculo nuevo, las mujeres aceptarían ser madres? Seguro, y por dos causas fundamentales: seguirá existiendo en la pareja que se ama el anhelo de concretar y perpetuar este amor a través de un hijo, y seguirá existiendo en la mujer el deseo de realizarse en toda su capacidad biológica. Pero, sin duda, habrá también parejas que renunciarán al propio hijo, porque pretenderán realizarse de otra manera y se negarán a querer menos a los hijos ajenos que a un hijo propio.

 

Pero volvamos a la mujer que conocemos. Si su capacidad de procreación, que se desarrolla largamente de manera invisible, la recluyó en el hogar y favoreció, hasta ahora, la perpetuación del papel que le asigna la sociedad de clases, lo biológico y lo económico configuran su psique y se expresan en un mismo simbolismo. La casa que alberga a ella y a su familia se convirtió en imagen y símbolo de lo femenino. Una mujer embarazada contiene, alimenta y cría con su cuerpo, como lo hace en el hogar. Y, además, la mujer espera. De niña espera la transformación futura de su cuerpo, mucho más espectacular que la del varón. Después espera a cada menstruación como señal del trabajo invisible que se opera dentro de ella. Embarazada, espera durante nueve largos meses con miedo y deseo al niño que lleva adentro. Y mientras espera, cada día, al marido que vuelve a casa, fantasea con el amor o con las futuras hazañas de sus hijos.

 

Esta fantasía la llena y la absorbe. De esta manera logra conformarse con su papel, ya que “estar enamorada puede ser un trabajo full-time para una mujer, como lo es una profesión para el hombre”.31 Ya más que medio siglo atrás Alexandra Kollontai,32 mujer inteligente y hermosa; única integrante femenina del primer Comité Central del victorioso partido bolchevique en 1917, aboga por la igualdad de derecho sexual y de trabajo de la mujer y la

 

31   Shulamith Firestone, “El amor”, en Para la liberación del segundo sexo, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1972.

32   Alexandra Kollontai, Autobiographic einer sexuell enanzipierten Kommnunistin (Autobiografía de una comunista emancipada sexualmente), Munich, Rogner & Bernhard, 1970.

 

 

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insta a combatir su tendencia al enamoramiento romántico que la limita en la lucha y en el trabajo. Por toda esta modalidad Madame Bovary fue representante típica de la mujer burguesa del siglo pasado. También actualmente la mayoría de las mujeres dedican gran parte de su tiempo y de sus afectos al adulterio romántico real o fantaseado o lo viven, por delegación, a través de lecturas como “Radiolandia” o el “Para Tí”. Su enorme capacidad de fantasear y esperar, sea o no consecuencia del destino edípico femenino, frena a la mujer de muchos modos y sirve y es fomentado por el sistema.

 

En su capacidad y vicio de esperar siempre, sigue además al modelo primario de su femineidad: el óvulo, la célula más grande del organismo humano, espera inmóvil la llegada y el embate del ejército de espermatozoides, de las células más movedizas y aventureras, para dar entrada a uno solo. Uno solo ganará y dará al óvulo el premio de la supervivencia.

 

¿Pero qué estamos cuestionando si, tomada de esta manera, toda nuestra conducta sexual y social parece biológicamente predeterminada? ¿Pero realmente lo está? ¿O se trata de una “analogía grosera” como lo llama Lacan? El homo sapiens superó lo estrictamente biológico hace mucho. ¿Y la fragilidad del embarazo? ¿Pero realmente es tal? ¿Cuántas de las muchachas que en estos años argentinos difíciles cayeron presas como guerrilleras estaban embarazadas? Y Frantz Fanon relata en la Sociología de una revolución33 que bastaron unos pocos años para que la mujer argelina, invisible durante siglos detrás de los muros del harén y de su velo, expusiera su rostro limpio y orgulloso, como su cuerpo entero, para luchar junto con sus compañeros.

 

 

IV

 

En la primera parte de este trabajo contrapuse los conceptos psicoanalíticos y marxistas sobre la mujer, que convergían en una característica particular de ella, y ajena al hombre: en lo “invisible”.

 

Intenté demostrar en la segunda parte cómo esta “invisibilidad” de su sexo y de su trabajo, que es causa y consecuencia de factores biológicos y socioeconómicos, le marcó los límites de su papel social y configuró nuestra ideología, para cuestionar en la tercera parte la fatalidad de su destino.

 

33   Frantz Fanon, Sociología de una revolución, México, Era, 1968.

 

 

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Hasta ahora me sentí segura, porque todo lo dicho es observable en nuestra realidad y pertenece a la mujer que conocemos. Pero en esta última parte de mi exposición quisiera adentrarme, confrontando de nuevo lo escrito por Freud y Engels, en un futuro que creo posible.

 

Espero no caer, por eso, en la ciencia ficción, ni en el pecado intelectual del idealismo. Creo que, si seguimos consecuentemente las líneas ya trazadas del pasado que observamos en el presente, la predicción de lo vislumbrable para el futuro se vuelve legítima.

 

Tengo, sin embargo, plena conciencia de que la lucha política diaria exige jugarse, en un trabajo de hormiga, en las circunstancias existentes, con todas sus contradicciones, pretendiendo en el nivel ideológico ampliar paulatina-mente dentro de uno y de los demás el campo de la conciencia posible. Es necesario tener presente esta limitación, ya que cualquier exigencia superpurista y superradicalizada se vuelve, en la práctica, contrarrevolu-cionaria.

 

Freud, en El malestar en la cultura, al referirse a la Unión Soviética, sostiene que abolir la propiedad privada quita a la agresión humana uno de sus más poderosos instrumentos, pero no el más fundamental. Este está en el campo de las relaciones sexuales, donde los celos, la envidia y la necesidad de posesión del objeto amado, provocan los sentimientos de hostilidad más violentos del hombre. Si se eliminara también esta fuente de odio, dando completa libertad sexual, sucumbiría la familia, célula germinal de la civilización. Sería difícil prever qué evolución ulterior tomaría esta última, pero puede predecirse –dice Freud– que las inagotables tendencias intrínsecas de la naturaleza humana seguirían existiendo.

 

Hace 43 años34 que Freud escribió este trabajo. Bastó este tiempo transcurrido, para que la libertad sexual ya sea casi un hecho y la transformación radical de la familia se está volviendo previsible. Tal vez no interesa tanto, en este contexto, el destino futuro de la agresividad. Se resolverá sobre la marcha. Además, recién entonces podrán determinarse qué parte de ésta pertenece a “inagotables tendencias intrínsecas de la naturaleza humana” y cuánta agresión está provocada por la injusticia social. Pero voy a otra cosa.

 

34   En el momento de aparecer esta 2a edición de “Cuestionamos”, hace casi 6 décadas que Freud escribió el trabajo de referencia. (N. Ed.)

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

En este siglo nuestro, en el cual se decidió la marcha definitiva hacia el socialismo35 ocurre un fenómeno muy especial: en los países capitalistas y altamente industrializados surgen como islas los intentos de una nueva convivencia fraternal. Mientras en los países socialistas se tiende, sobre la base económica de la socialización de los medios de producción y a través de la educación comunitaria (condición previa indispensable para que la mujer pueda integrarse de lleno en el proceso), a crear un vínculo nuevo e igualitario entre hombre y mujer, entre padres e hijos.

 

Lo que Freud describe en Tótem y tabú como hipótesis del crimen edípico y germen de toda civilización, parece pertenecer mucho más a los albores de la familia patriarcal (cuyas características nos llegaron a través del Viejo Testamento y de otros escritos) que a la horda primitiva. En esta regía, según Engels, una forma de unión sexual que dejaba muy poco margen para los celos.

 

“La tolerancia recíproca entre los machos adultos y la ausencia de celos constituyeron la primera condición para que pudieran formarse esos grupos extensos y duraderos en cuyo seno únicamente podía operarse la transformación del animal en hombre.”36

 

I. Larguía sostiene en su estudio sobre el trabajo invisible37 que “quien lo realizaba fue, a causa de ello, separado de la economía de la sociedad y de la historia”. ¿O de la prehistoria, como Marx denominó a todas las épocas humanas hasta que lleguemos a abolir la explotación del hombre por el hombre?

 

Yo soy del siglo veinte.

 

Siento orgullo de serlo.

 

Yo me alegro de estar donde estoy:

 

En medio de los nuestros y luchando por un mundo mejor...

 

– “Para de aquí a cien años, amor mío...”

 

– No: mucho antes y a pesar de todo.

 

35   No quiero resistir a la tentación de citar al poeta Nazini Hikmet (Antología poética, Buenos Aires, Quetzal, 1968, para que él nos hable de nuestro siglo El siglo veinte:

– “Poder dormirse ahora Y despertarse dentro de cien años, querido…”/ No querida, eso no: / Yo no soy un desertor, Ni me asusta mi siglo, Mi siglo miserable, escandaloso. / Mi siglo corajudo, grande, heroico. / Yo nunca me quejé de haber nacido demasiado pronto.

36   La bastardilla es mía.

37   J. Larguía, “Contra el trabajo invisible”, en La liberación de la mujer: año 0, Buenos Aires, Granica Editor, 1972.

 

 

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Marie Langer

 

 

Mi siglo cuyos últimos días serán bellos,

 

Mi siglo agonizante y renaciente.

 

Esta terrible noche que desgarran alaridos de aurora,

 

Mi siglo estallará de sol, querida,

 

Lo mismo que tus ojos.

 

Pero no basta, para eso, con la socialización de los instrumentos de trabajo. “La edificación de la sociedad socialista no comenzará más que en el momento en el cual obtengamos la igualdad de la mujer”, decía Lenin en el año 1917 y además, “la igualdad ante la ley no es aún la igualdad en la vida”.38

 

Si, según Engels, el hombre pudo salir de su animalidad recién al renunciar a sus celos y unirse fraternalmente en su lucha contra la naturaleza y por la vida, tal vez, en otra vuelta de la espiral, para que el hombre salga de la prehistoria y entre de lleno en su historia, hombre, mujer e hijos necesitarán renunciar a la mutua posesión.

 

 

 

Buenos Aires, abril de 1973

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

38   Cita tomada de Mirta Henaut. “La mujer y los cambos sociales” en Las mujeres dicen basta, Buenos Aires, Ediciones Nueva Mujer, 1972.

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

PATOLOGÍA FEMENINA Y CONDICIONES DE VIDA

 

“Las alienaciones se dan por capas. La más exterior, la más reciente en una historia de una vida, es la de las relaciones con el patrón. Es la más fácil de detestar y de combatir. La más profunda es la que separa los sexos, se instaura en el nacimiento y se profundiza en lo más lejano, hasta lo más inconciente del yo, hasta tal punto que parece natural.

 

Es la primera de las alienaciones y será la última en desaparecer. Cuando el revolucionario libere a todos los proletarios, a todos los colonizados, se dará cuenta que le falta todavía liberarse a sí mismo.”

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Este trabajo es una comunicación preliminar. Presentaremos ahora los resultados provisorios de una encuesta basada en el estudio de veinte casos, para ampliar nuestra investigación posteriormente, con las modificaciones que la experiencia adquirida nos sugiera, a un total de cien encuestadas en las mismas condiciones. Luego confrontaremos los resultados con otros, obtenidos de mujeres que trabajan como asalariadas.

 

La idea de esta investigación surgió de una observación empírica, es decir, de la frecuencia de cierto cuadro de “depresión neurótica en personalidad inmadura” en mujeres que concurrían al consultorio externo de nuestro servicio y que eran todas amas, de casa, pertenecientes a la clase obrera y a la clase media baja.

 

Aunque consideremos el trabajo productivo alienante en nuestra sociedad, vemos como más alienante aún el “trabajo invisible” que la mujer del obrero desempeña en su hogar. Desde ya sabemos que el obrero es explotado, como también que la obrera que trabaja fuera de su casa tiene una doble tarea, a menudo extenuadora. Igualmente pensamos que, una vez que los niños no absorban toda su atención, debería, en bien de su salud mental, salir de su hogar. El trabajo doméstico, como única tarea, carece de estímulos, aísla y embrutece. Por no ser remunerado, no favorece la autoestima, ni el aprecio de los demás.

 

 

 

 

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Marie Langer

 

Al ama de casa le falta el contacto humano y la comunicación, los intereses comunes y la solidaridad que la fábrica o el taller ofrecen a su esposo. Ella participa de la sociedad sólo a través de sus familiares y vecinas, o, pasivamente, a través de los medios masivos de comunicación (la radio, la TV, tal vez el cine) que le impone la ideología de la clase dominante, y le ofrecen como modelo la imagen de una mujer que poco tiene que ver con ella. Así le enseñan a conformarse con su plena dedicación a las tareas “femeninas”, le inculcan ideales de arreglo y de diversión que de por sí son discutibles por considerar a la mujer como mera consumidora y transformarla en mercancía, y, que a la vez, no están a su alcance. Su exclusión del proceso productivo visible y asalariado la coloca en dependencia económica absoluta del esposo, y su falta de autoestima y su reclusión en el hogar, en dependencia afectiva de sus vecinas, y especialmente, de su madre o suegra.

 

Su ubicación social la mantiene o la vuelve regresivamente infantil. Pasado el noviazgo y el primer entusiasmo marital, ya no goza sexualmente. Esto pertenece, como diversión y placer, al hombre. Siguiendo a Isabel Larguía39 diríamos que su dedicación exclusiva al hogar la separa de la economía, de la sociedad, y de la historia.

 

Ya existen investigaciones que demuestran el carácter neurotizante de la labor del ama de casa, pero no se preocupan por dos elementos que, por considerarlos fundamentales, hemos incluido en nuestra encuesta: la degradación paulatina de la vida sexual marital para la esposa y su falta frecuente de interés en lo ideológico o social. En el curso de nuestro estudio descubrimos otros factores que explicitaremos después.

 

 

EL CUESTIONARIO

 

Realizarnos esta investigación en el Servicio de Psicopatología del Policlínico “R. Finochietto”. Seleccionamos para ella, entré los pacientes que concurren al consultorio externo, a las madres de familia que consultaban por una sintomatología neurótica y que trabajaban dentro de su hogar. Para poner a prueba nuestra hipótesis (que entre el cuadro neurótico de estas pacientes, su vida rutinaria carente de estímulos, su falta de placer sexual y de posibilidades de sublimación a nivel laboral y/o ideológico existe una correlación) elaboramos un cuestionario que sirvió de guía para las entrevistas realizadas por los médicos y psicólogos del Servicio. Al trabajar

 

39   Isabel Larguía. “Contra el trabajo invisible” en La liberación de la mujer: año 0. Casa de las Américas. Ed. Granica, Buenos Aires, 1972.

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

ahora con los datos obtenidos de esta primera experiencia piloto, realizada con veinte mujeres, descubrimos ciertas fallas en nuestro cuestionario que serán corregidas para la investigación posterior.

 

Tomamos los datos sociodemográficos y económicos de la familia de origen y de la familia actual. Intentamos aclarar las condiciones culturales dentro de las cuales fueron educadas nuestras pacientes a través de preguntas sobre su escolaridad, su reacción frente a la menarca y la menstruación, sus conflictos de adolescencia, la reacción de sus familiares frente a sus problemas y amoríos, la valoración de la virginidad y la actitud frente a los noviazgos, Preguntamos también si, de solteras, habían trabajado fuera de casa, si lo habían hecho con gusto, y si consideraban que su trabajo había sido adecuadamente remunerado.

 

Con respecto a su vida de casada preguntamos por qué y cuándo habían dejado de trabajar fuera de casa. Investigamos las características de su vida sexual marital. Entramos en el terreno cultural, al interesamos por el manejo del dinero en la pareja y como se desarrollaba la vida social. Si salían, cuáles eran sus diversiones, cuál su contacto y preferencia con los medios de comunicación de masas. Finalmente intentamos indagar sobre su ideología a través de preguntas sobre su pertenencia y actividad religiosa y política y su posición sobre las posibilidades de su cambio social. Si deseaban tal cambio, ¿por qué medios debería ser obtenido? Para ver si enfocaban de distinta manera las posibilidades sociales del hombre y la mujer del futuro, les pedíamos información sobre el destino que deseaban para su hijo varón o su hija mujer (existentes o fantaseadas). Preguntamos también qué pensaban del trabajo doméstico, cómo podría hacerse más llevadero, y si en una futura sociedad debería ser remunerado.

 

 

LA POBLACIÓN

 

La edad del grupo de mujeres indagadas oscila entre 18 y 65 años, la edad promedio es de 38 años; el 90% argentinas; la mayoría con educación primaria incompleta. La mitad procedía de un medio rural; más del 50% eran hijas de argentinos y un 25% de origen italiano. El 70% se dedicaba a las tareas domésticas, y las restantes eran trabajadoras por cuenta propia, pero en tareas que realizaban dentro del hogar. Más del 90% de los esposos eran trabajadores activos, buena proporción trabajadores por cuenta propia, luego trabajadores especializados o no, empleados y pequeños comerciantes.

 

 

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Marie Langer

 

El nivel socioeconómico de la familia de origen era obrero en la gran mayoría, y en alrededor de la mitad de los casos, la madre había trabajado fuera de casa. El nivel socioeconómico de la familia actual es también obrero o de clase media baja. Resulta significativo el hecho que en buena proporción (21%) las pacientes convivían con sus madres en la misma casa o en el mismo terreno.

 

En la gran mayoría, el cuadro por el que habían consultado puede definirse como una depresión reactiva en una personalidad inmadura (72.2%). El resto sufre de estados depresivos pero definidos. En su sintomatología se observa la presencia de angustia vaga, deseos de llorar, labilidad, falta de madurez afectiva y frigidez. Alrededor de la mitad sufre de algias hipocondríacas y una proporción algo menor de inquietud.

 

Todas ellas trabajaron antes y debieron dejar su ocupación entre los 20 y 30 años, generalmente porque nacieron los hijos. Preguntadas al respecto dicen que anhelan tal actividad, no tanto por el monto de la remuneración, sino porque les permitía salir de la casa.

 

En la actualidad, en la gran mayoría, el esposo mantiene la familia. Consideran como desencadenante de su enfermedad, fundamentalmente problemas vinculados al esposo o a los hijos.

 

 

VIDA SEXUAL

 

Las enfermas expresan un elevado porcentaje de conflictos en su adolescencia y juventud, por problemas con sus padres que las vigilaban constantemente. La mayor parte admite un solo novio, el ulterior marido; el 90% valora altamente la virginidad y el 80% de ellas se casó virgen. Aunque la mitad de ellas se refiere a las relaciones sexuales como satisfactorias, esto contrasta con que sólo una ínfima minoría de ellas toma a veces la iniciativa. Esto nos lleva a deducir insinceridad en sus respuestas; pareciera que tienen vergüenza en declararse frígidas. Pensamos además que la pregunta debe profundizarse y formularse mejor. Niegan relaciones extramaritales y tienen un promedio bajo de hijos: 2.2, lo que coincide con el general de la Capital. La mayoría de los hijos fue deseada. Los dos tercios de ellas utilizaban prácticas anticonceptivas, la gran mayoría coito interrupto. Sólo un cuarto de ellas admite celos del compañero; el 90% se casó enamorada, pero un tercio le ha perdido el cariño a su marido. Parece que la mujer de origen rural es más sincera en expresar su insatisfacción sexual que la nacida en medio urbano.

 

 

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¿La mayor cultura urbana enseña a ser poco sincera? Contrasta con el resto una mujer que entró por error en nuestra encuesta, pues su sintomatología no concuerda con la seleccionada; es la única paciente que declara tomar también la iniciativa en su vida amorosa, satisfactoria por otra parte, trabaja y es dirigente sindical y política.

 

ESPARCIMIENTO Y VIDA SOCIAL

 

En casi dos tercios del grupo, el marido entrega a la mujer todo su salario, como suele suceder en los estratos obreros. Las salidas se realizan con el marido y/o los hijos, pero siempre dentro del ámbito familiar. Es decir, se trata más de salidas geográficas que psicológicas –que permiten un real esparcimiento– y no se gasta nada en la diversión de la mujer, salvo el aparato de TV, que la inmoviliza dentro de su hogar.

 

IDEOLOGÍA

 

La gran mayoría acepta la actividad política tanto para la mujer como para el hombre, pero ninguna la practica (salvo la excepción antes mencionada); permanecen pasivas y encerradas en su ámbito familiar. La totalidad quiere que las cosas cambien, pero en general se oponen a los cambios violentos y son partidarias de las elecciones y del uso de la persuasión. Las pocas que piensan en el uso de la fuerza creen que la actividad política es cosa de hombres.

 

La mitad opina que el trabajo de la mujer en la casa debería ser pago, lo que está indicando conciencia de insatisfacción. Sin embargo, la correlación más alta se da entre aquellas cuyo trabajo anterior fue insuficientemente remunerado y las que piensan que el trabajo doméstico debe ser compensado monetariamente. A pesar de las características rutinarias de éste, parecería que si fuera pago podría compensarlas de las penurias pasadas.

 

Tales los resultados parciales y provisorios, de la encuesta preliminar, que parecen confirmar nuestra hipótesis. Si la investigación, ampliada y complementada con grupos de control, (mujeres en actividad hogareña y trabajadoras que no consultan por sintomatología neurótica) también lo confirmara, deberíamos plantearnos como segundo paso la orientación de la psicoterapia. Primero, toma de conciencia sobre el conflicto fundamental, orientación luego hacia un nuevo estilo de vida que elimine los factores neurotizantes y a la realización de tareas laborales o ideológicas.

 

 

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Marie Langer

 

COMENTARIOS FINALES

 

El interés de esta investigación surgió del deseo de analizar las condiciones de vida y la patología de la mujer de nuestra clase obrera, por una parte, y de estudiar, por la otra, las condiciones armónicas de una estructura familiar disarmónicamente estructurada. En ésta la mujer perpetúa su papel de dependencia y sometimiento más llevadero dentro de la familia extendida tradicional, dentro de la cual se comunican e intercambian intereses y objetivos y se comparten tareas. Diferente y abrumador es el desempeño de su papel en la actual familia nuclear, con su correspondencia retaceada, su atmósfera enrarecida por la escasez de contactos afectivos, su aislamiento y soledad. En un desesperado intento de conservar aquellos lazos proverbiales, muchas de las mujeres de esta investigación se adhieren a la figura de sus madres, pero este estereotipo no resuelve sino que complica las cosas, impidiendo una sana individualización.

 

Por otra parte surge del estudio y del contacto reiterado con nuestras pacientes, que el hombre termina desentendiéndose de la vida sexual y afectiva de estas mujeres, y de su empobrecimiento espiritual surge el creciente distanciamiento. El compañero no acepta que trabaje fuera de la casa, pero tampoco le brinda frecuentemente (la índole sacrificada de su trabajo se lo impide) las posibilidades de un esparcimiento sano y variado y de amistades compartidas.

 

Pero lo cierto es que la mujer del obrero, ella misma anteriormente explotada, tampoco encuentra en las perspectivas de una ocupación (como no la halla su compañero) las posibilidades de una real liberación, aunque viva nostálgica-mente la época de una mayor independencia, mientras trabaja. Surge entonces, lo que ha sido descripto como la contradicción fundamental del feminismo mientras:

 

“la obrera sólo aspira a dejar un trabajo agotador, la burguesa reivindica, por el contrario, el derecho al trabajo que la libere económicamente y le permita participar de la vida social. Las universitarias y las burguesas quieren las mismas posibilidades de carrera que los hombres, y luchan contra la falta de calificación que significa el trabajo parcial, mientras que las obreras ven en él, por el contrario, una mejora a corto plazo de su actual situación, que equivale a un doble trabajo: el de la fábrica y el del hogar.”

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

He aquí la raíz de porqué estas mujeres de clase obrera no encuentran en el trabajo su instrumento liberador y optan por una domesticidad que, aunque agobiadora, lo es menos que la explotación impuesta por el patrón. Esta aparente liberación en el hogar da origen a la patología que aquí analizamos. Tal el precio de las aspiraciones pequeño-burguesas de quienes, más que combatir, pretenden integrarse a la sociedad de consumo, sin advertir su canto de sirena.

 

Hace más de un siglo, el gran socialista alemán August Babel –quien en la era pre-freudiana jerarquizó y subrayó la trascendencia de la vida sexual– expresaba que “el problema de la mujer no constituía sino un aspecto de la cuestión general social que agita todos los espíritus y corazones y aquel problema no puede tener solución sino cuando éste lo tenga”. Esta premisa es cierta, pero nos preguntamos ¿se ha solucionado el problema de la desigualdad femenina y se ha liberado en los países que ya se han liberado del yugo del capitalismo? No estamos seguros. Como bien expresa Isabel Larguía,

 

“la ausencia de una teoría específica y actual del problema femenino hace que en los países en revolución surjan de nuevo las viejas tendencias biologistas que siempre han servido para justificar la explotación de las mujeres”.

 

Como especialistas en salud mental corresponde que analicemos la sub-ordinación de las relaciones humanas a la política. Sin una estructuración armoniosa de las mismas no podrán crearse las condiciones de una vida política y social que colme plena y equilibradamente las potencialidades humanas. Aunque la inversa también es válida. Tal vez lo decisivo de los problemas de la mujer es que trascienden los problemas de la mujer misma, en la medida que implican los hijos, la familia, la sociedad. ¿Debe mantenerse, perfeccionada, la estructura de la familia? ¿Debe separarse a los hijos de los padres? La mujer, ¿debe gozar de absoluta autonomía y emanciparse de sus obligaciones hogareñas? ¿Debe enfatizarse el puritanismo revolucionario? ¿Qué importancia debe darse a la sexualidad en la nueva sociedad? Estas y muchas otras son las cuestiones que un estudio teórico del rol femenino debe resolver.

 

 

 

 

 

 

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Marie Langer

 

 

 

El tan mentado hombre nuevo implica la mujer nueva. Esto importa no sólo un cambio en las estructuras fundamentales de la sociedad, sino la deter-minación conciente de una actitud distinta, que libera los tabúes sexuales que subyugan a la mujer (y también al hombre) a partir de una exploración y estudio científico del problema que los teóricos de la transformación social han dejado de lado. Este es, en último término, el objetivo de este trabajo.

 

 

 

México 1978

 

Silvia Bermann, Marie Langer, Horacio Mazzini,

 

Francisco Ortega, Sonia Zanotti.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

ACERCA DEL “SOCIALISMO Y EL HOMBRE EN CUBA” DE ERNESTO CHE GUEVARA

 

Bajo el título El socialismo y el hombre en Cuba, el Che, plantea una problemática crucial: una vez alcanzado el poder ¿cómo se logra crear un socialismo que transforme al hombre si, justamente, se necesita del hombre nuevo para construir un socialismo encaminado hacia el comunismo y libre de los vicios de la burocracia y del nacionalismo?

 

El Che advierte: “Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo... se puede llegar a un callejón sin salida” e insiste en la importancia de elegir correctamente el instrumento de movilización de las masas. Instrumento que debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar los estímulos materiales, sobre todo de naturaleza social.

 

El hombre nuevo. Los estímulos morales y los estímulos materiales. La estrecha unidad dialéctica entre el individuo y la masa. En resumen: Para llegar al socialismo una vez hecha la revolución: ¿cómo nos liberamos de las trabas del pasado?

 

El Che diferencia entre “vanguardia” y “masa”. La “masa”, ese ente multi-facético no es, como se pretende, la suma de los elementos de la misma categoría que actúa como un manso rebaño y si, como en verdad, sigue sin vacilar a su “vanguardia”, es porque la “vanguardia” ha sabido ganarse esa confianza; ha podido interpretar los deseos, las aspiraciones del pueblo y luchado y bregado sinceramente por el cumplimiento de las promesas hechas. “Vanguardia” y “masa” es el diálogo de dos diapasones cuyas vibraciones provocan registros inéditos. Vibraciones en un diálogo de intensidad creciente hasta alcanzar el climax con un final abrupto, coronado por gritos de lucha y de victoria.

 

La “vanguardia” se constituye, obviamente, por hombres; hombres que, dada su dedicación total al proyecto revolucionario, preanuncian, ya, se asemejan, al hombre nuevo; el hombre nuevo sería quien, gracias a un cambio cualitativo en su individualidad, superó el conflicto entre ambiciones, necesidades personales y familiares y el bien común.

 

Sin dudas para muchos de nosotros el Che es el modelo contemporáneo del hombre del futuro.

 

Como psicoanalistas, se nos plantean dos preguntas:

 

 

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Marie Langer

 

a)    ¿Qué explicación freudiana puede darse para comprender al revolucionario?

 

b)    ¿Qué cambios psicosociales debemos alentar para reducir a un mínimo –y finalmente borrar– las diferencias entre el individuo que pertenece a la masa y el individuo que pertenece a la vanguardia?

 

El hombre descrito por Freud nace en el seno de una familia patriarcal de roles fijos. El hijo pequeño pretende a su madre que es “propiedad privada” del padre. (Ahí, sacando esas comillas, se vislumbra una posibilidad importante de cambio). Quiere poseerla y eliminar al padre. Por temor a éste reprime sus deseos, renuncia a ella, introyecta al padre como Super Yo (instancia Moral) y se identifica con él.

 

El cambio social es lento porque llevamos dentro nuestro los conceptos y mandatos de nuestros padres, a su vez formados por los conceptos y mandatos de nuestros abuelos. Pero no sólo Lenin habla de la dificultad de cambiar las costumbres. Freud, también, con esta explicación. Y así, mientras que para los marxistas la familia es la célula económica de la sociedad capitalista, para los psicoanalistas, la familia patriarcal es la base psicológica de la estabilidad y permanencia del sistema.

 

Además, el hombre vive, desde que nace, en la búsqueda del placer que aprende, durante su infancia, a supeditar al principio de realidad. (El reproche de idealista contra Freud se justifica, entre otros, en este terreno, porque “la realidad” no es definida como perteneciente a determinado sistema social y porque la familia patriarcal es considerada como inmutable).

 

Este individuo freudiano, vive en un antagonismo constante entre sus deseos y las exigencias limitativas que la sociedad le impone. También su vida, la vida del ser humano en general, consiste en una lucha constante entre el Eros y el Tánatos (entre la Pulsión de Vida y la Pulsión de Muerte) donde siempre, finalmente, Tánatos sale victorioso. Así, mientras Marx nos habla del hombre alienado del capitalismo, Freud descubre, en el antagonismo entre individuo y Estado el creciente “malestar en la cultura”

 

Quisiera dar otra explicación para este “malestar” que evidentemente también existe en las clases dominantes, que es característico de nuestro capitalismo decadente y se expresa en necesidad vacua de consumo, en adicción a drogas, en suicidios, depresiones, etc., de las cuales las clases dominantes no están excluidas. (Podría hablar de mayor incidencia de

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

neurosis en la clase dominante y psicosis en la clase obrera y marginada, pero nos aleja del tema).

 

Vivimos en un estado constante de anomia. Anomia significa que no podemos vivir según los preceptos morales que nos inculcan desde pequeños. Padecemos de un sentimiento de culpa vago y constante porque simultánea-mente nos exigen la “carrera de lobos” y el amor al prójimo. Estamos en contradicción y culpa permanente, no solamente los miembros de la clase dominante, sino también el proletario a quien impusimos nuestra doble moral.

 

Un autor psicoanalítico, cuyo trabajo sucumbió a un olvido tendencioso –Fritz Sternberg–40 sostiene que Freud pudo descubrir el mecanismo de la represión, referido a lo sexual, porque simultáneamente el advenimiento y sostenimiento del capitalismo impuso una represión máxima de culpa por el robo de la plusvalía. Hace para eso un análisis histórico. Describe cómo, tanto en la antigüedad como en el medioevo la explotación era abierta y aceptada. Recurre a una cita de Marx (El 18 Brumario de Luis Bonaparte, 1869) para aclarar que hasta el advenimiento del capitalismo las luchas se desarrollan entre clases dominantes, por la distribución del aporte de los dominados. No existían las condiciones para que surgiera una conciencia de clase. Por eso los esclavos, en los pocos intentos de rebelión que surgieron frente a las condiciones de vida ya totalmente insoportables, luchaban pero no por la liberación general, sino por dejar de ser esclavos, para transformarse en dueños; no para transformar la sociedad.

 

Recién con el advenimiento del capitalismo surge, junto con la posibilidad de que los explotados adquieran conciencia de clase, la posibilidad y necesidad en la clase dominante de negar la explotación. Esta ya no es tan visible, como en la antigüedad y en el feudalismo, porque es un mismo trabajo el que mantiene al obrero y da plusvalía al propietario de los instrumentos de producción. Además en la superestructura ideológica ya rigen los lemas de la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad. Nace la contradicción a nivel moral y simultáneamente, por primera vez, la lucha se da por la renta y entre la clase dominante –con mala conciencia y obligada a negar el robo– y la clase dominada. Según Stemberg este aumento de la represión en general permitió a Freud, descubrir la represión respecto a lo sexual. No pudo descubrir la otra parte, porque estaba inmerso en su clase. Si lo hubiera podido, había sido un gran revolucionario: pero esto ya es otro tema.

 

40   F. Stemberg. "Marxismo y represión", en Marxismo, Psicoanálisis y Sexpol. Ed. Granica, Buenos Aires, 1972.

 

 

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Marie Langer

 

La “clase dominante” sufre, por eso, de mala conciencia reprimida, causa de malestar y diversa sintomatología. Pero la clase dominada ¿cómo se explica que sucumba a intereses ajenos? ¿Cómo se explica que en la Alemania del 30’s, por ejemplo, muchos de los obreros marxistas hayan sido seducidos por el nacionalsocialismo?

 

Aquí caben dos respuestas:

 

1)    A partir del vínculo que en un primer momento tuvieron con el Fürher, basado en la doctrina aparentemente popular expuesta por Hitler. Esto generó una cierta predisposición psicológica qué impidió ver lo obvio; que eludió el dolor de la desilusión pero no permitió, cuando todavía estaban a tiempo, evitar la catástrofe.

 

2)    Es esta “predisposición psicológica” la que explica cómo la clase dominada adopta la ideología de la clase dominante adversa a sus intereses; cómo entra la ideología dominante en la clase dominada.

 

Volvamos a Freud. La importancia de la primera infancia, el Super Yo, la identificación con el padre. Pasemos a Wilhelm Reich: la familia patriarcal, el autoritarismo del padre, la represión sexual de la madre; todo esto lleva al niño a ser un reprimido, es decir, temeroso, incapaz de pensar hasta las últimas consecuencias y dispuesto a someterse a un Führer autoritario, siendo a su vez el día de mañana, un padre autoritario o una madre dependiente, inhibida (que vota por la derecha). R. Laing y –también D. Lagache– nos mostraron cómo un niño es para los padres aún antes de nacer, un polo de expectativas, de anhelos e ilusiones; cómo la familia define así el lugar que tendrá que ocupar en la sociedad.

 

Aquí viene lo que E. Pichón Riviére describió como “resistencia al cambio”; resistencia que se apoya en dos ansiedades específicas: la ansiedad depresiva (pena por lo conocido que se pierde) y ansiedad paranoide (miedo a lo desconocido que se avecina). Aquí vendría, también, mi concepto de que la necesidad de la propiedad privada es inducida en el niño a través del primer vínculo exclusivo con la madre y de su amor posesivo. Y es posesivo, no tanto por lo “biológico” que equivale a decir “natural y por eso inmutable”, no tanto por la dependencia generada por la total indefensión del cachorro humano, sino porque la mujer, excluida generalmente del proceso de producción, pone en el niño, único producto visible y perdurable de ella, todas sus necesidades.

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

Después entra el padre en la relación madre-hijo, con sus celos, pero también con su exigencia de que el hijo lo continúe. El padre se liga menos porque, aunque alienado, participa del proceso de producción. Pero se liga más en los países capitalistas de gran explotación, por el desgaste rápido que sufre. (Aquí, en la Argentina, se hicieron investigaciones en el Instituto de Medicina del Trabajo que indirectamente vienen al caso. Llamó la atención de los investigadores que obreros de 30, 35 años ya se sientan tan desgastados física y psicológicamente que todo su “proyecto vital” está desplazado en los logros (en la carrera de lobos) que esperan de y para sus hijos.

 

En resumen: desde ya que el cambio de las masas es un cambio lento y dialéctico, pero para que sea definitivo se necesita un cambio fundamental en la estructura de la familia patriarcal y en el sistema de crianza.

 

No obstante el cambio se da y se dio antes. Y, obviamente, existe una vanguardia y existe el Che.

 

¿Qué factores permiten, hablando siempre en términos psicoanalíticos pocos usados, salirse de algo que, tomando a Freud, Reich, Lagache y Laing, parece un círculo cerrado?

 

El Che define, en su trabajo, como la masa se vuelve revolucionaria. Es gracias a la experiencia y gracias al vínculo con un líder auténticamente revolucionario que expresa anhelos, que no defrauda, que interactúa con ellos, etc. Pero, hablando psicoanalíticamente ¿cómo puede describirse lo que pasa en la masa tanto en el diálogo con el líder revolucionario, como en sus momentos y acciones heroicas?

 

En síntesis: ¿qué es lo grandioso e inolvidable de una experiencia de masas? Freud describe en Psicología de las masas y el análisis del yo el proceso, como principalmente basado en la identificación de todos con el líder y en la sustitución del super yo individual por él. El ocupa ahora el lugar del Ideal del Yo. Además estando unidos por los mismos sentimientos hacia él, superamos nuestras rivalidades infantiles, reprimidas, condenadas ya en la infancia. Todos somos iguales. (¿Y la carrera de lobos que nos impone la sociedad capitalista? La situación de igualdad frente al líder y “la causa” nos libera de una contradicción fundamental).

 

 

 

 

 

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Marie Langer

 

 

Quisiera agregar algo a esta exposición de Freud. Al estar en una manifestación, por ejemplo, o al escuchar al líder en un diálogo como lo describe el Che, nos liberamos, pasajeramente de un individualismo que nos fue impuesto desde el vamos pero que es también una carga muy pesada.

 

La masa es valiente; sumergido en la masa el individuo se olvida de sus intereses mezquinos y hasta vitales. Aprendió desde siempre que tiene que cuidarse y progresar, para dar satisfacción a sus padres o seguridad a sus hijos, porque es propiedad de ellos y porque son de su propiedad. Recién en la masa, donde no es propiedad de nadie, porque antepone una causa común, logra una individualidad cualitativamente diferente, sumamente placentera, donde se siente liviano y hasta disminuyen las necesidades físicas básicas –hambre, cansancio– y se libera del miedo, porque está libre. Si sucumbe, la masa lo sustituirá. Esta mezcla de libertad y unión, de solidaridad, permite esta sensación, casi orgástica, que implica la experiencia revolucionaria.

 

El psicoanálisis es un instrumento para entender al hombre, para comprender sus motivaciones y, también, las trampas que lo limitan y lo inhabilitan para el cambio. Quiérase o no, el psicoanálisis ha sido influido por la Historia e influye, aunque los analistas puristas no lo acepten, en la ideología del paciente y, desde ya, en el público en general.

 

El psicoanálisis fue aceptado por la misma sociedad que reaccionó en su contra y se escandalizó, ante sus “verdades”; fue absorbido por el sistema y llegó a convertirse en su aliado. Se ha transformado en la psicología oficial y es parte útil de los aparatos ideológicos del Estado capitalista.

 

Pero, así como es usado por la reacción, la revolución no debería renunciar a tener en cuenta el psicoanálisis apelando a él y con él para fines más dignos. Creo, estoy firmemente persuadida, puede servir para el cambio.

 

 

 

7 de Octubre 1974

 

Marie Langer

 

 

 

 

 

 

 

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LA INSTITUCIÓN PSICOANALÍTICA41

 

 

Me interesa especialmente dilucidar cómo la institucionalización del psicoanálisis trasforma y distorsiona la praxis de esta ciencia y limita –sin pretenderlo, desde luego– su desarrollo científico.

 

Se ha dicho muchas veces que Freud y el psicoanálisis fueron revolucionarios, y sin duda alguna modificaron profundamente nuestro conocimiento del hombre. Pero el hecho de que los psicoanalistas al institucionalizarse se hayan trasformado en pilares de la superestructura del sistema, en aparatos ideológicos del estado, como los define Althusser, merece una investigación más detenida. Intentaré aportar algo a esta empresa.

 

Freud, en su búsqueda del saber olvidado de sus pacientes, descubre la represión. La define como una instancia que impide que los deseos rechazados, lo criticable y moralmente inaceptable, llegue con claridad a nuestra conciencia. Pero esos deseos reprimidos ejercen, desde el inconsciente, su poder de múltiples maneras. Freud los describe como pulsiones instintivas en búsqueda de gratificaciones de tipo oral, anal y genital. Estas gratificaciones se reprimen cuando están reñidas con nuestra ética.

 

Pero ¿cuál es la ética de nuestra civilización occidental y cristiana? Existe actualmente una contradicción obvia entre la ética que introyectamos desde nuestra infancia y la realidad del mundo en que vivimos. Freud estudió profundamente esta contradicción a nivel de lo sexual, pero dejó de lado el nivel económico. Veamos esto: mientras que en el medioevo, por ejemplo, la pobreza era aceptada como “natural” y compensada en la otra vida (serán los pobres los que llegarán al goce del paraíso, mientras que los ricos tendrán tan pocas probabilidades de entrar ahí como el famoso camello de pasar por el ojo de una aguja) en nuestra época, más incrédula, esta metáfora ya no sirve para arreglarnos con nuestra conciencia. Ya desde pequeños vivimos en un estado de anomia. Porque mientras que nos enseñan en religión y en moral que todos los hombres somos iguales, con los mismos derechos y posibilidades, independientemente de la raza, clase y credo, de hecho no lo somos. ¿Vieron la expresión de extrañeza y perplejidad que muestran

 

41   Extractado de la conferencia “Vicisitudes del Movimiento Psicoanálitico Argentino”. México, julio de 1974. Razón, Locura y Sociedad. Siglo XXI, México. 1978, pp. 56-84

 

 

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nuestros bien cuidados hijos cuando por primera vez tropiezan con el problema del hambre y de la miseria? Pero cuando nos preguntan respecto del porqué de la existencia de niños pobres solemos contestarles con la misma hipocresía, con que nuestros padres nos contaron el cuento de la cigüeña cuando les preguntábamos por el sexo.

 

¿Qué consecuencia nos trae esta contradicción ética y la mentira y la represión consecutiva? Para aclarar este contexto expondré el resumen de un artículo sumamente importante y ¿justo por eso? olvidado. Su autor, Fritz Sternberg,42 pertenece a este pequeño grupo de freudo-marxistas –ese nombre terrible que ya no es adecuado– de los años treinta. Mientras que Freud descubre la represión de los impulsos inaceptables y de lo éticamente incómodo a través de lo expresado por sus pacientes individuales, Sternberg, para extender después este concepto a toda la sociedad, toma el camino opuesto. Analizando las diferentes formas de producción y explotación, denuncia la represión que deviene de la existencia de una clase dominante, del hecho de la explotación capitalista. El conocimiento de todo esto es reprimido, porque reconocerlo es “incómodo” y se ha vuelto éticamente inaceptable. Además, es un saber peligroso, porque su divulgación incitaría aún más a los explotados a la lucha de clase. “Saber” de la explotación significa ponerla en duda y no aceptar al sistema capitalista como “natural” y, por eso, incambiable.

 

No siempre fue así. Sternberg destaca una diferencia decisiva entre todas las formas de producción anteriores y la del capitalismo. Éste, obviamente, no inventó la explotación del hombre por el hombre. Pero adoptó una forma nueva. Y a cada forma de producción corresponde, como superestructura, su propia moral. En la antigüedad la esclavitud respondía a una explotación abierta, totalmente admirada e incluida en el sistema. Por eso los griegos, fervorosos paladines de la democracia, no se daban cuenta siquiera que ésta no era tal, porque excluía a los esclavos. Una sociedad sin clases era inimaginable. También en el medioevo la explotación de los siervos era abierta. Concretamente, diferenciado en tiempo y espacio, podía distinguirse la explotación del campesino del trabajo que debía realizar para subsistir con su familia. Cuatro días por semana trabajaba, por ejemplo, para el señor feudal, en el territorio de éste y tres, en su pequeña parcela para producir lo necesario para su mantenimiento y reproducción. La explotación era concreta y consciente. El señor sabía que explotaba, el campesino se sabía explotado.

 

42   Fritz Sternberg: “Marxismo y represión”, en Marxismo, psicoanálisis y sexpol, Buenos Aires, Granica, 1972.

 

 

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Nadie podía negar esta situación que saltaba a la vista. Además, para qué negarla si de todos modos era incambiable, ya que tanto el esclavo como el campesino carecían de conciencia de clase. Las condiciones para ésta no estaban dadas.

 

La situación cambió con el advenimiento del capitalismo. La explotación del obrero industrial ya no es concretamente visible y separable en tiempo y espacio. El trabajo dedicado a su mantención y su producción no difiere del dedicado al plusvalor. Si el plusvalor no fuera negable, los economistas burgueses forzosamente también lo hubieran descubierto. Pero ¿por qué lo niegan? Y ahí Sternberg equipara “negación” con “represión”.43 Porque es un conocimiento “incómodo” y peligroso frente a explotados que, gracias a la forma de producción capitalista, adquieren conciencia de clase y asumen conscientemente la lucha por una sociedad sin clases. Frente a la exigencia de la clase obrera de eliminar la explotación y el plusvalor, la contestación de la clase dominante consiste en la negación: no existe la explotación; es un invento demagógico de los socialistas. Pero para que esta negación sea eficaz, para que los capitalistas puedan, con “buena conciencia”, luchar de día eficazmente contra la clase obrera y dormir tranquilos de noche, la negación se convierte en represión, con todas las consecuencias que esto implica. Desaparecen otras palabras del diccionario de las teorías económicas burguesas y, en general, el pensamiento y la filosofía de la clase dominante sufren las distorsiones provenientes de esta represión. Lo que Sternberg demuestra, en su trabajo, respecto de Nietzsche y Schoppenhauer, intentaré ejemplificarlo con los temas de estudio del pensamiento psicoanalítico institucionalizado.

 

El ser humano reprimía siempre, en todas las épocas. Pero únicamente en el capitalismo se impuso tal hipertrofia de la represión que se dieron las condiciones objetivas para que Freud la descubriera y estudiara a fondo, a nivel individual e instintivo. Mas como él mismo estaba sumergido en el pensamiento y la ideología de su clase, limitó su estudio a lo sexual y al drama de la familia de su sociedad y clase, aceptando a esta familia como “natural” e inmutable. Hasta aquí Sternberg.

 

 

 

43   Freud, al distinguir entre la represión y la negación, define a esta última de esta manera: “Negar algo, en nuestro juicio equivale en el fondo a decir: esto es algo que me gustará reprimir”. Sigmund Freud, La negación, en Obras completas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1948 tomo III.

 

 

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Freud, casi contemporáneo de Marx, y actuando en una sociedad y en una capa social en la cual la discusión del marxismo pertenecía a lo cotidiano, nunca le dedicó más que unas cuantas frases polémicas. Pero esta negación también tuvo sus consecuencias e impuso, además, determinado sello a las instituciones psicoanalíticas.

 

Para ejemplificar: Werner Kemper, hombre de unos 70 años, analista didáctico –primero en Berlín, después en Río de Janeiro y ahora de nuevo en Berlín– me envió hace algún tiempo un apartado autobiográfico.44 En éste describe el clima reinante en la sociedad psicoanalítica berlinesa al principio de la época nacional-socialista:

 

“Hasta bien entrados los años treinta estábamos tan absorbidos por el psicoanálisis que, inclusive los colegas judíos casi no percibieron las señales de alarma de afuera, pertenecientes al gran acontecimiento mundial. Finalmente, sin preparación interna o externa previa, fuimos arrollados por los acontecimientos”.

 

Para Kemper, ahora, a posteriori, esta ceguera del grupo es inexplicable y se pregunta por las causas.

 

“¿Fue escotomización, falta de educación cívica y de comprensión? ¿Fue ingenuidad, optimismo cómodo? De todos modos era una defensa inconsciente para no prever una evolución probable que, si la hubiéramos detectado, habría destruido todos nuestros deseos y esperanzas profesionales y personales.”

 

Esta defensa inconsciente, esta incapacidad de evaluar adecuadamente una realidad externa, política y social proviene de la represión descrita por Sternberg.

 

Nosotros nos proponíamos salvar al mundo a través del psicoanálisis. Y no sabíamos, algunos lo ocultaron conscientemente, otros lo tenían reprimido, que como miembros de la clase dominante salvábamos únicamente a nuestros analizandos que pertenecían a la misma clase y participipaban como nosotros de la explotación. Nos sentíamos una élite intelectual, pero no nos dimos cuenta que nuestra asociación, junto con la ciencia que ofrecía, estaba determinada para mantener el valor económico del título de psicoanalista y del psicoanálisis mismo, a costa de otros competidores que excluimos de los

 

44   Werner Kemper, Psychotherapie in Selbstdarstellungen, Hans Huber Bern, Stuttgart, Viena, 1973.

 

 

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beneficios. “Únicamente es psicoanalista, y tiene el derecho de llamarse así, quien pertenece a una sociedad psicoanalítica, miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional.” Encontramos a esta frase, con variaciones, en los reglamentos de todas las sociedades psicoanalíticas “oficiales”. Creo que es la única vez que una ciencia es definida a través de una pertenencia institucional. Esta norma es la base del prestigio científico y poder económico que ofrecerá y manejará la institución. Estábamos en eso, sin darnos cuenta que de un grupo de personas con buenas intenciones nos habíamos transformado en sostenedores de un aparato ideológico del estado.

 

No acuso. Pues pudimos tomar conciencia por un acto de voluntarismo, en tanto habíamos sucumbido a la represión, descrita por Sternberg. Pero, ¿es correcta la aplicación del término represión frente a la explotación capitalista? Según Freud la represión es la respuesta a impulsos libidinosos moralmente no admisibles. Nunca nos hemos preguntado, aunque aplicábamos el psicoanálisis a tantos enigmas, qué podía significar la apropiación a nivel inconsciente. Significa robo; robo en todas las etapas del desarrollo psicosexual. Significa robar el pecho y la leche, y lo que ahora es latente era manifiesto y admitido en la época en la cual un ama de leche paga alimentaba y daba cariño maternal y calor al niño pudiente a costa de su propio hijo abandonado. Si el dinero se equipara en el inconsciente con excrementos sobrevalorados, apropiarse es robar y vaciar a nivel anal. Ya que en esta sociedad de consumo las mujeres de nuestra clase compran belleza y se convierten a su vez en objetos comprables, la acumulación del plusvalor se convierte en robo de potencia y en dominio a nivel fálico. Además, robamos Eros, para usar el término más general, y robamos años de vida y de proyecto vital. Si miran en la calle nomás, con ojos dispuestos a ver, observarán, por ejemplo, la diferencia física en fuerza y juventud de un hombre o una mujer de 40 años de nuestra clase que están en la plenitud de su vida, con alguien del pueblo de la misma edad.

 

Pero aunque esta diferencia salte a la vista, según tengo entendido no ha sido objeto de estudios psicológicos. Sin embargo, últimamente los compañeros que se desempeñan en el Instituto de Medicina de Trabajo investigan la relación entre diferentes clases y capas sociales, años de vida y proyecto vital. Llegaron a la conclusión de que mientras el hombre y la mujer de clase media, de treinta a treinta y cinco años, sienten que “tienen la vida por delante”; a su vez el obrero y la obrera de la misma edad, bien que gastados por su labor malsana y agotadora en el proceso de producción, interrogados respecto de su futuro, lo delegan todo en los hijos. Hay que trabajar más todavía, hay que

 

 

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hacer horas extras o dos turnos para poder solventar la educación de los hijos. Ya que uno está reventado, que por lo menos los hijos sean profesionales y se liberen así de la fábrica.

 

Actualmente a nosotros, padres analistas o analizados, ya no nos es difícil aclarar a nuestros hijos pequeños cómo se hacen o cómo nacen los niños, pero nos cuesta hablarles de la muerte, por nuestra propia impotencia frente a ella. Y no sabemos cómo explicarles la miseria y el hambre, por la culpa que nos da ser cómplices del sistema. Cuando, obligados por las circunstancias, tenemos que enfrentar las preguntas de nuestros hijos, el niño responde con susto e incredulidad. La noción reprimida del robo permanente, del cual participamos como clase, es causa de mala conciencia, la que, poco a poco, se trasforma en mala fe y en malestar en la cultura. Pero es justo esta causa del malestar, la que Freud omite en su investigación.45

 

Este malestar y las consecuencias de la represión para los procesos de pensamiento y conocimiento son generales. Pero se manifiestan en mayor grado en los núcleos psicoanalíticos por dos razones: 1) nuestra vocación de curar y reparar entra en una contradicción muy grande con nuestra complicidad con el sistema; y 2) nosotros dedicados constantemente a levantar represiones y dar y adquirir conciencia de situación, pagamos más caro que otros por nuestra mala fe social.

 

Repito, éramos un grupo selecto, culto, inquieto, de buena voluntad. Trabajábamos mucho y ganábamos bien. Tratábamos a gente como nosotros, les enseñábamos, a través de interpretaciones adecuadas, a resolver con suma rapidez sus problemas; económicos y, más lentamente por cierto, sus dificultades sexuales. Pero, igualmente reprimida, en el fondo, sufríamos de mala conciencia. Frente a ésta, como frente a cualquier represión, se ponen en marcha diferentes mecanismos de defensa y surgen transacciones y alianzas corruptas.

 

¿Cómo son nuestras instituciones en general? Mientras que los primeros analistas llegaron a Freud, fascinados por su gran descubrimiento y dispuestos a enfrentar la indignación y resistencia que les oponía la sociedad, en oportunidad en que el psicoanálisis no rendía ni a nivel económico ni de prestigio sino que era una gran aventura intelectual, nosotros, los epígonos, los psicoanalistas institucionalizados desde hace años, atraemos a la juventud por ser modelos de Salud Mental y de status. Nos consideran envidiables.

 

45   Sigmund Freud, El malestar en la Cultura, en Obras completas, op. cit. t. III.

 

 

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Armando Bauleo46 nos describe como “fuente de identificación”, ya que “damos permanentemente la imagen de libertad”. Somos libres en los honorarios, en los horarios, en la producción intelectual y hasta en los instintos; para nosotros no existe ningún tipo de represión, nuestros comportamientos a lo sumo son sólo “ajustados” a la realidad [...]. En las instituciones analíticas no se rivaliza ni se compite [...]. El mundo ideal se va instalando provocando la envidia, el anhelo, el proyecto y hasta la ambición desesperada de quienes no pueden desarrollarse en esta sociedad”.

 

Destaqué antes el grado de malestar que, en contraste con la imagen que damos, reina en el pequeño campo de las sociedades psicoanalíticas, justo cuando ya se han impuesto y no tienen que luchar más contra un ambiente hostil. Creo que todo analista de pertenencia larga a una asociación estaría de acuerdo conmigo sobre este punto. En esta oportunidad intento analizar las causas de este malestar que el candidato a analista desde ya desconoce. Su expectativa es bien distinta. Espera que, al trasformarse en analista, es decir en persona dedicada a curarse y curar a los demás, se liberará del malestar que tiñe a toda nuestra sociedad. Sin embargo poco a poco percibe que, al entrar en la carrera y en la institución, en lugar de salvarse de conflictos, los agravó.

 

Freud nos brindó el psicoanálisis para poder curar ciertos cuadros neuróticos muy concretos, para comprender mejor nuestras motivaciones secretas y para seguir investigando en la línea que él nos había trazado. Nosotros, idealizándonos e idealizando su método, para reforzar así la represión de nuestro saber social, esperábamos transformaciones y armonías totales y pensábamos que con un análisis bastante prolongado y profundo nos íbamos a convertir en superhombres. (Hasta se pensó salvar al mundo. ¿Se acuerdan, los mayores de entre ustedes, cuántas veces se oía durante la guerra fría que si Roosevelt o Eisenhower y Stalin se analizaran el destino del mundo sería resuelto?)

 

Y trasmitimos esta esperanza, hecha promesa, a núestros seguidores. Todo esto ocurría a pesar de que Freud nos previno contra estas ilusiones,47 y aun sabiendo a priori que las personas que deciden dedicarse al psicoanálisis son más conflictivas (y necesitadas de reparar) que el hombre común. Cuando nos dimos cuenta de nuestras limitaciones, ya era tarde. Y para mantener la

 

46   Armando Bauleo, “Psicoanálisis y salud”, en Los síntomas de la salud. Psiquiatría social y psicohigiene, Buenos Aires, Cuarto Mundo, 1974.

47   Sigmund Freud, Análisis terminable e interminable, en Obras completas, op. cit., t. III.

 

 

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imagen pública y publicitada, callábamos hacia afuera nuestras críticas y desilusiones y nuestro saber sobre las debilidades de los mandarines del psicoanálisis, los analistas didácticos. Protegíamos nuestra imagen en alianzas corruptas, con una jerarquía férrea.

 

Dije antes que Freud nos trazó cierta línea para nuestras investigaciones. Que ésta no desemboca en el descubrimiento de la represión de nuestro sentimiento de culpa por el robo del plusvalor –apropiación en la que se basa nuestra sociedad capitalista– tiene su lógica. Freud estaba demasiado absorbido por su obra, demasiado necesitado de tranquilidad social para fortalecerla suficientemente; estaba también demasiado ligado a sus analizados, que eran de su clase o de clase alta (a veces pienso si Freud no rechazó también a la Unión Soviética tan rotundamente porque muchos de sus primeros pacientes pertenecían a la aristocracia rusa), como para cuestionarse el sistema en que vivía. Pero que nosotros, tantos años después de Freud, no hayamos entrado seriamente, y no extrapolando, en el campo social, se explica por nuestra institucionalización profesionalista. Un pensador tan sabio y viejo como Bion48 predijo que los próximos descubrimientos psiconalíticos provendrán probablemente desde fuera de las sociedades, ya que éstas, de continente protector de un pensamiento revolucionario se habían transformado en su traba.

 

 

 

DISCUSIÓN

 

Pregunta: ¿No cree que el psicoanálisis, al introducirse en el sistema gubernamental, haría tambalear el status del aparato, aquí, en México?

 

Langer: Realmente sé muy poco de México; es la segunda vez en mi vida que vengo aquí. Pero no creo. En algún momento de nuestra gran euforia analítica, me acuerdo, se dijo que si Stalin o Roosevelt se analizaran se terminaría la guerra fría. Pero a esto respondo: 1) que no se analizan, y 2) que la guerra no hubiera terminado por eso.

 

El psicoanálisis institucionalizado no es apolítico; forma parte del aparato ideológico del estado; es como la educación o como los medios de comunicación de masa. No es apolítico. Es aparentemente apolítico, pero no lo es. Y el psicoanálisis de izquierda, si se puede llamar así, tiene muchas tareas científicas que realizar. Una de éstas es elaborar el concepto de

 

48   Conferencia de Bion en la Asociación Psicoanalítica Argentina, 1972.

 

 

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realidad en Freud. ¿Qué quiere decir concepto de realidad? Y el concepto de realidad, de todos modos es del adulto, que lo trasmite al niño, y es la realidad de la clase dominante. ¿A qué llamamos realidad? La neutralidad valorativa del analista no existe; nadie de nosotros es capaz de ser neutral frente a lo valorativo; todos tenemos nuestro esquema de valores, conscientes e inconscientes. Entonces, según el criterio consciente o inconsciente de realidad y de meta social del psicoanalista, se forma su concepto de salud mental. Y este concepto de salud mental también ya es totalmente ideologizado.

 

– Estamos en el análisis institucionalizado. No creo que pueda haber acá otro destino, si supongo en serio, y así lo hago, que la institucionalización del psicoanálisis, que lleva a la estratificación de una sociedad analítica, al poder del saber, a la represión de la explotación y a los diferentes mecanismos de defensa que pueden ser la huida hacia el cientificismo, la huida hacia la vida fetal, la huida hacia lo que fuera, pero huida al fin.

 

Pregunta: ¿De qué manera actúan los psicoanalistas del grupo disidente fuera del consultorio, de su trabajo profesional?

 

Langer: En parte, actúan directamente en política, en parte no; lo que contesté antes. Después, actúan principalmente en la Universidad de este momento. En Argentina la Universidad estuvo por mucho tiempo aplastada; y con el advenimiento de la dictadura de Onganía muchos profesores afines habían renunciado. Desde entonces no se podía colaborar con ella porque el curriculum de cada uno pasaba por la CIA. Me temo que sigue pasando por la CIA; pero igualmente, en la actualidad la izquierda está en la universidad. Entonces ésa es una colaboración, el trabajo en los hospitales es otra colaboración, el trabajo en el Centro de Investigación y Docencia Gremial también lo es.

 

Pregunta: ¿Cómo se lleva a cabo la terapia analítica individual por parte de los analistas marxistas, y de qué manera se aplica el marxismo a esta terapia?

 

Langer: No hacemos otra terapia analítica, sino enfocamos de otra manera, creo. Lo que yo les dije antes: no hay analista cuyo esquema de valores no influya en lo que dice a su paciente. O, tomemos estrictamente una sesión analítica: hay un cúmulo de asociaciones libres; el psicoanalista elige inconsciente y espontáneamente tal o cual línea; después, frente a cada problema, toma ésta o aquella actitud. Yo diría, de una manera un poco general, que si hubo un cambio tenemos que mencionar que tal vez estamos

 

 

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Marie Langer

 

ahora en favor de análisis más breves, que estamos muy en la vuelta a Freud; pero no hay en la técnica, ni en la teoría de la técnica, estrictamente modificaciones producidas por el marxismo. Lo que si hay, por ejemplo, es un cambio en la actitud de la gente, pues, en los últimos años, me vienen a ver y dicen: “quisiera analizarme con alguien ideológicamente afín”; ustedes conocen el concepto de Freud del psicoanalista impersonal y “pantalla”, del cual el paciente no debiera saber nada. Yo estrictamente mando pacientes a analistas ideológicamente afines, para que entiendan la problemática total de su analizado.

 

Pregunta: Dice usted que el psicoanálisis de izquierda tiene muchas tareas científicas que realizar. Sin embargo, ante su afirmación respecto de que los psiconalistas actúan en forma aislada, me pregunto: ¿no deberían actuar en forma colectiva para reabrir sus tareas de revalorización crítica, que usted menciona?

 

Langer: Miren, si digo “aislado”, no lo es tanto, pues siempre hay grupos de estudio y equipos de gente que trabajan juntos. Yo digo no institucionalizado. Tal vez valdría la pena ver cuáles pueden ser los temas importantes a discernir; uno de ellos es el concepto de realidad, como les dije antes; otro sería el concepto de salud mental. Pero tal vez lo más importante sea la ubicación de la ideología y las motivaciones inconscientes en cada historia individual, es decir donde se liga psicología social y psicoanálisis; sería en la familia: es allí donde hay que ver cómo entra la ideología de la clase dominante en la persona.

 

Pregunta: ¿Qué nos puede decir de la técnica analítica? ¿Qué de Wilhelm Reich y su influencia, y su idea de prevención del fascismo y de las neurosis?

 

Langer: Yo siento que la técnica analítica freudiana está bastante retrasada en relación a la teoría del psicoanálisis. No sé hasta dónde en la actualidad se está trabajando en la práctica más por la prevención que por la cura de las neurosis.

 

Trabajo como analista y he cambiado en el sentido de no tomar tan estrictamente el encuadre. Pero esos son detalles que tal vez después se van a discutir en un seminario en el cual se puede profundizar más. Pero lo que usted dice de Wilhelm Reich es otra cosa, Wilhelm Reich tuvo una época politizada, sumamente politizada, cuando perteneció al Partido Comunista Alemán, antes de la toma del poder por los nazis. Sus conceptos analíticos estaban, podrían haber estado en lo preventivo si hubiera tenido el poder;

 

 

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pero como no lo tenía estaba en lo propagándístico, en la idea de poder atraer masas de personas jóvenes y separarlos del peligro del fascismo a través de toda su teoría sobre la importancia de la sexualidad, etc. Análisis del carácter, es análisis nomás, es análisis donde él enfoca determinada línea de trabajo. Y lo muy posterior, lo del orgón etc., ya no tiene nada que ver con el análisis, ni con política, está fuera. Entonces, por ejemplo, lo que Reich hizo en política, analíticamente, en la época del movimiento Sex-pol, podría ser aplicado o podría tener su utilidad preventiva de neurosis en cualquier estado que esté dispuesto a aplicarlo. Este estado forzosamente tendría que ser un estado de izquierda, porque todo el enfoque va contra la familia patriarcal. Y, según Reich –y ahí le creo totalmente–, ir contra la familia patriarcal es prevenir contra el fascismo; además, y simultáneamente, es prevenir contra la neurosis.

 

Pregunta: Pero del psicoanálisis caracterológico en sí, que difiere bastante del análisis ortodoxo freudiano, creo que es aplicable aún dentro de un sistema capitalista.

 

Langer: El análisis caracterológico de Reich es un análisis muy sistematizado, pero no es un análisis revolucionario, de ninguna manera. Es una modalidad técnica, pero no más que eso. Ahí no vería lo revolucionario de Reich, pero sí en su trabajo sobre la psicología de las masas y el fascismo. En su trabajo estrictamente técnico de la época analítica puede haber algún aporte técnico, pero ningún cambio fundamental, ni revolucionario.

 

Pregunta: ¿Qué opina de los conceptos vertidos ayer por el doctor Basaglia?

 

Langer: Basaglia tiene un mérito enorme, cual es estar en una praxis de lucha, en una praxis revolucionaria, en donde sus conceptos sobre la institución psiquiátrica concuerdan con sus conceptos marxistas. ¿Qué opino yo de lo que opina él del psicoanálisis? Tenemos alguna aclaración que hacer todavía; ayer quedamos en que lo vamos a aclarar porque no sé si él diferencia entre lo aceptable y lo no aceptable del análisis o lo rechaza totalmente. Si fuera así, tendríamos una divergencia a este nivel; si fuera un no a la institución psicoanalítica, tanto como su no frente a la institución psiquiátrica, concordaríamos totalmente. Supongo que la cosa debe estar en medio.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Pregunta: ¿Qué opina del movimiento de liberación femenina?

 

Langer: Hay varios movimientos de liberación; entre otros hay uno que es bastante lesbiano; pero no es lo que más me preocupa. Mi preocupación central respecto de los movimientos más bien lesbianos, es que no quieren realmente un cambio de clase sino que quieren tomar lo peor de los “derechos” de los hombres en una sociedad patriarcal-capitalista. Miren, los movimientos de liberación de la mujer están integrados o no, porque hay muchos –en Argentina tenemos tres–, en partidos políticos. Yo creo, como lo mencioné antes, que la liberación de la mujer se da dentro de una sociedad liberada. Lo que sí importa destacar es que, por ejemplo, Fidel Castro, está totalmente en favor de profundizar y seguir en el movimiento de liberación de la mujer, en Cuba misma, porque dice que tampoco allí la mujer logró, al menos por ahora, la liberación. Pero desde ya no se va a liberar si no se libera la sociedad. Ahora, que un subgrupo de liberación femenina que está totalmente dentro del sistema sea lesbiano o no, no me importa, como en general ni me molesta ni me importa que una sea lesbiana o no, homosexual o no; la cosa no pasa por ahí.

 

Franco Basaglia: Después de esa crítica a la institución, realmente queda muy poco del psicoanálisis, pues el psicoanálisis se identifica con una agencia de adaptación a una sociedad represiva.

 

Langer: Queda poco y queda mucho. Ahora contestaría de nuevo al compañero que me preguntó por qué sigo analizando. Queda mucho si tomamos en cuenta toda la importancia del inconsciente, y del inconsciente que determina nuestras actitudes, y que puede aclararse, hacerse consciente, hacerse racional, dentro de lo que llamamos racionalidad; porque también la racionalidad puede ser una racionalidad de clase dominante, o no, o puede ser una racionalidad de lucha. Como lo dije antes de la realidad. ¿Qué más queda? Queda la aplicación en los tratamientos psicoterapéuticos en general, donde necesitamos los instrumentos que debemos a Freud. Freud dedujo su teoría: el complejo de Edipo, etc., de la familia existente. Nuestros pacientes tienen esa familia existente, y la comprensión analítica nos puede ayudar a mejorar y disminuir los desastres que hizo la familia en cada situación, tomando en cuenta justamente también los otros conceptos básicos freudianos, el de la transferencia por ejemplo. Pero con eso no quiere decir que debiéramos seguir con esta familia, sino al revés, pues en las generaciones futuras el reflejo inconsciente de la situación familiar será muy distinto. Queda también el concepto de mecanismos de defensa y otros más. Pero espero que lo que no quede sea la ideología de las sociedades analíticas.

 

 

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Pregunta: ¿Cómo podríamos relacionar el psicoanálisis, considerado exclusivo de la clase privilegiada, con el pensamiento de izquierda?

 

Langer: Hasta ahora el psicoanálisis, ejercido privadamente, es sumamente caro; ha sido privilegio de la gente de dinero. Creo que las indicaciones van cambiando. Creo que a la larga, en una sociedad cambiante, el psicoanálisis también puede ser un instrumento muy importante para el especialista. Las diferencias técnicas de psicoterapia analítica, que se están elaborando, o que simultáneamente incluyen también otros aportes, serán el tratamiento de preferencia o el tratamiento más general. Aún no sé qué hacer con la pregunta respecto del pensamiento de izquierda. El hecho de que el psicoanálisis haya sido de gente privilegiada tiene que ver con el pensamiento de izquierda, pues uno no puede dejar de decir que, si el psicoanálisis es útil, se presenta como otra ventaja para los ricos; y sigo creyendo que es útil siempre que sea ejercido de una manera útil. Entonces los privilegiados tienen un privilegio más, cual es el acudir al análisis; y los no privilegiados tienen una carencia más, que es no ser atendidos de la mejor manera posible en su problemática psicológica.

 

Pregunta: ¿Qué tipo de compromiso adquiere el paciente cuando es atendido en forma gratuita, cuando se supone que el pagar estimula el progreso del paciente?

 

Langer: El pagar no estimula el progreso del paciente. Se puede trabajar perfectamente sin pago alguno. Además es un absurdo que se haya dicho siempre que es necesario pagar, porque nos olvidamos que el ejercicio actual del psicoanálisis engloba adultos neuróticos, adultos psicóticos y niños. Y nunca los psicóticos ni los niños pagaron sus tratamientos por sí mismos, y nunca los psicoanalistas, que cobraron a los familiares, se sentían por eso en infracción con la teoría psicoanalítica.

 

Pregunta: ¿Qué nos puede decir sobre Fromm? ¿Es verdaderamente un psicoanalista de izquierda?

 

Langer: Ustedes conocen mejor a Fromm que yo; vive desde hace muchos años en México. Yo creo que ha sido un psicoanalista de izquierda, pero esto ocurrió muchos años atrás, pues actualmente se deslizó hacia la mística, lo que para mí no vale.

 

Pregunta: ¿Cree usted que una interpretación de tipo social penetra más rápidamente en el rol nacional que una interpretación de tipo individual arcaico?

 

 

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Langer: Así no se entiende bien. Miren, quisiera plantearla de otra forma: ¿Cómo se pueden diferenciar criterios de salud? En un seminario sobre técnicas, un analista presenta un candidato diciendo: “se trata de un ingeniero casado, etc., que viene a tratarse por tal sintomatología sexual y por tal otra cosa, y es un hombre exitista”. Entoces yo les diría, si un analista define así a un paciente exitista, entonces tiene el criterio de que eso es un síntoma. Yo me imagino perfectamente a otro analista que ve a otro paciente, lo define, tac, tac, tac, y dice: “es una persona exitosa”; el analista que lo define como “exitoso” estaría dentro del aparato ideológico, mientras que la persona que dice "exitista" tiene un enfoque social diferente. Desde ahí, uno u otro van a interpretar de manera diferente el mismo material. Pero no es la contestación directa de su respuesta, porque así no se la puede contestar.

 

Pregunta: ¿Cómo se afronta el problema de la pérdida del proyecto vital a temprana edad en un sistema que obliga a ello a través del mecanismo de producción en serie y de la pertenencia a la familia?

 

Langer: Se puede estudiar, se puede investigar, se puede ver cómo se puede colaborar en el cambio social, pero no se puede resolver. Yo considero que el psicoanálisis tiene muy poco valor terapéutico desde este punto de vista, ya que sólo se aplica a un número muy reducido de personas. Ahí estamos en algo cualitativo y cuantitativo del psicoanálisis; obviamente el psicoanlálisis puede ser integrado útilmente en prevención, pero también muchas veces lo es al revés, es decir en favor del sistema. Ahora bien, el psicoanálisis como valor curativo es también relativo; lo admito totalmente. De nuevo, frente a cierta sintomatología está muy bien. Para mí, el mayor mérito del psico-análisis, para las personas que sí tienen el privilegio o pueden darse el lujo –llámenlo como quieran– de analizarse, es que se conozcan y que puedan adquirir cierta sinceridad frente a las propias mentiras y la propia hipocresía; la propia, la ajena y la del sistema.

 

Pregunta: ¿Cómo sugiere que se solucionen las dificultades entre el compromiso del científico con la objetividad y el compromiso ideológico para la cura de las psicopatologías?

 

 

 

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

 

M. Langer: El compromiso del científico con la objetividad –ahí estamos de vuelta con el problema de qué es objetividad, qué es realidad– en las ciencias sociales no existe; en la ciencia, esta interrelación humana no la hay. Yo, frente a un síntoma, puedo decir que es patológico; ahí puedo tener objetividad. Ayer se habló mucho de qué es enfermedad mental y qué no lo es. Pero supongamos que una persona adulta sana no puede cruzar la calle; yo puedo decir con objetividad que padece de una agorafobia, y que debiera curarse. Ahí no se trata de un compromiso ideológico. Pero frente a todo lo otro, el carácter, el estilo de vida, etc., no puede haber objetividad. Vuelvo al ejemplo de antes: el criterio de “exitismo” o “exitoso”. Pero cada una de las personas que diagnostica así, suele sentirse subjetivamente objetivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ANÁLISIS GRUPAL INSTITUCIONAL

EN LA CLASE OBRERA49

 

 

 

“En el nivel humano hay que distinguir por lo menos dos niveles de análisis, dos escalones: el nivel genérico-individual y el nivel genérico-social [...] al hombre no lo podemos entender sino comprendiendo a la sociedad simultáneamente”50

 

“¿No cree usted que su profesión se presta a una coartada frente a la revolución social en nuestro país?”, pregunta una estudiante brasileña a Igor Caruso. Él le contesta que desde luego no considera deber de todo especialista unirse a las guerrillas, pero que piensa que «el psicoanálisis correcto es el primero en mostrar claramente los conflictos en los que se encuentra un individuo y que es él quien le abrirá los ojos para percibir y reestructurar el medio ambiente».51 Sí, pero ¿qué es un “análisis correcto”? De todos modos es un proceso que transcurre en una relación bipersonal, en el cual no solamente el analizando debe poner toda su personalidad, sino también el analista. De la ideología consciente e inconsciente de éste, de su esquema de valores y de sus convicciones dependerá mucho que el paciente aumente su enajenación o que aprenda, en el transcurso de la cura, a “percibir y reestructurar el medio ambiente”.

 

Freud postuló para el psicoanalista la sangre fría y la objetividad del cirujano. Sin embargo, sabemos desde hace tiempo que esto no es factible ni deseable. Los estudios sobré contratransferencia nos demostraron claramente cómo nuestros sentimientos influyen en él proceso analítico. Erikson nos habla de la importancia de nuestro esquema de valores. Racker52 nos demuestra que la meta de salud mental del analista lo guía forzosamente en la terapia para lograr que su paciente corresponda a ésta. Dice:

 

 

 

49   Publicado en El Psicoanálisis como teoría crítica y la crítica política al psicoanálisis coordinado por Ewald H. Englert y Armando Suárez. Siglo XXI Editores. México 1985.

50   A. Caparros, Mesa redonda sobre “Ideología y psicología concreta”, Cuadernos de psicología concreta, n.° 1, Buenos Aires, 1969.

51   Igor A. Caruso, Psicoanálisis, marxismo y utopía, México, Siglo XXI, 1974, p. 9.

52   H. Racker, Estudios sobre técnica psicoanalítica, Buenos Aires, Paidós, 1959.

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

“las ocurrencias y las posiciones contratransferenciales que aparecen ante nosotros como un obstáculo deben ser tomadas como valioso instrumento en el devenir de nuestra tarea analítica. Es indispensable un análisis sistemático de la contratransferencia en la tarea para no perder de vista este instrumento: nosotros agregamos que la contra-transferencia se siente desde el analista como totalidad; obviamente, entonces, su ideología permea a través de este fenómeno y quedará inscripta en el modelo de sus intervenciones.”

 

Pero a pesar de los múltiples estudios sobre contratransferencia –podríamos aumentar casi ilimitadamente las citas– existe en los medios psicoanalíticos un tabú especial dirigido a cuestionar la neutralidad del analista: ¿será por temor a que nuestros críticos y enemigos pretendan reducir el complejo proceso analítico al nivel de la sugestión, reprochándonos que adoctrinamos a nuestros pacientes? ¿O, en ciertos países latinoamericanos, por temor a que el dictador en turno nos cierre nuestras instituciones? No creemos que sea tanto eso, sino que el analista que analiza solamente en el interior de su propia clase escotomiza fácilmente el problema;

 

“reprimimos la culpa, que nos da ser cómplices del sistema; pero también la noción reprimida del robo permanente del cual participamos como clase es causa de la mala conciencia que, poco a poco, se transforma en mala fe y en malestar en la cultura”.53

 

De todos modos vale la pena analizar y ejemplificar, aunque sucintamente, los diferentes ítems en los cuales la neutralidad consciente del analista nos parece una ilusión. Empecemos por el diagnóstico ya que éste involucra nuestro criterio de salud mental, concepto muy vapuleado en las últimas décadas. Frente al síntoma concreto nos es fácil ponernos de acuerdo: es enfermizo que un hombre adulto no pueda salir solo a la calle o estar en su casa. Además, él se queja de esta limitación. Pero frente a lo egosintónico puede surgir la duda. En una supervisión el analista presenta a uno de nosotros a su paciente con estas palabras: “Se trata de un ingeniero, casado, de 35 años, que sufre de impotencia. Es inteligente y exitista.”

 

–“Pero ¿también exitoso?” fue la pregunta. –“Sí, pero necesita a todo precio el éxito.” –“Usted es marxista”, fue el próximo comentario.

53   M. Langer, “Política y psicoanálisis”, Cambio, T. I, núm. 1, México, Extemporáneos, 1975.

 

 

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Y sí, lo era, porque lo que a otro analista le hubiera parecido una virtud –o un área libre de conflictos– a él le resultaba un rasgo de caracteropatía.

 

Sigamos con la meta del análisis para el analista, ya que ésta pertenece también a nuestro criterio de salud mental. Tiempo atrás vino una paciente a ver a uno de nosotros. Era una mujer agradable, inteligente, de origen francés. Tenía 34 años, era casada, con dos hijos prepúberes. Por las circunstancias de la guerra su familia tuvo que abandonar Francia antes de que ella pudiera terminar sus estudios secundarios. Llegada a Buenos Aires tuvo que trabajar. Más tarde intentó varias veces rendir los exámenes de bachillerato para poder estudiar medicina. Pero cada vez que intentaba concurrir a un colegio nocturno o estudiar sola para rendir los exámenes como libre, era presa de una angustia tal que pronto tuvo que renunciar. Aparte de esta dificultad tenía otros problemas, especialmente a nivel sexual, con su esposo. Entró en un grupo de psicoterapia psicoanalítica. Evolucionó muy bien y en el curso de dos años mejoró en muchos aspectos y logró, además, aprobar su bachillerato y su examen de ingreso a medicina. Por subsistir esta dificultad a nivel sexual con su esposo, pero también por estar interesada en hacer la experiencia de un psicoanálisis individual, planteó al grupo un cambio de terapia. Se le recomendó un buen analista. Al cabo de un tiempo, su primera terapeuta se encontró con él.

 

–“¿Qué fue de Renée?”, le preguntó. –“Evoluciona muy bien, es una linda paciente.”

 

–“¡Ah! ¿sí? –dijo entusiasmada– qué bueno que está bien. Entonces ya habrá presentado el examen de anatomía

 

–¿no?”

 

–“No –le contestó enfáticamente y con cierta expresión de asco–, dejó la medicina; pero está esperando un tercer hijo.”

 

Creemos que e! ejemplo es claro: para nuestro colega la norma de salud mental a alcanzar por esta paciente era renunciar a sus estudios (su afán de estudiar ¿tendría que ver para él con la envidia del pene?), dedicarse al hogar y tener otro hijo, cuya crianza la ocuparía los próximos años, mientras que para la primera terapeuta la meta deseable era que lograra una actividad subliminatoria y vocacional, para la cual la sentía muy capacitada. La paciente, obviamente, tenía ambas posibilidades y ambos deseos, pero en conflicto. Por eso, sin que la primera ni el segundo terapeuta se propusieran influir en ella, se adaptó sin embargo plásticamente a sus deseos.

 

 

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La modalidad y la Weltanschauung del analista se expresan de muchas maneras. Ya el arreglo de su consultorio denota algo de su gusto y personalidad. Mediante sus honorarios elige o descarta a ciertos pacientes. Pero hay otra metacomunicación más sutil: las asociaciones que él selecciona para interpretar su tono de voz, etc. En resumen, diríamos que no existe la neutralidad y que Caruso, y con mucha honra, pertenece a la categoría de los analistas que tienen una conciencia muy definida de su Weltanschauung. Es ésta, justamente, la que le lleva a ejercer un psicoanálisis utopista –en el sentido que él da a esta palabra– y cuestionador. Y la que, además, le hace definir al ser humano como “ente genérico, y esto preferentemente en su interacción recíproca con el sistema económico que él ha creado, pero que también lo enajena.”54

 

En este contexto y en la lucha contra esta enajenación nos parece imprescindible citar la aportación decisiva de Paul Parin. Este autor muestra en su artículo sobre la “Crítica de la sociedad en el proceso de interpretación”,55 basándose en el material clínico y en su interpretación, presentado en un congreso internacional y por un analista “clásico” que seguramente se considera neutral, esa misma falta de neutralidad de la que estamos hablando. Sostiene después que el analista debiera incluir en su actividad interpretativa una profunda crítica de las fuerzas y leyes que gobiernan nuestra sociedad. Esto es necesario tanto por la influencia inconsciente, formativa y transformadora de la macrosociedad en la estructura psíquica del paciente, como por las limitaciones inherentes a la función del juicio de realidad, aun en un aparato psíquico maduro y regido por el principio de realidad. Estas limitaciones provienen de la introyección de los valores dominantes en la sociedad.

 

Parin subraya también la necesidad para el futuro analista de profundizar, en su análisis didáctico, en su situación social y en el significado inconsciente de su ideología.

 

Estamos totalmente de acuerdo. Pero ¿cómo lograr eso, si justamente se enseña en casi todas las instituciones dependientes de la Asociación Psicoanalítica Internacional este psicoanálisis “neutral” que cuestionamos? La omisión del contexto social, comprensible en los primeros años de las instituciones analíticas, se transformó en negación en la medida en que cambiaron, de ser agrupaciones científicas a ser corporaciones de profesio-

 

54   M. Langer, op. cit.

55   P. Parin, “Gessellschaftskritik im Deutungsprozess”, en Psyche, Heft XXIX, Stuttgart, 1975.

 

 

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nalistas, y con ello pilares del sistema. Se volvieron elitistas, y no sólo por el elevado costo de la formación, sino por el tipo de enseñanza que transmitieron. Por eso estimamos tanto a los círculos psicoanalíticos creados por Caruso, que están abiertos a todo trabajador en el ámbito de la salud mental y que comparten con su fundador su preocupación social, y a menudo, su Weltanschauung.

 

Pero igualmente se corre el riesgo del elitismo si el análisis no se pone al alcance de sectores más amplios y si tanto el analista como el analizado pertenecen siempre a la misma clase. Esta situación puede dificultar el cuestionamiento que Caruso propone. Según Parin se escotomiza fácilmente la satisfacción narcisista que se obtiene en la actuación agresiva y masoquista de los intereses de estatus y de clase, si analista y analizando los comparten.

 

Estas notas se referirán tanto a otra forma de enseñanza como a la práctica con la clase social diferente a la del analista. Desde ellas intentaremos dialogar con la utopía, conscientes del riesgo que corremos de incurrir en una coartada social favorable al sistema.

 

Tratamos de implementar los conceptos psicoanalíticos grupales y la concepción dramática de la coterapia en una institución hospitalaria. Nuestra teoría fue psicoanalítica; su objeto, el inconciente, no como abstracción, sino el inconsciente del paciente concreto. Nuestra técnica: la interpretación. Nuestra metodología: el juego transferencia/contratransferencia, entendido como algo que se juega entre pacientes y equipo terapéutico, abarcando también a la institución.

 

Nuestra experiencia fue posible gracias a una coyuntura política que parecía llena de esperanzas para todo el país (Argentina, 1972) y que, con respecto a nuestro campo, ofreció toda una serie de aperturas. Cobraron, en ese momento, nueva vida los centros de salud mental y los servicios hospitalarios de psicopatología. Se buscaba afanosamente atender las verdaderas urgencias de los pacientes, entender su problemática dentro de su clase y su país y se desterraba la bibliografía norteamericana, ideologizada y ajena a nuestras necesidades.

 

A esta época pertenece nuestra experiencia, parecida sin duda a la de muchos otros servicios. Sabíamos de la precariedad del proyecto, pero sentíamos que debíamos aprovechar el espacio ideológico que nos ofrecía la coyuntura política e histórica.

 

 

 

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En Argentina la entidad hospital constituye una suerte de organización crónica de la pobreza de recursos; está caracterización es válida para los países subdesarrollados como el nuestro, donde la dependencia económica del imperialismo se traduce en todas las instancias.

 

Pasemos a describir la Institución donde desarrollamos nuestra labor clínica. Se trata de un hospital general en una población suburbana, la de más alta densidad demográfica, del Gran Buenos Aires. Un servicio de psicopatología ya limitado a la consulta externa, desmantelado y pauperizado, con sólo dos profesionales a sueldo. Debemos destacar que el personal profesional voluntario, entre los que nos contábamos, llegó a contar con aproximadamente cuarenta elementos que laboraban en este servicio, donde se les ofrecía formación a cambio de asistencia. Este puñado de voluntarios estaba constituido en su gran mayoría por psiquiatras y psicólogos jóvenes y por algunos con mucha experiencia, como era el caso de dos de nosotros.

 

Si este trabajo se hizo posible a pesar de todos estos inconvenientes, es principalmente debido al apoyo lúcido y decidido de la jefa del servicio, la doctora Silvia Bermann, quien, sin ser ella misma psicoanalista, colaboraba con nosotros en la tarea concreta y la facilitaba con todos los medios a su alcance.

 

Destacamos esto porque toda labor institucional tendiente a un verdadero cambio social se vuelve por sí misma subversiva y su evolución y duración depende de una interacción compleja entre las personas que la llevan a cabo, las autoridades de la institución y la lucha política dentro de la sociedad en la cual la institución está inscripta. En concreto: una labor como la nuestra fue posible mientras la situación argentina parecía prerrevolucionaria (1972), se volvió fácil durante el breve período de la presidencia de Cámpora (el slogan: “El pueblo al poder” caracteriza a esta época, 1973) y se tornó cada vez más difícil a medida que la derecha peronista reconquistaba y se afianzaba en el poder. Terminó bruscamente en 1976 con el cierre de este servicio, así como de los demás similares, días después de que la Junta Militar asumiera el poder en la Argentina. Simultáneamente se cierran los últimos centros progresistas de salud mental.

 

No hubiera sucedido esto si la respuesta de los servicios a la demanda de los pacientes hubiera sido autoritaria o paternalista, es decir, acorde con las relaciones de poder del sistema y reproduciéndolas.

 

 

 

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Los pacientes

 

Provenían del barrio obrero en el que funcionaba el servicio. Algunos vivían en casas de material, otros en viviendas precarias de la villa miseria. Los hombres eran en su mayoría de extracción obrera; trabajaban como tales o como pequeños comerciantes, o se desempeñaban en un oficio más o menos independiente. Algunos provenían de la clase media baja. Las mujeres eran en su gran mayoría casadas, muchas con obreros, y se desempeñaban únicamente como amas de casa. Pero hubo también alguna empleada u obrera entre ellas. Casi todos los pacientes habían abandonado los estudios en la primaria escolar y sólo unos pocos en la secundaria. Algunos habían recurrido al servicio de psicopatología por darse cuenta de que “sufrían de los nervios”; pero muchos, ya que nuestro servicio estaba inserto en un hospital general, fueron derivados por otros servicios, tales como el de clínica, endocrinología, neurología, etcétera.

 

Hablaremos de la formación de los equipos de coterapia grupal. Estos equipos estaban formados por dos terapeutas con amplia experiencia, de preferencia una mujer y un hombre, y dos o tres terapeutas jóvenes, de menor o ninguna experiencia. Juntos coordinaban un grupo de diez o doce pacientes.

 

Para que un joven terapeuta fuera incluido en el equipo poníamos como condición principal que hubiera terminado o estuviera al menos en análisis, sea individual o de grupo. Con esto intentábamos garantizar que los cotera-peutas tuvieran el mínimo posible de conflictos que obstaculizaran, desde la transferencia recíproca, la comunicación dentro del equipo; por ejemplo recreando figuras dramáticas cristalizadas del tipo padre/hija; pareja erotizada, es decir, imágenes, situaciones, vínculos, que se sobreimprimieran en los demás miembros del equipo impidiéndoles “entrar” y “salir” (identificarse y tomar distancia).

 

Esta inclusión de terapeutas jóvenes se posibilita por la explicación a los pacientes de la diferente formación teórica y la desigual experiencia clínica de los miembros del equipo, lo que por un lado alivia las angustias de los jóvenes y, por el otro, evita la presencia de un secreto que dificultaría grandemente la tarea. Los coterapeutas se reunían entonces como resultado de la elección mutua. Los ámbitos de discusión y de supervisión institucional otorgaban el medio en que se daba la posibilidad del conocimiento, suficiente como para destacar los modelos de tratamiento de cada uno, su estilo personal y su nivel de formación, y cotejar los acuerdos y desacuerdos que habrían de permitir la coherencia básica del equipo.

 

 

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En cuanto al grado y nivel de participación, éste se iba dando de acuerdo con las posibilidades interaccionales de cada coterapeuta. Con esto queremos decir que nuestra línea de trabajo planteó un “no” rotundo al papel de observador silencioso.

 

La participación de todo el equipo permitió implementar la transferencia institucional. De esta manera, la salida eventual de uno u otro terapeuta no interrumpía el trabajo grupal, sino que se transformaba en material importante de análisis.

 

De la formación técnica de los coterapeutas

 

Decíamos más arriba que nuestra práctica tuvo un carácter asistencial y docente al mismo tiempo. Es decir, que aplicábamos el psicoanálisis en la práctica institucional hospitalaria y los jóvenes obtenían la formación complementaria, sistemática, en nuestro Centro de Docencia e Investigación, de la Coordinadora dé Trabajadores de Salud Mental.56 En este ámbito confluían la formación teórica y la práctica político-gremial. Allí nuestros compañeros jóvenes tomaban seminarios de distintos niveles de complejidad, que se iban alcanzando simultáneamente en tres áreas: 1] Teoría psico-analítica, psicopatología psicoanalítica, técnica psicoanalítica, y teoría y técnica psicoanalítica de grupos. 2] Materialismo histórico y materialismo dialéctico. 3] Discusión y supervisión de la aplicación de la teoría, esto es, de la praxis.

 

En los seminarios del CDI se llevaba a cabo, un minucioso estudio que tenía como culminación elaboraciones monográficas sobre los temas tratados. Estas monografías se realizaron preferentemente en grupos pequeños que funcionaban como equipos.

 

En cada unidad de aprendizaje se contaba con un ámbito de discusión sobre los temas tratados por distintos docentes: allí se trabajaban las dudas sobre los materiales bibliográficos, que eran expuestos en un primer momento de información.

 

Esta tarea de enseñar y aprender dio lugar a un complejo mecanismo de retroalimentación positiva que llegó a hacer que este Centro de Docencia e Investigación contara con el apoyo unánime de los jóvenes terapeutas y de los viejos esclarecidos que habían abandonado la institución analítica (la Asociación Psicoanalítica Argentina).

 

56   CTSM formada por tres gremios: Federación Argentina de Psiquiatras, Asociación Argentina de Psicólogos y Asociación Argentina de Psicopedagogos.

 

 

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En lo que hacía a nuestra tarea clínica en la institución hospitalaria, existía el complemento indispensable inherente a toda formación práctica psico-analítica: la supervisión. Se llevaba a cabo en el seno de nuestro “Grupo de Reflexión”, situación grupal coordinada por dos de nosotros, que atendía a la dilucidación de los conflictos que pudieran aparecer en el campo de operación de la clínica. Este funcionamiento, grupal también en el momento de la recuperación de la experiencia y la elaboración, hacía más coherente nuestra práctica docente-asistencial.

 

El modelo de capacitación entre terapeutas de muy distintos caudales de conocimientos permite que se sumen los esfuerzos en una tarea no encaminada a la conquista, el mantenimiento del poder o el liderazgo (saber es poder), sino creando condiciones reales de aprendizaje solidario.

 

De la técnica. La coterapia como situación dramática. Fue tan imbricada la tarea clínico-docente, que se nos hace muy difícil separar arbitrariamente el aprendizaje de la técnica del quehacer clínico. Si lo estamos intentando en este trabajo de elaboración de la experiencia es sólo para presentarla con la máxima claridad posible y con la esperanza de transformarla en un antecedente útil para otros.

 

Comenzaremos diciendo que nuestros jóvenes compañeros aprendían trabajando en el campo mismo y acompañados tan de cerca por los compañeros más experimentados, que compartían con ellos la experiencia total. Los jóvenes terapeutas en su participación desempeñaban un papel testimonial, a la vez que por ser un miembro “no ritualizado” del polo coordinador podían identificarse más fácilmente con un paciente y desempeñar así el papel de enlace viabilizador de vínculos fluidos entre paciente y terapeuta, recíproca-mente.

 

La intensa identificación con un paciente y su material deja de ser riesgosa en la coordinación coterapéutica, ya que el coterapeuta que entra en esta situación tiene la garantía de no quedar “atrapado” en ella, gracias a la presencia participadora del que queda fuera de la situación.

 

El carácter dramático de nuestra coterapia se acentúa en el “diálogo inter-clínico”. Llamamos así tanto a la habitual complementación que de una manera natural va tejiendo la trama de las sucesivas intervenciones de los distintos coterapeutas como a aquellas situaciones en que estos últimos establecen un diálogo real entre sí. Es aquí donde, con adecuado interés y

 

 

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criterio clínico, es decir, de una manera que no sea salvaje, se da la oportunidad de introducir aquellos comentarios que aparecieron al comienzo como inoportunos, por constituir opiniones distintas e incluso divergentes y hasta opuestas entre los coterapeutas y que son por lo general postergadas para un momento posterior al acto terapéutico mismo, ya sea en una ulterior reelaboración llevada a cabo por los propios terapeutas en el seno de una supervisión, o simplemente en comentarios de pasillo.

 

Es, en fin, una suerte de supervisión y regulación de la tarea en el acto clínico mismo.

 

Es frecuente que sean los propios pacientes los que estén terciando en el diálogo y aclaren muy lúcidamente lo que podrían parecer puntos de vista distintos y hasta incompatibles. No interpretábamos, en los casos de intervenciones de ese tipo, la competencia en forma castradora, ya que técnicamente opinábamos que estas intervenciones eran generalmente elementos enriquecedores en el proceso de la cura. Aclarar todo esto es importante, porque un grupo terapéutico hospitalario reproduce las condiciones clasistas de la sociedad, ya que de facto, en el hospital, el enfermo y el terapeuta pertenecen a distintas clases sociales y se tiende a establecer vínculos de asimetría y sometimiento que ya estaban implícitos en la relación médico-paciente habitual. Hay que asumir claramente esta asimetría explicándola como tal ante el paciente hospitalario, precisamente por toda la invalidez que determina su padecimiento y por las limitaciones a que está sometida su clase social; pero esta actitud técnica apunta a lograr el máximo grado de reciprocidad posible. Es decir, que el paciente pueda abrigar la expectativa de que aquella asimetría será alguna vez corregida, pero no porque él sea en cierta forma el terapeuta, sino porque él recuperará su validez en forma de salud y conciencia posible. Entonces, desde allí, tenderá precisamente a romper situaciones cristalizadas de dominación.

 

Nuestra experiencia nos confirmó que este manejo clínico otorga al ámbito grupal en el que se desarrolla el proceso de la cura la seguridad psicológica que es de tan fundamental importancia como el recordar, repetir y elaborar. Asegura a cada miembro que no va a correr el riesgo de la excesiva e inmanejable proyección sobre él de las habilidades, ni tampoco de las ineptitudes, de los otros, que lo transformarán en un líder abrumado y sobreexigido o en el portardor de la miseria del grupo.

 

 

 

 

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Debemos agregar que, en cuanto a la conducción clínica, existen al menos dos peligros. De un lado está el autoritarismo regresivo, del otro la seducción demagógica. Ambos peligros plantean, al tener que tomar decisiones clínico-técnicas, la necesidad de tomar una actitud distante de ambos polos para alcanzar la veracidad pertinente. Hemos observado las diferentes caracte-rísticas que adquiere el fenómeno de la transferencia en el vínculo terapéutico bipersonal y pluripersorial (grupal), sobre todo en nuestro caso de coterapia, donde la proyección de aspectos antinómicos tiene destinatarios distintos en las figuras de los diversos coterapeutas. Señalar con pertinencia los fenómenos que determinan estas proyecciones multidireccionales en el diálogo interclínico facilita la ruptura de los intentos de repetición, por parte del paciente, de vínculos atrapantes, es decir, de estereotipias que fueron precisamente las que lo enfermaron (por ejemplo, vínculos del tipo comensal simbiótico entre madre e hijo). Es entonces desde nuestra técnica de implementación plástica y dinámica del diálogo interclínico y de la inter-pretación desde donde pueden irse produciendo modificaciones reales en nuestros pacientes.

 

Por lo expuesto hasta ahora se observará que nuestro papel se caracterizó por el alto nivel de participación: muy pocas veces el grupo quedó en silencio sin que interviniéramos (al estilo de Bion), ya que no era la regresión más profunda el objetivo buscado. Por eso interpretamos poco en la transferencia, pero nunca dejamos de hacerlo si se trataba de volver consciente el resentimiento frente a los terapeutas o a los compañeros del grupo, o en los casos de idealización al servicio de la dependencia infantil. Dimos mayor importancia a la problemática actual, sin por eso prescindir de la historia de cada integrante.

 

Nuestras intervenciones fueron preferentemente interpretativas, incluyendo lo social cada vez que lo creímos pertinente. A menudo un miembro del equipo terapéutico interpretaba lo estrictamente analítico, mientras otro acotaba la comprensión del contexto social fundante.

 

Con algunos pacientes no fue factible prescindir de una mediación. Había en cada equipo coterapéutico un integrante a cargo de aquélla, pero sólo resultaba en la medida en que fuera estrictamente necesario y una vez discutido con el paciente. Este a su vez recurría generalmente al psiquiatra una vez terminada la sesión grupal. La asistencia al grupo de un profesional también experto en esta tarea permitía una dosificación mínima y adecuada de psicofármacos.

 

 

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No condenábamos como acting out los encuentros de los miembros del grupo fuera del marco terapéutico; más bien los considerábamos enriquecedores, ya que estaban al servicio de la terapia. A nuestro juicio la abreviábamos así y ellos ejercitaban la solidaridad grupal. Pensábamos que este hecho prolongaba, más allá del encuadre, la acción terapéutica del grupo y tenemos la seguridad de que ésta tenía mucho más de una hora y media semanal de acción, que era el tiempo que contractualmente debía la institución atender a los pacientes. Esto, por ejemplo, dio un marco de contención cuando se presen-taron situaciones críticas graves, incluido el riesgo de suicidio.

 

Nos hubiera gustado transcribir interpretaciones nuestras, así como los correspondientes mecanismos grupales. Sin embargo no nos es posible: No disponemos de anotaciones de esa época, que se prestaba mucho a la acción y poco, más allá de la reflexión inmediata, a la acumulación de material. Y el material que tuvimos, quedó allá. Sin embargo trataremos, muy suscintamente, de presentar el historial de una de nuestras pacientes, tal vez la más pobre. Con él queremos dejar lo más claro posible cuan necesario consideramos que, tanto desde el equipo como desde los integrantes del grupo, se hiciera inteligible para todos, pero sobre todo para lo pacientes, cuánto de su destino y enfermedad pertenecía a ellos y cuánto era resultado de una sociedad que los enfermaba. Así podían aliviar la persecución de su superyo, que los acusaba de ser los únicos responsables de sus “pecados” y de sus fracasos. El ejemplo más claro es el de María Elena, quien, como tantos otros, tuvo un largo proceso como integrante del grupo.

 

María Elena es una mujer de 32 años. Casada, es madre de una hija de 15 años y de dos varones, uno de 14 y otro de siete.

 

Consulta por depresión y nos llega derivada por el Departamento de Adolescentes del servicio y por el de Gineco-obstetricia.

 

El primer contacto con el hospital fue motivado por una amenorrea de la hija, cuyo diagnóstico último resultó ser un embarazo, seguido de un aborto provocado.

 

Al intentar María Elena enterarse de lo sucedido, la respuesta de su hija fue: “No lo diré para no destruir tu matrimonio.” Esto no hacía más que poner a María Elena ante la dramática consumación del incesto de su hija. Sus racionalizaciones la conducían a sentirse única y absoluta depositaría de la culpa. En las primeras sesiones nos decía: “Él no es responsable, no conoció a sus padres, desde muy pequeño se crió en un orfelinato... ¡Qué destino!”...

 

 

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Marie Langer

 

 

 

Rompía en llanto y realimentaba su culpa: “Pero no puedo separarme... aunque para todos mi hija será la vergüenza.”

 

María Elena trabajaba haciendo el servicio doméstico en la casa de una socióloga de una zona cercana al hospital. Había cursado la escuela primaria hasta el tercer grado. Debido a las severas carencias que sufrió en su infancia, intentaba repararlas todas en la estructuración de su familia. Su esposo era un joven de 34 años, obrero, persona muy querida en la villa por su actitud colaboradora y reivindicativa de las necesidades que compartían con ellos ese medio.

 

María Elena, desde el principio, tuvo que recurrir, por nuestra indicación, al uso de psicofármacos antidepresivos que le permitieran la conexión básica con el grupo; no para negar su depresión, sino para posibilitar la comunicación y la creación de nuevos vínculos, ya que la culpa y la vergüenza la inundaban.

 

Vimos entonces la importancia de la historia individual que nos permitió comprender cómo, con su complicidad inconsciente, la hija repitió el drama edípico de la madre. Ella no conoció a su padre, pero los distintos padrastros que su madre le proporcionó se aprovecharon sexualmente de ella en la única habitación de la que disponía la familia; ya desde pequeña había espiado las relaciones sexuales de su madre. En este contexto era importante que María Elena comprendiera que su historia no era resultado de su “maldad”, sino producto de múltiples determinaciones, incluyendo sin duda las condiciones paupérrimas en las que se había criado y desarrollado.

 

Quizá por eso mismo había idealizado tanto la familia “estable” que había logrado finalmente y por eso vivió la “brusca revelación” del incesto padre-hija, que debía haber percibido antes, como justo castigo de Dios.

 

En el análisis pudimos mostrarle cómo ella había participado activamente en la situación por sentimiento inconsciente de culpa. Teniendo dos habitaciones a su disposición, a menudo compartía ella con el hijo menor una de ellas, mientras el esposo compartía la contigua con su hija. Pero mientras que ella era solamente cariñosa con su hijito, hizo actuar en su hija su propio deseo edípico, al mismo tiempo realizado y frustrado (un padrastro no es al fin y al cabo el padre).

 

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

 

La labor del grupo fue intensa y lejos de provocar rechazo y horror María Elena despertó sentimientos de comprensión y simpatía. El vínculo edípico transferencia! que estableció con uno de nosotros le permitió, gracias a la interpretación, recordar episodios de su infancia ya olvidados (reprimidos) y ligar los hechos para elaborarlos.

 

María Elena perteneció tres años al grupo. Evolucionó muy favorablemente, superó la grave depresión y al año ya prescindía de los psicofármacos. Por la misma época se separó de su esposo y se mudó a otro lugar.

 

Al final intentó rehacer su vida estableciendo un vínculo amoroso con un obrero de una fábrica de la zona. Ya antes había ingresado al colegio nocturno para concluir sus estudios primarios. Los cambios físicos que observamos fueron notables: desaparecieron su ceño fruncido y su rictus labial.

 

El recuperar su historia le abrió una posibilidad de cambio real en lugar de una reparación fantaseada.

 

Este es tan sólo el sucinto relato de la evolución de un caso, si bien quizá el más dramático de todos los que conocimos y tratamos.

 

Finalmente, este intento nuestro de trabajar psicoanalíticamente en grupo dentro de los servicios hospitalarios generales no pretende ni más ni menos que señalar una apertura y la posibilidad de deselitizar la salud mental y el conocimiento.

 

 

 

México 1985

 

Marie Langer, Alberto Siniego, Fernando Ulloa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Marie Langer

 

LA VEJEZ, MI VEJEZ

 

Diría que hay cuatro territorios específicos de la vejez57: el deterioro progresivo de la salud, la marginación, la sexualidad negada y la muerte que se avecina. Tengo una vejez privilegiada por estar sana y no ser marginada; me enfrento con los otros dos territorios, pero con todo tengo una vejez bastante retrasada frente a mi edad.

 

“Lo relativo a la vejez, ya que mi interés en este momento es tal vez más lo social que lo analítico, se refiere a algo que solía comentar un colega, en Buenos Aires, que justo estaba estudiando marxismo. Decía que se había dado cuenta que no sólo robamos, tomamos plusvalía de la clase obrera, sino también años de vida. Eso, tan sencillo e indudablemente cierto, es importantísimo. En una investigación en medicina del trabajo –hecha por Sylvia Bermanm– se vio, en entrevista con obreros, que el obrero, la obrera, promedio de 35 años, al preguntárseles por sus planes para el futuro hablaban de los hijos y no hablaba de sí mismos. Ya habían delegado en los hijos el resto de sus vidas, mientras que una persona clase media de 35 años es todavía una persona joven, con proyectos propios. Eso demuestra cuan relativa es la vejez y cuan ligada a la clase social.

 

“A principios de siglo, y fines del siglo pasado, si hablábamos de clase media, una mujer de 35 años estaba en la "edad difícil", porque se estaba volviendo vieja. Hoy en día, por suerte para ustedes, ya no es así. Pero en el campesinado, en el proletariado, las mujeres de esa edad pueden ya ser viejas, les faltan los dientes, tienen problemas físicos y están acabadas.

 

"La cuestión de la clase se manifiesta también de otra manera. Si una persona busca trabajo a los cuarenta años ya se le considera vieja, excepto si se pertenece a determinada capa social donde, al revés, ¡cuán valiosa es su experiencia!

 

“Los analistas –yo soy psicoanalista aunque me interesa lo social– en especial somos privilegiados en este terreno laboral. Freud trabajó hasta el final prácticamente, enfermó de cáncer vivió y trabajó hasta más allá de los ochenta años; lo mismo Melanie Klein. De todos los colegas que conozco yo soy la más vieja. Eso es una sensación rara, aislante. ¡No conozco a nadie que sea tan viejo como yo! tengo 71 años, casi 72, y voy a trabajar hasta el final. Los analistas decimos: “Ojalá que la cabeza nos dure”, no necesitamos más.

 

57   Publicado en Revista FEM. Volumen IV n.° 24. Agosto-Octubre 1982.

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

“Un problema importante de la vejez es la marginación, y ésta depende principalmente del trabajo. La marginación a nivel del trabajo genera la dependencia, de los hijos, de los nietos, etcétera. Crea muchos problemas. No les voy a hablar de la neurosis del que se jubila porque es algo muy sabido y estudiado. Pero hablando de la mujer, la mujer que no trabaja y que enviuda, tiene una dependencia terrible de los hijos y los nietos. Mi hijo mayor alguna vez me dijo; “No eres una abuela militante, como tu consuegra, sino que eres solamente una abuela simpatizante”. Yo le dije: “¡Claro que sí!, o tal vez sea un abuelo, porque yo sigo trabajando”, “¿Cuál era la función de los abuelos? Cuando yo estoy con mis nietos mayores podemos discutir sobre la existencia de Dios o les puedo explicar las ideas de Marx sobre la plusvalía. En la Argentina les enseñé a montar a caballo. Pero no voy a tejer ¡no! me niego totalmente a tejer, salvo un saquito para cada nieto, y a crochet, es decir, son seis horas de trabajo; mas no porque tema asumir el papel de la abuelita que teje, sino porque ya no sirve para mucho.

 

“La vejez, en la clase obrera campesina, donde lo corporal es tan importante, es muy penosa. Más en los lugares donde no hay seguro social correspondiente; y en la mayoría de los países capitalistas obviamente no lo hay. En cambio la vejez en ciertas profesiones, donde se puede trabajar hasta el final, pierde una parte de su amargura.

 

“La marginalidad de los viejos se expresa también, además de lo que ya comenté sobre la situación laboral, en la intolerancia cotidiana hacia ellos: no hay espacios donde sean aceptados.

 

“A mí me falta también el proceso de envejecimiento de las personas a mi alrededor. Yo enviudé a los 55 años y desde entonces soy mujer sola. Generalmente no he tenido ninguna conexión con gente de mi edad –ya desde Argentina; casi todas mis amistades son, por lo menos, trece, catorce años más jóvenes que yo–.

 

Una excepción muy especial es quien fue mi analista: Richard Sterba, con sus 84 años, es un viejo muy especial; estuvo todavía en las famosas reuniones de los miércoles de Freud. Cuando alguien me consulta por una tesis sobre la histeria del psicoanálisis le sugiero siempre que escriba a Sterba. Hace poco fui a visitarlo a él y a su mujer, mayor que él, en su casa de verano en Vermont. Salimos diario a caballo los dos y yo me sentí, de golpe, tan joven... era la más joven en la casa, me tocaba a mí buscar un chair, arrimar una silla.

 

Me sentí absurdamente feliz.

 

 

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Marie Langer

 

“El tipo de trabajo que tenemos los psicoanalistas nos permite, además, tener poca conciencia de nuestro envejecimiento. No nos jubilamos, no hay límite –siempre que la cabeza nos dure– y en la medida que no te jubilas, sigues funcionando bien, simultáneamente sigues manteniendo tu independencia, no sólo económica, sino de intereses también.

 

“Yo no percibo la imagen que doy. Para mí, yo no he cambiado, siempre he sido así. En Austria mi forma de ser era un poco escandalosa, pero no mucho. En Argentina, cuando llegué, sí llamaba la atención. La manera de vivir allá era más atrasada que la que yo estaba acostumbrada a vivir en Austria.

 

“Yo me acuerdo que cerca de los cuarenta años, justo, sí, a los cuarenta, yo me declaré vieja y seria, pero después algo cambió. Tuve mi última hija a los 43 años y empecé muchas cosas nuevas después. En mi casa de Buenos Aires había una fotografía mía con mi marido, él de 48 años y yo de 40. Cuando yo tenía 50 años un nietito mío ve esa foto y dice: “Aquí estás con Marx, pero pareces mucho más vieja” y yo le contesté: “Claro, porque hace mucho tiempo de esta foto”. Tommy, el padre del niño, se indignó: “Por favor no me enloquezcas al chico con esas paradojas” me dijo. Pero no lo sentí paradoja. Lo sentí tal cual. Yo era más vieja a los cuarenta que a los cincuenta, y se me notaba físicamente. Eso depende del momento vital, en mi caso el momento en que fui más vieja fue a los cuarenta años.

 

“¿Cómo se me fue dando la vida cuando enviudé? Al enviudar –me di cuenta después– analíticamente hablando, enloquecí. Creo que si uno enviuda después de un largo matrimonio uno se psicotiza; no, no estaba visiblemente psicótica; trabajaba como siempre, me movía como siempre, pero sí estaba internamente loca. Un largo matrimonio significa una interacción constante –más allá de si se ama o se odia, siempre se interactúa– y cuando la pierdes de golpe te falta el interlocutor que, por cierto, lo traes adentro, pero destruido, muerto... hasta que te rehaces... y lo rehaces a él dentro tuyo...

 

pasa tiempo. Yo lo he observado después en otros, observado analíticamente, y me ha servido mucho para trabajar con las personas que analizaba; aparentemente se funciona como normal, pero se está loco, es decir dislocado. Ahora bien, ya pasados los primeros seis meses, tal vez más, entonces sí, empecé una nueva vida, con realizaciones totalmente nuevas que, finalmente, me llevaron a México. Conseguí mucho en estos últimos años, cuando ya vieja debería haber terminado con la posibilidad de cambios y nuevas aperturas.

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

“México me costó la pérdida de mis amigos. Yo no perdí a mis amigos por vejez, sino por exilio. Pero, por otra parte, estando en México, de golpe, recuperé Europa mucho más de lo que la tenía, y conocí Ccntroamérica, fui a los Estados Unidos, –trabajo en la Universidad– lo que me importa mucho. México me dio mucho y, de vuelta, todo este mucho es ajeno a la vejez: tener un trabajo institucional, por ejemplo; al principio dije, en broma y con cierta amargura, “Bueno, tendré que trabajar en la UNAM durante ocho años para, finalmente, a los 72 ó 73 años, ser inmigrada”. Ahora que estoy cerca me lo tomo de otra manera y pienso, cuando sea inmigrada seguiré nomás. A un nivel rejuvenece empezar de nuevo, aunque es duro…

 

“Los otros dos territorios –sexualidad y muerte–, mmmm... suenan bien juntos, sexualidad y muerte. Sexualidad... como ya les dije, si no hubiera tenido que irme de Buenos Aires habría sido distinto. Pero, hablando en términos generales, y esto se ha dicho mucho en estos últimos años, hay un prejuicio de la sociedad que implica una injusticia hacia los viejos, y consiste en la negación de su sexualidad. Como siempre, las mujeres tenemos la peor parte en eso. Un hombre viejo puede ser bien visto –antes no era así, antes lo consideraban viejo verde– deseando y teniendo relaciones sexuales; una mujer vieja... ¡no!. Analíticamente eso es claro. La condena de la sexualidad de la mujer mayor es la realización de una antigua fantasía infantil. Los niños la expresan a veces cuando dicen a mamá: “Ya verás cuando yo sea grande y tú seas chica”. Se ha comprobado científicamente que la sexualidad nunca termina, que hasta el final tenemos deseos sexuales; necesidades, sí, menos, pero el deseo persiste.

 

“¿Mis padres? Mi padre murió a los 74 años, mi madre a los 83. La última tarde, horas antes de que muriera mi padre tuvimos una larga conversación. Fue nuestra despedida. Él estaba muy enfermo y yo lo fui a visitar –vivía fuera de Buenos Aires– y charlamos horas. Obviamente él sabía que se iba a morir, porque hizo algo así como una síntesis; me preguntó qué me había parecido su actitud ante tal u otro problema de mi infancia y adolescencia, hasta que yo le dije: “Debo irme porque tengo que darle el pecho a la chiquita” y él me contestó: “Bueno, anda nomás, pero entonces ¿no lo hemos hecho tan mal, verdad?”.”¡De ninguna manera lo has hecho mal” le dije y tuve que irme. Llegué a casa y me llamó mi madre para decirme que él había muerto. Tenía plena conciencia y mucha claridad. Fue una conversación linda, linda... de dos, tres horas... donde él recapitulaba su historia. Mi historia, los errores que pudo haber cometido, la situación en la que estaba yo, nuestra relación…

 

 

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Marie Langer

 

“Con mi madre la situación es mucho más compleja. Ella murió en Viena, y yo estaba en Buenos Aires cuando ella enfermó de gravedad. Yo estaba con una fractura de fémur por una caída de caballo. No podía haber viajado, de ninguna manera... lo que creo, para ser totalmente sincera, que eso me alivió. Pero si hubiera estado en otra situación, hubiera ido. Mi madre, cuando enviudó, me dijo que mi padre le había dicho muchas veces: “¿Y quién te va a cuidar a tí cuando te toque?” Y ella le había contestado que iba a hacer lo que siempre le habían dicho sus institutrices cuando era chiquilla: “Voltéate hacia la pared y duérmete”, y que así se iba a morir. Y cumplió, así se murió, volteada hacia la pared, sola, pero tranquila. La encontraron muerta a la mañana siguiente.

 

“¿Temor a la muerte? No creo tener un temor especial. Tengo el temor de todo el mundo, o menos tal vez, porque conozco a través del análisis a las personas que intentan contrarrestar la muerte con su hipocresía. Yo no soy hipocondríaca. Ahora, no me la puedo imaginar; me cuesta, sí, no sé cómo es. Freud sostiene que nadie puede imaginarse realmente, ni creer que se va a morir.

 

“En Nicaragua pensé mucho sobre el tiempo. Fui dos veces a trabajar allá y la segunda vez tuve un a gripa antes de ir; la primera vez estuve tensa. Bien, salí de México con la gripa sintiéndome viejísima e inútil –creo que en general uno se siente así con gripa– pero una vez allá se me desapareció totalmente. Tenía una sensación de felicidad básica todo el tiempo, más allá de cualquier tarea, hasta el momento de salir. Me di cuenta en este segundo viaje lo que Nicaragua era para mí. Me di cuenta de que allá no soy vieja ni joven... soy atemporal... y lo vivo como si la República Española, la vieja república, hubiera ganado y yo estuviera colaborando en la reconstrucción... es... una continuidad... y al fin, y de golpe estoy ahí. El último domingo fui a la entrega de títulos de propiedad de los campesinos, por la Reforma Agraria, estuve cuatro horas bajo el sol tropical, parte parada, parte sentada. Creo que era la más vieja de las cinco mil personas que estaban ahí, y no me cansé. ¡No me cansé! Pero era por eso, porque no era yo, sino lo que hubiera sido... ¡para qué hablamos de la vejez! allá ya no soy vieja ni joven.

 

“¿Qué por qué la gente no me ve vieja? Creo que tiene que ver con el contacto con los demás, con la productividad. Si la gente no te trata como vieja, no te ve vieja. Si la gente me llama no es para tomar el té con una viejita a la que hay que distraer, sino para que les recomiende un analista, para que opine sobre un tema de tesis, etc. Como la causa del contacto no es de

 

 

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cortesía con una persona vieja, no me ven vieja, ni me siento tal, mientras que las atiendo. Claro, ser analista ayuda. Tengo mucho contacto con mujeres jóvenes y conozco su problemática; estoy en vinculación con mis hijos jóvenes –yo soy una madre muy vieja– y no me es ajeno lo que les pasa.

 

“Yo me rebelé contra la moral de mi época cuando era chica, y esta rebelión es válida para hoy día también. Me es natural que la mujer luche por la despenalización del aborto, eso lo oi desde chiquita; me es natural, aunque en mi casa no lo era, que la mujer pueda tener relaciones sexuales como el hombre…

 

“Cuando tuve a mi hija menor, Verónica, lamenté ser madre vieja durante el embarazo. Me dio vergüenza mi panza. Yo encanecí muy tempranamente y pensaba: "¡Uff! si la gente me ve en la calle van a pensar que tengo un tumor”. ¡Me dio vergüenza! Pero una vez nacida Verónica, ya no. Además a Tommy, el mayor, lo tuve a los 29 años. A los 36 fui a una fiesta en su colegio y Tommy me dijo después: “Mamá me dio vergüenza”, “¿Por qué?” le pregunté, “Por tener una mamá tan vieja, tienes el pelo blanco” ¿Ven? de vuelta la contradicción de la vejez, a los 36 años era una madre vieja, a los 43 no lo era más.

 

“Cómo vive una su cuerpo tiene que ver con muchas cosas, y eso ha cambiado con los años, con la historia. La vergüenza ante el cuerpo viejo de la mujer ha sido una constante, pero está cambiando. “Cuando la mujer cambie su imagen corporal, la sexualidad va a prolongarse para ella. No es que no sea larga, sino que rio la asume hasta el final. La sexualidad es de toda la vida. Fischer, quien hizo estudios fisiológicos sobre los sueños (frecuencias, etc.), lo demostró experimentalmente. Colocaba en niños, jóvenes, hombres y viejos un aparato que medía las erecciones (obviamente es más fácil medir la excitación sexual en hombres que en mujeres) y comprobó que Freud tenía razón, que los sueños son eróticos. Hasta en los hombres de más de ochenta años el “ereccionómetro” daba señales de vida, aunque menos intensas. Para las mujeres lo mismo es válido. Ahora bien, como necesidad, la sexualidad va bajando poco a poco, eso es cierto. Aunque también es un problema de tipo social. ¿Por qué baja? ¿Causas hormonales, o porque ya no hay con quién? ¿Porque lo sociológico influye en lo psicológico y éste en lo hormonal? Socialmente no es aceptado. En Europa hay una actitud diferente al cuerpo y la sexualidad. La gente envejece muchísimo más tarde de lo que envejece en nuestros países. Y eso sin que las mujeres se hagan ningún tipo de operaciones, como sucede en los Estados Unidos.

 

 

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“¿El lifling? Yo me lo hice cerca de los 60. Expliqué a mis hijos que me deprimía cada mañana, al ver mi cara en el espejo. Por eso había decidido “arreglarla”.

 

“Sobre la relación de la mujer con el espejo se podría decir mucho. La perplejidad y la tristeza al mirarse al espejo y el no reconocimiento del todo, porque internamente uno se queda más o menos como ha estado, y externamente cambia. Es muy desconcertante y nada agradable.

 

“¿No han visto alguna vez a una linda adolescente con expresión desolada, mirándose fijamente en el espejo? “¿Qué te pasa?” le preguntas. “Estoy horrible” te dice. Pero la misma chica puede mirar y admirarse al día siguiente con cariño y coquetería. Freud nos dice que la mujer distribuye, debido a su falla de pene, su narcisismo sobre todo su cuerpo y cara. Eso la vuelve vanidosa y dependiente de su imagen. La explicación de Melanie Klein me convence más. Según ella, nosotras, las mujeres, con nuestros genitales escondidos en el interior del cuerpo, tenemos muchas fantasías catastróficas sobre el estado en que se encuentran. Cuando nos sentimos malas, dañinas o también castigadas por algo, –el deterioro físico, la vejez también puede vivirse así– imaginamos el interior de nuestro cuerpo como podrido, deshecho. Creo que es esto, este estado de nuestro interior, lo que pretendemos verificar, proyectándolo sobre nuestra imagen en el espejo. Junto con él comprobamos también el estado de nuestros objetos internos. ¿Están intactos o dañados? ¿Nos siguen queriendo?

 

“Hablando de los objetos internos y la vejez, hay un artículo muy lindo de Melanie Klein al respecto. Trata de la vejez y la soledad y sostiene que, aunque viejos, aunque más solos, si estamos en buenas relaciones con estos objetos internos no sentimos penosa la soledad, porque estamos, soñando, pensando, acompañados por ellos.

 

“Tiempo atrás fui a Cancán. Hice sola la excursión a Tulúm, y al lago Xel- Há. En Tulúm subí y bajé la pirámide; en el lago renté un snorkel y unos anteojos y me metí a seguir los pescaditos. Entonces una mujer, mexicana, de provincia, joven de unos 35 o 38 años, me dijo:

 

“Explíqueme algo, yo la he observado durante todo el día; usted subió y bajó la pirámide, y yo ya no puedo hacer nada ¿qué hace usted? ¿hace relajación, yoga, es vegetariana? ¿qué hace?, dígame”. ¿Yo qué le iba a decir? y de repente ¡me acordé! ¡KH3!

 

 

 

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Le dije “tomo KH3, una medicina de la Dra. Asían de Rumania, que la venden en Europa, en la Argentina, pero también en puertos libres, en Cancún hay. Hay que tomarlo desde los cuarenta y cinco años”. Yo me puse de propaganda, tipo esos anuncios de televisión; nunca lo escondo, lo digo como se lo dije a esa señora. Aunque no sólo es el KH3, tiene que ver mucho mi tipo de vida..., pero cómo explicar eso.

 

Junio 1982

 

Marie Langer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LO QUE EL GRUPO ME DIO

 

Al intentar escribir unas líneas sobre “el grupo” para este libro58, se me mezclan pasado y presente.

 

El pasado: hace ya tantos años que expliqué a Emilio Rodrigué –él publicó esta conversación posteriormente– que el grupo terapéutico que veíamos en la clínica de la calle Oro y el “homo gestaltensis” de ciencia-ficción tenían mucho en común. Que esto explicaba a aquello. Pero entonces no sabía que, muchos años después, formaría parte de un “profesor, si puede llamarse así, gestaltensis”, experiencia compartida apasionadamente con otros once integrantes. Antes de hablar de ésta aventura, relataré mis experiencias con el grupo, que desembocaron finalmente en ese hecho.

 

Trabajar como terapeutas de grupo, descubrir indicaciones y ver los logros curativos nos fascinó a todos. A cada uno a su manera. Para mí, aparte de mi gusto frivolo de entonces por la ciencia-ficción, significaba, al fin, no atender únicamente en tratamiento individual de analista didáctico serio de encuadre rígido a los colegas jóvenes o a una élite económica de clase media y alta, sino poder empezar a realizar el viejo sueño de Freud, su sueño de Budapest. No tengo la cita a mano, estoy de paso en Buenos Aires, pero su sueño era más o menos el siguiente:

 

“Llegará el día en el que también los desposeídos tendrán acceso al beneficio del psicoanálisis, que una neurosis será atendida con la misma premura que una enfermedad infecciosa o quirúrgica y que estos tratamientos serán gratuitos, aunque, por cierto, como se aplicarán en hospitales y otras instituciones, tendrá que mezclarse el oro puro del psicoanálisis con otros elementos de eficacia más rápida, pero de menos valor”.

 

Freud pensaba en sugestión e hipnosis. Pero nosotros, desde 1955, en Buenos Aires encontramos como camino la aplicación del psicoanálisis a la terapia de grupo. Claro, no lo descubrimos realmente. Fue descubierto en Inglaterra durante la segunda guerra mundial. Pero fuimos los primeros, un grupo de “fundadores”, unas catorce, quince personas, que empezamos con este trabajo, por cierto también en privado pero sí, y donde nos dejaron, con entusiasmo y gratuidad, en hospitales, dando asistencia a quienes necesitaban ayuda psicológica.

 

58   Publicado en Lo grupal 2. Colección Polémica. Ediciones Búsqueda. Mayo 1985. Bs. As.

 

Argentina.

 

 

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De nuestra primera experiencia como psicoanalistas, terapeutas de grupo, surgió un libro, actualmente ya convertido en un clásico: Psicoterapia del grupo, enfoque psicoanalítico escrito por León Grinberg, Marie Langer y Emilio Rodrigué. Actualmente ya no concuerdo con ciertos enfoques, creo que ninguno de nosotros tres trabajamos ahora estrictamente de esta manera, pero hay muchos conceptos que siguen válidos. Además, el entusiasmo con el cual este mini-grupo de autores escribía, nos facilitó producir un libro sumamente didáctico.

 

En 1957 fue el primer Congreso Latinoamericano de Psicología de Grupo de Buenos Aires. En 1959 el siguiente, en Santiago de Chile. Le siguieron otros, pero paulatinamente decayó el entusiasmo junto con las posibilidades de trabajar en hospitales y centros de salud. Hasta cerca del final de los 60, la Argentina empezó a moverse de nuevo; a pesar de la dictadura de turno, podía trabajarse en algunos lugares. Estaba el Servicio de Lanús, dedicado a psiquiatría comunitaria y por ahí en el 70 empezamos a trabajar en coterapia, Fernando Ulloa y yo, en el Servicio de Psicopatología a cargo de Sylvia Bermann, en Avellaneda. Sylvia captó enseguida el valor social de esta terapia realizada en un hospital ubicado en un barrio obrero. Ya no trabajábamos con la rigidez de antes. Ya no existía el observador callado, llamado a menudo el “convidado de piedra”. Ulloa y yo trabajábamos acompañados por observadores participantes, jóvenes psicólogos con voz y voto, que aprendían así el oficio difícil de terapeuta. Esto era su práctica. Recibían su formación teórica en el C.D.I. (Centro de Docencia e Investigación), que dependía de la Coordinadora de Trabajadores de Salud Mental. Para los miembros de la Asociación de Psicólogos y de la Federación de Psiquiatras, los seminarios del C.D.I., dictados por psicoanalistas salidos de APA, eran prácticamente gratuitos.

 

Estos grupos nos aportaron mucho. Aprendimos a tratar pacientes de otra clase. Verificamos que también un villero entiende perfectamente una interpretación psicoanalítica, siempre que no se hablara en difícil, pero también aprendimos que la realidad existe y que no todo fracaso es neurótico y que hay que aprender a discriminar entre lo que es nuestro y lo que nos causa la injusticia social. Y también que, solidariamente, se puede luchar contra ésta. Adaptación activa, lo llamaba Pichón Riviére.

 

Mencioné antes que ex miembros de la Asociación Psicoanalítica Argentina enseñaban en el C.D.I. La ruptura se había dado en 1971. Por causas ideológicas y políticas. Fuimos dos “grupos” de compañeros que salimos de

 

 

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Marie Langer

 

APA. Plataforma y Documento. De nuevo, como con la fundación de la “Asociación de Psicoterapia y Psicología de Grupo” se dio un fenómeno grupal creativo que nos hizo hacer nuevas experiencias importantes. En este último caso descubrimos que se podía vivir y trabajar fuera de la protección asfixiante, a la larga, de la institución psicoanalítica. Que se podía seguir enseñando. Y que recién se podía pensar con libertad. Era un grupo coyuntural. Al tiempo nos disolvimos. Quedó la experiencia, quedó un libro: Cuestionamos, que se reeditará dentro de poco y quedó, aunque muchos de nosotros se fueron al exilio, compañerismo. No es casual que este libro, para el cual escribo esta páginas, reúna a algunos que pertenecíamos a Plataforma.59

 

Cuando compilé a Cuestionamos y elegí este título, tuve en mente el famoso “J’acuse” de Zola. Y mi artículo terminó con esta frase: “Esta vez no renunciaremos ni al marxismo ni al psicoanálisis”. Eran épocas optimistas. Los años: entre 1971 y 1973. Es cierto, Lanusse. Pero no comparable con las dictaduras de estos últimos años terribles. Y después la primavera breve de Cámpora. Y después... Ya saben cómo fueron las cosas.

 

Tuve que irme de la Argentina a fines del 74. No creo que la Triple A se enojó conmigo por mi artículo en Cuestionamos. No estaban aficionados a la lectura. Fue más bien por mi actividad en la Federación de Psiquiatras y en la Universidad, donde trabajaba como profesora asociada. Poco después de mi ida, Otalagano –entonces rector de la Universidad de Buenos Aires– declaró que, por su propio bien, psicoanalistas y marxistas debieran mudarse rápidamente a París, Moscú o Tel Aviv. Y a él sí, la Triple A lo escuchaba. Mientras, yo me había ido a México.

 

Allá, como “Trabajadores de Salud Mental Argentinos en México”, formamos un nuevo grupo solidario. Atendíamos a los que llegaban escapados de cárcel y tortura o dolidos por la pérdida de seres queridos. Y todos, pacientes y terapeutas, sufrimos por la pérdida de nuestro proyecto político y de la patria. Trabajando juntos nos ayudábamos mutuamente.

 

Pero “El Proyecto” con mayúscula, es decir, un proyecto que entusiasma y da sentido a la vida, más allá de la pequeña problemática cotidiana, lo encontramos mucho más tarde, lejos de casa, cerca de México. Lo encontramos en Nicaragua. Todos habíamos seguido, en diarios y televisión, ansiosamente la lucha de liberación contra Somoza. Una brigada sanitaria

 

59   M. Langer, E. Pavlovsky, A. Bauleo y H. Kesselman

 

 

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argentina se incorporó a ésta poco tiempo después del triunfo y se quedaron unos meses más para ayudar en la construcción de un sistema nuevo de salud. Pero fue recién en junio de 1981, a raíz de un congreso de sanitaristas, que el decano de la entonces única Facultad de Medicina de Nicaragua, ubicada en León, ofreció a. Sylvia Bermann que se hiciera cargo de Salud Mental. Ella no podía dejar México. Tenía compromisos ineludibles. Pero propuso formar un equipo. Entre doce personas íbamos a formar un solo profesor. Un profesor “homo gestaltensis”.

 

En septiembre del 81 aterrizamos los tres coordinadores: Sylvia, Nacho Maldonado y yo, en el aeropuerto Augusto César Sandino. El clima reinante, a pesar del aire y de los colores tropicales, me retrotrajo a otra época y otro país, el aeropuerto de Santiago de Chile, donde aterricé el día de la asunción del compañero presidente Salvador Allende.

 

No les contaré cómo es esta nueva Nicaragua, “tan violentamente dulce”, como la llama Julio Cortázar en su último libro. Él sabe transmitirlo, yo no. Contaré solamente lo profesional, nuestra primera reunión con el Departamento de Salud Mental de la Facultad de Medicina de León. El Departamento estaba a cargo de la enseñanza de psicología médica y psiquiátrica y de la atención del ambulatorio de psicopatología del Hospital Universitario. Además, ya había cambiado el curriculum de la Facultad para crear el “médico” que necesitaba la nueva Nicaragua; se incluía en el estudio de cada año trabajo concreto de prevención primaria con la población a cargo de los estudiantes. Es el programa del “Eje Estudio y Trabajo” y también con éste debería colaborar el Departamento.

 

El Departamento de Salud Mental –con el cual nos reunimos para discutir en qué debiera consistir nuestra colaboración– se componía de dos psiquiatras biologistas, reaccionarios, que “empastillaban” a sus pacientes y nunca los escuchaban (por eso nos pareció muy adecuado que uno de ellos, poco tiempo después, en Miami, trabajara de veterinario, mientras el otro vendía casetes en Honduras), de dos psicólogos muy jóvenes, buenos sandinistas, y una trabajadora social. Era ella quien entendía mejor lo que pasaba a la gente. Cuando los psiquiatras se quejaron de que tenía una larga lista de pacientes, nosotros dijimos al unísono: “¡Pero debieran hacer terapia de grupo!”. A eso contestó el joven sociólogo: que claro que sí, que él ya lo había pensado y que al día siguiente iba a empezar su primer grupo. Lo apoyamos fervorosamente. Pero al salir le pregunté desde qué abordaje teórico iba a trabajar. “Del marxista”, me contestó con naturalidad, “ya sabemos cómo son

 

 

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las condiciones de trabajo, etcétera, etcétera”. Ahí nos dimos cuenta que tendríamos que enseñar seriamente tanto elementos básicos de psicoanálisis como de grupo. Empezamos a elaborar un plan mínimo. El inconciente existe. Todos somos conflictivos. La importancia de la historia y sexualidad infantil. Transferencia y contratransferencia. Todos eran conceptos, eran los puntos básicos. Y además entramos, cada uno de nuestros equipos, en coterapia rotatoria con los terapeutas.

 

De este primer contacto y de los siguientes surgieron muchas tareas diversas que nunca uno solo de nosotros podría haber abarcado. Colaboración en preparación de parto psicoprofiláctico, clases de pediatría, asesoramiento en medicina del trabajo, desde ya en psicología módica, diseño de una investigación para segundo año del “Eje Estudio y Trabajo” sobre la salud de los 15.000 escolares de León, terapia de familia, educación sexual a impartir a los psicólogos –ahora ya hay cuatro en León– para que la transmitiesen, a través de los estudiantes de medicina a los maestros. Y, bien pronto, el MINSA (Ministerio de Salud) nos pedía grupos Balint para enfermeras y médicos. A esto se agregaban los cursos que dimos en el hospital psiquiátrico de Managua, donde estamos, en parte, a cargo de la formación de los residentes de psiquiatría –no son muchos, unos tres o cuatro cada año– y en parte intentamos transformar psicólogos con formación conductista y trabajadores sociales en psicoterapeutas. En Managua damos un curso completo de teoría psicoanalítica, otro sobre grupo y otro sobre terapia familiar: para el individuo en la familia el enfoque se basa en los conocimientos psicóanalílicos, para las relaciones familiares en lo sistémico y para la inserción de la familia en la sociedad, en lo marxista.

 

Ahora bien, nunca una sola persona, un solo profesor podría haber abarcado todos estos conocimientos y técnicas tan diversas. Pero, no somos uno, somos un grupo, un equipo, llamado un poco complicadamente: Equipo de Salud Mental Internacionalista México-Nicaragua. Somos doce profesionales, psicólogos, médicos, una psicopedagoga, todos con formación psicoanalítica. Somos argentinos, mexicanos y un chileno.

 

Todas las exigencias tan diversas surgieron poco a poco. Solía haber un nuevo pedido en cada viaje. Pero también temas, planes que desaparecieron. De todos modos, ya en el primer viaje se nos plantearon muchas exigencias. Volvimos a México, donde el Equipo nos esperaba ansioso, feliz, hipomaníaco y preocupado a la vez. ¿Cómo hacer, cómo organizamos, para cumplir con las expectativas, puestas en nosotros? Decidimos, y cada decisión fue tomada

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

entre lodos reunimos cada lunes a la noche, de viajar, cada mes, dos de nosotros, cuyas tareas, sin embargo prepararíamos entre nosotros. Pero también nos reunimos en grupos pequeños para temas muy especializados. A más de tres años desde este primer viaje seguimos el mismo esquema. Cada segundo jueves del mes viajan dos, que se complementan científicamente. Viernes y sábados dan los cursos en el Psiquiátrico de Managua. Domingo viaje a León. Allá, en lo posible, llegamos a una playa lindísima y primitiva – Poneloya– donde, entre baño y baño damos los últimos toques a las clases del lunes. Lunes, martes y miércoles nos dividimos entre el Departamento de Salud Mental de la Facultad –Departamento ahora muy mejorado y dirigido por un ex-residente de Managua en cuya formación hemos participado–, y el Ministerio de Salud. Preferimos trabajar juntos, de a dos –como las monjas de antes cuando se les permitía salir al mundo– pero a veces no va, hay dos tareas simultáneas importantes y las atendemos por separados. Miércoles a la noche volvemos a Managua –son 70 kilómetros no más –, jueves y viernes supervisiones y coterapia en el Psiquiátrico y sábado a primera hora el vuelo de vuelta.

 

Eso es lo formal. Lo otro, lo “homo gestaltensis” es difícil de describir. Y no fue fácil de vivirlo al principio. Algunas personas salieron del equipo. Fueron sustituidas por otras. Después, en octubre ‘83, Sylvia volvió a la Argentina, en marzo ‘84 lo hacía Alicia Stolkiner –analista de niños–, pero además con un vasto conocimiento teórico, y Nora Elichiri, nuestra excelente psicopedagoga. Fueron graves pérdidas, pero entraron tres personas nuevas, se adaptaron, el equipo los asimiló.

 

Aunque tengamos que enseñar materias muy diversas, nuestro eje central es el grupo. Grupo de admisión, grupo terapéutico, grupo familiar, grupo Balint. Además, gracias al hecho que nos encontráramos con una psicóloga cordobesa con muy buena formación psicoanalítica y de terapia grupal, pero dedicada en Managua a otras tareas, pudo lograrse que unos ocho trabajadores de Salud Mental del Psiquiátrico entrasen con ella en un grupo terapéutico preformado. Y logramos también, gracias a la ayuda de una organización alemana –médico internacional con sede en Frankfurt– que donasen al hospital psiquiátrico una videocasetera. Así nos posibilitan exponer en Managua nuestro trabajo con grupos y grupo familiar, realizado en la Clínica de la Facultad de Psicopatología de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México).

 

 

 

 

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Sí, nunca dudamos que para Nicaragua, un país en cambio y en vía al socialismo, el grupo era lo adecuado. Aunque desde el grupo estamos ahora por dar el paso a psiquiatría comunitaria y prevención primaria. Pero, ¿cuáles son los elementos específicos de los grupos “nica”, más allá de los mecanismos de curación que se dan en cualquier grupo terapéutico?

 

Más allá de “identificación proyectiva e introyectiva” de “reacciones espejo”, de evitar los roles estereotipados, etc., está la socialización del dolor por los muertos, del stress constante que se vive, y también, por qué no, la socialización del odio contra el invasor. Ya Frida Fromm Reichmann, al hablar de neurosis de guerra traumática habla de la importancia de estos mecanismos. Nos preguntan a menudo, cuáles son las características de nuestros pacientes Nicas. Son el stress constante que se expresa en “dolor de nuca” y “dolor de cerebro” y un síndrome que denominamos “duelo congelado”. (Fernando Ulloa usó este término una vez para una paciente nuestra del hospital Avellaneda). Duelo congelado: hubo y hay tantos muertos y no hubo tiempo de llorarlos. En estos casos también la terapia familiar puede ser la indicación más adecuada. Me acuerdo, p.e., de una muchacha que padecía de una psicosis histérica desde la muerte en combate de su hermano mayor, para que mamá no se dé cuenta de esta pérdida, por su preocupación por ella.

 

Sí, socializar odio y dolor en el grupo, que de esta manera más que nunca ofrece un lugar de pertenencia y solidaridad.

 

Lo que los “Nicas” necesitan ahora, dentro y fuera del país, a nivel nacional e internacional, es justo eso: solidaridad. Nicaragua es un país pequeño, asediado, con sus fronteras invadidas, porque quiso liberarse de una dictadura sangrienta, porque quiere buscar su camino propio hacia el socialismo. Tiene economía mixta. Hay libertad de expresión. Es pluri-partidario. Realizó, con gran sacrificio económico, elecciones democráticas y limpias. No hay culto de la personalidad. El único culto que rinden es a los muertos, y los retratos de dos grandes muertos se ven en todos los lados. Son de César Augusto Sandino y de Carlos Fonseca.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Quienes lucharon por la liberación, fueron tres grupos políticos de izquierda. Finalmente se unieron y permitieron así el triunfo. Conseguido éste formaron su gobierno equitativamente con nueve miembros, tres de cada tendencia. Fueron nueve compañeros que se complementaban, que reflexionaban juntos y juntos tomaron sus decisiones. Formaron un grupo creativo, capaz de guiar a Nicaragua durante estos cinco años y medio difíciles. Ahora sí hubo elecciones, ahora sí tendrán presidente. Pero Daniel Ortega, presidente electo, ya declaró que no iba a dejar las decisiones últimas a un solo hombre, aunque haya sido elegido para eso, sino que seguirán gobernando el país el mismo grupo de nueve compañeros de lucha. Nicaragua es una experiencia única. Hay que protegerla.

 

 

 

México, enero 1985.

 

Marie Langer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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UN POCO DE MEMORIA Y DE HISTORIA...60

 

...En un cierto momento comuniqué a mi madre que había decidido ingresar en otro colegio, un Gymnasiwn que me permitiera la entrada en la universidad. Así empezó en realidad la pelea. Ella comenzó a buscar colegios cercanos pero sólo había de varones. Aun cuando hubieran podido aceptarme porque ocasionalmente admitían mujeres, mi madre se negó finalmente porque los baños eran sucios y yo podía enfermar. Había también un colegio del Estado, muy exigente, sólo para mujeres, pero demasiado lejos y yo tendría que levantarme muy temprano para llegar a tiempo y podría enfermar por eso. También fue descartado. En realidad tenía muchas objeciones para que yo entrara en cualquier colegio. La pérdida de ese año escolar me costó mucho porque me recibí de médico en 1935, cuando por el austrofascismo ya me fue imposible ingresar en un servicio hospitalario por ser judía. Todavía un año antes tal vez me habría convertido en una verdadera médica.

 

Finalmente llegué a la Schwarzwald Schule y éste ha sido uno de los acontecimientos fundamentales de mi vida. Era un Realgymnasium privado que permitía el acceso a la universidad, dirigido por una feminista de cuya importancia no me di cuenta sino hace unos tres o cuatro años cuando viajé a Viena. En esa ocasión, un escritor entró en contacto conmigo, como con todas las ex-alumnas que podía ubicar, para preguntarme sobre la directora y mi experiencia escolar porque estaba escribiendo acerca de la influencia cultural y política de Frau Dr. Schwarzwald en la Viena de esa época. Ella tenía en 1922 unos cuarenta años y había estudiado en Suiza porque en esa época en Austria no habría podido hacer una educación superior. En Zürich esta mujer había estudiado en la primera universidad europea que admitió mujeres, en donde también se formaron las terroristas rusas. En Viena fundó este colegio privado muy caro para las alumnas que podían pagar; no demasiado para las de medianos recursos y lleno de becas para las que no podían pagar. La Schwarzwald Schule tenía, pues, una línea feminista a priori y una línea marxista, y Frau Doktor Schwarzwald era una mujer libre, de pelo corto y gris, casada con el director de un Banco. Solía llevar a sus amantes al colegio y contratar excelentes profesores marxistas muy comprometidos políticamente.

 

 

60   Publicado en Marie Langer, Jaime del Palacio y Enrique Guinsberg: Memoria, Historia y Diálogo Psicoanalítico. Folios Ediciones S.A., México, 1981

 

 

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Había un clima en el colegio que lamentablemente aproveché poco; además, en casa no me lo permitían. Nunca pude ir a las colonias de vacaciones en las que se impartía toda una formación política y cultural socialdemócrata. Cuando recientemente me entrevistó este hombre que escribía sobre la Schwarzwald Schule y supo que yo había sido comunista, se quedó perplejo porque la escuela, que desde luego fue cerrada por los nazis, era un núcleo totalmente socialdemócrata. En cuanto al feminismo, creo que una anécdota describe los ideales femeninos que sostenía el colegio. A los quince años me enamoré y me hice amante de mi primer novio, Peter, que era un pésimo alumno de un colegio elegante y católico. Era noble; de la baja nobleza, pero poseía un título (Freiherr von). En una ocasión nos citamos en la pista de patinaje sobre hielo a las doce de la mañana, así que los dos debíamos escapar de la escuela. Yo pretexté un malestar y la maestra me preguntó de qué sufría. Fingiendo mucho pudor le contesté que me había venido la menstruación. Me envió a la dirección y ahí, explicó a la directora la causa de mi malestar, entonces ésta me dijo:

 

“Esta vez puedes irte, pero recuerda que si quieres que te respeten como a un hombre; si quieres estudiar y trabajar igual que un hombre, no te quejes nunca más de este tipo de malestares”. Jamás volví a usar el pretexto de ser mujer para “no poder”. Creo que es extraño que entre las mil cosas que te pueden decir en una escuela o en la vida alguna te marque tanto como esta respuesta me marcó a mí.

 

En otra ocasión la directora llamó a mi madre. “Por favor –le dijo– nunca más permita que el chofer se pare frente al colegio. Tampoco permita que su hija venga a la escuela con abrigo de piel. Es muy desagradable para las alumnas que no pueden tener estos lujos”. La profesora de francés y alemán era nuestra tutora, nuestro Klasenvortand, es decir, la responsable directa de las alumnas, era diputada socialdemócrata por la municipalidad de Viena. El profesor de historia daba su clase desde el materialismo dialéctico; el profesor de latín era también marxista; en fin, era una colegio muy especial.

 

Mi mejor amiga, Ruth, era sumamente pobre, siempre en el límite del hambre. Pertenecía a una de esas familias de judíos que habían sido arrojados desde la frontera ruso-polaca a Viena después de la guerra; una de esas familias de cuyos hijos se habían ocupado mi madre y mi tía. Ruth vivía en un edificio que tenía unos ocho departamentos pequeñísimos por piso. Eran cuatro hermanos y los padres, y disponían solamente de dos habitaciones y la cocina. La llave del agua estaba en el pasillo y había sólo una por piso. Ibamos

 

 

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siempre juntas al colegio porque ella pertenecía a ese gran número de becarias pobres; durante mucho tiempo no quiso que entrara en su casa. Tomábamos el tranvía o yo pasaba a buscarla con el chofer.

 

No tenía conciencia de cuánto me influía el colegio y su ambiente. Conscientemente estaba absorbida por mi amor por Peter; no sé si por el amor o por la prohibición de mi madre de estudiar en serio. Por eso mantuve el penúltimo lugar hasta el último año del bachillerato. Recuerdo que cuando tenía catorce o quince años, mientras estaba en el tercer año del bachillerato, Tommy Schwartz cursaba el último en la misma escuela que mi primo Geo, por eso lo conocí. En una ocasión, durante el recreo, Tommy escribió en el pizarrón de su clase: “El profesor Tal me puede lamer el culo”. Esto, que en español suena terrible, es el insulto más común en Austria y Baviera. No tenía ninguna originalidad, pero al fin era una majadería.

 

El profesor Tal leyó lo escrito e hizo que expulsaran a Tommy Schwartz sin respetar ninguna de las formalidades del caso; es decir, sin convocar en un Concilio Abeundi a todos los profesores.

 

Tommy subió a un quinto piso, se ató las manos y se arrojó. No conocí suficientemente a este muchacho como para explicarme su carácter y su suicidio que ahora no atribuiría fundamentalmente al incidente escolar. Pero manifiestamente esa era la causa. Se organizó entonces la primera manifes-tación de estudiantes de secundaria de la historia de Austria. Nos dieron la alcaldía de Viena para hacer un mitin monstruo. Había banderas rojas y mucha indignación en los oradores y en los asistentes. Nunca más volvió a ocurrir algo semejante. Después de esa manifestación se eligieron delegados para cada división escolar (yo lo fui al final de mis estudios en el colegio).

 

Soy una madre vieja, pero pude entender la adolescencia militante y sexualmente libre de mis hijos porque vengo de una época parecida. Me impresiona solamente que en Viena ocurrió en los primeros veinte y en Argentina cincuenta años después; a México aún no llega. Es cierto que las dos experiencias terminaron trágicamente, pero no del todo. ¿Acaso una consecuencia de aquella época no es el espléndido desfile del primero de mayo que vi en Viena hace tres años? No es la revolución, no es la liberación del proletariado, pero puede respirarse en Austria y muy libremente.

 

 

 

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

 

 

Me han preguntado a menudo cómo, en época tan lejana, es que yo, muchacha entonces, pude salir de mi ambiente familiar, estudiar y militar en la izquierda. Creo que gracias al apoyo de mi padre y de mi colegio. Eramos cuatro en esa generación familiar: dos primos, hijos de mi tío Alfred, hermano de papá y de mi tía Steffi, hermana de mamá y nosotras dos, Gucki y yo. Genéticamente hablando éramos cuatro hermanos. Vivíamos en la misma casa y nos criamos casi juntos. Geo, mi primo mayor, tiene una historia extraña y trágica que en buena parte es el resultado de esas violentas contradicciones que había en mi ambiente burgués, judío, vienes. Fue el noviecito de mi infancia. Pero bastante más tarde, a los 17 años más o menos, leí la interpretación de los sueños de Freud y empecé a interpretar los míos. Así me di cuenta, desconcertada, que, a pesar de mi enamoramiento por Peter, mi inclinación incestuosa por Geo seguía vigente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PSICOANÁLISIS Y/O REVOLUCIÓN SOCIAL

 

I

 

En los años 30, en Viena, la juventud intelectual era atraída apasionadamente por el psicoanálisis y el marxismo. Hoy en día61 en Buenos Aires, la juventud que conozco discute y se dedica con igual interés a estos dos grandes temas. Ocurre esto, aunque vivimos bajo el signo de múltiples, rápidos descubri-mientos e innovaciones que conspiran contra la supervivencia de ideas e ideales. Sin embargo hay un cambio entre el abordaje de la juventud y de los mayores de antes y ahora. En Viena, en los años 30, los psicoanalistas maduros convencieron a los jóvenes de que psicoanálisis y marxismo eran excluyentes. Se tenía que elegir entre uno y otro.

 

Tal vez no sea demasiado difícil retrotraernos, aquí, en Viena, a esos años 30 anteriores a la gran catástrofe. ¿Pero cómo revivir el clima? La Wiener Vereinigung trabajaba de lleno, con pleno entusiasmo, aunque con sus miembros muy afligidos por la enfermedad de Freud. Todos los que ocupaban cargos importantes todavía tenían contacto con él. Estaban bajo su poderosa influencia, y ante cualquier problema finalmente se recurría a la palabra del Herr Professor. Para ellos no existía un mundo sin Freud. Y juzgaban lo qué pasaba en el mundo en función del análisis. Confiaban en que bastaba con que fueran suficientemente cautelosos para sobrevivir con él. Esperaban, a pesar de todas las señales, la misma estabilidad en la cual había transcurrido la mayor parte de sus vidas, hasta la guerra y la revolución.

 

¿Y los jóvenes? Estos habían crecido leyendo a Freud y Marx, y sin conocer la estabilidad. Habían nacido poco antes de o durante la Primera Guerra Mundial, habían aprendido de chicos que hasta los emperadores caen, y para llegar a su colegio habían pagado 34.000 Kronen por el boleto de tranvía. Estaban alertas e inquietos, no creían en la estabilidad ni entendían a sus mayores. Además, ya no podían conocer personalmente a Freud.

 

1930. Recién había aparecido El malestar en la cultura. “Al abolir la propiedad privada –sostiene Freud, sin mucho énfasis– se sustrae al hombre un instrumento sin duda muy fuerte para ejercer su amor a la agresión, pero de ningún modo el más fuerte de todos”. Según Jones, Freud no estaba satisfecho con el libro.

 

61   Trabajo presentado en el XXVII Congreso Internacional de Viena, 1971, Cuestionamos!, Garnica Editor, Bs. As. 1971.

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

En la misma época, Freud comenta al embajador Bullit que “una nación que supo producir a Goethe, no puede echarse a perder”.

 

1931. Viena sigue gobernada por los socialdemócratas, el psicoanálisis continúa su progreso victorioso y tanto tiempo esperado.

 

1932. Hubo problemas con Wilhelm Reich, quien –cito a Jones– hizo publicar un trabajo que culminaba con la tesis sin sentido de que lo que habíamos llamado instinto de muerte es un producto del sistema capitalista. Freud deseaba comentar este trabajo aclarando que el psicoanálisis no tenía ningún interés político, pero renunció a nacerlo porque Bernstein le advirtió que “eso equivaldría a una declaración de guerra a los soviets”. Cabe preguntarse, si en la Viena de 1932 los psicoanalistas no temieron más al comunismo que al nacionalismo.

 

¿Puedo entrar en escena? En 1932 estudié un semestre en Alemania. Asistí a un mitin gigantesco de los nacionalistas. Escuché al Führer. De regreso en Viena, empecé a militar en la izquierda. Me pareció absurdo entregarse sin pelear. Meses después comencé mi análisis. Ya no leía más a Freud, porque al principio de un tratamiento era contraindicado. Reforzaba las resistencias. Por eso no me enteré de la crítica vehemente y ya “equivalente a una declaración de guerra a los soviets” que Freud hizo en The question of a Weltanschagung (1932). Leyéndola ahora, uno se pregunta si no se trataba de un desplazamiento y si no se atacaba tan duramente al comunismo porque prudencia y wishfull thinking impedían declarar la guerra al fascismo, el verdadero adversario.

 

1933. Freud (cito a Jones) escribe a Marie Bonaparte: “Cuánta suerte tiene usted por poder estar sumergida en su trabajo sin tener que enterarse de todas estas cosas horribles que suceden en el mundo [...] La gente teme que las extravagancias nacionalistas alemanas puedan extenderse a nuestro pequeño país. Hasta me previnieron que huyera ya mismo a Suiza o Francia. Eso es absurdo; no creo que aquí exista algún peligro [...]” Nosotros los jóvenes politizados, pensábamos distinto.

 

1934. Febrero de 1934. ¿Se acuerdan? Durante días los cañones destruyeron los grandes blocks de las viviendas obreras, orgullo máximo del gobierno socialdemócrata. Este también cayó en ruinas. Fueron ejecutados los líderes jóvenes de la socialdemocracia, ésta fue declarada ilegal, el austrofascismo clerical tomó el poder, y Freud, si bien con amargura, se apoyó en él. No publicará Moisés y el monoteísmo para no atraer su ira. Mientras tanto, en

 

 

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Alemania, el Instituto Psicoanalítico sufre un “proceso de nivelación” (Gleichschaltung). Este implica la renuncia de todos los miembros judíos, la prohibición del análisis didáctico y la eliminación del nombre de Freud de los textos. Sus libros ya habían sido quemados. Además, se debía evitar la terminología analítica, “por eso el complejo edípico debía figurar bajo otro sinónimo” (Jones, loc. cit.)

 

Fue en 1935 cuando la Vereinigung tomó una decisión de largo alcance, no descripta por Jones. En Austria ya se habían prohibido todos los partidos de oposición. Más de la mitad de la población pertenecía a ellos, y éramos muchos los que militábamos clandestinamente. En Alemania habían arrestado a un analista, cuando un paciente que actuaba en la oposición fue detenido por la Gestapo en la entrada de su consultorio. Enteradas se reunieron las autoridades de la Wiener Vereinigung y decidieron que, para preservar al análisis, a la sociedad analítica y a sus integrantes, se prohibía a los analistas ejercer cualquier actividad política ilegal y atender personas que estuviesen en esta situación. Esta medida colocó a los integrantes de la Vereinigung en un grave conflicto de lealtad, no solamente frente a su ideología política, siempre que la tuviesen, sino frente a su ética profesional. Quedaron en la práctica tres callejones sin salida frente al paciente que militaba en la ilegalidad: interrumpir su tratamiento, prohibirle seguir con su actividad, o aceptar, en una alianza no explicitada, que prosiguiera con ella, sin hablar mucho de la cuestión. Estimo a mi analista didáctico que se decidió por la última opción; se lo agradezco, y le agradezco también que poco después diésemos por finalizado, amistosamente, mi análisis.

 

1936. Freud escribe en una carta a Barbara Low: “...El mundo se está convirtiendo en algo muy triste que marcha de cabeza hacia su rápida destrucción, y esto es el único paliativo para mí...”

 

Nos arrestan a los integrantes de un grupo de médicos, por trabajar “en favor de la paz”. (Parece actual, piénsese en Vietnam). No nos pueden demostrar nada, y recuperamos la libertad después de dos días. Una amiga y colega se entera del episodio y lo comenta en su análisis. Su analista lo debe de haber comentado a su vez con otros (¿y el secreto de diván?) ya que me cita el doctor Bibring, muy indignado. He infringido la nueva regla de abstinencia política. Mi caso será tratado y probablemente me expulsarán. Recurro a mi analista y evito la sanción. Me llama Federn para amonestarme con cariño paternal. (En ese momento su hijo también estaba preso).

 

 

 

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Pero yo había entendido que se tenía que elegir entre psicoanálisis y revolución social. Al poco tiempo me fui a la España republicana para combatir allí al fascismo, como médico de las Brigadas Internacionales.

 

Dejemos los años 30. Vayamos a Plataforma, Roma 69, a Buenos Aires, a Montevideo, a Estados Unidos, y la marcha sobre el Pentágono. O todavía no. Ya que me tomé de ejemplo, tendré que hablar también de los muchos años durante los cuales opté por el análisis. Seguiré, pues, muy personal.

 

1939. La muerte de Freud y el principio de la Segunda Guerra Mundial nos sorprendieron en un pueblo del Uruguay. Lavaba los pañales de mi hijo y cocinaba para pensionistas.

 

1942. Logramos trasladarnos a Buenos Arres. El pequeño grupo de psico-analistas argentinos me recibió muy amistosamente. Al poco tiempo fundamos la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Había vuelto al análisis sin renunciar a la política. USA y URSS eran aliados y, en la Junta de la Victoria, comunistas, radicales y monárquicos trabajaban por un fin común. En “Austria libre” encontré un campo de acción no vedado.

 

1945. Termina la guerra caliente contra el fascismo y comienza la guerra fría contra la Unión Soviética y contra el comunismo. Los Estados Unidos caen bajo el macartismo. En la Argentina sube Perón. De nuevo no hay que llamar la atención ni meterse en la izquierda. Hay que mantenerse quieto, para que la joven Asociación Psicoanalítica no corra peligro. Aun así, diré en honor nuestro que nunca prohibimos en la APA la militancia política de manera tajante y absoluta, como se hizo en Viena. Pero había un clima aislacionista que la condenaba. Entonces renuncié al marxismo.

 

Analizando ahora mi decisión encuentro causas muy personales, y otras, comunes probablemente a muchos de nosotros, los que habíamos emigrado. Tuvimos que rehacernos una posición, durante cierto tiempo carecimos de un título nacional que nos autorizara a trabajar legalmente, nos sentíamos inseguros y extraños en este nuevo país. No conocíamos lo bastante su historia y estructura política, nos asustaba su policía. Nuestro acento nos traicionaba como ajenos. Estábamos cansados de luchar y teníamos muchos miedos.

 

 

 

 

 

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Pero hubo otra serie de factores: yo pertenecía a una generación que había creado una Sociedad Psicoanalítica. Era mi turno dé asignar el primer lugar entre mis intereses al progreso y la difusión del psicoanálisis. Ahora esto era mi vida. ¿Podría haber sido de otro modo? Creo que sí. Pero elegí la solución más fácil: aceptar, a cambio de mi ideología, una Veltanschauung psico-analítica, aunque ésta, según Freud, no existe como tal. E indudablemente Freud tiene razón.

 

Pero, además, el camino hacia la izquierda estaba cerrado.

 

El stalinismo impuso a los psiquiatras comunistas en la Argentina –y, supongo, también en otros lugares– despreciar al psicoanálisis a priori, atacarlo como idealista y como último manotón de un sistema en derrumbe, y proclamar a la reflexología como única teoría y práctica válida para un psicoterapeuta militante. Parecía así evidente que mis mayores en Viena habían tenido razón: debía elegirse entre psicoanálisis y marxismo.

 

¿Cómo y cuándo se produjo el cambio? No lo sé. Se anunció a través de publicaciones aisladas, de discusiones tímidas dentro y fuera de la institución. Pero la actividad política de cada uno se desarrollaba irregularmente y en secreto. Ha sido un largo proceso que evolucionó latentemente en muchos lugares y en muchos analistas, alimentado por la escalada de violencia y desigualdad en el mundo, facilitado por el deshielo en la Unión Soviética y estimulado por el surgimiento de la nueva izquierda. Debemos mucho a los intelectuales norteamericanos que encontraron una nueva estrategia para combatir el sistema y su guerra. Estamos en deuda con mayo del 68, en París. Pero para nosotros, los argentinos, la fecha clave del cambio es el año 1969, en Rosario, Córdoba y Buenos Aires. En ese entonces el Instituto de Psicoanálisis se adhirió a la huelga general, declarada contra la represión violenta de obreros y estudiantes, y Jorge Mom, como presidente de la Asociación hizo pública nuestra protesta.

 

Desde entonces un número significativo de analistas aborda el tema social abiertamente y de una nueva manera. Ya somos muchos los que llegamos a la conclusión de que psicoanálisis y revolución no son excluyentes, y perdimos la fobia al mundo de fuera de nuestra institución.

 

 

 

 

 

 

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II

 

Freud y Marx, cada uno desde su abordaje, crean nuevas ciencias que dan nueva conciencia al hombre. Ambos descubren, detrás de una realidad aparente, la materia y los procesos invisibles que son motor de su historia y de su ubicación actual. Freud en lo psicológico y Marx en lo histórico-social vuelven comprensibles el pasado y presente del hombre. Ambos, al operar sobre su conciencia, lo hacen más dueño de su destino.

 

Freud y Marx son revolucionarios, cada uno en su campo específico. Ambos tienen mucho en común en su metodología –la dialéctica– y en su ideología –Darwin, el ateísmo, el interés puesto en la humanidad–. Los sistemas creados por ellos son complementarios. El marxismo define al hombre abstracto, exponente de su clase en determinado momento histórico y determinada sociedad. El psicoanálisis toma como objeto de investigación al hombre concreto, regido por su propia historia. Según Cooper el psicoanálisis

 

“descubre el punto de inserción del hombre en su clase. Es decir, descubre la familia particular como mediación entre la clase y el individuo. La familia se constituye en y por el movimiento general de la historia, y en la profundidad y opacidad de cada infancia particular es vivida como absoluto”.

 

Adoptar el criterio de complementariedad entre psicoanálisis y marxismo, es decir, de la no-contradicción entre ambos, no debilita sino que enriquece nuestra ciencia, y nos ayuda a reubicarnos en un mundo en crisis ya ubicar a nuestro paciente dentro de él. Nosotros, los analistas, nos sentimos vulnerables frente al mundo actual, más allá de nuestra pertenencia de clase. Nuestra práctica profesional, la dedicación al mundo interno, la reclusión en el campo bipersonal, todo esto nos vuelve inermes y fácilmente dispuestos a reducir, junto con nuestro analizando, una realidad candente y actual a fantasías arcaicas y transferenciales. Acostumbrados a manejar con tranquilidad las fantasías más escabrosas, aprendimos en los largos años de nuestro análisis y transmitimos a nuestros analizados una profunda desconfianza ante todo proyecto de acción. E. Rodrigué define como nuestra caracterología profesional “una actitud valorativa que considera al 'pensar' como básicamente bueno, mientras que el ‘actuar’ siempre está tomado como a punto de convertirse en acting out” . Sin embargo, sabemos que pensar y actuar debieran integrarse.

 

 

 

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Bauleo sigue la linea de Rodrigué al afirmar que padecemos de una imagen ideal de un paciente y su terapeuta, “cuyo vínculo, alejado de toda contaminación social, estaría fundamentado en un discurso asociativo limpio e interrumpido solo por interpretaciones que contienen la neutralidad de los dioses”. Esto puede parecer exagerado , pero me temo que es así en ciertos casos. El artículo de Bychowski “Social clima and resistence in psychoanalysis” sirve de ejemplo.

 

Frente a un paciente promiscuo, Bychowski se queja de que “las mujeres se le entregaron con suma facilidad...” y se encuentra “una y otra vez jugando con el deseo obviamente utópico de que el paciente encontrara una joven parecida a las de su propia generación y tradición”. Frente a otro paciente, extraña las “antiguamente establecidas y tradicionales reglas de cortejo y entrega sexual”.

 

Obviamente, el ambiente social no ayudó a este analista a lograr que el paciente adoptara su criterio de salud con respecto al sexo. Pero la discrepancia entre analista y paciente es aún mayor en el nivel político, cuando Bychowski nos habla de la hostilidad no resuelta de sus analizandos, “que se dirige contra el orden social, contra el sistema o contra algunos de sus representantes”. Se queja de que “un movimiento estudiantil de protesta o pacifista sirve de oportunidad para la descarga y racionalización de una hostilidad destructiva que de esta manera no sólo se vuelve aceptable para el superyo, sino hasta aprobada y bien recibida por el ideal del yo”. Es cierto, pero interpretar el NO a la sociedad norteamericana actual únicamente como expresión de “hostilidad no resuelta contra las figuras parentales”, o la protesta no resuelta contra la guerra de Vietnam como “transferencial”, nos quita toda una dimensión social. Si a toda pretensión de crítica y cambio se la reduce a “resistencia”, el análisis se vuelve efectivamente cómplice del establishment, adaptativo en el peor sentido de la palabra, y constituye una racionalización por parte del analista de su anclaje en el pasado y su apego a las ventajas que el orden establecido le ofrece.

 

El analista prejuzga, además, al ver únicamente agresión donde en último término existe también creatividad y deseo de reparación o Eros. Pero admito que nos faltan estudios clínicos y esclarecimiento teórico al respecto, y esta falta nos limita. Puede llevarnos a elegir el camino más fácil y tildar de psicopática la acción que entendemos solamente con unilateralidad. Por eso el término “psicopatía” se convirtió, según Malfé,

 

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

“de una categoría diagnóstica algo imprecisa, en adjetivo que traduce una valoración negativa de todo aquel cuya conducta se aparta de lo que se espera de él".

 

¿Pero qué se espera de él? Eso dependerá de cada analista y de su idea (o ideología) de la normalidad (o norma), que junto con la personalidad de cada paciente configurará su criterio de salud respecto de él. ¿Y la neutralidad del analista? Ya no creemos en ella, como tiempo atrás dejamos de creer en el “analista-espejo”. Bychowski nos habla claramente de su wishfull thinking. No somos computadoras y todos tenemos wishfull thinking respecto de nuestros analizandos. Nuestros deseos difieren según la ideología que profesamos: eso es todo. Mientras que para Bychowski la realidad externa actual se ha convertido en causa de perturbación y resistencia al análisis, para Laura Achard de Demaría y colaboradores, configura un factor que hay que incluir en el campo, y pertenece simultáneamente a analista y analizando.

 

Ellos entienden “que aislarse y prescindir del proceso histórico social, lejos de constituir una actitud neutral [del analista] es un modo activo de tomar posición”, y “en un país en crisis social y frente a episodios de conmoción nacional, debe ser abordado en la sesión –a veces como punto de urgencia– el destino del objeto común, además de tratar los hechos externos en los planos transferenciales y de relación de los objetos internos”. La omisión del hecho social se genera o se mantiene por complicidad inconciente del paciente y del analista, como resultado de las resistencias y contrarresistencias de ambos.

 

¿Pero qué pretendemos, me preguntarán, nosotros los analistas que hablamos también de Marx y de revolución social? ¿Queremos adoctrinar a nuestros analizandos, en contra de toda técnica y ética analítica? De ninguna manera, pero creemos indispensable tener conciencia de que influimos en la evolución total de ellos. Lo mostraré con un ejemplo, burdo por su claridad.

 

El psicoanálisis implica un esquema referencial básico (la ciencia creada por Freud), un instrumento técnico (la interpretación) y un analista determinado que, dentro del encuadre, aplica el instrumento técnico a su paciente. Este viene, a su vez, con su problemática e ideología personales. Entre ambos se desarrolla el proceso. Desde luego que hay situaciones límites, en las cuales, frente a determinado analizado, todos estaremos de acuerdo en interpretar como acting out determinada iniciativa sexual o política. Pero en la mayoría de los casos, dependerá de la ideología del analista que lo hecho por su

 

 

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Marie Langer

 

paciente sea analizado como acción (buena palabra), o actuación (mala palabra). En este tema se centró finalmente la discusión de Plataforma de Roma. Mientras que un grupo de analistas defendía de buena fe conciente su “neutralidad”, otro grupo insistía en que la participación de los analizandos en la marcha al Pentágono fue interpretada como acting out por los profesionales que ideológicamente la rechazaron, y con otra connotación, no peyorativa y hasta, según el contexto, como logro, por los analistas que eran adversarios activos de esta guerra.

 

Bychowski pertenece al primer grupo. Sin embargo, es él quien hace (loc. cit.) un planteo histórico-político interesante: propone revisar y analizar las racionalizaciones y los prejuicios vigentes en Estados Unidos del siglo pasado, los cuales permitieron a la clase dirigente mantener y defender la esclavitud. Todos concordamos con su condenación implícita de una institución que legitimaba el abuso total y permitía a los dueños satisfacer, a través del poder absoluto sobre otros “su amor a la agresión”. Con este planteo vuelvo al presente y a una idea de Freud que encara nuestro sistema actual:

 

“Al abolir la propiedad privada se sustrae al hombre un instrumento sin duda muy fuerte para ejercer su amor a la agresión, pero de ningún modo el más fuerte de todos.”

 

Esta frase es muy importante. Desde luego, desborda mis posibilidades en este trabajo. Da para mucho. De ella puede arrancar una discusión enriquecedora para psicoanálisis y marxismo. Freud, de este modo define, analíticamente, al sistema capitalista como basado en el amor humano a la agresión, usufructuado por los dueños de los medios de producción, ya que es estrictamente esta la propiedad privada que pretende abolir el comunismo. Así nos señala los factores psicológicos que sirven simultáneamente de sostén y de racionalización a la sociedad de clases. En tema tan amplio me limitaré a hacer algunos planteos.

 

1)    Si el amor a la agresión sustenta a nuestro sistema actual, inevitablemente los que la ejercen sufren sentimientos de culpa inconcientes, mientras que las víctimas de esta agresión sienten rabia, impotencia, sometimiento o, a su vez, deseo y necesidad de ejercer la violencia.

 

2)    Los sentimientos reprimidos en ambos lados aumentan el malestar de nuestra cultura.

 

 

 

 

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PSICOANÁLISIS, FEMINISMO Y MARXISMO

 

3)    Sobre los criterios de salud. Si la afirmación de Freud es correcta, la indefinición manifiesta de muchos pacientes frente a lo social, corresponde a una represión o negación y debe ser abordada en el análisis. Una vez más, no hablo de adoctrinar, pero sí de pesquisar las causas de esta indiferencia y de considerarla como síntoma. Esta problemática exige exhaustivas investiga-ciones clínicas.

 

4)    Freud sostiene que la agresión no ejercida es introyectada en el superyo y aumenta así nuestro malestar. Pero supongo que una sociedad más racional ofrecerá posibilidades más aceptables para instrumentar esta agresión de manera útil y no culpógena. Hay un juego dialéctico en la historia del hombre que no concuerda con una predicción unilineal. Tomemos como ejemplo la evolución de la relación entre los sexos. Freud reconoce en la dominación del objeto sexual el campo en que utilizamos nuestro instrumento más fuerte para ejercer “el amor a la agresión”. Sin embargo, la relación entre los sexos está orientándose hacia una libertad y falta de necesidad de posesión que Freud nunca hubiera podido imaginar. Esto se debe al logro de la independencia económica por parte de la mujer, y al uso de nuevos y fáciles anticonceptivos que convierten el acto sexual en tan libre de consecuencias para la mujer como siempre lo fue para el hombre. Pero también y sin duda se debe a todo lo que Freud aportó con respecto al sexo. Por eso no dudo del valor que podría tener nuestro aporte psicoanalítico para el bienestar dentro de una nueva sociedad.

 

5)    Ya funcionan muchos grupos de estudio interdisciplinario entre marxistas y psicoanalistas. Hay otros, especialmente dedicados al tema de "psicoanálisis y crisis social". Investigar a fondo esta relación vale la pena. Si nos limitamos a enfocar la crisis social únicamente como resistencia (Bychowski, loc. cit.) y nos quedamos soñando con el pasado, porque el presente es conflictivo, repetimos el error de los años 30. Así dañamos a nuestra ciencia.

 

1958. Cuba, y se fueron los analistas.

 

1970. Chile, y muchos analistas ya preparan su éxodo.

 

No sé el cuándo de los otros países. Pero no queremos que las cosas sucedan así. Para que nuestra ciencia sobreviva en la nueva sociedad que se avecina, y para que pueda complementar con su conocimiento psicológico lo creado en otro nivel, esta vez no renunciaremos ni al marxismo ni al psicoanálisis.

 

Buenos Aires, septiembre de 1970.

 

Marie Langer

 

 

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Marie Langer

 

TERRORISMO DE ESTADO.

EFECTOS PSICOLÓGICOS EN LOS NIÑOS

 

EPILOGO62

 

Buenos Aires. 1987

 

Desde el exilio lo nuestro siempre fue un saber de todos los horrores que pasaron aquí, en nuestra Argentina. Fue un saber lleno de odio e impotencia. Lo único que pudimos hacer allá, en México, fuera de cualquier peligro, era la denuncia y si, también, la ayuda psicológica a los que vinieron destrozados de aquí. Por eso, aunque no trabajamos allá con niños en grupo, reconozco mucho de lo vivido por ustedes.

 

La neutralidad terapéutica desde ya no corre. Ser neutral frente a estos criminales nos sería imposible y antiético. Además, ¿Cómo crear el necesario espacio de confianza, si uno, aunque simulando, se mostrara neutral?

 

Nuestro trabajo fue tanto más fácil que el vuestro. Igualmente con cada preso, ex torturado, como con cada familiar sobreviviente, a quienes pudimos ayudar a rehacerse, teníamos la sensación de haber ganado una, aunque ínfima batalla, contra los militares que pretendían haberlos destrozado definitivamente.

 

El trabajo de ustedes es mucho más difícil y novedoso. Devolver a estos niños la imagen restaurada de los padres, insultados durante años por los medios de comunicación, es fundamental para su autoestima y su evolución. Tienen razón cuando hablan en las conclusiones de la importancia de la tarea clínica, pero además de la necesaria resolución desde lo político-social, mediante una respuesta de justicia y un ejemplificador castigo a todos los responsables de su dolorosa pérdida, sin lo cual esos niños no vislumbrarían... la recuperación de valores de justicia, libertad y verdad que aún se les deben.

 

Sin embargo, cuando este libro aparezca, temo que ya se haya puesto el “punto final” al drama que desde luego no terminará por eso.

 

Igualmente ustedes, tenaces, valientes y creativos, seguirán luchando por y con estos “niños célebres”, y la técnica “psicosocial” descrita aquí servirá tal vez para rescatar a otros niños guatemaltecos, salvadoreños, etc., de nuestra dolida América.

 

62   Tomado de: Movimiento solidario de salud mental. Familiares de detenidos y desaparecidos por razones políticas. Comp. Victoria Martínez. Editorial Paidós. Buenos Aires, 1987

 

 

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FIN

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