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Libro N° 14344. Historia General De España, Tomo II Parte 1. De Mariana, Juan.


© Libro N° 14344. Historia General De España, Tomo II Parte 1. De Mariana, Juan.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © Historia General De España, Tomo II

 

Versión Original: © Historia General De España, Tomo II

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA Tomo II

Parte 1

Juan De Mariana


 

 

 

 

Historia General De España, Tomo II Parte 1

Juan De Mariana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta Historia general de España, publicada primero en latín y luego revisada y traducida al español por el propio autor, sirve al padre Juan de Mariana como marco para relatar la lucha de los pueblos contra los tiranos a lo largo de la Historia. Denuncia a los grandes personajes (como Alejandro Magno y Julio César) no como grandes hombres de los que estar orgullosos, sino como seres malvados y despreciables.

 

Obra de cabecera de John Locke y John Adams, al recomendársela a James Madison (durante la época en la que éste redactaba la Constitución de los Estados Unidos) como «la obra que mejor permitía aproximar el concepto de libertad», Thomas Jefferson sentó uno de los pilares que acabaría por inspirar a la revolución estadounidense.

 

Esta edición, aunque basada en la de 1780, respeta la separación en dos tomos de la obra original de 1623, actualizando ortografía, signos de puntuación y nombres propios. Este segundo y último tomo abarca los libros XVI a XXX, continuando con los avances de la Reconquista desde el siglo XIV y finalizando su narración con la muerte de Fernando el Católico a comienzos del siglo XVI. Completa el tomo un sumario de lo que aconteció en España desde entonces hasta el año anterior a la muerte del autor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan de Mariana

 

Historia general de España, tomo II

 

ePub r1.0

 

Titivillus 10.09.2025

 

 

 

 


 

 

 

 

 

Juan de Mariana, 1623

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LIBRO DECIMOSEXTO

 

 


 

 

 

 

 

I. Que el rey de Granada pasó en África

 

La tercera parte de la redondez de la tierra es África. Tiene por linderos a la parte del occidente el mar Océano Atlántico; a la del oriente a Egipto y al mar Bermejo, mar bajo y sin puertos; al septentrión la baña el mar Mediterráneo. Combatida por el un costado y por el otro de las furiosas olas del mar Océano, de anchísima que es, se estrecha y adelgaza en forma piramidal hasta rematarse por la banda del sur en una punta que llamaron primero cabo de las Tormentas, y hoy se llama el cabo de Buena Esperanza. Los moradores de esta tierra son de muchas raleas, diferentes en leyes, ritos, costumbres, trajes, color y en todo lo al. Lo más interior habitan los etíopes largamente derramados, todos de color bazo o negro. Síguense luego los de Libia, y después los númidas, generaciones de gentes que se dividen entre sí, y parten términos por las altas cumbres y cordilleras del monte Atlante. Por la costa y ribera de nuestro mar se extienden los que por su propio nombre llamamos africanos, berberiscos o moros. En esta parte los campos son buenos de pan llevar y para ganados; arboledas hay pocas, llueve en ellos raras veces; tienen asimismo pocas fuentes y ríos. Los hombres gozan de buena salud corporal, son acostumbrados al trabajo y muy ligeros. Vencen las batallas más con la muchedumbre de la gente que con el verdadero valor y valentía; sus principales fuerzas consisten en la gente de a caballo.

 

En esta provincia Albohacén, noveno rey de Marruecos, de la familia y linaje de los Merinos, poseía por este tiempo un anchísimo imperio; había con perpetua y dichosa guerra domado todos los príncipes comarcanos, y era el que parecía podía aspirar al señorío de toda España por ser muy temido de los cristianos, y por su persona hombre singular, de loables costumbres, dotado de muchas partes, así del alma como del cuerpo. Traía guerra con Botejefin, rey de Tremecén, llevando adelante en esto las enemistades que su padre con él tuvo. Esto era lo que le faltaba para acabar de sujetar toda aquella provincia y lo que le hacía estorbo para acometer a España, a que le incitaban las antiguas victorias de sus antepasados, y encendíale el deseo de restituir en España y adelantar el imperio de los moros. Mahomad, rey de Granada, como el que tenía pocas

 

 

 

 

 

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fuerzas, pasó el mar para verse con Albohacén, deseoso de que fuesen compañeros en la guerra y de revolver a África con España. Llegado a Fez, ciudad nobilísima de la Mauritania Tingitana, fue espléndida y magníficamente recibido y tratado del rey bárbaro, puestas en olvido las contiendas viejas que antes tuvo, ca era enemigo de Ozmín y de su casa. Cada uno de ellos procuró mostrarse al otro más cortés, dadivoso y más amigo. Llegaron a tratar de sus haciendas un día para ello señalado. El rey de Granada habló al rey bárbaro en esta manera:

 

«En España, poderoso Rey, apenas podemos sufrir la guerra; las fuerzas de mi reino están ya gastadas y la gloria de nuestra gente oscurecida; no sabré fácilmente decir si los tiempos o nosotros tenemos la culpa de ello. En el postrer rincón de la Andalucía estamos ya retirados, cercados de todo género de miseria, de manera que con dificultad conservamos la libertad y la vida. Tengo vergüenza de decirlo, pero en fin lo diré; ojalá se nos concediera ser sujetos con algunas honestas y tolerables condiciones, y que pudiéramos estar seguros de que nuestros enemigos nos las guardaran; pero habémoslas con quien piensa que gana el cielo haciéndonos daño y engañándonos, y que para con nosotros no hay religión ni juramentos que les obliguen a guardarnos las treguas y capitulaciones que nos prometieren. Hácennos entradas cada año, quémannos las mieses, echan fuego a las campos, arruinan los pueblos, y nos roban las mujeres, los niños y viejos y los ganados: no podemos ya respirar; vémonos en estado que nos sería mejor morir de una vez que sustentar vida tan llena de peligros y miseria. ¿Dónde está aquella valentía de nuestros antepasados, con la cual con increíble presteza, llenos de gloria y de victorias, corrieron la Asia, África y España, y con sólo el miedo y fama de su valor juntaron naciones tan divisas y apartadas? Torpe cosa es no imitar los hechos valerosos de nuestros mayores; empero no sustentar la autoridad, gloria y reinos que nos dejaron es gran maldad y mengua. En estos trabajos y miserias hasta aquí nos ha sustentado la esperanza, puesta en tu felicidad, virtud y grandeza sin par; ahora me ha forzado a que, dejado mi reino, pasase en África a echarme a tus pies. Séame de provecho confesar la necesidad que tengo de tu amistad y amparo. Real cosa es corresponder a la voluntad de aquellos de quien eres suplicado; mas tomar la defensa de tu gente, ampararlos miserables, ser tenido, como lo eres, por escudo y defensor de la santa ley de nuestros abuelos, te igualará con los inmortales. Sujetados ya todos los

 

 

 

 

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pueblos de África y rendidos a tu poder, se ha de acabar la guerra y dejar las armas, o las has de volver contra otras gentes. Muchos grandes príncipes fueron más famosos durante el tiempo de la guerra que después de alcanzada la victoria. Lo que se pierde con la descuidada y ociosa paz, se repara con las armas en la mano y con ganar nuevos reinos, fama y riquezas. Por vecinos tienes los españoles, que sólo un angosto estrecho de ti los aparta, y ellos están divididos en muchos señoríos y se abrasan con guerras civiles; tan enemigos son entre sí, que no se juntaran puesto que vean armas extrañas en su tierra. Tú tienes fortísimos ejércitos, prácticos y experimentados con las continuas guerras; en la entrada de España fortísimos castillos muy a propósito para la guerra; a nos no faltan soldados, armas, bastimentos y dineros con que poderte ayudar. Todo lo que se ganare será tuyo; yo me contentaré con la parte que darme quisieres de la presa. El mayor premio que yo espero de la victoria es la venganza de una tan mala y abominable gente».

 

El rey bárbaro respondió a esto que su venida le daba mucho contento, y le era muy agradable le solicitase para que juntasen las armas y hiciesen la guerra de consuno, que siempre les sucedió bien el tener ambas gentes amistad, por el contrario de las discordias se les recrecieran graves daños. Luego que hubiese dado fin a las resultas de las guerras de África pasaría con todos sus ejércitos en España; de presente le parecía sería bien enviar delante a su hijo Abomelique con un buen golpe de gente de a caballo; que sería meter tales prendas en la empresa para continuar lo que entre ellos quedaba asentado.

 

Entre tanto que esto pasaba en África, los moros de Granada y por sus capitanes Reduan y Abucebet entraron en tierra de Murcia, talaron y robaron los campos, destruyeron en particular y quemaron a Guardamar. Éste es un pueblo llamado así porque está sobre el mar edificado a la boca del río Segura. Con esta cabalgada llevaron cautivas mil doscientas personas. Venido el rey Mahomad a Granada, don Juan Manuel y los demás sediciosos se determinaron a tratar con él de conciertos; hiciéronse las amistades y alianza por medio de Pedro Calvillo, que andaba de una parte a otra en estos tratos. Estaban los pechos de todos tan llenos de una diabólica discordia, que sin tener memoria de la cristiana religión ni misericordia de los suyos, por hacer pesar a su rey y vengar sus particulares enojos no echaban de ver ni curaban de estos grandísimos

 

 

 

 

 

 

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apercibimientos de guerra que contra la misma cristiandad se hacían ni la tempestad que se armaba.

 

 

 

 

II. Que Abomelique vino a España

 

Vivía todavía doña Isabel, reina de Portugal, y aunque en lo postrero de su edad, tenía corazón y buen ánimo para tomar cualquier trabajo por la común salud y paz pública. Rogó al rey de Castilla fuese a Badajoz. De estas vistas ningún mayor provecho resultó que visitar el rey y acariciar con todo género de respeto y benevolencia a una santísima mujer, abuela suya. Venía el rey de esta ciudad cuando don Alonso de la Cerda, el que en vano tanto tiempo y tantas veces con grave peligro de la república movió guerra sobre el derecho del reino, con la edad más cuerdo sin pensarlo nadie se encontró con él en el lugar de Burguillos, y echándose a sus pies le besó la mano, señal entre los castellanos de honra y protestación de vasallaje. Fue este hecho gratísimo al rey, y a don Alonso saludable y de importancia, ca fue restituido en su tierra, y se le dieron ciertas villas con cuyas rentas pudiese sustentarse. Habíase casado en Francia con una nobilísima señora, llamada Madelfa, de la sangre de los reyes de Francia, en quien tuvo dos hijos, a don Luis y a don Juan. Don Luis, que era el mayor, vino con su padre a España; a don Juan como a pariente tan cercano el rey de Francia dio el ducado de Angulema, y después le hizo su condestable, dignidad que hoy en Castilla ha quedado sólo en una sombra y vano título casi sin poder ni jurisdicción alguna; pero en Francia en las cosas de la guerra es la suprema potestad y autoridad después de la real.

 

Llegó el rey a Talavera, villa que está en la Carpetania, hoy reino de Toledo; en esta sazón Santolalla, que es un pueblo puesto en la mitad del camino entre Talavera y Toledo, era de don Juan Manuel. De este pueblo salían bandas de gente perdida a saltear los caminos, mataban los hombres y robaban los campos; estos fueron presos por mandado del rey, y convencidos de sus delitos, los castigaron con pena de muerte. Un semejante ejemplo de justicia mandó hacer en Toledo, de donde se fue a Madrid y a Segovia y a Valladolid. En esta villa doña Leonor le parió un hijo, que llamaron don Pedro, a quien dio el señorío de Aguilar del Campo. Para remediar la falta del dinero que padecía, con malo e

 

 

 

 

 

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imprudente acuerdo acuñó un género de moneda baja de ley, que llamaron cornados, de que se siguió gran carestía y falta en los mantenimientos, en grave daño y enojo del pueblo, porque falseada y adulterada la moneda, luego cesaron los tratos y comercio.

 

Estando el rey en Burgos le vinieron embajadores de aquella parte de Cantabria o Vizcaya que llaman Álava, que le ofrecían el señorío de aquella tierra, que hasta entonces era libre, acostumbrada a vivir por si misma con propios fueros y leyes, excepto Vitoria y Treviño que mucho tiempo antes eran de la corona de Castilla. En los llanos de Arriaga, en que por costumbre antigua hacían sus concejos y juntas, dieron la obediencia al rey en persona; allí la libertad, en que por tantos siglos se mantuvieron inviolablemente, de su propia y espontánea voluntad la pusieron debajo de la confianza y señorío del rey. Concedióseles a su instancia que viviesen conforme al fuero de Calahorra; confirmóles sus privilegios antiguos, con que se conservan hasta hoy en un estado semejante al de libertad, ca no se les pueden imponer ni echar nuevos pechos ni alcabalas. De todos estos conciertos hay letras del rey don Alonso, su data en Vitoria, a 2 días de abril del año de nuestra salvación de 1332. En esta ciudad instituyó el rey un nuevo género de caballería, que se llamó de la Banda, de una banda o faja de cuatro dedos en ancho que traían estos nuevos caballeros, de color rojo o carmesí, que por encima del hombro derecho y debajo el brazo izquierdo rodeaba todo el cuerpo, y era el blasón de aquella caballería y señal de honra. No se admitían en esta milicia o caballería sino los nobles o hijosdalgo y que por lo menos diez años hubiesen servido en la guerra y en el palacio real. No se recibía otrosí en ella los mayorazgos de los caballeros y señores. El mismo rey fue elegido por maestre de toda esta junta y caballería, honra y traza con que los mancebos nobles y generosos se inflamaban y alentaban a acometer grandes hechos y acabar cosas arduas. Esta caballería mucho tiempo fue tenida en grande estima; después por descuido de los reyes que adelante reinaron y por la inconstancia de las cosas se desusó de manera, que al presente no ha quedado de ella rastro ni señal alguna.

 

Visitó el rey la iglesia del apóstol Santiago en Compostela, y en ella se armó caballero; y en Burgos él y la reina fueron coronados por reyes. Hizo en ambas ciudades el oficio y ceremonia don Juan de Lima, arzobispo de Santiago. La reina por su honestidad no fue ungida, demás que estaba preñada. Halláronse presentes gran número de prelados; armó el rey

 

 

 

 

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caballeros a muchos señores y nobles que le presentaron delante armados de todas piezas de punta en blanco; y aún se ordenó para adelante, y se guardó, que de esta misma suerte se diese siempre y tomase la orden de la caballería. El público regocijo y contento que de esto resultó destemplaron y menoscabaron dos cosas de disgusto que sucedieron: la primera fue que se comenzó a tratar divorcio entre doña Blanca y don Pedro, infante de Portugal; la segunda que pretendía en lugar de doña Blanca recibir por mujer y casarse con doña Costanza, hija de don Juan Manuel; ambas a dos cosas eran pesadas y desabridas para el rey de Castilla. Dona Blanca era enfermiza y mañera, que no podía tener hijos. El principal autor y movedor de este divorcio Fernán Rodríguez de Balboa, prior de San Juan, aconsejaba a la reina, cuyo chanciller era, lo procurase para vengarse en esta forma del amancebamiento tan continuado y feo de su marido. En esta sazón el rey tuvo en la reina a don Fernando, que si viviera, fuera sucesor en el reino, y en doña Leonor, su combleza, a don Sancho, a quien dio la villa de Ledesma. Los dos nacieron en un mismo tiempo en Valladolid.

 

Demás de esto, Abomelique, hijo del rey de Marruecos, como quedó concertado con el rey de Granada, pasó el estrecho de Cádiz, y en Algeciras se intituló rey de ella y de Ronda. Vinieron con él de África siete mil jinetes con codicia, intento y esperanza de enseñorearse de toda España. En el principio del año de 1333, a los 13 de enero, el arzobispo de Toledo don Jimeno de Luna celebró concilio en Alcalá de Henares, indictione prima, y del pontificado de Juan XXII el año diez y siete. Abomelique asimismo se puso sobre Gibraltar luego por el mes de febrero; combatiéronla sus gentes con mantas, torres y con todo género de máquinas militares. El rey se detuvo algunos días en Castilla la Vieja para apaciguar algunos alborotos de gente sediciosa; pero envió delante a Jofre Tenorio, almirante de la mar, y a los maestres de las órdenes militares para que por tierra socorriesen a los cercados; desigual ejército contra tan grandes fuerzas como eran las de los moros. Padecían grande falta de mantenimientos en la villa por culpa y negligencia de su alcaide Vasco Pérez, que por hacer de la guerra granjería no la tenía apercibida de almacén y municiones ni de soldados.

 

Por otra parte, el rey de Granada hizo entrada en tierra de Córdoba, grandes robos y quemas en los campos; tomó a Cabra, derribóle el castillo, y llevó cautivos todos sus moradores por traición del alcaide, que llamó a los moros, Y los metió dentro de la villa y les entregó el castillo. Gibraltar,

 

 

 

 

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después de padecidos grandes trabajos y perdida la esperanza de poderse defender, en el mes de junio se dio a partido, salvas la libertad y vidas de los soldados y de los vecinos. El alcaide Vasco Pérez, por acusarle su conciencia de la maldad cometida y temer la indignación del rey y el odio del reino, se pasó en África. Esta pérdida causó de presente grande dolor y puso para lo de adelante grandísimo miedo, por acordarse que la general pérdida y destrucción que los moros hicieron en España comenzó y tuvo principio por aquella parte.

 

El rey de Castilla, pareciéndole que dejaba sosegados los sediciosos, hechos por todo el reino grandes llamamientos y juntas de gente de guerra y puesto en orden un buen ejército, en lo recio del estío vino a Sevilla, tarde y sin ningún provecho para el socorro de Gibraltar, que ya halló en poder de moros. Diéronle esta nueva de la pérdida de Gibraltar en Jerez; todavía con esperanza de cobrarla antes que los moros la fortificasen y municionasen con grande presteza fue sobre ella. Hallóse en esta jornada don Jaime de Ejerica con algunas compañías de aragoneses. Cerca del pueblo con varios sucesos se escaramuzó muchas veces; la batalla campal ambas partes la esquivaban. Abomelique no se descuidaba ni se ensoberbecía con la victoria; el rey tenía esperanza de volver a ganar a Gibraltar. Desbarató sus intentos la falta de bastimentos que se comenzó a sentir en los reales, porque, aunque se traía continuamente gran copia de ellos por el mar, la gran muchedumbre de gente brevemente los consumía. Por esta mengua muchos soldados desamparaban el real y caían en manos de Abomelique, que tenía puestas celadas en los lugares que para esto eran más cercanos y a propósito. Puso en esto tanta vigilancia y cuidado, que cautivó muchos soldados, y en tan gran número, que con gran deshonra y mengua del nombre cristiano se dice que se vendía un cautivo por una dobla de oro.

 

Acudió el rey de Granada, con cuya venida Abomelique, y por ver nuestro ejército disminuido y sus fuerzas quebrantadas, cobrado nuevo esfuerzo y ánimo, se determinó de presentar al rey la batalla; con esta resolución sacó todo el ejército tres veces en campaña. Al rey de Castilla le pareció que era el mejor consejo el más seguro, ca fuera temeridad con vana esperanza de un buen suceso arriscar el todo y ponerlo a la temeridad de la fortuna y trance de una batalla. Los más cuerdos y prudentes juzgaban asimismo que si tomaban a Gibraltar, que era a lo que allí eran venidos, todo lo demás se haría bien; a esta causa se resolvió de excusar la

 

 

 

 

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batalla. Cerraron pues todos los reales con un foso y albarrada para estorbar los rebatos de los enemigos; tiróse este foso desde el mar haciendo un cierto seno y vuelta, y yéndose encorvando conforme a la disposición de los lugares, de manera que con la otra punta del arco tocaba en la otra ribera. Estas dos cosas interpretaban y creían los enemigos que se hacían de miedo, con que les creció el ánimo, y concibieron grande esperanza de la victoria.

 

Mientras esto aquí pasaba, don Juan Manuel y don Juan Núñez de Lara y sus amigos, puesta confederación con el rey de Aragón, hacían gravísimos daños en la raya de Castilla. Habíaseles juntado don Juan de Haro, señor de los Cameros, caballero rico, poderoso y de muchos vasallos; así, de la parte que debían venir socorros y gente de allí resultó daño gravísimo. Por esto a pedimento de los moros les concedió el rey treguas por término de cuatro años, a tal empero que todavía el rey de Granada pechase y acudiese con las parias que solía; con tanto se quedó Gibraltar por los moros, no sin grande nota y menoscabo de la majestad real. El rey, que consideraba prudentemente el peligro, juzgó aquellos partidos por honrados, que eran más conformes al tiempo y aprieto en que se hallaban las cosas, sin hacer caso de las murmuraciones del vulgo ni de la que llama honra la gente menos considerada.

 

 

 

 

III. De las muertes de algunos príncipes

 

Hechas las treguas, los reyes de Castilla y de Granada se hablaron, y en señal de amistad comieron a una mesa; hiciéronse asimismo a porfía ricos presentes, y diéronse el uno al otro joyas y paños de gran valor, cortés contienda y liberalidad en que el moro quedó vencido, camino por do se le ocasionó su perdición y ruina. El rey de Castilla se volvió a Sevilla, salva y entera la fama de su valor, no obstante los malos sucesos que tuvo. Abomelique se partió para Algeciras, y el rey de Granada caminó a Málaga con deseo de ver aquella ciudad.

 

Allí los hijos de Ozmín, que a todas estas cosas se hallaron presentes, se conjuraron de matarle. Abominaban y blasfemaban de él; cargábanle que con la familiaridad y trato que tenía con los cristianos, a sí mismo y a su nación y secta deshonraba. Acaso traía puesta una ropa que le dio el rey

 

 

 

 

 

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de Castilla; esto les encendió más el enojo y saña que contra él tenían, y les dio mayor ocasión de calumniarle. Andaba con el rey un cierto moro, llamado Alhamar, de la sangre y alcurnia de los primeros reyes de Granada, más noble que señalado ni de grande cuenta. A este tentaron primero los hijos de Ozmín, y le persuadieron que se vengase de la notoria injuria y agravio que se le hacía en tenerle usurpado el reino que de derecho lo venía, y que castigase el grande desacato que contra su secta se cometía. Concertada la traición, estando el rey muy seguro y descuidado de ella, le mataron a puñaladas en 23 días del mes de agosto. Reduan, que a este tiempo era el caballero de más autoridad y que había sido alcaide y justicia mayor de Granada, a la sazón ausente, no supo cosa alguna ni fue en esta cruel traición. Éste procuró que un hermano del muerto, que se llamaba Juzef Bulhagix, fuese alzado por rey de Granada, como lo hizo; cosa soberbia y muy odiosa, dar el reino de su mano, mayormente dejando sin él a Ferraguen, hermano mayor del rey muerto. De esta manera andaban las cosas revueltas entre los moros.

 

Pasáronse al nuevo rey los de Aguilar, don Gonzalo y don Fernando, hermanos, señores de Montilla y de Aguilar, caballeros poderosos en el Andalucía. Estaban estos caballeros, aunque no se sabe la causa, desavenidos y mal enojados con su rey. Empezáronse a hacer robos y entradas en las rayas de los reinos, con que se rompieron las treguas que poco antes se concertaron. El rey de Castilla se detuvo en Sevilla más tiempo del que se pensó y aún del que él quisiera; esperaba en qué pararían estos movimientos. Pasaran más adelante los daños, y aún revolvieron guerra formada contra los cristianos, si Abomelique no fuera llamado de su padre y le mandara volver a África para que le sirviese en la guerra de Tremecén. Con su partida se volvieron a tratar treguas con el nuevo rey de Granada. Y en el principio del año de 1334 se concluyeron y asentaron por otros cuatro años, sin que el rey de Granada quedase obligado a pechar las parias y tributo que cada año solía; tanto era el deseo que tenía el rey de quedar libre para castigar los sediciosos y alborotados. En este tiempo de un parto de doña Leonor de Guzmán le nacieron al rey dos hijos, don Enrique y don Fadrique, bien nombrados adelante.

 

Primero pasó el invierno que el rey pudiese desembarazarse de la Andalucía. A la primavera vino a Castilla, y fue a Segovia, y de allí a Valladolid. Los grandes que estaban rebeldes, como no eran tan poderosos que pudiesen hacer guerra, sino correrías y robos, comenzaron a ser

 

 

 

 

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molestados haciéndoseles daños y entradas en sus tierras, con que en el señorío de Lara fueron muchas villas tomadas por el rey, como Ventosa, Bustos, Herrera; y lo demás que en tierra de Vizcaya tenían aquellos señores y no estaba acabado de allanar se recibió a merced debajo del amparo real. En una junta que se hizo en Guernica debajo de un antiquísimo árbol, a la usanza de vizcaínos, fue el rey en persona jurado y le prometieron fidelidad. Algunas fuerzas y castillos quedaron todavía en aquella tierra por los de Lara, que no se quisieron dar al rey, confiados más en ser inexpugnables por el sitio y naturaleza de los lugares que en otra cosa alguna. Don Juan de Haro en su villa de Agoncillo por mandado del rey fue degollado, y toda su tierra como de rebelde confiscada. La villa de los Cameros dejó a sus hermanos don Álvaro y don Alonso, porque del todo no pereciese el señorío y el nombre de esta ilustrísima casa. El alcaide del castillo de Iscar, confiado en su fortaleza y porque la tenía bien abastecida, cerró las puertas al rey, por lo cual, siendo preso, le fue cortada la cabeza; aviso con que se entendió que ningún juramento ni homenaje hecho a los señores particulares excusa los desacatos que contra los reyes se cometen. Por estos mismos días en los postreros del mes de agosto parió la reina en Burgos un hijo, que se llamó don Pedro, que por muerte de don Fernando, su hermano, por triste y desdichada suerte suya y de Castilla sucedió en fin en el reino. De doña Leonor nació al rey otro hijo, llamado eso mismo don Fernando.

 

En Aragón murieron dos hermanos de aquel rey, uno en pos de otro. Don Jaime, maestre de Montesa, murió en Tarragona, donde antes renunció el derecho del reino; don Juan, arzobispo de Tarragona, en un lugar de tierra de Zaragoza que llaman Povo, a los 18 de agosto; enterraron su cuerpo en la iglesia de Tarragona dentro de la reja del altar mayor. Iba a verse con el rey, su hermano. Sucedióle en el arzobispado Arnaldo Cascomes, obispo que era de Lérida. El rey de Aragón, aunque se hallaba en lo bueno de su edad, por sus continuas indisposiciones que le sobrevinieron, luego que se volvió a casar alzó la mano, no solamente de las cosas de la guerra, sino también del gobierno del reino; lo cual todo encargó a don Pedro, su hijo mayor. La reina doña Leonor, como aquella que mandaba al rey, con sus continuos e importunos ruegos alcanzó de él que diese a sus hijos don Fernando y don Juan algunas villas y ciudades, entre las demás fueron Orihuela, Albarracín y Monviedro; recibía en esto notable agravio y perjuicio el infante don Pedro, ca le disminuían y

 

 

 

 

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acortaban un reino que de suyo no era muy grande. Acusábanle al rey un juramento que los años pasados hizo en Daroca, en que se obligó y estableció por ley perpetua que no enajenaría cosa de la corona real. Murmurábase en el reino este hecho. Rugíase que el rey no tenía valor y se dejaba engañar de las caricias y mañas de la reina, que le tenía como enhechizado. De esta ocasión entre la madrastra y el alnado resultó un mortal odio, de que se siguieron grandes alborotos en el reino. La reina, para hallarse apercibida, suplicó al rey de Castilla tuviese por bien que se viesen; otorgó él con los ruegos de su hermana; viéronse en Ateca, aldea en tierra de Calatayud; el rey prometió a la reina de asistirla con sus fuerzas y no faltarle cuando le hubiese menester. Don Juan de Ejerica y su hermano don Pedro, que seguían la parcialidad de la reina, quedaron animados a la servir y amparar cuando se ofreciese y por cuanto sus fuerzas alcanzasen.

 

 

 

 

IV. De algunos movimientos de navarros y

 

portugueses

 

En el principio del año siguiente, que se contaba de 1335, don Juan Manuel, atemorizado con el mal suceso de don Juan de Haro y tomando escarmiento en el de Lara, se reconcilió con el rey. El contento del reino fue extraordinario por ver acabadas en tan breve tiempo cosas tan grandes, y por la esperanza de la paz y sosiego por todos tanto tiempo deseada. En las ciudades y villas se hicieron grandes regocijos, juegos y espectáculos públicos. En Valladolid se hizo un torneo, en que los caballeros de la Banda desafiaron a los demás caballeros y fueron los mantenedores del torneo; el rey se halló en él, pero en hábito disfrazado porque se tornease con mayor libertad. Diéronse grandes encuentros y golpes sin hacerse mal ni herirse, salvo que algunos fueron de los caballos derribados. Despartióse el torneo, sin que se pudiese averiguar a cuál de las partes se debiesen dar los premios y prez y las joyas que tenían aparejadas para el que más se señalase.

 

Las cosas humanas, como son vanas e inconstantes, fácilmente se truecan y mudan y revuelven en contrario; y así, este universal contento se añubló con nuevas que vinieron de que se volvían a alterar los humores. El

 

 

 

 

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rey de Portugal persistía en su intento de repudiar a doña Blanca y de casarse con doña Constanza, determinado si no pudiese cumplir su deseo por bien de alcanzarlo por la espada, por lo menos meterlo todo a barato. El hijo mayor del rey de Aragón se concertó de casar con doña María, hija del rey de Navarra, anteponiéndola en la sucesión del reino, aunque era menor de edad, a su hermana doña Juana, si el rey muriese sin dejar hijos varones. El autor de estos conciertos fue el virrey de Navarra don Enrique. Ambas a dos cosas fueron pesadas y desabridas para el rey de Castilla, porque se entendía que estas alianzas se hacían para ser más poderosos contra él. A la verdad el infante de Aragón don Pedro, por el odio que tenía con su madrastra, se confederó con los navarros, que tomaron de sobresalto el monasterio de Fitero, que era del señorío de Castilla; exceso que por un rey de armas les fue demandado, y enviaron embajadores al rey de Aragón para quejarse de estos desaguisados. Excusóse aquel rey con su poca salud y alegar que no era poderoso para ir a la mano a su hijo en lo que hacer quisiese. Con esta respuesta de necesidad se hubo de romper la guerra. Envióse contra los navarros un grueso ejército y por capitán general Martín Portocarrero, porque don Juan Núñez de Lara, en quien el rey tenía puestos los ojos para que hiciese este oficio se excusó de aceptarle.

 

Juntáronse las gentes de la una parte y de la otra, diose la batalla junto a Tudela, fue muy cruel y reñida, quedaron vencidos y destrozados los navarros y muchos de ellos anegados en el río Ebro. Entendióse haberles sucedido este desastre por falta de capitán, porque el virrey don Enrique se quedó en Tudela por miedo del peligro o por respeto de la salud y bien público, que dependía de la conservación de su persona. Don Miguel Zapata, aragonés, no se halló en la batalla a causa que se entretuvo en fortalecer a Fitero, creyendo que el primer ímpetu de la guerra sería contra aquel pueblo. Mas ya que se quería fenecer la batalla se descubrió encima de unos cercanos montes de aquella campaña, con cuya llegada se rehizo el campo de los navarros. Los aragoneses, como quier que entraron descansados, entretuvieron por un rato la pelea, pero al fin fueron desbaratados y vencidos por los de Castilla y preso su capitán; no fue tan grande el número de los muertos como se pensó. Los castellanos se hallaron cansados con el continuo trabajo de todo el día, demás que con la obscuridad de la noche que cerró no se conocían, mayormente que todos

 

 

 

 

 

 

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por saber la lengua castellana apellidaban Castilla, ardid que les valió para que la matanza fuese menor.

 

Por otra parte, los vizcaínos con su capitán Lope de Lezcano, destruida la comarca de Pamplona, tomaron en aquellos confines el castillo de Unsa. Con estos malos sucesos se reprimió la osadía y atrevimiento de los navarros y se castigó su temeridad. En un mismo tiempo se derramó la fama de estas cosas en Francia y en España.

Estaba entonces el rey de Castilla en Palencia enfermo de cuartanas, donde, por lástima que tuvo delos navarros, mandó a Portocarrero que no les hiciese más guerra ni daños; parecíale quedaban bastantemente castigados, ora hubiesen tomado las armas de su voluntad, ora hubiesen sido a tomarlas forzados; sacóse el ejército de aquella provincia junto con el pendón del infante don Pedro, que le llevaron a la batalla, porque los grandes señores no rehusasen de ir a esta guerra, como si fuera a ella la misma persona real del infante. La fama de estos sucesos movió a Gastón, conde de Foix, a que viniese a restaurar las cosas malparadas de los navarros, obligado a ello por la antigua amistad que entre sí ambas naciones tenían y facilitado con la vecindad de estos dos estados. Venido el de Foix, acometieron a Logroño, ciudad principal de aquella frontera. Salió contra ellos mucha gente de los pueblos comarcanos, y juntos con los ciudadanos de Logroño, pasaron el río Ebro. Dieron en los enemigos, peleóse bravamente, y fueron vencedores los navarros. Recogiéronse en la ciudad los vencidos con propósito de se defender con el amparo y fortaleza de los muros. Ruy Díaz de Gaona, capitán y ciudadano de Logroño, hizo en esta retirada un hecho memorable, que con una extraña osadía, ayudado de solos tres soldados, defendió a todo el ejército de sus enemigos que no pasasen el puente, porque mezclados con su gente no entrasen el pueblo; murió él en esta defensa, y sus compañeros, que quedaron con la vida, defendieron el pueblo que no se perdiese, ca los navarros, viendo que no le podían tomar, se volvieron.

 

En el tiempo que las cosas se hallaban en este estado sucedió que Juan, arzobispo de Reims, yendo en romería a Santiago, pasó acaso por esta tierra. Este prelado era un varón muy santo y de grande autoridad entre estas dos naciones, por cuya solicitud y diligencia se concertaron e hicieron paces; tanto a las veces puede la diligencia de un solo hombre, y tan grandes bienes dependen de su autoridad.

 

 

 

 

 

 

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En este mismo tiempo, de tres reyes Albohacen, Felipe de Francia, y Eduardo de Inglaterra, vinieron tres honradas embajadas al rey de Castilla. Movíanse a esto por la gran fama que tenía acerca de las naciones comarcanas. De África le enviaron muy ricos presentes; pedían se confirmasen las treguas que tenían asentadas los nuestros con los moros. El inglés ofrecía una hija suya para que casase con el infante don Pedro. El rey no aceptó este partido por la tierna y pequeña edad del infante, de quien sin nota de temeridad ninguna cosa cierta se podían prometer ni asegurar. Todo esto pasaba en Castilla el año de 1333 de nuestra salvación.

 

Poco después, entrante el año próximo, el rey de Aragón don Alonso murió en Barcelona a 24 de enero; varón justo, pío y moderado; por esto tuvo por renombre y fue llamado el Piadoso. Fue más dichoso en el reinado de su padre que en el suyo a causa de la poca salud que siempre tuvo, que por lo demás no le falló virtud ni traza, como se pudo bien ver por las cosas que hizo en su mocedad. A don Jaime, el hijo menor del primer matrimonio, dejó el condado de Urgel, y don Pedro quedó por heredero del reino. Los hijos del segundo matrimonio dejó heredados en otros estados, según que arriba queda apuntado. La reina doña Leonor, por recelo que el nuevo rey por los enojos pasados no le hiciese algún agravio a ella y a sus hijos, a grandes jornadas se fue luego a Albarracín, donde por ser aquella ciudad fuerte y caerle cerca Castilla, si se le moviese guerra, pensaba podría muy bien en ella defenderse. Los de Ejerica, por tener en más el acudir al amparo y servicio de la reina que cuidar de lo que a ellos tocaba, se fueron tras ella.

 

Por estos mismos días de Portugal nuevas tempestades de guerra se emprendieron. La avenencia que don Juan de Lara y don Juan Manuel hicieron con el rey, no era tan verdadera y sincera que se entendiese duraría tanto como era menester. Todos entendían que más les faltaban fuerzas y buena ocasión para rebelarse que gana y voluntad de ponerlo por obra. Traía en mucho cuidado a don Juan Manuel la dilación de los casamientos de Portugal, y no osaba hacerlos sin la voluntad y licencia del rey, ca temía no le tomase su estado patrimonial, que tenía grandísimo en Castilla. Don Pedro Fernández de Castro y don Juan Alonso de Alburquerque, que se apartaron de la obediencia del rey de Castilla, persuadían y solicitaban al rey de Portugal para que moviese guerra a Castilla; no pudieron estar secretos tantos bullicios de guerra y tantas tramas. Así, el rey hizo nueva entrada en las tierras de don Juan de Lara y

 

 

 

 

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le tomó algunas villas y castillos, y a él le cercó en la villa de Lenna en 14 de junio. Combatiéronla de día y de noche con mantas, torres, trabucos y con todo género de máquinas de guerra. Procuróse otrosí con los vecinos de la villa que entregasen a don Juan, ya con grandes amenazas, ya con promesas; ofrecíanles la gracia del rey y libertad a ellos y a sus hijos, con apercibimiento que si se tardaban en hacerlo los destruirían. Ninguna cosa bastó para que no guardasen una singular y gran lealtad a don Juan confiados en la fortaleza de la villa; ni los ruegos prestaron ni las amenazas para hacer que le entregasen. Vista su determinación cercaron toda la villa al rededor con fosos y trincheras. Talaron y destruyeron sus campos y heredades; enviaron otrosí algunas bandas de gente para que tomasen los pueblos de la comarca. Alargábase el cerco, y los cercados, por no estar bien proveídos, empezaron a sentir necesidad de bastimentos. Tenían poco socorro en don Juan Manuel, puesto que para mostrar su valor y ver si podría socorrerlos, salido de allí secretamente, se entró en Peñafiel, villa de su estado y cercana de Lerma. Poco faltó para que el rey no le prendiese, ca sobrevino de repente. Tuvo noticia del peligro, huyó y escapóse. El de Alburquerque, mudado propósito, se redujo al servicio del rey.

 

El rey de Portugal por sus embajadores envió a rogar al rey que alzase el cerco de Lerma. Extrañaba que hiciese agravio y maltratase a un caballero de tanta lealtad y en particular amigo suyo. Volviéronse los embajadores sin alcanzar cosa alguna. El rey de Portugal para satisfacerse juntó su ejército, rompió por las tierras de Castilla. A la raya cercó a Badajoz y la combatió con grande furia y cuidado. Envió asimismo con mucha gente a Alonso de Sosa para que robasen la tierra. Apellidáronse los de la comarca, encontraron los contrarios cerca de Villanueva, desbaratáronlos, mataron y prendieron muchos de ellos, con que avisaron y escarmentaron los demás portugueses para que no se atreviesen otra vez a hacer entrada semejante. El rey mismo, por temer otro mayor daño si viniesen a las manos, con todo su ejércitose tornó a Portugal La villa de Lerma, asimismo destituida del socorro que de fuera esperaba y cansada con los trabajos de un cerco tan largo, se entregó en los postreros de noviembre. A don Juan Núñez de Lara, sin embargo, recibió el rey en su amistad, y por el camino que cuidaba perderse alcanzó grandes mercedes nuevas, y se le volvió su patrimonial estado que tenía en Vizcaya. Sólo

 

 

 

 

 

 

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desmantelaron a Lerma en castigo de su rebelión y para que otra vez no se atreviese a hacer lo mismo.

 

En este año el rey de Marruecos aumentó sus reinos con el de Tremecén, cuyo Rey, su enemigo, venció y mató. Los moros de España cobraron con esto nuevas esperanzas, y a los nuestros creció el recelo de algunos nuevos y grandes daños que de aquella pujanza podrían resultar. Todos temían y con razón la guerra que de África amenazaba.

 

 

 

 

V. Concédense treguas a los portugueses

 

Blandeaba el rey de Castilla con los grandes que andaban alterados, y les hacía buenos partidos por atraerlos a su servicio. Sus caricias prestaban muy poco, por ser ellos hombres revoltosos, de seso mal asentado y astutos. Tuvo las pascuas de la Navidad de nuestro señor Jesucristo del año 1337 en Valladolid. Allí en el principio de este año hizo merced a don Juan de Lara del cargo de su alférez mayor, ca estaba determinado de recompensar con mercedes los deservicios y vengar con blanduras las injurias que le hacían. Con este artificio y con la intercesión de doña Juana, que era madre de don Juan de Lara, recibió en su servicio y perdonó a don Juan Manuel, hombre doblado, inconstante y que a dos reyes, al de Castilla y al de Aragón, los entretenía y traía suspensos. Fingía quererse confederar con cada uno de ellos con intento de que si rompiese con el uno, quedase el otro con quien ampararse.

 

Continuábanse todavía los desabrimientos y diferencias entre el de Aragón y doña Leonor, su madrastra; tratóse de concordia por sus embajadores. Todavía el de Aragón, bien que daba buenas palabras, al cabo no hacía cosa. El rey de Castilla a ruego de su hermana fue a Aillón, villa que esta en la raya de entrambos reinos. Allí la reina se le quejó de los agravios y crueldad de su alnado, y con muchas lágrimas le suplicó recibiese debajo de su protección y amparo a ella y a sus hijos y a los grandes que seguían su parcialidad. El rey estuvo suspenso. Parecíale por una parte inhumana cosa no favorecer a su hermana, y por otra deseaba mucho no divertirse antes de vengar los agravios recibidos del rey de Portugal. Finalmente, mandó a don Diego de Haro que, juntadas las fuerzas y soldados de Soria, Molina y Cuenca y de otros pueblos, hiciese

 

 

 

 

 

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entrada en Aragón. La reina doña Leonor, por Burgos y Valladolid se fue a Madrid a esperar al rey, que en razón de aparejarse para la guerra de Portugal, hacía grandes llamamientos de gentes para Badajoz, por donde cuidaba dar principio a aquella guerra. En esta sazón, de doña Leonor le nació al rey otro hijo, que se llamó don Tello.

 

Lo que más tenía enojado al rey de Portugal era lo poco en que el de Castilla tenía a su hija la reina doña María, hasta decirse que trataba de repudiarla; parecíale que esta no era injuria que en manera alguna se pudiese disimular. De Badajoz con grandísimo ímpetu entró en Portugal; talaron los campos e hicieron la guerra a fuego y sangre. La destemplanza del tiempo causó al rey una calentura en Olivencia, y le puso en necesidad de partirse de Badajoz en el mes de junio para Sevilla. Por estos mismos días Jofre, almirante del mar por el rey de Castilla, talado que hubo y corrido la costa de Portugal, no lejos de Lisboa peleó con la armada de los portugueses, de quien era general Pecano, genovés. La pelea fue brava y dudosa; al principio los portugueses tomaron dos galeras de Castilla; recompensóse este daño con que los de Castilla rindieron la capitana de los portugueses y abatieron el estandarte real. Esto causó grande temor en los enemigos, y por todas partes fueron desbaratados y puestos en huida. Era cosa horrenda ver en aquel espacioso y ancho mar huir, dar la caza, prender y matar, y todo cuanto alcanzaba la vista estar lleno de armas y tinto en sangre. Tomáronse ocho galeras, y seis echaron a fondo, y el general Pecano con Carlos, su hijo, quedó preso. Fue para aquella era esta victoria muy ilustre y rara, en tanto grado, que a la vuelta salió el rey a recibir al almirante, que entró en Sevilla con triunfal demostración y aparato; la honra que se hace a la virtud inflama los ánimos valerosos para emprender cosas mayores.

 

Halláronse presentes el arzobispo de Reims, embajador del rey de Francia, y el maestre de Rodas, a quien para tratar de paces enviara por su legado Benedicto XI, sumo pontífice, que tres años antes sucedió al papa Juan. Ambos con todas sus fuerzas procuraron concertar y poner paz entre estos dos reyes; pero no les fue posible concluirlo, antes el rey de Castilla, cobrada entera salud, entró otra vez a robar y destruir a Portugal. La entrada fue por aquella parte por do solían habitar los antiguos turdetanos, que ahora se llama el Algarve.

 

Recibieron los portugueses grava daño con esta entrada, y les causó mucho odio contra su rey, por ver que con todos sus intentos ninguna cosa

 

 

 

 

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más hacía que irritar y mover contra los suyos las armas y fuerzas de Castilla. Por otra parte hacía sin provecho alguno guerra en lugares apartados, conviene a saber, a los gallegos; en Salvatierra destruía y quemaba los campos. Si se sentía con pocas fuerzas, ¿para qué movía guerra? Y si en ellas confiaba, ¿por qué, convidado, rehusaba venir con los enemigos a las manos? El rey de Castilla, venido el otoño, sin haber encontrado ningún ejército de sus enemigos, se recogió a Sevilla.

 

Este mismo año a 25 de junio murió Federico, rey de Sicilia, ya cargado de edad, y famoso por la guerra que sustentó por tanto tiempo contra potencias tan grandes. En Catania en la iglesia de Santa Agata está un lucillo con un bulto o estatua suya, y dos versos en latín de este sentido:

 

El cielo alegre está, la tierra triste,

 

Sicania llora de su Fadrique

 

la ausencia. ¡Oh muerte, cuánto mal hiciste!

 

Sucedióle en el reino su hijo don Pedro. Los ducados de Atenas y Neopatria mandó a Guillermo, su hijo segundo; a don Juan, hijo tercero, hizo otras mandas. Cuatro hijas que tenía, por su testamento las dejó excluidas de la sucesión del reino, ley que no fue perpetua ni era conforme a lo que de antes se solía usar en aquel reino, y adelante se usó.

 

Andaba en la corte de Castilla Gil Álvarez de Cuenca, arcediano de Calatrava, dignidad en la iglesia de Toledo, varón de conocido valor y prudencia para tratar negocios y cosas graves. El arzobispo de Toledo don Jimeno de Luna finó en la su villa de Alcalá de Henares a los 16 de noviembre de este año, quién dice que del siguiente. Sepultaron su cuerpo en la iglesia mayor de Toledo en la capilla de San Andrés. Por su muerte sucedió en aquella dignidad e iglesia el susodicho Gil Álvarez de Cuenca, que adelante se llamó y hoy le llaman comúnmente don Gil de Albornoz. Procurólo el rey muy de veras, e hizo en elle tal instancia, que las voluntades de los del cabildo, si bien estaban muy puestos en nombrar a don Vasco, su deán, se trocaron e inclinaron a dar gusto al rey. Las grandes virtudes y hazañas de este nuevo prelado mejor será pasadas en silencio que quedar en este cuento cortos. Fue natural de Cuenca, sobrino de su predecesor don Jimeno de Luna, su padre Garci Álvarez de Albornoz, su madre doña Teresa de Luna, personas ilustres, de mucha reputación y fama y hacienda. Crióse en Zaragoza en tiempo que don Jimeno, su tío, fue

 

 

 

 

 

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prelado de aquella ciudad. Su ingenio muy vivo y capaz empleó en el estudio de los derechos en Tolosa de Francia, no para darse al ocio, sino para habilitarse más para los negocios. Ya que era de edad, se sirvió el rey de él en su consejo, después le eligieron en arzobispo de Toledo; últimamente, criado cardenal, sirvió a los papas en empresas de grande importancia. Echó los tiranos de las tierras de la Iglesia que en Italia tenían usurpadas. En todas edades y estados fue igual, entero en las cosas de justicia, menospreciador de las riquezas, constante y sin flaqueza en los casos arduos. No se sabe en qué fue más señalado, si en el buen gobierno en tiempo de paz, si en la administración y valor en las cosas tocantes a la guerra.

 

Todos los hombres do letras tienen obligación a celebrar sus alabanzas, porque en la Galia Cisalpina o Lombardía, en la ciudad de Bolonia, instituyó un famoso colegio, en que hay cuatro capellanes y treinta colegiales, todos españoles, con gruesas rentas para que estudien, de donde como de un alcázar de sabiduría han salido muchos excelentes varones en letras y erudición, conque las letras resucitaron en España, y a su imitación se han fundado otros muchos colegios por personas que imitaron su celo y tenían con qué poderlo hacer. Dejó al cabildo de Toledo la villa de Paracuellos con carga de cierta pensión con que mandó acudiesen cada un año a la iglesia de Villaviciosa, que él mismo fundó, y puso en ella canónigos reglares, cerca de la villa de Brihuega.

 

El arzobispo de Reims y el maestre de Rodas, andando de una parte a otra, no cesaban de amonestar a los reyes de España y procurar que se acordasen y hiciesen paces. Poníanles delante cómo los reinos se asuelan con las guerras y con la paz se restauran; que África amenazaba con una temerosísima guerra; muchas veces las discordias internas se concordaban y componían con el miedo de los males de fuera; que así para los vencedores como para los vencidos el único remedio era la paz. Con estas amonestaciones parecía que el rey de Castilla blandeaba algo, si bien era el que andaba más lejos de acordarse; que el rey de Portugal grandemente deseaba concierto. Concluyóse que el rey de Castilla fuese a Mérida a tratar de medios de paz. En aquella ciudad se concertaron e hicieron treguas por un año en principio del de nuestra salud de 1338. No fue posible concordarlos del todo ni hacer paces perpetuas.

 

 

 

 

 

 

 

 

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VI. Cómo mataron a Abomelique

 

Del aparato y preparamentos de guerra que hacía el rey Albohacen, como en semejantes casos acaece, se decían mayores cosas de aquellas que en realidad de verdad eran. Referíase que se juntaba todo el poder de los moros y se apellidaban todas las provincias de África; que pasaban a España con sus casas y mujeres e hijos para quedarse a morar y vivir de asiento en ella después que toda la hubiesen ganado; que era tan innumerable la gente que venía, que ni se les podría estorbar el pasaje ni tampoco podrían ser vencidos. Corría fama que lo primero desembarcarían en la playa de Valencia, y allí cargaría aquella tempestad que se armaba. Estas nuevas tenían atemorizados los fieles y mucho más a los de Aragón. Hacíanse grandes provisiones de armas, caballos y bastimentos; todo era ruido y asonadas de guerra. Estaban todos alerta con gran cuidado y solicitud. Empezóse entre los nuestros a platicar de paz, porque, juntas las fuerzas, se podía tener esperanza de la victoría; divididas y sin concordia, era cierta la ruina de todos y su perdición. A los embajadores ingleses, que en nombre de su rey pedían paz y alianza, con dudosa respuesta entretenía el rey de Aragón. Decíales que su amistad les era y sería siempre muy agradable, si se les permitiese guardar las alianzas que antes con los demás tenían hechas.

 

Tratábase de desposar el de Aragón con la infanta doña María, hija del navarro; diferianse estas bodas por ser aún de poca edad la doncella y no de sazón para casarse; a esta causa la entretenían en Tudela; más al fin con grande regocijo de ambas naciones se casaron en Aragón a 25 de julio. Velólos Felipe, tío de la doña María, hermano de su padre, obispo de Xalon o cabillonense en Francia. Envióse una embajada al sumo pontífice romano suplicándole volviese los ojos a España y que echase de ver que no poco a su Santidad tocaba el grandísimo y cercano peligro que corría la cristiandad. Que las décimas de las rentas eclesiásticas que se concedieran a los reyes de Aragón para subsidio y ayuda de la guerra contra los moros las mandase subir al justo y presente valor, porque si se cobraban según los valores y por los padrones antiguos, serían de poco provecho; esto es lo que toca al rey de Aragón.

 

El rey de Castilla era ido a Burgos a hacer Cortes, en que con deseo de reformar el grande exceso que se veía estar introducido en el comer y vestir, promulgó leyes que moderaban estos gastos. Mandó tras esto a su

 

 

 

 

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almirante Jofre Tenorio se pusiese en el Estrecho para estorbar el pasaje a los moros. Desde Burgos, a ruego de su hermana doña Leonor, fue a Cuenca, y en su compañía don Juan Núñez de Lara y don Juan Manuel, ya del todo reconciliados con el rey. Allí vino don Pedro de Azagra con embajada de paz de parte del rey de Aragón para que se aliasen contra los moros. Ofrecía la tercera parte de la armada que fuese menester para estorbar el paso a los moros. Respondió el rey que aceptaría su oferta, y que entonces le sería muy grata su amistad cuando hubiese satisfecho a su hermana doña Leonor en las quejas que tenía y en sus pretensiones. En unas Cortes de Aragón que se hicieron en Duroca se consultaron todas estas diferencias, y se nombraron por jueces árbitros el infante don Pedro, tío hermano de padre del rey de Aragón, y don Juan Manuel, que para tratar de esto era embajador del rey de Castilla. Concluyóse en que se diese perdón al señor de Ejerica, y a la reina y a sus hijos se les confirmase todo aquello que les mandara su padre. Para que más fácilmente tuviese efecto esta concordia vino bien que don Pedro de Luna, arzobispo de Zaragoza, que la contradecía, a esta sazón se hallaba ausente, citado por el papa para que pareciese en Roma a responder a cierto pleito y demanda puesta contra él. Firmó el rey de Castilla estos capítulos en Madrid, y la reina doña Leonor y sus hijos se volvieron a Aragón, do fueron bien recibidos, casi con aparato real. Suelen acomodarse y conformarse con el tiempo, así bien los reyes como las personas particulares, y usar de grandes disimulaciones para poder gobernar la república, mayormente en tiempos revueltos. El arzobispo de Reims y el maestre de Rodas y el arzobispo de Braga, que era embajador del rey de Portugal para tratar de las paces, fueron despedidos por entonces del rey de Castilla por parecer pedían capitulaciones injustas. Lo que más descontentaba era que pedían a doña Costanza, hija de don Juan Manuel, para que se desposase con don Pedro, heredero de Portugal.

 

En el principio del año de 1339 murió don Vasco Rodríguez Cornado, maestre de Santiago. En su lugar fue elegido, por voto de los caballeros del hábito, su sobrino don Vasco López. Pesóle mucho al rey y enojóse de esta elección, como quier que deseaba el maestrazgo para su hijo don Fadrique. Opusiéronle al nuevo maestre contra su persona muchos capítulos y defectos en la elección, si verdaderos, si falsos por hacer lisonja al rey, ¿quién lo averiguará? El maestre, por adivinar la tempestad que venía sobre él, se fue a Portugal, con que pareció darse por culpado;

 

 

 

 

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así, en ausencia fue privado de la dignidad; y dada por ninguna la primera elección, fue elegido de nuevo por maestre don Alonso Meléndez de Guzmán, tío hermano de madre del niño don Fadrique, con asaz grande dolor y murmuración de muchos, que echaban de ver una maldad y desconcierto tan grande, que no bastase el peligro grande del reino para que echasen de él la ambición y sobornos.

Por este tiempo, quién dice dos años antes, don Ruy Pérez, maestre de Alcántara, fue al tanto privado del maestrazgo, y elegido en su lugar don Gonzalo Martínez, a quien otros llaman Núñez; algunos por la disimilitud y diversidad de los nombres hacen diverso y dividen lo que no se debe apartar, porque en la lengua antigua de Castilla Nuño y Martín son una misma cosa. Lo sobredicho se hizo con autoridad de don Juan Núñez de Prado, maestre de Calatrava, a quien por sus antiguas constituciones estaban sujetos los caballeros de Alcántara.

 

Tratábase con grande calor lo tocante a la guerra de los moros; para ella de todo el reino se juntaba grande ejército en Sevilla. Apercibióse brevisimamente el rey de Castilla, porque tuvo nuevas que Abomelique era de África pasado por el Estrecho con cinco mil hombres de a caballo; era ya cumplido el tiempo de las treguas, y convenía que con la presteza se impidiese el intento de los moros. Hízose entrada en el reino de Granada, talaron los campos de Antequera y Archidona, y apenas las mismas ciudades se libraron de esta furia. Lo mismo se hizo en los términos de Ronda; y por el esfuerzo de don Juan de Lara y de don Juan Mauuel y del maestre de Santiago fue desbaratada gran multitud de moros que salieron de aquella ciudad a dar y cargar en nuestra retaguardia, en que iban estos capitanes. Ejecutaron los vencedores el alcance; muchos moros, que se recogieron a ciertas breñas, forzados del miedo, se despeñaron de aquellos riscos por salvarse y se hicieron pedazos. Con esto los cristianos se volvieron a Sevilla; y de allí se enviaron muchas guarniciones para guardar las fronteras contra los moros.

 

Vino en esta sazón el almirante de Aragón Gilaberto con doce galeras y orden de su rey que se juntase con la armada del rey de Castilla y guardase el estrecho de Gibraltar. La falta de dineros era grande; para suplir esta necesidad en el mes de septiembre fue el rey a las Cortes que tenía aplazadas para Madrid. Dejó por general en su lugar al maestre de Santiago, repartió otrosí entre los demás grandes, ricos hombres y capitanes el cuidado de lo que en su ausencia hacerse debía. En Nebrija,

 

 

 

 

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villa puesta a la boca de Guadalquivir, sentada en una campaña fertilísima, tenían juntada gran copia de trigo para el gasto de la guerra. Los moros, cobrada osadía con la partida del rey, se concertaron de ir sobre esta villa y tomarla. Sabido esto por los nuestros, fueles forzado, puesto que era en el rigor del invierno, de sacar las guarniciones y compañías de los alojamientos. Abomelique, resuelto de hacerles rostro, asentó sus reales junto a Jerez, y envió mil quinientos caballos a Nebrija. Los de la villa se defendieron; robaron empero los moros y estragaron los campos. Acudieron a la fama de lo que pasaba de Tarifa Fernán Pérez Portocarrero, y de Sevilla Alvar Pérez de Guzmán y don Pedro Ponce de León, señores principales; y el maestre de Alcántara con su gente, con que entrara a hacer cabalgadas en tierra de moros, se juntó con estos capitanes; pequeño número en comparación de la grande muchedumbre de los moros. Marcharon de día y de noche; vinieron a alcanzar cerca de Arcos a los mil quinientos moros, que caminaban muy despacio por ir embarazados con la grande presa que llevaban. Dieron con grande furia en ellos y los desbarataron, apenas escapó ninguno que no fuese muerto o preso, quitáronles toda la cabalgada que llevaban.

 

Con tan dichoso y buen suceso animados los nuestros, entraron en consejo si acometerían a Abomelique, hecho que no era proporcionado con el pequeño número de gente que llevaban. Los pareceres variaban; unos, considerada la gran multitud de los moros, eran de parecer que no tentasen más la fortuna; otros con ánimo feroz y generoso decían que no debían de tener miedo a los moros, sino que, confiados en Dios y en el valor y esfuerzo de sus soldados, no perdiesen tan buena ocasión como se les presentaba de hacer un hecho memorable; que no vence el número sino el ánimo, y que no era razón que en semejante coyuntura dejasen de arriscar sus personas y vidas, que tan poco les podían durar. Siguióse al fin esto parecer; la honrosa vergüenza pudo más que la cobardía recatada. Los moros, descuidados con los prósperos sucesos pasados, levantado su real, con grandísimo desorden marchaban la vía de Arcos sin llevar adalides ni centinelas; infinitas veces ha sido total perdición menospreciar al enemigo. Los cristianos al amanecer entre dos luces, tocada la señal de arremeter, hirieron valerosamente en los moros; a la pasada de un río quinientos moros hicieron un poco de resistencia, pero luego que los nuestros le pasaron, todolo demás fue fácil; en un momento los moros fueron puestos en huida y destrozados. Abomelique, como suele acaecer en un repentino

 

 

 

 

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alboroto, huía a pie; así, sin ser conocido fue muerto por los que seguían el alcance, que cuidaron fuese algún soldado particular; su primo Alistar al tanto murió en la batalla; perecieron cerca de diez mil moros, tal fama corría. Los nuestros, robados los reales y el carruaje de los enemigos y alegres con las dos victorias que ganaron, con mucha honra y contento volvieron sus soldados a los alojamientos de que los sacaron.

 

Este año el arzobispo de Tarragona celebró concilio provincial en Barcelona, y en él con una solemnísima procesión el cuerpo de santa Eulalia se trasladó a otro más honrado y conveniente lugar. El rey de Aragón fue a Aviñón a dar al papa la obediencia y reconocerle y hacer el homenaje que tenía obligación, como feudatario de la Iglesia por las islas de Cerdeña y Córcega.

 

 

 

 

VII. Que los moros fueron vencidos junto a Tarifa

 

La muerte de Abomelique fue muy llorada y plañida en África. Su padre la sintió ternísimamente; dolíanse y querellábanse que con su temprana y arrebatada muerte no había podido llegará ser tal rey como prometían sus buenas partes. Con esto muy más inflamados y deseosos de vengarle, se dieron gran prisa a aprestar la jornada que tenían pensado hacer en España. Para ello hicieron por todo el reino grandes llamamientos de gentes, y por toda la África enviaron asimismo ciertos hombres, que con muestra de santidad, con pretexto y color de religión y de no grande servicio de Dios incitasen los moros a tomar las armas en defensa y aumento de la religión y secta de sus antepasados. Con esta voz se juntó un increíble número de soldados, setenta mil de a caballo y cuatrocientos mil de a pie, muchedumbre tan grande, cual es cosa averiguada nunca alguno de los pasados reyes juntaron para pasar en España. Recogieron otrosí una flota de doscientas cincuenta naves y setenta galeras, armáronla de soldados y abasteciéronla de vituallas y de todo lo al.

 

Estaba el rey de Castilla con gran congoja y cuidado de la defensa que tenía de hacer a los moros cuando le sobrevino otra nueva pesadumbre. Diéronle grandes querellas de don Gonzalo Martínez o Núñez, maestre de Alcántara. Acusábanle de muchos delitos, no sabré decir si fueron verdaderos o falsamente imputados; fue empero citado a que pareciese

 

 

 

 

 

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ante el rey en Madrid a responder a la acusación que le ponían y descargarse. Tuvo en poco el mandato del rey, y no quiso parecer, sino pasarse al rey de Granada, que fue remediar una culpa con otra mayor. No se sabe si esto lo hizo por tener mal pleito o con temor del poder y asechanzas de doña Leonor de Guzraan, que le era contraria. Demás de esto, el general de la armada del rey de Aragón, saltado que hubo con su gente en la playa de Algeciras, fue muerto con una saeta en una escaramuza que trabó con los moros. Sin embargo, venida la primavera, se partió el rey a la Andalucía, y los designios del maestre don Gonzalo, con la diligencia y presteza que se puso, fueron desbaratados. Cercáronle en Valencia, pueblo que cae en el distrito de la antigua Lusitania; rindióse al rey, fue preso y dado por traidor, y como tal degollado y quemado, a propósito todo que los demás escarmentasen con un castigo tan grande. Fue elegido en su lugar don Nuño Chamizo, varón de conocida virtud y grandes prendas.

 

Comenzaba Albohacen a pasar su ejército en España; envió delante tres mil caballos, que para hacer demostración de su esfuerzo corrieron la tierra de Arcos, Jerez y Medina Sidonia, y les talaron los campos; más como se volviesen con grande presa, salieron los de Jerez a ellos, cargaron de sobresalto sobre los que iban descuidados y seguros, desbaratáronlos y quitáronles la presa con muerte de dos mil de ellos. En este comedio, gastados cinco meses en pasar el estrecho, todo el ejército de los moros se juntó cerca de Algeciras por negligencia del almirante Tenorio. Todo el pueblo le cargaba la culpa de que él les pudo estorbar el paso. Verdad es que muchas veces el pueblo con envidia a ingrato ánimo se queja de los hombres valerosos. No pudo sufrir esta afrenta el feroz corazón del Almirante. Atrevióse a pelear con toda la armada de los enemigos, recibió una grande rota, murió él en la batalla y fue echada a fondo su armada. Salváronse solamente cinco galeras, que huyendo aportaron a Tarifa.

 

El rey se hallaba suspenso entre dos dificultades que le tenían puesto en gran cuidado; por una parte temía no le sucediese a España algún gran desastre; por otra el deseo de ganar honra y fama le solicitaba. En Sevilla, donde proveía las cosas necesarias para la guerra, acordó de hacer junta de los prelados y grandes del reino para consultar lo tocante a la guerra. Desque estuvieron juntos, puesta la espada a la mano derecha y la corona a la siniestra, sentado en su real trono les hizo una plática en esta manera:

 

 

 

 

 

 

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«Parientes y amigos míos, ya veis el peligro en que está todo el reino y cada uno en particular. Pienso también que no ignoráis en qué estado estén nuestras cosas. Desde mis primeros años juntamente con el reino me han fatigado continuas congojas y afanes; así lo ha ordenado Dios; dame con todo eso mucha pena que nuestros pecados los hayan de pagar los inocentes. Aún no teníamos bien sosegados los alborotos del reino, cuando ya nos hallamos apretados con la guerra de los moros, la más pesada y de temer que España ha tenido. Mis tesoros consumidos y nuestros súbditos cansados con tantos pechos, sólo en mentarles nuevos tributos se exasperan y azoran. Por ventura ¿será bien hacer paz con los moros? Pero no hay que fiar en gente sin fe, sin palabra y sin religión. ¿Pediremos socorro fuera de nuestros reinos? No era malo, más a los reyes nuestros vecinos se les da muy poco del peligro y necesidad en que nos ven puestos. ¿Tendremos confianza de que Dios nos ayudará y hará merced? Temo que le tenemos mal enojado con nuestros pecados y que no nos desampare. No llega mi prudencia ni consejo a saber dar corte y remedio conveniente a tan grandes dificultades. Vos, amigos míos, a solas lo podréis consultar y conforme a vuestra mucha prudencia y discreción veréis lo que se debe hacer, que para que con mayor libertad digáis vuestros pareceres yo me quiero salir fuera. Sólo os advierto miréis que de vuestra resolución no se siga algún grave peligro a esta corona real ni a esta espada deshonra ni afrenta alguna; la fama y gloria del nombre español no se mengüe ni oscurezca».

 

Ido el rey, hubo varios pareceres entre los que quedaron; los más prudentes afirmaban que las fuerzas del rey no eran tantas que pudiesen resistir al gran poder de los moros; que sería acertado hacer paz con el enemigo con algunos partidos razonables. Otros con mayor esfuerzo, deseosos de ganar honra y fama, fueron de voto que la guerra pasase adelante; decían no poderse hacer paz alguna que no fuese deshonrada y que les estuviese muy mal, porque de necesidad las condiciones de ella serían a gusto y ventaja del enemigo. Siguióse este parecer, y todos fueron de acuerdo que se procurase solicitar los reyes de Aragón y de Portugal para que juntasen sus gentes y armas con las del rey. Rehízose la armada en el puerto de Sanlúcar y diose el cargo de ella a don Alfonso Ortiz Calderón, prior de San Juan. El rey de Aragón envió su armada con el capitán Pedro de Moncada. Los genoveses a costa del rey de Castilla ayudaron con quince galeras. Juan Martínez de Ley va fue por embajador

 

 

 

 

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al sumo pontífice para alcanzar indulgencia a los que se hallasen en esta santa guerra. El papa vino en ello, y a todos los que tres meses sirviesen en ella a su costa, les concedió la cruzada y jubileo plenísimo y remisión de todos sus pecados, y cometió la publicación de estas indulgencias a don Gil de Albornoz, arzobispo de Toledo. Para ganar al rey de Portugal el rey de Castilla dio licencia para que doña Costanza, hija de don Juan Manuel, se enviase a Portugal y se desposase con el infante don Pedro. Así se celebraron las bodas en Ébora con real majestad y aparato; la dote fueron trescientos mil ducados. Demás de esto, doña María, reina de Castilla, por mandado del rey, tu marido, fue a Portugal a suplicar al rey, su padre, quisiese juntar sus fuerzas con las de Castilla y ayudar on esta santa demanda. Su padre se lo otorgó y prometió de por su propia persona hacer el socorro que le pedían. Luego con el capitán Pecano, que ya estaba suelto de la prisión, envió de Portugal doce galeras. El rey de Castilla, por gratificar al rey de Portugal y sanarle más la voluntad, se partió a Portugal y se hablaron junto a Juramena, pueblo sentado a la ribera de Guadiana. Quedaron los reyes muy amigos, olvidadas ya todas las antiguas querellas que entre sí tenían; que el miedo suele ser más poderoso que la ira.

 

En el entre tanto de todas partes acudían a Sevilla muchas gentes de guerra. Juntábase el ejército tanto con mayor prisa y diligencia, porque vino aviso que Albohacen y el rey de Granada tenían cercada a Tarifa. Sentaron sobre ella sus reales en 23 de septiembre; combatíanla furiosamente con trabucos, con mantas y picos, con que pretendían arrimarse a los adarves y hacer entrada; para acrecentar el miedo a los cercados edificaban grandes torres de modera, y aunque los cerrados tenían buena guarnición, teníase miedo que no podrían mucho tiempo sufrir el cerco. El rey, temeroso no entregasen la ciudad, por este temor con mucha diligencia solicitaba el socorro, y a los cercados se les daba cierta esperanza da brevemente acudirles. Después que el rey tornó a Sevilla, dende a pocos días llegó el rey de Portugal con mil caballos, gente de estimar más por su esfuerzo y valor que por el número, que era pequeño. Puestas en orden y apercibidas todos las cosas necesarias para la jornada, partieron de la ciudad de Sevilla, donde se hacía la masa, con determinación de forzar al enemigo a que levantase el cerco a darle la batalla. Tenían grande ánimo y esperanza de alcanzar victoria, no obstante que apenas tenían la cuarta parte de gente que los moros. Los de a caballo

 

 

 

 

 

 

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eran catorce mil, y los de a pie serían hasta veinticinco mil. Con este ejército marcharon poco a poco la vía de Tarifa.

 

Los reyes moros, avisados riel designio que los nuestros llevaban, pegaron fuego a las máquinas y torres con que combatían la ciudad; y por si se viniese a las manos, para mejorarse de lugar ocuparon con sus gentes unos cerros cercanos a sus reales. No se fortificaron mucho, por tener entendido que consistía la victoria en venir luego a las manos. Llegaron los nuestros a una aldea que se llama la Peña del Ciervo; allí descubrieron los enemigos y se hizo consejo de capitanes para consultar lo que se debía hacer. Tomóse resolución que a la media noche se enviasen a Tarifa mil caballos y cuatro mil infantes para que estuviesen de guarnición y asegurasen la plaza; juntamente llevaban orden al tiempo de la pelea de acometer a los enemigos por un lado y echarlos de los cerros; a los demás se les mandó que descansasen y tomasen refresco y que estuviesen apercibidos para dar al amanecer en los enemigos. Hubo grande regocijo aquella noche en nuestros reales; hiciéronse muchos votos y plegarias y a bandas y escuadras se prometían y conjuraban de en los peligros favorecerse los unos a los otros y de no volver a sus casas sino era con la victoria.

 

Al apuntar del alba los reyes y con su ejemplo los demás del ejército confesaron y recibieron el santísimo sacramento de la Eucaristía; luego se formaron los escuadrones en orden de batalla. Diose la vanguardia a don Juan de Lora y a don Juan Manuel y al maestre de Santiago; la retaguardia se encomendó a don Gonzalo de Aguilar; don Pero Núñez quedó de respeto con buen golpe de gente de a pie. El cuerpo y fuerzas del ejército quedó a cargo de los reyes, acompañados del arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz y de otros obispos y grandes del reino. El pendón de la cruzada por mandado del papa le llevaba un caballero francés, llamado Jugo; todos los soldados iban señalados con una cruz colorada en los pechos como aquellos que iban a pelear contra los infieles en defensa de la religión y de la cruz. El rey de Portugal tomó a su cargo de acometer al rey de Granada; hacíanle compañía con su gente los maestres de Alcántara y de Calatrava. El rey de Castilla, ya que tenía las haces en orden y a punto de arremeter contra Albohacen, animó a los suyos y los inflamó a la batalla con estas razones:

 

«Tened por cierto, mis caballeros, y creedme que esta desordenada muchedumbre de bárbaros, allegada de muchas gentes sin delecto ni

 

 

 

 

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orden alguno, la ha traído a nuestra España una profunda avaricia y una sed insaciable de reinar y un mortal e implacable odio que tiene al nombre cristiano, y no alguna justa causa que tengan para movernos guerra. No os atemorice su innumerable multitud, porque ella misma los ha de destruir. Los unos a los otros se embarazarán de manera, que ni podrán guardar sus ordenanzas ni entender lo que se les mandare. Cuanto cada uno se mostrare más sin miedo y cuidare menos de su persona, tanto estará más seguro, que a ninguno le está bien poner la esperanza de su vida en los pies, sino en sus manos y esfuerzo; volved valerosamente la cara al enemigo, y no las espaldas ciegas para ser heridas de los contrarios. Vémonos en tiempo que, o hemos de darnos por esclavos a los moros, o tenemos de pelear animosamente por la patria, por nuestras mujeres e hijos y por nuestra santísima fe con cierta y no vana esperanza de alcanzar una gloriosísima victoria, que si otra cosa sucediere, ¿dónde con mayor provecho ni más honradamente podemos arriscar las vidas que mañana se han de acabar? ¿Qué cosa nos puede ser más saludable que con un brevísimo dolor ganar aquellas perpetuas sillas celestiales? Que es lo que aquella santísima cruz nos promete, a quien tenemos por amparo y guía en esta jornada, y lo que los obispos nos aseguran y conceden. Ea pues, soldados y amigos, alegres y sin ningún recelo acometed y herid en vuestros mortales enemigos».

 

Dada la señal, luego empezaron los escuadrones a adelantarse y moverse hacía el enemigo. Corría entre los dos campos un río que llaman el Salado, de quien esta memorable batalla y victoria tomó el nombre, que se llamó la del Salado, y desde a poco espacio entra en el mar. Los que primero lo pasasen eran los primeros a pelear. Envió el rey bárbaro dos mil jinetes para que estorbasen el paso. Entre tanto él, arrogante y muy hinchado con la esperanza de la victoria, que ya tenía por suya, habló a sus escuadrones en esta manera:

«Si mirara solamente o nuestra edad y a los grandes hechos que en África hemos acabado, ninguna cosa nos faltaba ni para gozar de esta vida, ni para que de nosotros en los venideros tiempos quedase un glorioso nombre y perpetua fama, pues con vuestro esfuerzo, valerosos soldados, tenemos ya sujetas todas las provincias que con nuestro imperio confinan. El amor de nuestra nación y el deseo del aumento de nuestra sagrada y paterna religión y vuestros ruegos me hicieron pasar en España. Cosa fea sería no cumplir en la batalla lo que en tiempo de la paz

 

 

 

 

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me tenéis prometido, y mal parecerá ser flojos en la pelea y en sus casas hacer grandes amenazas y blasones. Cuando nuestros enemigos fueran otros tantos como nos, estuviera yo en vuestro valor bien confiado; cuando el peligro fuera cierto, sin duda tuviera por mejor quedar todos muertos en el campo que mostrar ninguna flaqueza. Al presente tenéis llana la victoria, nuestros enemigos son pocos, mal armados, sin disciplina militar y con menos uso de la guerra; lo que más al presente se puede temer es no sea caso de menos valer venir a las manos con gente semejante aquellos que han domado la poderosa África, pues de cualquiera manera que a ellos les avenga, les será mucha honra contrastar con nosotros. Tened presentes aquellas insignes victorias de Fez, de Tremecén y del Algarve. Pelead con aquel ánimo y con aquella confianza que es razón tengan concebida en sus pechos los que están acostumbrados a vencer. Acometed con gallardía, tened firme en los peligros, menospreciad vuestros enemigos y aún la misma muerte».

 

De parte de los cristianos guiaron al río y llegaron los primeros don Juan de Lara y don Juan Manuel. Estuvieron un rato parados, no se sabe si de miedo, si por otra ocasión; pero es cierto que se sospechó y derramó por todos los escuadrones que estaban conjurados y que lo hacían de propósito. Los dos hermanos Lasos, Gonzalo y García, pasado un pequeño puente, fueron los primeros que comenzaron a pelear. Cargó muy mayor número de enemigos que ellos eran; estaban estos caballeros muy apretados, socorriólos Alvar Pérez de Guzmán, siguiéronles los demás. El rey de Portugal caminaba a la parte siniestra por la ladera de los cerros. El rey de Castilla, con un poco de rodeo que hizo la vuelta de la marina, con grande ímpetu dio en los moros. Alzaron de ambas partes grandes alaridos, animábanse unos a otros a la batalla, peleábase por todas partes valerosamente. Detiénense los escuadrones y a pie quedo se matan, hieren y destrozan. Los capitanes hacen pasar los pendones y banderas a aquellas partes donde es la mayor prisa de la batalla y donde ven que los suyos tienen mayor necesidad de ser acorridos. Ciertas bandas de los nuestros se apartaron de la hueste por sendas que ellos sabían; dieron en los reales de los moros, y desbaratada la guarnición que los guardaba, se los ganaron. Destruyeron y robaron cuanto en ellos hallaron. Visto esto por los moros que andaban en la batalla, y hasta entonces se defendían valientemente, comenzaron a desmayar y retraerse, y a poco rato volvieron las espaldas y fueron puestos en huida. Fue grande la matanza que se hizo, murieron en

 

 

 

 

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la batalla y en el alcance doscientos mil moros, cautivaron una gran multitud de ellos; de los cristianos no murieron más de veinte, cosa que con dificultad se puede creer y que causa grande espanto.

 

Los soldados de la armada fueron de poco provecho, porque todos los aragoneses, sin faltar uno, se estuvieron dentro de sus naves. No se hallaron los navarros en esta batalla, porque su rey don Felipe se hallaba embarazado en las guerras de Francia. Era gobernador de Navarra Reginaldo Ponclo, hombre de nación francés. Don Gil de Albornoz, arzobispo de Toledo, nunca se quitó del lado del rey de Castilla, que siendo en la batalla casi desamparado de los suyos, se iba a meter con grande furia donde se veía el mayor golpe de los moros, mas el arzobispo le echó mano de brazo y le detuvo. Díjole con una grande voz no pusiese en contingencia una victoria tan cierta con arriscar inconsideradamente su persona.

 

Ganóse esta batalla el año de 1340 de nuestra salvación. Del día varían los historiadores, empero nosotros de certísimos memoriales tenemos averiguado que esta nobilísima batalla se dio lunes, 30 de octubre, como está señalado en el Calendario de la iglesia de Toledo, do cada año por antigua constitución con mucha solemnidad y alegría se celebra con sacrificios y hacimiento de gracias la memoria de esta victoria.

 

 

 

 

VIII. De lo restante de esta guerra

 

Los moros, vencidos y desbaratados, se recogieron a Algeciras; desde allí, por no confiarse de la fortificación de aquella ciudad, con temor de ser asaltados de los nuestros, el rey de Granada se fue a Marbella, y Albohacen a Gibraltar, y la misma noche se pasó en África por miedo que su hijo Abderramán, a quien dejara por gobernador del reino, no se alzase con él cuando supiese la pérdida de la batalla; que los moros no guardan mucho parentesco ni lealtad con padres, hijos ni mujeres; cásanse con muchas, según la posibilidad y hacienda que cada uno alcanza, y con la multitud de ellas y de los hijos se mengua y divide el amor, y las unas y las otras se estiman y quieren poco. Así, Albohacen no sintió mucho le hubiesen cautivado en esta batalla a su principal mujer Fátima, hija del rey de Túnez, y otras tres de sus mujeres y a Abohamar, su hijo; otros dos

 

 

 

 

 

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hijos de Albohacen fueron muertos en la batalla. Los reales de los moros se hallaron llenos de todo género de riquezas, así del rey como de particulares, costosos vestidos, preseas y tanta cantidad de oro y plata, que fue causa que en España abajase el valor de la moneda y subiese el precio de las mercadurías.

 

Nuestros reyes victoriosos se volvieron la misma noche a los reales; de los soldados, los que ejecutaron el alcance volvieron cansados de herir y matar; otros que tuvieron más codicia que esfuerzo, tornaron cargados de despojos. El día siguiente se fueron a Tarifa, repararon los muros que por muchas partes quedaron arruinados, abasteciéronla y pusieron en ella un buen presidio. El miedo que tenían los moros era grande, y parece fuera acertado poner luego cerco sobre Algeciras; pero desistieron de la conquista de aquella ciudad a causa que no venían apercibidos de mantenimientos y mochila sino para pocos días, de que se comenzaba a sentir falta. Por esto y porque ya entraba el invierno, les fue forzoso a los reyes volverse a Sevilla.

 

Allí fueron recibidos con pompa triunfal; saliólos a recibir toda la ciudad, niños y viejos, eclesiásticos y seglares y todos estados de gente. Llamábanlos con alegres y amorosas voces augustos, libertadores de la patria, defensores de la fe, príncipes victoriosos. En toda España se hicieron muchas procesiones para dar gracias a Dios, nuestro Señor, por tan alta victoria como les diera, grandes fiestas y alegrías y luminarias por todos el reino. El rey de Portugal de toda la presa de los moros tomó algunos jaeces y alfanjes para que quedasen por memoria y señal de tan insigne victoria. Dierónsele algunos esclavos y volvióse a su reino, ganada grande fama y renombre de defensor de los cristianos y de capitán valeroso. Acompañóle su yerno el rey de Castilla hasta Cazalla de la Sierra. De la presa de los moros envió o Aviñón al papa Benedicto en reconocimiento un presente de cien caballos con sendos alfanjes y adargas colgados de los arzones, y veinticuatro banderas de los moros y el pendón real y el caballo con que el mismo rey don Alonso entró en la batalla y otras cosas. Salieron un buen espacio los cardenales a recibir el embajador, por nombre Juan Martínez de Leyva, que llevaba este mandado. El papa, después de dicha la misa, como es de costumbre, en acción de gracias a nuestro Señor delante de muchos príncipes y de toda la corte predicó y dijo grandes cosas en honra y alabanza del rey don Alonso.

 

 

 

 

 

 

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Después de esto hizo el rey de Castilla almirante del mar a un caballero genovés, llamado Gil Bocanegra, y le encomendó guardase el estrecho de Gibraltar, porque los moros no rehiciesen su armada y volviesen a entrar en España; esto por gratificar a los genoveses lo que sirvieron en esta jornada, y también porque, como era acabada la guerra, no mandasen volver sus galeras, como lo hicieron los aragoneses y portugueses, bien que después las volvieron a enviar en mayor número que de antes a instancia y ruego del mismo rey de Castilla, que se recelaba, y con él todos los hombres inteligentes y de más prudencia juzgaban que los moros no sosegarían, sino que, rehecho que hubiesen su ejército, a la primavera volverían a España y acometerían de nuevo su primera demanda.

 

 

 

 

IX. Del principio de las alcabalas

 

Libres de un miedo tan grande, así el rey como los españoles, por la victoria que ganaron a los moros cerca de Tarifa, crecióles el ánimo y deseo de desarraigar del todo las reliquias de una gente tan mala y perversa. Trataban de llegar dinero para la guerra, que se entendía sería larga. El oro y plata que se ganó a los moros lo más de ello se despendió en hacer mercedes y premiar los soldados y en pagarles el sueldo que se les debía. El reino se hallaba muy falto y gastado con los tributos y pechos ordinarios; solos los mercaderes eran los que restaban libres, ricos y holgados; todos los demás estados pobres y oprimidos con lo mucho que pechaban. En Ellerena y en Madrid concedió el reino un servicio extraordinario, de que se llegó una razonable suma de dinero, pero era muy pequeña ayuda para tan grandes gastos como tenían hechos y se recrecían de nuevo.

 

Sin embargo, en el principio del año de nuestra salvación de 1341 desde Córdoba, do se mandó juntar el ejército, se hizo entrada en el reino de Granada; alcanzaron una famosa victoria, más con industria y arte que con poder y fuerzas; enviaron algunas naves cargadas de mantenimientos para desmentir al enemigo con dar muestra que se quería poner cerco sobre Málaga; ocupáronse los moros y embebeciéronse en abastecerla, y luego el rey de improviso cercó a Alcalá la Real, que se le entregó a

 

 

 

 

 

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partido en 26 de agosto, con que dejase salvos y libres a los de la villa. Causó esta pérdida grande dolor a los moros por ver como fueron engañados. Tomada esta villa, Priego, Rutes, Benamejir y otras villas y castillos de aquella comarca se rindieron al rey, unas de ellas por su voluntad se entregaron, y otras fueron entradas por fuerza; sucedían a los vencedores todas las cosas prósperamente, y a los vencidos al contrario; así acontece en la guerra. Volvióse el ejército a invernar, y en lugares convenientes se dejaron presidios para que guardasen las fronteras.

 

Tenía el rey puesto todo su cuidado y pensamiento en cercar a Algeciras y en allegar para ello dineros de cualquiera manera que pudiese. Aconsejáronle que impusiese un nuevo tributo sobre las mercadurías. Esta traza, que entonces pareció fácil, después el tiempo mostró que no carecía de graves inconvenientes. Es tan corto el entendimiento humano, que muchas veces viene a ser dañoso aquello que primero se juzgó prudentemente que sería provechoso y saludable; tomado este consejo, el rey se partió para Burgos, ciudad principal; dejó la frontera encargada al maestre de Santiago. Tuvo la pascua de Navidad en Valladolid en el principio del año de 1342. Llamó el rey a Burgos muchos grandes y prelados, y en particular a don Gil de Albornoz, arzobispo de Toledo, y a don Juan de Lara y a don García, obispo de Burgos, para que terciasen y granjeasen las voluntades. Por la grande instancia que el rey y estos señores hicieron, los de Burgos concedieron al rey la veintena parte de lo que se vendiese para que se gastase en la guerra de los moros; concedióse otrosí por tiempo limitado, tan solamente mientras durase el cerco de Algeciras. A imitación de Burgos concedieron lo mismo los de León y casi todas las demás ciudades del reino. El ardiente deseo que entonces todos tenían de acabar la guerra de los moros los allanaba, ninguna cosa les parecía demasiada. Adelante, perdido ya el miedo, el uso ha enseñado cuán oneroso sea este tributo si por rigor se cobrase. Los ministros reales por granjear el favor del rey procuraban acrecentar las rentas reales con mucha industria. El próspero suceso de muchos que han seguido este camino hace que sean muy validas mañas semejantes. Llamóse este nuevo pecho o tributo alcabala, nombre y ejemplo que se tomó de los moros.

 

Alentaron al reino para que esto concediese unas nuevas que a esta sazón vinieron que los nuestros habían vencido la armada de los moros. Estaban en Ceuta en la costa de África ochenta y tres galeras para renovar la guerra, y en el puerto de Bullon otras doce. A estas, diez galeras

 

 

 

 

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nuestras que sobrevinieron a la primavera, antes que tuviesen tiempo de poderse juntar con las demás de su armada las embistieron y destrozaron; después toda la armada de los moros, que aportó a la boca del río Guadamecil, fue vencida en una muy reñida y memorable batalla. Tomaron y echaron a fondo veinticinco galeras de los enemigos, y mataron dos generales, el de África y el de Granada. No se hallaron en esta batalla las galeras de Aragón; verdad es que al volver de Aragón, do eran idas, vencieron junto a Estepona trece galeras que encontraron de los moros, cargadas de bastimentos. Rindieron cuatro de ellas y echaron dos al fondo. Las demás se pusieron en huida y se salvaron en la costa de África. No parecía sino que la tierra y el mar de acuerdo favorecían y ayudaban a la felicidad y fortaleza de los cristianos. Diéraseles mayor rota si en Guadamecil fueran por mar y por tierra acometidos los moros. Con determinación de hacerlo así era ido el rey a muy largas jornadas a Sevilla y después a Jerez, en do le dieron la nueva de la victoria. Un caso que sucedió forzó a los nuestros a dar la batalla. En la menguante del mar quedaron encalladas en unos bajíos tres naves de las nuestras, y como los moros las acometiesen, fue forzoso para defenderlas trabar aquella batalla muy reñida y porfiada.

 

 

 

 

X. Del cerco de Algeciras

 

Con tantas victorias como por mar y por tierra se ganaran, tenían esperanza que lo restante de la guerra se acabaría muy a gusto; nuestra armado estaba junto a Tarifa en el puerto de Jatarez. Allí fue el rey con el deseo grande que tenía de conquistar a Algeciras para por mar reconocer el sitio de ella y la calidad de su tierra. Parecióle que era una principal ciudad, y su campaña muy fértil, y los montes que la cercaban hermosos y apacibles; veíanse muchos molinos, aldeas y casas de placer esparcidos por aquellos campos cuanto la vista podía alcanzar. Con esto, y con que de los cautivos se sabía que la ciudad no estaba bien abastecida de trigo, se encendió mucho más el ánimo del rey en el deseo de ganarla y quitar a los moros una guarida tan fuerte y segura como allí tenían; que ganada, todo lo demás juzgaba le sería fácil. Este ardor y deseo del rey le entibiaba el verse con pequeño ejército y pocos bastimentos; más no obstante esto, con

 

 

 

 

 

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grande presteza juntó algunas compañías de los pueblos comarcanos y llamó de por sí a muchos grandes. Vino el arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz, don Bartolomé, obispo de Cádiz, y los maestres de Calatrava y Alcántara con buena copia de caballeros. Los concejos de Andalucía, movidos con el deseo grande que tenían de que esta conquista se hiciese, enviaron a su costa más gente de aquella que por antigua costumbre tenían obligación de enviar. Y como quier que al que desea mucho una cosa cualquiera pequeña tardanza se le hace muy larga, el rey para proveer bastimentos y municiones y lo demás necesario a esta guerra se partió a la ciudad de Sevilla.

 

Habíanse juntado dos mil quinientos caballos y hasta cinco mil peones; con este ejército se puso el cerco a Algeciras en 3 del mes de agosto. La guarda del mar se encomendó a las armadas de Castilla y de Aragón, porque los portugueses, después de la batalla que se dio en el río Guadamecil, se volvieron a Portugal sin que en ninguna manera pudiesen ser detenidos. Entendíase que los cercados, confiados en la fortaleza de la ciudad y en la mucha gente que en ella tenían, no se querían rendir ni entregar la ciudad. Era la guarnición ochocientos hombres de a caballo y al pie de doce mil flecheros, bastante número, no solo para defender la ciudad, sino también para dar batalla en campo abierto. Hacían los moros muchas salidas, y con varios sucesos escaramuzaban con los nuestros; ganóseles la torre de Cartagena, puesta cerca de la ciudad. El rey estuvo un día en harto peligro de ser muerto con un puñal que para ello un cautivo arrebató a un soldado; hiriérale malamente, si de presto no se lo estorbaba los que se hallaron con él. Entendíase que el cerco iría muy a la larga; comenzaron a traer madera y fagina, y hacer fosos y trincheras, que servían más de atemorizar los cercados que no de provecho alguno. Entre tanto que en esto andaban, en el mes septiembre, con grandísimo pesar del rey, la armada de Aragón se fue con achaque de la guerra de Mallorca, para donde el rey de Aragón se apercibía. Verdad es que después a ruegos del rey de Castilla le envió diez galeras de socorro con el vicealmirante Mateo Mercero. Desde algunos días le socorrió de otras tantas con el capitán Jaime Escrivá, ambos caballeros valencianos.

 

Murió a esta sazón el maestre de Santiago de una larga enfermedad, varón en paz y en guerra muy señalado, y en este tiempo por la privanza que tenía con el rey muy estimado. Diose esta dignidad en los mismos reales a don Fadrique, hijo del rey, si bien por su poca edad aún no era

 

 

 

 

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suficiente para el gobierno de la religión. En el mes de octubre sobrevinieron tan grandes lluvias, que todo cuanto tenían en los reales destruyó y echó a perder. Comenzaron asimismo a sentir muchas descomodidades, en particular era grande la falta de dinero; que, por estar el reino muy falto y gastado, le fue forzoso al rey de pedirle prestado a los príncipes amigos, al papa Clemente VI, que sucedió a Benedicto, a los reyes de Francia y de Portugal. Don Gil de Albornoz, arzobispo de Toledo, fue para esto con embajada a Francia. Prestó aquel rey cincuenta mil escudos de oro; veinte mil se dieron luego de contado, lo demás en pólizas para que a ciertos plazos se pagasen en bancos de Génova. El papa Clemente VI al tanto otorgó cierta porte de las rentas eclesiásticas. Era esto pequeño subsidio para tan grandes empresas; pero la constancia grande del rey lo vencía todo.

 

Los cercados, por entender que mientras el rey viviese no podían tener sosiego ni seguridad, hicieron grandes promesas a cualquiera que le matase. Decían que se haría un gran servicio a Mahoma en matar a un tan gran enemigo de los moros. No faltaban algunos que con semejante hazaña pensaban quedar famosos y ennoblecidos sin temor del riesgo a que ponían sus vidas, que es lo que suele ser estorbo para que no se emprendía grandes hechos. Un moro, tuerto de un ojo, que fue preso, confesó venía con intento de matar al rey, y que otros muchos quedaban hermanados para hacer lo mismo. Así lo confesaron dende a pocos días otros dos moros que fueron presos y puestos a cuestión de tormento; pero a los que Dios tiene debajo de su amparo los libra de cualquier peligro y desmán.

 

Los reyes moros deseaban socorrer a los cercados. El rey de Marruecos estábase quedo en Ceuta por no estar asegurado de su hijo Abderraman, al cual por este tiempo costó la vida el intentar novedades. El rey de Granada no se atrevía con solas sus fuerzas a dar la batalla a los nuestros; más porque no pareciese que no hacía algo, envió algunas de sus gentes a que corriesen la tierra de Écija, y él fue a Palma, pueblo que está edificado a la junta de los dos ríos Genil y Guadalquivir, saqueó y quemó esta villa. No osó dejar en ella guarnición ni detenerse mucho en aquella comarca, porque tenía aviso que las ciudades vecinas se apellidaban contra él. La otra gente fue desbaratada por Fernando de Aguilar, que salió a ellos y les quitó una grande presa que llevaban.

 

Era ya entrado el año de 1343, y en Algeciras aún no se hacía cosa alguna que fuese de importancia, solamente se entendía en algunos

 

 

 

 

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pertrechos que Íñigo López de Horozco por mandado del rey solicitaba. Hiciéronse fosos, trincheras, y en contorno de la ciudad se labraron unas torres o castillos de madera y trabucos y máquinas para batir los muros. Mas eran tantas las defensas, preparamientos y tiros que de antiguo tenía la ciudad, que con ellos todo el trabajo y diligencia de los nuestros era perdido y sin efecto, y las máquinas las hacían pedazos con piedras que de los muros arrojaban; especial que el lugar no era a propósito para poder cómodamente arrimar las máquinas a la muralla, y ni los soldados podían tenerse en pie por la aspereza del lugar, ni menos sin gran peligro podían andar ni estar en los ingenios.

 

En el estrecho de Glbraltar hay dos senos en el tamaño desiguales, pero de una misma forma. Tarifa está puesta sobre el menor, y un poco apartada estaba Algeciras, asentada sobre el mayor en un cerro de subida agria y pedregosa. Y dejado en medio un espacio, dividíase en dos partes, en la vieja y en la nueva; cada cual tenía sus muros enteros y barbacana, como si fueran dos pueblos. Era esta ciudad en España la silla del imperio africano, nobilísima y hermosísima. La grande diligencia del rey y la guarda de los soldados hacía que no entraban a los cercados bastimentos, excepto algunos pocos que sin verlos, cubiertos con la obscuridad de la noche, les metían en algunas barcas, muy pequeño refrigerio para los que ya padecían hambre y necesidad.

 

 

 

 

XI. De la toma de Algeciras

 

Gastados muchos días y trabajos en el cerco, no se hacía cosa de importancia. Los nuestros se hallaban dudosos y suspensos, pensaban de día y de noche cuál de dos cosas sería la mejor, si levantar el cerco, porque era sin algún provecho el proseguirle y continuar, si esperar el fin de la guerra, que en lo demás les era favorable. El rey se recelaba de perder algo de su honra y reputación, principalmente que ya tenía consumido el dinero que le prestaron el papa y el rey de Francia, que el de Portugal ninguna cosa contribuyó, y tenía faltado bastimentos, y el número delos soldados cada día era menor. Los más sagaces le aconsejaban que hiciese algún buen concierto con el enemigo. Siendo medianero y llevando recaudos de una parte a otra Ruy Pavón, primero se trató de paz, y después de que se

 

 

 

 

 

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hiciesen treguas; pero todos estos tratados salieron vanos por estar puesto el rey de Castilla en no hacer acuerdo ninguno con el rey de Granada, si primero no dejaba la amistad de África, la cual quitada, ¿qué le quedaba al que se sustentaba y entretenía más con las fuerzas ajenas que con las suyas propias?

 

El rey de Granada, perdida ya la esperanza de concertarse con el rey, acercó sus reales al río Guadiarro, a cinco leguas de Algeciras, con que antes daba a entender el miedo que tenía que no que se pensase venía con ánimo de presentar la batalla. En el puerto de Ceuta tenían aprestada una gruesa armada, allegada de las fuerzas de toda la África, para luego que diese lugar el tiempo pasar en España. Venían estos de refresco y descansados; los cristianos se hallaban quebrantados con los continuos trabajos y incomodidades. Las cosas de España, que corrían gran riesgo, los santos patrones de ella las ampararon y la perpetua felicidad y constancia grande con que el rey vencía todos los males y dificultades que ocurrían. Así, en unos mismos días le vino un buen número de gente de socorro de Inglaterra, de Francia y de Navarra, lugares muy apartados los unos de los otros; acudieron muchos señores y nobles a ayudarle. De Inglaterra, con licencia del rey Eduardo, los condes de Arbid y de Soluzber; de Francia el conde de Foix con su hermano don Bernardo y otros que se les juntaron. El papa Clemente VI, lemovicense, que el año antes fue electo en lugar de Benedicto, tenía concedida cruzada a los que se hallasen en esta santa guerra. El rey don Felipe de Navarra en el mes de julio, enviados delante muchos mantenimientos por mar, y dejando mandado le siguiese su ejército por tierra, vino con gran prisa por no dejarse de hallar en la batalla, que corría fama sería muy presto.

 

El rey, como era razón, recibió muy gran contento con la venida de estos príncipes, y a los nuestros con la cierta esperanza de la victoria les creció el ánimo y el aliento para pelear. Vinieron antes don Juan Núñez de Lara y don Juan Manuel, y cada día concurrían nuevas compañías de todo el reino. Los moros, como vieron tan reforzado el ejército del rey, rehusaban dar la batalla. Afrentábalos Albohacen por ello, enviábales a preguntar la causa de su miedo. Respondieron que en la batalla pasada experimentaron harto a su costa cuán grande fuese el esfuerzo y constancia de los cristianos, y que ahora tenían mayores fuerzas, por tener mayor número de soldados que entonces tenían. Que de lejos no se podía dar consejo conveniente al tiempo y ocasiones que ocurrían; si tuviese por

 

 

 

 

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bien de pasar el estrecho, que ellos en ninguna cosa contradirían a su voluntad. Que conservar su ejército en tiempo tan peligroso y aciago les era mucha más honra que pelear temerariamente con el enemigo, más poderoso y más bien afortunado.

 

En el entretanto no dejaban los moros de pedir treguas con muchas embajadas. Quisieron los embajadores ver los reales; otorgó el rey con su deseo. Púsoles en admiración el concierto y buena disposición de los pabellones, los soldados repartidos por sus cuarteles, las calles de oficiales, las plazas como en una ciudad llenas de provisión; parecíales todo tan bien, que confesaron que los nuestros les hacían grande ventaja en la disciplina militar y policía, y que ellos en su comparación sabían poco de aquel menester.

Por el tratado de las treguas no se dejaba de combatir la ciudad con muchas armas y piedras que le arrojaban con los tiros; de la ciudad hacían otro tanto, en especial tiraban muchas balas de hierro con tiros de pólvora, que con grande estampido y no poco daño de los contrarios las lanzaban en los reales. Esta es la primera vez que de este género de tiros de pólvora hallo hecha mención en las historias.

 

En el mes de agosto en Cervera en el condado de Urgel nació un niño con dos cabezas y cuatro piernas. Creyeron aquellos hombres con supersticioso y vano pensamiento que el tal era prodigio que pronosticaba algún mal; por tanto, para evitarle con su muerte le enterraron vivo. Sus padres, conforme a las leyes, fueron castigados como parricidas por ejecutarse esta crueldad con su consentimiento. Este mismo año murió el rey Roberto en Nápoles, más famoso por la afición y estudio de las letras que señalado por el ejercicio de las armas. De este rey fue aquel dicho: «Más quiero las letras que el reino».

 

Volvamos a las cosas de Algeciras. Los soldados extranjeros, en quien los primeros ímpetus son muy fervorosos y con la tardanza se resfrían, se fueron de los reales luego que vino el otoño; los de Inglaterra, llamados de su rey, así quisieron se entendiese, y el conde de Foix, que dio asimismo para irse por excusa el poco sueldo que a sus soldados se daba. Esto se decía; yo sospecho que les hizo volver a su tierra llevar mal los calores que en tiempo del estío hace en el Andalucía y el estar quebrantados con las enfermedades y trabajos de la guerra. Aprueba nuestra conjetura lo que después sucedió, que el conde de Foix a la vuelta murió en Sevilla, y el rey Filipo de Navarra, habida licencia del rey, murió en Jerez. Sucedieron

 

 

 

 

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ambas muertes en el mes de septiembre; sus cuerpos fueron llevados a sus tierras. Con la ida de estos príncipes cobraron avilenteza los enemigos, y mudado parecer, se determinaron de dar la batalla. Sesenta galeras de los moros que en el mes de octubre surgieron en Estepona luego se pasaron a Gibraltar. Corría el río Palmones entre los dos campos, y como dos y tres veces en diferentes días llegasen a encontrarse en el río, finalmente, al pasarle se vino a la batalla, en que los moros mostraron no ser iguales con gran parte a los españoles, ni en fuerzas, ni en esfuerzo, ni en disciplina militar; así, fueron en poco tiempo vencidos y puestos en huida. En la ciudad se padecía extrema necesidad de mantenimientos a causa que nuestra armada en dos veces les tomó dos galeras cargadas de bastimentos. Entraron cinco barcas en el principio del año de 1344, y vueltos estos bajeles a África, dieron aviso que los cercados no se podían ya sustentar más tiempo, ca estaban puestos en tan grande aprieto, que les era fuerza perecer todos o entregar la ciudad.

 

Con esto los moros luego movieron plática y trataron de concertarse. En 26 de marzo se entregó la ciudad con estos partidos: que el rey de Granada, como feudatario del rey de Castilla, pechase las parias que cada año le solía dar antes que se rompiese la guerra; que todos los cercados quedasen libres y pudiesen irse con sus haciendas a donde quisiesen; concertáronse otrosí treguas con los reyes moros por espacio y tiempo de diez años. Hechos los conciertos, muchos moros se pasaron a África. El rey de Castilla entró en la ciudad con una solemne procesión en 27 de marzo, y el siguiente din se bendijo la iglesia mayor, y se le puso por nombre Santa María de la Palma, por ser Domingo de Ramos o de las Palmas, y se celebraron en él los divinos oficios con gran solemnidad y regocijo. Los campos se repartieron a los soldados, que a porfía pasaban sus casas y menaje a la ciudad, y se querían allí avecindar por la fertilidad y frescura de aquellas vegas y campos. Puestas en orden las cosas de Algeciras, el rey se partió para Sevilla.

 

Allí le vino embajada de Eduardo, rey de Inglaterra, para pedir al rey don Alonso que su hijo legítimo don Pedro casase con su hija Juana. Don Alonso por entonces vino en ello; más adelante no tuvieron efecto estos desposorios. Las voluntades de los príncipes son variables, y sin tener cuenta a las veces con su palabra conforme a las cosas y a las comodidades se mudan. En la batalla pasada de Tarifa cautivaron los nuestros dos hijas de Albohacen; estas por tenerle grato se le enviaron sin rescate. No quiso

 

 

 

 

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el bárbaro dejarse vencer de la liberalidad y cortesía del rey, antes le envió luego desde África sus embajadores con muy ricos presentes. La fama de esta victoria hinchó a toda España y a todos los cristianos de Europa de alegría por quedar acabada la guerra de los moros, dos poderosos reyes vencidos, las fuerzas de África quebrantadas, hiciéronse grandes fiestas y alegrías; todo género de gentes, niños, viejos, religiosos, de todos estados y edades visitaban los templos, daban gracias a Dios, cumplían sus votos; no dejaban ningún género de alegría ni de religiosa demostración de agradecimiento, conque publicaban el contento y regocijo singular que tenían concebido dentro de sus pechos.

 

 

 

 

XII. De la guerra de Mallorca

 

Durante el tiempo que las cosas sobredichas pasaban en el Andalucía, se revolvieron las armas de Aragón. Lo que resultó fue que el rey de Mallorca quedó despojado de su reino paterno, grande desafuero del rey de Aragón don Pedro el Ceremonioso, que era el que tenía más obligación a le defender y amparar. La insaciable y rabiosa sed de señorear le cegó y endureció su corazón para que los trabajos y desastres de un rey, su pariente, no le enterneciesen, ni considerase lo mal que parecía un hecho tan feo delante los ojos de Dios y de los hombres. Montpellier es una noble y rica ciudad de la Gallia Narbonense, que en otro tiempo solía estar sujeta a los obispos de Magalona, por cuya permisión o disimulación tuvo esta ciudad señores particulares que eran feudatarios de estos prelados. Recayó este señorío primero en los aragoneses, y después en los reyes de Mallorca cómo y en la forma que arriba se mostró. De esta manera, poco a poco fue en diminución la autoridad y señorío de los obispos de Magalona, ca prevalece más la fuerza y antojo de los reyes que no la razón y la justicia. Como no pudiesen ellos recobrar su antigua autoridad y señorío, hicieron lo que pudieron, que fue vender, como vendieron más de cincuenta años antes de este tiempo, este derecho por cierto precio y cantidad a los reyes de Francia.

 

Con color de esta compra los franceses no desistían de requerir a los reyes de Mallorca que les hiciesen el juramento y homenaje que estaban obligados como sus feudatarios, y que a los vecinos de Montpellier se les

 

 

 

 

 

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permitiese apelar para París. Rehusaban hacerlo los de Mallorca; decían que el derecho de los señoríos no pendía de unos pergaminos viejos, sino de la moderna costumbre usada y guardada, y que pues los reyes de Francia no tenían más derecho que los obispos de Magalona, no debían ni se les pudo dar mayor ni mejor acción de aquella que poseían los mismos prelados. Vinose a las armas, y por fuera los franceses tomaron muchos pueblos de la jurisdicción y señorío de Montpellier, y pusieron en ellos sus presidios. Apercibíase el rey de Mallorca para la guerra; pidió al rey de Aragón que aquello que poseía por gracia y como feudo de Aragón con sus armas le fuese conservado y defendido. El rey de Aragón con una profunda astucia y sagacidad y con una infinita ambición contemporizaba con el rey de Francia, y pareció pretendía más agradarle que favorecer a su deudo. Entendía y deseaba que, por tener de suyo pocas fuerzas desamparado de otras ayudas, vendría a ser presa de sus vecinos. Con esto, aunque le instaba y pedía socorro, no le daba otra ayuda más que buenas palabras. Tuvieron entre sí habla; respondió el aragonés a la demanda del mallorquín que él haría lo que se le rogaba, en caso que el rey de Francia no quisiese fenecer este pleito por tela de juicio. Sobre este punto se enviaron de una parte a otra muchas embajadas, todas con fin de poner dilación al negocio, no con ánimo de dar algún socorro al necesitado.

 

Para cubrir estas marañas con capa de justicia procuró de hacerle muchos cargos de graves culpas y levantar muchos testimonios al miserable rey. Que no reconocía sujeción a los reyes de Aragón, y que, aunque era llamado, no venía a las Cortes. Que en Perpiñán, sin poderlo hacer, labraba moneda baja de ley, de cuño y peso no acostumbrado. Sobre todo, que en Barcelona, do vino debajo de la fe y confianza de vistas, se conjuró para matar al aragonés, trato que descubrió la misma mujer del de Mallorca, como la que mucho cuidaba de la vida del rey, su hermano. Finalmente, que trató con el rey de Francia, con los potentados de Italia y con el mismo rey de Marruecos de confederarse en daño de Aragón. Estos fueron los capítulos que le opusieron, no se sabe si verdaderos, si falsos. La fama fue que se los levantaron, a que hizo dar crédito la destrucción del desdichado rey y pensar que muy a tuerto le despojaron de su estado.

 

Estos fueron los principios de las desastradas discordias que el papa y la reina de Nápoles, doña Sancha, parienta de ambos reyes, procuraron atajar, sin que pudiesen concluir cosa alguna. Los mallorquines, como suele acaecer en los señoríos pequeños, estaban muy cargados de nuevos

 

 

 

 

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pechos y tributos, y como quier que no esperasen ser relevados de ellos, no les pesaba de mudar señor. Vino el negocio a rompimiento de guerra, y del cerco de Algeciras fue llamado para esto el almirante del mar Pedro de Moncada, como arriba se dijo. Juntase una poderosa armada, que entre grandes y pequeños tenía ciento dieciséis bajeles; partió el aragonés del cabo de Llobregat, desembarcó en Mallorca, donde los isleños tenían juntados trescientos hombres de a caballo y quince mil de a pie, toda gente allegadiza, flaca y de poca defensa. Fue luego desbaratado el rey de Mallorca, y huyó a la ciudad de Poncia. De allí, perdida la esperanza de cualquier buen suceso, se pasó a tierra firme. Los voluntades de los isleños estaban inclinadas al aragonés, y es ordinario que al vencedor todo se le sujeta y todos le ayudan. Recibido juramento y homenaje de fidelidad de los de los islas, y puesto por virrey Arnaldo de Eril, el rey de Aragón se volvió con su armada a Barcelona. Los de Rosellón y de Cerdaña, que están en los postreros linderos de España, y eran del rey de Mallorca, fueron molestados con guerra y les tomaron algunos pueblos.

 

En esto sobrevino un cardenal, que el papa envió por legado a estos príncipes para ponerlos en paz. Con su llegada cesó por unos pocos días la guerra, demás que entraba ya el invierno, y no trajeron las máquinas que eran menester para batir las murallas de los pueblos. No prestó la diligencia del legado ni la autoridad del padre santo. Pasado el invierno, por abril del año de 1344 se renovó la guerra con mayor furia; talaron las mieses, quemaron los campos, las ciudades y villas, unas por fuerza y otras de grado fueron tomadas. Algunos de los amigos del rey de Mallorca le persuadían que era mejor confiarse del rey de Aragón que no experimentar sus fuerzas. Otros, para muestra de muy fieles y bravos, con palabras libres y arrogantes decían que antes morirían que consintiesen que se pusiese en manos de su enemigo. Muéstranse antes de la batalla muy esforzados los que a las veces, cuando ven el peligro de cerca, suelen ser los más cobardes. El ánimo del rey vacilaba congojado con varios pensamientos, tenía empacho de que pareciese que alguno más que él estimase la libertad; pero espantábale mucho y poníale grande miedo el verse con pocas fuerzas, ca no le quedaba ya otra cosa sino la villa de Perpiñán. ¿Qué podía hacer en aquel aprieto? Engañóle su esperanza y las buenas palabras de los terceros; en aquella duda escogió el consejo más seguro que honrado. Envió con don Pedro de Ejerica a decir al rey que se pondría en sus manos, si le aseguraba primero su libertad y su vida. Con

 

 

 

 

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esperanza pues que le dieron, o él temerariamente se tomó de recobrar su reino por la clemencia y liberalidad del vencedor, acompañado de sus caballeros y de otros señores de Aragón y con la seguridad que pedía, el mes de julio vino de Perpiñán a la ciudad de Elna, do el rey de Aragón tenía sus reales. Llegado delante del rey, hincadas las rodillas lo besó la mano, y le habló en esta manera:

«Errado he, rey invencible, yo he errado; pero mi yerro no ha sido de deslealtad ni de traición. Lo que se peca por ignorancia, la clemencia, virtud de reyes y tuya propia, lo debo perdonar a un rey humilde, pariente y amigo, y que mientras sus cosas le dieron lugar acudió a vuestro servicio con grande afición, y con nuevos y mayores servicios de aquí adelante recompensará las faltas pasadas. No ha sido uno solo el yerro que he hecho en este caso, yo lo confieso; pero entonces es más de loar la clemencia cuando hay mayor razón de estar enojado. En lo demás yo soy vuestro; de mí y de mi reino haced lo que fuere vuestra merced y voluntad; espero que usaréis conmigo benignamente, acordándoos de la poca estabilidad y constancia de las cosas humanas».

 

A esto el rey de Aragón con rostro ledo y engañoso le acarició, excusóle su culpa, y le dijo que merecía ser perdonado por el arrepentimiento que mostraba. Los hechos fueron bien contrarios a las palabras. Poco después, en una junta de nobles que se hizo en Barcelona le privó del título y honra real, y le señaló cierta renta para que se sustentase. Hallóse burlado el rey de Mallorca, sintió cuán pesada sea la caída de un reino; al fin cayó en la cuenta, entendió que las palabras blandas de don Pedro de Ejerica le engañaron y sus esperanzas. Así, si bien se hallaba desnudo de todos amparos y defensas, trató de renovar la guerra: pasóse a Francia. Allí primero acudió al papa Clemente, y como en él hallase poco amparo, con grande sumisión se entró por las puertas del rey de Francia, causa primera de aquella tempestad, y para los gastos de la guerra le vendió el señorío de Montpellier, sobre que era el pleito, por cien mil escudos de oro. El francés y el papa le recibieron debajo de su protección y amparo, ayudáronle tarde y con tibieza; en fin, se hubieron en este caso como suelen los hombres en peligro ajeno.

 

Volvió pues a renovar con gran furia la guerra en las islas y en los estados de Cerdaña y de Rosellón, pero no hizo otra cosa sino acarrearse la muerte. Cinco años adelante, en una batalla que se dio en Mallorca, fue vencido y muerto por los aragoneses; este fin tuvieron sus desdichas. Su

 

 

 

 

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cuerpo por mandado del rey de Aragón depositaron en Valencia; sus hijos y los de su hermano don Femando, que poco antes del tiempo de la guerra falleció, en pena del pecado y culpa, si así se puede llamar, ajena, pasaron su vida huidos, desamparados, presos, sin casa ni sosiego alguno. Desgracia que a muchos pareció injustísima que los hijos fuesen privados del derecho del reino por cualesquier delitos de sus padres.

 

En el mismo año que se ganó Algeciras y que el rey de Mallorca fue despojado del reino, con temeroso y descomunal ruido tembló la tierra en Lisboa, ciudad que está en la ribera del mar Océano, y con mucho espanto de las gentes temblaron los edificios y se cayó el cimborrio de la iglesia mayor, principio y presagio, según se entendió, de otros mayores males. Murió doña Costanza, hija de don Juan Manuel y mujer del infante don Pedro de Portugal, el año siguiente de 1345. Sintieron ella y el marido menos su muerte, porque él trataba amores con doña Inés de Castro, dama muy apuesta que servía a la infanta; la trataba casi con igual estado que a su mujer. Lo que fue peor y sacrilego, que sacó la misma de pila al infante don Luis, hijo de don Pedro, que murió niño, y por el tanto entró en deudo con su padre. Quedaron dos hijos de doña Costanza, don Fernando y doña María.

 

 

 

 

XIII. De las revueltas que hubo en el reino de

 

Aragón

 

Concluida la guerra de los moros con la felicidad que se podía desear, el rey de Castilla, libre de este cuidado, pensó de castigar los agravios y desafueros que en el tempestuoso tiempo de la guerra era necesario hubiesen cometido muchos de los jueces y grandes del reino. Junto con esto su mayor deseo era procurar que a ejemplo de los de Burgos y León, asimismo los del Andalucía y reino de Toledo, le concediesen las alcabalas de las mercadurías que se vendiesen. En lo demás las cosas estaban sosegadas, y todo el reino con una abundante paz florecía.

 

En el reino de Aragón resultaron nuevas revueltas, de que primeramente fue la causa el inquieto y perverso ingenio del rey de Aragón, que pretendía ensanchar su reino con trabar unas guerras de otras. Quejábase que las fuerzas del reino quedaron enflaquecidas y la majestad

 

 

 

 

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real disminuida con las dádivas y mercedes que sus antepasados indiscretamente hicieron. Ensoberbecido otrosí con el próspero suceso que tuvo contra el rey de Mallorca, volvió su enojo contra su hermano carnal don Jaime, que le sintió estar inclinado a compadecerse y tener misericordia del rey desposeído. Además que a los que señorean siempre les son sospechosos aquellos que están inmediatos a la sucesión del estado. Decíase en el reino que por fuero y costumbre antigua de Aragón era don Jaime sucesor y heredero del reino; que debían ser excluidas de la herencia paterna doña Costanza, doña Juana y doña María, hijas del rey, habidas en la reina, su mujer. Por esta razón, hecho vicario y procurador del reino, había ganado las voluntades y amor de los nobles y del pueblo con su buen término y trato llano y virtuoso, sin fraude ni algún mal engaño. Llamóle el rey un día, mandóle dejar el oficio de procurador.

 

De esta manera arrebatadamente y sin consejo se hacían todas las demás cosas, mayormente que por este tiempo, que corría el año de nuestra salvación de 1346, murió la reina de Aragón, mujer de santísimas costumbres, y por el mismo caso desemejable de su marido; falleció cinco días después que parió un niño, que vivió tan solamente un día, con que el reino tuvo un breve contento, destemplado en mucho pesar. Sepultóse el cuerpo de esta señora en Valencia en la iglesia de San Vicente, si bien ella se mandó enterrar en Poblet, entierro antiguo de aquellos reyes.

Para que el rey tuviese hijo varón con que se evitasen muchas revueltas en el reino luego se trató de volver a casarle; para este fin enviaron embajadores al rey de Portugal a pedirle su hija doña Leonor. Deseaba su hermano don Fernando casarse con aquella infanta, confiado en el favor de su tío el rey de Castilla y por estar él en la flor de su juvenil edad. Venció, como era forzoso, en esta competencia el rey de Aragón. Ayudó para ello primeramente don Juan Manuel, que por ser enemigo de doña Leonor de Guzmán y por el mismo caso también del rey de Castilla, toda su voluntad tenía puesta en la del rey de Aragón y en agradarle. Así procuró y concluyó de casar a su hijo don Fernando con doña Juana, prima hermana del rey de Aragón e hija de don Ramón Berenguel; conque quedaba emparentado con tres casas reales en parentesco muy estrecho, y por esto era el más poderoso de los grandes del reino.

 

Los nobles de Aragón y de Valencia juntamente con el pueblo se comenzaron a alborotar; conjuráronse todos de guardar su libertad, mirar por sus fueros, y si menester fuese, defenderlos con las armas. Tomaron

 

 

 

 

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por ocasión de este alboroto la fuerza que a don Jaime, conde de Urgel, se hizo para que desistiese y se apartase del derecho de la sucesión y procuración del reino, y que se hacían leyes y publicaban edictos en nombre de doña Costanza, hija del rey de Aragón, como si ella hubiera de ser la sucesora y heredera del reino. Señalaron y nombraron por conservadores de la libertad a Jimeno de Urrea, Pedro Coronel, Blasco de Alagón y a don Lope de Luna, que era el más principal de los nombrados por tener el señorío de Segorbe y estar casado con doña Violante, tía del rey. Hicieron cabeza de todos, como era necesario, a don Jaime, conde de Urgel; y llamaron de Castilla, donde residía con su madre, por no confiarse del rey de Aragón, a sus hermanos don Fernando y don Juan con muchas cartas y embajadas que les enviaron, con que ellos se determinaron de ir a Aragón. Llevaron consigo quinientos hombres de a caballo, que les dio para su guarda su tío el rey de Castilla.

 

El rey de Aragón no ignoraba que las fuerzas del pueblo, alborotadas, son furiosas en los principios, más que después con el tiempo y la dilación se amansan y enflaquecen. Procuró hacer Cortes en Zaragoza, en que para aplacar el pueblo, más que por hacer el deber con sincera voluntad, restituyó a su hermano don Jaime la procuración del reino, y dado por ninguno lo que primero tenía decretado, fue declarado por heredero y sucesor del reino. Con esto se volvieron a pacificar y sosegar las cosas; pero con la muerte que luego sucedió a don Jaime se anubló la luz que comenzaba a resplandecer. El rey de Aragón por dar prisa a sus bodas se fue a Barcelona, ca tenía mandado llevasen allí su esposa los que la traían de las últimas partes de Portugal. En aquella ciudad de Barcelona, luego que allí llegó, falleció el ya dicho conde de Urgel de enfermedad en fin del año de 1347; fue fama que le ayudaron con hierbas que le dieron, y que le vino este mal por la sospecha que de él se podía tener de que se quería alzar con el reino. Celebraron las bodas sin ninguna señalada solemnidad por estar todo el reino triste con la muerte y luto de don Jaime y por la tempestad de revueltas que temían se les armaba. Enterróse su cuerpo en la misma ciudad en el monasterio de San Francisco.

 

Los hermanos don Fernando y don Juan, que, acabadas las Cortes, se tornaron a Castilla, comunicado el negocio en Madrid con su madre y con el rey, su tío, se hicieron cabezas de los pueblos amotinados; ayudóles el rey de Castilla con ochocientos caballos. Con tanto don Fernando se fue a Valencia, y don Juan a Zaragoza. Su madre en Cuenca y en Requena, en

 

 

 

 

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que lo demás del tiempo residía, esperaba en qué pararían estas alteraciones con grande cuidado de la salud de sus hijos. Enviáronse los reyes sus embajadores; de Castilla Fernán Pérez Portocarrero para hacer las amistades entre las hermanos; de Aragón vino por embajador Muñón López de Tauste a quejarse de agravios y a rogar que no se les diese ningún favor ni ayuda a los rebeldes. Otorgósele que el capitán Alvar García de Albornoz hiciese en Castilla seiscientos hombres de a caballo a sueldo del rey de Aragón; el cual rey, no sin nota y menoscabo de la majestad real, casi como quien pide perdón, se fue a Valencia poco menos que a ponerse en manos de los conjurados; así se vio en términos de que le perdiesen el respeto y le maltratasen.

 

Los del rey y los del pueblo, como gente desavenida, los unos no se fiaban de los otros, antes se miraban a la cara, notábanse las palabras y semblante del rostro, y con afrentas y malas palabras que se decían, parece buscaban ocasión de revolverse y venir a las manos. Llegó el pueblo a alborotarse y a tomar las armas, y con ellas en las manos entraron con furioso ímpetu y violencia en el palacio real con grande miedo de los cortesanos y de la gente de palacio. Llegó la cosa a términos que el rey de necesidad hubo de subir en un caballo y aventurarse a ponerse en medio de la gente alborotada para que con sus palabras y presencia se apaciguase. Concedióse al infante don Fernando que durante la vida del rey fuese procurador del reino, y después de la muerte le sucediese en él, y que las hijas quedasen excluidas de la sucesión. Eran estos conciertos sacados por fuerza, y por esta razón se entendía que no serían firmes ni durarían mucho.

 

Ido el rey, don Lope de Luna, que ya se pasara a su servicio, no dejó las armas, antes a los conjurados les era un importuno y molesto enemigo, disimulándolo primero el rey, y después mandándoselo. Tenía sus gentes y reales en Daroca y su tierra. Don Fernando, por impedir los intentos de don Lope, partió de Zaragoza con quince mil hombres, parte de a caballo y parte de a pie. Sentó su real cerca de Épila a la ribera del río Jalón. No pudo tomar el pueblo porque era fuerte, quemó los campos y las mieses, que las querían ya segar; sobrevinieron en esto los del rey, pelearon a banderas tendidas; los conjurados, por ser gente popular y más para hallarse en alborotos y sediciones que para pelear en batalla reñida, fueron vencidos y desbaratados. Murieron en la batalla don Jimeno de Urrea y otros hombres principales, y su capitán don Fernando fue preso con una

 

 

 

 

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herida en la cara; mas el capitán Alvar García de Albornoz, a quien le dieron en guarda, le soltó y dejó ir libre a Castilla. Podíase temer cualquiera cosa de la severidad del rey, su hermano, que debió ser la ocasión de soltarle. No se sabe si se hizo esto sin que lo supiese don Lope de Luna o si lo disimuló, mudado de parecer y trocado de voluntad, como ordinariamente suele acontecer en las guerras civiles. Bien se mostró quedar el rey satisfecho de él, pues en premio de lo bien que en aquella guerra le sirvió, para honrarle le dio título de conde de Luna, cosa nueva y poca usada en Aragón.

 

Después de esta victoria todo en Aragón quedó llano al rey; y asentada la paz en Zaragoza, totalmente se deshizo la unión y liga de los conjurados de suerte, que no se oyó más su nombre. La sucesión del reino se confirmó a don Fernando. Amplióse la autoridad del justicia de Aragón, con cuyo oficio por ley antigua del reino se prevenía que el rey no pudiese quitarles su libertad. Esto pasaba en Aragón el año de 1348 de nuestra salvación.

 

Este año una gravísima peste maltrató primero las provincias orientales, y de ellas se derramó y se pegó a las demás regiones, como a Italia, Sicilia, Cerdeña y Mallorca, y después a todos los reinos y ciudades de España. Eran tantos los que morían, que se halló por cuenta en Zaragoza que en el mes de octubre morían cada día cien personas; como era una infección del aire, el curar los enfermos y tocarlos extendía más la enfermedad por pegarse el mal a muchos. Por donde los heridos, o se quedaban sin que hubiese quien los quisiese remediar, o si los intentaban curar, daba luego la misma dolencia a los que se llegaban cerca del enfermo y a los que le curaban. El ver tantos enfermos y muertes había endurecido de manera los corazones de los hombres, que no lloraban los muertos, y se dejaban los cuerpos por enterrar tendidos en las calles. De esta peste y de su fiereza escribió largamente en sus Epístolas Francisco Petrarca, hombre de este tiempo, señalado en letras, mayormente en la poesía en lengua toscana. Era grandísima lástima ver lo que pasaba en todos los pueblos y ciudades de España.

 

La nueva reina de Aragón doña Leonor, sin dejar hijos, murió por este tiempo en Ejerica, donde se retiró el rey por miedo de la peste; su cuerpo sepultaron en el mismo lugar sin pompa ni aparato real. Con su muerte quedó el rey libre para poderse casar tercera vez más dichosamente que las pasadas por los hijos que de este matrimonio tuvo. No se sosegaban los conjurados. Hizo el rey a los alterados de Valencia en general guerra, y en

 

 

 

 

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particular justicia de muchos después de habida la victoria; con el rigor y grandeza del castigo pretendía espantar a los demás y que tomasen escarmiento y supiesen que no se debe temerariamente irritar la cólera e indignación de los reyes.

 

 

 

 

XIV. Que se apaciguaron las discordias entre los

 

caballeros de Calatrava

 

Los caballeros de Castilla de la orden de Calatrava y los de Aragón de la misma orden tenían entre sí grandes diferencias y cisma; en lugar de uno eligieron y tenían dos maestres, uno en Calatrava, otro en Alcañices. La cosa pasó de esta manera. Don Garci López, maestre de esta religión, más de veinte años antes de éste en que vamos, fue acusado de gravísimos delitos y de traición; oponíanle que, siendo el rey menor de edad, robó el reino e hizo muy poco caso de su religión y orden, de que en ellas se siguieron innumerables daños y desórdenes. Por estas y otras cosas le citaron para que pareciese delante el rey don Alfonso de Castilla y respondiese a lo que se le imputaba. No quiso parecer, antes se fue a Aragón, o por miedo de ser castigado como merecía y le acusaba su conciencia, o lo que es más de creer, con temor de las cautelas y potencias de sus enemigos, ca los que le acusaban eran los más poderosos y más ilustres de su orden. Ésta fue la principal causa y principio de las diferencias y contiendas que tanto después duraron. Con el favor del rey de Aragón don Garci López residía en Alcañices, pueblo de la orden, y allí conservaba su autoridad. Ejercitaba el oficio de maestre, no obstante que a instancia del rey de Castilla fuera condenado en rebeldía y privado del maestrazgo. Eligieron en su lugar a don Juan Núñez de Prado, de quien era fama y se decía que era hijo no legítimo de doña Blanca, tía del rey de Portugal y abadesa del monasterio de las Huelgas de Burgos. Los abades de la orden del Císter, que por instituto antiguo tenían poder de visitar esta religión, aprobaron y confirmaron la elección del nuevo Maestre. Los freiles y caballeros aragoneses no se quisieron rendir ni obedecerle, antes, muerto que fue don Garci López, sustituyeron en su lugar a don Alonso Pérez de Toro, cuya elección de su voluntad, o porque para ello fue

 

 

 

 

 

 

 

 

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inducido y engañado, confirmó Arnaldo, abad de Morimonte en la Francia, a quien de oficio competía hacer semejante ratificación.

 

Intentóse muchas veces de concordar estos caballeros, que ambas partes veían serles muy dañosa su división. Sobre esta razón los reyes se enviaron diversas embajadas, que no tuvieron hasta este tiempo efecto alguno, cuando por muerte de don Alonso Pérez eligieron los de Alcañices a don Juan Rodríguez. Antes que esta postrera elección se confirmase, a instancia de los reyes de Castilla y de Aragón, en Zaragoza, do a la sazón se hacían Cortes, se juntaron ambos maestres y muchos caballeros de ambas naciones. Litigada la causa, el rey de Aragón, como juez árbitro que era, cerrado el proceso, por lo que de él resultaba, sentenció conforme a las pretensiones y méritos de Castilla. Hízose otrosí constitución que de allí adelante fuese habida por verdadera y canónica elección de maestre la que hiciesen aquellos caballeros en Calatrava. A don Juan Rodríguez se le quitó el oficio y título de maestre, y en recompensa se le dio la encomienda mayor de Alcañices, con jurisdicción sobre todos los freiles y caballeros de Aragón; y aún se proveyó que el maestre no pudiese proveer cosa alguna tocante al comendador mayor y los caballeros aragoneses mientras durase la vida de los presentes, si no fuese con consejo de los abades de Poblet y de Veruela. Prevenían con esto que por envidia y emulación no se les hiciese algún agravio. En esta forma se concordaron los caballeros de Calatrava, y las divisiones que entre sí tenían se acallaron en 25 del mes de agosto. Los juicios de los hombres son varios; muchos fueron de parecer y murmuraban que en estas cosas no se procedió conforme al punto y rigor de derecho, sino por respeto y a voluntad del rey de Castilla.

 

En este mismo tiempo don Luis, conde de Claramonte, hijo de don Alonso de la Cerda, a quien llamaban el Desheredado, ponía en orden una armada en la ribera de Cataluña con licencia y ayuda del rey de Aragón y por concesión del papa, que dos años antes le adjudicara las islas de Canarias, llamadas por los antiguos Afortunadas. Diole aquella conquista el sumo pontífice con título de rey, y que como tal hizo un solemne paseo en Aviñón. Púsole por condición que a aquellas gentes bárbaras hiciese predicar la fe de Cristo.

 

Será bien, pues esta ocasión se ofrece, decir algo del sitio, de la naturaleza y del número de estas islas, y en qué tiempo se hayan incorporado en la corona de los reyes de Castilla. Al salir de la boca del

 

 

 

 

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estrecho de Gibraltar en el mar Atlántico a la mano izquierda caen estas islas. Son siete en número, extendidas en hilera de levante a poniente, leste, oeste, veintisiete grados apartadas de la línea equinoccial. La mayor de estas islas llámase la Gran Canaria; de ella las demás tomaron este nombre de Canarias. El suelo de la tierra es fértil para pasto y labor, hay en ellas tan grande multitud de conejos, que se han multiplicado de los que de tierra firme se llevaron, que destruyen las viñas y los panes de suerte, que ya les pesa de haberlos llevado. En la isla que llaman del Hierro no hay otra agua de la tierra sino la que se distila y regala de las hojas de un árbol, que es un admirable secreto y variedad de la naturaleza. Es cierto que don Luis, a quien por esta navegación que quiso hacer, llamaron el infante Fortuna, nunca pasó a estas islas; si bien tuvo la conquista de ellas y la armada aprestada para irlas a conquistar, las guerras de Francia se lo estorbaron y la batalla que Filipo, rey francés, perdió por estos tiempos junto a Cresiaco.

 

Como cincuenta años adelante los vizcaínos y andaluces, repartida entre sí la costa, armaron una flota para pasar a estas islas con intento de hacer a los isleños guerra a fuego y a sangre, más por codicia de robarlos que por allanar la tierra. Una grande presa que trujeron de la isla de Lanzarote puso gana a los reyes de conquistarlas, sino que después, ocupados en otras cosas, se olvidaron de esta empresa. Pasados algunos años, Juan Bentacurto, de nación francés, volvió a hacer este viaje con licencia que le dio el rey de Castilla don Enrique, tercero de este nombre, con condición que, conquistadas, quedasen debajo de la protección y homenaje de los reyes de Castilla. Ganó y conquistó las cinco islas menores; no pudo ganar las otras dos por la muchedumbre y valentía de los isleños, que se lo defendió.

 

Envióse a estas islas un obispo llamado Mando; el obispo y Menaute, heredero de Bentacurto, no se llevaron bien; antes tenían muchas contiendas, de tal guisa, que estuvieron a punto de hacerse guerra. El francés sólo miraba por su interés; el obispo no podía sufrir que los pobres isleños fuesen maltratados y robados sin temor de Dios ni vergüenza de los hombres. El rey de Castilla, avisado de este desorden, envió allá a Pedro Barba, que se apoderó de estas islas. Éste después por cierto precio las vendió a un hombre principal llamado Peraza, y de este vinieron a poder de un tal Herrera, yerno suyo, el cual se intituló rey de Canaria. Mas como quier que no pudiese conquistar la Gran Canaria ni a Tenerife, vendió las

 

 

 

 

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cuatro de estas islas al rey don Fernando el Católico, y él se quedó con la una, llamada Gomera, de quien se intituló conde. El rey don Fernando, que entre los reyes de España fue el más feliz, valeroso sin par, envió diversas veces sus flotas a estas islas, y al fin las conquistó todas, y las incorporó en la corona real de Castilla.

 

Volvamos a lo que se ha quedado atrás. En el año de 1349 doña Leonor, hermana mayor de don Luis, rey de Sicilia, nieto que fue de Federico, y en su menor edad sucedió al rey don Pedro, su padre, casó con voluntad de su madre y en vida del rey, su hermano, con el rey de Aragón. Llevada a la ciudad de Valencia, se celebraron las bodas con gran regocijo y fiestas de todo el reino.

 

 

 

 

XV. De la muerte del rey don Alfonso de Castilla

 

Levantáronse en este tiempo grandes revoluciones en África, causadas por Abohanen, que conforme a la condición de los moros y por codicia de reinar, atropellado el derecho paternal y no escarmentado con la muerte de su hermano, se rebeló contra su padre Albohacen, y se alzó en África con el reino de Fez, y en España se apoderó de Gibraltar y de Ronda y de todas las demás tierras que a los reyes de África en España quedaban y puso en ellas sus guarniciones de soldados. Hacía cargo a su padre que por su descuido y cobardía con grande menoscabo y mengua del nombre africano sucedieran las pérdidas y desastres pasados; decía que si a él quisiesen llevar por guía y capitán, vengaría las injurias recibidas y tomaría enmienda de aquellos daños. Con estas persuasiones el vulgo, amigo de novedades, se le arrimaba por el vicio general de la naturaleza de los hombres, y más por la liviandad y ligereza particular de los africanos, en quien más que en otras gentes reina esta inconstancia, esperaban que las cosas presentes serían más a propósito y de mayor comodidad que las pasadas. Estas revueltas de los moros parecía a los nuestros que les daban la ocasión en las manos para hacer su hecho, si no estuviera de por medio el juramento conque se obligaron de tener treguas por diez años. Sin embargo, los más prudentes juzgaban que por ser ya otro el rey diferente de aquel con quien asentaron las treguas, quedaban libres de la jura. El deseo de renovar la guerra y de conquistar a Gibraltar los acuciaba, cuya

 

 

 

 

 

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fortaleza les era un duro freno para que sus intentos no los pudiesen poner en ejecución. El cuidado de proveerse de dineros tenía al rey congojado, bien que no perdía la esperanza que el reino le ayudaría de buena gana, por estar descansado con la paz de que ya cinco años gozaba. El vehemente deseo que todos tenían de desarraigar de España a sus enemigos, velo con que muchas veces se mueve y engaña el pueblo, les animaba a servir de buena gana y ayudar estos intentos.

 

Publicáronse Cortes para la villa de Alcalá de Henares, llamaron a ellas muchas ciudades del reino que no solían ser llamadas. Las del Andalucía y de la Carpetania, hoy reino de Toledo, por la mayor parte solían ser libres de las cargas de la guerra como quier que hacían frontera a los moros, y de necesidad grandes gastos para defenderles la tierra. Al presente en esta ocasión, con color de honrarlos, se dejaron llevar; pretendían con grande fuerza que a imitación de los de Castilla y de León, como repartida entre todos la carga, pechasen alcabala de todas las cosas que se vendiesen. Entre las ciudades que se juntaron en estas Cortes, los procuradores de la ciudad de Toledo alegaban que debían tener el primer lugar y voto. Los de Burgos, si bien la causa era dudosa, como estaban en posesión, resistían valientemente y pretendían ser en ella amparados. Alegaban en favor de Toledo la grandeza de la ciudad, su antigüedad, su nobleza, la santidad de su famosísima iglesia, la majestad y autoridad de su arzobispo, que tiene primacía sobre todos los prelados de España, los hechos valerosos de los antepasados; demás que en tiempo de los godos era la cabeza del reino y silla de los reyes, y modernamente se le diera título de imperial. Decían asimismo parecía cosa injustísima y fuera de razón que hubiese de reconocer mayoría a ninguna ciudad aquella a quien Dios y los hombres aventajaron, y la misma naturaleza, que la puso en el corazón de España en un lugar eminentísimo, en que se dividen y reparten las aguas. Que si no le daban la autoridad y lugar que se le debía, no parecería a todos sino que la llamaron a las Cortes para hacer burla de ella y desautorizarla. Si la razón que Burgos alegaba tenía fuerza, la misma militaba por las demás ciudades del reino, y que a aquella cuenta no le quedaba a Toledo sino el postrer lugar, y aún a merced, si se le quisiesen dejar. Que tocaba a todos y era común la causa de Toledo; así la deshonra que a ella se hiciese manchaba y desautorizaba a toda España.

 

Los de Burgos se defendían con la preeminencia que tenían en Castilla, en que poseían el primer lugar de tiempo muy antiguo. Decían que contra

 

 

 

 

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esta posesión no era de importancia alegar actos ya olvidados y desusados, y que si la competencia se llevaba por vía de honra, ¿de dónde se dio principio para restaurar la fe y avivar las esperanzas de echar los moros de España? Por esto con mucha razón era Burgos la silla y domicilio de los primeros reyes de Castilla; no era justo quitarles en la paz aquel lugar que ellos en la guerra ganaron con mucha sangre que sus antepasados derramaron. Demás que sin suficiente causa no se le podían derogar los privilegios que los reyes pasados le concedieron. Los grandes en esta competencia andaban divididos, según que tenían parentesco y amistades en alguna de las dos ciudades. Nombradamente favorecía a Toledo don Juan Manuel, y a Burgos don Juan Núñez de Lara; los unos no querían conceder ventaja a los otros. Después que se hubo bien debatido esta causa, se acordó y tomó por medio que Burgos tuviese el primer asiento y el primer voto, y que a los procuradores de Toledo se les diese un lugar apartado de los demás en frente del rey, y que Toledo fuese nombrado primero por el rey de esta manera: «Yo hablo por Toledo y hará lo que le mandare; hable Burgos». Con esta industria y esta moderación se apaciguó por entonces esta contienda, traza que hasta nuestros tiempos continuadamente se ha usado y guardado; así acaece muchas veces que los debates populares se remedian con tan fáciles medios como lo son sus causas.

 

Dieciocho ciudades y villas son las que suelen tener voto en las Cortes, Burgos, Soría, Segovia, Ávila y Valladolid; éstas en Castilla la Vieja. Del reino de León es la primera la ciudad de León, después Salamanca, Zamora y Toro. De Castilla la Nueva Toledo, Cuenca, Guadalajara, Madrid. Del Andalucía y de los contestanos Sevilla, Granada, Córdoba, Murcia, Jaén. Entre todas estas ciudades Burgos, León, Granada, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén y Toledo por ser cabeceras de reinos tienen señalados sus asientos y sus lugares para votar conforme a la orden que están referidas. Las demás ciudades se sientan y hablan sin tener lugares señalados, sino como vienen a las juntas y Cortes. En las Cortes de Alcalá consta que se hallaron muchas más villas y ciudades, porque el rey, para ganar las voluntades de todo el reino, quiso esta honra repartirla entre muchos y tenerlos gratos con este honroso regalo. Pidióse en estas Cortes el alcabala. Al principio no se quiso conceder; las personas de más prudencia adivinaban los inconvenientes que después se podían seguir; más al cabo fue vencida la constancia de los que la contradecían,

 

 

 

 

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principalmente que se allanó Toledo, si bien al principio se extrañaba de conceder nuevos tributos. El deseo que tenía que se renovase la guerra y la mengua del tesoro del rey para poderla sustentarla hizo consentir con las demás ciudades.

 

Concluido esto, de común acuerdo de todos con increíble alegría se decretó la guerra contra los moros, y para ella en todo el reino se hizo mucha gente y se proveyeron armas, lanzas, caballos, bastimentos, dineros y todo lo al necesario. Juntado el ejército, fueron al Andalucía, asentaron sus reales sobre Gibraltar, cercáronla con grandes fosos y trincheras y muchas máquinas que levantaron. La villa se hallaba bien apercibida para todo lo que le pudiese acaecer; tenía hechas nuevas defensas y fortificaciones, muy altas murallas con sus torres, saeteras, traviesas, troneras a la manera que entonces usaban, muchos y buenos soldados de guarnición, que a la fama del cerco vinieron muchos moros de África. Puesto el cerco, se quemaron y derribaron muchas casas de placer, y se talaron y destruyeron muy deleitosas huertas y arboledas que estaban en el contorno de la ciudad, por ver si los moros mudaban parecer y se rendían por excusar el daño que recibían en sus haciendas y heredades. Batieron los muros con las máquinas militares. Los moros se defendían con grande esfuerzo, con piedras, fuego y armas que arrojaban sobre los contrarios. Todavía les dieron tal prisa, que los moros comenzaron poco a poco a desmayar y a perder la esperanza de poder sufrir el cerco ni defender el pueblo; no esperaban ser socorridos por las alteraciones que todavía continuaban en África. Los que más desfallecían eran los ciudadanos con temor que si el pueblo se tomase por fuerza, por ventura no les querrían dar ningún partido ni perdonarlos; mas los soldados que tenían en su defensa no tenían tanto cuidado de lo que podría después suceder. Gastábase el tiempo y el cerco se alargaba.

 

En esto ciertos embajadores, que el rey de Castilla antes enviara al rey de Aragón para rogarle que le ayudase en esta guerra e hiciese paces con él, vinieron a sus reales, y en su compañía Bernardo de Cabrera, que en aquellos tiempos era tenido por varón sabio y grave; por esta causa el rey de Aragón le sacó de su casa, en que con deseo de descansar se retirara, para la administración de los negocios públicos. Así, por su consejo principalmente gobernaba el reino, por donde de necesidad de muchos era envidiado. Con su venida, que fue en 29 de agosto, se hizo paz y alianza entre los reyes con estas capitulaciones: que la reina doña Leonor y sus

 

 

 

 

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hijos hubiesen pacífica y enteramente todo aquello que el rey, su marido y padre, les mandó por su testamento; el rey de Castilla, cumplido esto, no les daría ningún favor ni ayuda para que levantasen nuevas revueltas en Aragón. Hecha la paz, envió el rey de Aragón cuatrocientos ballesteros con diez galeras, cuyo capitán era Raimundo Villano.

 

Doña Juana, reina de Navarra, que después de la muerte de su marido se quedó en Francia y vivió por espacio de cinco años, murió en la villa de Conflans, puesta a la junta de los ríos Oise y Sejuana, en 6 de octubre; enterráronla en el monasterio de San Dionisio junto al sepulcro de su padre el rey Luis Hutin. Fue esta señora de santísimas costumbres y dichosa en tener muchos hijos. Dejó por sucesor del reino a Carlos, su hijo, de edad de diecisiete años. Quedáronle otros dos menores, don Filipo y don Luis, el que hubo después en dote el estado y señorío de Durazo; tuvo otrosí estas hijas, las infantas Juana, María, Blanca y doña Inés, que con el tiempo casaron con grandes príncipes; la mayor con el señor de Ruan, la segunda con el rey de Aragón, y con la tercera en el postrer matrimonio se casó Filipo de Valois, rey de Francia; la menor de todas fue casada con el conde de Foix. En esta sazón era virrey de Navarra un caballero francés llamado mosen Juan de Conflens.

 

Volvamos al cerco de Gibraltar. Los nuestros estaban con esperanza de entrar el pueblo, sino que las grandes fortificaciones y reparos que habían hecho los de dentro, la fortaleza de los muros les impedía que no le tomasen. Los moros de Granada daban muchos rebatos en los reales, y paraban celadas a los nuestros, y cautivaban a los que se desmandaban del ejército. Salían muchas veces los soldados de la ciudad a pelear, y hacíanse muchas escaramuzas y zalagardas. El cerco le tenían en este estado, cuando una grande peste y mortandad que dio en el real de los fieles desbarató todos sus diseños; morían cada día muchos, y faltaban; con esto la alegría, que antes solían tener en los reales, toda se convirtió en tristeza y lloro y descontento; tan grande es la inconstancia de las cosas. Don Juan de Lara y don Hernando Manuel, que por muerte de su padre era señor de Villena, eran de parecer y instaban que se levantase el cerco y se fuesen, ca decían no ser la voluntad de Dios que se tomase aquella villa, y que por ser en mal tiempo del año el perseverar en el cerco sería yerro perniciosísimo y mortal, especialmente que al cabo la necesidad los forzaría a que se fuesen, que era locura estarse allí con la muerte al ojo, sin ninguna esperanza de hacer cosa de provecho.

 

 

 

 

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Movíanle algo estas razones al rey; mas con el deseo que tenía de salir con la demanda y ganar la villa que en su tiempo se perdiera, y con la esperanza que tenía concebida y el ánimo grande por los buenos sucesos pasados, se animaba y proseguía el cerco. Decía que los valerosos y de grande corazón peleaban contra la fortuna y alcanzaban lo que pretendían, y los cobardes con el miedo perdían las buenas esperanzas; que pues la muerte no se excusa, ¿dónde mejor podía acabar que en este trance y pretensión un hombre criado desde niño en la guerra? Y ¿en qué empresa mejor podía hallar la muerte a un rey cristiano que cuando procuraba ampliar y defender nuestra santa fe y católica religión? Esta constancia o pertinacia del rey fue mala, dañosa y desastrada. Alcanzóle la mala contagion; dióle una landre, de que murió en 26 de marzo del año de 1350, el primero en que por constitución del papa Clemente se ganó el jubileo de cincuenta en cincuenta años, que de antes se mandó ganar de ciento en ciento.

 

Fue asimismo señalado este año por la muerte de Felipe, rey de Francia. Sucedióle su hijo Juan, rey de sublime y generoso corazón, sin doblez ni alguna viciosa disimulación, tales eran sus virtudes; los grandes infortunios que a él y a su reino acontecieron le hicieron de los más memorables. Este fin tuvo don Alfonso, rey de Castilla, undécimo de este nombre, muy fuera de sazón y antes de tiempo, a los treinta y ocho años de su edad; si alcanzara más larga vida desarraigara de España las reliquias que en ella quedaban de los moros. Pudiérase igualar con los más señalados príncipes del mundo, así en la grandeza de sus hazañas como por la disciplina militar y su prudencia aventajada en el gobierno, si no amancillara las demás virtudes y las oscureciera la incontinencia y soltura continuada por tanto tiempo. La afición que tenía a la justicia y su celo, o las veces demasiado, le dio acerca del pueblo el renombre que tuvo de Justiciero. Por la muerte del rey su gente se alzó a la hora del cerco. Llevaron su cuerpo a Sevilla, y allí le enterraron en la capilla real. En tiempo del rey don Enrique, su hijo, le trasladaron a Córdoba, según que él mismo lo dejó mandado en su testamento. Los moros, dado que los tenía él cercados, reverenciaban y alababan la virtud del muerto en tanto grado, que decían no quedar en el mundo otro semejante en valor, y las demás virtudes que pertenecen a un gran príncipe, y como quier que tenían a gran dicha verse libres del aprieto en que los tenía puestos, no acometieron a los que se partían ni les quisieron hacer algún estorbo ni enojo.

 

 

 

 

 

 

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En este cerco no se halló el arzobispo don Gil de Albornoz, por ventura por estar ausente de España; por lo menos se halla que al fin de este año a 18 de diciembre le creó cardenal el papa Clemente, que tenía bien conocidas sus partes desde el tiempo que fue a Francia a solicitar el subsidio ya dicho. Lorenzo de Padilla dice que ésta fue la causa de renunciar el arzobispado por ser a la verdad incompatibles entonces aquellas dos dignidades, y que en su lugar fue puesto don Gonzalo el Cuarto, deudo suyo, de la casa, apellido y nombre de los Carrillos. Otros quieren que el sucesor de don Gil se llamó don Gonzalo de Aguilar, obispo que fue primero de Cuenca. A la verdad, como quier que se llamase, su pontificado fue breve, ca gobernó la iglesia de Toledo como tres años, y no más; fue prelado de prendas y de valor.

 

 

 

 

XVI. Cómo mataron a doña Leonor de Guzmán

 

Siguiéronse en Castilla bravos torbellinos, furiosas tempestades, varios acaecimientos, crueles y sangrientas guerras, engaños, traiciones, destierros, muertes sin número y sin cuento, muchos grandes señores violentamente muertos, muchas guerras civiles, ningún cuidado de las cosas sagradas ni profanas; todos estos desórdenes, si por culpa del nuevo rey, si de los grandes, no se averigua. La común opinión carga al rey, tanto que el vulgo le dio nombre de Cruel. Buenos autores, gran parte de estos desórdenes la atribuyen a la destemplanza de los grandes, que en todas las cosas buenas y malas sin respeto de lo justo seguían su apetito, codicia y ambición tan desenfrenada, que obligó al rey a no dejar sus excesos sin castigo. La piedad y mansedumbre de los príncipes, no solamente depende de su condición y costumbres, sino asimismo de las de los súbditos. Con sufrir y complacer a los que mandan, a las veces ellos se moderan y se hacen tolerables; verdad es que la virtud, si es desdichada, suele ser tenida por viciosa. A los reyes al tanto conviene usar a sus tiempos de clemencia con los culpados, y les es necesario disimular y conformarse con el tiempo para no ponerse en necesidad de experimentar con su daño cuán grandes sean las fuerzas de la muchedumbre irritada, como le avino al rey don Pedro. ¿De qué aprovecha querer sanar de repente lo que en largo tiempo enfermó? ¿Ablandar lo que está con la vejez endurecido, sin ninguna

 

 

 

 

 

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esperanza de provecho y con peligro cierto del daño? Las cosas pasadas, dirá alguno, mejor se pueden reprender que enmendar ni corregir; es así, pero también las reprensiones de los males pasados deben servir de avisos a los que después de nos vendrán, para que sepan regir y gobernar su vida.

 

Mas antes que se venga a contar cosas tan grandes, será necesario decir primero en qué estado se hallaba la república, qué condiciones, qué costumbres, qué restaba en el reino sano y entero, qué enfermo y desconcertado. Luego que murió el rey don Alonso, su hijo don Pedro, habido en su legítima mujer, como era razón, fue en los mismos reales apellidado por rey, si bien no tenía más de quince años y siete meses, y estaba ausente en Sevilla, do se quedó con su madre. Su edad no era a propósito para cuidados tan graves; su natural mostraba capacidad de cualquier grandeza. Era blanco, de buen rostro, autorizado con una cierta majestad, los cabellos rubios, el cuerpo descollado; Veíanse en él, finalmente, muestras de grandes virtudes, de osadía y consejo; su cuerpo no se rendía con el trabajo, ni el espíritu con ninguna dificultad podía ser vencido. Gustaba principalmente de la cetrería, caza de aves, y en las cosas de justicia era entero. Entre estas virtudes se veían no menores vicios, que entonces asomaban y con la edad fueron mayores, tener en poco y menospreciar las gentes, decir palabras afrentosas, oír soberbiamente, dar audiencia con dificultad, no solamente a los extraños, sino a los mismos de su casa. Estos vicios se mostraban en su tierna edad; con el tiempo se les juntaron la avaricia, la disolución en la lujuria y la aspereza de condición y costumbres. Estas faltas y defectos, que tenía de su mala inclinación natural, se le aumentaron por ser mal doctrinado de don Juan Alonso de Alburquerque, a quien su padre cuando pequeño se lo dio por ayo para que le impusiese y enseñase buenas costumbres. Hace sospechar esto la grande privanza que con él tuvo después que fue rey, tanto, que en todas las cosas era el que tenía mayor autoridad, no sin envidia y murmuración de los demás nobles, que decían pretendía acrecentar su hacienda con el daño público y común, que es la más dañosa pestilencia que hallarse puede.

 

Tenía el nuevo rey estos hermanos, hijos de doña Leonor de Guzmán: don Enrique, conde de Trastámara; don Fadrique, maestre de Santiago; don Fernando, señor de Ledesma, y don Tello, señor de Aguilar. Demás de estos tenía otros hermanos: doña Juana, que casó adelante con don Fernando y con don Felipe de Castro, don Sancho, don Juan y don Pedro,

 

 

 

 

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porque otro don Pedro y don Sancho murieron siendo aún pequeños. Sus hermanos no se confiaban de la voluntad del rey, ca temían se acordaría de los enojos pasados, en especial que la reina doña María era la que mandaba al hijo y la que atizaba todos estos disgustos. Doña Leonor de Guzmán, que se veía caída de un tan grande estado y poder (nunca la mala felicidad es duradera), hacíala temer su mala conciencia, y recelábase de la reina viuda. Partió de los reales con el acompañamiento del cuerpo del rey difunto; más en el camino, mudada de voluntad, se fue a meter en Medina Sidonia, pueblo suyo y muy fuerte. Allí estuvo mucho tiempo dudosa y en deliberación si aseguraría su vida con la fortaleza de aquel lugar, si confiaría sus cosas y su persona de la fidelidad y nobleza del nuevo rey. Comunicado este negocio con sus parientes y amigos, le pareció que podría más acerca del nuevo rey la memoria y reverencia de su padre difunto y el respeto de sus hermanos que las quejas de su madre; por esto no se puso en defensa, en especial que era fuerza hacer de la necesidad virtud, a causa que Alonso de Alburquerque amenazaba si otra cosa intentaba, que usaría de violencia y armas. Tomado este acuerdo, ella se fue a Sevilla; sus hijos don Enrique y don Fadrique y los hermanos Ponces y don Pedro, señor de Marchena, don Hernando, maestre de Alcántara, todos grandes personajes, y Alonso de Guzmán y otros parientes y allegados, unos se fueron a Algeciras, otros a otras fortalezas y castillos para no dar lugar a que sus enemigos les pudiesen hacer ningún agravio, y poder ellos defenderse con las armas y vengar las demasías que les hiciesen.

 

El atrevido ánimo del rey, la saña e indignación mujeril de su madre no se rindieron al temor, antes aún no eran bien acabadas las exequias del rey, cuando ya doña Leonor de Guzmán estaba presa en Sevilla. La ira de Dios, que al que una vez coge debajo le destruye, permitía que las cosas se pusiesen en tan peligroso estado. Su hijo don Enrique, echado de Algeciras, como debajo de seguro se fuese al rey, comunicado el negocio con su madre, dio prisa a casarse con doña Juana, hermana de don Fernando Manuel, señor de Villena, que antes se la tenían prometida. Concluyó de presente estas bodas para tener nuevos reparos contra la potencia del rey y crueldad de la reina.

 

Sucedió que el rey enfermó en Sevilla de una gravísima dolencia, de que estuvo desahuciado de los médicos; llegábase el fin del reino apenas comenzado. Concebíanse ya nuevas esperanzas, y como en semejantes

 

 

 

 

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ocasiones suele acaecer, el vulgo y los grandes nombraban muchos sucesores, unos a don Fernando, marqués de Tortosa, otros a don Juan de Lara o a don Fernando Manuel, que eran los más ilustres de España y todos de la sangre real de Castilla; de don Enrique, conde de Trastámara, y de sus hermanos aún no se hacía mención alguna. Desde a pocos días el rey mejoró de su enfermedad, con que cesaron estas pláticas de la sucesión, de las cuales ningún otro fruto se sacó más de que el rey supiese las voluntades del pueblo y de los nobles, de que resultaron nuevas quejas y mortales odios, ca por la mayor parte son odiosos a los príncipes aquellos que están más cercanos para les suceder. Enojado pues de esto don Juan de Lara y no pudiendo sufrir que don Alonso de Alburquerque gobernase el reino a su voluntad, se partió de Sevilla y se fue a Castilla la Vieja con ánimo de levantar la tierra; lo que podía él bien hacer por tener en aquella provincia grande señorío. Andaban ya estos enojos para venir en rompimiento cuando los atajó la muerte, que brevemente sobrevino en Burgos a don Juan de Lara en 28 de noviembre; su cuerpo sepultaron en la misma ciudad en el monasterio del señor San Pablo, de la orden de los Predicadores; dejó de dos años a su hijo don Nuño de Lara. Murió casi juntamente con él su cuñado don Fernando Manuel, y quedó de él una hija llamada doña Blanca. Dio mucho contento la muerte de estos señores a don Alonso de Alburquerque, que deseaba acrecentar su poder con los infortunios de los otros, y quitados de por medio sus émulos, pensaba a sus solas reinar, y en nombre del rey gozarse él del reino sin ningún otro cuidado.

 

Sabidas por el rey estas muertes, partió de Sevilla, por estar cierto que se podría con la presteza apoderar de sus estados. No fue este camino sin sangre, antes en muchos lugares dejó rastros y demostraciones de una condición áspera y cruel. Vino su hermano don Fadrique a la villa de Ellerena, do el rey había llegado; recibióle con buen semblante; más por lo que sucedió después se echó de ver que tenía otro en su pecho, y que su rostro y palabras eran dobladas y engañosas. Mandó en el mismo tiempo a Alonso de Olmedo que matase a su madre doña Leonor de Guzmán en Talavera, villa del reino de Toledo, donde la tenían presa; que fue un mal anuncio del nuevo reinado, cuyos principios eran tan desbaratados. En un delito ¡cuántos y cuan graves pecados se encierran! ¿Qué le valió el favor pasado? ¿De qué provecho le fue un rey tan amigo? ¿De qué tanta muchedumbre de hijos? Todo lo desbarató la condición fiera y atroz del

 

 

 

 

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nuevo rey; bien que por su poca edad, toda la culpa y odio de esta cruel maldad cargó sobre la reina, su madre, que se quiso vengar del largo enojo y pesar del amancebamiento del rey con la muerte de su combleza. Dende este tiempo, porque esta villa era del señorío de la reina, se llamó vulgarmente Talavera de la reina.

 

En Burgos, dentro del palacio real, sin que le pudiesen defender los que le acompañaban, ca los prendieron, por mandado del rey fue preso y muerto Garci Laso de la Vega. El mayor cargo y delito gravísimo era la afición que tenía a don Juan de Lara. Era Garci Laso adelantado de Castilla; sucedióle en este cargo Garci Manrique. Consultóse cómo el rey habría en su poder al niño don Nuño de Lara, señor de Vizcaya. Previnolo doña Mencía, una principal señora que le tenía en guarda, que le escapó de la ira y avaricia del rey, ca huyó con él a Vizcaya con esperanza de poder resistirle con la fidelidad de los vizcaínos. La resolución del rey era tan grande, que fue en su seguimiento y estuvo muy cerca de cogerlos; y como quier que en fin no los pudiese alcanzar, se determinó de apoderarse con las armas de todo su señorío, que fue más fácil por la muerte del niño, que avino dentro de pocos días, y con apoderarse de doña Juana y doña Isabel, sus hermanas; con esto incorporó en la corona real a Vizcaya, Lerma, Lara y otras villas y castillos.

 

Esto pasaba en el año de nuestra salvación de 1351, cuando en Aragón todo era fiestas, regocijos y parabienes por el nacimiento del infante don Juan, con que fenecieron todas las contiendas que resultaran sobre aquella sucesión, que mucho tiempo trabajaron aquel reino. Encargó el rey de Aragón la crianza de su hijo y le dio por ayo a Bernardo de Cabrera, varón de conocida virtud y prudencia. Dio otrosí luego el rey al infante el estado de Gerona con título de duque. De aquí tuvo origen lo que después quedó por costumbre, que al hijo mayor de los reyes de Aragón se le diese este título y este estado, a imitación de los reyes de Francia, a quien pocos años antes Humberto, delfín, vendió por cierto precio su delfinado, debajo de condición que los hijos mayores de los reyes de Francia le poseyesen con título de delfines y trujesen las armas de aquel estado. Y él, con raro ejemplo de santidad, tomado el hábito de los predicadores, trocó el señorío temporal por el estado monástico, y la vida de príncipe por otra mejor y más bienaventurada.

 

Los reyes de Castilla y de Aragón en un mismo tiempo procuraban cada cual aliarse con el rey Carlos de Navarra, que el año antes se coronó

 

 

 

 

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en la ciudad de Pamplona. Pensaban que el que primero se confederase con él y le tuviese de su parte esforzaba y aventajaba su partido. Los que mejor sentían de las cosas tenían por cierto que amenazaban de muy cerca grandes tempestades y revoluciones de guerra, y que era acertado prevenirse. En particular don Fernando, marqués de Tortosa, buscaba ayudas y hacía muchos apercibimientos de guerra para acometer la frontera de Aragón. Parecióle al navarro de entretener los dos reyes con buenas esperanzas y muestras de amistad con entrambos, dado que por ruego del rey de Castilla vino a Burgos con su hermano don Felipe a verse con él. Entre estos reyes mozos hubo contienda de gala, liberalidad y cortesía. La conformidad de la edad y semejanza de condiciones los hizo muy amigos. A la verdad a este rey Carlos unos le llamaron el Malo, y otros le dieron renombre de Cruel. La ocasión, que en el principio de su reinado castigó con más rigor del que era justo un alboroto popular que se levantó en su reino. Como fueron los principios, tales los medios y los remates; los excesos de los príncipes castiga la libertad de la lengua, de que no pueden ellos enseñorearse como de los cuerpos.

 

Gastados algunos días en Burgos en fiestas, juegos y banquetes, que era lo que pedía la edad de los reyes, el de Castilla se fue a Valladolid para tener Cortes en aquella villa, y el rey Carlos se volvió a Pamplona. De allí, dado que hubo orden en las cosas, con deseo de tornarse a Francia, su natural y patria, se fue primero a Momblanco, pueblo de Aragón, por hacer placer al rey de Aragón en verle, ca deseaba mucho que se hablasen. Platicáronse asimismo dos matrimonios, uno del rey Carlos con la hermana del rey de Sicilia; otro de doña Blanca, viuda de Filipo, rey de Francia, y hermana del mismo Carlos, con el rey de Castilla. Excusóse él de entrambos; decía ser costumbre de Francia que no se casasen segunda vez las reinas viudas, aunque quedasen mozas, y que él aún no tenía años y edad para tomar mujer. Esto era lo público; de secreto pretendía y esperaba casar con Juana, hija del rey de Francia, partido que venía mejor a las cosas de Navarra por la grandeza del señorío, no inferior al de un rey, que de su herencia paterna este príncipe tenía en el reino de Francia.

 

 

 

 

XVII. Del casamiento del rey don Pedro

 

 

 

 

 

 

 

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En las Cortes de Valladolid se trataron, entre otras cosas de menor importancia, dos graves y de mucho momento. En Castilla la Vieja algunos pueblos tenían costumbre de tiempo inmemorial de a su voluntad mudar los señores que quisiesen; unos de ellos podían elegir señor entre toda la gente al que les pareciese les venía más a cuento; otros pueblos le escogían de un particular y señalado linaje; los unos y los otros por esta razón se decían behetrías, que parece behetría quiere decir buena compañía y hermandad, de Hetaeria, que en griego quiere decir compañía, y es como decir gobierno popular, con igualdad y como entre hermanos; por donde las cosas en ellos andaban muy revueltas y confusas, de que se tomaba una disoluta licencia para que se cometiesen grandes maldades. Alonso de Alburquerque procuró con todas sus fuerzas que el rey diese a estos pueblos ciertos señores, y les quitase la libertad de poderlos ellos nombrar; cosa que él deseaba o por el bien público o por su particular interés, que como era de los grandes el más favorecido del rey, tenía esperanza que le haría merced de la mayor parte de aquellos pueblos. Contradecían esto Juan de Sandoval y otros ricos hombres y principales que en aquella tierra tenían su naturaleza y otros respetos e intereses particulares. Decían que era gran sinrazón quitar a estos pueblos la libertad que de sus antepasados tenían heredada; en fin, estos intentos no tuvieron efecto.

 

Tratóse luego de casar al rey; don Vasco, obispo de Palencia, chanciller mayor del rey, y don Alonso de Alburquerque persuadieron a su madre la reina que le quisiese casar en Francia y que esto fuese luego; que a los mancebos ninguna cosa les para mayor peligro que los propios gustos y deleites de que están rodeados; demás que también importaba mucho que el rey se casase porque tuviese hijos que le sucediesen en el reino. Para este efecto don Juan de Roelas, obispo de Burgos, y Alvar García de Albornoz, caballero de Cuenca, se partieron por embajadores a Francia, para que de seis hijas que tenía Pedro, duque de Borbón, poderoso y nobilísimo príncipe de la sangre real de Francia, pidiesen una de ellas, la que les pareciese que era la más a propósito y más digna de ser mujer del rey. Vino en ello el duque, su padre, mostróles las hijas, escogieron a doña Blanca, con quien luego por poderes del rey se hicieron los desposorios. Parecía esta señora dichosa por las raras dotes de alma y cuerpo con que el cielo y naturaleza a porfía la enriquecieron y adornaron; pero fue desdichada con este matrimonio, que era lo que se esperaba sería el colmo

 

 

 

 

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de su felicidad. Así la fortuna o alguna causa oculta se burla de las humanas esperanzas y hace juego de nos y de todo aquello que estimamos.

 

Don Enrique, conde de Trastámara, de las Asturias, donde se huyó después de las muertes de su madre y de Garci Laso, se pasó a Portugal, desconfiado de la voluntad del rey y por no ser tan poderoso que le pudiese resistir. El rey de Portugal, movido de lástima de don Enrique y con miedo del peligro que corría el rey don Pedro por el odio y enojo que el reino con él tenía, parecíale que le tocaba a él mirar por su persona, pues era su nieto, hijo de su hija; rogóle se viesen en Ciudad Rodrigo. En aquellas vistas alcanzó de él que restituyese y perdonase a don Enrique. En tanta confusión y diversidad de voluntades y tantos enojos no era posible que hubiese quietud, ni las cosas podían estar sosegadas.

En el principio del año de 1352 se empezaron a mover discordias civiles en el Andalucía y en las Asturias y en tierra de Murcia. Don Alonso Fernández Coronel, muy rico y de grande autoridad entre los ricos hombres del Andalucía, poseía a Aguilar por merced del rey, sobre el cual pueblo tuvo antes mucho tiempo pleito con Bernardo de Cabrera. Recelábase del rey, porque cuando estuvo enfermo en Sevilla se dejó decir que le debía suceder en el reino don Juan de Lara, cosa de que el rey tomó con él grande enojo. Confiado pues este caballero en la fortaleza de su villa de Aguilar, fortificó y basteció las otras villas y castillos de su estado y procuró de aliarse con muchos grandes. Hizo gente de guerra y pidió a algunos príncipes de fuera del reino que le ayudasen, en particular para este efecto envió a tierra de moros a su yerno don Juan de la Cerda, hijo de don Luis. No le quiso favorecer el rey de Granada por las treguas que tenía con el rey de Castilla; tampoco en África halló amparo alguno, antes se dice que le ayudó y sirvió a Abohanen en una memorable batalla en que fueron quebrantadas las fuerzas de su padre Albohacen. De allí se volvió a Portugal, do anduvo huido y desterrado, puesta la esperanza de recobrar su patria en sola la clemencia y misericordia ajena. Su mujer doña María Coronel, por no poder sufrir la ausencia del marido, quiso más perder la vida que dejarse vencer de malos y deshonestos deseos; así, fatigada una vez de una torpe codicia, la apagó con un tizon ardiendo que metió con enojo por aquella misma parte donde era molestada; mujer digna de mejor siglo y digna de loa, no por el hecho, sino por el deseo invencible de castidad.

 

 

 

 

 

 

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En el entretanto el rey de Castilla acudió a los movimientos y alteración del Andalucía. Tomó muchas villas a don Alonso Coronel. Trataba y daba orden de cercar la villa de Aguilar, cuando juntamente tuvo aviso que don Enrique, confiado en la fortaleza de Gijón, levantaba bandera en las Asturias y se apercibía de armas, y que su hermano don Tello, desde Montagudo, en la raya de Aragón hacía muchos robos en sus tierras. El rey, dejada la Andalucía, se partió a las Asturias, porque los movimientos de aquella provincia eran más peligrosos. Llegado el rey, luego se rindieron los que tenían la fortaleza de Gijón a partido que el rey los perdonase a ellos y a don Enrique, que andaba escondido en las montañas comarcanas.

 

En esta jornada quedó prendado el rey de la hermosura grande y apostura de doña María de Padilla, doncella que se criaba en la casa de don Alonso de Alburquerque. Comenzó esta comunicación y favores en la villa de Sahagún, olvidado de su esposa y loco con estos nuevos amores, de donde resultó la total destrucción del rey y del reino; fue el medianero e intercesor de estos deshonestos y desdichados conciertos Juan de Hinestrosa, tío de la dama. Estos perversos hombres conquistaban la tierna edad y voluntad del rey con un pésimo género de servicio, que era proponerle todas las maneras de torpes entretenimientos y ayudarle a conseguir sus deleites deshonestos sin ningún respeto de lo honesto ni miedo de los hombres; en gravísimo perjuicio de la república granjeaban el favor y privanza del rey. En el palacio todo era deshonestidad, fuera de él todo crueldad, a la cual todos los demás vicios del rey reconocían y daban la ventaja.

 

Revolvió el rey con las armas contra Montagudo y le tomó con otros pueblos a él cercanos, ca don Tello los había desamparado y huídose a Aragón. Los reyes de Castilla y de Aragón, convidados con la cercanía de los lugares, acordaron de tratar de concordarse entre sí; no se vieron, pero enviáronse sus embajadas, y al fin se juntaron en tierra de Tarazona don Alonso de Alburquerque y Bernardo de Cabrera; allí concluyeron las paces, según que a ellos mejor les pareció. Concertóse que los reyes tuviesen los mismos por amigos y enemigos, que perdonasen a trueco, el uno a don Tello, y el otro a don Fernando de Aragón.

Concluidas estas cosas tornó el rey a la Andalucía y cercó la villa de Aguilar; los cercados, con grande lealtad, sufrieron cuatro meses el cerco hasta el mes de febrero del año de 1353, en que se tomó la villa por fuerza.

 

 

 

 

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Oía misa don Alonso Coronel, cuando le dijeron que se entraba la villa; no dejó por tanto de oírla hasta que fue la sagrada hostia consumida; estaba cierto de su muerte y sin ninguna esperanza de ser perdonado. Prendiéronle dentro de una torre en que se entró para defenderse. Fue castigado con las penas que se dan por las leyes a aquellos que han ofendido a la majestad real. Lo mismo avino a cinco compañeros suyos, hombres principales que con él hallaron. La villa mandó el rey desmantelar; así, derribados los muros, dio perdón al pueblo.

 

En el mismo mes de febrero a los 25 falleció don Gonzalo de Aguilar, arzobispo de Toledo, dicen en Sigüenza, y que allí yace sepultado. Las revueltas de Castilla, que ya comenzaban, por ventura tenían al arzobispo don Gonzalo fuera de su iglesia, donde murió. Sucedióle sin duda don Vasco o Blas, que el mismo es, que fue deán de Toledo, y a la sazón era obispo de Palencia y chanciller del rey; su padre Fernán Gómez, camarero del rey don Fernando el Emplazado y hermano de don Gutierre el Segundo, prelado de Toledo.

Partióse el rey de Aguilar para Córdoba en sazón que doña María de Padilla le parió a su hija doña Beatriz. De allí se vino al reino de Toledo. En Torrijos, que es una villa que está cinco leguas de Toledo, en un torneo que se hizo en las alegrías por las habidas victorias y nacimiento de la hija, fue herido el rey en una mano, de que estuvo en grande peligro de la vida a causa que con ningunos beneficios ni diligencia los cirujanos le podían restañar la sangre. A esta villa vino don Juan Alonso de Alburquerque de una embajada en que fue al rey de Portugal; y por su consejo se vino con él don Juan de la Cerda, a quien el rey recibió en su gracia con palabras amorosas; mas no se pudo alcanzar de él que le quisiese restituir los pueblos que tomó a su suegro, que ya comenzaba a señorear en él no la razón y equidad, sino el rigor, la fuerza, el antojo y apetito. Daba por excusa que de la mayor parte tenía hecha merced a su hija, como si ya la recién nacida tuviera necesidad de dote para casarse y de estado con que sustentarse.

 

Por este mismo tiempo doña Blanca de Borbón llegó a Valladolid, acompañada del vizconde de Narbona y del maestre de Santiago don Fadrique, que la salió a recibir; don Alonso de Alburquerque quería que se hiciesen luego las bodas. Era a la sazón el que lo mandaba todo con autoridad y señorío tan grande, que a las veces decía al rey palabras pesadas. Pesábale, y con razón temía que los deudos de doña María de

 

 

 

 

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Padilla viniesen a ser los más íntimos y privados del rey, por esto le quería casar. Mas como se hallaba enlazado en los amores de doña María no podía sufrir que le necesitasen a obedecer, especialmente que con los años se hacía más fiero e indomable, ni ya don Alonso de Alburquerque podía tanto con él y privaba menos. Los ministros y consejeros muy privados suelen ser pesados a sus señores, mayormente si ellos se adelantan en la privanza o los señores se mudan de voluntad. De aquí tuvo principio su caída con menor sentimiento y lástima del pueblo, en cuanto todos creían que él fuera el principio, por la mala crianza del rey, de todos los desórdenes pasados.

 

Celebráronse todavía las bodas en 3 de junio con poca solemnidad y aparato, pronóstico de que serían desgraciadas; así lo sospechaba la gente. Fueron los padrinos don Alonso de Alburquerque y la reina de Aragón doña Leonor; halláronse presentes en la fiesta don Enrique y don Tello, hermanos del rey, don Fernando y don Juan, infantes de Aragón, don Juan Núñez, maestre de Calatrava, don Juan de la Cerda y otros ricos hombres.

 

Por estos mismos días en Francia se celebraron otras bodas más dichosas que las nuestras, por los muchos hijos que de ellas procedieron y el grande amor que hubo entre don Carlos, rey de Navarra, y su esposa madama Juana, hija mayor del rey de Francia. De este matrimonio tuvieron tres hijos, que fueron Carlos, Felipe y Pedro (don Felipe murió en sus primeros años); otras tres hijas María, Blanca y Juana. Blanca falleció de edad de trece años; sus hermanas casaron con grandes príncipes. De otra señora le nació antes de esto al rey Carlos otro hijo llamado León, de quien descienden en Navarra los marqueses de Cortes. De don Pedro, hijo legítimo del mismo rey, se precian venir por línea femenina los marqueses de Falces, casa asimismo principal de Navarra.

 

 

 

 

XVIII. Que el rey de Castilla dejó a la reina doña

 

Blanca

 

Aun no eran bien acabadas las fiestas de las bodas, cuando ya al rey de Castilla daba en rostro la novia, y no la podía ver por estar embebecido y loco con los amores de doña María de Padilla, no más hermosa que la reina, y de linaje, aunque noble, humilde, si se compara con la excelencia

 

 

 

 

 

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real. Dende a dos días el rey aderezó su partida para el castillo de Montalbán, que es una fortaleza sentada a la ribera del río Tajo, donde dejó a su amiga, que antes era ya combleza. La reina, su madre, y su tía la reina doña Leonor, avisadas de lo que el rey quería hacer, le hablaron en secreto y con muchas lágrimas le rogaron y conjuraron por Dios y por sus santos que no fuese a despeñarse y a perder y destruir temerariamente su persona, fama, reino y todas sus cosas; que mirase lo que se diría en el mundo; que sería causa de que Francia le hiciese guerra, porque no sufriría tan grande agravio y mengua. Además, que daría ocasión para que los suyos se revolviesen, pues los estados se sustentan más que con otra cosa con la buena fama y opinión, y que contra aquellos que no están bien con Dios y los deja de su mano, se conjuran y hacen a una los hombres y todos los males e infortunios del mundo. Que tuviese lástima y le moviesen las lágrimas de su esposa, y no trocase su amor por una torpe deshonestidad, no viniese de esta maldad a caer en su total destrucción. No se movió el rey por cosa que le dijesen, antes negó tener tal intento; pero luego hizo traer de secreto los caballos y se fue sin hablar a nadie.

 

Don Enrique y don Tello y los infantes de Aragón fueron tras él, que muchos de los grandes daban en acomodarse con el tiempo y en lisonjear y saborear el gusto del rey, un pésimo género de servicio. Sólo uno, que era don Gil de Albornoz, cardenal y antes arzobispo de Toledo, como el que era en todo muy señalado, no dejaba de amonestarle lo que le convenía y de palabra y por cartas le reprendía; ocasión y principio de serle pesado y odioso. Cuanto las causas de aborrecerle eran más injustas, tanto era el odio mayor. Antes de este tiempo con color que tenía en su tierra ciertos negocios tocantes a su casa, alcanzada licencia, se retiró a Cuenca. De allí pasó a Francia, do los papas residían, ca tenía por mejor vivir desterrado que traer la vida al tablero por estar el rey enojado, en especial que tres años antes, como ya se dijo, fuera creado cardenal por Clemente VI. Sucedió a Clemente Inocencio el año pasado, el cual con este prelado consultaba todos los negocios.

 

El rey y doña María de Padilla desde Montalbán se fueron a Toledo. En Valladolid se consultó de hacerle volver por fuerza; no se le encubrió este trato al rey. Indignóse grandemente contra don Juan Alonso de Alburquerque, que fue el que movió esta plática, en tanto grado, que para aplacarle le fue necesario darle en rehenes un hijo suyo llamado Gil; en fin, con grandísimos ruegos de los grandes se alcanzó que quisiese volver

 

 

 

 

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a Valladolid a ver la reina, pero no estuvo con ella sino solos dos días; tan desasosegado le traía y tan loco el amor deshonesto. Fue fama que le hechizaron con una cinta, sobre la cual un judío hizo tales conjuros, que le parecía al rey que era una grande culebra. Algunos tuvieron sospecha temeraria y desvergonzada que el rey no sin causa se apartó tan repentinamente de su mujer doña Blanca, sino porque halló cierta traición de su hermano don Fadrique, padre de don Enrique, a quien en Sevilla no parió, sino crió una judía llamada doña Paloma, tronco de quien desciende la casa y familia de los Enríquez, inserta en la casa real de Castilla. Cosas que no me parecen verosímiles, antes creo que después que un deshonesto amor se apodera del corazón y entrañas de un hombre aficionado, no hay que buscar otros hechizos ni causas para que parezca que un hombre está loco y fuera de juicio.

 

De Valladolid se fue el rey a Olmedo, villa de aquella comarca, y por su mandado vino allí de Toledo doña María de Padilla, sin que más el rey tuviese memoria ni lástima de la reina, su mujer. Don Alonso de Alburquerque algunos días se recogió en ciertas villas fuertes de su estado; después por miedo que el rey no le hiciese fuerza se pasó a Portugal. Parecióle que no se podía nada fiar de la fe y palabra de quien tenía en poco la santidad del matrimonio y la religión del sacramento.

 

Don Fadrique, maestre de Santiago, había estado mal con el rey desde que hizo matar a su madre. Ahora, vuelto a su amistad, se vino a Cuéllar, do entonces la corte estaba. Con su hermano don Tello se casó en Segovia doña Juana, hija mayor de don Juan de Lara. Llevó en dote el señorío de Vizcaya; favorecieron a este casamiento los deudos de doña María de Padilla, con intento de hacerse amigos y tener obligados los hermanos del rey, que ya estaban mal con don Alonso de Alburquerque.

La reina doña Blanca residía en Medina del Campo en compañía de la reina, su suegra; pasaba la vida más de viuda que de casada con algunos honestos entretenimientos. De allí por mandado del rey fue llevada a Arévalo, con orden que no la dejasen hablar con su suegra ni con ninguno de los grandes. Pusieron por guardas de la que no pretendía huir a don Pedro Gudiel, obispo de Segovia, y a Tello Palomeque, caballero de Toledo. Mudó el rey los oficios de su casa, e hizo su camarero a don Diego García de Padilla, hermano de su amiga, dio la copa a Álvaro de Albornoz, y la escudilla a Pero González de Mendoza, fundador de la casa de Mendoza, digo de la grandeza que hoy tiene, que entonces en aquella parte

 

 

 

 

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de Vizcaya que se llama Álava poseía un pueblo de este nombre, de que se tomó este apellido de Mendoza. Fue hijo de este caballero Diego de Mendoza, que el tiempo adelante llegó a ser almirante. Estas mudanzas de oficios se hicieron en odio de don Alonso de Alburquerque, que en la casa real tenía obligados a muchos. Lo mismo se hizo en Sevilla, donde el rey se fue venido el otoño, que quitó en el Andalucía muchos oficios que el de Alburquerque a muchos grandes y ricos hombres proveyó el tiempo de su privanza. Así se truecan y mudan las cosas de este mundo. No hay cosa más incierta, mudable y sin firmeza que la privanza con los reyes, especialmente si es granjeada con malos medios.

 

Habíase el rey entregado de todo punto, para que le gobernasen, a doña María de Padilla y a sus parientes; ellos eran los que mandaban en paz y en guerra, por cuyo consejo y voluntad el rey y reino se regían. Los grandes y los mismos hermanos del rey, conformándose con el tiempo, caminaban tras los que seguían el viento próspero de su buena fortuna, y a porfía cada uno pretendía con presentes, servicios y lisonjas tener granjeada la voluntad de doña María de Padilla, con que se veía el reino lleno de una avenida de torpes y feas bajezas. En el invierno, con las grandes y continuas lluvias salieron de madre los ríos; especial en Sevilla la creciente fue tal, que por miedo no la asolase calafetearon fuertemente las puertas de la ciudad.

 

En el principio del año siguiente de 1354, como quier que don Juan Núñez de Prado, maestre de Calatrava, en días pasados se hubiese huido a Aragón por miedo que no le atropellasen, llamado del rey con cartas blandas y amorosas, se vino a su villa de Almagro, pueblo principal de su maestrazgo. Allí por mandado del rey le prendió don Juan de la Cerda, que ya estaba favorecido y aventajado con nuevos cargos. El mayor delito que el maestre tenía cometido era ser amigo de don Juan Alonso de Alburquerque, y ser parte en el consejo que se tomó de suplicar al rey volviese con la reina doña Blanca luego que la dejó. No paró en esto la saña, antes hizo que a la hora eligiesen en su lugar por maestre a don Diego de Padilla, sin guardar el orden y ceremonias que se acostumbraban en semejantes elecciones, sino arrebatada y confusamente sin consulta alguna; y al maestre don Juan Núñez súbitamente le hicieron morir en la fortaleza de Maqueda, en que le tenían preso. Dio el rey a entender que le pesaba de que le hubiesen muerto, no se sabe si de corazón, si fingidamente por evitar la infamia y odio en que podía incurrir con una

 

 

 

 

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maldad tan atroz y descargarse de un hecho tan feo con echar la culpa a otros. Pero, como quier que no se hizo ninguna pesquisa ni castigo, todo el reino se persuadió ser verdad lo que sospechaban, que lo mataron con voluntad y orden del rey.

 

Después de esto se hizo guerra en la tierra de don Juan Alonso de Alburquerque, que tenía muchas villas y castillos muy fuertes y bien abastecidos. Cercaron la villa de Medellín, que está en la antigua Lusitania; desconfiado el alcaide de poderla defender, dio aviso a don Alonso del estado en que se hallaba y con su licencia la entregó. Asimismo se puso cerco a la villa de Alburquerque, plaza fuerte y que la tenían bien apercibida; así, no la pudieron entrar. Levantóse el cerco y quedaron por fronteros en la ciudad de Badajoz don Enrique y don Fadrique, para que los soldados de Alburquerque no hiciesen salidas y robasen la tierra. Esta traza dio ocasión a muchas novedades que después sucedieron.

Fuese el rey a Cáceres; desde allí envió sus embajadores al rey don Alonso de Portugal, que en aquella sazón en la ciudad de Ébora celebraba con grandes regocijos las bodas de su nieta doña María con don Fernando, infante de Aragón. Los embajadores, habida audiencia, pidieron al rey les mandase entregar a don Juan Alonso de Alburquerque para que diese cuenta de las rentas reales de Castilla, que tuvo muchos años a su cargo, que sin esto no debía ni podía ser amparado en Portugal. Como don Juan Alonso estaba ya irritado con tan continuos trabajos no sufrió su generoso corazón esta ultraje. Respondió con grande brío a esta demanda de los embajadores que él siempre gobernó el reino y administró la hacienda del rey, su señor, leal y fielmente; que estaba aparejado para defender esta verdad en campo por su persona; que retaba como a fementido a cualquiera que lo contrario dijese; cuanto a lo que decían de las cuentas, dijo estaba presto para darlas con pago como se las tomasen en Portugal. Pareció que se justificaba bastantemente. Con esto los embajadores fueron despedidos sin llevar otro mejor despacho.

 

A los hermanos del rey pesaba mucho que las cosas del reino anduviesen revueltas y estuviesen expuestas para ser presa de cada cual. Pensaron poner en ello algún remedio; la comodidad del lugar los convidaba, acordaron de confederarse con don Juan Alonso de Alburquerque, que cerca se hallaba. Enviáronle su embajada, y mediante ella concertaron de verse entre Badajoz y Yelves. Allí trataron de sus haciendas y consultaron de ir a la mano al rey en sus desatinos y

 

 

 

 

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temerarios intentos. Arrimáronseles otros grandes. Las fuerzas no eran iguales a empresa tan grande; solicitaron al infante Don Pedro, hijo del rey de Portugal, para que se aliase con ellos, con esperanzas que le dieron de le hacer rey de Castilla, así por el derecho de guerra como por el de parentesco, como nieto que era del rey don Sancho, hijo de doña Beatriz, su hija. Dejóse de intentar esto a causa que el rey de Portugal, luego que supo estas trazas, estuvo mal en ello y lo estorbó. Esta nueva tela se urdía en la frontera de Portugal.

 

El rey de Castilla, con su acostumbrado descuido y desalmamiento, echó el sello a sus excesos con una nueva maldad tan manifiesta y calificada, que cuando las demás se pudieran algo disimular y encubrir, a ésta no se le pudo dar ningún color ni excusa. Doña Juana de Castro, viuda, mujer que fue de don Diego de Haro, a quien ninguna en hermosura en aquel tiempo se igualaba, pasaba el trabajo de su viudez con singular loa de honestidad. El rey, que no sabía refrenar sus apetitos y codicias, puso los ojos en ella. Sabía cierto que por vía de amores no cumpliría su deseo; procurólo con color de matrimonio. Fingió para esto que era soltero, alegó que no estaba casado con su mujer doña Blanca, presentó de todo indicios y testigos, que en fin al rey no le podían faltar. Nombró por jueces sobre el caso a don Sancho, obispo de Ávila, y a don Juan, obispo de Salamanca. Ellos, por sentencia que pronunciaron en favor del Rey, le dieron por libre del primer matrimonio. No se atrevieron a contradecir a un príncipe furioso; venció el miedo del peligro al derecho y manifiesta justicia. ¡Oh, hombres nacidos, no ya para obispos, sino para ser esclavos! Así pasaban los negocios por los desdichados hados de la infeliz Castilla.

 

Dado que se hubo la sentencia en Cuellar, do el rey era ido, se hicieron con grandísima prisa las bodas. El alcanzar lo que pretendía, al tanto que en las primeras, le causó fastidio. Detúvose muy poco tiempo con la novia; algunos dicen que no más de una noche. El color fue que los grandes se aliaban contra el rey, y que convenía atajarles los pasos antes que con la dilación se hiciesen más poderosos. Doña Juana de Castro se retrujo en Dueñas; allí cubría su injuria y afrenta con el vano título de reina. De estas bodas nació un hijo, que se llamó don Juan, para consuelo de su madre; juego que fue adelante de la fortuna.

 

A los principios de las guerras civiles que se tramaban, en Castrojeriz, villa de Castilla la Vieja, casó doña Isabel, hija segunda de don Juan Núñez de Lara, con don Juan, infante de Aragón. Llevó en dote el señorío

 

 

 

 

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de Vizcaya que el rey quitó a don Tello, su hermano, a quien pertenecía de derecho por estar casado con la hermana mayor. La causa del enojo fue estar aliado con los demás grandes. No era cosa justa castigar la culpa del marido con despojar a la inocente mujer de su estado patrimonial, si en el reinado de don Pedro valiera la razón y justicia y se hiciera alguna diferencia entre tuerto o derecho. En el mismo pueblo doña María de Padilla parió a doña Costanza, su hija, que adelante casó en Inglaterra con el duque de Lancaster.

 

Con los señores aliados su confederaban cada día otros grandes, en especial don Fernando de Castro, hermano de doña Juana de Castro, por vengar con las armas la injuria que el rey hizo a su hermana, se confederó con ellos. Lo mismo hicieron los ciudadanos de Toledo por estar mal con la locura y desatino del rey y tener lástima de la reina doña Blanca. Las ciudades de Córdoba, Jaén, Cuenca y Talavera siguieron la autoridad y ejemplo de Toledo; después se les juntaron los hermanos infantes de Aragón. Favorecían las reinas doña Leonor y doña María este partido por parecerles que la enfermedad y locura del rey no se podía sanar con medicinas más blandas. De esta suerte se abrían las zanjas y se echaban los fundamentos de unas crueles guerras civiles, que mucho afligieron a España y por largo tiempo continuaron, y el cielo abría el camino para que el conde don Enrique viniese a reinar.

 

 

 

 

XIX. De la guerra de Cerdeña

 

Paréceme será bien apartar un poco el pensamiento de los males de Castilla y recrear al lector con una nueva narración; que no va fuera de nuestro intento contar las cosas que en otras provincias de España acontecieron. El rey de Granada Juzef Bulhagix, después que reinó por espacio de veintiún años, le mataron este año sus vasallos. El autor principal de esta traición, que fue Mahomad, a quien por la vejez llamaron Lago, tío que era de Juzef, hermano de su padre e hijo de Farraquen, señor de Málaga, se apoderó del reino, y le tuvo toda su vida con grandes trabajos y muchas desgracias que le sucedieron, como sea así que nunca sale bien el señorío adquirido con parricidio y maldad. El imperio de los

 

 

 

 

 

 

 

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moros a grande prisa se iba a acabar por estar los señores de él divididos en bandos y mudar reyes a cada paso.

 

Este mismo año el rey de Aragón en Huesca, ciudad antigua en los pueblos ilergetes, fundó una universidad, y la dotó de suficientes rentas para sustentar a los profesores que enseñasen en ella las ciencias. Hacíase esto en tiempo que todo Aragón estaba alborotado y los pueblos llenos de ruido de armas y aparejos de guerra que se hacían para pasar con el rey a Cerdeña. Tuvieron un tiempo los pisanos usurpada esta isla; después por concesión del papa Bonifacio VIII los echaron de ella por fuerza de armas los aragoneses. Duró entonces la guerra muchos años, en que hubo varios trances; el remate fue a los aragoneses favorable. Érales muy dificultoso sustentar aquella isla por estar en el mar Mediterráneo, lejos de la costa de España, y tener de una parte a África y de otra a Génova tan cerca, que solamente está en medio de ellas la isla de Córcega como escala, de la cual divide a Cerdeña un angosto estrecho de mar. Los isleños, deseosos de novedades, con las esperanzas que concebían temerarias, no les agradaba lo que era más sano y seguro.

 

Poseían en aquella isla los Orias, linaje nobilísimo de Génova, algunos pueblos. Éstos, confiados en las voluntades y afición de la gente de la tierra, se pusieron en querer echar de la isla a los aragoneses con ayuda que para ello les hizo la señoría de Génova. Quejábanse los Orias que sin ser oídos y sin causa bastante les tomaron los aragoneses a Sacer y Caller, dos fuertes ciudades y cabeceras, que solían ser suyas, y están asentadas en los postreros cabos de la isla. Rompida la guerra, ganaron la ciudad de Alguer, y pusieron cerco sobre Sacer; no la pudieron entrar porque los ciudadanos fueron fidelísimos a los aragoneses, y la defendieron valientemente hasta tanto que el rey de Aragón les envió en socorro su armada, con que algún tiempo se entretuvo con varia fortuna la guerra. Los venecianos, que siempre fueron émulos y enemigos de los genoveses, enviaron sus embajadores al rey de Aragón para pedirle se aliase con ellos, y juntadas sus fuerzas, mejor castigasen la soberbia y orgullo con que los genoveses andaban.

 

Hechas sus alianzas, las armadas de Aragón y de venecianos tres años antes de éste, en el estrecho de Gallipoli junto a la ciudad de Pera, que en aquel tiempo era de genoveses, pelearon con gran porfía con las galeras de Génova, no obstante que el mar andaba muy alto y levantaba grandes olas; fueron vencidos los genoveses, y les tomaron veintitrés galeras; otras

 

 

 

 

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muchas con la fuerza de la tempestad dieron en tierra al través. Murió en la batalla Ponce de Santapau, general de la armada de Aragón, y se perdieron doce galeras de las suyas. Esta victoria no fue de mucha utilidad, ni aún por entonces estuvo muy cierto cuál de las dos partes fuese la vencedora, antes cada cual de ellas se atribuía la victoria. Los papas Clemente e Inocencio, por ver cuán grandes daños se seguían a la cristiandad de estas discordias, procuraron de apaciguar los aragoneses y venecianos con los genoveses; rogáronles insistentemente hiciesen paces, a lo menos asentasen algunas buenas treguas; enviáronles para este efecto muchas veces sus legados, que nunca los pudieron concordar. Estaban tan enconados los corazones, que parecía no se podrían sosegar a menos de la total destrucción de una de las partes.

 

A la de los genoveses en Cerdeña a esta sazón se allegó Mariano, juez de Arborea, príncipe antiguo de Cerdeña, rico y poderoso por los muchos vasallos y allegados que tenía. Este caballero con la esperanza de la presa y ganancia se juntara con Mateo Doria, cabeza de bando de los genoveses, con la mayor parte de los isleños que le seguían. Con esto en brevísimo tiempo se apoderaron de las ciudades, villas y castillos de toda la isla, excepto de Sacer y Caller, que siempre fueron leales a los aragoneses y se tuvieron por ellos. Llegó el negocio a riesgo de perderlo todo. No tenían fuerzas que bastasen a resistir al enemigo poderoso y bravo en el mar con la armada de Génova, y por ser las voluntades de los isleños tan inciertas e inconstantes. Sabidas estas cosas en Aragón, se juntó una grande y poderosa armada de cien velas, entre las cuales se contaban cincuenta y cinco galeras. Iban en esta flota mil hombres de armas, quinientos caballos ligeros y al pie de doce mil infantes, toda gente muy lucida y de valor para acometer cualquier grande empresa. Hicieron otrosí mochila para muchos días y matalotaje, como se requería. Vinieron a servir al rey de Aragón muy buenos soldados y caballeros de Alemania, Inglaterra y Navarra. Todos los nobles del reino se quisieron hallar en esta famosa jornada, señaladamente don Pedro de Ejerica, Roger de Lauria, don Lope de Luna, Oto de Moncada y Bernardo de Cabrera, que iba por general del mar, y por cuyo consejo todas las cosas se gobernaban.

 

Juntóse esta armada en el puerto de Rosas. De allí, mediado el mes de junio, alzaron anclas y se hicieron a la vela. Dejó el rey por gobernador del reino a su tío don Pedro. Tuvieron razonable tiempo, con que a cabo de ocho días descubrieron a Cerdeña, surgieron a tres millas de Alguer y

 

 

 

 

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echaron la gente en tierra. Marchó luego el ejército la vía de la ciudad, y tras ellos con su armada por la mar Bernardo de Cabrera. El rey mostró este día su valor y buen ánimo, ca iba delante los escuadrones para escoger los lugares en que se asentasen los reales. Hallábase en los peligros, y con su ejemplo animaba a los demás para que en las ocasiones se hubiesen esforzadamente. Príncipe que si no fuera ambicioso y no tuviera tan demasiada codicia de señorear, por lo demás pudiera igualarse con cualquiera de los antiguos y famosos capitanes. Descubriéronse en el mar hasta cuarenta galeras de los genoveses, más para hacer ostentación con su ligereza que fuertes y bien guarnecidas para dar batalla. El señor de Arborea con dos mil hombres de a caballo y quince mil de a pie asentó su real a vista de los aragoneses; no osaron dar la batalla porque era gente allegadiza, sin uso ni disciplina militar, no acostumbrados a obedecer y guardar las ordenanzas, y que ni en vencer ganaban honra, ni se afrentaban por quedar vencidos. Batieron los aragoneses los muros de día y de noche con máquinas y tiros y otros ingenios militares. Como el tiempo era muy áspero y la tierra malsana, comenzaron a enfermar muchos en el ejército de Aragón; el mismo rey adoleció; por esto de necesidad se hubo de tratar de acuerdo con el enemigo.

 

Concluyóse la paz con feas condiciones para el rey de Aragón. Estas fueron: que el juez de Arborea y Mateo Doria fuesen perdonados y se quedasen con los vasallos y pueblos que tenían. Demás de esto, dio el rey al juez de Arborea muchos lugares en Gallura, que es una parte de aquella isla. De esta manera como, contra lo que temían por sus deméritos, quedasen los enemigos premiados, para adelante se hicieron más fieros y desleales. Entregóse la ciudad de Alguer al rey; a los vecinos se dio licencia para que fuesen a vivir donde les pareciese, y en su lugar se avecindaron en ella muchos de los soldados viejos catalanes. La reina, que en compañía de su marido se halló presente a todo, hacía instancia por la partida. Por esta causa y por la muerte de Oto de Moncada y de don Felipe de Castro y de otros nobles se apresuraron estos conciertos, y se concluyeron en el mes de noviembre. Detúvose el rey en Cerdeña otros siete meses, en que se pusieron en orden las cosas, y se acabaron de allanar los isleños con castigar algunos culpados. El juez de Arborea y Mateo Doria, que volvían a intentar ciertas novedades, se sosegaron de nuevo. Asentado el gobierno de la isla y puesto por virrey en ella Olfo Prochita, volvió la armada en salvamento a Barcelona. El ruido y aparato de esta

 

 

 

 

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empresa fue mayor que el provecho ni reputación que se sacó de ella; pero muchos grandes príncipes no pudieron a las veces dejar de conformarse con el tiempo ni de obedecer a la necesidad, que es la más fuerte arma que se halla.

 

 

 

 

XX. De los alborotos y revueltas de Castilla

 

Después que el rey de Castilla combatió las villas y castillos de don Juan Alonso de Alburquerque y le tomó la mayor parte de ellos, como quisiese ir a cercar a su hermano don Fadrique, que se hacía fuerte en el castillo de Segura, ya que se quería partir para aquella jornada, envió desde Toledo a Juan Fernández de Hinestrosa a Castilla la Vieja para que trujese presa a la reina doña Blanca y la pusiese a buen recaudo en el alcázar de Toledo. El color, que era causa de la guerra y de las revoluciones del reino. Fue este mandato riguroso en demasía, y cosa inhumana no dejar a una inocente moza sosegar con sus trabajos. Traída a Toledo, antes de apearse fue a rezar a la iglesia mayor con achaque de cumplir con su devoción; no quiso dende salir por pensar defender su vida con la santidad de aquel sagrado templo, como si un loco y temerario mozo tuviera respeto a ningún lugar santo y religioso. El rey, avisado de lo que pasaba, se alborotó y enojó mucho. Dejó el camino que llevaba, vínose a la villa de Ocaña. Hizo que en lugar de su hermano don Fadrique fuese allí elegido por maestre de Santiago don Juan de Padilla, señor de Villagera, no obstante que era casado, lo que jamás se hiciera. El antojo del rey pudo más que las antiguas costumbres y santas leyes. De este principio se continuó adelante que los maestres fuesen casados, y se quebraron las antiguas constituciones por amor de doña María de Padilla, cuyo hermano era el nuevo Maestre.

 

Crecían en el entre tanto las fuerzas de los grandes. Vino de Sevilla don Juan de la Cerda para juntarse con ellos. Todos los buenos entraban en esta demanda. Cualquier hombre bien intencionado y de valor deseaba favorecer los intentos de estos caballeros aliados. Demás de su natural crueldad embravecía al rey la mala voluntad que veía en los grandes y la rebelión de Toledo por ocasión de amparar la reina, sobre todo que no podía ejecutar su saña por no hallarse con bastantes fuerzas para ello.

 

 

 

 

 

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Acudió a Castilla la Vieja para juntar gente y lo demás necesario para la guerra. Con esta determinación se fue a Tordesillas, do estaba su madre la reina. Los de Toledo llamaron al maestre don Fadrique para valerse de él; vino luego en su ayuda con setecientos de a caballo. Los demás grandes al tanto acudieron de diversas partes; y alojados en derredor de Tordesillas, tenían al rey como cercado, con intento de, cuando no pudiesen por ruegos, forzarle a que viniese en lo que tan justamente le suplicaban. Esto era, que saliese del mal estado en que andaba con la amistad de doña María de Padilla y la enviase fuera del reino; que quitase de su lado y del gobierno a los parientes de la dicha doña María; con esto que todos le obedecerían y se pasarían a su servicio. Llevó esta embajada la reina de Aragón doña Leonor. Valióle para que no recibiese daño el derecho de las gentes, ser mujer y la autoridad de reina y el parentesco que con el rey tenía. Volvió empero sin alcanzar cosa alguna.

 

Con esto los grandes perdieron la esperanza de que de su voluntad haría cosa de las que le pedían. Y como la reina y el rey su hijo se saliesen de Tordesillas, dieron la vuelta para Valladolid e intentaron de entrar aquella villa, más no pudieron salir con ello. Fueron sobre Medina del Campo, y la ganaron sin sangre. Acudió a esta villa el maestre don Fadrique; en ella murió a la sazón Juan Alonso de Alburquerque con hierbas que le dio en un jarabe un médico romano que le curaba, llamado Paulo, inducido con grandes promesas a que lo hiciese por sus contrarios y en gracia del rey. Este fin tuvo un caballero, como él era, entre los de aquella era señalado. Alcanzó en Castilla grande señorío, puesto que era natural de Portugal, hijo de don Alonso de Alburquerque y nieto del rey don Dionis. De parte de la madre no era tan ilustre, pero ella también era noble. Privó primero mucho con el rey, como el que fue su ayo; después fue de él aborrecido, y acabó sus días en su desgracia con tan buena opinión y fama acerca de las gentes cuanto la tuvo no tal en el tiempo que con él estuvo en gracia. Su cuerpo, según que él mismo lo mandó en su testamento, los señores, como lo tenían jurado, le trajeron embalsamado consigo, sin darle sepultura hasta tanto que aquella demanda se concluyese.

 

Enviaron los nobles de nuevo su embajada al rey con ciertos caballeros principales para ver si, como se decía, le hallaban con el tiempo más aplacado y puesto en razón. Lo que resultó de esta embajada fue que concertaron para cierto día y hora que señalaron se viese el rey con estos

 

 

 

 

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señores en una aldea cerca de la ciudad de Toro, lugar a propósito y sin sospecha. El día que tenían aplazado vinieron a hablarse con cada cincuenta hombres de a caballo con armas iguales. Llegados en distancia que se pudieron hablar, se recibieron bien con el término y mesura que a cada uno se debía; y los grandes aliados, conforme y según se usa en Castilla, besaron al rey la mano. Hecho esto, Gutierre de Toledo por su mandado brevemente les dijo que era cosa pesada, y que el rey sentía mucho ver apartados de su servicio tantos caballeros tan ilustres y de cuenta como ellos eran, y que le quisiesen quitar la libertad de poder ordenar las cosas a su albedrío, cosa que los hombres, mayormente los reyes, más precian y estiman, querer bien y hacer merced a los que tienen por más leales; empero que él les perdonaba la culpa en que por ignorancia cayeran, a tal que despidiesen la gente de guerra, deshiciesen el campo que tenían y en todo lo al se sujetasen; en lo que le suplicaban tocante a la reina doña Blanca, que haría lo que ellos pedían, sino era que tomaban este color para intentar otras cosas mayores. Los grandes, habido su consejo sobre lo que el rey les propuso, cometieron a Fernando de Ayala que respondiese en nombre de todos. Él, habida licencia, dijo:

 

«Suplicamos a vuestra alteza, poderoso Señor, que nos perdonéis el venir fuera de nuestra costumbre armados a vuestra presencia; no nos atreviéramos si no fuera con vuestra licencia, y no la pidiéramos si no nos compeliera el justo miedo que tenemos, de las asechanzas y zalagardas de muchos que nos quieren mal, de quienes no hay inocencia ni lealtad que esté segura. Por lo demás, todos somos vuestros; de nos como de criados y vasallos podéis, Señor, hacer lo que fuere el vuestro servicio y merced. La suerte de los reyes es de tal condición, que no pueden hacer cosa buena ni mala que esté secreta y que el pueblo no la juzgue y sepa. Dícese, y nos pesa mucho de ello, que la reina doña Blanca, nuestra señora, a quien en nuestra presencia recibisteis por legítima mujer, y como a tal le besamos la mano, se teme mucho de doña María de Padilla, que la quiere destruir. Sentimos otrosí en el alma que haya quien con lisonjas os traiga engañado. Esto no puede dejar de dar mucha pena a los que deseamos vuestro servicio. Sin embargo, tenemos esperanza que se pondrá presto remedio en ello, mayormente cuando con más edad y más libre de afición echéis de ver y conozcáis la verdad que decimos y el engaño de hasta aquí. Cuanto es más dificultoso hacer buenos a los otros que a sí mismo, tanto es cosa más digna de ser alabada el procurar con grandísimo

 

 

 

 

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cuidado de no admitir en el palacio ni dar lugar a que priven ni tengan mano sino los que fueren más virtuesos y aprobados. Muchos príncipes famosos vieron deslustrado su nombre con la mala opinión de su casa. ¿Qué mujer hay en el reino más noble ni más santa que la reina? ¿Cuán sin vanidades ni excesos en el trato de su persona? ¿Qué costumbres? ¿Cuán suave y agradable condición la suya? Pues en apostura y hermosura ¿cuál hay que se le pueda igualar? Cuando tal señora fuera extraña, cuando nosotros calláramos, era justo que vos la consoláredes y enjugáredes sus continuas y dolorosas lágrimas, y procurar, si fuese necesario, con vuestras gentes y armas restituirla en su antigua dignidad, honra y estado. Mirad, Señor, no os dejéis engañar de algunos desordenados gustos, no cieguen de manera el entendimiento que se caiga en algún yerro por donde todos seamos forzados a llorar y quedemos perpetuamente afrentados».

 

Esto fue lo que estos caballeros dijeron al rey. No se pudo concluir caso tan grave en aquel poco tiempo que allí podían estar juntos; acordaron que señalasen cuatro caballeros de cada parte para que tratasen de algunos buenos medios de paz. Con esto se acabaron las vistas y se despidieron. En la ejecución puso tanta dilación el rey, que se entendió nunca haría cosa buena, en especial que, dejadas las cosas en este estado, se partió de Toro, para do tenía su amiga. La reina, su madre, que de días atrás era del mismo parecer que estos señores, visto este nuevo desorden, les hizo ir a Toro, do ella estaba, y les entregó la ciudad. Atemorizaron al rey estas nuevas; recelábase no se levantase todo el reino contra él. Por prevenir y atajar los daños volvió a Toro, y en su compañía Juan Fernández de Hinestrosa y Simuel Levi, un judío a quien quería mucho y era su tesorero mayor.

 

Recibióle la reina, su madre, con muestras grandes de amor; él le dijo que venía a ponerse en su poder y hacer lo que ella gustase. Quitáronle luego las personas que con él venían, y puestos en prisión, mudaron los principales oficios de la casa real. A don Fadrique hicieron camarero mayor, chanciller mayor al infante don Fernando de Aragón, a don Juan de la Cerda alférez mayor, mayordomo a don Fernando de Castro, que casó entonces con doña Juana, hermana del rey, e hija de doña Leonor de Guzmán, dado que este matrimonio no fue válido, y se apartó adelante por ser los dos primos segundos. Con esta demostración de autoridad y acompañarle de tales personas se pretendía que estuviese a manera de

 

 

 

 

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preso, sin darle lugar que pudiese hablar con todos los que quisiese. Esto hecho, teniendo por acabada su demanda, llevaron a enterrar el cuerpo de don Juan Alonso de Alburquerque al monasterio de la Espina, que es de la orden del Císter, en Castilla la Vieja. Quedara para siempre manchada la lealtad y buen nombre de los castellanos por forzar y quitar la libertad a su natural rey y señor, si el bien común del reino y estar él tan malquisto y difamado no los excusara.

 

Permitíanle que saliese a caza; con esta ocasión y con grandes promesas que hizo a algunos de los grandes, y los granjeó, se huyó a Segovia, en su compañía Simuel Levi, que debajo de fianzas andaba ya suelto, y don Tello, a quien el rey mostraba amor, y aquel día le tocaba la guarda de su persona; amistad que duró pocos días. De aquí resultaron otros nuevos y mayores alborotos. Los infantes de Aragón y su madre la reina doña Leonor se fueron a la villa de Roa, que el rey se la dio a su tía los mismos días que estuvo en Toro detenido. Don Juan de la Cerda se partió a Segovia para estar con el rey; don Fadrique a Talavera, donde dejara sus gentes; don Fernando de Castro se volvió a Galicia con su mujer, que llevó en su compañía; don Tello a Vizcaya; don Enrique y la reina madre se quedaron en Toro para defender la ciudad. Estas cosas acaecieron en el fin del año.

 

En el principio del siguiente, que se contó 1335, se hicieron Cortes en Burgos, en que se hallaron los infantes de Aragón. El rey se quejó al reino del atrevimiento e insolencia de los grandes; pidió que le ayudasen para juntar un ejército con que los castigar, que no solamente cometieron delito contra él, sino en su persona; tenían eso mismo ofendido y agraviado o todo el reino, que era justo se vengase la injuria hecha a todos con las armas de todos. Concedióle el reino un servicio extraordinario de dinero para pagar parte de la gente de guerra.

 

Mientras estas cosas pasaban en Castilla, el rey de Navarra mató en Francia al condestable don Juan de la Cerda, hijo menor del infante don Alonso el Desheredado. Parecióle al rey de Francia este hecho muy atroz; sintió mucho que hubiesen malamente y con asechanzas muerto un tal personaje, que era muy valeroso y su condestable, y a quien él quería mucho y le trataba familiarmente desde su niñez. La ocasión de su muerte fue que el rey le hizo merced del condado de Angulema, al cual el rey de Navarra decía tener derecho. Pretendía otrosí del rey de Francia los condados de Champaña y de Bria; alegaba para esto que fueron de su

 

 

 

 

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padre. No quiso el rey dárselos; por esto se enojó grandemente y quebró su ira con el condestable. Envió una noche secretamente unos caballeros suyos que escalaron la fortaleza llamada de Aigle o del Águila en Normandía, en que se hallaba el condestable descuidado en su lecho. Allí le mataron en 8 días del mes de enero. Frosarte, historiador francés, concuerda en el día, mas quita dos años de nuestra cuenta. Publicada esta muerte, el rey de Francia no salió en público ni se dejó hablar por espacio de cuatro días. Hízose pesquisa, y fue citado el rey de Navarra; pidió en rehenes para su seguridad a Luis, hijo del rey; pareció demasía lo que pedía, pero en fin vinieron en ello; con tanto fue a París a responder por sí en juicio. Alegaba que le pretendía el condestable matar; no se probaba este descargo bastantemente; mandóle el rey prender, y por ruegos e importunaciones de su mujer y de su hermana, viuda, le perdonó, si bien se entendía por su condición feroz no permanecería en la fe y lealtad mucho tiempo, como en breve se experimentó. Pidió el rey de Francia al reino que le sirviesen con dineros para hacer guerra a los ingleses; contradíjolo el navarro, injuria que sintió grandemente aquel rey, como era razón, y la guardó y quedó bien arraigada en su ofendido pecho para vomitarla a su tiempo.

 

Dijose arriba cómo don Pedro, infante de Portugal, tenía de muchos días atrás amistad y trato con doña Inés de Castro; con esta misma el año pasado se casó clandestinamente con mengua de la majestad real. Para quitar esta mancha y reducir y sanar a su hijo la hizo matar el rey en la ciudad de Coimbra. Era cosa injusta castigar la deshonestidad y culpa del hijo con la muerte de la amiga, en especial que le pariera cuatro hijos, es a saber, don Alonso, que murió niño, don Juan y don Dionis y doña Beatriz.

Luis, rey de Sicilia, falleció por el mes de julio en la ciudad de Catania; sucedióle su hermano don Fadrique, Simple de nombre y en la edad, costumbres y entendimiento. El reinado de estos dos reyes hermanos fue trabajado de tempestades, guerras extranjeras y civiles, camino que se abrió al rey de Aragón para volverse a hacer señor de aquella isla. Pero dejemos este cuento por ahora, y volvamos a lo que se nos queda atrás.

 

 

 

 

XXI. De muchas muertes que se hicieron en

 

Castilla

 

 

 

 

 

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Despedidas las Cortes de Burgos, el rey se fue a Medina del Campo. Allí por su mandado fueron muertos dos caballeros de los más principales, el uno Pero Ruiz de Villegas, adelantado mayor de Castilla, el otro Sancho Ruiz de Rojas; mandó otrosí prender algunos otros. A Juan Fernández de Hinestrosa soltaron los de Toro debajo de pleitesía de volver a la prisión, si no aplacase y desenojase al rey, más no cumplió su promesa. Don Enrique y don Fadrique, juntadas sus gentes en Talavera, se fueron a encastillar en la ciudad de Toledo para prevenir los intentos del rey. Pasado el río, quisieron entrar por el puente de San Martín; más como les resistiesen la entrada algunos caballeros de la ciudad, dieron vuelta por encima de los montes, de que casi toda al rededor está cercada, y llegados a la otra parte de la ciudad, entraron por el puente que llaman de Alcántara. Hízose gran matanza en los judíos, y les robaron las tiendas de mercería que tenían en el Alcana. Fueron más de mil judíos los que mataron, lo cual no se hizo sin nota y murmuración de muchos a quien tan grande desconcierto parecía muy mal. Avisado el rey del peligro en que la ciudad estaba, vino a grande prisa antes que se pudiesen fortificar los contrarios en una plaza de suyo tan fuerte. Con su llegada los hermanos fueron forzados a desampararla con presteza, cosa que les valió no menos que las vidas. El rey vengó su enojo en los ciudadanos, mató algunos caballeros, y del pueblo mandó matar veintidós. Entre estos condenados era un platero viejo de ochenta años; un hijo que tenía, de dieciocho, se ofreció de su voluntad a que le matasen a él en cambio de su padre. El rey en lugar de perdonarle, que al parecer de todos lo merecía muy bien por su rara y excelente piedad, le otorgó el trueco y fue muerto, horrendo espectáculo para el pueblo, y misericordia mezclada con tanta crueldad. Los nombres de padre e hijo no se saben por descuido de los historiadores, el caso es muy cierto.

 

Hizo otrosí el rey prender al obispo de Sigüenza don Pedro Gómez Barroso, varón insigne entre los de aquel tiempo y gran jurista; la causa, que favorecía a sus ciudadanos y a la reina doña Blanca, que envió el rey presa a la fortaleza de Sigüenza. Asentadas las cosas de Toledo, restaba reducir a su servicio las demás ciudades. Los de Cuenca, por estar más conformes entre sí, cerraron las puertas al rey; no se atrevió a usar de violencia por ser aquella ciudad muy fuerte. Criábase entonces en ella don Sancho, hermano del rey, y aunque se libró de este peligro presente, pocos días después Alvar García de Albornoz, hermano del cardenal don Gil de Albornoz, que le tenía en guarda, le escapó y llevó a Aragón.

 

 

 

 

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Púsose cerco a la ciudad de Toro, en que estaba la reina Madre, don Enrique y don Fadrique, don Per Estévanez Carpintero, que se llamaba maestre de Calatrava, y todas las fuerzas de los caballeros de la liga. Durante el cerco, que fue largo asaz, en Tordesillas doña María de Padilla parió una hija, que fue la tercera, y se llamó doña Isabel. Don Juan de Padilla, su hermano, maestre de Santiago, fue muerto en un rencuentro que tuvo entre Tarancón y Uclés. Causóle la muerte la honra y estado en que el rey le puso. Venciéronlo don Gonzalo Mejía, comendador mayor de Castilla, y Gómez Carrillo, que favorecían y tenían la parte de don Fadrique. El rey, con la edad hecho más prudente, no quiso que se proveyese el maestrazgo por dejar la puerta abierta para que su hermano se redujese a su servicio.

 

El papa Inocencio por estos días envió al cardenal de Boloña para que pusiese en paz al rey y a estos grandes. Las cosas estaban tan enconadas, que no pudo efectuar nada; solamente alcanzó que soltasen de la prisión al obispo don Pedro Gómez Barroso. Don Enrique de Toro se huyó a Galicia, y escapó del peligro que le amenazaba y corría. Aunque era mozo, tenía sagacidad y cordura, de que dio bastantes muestras en todas las guerras en que anduvo. Don Fadrique, habida seguridad, salió de la ciudad y se fue al rey. Finalmente, en 5 de enero del año de 1356, un cierto ciudadano dio al rey entrada por una puerta que él guardaba. Apoderado de la ciudad, hizo matar a don Per Estévanez Carpintero y Ruy González de Castañeda y otros caballeros principales; matáronlos en presencia de la reina madre, que se cayó en el suelo desmayada de espanto y horror de un espectáculo tan terrible. Vuelta en su acuerdo, con muchas voces maldijo a su hijo el rey, y desde a pocos días con su licencia se fue a Portugal, donde no miró más por la honestidad que antes. Ninguna cosa se encubre en lugares tan altos. Como tratase amores con don Martín Tello, caballero portugués, fue muerta con hierbas por mandado del rey de Portugal, su hermano. Algunos afirman que la hizo matar su padre el rey don Alonso el Cuarto, ca por fidedignos testimonios pretenden probar vivió hasta el año de 1361; otros más acertados dicen que el dicho rey murió el año de 57.

 

El rey de Castilla se fue a Tordesillas, y allí hizo un torneo en señal de regocijo por las cosas que acabara. El lugar y el día más prometían placer y contento que miedo. No obstante esto, el rey otro día de mañana hizo matar a dos escuderos de la guarda de don Fadrique. Cuando él lo supo, tuvo grande temor no hiciese otro tanto con él; más esta vez no pusieron

 

 

 

 

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en él las manos. Este año tembló en muchas partes la tierra con grande daño de las ciudades marítimas; cayeron las manzanas de hierro que estaban en lo alto de la torre de Sevilla, y en Lisboa derribó este terremoto la capilla mayor, que pocos días antes se acabara de labrar por mandado del rey don Alonso. Algunos pronosticaban por estas señales grandes males que sucederían en España, pronósticos que salieron vanos, pues el reinado del rey de Castilla y él en sus maldades continuaron por muchos años adelante; el pueblo por lo menos hizo muchas procesiones y plegarias para aplacar la ira de Dios.

 

Tomada la ciudad de Toro, el conde don Enrique por caminos secretos y escondidos se huyó a Vizcaya, do su hermano don Tello con la gente y aspereza de la tierra conservaba lo que quedaba de su parcialidad, ca venció en dos batallas ciertos capitanes que tenían la voz del rey. Desde allí don Enrique se fue en un navío a la Rochela, ciudad de Xantoine, en Francia, para estar a la mira y esperar en qué pararían los humores que removidos andaban.

A esta sazón el rey de Navarra en un convite a que le convidó en Ruan Carlos el delfín y duque de Normandía fue preso por el rey de Francia, que de repente sobrevino, y le compelió a que desde la prisión respondiese a ciertos cargos que se le hacían; el principal era de traición, porque favorecía a los ingleses contra lo que era obligado como príncipe por muchas vías y títulos sujeto a la corona de Francia. De esta manera se veían en aquel reino divididas las aficiones de los españoles que en él residían; don Enrique tiraba gajes del rey de Francia, don Felipe, hermano del rey de Navarra, llamaba los ingleses a Normandía y se juntó con ellos. Lo mismo hizo el conde de Foix enojado por la injuria y agravio hecho al rey, su cuñado. Así en un mismo tiempo en España y en Francia se temían muchas novedades y nuevas y temerosas guerras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO DECIMOSÉPTIMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Del principio de la guerra de Aragón

 

Una guerra entre dos reinos y reyes vecinos y aliados y aún de muchas maneras trabados con deudo, el de Castilla y el de Aragón, contará el libro diez y siete; guerra cruel, implacable y sangrienta, que fue perjudicial y acarreó la muerte a muchos señalados varones, y últimamente al mismo que la movió y le dio principio, con que se abrió el camino y se dio lugar a un nuevo linaje y descendencia de reyes, y con él una nueva luz alumbró al mundo, y la deseada paz se mostró dichosamente a la tierra. Póneme horror y miedo la memoria de tan graves males como padecimos. Entorpécese la pluma, y no se atreve ni acierta a dar principio al cuento de las cosas que adelante sucedieron. Embarázame la mucha sangre que sin propósito se derramó por estos tiempos. Dese este perdón y licencia a esta narración, concédasele que sin pesadumbre se lea, dese a los que temerariamente perecieron, y no menos a los que como locos y sandios se arrojaron a tomar las armas y con ellas satisfacerse. Ira de Dios fueron estos desconciertos y un furor que se derramó por las tierras.

 

Las causas de las guerras, mirada cada una por sí, fueron pequeñas; mas de todas juntas como de arroyos pequeños se hizo un río caudal y una grande avenida y creciente de saña y de enojos. Cada cual de los dos reyes era de ardiente corazón y que no sufría demasías, en las condiciones y aspereza semejables; bien que el de Castilla por la edad, que era menor y más ferviente, se aventajaba en esto, y en rigor, severidad y fiereza. Querellábase el aragonés que sus hermanos tuviesen en Castilla guarida y hallasen en ella ayuda para alborotarle su reino. Sentía asimismo que don Fernando, su hermano, con color de asegurar al de Castilla que le sería leal, en hecho de verdad por darle a él molestia, hubiese puesto guarnición de castellanos en las sus fortalezas de Alicante y de Orihuela. Por el contrario, el rey de Castilla se quejaba que las galeras de Aragón a la boca de Guadalquivir tomaron ciertas naves que en tiempo de necesidad venían cargadas de trigo, de que resultó mayor hambre y carestía. Quejábase otrosí que los forajidos de Castilla eran recibidos y amparados en Aragón; que los caballeros aragoneses de Calatrava y de Santiago no querían

 

 

 

 

 

 

 

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obedecer a sus maestres, que eran de Castilla; en todo lo cual pretendía era agraviado, y decía quería tomar de todo enmienda con las armas.

 

A estos cargos y causas de romper la guerra se allegó otra nueva, y fue en esta manera. El rey de Castilla, apaciguado que hubo las alteraciones de Castilla la Vieja y dada orden en las demás cosas, entrado ya el verano partió al Andalucía para acabar de sosegar a Sevilla y los demás pueblos de aquella comarca. En Sevilla, fatigado con los cuidados y negocios, para tomar un poco de alivio determinó irse a las Almadrabas, en que se pescan los atunes, que es una vistosa pesca y muy gruesa granjería. Hizo aprestar una galera, y en ella se fue desde Sevilla a Sanlúcar de Barrameda. Sucedió estar surgidas en aquel puerto dos naves gruesas. Acaso diez galeras de Aragón que iban en favor de Francia contra los ingleses, sus capitales enemigos, salidas del estrecho de Gibraltar, costeaban aquellas riberas del mar Océano. El capitán de las galeras, que se llamaba Francisco Perellós, por codicia de la presa acometió y tomó aquellas dos naves delante los ojos del mismo rey. Pareció este un desacato insufrible. Encarecíanle los cortesanos en grande manera, como gente que deseaba se encendiese alguna guerra con que pensaban acrecentar sus haciendas y ser más estimados y honrados que en tiempo de paz, cuando por no ser tan necesarios los estimaban en menos; tal es la condición de soldados y palaciegos. Fue Gutierre de Toledo a reñir esta pendencia y agraviarse del atrevimiento y demasía; más el capitán aragonés, como quier que era hombre determinado y feroz, sin hacer caso de las amenazas y fieros dio por final respuesta que aquellas mercadurías eran de genoveses, y que por derecho de la guerra las podía tomar por estar con ellos a la sazón rompida en la isla de Cerdeña por grande deslealtad de Mateo Doria, genovés de nación.

 

Vista esta respuesta tan resoluta, el rey de Castilla envió al rey de Aragón una embajada con Gil Velázquez de Segovia, uno de sus alcaldes. Mandóle representase las quejas arriba referidas. Que mandase restituir los navíos que sus galeras tomaron a tuerto; demás que le entregase al capitán de ellas para castigarle conforme a su temeridad y locura. Aprestaba a la sazón el de Aragón en Barcelona una armada para pasar en Cerdeña contra los rebeldes de aquella isla. Fuéle por esta causa enojosa la demanda de Castilla. Respondió empero con blandura y humildad que él contentaría al rey de Castilla, satisfaría los agravios que le proponía y echaría de Aragón los castellanos forajidos. Asimismo, que vuelto el capitán, le castigaría

 

 

 

 

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según su culpa mereciese. En lo que tocaba a los caballeros de Santiago y de Calatrava, dijo no pertenecía a su jurisdicción aquel pleito por ser personas religiosas, y a él sería mal contado si en sus cosas se empachaba; que se podría tratar con el sumo pontífice como causa y negocio eclesiástico, y lo que se determinase él mismo lo tendría por bueno y pasaría por ello. No se satisfizo nada Gil Velázquez con esta respuesta, antes de parte de su rey le desafió y denunció la guerra. Replicó el rey de Aragón: «No me parece que ésta es bastante causa para romper la guerra entre dos reyes amigos y confederados; más yo lo dejo al juicio de Dios, que no permitirá pase sin castigo y enmienda cualquier insolencia; yo no comenzaré la guerra, pero con la ayuda divina, si me la dieren, ni la rehusaré ni la temo».

 

De estos principios se vino a las manos. Residían en Sevilla muchos mercaderes catalanes; todos en un punto fueron presos y confiscados sus bienes. Hicieron en ambos reinos levas de gentes y los demás apercibimientos. Acudieron asimismo a procurar socorros de príncipes extranjeros. En particular don Luis, hermano del rey de Navarra, que luego que en Francia prendieron al rey, su hermano, se volvió a España para proveer a lo de acá, requerido por entrambas partes que se juntase con ellos, no quiso declararse por la una parte ni por la otra, sino como sagaz entretenerlos con buenas esperanzas y estar a la mira, dado que de secreto más se inclinaba al de Aragón como a más amigo y deudo. Hízose por un mismo tiempo entrada por tres partes en el reino de Valencia. Don Hernando de Aragón pretendía levantar los de aquel reino por la parte que en él tenía y por la memoria de las revoluciones pasadas, cosa en que más confiaba que en las armas; más no halló la entrada que él pensaba, ca estaban escarmentados por causa de los males y castigos pasados. De esta manera se entretenía la guerra y continuaba en los postreros del mes de agosto con daño notable de los campos y aldeas de aquella frontera.

 

En estos mismos días se dio en Francia la famosa batalla de Poitiers, memorable por la matanza que de franceses se hizo muy grande por mucho menor número de ingleses, con que las fuerzas de aquel poderoso reino quedaron de todo punto quebrantadas. El mismo rey de Francia fue preso y Felipe, el menor de sus hijos. Murieron en el campo Pedro, duque de Borbón, padre de la reina doña Blanca; Gualter, condestable de Francia; Roberto, señor de Durazo y pariente del cardenal de Perigueux, que, enviado por legado del papa Inocencio para concertar aquellas gentes y

 

 

 

 

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asentar las paces, se halló en aquella batalla, sin otros muchos personajes de cuenta que allí perecieron. Sucedió aquella desgraciada batalla a 19 días del mes de septiembre de este año de 1356. De esta jornada resultaron dos cosas notables y a propósito de nuestra historia. La una que por orden de algunos vasallos suyos el rey de Navarra se soltó de la prisión en que le tenían, y hallada entrada en París, se hizo capitán de muchos sediciosos y alborotó el pueblo para que no acudiesen al delfín, que pretendía buscar socorros y allegar dineros para libertar al rey, su padre, no sin grave ofensión de aquella gente. Con esta ocasión el navarro en una junta que se tuvo en París se querelló públicamente del agravio y afrenta pasada. Dijo que su derecho que tenía a la corona de Francia era mejor que el de los que la pretendían por las armas, por ser, como era, nieto del rey Luis Hutin, hijo de su hija, como el inglés fuese hijo de madama Isabel, hermana del mismo. No hay duda sino que el navarro tramaba una nueva tela de discordias, si sus fuerzas fueran iguales a su voluntad y ánimo. En fin hizo tanto, que le fueron restituidos sus bienes; y a los pueblos y estado que heredó de su padre le añadieron el señorío de Mascon y de Bigorra. No pudo empero alcanzar, por más que andaban revueltas las cosas, que le entregasen a Bria, Champaña y Borgoña, estados a que pretendía tener derecho.

 

Sucedió asimismo que don Enrique, conde de Trastámara, después de esta batalla, en que se halló y salió salvo, se vino al rey de Aragón convidado con grandes promesas que le hizo. Ésta fue la primera puerta que se le abrió y el primer escalón para venir después a ser rey de Castilla, éste el principio de su prosperidad. La suma de las capitulaciones de los dos fue: que don Enrique se desnaturalizase de Castilla e hiciese pleito homenaje de ser perpetuamente vasallo y amigo del rey de Aragón; que fuesen suyas todas las ciudades y villas, excepto Albarracín, que tuvo el infante don Fernando de Aragón; que el rey le diese sueldo para seiscientos hombres de a caballo y otros tantos infantes que anduviesen debajo de su pendón y bandera.

 

Entrado el año de nuestra salvación de 1357, con varios sucesos se hacía la guerra en las fronteras de Castilla y Aragón. Tomaron los aragoneses a Alicante, y los castellanos a Embite y a Bordalúa. Los principales capitanes del rey de Aragón eran el conde de Trastámara don Enrique, don Pedro de Ejerica y el conde don Lope Fernández de Luna; por el rey de Castilla don Fadrique, maestre de Santiago, los dos hermanos

 

 

 

 

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infantes de Aragón y don Juan de la Cerda. Servían sus capitanes con mayor fidelidad al rey de Aragón que los suyos al de Castilla; los unos constantes y firmes, y estos otros dudosos y como a la mira de lo que resultaría de estas guerras. Especialmente que en general aborrecían las maldades y aspereza de condición de su rey. Así, al cabo el de Aragón con su buena industria y maña, de que hallo que en esta guerra se valió más que de sus fuerzas, los vino a atraer todos a su servicio y a tenerlos de su parte. Don Juan de la Cerda y Alvar Pérez de Guzmán fueron los primeros que se apartaron del servicio del rey de Castilla, que todavía tenían presente la muerte de su suegro don Alonso Coronel, señor de Aguilar, a quien el rey hizo matar, y ellos eran casados con doña María y doña Aldonza, sus hijas. Tenían otrosí miedo que el rey, que con una desenfrenada lujuria había puesto los ojos en doña Aldonza, se la quería tomar a su marido Alvar Pérez: así por ventura fueron dos las causas que compelieron a estos caballeros a apartarse del servicio de su rey, y a que de Seron, de donde hacían la guerra en la raya de Aragón, se pasasen al Andalucía, en que tenían muchos parientes y amigos y grande estado. Pretendían con su autoridad y presencia levantar y alborotar aquella provincia, como lo comenzaron a poner por obra; puesto que era grande confianza y osadía, más aina temeridad, atreverse a mover guerra civil en el medio y corazón de un reino tan poderoso.

 

A esta sazón el rey de Castilla con todo su ejército tenía sitiado un castillo de Aragón junto a la raya de Castilla, que se dice Tebal o Sisamón, como otros dicen. Allí tuvo nueva como estos caballeros, desamparado Seron, se iban al Andalucía; fue luego en pos de ellos. Siguiólos algún tanto, mas no los pudo alcanzar, que se fueron como si huyeran por la posta. Volvióse a encender la guerra con mayor furia que de primero. Tomó el rey de Castilla algunos pueblos de poca importancia; con el mismo ímpetu fue sobre Tarazona, ciudad principal, que está cerca de Navarra; ganóla y entróla por fuerza en 9 de marzo. Los ciudadanos, perdida la parte alta de la ciudad, que era la más fuerte de ella, se dieron a partido, salvas las vidas y hacienda; así los dejaron ir libremente a Tudela. Dijose que esta ciudad la perdieron los aragoneses por culpa del alcaide Miguel de Gurrea, que la pudiera sustentar mucho más tiempo si tuviera mayor corazón y más sufrimiento; así, por entender que no podría descargarse y satisfacer bastantemente a su rey, se pasó con su casa y

 

 

 

 

 

 

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familia al reino de Navarra. Pobló el rey la ciudad de soldados castellanos y avecindólos en ella; repartióles sus casas, campos y heredades.

 

El rey de Aragón, después que perdió esta ciudad, no se tenía por seguro dentro de los mismos muros de Zaragoza. Por esta causa con mayor ansia y cuidado que de antes procuró nuevos socorros y ayudas de extranjeros; mayormente que en esta sazón don Juan de la Cerda en el Andalucía fue muerto y desbaratado por el concejo de Sevilla, de cuyas gentes fueron capitanes en aquella batalla Juan Ponce de León, señor de Marchena, y el almirante Gil Bocanegra. Vino de Francia en servicio del rey de Aragón el conde de Foix y en su compañía muchos caballeros, soldados de fama. El señor de Labrit, su contrario, vino al tanto con un buen número de lanzas a ayudar al rey don Pedro de Castilla. El papa Inocencio envió a España a Guillén, cardenal de Boloña, por su legado para que pusiese paz entre estos dos reinos. Hizo muchas idas y venidas de los unos a los otros con grandísimo trabajo suyo; en fin, concertó treguas por un año y tres meses mientras que algunos grandes trataban medios de paz, para lo cual fue nombrado par parte del rey de Aragón Bernardo de Cabrera, y por el de Castilla Juan Fernández de Hinestrosa. En el entretanto los pueblos que ambas partes ganaran, se pusieron en fieldad y como en tercería en poder del cardenal legado, que puso pena de excomunión contra el primero que quebrase las treguas. Concluyéronse estas pláticas en 18 días del mes de mayo.

 

En este mes murió en Lisboa don Alonso el Cuarto, rey de Portugal, de edad de setenta y siete años y seis meses; reinó por espacio de treinta y un años, cinco meses y veinte días; fue enterrado su cuerpo en la misma ciudad junto al altar de la iglesia mayor, do sepultaron su mujer doña Beatriz. Sucedióle en el reino su hijo don Pedro, por sobrenombre el Cruel. Un mes antes le había nacido un hijo de doña Teresa, gallega, a quien tenía por amiga, después que su padre hizo matar a doña Inés de Castro. Era doña Teresa mujer muy apuesta; por lo demás ninguna otra gracia tenía porque mereciese ser querida. Llamaron a su hijo don Juan, a quien los cielos tenían determinado de entregar el reino de su padre y abuelos, como se dirá adelante en su debido lugar.

 

Volvamos a las cosas de Aragón y Castilla. Hechas las treguas, los aragoneses entregaron al cardenal legado los pueblos y fortalezas que tenían de Castilla. Hiciéronlo de mejor gana por ser pocas las que ellos ganaran. El rey de Castilla, si bien consintió en todas las demás

 

 

 

 

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capitulaciones, nunca se pudo acabar con él que quisiese sacar de Tarazona los soldados castellanos que nuevamente hizo avecindaren ella. Mientras estas cosas se concluían, fuese a la ciudad de Sevilla para apaciguar las revueltas del Andalucía y juntar una buena armada con que hacer guerra en los pueblos marítimos de Aragón luego que expirase el tiempo de las treguas; la paz, ni la esperaba, ni aún la deseaba. En Sevilla diose tanto a los amores de doña Aldonza Coronel, que en su respeto no hacía ya caso de doña María de Padilla: ¡cuán poco duran las privanzas y favores! ¡Cuán ciega e indómita bestia es un hombre sujeto a sus pasiones! Ningunas dificultades ni trabajos eran bastantes para poder apartar al rey don Pedro de sus deleites y torpezas.

 

Cansado pues y mohíno el legado de sus cautelas y marañas, le excomulgó y puso en toda Castilla entredicho. Todavía pareció que el legado en esto procedió con más prisa y cólera de la que en tan grave caso se requería; por esta causa el papa le envió a llamar y le hizo salir de España. Todas eran trazas y mañas del rey de Aragón por hacer más odioso al de Castilla y que le tuviesen por un mal hombre, sacrílego y excomulgado, ca pretendía con esta infamia y mala opinión que los de su reino le desamparasen, maña en que ponía más confianza que en su valor y fuerzas. Sucedióle al rey de Castilla otro nuevo disgusto. Tenía en su poder a doña Juana, mujer de su hermano don Enrique. Pedro Carrillo, un caballero criado suyo, tuvo manera para la sacar de Castilla, y la llevó a Aragón y la entregó a su marido. Con esto se acabó de perder la esperanza que de paz podía quedar entre los dos hermanos. Los otros dos, don Fadrique y don Tello, tenían gana de rebelarse. Ninguna otra cosa los detenía para que no se pasasen al de Aragón sino que entendían no les podría dar igual recompensa a los grandes estados que dejaban en Castilla. Esta tardanza en este mismo tiempo fue dañosa y mortal a muchos. Don Fernando de Aragón estaba en esta coyuntura en guarnición de la villa de Jumilla, que él en aquella frontera ganara a los aragoneses; tenía sus tratos secretos con Bernardo de Cabrera; en fin se pasó al rey de Aragón porque se le concedió la procuración del reino y la restitución de su estado; que en tiempo tan apretado y de tanta necesidad nada parecía demasiado. La rebelión de don Enrique y de don Fernando, como dio la vida a los aragoneses, así causó la muerte a los hermanos de ambos, como adelante se verá.

 

 

 

 

 

 

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En Cerdeña en estos días las cosas se mejoraban con la muerte de Mateo Doria, que sucedió a buen tiempo, y el rey de Aragón se concertó con sus sucesores. Mariano, el juez de Arborea, no se acababa de sosegar, puesto que con tan gran pérdida como la de Oria poco se adelantaba su partido.

 

La mayor parte de Sicilia en este mismo tiempo tenían ocupada las guarniciones y soldados del rey Luis de Nápoles; Palermo y Mesina, dos principales ciudades de aquella isla, eran suyas. Don Fadrique, llamado el Simple, que dos años antes sucedió en aquel reino a su hermano el rey don Luis, era de poca edad, de corto ingenio y menos fuerzas y poder. El título de rey conservaba en sola la ciudad de Catania con cortas esperanzas, a causa que volvía a revivir la parcialidad francesa, y tenía por vecinos a los reyes de Nápoles, y los isleños le eran desleales. Con esto, en tanto grado perdió el ánimo y esperanza de poder defenderse y sustentar su reino, que hizo donación de Sicilia, Atenas y Neopatria a su hermana doña Leonor, mujer del rey de Aragón. De esta donación envió al rey, marido de ella, escrituras públicas y auténticos instrumentos para convidarle y animarle a que le enviase sus gentes y armada con que defender a Sicilia. El rey de Aragón quisiera acudir a su cuñado; más tenía tanto que hacer en su casa con una tan pesada y peligrosa guerra y llena de grandes dificultades, que no pudo ayudar como quisiera a las cosas de Sicilia, que llegaron a término de estar de todo punto perdidas. El esfuerzo y lealtad de don Artal de Alagón, conde de Mistreta y maestre justicier de Sicilia, que hizo rostro a los enemigos y los venció en una batalla en que mató muchos dellos e hizo justicia de algunos del reino culpados, las entretuvo. La deslealtad de otros fue vencida con algunas mercedes que les hicieron; que en fin dádivas todo lo acaban y ablandan.

 

 

 

 

II. De las muertes de algunos señores de Castilla

 

El ardiente deseo de vengarse llevaba al despeñadero a los reyes de Castilla y de Aragón, sin cuidar de lo bueno y justo, y sin que echasen de ver lo que en el mundo se podría decir de ellos; en que se empeñaron de suerte, que no tuvieron empacho de llamar los moros en su ayuda. El rey moro de Granada envió golpe de gente de a caballo en favor del rey de

 

 

 

 

 

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Castilla, con quien meses antes se aviniera. El de Aragón llamó de África al rey de Marruecos para oponerle a su enemigo, balanzar las fuerzas y estar con él a la iguala; acuerdo infame y traza vergonzosa a la religión cristiana. Quejóse gravemente de ello por sus cartas el padre santo Inocencio, y entre otras razones les escribió que se maravillaba mucho que el deseo de hacerse daño llegase a tanto extremo, que no tuviesen miedo de traer a su tierra una peste tan contagiosa y mala, con que y con menor ocasión en otro tiempo se asoló y destruyó toda España. Fuera este cuidado y diligencia del pontífice buena y a buen tiempo; más las orejas los reyes tenían con un exceso de pasión y enojo de tal manera tapadas, que no oyeron sus paternales, santas y saludables amonestaciones.

 

Los grandes, que seguían la opinión de Castilla, fueron por los aragoneses solicitados y aún persuadidos a que se pasasen a su parte. El primero el infante don Fernando de Aragón; la misma naturaleza inclinaba a que en este riesgo quisiese antes favorecerá su hermano que al rey de Castilla, su primo. Tuvo sus hablas secretas en la villa de Jumilla, que ganara en esta guerra, como se tocó ya, y finalmente, por la buena diligencia y persuasiones de Bernardo de Cabrera se pasó a su hermano el rey de Aragón. No pudieron estar secretos tratos de tan grande importancia; así, en el principio del año de 1358 el maestre de Santiago don Fadrique tomó por fuerza de armas a Jumilla, y la sacó del poder de los aragoneses. Hecho esto, vínose el maestre a Sevilla, y entrado en el alcázar, por mandado del rey, su hermano, delante de sus ojos, fue cruelísimamente muerto por unos ballesteros de maza del rey. Éste fue el premio y mercedes que le hizo por el buen servicio que le acababa de hacer; bien es verdad que se sabe de cierto no andaba muy sosegado y que trataba de pasarse a Aragón. Sospecho que este trato debió de venir a noticia del rey, y que por esta causa se le aceleró la muerte.

 

Luego que fue muerto don Fadrique, se partió el rey a grande prisa a Vizcaya; las manos, que ya tenía tintas en la fraternal sangre, quería en aquella provincia volverlas a ensangrentar con otro semejante ejemplo de severidad. Sospechólo su hermano don Tello, y huyóse a Francia en un navío, y de allí se fue a Aragón para vengar con las armas su injuria y la muerte del hermano. No faltó otro desdichado en quien, en su lugar, el cruel rey ejecutase su saña. Ido don Tello, el infante don Juan de Aragón, a quien se debía el señorío de Vizcaya por ser casado con doña Isabel, hija de don Juan Núñez de Lara, y también el rey a la partida de Sevilla se le

 

 

 

 

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prometió, le suplicó fuese servido de dársele, pues con la huida de don Tello quedaba sin dueño y desamparado. El rey, o porque le apretó mucho con esta demanda, o por saber que era de acuerdo con los demás grandes que se eran pasados a Aragón, en Bilbao, do a la sazón estaban, le hizo matar a sus maceros; y aún escribe un autor que él mismo le acabó de un golpe de jabalina que le dio con su propia mano: abominable crueldad. Su cuerpo le hizo echar de una ventana abajo, y caído en la plaza, dijo a muchos vizcaínos que lo miraban: «Veis ahí a vuestro señor y al que demandaba el estado de Vizcaya». Mandóle después llevará Burgos; más ni le dio sepultura ni se le hicieron las debidas honras ni obsequias, antes por mandado del rey lo echaron en lo profundo del río, que nunca más pareció; con esto echó el sello y acabó de suplir lo que a un caso tan atroz faltaba de crueldad, que era vengarse en el cuerpo de su primo hermano, tan malamente muerto.

 

Con la misma furia a la reina doña Leonor, su tía, madre del infante, y su infelicísima mujer doña Isabel, las hizo prender en Roa y llevarlas desde allí presas al castillo de Castrojeriz. Prosiguióse por todo el reino una grande carnicería, y de diversas partes le trujeron a Burgos seis cabezas de caballeros principales, que fueron para él un espectáculo tan grato y apacible cuanto era horrendo y miserable a los hombres buenos que le miraban. Tenía también determinado de matar otros muchos en Valladolid, si no se lo estorbara la entrada que repentinamente hicieron en Castilla don Enrique y el infante don Fernando. Don Enrique destruía y asolaba la tierra de Campos, de Soria y Almazán; don Fernando hacía cruel guerra en el reino de Murcia. A entrambos incitaba el justo sentimiento de la muerte de sus hermanos, y el grave dolor que su memoria les causaba los encendía en cólera y deseo de vengarlos y satisfacerse con las armas. El rey de Castilla, con miedo de la entrada que estos caballeros hicieron en su reino, se fue al Burgo de Osma para proveer lo necesario a esta guerra. De allí, en el principio del mes de julio, envió un ballestero de maza al rey de Aragón a quejarse porque le había rompido malamente la tregua, y faltando a su verdad hacía que sus gentes le entrasen en su tierra estando él descuidado y desapercebido con la seguridad de su palabra. A esto respondió el rey de Aragón que él era forzado a tomar las armas por el desafuero que él le hacía en no cumplir las condiciones de las treguas, demás que con la toma de la villa de Jumilla él primero las quebrara. Que cualquiera de ellos fuese el culpado,

 

 

 

 

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era cosa muy inhumana e injusta que pagase sus disgustos la sangre inocente de tantas gentes. Que sería mejor que estas diferencias se acabasen por combate de veinte con veinte, o cincuenta con cincuenta, o ciento con ciento. En esta forma el rey de Aragón desafió al de Castilla con grandes amenazas y palabras de mucha confianza.

 

Su enemigo, como quier que era más poderoso y de grande corazón, ningún caso hizo de sus fieros y desafío. Envió a don Gutierre Gómez de Toledo, a quien pocos días antes dio el priorato de San Juan, a que pusiese cobro en las cosas del reino de Murcia; a otros despachó a diversas partes, según que le pareció convenía a la buena administración de la guerra. Él se partió a gran prisa a Sevilla; tenía allí puesta en orden una armada de doce galeras, con las cuales se juntaron otras seis que vinieron de Génova. Con esta flota se determinó correr toda la costa del reino de Valencia, acometer y dar un tiento a las villas y ciudades marítimas. Fueron sobre Guardamar, villa del infante don Fernando, que ganaron por fuerza de armas. No se tomó el castillo, porque sobrevino súbitamente una borrasca tan furiosa, que dieron las galeras al través en tierra y las hizo pedazos; solamente escaparon dos que por buena suerte se acertaron a hallar en alta mar. Con tan grande y no pensado infortunio el fiero y soberbio corazón del rey no desmayó ni se quebrantó, antes quemó el pueblo y las galeras destrozadas, y levantado el ejército, se fue por tierra a Murcia. Dende a pocos días que llegó a aquella ciudad envió a Sevilla a Martín Yañez, privado suyo, con orden que hiciese labrar otra nueva armada; y él, juntado que tuvo de todas partes su ejército, se partió para Almazán, do tenía muchos hombres de armas.

 

Entró por aquella parte en las tierras de su enemigo; ganóle algunas villas y castillos, así de los que tenían los aragoneses en Castilla como otros del reino de Aragón, y principalmente se hizo cruel guerra en el estado de don Tello. En fin del otoño se volvió el rey a Sevilla con intento de, en pasando el invierno, juntar una grande flota y hacer la guerra por el mar, ca le parecía que se haría de esta manera mayor daño al enemigo. Para este efecto su tío el rey de Portugal le envió diez galeras, y tres el de Granada.

Este año fue señalado por el nacimiento de doña Leonor, hija del rey don Pedro de Aragón, y de don Juan, hijo de don Enrique, los cuales tenía Dios determinado que se ayuntasen en matrimonio y heredasen los reinos de Castilla. Nació doña Leonor en 20 días del mes de febrero, y don Juan

 

 

 

 

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asimismo en 20 del mes de agosto. En este mismo año en las Cortes de Valencia se estableció que los años no se contasen como solían por la era de César, sino por el nacimiento de Cristo.

 

En el principio del año siguiente de 1359 el rey de Aragón puso cerco sobre Medinacelí, pueblo puesto en los confines de los antiguos celtíberos, carpetenos y arevacos, que en tiempo antiguo fue una grande ciudad, más en este solo era una mediana villa, empero fuerte por su sitio natural y por tener dentro buena guarnición de gente, que la defendió valerosamente, tanto, que fue forzado el aragonés a volverse a Zaragoza sin empecerles ni dejar hecha cosa que fuese de mucha consideración ni momento. Estaba el rey de Castilla para ir a socorrer a Medinacelí, cuando tuvo aviso que era llegado a Almazán el cardenal Guido de Boloña, legado del papa Inocencio. Dióle el rey audiencia en esta villa; el legado de parte del papa le dijo que sentía tanto el padre santo hubiese guerra entre él y el rey de Aragón, y le tenía puesto en tan gran cuidado, que si no fuera por su mucha edad y por otros gravísimos negocios de la Iglesia que se lo estorbaron, él mismo en persona viniera a poner paz entre ellos y hacerlos amigos. Que los reyes de Castilla siempre fueron columna de la Iglesia, amparo y defensa, no solamente de España, sino de toda la cristiandad; pero que visto como al presente, olvidado de todo punto de la guerra de los moros, se ocupaba en hacerla a un príncipe cristiano, vecino y pariente suyo, no podía dejar de recibir grandísima pena y dolor. Que cuando saliese con la victoria, antes ganaría odio e infamia que honra ni provecho alguno. Que a ambos con paternal amor les rogaba, y de parte de Dios les amonestaba que tantas gentes, tesoros y armas los empleasen contra los enemigos de nuestra santa fe; si así lo hiciesen, su divina Majestad les daría en las manos muy honradas y señaladas victorias como las alcanzaron sus antepasados, esclarecidos reyes.

 

Respondió a esto el rey que se recelaba de pláticas de paz por causa que el rey de Aragón le engañó ya una vez con color de ella y muestra de querer amistad. Así, que estaba de terminado y con entera resolución de no venir en concierto ni acuerdo alguno, si no fuese que ante todas cosas echase de su reino los castellanos forajidos y restituyese a la corona de Castilla las ciudades de Orihuela y Alicante y otros pueblos de aquella comarca, que en el tiempo de las tutorías de su abuelo el rey don Femando los aragoneses, contra razón y justicia, usurparon; demás que por los gastos hechos en esta guerra, el rey de Aragón le contase quinientos mil

 

 

 

 

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florines. El legado, oído lo que decía el rey, fue a verse con el de Aragón; llevaba alguna esperanza de poderlos concertar, pues se comenzaba a hablar en condiciones. El rey de Aragón, oída la demanda, se excusaba y acusaba al enemigo, como es ordinario. Decía que el de Castilla fue el primero que sin justa causa movió la guerra; que no era cosa razonable ni se podía sufrir le pidiese y él diese lo que heredó de sus padres y abuelos; ni tampoco a él le sería bien contado si menoscabase o enajenase parte alguna desus reinos. Que este pleito en otro tiempo se litigó ante jueces árbitros, y oídas las partes, pronunciaron sentencia en favor de Aragón. Sin embargo, para mayor satisfacción y dar a todo el mundo a entender su justicia, él dejaría esta causa de nuevo en las manos del padre santo.

 

Gastábase el tiempo en demandas y respuestas sin concluirse nada. Era lástima grande ver cómo estas dos nobles naciones corrían furiosamente a su perdición, sin que nadie los pudiese reparar ni poner en paz ni fuese siquiera parte para hacerles sobreseer la guerra con algunas treguas. Si hablaban en ellas, el rey de Castilla se excusaba con las grandes expensas y gastos hechos en juntar una gruesa armada que tenía a la cola y aprestada para acometer las tierras marítimas de Aragón.

 

 

 

 

III.    Que la armada de Castilla hizo guerra en la costa de Aragón

 

Dejadas pues las pláticas de paz, volvió a encruelecerse la guerra, renováronse las muertes y crecieron los odios. El rey de Castilla, estando en Almazán, procedió contra el infante don Fernando y contra los dos hermanos don Enrique y don Tello; y aunque ausentes, por sentencia que pronunció contra ellos los declaró por rebeldes y enemigos de la patria. Con esto se acabó de perder la poca esperanza que les restaba de que se podrían concordar, mayormente que el rey hizo matar en la prisión a la reina doña Leonor; hecho sin duda cruel y detestable, puesto que fuera muy culpada y mereciera muchas muertes. Tanto mayor inhumanidad y fiereza lavar la culpa de los hijos con la sangre de su madre, sin tener respeto a que era mujer, reina y tía suya. Doña Juana y doña Isabel de Lara, hermanas y señoras de Vizcaya, le fueron compañeras en este último trabajo. Doña Juana fue llevada a Sevilla, donde pocos días después la

 

 

 

 

 

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hizo morir; a doña Isabel la mandó llevar con la reina doña Blanca, que en el mismo tiempo la hizo pasar del castillo de Sigüenza, en que la tenía presa, a Jerez de la Frontera, que fue dilatar la muerte de ambas por pocos días. La culpa de sus maridos, don Tello y don Juan de Aragón, descargó sobre las que en nada le erraron; así iban los temporales.

 

Estaba el corazón del rey tan duro y obstinado, que ningún motivo, por tierno y miserable que fuese, era poderoso para hacerle enternecer o ablandar; parecía que le cegaba la divina justicia para que no huyese el cuchillo de su ira, que tenía ya levantado para descargarle sobre su cruel cabeza. Con todo eso no dejaba de importunar con ruegos y plegarias a los santos patrones del reino que Dios tenía ya para otro guardado. Hacía estos votos al tiempo que se quería embarcar en la armada que tenía aprestada en Sevilla, en que se contaban cuarenta y una galeras y ochenta naves tan bien abastecidas y municionadas y con tanta caballería y gente de guerra, que era para poderse con ella intentar cualquier grande empresa. Defendieron esta vez el reino de Aragón y le libraron los ángeles de su guarda y la concordia grande que hubo entre los aragoneses. Fueron adelante siete galeras a las islas de Mallorca y Menorca, descubrieron en el camino una gran carraca de venecianos, y la tomaron, no con otro mejor derecho, sino porque se puso en defensa. Llevada a Cartagena, para que del todo este agravio no tuviese excusa ni descargo, el codicioso y hambriento rey le tomó muchas y muy ricas mercadurías de que venía cargada. El resto de la armada fue sobre Guardamar, y ganó la villa y castillo por combate. Desampararon los aragoneses a Alicante por no se sentir con las fuerzas y municiones que eran menester para poder defender aquella plaza. Iban en esta flota con el rey el almirante don Gil Bocanegra, el maestre de Calatrava y Diego González, hijo del maestre de Alcántara don Gonzalo Martínez, y otros muchos grandes y señores de todo el reino.

 

Don Gutierre de Toledo, prior de San Juan, quedó para con buen número de caballeros y soldados guardar estos pueblos que se ganaron; con lo demás de la armada se fue el rey a Tortosa; salió el cardenal legado de aquella ciudad, y se vio con él en su galera a la boca del río Ebro. Dióle un tiento para el negocio de la paz, que fue tan sin fruto como las veces pasadas. De allí se fue la vuelta de Barcelona, surgió en aquella playa en 19 días del mes de mayo. Halló en ella doce galeras de Aragón, acometió por dos veces a tomarlas, no lo pudo hacer ni dañarlas mucho por estar muy llegadas a la tierra, con que los ciudadanos con grande gallardía las

 

 

 

 

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defendieron. Burlado pues de su intento, partió con la flota para las islas que por allí caen, aportó a la de Ibiza; un lugar que tiene del mismo nombre, aunque fue reciamente combatido con tiros y máquinas de guerra, por estar en un sitio muy fuerte, no pudo ser tomado.

 

En el entre tanto el rey de Aragón juntó con mucha presteza una armada de cuarenta galeras de los puertos más cercanos a Barcelona, pasó con ella a Mallorca con deliberación de pelear con la armada de Castilla. En esta isla se quedó el dicho rey por grandes importunaciones de sus caballeros, que le suplicaron no quisiese arriscar su persona y con ella el bien y salud del reino ni ponerlo todo al riesgo y trance de una batalla. Movido con sus ruegos, envió a Bernardo de Cabrera, su almirante, y al vizconde de Cardona con orden que peleasen con la flota del enemigo, que con estas nuevas, levantado de sobre Ibiza, era ido a Calpe con la misma resolución de pelear. La armada de Aragón se entró en la boca del río que desagua en el mar junto a Denia; pienso es el río Júcar, que corre por aquella comarca. Ambas flotas daban muestra de tener gran deseo de la batalla; el recelo era no menor; así quedó por todos el venir a las manos. Con esto se fue en humo todo aquel ruido y asonadas de guerra tan bravas. El aragonés se recogió a Barcelona en 29 días de agosto. El rey de Castilla desde Cartagena envió su armada a Sevilla, y él se partió por tierra a Tordesillas por ver a doña María de Padilla, que en aquella villa le parió un hijo, por nombre don Alonso. El contento que el rey tuvo por su nacimiento, muy grande, le duró muy poco, y se le volvió en pesar con su temprana muerte. A don Garci Álvarez de Toledo, que ya era maestre de Santiago después de la muerte de don Fadrique, le encargó el rey la crianza de este niño y le hizo su ayo.

 

En las faldas del monte Cauno, que hoy se llaman las sierras de Moncayo, se extienden los campos de Araviana, bien nombrados y famosos en España por la lastimosa muerte que en tiempos antiguos sucedió en ellos de los siete nobilísimos hermanos, llamados los infantes de Lara. En estos campos don Enrique y su hermano don Tello, con setecientos aragoneses de a caballo que llevaban, se encontraron con los capitanes de la frontera de Castilla. Venidos a las manos, pelearon muy esforzadamente; fueron los de Castilla vencidos y desbaratados; quedaron tendidos en el campo al pie de trescientos hombres de armas, y muertos y presos muchos y muy nobles caballeros. Entre los otros fue muerto su capitán Juan Fernández de Hinestrosa, y don Fernando de Castro se escapó

 

 

 

 

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a uña de caballo; diose esta batalla en el mes de septiembre. El pesar y enojo que el rey de Castilla recibió por este desmán fue tal, que como fuera de sí y furioso por vengar su ira y hartar su corazón, mandó matar a dos hermanos suyos que tenía presos en Carmona, a don Juan, que era de dieciocho años, y a don Pedro, que no tenía más de catorce, sin que le moviese a piedad la buena memoria de su padre el rey don Alonso, ni a misericordia la inocencia y tierna edad de dos inculpables hermanos suyos; ningún afecto blando podía mellar aquel acerado pecho. Asombró esta crueldad a todo el reino; hízose el rey más aborrecible que antes; refrescóse la memoria de tantas muertes de grandes y señores principales como sin utilidad ninguna pública, ni particular injuria suya, ejecutó en pocos años un solo hombre, o por mejor decir, una carnicera, cruel y fiera bestia, tan bárbara y desatinada, que no tuvo miedo de en un solo hecho quebrantar todas las leyes de humanidad, piedad, religión y naturaleza. Temblaban de miedo muchos ilustres varones, nadie se tenía por seguro, no había conciencia tan sin mancha ni reprensión que no temiese cualque castigo de lo que ni por pensamiento le pasaba. Visto pues el grande peligro en que tenían sus vidas en Castilla, muchos prudentes y nobles caballeros se determinaron de asegurarlas en el reino de Aragón, escarmentados en tanto número de cabezas de hombres señalados.

 

No faltó en estos días otra ocasión en que el rey mostrase la dureza de su injusto pecho. Tuvo aviso que doce galeras venecianas habían de pasar forzosamente el estrecho de Gibraltar. Envió veinte galeras para que las aguardasen y prendiesen en el estrecho. Quiso su suerte que al tiempo que pasaban se levantase una recia tempestad; no fueron vistas de las galeras de Castilla, y así se libraron del peligro y daño que les tenía aparejado. Parecía que deseaba tener nueva ocasión de hacer guerra a los venecianos, no con más justa causa de que quería con otra nueva maldad irritar aquella señoría, a quien poco antes tenía agraviada con la toma de la carraca de sus mercaderes.

 

Grande porfía y trabajo puso el cardenal legado para que se volviese a tratar de paz, como se hizo en el principio del año de 1360. Enviáronse de ambas partes sus embajadores con poderes cumplidos para poderla efectuar con cualesquier capitulaciones. Estuvieron cerca de concordarse. Blandeaba el de Castilla a causa que en la batalla de Araviana faltaron muchos caballeros castellanos, otros cada día se pasaban al rey de Aragón; entre los demás fueron Diego Pérez Sarmiento, adelantado mayor de

 

 

 

 

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Castilla, y Pedro de Velasco, no menos noble y rico que el Adelantado. Andaban las pláticas de la paz, pero ni en Tudela ni en Saduna, donde poco después se volvieron o juntar los comisarios para tratar de las paces, no se concluyó ni hizo nada. Los aragoneses con los buenos sucesos se hallaban más animados; el rey de Castilla con las pérdidas y desastres aún no perdía del todo su primera fiereza, no obstante que por faltarle tantos amparos y amigos, andaba dudoso sin saber a qué parte se arrimar. Vacilaba entre los pensamientos de paz y de la guerra, no sabía de quién fiarse; así cada día mudaba los capitanes y otros oficiales. En este miserable estado se hallaba este rey, bien merecido por su sangrienta y terrible condición.

 

 

 

 

IV. De la muerte de la reina doña Blanca

 

De tal manera andaban los tratos de la paz, que en el interín no se alzaba la mano de la guerra; antes hacían nuevas compañías de soldados, buscaban dineros, pedían socorros extranjeros, y en todo lo al se ponía gran diligencia, especialmente de parte del rey de Aragón, que el de Castilla principalmente cuidaba y se ocupaba en vengarse y hacer castigos en sus nobles. Con este pensamiento partió de Sevilla para León por prender a Pero Núñez de Guzmán, adelantado mayor de León. No salió con su intento a causa que el adelantado fue avisado por un escudero suyo de la venida del rey y se huyó a Portugal. Después de esto, un día que Per Álvarez Osorio comía en León con don Diego García de Padilla, maestre de Calatrava, de quien era convidado, por orden del rey le mataron allí en la mesa dos ballesteros de maza suyos, sin que el maestre supiese cosa alguna de este hecho. Pasó de León a Burgos; allí con semejante crueldad hizo matar al arcediano Diego Arias Maldonado, sin tener respeto a su dignidad y sagrados órdenes; causáronle la muerte unas cartas que recibió del conde don Enrique.

 

A otros muchos a quien él quería matar dio la vida la repentina entrada que los aragoneses hicieron en Castilla. Debajo la conducta de los hermanos don Enrique y don Tello y del conde de Osona entraron con gran furia por la Rioja, y ganaron la villa de Haro y la ciudad de Nájera, donde dieron la muerte a muchos judíos por hacer pesar al rey que los favorecía

 

 

 

 

 

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mucho por amor de Simuel Levi, su tesorero mayor. Hízose otrosí gran matanza en los pueblos comarcanos y gran estrago en los campos y heredades; con este ímpetu llegaron los pendones de Aragón hasta el lugar de Pancorvo. La ciudad de Tarazona volvió en estos días a poder de los aragoneses por entrega que hizo de ella el alcaide y capitán a quien el rey de Castilla la tenía encomendada, que se llamaba Gonzalo González de Lucio; pienso que la entregó por algún miedo que tuvo de su rey o con esperanza de mejorar su hacienda.

 

El rey de Castilla, juntado su ejército, fue en busca de sus enemigos, que tenían sus estancias en Nájera; asentó sus reales junto a Azofra, pueblo pequeño y de poca cuenta. En este lugar un clérigo de misa y de buena vida, así fue fama, vino de la ciudad de Santo Domingo de la Calzada, y dijo al rey que corría grande peligro que su hermano don Enrique le matase, porque Dios estaba con él muy airado, que esto se lo mandó decir el bienaventurado santo Domingo de la Calzada, que le apareció en sueños en una soberana figura y representación más que humana. Costóle la vida su embajada, ca el rey le hizo quemar públicamente en los reales; muchos dudaron si con razón o sin ella. Levantó el rey su ejército de Azofra, y mandó marchar para Nájera; llegado junto a la ciudad, salieron a él los enemigos; tuvieron un bravo rencuentro en que fueron desbaratados los de Aragón, ycon mucho daño y pérdida los compelieron a volver las espaldas y huirse a la ciudad. Pudieran ser tomados a manos dentro de ella, si no fuera por el poco seso y menos cordura del rey, que no quiso creer los saludables consejos de los que eran de parecer los cercasen. Parecióle que bastaba haberlos forzado a que huyesen y se encerrasen dentro de los muros de la ciudad. Dende a dos o tres días los aragoneses desampararon a Nájera y Haro, y metió el rey en ellas buenas guarniciones de soldados.

 

Puesto buen recaudo en aquella frontera, se volvió a Sevilla; trató e hizo con el rey de Portugal en esta sazón que se entregasen el uno al otro los caballeros que andaban huidos en sus reinos. Asiento en que quebrantaron su palabra y fe pública, alteraron la costumbre de los príncipes y violaron el derecho de las gentes, que fue causa de otras nuevas muertes. Mató el rey de Portugal a un Pero Cuello y a otro cierto escribano, llamado Álvaro, porque se le acordaba que estos por mandado de su padre dieron la muerte a su amiga doña Inés de Castro. Tuvo mejor dicha Diego López Pacheco, que era uno de los que la ejecutaron, que fue

 

 

 

 

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avisado y tuvo lugar de huirse a don Enrique; el cual después por los buenos servicios que le hizo, le dio un buen estado en Castilla, y fue en ella el fundador y cabeza de la casa de los Pachecos, rica y noble entre los grandes de España. Otros caballeros entregaron al rey de Castilla, que luego los hizo matar en Sevilla. Uno de ellos fue el adelantado de León Pero Núñez de Guzmán, otro Gómez Carrillo, que le cortaron la cabeza en una galera en que por orden del rey iba desde Sevilla a Algeciras con recados fingidos y cartas para que le recibiesen por alcaide y capitán de aquella ciudad. Quería el rey mal a este caballero, y se recelaba de él porque un año antes le había tomado a su hermano Garci Laso Carrillo su mujer doña Mari González de Hinestrosa, por lo cual se fue a Aragón el marido a servir a don Enrique. La mala conciencia hace a los hombres sospechosos, y por el miedo, crueles y sanguinarios. Asimismo en la villa de Alfaro hizo descabezar en la prisión a un caballero que era su repostero mayor, por nombre Gutierre Fernández de Toledo, cuya muerte fue muy llorada en todo el reino, porque era un muy buen caballero y de loables costumbres. El rey, por evitar el odio que le podía causar la muerte no merecida de un caballero tan bienquisto, fingió algunas causas porque lo mandó matar, la principal que se inclinaba al partido de don Enrique; más a la verdad, su culpa fue decirle con ánimo libre y fiel las cosas que le cumplían, ca semejante libertad no puede dejar de ser peligrosísima con los malos príncipes; lo más seguro es adularlos. La lisonja aún con los buenos reyes se puede usar sin peligro; esto hace que en los palacios de los príncipes crezca en tan gran número este perverso linaje de gente aduladora, y que de ninguna cosa haya mayor mengua que de hombres que con lealtad y sano pecho digan la verdad y adviertan de lo que importa.

 

Sabida la muerte de Gutierre de Toledo por sus sobrinos Gutierre Gómez de Toledo, prior de San Juan, y Diego Gómez, su hermano, hubieron mucho miedo y enojo, y se fueron a Aragón. Al arzobispo de Toledo don Vasco compelió el rey a que a la hora saliese desterrado del reino. Diósele tanta prisa, que no le concedieron tiempo para tomar otro vestido ni llegar a su cámara a sacar un breviario, sino que súbitamente como le halló el mensajero oyendo misa, fue forzado dejar a Toledo y partirse su camino, no por otro delito más de haber, como era razón, sentido mucho la muerte de su hermano Gutierre Fernández. Fuese este prelado a Coimbra, donde en un monasterio de los Predicadores acabó santamente su vida e injusto destierro; después pasados algunos años, se

 

 

 

 

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trasladó su cuerpo a la iglesia mayor de Toledo. Muchos a este arzobispo le llamaron don Blas, que me pareció advertir, porque la variedad del nombre, como otras veces suele, no cause engaño. Ordenó su testamento en Coimbra, luego el año siguiente a 20 de enero, en que dice que quiere ser sepultado delante del altar de nuestra Señora del Coro de la iglesia de Toledo junto a la sepultura de don Gonzalo, obispo albanense y cardenal, y así se hizo. De aquí se saca que el cardenal don Gonzalo solamente estuvo depositado en Roma, como lo reza su lucillo de Santa María la Mayor en la letra que de suso queda puesta. Parece renunció don Vasco el arzobispado luego que le desterraron, pues se halla que aquel mismo año entró en su lugar don Gómez Manrique, hijo de Pedro Manrique, señor de Amusco y de Avia, y hermano de Garci Fernández Manrique, adelantado de Castilla, cepa y tronco de los duques de Nájera y de otras casas de Castilla de aquel apellido de Manrique. Fue don Gómez Manrique obispo de Palencia, y al presente lo era de Santiago. Sucedióle luego en aquella iglesia de Santiago don Suero Gómez de Toledo, sobrino de don Vasco; que debió ser manera de permuta y recompensa que se le hizo por la iglesia de Toledo que dejaba.

 

Mientras estas cosas pasaban en Castilla, el rey de Aragón envió cuatro galeras muy bien armadas de soldados y municiones y abastecidas de todo lo demás en socorro del rey de Tremecén, con quien estaba aliado. Encontraron con ellas cinco galeras de Castilla, que las rindieron y llevaron a Sevilla. Allí los más de los soldados aragoneses por mandado del rey don Pedro fueron muertos en compañía de su capitán Mateo Mercero, sin tener memoria ni hacer caso de los buenos servicios que este caballero hizo antes en el cerco de la ciudad de Algeciras.

Era tesorero mayor del rey Simuel Levi, que administraba a su albedrío las rentas y patrimonio real, con que juntó las grandes riquezas, y alcanzóla mucha privanza y favor, que al presente le acarrearon su perdición. Hiciéronle diversos cargos, de que resultó echarle en la cárcel y ponerle a cuestión de tormento, tan bravo, que por no le poder sufrir rindió el alma. Apoderóse el rey de todos sus bienes, que en tiempo de mal príncipe el derecho del fisco nunca suele ser malo. Llegaban al pie de cuatrocientos mil ducados, otros dicen más, sin los muebles y joyas, paños de oro y seda; cosa maravillosa que un judío juntase tantas riquezas, y que no pudo ser sin grave daño del reino.

 

 

 

 

 

 

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Al fin de este año Mahomad Lago, rey de Granada, fue echado del reino por una conjuración que contra él hicieron sus vasallos. Levantaron por rey a un arráez, pariente suyo, por nombre Mahomad Aben Alhamar, a quien por el color de la barba y cabellos llamaban vulgarmente el rey Bermejo; decían que de derecho le venía a este el reino, por decender de la sangre real de los primeros reyes de Granada. De aquí sucedieron nuevas guerras; el rey de Castilla era amigo y aliado del rey desposeído, el cual se huyera a Ronda, que era entonces del rey de Marruecos. Sintió el de Castilla el trabajo de su amigo Mahomad, y propuso de favorecerle. Por el contrario, el nuevo rey buscaba por todas partes socorros y ayudas de que valerse, y estaba muy inclinado a la parte del de Aragón, lo cual le vino a costar la vida. Principalmente ayudó a su perdición el llamar de África al rey Abohanen para que viniese a hacer guerra en España.

 

En el fin de este año asimismo doña Costanza, hija del rey de Aragón, fue desde Barcelona enviada a Sicilia para que casase con el rey don Fadrique, a quien su padre la tenía otorgada. Era capitán de la armada en que la llevaron Olfo Procitah, gobernador de la isla de Cerdeña por el rey de Aragón. Celebráronse las bodas en la ciudad de Catania a 11 días del mes de abril del año siguiente de 1361, desde el cual tiempo las cosas de aquella isla comenzaron a ponerse en mejor estado. Los enemigos napolitanos parte de ellos fueron vencidos, y parte echados del reino; de este matrimonio nació doña María, que fue después reina de Aragón, y llevó en dote el reino de Sicilia. Finalmente, en Castilla se hicieron paces por la buena diligencia del cardenal legado, no con ánimos sinceros, ni se entendía que serían durables. Los capítulos de ellas: que se restituyesen los unos a los otros los pueblos que se tomaron durante la guerra; que los forajidos de Castilla fuesen echados de Aragón, a tal que el rey de Castilla los perdonase. En la villa de Deza, do el rey de Castilla tenía sus reales, se publicaron estas paces a voz de pregonero en 18 días del mes de mayo. Ayudó mucho a que esta concordia se asentase el miedo grande de la guerra que el rey de Granada entonces hacía a Castilla.

 

Para mayor firmeza de esta paz acordaron que de ambas partes se diesen rehenes que estuviesen en fieldad en poder del rey Carlos de Navarra, que en aquella sazón se hallaba en Francia de partida para España, con mucho contento y regocijo que tenía por un hijo que le naciera de la reina, su mujer, que se llamó Carlos. Gobernaba en el entre tanto el reino de Navarra su hermano don Luis. Hecha la paz, el rey de

 

 

 

 

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Aragón se partió de Calatayud para Zaragoza, el de Castilla a Sevilla, don Enrique y sus hermanos acordaron conformarse con el tiempo y retirarse a Francia, escalón y camino para hacerse pujantes y para hacer temblar a Aragón y Castilla y renovarse la guerra con mayor furia y obstinación que antes.

 

Los trabajos y desdichas de la reina doña Blanca movían a compasión a muchos de los grandes de Castilla, y los obligaban a que tratasen de juntar sus fuerzas y armas para ampararla. No se le pudieron encubrir al rey estos pensamientos; cobró por esto mayor odio a la reina, como si fuera ella la causa de tan grandes guerras y debates. Parecióle que, quitada de por medio, quedaría libre él de este cuidado. Hízola morir con hierbas que por su mandado le dio un médico en Medina Sidonia en la estrecha prisión en que la tenían, tanto, que no se le permitía que nadie la visitase ni hablase; abominable locura, inhumano, atroz y fiero hecho, matar a su propia mujer, moza de veinticinco años, agraciada, honestísima, inocentísima, prudente, santa, de loables costumbres y de la real sangre de la poderosa casa de Francia. No hay memoria entre los hombres de mujer en España a quien con tanta razón se le deba tener lástima como a esta pobre, desastrada y miserable reina. De muchas tenemos noticia que fueron muertas y repudiadas de sus maridos; pero por alguna culpa o descuido suyo, a lo menos que en algún tiempo tuvieron algún contento y descanso, con cuya memoria pudiesen tomar algún alivio en sus trabajos. En la reina doña Blanca nunca se vio cosa por que mereciese ser sino muy estimada y querida. Sin embargo, no amaneció para ella un día alegre, todos para ella fueron tristes y aciagos. El primero de sus bodas fue como si la enterraran. Luego la encerraron, luego la desecharon, luego la enviaron, no gozó sino de calamidades, pesares y miserias. Quitáronle sus damas y criados, privaba su émula; ¿quién en tales trances la podía favorecer? Todo socorro y alivio humano estaba muy lejos.

 

«Mas a ti, rey atroz, o por mejor decir, bestia inhumana y fiera, la ira e indignación de Dios te espera, tu cruel cabeza con esta inocente sangre queda señalada para la venganza. De esas tus rabiosas entrañas se hará a aquel justo y contra ti severo Dios un agradable y suave sacrificio. La alma inculpable y limpia de tu esposa, más dichosa en ser vengada que con tu matrimonio, de día y de noche te asombrará y perseguirá de tal guisa, que ni la vergüenza de lo torpe y sucio, ni el miedo del peligro, ni la razón y cordura de tu locura y desatino te aparten ni enfrenen para que

 

 

 

 

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fuera de seso no aumentes las ocasiones de tu muerte, hasta tanto que con tu vida pagues las que a tantos buenos y inocentes tienes quitadas».

 

Es fama, y autores fidedignos lo dicen, que, andando el rey a caza junto a Medina Sidonia, le salió al camino un pastor con traje y rostro temeroso, erizado el cabello y la barba revuelta y encrespada, y le amenazó de muerte si no tenía misericordia de la reina doña Blanca y hacía vida con ella. Añaden que los que envió el rey con gran diligencia para averiguar si le enviara la reina, la hallaron hincada de rodillas, que hacía sus castas y devotas oraciones, y tan encerrada y guardada de los porteros, que se perdió toda la sospecha que se podía tener de que ella le hubiese hablado. Confirmóse mucho más la opinión que comúnmente se tenía de que fue enviado por Dios, con que después que soltaron al pastor de la prisión en que le echaron, nunca jamás pareció ni se supo qué se hiciese de él.

 

Doña Isabel de Lara, hija de don Juan de Lara, fue al tanto muerta con hierbas que le dieron en la prisión en que en Jerez la tenían. Un historiador, que fue y se llama el despensero mayor de la reina doña Leonor de Castilla, en unos Comentarios que escribió de las cosas de su tiempo que pasaron los años adelante, dice que la muerte de doña Blanca sucedió en Ureña, villa de Castilla la Vieja cerca de la ciudad de Toro; creo que se engañó.

 

 

 

 

V. De la muerte del rey Bermejo de Granada

 

De esta manera con la sangre de inocentes los campos y las ciudades, villas y castillos, y los ríos y el mar, estaban llenos y manchados; por donde quiera que se fuese se hallaban rastros y señales de fiereza y crueldad. Qué tan grande fuese el terror de los del reino, no hay necesidad de decirlo; todos temían no les sucediese a ellos otro tanto, cada uno dudaba de su vida, ninguno la tenía segura. Esta común tristeza en alguna manera se alivió con la muerte de doña María de Padilla; dio fin a sus días en Sevilla entrado el mes de julio; si no se hubiera manchado con la deshonesta amistad que tuvo con el rey, mujer, por lo demás, digna de ser reina por las grandes partes de que Dios, así en el alma como en el cuerpo, la dotó. El cuerpo de la reina doña Blanca fue depositado algunos años

 

 

 

 

 

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adelante en el sagrario de la iglesia mayor de Tudela por los caballeros franceses que vinieron en ayuda del conde don Enrique, ca tenían intento de llevarla después a enterrar en Francia en los sepulcros de sus antepasados. El entierro y exequias de doña María se hicieron en todas las ciudades y villas del reino con aquella majestad, lutos, pompa y aparato como si fuera la legítima y verdadera reina de Castilla. Llevaron su cuerpo a enterrar a Castilla la Vieja al monasterio de Santa María de Estudillo, que ella a sus expensas edificara. En la ciudad de Toledo, en el monasterio de las monjas de Santo Domingo el Real, que es de la orden de los Predicadores, hay tres sepulcros, el uno es de doña Teresa, dama que fue de la reina madre del rey don Pedro, de la cual debajo de la palabra de casamiento hubo una hija, que se llamó doña María, que fue muchos años priora de este monasterio, y está enterrada en el segundo sepulcro; en el tercero están enterrados don Sancho y don Diego, hijos asimismo del rey don Pedro, habidos en una doña Isabel, de quien no se tiene noticia cuya hija fuese ni de qué calidad y linaje. A la verdad no había mujer alguna tan casta ni tan fortalecida con defensas de honestidad y limpieza y todo género de virtudes, que tuviese seguridad de no caer en las manos de un rey mozo, loco, deshonesto y atrevido. No podían estar tan en vela los maridos, padres y parientes, que bastasen a poderle escapar la que él de veras una vez codiciaba; todo lo sobrepujaba y vencía su temeridad y desvergüenza grande.

 

Por este tiempo el rey de Portugal declaró pública y solemnemente en Lisboa que los hijos que arriba dijimos hubo en doña Inés de Castro eran legítimos y de legítimo matrimonio, y como tales eran capaces para poder heredar el reino. Presentó por testigos del matrimonio clandestino que con ella contrajo a don Gil, obispo de la Guardia, y a Esteban Lovato, su guardarropa mayor; con solemnes juramentos el rey y los testigos confirmaron ser así verdad como lo decían. Estuvieron presentes a esta declaración los nobles del reino, y entre ellos don Juan Alfonso Tello, conde de Barcelos, a quien el año antes diera aquel título en la misma ciudad de Lisboa con grande fiesta y regocijo de todo el pueblo. Estos títulos se usaban muy poco en España, y en Portugal hasta entonces nunca jamás. En nuestros tiempos son innumerables los condes, marqueses y duques que hay; vicio y corrupción de nuestra humana condición es desechar y menospreciar las cosas antiguas, y llenos de admiración irnos embelesados tras las nuevas.

 

 

 

 

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En el entretanto la guerra de Granada con grande ahínco y enojo de ambas partes se proseguía. Juntáronse en Castilla muchas compañías de todo el reino y entraron por las tierras de los moros haciéndoles grandes daños. Cercaron la ciudad de Antequera, a quien los antiguos llamaron Singilia; no la pudieron tomar por ser plaza muy fuerte y tener dentro buena guarnición de valientes moros que se la defendieron. Talaron la vega de Granada, y sin hacer cosa señalada se volvieron a Castilla. Pocos días después entraron en el adelantamiento de Cazorla seiscientos moros de a caballo y hasta dos mil peones, que hicieron una buena presa de cautivos y ganados. Sabido esto por los caballeros de la ciudad de Jaén y de los pueblos de su comarca, se apellidaron contra ellos, y les quitaron toda la presa con muerte de muchos de ellos y prisión de otros, los demás se pusieron en huida. Estos fueron los principios de la guerra de los moros.

 

Mayor tempestad de guerra se temía de la parte de Francia, daño que deseaba remediar el cardenal legado, que aquel estío se quedó en Pamplona, por ser pueblo fresco, sano y de buen cielo y a propósito para lo que él con grande solicitud pretendía. Esto era que el rey de Castilla perdonase los forajidos que andaban en Francia y revocase la sentencia que contra ellos diera en Almazán declarándolos por rebeldes y enemigos de la patria. Decía que el rey era obligado a hacer esto por ser uno de los capítulos y condiciones con que se concluyeron las paces de Aragón. El fiero y duro corazón del rey no se ablandaba con tan justos y razonables ruegos; antes parecía que forjaba en su pecho mucha mayor guerra contra Aragón de la que antes hiciera. Por esto el cardenal legado, a ruego e instancia del rey de Aragón por el derecho y poder que le dieron y facultad que tenía, dio por ninguna la sentencia que en Almazán se pronunció contra don Enrique y sus consortes.

 

Enojóse mucho el rey de Castilla por esta declaracion, y crecióle con ella el deseo que tenía de vengarse. Propuso de ejecutar su ira y saña, concluido que hubiese la guerra de los moros, que todavía andaba muy encendida con varios sucesos que acontecían. En particular en 18 de febrero del siguiente año de 1362 junto a Acci, que ahora es la ciudad de Guadix, tuvieron los moros de Granada una buena victoria de los castellanos. El caso pasó de esta manera. Don Diego García de Padilla, maestre de Calatrava, y Enrique Enríquez, adelantado de la frontera de Jaén, y otros caballeros entraron en las tierras de los moros con mil caballos y dos mil infantes con intento de combatir a Guadix; más sin que

 

 

 

 

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los cristianos lo supiesen, había ya entrado en aquella ciudad para defenderla gran número desoldados, que de la comarca y de Granada vinieron a socorrerla. Los nuestros sin recelo enviaron algunas compañías a que talasen y robasen los campos que llaman de Val de Alhama. Los moros, visto que estaban divididos, salieron con grande ímpetu de la ciudad y dieron en los que quedaran, y trabaron con ellos una brava y reñida pelea que duró todo el día. Todos pugnaban por vencer; al fin, como quier que fuese muy mayor el número de los moros, no obstante que los cristianos se defendieron valerosamente, los desbarataron y mataron muchos, a otros cautivaron, prendieron al Muestre y lleváronle a Granada al rey Bermejo, que sin ningún rescate le envió luego al rey don Pedro, ca deseaba con este regalo desenojarle. El rey, pensando que de miedo le hacía aquella cortesía, se ensoberbeció más, y juntado que hubo sus gentes, para reparar la honra perdida y vengar la injuria de los suyos entró en el reino de Granada, y con grande furia destruyó los campos, quemó las aldeas, ganó algunas villas, y se volvió con rica presa a Sevilla.

 

A este mal suceso para el rey de Granada se le allegó otro peor, y fue que muchos caballeros del reino de los que antes seguían su parcialidad y tenían su voz le comenzaron a dejar y favorecer a su émulo Mahomad Lago, no obstante que estaba despojado y andaba huido. Como el rey Bermejo sintió las voluntades inclinadas a su enemigo, temió perder el reino. Consultó el negocio con los de quien más se fiaba. En fin, con seguro que alcanzó del rey de Castilla se determinó de ir a Sevilla y ponerse en sus manos. Autor de este mal acertado y desdichado consejo fue Edriz, un caballero grande amigo del rey y su compañero en los peligros, y que tenía mucha autoridad entre los moros, y era muy estimado y de gran nombre por la mucha prudencia que con la larga experiencia de los negocios alcanzaba. Vino el moro a Sevilla con cuatrocientos hombres de a caballo y doscientos de a pie que le acompañaban. Trujeron grandísimas riquezas de paños preciosos, oro, piedras, perlas, aljófar y otras joyas y cosas de gran valor. Ponía el moro la esperanza de su amparo contra el rey ofendido en lo que fue causa de toda su perdición. Recibióle el rey con grande honra en el alcázar de Sevilla. Llegado a su presencia, después de hecha una gran mesura, uno de sus caballeros habló de esta manera:

 

«El rey de Granada, que está presente, poderoso Señor, por saber muy bien que sus antepasados fueron siempre aliados, tributarios y vasallos de

 

 

 

 

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la casa de Castilla, se viene a poner debajo del amparo de vuestra real alteza, cierto de que se procederá con él con aquella mansedumbre, equidad y moderación cual los reyes de Granada la solían hallar en vuestros antecesores; que si acaso recibían algún deservicio de ellos, que no es de maravillar según son varias y mudables las cosas de los hombres, con mandarles pagar parias y algunos dineros en que eran penados, los volvían a recibir en su gracia y amistad. Si entre ellos asimismo y en su casa nacían algunas diferencias y debates, todo se componía y apaciguaba por el arbitrio y parecer de los reyes de Castilla. Estamos alegres que lo mismo nos haya acontecido de acudir a la vuestra merced; tenemos grande confianza que nos será gran reparo el venir con esta humildad a echarnos a vuestros pies. Mahomad Lago fue justamente echado del reino por su mucha soberbia con que trataba los pueblos y por su mucha avaricia con que les quitaba lo suyo; a nos de común consentimiento pusieron en su lugar y coronaron por descender derechamente de la real y antigua alcurnia y sangre de Granada y ser legítimos herederos del reino, de que a tuerto y con gran tiranía nos tenía despojados. Hacemos ventaja en poder y fuerzas a nuestro competidor, solamente a vos reconocemos y tememos, con cuya felicidad y grandeza no nos pretendemos comparar. Tenemos cierta esperanza que, pues la justicia claramente está de nuestra parte, no dejaremos de hallar amparo en la sombra de un justo príncipe, y que los ruegos de un rey hallarán benigna cabida en la piedad de vuestra real clemencia, mayormente que el seguro que se nos mandó dar nos animó mucho e hizo ciertos que nuestra venida sería a nos dichosa y a vos grata. Parécenos que tenemos suficientísimo amparo en nuestra inocencia y justicia. Deseamos se entienda que vuestra prudencia la aprueba, y vuestra poderosa e invencible mano la ampara».

 

A esto el rey de Castilla con engañoso y risueño rostro y blandas palabras respondió que holgaba con su venida, que tuviese buena esperanza de que todo se haría bien, y puestos los ojos en el rey, le dijo: «Este día ni a vos ni a los vuestros os acarreará algún daño. Entre nos hay todas las obligaciones de amistad, fuera de que no acostumbramos a traer guerra con la fortuna y desgracia de los hombres, sino con la soberbia y presunción de los atrevidos y rebeldes».

Dicho esto, el maestre de Santiago, don García de Toledo, llevó al rey moro a que cenase con él. Al tiempo que cenaban le echaron mano y le

 

 

 

 

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prendieron, sea por mudarse repentinamente la voluntad, sea por quitarse la máscara aquel desleal y cruel príncipe. No paró aquí la desventura; dentro de pocos días el desdichado rey, adornado de sus vestiduras reales, que eran de escarlata, y subido en un asno, con treinta y siete caballeros de los suyos, que también llevaban a ejecutar, le sacaron a un campo donde justician los malhechores, que está cerca de la ciudad y se dice de Tablada. Allí mataron al mal aconsejado rey y a los treinta y siete caballeros suyos. Corrió fama que les causó la muerte las grandes riquezas que trujeron, y que el avariento ánimo del rey se acodició a ellas. Refieren otrosí algunos autores de aquel tiempo que el mismo tirano y cruel rey le mató de un bote de lanza, hecho feo, abominable, oficio de verdugo, y crueldad que parece más grave y terrible que la misma muerte. No consideró el rey don Pedro cuán aborrecible y odioso se hacía y lo que de él hablarían las gentes, no sólo entonces, sino mucho más en los siglos venideros. Al tiempo que le hirió escriben que dijo estas palabras: «Toma el pago de las paces que por tu causa tan sin sazón hice con el rey de Aragón». Y que el moro le respondió: «Poca honra ganas, rey don Pedro, en matar un rey rendido y que vino a ti debajo de tu seguro y palabra». Envió el rey de Castilla el cuerpo del rey Bermejo a su competidor Mahomad Lago, que a la hora, recobrado el reino, envió libres al rey don Pedro todos los cristianos que cautivaron los moros en la batalla de Guadix.

 

 

 

 

 

 

VI. Renuévase la guerra de Aragón

 

Concluida la guerra de los moros y dado orden en las cosas del Andalucía, se volvió con mayor coraje a la guerra de Aragón, aunque con disimulación fingía el de Castilla que los apercibimientos que se hacían eran para defenderse de la guerra que se temía de Francia, cuyo autor y cabeza principal se decía ser el conde don Enrique. Trató de aliarse con el rey de Inglaterra, que no esperaba hallaría buena acogida en el rey de Francia, por entender no estaría olvidado de la muerte de su sobrina la reina doña Blanca, cuya venganza era de creer querría hacer con las armas. Quiso asimismo el rey de Castilla ayudarse del rey de Navarra, y para tratar de ello se vieron en la ciudad de Soria; allí secretamente se conformaron contra el rey de Aragón. No tenía el navarro causa ninguna

 

 

 

 

 

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justa de romper con el aragonés; para hacer la guerra con algún color fingió y publicó que estaba agraviado de él, porque siendo su cuñado y teniendo hecha con él alianza, no le favoreció cuando le tuvo preso el rey de Francia; que por esto no quería más su amistad, antes pretendía con las armas tomar emienda de este agravio. Con esta resolución juntó de su reino las más gentes que pudo y cercó en Aragón la villa de Sos, que tomó al cabo de muchos días que la tuvo cercada.

 

El rey de Castilla al tanto juntó un grueso ejército de diez mil caballos y treinta mil infantes, con que entró poderosamente en el reino de Aragón con intento de poner cerco sobre Calatayud. Rindió en el camino la fortaleza y pueblo de Ariza, y tomó a Ateca, Cetina y Alhama. Pasó adelante, y en el mes de junio asentó sus reales sobre Calatayud, que es una ciudad fuerte de la Celtiberia. Tenía dentro de guarnición mucha gente valerosa y muy leal al rey de Aragón. Él mismo, sabido el aprieto en que podían estar los cercados, les envió desde Perpiñán y Barcelona, donde aquellos días se hallaba, al conde de Osona, hijo de Bernardo de Cabrera, para que él y don Pedro de Luna y su hermano don Artal y otros caballeros procurasen entrar en la ciudad y animasen a los cercados y los entretuviesen mientras se les enviaba algún socorro. Encamináronse, según les era mandado; más como llegasen una noche al lugar de Miedes, que está junto a Calatayud, fue avisado de ello el rey don Pedro. Cargó de sobresalto sobre ellos, tomó el lugar a partido, y a estos señores los llevó presos a sus reales.

 

Hallábase el rey de Aragón muy desapercebido; las paces tan recién hechas le hicieron descuidar. Visto pues que a deshora venía sobre él una guerra tan peligrosa, envió luego a pedir su ayuda a Francia y a rogar a don Enrique y a don Tello le viniesen a favorecer. Estos socorros se tardaban; la ciudad, como no se pudiese más defender por ser muy combatida y faltar a los cercados municiones y bastimentos, con licencia de su rey se rindieron al rey don Pedro en 29 días de agosto, salvas sus personas y haciendas y con condición que los vecinos quedasen libres y pacíficos en sus casas como lo estaban cuando eran de Aragón. Tomada esta ciudad, dejó en ella el rey con buena gente de guerra por guarnición al maestre de Santiago, y él se volvió a Sevilla.

 

En esta ciudad, antes que fuese sobre Calatayud, tuvo Cortes en que públicamente afirmó que doña María de Padilla era su legítima mujer por haberse casado con ella clandestinamente mucho antes que viniese a

 

 

 

 

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España la reina doña Blanca; que por esta razón nunca fuera verdadero el matrimonio que con la reina se hizo; que tuviera secreto este misterio hasta entonces por recelo de las parcialidades de los grandes, mas que al presente, por cumplir con su conciencia y por amor de los hijos que en ella tenía, lo declaraba. Mandó pues que a doña María de allí adelante la llamasen reina y que su cuerpo fuese enterrado en los enterramientos de los reyes. No faltó aún entre los prelados quien predicase en favor de aquel matrimonio, adulación perjudicial. Después de esto falleció en 17 de otubre su hijo don Alonso, a quien pensaba dejar por heredero del reino. El rey mismo, acosado de la memoria de estas muertes y por los peligros en que andaba, en 18 de noviembre otorgó su testamento. En él mandaba que enterrasen su cuerpo con el hábito de San Francisco y fuese puesto en una capilla que labraba en Sevilla en medio de doña María de Padilla y de su hijo don Alonso; como hombre pío y religioso pretendía con aquella ceremonia aplacar a la divina majestad. De este testamento, que hoy parece autorizado y original, se colige que no dejó de tener algún temor de Dios y cualque memoria y sentimiento de las cosas de la otra vida; no obstante, que aquel su natural le arrebatase muchas veces y ayudado con la costumbre le hiciese desbaratar. En este testamento sucesivamente llama a la herencia del reino a las hijas de doña María de Padilla, y después de ellas a don Juan, el hijo que tuvo en doña Juana de Castro, como quier que no fuese compatible que todos pudiesen ser herederos legítimos del reino. De donde bien al cierto se infiere que la declaración del casamiento con doña María no fue otra cosa sino una ficción y una mal trazada maraña, como de hombre que, mal pecado, no tenía cuenta con la razón y justicia, sino que se dejaba vencer de su antojo y desordenado apetito, y quería hacer por fuerza lo que era su gusto y voluntad.

 

Presentó el rey en aquellas Cortes por testigos de su casamiento unos hombres por cierto sin tacha ni sospecha, mayores de toda excepción, a don Diego García de Padilla, maestre de Calatrava, y a Juan Fernández de Hinestrosa, el primero hermano, y el segundo tío de la doña María, y a un Juan Alfonso de Mayorga y a otro Juan Pérez, clérigo, que con grandes juramentos atestiguaban por el matrimonio. ¿Quién no diera crédito a testimonios tan calificados en una causa en que no iba más de la sucesión y herencia de los reinos de León y de Castilla? Mandaba en una cláusula del testamento ya dicho que ninguna de sus hijas, so pena de su maldición y de la privación de la herencia del reino, se casase con el infante don

 

 

 

 

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Fernando de Aragón, ni con don Enrique, ni con don Tello, sus hermanos, sino que su hija mayor doña Beatriz casase con don Fernando, príncipe de Portugal, y llevase en dote los reinos de Castilla; señaló y nombró por gobernador y tutor a don Garci Álvarez de Toledo, maestre de Santiago; encargaba otrosí y mandaba que a don Diego de Padilla, maestre de Calatrava, y a don Suero Martínez, maestre de Alcántara, los mantuviesen en sus honras, oficios y dignidades.

 

Ordenadas las cosas de su casa y asentado el estado del reino, en el corazón del invierno y principio del año de 1363 se reparó y rehizo la guerra con grande prisa y calor; tan codicioso estaba el rey de Castilla de vengarse del Aragonés. Alistó nuevas compañías de soldados por todo el reino, envió a pedir ayudas fuera de él, y en particular se confederó con el rey de Inglaterra y con su hijo el príncipe de Gales. El primer nublado de esta guerra descargo sobre Maluenda, Aranda y Borja, que con otros pueblos de menor importancia sin tardanza fueron tomados. Puso otrosí cerco a la ciudad de Tarazona. Por otra parte, el rey de Navarra entró en Aragón por cerca de Ejea y Tiermas, estragó, asoló y robó los campos y labranzas de aquella comarca, puso gran miedo en todos aquellos pueblos y cuita con los grandes daños que les hizo, en especial se señaló la crueldad de los soldados castellanos que llevaba. Vinieron a servir en esta guerra al rey de Castilla don Luis, hermano del rey de Navarra, acompañado de gente muy escogida y lucida, y don Gil Fernández de Carvallo, maestre de Santiago en Portugal, con trescientos caballos y otros señores de Francia.

 

El rey de Aragón envió a rogar al rey moro de Granada que diese guerra en el Andalucía; no lo quiso hacer el moro por guardar fielmente la amistad que tenía puesta con el rey don Pedro y mostrarse agradecido de la buena obra que de él acababa de recibir. Solicitó eso mismo el aragonés los moros de África a que pasasen en su ayuda, sin tener ningún cuidado de su honra y fama; excusábase con que el rey de Castilla tenía en su ejército a Farax Reduan, capitán de seiscientos jinetes, que por mandado de Mahomad Lago, rey de Granada, le servían. Esperaban cada día en Aragón a don Enrique que venía en su socorro acompañado de tres mil lanzas francesas. Sin embargo, las fuerzas del rey de Aragón no se igualaban en gran parte con las de Castilla; así se le rindieron Tarazona y Teruel, y por otra parte Segorbe y Ejeríca y gran número de villas y castillos de menor cuenta. No tenían fuerzas que bastasen a resistir la

 

 

 

 

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fuerza y poder de los castellanos, que entraron victoriosos y llegaron con sus banderas a lo más interior del reino. Cercaron a Monviedro y le forzaron a que se diese a partido. En 20 de julio llegaron a dar vista a Valencia y se pusieron sobre ella. Causó esto gran miedo a todo Aragón, y se tuvieron de todo punto por perdidos.

 

Estaba a este tiempo muy falto de gente el ejército de Castilla por las muchas guarniciones y presidios que dejaron en tantos pueblos como a la sazón se conquistaron; dio la vida al rey de Aragón don Enrique, que en esta coyuntura llegó a España, y con su venida se reforzó tanto el ejército, que pudo hacer rostro a su enemigo. Mas él, por no aventurar todas sus victorias y lo que tenía ganado en el trance de una batalla, levantó su real de sobre Valencia y retiróse a Monviedro, como plaza fuerte, para desde allí proseguir la guerra. El aragonés, visto que no podía forzar al enemigo a que diese la batalla, tornóse a Burriana, que es un lugar fuerte que está cerca de allí en los edetanos. Dos mil jinetes que envió el rey de Castilla en su seguimiento para que le estorbasen el camino no hicieron cosa de momento.

 

Mientras esto pasaba en España, el rey de Francia Juan en Londres dos meses antes de esto falleció, donde era ido a rescatar los rehenes que allá dejó cuando le soltaron de la prisión. Trajeron su cuerpo a la ciudad de París, que llevaron en hombros los oidores del parlamento para le enterrar en el monasterio de San Dionisio. Su hijo Carlos, quinto de este nombre, conforme a las costumbres y uso antiguo de Francia, fue ungido y recibido por rey en la ciudad de Reims. El nuevo rey Carlos quería mal al de Navarra, teníale guardado el enojo por los desabrimientos que de antes entre ellos pasaron. Para vengarse, luego que tomó la posesión del reino, despachó con él un famoso y valiente capitán suyo, natural de la Menor Bretaña, llamado Beltrán Claquin, que después hizo cosas muy señaladas en las guerras de Castilla. Este caudillo en las tierras que el rey de Navarra tenía en Francia hizo cruel guerra, y con un ardid de que usó le tomó en Normandía la villa de Mante, y otros capitanes ganaron la villa y castillo de Meulan y a Longavilla, y el mismo Beltrán venció y desbarató en una batalla a don Felipe, hermano del rey de Navarra, que murió por estos días.

 

Por su muerte el navarro se inclinó a tratar de hacer paces entre los reyes de España; demás que le pesaba del peligro y malos sucesos del rey de Aragón, que en fin era su pariente y fueron antes amigos y aliados. Por el contrario, le era odiosa la prosperidad del rey de Castilla, y sus hechos y

 

 

 

 

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modos de proceder eran muy cansados y desagradables. De consentimiento pues de los reyes don Luis, hermano del rey de Navarra, juntamente con el abad de Fiscan, que era nuncio apostólico, fueron a hablar al rey de Castilla, con quien hallaron al conde de Denia y Bernardo de Cabrera, que eran venidos con embajada del rey de Aragón para echar a un cabo y concluir sus diferencias. Con la intercesión de estos señores parece que el fiero corazón del rey comenzó a ablandarse, especialmente con el trato que movieron de dos casamientos, el uno del rey de Castilla con doña Juana, hija del rey de Aragón, el otro del infante don Juan, duque de Gerona, con doña Beatriz, hija mayor del rey don Pedro. Esto pasaba en lo público; de secreto se procuraba la destrucción de don Enrique, conde de Trastámara, y del infante don Fernando de Aragón, como de los principales autores de las discordias de los dos reinos. El rey de Castilla pretendía esto muy ahincadamente, el de Aragón todavía extrañaba este trato; parecíale hecho atroz y feísimo matar a estos caballeros sin nueva culpa ni ocasión, que estaban debajo de su seguro y palabra. No quería comprar la paz con el precio de la sangre de aquellos que de él hacían confianza.

 

Todavía, ora fuese por esta causa de complacer al de Castilla, ora por otra, el infante don Fernando por mandado del rey, su hermano, fue muerto en esta sazón en Castellón, un pueblo que está cerca de Burriana. Los antiguos odios estaban ya maduros, demás que trataba entonces de pasarse en Francia con una buena compañía de soldados castellanos que seguían su bando y amistad. Huíase su mujer a Portugal; fue detenida primero y presa en el camino, después enviada al rey, su padre. Con la muerte del infante don Fernando quedó el conde don Enrique libre y desembarazado de un grandísimo émulo y competidor para la pretensión del reino de Castilla. Poco faltó que no se le añublase aquel contento; otro día después de la muerte de don Fernando, sin saberlo él, corrió gran riesgo su vida. Los reyes de Aragón y Navarra tenían concertado que juntamente con don Enrique se viesen en el castillo de Uncastillo, que era de Aragón, en la raya de Navarra, y que allí le matasen. Recelóse el conde, puesto que no sabía nada de estos tratos, de entrar en aquella fortaleza; para asegurarle la pusieron en poder de Juan Ramírez Arellano, que para esto nombraron por alcaide de aquella fortaleza, y era natural de Navarra. Quién dice que esta habla de los reyes fue en Sos a la raya de Navarra. Hizo confianza don Enrique de aquel caballero, que debía ser buen cristiano, y entró debajo de

 

 

 

 

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su seguro; no le valió este recato menos que la vida, a causa que los reyes nunca pudieron acabar con el alcaide que permitiese se le hiciese ningún daño. Decía que el conde don Enrique era su amigo, y fió su vida de la palabra y seguridad que le dio; que por cosa de las del mundo él no mancharía su linaje con infamia de semejante traición, ni consentiría alevosamente la muerte de un tan gran príncipe. Cosa verdaderamente de milagro, que en un tiempo en que los corazones de los hombres se mostraban con tantas muertes encruelecidos y fieros hubiese quien hiciese diferencia entre lealtad y traición; grandísima maravilla, que un hombre extranjero tuviese tan grande constancia que se opusiese a la voluntad y determinación de dos reyes, y más que era camarero del aragonés. La verdad es que Dios, a quien los hombres no pueden engañar ni impedir sus decretos, tenía ya determinado de dar al conde el reino de su hermano, y quitarle al que con tantas crueldades le tenía desmerecido.

 

Por este tiempo, en el mes de agosto, en Catania de Sicilia dio fin a sus días la reina de Sicilia doña Costanza. Dejó una hija, llamada doña María, heredera que fue adelante del reino de su padre, y por ella su marido don Martín, hijo de otro don Martín, duque de Momblanc, y últimamente rey de Aragón.

 

 

 

 

VII. Que don Enrique fue alzado por rey de

 

Castilla

 

Resfriado el calor con que se trataban las paces y perdida gran parte de la esperanza que de concluirlas se tenía, el rey de Aragón se fue a Cataluña a procurar nuevos socorros para defenderse, el rey de Castilla a Sevilla con tanta codicia de renovar la guerra, que en el fin del año entró por Murcia en el reino de Valencia, y unas por combate, y otras a partido, ganó las villas de Alicante, Muela, Callosa, Denia, Gandía y Oliva. Pasó tan adelante, que en el mes de diciembre puso cerco a la ciudad de Valencia, cabecera de aquel reino. Esto causó en toda la provincia un miedo grandísimo, en especial al rey, a quien tenía esta guerra puesto en gran cuidado, que a la sazón tuvo las pascuas de Navidad en la ciudad de Lérida. Poco después se vio con el de Navarra en la fortaleza de Sos en 23 días del mes de febrero, año de nuestra salvación de 1364. Hallóse

 

 

 

 

 

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presente el conde don Enrique, reconciliado con los reyes, o lo que yo tengo por más cierto, porque no sabía el peligro en que estuvo en las vistas pasadas. Hízose liga entre ellos y amistades no más duraderas que otras veces: presto se desavernán y serán enemigos. Pensaban si venciesen repartirse entre sí a Castilla, como presa y despojo de la victoria. Don Enrique tenía concebida esperanza de apoderarse de las riquezas y reino de su hermano, y el haberse escapado de tantos peligros le parecía a él que era de ello cierto presagio y prenda, como si hubiera ganado una grandísima victoria. Finalmente, su juego se entablaba bien y mejor que el de sus contrarios. En el repartimiento de Castilla daban al rey de Navarra a Vizcaya y a Castilla la Vieja; el reino de Murcia y de Toledo tomaba para si el rey de Aragón, que es cosa muy fácil ser liberal de hacienda ajena.

 

Sólo a Bernardo de Cabrera no contentaban estos pretensos; parecíale que con ellos no se granjearía más de irritar y echarse a cuestas las fuerzas y armas de Castilla, más poderosas que las de Aragón, como los sucesos de las guerras pasadas bastantemente lo mostraban. Tratóse entre estos príncipes de matar al dicho Bernardo de Cabrera, plática que no estuvo tan secreta que primero que lo pudiesen efectuar no viniese a su noticia, y de Almudévar, donde esto se ordenaba, se huyese a Navarra. Siguiéronle por mandado de don Enrique algunos capitanes de a caballo de los suyos, alcanzáronle en Carcastillo, y preso le tuvieron en buena guarda hasta que después en ciertos conciertos fue entregado al rey de Aragón, que estaba muy ansiado por el cerco de la ciudad de Valencia sin saber en lo que pararía. Con este cuidado juntó todo su ejército para irla a descercar con ánimo de dar la batalla al enemigo. Partió de Burriana con su campo, y llegado a vista de los enemigos, les presentó la batalla. Excusóla el rey de Castilla; no se sabe por qué no se atrevió a venir a las manos con los aragoneses. Ellos, visto que los castellanos se estaban quedos dentro de sus reales, con grande honra suya y afrenta de los enemigos en 28 de abril se entraron como victoriosos en la ciudad de Valencia.

 

La armada de Castilla, que era muy poderosa, de veinticuatro galeras y de cuarenta y seis navíos, dado que hubo un tiento a los pueblos de aquella costa, aportó a Monviedro. Allí se supo de las espías que el vizconde de Cardona tenía en el río de Cullera diez y siete galeras aragonesas. El rey de Castilla tenía gran deseo de tomarlas, y parecíale que le sería cosa fácil por estar en parte que no se le podrían escapar; sacó su armada, y con gran presteza cercó la boca del río. Cargó repentinamente el tiempo y sobrevino

 

 

 

 

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una furiosa tempestad que le forzó volverse a su puerto, por no ponerse a riesgo de correr fortuna o de dar al través en aquella ribera. Viose el rey este día en grandísimo peligro de perderse; así, luego que saltó en tierra, fue en romería a la casa de nuestra Señora Santa María del Puch a dar gracias a nuestro Señor de haberle librado de las ondas del mar y de las manos de sus enemigos, que de la ribera esperaban por momentos cuando alguna grupada se le entregaría. Dícese que hizo esta romería a pie, descalzo, en camisa y con una soga a la garganta; que de su natural no era tan sin piedad ni tan indevoto, si no hiciera las cosas tan sin orden y sin justicia.

 

Con esto se volvieron los reyes, el de Aragón a Barcelona, y a Murcia el de Castilla, y de allí a Sevilla, en lo más recio de las calores del estío, en el tiempo que en 26 de julio en la ciudad de Zaragoza fue justiciado públicamente Bernardo Cabrera por sentencia que dio contra él el mismo rey de Aragón, y la ejecutó su hijo el infante don Juan. Confiscaron las villas de Cabrera y Osuna y otros muchos pueblos de su señorío; fiad en servicios y en privanza. Caso es éste que, si atentamente se considera, se echará de ver que el rey de Aragón cometió un delito feo y atroz, muy semejante a parricidio, en hacer matar el discípulo a su ayo, de quien fuera santísimamente doctrinado, mayormente que era inocente y a todo el mundo eran manifiestos los grandes servicios que tenía hechos a la casa real de Aragón. Causóle la muerte la incorrupta libertad con que decía su parecer. Es así, que los príncipes huelgan con la disimulación y lisonja; demás que los reyes cometen muchas veces grandes yerros, que a veces redundan en odio de sus privados; esto fue lo que acarreó la muerte a este excelente varón sin tener otra mayor culpa. Conspiraron contra él para llegarle a este trance la reina, el rey de Navarra, don Enrique y el conde de Ribagorza.

 

Después de esto se volvió con nueva cólera a echar mano a las armas. El rey de Castilla tomó a Ayora en el reino de Valencia. Don Gutierre de Toledo, que por muerte de don Suero era maestre de Calatrava, iba por mandado de su rey a abastecer a Monviedro; acometiéronle en el camino golpe de aragoneses, y en un bravo encuentro que tuvieron le desbarataron y fue muerto en la pelea con otros muchos de los suyos. Por su muerte dieron el maestrazgo a don Martín López de Córdoba, repostero mayor del rey. Esta pérdida renovó y dobló la afrenta al rey de Castilla, que a la sazón molestaba mucho las comarcas de Alicante y Orihuela, y tenía harta

 

 

 

 

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esperanza de ganar esta ciudad. El aragonés con toda su hueste, confiado y cierto que cada día se reforzaría su ejército con gentes que le acudirían del reino, llegó a poner su campo a vista del enemigo; y como también allí representase la batalla al rey de Castilla, y él por no fiarse de los suyos la rehusase, socorrió a Orihuela con gente y bastimentos; con que se volvió a Aragón. Esto pasaba en el fin de este año.

 

En el principio del siguiente de 1366 de nuestra salvación, el rey de Aragón cercó a Monviedro y le apretó de suerte, que forzó a los castellanos a que se le entregasen a partido. Por el contrario, el rey de Castilla con un largo cerco ganó también la ciudad de Orihuela. En 7 días del mes de junio de este mismo año murió en Orihuela, la cual el rey don Pedro tenía cercada, Alonso de Guzmán después que hizo grandes servicios a don Enrique, cuya parcialidad seguía; murió en la flor de su mocedad; era hombre de grande valor, de agudo ingenio, de maduro y alto consejo. Sucedióle en el señorío de Sanlúcar y en lo demás de su estado Juan de Guzmán, su hermano. Don Gómez de Porras, prior de San Juan, sea con miedo que tuvo del rey don Pedro por rendir, como rindió, a Monviedro, sea por hacer amistad a don Enrique, se pasó a la parte de Aragón con seiscientos caballos que en aquella ciudad tenía de guarnición. De este principio, aunque pequeño, se comenzaron a enflaquecer, o por mejor decir, ir muy de caída las fuerzas del rey de Castilla; que así muchas veces acontece que de pequeñas ocasiones, en la guerra mayormente, sucedan desmanes muy grandes.

 

Allegóse también a esto, que como quier que a la sazón hubiese paces entre Francia e Inglaterra, vinieron muchos soldados de Francia en ayuda de Aragón, que, como vivían de lo que ganaban en la guerra, les era forzoso, hecha la paz, sustentarse de las haciendas que robaban a los miserables pueblos. Estos mismos ladrones que andaban por Francia vagabundos y desmandados tuvieron cercado al mismo papa Urbano y le forzaron a comprar con mucha suma de dineros su libertad y la de su sacro palacio. La voz era que les daba trescientos mil florines por modo de salario y debajo de nombre de sueldo; capa con que cubrieron la afrenta del papa y aquel sacrilegio. Habíales dado el rey de Francia otra tanta cantidad por echar de su tierra una tan cruel pestilencia como ésta. El sumo pontífice, librado de este peligro, pensó pasar su silla a Italia, dado que por entonces aquel propósito no duró mucho. Sentía el castigo de Dios, y temíale mayor de cada día por haber sus antecesores desamparado

 

 

 

 

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su sagrada casa. Muerto pues el cardenal don Gil de Albornoz, quiso visitar, y así lo hizo, el patrimonio de la Iglesia que le dejó ganado, y poner en paz y justicia a sus súbditos.

 

Vino pues, como decíamos, a España de esta gente de Francia, una grande avenida de soldados alemanes, ingleses, bretones y navarros y de otras naciones por codicia de la ganancia y robo. Llamólos el conde don Enrique, a quien querían bien desde el tiempo que estuvo en las guerras de Francia. Señalábanse entre ellos muchos caballeros y señores de cuenta, muy valientes soldados y valerosos capitanes. Los más principales eran Beltrán Claquin, bretón, y Hugo Carbolayo, inglés. La cabeza y caudillo de esta gente Juan de Borbón, que quería venir a vengar la muerte de su hermana doña Blanca, no se sabe por qué causa se quedó en Francia; cierto es que no vino a España. Toda esta gente entre los de a caballo y de a pie llegaban como a doce mil hombres de guerra. Frossarte, historiador francés de aquella era, dice que venían en aquel ejército treinta mil soldados. El primer día de enero del año 1366 llegaron a Barcelona las primeras banderas de este campo; las demás desde a pocos días. El rey de Aragón hizo a todos muy buena acogida, y convidó a un gran banquete a los más principales capitanes. Dioles de contado una gran cantidad de florines, y prometióles otra paga mucho mayor para adelante. A Beltrán Claquin dio el estado de Borja con título de conde, porque con mayor gana le sirviese en esta guerra.

 

Estos apercibimientos tan grandes despertaron al rey de Castilla que estaba en Sevilla, aunque no era de suyo nada lerdo ni descuidado. Partióse a Burgos, y en Cortes que allí tuvo pidió al reino ayuda para esta guerra; todo era sin provecho lo que intentaba por tener enojado a Dios y las voluntades de los hombres no le eran favorables. Monsieur de Labrit era venido de Francia en su ayuda; aconsejábale que procurase con mucho dinero hacer que los extranjeros se pasasen a él y desamparasen a su hermano don Enrique. Ofrecía su industria para acabarlo con ellos, porque conocía su condición, que no era mal aparejada para cosas semejantes; además que tenía entre ellos muchos parientes y amigos que le ayudarían en esto. Ciega Dios los ojos del alma a aquellos a quien es servido de castigar, no aciertan en cosa; así estuvieron cerradas las orejas del rey don Pedro, que no oyeron un consejo tan saludable; como era hombre tan fiero, no hacía caso del peligro que le corría.

 

 

 

 

 

 

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Entre tanto en la ciudad de Zaragoza, do estaban los soldados extranjeros, se vieron el rey de Aragón y el conde don Enrique. En estas vistas en 5 del mes de marzo confirmaron de nuevo la alianza que primero tenían hecha, y se declaró la parte del reino de Castilla que había de dar al de Aragón don Enrique, caso que se apoderase de aquel reino. Para mayor amistad y firmeza de lo capitulado se concertó que la infanta doña Leonor, hija del rey de Aragón, casase con don Juan, hijo del conde don Enrique. Acabadas las vistas, el rey se quedó en Zaragoza para esperar el fin que tendrían cosas tan grandes; el conde don Enrique, ya que tuvo junto todo el ejército, entró poderosamente en el reino de Castilla por Alfaro. Estaba allí por capitán Íñigo López de Horozco; no se quisieron detener en combatir esta villa, que era fuerte, por no gastar en ello el tiempo que les era menester para cosas mayores. Sabían muy bien que en las guerras civiles ninguna cosa tanto aprovecha como la presteza; toda tardanza es muy dañosa y empece. Dejado Alfaro, marchó el ejército con buena orden derecho a Calahorra, ciudad que baña el río Ebro, y es de las más principales de aquella comarca. Luego que llegó el conde don Enrique, le abrieron las puertas don Fernando, obispo de aquella ciudad, y Fernán Sánchez de Tovar, que la tenía por el rey de Castilla. Entró el conde en ella lunes 16 días del mes de marzo; no se sabe si la entregaron por no estar tan bien fortificada y abastecida que se pudiese poner en defensa, o porque los ciudadanos estuviesen mal con el rey don Pedro.

 

Aquí en Calahorra se hizo consejo para determinar cómo se procedería en esta guerra. Los pareceres eran diferentes y contrarios; unos decían que era bien ir luego a Burgos como a cabeza de Castilla, otros fueron de parecer que el conde don Enrique tomase título de rey para que, perdida del todo la esperanza de reconciliarse con su hermano, con mayor ánimo y constancia se hiciese la guerra y para meter a todos en la culpa y empeñarlos. Beltrán Claquin, como quier que era varón de grande pecho y ánimo y por la grande experiencia que tenía en las cosas de la guerra, el hombre de más autoridad que venía en el ejército, dicen que habló de esta manera:

«Cualquiera que hubiere de dar parecer y consejo en cosas de grande importancia está obligado a considerar dos cosas principales: la una, cuál sea lo más útil y cumplidero al bien común; la otra, si hay fuerzas bastantes para conseguir el fin que se pretende. Como es cosa inhumana y perjudicial anteponer sus intereses particulares al bien público y pro

 

 

 

 

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común, así intentar aquello con que no podemos salir, y a lo que no allegan nuestras fuerzas, no es otra cosa sino una temeridad y locura. Ninguna cosa, señor, te falta para que no puedas alcanzar el reino de Castilla; todo está bien pertrechado; por tanto, mi voto y parecer es que lo pretendas, ca será utilísimo a todos, a ti muy honroso, y a nos de grandísima gloria, si con nuestras fuerzas y debajo de tu pendón, y siguiéndote como a cabeza y capitán, echaremos del mundo un tirano y un terrible monstruo que en figura humana está en la tierra para consumir y acabar las vidas de los hombres. Restituirás a tu patria y al nobilísimo reino de tu padre la libertad que con su muerte perdió, y darásle lugar a que respire de tan innumerables trabajos y cuitas como desde entonces hasta el día de hoy han padecido. ¿Por ventura no ves como las casas, campos y pueblos están cubiertosde la miserable sangre de la nobleza y gente de Castilla? ¿No miras tus parientes y hermanos cruelmente muertos, que ni aún a las mujeres ni niños no se ha perdonado? ¿No tienes lástima de tu patria? ¿No sientes sus males y te compadeces y avergüenzas de su miserable estado, tantos destierros, confiscaciones de bienes, perdimientos de estados, robos, muertes? Tan grandes avenidas y tempestades de trabajos, ¿quién, aunque tuviese el corazón de acero, las podría mirar con ojos que no se deshiciesen en lágrimas? No lo has de haber con aquellos antiguos y buenos reyes de Castilla, los Fernandos y Alfonsos, aquellos que, confiados más en el amor que les tenían sus vasallos que en las armas, alcanzaron de los moros tan señaladas y gloriosas victorias. Ofrécesete un enemigo, que en ser aborrecido puede competir con el tirano que más malquisto haya sido en el mundo, desamado de los extraños, insufrible y molestísimo a los suyos; una carga tan pesada, que cuando no hubiera quien la derribara, ella misma se viniera por sí al suelo. Falto y desguarnecido de gente, y si tiene algunos soldados, estarán como su príncipe corrompidos y estragados con los vicios, y que vendrán a la batalla ciegos, flacos y rendidos. Tú tienes un valeroso ejército en que se halla toda la flor de Francia, Inglaterra, Alemania y Aragón y lo mejor del propio reino de Castilla, todos soldados viejos muy ejercitados y que se han hallado en grandes jornadas. Tienes muchos reyes amigos, y sobre todo tu ventura y felicidad y grande benevolencia con que de todo este ejército eres amado. Deséate toda Castilla, los buenos del reino te esperan, y te quieren favorecer y servir; no habrá ninguno que, sabido que te han alzado por rey, no se venga a

 

 

 

 

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nuestros reales. A otros pudiera en algún tiempo ser provechoso el nombre de rey, más a ti en este trance es necesario del todo para sustentar la autoridad que es menester para que te respeten y para descubrir las aficiones y voluntades de los hombres. Si, como yo lo espero, el cielo nos ayuda, a ti se te apareja una gloria grande, nos quedaremos contentos con la parte de la merced y honra que nos quisieres hacer. Si sucediere al revés, lo que de pensarlo tiemblo, no puede avenirte peor de lo que de presente padeces. Todos corremos el mismo riesgo que tú; por tanto, nuestro consejo se debe tener por más fiel y seguro, pues es igual para todos el peligro. No ha lugar ni conviene entretenerse cuando la tardanza es peor que el arrojarse. Ea pues, ten buen ánimo, ensancha y engrandece el corazón y toma a la hora aquel nombre, para el cual te tiene Dios guardado de tantos peligros. Ayúdate con presteza, y haz de tu enemigo lo que él pretende hacer de ti; acábale de esta vez, o si fuere menester, muere valerosamente en la demanda, que la fortuna favorece y teme a los fuertes y esforzados, derriba a los pusilánimes y cobardes».

 

Después que Beltrán acabó su plática, todos los demás caudillos del ejército rodearon a don Enrique y le animaron a que se llamase rey; trujéronle a la memoria pronósticos en esta razón, aseguráronle que Dios y los hombres le favorecían. Con esto despliegan los pendones, y con mucho regocijo por las calles públicas de la ciudad dicen a voces: «Castilla, Castilla por el rey don Enrique». El nuevo rey, según el estado y méritos de cada uno, hizo muchas mercedes; a unos dio ciudades, y a otros villas, castillos, lugares, oficios y gobiernos, holgaba de parecer liberal, y era fácil serlo de hacienda ajena. Cada uno pensaba que cuanto pidiese tanto se hallaría, que todo le sería concedido. A Beltrán Claquin dio a Trastámara, y a Hugo Carbolayo a Carrión, al uno y al otro con título de condes. A los hermanos del nuevo rey, a don Tello restituyó el estado de Vizcaya, a don Sancho dio el de Alburquerque, el maestrazgo de Santiago se dio a don Gonzalo Mejía, y a don Pedro Múñiz, que también él era muy querido de don Enrique, dieron el maestrazgo de Calatrava; a don Alonso de Aragón, conde de Denia y Ribagorza, que era tío hermano del padre del rey de Aragón, le hizo merced de Villena con título de marqués y con todo el señorío que fue de don Juan Manuel; a otros dio villas y castillos, con que los contentó de presente y los heredó en el reino para adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

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VIII. Que el rey don Pedro fue echado de España

 

Con los dos reyes que se intitulaban de Castilla el reino andaba alborotado. El rey don Pedro, por su mucha crueldad, tenía poca parte en las voluntades de sus pueblos, todos deseosos de poderse rebelar y vengar la sangre de sus parientes. Ninguna cosa los tenía sino el miedo que, si les fuese contraria la fortuna, serían sin misericordia castigados. Los dos reyes con grande porfía y ahinco comenzaron la contienda sobre el reino. Cada cual tenía por sí grandes ayudas y valedores. De parte de don Enrique estaba el ejército extranjero, el odio de su competidor, y el ser los hombres naturalmente aficionados a cosas nuevas. A don Pedro ayudaba que casi antes fue rey que hubiese nacido, que era hijo de rey y descendía de otros muchos reyes, y que él solo quedaba por heredero legítimo de todos ellos. En ambos el nombre y majestad real era respetado y venerable. Punzaba a don Pedro la ofensa que se le hacía; a don Enrique le encendía en cólera y animaba a la venganza la sangre que de su madre y hermanos, amigos y parientes derramaron, y los grandes trabajos que el reino padecía. Finalmente, mayor cuidado tenía de sustentar el nuevo nombre de rey que su propia vida. Con esta resolución don Enrique y los suyos se determinaron ir luego a Burgos; en el camino pasaron cerca de Logroño, más no quisieron llegar a él porque entendieron que los ciudadanos no harían nada de su voluntad, y que si les cercaban sería cosa muy larga; Navarrete y Briviesca se les dieron luego.

 

Mientras esto así pasaba, don Pedro se hallaba en Burgos con pocos amigos, ca muchos de ellos él mismo los hizo matar; suspenso y dudoso de lo que haría, no se atrevía a fiarse de nadie ni tomar resolución si se iría, si esperaría a su enemigo. Resolvióse finalmente en ir con grande presteza a Sevilla, porque tenía en aquella ciudad sus hijos y tesoros, y temía perderlo todo. No se atrevió a arriscarse por saber cuán pocos eran los que le querían bien. Los de Burgos todavía le ofrecieron su ayuda; él se lo agradeció, y dijo que entonces no se quería valer de su buen ofrecimiento y lealtad, antes les alzó el homenaje que le tenían hecho para que, si se viesen en aprieto, pudiesen entregarse a don Enrique sin incurrir infamia ni caso de traición. Cególe Dios para que no acetase el favor que le hacían, mayormente que como toda su perdición le viniese por su crueldad, acrecentó de nuevo el odio que le tenían, con que al tiempo que se quería partir hizo matar a Juan Fernández de Tovar no por otra culpa sino porque

 

 

 

 

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su hermano acogió en Calahorra a don Enrique. Esto hecho, se partió de Burgos en 28 días del mes de marzo. Dende el camino mandó a los capitanes y alcaides de las villas y castillos que tomara en Aragón, les pegasen fuego, y desamparados, sacasen luego las guarniciones, y que lo más presto que pudiesen se fuesen para él a Toledo. De esta suerte en un instante perdió lo que con gran costa y trabajo en muchos años tenía ganado. Uno de estos pueblos fue la ciudad de Calatayud; la libertad que cobró en el postrero de marzo, hasta hoy la celebra con fiesta solemne y procesión, en que van fuera de la ciudad a Santa María de la Peña a cumplir el voto que entonces hicieron en memoria de la merced recibida. Llegó el rey don Pedro a Toledo; allí se detuvo algunos días en asegurar aquella ciudad y dejarla a buen recaudo. Mandó quedar en ella por general a don Garci Álvarez de Toledo, maestre de Santiago.

 

Partido el rey don Pedro de Burgos, los de la ciudad enviaron por sus cartas a llamar a don Enrique. Diéronle título de conde, pero ofrecíanle la corona de rey si la fuese a tomar en su ciudad, pues por su antigüedad y nobleza se le debía que en ella y no en otra diese principio a su reinado. Aceptó su oferta, y luego se partió para aquella ciudad, en que le recibieron con grandes aclamaciones y regocijos; en el monasterio de las Huelgas fue coronado y recibido por rey de Castilla. Con el ejemplo de Burgos las más ciudades y fortalezas del reino de su propia voluntad en espacio de veinticinco días después de su coronación le vinieron a dar la obediencia. Con esto no quedó nada inferior a su contrario ni en fuerzas ni en vasallos; los grandes y los pueblos todos a porfía deseaban con apresurarse ganar la gracia del nuevo rey.

 

Asentadas las cosas de Castilla y León, se fue don Enrique a Toledo. Allí sin ninguna dificultad, antes con mucho regocijo, le abrieron las puertas. Renunció el maestre de Santiago, don Garci Álvarez de Toledo. Dióle el rey don Enrique en recompensa del maestrazgo y de que se pasó a su servicio lo de Oropesa y de Valdecorneja, con que don Gonzalo Mejía quedó sin contradicción por maestre de Santiago. Por muerte de don Garci Álvarez lo de Oropesa quedó a su hijo Fernán Álvarez de Toledo, que en su mujer doña Elvira de Ayala tuvo a Garci Álvarez de Toledo, señor de Oropesa, y a Diego López de Ayala, cabeza de los Ayalas de Talavera, señores de Cebolla. Lo de Valdecorneja quedó a otro Fernán Álvarez de Toledo, hermano o sobrino del maestre, y de él vienen los duques de Alba. Llámanse Valdecorneja el Barrio, Dávila, Piedrahita, Horcajada y

 

 

 

 

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Almirón. Apoderado don Enrique de tan principal ciudad como Toledo, todo lo demás del reino quedó llano, de manera que don Pedro no se atrevió más a estar en el reino, antes perdida del todo la esperanza, se determinó de ponerse en salvo en una galera, en que embarcó sus hijos y tesoros, con que se fue a Portugal. Al que Dios comenzaba a desamparar parecía que le faltaba el consejo y también el favor de los hombres.

 

El rey de Portugal no le quiso tener en su reino, antes le envió a decir que no cabían dos reyes en una provincia. Don Fernando, hijo del rey de Portugal, estaba inclinado a don Enrique; favorecíale, y enviábanse muchos recados el uno al otro, y estaba mal con el rey don Pedro. Verdad es que en Portugal no se le hizo ningún desaguisado por no violar el derecho de las gentes, antes se le dio paso seguro para Galicia, para do se encaminaba con intento de juntar en aquellos pueblos alguna flota en que pasarse a Bayona de Francia.

 

Llegado a Compostela, hizo matar a don Suero, arzobispo de Santiago, y al deán de aquella iglesia, que se decía Perálvarez, ambos naturales de Toledo. No amansaban tantos peligros el cruel ánimo del rey, y él mismo sin necesidad aumentaba las causas de su destrucción. Ordenó su partida a Francia; parecióle que le era muy peligroso ir por tierra; así, allegó de aquella costa una armada de veintidós navíos y algunos otros bajeles menores. Embarcóse en ella con don Juan, su hijo, y otras dos hijas, que doña Beatriz, la mayor, era muerta, aunque Polidoro escribe que falleció en Bayona de Francia. Con buen viento llegaron a Bayona en la Guyena, que a la sazón se tenía por los ingleses; llevó consigo una buena parte de sus tesoros. Verdad es que la mayor cantidad de ellos, que enviaba en una galera con su tesorero Martín Yañez, se la tomaron los ciudadanos de Sevilla con deseo de hacer algún notable servicio a don Enrique, al cual todo se le allanaba. Córdoba se le había entregado, y por horas le esperaban en Sevilla. De esta manera entendió don Pedro por su mal que las cosas humanas no permanecen siempre en un ser, y que muchas veces muy grandes príncipes, por más dichosos y más poderosos que fuesen, aunque estuviesen rodeados de grandes ejércitos, fueron destruidos por ser malquistos del pueblo, y llevaron el pago que sus obras merecían.

 

El nuevo rey don Enrique, después de llegado a Sevilla, asentó paces con los reyes de Portugal y de Granada. Hecho esto, del ejército de los extranjeros escogió mil quinientas lanzas, y por sus capitanes Beltrán Claquin y don Bernal, hijo del conde de Foix, señor de Bearne; con tanto,

 

 

 

 

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como si todo lo al quedara llano, despidió los demás soldados. De Aragón le enviaron a su mujer y a su nuera la infanta doña Leonor, en cuya compañía vinieron don López Fernández de Luna, arzobispo de Zaragoza, y otros señores principales. Era necesario asentar el gobierno del reino y poner buen recaudo en las rentas reales, proveer de dineros, porque el tesoro real le halló muy consumido con la guerra pasada. No se ponía duda sino que de Francia bajaría otra tempestad de guerra, y que don Pedro, por ser de corazón tan ardiente, no sosegaría hasta que dejase juntamente el reino y la vida.

 

Por tanto, se hicieron en Burgos Cortes generales de todo el reino, y en ellas el infante don Juan, hijo de don Enrique, fue jurado por sucesor y heredero del reino para después de los días de su padre. En estas Cortes asimismo se concedió la décima parte de las cosas que se vendiesen, sin limitar el tiempo de esta concesión. La gana de que se administrase bien la guerra y el aborrecimiento que tenían a don Pedro les hizo en parte que no advirtiesen por entonces cuán grave carga había de ser este tributo en los tiempos venideros. La ciega codicia de venganza y el dolor y peligro presente fácilmente turba y desbarata la corta providencia de los entendimientos de los hombres. Hizo don Enrique merced a la ciudad de Burgos de la villa de Miranda de Ebro por los servicios que le hicieron en su coronación y en recompensa de la villa de Briviesca, que era de Burgos y la diera a Pedro Fernández de Velasco, su camarero mayor; y porque la villa de Miranda era de la iglesia de Burgos, le dio en pago sesenta mil maravedíes de juro cada un año situados en los diezmos del mar, para que se gastasen en las distribuciones ordinarias de las horas nocturnas y diurnas y se repartiesen entre los prebendados que asistiesen a los divinos oficios en la dicha iglesia mayor, que antes de esto no tenían estas distribuciones. Era a la sazón obispo de Burgos don Domingo, único de este nombre, cuya elección fue memorable; por muerte de su antecesor don Fernando los votos del cabildo se dividieron sin poderse concordar en dos bandos. Conviniéronse en que aquel fuese de común consentimiento de todos electo por obispo a quien nombrase el canónigo Domingo, como árbitro que le hacían de esta elección, ca le tenían por hombre santo y de buena conciencia. Él, aceptado que hubo la acción que le daban, sin hacer caso de ninguno de los competidores, dijo por sí aquella sentencia que después se mudó en refrán: «Obispo por obispo séaselo Domingo».

 

 

 

 

 

 

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Holgaron todos los canónigos que se hubiese hombrado, y recibiéronle por su prelado; diéronle las insignias episcopales e hiciéronle consagrar.

 

En estos días el arzobispo don Lope de Luna vino otra vez a Castilla enviado por el rey de Aragón con embajada a don Enrique para pedirle cumpliese con él lo que tenía capitulado y acusarle los juramentos que le tenía hechos y las pleitesías; en particular quería le pagase mucha suma de moneda que le prestara. El rey don Enrique le respondió que él confesaba la deuda y ser así todo lo que el rey decía; todavía que aún no estaban sosegadas las cosas del reino, y que si no era con grande riesgo de alguna gran revuelta y escándalo, no podía tan presto enajenar de la corona real tantas villas y ciudades como le prometió; que pasado este peligro, él estaba presto para cumplir lo asentado; que le tenía en lugar de padre y le debía el ser, vida y reino que poseía y todo lo al. Esto decía por entretener al rey de Aragón; por lo demás muy resuelto de no enajenar ninguna parte de lo que antiguamente era reino de Castilla. De esta manera suelen los príncipes mirar más por lo que les es útil y provechoso que tener cuenta con el deber y promesas que tengan hechas y juradas.

 

 

 

 

IX. De las guerras de Navarra

 

Estas cosas pasaban en Castilla; entre los navarros y franceses con varia fortuna se proseguía en Francia la guerra que tres años antes de este se comenzara, aunque con mayor daño del rey de Navarra por estar ausente y ocupado en negocios de su reino. Tomáronle algunas villas y ciudades, cercáronle y combatieron otras. Los reyes de Francia y de Aragón hicieron liga en la ciudad de Tolosa, que es en la Galia Narbonense, por sus procuradores, que cada uno de ellos para este efecto envió. El principal en asentar los capítulos de esta liga fue Luis, duque de Anjou, hermano del rey de Francia. Quedaron de acuerdo que el rey de Aragón hiciese guerra al de Navarra dentro de su reino, y que el rey de Francia le ayudase con quinientas lanzas pagadas a su costa, todo sin tener ningún respeto al estrecho parentesco que con él tenían, porque entrambos reyes eran sus cuñados por estar el de Navarra casado con hermana del rey de Francia, y el de Aragón tenía asimismo por mujer una hermana del mismo navarro. Aquellos príncipes, que tenían obligación a defenderle cuando otros le

 

 

 

 

 

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movieran guerra, esos se conjuraban contra él. ¡Oh fiera codicia de reinar! El mal modo de proceder del rey Carlos de Navarra y su aspereza le hacían odioso a los reyes sus vecinos, y era la causa que tuviese muchos enemigos.

 

Entendida esta liga por el navarro, él se estuvo quedo en España para hacer resistencia al rey de Aragón, mayormente que ya por su mandado Luis Coronel desde Tarazona hacía guerra en Navarra, robaba y destruía toda aquella frontera. A la reina, su mujer, envió a Francia, dado que preñada, para que procurase aplacar al rey, su hermano, y buscase algún remedio para salir del aprieto en que se hallaban. Esta ida no fue de provecho alguno, a causa que el rey de Francia pensaba y pretendía quedarse de esta vez con toda la tierra que el de Navarra tenía en su reino. Estando pues la reina en su villa de Evreux en Normandía, en el postrero día del mes de marzo parió al infante don Pedro, su segundo hijo, conde que fue de Moretano o Mortaigne en Normandía, y con él en el medio del estío se volvió a Navarra; por no hallar buena acogida en el rey de Francia, de necesidad el navarro hubo de buscar de quien favorecerse. Parecióle el mejor medio de todos aliarse y juntar sus fuerzas con el rey don Pedro, que andaba desterrado, y le rogaba hiciese liga con él; y como los hombres cuando se ven en algún grande aprieto son muy liberales, para traerle a su amistad le hacía una muy larga promesa de pueblos en Castilla, ca le ofrecía toda la tierra de Guipúzcoa, Calahorra, Logroño, Navarrete, Salvatierra y Vitoria; parecen hoy día, si no son fingidas, las escrituras que hicieron de este concierto en este año en la ciudad de Lisboa, cuando el rey don Pedro desde Sevilla se retiró a Portugal.

 

Al presente el rey don Pedro desde Bayona procuraba socorros para poder volver a cobrar el reino de Castilla. En particular solicitaba a Eduardo, príncipe de Gales, que por su padre el rey de Inglaterra gobernaba el ducado de Guyena, para que le ayudase con sus gentes. Viéronse en Cabreron, que es un pueblo cerca de la canal de Bayona; hallóse en aquellas vistas don Carlos, rey de Navarra. Convidólos a comer el príncipe, sentáronse con este orden en la mesa; don Pedro a la mano derecha y luego junto a él el príncipe, y a la mano izquierda se sentó solo de por sí el rey de Navarra. Confederáronse allí estos tres príncipes, y confirmaron con solemne juramento los conciertos que hicieron, que fueron estos, que el rey don Pedro fuese restituido en su reino, y que al príncipe Eduardo se le diese en recompensa de su trabajo el señorío de

 

 

 

 

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Vizcaya; que el rey de Navarra hubiese a Logroño, y que don Pedro dejase en Guyena sus hijas para seguridad y prenda de que cumpliría lo capitulado y pagaría, alcanzada la victoria, el dinero que se le prestaba para el sueldo de la gente de guerra.

 

Sabida esta liga por el rey de Aragón, receloso del daño que de ella le podía venir, para hallarse con mayores fuerzas y poder mejor resistir a sus enemigos, renovó con el rey de Francia la confederación y amistades que con él tenía hechas.

El rey de Navarra estaba con gran cuidado y miedo no descargasen estos nublados sobre su reino, como el que caía en medio de dos enemigos tan poderosos como eran los reyes de Francia y Aragón. Por otra parte temía a los ingleses; juzgaba que para pasar en Castilla o les había de dar el camino por sus tierras, o se le abrirían con las armas. Hallábase muy congojado; aquejado con este pensamiento, no sabía qué consejo se tomase. La peor resolución que él pudo tomar fue quedarse neutral, porque de esta manera a ninguno obligaba, y a todos dejó querellosos. Todavía después que lo hubo todo bien ponderado, tomó por mejor partido concertarse con el rey don Enrique, ora lo hiciese con disimulación y engaño, ora que hubiese mudado su voluntad y quisiese salir fuera de la liga hecha con don Pedro y el príncipe de Gales. Como quiera que esto fuese, él tuvo sus hablas con el rey don Enrique en Santacruz de Campezo, que es una villa en la frontera de Navarra; halláronse presentes don Gómez Manrique, arzobispo de Toledo, que fuera elegido en lugar de don Vasco, don Alonso de Aragón, conde de Denia y marqués de Villena y don Lope Fernández de Luna, arzobispo de Zaragoza, y Beltrán Cloquin. La confederación que estos príncipes hicieron fue que el rey de Navarra no diese paso a los ingleses; que en la guerra que esperaban ayudase con su persona y con todo su ejército al rey don Enrique, y que para seguridad diese ciertas villas y castillos en rehenes de que cumpliría estos conciertos. Por el contrario, que don Enrique le diese a él a Logroño, la misma ciudad que poco antes don Pedro le prometió.

 

En estos días don Luis, hermano del rey de Navarra, se casó con Juana, duquesa de Durazo; en la Macedonia, hija mayor de Carlos, de quien heredó este estado, y a quien algunos años después el papa Urbano VI dio la investidura del reino de Nápoles. Y porque comúnmente se yerra en la descendencia de estos príncipes, me pareció ponerla en este lugar. Carlos II, rey de Nápoles, tuvo por hijo a Juan, duque de Durazo; hijos de

 

 

 

 

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Juan fueron Carlos y Luis; Carlos fue padre de Juana y Margarita. De Luis, el otro hijo de Juan, nacieron Carlos, que vino a ser rey de Nápoles, y Juana, la que dijimos casó con el infante don Luis, hermano del rey de Navarra.

 

Las vistas del rey de Navarra y de don Enrique, que se hicieron en Campezo, fueron en el principio del año de 1367, en el cual, quién dice el año siguiente, en 18 de enero murió en Estremoz, villa de Portugal, el rey don Pedro. Vivió por espacio de cuarenta y seis años, nueve meses y veintiún días; reinó nueve años y otros tantos meses y veintiocho días. Enterráronle en el monasterio de Alcobaza junto a doña Inés de Castro; hízosele un real y solemnísimo enterramiento con grande aparato y pompa. Entre otras cosas dejó buena renta para seis capellanes que allí dijesen cada día misa por su ánima y por las de sus antepasados; fue aventajado en ser justiciero; lloráronle mucho sus vasallos, y sintieron su muerte como si con él en la misma sepultura se hubiera enterrado la pública alegría y bien de todo el reino. Tenía mandado que sus despenseros no comprasen ninguna cosa fiada, sino todo de contado y por justo precio. Hizo muy santas leyes contra la avaricia de los jueces y abogados, para que con su codicia y largas no fuesen los pleitos inmortales. Fue severísimo contra los malhechores, especialmente era rigurosísimo contra los adúlteros; llegó a que por haber cometido este delito el obispo de Oporto, con sus propias manos le maltrató muy rudamente; así se decía vulgarmente, que traía consigo un azote para castigar a los que cogiese en algún delito. Tenía costumbre de distribuir cada año muchos marcos de plata, parte labrada, y parte acuñada, entre los suyos, según la calidad y méritos de cada uno. Refiérese de él aquella sentencia: «Que no era digno de nombre de rey el que cada día no hiciese bien y merced a alguna persona». Hizo el puente y villa de Limia en Portugal; dejó por heredero de su reino a su hijo don Fernando, cuyo reinado no fue tal y tan feliz como el del padre. Con los embajadores que el rey de Aragón envió a su padre asentó él paces en 4 días del mes de marzo de este año en los palacios de Alcanhaaes, que son cerca de Santarem. Tuvo amores deshonestos con doña Leonor de Meneses, mujer de Lorenzo Vázquez de Acuña, a quien se la quitó. El marido por tanto anduvo mucho tiempo huido en Castilla, y se dice de él que traía en la gorra unos cuernos de plata como por divisa y blasón, para muestra de la deshonestidad del rey y de su afrenta, mengua y agravio.

 

 

 

 

 

 

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X. Que don Enrique fue vencido junto a Nájera

 

Toda Castilla y Francia ardían llenas de ruido y asonadas de guerra; hacíanse muchas compañías de hombres de armas, jinetes e infantería; todo era proveerse de caballos, armas y dineros. Las partes ambas igualmente temían el suceso y esperaban la victoria. Don Enrique en Burgos, do era ido, se apercibía de lo necesario para salir al camino a su enemigo, que sabía con un grande y poderoso campo era pasado los Pirineos por las estrechas sendas y montañas cerradas de Roncesvalles. Llegó a Pamplona sin que el rey Carlos de Navarra le hubiese hecho ningún estorbo a la pasada, ca estaba a la sazón detenido en Borja. Prendióle andando a caza cerca de allí un caballero bretón, llamado Olivier de Mani, que la tenía en guarda por Beltrán Claquin, su primo. Entrambos los reyes sospecharon que era trato doble, concierto con este capitán que le prendiese, para tener color de no favorecer a ninguno de ellos, y después excusa aparente con el que venciese. A los príncipes ningún trato que contra ellos se haga, aunque sea con mucha cautela, se les puede encubrir; antes muchas veces les dicen más de lo que hay, y eso lo malician y echan a la peor parte.

 

Don Enrique partió de Burgos con un lucido y grueso ejército de mucha infantería y cuatro mil quinientos hombres de a caballo, en que iba toda la nobleza de Castilla y la gente que de Francia y Aragón era venida en su ayuda. Llegó con su campo al encinar de Bañares, llamó a consejo los más principales del ejército, y consultó con ellos lo tocante a esta guerra. Los embajadores de Francia, que eran enviados a sólo este efecto, y Beltrán Claquin procuraron persuadir que se debía en todas maneras excusar de venir a las manos con el enemigo y no darle la batalla, sino que fortificasen los pueblos y fortalezas del reino, tomasen los puertos, alzasen las vituallas, y le entretuviesen y gastasen; que la misma tardanza le echaría de España por ser esta provincia de tal calidad, que no puede sufrir mucho tiempo un ejército y sustentarle. Que se considerase el poco provecho que se sacaría cuando se alcanzase la victoria, y lo mucho que se aventuraba de perder lo ganado, que era no menos que los reinos de Castilla y León y las vidas de todos. Que en el ejército de don Pedro venía la flor de la caballería de Inglaterra, gente muy esforzada y acostumbrada a vencer, a quien los españoles no se igualaban ni en la destreza en pelear ni en la valentía y fuerzas de los cuerpos. Finalmente, que se acordasen

 

 

 

 

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que no es menos oficio del sabio y prudente capitán saber vencer al enemigo con industria y maña que con fuerza y valentía. Esto dijeron los embajadores de Francia de parte de su rey, y Beltrán Claquin de la suya.

 

Otros, que tenían menos experiencia y menor conocimiento del valor de los ingleses, y eran más fervorosos y esforzados que considerados y sufridos, instaron grandemente en que luego se diese la batalla. Decían que la cosas de la guerra dependían mucho de la reputación, y que se perdería si se rehusase la batalla, por entenderse que tenían miedo del enemigo y serían tenidos por cobardes y de ningún valor. Que si el ánimo no faltaba, sobraban las fuerzas y ciencia militar para desbaratar y vencer dos tantos ingleses que fuesen. Sobre todo que a tan justa demanda Dios no faltaría, y con su favor esperaban se alcanzaría una gloriosa victoria.

Aprobó don Enrique este parecer, mandó marchar su campo la vía de Álava para hacer rostro a algunas bandas de caballos ligeros del enemigo, que se habían adelantado y robaban aquella tierra. Llegó con su ejército junto a Saldrian, y a vista del de su enemigo asentó su campo en un lugar fuerte, porque le guardaban las espaldas unas sierras que allí están, con que podía pelear con ventaja si no le forzaban a desamparar aquel sitio. Considerando esto, los ingleses levantaron sus reales y tiraron la vía de Logroño, ciudad que tenía la voz de don Pedro, con intento de traer a don Enrique o la batalla o entrar en medio del reino, por donde tenían esperanza que todas las cosas podrían acabar a su gusto. Entendido por don Enrique, que estaba en Navarrete, el fin del enemigo, volvió atrás camino de Nájera, que es una ciudad que se piensa ser la antigua Tritio Metallo en los autrigones; y de que sea ella no es pequeño indicio que dos millas de allí está una aldea que retiene el mismo nombre de Tritio. Esta ciudad alcanza muy lindo cielo y unos campos muy fértiles, y por muchas cosas es un noble pueblo, y con el suceso de esta batalla se hizo más famoso.

 

Escribiéronse estos príncipes; cada cual daba a entender al otro la justicia que tenía de su parte y que no era él la causa de esta guerra; antes la hacía forzado y contra su voluntad, y tenía mucho deseo y gana de que se concordasen y no se viniese al riesgo y trance de la batalla por la lástima que significaban tenerá la mucha gente inocente que en ella perecería. Mas como quier que no se concordasen en el punto principal de la posesión del reino, perdida la esperanza de ningún concierto, ordenaron sus haces en guisa de pelear. Don Enrique puso a la mano derecha la gente

 

 

 

 

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de Francia, y con ella a su hermano don Sancho con la mayor parte de la nobleza de Castilla; a su hermano don Tello y al conde de Denia mandó que rigiesen el lado izquierdo; él con su hijo el conde don Alonso se quedó en el cuerpo de la batalla.

 

Los enemigos, que serían diez mil hombres de a caballo y otros tantos infantes, repartieron de esta manera sus escuadrones. La vanguardia llevaban el duque de Lancaster y Hugo Carbolayo, que se era pasado a los ingleses. El conde de Armañac y monsieur de Labrit iban por capitanes en el segundo escuadrón; en el postrero quedaron el rey don Pedro y el príncipe de Gales y don Jaime, hijo del rey de Mallorca, el cual, después que se soltó de la prisión en que le tenía el rey de Aragón, casara con Juana, reina de Nápoles. Halláronse en esta batalla trescientos hombres de a caballo navarros, que con su capitán Martín Enrique los envió el rey Carlos de Navarra en favor del rey don Pedro.

Corría un río en medio de los dos campos; pasóle don Enrique, y en un llano que está de la otra parte ordenó sus haces. En este campo se vinieron a encontrar los ejércitos con grandísima furia y ruido de las voces, de los combates, del quebrar de las lanzas y el disparar de las ballestas. El escuadrón de la mano derecha, que regía Beltrán Claquin, sufrió valerosamente el ímpetu de los enemigos, y parecía que llevaba lo mejor; empero en el otro lado quitó don Tello a los suyos la victoria de las manos; con más miedo que vergüenza volvió en un punto las espaldas, sin acometer a los enemigos ni entrar en la batalla. Como él y los suyos huyeron, dejaron descubiertos y sin defensa los costados de Beltrán y de don Sancho, por donde pudieron fácilmente ser rodeados de los enemigos, y apretándolos reciamente por ambas partes, los vencieron y desbarataron. Hízose gran matanza, y fueron presos muchos grandes y ricos hombres, entre ellos los capitanes más principales del ejército. Don Enrique con mucho esfuerzo y valor procuró detener su escuadron, que comenzaba a ciar y retirarse; por dos veces metió su caballo en la mayor priesa de la batalla con grandísimo peligro de su persona; más como quier que no pudiese detener a los suyos por la gran muchedumbre de enemigos que cargó sobre ellos y los desbarató, mal pecado, perdida del todo la esperanza de la victoria, se salió de la batalla y se acogió a Nájera.

 

De allí por el camino de Soria se fue a Aragón, acompañado de Juan de Luna y Fernán Sánchez de Tobar y Alfonso Pérez de Guzmán y de algunos otros caballeros de los suyos. A la entrada de aquel reino le salió a

 

 

 

 

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ver y consolar don Pedro de Luna, que después en tiempo del gran cisma fue el papa Benedicto. No paró el rey don Enrique hasta que por los puertos de Jaca entró en el reino de Francia, sin detenerse en Aragón por no se fiar de aquel rey, si bien era su consuegro. Hallábase en grande cuita, poca esperanza de reparo. Por semejantes rodeos lleva Dios a los varones excelentes por estos altos y bajos hasta ponerlos de su mano en la cumbre de la buenandanza que les está aparejada. Los demás de su ejército se huyeron por las villas y pueblos de aquella comarca, todos esparcidos, sin quedar pendón enhiesto, ni compañía entera, ni escuadra que no fuese desbaratada.

 

Después de la batalla hizo matar el rey don Pedro a Íñigo López de Horozco, a Gómez Carrillo de Quintana, a Sancho Sánchez de Moscoso, comendador de Santiago, y a Garci Jofre Tenorio, hijo del almirante Alfonso Jofre, que todos fueron presos en la pelea. Otros muchos dejó de matar por no los haber a las manos, que por ningún precio se los quisieron entregar los ingleses, cuyos prisioneros eran; demás que el príncipe de Gales le reprendió con palabras casi afrentosas porque, después de alcanzada la victoria, continuaba los vicios que le quitaban el reino. Uno de los presos fue don Pedro Tenorio, adelante arzobispo de Toledo. Llevó en esta batalla el pendón de don Enrique Pero López de Ayala, aquel caballero que escribió la historia del rey don Pedro, y fue uno de los presos. Por esta razón algunos no dan tanto crédito a su historia, como de hombre parcial. Dicen que por odio que tenía al rey don Pedro encareció y fingió algunas cosas; a la verdad fue uno de aquellos contra quien en Alfaro él pronunció sentencia, en que los dio por rebeldes y enemigos de la patria.

 

Diose esta batalla sábado 3 de abril de este año de 1367. Don Tello llevó a Burgos las tristes nuevas de este desgraciado suceso. La reina doña Juana, mujer de don Enrique, sabida la rota, tuvo gran miedo de venir a manos de don Pedro; así, ella y sus hijos con gran prisa se fueron de Burgos a la ciudad de Zaragoza. En esta sazón en Burgos se hallaban don Gómez Manrique, arzobispo de Toledo, y don Lope Fernández de Luna, arzobispo de Zaragoza, que se quedaron con la reina. Estos la acompañaron en este viaje de Aragón; llegada allí, no halló en el rey tan buena acogida como pensaba, que es cosa común y como natural en los hombres desamparar al caído y hacer aplauso y dar favor al vencedor. Olvidado pues el rey de Aragón ya de las amistades y confederaciones que

 

 

 

 

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tenía hechas con don Enrique, tenía propósito de moverse al son de la fortuna y llegarse a la parte de los que prevalecían. A esta causa era ya venido en Aragón por embajador Hugo Carbolayo, inglés, y porque no podían tan presto y fácilmente concluirse paces, se hicieron treguas por algunos meses.

 

Después de la victoria el rey don Pedro con todo su ejército se fue a Burgos, prendió en aquella ciudad a Juan Cordollaco, pariente del conde de Armañac y arzobispo de Braga, que era de la parcialidad del rey don Enrique. Hízole el rey llevar al castillo de Alcalá de Guadaira y meterle en un silo, en que estuvo hasta la muerte del mismo don Pedro, cuando, mudadas las cosas, fue restituido en su libertad y obispado. El rey don Pedro, sin embargo, se hallaba muy congojado en trazar cómo podría juntar tanto dinero como a los ingleses de los sueldos debía y él recibió prestado del príncipe de Gales. No sabía asimismo cómo podría cumplir con él lo que le tenía prometido de darle el señorío de Vizcaya, porque ni los vizcaínos, que es gente libre y feroz, sufrirían señor extraño, ni el tesoro y rentas reales, consumidos con tan excesivos gastos, como con estas revoluciones se hicieron, no alcanzaban con gran parte a pagar la mitad de lo que se debía. Por esta causa con ocasión de ir a juntar este dinero se fue don Pedro muy apriesa a Toledo, de allí a Córdoba. En esta ciudad en una noche hizo matar dieciséis hombres principales; cargábales fueron los primeros que eella dieron entrada al rey don Enrique. En Sevilla mandó asimismo matar a micer Gil Bocanegra y a don Juan, hijo de Pero Ponce de León, señor de Marchena, y a doña Urraca de Osorio, madre de Juan Alfonso de Guzmán, y a otras personas. A doña Urraca hizo quemar viva, fiereza suya, y ejecución en que sucedió un caso notable. En la laguna propia en que hoy está plantada una grande alameda armaron la hoguera. Una doncella de aquella señora, por nombre Isabel Dávalos, natural de Úbeda, luego que se emprendió el fuego, se metió en él para tenerle las faldas porque no se descompusiese, y se quemó junto con su ama; hazaña memorable, señalada lealtad, con que grandemente se acrecentó el odio y aborrecimiento que de atrás al rey tenían.

 

Con los infortunios, destierro y trabajo que había padecido parece era razón hubiera ya corregido los vicios que de antes parecían tener excusa con la mocedad, licencia y libertad, si su natural no fuera tan malo. Por el contrario, la afabilidad y buena condición del rey don Enrique causaba que todos tenían lástima de sus desastres y le amaban más que antes. Con esto

 

 

 

 

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se volvió a la plática de enviarle a llamar y restituirle en los reinos de Castilla.

 

El rey de Navarra, de Borgia, do le tenían arrestado, se vino después de dada la batalla a Tudela; a mosen Olivier, que le hizo compañía en aquella villa, le hizo prender, y no le quiso soltar de la prisión hasta que le entregó a su hijo el infante don Pedro, que quedó en Borja para seguridad que cumpliría lo que los dos capitularon.

Este mismo año que se dio la batalla de Nájera falleció en Viterbo, ciudad de Italia, el cardenal don Gil de Albornoz en 24 días del mes de agosto, fiesta de San Bartolomé. Fue este prelado excelente varón, de gran valor y prudencia, no menos en el gobierno que en las cosas de la guerra, muy querido de tres papas que alcanzó, Clemente, Inocencio y Urbano V, que a esta sazón gobernaba la Iglesia romana. Hizo guerra en Italia a los tiranos que tenían usurpadas muchas ciudades y tierras de la Iglesia, y con dichosas armas las restituyó al patrimonio y estado de san Pedro, con que abrió el camino a sus sucesores para que pasasen la silla apostólica a la antigua ciudad de Roma, que no tardó mucho tiempo en cumplirse. Depositaron su cuerpo en el monasterio de San Francisco de la ciudad de Asís; después, sosegadas las cosas de España con la muerte del rey don Pedro, por haberlo él así mandado en su testamento, le trasladaron a la ciudad d e Toledo; está enterrado en la iglesia mayor en la capilla de San Ildefonso. Concedió el romano pontífice indulgencias a los que le trajesen en hombros; y fue tanta la devoción de los pueblos, que por doquier que pasaba salían a bandas a los caminos por ganar los perdones, y de esta manera le trajeron hasta Toledo.

 

 

 

 

XI. Del maestre de San Bernardo

 

El maestre de San Bernardo, dignidad cuyo nombre y noticia apenas ha llegado a nuestros tiempos, se halló en la batalla de Nájera con otros muchos en favor de don Enrique, donde fue preso y muerto por mandado del rey don Pedro, y le confiscaron muchos pueblos que poseía en las behetrías. No cuenta esto ninguno de los historiadores, sino solamente el despensero mayor de la reina doña Leonor, de quien arriba hicimos mención. Verdad es que no escribe el nombre del maestre ni qué principio

 

 

 

 

 

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o autoridad tuviese esta dignidad, cosa en aquel tiempo muy sabida, al presente de todo punto olvidada; el tiempo todo lo gasta. Sólo consta que este maestre era hombre de religión y eclesiástico, porque el rey don Pedro fue excomulgado por la muerte que le dio. Lo que yo sospecho es que cuando el rey don Pedro por consejo de Juan Alonso de Alburquerque, como de suso se dijo, quiso encorporar las behetrías en la corona real, o lo que es más cierto, darlas a algunos señores particulares que las pretendían con más codicia de estados que de hacer lo que era razón y justicia, entonces de su voluntad y con facultad del papa con color de religión se debieron de sujetar a la orden de San Bernardo, a imitacion de los caballeros de Calatrava y Alcántara, y eligieron una cabeza con título que le dieron de maestre de San Bernardo, para que como las demás religiones militares hiciesen guerra a los moros. Este color y diligencia, aunque fue a propósito para que aquellos pueblos se mantuviesen en la libertad en que por tantos siglos inviolablemente se mantuvieron, dio empero ocasión para que el rey se indignase contra ellos. Por esta causa creo yo que el dicho maestre se llegó a la parte de don Enrique; esto pudo ser, más no es más que conjetura y pensamiento.

 

Lo que se sigue es cierto, que el sumo pontífice Urbano V por esta muerte y porque tenía fuera de sus iglesias a los obispos de Calahorra y de Lugo, envió un arcediano con orden que le notificase cómo estaba excomulgado, y por tal le publicase. Este arcediano, como quier que temiese la crueldad de don Pedro y el poco respeto que tenía a la Iglesia, usó con él de cautela y maña; esto fue que se vino por el río en una galeota muy ligera a Sevilla, y se puso a la ribera del campo de Tablada cerca de la ciudad; aguardó a que el rey pasase por aquella parte, sucedióle como lo deseaba, preguntóle si quería saber nuevas de levante, que le diría cosas maravillosas y jamás oídas, porque acababa de llegar de aquellas partes. Llegóse el rey cerca por oírle, y él le intimó entonces las bulas del papa. Esto hecho, luego con grandísima velocidad se fue el río abajo a vela y remo; ayudábale la menguante en que las aguas de la creciente del Océano volvían a bajar, así pudo más ligeramente escaparse. El rey enojóse mucho con la burla y como fuera de sí, desnuda la espada y arrimadas las espuelas al caballo, se lanzó en el río. Tiró una gran cuchillada al arcediano, que por no le poder alcanzar dio en la galeota, sin desistir de seguirle hasta tanto que el caballo no podía nadar de cansado; corriera gran peligro de ahogarse si no le acorrieran prestamente con un barco en que le recogieron

 

 

 

 

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muy encolerizado. Decía a grandes voces que él quitaría la obediencia al papa que tan violenta y suciamente regía la Iglesia; procuraría otrosí que hiciesen lo mismo los reyes de Aragón y de Navarra; además que aquella injuria él la vengaría muy bien con las armas y con hacer guerra a sus tierras. Esto dijo con los ojos encarnizados y hechos ascuas y con la voz muy fiera, alta y descompuesta. Las afrentas, amenazas y desacatos que dijo contra el papa más le desdoraron a él que agraviaron al padre santo. Mandó luego apercebir una armada y hacer grandes llamamientos de gentes de guerra.

 

El papa, vista la furiosa condición del rey don Pedro, se determinó de aplacarle de la mejor manera que pudiese; para hacerlo con mayor autoridad le envió un legado, que fue un sobrino suyo, cardenal de San Pedro, que lo absolvió de la excomunión, e hizo las amistades entre él y su tío con estas condiciones. Que consumido el oficio y nombre de maestre de San Bernardo, todos aquellos pueblos de allí adelante tuviesen su antiguo nombre de behetrías y fuesen del patrimonio real, a tal empero que no pudiesen ser entonces ni en algún tiempo dados ni vendidos ni enajenados; guárdeseles este respeto y preeminencia por ser bienes de religión y eclesiásticos. Demás de esto, que la tercera parte de las décimas que llevaba a la sazón el papa de los beneficios fuese del rey para ayuda a la guerra de los moros. Que el papa otrosí sin consentimiento de los reyes de Castilla no pudiese en sus reinos dar obispados ni maestrazgos ni el priorato de San Juan ni otros mayores beneficios. Esto se le concedió teniendo consideración al sosiego común y al bien general de la paz, puesto que era contra la costumbre y uso antiguo. Es cosa notable y maravillosa que por contemplación ni respeto de ningún príncipe quisiese el papa perder en España tanto de su derecho y autoridad: en tanto se tuvo en aquella era el sanar la locura de un rey, que primero con sus trabajos y ahora con la victoria andaba desatinado.

 

 

 

 

XII. Que don Enrique volvió a España

 

Llegado don Enrique a Francia, no perdió el ánimo, sabiendo cuán varias y mudables sean las cosas de los hombres, y que los valientes y esforzados hacen rostro a las adversidades y vencen todas las dificultades en que la

 

 

 

 

 

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fortuna los pone, los cobardes desmayan y se rinden a los trabajos y desastres. El conde de Foix, a cuya casa primero aportó, le recibió muy bien y hospedó amigablemente, aunque con recelo no le hiciesen guerra los ingleses porque le favorecía. De allí fue a Villanueva, que es cerca de Aviñón, para hablar a Luis, duque de Anjou y hermano del rey de Francia, en quien halló mejor acogimiento del que él podía esperar; socorrióle con dineros, y dióle consejos tan buenos, que fueron parte para que sus cosas tuviesen el próspero suceso que poco después se vio. Envió por inducimiento y aviso del duque con su embajada a pedir al rey de Francia su ayuda y favor para volver a Castilla. Fue oído benignamente, y determinóse el rey de favorecerle. A la verdad la mucha prosperidad y buenos sucesos de los ingleses le tenían con mucho miedo y cuidado; tenía asimismo en la memoria los agravios que don Pedro le había hecho y la enemiga que tenía con él. Respondióle pues con mucho amor, y propuso de le ayudar con gente y dineros; dióle el castillo de Perapertusa en los confines de Rosellón, en que tuviese a su mujer e hijos, ca desconfiados del rey de Aragón se retiraron a Francia; mandóle otrosí dar el condado de Seseno, en que pudiese vivir en el entretanto que volvía a cobrar el reino de Castilla, de donde cada día se venían a él muchos caballeros que fueron presos en la batalla de Nájera, y estaban ya rescatados y librados de la crueldad del rey don Pedro; que los ingleses los escaparon de sus manos.

 

De los primeros que se pasaron y acudieron en Francia a don Enrique, fue don Bernal, hijo del conde de Foix, señor de Bearne, a quien el rey don Enrique, después de acabada la guerra, en remuneración de este servicio le dio a Medinaceli con título de conde. Fue casado este príncipe con doña Isabel de la Cerda, hija de don Luis y nieta de don Alonso de la Cerda el Desheredado, de quien los duques de Medinaceli, sin haber quiebra en la línea, se precian descender. Hallóse también con don Enrique el conde de Osona, hijo de don Bernardo de Cabrera, el cual, después que estuvo preso en Castilla, sirvió en la guerra a don Pedro por el gran sentimiento que tenía de la muerte de su padre. Finalmente, puesto en su entera libertad, se pasó a don Enrique con propósito de servirle y seguir su fortuna hasta la muerte. Demás de esto le avino bien a don Enrique en que el príncipe de Gales se volvió en estos días a Guyena, enojado y mal satisfecho de don Pedro porque ni le entregó el señorío de Vizcaya que le prometió, ni le pagó los emprestidos que le hiciera, ni a muchos de los suyos el sueldo que les debía. Demás de esto, en Castilla le comenzaba a ayudar la fortuna,

 

 

 

 

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ca muchos grandes y caballeros habían tomado su voz y hacían guerra a don Pedro. En particular se tenían por él las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya y las ciudades de Segovia, Ávila, Palencia, Salamanca y la villa de Valladolid y otros muchos pueblos del reino de Toledo. Cada día se reforzaba más su bando y parcialidad, su enemigo mismo le ayudaba con hacerse por momentos más odioso con su mal modo de proceder y desvariados castigos que hacía en los suyos.

 

Juntado pues por don Enrique su ejército, entró en Aragón por las asperezas de los Pirineos llamadas Val de Andorra; pasó por aquel reino con tanta presteza, que primero estuvo dentro de Castilla que pudiese el rey de Aragón atajarle el paso, si bien puso para estorbárselo toda la diligencia que pudo. Llegado don Enrique a la ribera del río Ebro, preguntó si estaba ya en tierra de Castilla. Como le respondiesen que sí, se apeó de su caballo, e hincado de rodillas hizo una cruz en la arena, y besándola dijo estas formales palabras: «Yo juro a esta significanza de cruz que nunca en mi vida por necesidad que me venga salga de Castilla; antes que espere ahí la muerte, o estaré a la ventura que me viniere». Fue importante esta ceremonia para asegurar los corazones de los que le seguían e inflamarlos en la afición que le tenían. Vuelto a subir en su caballo, fue con todo su campo a Calahorra, que por aquella parte es la primera ciudad de Castilla; entró en ella el día del arcángel san Miguel con mucho contento y regocijo de los ciudadanos y de muchos del reino que luego de todas partes le acudieron, ca andaban unos desterrados, y otros huidos de miedo de la crueldad del rey, su hermano.

 

De Calahorra se partió a Burgos; allí fue recibido con una muy solemne procesión por el obispo, clerecía y ciudadanos de aquella ciudad. Halló en el castillo preso a don Felipe de Castro, un grande del reino de Aragón, casado con su hermana doña Juana, que le prendieron en la batalla de Nájera; mandóle luego soltar, e hízole donación de la villa de Paredes de Nava y de Medina de Rioseco y de Tordehumos. Por el contrario, prendió en el mismo castillo a don Jaime, rey de Nápóles e hijo del rey de Mallorca, que se quedara en Burgos después que se halló en la batalla por la parte del rey don Pedro, y ahora cuando vio que recibían a don Enrique, se retiró al castillo para defenderse en él con el alcaide Alfonso Fernández. Con el ejemplo de la real ciudad de Burgos otras muchas ciudades tomaron la voz de don Enrique, quitado el miedo que tenían, el cual no suele ser buen maestro para hacer a los hombres constantes en el deber y

 

 

 

 

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en hacer lo que es razón. Sosegadas las cosas en Burgos, pasó con su campo sobre la ciudad de León, que a cabo de algunos días se le rindió a partido el postrero día de abril del año de 1368.

 

En la imperial ciudad de Toledo unos querían a don Enrique, la mayor parte sustentaba la opinión de don Pedro, escarmentados del riguroso castigo que hizo allí los meses pasados y de miedo de la gente de guerra que allí tenía de guarnición, que eran muchos ballesteros y seiscientos hombres de armas, cuyo capitán era Fernando Ávarez de Toledo, alguacil mayor de la misma ciudad. Tenía don Enrique en su ejército mil hombres de armas; con estos y con la infantería, que era en mayor número, no dudó de venir sobre una ciudad tan grande y fuerte como Toledo y tenerla cercada. Tenía por cierto que, apoderado que fuese de una ciudad y fuerza semejante, todo lo demás le sería fácil de acabar. Asentó sus reales en la vega que se tiende a la parte del septentrión a las faldas de la ciudad; puso muchas compañías en los montes que están de la otra parte del río Tajo; este gran río como con un compás rodea las tres cuartas partes de la ciudad, corre por la parte del levante, y revuelve hacia mediodía y poniente. Para que se pudiese pasar de los unos reales a los otros y se favoreciesen en tiempo de necesidad mandó fabricar un puente de madera, que fue después muy provechoso. Los toledanos sufrían constantemente el cerco, puesto que harto inclinados a don Enrique; más no osaban admitirle en la ciudad por miedo no lo pagasen los rehenes que consigo se llevara don Pedro, que eran los más nobles de Toledo.

 

La ciudad de Córdoba en este tiempo, quitada la obediencia a don Pedro, seguía la parte de don Enrique con tanto pesar y enojo de su contrario, que no dudó de pedir al rey de Granada le enviase su ayuda para irla a cercar. Envióle Mahomad gran número de moros jinetes, con que y su ejército puso en gran estrecho la ciudad y la apretó de manera, que un día estuvo a punto de ser entrada, ca los moros a escala vista subieron la muralla y tomaron el alcázar viejo. Acudieron los cordobeses, considerado el peligro y cuán sin misericordia serían tratados si fuesen vencidos, y pelearon aquel día con gran desesperación, y rebatieron tan valerosamente los moros, que mal de su grado los forzaron a salir de la ciudad. A muchos hicieron saltar por los adarves, y les tomaron las banderas y fueron en pos de ellos hasta bien lejos. Señaláronse mucho en este día las mujeres cordobesas, ca visto que era entrada la ciudad por los moros, no se escondieron ni cayeron en sus estrados desmayadas, sino con varonil

 

 

 

 

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esfuerzo salieron por las calles y a los lugares en que sus maridos e hijos peleaban, y con animosas palabras los incitaron a la pelea; con esto los cordobeses tomaron tanto brío y coraje, que pudieron recobrar la ciudad, que ya se perdía, y hacer gran estrago y matanza de sus enemigos. Desesperados los reyes de poder ganar la ciudad, levantaron el cerco.

 

Don Pedro se fue a Sevilla a proveer lo necesario para la guerra, que todo se hacía más de espacio y con mayores dificultades de lo que él pensaba; el rey de Granada, sin que don Pedro le fuese a la mano, saqueó y robó las ciudades de Jaén y Úbeda, que a imitación de Córdoba seguían el bando de don Enrique; taló otrosí lo más de los campos del Andalucía, con que llevaron los moros a Granada gran muchedumbre de cautivos, tanto, que fue fama que en sola la villa de Utrera fueron más de once mil almas las que cautivaron. Con esto, toda la Andalucía se veía estar llena de llantos y miseria; por una parte los apretaban las armas de los moros, por otra la crueldad y fiereza de don Pedro.

 

 

 

 

XIII. Que el rey don Pedro fue muerto

 

El rey don Pedro, desamparado de los que le podían ayudar y sospechoso de los demás, lo que sólo restaba, se resolvió de aventurarse, encomendarse a sus manos y ponerlo todo en el trance y riesgo de una batalla; sabía muy bien que los reinos se sustentan y conservan más con la fama y reputación que con las fuerzas y armas. Teníale con gran cuidado el peligro de la real ciudad de Toledo; estaba aquejado, y pensaba cómo mejor podría conservar su reputación, esto le confirmaba más en su propósito de ir en busca de su enemigo y darle la batalla. Procuráronselo estorbar los de Sevilla; decíanle que se destruía y se iba derecho a despeñar; que lo mejor era tener sufrimiento, reforzar su ejército y esperar las gentes que cada día vendrían de sus amigos y de los pueblos que tenían su voz. Esto que le aconsejaban era lo que en todas maneras debiera seguir, si no le cegaran la grandeza de sus maldades y la divina justicia, ya determinada de muy presto castigarlas.

 

Estando en este aprieto, sucedióle otro desastre, y fue que Vitoria, Salvatierra y Logroño, que eran de su obediencia, fatigadas de las armas del rey de Navarra y por falta de socorro por estar don Pedro tan lejos, se

 

 

 

 

 

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entregaron al navarro. Ayudó a esto don Tello, el cual, si estaba mal con don Pedro, no era amigo de su hermano don Enrique, y así se entretenía en Vizcaya sin querer ayudar a ninguno de los dos.

Proseguíase en este comedio el cerco de Toledo. Y como quier que aquella ciudad estuviese, como dijimos, dividida en aficiones, algunos de los que favorecían a don Enrique intentaron de apoderarse de una torre del muro de la ciudad que miraba al real, que se dice la torre de los Abades. Como no les sucediese esa traza, procuraron darle entrada en la ciudad por el puente de San Martín, sobre lo cual los del un bando y del otro vinieron a las manos, en que sucedieron algunas muertes de ciudadanos. Sabidas estas revueltas por el rey don Pedro, diose muy mayor prisa a irla a socorrer, por no hallarla perdida cuando llegase. Para ir con menor cuidado mandó recoger sus tesoros, y con sus hijos don Sancho y don Diego llevarlos a Carmona, que es una fuerte y rica villa del Andalucía, y está cerca de Sevilla. Hecho esto, juntó arrebatadamente su ejército y aprestó su partida para el reino de Toledo. Llevaba en su campo tres mil hombres de a caballo; pero la mitad de ellos, mal pecado, eran moros y de quien no se tenía entera confianza, ni se esperaba que pelearían con aquel brío y gallardía que fuera necesario.

 

Dícese que al tiempo de su partida consultó a un moro sabio de Granada, llamado Benagatin, con quien tenía mucha familiaridad, y que el moro le anunció su muerte por una profecía de Merlín, hombre inglés, que vivió antes de este tiempo como cuatrocientos años. La profecía contenía estas palabras: «En las partes de occidente, entre los montes y el mar, nacerá una ave negra, comedora y robadora, y tal, que todos los panales del mundo querrá recoger en sí, todo el oro del mundo querrá poner en su estómago, y después gormarlo ha, y tornará atrás. Y no perecerá luego por esta dolencia, caérsele han las péñolas, y sacarle han las plumas al sol, y andará de puerta en puerta y ninguno la querrá acoger, y encerrarse ha en la selva y allí morirá dos veces, una al mundo y otra a Dios, y de esta manera acabará». Esta fue la profecía, fuese verdadera o ficción de un hombre vanísimo que le quisiese burlar; como quiera que fuese, ella se cumplió dentro de muy pocos días.

 

El rey don Pedro con la hueste que hemos dicho bajó del Andalucía a Montiel, que es una villa en la Mancha y en los oretanos antiguos, cercada de muralla, con su pretil, torres y barbacana, puesta en un sitio fuerte y fortalecida con un buen castillo. Sabida por don Enrique la venida de don

 

 

 

 

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Pedro, dejó a don Gómez Manrique, arzobispo de Toledo, para que prosiguiese el cerco de aquella ciudad, y él con dos mil cuatrocientos hombres de a caballo, por no esperar el paso de la infantería, partió con gran prisa en busca de don Pedro. Al pasar por la villa de Orgaz, que está a cinco leguas de Toledo, se juntó con él Beltrán Claquin con seiscientos caballos extranjeros que traía de Francia; importantísimo socorro y a buen tiempo, porque eran soldados viejos y muy ejercitados y diestros en pelear. Llegaron al tanto allí don Gonzalo Mejía, maestre de Santiago, y don Pedro Múñiz, maestre de Calatrava, y otros señores principales que venían con deseo de emplear sus personas en la defensa y libertad de su patria. Partió don Enrique con esta caballería; caminó toda la noche, y al amanecer dieron vista a los enemigos antes que tuviesen nuevas ciertas que eran partidos de Toledo. Ellos, cuando vieron que tenían tan cerca a don Enrique, tuvieron gran miedo, y pensaron no hubiese alguna traición y trato para dejarlos en sus manos; a esta causa no se fiaban los unos de los otros. Recelábanse también de los mismos vecinos de la villa. Los capitanes con mucha prisa y turbación hicieron recoger los más de los soldados que tenían alojados en las aldeas cerca de Montiel; muchos de ellos desampararon las banderas de miedo o por el poco amor y menos gana con que servían. Al salir el sol formaron sus escuadrones de ambas partes y animaron sus soldados a la batalla. Don Enrique habló a los suyos en esta sustancia:

 

«Este día, valerosos compañeros, nos ha de dar riquezas, honra y reino, o nos lo ha de quitar. No nos puede suceder mal, porque de cualquiera manera que nos avenga, seremos bien librados; con la muerte saldremos de tan inmensos e intolerables afanes como padecemos; con la victoria daremos principio a la libertad y descanso, que tanto tiempo ha deseamos. No podemos entretenernos ya más; si no matamos a nuestro enemigo, él nos ha de hacer perecer de tal género de muerte, que la tememos por dichosa y dulce si fuere ordinaria, y no con crueles y bárbaros tormentos. La naturaleza nos hizo gracia de la vida con un necesario tributo, que es la muerte; esta no se puede excusar, empero los tormentos, las deshonras, afrentas e injurias evitarálas vuestro esfuerzo y valor. Hoy alcanzaréis una gloriosa victoria, o quedaréis como honrados y valerosos tendidos en el campo. No vean tal mis ojos, no permita vuestra bondad, Señor, que perezcan tan virtuosos y leales caballeros. Mas ¿qué muerte tan desastrada y miserable nos puede venir que sea peor que la

 

 

 

 

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vida acosada que traemos? No tenemos guerra con enemigo que nos concederá partidos razonables ni aún una tolerable servidumbre cuando queramos ponernos en sus manos; ya sabéis su increíble crueldad, y tenéis bien a vuestra costa experimentado cuán poca seguridad hay en su fe y palabra. No tiene mejor fiesta ni más alegre que la que solemniza con sangre y muertes, con ver destrozar los hombres delante de sus ojos. ¿Por ventura habémoslo con algún malvado y perverso tirano, y no con una inhumana y feroz bestia? Que parece ha sido agarrochada en la leonera para que de allí con mayor braveza salga a hacer nuevas muertes y destrozos. Confío en Dios y en su apóstol Santiago que ha caído en la red que nos tenía tendida, y que está encerrado donde pagará la cruel carnicería que en nos tiene hecha; mirad, mis soldados, no se os vaya, detenedla, no la dejéis huir, no quede lanza ni espada que no pruebe en ella sus aceros. Socorred por Dios a nuestra miserable patria, que la tiene desierta y asolada; vengad la sangre que ha derramado de vuestros padres, hijos, amigos y parientes. Confiad en nuestro Señor, cuyos sagrados ministros sacrílegamente ha muerto, que os favorecerá para que castiguéis tan enormes maldades, y le hagáis un agradable sacrificio de la cabeza de un tal monstruo horrible y fiero tirano».

 

Acabada la plática, luego con gran brío y alegría arremetieron a los enemigos; hirieron en ellos con tan gran denuedo, que sin poder sufrir este primer ímpetu en un momento se desbarataron. Los primeros huyeron los moros, los castellanos resistieron algún tanto; más como se viesen perdidos y desamparados, se recogieron con el rey don Pedro en el castillo de Montiel. Murieron muchos de los moros en la batalla, muchos más fueron los que perecieron en el alcance; de los cristianos no murió sino solo un caballero. Ganóse esta victoria un miércoles 14 días de marzo del año de 1369.

Don Enrique, visto cómo don Pedro se encerró en la villa, a la hora la hizo cercar de una horma, pared de piedra seca, con gran vigilancia porque no se les pudiese escapar. Comenzaron los cercados a padecer falta de agua y de trigo, ca lo poco que tenían les dañó de industria, a lo que parece, algún soldado de los de dentro, deseoso de que se acabase presto el cerco. Don Pedro, entendido el peligro en que estaba, pensó cómo podría huirse del castillo más a su salvo. Hallábase con él un caballero que le era muy leal, natural de Trastámara, decíase Men Rodríguez de Sanabria; por medio de este hizo a Beltrán Claquin una gran promesa de villas y castillos

 

 

 

 

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y de doscientas mil doblas castellanas, a tal que dejado a don Enrique le favoreciese y le pusiese en salvo. Extrañó esto Beltrán; decía que si tal consintiese, incurriría en perpetua infamia de fementido y traidor; mas como todavía Men Rodríguez le instase, pidióle tiempo para pensar en tan grande hecho. Comunicado el negocio secretamente con los amigos de quien más se fiaba, le aconsejaron que contase a don Enrique todo lo que en este caso pasaba; tomó su consejo. Don Enrique le agradeció mucho su fidelidad, y con grandes promesas le persuadió a que con trato doble hiciese venir a don Pedro a su posada, y le prometiese haría lo que deseaba. Concertaron la noche; salió don Pedro de Montiel armado sobre un caballo con algunos caballeros que le acompañaban, entró en la estancia de Beltrán Claquin con más miedo que esperanza de buen suceso.

 

El recelo y temor que tenía dicen se le aumentó un letrero que leyó poco antes, escrito en la pared de la torre del homenaje del castillo de Montiel, que contenía estas palabras: «Esta es la torre de la Estrella». Ca ciertos astrólogos le pronosticaron que moriría en una torre de este nombre. Ya sabemos cuán grande vanidad sea la de estos adivinos, y como después de acontecidas las cosas se suelen fingir semejantes consejas. Lo que se refiere que le pasó con un judío médico es cosa más de notar. Fue así, que por la figura de su nacimiento le había dicho que alcanzaría nuevos reinos y que sería muy dichoso. Después cuando estuvo en lo más áspero de sus trabajos, díjole: «Cuán mal acertaste en vuestros pronósticos». Respondió el astrólogo: «Aunque más hielo caiga del cielo, de necesidad el que está en el baño ha de sudar». Dio por estas palabras a entender que la voluntad y acciones de los hombres son más poderosas que las inclinaciones de las estrellas.

 

Entrado pues don Pedro en la tienda de don Beltrán, díjole que ya era tiempo que se fuesen. En esto entró don Enrique armado; como vio a don Pedro, su hermano, estuvo un poco sin hablar como espantado; la grandeza del hecho le tenía alterado y suspenso, o no le conocía por los muchos años que no se vieran. No es menos sino que los que se hallaron presentes entre miedo y esperanza vacilaban. Un caballero francés dijo a don Enrique señalando con la mano a don Pedro: «Mirad que ese es vuestro enemigo». Don Pedro con aquella natural ferocidad que tenía, respondió dos veces: «Yo soy, yo soy». Entonces don Enrique sacó su daga y diole una herida con ella en el rostro. Vinieron luego a los brazos, cayeron ambos en el suelo; dicen que don Enrique debajo, y que con ayuda de

 

 

 

 

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Beltrán, que les dio vuelta y le puso encima, le pudo herir de muchas puñaladas, con que le acabó de matar; cosa que pone grima. Un rey, hijo y nieto de reyes, revolcado en su sangre derramada por la mano de un su hermano bastardo. ¡Extraña hazaña! A la verdad cuya vida fue tan dañosa para España, su muerte le fue saludable; y en ella se echa bien de ver que no hay ejércitos, poder, reinos ni riquezas que basten a tener seguro a un hombre que vive mal e insolentemente. Fue este un extraño ejemplo para que en los siglos venideros tuviesen que considerar, se admirasen y temiesen y supiesen también que las maldades de los príncipes las castiga Dios, no solamente con el odio y mala voluntad con que mientras viven son aborrecidos, ni sólo con la muerte, sino con la memoria de las historias, en que son eternamente afrentados y aborrecidos por todos aquellos que las leen, y sus almas sin descanso serán para siempre atormentadas.

 

Frossarte, historiador francés de este tiempo, dice que don Enrique al entrar de aquel aposento dijo: «¿Dónde está el hideputa judío que se llama rey de Castilla?». Y que don Pedro respondió: «Tú eres el hideputa, que yo hijo soy del rey don Alonso». Murió don Pedro en 23 días del mes de marzo, en la flor de su edad, de treinta y cuatro años y siete meses; reinó diecinueve años menos tres días. Fue llevado su cuerpo sin ninguna pompa funeral a la villa de Alcocer, do le depositaron en la iglesia de Santiago. Después, en tiempo del rey don Juan el Segundo, le trasladaron por su mandado al monasterio de las monjas de Santo Domingo el Real de Madrid, de la orden de los Predicadores. Prendieron después de muerto el rey don Pedro a don Fernando de Castro, Diego González de Oviedo, hijo del maestre de Alcántara, y Men Rodríguez de Sanabria, que salieron con él de la villa para tenerle compañía.

 

Estos tiempos tan calamitosos y revueltos no dejaron de tener algunos hombres señalados en virtud y letras; uno de estos fue don Martín Martínez de Calahorra, canónigo de Toledo y arcediano de Calatrava, dignidad de la santa iglesia de Toledo, que está enterrado en la capilla de los Reyes Viejos de aquella iglesia con un letrero en su sepulcro que dice cómo por honra de la santidad y grandeza de la iglesia de Toledo no quiso aceptar el obispado de Calahorra para el cual fue elegido en concordia de todos los votos del cabildo de aquella iglesia.

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIV. Que don Enrique se apoderó de Castilla

 

Con la muerte del rey don Pedro enriquecieron unos y empobrecieron otros; tal es la usanza de la guerra, y más de la civil. Todas las cosas en un momento se trocaron en favor del vencedor: diose a la hora Montiel. Llegada la nueva de lo sucedido a Toledo, tuvieron gran temor los vecinos de aquella ciudad. Padecían a la sazón necesidad de bastimentos. Acordaron de hacer sus pleitesías con los de don Enrique, que los tenían cercados. Entregáronles la ciudad, y todos se pusieron en la merced del nuevo rey, pues con la muerte de don Pedro se entendía quedaban libres del homenaje y fidelidad que le prometieron. Entre los príncipes extranjeros se levantó una nueva contienda sobre quién tenía mejor derecho a los reinos de Castilla. Convenían todos en que Enrique no tenía opción a ellos por el defecto de su nacimiento. Demás de esto, cada uno pensaba quedarse en estas revueltas con lo que más pudiese apañar; que de esta suerte se suelen adquirir nuevos reinos y aumentarse los antiguos. El rey de Navarra, según poco ha dijimos, se apoderara de muchos y buenos pueblos de Castilla. Al rey de Aragón por traición de los alcaides se le entregaron Molina, Cañete y Requena. El rey de Portugal pretendía toda la herencia y sucesión, y se intitulaba rey de Castilla y de León por ser sin contradicción alguna bisnieto del rey don Sancho, nieto de doña Beatriz, su hija. Teníanse ya por él Ciudad Rodrigo, Alcántara y la ciudad de Tuy en Galicia. El rey de Granada tramaba nuevas esperanzas receloso por la constante amistad que guardó a don Pedro. La mayor tempestad de guerra que se temía era de Inglaterra y Guyena, a causa que don Juan, duque de Lancaster, hermano del príncipe de Gales, se casara con doña Costanza, hija del rey don Pedro, y el conde cantabrigense, hermano también del mismo príncipe, tenía por mujer a doña Isabel, hija menor del mismo, habidas ambas en doña María de Padilla. De esta suerte dentro el nobilísimo reino de Castilla se temían discordias civiles, y de fuera le amenazaban grandes movimientos y asonadas nuevas de guerras.

 

El remedio que estos temores tenían era con presteza ganar las voluntades de las ciudades y grandes del reino. Como don Enrique fuese sagaz y entendiese que era esto lo que le cumplía, luego que puso cobro en Montiel, se partió sin detenerse a Sevilla, do fue recibido con gran triunfo y alegría. Todas las ciudades y villas del Andalucía vinieron luego a darle la obediencia, excepto la villa de Carmona en que don Pedro dejó sus hijos

 

 

 

 

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y tesoros, y por guarda al capitán Martín López de Córdoba, maestre que se llamaba de Calatrava, que todavía hacía las partes de don Pedro, aunque muerto. En los días que el rey don Enrique estuvo en Sevilla, por no tener a un tiempo guerra con tantos enemigos, pidió treguas al rey moro de Granada, no sin disminución y nota de la majestad real; mas la necesidad que tenía de asegurar y confirmar el nuevo reinado le compelió a que disimulase con lo que era autoridad y pundonor. No se concluyó de esta vez nada con el moro; por esto, puesto buen cobro en las fronteras y asentadas las cosas del Andalucía, el nuevo rey volvió a Toledo por tener aviso que de Burgos eran allí llegados la reina, su mujer, y el infante, su hijo. En esta ciudad se buscó traza de allegar dineros para pagar el sueldo que se debía a los soldados extraños, y lo que se prometió a Beltrán Claquin en Montiel por el buen servicio que hizo en ayudar a matar al enemigo. Juntóse lo que más se pudo del tesoro del rey y de los cogedores de las rentas reales. Todo era muy poco para hartar la codicia de los soldados y capitanes extraños, que decían públicamente y se alababan tuvieron el reino en su mano y se le dieron a don Enrique, palabras al rey afrentosas y para el reino soberbias; la dulzura del reinar hacía que todo se llevase fácilmente. Para proveer en esta necesidad hizo el rey labrar dos géneros de moneda, baja de ley y mala, llamada cruzados la una, y la otra reales, traza con que de presente se sacó grande interés, y con que salieron del aprieto en que estaban; pero para lo de adelante muy perniciosa y mala, porque a esta causa los precios de las cosas subieron a cantidades muy excesivas. De esta manera casi siempre las trazas que se buscan para sacar dineros del pueblo, puesto que en los principios parezcan acertadas, al cabo vienen a ser dañosas, y con ellas quedan las provincias destruidas y pobres.

 

Todas estas dificultades vencía la afabilidad, blandura y suave condición de don Enrique, sus buenas y loables costumbres, que por excelencia le llamaban el Caballero; ayudábanle otrosí a que le tuviesen respeto y afición la majestad y hermosura de su rostro blanco y rubio, ca dado que era de pequeña estatura, tenía grande autoridad y gravedad en su persona. Estas buenas partes de que la naturaleza le dotó, la benevolencia y afición que por ellas el pueblo le tenía las aumentaba él con grandes dádivas y mercedes que hacía. Por donde entre los reyes de Castilla él solo tuvo por renombre el de las Mercedes, honroso título con que le pagaron lo que merecía la liberalidad y franqueza que con muchos usaba. A la verdad

 

 

 

 

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fuele necesario hacerlo de esta manera para asegurar más el nuevo reino y gratificar con estados y riquezas a los que le ayudaron a ganarle y tuvieron su parte en los peligros, ocasión de que en Castilla muchos nuevos mayorazgos resultaron, estados y señoríos.

 

Avivábanse en este tiempo las nuevas de la guerra que hacían en las fronteras los reyes de Portugal y de Aragón; proveyó a esto prestamente con un buen ejército que envió a la frontera de Aragón, cuyos capitanes, Pero González de Mendoza, Alvar García de Albornoz, cobraron a Requena, echados de ella los soldados aragoneses. Él, por su persona, fue a Galicia, en que tenía nuevas que andaban los portugueses esparcidos y desmandados y con gran descuido; y que por ir cargados de lo que robaban en aquella tierra podrían fácilmente ser desbaratados. Cercó en el camino a Zamora, y sin esperar a ganarla entró en Portugal por aquella parte que está entre los ríos Duero y Miño, que es una tierra fértil y abundosa; destruyó y corrió los campos de toda aquella comarca, quemó y robó muchas villas y aldeas, ganó las ciudades de Braga y Berganza. De esta manera, puesto grande espanto en los portugueses y vengadas las demasías y osadía que tuvieron de entrar en su reino, se volvió para Castilla. Hallóse con el rey don Enrique en esta guerra su hermano el conde don Sancho, ya rescatado por mucho precio de la prisión en que estuvo en poder de los ingleses después que le prendieron en la batalla de Nájera. El rey de Portugal no se atrevió a pelear con don Enrique, aunque antes le enviara a desafiar, por no estar tan poderoso como él, ni se le igualaba en la ciencia militar ni en la experiencia y uso de las cosas de la guerra.

 

Valió a los portugueses la nueva que don Enrique tuvo de los daños y robos que el rey de Granada hacía en el Andalucía, junto con la pérdida de la ciudad de Algeciras, que el moro tomó y la echó por el suelo, de manera tal, que jamás se volvió reedificar. Debiéralo de hacer en venganza de las muchas vidas de moros que aquella ciudad costara. Demás de esto, el rey tenía necesidad de volver a Castilla para proveer todavía de dineros con que pagar los soldados extraños y despachar a Beltrán, que en esta sazón era solicitado del rey de Aragón para que pasase en Cerdeña a castigar la gran deslealtad del juez de Arborea Mariano, que de nuevo andaba alzado en aquella isla y tenía ganados muchos pueblos, y se entendía aspiraba a hacerse señor de toda ella.

 

Había enviado el rey de Aragón contra él a don Pedro de Luna, señor de Almonacir, el cual, sin embargo que tenía parentesco de afinidad con

 

 

 

 

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Mariano, por estar casado con doña Elsa, parienta suya, le apretó reciamente en los principios; puso brevemente en tanto estrecho, que por no se atrever a esperar en el campo, aunque tenía mayor ejército que el aragonés, se encerró dentro los muros de la ciudad de Oristan. Túvole don Pedro cercado muchos días; y como quier que por tener en poco al enemigo en sus reales faltase la guarda y vigilancia que pide la buena disciplina militar, el juez, que estaba siempre alerta y esperaba la ocasión para hacer un notable hecho, salió repentinamente con su gente y dio tan de rebato sobre sus enemigos y con tan grande presteza, que primero vieron ganados sus reales, presos y muertos sus compañeros que supiesen qué era lo que venía sobre ellos. Finalmente, fue desbaratado todo el ejército y muerto el general don Pedro de Luna y con él su hermano don Felipe.

 

Pasados algunos días, Brancaleon Doria, que en estas revoluciones seguía la parcialidad del señor de Arborea, quier por algún desabrimiento que con él tuvo, quier con esperanza de mayor remuneración, se reconcilió con el rey, con que alcanzó, no solamente perdón de los delitos que tenía cometidos, sino también favores y mercedes. Poco tiempo después el juez de Arborea forzó a la ciudad de Sacer, que es la más principal de Cerdeña, a que se le rindiese, con que se perdió tanto como fue de provecho reducirse al servicio del rey de Aragón un señor tan poderoso e importante como era Brancaleon. Estuvo entonces esta isla a pique de perderse; para entretenerla lo mejor que ser pudiese mientras el rey iba a socorrerla envió allá por capitán general a don Berenguel Carroz, conde de Quirra; fuera de esto, con grandes promesas solicitó a Beltrán Claquin quisiese pasar en Cerdeña y tomará su cargo aquella guerra. Era muy honroso para él que los príncipes de aquel tiempo le hacían señor de la paz y de la guerra, y que tenía en su mano el dar y quitar reinos.

 

Estaba para conceder con los ruegos del rey de Aragón, cuando otra guerra más importante que en aquella coyuntura se levantó en Francia se lo estorbó y llevó a su tierra. Los pueblos del ducado de Guyena se hallaban muy fastidiados y querellosos del gobierno de los ingleses, que les echaron un intolerable pecho que se cobraba de cada una de las familias; esto para restaurar los excesivos gastos que el rey Eduardo hiciera en la entrada de su hijo el príncipe de Gales en España cuando restituyó en su reino de Castilla a don Pedro. Llevaron muy mal esta carga los guyeneses, y lamentaban la opresión y servidumbre; más les faltaba

 

 

 

 

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cabeza que los favoreciese y acaudillase que no gana de rebelarse. No tenían otro príncipe más a propósito a quien se entregar que el rey de Francia; avisáronle de su determinación, y suplicáronle tuviese lástima de aquel noble estado, que en otro tiempo fue de su corona, y al presente le tenían tiranizado y en su poder sus capitales enemigos. Pareció al francés que era ésta buena ocasión para pagarse de lo que los ingleses hicieron en la batalla de Poitiers. Por esto holgó con la embajada, y los animó y confirmó en su propósito; prometióles de encargarse de su defensa; que les exhortaba no dudasen de echar de su tierra los presidios de los ingleses, que él los socorrería con un buen ejército. Animáronse con esto los guyeneses. Los primeros que arbolaron banderas y tomaron cajas por Francia fueron los de Cahors. El rey, visto que ya estaba rompida la guerra y que para empresa de tan gran riesgo e importancia le faltaba un prudente y experimentado capitán de quien se pudiese fiar, juzgó que Beltrán Claquin era el mejor de los que podía escoger y el que con más amor y lealtad le serviría. Con este acuerdo le envió a llamar a España; juntamente rogó al rey de Navarra le fuese a ayudar en esta guerra.

 

Determinóse el navarro de pasar a Francia, dado que a la sazón tenía en Aragón a Juan Cruzate, deán de Tudela, para que tratase de confederarle con aquel rey. Dejó en Navarra por gobernadora del reino a la reina dona Juana, su mujer; y partido de España, se quedó en Chireburg, una villa fuerte de su estado, que está en Normandía. No se atrevió a fiarse del rey de Francia por las antiguas contiendas que entre sí tuvieran. Demás de esto, como hombre astuto, quería desde allí estarse a la mira sin arriscarse en nada, propio de gente doblada, y visto en qué paraban estos movimientos, después inclinarse a aquella parte de que con menos costa y peligro pudiese sacar mayor ganancia e interés. Procuraba el rey de Francia amansar y sosegar la feroz e inquieta condición del navarro, por saber que muchas veces de pequeñas ocasiones suelen resultar irreparables daños y mudanzas notables de reinos. Envióle con este fin una amigable embajada con ciertos caballeros principales de su corte. Poco se hacía por medio de los embajadores; acordaron de hablarse en Vernon, que es una villa asentada en la ribera del río Seina o Secuana en los confines de los estados de ambos reyes. Concertaron en aquellas vistas que el rey de Navarra dejase al de Francia las villas de Mante y Meulench y el condado de Longavilla, que eran los pueblos sobre que tenían diferencia, y que el rey de Francia diese en recompensa al navarro la baronía y señorío de

 

 

 

 

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Montpellier; empero estas vistas y conciertos se hicieron más adelante de donde ahora llega nuestra historia, que fue en el año de 1375. Volvamos a lo que se queda atrás y lo que pasaba en Castilla.

 

 

 

 

XV. Cómo murió don Tello

 

Muy alegre se hallaba don Enrique con la victoria que alcanzó de su enemigo; su fama se extendía y volaba por toda Europa como del que fundara en España un nuevo y poderoso reino, bien que por estar rodeado de tantos enemigos no dejaba de ser molestado de varios y enojosos pensamientos. Representábasele que muchas veces un pequeño yerro suele estragar y ser ocasión que se pierdan poderosos estados. Todos los buenos en Castilla le querían bien y se agradaban de su señorío; no era posible tenerlos a todos contentos, forzosamente los que tenían recibidas algunas mercedes de don Pedro, o por su muerte perdieron sus comodidades e intereses, defendían las partes del muerto y les pesaba del buen suceso de don Enrique.

 

Los portugueses tenían en este tiempo en Ciudad Rodrigo una buena guarnición de hombres de armas, desde allí hacían grandes daños en las tierras de Castilla, corrían los campos, robaban y quemaban las aldeas, con que los labradores, como más sujetos a semejantes daños, eran malamente molestados. Para remedio de estos males y reducir a su servicio esta ciudad, que es de las más principales de aquella comarca, el rey con toda su hueste la cercó en el principio del año de 1370. Pensaba hallarla desapercibida y hacer que por fuerza o de grado se la entregasen; hallóse en todo engañado, la ciudad bien prevenida, y se la defendieron valerosamente los portugueses, por donde el cerco duró más tiempo de lo que el rey tenía imaginado. La aspereza de aquel invierno fue grande, no pudo por ende el ejército estar más en campaña, y fue forzoso levantar el cerco e irse a Medina del Campo a esperar el buen tiempo.

 

Tuvo Cortes en aquella villa. Lo principal que de ellas resultó fue un gran socorro y servicio de dineros que los procuradores de las ciudades le hicieron para que acabase de allanar el reino, por ser ya consumido lo que montaron los intereses que se sacaron de las monedas de cruzados y reales que el año pasado se acuñaron y arrendaron, gastados en pagar sueldos y

 

 

 

 

 

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premiar capitanes y en satisfacer su demasiada codicia. Debíansele a Beltrán Claquin ciento veinte mil doblas que le prometió don Enrique porque le entregase en Montiel al rey don Pedro, que para en aquella era fue una grandísima cuantía. Dióle en precio de las setenta mil a don Jaime, hijo del rey de Mallorca y rey de Nápoles, que era el rescate que la reina, su mujer, señora riquísima, tenía prometido. Lo demás se le dio en oro de contado, y ultra de sus pagas le hizo el rey merced de la ciudad de Soria y de las villas de Almazán, Atienza, Montagudo, Molina y Serón. Con estas riquezas y grande estado que por su valor adquirió, ganada ultra de esto una fama y gloria inmortal, se volvió a nuevas esperanzas que se le representaban en Francia.

 

Maurello Fienno, que era condestable de Francia, hizo dejación del cargo, con que el rey le proveyó a don Beltrán; él con su valor reprimió los bríos de los ingleses que abrasaban todo aquel reino, y alcanzó de ellos grandes victorias, unas con esfuerzo, y otras con industria y arte, con que restituyó a su gente la honra y gloria militar perdida de tantos años atrás. En el mes de julio de este año se concordaron en Tortosa los aragoneses y navarros y se aliaron; la voz era favorecerse los unos a los otros contra sus enemigos, en realidad de verdad no era otra cosa sino juntar sus fuerzas para hacer guerra a don Enrique. Fueron entonces restituidas por la reina de Navarra al rey de Aragón las villas de Salvatierra y la Real, que antiguamente eran de aquel reino; hicieron este acuerdo con los aragoneses don Bernardo Folcaut, obispo de Pamplona, y Juan Cruzate, deán de Tudela, a quien el rey Carlos de Navarra al tiempo de su partida dejó por consejeros y coadjutores de la reina para la gobernación del reino.

 

En Castilla consultaba el rey a cuál parte sería mejor acudir primero; resolvióse en enviar a Galicia a Pedro Manrique, adelantado de Castilla, y a Pero Ruiz Sarmiento, adelantado de Galicia, que llevaron algunas compañías de hombres de armas y otras de infantería para defender aquella comarca de los portugueses, que se apoderaran de las ciudades de Compostela, Tuy y del puerto de La Coruña. Envió asimismo a mandar a su hermano don Tello que él por su parte fuese a la defensa de aquella provincia. Despachados estos socorros para Galicia y despedidas las Cortes, partióse luego a Sevilla con la fuerza de su ejército. A la verdad en el Andalucía era la mayor necesidad que se tenía de su persona, por la guerra que en ella hacían los moros y estar todavía Carmona rebelada y la armada de Portugal, que por aquella costa hacía mucho daño y tenía

 

 

 

 

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tomada la boca del río Guadalquivir. Fueron en esta coyuntura muy a propósito las treguas que los maestres de Santiago y Calatrava asentaron con el rey de Granada; recibió gran contento el rey don Enrique con esta nueva, porque si en un mismo tiempo fuera acometido de tantos enemigos, parece que no tuviera bastantes fuerzas para pode ellos resistir a todos, dividido su ejército en tantas partes. Traían los portugueses en su armada dieciséis galeras y veinticuatro naves; mandó el rey en Sevilla echar veinte galeras al agua, que no se pudieron poner todas en orden de navegar por falta de remos y jarcias, que los tenían dentro de Carmona por orden del rey don Pedro, que las mandó allí guardar para quitar la navegación a Sevilla, si se intentase rebelar. Por esto hizo venir de la costa de Vizcaya otra armada de navíos y galeras, con que los castellanos quedaron tanto más poderosos en el mar, que los portugueses no osaron esperar la batalla; antes perdidas tres galeras y dos navíos que les tomaron los contrarios, se volvieron desbaratados a Portugal.

 

A este tiempo se hallaba menoscabada la flota portuguesa a causa que algunas de las galeras eran idas a Barcelona a llevar a don Martín, obispo de Ébora, y a don Juan, obispo de Silves, y a fray Martín, abad del monasterio de Alcobaza, y a don Juan Alfonso Tello, conde de Barcelos, que iban por embajadores para hacer alianza con el rey de Aragón. Mediante la diligencia de estos prelados y del conde, se confederaron estos reyes contra don Enrique en esta forma: que el reino de Murcia y la ciudad de Cuenca y todas las villas y castillos de aquella comarca fuesen para el rey de Aragón, lo demás de Castilla quedase por el rey de Portugal, como señor y rey que ya se intitulaba de Castilla; item, que para mayor firmeza de esta avenencia tomase el rey de Portugal por mujer a la infanta doña Leonor, hija del rey de Aragón, con cien mil florines de dote; conciertos que no tuvieron efecto por causa que el rey de Portugal se embebeció en otros amores, y aún se casó de secreto con doña Leonor Téllez de Meneses, hija de Alonso Tello, hermano del conde de Barcelos. Asimismo el rey de Aragón aflojó en lo tocante a la guerra de Castilla por el peligro en que tenía su isla de Cerdeña, que le traía en gran cuidado.

 

Por estos días en 15 del mes de octubre murió en Galicia don Tello, señor de Vizcaya; fue hombre de buenas costumbres y en todas sus cosas igual; padeció muchos trabajos, y al cabo vino a estar desavenido con el rey, su hermano. Díjose entonces a la sorda que un médico de don Enrique, llamado Maestre Romano, le dio hierbas con que le mató, mentira que se

 

 

 

 

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creyó vulgarmente, como suele acontecer; lo cierto fue que murió de su enfermedad. Dio el rey al infante don Juan, su hijo, el señorío de Vizcaya y de Lara, que era de su tío don Tello; estados que desde entonces hasta hoy han quedado incorporados en la corona real de Castilla. Enterraron el cuerpo de don Tello en el monasterio de San Francisco de la ciudad de Palencia; el entierro y exequias se le hicieron con grande pompa y majestad.

 

 

 

 

XVI. De las bodas del rey de Portugal

 

De grande importancia fueron las treguas que tan a tiempo se hicieron con el rey de Granada, y no de menor momento echar de la costa de Castilla la armada de los portugueses. Lo que restaba era concluir el cerco de Carmona, que no sólo importaba el ganarla por hacerse señor de una tan buena villa, sino también era de mucha consideración, por lo que tocaba a todo el estado de la guerra, quitar aquella guarida a todos los de la parcialidad de don Pedro, que necesariamente eran muchos y los más soldados viejos y muy ejercitados en las armas. Determinóse pues el rey don Enrique de echar a una parte el cuidado en que le tenía puesto esta villa; venida la primavera del año de 1371, llegó con todo su ejército sobre Carmona y la sitió. Fue este cerco largo y dificultoso, y pasaron entre los cercados y los del rey algunos hechos notables en las continuas escaramuzas y rebatos que tenían. Los de la villa peleaban con grande ánimo y valor, y muchas veces a la iguala con los que la tenían cercada. Tan confiados y con tan poco temor de sus enemigos, que de día ni de noche no cerraban las puertas, ni jamás rehusaban la escaramuza, si los del rey la querían; antes los tenían siempre alerta con sus continuas salidas. Sucedió que un día se descuidaron las centinelas por ser el hilo de mediodía; los soldados recogidos en sus tiendas por el excesivo calor que hacía; advirtiéronlo desde la muralla los cercados, salieron de improviso de la villa, arremetieron furiosamente, ganaron en un punto las trincheras, y con la misma presteza sin detenerse corrieron derechos a la tienda del rey para con su muerte fenecer la guerra. Dios y el apóstol Santiago libraron en este día al rey y al reino, que estuvo muy cerca de suceder un gran desastre, si algunos caballeros, visto el peligro, no le acorrieran

 

 

 

 

 

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prestamente y acudieran a entretener aquella furia e ímpetu de los enemigos hasta tanto que llegaron más gente, con cuya ayuda después de pelear gran rato con ellos dentro de los reales, los forzaron a que se retirasen a la villa tan mal parados, que no se fueron alabando de su osadía.

 

El rey, visto que no podía ganar por fuerza esta villa, mandóla escalar una noche con gran silencio. Subieron cuarenta hombres de armas y ganaron una torre, pero como lo sintiesen las centinelas y escuchas, tocaron alarma. Alborotáronse los de la villa, primero por pensar que del todo era entrada, más vueltos sobre sí y cobrado esfuerzo, rebatieron los que subieran en la muralla. Con el grande peso y prisa de los que bajaban se quebraron las escalas, con que quedaron dentro de la villa presos los más de los que estaban en la torre. Venido el capitán Martín López de Córdoba, que aquella noche no se halló en la villa, sin ninguna misericordia los hizo matar. El rey recibió de esto grande enojo, y después de tomada la villa, vengó sus muertes con la de aquel que los mandara matar. Apretóse pues más de allí adelante el cerco, no los dejaban entrar bastimentos. El capitán Martín López de Córdoba, forzado de la hambre y necesidad, se dio finalmente a partido. Sin embargo, no obstante la seguridad que el maestre de Santiago le dio, a quien se rindió, le mandó el rey justiciar en Sevilla, sin respeto del seguro y palabra, a trueco de vengar el enojo y pesar que le hizo en matarle sus soldados. Vinieron a poder del rey los tesoros e hijos inocentes de don Pedro para que pagasen con perpetua prisión los grandes desafueros de su padre.

 

Concluida esta guerra, el rey don Enrique hizo que los huesos de su padre el rey don Alonso, como él lo dejara mandado en su testamento, fuesen trasladados a Córdoba a la capilla real que está detrás del altar mayor de la iglesia catedral, do se ven dos túmulos, el uno del rey don Alonso, y el otro de su padre el rey don Fernando, que también está en ella sepultado; aunque son humildes y de madera, no de mala escultura para lo que el arte alcanzaba en aquella era.

 

A la sazón que el rey don Enrique estaba sobre Carmona tuvo nuevas como Pero Fernández de Velasco le ganó la ciudad de Zamora y la redujo a su servicio, echados de ella los portugueses, y que sus adelantados Pero Manrique y Pero Ruiz Sarmiento tenían sosegada la provincia de Galicia, ca vencieron en una batalla a don Fernando de Castro, que era el principal autor de las revueltas de aquella comarca, y el que más se señalaba en

 

 

 

 

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favor de los portugueses; y así, perdida la batalla, se fue con ellos a Portugal. En un cuerpo muelle y afeminado con los vicios no puede residir ánimo valeroso ni esforzado, ni se puede en los tales hallar la fortaleza que es necesario para sufrir las adversidades. Quebrantóse mucho el corazón del rey don Fernando de Portugal con los malos sucesos que hemos referido tuvo en la guerra con don Enrique; así oyó de buena gana los tratos de paz en que de parte del rey de Castilla le habló Alfonso Pérez de Guzmán, alguacil mayor de Sevilla, por cuya buena industria en primero de marzo se concluyeron las paces en Alcautín, villa de Portugal, con estas condiciones: que el rey de Castilla le restituyese los pueblos que durante la guerra le ganara; que la infanta doña Leonor, hija del rey de Castilla, casase con el de Portugal; el dote fuese Ciudad Rodrigo y Valencia de Alcántara en Extremadura, y Monreal en Galicia.

 

Tuvo el portugués gran ocasión de ensanchar su reino, más todo lo pervirtieron los encendidos amores que tenía con doña Leonor de Meneses, como de suso se dijo, que pasaban muy adelante y estaban muy arraigados por tener ya en ella una hija, que se llamaba doña Beatriz. Esto le hizo mudar intento y no efectuar el casamiento con doña Leonor, infanta de Castilla. Envió a su padre una embajada para disculparse de su mudanza y para que le entregasen las villas y ciudades que él tenía de Castilla, en señal que quería ser su amigo. Aceptó don Enrique el partido y excusas de aquel rey. En el entre tanto él se casó públicamente con doña Leonor de Meneses; fueron padrinos don Alfonso Tello, conde de Barcelos, y su hermana doña María, tíos de la novia, hermanos de su padre; casamiento infeliz y causa de grandes males y guerras que por su ocasión resultaron entre Portugal y Castilla. Antes que este matrimonio se efectuase, como entendiesen los ciudadanos de Lisboa lo que el rey quería hacer, pesóles mucho de ello, y tomadas las armas, fueron con gran tropel y alboroto al palacio del rey. Daban voces y decían que si pasase adelante semejante casamiento sería en gran menoscabo y desautoridad de la majestad del reino de Portugal, que con él se ensuciaba y oscurecía la esclarecida sangre de sus reyes. Mas el obstinado ánimo del rey no quiso oír las justas querellas de los suyos, ni temió el peligro en que se metía, antes se salió escondidamente de Lisboa, y en la ciudad de Oporto públicamente celebró sus bodas, mudado el nombre que doña Leonor tenía de amiga en el de reina. Dióle un gran señorío de pueblos para que los poseyese por suyos, y mandó a los señores y caballeros que se hallaron

 

 

 

 

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presentes le besasen la mano como a su reina y señora. Hiciéronlo todos hasta los mismos hermanos del rey, excepto don Dionis, el cual claramente dijo no lo quería hacer, de que el rey se encolerizó de suerte, que, puesta mano a un puñal, arremetió a él para herirle. Libróle por entonces Dios; anduvo por el reino escondido hasta que se pasó al servicio y amistad del rey de Castilla.

 

Desde entonces la nueva Reina comenzó a mandar al rey y al reino, que no parecía sino que le tenía dados hechizos y quitádole su entendimiento; ella era la gobernadora, por cuya voluntad todas las cosas se hacían. Los caballeros de la casa de los Vázquez de Acuña se fueron desterrados del reino por miedo de ella, que estaba mal con ellos por la memoria de su primer casamiento y porque ellos fueron los autores del alboroto de Lisboa. Por el contrario, los parientes y allegados de doña Leonor fueron muy favorecidos del rey, y les dio nuevos estados y dignidades; a don Juan Tello, primo hermano de la reina, hijo del conde de Barcelos, dio el condado de Viana; a don Lope Díaz de Sosa, su sobrino, hijo de su hermana doña María Téllez de Meneses, el maestrazgo de la caballería de Cbristus; a otros muchos sus deudos hizo otras mercedes muy grandes. El más privado del rey y de la reina era don Juan Fernández de Andeiro, gallego de nación, que en las guerras pasadas de La Coruña, de do era natural, vino a servir al rey, y por esta causa le hizo conde de Oren. Con este caballero tenía la reina mucha familiaridad, y estaba muchas veces con él en secreto y sin testigos, de que comúnmente se vino a tener sospecha que era deshonesta su amistad, y públicamente se decía que los hijos que paría la reina no eran del rey, sino de este caballero. No se supo si esto era como se decía, que muchas veces el vulgo con sus malicias oscurece la verdad, por ser los hombres inclinados a juzgar lo peor en las cosas dudosas, en especial cuando se atraviesan causas de envidia y odio.

 

En el fin de este año el rey don Enrique tuvo Cortes en Toro, en que por estar ya restituidos los pueblos que el rey de Portugal tenía en Castilla, que fue una de las cosas con que él se hizo a los suyos más odioso, se decretó que a la primavera se enviase ejército a la frontera de Navarra para cobrar las ciudades y villas que las revoluciones pasadas los navarros usurparon en Castilla. Al arzobispo de Toledo don Gómez Manrique por sus muchos servicios dio el rey la villa de Talavera, y en trueque a la reina, cuya era aquella villa, la ciudad de Alcaraz, que era del arzobispo, el cual

 

 

 

 

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adquirió también a su dignidad la villa de Yepes. Ordenóse en estas Cortes que los judíos y moros que habitaban en el reino mezclados con los cristianos, que era una muchedumbre grandísima, trajesen cierta señal con que pudiesen ser conocidos. Mandóse también bajar el valor de las monedas de cruzados y reales, que dijimos se acuñaron para del aprovechamiento e interés que se sacase de ellas pagar los soldados extraños. No pareció que era bien por entonces consumirlas por estar muy gastado el tesoro y hacienda real. En estas mismas Cortes quisiera el rey que se repartieran entre los señores los otros pueblos de las behetrías que no fueron de la caballería de San Bernardo. Decía el rey que esta licencia que tenían aquellos pueblos de mudar señores era de mucho inconveniente y causa de grandes escándalos y revueltas. Suplicáronle algunos grandes fuese servido de no hacer novedad en este caso por algunas razones que le representaron; a la verdad lo que principalmente les movía no era el pro común, sino su particular interés; así se quedaron en el estado que antes.

 

Despedidas las Cortes, el rey don Enrique envió su ejército a Navarra como en ellas se acordara. Hízose la guerra algunos días en aquel reino. Después se convino con la reina gobernadora que aquellos pueblos sobre que era la diferencia se pusiesen en secreto y fidelidad del sumo pontífice Gregorio XI, lemosín de nación, que fue en el principio de este año elegido por papa en lugar de su antecesor Urbano V. Este papa Gregorio ilustró asaz su nombre con la restitución que hizo de la Silla Apostólica a su antiguo asiento de la ciudad de Roma. Entre los cardenales que creó, el primero fue don Pero Gómez Barroso, arzobispo de Sevilla, que falleció el cuarto año adelante en la ciudad de Aviñón. Era este prelado natural de Toledo, y los años pasados tuvo el obispado de Sigüenza. Dio asimismo el capelo a don Pedro de Luna, aragonés, hombre de negocios, y que con sus muchas letras colmaba la nobleza de su linaje. Púsose en los conciertos que el legado del papa, cuya venida de cada día se esperaba, fuese juez de todas las diferencias y pleitos que tenían Castilla y Navarra. Tomó estos pueblos en fidelidad un caballero navarro, que se decía Juan Ramírez de Arellano, muy obligado a don Enrique por la merced que le hizo del señorío de los Cameros en remuneración del gran servicio con que le obligó cuando no le quiso entregar a los reyes de Aragón y de Navarra en las vistas de Uncastillo o de Sos. Hizo este caballero juramento y pleito homenaje de tener estos pueblos en nombre de su Santidad, y de entregarlos a aquel en cuyo favor se pronunciase la sentencia. De esta

 

 

 

 

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manera cesó por entonces la guerra entre Navarra y Castilla; sin embargo, poco después el rey don Enrique fue a Burgos, y envió su ejército a la frontera de Navarra, y contra lo capitulado, se apoderó de Salvatierra y de Santacruz de Campezo. Hecho que algunos excusaron, y decían que lo pudo hacer, porque como estas villas de su voluntad se dieron al de Navarra, así él las podía ahora recibir, que de su voluntad tomaban su voz y se querían reducir a su servicio y obediencia. Logroño y Vitoria ni por fuerza ni de grado quisieron por entonces mudar opinión, sino permanecer y tenerse por el rey de Navarra.

 

 

 

 

XVII. De otras confederaciones que se hicieron

 

entre los reyes

 

Mayor era el miedo de la guerra que amenazaba de la parte del rey de Aragón, enemigo poderoso y que se tenía por ofendido. A muchas ocasiones que se ofrecían para estar mal enojado se allegó otra de nuevo, esto es, la libertad que se dio al infante de Mallorca doa Jaime, rey de Nápoles, contra lo que el aragonés deseaba y tenía rogado por medio del arzobispo de Zaragoza que no le diese libertad por ningún tratado que sobre ello le moviesen. Recelábase y aún tenía por cierto que pretendería con las armas recobrar a Mallorca, como estado que fue de su padre. Por esta causa se trataron de aliar el aragonés y el duque Juan de Lancaster para quitar el reino a don Enrique; intentos que se resfriaron por una muy reñida guerra que a esta sazón se encendió entre los franceses e ingleses. Al rey de Aragón tenía eso mismo con cuidado la guerra de Cerdeña; además que se temía del infante de Mallorca no viniese con las fuerzas de Francia, do se hacían muchas compañías de gente de guerra, a conquistar el estado de Rosellón, fama que corría hasta decirse cada día que llegaba.

 

El papa Gregorio XI, deseoso de poner paz entre estos príncipes, envió a Aragón al cardenal de Cominge para que los concordase; venido, concertó se ratificase el compromiso que tenían hecho, y se pusieron graves penas contra el que quebrantase las treguas que para este efecto se concertaron en 4 días del mes de enero del año de 1372. Todavía el rey don Enrique, por recelo que el papa no favoreciese en la sentencia más al rey de Aragón que a él, entretuvo la conclusión mucho tiempo con

 

 

 

 

 

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dilaciones que buscaba y procurar otros medios para la concordia. En estos días el mismo rey de Castilla se puso sobre la ciudad de Tuy y la tomó, que la tenían por el rey de Portugal Men Rodríguez de Sanabria y otros forajidos de Castilla. Envió otrosí en ayuda del rey de Francia, para mostrarse grato de la que de él tenía recibida, doce galeras con su almirante micer Ambrosio Bocanegra, capitán famoso y de ilustre sangre. El almirante, juntado que se hubo con la armada de Francia, desbarató y venció la flota de los ingleses junto a la Rochela, tomóles todos sus bajeles, que eran treinta y seis navíos, prendió al conde de Peñabroch, general de los ingleses, y a otros muchos señores y caballeros, y les tomó una grandísima cantidad de oro que llevaban para los gastos de la guerra que querían hacer en Francia. Lo cual todo juntamente con el general y los prisioneros, que eran sesenta caballeros de espuelas doradas y de timbre, envió a Burgos al rey don Enrique en señal de su victoria, que fue de las más señaladas que en aquel tiempo hubo en el mar Océano. De este Ambrosio Bocanegra, primer almirante de Castilla, decienden como de cepa los condes de Palma. La Rochela, que es una ciudad muy fuerte de Francia en Xantogne, y entonces se tenía por los ingleses, con esta victoria se entregó al rey de Francia, a causa que los ciudadanos, perdida la flota de los ingleses, tomaron las armas y echaron fuera la guarnición que tenían dentro de la ciudad. Derribaron asimismo un castillo que les labraron los ingleses, y levantaron banderas por Francia.

 

Tenía el rey de Aragón tres hijos en su mujer la reina doña Leonor, hija del rey de Sicilia; estos eran el infante don Juan, heredero del reino, y don Martín y doña Costanza, la que arriba dijimos casó con don Fadrique, rey de Sicilia. En el mes de junio de este año se celebraron las bodas del infante don Martín con la condesa doña María de Luna, única heredera del conde don Lope de Luna. Llevó en dote los estados de Luna y de Segorbe, y el rey, padre de él, le dio más la baronía de Ejerica con título de condado, y poco después le hizo condestable del reino. El infante don Juan desposó con doña Marta, hermana del conde de Armeñaque, con dote de ciento cincuenta mil francos; de este matrimonio nació la infanta doña Juana, que casó adelante con Mateo, conde de Foix.

 

En 22 días del mes de agosto a don Bernardino de Cabrera, nieto de don Bernardo de Cabrera, hijo de su hijo el conde de Osona, que por este tiempo falleció, le restituyó el rey el estado que era de su abuelo, excepto la ciudad de Vic con una legua en contorno. Túvose lástima a una

 

 

 

 

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nobilísima casa como esta, y al rey y a la reina remordía la conciencia de la injusta muerte de tan gran señor y buen caballero como fue don Bernardo.

 

Entre Castilla y Portugal se volvió a encender la guerra con mayor cólera y peligro que antes, por ocasión que los portugueses tomaron ciertas naves vizcaínas que iban cargadas de hierro y acero y de otras mercadurías de las que lleva aquella provincia. No se sabe qué fuese la causa por que los portugueses rompiesen la guerra. A los forajidos de Castilla, que eran muchos, por ventura pesaba de la paz y temían de ser en algún concierto entregados a su señor, como se hiciera en tiempo del rey don Pedro. Hallábase a la sazón el rey don Enrique en Zamora, dende envió su embajador a Portugal a que pidiese la restitución de los navíos, enmienda y satisfacción de los daños, con orden de denunciarles la guerra si no lo quisiesen hacer. De estos principios se vino a las armas. Don Alonso, hijo bastardo del rey de Castilla, fue despachado para que diese guerra a Portugal por la parte de Galicia y cercase a Viena. Al almirante Bocanegra se dio orden que armase doce galeras en Sevilla y fuese con ellas a correr la costa de Portugal. Tenía don Enrique buena ocasión para hacer alguna cosa notable, por estar el rey don Fernando mal avenido con los de su reino. Por no perder esta oportunidad dejó en Zamora el carruaje que le podía embarazar, y entró en Portugal poderosamente destruyendo los campos, robando los ganados y quemando los lugares y aldeas que topaba. Tomó las villas de Almoida, Panel, Cillorico y Linares. Esto fue en los postreros días de este año.

 

En esto tuvo cartas del cardenal Guido de Boloña, que era llegado a Castilla por legado del papa Gregorio a poner paz entre él y el rey de Portugal. Envióle don Enrique a rogar le esperase en Guadalajara, do quedó la reina. Replicóle el cardenal que no era justo estarse él quedo sin hacer diligencia en aquello para que el papa le mandaba, que era estorbar la guerra que tan trabada veía. Con esto se dio prisa a caminar hasta que llegó a Ciudad Rodrigo, con intento de hablar a ambos los reyes. En el entre tanto Portugal se abrasaba en guerra y era miserablemente destruido, ca en principio del año de 1373 el rey don Enrique tomó por fuerza de armas y forzó la ciudad de Viseo, que se entiende es la que antiguamente se llamaba Vico Acuario. De allí dio vista a la ciudad de Coimbra; no le pareció detenerse en cercarla, antes se determinó de ir en busca de su enemigo, que tenía nueva alojaba con su ejército en Sentarem. Quisiera

 

 

 

 

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mucho venir con él a las manos y darle la batalla; pero, aunque llegó cerca del pueblo, no osó el portugués salir de los muros por no tener suficiente ejército para poder hacer jornada, ni tampoco se fiaba de la voluntad de sus soldados. Sabía que tenía a muchos descontentos; en particular su hermano don Dionis se era pasado a Castilla por medio de Diego López Pacheco, caballero portugués, al cual en remuneración de haber hecho lo mismo, le hizo el rey merced de Béjar. Éste persuadió al infante don Dionis, que vio andaba congojado y desabrido, hiciese lo que él, y con esto se vengase de los agravios que de su hermano tenía recibidos.

 

Visto pues que el rey de Portugal esquivaba la batalla el de Castilla pasó a Lisboa. Luego que llegó se apoderó de los arrabales de la ciudad, que entonces no estaban cercados, en que los soldados pusieron fuego a muy ricos edificios. La parte alta de la ciudad, que llaman la villa, era fuerte y bien cercada, y tenía dentro gente valerosa que la defendió esforzadamente, que fue causa que don Enrique no la pudo ganar; pero quemó muchos navíos que surgían en el puerto, otros tomó el armada de Castilla que por mandado del rey era allí venida; fueron muchos los cautivos que prendieron y grande el despojo que se hubo.

En este medio tiempo el cardenal legado no reposaba, hablaba muchas veces al un rey y al otro sin excusar ningún trabajo, ni el riesgo en que ponía su salud con tantos caminos como hacía. Tanta diligencia puso, que en 28 días del mes de marzo los reyes y el legado se hablaron en el río Tajo en una barca junto a Santarem, y se concertaron debajo de las condiciones siguientes: que el rey de Portugal, dentro de cierto término que señalaron, echase de su reino los forajidos de Castilla, que serían como quinientos caballeros; que los pueblos tomados por ambas las partes en aquella guerra se restituyesen; que doña Beatriz, hermana del rey de Portugal, casase con don Sancho, hermano del rey de Castilla y conde de Alburquerque; y doña Isabel, hija natural del mismo rey de Portugal, casase con don Alonso, conde de Gijón, hijo bastardo del rey don Enrique. Éstas fueron las condiciones con que se hicieron las paces; el rey don Fernando dio ciertos rehenes para seguridad que cumpliría lo capitulado.

 

Celebráronse luego en Santarem las bodas de don Sancho y de doña Beatriz; doña Isabel se puso en poder del rey don Enrique, que a causa de su edad de solos ocho años no podía efectuarse el matrimonio. Compuestas en esta forma las diferencias que estos príncipes tenían, hechos amigos se partieron de Santarem; el rey don Enrique volvió toda la

 

 

 

 

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fuerza de la guerra contra Navarra, y con su ejército fue a la ciudad de Santo Domingo de la Calzada para entrar por aquella parte. Intervino también el legado apostólico entre estos reyes, y por su medio se concordaron. El rey de Navarra restituyó al de Castilla las ciudades de Logroño y Vitoria; demás de esto, se concertaron desposorios entre doña Leonor, hija de don Enrique, y don Carlos, hijo del rey de Navarra, y que se diesen al navarro ciento veinte mil escudos de oro, pagados a ciertos plazos por razón de la dote, y en recompensa de lo que tenía gastado en la fortificación y reparos de los dichos pueblos que entregó al de Castilla.

 

Viéronse los reyes en Briones, villa que está a los mojones de los dos reinos; allí se hicieron los desposorios de los dos infantes don Carlos y doña Leonor, y por prenda y mayor firmeza de estas paces el rey de Navarra envió a Castilla al infante don Pedro, que era el menor de sus hijos, para que se criase en ella. Cuando el rey de Navarra volvió de Francia en España halló que don Bernardo, obispo de Pamplona, y Cruzate, deán de Tudela, los que arriba dijimos dejó por coadjutores de la reina para lo tocante al gobierno, no habían administrado las cosas como era razón y eran obligados. Indignóse mucho contra ellos, tanto, que de miedo se ausentaron fuera del reino. El deán fue por asechanzas muerto en el camino, sospechóse que por mandado del rey; el obispo fue más dichoso, que tuvo lugar de huirse en Aviñón. De allí pasó a Roma con el papa Gregorio, y murió en Italia sin volver más a España. Tales fines suelen tener los que no corresponden a la confianza que de ellos hacen los príncipes, aunque también es verdad que muchas veces en los reinos se peca a costa y riesgo de los que gobiernan, sin culpa ninguna suya; esto especialmente acontece cuando los reyes son fieros e implacables, como se refiere lo era el rey Carlos de Navarra.

 

 

 

 

XVIII. De las paces que se hicieron con el rey de

 

Aragón

 

Despedidas las vistas de Briones y asentada la esperanza de la paz de España, el rey de Castilla se fue al reino de Toledo, y el de Navarra se tornó a su reino; dende envió a la reina, su mujer, a Francia para que aplacase y satisficiese aquel rey, que estaba malamente airado contra él,

 

 

 

 

 

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por entender hubiese persuadido a ciertos hombres que le diesen hierbas, los cuales fueron presos, y convencidos del delito, pagaron con las cabezas. El navarro, partida su mujer, fue en persona a la villa de Madrid para tratar con el rey don Enrique que dejase la parte de Francia y favoreciese a los ingleses; que si pagaba lo que el rey don Pedro debía al príncipe de Gales del sueldo que él y sus soldados ganaron cuando vinieron a Castilla a restituirle en el reino, el rey de Inglaterra y sus hijos el príncipe y el duque de Lancaster se apartarían de la demanda del reino de Castilla y de los demás derechos que contra él pretendían. Respondió el de Castilla que en ninguna manera desampararía al rey de Francia ni dejaría su amistad, ca tenía muy en la memoria el grande amparo que halló en él cuando salió huido de Castilla; todavía si ellos hiciesen paces con Francia, que de muy buena gana entraría a la parte, y satisfaría con dineros a los ingleses cuanto señalasen los jueces que para arbitrarlo se podrían nombrar en conformidad. Con tanto el navarro, sin alcanzar lo que pretendía, se volvió a Pamplona, don Enrique partió para el Andalucía.

 

Siguióse otra pretensión y demanda de una buena parte de Castilla. La condesa doña María, hija de don Fernando de la Cerda y de doña Juana, hermana de don Juan de Lara el Tuerto, en Francia casara con el conde de Alanzon, nobilísimo señor de la sangre real de Francia, de quien tenía muchos hijos; envió un embajador a pedir al rey le mandase entregar los estados de Vizcaya y Lara, que por ser hija de doña Juana de Lara y ser muertos todos los que la precedían, en derecho le pertenecían. Venido el rey del Andalucía a Burgos, se trató en aquella ciudad de este negocio, que tuvo muy apretados al rey y a su consejo; por una parte parecía que esta señora pedía razón en que se le admitiese tu demanda y se le hiciese justicia; por otra era cosa dura, y de que podían resultar grandes daños, enajenar dos estados de los más grandes y más ricos de Castilla y ponerlos en poder de franceses. Después de muchas consultas y acuerdos respondió el rey con artificio a la condesa que holgaría volviesen estos estados a su casa, a tal que le enviase para dárselos dos hijos que se quedasen a vivir en su corte; que Vizcaya y Lara eran tan grandes señoríos, que era forzoso a los reyes de valerse muchas veces del servicio de los señores que los poseían, y por esta causa no podían dejar de residir dentro del reino. Con esta apariencia de buen despacho y de venir en lo justo fue despedido el embajador; más bien se entendió que no le daban nada, por ser cosa cierta que ninguno de cinco hijos que tenía la condesa aceptaría la oferta del rey,

 

 

 

 

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como ninguno lo aceptó. Los tres poseían en su tierra tres grandes condados, de Alanzon, Percha y Estampas, y no se quisieron desnaturalizar de su patria, en que eran ricos y poderosos. Los otros dos eran prelados, y no podían heredar estados seculares.

 

Por el mes de octubre de este año Baltasar Espínula, genovés, vino a Aragón con embajada de los ingleses para confederarse con aquel rey contra el de Castilla; prometíanle, en caso que se ganase aquel reino, las ciudades de Murcia, Cuenca, Soria y todas las villas adyacentes a ellas. El de Aragón, oída esta demanda, como era sagaz y de grande ingenio, no hizo caso de estas ofertas por tener en más la amistad del rey don Enrique, que en aquella sazón era tenido por famoso capitán, muy poderoso por lo mucho que sus vasallos le querían, y le caía muy cerca de sus estados; además que era mucho de temer tomar por enemigo al que tenía tanta noticia de las cosas de Aragón, y en aquel reino muchos aficionados que ganara el tiempo que anduvo en él huido, y aún en Aragón se tenía entendido que Dios con particular providencia le puso de su mano en aquel reino y le quitó a su contrario. Muchos asimismo se amedrentaban por señales que se vieron en el cielo, en especial un gran temblor de tierra que por el mes de febrero sucedió en el condado de Ribagorza, con que se hundieron muchos pueblos. Los supersticiosos interpretaban que por aquella parte amenazaba algún gran desastre al reino. Diose esto más crédito porque en los confines de Rosellón se veían ya juntas muchas compañías de hombres de armas franceses, que tenía asoldadas el infante de Mallorca para hacer guerra en aquel estado.

 

En fin, los pretensos de los ingleses salieron vanos, y por medio de don Luis, duque de Anjou, se comenzó a tratar con mucho calor la paz entre Aragón y Castilla. Vino el duque a Carcasona con deseo de efectuar estas amistades, por miedo que tenía, si las discordias se continuaban, no se apoderasen de España los ingleses, capitales enemigos de Francia. Enviáronse a Aragón embajadores sobre este hecho; pedía don Enrique que la infanta doña Leonor, hija del rey de Aragón, que estaba prometida a su hijo el infante don Juan, le fuese entregada. No rehusaba el aragonés de hacer cosa tan justa, si don Enrique le entregase aquellas ciudades que le tenía prometidas. Excusaba él de darlas; alegaba que no tenía obligación a cumplirle aquella promesa, pues no solo no le ayudó cuando andaba huido y desterrado, antes hizo liga contra él con su cruel enemigo. Finalmente, se concordaron de dejar sus diferencias en mano del legado el cardenal Guido

 

 

 

 

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de Bolonia, que fue al presente más dichoso que antes en hacer las paces entre los españoles.

 

En el tiempo que estas cosas se trataban en Aragón, en 15 de octubre el papa Gregorio XI confirmó la regla de los monjes que comúnmente en España se llaman frailes de San Jerónimo, cuyo instituto es aventajarse a las demás religiones en guardar con gran paciencia una estrecha y loable clausura y ocuparse los días y las noches con suavísimo canto y dulce melodía en perpetuas alabanzas de Dios. Ha crecido mucho en España esta religión, y poseen muchas y muy ricas casas de magníficos y suntuosísimos edificios. El hábito de estos religiosos es las túnicas y lo interior de lana blanca, las capas de paño buriel. Dieron principio a esta santa religión ciertos ermitaños italianos, que, encendidos con el deseo de servir a nuestro Señor, hicieron su habitación en un lugar apartado cerca de la ciudad de Toledo, en que al presente esté el monasterio de aquella orden llamado de la Sisla, del nombre de una aldea que allí estaba antiguamente. Creció la opinión de su santidad, con que tomaron su modo de vivir y se le juntaron algunos hombres principales, que fueron Fernando Yáñez, capellán mayor de los Reyes Viejos y canónigo de la santa iglesia de Toledo, y don Alonso Pecha, obispo de Jaén, que renunció su obispado, y su hermano Pedro Fernández Pecha, camarero que fuera del rey don Pedro. El primer monasterio que se fundó debajo de estas constituciones y regla, fue junto a la ciudad de Guadalajara, encima de un pueblo que se llama Lupiana, en una ermita que les dio este mismo año el arzobispo don Gómez Manrique. Después por la magnificencia de los reyes y otros señores de Castilla se han edificado otras muchas casas. Los años adelante salió también de esta religión la de los isidorianos o isidros.

 

En el mes de diciembre, como quier que no se concertasen las paces entre los reyes de Castilla y de Aragón, se hicieron treguas hasta el día de Pentecostes, pascua de Espíritu Santo; asentaron estas treguas los procuradores de estos reyes, que fueron por el de Aragón don Juan, conde de Ampurias, su primo hermano y yerno, ca estaba casado con doña Juana, hija del rey, y por el de Castilla Juan Ramírez de Arellano, señor de los Cameros.

En el año de 1374 Juan, duque de Lancaster, con un grueso ejército pasó al puerto de Cales, llamado Iccio por los antiguos, que está en los Morinos, provincia de la Galia Bélgica. Juntóse con él Juan de Monforte, duque de Bretaña, que andaba en deservicio del rey de Francia, y favorecía

 

 

 

 

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a los ingleses por estar casado con una hermana del de Lancaster. Entraron estos príncipes con sus gentes en el Artois y Vermandoes; hicieron gran estrago en los campos, villas y aldeas que topaban, y hartos ya de los robos y muertes con que dejaron asoladas aquellas provincias, enderezaron su camino al ducado de Guyena, y pasado el río Ligeris, llamado hoy Loira, llegaron a Burdeos con pensamiento de entrar en España y conquistar el reino de Castilla. Enviaron sus embajadores a los reyes de Aragón y de Navarra para que les asistiesen y ayudasen; más el aragonés y el navarro eran prudentes y sagaces, no quisieron por una esperanza incierta de interés ponerse en un peligro cierto de ser destruidos, sino como muchos hombres suelen hacer, les pareció sería mejor estarse a la mira y tomar el partido conforme las cosas se encaminasen.

 

El rey don Enrique, avisado de la tempestad que sobre él venía, estaba con gran cuidado. Acudió a Burgos para resistir y juntar sus gentes de todas las partes del reino, y hacer de nuevo otras muchas compañías. Llamó particularmente a los soldados viejos, cuyo valor tenía experimentado en las guerras pasadas. Acudieron al tanto todos los grandes con gran deseo de servir y acompañar a su rey. Los mismos que en las revueltas pasadas le fueron contrarios, en esta ocasión le querían recompensar y con su diligencia y alegría dar ciertas muestras del amor y lealtad con que le servían; de suerte que los que de antes andaban divisos en bandos y parcialidades, visto el riesgo que corrían de ser señoreados por extraños, se juntaron en una conformidad para defender su patria y su libertad; verdad es que en 19 de marzo sucedió en aquella ciudad un gran desastre que causó en todos gran pesar y tristeza, esto es, que el conde de Alburquerque don Sancho, hermano del rey, por apaciguar una revuelta que se levantó entre sus soldados y los de Pero González de Mendoza sobre las posadas, sin ser conocido, por ser la refriega de noche, fue herido en el rostro con una lanza por un hombre de armas, de que desde a un rato murió. Alborotóse el rey, como era razón, por la muerte tan desgraciada de su hermano; pero no hizo demostración por suceder acaso y por ignorancia. La condesa doña Beatriz, mujer del muerto, quedó preñada y parió a doña Leonor, que casó con el infante don Fernando, adelante rey de Aragón. Después que el rey don Enrique tuvo junto su ejército, partió de Burgos, y cerca de la villa de Bañares hizo alarde; halló que tenía mil doscientos caballos y cinco mil infantes, todos gente escogida, y que con su valor suplían el pequeño número, y estaban prestos para acudir a la

 

 

 

 

 

 

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parte que fuese menester. Amenazaba esta hueste principalmente, así a los de Aragón, porque ya expiraban las treguas, como a los ingleses de Francia, de quienes se tenían nuevas sordas que no pasaban ya en España, porque su ejército se hallaba muy menoscabado y menguado, a causa que Filipo, duque de Borgoña, y un famoso capitán llamado Juan de Viena, que era almirante de Francia, vinieron en pos de ellos, y por todo el camino les hicieron grandes daños; que de treinta mil combatientes que eran, casi no llegaban a seis mil cuando entraron en Burdeos.

 

Ofrecíase buena ocasión de hacer alguna cosa notable, y echar a los ingleses de toda Francia; parecía que ya la fortuna y buena dicha de la guerra los desamparaba y favoreciaá los franceses. Luis, duque de Anjou, escribió al rey don Enrique que juntasen sus fuerzas y cercasen a Bayona, ciudad delos antiguos tarbellos. Decía que esto importaba mucho para ganar reputación, si diesen a entender que eran poderosos, no solamente para defenderse de sus enemigos, sino también para irles a hacer guerra dentro de su casa. Con esto animado el rey don Enrique, pasó a Bayona, y la cercó en los postreros del mes de junio; más como sobreviniesen muchas aguas, que impedían las labores que se hacían para combatir la ciudad, y faltasen bastimentos, que por ser muy estéril la provincia de Vizcaya de que se proveían, abastecía mal el ejército, cansados todos con estas descomodidades, levantaron el cerco y se volvieron a Castilla. Asimismo el duque de Anjou no pudo venir, como tenía prometido, por estar ocupado en el cerco de Montalbán. Sirvió muy bien en esta jornada al rey don Enrique Beltrán de Guevara, señor de la villa de Oñate y de la casa de Guevara; y a la venida de Bayona en remuneración de sus servicios le hizo merced del valle de Leñiz con su acostumbrada largueza en hacer dádivas, cosa que puso en necesidad a los reyes sus descendientes de reformarlas.

 

En el mes de agosto el infante de Mallorca entró por el condado de Rosellón con un grande y poderoso ejército, con el cual las fuerzas de los aragoneses no se pudieran igualar, si se hubiera de hacer jornada y dar la batalla. Prevaleció en este aprieto la buena dicha de Aragón, que en esta entrada no hizo el infante cosa notable más de desbaratar algunas banderas de enemigos con muy poco provecho suyo y llevar alguna presa de hombres y de ganados. Los que en esta entrada del infante padecieron mayores daños fueron los del condado de Urgel. Por otra parte, el señor de Bearne y Jofre Recco, bretón, que tenían muchos pueblos y vasallos en

 

 

 

 

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Castilla, sea por orden del rey don Enrique, o de su propio motivo, hicieron entrada en los campos de Borja y molestaron con guerra toda su tierra, combatiendo algunas villas, destruyendo y abrasando las aldeas, labranzas, rozas y heredades de aquella comarca.

 

En estos días el rey de Aragón envió a Inglaterra a Francés de Perellós, vizconde de Roda, a pedir ayuda al duque de Lancaster y a convidarle se confederase con él; y como este embajador con recio temporal corriese fortuna y aportase a la costa de Granada, fue preso por mandado del rey moro, y encarcelados los mercaderes catalanes en venganza de que Pedro Bernal, capitán de unas galeras de Aragón, pocos días tomara una nave del rey de Granada, que enviaba a Túnez conciertos recados suyos. Pretendía el moro otrosí en prender estos aragoneses hacer placer al rey de Castilla, cuyos enemigos eran. Con tantos desastres y malos sucesos, ¿qué podían hacer los de Aragón? ¿De quién valerse? ¿Qué ayudas podían buscar? El rey don Enrique pretendía sanar al rey de Aragón, y no destruir al que con su ayuda fue parte para que él llegase a la cumbre de alteza en que al presente se veía; con este fin envió otra vez a Barcelona por embajadores a Juan Ramírez de Arellano y al obispo de Salamanca para que hiciesen paz con él.

 

En 3 de noviembre de este año en el castillo de Evreux en Normandía murió doña Juana, reina de Navarra, por cuyas lágrimas muchas veces su hermano el rey de Francia perdonó grandes ofensas que su marido le tenía hechas. Al presente en esta ida que hizo a Francia, como quier que hallase cerradas las orejas del hermano, recibió tan grande pena, que de ella le sobrevino una dolencia que la acabó. Su cuerpo sepultaron en el monasterio de San Dionisio entre los reyes sus antepasados; hiciéronle las obsequias con real pompa y aparato. Su marido dio nuevas ocasiones para que con mucha razón el pueblo le aborreciese, porque persiguió con muertes, destierros y confiscaciones de bienes a los parientes y allegados de aquellos que en las revueltas y calamidades de aquel tiempo siguieran el partido de sus enemigos. Si estos castigos él los hiciera en las personas de los que le ofendieron, pudiérale excusar el dolor de la ofensa y el deseo de la venganza, mas pagaban los inocentes por los culpados.

 

Sobre los trabajos que hemos referido que padecía el reino de Aragón con las guerras le vino otro muy mayor de una gran hambre que en este año padeció toda aquella provincia, mas algún tanto se remedió con trigo que se trujo de África. Fueles por otra parte provechosa esta hambre,

 

 

 

 

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porque compelidos de ella se fueron del reino sus enemigos. En Castilla asimismo, do pasaron los franceses a buscar mantenimientos, luego en principio del año de 1375 murió de enfermedad su capitán el infante de Mallorca don Jaime, rey de Nápoles; enterraron su cuerpo en la ciudad de Soria en el monasterio de San Francisco. Acompañó en esta guerra al infante su hermana doña Isabel, que estaba casada con el marqués de Monferrat, animada de la esperanza que tenía de vengar las injurias que el rey, su padre, recibió del rey de Aragón.

 

Esta señora, muerto su hermano, se hizo cabeza, y debajo de su conducta se volvió el ejército de los franceses a sus casas. En aquella tierra renunció ella y cedió los derechos paternos que tenía contra la casa de Aragón, en Luis, duque de Anjou, hermano del rey de Francia, de que se recrecieron nuevos pleitos y debates, en sazón que las paces entre los reyes de Castilla y de Aragón se concluyeron por intervención y diligencia de la reina de Castilla doña Juana, que para este efecto fue a la villa de Almazán. Por parte del rey de Aragón se hallaron allí el arzobispo de Zaragoza y Ramón Alamán de Cervellón. En 12 días del mes de abril se concluyeron y firmaron las paces con estas condiciones: que la infanta doña Leonor, que antes estaba otorgada al infante don Juan, le fuese entregada para que se celebrase el matrimonio; en dote le señalaron doscientos mil florines, que al rey don Enrique dio prestados el rey de Aragón en los principios de las guerras civiles; que Molina se restituyese al de Castilla, que a ciertos plazos contaría al de Aragón ciento ochenta mil florines por los gastos de la guerra.

 

La nueva de esta concordia, que se entendía sería por muchos tiempos, se festejó en ambos reinos con parabienes por la paz y grandes banquetes que se hicieron, juegos, fiestas y alegrías por la esperanza que tenían que después de tantas tempestades y guerras se seguiría en toda España la quietud y sosiego por tanto tiempo deseado, y la luz clara se les mostraría después de una oscuridad tan larga y tan espesas tinieblas.

 

 

 

 

XIX. Algunos casamientos de príncipes

 

Fue este año dichoso, no solamente para España, sino también para todo el mundo y toda la cristiandad, a causa que Gregorio XI, pontífice máximo,

 

 

 

 

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honra de los papas, dejado Aviñón, donde estuvo la Silla Apostólica por espacio de setenta años, la restituyó al sagrado asiento y casa de sus antecesores, y se fue a residir lo que le restaba de vida a la santa ciudad de Roma; varón verdaderamente grande y digno de loa inmortal. Las grandes revoluciones de Italia no sufrían la ausencia de los papas. La virgen santísima Catalina de Sena, de quien hay doce cartas escritas a Gregorio, fue la que principalmente le movió a tomar este saludable consejo contra lo que sentían algunos cardenales. Decíale con un celo santo y elocuencia del cielo que en cosa tan claramente conveniente, y que a él solo tocaba, no tomase acuerdo con nadie, sino que usase de su propio arbitrio y parecer.

 

Beltrán Claquin, por haber ganado grandes honras en Francia y acrecentado su estado con el condado de Longavilla, vendió en esta sazón al rey don Enrique la ciudad de Soria y las villas de Atienza y Almazán y los demás pueblos que le diera en Castilla por precio de doscientas y sesenta mil doblas, que para aquel tiempo fue una suma asaz grande. La mayor parte le pagó en veintiséis prisioneros nobilísimos de los que prendió la armada de Castilla en la batalla de la Rochela; por el dinero restante le dio en rehenes a un hijo de don Juan Ramírez de Arellano, llamado como su padre, por estar el tesoro del rey tan gastado, que no se pudo contar de presente. Para celebrar las bodas de los infantes de Castilla y de Navarra se escogió la ciudad de Soria por estar en los confines de ambos reinos; y por hallarse en lugar tan acomodado para ello quiso el rey don Enrique hacer juntamente las bodas de ambos hijos, como lo tenía concertado. A la infanta doña Leonor trujeron de Aragón a Soria Lope de Luna, arzobispo de Zaragoza, y el embajador Cervellón con gran acompañamiento de señores y caballeros de aquel reino. Vino otrosí a esta ciudad a celebrar su matrimonio el infante don Carlos, hijo del rey de Navarra. Hízose el casamiento de doña Leonor, hija de don Enrique, en 27 días del mes de mayo. Túvose respeto en dar el primer lugar al infante de Navarra por ser huésped. En 19 días del mes de junio se veló el de Castilla don Juan con su esposa doña Leonor. Todo estaba lleno de juegos, fiestas y regocijos, no sólo en Soria, sino en todo lo demás de España, por la esperanza que los hombres tenían concebida de una larga paz y estable felicidad.

 

En estos días vinieron nuevas que don Fernando de Castro, hermano de doña Juana de Castro, el que dijimos que el año pasado se fue a Portugal,

 

 

 

 

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murió en Inglaterra. Tenía esperanzas de volver a Castilla y ser restituido por las armas en su patria. Súpose otrosí que Fernando de Tovar, capitán entre los de aquel tiempo de la fama, con la armada de Castilla hizo grandes daños en la costa de Inglaterra, destruyendo, robando, quemando y asolando muchos pueblos y campos, rozas y labranzas de aquella isla.

 

De Soria, concluidas las fiestas, se pasó el rey don Enrique a Burgos; príncipe esclarecido en las demás naciones, y en su reino bienquisto. Tenía intento por el favor que halló en Francia de acudirla con todas sus fuerzas contra los ingleses y pagarles el bien que de ella recibió, a la sazón que don Alonso, su hijo, conde de Gijón, con ligereza juvenil, mudado de voluntad acerca del casamiento con doña Isabel, hija del rey de Portugal, por no efectuarle se fue a Francia y a la Rochela por mar, más el rey, su padre, le hizo venir desde a pocos días.

 

En los postreros días de este año falleció don Gómez Manrique, arzobispo de Toledo. Juntáronse en su cabildo los canónigos de aquella iglesia para elegir sucesor; no se concordaron, antes, divididos los votos, los unos eligieron a don Pedro Fernández Cabeza de Vaca, deán de la misma iglesia; los otros nombraron a don Juan García Manrique, sobrino del difunto, que era hijo de su hermano el adelantado Garci Fernández Manrique, y de arcediano de Talavera le pasaran primero a ser obispo de Orense, y después de Sigüenza; favorecía a este el rey con grandes veras, porque era afín y allegado de don Juan Ramírez de Arellano. El arzobispo difunto avisó a su muerte que no eligiesen en su lugar al dicho su sobrino, porque era inquieto, sino al deán. Acudieron al papa Gregorio para que determinase estas diferencias; él, no teniendo por canónica ninguna de las dos elecciones, dio el arzobispado a don Pedro Tenorio, y de la iglesia de Coimbra, cuyo obispo era, le pasó a la de Toledo, varón de muchas prendas, letras y erudición. En Italia y Francia anduvo peregrinando y desterrado; estudió en Tolosa y Aviñón y Cerosa; en el estudio de Boloña tuvo por maestro a Baldo, famoso jurista, y él mismo leyó derechos en Roma. Fue hombre de grande prudencia por el uso y experiencia que tenía de muchos negocios, de grande pecho y valor, aventajado entre los hombres más señalados de aquel tiempo. Fue arcediano de Toro en la iglesia de Zamora; su padre, Juan Tenorio, comendador de Estepa y trece de la orden de Santiago; su madre, doña Juana, está enterrada en la colegial de Talavera; sus hermanos Juan Tenorio y Melendo Rodríguez anduvieron con él desterrados en tiempo del rey don Pedro. Su hermana

 

 

 

 

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doña María Tenorio casó con Fernán Gómez de Silva, cuyo hijo Alonso Tenorio fue adelantado por su tío de Cazorla.

 

Murieron por estos días algunos varones principales de Navarra, en particular don Rodrigo Urriz, señor rico y de grande autoridad. Fue por mandado de su rey preso y degollado en la ciudad de Pamplona en los últimos días de marzo del año de 1376. Causáronle la muerte unos tratos mal encubiertos que traía con el rey de Castilla. Era fama se quería pasar a él, y entregarle los castillos de Tudela y Caparroso; yo sospecho que sin razón y falsamente se creyó esto, porque no es verosímil quisiese turbar aquel caballero tan presto la paz que se acababa de asentar.

Don Bernardo Folcaut, obispo de Pamplona, murió en 7 de julio en Italia en la ciudad de Anagnia, donde vivía desterrado de su iglesia; la libertad, gravedad y autoridad de este prelado le hicieron odioso a su rey, o por haberse mal gobernado, como arriba queda apuntado. Fue elegido en su lugar don Martín Calva, doctísimo en ambos derechos pontificio y cesáreo, y tenido por tan eminente, que muchos le igualaban a Baldo, tan famoso letrado y excelente en aquella facultad.

 

Don Fadrique, rey de Sicilia, falleció en Mesina a 27 días del mes de julio; dejó por heredera del reino y de los ducados de Atenas y de Neopatria a su hija doña María, de que resultaron nuevas esperanzas, y a muchos príncipes se les dio materia de diferencias y debates sobre la pretensión del casamiento de esta infanta y codicia del reino de Sicilia. Amenazaban otrosí nuevas pretensiones y revoluciones, en particular a los aragoneses se les presentó buena ocasión de dilatar y ensanchar sus estados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO DECIMO OCTAVO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Del cisma que hubo en la Iglesia

 

Gozaba por estos tiempos España de paz y quietud a causa del parentesco y afinidad con que los reyes, aunque diferentes en leyes, lenguas, costumbres y pretensiones, estaban entre sí en muchas maneras y con diversos casamientos trabados; demás que se hallaban cansados con las guerras de antes, tan pesadas y tan largas. Parecía que la paz asentada duraría por mucho tiempo. Con los moros, por ser diferentes en la secta y creencia, no podía intervenir matrimonio ni asentar con ellos amistad que fuese fírme y durable; pero tenían concertadas treguas. Al duque de Lancaster de cada día se le regalaban más sus esperanzas y pensamiento que tuvo de apoderarse de Castilla, así por la universal concordia de los príncipes de España como porque en Francia de nuevo se emprendió una muy reñida guerra, con que trocada la fortuna y mudada en contrario, los ingleses, hasta allí vencedores, comenzaban a caer de su prosperidad. La fama y nombradía del rey don Enrique volaba por todo el mundo, por haber conquistado un reino tan poderoso como es el de Castilla. Tenía en su mano la paz y la guerra como el a quien todos los demás acudían. Concluidas pues y sosegadas las guerras, volvió su pensamiento a asentar las cosas de la paz y del gobierno, castigar insultos, que con la ocasión de la guerra tomaran mucha licencia. Procuraba restituir las buenas y ancianas costumbres de los pasados, fortalecer las villas y ciudades, aumentar el bien común y mirar por él con todas sus fuerzas.

 

Sólo Aragón en esta sazón no estaba sin algún trabajo y nuevas sospechas de guerra, porque, como arriba hemos dicho, Luis, duque de Anjou, a quien don Jaime, príncipe mallorquín, traspasó su derecho del reino de Mallorca, tomó esta empresa por suya y la quiso llevar adelante. Juntó Cortes el rey en Monzón, donde se trató de la defensa de esta guerra. Hiciéronse para juntar dinero nuevas imposiciones, más solamente sobre los judíos y moros que en aquel reino vivían, por contradecir los señores y pueblos que sobre la otra gente se echasen pechos ni derramas de nuevo, bien que decían estaban prestos, según costumbre de sus antepasados, a voluntad del rey de tomar a su costa las armas por la defensa y libertad de su patria. Hiciéronse levas, alistóse y juntóse mucha gente, y aparejáronse

 

 

 

 

 

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todas las demás cosas necesarias para acudir aquella guerra peligrosa y la más grave que por aquel tiempo hubo. Hay fama que se armaron cuarenta galeras en las marinas de Francia y se juntaron cuatro mil hombres de armas; y hechas las paces con los ingleses, como se entendía las asentarían por la grande instancia que sobre ello hacía el sumo pontífice, temían mucho en Aragón no viniesen, y revolviesen en su daño todas las fuerzas de Francia. Llegóse a esto un nuevo temor de guerra por cierta ocasión ligera y no de mucho peso, como quiera que a veces de pequeñas centellas, si con tiempo no se acorre, se suelen emprender grandes fuegos. La cosa pasó así. Había el obispo de Sigüenza don Juan García Manrique ido a seguir su pretensión sobre el arzobispado de Toledo, por dificultades que sus contrarios sobre su elección ponían, delante del sumo pontífice; iba en su compañía don Juan Ramírez de Arellano. A la vuelta en Barcelona delante del rey de Aragón el vizconde de la Rota, mozo brioso, le desafió y le llamó de traidor, porque sin embargo de tantas mercedes como había del rey de Aragón recibido poco antes, movió a don Jaime el Mallorquín a que viniese sobre Aragón. El rey daba muestras de favorecer el partido del vizconde por estar muy sentido de don Juan, no por alguna culpa, sino por la mucha cabida que tenía con el rey de Castilla y porque usaba mucho de su buen consejo. Aceptóse el reto; señalóse el plazo para de allí a noventa días. El rey don Enrique tomó este agravio y negocio de su privado por suyo; tratóse por terceros de alzar aquel desafío y desbaratarle; más por estar el rey de Aragón por el vizconde, no se efectuó. Avisó el rey de Castilla desde que supo el caso, que era contento combatiesen; más que para seguridad del campo acordaba enviar tres mil caballos. Era esto en buenas palabras denunciar la guerra a Aragón; por tanto, aquel rey desistió de su intento, que fue acuerdo no menos prudente que saludable y a todos cumplidero.

 

En Brujas, mercado muy famoso de los estados de Flandes, se juntaron con seguridad bastante para tratar de paces entre Francia e Inglaterra el duque de Anjou y el de Borgoña con los duques de Lancaster y el de York, ingleses de nación. Acudieron asimismo a aquella junta por el rey de Castilla Pedro Fernández de Velasco, su camarero mayor, y don Alonso Barrasa, obispo de Salamanca. Su intento era que con los demás le comprendiesen en aquella confederación y alianza que pensaban asentar; no se pudo concluir cosa alguna, si bien se procuró con todo cuidado. Ni en aquella junta ni en la que después el año de 1377 se tuvo en Boulogne

 

 

 

 

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la de Francia, ciudad asentada sobre el mar, no lejos de Brujas y de los estados de Flandes, no se pudo efectuar lo que tanto se deseaba. La nueva que a deshora llegó de la muerte del rey de Inglaterra Eduardo VI, que avino a los 10 de julio, desbarató todas estas pláticas y las esperanzas que comúnmente tenían. Falleció asimismo poco antes que su padre su hijo mayor, que se llamó también Eduardo, príncipe de Gales; por donde quedó por heredero del reino Ricardo, nieto de este rey, o hijo del príncipe, como su abuelo lo dejó dispuesto en su testamento, que se cumplió enteramente, si bien el niño quedaba en edad de once años, y tenía tíos que pudieran hacer alguna contradicción, pero no quisieron; que fue un ejemplo notable de modestia y de nobleza, en especial en tiempos tan estragados y revueltos.

 

Despedida que fue aquella junta, el duque de Borgoña con grande acompañamiento y repuesto vino a España, por voto que tenía hecho de visitar en Galicia personalmente el cuerpo del glorioso apóstol Santiago. Cumplido su voto y su devoción, antes que diese la vuelta para sus estados se vio en Segovia con el rey don Enrique; fue tratado con todo género de regalo y cortesía, como era razón y justo con tal huésped se hiciese. Lo demás del estío pasó el rey en León, el invierno tuvo en Sevilla.

Todo el aparato de guerra que en Francia se hacía revolvió en daño del rey de Navarra y de sus tierras, de quien los franceses estaban gravemente sentidos por las cosas que el tiempo pasado en su perjuicio hiciera. Hallábanse a la sazón en Normandía los infantes de Navarra don Pedro y doña María, que en el viaje de Francia acompañaron a la reina, su madre, para con su tierna edad mover a compasión al rey de Francia, su tío, para que templase la saña que contra su padre tenía. Con el mismo intento pasó otrosí a Francia don Carlos, hijo mayor de aquellos reyes, si bien nuevamente desposado con la infanta de Castilla doña Leonor, que dejó en casa de su padre, y su suegro no aprobaba esta jornada que hizo. Dióle el padre por acompañado a Balduino, famoso capitán, que tenía a su cargo muchas fortalezas y plazas de Normandía, y a Jacques de la Rua, su muy privado, y que por el mismo caso tenía mucha mano en el gobierno. A esto dio orden en puridad que se viese con el luglés y le significase cómo él estaba presto de tomar las armas contra Francia, si viniese en darle como en feudo el ducado de Guyena.

 

Poco secreto se guarda en las casas de los reyes. Tuvo el francés aviso de todas estas tramas y trazas, echó mano del dicho Rua, púsole a cuestión

 

 

 

 

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de tormento, y como confesase lo que se le preguntaba, le condenaron a muerte, que se ejecutó en París. A Balduino mandaron entregase las fortalezas que en Normandía se tenían por su rey, y para ello declarase las contraseñas y cifra con que los alcaides entendiesen era aquella su voluntad y determinación. Al infante don Carlos, primer heredero de Navarra, mandaron no saliese fuera de aquella corte; a sus hermanos don Pedro y doña María pusieron presos y arrestaron en Bretol. Las tierras que en Francia dejaron al navarro sus antepasados, muchas y muy buenas, lo de Evreux y las demás ciudades, fuerzas y plazas en un punto se las quitaron, parte por fuerza, otras por concierto. Con este revés tal y tan grave, cual en aquel tiempo ninguno mayor, quedaron castigadas las demasías y pretensiones de aquel rey. Los caudillos en aquella guerra y empresa fueron, demás de Beltrán Claquin, los duques de Borbón y de Borgoña. Solos dos pueblos no se sabe por qué causa quedaron en Francia por el navarro, demás de estos Querebourg, que tenía en su poder el inglés empeñado por cierta cuantía de dinero que le prestó los años pasados y para seguridad de la amistad que entre sí tenían asentada. El francés, no contento con esta satisfacción, no dejaba de solicitar al rey don Enrique para que por su parte hiciese entrada en Navarra, que por ir tan decaída sus cosas no podría aquel rey hacerle contraste. Nunca los príncipes dejan pasar ocasiones semejantes, y el de Castilla se conocía muy obligado al de Francia; pero era necesario buscar algún buen color para romper con el que era su deudo, amigo y aliado.

 

Ofrecióse una ocasión acaso, que lo pareció bastante. Quejábase el navarro que el dinero que concertaron de contarle en la confederación y asiento que tomara con Castilla, y debían pagarle todo en oro, parte le dieron en plata, moneda baja de ley, y que llevaba liga demasiada. Acuñaban la moneda por estos tiempos muy baja, que era la causa de concertar en los contratos la suerte en que se debían hacer las pagas. Para satisfacerse de este agravio sobornaba a Pedro Manrique, adelantado de Castilla, y gobernador que era de Logroño, le entregase aquella plaza, con grandes ofertas que le hacía, si venía en lo que le importunaba. El adelantado como caballero leal avisó a su rey de lo que pasaba. La respuesta fue que le cebase con buenas esperanzas, y con color de quererle entregar aquella ciudad le metiese en el lazo y le echase mano. Hizolo así; vino el navarro acompañado de cuatrocientos de a caballo, de los cuales envió parte al pueblo para apoderarse de él; que por recelarse de algún

 

 

 

 

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trato doble, él no se aseguró de entrar. Acertólo; los que envió, luego que estuvieron dentro, fueron presos y despojados, excepto algunos pocos que con ánimo varonil se pusieron en defensa y pudieron escapar. Entre los demás se señaló de muy valiente Martín Enríquez, alférez real, que con la espada desnuda se defendió de gran número del pueblo que cargaron sobre él, y por salvar a sí y el estandarte, como lo hizo, se arrojó de la puente en el río Ebro, que por debajo pasa. De estos principios se vino a rompimiento y a las puñadas.

 

El rey don Enrique nombró por general de aquella guerra a su hijo el infante don Juan, que rompió por las tierras de Navarra, taló los campos, hizo presas de hombres y de ganados, tomó a la Guardia y a Viana, quemó a Larraga y Artajona. El odio con que peleaban era implacable; a ninguna cosa perdonaban en que el fuego y la espada se pudiesen emplear. Mucho padecían los navarros, pues en un mismo tiempo eran forzados a sustentar la guerra contra dos reyes muy poderosos, sin ser bastantes para contrastar al uno solo, a su grandeza y poder. Esto pasaba el año que se contó de Cristo de 1378, alegre para Castilla, para las demás naciones de la cristiandad aciago.

 

Hallábase el rey de Castilla en Burgos, presto para acudir a las cosas de la guerra, y alegre por las buenas nuevas que le venían de Navarra. Junto con esto celebraba en aquella sazón y ciudad las bodas de cus hijos. Don Alonso, conde de Gijón, su hijo bastardo, estaba concertado con doña Isabel, hija otrosí fuera de matrimonio del rey de Portugal; era el conde mozo liviano y mal inclinado; huyóse con color de no quererse casar, hízole su padre volver del camino, y finalmente se efectuó el matrimonio. Concertó asimismo otras dos hijas bastardas que tenía con los dos hijos de don Alonso de Aragón, conde de Denia y marqués de Viliena; la mayor, por nombre doña Juana, casó luego con don Pedro, el hijo menor, cuyos hijos fueron el famoso don Enrique de Villena y don Alonso. Doña Leonor, la menor, quedó desposada con don Alonso, a la sazón ausente y en poder de ingleses por prenda del rescate que su padre concertó cuando a él mismo le prendieron en la batalla de Nájera; bodas que por entonces se dilataron por esta causa, y después nunca se efectuaron. Concertáronse otrosí desposorios de doña Beatriz, hija legítima del portugués, con don Fadrique, hijo bastardo del rey de Castilla.

 

En Roma falleció el papa Gregorio XI a los 27 de marzo. Hechas las honras al difunto como es de costumbre, se juntaron en cónclave los

 

 

 

 

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cardenales para nombrar sucesor. Acudieron los senadores y la nobleza romana para suplicarles no desamparasen a Roma ni se volviesen a Francia; que pues la Iglesia era Roma, nombrasen pontífice de aquella ciudad; las menguas y revueltas pasadas los moviesen a compasión de la que era cabeza de la cristiandad, origen y albergue de toda santidad. Juntaban con los ruegos amenazas; que el pueblo estaba tan alterado, que con razón se podría temer no se descomidiese y resultase algún grave escándalo. Hallábanse en el cónclave cuatro cardenales italianos y trece franceses; los intentos, trazas y voluntades de todo punto diferentes y contrarias. La vocería y estruendo del pueblo los atemorizaba y aún enfrenaba, que con las armas en la mano decía a gritos: «Por Dios crucificado, dadnos pontífice romano, a lo menos italiano». Con esto a los 9 de abril salió por papa Bartolomé Butilla, napolitano, arzobispo de Bari; en el pontificado se llamó Urbano VI. Entre el ruido y regocijo del pueblo algunos cardenales se retiraron al castillo de Santángel, otros se salieron fuera de la ciudad, los más se fueron a sus casas.

 

Quejábanse de la fuerza y ponían dolencia en la elección; pero todos de común consentimiento, sea por estar mudados de voluntad, sea por conformarse con el tiempo, se hallaron a la coronación del nuevo Papa, que se hizo a los 18 de abril, que fue el principal fundamento en que estribó la defensa de Urbano en el cisma gravísimo que luego resultó; porque si fueron forzados, ¿qué les movió a volver a Roma y hallarse a la coronación? Y, si de voluntad eligieron, ¿qué desvarío retratar con daño común y tan grave lo que una vez aprobaron? Alegaban que los caminos estaban tomados y todos los pasos con guardas de soldados. Color y capa que tomaron, como a la verdad no pudiesen llevar la severidad del nuevo pontífice, mayor por ventura que podían llevar tiempos tan estragados.

 

Urbano también se pudiera templar algún tanto de suerte que la gente no se alterara, acomodarse a lo presente y desear lo mejor para adelante. Luego al principio de su pontificado quitó el gobierno de la Campania a Honorato Cayetano, conde de Fundi, ocasión cual deseaban los cardenales mal contentos para intentar novedades y alterar la paz de la Iglesia, que con achaque de los grandes calores y el cielo de Roma malsano se salieron de Roma, y por diversos caminos se juntaron en Fundi. En esta ciudad, a los 19 de septiembre, nombraron por papa a Roberto, cardenal de Ginebra, con nombre de Clemente VII, que fue dar principio al cisma y a los debates entre los dos pontífices y a las excomuniones y censuras que el

 

 

 

 

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uno contra el otro fulminaron. El papa Urbano, para suplir el colegio y consistorio, en un día creó veintinueve cardenales de diversas naciones, varones todos señalados. Clemente se partió luego para Aviñón con harta duda de la cristiandad sobre cuál fuese el verdadero papa. Los italianos, los alemanes y los ingleses seguían al papa Urbano; los franceses y los escoceses a Clemente; los españoles al principio estuvieron neutrales y a la mira, si bien de la una y de la otra parte les hacían gran instancia con embajadas para que se declarasen.

 

 

 

 

II. De la muerte del rey don Enrique

 

En el mismo tiempo que la república cristiana se comenzaba a turbar con el cisma de dos pontífices que se continuó por largos años, los portugueses gozaban de una larga y grande paz; cuanto a lo demás las cosas de aquel reino no se podían hallar en peor estado. La reina apoderada del rey más de lo que fuera razón; la fama de su honestidad no tal ni tan buena. Decían tenía puestos los ojos y la afición en don Juan Fernández de Andeiro, conde de Uren. A sus parientes y aliados solamente se daban los cargos y gobiernos; la demás nobleza por el mismo caso estaba descontenta y perseguida, o de callada, o al descubierto. Amenazaba alguna gran tempestad, por cuyo miedo el infante don Donis, hermano de aquel rey, se retiró a Castilla, como queda dicho de suso. Poco después hizo lo mismo el infante don Juan, su hermano. A don Juan, hermano de los mismos, aunque bastardo y maestre de Avis, pusieron en prisión y le amenazaron de muerte. Él, como prudente, acordó disimular y acomodarse al tiempo y con algunos servicios y muestras de dolor aplacar el ánimo irritado de la reina. En Lisboa, cabeza de aquel reino, se fortaleció con muros la parte más baja de aquella ciudad, que remata con el mar. Hizo esto el rey don Fernando, así por el daño que por allí se recibió los años pasados como para pertrecharse y apercibirse para todo lo que pudiese suceder.

 

Los dos pontífices no se descuidaban en solicitar por sus legados a los reyes de España para que se declarasen. El de Aragón todavía se quiso estar neutral, bien que sentido en particular del pontífice Urbano, que trataba de desposeerle de Cerdeña y de Sicilia; todavía no dio lugar que en su reino se leyesen los edictos que Clemente contra él fulminaba. Sólo

 

 

 

 

 

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proveyó que las rentas eclesiásticas y aprovechamientos que pertenecen al papa se pusiesen en tercería en poder de un depositario que las tuviese de manifiesto basta tanto que la Iglesia determinase a quién se debía acudir con ellas. Los legados de Urbano enviados al rey don Enrique le hallaron en Córdoba, do era ido para proveer a las cosas del Andalucía. Pedían en nombre del que los enviaba que le tuviese por verdadero pontífice, y declarase a su competidor por falso, elegido contra los cánones y derecho. Oyólos benignamente; pero antes de resolverse en negocio tan grave, acordó juntar en Toledo las personas más señaladas del reino para determinar lo que se debía responder. Hallábase en aquella ciudad el infante don Juan, su hijo, de vuelta de la guerra y con intento de pasar el invierno en aquellas partes. Acudieron embajadores del rey de Francia, que vinieron a hacer las partes de Clemente. Hízose la junta; los obispos, los ricos hombres y letrados que en ella se hallaron, habido su acuerdo, finalmente respondieron no tocaba a ellos el juicio y determinación de aquella controversia, más que estaban prestos de seguir lo que la Iglesia en el caso determinase, y en el entre tanto las rentas y proventos pertenecientes al papa estarían guardados para el que ella juzgase era verdadero papa. Con esta respuesta se volvieron los embajadores el año de 1379.

 

Don Enrique se fue de allí a Burgos, donde estando apercibiendo las cosas necesarias para la guerra de Navarra, le vinieron embajadores de parte de aquel rey, hombres muy principales, con muy cumplidos poderes para hacer conciertos de paz, que se asentó finalmente con estos condiciones: que saliesen de Navarra todos los soldados ingleses; que para mayor seguridad veinte fuerzas, y entre ellas fuesen las tres, Estella, Tudela y Viana, por diez años tuviesen guarnición de castellanos; que el rey de Castilla para ayuda de los gastos hechos en aquella guerra prestase al de Navarra hasta en cantidad de veinte mil ducados luego que se firmasen las paces. Concluido el concierto, los dos reyes se vieron en Santo Domingo de la Calzada. Llevaron gran repuesto, y a porfía pretendía cada cual aventajarse en todo género de grandeza, cortesía y comedimiento.

 

El rey de Granada por el mismo caso se recelaba no revolviesen las fuerzas de los cristianos en daño suyo. Acusábale su conciencia por lo que hizo en tiempo del rey don Pedro en su ayuda; no se persuadía estuviere el rey don Enrique olvidado, ni que le faltase voluntad de tomar de todo

 

 

 

 

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enmienda. Las fuerzas no eran bastantes, si se venía a rompimiento y a las puñadas. Acordó valerse de arte y de maña. Persuadió a un moro que con muestra de huir de Granada se pasase a Castilla y procurase dar la muerte al rey. El moro era sagaz como la pretensión lo pedía; procuró ganar la gracia del rey, ya con servicios a propósito, y con ricas joyas y preseas que le presentaba. Entre los demás presentes le dio unos borceguíes a la morisca muy vistosos y primos, pero inficionados de veneno mortal. Así lo atestiguan autores muy graves; conseja a que dio crédito la dolencia que desde que se los calzó le sobrevino, que en diez días le acabó en la misma ciudad de Santo Domingo; su muerte fue domingo a los 29 del mes de mayo. Bien es verdad que autores más atentados y graves testifican falleció del mal de gota.

 

Vivió cuarenta y seis años y cinco meses; reinó después que se llamó rey en Calahorra trece años y dos meses. Varón de los más señalados, y príncipe en la prosperidad y adversidad, constante contra los encuentros de la fortuna, de agudo consejo y presta ejecución, y que el mundo le puede llamar bienaventurado por la venganza que tomó de las muertes de su madre y de sus hermanos con la sangre del matador y con quitarle de la cabeza la corona. Ejemplo finalmente con que se muestra que la falta del nacimiento no empece a la virtud y al valor, y que si enfrenara sus apetitos deshonestos en que fue suelto, pudiera competir con los reyes antiguos más señalados. La franqueza demasiada de que algunos le tachan disculpa asaz la revuelta de los tiempos y la codicia de los nobles, que no se dejaban granjear sino a precio de grandes y excesivas mercedes. Además que estaba puesto en razón hiciese parte de los premios de la victoria a los que se la ayudaron a ganar y se hallaron a los peligros y trabajos. Todavía en su testamento corrigió en gran parte esta liberalidad con excluir de la herencia de aquellos estados que dio a los deudos trasversales, y admitir solamente a los descendientes, hijos y nietos, traza con que gran parte de los pueblos que por esta causa se enajenaron y de las donaciones enriqueñas han vuelto a la corona real.

 

Hallóse a su muerte don Juan Manrique, obispo de Sigüenza; con él comunicó sus cosas, y nombradamente con él envió a don Juan, su hijo, los avisos siguientes: que en el cisma que corría no se inclinase fácilmente a ninguna de las partes; trajese siempre ante sus ojos el santo temor de Dios y el amparo de su Iglesia; conservase con todas las fuerzas y con toda buena correspondencia la amistad de Francia, de donde les vino en sus

 

 

 

 

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cuitas el remedio; pusiese en libertad todos los cautivos cristianos; procurase buenos ministros y criados, que son el todo para gobernar bien. Advirtióle empero que de tres raleas y suertes de gentes que se hallaban en el reino, los que siguieron su parcialidad, los que al rey don Pedro y los que se mantuvieron neutrales, a los primeros conservase las mercedes que él les hizo, más que de tal suerte se fiase de ellos, que se recelase de su deslealtad e inconstancia; a los segundos podría cometer cualesquier oficios y cargos, como a personas constantes, y que procurarían recompensar con sus buenos servicios las ofensas pasadas y hacer con toda lealtad y cuidado lo que les encomendase; a los terceros mantuviese en justicia, más no les encargase cuidado alguno ni gobierno del reino, como a personas que mirarían más por sus particulares que por el pro común.

 

Llevaron su cuerpo de aquella ciudad en que falleció a la de Burgos. Acompañóle su hijo don Juan, ya rey. Depositáronle en el sagrario de la iglesia mayor, en la capilla de Santa Catalina. Las honras le hicieron con real aparato y toda muestra de majestad. De allí le pasaron a Valladolid, y al fin del mismo año a una capilla que se labró a costa del rey en Toledo, en aquella parte de la iglesia mayor que estaba junto a la torre principal, en que por tradición de padres a hijos se tiene por cierto que puso los pies la sagrada Virgen cuando bajó del cielo para honrar a su siervo Ildefonso. Esta capilla en tiempo del emperador don Carlos se pasó a otra parte, donde al presente están enterrados los cuerpos de este rey, de su hijo y nieto que le sucedieron, y de las reinas sus mujeres en seis sepulcros de obra curiosa y prima, cada uno con su letrero. Asisten en esta capilla, y en ella celebran los oficios treinta y seis capellanes, con muy buenas rentas, que para sustentarse les señalaron y tienen. Mandóse sepultar con el hábito de santo Domingo por el amor y devoción que él tenía a la memoria de aquel Santo, su pariente; de cuyo orden tenían otrosí costumbre los reyes de tomar confesor.

 

Murió también por aquel tiempo el rey moro, a quien sucedió Mahomad, llamado por sobrenombre el de Guadix por la curiosidad que tuvo de hermosear y engrandecer aquella ciudad. Éste por haber tenido el reino con quietud y sin alteraciones civiles puede ser tenido por más aventajado y dichoso que todos sus antepasados.

El rey de Aragón, aunque viejo y anciano, se tornó nuevamente a casar; tomó por mujer a Sibila Fortia, que era una dama viuda de gran hermosura, por la cual la prefirió al casamiento con que le convidaban de

 

 

 

 

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Juana, reina de Nápoles. Tuvo dos hijos de este casamiento, que murieron en su tierna edad, y una hija llamada Isabel, que adelante casó con el conde de Urgel.

 

 

 

 

III. De cómo comenzó a reinar el rey don Juan

 

El rey don Juan, concluido el enterramiento y honras de su padre, recibió en Burgos en las Huelgas la corona del reino en edad que era de veintiún años y tres meses. Juntamente con él se coronó su mujer la reina doña Leonor. Armó caballeros a cien mancebos, la flor de la caballería, con las ceremonias que se acostumbraban en aquel tiempo. Demás de esto a aquella nobilísima ciudad, por los gastos que en tal solemnidad le fue necesario hacer y en premio de su bien probada lealtad, le hizo donación de la villa de Pancorvo. Teníanse Cortes en aquella ciudad, en que se establecieron muchas cosas: una, que el clérigo de menores órdenes casado pechase; pero que si fuese soltero, como trajese abierta la corona y hábito clerical, gozase del privilegio de la Iglesia. Fueron grandes las alegrías y fiestas que se hicieron por todo el reino por la coronación del nuevo rey, tanto con mayor afición y voluntad cuanto más confiaban que el hijo saldría semejable a su padre en todo género de virtud y caballería, porque era de noble condición, dócil ingenio, apacibles costumbres y un alma compuesta e inclinada a todas obras de piedad, no de precipitado o arrebatado juicio, sino inclinado a oír el ajeno. Era bajo de cuerpo, pero en su aspecto representaba majestad.

 

Luego que tomó el cuidado del reino, lo primero en que puso mano fue en señalarse por amigo de los franceses, y así hizo poner luego a punto una armada y enviarla contra Juan de Monforte, duque de Bretaña, a quien por el favor que daba a los ingleses aquel rey y su consejo le dieron por enemigo de la corona de Francia, y con público pregón adjudicaron sus bienes y estado al fisco real. Corrió la armada toda la costa de Bretaña y en ella ganó una fuerza que llaman Gayo.

 

El rey pasó en Burgos lo restante del estío. Esta pública alegría, dos cosas que acontecieron, la una la aguó algo, y la otra la aumentó. La primera fue que un judío, llamado Josef Pico, muy principal entre los suyos y muy rico, fue muerto por engaño y envidia de su misma gente. Era

 

 

 

 

 

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este recogedor general de las alcabalas reales y tesorero, por donde vino a tener gran cabida y autoridad con todos. Algunos de su nación judíos, hombres principales, no se sabe por qué, le tenían mala voluntad, y con este odio dieron traza de matarle. Para esto por engaño, sin entender el rey lo que hacía, ganaron una provisión real en que mandaba fuese luego muerto; cogieron de presto al verdugo real, o inducido con el mismo engaño, o sobornado con dineros, lo cual se puede sospechar, pues tan de rebato usó de su oficio. Acudieron a la casa de Josef, que estaba bien seguro de tal caso, en que de improviso le acabaron. Conocido el engaño, se hizo justicia de los culpados y se le quitó a esta nación la potestad que tenía y el tribunal para juzgar los negocios y pleitos de los suyos; desorden con que habían hasta allí disimulado los reyes por la necesidad y apretura de las rentas reales y ser los judíos gente que tan bien saben los caminos de allegar dinero. Materia de contento extraordinario fue el hijo que nació al rey en Burgos a los 4 de octubre, sucesor que fue y heredero de sus estados; su nombre don Enrique por memoria de su abuelo y para que remedase su valor y virtudes.

 

En fin de este año y principio del siguiente, que se contó de 1380, las lluvias fueron grandes y continuas en demasía; salieron con las avenidas de madre los ríos, rebalsaron los campos y las labradas y sembrados, en particular el río Ebro cerca de Zaragoza rompió los reparos y tomó otro camino, de guisa que para hacerle volver a su curso se gastó mucho trabajo y dinero.

De Burgos pasó el rey a Toledo, ciudad en que de nuevo hizo las honras de su padre y puso su cuerpo, como queda dicho, en su sepulcro de asiento. Partió para el Andalucía con intento de acudir a la ayuda de Francia contra los ingleses. Armó en Sevilla veinte galeras, con que el almirante Fernán Sánchez de Tovar, que iba por general, costeadas las riberas de España y de Francia, no paró hasta llegar a Inglaterra, y por el río Támesis arriba dar vista a la ciudad de Londres, cabeza de aquel reino, con gran mengua y cuita de aquella gente y ciudadanos, que veían la armada enemiga a sus puertas, talados sus campos, quemadas sus alquerías y casas de campo sin poderlo remediar.

La discordia entre los pontífices andaba más viva que nunca; castigo de los muchos pecados del pueblo y de las cabezas. El mayor daño, y que hacía más incurable la dolencia, que cada cual de las partes tenía sus valedores, personas en letras y santidad eminentes hasta señalarse con

 

 

 

 

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milagros. ¿Qué podía con esto hacer el pueblo? ¿Qué partido debía seguir? Ardía el pontífice Urbano en un vivo deseo de tomar enmienda de la reina de Nápoles, causadora principal de aquel cisma, ca si no fuera con su sombra, no acometieran los cardenales a ejecutar lo que hicieron. Para atender a esto con mayores fuerzas y más de propósito hizo paces con florentinos y perusinos y otros pueblos que no le querían reconocer homenaje y andaban alborotados. Convidó a Carlos, duque de Durazo, a pasar en Italia con intención que le dio y promesa de hacerle rey de Nápoles. Este Carlos estaba casado con Margarita, su prima hermana, hija que fue de su tío Carlos, duque de Durazo; marido y mujer eran bisnietos de Carlos II, rey de Nápoles, como queda deducido de suso. Aceptó las ofertas del pontífice, ayudóle con gente y dinero Ludovico, rey de Hungría, por el odio que tenía contra la reina, por la muerte que dio a su marido Andreaso, hermano del húngaro. Demás de esto, la soltura de esta reina en materia de honestidad era muy conocida. La grandeza y la fama de los príncipes corren a las parejas; así sus virtudes como sus vicios están a la vista de todos, y cuanto es mayor y más alto el lugar, tanto debe ser menor la libertad, por el ejemplo, que si es malo, cunde y empece mucho.

 

No se le encubrieron a la reina los intentos del pontífice y sus trazas. Sabía muy bien el aborrecimiento que comúnmente le tenían, ocasionado de la torpeza de su vida. Recelábase por el mismo caso que no tendría fuerzas bastantes para contrastar a tan poderosos enemigos. No tenía sucesión, si bien se casó cuatro veces: la primera con Andreaso, al cual ella misma dio la muerte; la segunda con Ludovico, príncipe de Tarento, deudos el uno y el otro muy cercanos suyos; la tercera con don Jaime, infante de Mallorca; y últimamente tenía por marido a Otón, duque de Brunzvique. Comunicóse con el otro pontífice Clemente, y habido con él su acuerdo, determinó para desbaratar aquella tempestad y torbellino que contra ella se armaba valerse de las fuerzas de Francia. Para esto prohijó a Luis, duque de Anjou, príncipe muy poderoso. Dióle título de duque de Calabria, que era el que tenían los herederos de aquel reino de Nápoles. Hízose el auto de la adopcion con la solemnidad necesaria en el castillo de aquella ciudad, llamado del Ovo, a los 29 de junio. Principios de grandes alteraciones y guerras que adelante resultaron, en que entró también a la parte España finalmente, y el primer título que tuvieron aquellos duques de Anjou para pretender con tanta porfía y por tanto tiempo el reino de

 

 

 

 

 

 

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Nápoles; traza enderezada para defenderse la reina y juntamente afirmar el partido del papa Clemente, que a la una y al otro prestó poco.

 

Falleció por este tiempo a 13 de julio el valeroso caudillo Beltran Claquin; tomóle la muerte en los reales y en el cerco que tenía puesto sobre Castronuevo, pueblo de Bretaña. Su linaje ilustre, sus hazañas esclarecidas; su padre se llamó Reginaldo Claquin, señor de Bronio cerca de Rennes, ciudad muy conocida en el ducado de Bretaña. El oficio de condestable, que es muy preeminente en Francia y vacó por su muerte, se dio poco adelante a Oliverio Clisson. Murió asimismo a los 16 de septiembre Carlos, rey de Francia, en el bosque de Vincenas, que mandó en su testamento sepultasen el cuerpo de Claquin junto al suyo en San Dionisio, sepultura de aquellos reyes junto a París; honra muy debida a lo mucho que sirvió en su vida y a su valor. Sucedió en aquella corona Carlos, hijo del difunto, sexto de este nombre.

 

Al rey de Portugal aquejaba el cuidado de lo que sería de aquel reino después de su muerte. La edad estaba adelante, no tenía hijo varón ni esperaba tenerle. Doña Beatriz, habida en la reina, de la cual adelante se puso en duda si era legítima, en vida del rey don Enrique quedó desposada con su hijo bastardo don Fadrique, duque de Benavente. No quiso el portugués después de muerto el rey don Enrique pasar por estos desposorios, antes despachó sus embajadores al nuevo rey de Castilla, que volvía del Andalucía para pedirle para su hija al infante don Enrique, si bien era niño de pocos meses nacido; acuerdo poco acertado, sujeto a grandes inconvenientes, por la edad de los novios tan diferente y desigual. Todavía el rey don Juan no desechó aquel partido por la comodidad que se presentaba de haber el reino de Portugal por aquel camino, y juntarle con Castilla. Tratóse de las condiciones, y finalmente en Soria, donde se juntaron las Cortes de Castilla, se concertaron los desposorios, que al cabo no surtieron efecto.

 

Prendieron por mandado del rey al adelantado Pedro Manrique; cargábanle ciertas pláticas y tratos que decían tenía con don Alonso de Aragón, conde de Denia, en perjuicio del reino. La verdad es que murió en la prisión sin dejar hijos. Sucedióle en aquel cargo y en sus estados su hermano Diego Manrique, merced que tenía bien merecida por su valor y los servicios que hiciera en la guerra de Navarra.

 

Era el rey de Francia de poca edad; tenía en su lugar el gobierno de aquel reino Luis, duque de Anjou, por aventajarse a los otros señores de

 

 

 

 

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Francia y por el deudo que alcanzaba con aquella casa real. Recelábase el rey de Aragón no quisiese con aquella ocasión volver a la pretensión del reino de Mallorca por el derecho que de suso queda tratado. Pero a él otro cuidado le aquejaba más, que era amparar la reinado Nápoles, y de camino asegurar para su casa la sucesión de aquel reino; acudió, sin embargo, el rey don Juan de Castilla, despachó embajadores a Francia para tratar de conciertos. Dio oídos el de Anjou a estas pláticas por quedar desembarazado para la empresa de Italia. Asentaron que vendiese a dinero el derecho que con dinero comprara, en que el rey don Juan puso de su casa buena cantia en gracia de su suegro, y por el deseo que tenía no se alterase el sosiego de que en España gozaban.

 

Despachó otrosí embajadores al sultán de Egipto que de su parte le hiciesen instancia para que pusiese en libertad a León, rey de Armenia, que tenía cautivo, y se le murieran en la prisión mujer e hija. Condescendió el bárbaro con aquellos ruegos tan puestos en razón. Soltó al preso, que envió con cartas que le dio soberbias e hinchadas en lo que de sí decía, honorificas para el rey don Juan, cuyo poder y valor encarecía, y le pedía su amistad. Vino aquel rey despojado tres años adelante, primero a Francia, desde allí a Castilla. Es muy propio de grandes reyes levantar los caídos, y más los que se vieron en prosperidad y grandeza. Recibióle el rey y hospedóle con toda cortesía y regalo, y para consuelo de su destierro y pasar la vida le consignó las villas de Madrid y Ándújar con rentas necesarias y bastantes para el sustento de su casa. No paró mucho en España, antes dio la vuelta a Francia con intento de pasar a Inglaterra para concertar aquellos reyes y persuadirles que dejadas entre sí las armas, las volviesen con tanto mayor prez y gloria contra los enemigos de Cristo, los infieles de Asia. En esta demanda sin efectuar cosa alguna le tomó la muerte, y le atajó sus trazas como suele. En la iglesia de los monjes Celestinos de París, en la capilla mayor se ve el día de hoy un arco cavado en la pared con un lucillo de mármol de obra prima con su letra que declara yace en él León, rey de Armenia.

 

 

 

 

IV. Que Castilla dio la obediencia al papa

 

Clemente

 

 

 

 

 

 

 

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Estaba el mundo alterado con el cisma de los romanos pontífices, y los príncipes cristianos cansados de oír los legados de las dos partes. Los escrúpulos de conciencia, que cuando se les da entrada se suelen apoderar de los corazones, crecían de cada día más. El rey determinó de hacer Cortes de Castilla para resolver este punto en Medina del Campo. Grandes fueron las diligencias que en ellas los legados de ambas partes hicieron, por entender que lo que allí se determinase abrazaría toda España. No se conformaban los pareceres, unos aprobaban la elección de Roma, otros la de Fundi. Los más prudentes juzgaban que como si hubiera sede vacante, se estuviesen a la mira; y que esta causa se debía dejar entera al juicio del concilio general.

 

Entre estos dares y tomares parió la reina a los 28 de noviembre un hijo, que llamaron don Fernando, que en nobleza de corazón y prosperidad de todas sus empresas excedió a los príncipes de su tiempo, y llegó a ser rey de Aragón por sus partes muy aventajadas. Vinieron también a estas Cortes gran número de monjes benitos; quejábanse que algunos señores, a título de ser patrones de sus ricos y grandes conventos, les hacían en Castilla la Vieja grandes desafueros, ca les tomaban sus pueblos y imponían a los vasallos nuevos pechos; avocaban a sí las causas criminales y civiles, y todas las demás cosas hacían a su parecer y albedrío contra toda orden de derecho y contra las costumbres antiguas. Señaláronse jueces sobre el caso, varones de mucha prudencia, que pronunciaron contra la avaricia e insolencia de los señores, y decretaron que a ninguno le fuese lícito tocar a las posesiones y rentas de los conventos, y que sólo el rey tuviese la protección de ellos, lo cual se guardó por el tiempo de su reinado.

 

Entre los cardenales que siguieron las partes de Clemente fue uno don Pedro de Luna, hechura del pontífice Gregorio, de muy noble alcurnia entre los aragoneses, de vivo y grande ingenio y muy letrado en derechos. Por esta causa Clemente le envió por su legado a España al principio del año de 1381, por ver si con su buena maña y letras podría atraer nuestra nación a su parcialidad y devoción. En Aragón salió en vacío su trabajo por no querer resolverse en tan grande duda el rey y sus grandes. Con el rey de Castilla tuvo mayor cabida. Juntáronse en la corte los varones más señalados del reino, y gastados muchos días para la resolución de este negocio, finalmente en Salamanca, para do trasladaron la junta, a 20 de mayo dieron por nula la elección de Urbano, y aprobaron la de Clemente,

 

 

 

 

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que residía en Aviñón, como legal y hecha sin fuerza, en que parece atendieron a que residía cerca de España y a la amistad del rey de Francia, más que a la equidad de las leyes. Muchos tuvieron por mal pronóstico y por indicio de que la sentencia fue torcida, la muerte que vino a esta sazón a la reina doña Juana, madre del rey, santísima señora, y tan limosnera, que la llamaban madre de pobres. En su viudez trajo hábito de monja, con que también se enterró. Hízose el enterramiento en Toledo junto a don Enrique, su marido, con célebre aparato, más por las lágrimas y sentimiento del pueblo que por otra alguna cosa.

 

Clemente trabajaba de traer a España a su devoción, como está dicho, y al mismo tiempo en Italia se mostraban grandes asonadas de guerra. Don Carlos, duque de Durazo, vino de Hungría a Italia al llamado del pontífice Urbano; diéronle los florentinos gran suma de dinero porque no entrase de guerra por la Toscana. En Roma le dio el pontífice título de senador de aquella ciudad y la corona del reino de Nápoles. Allí desde que llegó le sucedieron las cosas mejor de lo que él pensaba, que todas las ciudades y pueblos abiertas las puertas le recibían, hasta la misma nobilísima y gran ciudad de Nápoles. La reina, por la poca confianza que hacía así de su ejército como de la lealtad de los ciudadanos, se hizo fuerte por algún tiempo en Castelnovo. Otón, su marido, fue preso en una batalla que se arriscó a dar a los contrarios, con que la reina, perdida toda confianza de poderse tener, se rindió al vencedor. Pusiéronla en prisiones, y poco después la colgaron de un lazo en aquella misma parte en que ella hizo dar garrote a su marido Andreaso.

 

Muerta la reina, dieron libertad a Otón para que se fuese a su tierra. Con esta victoria la parte de Urbano ganó mucha reputación. Parecía que Dios amparaba sus cosas y menguaba las de su competidor. Había entrado en Italia el duque de Anjou con un grueso campo; falleció empero de enfermedad en la Pulla, provincia del reino de Nápoles; con su muerte se regalaron y fueron en flor sus esperanzas y trazas. Don Luis, infante de Navarra, tenía deudo con Carlos, el nuevo conquistador de aquel reino, ca estaban casados con dos hermanas, como se tocó de suso. No pudo hallarse en esta empresa ni ayudarle por estar ocupado en la guerra que en Ática hacía con esperanza de salir con el ducado de Atenas y Neopatria, por el antiguo derecho que a él tenían los reyes de Nápoles; más los principales de aquella provincia, por traer su descendencia de Cataluña, se inclinaban más a los aragoneses, y no cesaban de llamar, ya por cartas, ya

 

 

 

 

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por embajadores, al rey de Aragón para que fuese o enviase a tomar la posesión de aquel estado y provincia, como finalmente lo hizo.

 

 

 

 

V. De la guerra de Portugal

 

Una nueva tempestad y muy brava se armó en España entre Portugal y Castilla, que puso las cosas asaz en grande aprieto, y al rey don Juan en condición de perder el reino. Ligáronse los portugueses e ingleses; juntaron contra Castilla sus fuerzas y armas. Pensaban aprovecharse de aquel rey por su edad, que no era mucha, y no faltaban descontentos, reliquias y remanentes de las revueltas pasadas. Los ingleses pretendían derecho y acción a la corona por estar casado el duque de Lancaster con la hija mayor del rey don Pedro; el de Portugal llevaba mal que le hubiesen ganado por la mano y cortado las pretensiones que tenía a aquel reino de Castilla, a su parecer no mal fundadas, además que al rey don Juan tenía por excomulgado por sujetarse, como seguía, al papa Clemente, ca en Portugal no reconocían sino a Urbano.

 

Aprovechóse de esta ocasión don Alonso, conde de Gijón, para alborotarse conforme a su condición y alborotar el reino. Su hermano el rey don Juan, porque de pequeños principios, si con tiempo no se atajan, suelen resultar muy graves daños, acudió a la hora a Oviedo, cabeza de las Asturias, para sosegar aquel mozo mal aconsejado. Junto con esto mandó hacer gente por tierra, y armar por el mar para por entrambas partes dar guerra a Portugal y desbaratar sus intentos, por lo menos ganar reputación. Los bullicios del conde fácilmente se apaciguaron, y él se allanó a obedecer; si de corazón, si con doblez, por lo de adelante se entenderá. Hacíase la masa de la gente en Simancas. Acudió el rey desde que supo que estaba todo a punto, marchó con su campo la vuelta de Portugal, púsose sobre Almoyda, villa que está a la raya, no lejos de Badajoz. El sitio y las murallas eran fuertes, y los de dentro se defendían con valor, que fue causa de ir el cerco muy a la larga. Por otra parte, dieciséis galeras de Castilla se encontraron con veinte y tres de Portugal. Diose la batalla naval, que fue muy memorable. Vencieron los castellanos; tomaron las veinte galeras contrarias y en ellas gran número de portugueses con el mismo general don Alfonso Téllez, conde de Barcelos.

 

 

 

 

 

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Fuera esta victoria asaz importante por quedar los de Castilla señores de la mar y los enemigos amedrentados, si el general castellano, que era el almirante Fernán Sánchez de Tovar, la ejecutara a fuer de buen guerrero; pero él, contento con lo hecho, dio la vuelta a Sevilla, con que los portugueses tuvieron lugar de rehacerse, y la armada inglesa tiempo de aportar a Lisboa, que fue el daño doblado. Todavía el rey don Juan, animado con tan buen principio y confiado que serían semejables los remates, acordó emplazar la batalla a los contrarios. Escribióles con un rey de armas un cartel de esta sustancia: que sabía era venido a Portugal Edmundo, conde de Cantabrigia, en lugar de su hermano el duque de Lancaster, acompañado de gente lucida y brava; que si confiaban en la justicia de su querella y en el valor de sus soldados, se aprestasen a la batalla, la cual les presentaría luego que se apoderase de Almoida, y para combatirlos les saldría al encuentro espacio de dos jornadas, confiado en Dios, que volvería por la justicia y por su causa. Deseaban los ingleses venir a las manos como gente briosa y denodada; entreteníalos empero la falta de caballos, que ni los traían en la armada ni los podían tan en breve juntar en Portugal. La respuesta fue prender al rey de armas contra toda razón y derecho.

 

Cerraba en esta sazón el invierno, tiempo poco a propósito para estar en campaña. Retiróse sin hacer otro efecto el rey de Castilla, resuelto de volver a la guerra con más gente y mayor aparato luego que el tiempo diese lugar y abriese la primavera del año de 1382. Tornó el conde de Gijón, mozo liviano, a alborotarse; retiróse a Berganza para estar más seguro y con más libertad; desamparáronle los suyos que llevó consigo. Esto y la diligencia de don Alonso de Aragón, conde de Denia y marqués de Villena, que se puso de por medio, fueron parte para que se redujese a obediencia, y el rey, su hermano, segunda vez le perdonase. Al tercero por este servicio y por otros nombró por su condestable, cosa nueva para Castilla, entre las otras naciones y reinos muy usada; creó otrosí dos mariscales, que eran como los legados antiguos y los modernos maestres de campo, sujetos al condestable; estos fueron Fernán Álvarez de Toledo y Pero Ruiz Sarmiento. Pretendía el rey, como prudente, con estas honras animar a los suyos y juntamente hermosear la república y autorizarla con cargos semejantes y preeminencias.

 

Pasóse en esto el invierno; la masa de la gente se hizo segunda vez en Simancas. La fertilidad de la tierra y su abundancia era a propósito para

 

 

 

 

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sustentar el ejército y proveerse de vituallas. Luego que todo estuvo en orden, el rey con toda prisa se enderezó la vuelta de Badajoz por tener aviso que los enemigos pretendían romper por aquella parte y que eran llegados a Yelves, distante de aquella ciudad tres leguas solamente. Traía el rey de Portugal tres mil caballos y buen número de infantes. Los ingleses otrosí eran tres mil de a caballo y otros tantos flecheros. En el campo de Castilla los hombres de armas llegaban a cinco mil quinientos caballos ligeros; el número de la gente de a pie era muy mayor, todos muy diestros, ejercitados en las guerras pasadas, acostumbrados a vencer, y sobre todo con gran talante de venir a las manos y a las puñadas, y con sus armas humillar el orgullo de los contrarios, que emprendían mayores cosas que sus fuerzas alcanzaban.

 

Todavía el rey de Castilla, por ser manso de condición y por no aventurar lo que tenía ganado en el trance de una batalla, acordó de requerir a los enemigos de paz. Para ello envió a don Álvaro de Castro para avisar sería más expediente tomar algún asiento en aquellas diferencias que poner a riesgo la sangre y la vida de sus buenos soldados; que la victoria sería de poco provecho para el que venciese, y al vencido acarrearía mucho daño; finalmente, que las prendas de amistad y parentesco eran tales, que debían antes del rompimiento atajar los males que amenazaban y acordarse cuáles y cuán tristes podrían ser los remates si una vez se ensangrentaban. Por esto juzgaba, y era así, que a cualquiera de las dos partes vendría más a cuento componer aquel debate por bien, que por las armas. Los ingleses daban de buena gana oídos a estas pláticas por estar pesantes de haber emprendido aquella guerra tan dificultosa y tan lejos de su tierra, si bien demás del reino de Castilla que pretendían les ofrecían el de Portugal en dote de la infanta doña Beatriz, que pospuestos los demás conciertos, daba su padre intención de casarla con Duarte, hijo de Emundo, conde de Cantabrigia.

 

Tratóse pues de concierto, en que intervinieron personas principales de las dos naciones, por cuya industria se conformaron en las capitulaciones siguientes: que dona Beatriz de nuevo desposare con el infante don Fernando, hijo menor del rey de Castilla; pretendían por este camino que el reino de Portugal no se juntase con Castilla, como fuera necesario si casara con el hijo mayor; que los prisioneros y las galeras que se tomaron en la batalla naval se volviesen al de Portugal; demás de esto, que el rey de Castilla proveyese de armada y de flota en que los ingleses se volviesen a

 

 

 

 

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su tierra. Pudieran parecer pesadas estas capitulaciones al rey de Castilla, que se hallaba muy poderoso y pujante; más ordinariamente es acertado prevenir los sucesos de la guerra, que pudieran ser muy perjudiciales para España, y no hay alguno tan amigo de pelear que no huelgue más de alcanzar lo que pretende con paz que por medio de las armas. Por todo esto el de Castilla se inclinó a la paz y aceptar aquellos partidos, y aún entregó al de Portugal en rehenes personas muy principales para seguridad que se cumpliría enteramente lo concertado; conque por entonces se impidió la batalla y juntamente se dio fin a aquella guerra, que amenazaba grandes males.

 

 

 

 

VI. De la muerte del rey de Portugal

 

El contento que resultó de estas paces se destempló muy en breve por causa de algunas muertes que se siguieron de grandes personajes; tal es nuestra fragilidad. El rey don Juan se fue al reino de Toledo, y estaba enfermo en Madrid, cuando murió en Cuéllar, villa de Castilla la Vieja, su mujer la reina doña Leonor de parto de una hija, que vivió pocos días. El sentimiento y llanto del rey y de todo el reino fue extraordinario por ser ella un espejo de castidad y santidad; sepultaron su cuerpo en Toledo en la capilla de los Reyes. Esta muerte dio ocasión al rey de Portugal de tomar nuevo acuerdo y alterar el primer capítulo de los conciertos pasados. El rey de Castilla, aunque tenía dos hijos, quedaba viudo y en la flor de su edad. Envióle embajadores para ofrecerle por mujer a doña Beatriz, su hija. Parecióle que con este vínculo se daría mejor asiento a la nueva amistad y a la sucesión del reino de Portugal; que era cosa larga esperar que el infante don Fernando fuese de edad para casarse, y que en el entre tanto podían intervenir cosas que impidiesen el casamiento y desbaratasen todas las trazas, concertáronse pues muy fácilmente. Entre las demás capitulaciones fue una que por muerte del rey don Fernando gobernase a Portugal la reina viuda hasta tanto que la infanta tuviese hijo de edad competente. Señalóse para las bodas la ciudad de Yelves, en que poco antes se dio asiento en la paz. Esto pasaba en España al remate del año.

 

En el mismo tiempo en el Ática tenían sus reencuentros de armas los navarros y aragoneses sobre el principado de Atenas y de Neopatria.

 

 

 

 

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Felipe Dalmao, vizconde de Rocaberti, general de la armada aragonesa, allanó aquel estado al rey, ca mató y echó fuera de aquellas tierras toda la gente de guarnición de los navarros y dejó en ella con suficiente presidio a Román de Villanueva que quedó por gobernador, con que él pudo dar la vuelta.

 

En Sicilia andaban también las cosas alteradas, porque Artal de Alagón, conde de Mistreta, por la mucha autoridad y poder que en aquella isla alcanzaba, quería a su voluntad casar a la reina y poner de su mano a quien él quisiese en el reino. A este fin llamó de Lombardía a Juan Galeazo, que aún no era duque de Milán; pero él no pudo hacer este viaje ni acudir con presteza, porque las galeras de Aragón los años pasados en el puerto de Pisa le habían tomado su armada. Los señores de Sicilia llevaban muy mal que don Artal quisiese mandar tanto, y que solo él pudiese más que todos los demás juntos. Don Guillén Ramón de Moncada, comunicado su intento con el rey de Aragón, de secreto entró en Catania, y apoderándose de la reina, la llevó a Augusta, que era una de las fuerzas de su estado, fuerte por su sitio, que está sobre la mar, por sus murallas y por la grande guarnición que en ella puso de catalanes que el rey le envió con el capitán Roger de Moncada. Don Artal, visto que con esto le burlaban sus trazas, acudió con furor y rabia. Púsose sobre Augusta y combatíala por tierra y por mar. Avino muy a propósito que Dalmao, a la vuelta de Grecia, aportó a Sicilia. Supo lo que pasaba, y con su armada forzó al enemigo a alzar el cerco; con tanto puso a la reina en sus galeras, tocó a Cerdeña, y finalmente llegó con ella a salvamento a las riberas de España. La reina casó adelante en Aragón, con que al cabo de años los reinos de Sicilia y Aragón se volvieron a juntar con nudo muy más fuerte y más duradero que antes.

 

Don Carlos, hijo mayor del rey de Navarra, todavía le tenían arrestado en Francia. Intercedió el rey de Castilla para que el francés le pusiese en libertad, el cual otorgó con ruegos tan justos; con esto aquel príncipe junto con el deudo, ca eran cuñados, quedó tan obligado y reconocido, que por toda la vida con muy buen talante acudió a las cosas de Castilla. Llegó a Pamplona por principio del año que se contó de Cristo 1383. Regocijaron su venida todos los de aquel reino como era razón. El rey, su padre, eso mismo con la edad se mostraba más cuerdo y enmendaba con buenas obras las culpas de la vida pasada. En Pamplona y en otros lugares quedan memorias de esta mudanza de vida, con que procuraba aplacar a Dios, y

 

 

 

 

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acerca de los hombres borrar la infamia y mala voz que corría de sus cosas por todas partes. Cargábanle por lo menos que trató de dar hierbas al rey de Francia, su cuñado, a los duques de Borgoña y de Berri y al conde de Foix; si con verdad o levantado, lo que más creo, no se puede averiguar; lo cierto es que aquellos rumores le hicieron grandemente y en todas partes odioso.

 

Las bodas del rey de Castilla con la infanta de Portugal se celebraron en el lugar señalado; el concurso de las dos naciones fue grande, las fiestas y regocijos al tanto, si bien el rey de Portugal no se pudo hallar por causa de estar a la sazón doliente. El conde de Gijón don Alonso, conforme a sus mañas, volvía a revolver la feria en las Asturias, mozo mal inclinado y bullicioso. Envió el rey alguna gente que allanasen aquellos alborotos, y él dio la vuelta para Segovia a tener Cortes a sus vasallos. Los bullicios de las Asturias fácilmente se sosegaron, y el conde se redujo al deber. En las Cortes ninguna cosa se estableció, que se sepa, de mayor momento, salvo que a imitación de los valencianos, que en esto ganaron por la mano a los demás pueblos de España, se hizo una ley en que se ordenó trocasen la manera de contar los años, que antes usaban por las eras de César en los años del nacimiento de Cristo, como hasta hoy se guarda.

 

Celebrábanse estas Cortes cuando en Lisboa falleció el rey don Fernando de Portugal de una larga dolencia que al fin le acabó en 20 de octubre. Vivió cuarenta y tres años, diez meses y dieciocho días; reinó dieciséis años, nueve meses y diez días. Púdose contar entre los buenos príncipes por su condición muy suave, su mansedumbre y elocuencia, si no se ponen los ojos en la infamia de su casa. En el gobierno se señaló más que en las armas por la larga paz de que gozó en su reinado. Su cuerpo enterraron en Santarem en el monasterio de los franciscos junto al sepulcro de su madre la reina doña Costanza.

 

Cerdeña no acababa de sosegar. Hugo Arborea, hijo de Mariano, llevaba adelante las pretensiones de su padre, y continuaba en la codicia y trazas de hacerse rey, mal incurable. Era de condición intratable y fiera; por esto su misma gente se hermanó contra él, y le dieron muerte, ejecutando en él los tormentos y crueldades de que él mismo contra otros usara; que fue justo juicio de Dios. Con su muerte se pensó tendrían fin aquellas revueltas; por esto Brancaleón Doria, que en las guerras pasadas sirviera muy bien al rey, acudió a Aragón para dar traza a sosegar la isla. Echáronle empero mano, a causa que su mujer Leonor Arborea, dueña de

 

 

 

 

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pecho varonil, pretendía con las armas vengar la muerte de su hermano y recobrar el estado de su padre; sujetaba otrosí por toda aquella isla fortalezas y plazas, ya por fuerza, ya de voluntad. Llevaron a su marido Brancaleón con la guarda necesaria para sosegar a su mujer y hacerla que viniese en lo que era razón. No pudo alcanzar cosa alguna de ella, si bien usó de toda la diligencia que pudo; así él estuvo mucho tiempo arrestado en la ciudad de Caller, sin poder salir de ella. Y el partido de Aragón iba de caída por estar el rey embarazado con otros cuidados que más le aquejaban y no acudir con presteza a las necesidades de aquella guerra como fuera conveniente.

 

 

 

 

VII. Que el rey de Castilla entró en Portugal

 

Con la muerte del rey don Fernando de Portugal se recrecieron nuevas y muy sangrientas guerras entre Portugal y Castilla. La gente plebeya y aún la principal por el odio que a Castilla tenía, como suele acontecer entre reinos comarcanos, no podía llevar que rey extraño los mandase. El deseo de libertad los encendía, bien que con poco concierto pretendían que de su nación fuese alguno nombrado por rey; los hombres, las mujeres, los niños, en secreto y en públicos corrillos de ninguna otra cosa trataban. Los señores tuvieron junta en Lisboa sin se acabar de resolver en un negocio tan grave. El miedo hacía por el rey don Juan de Castilla, el antojo los volvía contra él; dos malos consejeros y perjudiciales. Algunos principales de secreto por cartas le convidaban con la posesión de aquel reino con intento de granjear la gracia del nuevo príncipe más que por deseo del pro común. Entre estos fue uno don Juan, el maestre de Avis, de suso nombrado, todo con artificio y maña por no tener aún granjeadas para sí las voluntades del pueblo. Las trazas de los que andaban de mala y los diseños que con la presteza se debieran cortar, con la tardanza se hicieron fuertes y prevalecieron.

 

Gastábase el tiempo en Castilla en consultas y debates; así se les salió la buena ocasión de entre las manos para nunca más volver. Los pareceres eran diferentes, como suele acontecer; unos sentían que se debía esperar hasta tanto que por común acuerdo de los principales y del pueblo el rey fuese llamado a recibir la corona. Alegaban que al no se podía hacer a

 

 

 

 

 

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pena de ser perjuros, pues en les asientos próximos de la paz juraron que dejarían la gobernación del reino a la reina viuda hasta tanto que doña Beatriz tuviese algún hijo en edad que pudiese gobernar a Portugal. Los de más sano consejo y más avisados decían que en tanta alteración del reino las armas eran las que habían de allanar, que de voluntad no harían cortesía los portugueses. Tomóse un acuerdo medio que fue de ningún momento, antes perjudicial, de ir ni bien de paz ni bien de guerra, esto es, que fuese el rey delante de paz, y tras de él fuese el ejército para allanar los rebeldes y mal intencionados. El obispo de la Guardia, que es en la raya de Portugal, estaba en servicio de la reina. Diósele el rey, su padre, para que con él comunicase todos sus secretos. Este prelado se ofreció de dar llana al rey su ciudad.

 

Antes de acometer esta jornada era necesario atajar en Castilla los siniestros intentos de algunos. A don Juan, hermano legítimo del rey difunto de Portugal, que se había pasado a Castilla por miedo de la reina, como está dicho, puso el rey en el alcázar de Toledo como en prisión, no por otro crimen, sino porque su nobleza y derecho, que podía pretender a aquel reino, hacían que de él se recatasen. Al conde de Gijón le pusieron en prisiones en el castillo de Montalván, no lejos de Toledo, porque después de perdonado tantas veces, se carteaba con los portugueses y trataba de rebelarse; confiscáronle otrosí todos sus bienes y estado. Encomendóse su guarda a don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, por cuyo orden estuvo mucho tiempo preso en el castillo de Almonacir, tres leguas de Toledo.

 

Asentadas todas estas cosas, el rey y la reinase fueron a Plasencia, y de allí con prisa pasaron a Portugal. Los sacerdotes de la Guardia, como lo prometió el Obispo, los salieron a recibir con cruces y capas de iglesia, en altas voces dándoles el parabién del nuevo reino y rogando a Dios le gozasen por largos años. El alcaide de la fortaleza hizo resistencia por no estar determinado en lo que debía hacer hasta ver el suceso de aquellos alteraciones y qué partido tomarían los demás. Antes de la venida del rey, Lisboa le juró por rey a persuasión de don Enrique Manuel, conde de Sintra, tío que era del rey don Fernando difunto. Vino también en ello doña Leonor, la reina viuda, por entender que para reprimir las voluntades e intentos, así de los grandes como del pueblo, era menester mayor fuerza que la suya. De este principio comenzó el pueblo a alterarse y dividirse en bandos, de que resultaron muertes de muchos. El primero que mataron fue

 

 

 

 

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el conde de Andeiro, a quien en el mismo palacio real dio de puñaladas el maestre de Avis. La demasiada cabida que con la reina tenía, de que muchos sentían mal, le empeció y acarreó su perdición. Nunca paran en poco los alborotos; el vulgo de este principio pasó tan adelante, que sin ningún término ni respeto dieron al tanto la muerte a don Martín, obispo de Lisboa, en la misma torre de la iglesia mayor, donde se recogió para escapar de aquel furor; no dudaron de poner sus sacrílegas manos en aquel varón consagrado, no por otra culpa sino porque nació en Castilla, y parecía que no sentía bien de los alborotos que se movían en Portugal y que favorecía las partes del rey don Juan. Entre gente furiosa el seso suele dañar, y entre los alevosos la lealtad. La reina doña Leonor, por recelo no le hiciesen algún desacato, con voluntad del maestre de Avis, se salió de la ciudad de Lisboa y se fue a Santarem.

 

En tan confusa tempestad y revueltas tan grandes ningún lugar se daba al consejo ni a la mesura; todo lo regía la saña y la locura de que el pueblo estaba tomado como de vino y como bestia en celo. El maestre de Avis tenía partes aventajadas; era agraciado, bien apuesto, cortesano, comedido, liberal, y por el mismo caso bienquisto generalmente; filialmente, sus calidades tales, que suplían la falta de no ser legítimo. Por el contrario el rey don Juan, bien que manso y apacible, sino le alteraba ninguna injuria, en el hablar, que es con lo que se granjean las voluntades, y por esto lo hizo tan fácil la naturaleza, era corto en demasía; por esta causa, aunque con su presencia luego que llegó a Portugal se ganaron algunos, los más se extrañaron, como gente que es la portuguesa de su natural apacible y cortés, cumplida y acostumbrada a ser tratada con afabilidad de sus reyes. De la Guardia, al principio del año de 1384, pasó el rey a Santarem por visitar a la reina, su suegra, y a su instancia y para tomar con ella acuerdo de lo que se debía hacer y cómo se podrían encaminar aquellas pretensiones. Acompañábanle quinientos de a caballo, bastante número para entrar de paz, más para sosegar los alborotados muy pequeño. El condestable don Alonso de Aragón, el arzobispo de Toledo y Pero González de Mendoza, nombrados por gobernadores del reino de Toledo en ausencia del rey, no se descuidaban en hacer gente por todas partes y encaminar a Portugal nuevas compañías de soldados. La mayor dificultad para la expedición de todo era la falta del dinero. Con las guerras y gastos pasados el patrimonio real estaba consumido, y todo el reino cansado de imposiciones. Acordaron aprovecharse en aquel aprieto de las ofrendas

 

 

 

 

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muy ricas y preseas del famoso templo de Guadalupe, santuario muy devoto. Tomaron hasta en cantidad de cuatro mil marcos de plata, ayuda más de mala sonada que grande, y principio del cual el pueblo pronosticaba que la empresa sería desgraciada, y que la Virgen tomaría enmienda de los que despojaban su templo, de aquel desacato y osadía.

 

Don Carlos, infante de Navarra, por no fallar al deudo y amistad que tenía con el rey de Castilla y no mostrarse ingrato a los beneficios que de él tenía recibidos, se aprestaba para acudirle con buen golpe de su gente. El de Aragón por su edad y aquejarle otros cuidados y guerras, a que le convenía acudir, acordó estarse a la mira, en especial que comúnmente los príncipes llevan mal que ninguno de sus vecinos se acreciente mucho, antes pretenden siempre balanzar las potencias.

 

En Portugal se hicieron grandes consultas. Acordaron finalmente que la reina doña Leonor renunciase en el rey, su yerno, la gobernación de aquel reino. Lo que pareció sería medio para allanarlo todo fue causa de mayor alboroto. La nobleza y el pueblo aborrecían a par de muerte sujetarse con esto a Castilla por el odio que entre sí estas dos naciones tienen. Lamentábanse de la reina, acusábanle el juramento que les tenía hecho y la disposición y testamento del rey, su marido, en que dejó proveído lo que se debía hacer en esto. El sentimiento era general, bien que algunos de los principales, como tenían que perder, no quisieran se revolviera la feria, y se mostraban de parte del rey don Juan. Estos eran don Enrique Manuel, conde de Sintra, Juan Tejeda, que fuera chanciller mayor de aquel reino, don Pedro Pereira, prior de San Juan en Portugal, por otro nombre de Ocrato, que adelante en Castilla fue maestre de Calatrava, y con él dos hermanos suyos, Diego y Fernando, sin otros algunos de los más granados. Demás de estos, muchos pueblos seguían esta voz, en especial la comarca toda entre Duero y Miño, por la buena diligencia de Lope de Leyra, que aunque nacido en Galicia, tenía el gobierno de aquella tierra. Alonso Pimental entregó a Berganza, en cuya tenencia estaba. Lo mismo hicieron Juan Portocarrero y Alonso de Silva de otras fuerzas que a su cargo tenían.

 

 

 

 

VIII. Del cerco de Lisboa

 

 

 

 

 

 

 

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Las pretensiones del rey de Castilla en la manera dicha procedían en Portugal hasta aquí sin daño notable. Tenían esperanza que todo el reino de conformidad haría lo que pedía la razón y el tiempo, que tiene gran fuerza; pues constaba que si bien todos se conformaban en un parecer, no eran bastantes para hacer rostro al poder de Castilla, tanto menos estando divididos en bandos y disconformes, camino para más presto perderse; esperanza que muy presto se fue en flor, y finalmente prevaleció la parte contraria, y los descontentos pasaron siempre adelante, en que se mostró claramente de cuánta mayor eficacia es el valor que las fuerzas, la maña que todo lo al. Los portugueses llevaban mal ser gobernados por extraños y mucho más por los castellanos por la competencia que entre sí tienen, como acontece entre los reinos comarcanos. Extrañaban mucho que les quebrantasen las capitulaciones con que últimamente asentaron la paz. Querellábanse que el infante don Juan, en quien tenían puestos los ojos para remedio de sus daños, le tuviesen arrestado en Toledo sin alguna culpa suya, sólo porque no les acudiese. Decían que por tener poca razón y justicia se valían de la violencia y engaño. Lo que solo les restaba, todos comúnmente volvieron los ojos y pensamiento al maestre de Avis, que era persona sagaz y de negocios, y que con su buena manera y afabilidad sabía granjear las voluntades y prendarlas. Conoció él la ocasión que le presentaba la gran afición del pueblo; ofrecióse a ponerse a cualquier riesgo y trabajo por el bien común y pro de la patria. Todavía los alborotados por entonces no pasaron más adelante de nombrar por su gobernador al infante don Juan, que, como queda dicho, le tenían preso en Toledo. Para más alterar la gente sacaron en los estandartes su retrato aherrojado y puesto encadenas; el cuidado de acaudillar la gente se encargó al maestre de Avis. Decían que doña Leonor no era reina, ni su matrimonio con el rey era válido por ser vivo su marido, a quien el rey la quitó por su hermosura sin otras ventajas de linaje y de valor, sólo para que fuese un tizón con que todo el reino se abrasase; que por el mismo caso su hija doña Beatriz, como bastarda, era incapaz de la sucesión y de la corona; que si la juraron fue por condescender con la voluntad del rey, su padre, a que no se podía contrastar; finalmente, que su testamento tocante a este punto no se debía guardar. Todo esto pasaba en la ciudad de Lisboa, que estaba ya declarada contra Castilla.

 

Arrimáronsele muchos señores y fidalgos, unos al descubierto, otros de callada; el que más se señalaba era Nuño Álvarez Pereira, hijo del prior de

 

 

 

 

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Ocrato Alvar González Pereira, y nieto de don Gonzalo Pereira, arzobispo de Braga, si bien sus hermanos seguían el partido de Castilla. Era este caballero mozo brioso, de grande ingenio, acertado consejo y muy diestro y osado en las armas; fundador adelante, después que alcanzaron la victoria, de la casa de Berganza la más poderosa de Portugal. Importa mucho la reputación en la guerra; acordaron los levantados que el Nuño Pereira con golpe de gente corriese las tierras de Castilla. Hízose así. Acudió gente del rey don Juan por su orden; vinieron a las manos cerca de Badajoz, en que los castellanos quedaron vencidos, muerto el maestre de Alcántara don Diego Gómez Barroso; huyeron don Juan de Guzmán, conde de Niebla, y el almirante Tovar; el daño fue grande, pero muy mayor la mengua y el pronóstico de los males que de este principio se continuaron. Don Gonzalo, hermano de la reina viuda, estaba en Coimbra con guarnición de soldados. Acordó el rey don Juan ir allá acompañado de las reinas madre e hija, confiado que le abrirían luego las puertas. Salió vana esta esperanza, ca el gobernador quiso más volver por su nación que tener respeto al deudo. De esta burla quedó el rey muy sentido, tanto más que don Pedro, su primo, conde de Trastámara e hijo del maestre don Fadrique, se retiró de él y se acogió a aquella ciudad. Sospechóse que en esta huida tuvo parte la reina doña Leonor, y que el conde se comunicó con ella, que cansada de su yerno, se inclinaba a las cosas de Portugal. Por esto acordó enviarla a Castilla con noble acompañamiento para que estuviese en Tordesillas, destierro y prisión honrada en que murió adelante, y castigo del cielo en lo mismo que hizo padecer a los infantes, sus cuñados, y a otros. Yace sepultada en Valladolid en el claustro de la Merced.

 

Hecho esto, se trató en consejo de capitanes sobre poner sitio a Lisboa, ciudad la más rica de Portugal, por ser la cabeza de aquel reino y de presente haberse recogido a ella lo mejor y más granado con sus haberes y preseas. Los pareceres no se conformaban. Algunos decían sería más acertado dividir el ejército, que era grande en número de soldados, en muchas partes, acometer y allanar las demás fuerzas y plazas de menos importancia; que allanado lo demás, Lisboa sería forzada a rendirse; donde no, la podrían con mayor fuerza cercar y combatir. Pero prevaleció el consejo de los que sentían se debía en primer lugar acudir a aquella ciudad, como a cabeza del reino y raíz de toda la guerra, que ganada, no hallarían resistencia en lo restante del reino. Acudieron pues al cerco. De

 

 

 

 

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camino talaron los campos, quemaron las aldeas, prendieron hombres y ganados, con que gran número de pueblos se rindieron y entregaron. Llegados a la ciudad, asentaron sus reales y los barrearon en aquella parte de al presente está edificado el monasterio de los Santos. Para más apretar el cerco por tierra y por mar, armaron en Sevilla trece galeras y doce naves, sin otros bajeles de menor consideración. Entró esta armada por la boca del río Tajo y echó anclas enfrente de la ciudad, con intento de estorbar que no entrase por aquella parte alguna provisión ni socorro a los cercados. La muchedumbre del pueblo era grande, por ser aquella ciudad de suyo muy populosa y por los muchos que se recogieran a ella de todas partes. Por donde muy presto se comenzó a sentir la falta de las vituallas y mantenimientos, que suelen encarecerse por la necesidad presente, y mucho más por el miedo que cada uno tiene no le falte para adelante. Los portugueses, para acudir a esta necesidad, salieron con dieciséis galeras y ocho naves que tenían aprestadas en la ciudad de Oporto. Ayudóles el viento, que les refrescó, y la creciente del mar muy favorable, con que por medio de los enemigos, aunque con pérdida de tres naos, se pusieron en parte que proveyeron bastantemente la falta que de bastimentos padecían los cercados, principio con que las cosas de todo punto se trocaron, mayormente que el otoño fue muy enfermo y muchos adolecieron de los que alojaban en los reales, por la destemplanza del cielo y no estar los de Castilla acostumbrados a aquellos aires.

 

Por esta causa pareció al rey don Juan mover tratos de paz; tuvieron habla sobre el caso Pero Fernández de Velasco por la una parte, y por la otra el maestre de Avis que acaudillaba los alborotados. Dijéronse muchas razones, los daños que podían resultar de la guerra, los bienes que se podían esperar de la concordia. El maestre, con el gusto que tenía de mandar de presente y la esperanza que se le representaba de cerca de ser rey, respondió finalmente a la demanda que no vendría en ningún asiento de paz, si a él mismo no le dejasen por gobernador del reino hasta tanto que doña Beatriz tuviese hijo de edad bastante pura poderse encargar de aquel gobierno. Que esto pedía el pueblo y pretendían los fidalgos; que si no otorgaban con ellos, él no podía faltar a las obligaciones que tenía a los suyos y a su patria.

 

Las dolencias iban adelante, y a manera de peste de cada día morían, no sólo soldados ordinarios, sino también grandes personajes, como don Pedro Fernández, maestre de Santiago, y el que le sucedió luego en aquella

 

 

 

 

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dignidad, por nombre Ruy González Mejía, el almirante Fernán Sánchez de Tovar, Pero Fernández de Velasco y los dos mariscales Pero Sarmiento y Fernán Álvarez de Toledo. Item, Juan Martínez de Rojas; días hubo que fallecieron doscientos más y menos, con que el numero de los soldados menguaba y el ánimo mucho más. Por esto los más principales blandeaban y aborrecían aquella guerra por ser entre parientes y contra cristianos. Quisieran que de cualquiera manera se tomara asiento y se concertaran las partes; finalmente, los trabajos eran tan grandes y la cuita por esta causa tal, que fue forzoso levantar el cerco con mengua y pérdida muy grande y volver atrás. Nombró el rey por mariscal a Diego Sarmiento luego que falleció su hermano; encargóle la guarda de Santarem con buen número de soldados; otros capitanes repartió por otras partes, ca pensaba rehacerse de fuerzas y muy en breve volver a la guerra. Hecho esto, la armada por mar y los demás por tierra en compañía del rey se encaminaron para Sevilla. Pudieran recibir daño notable a la partida, que las piedras se levantan contra el que huye, si los portugueses salieran en su seguimiento, que pocos, bien gobernados, pudieran maltratar y deshacer los que iban tan trabajados; más ellos se hallaban no menos gastados y afligidos que los contrarios, y tenían por merced de Dios verse libres de aquel peligro y de aquel cerco, y aún como dicen, al enemigo que huye, puente de plata. Hicieron procesiones, así en Lisboa como en lo restante del reino, con toda solemnidad en acción de gracias por merced tan señalada.

 

Por este mismo tiempo el rey de Aragón no hacía buen rostro a sus dos hijos de la primera mujer, los infantes don Juan y don Martín. Decíase comúnmente que la reina, como madrastra, con sus malas mañas era causa de este daño. Verdad es que el infante don Juan había dado causa bastante de aquel disgusto, por casarse, como se casó, contra la voluntad de su padre arrebatadamente y de secreto con madama Violante, hija de Juan, duque de Berri, sin hacer caso de la reina de Sicilia, cuyo casamiento para todos estaba muy más a cuento. Quebró el enojo en don Juan, conde de Ampurias, yerno y primo de aquel rey. Su culpa fue que los recogió en su estado para que allí se casasen. Por lo cual, luego que el hijo se redujo y se puso en las manos de su padre y él le perdonó aquella liviandad, revolvió contra el conde y le quitó la mayor parte del estado, que le tenía asaz grande en lo postrero de España. No le pudo haber a las manos, que se huyó a Aviñón en una galera resuelto de tentar nuevas esperanzas, y con

 

 

 

 

 

 

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las fuerzas que pudiese juntar suyas y de sus amigos recobrar aquel condado.

 

 

 

 

IX. De la famosa batalla de Aljubarrota

 

Corría el año de 1385, cuando al conde de Ampurias avino aquella desgracia. Al principio del cual el rey de Castilla, con el deseo en que ardía de rehacer la quiebra pasada, levantaba gente por todas partes y armaba en el mar. Juntó un grueso campo por tierra y una armada de doce galeras y veinte naves para enseñorearse del mar y asegurar la tierra. Todo procedía despacio a causa de una dolencia que le sobrevino, de que llegó a punto de muerte. Luego empero que convaleció y pudo atender a las cosas de la guerra, dio mucha prisa para que todo lo necesario se aprestase. Vino a la sazón una nueva que en cierto encuentro que los portugueses tuvieron con la guarnición de Santarem quedaron presos el maestre de Avis y el prior de San Juan, alegría falsa y que muy en breve se trocó en dolor y pena, porque se supo de cierto que los portugueses en la ciudad de Coimbra habían alzado los estandartes reales por el maestre de Avis, que era meter las mayores prendas y empeñarse del todo para no volver atrás. El caso pasó en esta guisa.

 

Juntáronse en aquella ciudad las cabezas de los alzados para acordar lo que se debía hacer en aquella guerra. Concordaban todos en que para hacer rostro a los intentos de Castilla les era necesario tener cabeza, algún valeroso capitán que acaudillase el pueblo, ca muchedumbre sin orden es como cuerpo sin alma. Añadían que para mayor autoridad de mandar y vedar y para que todos se sujetasen, y aún para que él mismo se animase más y con mayor brío entrase en la demanda, era forzoso darle nombre de rey. Alegaban que la república da la potestad real, y por el mismo caso, cuando le cumpliere, la puede quitar y nombrar nuevo rey; muchos y muy claros ejemplos, tomados de la memoria de los tiempos en confirmación de esto, el derecho que la naturaleza y Dios da a todos de procurar la libertad y esquivar la servidumbre; sobre todo que si los contrarios confiaban en su derecho y razón, ¿por qué causa a tuerto fueron los primeros a tomar las armas? Que a ninguno es defendido valerse de la fuerza contra los que le hacen agravio. No faltaban letrados que todo esto

 

 

 

 

 

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lo fundaban en derecho con muchas alegaciones de leyes divinas y humanas. La grandeza del negocio y la dificultad espantaba; por donde algunos eran de parecer no quitasen el reino a doña Beatriz, pues sería cosa inhumana privarla de la herencia de su padre, temeridad irritar las fuerzas de Castilla, locura confiar de sí demasiado y no medirse con la razón. Que los enemigos antes de venir a las manos y de ensangrentarse saldrían a cualquier partido; las haciendas, las vidas y la libertad quedaría en mano del vencedor. Por conclusión, que era prudencia acordarse de los temporales que corrían, y medirse con las fuerzas, desearlo mejor y con paciencia acomodarse al estado presente. No faltaban en la junta votos en favor del infante don Juan, bien que en Toledo arrestado. Decían se debía tratar de su libertad, alegaban el común acuerdo pasado; ¿qué otra cosa significaban aquellos estandartes? ¿Qué cosa se ofrecía de nuevo para mudar lo acordado una vez? Pero este parecer comúnmente desagradaba; ¿a qué propósito hacer rey al que ni los podía gobernar ni acudiese en aquel peligro, no ser ayuda, sino sólo causa de guerra?

 

Con tanto mayor voluntad acudieron los votos al maestre de Avis, que presente estaba, y de cuyo valor y maña todos muchos se pagaban. En San Francisco de Coimbra, do se tenía aquella junta, le alzaron por rey a los 5 de abril con aplauso general de todos los que presentes se hallaron. Los mismos que sentían diversamente eran los primeros a besarle la mano y hacerle todo homenaje para mostrarse leales y que aprobaban su elección. Publicaban que las estrellas del cielo y las profecías favorecían aquella elección, en particular que un infante de ocho meses al principio de estas revueltas en Ébora se levantó de la cuna, y por tres veces en alta voz dijo: «Don Juan, rey de Portugal». Lo cual interpretaban en derecho de su dedo del maestre de Avis; que así suelen los hombres favorecer sus aficiones, y por decir mejor, soñar lo que desean. Los portugueses, como tan empeñados en aquel negocio que no podía ser más, desde aquel día en adelante tomaron las armas con mayor brío y tanto mayor esperanza de salir con su intento cuanto menos les quedaba de ser perdonados, y aún mucho se movían por el deseo natural que todos los hombres tienen de cosas nuevas y enfado de lo presente.

 

La comarca de Portugal que está entre Duero y Miño muy en breve se declaró por el nuevo rey, unos se le allegaban por fuerza, los más de su voluntad. Enturbióse esta alegría con la armada de Castilla que del Andalucía y de Vizcaya aportó a las marinas de Portugal, y se presentó

 

 

 

 

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delante la ciudad de Lisboa; con que los castellanos quedaron señores de la mar, y corrían aquellas riberas y los campos comarcanos sin contradicción; cosa que mucho enfrenó la alegría y los bríos de los portugueses. Hallábase el rey de Castilla en Córdoba; desde el principio del estío envió la reina, su mujer, a Ávila, pues no podía ser de provecho por tenerle la gente perdido todo respeto y para que no embarazase. A la misma sazón y a los primeros de julio buen golpe de gente debajo la conducta de don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, y por orden del rey, por la parte de Ciudad Rodrigo hizo entrada, y rompió por la comarca de Viseo con gran daño de los naturales, talas, robos, deshonestidades que cometían los soldados sin perdonar a doncellas ni casadas. Verdad es que a la vuelta cargó sobre ellos gente de Portugal, que los desbarataron y quitaron toda la presa con muerte de muchos de ellos. De pequeños principios se suelen trocar las cosas en la guerra y aún los ánimos; fue así que los portugueses con este buen suceso se animaron mucho para hacer rostro en todas partes. En diversos lugares a un mismo tiempo tenían encuentros, en que ya vencían los unos, ya los otros; pero de cualquiera manera todo redundaba en daño de los naturales y principalmente de la gente del campo. Los unos y los otros comían a discreción, que era un miserable estado y avenida de males.

 

Juntóse el ejército de Castilla en Ciudad Rodrigo ya que el estío estaba adelante; sólo faltaba el infante don Carlos, hijo del rey de Navarra, que se decía allegaría muy en breve acompañado de mucha y muy buena gente. Consultaron en qué manera se haría la guerra. Los pareceres eran diferentes, como siempre acontece en cosas grandes. Los más cuerdos querían se excusase la batalla; que sería acertado dar lugar a que el furor de los rebeldes se amansase y tiempo para que volviesen sobre sí. Decían que los buenos intentos y la razón se fortifica con la tardanza, y por el contrario los malos se enflaquecen. Que para domar a Portugal y sujetarle sería muy a propósito darles una larga guerra, talarles los campos, quemarles las mieses y repartir por todas partes guarniciones de soldados. Añadían que no debían mucho confiar en sus fuerzas por ser los capitanes que al presente tenían gente moza, poco prácticos y de poca experiencia, por la muerte de los que faltaron en el cerco de Lisboa, que era la flor de la milicia, además de la falta de dinero para hacer las pagas y de la poca salud que el rey de ordinario tenía, que en ninguna manera debía entrar en tierra de enemigos ni hallarse a los peligros y trances dudosos de la guerra,

 

 

 

 

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pues de su vida y salud dependían las esperanzas de todos, el bien público y particular. Esto decían ellos, cuyo parecer el tiempo y sucesos de las cosas mostró era muy acertado; pero prevaleció el voto de los que como mozos tenían más caliente la sangre, por ser de más reputación; personas que con muchas palabras engrandecían las fuerzas de Castilla, y abatían las de los contrarios como de canalla y gente allegadiza, y que tenía más nombre de ejército que fuerzas bastantes. Que convenía apresurarse porque con el tiempo no cobrasen fuerzas y se arraigasen en guisa que la llaga se hiciese incurable. Sobre todo que sería inhumanidad desamparar los que en Portugal seguían su voz, las plazas que se tenían por ellos y las guarniciones de soldados que las guardaban. A este parecer se arrimó el rey, si bien el contrario era más prudente y más acertado. En muchas cosas se cegaron los de Castilla en esta demanda, permisión de Dios para castigar por esta manera los pecados y la soberbia de aquella gente. Debieran por lo menos esperar los socorros que de Navarra les venían con su caudillo el infante don Carlos.

 

Tomada esta resolución, partieron de Ciudad Rodrigo, y en aquella parte de Portugal que se llama Vera se pusieron sobre Cillorico y le rindieron. Pasaron adelante, quemaron los arrabales de Coimbra e intentaron de tomar a Leiria, que estaba y se tenía por la reina de Portugal doña Leonor. Durante el cerco de Cillorico, el rey, con el cuidado en que le ponía su poca salud, los trabajos y peligros de la guerra, otorgó su testamento a los 21 de julio. En él mandó que los señoríos de Vizcaya y de Molina, herencia de su madre, quedasen para siempre vinculados y fuesen de los hijos mayores de los reyes de Castilla. Nombró seis personajes por tutores de su hijo y heredero don Enrique, doce gobernadores del reino durante su menoridad. De la reina, su suegra, y de los infantes de Portugal don Juan y don Dionis, de los hijos del rey don Pedro y del hijo de don Fernando de Castro, que tenía en Castilla presos, mandó se hiciese lo que fuese justicia. Si los pretendía perdonar, si castigarlos, la brevedad de su vida no dio lugar a que se averiguase. Otras muchas cosas dejó dispuestas en aquel testamento, que por hacerle arrebatadamente fueron adelante ocasión de alborotos y diferencias asaz.

 

Los portugueses con su campo eran llegados a Tomar, resueltos de arriscarse y probar ventura. Los castellanos asimismo pasaron adelante en su busca. Diéronse vista como a la mitad del camino, en que los unos y los otros hicieron sus estancias y se fortificaron, los portugueses en lugar

 

 

 

 

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estrecho, que tenía por frente un buen llano, y a los lados sendas barrancas bien hondas que aseguraban los costados. Los de a caballo eran en número dos mil doscientos, los peones diez mil; los castellanos, como quier que tenían mucha más gente, asentaron a legua y media de un gran llano descubierto por todas partes. Su confianza era de suerte, que sin dilación la misma vigilia de la Asunción se adelantaron puestas en orden sus haces para presentar al enemigo la batalla. El rey de Castilla iba en el cuerpo de la batalla, los costados quedaron a cargo de algunos de los grandes que le acompañaban, los cuales al tiempo del menester y de las puñadas no fueron de provecho por la disposición del lugar. Don Gonzalo Núñez de Guzmán, maestre de Alcántara, quedó de respeto con golpe de gente y orden que por ciertos senderos tomase a los enemigos por las espaldas. Pretendían que ninguno pudiese escapar de muerto o de preso; grande confianza y desprecio del enemigo demasiado y perjudicial. Los portugueses se estuvieron en su puesto para pelear con ventaja; y por la estrechura de toda su gente formaron dos escuadrones. En la vanguardia iba por caudillo Nuño Álvarez Pereira, ya condestable de Portugal, nombrado por su rey en los mismos reales para obligarle más a hacer el deber; del otro escuadrón se encargó el mismo rey. Adelantáronse de ambas partes con muestra de querer cerrar, repararon empero los portugueses a tiro de piedra por no salir a lo raso. Entonces el nuevo Condestable pidió habla a los contrarios con muestra de mover tratos de paz. Sospechóse tenía otro en el corazón, que era entretener y cansar para aprovecharse mejor de los enemigos, porque si bien se enviaron personas principales para oirle y comunicar con él, ningún efecto se hizo más de gastar el tiempo en demandas y respuestas.

 

En este medio entre los capitanes y personajes de Castilla se consultaba si darían la batalla, si la dejarían para otro día. Los más avisados y recatados no querían acometer al enemigo en lugar tan desaventajado, sino salir a campo raso e igual. Los más mozos, con el orgullo que les daba la edad y la poca experiencia, no reparaban en dificultad alguna, todo lo tenían por llano, y aún pensaban que como con redes tenían cercados a los enemigos para que ninguno se salvase. Será bien no pasar en silencio el razonamiento muy cuerdo que hizo Juan de Ria, natural de Borgoña, el cual, como embajador que era del rey de Francia, viejo de setenta años, de grande prudencia y autoridad, seguía los

 

 

 

 

 

 

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reales y el campo de Castilla. Preguntado pues su parecer, habló en esta sustancia:

 

«Al huésped y extranjero, cual yo soy, mejor le está oír el parecer ajeno que hablar; mas por ser mandado diré lo que siento en este caso. Holgaría agradar y acertar, donde no, pido el perdón debido a la afición y amor que yo tengo a la nación castellana, y también a esta edad, que suele estar libre de altivez y sospecha de liviandad, que por haberla gastado en todas las guerras de Francia, me ha enseñado por experiencia que ningún yerro hay tan grave en la guerra como el que se comete en ordenar el ejército para la batalla. Porque saber elegir el tiempo y el lugar, disponer la gente por orden y concierto, y fortificarla con competente socorro, es oficio de grandes capitanes. Más victorias han ganado el ardid y maña que no las fuerzas. Nuestros enemigos, aunque menos en número y de ningún valor, como algunos antes de mí con muchas palabras han querido dar a entender, están bien pertrechados y se aventajan en el puesto; por la misma razón los cuernos de nuestro ejército serán de ningún provecho, ya es tarde y poco queda del día. Los soldados están cansados del camino, de estar tanto tiempo en pie, del peso de las armas, flacos, sin comer ni beber por estar los reales tan lejos. Por todo esto mi parecer es que no acometamos, sino que nos estemos quedos; si los enemigos nos acometieren, pelearemos en campo abierto; si no se atrevieren, venida la noche, los nuestros se repararán de comida, los contrarios, muchos de necesidad desampararán el campo por venir de rebato, sin mochila y sustento más de para el presente día. De noche no tendrán empacho de huir; de día temerán ser notados de cobardes. Yo aparejado estoy de no ser el postrero en el peligro, cualquier parecer que se tome; pero si no se pone freno a la osadía, Dios quiera que me engañe mi pensamiento, témome que ha de ser cierto nuestro llanto y perdición, y la afrenta tal, que para siempre no se borrará».

 

Al rey parecíale bien este consejo; más algunos señores mozos, orgullosos, sin sufrir dilación, antes de tocar al arma acometieron a los enemigos, y los embistieron con gran coraje y denuedo. Acudieron los demás por no los desamparar en el peligro. La batalla se trabó muy reñida, como en la que tanto iba. A los castellanos encendía el dolor y la injuria de haberles quitado el reino; a los portugueses hacía fuertes el deseo de la libertad y tener por más pesado que la muerte estar sujetos al rey de Castilla y a sus gobernadores. Los unos peleaban por quedar señores, los

 

 

 

 

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otros por no ser esclavos. Volaron primero los dardos y jaras, tras esto vinieron a las espadas, derramábase mucha sangre. Peleaban los de a caballo mezclados con los de a pie, sin que se mostrase nadie cobarde ni temeroso, defendían todos con esfuerzo el lugar que una vez tomaron, con resolución de matar o morir. El rey de Castilla por su poca salud en una silla en que le llevaban en hombros, a vista de todos animaba a los suyos. El primer batallón de los enemigos comenzó a mostrar flaqueza y ciaba; quería ponerse en huida, cuando visto el peligro, el de Portugal hizo adelantar el suyo diciendo a grandes voces entre los escuadrones:

 

«Aquí está el rey; ¿a dó vais, soldados? ¿Qué causa hay de temer? Por demás es huir, pues los enemigos os tienen tomadas las espaldas; esperanza de vida no la hay sino en la espada y valor. ¿Estáis olvidados que peleáis por el bien de vuestra patria, por la libertad, por vuestros hijos y mujeres? Vuestros enemigos sólo el nombre traen de Castilla, no el valor, que éste perdióse el año pasado con la peste. ¿No podréis resistir a los primeros ímpetus de los bisoños, que traen no armas, no fuerzas, sino despojos que dejaros? Poned delante los ojos el llanto, la afrenta y calamidades, que de necesidad vendrán sobre los vencidos, y mirad que no parezca me habéis querido dar la corona de rey para afrentarme, para burla y para escarnio».

 

Volvieron sobre sí los soldados, animados con tales razones; acudieron a sus banderas y a ponerse en orden, conque dentro de poco espacio se trocó la suerte de la batalla. Los capitanes de Castilla fueron muertos a vista de su propio rey sin volver atrás; la demás gente, como la que quedaba sin capitanes y sin gobierno, murieron en gran número. El rey, por no venir a manos de sus enemigos, subió de presto en un caballo y salióse de la batalla; tras él los demás se pusieron en huida. Fue grande la matanza, ca llegaron a diez mil los muertos, y entre ellos los que en valor y nobleza más se señalaban. Don Pedro de Aragón, hijo del condestable; don Juan, hijo de don Tello; don Fernando, hijo de don Sancho, ambos primos hermanos del rey; Diego Manrique, adelantado de Castilla; el mariscal Carrillo; Juan de Tovar, almirante del mar, que en lugar de su padre poco antes le habían dado aquel cargo, y dos hermanos de Nuño Pereira, Pedro Álvarez de Pereira, maestre de Calatrava, y don Diego, que siguieron el partido y bando de Castilla; ultra de estos Juan de Ria, el embajador del rey de Francia, indigno por cierto de tal desastre, y que causó grande lástima; hoy de sus descendientes y apellido en Borgoña

 

 

 

 

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viven muchos y muy nobles y ricos personajes. Muchos se salvaron ayudados de la oscuridad de la noche, que sobrevino y cerró poco después de la pelea. De éstos unos se recogieron al escuadrón del maestre de Alcántara, que, sin embargo de la rota, tuvo fuerte por un buen espacio. Otros se encaminaron a don Carlos, hijo del rey de Navarra, que entrara en son de guerra por otra parte de Portugal, por no poderse hallar ni allegar antes que se diese la batalla. Los más de la manera que pudieron sin armas y sin orden se huyeron a Castilla. No costó a los portugueses poca sangre la victoria; no falta quien escriba faltaron dos mil de los suyos. El rey de Castilla, sacadas fuerzas de flaqueza, sin tener cuenta con su poca salud, por la fuerza del miedo caminó toda la noche sin parar hasta Santarem, que dista por espacio de once leguas. De allí el día siguiente en una barca por el río Tajo se encaminó a su armada, que tenía sobre Lisboa, y en ella alzadas las velas se partió sin dilación. Llegó a Sevilla cubierto de luto y de tristeza, traje que continuó algunos años. Recibióle aquella ciudad con lágrimas mezcladas en contento, que si bien se dolían de aquel revés tan grande, holgaban de ver a su rey libre de aquel peligro.

 

Ésta fue aquella memorable batalla en que los portugueses triunfaron de las fuerzas de Castilla, que llamaron de Aljubarrota porque se dio cerca de aquella aldea, pequeña en vecindad, pero muy celebrada y conocida por esta causa. Los portugueses cada un año celebraban con fiesta particular la memoria de este día con mucha razón. El predicador desde el púlpito encarecía la afrenta y la cobardía de los castellanos; por el contrario, el valor y las proezas de su nación con palabras a las veces no muy decentes a aquel lugar. Acudía el pueblo con grande risa y aplauso, regocijo y fiesta más para teatro y plaza que para iglesia; exceso en que todavía merecen perdón por la libertad de la patria que ganaron y conservaron con aquella victoria. Los de Castilla se excusan comúnmente, y dicen que la causa de aquel desmán no fue el esfuerzo de los contrarios, no su valentía, sino el cansancio y hambre de los suyos por comenzar tan tarde la pelea; otros pretenden fue castigo de Dios, contra el cual no hay fuerzas bastantes, que tomó de los que despojaron el santuario muy devoto de Guadalupe; quieren decir que aquella sagrada Virgen volvió por esta manera por su casa.

 

Después de esta victoria todo Portugal se allanó al vencedor. Santarem y Berganza y otros muchos pueblos y fuerzas, cual por armas, cual de grado se rindieron; con que el nuevo rey entabló su juego de guisa, que el

 

 

 

 

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reino que adquirió con poco derecho, le dejó firme y estable a sus sucesores; tanto puede y vale una buena cabeza, y en el aprieto una buena determinación.

 

Estuvo a esta sazón muy doliente el rey de Aragón en Figueras. Su edad, que estaba adelante, y los trabajos continuos le traían quebrantado. Desde que convaleció se mostró torcido con su hijo el infante don Juan. El pueblo cargaba a la reina que tenía gran parte en estos desabrimientos, hasta persuadirse tenía hechizado y fuera de sí a su marido. El hijo, mal contento, se salió de la corte; llamó en su favor y del conde de Ampurias, despojado, gente de Francia, que fue nueva ofensa. El rey por esto le quitó la procuración y gobernación del reino que solían tener los hijos herederos de aquellos reyes. En Aragón, según que de suso queda dicho, de tiempo antiguo tienen un magistrado y juez, que llaman el justicia de Aragón, para defensa de sus libertades y fueros y para enfrenar el poder y desaguisados que hacen los reyes, a la manera que en Roma los tribunos del pueblo defendían y amparaban los particulares de cualquier demasía y insolencia. Hizo pues el infante recurso al Justicia para que le desagraviase de las injurias e injusticias que le hacían, el rey al descubierto, y de callada la reina. El justicia le amparó, como a despojado violentamente, en la posesión de aquel oficio y preeminencia hasta el conocimiento de la causa, debate que tuvo principio el año presente, y se concluyó el siguiente.

 

Volvamos a tratar lo que sucedió en Castilla y en Portugal después de aquella memorable y famosa jornada.

 

 

 

 

X. Que los portugueses hicieron entrada en

 

Castilla

 

Nueva causa de temor y de cuidado, sobre las pérdidas pasadas y el sentimiento muy grande, sobrevino al rey de Castilla y a los suyos; muestra de las alteraciones a que están sujetas todas las cosas debajo del cielo, y argumento de que las adversidades no paran en poco, de un mal se tropieza en otro sin poderse reparar. Los portugueses, como hombres denodados que son, resueltos de ejecutar la victoria y seguir su buena ventura, acordaron lo primero de enviar una solemne embajada a Inglaterra para hacer liga con el duque de Lancaster, pretensor antiguo de

 

 

 

 

 

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la corona de Castilla por vía de su mujer. Que las fuerzas de Castilla con dos pérdidas muy grandes y juntas, quedaban quebrantadas, los ánimos otro que tal, muy flacos y muy caídos. Que si juntaba sus fuerzas con las de Portugal podía tener por muy segura la victoria y por concluida la pretensión. Entre tanto que andaban estas tramas y se sazonaban, por no estar ociosos y no dar lugar a los contrarios de rehacerse y alentarse, acordaron otrosí de continuar la guerra; el nuevo rey de Portugal para sujetar lo que restaba, correr por todo el reino las reliquias y restante de los castellanos, como lo hizo muy cumplidamente. Su condestable Nuño Pereira con buen número de gente rompió por las tierras del Andalucía haciendo correrías, mal y daño, presas por todas partes. Salieron al encuentro Pero Múñiz, maestre de Santiago, y Gonzalo Núñez de Guzmán, que ya era maestre de Calatrava, y el conde de Niebla, y con lo que quedaba de la pérdida pasada encerraron a los enemigos, que traían menos gente, y los cercaron como con redes cerca de un lugar llamado Valverde. Ellos, visto su peligro, comenzaron a temer y pedir partido; mas también la fortuna aquí les favoreció por un caso no pensado, que al principio de la refriega mataron el caballo al maestre de Santiago y después a él mismo. Por tanto atemorizados los demás rehusaron la pelea como cosa desgraciada, y los portugueses se volvieron sin daño a su tierra, alegres y ricos con la presa que llevaban. Al condestable Nuño Pereira por sus buenos servicios le dio el nuevo rey el condado de Barcelos. En lugar de Pero Muñiz hizo el rey de Castilla maestre de Santiago a Garci Fernández de Villagarcía.

 

Restaba la guerra que amenazaba de parte de los ingleses, que ponía al rey de Castilla en mayor cuidado de cómo se defendería. Vínose de Sevilla a Valladolid para hacer Cortes. El deseo de venganza y reputación suele calmar en semejantes aprietos; acudió don Carlos, hijo del rey de Navarra, príncipe valeroso y agradecido para con su cuñado. Acordaron que se hiciesen de nuevo levas de gente en mayor número que hasta allí; que se armasen los vasallos conforme a la posibilidad de cada cual; que se hiciesen rogativas para aplacar a Dios en lugar del luto que traía el rey y le templó a suplicación de las Cortes; que dentro y fuera del reino procurasen ayudas y también dinero, de que padecían gran falta.

Para esto juzgaban que en Francia tendrían muy cierto el favor y amparo. Despacharon embajadores, personas muy nobles, sobre esta razón. Llegados al principio del año de 1386, en París delante del rey y sus

 

 

 

 

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grandes, con palabras lastimosas declararon el trabajo de su patria; que demás de los daños pasados, tales y tan grandes, de Inglaterra se les armaba de nuevo otra tempestad, la cual si a los principios no se atajaba, a manera de fuego que de una casa salta en otras, primero abrasada toda España, pasaría desde allí a Francia; que les pesaba mucho de estar reducidos a tal término, que fuesen competidos a serles tantas veces cargosos, sin merecerlo sus servicios; que confesaban ser ningunos o cortos por no dar lugar a ello los tiempos; que tenían en la memoria que don Enrique, su señor, adquirió aquel reino con las fuerzas de Francia; la merced hecha al padre era justo continuarla en su hijo y pensar que de esta guerra no dependía sola la reputación y autoridad, sino la libertad, la vida y todo su estado, de que sin duda, si fuesen vencidos, serían despojados. Los grandes de Francia que presentes se hallaron con su acostumbrada nobleza, todos muy de corazón y voluntad, consultados, respondieron que se debía dar el socorro que aquel rey, su aliado y amigo, pedía. En particular acordaron que fuese de dos mil caballos, y por capitán de ellos Luis de Borbón, tío del rey de Francia de parte de madre, y cien mil florines para las primeras pagas. Añadieron que si este socorro no bastase para la presente necesidad, prometían que el mismo rey en persona acudiría con todas las fuerzas y poderes de Francia y tomaría a su cargo la querella.

 

El pontífice Clemente eso mismo desde Aviñón escribió al rey don Juan en una carta en que le consolaba con razones y ejemplos tomados de los libros sagrados y de historias antiguas.

Don Pedro, conde de Trastámara, primo hermano del rey, que se pasara en tiempo de la guerra de Portugal del ejército real a Coimbra y de allí a Francia, volvió a esta sazón a España ya perdonado. Poca ayuda era toda esta por estar ya las fuerzas apuradas. La tardanza de los ingleses dio entonces la vida, con que la llaga se iba sanando. El rey de Portugal se armó de nuevo y puso cerco sobre Coria. No la pudo ganar a causa que le entró gente de socorro; sólo volvió a su reino cargado de despojos. En Segovia se tornaron a juntar Cortes de Castilla a propósito de dar orden en las derramas que convenían hacerse para recoger dinero. En estas Cortes publicó el rey un escrito en forma de ley, en que pretende animar y unir sus vasallos para tomar las armas en su defensa y deshacer la pretensión del duque de Lancaster. Entre otras razones que alega, una es la violencia de que usó el rey don Sancho el Bravo contra sus sobrinos los hijos del

 

 

 

 

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infante don Fernando; el deudo que él mismo tenía con su mujer, en que en su vida nunca fue dispensado; la ilegitimidad de las hijas del rey don Pedro, como habidas en su combleza durante el matrimonio de la reina doña Blanca; por el contrario, funda su derecho, en el consentimiento del pueblo, que dio la corona a su padre, y en la sucesión de los Cerdas, despojados a tuerto. La verdad era que la reina, su madre, fue nieta de don Fernando de la Cerda, hijo menor del infante don Fernando, y nieto del rey don Alonso el Sabio, y por muerte de otros deudos quedó sola por heredera de sus estados y acciones. No debió de hacer cuenta de don Alonso de la Cerda, hijo mayor del dicho Infante, ni de su sucesión por la renunciación que él mismo los años pasados hizo de sus derechos y acciones.

 

Aceptó el de Lancaster el partido que de Portugal le ofrecían, resuelto de aprovecharse de la ocasión que el tiempo le presentaba. Intentó pasar por Aragón; y el de Castilla, desde que lo supo, de impedirlo; sobre lo cual de entrambas partes se enviaron embajadores a aquel rey. Despedido pues de tener aquel paso, en una armada pasó de Inglaterra a España. Aportó a La Coruña a los 26 de julio. Entró en el puerto, en que halló y tomó seis galeras de Castilla; el pueblo no le pudo forzar a causa que el gobernador que allí estaba, por nombre Fernán Pérez de Andrada, natural de Galicia, le defendió con mucho valor y lealtad. Eran los ingleses mil quinientos caballos y otros tantos arqueros, ca los ingleses son muy diestros en flechar, poca gente, pero que pudiera hacer grande efecto si luego se juntaran con la de Portugal. Los días que en aquel cerco de La Coruña se entretuvieron fueron de gran momento para los contrarios, si bien ganaron algunos pueblos en Galicia. La misma ciudad de Santiago, cabeza de aquel estado y reino, se les rindió, si por temor no la forzasen, si por deseo de novedades, no se puede averiguar. Lo mismo hicieron algunas personas principales de aquella tierra que se arrimaron a los ingleses. Tenían por cierta la mudanza del príncipe y del estado, y para mejorar su partido acordaron adelantarse y ganar por la mano, traza que a unos sube y a otros abaja. El de Lancaster, a ruegos del portugués, pasó finalmente a Portugal. Echó anclas en la boca del río Duero. Tuvieron los dos habla en aquella ciudad de Oporto, en que trataron a la larga de todas sus haciendas. Venían en compañía del duque su mujer doña Costanza y su hija doña Catalina y otras dos hijas de su primer matrimonio, Filipa e Isabel. Acordaron para hacer la guerra contra Castilla de juntar en uno las fuerzas; que ganada la

 

 

 

 

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victoria, de que no dudaban, el reino de Castilla quedase por el inglés, que ya se intitulaba rey; para el portugués en recompensa de su trabajo señalaron ciertas ciudades y villas. Mostrábanse liberales de lo ajeno, y antes de la caza repartían los despojos de la res. Para mayor seguridad y firmeza de la alianza, concertaron que doña Filipa casase con el nuevo rey de Portugal, a tal que el pontífice Urbano dispensase en el voto de castidad, con que aquel príncipe se ligara como maestre de Avis a fuer de los caballeros de Calatrava.

 

Grande torbellino venía sobre Castilla, en gran riesgo se hallaba. Los santos sus patrones la ampararon, que fuerzas humanas ni consejo en aquella coyuntura no bastaran. Hallábase el rey de Castilla en Zamora ocupado en apercibirse para la defensa, acudía a todas partes con gente que le venía de Francia y de Castilla. Publicó un edicto en que daba las franquezas de hidalgos a los que a sus expensas con armas y caballo, sirviesen en aquella guerra por espacio de dos meses, notable aprieto. A don Juan García Manrique, arzobispo de Santiago, despachó con buen número de soldados para que fortaleciese a León, ca cuidaban que el primer golpe de los enemigos sería contra aquella ciudad por estar cerca de lo que los ingleses dejaron ganado. Todo sucedió mejor que pensaban. El aire de aquella comarca, no muy sano, y la destemplanza del tiempo, sujeto a enfermedades, fue ocasión que la tierra probase a los extraños, de guisa que de dolencias se consumió la tercera parte de los ingleses. Además que como salían sin orden y desbandados a buscar mantenimientos y forraje, los villanos y naturales cargaban sobre ellos y los destrozaban, que fue otra segunda peste no menos brava que las dolencias. Así se pasó aquel estío sin que se hiciese cosa alguna señalada, más de que entre los príncipes anduvieron embajadas. El inglés con un rey de armas envió o desafiar al rey de Castilla y requerirle le desembarazase la tierra y le dejase la corona que por toda razón le tocaba. El de Castilla despachó personas principales, uno era Juan Serrano, prior de Guadalupe (ya aquella santa casa era de jerónimos) para que en Orense, do el Duque estaba, le diesen a entender las razones en que su derecho estribaba. Hicieron ellos lo que les fue ordenado, La suma era que doña Costanza, su mujer, era tercera nieta del rey don Sancho, que se alzó a tuerto con el reino contra su padre don Alonso el Sabio. Por lo cual le echó su maldición como a hijo rebelde y le privó del reino, que restituyó a los Cerdas, cuya era la sucesión derechamente y de quien descendía el rey, su

 

 

 

 

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señor. Otras muchas razones pasaron. No se trató de doña María de Padilla ni de su casamiento, creo por huir la nota de bastardía que a entrambras las partes tocaba. Repiquetes de broquel para en público; que de secreto el Prior de parte de su rey movió otro partido más aventajado al duque, de casar su hija y de doña Costanza con el infante don Enrique, que por este camino se juntaban en uno los derechos de las partes; atajo para sin dificultad alcanzar todo lo que pretendían, que era dejar a su hija por reina de Castilla. No desagradó al inglés esta traza, que venía tan bien y tan a cuento a todos, si bien la respuesta en público fue que a menos de restituirle el reino, no dejaría las armas ni daría oído a ningún género de concierto; aún no estaban las cosas sazonadas.

 

 

 

 

XI. Cómo fallecieron tres reyes

 

En este estado se hallaban las cosas de Castilla, para caídas y tantos reveses tolerable. El ver que se entretenían, y los males no los atropellaban en un punto, de presente los consolaba, y la esperanza para adelante de mejorar su partido hacía que el enemigo ya no les causase tanto espanto.

 

A esta sazón en lugares asaz diferentes y distantes, casi a un mismo tiempo sucedieron tres muertes de reyes, todos príncipes de fama. En Hungría dieron la muerte a Carlos, rey de Nápoles, a los 4 de junio, con una partesana que le abrió la cabeza. El primer día de enero luego siguiente, principio del año 1387, falleció en Pamplona don Carlos, rey de Navarra, segundo de este nombre, bien es verdad que algunos señalan el año pasado; mas porque concuerdan en el día y señalan nombradamente que fue martes, será forzoso no los creamos. Su cuerpo sepultaron en la iglesia mayor de aquella ciudad. Cuatro días después pasó otrosí de esta vida en Barcelona el rey de Aragón don Pedro, cuarto de este nombre; su edad de setenta y cinco años; de ellos reinó por espacio de cincuenta y un años menos diecinueve días. Era pequeño de cuerpo, no muy sano, su ánimo muy vivo, amigo de honra y de representar en todas sus cosas grandeza y majestad, tanto, que le llamaron el rey den Pedro el Ceremonioso. Mantuvo guerra a grandes príncipes sin socorro de extraños solo con su valor y buena maña; en llevar las pérdidas y reveses daba clara muestra de su grande ánimo y valor. Estimó las letras y los letrados;

 

 

 

 

 

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aficionóse más particularmente a la astrología y a la alquimia, que enseña la una a adivinar lo venidero, la otra mudar por arte los metales, si las debemos llamar ciencias y artes, y no más aina embustes de hombres ociosos y vanos. Sepultáronle en Barcelona de presente; de allí le trasladaron a Poblet, según que lo dejó mandado en su testamento.

 

Al rey de Nápoles acarreó la muerte el deseo de ensanchar y acrecentar su estado. Los principales de Hungría por muerte de Luis, su rey, le convidaron con aquella corona como el deudo más cercano del difunto. Acudió a su llamado. La reina viuda le hospedó en Buda magníficamente. Las caricias fueron falsas, porque en un banquete que le tenía aparejado le hizo alevosamente matar; tanto pudo en la madre el dolor de verse privada de su marido, y a su hija María excluida de la herencia de su padre. De su mujer Margarita, cuya hermana Juana casó con el infante de Navarra don Luis, según que de suso queda apuntado, dejó dos hijos, a Ladislao y a Juana, reyes de Nápoles, uno en pos de otro, de que resultaron en Italia guerras y males; el hijo era de poca edad, la hija mujer y de poca traza.

 

El de Navarra de días atrás estaba doliente de lepra. Corrió la fama que murió abrasado; usaba por consejo de médicos de baños y fomentaciones de piedra azufre; cayó acaso una centella en los lienzos con que le envolvían; emprendióse fuego, con que en un punto se quemaron las cortinas del lecho y todo lo al. Diose comúnmente crédito a lo que se decía en esta parte, por su vida poco concertada, que fue cruel, avaro y suelto en demasía en los apetitos de su sensualidad. Su hija menor, por nombre daña Juana, ya el septiembre pasado era ida por mar a verse con su esposo Juan de Monforte, duque de Bretaña. Tuvo esta señora noble generación, cuatro hijos, sus nombres Juan, Arturo, Guillelmo, Ricardo, y tres hijas. Sucedió en la corona de Navarra el hijo del difunto, que se llamó asimismo don Carlos, casado con hermana del rey de Castilla y amigo suyo muy grande. Con la nueva de la muerte de su padre, de Castilla se partió a la hora para Navarra, y hechas las exequias al difunto y tomada la corona, hizo que en las Cortes del reino declarasen al papa Clemente por verdadero pontífice, que hasta entonces, a ejemplo de Aragón, se estaban neutrales sin arrimarse a ninguna de las partes. Los maliciosos, como es ordinario en todas las cosas nuevas, y el vulgo que no perdona nada ni a nadie, sospechaban y aún decían que en esta declaración se tuvo más cuenta con la voluntad de los reyes de Francia y de Castilla que con la equidad y razón. El rey de Castilla asimismo en gracia del nuevo rey y por obligarle

 

 

 

 

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más, quitó las guarniciones que tenía de castellanos en algunas fortalezas y plazas de Navarra en virtud de los acuerdos pasados; y para que la gracia fuese más colmada, le hizo suelta de gran cuantía de moneda que su padre le debía; obras de verdadera amistad. Con que alentado el nuevo rey, volvió su ánimo a recobrar de los reyes de Inglaterra y de Francia muchas plazas que en Normandía y en otras partes quitaron a tuerto a su padre. Acordó enviar al uno y al otro embajadas sobre el caso. Podíase esperar cualquier buen suceso por ser ellos tales, que a porfía se pretendían señalar en todo género de cortesía y humanidad; contienda entre príncipes la más honrosa y real. Además que la nobleza del nuevo rey, su liberalidad, su muy suave condición, junto con las demás partes en que a ninguno reconocía ventaja, prendaban los corazones de todo el mundo; en que se mostraba bien diferente de su padre. El sobrenombre que le dieron de Noble es de esto prueba bastante. En doña Leonor, su mujer, tuvo las infantas Juana, María, Blanca, Beatriz, Isabel. Los infantes Carlos y Luis fallecieron de pequeña edad. Don Jofre, habido fuera de matrimonio, adelante fue mariscal y marqués de Cortes, primera cepa de aquella casa. Otra hija, por nombre doña Juana, casó con Íñigo de Zúñiga, caballero de alto linaje.

 

En Aragón el infante don Juan se coronó asimismo después de la muerte de su padre; fue príncipe benigno de su condición y manso, si no le atizaban con algún desacato. No se halló al entierro ni a las honras de su padre, por estar a la sazón doliente en la su ciudad de Gerona de una enfermedad que le llegó muy al cabo. Por lo mismo no pudo atender al gobierno del reino, que estaba asaz alborotado por la prisión que hicieron en las personas de la reina viuda doña Sibila y de Bernardo de Forcia, su hermano, y de otros hombres principales, que todos por miedo del nuevo rey se pretendían ausentar. A la reina cargaban de ciertos bebedizos, que atestiguaba dio al rey su marido un judío, testigo poco calificado para caso y contra persona tan grave. Pusieron a cuestión de tormento a los que tenían por culpados, y como a convencidos los justiciaron. A la reina y a su hermano condenaron otrosí a tortura; más no se ejecutó tan grande inhumanidad, sólo la despojaron de su estado, que le tenía grande, y para sustentar la vida le señalaron cierta cuantía de moneda cada un año. Luego que el nuevo rey se coronó y entró en el gobierno, la primera cosa que trató fue del cisma de los pontífices. Así lo dejó su padre en su testamento mandado so pena de su maldición, si en esto no le obedeciese. Hubo su

 

 

 

 

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acuerdo con los prelados y caballeros que juntos se hallaban en Barcelona. Los pareceres fueron diferentes y la cuestión muy reñida. Finalmente, se concertaron en declararse por el papa Clemente, como lo hicieron a los 4 de febrero con aplauso general de todos. Con esto casi toda España quedaba por él, en que su partido y obediencia se mejoró grandemente. Para todo fue gran parte la mucha autoridad y diligencia de don Pedro de Luna, cardenal de Aragón y legado de Clemente en España, que para salir con su intento no dejó piedra que no moviese. Don Juan, conde de Ampurias, era vuelto a Barcelona; asegurábale la estrecha amistad que tuvo con aquel rey en vida de su padre, la fortuna que corrió por su causa. Suelen los reyes poner en olvido grandes servicios por pequeños disgustos, y recompensar la deuda, en especial si es muy grande, con suma ingratitud. Echáronle mano y pusiéronle en prisión; el cargo que le hacían y lo que le achacaban era que intentó valerse contra Aragón para recobrar su estado de las fuerzas de Francia, grave culpa, si ellos mismos a cometerla no le forzaran.

 

Los alborotos de Cerdeña ponían en mayor cuidado; consultaron en qué forma los podrían sosegar; ofrecíase buena ocasión por estar los sardos cansados de guerras tan largas y que deseaban y suplicaban al rey pusiese fin a tantos trabajos. Acordó el rey de enviar por gobernador de aquella isla a don Ximen Pérez de Arenos, su camarero. Llegado, se concertó con doña Leonor Arborea en su nombre y de su hijo Mariano, que tenía de su marido Brancaleón Doria, en esta forma: que el juzgado de Arborea les quedase para siempre por juro de heredad; para los demás pueblos a que pretendían derecho se nombrasen jueces a contento de las partes, con seguridad que estarían por lo sentenciado; los pueblos y fortalezas de que durante la guerra se apoderaron por fuerza y en que tenían guarniciones, los restituyesen al patrimonio real y a su señorío. Firmaron las partes estas capitulaciones, con que por entonces se dejaron las armas y se puso fin a una guerra tan pesada.

 

 

 

 

XII. De la paz que se hizo con los ingleses

 

Las pláticas de la paz entre Castilla e Inglaterra iban adelante, y sin embargo se continuaba la guerra con la misma porfía que antes.

 

 

 

 

 

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Seiscientos ingleses a caballo y otros tantos flecheros, que los demás de peste y de mal pasar eran muertos, se pusieron sobre Benavente. Los portugueses eran dos mil de a caballo y seis mil de a pie. El gobernador que dentro estaba, por nombre Álvaro Osorio, defendió muy bien aquella villa, y aún en cierta escaramuza que trabó mató gente de los contrarios. El rey de Castilla, avisado por la pérdida pasada, no se quería arriscar, antes por todas las vías posibles excusaba devenir a batalla. El cerco con esto se continuaba, en que algunos pueblos de aquella comarca vinieron a poder de los enemigos. El provecho no era tanto cuanto el daño que hacía la peste en los extraños y la hambre que padecían a causa que los naturales, parte alzaron, parte quemaron las vituallas, vista la tempestad que se armaba. Por esto, pasados dos meses en el cerco sin hacer efecto de mucha consideración, juntos portugueses e ingleses, por la parte de Ciudad Rodrigo, se retiraron a Portugal. Los soldados aflojaban enfadados con la tardanza y cansados con los males; olían otrosí que entre los príncipes se trataba de hacer paces, que les era ocasión muy grande para descuidar. Los más deseaban dar vuelta a su tierra, como es cosa natural, en especial cuando el fruto no responde a las esperanzas. Apretábase el tratado de la paz, que estas ocasiones todas la facilitaban más. Así el rey de Castilla, por tener el negocio por acabado, despidió los socorros que le venían de Francia, y todavía, si bien llegaron tarde y fueron de poco provecho, les hizo enteramente sus pagas, parte en dinero de contado, que se recogió del reino con mucho trabajo, parte en cédulas de cambio.

 

Despachó otrosí sus embajadores al inglés con poderes bastantes para concluir. Hallábase el duque en Troncoso, villa de Portugal. Allí recibió cortesmente los embajadores, y les dio apacible respuesta. A la verdad a todos venía bien el concierto; a los soldados dar fin a aquella guerra desgraciada para volverse a sus casas, al duque porque por medio de aquel casamiento que se trataba hacía a su hija reina de Castilla, que era el paradero del debate y todo lo que podía desear. Asentaron pues lo primero que aquel matrimonio se efectuase; señalaron a la novia por dote a Soria, Atienza, Almazán y Molina. A la duquesa, su madre, dieron en el reino de Toledo a Guadalajara, y en Castilla a Medina del Campo y Olmedo. Al duque quedaron de contar a ciertos plazos seiscientos mil florines por una vez, y por toda la vida suya y de la duquesa doña Costanza cuarenta mil florines cada un año. Esta es la suma de las capitulaciones y del asiento que tomaron.

 

 

 

 

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Sintiólo el rey de Portugal a par de muerte, ca no se tenía por seguro si no quitaba la corona a su competidor; bufaba de coraje y de pesar. Por el contrario, el de Lancaster se tenía por agraviado de él, y se quejaba que antes de venir la dispensación hubiese consumado el matrimonio con su hija. Por esto, y para con más libertad concluir y proceder a la ejecución de lo concertado, de la ciudad de Oporto se partió por mar para Bayona la de Francia, mal enojado con su yerno. A la hora los pueblos de Galicia que se tenían por los ingleses con aquella partida tan arrebatada volvieron al señorío de su rey. Los caballeros otrosí que se arrimaron a ellos, alcanzado perdón de su falta, se redujeron prestos de obedecer en lo que les fuese mandado. Sosegaron con esto los ánimos del reino; los miedos de unos, las esperanzas de otros se allanaron, trazas mal encaminadas sin cuento, finalmente, una avenida de grandes males. Hallábase el rey de Castilla para acudir a las ocurrencias de la guerra lo más ordinario en Salamanca y Toro. Despachó de nuevo embajadores a Bayona para concluir últimamente, firmar y jurar las escrituras del concierto. La mayor dificultad era la del dinero para hacer pagado al de Lancaster y cumplir con él. La suma era grande, y el reino se hallaba muy gastado con los gastos de guerra tan larga y desgraciada, y con las derramas que forzosamente se hicieron.

 

Para acudir a esto se juntaron Cortes en Briviesca por principio del año de 1388. Mostróse el rey muy humano para granjear a sus vasallos y para que le acudiesen en aquel aprieto. Otorgó con ellos en todo lo que le suplicaron, en particular que la audiencia o chancillería se mudase, los seis meses del verano residiese en Castilla, los otros seis meses en el reino de Toledo, que no sé yo si finalmente se pudo ejecutar. Acordaron para llegar el dinero de repartir la cantidad por haciendas, imposición grave, de que no eximían a los hidalgos ni aún a los eclesiásticos; no parecía contra razón que al peligro común todos sin excepción ayudasen. Los señores y gente más granada llevaban esto muy mal, ca temían de este principio no les atropellasen sus franquezas y libertades; que aprietos y necesidades nunca faltan, y la presente siempre parece la mayor. Al fin se dejó este camino, que era de tanta ofensión y se siguieron otras trazas más suaves y blandas.

 

Despedidas las Cortes, se vieron los reyes de Castilla y Navarra primero en Calahorra, y después en Navarrete; trataron de sus haciendas y renovaron su amistad. Acompañó a su marido la reina doña Leonor, y con

 

 

 

 

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su beneplácito se quedó en Castilla para probar si con los aires naturales, remedio muy eficaz, podía mejorar de una dolencia larga y que mucho la aquejaba. A la verdad ella estaba descontenta, y buscaba color para apartar aquel matrimonio, según que se vio adelante. Partido el rey de Navarra, y firmados los conciertos, el rey de Castilla señaló la ciudad de Palencia, por ser de campaña abundante y porque en Burgos y toda aquella comarca todavía picaba la peste, para tener Cortes y celebrar los desposorios de su hijo. Trajeron a la doncella caballeros y señores que envió el rey hasta la raya del reino para acompañarla. Celebráronse los desposorios con real magnificencia. Las edades eran desiguales; don Enrique de diez años, su esposa doña Catalina de diecinueve, cosa de ordinario sujeta a inconvenientes y daños. Los hijos herederos de los reyes de Inglaterra se llaman príncipes de Gales. A imitación de esto quiso el rey que sus hijos se llamasen príncipes de las Asturias, demás que les adjudicó el señorío de Baeza y de Andújar, costumbre que se continuó adelante que los hijos herederos de Castilla se intitulen príncipes de las Asturias, y así los llamará la historia. En las Cortes lo principal que se trató fue de juntar el dinero para las pagas del duque de Lancaster. Diose traza que se repartiese un empréstido entre las familias que antes eran pecheras, sin tocar a los hidalgos, doncellas, viudas y personas eclesiásticas. En recompensa otorgó el rey muchas cosas, en particular que a los que sirvieron en la guerra de Portugal, como queda dicho arriba, los mantuviesen en sus hidalguías. Administrábanse los cambios en nombre del rey; suplicóle el reino que para recoger el dinero que pedía, lo encomendase a las ciudades.

 

Hecho el asiento y las paces, la duquesa doña Costanza, hija del rey don Pedro, dejado el apellido de reina, con licencia del rey y para verse con él, por el mes de agosto pasó por Vizcaya y vino a Medina del Campo. Allí fue muy bien recibida y festejada, como la razón lo pedía. Para más honrarla, demás de lo concertado le dio el rey por su vida la ciudad de Huete, dádiva grande y real, mas pequeña recompensa del reino, que a su parecer le quitaban. Presentáronse asimismo, aunque en ausencia, magníficamente el rey y el duque; en particular el duque envió al rey una corona de oro de obra muy prima con palabras muy corteses; que pues le cedía el reino se sirviese también de aquella corona que para su cabeza labrara. Partiéronse después de esto, la duquesa para Guadalajara, cuya posesión tomó por principio del año de 1389; el rey se quedó en Madrid. Allí vinieron nuevos embajadores de parte del duque de Lancaster para

 

 

 

 

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rogarle se viesen a la raya de Guyena y de Vizcaya. No era razón tan al principio de la amistad negarle lo que pedía. Vino en ello, y con este intento partió para allá. En el camino adoleció en Burgos, con que se pasó el tiempo de las vistas y a él la voluntad de tenerlas. Todavía llegó hasta Vitoria, de donde despidió a la duquesa doña Costanza para que se volviese a su marido. En su compañía para más honrarla envió a Pero López de Ayala y al obispo de Osma, y a su confesor fray Hernando de Illescas, de la orden de San Francisco, con orden de excusarle con el duque de la habla por su poca salud y por los montes que caían en el camino cubiertos de nieve y ásperos. La puridad era que el rey temía verse con el duque, por tener entendido le pretendía apartar de la amistad de Francia; temía descompadrar con el duque si no concedía con él; por otra parte, se le hacía muy cuesta arriba romper con Francia, de quien él y su padre tenían todo su ser. Los beneficios eran tales y tan frescos, que no se dejaban olvidar.

 

No le engañaba su pensamiento, antes el duque, perdida la esperanza de verse con el rey, comunicó sobre este punto con los embajadores. La respuesta fue que no traían de su rey comisión de asentar cosa alguna de nuevo, que le darían cuenta para que hiciese lo que bien le estuviese. Con tanto se volvieron a Vitoria, sin querer aún venir en que los ingleses pudiesen como las demás naciones visitar la iglesia del apóstol Santiago. Esto pareciera grande estrañeza, si no temieran por lo que antes pasara no alterasen la tierra con su venida ellos y sus aficionados, que siempre quedan de revueltas semejantes, por la memoria del rey don Pedro, y por el tiempo que los ingleses poseyeron aquella comarca.

Por este tiempo a los 13 de marzo en Zaragoza, al abrir las zanjas de cierta parte que pretendían levantar en el templo de Santa Engracia, muy famoso y de mucha devoción en aquella ciudad, acaso hallaron debajo de tierra dos lucillos muy antiguos con sus letras, el uno de santa Engracia, el otro de san Lupercio. Alegróse mucho la ciudad con tan precioso tesoro y haber descubierto los santos cuerpos de sus patrones, prenda muy segura del amparo que por su intercesión esperaban del cielo alcanzar. Hiciéronse fiestas y procesiones con toda solemnidad para honrar los santos, y en ellos y por ellos a Dios, autor y fuente de toda santidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIII. La muerte del rey don Juan

 

Las vistas del rey de Castilla y duque de Lancaster se dejaron; juntamente en Francia se asentaron treguas entre franceses e ingleses por término de tres años. Pretendían estas naciones, cansadas de las guerras que tenían entre sí, con mejor acuerdo después de tan largos tiempos de consuno volver sus fuerzas a la guerra sagrada contra los infieles. Juntáronse pues y desde Génova pasaron en Berbería; surgieron a la ribera de Afrodisio, ciudad que vulgarmente se llamó África, pusiéronla cerco y batiéronla; el fruto y suceso no fue conforme al aparato que hicieron ni a las esperanzas que llevaban.

 

España no acababa de sosegar; en la confederación que se hizo con los ingleses se puso una cláusula, como es ordinario, que en aquellas paces y concierto entrasen los aliados de cualquiera de las partes. Juntáronse Cortes de Castilla en Segovia. Acordaron, entre otras cosas, se despachasen embajadores a Portugal para saber de aquel rey lo que en esto pensaba hacer. La prosperidad, si es grande, saca de seso aún a los muy sabios, y les hace olvidar de la inestabilidad que las cosas tienen. Estaba resuelto de continuar la guerra y romper de nuevo por las fronteras de Galicia. Sólo por la mucha diligencia de fray Hernando de Illescas, uno de los embajadores, persona en aquella era grave y de traza, se pudo alcanzar que se asentasen treguas por espacio de seis meses.

 

Falleció a esta sazón en Roma a los 15 de octubre el papa Urbano VI. En su lugar dentro de pocos días los cardenales de aquella obediencia eligieron al cardenal Pedro Tomacello, natural de Nápoles; llamóse Bonifacio IX. El portugués, luego que expiró el tiempo de las treguas, con sus gentes se puso sobre Tuy, ciudad de Galicia, puesta sobre el mar a los confines de Portugal. Apretaba el cerco y talaba y robaba la comarca sin perdonar a cosa alguna. El rey de Castilla, hostigado por las pérdidas pasadas, no quería venir a las manos ni aventurarse en el trance de una batalla con gente que las victorias pasadas la hacían orgullosa y brava. Acordó empero enviar con golpe de gente a don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, y a Martín Yáñez, maestre de Alcántara, ambos portugueses, para meter socorro a los cercados. Llegaron tarde, en sazón que hallaron la ciudad perdida y en poder del enemigo. Todavía su ida no fue en vano, ca movieron tratos de concierto, y finalmente por su medio se asentaron

 

 

 

 

 

 

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treguas de seis años con restitución de la ciudad de Tuy y de otros pueblos que durante la guerra de la una y de la otra parte se tomaron.

 

El año que se contó de nuestra salvación de 1390 fue muy notable para Castilla por las Cortes que en él se juntaron de aquel reino en la ciudad de Guadalajara, las muchas cosas y muy importantes que en ellas se ventilaron y removieron. Lo primero, el rey acometió a renunciar el reino en el príncipe, su hijo; decía que, hecho esto, los portugueses vendrían fácilmente en recibir por sus reyes a él y a la reina doña Beatriz, su mujer. Sueñan los hombres lo que desean; reservaba para sí las tercias de las iglesias que le concediera el papa Clemente, a imitación de su competidor Urbano que hizo lo mismo con el inglés. Cada cual con semejantes gracias pugnaba de granjear las voluntades de los príncipes de su obediencia. Reservábase otrosí a Sevilla, Córdoba, Jaén, Murcia y Vizcaya. No vinieron en esto los grandes ni las Cortes. Decían que se introducía un ejemplo muy perjudicial, que era dejar el gobierno el que tenía edad y prudencia bastante, y cargar el peso a un niño, incapaz de cuidados; que de los portugueses no se debía esperar harían virtud de grado si su daño no los forzaba; que los tiempos se mudan, y si una vez ganaron, otra perderían, pues la guerra lo llevaba así.

 

En segundo lugar se trató de los que faltaron a su rey y se arrimaron durante la guerra al partido de Portugal; acordaron se diese perdón general; confiaban que los revoltosos con sus buenos servicios recompensarían la pasada deslealtad, además que la culpa tocaba a muchos. Soló quedó exceptuado de esta gracia el conde de Gijón y en las prisiones que antes le tenían. Su culpa era muy calificada y de muchas recaídas; el rey mal enojado, y aún si el ejemplo del rey don Pedro no le enfrenara, que se perdió por semejantes rigores, se entiende acabara con él, que perro muerto no ladra. Demás de esto, se acordó que el reino sirviese al rey con una suma bastante para el sustento y paga de la gente ordinaria de guerra, porque, acabadas las guerras, se derramaban por los pueblos, comían a discreción, robaban y rescataban a los pobres labradores; estado miserable. Para que esto se ejecutase mejor reformaron el número de los soldados, en guisa que restasen cuatro mil hombres de armas, mil quinientos jinetes, mil arqueros, con la gente necesaria para su servicio. Que esta gente estuviese presta para la defensa del reino y se sustentasen de su sueldo, sin vagar ni salir de sus guarniciones ni de las ciudades que les señalasen. De esta manera se puso remedio a la soltura de los soldados,

 

 

 

 

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y para aliviar los gastos bajaron el sueldo, que recompensaron con privilegios y libertades que les dieron. Quitaron la licencia a los naturales de ganar sueldo de ningún príncipe extraño; ley saludable, y que los reyes adelante con todo rigor ejecutaron.

 

Acostumbraban los papas a proveer en los beneficios y prebendas de España a hombres extranjeros, de que resultaban dos inconvenientes notables, que se faltaba al servicio de las iglesias y al culto divino por la ausencia de los prebendados, y que los naturales menospreciasen el estudio de las letras, cuyos premios no esperaban; queja muy ordinaria por estos tiempos, y que diversas veces se propuso en las Cortes y se trató del remedio. Acordáronse suplicase al papa Clemente proveyese en una cosa tan puesta en razón y que todo el reino deseaba. Los señores asimismo de Castilla, infanzones, hijosdalgo, con las revueltas de los tiempos estaban apoderados de las iglesias con voz de patronazgo. Quitaban y ponían en los beneficios a su voluntad clérigos mercenarios, a quien señalaban una pequeña cota de la renta de los diezmos, y ellos se llevaban lo demás. Los obispos de Burgos y Calahorra, por tocarles más este daño, intentaron de remediarle con la autoridad de las Cortes y el brazo real. El rey venía bien en ello; pero, vista la resistencia que los interesados hacían, no se atrevió a romper ni desabrir de nuevo a los señores, que poco antes llevaron muy mal otro decreto que hizo, en que a todos los vasallos de señorío dio libertad para hacer recurso por vía de apelacion a los tribunales y a los jueces reales; además que se valían de la inmemorial en esta parte, de los servicios de sus antepasados, de las bulas ganadas de los pontífices antes del concilio lateranense, en que se estableció que ningún seglar pudiese gozar de los diezmos eclesiásticos ni disfrutar las iglesias, aunque fuese con licencia del sumo pontífice, decreto notable.

 

Las mercedes del rey don Enrique fueron muchas y grandes en demasía. Advertido del daño, las cercenó en su testamento en cierta forma, según que de suso queda declarado. Los señores propusieron en estas Cortes que aquella cláusula se revocase, por razones que para ello alegaban. El rey a esta demanda respondió que holgaba, y quería que las mercedes de su padre saliesen ciertas; buenas palabras; otro tenía en el corazón y las obras lo mostraron.

A un mismo tiempo llegaron a aquella ciudad embajadores de los reyes de Navarra y de Granada. Ramiro de Arellano y Martín de Aivar pidieron en nombre del navarro que, pues la reina doña Leonor, su señora, se quedó

 

 

 

 

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en Castilla para convalecer con los aires naturales, ya que tenía salud, a Dios gracias, volviese a hacer vida con su marido, que no era razón en aquella edad en que podían tener sucesión estar apartados, en especial que era necesario coronarse, ceremonia y solemnidad que por la ausencia de la reina se dilatara hasta entonces. Al rey pareció justa esta demanda. Habló con su hermana en esta razón; que el rey, su marido, pedía justicia, por ende que sin dilación aprestase la partida. Excusóse la reina con el odio que decía le tenía aquella gente; que no podía asegurar la vida entre los que intentaron el tiempo pasado matarla con hierbas por medio de un médico judío. Al rey pareció cosa fuerte y recia forzar la voluntad de su hermana; vino empero a instancia de los embajadores en que, pues no tenían hijo varón, la infanta doña Juana, que era la mayor de las hijas y su madre la dejara en Roa, la restituyese a su padre.

 

Con esto el de Navarra, despedido de recobrar su mujer por entonces, acordó coronarse en la iglesia mayor de Pamplona. La ceremonia se hizo a los 13 de febrero con toda representación de majestad. Ungiéronle a fuero de Navarra; levantáronle en hombros en un pavés, y todos los circunstantes en alta voz le saludaron por rey. Hizo la ceremonia Pedro Martínez de Salva, obispo de aquella ciudad. Halláronse presentes el cardenal don Pedro de Luna, legado por el papa Clemente, y otros caballeros principales.

De parte del rey moro vino a Castilla por embajador el gobernador de Málaga. Pretendía que antes que expirase el tiempo de las treguas puestas entre Castilla y Granada se prologasen. Negoció bien, porque presentó largamente caballos, jaeces, paños de mucho precio y otros adobos semejantes. Lo que hubo particular en estas treguas fue que las firmaron los reyes y sus hijos herederos de los estados.

 

Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, a sus expensas edificaba sobre el río Tajo una hermosa puente, que hasta hoy día se llama la puente del arzobispo. Junto a la obra estaban unas pocas casas, por mejor decir chozas, a manera de alquería. Agradóse el rey de la obra, que era muy importante y de la disposición apacible de la tierra cuando pasó a Sevilla para hacer guerra a Portugal. Con esta ocasión hizo el arzobispo instancia que diese franqueza a todos los que viniesen allí a poblar. Otorgó el rey con su demanda, y quiso que el pueblo se llamase Villafranca y que gozase de la misma franqueza Alcolea, en cuyo territorio se edificaba la puente.

 

 

 

 

 

 

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Expidióse el privilegio, que está en los archivos de la iglesia de Toledo, en Guadalajara a los 14 de marzo.

 

A su hijo menor el infante don Fernando, demás del estado de Lara que ya tenía, adjudicó de nuevo la villa de Peñafiel con título de duque. Pusiéronle en señal del nuevo estado en la cabeza una corona rasa sin flores, a diferencia de la real, si bien en esta era, no sólo los duques, pero los marqueses y condes graban en sus escudos y ponen por timbre o cimera coronas que se rematan en sus flores como la de los reyes. El escudo de armas que le señalaron fue mezclado de las de Castilla y de Aragón, a propósito que se diferenciasen de las del príncipe y por que traía su descendencia de aquellas dos casas. Las Cortes de Guadalajara, que fueron tan célebres por las muchas cosas que en ellas se trataron, se despidieron entrado bien el verano.

 

Por el mes de junio se acabaron de asentar las treguas con Portugal por término de seis años. Crecían los portugueses cada día en fuerzas y reputación, no sin gran recelo de los de Castilla. Manteníanse en la obediencia de los papas de Roma en que muy recio se tenían. Así, Bonifacio IX, que, como se dijo, al fin del año pasado fue puesto en lugar de Urbano, erigió la ciudad de Lisboa en metropolitana arzobispal. Señalóle por sufragáneo sólo al obispo de Coimbra; mas en nuestros tiempos el papa Paulo III le añadió el obispado de Portalegre, que él mismo erigió de nuevo en aquel reino.

La ciudad de Segovia está puesta en los montes con que parten término Castilla la Vieja y la Nueva. Su mucha vecindad por la mayor parte se sustenta del trato de la lana y artificio de ropa muy fina que en ella se labra. El invierno es riguroso como de montaña, el estío templado por causa de las muchas nieves con que los montes que la rodean están cubiertos todo el año. Acordó el rey por esta razón, de Guadalajara irse a aquella ciudad para pasar en ella los calores, y de camino quería ver el monasterio del Paular, que a su costa en Rascafría, no lejos de aquella ciudad, se levantaba; el más rico, vistoso y devoto que los cartujos tienen en España. Consignó asimismo a los monjes benitos en Valladolid el alcázar viejo para que le devolviesen y mudasen en un monasterio de su orden, en que en nuestro tiempo reside el general de los benitos y en él juntan sus capítulos generales. Demás de esto, los años pasados el devotísimo templo de Guadalupe, en que el rey don Alonso, su abuelo, puso sacerdotes seglares, entregó a la orden de San Jerónimo, acuerdo

 

 

 

 

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muy acertado. Estas tres insignes memorias hay en España de la piedad de este rey, demás de algunas leyes que estableció muy religiosas, en particular con acuerdo de las Cortes de Briviesca, tres años antes de éste mandó que no sacasen las cruces en los recibimientos de los reyes, ni figurasen la cruz en tapices o otras partes que se pisasen.

 

Pasado el estío, envió al príncipe y princesa a Talavera, para que en aquel pueblo tuviesen el invierno por la templanza del aire y la campiña asaz apacible. Él se encaminó a Alcalá con intento de pasar al Andalucía para reprimir los insultos y males que por la revuelta de los tiempos más allí que en otras partes se desmandaban. Las leyes tenían poca fuerza, y menos los jueces para las ejecutar; el favor, el dinero y la fuerza prevalecían contra la razón y verdad.

Llegaron a Alcalá cincuenta soldados jinetes que llamaban farfanes, cristianos de profesión, pero que tiraban sueldo del rey de Marruecos, y así venían muy ejercitados en la manera de la milicia africana, como es ordinario que a los soldados se pegan las costumbres de los lugares en que mucho tiempo residen. Señálanse los de África en la destreza de volver y revolver los caballos con toda gentileza, en saltar en ellos, en correrlos, en apearse y jugar de las lanzas. Quiso el rey un domingo, después de misa, que fue a los 9 de octubre, ver lo que hacían aquellos soldados. Salió al campo por la puerta de Burgos, que está junto a palacio, acompañado de sus grandes y cortesanos. Iba en un caballo muy hermoso y lozano. Antojósele de correr una carrera. Arrimóle las espuelas, corrió por un barbecho y labrada, tropezó el caballo en los surcos por su desigualdad, y cayó con tanta furia, que quebrantó al rey, que no era muy recio ni muy sano, de guisa que a la hora rindió el alma; caso lastimoso y desastre no pensado.

 

No hay bienandanza que dure, ni alegría que presto no se mude en contrario. ¿Qué le prestó su poder, sus haberes? ¿Sus cortesanos, qué le prestaron para que en la flor de su edad, que no pasaba de treinta y tres años, no le arrebatase la muerte desgraciada y fuera de sazón? Reinó once años, tres meses y veinte días. A propósito de despertar a los nobles y cortesanos con el cebo de la honra a emprender grandes hazañas y señalarse en valor, a imitación del rey don Alfonso, su abuelo, inventó en lo postrero de sus días en Segovia, y publicó día de Santiago, cierta compañía y hermandad que trajese por divisa de un collar de oro una paloma colgada a manera de pinjante. Ordenó sus leyes, con que los que

 

 

 

 

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entrasen en esta caballería se gobernasen, todas enderezadas a despertar el valor de sus vasallos. La muerte tan temprana le atajó para que esta su traza y otras no pasasen adelante.

 

 

 

 

XIV. De las cosas de Aragón

 

Esto pasaba en Castilla. En Aragón el nuevo rey don Juan, primero de aquel nombre, procedía asaz diferentemente de su padre. El padre era de ingenio despierto, belicoso, amigo de aumentar su estado; en hacer guerra y asentar paz tenía más atención al útil que a la reputación y fama; el rey don Juan era de un natural afable y manso, si ya no le trocaba algún notable desacato, más inclinado al sosiego que a las armas. Ejercitábase en la cetrería y montería, y era aficionado a la música y a la poesía, todo con atención a representar grandeza y majestad; tan excesivo el gasto, que las rentas reales no bastaban para acudir a estos deportes y solaces; dejo otros deleites poco disfrazados y cubiertos. La reina otro que tal, como cortada a la traza de su marido, aunque dentro de los limites de mujer honesta, usaba de entretenimientos semejantes. Así, en la casa real todo era saraos, juegos y fiestas y regocijos. Las damas se ocupaban más en cantar y tañer y danzar que a su edad y a mujeres convenía. Ningún instrumento ni ocasión faltaba en aquel palacio de una vida regalada y muelle. Dábanse muy aventajados premios a los poetas que, conforme a las costumbres que corrían, componían y trovaban en lenguaje lemosín y se señalaban en la agudeza y primor de sus trovas. Lo cual era en tanto grado, que despachó una embajada al rey de Francia en que le pedía le buscase con cuidado y enviase algunos de aquellos poetas de los más señalados. La semejanza de las costumbres y la fama que de estas cosas corría convidó al emperador Wenceslao, príncipe muy conocido por su descuido y flojedad, para que por sus embajadores le pidiese su amistad y su hija por mujer, negocio que por entonces se dilató, y no se efectuó adelante.

 

Los nobles de Aragón, indignados por los desórdenes de su rey, su poca atención al gobierno y los escándalos que de ellos resultaban, al mismo tiempo que el rey tenía Cortes en Monzón, se juntaron en Calasanz para comunicarse y acordar en qué guisa se podría acudir al remedio. Las cabezas principales de la junta eran don Alonso de Aragón, conde de

 

 

 

 

 

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Denia y marqués de Villena, don Jaime, su hermano, obispo de Tortosa, don Bernardo de Cabrera, sin otros ricos hombres y varones de mucha cuenta. Pareció poner por escrito las quejas y enviarlas a las Cortes. Las cabezas principales: que con los regalos y deleites sin tasa, la disciplina militar se estragaba, y la gente se afeminaba; que las costumbres antiguas se alteraban de todas maneras por el regalo en las comidas y los gastos en los vestidos; que no era razón al albedrío de una mujer se trastornase todo el reino, y que pudiese ella sola más que las leyes y la nobleza, no sin nota de los mismos rey y reina, que tal desorden sufrían en su misma casa. Esto decían por una dama, por nombre Carroza de Vilaragur, que con su privanza estaba muy apoderada de la reina, y ella del rey, mengua de que resultaba gran parte de los desórdenes y de las quejas y odio. Anduvieron demandas y respuestas hasta apuntar que se valdrían de las armas y fuerza, si por bien no se acudía al remedio de aquellos daños. Pudiérase de estos principios encender alguna guerra y revuelta, si no lo atajara la apacible condición del rey. Otorgó con lo que aquellos señores le suplicaban. Cercenó las demasías y soltura de la casa real. Ordenó pragmáticas, en que se puso tasa y limite a los gastos de la gente, en particular despidió de palacio aquella privada de la reina, con orden que no se entremetiese en el gobierno del reino ni de la casa real.

 

Con esto calmaron los disgustos que amenazaban mayores daños, en sazón que de Francia se mostraban nuevos temores y asonadas de guerra. Bernardo de Armeñac con golpe de bretones rompió por los confines de Cataluña. Mayor fue el ruido que el daño. Siguióle por ende poco después su hermano el conde de Armeñac con más gente. Tomich, historiador catalán, atestigua que llegaron a dieciocho mil caballos, mentira que muestra fue el número grande. La causa de hacer guerra era la codicia de robar. Pusieron fuego en algunos lugares y granjas, hicieron presas de gente y de ganados; en lo de Ampurias y de Gerona cargó lo más recio de la tempestad. Acudió gente de todo el reino, tuvieron diversos encuentros; en uno desbarató Bernardo de Cabrera ocho banderas de franceses junto a Navarra. En otro Ramón Bages, caudillo señalado, cerca de otro pueblo llamado Cavañas, deshizo otro buen golpe de enemigos con prisión de Mastin, su capitán. Con estas victorias se alentaron los aragoneses y desmayaron los bretones; así lo lleva la guerra. El mismo rey, de Gerona, donde se estaba a la mira, salió en campaña resuelto de acometer a los enemigos, que de diversas partes se juntaban y se rehacían de fuerzas.

 

 

 

 

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Tienen los franceses los primeros acometimientos muy bravos, pero aflojan con la tardanza; así avino en este caso, que los franceses, cansados de guerra tan larga y en que les iba tan mal, acordaron dar la vuelta sin esperar al rey ni venir con él a las manos. Salieron por la parte de Rosellón, en que de camino hicieron todo mal y daño. Era asimismo forzoso al conde de Armeñac acudir a la defensa de su estado contra Marigoto, natural de Alvernia, que a persuasión del rey de Aragón y a su costa le comenzaba a hacer guerra.

 

A la misma sazón que esto pasaba en Cataluña, a la primavera en Aviñón se concertó casamiento entre Luis, hijo del otro Luis, duque de Anjou, que se intitulaba rey de Jerusalén y de Sicilia, y que murió en la conquista de Nápoles, y doña Violante, hija del rey de Aragón. No pudo el padre de la infanta hallarse a los conciertos por causa de la guerra sobredicha, que le tenía puesto en cuidado. Hizo las capitulaciones el papa Clemente a contento de las partes que se hallaron allí, el novio en persona, y el de Aragón por sus embajadores; en Barcelona se concluyó, do vino el desposado con grande acompañamiento. Lo que se pretendía principalmente y lo que capitularon en este casamiento fue que el rey de Aragón ayudase a su yerno para cobrar lo de Nápoles.

 

En Perpiñán otrosí el rey dio su consentimiento para que se hiciesen los desposorios entre María, reina de Sicilia, y don Martín, señor de Ejerica, sobrino del rey, hijo de don Martín, su hermano, duque de Momblanc. Vino también el papa en ellos; que por ser aquel reino feudo de la Iglesia se requería su beneplácito.

En Cerdeña se volvió a las revueltas pasadas a causa que Brancaleon Doria, sin tener cuenta con el asiento tomado y olvidado del perdón que le dieron, por principio del año 1391 acudió a las armas con voz de libertar la gente que tenían oprimida; color con que granjeó a los genoveses, y muchos de los isleños se le arrimaron deseosos de novedades y cansados del gobierno de Aragón. Hizo tanto, que se apoderó de Sacer, la ciudad más principal de aquella isla, y de otros pueblos y castillos. Para atajar estos daños mandó el rey hacer gente de nuevo, y por un edicto que hizo pregonar en Zaragoza ordenó a todos los que estuviesen heredados en aquella isla acudiesen a la defensa con las armas.

En este mismo año el papa Clemente dio el capelo a don Martín de Salva, obispo de Pamplona, prelado en aquellos tiempos señalado en virtud y grave, que fue el primer cardenal que aquella iglesia tuvo.

 

 

 

 

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XV. De los principios de don Enrique, rey de

 

Castilla

 

Cuando el rey don Juan de Castilla cayó con el caballo, como queda dicho, hallóse a su lado el arzobispo don Pedro Tenorio, persona de consejo acertado y presto. Mandó que a la hora se armase una tienda en el mismo lugar de la caída. Puso gente de guarda, hombres de confianza y callados. Hacía fomentar y cubrir de ropa el cuerpo del rey, y en su nombre ordenaba se hiciesen rogativas y plegarias en todas las partes por su salud, por demás por estar ya difunto y sin alma, todo a propósito de entretener la gente, y con mensajeros que despachó a las ciudades, prevenir que no resultasen revueltas, por los humores y pasiones que todavía, aunque de secreto, duraban entre los nobles, eclesiásticos y gente popular. A veces publicaban que el rey se hallaba mejor y siempre fingían recados de su parte. Pero como el semblante del rostro no decía con las palabras, y muchas veces los de palacio se apartasen a hablar y comunicar entre sí, no pudo por mucho tiempo encubrirse el engaño. La primen que acudió al triste espectáculo fue la reina doña Beatriz, despojada antes del reino de su padre, y al presente del marido, sin hijos algunos con cuya compañía aliviase sus trabajos, su viudez y su soledad. El sentimiento bien se puede entender sin que la pluma le declare.

 

El príncipe don Enrique, alterado con la muerte de su padre, partió de Talavera, pero reparó en Madrid acompañado de su hermano el infante don Fernando. Allí el arzobispo, que todo lo meneaba, dio orden que los estandartes reales se levantasen por el nuevo rey, y que le pregonasen por tal y le publicasen, primero en una junta de grandes, después por las plazas y calles de aquella villa, alegría destemplada con cuita y pena por haber perdido un buen rey, y el que le sucedía, demás de su poca edad, tener el cuerpo muy flaco, por donde vulgarmente le llamaron el rey don Enrique el Doliente, y fue de este nombre el tercero. Acudieron a porfía los señores de todo el reino a hacerle sus homenajes, besarle la mano, ofrecer a su servicio personas y estados. Muchos, como es ordinario, con la mudanza del príncipe y del gobierno se prometían grandes esperanzas; que tal es el mundo, unos suben, otros bajan, y más en ocasiones semejantes. Halláronse presentes a la sazón don Fadrique, duque de Benavente, don Pedro, conde de Trastámara, los maestres de las órdenes don Lorenzo de Figueroa, de Santiago; don Gonzalo Núñez de Guzmán, de Calatrava, don

 

 

 

 

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Martín Yáñez de la Barbuda, de Alcántara, don Juan Manrique, arzobispo de Santiago y chanciller mayor de Castilla.

 

Don Alonso de Aragón, marqués de Villena, se hallaba en Aragón, do se fue el tiempo pasado mal enojado con el rey difunto por agravios que alegaba. Ofrecióse volver a Castilla y hacer el reconocimiento debido a tal que le restituyesen en el oficio de condestable que tenía antes. Vinieron en lo que pedía el rey y la reina, conformándose en esto con lo que hizo su padre, que le dio aquella preeminencia; sin embargo, él no vino por impedimentos que le detuvieron en Aragón. Concluida la solemnidad susodicha, acudieron a Toledo para sepultar el rey, según que él lo dejó dispuesto, en la su capilla real. Hiciéronle las honras y enterramiento con toda representación de tristeza y de majestad; juntáronse tras esto Cortes en Madrid de los prelados, nobleza y procuradores de las ciudades. Pretendían dar orden en el gobierno por la edad del rey, que no pasaba de once años y pocos días más. Andaba en la corte doña Leonor, hija única de don Sancho, conde de Alburquerque. El dote y sus haberes y rentas eran de guisa, que el pueblo la llamaba la rica hembra; muchos ponían los ojos en este casamiento; entre los demás se adelantaba su primo hermano el duque de Benavente. Engañóle su esperanza, ganósela, y fuele antepuesto el infante don Fernando. Desposáronlos, más con condición que en el matrimonio no se pasase adelante hasta tanto que el rey tuviese catorce años. El intento era que si muriese antes de aquella edad, el infante con el reino sucediese en la carga de casar con la reina doña Catalina, según que en los asientos que se tomaron con el duque de Lancaster quedó todo esto cautelado. Juró los desposorios la novia por ser de dieciséis años; el infante don Fernando por lo dicho y por su poca edad no juró. Al tiempo que en las Cortes se trataba de asentar el gobierno del reino, durante la minoridad del nuevo rey, por dicho de Pero López de Ayala, de quien traen su descendencia los condes de Fuensalida, se supo que el rey don Juan los años pasados otorgó su testamento. Acordaron que antes de pasar adelante se hiciese diligencia. Revolvieron los papeles reales y sus escritorios, en que finalmente hallaron un testamento que ordenó en Portugal al mismo tiempo que estaba sobre Cillorico, según que de suso queda declarado. Leyóse el testamento, que causó varios sentimientos en los que presentes se hallaron. Ofendíales sobre todo la cláusula en que nombraba por tutores del príncipe hasta que tuviese quince años a don Alonso de Aragón, condestable, a los arzobispos de Toledo y de Santiago, al maestre de

 

 

 

 

 

 

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Calatrava, a don Juan Alonso de Guzmán, conde de Niebla, a Pedro de Mendoza, mayordomo mayor de la casa real, y con ellos a seis ciudadanos de Burgos, Toledo, León, Sevilla, Córdoba, Murcia, uno de cada cual de estas ciudades sacado por voto de sus, cabildos. Como no se podían nombrar todos, los que dejó de mentar se sentían ellos o sus aliados. Altercóse mucho sobre el caso. Algunos pocos querían que la voluntad del testador se cumpliese; los más juzgaban se debía dar aquel testamento por ninguno y de ningún valor, para lo cual alegaban razones y testigos que comprobaban había descontentado al mismo lo que con aquella prisa sin mucha consideración dispuso. Éste parecer prevaleció, si bien el arzobispo de Toledo no vino en que el testamento se quemase, por causa de ciertas mandas que en él hacía a la su iglesia de Toledo, que pretendía eran validas, puesto que las demás clánsulas no lo fuesen. Tomado este acuerdo, salieron nombrados por gobernadores del reino el duque de Benavente, el marqués de Villena, el conde de Trastámara, señores todos de alto linaje y muy poderosos. Arrimáronles los arzobispos de Toledo y de Santiago, los maestres de Santiago y de Calatrava. De los diez y seis procuradores de Cortes decretaron que los ocho por turno, de tres en tres meses, se juntasen con los demás gobernadores con igual voto y autoridad. Lo que la mayor parte de la junta decretase eso quedase por asentado y valedero.

 

No contentó al arzobispo de Toledo esta traza; en público alegaba que la muchedumbre sería ocasión de revueltas, de secreto le punzaba la poca mano que entre tantos le quedaba en el gobierno. Pretendía se acudiese a la ley del rey don Alfonso el Sabio, en que ordena que en tiempo de la minoridad del rey los gobernadores sean uno, tres, cinco o siete. Éste era su parecer; más vencido de las importunidades de los grandes, mezcladas a veces con amenazas, vino en lo decretado. Mandaron que en adelante no corriese cierto género de moneda, sino en cierta forma, que se llamaba Agnus Dei, y era como blancas, y por las necesidades de los tiempos se acuñara de baja ley. Don Alonso, conde de Gijón, tenía preso en el castillo de Almonacir el arzobispo de Toledo por orden del rey; temía él las revueltas de los tiempos, hizo instancia que le descargasen de aquel cuidado. Pasáronle a Monterrey, y encomendaron al maestre de Santiago le guardase hasta tanto que con maduro consejo se decidiese su causa.

 

En Sevilla y en Córdoba el pueblo se alborotó contra los judíos de guisa, que con las armas sin poder los jueces irles a la mano, dieron sobre

 

 

 

 

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ellos, saquearon sus casas y sus aljamas, y les hicieron todos los desaguisados que se pueden pensar de una canalla alborotada y sin freno. Apellidábalos con sus sermones sediciosos que hacía por las plazas, y atizaba su furor Fernán Martínez, arcediano de Écija. De este principio cundió el daño después por otras partes de España. En Toledo, Logroño, Valencia, Barcelona a los 5 de agosto del año adelante, como si hubieran aplazado aquel día, les robaron sus haciendas y saquearon las casas; tan grande era el odio y la rabia. Muchos de aquella nación se valieron de la máscara de cristianos contra aquella tempestad, que se bautizaron fingidamente; forzaba el miedo a lo que la voluntad rehusaba. Pero esto avino después.

 

Acostumbraban a juntarse en cierta iglesia de Madrid los procuradores del reino y los otros brazos. Entraron en la junta con armas el duque de Benavente y el conde de Trastámara, acompañados de gente que dejaron en guarda de aquél templo y como cercado. Esta demasía sintió el arzobispo de Toledo de suerte, que el día siguiente se salió de la corte la vía de Alcalá, y desde allí fue a Talavera. Solicitaba por sus cartas desde estos lugares a los pueblos y caballeros a tomar las armas y librar el reino de los que con color de gobierno lo tiranizaban. Dio noticia de lo que pasaba al papa Clemente, a los reyes de Aragón y de Francia; que la violencia de unos pocos tenía oprimida la libertad de Castilla; que en las Cortes del reino no se daba lugar a la razón, antes prevalecía la soltura de la lengua y las demasías, las banderas campeaban en palacio, y en la corte no se veía sino gente armada, la junta del reino no osaba chistar, ni decían lo que sentían; antes por el miedo se dejaban llevar del antojo de los que todo lo querían mandar y revolver, hombres voluntarios y bulliciosos; que la postrimera voluntad del rey don Juan, que debieran tener por sacrosanta, era menospreciada, con la cual si no se querían conformar, por haber hecho aquel su testamento de prisa y con el ánimo alterado, velo con que cubrían su pasión, ¿qué podían alegar para no obedecer a las leyes que sobre el caso dejó establecidas un príncipe tan sabio como el rey don Alfonso? ¿Si le querían tachar de falta de juicio o gastado con sus trabajos y años? Concluía con que no creyesen era público consentimiento lo que salía decretado por las negociaciones y violencia de los que más podían; pedía acudiesen con brevedad al remedio de tantos males y a la flaca edad del rey, de que algunos se burlaban y hacían escarnio, y en todo pretendían sus particulares intereses, sin tener cuenta con el pro y daño común; que

 

 

 

 

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esto les suplicaba por todo lo que hay de santo en el cielo la mayor y más sana parte del reino.

 

El de Benavente poco adelante por disgustos que resultaron y nunca suelen faltar, a ejemplo del arzobispo, se salió de la corte y se fue a la su villa de Benavente sin despedirse del rey. Comunicóse con el arzobispo de Toledo; pusieron su alianza, y por tercero se les allegó el marqués de Villena, si bien ausente de Castilla. Los que restaban con el gobierno despacharon a todos sus cartas y mensajes, en que les requerían que, pues era forzoso juntar Cortes generales del reino, no faltasen de hallarse presentes. Ellos se excusaron con diversas causas que alegaban para no venir.

De parte del papa Clemente vino por su nuncio fray Domingo, de la orden de los predicadores, obispo de San Ponce, con dos cartas que traía enderezadas la una al rey, la otra a los gobernadores. La suma de ambas era declarar el sentimiento que su Santidad tenía por la muerte desgraciada del rey don Juan, príncipe poderoso y de aventajadas partes. Que aquella desgracia era bastante muestra de cuan inconstante sea la bienandanza de los hombres y cuan quebradiza su prosperidad. Sin embargo, los amonestaba a llevar con buen ánimo pérdida tan grande, y con su prudencia y conformidad atender al gobierno del reino y soldar aquella quiebra. Lo cual harían con facilidad, si pospuestas las aficiones y pasiones particulares, pusiesen los ojos en Dios y en el bien común de todos, cosa que a todos estaría bien, y como padre se lo encargaba, y de parte de Dios se lo mandaba. Trató el nuncio, conforme el orden que traía, de concertar aquellas diferencias que comenzaban entre los grandes. Habló ya a los unos, ya a los otros, pero no pudo acabar cosa alguna. La llaga estaba muy fresca para sanarla tan presto.

 

Vinieron en la misma sazón embajadores de Francia y de Aragón. Lo que sacaron fue que se renovaron las alianzas antiguas entre aquellas coronas, y de nuevo se juraron las paces. Los embajadores de Navarra que acudieron asimismo, demás de los oficios generales del pésame por la muerte del padre y del parabién del nuevo reino, traían particular orden de hacer instancia sobre la vuelta de la reina doña Leonor a Navarra para hacer vida con su marido y ofrecer todo buen tratamiento y respeto, como era razón y debido. Alegaban para salir con su intento las razones de suso tocadas. La reina a esta demanda dio las mismas excusas que antes. Era dificultoso que el rey acabase con su tía, mayormente en aquella edad, lo

 

 

 

 

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que su mismo hermano no pudo alcanzar. En este medio el arzobispo de Toledo juntaba su gente con voz de libertar el reino; que unos pocos mal intencionados tenían tiranizado. La gente se persuadía quería con este color apoderarse del gobierno, conforme a la inclinación natural del vulgo, que es no perdonar a nadie, publicar las sospechas por verdad, echar las cosas a la peor parte, demás que comúnmente le tenían por ambicioso y por más amigo de mandar que pedía su estado y la persona que representaba.

 

Acometieron segunda y tercera vez a mover tratos de conciertos entre los grandes de Castilla; el suceso fue el que antes, ninguna cosa se pudo efectuar por estar tan alteradas las voluntades y tan encontradas. Los procuradores del reino que asistían al gobierno se recelaron de alguna violencia. Parecióles no estaban seguros en Madrid por no ser fuerte aquella villa; acordaron de irse a Segovia en compañía del rey.

El conde de Trastámara, uno de los gobernadores, pretendía ser condestable de Castilla. Para salir con su intento, alegaba que el rey don Juan antes de su muerte le dio intención de hacerle aquella gracia, testigos no podían faltar ni favores ni valedores. A los más prudentes parecía que no era aquel tiempo tan turbio a propósito para descomponer a nadie, y menos al marqués de Villena, si le despojaban de aquella dignidad. Diose traza de contentar al de Trastámara con setenta mil maravedíes por año que le señalaron de las rentas reales, y eran los mismos gajes que tiraba el condestable por aquel oficio, con promesa para adelante que si el marqués de Villena no viniese en hacer la razón y apartarse de los alborotados, en tal caso se le haría la merced que pedía, como se hizo poco después.

 

Arrimáronse al arzobispo de Toledo, demás de los ya nombrados, el maestre de Alcántara y Diego de Mendoza, tronco de los duques del Infantado, señores hoy día muy poderosos en rentas y aliados. Juntaron mil quinientos caballos y tres mil quinientos de a pie. Con esta gente acudieron a Valladolid, do el rey era ido; hicieron sus estancias a la ribera del río Pisuerga, que baña aquel pueblo y sus campos, y poco adelante deja sus aguas y nombre en el río Duero. La reina doña Leonor de Navarra, de Arévalo en que residía, acudió para sosegar aquellos bullicios y atajar el peligro que todos corrían si se venía a las manos, y el daño que sería igual por cualquiera de las partes que la victoria quedase. Puso tanta diligencia, que, aunque a costa de gran trabajo e importunación, alcanzó que las partes se hablasen y tratasen entre sí de tomar algún asiento y de

 

 

 

 

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concertarse. Juntáronse de acuerdo de todos en la villa de Perales en día señalado personas nombradas por la una y por la otra parte. Acudió asimismo la misma reina, hembra de pecho y de valor, y el nuncio del papa Clemente para terciar en los conciertos.

 

El principal debate era sobre el testamento del rey don Juan, si se debía guardar o no. El arzobispo de Santiago con cautela preguntó en la junta al de Toledo si quería que en todo y por todo se estuviese por aquel testamento y lo que en él dejó ordenado el rey don Juan. Detúvose el de Toledo en responder. Temía alguna zalagarda, en particular que pretendían por aquel camino excluir y desabrir al duque de Benavente, que no quedó en el testamento nombrado entre los gobernadores del reino. Finalmente, respondió con cautela que le placía se guardase, a tal que al número de los gobernadores allí señalados se añadiesen otros tres grandes, es a saber, el de Benavente, el de Trastámara y el maestre de Santiago, gran personaje por sus gruesas rentas y muchos vasallos. Que esto era conveniente y cumplidero para el sosiego común que tales señores tuviesen parte y mano en el gobierno. Vinieron en esto los contrarios mal su grado, no podían al hacer por no irritar contra sí tales personajes. Acordaron que para mayor firmeza de aquel concierto y asiento que tomaban se juntasen Cortes generales del reino en la ciudad de Burgos, para que con su autoridad todo quedase más firme. En el entretanto se dieron entre si rehenes, hijos de hombres principales, es a saber, el hijo de Juan Hurtado de Mendoza, mayordomo mayor de la casa real, de quien descienden los condes de Montagudo, marqueses de Almazán, el hijo de Pero López de Ayala, el hijo de Diego López de Zúñiga, el hijo de Juan Alonso de la Cerda, mayordomo del infante don Fernando. Con esta traza por entonces se sosegaron aquellos bullicios, de que se temían mayores daños.

 

 

 

 

XVI. Que se mudaron las condiciones de este

 

concierto

 

Con esta nueva traza que dieron quedó muy válido el partido del arzobispo de Toledo, tanto, que se sospechaba tendría él solo mayor mano en el gobierno que todos los demás que le hacían contraste, lo uno por ser de suyo muy poderoso y rico, que tenía mucho que dar, lo otro por los tres

 

 

 

 

 

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señores tan principales que se le juntaban, como granjeados por su negociación. Así lo entendían el arzobispo de Santiago y sus consortes; por este recelo buscaban algún medio para desbaratar aquel poder tan grande. Comunicaron entre sí lo que se debía hacer en aquel caso. Acordaron de procurar con todas sus fuerzas de poner en libertad al conde de Gijón para contraponerle a los contrarios y a la parte del de Toledo. Decían que la prisión tan larga era bastante castigo de las culpas pasadas, cualesquier que ellas fuesen. Parecía muy puesta en razón esta demanda, y así, con facilidad se salió con ella. Sacáronle de la prisión, y lleváronle a besar la mano al rey, que le mandó restituir su estado. La revuelta de los tiempos le dio la libertad que a otros quitara; así van las cosas, unos pierden, otros ganan en semejantes revoluciones.

 

Juntáronse las Cortes en Burgos, según que lo tenían concertado. Comenzóse a tratar del concierto puesto entre las partes. El arzobispo de Santiago, como lo tenían trazado, dijo que no vendría en ello si no admitían al conde de Gijón por cuarto gobernador junto con los tres grandes que antes señalaron, pues en nobleza y estado a ninguno reconocía ventaja. Mucho sintió el arzobispo de Toledo verse cogido con sus mismas mañas. Altercaron mucho sobre el caso. Los procuradores de las ciudades, divididos, no se conformaban en este punto, como los que estaban negociados por cada cual de las partes. Temíase alguna revuelta no menor que las pasadas. Para atajar inconvenientes acordaron de nombrar jueces árbitros que determinasen lo que se debía hacer. Señalaron para esto a don Gonzalo, obispo de Segovia, y Alvar Martínez, muy eminentes letrados en el derecho civil y eclesiástico. No se conformaron ni fueron de un parecer por estar tocados de los humores que corrían y ser cada uno de su bando. Continuáronse los debates, y duraron hasta el principio del año que se contaba 1392, en que, finalmente, a cabo de muchos días y trabajos otorgaron con el dicho arzobispo de Santiago que todos los cuatro grandes de suso mentados tuviesen parte en el gobierno junto con los demás. Dieron asimismo traza que entre todos se repartiese la cobranza de las rentas reales. Para lo demás del gobierno, que cada seis meses por turno gobernasen los cinco de diez que eran, y los demás por aquel tiempo vacasen. Parecióles que con esta traza se acudía a todo y se evitaba la confusión que de tantas cabezas y gobernadores podía resultar. Tomado este asiento, parecía que toda aquella tempestad calmaría y se conseguiría el deseado sosiego.

 

 

 

 

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Regaláronse estas esperanzas por un caso no pensado. Dos criados del duque de Benavente dieron la muerte a Diego de Rojas volviendo de caza, que era de la familia y casa del conde de Gijón. Entendióse que aquellos homicianos llevaban para lo que hicieron orden y mandato de su amo. De esta sospecha, quier verdadera, quier falsa, resultó grande odio en general contra el duque. Representábaseles lo que se podía esperar en el gobierno y poder del que a los principios tales muestras daba de su fiereza y de su mal natural. Alteróse pues la traza primera, y por orden de las Cortes acordaron que el testamento del rey se guardase, mas que en tanto que el marqués de Villena y conde de Niebla, llamados por sendas cartas del rey, no viniesen, el arzobispo de Toledo tuviese sus veces y entrase en las juntas con tres votos. Todo se enderezaba a contentarle para que no revolviese la feria. Al duque de Benavente y conde de Gijón, en recompensa del gobierno que les quitaban, les señalaron sendos cuentos de maravedíes cada un año durante su vida. Concedieron otrosí al arzobispo de Toledo que él solo cobrase la mitad de las rentas reales; de que por su mano se hiciese pagado de los gastos que hizo en levantar la gente en pro común del reino; que así lo decía, y aún quería que los demás otorgasen con él.

 

El tiempo de las treguas asentadas con Portugal expiraba, y era mala sazón para volver a la guerra; el rey mozo, las fuerzas muy flacas. Acordaron los gobernadores se despachasen embajadores que procurasen se alargase el tiempo, que fueron las cabezas Juan Serrano, prior de Guadalupe, primero obispo de Segovia, y ya de Sigüenza, y Diego de Córdoba, mariscal de Castilla, de quien descienden los condes de Cabra. El conde de Niebla Juan Alonso de Guzmán para asistir al gobierno partió de su casa. Con su ida se levantó en Sevilla una grande revuelta. Diego Hurtado de Mendoza, con la cabida que tenía en el nuevo rey, pretendió que le nombrasen por almirante del mar. No se podía esto hacer sin descomponer a Alvar Pérez de Guzmán, que tenía de atrás aquel cargo. El conde de Niebla, quier de su voluntad, quier negociado, quiso más granjear un nuevo amigo, que podía mucho en la corte, que mirar por la razón y por su deudo Álvaro de Guzmán. Ésta fue la ocasión del alboroto, porque él, descompuesto, se juntó con Pero Ponce, señor de Marchena, y ambos se apoderaron de Sevilla con daño de los amigos y deudos del conde de Niebla, ca los echaron todos de aquella ciudad, escándalos que por algún tiempo se continuaron.

 

 

 

 

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A la sazón el rey se hallaba en Segovia, ciudad fuerte por su sitio y para con sus reyes muy leal. Allí volvieron los embajadores que se enviaron a Portugal. El despacho fue que el rey de Portugal no daba oídos a aquella demanda de alargar el tiempo de las treguas, antes quería volver a las armas, confiado demás de las victorias pasadas en la poca edad del rey de Castilla y más en las discordias de sus grandes, ocasión cual la pudiera desear para mejorar sus haciendas. El de Benavente otrosí por la mala cara con que en la corte le miraban y la mala voz que de sus cosas corría, junto con la privación del gobierno, mal contento se retiró a su casa y estado; y aún se sonrugía que se comunicaba con el de Portugal y aún traía inteligencias de casar con doña Beatriz, hija bastarda de aquel rey, con gran suma de dineros que en dote le señalaban. Daba cuidado este negocio, por ser el duque persona de tantas prendas, señor de tantos vasallos, y que tenía su estado a la raya de Portugal. Avisado de lo que se decía, se excusó con el agravio que le hicieron en quitarle el casamiento que tuvo por hecho de doña Leonor, condesa de Alburquerque; y aún se dijo que esta fue la ocasión de la muerte que hizo dar a Diego de Rojas, que no terció bien en aquella su pretensión. Todavía ofrecía, si mudado acuerdo se la daban, trocaría por aquel casamiento el de Portugal. Tiene la necesidad grandes fuerzas; acordaron los gobernadores por el aprieto en que todo estaba de venir en lo que pedía. Señalaron a Arévalo, villa de Castilla, para que las bodas se celebrasen. Cosa maravillosa; luego que otorgaron con su deseo, se volvió atrás, sea porque a las veces lo que mucho apetecemos, alcanzado nos enfada, o lo que yo más creo, temía debajo de muestras de quererle contentar alguna zalagarda.

 

Apretóse con esto el negocio de Portugal. El arzobispo de Toledo por atajar el daño que de esto podía resultar fue a toda prisa a verse con el duque. Confiaba en su autoridad y en las prendas de amistad que había de por medio. Ofrecióle, si mudaba partido, de casarle con hija del marqués de Villena, y en dote tanta cantidad como en Portugal le prometían. Muchas razones pasaron; la conclusión fue que el duque no salió a cosa alguna; excusóse que el gran poder de sus enemigos le tenía en necesidad de valerse del amparo de extraños. El arzobispo, visto que sus amonestaciones no prestaban, dio la vuelta por Zamora para prevenir que Nuño Martínez de Villaizán, alcaide del alcázar, y que tenía en su poder la torre de San Salvador, no pudiese entregar aquella fuerza al duque de Benavente, como vehementemente se sospechaba, y sobre ello la ciudad

 

 

 

 

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estaba alborotada y en armas. Llegado el arzobispo, lo compuso todo; diéronse rehenes de ambas partes, y en particular el alcaide para mayor seguridad entregó aquella torre fuerte a quien el arzobispo señaló para que la guardase.

 

Eran entrados los calores del estío cuando vino nueva cierta que los embajadores que fueron de nuevo a Portugal se juntaron con el prior de San Juan, que vino de parte de su rey a Sabugal, a la raya de los dos reinos; por mucha instancia que hicieron no pudieron alcanzar que las treguas se prorogasen. Ardían los portugueses en un vivo deseo de volver a las manos y no dejar aquella ocasión de ensanchar su reino y mejorar su partido. El primero que salió en campaña fue el duque de Benavente, que acompañado de quinientos de a caballo y gran número de infantes hizo sus estancias cerca de Pedrosa, no lejos de la ciudad de Toro. Grande era el aprieto en que Castilla se hallaba, los grandes discordes, la guerra que de fuera amenazaba.

 

En Granada otrosí se albarotaron los moros en muy mala sazón. Falleció por principio de este año Mahomad, que siempre se preció de hacer amistad a los cristianos. Sucedióle su hijo Juzef, otro que tal, en tanto grado, que en vida de su padre a muchos cristianos dio libertad sin rescate. Esta amistad con los nuestros le acarreó mal y daño. Tenía cuatro hijos, Juzef, Mahomad, Alí, Hamet. Mahomad era mozo brioso, amigo de honra y de mandar. No tenía esperanza, por ser hijo segundo, de salir con lo que deseaba, que era hacerse rey, si no se valía de malicia y de maña. Para negociar la gente y levantarla, comenzó de secreto a achacar a su padre y cargarle de que era moro sólo de nombre, en la afición y en las obras cristiano. Por este modo muchos se le arrimaron, unos por el odio que tenían a su rey, otros por deseo de novedades. De estos principios crecieron las pasiones de tal suerte, que estuvo la ciudad en gran riesgo de ensangrentarse y tomar los unos contra los otros las armas. Hallóse presente a esta sazón un embajador del rey de Marruecos, moro principal y de reputación por el lugar que tenía, y su prudencia muy aventajada. Púsose de por medio y procuró de sosegar los bullicios y pasiones que comenzaban. Avisóles del riesgo que todos corrían, si el fuego de la discordia civil se emprendía y avivaba entre ellos, de ser presa de sus enemigos, que estaban alerta y a la mira para aprovecharse de ocasiones semejantes. En una junta en que se hallaban las principales cabezas de las dos parcialidades les habló en esta sustancia:

 

 

 

 

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«Los accidentes y reveses de los tiempos pasados os deben enseñar y avisar cuánto mejor os estará la concordia, que es madre de seguridad y buenandanza, que la contumacia, mala de ordinario y perjudicial. No el valor de los enemigos, sino vuestras disensiones han sido causa de las pérdidas pasadas, muchas y muy graves. ¿Qué podremos al presente esperar, si como locos y sandios de nuevo os alborotáis? Toda razón pide que el hijo obedezca a su padre, sea cual vos le quisiéredes pintar. Hacerle guerra, ¿qué otra cosa será sino confundir la naturaleza y trocar lo alto con lo bajo? ¿Por qué causa no juntaréis antes vuestras fuerzas para correr las tierras de cristianos? ¿Cuál es la causa que dejáis pasar la buena ocasión que de mejorar vuestras cosas os presenta la edad del rey de Castilla, las discordias de sus grandes, además del miedo y cuidado en que los tiene puestos la guerra de Portugal?».

 

Con estas pocas razones se apaciguaron los rebeldes, y el mismo Mahomad prometió de ponerse en las manos de su padre. Acordaron tras esto de hacer una entrada en el reino de Murcia, como lo hicieron por la parte de Lorca, en que talaron los campos e hicieron grandes presas de hombres y de ganados. Eran en número de setecientos caballos y tres mil peones. Siguiólos el adelantado de Murcia Alonso Fajardo, y si bien no llevaba más de ciento cincuenta caballos, les dio tal carga y a tal tiempo, que los desbarató, degolló muchos de ellos, finalmente, les quitó la presa que llevaban; gran pérdida y mengua de aquella gente, con que España quedó libre de un gran miedo que por aquella parte le amenazaba; lo cual fue en tanto grado, que el rey de Aragón, a quien este peligro menos tocaba, por acudir a él deshizo una armada que tenía en Barcelona aprestada para sosegar los movimientos y alborotos que de nuevo andaban en Cerdeña, a causa que Brancaleón Doria sin respeto de los negocios pasados, con las armas se apoderaba de diversos pueblos y ciudades. Verdad es que los moros, castigados con aquella rota, y temerosos de la tempestad que se les armaba por la parte de Aragón, con más seguro consejo acordaron pedir treguas al rey de Castilla; que fácilmente les concedieron por no embarazarse juntamente en la guerra de Portugal y en la de los moros.

 

Hallábase el portugués muy ufano por verse arraigado en aquel reino sin contradicción, por las muchas fuerzas y riquezas que tenía, y más en particular por la noble generación que le nacía de doña Filipa, su mujer, que en cuatro años casi continuados parió cuatro hijos: primero a don

 

 

 

 

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Alonso, que falleció en su tierna edad; después a don Duarte, que sucedió en el reino de su padre, y en este mismo año a 9 de septiembre nació en Lisboa don Pedro, que fue adelante duque de Coimbra, y dende a dieciséis meses don Enrique, duque de Viseo y maestre de Christus, y que fue muy aficionado a la astrología, de la cual ayudado y de la grandeza de su corazón se atrevió el primero de todos a costear con sus armadas las muy largas marinas de África, en que pasó tan adelante, que dejó abierta la puerta a los que le sucedieron para proseguir aquel intento hasta descubrir los postreros términos de levante, de que a la nación portuguesa resultó grande honra y no menor interés, como se notará en sus lugares. Los postreros hijos de este rey se llamaron don Juan, y el menor de todos don Fernando.

 

En este mismo año a Carlos VI, rey de Francia, se le alteró el juicio por un caso no pensado. Fue así, que cierta noche en París, al volver de palacio el condestable de Francia Oliverio Clison cierto caballero le acometió y le dio tantas heridas, que le dejó por muerto. Huyó luego el matador, por nombre Pedro Craon, recogióse a la tierra y amparo del duque de Bretaña, el rey se encendió de tal suerte en ira y rabia por aquel atrevimiento, que determinó ir en persona para tomar enmienda del matador por lo que cometió, y del duque porque, requerido de su parte le entregase, no quería venir en ello; bien que se excusaba que no tuvo parte ni arte en aquel delito y caso tan atroz. Púsose el rey en camino y llegó a la ciudad de Maine. Salió de allí al hilo de medio día en los mayores calores del año; tal era el deseo que llevaba y la prisa. No anduvo media legua cuando de repente puso mano a la espada furioso y fuera de sí; mató a dos, e hirió a otros algunos; finalmente, de cansado se desmayó y cayó del caballo. Volviéronle a la ciudad y con remedios que le hicieron tornó en su juicio; pero no de manera que sanase del todo, ca a tiempos se alteraba. De este accidente y de la incapacidad que quedó al rey por esta causa, resultaron grandes inconvenientes en Francia, por pretender muchos señores, deudos del mismo rey y de los más poderosos de aquel reino, apoderarse del gobierno, quien con buenas, quien con malas mañas. Juan Juvenal, obispo de Beauvais, refiere que ninguna cosa le daba más pena, cuando el juicio se le remontaba, que oir mentar el nombre de Inglaterra e ingleses, y que abominaba de las cruces rojas, divisa y como blasón de aquella nación; creo porque a los locos y a los que sueñan se les

 

 

 

 

 

 

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representan con mayor vehemencia las cosas y las personas que en sanidad y despiertos más amaban o aborrecían.

 

 

 

 

XVII. De las treguas que se asentaron entre

 

Castilla y Portugal

 

La porfía y los disgustos de don Fadrique, duque de Benavente, ponía en cuidado a los de Castilla, en especial a los que asistían al gobierno. Deseaban aplacarle y ganarle, más hallaban cerrados los caminos. El arzobispo de Toledo, como deseoso del bien común, sin excusar algún trabajo, se resolvió de ponerse segunda vez en camino para verse con el duque. Confiaba que le doblegaría con su autoridad y con ofrecerle nuevos y aventajados partidos. Viose con él por principio del año del Señor de 1393. Persuadióle se fuese despacio en lo del casamiento de Portugal; que esperase en lo que paraban las treguas, de que con mucho calor se trataba. No pudo acabar que deshiciese el campo ni que se fuese a la corte; excusábase con los muchos enemigos que tenía en la corte, personajes principales y poderosos. Que no se podría asegurar hasta tanto que el rey saliese de tutela, y no se gobernase al antojo de los que tenían el gobierno; además que no estaría bien a persona de sus prendas andar en la corte como particular, sin poder, sin autoridad, sin acompañamiento.

 

Partió con tanto el arzobispo en sazón que la ciudad de Zamora segunda vez corrió peligro de venir en poder del duque de Benavente por inteligencias que con él tenía el alcaide Villaizan de entregarle aquel castillo. Alborotóse la ciudad sobre el caso. Acudieron los arzobispos de Toledo y de Santiago y el maestre de Calatrava, que atajaron el peligro y lo sosegaron todo. Dio el de Benavente con su gente vista a aquella ciudad, confiado que sus inteligencias y las promesas del alcaide saldrían ciertas; más como se hallase burlado, revolvió sobre Mayorga, villa del infante don Fernando, de cuyo castillo se apoderó por entrega del alcaide Juan Alonso de la Cerda que le tenía en su poder. Suelen a las veces los hombres faltar al deber por satisfacerse de sus particulares disgustos. Juan Alonso se tenía por agraviado del rey don Juan, a causa que por su testamento le privó del oficio de mayordomo que tenía en la casa del infante, que fue la ocasión de aquel desorden. El alcaide Villaizan otrosí

 

 

 

 

 

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estaba sentido que no le diesen el oficio de alguacil mayor que tuvo su padre en Zamora. Dieron traza para asegurar aquella ciudad con alguna muestra de blandura, que con retención de los gajes que antes tiraba Villaizan entregase el castillo a Gonzalo de Sanabria, vecino de Ledesma, hijo de aquel Men Rodríguez de Sanabria que acompañó al rey don Pedro cuando salió de Montiel, y muerto el rey, quedó preso.

 

Pasó el rey don Enrique con esto su corte a Zamora, como a ciudad que cae cerca de Portugal, para desde allí tratar con más calor y mayor comodidad de las treguas, en sazón que las fuerzas del duque de Benavente por el mismo caso se enflaquecían de cada día más, y muchos se le pasaban a la parte del rey: querían ganar por la mano antes que los de Castilla y de Portugal concertasen sus diferencias, sobre que andaban demandas y respuestas; el remate fue acordarse con las condiciones siguientes: que Sabugal y Miranda se entregasen a las portugueses, cuyas los tiempos pasados fueron; el rey de Castilla no ayudase en la pretensión que tenían de la corona de Portugal, ni a la reina dona Beatriz, ni a los infantes, sus tíos, don Juan y Dionis, arrestados en Castilla; lo mismo hiciese el de Portugal sobre la misma querella con cualquier que pretendiese pertenecerle el reino de Castilla; a trueco por ambas partes se diese libertad a los prisioneros. Para seguridad de todo esto concertaron diesen al de Portugal en rehenes doce hijos de los señores de Castilla. Mudóse esta condición en que fuesen cada dos hijos de ciudadanos de seis ciudades, Sevilla, Córdoba, Toledo, Burgos, León y Zamora. Con tanto se pregonaron las treguas por término de quince años mediado el mes de mayo en Lisboa y en Burgos, do a la sazón los dos reyes se hallaban, con grande contento de ambas naciones. Estas capitulaciones parecían muy aventajadas para Portugal, menguadas y afrentosas para Castilla; pero es gran prudencia acomodarse con los tiempos; que en Castilla corrían muy turbios y desgraciados, y llevar en paciencia la falta de reputación y desautoridad cuando es necesario, es muy propio de grandes corazones.

 

 

 

 

XVIII. De la prisión del arzobispo de Toledo

 

La alegría que todos comúnmente en Castilla recibieron por el asiento que se tomó con Portugal, vencidas tantas dificultades y a cabo de tantas

 

 

 

 

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largas, se destempló en gran manera con la prisión que hicieron en la persona del arzobispo de Toledo. Parecía que unos males se encadenaban de otros, y que el fin de una revuelta era principio y víspera de otro daño. Hacía el arzobispo las partes del duque de Benavente por la amistad y prendas que había entre los dos. Deseaba otrosí que a Juan de Velasco, camarero del rey, amigo y aliado de los dos, volviesen la parte de los gajes que por el testamento del rey don Juan le acortaron. No pudo salir con su intento por muchas diligencias que hizo; acordó como despechado ausentarse de la corte. Recelábanse los demás gobernadores que esta su salida y enojo no fuese ocasión de nuevos alborotos, por su grande estado y ánimo resoluto, que llevaba mal cualquiera demasía, y aún quería que todo pasase por su mano. Comunicáronse entre sí y con el rey; salió resuelto de la consulta que le prendiesen, como lo hicieron dentro de palacio, juntamente con su amigo Juan de Velasco. Era este caballero asaz poderoso en vasallos, y que poco antes con su mujer en dote adquirió la villa de Villalpando. Su padre se llamó Pedro Hernández de Velasco, de quien arriba se dijo que murió con otros muchos en el cerco de Lisboa, y el uno y el otro, fueron troncos del muy noble linaje en que la dignidad de condestable de Castilla se ha continuado por muchos años sin interrupción alguna hasta el día de hoy. Prendieron asimismo e don Pedro de Castilla, obispo de Osma, y a Juan, abad de Fuselas, muy aliados del arzobispo y participantes en el caso. Pareció exceso notable perder el respeto a tales personajes y eclesiásticos, si bien se cubrían de la capa del bien público, que suele ser ocasión de se hacer semejantes demasías. Pusieron entredicho en la ciudad de Zamora, do se hizo la prisión, en Palencia y en Salamanca. Quedaban por el mismo caso excomulgados, así el rey como todos los señores que tuvieron parte en aquellas prisiones, si bien no duraron mucho, ca en breve los soltaron a condición que diesen seguridad.

 

El arzobispo dio en rehenes cuatro deudos suyos, y puso en tercería las sus villas de Talavera y Alcalá; más sin embargo, se ausentó sentido del agravio. Juan de Velasco entregó el castillo de Soria, cuya tenencia tenía a su cargo. Acudieron asimismo al papa por absolución de las censuras, que cometió a su nuncio Domingo, obispo primero de San Ponce, y a la sazón de Albi en Francia; sobre lo cual le enderezó un breve, que hoy día se halla entre las escrituras de la iglesia mayor de Toledo; su tenor es el siguiente:

 

«Lleno está de amargura mi corazón después que poco ha he sabido la prisión y detención de las personas de nuestros venerables hermanos

 

 

 

 

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Pedro, arzobispo de Toledo, y Pedro, obispo de Osma, y Juan, abad de Fuselas, que se hizo en la iglesia de Palencia por algunos tutores de don Enrique, ilustre rey de Castilla y León, así eclesiásticos como seglares, y otros del su consejo y vasallos y por mandamiento y consentimiento del mismo rey. Es nuestro dolor y nuestra tristeza tan grande, que no admite ningún consuelo, porque estando la Iglesia santa de Dios en estos lastimosísimos tiempos tan afligida y por muchas vías desconsolada y miserablemente dividida con la discordia del cisma, sobre sus tantas heridas se haya añadido una tan grande por el sobredicho rey, su particular hijo y principal defensor. Mas porque por parte del rey se nos ha dado noticia que en la dicha prisión y detención que se hizo por ciertas causas justas y razonables que concernían al buen estado, seguridad, paz, quietud y provecho del mismo rey, y su reino y vasallos, tenido primero maduro acuerdo por los de su consejo y sus grandes, no ha intervenido otro algún grave o enorme exceso acerca de las personas de los dichos presos, y que luego los mismos dende a poco tiempo fueron puestos en libertad, de que plenariamente gozan; nos, teniendo consideración a la tierna edad del rey, y que verosímilmente la dicha prisión y detención no se hizo tanto por su acuerdo como por los de su consejo, queremos por estas causas habernos con él blandamente en esta parte; e inclinado por sus ruegos cometemos a vos, nuestro hermano, y mandamos que si el mismo rey con humildad lo pidiere, por vuestra autoridad le absolváis en la forma acostumbrada de la sentencia de excomunión, que por las razones dichas en cualquier manera haya incurrido por derecho o sentencia de juez; y conforme a su culpa le impongáis saludable penitencia, con todo lo demás que conforme a derecho se debe observar, templando el rigor de derecho con mansedumbre, según que conforme a justas y razonables causas vuestra discreción juzgare se debe hacer. Queremos otrosí que por la misma autoridad le relajéis las demás penas, en que por las causas ya dichas hubiere en cualquier manera incurrido. Dado en Aviñon a 29 de mayo en el año décimo quinto de nuestro pontificado».

 

Recebido este despacho, el rey, puestas las rodillas en tierra en el sagrario de santa Catalina en la iglesia mayor de Burgos, con toda muestra de humildad pidió la absolución. Juró en la forma acostumbrada obedecería en adelante a las leyes eclesiásticas, y satisfaría al arzobispo de Toledo con volverle sus plazas; tras esto fue absuelto de las censuras, día

 

 

 

 

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viernes, a los 4 de julio. Halláronse presentes a todo don Pedro de Castilla, obispo de Osma; Juan, obispo de Calahorra; y Lope, obispo de Mondoñedo, y Diego Hurtado de Mendoza, que sin embargo de los escándalos de Sevilla, ya era almirante del mar. Alzóse otrosí el entredicho; a esta alegría se allegó para que fuese más colmada la reducción del duque de Benavente, que a persuasión del arzobispo de Santiago que lo mandaba todo y por su buena traza vino en deshacer su campo, abrazar la paz y ponerse en las manos de su rey. En recompensa del dote que le ofrecían en Portugal concertaron de contarle sesenta mil florines y que tuviese libertad de casar en cualquier reino y nación, como no fuese en aquel. Demás de esto, de las rentas reales le señalaron de acostamiento cierta suma de maravedíes en los libros del rey. Asentado esto, sin pedir alguna seguridad de su persona para más obligar a sus émulos, vino a Toro. Recibióle el rey allí con muestras de amor y benignidad, y luego que se encargó del gobierno y le quitó a los que le tenían, le trató con el respeto que su nobleza y estado pedían.

 

De esta manera se sosegó el reino, y apaciguadas las alteraciones que tenían a todos puestos en cuidado, una nueva y clara luz se comenzó a mostrar después de tantos nublados. Grande reputación ganó el arzobispo de Santiago, todos a porfía alababan su buena maña y valor. Duróle poco tiempo esta gloria a causa que en breve el rey salió de la tutela y se encargó del gobierno; el arzobispo de Toledo, su contendor, otrosí volvió a su antigua gracia y autoridad, con que no poco se menguó el poder y grandeza del de Santiago. El pueblo, con la soltura de lengua que suele, pronosticaba esta mudanza debajo de cierta alegoría, disfrazados los nombres de estos prelados y trocados en otros, como se dirá en otro lugar.

Al rey de Navarra volvieron los ingleses a Chereburg, plaza que tenían en Normandía en empeño de cierto dinero que le prestaron los años pasados. Encomendó la tenencia a Martín de Lacarra y su defensa, por estar rodeada de pueblos de franceses y gente de guerra derramada por aquella comarca.

Las bodas de la reina de Sicilia y don Martín de Aragón finalmente se efectuaron con licencia del rey de Aragón, tío del novio, y del papa Clemente, según que de suso se apuntó. Los varones de Sicilia, con deseo de cosas nuevas, o por desagradarles aquel casamiento, continuaban con más calor en sus alborotos y en apoderarse por las armas de pueblos y castillos y gran parte de la isla. No tenían esperanza de sosegarlos y

 

 

 

 

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ganarlos por buenos medios; acordaron de pasar en una armada que aprestaron para sujetar los alborotados aquellos reyes, y en su compañía su padre don Martín, duque de Momblanc. En la guerra, que fue dudosa y variable, intervinieron diversos trances. El principio fue próspero para los aragoneses; el remate, que prevalecieron los parciales hasta encerrar a los reyes en el castillo de Catania y apretarlos con un cerco que tuvieron sobre ellos. Don Bernardo de Cabrera, persona en aquella era de las más señaladas en todo, acompañó a los reyes en aquella demanda; mas era vuelto a Aragón por estar nombrado por general de una armada que el rey don Juan de Aragón tenía aprestada para allanar a los sardos. Este caballero, sabido lo que en Sicilia pasaba, de su voluntad o con el beneplácito de su rey se resolvió de acudir al peligro. Juntó buen número de gente, catalanes, gascones, valones; para llegar dinero para las pagas empeñó los pueblos que de sus padres y abuelos heredara. Hízose a la vela, aportó a Sicilia ya que las cosas estaban sin esperanza. Diose tal maña, que en breve se trocó la fortuna de la guerra, ca en diversos encuentros desbarató a los contrarios, con que toda la isla se sosegó, y volvió, mal su grado de muchos, al señorío y obediencia de Aragón, en que hasta el día de hoy ha continuado, y por lo que se puede conjeturar durará por largos años sin mudanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO DÉCIMONONO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Cómo el rey don Enrique se encargó del

 

gobierno

 

Reposaba algún tanto Castilla a cabo de tormentas tan bravas de alteraciones como padeció en tiempo pasado; parecía que calmaba el viento de las discordias y de las pasiones, ocasionadas en gran parte por ser muchos y poco conformes los que gobernaban. Para atajar estos inconvenientes y daños el rey se determinó de salir de tutela y encargarse él mismo del gobierno, si bien le faltaban dos meses para cumplir catorce años; edad legal y señalada para esto por su padre en su testamento. Mas daba tales muestras de su buen natural, que prometían (si la vida no le faltase) sería un gran príncipe, aventajado en prudencia y justicia con todo lo al. Demás que los señores y cortesanos le atizaban y daban prisa; la porfía de todos era igual, los intentos diferentes. Unos, con acomodarse con los deseos de aquella tierna edad, pretendían granjear su gracia para adelantar sus particulares, los de sus deudos y aliados. Otros, cansados del gobierno presente, cuidaban que lo venidero sería más aventajado y mejor, pensamiento que las más veces engaña. Por conclusión, el rey se conformó con el consejo que le daban.

 

A los primeros de agosto juntó los grandes y prelados en las Huelgas, monasterio cerca de Burgos, en que los reyes de Castilla acostumbraban a coronarse. Habló a los que presentes se hallaron, conforme a lo que el tiempo demandaba. Que él tomaba la gobernación del reino; rogaba a Dios y a sus santos fuese para su servicio, bien, prosperidad y contento de todos. A los que presentes estaban encargaba ayudasen con sus buenos consejos aquella su tierna edad y con su prudencia la encaminasen. Pero desde aquel día absolvía a los gobernadores de aquel cargo, y mandaba que las provisiones y cartas reales en adelante se rubrasen con su sello. Acudieron todos con aplauso y muestras grandes de alegría, así el pueblo como los ricos hombres y señores que asistían a aquel auto, el nuncio del papa, el duque de Benavente, el maestre de Calatrava y otros muchos. El arzobispo de Santiago, como quier que ejercitado en todo género de negocios, y los demás le reconocían por sus aventajadas partes, tomó la mano, y habló al rey en esta forma:

 

 

 

 

 

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«No con menos piedad y alegría hablaré agora, que poco antes en aquel sagrado altar dije misa por vuestra salud y vida; confío que con el mismo ánimo vos me oiréis. Este es el tercer año después que por el testamento de vuestro padre fuimos puestos por vuestros tutores y gobernadores del reino. Cuanto hayamos en esto aprovechado quédese a juicio de otros. Esto con verdad os podemos certificar que ningún trabajo ni peligro de nuestras vidas hemos excusado por esta causa, por el bien y pro común de estos vuestros reinos. Hablar de nuestras alabanzas es cosa penosa y ocasión de envidia; no puedo empero dejar de avisar como hasta ahora siempre hemos conservado la paz y el reino ha estado en sosiego, que es de estimar asaz en tanta variedad de pareceres y voluntades. En nuestro gobierno ni sangre ni muerte de alguno no se ha visto, cosa que se debe atribuir a milagro y a vuestra buena dicha y felicidad, que plegue a Dios sea así y se continúe en lo restante de vuestro reinado. Con los moros, enemigos perpetuos de la cristiandad, habiéndose rebelado para eximirse de vuestro imperio, hicimos nueva confederación. Aplacamos con treguas los ánimos feroces de los portugueses. Honramos como convenía y granjeamos con todas buenas obras y correspondencia a los franceses, ingleses y aragoneses. Dirá alguno que los pueblos están irritados y gastados con nuestras imposiciones. ¿Cómo puede ser esto, pues para aliviarlos redujimos el alcabala a la mitad menos de lo que antes pagaban, es a saber, a razón de uno por veinte? Todo a propósito de acudir a las necesidades del pueblo y atajar sus quejas y disgustos. Así, muchos que se habían desterrado de sus tierras y desamparado sus haciendas por la violencia y crueldad de los alcabaleros, se hallan al presente en sus casas. Dirá otro que los tesoros y rentas reales están consumidas y acabadas. No lo podemos negar; pero de otra suerte ¿cómo se pagaran las deudas y las obligaciones que quedaban y se apaciguaran las alteraciones de la nobleza y del pueblo si no fuera con hacerles mercedes y acrecentarles sus gajes? Que si pareciere demasiado, ¿quién quita que no lo podáis todo reformar como pareciere más expediente, asentadas las cosas de vuestro reino? Ningún pueblo, hasta la menor aldea, hallaréis enajenada; todo está tan entero como antes. De suerte que ninguna cosa falta para vuestra felicidad y para nuestra alegría sino lo que hoy se hace, que concluida tan larga navegación, llegados al puerto después de tantos peligros y a salvamento, caladas las velas y echadas anclas, muy de gana descansemos en vuestra prudencia y benignidad,

 

 

 

 

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seguros y ciertos que si en tanta diversidad de cosas algo se hubiere errado, sin que sea menester intercesor ni tercero, vos mismo lo perdonaréis. Esto también aumentará vuestra gloria, que hayáis tenido por tutores personas que con las mismas virtudes de templanza, prudencia y diligencia con que han hecho guerra a los vicios y llevado al cabo cosas tan grandes, podrán de aquí adelante sufrir la vida particular, su recogimiento y sosiego».

 

A estas razones respondió el rey en pocas palabras: «De vuestros servicios, de vuestra lealtad y prudencia todo el mundo da bastante testimonio. Yo mientras viviere no me olvidaré de lo mucho que os debo, antes estoy resuelto que como hasta aquí por vuestro consejo he gobernado mi persona, así en lo de adelante ayudarme de vuestros avisos y prudencia en todo lo que concierne al gobierno de mi reino».

 

Concluido este auto, se trataron otros negocios. Muchos extranjeros pretendían las prebendas eclesiásticas de estos reinos, tanto con mayor codicia y maña cuanto las rentas son más gruesas. En las provisiones que de ellas se hacían por el pontífice no se tenía cuenta o poca con los méritos, ciencia y bondad de los proveídos. Muchas veces y en diversos tiempos se trató en las Cortes de remediar este grave daño y de suplicar al padre santo no permitiese se continuase más el desorden. Últimamente en las Cortes de Guadalajara, como se dijo de suso, se propuso y apretó con mayor cuidado este negocio de los extranjeros. Parecía cosa muy fea y cruel que disfrutasen las iglesias gente que ni ellos ni sus antepasados las ayudaron en cosa alguna ni las podrían ayudar. Continuaban, sin embargo, las provisiones de la manera que antes, ca los papas no llevaban bien que les atasen las manos. Los gobernadores del reino, visto esto, proveyeron los años pasados que se embargasen los frutos que poseían los extraños. Por esta causa a instancia del nuncio se trató en las Cortes, que para la coronación del rey se juntaron, muy de propósito este punto. Hubo consultas diferentes, muchas demandas y respuestas sobre el caso. La resolución finalmente fue que los extraños no pedían razón en lo que pretendían, y que lo proveído se llevase adelante. Pero como quier que muchos cortesanos pretendiesen tener parte en los despojos y alcanzar del papa aquellas y semejantes gracias, hicieron tal y tanta instancia para que no se ejecutase aquel decreto, que al fin por entonces fue forzoso disimular. La edad del rey era deleznable, y las negociaciones grandes en demasía.

 

 

 

 

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Todavía para resolver con más acuerdo este punto de las extranjerías y otros negocios graves que instaban, acordaron se aplazasen de nuevo Cortes generales del reino para la villa de Madrid. Entre tanto que las Cortes se juntaban, a instancia de los vizcaínos, que mucho lo deseaban, el nuevo rey fue en persona a tomar la posesión del señorío de Vizcaya. Juntáronse los principales de aquel estado. Otorgóles que a ejemplo de Castilla, donde todavía se continuaba esta antigua y dañada costumbre, pudiesen decidir y concluir sus pleitos, que eran asaz, por las armas y desafío.

 

Lo que hizo a este año muy señalado fue la navegación que de nuevo, al cabo de largo tiempo, se tornó a hacer a las Canarias. Armaron los vizcaínos, en que hicieron grande gasto, costearon con sus naves las marinas de España, alargáronse después al mar, descubrieron las Canarias, reconociéronlas todas, informáronse de sus nombres, de sus riquezas y frescura. Surgieron en Lanzarote y saltaron en tierra, vinieron a las manos con los isleños, prendieron al rey, a la reina y ciento setenta de sus vasallos. Con tanto dieron la vuelta a España, cargados los bajeles, demás de los cautivos, de pieles de cabras y alguna cera, de que aquellas islas tienen abundancia, para muestra de los trajes, de los frutos y fertilidad de la tierra y del útil que se podría sacar si continuasen las navegaciones, a propósito de sujetar aquellas islas a la corona de Castilla, como finalmente se hizo.

 

 

 

 

II. De las Cortes de Madrid

 

En este medio, conforme al orden que se dio, acudieron a Madrid y se juntaron los tres brazos, gran número de obispos, grandes y los procuradores de las ciudades. El rey asimismo, asentadas las cosas de Vizcaya y pasados los calores del estío en la ciudad de Segovia por su mucha templanza, llegó a Madrid por el mes de noviembre. En la primera junta habló a los congregados en pocas razones esta sustancia. Después de loar a su padre y declarar el estado en que el reino se hallaba, dijo tenía muchos ejemplos y muy buenos de sus antepasados para gobernar bien sus estados. Que en su menor edad, si bien el reino se mantuvo en paz con los extraños, pero llegó a punto de perderse por las discordias y alteraciones

 

 

 

 

 

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de los naturales. Lo que por razón de los tiempos se estragó era razón concertarlo con su autoridad y por el consejo de los que presentes se hallaban. En la traza de su gobierno se pretendía apartar de los caminos e inconvenientes en que sus buenos vasallos tropezaron, en especial pondría todo cuidado en que ni la ambición hallase entrada ni el dinero qué comprar. Sobre todo deseaba poner en su punto las leyes y dar toda autoridad a los tribunales que la libertad de los tiempos les quitaran. Las rentas reales estaban consumidas y acabadas; para remedio de este daño se podía tomar uno de dos caminos, imponer nuevos tributos en los pueblos o revocar las donaciones que sus tutores hicieron con buen ánimo y forzados de la necesidad, más en gran perjuicio de su patrimonio real; en todo empero pretendía usar de blandura y clemencia, a que su edad y su condición más le inclinaban que a rigor ni a severidad.

 

El razonamiento del rey y sus concertadas razones agradaron asaz a los que presentes se hallaron, si bien se dejaba entender que por su boca hablaban sus privados y cortesanos, los que en su nombre y por su mando gobernaban todo a su voluntad, no sin grave ofensión de los demás, como es ordinario que unos se mueven por envidia, otros por el menoscabo de la autoridad real. Los que más cabida tenían y alcanzaban con el rey eran tres: Juan Hurtado de Mendoza, mayordomo de la casa real, Diego López de Zúñiga, justicia mayor, y Ruy López Dávalos, su camarero mayor. Tenían entre sí conformidad, entre privados cosa semejante a milagro. Su mayor cuidado, enfrenar la edad deleznable del rey, mirar por el gobierno en común, y en particular amparar a los pequeños contra las demasías de los grandes. Preguntados los procuradores en qué manera se podría acudir al reparo de las rentas reales, dieron por respuesta que el pueblo estaba tan cargado de imposiciones y tan gastado por causa de las revueltas pasadas, que no podrían llevar se mentase de cargarles con nuevos tributos. Todavía les parecía que de las ventas y mercadurías se podría acudir al rey a razón de uno por veinte. Que sería todavía más fácil y hacedero reformar el gran número de compañías de soldados que por sus particulares los señores sustentaban y entretenían a costa del común; por lo menos les abajasen las pagas y sueldo conforme al que se daba en tiempo de los reyes pasados; lo mismo de las pensiones que los señores cobraban.

 

Este medio pareció el más acertado y más fácil, demás que se reformaron y borraron de los libros del rey las pensiones y acostamientos que en tiempo de la menor edad del rey o se concedieron de nuevo o en

 

 

 

 

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gran parte se acrecentaron. Ofendiéronse muchos con esta determinación, que estaban mal acostumbrados al dinero del rey, pero era la querella de secreto, que en lo público todos aprobaban el decreto. Hecho esto, se celebraron las bodas del rey con su esposa la reina doña Catalina por haber llegado a edad de poderse casar legalmente; lo mismo se hizo en el casamiento del infante don Fernando con doña Leonor, condesa de Alburquerque, su esposa, concertado de antes, y no efectuado por las razones que arribase tocaron. Las alegrías, como se puede entender, fueron muy grandes, con que las Cortes de Madrid se concluyeron y despidieron.

 

El rey al principio del año de 1394, por causa de la peste que comenzaba a picar en Madrid, se partió para Illescas, villa de buena comarca y de aires saludables, puesta entre Toledo y Madrid a la mitad del camino. Convidado el arzobispo de Toledo con la ocasión del lugar, que era suyo, fue a hacer reverencia al rey, que le recibió muy bien, y a él fue fácil volver a la autoridad y cabida que antes tenía, por su buena gracia y maña en granjear la gracia de los príncipes y de los cortesanos. El arzobispo de Santiago, su gran contendor, llevó muy mal esta venida y privanza, en tanto grado, que con ocasión fingida, a lo que se decía, de su poca salud se salió de la corte y se fue a Hamusco, villa suya en Castilla la Vieja, mal enojado contra el rey y contra el de Toledo, y aún resuelto de satisfacerse, si ocasión para ello se le presentase.

 

Fueron estos dos prelados en aquella era los más señalados del reino, dotados de prendas y partes aventajadas, ingenio, sagacidad, diligencia, bien que las trazas eran bien diferentes. Parece por la ocasión que el lugar nos presenta será bien declarar en breve sus condiciones y naturales. La nobleza, la edad, la elocuencia, la grandeza de ánimo eran casi iguales; los caminos por donde se enderezaban eran diferentes. El de Santiago usaba de caricias, astucia y liberalidad; el de Toledo se valía de su entereza, en que no tenía par, y de otras buenas mañas. El primero hacía placer y granjeaba la voluntad de los grandes; el otro se señalaba en gravedad y mesura y severidad. El uno daba, el otro tenía más que dar; aquel amparaba a los culpados y los defendía, el de Toledo quería que los ruines fuesen castigados. El uno era solícito, vigilante, favorecía a sus amigos, y a nadie negaba lo que estuviese en su mano; el otro ponía todo cuidado en la templanza, reformación y todo género de virtudes. Al uno punzaba el dolor por la iglesia de Toledo, que los años pasados le quitaron a tuerto y contra razón, como él se persuadía; al de Toledo acreditaba haberla

 

 

 

 

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alcanzado sin pretensión ni trabajo; era respetado y temido de sus contrarios por su valor, y si bien diversas veces le armaron lazos y cayó en sus manos, siempre se libró de ellas, y con los rayos de su luz deshizo las tinieblas de muchas celadas que sus émulos le paraban.

 

 

 

 

III. De la muerte del maestre de Alcántara

 

Sentían mucho los grandes y caballeros les reformasen los gajes y acostamientos que cada un año tiraban de las rentas reales, de que resultaron en Castilla la Vieja alteraciones y revueltas en esta manera. El duque de Benavente se salió de Madrid mal enojado; apoderábase de las rentas reales y eclesiásticas en todas las partes que podía. La pequeña edad del rey y los tiempos daban ocasión a estas demasías y desórdenes. Despacharon al mariscal Garci González de Herrera que le reportase y pusiese en razón y juntamente le avisase era mal término usurpar por autoridad lo que se debía alcanzar con buenos medios y servicios. Llevó asimismo orden de verse con la reina de Navarra y los condes de Gijón y Trastámara, que se mostraban sentidos por la misma causa y tramaban de juntar sus fuerzas y alborotar la tierra. La respuesta del de Benavente al recado que le dieron fue que no podía llevar ni era razón que el rey se gobernase por ciertos hombres que poco antes se levantaron del polvo de la tierra, y que ellos solos tuviesen el palo y el mando. Que ésta fue la causa de su salida de la corte, do no pensaba volver si no ponían en su poder para su seguridad, como en rehenes, los hijos de aquellos tres personajes más poderosos de palacio. La respuesta de los otros señores descontentos fue semejable. Diego López de Zúñiga por orden del rey fue asimismo a verse con el arzobispo de Santiago y amonestarle que, pospuesto todo lo al, se viniese a la corte, ca se entendía traía sus inteligencias con los alborotados. Respondió al mensaje que la enemiga que tenía con el de Toledo, que era antigua y muy notoria, no le daba lugar a hacer presencia en la corte mientras su contrario en ella estuviese.

 

Supo el rey de Navarra lo que en Castilla pasaba, los disgustos y pasiones. Parecióle buena ocasión para recobrar su mujer. Despachó sus embajadores sobre el caso, que hallaron al rey de Castilla en Alcalá de Henares, do era ya ido. Hicieron sus diligencias conforme al orden que

 

 

 

 

 

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traían; mas sin embargo que el rey estaba torcido con la reina por inclinarse ella y favorecer a los señores disgustados, todavía tuvieron más fuerza las excusas que daba, las mismas que antes diera y el respeto que a su persona por ser reina y tía del rey se debía. Propusieron que a lo menos les entregase dos hijas que tenía en su compañía para llevarlas a su padre. No vino el rey tampoco en esto, antes dio por respuesta que en tanto que el matrimonio estaba apartado, era justo y puesto en razón que el padre y la madre repartiesen entre sí los hijos para con su presencia llevar mejor la viudez y soledad.

 

Concluido con esta embajada, vinieron de Portugal nuevos embajadores, que en nombre de su rey con palabras determinadas pidieron firmasen ciertos grandes las capitulaciones de las treguas y asiento que tomaron, que no lo habían querido hacer. Estos eran el marqués de Villena y el conde de Gijón; el de Villena alegaba que, pues no le dieron parte en los conciertos que hicieron no era justo ni necesario que él los firmase; el de Gijón antes de firmar pretendía que el de Portugal le entregase los pueblos que con su mujer se señalaron en dote; el uno tomaba la firma por torcedor, y el otro por punto de honra; caminos que suelen desbaratar grandes negocios. Volviéronse los embajadores sin alcanzar cosa alguna, no sin recelo que las cosas llegasen a rompimiento.

 

Nueva ocasión, que por cierto accidente resultó de mayor cuidado, hizo que no se reparase tanto en el disgusto de Portugal. Don Martín Yáñez de la Barbuda, que fue en Portugal (do nació) clavero de Avis, los años pasados en tiempo del rey don Juan se desterró de su patria y dejó el lugar que tenía por seguir las partes de Castilla en las guerras que andaban sobre aquella corona de Portugal. Debía estar disgustado con su maestre, o pretendía aventajarse en rentas y autoridad, que de su ingenio no sé si se puede y debe creer se moviese por la justicia de la querella. Finalmente, ayudó al rey de Castilla y se halló en aquella memorable jornada de Aljubarrota. En premio de sus servicios y recompensa de lo que dejó en su natural, se dio orden como le hiciesen maestre de Alcántara, con que se acrecentó en autoridad y renta. Era de ingenio precipitado, voluntario y resoluto. Avino que un ermitaño, por nombre Juan Sago, tenido por hombre santo a causa de la vida retirada que por mucho tiempo hizo en el yermo, le puso en la cabeza que tenía revelación alcanzaría grandes victorias contra moros, singular renombre y muy poderoso estado, si

 

 

 

 

 

 

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desafiase aquella gente en comprobación de la verdad de la religión católica.

 

Dejóse el maestre persuadir fácilmente por frisar con su humor aquel dislate. Envió personas a Granada que retasen aquel rey a hacer campo con él, con orden que si este reto no se recibiese, ofreciesen que entrasen en la liza veinte, treinta o cien cristianos, y que el número de los moros fuese en cualquier de estos casos doblado; que por la parte que la victoria quedase, aquella religión y creencia se tuviese por la acertada, temeridad y desatino notable. Los moros fueron más cuerdos; maltrataron y ultrajaron a los embajadores, sin hacer de ellos algún caso. El maestre, más indignado por estoy confiado en la revelación del ermitaño y la justicia de su querella, se determinó con las armas romper por la frontera de moros. Ninguna cosa tiene más fuerza para alborotar el vulgo que la máscara de la religión; reseña a que los más acuden como fuera de sí, sin reparar en inconvenientes. A la fama pues de la empresa que el maestre tomaba le acudió mucha gente, no de otra guisa que si tuvieran en las manos la victoria. Pasaron alarde de más de trescientos de a caballo, hasta cinco mil peones de toda broza, los más aventureros, mal armados, sin ejercicio de guerra, finalmente, más canalla que soldados de cuenta.

 

Desde que el rey supo lo que pasaba procuró apartarle de aquel intento. Asimismo los hermanos Alonso y Diego Fernández de Córdoba, señores de Aguilar, caballeros de mucha cuenta, ya que marchaba con su gente, le salieron al camino para con sus buenas razones y autoridad divertirle de aquel dislate. «¿Dó vais, dicen, Maestre, a despeñaros? ¿Por qué lleváis esta gente al matadero? Vuestros pecados os ciegan, estos pobrecillos nos lastiman, que pretendéis entregarlos a sus enemigos carniceros. Volved, por Dios, en vos mismo, desistid de ese vuestro intento tan errado, enfrenad con la razón el ímpetu demasiado de vuestro corazón; que si no tomáis nuestro consejo ni dais orejas a nuestros ruegos, el daño será muy cierto y el llanto, junto con la mengua de toda la nación y reino».

 

No se doblegó con estas razones su pecho, no más que si fuera de piedra. Saca por su divina permisión la ira divina a los hombres de seso, cuando no quiere que se emboten sus aceros. Rompieron pues por tierra de moros un domingo 26 de abril. Pusiéronse sobre la torre de Ejea, puesta en la misma frontera, para combatirla, cuando de sobresalto se mostró el rey moro, acompañado de cinco mil de a caballo y de ciento veinte mil de a pie, grande número, pero que se hace probable por causa que el moro so

 

 

 

 

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graves penas mandó que todos los de edad a próposito se alistasen. Los cristianos, con la vista de morisma tan grande, a la hora desmayaron. En los de a pie no hubo resistencia por ser gente allegadiza y porque los moros los apartaron de sus caballos. Hirieron en ellos a toda su voluntad, los más quedaron tendidos en el campo; algunos se salvaron que con tiempo se encomendaron a los pies. Los de a caballo hicieron el deber, ca arremolinados entre sí, por una pieza pelearon con valor y tuvieron en peso la batalla. Sobre todos se señaló el maestre en aquel aprieto de valeroso y esforzado, e hizo grandes pruebas de su persona; mas finalmente, como quier que los enemigos eran tantos, cayó muerto y con él los demás, sin que ninguno mostrase cobardía ni volviese las espaldas; pequeño alivio de un revés y de una afrenta tan grande, con que la Dominica in Albis, que quiere decir blanca, y era aquel día, se trocó en negra y aciaga. El cuerpo del maestre con licencia de los moros llevaron a Alcántara y le sepultaron en la iglesia mayor de Santa María en un lucillo, y en él una letra que él mismo se mandó poner:

 

Aquí yace aquel en cuyo corazón nunca pavor tuvo entrada.

 

Cierto caballero refirió este letrero al emperador Carlos V, que dicen respondió: «Nunca ese fidalgo debió apagar alguna candela con sus dedos».

 

Era clavero de Calatrava Fernán Rodríguez de Villalobos, hombre de valor y anciano. Juntáronse los caballeros, acudió el rey con su favor, y nombráronle en lugar del muerto (si bien no era hijo legítimo de su padre) para que fuese maestre de Alcántara, elección que mucho sintieron y murmuraron los de aquella orden; pero prevaleció la voluntad del rey y los muchos servicios y valor del electo.

Los moros, aunque agraviados de aquella entrada del maestre por haberles quebrantado las treguas, todavía antes de romper la guerra despacharon al rey don Enrique un embajador, que le halló en San Martín de Valdeiglesias; allí propuso sus quejas; la respuesta fue que la culpa de aquel caso sólo la tenía el maestre, que su muerte y la de los suyos era bastante enmienda, con lo cual los moros se sosegaron.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV. De nuevos alborotos que se levantaron en

 

Castilla

 

Los grandes que en Castilla la Vieja andaban descontentos hacían de nuevo mayores juntas de gentes y de soldados. La voz era para acudir al llamado del rey, que decían se apercibía en Toledo, do estaba, para acudir a la guerra que de parte de Granada por la causa dicha de suso amenazaba; mas otro tenían en el corazón, que era llevar adelante sus disgustos y pasiones. Avino a la misma sazón que el rey de Castilla volvió a Illescas bien acompañado de gente, de grandes y ricos hombres. El maestre de Calatrava hizo tanto con el marqués de Villena, que le trajo consigo a aquella villa para reconciliarle con el rey; muchos nobles para honrarle desde Aragón le hicieron compañía. Recibióle el rey con muchas muestras de amor y de contento; que es muy propio de los reyes contemporizar y ganar con caricias y benignidad las voluntades. El marqués hizo instancia que le restituyesen la dignidad de condestable que tenía por merced del rey don Juan, y los tutores a tuerto la dieron al conde de Trastámara. Hubo el rey su acuerdo sobre la demanda; respondió era contento de otorgar con lo que, pedía, a tal empero que le acompañase a Castilla la Vieja, do era forzoso pasar para poner en razón los que andaban alborotados. Excusóse que no venía aprestado para aquella jornada; con tanto dio vuelta a Aragón con algún sentimiento del rey, que quisiera tener a su lado un tal varón.

 

Los bullicios de Castilla continuaban y por el mismo caso los agravios que se hacían a la gente menuda y desvalida. Pero visto que el rey se aprestaba de gente, los grandes, que no tenían fuerzas para resistir a la potencia real, tomaron mejor acuerdo. Diéronles seguridad, y así vinieron a la corte, primero el arzobispo de Santiago, y tras él el duque de Benavente. Alegaron en excusa suya el mucho poder de sus enemigos y sus agravios, que los pusieron en necesidad para su defensa de acompañarse de gente. Ofrecieron de recompensar las culpas con mayores servicios y lealtad. Perdonólos el rey de buena gana; y aún para más prendar al de Benavente le señaló de las sus rentas reales quinientos mil maravedíes de acostamiento en cada un año y la villa de Valencia en Extremadura en recompensa del dote que le daban en Portugal, a condición empero que se llegase a cuentas de las rentas reales que por su orden se cobraron los años pasados. La esperanza de sosiego que todos comúnmente concibieron con esto se aumentó con la reducción de don

 

 

 

 

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Pedro, conde de Trastámara, que don Alonso Enríquez, su hermano, le aconsejó y persuadió que dejase aquellas porfías y bullicios, que de ordinario paran en mal. Diéronle de acostamiento otra tanta cuantía de maravedíes; y para igualarla en todo con el de Benavente, le restituyeron la villa de Paredes, que don Alonso, conde de Gijón, contra razón y derecho le tenía usurpada por fuerza.

Trataba el rey de sujetar con las armas al conde de Gijón, que sólo restaba de los grandes alborotados, y no tenían esperanza que se dejaría vencer por buenos medios y blandos, tan bullicioso era y tan arrestado de su natural, cuando vinieron por embajadores de don Carlos, rey de Navarra, el obispo de Huesca, que era francés de nación, y Martín de Aivar para intentar, lo que tantas veces acometieron en vano, que la reina doña Leonor volviese a hacer vida con su marido. Lo que la razón no alcanzó, hizo cierto accidente que se efectuase. La reina estaba muy sentida que la hubiesen acortado gran parte de la pensión que tiraba de las rentas reales, por la cual causa se salió de las Cortes de Madrid, en que se tomó este acuerdo, mal enojada. Comunicábase con los grandes que andaban alborotados por la misma razón, y aún se entendía entraba a la parte de los bullicios. El rey de Castilla estaba por esto con ella torcido, que fue la ocasión de despachar de nuevo esta embajada. Avino que el conde de Trastámara, sabido lo que se tramaba contra la reina acerca de su partida, al improviso se salió de la corte y se fue para la reina, que moraba en Roa, para asistirla, que no se le hiciese fuerza ni agravio. Puso al rey en cuidado esta partida tan arrebatada no fuese principio de nuevas alteraciones. Sospechóse que el de Trastámara se comunicó en lo que hizo y pretendía con el duque de Benavente. Llamóle a la corte, y llegado, le echaron mano y pusieron a buen recaudo, que fue un sábado 25 de julio. Hecho esto, porque la reina y el conde no tuviesen lugar de afirmarse, con la gente que pudo y que tenía aprestada para ir contra el conde de Gijón, a grandes jornadas partió el rey la vuelta de Roa. No pudo haber a las manos al conde, que con tiempo se huyó a Galicia. La reina, visto el riesgo que corría, para aplacar la saña del rey, sin ponerse en defensa, con sus hijas todas cubiertas de luto, le salió a recibir a las puertas de la villa. Dio sus descargos que no tuvo parte alguna en la partida del conde, pero que venido a su casa, no era razón dejar de hospedar a su hermano, mayormente que publicaba venía a consolarla en su tristeza y trabajos. Mostró el rey satisfacerse con sus descargos de tal guisa, que se apoderó

 

 

 

 

 

 

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de la villa, si bien dejó a la reina las rentas para que con ellas se sustentase, y a ella mandó que le acompañase a Valladolid, do la mandó poner guardas para que no se pudiese ausentar ni huir.

 

En el entre tanto don Alonso, conde de Gijón, se fortalecía de armas, soldados y vituallas en la su villa de Gijón. Para atajarle los pasos acudió el rey con toda presteza a las Asturias. Apoderóse de la ciudad de Oviedo, que se tenía por el conde. Dende partió para Gijón y puso sobre ella sus estancias. El sitio es tan fuerte por su naturaleza, que por fuerza no la podían tomar. Detenerse en el cerco muchos días érales muy pesado por ser los mayores fríos del año, que en aquella tierra son mayores por ser muy septentrional, demás de muchas enfermedades que picaban en el campo y en los reales. Todavía no fue la jornada en balde, porque durante el cerco el conde de Trastámara se redujo a mejor partido, y con perdón que le dieron vino a los dichos reales. Con el conde cercado asimismo, visto que no le podían forzar, se tomó asiento a condición que, fuera de aquella villa de Gijón, en todos los demás pueblos de su estado se pusiesen guarniciones de soldados por el rey. Ultra de esto, que el conde en persona pareciese en Francia para descargarse delante de aquel rey, como juez árbitro que nombraban de común acuerdo, del aleve que se le imputaba; y que la sentencia que se diese se cumpliese enteramente. Para seguridad del cumplimiento y de todo lo concertado el conde puso en poder del rey de Castilla a su hijo don Enrique, con que por el presente se dejaron las armas, y el reino se libró del cuidado en que por esta causa estaba.

 

 

 

 

V. De la elección del papa Benedicto XIII

 

Esto pasaba en Castilla en sazón que en Aviñón falleció el papa Clemente a los 16 de septiembre. Los príncipes y potentados, los de cerca y los de lejos, por sus embajadores requirieron a los cardenales de aquella obediencia se fuesen despacio en la elección del sucesor. Que su principal cuidado fuese de buscar alguna traza como el cisma se quitase y con esto se pusiese fin a tantos males. A los cardenales no pareció dilatar el cónclave y la elección. Sólo por mostrar algún deseo de condescender con la voluntad de los príncipes, de común acuerdo ordenaron que cada cual de los cardenales por expresas palabras jurase, en caso que le eligiesen por

 

 

 

 

 

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Papa, renunciaría el pontificado cada y cuando que hiciese lo mismo por su parte el pontífice de Roma; camino que les pareció el mejor que se podía dar para apaciguar y unir toda la cristiandad. Creo será bien poner en este lugar la forma del juramento que hicieron los cardenales:

 

«Nos, los cardenales de la santa Iglesia romana, congregados en cónclave para la elección futura, todos juntos y cada cual por sí delante el altar donde es costumbre de celebrar la misa conventual, por el mayor servicio de Dios y unidad de su Iglesia y salud de todas las ánimas de sus fieles prometemos y juramos, tocando corporalmente los santos Evangelios de Dios, que sin algún dolo o fraude o engaño trabajaremos y procuraremos con toda fidelidad y cuidado, por cuanto a lo que nos toca o adelante puede tocar, la unión de la Iglesia, y poner fin cuanto en nos fuere al cisma que agora con íntimo dolor de nuestros corazones hay en la Iglesia. Item, que daremos para esto auxilio, consejo y favor al Pastor nuestro y de la grey del Señor, que ha de ser y por tiempo será señor nuestro y vicario de Jesucristo, y que no daremos consejo o favor directa o indirectamente, en público o en secreto para impedir las cosas arriba dichas. Más que cada uno de nos, cuanto le fuere posible, aunque sea elegido para la silla del apostolado, hasta hacer cesión inclusivamente de la dignidad del papado, guardará y procurará todas estas cosas y cada una de ellas y todas las demás arriba dichas; junto con esto todas las vías útiles y cumplideras al bien de la Iglesia y a la dicha unión con sana y sincera voluntad, sin fraude, excusa o dilación alguna, si así pareciere convenir al bien de la Iglesia y a la sobredicha unión a los señores cardenales que al presente son o por tiempo serán en lugar de los presentes o a la mayor parte de ellos».

 

Hecho este juramento en la manera que queda dicho, se juntaron los cardenales, número veinte y uno, para hacer la elección. Salió con todos los votos, sin que alguno le faltase, el cardenal de Aragón don Pedro de Luna. Su nobleza era muy conocida; su doctrina muy aventajada en los derechos civil y canónico, demás de las muchas legacías en que mucho trabajó; su buena gracia, maña y destreza con que se granjean mucho las voluntades. En su asunción se llamó Benedicto XIII. Después que se vio papa comenzó a tratar de pasar la silla a Italia, sin acordarse del juramento hecho ni de dar orden en renunciar el pontificado. Alteróse mucho la nación francesa por la una y por la otra causa. Tuvieron su acuerdo en París en una junta de señores y prelados. Parecióles que para reportar el

 

 

 

 

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nuevo pontífice, que sabían era persona de altos pensamientos y gran corazón, como lo declaró bien el tiempo adelante, era necesario enviarle grandes personajes que le representasen lo que aquel reino y toda la Iglesia deseaba. Señalaron por embajadores los duques de Borgoña y de Orliens y de Bourges, los cuales, luego que llegaron a Aviñón, habida audiencia, le requirieron con la paz, y protestaron la restituyese al mundo, y que se acordase de las calamidades que por causa de aquella división padecía la cristiandad; acusábanle el juramento que hizo, y más en particular le pedían juntase concilio general en que los prelados de común acuerdo determinasen lo que se debía hacer. Respondió el papa que de ninguna suerte desampararía la Iglesia de Dios vivo y la nave de san Pedro, cuyo gobernalle le habían encargado. No se contentaron aquellos príncipes de esta respuesta ni cesaban de hacer instancia; mas visto que nada aprovechaba, dieron la vuelta mal enojados, así ellos como su rey y toda aquella nación.

 

Procuraba el pontífice con destreza aplacar aquella indignación, para lo cual concedió al rey de Francia por término de un año la décima de los frutos eclesiásticos de aquel reino. Esto pasaba por el mes de mayo del año del Señor de 1390 años, en que se comenzó a destemplar poco a poco el contento del nuevo pontífice y trocarse su prosperidad en miserias y trabajos. El gobernador de Aviñón con gente de Francia, por orden de aquel rey, le puso cerco dentro de su palacio muy apretado. Publicóse otrosí un edicto en que se mandaba que ningún hombre de Francia acudiese a Benedicto en los negocios eclesiásticos. Sobre todo los cardenales mismos de su obediencia le desampararon, excepto sólo el de Pamplona, que permaneció hasta la muerte en su compañía. Finalmente, por todas estas causas se vio tan apretado, que le fue forzoso salirse de Aviñón en hábito disfrazado y pasarse a Cataluña para poderse asegurar; pero esto aconteció algunos años adelante.

 

Las negociaciones entre los príncipes sobre el caso andaban muy vivas, y las embajadas que los unos a los otros se enviaban. El rey de Francia procuraba apartar de la obediencia de aquel papa a los reyes, al de Navarra, al de Aragón y al de Castilla. Hacíaseles cosa muy grave a estas naciones apartarse de lo que con tanto acuerdo abrazaron, en particular el de Castilla despachó a don Juan, obispo de Cuenca, persona prudente y de trazas, para que reconciliase al rey de Francia con el papa, ca entendían la

 

 

 

 

 

 

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causa de aquella alteración y mudanza eran disgustos particulares; poco prestó esta diligencia.

 

En Aragón por la parte de Rosellón entró gran número de soldados franceses para robar y talar la tierra. La reina doña Violante, como la que por el descuido de su marido ponía en todo la mano, despachó al rey de Francia y a sus tíos los duques, el de Borgoña y el de Berri, y al duque de Orleans un embajador, por nombre Guillén de Copones, para querellarse de aquellos desórdenes; diligencia con que se atajó aquella tempestad, y los franceses dieron la vuelta en sazón que el rey don Juan de Aragón murió de un accidente que le sobrevino de repente. Salió a caza en el monte de Foja, cerca del castillo de Mongriu y de Urriols en lo postrero de Cataluña. Levantó una loba de grandeza descomunal; quier fuese que se le antojó por tener lesa la imaginación, quier verdadero animal, aquella vista le causó tal espanto, que a deshora desmayó y se le arrancó el alma, que fue a los 19 de mayo, día miércoles, príncipe a la verdad más señalado en flojedad y ociosidad que en alguna otra virtud. Su cuerpo fue sepultado en Poblet, sepultura ordinaria de aquellos reyes.

 

No dejó hijo varón, solamente dos hijas de dos matrimonios, doña Juana y doña Violante. La primera dejó casada con Mateo, conde de Foix; la segunda concertada con Luis, duque de Anjou, según que de suso queda apuntado. Nombró en su testamento por heredero de aquella corona a su hermano don Martín, duque de Momblanc, lo que con gran voluntad aprobó el reino por no caer en poder de extraños, si admitían las hembras a la sucesión. Hallábase don Martín ausente, ocupado en allanar a sus hijos la isla de Sicilia y componer aquellas alteraciones. Doña María, su mujer, persona de pecho varonil, hizo sus veces, ca se llamó luego reina, y en una junta de señores que se tuvo en Barcelona mandó se pusiesen guardas a la reina doña Violante, que decía quedar preñada, para no dar lugar a algún embuste y engaño. La misma Reina viuda dentro de pocos días se desengañó de lo que por ventura pensaba.

 

Pretendía el conde de Foix que le pertenecía aquella corona por el derecho de su mujer, como de hija mayor del rey difunto. Contra el testamento que hizo su suegro se valía del rey don Pedro, su padre, que llamó a la sucesión las hijas, de la costumbre tan recibida y guardada de todo tiempo que las hembras heredasen el reino, la cual ni se debía ni se podía alterar, mayormente en su perjuicio. Estas razones se alegaban por parte del conde de Foix y de su mujer, si no concluyentes, a lo menos

 

 

 

 

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aparentes asaz. Sin embargo, las Cortes del reino, que se juntaron en Zaragoza por el mes de julio, adjudicaron el reino de común acuerdo de todos a don Martín, que ausente se hallaba, las insignias, nombre y potestad real. Platicaron otrosí de los apercibimientos que se debían hacer para la guerra que de Francia por el mismo caso amenazaba.

 

 

 

 

VI. Cómo la reina dona Leonor volvió a Navarra

 

El reino de Aragón andaba alterado por las sospechas y recelos de guerra que los aquejaban. En las ciudades y villas no se oía sino estruendo de armas, caballos, municiones, vituallas. Castilla sosegaba por haberse los demás grandes allanado y el de Gijón ausentado y partido para Francia, conforme a lo que con él asentaron. La reina de Navarra, asimismo mal su grado, fue forzada a volver con su marido, negocio por tantas veces tratado. Para asegurarla hizo el rey, su marido, juramento de tratarla como a reina e hija de reyes. Para honrarla y consolarla el mismo rey de Castilla, su sobrino, la acompañó hasta la villa de Alfaro, que es en la raya de Navarra. En la ciudad de Tudela la recibió el rey, su marido, magníficamente, con toda muestra de alegría y de amor. Hiciéronse por esta vuelta procesiones en acción de gracias por todas partes, fiestas y regocijos de todas maneras.

 

Juan Hurtado de Mendoza, mayordomo de la casa real, tenía gran cabida con el rey de Castilla; por esto y en recompensa de sus servicios, le hizo poco antes donación de la villa de Ágreda, y en el territorio de Soria de los lugares Ciria y Borovia. El pueblo llevaba mal esto por la envidia, que, como es ordinario, se levanta contra los que mucho privan, y suélese llevar mal que ninguno se levante demasiado. Los vecinos de Ágreda no querían sujetarse ni ser de señor ninguno particular, con tanta determinación, que amenazaban defenderían con las armas, si necesario fuese, su libertad. Tenían por cosa pesada que aquel lugar de realengo se hiciese de señorío, gobierno que al principio suele ser blando y adelante muy pesado y grave, de que cada día se mostraban ejemplos muy claros. Demás que por estar a los confines de Navarra y Aragón corrían peligro de ser acometidos los primeros sin que los pudiesen defender las fuerzas de ningún señor particular. Querellábanse otrosí que no les pagaban bien los

 

 

 

 

 

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servicios suyos y de sus antepasados y la lealtad que siempre con sus reyes guardaron. Partióse el rey de Castilla para allá con intención y fiucia que con su presencia se apaciguarían aquellos disgustos. Poco faltó que no le cerrasen las puertas, si no intervinieran personas prudentes que les avisaron con cuánto peligro se usa de fuerza para alcanzar de los reyes lo que con modestia y razón se debe y puede hacer, consejo muy saludable, porque el rey, oídas sus razones, con facilidad se dejó persuadir que aquella villa se quedase en su corona, con recompensa que hizo a Juan de Mendoza en las villas de Almazán y Santisteban de Gormaz que a trueco le dieron, con que se sosegó aquella alteración.

 

El rey don Enrique para seguir al conde de Gijón envió sus embajadores a Francia, que comparecieron en París al plazo señalado. El conde no compareció, sea por no poder más, sea por maña; verdad es que al tiempo que los embajadores se aprestaban para dar la vuelta tuvieron aviso que el conde era llegado a la Rochela, ciudad y puerto en tierra de Santonge, puesto entre la Guyena y la Bretaña. Por esta causa se detuvieron. Pusiéronle demanda delante del rey de Francia, alegaron las partes de su derecho, y sustanciado el proceso y cerrado, se vino a sentencia, en que el conde fue dado por aleve y mandado se pusiese en manos de su rey y se allanase; si así lo cumpliese, podía tener esperanza del perdón y de recobrar su estado, en que aquel rey ofrecía interpondría su autoridad y ruegos; si perseverase en su rebeldía, le avisaban que de Francia no esperase ningún socorro ni lugar seguro en aquel reino. En esta sustancia se despacharon cartas para el duque de Bretaña y otros señores movientes de aquella corona y a los gobernadores, en que les avisaban no ayudasen al conde para volver a España con dineros, armas, soldados ni naves. Por otra parte, el rey de Castilla, avisado de la sentencia, pedía que le entregasen la villa de Gijón conforme a las condiciones que asentaron. La Condesa, que dentro estaba, no venía en ello, sea por ser mujer varonil, o por los consejeros que tenia a su lado. Acudió el rey a esto, porque con la dilación no se pertrechase; púsose sobre aquella villa cerco, que no duró mucho a causa que los cercados, perdida toda esperanza de socorro, en breve se rindieron. El rey hizo abatir los muros de la villa y las casas para que adelante no se pudiese rebelar. A la condesa entregaron a su hijo don Enrique, que estaba en poder del rey, a tal que desembarazase la tierra y se fuese fuera del reino con su marido, que a la sazón se hallaba en tierra de Santonge con poca o ninguna esperanza de recobrar su estado.

 

 

 

 

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Hecho esto, el rey dio la vuelta a Madrid, resuelto de visitar en persona el Andalucía, que lo deseaba y los negocios lo pedían, y por diversas causas lo dilatara hasta entonces. Pasó a Talavera con este intento; allí por el mes de noviembre le llegaron embajadores del rey de Granada para pedir que el tiempo de las treguas, que ya espiraba, o era del todo pasado, se alargase de nuevo. Recelábanse los moros que, apaciguadas las pasiones del reino y de los grandes, no revolviesen las fuerzas de Castilla en daño de Granada para tomar enmienda de los daños que ellos hicieron en su menor edad por aquellas fronteras. No los despacharon luego; sólo les dieron orden que fuesen a Sevilla en compañía del rey, al cual recibió aquella ciudad con grandes fiestas y regocijos, como es ordinario. En ella hizo prender al arcediano de Écija por amotinador de la gente y atizador principal de los graves daños que los días pasados se hicieron en aquella ciudad y en otras partes a los judíos. Esta prisión y el castigo que le dieron fue escarmiento para otros y aviso de no levantar el pueblo con color de piedad.

 

Por todas estas causas una nueva y clara luz parecía amanecer en Castilla después de tantos torbellinos y tempestades, y una grande seguridad de que nadie se atrevería a hacer desaguisado a los miserables y flacos. Las treguas asimismo se renovaron con los moros, que mucho lo deseaban, con que quedaba todo sosegado sin miedo ni recelo de alguna guerra ni alboroto. Mucho importó para todo la prudencia y buena maña del rey don Enrique, que, aunque mozo, de cada día descubría más prendas de su buen natural en valor y todo género de virtudes. Verdad es que las esperanzas que de este príncipe se tenían muy grandes en breve se regalaron y deshicieron como humo por causa de su poca salud, mal que le duró toda la vida. Grande lástima y daño muy grave; con la indisposición traía el rostro amarillo y desfigurado, los fuerzas del cuerpo flacas, las del juicio a veces no tan bastantes para peso tan grande, tantos y tan diversos cuidados. Finalmente, los años adelante no continuó en las buenas muestras que antes daba y que las gentes se prometían de su buen natural. Fue esto en tanto grado, que apenas se puede relatar cosa alguna de las que hizo los años siguientes. Algunas atribuyen esta dificultad a la falta que hay de memorias de aquel tiempo y mengua de las crónicas de Castilla. Es así, pero juntamente se puede entender que la continua indisposición del rey y la grande paz de que por beneficio del cielo gozaron en aquel tiempo

 

 

 

 

 

 

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fueron ocasión de que pocas cosas sucediesen dignas de memoria y de cuenta.

 

El duque de Benavente estaba preso en Monterey por cuenta y a cargo del maestre de Santiago; pasáronle adelante dende a la villa de Almodóvar. El arzobispo de Santiago, prelado, aunque pequeño de cuerpo, de gran corazón y que no sabía disimular, se mostraba de esto agraviado, pues el duque, fiado de su palabra, deshizo su gente, y se vino a la corte para ponerse en las manos del rey. Demás de esto, tenía por peligroso para la conciencia obedecer a los papas de Aviñón, que cuidaba ser falsos, y verdaderos los que residían en Roma. Este color tomó y esta ocasión para dejar a Castilla y pasarse a Portugal. Allí le criaron, primero obispo de Coimbra, y después arzobispo de Braga en recompensa de la prelacía muy principal que dejaba en Castilla, de Santiago, en que por su ausencia entró don Lope de Mendoza. Era en la misma sazón obispo de Palencia don Juan de Castro, personaje más conocido por la lealtad que siempre guardó al rey don Pedro y sus descendientes que por otra prenda alguna. Anduvo fuera de España en servicio de doña Constanza, hija del rey don Pedro, por cuya instancia y a contemplación de su marido el duque de Lancaster le hicieron obispo de Aquis en la Guyena. Después, al tiempo que se hicieron las paces entre Castilla e Inglaterra, volvió entre otros del destierro para ser obispo de Jaén, y finalmente de Palencia. Refieren que este prelado escribió la crónica del rey don Pedro con más acierto y verdad que la que anda comúnmente llena de engaños y mentiras por el que quiso lavar su deslealtad con infamar al caído y bailar al son que los tiempos y la fortuna le hacían. Añaden que aquella historia se perdió y no parece, más por diligencia de los interesados, que por la injuria del tiempo, o por otro demérito suyo. Tal es la fama que corre; así lo atestiguan graves autores. Nos en los hechos y vida del rey don Pedro seguimos la opinión común, que es la sola voz de la fama, y de ordinario va más conforme a la verdad; y es averiguado que no menos ciega el amor que el odio los ojos del entendimiento para que no vean la luz ni refieran con sinceridad y sin pasión la verdad.

 

En Aragón no andaba la gente sosegada; la mudanza de los príncipes, en especial si el derecho del sucesor no es muy claro, suele ser ocasión de alteraciones. Prendieron a don Juan, conde de Ampurias; achacábanle se inclinaba a la parte del conde de Foix, quier por tener su derecho por más fundado y su demanda más justa, quier por satisfacerse del agravio que

 

 

 

 

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pretendía le hicieron los años pasados. Amenazaba guerra de parte de Francia. Juntaron Cortes del reino en San Francisco de Zaragoza muy generales y llenas a 2 de octubre; acordaron se hiciese gente por todas partes para la defensa, y por general señalaron a don Pedro, conde de Urgel. Ninguna diligencia era demasiada, porque el conde de Foix, con un grueso campo, pasadas las cumbres de los Pirineos, corría la comarca que baña con su corriente el río Segre y los pueblos llamados antiguamente ilérgetes. Robaba, saqueaba, quemaba y finalmente a los postreros de noviembre se puso sobre la ciudad de Barbastro con cuatro mil caballos y gran número de infantería. En aquellos reales se hicieron él y su mujer alzar y pregonar por reyes de Aragón con las ceremonias que en tal caso se acostumbran.

 

Tembló la tierra en Valencia, mediado el mes de diciembre, con que muchos edificios cayeron por tierra, otros quedaron desplomados; que era maravilla y lástima. El pueblo, como agorero que es, pensaba eran señales del cielo y pronósticos de los daños que temían. Desbaratóse este nublado muy en breve a causa que el de Foix, alzado el cerco, fue forzado a dar la vuelta por la parte de Navarra a su tierra con tal priesa, que más parecía huida que retirada, de que daba muestra el fardaje que en diversas partes dejaba. La falta de vituallas le puso en necesidad de volver atrás, por ser la tierra no muy abundante y tener los naturales alzados los mantenimientos y la ropa en lugares fuertes; demás que el conde de Urgel en todos lugares y ocasiones le hacía siempre algún daño con encuentros y alarmas que le daba.

 

La retirada de los enemigos y el sosiego de Aragón y Cataluña fue por principio del año del Señor de 1396, en sazón que el nuevo rey don Martín, alegre con las nuevas que de Aragón le vinieron y allanados los alborotos de Sicilia, acordó de dar la vuelta a España en una buena armada que de naves y galeras aprestó en Mesina. Aportó de camino a Cerdeña, en que apaciguó asimismo en gran parte las alteraciones de aquella isla. Parecía que el cielo favorecía sus intentos y que todo se le allanaba. En la costa de la Provenza, por el río Ródano arriba, llegó hasta la ciudad de Aviñón para verse con el papa Benedicto y hacerle el homenaje debido. Él le presentó la rosa de oro con que suelen los pontífices honrar a los grandes príncipes, y le dio la investidura de Cerdeña y de Córcega con título de rey y como a feudatario de la Iglesia con las ceremonias y juramentos acostumbrados. Despedido del papa, finalmente con su armada

 

 

 

 

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surgió en la playa de Barcelona. Allí hizo su entrada en aquella ciudad a manera de triunfo por las victorias que ganara y tantos reinos como en breve se le juntaron; y en una pública junta de los más principales tomó la posesión de aquel reino por el derecho que a él tenía y por el que le daba el testamento de su hermano el rey don Juan. Al conde de Foix y a su mujer, porque tomaron nombre de reyes y por la entrada que hicieron por fuerza en aquel reino, los hizo publicar por traidores y enemigos de la patria; si a tuerto, si con razón, ¿quién lo podrá averiguar? Pero de estas cosas se tornará a tratar en otro lugar; al presente volvamos a lo que se nos queda rezagado.

 

 

 

 

VII. Que de nuevo se encendió la guerra de

 

Portugal

 

El estado de las cosas de España en esta sazón era tolerable. El imperio oriental de los griegos padecía mucho y amenazaba alguna gran ruina por las discordias que en tan mala coyuntura se levantaron entre aquellos príncipes y la perpetua felicidad de los otomanos, emperadores de los turcos. La parcialidad de los griegos más flaca, como es ordinario, sin tener respeto al bien común, buscó socorros de fuera, y lo que fue peor, llamó en su ayuda a Amurates, gran emperador de aquella gente. No le pareció al turco dejar pasar la ocasión que aquellas discordias le presentaban de apoderarse de todo. Pasó con gran gente el estrecho de Helesponto, y cerca de él se apoderó de primera entrada de Gallipoli y Adrianópoli, dos ciudades famosas y principales. Aspiraba a hacer lo mismo de lo restante de aquel imperio, y aún sus gentes se derramaron por diversas partes. El daño que hizo fue grande, y mayor el espanto, no sólo en lo de Grecia, si no en las naciones comarcanas, en especial en Hungría, cuyo rey era Segismundo, más conocido y famoso por la paz que los años siguientes puso en la Iglesia, quitado el cisma, que venturoso en las armas. En este aprieto despachó sus embajadores a Carlos VI, rey de Francia, para avisarle del peligro que corría toda la cristiandad, si prestamente todos no acudían a apagar aquel fuego antes que cobrase más fuerzas y el imperio de aquella gente bárbara y fiera con el tiempo se arraigase en Europa.

 

 

 

 

 

 

 

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Oyeron los franceses por su nobleza y valor esta embajada de buena gana. Aprestaron buen golpe de gente a caballo, y por caudillo Juan, hijo del duque de Borgoña, y Felipe, condestable de Francia, Enrique de Borbón con otras personas de cuenta. Llegados a Hungría, consultaron con el rey Segismundo en la ciudad de Buda sobre la manera en que se debía hacer la guerra. Acordaron convenía presentar la batalla al enemigo lo más presto que pudiesen antes que se resfriase el calor que los franceses traían de pelear. Hicieron algunas cabalgadas, no de mucha cuenta, y quitaron de poder de los enemigos algunos pueblos de poco nombre, pero que les dio avilanteza para aventurar el resto y menospreciar al enemigo, cosa de ordinario muy perjudicial en la guerra. Marcharon con su gente hasta los confines de Tracia y hasta dar vista al enemigo cerca de la ciudad de Nicópoli. Ordenaron sus haces con resolución de pelear, lo mismo hicieron los contrarios, diose la señal por ambas partes de acometer. Los franceses, con el orgullo que llevaban, se adelantaron sin dar lugar a que los húngaros saliesen de sus reales y les hiciesen compañía. Cerraron antes de tiempo, que fue ocasión de perder aquella memorable jornada; muchos quedaron muertos en el campo, otros cautivaron, y entre los demás a Juan, hijo del duque de Borgoña, a quien su padre adelante rescató por gran dinero. El rey Segismundo escapó a uña de caballo.

 

Sucedió este grave daño y revés la misma fiesta de San Miguel, 29 de septiembre, con que el resto de la cristiandad quedó atemorizado, no solo por el estrago presente, sino mucho más por los males que para adelante amenazaban. En unas partes se oían llantos por la pérdida de los suyos, en otras hacían procesiones y rogativas para aplacar a Dios y su saña.

En Granada falleció el rey Juzef; rugíase que por engaño del rey de Fez, que con muestra de amistad le envió entre otros muy ricos presentes una marlota inficionada de ponzoña, tal y tan eficaz, que luego que la vistió convidado de su hermosura, se hirió de tal suerte, que dentro de treinta días expiró atormentado de gravísimos dolores; las mismas carnes se le caían a pedazos, cosa maravillosa, si verdadera. Muerto Juzef, se apoderó por fuerza del reino su hijo menor, por nombre Mahomad, y por sobrenombre Balva. Quedó excluido y privado el hijo mayor, llamado como el padre Juzef; venció su mejor derecho la maña que su hermano tuvo en granjear las voluntades del pueblo y sus buenas partes de ingenio vivo y valor, en que no tenía par. Sólo le ponía en cuidado el rey de Castilla no emprendiese con sus fuerzas de restituir a su hermano en el

 

 

 

 

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reino de su padre. Para prevenirse partió para Toledo, resuelto de conquistar con dones y con su buena maña aquel rey y a sus cortesanos. Salióle bien la jornada, que, renovado el concierto puesto con su padre, de nuevo se tornaron a asentar las treguas.

 

Teníanse a la sazón Cortes en Toledo, en que se publicó una pragmática sobre las prebendas eclesiásticas, que no las pudiese poseer ningún extranjero, excepto algunos pocos, con quien pareció en particular dispensar, y en general con toda la nación portuguesa, ca la pretendían conquistar y su afición con semejantes caricias. Publicó otrosí el rey este año una ley, en que mandó que ninguno pudiese tener mula de silla que no mantuviese caballo de casta, con algunas modificaciones que se pusieron, todo a propósito que en el reino se criase número de caballos. En Sevilla un jueves, 5 de octubre, falleció Juan de Guzmán, conde de Niebla. Sucedióle Enrique de Guzmán, su hijo, que fue padre de otro Juan de Guzmán, por merced de los reyes primer duque los años adelante de aquella nobilísima casa. Los caballeros de Calatrava trocaron la muceta de que antes usaban con su capilla de color negra en la cruz roja de que hoy usan por bula del papa Benedicto, ganada a instancia y suplicación de su maestre don Gonzalo de Guzmán.

 

Los portugueses, por aprovecharse de la ocasión que la poca salud del rey don Enrique les presentaba, trataban de volver a las armas. Era necesario buscar algún color para acometer aquella novedad. Parecióles bastante que algunos grandes de Castilla no firmaron en tiempo las treguas que se asentaron. Juntaron sus huestes, con que de primera entrada se apoderaron de Badajoz, ciudad puesta a la raya de Portugal, en que prendieron al gobernador, que era el mariscal Garci González de Herrera. De estos principios de rompimiento se continuó la guerra por espacio de tres años con el mismo tesón y porfía que la pasada. Para hacer resistencia mandó el de Castilla juntar y alistar sus gentes, y por general a don Ruy López Dávalos, que poco antes hiciera su condestable, sea por muerte del conde de Trastámara, o por despojarle de aquella dignidad; lo del mar, como negocio no menos importante, encargó al almirante Diego Hurtado de Mendoza. Sucedió por el mes de mayo del año siguiente 1307 que cinco galeras castellanas se encontraron con siete portuguesas, que volvían de Génova cargadas de armas y otras municiones. Embistiéronlas con tal denuedo, que las desbarataron; las cuatro tomaron, una echaron a fondo, las otras dos se escaparon. Pareció gran crueldad que después de la

 

 

 

 

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victoria echaron a la mar cuatrocientas personas, si ya no juzgaron que con semejante rigor se debía enfrenar el orgullo de aquella nación. El almirante otrosí con su armada costeó las marinas de Portugal, saqueó y quemó pueblos, taló los campos y robó toda la tierra, sin que le pudiesen ir a la mano.

 

Muchos nobles y fidalgos de Portugal, unos por tener la guerra por injusta y aciaga, otros por estar cansados del gobierno de su rey, se pasaron a Castilla; personas de valor, de que dieron muestra en todas las ocasiones que se presentaron. Los de más cuenta fueron Martín, Gil y Lope de Acuña, todos tres hermanos; Juan y Lope Pacheco, hermanos asimismo. A estos caballeros heredaron magníficamente los reyes de Castilla en premio de sus servicios y recompensa de la naturaleza y lo demás que en su tierra dejaron; zanjas y cimientos sobre que adelante se levantaron en Castilla muy principales casas y estados de estos apellidos y de otros. Continuábase la guerra, en que los portugueses se apoderaron de Tuy, ciudad de Galicia puesta a la raya de Portugal. Demás de esto, por otra parte en la Extremadura pusieron sitio sobre la villa de Alcántara, bien conocida por ser asiento de la caballería de aquel nombre. Acorrió a los cercados en tiempo el nuevo condestable de Castilla, con que no solo desbarató el cerco e hizo retirará los enemigos, pero rompió por las fronteras de Portugal, corrió y robó la tierra y aún se apoderó de algunos pueblos de poca cuenta y enfrenó el orgullo y osadía de los contrarios. Por otra parte, el maestre de Alcántara y Diego Hurtado de Mendoza, el almirante, y con ellos Diego López de Zúñiga, justicia mayor de Castilla, se pusieron sobre Miranda de Duero. Acudió asimismo con su gente el condestable, con que de tal guisa apretaron el cerco, que los de dentro fueron forzados a rendirse. Así por la una y por la otra parte resultaban pérdidas y ganancias, conque los portugueses algún tanto se templaron, y todos comúnmente entraron en esperanza se podría con buenas condiciones asentar paz entre aquellas dos naciones, que era lo que mejor les venía.

 

 

 

 

VIII. Cómo se renovaron las treguas entre

 

Castilla y Portugal

 

 

 

 

 

 

 

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Al principio de esta guerra dos frailes franciscos, cuyos nombres no se saben, sólo se dice que encendidos en deseo de extender la religión cristiana y de enseñar a los moros descaminados y errados el camino de la verdad, se atrevieron a predicarles en público en Granada con gran concurso del pueblo, que se maravillaba de aquella novedad. Mandáronles dejasen aquella porfía; y como no quisiesen obedecer, si bien los maltrataron de palabra y obras, los alfaquíes, para atajar el escándalo, de consuno se fueron al rey y se querellaron del desacato que con aquella libertad se hacía a su religión. Salió decretado que les echasen mano e hiciesen de ellos justicia como de amotinadores del pueblo. Fue fácil prender a los que no huían y convencer a los que no se descargaban; cortáronles las cabezas y arrastraron sus cuerpos con todo género de denuestos y ultrajes que les dijeron e hicieron. Los cristianos después de muertos los tienen y honran como a mártires.

 

En Aviñón el papa Benedicto, desamparado de sus cardenales, como se tocó arriba, y por tener enojado y por enemigo al rey de Francia, y él mismo estar cercado dentro de su sacro palacio, se hallaba con poca esperanza de poder resistir a torbellinos tan grandes y mantenerse en el pontificado. Sólo le alentaba contra el odio común que los reyes de España casi todos tenían recio por él, sin embargo que el rey de Francia traía gran negociación por medio de sus embajadores para apartarlos de aquella obediencia. Decían que ningún otro camino se descubría para la unión de la Iglesia, tan deseada y tan importante, sino que Benedicto renunciase simplemente, como él mismo lo tenía prometido y jurado cuando le sacaron por papa. Hízose junta general de obispos y otras personas graves en ciencia y prudencia. Asistieron de parte del rey de Aragón Vidal de Blanes, un caballero de su casa y otro gran jurista, por nombre Ramón de Francia. No se alteró nada en esta junta, si bien el rey deseaba venir en lo que el de Francia le pedía; sólo acordaron se procurase que con efecto los dos papas revocasen las censuras que el uno contra el otro tenían fulminadas, y de común consentimiento con toda brevedad señalasen lugar en que los dos se comunicasen sobre los medios que se podrían tomar para unir la Iglesia y asentar una verdadera paz.

 

En Pamplona la principal parte de la iglesia catedral estaba por tierra, que se cayó siete años antes de éste en que vamos. Deseaban repararla, pero espantábales la mucha costa, para que no eran bastantes ni los proventos de la iglesia ni las limosnas particulares. El rey don Carlos, visto

 

 

 

 

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esto, con gran liberalidad señaló para la fábrica la cuadrágesima parte de sus rentas reales por término de doce años, de que hay pública escritura, su data en San Juan de Pie de Puerto, a las vertientes de los Pirineos de la parte de Francia, de este año a 25 de mayo. Deseaba este rey en gran manera recobrar el estado que sus antepasados poseyeron en Francia, que era el condado de Evreux y gran parte de Normandía. Trató de esto por medio de sus embajadores con el rey de Francia, y comoquier que en ausencia no se efectuase cosa alguna, acordó en persona pasar a la corte de aquel rey, que aún no estaba del todo sano de su enfermedad, antes a tiempos se le alteraba la cabeza de suerte, que mal podía atender al gobierno. Por esto el navarro, sin acabar cosa alguna de las que pretendía, cansado y gastado, dio la vuelta para su reino por el mes de septiembre del año 1398. Llegado, dio orden que todos los estados jurasen por heredero de aquella corona un hijo que el año pasado le nació de su mujer, y le llamaron asimismo don Carlos. La ceremonia y solemnidad se hizo en Pamplona a los 27 de noviembre; la alegría duró poco a causa de la muerte del infante que le sobrevino en breve.

 

Los portugueses, hostigados con los reveses pasados, tomaron mejor acuerdo de mover pláticas de paz. Despacharon embajadores en esta razón; respondió el rey don Enrique que ni él rompió la guerra ni pondría impedimento a la paz a tal que las condiciones fuesen honestas y tolerables. Dieron y tomaron sobre el caso; era dificultoso asentar paces perpetuas; acordaron de confirmar las treguas pasadas. Recelábanse los de Castilla de los de Aragón que querían tomar las armas; que causas de disgustos entre reyes comarcanos nunca faltan, ni razones conque cada cual abona su querella. El marqués de Villena ponía en cuidado, que andaba desabrido, y ni quería venir a la corte de Castilla como lo requerían, y tenía un grande estado a la raya de Valencia, y aún se podía sospechar atizaba en Aragón el fuego de los disgustos.

 

Allegóse otra nueva ocasión para hacerle guerra y atropellarle. Esto fue que dos hijos del marqués, don Alonso y don Pedro, casaron los años pasados con dos tías del rey de Castilla, que llevaron en dote cada una treinta mil ducados. Todo este dinero se contó de presente para pagar el rescate del marqués a los ingleses, que le prendieron en la batalla de Nájera, como queda dicho en otros lugares, y para librar a don Alonso, que le entregó su padre en rehenes hasta tanto que el rescate suyo se pagase. Don Pedro murió en la batalla de Aljubarrota, padre que fue del famoso

 

 

 

 

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don Enrique de Villena, de quien se tuvo por cierto que por el deseo que tenía de saber no dudó de aprender el arte condenada de nigromancia. Algunos libros que andan suyos dan muestras de su agudeza y erudición, si bien el estilo es afectado con mezcla de las lenguas latina y castellana usada en aquella era, en esta muy desgraciada. Don Alonso no vino en efectuar su casamiento. Excusábase con la fama que corría del poco recato y honestidad de su esposa. Pretendía el rey don Enrique, como sobrino y valedor de aquellas señoras, que pues la una quedó viuda y el casamiento de la otra no se efectuaba, que por lo menos les debían restituir sus dotes. Hacíanse sordos a esta demanda el marqués y su hijo, y alegaban sus causas para no hacerlo; que a semejantes personajes nunca faltan. Esto tomó por ocasión el rey don Enrique para quitarse de cuidado y ejecutar lo que por todas vías le venía a cuento y lo deseaba, que fue con las armas apoderarse de aquel grande estado de Villena, que se hizo con facilidad. Sólo quedaron por el marqués Villena y Almansa, que tenía bien pertrechadas y con buena guarnición de soldados aragoneses.

 

Contemporáneo de don Enrique de Villena, y que le semejaba en los estudios y erudición, fue don Pablo de Cartagena, del cual por ser persona tan señalada será justo hacer memoria en este lugar. Su nación y profesión fue de judío desde sus primeros años, el más rico y principal entre aquella gente, dado a la lección de los libros sagrados y a las otras ciencias. Con deseo de saber revolvía las obras de santo Tomás de Aquino, que escribió en materia de teología. Con esta lección se convenció de la ventaja que hace la verdad cristiana a las fábulas y a las invenciones judaicas; finalmente se bautizó; y como era tan sabio, en defensa de la religión que tomaba escribió libros admirables. En premio de sus letras y para mover a los demás judíos que le imitasen le honraron mucho. Primero le hicieron arcediano de Treviño, después obispo de Cartagena, y finalmente de Burgos, su natural y patria; premios todos debidos a su virtud y doctrina y al ejemplo que dio. Adelante fue chanciller mayor de Castilla, oficio de grande preeminencia; y aún le encargaron la enseñanza del rey don Juan el Segundo, confianza que de pocos de aquella nación se podía hacer, según que el mismo don Pablo lo atestiguaba, que no se debía encomendar algún cargo público a aquella gente por ser de ingenios doblados, compuestos de mentiras y engaños, que ni valen para la guerra, ni son de provecho para la paz. Esto, quién lo entiende de los obstinados en su ley, quién de los que de ellos proceden, aunque convertidos y cristianos. Tuvo cuatro hijos y

 

 

 

 

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una hija de su mujer, con quien casó antes de ser cristiano. El mayor, por nombre Gonzalo, por sus buenas partes subió primero al obispado de Plasencia y después al de Sigüenza. El segundo, Alonso, que fue deán de Segovia y de Santiago, y más adelante sucedió a su padre en la iglesia de Burgos. Anda una obra suya impresa de no mal estilo, en que como en compendio abrevió los hechos de los reyes de España, que él mismo intituló Anacefáleosis, que es lo mismo que recapitulación; otra que intituló Defensorium fidei; otra de mano por nombre Defensorium catholicae unitatis, en defensa de los nuevamente convertidos y contra los estatutos que en aquel tiempo comenzaban. Los dos hijos menores se llamaron Pedro y Álvaro. Este Álvaro piensan que fue el que escribió la Crónica de don Juan el Segundo, rey de Castilla, asaz larga, de traza y de estilo agradable, no toda, sino una buena parte. La verdad es que Alvar García de Santa María, el cronista, no fue el hijo de Paulo, burgense, sino su hermano.

 

En lo demás de esta Crónica otros pusieron la mano, y en especial Hernán Pérez de Guzmán, señor de Batres, la llevó al cabo; cuya descendencia pareció poner en este lugar. Su abuelo fue Pero Suárez de Toledo, camarero mayor del rey don Pedro; su padre Pero Suárez de Guzmán, notario mayor del Andalucía. Casó Hernán Pérez con doña Marquesa de Avellaneda, de la casa de Miranda. De esta señora y de otra segunda mujer dejó muchos hijos. El mayor y heredero de su casa, Pedro de Guzmán, casó con doña María de Ribera, hija del señor de Malpica. De este matrimonio quedó doña Sancha de Guzmán, heredera de aquella casa. El rey don Fernando, por ser su deuda de parte de madre, la casó con Garci Laso de la Vega, de la casa de Feria. Fue comendador mayor de León, embajador en Roma, y de él se hace mención diversas veces en esta historia. Compró la villa de Cuerva, do yacen él y su mujer, y heredó la villa de los Arcos. Dejó muchos hijos, el mayor don Pero Laso de la Vega, el segundo Garci Laso, insigne poeta castellano, de cuya muerte desgraciada se trata en otro lugar. Don Pedro casó con doña María de Mendoza, de la casa del Infantado; su hijo, Garci Laso de la Vega, caballero muy conocido; su nieto, don Pero Laso de la Vega, primer conde de los Arcos, en quien por vía de su madre doña Aldonza Niño se han juntado otras dos casas, la de Dávalos y la de los Niños, condes de Añover. Volviendo a Hernán Pérez de Guzmán, fue del consejo del rey, muy dado a

 

 

 

 

 

 

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los estudios; demás de la Crónica escribió De los claros varones de aquel tiempo y otros libros.

 

 

 

 

IX. De las cosas de Aragón

 

Con las discordias de los dos papas y la poca esperanza que daban de conformarse y unir a la Iglesia, las provincias se lastimaban. Añadióse a estos daños el de la peste que comenzó el año pasado a picar, y todavía se continuaba con mortandad de mucha gente por toda la costa que corre desde Barcelona hasta Aviñón. Salieron otrosí de madre por causa de las muchas aguas los rios; en particular los de Ebro y Orba con sus acogidas hicieron grande estrago en hombres, ganados, sembrados y edificios. El rey de Aragón, luego que el tiempo y las lluvias dieron lugar, de Barcelona se partió para Zaragoza con intento de tener allí Cortes a los de su reino, que se abrieron a los 29 de abril en la iglesia de San Salvador. El rey desde su sitial hizo a los congregados un razonamiento muy concertado y a propósito de lo que las cosas demandaban de esta sustancia:

 

«No con hierro ni con gruesos ejércitos, parientes y amigos, se conservan los reinos; la lealtad y constancia de los naturales los tienen en pie y los adelantan; de lo cual si faltasen ejemplos de fuera, dentro de nuestra casa los tenemos, muchos y muy claros. Ca nuestro reino por este camino de pequeños principios y muy estrecha jurisdicción ha llegado a la grandeza que hoy tiene y ganado la reputación y nombradía que está derramada por todas las tierras. De los montes Pirineos, en que nuestros mayores ampararon su libertad confiados más en aquellas fraguras que en sus brazos, bajamos y extendimos los términos de nuestro señorío, no sólo por España, sino que sujetamos valerosamente a nuestro cetro muchas islas del mar Mediterráneo. Los trofeos y los blasones de vuestra gloria y de las victorias ganadas quedan levantados en Cerdeña, en Sicilia y por toda Italia; tal y tan grande es la fuerza de la concordia y de la lealtad. Los reyes don Sancho y don Pedro, padre e hijo, no con gran número de soldados, sino con fortaleza y valor, ganado que hubieron a Huesca, de los montes en que estaban como escondidos, bajaron a lo llano sin parar hasta tanto que el rey don Alfonso se apoderó de esta ciudad en que estamos, con que fortificó su reino y abrió camino a sus descendientes

 

 

 

 

 

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para pasar adelante y quitar a los moros toda la tierra. No me quiero detener en antiguallas; nos, con quinientos caballos aragoneses, desbaratamos gran número de gente siciliana y allanamos toda aquella isla, todo por vuestra lealtad y fortaleza, que si vence, ejecuta la victoria con grande ánimo; si es vencida, se rehace de fuerzas y no se deja oprimir ni caer. Por los cuales servicios pido a Dios os dé el merecido galardón, pues conforme a nuestra voluntad y a vuestro valor, no alcanzamos fuerzas bastantes; bien que jamás pondremos en olvido la deuda, antes procuraremos que nadie nos tache de ingratos. Lo que toca al auto presente, bien sabéis que os he juntado en este lugar para hacer los homenajes acostumbrados a nos y a nuestro hijo, que os pedimos encarecidamente hagáis con la afición que debéis a nuestra voluntad».

 

Hízose todo lo que el rey pedía, en conformidad de todos los brazos que allí se hallaron congregados. La alegría pública y regocijos que se hicieron por esta causa enturbiaron algo las sospechas que se mostraran de nueva guerra por la parte de Francia. El bastardo de Tardas, pasados los montes Pirineos, se apoderó de Termas, que es un pueblo de Aragón a la raya de Navarra, cosa que puso en cuidado a todo el reino de Aragón no se emprendiese algún gran fuego de aquellos pequeños principios. Acudió al peligro Gil Ruiz de Lihorri, gobernador de Aragón, acompañado de golpe de gente y de algunos ricos hombres. No esperaron los franceses que llegasen, antes, desamparada la plaza, se retiraron a Francia con poca honra suya y del conde de Foix que los enviara. Sicilia asimismo padeció algunas alteraciones, aunque pequeñas; que los humores no estaban del todo asentados. Alguna esperanza de bonanza se mostró con un hijo que nació a aquellos reyes de Sicilia a los 17 de noviembre, por nombre don Pedro, heredero que fuera de los reinos de sus padres y abuelos si la muerte no le arrebatara en breve muy fuera de sazón junto con la reina, su madre, como se dirá en su lugar, con que la alegría común se trocó en luto y en llanto: vanas todas nuestras trazas y deleznables contentos.

 

Poco adelante el rey y la reina de Aragón en Zaragoza por el mes de abril del año 1399, ungidos como era de costumbre, se coronaron y recibieron las insignias reales de mano de don Fernando de Heredia, prelado de aquella ciudad. A don Alonso de Aragón, marqués de Villena, se concedió pusiese en su escudo las armas reales, le dieron el ducado de Gandía, alguna recompensa de lo mucho que en Castilla le quitaran. A la misma sazón el papa Benedicto se hallaba muy aquejado, desamparado de

 

 

 

 

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sus cardenales, cercado de los enemigos. Despachóle el rey de Aragón dos personas de cuenta, el uno Cervellon Zacuamo, gran jurista, el otro fray Martín, de la orden de San Francisco, hombre de letras y erudición. Estos, conforme al orden que llevaban, comunicaron con el papa sobre los medios que se podían tomar para apagar el cisma y unir la Iglesia. La respuesta fue que pondría aquel negocio en las manos de los príncipes de su obediencia, en especial de los reyes el de Francia y Aragón. Ninguna llaneza había, antes les advirtió mirasen con cuidado que con son de paz no atropellasen la justicia que muy clara por su parte estaba. Por lo demás, que ninguna cosa más deseaba que poner fin a aquellos debates. Con esta respuesta los embajadores de Aragón por mandado de su rey se partieron de Aviñón para dar de todo razón al rey de Francia. Túvose junta en París de aquella nación sobre el caso. Acordaron enviar personas al papa que le requiriesen y protestasen en suma diese sin más dilaciones orden en asentar la paz y quitar el cisma. Para esto se hallase presente en el concilio que pensaban juntar, y se pusiese a sí y a sus cosas en manos de los obispos; que para su seguridad el rey de Francia empeñaba su palabra real, y proveería de gente para que nadie le hiciese desaguisado.

 

Andaban estas pláticas muy calientes cuando en Castilla sobrevino la muerte a don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, a los 22 de noviembre, fin de este año, si bien la letra de su sepultura, que está en Toledo en propia capilla de la iglesia mayor, dice a 18 de mayo, el mismo día de pascua de Espíritu Santo. Fue persona de valor, consejo acertado, presta ejecución, bueno para el gobierno y para las armas. Su patria, Tavira, en Portugal; quién dice que Talavera, villa del reino de Toledo, por razones que para ello alegan, si concluyentes o no, no lo quiero averiguar. En su mocedad estudió derechos; ausentóse de Castilla juntamente con sus hermanos por los recios temporales que corrían en el reinado de don Pedro. Vuelto a España fue primero obispo de Coimbra; de allí le trasladó sin ninguna pretensión suya el pontífice romano, por la noticia que de su persona y de sus partes tenía, a Toledo, según que de suso se dijo. Las gruesas rentas de su dignidad gastó en gran parte en levantar diversos edificios en todo el reino con magnificencia real y mayor que de particular. A la verdad en su casa era concertado, en su persona templado; lo que se ahorraba por este camino empleaba en socorrer necesidades y en adornar la república; virtud propia de grandes personajes. En Toledo reedificó la puente de San Martín, que abatieron las guerras civiles entre los reyes don

 

 

 

 

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Pedro y don Enrique. En un recuesto y peñol, a vista de la ciudad, levantó un castillo cerca del sitio antiguo del monasterio muy famoso de San Servando. El claustro pegado con la iglesia catedral es obra suya, y en ella una capilla en que está su túmulo y el de Vicente de Balboa, obispo de Plasencia, su muy privado y familiar. Dotó en aquella capilla y fundó dieciséis capellanías a propósito que todos los días se hiciesen allí sufragios por su ánima y las de sus antepasados. En Alcalá la Real, frontera del reino de Granada, levantó una torre a manera de atalaya para que por el farol que todas las noches en ella se encendía los cautivos que escapaban de tierra de moros se pudiesen encaminar a la de cristianos. En Talavera fabricó un monasterio de obra magnífica, pegado con la iglesia mayor y con advocación de Santa Catalina. Su intento al principio fue viviesen en él los canónigos de aquella iglesia para que hiciesen vida regular; más, visto que los seglares y clérigos lo contradecían, lo entregó a los monjes jerónimos para que lo poblasen, con gruesas rentas que les señaló para su sustento. Dejo la Puente del Arzobispo, que, como queda dicho de suso, fue asimismo fundación suya. Casó a su hermana doña María con Fernán Gómez de Silva, como se tocó en otro lugar. De este matrimonio nació Alonso Tenorio, al cual el tío hizo adelantado de Cazorla; casó con doña Isabel de Meneses, y en ella tuvo a don Pedro, obispo que fue primero de Tuy, y después de Badajoz. Yace en Toledo en la iglesia de San Pedro Mártir; tuvo otrosí a Juan de Silva, que fue embajador en el concilio de Basilea, y adelante conde de Cifuentes por merced del rey en remuneración de sus buenos servicios.

 

Después de la muerte de don Pedro Tenorio parece por memorias que el cabildo nombró a don Gutierre de Toledo, arcediano de Guadalajara; el rey ofreció el arzobispado a Hernando Yáñez, fraile jerónimo y canónigo que fue de Toledo, mas no aceptó. El papa Benedicto por algunas dificultades no debió aprobar estas elecciones, ni el rey la que acometió él a hacer de don Pedro de Luna, sobrino suyo, administrador que era del obispado de Tortosa. Por estas diferencias don Juan de Illescas, obispo de Sigüenza, vicario del arzobispado sede vacante, continuó en su gobierno aún algunos años después de la elección hecha por el papa, que finalmente prevaleció, como se verá adelante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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X. Del año del jubileo

 

Mucho se menguó el alegría y devoción del año que se contó de 1400, en que conforme a la costumbre recibida se concedió jubileo plenísimo a todos los que visitasen la ciudad y santuario de Roma, por la discordia y diferencias que todavía continuaban entre los que se llamaban papas; si bien los príncipes cristianos procuraban con todo cuidado sosegarlas, y parece lo traían en buenos términos. Con este intento y por domeñar el corazón fiero del papa Benedicto, a persuasión de don Pedro Hernández de Frías, cardenal de España, el reino de Castilla, habido su acuerda, le quitó públicamente la obediencia. El pueblo y gente menuda, conforme a su costumbre de echar las cosas a la peor parte, sospechaba y aún decía que en esta determinación no se tuvo tanta cuenta con la justicia como de gratificar al rey de Francia, que mucho lo pretendía. Así, esta determinación no fue durable, porque el rey de Aragón se puso de por medio, y a su instancia finalmente se revocó el decreto a cabo de tres años, y volvieron las cosas al mismo estado de antes, según que se relatará adelante.

 

Sobrevino una grande peste, que de la Galia Narbonense y Lenguadoc y de Cataluña, en que comenzó a picar, se derramó y cundió por todas las demás partes de España. La mortandad fue tal, que forzó al rey de Castilla a publicar una ley, en que dio licencia a las viudas para casarse dentro del año después de la muerte del marido contra lo que disponía el derecho común y otras leyes del reino. Hizo esta ley primero en Cantalapiedra, después en Valladolid, y últimamente en Segovia, si bien residía de ordinario y se entretenía en Sevilla, convidado de la templanza de aquel aire, frescura, fertilidad y recreación de toda aquella comarca, y aún forzado de su poca salud, que la traía muy quebrada. Avino por el mes de julio que en la torre de la iglesia mayor asentaban el primer reloj y subían una grande campana, que no son más antiguos que esto los relojes de esta suerte. Acudió el rey a la fiesta, la corte, los nobles y gran concurso del pueblo. Levantóse de repente tal tempestad y torbellino, que pereció mucha gente con un rayo que despidieron las nubes. El pueblo, como suele, decía era castigo de los males presentes y pronóstico de otros mayores. Hiciéronse procesiones y rogativas para aplacar a Dios y a sus santos. Por el contrario, junto a la villa de Nieva, cinco leguas de la ciudad de Segovia, se halló una imagen de Nuestra Señora de mucha devoción.

 

 

 

 

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Moviéronse, como suelen, los pueblos comarcanos a visitarla. El concurso y devoción era tal, que la reina doña Catalina mandó a su costa edificar un templo en que la pusiesen, y un monasterio de dominicos pegado a él, que cuidasen de la imagen y de los peregrinos, con que muchos, convidados de la devoción y del sitio, se pasaron a vivir y poblar aquel lugar, de suerte que en nuestro tiempo es una villa de buena cantidad de vecinos.

 

Doña Violante, hija de don Juan, rey de Aragón, quedó en vida de su padre concertada con Luis, duque de Anjou, como queda dicho. Habíanse dilatado las bodas por su edad, que era poca, y por diferencias que nunca faltan. Concertaron este año su dote en ciento y sesenta mil florines a condición que con juramento y por escritura pública renunciase cualquier derecho que al reino de Aragón pretendiese. Hecho esto, desde Barcelona con noble acompañamiento la llevaron a Francia para verse con su esposo. Falleció por este mismo tiempo Juan de Monfort, duque de Bretaña; dejó en doña Juana, su mujer, hermana de don Carlos, rey de Navarra, cuatro hijos, cuyos nombres son Juan, Ricardo, Arturo, Guillén; más sin embargo, la duquesa viuda casó segunda voz con Enrique, duque de Lancaster, el cual poco antes, vencido y preso su competidor y primo el rey Ricardo, se apoderó del reino de Inglaterra, y estaba asimismo viudo de su primer matrimonio, deque le quedaron también muchos hijos.

 

El año siguiente de 1401 por el mes de marzo juntó el de Castilla Cortes del reino en Tordesillas, en que se establecieron pragmáticas buenas, las más a propósito de enfrenar la codicia y demasías de los arrendadores y otros ministros de justicia. En Sicilia a los 26 de mayo falleció en Catania, ciudad de cielo saludable y alegre, la reina propietaria doña María. Entendióse que la pena que recibió por la muerte de su hijo, que en edad de siete años murió poco antes desgraciadamente, le ocasionó la dolencia que la privó de la vida. Sepultaron a la madre y al hijo en aquella misma ciudad. Sin embargo, el reino quedó por don Martín, su marido, como deudo más cercano por derecho de la sangre por su abuela la reina doña Leonor, que fue tía de la difunta, y con beneplácito de su padre el rey de Aragón, a quien tocaba la sucesión por estar en grado más cercano. Acudieron muchos principales luego a casarle, quién con su hija, quién con su hermana. Aventajábase en hermosura doña Blanca, hija tercera del rey de Navarra, y aventajóse en ventura, porque en lo de adelante vino a heredar el reino de su padre, y de presente en aquel casamiento se la ganó a las demás pretendientes. Juntáronse los dos reyes

 

 

 

 

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de Aragón y de Navarra a la raya de sus reinos entre Mallén y Cortes para capitular y concluir, como en efecto lo hicieron. Entregó el padre la novia al suegro de su mano, que en una armada la envió desde Valencia a Sicilia, y en su compañía y por general de la flota don Bernardo de Cabrera. Pero así los desposorios como la partida fueron el año adelante de 1402.

 

En el cual al rey de Castilla nació de la reina una hija en Segovia a 14 de noviembre, gran gozo de sus padres y de todo el reino. Llamóse doña María, y casó adelante con su primo hermano don Alonso, rey que fue de Aragón y de Nápoles; matrimonio de que no quedó sucesión por ser esta señora mañera.

 

 

 

 

XI. Del gran Tamorlán, escita de nación

 

Después de la jornada de Nicópolis, tan aciaga para los franceses y para los húngaros, como queda dicho, los turcos entraron en gran esperanza de apoderarse de todo el imperio de levante, en que pasaron tan adelante, que el Gran Turco Bayazeto se puso con todo su campo sobre Constantinopla, silla de aquel imperio y almacén de sus riquezas. Gran espanto para los de cerca, y no menor cuidado para los que caían lejos. Engañosa es la confianza de los hombres, vana y deleznable su prosperidad.

 

Levantóse otra mayor tempestad y torbellino al improviso que desbarató estos intentos, sosegó los miedos de los unos y abatió el orgullo y soberbia de sus contrarios. Tamorlán, natural de Escitia, hombre de gran cuerpo y corazón, de gentil denuedo y apariencia, y que para cualquier afrenta le escogieran entre mil, allegador de gente baja y amotinador, con estas mañas, de soldado particular y bajo suelo llegó a ser gran emperador, caudillo de un número grande y descomunal de gentes que le seguían. Apenas se puede creer lo que refieren como verdadero autores muchos y graves, que juntó un ejército de cuarenta mil caballos y seiscientos mil infantes. Con esta gente rompió por las provincias de levante a fuer de un muy arrebatado raudal, asolaba y destruía todas las tierras por do pasaba sin remedio. Los partos, los primeros, se rindieron a su valor y le hicieron homenaje. Lo de la Siria y lo de Egipto maltrató con muertes, robos y talas. Tenía por costumbre, cada y cuando que se ponía sobre algún pueblo, enarbolar el primer día estandartes blancos en señal de clemencia,

 

 

 

 

 

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si le abrían las puertas sin dilación y se le rendían y sujetaban; el día siguiente enarbolaba estandartes rojos, que amenazaban a los cercados muertes y sangre; las banderas del día tercero eran negras, que denunciaban sin remedio asolaría de todo punto los moradores y la ciudad. El espanto era tan grande, que todos se le rendían a porfía, ca su fiero corazón ni admitía excusas ni se dejaba por ruegos ni por intercesión de nadie doblegar.

 

Sucedió que los de Berito no se rindieron hasta el segundo día. Conocido su yerro, para aplacarle enviaron delante las doncellas y niños con ramos en las manos y vestidos de blanco. No se movió a compasión el bárbaro, dado que llegados a su presencia se postraron en tierra, y con voz lastimosa pedían misericordia; antes mandó a la gente de a caballo que los atropellasen a todos y hollasen. Un genovés, que seguía aquellos reales y campo, movido de aquella bestial fiereza, le avisó en lengua escítica, como el que bien la sabía, se acordase de la humanidad y que era hombre mortal. El bárbaro con rostro torcido y semblante airado: «¿Piensas, dice, que yo soy hombre? No soy sino azote de Dios y peste del género humano». A mucho tuvo el genovés de escapar con la vida, tan sañudo se mostró.

 

Corría lo de Asia la Menor gran peligro; por esto el Gran Turco, alzado el cerco que tenía sobre Constantinopla, con todas sus fuerzas y gentes volvió en busca del enemigo feroz y bravo. En aquella parte del monte Tauro, llamada Stella, muy conocida por la batalla que antiguamente allí se dieron Pompeyo y Mitrídates, se acercaron los dos campos; ordenaron sus haces; diose la batalla, que fue muy reñida y dudosa. Pelearon de ambas partes con gran coraje, los unos como vencedores del mundo, los otros por vencer. Finalmente, la victoria y el campo quedó por los escitas; los muertos llegaron a doscientos mil, muchos los prisioneros, y entre ellos el mismo emperador Bayazeto, espanto poco antes de tantas naciones. Llevóle por toda la Asia cerrado en una jaula de hierro y atado con cadenas de oro como en triunfo y para ostentación de la victoria. Comía sólo lo que el vencedor, de su mesa, le echaba como a perro, y con una increíble arrogancia todas las veces que subía a caballo ponía los pies sobre sus espaldas, trabajo y afrenta que le duró por todo lo restante de la vida. Gran burla y escarnio de su grandeza; así ruedan y se truecan las cosas debajo del cielo; género de infelicidad, tanto más mal de llevar cuanto el paciente se vio poco antes más encumbrado.

 

 

 

 

 

 

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El rey don Enrique de Castilla, sin embargo de su poca salud, no se descuidaba ni del gobierno de sus vasallos ni de acudir a las cosas y ocurrencias de fuera. Enviaba sus embajadores a los príncipes, a los de cerca y a los de lejos para informarse de todo y trabar amistad en diversas partes. En especial a las partes de levante envió a Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelos para saber de las fuerzas, costumbres e intentos de aquellas naciones apartadas. Estos dos embajadores acaso o de propósito se hallaron en aquella famosa batalla que se dio entre turcos y escitas. El Tamorlán, ganada la victoria, los trató con muestras de benignidad y cortesía. Al dar la vuelta para España quiso los acompañase un su embajador, que envió para trabar amistad con el rey de Castilla; hizo él su embajada conforme al orden que traía. Volvieron con él Alonso Páez, Ruy González y Gómez de Salazar, tres hidalgos que despachó el rey para que fuesen a saludar aquel príncipe, viaje largo y muy dificultoso, de que los mismos compusieron un libro, que hoy día anda impreso con nombre de Itinerario, en que relatan por menudo los particulares de su embajada y muchas otras cosas asaz maravillosas, si verdaderas.

 

La grandeza y gloria grande del Tamorlán pasó presto como un rayo. Vuelto a su tierra, de los despojos y presas de la guerra fundó la ciudad de Mercanti y la adornó grandiosamente de todo lo bueno y hermoso que robó en toda la Asia. A su muerte le sucedieron dos hijos, ni de las prendas ni de la ventura de su padre. Grande cosa fuera, si las virtudes y el valor se heredaran. Sobre el partir de la herencia resultaron muy grandes diferencias entre los dos. Finalmente, el imperio que se ganó con mucho esfuerzo y con gran trabajo se menoscabó por descuido y flojedad.

Fue este año desgraciado para los portugueses y los navarros, a causa que fallecieron en él los herederos de aquellos reinos; don Alonso, hijo mayor del rey de Portugal, en edad de doce años; sepultáronle en la iglesia mayor de Braga, pérdida que, aunque causó muy grande sentimiento, fácilmente los de aquella nación se conhortaron por quedar otros muchos hermanos, los infantes Duarte, Pedro, Enrique, Juan, Fernando y dos hermanas, doña Blanca y doña Isabel. En Pamplona murieron los infantes Luis, de seis meses, y Carlos, de cinco años, que juntos los sepultaron en la iglesia mayor en el sepulcro del rey don Felipe, su tercer abuelo. El dolor grande de los navarros fue sin consuelo por no quedar hijo varón y recaer forzosamente la corona en hembra, cosa que, de ordinario, los vasallos mucho aborrecen.

 

 

 

 

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El invierno, fin de este año y principio del siguiente de 1403, se continuaron las lluvias por muchos días, con que los ríos por toda España se hincharon grandísimamente, de guisa que salieron de madre e hicieron muy graves daños, en particular Guadalquivir subió con su grande creciente sobre los adarves de Sevilla, y el agua llegó hasta la iglesia de San Miguel y la puerta que llaman de las Atarazanas, cosa de grandísimo espanto y peligro no menor. La buena diligencia del que a la sazón regía aquella ciudad, por nombre Alonso Pérez, ayudó mucho para reparar el daño, ca de día ni de noche no se descuidaba en hacer todos los reparos que podía, calafetear las puertas y reparar de los muros las partes más flacas, sin cesar hasta tanto que aquella tempestad amansó.

 

La santa iglesia de Toledo, después de la muerte de don Pedro Tenorio, se estaba vacante; la discordia entre los papas era ocasión de este y semejantes daños que resultaban en el reino, porque de tal suerte quitó Castilla la obediencia a Benedicto, que no la dio a su competidor; miserable estado, cual se puede pensar, cuando en el gobierno falta la cabeza y el gobernalle. Considerados estos inconvenientes, se juntaron Cortes del reino en Valladolid para acordar sobre este punto lo que se debía hacer. Acudió el de Aragón por medio de sus embajadores en favor de Benedicto, como se dijo de suso, el cual a los 12 de marzo se salió en hábito disfrazado por el Ródano abajo de Aviñón, en que le tuvieron los cardenales como preso por espacio de dos años. La grande diligencia del rey de Aragón en su favor fue tal y de tal suerte, que finalmente a los 28 de abril le volvieron a reconocer dentro en Castilla con ceremonia y auto muy solemne; estaban presentes el rey y los grandes, ricos hombres y prelados. Lo mismo se hizo dentro en Francia a los 20 de mayo, acuerdo que debió ser arrebatado, pues no duró mucho tiempo. Todavía el papa Benedicto, en virtud de este reconocimiento y homenaje y con beneplácito del rey, proveyó la iglesia de Toledo como lo deseaba dos años atrás, a los 20 del mes de julio en la persona de don Pedro de Luna, su sobrino, hijo de su hermano Juan Martínez de Luna, señor de Illueca y Gotor. Hermanos de don Pedro fueron Álvaro de Luna, padre del condestable don Álvaro; Rodrigo de Luna, prior de San Juan; Juan Martínez de Luna. De éstos el primero fue copero, y el tercero camarero del rey don Enrique el Tercero de Castilla que les hizo mercedes, en especial a Álvaro de Luna dio a Cañete, Jubera y Cornago. Verdad es que don Pedro se entretuvo algún tiempo en Aragón por negocios y dificultades que se ofrecen de ordinario.

 

 

 

 

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Hallábase el papa Benedicto en Sellon, pueblo de la Provenza, retirado por causa de la peste que picaba por aquellas partes todavía. Allí falleció el cardenal de Pamplona Martín de Salva. Proveyó el papa aquella iglesia en la persona de Miguel de Salva, sobrino del difunto, y poco después le dio el capelo, así por sus méritos, que fue insigne jurista, como a contemplación de su tío, que siempre estuvo con él y le acompañó en todos sus trabajos en el mismo tiempo que los demás cardenales de su obediencia le desampararon y se le mostraron contrarios.

 

Falleció otrosí en su estado Mateo, conde de Foix, pretensor del reino de Aragón, intento que de todo punto cesó por no dejar sucesión y porque su mujer doña Juana se concertó con el rey, su tío, por medio de Jaime Escrivá. Señaláronle tres mil florines en cada un año para sus alimentos, pequeña recompensa de un reino que, al parecer de muchos, sin razón le quitaron; mas es forzoso a las veces rendirse a la necesidad, que de ordinario tiene mayores fuerzas que la justicia y la razón. Tomado este asiento, dejó a Francia y se volvió a su tierra para pasar en ella su viudez y vida.

 

 

 

 

XII. Que nació un hijo al rey de Castilla

 

Gozaba España de una muy grande paz y sosiego a causa que las alteraciones de dentro calmaban y los enemigos de fuera no se movían ni inquietaban por hallarse todos cansados con las guerras y diferencias pasadas, que mucho duraron. Sólo el rey de Navarra se hallaba disgustado por verse despojado de los grandes estados que tenía en Francia, de Evreux, de Champaña y de Bria. Y dado que sobre este punto andaban embajadas y se hacía muy grande instancia, todavía no se alcanzaba cosa alguna; y aún él mismo por dos veces fue a Francia sobre lo mismo, pero en balde. La pretensión era muy importante y claro el agravio que le hacían; acordó pues tercera vez de probar ventura por si pudiese alcanzar de su primo el rey de Francia y de sus grandes con presentes y caricias lo que la razón y la honestidad no había podido alcanzar. Encomendó el gobierno del reino a su mujer; con esta resolución se partió para Francia, y llegado a aquella corte, trató su negocio con todas las veras y por todos los caminos que le parecieron a propósito para salir con la demanda;

 

 

 

 

 

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gastáronse muchas demandas y respuestas; finalmente, se tomó por postrera resolución que el de Navarra se apartase de aquella pretensión y sacase de Quireburg, que todavía se tenía por él, los soldados que allí tenía de su guarnición, y que en recompensa le diesen a Nemurs, ciudad de la Galia Céltica, con título de duque; trueque a la verdad muy desigual, y muy baja recompensa de estados tan principales y grandes como renunciaba. Verdad es que le añadieron en las condiciones del concierto una pensión de doce mil francos en cada un año además de una gran suma de dinero que, para acallarle, de presente le contaron. Pasó todo esto en París a 9 de junio del año que se contaba de 1404. Dícese que de aquel dinero labró este rey don Carlos en Olite y en Tafalla, villas de Navarra, distantes entre sí por espacio de una legua, sendos palacios de real magnificencia, muy hermosos y de habitación muy cómoda, ca era este príncipe muy entendido, no solo en las cosas de la paz y de la guerra, sino asimismo en las que sirven para curiosidad y entretenimiento. Decían otrosí que si la muerte no atajara sus trazas, pretendía juntar aquellos dos pueblos con un pórtico o portal continuado y tirado desde el uno hasta el otro.

Los reyes de Castilla y de Granada a porfía se presentaban entre sí ricos y hermosos dones, que parecía cada cual se pretendía adelantar en todo género de cortesía. A los moros venía bien aquella amistad por sus pocas fuerzas y su estado, que no era grande; al rey de Castilla por su continua indisposición le era forzoso atender más a conservarse que a quitar a otros lo suyo. En particular el rey moro envió al de Castilla un presente muy rico de oro y de plata, piedras preciosas y adobos de vestidos muy hermosos; y para que la cortesía pareciese mayor, lo envió todo con una de sus mujeres; que los moros según su posibilidad cada cual acostumbra a tener muchas, en especial los reyes; que es la causa de estimarlas de ordinario en poco por repartirse la afición entre tantas. Las obras, finalmente, eran tales y las muestras de amor, que bastaran a ligarlos y hermanarlos por mucho tiempo si pagara bien la amistad y fuese durable entre los que se diferencian en la creencia y religión. Así, poco adelante se rompió la guerra entre estos dos reyes, como se verá en su lugar.

 

En Roma falleció el papa Bonifacio IX a primero de octubre. Juntáronse sus cardenales en cónclave, y con toda prisa nombraron por sucesor del difunto al cardenal Cosmato Meliorato, natural de Sulmona,

 

 

 

 

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ciudad del Abruzo en el reino de Nápoles, a los 17 del mismo mes. Llamóse Inocencio VII. Su pontificado fue breve, de solos dos años y veinte días. Acometieron de nuevo con esta ocasión los príncipes a concertar los papas y unir la Iglesia. Usaron de las diligencias posibles, pero todo su trabajo fue en vano. Alegaban las partes que no hallaban lugar seguro en qué juntarse. Todo era color y hacer del juego maña para entretener la gente y engañar en grave perjuicio de toda la Iglesia. En especial el papa Benedicto, como más artero y duro, por ningún camino se doblegaba, si bien desamparado de la mayor parte de sus amigos y valedores andaba de una parte a otra sin hallar lugar que le contentase ni persona alguna de quien fiarse; tan sospechosos le eran los de su casa como los extraños.

 

Bien es verdad que muchas personas señaladas por su doctrina y santa vida defendían su partido y le seguían; entre otros fray Vicente Ferrer, gran gloria de Valencia, su patria, y de su orden de Santo Domingo por el buen olor que de sí daba y el gran fruto que hizo en todas las partes en que predicó la palabra de Dios, que fueron muchas, como trompeta del Espíritu Santo y gran ministro del Evangelio. Averiguóse que las naciones extrañas le entendían, si bien predicaba en su lengua vulgar, los italianos, los franceses, los castellanos; gracia singular, y después de los apóstoles a él sólo concedida. Los milagros que obraba y con que acreditaba su doctrina, eran muy ordinarios; daba vista a los ciegos, sanaba cojos, mancos, enfermos, y aún resucitaba los muertos. Todo lo hace más creíble lo que se dice de la innumerable muchedumbre de gente que por su medio salió de las profundas tinieblas de vicios y de ignorancia en que estaban. De los viciosos que convirtió, no diré nada; en sola España por su predicación se bautizaron ocho mil moros y treinta y cinco mil judíos, cosa maravillosa. En particular en el obispado de Palencia se hicieron cristianos casi todos los judíos, que, por ser hacendados y en favor del bautismo quedar libres de diezmos y otros pechos y derramas, las rentas del obispo don Sancho de Rojas, que a la sazón lo era de aquella ciudad, se adelgazaron de suerte, que le fue necesario hacer recurso al rey y ganar un privilegio real que hoy se muestra, en que le concede para recompensa de aquel daño cierta cantidad de maravedíes de las rentas reales.

 

La alegría que por esta causa resultaba en todo el reino se aumentó con el parto de la reina, que en Toro en el monasterio de San Francisco, viernes a los 6 de marzo del año de 1405, parió un infante, que se llamó del

 

 

 

 

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nombre de su abuelo, el príncipe don Juan; el gozo de todos fue tanto mayor cuanto más desconfiados estaban por la dilación y la poca salud del rey. Hiciéronse fiestas y regocijos por todas las partes. Los príncipes extraños enviaron sus embajadas para congratularse por el nacimiento del infante. La reina otrosí alcanzó del rey con esta ocasión de su parto que perdonase e hiciese merced a don Pedro de Castilla, su primo, niño de poca edad. Don Juan, su padre, hijo del rey don Pedro, falleció poco antes de este tiempo en la prisión en que le tenían en el castillo de Soria. De su mujer doña Elvira, hija del mismo alcaide Beltrán Eril, dejó dos hijos, don Pedro y doña Costanza; la hija vino a las manos del rey, y por su orden hizo profesión en Santo Domingo el Real, monasterio de Madrid. Don Pedro se huyó, que le pretendían poner en prisión. La culpa del padre y de los hijos no era otra sino tener el uno por padre y los otros por abuelo aquel príncipe desgraciado, que muchas cosas hacen los reyes para su seguridad que parecen exorbitantes. Compadecióse la reina de aquel mozo; mandóle poner tras de las cortinas de la cama. Venida la ocasión que el rey entró a visitarla, le suplicó por el perdón. Otorgó el rey con su demanda, que no era justo en aquella sazón negarle cosa alguna. Sacáronle a la hora vestido de clérigo para que le besase la mano. Diósela con amoroso semblante, y para que se sustentase en los estudios le proveyó del arcedianato de Alarcón. Adelante le promovieron al obispado de Osma, y finalmente al de Palencia. Suplió la nobleza sus faltas; en particular tuvo poca cuenta con la honestidad. De dos mujeres, la una Isabel, de nación inglesa, y la otra María Bernarda, dejó muchos hijos, cuatro varones, don Alonso, don Luis, don Sancho y don Pedro, y otras tantas hembras, doña Aldonza, doña Isabel, doña Catalina, doña Costanza. De estos, y principalmente de don Alonso, que tuvo siete hijos de legítimo matrimonio, desciende la casa y linaje de Castilla, asaz extendida y grande, aunque no de mucha renta ni estado.

 

En Guadalajara falleció don Diego Hurtado de Mendoza, almirante del mar. Sucediéronle en sus estados y tierras Íñigo López de Mendoza, su hijo, que adelante fue el primer marqués de Santillana; en el oficio de almirante, don Alonso Enríquez, hermano menor de don Pedro, conde de Trastámara, ambos nietos de don Fadrique, maestre de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIII. De la guerra que se hizo contra moros

 

El reino de Aragón por este tiempo andaba alborotado, y más Zaragoza, por causa de dos bandos y parcialidades, cuyas cabezas eran, de la una Martín López de Lanuza, de la otra Pedro Cerdán, hombres poderosos en rentas y vasallos. En Valencia asimismo prevalecían otros dos bandos, el delos Soleres y el de los Centellas. Trababan a cada paso pasión entre sí y riñas; matábanse y robábanse las haciendas sin que la justicia les pudiese ir a la mano.

 

Juntó el rey Cortes en Maella, villa de Aragón, a propósito de asentar el gobierno y apaciguar las alteraciones que ponían a todos en cuidado. En aquellas Cortes se establecieron leyes muy buenas, unas para acudir a los inconvenientes presentes, otras que se guardasen siempre, enderezadas todas al bien y pro común. Ordenóse demás de esto que el rey don Martín de Sicilia, lo más presto que fuese posible, viniese a España para que se acostumbrase a guardar los fueros de Aragón y no quisiese adelante atropellar sus libertades y gobernar aquel reino a fuer de los demás a su albedrío y voluntad. Sabida él esta determinación, la voluntad del rey, su padre, y de todo el reino, aprestado que hubo una armada, se hizo a la vela en Trapana, ciudad de Sicilia; de camino saltó en tierra en Niza, ciudad del Piamonte, para visitar y hacer homenaje al papa Benedicto, que a la sazón se hallaba en aquellas partes con voz de querer dar corte con su competidor en aquellas diferencias y debates tan reñidos. Hallóse presente acaso o de propósito a la habla Luis, duque de Anjou, que se llamaba rey de Nápoles, y por el derecho de su mujer pretendía el reino de Aragón; mas por medio del pontífice se concertaron y apaciguaron. Despedida esta habla, se tornó a embarcar el rey de Sicilia, y a los 3 de abril finalmente surgió en la playa de Barcelona. Por su venida hicieron fiestas por todo el reino, que pensaban sería por largo tiempo; más engañóles su esperanza, porque con color que los de aquella isla no sosegaban del todo y que de nuevo don Bernardo de Cabrera con ocasión de su ausencia se tomaba más autoridad y mano en el gobierno de lo que era razón, dejando las cosas medio compuestas en Aragón, a los 6 de agosto en la misma armada en que vino se embarcó en Barcelona y pasó en Sicilia. Con su llegada mandó luego a don Bernardo de Cabrera salir de palacio, y poco después de toda la isla, con orden de presentarse delante de su padre el rey de Aragón para descargarse de las culpas que le achacaban. Hizo él lo que le fue mandado,

 

 

 

 

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y partió para España en sazón que por el principio del mes de noviembre llegaron a Barcelona cuatro estatuas de plata vaciadas y cinceladas y sembradas de pedrería, que envió el papa Benedicto para que pusiesen en ellas las reliquias que en Zaragoza tenían de los santos mártires Valerio, Vincencio, Laurencio, Engracia, para sacarlas con esta pompa en las procesiones más solemnes y generales.

 

En Castilla se continuaba la conversión de los judíos, y aún para domeñar a los obstinados y duros se ordenó de nuevo, entre otras cosas, que los judíos no pudiesen dar a logro, cosa entre ellos muy usada; y que para ser conocidos trajesen sobre el hombro derecho por señal un redondo de paño rojo, como tres dedos de ancho. Lo mismo tres años adelante se ordenó de los moros, que trajesen otro redondo algo mayor de paño azul en forma de luna menguada, y lo que es más, veinticinco años antes de éste en que vamos estableció el rey don Juan el Primero en las Cortes que se hicieron en Soria que las mancebas de los clérigos se distinguiesen de las mujeres honestas por un prendedero de paño bermejo, tan ancho como los tres dedos, que les mandó traer sobre el tocado para que fuesen conocidas, leyes muy buenas, pero que no sé yo si en algún tiempo se guardaron. Lo que toca a los judíos, el tiempo presente se pidió por el reino en las Cortes que los meses pasados para jurar al príncipe don Juan recién nacido se juntaron en Valladolid, y el rey lo otorgó por una ley que publicó en esta razón en la villa de Madrid a los 21 días del mes de diciembre. Ca había pasado a aquellas partes para proveer a la guerra de Granada, que entonces pensaba hacer de propósito, a causa que aquel rey, sin embargo de los conciertos y amistad hechos, se apoderó por fuerza de la villa de Ayamonte, puesta a la boca del río Guadiana por la parte que desagua en el mar, y la quitó a Álvaro de Guzmán, cuya era; demás que no quería pagar el tributo y las parias que conforme a los conciertos pasados debía pagar en cada un año. Todavía antes de venir a rompimiento intentó el rey de Castilla si le podría poner en razón con una embajada que le envió para ver si podría con aquello requerirle de paz y que no diese lugar a aquellas novedades y demasías.

 

El moro, orgulloso por lo hecho y por pensar que aquella embajada procedía de algún temor y flaqueza, no sólo no quiso hacer enmienda de lo pasado, antes por principio del año 1406 envió un grande golpe de gente para que rompiesen por la parte del territorio de Baeza, como lo hicieron con muy grave daño de toda aquella comarca. Saliéronles al encuentro

 

 

 

 

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Pedro Manrique, frontero en aquella parte, Diego de Benavides y Martín Sánchez de Rojas con toda la demás gente que pudieron en aquel aprieto apellidar. Alcanzaron a los enemigos, que era muy grande cabalgada; llegaban muy cerca de la villa de Quesada. Pelearon con igual esfuerzo sin reconocerse ventaja ninguna hasta que cerró la noche y la oscuridad tan grande los despartió. Los cristianos, juntos y cerrados, rompieron por medio de los enemigos para procurar mejorarse de lugar en un peñol que cerca cae, que fue señal de flaqueza; demás que en la pelea perdieran mucha gente, y entre ellos personas de mucha cuenta, y en particular Martín Sánchez de Rojas y Alonso Dávalos, el mariscal Juan de Herrera y Garci Álvarez Osorio, en que si bien vendieron caramente sus vidas, quedaron tendidos en el campo. Esta batalla llaman la de los Collejares. El rey don Enrique, sin embargo de su poca salud, no se descuidaba en velar y mirar por todo. En Madrid, do estaba, convocó Cortes para la ciudad de Toledo; quería con acuerdo del reino proveer de todo lo necesario para aquella guerra, que cuidaban sería muy larga.

 

El de Navarra, concluidas ya las cosas en Francia de la manera que de suso queda dicho, al dar la vuelta pasó por Narbona, desde allí atravesó a Cataluña, y en Lérida por el mes de marzo se vio con el de Aragón, que le festejó en aquella ciudad y en Zaragoza magníficamente, como lo pedía la razón. Llegó finalmente a Pamplona, y en aquella ciudad celebró el casamiento que de tiempo atrás tenía concertado de su hija doña Beatriz, menor que doña Blanca, con Jacques de Borbón, conde de la Marca, persona en quien la nobleza, gentil disposición y destreza en las armas corrían a las parejas. Hiciéronse las bodas la los 14 de septiembre, en el cual mes junto al castillo de Mónaco en la costa de Génova falleció de peste Miguel de Salva, cardenal de Pamplona, que andaba en compañía del papa Benedicto; infección de que por aquella comarca pereció mucha gente. Sepultaron su cuerpo en el monasterio de San Francisco de Niza; sucedióle en el obispado de Pamplona que vacó por su muerte Lanceloto de Navarra, en sazón que, cansada Francia de las largas del papa Benedicto en renunciar como le pedían y unir la Iglesia, de nuevo le tornaron a negar la obediencia y apartarse de su devoción.

 

 

 

 

XIV. De la muerte del rey don Enrique

 

 

 

 

 

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Teníanse Cortes de Castilla en Toledo, que fueron muy señaladas por el concurso grande que de todos los estados acudieron, por la importancia de los negocios que en ellas se trataron y mucho más por la muerte que en aquella sazón y ciudad sobrevino al rey. Halláronse en ellas don Juan, obispo de Sigüenza, en su nombre y como gobernador sede vacante del arzobispo de Toledo, que el electo don Pedro de Luna aún no era venido a aquella iglesia; don Sancho de Rojas, obispo de Palencia, don Pablo, obispo de Cartagena, don Fadrique, conde de Trastámara, don Enrique de Villena, maestre de Calatrava dos años había por muerte de Gonzalo Núñez de Guzmán, don Ruy López Dávalos, condestable, Juan de Velasco, Diégo López de Zúñiga y otros señores y ricos hombres. Luego al principio de estas Cortes se le agravó al rey la dolencia de guisa, que no pudo asistir.

 

Presidió en su lugar su hermano el infante don Fernando; las necesidades apretaban y la falta de dinero para hacer la guerra a los moros y enfrenar su osadía. Tratóse ante todas cosas que el reino sirviese con alguna buena suma, tal que pudiesen asoldar catorce mil de a caballo, cincuenta mil peones, armar treinta galeras y cincuenta naves, aprestar y llevar seis tiros gruesos, que nuestros cronistas llaman lombardas, creo de Lombardía, de do vinieron primero a España, o porque allí se inventaron, cien tiros menores con los demás pertrechos y municiones y almacén. Que todo esto y no menos cuidaban sería necesario para de una vez acabar con la morisma de España, como todos deseaban. Los procuradores del reino llevaban mal que se recogiese del pueblo tan gran suma de dinero como era menester para juntar tantas fuerzas, por estar todos muy gastados con las imposiciones pasadas; mayormente que los obispos no venían en que alguna parte de aquel servicio se echase sobre los eclesiásticos. Hubo demandas y respuestas y dilaciones, como es ordinario. Finalmente, acordaron que de presente sirviesen para aquella guerra con un millón de oro, gran suma para aquellos tiempos, en especial que se puso por condición, si no fuese bastante aquella cantidad, que se pudiesen hacer nuevas derramas sin consulta ni determinación de Cortes; tan grande era el deseo que todos tenían de ver acabada aquella guerra. El sueldo que en aquella sazón se daba a un hombre de a caballo era por cada día veinte maravedíes, y al peón la mitad. La buena diligencia del infante don Fernando y su buena traza hizo que se allanasen todas las dificultades.

 

 

 

 

 

 

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Llegó en esto nueva que en Roma falleció el papa Inocencio a los 6 de noviembre y que los cardenales a gran prisa pusieron en su lugar al cardenal Angelo Corario, ciudadano de Venecia, a los 30 del mismo mes, que se llamó en el pontificado Gregorio XII.

 

Asimismo en el mayor calor de las Cortes falleció el rey don Enrique en la misma ciudad de Toledo a 25 de diciembre, principio del año del Señor de 1407. Tenía veintisiete años de edad; de ellos reinó los diez y seis, dos meses y veintiún días. Dejó en la reina, su mujer, al príncipe don Juan y a las infantas doña María y doña Catalina, que le naciera poco antes. Sepultáronle con el hábito de san Francisco en la su capilla real de Toledo. El sentimiento de los vasallos fue grande, y las lágrimas muy verdaderas. Veíanse privados de un príncipe de valor en lo mejor de su edad, y el reino, como nave sin piloto y sin gobernalle, expuesto a las olas y tempestades que en semejantes tiempos se suelen levantar. Fue este príncipe apacible de condición, afable y liberal, de rostro bien proporcionado y agraciado, mayormente antes que la dolencia le desfigurase, bien hablado y elocuente, y que en todas las cosas que hacía y decía se sabía aprovechar de la maña y del artificio. Despachaba sus embajadores a los príncipes cristianos y moros, a los de cerca y a los de lejos, con intento de informarse de sus cosas y de todo recoger prudencia para el buen gobierno de su reino y de su casa y para saber en todo representar majestad, a que era muy inclinado.

 

Del valor de su ánimo y de su prudencia dio bastante testimonio un famoso hecho suyo y una resolución notable. Al principio que se encargó del gobierno gustaba de residir en Burgos. Entreteníase en la caza de codornices, a que era más dado que a otro género de montería o volatería. Avino que cierto día volvió del campo cansado algo tarde. No le tenían cosa alguna aprestada para su yantar. Preguntada la causa, respondió el despensero que, no sólo le faltaba el dinero, más aún el crédito para mercar lo necesario. Maravillóse el rey de esta respuesta; disimuló empero con mandarle por entonces que sobre un gabán suyo mercase un poco de carnero con que (y las codornices que él traía) le aderezasen la comida. Sirvióle el mismo despensero a la mesa, quitada la capa, en lugar de los pajes. En tanto que comía se movieron diversas pláticas. Una fue decir que muy de otra manera se trataban los grandes y mucho más se regalaban. Era así que el arzobispo de Toledo, el duque de Benavente, el conde de, Trastámara, don Enrique de Villena, el conde de Medinaceli, Juan de

 

 

 

 

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Velasco, Alonso de Guzmán y otros señores y ricos hombres de este jaez se juntaban de ordinario en convites que se hacían unos a otros como en turno. Avino que aquel mismo día todos estaban convidados para cenar con el arzobispo, que hacía tabla a los demás. Llegada la noche, el rey disfrazado se fue a ver lo que pasaba, los platos muchos en número, y muy regalados los vinos, la abundancia en todo. Notó cada cosa con atención, y las pláticas más en particular que sobremesa tuvieron, en que por no recelarse de nadie, cada uno relató las rentas que tenía de su casa y las pensiones que de las rentas reales llevaba. Aumentóse con esto la indignación del rey que los escuchaba; determinó tomar enmienda de aquellos desórdenes. Para esto el día siguiente luego por la mañana hizo corriese voz por la corte que estaba muy doliente y quería otorgar su testamento. Acudieron a la hora todos estos señores al castillo en que el rey posaba. Tenía dada orden que como viniesen los grandes, hiciesen salir fuera los criados y sus acompañamientos. Hízose todo así como lo tenía ordenado. Esperaron los grandes en una sala por gran espacio todos juntos. A medio día entró el rey armado y desnuda la espada. Todos quedaron atónitos sin saber lo que, quería decir aquella representación ni en qué pararía el disfraz. Levantáronse en pie, el rey se asentó en su silla y sitial con talante, a lo que parecía, sañudo. Volvióse al arzobispo; preguntóle: «¿Cuántos son los reyes que habéis conocido en Castilla?». La misma pregunta hizo por su orden o cada cual de los otros. Unos respondieron: «Yo conocí tres», «yo cuatro», el que más dijo cinco. «¿Cómo puede ser esto, replicó el rey, pues yo de la edad que soy he conocido no menos que veinte reyes?». Maravillados todos de lo que decía, añadió: «Vosotros todos, vosotros sois los reyes en grave daño del reino, mengua y afrenta nuestra; pero yo haré que el reinado no dure mucho ni pase adelante la burla que de nos hacéis». Junto con esto, en alta voz llama los ministros de justicia con los instrumentos que en tal caso se requieren y seiscientos soldados que de secreto tenía apercibidos. Quedaron atónitos los presentes; el de Toledo, como persona de gran corazón, puestos los hinojos en tierra y con lágrimas pidió perdón al rey de lo en qué errado le había. Lo mismo por su ejemplo hicieron los demás; ofrecen la enmienda, sus personas y haciendas como su voluntad fuese y su merced. El rey desde que los tuvo muy amedrentados y humildes, de tal manera les perdonó las vidas, que no los quiso soltar antes que le rindiesen y entregasen los castillos que tenían a su cargo y contasen todo el alcance que les hicieron de las rentas reales

 

 

 

 

 

 

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que cobraron en otro tiempo. Dos meses que se gastaron en asentar y concluir estas cosas los tuvo en el castillo detenidos. Notable hecho, con que ganó tal reputación, que en ningún tiempo los grandes estuvieron más rendidos y mansos. El temor les duró por más tiempo, como suele, que las causas de temer.

 

De severidad semejante usó en Sevilla en las revueltas que traían el conde de Niebla y Pero Ponce; y aún el castigo fue mayor, que hizo justiciar mil hombres que halló en el caso más culpados. Benefició las rentas reales por su industria y la del infante, su hermano, de suerte que grandes sumas se recogían cada un año en sus tesoros, que hacía guardar en el alcázar de Madrid, al cual para mayor seguridad arrimó las torres, que hoy tiene antiguas, pero de buena estofa. Suyo es aquel dicho: «Más temo las maldiciones del pueblo que las armas de los enemigos». Así llegó y dejó grandes tesoros sin pesadumbre y sin gemido de sus vasallos, sólo con tener cuenta y cuidado con sus rentas y excusar los gastos sin propósito; virtud de las más importantes de un buen príncipe.

 

 

 

 

XV. Que alzaron por rey de Castilla a don Juan el

 

Segundo

 

Hecho el enterramiento y las exequias del rey don Enrique con la magnificencia que era razón y con toda representación de majestad y tristeza, los grandes se comunicaron para nombrar sucesor y hacer las ceremonias y homenajes que en tal caso se acostumbran. No eran conformes los pareceres, ni todos hablaban de una misma manera. A muchos parecía cosa dura y peligrosa esperar que un infante de veintidós meses tuviese edad competente para encargarse del gobierno. Acordábanse de la minoridad de los reyes pasados, y de los males que por esta causa se padecieron por todo aquel tiempo. Leyóse en público el testamento del rey difunto, en que disponía y dejaba mandado que la reina, su mujer, y el infante don Fernando, su hermano, se encargasen del gobierno del reino y de la tutela del príncipe. A Diego López de Zúñiga y Juan de Velasco encomendó la crianza y la guarda del niño, la enseñanza a don Pablo, obispo de Cartagena, para que en las letras fuese su maestro, como era ya su chanciller mayor, hasta tanto que el príncipe fuese de edad de catorce

 

 

 

 

 

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años. Ordenó otrosí que los tres atendiesen sólo al cuidado que se les encomendaba, y no se empachasen en el gobierno del reino.

 

Algunos pretendían que todas estas cosas se debían alterar; alegaban que el testamento se hizo un día antes de la muerte del rey cuando no estaba muy entero, antes tenía alterada la cabeza y el sentido; que no era razón por ningún respeto dejar el reino expuesto a las tempestades que forzosamente por estas causas se levantarían. De esto se hablaba en secreto, de esto en público en las plazas y corrillos. Verdad es que ninguno se adelantaba a declarar la traza que se debía tener para evitar aquellos inconvenientes; todos estaban a la mira, ninguno se quería aventurar a ser el primero. Todos ponían mala voz en el testamento y lo dispuesto en él; pero cada cual asimismo temía de ponerse a riesgo de perderse si se declaraba mucho. Ofrecíaseles que el infante don Fernando los podría sacar de la congoja en que se hallaban y de la cuita si se quisiese encargar del reino; mas recelábanse que no vendría en esto por ser de su natural templado, manso y de gran modestia, virtudes que cada cual les daba el nombre que le parecía, quién de miedo, quién de flojedad, quién de corazón estrecho; finalmente, de los vicios que más a ellas se semejan. La ausencia de la reina y ser mujer y extranjera daba ocasión e estas pláticas. Entreteníase a la sazón en Segovia con sus hijos cubierta de luto y de tristeza, así por la muerte de su marido, como por el recelo que tenía en qué pararían aquellas cosas que se removían en Toledo. Los grandes, comunicado el negocio entre sí, al fin determinaron dar un tiento al infante don. Fernando. Tomó la mano don Ruy López Dávalos por la autoridad que tenía de condestable y por estar más declarado que ninguno de los otros. Pasaron en secreto muchas razones primero, después en presencia de otros de su opinión le hizo para animarle, que se mostraba muy tibio, un razonamiento muy pensado de esta sustancia:

 

«Nos, señor, os convidamos con la corona de vuestros padres y abuelos, resolución cumplidera para el reino, honrosa para vos, saludable para todos. Para que la oferta salga cierta, ninguna otra cosa falta sino vuestro consentimiento; ninguno será tan osado que haga contradicción a lo que tales acordaron. No hay en nuestras palabras engaño ni lisonja. Subir a la cumbre del mando y del señorío por malos caminos es cosa fea; más desamparar al reino que de su voluntad se os ofrece y se recoge al amparo de vuestra sombra en el peligro, mirad no parezca flojedad y cobardía. La naturaleza de la potestad real y su origen enseñan

 

 

 

 

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bastantemente que el cetro se puede quitar a uno y dar otro conforme a las necesidades que ocurren. Al principio del mundo vivían los hombres derramados por los campos a manera de fieras, no se juntaban en ciudades ni en pueblos; solamente cada cual de las familias reconocía y acataba al que entre todos se aventajaba en la edad y en la prudencia. El riesgo que todos corrían de ser oprimidos de los más poderosos y las contiendas que resultaban con los extraños y aún entre los mismos parientes, fueron ocasión que se juntasen unos con otros, y para mayor seguridad se sujetasen y tomasen por cabeza al que entendían con su valor y prudencia los podría amparar y defender de cualquier agravio y demasía. Este fue el origen que tuvieron los pueblos, este el principio de la majestad real, la cual por entonces no se alcanzaba por negociaciones ni sobornos; la templanza, la virtud y la inocencia prevalecían. Asimismo no pasaba por herencia de padres a hijos; por voluntad de todos y de entre todos se escogía el que debía suceder al que moría. El demasiado poder de los reyes hizo que heredasen las coronas los hijos, a veces de pequeña edad, de malas y dañadas costumbres. ¿Qué cosa puede ser más perjudicial que entregar a ciegas y sin prudencia al hijo, sea el que fuere, los tesoros, las armas, las provincias, y lo que se debía a la virtud y méritos de la vida, darlo al que ninguna muestra ha dado de tener bastantes prendas? No quiero alargarme más en este ni valerme de ejemplos antiguos para prueba de lo que digo. Todavía es averiguado que por la muerte del rey don Enrique el Primero sucedió en esta corona, no doña Blanca, su hermana mayor, que casara en Francia, sino doña Berenguela, acuerdo muy acertado, como lo mostró la santidad y perpetua felicidad de don Fernando, su hijo. El hijo menor del rey don Alonso el Sabio la ganó a los hijos de su hermano mayor el infante don Fernando, porque con sus buenas partes daba muestras de príncipe valeroso. ¿Para qué son cosas antiguas? Vuestro abuelo el rey don Enrique quitó el reino a su hermano y privó a las hijas de la herencia de su padre; que si no se pudo hacer, será forzoso confesar que los reyes pasados no tuvieron justo titulo. Los años pasados en Portugal el maestre de Avis se apoderó de aquel reino, si con razón, si tiránicamente, no es de este lugar apurarlo; lo que se sabe es que hasta hoy lo ha conservado y mantenidose en él contra todo el poder de Castilla. De menos tiempo acá dos hijas del rey don Juan de Aragón perdieron la corona de su padre, que se dio a don Martín, hermano del difunto, si bien se hallaba ausente y ocupado en

 

 

 

 

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allanar a Sicilia; que siempre se tuvo por justo mudase la comunidad y el pueblo conforme a la necesidad que ocurriese, lo que ella misma estableció por el bien común de todos. Si convidáramos con el mando a alguna persona extraña, sin nobleza, sin partes, pudiérase reprehender nuestro acuerdo. ¿Quién tendrá por mal que queramos por rey un príncipe de la alcurnia real de Castilla, y que en vida de su hermano tenía en su mano el gobierno? Mirad pues no se atribuya antes a mal no hacer caso ni responder a la voluntad que grandes y pequeños os muestran, y por excusar el trabajo y la carga, desamparar a la patria común, que de verdad, tendidas las manos, se mete debajo las alas y se acoge al abrigo de vuestro amparo en el aprieto en que se halla. Esto es finalmente lo que todos suplicamos; que encargaros uséis en el gobierno de estos reinos de la templanza a vos acostumbrada y debida no será necesario».

 

Después de estas razones los demás grandes que presentes estaban se adelantaron cada cual por su parte para suplicarle aceptase. No faltó quien alegase profecías y revelaciones y pronósticos del cielo en favor de aquella demanda. A todo esto el infante con rostro mesurado y ledo replicó y dijo no era de tanta codicia ser rey que se hubiese de menospreciar la infamia que resultaría contra él de ambicioso e inhumano, pues despojaba un niño inocente y menospreciaba la reina viuda y sola, a cuya defensa toda buena razón le obligaba, demás de las alteraciones y guerras que forzosamente en el reino sobre el caso se levantarían. Que les agradecía aquella voluntad y el crédito que mostraban tener de su persona, pero que en ninguna cosa les podía mejor recompensar aquella deuda que en darles por rey y señor al hijo de su hermano, su sobrino, por cuyo respeto y por el pro común de la patria él no se quería excusar de ponerse a cualquier riesgo y fatiga, y encargarse del gobierno según que el rey, su hermano, lo dejó dispuesto; sólo en ninguna manera se podría persuadir de tomar aquel camino agrio y áspero que le mostraban.

 

Concluido esto, poco después juntó los señores y prelados en la capilla de don Pedro Tenorio que está en el Claustro de la iglesia mayor. El condestable don Ruy López, por si acaso había mudado el parecer, le preguntó allí en público a quién quería alzasen por rey. Él, con semblante demudado, respondió en voz alta: «¿A quién sino al hijo de mi hermano?». Con esto levantaron los estandartes, como es de costumbre, por el rey don Juan el Segundo, y los reyes de armas le pregonaron por rey, primero en aquella junta y consiguientemente por las calles y plazas de la ciudad.

 

 

 

 

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Gran crédito ganó de modestia y templanza el infante don Fernando en menospreciar lo que otros por el fuego y por el hierro pretenden. Los mismos que le insistieron aceptase el reino, no acababan de engrandecer su lealtad, camino por donde se enderezó a alcanzar otros muy grandes reinos que el cielo por sus virtudes le tenía reservados. Fue la gloria de aquel hecho tanto más de estimar, que su hermano al fin de su vida andaba con él torcido y no se le mostraba favorable, por reportes de gentes que suelen inficionar los príncipes para derribar a los que ellos quieren y ganar gracias con hallar en otros tachas; demás que naturalmente son sospechosos y odiosos a los que mandan los que están más cerca para sucederles en sus estados. Verdad es que poco antes de su muerte, vencido de la bondad del infante, trocó aquel odio en buena voluntad, y aún vino en que su hija la infanta doña María, que podía suceder en el reino, casase con don Alonso, hijo mayor del infante; acuerdo muy saludable para los dos hermanos en particular, y en común para todo el reino.

 

 

 

 

XVI. De la guerra de Granada

 

Esto pasaba en Castilla a tiempo que en Aragón sucedió la muerte de la reina doña María, que falleció en Villarreal, pueblo cerca de Valencia, a los 29 de diciembre, con gran sentimiento del rey de Aragón, su marido, y de toda aquella gente, por sus prendas muy aventajadas. Sepultaron su cuerpo con el acompañamiento y honras convenientes en Poblet, sepultura de aquellos reyes. De cuatro hijos que parió, los tres se le murieron en su tierna edad, don Diego, don Juan y doña Margarita; quedó solo don Martín, a la sazón rey de Sicilia, y que se hallaba embarazado en el gobierno de aquella isla, con poco cuidado de su vida y salud, por ser mozo, y los muchos peligros a que hacía siempre rostro por ser de gran corazón; de que poco adelante a él sobrevino la muerte, y con ella a los suyos muy grandes adversidades.

 

El infante don Fernando, compuestas las cosas en Toledo y hechas las exequias de su hermano, a primero de enero se partió para Segovia con intento de verse con la reina, que allí estaba, y con su acuerdo dar orden y traza en todo lo que pertenecía al buen gobierno del reino. Para que todo se hiciese con más autoridad y con más acierto dio orden en aquella ciudad

 

 

 

 

 

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se juntasen, como se juntaron, Cortes generales del reino, a que acudieron los prelados y señores y procuradores de las ciudades. Tratáronse diversas cosas en estas Cortes, en particular la crianza del nuevo rey se encargó a la reina por instancia que sobre ello hizo, mudado en esta parte el testamento del rey don Enrique. En recompensa del cargo que les quitaban dieron a Juan de Velasco y a Diego López de Zúñiga cada seis mil florines, pequeño precio y satisfacción; más érales forzoso conformarse con el tiempo, y no seguro contradecir a la voluntad de la reina y del infante, que tenían en su mano el gobierno.

 

Tratóse otrosí de la guerra que pensaban hacer a Granada tanto con mayor voluntad de todos, que por el mes de febrero los cristianos entraron en tierra de moros por la parte de Murcia. Pusiéronse sobre Vera; más no la pudieron forzar porque vinieron sin escalas y sin los demás ingenios a propósito de batir las murallas y por la nueva que les vino de un buen número de moros que venían en socorro de los cercados. Alzado pues el cerco, fueron en su busca, y cerca de Jujena pelearon con ellos con tal denuedo, que los vencieron y desbarataron. La matanza no fue grande por tener los vencidos la acogida cerca. Todavía tomaron y saquearon aquel pueblo, efecto de más reputación que provecho, por quedar el castillo en poder de moros. Los caudillos principales de esta empresa fueron el mariscal Fernando de Hererra, Juan Fajardo, Fernando de Calvillo con otros nobles caballeros. Sonó mucho esta victoria, tanto, que los que se hallaban en las Cortes, alentados con tan buen principio, que les parecía pronóstico de lo demás de aquella guerra, otorgaron de voluntad toda la cuantía de maravedíes que para los gastos y el sueldo les pidieron por parte de la reina y del infante. Nombraron por general, como era razón, al mismo infante don Fernando, entre el cual y la reina comenzaron cosquillas y sospechas.

 

No faltaban hombres malos, de que siempre hay copia asaz en las casas reales, que atizaban el fuego; decían que algún día don Fernando daría en qué entender a la reina y sus hijos. Muchos cargaban a una mujer, por nombre Leonor López, que terciaba mal entre los dos y tenía más cabida con la reina de lo que sufría la majestad de la casa real y el buen gobierno del reino. Los disgustos iban adelante; dieron traza que se dividiese el gobierno; de guisa que la reina se encargó de lo de Castilla la Vieja, don Fernando de la Nueva con algunos pueblos de la Vieja. Tomado este acuerdo, el infante envió su mujer e hijos a Medina del Campo, y él se

 

 

 

 

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partió de Segovia para Villarreal con intento de esperar allí las gentes que por todas partes se alistaban para aquella guerra, las municiones y vituallas. En este medio los capitanes que estaban por las fronteras no cesaban de hacer cabalgadas en tierra de los moros, talar los campos, robar los ganados, cautivar gente, saquear los pueblos. Aveces también volvían con las manos en la cabeza, que tal es la condición de la guerra.

 

Un cierto moro, de secreto aficionado a nuestra religión, se pasó a tierra de cristianos, y llevado a la presencia del maestre de Santiago don Lorenzo Suárez de Figueroa, que se ocupaba en aquella guerra y estaba en Écija por frontero, le habló en esta manera: «Bien entiendo cuán aborrecido es de todos el nombre de forajido; sin embargo, me aventuré a seguir vuestro partido, movido del cielo, toque poderoso, contra el cual ninguna resistencia basta. No pido que aprobéis mi venida y mi resolución ni la condenéis tampoco, sino que estéis a la mira de los efectos que viéredes. Lo primero os ruego que me hagáis bautizar, que el tiempo muy en breve dará clara muestra de mi buen celo y lealtad; a las obras me remito». Bautizáronle como el moro lo pedía. Tras esto les dio aviso que Pruna, plaza de los moros de importancia, se podría entrar por la parte y con el orden que él mismo mostraría. Las prendas que metiera eran tales, que se aseguraron de su palabra que no era trato doble. Acompañóle con gente el comendador mayor de Santiago; cumplió el moro su promesa, que al momento entraron aquel pueblo en 4 días del mes de junio, y quitaron aquel nido, de do salían de ordinario moros a correr las tierras de cristianos, hacer mal y daño continuamente.

 

Pasó el infante a Córdoba, y entró en Sevilla a los 22 de junio; probóle la tierra y los calores, de que cayó en el lecho enfermo en sazón mal a propósito y en que llegó a aquella ciudad el conde de la Marca, yerno del de Navarra, y por sí de lo más noble de Francia, de gentil presencia entre mil, muy cortés, con que aficionaba la gente. Traía en su compañía ochenta de a caballo, y venía con deseo de ayudar en aquella guerra sagrada, que se temía saldría larga y dificultosa. Los moros en este medio no dormían: lo primero acometieron a tomar a Lucena, pueblo grande; y como quier que no les saliese bien aquella empresa, revolvieron sobre Baeza gran morisma, ca dicen llegaban a siete mil de a caballo y cien mil de a pie, número que apenas se puede creer, y que por lo menos puso en gran cuidado a todo el reino. Todavía no pudieron forzar la ciudad, que se la defendieron los de dentro, aunque con dificultad, muy bien; sólo

 

 

 

 

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tomaron y quemaron los arrabales. Apellidáronse los cristianos por toda aquella comarca, los de cerca y los de lejos, porque no se perdiese aquella plaza tan importante. Supieron los moros lo que pasaba; y por no aventurarse a perder la jornada, alzado el cerco, dieron la vuelta cargados de despojos y de los cautivos que por aquella tierra robaron.

 

Por el contrario, el almirante don Alonso Enríquez cerca de Cádiz ganó de los moros una victoria naval, asaz importante. Los reyes de Túnez y de Tremecén tenían armadas veinte y tres galeras para correr las costas del Andalucía a contemplación de su amigo y confederado el rey de Granada. Dioles vista el almirante; y si bien no llevaba pasadas de trece galeras en su armada, no dudó de embestirlas, lo cual hizo con tal denuedo y destreza, que las venció. Tomó las ocho, las demás, parte echó a fondo, y otras se huyeron. En este medio convaleció de su dolencia el infante don Fernando, y alegre con esta buena nueva, salió de Sevilla a los 7 de septiembre. No llevaba resolución por qué parte entraría en tierra de moros. Hizo consulta de capitanes y de otros personajes; salió acordado que rompiese por tierra de Ronda y se pusiese con todo el campo sobre Zahara, villa principal en aquella comarca. Hízose así; comenzaron a batirla con tres cañones gruesos de día y de noche. El daño que hacían era muy poco por no ser muy diestros los de aquel tiempo en jugar y asestar el artillería. El cerco iba a la larga, y fuera la empresa muy dificultosa si los de dentro por falta que padecían y por miedo de mayores daños si se detenían no se rindieran a partido que, libres sus personas y hacienda, dejasen al vencedor las armas y provisión.

 

Al tanto otros pueblos pequeños se dieron por aquellas partes. Septenil, villa bien fuerte por sus adarves y por la gente que tenía de guarnición, por esta causa no se quiso rendir; cercáronla y combatiéronla con todos los ingenios y fuerzas que llevaban, en sazón que Pedro de Zúñiga por otra parte recobró de los moros a Ayamonte, según que el infante don Fernando se lo encargara. El rey moro por estas pérdidas y por no echar el resto en el trance de una batalla, la excusaba cuanto podía; solo ayudaba las fuerzas con maña, y procuraba divertir las del enemigo. Juntó toda diligencia sus gentes, que dicen eran ochenta mil de a pie y seis mil de a caballo, los más canalla sin valor ni honra. Con este campo se puso sobre Jaén; pero no salió con su intento porque acudieron con toda brevedad los nuestros, y le forzaron a retirarse con poca reputación. Sólo hizo daño en los campos, de que se satisficieron los contrarios con correrle toda la tierra hasta la ciudad

 

 

 

 

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de Málaga. Repartíanse otrosí diversas bandas de soldados y se derramaban por todas partes sin dejar respirar ni reposar a los moros. Para que todo sucediese bien y el contento fuese colmado sólo falto que no pudieron forzar ni rendir a Septenil. El otoño iba adelante, y las lluvias comenzaban, que suelen ser ordinarias por aquel tiempo. Por esta causa el infante a los 25 de octubre, alzado aquel cerco, dio la vuelta a Sevilla, y tornó a poner en su lugar la espada con que el rey don Fernando el Santo, ganó antiguamente aquella ciudad, y en ella la guardan con cuidado y reverencia; y a las veces los capitanes para sus empresas, como por buen agüero, la solían desde tomar prestada. Hecho esto, repartió la gente para qie invernase en Sevilla, Córdoba y otros pueblos, y él paso al reino de Toledo con intento de apercibirse de todo lo necesario y recoger más gente para continuar aquella guerra.

 

A esta sazón falleció en Calahorra Pero López de Ayala, canciller mayor de Castilla, caballero señalado por su nobleza, por las muchas cosas que por él pasaron, y por la Crónica que dejó escrita del rey don Pedro y don Enrique el Segundo, y don Juan el primero. Si bien algunos sospechan que con pasión encareció mucho los vicios de don Pedro, y subió de punto las virtudes de su competidor en perjuicio de la verdad. Enterraron su cuerpo en el monasterio de Quijana.

 

Francia asimismo andaba revuelta por la muerte que Juan, duque de Borgoña, hizo dar en París a Luis, duque de Orliens, volviendo muy de noche a palacio. El homiciano que ejecutó esta maldad se llamaba Otonvilla. La causa de la enemistad no se averigua del todo; sospecharon comúnmente que, por estar el rey a tiempos falto de juicio, el matador pretendía apoderarse del gobierno de Francia, y para salir con esto acordó de quitarse delante al que sólo le podía contrastar por ser hermano del rey. Luego que se descubrió al autor de aquella maldad, el de Borgoña se retiró a sus tierras para apercibirse, si alguno pretendiese vengar aquella muerte. La duquesa Valentina, mujer del muerto, puso acusación contra el matador y hacía instancia sobre el caso. Los jueces, vencidos de sus lágrimas y de la razón, citaron al de Borgoña para que compareciese en persona a descargarse de lo que le achacaban. No dudó él de obedecer y presentarse, confiado en sus riquezas y en los muchos valedores que tenía en la corte de Francia. Formábase el proceso en el Parlamento; y por los púlpitos Juan Petit, doctor teólogo de París, franciscano y predicador de fama en aquella era, no cesaba en sus predicaciones de abonar aquel hecho, como hombre

 

 

 

 

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lisonjero e interesal. Cargaba al de Orliens que pretendía hacerse rey de Francia; que el que atajó estos intentos tiránicos, no sólo era libre de pena, sino digno de mercedes muy grandes. No mostraron los jueces más entereza; antes llegados a sentencia, dieron por libre al de Borgoña, con gran sentimiento de los hijos del muerto y de su mujer. De que resultaron guerras muy largas, con que se abrasaron y consumieron las riquezas y grandeza de Francia.

 

La cuestión de si un particular puede por su autoridad matar al tirano se ventiló mucho entre los teólogos de aquel tiempo; y aún el concilio de Constancia que se juntó poco adelante, los padres sacaron un decreto, en que contra lo que Juan Petit enseñaba y contra lo que el de Borgoña hizo, determinaron no ser lícito matar al tirano. Era Luis, duque de Orleans, hermano del rey de Francia, y el duque de Borgoña su primo hermano.

 

 

 

 

XVII. Que se hicieron treguas con los moros

 

Las fiestas de Navidad tuvo el infante don Fernando en Toledo, principio del año 1408, en que hizo el cabo de año de su hermano el rey don Enrique. El rey niño y la reina, su madre, residían en Guadalajara por el buen temple de aquella ciudad y cielo saludable de que goza. Acordaron se juntasen allí Cortes a propósito de apercibir lo necesario para continuar la guerra que tenían comenzada con mayores fuerzas y gente. Los prelados y señores y ciudades que concurrieron al tiempo aplazado venían bien en lo que se pedía. La mayor dificultad consistía en hallar forma y traza cómo se juntase el dinero para los gastos. Los pueblos no daban oídos a nuevas imposiciones y derramas, cansados y consumidos con las contribuciones pasadas y recelosos no se continuase en tiempo de paz el servicio que por la necesidad de la guerra se otorgase. Mas por la mucha instancia que hizo el infante y otros señores concedieron cantidad de ciento cincuenta mil ducados con gravamen de tener libros de gasto y recibo para que constase se empleaban solo en los gastos de la guerra, y no en otros al albedrío de los que gobernaban.

 

Teníanse las Cortes en tiempo que el rey de Granada, a los 18 días del mes de febrero, se puso sobre la villa da Alcaudete, acompañado de siete mil caballos y ciento veinte mil peones, número descomunal. Corrió gran

 

 

 

 

 

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peligro de perderse la plaza, y toda la Andalucía se alteró con este miedo por tener pocas fuerzas, los socorros lejos y el tiempo del año riguroso para salir en campaña. Acude nuestro Señor cuando falta la prudencia. Defendiéronse muy bien los cercados, con que se abatió el orgullo de los moros. Junto con esto, los nuestros por tres partes diferentes hicieron entradas en las tierras enemigas para divertir las fuerzas de los moros, y con las talas, quemas y robos, que fueron grandes, tomar enmienda de los daños que hicieran en las fronteras de cristianos. Quebrantados los moros con tantos males y pérdidas, acordaron despachar sus embajadores para pedir treguas. No venía en otorgarlas el infante, antes se quería aprovechar de la ocasión que la flaqueza de los enemigos le presentaba. La reina era, como mujer, enemiga de guerra, que en fin hizo se concediesen las treguas por término de ocho meses.

 

Los pueblos pretendían, pues la guerra cesaba, excusarse del servicio que otorgaron. El infante no quiso venir en ello, ca decía era necesario estar proveído de dinero para volver a la guerra el año siguiente; todavía se hizo suelta a los pueblos de la cuarta parte de aquella suma. Vino entre los demás a estas Cortes finalmente don Pedro de Luna, sobrino del papa Benedicto, y por su orden arzobispo de Toledo, como se dijo de suso. Traía de Aragón en su compañía a Álvaro de Luna, su sobrino, mozo de dieciocho años. Su padre Álvaro de Luna, señor de Cañete y Jubera, le hubo fuera de matrimonio en María de Cañete, mujer poco menos que de seguida, por lo menos tan suelta y entregada a sus apetitos, que tuvo cuatro hijos bastardos cada cual de su padre; al ya nombrado y a don Juan de Cerezuela, del gobernador de Cañete y a Martín, de un pastor por nombre Juan; y el cuarto también Martín, de un labrador de Cañete; los dos postreros por respeto de su hermano tuvieron adelante el sobrenombre de Luna. De tan bajos principios se levantó la grandeza de este mozo, que en un tiempo pudo competir con los muy grandes príncipes, de que al fin le despeñó su desgracia. En el bautismo le llamaron Pedro; agradóse de él el papa Benedicto, de su presencia, de su viveza y apostura, y quiso que en la confirmación le mudasen el nombre de pila en el de Álvaro por respeto de su padre. Venido a Castilla, le hicieron de la cámara del rey, con lo cual y su buena gracia y diligencia en servir, poco a poco le ganó la voluntad y aún se hizo señor de ella.

 

En el alcázar de Granada a los 11 de mayo falleció el rey Mahomat, con que la gente se aseguraba que las paces serían más ciertas. La ocasión

 

 

 

 

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de su muerte refieren fue una camisa inficionada que se vistió por engaño. Sacaron de Salobreña, donde le tenía preso, a Juzef, su hermano, para que le sucediese en el reino. Así ruedan y se truecan las cosas de los hombres, hoy cautivo y mañana rey. Apresuráronse los moros en esto, y usaron de todo secreto porque no se recreciese algún impedimento, mayormente de parte de los cristianos, que desbaratase sus intentos. Luego que Juzef se vio rey, despachó sus embajadores con ricos presentes para el de Castilla de caballos, jaeces, alfanjes, telas preciosas, pasas, higos y almendras, sustento el más ordinario y regalado de aquella gente. Diéronles en retorno otros dones de valía; pero no otorgaron con lo que pretendían principalmente, que era se alargase el tiempo de las treguas.

 

 

 

 

XVIII. Que el papa Benedicto vino a España

 

El papa Benedicto por este tiempo se hallaba aquejado de diversos cuidados. Las provincias cansadas de cisma tan largo, sus amigos y devotos desabridos de sus trazas, sus mañas, en que no tenía par, descubiertas y entendidas. No sabía qué camino podía tomar para conservarse, que era su intento principal. Cuando se salió de Aviñón, fue a parar en Marsella, ciudad fuerte y puesta a la lengua del agua; su vivienda en San Víctor, monasterio muy célebre en aquella ciudad. Dende acometió al papa Gregorio, su contendor, con partido de paz, que decía deseó siempre y de presente la deseaba. Que sería bien se juntasen en un lugar para tomar acuerdo sobre sus haciendas, que por medio de terceros era cosa muy larga. Para señalar lugar a contento de las partes vinieron embajadores de Gregorio a Marsella. Dieron y tomaron, y finalmente acordaron fuese la vista en Saona, ciudad del Genovés; sacóse por condición que hasta tanto que los papas se hablasen ni el uno ni el otro criase algún cardenal. Asentado esto, Benedicto sin dilación se embarcó para pasar allá. Pretendía por esta diligencia que todos entendiesen deseaba la paz. El papa Gregorio replicó que no tenía por seguro aquel lugar por estar a la obediencia de su contrario. Solo fue a Luca, ciudad puesta en lo postrero de Toscana; y el papa Benedicto al principio de este año se adelantó y pasó a Portovenere para más de cerca capitular y concertarse. Todo era mañas y traspasos para entretener y engañar, y aún el

 

 

 

 

 

 

 

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papa Gregorio, contra lo que tenían concertado, de una vez hizo tres cardenales, con que los demás cardenales suyos se alborotaron y de común acuerdo se pasaron a Pisa. El papa Benedicto, por aprovecharse de aquella ocasión, envió allá cuatro cardenales de su obediencia y tres arzobispos, que se detuvieron algún tiempo en Liorno entre tanto que los florentinos, cuya era Pisa, les enviaban seguridad.

 

Juntáronse finalmente con los cardenales de Pisa. A lo que la junta se enderezaba era convocar concilio general, como lo hicieron. Sonrugíase que daban traza de prender a los papas, en especial a Benedicto. Esta fama, quier verdadera, quier falsa, dio ocasión a Benedicto de desamparar a Italia, donde demás de la sospecha ya dicha pretendía que su contrario estaba muy arraigado y poderoso, en particular se recelaba del rey Ladislao de Nápoles, que tenía muy de su parte como al que nombrara por vicario del imperio y senador de Roma, cargos a la sazón muy principales. Antes de su partida para mejor entretener la gente convocó concilio general para Perpiñán, villa en la raya de Cataluña, y con tanto se hizo a la vela. Aportó a Colibre a 2 de julio, dende por la ciudad de Elna pasó a la dicha villa de Perpiñán para dar calor en lo del concilio y esperar que los prelados se juntasen. Acudió a visitar al papa entre otros el rey de Navarra, que llevaba intento de pasar en Francia y acometer las nuevas esperanzas que de recobrar alguna parte de sus antiguos estados le daban las alteraciones de aquel reino. Pero esta su ida a París no fue de más efecto que las pasadas; así, finalmente dio la vuelta a su reino sin alcanzar cosa alguna de las que pretendía.

 

Juntáronse en Perpiñán ciento veinte obispos, casi todos de Francia y de España. Abrióse el Concilio a 1 de noviembre; la principal cosa que trataron fue buscar medios para concertar los papas y unir la Iglesia. Los pareceres eran diferentes y aún los fines a que cada cual se encaminaba, por donde los más de los obispos, perdida la esperanza de hacer cosa de momento, de secreto se salieron de Perpiñán y se volvieron a sus tierras. Quedaron solo dieciocho obispos, que dieron de consuno un memorial al papa en que le suplicaron atendiese con cuidado a quitar el cisma, aunque fuese necesario tomar el camino de la renunciación, pues era más justo conformarse con el deseo de toda la Iglesia que dejarse engañar de las lisonjas de particulares. Que la Iglesia con lágrimas en los ojos, las rodillas por el suelo y tendidas las manos le rogaba, lo que era muy puesto en razón, antepusiese el bien público a cualquier otro respeto; que ningún otro

 

 

 

 

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camino se mostraba para la cura de dolencia tan larga. Poca esperanza tenían que viniese en lo que pedían el que como a puerto seguro se había retirado a España. Todavía por mostrar voluntad a la concordia envió a Pisa siete personas principales con voz de querer concierto, mas a la verdad otro tenía en el corazón, ca pretendía le sirviesen de escuchas y le avisasen de todo lo que allí pasaba.

Hallábanse en aquella ciudad juntos, además de un gran número de obispos, veinte y tres cardenales, los seis de la obediencia de Benedicto, que eran la mayor parte de su colegio. Entre estos asistió don Pedro Fernández de Frías, cardenal de España, criado por Clemente, papa de Aviñón. Publicaron sus edictos, en que citaban a los dos papas para que en presencia del concilio alegasen de su derecho; más visto que no comparecían y que se gastaba mucho tiempo en demandas y respuestas, de común acuerdo a los 26 de junio del año 1409 sacaron por pontífice a Pedro Filargo, natural de Candía, de la orden de los Menores, presbítero cardenal y arzobispo de Milán. Llamóse en el pontificado Alejandro V. Duróle el mando muy poco, que no llegó a año entero. Resultó de esta elección, de que se esperaba el remedio, otro nuevo y mayor daño, esto es, que la llaga más se encancerase por añadir a los dos papas otro tercero, que cada cual pretendía ser el legítimo y los otros intrusos; tanta vez tiene la sazón en todo y la buena traza. Así la cristiandad, en lugar de dos bandos, quedó dividida en tres con otras tantas cabezas y papas, como suele acontecer que se vuelve al revés y daña lo que parecía prudentemente acordado; tan cortas son nuestras trazas.

 

 

 

 

XIX. De la muerte del rey don Martín de Sicilia

 

Con mejor orden gobernaba el infante don Fernando el reino de Castilla, bien que no se descuidaba en adelantar su casa y estado por los caminos que podía, sin dejar ocasión alguna. No faltaba quien por esta misma razón la tomase de ponerle mal con la reina, como mujer y de su natural sospechosa. No hay cosa más deleznable que la gracia de los reyes, ni más frágil que su privanza. Decían que el gran poder del infante don Fernando podría parar perjuicio a la casa real; que con el poder, cuando mucho crece, pocas veces se acompaña la lealtad. Los que más atizaban el fuego

 

 

 

 

 

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eran Diego López de Zúñiga y Juan de Velasco por la mucha cabida que todavía tenían en la casa real. Don Fadrique, conde de Trastámara, hijo de don Pedro, el que fue condestable de Castilla, daba consejo a don Fernando que les echase mano. Poco secreto se guarda en los palacios; avisados de lo que se meneaba, se pusieron ellos con tiempo en salvo. Quedó la reina desde que lo supo más lastimada y recelosa que antes; decía que aquella befa a ella misma se hiciera para despojarla de su consejo y del amparo que pensaba en ellos tener. Ultra de las demás prendas de que la naturaleza y el cielo dotaron a don Fernando con mano liberal, en que ningún príncipe en aquella era se le aventajaba, tenía muy noble generación en su mujer: cinco hijos varones, don Alonso, don Juan, don Enrique, don Sancho y don Pedro, que llamaron adelante los infantes de Aragón, y dos hijas, doña María y doña Leonor.

 

Falleció por aquellos días Fernán Rodríguez de Villalohos, maestre de Alcántara; por su muerte hubo aquel maestrazgo el infante don Fernando en cabeza de su hijo don Sancho con dispensación que dio en la edad el papa Benedicto. Lo mismo se hizo con don Enrique, el tercer hijo, dende a pocos meses para hacerle maestre de Santiago por muerte de Lorenzo Suárez de Figueroa. No faltaron sentimientos y disgustos de personas que llevaban mal que el infante, no contento con el gobierno del reino, se apoderase en nombre de sus hijos de todo lo que vacaba.

En esta misma sazón el conde de Lucemburg y el duque de Austria enviaron a ofrecer socorros de gente para continuar la guerra de Granada. Lo mismo hizo Carlos, duque de Orleans, que prometía enviar en ayuda mil caballos franceses, y juntamente pedía por mujer a la reina doña Beatriz, pretensora del reino de Portugal, y viuda del rey de Castilla don Juan el Primero. No se le otorgó la una, ni aceptaron la otra de estas dos demandas, porque la reina, ni quería casar segunda vez, ni con color de matrimonio desterrarse de España, y el tiempo de las treguas con los moros le habían alargado por otros cinco meses, por la mucha instancia que sobre ello hizo Juzef, el nuevo rey de Granada, si bien poco después acometieron los moros a tomar la villa de Priego, con que dieron bastante ocasión para que, sin embargo del concierto, se rompiese con ellos. Pero el rey de Granada se envió a descargar que aquel exceso no se hizo con su voluntad, y todavía ofrecía de hacer enmienda conforme a lo que determinasen y hallasen se debía hacer jueces nombrados por las partes.

 

 

 

 

 

 

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Hallóse este año entre Salamanca y Ciudad-Rodrigo una imagen devota de nuestra Señora, que llaman de la Peña de Francia, muy conocida por un monasterio de dominicos que para mayor veneración se levantó en aquel lugar y por el gran concurso de gentes que acude en romería de todas partes.

 

El mismo año fue muy aciago y triste para los aragoneses por la muerte de don Martín, rey de Sicilia, hijo único y heredero del rey de Aragón, que falleció en Caller de Cerdeña a los 25 de julio en la flor de su edad y de las muchas esperanzas que prometía su buen natural. Mandóle su padre pasar en aquella isla para allanar a Brancaleon Doria y Aimerico, vizconde de Narbona, que por estar casados con dos hijas de Mariano, juez de Arborea, pretendían apoderarse por derechos que para ello alegaban de toda aquella isla. Andaban muy pujantes a causa que las fuerzas de los aragoneses eran flacas, y los naturales les acudían con mayor voluntad que a los extraños. La venida del rey hizo que se trocasen las cosas. Juntaron sus gentes cada cual de las partes; llegaron a vista unos de otros cerca de un pueblo llamado San Luri. Ordenaron sus haces y diose la batalla, en que los sardos quedaron desbaratados y preso Brancaleon, su caudillo. La muerte que sobrevino al rey en aquella coyuntura hizo que no pudiese ejecutar la victoria ni concluir aquella guerra, si bien por algún tiempo el mariscal Pedro de Torrellas, muy privado de este príncipe, y otros caballeros con la gente que les quedó se entretuvieron y sustentaron el partido de Aragón. Sepultaron el cuerpo del difunto en la iglesia catedral de Caller. En su mujer doña Blanca tuvo un hijo que falleció los días pasados. De dos mujeres solteras naturales de Sicilia dejó dos hijos, a don Fadrique, cuya madre se llamó Teresa, y en Agatusa a doña Violante, que casó adelante con el conde de Niebla. Corrió fama que la ocasión de su muerte fue desmandarse, antes de estar bien convalecido de cierta dolencia, en la afición de una moza natural de aquella isla de Cerdeña. Ordenó su testamento, en que nombró a su padre por heredero del reino de Sicilia, y a su mujer la reina doña Blanca encargó continuase en el gobierno que le dejó encomendado a su partida, señalándole personas principales de cuyo consejo se ayudase.

 

Mucho sintió todo el reino de Aragón la falta de este príncipe. Muchos debates se levantaron sobre la sucesión de aquellos reinos. El rey, su padre, como a quien más tocaba el daño, ¿cuántas lágrimas derramó? ¿Qué extremos y demostraciones de dolor no hizo? Cada cual lo juzgue por sí

 

 

 

 

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mismo. Reportóse empero lo más que pudo, y hechas las honras de su hijo, volvió su cuidado a asentar y asegurar las cosas de su reino. Sus privados le aconsejaban se casase, pues estaba en edad de tener hijos, conque se aseguraría la sucesión y se atajarían las tempestades que de otra suerte les amenazaban. Parecióle al rey buen consejo éste; casó con doña Margarita de Prades, dama muy apuesta y de la alcurnia real de Aragón. Celebráronse las bodas en Barcelona a los 17 de septiembre. No pasaba el rey de cincuenta y un años; pero tenía la salud muy quebrada, y era grueso en demasía; las medicinas con que procuró habilitarse para tener sucesión le corrompieron lo interior y aceleraron la muerte. Luis, duque de Anjou, avisado de lo que pasaba, fue el primero que volvió a las esperanzas antiguas de suceder en aquella corona. Despachó al obispo de Conserans para suplicar al rey declarase por sucesor de aquel reino a Luis, su hijo y de doña Violante, que, por ser su sobrina hija del rey don Juan, era la que le tocaba en más estrecho grado de parentesco, mayormente que su hermana mayor la infanta doña Juana era ya muerta, que falleció en Valencia dos años antes de este. Pedía otrosí que diese licencia para que la madre viniese a Aragón para criar a su hijo conforme a las costumbres de la tierra.

 

Túvose a mal pronóstico que durante la fiesta de las bodas que el rey celebraba le pidiesen nombrase sucesor. Los del reino tenían por más fundado el derecho del conde de Urgel. Favorecían lo que deseaban y lo que comúnmente apetecen todos, que era no tener rey extraño, sino de su misma nación. La descendencia del conde se tomaba del rey don Alonso el IV, su bisabuelo, cuyo hijo don Jaime fue padre de don Pedro y abuelo del conde. Demás que estaba casado con hermana del rey don Martín, la cual su padre el rey don Pedro hubo en la reina doña Sibila. Semejantes pretensiones y esperanzas tenía, bien que de más lejos, don Alonso de Aragón, conde de Denia y marqués de Villena, que por importunación de los suyos, aunque muy viejo, entró en esta demanda como el que continuaba su descendencia de don Jaime el Segundo, rey de Aragón.

 

 

 

 

XX.  De una disputa que se hizo sobre el derecho de la sucesión en la corona de Aragón

 

 

 

 

 

 

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Dio el rey de Aragón audiencia al obispo francés y enteróse bien de todo lo que pedía y de las razones en que fundaba el derecho y la pretensión del duque. Concluido aquel auto y despedida la gente, luego que se retiró a su aposento, los que le acompañaban continuaron la plática, y de lance en lance trabaron en presencia del rey una disputa formada, que me pareció poner aquí por sumarse en ella los fundamentos de todo este pleito. Guillén de Moncada fue el primero a hablar en esta forma:

 

«Será, señor, servido Dios de daros sucesión, consuelo para la vida y heredero para la muerte. Pero si acaso fuese otra su voluntad, lo cual no permita su clemencia, ¿quién se podrá anteponer a Luis, hijo del duque de Anjou? ¿Quién correr con él a las parejas, pues es nieto de vuestro hermano, nacido de su hija? No dudaré decir lo que siento. Cada cual en su negocio propio tiene menos prudencia que en el ajeno; impide el miedo, la codicia, el amor, y oscurece el entendimiento. Pero si a vos no tuviéramos, por ventura, ¿no diéramos la corona a la hija del rey, vuestro hermano? Que si vos, lo que Dios no permita, faltárades sin hijos, ¿quién quita que no se reponga la misma y se restituya en su antiguo derecho? Si le empece para la sucesión ser mujer, ya sustituye en su lugar y derecho a su hijo, aragonés de nación por parte de madre, y legítimo por ende heredero del reino».

 

Acabada esta razón, los más de los que presentes estaban la mostraban aprobar con gestos y con meneos. Replicó Bernardo Centellas:

«Muy diferente es mi parecer; yo entiendo que el derecho del conde de Urgel va más fundado. Don Pedro, su padre, es cierto que tiene por abuelo el mismo que vos, en quien pasara la corona, muerto el rey don Alonso el Cuarto, si vuestro padre el rey don Pedro no fuera de más edad que don Jaime, su hermano, abuelo del conde. Que si aquel ramo faltase con sus pimpollos, ¿por qué no volverá la sustancia del tronco y se continuará en el otro ramo menor? La hembra ¿cómo puede dar al hijo el derecho que nunca tuvo? Como quier que sea averiguado ser las hembras incapaces de esta corona. Que si admitimos a las hembras a la sucesión, en esto también se aventaja el conde, pues tiene por mujer a vuestra hermana doña Isabel, hija del rey don Pedro y de doña Sibila, deuda más cercana vuestra que la hija de vuestro hermano, sí, que la hermana en grado más estrecho está que la sobrina».

 

Movieron asimismo estas razones a los circunstantes, cuando Bernardo Villalico acudió con su parecer, que era asaz diferente y extraño:

 

 

 

 

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«No puedo, dice, negar sino que se han tocado muy agudamente los derechos del duque y del conde ya nombrados, si don Alonso, marqués de Villena y conde de Gandía, no se les aventajara. El cual tiene por padre a don Pedro, hijo que fue del rey don Jaime el Segundo. De suerte que vuestro bisabuelo es abuelo del marqués, y vuestro abuelo el rey don Alonso el Cuarto, tío del mismo, como al contrario el bisabuelo del conde de Urgel, que es el mismo rey don Alonso, es vuestro abuelo. Así, el marqués y su hermano el conde de Prades, abuelo de vuestra mujer la reina doña Margarita, tienen con vos el mismo deudo que vos con el conde de Urgel. Que si el deudo es igual, deben ser antepuestos los que de más cerca traen su descendencia de aquellos reyes, de donde como de su fuente se toma el derecho de la corona y de la sucesión. No hay para qué traer en consecuencia la mujer del conde de Urgel, ni ponernos en necesidad de declarar más en particular quién fue su madre doña Sibila antes que fuese reina».

 

Oyeron todos con atención lo que dijo Villalico, si bien poco aprobaron sus razones. Parecíales fuera de propósito valerse de derechos tan antiguos para hacer rey a persona de tanta edad. De suerte que más faltaba voluntad a los que oian, que probabilidad a las razones que alegó. Tomó el rey la mano y habló en esta manera:

«Con claridad habéis alegado lo que hace por los tres ya nombrados, y aún pudiérades añadir otras cosas en favor de cualquiera de las partes. Pero hay otro cuarto que, si mi pensamiento no me engaña, tiene su derecho más fundado. Éste es el infante don Fernando, tío del rey de Castilla e hijo de doña Leonor, mi hermana de padre y de madre, en que se aventaja a la condesa de Urgel. Vuestras particulares aficiones sin duda os cegaron para que no echásedes de ver lo que hace por esta parte. El marqués de Villena y el conde de Urgel de más lejos nos tocan en deudo. Lo mismo puedo decir del hijo del duque de Anjou; en más estrecho grado está el hijo de mi hermana que el nieto de mi hermano, por donde es forzoso que se anteponga a los demás pretensores. Para que mejor lo entendáis os propondré un ejemplo. Así como el reguero del agua y el acequia, cuando la quitan de una parte y la echan por otra, deja las primeras eras a que iba encaminada sin riego, y no las torna a bañar hasta dejar regados todos los tablares a que de nuevo encaminaron el agua, así debéis entender que los hijos y descendientes del que una vez es privado de la corona quedan perpetuamente excluidos para no volver a

 

 

 

 

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ella, si no es a falta del que le sucedió y de todos sus deudos, los que con él están de más cerca trabados en parentesco. Que por estar el reino en poder del postrer poseedor, quien le tocare de más cerca en deudo, ese tendrá mejor derecho para sucederle que todos los demás que quier que aleguen en su defensa. Conforme a esto, yerran los que para tomar la sucesión ponen los ojos en los primeros reyes don Jaime, don Alonso, don Juan, dejándome a mí, que al presente poseo la corona, y cuyo pariente más cercano es doña Leonor, mi hermana, y después de ella su hijo el infante don Fernando, cuyo derecho en igualdad fuera razón apoyar y defender, pues más que todos los otros pretensores se adelanta en prendas y partes para ser rey. Mienten a las veces a cada cual sus esperanzas, y de buena gana favorecemos lo que deseamos; pero no hay duda sino que las muestras que hasta aquí ha dado de virtud y valor son muy aventajadas. Este es nuestro parecer; ojalá se reciba tan bien como es cumplidero para vos, en particular los que presentes estáis, y para todo el reino en común. Las hembras no deben entrar en esta cuenta, pues todo el debate consiste entre varones, en quien no se debe considerar por qué parte nos tocan en parentesco, sino en qué grado».

 

Este razonamiento del rey, como se divulgase primero por Barcelona, en cuyo arrabal se trabó toda la disputa, y después por toda la cristiandad volase esta fama, acreditó en gran manera la pretensión de don Fernando, y aún fue gran parte para que se la ganase a sus competidores. De estas cosas se hablaba públicamente en los corrillos y a veces en palacio en presencia del rey, de que mostraba gustar, si bien de secreto se inclinaba más a su nieto don Fadrique, que ya era conde de Luna, y para dejarle la corona pretendía legitimarle por su autoridad y con dispensación del papa Benedicto. Que si esto no le saliese, claramente anteponía a don Fernando, su sobrino, a todos los demás, a quien sus virtudes y proezas y haber menospreciado el reino de Castilla hacían merecedor de nuevos reinos y estados.

 

Todavía el rey por la mucha instancia que sobre ello hizo el conde de Urgel le nombró por procurador y gobernador de aquel reino; oficio que se daba a los sucesores de la corona, y resolución que pudiera perjudicar a los otros pretensores si él mismo de secreto no diera orden a los Urreas y a los Heredias, dos casas las más principales de Zaragoza, que no le dejasen entrar en aquella ciudad ni ejercer la procuración general, sin embargo de

 

 

 

 

 

 

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las provisiones que en esta razón llevaba; trato doble de que mucho se sintió el conde de Urgel y de que resultaron grandes daños.

 

 

 

 

XXI. De la muerte de don Martín, rey de Aragón

 

El tiempo de las treguas asentadas con los moros era pasado, y sus demasías convidaban y aún ponían en necesidad de volver a la guerra y a las armas, en especial que tomaron la villa de Zahara, y talaban de ordinario los campos comarcanos y hacían muchas cabalgadas. Para reprimir estos insultos y tomar enmienda de los daños, el infante don Fernando, hechos los apercibimientos necesarios de soldados y armas, de dinero y de vituallas, por el mes de febrero del año que se contaba 1410 se encaminó con su campo la vuelta de Córdoba en sazón que los moros, por no poder forzar el castillo, desampararon la villa de Zahara, y los nuestros a toda prisa repararon los adarves y pusieron aquella plaza en defensa.

 

La gente de don Fernando eran diez mil peones y tres mil quinientos caballos, la flor de la milicia de Castilla, soldados lucidos y bravos. Acompañábanle don Sancho de Rojas, obispo de Palencia, Álvaro de Guzmán, Juan de Mendoza, Juan de Velasco, don Ruy López Dávalos, otros señores y ricos hombres. Con este campo se puso el infante sobre la ciudad de Antequera a los 27 de abril con resolución de no partir mano de la empresa hasta apoderarse de aquella plaza. El rey moro envió para socorrer a los cercados cinco mil caballos y ochenta mil infantes, gran número, si las fuerzas fueran iguales. Dieron vista a la ciudad y fortificaron sus estancias muy cerca de los contrarios. Ordenaron sus haces para presentar la batalla, que se dio a los 6 de mayo; en ella quedaron los moros desbaratados con pérdida de quince mil que perecieron en la pelea y en el alcance; con el mismo ímpetu les entraron y saquearon los reales. Victoria en aquel tiempo tanto más señalada, que de los cristianos no faltaron más de ciento veinte. Dio don Fernando gracias a Dios por aquella merced; despachó correos a todas partes con las buenas nuevas.

 

Para apretar más el cerco hizo tirar un foso de anchura y hondura suficiente en torno de los adarves, y en el borde de fuera levantar una trinchera de tapias con sus torreones a trechos, todo a propósito de impedir las salidas de los moros y hacer que no les entrase provisión ni socorro.

 

 

 

 

 

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Fue muy acertado aprovecharse de este ingenio por estar el campo falto de gente, a causa que diversas compañías se derramaban por su orden para robar y talar aquellos campos, como lo hicieron muy cumplidamente, sin reparar hasta dar vista a la ciudad de Málaga. Los daños eran grandes y mayor el espanto. Mandó el rey moro que todos los que fuesen de edad se alistasen y tomasen las armas, diligencia con que juntó gran número de gente, si bien estaba resuelto de no arriscarse segunda vez, y sólo se mostraba para poner miedo por los lugares cercanos, más seguros por su fragura o la espesura de árboles.

 

Los cercados padecían necesidad, y lo que sobre todo les aquejaba era la poca esperanza que tenían de ser socorridos. Rendirse les era a par de muerte; entretenerse no podían; ¿qué debían hacer los miserables? Avino que trescientos de a caballo de la guarnición de Jaén entraron con poco orden y recato en tierra de moros; que todos fueron sobresaltados y muertos. Este suceso de poca consideración animó a los cercados para pensar podría haber alguna mudanza y suceder algún desmán a los que los cercaban.

Al tiempo que esto pasaba en Antequera, falleció en Bolonia de Lombardía Alejandro, el nuevo y tercero pontífice, a 3 de mayo. Sepultaron su cuerpo en San Francisco de aquella ciudad. Juntáronse los cardenales que le seguían; y a 17 del mismo mes sacaron por papa a Baltasar Cosa, diácono cardenal, natural de Nápoles, y que a la sazón era legado de aquella ciudad de Bolonia. Llamóse Juan XXIII. Era hombre atrevido, sagaz, diligente, acostumbrado a valerse, ya de buenos medios, ya de no tales, como las pesas cayesen y según los negocios lo demandasen. Dichoso en el pontificado de su predecesor, en que tuvo mucha mano; en el suyo desgraciado, pues al fin le derribaron y despojaron de la tiara.

 

Siguióse la muerte del rey don Martín de Aragón, que falleció de modorra, postrero de aquel mes en Valdoncellas, monasterio de monjas pegado a los muros de la ciudad de Barcelona. Su cuerpo sepultaron en Poblet con enterramiento y honras moderadas por estar la gente afligida con la pérdida presente y lo que para adelante los amenazaba. Teníanse a la sazón Cortes en Barcelona de aquel principado, no sin sospechas de alteraciones y desasosiegos. Acordaron que de todos los brazos se nombrasen personas principales que visitasen al rey en aquella dolencia y le suplicasen que para excusar reyertas dejase nombrado sucesor. Hízose

 

 

 

 

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así; llevó la habla con beneplácito de los acompañados Ferrer, cabeza de los jurados o conselleres de aquella ciudad. Preguntóle si era su voluntad que sucediese en aquella corona el que a ella tuviese mejor derecho; abajó la cabeza en señal de consentir con la demanda. A otras preguntas que le hicieron no le pudieron sacar palabra ni respuesta. Con su muerte se acabó la sucesión por línea de varón de los condes de Barcelona, que se continuó primero en Cataluña, y después en Aragón por espacio de seiscientos años.

 

Añublóse la buenandanza de Aragón y su prosperidad muy grande. Despertáronse otrosí las esperanzas de muchos personajes para pretender la corona en aquella, como vacante de aquel reino. En semejantes ocasiones suele ser la presteza muy importante, y la diligencia, como dicen, madre de la buena ventura. El infante don Fernando, a quien Dios tenía reservada aquella grandeza, le tenía a la sazón ocupado la guerra de los moros. Hizo un público auto, en que aceptó la sucesión y el reino que nadie le ofrecía; juntamente despachó por sus embajadores a Fernán Gutiérrez de Vega, su repostero mayor, y al doctor Juan González de Acevedo, personas inteligentes y de maña, para que en Aragón hiciesen sus partes; que él mismo no quiso alzar la mano del cerco por la esperanza que tenía de salir en breve con la empresa, y se aumentó por cierta refriega que parte de su gente trabó cerca de Archidona con los moros, y la venció. De cuyo suceso y de la ocasión será bien decir alguna cosa, tomado de la historia elegante que Laurencio Valla escribió de los hechos y vida de este infante don Fernando, que fue poco adelante rey de Aragón.

 

 

 

 

XXII. De la Peña de los Enamorados

 

Apoderábanse los cristianos de diversos pueblos por aquella comarca, como de Coza, Sebar, Alzana, Mara, de unos por fuerza, y de otros que por miedo se rendían. Temían los moros no fuese lo mismo de Archidona, villa principal distante de Antequera por espacio de dos leguas. Con este cuidado metieron dentro buen golpe de soldados para que la defendiese, con la provisión y municiones que pudieron juntar. Hecho esto y animados con este buen principio, corrían los campos comarcanos, hacían alzar las vituallas para que los que estaban sobre Antequera padeciesen necesidad y mengua. Tenían más gente de a caballo que los nuestros, que era la causa

 

 

 

 

 

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de llevar adelante sus intentos. Supieron que todos los días salían de los reales los jumentos y caballos, que los llevaban a pacer con poca guarda al río Corza, que por allí pasa. Con este aviso acordaron dar sobre ellos de rebato y aprovecharse de aquella ocasión. Una centinela, desde un peñol que llaman la Peña de los Enamorados, avisó con ahumadas del peligro que corría la escolta, los mochileros y los forrajeros, si no les acorrían con presteza. Los cristianos, tomadas las armas, salieron de los reales y cargaron sobre los moros con tal denuedo, que los forzaron a retirarse hacia Archidona. No se pudieron recoger tan presto por estar muy trabada la escaramuza y refriega, en que a vista de la misma villa quedaron desbaratados los contrarios con muerte de hasta dos mil de ellos y otros muchos que quedaron presos. Fue este encuentro tanto más importante, que de los fieles solos dos faltaron y pocos salieron heridos.

 

El lugar y la ocasión de esta victoria pide se dé razón del apellido que aquella peña tiene, puesta entre Archidona y Antequera, y por qué causa se llamó la Peña de los Enamorados. Un mozo cristiano estaba cautivo en Granada. Sus partes y diligencia eran tales, su buen término y cortesía, que su amo hacía mucha confianza de él dentro y fuera de su casa. Una hija suya al tanto se le aficionó y puso en él los ojos. Pero como quier que ella fuese casadera y el mozo esclavo, no podían pasar adelante como deseaban, ca el amor mal se puede encubrir; y temían, si el padre de ella y amo de él lo sabía, pagarían con las cabezas. Acordaron de huir a tierra de cristianos, resolución que al mozo venía mejor por volver a los suyos, que a ella por desterrarse de su patria; si ya no la movía el deseo de hacerse cristiana, lo que yo no creo. Tomaron su camino con todo secreto hasta llegar al peñasco ya dicho, en que la moza cansada se puso a reposar. En esto vieron asomar a su padre con gente de a caballo, que venía en su seguimiento. ¿Qué podían hacer o a qué parte volverse? ¿Qué consejo tomar? ¡Mentirosas las esperanzas de los hombres y miserables sus intentos! Acudieron a lo que sólo les quedaba, de encumbrar aquel peñol trepando por aquellos riscos, que era reparo asaz flaco. El padre con un semblante sañudo los mandó bajar; amenazábales si no obedecían de ejecutar en ellos una muerte muy cruel. Los que acompañaban al padre los amonestaban lo mismo, pues sólo les restaba aquella esperanza de alcanzar perdón de la misericordia de su padre con hacer lo que les mandaba y echársele a los pies. No quisieron venir en esto. Los moros puestos a pie acometieron a subir el peñasco; pero el mozo les defendió la subida con

 

 

 

 

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galgas, piedras y palos y todo lo demás que le venía a la mano y le servía de armas en aquella desesperación. El padre, visto esto, hizo venir de un pueblo allí cerca ballesteros para que de lejos los flechasen. Ellos, vista su perdición, acordaron con su muerte librarse de los denuestos y tormentos mayores que temían. Las palabras que en este trance se dijeron no hay para qué relatarlas. Finalmente, abrazados entre si fuertemente, se echaron del peñol abajo por aquella parte en que los miraba su cruel y sañudo padre. De esta manera expiraron antes de llegar a lo bajo con lástima de los presentes y aún con lágrimas de algunos que se movían con aquel triste espectáculo de aquellos mozos desgraciados; y a pesar del padre, como estaban, los enterraron en aquel mismo lugar; constancia que se empleara mejor en otra hazaña, y les fuera bien contada la muerte, si la padecieran por la virtud y en defensa de la verdadera religión, y no por satisfacer a sus apetitos desenfrenados.

 

Volvamos al cerco de Antequera, en que después de la refriega de Archidona no cesaban con la artillería de batir las murallas y aportillarlas por diversas partes. Los de dentro de noche rehacían con toda diligencia lo que de día les derribaban, por donde con mucho trabajo se adelantaba poco. Advirtió don Fernando que lo alto de cierta torre le faltaba por estar echado por tierra; parecióle hacer por aquella parte el último esfuerzo, y que arrimadas las escalas, los soldados escalasen la muralla. Hízose así, aunque con dificultad y peligro por causa del gran esfuerzo con que los de dentro defendían la subida y la entrada de su ciudad. Finalmente, los nuestros subieron y forzaron a los moros que se recogiesen al castillo con esperanza de entretenerse en él o rendirle con partidos aventajados.

 

El día siguiente se levantó contienda entre los soldados sobre quién fue el primero a subir la muralla. Muchos salieron a la demanda, que fue asaz porfiada por los valedores que acudían a cada cual de las partes, deudos, amigos o naturales de la misma tierra. Temían no resultase algún motín por aquella causa. Los jueces que señalaron sobre el caso, oídas las partes y examinados los testigos, pronunciaron que Gutierre de Torres, Sancho González, Serva, Chirino y Baeza fueran los primeros a acometer la subida; pero que se adelantó y se la ganó a los demás Juan Vizcaíno, que perdió la vida en la misma torre, y tras él Juan de San Vicente, que llevó el prez a todos los otros. El Infante los alabó a todos y los premió liberalmente con razón, pues tomada aquella ciudad, los enemigos, no sólo perdieron una plaza tan principal, sino se quebrantaron las esperanzas de

 

 

 

 

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aquella gente. Ganóse Antequera a los 10 de septiembre. Los que se recogieron al castillo dende a ocho días le rindieron a partido de salir libres con sus personas y haciendas, que se les guardó enteramente, y juntos se pasaron a Archidona. Los vencedores hicieron procesión para dar gracias a Dios por merced tan señalada. La mezquita del castillo se consagró en iglesia para celebrar en ella los oficios divinos.

Quedó nombrado por alcaide del castillo y gobernador de aquella ciudad Rodrigo de Narvaez, que hizo sus homenajes al rey de Castilla. Tomáronse algunos pueblos y otros castillos por aquella comarca, talaron los campos de los moros muy a la larga; con tanto, casi pasado el otoño, dieron ta vuelta, a la ciudad de Sevilla, que los recibió con grandes muestras de alegría y contentamiento universal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Del estado de las provincias

 

Temporales ásperos, enmarañados y revueltos, guerras, discordias y muertes, hasta la misma paz arrebolada con sangre, afligían no sólo a España, sino a las demás provincias y naciones cuan anchamente se extendía el nombre y el señorío de los cristianos. Ninguna vergüenza ni miedo, maestro, aunque no de virtud duradera, pero necesario para enfrenar a la gente. Las ciudades y pueblos y campos asolados con el fuego y furor de las armas, profanadas las ceremonias, menospreciado el culto de Dios, discordias civiles por todas partes, y como un naufragio común y miserable de todo el cristianismo, avenida de males y daños, si causados de alguna maligna concurrencia de estrellas, no lo sabría decir, por lo menos señal cierta de la saña del cielo y de los castigos que los pecados merecían.

 

A Italia traía alborotada el cisma continuado por tantos años y la ambición desapoderada de tres pontífices, pretensores todos de la silla y cátedra de San Pedro. El descuido y flojedad de los emperadores de Alemania, que debían, por el lugar que tenían, principalmente atajar estos daños; por una parte las armas de Ladislao, rey de Nápoles, en favor del pontífice Gregorio XII la trabajaban; por otra les hacía rostro Luis, duque de Anjou, a persuasión de los pontífices de Aviñón, de los de su valía y obediencia. En la Lombardía en particular Galeazo Vicecomite, duque de Milán, se aprovechaba para ensanchar grandemente su estado de la ocasión que aquellas revueltas le presentaban. Apoderóse antes de esto de Bolonia, ciudad rica y abastada; aspiraba a hacer lo mismo de las otras ciudades libres de Lombardía.

 

Por la muerte del emperador Alberto, que falleció 1 de junio, la vacante del imperio en Alemania daba, como es ordinario, ocasión de revueltas, además de la flojedad de Wenceslao, antes emperador que fue y a la sazón rey de Bohemia, con que los decretos antiguos y sagradas ceremonias en aquel reino alteraban en gran parte gente novelera y sus cabezas y caudillos principales Juan Hus y Jerónimo de Praga. Recelábanse no cundiese el daño y a guisa de peste se pegase en las otras provincias.

 

 

 

 

 

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El imperio de levante gozaba de algún sosiego después que el gran Tamorlán con su famosa entrada sujetó muchas naciones y abatió algún tanto el orgullo de los turcos. Mas todavía ponían en cuidado después que soldada aquella quiebra y pasado el estrecho de Tracia, se entendía pretendían apoderarse de Europa, por lo menos conquistar aquel imperio de Grecia. Emanuel Paleologo, emperador griego, antevista la tempestad y el torbellino que venía a descargar sobre su casa, para apercibirse de lo necesario pasó por mar a Venecia, y desde allí por tierra a Francia a solicitar algún socorro contra el enemigo común. Poco prestó esta diligencia y viaje; fuera de buenas palabras no pudo alcanzar otra ayuda, a causa que la misma Francia ardía en discordias y revoluciones después de la muerte que dio Juan, duque de Borgoña, a Luis, duque de Orleans, a tuerto. Grandes revueltas, intentos y pretensiones contrarias, asonadas de guerra por todas partes, miserable avenida de males y tiempos alterados, en tanto grado, que el pueblo de París, dividido en parcialidades, unos contra otros trataban pasión, con que la ciudad muchas veces se ensangrentaba. Los mismos carniceros, ralea de gente por el oficio que usa desapiadada y cruel, entraban a la parte con las armas en favor del Borgoñón. El rey, si bien en su dolencia y alteración tenía algunos lucidos intervalos, no era bastante para atajar tantos males, ocasión más aína del daño que remedio. Los ingleses a cabo de tanto tiempo por aprovecharse de esta ocasión andaban sueltos por Francia con mayor porfía y esperanza que tuvieron jamás.

 

En Aragón por la muerte del rey don Martín los naturales, por no conformarse en un parecer sobre la sucesión de aquel reino, se hallaban alterados asaz y divididos. La discordia amenazaba alguna guerra civil, puesto que con todo cuidado se trataba de asentar por las leyes y en juicio aquel debate. Los pretensores eran príncipes muy señalados en nobleza y en poder. El punto principal de la diferencia era acordar si en aquella sucesión se había de tener cuenta con las personas que pretendían o con el tronco que cada cual representaba, y por el cual le venía el derecho de la sucesión. Muchas juntas se tuvieron sobre el caso, que al principio ninguna cosa prestaron. Estas revueltas eran causa que el partido aragonés empeorase en Cerdeña, si bien Pedro, de Torrellas le sustentaba con poca esperanza de prevalecer, por ser sus fuerzas flacas y no acudirle socorros de España. En Sicilia asimismo don Bernardo de Cabrera hacía grandes demasías, hasta tener cercada la misma Reina viuda dentro del castillo de

 

 

 

 

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Siracusa sin ningún respeto de la majestad real. El rey de Navarra, avisado del peligro que corría su hija, a la vuelta del viaje que hizo a Francia pasó por Barcelona, do llegó a los 29 de diciembre, entrante el año de 1411, para tratar en aquella ciudad, como lo procuró, que la reina, su hija, diese la vuelta, que pues no tenía hijo alguno, no era razón gobernase aquel reino de Sicilia con su riesgo y en provecho de otros.

 

En Castilla, por la minoridad del rey, gobernaban aquel reino la reina doña Catalina, su madre, y el infante don Fernando, su tío, divididas entre si las ciudades y partidos que debían acudir a cada cual; traza poco acertada y que pudiera acarrear graves daños, en especial que no faltaban, como es ordinario, personas mal intencionadas que torcían las palabras y hechos de don Fernando para ponerle mal con la reina. La prudencia del infante y su mucha paciencia fue causa que todo procediese bien, sin tropiezo y sin inconveniente. Debíanle todos en común lo que cada cual a sus padres, y concluida tan a gusto la guerra contra moros, quedó con más renombre y fama. Asentó con aquella gente treguas en Sevilla por término de diecisiete meses; con tanto, ordenadas las demás cosas del Andalucía, dio vuelta para Castilla. En esto resultaron nuevas sospechas de revueltas a causa que don Fadrique, duque de Benavente, escapó de la prisión en que le tenían de años atrás en el castillo de Monreal, muerto que hubo a Juan Aponte, alcaide de aquella fuerza. Puso este caso en gran cuidado al Infante, que temía, pors er persona poderosa y de sangre real, no fuese parte para turbar la paz. Mandó con presteza atajar los caminos, tomar los puertos a la raya de Portugal y por aquellas partes. No prestó esta diligencia, porque el duque, o acaso o confiado en la amistad que tenía con su cuñado el rey de Navarra, acudió a valerse de él. Engañóle su esperanza, ca don Fernando envió sus embajadores a requerir se le entregasen, en que vino aquel rey; y puesto el duque en el castillo de Almodovar, tierra de Córdoba, en aquella prisión feneció sus días.

 

Sólo Portugal florecía con los bienes de una larga paz, y el nuevo rey con obras muy señaladas recompensaba la falta de su nacimiento. Levantó un monasterio de dominicos en Aljubarrota, que se llama de la Batalla, para memoria de la que allí venció contra los castellanos. A la ribera de Tajo fundó y pobló la villa de Almerin, en Sintra un palacio real, sin otros edificios, muchos y magníficos, que a sus expensas levantó en diversas partes. Señalóse en el celo grande de la justicia, con que enfrenó las demasías, y tuvo trabados los mayores con los menores. Llegó en esto a

 

 

 

 

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tanto, que a Fernán Alfonso de Santareo, teniente de camarero mayor, hizo sacar de la iglesia y quemar porque se atrevió a doña Beatriz de Castro, dama de la reina, que despidió asimismo de palacio en pena de su liviandad. Hallábanse tan pujantes los portugueses; que se determinaron a emprender nuevas conquistas y pasar en África, principio y escalón para subir a grande alteza.

 

Éste era el estado en que se hallaban las provincias. El cisma de la Iglesia tenía sobre todo puesta en cuidado la gente en qué pararía aquella división, qué remate tendría y qué salida; puesto que en España con mayor calor se altercaba sobre la sucesión en la corona de Aragón y cuál de los pretensores más partes y mejor derecho tenía.

 

 

 

 

II. Que en Aragón nombraron nueve jueces

 

Los catalanes, aragoneses y valencianos, naciones y provincias que se comprehenden debajo de la corona de Aragón, se juntaban cada cual de por sí para acordar lo que se debía hacer en el punto de la sucesión de aquel reino y cuál de los pretensores les vendría más a cuento. Los pareceres no se conformaban, como es ordinario, y mucho menos las voluntades. Cada cual de los pretendientes tenía sus valedores y sus aliados, que pretendían sobre todo echar cargo y obligarse al nuevo rey con intento de encaminar sus particulares, sin cuidar mucho de lo que en común era más cumplidero. Los catalanes por la mayor parte acudían al conde de Urgel, en que se señalaban sobre todos los Cardonas y los Moncadas, casas de las más principales; y aún entre los aragoneses, los de Alagón y los de Luna se le arrimaban; en que pasaron tan adelante, que Antonio de Luna por salir con su intento dio la muerte a don García de Heredia, arzobispo de Zaragoza, con una celada que le paró cerca de Almunia, no por otra causa sino por ser el que más que todos se mostraba contra el conde de Urgel y abatía su pretensión. Pareció este caso muy atroz, como lo era. Declararon al que le cometió por sacrílego y descomulgado, y aún fue ocasión que el partido del conde de Urgel empeorase; muchos por aquel delito tan enorme se recelaban de tomar por rey aquel cuyo principio tales muestras daba. Los nobles de Aragón

 

 

 

 

 

 

 

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asimismo acudieron a las armas, unos para vengar la muerte del arzobispo, otros para amparar el culpado.

 

Era necesario abreviar por esta causa y por nuevos temores que cada día se representaban; asonadas de guerra por la parte de Francia, y de Castilla compañías de soldados que se mostraban a la raya para usar de fuerza, si de grado no les daban el reino. Las tres provincias entre sí se comunicaron sobre el caso por medio de sus embajadores que en esta razón despacharon. Gastáronse muchos días en demandas y respuestas; finalmente se convinieron de común acuerdo en esta traza: que se nombrasen nueve jueces por todos, tres de cada cual de las naciones; estos se juntasen en Caspe, castillo de Aragón, para oír las partes y lo que cada cual en su favor alegase. Hecho esto y cerrado el proceso, procediesen a sentencia. Lo que determinasen por lo menos los seis de ellos, con tal empero que de cada cual de las naciones concurriese un voto, aquello fuese valedero y firme. Tomado este acuerdo, los de Aragón nombraron por su parte a don Domingo, obispo de Huesca, y a Francisco de Aranda y a Berenguel de Bardax. Los catalanes señalaron a Sagariga, arzobispo de Tarragona, y a Guillén de Valseca y a Bernardo Gualbe. Por Valencia entraron en este número fray Vicente Ferrer, de la orden de Santo Domingo, varón señalado en santidad y púlpito, y su hermano fray Bonifacio Ferrer, cartujano, y por tercero Pedro Beltrán. Resolución maravillosa y nunca oída que pretendiesen por juicio de pocos hombres, y no de los más poderosos, dar y quitar un reino tan importante.

 

Los jueces, luego que aceptaron el nombramiento, se juntaron, y despacharon sus edictos con que citaron los pretensores con apercibimiento, si no comparecían en juicio, de tenerlos por excluidos de aquella demanda. Vinieron y algunos otros enviaron sus procuradores. Por el infante don Fernando comparecieron Diego López de Zúñiga, señor de Béjar, el obispo de Palencia don Sancho de Rojas, que en premio de éste y semejantes viajes dicen adquirió a su iglesia el condado de Pernia, que hoy poseen sus sucesores los obispos de Palencia. Las partes del conde de Urgel hacía don Jimeno, de fraile francisco a la sazón obispo de Malta, y que alcanzaba gran cabida con aquel príncipe. A estos todos hicieron jurar pasarían y tendrían por bueno lo que los jueces sentenciasen. Luis, duque de Anjou, no quiso comparecer, sea por no fiarse en su derecho, sea por estar resuelto de valerse de sus manos. Todavía recusó cuatro de los jueces como sospechosos y parciales. De don Fadrique, conde de Luna, no se

 

 

 

 

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hizo mención alguna; su edad era pequeña, los valedores ningunos, además de su nacimiento, que por ser bastardo habido fuera de matrimonio, no les parecía con aquella mengua amancillar la nobleza y lustre de los reyes de Aragón. Don Alonso de Aragón, duque de Gandía, y muerto él en lo más recio de este debate, su hijo don Alonso y su hermano don Juan, conde de Prades, que le sucedieron en la pretensión, fácilmente los excluyeron por tocar a los reyes postreros de Aragón en grado de parentesco más apartado que los demás competidores. Restaban el conde de Urgel y el infante don Fernando, que por diversos caminos pretendían vencer en aquel pleito y en aquella reyerta tan importante.

 

Por parte del conde de Urgel se alegaba que las hembras, conforme a la costumbre recibida de sus mayores y guardada, debían ser excluidas de aquella corona y de aquella pretensión. Que se memorasen de los alborotos que resultaron en tiempo del rey don Pedro, no por otra causa sino por pretender dejar en su lugar por heredera a su hija doña Costanza. Después de la muerte del rey don Juan excluyeron, como incapaces, dos hijas suyas, las infantas doña Juana y doña Violante. Que no era razón por contemplación de nadie alterar lo que tenían tan asentado, ni moverse por ejemplos de cosas olvidadas y desusadas, sino más aína abrazar la costumbre más nueva y fresca. Excluidas las hembras, no sería justo admitir a sus hijos, pues no les pudieron traspasar mayor derecho que el que ellas mismas alcanzaran, si fueran vivas. Finalmente, que don Martín, rey de Aragón, nombró al fin de sus días por gobernador del reino y por su condestable al conde de Urgel; muy cierta señal de su voluntad y de su parecer que al conde y no a otro alguno tocaba la sucesión después de su muerte. Estas eran las razones en que aquel príncipe fundaba su derecho.

 

Los procuradores del infante don Fernando, conforme a la instrucción e información que llevaban de don Vicente Arias, obispo de Plasencia, tenido en aquella era por jurista señalado y de fama en España, sin hacer mención del derecho que por vía de hembra competía al infante, como flaco, tomaron diferente camino, es a saber, que el reino se hereda por el derecho que llaman de sangre; así, en caso que falte la línea recta de ascendientes y descendientes, y que se hayan de llamar a la corona los parientes trasversales, entre los tales, puesto que estén en el mismo grado de consanguinidad, se debe tener consideración al sexo de cada cual y a la edad para efecto que el varón preceda a la hembra, y al más mozo el de más edad, sin mirar el tronco y la cepa de donde procede. Que esto era

 

 

 

 

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conforme al derecho común y observado en el particular de Aragón. Por este camino don Alonso, nieto del rey don Ramiro, heredó aquella corona; y el testamento del mismo en cuanto llamó a las hijas a la sucesión, de grandes juristas fue tenido por inválido y de ningún valor. A la verdad ¿qué razón, sufre que para heredar el reino, en que se requieren partes tan aventajadas, no se anteponga a los demás el que supuesto que viene de la alcurnia y sangre real, y ninguno en grado más cercano, en todas buenas calidades y partes se adelanta a los que o son menos parientes del rey muerto, o menos a propósito, solo porque descienden por línea de varón? Todavía porque esta dificultad, puesto que ventilada muchas veces, forzosamente según las ocurrencias se tornará a disputar, el lugar pide que en general tratemos brevemente del derecho de la sucesión entre los deudos trasversales y en qué manera se funda.

 

 

 

 

III. Del derecho para suceder en el reino

 

Grave disputa es esta, enmarañada, escabrosa, de muchas entradas y salidas; pleito, en que si bien muchos ingenios han empleado su tiempo en llevarle al cabo, ninguno del todo ha salido con ello ni ha podido apear su dificultad. Tocaremos en breve los puntos principales y los nervios de esta cuestión tan reñida, lo demás quedará para los juristas. No hay duda sino que el gobierno de uno, que llamamos monarquía, se aventaja a las demás maneras de principados y señoríos. Va más conforme a las leyes de naturaleza, que tiene un primer movedor del cielo y un supremo gobernador del mundo, no muchos, traza que abrazaron los primeros y más antiguos hombres, gente más atinada en sus determinaciones, como los que caían más cerca del primer principio y mejor origen del mundo, y por el mismo caso tenían cierto resabio de divinidad, y entendían con más claridad la verdad y lo que pedía la naturaleza. Las otras formas de gobierno el tiempo las introdujo y las inventó y la malicia de los hombres. De que procedieron aquellas palabras y sentencia vulgar: «No es bueno que haya muchos gobiernos, solo uno sea el rey».

 

Al principio del mundo, cuando todos vivían en libertad y sin reconocer homenaje a alguna cabeza, para valerse mejor, defenderse y tomar enmienda de los muchos desaguisados que unos a otros se hacían,

 

 

 

 

 

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los pueblos y gentes por sus votos, para que los acaudillasen, pusieron en la cumbre y en el gobierno aquellos que por su edad, prudencia y otras prendas se aventajaban a todos los demás. Dudóse adelante si sería más a propósito y más cumplidero a los pueblos, muerto el príncipe que eligieron, darle por sucesores a sus hijos y deudos, o tomar de nuevo a escoger de toda la muchedumbre el que debía mandar a todos. Guardóse esto postrero por largo tiempo, que las más naciones se mantuvieron en no permitir que se heredasen los reinos. Recelábanse que el poder del rey, que ellos dieron para bien común, con la continuación del mando y seguridad de la sucesión de hijos a padres no se estragase y mudase en tiranía; sabían muy bien que a los veces los hijos por los deleites, de que hay gran copia en las casas reales, y por el demasiado regalo se truecan y no salen semejables a sus antepasados. En España por lo menos se mantuvieron en esta costumbre por todo el tiempo que los godos en ella reinaron, que no permitían se heredase la corona.

 

Mudadas las cosas con el tiempo, que tiene en todo gran vez, se alteraron con las demás leyes ésta, y se comenzó a suceder en el reino por herencia, como se hace en las más provincias de Europa. El poder de los príncipes comenzó a ser grande, y los pueblos a adularlos y rendirse de todo punto a su voluntad; y aunque la experiencia enseñaba lo contrario, todavía confiaban lo que deseaban y era razón, que los hijos de los príncipes por la nobleza de su sangre y criarse en la casa real, escuela de toda virtud, semejarían a sus mayores. Engañóles su pensamiento y su esperanza a las veces, que por este camino hombres de costumbres y vida dañada y perjudicial se apoderaron de la república. Verdad es que este inconveniente y peligro se recompensaba con otras muchas comodidades y bienes, cuales son los siguientes: que la reverencia y respeto, fuente de salud y de vida, es mayor para con los que descienden de padres y abuelos reyes que el que se tiene a los que de repente se levantan de estado particular. Que los hombres más se gobiernan por la opinión que por la verdad, y no puede el príncipe tener la fuerza y autoridad conveniente si los vasallos no le estiman ni le tienen el respeto debido. Además que es cosa muy natural a los hombres sobrellevar antes y sufrir al príncipe que heredó el estado, aunque no sea muy bueno, que al que por votos del pueblo alcanzó la corona y el mando, dado que tenga partes más aventajadas. Lo que mucho importa, que por esta manera se continúa un mismo género de gobierno, y se perpetúa en cierta forma, como también la

 

 

 

 

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república es perpetua. Y el que sabe que ha de dejar a sus hijos el poder y el gobierno, con más cuidado mira por el bien común que el que posee el señorío por tiempo limitado solamente. Finalmente, no es posible por otro camino excusar las tempestades y alteraciones que resultan forzosamente en tiempo de las vacantes, y las enemistades y bandos que sobre semejantes elecciones se suelen forjar, sino es que por vía de herencia esté muy asentado a quien toca la sucesión cuando el príncipe muere. Por todas estas razones se excusa y se abona la herencia en los reinos tan recibida casi en todas las naciones.

 

Solamente pareció a los pueblos cautelarse con ciertas leyes que se guardasen en este caso de la sucesión, sin que los príncipes las pudiesen alterar, pues les daban el mando y la corona debajo de las tales condiciones. Estas leyes, unas se pusieron por escrito, otras se conservan por costumbre inmemorial y inviolable. Sobre la inteligencia de las leyes escritas suelen de ordinario levantarse cuestiones y dudas; las costumbres alterarse, según que ruedan las cosas y los tiempos, su variedad y mudanza, de que resulta toda la dificultad de esta disputa y cuestión, que demás de ser de suyo intricada, la diversidad de opiniones entre los juristas la han enmarañado y revuelto mucho más. Todavía de lo que escriben escogeremos lo que parece más encaminado y razonable. Muy recibido está por las leyes y por la costumbre que los hijos hereden la corona y que los varones se antepongan a las hembras, y entre los varones los que tienen más edad. La dificultad consiste primero; si en vida del padre falleció su hijo mayor que dejó asimismo sucesión, quién debe suceder, si el nieto por el derecho de su padre, que era el hijo mayor del que reinaba, si el tío por tocarle su padre en grado más cercano; de que hay ejemplos muy notables por la una y por la otra parte en España y fuera de ella; ca ya los tíos han sido antepuestos a los nietos, y al contrario, a los nietos se ha adjudicado la sucesión y la corona de su abuelo, cuando viene a muerte, sin tener cuenta con sus tíos; acuerdo que a los más parece conforme a toda razón y a las leyes, que los que nacieron y se criaron con esperanza de suceder en el reino no los despojen de él por ningún respeto; ni sobre la falta que les hace el padre, se les añada esta nueva desgracia de quitarles la herencia y el derecho de su padre.

 

Lo segundo, sobre que hay más diferentes opiniones y por tanto tiene mayor dificultad, a falta de hijos por ser todos muertos o porque no los hubo, cuál de los parientes trasversales debe heredar la corona; imagina

 

 

 

 

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que el rey que muere tuvo hermanos y hermanas, si los hijos de ellos o de ellas, que es lo mismo que decir si se ha de mirar el tronco y cepa de que proceden, para que se haga con ellos lo que con sus padres, si fueran vivos, o si se deben comparar entre sí las personas, no de otra manera que si fueran hijos del que muere, sin considerar si proceden por vía de hembra o de varón, si de hermano mayor o menor; supuesto que el grado de parentesco sea igual. Demás de esto, se duda si en algún caso el que está en grado más apartado debe ser antepuesto al deudo más cercano, como el nieto del hermano mayor a su tío y a su tía, cuando todos suceden de lado y como deudos trasversales.

 

En los demás bienes en, que se sucede por vía de herencia no hay duda, sino que en diversos casos se guardaba lo uno, ya lo otro; en por ley común en la auténtica de la herencia que proviene abintestato, se halla que al abuelo deben suceder los nietos, que dejó alguno de los hijos del que muere, si los tales nietos tienen otros tíos, de tal suerte, que se refieran al tronco, y no hereden mayor parte todos juntos que heredara su padre si fuera vivo. Al tanto cuando un hermano que fallece sin testamento aviene que tiene otro hermano vivo y sobrinos de otro tercer hermano difunto, los tales sobrinos tendrán parte en la herencia junto con el tío; pero considerados en su tronco y contados todos por un heredero, como lo fuera su padre si viviera. Pero si no suceden los sobrinos junto con su tío al abuelo, ni a otro tío de la manera que queda dicho, sino que o el abuelo no deja más que nietos de diversos hijos, o el tío sobrinos de diversos hermanos, o sea que no se hallan parientes tan cercanos, sino más apartados, será necesario, para repartir la herencia entre los que se hallan en igual grado, que se considere no el tronco, sino las personas, como si fueran hijos del que hereda. Pongamos ejemplo: suceden al abuelo cinco nietos, dos de un hijo, y tres de otro; no se harán dos partes de la herencia, sino cinco iguales para que cada cual de los cinco nietos haya la suya. Item, heredan al tío que murió sin testamento cuatro sobrinos, los tres de un hermano, y el uno de otro; no se repartirá la herencia por mitad, como si los padres fueran vivos, sino en cuatro partes, a cada sobrino la suya. Esto en las herencias particulares.

 

En el reino, cuando los parientes trasversales de lado heredan la corona a falta de descendientes, qué orden se haya de tener hay gran dificulta y diversidad de pareceres entre los juristas. Los más doctos y en mayor número juzgan que en este caso segundo se debe tener cuenta con las

 

 

 

 

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personas y no con el tronco. Los argumentos de que se valen para decir esto son muchos y las alegaciones. Las principales cabezas son las siguientes: Que el reino se hereda por derecho de sangre, que es lo mismo que decir que por costumbre, por ley o por voluntad de algún particular; la tal herencia está vinculada a cierta familia, y no se hereda por juicio y voluntad del que últimamente la posee como otros bienes que se adquieren por derecho de herencia y disposición del testador. Por esta causa, pretenden que como el grado de parentesco sea igual, el más excelente de aquel linaje debe suceder en el reino. Este es el primer argumento. En segundo lugar alegan que la opinión contraria, que juzga se deben los pretensores considerar en el tronco, abre camino a las hembras y a los niños, personas inhábiles al gobierno, para que hereden la corona, daño de gran consideración y que se debe atajar con todo cuidado. Alegan demás de esto que la representación de que se valen los contrarios, que es lo mismo que mirar las personas no en sí, sino en sus troncos, es una ficción del derecho, y como tal se debe desechar, por lo menos no extenderla a lo que por las leyes no se halla establecido con toda claridad. ¿Qué razón, dicen, sufre que por nuestras imaginaciones y ficciones despojemos el reino de un excelente gobernador, y en su lugar pongamos un inhábil con riesgo manifiesto y en perjuicio común de todos, cual sería anteponer la hembra y el niño que descienden por vía de varón al que viene de hembra y tiene edad y prendas aventajadas? ¿Por ventura será razón antepongamos nuestras sutilezas y argumentos al bien y pro común del reino? Replicará alguno que en los mayorazgos y estados de menor cuantía se guarda la representación entre los herederos trasversales. Respondo que no todos vienen en esto; y dado que se conceda, por estar así establecido en las leyes de la provincia, no se sigue que se haya de hacer lo mismo en el reino, que tiene muchas cosas particulares en que se diferencia de todas las demás herencias y estados.

 

Por conclusión, recogiendo en breve toda esta disputa, decimos que con tal condición que los pretensores sean habidos de legítimo matrimonio y estén en igual grado de parentesco, el que por ser varón, por su edad y por otras prendas de valor y virtud se aventajare a todos los demás que en la pretensión fueren considerables, el tal debe ser antepuesto en la sucesión del reino. Añadimos asimismo que en caso de diferencia y que haya contrarias opiniones sobre el derecho de los que pretenden, la república podrá seguir libremente la que juzgare le viene más a cuento conforme al

 

 

 

 

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tiempo que corriere y al estado de las cosas, a tal empero que no intervenga algún engaño ni fuerza. Libertad de que han procedido ejemplos diferentes y contrarios; que la representación a veces ha tenido lugar, y a veces la han desechado. Que si las leyes particulares de la provincia disponen el caso de otra manera, o por la costumbre está recibido y puesto en plática lo contrario, somos de parecer que aquello se siga y se guarde. Nuestra disputa y nuestra resolución procedía y se funda en los principios del derecho natural y del derecho común solamente. Todo lo cual de ordinario poco presta por acostumbrar los hombres comúnmente a llevar los títulos de reinar en las puntas de las lanzas y en las armas; el que más puede, ése sale con la joya, y se la gana a sus competidores, sin tener cuenta con las leyes, que callan entre el ruido de las armas, de los atambores y trompetas; y no hay quien, si se puede hacer rey por sus manos, aventure su negocio en el parecer y albedrío de juristas. Por todo esto se debe estimar en más y tenerlo por cosa semejante a milagro que los de Aragón en su vacante y elección hayan llevado al cabo este pleito y sus juntas sin sangre ni otro tropiezo, según que se entenderá por la narración siguiente.

 

 

 

 

IV. Que el infante don Fernando fue nombrado

 

por rey de Aragón

 

Luego que el negocio de la sucesión estuvo bien sazonado y oídas las partes y sus alegaciones, se concluyó y cerró el proceso, los jueces confirieron entre sí lo que debían sentenciar. Tuvieron los votos secretos y la gente toda suspensa con el deseo que tenían de saber en qué pararía aquel debate. Para los autos necesarios delante la iglesia de aquel pueblo hicieron levantar un cadalso muy ancho para que cupiesen todos, y tan alto que de todas partes se podía ver lo que hacían; celebró la misa el obispo de Huesca, como se acostumbra en actos semejantes. Hecho esto, salieron los jueces de la iglesia, que se asentaron en lo más alto del tablado, y en otra parte los embajadores de los príncipes y los procuradores de los que pretendían. Hallóse presente el pontífice Benedicto, que tuvo en todo gran parte. A fray Vicente Ferrer por su santidad y grande ejercicio que tenía en predicar encargaron el cuidado de razonar al pueblo y publicar la

 

 

 

 

 

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sentencia. Tomó por tema de su razonamiento aquellas palabras de la

 

Escritura:

 

«Gocémonos y regocijémonos y démosle gloria porque vinieron las bodas del cordero. Después de la tempestad y de los torbellinos pasados abonanza el tiempo y se sosiegan las olas bravas del mar, con que nuestra nave, bien que desamparada de piloto, finalmente, caladas las velas, llega al puerto deseado. Del templo no de otra manera que de la presencia del gran Dios, ni con menor devoción que poco antes delante los altares se han hecho plegarias por la salud común, venimos a hacer este razonamiento. Confiamos que con la misma piedad y devoción vos también oiréis nuestras palabras. Pues se trata de la elección del rey; ¿de qué cosa se pudiera más a propósito hablar que de su dignidad y de su majestad, si él tiempo diera lugar a materia tan larga y que tiene tantos cabos? Los reyes sin duda están puestos en la tierra por Dios para que tengan sus veces y como vicarios suyos le semejen en todo. Debe pues el rey en todo género de virtud allegarse lo más cerca que pudiere e imitar la bondad divinal. Todo lo que en los demás se halla de hermoso y honesto es razón que él solo en sí lo guarde y lo cumpla. Que de tal suerte se aventaje a sus vasallos, que no le miren como hombre mortal, sino como a venido del cielo para bien de todo su reino. No ponga los ojos en sus gustos ni en su bien particular, sino días y noches se ocupe en mirar por la salud de la república y cuidar del pro común. Muy ancho campo se nos abría para alargarnos en este razonamiento; pero, pues el rey está ausente, no será necesario particularizar esto más. Sólo servirá para que los que estáis presentes tengáis por cierto que en la resolución que se ha tomado se tuvo muy particular cuenta con esto, que en el nuevo rey concurran las partes de virtud, prudencia, valor y piedad que se podían desear. Lo que viene más a propósito es exhortaros a la obediencia que le debéis prestar y a conformaros con la voluntad de los jueces, que os puedo asegurar es la de Dios, sin la cual todo el trabajo que se ha tomado sería en vano, y de poco momento la autoridad del que rige y manda, si los vasallos no se le humillasen. Pospuestas pues las aficiones particulares, poned las mientes en Dios y en el bien común; persuadíos que aquel será mejor príncipe que con tanta conformidad de pareceres y votos, cierta señal de la voluntad divina, os fuere dado. Regocijaos y alegraos, festejad este día con toda muestra de contento. Entended que debéis al santísimo pontífice, que presente está para honrar y autorizar este auto, y a los jueces muy

 

 

 

 

 

 

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prudentes, por cuya diligencia y buena maña se ha llevado al cabo sin tropiezo un negocio él más grave que se puede pensar, cuanto cada cual de vos a sus mismos padres que os dieron el ser y os engendraron».

 

Concluidas estas razones y otras en esta sustancia, todos estaban alerta esperando con gran suspensión y atención el remate de este auto y el nombramiento del rey. Él mismo en alta voz pronunció la sentencia dada por los jueces, que llevaba por escrito. Cuando llegó al nombre de don Fernando, así él mismo como todos los demás que presentes se hallaron, apenas por la alegría se podían reprimir, ni por el ruido oír unos a otros. El aplauso y vocerío fue cual se puede pensar. Aclamaban para el nuevo rey vida, victoria y toda buenandanza. Mirábanse unos a otros, maravillados como si fuera una representación de sueño. Los más no acababan de dar crédito a sus orejas; preguntaban a los que cerca les caían quién fuese el nombrado. Apenas se entendían unos a otros; que el gozo cuando es grande impide los sentidos que no puedan atender ni hacer sus oficios. Los músicos que prestos tenían a la hora cantaron con toda solemnidad, como se acostumbra, en acción de gracias el himno Te Deum laudamus.

 

Hízose este auto tan señalado postrero del mes de junio; el cual concluido, despacharon embajadores para avisar al infante don Fernando y acuciarle la venida. Hallábase él a la sazón en Cuenca, cuidadoso del remate en que pararían estos negocios. Acudieron de todas partes embajadores de príncipes para darle el parabién del nuevo reino y alegrarse con él, quién de corazón, quién por acomodarse con el tiempo. En particular hizo esto Segismundo, nuevo emperador de Alemania, electo por el mes de mayo próximo pasado, príncipe más dichoso en los negocios de la paz que en las armas, que en breve ganó gran renombre por el sosiego que por su medio alcanzó la Iglesia, quitado el cisma de los pontífices, que por tanto tiempo y en muchas maneras la tenía trabajada. Don Fernando, luego que dio asiento en las cosas de su casa, partió para Zaragoza; en aquella ciudad por voluntad de todos los estados le alzaron por rey, y le proclamaron por tal a los 3 días del mes de septiembre. Hiciéronle los homenajes acostumbrados juntamente con su hijo mayor el infante don Alonso, que juraron por sucesor después de la vida de su padre, con título que le dieron, a imitación de Castilla, de príncipe de Gerona, como quier que antes de esto los hijos mayores de los reyes de Aragón se intitulasen duques de aquella misma ciudad.

 

 

 

 

 

 

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Concurrieron a la solemnidad de los pretensores del reino don Fadrique, conde de Luna, y don Alonso de Aragón, el más mozo, duque de Gandía. El conde de Urgel para no venir alegó que estaba doliente, como a la verdad pretendiese con las armas apoderarse de aquel reino, que él decía le quitaron a sinrazón. Sus fuerzas eran pequeñas y las de su parcialidad; acordaba valerse de las de fuera, y para esto confederarse con el duque de Clarencia, señor poderoso en Inglaterra, e hijo de aquel rey. Estas tramas ponían en cuidado al nuevo rey, por considerar que de una pequeña centella, si no se ataja, se emprende a las veces un gran fuego; sin embargo, concluidas las fiestas, acordó en primer lugar de acudir a las islas de Cerdeña y Sicilia, que corrían riesgo de perderse. Los genoveses, si bien aspiraban al señorío de Cerdeña, movidos de la fama que corría del nuevo rey, le despacharon por sus embajadores a Bautista Cigala y Pedro Perseo para darle el parabién, por cuyo medio se concertaron entre aquellas naciones treguas por espacio de cinco años.

 

En Sicilia tenían preso a don Bernardo de Cabrera sus contrarios, que le tomaron de sobresalto en Palermo, y le pusieron en el castillo de la Mota, cerca de Tavormina. La prisión era más estrecha que sufría la autoridad de su persona y sus servicios pasados; pero que se le empleó bien aquel trabajo, por el pensamiento desvariado en que entró antes de esto de casar con la reina viuda, sin acordarse de la modestia, mesura y de su edad, que la tenía adelante. Sancho Ruiz de Lihorri, almirante del mar en Sicilia, fue el principal en hacerle contraste y ponerle en este estado. Ordenó el nuevo rey le soltasen de la prisión a condición de salir luego de Sicilia, y lo más presto que pudiese comparecer delante de él mismo para hacer sus descargos sobre lo que le achacaban. Hízose así, aunque con dificultad; con que aquella isla, a cabo de mucho tiempo y después de tantas contiendas quedó pacífica. Cerdeña asimismo se sosegó por asiento que se tomó con Guillermo, vizconde de Narbona, que entregase al rey la ciudad de Sacer, de que estaba apoderado, y otros sus estados heredados en aquel reino, a trueco de otros pueblos y dineros que le prometieron en España. En este estado se hallaban las cosas de Aragón.

 

En Francia Archimbaudo, conde de Foix, falleció por este tiempo; dejó cinco hijos: Juan, que le sucedió en aquel estado, el segundo Gastón, el tercero Archimbaudo, el cuarto Pedro, que siguió la iglesia y fue cardenal de Foix, el postrero Mateo, conde de Cominges. Juan, el mayor, casó con la infanta doña Juana, hija del rey de Navarra; y ésta muerta sin sucesión,

 

 

 

 

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casó segunda vez con María, hija de Carlos de Labrit, en quien tuvo dos hijos, Gastón, el mayor, y el menor Pedro, vizconde de Lotrec, tronco de la casa que tuvo aquel apellido en Francia, ilustro por su sangre y por muchos personajes de fama que de ella salieron y continuaron casi hasta nuestra edad, claros asaz por su valor y hazañas.

 

 

 

 

V. Que el conde de Urgel fue preso

 

El sosiego que las cosas de Aragón tenían de fuera no fue parte para que el conde de Urgel desistiese de su dañada intención.

 

En Castilla las treguas que se pusieron con los moros, a su instancia por el mes de abril pasado se alargaron por término de otros diecisiete meses. Por esto el dinero con que sirvieron los pueblos de Castilla para hacer la guerra a los moros, hasta en cantidad de cien mil ducados, con mucha voluntad de todo el reino se entregó al nuevo rey don Fernando para ayuda a sus gastos, demás de buen golpe de gente a pie y a caballo, que le hicieron compañía, todo muy a propósito para allanar el nuevo reino y enfrenar los mal intencionados, que do quiera nunca faltan. Lo que hacía más al caso era su buena condición, muy cortés y agradable, con que conquistaba las voluntades de todos, si bien los aragoneses llevaban mal que usase para su guarda de soldados extraños, y que en el reino que ellos de su voluntad le dieron pretendiese mantenerse por aquel camino. Querellábanse que por el mismo caso se ponía mala voz en la lealtad de tos naturales y en la fe que siempre guardaron con sus reyes después que aquel reino se fundó.

 

Sin embargo, el rey con aquella gente y la que pudo llegar de Aragón partió en busca del conde de Urgel con resolución de allanarle o castigarle. Tenía él pocas fuerzas para contrastar. Valióse de maña, que fue enviar sus embajadores a Lérida, do el rey era llegado, para prestarle los debidos homenajes; y así los hicieron en nombre de su señor a los 23 de octubre; todo encaminado solamente a que el nuevo rey descuidase y deshiciese su campo, y más en particular para que enviase a sus casas los soldados de Castilla, como se hizo, que despidió la mayor parte de ellos.

Juntáronse a vistas el rey y el pontífice Benedicto en Tortosa. Lo que resultó demás de otras pláticas fue que el pontífice dio la investidura de las

 

 

 

 

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islas de Sicilia y de Cerdeña y Córcega al nuevo rey, como se acostumbra, por ser feudos de la iglesia, como las tuvieron los reyes de Aragón, sus antepasados. Despedidas estas vistas, al fin de este año y principio del siguiente 1413 se juntaron Cortes de los catalanes en Barcelona. Todos deseaban sosegar al conde de Urgel para que no alterase la paz. De aquellos estados, con el cual intento le otorgaron todo lo que sus procuradores pidieron, en particular que el infante don Enrique casase con la hija y heredera del conde. No se aplacaba con estas caricias su ánimo; antes al mismo tiempo traía inteligencias con Francia y con Inglaterra para valerse de sus fuerzas. El rey, avisado de esto y porque de pequeños principios no se incurriese, como suele acontecer, en mayores inconvenientes, mandó alistar la más gente que pudo en aquellos estados. De Castilla asimismo vinieron cuatrocientos caballos, que le enviaba la reina doña Catalina, bien que tardaron, y al fin se volvieron del camino. Ofreciósele el rey de Navarra, mas no quiso aceptar su ayuda por recelarse se ofenderían los naturales si se valía de tantas gentes extrañas. Todavía Jofre, conde de Cortes, hijo de aquel rey fuera de matrimonio, le acudió acompañado de número de caballos, gente lucida. Con estas diligencias se juntó buen campo, con que rompió por las tierras del conde de Urgel sin reparar hasta ponerse sobre la ciudad de Balaguer, cabecera de aquel estado, en que el conde por su fortaleza pretendía afirmarse y estaba dentro. El cerco fue largo y dificultoso, durante el cual las demás plazas de aquel estado se rindieron al rey.

 

En esta sazón le vinieron embajadores de dos reyes, el de Francia y el de Nápoles. El francés le avisaba que por la insolencia del duque de Borgoña y estar alborotado el pueblo de París, sus cosas se hallaban en extremo peligro, él y su hijo, y otros señores como cautivos y presos. Pedíale le acorriese en aquel trance; que el respeto de la humanidad le moviese y de la amistad de tiempos atrás trabada entre aquellas dos casas y reinos. El rey Ladislao pretendía que juntasen sus fuerzas contra el duque de Anjou, su competidor en aquel reino de Nápoles, pues si salía con aquella pretensión, era cierto, que revolvería con tanto mayores fuerzas sobre Aragón, cuya corona asimismo pretendía. Al francés respondió el rey don Fernando que sentía mucho el afán y aprieto en que, así él como aquel su noble reino, se hallaban. Que tendría cuidado de lo que deseaba por cuanto sus fuerzas alcanzasen y el tiempo le diese lugar. Al rey Ladislao dio por respuesta que estimaba en mucho la amistad que le

 

 

 

 

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ofrecía; pero que entre él y el duque de Anjou intervenían grandes prendas de parentesco y amistad, en que nunca hubo quiebra, no obstante la competencia en la pretensión de aquel reino. Finalmente, le aseguraba que de mejor gana terciaría para concertarlos, que arrimarse a ninguna de las partes contra el otro. Despidiéronse con tanto los embajadores.

 

El cerco se apretaba de cada día más, y los ciudadanos padecían falta y aún deseaban concertarse. La condesa doña Isabel, visto esto y por prevenir mayores inconvenientes, con licencia de su marido y beneplácito del rey salió a verse con él e intentar si por algún camino le pudiese aplacar. Usó de las diligencias posibles, mas no pudo del rey, su sobrino, alcanzar para el conde más de seguridad de la vida, si venía a ponerse en sus manos. El aprieto era grande; así fue forzoso acomodarse. Salió el conde de la ciudad a postrero de octubre, y con aquella seguridad se fue a los reales. Llegado a la presencia del rey y hecha la mesura acostumbrada, los hinojos entierra y con palabras muy humildes, le suplicó por el perdón del yerro que como mozo confesaba haber cometido, que ofrecía en adelante recompensar con todo género de servicios y lealtad. La respuesta del rey fue que si bien tenía merecida la muerte por sus desórdenes, se la perdonaba y le hacía gracia de la vida. De la libertad y del estado no hizo mención alguna; sólo mandó le llevasen a Lérida y en aquella ciudad le pusiesen a buen recaudo.

 

Hecho esto, lo primero se entregó aquella ciudad, y se dio orden en las demás cosas de aquel estado; consiguientemente se formó proceso contra el conde, en que lo acusaron de aleve y haber ofendido a la majestad. Oídos los descargos y sustanciado el proceso, finalmente se vino a sentenciar en que le confiscaron su estado y todos sus bienes, y a su persona condenaron a cárcel perpetua. Tenía todavía gentes aficionadas en aquella corona; para evitar inconvenientes le enviaron a Castilla, donde por largo tiempo estuvo preso, primero en el castillo de Ureña, adelante en la villa de Mora; finalmente, acabó sus días sin darle jamás libertad en el castillo de Játiva, ciudad puesta en el reino de Valencia. Príncipe desgraciado no más en la pretensión del reino que por un destierro tan largo, junto con la privación de la libertad y estado grande que le quitaron. Entre los más declarados por el conde uno era don Antonio de Luna, que se hacía fuerte en el castillo de Loharri; más visto lo que pasaba, acordó desampararle y desembarazar la tierra junto con su estado propio, que vino

 

 

 

 

 

 

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eso mismo en poder del rey. De esta manera se concluyeron y se sosegaron aquellas alteraciones del conde más fácilmente que se pensaba y temía.

 

 

 

 

VI. Que se convocó el concilio constanciense

 

Al mismo tiempo que lo susodicho pasaba en Aragón, de todo el orbe cristiano hacían recurso los príncipes por medio de sus embajadores al emperador Segismundo para dar orden con su autoridad y buena maña de sosegar las alteraciones de la Iglesia, causadas del cisma continuado por tantos años. Habido con él y entre sí su acuerdo, requirieron a los que se llamaban pontífices viniesen con llaneza en que se juntase concilio general de los prelados, en cuyas manos renunciasen el pontificado y pasasen por lo que allí se determinase. A la verdad hasta este tiempo la muestra que dieron de querer venir en esto no fue más que una máscara para entretener y engañar, como quier que las intenciones fuesen muy diferentes. Los papas Juan y Gregorio se mostraban más blandos a esta demanda, y parece daban oídos a lo que comúnmente se deseaba; el ánimo de Benedicto estaba muy duro y obstinado sin inclinarse a ningún medio de paz. Encargaron al rey de Aragón le pusiese en razón; él y el rey de Francia para este efecto le despacharon sus embajadores, personas de cuenta.

 

En sazón que el de Aragón, concluida la guerra de Urgel y fundada la paz pública de su reino, se encaminó a Zaragoza y entró en aquella ciudad a manera de triunfante; juntamente se coronó por rey a los 11 de febrero, año del Señor de 1414, solemnidad dilatada hasta entonces por diversas ocurrencias, y ceremonia que hizo el arzobispo de Tarragona como cabeza y el principal de los prelados de aquel reino. Púsole en la cabeza la corona que la reina doña Catalina, su cuñada, le envió presentada, pieza muy rica y vistosa, y en que el primor y el arte corría a las parejas con la materia, que era de oro y pedrería de gran valor. Halláronse presentes diversos embajadores de príncipes extraños, los prelados y grandes de aquel reino, en particular don Bernardo de Cabrera, conde de Osona y de Modica, que ya estaba en gracia del nuevo rey, y don Enrique de Villena, notable personaje, así bien por sus estudios, en que fue aventajado, como por las desgracias que por él pasaron, y a la sazón se hallaba despojado de su patrimonio y del maestrazgo de Calatrava.

 

 

 

 

 

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Fue así, que por muerte de don Gonzalo de Guzmán y con el favor del rey don Enrique el Tercero, el dicho don Enrique de Villena pretendió y alcanzó aquella dignidad. Alegaban muchos de aquellos caballeros que era casado, y por tanto conforme a sus leyes no podía ser maestre. Determinóse, tal era la ambición de su corazón, de dar repudio a su mujer doña María de Albornoz, si bien su dote era muy rica, por ser señora de Alcocer, Salmerón y Valdolivas con los demás pueblos del infantado. Para hacer este divorcio confesó que naturalmente era impotente. Para que sns propios estados no recayesen en aquella orden por el mismo caso que aceptaba el maestrazgo, cautelóse con renunciar al mismo rey las villas de Tineo y Cangas, junto con el derecho que pretendía al marquesado de Villena. Olieron los comendadores de aquella orden, como era fácil, que todo era invención y engaño. Juntáronse de nuevo, y considerado el negocio, depuesto don Enrique como elegido contra derecho, nombraron en su lugar a don Luis de Guzmán. Resultaron de esta elección diferencias que se continuaron por el espacio de seis años. Los caballeros de aquella orden no se conformaban todos; antes andaban divididos, unos aprobaban la primera elección y otros la segunda. La conclusión fue que por orden del pontífice Benedicto los monjes del Císter, oídas las partes, pronunciaron sentencia contra don Enrique, y en favor de su competidor y contrario. Por esta manera el que se preciaba de muchas letras y erudición pareció saber poco en lo que a él mismo tocaba; y vuelto al matrimonio, pasó lo restante de la vida en pobreza y necesidad a causa que le quitaron el maestrazgo y no le volvieron los estados que tenía de su padre.

 

Concluidas las fiestas de Zaragoza, que se hicieron muy grandes, volvió el nuevo rey su pensamiento a las cosas de la Iglesia, conforme a lo que aquellos príncipes deseaban. Comunicóse con el pontífice Benedicto, acordaron de verse y hablarse en Morella, villa puesta en el reino de Valencia a los confines de Cataluña y Aragón. Acudieron el día aplazado, que fue a 18 de julio. Señalóse el rey en honrar al pontífice con todo género de cortesía. Lo primero llevó de diestro el palafrén en que iba debajo de un palio hasta la iglesia del pueblo. De allí hasta la posada le llevó la falda. Luego el día siguiente en un convite que le tenía aprestado, él mismo sirvió a la mesa, y el infante don Enrique de paje de copa. Para que la solemnidad fuese mayor, trocó la vajilla de peltre, de que usaba el pontífice para muestra de tristeza por causa del cisma, en aparador de oro

 

 

 

 

 

 

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y plata; todo enderezado, no solo a acatar la majestad pontificia, sino a ablandar aquel duro pecho y granjearle para que hiciese la razón.

 

Juntáronse diversas veces para tratar del negocio principal. El papa no venía en lo de la renunciación, y mucho menos sus cortesanos, que decían el daño sería cierto, y el cumplimiento de lo que le prometiesen quedaría en mano y a cortesía del que saliese con el pontificado sin poderse bastantemente cautelar. En cincuenta días que se gastaron en estas demandas y respuestasno se pudo concluir cosa alguna.

 

De Italia a la misma sazón llegaron nuevas de la muerte de Ladislao, rey de Nápoles, que le dieron con hierbas, según que corría la fama, en el mismo curso sin duda de su mayor prosperidad y en el tiempo que parecía se podía enseñorear de toda Italia. No dejó sucesión; por donde entró en aquella corona su hermana, por nombre Juana, viuda de Guillén, duque de Austria, con quien casó los años pasados, y a la sazón tenía pasados treinta años de edad; hembra ni más honesta ni más recatada en lo de adelante que la otra reina de Nápoles de aquel mismo nombre, de quien se trató en su lugar. Muchos príncipes con el cebo de dote tan grande entraron en pensamiento de casarse con ella; en particular por medio de embajadores que de Aragón sobre el caso se despacharon se concertó casase con el infante don Juan, hijo segundo del rey don Fernando; y así como a cosa hecha pasó por mar a Sicilia; sin embargo, este casamiento no se efectuó, antes aquella señora por razones que para ello tuvo casó con Jacques de Borbón, francés de nación y conde de la Marcha, mozo muy apuesto y de gentil parecer. Rugíase que otro joven, por nombre Pandolfo Alopo, tenía más cabida con la reina de lo que la majestad real y la honestidad de mujer pedía, de que el vulgo, que no sabe perdonar a nadie, sentía mal, y los demás nobles se tenían por agraviados.

 

Perdida la esperanza de reducir al pontífice Benedicto, los príncipes todavía acordaron celebrar el concilio general. Señalaron para ello de común acuerdo a Constancia, ciudad de Alemania, por quererlo así el emperador ca era de su señorío. Comenzaron a concurrir en primer lugar los obispos de Italia y de Francia. El pontífice Gregorio envió sus embajadores con poder, si menester fuese, de renunciar en su nombre el pontificado. Juan, el otro competidor, acordó hallarse en persona en el concilio, confiado en la amistad que tenía con el César y no menos en su buena maña. El rey don Fernando no cesaba por su parte de amonestar a Benedicto que se allanase a ejemplo de sus competidores. Después de

 

 

 

 

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muchas pláticas sobre el caso se convinieron los dos de hacer instancia con el emperador para que se viesen los tres en algún lugar a propósito. Para abreviar le despacharon por embajador a Juan Ijar, persona en aquel tiempo muy conocida por sus partes aventajadas de letras y de prudencia, en que ninguno se la ganaba; diéronle por acompañados otras personas principales. Pasábase adelante en la convocación del concilio. La reina de Castilla en particular envió a Constancia por sus embajadores a don Diego de Anaya, obispo a la sazón de Cuenca, y a Martín de Córdoba, alcaide de los Donceles. Concurrieron de todas las naciones gran número de prelados, que llegaron a trescientos, todos con deseo de poner paz en la Iglesia y excusar los daños que del cisma procedían.

 

Abrióse el concilio a los 5 del mes de noviembre en tiempo que en Aragón gran número de judíos renunciaron su ley y se bautizaron a persuasión de san Vicente Ferrer, que tuvo con los principales de ellos y en sus aljamas muchas disputas en materia de religión con acuerdo del pontífice Benedicto, que dio mucho calor a esta conversión; creo con intento de servir a Dios y también de acreditarse. Pareció expediente para adelantar la conversión apretar a los obstinados con leyes muy pesadas, que contra aquella nación promulgaron. Hállase hoy día una bula del pontífice Benedicto en esta razón, su data en Valencia a los 11 de mayo del año veinte y uno de su pontificado. Las principales cabezas son las siguientes: Los libros del Talmud se prohiben; los denuestos que los judíos dijeren contra nuestra religión se castiguen; no puedan ser jueces ni otro cargo alguno tengan en la república; no puedan edificar de nuevo alguna sinagoga ni tener más de una en cada ciudad; ningún judío sea médico, boticario o corredor; no puedan servirse de algún cristiano; anden todos señalados de una señar roja o amarilla, los varones en el pecho, y las hembras en la frente; no puedan ejercer las usuras, aunque sea con capa y color de venta; los que se bautizaren, sin embargo, puedan heredar los bienes de sus deudos; en cada un año por tres veces se junten a sermón que se les haga de los principales articulos de nuestra Santa fe. El tanto de este edicto se envió a todas las partes de España, y uno de ellos se guarda entre los papeles de la iglesia mayor de Toledo.

 

En Constancia la noche de Navidad, principio del año que se contaba de 1415, se hallaron presentes a los maitines el pontífice Juan y el emperador. Pusiéronles dos sillas juntas, la del pontífice algo más alta; en otros lugares se asentaron la Emperatriz y los prelados. Pasada la

 

 

 

 

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festividad, comenzaron a entrar en materia. Parecía a todos que el más seguro camino y más corto para apaciguar la Iglesia sería que los tres pontífices de su voluntad renunciasen. Comunicaron esto con el pontífice Juan, que presente se hallaba, y al fin, aunque con dificultad, le hicieron venir en ello. Dijo misa de pontifical a los 4 de marzo, y acabada, prometió públicamente con grande alegría y aplauso de los circunstantes que haría la renunciación tan deseada de todos. Invención y engaño por lo que se vio; que dende a pocos días de noche se hurtó y huyó de aquella ciudad con intento de renovar los debates pasados. Enviaron personas en pos de él que le prendieron; y vuelto a Constancia, mal su grado fue forzado a hacer la renunciación postrero día del mes de mayo, y para atajarle los pasos de todo punto dieron cuidado al conde palatino que le tuviese debajo de buena guarda, más huyó tres años adelante. Finalmente, para sosegarle, por concierto le fue vuelto el capelo, con que, pasados algunos años, falleció en Florencia, cabeza de la Toscana. Sepultaron su cuerpo en aquella ciudad en el baptisterio de san Juan, enfrente de la iglesia mayor. Sus tesoros, que allegó muy grandes en el tiempo de su pontificado, quedaron en poder de Cosme de Médicis, ciudadano principal de aquella señoría; escalón por donde él mismo subió a gran poder, y los de su casa adelante se enseñorearon de aquella república; tal es la común opinión del vulgo.

 

La alegría que los prelados recibieron por la deposición del pontífice Juan se dobló con la renunciación que cinco días adelante Carlos Malatesta, procurador del pontífice Gregorio, conforme a los poderes que traía muy amplios hizo en su nombre. Restaba solo Benedicto, cuya obstinación ponía en cuidado a los padres, si antes que renunciase nombraban otro pontífice, no recayesen en los inconvenientes pasados. Acudieron al medio que les ofrecieron de España, que el césar Segismundo en algún lugar a propósito se viese con el rey de Aragón y con el dicho papa Benedicto, ca no tenían de todo punto perdida la esperanza; antes cuidaban se dejaría persuadir y seguiría el común acuerdo de todas las naciones y el ejemplo de sus competidores. Para estas vistas señalaron a Niza, ciudad puesta en las marinas de Génova, y en esta razón despacharon para los dos, el rey y el papa, sus embajadores, personas de cuenta y de autoridad.

 

 

 

 

 

 

 

 

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VII. Que los tres príncipes se vieron en Perpiñán

 

Al mismo tiempo que estas cosas pasaban en Constancia, el rey de Aragón en Valencia festejaba con todo género de demostración el casamiento del príncipe don Alonso, su hijo, con la infanta doña María, hermana del rey don Juan de Castilla. Para más autorizar la fiesta se halló presente el pontífice Benedicto. Concurrió toda la nobleza y señores de aquel reino, grandes invenciones, trajes y libreas. Acompañó a la infanta desde Castilla, con otras personas de cuenta, don Sancho de Rojas, que a la misma sazón de obispo que era de Palencia, trasladaron al arzobispado de Toledo por muerte de don Pedro de Luna, que finó en Toledo a los 18 de septiembre y le enterraron en la capilla de San Andrés de aquella su iglesia, junto a don Jimeno de Luna, su pariente; al presente yace en propio lucillo que le pusieron en la capilla de Santiago. La promoción de don Sancho se hizo por intercesión y a instancia del rey de Aragón, y él mismo por su persona y aventajadas prendas era digno de aquel lugar y por los muchos servicios que a los reyes hizo en tiempo de paz y de guerra. Su padre Juan Martínez de Rojas, señor de Monzón y Cabra, que falleció en el cerco de Lisboa en tiempo del rey don Juan el Primero; su madre doña María de Leiva. Hermanos Martín Sánchez de Rojas, y Día Sánchez de Rojas y doña Inés de Rojas, la cual casó con Fernán Gutiérrez de Sandoval.

 

Nació de este casamiento Diego Gómez de Sandoval, conde de Castro Jeriz, adelantado mayor de Castilla y chanciller mayor del sello de la puridad. Fue gran privado de don Juan, rey de Navarra, cuyo partido y de los infantes, sus hermanos, siguió en las alteraciones que anduvieron los años adelante, que fue ocasión de perder lo que tenía en Castilla, grandes estados y de adquirir la villa de Denia por merced que le hizo de ella el mismo rey don Juan de Navarra. El arzobispo don Sancho le hizo donación de la villa de Cea que compró de su dinero, pero con tal condición que tomase el apellido de Rojas, homenaje que después le alzó. Casó segunda vez la dicha doña Inés con el mariscal Fernán García de Herrera, que tuvo en ella muchos hijos, cepa y tronco de los condes de Salvatierra, que adquirieron asimismo la villa de Empudia por donación del mismo don Sancho de Rojas. Las bodas del príncipe don Alonso se celebraron a los 12 del mes de junio. Dejó a la infanta su padre en dote el marquesado de Villena; más de él la despojaron y la dieron a trueque

 

 

 

 

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doscientos mil ducados, por llevar mal los de Castilla que los reyes de Aragón quedasen con aquel estado, puesto a la raya de ambos reinos en parte que se podían fácilmente hacer entradas en Castilla.

El rey de Portugal desde el año pasado aprestaba una muy gruesa armada. Los príncipes comarcanos, con los celos que suelen tener de ordinario, sospechaban no se enderezase a su daño; al de Aragón en especial le aquejaba este cuidado por rugirse quería tomar debajo de su amparo al conde de Urgel y por este camino alterarle el nuevo reino de Aragón. Engañóles su pensamiento, porque el intento del portugués era asaz diferente, esto es, de pasaren África a conquistar nuevas tierras. Animábale su buena dicha, con que ganó y con poco derecho se afirmó en aquel su reino, y poníanle en necesidad de buscar nuevos estados los muchos hijos que tenía para dejarlos bien heredados, por ser Portugal muy estrecho. En la reina, su mujer, tenía los infantes don Duarte, don Pedro, don Enrique, don Juan, don Fernando y doña Isabel; fuera de estos, a don Alonso, hijo bastardo, que fue conde de Barcelos. Armó treinta naves gruesas, veintisiete galeras, treinta galeotas, sin otros bajeles, que todos llegaban hasta en número de ciento veinte velas. Partió el rey con esta armada la vuelta de África, sin embargo que a la misma sazón pasó de esta vida la reina doña Filipa, que hizo sepultar en el nuevo monasterio de la Batalla de Aljubarrota. De primera llegada se apoderó por fuerza a los 22 de agosto de Ceuta, ciudad puesta sobre el estrecho de Gibraltar. El primero a escalar la muralla fue un soldado por nombre Cortereal; otro que se decía Alberguería se adelantó al entrar por la puerta; al uno y al otro remuneró el rey y honró como era debido y razón; lo mismo se hizo con los demás conforme a cada uno era. Los moros, unos pasaron a cuchillo, otros se salvaron por los pies y algunos quedaron por esclavos. De este buen principio entraron los portugueses en esperanza de sujetar las muy anchas tierras de África. Mudaron otrosí este mismo año la manera de contar los tiempos por la era de César, como se acostumbraba, en la del nacimiento de Cristo, por acomodarse a lo que las otras naciones usaban y en conformidad de lo que poco antes de este tiempo, como queda dicho, se estableció en los reinos de Aragón y Castilla.

 

El cuidado de sosegar la Iglesia todavía se llevaba adelante, y los Padres del concilio continuaban en sus juntas. No pudo el rey don Fernando ir a Niza por cierta dolencia continua que mucho le fatigaba; acordaron que el César llegase hasta Perpiñán; villa puesta en lo postrero

 

 

 

 

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de España y en el condado de Rosellón; príncipe de renombre inmortal por el celo que siempre mostró de ayudar a la Iglesia sin perdonar a diligencia ni afán. El pontífice Benedicto y el rey don Fernando, como los que se hallaban más cerca, acudieron los primeros. El emperador llegó a los 19 de septiembre, acompañado de cuatrocientos hombres de armas a caballo y armados, asaz grande representación de majestad. El vestido de su persona ordinario y la vajilla de su mesa de estaño, señal de luto y tristeza por la aflicción de la Iglesia. Concurrieron al mismo lugar embajadores de los reyes de Francia, Castilla y Navarra. Todo el mundo estaba a la mira de lo que resultaría de aquella habla. El miedo y la esperanza corrían a las parejas.

 

No podía el rey por su indisposición asistir a pláticas tan graves. Todavía desde su lecho rogaba y amonestaba a Benedicto restituyese la paz a la Iglesia, y se acordase del homenaje que en esta razón hizo los tiempos pasados; el concilio de los obispos se celebraba; no era razón engañase las esperanzas de toda la cristiandad, acudiese al concilio e hiciese la renunciación que todos deseaban, conforme al ejemplo de sus competidores; ¿cuánto podía quedar de vida al que por sus muchos años se hallaba en lo postrero de su edad? Pudiera Benedicto con mucha honra doblegarse y ponerse en las manos de tan grandes príncipes y de toda la Iglesia si el apetito de mandar se gobernara por razón, afecto desapoderado, y más en los viejos; más él estaba resuelto de no venir en ningún partido de su voluntad, sólo pretendía entretener y alargar con diferentes cautelas y mañas. Apretábaule los dos príncipes para que se resolviese y acabase. Un día hizo un razonamiento muy largo en que declaró los fundamentos de su derecho; que si en algún tiempo se dudó cuál era el verdadero papa, la renunciación de sus dos competidores ponía fin en aquel pleito, pues quitados ellos de por medio, él solo quedaba por rector universal de la Iglesia; que no era justo desamparase el gobernalle que tenía en su mano de la nave de san Pedro; cuanto tenía la edad más adelante, tanto más se debía recelar de no ofender a Dios y a los santos por falta de valor y de amancillar su nombre con una mengua perpetua. Siete horas enteras continuó en esta plática sin dar alguna señal de cansancio, si bien tenía setenta y siete años de edad, y los presentes de cansados unos en pos de otros se le salían de la sala. Alegaba sobre todo que si él no era el verdadero pontífice, por lo menos la elección del que se había de nombrar pertenecía a solo él, como al que restaba de todos los cardenales que

 

 

 

 

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fueron elegidos antes del cisma por pontífice cierto sin alguna duda y tacha.

 

Gastábase mucho tiempo en estas alteraciones sin que se mostrase esperanza dn hacer algún efecto. El emperador, cansado con la dilación, se partió de Perpiñán. Amenazaba a Benedicto usarían contra él de fuerza, pues no quería doblegar su voluntad. Todavía se entretuvo en Narbona por si con la diligencia del rey don Fernando, que se ofrecía a hacerla, se ablandase aquel obstinado corazón. Todo prestó poco, antes con toda prisa Benedicto se robó y se partió para Peñíscola, con cuya fortaleza, que está sobro un peñón casi por todas partes rodeada del mar, cuidaba afirmarse y defender su partido. Llegóse al último plazo y remedio, que fue quitarle en Aragón la obediencia, como se hizo por un edicto que se publicó a los 6 de enero del año que se contó 1416;en que se vedaba acudir a él en negocios y lo mismo tenerle por verdadero papa. El principal en este acuerdo y resolución fue fray Vicente Ferrer, que el tiempo pasado se le mostró muy aficionado y parcial. La larga costumbre puede mucho; así en los ánimos de algunos, todavía quedaba algún escrúpulo, y se les hacía de mal apartarse de lo en que por tantos años continuaron. El pueblo fácilmente se acomodó a la voluntad del rey, como el que poca diferencia hace entre lo verdadero y lo falso. Desabrióse Benedicto por esta causa; decía que el que le debía más, ese era el primero a hacerle contraste, que esperaba en Dios que el reino que él mismo le dio se le quitaría como a ingrato; amenazas vanas y sin fuerzas para ejecutarlas.

 

Al mismo tiempo que con mayor calor se trataban estos pleitos falleció doña Leonor, reina de Navarra, en Pamplona a los 5 de marzo. Yace en la iglesia mayor de aquella ciudad en un sepulcro de alabastro con su letra que esto declara.

 

 

 

 

VIII. De la muerte del rey don Fernando

 

La indisposición del rey don Fernando continuaba; tenía gran deseo de volverá Castilla por probar si con los aires naturales, remedio a las veces muy eficaz, mejoraba. A los dolientes, en especial con las bascas de la muerte, se les suelen antojar sus esperanzas. Demás que pretendía mirar por el bien de Castilla como cosa que por el deudo y el cargo que tenía de

 

 

 

 

 

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gobernador mucho le tocaba. En particular deseaba que aquel reino alzase la obediencia a Benedicto a ejemplo de Aragón y que de todo punto le desamparase. Con este propósito de Perpiñán dio la vuelta a Barcelona; desde aquella ciudad, pasados los fríos del invierno, al principio del verano se puso en camino para Castilla. Con el movimiento se le agravó la dolencia; que en cuerpos enfermos y flacos cualquiera ocasión los altera. Reparó en Igualada, seis leguas de Barcelona. Allí le desahuciaron los médicos, y recibidos los sacramentos como buen cristiano, pasó de esta vida, jueves, a los 2 de abril. Príncipe dotado de excelentes partes de cuerpo y alma, presencia muy agradable, y que no tenía menos autoridad que gracia, de grande ingenio y destreza en granjear las voluntades y aficionarse la gente, no sólo después que fue rey, sino en el reino de otro; cosa más dificultosa. No faltó quien le tachase de algunas cosas, en especial que en su habla y acciones era tardo, que desamparó a Benedicto y se aprovechó de las rentas reales de Castilla, que era pródigo de lo suyo, y codicioso de lo ajeno para suplir lo que derramaba. A los grandes personajes sigue la envidia, y nadie vive sin tacha. Reinó por espacio de tres años, nueve meses y veintiocho días. Su cuerpo yace en Poblet en un sepulcro humilde y muy ordinario.

 

En su testamento, que otorgó los meses pasados en Perpiñán, heredó a sus hijos en esta forma: a don Juan en el estado de Lara junto con Medina del Campo y la villa de Momblanc, con título de duque, que le mandó, en Cataluña; item, otros muchos pueblos. A don Enrique dejó a Alburquerque, a don Sancho a Montalván. Por heredero del reino nombró al príncipe don Alonso, su hijo mayor. Caso que todos los hermanos faltasen sin dejar sucesión, llamó a la corona los hijos y nietos de las infantas doña María y dona Leonor, sus hijas, si bien a ellas mismas dejó excluidas, de la sucesión; cláusula digna de memoria, más que ya otra vez se estableció en aquel reino lo mismo, según que en otro lugar queda declarado. La muerte del rey don Fernando fue ocasión que Castilla por algún tiempo se mantuviese en la devoción de Benedicto. Tenía en ella muchos obligados con beneficios y gracias; en especial los arzobispos, el de Toledo y el de Sevilla, don Sancho de Rojas y don Alonso de Ejea, se mostraban muy declarados en su favor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IX. De la elección del papa Martino V

 

En Castilla resultaron nuevas alteraciones y bullicios, principios de mayores males y muestra de cuánto importaba para el sosiego de la España la prudencia y el valor del rey don Fernando. La reina doña Catalina, luego que, como es de costumbre, hizo las honras del rey, su cuñado, en Valladolid, ella sola se apoderó de todo el gobierno del reino. La crianza del rey encomendó al arzobispo de Toledo junto con Juan de Velasco y Diego López de Zúñiga, justicia mayor. Quejábanse muchos que en el repartimiento de oficios y cargos no les cupo parte, sobre todos se señalaban en esto el almirante don Alonso Enríquez y el condestable don Ruy López Davalos, disgustos que amenazaban mayores revueltas y daños. Con mejor acuerdo por principio del año que se contaba 1417, asentaron treguas con el rey de Granada por término de dos años, en que le sacaron por condición diese en cada un año libertad a cien cautivos cristianos.

 

Los prelados que continuaban en el concilio de Constancia acudían a todas las partes, y cuidaban de lo que concernía al buen estado de la Iglesia y a su pacificación. Para sosegar las revueltas de Bohemia y reducir a los herejes procuraron muy de veras que sus cabezas y caudillos, Jerónimo de Praga y Juan Hus, viniesen a aquella ciudad con salvoconducto que el emperador les dio para su seguridad. El mal de la herejía es casi incurable, mayormente cuando está muy arraigado. Huyeron los dos de Constancia, prendiéronlos en el camino personas que para ello enviaron, y traídos a la ciudad, los quemaron públicamente; castigo por ellos bien merecido, pero en que muchos dudaron si fuera más expediente que se les guardara la seguridad que les dieron, si bien constaba cometieron en la cindad, y por el camino delitos por que no se les debía guardar. Castigados los herejes y condenadas sus herejías, volvieron su pensamiento a componer las revueltas de la Iglesia. A Benedicto, que de los tres pontífices todavía continuaba en su contumacia, le excomulgaron a los 26 de julio, y le despojaron del pontificado y derecho que podía tener a las llaves de San Pedro.

 

Publicada esta sentencia, dieron orden en nombrar de conformidad un nuevo papa. Hallábanse presentes veintidós cardenales de las tres obediencias de los papas depuestos. Juntaron con ellos otros treinta electores, parte obispos, parte personas principales. Encerráronse los unos

 

 

 

 

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y los otros en cónclave. Vinieron todos sin faltar uno de conformidad en nombrar por pontífice al cardenal Otón Columna, natural de Roma. Hízose la elección a los 11 de noviembre. Llamóse en el pontificado Martino V. El contento que resultó de esta elección, así en la ciudad de Roma como en las demás naciones por cuanto se extendía la cristiandad, fue cual se puede pensar. Parecíales que después de muy espesas tinieblas les amanecía una mañana muy clara, y una luz muy alegre se mostraba a las tierras; ca todos, olvidadas las aficiones pasadas, se conformaron y prestaron obediencia al nuevo Pontífice. Solamente el rey de Escocia y el conde de Armeñaque tuvieron recio por algún tiempo con Benedicto y algunos pocos cardenales que le acompañaron cuando se salió de Perpiñán; pero también le dejaron poco adelante. Disolvióse con tanto el concilio; bien que para adelante dejaron aquellos padres decretado que dende a cinco años se juntase concilio general la primera vez, la segunda desde a otros siete años, el tercero se celebrase diez años después del segundo, y así se guardase perpetuamente que cada diez años se juntase concilio general.

 

Despachó el nuevo pontífice dos monjes del Císter para avisar a Benedicto se conformase con la voluntad de todos los prelados, y a sus cardenales procurasen le desamparasen. En Benedicto no pudieron hacer mella por su condición. Los cuatro cardenales que tenía, con promesa que les hicieron de conservarlos en aquel grado de cardenales y hacerles nuevas gracias, todos españoles, le dejaron luego y se fueron al nuevo y verdadero papa, que hallaron en Florencia. El más principal era don Alonso Carrillo, cardenal de San Eustaquio y obispo de Sigüenza, deudo del otro cardenal don Gil de Albornoz, y tío de don Alonso Carrillo, que adelante fue arzobispo de Toledo.

 

Este mismo año fue muy desgraciado para Francia; para Castilla alegre por la navegación que por voluntad de la reina de Castilla y licencia que dio el rey don Enrique antes de su muerte, se tornó de nuevo a hacer a las islas Canarias; camino para sujetarlas, como a la verdad se apoderó delas cinco Juan Bentacurt, de nación francés, caudillo de esta empresa. Sucedióle Menaute, su deudo. El papa Martino proveyó por obispo de aquellas islas a un fraile, por nombro Mendo. Resultaron entre los dos diferencias; acudió Pedro Barba con tres naves por orden del rey. Este compró a dinero las islas de Menaute, y las vendió a Pedro de Peraza, ciudadano principal de Sevilla, cuyos descendientes las poseyeron hasta los tiempos del rey don Fernando el Católico, que las acabó de sujetar

 

 

 

 

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finalmente, como queda de suso declarado, y las incorporó en la corona de Castilla. Esto es lo que toca a España.

 

Las desgracias de Francia se encaminaron de esta manera: Enrique, quinto de este nombre, rey de Inglaterra, pidió a Carlos VI, rey de Francia, le diese por mujer a su hija madama Catalina. No vino en ello el francés, de que el inglés se tuvo por agraviado. Para vengar esta afrenta pasó en una armada muy gruesa a Normandía. Ganó una grande victoria de los franceses, en que prendió a los duques de Orleans y de Borbón. Púsose otrosí sobre Ruan, cabeza de Normandía, que al fin ganó, aunque con trabajo y tiempo. No pararon en esto las desgracias, antes la reina Isabel de Francia se partió de su marido, y con su hija Catalina se retiró a Turon. Desde allí llamó al duque de Borgoña en su favor, que acudió luego con gente por no perder la ocasión que se le presentaba de satisfacerse de los disgustos pasados. Apoderóse, no sólo de la reina y de su hija, sino del mismo rey y de la ciudad de París. Restaba Carlos, el delfín, heredero de aquella corona, el cual con gentes que pudo juntar, reparaba aquellos daños y hacía rostro a los ingleses y borgoñones. Para divertir al duque de Borgoña procuró verse con él. Señalaron de acuerdo para la habla una puente del río Secuana, en aquella parte en que el río Icauna desagua en él. Para mayor seguridad atajaron la puente con una verja de madera; solo dejaron un postigo por de se podía pasar, pero bien cerrado y asegurado. Concertaron otrosí que acompañasen a los príncipes cada diez hombres armados.

 

Acudieron al tiempo aplazado. El delfín saludó al duque con rostro ledo y alegre semblante, y convidóle a pasar do él estaba. Aseguróse el duque del buen talante con que le habló; abierto el postigo, pasó como se le rogaba. Trabóse cierta pasión y riña entre los soldados, si acaso, si de propósito, no se averigua. Resultó que el Borgoñón quedó muerto, cuya vida si fue perjudicial para Francia, no menos lo fue su muerte, a causa que el duque Felipe por satisfacerse de la muerte de su padre entregó al inglés los rey y reina de Francia con su hija Catalina y la ciudad de París, de que procedieron males sin cuento y sin término, enemigas, quemas, muertes y robos. Pero estas cosas avinieron algún tiempo adelante, y por ser extrañas no nos incumben ni queremos particularizarlas más.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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X. Otros casamientos de príncipes

 

La reina doña Leonor de Aragón, después de la muerte del rey, su marido, se retiró a Castilla, y en Medina del Campo con la compañía de sus hijos, que le quedaron muchos, y otros honestos entretenimientos pasaba su viudez y soledad. Comenzóse a mover plática que su hija la infanta doña María casase con el rey de Castilla. Extrañaba la reina doña Catalina, su madre, este casamiento. Excusábase con la poca edad del rey, como quier que a la verdad de secreto se inclinase más a casarle en Portugal con la infanta doña Leonor, que demás de ser su sobrina, parecía así a ella como a los más de los cortesanos sería a propósito para atar aquellos dos reinos con un vínculo muy fuerte de perpetua concordia. Creemos fácilmente lo que deseamos. Desbarató la muerte estos intentos, que sobrevino de repente a la reina doña Catalina en Valladolid, jueves, a los 2 de junio del año 1418. Su edad de cincuenta años, el cuerpo grande y grueso, en la bebida algo larga conforme a la costumbre de su nación, la condición sencilla y liberal; virtudes de que se aprovechaban para sus particulares y para malsinar a otros y desdorarlos los que le andaban al lado, que los más eran gente baja. Estos eran sus consejeros y sus ministros, grave daño, y más en príncipes tan grandes. Sepultáronla en la capilla real de Toledo en propio lucillo, en que fundó quince capellanías, y las añadió a las de antes para que se hiciesen sufragios ordinarios por las ánimas suya y del rey, su marido.

 

Con la muerte de la reina se trocaron y alteraron las cosas en gran manera. El rey, sin embargo de su poca edad, salió de la tinieblas en que su madre le tuvo muy retirado, y comenzó en parte por sí mismo a gobernar el reino, ayudado del consejo de algunos personajes que le asistían. Entre los demás se señalaba el arzobispo de Toledo, que por ser de gran corazón, muy codicioso de honra y entremetido, se apoderó del gobierno, de suerte que en nombre del rey lo pretendía todo trastornar a su albedrío. Acudieron de Francia dos embajadores para solicitar les socorriesen en aquel aprieto en que aquel reino se hallaba. La respuesta fue excusarse con la poca edad del rey y las alteraciones, que unas comenzaban, y otras se temían. Volvióse a la plática de casar al rey. El de Toledo reconocía todo lo que era y valía de los reyes de Aragón; así hizo instancia, y finalmente concluyó que el casamiento de Aragón se antepusiese al de Portugal. Celebráronse los desposorios entre el rey don Juan y la infanta doña María

 

 

 

 

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con grandes fiestas en Medina del Campo a los 21 de octubre. Entre las capitulaciones matrimoniales que asentaron, una fue que la infanta doña Catalina, hermana menor del rey don Juan, casase con uno de los infantes de Aragón. No señalaron por entonces alguno de ellos a causa que don Juan, el mayor de los hermanos por casar, andaba en balanzas sin resolverse en qué parte casaría. Primero estuvo concertado con doña Isabel, hija del rey de Navarra. Desistió de este casamiento, cebado de la esperanza que se le mostró de casar con Juana, reina de Nápoles, engañosa y vana como de suso se tocó, y la infanta casó con el conde de Armeñaque.

 

Entretúvose por algún tiempo el infante don Juan en el gobierno de Sicilia en lugar de la reina doña Blanca, que su padre el rey de Navarra procuró diese la vuelta, por ser la mayor de sus hermanas y heredera de la corona. Muchos príncipes pretendieron casar con ella, movidos de sus prendas y más del gran dote que esperaba. El rey, su padre, finalmente antepuso a los demás competidores al ya dicho infante don Juan por sus buenas partes y por la esperanza que se tenía en juntar lo de Navarra y lo de Aragón, por no tener sucesión el rey don Alonso, su hermano. El dote de presente fueron cuatrocientos y veinte mil florines. Púsose por condición que, caso que doña Blanca muriese, puesto que no dejase hijos, su marido después de sus suegros por todo el tiempo de su vida se intitulase y fuese rey de Navarra. Hiciéronse los desposorios en Olite por poderes. El procurador de parte del infante, que hizo sus veces, Diego Gómez de Sandoval, sobrino del arzobispo de Toledo, adelantado de Castilla y mayordomo mayor del infante, su muy privado, y que por esta causa adelante alcanzó gran poder y estado, y aún finalmente los vientos favorables se le trocaron en contrarios y corrió fortuna, como se notará en otro lugar. Cuando se celebraron los desposorios de Navarra corría el año de nuestra salvación de 1419. En el mismo el gran predicador y varón apostólico fray Vicente Ferrer, gran gloria de Valencia, su patria, y de la orden de los Predicadores, pasó de esta vida mortal a la eterna en Vanes, ciudad de la Bretaña, a los 5 de abril. Sus grandes virtudes y los milagros, muchos y maravillosos, que obró en vida y después de muerto, le pusieron poco adelante en el número de los santos. Su cuerpo sepultaron en la iglesia mayor de aquella misma ciudad. Volvamos a lo que del rey don Juan de Castilla se queda atrás.

 

 

 

 

 

 

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XI. De las alteraciones de Castilla

 

Los reinos de Castilla se comenzaban a alterar no de otra guisa que una nave sin gobernalle y sin piloto azotada con la tormenta de las hinchadas y furiosas olas del mar. Los grandes traían entre sí diferencias y pasiones. El rey por su poca edad y no mucha capacidad no tenía autoridad para enfrenarlos. Al arzobispo de Toledo, que ponía la mano en todo, muchos le envidiaban, y llevaban mal pudiese más un clérigo que toda la nobleza. Acudieron al rey, diéronle por consejo tomase la entera y libre administración del reino; que la edad de catorce años que tenía era bastante para ello y legal. Con este acuerdo se juntaron Cortes en Madrid, en que se hallaron grandes y muchos personajes de gran calidad. A los 7 de marzo, ya que los tenían juntos en el alcázar de aquella villa, el arzobispo de Toledo con un razonamiento muy pensado declaró la voluntad que el rey tenía de salir de tutorías y encargarse del gobierno. Respondió y otorgó en nombre de los congregados y del reino el almirante don Alonso Enríquez. Siguióse el aplauso de los demás que presentes se hallaron a este auto y solemnidad.

 

La poca edad del rey tenía necesidad de reparo. Recibió en su consejo y mantuvo a todos los que en tiempo de su padre y sus tutorías tuvieron aquel lugar. Para despachar las cosas de gracia señaló al arzobispo de Toledo, al almirante, al condestable, y con ellos a Pero Manrique, adelantado de León, y Juan Hurtado de Mendoza, su mayordomo mayor, y que Gutierre Gómez de Toledo, arcediano de Guadalajara, ordenase y refrendase las cédulas reales. Agravióse de esto el arzobispo de Toledo, que pretendía le pertenecía aquel oficio como a chanciller mayor que era de Castilla. Andaban en aquella corte entre otras personas de cuenta los infantes de Aragón don Juan y don Enrique, maestre de Santiago; el arzobispo de Toledo para tener más mano y afirmarse contra sus émulos procuró conquistarlos con todo género de caricias y buena correspondencia. Todo se enderezaba a continuar en el gobierno, de que era muy codicioso y de que estaba asaz apoderado.

 

De Madrid fue el rey con su corte a Segovia, ciudad puesta entre montes y a propósito para pasar los calores del verano. Levantóse de repente un alboroto de los del pueblo contra la gente del rey y sus cortesanos. Estuvieron a pique de venir a las puñadas, y la misma ciudad de ensangrentarse. Los infantes ya dichos de Aragón poco se conformaban

 

 

 

 

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entre sí; mando y privanza no sufren compañía. Andaban como en celos cada cual con intento de apoderarse de la persona del rey y del gobierno, cosa que les parecía fácil por su poca edad, y no querían dar parte a nadie ni aún a su mismo hermano. Resultaron con esto sospechas, dividiéronse los grandes y caballeros en dos bandos; a don Enrique favorecían el condestable don Ruy López Dávalos y Pedro Manrique; al infante don Juan asistían don Fadrique, conde de Trastámara, y el de Toledo.

 

La edad del rey era flaca, y que se mudaba fácilmente, sus enojos repentinos, las caricias que hacía fuera de tiempo; cosas que la una y la otra a cualquier príncipe están mal, por donde más era menospreciado que temido. El cuerpo conforme a la edad que tenía era grande y blanco, pero de poca fuerza, el rostro no muy agraciado, la condición mansa y tratable. Deleitábase en la caza y en justas y torneos; era aficionado a los estudios y letras, y hallábase de buena gana en los razonamientos en que se trataba de cosas eruditas. Hacia él mismo metros, y trovaba no muy mal en lengua castellana. Estas virtudes, que comenzaron a mostrarse desde niño, con la edad llegaron a madurarse y hacerse mayores; todas empero las estragaba el descuido y poca cuenta que tenía de las cosas y del gobierno. Oía de mala gana y de prisa; sin oír, ¿cómo podía resolverse en negocios tan arduos como se ofrecían? En suma no tenía mucha capacidad, ni era bastante para los cuidados del gobierno. Esto dio a sus cortesanos entrada para adquirir gran poder, en especial a Álvaro de Luna, que comenzaba ya a tener con él más familiaridad y privanza que los demás. Por temer esto la reina; su madre, le despidió de palacio los años pasados, y le hizo que volviese a Aragón, en que acertó sin duda; pero gobernóse imprudentemente en tener al rey, como le tuvo hasta su muerte, encerrado en Valladolid en unas casas junto al monasterio de San Pablo por espacio de más de seis años, sin dejarle salir ni dar licencia que ninguno le visitase fuera de los criados de palacio. En lo cual ella pretendía que no se apoderasen de él los grandes y resultase alguna ocasión de novedades en el reino; miserable crianza de rey, sujeta a graves daños, que el gobernador de todos no ande en público ni le vean sus vasallos, tanto, que aún a los grandes que le visitaban, no conocía; que quitasen al príncipe la libertad de ver, hablar y ser visto, y como metido en una jaula le embraveciesen y estragasen su buena y mansa condición, cosa indigna.

 

¿Como pollo en caponera me pongas tú a engordar al que nació para el sudor y para el polvo? ¿En la sombra y entre mujeres se críe a manera de

 

 

 

 

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doncella aquel cuyo cuerpo debe estar endurecido con el trabajo y comida templada para resistir a las enfermedades y sufrir igualmente en la guerra el frío y los calores? ¿Con los regalos quieres quebrantar el ánimo, que de día y de noche ha de estar como en atalaya mirando todas las partes de la república? Ciertamente esta crianza muelle y regalada acarreará gran daño a los vasallos; la mayor edad será semejable a la niñez y mocedad flaca y deleznable, dada a deshonestidad y a los demás deleites, como se ve en gran parte en este príncipe. Porque muerta la reina, como si saliera de las tinieblas y casi del vientre de su madre de nuevo a la luz, perpetuamente anduvo a tienta paredes. Con la grandeza de los negocios se cansaba y ofuscaba. Por esto se sujetó siempre al mando y albedrío de sus palaciegos y cortesanos, cosa de gran perjuicio y de que resultaron continuas alteraciones y graves. Dirá alguno; reprehender estos vicios es cosa fácil, ¿quién los podrá enmendar? ¿Quién se atreverá a afirmar lo que es muy verdadero, que a las mujeres conviene el arreo y el regalo, a los príncipes el trabajo desde su primera edad? ¿Quién, digo, se atreverá a decir esto delante de aquellos que ponen la felicidad del señorío, y la miden con el regalo, lujuria y deleites, y tienen por el principal fruto de la vida servir al vientre y a las otras partes más torpes del cuerpo? Demás de esto, ¿quién persuadirá esta verdad a los que tienen por género de muy agradable servicio conformarse con los deseos de los príncipes y con sus inclinaciones para por allí medrar? Dejemos pues estas cosas, y volvamos a nuestro cuento.

 

En el principio del año siguiente, que se contó de 1420, pasó el rey a Tordesillas, villa de Castilla la Vieja. Don Enrique, maestre de Santiago, o por pretender casarse con la infanta doña Catalina, o con intento de sujetar sus contrarios, acompañado de los suyos entró en aquel lugar, prendió a Juan Hurtado de Mendoza, mayordomo de la casa real, y a otros del palacio; con tanto se apoderó del mismo rey a 12 del mes de junio, y le quitó la libertad de ir a parte ninguna o determinar algún negocio; gran vergüenza y grave afrenta del reino que el rey estuviese cercado, preso y encerrado por sus vasallos. Movidos de esta indignidad los demás grandes de la provincia, acudieron a las armas, por su caudillo el infante don Juan de Aragón, que, celebrado que hubo sus bodas en Pamplona, concluidas las fiestas y gustados en ellas no más de cuatro días, se partió para Castilla, movido de la fama de lo que sucediera y por las cartas de muchos que le llamaban. En Ávila se celebraron las bodas del rey de Castilla con

 

 

 

 

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pequeño aparato y pocos regocijos por estar ausente gran parte de los grandes y el rey detenido a manera de preso. Don Enrique para su seguridad y para fortificarse tenía en aquella ciudad tres mil de a caballo; don Juan, su hermano, se entretenía en Olmedo, con igual número de caballos, que tenía alojados por los lugares comarcanos; concurrían a él de toda la provincia, los menores, medianos y mayores trataban de vengar la injuria del rey y mengua del reino. Procuróse que los infantes hermanos se viesen; no se dio lugar a esto, ni permitieron que el infante don Juan se pudiese ver con el rey.

 

El infante don Enrique, maguer que a la sazón apoderado de todo, cuidadoso de lo de adelante, procuró se tuviesen Cortes en aquella ciudad. Nadie tenía libertad para tratar los negocios por estar la ciudad llena de soldados, y el lugar en que se juntaban cercado de hombres armados. Con esto don Enrique por Cortes fue dado por libre de toda culpa de lo que hasta allí se le podía imputar; nadie se atrevió a contradecirlo ni hablar, en tanto grado, que como por galardón y pago de aquella hazaña con voluntad del rey se alcanzó del pontífice Martino V que el maestrazgo de Santiago con todas sus rentas y estado quedase por juro de heredad a los descendientes de don Enrique, que fuera una nueva plaga de España y un gravísimo daño, si el rey no revocara aquel decreto llegado a mayor edad. Lo que sólo restaba, la infanta doña Catalina era la que principalmente hacía resistencia a los intentos de don Enrique. Decía claramente no quería por marido el que con armas y fieros pretendía alcanzar lo que debiera con servicios, agrado y buena voluntad. Todavía vencida su flaqueza o inconstancia, aquellas bodas se celebraron con grandes regocijos en Talavera, villa principal cerca de Toledo, do el rey se pasó desde Avila. Diéronle en dote el señorío de Villena con nombre de duque. A Álvaro de Luna, el principal entre los palaciegos, por lo que en esto trabajó, le fue hecha donación de Santisteban de Gormaz, principio y escalón para subir al gran poder que tuvo, y alcanzar tantas riquezas como juntó adelante.

 

Por este tiempo cada día en Cataluña bramaba la tierra y temblaba toda desde Tortosa hasta Perpiñán. Junto a Gerona estaba un pueblo, llamado Amer, en que se abrieron dos bocas de fuego que abrasaba los que se llegaban a dos tiros de piedra. De otra boca junto a las de fuego salía agua negra, y a media legua se mezclaba con un río, que debía ser Sameroca, con que aquel pueblo se destruyó, y los peces del río murieron. Era el olor del agua tan malo, que las aves batían las alas cuando por allí pasaban;

 

 

 

 

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extendíase tanto, que llegaba hasta Gerona con estar apartada de allí y distante cuatro leguas.

 

En Salamanca por el mismo tiempo se edificaba el colegio de San Bartolomé a costa de don Diego de Anaya, que en el mismo tiempo del concilio constanciense fue de Cuenca trasladado al arzobispado de Sevilla. Diole grandes rentas con que buen número de colegiales se pudiesen sustentar, a la manera del colegio de Bolonia, que el cardenal don Gil de Albarnoz dejó allí fundado para quemen él estudiasen mozos españoles. Viole don Diego de Anaya a su pasada por Talia; determinóse de hacer otro tanto. Ejemplo de liberalidad que imitaron personas principales en toda España, ca edificaron los años adelante colegios semejantes, de donde como de castillos roqueros ha salido gran número de varones excelentes en todo género de letras. En aquella misma ciudad y universidad se fundaron con el tiempo otros tres, que se llaman mayores; en Valladolid el cuarto, el quinto en Alcalá, los menores apenas se pueden contar.

 

En el mismo tiempo se abría puerta a los aragoneses y portugueses para adquirir nuevos estados. Fue así, que don Enrique, hijo del rey de Portugal, por el conocimiento que tenía de las estrellas, profesión en que gastó gran parte de su vida, sospechó que en la anchura del mar Océano se podría abrir camino para descubrir nuevas islas y gentes no conocidas. Acometió con diversas flotas que envió para este efecto si podría hacer algo que fuese de provecho. Por este modo entre Lisboa y las islas de Canaria, casi en medio de aquel espacio, este año hallaron una isla, aunque pequeña, pero que goza de muy buen cielo y tierra fértil, como lo mostraban los bosques espesos que en ella hallaron a propósito para cortar muy buena madera, de donde se llamó la isla de la Madera. De este principio, costeando las riberas de África, poco a poco parte este infante, y más los reyes adelante, llegaron con esfuerzo invencible hasta lo postrero de levante, corrieron las marinas del Asia, la India y la China con gran gloria del nombre portugués y provecho no menor.

 

Tenía cercada dentro de Nápoles a la reina doña Juana Luis, duque de Anjou. La causa de hacerle guerra era la enemiga que de antiguo tenía con aquellos reyes y las deshonestidades poco recatadas de la misma reina, a las cuales como quier que el conde Jaques, su marido, no pudiese poner remedio, ni las pudiese sin gran mengua suya disimular, vuelto a Francia, algún tiempo después renunciada la vida de señor, se hizo fraile de San Francisco. El que principalmente ayudaba al duque de Anjou era Mucio

 

 

 

 

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Esforcia, capitán de gran nombre en aquella sazón, esto por envidia que tenía a Bracio de Monton, otro capitán a quien la reina daba más favor. Las cosas y fuerzas de la reina se hallaban en gran peligro y casi acabadas cuando don Alonso, rey de Aragón, quinto de este nombre, muy esclarecido por la excelencia de sus virtudes y por haber frescamente domado y sosegado a Cerdeña, fue llamado y convidado a dar socorro a los cercados, con esperanza que le daban de que sucedería en el reino de Nápoles por adopción que la reina, por no tener hijo ninguno, le ofrecía hacer de su persona y prohijarle. No dejó pasar la ocasión que sin procurarla se le ofrecía de ensanchar su reino; así, con una armada que envió desde Cerdeña, hizo alzar el cerco de Nápoles. El premio de este trabajo y de esta ayuda fue que en una junta de señores que se tuvo en aquella ciudad se otorgó y publicó la escritura de la adopción, a 16 de septiembre, y el pontífice romano algún tiempo después asimismo la tuvo por buena. No trato del derecho que tuvieron para hacer esto, por ser la disputa más fácil que necesaria. Sin duda de este principio largas y perjudiciales guerras nacieron entra franceses y españoles, trabadas unas de otras hasta nuestra edad.

El mismo rey don Alonso, sujetado que hubo a Cerdeña y desamparado a Córcega para que los genoveses se apoderasen de ella, se apresuró para pasar en Sicilia. Llegó a Palermo en breve; el deseo y esperanza que tenía de asegurarse en la sucesión del nuevo reino le aguijonaba; el cuidado era tanto más encendido, que cierto matemático cinco años antes de esto le dijo, consideradas las estrellas, o por arte más oculta: «El cielo, rey don Alonso, te pronostica grandes cosas y maravillosas. Los hados te llaman al señorío de Nápoles, que será breve al principio; no te espantes, no pierdas el ánimo. Dásete cierta silla, grandes haberes, muchos hombres. Vuelto que seas al reino, serán tan grandes las riquezas, que hasta a tus cazadores y monteros darás grandes estados. Confiado en Dios pasa adelante a lo que tu fortuna y tu destino te llama, seguro que todo te sucederá prósperamente y conforme a tu voluntad y deseo».

 

 

 

 

XII. Cómo fue preso don Enrique, infante de

 

Aragón

 

 

 

 

 

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No pararon en poco las alteraciones y graves desmanes de Castilla; la flojedad del rey era la causa y sobre esto haberle quitado la libertad, de que resultaron discordias civiles y prisiones de grandes personajes y miedos de mayores males que de esto se siguieron. Estaba la corte en Talavera, como poco antes queda dicho; el rey mostraba no hacer caso ni cuidar de su injuria, antes se deleitaba y entretenía en cazar. Con esta color salió del lugar a 29 de noviembre y se fue a Montalván, que es un castillo puesto y asentado en un ribazo de tierra, casi en medio de Talavera y Toledo, a la ribera del río Tajo, de campos fértiles y abundantes. Persuadióle que huyese e hízole compañía Álvaro de Luna, que ya por este tiempo estaba apoderado del rey; otro género de prisión no menos menguada y perjudicial. Llevó mal esto el infante don Enrique; recelábase de lo que había hecho, y por la mala conciencia temía lo que merecía. Por esta causa con nuevo atrevimiento, juntadas arrebatadamente sus gentes, puso cerco a Montalván, bien que no le combatió por tener en esto sólo respeto al rey, que dentro se hallaba. Concurrían los grandes para vengar este nuevo desacato; estos eran el arzobispo de Toledo, el infante don Juan, el almirante don Alonso Enríquez; pero corría igual peligro, y se sospechaba de cualquiera parte que venciese no se quisiese apoderar de todo. En el entre tanto comenzó a sentirse falta de mantenimiento en el castillo, tanto, que se sustentaban de los jumentos y caballos y otros manjares sucios y profanos. Al fin, por mandado del rey, aunque cercado y por miedo de los que a su defensa acudieron, a los 10 de diciembre se alzó el cerco; don Enrique se fue a Ocaña, villa de su jurisdicción y maestrazgo, con intento de defenderse con las armas si le hiciesen guerra y en ocasión volver a sus mañas.

 

El rey, ido don Enrique, dio la vuelta a Talavera; en el camino le salieron al encuentro los infantes de Aragón, don Juan y don Pedro, su hermano; saludáronse entre sí, reprehendieron el atrevimiento de don Enrique, comieron con el rey en el castillo de Villalva, que está cerca de Montalván, hubo de la una parte y de la otra muchas caricias y cumplimientos, todos engañosos y dobles. Mandóles el rey que volviesen atrás, porque también esto le aconsejó Álvaro de Luna, que pretendía solo apoderarse de todo y subir a la cumbre para con mayor ímpetu despeñarse. Mudóse con esto el estado de la cosas y trocóse la fortuna de las parcialidades. El rey se fue a Talavera para celebrar en aquella villa las fiestas de Navidad al principio del año 1421. De allí se fue a Castilla la

 

 

 

 

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Vieja, do tenía mayores fuerzas y más llanas las voluntades de los naturales.

 

Don Enrique de Aragón tenía en dote el estado de Villena, como poco antes queda dicho, con gran pesar y disgusto de los naturales, que decían no era duradero lo que por fuerza se alcanzaba, ni justo contra las leyes y privilegios de los reyes pasados enajenar aquel estado, que poco antes rescataron a dineros porque no viniese en poder del rey de Aragón. ¿Qué otra cosa era entregar tan principal estado en la raya del reino a don Enrique, sino poner a peligro la salud pública y abrir puerta a los aragoneses para hacerse señores de Castilla? De la alteración de las palabras se procedió y vino a las armas. Don Enrique, como era de su natural arrojado y persona a quien contentaban más los consejos atrevidos que los templados, con soldados que envió se apoderó y guarneció todos aquellos lugares y estado, sacado sólo Alarcón, que se defendió por la fortaleza del sitio. Mandóle el rey en esta sazón dejar las armas y despedir los soldados. No obedeció; por esto y por mandado del rey y con sus fuerzas le fue quitado aquel estado. Revocóse demás de esto lo que tenían concertado del maestrazgo de Santiago, es a saber, que los descendientes de don Enrique le heredasen.

 

A estos principios se siguió gran peso y balumba de cosas, porque don Enrique, movido del sentimiento de aquella injuria partió de Ocaña, resuelto de ir en busca del rey. Llevaba consigo para su guarda y seguridad mil quinientos de a caballo. Llegó a Guadarrama, pasó los puertos sin reparar hasta donde el rey se entretenía en Arévalo. Corría peligro no se viniese a batalla y a las manos. La reina doña Leonor, cuidadosa de la salud de su hijo don Enrique, hablaba ya a los unos, ya a los otros, y procuraba sosegar aquella tempestad, que amenazaba mucho mal. Lo mismo hizo don Lope de Mendoza, arzobispo de Santiago. Persuadieron a don Enrique despidiese sus gentes. Decían ser cosa de mala sonada y mal ejemplo querer por armas y por fuerza alcanzar lo que podía por las leyes y justicia. ¿Qué podía esperar con tener empuñadas las armas? Como antes con fieros semejantes cometiese crimen contra la majestad; que si las dejaba, todo se haría a su voluntad. Avisáronle que a pocos sucedió bien irritar la paciencia de los reyes, que tienen los ímpetus, aunque tardíos, pero vehementes y bravos. De esta manera se dejaron por entonces las armas.

 

 

 

 

 

 

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Doña Blanca, hija del rey de Navarra, a 29 de mayo parió en Arévalo un hijo de su marido, que del nombre de su abuelo materno se llamó don Carlos. Sacóle de pila el rey de Castilla, y por su acompañado Álvaro de Luna, al cual quiso el rey hacer esta honra; ninguna de estas cosas por entonces parecía demasiada por ir en aumento su privanza.

 

Las Cortes del reino se convocaron primero para Toledo, y después para Madrid; con esta determinación el rey y la reina partieron para Castilla la Nueva. Llegaron a Toledo a 23 de octubre. Don Enrique de Aragón, el condestable don Ruy López Dávalos, el adelantado Pedro Manrique, llamados a estas Cortes, se excusaban por las enemistades que con ellos tenían algunas personas principales.

 

Entre tanto que esto pasaba en Castilla, don Alonso, rey de Aragón, y Luis, duque de Anjou, contendían grandemente sobre el reino de Nápoles; don Alonso se estaba dentro de la ciudad de Nápoles; Aversa, que cae allí cerca, se tenía por los franceses; de una parte y de otra se hacían correrías y cabalgadas. Cerra, un pueblo cuatro millas de la ciudad de Nápoles, fue cercada por las gentes de Aragón; y aunque se defendió largamente por el sitio del lugar y valor de la guarnición, en fin se rindió a don Alonso. Don Pedro, infante de Aragón, movido, así por las cartas del rey, su hermano, como de su voluntad, con licencia del rey de Castilla se partió para aquella guerra de Nápoles al principio del año 1422.

En Madrid se hacían y continuaban las Cortes generales. Hallóse presente don Juan, infante de Aragón, y otros señores en gran número. El arzobispo de Toledo; por estar doliente, no se pudo hallar presente. Don Enrique y sus consortes, porque el rey les quería hacer fuerza si no venían a las Cortes, trataron entre sí el negocio, y resolvieron que don Enrique y Garci Fernández Manrique, adelante conde de Castañeda, obedeciesen; mas el condestable y Pedro Manrique se quedasen en lugares seguros para todo lo que pudiese suceder. A 13 de junio don Enrique y Garci Fernández entraron en Madrid. Recibiéronlos bien y aposentáronlos amorosamente; el día siguiente, como llamados por el rey fuesen al alcázar a besarle la mano, los prendieron. A don Enrique enviaron en prisión al castillo de Mora; diose a Garci Álvarez de Toledo, señor de Oropesa, cuidado de guardarle, y al conde de Urgel, que desde los años pasados tenían preso en aquel castillo, pasaron a Madrid. En las Cortes pusieron acusación a estos señores de haber ofendido a la majestad y tratado con los moros de hacer traición a su príncipe y a su patria. Catorce cartas del condestable, escritas

 

 

 

 

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al rey Juzef, se presentaron y leyeron en este propósito. Pareció ser esto una maldad atroz; así, los bienes de don Enrique y Garci Manrique por sentencia de los jueces que señalaron fueron confiscados; lo mismo se determinó y sentenció de Pedro Manrique, que, avisado de lo que pasaba, era ido a Tarazona. Ordenóse otro tanto de los bienes del condestable, el cual, perdida la esperanza de ser perdonado, en compañía de doña Catalina, mujer de don Enrique, primero se recogió a Segura, pueblo asentado en lugares muy ásperos y de dificultosa subida hacia el reino de Murcia, después se fue a tierra de Valencia. Dejó en Castilla grandes estados que tenía, es a saber, a Arcos, Arjona, Osorno, Ribadeo, Candeleda, Arenas y otros pueblos en gran número; con que la casa de Dávalos de grandes riquezas y estado que tenía comenzó a ir de caída y arruinarse.

 

Levantáronse otrosí a nuevos estados diferentes casas y linajes, de nobles y ilustres personajes, como los Fajardos, los Enríquez, los Sandovales, los Pimenteles y los Zúñigas, no de otra guisa que de los pertrechos y materiales de alguna gran fábrica, cuando la abaten se levantan nuevos edificios. Rugióse por entonces que aquellas cartas del condestable eran falsas, y aún se averiguó adelante que Juan García, su secretario, las falseó por su misma confesión, que hizo puesto a cuestión de tormento. Disimulóse empero por ser interesados el rey y los que con aquellos despojos se enriquecieron, si bien justiciaron conforme a las leyes al falsario. A don Álvaro de Luna con esta ocasión dio el rey título de conde de Santisteban de Gormaz, y le nombró por su condestable. A don Gonzalo Mejía, comendador de Segura, se encargó que en lugar de don Enrique, maestre de Santiago, tuviese sus veces y la administración de aquel maestrazgo, con libre poder de hacer y deshacer.

 

Concluidas en un tiempo cosas tan grandes, el rey se fue a Alcalá; a la misma sazón parió la reina en Illescas una hija, a 5 de octubre, que se llamó doña Catalina, cosa que causó grande alegría a toda la provincia, no sólo por el nacimiento de la infanta, sino por entender que la reina no era mañera, y por la esperanza que concibieron que otro día pariría hijo varón. Esta alegría se escureció algún tanto con la muerte del arzobispo de Toledo, que en breve se siguió. Falleció de una larga enfermedad en Alcalá de Henares a 24 de octubre; su sepultura de mármol y de obra prima se ve en la capilla de San Pedro, parroquia de la iglesia mayor de Toledo, capilla que hizo él mismo edificar a su costa. En su lugar por votos del cabildo fue

 

 

 

 

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puesto don Juan Martínez de Contreras, deán que a la sazón era de Toledo, natural de Riaza, y que fue vicario general de su predecesor. El cabildo se inclinaba al maestrescuela Juan Álvarez de Toledo, hermano de Garci Álvarez de Toledo, señor de Oropesa. Interpúsose el rey, que cargó con su intercesión en favor del deán. Así salió electo, y luego se partió para Roma con intento de alcanzar confirmación de su elección del papa Martino V; tal era la costumbre de aquel tiempo; en ida y vuelta gastó casi dos años.

 

 

 

 

XIII. Cómo falleció el rey moro de Granada

 

En Toledo, para donde, acabadas las Cortes, se partió en breve el rey de Castilla, con su ida se mudó la forma del gobierno, por estar antes revuelta y sujeta a diferencias y bandos. Tenían costumbre de elegir para dos años seis fieles, tres del pueblo, y otros tantos de la nobleza. Éstos, con los dos alcaldes que gobernaban y tenían cargo de la justicia y con el alguacil mayor, representaban cierta manera de senado y regimiento, y gobernaban las cosas y hacienda de la ciudad. Podían entrar en las juntas que hacían y en el regimiento de los nobles todos los que quisiesen hallarse presentes, con voto en los negocios que se ventilaban; desorden muy grande por ser los regidores, parte inciertos, parte temporales. Diose orden en lo uno y en lo otro por mandado del rey, y decretóse que conforme a lo que el rey don Alonso, su tercer abuelo, estableció en Burgos, se nombrasen dieciséis regidores de la nobleza y del pueblo por partes iguales, los cuales fuesen perpetuos por toda su vida, y lo que la mayor parte de estos determinase, esto se siguiese y fuese valedero. Cuando alguno falleciese, sucediese otro por nombramiento del rey; camino por donde se dio en otro inconveniente, que los regimientos comenzaron a venderse en grave daño de la república; así muchas veces se vuelve en contrario lo que de buenos principios y con buenos intentos se encamina.

 

Con mayor ocasión algún tanto después se corrigió la forma del gobierno en Pamplona, que estaba dividida en tres gobernadores o alcaldes, que a otras tantas partes de la ciudad hacían justicia, conviene a saber, uno al arrabal, otro a la ciudad, el tercero a cierto barrio, que se llama Navarrería; cosa que causaba muchas veces alteraciones en materia de jurisdicción, como se puede creer por ser tantos los gobiernos. El rey

 

 

 

 

 

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don Carlos de Navarra ordenó que hubiese uno solo para hacer justicia, y con él diez jurados, que tratasen del bien público y de lo que a la ciudad toda era más cumplidero; demás de esto, que todos los ciudadanos se redujesen a un cuerpo y un juzgado.

 

A Juan, conde de Foix, de su mujer le nació un hijo, llamado don Gastón, que con la edad, por maravillosa mudanza de las cosas, vino a ser rey de Navarra los años siguientes por muerte del príncipe don Carlos, hijo de don Juan, infante de Aragón, y de doña Blanca, su mujer, que debía suceder adelante en el reino de su abuelo, y su padre de presente le envió juntamente con su madre para que ella estuviese en compañía del rey, su padre, y el niño se criase en su casa. Luego que el niño llegó, fue nombrado por príncipe de Viana con otras muchas villas que le señalaron, en particular a Corella y a Peralta, cosa nueva en Navarra, pero tomada de las naciones comarcanas y a su imitación; lo cual se estableció por ley perpetua que aquel estado se diese a los hijos mayores de los reyes. Promulgóse esta ley a 20 de enero, año del Señor de 1423. Cinco meses después, a instancia del abuelo, todos los estados del reino juraron al dicho príncipe por heredero de aquel reino en Olite do el rey, por su edad pesada en lo postrero de su vida, solía morar ordinariamente, convidado de la frescura y apacibilidad de aquella comarca y de la hermosura y magnificencia de un palacio que allí él mismo edificó con todas las comodidades a propósito para pasar la vida.

 

Con el rey de Castilla aún desde su mocedad y minoridad tenía muchas veces el rey de Portugal tratado por sus embajadores que hiciesen confederación y paces; que a la una y a la otra nación tenían cansadas los largos debates y guerras pasadas, y era justo que se pusiese fin y término a los males. Determinóse solamente que se condescendiese en parte con la voluntad del portugués, y se hiciesen treguas por espacio de veintinueve años. Añadióse que este tiempo pasado no pudiesen los unos tomar las armas contra los otros si no fuese que denunciasen primero la guerra año y medio antes de venir a rompimiento. Estas treguas se pregonaron en Ávila, por estar allí a la sazón el rey de Castilla, con gran regocijo y fiesta de toda la gente. Hiciéronse procesiones a todos los templos por tan grande merced, juegos, convites y todos géneros de fiestas y alegrías. En una justa que en la corte se hizo, Fernando de Castro, embajador del rey de Portugal, salió por mantenedor en un caballo del mismo rey de Castilla con sobrevistas entre todos señaladas y vistosas. Rehusaban los demás de

 

 

 

 

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encontrarse con él; más Rodrigo de Mendoza, hijo de Juan Hurtado de Mendoza, del primer encuentro le arrancó del caballo con gran peligro que le corrió la vida. El rey le acarició mucho y consoló, y luego que sanó de la caída, con muchos dones que le dieron le despachó alegre a su tierra.

 

Entre los reyes de Castilla y de Aragón se volvieron a enviar embajadas. Juan Hurtado de Mendoza, señor de Almazán, enviado para esto, en Nápoles declaró las causas de la prisión de don Enrique, y pidió en nombre de su rey le fuesen entregados doña Catalina, su mujer, y el condestable don Ruy López Dávalos y los demás forajidos de Castilla. Sobre lo uno y lo otro envió el rey de Aragón nuevos embajadores al de Castilla; el principal de la embajada, Dalmacio, arzobispo de Tarragona, alegó para no venir en lo que el rey quería los fueros de Aragón, conforme a los cuales no podían dejar de amparar todos los que se acogiesen a sus tierras, fuera que decía vinieron con salvoconducto que no se puede quebrantar conforme al derecho de las gentes.

 

Demás de esto, declaró y dio nueva del estado en que quedaban las cosas de Nápoles; como entre la reina y el rey resultaban muchas sospechas, con que las ciudades y pueblos estaban divididos en parcialidades; que la fortuna de los aragoneses de la grande prosperidad en que antes se hallaba, comenzaba a empeorarse, y corrían peligro no se viniese a las manos. Quejábase la reina que don Alonso en el gobierno tomaba mayor mano y autoridad; que no se medía conforme al poder que le concediera; que daba y quitaba gobiernos, mudaba guarniciones, y mandaba que los soldados le hiciesen a él los homenajes; que lo trocaba todo a su albedrío, alteraba y revolvía las leyes, fueros y costumbres de aquel reino. Estas cosas reprehendía ella en don Alonso, su prohijado, como mujer de suyo varia y mudable y enfadada del que prohijó; la que se mostró liberal en el tiempo que se vio apretada, libre del miedo, se mostraba ingrata y desconocida, vicio muy natural a los hombres.

 

El rey don Alonso temía la poca firmeza de la reina, y no podía sufrir sus solturas mal disimuladas y cubiertas; trataba de enviarla lejos a Cataluña, y con este intento mandó aprestar en España una armada. No se le encubrió esto a la reina, por ser de suyo sospechosa y aún porque en las discordias domésticas, y más entre príncipes, no puede haber cosa secreta ni puridad. Desde aquel tiempo la amistad entre las dos naciones comenzó a aflojar e ir de caída. Querellábanle entrambas las partes que los contrarios no trataban llaneza, antes les paraban celadas y se valían de

 

 

 

 

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embustes, en que no se engañaban. El rey se tenía en Castelnovo, la reina en la puerta Capuana, lugar fuerte a manera de alcázar. De este principio y por esta ocasión resultaron en Nápoles dos bandos, de aragoneses y andegavenses o angevinos, nombres odiosos en aquel reino, y que desde este tiempo continuaron hasta nuestra edad y la de nuestros padres. Pasaron adelante los disgustos y las trazas. Fingió el rey que estaba enfermo; vínole a visitar el senescal Juan Caraciolo, el que tenía más cabida con la reina y más autoridad que la honestidad sufría; por esto fue preso en aquella visita; junto con esto sin dilación acudieron los de Aragón a la puerta Capuana. Los de la reina cerraron las puertas y alzaron el puente levadizo; con tanto don Alonso se retiró, ca no sin riesgo suyo le tiraban saetas y dardos desde lo alto.

 

De estos principios se vino a las manos; en las mismas calles y plazas peleaban; el partido al principio de los aragoneses se mejoraba, apoderáronse de la ciudad, y en gran parte saqueadas y quemadas muchas casas, pusieron cerco al alcázar en que la reina moraba; más aunque con toda porfía le combatieron, se mantuvo por la fortaleza del lugar y lealtad de la guarnición. Acudió a la reina Esforcia, llamado de allí cerca, donde tenía sus reales. También a don Alonso vino desde Sicilia don Bernardo de Cabrera, y desde Cataluña una armada de veintidós galeras y ocho naves gruesas. Esta armada, llegada que fue a Nápoles a 10 de junio, rehizo las fuerzas de los aragoneses, que comenzaban a desfallecer e ir de caída. Cobraron ánimo con aquel socorro, y de nuevo tornaron a pelear dentro de la ciudad, en que nuevas muertes y nuevos sacos sucedieron. La reina se fue a Aversa, y en su compañía Esforcia con guarnición de soldados y cinco mil ciudadanos que se ofrecieron a la defensa. Trocáronse los cautivos de ambas partes, y con esta Careciolo fue puesto en libertad. Vinose a lo postrero que la reina revocó en Nola, a 21 de junio, la adopción de don Alonso como de persona ingrata y desconocida. En su lugar prohijó y nombró por su heredero a Ludovico, duque de Anjou o audegavense, tercero de este nombre, hijo del segundo; llamóle para esto desde Roma, y le nombró por duque de Calabria, estado y apellido que se acostumbraba dar a los herederos del reino. Dieron este consejo a la reina Esforcia y Caraciolo, que lo podían todo. Con pequeñas ocasiones se hacen grandes mudanzas en cualquier parte de la república, y muy mayores en guerras civiles, que se gobiernan por la opinión de los hombres y por la fama más que por las fuerzas.

 

 

 

 

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Por esto la fortuna de la parte aragonesa desde este tiempo se trocó y mudó grandemente. Don Alonso llamó a Braccio de Monton desde los pueblos llamados vestinos, parte de lo que hoy es el Abruzo, do tenía cercada al Aguila, ciudad principal, y esto con intento de contraponerle a Esforcia. Pero él excusó, sea por no tener esperanza de la victoria, o por la que tenía de apoderarse de aquella ciudad que tenía cercada, y con ella de toda aquella comarca. Por esta causa a don Alonso fue forzoso resolverse en pasar por mar en España para apresurar los negocios y recoger nuevas ayudas para la guerra, dado que la voz era diferente, de librar de la prisión a don Enrique su hermano. Dejó en su lugar a don Pedro, el otro hermano, para que tuviese cuidado, de las cosas de la paz y de la guerra y todos le obedeciesen. Quedaron en su compañía Jacobo Caldora y otros capitanes de la una y de la otra nación. En particular puso en el gobierno de Gaeta a Antonio de Luna, hijo de Antonio de Luna, conde de Calatabelota.

 

En el mismo tiempo el rey de Castilla visitaba las tierras de Plasencia, Talavera y Madrid, y le nació de su mujer otra hija a 10 de septiembre, que se llamó doña Leonor.

El rey moro Juzef falleció en Granada el año de los árabes 826. Sucedióle Mahomad, su hijo, por sobrenombre el Izquierdo, que fue adelante muy conocido y señalado a causa que le quitaron por tres veces el reino, y otras tantas le recobró, y por sus continuas desgracias más que por otra cosa que hiciese. Mantúvose al principio en la amistad del rey de Castilla, y juntamente hizo muchos servicios a Muley, rey de Túnez, con que se le obligó. Por esta forma se apercibía el moro con sagacidad de ayudas contra los enemigos de fuera, para que si de alguna de las dos partes le diesen guerra, tuviese acogida y amparo en los otros. Pero el ayuda muy segura, que consiste en la benevolencia de los naturales, no procuró ganarla, o no supo; siniestro como en el nombre y en el cuerpo, que le llamaron por esto Mahomed el Izquierdo, así bien en el consejo poco acertado y la fortuna, que le fue siniestra y enemiga asaz.

 

 

 

 

XIV. Cómo don Enrique de Aragón fue puesto en

 

libertad

 

 

 

 

 

 

 

 

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Don Pedro de Luna, el que en tiempo del cisma se llamó Benedicto XIII, en Peñíscola por todo lo restante de la vida, confiado en la fortaleza de aquel lugar, continuó a llamarse pontífice; falleció en el mismo pueblo a 23 de mayo, el mismo día de Pentecostés, pascua de Espíritu Santo, de edad muy grande, que llegaba a noventa años; parece como milagro en tan grande variedad de cosas y tan grandes torbellinos como por él pasaron poder tanto tiempo vivir. Su cuerpo fue depositado en la iglesia de aquel castillo. Luis Panzán, ciudadano de Sevilla y cortesano de don Alonso Carrillo, cardenal de San Eustaquio, dice por cosa cierta en un propio comentario que hizo y dejó escrito de algunas cosas de este tiempo que Benedicto fue muerto con hierbas que le dio en ciertas suplicaciones, que comía de buena gana por postre, un fraile llamado Tomás, que tenía con él grande familiaridad y cabida, y que, convencido por su confesión del delito, fue muerto y tirado a cuatro caballos. Dice más, que el cardenal Pisano, enviado a Aragón para prender a Benedicto, dio este consejo, y que, ejecutada la muerte, de Tortosa, donde se quedó a la mira de lo que sucedía, se huyó por miedo de don Rodrigo y don Álvaro que pretendían vengar la muerte indigna de su tío Benedicto con darla al legado si él apresuradamente no se partiera de España concluido lo que deseaba, aunque no sosegado del todo el cisma, porque por elección de dos cardenales que quedaban fue puesto en lugar del difunto un Gil Muñoz, canónigo de Barcelona. Vil era y de ninguna estima lo que paraba en tal muladar, y él mismo estuvo dudoso y esquivaba recibir la honra que le ofrecían contra el consentimiento de todo el orbe, hasta tanto que don Alonso, rey de Aragón, le animó e hizo aceptase el pontificado con nombre de Clemente VIII. Pretendía el rey en esto dar pesadumbre al pontífice Martino V, que veía inclinado a los angevinos, y era contrario a las cosas de Aragón, tanto, que a Ludovico, duque de Anjou, los días pasados nombró por rey de Nápoles como a feudatario de la Iglesia romana, y se sabía de nuevo aprobó la revocación que la reina Juana hizo de la adopción de don Alonso, y juntaba sus fuerzas con sus enemigos contra él.

 

Un Concilio de obispos que se comenzaba a tener en Pavía en virtud del decreto del concilio constanciense por causa de la peste que andaba muy brava, se trasladó a Sena, ciudad principal de Toscana; acudieron allí los obispos y embajadores de todas partes. Envió los suyos asimismo el rey don Alonso con orden o instrucción que con diligencia defendiesen la

 

 

 

 

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causa de Benedicto y se querellasen de haberle injustamente quitado el pontificado. Atemorizó este negocio al papa Martino y entibióle en la afición que mostraba muy grande a los angevinos, tanto, que despidió el Concilío apresuradamente y le dilató para otro tiempo, con que los obispos y embajadores se partieron. Recelábase que si nacía de nuevo el cisma no se enredase el mundo con nuevas dificultades y torbellinos. Hallóse en esto Concilio don Juan de Contreras con nombre de primado, y así tuvo el primer lugar entre los arzobispos por mandado del pontífice Martino, como se muestra por dos bulas suyas, cuyo traslado ponemos aquí. Hallólas acaso un amigo entre los papeles de la iglesia mayor de Toledo; la una dice así:

 

«Como los patriarcas y primados sean una misma cosa y sólo difieran en el nombre, tenemos por justo y debido que gocen también de las mismas preeminencias. De aquí es que nos, de consejo de los venerables hermanos nuestros cardenales de la santa Iglesia romana, para quitar cualquiera duda o dificultad que sobre esto ha nacido o nacerá, por autoridad apostólica y tenor de las presentes declaramos que el venerable hermano nuestro Juan, arzobispo de Toledo, que es primado de las Españas, y sus sucesores arzobispos de Toledo en nuestra capilla, concilios generales, sesiones, consistorios y otros cualesquier lugares, así públicos como particulares, deben preceder a cualesquier notarios de la Sede Apostólica y otros arzobispos que no son primados, aunque sean más antiguos en la edad y en la promoción, a la manera que los venerables hermanos nuestros patriarcas hasta aquí los han precedido y los preceden, queriendo y por la misma autoridad ordenando que el dicho Juan, arzobispo, y sus sucesores y todos los demás primados, de aquí adelante para siempre jamás a la manera de los patriarcas susodichos sean preferidos y antepuestos en los susodichos lugares, capilla, concilios, sesiones, consistorios y lugares semejantes a los notarios y otros arzobispos que no son primados, no obstante la edad y ordenación más antigua de los tantos arzobispos no primados, no obstando todas las demás cosas contrarias, cualesquier que sean».

 

Este es el traslado de la primera bula; el tenor de la otra bula o breve es el que se sigue: «Aunque los venerables hermanos nuestros arzobispos y prelados que se hallan en el concilio general estén obligados a mirar diligentemente, cuidar, velar y trabajar por el estado próspero de la Iglesia universal y nuestro y por la conservación de la libertad

 

 

 

 

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eclesiástica; tú empero, que tenemos y confesamos ser primado de las Españas, y por tanto, como ya lo enseñó la experiencia en nuestra corte, eres antepuesto a los amados hijos nuestros, nuestros notarios y de la Sede Apostólica, los cuales son antepuestos a los demás prelados, como también has de ser preferido en el concilio y sus sesiones y otros lugares públicos; por tanto debes con más fervor animarte y con más vigilancia mirar por todo lo que pertenece al estado de la Iglesia católica y nuestro, cuanto por la tal primacía eres sublimado con más excelente título de dignidad. Por lo cual requerimos y exhortamos a tu fraternidad, que no dudamos ser ferviente en la fe y circunspecto, que en las cosas del dicho Concilio procures se proceda bien; que, pues eres primado de las Españas, así como prudentemente lo haces conforme a la sabiduría que Dios te ha dado, mires todas aquellas cosas en el dicho Concilio, aconsejes y proveas las que te parecerán necesarias o provechosas para el feliz estado de la Iglesia romana y nuestra honra y de la Sede Apostólica y todo lo que conocieres pertenecer a la gloria de Dios y paz de los fieles de Cristo. Dada en Roma en San Pedro en las nonas de enero de nuestro pontificado año séptimo». Pero estas cosas sucedieron algo adelante de este tiempo en que vamos.

 

Al presente el rey don Alonso, en ejecución de la resolución que tenía de pasar a España, se embarcó en una armada de dieciocho galeras y doce naves. Hízose a la vela desde Nápoles mediado el mes de octubre. El tiempo era recio, y la sazón mala; y así, con borrascas que se levantaron, los bajeles se derrotaron, corrieron y dividieron por diversos lugares. Calmó el viento; con que se juntaron y siguieron su derrota. Llegaron a Marsella, ciudad principal en las marinas de la Provenza, célebre por el puerto que tiene muy bueno, y a la sazón sujeta al señorío de los angevinos. Metiéronse en el puerto rompidas las cadenas con que se cierra; ganado el puerto, acometieron a la ciudad; fue la pelea muy recia por mar y por tierra, que duró hasta muy tarde. Venida la noche, Folch, conde de Cardona, que venía por genaral de las naves, era de parecer no se pasase adelante por ser ciertos los peligros, no tener noticia de las calles de la ciudad, estar dentro los enemigos y todo a propósito de armarles celada; aunque las puertas estuviesen de par en par, decía que no se debía entrar sino con luz y viendo lo que hacían; al contrario, Juan de Corbera porfiaba debían apretar a los que estaban medrosos, y no darles espacio para que se rehiciesen de fuerzas y cobrasen ánimo. De este parecer fue el rey: tornóse

 

 

 

 

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a comenzar la pelea, y con gran ímpetu entraron en la ciudad. Fue grande el atrevimiento y desorden de los soldados a causa de la oscuridad de la noche, grande la libertad de robar y otras maldades. Mostró el rey ser de ánimo religioso en lo que ordenó, que a las mujeres que se recogieron a las iglesias no se les hiciese agravio alguno; las mismas cosas que llevaron consigo mandó pregonar no se las quitasen, y así se guardó. Dejaron la ciudad y embarcaron en las naves toda la presa, con que se partieron al fin del año.

 

Entre otras cosas, los huesos de San Luis, obispo de Tolosa, hijo de Carlos II, rey de Nápoles, fueron llevados a España y a Valencia, donde el rey aportó y dio fondo con su armada acabada la navegación. No quiso detenerse en otras ciudades por abreviar, y desde más cerca tratar de la libertad de don Enrique, su hermano. Avisado el rey de Castilla de su venida, le envió sus embajadores al principio del año 1424 que le diesen el parabién de la venida y de las victorias que ganara; demás de esto, le pidiesen de nuevo le entregasen los desterrados y forajidos para que estuviesen a juicio de lo que los cargaban. Estos embajadores tuvieron audiencia en Valencia a los 3 de abril, en tiempo que las cosas de Aragón en Nápoles se empeoraban grandemente, y de todo punto se hallaban sin esperanza de mejoría; dado que Esforcia, capitán de tanto nombre, por hacer alzar el cerco del Aguila, que la tenía cercada Braccio, se ahogó a 5 de enero al pasar del río Aterno, que con las lluvias del invierno iba hinchado.

 

Fue de poco momento esta muerte, porque Francisco Esforcia, que ya era de buena edad, suplió bastantemente las partes y falta de su padre; acudiéronles sin esto fuerzas y socorros de fuera. El pontífice romano Martino y Felipe duque de Milán, por industria del mismo pontífice, se concertaron con los angevinos. El duque hizo aprestar una buena armada en Génova, y la envió en favor de la reina debajo de la conducta del capitán Guidon Taurello. Esta armada y gentes de tierra que acudieron cargaron sobre Gaeta. Pudiérase entretener por su fortaleza, mas brevemente se rindió a partido que dejasen ir libre, como lo hicieron, la guarnición de aragoneses. Ganada Gaeta, pasaron sobre Nápoles. Jacobo Caldora, que tenía el cuidado de guardar aquella ciudad, se concertó con los enemigos, que le prometieron el sueldo que los aragoneses le debían y no le pagaban; tomado el asiento, sin dificultad les abrió las puertas. El color que tomó para lo que hizo era que el infante don Pedro le pretendiera

 

 

 

 

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matar, como a la verdad fuese hombre de poca fidelidad, de ánimo inconstante y deseoso de cosas nuevas. A 12 de abril se perdió la ciudad de Nápoles, y todavía los de Aragón conservaron en ella dos castillos, es a saber, Castelnovo y otro que se llama del Ovo, pequeño y estrecho, pero fuerte en demasía, por estar sobre un peñón cercado todo de mar. Ganada la ciudad de Nápoles, las demás cosas eran fáciles al vencedor; las ciudades y pueblos a porfía se le rendían.

 

Llevaba mal el de Aragón y sentía mucho que por la prisión que hiciera el rey de Castilla en la persona de su hermano, a él puso en necesidad de hacer ausencia y se hubiese recibido aquel daño tan grande. Encendíase en deseo de venganza, pero determinó de probarlo todo antes de comenzar y romper la guerra. Con este intento el arzobispo de Tarragona Dalmao de Mur, que despachó por su embajador en Ocaña, en presencia de los grandes y del rey de Castilla propuso su embajada. Decía era justo a cabo de tanto tiempo se moviese a soltar al infante, si no por ser tan justificada la demanda, a lo menos por el deudo que con él tenía y por los ruegos de sus hermanos. Si algún delito había cometido, bastantemente quedaba castigado con prisión tan larga. «Que el rey, su señor, quedaba determinado no apartarse de aquella demanda hasta tanto que fuese libertado su hermano. Vuestra alteza, rey y señor, debéis considerar que por condescender con los deseos particulares de los vuestros no pongáis en nuevos peligros la una y la otra nación si vinieren a las manos». En el palacio real de Castilla y en su corte andaban muchos de mala; sus aficiones, avaricia y miedos particulares los enconaban; recelábanse que si don Enrique fuese puesto en libertad podrían ellos ser castigados por el consejo que dieron que fuese preso. Temían otrosí no les quitasen los bienes de los desterrados, de cuya posesión gozaban, y aún por el mismo caso tenían adversas sus voluntades para que no se hiciese el deber. A los intentos de estos ayudaban otros, en especial Álvaro de Luna, soberbio por la demasiada privanza y poder con que se hallaba, y que tenía por bastante ganancia y provecho gozar de lo presente sin extender la vista más adelante. Éstos fueron ocasión que no se efectuase nada de esta vez, ni aún se pudo alcanzar que los reyes se juntasen para tratar entre si de medios.

 

Despedidos los embajadores de Aragón, el rey de Castilla se fue a Burgos en el mismo tiempo que su hija doña Catalina murió en Madrigal, pueblo de Castilla la Vieja, a 10 del mes de agosto; enterráronla en las Huelgas. Esta tristeza en breve se mudó en nueva y muy grande alegría,

 

 

 

 

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por causa que en Valladolid nació de la reina el príncipe don Enrique, a 5 de enero, principio del año que se contó de aquel siglo vigésimo quinto. Sacáronle de pila por orden de su padre el almirante don Alonso Enríquez, don Álvaro de Luna, Diego Gómez de Sandoval, adelantado de Castilla, junto con sus mujeres. Por el mes de abril todos los estados del reino le juraron por príncipe y heredero después de los días del rey su padre, en sus estados.

 

En Zaragoza el rey de Aragón se apercibía con todo cuidado para la guerra; por todas partes se oía ruido de soldados, caballos y armas. Tratóse en Valladolid de apercibirse para la defensa. Hízose consulta, en que hubo diferentes pareceres. Algunos querían que luego se comenzase, hombres que eran habladores antes del peligro, cobardes en la guerra y al tiempo del menester; otros más recatados sentían que con todo cuidado se debía divertir aquella tempestad y excusarse de venir a las manos. El rey se hallaba dudoso, y no entendía bastantemente ni se enteraba de lo que le convenía hacer. Don Carlos, rey de Navarra, cuidadoso de lo que podría resultar de esta contienda, en que se ponía a riesgo la salud pública, envió con embajada al rey de Castilla a Pedro Peralta, su mayordomo, y a Garci Falces, su secretario, en que ofrecía su industria y trabajo para sosegar aquella contienda. Estaba esta plática para concluirse por gran diligencia de los embajadores; más estorbáronlo ciertas cartas que vinieron del rey de Aragón en que mandaba al infante don Juan, su hermano, se fuese para él, que quería tratar con él cosas de grande importancia. Partióse para Aragón contra su voluntad, como lo daba a entender. Pidió y alcanzó para ello licencia del rey de Castilla; él demás de la licencia le dio comisión para que de su parte tratase con su hermano de conciertos. Estaban los reales del rey de Aragón en Tarazona a punto para romper por tierras de Castilla si no le otorgaban lo que pretendía, con tan grande deseo de vengarse y satisfacerse, que parecía en comparación de esto no hacer caso de las cosas de Nápoles. Si bien tenía aviso que sucediera otro nuevo desastre, y fue que Braccio, capitán que era de grande nombre en aquella sazón, quedó vencido y muerto junto al Águila, que tenía sitiada, en una batalla que se dio a 25 de mayo. La demasiada confianza y menosprecio de los enemigos le acarreó la perdición.

 

Era general del ejército del papa que acudía a la reina Jacobo Caldora; con él dos sobrinos del cardenal Carrillo, por nombre Juan y Sancho Carrillo, aquel día se señalaron entre los demás de buenos, y fueron gran

 

 

 

 

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parte para que se ganase la victoria como mozos que eran de grandes esperanzas. Los mismos demás de esto en prosecución de la victoria, con gentes del papa que llevaban y les dieron en breve se apoderaron de la Marca de Ancona, de que Braccio antes se apoderara. El cuerpo de Braccio, muerto y llevado a Roma como de descomulgado, fue sepultado delante la puerta de San Lorenzo en lugar profano; más en tiempo de Eugenio IV, pontífice romano, le trasladó a Perosa y puso en un sepulcro muy primo Nicolás Fortebraquio, que tomó aquella ciudad de Roma, y procuró se hiciese esta honra a la memoria de su tío, hermano de su madre.

 

En Florencia, ciudad de la Toscana, falleció don Pedro Fernández de Frías, cardenal de España, por mayo; su cuerpo, vuelto a España, está sepultado en la iglesia catedral de Burgos, a las espaldas del altar mayor. Era de bajo linaje y hombre pobre; más su buena presencia, industria y destreza y la privanza que alcanzó con los reyes don Enrique y don Juan le levantaron a grandes honras. Fue obispo de Osma y de Cuenca; la estatura mediana, la vida torpe por su avaricia y deshonestidad. Sucedió que en Burgos tuvo ciertas palabras con el obispo de Segovia don Juan de Tordesillas, al cual el mismo día un criado del cardenal dio de palos. La infamia de delito tan atroz hizo aborrecible a su amo, aunque no tuvo parte ni lo supo, como lo confesó después el mismo que cometió aquel caso. Sin embargo, a instancia de caballeros que se quejaban y decían que la soberbia de aquel hombre sin mesura, olvidado de su suerte antigua, se debía castigar, fue forzado el dicho Cardenal a ir a Italia. Apoderóse el rey de todo su dinero, que tenía juntado en gran cantidad, que fue la principal causa de apresurar su partida y destierro. De esta manera perecen mal y hacen perecer los tesoros allegados por mal camino; los varones sagrados ningún más cierto reparo tienen que en la piedad y buena opinión. Si en el destierro, en que pasó lo demás de la vida, mudó las costumbres, no se sabe; lo cierto es que fue a la sazón gobernador de la Marca de Ancona por el papa, y que en Castilla fundó el monasterio de Espeja, de la orden de San Jerónimo, religión que iba por este tiempo en aumento muy grande en España.

 

Don Juan, infante de Aragón, fue recibido benigna y magníficamente en Tarazona por el rey, su hermano. Entre tanto que por medio del dicho don Juan se trataba de las condiciones y se esperaban más amplios poderes del rey de Castilla y de los grandes para pronunciar sentencia en aquellos debates y de todo punto concluir, doblado el camino, entraron los dos

 

 

 

 

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hermanos sin hacer daño en tierra de Navarra, y asentaron sus reales cerca de Milagro, pasados ya los calores del estío. Venidos los poderes de Castilla como se pedían, se volvió a tratar de componer las diferencias entre los reyes. Consultóse mucho y largamente sobre el negocio; últimamente, en una junta que cerca de la torre de Arciel a los 3 de septiembre se tuvo de personas de todos los tres reinos y naciones, se pronunció sentencia, la cual contenía que sin dilación el infante don Enrique fuese puesto en libertad, y todas sus honras y estados le fuesen vueltos con todas las rentas corridas que tenían depositadas. Lo mismo se sentenció en favor de Pedro Manrique, que andaba desterrado. Esta sentencia pareció grave al rey de Castilla y a los suyos; más era cosa muy natural que el infante don Juan favoreciese y se inclinase a sus hermanos, en especial que ninguna esperanza quedaba de concierto si no daba al preso ante todas cosas la libertad, que fue lo que hizo amainar al rey de Castilla y a los grandes.

 

En el mismo tiempo don Carlos rey de Navarra, llamado el Noble, finó en Olite. Su muerte fue de un accidente y desmayo que le sobrevino de repente sin remedio, un sábado, a 8 de septiembre, el mismo día que se celebra el nacimiento de nuestra Señora. Su cuerpo sepultaron en la iglesia mayor de Pamplona. Las honras se le hicieron con aparato real. Hallóse a su muerte doña Blanca, su hija, que parió poco antes una hija de su mismo nombre, y tuvo adelante poca ventura. Ella, luego que falleció su padre, envió a su marido en señal de la sucesión el estandarte real, con que en los reales, donde se hallaba, le pregonaron por rey de Navarra. Pareció a algunos demasiada aquella prisa, que decían fuera justo que ante todas cosas en Pamplona jurara los privilegios del reino y sus libertades; pero los reyes son de esta manera, sus voluntades tienen por leyes y derecho, disimulan los grandes, el pueblo sin cuidado de al y sin hacer diferencia entre lo verdadero y lo aparente hace aplauso y a porfía adula a los que mandan, y si alguna vez se ofende, no pasa de ordinario la ofensión de las palabras.

 

La nueva de la libertad que a la hora se dio a don Enrique en día y medio llegó a noticia de sus hermanos con ahumadas que tenían concertado se hiciesen en las torres y atalayas, de que hay en Castilla gran número. Con esto las gentes de Aragón y soldados dieron vuelta a Tarazona, y luego por el mes de noviembre los despidieron y se deshizo el campo. El infante don Juan pasó hasta Ágreda para recibir a su hermano

 

 

 

 

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que venía de la prisión y llevarle al rey de Aragón. Ningún día amaneció más alegre que aquel para los tres hermanos; regocijábanse no más por la libertad de don Enrique que por dejar vencidos con el temor y miedo a los de Castilla, que es un género de victoria muy de estimar. Falleció por el mismo tiempo en Valencia, a 29 de noviembre, don Alonso, el más mozo, duque de Gandía, sin sucesión. Su estado de Ribagorza se dio al infante don Juan, ya rey de Navarra. Éste fue el premio de su trabajo, además que le estaba antes prometido.

 

Don Enrique de Guzmán, conde de Niebla, después de grandes diferencias y debates, se apartó de doña Violante, su mujer, hija que era de don Martín, rey de Sicilia, con gran sentimiento de su hermano don Fadrique, conde de Luna. Dolíase y sentía grandemente que su hermana, sin tener respeto a que era de sangre real y sin alguna culpa suya, sólo por los locos amores de su marido, mozo desbaratado, fuese de aquella suerte mal tratada, de que resultó grave enemiga y larga entre aquellas dos casas. Don Fadrique atraía a su voluntad y procuraba ganar a todos los señores de Castilla que podía, con deseo e intento de afirmarse y satisfacerse de su cuñado.

 

 

 

 

XV. Que don Álvaro de Luna fue echado de la

 

corte

 

Con la libertad de don Enrique las cosas de Castilla empeoraron, si antes estaban trabajadas. El reino se hallaba dividido hasta aquí en tres parcialidades y bandos, es a saber, el de don Álvaro de Luna, el de don Juan y el de don Enrique, infantes de Aragón. A estos como a cabezas seguían los demás señores conforme a las esperanzas varias que tenía cada uno, o por la memoria de los beneficios recibidos de alguna de las partes. En lo de adelante, concertados los infantes entre sí y reconciliados, de tres bandos resultaron dos no menos perjudiciales al reino. La mayor parte de los señores se conjuró contra don Álvaro. Llevaban mal que en la casa real con pocos de su valía, y esos hombres bajos y que los tenía obligados, estuviese apoderado de todo, y gobernase a los demás con soberbia y arrogancia. Menudeaban las querellas y cargos; quejábanse que sin méritos suyos en las armas y sin tener otras prendas y virtudes, sólo por maña y

 

 

 

 

 

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por saberse acomodar al tiempo hubiese subido a tal grado de privanza y de poder, que solo él reinase en nombre de otro. Miraban con malos ojos aquella felicidad de este hombre, y deseaban se templase aquella su prosperidad con la memoria de sus trabajos y oscuros principios. Mas él, asegurado por el favor de su príncipe, con quien desde su pequeña edad tenía gran familiaridad, y sin cuidado de lo de adelante, a todos los demás en comparación suya menospreciaba, confiado demasiadamente en el presente poder, en tanto grado que se sonrugía, y grandes personajes lo afirmaban, que se atrevió a requerir de amores a la reina si con verdad o falsamente, ni aún entonces se averiguó; creemos que por la envidia que le tenían le levantaron muchos falsos testimonios y se creyeron de él muchas maldades. La semilla de esta conspiración se sembró en gran parte en Tarazona cuando se juntaron, como está dicho, los tres hermanos infantes de Aragón.

 

El año luego siguiente, que se contó de 1426, vino a sazonarse la trama; en cuyo principio el rey de Castilla celebró las fiestas de Navidad en Segovia, y don Juan, nuevo rey de Navarra, las tuvo en Medina del Campo con su madre, y aún poco antes se viera con el rey de Castilla en la villa de Roa. Don Enrique era ido a Ocaña por estarle mandado que no entrase en la corte ni se entremetiese en el gobierno. El rey de Aragón se entretenía en Valencia en sazón que doña Costanza, hija del condestable Ruy López Dávalos, se desposó con Luis Masa, joven muy noble y rico, con dote que el rey le dio en gran parte. Tal fue la grandeza de ánimo de este príncipe, que no sólo ayudó a la pobreza de su padre, viejo y huido y derribado sólo por la malquerencia de sus contrarios, sino que al tanto a su hijo, llamado don Íñigo Dávalos, y a su nieto que tenía de don Beltrán su hijo, llamado don Íñigo de Guevara, dio grandes estados después que se apoderó del todo de Nápoles. La reina de Aragón, viuda, con su hija doña Leonor fue a Valencia a instancia del rey de Aragón, su hijo, más en breve dio la vuelta a Medina del Campo. No quería que con su larga ausencia recibiese pesadumbre el rey de Castilla, con cuya licencia el conde de Urgel de Castrotaraf, donde le pasaran del castillo de Madrid, fue llevado en esta sazón al reino de Valencia, por en tender era más a propósito para las cosas de Aragón por las alteraciones que a Castilla amenazaban. Pusiéronle en el castillo de Játiva, en que dio fin a sus días y prisión larga.

 

En la ciudad de Toro se tuvieron Cortes de Castilla, en que se trató de reformar los gastos de la casa real, atento que las riquezas y rentas reales,

 

 

 

 

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aunque muy grandes, no bastaban. Para esto la guarda, en que se contaban mil de a caballo, fue reducida a ciento, y por capitán de ella don Álvaro, que fue ocasión con el nuevo cargo a él de mayor poder, a los otros de que la envidia que le tenían se aumentase. Fueron señaladas estas Cortes por la muerte que a la sazón sucedió de dos personas principales. El uno fue Juan de Mendoza, en cuyo lugar don Rodrigo, su hijo, fue hecho mayordomo de la casa real; don Juan, su hijo menor, quedó por prestamero de Vizcaya. Adoleció otrosí gravemente don Alonso Enríquez, que finó tres años adelante en Guadalupe; esclarecido por ser de la alcurnia real y por sus virtudes; su oficio que tenía, de almirante del mar, dio el rey a don Fadrique, su lujo.

 

Los grandes de Castilla comunicaron entre si sus sentimientos por cartas y mensajeros para que la plática fuese más secreta; estos fueron los maestres de las órdenes, el de Calatrava don Luis de Guzmán, y el de Alcántara don Juan de Sotomayor, Pedro de Velasco, camarero mayor, el rey de Navarra, don Enrique, su hermano y otros. Hicíeron entre sí confederación jurada con todas las fuerzas posibles, que tendrían los mismos por amigos y por enemigos, y que, salva la autoridad real, procurarían que la república no recibiese algún daño, que traían alterada los malos consejos y gobierno de algunos. Esta confederación se hizo al principio del mes de noviembre en la ermita de Orcilla, tierra de Medina del Campo; los intentos más eran de vengarse que de aprovechar. El que anduvo en todo ello fue el adelantado Pedro Manrique, de quien por las memorias de aquel tiempo se entiende fue hombre de ingenio inquieto y bullicioso.

 

El rey de Castilla, de Toro se fue a Zamora al principio del año 1427; don Enrique, infante de Aragón, alcanzada primero, y después negada licencia de entrar en la corte, sin embargo, movió de Ocaña para Castilla la Vieja con hermoso acompañamiento, y con las armas apercibido para lo que sucediese. El rey era vuelto a Simancas; los infantes de Aragón y los grandes conjurados se estuvieron en Valladolid. Los otros señores de Castilla, por tener diferentes voluntades, hacían sus juntas, cada cual de los bandos aparte. Pocos que amaban más el sosiego que el bien común, se estuvieron neutrales y a la mira de lo que resultaría de las contiendas ajenas, sin entrar ellos a la parte. El rey, por estar divididos los suyos, poca autoridad tenía, especial que demás de su flojedad natural parecía estar hechizado y sin entendimiento.

 

 

 

 

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Presentaron los conjurados una petición que contenía las faltas de la casa real y los excesos de don Álvaro de Luna; que era razón buscar algún camino para poner remedio a los daños públicos. Consultado el negocio, fueron nombrados jueces sobre el caso casi todos de los conjurados, es a saber, el almirante, el maestre de Calatrava, Pedro Manrique, Hernando de Robles, que aunque era hombre bajo, era muy adinerado y tenía oficio de tesorero general. A estos se dio poder para conocer de los excesos y capítulos que se ponían a don Álvaro, y en caso de discordia se nombró por quinto juez el abad de San Benito; lo que la mayor parte determinase, aquello puntualmente se siguiese. Trataron entre si el negocio. Pronunciaron sentencia: lo primero que el rey, dejado don Álvaro, pasase a Cigales; a los hermanos infantes de Aragón diese lugar para que le pudiesen visitar; añadieron otrosí que don Álvaro saliese de la corte desterrado por espacio de año y medio. Grande afrenta e infamia, ¿diré del rey o del reino o de aquella era? Quitar al príncipe lo que en el principado es la cosa más principal, que es no ser forzado en cosa alguna; que los vasallos mandasen, y el rey obedeciese; pero tal era la miseria de aquellos tiempos.

Conforme a lo decretado, el rey fue a Cigales. Los conjurados llegaron a besarle la mano; entre ellos el infante don Enrique, puesta la rodilla, por algún espacio derramó lágrimas en señal de arrepentimiento de lo hecho; en tanto grado el fingir y disimular es fácil a los hombres. Don Álvaro se fue a Ayllón, lugar suyo, acompañado de grande nobleza, que le siguieron para honrarle y en ocasión ampararle. Entre los demás iban Garci Álvarez de Toledo, señor de Oropesa, y Juan de Mendoza, señor de Almazán, por estar ambos obligados a don Álvaro, del cual tiraban acostamiento cada un año. Siguióse contienda entre los grandes, que con diferentes mañas pretendían alcanzar la familiaridad del rey, con quien podía tanto la privanza, que a sí y a sus cosas se entregaba al parecer del que le sabía ganar. Hernán Alonso de Robles se anteponía a los demás en autoridad; y como antes fuese en privanza del rey el más cercano a don Álvaro, a la sazón, quitado el competidor, se hizo más poderoso y fuerte, tanto, que con achaque de estar él malo muchas veces, el rey y los grandes venían a su casa a hacer consejo, cosa que a un hombre oscuro y bajo, cual él era, acarreaba mucha envidia, como quier que muchas veces el favor demasiado de los príncipes se convierte en contrario si no se pone templanza. Estaba el rey ofendido contra él porque apresuradamente

 

 

 

 

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pronunció sentencia de destierro contra don Álvaro, al cual estaba obligado en muchas maneras. Como entendieron esta ofensión y disgustos y que le podrían atropellar aquellos que con diligencia buscaban ocasión para hacerlo, procuraron que el rey de Navarra le acusase delante del rey de Castilla de muchos delitos. Cargóle que era hombre revoltoso y que comunicaba con forasteros y con los grandes cosas en deservicio del rey. Que muchas veces hablaba palabras osadas y contra la majestad real. Consultado el negocio, se proveyó que le echasen mano y le guardasen en Segovia. Hízose así, y finalmente murió en la cárcel en Uceda, donde le pasaron, ejemplo no pequeño, y aviso de que no hay cosa más incierta que el favor de palacio, que con ligera ocasión se desliza y muda en contrario.

 

El rey de Granada este año por conjuración de sus ciudadanos fue echado del reino y de la patria; pasó a África desterrado y miserable a pedir socorro al rey de Túnez. Mahomad, llamado el Chico, luego que fue puesto en su lugar y se encargó del reino, comenzó a perseguir la parcialidad contrariando los que eran aficionados al rey pasado; condenábalos en muertes, destierros y confiscación de bienes que pródigamente daba a otros. En particular Juzef, uno de los Abencerrajes, linaje muy noble entre los moros y que a la sazón tenía el gobierno de la ciudad, perdida la esperanza de prevalecer, se fue a Murcia para ponerse en seguro y mover las armas de Castilla contra el nuevo rey para derribarle antes que se afirmase en el reino.

 

Por el mismo tiempo sucedieron en Castilla dos cosas memorables: la primera que el rey por medio de don Álvaro de Isorna, obispo de Cuenca, que envió a Roma, pidió al Santo Padre le perpetuase las tercias, y aún parece salió con ello porque en adelante los reyes comenzaron a hacer de ellas mercedes como de cosa propia para siempre jamás; la otra que la orden de San Jerónimo se dividió en dos partes, como arriba se apuntó. Fue así, que fray Lope de Olmedo por la amistad que alcanzaba con el pontífice Martino V, trabada en París al tiempo de los estudios en que tuvieron una misma habitación y morada, con su autoridad fue autor de esta división. Fundó cerca de Sevilla un monasterio con nombre de San Isidro, que fue cabeza de la nueva reformación. De este convento todos los que se llegaron a esta manera de vida se llamaron isidros. Duró esta división hasta tanto que en nuestra edad se han tornado a unir y sujetar a la orden antigua de jerónimos, de donde salieron, por diligencia de don

 

 

 

 

 

 

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Felipe II, rey de España. Volvamos con nuestro cuento a las alteraciones de Castilla.

 

 

 

 

XVI. Cómo don Álvaro de Luna volvió a palacio

 

Parecer y tema de los estoicos, secta de filósofos por lo demás muy severa y muy grave, fue que por eterna constitución y trabazón de causas secretas, que llaman hado, cada cual de los hombres pasa su carrera y vida, y que nuestro albedrío no es parte para huir lo que por destino, ley invariable del cielo, está determinado. Dirás que necia y variamente sintieron esto, ¿quién lo niega?, ¿quién no lo ve? Por ventura ¿puede haber mayor locura que quitar al hombre lo que le hace hombre, que es ser señor de sus consejos y de su vida? Pero necesario es confesar hubo alguna causa secreta que de tal suerte trabó entre sí al rey de Castilla y a don Álvaro de Luna, así aficionó sus corazones y ató sus voluntades, que apenas se podían apartar, dado que por aquella razón estuviese encendido un grande odio contra ambas, bien que mayor contra don Álvaro, tanto, que en esto sobrepujaba los Seyanos, Patrobios, asiáticos, libertos que fueron de los emperadores romanos, y sus nombres muy aborrecidos antiguamente. ¿Cuál fue la causa que ni el rey se moviese por la infamia que resultaba de aquella familiaridad, ni don Álvaro echase de ver su perdición, donde a grandes jornadas se apresuraba? Es así sin duda que las cosas templadas duran, las violentas presto se acaban; y cuanto el humano favor más se ensalza, tanto los hombres deben más humillarse y temer los varios sucesos y desastres con la memoria continua de la humana inconstancia y fragilidad. Sin duda tienen algún poder las estrellas, y es de algún momento el nacimiento de cada uno; de allí resultan muchas veces las aficiones de los príncipes y sus aversiones, o quita el entendimiento el cuchillo de la divina venganza, cuando no quiere que sus filos se emboten, como sucedió en el presente negocio.

 

Ningún día amaneció alegre para el rey, nunca le vieron sino con rostro torcido y ánimo desgraciado después que le quitaron a don Álvaro. De él hablaba entre día, y de él pensaba de noche, y ordinariamente traía delante su entendimiento y se le representaba la imagen del que ausente tenía. Los que andaban en la casa del rey y le acompañaban, entendiendo que era

 

 

 

 

 

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treta forzosa que don Álvaro fuese en breve restituido, y sospechando que tendría mayor cabida en lo de adelante, como quien dejaba sobrepujados y puestos debajo de sus pies a sus enemigos y a la fortuna, con mayor diligencia procuraban su amistad. El mismo rey de Navarra por envidia que tenía a don Enrique, su hermano, de quien no llevaba bien tuviese mayor privanza con el rey de Castilla y el primer lugar en autoridad, comenzó a favorecer a don Álvaro y tratar que volviese a la corte.

 

Ofrecíase buena ocasión para esto por la muerte de don Ruy López Dávalos; a 6 de enero, año de 1428, falleció en Valencia, do a la sazón se hallaba el rey de Aragón. Fue este caballero más dichoso en sucesión que en la privanza de palacio. De tres mujeres que tuvo engendró siete hijos y dos hijas; de quien en Italia proceden los condes de Potencia y de Bovino, los marqueses del Vasto y de Pescara y muchas otras familias y casas en España. Su cuerpo depositaron en Valencia, de allí le trasladaron los años adelante a Toledo, y enterraron en el monasterio de San Agustín. Tenía costumbre de dar oídos y crédito a los pronósticos de los astrólogos, por ser, como otros muchos, aficionado a aquella vanidad; más no pudo pronosticar ni conocer su caída. Cuando murió aún no tenía del todo perdida la esperanza de recobrar sus honras antiguas y su estado.

 

Don Enrique de Aragón comenzó a poner en esto gran diligencia; pero por su desgracia y por desampararle sus amigos no tuvo efecto, como ordinariamente a los miserables todos les faltan. Sólo Alvar Núñez de Herrera, natural de Córdoba, guardó grande y perpetua lealtad con don Ruy López; fue mayordomo suyo en el tiempo de su prosperidad, y después puesto en prisión como consorte en el delito que le achacaban. Libre que se vio de la prisión, no reposó antes de convencer a Juan García, inventor de aquella mentira, de haber levantado falso testimonio y hacerle ejecutar como a falsario y traidor. Para ayudar también a la pobreza de su señor, vendió los bienes que de él recibiera en cantidad, y juntó ocho mil florines de oro, los cuales metidos en los maderos de un telar para que el negocio fuese más secreto, cargados en un jumento, y su hijo a pie en hábito disfrazado, se lo envió donde estaba; lealtad señalada y excelente, digna de ser celebrada con mayor elocuencia y abundancia de palabras.

 

Con la muerte del competidor el poder de don Álvaro de Luna se arraigó más. El rey de Castilla se entretenía en Segovia, ocupado en procurar deshacer las confederaciones y ligas que los grandes tenían hechas entre sí. Publicó una provisión, en que mandaba que se alzasen los

 

 

 

 

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homenajes con que entre sí se obligaran. Otorgó otrosí un perdón general y perpetuo de los delitos pasados y desacatos. Demás de esto, a la infanta doña Catalina, mujer de don Enrique, en trueque de Villena dio las ciudades de Trujillo y Alcaraz, fuera de algunos otros lugares de menor cuantía en el reino de Toledo cerca de Guadalajara; añadióle asimismo doscientos mil florines, que fue dote muy grande y verdaderamente real. A instancia del mismo don Enrique de Aragón don Ruy López Dávalos fue dado por libre de lo que le acusaban; pero lo que fuera razón se hiciese, sus honras y bienes no fueron restituidos a sus hijos. Así lo quiso el rey, así convenía a los que se veían ricos y grandes con sus despojos. Concluidas estas cosas, el rey de Castilla se fue a Turégano. Allí vino don Álvaro a su llamado con muy grande y lucido acompañamiento, como quien ganara de sus contrarios un nobilísimo triunfo, alegre y soberbio. Crecía de cada día en privanza, y tenía mayor autoridad en todas las cosas. Sólo en particular podía más que los demás grandes y toda la nobleza.

 

Doña Leonor, hermana del rey de Aragón, estaba concertada con don Duarte, príncipe de Portugal, heredero futuro del reino, y que era de edad de treinta y seis años. Los desposorios se celebraron, presente el rey de Aragón, en tierra de Daroca, en una aldea llamada Ojos Negros. Hallóse presente don Pedro, prelado de Lisboa, como embajador de Portugal, hijo que era de don Alonso, conde de Gijón. El dote de la doncella fueron doscientos mil florines. Señaláronle por camarera mayor a doña Costanza de Tovar, viuda del condestable don Ruy López Dávalos. De Valencia partió esta señora por tierras de Castilla. En Valladolid el rey de Castilla y sus hermanos la festejaron mucho; hicieronse algunos días justas y torneos. Desde allí con grandes dones y joyas que le dieron pasó a Portugal a verse con su esposo. Las bodas se hicieron con tanto mayores regocijos del pueblo cuanto se dilataron por más tiempo, que casi tenía perdida la esperanza que el infante don Duarte se hubiese de casar por haberlo hasta aquella edad dilatado.

 

Sucedió por el mismo tiempo que don Pedro, hermano de don Duarte, después de una larga peregrinación en que visitó al emperador Segismundo y al mismo Tamorlán escita (el vulgo dice que anduvo las siete partidas del mundo), volvió en España. Llegó a Valencia por el mes de junio; por el de septiembre se casó con doña Isabel, hija mayor del conde de Urgel, que tenían preso. De este matrimonio nacieron doña Isabel, que vino a ser reina de Portugal, doña Filipa, que fue monja, don

 

 

 

 

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Pedro, condestable de Portugal, don Diego, cardenal y obispo de Lisboa, que falleció en Florencia de Toscana, don Juan, rey de Chipre, y doña Beatriz, mujer que fue de don Adolfo, duque de Cleyes. Don Pedro, hechas las bodas, partió de Valencia y visitó al rey de Castilla en Aranda; últimamente llegó a Portugal, salíanle al encuentro los pueblos enteros, mirábanle como si fuera venido del cielo y más que hombre, pues había peregrinado por provincias tan extrañas; maravillábanse demasiadamente como hombres que eran de groseros y rudos ingenios.

 

El rey de Castilla, asentadas las cosas de Castilla la Vieja y puesto en libertad a Garci Fernández Manrique, de quien dijimos fue preso con don Enrique de Aragón, y restituidole en sus antiguos estados, dio la vuelta al reino de Toledo al fin de este año, y después que algún tiempo se detuvo en Alcalá, pasó a Illescas. Llegó allí a la sazón Iuzef abencerraje, huido de Granada, sobre negocios del rey moro despojado. Fue recibido y tratado benignamente por el rey; envióle con Alonso de Lorca, que desde Murcia le hizo compañía, al rey de Túnez con cartas, en que le exhortaba y pedía tuviese compasión de aquel rey desterrado, y le restituyese en el reino con sus fuerzas y gentes; que haciendo ellos el deber, no dejaría de ayudarlos con dineros, armas, soldados y provisiones. El de Túnez, movido por esta embajada, tornó a enviar al rey Mahomad en España con una armada y trescientos de a caballo; y como desembarcasen en Vera, causó grande mudanza y alteración en los corazones de los que por ser hombres de ingenio mudable se tornaban a aficionar al gobierno antiguo, y aborrecer el nuevo señorío y mando del nuevo rey. Las ciudades y lugares de aquel reino a porfía se le entregaban; la misma ciudad de Granada vino en su poder al principio del año de 1429. El tirano se retiró al castillo del Alhambra, en que en breve fue preso y muerto; y con tanto dejó con ayuda del ciclo y grande aplauso de toda la provincia el cetro de que injustamente y a tuerto se apoderara al rey legítimo, que procedía de sus padres y abuelos reyes. Esto en España.

 

Las cosas de Francia no podían hallarse en peor estado que el que tenían, apoderados los ingleses, perpetuos enemigos de Francia, de París y de otra muy grande parte de aquella provincia. Carlos, séptimo de este nombre, rey de Francia, en aquella apretura y peligro envió a pedir socorro con grande sumision, así a los otros príncipes como al rey de Aragón. Matías Rejaque, enviado por esta causa de Francia, llegó a Barcelona por el mes de abril. Hallábase el rey de Aragón embarazado con dos guerras,

 

 

 

 

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en especial la de Nápoles le aquejaba, de donde, casi perdida la esperanza, don Pedro, su hermano, en una armada había venido a España. En su lugar y en el gobierno quedó Dalmacio Sarsera para que entretuviese lo que quedaba en pie. Demás de esto, pensaba el dicho rey hacer guerra a Castilla, y para ella se apercibía a la sazón con grande cuidado. Por esta causa la embajada de Francia no fue de efecto alguno; más las cosas de aquel reino sin fuerzas, sin ayuda, sin gobierno, fueron por favor del cielo ayudadas, y se mejoraron con esta ocasión. Ya siete meses los ingleses tenían sitiada a Orleans, ciudad nobilísima, puesta sobre el río Loire. Los cercados padecían falla de todo lo necesario, y apenas con los muros se defendían del enemigo.

 

Una doncella llamada Juana, de no más de diez y ocho años, salvó aquella ciudad. Era natural de San Remi, aldea en la comarca de los leucos, parte de lo que al presente llamamos Lorena. Su padre se llamó Jacques Durcio, y su madre Isabel. Desde su primera edad se ejercitó en pastorear las ovejas de su padre. Esta doncella vino a los reales de los franceses, díjoles que por divina revelación era enviada para librar a Orleans de aquel peligro, y a Francia del señorío de los ingleses. Hiciéronle muchas preguntas, y como de todas saliese bien, quedaron persuadidos el rey y sus capitanes que decía verdad. Luego con gentes que le dieron, por medio de los enemigos metió dentro de Orleans socorro y vituallas. Los de dentro con la esperanza de poderse defender cobraron ánimo, y con diversas salidas y rebates al fin hicieron tanto, que el cerco se alzó a 27 de mayo. Recobraron fuera de esto los lugares en contorno y sacáronlos de poder de los contrarios. Tuvieron solamente diversas escaramuzas sin que se llegase a batalla. Pretendían con la costumbre de vencer en aquellos encuentros y rebates que los franceses cobrasen ánimo y se alentasen del miedo que tenían cobrado.

 

El rey de Francia, otrosí, por medio de sus enemigos, pasó a Reims por consejo de aquella doncella a coronarse y ungirse, lo que hasta entonces no se había hecho; con esto a los suyos se hizo más venerable, a los enemigos espantoso. Recobradas muchas ciudades, acometieron los franceses a París; no la pudieron entrar, antes a la puerta de San Honoré la doncella o poncella de Francia fue herida. Pasaron con la guerra a otra parte. Tenían los ingleses cercada la ciudad de Compieñe; la doncella, animada por las cosas pasadas, con un escuadrón apretado y cogido de los suyos se metió en la ciudad. De allí hizo una salida y dio una arma a los

 

 

 

 

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ingleses, en que por secretos juicios de Dios fue presa por los enemigos y llevada a Ruan. Acusáronla de hechicera, y por ello fue quemada; el principal acusador y atizador fue Pedro Chauchonio, obispo de Beauvais, sin que tuviese alguno de su parte que osase abrir la boca en su defensa, dado que muchos se persuadían, y hoy lo sienten así, que aquella doncella fue condenada injustamente; honra perpetua de Francia, famosa en todos los siglos, y noble, como lo pronunciaron los jueces, a quien cometió los años adelante esta causa el pontífice Calixto; proceso y sentencia que hasta hoy se guardan y están en los archivos de la iglesia mayor de París. Una estatua, suya de metal se ve en medio de la puente de Orleans, puesta en memoria del beneficio que de ella recibieron; pero esto pasó en algún tiempo adelante.

 

En Tarragona, ciudad en Cataluña, los obispos de la provincia tarraconense se juntaron, llamados a concilio por don Pedro, cardenal de Foix, legado que a la sazón era del pontífice Martino V. Lo que en aquel concilio se decretó no se sabe; sólo lo que era de mayor importancia y más se pretendía, el canónigo Gil Muñoz renunció las insignias y nombre de pontífice, los cardenales que consigo tenía fueron depuestos y quitádoles la dignidad y nombre que sin propósito usurpaban, lo uno y lo otro por orden del rey de Aragón en gracia del pontífice Martino, al cual como antes tuvo enfrenado con el miedo, así bien ahora le pretendía ganar y traerle a su partido con este servicio tan señalado. Peñíscola, que fue de la orden de San Juan de tiempo antiguo, quedó en lo de adelante por el rey. A Gil Muñoz, para alguna manera de recompensa, hicieron obispo de Mallorca. Alonso de Borgia fue otrosí nombrado por obispo de Valencia en premio del trabajo que tomó en reducir a buen seso al dicho Gil y a sus consortes, principio y escalón para subir a las más altas dignidades que hay. Sucedió todo esto en Tortosa por el mes de agosto. De esta manera se puso fin al cisma más reñido y de más tiempo que jamás la Iglesia padeció. En acción de gracias por beneficio tan señalado se hicieron procesiones por todas partes y grandes plegarias para aplacar a los santos y suplicarles con gozo envuelto en lágrimas conservasen lo comenzado y diesen perpetuidad a mercedes tan señaladas. Esto en Aragón y en Francia. Razón será que volvamos a las cosas de Castilla que se han quedado atrás y a declarar las causas de una nueva guerra, que se emprendió muy brava entre los reyes de España.

 

 

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMO PRIMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. De la guerra de Aragón

 

En sosiego estuvo España los años pasados a causa de hallarse cansada de las muchas guerras que mucho la trabajaron, y porque los reyes estaban emparentados entre sí y trabados en muchas maneras con deudo y afinidad. Con los moros de Granada tenían treguas, o guerras y encuentros de poca consideración e importancia, dado que no faltaba a los nuestros deseo de desarraigar y deshacer del todo aquella nación malvada, para lo cual se ofrecía buena ocasión por estar a la sazón los moros divididos entre sí en parcialidades y bandos, y por el consiguiente alborotados y a punto de perderse; pero desbarató estos intentos una nueva guerra que por este tiempo se emprendió entre los tres reyes de España, el de Aragón y el de Navarra de una parte, y de otra el de Castilla, de mayor ruido y porfía que de notable y señalado remate. Lo que aquí pretendemos es poner por escrito las causas y motivos de esta guerra, el fin y suceso que tuvo, los juegos de la fortuna variable, y la caída con que don Álvaro de Luna, de la cumbre de prosperidad en que estaba, comenzó la segunda vez a despeñarse sin saberse reparar, que fue justo castigo de Dios por ser el principal atizador y causa de todos estos males y discordias; porque, pretendiendo él conservarse por cualquier camino en el poder y grandeza que con buenas o malas mañas alcanzara, luego que volvió a la corte y fue restituido en su primer lugar y privanza, persuadió al rey que a los grandes, que debiera antes granjear con servicios y cortesía, los hiciese salir de su casa real y de su corte, y los mandase retirar a sus casas y estados; consejo muy errado y muy perjudicial, principalmente al que lo daba. Pedro Fernández de Velasco y Pedro de Zúñiga y don Rodrigo Alonso de Pimentel, conde de Benavente, junto con los maestres de Calatrava y Alcántara, sabida la voluntad del rey, sin dilación se partieron para sus casas. Quedaban los infantes de Aragón, señores de mayor autoridad, que pudiesen fácilmente echarlos y despedirlos contra su voluntad; mas fue tan grande la temeridad de don Álvaro, que se determinó también a embestir y chocar con ellos.

 

Primeramente acometió al de Navarra, de quien, no sólo el pueblo, sino las personas principales decían en público y en secreto que era justo

 

 

 

 

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se fuese a su reino; que cuidaba de las cosas ajenas, y se descuidaba de las propias, en lo cual la culpa era doblada, y era igualmente digno de ser por lo uno y por lo otro reprendido. Estas murmuraciones y dichos daban gusto a don Álvaro de Luna, y no menos al rey de Castilla, porque, conforme a la costumbre e inclinación de los príncipes, llevaba mal que en su reino hubiese ninguno que en honra y título se le igualase, y a quien debiese tener respeto. Fuele intimado por personas que para esto le enviaron lo que el rey de Castilla pretendía. La reina doña Blanca, su mujer, al tanto, como la que barruntaba la borrasca que se levantaba, y con el cuidado que el amor que a su marido tenía le causaba, envió a Pedro de Peralta por su embajador para que de su parte solicitase la partida; que así lo pedían todos los estados del reino de Navarra, y que esto sería saludable y a propósito, así para sus particulares intentos como para el bien común de sus vasallos.

 

Llevaba mal el navarro los embustes y mañas de don Álvaro de Luna; todavía visto que era forzoso sujetarse a la necesidad, habló con el rey en Valladolid, do a la sazón se hacían las Cortes de Castilla. Renovóse la confederación en esta habla, puesta entre los tres reyes, el de Navarra, el de Aragón y el de Castilla. Pusieronse por escrito las capitulaciones, que por el presente confirmaron con sus juramentos y firmas los dos reyes. Al de Aragón, que ausente estaba, para que hiciese lo mismo, enviaron un tanto de lo capitulado y de las condiciones por medio del doctor Diego Franco, hombre prudente y docto en derechos, demás de esto del Consejo real. Asentadas las cosas en esta forma, el rey de Navarra se partió a su reino; el de Aragón después de muchas dilaciones de que usó, antes de responder a lo que Diego Franco le proponía y representaba, últimamente en Barcelona dio por respuesta que aquellas condiciones no le contentaban, que le parecía se debían reformar algunas de ellas. Junto con esto, pareciéndole aquel embajador persona a propósito para sus intentos, envió con él un recaudo secreto a don Álvaro, en que le avisaba que Pedro Manrique era el que atizaba todas aquellas discusiones y ponía discordia entre los infantes, sus hermanos; que era hombre de dos y aún de muchas caras, y a cada paso mudaba de color como mejor le venía, por ser de su condición variable y amigo de novedades; por tanto, si deseaba mirar por sí, por el bien y pro común y por el rey, debía echarle de la corte y no permitir tuviese mano alguna en el gobierno.

 

 

 

 

 

 

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De esta ofensión del rey de Aragón contra Pedro Manrique no se sabe bien la causa, salvo que por el mismo tiempo fue puesto en prisión el arzobispo de Zaragoza, llamado don Alonso Argüello, en que murió. Del género de la muerte que le dieron hubo diversos rumores; unos decían que en la prisión le dieron garrote, otros que le echaron en el río; lo mismo se ejecutó en algunos ciudadanos de Zaragoza. Achacábanles tratos secretos con don Álvaro de Luna; la verdad era que el demasiado celo que mostraban de que se mantuviesen las paces asentadas antes con Castilla, les acarreó la muerte, y más la libertad del hablar, ca decían era justo forzar al rey a guardar lo concertado, y no quebrantar las paces para que la república no lastase si se hacía lo contrario. Por la muerte del arzobispo fue puesto en su lugar don Francisco Clemente, obispo que a la sazón era de Barcelona.

 

Junto con esto tenían entre sí los reyes hermanos tratos secretos en razón de vengar por las armas los agravios que don Álvaro de Luna les hacía, y juntar sus fuerzas para destruirle. Llamó el rey de Aragón al infante don Enrique, su hermano, al principio del mes de abril, año del Señor de 1429. Tuvieron los dos hermanos vistas en la ciudad de Teruel; entendióse, por lo que se vio adelante, que concertaron de levantar gente y mover guerra a Castilla.

El navarro no se halló en esta junta por estar ocupado en diversos negocios de su reino y en coronarse por rey, que hasta entonces se dilatara. Hízose la ceremonia en Pamplona, a 13 de mayo, en esta manera: el rey y la reina vestidos de sus paños reales, sus coronas en la cabeza a la manera que los godos usaban, fueron levantados en sendos paveses y puestos sobre los hombros de los grandes. Alzaron por ellos los estandartes, y fueron en esta forma por un faraute pregonados por reyes.

Luego después de esto se hicieron de secreto levas de gentes en los dos reinos; la voz era para ayudar a las cosas de Francia; la verdad que estaban resueltos de tomar las armas contra Castilla. No se le encubrió esto al rey de Castilla; enviáronse de la una a la otra parte embajadas sobre el caso; no aprovechó nada. Los dos reyes movieron con sus gentes y llegaron basta Ariza, villa situada en la raya de Aragón, y de los antiguos llamada Arci, en los pueblos dichos arévacos; iban determinados de meterse por aquella parte y entrar por fuerza en las tierras de Castilla. Con este intento don Diego Gómez de Sandoval, conde de Castro, metió gente de guarnición en Peñafiel, y el infante de Aragón don Pedro, avisado de esto,

 

 

 

 

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de Medina del Campo, donde estaba, acudió al mismo lugar. El rey de Castilla para resistir a estos intentos hacía en todo su reino grandes levantamientos de gentes; mandó en particular a los grandes que le acudiesen, y nombradamente llamó al infante de Aragón don Enrique y a don Fadrique de Castro, duque de Arjona, nieto que era de don Fadrique, maestre que fue de Santiago, y hermano del rey don Pedro. Hizo otrosí que a todos los estados de nuevo se tomase juramento que en aquella guerra servirían con todas sus fuerzas y lealmente, y que darían aviso si algunos tratasen de otra cosa y pretendiesen lo contrario, con pleito homenaje y voto que hacían, si faltase en lo que prometían, de ir a Jerusalén a pies descalzos, y que no pedirían en algún tiempo relajación del dicho juramento.

 

En Palencia a los primeros de mayo se hizo esta diligencia. Juraron el primero don Álvaro de Luna, y consiguientemente don Juan de Contreras, arzobispo de Toledo, don Lope de Mendoza, arzobispo de Santiago, don Fadrique, almirante del mar, don Luis de la Cerda, conde de Medinaceli, los maestres de Calatrava y Alcántara, don Gutierre de Toledo, obispo que fue adelante de Palencia, don Pedro de Zúñiga, Pedro Manrique, don Rodrigo Alonso-Pimentel, Sarmiento, y con los demás Juan de Tovar, señor de Berlanga, con otros muchos señores que acompañaran al rey, todos a porfía quién sería el primero para hacer muestra de su lealtad y obediencia; de entre los cuales luego se nombraron cuatro capitanes que guardasen las fronteras. Estos fueron el mismo don Álvaro, el almirante, Pedro Manrique y Pedro Fernández de Velasco, su yerno. Diéronles dos mil de a caballo, que eran mas nombre de ejército que iguales fuerzas a las de Aragón. A Diego López de Zúñiga encargaron fuese en seguimiento de los demás a pequeña distancia y de respeto con un nuevo escuadrón de caballos.

 

El mismo rey con la mayor parte de sus gentes tomó cuidado de ir contra la villa de Peñafiel y sujetarla. Asentó sus reales cerca de las murallas, y a voz de pregonero mandó avisar a los moradores que se rindiesen, con apercibimiento que si se ponían en resistencia y usaban de dilaciones, serían dados por traidores. Obedecieron los moradores, con que don Pedro de Aragón y con él el conde de Castro don Diego Gómez de Sandoval se recogieron a la fortaleza. Diose a los moradores perdón de haber cerrado las puertas y no se rendir luego. No pareció por entonces combatir el castillo por no gastar mucho tiempo en el cerco.

 

 

 

 

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Los reyes de Aragón y de Navarra entraron en las tierras de Castilla y rompieron por la parte de Cogolludo, villa asentada en los confines de la antigua Carpetania y de los pueblos que llamaban arévacos. Asentaron sus reales en lugar llano y descubierto; los capitanes de Castilla en un collado legua y media distante. Eran los aragoneses y navarros en número de dos mil quinientos caballos, mil infantes todos bien armados, soldados viejos y prácticos en muchas guerras. En los reales de Castilla se contaban mil setecientos caballos, cuatrocientos infantes. Los reyes, deseosos de pelear, luego el día siguiente, un viernes, a 1 de julio, movieron ordenadas sus haces.

 

Amonestaron con pocas palabras, conforme al tiempo, a cada cual de las escuadras y compañías que hiciesen el deber; que por culpa de pocos andaba el reino de Castilla revuelto, quebrantadas las leyes, profanadas las cosas sagradas; ellos, a quien más que a nadie tocaba acudir al remedio y procurarle, desterrados, despojados de sus bienes, de sus hijos, mujeres y amigos, hasta el derecho común de contratación les quitaban; que ni aún les consentían hablar al rey de Castilla para amonestarle lo que a él le convenía y dar de sí razón, por lo cual eran forzados a tomar las armas y valerse de ellas; que del suceso de aquella batalla dependía la paz pública, la salud y dignidad de la una nación y de la otra; por tanto, dada la señal, estuviesen a punto y aparejados para acometer a los contrarios, que aunque fueran más, no tendrían dificultad en desbaratarlos por venir desarmados y ser gente poco ejercitada, y al contrario ellos tan usados en las armas y en pelear; «tanto más que en número y en esfuerzo les hacéis ventaja. Ni tienen reales los enemigos, ni están fortificados; el cielo nos ofrece ocasión de grande gloria, el cual a nos es favorable; a los contrarios ha quitado el entendimiento para que en nada acierten. Animaos pues, y en este día echad el sello a todas las victorias pasadas, a los trabajos y honra ganada».

 

Adelantáronse al son de los pífanos y a tambores; llegaron a vista de los enemigos, cuando don Álvaro de Luna, considerado el peligro, mandó rodear con los carros el lugar en que alojaban, determinado de no pelear sino en ventaja y buena ocasión o forzado. El infante don Enrique por una parte, y por la otra el adelantado Pedro Manrique tuvieron habla; dijéronse denuestos y quemazones sin que otro efecto se siguiese. Acudieron los unos y los otros a las armas, trabáronse algunas escaramuzas. El cardenal de Foix, legado del papa en Aragón, que andaba entre las unas haces y las

 

 

 

 

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otras, amonestaba, ora a estos, ora a aquellos que sosegasen; en fin, les persuadió que pues ya era tarde, dejasen para el día siguiente la batalla. La dilación de aquella noche puso remedio a los males.

La reina de Aragón, hembra de ánimo varonil, llegado que hubo adonde las gentes alojaban, hizo armar su tienda en medio de los dos campos, y por su industria con buenos partidos se hicieron las paces, y luego que los capitanes de Castilla las hubieron jurado, se dejaron las armas. Y si bien las gentes de Castilla se quedaron en el mismo lugar, los reyes de Aragón y Navarra sin hacer mal ni daño volvieron atrás.

 

El infante don Enrique los días pasados estuvo a punto, por tratado que tenía, de tomar con engaño y apoderarse de la ciudad de Toledo, y por no haber salido con este diseño, poco antes de la refriega se fuera a juntar con sus hermanos. Al presente, confiado en las capitulaciones de la paz, por Sigüenza pasó a Uclés, resuelto, si no le guardaban lo asentado, de mover nuevos albarotos con ayuda de los de su valía.

 

Sin embargo, el rey de Castilla con la fuerza de sus gentes y ejército apresuraba su camino. Llevaba más de diez mil de a caballo y cincuenta mil infantes, todos número. Fuéronse para él la reina de Aragón, su hermana y el cardenal de Foix; avisáronle de los conciertos y amonestáronle dejase las armas. Él, encendido en deseo de satisfacerse y feroz por la esperanza que llevaba de la victoria, respondió que las capitulaciones no eran válidas por ser hechas sin su mandado, que era justo castigar la insolencia de los dos reyes. Tenía sus estancias cerca de Bejamazán, pueblo situado a la ribera de Duero.

 

Llegó allí don Fadrique, duque de Arjona y conde de Trastámara. Llegado que hubo a la presencia del rey, fue preso; lleváronle al castillo de Peñafiel, que en este comedio era venido en poder del rey, donde falleció el año siguiente; notable lástima, así por su edad como por ser de sangre real, como también por venir sin esperar salvoconducto, creo confiado y asegurado de su buena conciencia contra el crimen de traición que le cargaban, es a saber, de sentir con los infantes de Aragón. La discordia civil es madre de sospechas, y contraria muchas veces a la inocencia. Los buenos suelen en tal ocasión ser tenidos por más sospechosos que los malos, en especial si aman el sosiego. La sepultura de este príncipe se ve cerca de Carrión, en tierra de Campos, en un monasterio que se llama Benevivere, con su lucillo y letrero que le hizo poner Pero Ruiz Sarmiento, su sobrino, hijo de su hermana, y primer conde que fue de Salinas.

 

 

 

 

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Entró el rey de Castilla luego por las tierras de Aragón con grande espanto de aquella tierra. Los labradores con sus ganados y ropilla se recogían a lugares fuertes; los soldados ponían fuego a las aldeas que quedaban yermas y talaban los campos. Llegaron con los reales hasta Ariza, villa fuerte por estar sentada en un alto; recogiéronse los moradores al castillo, y con esto saquearon el pueblo y en gran parte le quemaron. En el mismo tiempo, como estaba acordado, hacían también entradas por las tierras de Navarra gentes de Castilla debajo la conducta de Pedro Velasco, general de aquellas fronteras. Tomaron por fuerza a San Vicente, villa de Navarra, y le pusieron fuego a causa que por quedar el castillo por los navarros no se podía conservar. Por otra parte el obispo de Calahorra y Diego de Zúñiga, su sobrino, se apoderaron de la villa de la Guardia y de su castillo. Fuera de esto, el conde de Benavente don Rodrigo Alonso Pimentel, como le era mandado, cpn parte del ejército no cesaba de apoderarse de los pueblos y castillos que el infante de Aragón don Enrique poseía en Castilla. Él, desamparada la villa de Ocaña, que era cámara de su maestrazgo, se fue a Segura, castillo asentado a la raya de Portugal y a la ribera del río Guadiana. Allí dejó la infanta su mujer, y él se volvió a Trujillo por ver si, ya que le tomaron los demás pueblos de su estado, pudiese entretenerse y hacer algún daño por aquella comarca en las tierras del rey. Acudióle luego su hermano el infante don Pedro, que por miedo de aquella tempestad se retiró a aquellos lugares, mozo de gran corazón y muy diestro en las armas por el uso que de ellas alcanzó en las guerras de Nápoles.

 

 

 

 

II. Del fin de esta guerra

 

Mucho se adelantaron las cosas de Castilla, quier para ganar reputación y mantenerse en su honra, quier para vengar y castigar el atrevimiento de los aragoneses y navarros, pues por tantas partes y en tantas maneras los apretaron. Poner sitio al castillo de Ariza era cosa larga, y poco lo que en tomarle se interesaba, que fue la causa porque el rey de Castilla dio la vuelta con sus gentes y soldados a Medinaceli, más alegres por la victoria que ricos con la presa. Con esto y con poner diversas guarniciones en aquellas fronteras deshizo el campo y dio licencia a los soldados para irse

 

 

 

 

 

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a invernar y volverse a sus casas. El mismo rey al fin del otoño se partió para Medina del Campo a tener Cortes de su reino, que para allí tenía aplazadas.

 

Con su partida los enemigos recobraron ánimo. El navarro se era ido a defender su reino; el de Aragón; juntadas sus gentes, se metió por las tierras de Castilla por la parte y comarca de la ciudad de Soria, por donde antiguamente se tendían los pueblos llamados celtíberos. Apoderóse de la villa de Deza, ganó los castillos de Ciria y Borovia, y con ellos a Bozmediano; el castillo se lo entregó el alcaide por dineros. Fue grande la presa de ganados y trigo, tomaron muchos prisioneros; gentes y soldados sin recibir algún daño se volvieron a Calatayud, de do salieron.

A la raya de Portugal por la parte que corre Guadiana y baña las tierras de Extremadura, los infantes de Aragón con mayor libertad y ganancia hacían sus cabalgadas y presas de ganados, de que hay en aquellos comarcas gran muchedumbre por la abundancia de los pastos; los cuales enviaban a Portugal no obstante que el conde de Benavente, quien esto tenía encomendado, les hacía resistencia, pero no era bastante para estorbarlos. Por esta cansa don Álvaro de Luna acudió en persona a reparar aquel daño, y para el mismo efecto, a su llamado, Pero Ponce, señor de Marchena, que era un caballero muy poderoso y rico en el Andalucía. Enviaron sus reyes de armas a pedir la presa, enmienda y restitución de los daños, y ninguna cosa alcanzaron fuera de buenas palabras, porque el rey de Portugal de secreto les hacía espaldas, y holgaba de los trabajos y alteraciones de Castilla por serle muy a propósito para afirmarse él más y arraigarse en aquel su reino, de que se apoderara.

 

Sucedió a la misma sazón que los infantes de Aragón, por no hallarse con fuerzas iguales a don Álvaro de Luna, quemados los arrabales de Trujillo, fortificaron aquella plaza, que se tenía por ellos, y en la fortaleza pusieron buena guarnición de soldados; demás de esto, por sí mismos de sobresalto se apoderaron de Alburquerque, villa fuerte y de importancia a la raya de Portugal; por todo esto las voluntades de sus contrarios quedaron más irritadas. Pareció grave daño, especial la pérdida de Alburquerque, porque se temía que los portugueses se fortificasen en aquel pueblo, puesto que entre Portugal y Castilla había treguas, mas no estaban de todo punto concertadas las paces, y menos las voluntades conformes. Determinó el rey acudir a aquel daño, convidado por don Álvaro, y esto para que con mayor autoridad y fuerza se hiciese todo, y la honra de la

 

 

 

 

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victoria que esperaban y de concluir aquella empresa quedase por el mismo rey. Sucedió al revés de lo que cuidaban, porque si bien tomaron la villa y fortaleza de Trujillo y a Montanges, no hubo orden de apoderarse de Alburquerque; así, con dejar allí por capitanes y fronteros al maestre de Alcántara y don Juan, hijo de Pero Ponce, el rey y don Álvaro dieron la vuelta y se partieron para Medina del Campo.

 

En la toma de Trujillo sucedió una cosa memorable. Estaba el condestable don Álvaro dentro de la villa; la fortaleza se tenía por el infante don Enrique. Tratóse con el alcaide que la rindiese; impedíalo un bachiller Garci Sánchez de Quincoces, que tenía gran parte en la guarda. Procuró don Álvaro haber habla con él, y aunque con dificultad, al fin alcanzó que por un postigo a la parte del campo que tiene una cuesta agria viniese a ella solo con un mozo de espuelas, que con la mula se quedó también a la mitad de la cuesta. Salió el bachiller; mas como ni por promesas ni amenazas se dejase vencer, abrazóse el condestable con él, y ambos fueron rodando la cuesta abajo, de suerte que antes que de la fortaleza pudiese ser socorrido, le puso en lugar seguro entre cien hombres de armas que allí cerca tenía puestos en celada, con lo cual sin dilación se rindió la fortaleza.

 

Por este mismo tiempo recibieron los de Castilla una nueva rota en los campos de Arabiana, que están a las faldas de Moncayo, harto conocidos y desgraciados de tiempo antiguo por la muerte desgraciada y desleal ejecutada en las personas de los siete infantes de Lara. Ruy Díaz de Mendoza, por sobrenombre el Calvo, aunque ciudadano de Sevilla, era capitán de cuatrocientos caballos de Navarra. Éste venció en un encuentro a Íñigo López de Mendoza, señor de Hita, por arriscarse con menor número de gente a pelear con los contrarios. Pocos fueron los muertos, porque el capitán, como vio los suyos desbaratados, se recogió con algunos a un ribazo, en que se hizo fuerte. Los más se pusieron en huida y se salvaron a causa que los contrarios no tenían noticia de la tierra y por la oscuridad de la noche, que cerró.

 

Hacíanse las Cortes de Castilla en Medina del Campo por principio del año 1430, y por el mismo tiempo las de los catalanes en Tortosa, presentes los dos reyes, cada cual en su parte. Era grande la falta de dinero para los gastos de la guerra, que pretendían sería muy larga; y era grande la dificultad que se ofrecía para allegarlo. Las rentas de Aragón eran pequeñas, las riquezas de Castilla consumidas con los gastos y poco orden

 

 

 

 

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del rey y de su casa, como quier que la templanza del príncipe sirva en lugar de muy gruesas rentas bastantes para el tiempo de la guerra y de la paz. En ambas partes se trató de la poca lealtad que algunos grandes guardaban a sus reyes. Deseaba el de Aragón sosegar a don Fadrique, conde de Luna, ca se entendía inclinaba a seguir el partido de Castilla, movido del dolor y sentimiento que causaba en él haberle quitado el reino; demás que no faltaba gente liviana que despertaba su ánimo inconstante, y le ponía grandes esperanzas de vengarse y alcanzar mayores riquezas, si se arrimaba a Castilla. No pudo salir el de Aragón con lo que pretendía en esta parte, ni le pudo haber a las manos, pero confiscóle todo su estado, que le tenía muy grande.

 

Lo mismo hizo el rey de Castilla con los infantes de Aragón, y aún pasó mas adelante, que, o por ser de su condición pródigo, o con intento que a aquellos señores no les quedase esperanza de reconciliarse con él y ser restituidos en sus bienes, los pueblos que los quitó los repartió entre otros caballeros principales. El maestrazgo de Santiago se dio en administración a don Álvaro de Luna, o Pedro Fernández de Velasco en propiedad la villa de Haro, Ledesma a Pedro de Zúñiga (al uno y al otro con título de condes), a Pedro Manrique dio a Paredes, al conde de Benavente hizo merced de la villa de Mayorga, Medinilla fue dada a Pero Ponce. A Íñigo López de Mendoza cupieron del repartimiento y del botín algunos lugares cerca de Guadalajara, que eran de la infanta doña Catalina; a don Gutierre Gómez de Toledo, obispo que fue adelante de Palencia, Alba de Tormes, en tierra de Salamanca; a otros caballeros diferentes dio otros pueblos y lugares en gran número. Por este modo, de la caída de estos infantes como de un grande edificio se fundaron en Castilla nuevas casas y estados, que permanecen y se conservan hasta el día de hoy, dado que algunos han hecho mudanza por diversas causas de apellidos y linajes. A don Fadrique, conde de Luna, que huido de Aragón, por el mismo tiempo llegó a Medina del Campo, después de haberle honrado y festejado mucho, dieron primero las villas de Cuéllar y Villalón, después también Arjona y otras rentas, con que pudiese sustentar su casa y estado.

 

Doña Leonor, reina de Aragón, fue llamada a Tordesillas y allí puesta en el monasterio de Santa Clara. Quitáronle asimismo tres castillos suyos que tenía con guarnición, que ella entregó como le era mandado, todo a propósito que no pudiese ayudará sus hijos ni con hacienda ni de otra manera alguna; pero poco después se revocó todo esto en Burgos. Después

 

 

 

 

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del rigor suele seguirse la benignidad y compasión, demás que parecía cosa fea que la madre inocente pagase los deméritos de sus hijos. Fue puesta en libertad, y fuéronle restituidos sus castillos con condición y promesa que hizo de no acudir a sus hijos en aquella guerra. Ayudó mucho para tomar esta resolución una embajada que vino sobre estas diferencias de Portugal, dado que lo que sobre todo con ella se pretendía era que entre los reyes de Castilla y de Aragón se hiciesen treguas hasta tanto que jueces señalados por ambas partes tratasen entre sí y asentasen las condiciones de la paz. No tuvo esto efecto por no estar aún sazonadas las cosas.

 

En Peñíscola este año el Domingo de Ramos, que fue a los 9 de abril, y el jueves adelante salió del sepulcro del papa Benedicto tan grande y tan suave olor, que se hinchó de él todo el castillo; así lo testifican algunos autores, como yo pienso, mas por afición que con verdad. Esta fama por lo menos fue ocasión que Juan de Luna, su sobrino, le hiciese trasladar a Illueca, villa suya puesta entre Tarazona y Calatayud. La licencia para hacerlo alcanzó debajo de condición que ni le hiciesen honras ni fuese enterrado en lugar sagrado en pena de su contumacia y de haber por ella muerto excomulgado.

 

Aprestábase el rey de Castilla para la guerra, y con gran cuidado juntaba una hueste muy grande, como el que estaba determinado de hacer de nuevo con mayor fuerza y pujanza otra entrada en Aragón. Junto con esto tenía mandado a don Fadrique Enríquez, almirante del mar, que con su armada, que tenía a punto, trabajase las riberas y mares de Aragón con todo género de daños. Hecho esto, movió con sus gentes y llegó a Osma. El rey de Aragón en Tarazona se aparejaba para la guerra, el de Navarra en Tudela; ambos con mayor porfía y diligencia que recaudo, a causa que aquellas dos naciones aborrecían aquella guerra como mala y desgraciada.

 

Fueron sobre el caso enviados embajadores de Aragón, que llegaron a Osma a 14 días de junio. Dióseles luego audiencia; don Domingo, obispo de Lérida, que era el principal y cabeza en aquella embajada, habida licencia de hablar, con un largo razonamiento que hizo relató cuán grandes beneficios tenían los aragoneses recibidos de los reyes de Castilla. Que la memoria de ellos sería perpetua, sin embargo que tomaron las armas, no por voluntad, sino forzados de los engaños de algunos señores, que se aprovechaban de la facilidad y nobleza de su rey para echar sus deudos de la corte, sin dar lugar aún de hablarle como los que estaban con la privanza hinchados y acostumbrados a malas mañas. Que de buena gana las

 

 

 

 

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dejarían, si con reputación lo pudiesen hacer, y que los partidos fuesen honrosos y tolerables. Ninguno ignoraba cuán grande sería el estrago y desventura de todos si se viniese a las manos de poder a poder. Las espadas que una vez se tiñen en sangre de parientes, con dificultad y tarde se limpian. No de otra manera que si los muertos y sus cenizas anduviesen por las familias y casas pegando fuego y furia a los vivos, todos se embravecen, sin tener fin ni término la locura y los males.

 

Punzados por el razonamiento del obispo, don Álvaro y el conde de Benavente respondieron por sí y por los demás. Llegaron a malas palabras, y parece buscaban ocasión de pasar adelante. Ramón Perellós, uno de los embajadores, con loco atrevimiento se ofreció a hacer campo y probar con las armas a cualquiera que quisiese salir a la causa, que tenían la razón de su parte; grande resolución y brava; pero por estar el rey presente no se pasó a más que palabras. Con esto se acabó aquella junta; después los embajadores de Aragón hablaron de uno en uno a los grandes de Castilla, e hicieron con sus amonestaciones tanto, que los inclinaron a la paz.

 

Estaban los reales de Castilla a la puente de Garay, sitio en que se entiende estuvo asentada la antigua Numancia, más por las medidas y sitio de los lugares que porque haya algún rastro cierto de esta antigüedad. Pasó el rey con su campo a Majano. Allí, por gran diligencia que los dichos embajadores hicieron, asentaron treguas; por parte de Castilla don Álvaro de Luna y don Lope de Mendoza, arzobispo de Santiago, que nombraron para tratar de las capitulaciones con los embajadores de los dos reyes. Concertaron finalmente que durasen las treguas por espacio de cinco años con estas condiciones: dejadas por ambas partes las armas, se abriese la contratación como antes; los infantes de Aragón restituyesen a Alburquerque dentro de treinta días, y que no pudiesen entrar en Castilla en todo el tiempo de las treguas, ni tampoco el rey de Castilla les quitase los pueblos que por ellos se tenían; últimamente, que don Fadrique, conde de Luna, y don Jofre, marqués de Cortes, hijo de don Carlos, rey de Navarra, que andaban forajidos en Castilla, no fuesen maltratados por los reyes de Aragón y Navarra. Para las demás diferencias se nombrasen catorce jueces, siete de cada parte; y que hasta concluir estuviesen y residiesen en Tarazona y Agreda, pueblos a la raya de Aragón. Luego que estas condiciones fueron aprobadas por los reyes, se pregonaron las treguas en los reales la misma fiesta del apóstol Santiago; lo mismo se hizo en las ciudades y lugares de los tres reinos con grande alegría de

 

 

 

 

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todos, que se regocijaban, no sólo por el bien presente, sino mucho más por la esperanza que cobraron de asentar una paz muy larga.

 

Despacháronse correos a todas partes que llevasen nuevas tan alegres, y en particular al rey de Portugal, el cual con su embajada y grande instancia que hizo muchas veces procurara se compusiesen estos debates de los reyes; y en aquella sazón se mostraba alegre por los desposorios que festejaba de doña Isabel, su hija, con Felipe, duque de Borgoña, viudo de su segunda mujer. De este matrimonio nació Carlos, llamado el Atrevido, duque que fue adelante de Borgoña, conocido no mas por la grandeza de sus hechos y valor que por el triste y desgraciado fin que tuvo. El rey de Aragón despachó una armada a Portugal para llamar a sus hermanos. Pretendía él que dejando a Alburquerque, le acompañasen, y empleados en la guerra de Italia, que le tenía en mucho cuidado, y de día y de noche no pensaba sino en volver a ella, aunque la ida de los infantes no se efectuó luego. Las gentes de Castilla fueron desde Osma despedidas con orden que a la primavera no faltasen de acudir a sus banderas para dar principio a la guerra de los moros de Granada. Hecho esto, el rey pasó lo demás del estío en Madrigal, villa muy conocida, do a la sazón la reina se hallaba.

 

 

 

 

III. De la guerra de Granada

 

El fin de la guerra de Aragón fue principio de otras dos guerras, de la que a los moros se hizo y de la de Nápoles, como quier que nunca los reyes sosiegan, en especial cuando su imperio está muy extendido, antes unas diferencias se traban de otras y se mueven de nuevo cada día, además de la ambición, mal desapoderado y cruel y que no tiene limite alguno. El que más tiene más desea, y de más cosas está menguado, miserable y torpe condición de la naturaleza de los mortales, si bien a don Juan, rey de Castilla, puede excusar el deseo que tenía de ensanchar el nombre cristiano y extirpar la nación de los moros, por lo menos en España.

 

El rey Mahomad, llamado el Izquierdo, restituido que fue en el reino, como antes de esto queda dicho, rehusaba, sin embargo, de pagar el tributo y parias que así él como sus antepasados tenían costumbre de pagar; que fue la causa por que cuando se hacían los aparejos para la guerra de Aragón, si bien pidió treguas, ni del todo se las negaron, ni claramente se

 

 

 

 

 

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las concedieron y otorgaron. Tomóse solamente por expediente de enviar por embajador a Granada a Alonso de Lorca para entretener aquel rey bárbaro y dar tiempo al tiempo hasta que el juego estuviese bien entablado. Al presente, como nuevos embajadores para esto enviados hiciesen de nuevo instancia por las treguas, respondió el rey que no se tomaría ningún asiento sino fuese que ante todas cosas pagasen el tributo que tenían antes concertado. Fue junto con esto Alonso de Lorca, enviado por embajador al rey de Túnez con ricos presentes para dar razón a aquel rey de la deslealtad y contumacia del rey de Granada, que ni se movía por el peligro, ni correspondía al amor que le mostraran. Con esto obró tanto, que persuadió a aquel rey no enviase al de Granada para aquella guerra socorros desde África. Esto fue tanto más fácil, que aquellos bárbaros ponen de ordinario la amistad y lealtad en venta, y más les mueve su pro particular que el respeto de la religión y honestidad. Por ventura ¿hacen esto solos los bárbaros, y no los más de los príncipes que tienen el nombre y se precian de la profesión de cristianos?

 

Tuviéronse Cortes en Salamanca, en que con gran voluntad de todos sus estados se otorgó al rey ayuda de dinero para aquella guerra en mayor cantidad que les pedían, porque era contra los enemigos de cristianos.

Por el fin de este año se hicieron diversas entradas en tierras de moros, en particular don Gonzalo, obispo de Jaén, y Diego de Ribera, adelantado que era del Andalucía, con ochocientos caballos y tres mil de a pie entraron hasta llegar a la vega de Granada. Repartieron la gente de esta manera: pusieron dos celadas en lugares a propósito; ochenta de a caballo llegaron a dar vista a la ciudad con intento de sacar los moros a la pelea y meterlos en las zalagardas y enredarlos. Salieron ellos, pero con recato al principio, porque temían lo que era, que había engaño. Los que tenían en la primera celada, como les fuera mandado, a los primeros golpes volvieron las espaldas. Asegurados con esto los moros como si no hubiera más que temer, sin orden y sin concierto siguen a rienda suelta el alcance. Llegaron con esto donde estaba la fuerza de los contrarios, que era la segunda celada. No pensaban los moros cosa semejante ni hallar resistencia; así ellos se atemorizaron, y a los nuestros creció el ánimo. Hirieron en los enemigos, mataron doscientos, prendieron ciento, los demás como prácticos de la tierra se salvaron por aquellas fraguras, a las cuales los caballos de los moros estaban acostumbrados, y a los cristianos fueron causa por su aspereza y no estar usados de detenerse.

 

 

 

 

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Por otra parte, Fernán Álvarez de Toledo, señor de Valdecorneja, a cuyo cargo quedó la guarnición de Écija, entró por los campos y tierra de Ronda. No le sucedió tan prósperamente, porque acudiendo los naturales, con igual daño suyo del que hizo en los contrarios, fue forzado a retirarse. Poco después Rodrigo Perea, adelantado de Cazorla, entró por otra parte; acudieron al improviso los enemigos, y fue la carga que dieron tan grande, que con pérdida de casi todos los suyos apenas el adelantado se pudo salvar a uña de caballo. Verdad es que García de Herrera, que era mariscal, escaló de noche y ganó de los moros por fuerza el lugar de Jimena, que fue alguna recompensa de aquellos daños. De esta manera variaban las cosas prósperas y adversas, fuera de que el tiempo no era a propósito, antes por las continuas aguas hallaban los caminos empantanados, los ríos iban crecidos. En particular en Navarra el río Aragón salió de madre y derribó gran parte de la villa de Sangüesa con gran pérdida y notable daño de los moradores de aquel lugar.

 

El rey llamó por sus cartas a don Diego Gómez de Sandoval, conde de Castro, y al maestre de Alcántara don Juan de Sotomayor. No obedecieron, sea por miedo de sus enemigos, sea estimulados de su mala conciencia. Era cierto seguían la voz de los infantes de Aragón, y aún después de hechas las treguas, perseveraban en lo mismo.

 

A la sazón que se apercibían para esta guerra falleció la primera mujer de don Álvaro de Luna, doña Elvira de Portocarrero. Por su muerte casó segunda vez con doña Juana, hija del conde de Benavente. Los regocijos de las bodas se celebraron en Palencia; no fueron grandes a causa que a la misma sazón falleció doña Juana de Mendoza, abuela de la desposada, y mujer que fue del almirante don Enrique; los padrinos de la boda fueron el rey y la reina. Ninguna cosa por entonces parecía demasiada por ir en aumento y con viento próspero la privanza y autoridad de don Álvaro. Sucedían estas cosas al principio del año 1431.

El papa Martino V, ya más amigo, a lo que mostraba, del aragonés, al tiempo mismo que, o por odio de los franceses, o con una profunda disimulación, tenía llamado a Italia al dicho rey don Alonso, falleció en mala sazón en Roma de apoplejía a 20 del mes de febrero; otros buenos autores señalan el año siguiente, que hace maravillar haya variedad en cosa tan fresca y tan notable. En lugar del papa Martino fue puesto el cardenal Gabriel Condelmario, veneciano de nación, con nombre que tomó de Eugenio IV; fue su elección a 3 días de marzo. Ayudóle en gran manera

 

 

 

 

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para subir a aquel grado el cardenal Jordán Ursino; por esto comenzó a favorecer mucho a los ursinos, bando muy poderoso en Roma, y a perseguir por el mismo caso a los coloneses; sus contrarios; y a su ejemplo Juana, reina de Nápoles, mujer mudable e inconstante, despojó a Antonio Colona de la ciudad de Salerno. Por respeto del nuevo pontífice le quitó lo que el pontífice pasado le hizo dar, o por ventura hubo algún demérito suyo, de que resultaron nuevas alteraciones y diferentes esperanzas en otros de ser acrecentados.

 

El rey de Castilla, determinado de ir en persona a la guerra de los moros, nombró para el gobierno de Castilla en su ausencia a Pedro Manrique. Hecho esto, de Medina del Campo pasó a Toledo, en cuyo templo por devoción pasó toda una noche armado y en vela, costumbre de los que se armaban caballeros. Venida la mañana, hizo bendecir las banderas; y pasadas las fiestas, que se le hicieron grandes, hechos sus votos y plegarias, partió para la guerra. Está en medio del camino puesta Ciudad Real. Allí, como el rey se detuviese por algunos días, a los 24 de abril, dos horas después de medio día, tembló la tierra de tal manera, que algunos edificios quedaron maltratados y algunas almenas del castillo cayeron en tierra. El mismo rey fue forzado por el miedo y por el peligro salir a raso y al descubierto; fue grande el espanto que en todos causó, y mayor por estar el rey presente y correr peligro su persona; mas el daño fue pequeño, y ningún hombre pereció.

 

En Aragón, Cataluña y en Rosellón fue mayor el estrago por esta misma causa y a la misma sazón, tanto, que algunos lugares quedaron destruidos, y algunos maltratados por los temblores de la tierra. En Granada otrosí poco adelante, y en los reales de Castilla que cerca estaban y a punto de pelear y entrar en la batalla que se dieron, como se dirá poco adelante, tembló la tierra, pronóstico que cada uno podía pensar amenazaba a su parte o a la contraria o a entrambas, y que dio bien que pensar y temer no menos a los moros que a los cristianos. Asimismo por toda España fueron grandes los temores y anuncios que hubo por esta causa; que el pueblo inconstante y supersticioso suele alterarse por cosas semejantes y pronosticar grandes males.

 

Por este mismo tiempo en Barcelona falleció la reina doña Violante de mucha edad; fue casada con el rey don Juan el Primero, y era abuela materna de Ludovico, duque de Anjou, con quien traían guerra los aragoneses por el reino de Nápoles.

 

 

 

 

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Llegó el rey de Castilla por el mes de mayo a la ciudad de Córdoba; desde allí envió a don Álvaro de Luna adelante con buen número de gente, taló la campaña de Íllora, y llegó haciendo estrago hasta la misma vega de Granada, llanura que es de grande frescura y no de menor fertilidad. Puso fuego, en los ojos de los mismos ciudadanos, a sus huertas, sus cortijos y arboledas, sin perdonar a una hermosa casa de campo que por allí tenía el rey moro; pero no fueron parte estos daños ni aún las cartas de desafío que les envió don Álvaro para que saliesen a pelear. No se supo la causa; puédese conjeturar que por estar la ciudad suspensa con el miedo que tenía de mayores males, o no estar los ciudadanos asegurados unos de otros.

 

Entre tanto que esto pasaba se consultaba en Córdoba sobre la forma que se tendría en hacer la guerra. Los pareceres fueron diferentes; unos decían que talasen los campos y no se detuviesen en poner sitio sobre algún particular pueblo; otros que sería más a propósito cercar alguna ciudad fuerte para ganar mayor reputación, y con su toma sacar mayor provecho de tantos trabajos y tan grandes gastos. Prevaleció el parecer más honroso y de más autoridad, y conforme a él se acordó fuesen sobre Granada y peleasen con los moros de poder a poder, que era lo que un moro, por nombre Gilairo, grandemente les aconsejaba; el cual en su tierna edad, como hubiese sido preso por los moros y renegado nuestra fe, dado que no de corazón, en esta ocasión se vino a Córdoba a los nuestros y les daba este consejo. Prometía que luego que los fieles se presentasen a vista de la ciudad de Granada, Yusuf Benalmao, nieto que era de Mahomad, el rey Bermejo, que fue muerto en Sevilla, se pasaría con buen número de gente a sus reales.

 

Tomada esta resolución, la reina, que hasta allí acompañara al rey, se partió para Carmona; el ejército marchó adelante. Por el mes de octubre se detuvo el rey cerca de Alvendín algunos días hasta tanto que todas las compañías se juntasen. Llegáronse hasta ochenta mil hombres, y entre ellos muchos que por su linaje y hazañas eran personas de gran cuenta. Diose cuidado de asentar los reales y de maestres de campo al adelantado Diego de Ribera y a Juan de Guzmán, cargo que antes solía ser, conforme a las costumbres de España, de los mariscales, a quien pertenecía señalar y repartir las estancias. Marcharon dende en buen orden, y el segundo día llegaron a tierra de moros. Entraron formados sus escuadrones y en ordenanza, no de otra manera que si tuvieran los enemigos delante. Don Álvaro de Luna llevaba el cargo de la vanguardia, en que iban dos mil

 

 

 

 

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quinientos hombres de armas; el rey iba en el cuerpo de la batalla con la fuerza del ejército, acompañado de muchos grandes; el postrero escuadrón, hacían los cortesanos y gran número de eclesiásticos, entre ellos don Juan de Cerezuela, obispo de Osma, y don Gutierre de Toledo, obispo de Palencia; a los costados marchaban con parte de la gente don Enrique, conde de Niebla, Pero Fernández de Velasco, Diego López de Zúñiga, el conde de Benavente y el obispo de Jaén; delante de todos los escuadrones iban los dos maestres de campo con mil quinientos caballos ligeros.

Estos dieron principio a la batalla, que fue a 29 del mes de junio en esta guisa. Los moros salieron de la ciudad de Granada con grandes alaridos; los fieles fueron los primeros a pasar a un ribazo que caía en medio; con esto se trabó la pelea. Era grande la muchedumbre de los bárbaros, y en lugar de los heridos y cansados venían de ordinario nuevas compañías de refresco de la ciudad que cerca tenían. Lo mismo hacían los nuestros, que adelantaban sus compañías, y todos meneaban las manos. Adelantóse Pedro de Velasco, cuya carga no sufrieron los moros; retiráronse poco a poco cogidos y en ordenanza a la ciudad, de manera que aquel día ninguno de los enemigos volvió las espaldas. Retirados que fueron los moros, los reales del rey se asentaron a la falda del monte de Elvira, fortificados de foso y trincheras. Los moros eran cinco mil de a caballo y como doscientos mil infantes, todos número; parte alojada en la ciudad, y parte en sus reales, que tenían cerca de las murallas a causa que dentro de la ciudad no cabía tanta muchedumbre.

 

El domingo adelante ordenaron los moros sus haces en guisa de pelear. Allanaba el maestre de Calatrava con los gastadores el campo, que a causa de los valladares y acequias estaba desigual y embarazado. Acometiéronle los moros, y cargaron sobre él y sus gastadores que hacían las explanadas. Visto el peligro en que estaba, acudieron don Enrique, conde de Niebla, y Diego de Zúñiga, que más cerca se hallaban, desde los reales a socorrerle; la pelea se encendía, y el calor del sol por ser a medio día era muy grande. El rey, enojado porque no pensaba pelear aquel día y turbado por la locura y atrevimiento de los suyos, envió a don Álvaro de Luna para que hiciese retirar a los soldados y dejar la pelea. La escaramuza estaba tan adelante y los moros tan mezclados por todas partes, que a los cristianos, si no volvían las espaldas, no era posible obedecer. Lo cual como supiese el rey, hizo con presteza poner en ordenanza su gente. Hablóles brevemente en esta sustancia: «Cómo aquellos mismos eran los que poco antes les

 

 

 

 

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pagaban parias, los mismos capitanes y corazones. Que el rey no salía a la batalla por no fiarse de las voluntades de los ciudadanos, cuya mayor parte favorecía a Benalmao, que se ha acogido a nuestro amparo y pasado a nuestros reales. Acometed pues con brío y gallardía a los enemigos que tenéis delante, flacos y desarmados. No os espante la muchedumbre, que ella misma los embarazará en la pelea. ¿Con qué cara volverá cualquiera de vos a su casa sino fuere con la victoria ganada? A los que temieron los aragoneses, los navarros, los franceses ¿podrá por ventura espantar esta canalla y tropel de bárbaros, mal juntada y sin orden? Afuera tan gran mal, no permita Dios ni sus santos cosa tan fea. Este día echará el sello a todos los trabajos y victorias ganadas, o, lo que tiemblo en pensarlo, acarreará a nuestro nombre y nación vergüenza, afrenta y perpetua infamia».

 

Dicho esto, mandó tocar las trompetas en señal de pelear. Acometieron a los moros, que los recibieron con mucho ánimo; fue el alarido grande de ambas partes; estuvieron algún espacio las haces mezcladas sin reconocerse ventaja. La manera de la pelea era brava, dudosa, fea, miserable; unos huían, otros los seguían, todo andaba mezclado, armas, caballos y hombres; no había lugar de tomar consejo ni atender a lo que les mandaban. Andaba el rey mismo entre los primeros como testigo del esfuerzo de cada cual y para animarlos a todos. Su presencia los avivó tanto, que vueltos a ponerse en ordenanza, les parecía que entonces comenzaban a pelear. Con este esfuerzo, los enemigos, vueltas las espaldas, a toda furia se recogieron, parte a la ciudad, parte por el conocimiento que tenían de los lugares, y confiados en su aspereza, se retiraron por aquellos montes cercanos, sin que los nuestros cesasen de herir en ellos y matar hasta tanto que sobrevino y cerró la noche.

 

El número de los muertos no se puede saber al justo; entendióse que sería como de diez mil. Los reales de los moros, que tenían asentados entre las viñas y los olivares, ganó y entró don Juan de Cerezuela. Los demás eclesiásticos, con cruces y ornamentos y mucha muestra de alegría, salieron a recibir al rey, que, acabada la pelea, volvía a sus reales. Daban todos gracias a Dios por merced y victoria tan señalada. Detuviéronse en los mismos lugares por espacio de diez días. Los moros, dado que ni aún a las viñas se atrevían a salir, pero ninguna mención hicieron de concertarse y hacer confederación, sea por confiar demasiado en sus fuerzas, sea por tener perdida la esperanza de ser perdonados. Por ventura también un

 

 

 

 

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extraordinario pasmo tenía embarazados los entendimientos del pueblo y de los principales para que no atendiesen a lo que les estaba bien. Diose el gasto a los campos sin que alguno fuese a la mano.

 

Hecho esto, el rey de Castilla con su gente dio la vuelta. Quedó el cargo de la frontera al maestre de Calatrava y al adelantado Diego de Ribera, y con ellos Benalmao con título y nombre de rey para efecto, si se ofreciese ocasión, de apoderarse con el ayuda de su parcialidad del reino de Granada. Éste fue el suceso de esta empresa tan memorable y de la batalla muy nombrada, que vulgarmente se llamó de la Higuera por una puesta y plantada en el mismo lugar en que pelearon. Pocos de los fieles fueron muertos, ni en la batalla ni en toda la guerra, y ninguna persona notable y de cuenta; con que el alegría de todo el reino fue más pura y más colmada.

 

 

 

 

IV. De las paces que se hicieron entre los reyes dE

 

Castilla y de Portugal

 

Estaba desde los años pasados retirado don Nuño Álvarez Pereira, condestable que era de Portugal, conde de Barcelos y de Oren, no sólo de la guerra, sino de las cosas del gobierno, y por su mucha edad se recogió en el monasterio de los carmelitas, que a su costa de los despojos de la guerra edificó en Lisboa. Recelábase de la inconstancia de las cosas, temía que la larga vida no le fuese ocasión, como a muchos, de tropezar y caer; junto con esto, pretendía con mucho cuidado alcanzar perdón de los pecados de su vida pasada, y aplacar a Dios con limosnas que hacía a los pobres, y templos que edificaba en honra de los santos, como hoy en Portugal se ven no pocos fundados por él, y entre ellos uno en Aljubarrota de San Jorge, y otro de Santa María en Villaviciosa, muestras claras de su piedad, y trofeos señalados de las victorias que ganó de los enemigos. En estas buenas obras se ocupaba cuando le sobrevino la muerte, en edad de setenta y un años, y cuarenta y seis años después que fue hecho condestable. Su fama y autoridad y memoria durará siempre en España; su cuerpo enterraron en el mismo monasterio en que estaba retirado. Hallóse el rey mismo a su enterramiento muy solemne, a que concurrieron toda suerte de gentes. Esta prenda y muestra de amor dio el rey a los

 

 

 

 

 

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merecimientos del difunto, al cual debía lo que era. Tuvo una sola hija, por nombre doña Beatriz, que casó con don Alonso, duque de Berganza, hijo bastardo del mismo rey de Portugal. Entre los nietos que de este matrimonio le nacieron, antes de su muerte dividió todo su estado. El rey de Portugal, avisado por la muerte de su amigo, que era de la misma edad, que su fin no podía estar lejos, lo que una y otra vez tenía intentado, se determinó con mayor fuerza y con una nueva embajada de tratar y concluir con el rey de Castilla que se hiciesen las paces.

 

Partióse el rey don Juan arrebatadamente del reino de Granada, conque parecía a muchos que se perdió muy buena coyuntura de adelantar las cosas. Vulgarmente se murmuraba que don Álvaro fue sobornado para hacer esto con cantidad de oro que de Granada le enviaron en un presente que le hicieron de higos pasados. Creíase esto fácilmente a causa que ninguna cosa, ni grande ni pequeña, se hacía sino por su parecer; demás que el pueblo ordinariamente se inclina a creer lo peor. Llegaron a Córdoba a 20 de julio. Partidos de allí, en Toledo cumplieron sus promesas y dieron gracias a Dios por la victoria que les otorgara. De Toledo muy presto, pasados los puertos, se fueron a Medina del Campo, para donde tenían convocadas Cortes generales del reino, que en ninguna cosa fueron más señaladas que en mudar, como se mudaron, las treguas que tenían con Portugal en paces perpetuas. La confederación se hizo con honrosas capitulaciones para las dos naciones, y a 30 de octubre se pregonaron en las Cortes de Castilla y en Lisboa. Para este efecto de Castilla fue por embajador el doctor Diego Franco.

 

Por otra parte, a la misma sazón, el conde de Castro fue condenado de crimen contra la majestad real. Confiscaron otrosí los pueblos del maestre de Alcántara, y pusieron guarniciones en ellos en nombre del rey. Prendieron al tanto a Pedro Fernández de Velasco, conde de Haro, o Fernán Álvarez de Toledo y al obispo de Palencia, su tío, don Gutierre de Toledo. Cargábanlos de estar hermanados con los infantes de Aragón, y que con deseo de novedades trataban de dar la muerte a don Álvaro. Estas sentencias y prisiones fueron causa de alterarse mucho los ánimos, por tener entendido los grandes que contra el poder de don Álvaro y sus engaños ninguna seguridad era bastante, y que les era fuerza acudir a las armas. En particular Íñigo López de Mendoza se determinó, para lo que podía suceder, de fortificar la su villa de Hita con soldados y armas.

 

 

 

 

 

 

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Tratóse en las Cortes de juntar dinero, como se hizo, para el gasto de la guerra contra los moros, que parecía estar en buenos términos o causa que el adelantado y el maestre de Calatrava ganaron a la sazón muchos pueblos de moros, Ronda, Cambil, Íllora, Archidona, Selenil, sin otros de menos cuenta. La misma ciudad de Loja rindieron, que era muy fuerte; pusieron cerco a la fortaleza, do parte de la gente se fortificara, en cuyo favor vino de Granada Yusuf Abencerraje; pero fue vencido en batalla y muerto por los nuestros, que acudieron a estorbarle el paso. La lealtad y constancia le fue perjudicial y querer continuar en servir al rey Mahomad, su señor, sin embargo que los naturales, en gran parte por el odio que tenían al gobierno presente, se inclinaban a dar el reino a Benalmao.

 

Por esto el rey Mahomad el Izquierdo, visto que no tenía fuerzas iguales a sus contrarios, así por ser ellos muchos como porque los nuestros con diversas mañas los atizaban y animaban contra él, dejada la ciudad de Granada en que prevalecía aquella parcialidad, se resolvió de irse a Málaga y allí esperar mejores temporales. Con su partida Benalmao fue recibido en la ciudad el primer día del año de 1432, que se contara de los moros 835 años, el mes iamad el primero; en el cual mes al infante de Portugal don Duarte nació de su mujer doña Leonor un hijo, que se llamó don Alonso, y fue adelante muy conocido por muchas desgracias que le acontecieron. Los ciudadanos de Granada a porfía se adelantaban a servir al nuevo rey, la mayor parte con voluntades llanas, otros acomodándose al tiempo, y por el mismo caso con mayor diligencia y rostro más alegre, que en gran manera sirve a representaciones y ficciones semejantes. El mismo rey hizo juramento que estaría a devoción de Castilla, y sin engaño pagaría cada año de tributo cierta suma de dineros, según que lo tenían concertado, de lo cual se hicieron escrituras públicas. Las cosas estaban de esta manera asentadas, cuando la fortuna o fuerza más alta, poderosa en todas las cosas humanas, y más en dar y quitar principados, las desbarató en breve con la muerte que sobrevino a Benalmao. Era ya de mucha edad, y así falleció el sexto mes de reinado, a 21 de junio, en el mes que los moros llaman iavel.

 

Con esto Mahomad el Izquierdo, de Málaga, do se entretenía con poca esperanza de mejorar sus cosas, sabida la muerte de su contrario, fue de nuevo llamado al reino, y recibido en la ciudad no con menor muestra de afición que el odio con que antes lo echaron; tanto puede muchas veces un poco de tiempo para trocar las cosas y los corazones. Muchos, después de desterrado e ido, se movían a tenerle compasión. Vuelto al reino, en lugar

 

 

 

 

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del abencerraje, nombró por gobernador de Granada a un hombro poderoso, llamado Andílbar. Puso treguas con el rey de Castilla, que le fueron, bien que por breve tiempo, otorgadas.

 

A la raya de Portugal los infantes de Aragón no cesaban de alborotar la tierra. Los tesoros del rey, consumidos con gastos tan continuos, no bastaban para acudir a tantas partes. Ésta fue la causa de asentar con los moros aquellas treguas. Demás de esto, en parte pareció condescender con los ruegos del rey de Túnez, el cual, con una embajada que envió a Castilla, trabajaba de ayudar aquel rey por ser su amigo y aliado. Para reducir al maestre de Alcántara y apartarle de los aragoneses fue por orden del rey don Álvaro de Isorna, obispo de Cuenca, por si con la autoridad de prelado y el deudo que tenían los dos pudiese detener al que se despeñaba en su perdición y reducirle a mejor partido. Toda esta diligencia fue de ningún efecto; no se pudo con él acabar cosa alguna, si bien no mucho después entendiendo que el maestre estaba arrepentido, se dio cuidado al doctor Franco de aplacarle y atraerle a lo que era razón. Él, como hombre de ingenio mudable y deseoso de novedades, al cual desagradaba lo que era seguro, y tenía puesta su esperanza en mostrarse temerario, de repente como alterado el juicio entregó el castillo de Alcántara al infante de Aragón don Pedro, y al dicho Franco puso en poder de don Enrique, su hermano, exceso tan señalado, que cerró del todo la puerta para volver en gracia del rey. La gente eso mismo comenzó a aborrecerle como a hombre aleve y que con engaño quebrantara el derecho de las gentes en maltratar al que para su remedio le buscaba. Al almirante don Fadrique y al adelantado Pedro Manrique con buen número de soldados dieron cargo de cercar a Alburquerque y de hacer la guerra a los hermanos infantes de Aragón. Gutierre de Sotomayor, comendador mayor de Alcántara, prendió de noche en la cama al infante don Pedro, primer día de julio, no se sabe si con parecer del maestre, su tío, que temía no le maltratasen los aragoneses, si porque él mismo aborrecía el parecer del tío en seguir el partido de los aragoneses, y pretendía con tan señalado servicio ganar la voluntad del rey. La suma es que por premio de lo que hizo fue puesto en el lugar de su tío. A instancia del rey los comendadores de Alcántara se juntaron a capítulo. Allí don Juan de Sotomayor fue acusado de muchos excesos, y absuelto de la dignidad. Hecho esto, eligieron para aquel maestrazgo a don Gutierre, su sobrino.

 

 

 

 

 

 

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El paradero de cada uno suele ser conforme al partido que toma, y el remate semejable a sus pasos y méritos. Los señores de Castilla que tenían presos fueron puestos en libertad, sea por no probárseles lo que les achacaban, sea porque muchas veces es forzoso que los grandes príncipes disimulen, especial cuando el delito ha cundido mucho.

 

 

 

 

V. De la guerra de Nápoles

 

Con la vuelta que dio a España don Alonso, rey de Aragón, como arriba queda mostrado, hubo en Nápoles gran mudanza de las cosas y mayor de los corazones. Muy gran parte de aquel reino estaba en poder y señorío de los enemigos. Los más de los señores favorecían a los angevinos; pocos, y estos de secreto, seguían el partido de Aragón, cuyas fuerzas, como apenas fuesen bastantes para una guerra, en un mismo tiempo se dividieron en muchas; y sin mirar que tenían tan grande guerra dentro de su casa y entre las manos, buscaron guerras extrañas. Fue así, que los Fregosos, una muy poderosa parcialidad entre los ciudadanos de Génova, echados que fueron de su patria, y despojados del principado que en ella tenían, por Filipo, duque de Milán, acudieron con humildad a buscar socorros extraños. Llamaron en su ayuda a don Pedro, infante de Aragón, que a la sazón en Nápoles con pequeñas esperanzas sustentaba el partido del rey, su hermano. Fue él de buena gana con su armada, por la esperanza que le dieron de hacerle señor de aquella ciudad; a lo menos pretendía con aquel socorro que daba a los Fregosos, vengar las injurias que en la guerra pasada, les hizo el duque de Milán.

 

No fue vana esta empresa, ca juntadas sus fuerzas con los Fregosos y con los Fliscos, quitó al duque de Milán muchos pueblos y castillos por todas aquellas marinas de Génova. Despertóse por toda la provincia un miedo de mayor guerra: los naturales entraron con aquella ayuda en esperanza de librarse del señorío del duque por el deseo que tenían de novedades. El duque de Milán, cuidadoso que si perdía a Génova, podía correr peligro lo demás de su estado, se determinó de hacer paces con los aragoneses. Para esto por sus embajadores que envió a España prometió al rey sin saberlo los genoveses que le entregaría la ciudad de Bonifacio, cabeza de Córcega, sobre la cual isla por tanto tiempo los aragoneses

 

 

 

 

 

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tenían diferencia con los de Génova. Pareció no se debía desechar la amistad que el duque ofrecía con partido tan aventajado; por esto el rey de Aragón envió a Italia sus embajadores con poder de tratar y concluir las paces. No se pudo entregar Bonifacio por la resistencia que hizo el senado de Génova, pero dieron en su lugar los castillos y plazas de Portuveneris y Lerici.

 

Tomada esta resolución, el infante don Pedro, llamado desde Sicilia, donde se había vuelto, puso guarnición en aquellos castillos, y dejando seis galeras al sueldo del duque Filipo para guarda de aquellas marinas, se partió con la demás armada. En conclusión, talado que hubo y saqueado una isla de África llamada Cercina, hoy Charcana, y del número de los cautivos, por tener grandes fuerzas, suplido los remeros que faltaban, compuestas las cosas en Sicilia y en Nápoles como sufría el estado presente de las cosas, se hizo a la vela para España, como arriba queda dicho, en socorro de sus hermanos y para ayudarlos en la guerra que hacían contra Castilla, ni con gran esperanza, ni con ninguna de poderse en algún tiempo recobrar el reino de Nápoles. Las fuerzas de la parcialidad contraria le hacían dudar por ser mayores que las de Aragón; poníale esperanza la condición de aquella nación, acostumbrada muchas veces a ganar mas fácilmente estados de fuera con las armas que saberlos conservar, como de ordinario a los grandes príncipes antes les falla industria para mantener en paz los pueblos y vasallos que para vencer con las armas a los enemigos. Representábasele que las costumbres de las dos naciones francesa y napolitana eran diferentes, los diseños contrarios; por donde en breve se alborotarían y entraría la discordia entre ellos, que es lo postrero de los males. De la reina y de los cortesanos, como de la cabeza, la corrupción y males se derramaban en los demás miembros de la república. Juzgaba por ende que en breve perecería aquel estado forzosamente y se despeñaría en su perdición, aunque ninguno le contrastase. No fue vana esta consideración, porque el de Anjou fue enviado por la reina a Calabria con orden que desde allí cuidase sólo de la guerra, sin embarazarse en alguna otra parte del gobierno ni poner en él mano. El que dio esto consejo fue Caracciolo, senescal de Nápoles; pretendía, alejado su competidor, reinar él sólo en nombre ajeno; cosa que le acarreó odio, y al reino mucho mal.

 

De este principio, como quier que se aumentasen los odios, pasó el negocio tan adelante, que el aragonés fue por Caracciolo llamado al reino.

 

 

 

 

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Prometíale que todo le sería fácil por haber envejecido y enflaquecido con el tiempo el poder de los franceses; que él y los de su valía se conservarían en su fe y seguirían su partido. No se sabe si prometía esto de corazón, o por ser hombre de ingenio recatado y sagaz quería tener aquel arrimo y ayuda para todo lo que pudiese suceder.

 

Con más llaneza Antonio Ursino, príncipe de Tarento, seguía la amistad del rey, hombre noble, diligente, parcial, deseoso de poder y de riquezas, y por esto con más cuidado solicitaba la vuelta del rey de Aragón. Avisaba que ya los tenía cansados la liviandad francesa, como él hablaba, y su arrogancia; que la afición de los aragoneses y su bando estaba en pie; de los otros muchos de secreto le favorecían; que luego que llegase, toda la nobleza y aún el pueblo por el odio de la torpeza y soltura de la reina se juntarían con él, y todavía si se detenía, no dejarían de buscar otras ayudas de fuera.

Despertó el aragonés con estas letras y fama; pero ni se fiaba mucho de aquellas promesas magníficas, ni tampoco menospreciaba lo que le ofrecían. Tenía por cosa grave y peligrosa, si no fuese con la voluntad de la reina, contrastar de nuevo con las armas sobre el reino de Nápoles. Sin embargo, dejados sus hermanos en España, él apercibida una armada en que se contaban veintiséis galeras y nueve naves gruesas, se determinó acometer las marinas de África por parecerle esto a propósito para ganar reputación y entretenerse de más cerca en Italia la afición de su parcialidad. Hízose con este intento a la vela desde la ribera de Valencia, y después de tocar a Cerdeña, llegó a Sicilia. Tenían los franceses cercado en Calabria un castillo muy fuerte, llamado Trupia. Apretábanle de tal manera, que los de dentro concertaron de rendirse, si dentro de veinte días no les viniese socorro. Deseaba el rey de Aragón acudir desde Sicilia, do fue avisado de lo que pasaba. No pudo llegar a tiempo por las tempestades que se levantaron, que fue la causa de rendirse el castillo al mismo tiempo que él llegaba.

 

En Mesina se juntaron con la armada aragonesa otros setenta bajeles, y todos juntos fueron la vuelta de los Gelves, una isla en la ribera de África, que se entiende por los antiguos fue llamada Lotofagite o Meninge. Está cercana a la Sirte menor, y llena de muchos y peligrosos bajíos, que se mudan con la tempestad del mar por pasarse el cieno y la arena de una parte a otra; apartada de tierra firme obra de cuatro millas, llena de moradores y de mucha frescura. Por la parte de poniente se junta más con

 

 

 

 

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la tierra por una puente que tiene para pasar a ella, de una milla de largo. Era dificultosa la empresa y el acometer la isla por su fortaleza y los muchos moros que guardaban la ribera; porque Bofferriz, rey de Túnez, avisado del intento del rey don Alonso, acudió sin dilación a la defensa. Tomaron los de Aragón la puente luego que llegaron, dieron otrosí la batalla a aquel rey bárbaro, fueron vencidos los moros y forzados a retirarse dentro de sus reales. Entraron en ellos los aragoneses, y por algún espacio se peleó cerca de la tienda del rey con muerte de los más valientes moros. El mismo Bofferriz, perdida la esperanza, escapó a uña de caballo; los demás se pusieron al tanto en huida. La matanza no fue muy grande ni los despojos que se ganaron, dado que les tomaron veinte tiros; con todo esto no se pudieron apoderar de la isla. Detuviéronse de propósito los isleños con engaño mucho tiempo en asentar los condiciones con que mostraban quererse rendir.

 

Por esto la armada, como ellos lo pretendían, fue forzada por falta de vituallas de volverse a Mesina. Allí se trató de la manera que se podría tener para recobrar a Nápoles. Ofrecíase nueva ocasión, y fue que Juan Caracciolo por conjuración de sus enemigos, que engañosamente le dijeron que la reina le llamaba, al ir a palacio fue muerto a 18 de agosto. La principal movedora de este trato fue Cobella Rufa, mujer de Antonio Marsano, duque de Sesa, que tenía el primer lugar de privanza y autoridad con la reina, y aborrecía a Caracciolo con un odio mortal. Todo era abrir camino para que recobrase aquel reino el rey don Alonso, que no faltaba a la ocasión, antes solicitaba para que le acudiesen a los señores de Nápoles. Envió una embajada a la reina, y él se pasó a la isla de Isquia, que antiguamente llamaron Enaria, para de más cerca entender lo que pasaba. Decía la reina estar arrepentida del concierto que tenía hecho con el de Anjou, que deseaba en ocasión volver a sus primeros intentos, como se pudiese hacer sin venir a las armas. En tratar y asentar las condiciones se pasó lo demás del estío. Llevaron tan adelante estas pláticas; que la reina, revocada la adopción con que prohijó a Ludovico, duque de Anjou, renovó la que hiciera antes en la persona de don Alonso, rey de Aragón; decía que la primera confederación era de mayor fuerza que el asiento que en contrario de ella tomara con los franceses. Dio sus provisiones de esto en secreto y sólo firmadas de su mano, para que el negocio no se divulgase, todo por consejo y amonestación de Cobella, por cuyos consejos la reina en todo se gobernaba, como mujer sujeta al parecer ajeno, y lo que era

 

 

 

 

 

 

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peor al presente, de otra mujer; en tanto grado, que ella sola gobernaba todas las cosas, así de la paz como de la guerra; afrenta vergonzosa y mengua de todos. Pero la ciudad, inclinada a sus deleites, por la grau abundancia que de ellos tiene, y con los entretenimientos y pasatiempos de todas maneras, a trueco de sus comodidades, ningún cuidado tenía de lo que era honesto, en especial el pueblo que ordinariamente suele tener poco cuidado de cosas semejantes, y más en aquel tiempo en que comúnmente prevalecía en los hombres este descuido.

 

Entre tanto que esto pasaba en Nápoles, los infantes de Aragón se hallaban en riesgo, el uno preso, y a don Enrique tenían los de Castilla cercado dentro de Alburquerque. Teníanse sospechas de mayor guerra por no haber guardado la fe de lo que quedó concertado; desorden de que los embajadores de Castilla se quejaron, como les fue mandado, en presencia del rey de Navarra por ser hermano de los infantes, y que quedaba por lugarteniente del rey de Aragón para gobernar aquel reino. Concertaron finalmente que entregando a Alburquerque y todos los demás pueblos y castillos de que estaban apoderados los dos hermanos infantes, saliesen de toda Castilla. Tomado que se hubo este asiento con intervención y por industria del rey de Portugal, los dos hermanos y la infanta doña Catalina, mujer de don Enrique, y el maestre que era antes de Alcántara, y con ellos el obispo de Coria, se embarcaros en Lisboa, y desde allí fueron a Valencia con intento de acometer nuevas esperanzas y pretensiones en España; donde esto no les saliese a su propósito, por lo menos pasar en Italia, que era lo que el rey, su hermano, ahincadamente les exhortaba, por el deseo que tenía de recobrar por las armas el reino de Nápoles, como el que tenía por muy cierto que la reina sólo le entretenía con buenas palabras, y que con el corazón se inclinaba a su competidor y contrario; que la discordia doméstica no sufre que alguna cosa esté encubierta, todos los intentos, así buenos como malos, echa en la plaza.

 

Don Fadrique, conde de Luna, con diversas inteligencias que tenía y diversos tratos, pretendía entregar en poder del rey de Castilla a Tarazona y Calatayud, pueblos asentados a la raya de Aragón. Quería que este fuese el fruto de su huida, como hombre desapoderado que era, de ingenio mudable, atrevido y temerario. Daba ocasión para salir con esto la contienda que muy fuera de tiempo en aquella comarca se levantó sobre el primado de Toledo, con esta ocasión. Don Juan de Contreras, arzobispo de Toledo, con otros seis, nombrado por el rey de Castilla como juez árbitro

 

 

 

 

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para componer las contiendas y diferencias con el aragonés, primero en Ágreda, después en Tarazona, donde los jueces residían, llevaba delante la cruz o guión, divisa de su dignidad. El obispo de Tarazona se quejaba, y alegaba ser esto contra la costumbre de sus antepasados y contra lo que estaba en Aragón establecido. En especial se agraviaba Dalmao, arzobispo de Zaragoza, cuyo sufragáneo es el de Tarazona. Decían que se hacía perjuicio a la iglesia de Tarragona y a su autoridad, y que pues otras veces reprimieron los de Toledo, no era razón que con aquel nuevo ejemplo se quebrantasen sus costumbres y derechos antiguos. El de Toledo se defendía con los privilegios y bulas antiguas de los sumos pontífices; sin embargo, se entretenía en Agreda, y no entraba en Aragón por recelo que de la contienda de las palabras no se viniese y pasase a las manos. Este debate tan fuera de sazón era causa que no se atendía al negocio común de la paz, y por la contienda particular se dejaba lo más importante y que tocaba a todos. Por donde se tenía y corría peligro que pasado que fuese el tiempo de las treguas, de nuevo volverían a las armas; por este recelo los unos y los otros se apercibían para la guerra, dado que tenían gran falta de dinero, y más los de Aragón, por estar gastados con guerras de tantos años.

 

 

 

 

VI. Del concilio de Basilea

 

Los ánimos de los españoles, suspensos con las sospechas de una nueva guerra, nuevas señales que se vieron en el cielo, los pusieron mayor espanto. En especial en Ciudad Rodrigo, do a la sazón se hallaba el rey de Castilla por causa de acudir a la guerra que se hacía contra los infantes de Aragón, se vio una grande llama, que discurrió por buen espacio y se remató en trueno descomunal, que más de treinta millas de allí le oyeron muchos. Al principio del año 1433 en Navarra y Aragón nevó cuarenta días continuos, con grande estrago de ganados y de aves que perecieron. Las mismas fieras, forzadas de la hambre concurrían a los pueblos para matar o ser muertas.

 

De Ciudad Rodrigo se fue el rey a Madrid a tener Cortes; acudió tanta gente, que la villa con ser bien grande, como quier que no fuese bastante para tantos, gran parte de la gente alojaba por las aldeas de allí cerca. Tratóse en las Cortes de la guerra de Granada, y por haber expirado el

 

 

 

 

 

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tiempo de las treguas, Fernán Álvarez de Toledo, señor de Valdecorneja, fue enviado para dar principio a la guerra, y ganó algunos castillos de moros.

 

Por lo demás, este año hubo sosiego en España. Los grandes en Madrid a porfía hacían gastos y sacaban galas y libreas, ejercitábanse en hacer justas y torneos, todo a propósito de hacer muestra de grandeza y de la majestad del reino y para regocijar al pueblo, de que tenían mas cuidado que de apercibirse para la guerra.

En Lisboa hubo este año peste en que murieron gran número de gente, el mismo rey don Juan falleció a 14 de agosto. Era ya de grande edad; vivió setenta y seis años, cuatro meses y tres días; reinó cuarenta y ocho años, cuatro meses y nueve días. Fue muy esclarecido y de gran nombre por dejar fundada para sus descendientes la posesión de aquel reino en tiempos tan revueltos y de tan grande alteración. Sucedióle su hijo don Duarte, que sin tardanza en una grande junta de hidalgos fue alzado por rey de Portugal. Era de edad de cuarenta y un años y nueve meses y catorce días. Fuera de las otras prosperidades tuvo este rey muchos hijos habidos de un matrimonio; el mayor se llamó don Alonso, que entre los portugueses fue el primero que tuvo nombre de príncipe; el segundo don Fernando, que nació este mismo año; doña Filipa, que murió niña; doña Leonor, doña Catalina y doña Juana, que adelante casaron con diversos príncipes. El mismo día que coronaron al nuevo rey, dicen que un cierto médico judío, llamado Gudiala, le amonestó se hiciese la ceremonia y solemnidad después de medio día, porque si se apresuraba, las estrellas amenazaban algún revés y desastre; y que con todo eso pasó adelante en coronarse por la mañana según lo tenían ordenado, por menospreciar semejantes agüeros, como sin propósito y desvariados.

 

Tomado que hubo el cuidado del reino y sosegada la peste de Lisboa, lo primero que hizo fue las honras y exequias de su padre con aparato muy solemne; el cuerpo con pompa y acompañamiento el mayor que hasta entonces se vio llevaron a Aljubarrota, y enterraron en el monasterio de la Batalla, que él mismo, como de suso queda dicho, fundó en memoria de la victoria que ganó de los castellanos. Acompañaron el cuerpo el mismo rey y sus hermanos, los grandes, personas eclesiásticas en gran número, todos cubiertos de luto y con muy verdaderas lágrimas. Conforme a este principio y reverencia que tuvo este rey a su padre fueron los medios y remate de su reinado. Esto en España.

 

 

 

 

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Había Martino, pontífice romano, convocado el postrer año de su pontificado los obispos para tener concilio en la ciudad de Basilea en razón de reformar las costumbres de la gente, que se apartaban mucho de la antigua santidad, y para reducir los bohemios a la fe, que andaban con herejías alterados. Fue desde Roma por legado para abrir el concilio y presidir en él el cardenal Julián Cesarino, persona en aquella sazón muy señalada. Eugenio, sucesor de Martino, procuraba trasladar los obispos a Italia por parecerle que, estando más cerca, tendrían menos ocasión de hacer algunas novedades que se sospechaban. Oponíase a esto el emperador Segismundo por favorecer más a Alemania que a Italia. Los demás príncipes fueron por la una y por la otra parte solicitados. En particular el de Aragón, con el deseo que tenía de apoderarse del reino de Nápoles, acordó llegarse al parecer de Segismundo, de quien tenía más esperanza que le ayudaría. Por esta causa mandó que de Aragón fuesen por sus embajadores a Basilea don Alonso de Borgia, obispo de Valencia, y otros dos en su compañía, el uno teólogo, y el otro de la nobleza; lo mismo por su ejemplo hicieron los demás reyes de España; el de Portugal envió a don Diego, conde de Oren, por su embajador, y en su compañía los obispos y otras personas eclesiásticas.

 

Al principio del año 1434 falleció en Basilea el cardenal don Alonso Carrillo, varón de gran crédito por su doctrina y prudencia, amparo y protector de nuestra nación. Sucedióle en el obispado de Sigüenza, que tenía, don Alonso Carrillo el más mozo, que era su sobrino, hijo de su hermana. Era protonotario y andaba en corte romana, y aún a la sazón se halló a la muerte de su tío; por estos grados llegó finalmente a ser arzobispo de Toledo. La falta del cardenal fue ocasión que el rey de Castilla pusiese más diligencia en enviar sus embajadores al concilio, que fueron don Álvaro de Isorna, obispo de Cuenca, y Juan de Silva, señor de Cifuentes y alférez del rey, y Alonso de Cartagena, hijo del obispo Pablo, burgense, persona que ni en la erudición ni en las demás virtudes reconocia a su padre ventaja. A la sazón era deán de Santiago y de Segovia, y adelante, por promoción que de su padre se hizo en patriarca de Aquileya, fue él en su lugar nombrado por obispo de Burgos, premio debido a los méritos de su padre y a sus propias virtudes, y en particular porque defendió en Basilea con valor delante los prelados y el concilio la dignidad de Castilla contra los embajadores ingleses que pretendían ser preferidos y tener mejor asiento que Castilla. Hizo una información sobre

 

 

 

 

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el caso, y púsola por escrito, la cual, presentada que, fue a los prelados, quebrantó y abajó el orgullo de los ingleses. De éste dicen que como en cierto tiempo fuese a Roma, dijo el pontífice Eugenio: «Si don Alonso viniere, ¿con qué cara nosotros nos asentaremos en la silla de san Pedro?». Cosa semejante a milagro que hubiese en España quien sobrepujase con la virtud la infamia y odio de aquel linaje y nación; a la verdad honraban en él más sus méritos y aventajadas partes que la nobleza de sus antepasados.

 

En lo que tocaba al rey de Aragón y sus intentos, el emperador Segismundo no le correspondió como él esperaba, antes luego que se coronó en Roma el año pasado, como si con la corona del imperio se hubiera de repente trocado, procuró e hizo liga con los venecianos, florentinos y con Felipe, duque de Milán, para con las fuerzas de todos lanzar a los aragoneses de toda Italia; asiento en que el emperador quiso más condescender con los ruegos del pontífice que porque tuviese de ello entera voluntad; pero sucedió muy al revés, y todos aquellos intentos y pláticas fueron en vano, según que se entenderá por lo que diremos adelante.

 

 

 

 

VII. Que Ludovico, duque de Anjou, falleció

 

A los demás desórdenes y excesos, muchos y grandes, que don Fadrique, conde de Luna, contiunaba a cometer después que se pasó a Castilla, añadió en esta sazón uno muy feo con que echó el sello y acabó de despeñarse. Era mozo atrevido y desasosegado: en Aragón dejó un estado principal; los pueblos que en Castilla le dieron tenía vendidos a dinero, Arjona al condestable don Álvaro de Luna, y Villalón al conde de Benavente. Era pródigo de lo suyo, y codicioso de lo ajeno, condición de gente desbaratada. Así, por entender que no le quedaba esperanza alguna de remediar su pobreza sino fuese con hacer algún desaguisado, se determinó de saquear la muy rica ciudad de Sevilla, apoderarse de las atarazanas y del arrabal llamado Triana, desde donde pensaba echarse sobre los bienes y haciendas de los ciudadanos. En especial estaba mal enojado con el conde de Niebla, su cuñado, que en aquella ciudad tenía grande autoridad, y de él pretendía estar agraviado y tomar venganza.

 

 

 

 

 

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Cosa tan grande no se podía ejecutar sin compañeros. Juntó consigo otros, a los cuales aguijonaba semejante pobreza, y sus malas costumbres los ponían en necesidad de despeñarse, por tener gastados sus patrimonios muy grandes en comidas, juegos y deshonestidades, sin quedarles cosa alguna; en particular dos regidores de Sevilla fueron participantes de aquel intento malvado, de cuyos nombres no hay para qué hacer memoria en este lugar.

 

Este diseño no podía entre tantos estar secreto. Así, don Fadrique fue preso en Medina del Campo, donde el rey fue al principio de este año. De allí le llevaron, primero a Ureña, después a un castillo que está cerca de Olmedo; su prisión y cárcel se acabaron con la vida, con tanto menor compasión de todos, que el nombre de fugitivo lo hacía aborrecible a los suyos y sospechoso a los de Castilla, como ordinariamente lo son todos los que en semejantes pasos andan. Sus cómplices y compañeros pagaron con las cabezas. La condesa de Niebla doña Violante, su hermana, que quiso interceder por él, sin darle lugar que pudiese hablar al rey, fue enviada a Cuellar con expreso mandato que no saliese de allí sin tener orden, y esto por la sospecha que resultaba de que el conde, confiado en la ayuda y riquezas de su hermana, intentó aquella maldad. Este fue el fin qur tuvieron las esperanzas e intentos de don Fadrique, conforme a sus obras y a su inconstancia. En el cabildo de la iglesia mayor de Córdoba se muestra su sepulcro, aunque de madera, de obra prima, con el nombre del duque de Arjona, el cual, como se tiene vulgarmente, le mandó hacer su madre, que se fue tras él a Castilla. Algunos entienden que Arjona es la que antiguamente se llamó Aurigi; otros porfían que se llamó municipio urgavonense, y lo comprueban por el letrero de una piedra que se lee en la iglesia de San Martín de aquel pueblo, que fue antiguamente basa de una estatua del emperador Adriano, y dice así:

 

Imp. caesari divi Traiano Parthici filio, divi Nerva Nepoto, Traiano, Hadriano, Augusto,

 

pontifici maximo, trib. pot. XIIII. cons. III. p. p. municipium Albense Urgavonense. d. d

 

Quiere decir: «Al emperador César, hijo de Trajano Partico, nieto de Nerva, Adriano Augusto, pontífice máximo, tribuno la vez décima cuarta, cónsul la tercera vez, padre de la patria, el municipio albense

 

 

 

 

 

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urgavonense la dedicaron». No espantó la desgracia y castigo de don Fadrique a los infantes de Aragón para que no siguiesen aquel mal camino; antes, echados que fueron de Castilla y despojados de sus estados, que eran muy grandes, trataban de nuevo de revolver el reino con diferentes tratos que traían. Quejábase el rey de Castilla que quebrantaban las condiciones de la confederación y asiento que se tomó con ellos poco antes. Que si deseaban durasen las treguas, era forzoso hacer salir a los infantes de toda España. El rey de Navarra, oído lo que en este propósito le decían los embajadores de Castilla, persuadió a sus hermanos se embarcasen para Italia, con intento de seguirlos él mismo en breve. Decíales que, ganado el reino de Nápoles, de que se mostraba alguna esperanza, no faltaría ocasión para recobrar los estados que en Castilla les quitaron, pues todo lo demás sería fácil a los vencedores de Italia; llegaron por mar a Sicilia.

 

El rey don Alonso, su hermano, estaba allí a la mira esperando ocasión de apoderarse del reino de Nápoles, y para este efecto pretendía ganar las voluntades de los señores de aquel reino y de poner amistad con los demás príncipes de Italia, sobre todo con el pontífice Eugenio, de quien tenía experiencia le era muy contrario y deseaba desbaratar sus intentos. Ofrecíase buena ocasión para salir con esto por la larga indisposición de la reina y por la diferencia que los grandes de aquel reino tenían entre sí; item, por una desgracia que sucedió al pontífice, alborotóse tanto el pueblo de Roma, que a él fue forzado huirse de aquella ciudad. La venida a Roma de Antonio Colona, príncipe de Salerno, hizo que el pueblo fácilmente tomase las armas y se alborotase contra el papa. La causa de este odio era que perseguía a los señores de la casa Colona, y que por culpa suya aquellos días la gente de Felipe, duque de Milán, debajo la conducta de Francisco Esforcia, talaron y saquearon la campaña de Roma. Huyó el pontífice por el Tíber en una barca; y si bien para mayor disimulación iba vestido de fraile francisco, desde la una ribera y desde la otra le tiraron piedras y dardos: grande atrevimiento, pero tanto puede la indignación del pueblo y su ira cuando está irritado. En las galeras que halló apercibidas en Ostia, pasó a Toscana. Esta afrenta del pontífice, como se divulgase por todas las provincias, causó diferentes movimientos en los ánimos de los príncipes conforme a la afición y pretensiones de cada cual. Algunos le juzgaban por digno de aquella desgracia por tener irritados sin propósito los suyos, los de cerca y los de lejos; los más se ofendían que se opusiese a

 

 

 

 

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los intentos santísimos de los padres de Basilea, y decían que por su mala conciencia temía no le fuesen contrarios. La ofensión era tan grande, que estaban aparejados a tomar las armas sobre el caso.

El rey de Aragón supo esta desgracia en Palermo a los 9 de julio; dolióse, como era justo, de la afrenta del nombre cristiano y majestad pontifical; pero de tal manera se dolía, que se alegraba se ofreciese ocasión de mostrar la piedad de su ánimo y de ganar al pontífice. Envióle sus embajadores que le diesen el pésame y le ofreciesen su ayuda para castigar sus enemigos y sosegar el pueblo. Alegróse el pontífice con esta embajada, mas no aceptó lo que le ofrecía, porque, sosegada aquella tempestad dentro del quinto mes, los alborotos de Roma cesaron, y los ciudadanos reducidos a lo que era razón, se sujetaron a la voluntad del pontífice, y recibieron en el Capitolio guarnición de soldados, con que fueron absueltos de las censuras en que por injuriar al pontífice incurrieran.

 

En España falleció en Alcalá de Henares a 16 de septiembre don Juan de Contreras, arzobispo de Toledo. Su cuerpo sepultaron en la iglesia mayor de Toledo en la capilla de San Ilefonso con enterramiento muy solemne y las honras muy señaladas. Juntáronse los canónigos a nombrar sucesor; y divididos los votos, unos querían al arcediano de Toledo Vasco Ramírez de Guzmán, otros al deán Ruy García de Villaquirán. Esta división dio lugar a que el rey entrase de por medio, y a instancia suya fue nombrado por arzobispo de Toledo don Juan de Cerezuela, hermano de parte de madre del condestable don Álvaro, y que de obispo de Osma poco antes pasara a ser arzobispo de Sevilla. A este mismo tiempo que el rey estaba en Madrid, falleció en aquella villa don Enrique de Villena, al cual hasta lo postrero de su vejez sufrió con paciencia y con el entretenimiento que tenía en sus estudios la injuria de la fortuna y verse privado de sus dignidades y estados. Fue dado a las letras en tanto grado, que se dice aprendió arte mágica; sus libros por mandado del rey fueron entregados, para que los examinase, a Lope de Barrientos, fraile de Santo Domingo, maestro que era del príncipe don Enrique. Él hizo quemar parte de ellos, de que muchos le cargaban, ca juzgaban se debían aquellos libros que tanto costaron conservar sin peligro y sin daño para que se aprovechasen de ellos los hombres eruditos. Respondió él por escrito en su defensa excusándose con la voluntad y orden que tenía del rey, a que él no podía faltar.

 

 

 

 

 

 

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Los señores de Nápoles, por el aborrecimiento que tenían al estado presente de aquel reino y por estar cansados del gobierno de mujer y sus desórdenes, se inclinaban a favorecer al rey de Aragón. Él, con grandes promesas que hizo a Nicolás Picinino, un gran capitán en aquella sazón en Italia, pariente de Braccio, que fue otro gran caudillo, le atrajo para que siguiese su partido. En Palermo otrosí hizo confederación con el príncipe de Tarento y con sus parientes y aliados, que por ser maltratados del duque de Anjou y de Jacobo Caldora y de sus gentes, acudieron a pedir socorro al rey de Aragón. El concierto fue que seguirían el partido de Aragón a tal que les enviase tanta gente de socorro cuanta fuese necesaria para defenderse en la guerra que a la sazón les hacían, es a saber, dos mil caballos y mil infantes al sueldo del rey de Aragón, número que, aunque parecía bastante, no lo era comparado con las fuerzas de los contrarios; así, en breve el príncipe de Tarento fue despojado de su estado, que era muy grande, de manera que apenas le quedaron pocos castillos y pueblos, por ser muy fuertes por su asiento o por sus murallas.

 

Casi estaba esta guerra concluida; y dejadas las armas, esperaban gozar de larga paz, cuando en Cosencia, ciudad de Calabria, el duque de Anjou, quebrantado con los grandes trabajos de la guerra y por ser aquel cielo malsano, cayó enfermo, dolencia y mal que mediado el mes de noviembre le acabó en la flor de su edad y en medio de su prosperidad, y que estaba para apoderarse del reino, y apenas acabadas las alegrías de las bodas y casamiento que hizo con Margarita, hija de Amadeo, primer duque de Saboya. Éstos son los juegos de la que llaman fortuna, ésta la suerte de las mortales, de esta manera nos trocamos nos y nuestras cosas. El cielo a la verdad abría el camino a su contrario para apoderarse de aquel reino, y Dios lo disponía, al cual ninguna cosa es dificultosa; en especial que la misma reina pasó en Nápoles de esta vida, a 2 de febrero, principio del año 1435. Acarreóle la muerte una larga dolencia, a que ayudó mucho la pesadumbre que recibió muy grande por la muerte del duque, su hijo, en tanto grado, que se quejaba de sí misma, y se reprendía de que a tan grandes y tan continuos servicios del duque no hubiese correspondido en el amor, antes como cruel y desagradecida acarreó la muerte con sus desvíos a aquel príncipe tan bueno. El cuerpo de la reina sepultaron en el templo de la Anunciada con pequeña solemnidad y arrebatadamente.

 

Con la muerte del duque de Anjou y de la reina las cosas de aquel reino se trocaron, el partido de Aragón se mejoró, y el de Francia comenzó

 

 

 

 

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a desfallecer, dado que el pueblo de Nápoles, sin que se hiciese llamamiento de señores y sin orden, declararon por rey en lugar del duque difunto a Renato, su hermano, conforme a lo que la reina dejó en su testamento mandado; mas ¿qué ayuda les podía dar estando preso y sin libertad? Casó los años pasados con Isabel, hija de Carlos, duque de Lorena; muerto su suegro, por no dejar hijo varón, se apoderó de aquel estado. Hízole contradicción Antonio, conde de Vaudemont, hermano que era del difunto. Venidos que fueron a las manos, Renato fue preso y entregado en poder del duque de Borgoña, con quien el dicho Antonio tenía hecha liga y alianza. Cuánto haya sido el dolor y pena que por el un desastre y por el otro recibió la reina doña Violante, madre de los dos duques de Anjou, no hay para qué encarecerlo en este lugar, pues por sí mismo se entiende. Las cosas sin duda grandemente por estos tiempos fueron contrarias a aquella familia y casa, y el cielo no les favoreció nada, quier por estar enojado contra los franceses, o por mostrarse a los aragoneses favorable. La verdad es que como las demás cosas, así bien la prosperidad tiene su período y rueda, con que anda vagueando y variando por diversas naciones y casas, sin detenerse en ninguna parte por largo tiempo.

 

En Nápoles fueron por el pueblo elegidos y nombrados por gobernadores Otín Caracciolo, Jorge Alemani y Baltasar Rata, que eran los más señalados entre los que seguían la parte de Francia, y tenían grande mano y maña para mover a la muchedumbre y atraerla a su voluntad.

 

Fallecieron al tanto en España grandes personajes; uno fue don Rodrigo de Velasco, obispo de Palencia. Matóle su mismo cocinero, por nombre Juan; desastre miserable. Éste, perdido el seso, como trajese en la mano una porra, y los de casa le preguntasen qué era lo que pretendía hacer, respondía él que matar al Bispe; los criados por no entender lo que quería decir, ca era extranjero, se burlaban, risa que presto mudaron en lágrimas. Estando el Obispo descuidado, le hirió en la cabeza, y achocó con aquella porra de suerte, que murió del golpe. De tan delgado hilo está colgada la vida y la salud de los hombres. Sucedióle don Gutierre de Toledo, arcediano de Guadalajara.

 

 

 

 

VIII. De la guerra de los moros

 

 

 

 

 

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Fue este invierno muy áspero en España por las muchas aguas, atolladeros y pantanos. Los caminos tan rompidos, que apenas se podía caminar de una parte a otra; con las crecientes muchas casas y edificios se derribaron; en Valladolid y en Medina del Campo fue mayor el estrago. En cuarenta días no hubo moliendas a causa de las muchas aguas, tanto, que la gente se sustentaba con trigo cocido por la falta de pan. El río Guadalquivir en Sevilla llegó con su creciente hasta lo más alto de los adarves, menos solamente dos codos; los moradores parte se embarcaron por miedo de ser anegados, otros de día y de noche andaban velando, y calafeteando los muros y las puertas para que el agua no entrase. A los 23 de octubre comenzaron estas tempestades y torbellinos, y continuaron sin cesar hasta los 25 de marzo que se sosegaron. Fue grande la carestía y falta de vituallas y el cuidado de proveerse cada uno de lo necesario.

 

Con todo esto no aflojaban en el que tenían de la guerra contra los moros, en que a las veces sucedía prósperamente, y a las veces al contrario. En particular el adelantado Diego de Ribera, como estuviese sobre Alora y la batiese, fue muerto con una saeta que del muro le tiraron. En otra parte en un rebate mataron los moros a Juan Fajardo, hijo del adelantado de Murcia Alonso Fajardo. Sucedió a Diego de Ribera en el oficio su hijo Perafán, que era de solos quince años; mas el rey quiso con esto gratificaren el hijo los servicios de su padre muy grandes, mayormente que el mozo daba muestra de muy buen natural.

 

La congoja que por estos desastres concibieron los de Castilla alivió en gran parte una buena nueva que vino, y fue que Rodrigo Manrique, hijo del adelantado Pero Manrique, tomó por fuerza y a escala vista a Huéscar, que es una villa muy fuerte en la parte en que antiguamente se tendían y moraban los pueblos llamados bastetanos; demás de esto, que un grueso escuadrón de moros que venía a socorrerla fue rompido y desbaratado por el adelantado de Cazorla y el señor de Valdecorneja, que le salieron al encuentro; con la huida de los moros el castillo de aquella villa que quedaba por ganar se rindió. La alegría empero de esta victoria en breve se desvaneció por otro revés y daño que recibieron los fieles, no menor que el que sucediera a los enemigos. Don Gutierre de Sotomayor, maestre de Alcántara, entró en tierra de moros con ochocientos caballos y cuatrocientos infantes para combatir a Archidona. Descubriéronlos las atalayas, avisaron con ahumadas, como suelen; juntáronse los comarcanos y apellidáronse hasta número de quinientos, armados con saetas y con

 

 

 

 

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hondas, con que en algunos pasos angostos y fragosos mataron gran número de los que seguían al Maestre, de suerte que apenas él con algunos pocos se pudo salvar. La venida de los bárbaros tan improvisa atemorizó a los del maestre; y con el miedo del peligro un tal pasmo cayó sobre todos, que quedaron sin fuerza y sin ánimo. Avisado con este peligro y daño Fernán Álvarez, señor de Valdecorneja, alzó el cerco que tenía sobre Huelma, aunque la tenía a punto de rendirla, por entender que gran número de moros con la avilanteza que ganaran venía a socorrerla. No menos esfuerzo algunas veces es menester para retirarse que para acometer los peligros, porque, aunque es de mayor ánimo y gloria vencer al enemigo, de más prudencia y seso suele ser conservarse a sí y a los suyos para sazón más a propósito, según que aconteció entonces, que luego se rehizo de fuerzas, y junto con el obispo de Jaén diole tala a los campos de Guadix con mil quinientos caballos y seis mil de pie, quemó las mieses que estaban para segarse, e hizo otros grandes daños a los naturales.

 

Acudieron de Granada mayor número de gente de a caballo y como cuarenta mil hombres de a pie; con esta morisma no dudó de pelear, resolución, cuyo suceso, por donde comúnmente calificamos los acometimientos arriscados, mostró no haber sido temeraria. La victoria quedó por los cristianos con muerte de cuatrocientos moros y huida de los demás; para escapar les ayudó la noche que sobrevino. Señalóse aquel día de buen caballero el adelantado Perea, porque como le hubiesen muerto el caballo y herido a él en una pierna, a pié con grande ánimo resistió a los enemigos, que por todas partes le cercaban, y los hizo retirar; el menosprecio de la muerte le hacía más valiente y le animaba. Todavía la victoria no fue sin sangre de cristianos; muchos quedaron heridos y algunos murieron.

 

En el reino de Murcia, no muy lejos de Huéscar, hay dos pueblos poco distantes entre sí, el uno se llama Véléz el Rojo, y el otro Vélez el Blanco. Sobre estos pueblos puso cerco el adelantado Fajardo, y los apretó de manera, que los moradores fueron forzados a rendirse a partido. Sacaron por condición que se gobernasen por las mismas leyes que antes, y que no les impusiesen mayores tributos que acostumbraban pagar.

En tres años continuados sucedieron todas estas cosas en tierra de moros, que las juntamos aquí porque no se confundiese la memoria si se relatasen en muchas partes.

 

 

 

 

 

 

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El año de que tratábamos fue muy señalado por las paces que en él después de tantas guerras se hicieron entre los franceses y borgoñones. Parecía que los odios que entre sí tenían, con la mucha sangre derramada de ambas partes amansaban. Carlos, rey de Francia, hablaba amigablemente y con mucho respeto del borgoñón, muestra de estar arrepentido de la muerte del duque Juan de Borgoña, hecha, a lo que decía, contra su voluntad. Allegóse la autoridad y diligencia de tres cardenales que desde Roma vinieron por legados sobre el caso a las tres partos, Francia, Flandes y Inglaterra. Por la gran instancia que hicieron alcanzaron que los tres príncipes interesados enviasen sus embajadores cada cual por su parte a la ciudad de Arrás. Juntos que fueron, se comenzó a tratar de las capitulaciones de la paz. Partiéronse de la junta los ingleses por la enemistad antigua y competencia que tenían sobre el reino de Francia. El borgoñón se mostró mas inclinado a remediar los males tan graves y tan continuados.

 

Concertáronse que en memoria de la muerte que se dio al duque Juan de Borgoña, el rey de Francia para honrarle en el mismo lugar en que se cometió el caso edificase un templo a su costa con cierto número de canónigos que tuviesen cuidado de asistir al oficio divino. Las ciudades de Macon y de Aujerre quedaron para siempre por el de Borgoña; otros pueblos a la ribera del río Soma le fueron dados en prendas hasta tanto que le contasen cuatrocientos mil escudos, en que por aquella muerte penaban al francés. Ninguna cosa parecía demasiada a aquel rey, por el deseo que tenía de reconciliarse con el borgoñón y apartarle de la amistad de los ingleses, ca estaba cierto que con está nueva confederación las fuerzas de Francia, a la sazón muy acabadas, en breve volverían en sí, como a la verdad sucedió. En particular los de París, despertados con la nueva de esta alianza, tomaron las armas contra los ingleses, y aquella ciudad real volvió al antiguo señorío de Francia. Juntamente las demás cosas comenzaron a mejorarse, que hasta entonces se hallaban en muy mal estado. Nuestras historias afirman que para concertar estas paces de Arrás fue mucha parte doña Isabel, hermana del rey de Portugal, que estaba casada con el duque Filipo de Borgoña. Dicen otrosí que tuvo habla con el rey de Francia para tratar de las condiciones de la paz; si esto fue así, o si se dice en gracia de Portugal, no lo sabría averiguar.

 

En España las reinas de Aragón y de Navarra, en sazón que los reyes, sus maridos, tenían con cerco apretada la ciudad de Gaeta, como se dirá

 

 

 

 

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luego, alcanzaron del rey de Castilla, el cual desde Madrid iba a Buitrago a instancia de Íñigo López de Mendoza, que pretendía allí festejarle, que el tiempo de las treguas se alargase hasta el 1 de noviembre. Tuvo en esto gran parte Juan de Luna, señor de Illueca, que fue enviado por embajador sobre el caso, y lo persuadió a don Álvaro de Luna, pariente suyo, que era el que lo podía todo, y sobre toda su prosperidad se hallaba a la sazón alegre por un hijo que su mujer parió en Madrid, que llamaron don Juan. Fue grande la alegría por esta causa del rey; los grandes asimismo, cuanto más fingidamente, tanto con mayores muestras de amor procuraban ganar su gracia.

 

 

 

 

IX. Cómo el rey de Aragón y sus hermanos fueron

 

presos

 

Con las muertes del senescal Juan Caracciolo y de Ludovico, duque de Anjou, y de la reina doña Juana parecía que al rey de Aragón se le allanaba del todo el camino para apoderarse del reino de Nápoles por estar sin cabeza, sin fuerzas, sin conformidad de los naturales y sin ayudas de fuera, y como dado en presa a quien quiera que le quisiese echar la mano. Muchos de los señores, sea por entender lo que se imaginaba era forzoso, sea por el odio que tenían al gobierno del pueblo, que en ninguna cosa sabe templarse, comunicado entre sí el negocio, se apoderaron de Capua con su castillo, ciudad muy a propósito para hacer la guerra. Desde allí por medio de Rainaldo de Aquino, que enviaron sobre el caso a Sicilia, ofrecieron sus fuerzas y todo lo que podían al rey de Aragón con tal que se apresurase y no los entretuviese con esperanzas, pues era forzoso usar de presteza antes que la parcialidad contraria se apercibiese de fuerzas. Hallábanse con el rey de Aragón tres hermanos suyos, todos de edad muy a propósito y de naturales excelentes. Don Pedro quedó en Sicilia para recoger y juntar toda la demás armada; el rey con el de Navarra y don Enrique solamente con siete galeras del puerto de Mesina se hizo a la vela.

 

Tomó primero la isla de Ponza, después la de Isquia, y finalmente llegó a Sesa, do gran número de señores eran idos desde Capua a esperar su venida. El más principal de todos era Antonio Marsano, duque de Sesa. Tratóse en aquella ciudad de la manera cómo debían hacer la guerra;

 

 

 

 

 

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acordaron de común parecer en primer lugar poner cerco sobre la ciudad de Gaeta. A 7 de mayo se juntaron sobre la armada de Aragón y la gente de tierra que seguía a los señores napolitanos, con que la sitiaron por mar y por tierra. Vino eso mesmo con sus gentes el príncipe de Tarento. El rey de Aragón se apoderó del monte de Orlando, que está sobre la ciudad, conque tenía gran esperanza de tomarla por hallarse a la sazón los cercados no menos faltos de vituallas que llenos de miedo. Inclinábanse ellos a entregarse; mas los genoveses, que eran en gran número, a causa de, sus mercadurías y tratos, de, que aquella nación saca grandes intereses, se resolvieron con gran determinación de defender la ciudad. Tomaron por su cabeza a Francisco Espinula, hombre principal, y que en gran manera atizaba a los demás.

 

Con este acuerdo hicieron salir de la ciudad toda la gente flaca, a los cuales el de Aragón recibió muy bien. Hízoles dar de comer y enviólos salvos a los lugares comarcanos, humanidad con que ganó grandemente las voluntades, así de los cercados como de toda aquella provincia y nación. Avisado el Senado de Génova del aprieto en que los suyos estaban, y porque así lo mandaba Filipo, duque de Milán, acordaron enviar de socorro una armada guarnecida de gente y bastecida de trigo y de municiones. Señalaron por general de la armada a Blas Asareto, hombre a quien la destreza en las armas y conocimiento de las cosas del mar, de lugar muy bajo y de muy pobre que ora en su mocedad, levantó a aquel cargo. Llevaba doce naves gruesas, dos galeras y una galeota.

 

El rey de Aragón, avisado de la venida de esta armada de Génova, le salió al encuentro con catorce naves gruesas y once galeras. Embarcáronse con él y por su ejemplo casi todos los señores con cierta esperanza que llevaban de la victoria. Los aragoneses llegaron a la isla de Ponza; la armada de los enemigos surgió a la ribera de Terracina. Avisaron los genoveses con un rey de armas que enviaron al rey de Aragón que su venida no era para pelear, sino para dar socorro a sus ciudadanos y proveerlos de vituallas; que si esto les otorgaba y les daban lugar para hacerlo, no sería necesario venir a las manos. Fue grande la risa de loa aragoneses, oída esta embajada, y no poco los denuestos que sobre el caso dijeron. Con esto tomaron las armas y ordenaron los unos y los otros sus bajeles. Antes de comenzar la pelea tres naves de los genoveses apartadas de las demás se hicieron al mar con orden que se alargasen, y cuando la batalla estuviese trabada acometiesen a los contrarios por las espaldas. Los

 

 

 

 

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aragoneses, por pensar que huían, sin ningún orden acometieron a las demás naves enemigas, no de otra suerte que si la presa y la victoria tuvieran en las manos; solamente temían no se les escapasen por la ligereza. El rey de Aragón con su nave embistió la capitana contraria. El general genovés con gran presteza dio vuelta con su nave, y con la misma cargó por popa la real con saetas, dardos y piedras en gran número, que por su gran peso y por el lastre estaba trastornada. Con el mismo denuedo se acometieron entre sí las demás naves y se abordaron; trabadas con garfios, peleaban no de otra manera que si estuvieran en tierra. Sobrepujaban en número de gente y de naves los aragoneses, pero su muchedumbre los embarazaba, y muchos por estar mareados más eran estorbo que de provecho. Los genoveses, por estar acostumbrados al mar, así marineros como soldados, en destreza y pelear se aventajaban. Las galeras no hicieron efecto alguno por estar las naves entre sí trabadas y ser de muy más alto borde. La pelea se continuaba hasta muy tarde, cuando las tres naves de los genoveses, que al principio parecía que huían, dando la vuelta acometieron de través las reales, causa de ganar la victoria.

 

Entraron los enemigos y saltaron en la real; amonestaban a los que en ella peleaban se rindiesen. Era cosa miserable ver lo que pasaba, la vocería y alaridos de los que mataban y de los que morían. Ninguna cosa se hacía con orden ni concierto, todo procedía acaso. La nave del rey con los golpes del mar hacía agua; avisado del peligro en que estaba, dijo que se rendía a Filipo, duque de Milán, bien que ausente. En la misma nave prendieron al príncipe de Tarento y al duque de Sesa; en otras doce naves que vinieron en poder de los enemigos otro gran número de cautivos, entre ellos el rey de Navarra, al cual al principio de la pelea libró de la muerte Rodrigo Rebolledo, que tenía a su lado. Fue preso asimismo don Enrique de Aragón. De don Pedro no concuerdan los autores; unos dicen que se halló en la batalla, y que escapó con tres galeras, cubierto de la oscuridad de la noche; otros que con la demás armada que traía de Sicilia llegó a la isla de Isquia al mismo tiempo que se dio la batalla. Fueron, demás de los dichos, presos Ramón Boil, virrey que era de Nápoles, don Diego Gómez de Sandoval, conde de Castro, con dos hijos suyos, Fernando y Diego, don Juan de Sotomayor, Íñigo Dávalos, hijo del condestable don Ruy López Dávalos, junto con un nieto del mismo, hijo de Beltrán, su hijo, que se decía Íñigo de Guevara, y desde España acompañaron a los reyes para esta guerra de Nápoles.

 

 

 

 

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Después de la victoria, que fue tan señalada y memorable, los de Gaeta con una salida que hicieron ganaron los reales de los aragoneses y saquearon el bagaje, que era muy rico, por estar allí las recámaras de príncipes tan grandes. Las compañías que quedaran allí de guarnición y los soldados, parte fueron presos de los enemigos, otros huyeron por los despoblados y por sendas desusadas. ¿Quién no pensara que con esto el partido de Aragón y sus cosas quedaban acabadas, perdida aquella jornada y la victoria que parecía tenían entre las manos? ¡Entendimientos ciegos de los hombres, consejos impróvidos y varias mudanzas y truecos de las cosas! Todo fue muy al contrario, que este revés sirvió a los vencidos de escalón para recobrar más fácilmente el reino, y perder la libertad les fue ocasión de mayor gloria; ¿quién tal creyera? ¿Quién lo pensara? De esta manera los pensamientos de los hombres muchas veces se mudan en contrario, gobernados y encaminados, no por la loca fortuna, sino por más alto y más secreto consejo.

 

Día viernes, a 3 de agosto, se dio esta batalla cerca de la isla de Ponza, que fue de las más señaladas del mundo.

 

 

 

 

X. Cómo el rey de Aragón y sus hermanos fueron

 

puestos en libertad

 

Dada que fue la batalla, los vencedores dieron la vuelta a Génova. Allí quedó la mayor parte de los cautivos que se tomaron, como por premio del trabajo y del gasto. Los reyes y muchos de los nobles presos, que llegaban a trescientos, llevaron a Milán. El mismo general genovés con ellos hizo su entrada a manera de triunfo nobilísimo y cual de mucho tiempo atrás no se vio en parte alguna. Toda Italia estaba suspensa y a la mira cómo usaría aquel duque de aquella nobilísima victoria; y sus fuerzas, que antes eran temidas de los de cerca, comenzaron a poner espanto a los que caían más lejos. Temían quisiese aquel príncipe, de condición orgulloso, acometer a hacerse señor de toda Italia con la codicia que tenía de mandar y por estar ejercitado en guerras continuas. Él mismo se hallaba muy dudoso de lo que en aquel caso se debía hacer y qué resolución sería bien tomar; revolvía en su pensamiento muchas trazas, si forzaría a los reyes que tenía en su poder a recibir algunas condiciones pesadas, si haría que se

 

 

 

 

 

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rescatasen a dinero, cosa que de presente trajera provecho y contento; pero era de temer que no vengasen adelante aquella injuria con sus armas y las de sus amigos, y después de vencidos, como tenían de costumbre, volviesen a las armas y a la guerra con mayor brío. Pensaba si los recibiría y trataría con mucha honra, y con ponerlos en libertad sin rescate haría le quedasen más obligados; honroso acuerdo fuera éste y que pondría admiración a todo el mundo. Consideraba por otra parte que no era consejo prudente, por ganar renombre y fama, perder tan buena ocasión de ensanchar su señorío y aventajarse, y jugar a resto abierto por esperanza que pocas veces sale cierta y verdadera, en especial que los hombres tienen costumbre, cuando los beneficios son tan grandes que no los pueden pagar, recompensarlos con alguna grave injuria e ingratitud señalada.

 

En fin, prevaleció el deseo de loa y de fama. Trató a aquellos príncipes en su casa con mucha honra y regalo como si fueran sus compañeros y amigos. Hecho esto, se resolvió de soltarlos y enviarlos cargados de muy grandes presentes. Con esta resolución dio muy grata audiencia al rey de Aragón, que un día en su presencia trató muy a la larga, y probó con muchos ejemplos que los franceses de su natural eran desapoderados sin poner término al deseo de ensanchar su señorío. Que muchas veces trataran de derribar y deshacer a los duques de Milán, y no tenían mudados los corazones. Si se acostumbrasen a las riberas de Italia, luego que se apoderasen del reino de Nápoles, fácilmente se concertarían con los genoveses que les eran amigos y vecinos, sin reparar ni desistir de intentar nuevas empresas hasta tanto que se viesen apoderados de toda Italia. Que su padre Juan Galeazo y sus antepasados nunca se aseguraron de los intentos de franceses.

 

Estas cosas se trataban en el castillo de Milán y estas pláticas andaban, cuando madama Isabel, por mandado de su marido Renato, duque de Anjou, que como queda dicho estaba preso, pasó por mar, primero a Génova, después a Gaeta, y últimamente con su llegada a Nápoles, que fue a los 18 de octubre, reforzó grandemente y animó a los que seguían su partido. Ayudóla con gentes que le envió el papa Eugenio, y ella por si ganaba las voluntades del pueblo por su gran nobleza, excelente ingenio, condición y trato muy apacible.

 

España, cuidadosa y triste por el trabajo de los reyes, revolvía varias pláticas de guerra y de paz. Juntáronse Cortes de Aragón en Zaragoza, en que a petición de la reina se trató de apercibir una armada para conservar

 

 

 

 

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las islas de Cerdeña y de Sicilia, que sospechaban serían acometidas por los vencedores; que ya nadie se acordaba ni tenía esperanza del reino de Nápoles. En Soria a los confines de Aragón y de Castilla hubo habla entre el rey de Castilla y la reina de Aragón, su hermana. Allí se concluyó que las treguas asentadas entre los dos reinos durasen y se prolongasen por otros cinco meses. Parecía cosa injusta aprovecharse del desastre ajeno; y los ánimos de los grandes de Castilla por la desgracia de aquellos reyes se movían a compasión. Partiéronse de Soria; en el camino se supo que la reina doña Leonor, madre de los dos reyes, falleció en Medina del Campo mediado el mes de diciembre. La fuerza del dolor que recibió por el desastre de sus hijos súbitamente le arrancó el alma. La muerte repentina hizo se creyese era esta la causa. Fue una señora muy principal y madre de príncipes tan grandes. Hiciéronle honras en muchos lugares, y en especial el rey don Juan se las hizo en Alcalá de Henares, y la reina, su mujer, en Madrigal. Fue sepultada en San Juan de las Dueñas, un monasterio de monjas que ella levantó a su costa fuera de aquella villa, en que pasaba su vida con mucha santidad.

 

En Milán últimamente se hizo confederación y avenencia entre aquel duque y los príncipes; sus prisioneros, cuyas capitulaciones eran: que sin exceptuar a ninguno tuviesen los mismos por amigos y por enemigos; el duque para recobrar el reino de Nápoles prometió de ayudar con sus fuerzas y gentes; lo mismo hizo el rey de Aragón, que prometió toda su ayuda para hacer la guerra a los enemigos del duque de Milán. En gran cuidado puso este asiento, así a los italianos como a las demás naciones. El rey de Navarra fue enviado en España con poderes muy bastantes para gobernar el reino de Aragón. Era necesario allegar dinero, hacer nuevas levas de soldados y apercibir una gruesa armada. El príncipe de Tarento y el duque de Sesa fueron a Nápoles para animar y esforzar a los de su parcialidad, y para que avisasen al infante don Pedro en nombre del rey, su hermano, que les acudiese con la armada que tenía aprestada en Sicilia. Ejecutóse con gran presteza lo que el rey mandaba; llegada que fue la armada de Sicilia a la isla de Isquia, se apoderó de la ciudad de Gaeta por entrega que de ella hizo Lanciloto, su gobernador, natural que era de Nápoles, a 25 de diciembre, día de Navidad, y principio del año 1436.

 

Pocos días después el rey de Aragón, puesto en libertad por el duque, como está dicho, llegó a Portovenero, el cual castillo y el de Lerice entre tan grandes tempestades, dado que están en las marinas de Génova, se

 

 

 

 

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conservaron en la fe del rey de Aragón, y se tenían por él, más por miedo de la guarnición aragonesa que tenían que por voluntad de los naturales.

 

Algunos dicen que del desastre y libertad del rey de Aragón se dieron diversas señales y se vieron milagros; cada cual les dará el crédito por sí mismo que la cosa merece; a mí no me pareció pasar en silencio cosas tan públicas y tan recibidas comúnmente. El mismo día que se dio la batalla cerca de la isla de Ponza, en la puente que en Zaragoza se edificaba sobre Ebro, de obra muy prima y muy ancha, como a medio día, sin bastante ocasión para ello, se cayó el arco principal, y con su caída mató cinco hombres. Dirá alguno que las cosas casuales suele el vulgo muchas veces, cuando son pasadas, publicarlas por milagros y sacar de ellas misterios; sea así, pero ¿qué diremos de lo que se sigue? Nueve leguas más abajo de Zaragoza, a la ribera del mismo río Ebro, está un pueblo llamado Velilla, edificado de una colonia de los romanos, que en los pueblos ilergetes se llamaba Celsa. En este tiempo y en el de nuestros abuelos por ninguna cosa es el dicho pueblo más conocido que por una campana que allí hay, la cual aquellos hombres están persuadidos que diversas veces por sí misma con una manera extraordinaria se toca sin que ninguno la mueva para anunciar cosas grandes que han de venir, buenas o malas. Yo no trato de la verdad que esto tiene, ni lo tomo a mi cargo. Consta por lo menos que autores graves lo refieren, y citan testigos de vista de aquel milagro. Dicen pues que aquella campana un día antes que los reyes fuesen presos, se tañó por sí misma, y otra vez, a 30 de octubre, y la tercera a 5 del mes de enero próximo siguiente, día en que, hecha la alianza en Milán, el rey de Aragón fue puesto en libertad.

 

Muchas plegarias se hicieron, y muchas misas se dijeron para aplacar la ira de Dios, que por estas señales entendían les amenazaba; congoja y cuidado de que se libraron los naturales con la buena nueva que vino de la libertad dada a sus príncipes; y la tristeza que recibieran por aquel grave desmán, y el miedo de algún nuevo mal que sospechaban se daba a entender por aquellas señales, se trocó en pública alegría de toda aquella nación y aún de lo demás de España.

 

 

 

 

XI. De las paces que se hicieron entre los reyes de

 

Castilla y de Aragón

 

 

 

 

 

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De las paces que se hicieron en Milán resultó una nueva y pesada guerra; los genoveses tomaron las armas y públicamente se revolvieron contra el duque de Milán. Tenían aquellos ciudadanos por cosa pesada que el fruto de la victoria ganada, con su peligro y esfuerzo otros se lo quitasen, y que Filipo, duque de Milán, se llevase las gracias de las paces hechas con los reyes y de ponerlos en libertad con presentes que les dio, liberalidad con que quedaban cargados del odio que por fuerza les tendrían los aragoneses y catalanes, naciones con las cuales antiguamente tuvieron grande enemiga. Querellábanse demás de esto que el amparo de los duques de Milán, a que forzados acudieron el tiempo pasado, le mudasen en señorío y en una dura servidumbre. Alterados con esta indignación, hecha liga en puridad con el pontífice Eugenio y con Renato, duque de Anjou, tomaron las armas. Gobernaba aquella ciudad en nombre del duque Filipo Paccino Alciato, que fue muerto en aquella revuelta y alboroto del pueblo; a otros que estaban por el duque pusieron las espadas a los pechos, y algunos quedaron heridos, algunos muertos. Mirábanles las palabras, los meneos que hacían y visajes, por ver si daban alguna muestra de aborrecer lo que de presente se hacía y favorecer a los de Milán. Con esto, lo que acontece en los alborotos del pueblo, en breve a lo que acudió la mayor parte, se allegaron todos los demás; si algunos sentían lo contrario, en lo público aprobaban y adulaban los intentos de los alborotados. El principal movedor de este motín fue Francisco Espinula, que ganó nombre de valiente por la defensa de Gaeta que hizo poco antes, de que cobrara gran soberbia; sobre todo, se movía por ser enemigo de los Fliscos y de los Fregosos, linajes que se arrimaban a los aragoneses.

 

Muchos pueblos por aquella comarca, a ejemplo de Génova y por su autoridad, despertados con la dulzura y esperanza que se prometían de la libertad, se levantaron y echaron de sí la guarnición que tenían por el duque de Milán. Detuvieron los españoles que tenían cautivos, por los cuales y para librarlos el rey de Aragón les hubo de pagar setenta mil escudos. Con los sicilianos se hubieron más mansamente por causa de la antigua amistad, buen acogimiento y contratación que con aquella isla tenían; así los soltaron sin rescate; sólo tres hijos de Juan de Veintemilla quedaron por largo tiempo en Génova, no se sabe si por aborrecimiento que les tuviesen, si por pretender de ellos alguna grande cantidad.

El rey de Aragón, a instancia del duque Filipo, procuraba sosegar las alteraciones de Génova con la armada que don Pedro, su hermano, le envió

 

 

 

 

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desde Gaeta, pero desistió de la empresa por parecerle cosa larga esperar hasta tanto que sosegase aquella gente tan alborotada; para la prisa que él tenía de acudir a las cosas y reino de Nápoles, cualquiera tardanza le era muy pesada. Sabía muy bien que en las guerras civiles un día y una hora, si no se acude con tiempo, suele causar grandes mudanzas y ser causa que grandes ocasiones se desbaraten; ninguna cosa es más saludable que la presteza. Con esta resolución, de Portovenere envió a don Enrique, su hermano, a España. Hízole merced del estado de Ampurias, y mandóle que ayudase en la guerra si el rey de Castilla se la hiciese por aquella parte, de que se recelaban a causa que el tiempo de las treguas expiraba. El mismo rey con la armada se hizo o la vela y llegó a Gaeta a 2 de febrero. En este medio don Pedro, su hermano, se apoderara de Terracina con gran sentimiento del pontífice Eugenio, cuya era aquella ciudad, por pensar que los aragoneses eran tan arrogantes, que no contentos con el reino de Nápoles, pretendían apoderarse de toda Italia sin tener respeto a la majestad sacrosanta ni moverse por algún escrúpulo por ser feroces; ralea de hombres fiera y mala, como él decía.

 

Con la venida del rey, los señores napolitanos y los soldados acudieron a Gaeta. Nombró por general del ejército a Francisco Picinino, en que tuvo consideración a hacer placer al duque Filipo, acerca del cual Nicolás, padre de Francisco, tenía en todas las cosas el principal lugar de autoridad y mando, en aquella sazón capitán muy señalado, de grande ejercicio en las armas y que se podía comparar con los caudillos amigos. Ardía Italia en ruidos y asonadas de guerra. Unas ciudades suspensas con las sospechas que tenían de una nueva guerra, otras hacían ligas y confederaciones entre sí para echar los aragoneses de Italia. En particular los venecianos, florentinos y genoveses, a persuasión y con ayuda del pontífice Eugenio, quién por odio de nuestra nación, quién por amor de la francesa, se ligaban para este efecto y juntaban sus fuerzas.

 

En España por el mismo tiempo se hacía la guerra a los moros. Entre los demás reyes estaban para concluirse las paces por la gran instancia y diligencia que en ello puso el rey de Navarra. Su intento era volver las fuerzas de aquella nación contra Italia sin cuidar de las cosas de España. Dos castillos, llamados el uno Galea, y el otro Castillejo, se rindieron en tierra de moros a Rodrigo Manrique, que andaba con gente por aquellas partes. El alegría que resultó de esta buena nueva en breve se mudó en mayor cuita por el desastre muy triste del conde de Niebla don Enrique de

 

 

 

 

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Guzmán, el cual, por hacer muestra de su esfuerzo y ganar la gracia de su rey, tenía puesto cerco sobre Gibraltar, pueblo asentado sobre el Estrecho. Allí como después de cierta escaramuza se recogiese a su armada, se ahogó con otros cuarenta compañeros por dar lado y hundirse el batel a causa de los muchos que acudieron y estar el mar con la ordinaria creciente alterado. Don Juan de Guzmán con el dolor que recibió del desastre de su padre y desconfiado de salir con la empresa, alzado sin tardar el cerco, se retiró a Sevilla. Este caballero fue el primer duque de Medina Sidonia, por merced que poco adelante le hizo el rey don Juan de este titulo. Quiso ablandar aquel dolor y gratificar aquel servicio y voluntad con esta honra hecha a la familia nobilísima, y de las más poderosas de España, de los Guzmanes.

 

Hallábase el rey en Toledo, de era vuelto después que visitó a Alcalá y a Madrid. La corte se ocupaba en juegos y regocijos con poco o ningún cuidado de la guerra. En aquella ciudad, a 2 de septiembre, se concluyeron las paces entre Castilla, Aragón y Navarra, ocasión y materia para todos de gran alegría. Entendieron en hacer el asiento don Alonso de Borgia, obispo de Valencia, y don Juan de Luna y otras personas principales que vinieron de Aragón, y con ellos el arzobispo de Toledo, el maestre de Calatrava y don Rodrigo, conde de Benavente, que después de muchas porfías se acordaron en estas condiciones: doña Blanca, hija mayor del rey de Navarra, case con don Enrique, príncipe de Castilla; en dote a la doncella se den Medina del Campo, Olmedo, Roa y el estado de Villena; si de este matrimonio no quedare sucesión, estos pueblos vuelvan al señorío de Castilla, y en tal caso se dé cierta cantidad de dineros, en que se concertaron, al rey de Navarra en recompensa de aquellos lugares; a don Enrique de Aragón se den cada un año cinco mil florines, y a su mujer tres mil; los pueblos y castillos que de una y otra parte se tomaron durante la guerra a la raya de aquellos reinos se vuelvan a los señores antiguos; a los que de una y otra parte se pasaron sea otorgado perdón, fuera del conde de Castro y el maestre de Alcántara; demás de estos, sacó el de Navarra por su parte a Jofre, marqués de Cortes, por ser hombre inquieto, deseoso de novedades y que por ser de sangre real pretendía apoderarse del reino. Con estas capitulaciones las treguas se mudaron en paces, y concertaron de hacer liga contra todas las naciones y príncipes. Solamente el rey de Castilla sacó al de Portugal y al francés. Y de parte de los aragoneses exceptuaron al duque de Milán y Gastón, conde de Foix, cuyo padre,

 

 

 

 

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llamado Juan, falleció poco antes de esto, y él heredó aquel estado en edad de quince años, y era yerno del rey de Navarra, concertado con doña Leonor, su hija menor.

 

Divulgado este concierto, en todas partes se hicieron procesiones, alegrías y regocijos. Gozábanse que quitado el miedo de la guerra, cesaban los males, y parecía que en España las cosas irían grandemente en mejoría. El conde de Castro en breve alcanzó perdón y volvió a Castilla; y hostigado con destierro tan largo, en lo de adelante se mostró más recatado que antes. Lo que aquí se dice y en otras partes del conde de Castro se sacó de las crónicas de estos reinos. Los de su casa muestran cédulas reales en aprobación del conde, y en que le prometen recompensa jurada por lo que en estas revueltas le quitaron; muchas alegaciones y procesos que se causaron en defensa de su lealtad, en que holgáramos se procediera a sentencia para que todos nos conformáramos. Lo que se puede decir con verdad es que fue un gran caballero, y en todas sus obras de los más señalados de aquel tiempo. La nota, a mi ver, es de poca consideración, por correr la misma fortuna muchas de las mejores casas de Castilla, como del Almirante, conde de Benavente y conde de Alba, con otro gran número de nobleza que entraron a la parte, sin que por ello hayan perdido punto de su reputación, y en el conde fue más excusable lo que hizo, por la obligación que le corría de seguir y acompañar a los hijos del con quien se crió desde su niñez, que fue el infante don Fernando, que después fue rey de Aragón, demás que los temporales corrieron tan turbios y ásperos, que apenas se puede deslindar de qué parte de las dos estuviese la razón y la justicia, y es ordinario que en tiempos semejantes los mejores padezcan más; razones todas de momento para no reparar en este punto ni hacer de esto mucho caso.

 

En el entre tanto el rey de Aragón no dejaba de atraer y ganar los corazones de los napolitanos y ayudar con industria sus fuerzas. Juntósele Baltasar Rata, conde de Caserta, que era uno de los gobernadores nombrados por el pueblo; lo mismo Ramón Ursino, conde de Nola. Para ganarle y obligarle le prometieron por mujer a doña Leonor, doncella de sangre real e hija del conde de Urgel, que poco antes de esto falleció en Játiva. Con tanto el rey, de la ciudad de Capua, en que se hacía la masa de la gente, salió en campaña con intento en ocasión de combatir a los enemigos y apoderarse, como en breve se apoderó, del valle de San Severino, de la ciudad de Salerno y de las marinas de Amalfi. Puso

 

 

 

 

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guarniciones en todos estos lugares, con que las fuerzas de Aragón se afirmaron, y enflaquecieron las de los angevinos. Quedaba entre otras la ciudad de Nápoles, cabeza del reino. Tenían no pequeña esperanza de ganarla por estar los ánimos muy inclinados al aragonés y por ser grandes las fuerzas de su parcialidad. Lo que sobre todo les ponía buen corazón y animaba eran los dos castillos que en aquella ciudad en medio de tan grandes tempestades todavía se tenían por Aragón; cosa que parecía milagro, y era como buen agüero para la guerra que restaba.

 

 

 

 

XII. Que los portugueses fueron maltratados en

 

África

 

Fue este invierno áspero por las heladas grandes y por las muchas nieves que cayeron en España; nadie se acordaba de fríos tan recios; en particular estando el rey en Guadalajara, siete leñadores que salieron por leña a los montes comarcanos perecieron y se quedaron helados por la gran fuerza del frío el mismo día de año nuevo de 1437. Sobre las nieves cayeron heladas, y sobre lo uno y lo otro corrieron cierzos, con que mucha gente pereció. Quería el rey en tan recio tiempo pasar a Castilla la Vieja, y por estar los puertos muy cubiertos de nieve fue necesario enviar delante trescientos peones, que abrieron el camino y apartaron la nieve a la una y a la otra parte con montones que hacían a manera de valladar de la altura de un hombre a caballo. Con esta diligencia se pasaron los montes con que parten término las dos Castillas, la Nueva y la Vieja; y el rey acudió a cosas que le forzaron a ponerse en aquel trabajo. De Roa por el mes de marzo pasó a Osma, desde allí envió al príncipe don Enrique, su hijo, a Alfaro, villa principal a la raya de Navarra. Fueron en su compañía los más de los grandes; entre todos el que más se señalaba era don Álvaro de Luna, que poco antes sacó a la reina por pura importunidad el castillo de Montalbán, y le juntó con Escalona, que ya poseía cerca de Toledo, sin acordarse que cuando crecía en poder, tanto era la envidia mayor, contra la cual ningunas fuerzas bastan a contrastar.

 

Dos días después que el príncipe llegó a Alfaro, vino al mismo lugar la reina de Navarra, acompañada de sus hijos y de mucha gente de los suyos, en especial de obispo de Pamplona y de Pedro Peralta, mayordomo mayor

 

 

 

 

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de la casa real, y de otros señores. Hiciéronse con grande solemnidad los desposorios del príncipe y de doña Blanca en edad que tenían de cada doce años. Desposólos el obispo de Osma don Pedro de Castilla, persona muy noble y de sangre real. Gastáronse en regocijos cuatro días, los cuales pasados la reina de Navarra y la desposada, su hija, se volvieron a su tierra. El rey de Castilla y su hijo el príncipe don Enrique fueron a Medina del Campo.

 

En aquella villa, por consejo de don Álvaro de Luna y del conde de Benavente, fue preso el adelantado Pedro Manrique por mandado del rey, y enviado al castillo de Fuentidueña para que allí le guardasen. Sucedió esta prisión por el mes de agosto, que fue un nuevo principio de alborotarse el reino, de que grandes males resultaron. Las causas que hubo para hacer aquella prisión no se saben; lo que con el tiempo y por el suceso de las cosas se entendió fue que con otros señores tenían comunicado en qué forma podrían derribar a don Álvaro de Luna, cosa que en aquella sazón se tenía por crimen contra la majestad y aleve.

 

Fue este año memorable y desgraciado a los portugueses por el estrago muy grande que en ellos hicieron los moros en África. Ardían los cinco hermanos del rey de Portugal en deseo de ganar nombre y ensanchar su señorío; en España, ¿cómo podían por ser aquel reino tan pequeño y tener hechas poco antes paces con los comarcanos? Cuidaron sería más honrosa empresa la de África, como contra gente enemiga de cristianos. Deteníalos la falta de dinero para la paga y socorro de los soldados. Para remedio de esta dificultad por medio del conde de Oren, embajador de Portugal en corte romana, alcanzaron del pontífice Eugenio indulgencia para todos aquellos que tomasen la señal de la cruz por divisa y se alistasen para aquella jornada. Fue grande la muchedumbre y canalla de gente que sabido esto acudió a tomar las armas. Don Fernando, maestre de Avis, como el más ferviente que era de sus hermanos, se ofreció para ser general en aquella empresa.

 

Tratóse de la manera que se debía hacer la guerra en una junta del reino que para esto tuvieron. Don Juan, maestre de Santiago en Portugal, uno de los hermanos, era de ingenio más sosegado y prudente; como tal fue de parecer, el cual puso por escrito, que no debían acometer a África si no fuese con todas las fuerzas del reino, por ser aquella provincia poderosa en armas, gente y caballos. Decía que muchas veces con gran daño fuera acometida, y al presente sería su perdición, si no se medían con sus fuerzas

 

 

 

 

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y si no sabían enfrenar aquel orgullo o celo desapoderado. «Ojalá yo salga mentiroso; pero si no sosegáis esta gana de pelear y la gobernáis con la razón, los campos de África quedarán cubiertos con nuestra sangre. ¿En esta gente y soldados confiáis? Antes de la pelea se muestran bravos, y venidos a las manos; en el peligro y trance cobardes, pues no tienen uso de las armas ni fortaleza ni vigor en sus corazones, solo número y no más. ¿Por ventura menospreciáis a los moros? Temo que este menosprecio ha de acarrear algún gran mal. Mirad que irritáis una gente muy determinada, sin número y sin cuento, y que por su ley, por sus casas, por sus hijos y mujeres, pelearán con mayor ánimo. Diréis que vais confiados en el ayuda de Dios. Esto sería, si las vidas y costumbres fueran a propósito para aplacarle, mejores de lo que vemos en esta gente, y si con madurez y con prudencia se tomaren las armas; que los santos no favorecen los locos atrevimientos y sandios, antes será por demás cansarlos con plegarias y rogativas no limpias. Alguna experiencia que tengo de las cosas y el amor ferviente de la patria y de la salud común me hacen hablar así, y temer no cueste a todos muy caro esta resolución que tenéis en vuestros ánimos concebida».

 

Aprobaban este parecer todas las personas más recatadas, en especial los infantes don Pedro y don Alonso; sólo don Enrique era el que fomentaba los intentos de don Fernando. Tenía grande autoridad por ser el que era y por sus riquezas y estudios de letras con que acreditaba todo lo demás. Sucedió lo que es ordinario, que los más y su parecer, aunque peor, prevaleció contra lo que sentía la mejor parte; de suerte que por común acuerdo se resolvieron en pasar adelante. Apercibieron una armada, y en ella embarcaron hasta seis mil soldados. Sonaba la fama que el número de la gente era doblado, es a saber, doce mil combatientes, que fue otro nuevo daño. A 12 de agosto se hicieron a la vela, y dentro de quince días llegaron a África. En Ceuta, donde surgieron, hicieron consulta en qué manera se haría la guerra. Tomaron resolución de cercar a Tánger, ciudad de romanos antiguamente muy noble, a la sazón pequeña.

 

Está puesta al Estrecho enfrente de Tarifa. Al derredor tiene grandes arenales, por donde el campo no se puede sembrar y es estéril, fuera de algunos bajos y valles que hay, que por regarse con las aguas de cierta fuente que cerca tienen, son de gran frescura y fertilidad. Los cercados, puesto que por espacio de treinta y siete días fueron combatidos gallardamente, nunca perdieron el ánimo, antes por la esperanza que tenían

 

 

 

 

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de ser presto socorridos se animaban a defender la ciudad. Acudieron a socorrerla los reyes de Fez y de Marruecos y otros señores africanos con seiscientos mil hombres que traían de a pie y setenta mil de a caballo, maravilloso número, si verdadero. La fama y el ruido suele ser más que la verdad. A tanta gente ¿cómo podían resistir los portugueses? Pelearon al principio fuertemente, después cercados por todas partes de muchedumbre tan grande, se hicieron fuertes en sus reales; pero tristes. Fijados los ojos en tierra, ni respondían ni preguntaban, antes todo el tiempo que podían se estaban dentro de las tiendas; la misma luz y trato por la aflicción les era pesada. Trataron de huir; pero ¿adónde o por qué parte, estando todo el campo cubierto de sus contrarios? Mayormente que las piedras se levantan contra el que huye. Forzados de necesidad enviaron mensajeros de paz. Los bárbaros respondieron que se despidiesen de ningún concierto, si no fuese que, entregada Ceuta, saliesen de toda África. Era cosa muy pesada lo que pedían, y que no estaba en su mano prometerlo; todavía por el deseo que tenían de salvarse otorgaron, y por rehenes el general don Fernando y otras personas principales; los demás rotos, sucios y maltratados se fueron primero a Centa, y de allí pasaron a Portugal al cabo del año.

 

Tratóse en Ébora en una junta de señores del asiento que tomaron y del cumplimiento de él. De común acuerdo salió decretado que aquellas condiciones, como otorgadas sin voluntad del rey, eran en sí ningunas, y que no se debían cumplir; que la fe dada y la jura se cumplía bastantemente con dejarles los rehenes que en África quedaran, para que con sus cabezas pagasen lo que necia y locamente asentaron. ¿Por ventura si con la misma soberbia los necesitaran los bárbaros a prometer que entregarían todo Portugal, era de cumplir la tal promesa y sufrir que de nuevo los moros pusiesen el pie y el yugo de su imperio y señorío en España? Que si prometieran otras muchas cosas muy indignas, como pudiera ser, ¿estuvieran por ventura obligados los portugueses a pasar por ellas? El cautiverio pues de don Fernando fue perpetuo, padeció menguas y prisiones muy graves. Su sepulcro se muestra en la ciudad de Fez, puesto en un lugar alto como trofeo que levantaron de nuestra nación y por memoria de la victoria que ganaron. Así el que fue principal en la culpa, acaso o por voluntad de Dios fue más gravemente que los demás castigado.

 

 

 

 

 

 

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XIII. Cómo el infante don Pedro fue muerto en el

 

cerco de Nápoles

 

En España revolvían sospechas de nuevos alborotos por estar gran parte de los grandes aversos de su rey por la prisión injusta, como ellos decían, que se hizo en la persona de Pedro Manrique. Asimismo se veían por todas partes entre las personas eclesiásticas grandes contiendas y debates, a causa que el pontífice Eugenio, por tener desde el principio de su pontificado por sospechoso el concilio de Basilea, procuraba disolverle; que era un camino inventado a propósito para hacer burla y enflaquecer las fuerzas de los concilios, que enfrenaban y ponían algún espanto a los pontífices romanos. Pero desistió de este intento por entonces por cartas que en esta razón le vinieron muy graves del emperador Segismundo y del cardenal Cesarino, su legado. Los padres de Basilea, tomando más autoridad y mano de lo que por ventura fuera justo e irritados por lo que el papa intentara, le hicieron intimar que si no venía en persona al concilio, pronunciarían contra él lo que se acostumbra contra los que desamparan su oficio y no cumplen con lo que son obligados y con el deber en caso semejante. No quiso obedecer; amenazaban de deponerle y quitarle la autoridad pontifical que tenía. Éste era el intento de los obispos; los príncipes cristianos no se conformaban en un parecer, algunos resistían a aquel intento como arrojado y temerario, por la memoria que tenían de las llagas que en el cisma pasado recibió la Iglesia cristiana, que apenas se habían encorado y sanado; en particular hizo resistencia el emperador Segismundo, dado que no era nada amigo del pontífice. Poco prestó su autoridad a causa que en el mismo tiempo que estas pláticas se comenzaron, pasó de esta vida, a 9 de diciembre, más señalado por la paz de la Iglesia que fundó y por haberla ahora defendido, que por los muchos años que imperó.

 

Sucedió en su lugar su yerno Alberto, duque de Austria, que ya era rey de romanos. Coronóse primer día de enero, principio del año 1438, en tiempo que en un lugar que tenía don Álvaro de Luna en Castilla la Vieja, llamado Maderuelo, cayeron piedras tan grandes como almohadas pequeñas, que no hacían daño por ser la materia liviana. Para averiguar el caso e informarse de todo enviaron a Juan de Agreda, adalid del rey, que trajo a Roa, do halló al rey de Castilla, algunas de aquellas piedras. Dudábase si era buen agüero o malo, pero ni aún del suceso de la guerra de

 

 

 

 

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los moros se entendió bastantemente qué era lo que aquellas piedras pronosticaban, ca por una parte Huelma, pueblo que los antiguos llamaron Onova, dado que estaba fortificado con número de soldados y con murallas bien fuertes, fue ganada de los moros por la buena industria y esfuerzo de Íñigo López de Mendoza, señor de Hita, a cuyo cuidado estaba la frontera de Jaén; por otra parte el alegría no duró mucho a causa que Rodrigo Perea, adelantado de Cazorla, en una entrada que hizo en tierra de moros, fue muerto por mucho mayor número de enemigos que cargó sobre él, y de mil cuatrocientos soldados que llevaba, sólo veinte escaparon por los pies. Tampoco los moros ganaron la victoria sin sangre, que el mismo capitán que era de los Bencerrajes y gobernador de Granada, pereció en el encuentro con otros muchos, que fue algún alivio del desastre.

 

El rey de Aragón, por estar agraviado y sentido del pontífice Eugenio, parecía ayudar los intentos de los de Basilea, en especial que demás de los desaguisados pasados al presente Juan Vitelesco, patriarca de Alejandría, con gente del pontífice y por su orden, hizo entrada por las fronteras del reino de Nápoles, y con su venida se alteraron y trocaron mucho los ánimos de los naturales, tanto, que el príncipe de Tarento y el conde de Caserta se pasaron a la parte del papa, como personas que eran poco constantes en la fe, de ingenio mudable y vario. Al contrario, Antonio Colona se reconcilió con el rey de Aragón con esperanza que se le dio de recobrar el principado de Salerno, que antes le quitaron. El patriarca fue en breve desbaratado por los de Aragón, y forzado a salirse del reino de Nápoles, si bien venía armado de censuras y con valientes soldados.

 

Los otros señores se redujeron al deber en el mismo tiempo que Renato, duque de Anjou, rescatado de la prisión en que le tenían, con su armada llegó a Nápoles a 19 de mayo. Su venida fue de poco momento, por no traer dinero alguno para los gastos de la guerra; sólo los ánimos de muchos se despertaron a la esperanza y deseo de novedades. En muchas partes se emprendió la llama de la guerra. La mayor fuerza de ella andaba en las tierras del Abruzo. Jacobo Caldora, capitán muy experimentado, sustentaba en aquella comarca el partido de Renato. Él mismo, desde que supo su venida, le acudió luego en persona, maguer que no muy confiado de la victoria a causa que el partido de Aragón de cada día más se adelantaba, y muchos pueblos y castillos por aquella comarca venían en poder de los aragoneses. Renato para ganar reputación y entretener acordó desafiar al enemigo a hacer campo, y en señal de reto le envió una

 

 

 

 

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manopla, si de corazón no se sabe. Lo que consta es que el aragonés aceptó, y todo aquel acometimiento se fue en humo por las diferencias que resultaron, como era forzoso, sobre el día y el lugar y otras circunstancias del combate.

 

En Burges el rey de Francia en una junta que hizo de todos los estados de su reino, aprobó los decretos de Basilea por una ley que vulgarmente se llama pragmática sanción, por la cual mandó se sustanciasen los pleitos. Dio gran pesadumbre al papa Eugenio aquella ley, porque parecía se quitaba casi toda la autoridad al sumo pontífice en Francia, sea en conferir los beneficios, sea en sentenciar los pleitos. Así, con mayor resolución, se determinó de disolver el concilio de Basilea, de do procedían tale efectos, demás de otros nuevos miedos que se mostraban. Hizo pues un nuevo edicto, en que pronunció trasladaba el concilio a Ferrara, ciudad de la Italia. El legado Cesarino, sabida la voluntad del pontífice, y con él, de siete cardenales que eran, los cinco, se pasaron a Ferrera; los otros dos se quedaron en Basilea.

 

La causa que se alegaba para mudar el lugar era la venida del emperador Juan Paleólogo y el patriarca de Constantinopla, que pasaron a Italia con intento de unir las iglesias de oriente con las de occidente y hacer la paz, que todos tanto deseaban. Llegados que fueron a Ferrara, les hicieron mucha honra. Sobrevino peste, que forzó de nuevo a pasar el concilio a Florencia, cabeza de Toscana. En aquella ciudad, con trabajo de muchos días se disputaron las controversias que entre los latinos y los griegos hay, con mayor ruido y esperanza de presente, que provecho para adelante.

Los padres de Basilea al principio pretendieron y trataron que los griegos fuesen allá; no salieron con ello. Por esto y por la disolución del concilio, más irritados contra el pontífice Eugenio que amedrentados, nombraron por presidente en lugar de Cesarino a Ludovico, cardenal arelatense. Demás de esto, trataban de cosas a la república y a la Iglesia perjudiciales y malas. Amenazaban que quitarían a Eugenio el pontificado; y él depuesto, nombrarían otro papa en su lugar.

 

En Italia a la sazón que Renato, duque de Anjou, se ocupaba en combatir los castillos que en el Abruzo se tenían por sus enemigos, el rey de Aragón, animado con la prosperidad de sus cosas, se determinó marchar la vuelta de Nápoles, ciudad que era cabeza de la guerra y del reino, y por seguir la gente moza a Renato, se hallaba sin bastante

 

 

 

 

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guarnición, ni aún tenía vituallas para muchos días. En el campo aragonés pasaron alarde hasta quince mil hombres, y en la armada se contaban cuatro galeras, siete naves gruesas y otro mayor número de bajeles pequeños a propósito que por la mar no entrasen en la ciudad bastimentos. Con este aparejo cercaron por mar y por tierra, a 22 de septiembre, aquella ciudad, que es de las más señaladas que tiene Italia en número de ciudadanos y arreo, majestad de edificios y en todo lo al. Hallábanse presentes con el rey y en su ejército y campo Mateo Acuaviva, duque de Atri, el conde de Nola, Juan Veintimilla, Pedro Carmona. Luego que hubieron barreado y fortificado los reales, comenzaron a aparejar escalas y otros ingenios para la batería. Repartiéronse los escuadrones por lugares a propósito para apretar los cercados. Estaban ya para dar el asalto, cuando la fortuna, que por costumbre de jugar y burlarse en las cosas humanas, y mezclar las cosas adversas con las prósperas, trastornó todos los intentos del rey de Aragón con un muy triste desastre.

 

Fue así, que el infante don Pedro de Aragón, a 23 de octubre, por la mañana salido de los reales, se adelantó un poco para atalayar la ciudad. En esto dispararon una pelota de un tiro de artillería desde la iglesia de Nuestra Señora de los carmelitas, con que le hirieron y mataron. Tres veces saltó la bala, y con el cuarto salto que dio le quebró la cabeza; el cuerpo muerto fue llevado a la Madalena. Acudió a la triste nueva el rey don Alonso, su hermano, y besado el pecho del difunto: «Diferente alegría, dice, esperaba de ti, oh hermano, eterna honra de nuestra patria y partícipe de nuestra gloria. Dios haya tu alma». Junto con esto, con sollozos y lágrimas a los que presentes se hallaron: «Este día, dijo, soldados, hemos perdido la flor de la caballería y de toda la gala. ¡Con cuánto dolor digo estas palabras!». Murió en lo más florido de su mocedad, en edad de veintisiete años, sin casarse. Hallóse en muchas guerras, y en ellas ganó prez y honra de valeroso; depositáronle en el castillo del Ovo. Los soldados vulgarmente y también la muchedumbre del pueblo tuvo por mal agüero la muerte de don Pedro, en especial que con las muchas aguas no se podía batir la ciudad ni dar el asalto; por esto, alzado el cerco, se retiraron a Capua.

 

El marqués de Girachi Juan Veintimilla, en este medio enviado al encuentro contra Renato, se encontró con él en el valle de Gardano. Prendió con su llegada al improviso algunos de los enemigos, con que los demás fueron forzados a doblar el camino y por otra parte pasar a tierra de

 

 

 

 

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Nola. Esto hecho, el Veintimilla con su escuadrón en ordenanza se volvió al cerco de Nápoles.

 

El rey don Alonso, con intento que tenía de volverse a la guerra luego que el tiempo diese lugar y se abriese, se determinó de llamar desde España los otros dos sus hermanos. El deseo que tenía de ganar el reino de Nápoles era tal, que mostraba no hacer caso de los reinos que su padre le dejó, si bien comenzaban a ser trabajados por un buen número de gente francesa, que por estar acostumbrada a robar, debajo de la conducta de Alejandro de Borbón, hijo bastardo de Juan, duque de Borbón, rompió por aquellas partes. Llevaban otrosí por capitán a Rodrigo Villandrando, persona que, aunque era español y natural de Valladolid, sirvió muy bien al rey de Francia en las guerras contra los ingleses, y de soldado particular llegó a ser capitán, y alguna vez tuvo debajo de su regimiento diez mil hombres. Era robusto de cuerpo, muy colérico. Estaba aquella gente acostumbrada debajo de aquellos capitanes a vivir de rapiña, talar y saquear pueblos y campos como los que tenían el robo por sueldo, y la codicia por gobernalle; hicieron entrada por el condado de Rosellón. Fue grande el cuidado en que pusieron a los naturales, a la reina de Aragón y al rey de Navarra. Más fue el miedo que el daño; en breve aquella tempestad se sosegó a causa que los franceses por la aspereza del tiempo dieron la vuelta hacia otra parte, y se retiraron sin hacer en aquel estado algún daño notable.

 

Aciago año y desgraciado fue éste para Portugal, así bien por la pérdida tan grande que hicieron en África como por la peste que se derramó casi por todo aquel reino con muerte de gran número de gente. El mismo rey don Duarte, en el convento de Tomar en que por miedo se retiró, de una fiebre que le sobrevino finó a los 9 de septiembre, martes. Así lo hallo en las crónicas; mas por cuanto añaden que hubo aquel día un grande eclipse del sol, es forzoso digamos que finó viernes, a los 19 de aquel mes, en que fue la conjunción y por consiguiente el eclipse. Príncipe que en su reinado no hizo cosas muy notables a causa del poco tiempo que le duró, ca reinó solos cinco años y treinta y siete días. Fue aficionado a las letras. Dejó escrito un libro de la forma como se debe gobernar un reino. Ordenó que el hijo mayor de aquellos reyes en adelante se llamase príncipe, como se hacía en Castilla. Sus hijos fueron don Alonso, el mayor, que le sucedió en el reino, bien que no pasaba de seis años; don Fernando, duque de Viseo, maestre de Christus y de Santiago y

 

 

 

 

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condestable de Portugal, y cuyos hijos fueron doña Leonor, reina de Portugal, doña Isabel, duquesa de Berganza, y fuera de otros hijos, que tuvo muchos, don Diego, a quien dio la muerte el rey don Juan, su cuñado, y don Manuel, que llegó finalmente a ser rey de Portugal. Fue asimismo hija del rey don Duarte la emperatriz doña Leonor, mujer de Federico III y madre de Maximiliano; doña Catalina, que estuvo concertada con diversos príncipes y con ninguno casó; finalmente, doña Juana, mujer de don Enrique el Cuarto, rey de Castilla.

 

El gobierno del reino por la poca edad del nuevo rey quedó encomendado a la reina doña Leonor, su madre; así lo dejó dispuesto el rey difunto en su testamento, cláusula de que resultaron grandes debates por extrañar los naturales ser gobernados de mujer, en especial extranjera. Bien es verdad que algunos tenían por ella, obligados por algunas mercedes recibidas antes o movidos de algún particular interés. Corrían peligro de venir a las manos y ensangrentarse; finalmente, prevalecieron los que eran más en, número y más fuertes. Juntáronse para tomar acuerdo sobre el caso. Salió nombrado por gobernador el infante don Pedro, duque de Coimbra y tío del nuevo rey. El sentimiento de la reina por esta causa fue cual se puede pensar. Despachó sus cartas y embajadores para querellarse del agravio a sus hermanos y también al rey de Castilla, su cuñado y primo, diligencias que poco prestaron.

 

 

 

 

XIV. De las alteraciones de Castilla

 

Por el mes de agosto pasado huyó el adelantado Pedro Manrique, su mujer y dos hijas que con él estaban, del castillo de Fuentidueña en que le tenían preso: descolgóse con cuerdas que echaron por una ventana. Fueron participantes y le ayudaron algunos criados del alcaide Gómez Carrillo, de que resultaron nuevas alteraciones. El almirante don Fadrique y don Pedro de Zúñiga, conde de Ledesma, se aliaron con el adelantado, y se concertaron para abatir a don Álvaro de Luna. Juntáronse con ellos para el mismo efecto Juan Ramírez de Arellano, señor de los Cameros, y Pedro de Mendoza, señor de Almazán, y don Luis de la Cerda, conde de Medinaceli; allegáronseles poco después el de Benavente, Juan de Tovar, señor de Berlanga, y los dos hermanos Pero y Suero Quiñones; fuera de

 

 

 

 

 

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estos el obispo de Osma don Pedro de Castilla, que en aquella revuelta de los tiempos estaba apoderado de muchos castillos, cosa que era de grande importancia para llevar adelante estos intentos. No era fácil ejecutar lo que pretendían por la gran privanza, poder y autoridad de don Álvaro. Juntaron en Medina de Rioseco caballos, armas, soldados y todo lo al que era a propósito para la guerra.

El rey de Castilla para prevenir estos intentos y pláticas con presteza desde Madrigal por el mes de febrero, principio del año 1439, se partió para Roa. Iban en su compañía el príncipe don Enrique, su hijo, el mismo don Álvaro, los condes de Haro y de Castro, el maestre de Calatrava, los prelados, el de Toledo y el de Palencia; demás de estos fray Lope de Barrientos, que poco antes subió a ser obispo de Segovia en premio de las primeras letras que enseñó al príncipe don Enrique.

 

Enviaron los conjurados sus cartas al rey con mucha muestra de humildad; contenían en suma que ellos estaban aparejados para hacer lo que les fuese mandado como vasallos leales, hijos de tales y tan nobles padres, con tal que él mismo o su hijo el príncipe los mandasen; que no sufrían que el reino fuese gobernado a voluntad de ningún particular ni que cualquiera que fuese estuviese apoderado del rey, cosa que ni las leyes de la provincia lo permitían, ni ellos debían disimular afrenta y mengua tan grande. ¿Si por ventura era justo que ni la autoridad de los magistrados ni la nobleza ni las leyes se pudiesen defender de un hombre solo, ni enfrenarle? Que si en esto se pusiese remedio, y se diese traza, a la hora dejarían las armas que forzados para su defensa tomaran.

 

A esta carta no dio el rey ninguna respuesta; a la sazón había llegado Rodrigo de Villandrando de Francia con cuatro mil caballos que traía para servir al rey, con promesa que le darían en premio de su trabajo el condado de Ribadeo.

El de Navarra y su hermano el infante don Enrique, determinados de ayudarse de la ocasión que las revueltas de Castilla les presentaban, y con deseo de recobrar los estados que los años pasados les quitaran, con quinientos de a caballo se metieron por las tierras de Castilla. No se sabía al principio lo que pretendían; por esto en un mismo tiempo los convidaron a seguir su partido, por una parte el rey, y por otra los conjurados. Ellos, tomados su acuerdo, se resolvieron que el de Navarra fuese a Cuéllar, do se hallaba el rey de Castilla, y don Enrique a Peñafiel, pueblo que fue suyo antes. Era su intento estar a la mira, y aguiardar cómo

 

 

 

 

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se disponían aquellas alteraciones y en qué paraban, y seguir el partido que pareciese mejor y más a propósito para recobrar sus estados.

 

Entre tanto que esto pasaba, Íñigo de Zúñiga, hermano del conde de Ledesma, con quinientos de a caballo que traía, se apoderó de Valladolid, villa grande y rica de muchas vituallas. Luego que esto vino a noticia de los conjurados, acudieron allí gran número de ellos. El rey de Castilla, alterado con esta nueva y por miedo que aquella rebelión de los suyos no fuese causa de algún grande inconveniente y daño, pasó a Olmedo para desde cerca sosegar aquellas alteraciones, sobre todo para traer a su servicio al infante don Enrique. Con este intento en diversas parte hubo hablas del rey y del infante, primero en Renedo, después en Tudela, y últimamente en Tordesillas, pláticas todas por demás, porque el infante, después que hubo entretenido la una y la otra parte, al fin se llegó a aquellos señores conjurados, entendióse que con acuerdo del rey de Navarra, que pretendía para todo lo que pudiese suceder en aquella revuelta dejar entrada y tenerla para reconciliarse con la una y con la otra parte. Además que muchos de los señores que seguían al rey y poseían los pueblos que quitaron a los infantes, con diferentes mañas entretenían el efectuarse las paces, por tener entendido que no podrían cuajar si no se restituían en primer lugar aquellos pueblos.

 

Andaba la gente congojada y suspensa con sospechas de nueva guerra. Personas religiosas y muy graves, por su santa vida o por sus letras y erudición venerables, se pusieron de por medio. Hablaron con aquellos señores y representáronles el peligro que todos corrían si inquietaban el reino con aquellas diferencias fuera de tiempo; aunque fiasen de sus fuerzas, que no era cordura trocar lo cierto con lo dudoso y aventurarlo. El comenzar la guerra era cosa muy fácil; el remate sin duda sería perjudicial, por lo menos a la una de las partes. Por tanto, que mirasen por sí y por el reino, y con su porfía sin propósito no echasen a perder las cosas que tan floridas estaban. Que todavía se podrían hacer las paces y amistades, pues aún no se habían ensangrentado entre sí; mas si las espadas se teñían una vez en sangre de hermanos y deudos, con dificultad se podrían limpiar ni venir a ningún buen medio. La instancia que hicieron fue tal, que los príncipes acordaron de juntarse en Castro Nuño con los del rey para tratar allí de las condiciones y medios de paz.

 

Por el mismo tiempo vino aviso de Italia que Castelnovo en Nápoles, sin embargo de la guarnición que tenían de aragoneses y que el rey de

 

 

 

 

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Aragón con todo cuidado procuró darle socorro, apretado con un largo cerco, por falta de vituallas se entregó a los enemigos a 24 de agosto; todavía que aquel año bastantemente recompensó el de Aragón con recobrar, como recobró, la ciudad de Salerno y ganar otros muchos lugares y plazas.

 

Entre los grandes de Castilla y el rey se hizo confederación en Castro Nuño con estas condiciones: don Álvaro de Luna se ausente de la corte por espacio de seis meses, sin que pueda escribir ninguna carta al rey. A los hermanos rey de Navarra y el infante les vuelvan sus estados y lugares y dignidades, por lo menos cada año tanta renta cuanto los jueces árbitros determinaren. Las compañías de soldados y las gentes y campo se derramen. Los conjurados quiten las guarniciones de los castillos y pueblos que tomaron. Ninguno sea castigado por haber seguido antes el partido de Aragón y al presente a los conjurados. Con esto al infante de Aragón don Enrique fue restituido el maestrazgo de Santiago, al de Navarra la villa de Cuéllar, a don Álvaro de Luna en recompensa de ella dieron a Sepúlveda.

 

El rey de Castilla, hecho esto, se fue a la ciudad de Toro. Allí le vino nueva que la infanta doña Catalina, mujer del infante de Aragón don Enrique, falleció de parto en Zaragoza a 19 de octubre sin dejar sucesión alguna. Fueron a dar el pésame al infante de parte del rey de Castilla el obispo de Segovia y don Juan de Luna, prior de San Juan.

 

Don Álvaro de Luna en cumplimiento de lo concertado se partió a los 29 de octubre a Sepúlveda con mayor sentimiento de lo que fuera razón, tanto, que con ser persona de tanto valor, ni podía enfrenar la saña ni templar la lengua; solo le entretenía la esperanza que presto se mudarían las cosas y se trocarían. Hiciéronle compañía a su partida Juan de Silva, alférez mayor del rey, Pedro de Acuña y Gómez Carrillo con otros caballeros nobles que se fueron con él, quién por haber recibido de él mercedes, quién por esperanza que sus cosas se mejorarían. Esto en España.

En el concilio basiliense últimamente condenaron al papa Eugenio, y en su lugar nombraron y adoraron a Amadeo, a 3 de noviembre, con nombre de Félix V. Por espacio de cuarenta años fue primero conde de Saboya y después duque; últimamente, renunciado el estado y los regalos de su corte, vivía retirado en una soledad con deseo ardiente de vida más perfecta, acompañado de otros seis viejos que llevó consigo, escogidos de

 

 

 

 

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entre sus nobles caballeros. Sucedió muy a cuenta del papa Eugenio que los príncipes cristianos hicieron muy poco caso de aquella nueva elección; hasta el mismo Filipo, duque de Milán, bien que era yerno de Amadeo y enemigo de venecianos y del papa Eugenio, no se movió a honrar, acatar y dar la obediencia al nuevo pontífice; lo mismo el rey de Aragón, no obstante que se tenía por ofendido del mismo papa Eugenio a causa qne favorecía con todas sus fuerzas a Renato, su enemigo. Todos creo yo se entretenían por la fresca memoria del seísmo pasado y de los graves daños que de él resultaron. Además que la autoridad de los padres de Basilea iba de caída, y sus decretos, que al principio fueron estimados, ya tenían poca fuerza, dado que no se partieron del concilio hasta el año 47 de esta centuria y siglo, en el cual tiempo, amedrentados por las armas de Ludovico, delfín de Francia, que acudió a desbaratarlos, y forzados del mandato del emperador Federico, que sucedió a Alberto, despedido arrebatadamente el concilio, volvieron a sus tierras. El mismo Félix, nuevo pontífice, poco después con mejor seso, dejadas las insignias de pontífice, fue por el papa Nicolás, sucesor de Eugenio, hecho cardenal y legado de Saboya. Este fin, aunque no en un mismo tiempo, tuvieron las diferencias de Castilla y las revueltas de la Iglesia, principio de otras nuevas reyertas, como se declarará en el capítulo siguiente.

 

 

 

 

XV. De otras nuevas alteraciones que hubo en

 

Castilla

 

Parecía estar sosegada Castilla y las guerras civiles, no de otra suerte que si todo el reino con el destierro de don Álvaro de Luna quedara libre y descargado de malos humores, cuando repentinamente y contra lo que todos pensaban se despertaron nuevos alborotos. La causa fue la ambición, enfermedad incurable, que cunde mucho y con nada se contenta. Siempre pretende pasar adelante sin hacer diferencia entre lo que es lícito y lo que no lo es.

 

El rey era de entendimiento poco capaz, y no bastante para los cuidados del gobierno, si no era ayudado de consejo y prudencia de otro. Por entender los grandes esto, con varias y diversas mañas y por diferentes caminos cada cuál pretendía para sí el primer lugar acerca de él en

 

 

 

 

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privanza y autoridad. Sobre todos se señalaba el almirante don Fadrique, hombre de ingenio sagaz, vario, atrevido, al cual don Álvaro pretendió con todo cuidado dejar en su lugar, y para esto hizo todo buen oficio con el rey antes de su partida. Los infantes de Aragón llevaban mal ver burlados sus intentos y que el fruto de su industria en echar a don Álvaro se le llevase el que menos que nadie quisieran. Poca lealtad hay entre los que siguen la corte y acompañan a los reyes.

 

Sucedió que sobre repartir en Toro los aposentos riñeron los criados y allegados de la una parte y de la otra, y parecía que de las palabras pretendían llegar a las manos y a las puñadas. El rey tenía poca traza para reprimir a los grandes; así, por consejo de los que a don Álvaro favorecían, se salió de Medina del Campo, y con muestra que quería ir a caza, arrebatadamente se fue a meter en Salamanca, ciudad grande y bien conocida, por principio del año 1410. Fueron en pos de él los infantes de Aragón, los condes de Benavente, de Ledesma, de Haro, de Castañeda y de Valencia, demás de estos Íñigo López de Mendoza. Todos salieron de Madrigal acompañados de seiscientos de a caballo con intento, si les hacían resistencia, de usar de fuerza y de violencia, que era todo un miserable y vergonzoso estado del reino.

 

Apenas se hubo el rey de Castilla recogido en Salamanca, cuando, avisado cómo venían los grandes, a toda prisa partió para Bonilla, pueblo fuerte en aquellas comarcas, así por la lealtad de los moradores como por sus buenas murallas. Desde allí envió el rey embajadores a los infantes de Aragón. Ellos; con seguridad que les dieron, fueron primero a Salamanca, y poco después a Ávila, do eran idos los grandes conjurados con intento de apoderarse de aquella ciudad. El principal que andaba de por medio entre los unos y los otros fue don Gutierre de Toledo, arzobispo a la sazón de Sevilla, que en aquel tiempo se señaló tanto como el que más en la lealtad y constancia que guardó para con el rey, escalón para subir a mayor dignidad. De poco momento fue aquella diligencia. Solamente los grandes con la buena ocasión de hombre tan principal y tan a propósito escribieron al rey una carta, aunque comedida, pero llena de consejos muy graves, sacados de la filosofia moral y política. Lo principal a que se enderezaba era cargar a don Álvaro de Luna. Decían estar acostumbrado a tiranizar el reino, apoderarse de los bienes públicos y particulares, corromper los jueces, sin tener respeto ni reverencia alguna ni a los hombres ni a Dios.

 

 

 

 

 

 

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El rey no ignoraba que parte de estas cosas eran verdaderas, parte levantadas por el odio que le tenían; pero como si con bebedizos tuviera el juicio perdido, se hacía sordo a los que le amonestaban lo que le convenía. No dio respuesta a la carta.

 

Los grandes enviaron de nuevo por sus embajadores a los condes de Haro y de Benavente; ellos hicieron tanto, que el rey vino en que se tuviesen Cortes del reino en Valladolid. Querían se tratase en ellas entre el rey y los grandes de todo el estado de la república; y en lo que hubiese diferencias, acordaron se estuviese por lo que los dichos condes como jueces árbitros determinasen. Sucedió que ni se restituyeron las ciudades de que los señores antes de esto se apoderaran, y de nuevo se apoderaron de otras, cuyos nombres son estos: León, Segovia, Zamora, Salamanca, Valladolid, Ávila, Burgos, Plasencia, Guadalajara. Fuera de esto, poco antes se enseñoreó el infante don Enrique de Toledo por entrega que de ella le hizo Pero López de Ayala, que por el rey era alcaide del alcázar y gobernador de la ciudad, y como tal tenía en ella el primer lugar en poder y autoridad.

 

En las Cortes de Valladolid, que se comenzaron por el mes de abril, lo primero que se trató fue dar seguridad a don Álvaro de Luna y hacerle volver a la corte. Estaba este deseo fijado en el pecho del rey, a cuya voluntad era cosa no menos peligrosa hacer resistencia que torpe condescender con ella. Tuvo más fuerzas el miedo que el deber, y así, por consentimiento de todos los estados, se escribieron cartas en aquella sustancia. Cada cual procuraba adelantarse en ganar la gracia de don Álvaro, y pocos cuidaban de la razón. La vuelta de don Álvaro, sin embargo, no se efectuó luego. Después de esto las ciudades levantadas volvieron a poder del rey, en particular Toledo. Tratóse que se hiciese justicia a todos y dar traza para que los jueces tuviesen fuerza y autoridad. A la verdad era tan grande la libertad y soltura de aquellos tiempos, que ninguna seguridad tenía la inocencia; la fuerza y robos prevalecían por la flaqueza de los magistrados.

 

Toda esta diligencia fue por demás; antes resultaron nuevas dificultades a causa que el príncipe de Castilla don Enrique se alteró contra su padre y apartó de su obediencia. Tenía mala voluntad a don Álvaro, y pesábale que volviese a palacio. Sospecho que por la fuerza de alguna maligna constelación sucedió por estos tiempos que los privados de los príncipes tuviesen la principal autoridad y mando en todas las cosas, de

 

 

 

 

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que dan bastante muestra estos dos príncipes, padre e hijo, ca por la flaqueza de su entendimiento y no mucha prudencia se dejaron siempre gobernar por sus criados. Juan Pacheco, hijo de Alonso Girón, señor de Belmonte, se crió desde sus primeros años con el príncipe don Enrique, y por la semejanza de las costumbres o por la sagacidad de su ingenio acerca de él alcanzó gran privanza y cabida. Parecía que con derribar a don Álvaro de Luna, que le asentó con el príncipe, pretendía, como lo hizo, alcanzar el más alto lugar en poder y riquezas. Éste fue el pago que dio al que debía lo que era; poca lealtad se usa en las cortes, y menos agradecimiento. Las sospechas que nacieron entre el rey y su hijo en esta sazón llegaron a que el príncipe don Enrique un día se salió de palacio. Decía que no volvería si no se despedían ciertos consejeros del rey, de quien él se tenía por ofendido. Verdad es que ya muy noche a instancia del rey de Navarra, su suegro, volvió a palacio y a su padre.

 

Para mas sosegarle dieron orden de celebrar sus bodas con mayor presteza que pensaban. A doña Blanca, su esposa, trajo la reina, su madre, a la raya de Navarra, desde don Alonso de Cartagena, obispo de Burgos, el conde de Haro y el señor de Hita, que enviaron para este efecto, la acompañaron hasta Valladolid. Allí, a 25 de septiembre, se celebraron las bodas con grandes fiestas. En una justa o torneo fue mantenedor Rodrigo de Mendoza, mayordomo de la casa real, regocijo muy pesado. Murieron en él algunos nobles a causa que pelearon con lanzas de hierros acerados a punta de diamante, como se hace en la guerra. Sacaron todos los señores ricas libreas y trajes a porfía, hicieron grandes convites y saraos, ca a la sazón los nobles no menos se daban a estas cosas que a las de la guerra y a las armas. Aguó la fiesta que la nueva casada se quedó doncella, cosa que al principio estuvo secreto; después como por la fama se divulgase, destempló grandemente la alegría pública de toda la gente.

 

Por el mismo tiempo en Francia se trató de hacer las paces entre los ingleses y franceses. Púsose de por medio el duque de Borgoña, que encomendó este cuidado a doña Isabel, su mujer, persona de sangre real, tía del rey de Portugal, conforme a la costumbre recibida entre los franceses que por medio de las mujeres se concluyan negocios muy graves. A la raya de Flandes fue doña Isabel y vinieron los embajadores ingleses; comenzóse a tratar de las paces, empresa de gran dificultad y que no se podía acabar en breve. Diose libertad a Carlos, duque de Orleans. Vinieron en ello el rey de Inglaterra, en cuyo poder estaba, y el duque de

 

 

 

 

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Borgoña también interesado a causa de la muerte de su padre, que los años pasados se cometió en París. Para concluir esta querella el borgoñón por su rescate pagó al inglés cuatrocientos mil ducados, y se puso por condición que entre los borgoñones y los de Orleans hubiese perpetuo olvido de los disgustos pasados, y que por estar aquel príncipe cautivo sin mujer, para más seguridad casase con Margarita, hija del duque de Cleves y de hermana del duque de Borgoña. De esta manera veinticinco años después que el duque de Orleans en las guerras pasadas fue preso cerca de un pueblo llamado Blangio, volvió a su patria y a su estado, y en lo de adelante guardó lo que puso con sus contrarios con mucha lealtad; el casamiento asimismo, que concertaron como prendas de la amistad, se efectuó.

 

 

 

 

XVI. Cómo el rey de Castilla fue preso

 

En el mismo tiempo que se hacían los regocijos por las bodas del príncipe don Enrique con doña Blanca falleció el adelantado Pedro Manrique, persona de pequeño cuerpo, de gran ánimo, astuto, atrevido, pero buen cristiano y de gran industria en cualquier negocio que tomaba en las manos. Sucedióle en el adelantamiento y estado su hijo Diego Manrique, que fue también conde de Treviño.

Don Álvaro, dado que ausente y residía de ordinario en Escalona, todavía por sus consejos gobernaba el reino, cosa que llevaban mal los alterados, y más que todos el príncipe don Enrique, tanto, que al fin de este año, dejado su padre, se partió para Segovia, mostrándose aficionado al partido de los infantes de Aragón. Ayudaba para esto Juan Pacheco como su mayor privado que era; soplaba el fuego de su ánimo apasionado.

 

La ciudad de Toledo tornó otra vez a poder de don Enrique de Aragón, ca Pero López de Ayala le dio en ella entrada contra el orden expreso que tenía del rey. Añadieron a esto los de Toledo un nuevo desacato, que prendieron los mensajeros que el rey enviaba a quejarse de su poca lealtad. Alterado pues el rey, como era razón, a grandes jornadas se partió para allanarla. Iba acompañado de pocos, asegurado que no perderían respeto a su majestad real; pero como quier que no le diesen entrada en la ciudad, reparó en el hospital de San Lázaro, que está en el mismo camino real por

 

 

 

 

 

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donde se va a Madrid. Salió don Enrique de Aragón fuera de la puerta de la ciudad acompañado de doscientos de a caballo. Los del rey en aquel peligro, bien que tenían alguna esperanza de prevalecer, el miedo era mayor, por ser en pequeño número para hacer rostro a gente armada. Con todo esto tomaron las armas y fortificáronse como de repente pudieron con trincheras y con reparos. Fuera muy grande la desventura aquel día, si el infante don Enrique, por no hacerse más odioso si hacía algún desacato a la majestad real, sin llegar a las manos no se volviera a meter en la ciudad. Esto fue día de la Circuncisión, entrante el año 1441. Mostróse muy valeroso en defender al rey, y fortificar el hospital en que estaba, el capitán Rodrigo de Villandrando. En premio y para memoria de lo que hizo aquel día le fue dado un privilegio plomado, en que se concedió para siempre a los condes de Ribadeo que todos los primeros días del año comiesen a la mesa del rey y les diesen el vestido que vistiesen aquel día.

 

El rey partió para Torrijos; dejó para guarda de aquel lugar a Pelayo de Ribera, señor de Malpica, con ciento de a caballo. Desde allí pasó a Ávila, acudió don Álvaro a la misma ciudad para tratar sobre la guerra que tenían entre las manos. Con su venida se irritaron y desabrieron más las voluntades de los príncipes conjurados; la mayor parte de ellos alojaba en Arévalo, hasta la misma reina de Castilla daba orejas a las cosas que se decían contra el rey por estar más inclinada y tener más amor a su hijo y a sus hermanos. Fueron de parte del rey a aquel lugar los obispos de Burgos y de Ávila para ver si se podría hallar algún camino de concordar aquellas diferencias. Hizo poco fruto aquella embajada.

Diego de Valera, un hidalgo que andaba en servicio del príncipe don Enrique, escribió al rey una carta de esta sustancia: «La debida lealtad de súbdito no me consiente callar, como quiera que bien conozco no ser pequeña osadía hacer esto. Cuántos trabajos haya padecido el reino por la discordia de los grandes, no hay para qué relatarlo; sería cosa pesada y por demás tocar con la pluma las menguas de nuestra nación y nuestras llagas. Las cosas pasadas fácilmente se pueden reprender y tachar, lo que hace al caso es poner en ellas algún remedio para adelante. Tratar de las causas y movedores de estos males ¿qué presta? Sea de quien se fuere la culpa, pues estáis puesto por Dios por gobernador del género humano, debéis principalmente imitar la clemencia divina y su benignidad en perdonar las ofensas de vuestros vasallos. Entonces la clemencia merece mayor loa cuando la causa del enojo es más justificada. Llamamos a

 

 

 

 

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vuestra alteza padre de la patria, nombre que debe servir de aviso y traeros a la memoria el amor de padre, que es presto para perdonar y tardío para castigar. Dirá alguno ¿cómo se podrán disimular sin castigo desacatos tan grandes? Por ventura ¿no será mejor forzar por mal aquellos que no se dejaron vencer por buenas obras? Verdad es esto, todavía cuando en lo que se hace hay buena voluntad, no deseo de ofender, el yerro no se debe llamar injuria. En ninguna copa se conoce más la grandeza de ánimo, virtud propia de los grandes príncipes, que en perdonar las injurias de los hombres, y es justo huir los trances varios y dudosos de la guerra y anteponer la paz cierta a la victoria dudosa, la cual si bien estuviese muy cierta, la desgracia de cualquiera de las partes que sea vencida redundará en vuestro daño, que por vuestros debéis contar, señor, los desastres de vuestros vasallos. Ruego a Dios que dé perpetuidad a las mercedes que nos ha hecho, conserve y aumente la prosperidad de nuestra nación, incline sus orejas a nuestras plegarias, y las vuestras a los que os amonestan cosas saludables. Él sea de vos muy servido, y vos de los vuestros amado y temido».

 

Leída esta carta delante del rey y después en consejo, diversamente fue recibida conforme al humor de cada cual. Todos los demás callaban; sólo el arzobispo don Gutierre de Toledo con soberbia y arrogancia: «Denos, dice, Valera ayuda, que consejo no nos falta». Fue este Valera persona de gran ingenio, dado a las letras, diestro en las armas, demás de otras gracias de que ninguna persona, conforme a su poca hacienda, fue más dotado. En dos embajadas en que fue enviado a Alemania se señaló mucho; compuso una breve historia de las cosas de España, que de su nombre se llama la Historia Valeriana; bien que hay otra Valeriana de un arcipreste de Murcia, cual se cita en estos papeles.

 

El príncipe don Enrique, llamado por su padre, fue a Ávila para tratar de algún acuerdo de paz; en estas vistas no se hizo nada. El príncipe, vuelto a Segovia, suplicó a las dos reinas, su madre y su suegra, la cual a la sazón se hallaba en Castilla, se llegasen a Santa María de Nieva para ver si por medio suyo se pudiesen sosegar aquellas parcialidades.

 

En aquella villa falleció la reina de Navarra doña Blanca primer día de abril; sepultáronla en el muy devoto y muy afamado templo de aquella villa. Así se tiene comúnmente, y grandes autores lo dicen, dado que ningún rastro hoy se halla de su sepultura, ni allí ni en Santa María de Ujúe, donde mandó en su testamento que la llevasen, que hace maravillar

 

 

 

 

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haberse perdido la memoria de cosa tan fresca. Los frailes de Santo Domingo de aquel monasterio de Nieva afirman que los huesos fueron de allí trasladados, mas no declaran cuándo ni a qué lugar. Sucedió en el reino don Carlos, príncipe de Viana, su hijo, como heredero de su madre; no se llamó rey, sea por contemplación de su padre, sea por conformarse con la voluntad de su madre, y que así lo tenían antes concertado. Este príncipe don Carlos fue dado a los estudios y a las letras, en que se ejercitó, no para vivir en ocio, sino para que ayudado de los consejos y avisos de la sabiduría, se hiciese más idóneo para gobernar. Andan algunas obras suyas, como son las Éticas de Aristóteles, que tradujo en lengua castellana, una breve historia de los reyes de Navarra; demás de esto, elegantes versos, trovas y composiciones, que él mismo solía cantar a la vihuela, mozo dignísimo de mejor fortuna y de padre más manso. Era de edad de veintiún años cuando su madre finó.

 

Con la muerte de esta señora cesaron las pláticas de la paz, y la reina de Castilla se volvió a Arévalo, do antes se tenía. La llama de la guerra se emprendió en muchos lugares. Los principales capitanes y cabezas de los alterados eran don Enrique de Aragón y el almirante del mar y el conde de Benavente. Hacíase la guerra en particular en las comarcas de Toledo; don Álvaro de Luna desde Escalona con sus fuerzas y las de su hermano el arzobispo de Toledo defendía su partido con gran esfuerzo. Los sucesos eran diferentes, cuándo prósperos, cuándo desgraciados. Íñigo López de Mendoza cerca de Alcalá, villa de que se apoderara, y se la había quitado al arzobispo de Toledo, en una zalagarda que le paró Juan Carrillo, adelantado de Cazorla, se vio en gran peligro de ser muerto, tanto que, degollados los que con él iban, él mismo herido escapó con algunos pocos. Por el mismo tiempo junto a un lugar llamado Gresmonda un escuadrón de los malcontentos fue desbaratado por la gente de don Álvaro. Pereció en la refriega Lorenzo Dávalos, nieto del condestable don Ruy López Dávalos, cuyo desastre desgraciado cantó el poeta cordobés Juan de Mena con versos llorosos y elegantes; persona en este tiempo de mucha erudición, y muy famoso por sus poesías y rimas que compuso en lengua vulgar; el metro es grosero como de aquella era; el ingenio elegante, apacible y acomodado a las orejas y gusto de aquella edad. Su sepulcro se ve hoy en Tordelaguna, villa del reino de Toledo; su memoria dura y durará en España.

 

 

 

 

 

 

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Por el mismo tiempo el rey de Navarra pasó con buen número de gente a Castilla la Nueva en ayuda de los desabridos, a causa que los enemigos eran más fuertes y llevaban lo mejor; los unos y los otros derramados por los campos y pueblos hacían robos, estragos, fuerza a las doncellas y a las casadas; estado miserable. En Castilla la Vieja el rey se apoderó de Medina del Campo y de Arévalo, villas que quitó al rey de Navarra, cuyas eran.

 

En aquella comarca, en una aldea llamada Naharro, tuvo el rey habla con la reina viuda doña Leonor que venía de Portugal. Tuvieron diversas pláticas secretas; no se pudo concluir nada en lo que tocaba a la paz con los alterados por estar el rey muy ofendido de tantos desacatos como le hacían cada día. Sólo resultó que para componer las diferencias de Portugal se enviaron embajadores que amonestasen y requiriesen a don Pedro, duque de Coimbra, hiciese lo que era razón. Lo mismo hizo el rey don Alonso de Aragón, que despachó sobre el caso una embajada desde Italia hasta Portugal. Todas estas diligencias salieron en vano a causa que don Pedro gustaba de la dulzura del mandar, y los portugueses persistían en no querer recibir ni sufrir gobierno extranjero. Las guerras que el uno y el otro príncipe tenían entre las manos no daban lugar a valerse de las armas y de la fuerza. Visto esto, la reina doña Leonor, perdido el marido, apartada de sus hijos, despojada del gobierno, hasta el fin de la vida se quedó en Castilla.

 

Los infantes de Aragón, movidos del peligro que corrían, del reino de Toledo se fueron apriesa a Castilla la Vieja para volver por lo que les tocaba. Arévalo, por la afición que los moradores les tenían, sin tardanza les abrió las puertas. Pasaron a Medina del Campo, do el rey estaba; pusieron sobre ella sus estancias; hiciéronse algunas escaramuzas ligeras, mas sin que sucediese alguna cosa memorable. No duró mucho el cerco a causa que algunos de la villa dieron de noche entrada en ella a los conjurados, con que la tomaron sin sangre. El rey de Castilla, sabido el peligro, tenía puesta gente de a caballo en las plazas y a las bocas de las calles. Los del pueblo estábanse quedos en sus casas, sin querer acudir a las armas por miedo del peligro o por aborrecimiento de aquella guerra civil. Don Álvaro de Luna y su hermano el arzobispo, y con ellos el maestre de Alcántara, por la puerta contraria, sin ser conocidos, bien que pasaron por medio de los escuadrones de los contrarios, se salieron

 

 

 

 

 

 

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disfrazados. El rey les avisó corrían peligro sus vidas, si con diligencia no se ausentaban, por estar contra ellos los alterados mal enojados.

 

Llegaron los conjurados a besar la mano al rey así como le hallaron armado, y con muestra de humildad y comedimiento poco agradable le acompañaron hasta palacio. Entonces los vencidos y los vencedores se saludaron y abrazaron entre sí, alegría mezclada con tristeza; maldecían todos aquella guerra, en que ninguna cosa se interesaba, y las muertes y lloros eran ciertos por cualquiera parte que la victoria quedase. Acudieron las reinas y el príncipe don Enrique con la nueva de este caso, y después de largas y secretas pláticas que con el rey tuvieron, mudaron en odio de don Álvaro los oficiales y criados de la casa real. Juntamente hicieron salir de la villa a don Gutierre Gómez de Toledo, arzobispo de Sevilla, y a don Fernando de Toledo, conde de Alba, y a don Lope de Barrientos, obispo de Segovia. La mayor culpa que todos tenían era la lealtad que con el rey guardaron, dado que les achacaban que tenían amistad con don Álvaro, y que podían ser impedimento para sosegar aquellas alteraciones. Tratóse de hacer conciertos, sin que nadie contrastase; el rey estaba detenido como en prisión y en poder de sus contrarios. Nombráronse jueces árbitros con poderes muy bastantes. Éstos fueron la reina de Castilla y su hijo el príncipe don Enrique, el almirante don Fadrique y el conde de Alba, que por este respeto lo hicieron volver a la corte. En la sentencia que pronunciaron condenaron a don. Álvaro que por espacio de seis años no saliese de los lugares de su estado que le señalasen. En especial le mandaron no escribiese al rey sino fuesen mostradas, primero, las copias de las cartas a la reina y al príncipe don Enrique. Demás de esto, que no hiciese, nuevas ligas ni tuviese soldados a sus gajes; finalmente, que para cumplimiento de todo esto diese en rehenes y por prenda a su hijo don Juan y pusiese en tercería nueve castillos suyos dentro de treinta días.

 

Sabidas estas cosas por don Álvaro, fue grande su sentimiento, tanto, que no podía reprimir las lágrimas ni se sabía medir en las palabras ni templarse, lo cual unos echaban a ambición, otros lo excusaban; decían que por su nobleza y gran corazón no podía sufrir afrenta tan grande. Sin embargo, de este su sentimiento y caída, no dejaba de pensar nuevas trazas para tornar a levantarse; mas al caído pocos guardan lealtad, y todas las puertas le tenían cerradas; en especial que los alterados se fortalecían con nuevos parentescos y matrimonios. Concertaron a doña Juana, hija del almirante don Fadrique, con el rey de Navarra; con don Enrique, su

 

 

 

 

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hermano, a doña Beatriz, hermana del conde de Benavente. El que movió y concluyó estos desposorios fue don Diego Gómez de Sandoval, conde de Castro, que en aquella sazón andaba en la corte del príncipe don Enrique y le acompañaba, persona de grandes inteligencias y trazas; y en este particular pretendía que, unidos entre sí estos príncipes y asegurados unos de otros, con mayor cuidado tratasen, como lo hicieron, y procurasen la caída del condestable don Álvaro de Luna.

 

 

 

 

XVII. Que el rey de Aragón se apoderó de

 

Nápoles

 

Concluida la guerra civil, parece comenzaba en España algún sosiego; por todas partes hacían fiestas y se regocijaba el pueblo. Al contrario, Italia se abrasaba con la guerra de Nápoles. Las fuerzas de Renato con la tardanza y dilación se enflaquecían; su mujer e hijos eran idos a Marsella; muestra de tener muy poca esperanza de salir con aquella empresa. Así lo entendía el vulgo, que a nadie perdona, y suele siempre echar las cosas a la peor parte. Es de gran momento la opinión y fama en la guerra; así, desde aquel tiempo hubo gran mudanza en los ánimos, mayormente por la falta que les hizo Jacobo Caldora, en quien estaba el amparo muy grande de aquella parcialidad, ca era grande la experiencia que tenía de la guerra y ejercicio de las armas. Su muerte fue de repente. Quería saquear el lugar de Circello, que es de la jurisdicción del papa, cuando cayó sin sentido en tierra, y llevado a su alojamiento, en breve rindió el alma; los demás de su linaje, que era muy poderoso y grande, se pasaron por su muerte a la parte aragonesa, que cada día se mejoraba. Ganaron la ciudad de Aversa, rindieron lo de Calabria. Desbarataron la gente de Francisco Esforcia cerca de Troya, ciudad de la Pulla, todos efectos de importancia. Sin embargo, el pontífice Eugenio hizo luego liga con los venecianos y florentinos y genoveses con intento de echar los aragoneses de toda Italia. Con este acuerdo el cardenal de Trento con diez mil soldados se metió por las tierras de Nápoles. Hizo poco efecto toda aquella gente como levantada aprisa, y que tenía diversas costumbres; voluntades y deseos; antes por el mismo tiempo la gente aragonesa marchó la vuelta de Nápoles.

 

 

 

 

 

 

 

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Dentro de la ciudad se estuvo Renato con pretensión que tenía de defenderla, visto que perdida aquella ciudad, se arriscaba todo lo demás. No salió a dar la batalla, creo por no asegurarse de la constancia de los naturales, o desconfiado de sus fuerzas si se viniese a las manos. Los de Génova trajeron algunas pocas vituallas a los cercados y algún socorro de soldados; pequeño alivio por la gran muchedumbre que se hallaba en la ciudad, que fue causa de encarecerse los mantenimientos y que el moyo de trigo costase mucho dinero. Hubo personas que en junta pública, con el atrevimiento que la hambre les daba, persuadieron a Renato que de cualquiera manera se concertase con los contrarios. El cerco iba adelante, y juntamente crecía la falta de lo necesario; por esto uno, por nombre Anello, con otro su hermano, de profesión albañiles, huidos de la ciudad, dieron aviso se podría tomar sin gran peligro, si les gratificasen su trabajo e industria. La entrada era por un acueducto o caños debajo de tierra, por donde para comodidad de la ciudad el agua de una fuente que cerca caía se encaminaba a los pozos. Pretendían meter gente secretamente por estos caños.

 

Escogieron doscientos soldados, hombres valientes, con orden que todos obedeciesen a los dos hermanos. La subida era difícil, la entrada y paso estrecho, los más se quedaron atrás, espantados del peligro o por ser pesados de cuerpo; solos cuarenta pasaron adelante. Arrancaban piedras con palancas y picos do impedían el paso, y a los que temían por ser el camino tan extraordinario, animaban los dos hermanos con palabras y con ejemplo, y algunas veces les ayudaban a subir con darles la mano. La porfía y esfuerzo fue tal, que llegaron al pozo de una casa particular; una mujercilla, cuya era la casa, vistos los soldados, dio luego gritos, con que se descubriera la celada, si prestamente no le taparan la boca. Gastóse, tiempo en la entrada, era salido el sol, y ninguna cosa avisaban ni daban muestra de ser entrados, no se sabe si por miedo o por descuido. Sospechaban que todos eran degollados, y todavía las compañías que tenían apercibidas acometieron a escalar la muralla; aflojaba la pelea por no sentirse en la ciudad ruido ninguno. Los cuarenta soldados, movidos y animados por la vocería de los que peleaban o forzados de la necesidad y darse por perdidos si los sentían, se apoderaron de una torre del adarve que cerca caía y no tenía guarda, llamada Sofia. Acudió el rey de Aragón para socorrerlos; acudió al tanto Renato al peligro. Fuera fácil recobrar la torre y lanzar de ella a los aragoneses; mas los de fuera acudieron muy de prisa

 

 

 

 

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y pusieron temor a los contrarios; lo que a los de dentro causó espanto, a los aragoneses que estaban en la torre hizo cobrar ánimo. Diose el asalto por muchas partes; finalmente, quebrantadas algunas puertas, entraron los de Aragón en la ciudad.

 

Renato, sin saber a qué parte debía acudir, bien que se mostró, no sólo prudente capitán, sino valiente soldado, tanto, que por su mano mató muchos de los contrarios, perdida al fin la esperanza de prevalecer, se recogió al castillo. Algunas casas fueron saqueadas, pero no mataron a nadie. Luego que entró el rey, se puso también fin al saco; de esta manera los aragoneses se apoderaron de Nápoles, día sábado, a 2 de junio, año del Señor de 1442. Los soldados fueron por el rey en público alabados y premiados magníficamente conforme a como cada uno se señalara, don Jimeno de Urrea, don Ramón Boil y don Pedro de Cardona, que eran los principales capitanes en el ejército; fue también premiado Pedro Martínez, capitán de los soldados que entraron por los caños. Con los dos hermanos albañiles se cumplió lo prometido bastantemente, promesas y paga mayores que llevaba su estado, con la cual fiucia tuvieron ánimo para acometer aquella hazaña.

 

Notaban los hombres curiosos que casi por la misma forma ganó aquella ciudad de los godos el capitán Belisario. Renato, por no quedarle alguna esperanza de repararse, perdida aquella noble ciudad, poco después se concertó con el contrario que le dejase ir libre a él y a los suyos, y entregaría lo que le quedaba. Tomado este asiento, partió para Florencia a verse con el papa Eugenio; desde allí pasó a Francia; su partida allanó todo lo demás. El Abruzo y la Pulla con todos los demás pueblos que hasta entonces rehusaran el señorío de Aragón y se tenían por Francia pretendían recompensar las culpas pasadas con mayores servicios, y se daban prisa a rendirse, ca no querían con la tardanza irritar la saña del vencedor. Por este orden quedó apaciguada Italia en gran parte.

 

España, dado que se hallaba cansada de males tan largos, y que entre los príncipes se habían concertado las paces, aún no sosegaba de todo punto; los caballeros, antes desavenidos entre sí, al presente menos se enfrenaban por el poco caso que hacían de los que gobernaban. Sería cosa larga relatarlo todo por menudo. Las principales diferencias y alteraciones fueron estas: estaba don Luis de Guzmán, maestre de Calatrava, enfermo y sin esperanza de salud. Dos caballeros de aquella orden, los más principales entre los demás, con ambición fuera de tiempo pretendían

 

 

 

 

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aquella dignidad; estos eran Juan Ramírez de Guzmán, comendador mayor de aquella orden, y el clavero Fernando de Padilla. Éste tenía ganadas y negociadas las voluntades de los comendadores. Don Juan, por entender que ninguna esperanza le quedaba de alcanzar aquella dignidad, si no se arriscaba con atrevimiento y temeridad, se determinó con mano armada apoderarse de los pueblos de aquella orden de Calatrava. El clavero, sabido este intento, fue a verse con él acompañado de cuatrocientos de a caballo. Vinieron a las manos en el campo de Barajas. Quedó el comendador mayor vencido y preso, y juntamente Ramiro y Fernando, sus hermanos, y Juan, su hijo; murieron otros muchos caballeros, y entre ellos cuatro sobrinos del mismo comendador mayor. En premio de esta victoria, que ganó de su contrario, fue dado a Padilla lo que pretendía, que sucediese en lugar del maestre, honra de que gozó poco tiempo. La ocasión fue que el rey hacía resistencia a aquella elección, y pretendía aquella dignidad para don Alonso, hijo bastardo del rey de Navarra. Pasóse tan adelante en esta pretensión, que vinieron a las manos. Puso don Alonso cerco con su gente sobre Calatrava; el nuevo maestre fue herido con una piedra que uno de los suyos inadvertidamente quería tirar a los contrarios. Con su muerte quedó su competidor don Alonso por maestre.

 

Por otra parte los vizcaínos, gente valiente e indómita, se alteraron por dos causas. Tenían entre sí hechas ciertas hermandades confirmadas por el rey. Éstas acometieron a los castillos de los nobles y sus haciendas. Entre los demás Pedro de Ayala, merino mayor de Guipúzcoa, como le tuviesen cercado en una su villa, llamada Salvatierra, fue librado por el conde de Haro, su primo, que usó en esto de una señalada grandeza de ánimo. Esto fue, que leída la carta en que le pedía socorro y avisaba del peligro, en el campo, do acaso se la dieron, mandó armar una tienda con juramento que hizo de no entrar debajo de tejado hasta tanto que Pedro de Ayala fuese libre de aquella afrenta. Ésta era la primera ocasión de las alteraciones de Vizcaya; la segunda, que se levantó cierta herejía de los fratricellos deshonesta y mala, y se despertó de nuevo en Durango. Hízose inquisición de los que hallaron inficionados con aquel error. Muchos fueron puestos a cuestión de tormento, y los más quemados vivos. Era el capitán de todos un fraile de San Francisco, por nombre fray Alonso Mela. Éste, por miedo del castigo, se huyó a Granada con muchas mozuelas que llevó consigo, que pasaron la vida torpemente entre los bárbaros. Él mismo, no se sabe porqué causa, pero fue acañavereado por los moros, muerte conforme a la

 

 

 

 

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vida y secta que siguió. Éste tuvo un hermano, que se llamó Juan Mela, que a la sazón era obispo de Zamora, su patria y natural, y adelante fue cardenal.

 

En Portugal por fin del mes de octubre falleció don Juan, tío del rey de Portugal, en Alcázar de Sal, en edad de cuarenta y tres años. Era condestable en aquel reino y juntamente maestre de Santiago. De doña Isabel, su mujer, hija de don Alonso, su hermano, duque de Berganza, dejó un hijo, llamado don Diego, que sucedió en los cargos y honras de su padre; tres hijas, doña Isabel, doña Beatriz y doña Filipa, y de ellas adelante procedieron príncipes muy grandes.

 

 

 

 

XVIII. De los varones señalados que hubo en

 

España

 

La residencia de don Álvaro, después que se vio desgraduado, era en Escalona. La esperanza de recobrar la autoridad que le quitaron, ni del todo la tenía perdida, ni tampoco era grande. No le faltaba ingenio y diligencia, mas desbarataba sus trazas la fortuna o fuerza más alta. Su hermano el arzobispo de Toledo falleció en Talavera a 4 de febrero. Gran desgracia, faltarle de repente ayuda tan grande. Quedábale don Rodrigo de Luna, a quien por ser hijo de un primo suyo en el tiempo adelante, vuelto a su prosperidad, hizo proveer el arzobispado de Santiago en lugar de don Álvaro de Isorna, como en otra parte se dirá, maguer que no tenía edad bastante para dignidad tan grande; mas poco le podía prestar en aquel trabajo, en especial que era mozo de mal natural y de costumbres estragadas.

 

Por otra parte los grandes y caballeros, por entender que aquella revuelta de tiempos era a propósito para quedarse con todo lo que apañasen, cada cual se apoderaba de lo qué podía. Pedro Juárez, hijo de Fernán Álvarez de Toledo, señor de Oropesa, por muerte del arzobispo se apoderó de Talavera. Llegó su osadía a que apenas dio entrada en ella al mismo rey de Castilla, que acudió a aquella villa para atajar aquellos bullicios.

El cuerpo del arzobispo fue enterrado en la capilla de la iglesia mayor de Toledo, que a su costa don Álvaro edificó muy suntuosa. Sobre

 

 

 

 

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nombrar sucesor no se concertaban los votos. Pretendían don Lope de Mendoza, arzobispo de Santiago, y don Pedro de Castilla, obispo de Palencia. Dos competidores tenían mayor negocio y favor que los demás: el uno era don García Osorio, obispo de Oviedo; dábale la mano su tío el almirante; el otro don Gutierre de Toledo, arzobispo de Sevilla, al cual favorecían los infantes de Aragón, que comenzaban a tener en todo gran mano. Con esta ayuda don Gutierre sobrepujó a su contrario, y salió con el arzobispado de Toledo. Era persona de gran ánimo, de estatura mediana, de buen rostro, blanco y rubio, dotado de letras, de ánimo sencillo y sin doblez, algo más severo en el gobierno que podían llevar las costumbres de aquella era, que fue causa que algunos le aborreciesen. Poco tiempo tuvo el arzobispado de Toledo y como solo tres años. Su padre Fernán Álvarez de Toledo, señor de Valdecorneja y mariscal de Castilla; su madre doña María de Ayala, su hermano Garci Álvarez de Toledo. Nombró por adelantado de Cazorla a su sobrino, hijo de su hermano don Fernando Álvarez de Toledo, conde de Alba.

 

Don García, competidor de don Gutierre, fue hecho arzobispo de Sevilla; don Diego, obispo de Orense, pasó al obispado de Oviedo. En conclusión, la iglesia de Orense dieron en encomienda a Juan de Torquemada, de fraile dominico cardenal de San Sixto, persona de mucha erudición como se entiende por los muchos libros que sacó a luz, digno de inmortal alabanza por la defensa que puso por escrito en tiempos tan estragados y revueltos de la majestad de la Iglesia romana.

 

Contemporáneo de Torquemada, aunque de menor edad, fue Alonso Tostado, natural de la villa de Madrigal, persona esclarecida por lo mucho que dejó escrito y por el conocimiento de la antigüedad y su varia erudición, que parecía milagro. Faltóle el estilo elegante, alguna mengua para que no se compare con cualquiera de los padres antiguos. Los años adelante fue obispo de Ávila, y más mozo en Sena de Toscana, do a la sazón estaba el papa Eugenio, propuso gran número de conclusiones, tomadas de lo más secreto de la teología, para defenderlas públicamente a la manera escolástica. Entre ellas le calificaron algunas como de mala sonada, y sobre ello expidió una bula el pontífice Eugenio. Atizaba el negocio el cardenal Torquemada, que escribió contra él en el mismo propósito cierto opúsculo. Respondió a todo el Tostado en un libro que llamó el Defensorio, obra docta, si bien a la misma autoridad de los pontífices no perdona por el deseo que tenía de defender su partido. Las

 

 

 

 

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proposiciones que le calificaron fueron éstas: la primera, Cristo nuestro Señor fue muerto al principio del año treinta y tres de su edad, y no a 20 de marzo, como ordinariamente sienten los antiguos, sino a 3 de abril; la segunda, puesto que a ningún pecado se niega el perdón por grave que sea, todavía de la pena y de la culpa Dios no absuelve, y mucho menos los sacerdotes por el poder de las llaves, palabra que él explicaba con cierta sutilidad, nueva y extravagante manera de hablar, que a los indoctos alteraba, y a los sabios no agradaba. Falleció a 3 de septiembre, año 1455.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMO SEGUNDO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Del estado en que las cosas estaban

 

Mejor se encaminaban las cosas y partido de los españoles en Italia que en España. Las condiciones y naturales de la gente eran casi los mismos, de aragoneses y castellanos. Los sucesos y la fortuna conforme a la calidad, ingenio y valor de los que gobernaban. El rey de Aragón tenía el ánimo muy levantado, mayor deseo de honra que de deleites; velaba, trabajaba, hallábase en todos los lugares y negocios, no se cansaba con ningún trabajo, y era igualmente sufridor de calor y de frío. Con las cuales virtudes y con la clemencia y liberalidad y condición fácil y humana, en que no tenía par, no cesaba de granjear las voluntades de la una y de la otra nación española e italiana, como el que no ignoraba que en la benevolencia de los vasallos consiste la seguridad de los señores y del estado, en el miedo el peligro, y en el odio su perdición. En Castilla los desafueros y mando de don Álvaro con su ausencia no cesaban, antes mudado sólo el sujeto, continuaban los males. El rey de Navarra no pretendió quitar los descontentos y reformar los desórdenes, sino en lugar de don Álvaro apoderarse del rey de Castilla, que nunca salía de pupilaje, y siempre se gobernaba por otro; grande desgracia y causa de nuevas revueltas.

Tenía el rey de Casilla algunas buenas partes, mas sobrepujaban en él las faltas. El cuerpo alto y blanco, pero metido de hombros, y las facciones del rostro desgraciadas. Ejercitábase en estudios de poesía y música, y para ello tenía ingenio bastante. Era dado a la caza, y deleitábase en hacer justas y torneos; por lo demás era de corazón pequeño, menguado y no a propósito para sufrir y llevar los cuidados del gobierno, antes le eran intolerables. Con pocas palabras que oía concluía cualquier negocio, por grave que fuese, y parece que tenía por el principal fruto de su reinado darse al ocio, flojedad y deportes. Sus cortesanos, en especial aquel a quien él daba la mano en las cosas, oían las embajadas de los príncipes, hacían las confederaciones, daban las honras y cargos, y por decirlo en una palabra, reinaban en nombre de su amo, pues eran los que gobernaban; en el tiempo de la paz y de la guerra daban leyes y hacían ordenanzas. Vergonzosa flojedad del príncipe y torpeza muy fea. El buen natural, las

 

 

 

 

 

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virtudes y valor que los antiguos reyes de Castilla tenían descaecía de todo punto. No de otra manera que los sombrados y animales, la raza de los hombres y casta con la propiedad del cielo y de la tierra sobre todo con el tiempo se muda y se embastarda, en especial cuando mudan lugar y cielo; así el ingenio ardiente de los príncipes muchas veces con la abundancia de los regalos se apaga en sus descendientes y desfallece si los vicios no se corrigen con la buena enseñanza, y la sangre floja y muelle no se recuece y se reforma y vuelve en su antiguo estilo con darles por mujeres doncellas escogidas de alguna nación y linaje más robusto y varonil, con que en los hijos se repare la molicie y blandura de sus padres. En los grandes imperios ninguna cosa se debe menospreciar; y el atrevimiento de los cortesanos antes que se arraigue y eche hondas raíces, en el mismo principio se ha de reprimir, porque si se envejece, cobra fuerzas grandemente, y no se remedia sino a grande costa de muchos, y a las veces toma debajo a los que le quieren derribar. Cosa superflua fuera tachar las faltas pasadas, si de las menguas ajenas no se tomasen avisos para ordenar y reformar la vida de los príncipes, y es justo que por ejemplo de dos poderosisimos reyes de España, comparando el uno con el otro, se entienda cuánto se aventaje la fuerza de ánimo a la flojedad.

 

El rey de Aragón, después de tomada a Nápoles y sujetadas a su señorío las demás ciudades y castillos que se tenían por los angevinos, concluida la guerra, entró en Nápoles a 26 días del mes de febrero del año 1443 con triunfo a la manera y traza de los antiguos romanos, asentado en un carro dorado, que tiraban cuatro caballos muy blancos, con otro que iba adelante asimismo blanco. Acompañaban al carro a pie los señores y grandes de todo el reino; los eclesiásticos delante con sus cruces y pendones cantaban alabanzas a Dios y a los santos. El pueblo, derramado por todas partes, a voces pedía para su rey un largo, feliz y dichoso imperio y vida. No se puso corona ni guirnalda en la cabeza; decía que aquella honra era debida a los santos, con cuyo favor él ganara la victoria; las calles sembradas de flores, las paredes colgadas de ricas tapicerías, todas las partes llenas de suavidad de olores, de perfumes y de fragrancia. Ningún día amaneció más alegre y más claro, así para los vencidos como para los vencedores.

 

Restaba sólo un cuidado, de ganar al pontífice Eugenio, que a la sazón no estaba muy inclinado a los franceses. Tratóse de hacer con él asiento en la ciudad de Sena, do el pontífice se hallaba. Concluyóse a 15 de julio con

 

 

 

 

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estas condiciones: que el reino de Nápoles quedase por el rey de Aragón, y después de él le heredase su hijo don Fernando, el cual, aunque habido fuera de matrimonio, en una junta de grandes señaló su padre por su heredero, sólo en aquel estado; el rey de Aragón pechase cada un año ocho mil onzas, que es cierto género de moneda, al pontífice romano, y pusiese diligencia en reprimir a Francisco Esforcia, que ensoberbecido y orgulloso por estar casado con hija del duque de Milán, se había apoderado en gran parte de la Marca de Ancona. Hecha esta avenencia, en lo que tocaba a la guerra cumplió el rey, y pasó más adelante de lo que se obligó, porque él mismo se encargó de ella, y en la Marca quitó muchos pueblos y castillos a los esforcianos, que restituyó al pontífice, cuyos nombres y el suceso de toda la guerra no es de nuestro propósito referirlo en este lugar. También a instancia de los genoveses se asentó la paz con ellos, con condición que cada un año presentasen al rey don Alonso mientras que viviese una fuente de oro bien grande, la cual como acostumbrase a recibir delante del pueblo como trofeo de la victoria ganada contra aquella ciudad, por parecerles a los genoveses cosa pesada, no duró la confederación mucho tiempo ni pagaron las parias adelante de cuatro años.

 

En Castilla otrosí el rey de Navarra usaba del poder que tenía usurpado con alguna aspereza, por donde su mando no duró mucho tiempo, como quier que las cosas templadas se conservan, y las demasías presto se acaban. Tenía como preso al rey de Castilla, que fue un señalado atrevimiento y resolución extraordinaria, en reino ajeno, en tiempo de paz, a tan gran príncipe quitarle la libertad de hablar con quien quisiese. Púsole por guardas a don Enrique, hermano del Almirante, y a Rodrigo de Mendoza, mayordomo de la casa real, para que notasen las palabras y aún los meneos de los que entraban a hablarle. Estaban metidos en el mismo enredo el almirante y el conde de Benavente, como personas obligadas por la afinidad contraída con los infantes; y aún el príncipe de Castilla y la reina andaban en los mismos tratos.

 

Visitaba el rey de Castilla a Ramaga, a Madrigal y a Tordesillas, pueblos de Castilla la Vieja. Fray Lope de Barrientos, ya obispo de Ávila, movido por la indignidad del caso y porque de secreto favorecía a don Álvaro, pensó era buena ocasión aquella para volverle en su privanza. Resolvióse sobre el caso de hablar con Juan Pacheco, lloró con él el estado en que las cosas andaban, maldecía la locura de los aragoneses. Decía que todo desacato que se hiciese al rey era mengua del príncipe don Enrique,

 

 

 

 

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que en fin tal cual fuese era su padre. Si no era bastante para el gobierno, que no era razón, echado don Álvaro, que sucediesen en su lugar hombres extraños, sino que el mismo príncipe supliese la flojedad y mengua de su padre y comenzase a gobernar. «¿Qué presta alegrarnos de la caída de don Álvaro, si quitado él todavía nos tratan como a esclavos y nos hacen sufrir gobierno más pesado por la mayor aspereza de los que mandan y por su ambición más desenfrenada? Por ventura ¿pensáis que los aragoneses se han de contentar con tener sólo el gobierno como lugartenientes? Según el corazón de los hombres es insaciable, creedme que pasarán adelante. Ganado el reino de Nápoles, es tanta su soberbia, que tratan de adquirir nuevos reinos en España. ¿Cuidáis que están olvidados de don Enrique el Segundo? Tienen muy asentado en sus ánimos que se apoderó de Castilla contra razón. Pretenden abatir la familia real de Castilla, y están determinados de aventurar las vidas en la demanda». Movíase Juan Pacheco con el razonamiento del obispo; sabía muy bien que decía verdad y que su amonestación era saludable; pero espantábale la dificultad de la empresa, y recelábase que sus fuerzas no se podrían igualar a las de los aragoneses. Todavía se resolvieron de acometer a dar un tiento a los grandes y entender si tenían ánimo bastante para abatir la tiranía de los aragoneses y chocar con ellos.

 

A fin que estas pláticas anduviesen más secretas, persuadieron al príncipe don Enrique que, partido de Tordesillas, se fuese a Segovia con muestra de quererse recrear en la caza. Desde allí escribieron sus cartas a don Álvaro para comunicar con él lo que trataban. Acaso los condes de Haro y el de Ledesma, que por merced del rey ya se intitulaba conde de Plasencia, juntándose en Curiel, trataban de poner en libertad al rey. Esto fue causa que el príncipe don Enrique volviese a Tordesillas para ver lo que se podría hacer. Verdad es que los intentos de aquellos señores fueron por los aragoneses desbaratados, y ellos forzados a huir; principios todos y zanjas que se abrían de nuevas alteraciones.

Las bodas del rey de Navarra con su esposa se hicieron en Lobatón a 1 de septiembre del año del Señor de 1444. Asistieron casi todos los príncipes y las dos reinas, es a saber, la de Castilla y la de Portugal. El infante don Enrique por el mismo tiempo, celebrado que hubo sus bodas en la ciudad de Córdoba, con diligencia afirmaba en el Andalucía las fuerzas de su parcialidad. Diego Valera fue por embajador al rey de Francia con intento de alcanzar diese libertad al conde de Armeñaque, al

 

 

 

 

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cual poco antes prendió el delfín, y don Martín, hijo de don Alonso, conde de Gijón. Achacábanle que tenía tratos con los ingleses. Diéronle libertad con condición que si en algún tiempo faltase en la fidelidad debida, fuese despojado de los pueblos de Ribadeo y de Cangas, que poseía en las Asturias por merced de los reyes de Castilla o por haberlos heredado. Fuera de esto, se obligó el rey de Castilla en tal caso de le hacer guerra con las fuerzas de Vizcaya, cercana a su estado.

 

Con el príncipe don Enrique a un mismo tiempo unos trataban de destruir a don Álvaro de Luna, otros de volverle y restituirle en su autoridad. El rey de Navarra persuadía que le destruyesen, y que para este efecto juntasen sus fuerzas. El obispo Barrientos y Juan Pacheco juzgaban era bien restituirle en su lugar y darse prisa antes que se descubriesen estas pláticas. Con este intento, para entretener al rey de Navarra y engañarle, se comenzó a tratar de hacer confederación y liga con él. En el entre tanto el príncipe don Enrique se volvió a Segovia, dende solicitó a los condes, el de Haro, el de Plasencia y el de Castañeda, para que juntasen con él sus fuerzas. Llegáronseles otrosí el conde de Alba don Fernán Álvarez de Toledo, con su tío el arzobispo de Toledo e Íñigo López de Mendoza, señor de Hita y Buitrago. Hecho esto, como les pareciese tener bastantes fuerzas para contrastar a los aragoneses, los confederados se juntaron en Ávila por mandado del príncipe, que se fue a aquella ciudad. Tenían mil quinientos caballos, más nombre de ejército y número que fuerzas bastantes. Vino eso mismo don Álvaro de Luna. La mayor dificultad para hacer la guerra era la falta del dinero para pagar y socorrer a los soldados. Partiéronse desde allí para Burgos, donde estaban los otros grandes sus cómplices. Los contrarios enviaron al rey de Castilla a la villa de Portillo, y al conde de Castro para que le guardase. Comenzó el de Navarra a hacer arrebatadamente levas de gente, juntó dos mil de a caballo; con esta gente marchó contra los grandes, que de cada día se hacían más fuertes con nuevas gentes que ordinariamente les acudían.

 

Junto a Pampliega, en tierra de Burgos, se dieron vista los unos a los otros, asentaron a poca distancia cada cual de las partes sus reales; pusieron otrosí sus haces en campo raso en ordenanza con muestra de querer pelear. Acudieron personas religiosas y eclesiásticas movidos del peligro, comenzaron a tratar de concertarlos; tenían el negocio para concluirse, cuando una escaramuza, ligera al principio, desbarató estos intentos, que por acudir y cargar soldados de la una y de la otra parte, paró

 

 

 

 

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en batalla campal. Era muy tarde; sobrevino y cerró la noche, con que dejaron de pelear. El rey de Navarra, por entender que no tenía fuerzas bastantes, ayudado de la oscuridad, dio la vuelta a Palencia, ciudad fuerte. Sucedióle otra desgracia, que el rey de Castilla se salió de Portillo en son de ir a caza, comió en el lugar de Mojados con el cardenal de San Pedro; hecho esto, despidió al conde de Castro que le guardaba, y él se fue a los reales en que su hijo estaba. La libertad del rey fue causa de gran mudanza. Cayéronse los brazos y las fuerzas a los contrarios.

 

El de Navarra se fue a su reino para recoger fuerzas y las demás cosas necesarias, con intento de llevar adelante lo comenzado. Los señores aliados, cada cual por su parte, se fueron a sus estados. Con esto los pueblos de los infantes que tenían en Castilla la Vieja vinieron en poder de los confederados y del rey, en particular Medina del Campo, Arévalo, Olmedo, Roa y Aranda. Don Enrique de Aragón dio la vuelta del Andalucía a la su villa de Ocaña. El príncipe don Enrique y el condestable don Álvaro salieron contra él; mas por estar falto de fuerzas se huyó al reino de Murcia. Allí Alonso Fajardo, adelantado de Murcia, que seguía aquella parcialidad, le dio entrada en Lorca, ciudad muy fuerte en aquella comarca. Por esta vía entonces escapó del peligro y pudo comenzar nuevas pláticas para recobrar la autoridad y poder que tenía antes. Sucedieron estas cosas al fin del año.

 

En el mismo año a 5 de julio, don Fernando, tío del rey de Portugal, falleció en África; sepultáronlo en la ciudad de Fez; de allí los años adelante le trasladaron a Aljubarrota, entierro de sus padres. Fue hombre de costumbres santas y esclarecido por milagros; así lo dicen los portugueses, nación que es muy pía y muy devota, y aficionada grandemente a sus príncipes, si bien no está canonizado. Entre otras virtudes se señaló en ser muy honesto, jamás se ensució con tocamiento de mujer, ninguna mentira dijo en su vida, tuvo muy ardiente piedad para con Dios. Estas virtudes tenían puesto en admiración a Lazeracho, un moro que le tenía en su poder. Éste, sabida su muerte, primero quedó pasmado; después, «Digno, dice, era de loa inmortal si no fuera tan contrario a nuestro profeta Mahoma». Maravillosa es la hermosura de la virtud; su estima es muy grande y sus prendas, pues a sus mismos enemigos fuerza que la estimen y alaben.

 

 

 

 

 

 

 

 

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II. De la batalla de Olmedo

 

Parecía que las cosas de Castilla se hallaban en mejor estado y que alguna luz de nuevo se mostraba después de echados del gobierno y de la corte los infantes de Aragón; mas las sospechas de la guerra y los temores todavía continuaban. Tuviéronse Cortes en Medina del Campo, y mandaron de nuevo recoger dinero para la guerra, no tanto como era menester, pero cuanto podían llevar los pueblos, cansados con tantos gobiernos y mudanzas y que aborrecían aquella guerra tan cruel. Acudieron al mismo lugar el príncipe don Enrique y el condestable don Álvaro, después que tomaron a don Enrique de Aragón muchos pueblos del maestrazgo de Santiago. Tratóse de apercibirse para la guerra que veían sería muy pesada. En particular el de Navarra, por tierra de Atienza, en el cual pueblo tenía puesta guarnición, hizo entrada por el reino de Toledo con cuatrocientos de a caballo y seiscientos de a pie, pequeño número, pero que ponía grande espanto por do quiera que pasaba, a causa que los naturales, parte de ellos eran parciales, los más sin poner a peligro sus cosas querían más estar a la mira que hacerse parte. Así, el de Navarra se apoderó de Torija y de Alcalá de Henares con otros lugares y villas por aquella comarca. El rey de Castilla, puesto que tenía pocas fuerzas para alteraciones tan grandes, todavía porque de pequeños principios, como suele, no se aumentase el mal, juntadas arrebatadamente sus gentes, pasó al Espinar para esperar le acudiesen de todas partes nuevas banderas y compañías de soldados.

 

Poco después de éste, a 18 de febrero del año que se contó 1445, falleció la reina de Portugal doña Leonor en Toledo. Siguióla pocos días después doña María, reina de Castilla, que murió en Villacastín, tierra de Segovia. Sospechóse les dieron hierbas, por morir en un mismo tiempo y ambas de muerte súpita, demás que el cuerpo de la reina doña María después de muerta se halló lleno de manchas. Diose crédito en esta parte a la opinión del vulgo, porque comúnmente se decía de ellas que no vivían muy honestamente. La reina de Portugal enterraron en Santo Domingo el Real, monasterio de monjas en que moraba; desde allí fue trasladada a Aljubarrota. El enterramiento de la reina de Castilla se hizo en Nuestra Señora de Guadalupe. Por el mismo tiempo falleció don Lope de Mendoza, arzobispo de Santiago, en cuyo lugar fue puesto don Álvaro de Isorna, a la sazón obispo de Cuenca, y a don Lope Barrientos en remuneración de los servicios que hiciera trasladaron de Ávila a Cuenca; a

 

 

 

 

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don Alonso de Fonseca dieron la iglesia de Ávila, escalón para subir a mayores dignidades. Era este prelado persona de ingenio y natural muy vivo y de mucha nobleza. Don Álvaro de Isorna gozó poco de la nueva dignidad, en que le sucedió don Rodrigo de Luna, sobrino del condestable.

 

Desde el Espinar pasó el rey a Madrid, y poco después a Alcalá, llamado por los moradores de aquella villa. Tenía el de Navarra por allí cerca alojada su gente, que con la venida de su hermano don Enrique creció en número, de manera que tenía mil quinientos de a caballo. Con esta gente se fortificó en las cuestas de Alcalá la Vieja, que son de subida agria y dificultosa, con determinación de no venir a las manos sino fuese con ventaja de lugar, por saber muy bien que no tenía fuerzas bastantes para dar batalla en campo raso. Desde allí envió a Ferrer de Lanuza, justicia de Aragón, por embajador a su hermano el rey de Aragón para suplicarle, pues era concluida la guerra de Nápoles, se determinase de volver a España, quier para ayudarles en aquella guerra, quier para componer y asentar todos aquellos debates. El rey de Castilla hiciera otrosí lo mismo, que le despachó sus embajadores, personas de cuenta, a quejarse de los agravios que le hacían sus hermanos. No hubo encuentro alguno cerca de Alcalá, ni los del rey acometieron a combatir o desalojar los contrarios; así, los aragoneses por el puerto de Tablada se dieron prisa para llegar a Arévalo. Siguiólos el rey de Castilla por las mismas pisadas, resuelto en ocasión de combatirlos. Marchaban a poca distancia los unos escuadrones y los otros, tanto, que en un mismo día llegaron todos a Arévalo. El de Navarra se apoderó por fuerza de la villa de Olmedo, que por entender que el socorro de Castilla venía cerca, le había cerrado las puertas. Los principales en aquel acuerdo fueron justiciados; su grande lealtad les hizo daño y el amor demasiado y fuera de sazón de la patria.

 

El rey de Castilla pasó a media legua de Olmedo y barreó sus estancias junto a los molinos que llaman de los Abades. Eran sus gentes por todas dos mil caballos y otros tantos infantes. Acudieron con los demás el príncipe don Enrique, don Álvaro de Luna, Juan Pacheco, Íñigo López de Mendoza, el conde de Alba y el obispo Lope de Barrientos. Por otra parte con los aragoneses se juntaron el almirante, el conde de Benavente, los hermanos Pedro, Fernando y Diego de Quiñones, el conde de Castro y Juan de Tovar, con que se les llegaron otros mil caballos. Habláronse los príncipes de la una parte y de la otra para ver si se podían concertar, todo maña del obispo Barrientos para entretener a los contrarios hasta tanto que

 

 

 

 

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llegase el maestre de Alcántara, con cuya venida reforzados de gente los del rey, se pusieron en orden de pelea. Los aragoneses ni podían mucho tiempo sufrir el cerco por falta de vituallas, y no se atrevían a dar la batalla por no tener fuerzas competentes. Resolviéronse en lo que les pareció necesario, de enviar a los reales del rey a Lope de Angulo y al licenciado Cuéllar, chanciller del de Navarra. Y como les fuese dada audiencia, declararon las razones por que los infantes lícitamente tomaran las armas. Que no era por voluntad que tuviesen de hacer mal a nadie, sino de defender sus personas y estados y de poner el reino en libertad, que veían estar puesto en una miserable servidumbre:

 

«Si echado don Álvaro, como tenía acordado vuestra alteza, quisiere por su voluntad gobernar el reino, no pondremos dificultad ninguna ni dilación en hacer las paces con tal que las condiciones sean tolerables. Que si no dais oído a tan justa demanda, la provincia y vuestros vasallos padecerán robos, talas, sacos y violencias; males que se pondrán a cuenta del que no los excusare, y que protestamos (delante de Dios y de los hombres) con toda verdad deseamos por nuestra parte y procuramos atajar. Avisamos otrosí que esta embajada no se envía por miedo, sino con el deseo que tenemos de que haya sosiego y paz». Dichas con grande fervor estas palabras, presentaron un memorial en que llevaban por escrito lo mismo en sustancia. Respondió el rey que lo miraría más de espacio.

 

En el entre tanto que andaban los tratos de paz, acaso, un día miércoles, que se contaban 19 de mayo, vinieron por un accidente a las manos y se dio la batalla. Pasó así, que el príncipe don Enrique con el brío de mozo se acercó al muro con cincuenta de a caballo para escaramuzar con el enemigo. Salieron del pueblo otros tantos, pero con espaldas de los hombres de armas. Espantáronse los del príncipe con ver tanta gente, y vueltas las espaldas, se pusieron en huida. Siguiéronles los aragoneses hasta las mismas trincheras de los reales. Pareció grande desacato y atrevimiento; salen las gentes del rey en guisa de pelear. En la vanguardia iba el condestable don Álvaro por frente, y a los costados los hombres de armas, y por sus capitanes don Alonso Carrillo, obispo de Sigüenza, y su hermano Pedro de Acuña, Íñigo López de Mendoza y el conde de Alba. En el cuerpo de la batalla iba el príncipe don Enrique con quinientos y cincuenta hombres de armas, que debajo del gobierno de don Gutierre de Sotomayor, maestre de Alcántara, cerraban el escuadrón. El rey y en su compañía don Gutierre, arzobispo de Toledo y conde de Haro, guiaban y

 

 

 

 

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regían la retaguardia, cuyos costados fortificaban, de una parte el prior de San Juan y don Diego de Zúñiga, de otra Rodrigo Díaz de Mendoza, mayordomo de la casa real, y Pedro de Mendoza, señor de Almazán. Estuvieron en esta forma gran parte del día sin que de la villa saliese ni se moviese nadie. Apenas quedaban dos horas de sol cuando mandaron que la gente se recogiese a los reales. Entonces los aragoneses salieron con grande alarido a cargar en los contrarios. Pensaban que la oscuridad de la noche, que estaba cercana, si fuesen vencidos los cubriría, y si venciesen no los estorbaría por ser prácticos de la tierra y por sus muchos caballos. Cerraron los primeros los caballos ligeros. Acudieron los demás, con que la pelea se avivó. Las gentes de Aragón iban en dos escuadrones: el uno, que llevaba por caudillo al infante don Enrique, acometió a los del condestable don Álvaro; el de Navarra cargó contra el príncipe don Enrique, su yerno. Pelearon valientemente por ambas partes. Adelantáronse el maestre de Alcántara e Íñigo López de Mendoza para ayudar a los suyos, que andaban apretados; muchos de ambas partes huían, en quien el miedo podía más que la vergüenza. En especial los aragoneses eran en menor número, y por la muchedumbre de los contrarios comenzaban a ciar. Cerraba la noche; el de Navarra y don Enrique, su hermano, cada cual con su banda particular, discurrían por las batallas, socorrían a los suyos, cargaban a los contrarios donde quiera que los veían más apiñados, acudían a todas partes, mas no podían por estar alterados los suyos ponerlos a todos en razón y en ordenanza ni ser parte para que con la oscuridad de la noche, que todo lo cubre y lo iguala, no se pusiesen en huida. Los infantes, desbaratados y huidos los suyos, se retiraron a Olmedo. El de Benavente y el almirante se acogieron a otros lugares. El conde de Castro y don Enrique, hermano del Almirante, y Hernando de Quiñones fueron presos en la batalla y con ellos otros doscientos; los muertos fueron pocos; treinta y siete murieron en la pelea, y de los heridos mas.

 

Los infantes de Aragón, por no fiarse en la fortaleza del lugar, la misma noche se partieron a Aragón, sin entrar en poblado porque no los detuviesen. El de Navarra sin lesión; don Enrique en breve murió en Calatayud de una herida que le dieron en la mano izquierda; entendióse le atosigaron la llaga, con que se le pasmó el brazo. Fue hombre de grande ánimo, pero bullicioso y que no podía estar sosegado. Su cuerpo sepultaron en aquella ciudad. Del segundo matrimonio dejó un hijo de su

 

 

 

 

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mismo nombre, que no dará en lo de adelante mucho menos en qué entender que su pudre. Los vencedores recogieron los despojos, y luego escribieron cartas a todas partes, con que avisaban cómo ganaran la jornada. Demás de esto, en el lugar que se dio la batalla, por voto del rey y por su mandado, levantaron una ermita con advocación del Espíritu Santo de la Batalla, para memoria perpetua de esta pelea muy memorable.

 

 

 

 

III.    De las bodas de don Fernando, hijo del rey de Aragón y de Nápoles

 

Mejor y mas prósperamente procedían las cosas de Aragón en el reino de Nápoles en Italia. El rey don Alonso, en gracia del padre santo, quitó la Marca de Ancona a la gente de Francisco Esforcia. Ellos, aunque despojados de las ciudades y pueblos de que contra razón estaban apoderados, partido el rey, no se sosegaban, por estar ensoberbecidos con la memoria de las cosas que hicieran, muchas y grandes en Italia. Revolvió el rey de Aragón a instancia del pontífice Eugenio, y llegado con sus gentes a la Fontana del Pópulo, pueblo no lejos de la ciudad de Teano, mandó que acudiesen allí los señores.

 

Vino con los demás Antonio Centellas, marqués de Girachi, con trescientos de a caballo. Era de parte de padre de los Centellas de Aragón, de parte de madre de los Veintemillas de Nápoles, y en la guerra pasada sirvió muy bien y ayudó a sujetar lo de Calabria, Basilicata y Cosencia con su buena maña y con gran suma de dineros que, vendidas sus particulares posesiones, juntó para pagar a los soldados. Quería el rey que Enricota Rufa, hija del marqués de Croton y heredera de aquel estado, casase con Íñigo Dávalos, casamiento con que pretendía premiarle sus servicios. Cometió este negocio a Antonio Centellas para que le efectuase. Ganó él por la mano, y quiso más para sí aquel estado, y casó con la doncella. Aumentó con esto el poder, y creció también en atrevimiento. Disimulóse por entonces aquel desacato; pero poco después en esta sazón fue castigado por todo. Achacábanle que trató de dar la muerte a un cortesano muy poderoso y muy querido del rey. Él, por miedo del castigo, se partió de los reales que tenían cerca de la Fontana del Pópulo, y no paró hasta llegar a Catanzaro, pueblo de su jurisdicción. Alterado el rey, como era

 

 

 

 

 

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razón, por este caso, envió a la Marca a Lope de Urrea y otros capitanes, y él mismo, porque con disimular aquellos principios no cundiese el mal, ca temía si pasaba por aquel desacato no le menospreciasen los naturales en el principio de su reinado, y con la esperanza de no ser castigados creciese el atrevimiento, dio la vuelta a Nápoles, desde donde para justificar más su causa envió personas que redujesen a Antonio Centellas; pero él hacíase sordo a los que le amonestaban lo que le convenía. Vinieron a las armas; el mismo rey pasó a Calabria, y de su primera llegada tomó a Rocabernarda y a Bellicastro. Croton sufrió el cerco algunos días. Después, por miedo de mayor mal abrió las puertas y se rindió.

 

Desde allí marchó el rey la vuelta de Catanzaro, do Antonio Centellas se hallaba con su mujer e hijos y todo el menaje y repuesto de su casa. No se vino a las manos a causa que, perdida la esperanza de defenderse y por ver que los otros grandes no se movían en su ayuda, bien que en prometer liberales, mas mostrábanse recatados en el peligro, trató de pedir perdón, y alcanzóle con condición que se rindiese a sí y a sus cosas a voluntad del rey. Hízose así; mandó el rey le entregase aquella ciudad y el castillo de Turpia, y él fue enviado a Nápoles con su mujer e hijos y toda su recámara; que fue un grande aviso para entender que en la obediencia consiste la seguridad, y en la contumacia la total perdición. El principal movedor de esta alteración fue un milanés, por nombre Juan Muceo, que a la sazón residía en Cosencia. Tuvo el rey orden para haberle a las manos; perdonóle al tanto, si bien poco después pagó con la cabeza sus malas mañas, ca el duque de Milán, do se acogió, le hizo dar la muerte por otra semejante desleatad. Por esta manera se conoció la providencia y poder de Dios en castigar los delitos; y aquellas grandes alteraciones, que tenían suspensa y a la mira toda Italia, tuvieron remate breve y fácil.

 

Festejóse y aumentóse la alegría de haber sosegado todo aquel reino con las bodas de don Fernando, hijo del rey, que casó en Nápoles a 30 de mayo, día domingo, con Isabel de Claramonte, con la cual antes estaba desposado. Pretendíase con aquellas bodas ganar de todo punto al príncipe de Tarento, tío de parte de madre de aquella doncella, porque hasta entonces parecía andar en balanzas.

En medio de estos regocijos vinieron nuevas tristes y de mucha pesadumbre, esto es, que las dos reinas, hermanas del rey, y don Enrique de Aragón fallecieron, como queda dicho. Demás de esto, que vencido el de Navarra, le echaran de toda Castilla; tal es la condición de nuestra

 

 

 

 

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naturaleza, que ordinariamente las alegrías se destemplan con desastres. Al embajador que envió el rey de Navarra para avisar de esto, y de su parte hacia instancia que el de Aragón volviese a España, dio por respuesta que la guerra de la Marca estaba en pie; por tanto, que ni su fe ni su devoción sufría desamparar al pontífice y faltar en su palabra; acabada la guerra, que él iría a España; pero avisaba que de tal manera se asegurasen de su ida, que no dejasen por tanto de apercibirse de todo lo necesario; que nombraba en lugar de la reina para el gobierno al rey de Navarra, y por sus consejeros a los obispos de Zaragoza y de Lérida y otras personas principales; que no sería dificultoso con las fuerzas de Navarra y de Aragón resistir a las de Castilla. En conclusión, otorgaba que con los moros de Granada, lo cual pedía asimismo el rey de Navarra, se concertasen treguas y confederación por un año; ciudad y nación en que por el mismo tiempo hubo mudanza de reyes.

 

Dado que Mahomad, por sobrenombre el Izquierdo, con las guerras civiles de Castilla tuvo sosiego algunos años, de la paz, como es ordinario, resultaron entre los moros grandes discordias. Los tiempos eran tan estragados, que no podían sosegar por largo espacio; si faltaban enemigos de fuera, nacían dentro de casa. Fue así, que dos primos hermanos, hijos que eran de dos hermanos del rey moro, el uno llamado Ismael, o por miedo de la tempestad que amenazaba, o temiendo la ira de su tío, se fue al rey de Castilla para servirle en la guerra, con cuya ayuda esperaba podría recobrar su patria, sus riquezas y la autoridad que antes tenía. El otro, que se llamaba Mahomad el Cojo, porque renqueaba de una pierna, en la ciudad de Almería, do era su residencia, se hermanó con algunos moros principales. Con esta ayuda se apoderó del castillo de Granada que se llama el Alhambra; hubo otrosí a las manos al rey, su tío, y le puso en prisión. Hecho esto, se alzó con todo el reino y se quedó por rey. Esto fue por el mes de septiembre; mes que aquel año, conforme a la cuenta de los árabes, fue el que llama aquella gente iamad el segundo.

 

Dividiéronse con esto los moros en bandos. Andilbar, gobernador que era de Granada, con sus deudos y aliados se apoderó de Montefrío, que era un castillo muy fuerte no lejos de Alcalá la Real, y por tener poca esperanza de restituir y librar al rey viejo que preso estaba, convidó con el reino a Ismael. Apresuróse él para tomarle con ayuda que le dio el rey de Castilla de dinero y de gente. La esperanza que tenía de salir con su intento era alguna; el miedo era mayor a causa de sus pocas fuerzas, y que

 

 

 

 

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le convenía contrastar con la mayor parte de aquella nación, que los más, quién de voluntad, quién por contemporizar, procuraban ganar la gracia del rey Mahomad y por este camino entretenerse y mirar por sus particulares. Mas esto sucedió al fin de este año; volvamos a contar lo que se nos queda atrás.

 

 

 

 

IV. Que don Álvaro de Luna fue hecho maestre de

 

Santiago

 

Ganada la batalla de Olmedo, sobre lo que debían hacer se tuvo consejo en la tienda de don Álvaro de Luna, que salió herido de la refriega en la pierna izquierda. Allí determinaron por común acuerdo de todos que los bienes y estados de los conjurados fuesen confiscados; tomaron la villa de Cuéllar, y pusieron cerco sobre Simancas. El príncipe don Enrique quería que el almirante don Fadrique fuese exceptuado de aquella sentencia y que se le diese perdón; los demás eran de parecer contrario, decían que su causa no se podía apartar de la de los demás; antes juzgaban de común consentimiento y tenían su delito por más grave y calificado por ser el primero y principal y que movió a los demás a tomar las armas. Por esta causa el príncipe se fue a Segovia; el rey, su padre, alterado por su partida y por recelo no fuese esto principio de nuevos alborotos, dejó a Pedro Sarmiento el cuidado de apoderarse de los demás pueblos de los alborotados, y él mismo se fue a Nuestra Señora de Nieva con deseo de sosegar a su hijo. Para obedecer pidió el príncipe que para sí le diesen a Jaén, a Logroño y a Cáceres, y a Juan Pacheco a Barcarota, Salvatierra y Salvaleón, pueblos a la raya de Portugal. Condescendió el rey con él; mas ¿qué se podría hacer? De esta manera, por lo que era razón fueran castigados, les dieron premio; tales eren los tiempos.

 

Fuera de esto, en Medina de Rioseco se dio perdón al almirante con tal que dentro de cuatro meses se redujese al deber, y en el entre tanto doña Juana, reina de Navarra, su hija, estuviese detenida en Castilla como en rehenes. Tomado este asiento, el castillo de aquella villa que se tenía por el almirante, se entregó al rey; los demás pueblos de Castilla ta Vieja, que eran de los alterados, en breve también vinieron a su poder.

 

 

 

 

 

 

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Al principio de esta guerra, por consejo de don Álvaro, dado que al conde de Haro y a otros grandes no les parecía bien, envió el rey de Castilla por gente de socorro a Portugal; acordó con esta demanda el gobernador don Pedro, duque de Coimbra. Juntó dos mil de a pie y mil seiscientos caballos, y por general a su hijo don Pedro, que si bien no pasaba de dieciséis años, por muerte del infante don Juan, su tío, poco antes le habían nombrado por condestable de Portugal. Llegó esta gente a Mayorga, do el rey estaba. Su venida no fue de efecto alguno por estar ya la guerra concluida. Sin embargo, festejaron al General, regalaron a los capitanes, y les presentaron magníficamente según que cada cual era. No resultó algún otro provecho de esta venida y de este ruido; solamente don Álvaro secretamente y sin que el mismo rey lo supiese, según se dijo, concertó de casarle segunda vez con doña Isabel, hija de don Juan, maestre de Santiago en Portugal, con el cual don Álvaro tenía grande alianza y muchas prendas de amor; tan grande era la autoridad y mano que don Álvaro se tomaba, tan rendido tenía al rey. Decía que aquel parentesco sería de mucho provecho por el socorro de gente que les vendría de aquel reino, fuera de que hacían suelta por este respeto de gran suma de dineros que se gastaron en la paga de los soldados ya dichos.

 

Despedido el socorro de Portugal, pasó la corte a Burgos. Allí, muy fuera de lo que se pensaba, a los condes de Benavente y de Castro se dio perdón a tal que por espacio de dos años, ni el de Castro saliese de Lobatón, ni el de Benavente se partiese de aquella su villa de Benavente. A otros grandes hicieron crecidas mercedes, mayores al cierto que sus servicios: don Íñigo López de Mendoza fue hecho marqués de Santillana y conde de Manzanares; Villena se dio a don Juan Pacheco con nombre también de marqués.

Demás de esto, en Ávila don Álvaro de Luna fue elegido por voto de los caballeros de aquella orden en maestro de Santiago; parece que la fortuna le subía tan alto para con mayor caída despeñarle. A don Pedro Girón, más por respeto de don Juan Pacheco, su hermano, que por sus méritos, pues antes siguiera el partido de Aragón, dieron el maestrazgo de Calatrava. Para este efecto depusieron a don Alonso de Aragón; cargábanle qué siguió a su padre en la guerra pasada. No faltó quien tachase aquellas dos elecciones como no legítimas, de que resultaron debates y competencias. Contra don Álvaro pretendía don Rodrigo Manrique, ayudado, como se dirá luego, del favor del príncipe don

 

 

 

 

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Enrique. Contra don Pedro Girón se aponía don Juan Ramírez de Guzmán, comendador mayor de Calatrava, que desde la elección pasada pretendía algún derecho, y en la presente tuvo algunos votos por su parte, de que resultaron grandes alteraciones y discordias.

 

Alburquerque se tenía todavía por los aragoneses. Acudió el rey en persona a rendir la villa y la fortaleza, que finalmente le entregó su alcaide Fernando Dávalos. Dio el rey la vuelta a Toledo, y allí removió, a petición de la ciudad, de la tenencia del alcázar y del gobierno del pueblo a Pero López de Ayala, y puso en su lugar a Pero Sarmiento; acuerdo poco acertado, por lo que avino adelante, y aún de presente se disgustó asaz el príncipe don Enrique por el mucho favor que hacía al depuesto Pero López de Avala.

Al fin de esto año, a los 4 de diciembre, finó en la su villa de Talavera don Gutierre, arzobispo de Toledo; su cuerpo sepultaron en el sagrario al cierto de aquella iglesia colegial. Sobre si lo trasladaron a la villa de Alba, como él mismo lo dejó dispuesto en su testamento, hay opiniones diferentes; quién dice que nunca le trasladaron y que yace en el mismo lugar sin lucillo y sin letra, sólo un capelo verde que cuelga de la bóveda en señal de aquel entierro; otros porfían que los de su casa lo pasaron a Alba, sin señalar cuándo ni cómo. Sólo consta que en San Leonardo, convento de jerónimos de aquella villa, hay un sepulcro de mármol blanco suyo, que de en medio de la capilla mayor en que estaba lo pasaron al lado del Evangelio, pero sin alguna letra que declare si están dentro los huesos. En suma, en lugar de don Gutierre alcanzó aquella dignidad don Alonso Carrillo, obispo a la sazón de Sigüenza, por principio del año 1446. Su padre Lope Vázquez de Acuña, que de Portugal se vino, a Castilla; sus hermanos Pedro de Acuña, señor de Dueñas y Tariego, y otro Lope Vázquez de Acuña. Demás de esto, era tío de don Juan Pacheco y hombre de gran corazón, pero bullicioso y desasosegado, de que son bastante prueba las alteraciones, largas y graves que en el reino se levantaron, y él las fomentó.

 

Hízose consulta sobre lo que quedaba por concluir de la guerra. Atienza y Torija solamente se tenían por el de Navarra en toda Castilla, pero fortificadas para todo lo que podía suceder, guarnecidas de buen número de soldados, que salían a correr los campos comarcanos, hacer presas de ganados y de hombres. Demás de esto, crecía la fama de cada día, y venían avisos que el de Navarra se aprestaba para volver de nuevo a

 

 

 

 

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la guerra, cosa que ponía en cuidado a los de Castilla, tanto más que el rey moro con intento de ganar reputación, y a instancia de los aragoneses, con una entrada que hizo por las fronteras del Andalucía, tomara por fuerza a Benamaruel y Benzalema, pueblos fuertes en aquella comarca; afrenta mayor que el miedo y que el daño. No se podía acudir a ambas partes; marcharon las gentes del rey contra los aragoneses por el mes de mayo, y después que tuvieron cercada a Atienza por espacio de tres meses, se trató de hacer paces. Concertaron que aquellos dos pueblos se pusiesen en tercería y estuviesen en poder de la reina de Aragón doña María hasta tanto que los jueces nombrados de común consentimiento determinaren a quién se debían entregar. Hecha esta avenencia, el rey de Castilla fue recibido dentro del pueblo a 12 de agosto. Hizo abatir ciertas partes de la muralla y poner fuego a algunos edificios. Los vecinos pretendían se quebrantaron las condiciones del concierto y asiento tomado, y así no le quisieron recibir en el castillo. Por esto sin acabar nada fue forzado volver atrás e irse a Valladolid. Solamente dejó ordenado que el nuevo arzobispo de Toledo y don Carlos de Arellano quedasen con gente para reprimir los insultos de los aragoneses por aquella parte, y en ocasión se apoderasen de aquellos pueblos.

 

No por esto los aragoneses quedaron amedrentados, antes desde aquellos lugares hacían de ordinario correrías y cabalgadas por todos aquellos campos hasta Guadalajara, do el de Toledo y Arellano residían. Algunos de los parciales andaban al tanto por toda la provincia esparcidos y mezclados con todos los demás, que a la sorda alteraban la gente y eran causa que resultasen nuevas sospechas entre los grandes de Castilla; maña en que el de Navarra tenía mayor fiucia que en las armas.

Demás de esto, don Álvaro y don Juan Pacheco cada cual por su parte con intento de aprovecharse del daño ajeno sembraban con chismes y reportes semilla de discordia entre el rey y su hijo el príncipe, que debieran con todas sus fuerzas atajar; cruel codicia de mandar y ciego ímpetu de ambición, ¡cuán grandes estragos haces! En un delito ¡cuán gran número de maldades se encerraban! Pasaron tan adelante en estas discordias, que por ambas partes hicieron levas de soldados.

 

En cierto asiento que se hizo entre el rey y el príncipe, su hijo, hallo que el rey perdona al conde de Castro, y a sus hijos manda se les vuelvan sus estados y bienes.

 

 

 

 

 

 

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Don Rodrigo Manrique, confiado en estas revueltas más que en su justicia, por nombramiento del pontífice Eugenio y a persuasión del rey de Aragón, sin tener el voto de los caballeros, se llamó maestre de Santiago. Pretendía él por las armas apoderarse de los lugares del maestrazgo; don Álvaro le resistía; de que resultaron daños de una parte y de otra, muertes y robos por todas aquellas partes. Estas alteraciones y revueltas fueron causa que pocos cuidasen de lo que más importaba; así los moros por principio del año 1447 hicieron entrada en nuestras tierras, llevaron presas de hombres y de ganados, quemaron aldeas, talaron los campos, las rozas y las labranzas, y en particular ganaron de los nuestros los pueblos de Arenas, Huéscar y los dos Vélez, el Blanco y el Rojo, que están en el reino de Murcia, poco distantes entre sí. No tenían bastante número de soldados ni estaban bastecidos de vituallas ni de almacén; así no pudieron mucho tiempo sufrir el ímpetu de los enemigos.

 

Esto y las sospechas que todos tenían de mayores males eran los frutos que de las discordias que andaban entre los grandes resultaron.

 

 

 

 

V. De la guerra de Florencia

 

No será fuera de propósito, como yo pienso, declarar en breve las causas y el suceso de la guerra de Florencia que por el mismo tiempo se emprendió en Italia. Blanca, hija de Filipo, duque de Milán, casó con Francisco Esforcia. El dote sesenta mil escudos, y entre tanto que se la pagaban, en prendas a Cremona, ciudad rica de aquel ducado, la cual el yerno con esperanza que tenía de suceder en aquel estado, aunque le ofrecía el dinero, no quiso restituir a su suegro, confiado en la ayuda de venecianos, en aquella sazón, por sí mismos y por la liga que tenían con florentinos y genoveses, poderosos por mar y por tierra. Envió Filipo por su embajador al obispo de Novara para que tratase con el rey don Alonso moviese guerra a los florentinos, para con esto recobrar él a Cremona, sin embargo del favor que daban a su yerno los venecianos. El pontífice Eugenio era contrario a los venecianos y a sus aliados e intentos, y por el contrario amigo del duque Filipo. Por esta causa atizaba y persuadía al rey hiciese esta guerra, dado que no era menester por lo mucho que él mismo debía al duque; así hizo más de lo que le pedían. Envió por una parte al estado de

 

 

 

 

 

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Milán a Ramón Buil, excelente capitán y de fama en aquella era; él mismo por otra sin mirar que era invierno pasó a Tibur, cerca de Roma. Entre tanto que allí se entretuvo para ver cómo las cosas se encaminaban y que los florentinos hacían buenas ofertas por divertir la guerra de su casa, los venecianos con las armas se apoderaron de gran parte del ducado de Milán. Por esta causa fue forzado el duque de recibir a su yerno en su gracia. Lo mismo hizo el rey don Alonso a su instancia y aún envió al duque dinero prestado. Hallábanse las cosas en este estado, cuando súbitamente, mudado el duque de voluntad, convidó al rey de Aragón y le llamó para entregarle el estado de Milán. Resistió el rey a esto, y no aceptó la oferta, por juzgar era cosa indigna que príncipe tan grande se redujese a vida particular y dejase el mando.

 

Estas demandas y respuestas andaban, cuando el papa Eugenio, que era tanta parte para todo, falleció en Roma a 22 de febrero. Apresuróse el cónclave, y salió por pontífice dentro de diez días el cardenal Tomás Sarzana, natural de Luca, en Toscana, con nombre en el pontificado de Nicolás V; buen pontífice, y que la bajeza de su linaje, que fue grande, ennobleció con grandes virtudes; y por haber sido el que puso en pie e hizo se estimasen las letras humanas en Italia, es justo que los doctos le amen y alaben. Fue admirable en aquella edad, no sólo en la virtud, sino en la buena dicha con que subió a tan alto estado, tan amigo de paz cuanto su predecesor de guerra.

 

En el estado de Milán se hacía la guerra con diferentes sucesos. El duque Filipo, pasado que hubo con su ejército el río Abdua, congojado de cuidados y desconfiado de sus fuerzas, trató de veras con Ludovico Dezpuch, embajador del rey don Alonso, de renunciar aquel estado y entregarle a su señor, ca estaba determinado de trocar la vida de príncipe, llena de tantos cuidados y congojas, con la de particular, mucho más aventurada; sobre todo deseaba castigar los desacatos de su yerno. Decía que a causa de su vejez, ni el cuerpo podía sufrir los trabajos, ni el corazón los cuidados y molestias. Que sería más a propósito persona de más entera edad y más brío para que con su esfuerzo y buena dicha reprimiese la lozanía y avilenteza de los venecianos. En el entre tanto que Ludovico con este recado va y vuelve, el duque Filipo falleció en el castillo de Milán, a los 13 de agosto, de calenturas y cámaras y principalmente de la pesadumbre que le sobrevino con aquellos cuidados que le apretaron en lo postrero de su edad; aviso que la vida larga no siempre es merced de Dios.

 

 

 

 

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Mas ¿qué otra cosa sujetó a aquel príncipe, poco antes tan grande, a tantas desgracias sino los muchos años? De manera que no siempre se debe desear vivir mucho, que los años sujetan a las veces los hombres a muchos afanes, y el fallecer en buena sazón se debe tener por gran felicidad.

 

Aquel mismo mes se celebraron las bodas del rey de Castilla y doña Isabel en Madrigal; las fiestas no fueron grandes por las alteraciones que andaban todavía entre los grandes. La suma es que entre el rey y la reina sin dilación se trató de la manera que podrían destruir a don Álvaro de Luna; negocio que aún no estaba sazonado, dado que él mismo por no templarse en el poder caminaba a grandes jornadas a su perdición. Éste fue el galardón de ser casamentero en aquel matrimonio.

El rey don Alonso, como lo tenían tratado, fue por el duque Filipo nombrado en su testamento por heredero de aquel estado. En esta conformidad Ramón Buil, uno de los comisarios del rey en Lombardía, en cuyo poder quedó el un castillo de aquella ciudad, hizo que los capitanes hiciesen los homenajes y juramento el rey don Alonso como duque de Milán. La muchedumbre del pueblo con deseo de la libertad acudió a las armas con tan grande brío, que se apoderaron de los dos castillos que tenía Milán, y sin dilación los echaron por tierra y los arrasaron. Don Alonso no podía acudir por estar ocupado en la guerra de Florencia, que ya tenía comenzada, en que se apoderó por las armas de Ripa, Marancia y de Castellón de Pescara en tierra de Volterra. Los florentinos, alterados por esta causa, llamaron en su ayuda a Federico, señor de Urbino, y a Malatesta, señor de Arimino. El rey puso cerco sobre Piombino, y se apoderó de una isla que le está cercana, y se llama del Lillo.

 

Los de Piombino asentaron que pagarían por parias cada un año una taza de oro de quinientos escudos de peso; los florentinos otrosí se concertaron con el rey debajo de ciertas condiciones, con que dejadas las armas, se partió para Salmona. Quedaron por él en lo de Toscana la isla del Lillo y Castellón de Pescara. Érale forzoso acudir a lo de Milán y aquella guerra. Hubo diversos trances; venció finalmente Francisco Esforcia, mozo de grande ánimo, pues pudo por su esfuerzo y con ayuda de venecianos quitar la libertad a los milaneses y al rey don Alonso el estado que le dejara su suegro. Cepa de do procedió una nueva línea de príncipes en aquel ducado de Milán y ocasión de nuevas alteraciones y grandes, en que Francia con Italia, y con ambas España se revolvieron con guerras que

 

 

 

 

 

 

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duraron hasta nuestro tiempo, variables muchas veces en la fortuna y en los sucesos, como se irá señalando en sus propios lugares.

 

 

 

 

VI. Que muchos señores fueron presos en Castilla

 

Las cosas de Castilla aún no sosegaban; de una parte apretaba el rey moro, ordinario y ferviente enemigo del nombre de Cristo; de otra estaba a la mira el de Navarra, que tenía más confianza que en sus fuerzas en la discordia que andaba entre los grandes de Castilla. Éste era el mayor daño. El de Toledo e Íñigo López de Mendoza, que fue puesto en lugar de Arellano, con un largo cerco con que apretaron a Torija la forzaron a rendirse a partido que dejasen ir libres a los soldados que tenía de guarnición. Este daño que recibió el partido de Aragón recompensaron los soldados de Atienza con apoderarse en tierra de Soria de un castillo que se llama Peña de Alcázar. El rey de Castilla; irritado por esta nueva pérdida, desde Madrigal, do estaba, partió por el mes de septiembre para Soria; seguíanle tres mil de a caballo, número bastante para hacer entrada por la frontera y tierras de Aragón.

 

Por el mismo tiempo en Zaragoza se tenían Cortes de Aragón para proveer con cuidado en lo de la guerra que les amenazaba. Entendían que tantos apercibimientos como en Castilla se hacían no serían en vano. Hiciéronse diligencias extraordinarias para juntar gente; mandaron y echaron bando que todos los naturales de diez uno, sacados por suertes, fuesen obligados a tomar las armas y alistarse; resolución que si no es en extremo peligro, no se suele usar ni tomar. No obstante esta diligencia, enviaron por sus embajadores a Soria a Íñigo Bolea y Ramón de Palomares para que preguntasen cuál fuese el intento del rey y lo que con aquel ruido y gente pretendía, y le advirtiesen se acordase de la amistad y liga que entre los dos reinos tenían jurada. Si confiaba en sus fuerzas, que tomadas las armas, lo que era cierto se hacía dudoso y se aventuraba; que comenzar la guerra era cosa fácil, pero el remate no estaría en la mano del que le diese principio y fuese el primero a tomar las armas. A esta embajada respondió el rey, a 20 de septiembre, en una junta mansamente y con disimulación, es a saber, que él tenía costumbre de caminar acompañado de los grandes y de su gente; que los aragoneses hicieron lo

 

 

 

 

 

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que no era razón en ayudar al de Navarra con consejo y con fuerzas; si no lo enmendaban, lo castigaría con las armas. Envió junto con esto sus reyes de armas, llamados Zurbán y Carabeo, para que en las Cortes de Zaragoza se quejasen de estos desaguisados. Los aragoneses asimismo tornaron a enviar al rey otra embajada.

 

Entre tanto que estas demandas y respuestas andaban, los soldados de Castilla de sobresalto se apoderaron del castillo de Verdejo, que está en tierra y en el distrito de Calatayud. Con esto desistieron de tratar de las paces, y luego vinieran a las manos, si un nuevo aviso que vino de que los grandes en lo interior y en el riñón de Castilla se conjuraban y ligaban entre sí, no forzara al rey de Castilla a dar la vuelta a Valladolid. En aquella villa tuvo las pascuas de Navidad, principio del año de 1448. En el mismo tiempo un escuadrón de gente de Navarra tomó la villa de Campezo, y el gobernador de Albarracín se apoderó de Huélamo, pueblo de Castilla a la raya de Aragón, y que está asentado en la antigua Celtiberia, no lejos de la ciudad de Cuenca. De esta manera variaban las cosas de la guerra; así es ordinario.

 

El mayor cuidado era de apaciguar a los grandes y reconciliar con el rey al príncipe, su hijo, ca por su natural liviano nunca sosegaba del todo ni era en una cosa constante. La ambición de don Álvaro y de don Juan Pacheco era impedimento para que no se pudiese efectuar cosa alguna en esta parte. Menudeaban las quejas; cada cual de los dos pretendía derribar al otro y por este medio subir él al más alto grado. Entendió esto don Alonso de Fonseca, obispo de Ávila, persona de ingenio sagaz; procuró concordarlos y hacerlos amigos. Decíales que si se aliaban tendrían mano en todo el gobierno; la discordia sería causa de su perdición. Tomóse por expediente para atajar las conjuraciones de los grandes prender muchos de ellos en un día señalado; para poner esto en ejecución tuvieron habla el rey y el príncipe, su hijo, entre Medina del Campo y Tordesillas a 11 de mayo, sábado, víspera de pascua de Espíritu Santo.

 

Como se concertó, así se hizo, que don Alonso Pimentel, conde de Benavente, y don Fernán Álvarez de Toledo, conde de Alba, don Enrique, hermano del Almirante, los dos hermanos Pedro y Suero de Quiñones fueron presos. Al de Benavente, don Enrique y a Suero llevaron a Portillo; al de Alba y Pedro de Quiñones a Roa para que allí los guardasen. Achacábanles que trataban de hacer volver al rey de Navarra a Castilla. Como los hombres naturalmente se inclinan a creer lo peor, decía el vulgo,

 

 

 

 

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que a nadie perdona, era todo invención para aplacar el odio del pueblo concebido por aquellas prisiones. El almirante y el conde de Castro, como no les hubiesen podido persuadir que viniesen a la corte, avisados de lo que pasaba, se retiraron a Navarra. Lo que era consiguiente, tomáronles los estados sin dificultad por no tener quien los defendiese ni estar los pueblos apercibidos de vituallas. Estos fueron Medina de Ríoseco, Lobatón, Aguilar, Benavente, Mayorga con otro gran número de pueblos y castillos. Diego Manrique de su voluntad entregó los castillos de Navarrete y de Treviño como en rehenes y para seguridad que guardaría lealtad a su rey. Todas estas trazas a los malos dieron gusto; los buenos las aborrecían; y no se sanaron las voluntades, sino antes se exasperaron más y comenzaron nuevas sospechas de mayor guerra.

 

Continuábanse todavía las Cortes de Zaragoza, en que por el mes de abril entre Aragón y Castilla se concertaron treguas por seis meses; que las paces, o no pudieron, o no quisieron concluidas. De los dos señores que se huyeron de Castilla, el conde de Castro se quedó en Navarra, el almirante llegó a Zaragoza a 29 de mayo. En aquella ciudad trató con el rey de Navarra de lo que debían hacer. Acordóse que el almirante pasase en Italia para informar de todo lo que pasaba como testigo de vista. Estaba el rey don Alonso a la sazón sobre Piombino, como queda dicho antes, cuando en un mismo tiempo el almirante y don Garci Álvarez de Toledo, hijo del de Alba, por diversos caminos llegaron allí. El de Aragón los recibió muy bien y los dio muy grata audiencia; demás de esto, prometió de les acudir y ayudarlos, dioles cartas que escribió a los grandes, de esta sustancia: «Amigos y deudos: De vuestro desastre nos ha informado nuestro primo el almirante. Cuánta pena nos haya dado no hay para qué decirlo; el tiempo en breve declarará cuánto cuidamos de vos y de vuestras cosas, y que no excusaremos por el bien de Castilla ningún gasto ni peligro que se ofrezca. Dios os guarde. De los reales de Piombino, a 10 de agosto».

 

En este comedio en Castilla se gastaron algunos meses en apoderarse de los estados y lugares de los grandes. El rey y el príncipe, su hijo, comunicados los negocios entre sí, acordaron se pusiesen guarniciones en las fronteras del reino en lugares convenientes, en especial contra los moros. Resuello esto, Alonso Girón, primo de Juan Pacheco, fue nombrado para que estuviese en Hellín y en Jumilla por frontero con doscientos de a caballo y cuatrocientos infantes, con que acometió cierto número de moros que entraron por aquella parte y los desbarató. Mostró

 

 

 

 

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en este caso mayor ánimo que prudencia, ca los enemigos se recogieron en un collado que cerca caía; dende de repente con grande alarido cargaron sobre los cristianos que con gran seguridad y descuido recogían los despojos, y por estar esparcidos por todo el campo los destrozaron, sin poder huir ni tomar las armas ni hacer ni proveer nada. Los más fueron muertos; algunos pocos con el capitán se salvaron por los pies, perdidas las armas y los estandartes.

 

Sobre las demás desgracias de Castilla este nuevo revés alteró el ánimo del rey, tanto más, que por el mismo tiempo el príncipe don Enrique, ofendido de nuevo contra don Álvaro de Luna, desde Madrid, do estaba con su padre, se retiró a Segovia; causa de nuevo sentimiento para el rey. Determinóse para remedio de tantos males y buscar algún camino para atajarlos, de juntar Cortes en Valladolid. El príncipe don Enrique por orden de su padre se llegó a Tordesillas. Antes que el rey también fuese a verse con él, como estaba acordado, en una junta que tuvo declaró ser su voluntad reconciliarse co su hijo y perdonarle; a los caballeros, conforme a los méritos de cada cual, premiarlos o castigarlos; en particular dijo que quería hacer merced y repartir los pueblos y estados de los parciales entre los leales. Los procuradores de las ciudades cada cual a porfía loaba el acuerdo del rey; quien más podía más le adulaba, que es una mala manera de servicio y de agrado tanto más perjudicial cuanto más a los príncipes gustoso.

 

Sólo Diego Valera, procurador de la ciudad de Cuenca, a instancia de su compañero y por mandado del rey tomó la mano; y aunque con cierto rodeo, claramente amonestó al rey no permitiese que los grandes, personas de tanta nobleza y de tan grandes méritos suyos y de sus antepasados, fuesen condenados sin oírlos primero. Dijo que de otra manera sería injusto el juicio, dado que sentenciasen lo que era razón. Hernando de Rivadeneyra, hombro suelto de lengua y arrojado, amenazó a Valera; dijo que le costana caro lo que habló. El rey mostró mal rostro contra aquel atrevimiento. Salióse luego de la junta, con que dio a entender cuánto le desagradaron las palabras de Rivadeneyra.

 

Ocho días después Valera escribió al rey una carta en esta sustancia: «Dad paz, señor, en nuestros días. Cuántos males hayan traído a la república las discordias domésticas no hay para qué declararlo; nuestras desventuras dan bastante testimonio de todo, las más graves que los hombres se acuerdan; todo está destruido, asolado, desierto, y la

 

 

 

 

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miserable España la tercera vez se va a tierra, si con tiempo no es socorrida. Quiero con los profetas antiguos llorar el daño y destrucción de la patria; pero quejarse y suspirar solamente y no poner otro remedio a los males fuera de las lágrimas, téngolo por cosa vana. Esto es lo que me ha forzado a escribir. En vuestra prudencia, señor, después de Dios están puestas todas nuestras esperanzas; si no os mueve nuestra miseria, a lo menos la desventura de vuestro reino os punce. Si en alguna cosa se errare, el daño será común de todos, la afrenta sólo vuestra; que la fama y la fortuna de los hombres corren a las parejas. Éste es el peligro de los que reinan; las prosperidades pertenecen a todos, las cosas adversas y reveses a solo el príncipe se imputan. Con premio y con castigo, severidad y clemencia se gobiernan los reinos. Así lo enseña la experiencia, y grande varones lo dejaron escrito. Cierto término debe haber en esto y guardar cierta medida, bien así como en lo demás. No es mi intento de disputar en este lugar de cosa tan grande. Traer ejemplos, así antiguos como modernos por la una y por la otra parte, ¿qué presta? A muchos levantó la clemencia; la severidad a pocos, por ventura a ninguno. Poned los ojos en Alejandro, César, Salomón, Roboam, en los Nerones. Las partes que la aspereza y el rigor, por ventura necesario, pero usado fuera de tiempo, tienen enconadas, con la blandura se han de sanar y con echar por diverso camino que el que hasta aquí se ha tomado. En conclusión, cuatro cosas conviene hacer; éste es mi parecer, ojalá tan acertado como es el deseo que de acertar tengo. Conviene apaciguar al príncipe, llamar a los desterrados, soltar a los que están presos y establecer un perpetuo olvido de las enemigas pasadas. La facilidad en el perdonar, dirá alguno, sería causa de desprecio; verdad es, si el príncipe pudiese ser despreciado, que tiene valor y ánimo; cosa peligrosa es quererse autorizar con la sangre de sus vasallos. La falta de castigo, dirá otro, hará los hombres atrevidos, y las leyes mandan sea castigado el desacato y la deslealtad. Es así; pero la propia loa de los reyes es la clemencia, y toda grande hazaña es forzoso tenga algo que se pueda tachar; que si en algo se quebrantaren las leyes, el bien y la salud pública lo recompensarán y soldarán todo. Quiero últimamente hacer mis plegarias. Ruego a Dios que de mis palabras, salidas de corazón muy llano, esté lejos toda sospecha de arrogancia, y que vuestro entendimiento para determinar cosas tan grandes sea alumbrado con luz celestial que os enseñe lo que convendrá hacer».

 

 

 

 

 

 

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Esta carta dio pesadumbre a don Álvaro de Luna; al rey y a todos los buenos fue muy agradable. El conde de Plasencia, leída esta carta, gustó tanto del ingenio de Valera y de su libertad, que le recibió en su servicio, y le entregó su hijo mayor para que le criase y amaestrase.

 

 

 

 

VII. De las bodas del rey de Portugal

 

La prisión de tan grandes señores y la huida de otros que fueron forzados a salir de toda Castilla alteró mucho la gente y acarreó graves daños. Tratábase dentro y fuera del reino de poner a los presos en libertad y hacer que los huidos volviesen a su tierra. El temor los entretenía y enfrenaba, maestro no duradero ni bueno de lo que conviene, ca mudadas las cosas algún tanto, se atrevieron los que esto pensaban a procurarlo y ponerlo por obra.

 

El conde de Benavente huyó de la prisión; diole lugar para ello Alonso de León por grandes dádivas de presente y mayores promesas que le hizo para adelante; del cual Diego de Ribera, alcaide del castillo, hacía grande confianza. Éste dio entrada a treinta soldados en el castillo, que acompañaron al conde en caballos que para esto tenían apercibidos en un pinar allí cerca, y le llevaron a Benavente. Con su venida los moradores de aquella villa echaron la guarnición de soldados que tenían puestos por el rey. Luego después acudieron a Alba de Liste, que estaba cercada por los del rey, y les forzaron a alzar el cerco. Junto con esto se apoderaron de otros pueblos de menos cuenta. Esta nueva fue de mucha alegría para los buenos y comúnmente para el pueblo.

 

El rey, alterado con ella, dejó a don Álvaro en Ocaña con orden de apercibir lo necesario para la guerra de Aragón, y él a grandes jornadas se fue a Benavente; desde donde por hallar aquel pueblo apercibido pasó a Portugal, que halló alegre por las bodas de su rey que poco antes celebró con doña Isabel, hija de don Pedro, su tío y gobernador del reino, con quien siete años antes estaba desposado. Fue esta señora de costumbres muy santas y de apostura muy grande. De este casamiento nacieron don Juan, que murió niño, y doña Juana, su hermana, que murió sin casar, y otro don Juan que vivió largos años y heredó el reino de su padre. Era el rey todavía de tierna edad y no bastante para los cuidados del reino. Don

 

 

 

 

 

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Pedro, su suegro, estaba muy apoderado del gobierno de mucho tiempo atrás, cosa que los demás grandes la tenían por pesada y la comenzaban a llevar mal. La muchedumbre del pueblo, como quier que sea amiga de novedades, huelga con la mudanza de los señores por pensar siempre que lo venidero será mejor que lo presente y pasado.

 

El que más se señalaba en tratar de derribar a don Pedro era don Alonso, conde de Barcelos, sin tener ningún respeto a que era su hermano, ni tener memoria de la merced que poco antes le hiciera, que por muerte de don Gonzalo, señor de Berganza, que falleció sin hijos poco antes, le nombró y dio título de duque de Berganza. Así suelen los hombres muchas veces pagar grandes beneficios con alguna grave injuria; la ambición y la envidia quebrantan las leyes de la naturaleza. Tenía poca esperanza de salir con su intento, si no era con maldad y engaño. Persuadió al rey, que era mozo y de poca experiencia, tomase él mismo el gobierno, y que el agravio y injuria que su suegro hizo a su madre en echarla primero del reino, después acabarla con hierbas, como él decía que lo hizo, la vengase con darle la muerte; que hasta entonces siempre gobernó soberbia y avaramente y robó la república; que según el corazón humano es insaciable, se podía temer que sin contentarse de lo que es lícito, pretendería pasar adelante, y de día y de noche pensaría cómo hacerse rey, para lo cual sólo el nombre le fallaba. Alterado el rey con estos chismes y murmuraciones, trató de vengarse de don Pedro.

 

Él, avisado de lo que pasaba, porque en aquella mudanza tan súbita de las cosas no le hiciesen algún desaguisado a él o a los suyos y también para esperar en qué paraban y qué término tomaban aquellas alteraciones, se fortificó dentro de Coimbra. Sufren mal los grandes ánimos cualquiera injuria, y más cuando no tienen culpa; así, con intento de apoderarse de Lisboa, se concertó con los ciudadanos de aquella ciudad que se la entregasen; pero como quier que cosa tan grande no pudiese estar secreta, en el camino en que iba para allá con número de soldados le pararon una celada, con que le fue forzoso venir a las manos. Diose esta batalla año de nuestra salvación de 1449. Sobre el mes no concuerdan los autores, y hay diversas opiniones; la suma es que en ella murió el mismo don Pedro con muchos de los suyos. Sus émulos y gente curiosa de cosas semejantes decían fue castigo del cielo, ca le hirieron el corazón con una saeta enherbolada; de la herida murió; persona digna de mejor suerte y de más larga vida, si bien vivió cincuenta y siete años. Fue de grande ánimo, de

 

 

 

 

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aventajada prudencia por la grande experiencia que tuvo de las cosas. Dijose que el rey sintió mucho la muerte de su tío y suegro; la fama más ordinaria y el suceso de las cosas convence ser esto engaño, pues por mucho tiempo le fue negada la sepultura; verdad es que adelante le enterraron en Aljubarrota, entierro de los reyes, y le hicieron sus honras y exequias. Su hijo don Diego fue preso en la batalla, y adelante se fue a Flandes; desde allí su tía la duquesa doña Isabel le envió a Roma para que fuese cardenal. Doña Beatriz, su hermana, pasó otrosí a Flandes y casó con Adolfo, duque de Cleves.

 

Después de esto, en Portugal gozaron de una larga paz; el rey entrado en edad gobernó el reino sabiamente, si bien fue más afortunado en la guerra que hizo contra los moros más mozo que en la que tuvo contra Castilla en lo postrero de su edad. Mostróse muy señalado en la piedad; en el rescate de los cautivos que tenían los moros presos en África gastó y derramó grande parte de sus rentas y tesoros, si se puede decir que la derramó, y no más aína que la empleó santísimamente en provecho de muchos. Táchanle solamente que se entregó a sí y a sus cosas al gobierno de sus criados y cortesanos. Creo que fue más por llevarlo así aquellos tiempos y por alguna fuerza secreta de las estrellas que por falta particular suya; daño que fue causa de grandes disgustos y desastres, así bien en las otras provincias como en la de Portugal.

 

 

 

 

VIII. Del alboroto de Toledo

 

Quedóse don Álvaro de Luna en Ocaña, según se ha tocado, para apercebir lo necesario para la guerra de Aragón. Trataba con gran cuidado de juntar dineros, de que tenían la mayor falta. Ordenó que Toledo, ciudad grande y rica, acudiese con un cuento de maravedíes por vía de empréstito repartido entre los vecinos; cuantía e imposición moderada asaz, sino que cosas pequeñas muchas veces son ocasión de otras muy grandes. Dio cuidado y cargo de recoger este dinero a Alonso Cota, hombre rico, vecino de aquella ciudad. Opusiéronse los ciudadanos. Decían no permitirían que con aquel principio las franquezas y privilegios de aquella ciudad fuesen quebrantados. Avisaron a don Álvaro; mandó que, sin embargo, se pagase adelante en la cobranza. Alborotóse el pueblo, y con una campana de la

 

 

 

 

 

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iglesia mayor tocaron al arma. Los primeros atizadores fueron dos canónigos, llamados el uno Juan Alonso, y el otro Pedro Gálvez. El capitán del populacho alborotado fue un odrero, cuyo nombre no se sabe; el caso es muy averiguado. Cargaron sobre las casas de Alonso Cota y pegáronles fuego, con que por pasar muy adelante se quemó el barrio de la Magdalena, morada en gran parte de los mercaderes ricos de la ciudad; saqueáronles las casas, y no contentos con esto, echaron en prisión a los que allí hallaron, gente miserable, sin tener respeto ni perdonar a mujeres, viejos y niños. Sucedió este feo y cruel caso a 26 de enero. Unos ciudadanos maltrataban a otros no de otra manera que si fueran enemigos, que fue un cruel espectáculo y daño de aquella noble ciudad. En especial se enderezó el alboroto contra los que por ser de raza de judíos el pueblo los llama cristianos nuevos. El odio de sus antepasados pagaron sin otra causa los descendientes.

 

El alcalde Pero Sarmiento y su teniente el bachiller Marcos García, a quien por desprecio llama el vulgo hasta hoy Marquillos de Mazarambroz, que debieran sosegar la gente alborotada, antes los atizaban y soplaban la llama. Tras la revuelta se siguió el miedo de ser castigados; por entender les harían guerra cerraron las puertas de la ciudad, que fue lo que sólo restaba para despeñarse del todo y remediar un delito con otro mayor. Así, en breve la alegría que tenían por lo hecho se les trocó en pesadumbre y les acarreó muchos daños. Don Álvaro no tenía bastantes fuerzas ni autoridad para sosegar aquellas alteraciones tan grandes y castigar a los culpados, especial que el dicho Pero Sarmiento le era contrario. Dio aviso al rey de lo que pasaba, el cual a instancia suya y habiéndose en este medio tiempo apoderado de Benavente, acudió a apagar aquel fuego por temor que tenía de aquellos principios no resultasen mayores daños. Por negarle la entrada se alojó en el hospital de San Lázaro. Tiráronle algunas balas desde aquella parte de la ciudad que llaman la Granja con un tiro de artillería que allí pusieron. Cuando disparaban decían: «Tomad esa naranja que os envían desde la granja»; desacato notable. Con la venida del rey tomó Pero Sarmiento ocasión de hacer nuevas crueldades y desafueros; prendió muchos ciudadanos con color que trataban de entregar al rey la ciudad. Púsolos a cuestión de tormento, en que algunos por la fuerza del dolor confesaron más de lo que les preguntaban. Robáronles sus bienes, y a muchos de ellos quitaron las vidas; cruel carnicería, hacer delito y castigar como a tal la lealtad y el deseo de quietud y reposo, cosa

 

 

 

 

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que entre amotinados de ordinario se suele tener y contar por alevosía y gravísima maldad.

 

El rey se fue a Torrijos. Allí fueron algunos caballeros enviados por la ciudad, cuyos nombres aquí se callan, para que le dijesen en nombre de Toledo y de las demás ciudades que si no apartaba de si a don Álvaro de Luna y mandaba que a las ciudades se guardasen sus franquezas, darían la obediencia y alzarían por señor al príncipe don Enrique, su hijo. Fue grande este desacato, y el sentimiento que causó en el rey no menor; así, sin dar alguna respuesta, despidió aquellos caballeros. Mandó poner sitio sobre la ciudad; los naturales llamaron en su ayuda al príncipe, con cuya llegada se alzó el cerco. Pero sin embargo de haberlos librado del peligro y haberle acogido en la ciudad, no le entregaron las llaves de las puertas ni del alcázar. La muchedumbre del pueblo alborotado nunca se sabe templar, o temen o espantan, y proceden en sus cosas desapoderadamente. Hicieron, a los 6 de junio, un estatuto en que vedaban a los cristianos nuevos tener oficios y cargos públicos; en particular mandaban que no pudieren ser escribanos ni abogados ni procuradores, conforme a una ley o privilegio del rey don Alonso el Sabio, en que decían y pretendían otorgó a la ciudad de Toledo que ninguno de casta de judíos en aquella ciudad o en su tierra pudiese tener ni oficio público ni beneficio eclesiástico. En todo se procedía sin tiento y arrebatadamente; no daban lugar las armas y fuerza para mirar qué era lo que por las leyes y costumbres estaba establecido y guardado; sóla una grave tiranía se ejercitaba y atroces agravios.

 

Un cierto deán de Toledo, natural de aquella ciudad, cuyo nombre y linaje no es necesario declarar aquí, confiado en sus riquezas y en sus letras, en especial en la cabida que tenía en Roma, ca fue datario y adelante obispo de Coria, como algunos dicen haberlo oído a sus antepasados, y es así, se retiró a la villa de Santolalla. Allí puso por escrito con mayor coraje que aplauso un tratado en que pretendía que aquel estatuto era temerario y erróneo. Ofrecióse demás de esto de disputar públicamente y defender siete conclusiones que en aquel propósito envió a la ciudad. No contento con esto, sobre el mismo caso enderezó una disputa más larga a don Lope de Barrientos, obispo de Cuenca, en que señala por sus nombres muchas familias nobilísimas con parientes del mismo y otros de semejante ralea emparentadas; si de verdad, si fingidamente por hacer mejor su pleito, no me parece conviene escudriñarlo curiosamente.

 

 

 

 

 

 

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Basta que no paró en esto su disgusto y alteración, antes fue causa, como yo pienso, que el pontífice Nicolás expidiese una bula en que reprueba todas las cláusulas y capítulos de aquel estatuto el tercero año de su pontificado, es a saber, el mismo en que sucedió el alboroto de Toledo de que vamos tratando; cuya copia no me pareció sería conveniente poner en este lugar; solo diré que comienza por estas palabras traducidas de latín en castellano: «El enemigo del género humano, luego que vio caer en buena tierra la palabra de Dios, procuró sembrar cizaña para que ahogada la semilla, no llevase fruto alguno». La data de esta bula fue en Fabriano, año de la Encarnación de 1449 a 24 de septiembre. Otra bula que expidió el mismo pontífice Nicolás dos años adelante; a 29 de noviembre, tampoco será necesario ingerirla aquí por ser sobre el mismo negocio y conforme a la pasada. Tampoco quiero poner los decretos que consecutivamente hicieron en esta razón los arzobispos de Toledo don Alonso Carrillo, en un sínodo de Alcalá, y el cardenal don Pero González de Mendoza en la ciudad de Vitoria algunos años después de este tiempo de la misma sustancia.

 

Casi todo esto que aquí se ha dicho de la revuelta y estatuto de Toledo dejaron los cronistas de contar, creo que con intento de no hacerse odiosos. Pareció empero se debía referir aquí por ser cosa tan notable, tomado de ciertos memoriales y papeles de una persona muy grave. Cuál de las partes tuviese razón y justicia, y cuál no, no hay para que disputarlo; quede al lector el juicio libre para seguir lo que más le agradare, que podrá, por lo que aquí queda dicho y por otros tratados que sobre este negocio por la una y la otra parte se han escrito, sentenciar este pleito, a tal que sea con ánimo sosegado y sin afición demasiada a ninguna de las partes.

 

 

 

 

IX. De otras nuevas revueltas de los grandes de

 

Castilla

 

No cesaba el de Navarra de solicitar a los grandes de Castilla para que se alborotasen. Las ciudades de Murcia y de Cuenca no se mostraban bien afectas para con su rey, de que alguna esperanza tenían el de Navarra y los otros sus parciales de recobrar sus antiguos estados. Hacían los de Aragón diversas correrías en tierras de Castilla, y en la comarca de Requena

 

 

 

 

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robaron gran copia de ganados. Demás de esto, los moradores de aquella villa, como saliesen a buscar los enemigos con mayor ánimo que prudencia, fueron vencidos en una pelea que trabaron. Sin embargo, la esperanza que tenían los contrarios de apoderarse de Murcia les salió vana. Acometieron los aragoneses a entrar en Cuenca debajo de la conducta de don Alonso de Aragón, hijo del rey de Navarra. Llamólos Diego de Mendoza, alcaide de la fortaleza que en aquel tiempo se veía en lo más alto de la ciudad; al presente hay solamente piedras y paredones, muestra y rastros de edificio muy grande y muy fuerte. Estos intentos salieron también en vacío en esta parte a causa que el obispo Barrientos defendió con grande esfuerzo la ciudad.

 

Pasado este peligro, en Aragón se movieron nuevos tratos con ocasión de la vuelta del almirante de Castilla, de quien se dijo que pasó en Italia. Convocaron los procuradores de las ciudades y los demás brazos para que se juntasen en Zaragoza; leyéronse los órdenes e instrucciones y mandatos que el rey de Aragón enviaba, y conforme a ellos pretendían que se juntasen las fuerzas del reino y se abriese la guerra con Castilla. Esquivaban los procuradores el rompimiento. Decían no estaba bien al reino trocar fuera de sazón la paz que tenían con Castilla con la guerra, especial ausente el rey y los tesoros del reino acabados; por esto intentaron otros medios y ayudas, tratóse de casar al príncipe de Viana con hija del conde de Haro. Procuraron otrosí que los grandes de Castilla tuviesen entre sí habla, y sobre todo y lo más principal, convidaron al príncipe de Cartilla don Enrique para ligarse con los que fuera del reino y dentro andaban descontentos.

 

Atreviéronse a intentar esta plática por no haberse aún el príncipe reconciliado con su padre, antes en su deservicio estaba apoderado de Toledo. La muchedumbre del pueblo le entregó la ciudad. Los movedores del alboroto pasado querían darse al rey. Por esto y por sus deméritos grandes fueron presos dentro de la iglesia mayor, donde se retrajeron. A los principales alborotadores, que eran los dos canónigos de Toledo, enviaron presos a Santorcaz para que en aquella estrecha cárcel, que lo es mucho la que en aquel castillo hay, pagasen su pecado. No les quitaron las vidas, como merecían, por respeto que eran eclesiásticos. Marcos García y Hernando de Ávila, uno de los principales delincuentes, fueron arrastrados por las calles y de muchas maneras maltratados hasta darles la muerte;

 

 

 

 

 

 

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agradable espectáculo para los ciudadanos cuyas casas y bienes ellos robaron; castigo muy debido a sus maldades.

 

La soltura de los moros a la sazón era grande; con ordinarias cabalgadas que hacían trabajaban, quemaban y robaban los campos del Andalucía a su reino comarcanos. Hicieron grandes presas, llegaron hasta los mismos arrabales de Jaén y de Sevilla, que fue grande befa, afrenta de los nuestros y mengua del reino. Su orgullo era tal, que el rey moro prometió al de Navarra, el cual hacía gente en Aragón, que si por otra parte acometía a las tierras de Castilla, no dudaría de asentar sus reales y ponerse sobre Córdoba, sin cesar de combatirla hasta de ella apoderarse. Dio el navarro las gracias a los embajadores por aquella voluntad; pero dilatóse por entonces la ejecución, sea por no ser buena sazón, sea por no hacer más odiosa aquella su parcialidad si pasaba tan adelante.

 

En Coruña cerca de Soria se juntaron muchos grandes de Castilla a 26 de julio; halláronse presentes los marqueses de Villena y de Santillana, el conde de Haro, el almirante de Castilla y don Rodrigo Manrique, que se intitulaba maestre de Santiago. No falta otrosí quien diga que se halló en esta junta el príncipe de Castilla don Enrique. Quejáronse del mal gobierno de don Álvaro; que por su causa la nobleza de Castilla andaba, unos desterrados, otros en prisiones despojados de sus estados; que en ningún tiempo tuvo con el rey tanta cabida y privanza como al presente tenía; si no se ligaban entre sí, ninguna esperanza les quedaba ni a los afligidos ni a los demás para que no viniesen a perecer todos por el atrevimiento de don Álvaro, que de cada día se aumentaba. Acordaron que hasta mediado el mes de agosto cada cual por su parte con las más gentes que pudiese juntar acudiese a los reales del príncipe don Enrique; pero aunque al tiempo señalado estuvieron puestos cerca de Peñafiel, villa de Castilla la Vieja, los grandes se iban poco a poco sin hacer mucha diligencia para acudir a lo que tenían concertado. Detenía a cada uno su particular temor; acordábanse de tantas veces que semejantes diseños les salieron vanos. Demás que no se fiaban bastantemente del príncipe don Enrique, por ser poco constante en un parecer, y aún el rey de Navarra, que acaudillaba a los demás descontentos, sabían estar por el mismo tiempo embarazado en sus cosas propias y en las de Francia.

 

Poseía este príncipe en la Guyena un castillo, llamado Maulison, que le entregó el rey de Inglaterra, y tenía puesto en su lugar para guardarle su mismo condestable. Este castillo acometió a tomar el conde de Foix con

 

 

 

 

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un grueso ejército, en que se contaban doce mil hombres de a pie y tres mil de a caballo. Fortificó sus estancias en lugares a propósito con sus fosos y trincheras; comenzó luego después de esto a batir las murallas. El de Navarra con las gentes que arrebatadamente pudo juntar acudió al peligro. Puso sus reales en un llano poco distantes de los del contrario. Hubo habla entre el yerno y el suegro; pero por mucho que supo decir el de Navarra, no persuadió al de Foix que levantase el cerco; excusábase que tenía dada palabra y prometido al rey de Francia de servirle en aquella empresa; que no podía alzar el cerco antes de salir con su intento y tomar el castillo. Por esta manera, como quier que el de Navarra se volviese a España, los cercados fueron forzados a rendirse a partido que dejase ir a los soldados de guarnición libres a sus casas.

 

La tardanza del rey de Navarra y poco brío de los grandes dio en Castilla lugar a tratar de reconciliar al príncipe don Enrique con su padre. Con la esperanza que se concluiría la paz, derramaron las gentes que por una y otra parte tenían levantadas. Tras esto concertaron las diferencias entre los dos príncipes, padre e hijo. Hecho esto, el rey se quedó en Castilla la Vieja; el príncipe don Enrique volvió a Toledo, do fue recibido con grande aplauso del pueblo con danzas y regocijos a la manera de España. Allí finalmente Pero Sarmiento, porque trataba de dar aquella ciudad al rey y por no poner fin y término a los robos y agravios que hacía, fue privado de la alcaidía del alcázar y del gobierno de la ciudad por principio del año 1450. Quejábase él mucho de su desgracia, imploraba la fe y palabra que el príncipe le diera. No le valió para que no se ejecutase la sentencia y saliese de la ciudad. Llevaba consigo en doscientas acémilas cargados los despojos que robara, tapices, alfombras, paños ricos, vajilla de oro y de plata; hurto vergonzosísimo, demasías y cohechos exorbitantes. Bramaba el pueblo, y decía era justo le quitasen por fuerza lo que a tuerto robó. No pasaron de las palabras y quejas a las manos; nadie se atrevió a darle pesadumbre por llevar seguridad del príncipe. Verdad es que parte de la presa le robaron en el camino, lo más de ello en Gumiel, do su mujer e hijos estaban; poco después por mandado del rey fue confiscado. El mismo Sarmiento se retiró a Navarra, y adelante, alcanzado que hubo perdón de sus desórdenes, en la Bastida, pueblo de la Rioja, cerca de la villa de Haro, el cual solo de muchos que tenía le dejaron, pasó la vida sujeto a graves enfermedades y miedos, torpe por las fealdades que cometió, despojado de sus bienes y tierras por mandado del padre santo,

 

 

 

 

 

 

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con quien este negocio se comunicó. Los compañeros que tuvo en los robos fueron más gravemente castigados. En diversas ciudades los prendieron y con extraordinarios tormentos justiciaron; castigo cruel, pero con la muerte de pocos pretendieron apaciguar el pueblo alterado, aplacar la ira de Dios y reprimir tan graves maldades y excesos. Juntamente se dio aviso a los demás puestos en gobierno que en semejantes cargos no usen de violencia ni empleen su poder en cometer desafueros y desaguisados.

 

 

 

 

X. De las cosas de Aragón

 

Apenas se había sosegado la ciudad de Toledo, cuando en Segovia, donde el príncipe don Enrique era ido, se levantó un nuevo alboroto por esta ocasión. A don Juan Pacheco, marqués de Villena, achacó un delito y exceso, por el cual merecía ser preso, Pedro Portocarrero, que comenzaba a tener cabida con el príncipe. Ayudábanle y deponían lo mismo el obispo de Cuenca y Juan de Silva, alférez del rey, y el mariscal Pelayo de Ribera. Avisaron al príncipe que usase de toda diligencia y que mrase por sí El castigo dado a don Juan Pacheco sería a los demás aviso para que no recompensasen con deslealtad mercedes tan grandes como tenía recibidas. Aprobado este consejo, se acordó fuese preso. Era tan grande su poder, que no era cosa fácil ejecutarlo, y él mismo, avisado del enojo del príncipe, se apoderó de cierta parte de la ciudad y en ella se barreó para hacer resistencia a los que le acometiesen. Recelábanse que el negocio no pasase adelante y no fuese necesario venir a las armas, con que se ensangrentasen todos; permitiéronle se fuese a Turégano, pueblo de su jurisdicción. Desde allí procuró ganar a Pedro Portocarrero. Para esto le dio una hija suya bastarda, por nombre doña Beatriz, por mujer, y en dote a Medellín, villa grande en Extremadura y cerca de Guadiana. Con esta maña enflaqueció el poder de sus enemigos, y la ira del príncipe comenzó a amansar.

 

La guerra con los aragoneses se continuaba, bien que no con mucho calor y cuidado ni con mucha gente, por estar todos cansados de tan largas diferencias. El castillo de Bordalua, en la frontera de Aragón, tomaron a los aragoneses, que ellos de nuevo y en breve recobraron. El enojo que se tenía contra el rey de Navarra era mayor por ser causa y movedor de todos

 

 

 

 

 

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estos males; ofrecíase coyuntura para tomar de él enmienda con ocasión de algunas diferencias que resultaron en aquel reino. Fue así, que muchos inducían al príncipe de Viana se apoderase del reino. Decían que era de su madre; y su padre hacía agravio a él, pues tenía ya bastante edad para gobernar, y a toda la nación, pues siendo extranjero, sin ningún derecho ni razón quería ser y llamarse rey de Navarra. Éstas eran las zanjas que se abrían de grandes alteraciones que adelante se siguieron.

 

Estaba el rey de Navarra en Zaragoza, donde se tuvieron Cortes de Aragón, entrado bien el verano. Tratóse de los pesquisidores, que solían ser como tenientes del justicia de Aragón, y fue acordado que el oficio de éstos se templase y limitase con ciertas leyes que ordenaron para que no abusasen en agravio de nadie del poder que para bien común se les daba. Determinóse otrosí que los bienes sobre que hubiese pleito se pusiesen en tercería en poder de un depositario general, a propósito que los jueces por tenerlos en su poder no dilatasen las sentencias y alargasen los pleitos.

El rey don Alonso de Aragón, dado que ocupado y entretenido en Nápoles, todavía cuidaba de las cosas de España. Despachó embajadores a los príncipes con que los exhortaba a la paz, resuelto, si hubiese guerra, de acudir con fuerzas y consejo a su hermano y a sus vasallos. Por lo demás parecía estar olvidado de su patria en tanto grado, que nunca le pudieron persuadir volviese a España, puesto que muchas veces lo procuraron. Las grandes comodidades de que así por mar como por tierra goza aquella provincia y ciudad de Nápoles le detenían en Italia, donde quería más ser el primero en poder y en autoridad que en España ser contado, como era forzoso, por segundo. El fruto de sus trabajos era una grande paz de que gozaba y renombre del más afamado entre los príncipes de su tiempo; los de cerca y los de lejos a porfía pretendían su amistad con embajadas que para este efecto le enviaban. En especial los emperadores griegos se señalaban en esto por estar trabajados de los turcos, que, ensoberbecidos con tantas victorias, por todas partes los rodeaban y apretaban ordinariamente, y aún se recelaban que ya se acercaba el fin de aquel imperio nobilísimo. La poca esperanza que quedaba a los griegos de sustentarse estribaba en la fortaleza y grandeza de sola la ciudad de Constantinopla, cabeza y asiento de aquel imperio, pero era esta ayuda muy flaca. Así se determinaron buscar socorros de fuera, y en particular Demetrio Paleólogo; príncipe de la Ática y del Peloponeso, que hoy se llama la Morea, y hermano del emperador Constantino, que así se llamaba,

 

 

 

 

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con una embajada que envió al rey de Aragón le ofreció si le ayudaba que, concluida la guerra de los turcos, le daría en premio provincias muy grandes. Lo mismo hizo Aranito, conde de Epiro, que vulgarmente se llama Albania.

 

Pero entre las demás embajadas no es razón dejar de referir la que le envió Georgio Castrioto por las grandes virtudes y esfuerzo de este varón y por sus hazañas y proezas contra los turcos muy señaladas. Antes será bien decir de aquel príncipe en este lugar algunas cosas que podrán dar luz para lo que adelante se ha de contar. En su tierna edad le entregó a Amurates, emperador de los turcos, su padre Juan Castrioto, que tenía su estado en aquella parte de Epiro en que antiguamente estaba Ematia, y se le dio en rehenes. Así, desde mozo fue enseñado en la ley de Mahoma y llamado Scanderberquio, que es lo mismo en lengua turquesca, que Alejandro. Llegado a mayor edad, dio tal muestra de sí, que parecía sería un muy valiente capitán, porque en todas las contiendas y pruebas se aventajaba a sus iguales y se la ganaba. Era alto de cuerpo, membrudo, de buen rostro, de grande ánimo, mas deseoso de gloria que de deleites de manera tal, que por su valor en breve muchas veces se acabaron empresas muy grandes. En medio de esta prosperidad sólo le afligía el amor que tenía a la religión cristiana y el deseo de recobrar el estado de su padre, que a sinrazón le quitaran. Deseaba pasarse a los nuestros con ocasión de alguna hazaña señalada que hiciese en favor de los cristianos.

 

Ofreciósele acaso buena coyuntura para ejecutar lo que pensaba. Juan Huniades en una batalla que se dio memorable a la ribera del río Morava desbarató un ejército de turcos. Georgio, como quier que hubiese escapado de la rota y huido, acordó fingir ciertas letras en nombre del emperador en que mandaba al Gobernador le entregase la ciudad de Croia, cabeza del estado de su padre. Obedeció el gobernador al engaño; con que Georgio se apoderó de aquella ciudad, y lo mismo hizo de las ciudades y pueblos comarcanos. Avisado el Gran Turco de lo que pasaba, sintió mucho aquel caso. Anduvieron cartas de la una a la otra parte. Perdida la esperanza que de voluntad se hubiese de reportar, acudieron los turcos a las armas. Diéronse muchas batallas, en que muchas veces grandes huestes de enemigos fueron por pocos cristianos desbaratadas; tanto importa el esfuerzo de un solo varón y la determinación a los que tienen la razón de su parte; sobre todo que los santos patrones de aquella tierra favorecían aquella empresa, que de otra manera ¿cómo pudieran por fuerzas humanas

 

 

 

 

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y por consejo defenderse tanto tiempo y desbaratar tantas veces huestes invencibles de enemigos? Sería cosa muy larga referir todos los particulares. Basta que con la gloria de su nombre pareció igualarse a los antiguos capitanes; su esfuerzo respondía bien al nombre de Scanderberquio, pues no tuvo menos ánimo ni mucho menor felicidad que Alejandro.

 

Las fuerzas eran pequeñas y no bastantes para empresas tan grandes; por esto se determinó buscar socorros de fuera. Hizo liga con los venecianos; pidió ayuda a los papas, en particular enderezó una embajada al rey de Aragón, que llegó a Gaeta, do el rey estaba, al principio del año 1451, en que le ofrecía, si le ayudaba para aquella guerra con soldados y dineros, que aquella provincia le estaría sujeta y le pagaría cada un año el tributo y parias que acostumbraban pechar al Gran Turco. Respondió el rey a esta demanda benignamente y con obras, ca envió gente de socorro; pero ¡cuán poco era todo esto para contrastar con el gran poder de los enemigos, que bramaban por ver que en aquella parte durase tanto la guerra!

 

Fue este año muy dichoso para España por nacer en él la infanta doña Isabel, a la cual el cielo por muerte de sus hermanos aparejaba el reino de Castilla. Princesa sin par, y que con la grandeza de su ánimo y perpetua felicidad, sanó las llagas de que la flojedad de sus antecesores fueran causa; honra perpetua y gloria de España. Nació en Madrigal, donde sus padres estaban, a 23 del mes de abril.

Asimismo don Enrique, hermano del Almirante, de quien se dijo fue preso tres años antes de este junto con otros grandes, huyó de la torre de Langa en que le tenían preso, cerca de Santisteban de Gormaz. Para librarse se valió de la astucia que aquí se dirá. Avisó a los suyos secretamente lo que pretendía hacer, y que para ello le enviasen entre cierta ropa un ovillo de hilo de apuntar. Hecho esto, una noche compuso su vestidura en la cama de manera que parecía hombre dormido, con su bonete de acostar, que puso también sobre la ropa. Después de esto salióse secretamente del aposento y subióse a lo mas alto de una torre. El alcaide, como lo tenía de costumbre, visitó el aposento, y por entender que el preso dormía, cerró la puerta sin ruido y fuese a reposar. Don Enrique, como vio que todos dormían y reposaban, con el hilo de aquel ovillo que tenía subió una cuerda con ñudos a cierta distancia, que su gente le tenía apercibida, con que se guindó y descolgó poco a poco, y ayudándose de los pies y de

 

 

 

 

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las manos, hizo tanto, que con extraordinaria fortaleza de ánimo escapó por este medio, muy alegre y regocijado, no menos por el buen suceso de aquel riesgo a que se puso que por la libertad que cobró.

 

En Portugal se concertó doña Leonor, hermana de aquel rey, con el emperador Federico, que por sus embajadores la pedía. Hiciéronse los desposorios en Lisboa a 9 de agosto, día lunes. Poco después la doncella por mar con una larga y dificultosa navegación llegó a Pisa, y desde allí a Sena, ciudades de Toscana, la una y la otra bien conocidas en Italia.

 

 

 

 

XI. De la guerra civil de Navarra

 

Con nuevas alianzas que algunos grandes de Castilla hicieron se desbarató la avenencia que entre algunos de ellos se tramara poco antes. Por esta causa y por la alteración del príncipe de Viana el rey de Navarra se hallaba sin fuerzas, así de los suyos como de los extraños. Lo uno y lo otro se encaminó por industria y sagacidad de don Álvaro de Luna, a cuya cabeza amenazaban todas aquellas tempestades y borrascas. Valíase para prevalecer en todos los peligros de sus mañas como siempre lo acostumbraba; pero lo que otras veces le sucedió prósperamente, al presente le acarreó su perdición, ca los engaños e invenciones no duran, y es justo juicio de Dios que se atajen con el castigo del que de ellos se vale.

 

Fue así, que a su instancia se hizo cierta apariencia de confederación entre los reyes de Castilla y de Navarra, con que se concertó otrosí que el almirante y el conde de Castro y otros señores fuesen perdonados y les volviesen sus estados; demás de esto, acordaron que a don Alonso, hijo del rey de Navarra, se restituiría el maestrazgo de Calatrava; mas esto no tuvo efecto a causa que don Pedro Girón se apercibió de soldados y vituallas y se hizo fuerte en la villa de Almagro para hacer resistencia a quien le pretendiese enojar; así, a don Alonso de Aragón, que acudió a su pretensión, sin efectuar cosa alguna fue forzoso dar la vuelta a Aragón. Llevó muy mal esto el de Navarra que con engaño le hubiesen burlado y que les pareciese de tan poco entendimiento que no calaría aquellas tramas.

 

Allegóse otro nuevo disgusto, y fue que por consejo de don Álvaro el príncipe don Enrique, se reconcilió del todo finalmente con su padre, y se

 

 

 

 

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apartó de la alianza que tenía puesta con su suegro el de Navarra. Lo que fue sobre todo pesado que en Navarra se despertó una guerra larga, civil y muy cruel por esta causa. Estaba aquella gente de tiempo antiguo dividida en dos bandos, los beamonteses y los agramonteses, nombres desgraciados y dañosos para Navarra, traídos de Francia; en que se envolvieron familias y casos muy nobles y aún de sangre real, como fueron los condes de Lerín y los marqueses de Cortes, cabezas de estas dos parcialidades. Los agramonteses seguían al rey de Navarra; los beamonteses atizaban al príncipe de Viana, que sabían estar descontento de su padre, para que tomase las armas. Decían que le hacía agravio en tenerle ocupado el reino, y quebrantaba en ello las leyes divinas y humanas, y era razón que se acudiese a este agravio; que si las fuerzas humanas le faltasen, Dios favorecería una causa y querella tan justa. Lo primero hicieron confederación con los reyes de Castilla y de Francia. El de Castilla prometió de acudir con tal que el príncipe de Viana públicamente se declarase y tomase las armas; lo mismo prometió el francés, que por haber quitado la Guyena a los ingleses, podía desde cerca con mucha facilidad ayudar aquellos intentos, especial que por el mismo tiempo se apoderó de Bayona y venció a los ingleses en una batalla muy señalada. Al tiempo que se daba dicen que una cruz blanca apareció en el cielo, quier fuese verdadera figura y apariencia que en las nubes se puede formar, quier se les antojase. De su vista sin duda se tomó pronóstico que las cosas adelante les sucederían mejor, y ocasión de trocar los franceses la banda roja de que solían usar en las guerras en una cruz blanca, divisa que traen hasta el día de hoy. Ganada esta jornada, ninguna cosa quedó por los ingleses en tierra firme fuera de Calais y su territorio, que no es muy grande.

 

Luego que la guerra civil se comenzó entre los navarros, los beamonteses se apoderaron de diversas ciudades y pueblos, entre los demás de Pamplona, cabeza del reino, y de Olite y de la villa de Aivar. Todavía la mayor parte quedó por el rey a causa que con recelo de esta tempestad encomendara el gobierno y las guarniciones a los que tenía por más leales, y con grande diligencia estaba apercibido para todo lo que podía resultar, tanto, que el mismo principado de Viana le tenía en su poder. Acudió don Enrique, príncipe de Castilla; como tenían concertado puso cerco sobre Estella, pueblo muy fuerte; acudió asimismo el rey, su padre. Hallóse dentro la reina de Navarra. El rey, su marido, movido del

 

 

 

 

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peligro que sus cosas corrían, desde Zaragoza se apresuró para dar socorro a los cercados; llegó a 19 de agosto, pero con poca gente. Por donde y porque ni aún tampoco los agramonteses tenían bastantes fuerzas para sosegar aquellas alteraciones, le fue necesario dar la vuelta a Zaragoza con intento de levantar mas número de gente de Aragón. Con sn vuelta el rey de Castilla y su hijo a instancia del príncipe don Carlos, como si la guerra quedara acabada, se volvieron a Burgos sin dejar hecho efecto de importancia. Hízole daño a don Carlos su buena, sencilla y mansa condición. Su padre, como artero, con soldados y número de gente que juntó, mas fuerte y experimentada en la guerra que mucha en número, puso sus reales sobre la villa de Aivar, que se tenía por los contrarios, fortificada con buen número de soldados y baluartes. Acudió el hijo a dar socorro a los cercados; asentó los reales a vista de los de su padre.

 

A 3 de octubre sacaron los unos y los otros sus gentes y ordenaron sus batallas en forma de pelear. Pretendían personas religiosas y eclesiásticas, a quien parecía cosa grave y abominable que parientes y aliados viniesen entre sí a las manos, en especial el hijo contra su padre, ponerlos en paz y hacerlos dejar las armas. El príncipe don Carlos daba de buena gana oído a lo que le proponían, a tal que su padre perdonase a todos sus secuaces y al mismo don Luis de Biamonte, que era conde de Lerín y condestable, y que a él le restituyese el principado de Viana y le dejase la mitad de las rentas reales con que sustentase su vida y el estado de su casa; en conclusión, que el rey de Castilla aprobase esta confederación, ca tenía jurado el príncipe don Carlos que no se haría concierto sin su voluntad. El rey de Navarra pasaba por algunas condiciones; otras no le contentaban. El príncipe, feroz con la esperanza de la victoria, ca tenía mas gente que su padre, dio señal de pelear; lo mismo hicieron los contrarios. Encontráronse las haces con tanto denuedo de los beamonteses, que hicieron retirar el primer escuadrón del rey de Navarra; sólo Rodrigo Rebolledo, que era su camarero mayor, huidos los demás, detuvo y sufrió el ímpetu de los enemigos, que ferozmente se iban mejorando, con cuyo esfuerzo animados los demás escuadrones se adelantaron a pelear. Los mismos que al principio volvieron las espaldas procuraban con el esfuerzo y coraje recompensar la falta y mengua pasada; fue tan grande la carga, que no los pudieron sufrir los contrarios, y se pusieron en huida, los primeros los caballos del Andalucía que tenían de su parte. Eran los del príncipe gente allegadiza, mas número que fuerzas; los soldados de su padre viejos y

 

 

 

 

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experimentados. Los muertos no fueron muchos; los cautivos en gran número. El mismo príncipe de Viana, rodeado por todas partes de los enemigos y puesto en peligro que le matasen, entregó la espada y la manopla a don Alonso, su hermano, en señal de rendirse. Fue esta batalla de las más señaladas y famosas de aquel tiempo; los principios tuvo malos, los medios peores, y el remate fue miserable. No escriben el número de los que pelearon ni de los que fueron muertos, ni aún concuerdan los escritores en contar y señalar el orden con que se dio la batalla ni tampoco en qué tiempo; vergonzoso descuido de nuestros cronistas.

 

El príncipe don Carlos por mandado de su padre fue llevado primero a Tafalla y después a Monroy. Dícese que por todo el tiempo de su prisión tuvo grande recelo que le querían dar hierbas, y que después de la batalla no se atrevió a gustar la colación que trujeron hasta tanto que su mismo hermano le hizo la salva. El de Navarra, alegre con esta victoria, dio la vuelta a Zaragoza y con él la reina, su mujer, que en breve se hizo preñada. Los beamonteses no dejaron por ende las armas ni perdieron el ánimo, en especial que el príncipe don Enrique en odio de su suegro acudió luego a les ayudar. Demás de esto, los señores de Aragón favorecían al príncipe don Carlos y comenzaban a mover tratos para ponerle en libertad. Era miserable el estado de las cosas en Navarra; por los campos andaban sueltos los soldados a manera de salteadores, dentro de los pueblos ardían en discordias y bandos, de que resultaban riñas, muertes y andar todos albarotados.

 

En el Andalucía las cosas mejoraban, en particular cerca de Arcos reprimieron los fieles cierto atrevimiento de los moros; fue así, que seiscientos moros de a caballo y ochocientos de a pie hicieron entrada por aquella parte. Acudió menor número de los nuestros que los desbarataron y pusieron en huida a 9 de febrero del año que se contaba de nuestra salvación 1452. El capitán de esta empresa y que apellidó la gente y la acaudilló don Juan Ponce, conde de Arcos y señor de Marchena. Mayor estrago recibieron el mes luego siguiente en el reino de Murcia seiscientos moros de a caballo y mil quinientos peones que entraron a robar; en un encuentro que tuvieron cerca de Lorca los desbarataron y quitaron la presa, que era muy grande, de cuarenta mil cabezas de ganado mayor y menor, trescientos de a caballo de los cristianos y dos mil infantes. Los caudillos Alonso Fajardo, adelantado de Murcia, y su yerno García Manrique, y con ellos Diego de Ribera, a la sazón corregidor de Murcia. De esta manera

 

 

 

 

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por algún tiempo quedaron reprimidos los bríos y orgullo de los moros y se trocó la suerte de la guerra. Además que los moros, cansados del gobierno del rey Mahomad el Cojo, comenzaban a tratar de hacer mudanza en el estado y en el reino y revolverse entre sí.

 

No aconteció en España en este año alguna otra cosa memorable, fuera de que al rey don Juan de Navarra nació un hijo, a 10 días del mes de marzo, en un pueblo llamado Sos, que está a la raya de Navarra y de Aragón. Iba la reina de Sangüesa adonde el rey, su marido, estaba, cuando de repente le dieron los dolores de parto. Parió un hijo, que se llamó don Fernando, al cual el cielo encaminaba grandísimos reinos y renombre inmortal por las cosas señaladas y excelentes que obró adelante en guerra y en paz.

En Sena, ciudad de Toscana, se vieron y juntaron el emperador Federico, que venía de Alemania, y doña Leonor, su esposa, enviada por mar desde Portugal. Allí se ratificaron los desposorios; hizo la ceremonia Eneas Silvio, persona a la sazón señalada por la cabida que con aquel príncipe alcanzó y su mucha erudición. En Roma los veló y coronó de su mano el pontífice; en Nápoles consumaron el matrimonio; las fiestas fueron grandes y los regocijos tales, que los vivos no se acordaban de cosa semejante.

 

 

 

 

XII. Cómo don Álvaro de Luna fue preso

 

Sin razón se quejan los hombres de la inconstancia de las cosas humanas, que son flacas, perecederas, inciertas, y con pequeña ocasión se truecan y revuelven en contrario, y que se gobiernan más por la temeridad de la fortuna que por consejo y prudencia, como a la verdad los vicios y las costumbres no concertadas son los que muchas veces despeñan a los hombres en su perdición. ¿Qué maravilla si a la mocedad perezosa se sigue pobre vejez? ¿Si la lujuria y la gula derraman y desperdician las riquezas que juntaron los antepasados? ¿Si se quita el poder a quien usa de él mal? ¿Si a la soberbia acompaña la envidia y la caída muy cierta? La verdad es que los nombres de las cosas de ordinario andan trocados. Dar lo ajeno y derramar lo suyo se llama liberalidad; la temeridad y atrevimiento se alaba, mayormente si tiene buen remate; la ambición se cuenta por

 

 

 

 

 

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virtud y grandeza de ánimo; el mando desapoderado y violento se viste de nombre de justicia y de severidad. Pocas veces la fortuna discrepa de las costumbres; nosotros, como imprudentes jueces de las cosas, escudriñamos y buscamos causas sin propósito de la infelicidad que sucede a los hombres, las cuales si bien muchas veces están ocultas y no se entienden, pero no faltan. Esto me pareció advertir antes de escribir el desastrado fin que tuvo el condestable y maestre don Álvaro de Luna.

 

De bajos principios subió a la cumbre de la buenandanza; de ella le despeñó la ambición. Tenía buenas partes naturales, condición y costumbres no malas; si las faltas, si los vicios sobrepujasen, el suceso y el remate lo muestra. Era de ingenio vivo y de juicio agudo; sus palabras concertadas y graciosas; usaba de donaires con que picaba, aunque era naturalmente algo impedido en la habla; su astucia y disimulación grande; el atrevimiento, soberbia y ambición no menores. El cuerpo tenía pequeño, pero recio y a propósito para los trabajos de la guerra. Las facciones del rostro menudas y graciosas con cierta majestad. Todas estas cosas comenzaron desde sus primeros años; con la edad se fueron aumentando. Allegóse el menosprecio que tenía de los hombres, común enfermedad de poderosos. Dejábase visitar con dificultad, mostrábase, áspero, en especial de media edad adelante fue en la cólera muy desenfrenado. Exasperado con el odio de sus enemigos y desapoderado por los trabajos en qua se vio, a manera de fiera que agarrochean en la leonera y después la sueltan, no cesaba de hacer riza; ¿qué estragos no hizo con el deseo ardiente que tenía de vengarse? Con estas costumbres no es maravilla que cayese, sino cosa vergonzosa que por tanto tiempo se conservase.

 

Muchas veces le acusaron de secreto y achacaron delitos cometidos contra la majestad real. Decían que tenía más riquezas que sufría su fortuna y calidad, sin cesar de acrecentarlas; en particular que, derribada la nobleza, estaba asimismo apoderado del rey y lo mandaba todo; finalmente, que ninguna cosa le faltaba para reinar fuera del nombre, pues tenía ganadas las voluntades de los naturales, poseía castillos muy fuertes y gran copia de oro y de plata, con que tenía consumidos y gastados los tesoros reales. No ignoraba el rey ser verdad en parte lo que le achacaban, y aún muchas veces con la reina se quejaba de aquella afrenta, ca no se atrevía a comunicarlo con otros; parecía como en lo demás estaba también privado de la libertad de quejarse.

 

 

 

 

 

 

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Ofrecióse una buena ocasión y cual se deseaba para derribarle. Ésta fue que don Pedro de Zúñiga, conde de Plasencia, se había retirado en Béjar, pueblo de su estado, por no atreverse a estar en la corte en tiempos tan estragados. Don Álvaro, persuadido que se ausentaba por su causa, se resolvió de hacerle todo el mal y daño que pudiese. Está cerca de Béjar un castillo, llamado Piedrahita, desde donde don García, hijo del conde de Alba, nunca cesaba de hacer correrías y robos en venganza de su padre, que preso le tenían. Don Álvaro fue de parecer que le sitiasen con intento de prender también al improviso con la gente que juntasen al conde de Plasencia. Esto pensaba él; Dios el mal que aparejaba para los otros, volvió sobre su cabeza, y un engaño se venció con otro.

 

Fue así, que el conde de Haro y el marqués da Santillana a instancia del conde de Plasencia trataron entre sí y se hermanaron para dar la muerte al autor de tantos males. El rey, de Burgos era venido a Valladolid para proveer a la guerra que se hacía entre los navarros. Enviaron los grandes quinientos de a caballo a aquella villa con orden que les dieron de matar a don Álvaro de Luna, que estaba descuidado de esta trama. Para que el trato no se entendiese echaron fama que iban en ayuda del conde de Benavente contra don Pedro de Osorio, conde de Trastámara, con quien tenía diferencias. Súpose por cierto aviso lo que, pretendían aquellos grandes. Por esto la corte a persuasión de don Álvaro dio la vuelta a Burgos, que fue acelerar su perdición por el camino que pensaba librarse del peligro y de aquella zalagarda. Era Íñigo de Zúñiga alcaide del castillo de aquella ciudad. Con esta comodidad el rey, que cansado estaba de don Álvaro, acordó llamar al conde de Plasencia, su hermano del alcaide, con orden que viniese con gente bastante para atropellar a don Álvaro, su enemigo declarado. Importaba que el negocio fuese secreto; por esto envió la reina a la condesa de Ribadeo, señora principal y prudente y sobrina que era del mismo conde de parte de madre, para que más le animase y le hiciese apresurar. Hizo ella lo que le mandaron. Avisó a su tío que don Álvaro quedaba metido en la red y en el lazo; que como a bestia fiera era justo que cada cual acudiese con sus dardos y vengasen con su muerte las injurias comunes y daños de tantos buenos. El conde no pudo ir por estar enfermo de la gota; envió en su lugar a su hijo mayor don Álvaro, que paró en Curiel, pueblo no lejos de Burgos, para juntar gente de a caballo.

 

Avisó el rey a don Álvaro de Luna que se fuese a su estado, pues no ignoraba cuanto era el odio que le tenían; que él pretendía gobernar el

 

 

 

 

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reino por consejo de los grandes. Debía el rey estar arrepentido del acuerdo que tomara de hacer morir a don Álvaro, o temía lo que de aquel negocio podría resultar. Excusábase don Álvaro, y no venía en salir de la corte si no fuese que en su lugar quedase el arzobispo de Toledo; lo peor fue que por sospechar de las palabras del rey, que entendía no las dijera sin causa, le tenían puestas algunas asechanzas, hizo una nueva maldad con que parecía quitarle Dios el entendimiento, y fue que mató en su posada a Alonso de Vivero, y desde la ventana de su aposento le hizo echar en el río que corría por debajo de su posada, sin tener respeto a que era ministro del rey y su contador mayor, ni al tiempo, que era viernes de la semana santa, a 30 de marzo, año de 1453.

 

Este exceso hizo apresurar su perdición y que el rey enviase a toda prisa un mensaje para acuciar a don Álvaro de Zúñiga. Llegó a la ciudad arrebozado; seguíanle de trecho en trecho hasta ochenta de a caballo. Como fue de noche, llamaron algunos ciudadanos al castillo, y los avisaron que con las armas se apoderasen de las calles de la ciudad. No pudo todo esto hacerse tan secretamente que no corriese la fama de cosa tan grande y se dijese que el día siguiente querían prender a don Álvaro; ninguno empero le avisaba del peligro en que se hallaba, que parece todos estaban atónitos y espantados. Solo un criado suyo, llamado Diego de Gotor, le avisó de lo que se decía, y le amonestaba que pues era de noche se saliese a un mesón del arrabal. No recibió él este saludable consejo; que por estar alterado con diversos pensamientos, no hallaba traza que le contentase. A la verdad ¿dónde se podía recoger? ¿Dónde estar escondido? ¿De quién se podía fiar? En la ciudad no tenía parte segura, muy lejos sus castillos, en que se pudiera salvar por ser muy fuertes. Despedido Gotor, se resolvió a esperar lo que sucediese; fiaba en sí mismo, y menospreciaba sus enemigos; lo uno y lo otro, cuando alguno está en peligro, demasiado y muy perjudicial. Ya que todo estaba a punto, a 5 de abril, que era jueves, al amanecer cercaron con gente armada las casas de Pedro de Cartagena, en que don Álvaro de Luna posaba. No pareció usar de fuerza, bien que algunos soldados fueron heridos por los criados de don Álvaro, que les tiraban con ballestas desde las ventanas de la casa. Anduvieron recados de una parte a otra. Por conclusión, don Álvaro de Luna, visto que no se podía hacer al y que le era forzoso, demás que el rey, por una cédula firmada de su mano que le envió, le prometía no le sería hecho agravio, que era todo darle buenas palabras, finalmente se rindió.

 

 

 

 

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En las mismas casas de su posada fue puesto en prisión, a las cuales vino el rey a comer después de oída misa. El obispo de Ávila don Alonso de Fonseca venía al lado del rey. Don Álvaro, como le viese desde una ventana, puesta la mano en la barba, dijo: «Para éstas, cleriguillo, que me la habéis de pagar». Respondió el Obispo: «Pongo, señor, a Dios por testigo, que no he tenido parte alguna en este consejo y acuerdo que se ha tomado, no más que el rey de Granada». Aún no tenía sus bríos amansados con los males. Acabada la comida, y quitadas las mesas, pidió licencia para hablar al rey. No se la dieron; envióle un billete en esta sustancia:

 

«Cuarenta y cinco años ha que os comencé, señor, a servir; no me quejo de las mercedes, que antes han sido mayores que mis méritos, y mayores que yo esperaba, no lo negaré. Una cosa ha faltado para mi felicidad, que es retirarme con tiempo. Pudiera bien recogerme a mi casa y descanso, en que imitara el ejemplo de grandes varones que así lo hicieron. Escogí mas aína servir como era obligado y como entendí que las cosas lo pedían; engañéme, que ha sido la causa de caer en este desmán. Siento, mucho verme privado de la libertad, que por darla a vuestra alteza no una vez he arriscado vida y estado. Bien sé que por mis grandes pecados tengo enojado a Dios, y tendré por grande dicha que con estos mis trabajos se aplaque su saña. No puedo llevar adelante la carga de las riquezas, que por ser tantas me han traído a este término. Renunciáralas de buena gana, si todas no estuviesen en vuestras manos. Pésame de haberme quitado el poder de mostrar a los hombres que como para adquirir las riquezas, así tenía pecho para menospreciarlas y volverlas a quien me las dio. Sólo suplico que por tener cargada la conciencia a causa de la mucha falta de los tesoros reales en diez o doce mil escudos que se hallarán en mi recámara y en mis cofres, se dé orden como se restituyan enteramente a quien yo los tomé; lo cual si no alcanzo por mis servicios, tales cuales ellos han sido, es justo que lo alcance por ser la petición tan justa y razonable».

 

A estas cosas respondió el rey, cuanto a lo que decía de sus servicios y de las mercedes recibidas, que era verdad que eran mayores que ningún rey o emperador en tiempo alguno hubiese hecho a alguna persona particular. Que si le ayudó a recobrar la libertad que por su respeto le quitaran, no merecía por esta causa menos reprensión que alabanza. A la pobreza y falta de dinero, pues él fue de ella la principal causa, fuera más

 

 

 

 

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justo que ayudara con sus riquezas que con agraviar a nadie; pero que, sin embargo, se tendría cuenta con que de sus bienes se hiciese la satisfacción que decía, en que se tendría más cuenta con la conciencia que con los enojos y desacatos pasados.

 

Es cosa maravillosa y digna de considerar que entre tantos como tenía obligados don Álvaro con grandes beneficios y favores ninguno le acudió en este trabajo. La verdad es que todos desamparan a los miserables, y perdida la gracia del rey, luego todo se les muda en contrario.

Lleváronle preso a Portillo, y por su guarda Diego de Zúñiga, hijo del mariscal Íñigo de Zúñiga. Este año, tan señalado para los españoles por la justicia que se ejecutó en un tan gran personaje, fue en común a los cristianos muy desgraciado y en que se derramaron muchas lágrimas por la ciudad de Constantinopla, de que los turcos se apoderaron. Fue así, que el Gran Turco Mahomad, ensoberbecido por las muchas victorias que de los nuestros ganara, después que se apoderó de las demás ciudades y pueblos de la Tracia, que hoy se llama Rumanía, asentó sus reales junto a Constantinopla, nobilísima ciudad, que fue por espacio de cincuenta y cuatro días batida por mar y tierra con toda manera de ingenios y de trabucos hasta tanto que un día, a 29 de mayo, un genovés, por nombre Longo Justiniano, dio entrada a los turcos en la ciudad. Algunos señalan el año pasado, y dicen fue el lunes de pascua de Espíritu Santo, si bien en el día del mes concuerdan con los demás; sospecho se engañan. La suma es que en los miserables ciudadanos se ejecutó todo género de crueldad y fiereza bárbara, sin hacer diferenciá de mujeres, niños y viejos.

 

Pone grima traer a la memoria las desventuras de aquella nación y nuestra afrenta, en qué manera las riquezas y poder de aquel imperio que antiguamente fue muy florido, en un momento de tiempo se asolaron. Bien que tenían asaz merecido este castigo por la fe que en el concilio florentino dieron de ser católicos, junto con su emperador Juan Paleólogo, y poco después la quebrantaron. Muerto él los días pasados, sucedió en el imperio su hermano Constantino. Este príncipe como viese entrada la ciudad, por no ser escarnecido si le prendían, dejada la sobreveste imperial, se metió en la mayor carga y prisa de los enemigos y allí fue muerto. Antepuso la muerte honrosa a la servidumbre torpe; muestra que dio de su esfuerzo en aquel trance. Sus hermanos Demetrio y Tomás escaparon con la vida, pero para ser más afrentados con trabajos y desastres que les avinieron adelante. Alteró, como era razón, esta nueva

 

 

 

 

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los ánimos de todos los cristianos; derramaban lágrimas, afligíanse fuera de sazón y tarde después de tan grande y tan irreparable daño. Desde aquel tiempo aquella ciudad ha sido silla y asiento del imperio de los turcos, conocida asaz y señalada por nuestros males.

 

Don Carlos, príncipe de Viana, fue llevado a Zaragoza, y a instancia de los aragoneses le perdonó su padre y le puso en libertad a 22 de junio. La suma del concierto fue que el príncipe obedeciese a su padre, y que de las ciudades y castillos que por él se tenían, quitase la guarnición de soldados. Para cumplir esto dio en rehenes a don Luis de Riamonte, conde que era de Lerín y condestable de Navarra, y con él a sus hijos y otros hombres principales de aquel reino. La alegría que hubo por este concierto duró poco, ca en breve se levantaron nuevos alborotos. La codicia del padre y poco sufrimiento del hijo fueron causa que el reino de Navarra por largo tiempo padeciese trabajos y daños, según que adelante se apuntará en sus lugares.

 

 

 

 

XIII. Cómo se hizo justicia de don Álvaro de

 

Luna

 

En un mismo tiempo el rey de Castilla se apoderaba del estado y tesoros de don Álvaro de Luna, y él mismo desde la cárcel en que le tenían trataba de descargarse de los delitos que le achacaban por tela de juicio, del cual no podía salir bien, pues tenía por contrario al rey y más irritado contra él por tantas causas. Los jueces señalados para negocio tan grave, sustanciado el proceso y cerrado, pronunciaron contra él sentencia de muerte. Para ejecutarla, desde Portillo, do le llevaron en prisión, le trajeron a Valladolid. Hiciéronle confesar y comulgar; concluido esto, le sacaron en una mula al lugar en que fue ejecutado con un pregón que decía: «Ésta es la justicia que manda hacer nuestro señor el rey a este cruel tirano por cuanto él con grande orgullo y soberbia, y loca osadía, e injuria de la real majestad, la cual tiene lugar de Dios en la tierra, se apoderó de la casa y corte y palacio del rey nuestro señor, usurpando el lugar que no era suyo ni le pertenecía; e hizo y cometió en deservicio de nuestro señor Dios y del dicho señor rey, y menguamiento y abajamiento de su persona y dignidad, y del estado y corona real, y en gran daño y deservicio de su corona y

 

 

 

 

 

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patrimonio, y perturbación y mengua de la justicia, muchos y diversos crímenes y excesos, delitos, maleficios, tiranías, cohechos; en pena de lo cual le mandan degollar porque la justicia de Dios y del rey sea ejecutada, y a todos sea ejemplo que no se atrevan a hacer ni cometer tales ni semejantes cosas. Quien tal hace que así lo pague».

 

En medio de la plaza de aquella villa tenían levantado un cadalso y puesta en él una cruz con dos antorchas a los lados y debajo una alfombra. Como subió en el tablado hizo reverencia a la cruz, y dados algunos pasos, entregó a un paje suyo que allí estaba el anillo de sellar y el sombrero con estas palabras: «Esto es lo postrero que te puedo dar». Alzó el mozo el grito con grandes sollozos y llanto, ocasión que hizo saltar a muchos las lágrimas, causadas de los varios pensamientos que con aquel espectáculo se les representaban. Comparaban la felicidad pasada con la presente fortuna y desgracia, cosa que aún a sus enemigos hacía plañir y llorar. Hallóse presente Barrasa, caballerizo del príncipe don Enrique; llamóle don Álvaro y díjole: «Id y decid al príncipe de mi parte que en gratificar a sus criados no siga este ejemplo del rey, su padre». Vio un garfio de hierro clavado en un madero bien alto; preguntó al verdugo para qué lo habían puesto allí y a qué propósito. Respondió él que para poner allí su cabeza luego que se la cortase. Añadió don Álvaro: «Después de yo muerto, del cuerpo haz a tu voluntad, que al varón fuerte ni la muerte puede ser afrentosa, ni antes de tiempo y sazón al que tantas honras ha alcanzado». Esto dijo, y juntamente desabrochado el vestido, sin muestra de temor abajó la cabeza para que se la cortasen, a 5 del mes de julio.

 

Varón verdaderamente grande, y por la misma variedad de la fortuna maravilloso. Por espacio de treinta años, poco más o menos, estuvo apoderado de tal manera de la casa real, que ninguna cosa grande ni pequeña se hacía sino por su voluntad, en tanto grado, que ni el rey mudaba vestido ni manjar ni recibía criado, sino era por orden de don Álvaro y por su mano. Pero con el ejemplo de este desastre quedarán avisados los cortesanos que quieran más ser amados de sus príncipes que temidos, porque el miedo del señor es la perdición del criado, y los hados, cierto Dios, apenas permite que los criados soberbios mueran en paz.

Acompañó a don Álvaro por el camino y hasta el lugar en que le justiciaron Alonso de Espina, fraile de San Francisco, aquel que compuso un libro llamado Fortalitium Fidei, magnífico título, bien que poco

 

 

 

 

 

 

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elegante; la obra erudita y excelente por el conocimiento que da y muestra de las cosas divinas y de la Escritura sagrada.

 

Quedó el cuerpo cortada la cabeza por espacio de tres días en el cadalso con una bacía puesta allí junto para recoger limosna con que enterrasen un hombre que poco antes se podía igualar con los reyes; así se truecan las cosas. Enterráronle en San Andrés, enterramiento de los justiciados; de ahí le trasladaron a San Francisco, monasterio de la misma villa, y los años adelante en la iglesia mayor de Toledo en su capilla de Santiago sus amigos por permisión de los reyes le hicieron enterrar.

Dícese comúnmente que don Álvaro consultó a cierto astrólogo que le dijo su muerte sería en cadalso. Entendió él, no que había de ser justiciado, sino que su fin sería en un pueblo suyo que tenía de aquel nombre en el reino de Toledo, por lo cual en toda su vida no quiso entrar en él. Nos de estas cosas, como sin fundamento y vanas, no hacemos caso alguno.

 

Estaban a la sazón los reales del rey sobre Escalona, pueblo que después de la muerte de don Álvaro le rindió su mujer a partido que los tesoros de su marido se partiesen entre ella y el rey por partes iguales. Todo lo demás fue confiscado; sólo don Juan de Luna, hijo de don Álvaro, se quedó con la villa de Santisteban que su padre le diera, cuya hija casó con don Diego, hija de don Juan Pacheco, y por medio de este casamiento se junto el condado de Santisteban, que ella heredó de su padre, con el marquesado de Villena. Tuvo don Álvaro otra hija legítima, por nombre doña María, que casó con Íñigo López de Mendoza, duque del Infantado. Fuera de matrimonio a Pedro de Luna, señor de Fuentidueña, y otra hija, que fue mujer de Juan de Luna, su pariente, gobernador que era de Soria. Esto baste de la caída y muerte de don Álvaro.

 

En Granada el moro Ismael, que los años pasados fue de nuevo enviado por el rey a su tierra, ayudado de sus parciales que tenía entro los moros y con el favor que los cristianos le dieron, despojó del reino a su primo Mahomad el Cojo. No se señala el tiempo en que esto sucedió; del caso no se duda. Las desgracias que el año pasado sucedieron a los moros habían hecho odioso al rey Mahomad para con aquella nación, de suyo muy inclinada a mudanza de príncipes. Ismael, apoderado del reino, no guardó mucho tiempo con los cristianos la fe y lealtad que debiera; cuando era pobre se mostraba afable y amigo; después de la victoria olvidóse de los beneficios recibidos.

 

 

 

 

 

 

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En Portugal se acuñaron de nuevo escudos de buena ley, que llamaron cruzados. La causa del nombre fue que por el mismo tiempo se concedió jubileo a todos los portugueses que con la divisa de la cruz fuesen a hacer la guerra contra los moros de Berbería. El que alcanzó esta cruzada del sumo pontífice Nicolás V fue don Álvaro González, obispo de Lamego, varón en aquel reino esclarecido por su prudencia y por la doctrina y letras de que era dolado.

 

 

 

 

XIV. Cómo falleció el rey don Juan de Castilla

 

Con la muerte de don Álvaro de Luna poco se mejoraron las cosas, mas aína se quedaron en el mismo estado que antes, dado que el rey estaba resuelto, si la vida le durara más años, de gobernar por sí mismo el reino y ayudarse del consejo del obispo de Cuenca y del prior de Guadalupe fray Gonzalo de Illescas, varones en aquella sazón de mucha entereza y santidad, con cuya ayuda pensaba recompensar con mayores bienes los daños y soldar las quiebras pasadas; a la diligencia muy grande de que cuidaba usar, ayuntar la severidad en el mandar y castigar, virtud muchas veces más saludable que la vana muestra de clemencia. Con esta resolución los llamó a los dos para que viniesen a Ávila, adonde él se fue desde Escalona. Pensaba otrosí entretener a sueldo ordinario ocho mil de a caballo para conservar en paz la provincia y resistir a los de fuera. Demás de esto, dar el cuidado a las ciudades de cobrar las rentas reales para que no hubiese arrendadores ni alcabaleros, ralea de gente que saben todos los caminos de allegar dinero, y por el dinero hacen muy grandes engaños y agravios.

 

Por otra parte los portugueses comenzaban a descubrir con las navegaciones de cada un año las riberas exteriores de África en grandísima distancia, sin parar hasta el cabo de Buena Esperanza, que, adelgazándose las riberas de la una parte y de la otra en forma de pirámide, se tiende de la otra parte de la equinoccial por espacio de treinta y cinco grados. Con estas navegaciones de estos principios llegó aquella nación a ganar adelante grandes riquezas y renombre no menor. El primero que acometió esto fue el infante don Enrique, tío del rey de Portugal, por el conocimiento que tenía de las estrellas y por arder en deseo de ensanchar

 

 

 

 

 

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la religión cristiana, celo por el cual merece inmortales alabanzas. El rey de Castilla pretendía que aquellas riberas de África eran de su conquista y que no debía permitir que los portugueses pasasen adelante en aquella demanda. Envió por su embajador sobre el caso a Juan de Guzmán. Amenazaba que si no mudaban propósito les haría guerra muy brava. Respondió el rey de Portugal mansamente que entendía no hacerse cosa alguna contra razón, y que tenía confianza que el rey de Castilla, antes que aquel pleito se determinase por juicio, no tomaría las armas.

 

Habíase ido el rey de Castilla a Medina del Campo y a Valladolid para ver si con la mudanza del aire mejoraba de la indisposición de cuartanas que padecía, que aunque lenta, pero por ser larga le trabajaba. Por el mismo tiempo Juan de Guzmán volvió con aquella respuesta de Portugal, y la reina de Aragón, con intento de hacer las paces entre los príncipes de España, llegó a Valladolid. No fue su venida en balde, porque con el cuidado que puso en aquel negocio y su buena maña, demás que casi todas los provincias de España se hallaban cansadas y gastadas con guerras tan largas, se efectuó lo que deseaba, sin embargo de la nueva ocasión de ofensión y desabrimiento que se ofrecía a causa del repudio que el príncipe don Enrique dio a doña Blanca, su mujer, que envió a su padre con achaque que por algún hechizo no podía tener parte con ella. Este era el color; la verdad y la culpa era de su marido, que aficionado a tratos ilícitos y malos, vicio que su padre muchas veces procuró quitarle, no tenía apetito ni aún fuerza para lo que le era lícito, especial con doncellas. Así se tuvo por cosa averiguada por muchas conjeturas y señales que para ello se representaban. El que pronunció la sentencia del divorcio la primera vez fue Luis de Acuña, administrador de la iglesia de Scgovía por el cardenal don Juan de Cervantes. Confirmó después esta sentencia el arzobispo de Toledo por particular comisión del pontífice Nicolás que le envió su breve sobre el caso, con grande maravilla del mundo, que sin embargo del repudio de doña Blanca, el príncipe don Enrique se tornase a casar, que parece era contra razón y derecho.

 

A 13 de noviembre nació al rey de Castilla en Tordesillas un hijo, que se llamó don Alonso, el cual si bien murió de poca edad, fue a los naturales ocasión de una grave y larga guerra, como se verá adelante. A instancia pues de la reina de Aragón se trató de hacer las paces entre Castilla y Aragón. Lo mismo procuraba se hiciese en Navarra entre los príncipes, padre e hijo. Para resolver las condiciones que se debían

 

 

 

 

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capitular concertaron treguas por todo el año siguiente. Estaba todo esto para concluirse, cuando la dolencia del rey de Castilla se le agravó de tal suerte, que, recibidos todos los sacramentos, finó en Valladolid a 20 de julio, año de 1454. Mandóse enterrar en el monasterio de la Cartuja de Burgos, fundación de su padre, y que él le dio a los frailes cartujos. Allí se hizo adelante su entierro; por entonces le depositaron en San Pablo de Valladolid. Fue el enterramiento muy solemne, y en las ciudades y pueblos se le hicieron las honras y exequias como era justo. Hasta en la misma ciudad de Nápoles el mes luego siguiente se hizo el oficio funeral y honras, en que entre los demás enlutados el embajador de Venecia pareció vestido de grana y carmesí; espectáculo que por ser tan extraordinario fue ocasión que las lágrimas se mudaron en risa. Sucedió otra cosa notable, que con las muchas hachas y luminarias se quemó gran parte del túmulo que para la solemnidad tenían de madera en medio del templo levantado.

 

Mandó el rey en su testamento que al infante don Alonso, su hijo, que poco antes le nació, se diese en administración el maestrazgo de Santiago; nombróle otrosí por condestable de Castilla; dignidades la una la otra que vacaron por muerte de don Álvaro de Luna. Señaló por sus tutores al obispo de Cuenca y al prior de Guadalupe y a Juan de Padilla, su camarero mayor. Si no fuera por su poca edad y por miedo de mayores alborotos, le nombrara por sucesor en el reino, por lo menos trató de hacerlo; tan grande era el desabrimiento que con el príncipe tenía cobrado. A la infanta doña Isabel mandó la villa de Cuéllar y gran suma de dineros; a la reina, su mujer, a Soria, Arévalo, Madrigal, con cuyas rentas sustentase su estado y llevase las incomodidades de la viudez y soledad.

 

 

 

 

XV. Cómo el príncipe don Enrique fue alzado por

 

rey de Castilla

 

Con la muerte del rey don Juan de Castilla, el reino, como era justo, se dio a don Enrique, su hijo. Hízose la ceremonia acostumbrada en una junta de grandes, parte de los cuales se hallaban a la sazón presentes en Valladolid, parte acudieron de nuevo, sabida la muerte del rey. Cuatro días adelante tomó las insignias reales y levantaron por él los estandartes de Castilla. Luego pusieron en libertad a los condes de Alba y de Treviño, con que se

 

 

 

 

 

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hizo la fiesta de la coronación muy más regocijada. Los demás grandes que fueron con ellos presos por diversas ocasiones y accidentes estaban ya libres. Continuaron en sus oficios todos los ministros de la casa real de su padre.

 

Comenzóse asimismo de nuevo a tratar de la paz por parte de la reina de Aragón, que para ello tenía poderes bastantes de su marido y cuñado los reyes de Aragón y de Navarra; concluyóse finalmente con estas condiciones: el rey de Navarra, don Alonso, su hijo, don Enrique, hijo del infante de Aragón don Enrique, dejen la pretensión de los estados y dignidades que en Castilla pretenden; en recompensa el rey de Castilla cada un año les señale y pague enteramente ciertas pensiones en que se concertaron; el almirante de Castilla y don Enrique, su hermano, y Juan de Tovar, señor de Berlanga, con los demás que siguieron el partido y voz de Navarra puedan volver a su patria y a sus estados. Era ya fallecido el conde de Castro don Diego Gómez de Sandoval en la mayor calor de la pretensión que traía sobre la restitución que pedía se le hiciese de los estados que por causas de las revueltas pasadas le quitaron a tuerto, como sus letrados alegaban; su cuerpo enterraron en Borja. Antes que falleciese, en premio de la lealtad que guardó a los aragoneses, le dieron a Denia, en el reino de Valencia, y a Lerma, en Castilla la Vieja. Estos pueblos dejó a don Fernando, su hijo, el cual con algunos otros de los forajidos quedó excluido del perdón para que no volviese a Castilla sin particular licencia del nuevo rey. Demás de esto, acordaron que los castillos que se tomaron de una parte y de otra durante la guerra en las fronteras de Castilla y de Aragón se restituyesen enteramente a sus dueños. Por Atienza en particular dieron al rey de Navarra quince mil florines a cuenta de lo que en defender aquella plaza gastara.

 

Concluida en esta forma la paz entre Castilla y Aragón, se intentó de sosegar los bullicios de Navarra, negocio más dificultoso, y que en fin no tuvo efecto por ser entre padre e hijo, ca ordinariamente cuanto el deudo y obligación es mayor, tanto la enemiga cuando se enciende es más grave. Entre tanto que los príncipes interesados en la confederación de que se ha tratado firmaban las condiciones y acuerdo tomado, se concertó alargasen las treguas por otro año. Asentado esto, la reina de Aragón se volvió a su reino. Don Juan Pacheco, marqués de Villena, sin competidor quedó en Castilla el más poderoso de todos los grandes por sus riquezas y privanza que alcanzaba con el nuevo rey de Castilla; el cual y don Ferrer de Lanuza,

 

 

 

 

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que vino en compañía de la reina de Aragón, y don Juan de Biamonte, hermano del condestable de Navarra, estos tres señores con poderes de los tres príncipes, sus amos, el rey don Enrique y el rey de Navarra y el príncipe don Carlos de Viana, se juntaron en Ágreda por principio del año 1455, lugar que está en Castilla y a la raya de Navarra y de Aragón, en lo cual, fuera de la comodidad que era para todos, también se tuvo consideración a dar ventaja y reconocer mayoría al rey de Castilla don Enrique. Llevaban comisión de concertar al rey de Navarra con su hijo, junta que fue de poco efecto. El de Navarra y su parcialidad no aprobaban las condiciones que por la otra parte se pedían. Entendíase que don Juan Pacheco de secreto procuraba impedir la paz de Navarra entre el padre y el hijo, por miedo que si las cosas del todo se sosegaban, él no tendría tanto poder y autoridad. Sólo se concertaron treguas que durasen hasta todo el mes de abril. Esto en lo que toca a Navarra.

 

En Castilla las esperanzas que los naturales tenían que las cosas con la mudanza del gobierno mejorarían salieron del todo vanas. El reino, a guisa de una nave trabajada con las olas, vientos y tempestad, tenía necesidad de hombre y de piloto sabio, que era lo que hasta allí principalmente les faltara. El nuevo rey salió en el descuido semejable a su padre, y en cosas peor. No echaba de ver los males que se aparejaban, ni se apercibía bastantemente para las tempestades que le amenazaban, si bien era de vivo ingenio y ferviente, pero de corazón flaco y todo él lleno de torpezas; en particular el cuidado del gobierno y de la república le era muy pesado. Don Juan Pacheco lo gobernaba todo con más recato que don Álvaro de Luna y más templanza, o por ventura fue más dichoso, pues se pudo conservar por toda la vida.

 

Tenía el rey don Enrique la cabeza grande, ancha la frente, los ojos zarcos, las narices, no por naturaleza, sino por cierto accidente, romas, el cabello castaño, el color rojo y algo moreno, todo el aspecto fiero y poco agradable, la estatura alta, las piernas largas, las facciones del rostro no muy feas, los miembros fuertes y a propósito para la guerra. Era aficionado asaz a la caza y a la música, en el arreo de su persona templado. Bebía agua, comía mucho, sus costumbres eran disolutas, y la vida estragada en todas maneras de torpeza y deshonestidad. Por esta causa se le enflaqueció el cuerpo y fue sujeto a enfermedades; muy inconstante y vario en lo que intentaba. Llamáronle vulgarmente el Liberal y el Impotente; el un sobrenombre le vino por la falta que tenía natural; el otro

 

 

 

 

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nació de la extrema prodigalidad de que usaba; en tanto grado, que en hacer mercedes de pueblos y derramar sin juicio, y por tanto sin que se lo agradeciesen, los tesoros que con codicia demasiada juntaba, parecía aventajarse a todos sus antepasados. Disminuyó sin duda por esta vía y menoscabó la majestad de su reino y las fuerzas. Era codicioso de lo ajeno y pródigo de lo suyo; vicios que de ordinario se acompañan. Olvidábase de las mercedes que hacía, y tenía memoria de los servicios y buenas obras de sus vasallos, que solía pagar con más presteza que si fuera dinero prestado. Sus palabras eran mansas y corteses; a todos hablaba benigna y dulcemente; en la clemencia fue demasiado; virtud que si no se templa con la severidad, muchas veces no acarrea menores daños que la crueldad, ca el menosprecio de las leyes, y la esperanza de no ser castigados los delitos hacen atrevidos a los malos. Esta variedad de costumbres que tuvo este rey fue causa que en ningún tiempo las revueltas fuesen mayores que en el suyo; reinó por espacio de veinte años, cuatro meses, dos días. Faltóle en conclusión la prudencia y la maña, bien así para gobernar a sus vasallos en paz como para sosegar los alborotos que dentro de su reino se levantaron.

 

 

 

 

XVI. De la paz que se hizo en Italia

 

Emprendióse una brava guerra en Italia tres años antes de éste con esta ocasión. Francisco Esforcia, después que se apoderó del estado de Milán, requirió a los venecianos le entregasen ciertos pueblos que de él tenían en su poder por la parte que corre el río Abdua, y porque no lo hacían, acordó valerse de las armas. Convidó a los florentinos para que le ayudasen, vinieron en ello e hicieron entre sí una liga secreta. Llevaron esto mal los venecianos, y lo primero mandaron que todos los florentinos saliesen de aquella señoría y no pudiesen tener en ella contratación. Tras esto, por medio de Leonello, marqués de Ferrara, trataron de hacer alianza con el rey de Aragón; representáronle que si él movía guerra a los florentinos en sus tierras, Esforcia quedaría para contra ellos sin fuerzas bastantes.

 

Hecha esta nueva liga, Guillermo, marqués de Monferrat, con cuatro mil caballos y dos mil infantes al sueldo de Aragón fue enviado para que hiciese entrada, y comenzase la guerra contra el duque por la parte de Alejandría de la Palla. A don Fernando, hijo del rey de Aragón, duque de

 

 

 

 

 

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Calabria, que ya tenía tres hijos, cuyos nombres eran don Alonso, don Fadrique y doña Leonor, dio su padre cargo de acometer a los florentinos, todo a propósito que se hiciese la guerra con más autoridad y se pusiese mayor espanto a los contrarios. Diole seis mil de a caballo y dos mil infantes, acompañado otrosí de dos muy señalados capitanes, Napoleón Ursino y el conde de Urbino. Entraron por la comarca de Cortona y Arezo; talaron los campos, saquearon y quemaron las aldeas, y ganaron por fuerza a Foyano, pueblo principal. Demás de esto, vencieron en batalla a Astor de Faenza, que a instancia de los florentinos el primero de todos les acudió, con que de nuevo algunos otros castillos se ganaron. Por otra parte, Antonio Olcina en la comarca de Volterra, apoderado de otro pueblo, llamado Vado, desde allí no cesaba de hacer correrías por los campos comarcanos de la jurisdicción de florentinos y robar todo lo que hallaba. En el estado de Milán se hacía la guerra no con menor coraje.

 

Por el contrario, Francisco Esforcia convidó a Renato, duque de Anjou, a pasar en Italia desde Francia; prometíale que acabada la guerra de Lombardía, juntaría con él sus fuerzas para que echados los aragoneses, recobrase el reino de Nápoles. Halló Renato tomados los pasos de los Alpes por el de Saboya y el marqués de Monferrat, ca a instancia de venecianos ponían en esto cuidado. Por esta causa fue forzado a pasar a Génova en dos naves. Llevaba poco acompañamiento, y su casa y criados de poco lustre; comenzaron por esto a tenerle en poco. Muchas veces cosas pequeñas son ocasión de muy grandes, y más en materia de estado. Verdad es que el delfín de Francia Ludovico, que fue después rey de Francia, el onceno de aquel nombre, por tierra llegó con sus gentes y entró en favor del duque de Milán y de Renato hasta Asta; alegría y esperanza que en breve se oscureció, porque pasados tres meses, no se sabe con qué ocasión, de repente aquellas gentes dieron la vuelta y se tornaron para Francia. Murmuraban todos de Renato, y juzgábanle por persona poco a propósito para reinar. Hallábanse en grande riesgo los negocios, porque, desamparados los milaneses y florentinos de sus confederados, no parecía tendrían fuerzas bastantes para contrastar a enemigos tan bravos como tenían.

 

El desastre ajeno fue para ellos saludable. La triste nueva que vino de la pérdida de Constantinopla comenzó a poner voluntad en aquellas gentes de acordarse y hacer paces, mayormente que se rugía que aquel bárbaro emperador de los turcos, ensoberbecido con victoria tan grande, trataba de

 

 

 

 

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pasar en Italia, y parecíales con el miedo que ya llegaba. Simon de Camerino, fraile de San Agustín, persona más de negocios que docta, andaba de unas partes a otras y no perdonaba ningún trabajo por llevar al cabo este intento. Su diligencia fue tan grande, que el año próximo pasado, a 9 de abril, se concertó la paz en la ciudad de Lodi entre los venecianos, milaneses y florentinos con condiciones que a todos venían muy bien. Poco adelante se asentó entre los mismos liga en Venecia, a 30 de agosto.

 

Llevó mal el rey de Aragón todo esto, que sin darle a él parte se hubiese concluido la liga y confederación; quejábase de la inconstancia y deslealtad, como él decía, de los venecianos; así, mandó a su hijo don Fernando que dejada la guerra que a florentinos hacía, se volviese al reino de Nápoles. Para aplacar a un rey tan poderoso, y que para todo podía su disgusto y su ayuda ser de grande importancia, le despacharon los venecianos, milaneses y florentinos embajadores, personas principales, que disculpasen la presteza de que usaron en confederarse entre sí sin darle parte, por el peligro que pudiera acarrear la tardanza. Que, sin embargo, le quedó lugar para entrar en la liga, o por mejor decir, ser en ella cabeza y principal. Por conclusión, le suplicaban perdonase la ofensa, cualquiera que fuese, y que en su real pecho prevaleciese, como lo tenía de costumbre, el común bien de Italia contra el desabrimiento particular. Para dar más calor a negocio tan importante el pontífice juntó con los demás embajadores su legado, que fue el cardenal de Fermo, por nombre Dominico Capranico, persona de grande autoridad por sus partes muy aventajadas de prudencia, bondad y letras. Fuese el rey a la ciudad de Gaeta para allí dar audiencia a los embajadores. Tenía el primer lugar entre los demás el cardenal, como era razón y su dignidad lo pedía. Así, el día señalado tomó la mano, y a solas sin otros testigos habló al rey en esta sustancia:

 

«Una cosa fácil, antes muy digna de ser deseada, venimos, señor, a suplicaros; esto es, que entréis en la paz y liga que está concertada entre las potencias de Italia, negocio de mucha honra, y para el tiempo que corre necesario, en que nos vemos rodeados de un gran llanto por la pérdida pasada, y de otro mayor miedo por las que nos amenazan. Nuestra flojedad, o por mejor decir, nuestra locura, ha sido causa de esta llaga y afrenta miserable. Basten los yerros pasados; sirvan de escarmiento los males que padecemos. Los desórdenes de antes más se pueden tachar que trocar. Esto es lo peor que ellos tienen. Pero si va a

 

 

 

 

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decir verdad, mientras que anteponemos nuestros particulares al bien público, en tanto que nuestras diferencias nos hacen olvidar de lo que debíamos a la piedad y a la religión, el un ojo del pueblo cristiano y una de las dos lumbreras nos han apagado; grave dolor y quebranto. Mas forzosa cosa es reprimir las lágrimas y la alteración que siento en el ánimo para declarar lo que pretendo en este razonamiento. Cosa averiguada es que la concordia pública ha de remediar los males que las diferencias pasadas acarrearon; esta sola medicina queda para sanar nuestras cuitas y remediar estos daños, que a todos tocan en común y a cada uno en particular.

 

»El cruel enemigo de cristianos con nuestras pérdidas se ensoberbece y se hace más insolente. Las provincias de levante están puestas a fuego y a sangre; la ciudad de Constantinopla, luz del mundo y alcázar del pueblo cristiano, súbitamente asolada. Póneseme delante los ojos y represéntaseme la imagen de aquel triste día, el furor y rabia de aquella gente cebada en la sangre de aquel miserable pueblo, el cautiverio de las matronas, la huida de los mozos, los denuestos y afrentas de las vírgenes consagradas, los templos profanados. Tiembla el corazón con la memoria de estrago tan miserable, mayormente que no paran en esto los daños. Los mares tienen cuajados de sus armadas; no podemos navegar por el mar Egeo ni continuar la contratación de levante. Todo esto, si es muy pesado de llevar, debe despertar nuestros ánimos para acudir al remedio y a la venganza. Mas ¿a qué propósito tratamos de daños ajenos los que a la verdad corremos peligro de perder la vida y libertad? El furor de los enemigos no se contenta con lo hecho, antes pretende pasar a Italia y apoderarse de Roma, cabeza y silla de la religión cristiana, osadía intolerable. Si no me engaño y no se acude con tiempo, no sólo este mal cundirá por toda Italia, sino pasados los Alpes, amenaza las provincias del poniente. Es tan grande su soberbia y sus pensamientos tan hinchados, que en comparación de lo mucho que se prometen, tienen ya en poco ser señores del imperio de los griegos. Lo que pretenden es oprimir de tal suerte la nación de los cristianos, que ninguno quede aún para llorar y endechar el común estrago. Hácenles compañía gentes de la Escitia, de la Siria, de África en gran número y muy ejercitadas en las armas.

 

»Por ventura ¿no será razón despertar, ayudar a la Iglesia en peligro semejante, socorrer a la patria y a los deudos, y finalmente, a todo el género humano? Si suplicáramos sólo por la paz de Italia, era justo que

 

 

 

 

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benignamente nos concediérades esta gracia, pues ninguna cosa se puede pensar ni más honrosa, si pretendemos ser alabados, y si provecho, más saludable, que con la paz pública sobrellevar esta nobilísima provincia afligida con guerras tan largas; mas al presente no se trata del sosiego de una provincia, sino del bien y remedio de toda la cristiandad. Esto es lo que todo el mundo espera y por mi boca os suplica. Y por cuanto es necesario que haya en la guerra cabeza, todas las potencias de Italia os nombran por general del mar, que es por donde amenaza más brava guerra, honra y cargo antes de agora nunca concedido a persona alguna. En vuestra persona concurre todo lo necesario, la prudencia, el esfuerzo, la antoridad, el uso de las armas, la gloria adquirida por tantas victorias habidas por vuestro valor en Italia, Francia y África. Sólo resta con este noble remate y esta empresa dar lustre a todo lo demás, lo cual será tanto más gloriosa cuanto por ser contra los enemigos de Cristo será sin envidia y sin ofensión de nadie. Poned, señor, los ojos en Carlos llamado Magno por sus grandes hazañas, en Jofre de Bullon, en Segismundo, en Huníades, cuyos nombres y memoria hasta el día de hoy son muy agradables. ¿Por qué otro camino subieron con su fama al cielo, sino por las guerras sagradas que hicieron? No por otra causa tantas ciudades y príncipes, de común consentimiento dejadas las armas, juntan sus fuerzas si no para acudir debajo de vuestras banderas a esta santísima guerra, para mirar por la salud común y vengar las injurias de nuestra religión. Esto en su nombre os suplican estos nobilisimos embajadores, y yo en particular, por cuya boca todos ellos hablan. Esto os ruega el pontífice Nicolás, el cual lo podía mandar, viejo santísimo, con las lágrimas que todo el rostro le bañan. Acuérdome del llanto en que le dejé. Sed cierto que su dolor es tan grande, que me maravillo pueda vivir en medio de tan grandes trabajos y penas. Sólo le entretiene la confianza que, fundada la paz de Italia, por vuestra mano se remediarán y vengarán estos daños; esperanza que si, lo que Dios no quiera, le faltase, sin duda moriría de pesar; no os tengo por tan duro que no os dejeis vencer de voces, ruegos y sollozos semejantes».

 

A estas razones el rey respondió que ni él fue causa de la guerra pasada, ni pondría impedimento para que no se hiciese la paz. Que su costumbre era buscar en la guerra la paz y no al contrario. «No quiero, dice, faltar al común consentimiento de Italia. El agravio que se me hizo en tomar asiento sin darme parte, cualquiera que él sea, de buena gana le

 

 

 

 

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perdono por respeto del bien común. La autoridad del padre santo, la voluntad de los pueblos y de los príncipes estimo en lo que es razón, y no rehuso de ir a esta jornada, sea por capitán, sea por soldado».

Después de la respuesta del rey se leyeron las condiciones de la confederación hecha por los venecianos con Francisco Esforcia y con los florentinos, de este tenor y sustancia: Los venecianos, Francisco Esforcia y florentinos y sus aliados guarden inviolablemente por espacio de veinticinco años, y más si más pareciere a todos los confederados, la amistad que se asienta, la alianza y liga con el rey don Alonso para el reposo común de Italia, en especial para reprimir los intentos de los turcos, que amenazan de hacer grave guerra a cristianos. Las condiciones de esta Confederación serán estas: el rey don Alonso defienda, si suyo fuese y le perteneciese, el estado de venecianos, de Francisco Esforcia y de florentinos y sus aliados contra cualquiera que les hiciere guerra, ora sea italiano, ora extranjero. En tiempo de paz para socorrerse entre sí, si alguna guerra acaso repentinamente se levantare, el rey, los venecianos y Francisco Esforcia cada cual tengan a su sueldo cada ocho mil de a caballo y cuatro mil infantes; los florentinos cinco mil de a caballo y dos mil de a pie, todos a punto y armados. Si aconteciere que de alguna parte se levantare guerra, a ninguna de las partes sea lícito hacer paz sino fuere con común acuerdo de los demás; ni tampoco pueda el rey o alguno de los confederados asentar liga o hacer avenencia con alguna nación de Italia, sino fuere con el dicho común consentimiento. Cuando a alguna de las partes se hiciere guerra, cada cual de los ligados le acuda sin tardanza con la mitad de su caballería y infantería, que no hará volver hasta tanto que la guerra quede acabada. Si aconteciere que por causa de alguna guerra se enviaren socorros a alguno de los nombrados, el que los recibiere sea obligado a señalarles lugares en que se alojen y darles vituallas y todo lo necesario al mismo precio que a sus naturales. Si alguno de los susodichos moviere guerra a cualquiera de los otros, no por eso se tenga por quebrantada la liga cuanto a los demás, antes se quede en su vigor y fuerza que darán socorro al que fuere acometido, no con menor diligencia que si el que mueve la guerra no estuviese comprendido en la dicha confederación. Si se hiciere guerra a alguno de los nombrados, a ninguno de los otros sea lícito dar por sus tierras paso a los contrarios o proveerlos de vituallas, antes con todo su poder resistan a los intentos del acometedor.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Estas condiciones, reformadas algunas pocas cosas, fueron aprobadas por el rey. Comprendían en este asiento todas las ciudades y potentados de Italia, excepto los genoveses, Segismundo Malatesta y Astor de Faenza, que los exceptuó el rey; los genoveses, porque no guardaron las condiciones de la paz que con ellos tenía asentada los años pasados, Segismundo y Astor, porque, sin embargo de los dineros que recibieron y les contó el rey de Aragón para el sueldo de la gente de su cargo en tiempo de las guerras pasadas, se pasaron a sus contrarios.

 

 

 

 

XVII. Del pontífice Calixto

 

Toda Italia y las demás provincias entraron en una grande esperanza que las cosas mejorarían luego que vieron asentadas las paces generales, cuando el pontífice Nicolás, sobre cuyos hombros cargaba principalmente el peso de cosas y pláticas tan grandes, apesgado de los años y de los cuidados, falleció a 24 de marzo, y con su muerte todas estas trazas comenzadas se estorbaron y de todo punto se desbarataron. Juntáronse luego los cardenales para nombrar sucesor, y porque los negocios no sufrían tardanza, dentro de catorce días en lugar del difunto nombraron y salió por papa el cardenal don Alonso de Borgia, que tenía hecho antes voto por escrito, si saliese nombrado por papa, de hacer la guerra a los turcos. Llamábase en la misma cédula Calixto, tanta era la confianza que tenía de subir a aquel grado, concebida desde su primera edad, como se decía vulgarmente, por una profecía y palabras que siendo él niño le dijo en este propósito fray Vicente Ferrer, al cual quiso pagar aquel aviso con ponerle en el número de los santos. Lo mismo hizo con san Emundo, de nación inglés.

 

Fue este pontífice natural de Játiva, ciudad en el reino de Valencia. En su menor edad se dio a las letras, en que ejercitó su ingenio, que era excelente y levantado y capaz de cosas mayores. Los años adelante corrió y subió por todos los grados y dignidades; al fin de su edad alcanzó el pontificado romano. Sus principios fueron humildes; en él ninguna cosa se vio baja, ninguna poquedad; mostróse en especial contrario al rey de Aragón por celo de defender su dignidad o por el vicio natural de los hombres, que a los que mucho debemos los aborrecemos y miramos como

 

 

 

 

 

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acreedores. Así, aunque le suplicaron expidiese nueva bula sobre la investidura del reino de Nápoles en favor del rey don Alonso y de su hijo, no se lo pudieron persuadir. Tuvo más cuenta con acrecentar sus parientes que sufría aquella edad y la dignidad de la persona sacrosanta que representaba, que es lo que más se tacha en sus costumbres. Nombró por cardenales en un mismo día, que fue cosa muy nueva, dos sobrinos suyos, hijos de sus hermanas, de doña Catalina a Juan Mila, y de doña Isabel a Rodrigo de Borgia. A Pedro de Borgia, hermano que era de Rodrigo, nombró por su vicario general en todo el estado de la Iglesia. El pontífice Alejandro y el duque Valentín, personas muy aborrecibles en las edades adelante por la memoria de sus malos tratos, procedieron como frutos de este árbol y de este pontificado.

 

Entre Castilla y Aragón se confirmaron las paces, y conforme a lo capitulado, el rey de Navarra desistió de pretender los pueblos que en Castilla le quitaron. En recompensa, según que lo tenían concertado, le señalaron cierta pensión para cada un año. Los alborotos de Navarra aún no se apaciguaban por estar la provincia dividida en parcialidades; gran parte de la gente se inclinaba a don Carlos, príncipe de Viana, por su derecho mejor, como juzgaban los más. Favorecíale otrosí con todas sus fuerzas su hermana doña Blanca, con tanta ofensión del rey de Navarra por esta causa, que trató con el conde de Foix, su yerno, de traspasarle el reino de Navarra y desheredar a don Carlos y a doña Blanca. Parecíale era causa bastante haberse rebelado contra su padre, y fuera así, si él primero no los hubiera agraviado. Para mayor seguridad convidaron al rey de Francia que entrase en esta pretensión y les ayudase a llevar adelante esta resolución tan extraña. El rey de Castilla don Enrique hacía las partes del príncipe don Carlos; corría peligro no se resolviese por esta causa Francia con España, puesto que el rey don Enrique por el mismo tiempo se hallaba embarazado en apercibirse para la guerra de Granada y para efectuar su casamiento, que de nuevo se trataba.

 

Tuviéronse Cortes en Cuéllar, en que todos los estados del reino, los mayores, medianos y menores se animaron a tomar las armas, y cada uno por su parte procuraba mostrar su lealtad y diligencia para con el nuevo rey. Quedaron en Valladolid por gobernadores del reino en tanto que el rey estuviese ausente el arzobispo de Toledo y el conde Haro. Hecho esto y juntado un grueso ejército, en que se contaban cinco mil hombes de a caballo, sin dilación hicieron entrada por tierra de moros, llegaron hasta la

 

 

 

 

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vega de Granada. Asimismo poco después con otra nueva entrada pusieron a fuego y a sangre la comarca de Málaga con tanta presteza, que apenas en tiempo de paz pudiera un hombre a caballo pasar por tan grande espacio.

 

Estaba desposada por procurador con el rey de Castilla doña Juana, hermana de don Alonso, rey de Portugal. Celebráronse las bodas en la ciudad de Córdoba a 21 de mayo. Fueron grandes los regocijos del pueblo y de los grandes que de toda la provincia en gran número concurrieron para aquella guerra. Hiciéronse justas y torneos entre los soldados y otros juegos y espectáculos. Algunos tenían por mal agüero que aquellas bodas y casamiento se efectuasen en medio del ruido de las armas; sospechaban que de él resultarían grandes inconvenientes, y que la presente alegría se trocaría en tristeza y llanto. Veló los novios el arzobispo de Turon, que era venido por embajador a Castilla de parte de Carlos, rey de Francia, con quien tenían los nuestros amistad; con los ingleses discordias, por ser, como eran, mortales enemigos de Francia.

 

A la fama que volaba de la guerra que se emprendía contra moros acudían nuevas compañías de soldados, tanto, que llegaron a ser por todos catorce mil de a caballo y cincuenta mil de a pie; ejército bastante para cualquiera grande empresa. Con esta gentes hicieron por tres veces entradas en tierras de moros hasta llegar a poner fuego en la misma vega de Granada a vista de la ciudad. Mostrábanse por todas partes los enemigos; pero no pareció al rey venir con ellos a batalla por tener acordado de quemar por espacio de tres años los sembrados y los campos de los moros, con que los pensaba reducir a extrema necesidad y falta de mantenimiento. Los soldados, como los que tienen el robo por sueldo, la codicia por madre, llevaban esto muy mal; gente arrebatada en sus cosas y suelta de lengua. Echábanlo a cobardía, y amenazaban que pues tan buenas ocasiones se dejaban pasar, cuando sus capitanes quisiesen y lo mandase, ellos no querrían pelear.

 

Los grandes otrosí se comunicaban entre sí de prender al rey y hacer la guerra de otra suerte. La cabeza de esta conjuración y principal movedor era don Pedro Girón, maestre de Calatrava. Íñigo de Mendoza, hijo tercero del marqués de Santillana, dio aviso al rey, y le aconsejó que desde Alcaudete, donde le querían prender, con otro achaque se volviese a la ciudad de Córdoba, sin declararle por entonces lo que pasaba. Llegado el rey a Córdoba, fue avisado de lo que trataban; por esto y estar ya el tiempo adelante, despidió la gente para que se fuesen a invernar a sus casas, con

 

 

 

 

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orden de volver a las banderas y a la guerra luego que los fríos fuesen pasados y el tiempo diese lugar. Los señores al tanto fueron enviados a sus casas, y los cargos que tenían en aquella guerra se dieron a otros, que fue castigo de su deslealtad y muestra que eran descubiertos sus tratos.

 

El mismo rey se partió para Ávila; desde allí pasó a Segovia para recrearse y ejercitarse en la caza, si bien tenía determinación de dar en breve la vuelta y tornar al Andalucía, en señal de lo cual tomó por divisa e hizo pintar por orla de su escudo y de sus armas dos ramos de granado trabados entre sí, por ser éstas las armas de los reyes de Granada. Quería con esto todos entendiesen su voluntad, que era de no dejar la demanda antes de concluir aquella guerra contra moros y desarraigar de todo punto la morisma de España.

En Nápoles al principio del año siguiente, que sé contó de 1456, don Alonso de Aragón, príncipe de Capua, y doña Leonor, su hermana, nietos que eran del rey de Aragón, casaron a trueco con otros dos hermanos, hijos de Francisco Esforcia, don Alonso con Hipólita, y doña Leonor con Esforcia María, parentesco con que parecía grandemente se afirmaban aquellas dos casas. El pontífice Calixto se alteró por esta alianza, que era muy contraria a sus intentos, mayormente que todo se enderezaba para asegurarse de él.

El rey de Castilla volvió con nuevo brío a la guerra de los moros, pero sin los grandes. Siguió la traza y acuerdo de antes, y así sólo dio la tala a los campos, y se hicieron presas y robos sin pasar adelante, por la cual causa los soldados estaban disgustados, y porque no les dejaban pelear, a punto de amotinarse. El rey para prevenir mandó juntar la gente, y les habló en esta manera:

«Justo fuera, soldados, que os dejárades regir de vuestro capitán, y no que le quisiérades gobernar, esperar la señal de la pelea, y no forzar a que os la den. Las cosas de la guerra más consisten en obedecer que en examinar lo que se manda, y el más valiente en la pelea, ese antes de ella se muestra más modesto y templado. A vos pertenecen las armas y el esfuerzo; a nos debéis dejar el consejo y gobierno de vuestra valentía; que los enemigos más con maña que con fuerzas se han de vencer, género de victoria más señalada y más noble. Por todas partes estáis rodeados de enemigos poderosos y bravos. ¿Cuán grande gloria será conservar el ejército sin afrenta, sin muertes y sin sangre y juntamente poner fin y acabar guerra tan grande? Mucho mayor que pasar a cuchillo

 

 

 

 

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innumerables huestes de enemigos. Ninguna cosa, soldados, estimamos en más que vuestra salud; en más tengo la vida de cualquiera de vos que dar la muerte a mil moros».

 

Con este razonamiento los soldados, más reprimidos que sosegados, fueron llevados a Córdoba, y despedidos cada cual por su parte, se repartieron para sus casas; otros repartieron por los invernaderos. El rey otrosí por fin de este año se fue para la villa de Madrid.

En este tiempo el rey de Portugal envió una gruesa armada la vuelta de Italia para que se juntase con la de la liga. Llegó en sazón que el fervor de las potencias de Italia se halló entibiado, y que nuevas alteraciones en Génova y en Sena, ciudades de Italia, se levantaron muy fuera de tiempo. Así, la armada de Portugal dio la vuelta a su casa sin hacer efecto alguno; cuya reina doña Isabel falleció en Ébora a los 12 de diciembre. Sospechóse y averiguóse que la ayudaron con hierbas. Hizo dar crédito a esta sospecha el grande amor que en vida le tuvieron sus vasallos, de que dio muestra el lloro universal de la gente por su muerte. El rey, dado que quedaba en el vigor y verdor de su edad, por muchos años no se quiso casar.

 

Fue este año no menos desgraciado para la ciudad de Nápoles y todo aquel reino por los temblores de tierra con que muchos pueblos y castillos cayeron por tierra o quedaron maltratados. El estrago más señalado en Isernia y en Bríndez; en lo postrero de Italia algunos edificios desde sus cimientos se allanaron por tierra, otros quedaron desplomados, hundióse un pueblo llamado Boiano, y quedó allí hecho un lago para memoria perpetua de daño tan grande. Muchos hombres perecieron; dícese que llegaron a sesenta mil almas. El papa Pío II y san Antonino quitan de este cuento la mitad, ca dicen que fueron treinta mil personas; de cualquier manera, número y estrago descomunal.

 

 

 

 

XVIII. Cómo el rey de Aragón falleció

 

No podía España sosegar ni se acababa de poner fin en alteraciones tan largas. Los navarros andaban alborotados con mayores pasiones que nunca.

 

Los vizcaínos, sus vecinos, por la libertad de los tiempos tomaron entre sí las armas, y se ensangrentaban de cada día con las muertes que de

 

 

 

 

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una y de otra parte se cometían. Los nobles e hidalgos robaban al pueblo, confiados en las casas que por toda aquella provincia a manera de castillos poseen las cabezas de los linajes, gran número de las cuales abatió el rey don Enrique, que de presto desde Segovia acudió al peligro y a sosegar aquella tierra con gente bastante. Esto sucedió por el mes de febrero del año de 1457. De esta manera, con el castigo de algunos pocos se apaciguaron aquellos alborotos, y los demás quedaron avisados y escarmentados para no agraviar a nadie. En esta jornada y camino recibió el rey en su casa un mozo, natural de Durango, que se llamó Perucho Munzar, adelante muy privado suyo. Deseaba el rey, por hallarse cerca de Navarra, ayudar al príncipe don Carlos, su amigo y confederado; dejólo de hacer a causa que por el mismo tiempo el príncipe huyó y desamparó la tierra por no tener bastantes fuerzas para contrastar con las de Aragón y del conde de Foix, en especial que se decía tenía el rey de Francia parte en aquella liga, causa de mayor miedo.

 

Esto le movió a pasar a Francia para reconciliarse con aquel rey tan poderoso; pero, mudado de repente parecer por su natural facilidad o por fiarse poco de aquella nación, ca estaba ya prevenida de sus contrarios que ganaran por la mano, se determinó pasar a Nápoles para verse con su tío el rey de Aragón, que por sus cartas le llamaba, y con determinación que, si movido de su justicia y razón no le ayudaba, de pasar su vida en destierro. De camino visitó al pontífice, al cual se quejó de la aspereza de su padre y de su ambición. Ofrecía que de buena gana pondría en manos de su Santidad todas aquellas diferencias y pasaría por lo que determinase; no se hizo algún efecto. Partió de Roma por la vía Apia, y en Nápoles fue recibido bien y tratado muy regaladamente. Sólo le reprendió el rey, su tío, amorosamente por haber tomado las armas contra su padre. Que si bien la razón y justicia estuviese claramente de su parte, debía obedecer y sujetarse al que le engendró y disimular el dolor que tenía conforme a las leyes divinas, que no discrepan de las humanas. A todo esto se excusó el príncipe en pocas palabras de lo hecho, y en lo demás dijo se ponía en sus manos, presto de hacerlo que fuese su voluntad y merced. «Cortad, señor, por donde os diere contento; solamente os acordad que todos los hombres cometemos yerros, hacemos y tenemos faltas; éste peca en una cosa, y aquel en otra. ¿Por ventura los viejos no cometisteis en la mocedad cosas que podían reprehender vuestros padres? Piense pues mi padre que yo soy mozo, y que él mismo en algún tiempo lo fue».

 

 

 

 

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Después de esto, un hombre principal, llamado Rodrigo Vidal, enviado de Nápoles sobre el caso a España, trataba muy de veras de concertar aquellas diferencias. Desbarató estos tratados un nuevo caso, y fue que los parciales del príncipe, sin embargo que estaba ausente, le alzaron por rey en Pamplona, que fue causa luego que se supo de dejar por entonces de tratar de la paz. El rey de Castilla, a instancia del de Navarra, que para el efecto entregó en rehenes a su hijo don Fernando, se partió de la ciudad de Vitoria por el mes de marzo, y tuvo habla con él en la villa de Alfuro. Halláronse presentes las reinas de Castilla y de Aragón. Los regocijos y fiestas en estas vistas fueron grandes. Asentáronse paces entre los dos reyes. Demás de esto, por diligencia de don Luis Dezpuch, maestre de Montesa, que de nuevo venía por embajador del rey de Aragón, y a su persuasión se revocó la liga que tenían asentada entre el de Foix y el navarro, y todas las diferencias de aquel reino de Navarra por consentimiento de las partes y por su voluntad se comprometieron en el rey de Aragón como juez árbitro. La esperanza que todos de estos principios concibieron de una paz duradera después de tantas alteraciones y que con tanto cuidado se encaminaba salió vana y fue de poco efecto, como se verá adelante.

 

En el Andalucía los reales de Castilla y la gente estaban cerca de la frontera de los moros. El rey don Enrique, despedidas las vistas, llegó allá por el mes de abril. Con su venida se hizo entrada por tierra de moros, no con menor ímpetu que antes ni con menor ejército. Llegaron hasta dar vista a la misma ciudad de Granada. Talaban los campos y ponían fuego a los sembrados. Sin esto, cierto número de los nuestros se adelantó sin orden de sus capitanes para pelear con los enemigos, que por todas partes se mostraban. Eran pocos, y cargó mucha gente de los contrarios; así, fueron desbaratados con muerte de algunos, y entre ellos de Garci Laso, que era un caballero de Santiago de grande valor y esfuerzo. Este revés y la pérdida de persona tan noble irritó al rey de suerte, que no sólo quemó las mieses, como lo tenía antes de costumbre, sino que puso fuego a las viñas y arboledas, a que no solían antes tocar. Demás de esto, en un pueblo que tomaron por fuerza, llamado Mena, pasaron todos los moradores a cuchillo sin perdonar a chicos ni a grandes ni aún a las mismas mujeres; que fue grande crueldad, pero con que se vengaron del atrevimiento y daño pasado. Con estos daños quedaron tan humillados los moros, que pidieron y alcanzaron perdón. Concertaron treguas por algunos años, con

 

 

 

 

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que pagasen cada un año de tributo doce mil ducados y pusiesen en libertad seiscientos cautivos cristianos, y si no los tuviesen, supliesen el número con dar otros tantos moros. Érales afrentosa esta condición; pero el espanto que les entró era tan grande, que les hizo allanarse y pasar por todo.

 

Añadióse en el concierto que sin embargo quedase abierta la guerra por las fronteras de Jaén, do quedó por general don García Manrique, conde de Castañeda, con dos mil hombres de a caballo. Para ayuda a esta guerra envió el papa Calixto al principio de este año una bula de la cruzada para vivos y muertos, cosa nueva en España. Predicóla fray Alonso de Espina, que avisó al rey en Palencia, do estaba, que el dinero que se llegase no se podía gastar sino en la guerra contra moros. Traía facultad para que en el artículo de la muerte pudiese el que fuese a la guerra o acudiese para ella con doscientos maravedíes ser absuelto por cualquier sacerdote de sus pecados, puesto que perdida la habla, no pudiese más que dar señales de alguna contrición; item, que los muertos fuesen libres de purgatorio; concedióse por espacio de cuatro años. Juntáronse con ella casi trescientos mil ducados; ¡cuán poco de todo esto se gastó contra los moros!

 

Concluida la guerra, vino de Roma a Madrid un embajador que traía al rey de parte del papa un estoque y un sombrero, que se acostumbra de bendecir la noche de Navidad y enviar en presente a los grandes príncipes, cual se entendía por la fama era don Enrique. Traía también cartas muy honoríficas para el rey. No hay alegría entera en este mundo; a la sazón vino nueva que el conde de Castañeda, como fuese en busca de cierto escuadrón de moros, cayó en una celada, y él quedó preso y gran número de los suyos destrozados. Pusieron en su lugar otro general de más ánimo, más prudencia y entereza. El conde fue rescatado por gran suma de dinero, y las treguas mudaron en paces, que fue el remate de esta guerra de los moros y principio de cosas nuevas.

 

En Italia estaba la ciudad de Génova puesta en armas, dividida en parcialidades; el rey de Aragón favorecía a los Adornos; Juan, duque de Lorena, hijo de Renato, duque de Anjou, que se llamaba duque de Calabria, era venido para acudir a los Fregosos, bando contrario. El cuidado en que estos movimientos pusieron fue tanto mayor porque el rey de Aragón adoleció a 8 de mayo del año 1458 de una enfermedad que de repente le sobrevino en Nápoles. De ella estuvo trabajado en Castelnovo

 

 

 

 

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hasta los 13 de junio. Agravábasele el mal; mandóse llevar a Castel del Ovo. Las bascas de la muerte hacen que todo se pruebe; no prestó nada la mudanza del lugar; rindió el alma a 27 de junio al quebrar del alba.

 

Príncipe en su tiempo muy esclarecido, y que ninguno de los antiguos le hizo ventaja, lumbre y honra perpetua de la nación española. Entre otras virtudes hizo estima de las letras, y tuvo tanta afición a las personas señaladas en erudición, que, aunque era de gran edad, se holgaba de aprehender de ellos y que le enseñasen. Tuvo familiaridad con Laurencio Valla, con Antonio Panhormita y con Georgio Trapezuncio, varones dignos de inmortal renombre por sus letras muy aventajadas. Sintió mucho la muerte de Bartolomé Faccio, cuya historia anda de las cosas de este rey, que falleció por el mes de noviembre próximo pasado. Como una vez oyese que un rey de España era de parecer que el príncipe no se debe dar a las letras, replicó que aquella palabra no era de rey, sino de buey. Cuéntanse muchas gracias, donaires y dichos agudos de este príncipe para muestra de su grande ingenio, elegante, presto y levantado; mas no me pareció referirlos aquí. Poco antes de su muerte se vio un cometa entre Cáncer y León con la cola que tenía la largura de dos signos o de sesenta grados, cosa prodigiosa, y que, según se tiene comúnmente, amenaza a las cabezas de grandes príncipes.

 

Otorgó su testamento un día antes de su muerte. En él nombró a don Juan, su hermano, rey que era de Navarra, por su sucesor en el reino de Aragón; el de Nápoles como ganado por la espada mandó a su hijo don Fernando, ocasión en lo de adelante de grandes alteraciones y guerras. De la reina, su mujer, no hizo mención alguna. Hubo fama, y así lo atestiguan graves autores, que trató de repudiarla y de casarse con una su combleza, llamada Lucrecia Alania. Hállase una carta del pontífice Calixto toda de su mano para la reina, en que dice que le debía más que a su madre, pero que no conviene se sepa cosa tan grande. Que Lucrecia vino a Roma con acompañamiento real, pero que no alcanzó lo que principalmente deseaba y esperaba, porque no quiso ser juntamente con ellos castigado por tan grave maldad. El mayor vicio que se puede tachar en el rey don Alonso fue éste de la incontinencia y poca honestidad. Verdad es que dio muestras de penitencia en que a la muerte confesó sus pecados con grande humildad, y recibió los demás sacramentos a fuer de buen cristiano. Mandó otrosí que su cuerpo sin túmulo alguno, sino en lo llano y a la

 

 

 

 

 

 

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misma puerta de la iglesia, fuese enterrado en Poblet, entierro de sus antepasados, que fue señal de modestia y humildad.

 

Falleció por el mismo tiempo don Alonso de Cartagena, obispo de Burgos, cuyas andan algunas obras, como de suso se dijo; una breve historia en latín de los reyes de España, que intituló Anacefaleosis, sin los demás libros suyos, que la Valeriana refiere por menudo, y aquí no se cuentan. Por su muerte en su lugar fue puesto don Luis de Acuña.

 

 

 

 

XIX. Del pontífice Pío II

 

Con la muerte del rey don Alonso se acabó la paz y sosiego de Italia; las fuerzas otrosí del reino de Nápoles fueron trabajadas, que parecía estar fortificadas contra todos los vaivenes de la fortuna. Una nueva y cruelísima guerra que se emprendió en aquella parte lo puso todo en condición de perderse; con cuyo suceso, más verdaderamente se ganó de nuevo que se conservó lo ganado. Tenía el rey don Fernando de Nápoles ingenio levantado, cultivado con los estudios de derechos, y era no menos ejercitado en las armas, dos ayudas muy a propósito para gobernar su reino en guerra y en paz. No reconocía ventaja a ninguno en luchar, saltar, tirar ni en hacer mal a un caballo. Sabía sufrir los calores, el frío, la hambre, el trabajo. Era muy cortés y modesto; a todos recogía muy bien, a ninguno desabría, y a todos hablaba con benignidad. Todas estas grandes virtudes no fueron parte para que no fuese aborrecido de los barones del reino, que conforme a la costumbre natural de los hombres deseaban mudanza en el estado.

 

Cuanto a lo primero, don Carlos, príncipe de Viana, fue inducido por muchos a pretender aquel reino como a él debido por las leyes. Decían que don Fernando era hijo bastardo, que no fue nombrado y jurado por votos libres del reino, antes por fuerza y miedo fueron los naturales forzados a dar consentimiento. Daba él de buena gana oído a estas invenciones, y más le faltaban las fuerzas que la voluntad para intentar de apoderarse de aquel reino. Algunos se le ofrecían, pero no se fiaba, por ver que es cosa más fácil prometer que cumplir, especial en semejantes materias. No pudieron estos tratos estar secretos. Recelóse del nuevo rey, y así determinó en ciertas naves de pasar a Sicilia para esperar allí qué término aquellos

 

 

 

 

 

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negocios tomarían. En el tiempo que anduvo desterrado por aquellas partes tuvo en una mujer baja, llamada Capa, dos hijos, que se dijeron, el uno don Felipe, y el otro don Juan; demás de estos en María Armendaria, mujer que fue de Francisco de Barbastro, una hija, que se llamó doña Ana, y casó con don Luis de la Cerda, primer duque de Medinaceli. Sin embargo de los tratos dichos, doce mil ducados de pensión que el rey don Alonso dejó en su testamento cada un año a este príncipe desterrado, su hijo el rey don Fernando mandó se le pagasen.

 

Con la ida del príncipe don Carlos a Sicilia no se sosegaron los señores de Nápoles, antes el príncipe de Tarento y el marqués de Cotron enviaron a solicitar a don Juan, el nuevo rey de Aragón, para que viniese a tomar aquel reino. Él fue más recatado; que contento con lo seguro y con las riquezas de España, no hizo mucho caso de las que tan lejos le caían. Partió de Tudela, y sabida la muerte de su hermano, llegado a Zaragoza por el mes de julio, tomó posesión del reino de Aragón, no como vicario y teniente, que ya lo era, sino como propietario y señor.

La tempestad que de parte del pontífice Calixto, de quien menos se temía, se levantó, fue mayor. Decía que no se debía dar aquel reino feudatario de la Iglesia romana a un bastardo, y pretendía que por el mismo caso recayó en su poder y de la Silla Apostólica. Sospechábase que eran colores y que buscaba nuevos estados para don Pedro de Borgia, que había nombrado por duque de Espoleto, ciudad en la Umbría; ambición fuera de propósito y poco decente a un viejo que estaba en lo postrero de su edad olvidado del lugar de que Dios le levantó. Parecía con esto que Italia se abrasaría en guerra; temían todos no se renovasen los males pasados. Deseaba el rey don Fernando aplacar el ánimo apasionado del pontífice y ganarle; con este intento le escribió una carta de este tenor y sustancia:

 

«Estos días en lo más recio del dolor y de mi trabajo avisé a vuestra Santidad la muerte de mi padre; fue breve la carta como escrita entre las lágrimas. Al presente, sosegado algún tanto el lloro, me pareció avisar que mi padre un día antes de su muerte me encargó y mandó ninguna cosa en la tierra estimase en más que vuestra gracia y autoridad; con la santa Iglesia no tuviese debates, aún cuando yo fuese el agraviado, que pocas veces suceden bien semejantes desacatos. A estos consejos muy saludables, para sentirme más obligado, se allegan los beneficios y regalos que tengo recibidos, ca no me puedo olvidar que desde los

 

 

 

 

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primeros años tuve a vuestra Santidad por maestro y guía; que nos embarcamos juntos en España, y en la misma nave llegamos a la riberas de Italia, no sin providencia de Dios, que tenía determinado para el uno el sumo pontificado, y para mí un nuevo reino y muestra muy clara de nuestra felicidad y de la concordia muy firme de nuestros ánimos. Así pues, deseo ser hasta la muerte de a quien desde niño me entregué, y que me reciba por hijo, o más aína que, pues me tiene ya recibido por tal, me trate con amor y regalo de padre, que yo confio en Dios en mí no habrá falta de agradecimiento ni de respeto debido a obligaciones tan grandes. De Nápoles, 1 de julio».

 

No se movió el pontífice en alguna manera por esta carta y promesas, antes comenzó a solicitar los príncipes y ciudades de Italia para que tomasen las armas; grandes alteraciones y pláticas, que todas se deshicieron con su muerte. Falleció a 6 de agosto, muy a propósito y buena sazón para las cosas de Nápoles. Fue puesto en su lugar Eneas Silvio, natural de Sena, del linaje de los Picolominis, que cumplió muy bien con el nombre de Pío II que tomó en restituir la paz de Italia y en la diligencia que usó para renovar la guerra contra los turcos. Nombró por rey de Nápoles a don Fernando; solamente añadió esta cortapisa, que no fuese visto por tanto perjudicar a ninguna otra persona. Convocó concilio general de obispos y príncipes de todo el orbe cristiano para la ciudad de Mantua con intento de tratar de la empresa contra los turcos.

 

No se sosegaron por esto las voluntades de los napolitanos ya una vez alterados. Los calabreses tomaron las armas, y Juan, duque de Lorena, con una armada de veinte y tres galeras, llamado de Génova, do a la sazón se hallaba, aportó a la ribera de Nápoles. El principal atizador de este fuego era Antonio Centellas, marqués de Girachi y Cotron, que pretendía con aquella nueva rebelión vengar en el hijo los agravios recibidos del rey don Alonso, su padre, sin reparar por satisfacerse de anteponer el señorío de franceses al de España, si bien su descendencia y alcurnia de su casa era de Aragón; tanto pudo en su ánimo la indignación y la rabia que le hacía despeñar. Fueron estas alteraciones grandes y de mucho tiempo, y sería cosa muy larga declarar por menudo todo lo que en ellas pasó.

 

Dejadas pues estas cosas, volveremos a España con el orden y brevedad que llevamos. En Castilla el rey don Enrique levantaba hombres bajos a lugares altos y dignidades; a Miguel Lucas de Iranzu, natural de Belmonte, villa de la Mancha, muy privado suyo, nombró por condestable,

 

 

 

 

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y le hizo demás de esto merced de la villa de Ágreda y de los castillos de Veratón y Bozmediano. A Gómez de Solís, su mayordomo, que se llamó Cáceres del nombre de su patria, los caballeros de Alcántara a contemplación del rey le nombraron por maestre de aquella orden en lugar de don Gutierre de Sotomayor. A los hermanos de estos dos dio el rey nuevos estados. A Juan de Valenzuela el priorato de San Juan. Pretendía con esto oponer, así estos hombres como otros de la misma estofa, a los grandes que tenía ofendidos, y con subir unos, abajar a los demás; artificio errado, y cuyo suceso no fue bueno.

 

El mismo rey en Madrid, do era su ordinaria residencia, no atendía a otra cosa sino a darse a placeres, sin cuidado alguno del gobierno, para el cual no era bastante. Su descuido demasiado le hizo despeñarse en todos los males, de que da clara muestra la costumbre que tenía de firmar las provisiones que le traían, sin saber ni mirar lo que contenían. Estaba siempre sujeto al gobierno de otro, que fue gravísima mengua y daño, y lo será siempre. Las rentas reales no bastaban para los grandes gastos de su casa y para lo que derramaba; Avisóle de esto en cierta ocasión Diego Arias, su tesorero mayor. Díjole parecía debía reformar el número de los criados, pues muchos consumían sus rentas con salarios que llevaban, sin ser de provecho alguno ni servir los oficios a que eran nombrados. Este consejo no agradó al rey; así, luego que acabó de hablar, le respondió de esta manera: «Yo también si fuese Arias tendría más cuenta con el dinero que con la benignidad. Vos habláis como quien sois; yo haré lo que a rey conviene, sin tener algún miedo de la pobreza ni ponerme en necesidad de inventar nuevas imposiciones. El oficio de los reyes es dar y derramar y medir su señorío, no con su particular, sino enderezar su poder al bien común de muchos, que es el verdadero fruto de las riquezas; a unos damos porque son provechosos, a otros porque no sean malos». Palabras y razones dignas de un gran príncipe, si lo demás conformara y no desdijera tanto de la razón.

 

Verdad es que con aquella su condición popular ganó las voluntades del pueblo de tal manera, que en ningún tiempo estuvo más obediente a su príncipe; por el contrario, se desabrió la mayor parte de los nobles. Quitaron a Juan de Luna el gobierno de la ciudad de Soria y le echaron preso; todo esto por maña de don Juan Pacheco, que pretendía por este camino para su hijo don Diego una nieta de don Álvaro de Luna, que dejó don Juan de Luna, su hijo, ya difunto, y al presente estaba en poder de

 

 

 

 

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aquel gobernador de Soria por ser pariente y su mujer tía de la doncella. Pretendía con aquel casamiento, por ser aquella señora heredera del condado de Santisteban, juntar aquel estado, como lo hizo, con el suyo. Asimismo con la revuelta de los tiempos el adelantado de Murcia Alonso Fajardo se apoderó de Cartagena y de Lorca y de otros castillos en aquella comarca. Envió el rey contra él a Gonzalo de Saavedra, que no solo le echó de aquellas plazas, sino aún le despojó de los pueblos paternos, y tuvo por grande dicha quedar con la vida. Falleció a la misma sazón el marqués de Santillana. Dejó estos hijos: don Diego, que le sucedió, don Pedro, que era entonces obispo de Calahorra, don Íñigo, don Lorenzo y don Juan y otros, de quien descienden linajes y casas en Castilla muy nobles. También la reina viuda de Aragón falleció en Valencia a 4 de septiembre; su cuerpo enterraron en la Trinidad, monasterio de monjas de aquella ciudad. El entierro ni fue muy ordinario ni muy solemne. El premio de sus merecimientos en el cielo y la fama de sus virtudes en la tierra durarán para siempre.

 

Poco adelante el rey de Portugal con una gruesa armada que apercibió ganó en África de los moros, a 18 de octubre, día miércoles, fiesta de san Lucas, un pueblo llamado Alcázar, cerca de Ceuta. Acompañáronle en esta jornada don Femando, su hermano, duque de Viseo, y don Enrique, su tío. Duarte de Meneses quedó para el gobierno y defensa de aquella plaza, el cual con grande ánimo sufrió por tres veces grande morisma que después de partido el rey acudieron, y con encuentros que con ellos tuvo quebrantó su avilenteza y atrevimiento; caudillo en aquel tiempo señalado y guerrero sin par.

 

De Sicilia envió don Carlos, príncipe de Viana, embajadores a su padre para ofrecer, si le recibía en su gracia, se pondría en sus manos y le sería hijo obediente; que le suplicaba perdonase los yerros de su mocedad como rey y como padre. No eran llanas estas ofertas. En el mismo tiempo solicitaba al rey de Francia y a Francisco, duque de Bretaña, hiciesen con él liga; liviandad de mozo y muestra del intento que tenía de cobrar por las armas lo que su padre no le diese. Esto junto con recelarse de los sicilianos, que le mostraban grande afición, no le alzasen por su rey, hizo que su padre le otorgó el perdón que pedía; con que a su llamado llegó a las riberas de España por principio del año 1459. Desde allí pasó a Mallorca para entretenerse y esperar lo que su padre le ordenaba; no tenía ni mucha esperanza ni ninguna que le entregaría el reino de su madre. La

 

 

 

 

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muerte, que le estaba muy cerca, como suele, desbarató todas sus trazas. Los trabajos continuados hacen despeñar a los que los padecen, y a veces los sacan de juicio.

 

Pedía por sus embajadores, que eran personas principales, que su padre le perdonase a él y a los suyos y pusiese en libertad al condestable de Navarra don Luis de Biamonte, con los demás que le dio los años pasados en rehenes. Que le hiciese jurar por príncipe y heredero y le diese libertad y licencia para residir en cualquier lugar y ciudad que quisiese fuera de la corte. Que sus estados de Viana y de Gandía acudiesen a él con las rentas, y no se las tuviese embargadas. Debajo de esto ofrecía de quitar las guarniciones de las ciudades y castillos que por él se tenían en Navarra. Llevaba muy mal que su hermana doña Leonor, mujer del conde de Foix, estuviese puesta y encargada del gobierno de aquel reino, y así pedía también se mudase esto. Gastóse mucho tiempo en consultar; al fin ni todo loque pedía le otorgaron, ni aún lo que le prometieron se lo cumplieron con llaneza. Decíase y creía el pueblo que todo procedía de la reina, que como madrastra aborrecía al príncipe y procuraba su muerte, por temer y recelarse no le iría bien a ella ni a sus hijos si el príncipe don Carlos llegase a suceder en los reinos de su padre.

 

 

 

 

XX.  De ciertos pronósticos que se vieron en Castilla

 

La semilla de grandes alteraciones que en Castilla todavía duraba en breve brotó y llegó a rompimiento. El rey, demás de su poco orden, se daba a locos amores sin tiento, y sin tener cuidado del gobierno. Primero estuvo aficionado a Catalina de Sandoval, la cual dejó porque consintió que otro caballero la sirviese; sin embargo, poco después la hizo abadesa en Toledo del monasterio de monjas de San Pedro de las Dueñas, que estuvo en el sitio que hoy es el hospital de Santa Cruz. El color era que tenían necesidad de ser reformadas; buen título, pero mala traza, pues no era para esto a propósito la amiga del rey; a su enamorado Alonso de Córdoba hizo cortar la cabeza en Medina del Campo. En lugar de Catalina de Sandoval entró doña Guiomar, con quien ninguna, fuera de la reina, se igualaba en apostura, de que entre las dos resultaron competencias. A la dama

 

 

 

 

 

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favorecía don Alonso de Fonseca, que ya era arzobispo de Sevilla; a la reina el marqués de Villena. Con esto toda la gente de palacio se dividió en dos bandos, y la criada se ensoberbecía y engreía contra su ama. Llegaron a malas palabras y riñas, dijéronse baldones y afrentas, sin que ninguna de ellas pusiese nada de su casa. Llegó el negocio a que la reina un día puso las manos con cierta ocasión en la dama y la mesó malamente, cosa que el rey sintió mucho e hizo demostración de ello.

 

Añadióse otra torpeza nueva, y fue que don Beltrán de la Cueva, mayordomo de la casa real y muy querido del rey, a quien el rey diera riquezas y estado, halló entrada a la familiaridad de la reina sin tener ningún respeto a la majestad ni a la fama. El pueblo, que de ordinario se inclina a creer lo peor y a nadie perdona, echaba a mala parte esta conversación y trato; algunos también se persuadían que el rey lo sabía y consentía para encubrir la falta que tenía de ser impotente; torpeza increíble y afrenta. Puédese sospechar que gran parte de esta fábula se forjó en gracia de los reyes don Fernando y doña Isabel cuando el tiempo adelante reinaron; y que le dio probabilidad la flojedad grande y descuido de este príncipe don Enrique, junto con el poco recato de la reina y su soltura. Los años adelante creció esta fama cuando por la venida de un embajador de Bretaña, don Beltrán, en un torneo que se hizo entre Madrid y el Pardo fue mantenedor, y acabado el torneo, hizo un banquete más espléndido y abundante que ningún particular le pudiera dar. De que recibió tanto contento el rey don Enrique, que en el mismo lugar en que hicieron el torneo, mandó para memoria edificar un monasterio de frailes jerónimos, del cual sitio por ser malsano se pasó al en que de presente está cerca de Madrid.

 

A ejemplo de los príncipes, el pueblo y gente menuda se ocupaba en deshonestidades sin poner tasa ni a los deleites ni a las galas. Los nobles sin ningún temor del rey se hermanaban entre sí, quién por sus particulares intereses, quién con deseo de poner remedio a males y afrentas tan grandes. Hubo en un mismo tiempo muchas señales que pronosticaban, como se entendía, los males que por estas causas amenazaban. Éstas fueron una grande llama que se vio en el cielo, que dividiéndose en dos partes, la una discurrió hacia levante y se deshizo, la otra duró por un espacio. Item, en el distrito de Burgos y de Valladolid cayeron piedras muy grandes, que hicieron grande estrago en los ganados. En Peñalver, pueblo del Alcarria, en el reino de Toledo, se dice que un infante de tres años

 

 

 

 

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anunció los males y trabajos que se aparejaban si no hacían penitencia y se enmendaban. Entre los leones del rey en Segovia hubo una grande carnicería, en que los leones menores mataron al mayor y comieron alguna parte de él; cosa extraordinaria asaz. No faltó gente que pensase y aún dijese, por ser aquella bestia rey de los otros animales, que en aquello se pronosticaba que el rey sería trabajado de sus grandes.

 

El pueblo, atemorizado con todas estas señales y pronósticos, hacía procesiones y votos para aplacar la saña de Dios. Lo que importa más, las costumbres no se mejoraron en nada; en especial era grande la disolución de los eclesiásticos; a la verdad se halla que por este tiempo don Rodrigo de Luna, arzobispo de Santiago, de las mismas bodas y fiestas arrebató una moza que se velaba, para usar de ella mal; grande maldad y causa de alborotarse los naturales debajo de la conducta de don Luis Osorio, hijo del conde de Trastámara. En enmienda de caso tan atroz despojaron aquel hombre facineroso y malvado de su silla y de todos sus bienes. Su fin fue conforme a su vida y a sus pasos; lo que le quedó da la vida pasó en pobreza y torpezas, aborrecido de todos por sus vicios e infame por aquel exceso tan feo. De esta forma en breve penó el breve gusto que tomó de aquella maldad con gravísimos y perpetuos males, con que por justo juicio de Dios fue, como lo tenía bien merecido, rigurosamente castigado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMOTERCIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Del concilio de Mantua

 

Las cosas ya dichas pasaban en España en sazón que el pontífice Pío enderezaba su camino para la ciudad de Mantua, do a su llamado de cada día acudían prelados y príncipes en gran número. De España enviaron por embajadores para asistir en el concilio el rey de Castilla a Íñigo López de Mendoza, señor de Tendilla; el rey de Aragón a don Juan Melguerite, obispo de Elna, en el condado de Rosellón, y a su mayordomo Pedro Peralta. Solicitaba el pontífice los de cerca y los de lejos para juntar sus fuerzas contra el común enemigo. David, emperador de Trapisonda, ciudad muy antigua y que está asentada a la ribera del mar mayor que llaman Ponto Euxino, y Usumcasam, rey de Armenia, y Georgio, que se intitulaba rey de Persia, prometían, por ser ellos los que estaban los más cerca del peligro, de ayudar a esta empresa con grandes huestes de a caballo y de a pie, y por mar con una gruesa armada. El padre santo no se aseguraba mucho que tendrían efecto estas promesas. De las naciones y provincias del occidente se podía esperar poca ayuda, por las diferencias domésticas y civiles que en Italia, Francia y España prevalecían, por cuyo respeto y en su comparación no hacían mucho caso de la causa común del nombre cristiano. Es así, que el desacato de la religión y daño público causa poco sentimiento si punza el deseo de vengar los particulares agravios. Sin embargo de todas estas dificultades, no desmayó el pontífice; antes determinado de probarlo todo y hacer lo que en su mano fuese, en una junta muy grande de los que concurrieron al concilio de todo el mundo hizo un razonamiento muy a propósito del tiempo, cosa a él fácil por ser persona muy elocuente y que desde su primera edad profesó la retórica y arte del bien hablar. Declaró con lágrimas la caída de aquel nobilísimo imperio de Grecia, tantos reinos oprimidos, tantas provincias quitadas a los cristianos, donde Cristo, hijo de Dios, por tantos siglos fue santísimamente acatado, de donde gran número de varones santísimos y eruditísimos salieron, allí prevalecía la impiedad y superstición de Mahoma.

 

«Si va a decir verdad, no por otra causa sino por haberlos nosotros desamparado se ha recibido este daño y esta llaga tan grande. A lo menos ahora conservad estas reliquias medio muertas de cristianos. Si la afrenta

 

 

 

 

 

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pública no basta a moveros, el peligro que cada uno corre le debe despertar a tomar las armas. Conviene que todos nos juntemos en uno para que cada cual por sí, si nos descuidamos, no seamos robados, escarnecidos y muertos. Tenemos un enemigo espantable y que por tantas victorias se ha hecho más insolente; si vence, sabe ejecutar la victoria y sigue su fortuna con gran ferocidad; si es vencido, renueva la guerra contra los vencedores no con menos brío que antes, tanto más nos debemos despertar. No podrá ser bastante contra las fuerzas de los nuestros si se juntan en uno, mayormente que Dios, al cual tenemos airado por nuestras ordinarias diferencias, a los que fueren concordes será favorable. Poned los ojos en los antiguos caudillos y en las grandes victorias que en la Siria los nuestros unidos y conformes ganaron contra los bárbaros. Los que somos fuertes y diestros para las diferencias civiles y domésticas, ¿por ventura seremos cobardes y descuidados para no acudir al peligro común y vengar la afrenta de la religión cristiana? ¿Hay alguno que se ofrezca por caudillo para esta guerra sagrada? ¿Hay quien lleve delante en sus hombros el estandarte de la cruz de Cristo, hijo de Dios, para que le sigan los demás? ¿Hay quien quiera ser soldado de Cristo? Ofrezcámonos por capitanes, que no faltarán varones fuertes y diestros y soldados muy nobles que se conformen en su valor y esfuerzo y parezcan a sus antepasados. Determinado estoy, si todos faltaren, ofrecerme por alférez y caudillo en esta tan santa guerra. Yo con la cruz entraré y romperé por medio de las haces y huestes de los enemigos, y con nuestra sangre, si no se ganare la victoria, por lo menos aplacaré la ira de Dios e inflamaré con mi ejemplo vuestros ánimos para hacer lo mismo; que resuelto estoy de hacer este postrero esfuerzo y servicio a Cristo y a la Iglesia, a quien debo todo lo que soy y lo que puedo».

 

Movíanse los que se hallaron presentes con el razonamiento del pontífice; más los embajadores de los príncipes gastaban el tiempo en sus particulares contiendas y controversias, y así todo este esfuerzo salió vano. En especial Juan, duque de Lorena, hijo de Renato, duque de Anjou, se quejaba mucho que el papa hubiese confirmado el reino de Nápoles y dado la investidura de aquel estado a don Fernando, su enemigo. A causa de estos debates no se pudo en la principal empresa pasar adelante; de palabra solamente se decretó la guerra sagrada.

 

El papa asimismo publicó una bula en que, al contrario de lo que sintió en conformidad de los padres de Basilea antes que fuese papa, proveyó

 

 

 

 

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que ninguno pudiese apelar de la sentencia del romano pontífice para el concilio general; con esto se disolvió el concilio el octavo mes después que se abrió. Los embajadores de Aragón, despedido el concilio, fueron a Nápoles a dar el parabién del nuevo reino al rey don Fernando. Íñigo López de Mendoza alcanzó del pontífice un jubileo para los que acudiesen con cierta limosna; del dinero edificó en su villa de Tendilla un principal monasterio de frailes isidros con advocación de Santa Ana.

 

En este comedio a su hermano don Diego de Mendoza quitaron la ciudad de Guadalajara, de que sin bastante título se apoderara. El comendador Juan Fernández Galindo, caudillo de fama, con seiscientos caballos que el rey le dio, la tomó de sobresalto. Agraviáronse de esto los demás grandes; ocasión de nuevos desabrimientos y de que se ligasen entre sí de nuevo en deservicio de su rey. El almirante don Fadrique atizaba los disgustos; convidó a su yerno el rey de Aragón para se juntar con los grandes disgustados y alterados y mover guerra a Castilla. Entraban en este acuerdo el arzobispo de Toledo y don Pedro Girón, maestre de Calatrava, y los Manriques, linaje poderoso en riquezas y aliados, y ahora de nuevo se les ayuntaron los Mendozas por estar irritados con este nuevo, que llamaban agravio. El color y voz que tomaron era honesto, es a saber, reformar el estado de las cosas, estragado sin duda en muchas maneras. Estos intentos y tratos no podían estar secretos; don Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, dio aviso de lo que pasaba al rey don Enrique.

 

El premio que le dieron por este aviso fue la iglesia de Santiago, que a la sazón vacó por muerte de don Rodrigo de Luna, y se dio a un pariente suyo, llamado también don Alonso de Fonseca, deán que era de Sevilla. Estaba apoderado de los derechos de aquella iglesia, como poco antes queda dicho, don Luis Osorio, confiado en el poder de don Pedro, su padre, conde de Trastámara. Era menester para reprimirle persona de autoridad; por esto los dos arzobispos permutaron sus iglesias, y con consentimiento del rey don Alonso de Fonseca, el más viejo, pasó de Sevilla a ser arzobispo de Santiago. La iglesia de Pamplona por muerte de don Martín de Peralta se encomendó al cardenal Besarion, griego de nación, persona de grande erudición y de vida muy santa, para que, sin embargo de estar ausente, la gobernase y gozase de la renta de aquella dignidad y obispado.

 

 

 

 

 

 

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II. Cómo Scanderberquio pasó en Italia

 

Las alteraciones de Nápoles eran las que principalmente entretenían los intentos del pontífice Pío, que de noche y de día no pensaba sino en cómo daría principio a la guerra sagrada contra los turcos. El fuego se emprendía de nuevo entre Juan, hijo de Renato, y el nuevo rey don Fernando; las voluntades de Italia estaban divididas entre los dos, y la mayor parte de la nobleza napolitana, cansada del señorío de Aragón, se inclinaba a los angevinos. ¿Con qué esperanza? ¿Con qué fuerzas? El ciego ímpetu de sus corazones hizo que antepusiesen lo dudoso a lo cierto.

El primero que tomó las armas fue Antonio Centellas, marqués de Croton. Con la mudanza de los tiempos alcanzara la libertad, y ardía en deseo de vengarse; mas el rey ganó por la mano, desbarató sus intentos, y púsole de nuevo en prisión con gran presteza. Quedaba Martín Marciano, duque de Sesa, que sin respeto del deudo que tenía con el rey, ca estaba casado con doña Leonor, su hermana, se hizo caudillo de los rebeldes. Fue grande este daño: muchos movidos por su ejemplo se juntaron con esta parcialidad, y entre ellos el príncipe de Tarento, primero de secreto y después descubiertamente, y con él Antonio Caldora y Juan Paulo, duque de Sora; el número de los nobles de menor cuantia no se puede contar.

 

Francisco Esforcia, duque de Milán, en el tiempo que se celebraba el concilio de Mantua, do vino en persona, aconsejó al pontífice híciese liga con el rey don Fernando; que echados los franceses de Italia, se allanaría todo lo demás que impedía el poner en ejecución la guerra contra los turcos. Al pontífice pareció bien este consejo, mas no era fácil ejecutarle a causa que el rey don Fernando, cercado dentro de Barleta, ciudad de la Pulla, se hallaba sin fuerzas bastantes para defenderse en aquel trance y peligro que de repente le sobrevino. Estaba muy lejos y el enemigo apoderado de los pasos; por esto no podía el pontífice enviarle socorro por tierra.

Determinó despachar sus embajadores al Epiro o Albania para llamar en ayuda del rey a Georgio Scanderberquio, que era en aquel tiempo, por las muchas victorias que ganara de los turcos, capitán muy esclarecido. Él, sabida la voluntad del pontífice y movido por los ruegos del rey de Nápoles, que envió por su parte a pedir le asistiese, no le pareció dejar pasar ocasión tan buena de servir a la religión cristiana y mostrar su buen deseo. Envió delante a Coico Strofio, pariente suyo, acompañado de

 

 

 

 

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quinientos caballos albaneses. Él mismo se aprestaba con intento de ir en persona a aquella empresa; para hacerlo le daban lugar las treguas que tenía asentadas con los turcos por tiempo de un año. Juntada pues una armada, pasó a Ragusa, ciudad que se entiende llamaron los antiguos Epidauro. Desde allí aportó a Barleta, por ser la travesía del mar muy breve. Fue su venida tan a propósito, que los enemigos no se atrevieron a aguardar, antes sin dilación, alzado el cerco, se fueron de allí bien lejos.

 

Con este socorro don Fernando, y con gentes que todavía le vinieron de parte del pontífice y del duque de Milán, después de algunas escaramuzas y encuentros que tuvo con los enemigos, asentó sus reales cerca de Troya, ciudad de la Pulla, que se tenía por los rebeldes. Tenían los contrarios hechas sus estancias en Nucera, ciudad distante ocho millas. En medio de esta distancia y espacio se levanta el monte Segiano; quien de él primero se apoderase parecía se aventajaría a sus contrarios; así, en un mismo tiempo Scanderberquio por una parte, y Jacobo Picinino, un principal caudillo de los angevinos, por otra parte partieron para tomarle. Adelantáronse los albaneses por ser más ligeros y haberse puesto en camino antes que amaneciese; que la diligencia es importante, y más en la guerra. Luego que llegó el día, cada cual de las partes ordenó sus haces para pelear. Diose la señal de acometer; cerraron los unos y los otros con igual denuedo; duró la pelea hasta la tarde sin reconocerse ventaja; mas en fin vencidos, desbaratados y puestos en huida los angevinos, el campo y la victoria quedaron por los aragoneses, y juntamente el reino, corona y cetro.

 

En breve las ciudades y pueblos que se tenían por los enemigos se recobraron. Hecho esto, Scanderberquio un año después que vino, con grandes dones que el rey le dio, volvió a su tierra con sus soldados alegres y contentos por el buen tratamiento y los despojos que tomaron a los enemigos. En particular dio el rey a Scanderberquio por juro de heredad la ciudad de Trani, y los castillos de San Juan el Redondo y el de Siponto, en que está el famoso templo de San Miguel Arcángel, todo en el reino de Nápoles. Después de esto, vuelto a su tierra, ganó nuevas victorias de los turcos, con que se hizo más esclarecido y sin par por la perpetua felicidad que tuvo. Falleció siete años adelante, agravado de una dolencia que le sobrevino en Alesio, pueblo de su estado.

 

Dejó un hijo, llamado Juan, debajo de la tutela de venecianos. Sin embargo, le dejó mandado que hasta tanto que fuese de edad bastante para

 

 

 

 

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recobrar aquel estado y gobernarle se entretuviese en el reino de Nápoles con los pueblos y estado que el rey don Fernando le dio en premio de lo que le sirvió y ayudó. De esta cepa procedió la familia y alcurnia nobilísima en Italia de los Castriotos, marqueses que fueron de Civita de Santangelo, puesta en aquella parte del reino de Nápoles que se llama el Abruzo. Uno de estos señores, bisnieto del grande Scanderberquio, y a él muy semejante en el rostro y en el valor de su ánimo, Fernando Castrioto, marqués de Civita de Santángel, murió en la famosa batalla de Pavía, que se dio el año de 1525. Descuidóse de llevar cadenas en las riendas, que se cortaron, y el caballo le metió entre los enemigos sin poderse reparar.

 

Las cosas de Albania, luego que Scanderberquio murió, fueron de caída; tan grave es el reparo que muchas veces hace el esfuerzo y prudencia de un solo capitán, y en tanto grado es verdad que un hombre presta más que muchos.

En España don Carlos, príncipe de Viana, alcanzado de su padre perdón para sí y para los suyos, y con pacto que le darían cada un año cierta renta con que se sustentase, de Mallorca llegó a Barcelona a los 22 de marzo, año de 1460. No entendía el pobre príncipe que se le apresuraba su perdición. Tratábase por medio de embajadores, que de ambas partes se enviaron, de casarle con doña Catalina, hermana del rey de Portugal; ya que el negocio estaba para concluirse, don Enrique, rey de Castilla, le desbarató con una embajada que le despachó, en que iban el electo obispo de Ciudad Rodrigo, fraile de profesión, cuyo nombre no hallo, y Diego de Ribera, su aposentador mayor. Estos persuadieron a don Carlos antepusiese al casamiento de Portugal el de doña Isabel, hermana del rey don Enrique, especial que le ofrecían por medio de las fuerzas de Castilla alcanzaría de su padre, que tan duro se mostraba, todo lo que desease. Daba él de buena gana oídos a estas pláticas, y parecíale que este partido le venía mas a cuento; por tanto, cesó y se dejó de tratar del casamiento de Portugal. La infanta doña Catalina, perdida aquella esperanza, o lo más cierto, por su mucha santidad, se entró en el monasterio da Santa Clara de Lisboa, y en él estuvo hasta que murió a tiempo que de nuevo se trataba de casarla con el rey de Inglaterra Eduardo, cuarto de este nombre. El cuerpo de esta señora fue enterrado en la misma ciudad en San Eulogio. Dejó por su albacea a Jorge de Acosta que fue su ayo desde su primera edad; principio para subir a grandes dignidades, en particular de cardenal; falleció en Roma los años adelante.

 

 

 

 

 

 

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Al rey de Aragón avisó el almirante don Fadrique de lo que su hijo el príncipe don Carlos pretendía y los tratos que con el de Castilla traía; llamóle a Lérida, do a la sazón se tenían las Cortes de Cataluña, y las de Aragón en Fraga. Algunos le persuadían que no fuese, que se recelase de alguna zalagarda; pero él se determinó obedecer. Su padre le recibió con semblante alegre y rostro ledo, y le dio paz en el rostro; mas luego le mandó llevar preso, que fue a 2 de diciembre. Sintió esto mucho el príncipe, tanto más, que le sucedió muy fuera de lo que pensaba. Suelen las últimas miserias dar ánimo para hablar libremente:

 

«¿Dónde, dice, está la fe real y la seguridad dada, en particular a mí y concedida en común a todos los que vienen a las Cortes generales? ¿Qué quiere decir darme paz por una parte, y por otra ponerme en hierros y prisiones? Las ofensas pasadas, cualesquiera que hayan sido, ya me han sido perdonadas. ¿Qué delito he cometido de nuevo? Qué cosa he hecho para tratarme así? ¿Por ventura es justo que el padre se vengue del hijo y con nuestra sangre ensucie sus manos? Afuera tan gran maldad; afuera tan gran deshonra y afrenta de nuestra casa».

 

Decía estas cosas con ojos encendidos, grandes gritos y descomunales para que le oyesen todos y mover a los circunstantes; pero sin dejarle pasar adelante le llevaron a la prisión. Bramaba el pueblo, murmuraba y decía que eran embustes de su madrastra; los señores se hermanaban entre sí y prometían de no desistir hasta ver a su príncipe puesto en libertad.

 

 

 

 

III.    De la muerte de don Carlos, príncipe de Viana

 

Las paces que se asentaron con los moros y duraron al pie de tres años, al presente se quebrantaron con esta ocasión. Tenía Ismael, rey de Granada, dos hijos principales sobre los demás: el uno se llamaba Albohacen, y el otro Boabdelin. El Albohacen por no sufrir el ocio y con deseo de dar muestra de su esfuerzo, juntado que hubo un ejército de dos mil quinientos de a caballo y quince mil infantes, entró por las tierras del Andalucía; en todo el distrito de Estepa hizo grandes talas y daños y robó gran número de ganado. Avisado del daño don Rodrigo Ponce, hijo del conde de Arcos, acudió al peligro junto con Luis de Pernia, capitán de la guarnición que

 

 

 

 

 

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tenía Osuna. Recogieron hasta doscientos y sesenta de a caballo y seiscientos de a pie; con tanto fueron a verse con el enemigo, que iba cargado con la presa, y sin cuidado ninguno como quien tal cosa no temía, resueltos de quitársela y aún en ocasión combatirle. Las fuerzas de los nuestros eran pequeñas, y parecía locura pelear con tan grande morisma.

 

Ofrecióse una buena ocasión, que parte de los moros con la presa había pasado el río de las Yeguas, y en el postrer escuadrón quedaba sola la caballería. Advirtió esto don Rodrigo desde un ribazo cercano, y dado que los suyos temían la pelea, mandó tocar las trompetas y dar seña de pelear. Arremetieron con gran vocería los cristianos; los contrarios, divididos en tres partes, los recibieron no con menor constancia. Duró mucho la pelea; pero en fin los moros fueron desbaratados con muerte de mil cuatrocientos de los suyos. De los nuestros perecieron treinta de a caballo, ciento cincuenta de a pie. Alojáronse los vencedores aquella noche en un lugar llamado Fuente de Piedra; el día siguiente a tiempo que recogían los despojos, ven volver los ganados a manadas. Cuidaron al principio que fuese algún engaño, y por la polvareda que se levantaba sospechaban eran los enemigos que revolvían sobre ellos; mas luego se entendió que, huidas las guardas por el miedo, los ganados por cierto instinto de la naturaleza se volvían a las dehesas y pastos acostumbrados; tanto fue más alegre la victoria y la presa más rica. En las ciudades y pueblos hicieron procesiones en acción de gracias y regocijos por el buen suceso.

 

Quebrantada por esta manera la confederación y las paces, de una y de otra parte se hicieron correrías sin que sucediese cosa notable. Solamente Juan de Guzmán, primer duque de Medina Sidonia y conde de Niebla, trataba y se apercibía para cercar a Gibraltar, pueblo que está puesto a la boca del Estrecho. El desastre pasado de su padre y grande desgracia, que murió en aquella demanda, antes le animaba que espantaba.

 

La guerra que se levantó contra el rey de Aragón en su mismo estado era mas grave; los catalanes enviaron embajadores a su rey para le suplicar que el príncipe de Viana fuese puesto en libertad. No quiso otorgar con esta demanda; de las palabras acudieron a las armas, salieron gran número de ellos de Barcelona, apoderáronse de Fraga, pueblo puesto en la raya de Aragón. Dio grande ánimo a la muchedumbre alterada Gonzalo de Saavedra, que le envió el rey de Castilla en ayuda de los catalanes a su instancia con mil quinientos de a caballo. El general de todo el ejército catalán era don Juan de Cabrera, conde de Módica, ciudad de Sicilia; por

 

 

 

 

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otra parte, don Luis de Biamonte se mostraba a la frontera de Navarra con gente armada a punto de entrar en Aragón, si a petición tan justa el rey no quisiese condescender.

 

Forzado pues de la necesidad, dio libertad a su hijo a 1 de marzo del año 1461 con orden que desde Morella, do estaba detenido, la reina, su madrastra, le llevase a Villafranca. Allí le entregó a los catalanes, que sin embargo no quisieron consentir que la reina entrase en Barcelona, porque, puesto que con la libertad del príncipe dejaron las armas, los ánimos no quedaban del todo sosegados; antes llegaron a tanto, que contra voluntad de su padre acordaron de jurar al príncipe por heredero de aquel principado. Demás de esto, alcanzaron que de voluntad o por fuerza le nombrase por vicario y gobernador de todos sus estados, cargo que se acostumbraba dar a los hijos mayores de los reyes. En particular sacaron por condición que en el principado de Cataluña fuese señor absoluto, sin que de él se pudiese apelar. Su padre llevaba muy mal que le quedase a él solamente el nombre de príncipe y diesen a su hijo una parte tan principal de sus estados; que era despojarle en vida, quitarle las fuerzas y juntamente afrentarle. Pero fuele forzoso venir en todo esto, porque los catalanes, como gente feroz y de ingenios determinados, si no se les concedía, nunca acabaran de sosegarse; que fue causa de que en asentar estas condiciones y capitular se gastó mucho tiempo.

 

En este comedio se tornó a tratar de nuevo con más veras y diligencia del casamiento entre el príncipe don Carlos y la infanta doña Isabel. Llegaron a término que se tuvo el negocio por concluido, tanto, que el príncipe envió a Castilla por sus embajadores para que de su parte visitasen a la infanta y a su madre, a don Juan de Cabrera y a Martín Cruilles, personas principales, que fueron hasta Arévalo a hacer aquel oficio.

Emprendióse a la misma sazón guerra en Navarra con esta ocasión. Carlos Artieda, luego que vino el aviso de la libertad del príncipe don Carlos, se apoderó en su nombre de Lumbier, pueblo de Navarra. Acudió don Alonso, el que fue duque de Villahermosa, por mandado del rey, su padre, y cercó aquel pueblo, y comenzó a batirle con todos los ingenios y pertrechos que pudo. La parcialidad del príncipe no tenía muchas fuerzas; el rey de Castilla envió a Rodrigo Ponce y Gonzalo de Saavedra con gente en su ayuda para que hiciesen alzar el cerco; hizose así.

 

 

 

 

 

 

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Todavía se hacían mayores aparejos para continuar aquella guerra, cuando vino nueva y se divulgó que la reina de Castilla, que a la sazón se hallaba en Aranda de Duero, quedaba preñada. Esta nueva agradó asaz, tanto más, que era fuera de lo que comúnmente se esperaba; y aún por ser naturalmente los hombres inclinados a creer lo peor, no faltaba quien dijese que aquel preñado era de don Beltrán de la Cueva; habla que por entonces se rugía, y después se confirmó esta opinión al tiempo que don Fernando de Aragón reinaba en Castilla, si con verdad o en gracia suya, aún cuando el negocio estaba fresco, no se pudo averiguar.

 

En Valladolid don Pedro de Castilla, antes obispo de Osma, y a la sazón de Palencia, falleció por ocasión de una caída que dio de la escalera de su casa. En su lugar fue puesto don Gutierre de la Cueva por contemplación de su hermano don Beltrán, que en aquel tiempo alcanzaba más privanza que todos con el rey y más mano en la casa real.

El arzobispo don Alonso de Fonseca fue enviado de la corte con muestra de honrarle para que estuviese en Valladolid por gobernador en tanto que el rey se ocupaba en la guerra que pensaba hacer en Navarra. Atizó este consejo su mismo competidor el marqués de Villena; pretendía con esto quedar solo y enseñorearse del rey como lo tenía comenzado. Para salir con su intento con más facilidad prometía su diligencia, si don Alonso de Fonseca se ausentaba, para ganar a los grandes que andaban apartados de su servicio, en especial el arzobispo de Toledo y el almirante; que el maestre de Calatrava ya estaba apartado del número de los desabridos, y alistaba gente para acudir a lo de Navarra. Luego, pues, que don Alonso de Fonseca partió a Valladolid, el marqués de Villena fue al reino de Toledo, y a la misma sazón el maestre de Calatrava llegó a Aranda de Duero, acompañado de dos mil quinientos de a caballo; con estas gentes el rey de Castilla marchó la vuelta de Almazán.

 

El espanto de los aragoneses fue grande, mas el ímpetu de la guerra y el ejército revolvió contra Navarra, y por el mes de mayo llegó a Logroño, pueblo principal en la Rioja. Desde allí, engrosado el campo con las gentes que de todas partes acudían, entraron por las tierras de Navarra. Entregáronse las villas de San Vicente y de la Guardia. Pusieron cerco sobre Viana, que después de combatirla muchos días al fin la rindió Pedro Peralta, a cuyo cargo estaba, y a la sazón era condestable de Navarra. La villa de Lerín no se pudo tomar por ser muy fuerte. De esta manera se hacía la guerra en Navarra, cuándo prósperamente, cuándo al contrario.

 

Don Alonso, hijo del rey de Aragón, por otra parte tomó por fuerza la villa de Abarzuza, con muerte y prisión de la guarnición de Castilla que en ella tenían. Todo este ruido y aparato se desbarató con una enfermedad mortal que sobrevino en Barcelona a don Carlos, príncipe de Viana, ocasionada de las pesadumbres y cuidados y congojas que continuamente le trabajaron; así lo entendieron y así debió ser. Entre los beamonteses se tuvo por cosa cierta y averiguada que murió de hierbas que le dieron en la prisión, que lentamente le acabasen y a la larga. Falleció a 23 de septiembre, miércoles, fiesta de santa Tecla. Al tiempo de su muerte pidió perdón a su padre. Fue sepultado en Poblet. Vivió cuarenta años, tres meses y veintiséis días. Príncipe más señalado por sus continuas desgracias que por otra cosa alguna. No alcanzó tanta ventura cuanta era su erudición y otras buenas partes merecían.

 

Tuvo por familiar a Osias Marco, poeta en aquella era muy señalado y de fama en la lengua limosina o de Limoges; su estilo y palabras groseras, la agudeza grande, el lustre de las sentencias y de la invención aventajado. Traía el príncipe don Carlos por divisa dos sabuesos muy bravos pintados en su escudo, que sobre un hueso peleaban entre sí; representación y figura de los reyes de Francia y de Castilla, por cuya porfía y codicia le tenían casi consumido el reino de Navarra.

Murieron asimismo otros príncipes: Carlos VII, rey de Francia, al cual sucedió Luis XI, su hijo. El infante don Enrique, tío del rey de Portugal, finó por este mismo tiempo sin haberse jamás casado y sin llegar a mujer; vivió setenta y siete años; su muerte fue a 13 de noviembre en el Algarve, en un pueblo de su estado que se llama Sagra. Depositáronle en Lagos entonces; desde allí adelante le trasladaron a Aljubarrota. Quedaba de todos sus hermanos don Alonso el Bastardo, duque de Berganza, que falleció también el año siguiente; de doña Beatriz, su mujer, hija del condestable Nuño Pereira, dejó un hijo, llamado don Fernando, de quien, sin que haya faltado la línea, descienden los duques de Berganza, señores los más principales y ricos en el reino de Portugal.

 

 

IV. De las alteraciones que hubo en Cataluña

 

Con la muerte del príncipe don Carlos, si bien cesó la causa de las diferencias y debates, no quedaron las discordias apaciguadas. Don Fernando, hermano del muerto, fue luego jurado por príncipe y heredero de los estados de su padre, primero en Calatayud en las Cortes de Aragón que allí se juntaron, después en Barcelona, donde la reina, su madre, le llevó; pero toda la esperanza que por esta causa tenían de que todo se apaciguaría salió vana a causa que la gente catalana de repente tomó las armas, y los nobles por estar desabridos con el rey de Aragón pretendían y aún decían en secreto y en público que por engaños de su madrastra el príncipe, su antenado, fue muerto; maldad muy indigna e impiedad intolerable.

 

El que más encendía el pueblo era fray Juan Gualves, de la orden de Santo Domingo. Persuadíales en sus sermones sediciosos que con las armas se satisficiesen de aquel exceso tan grave y feo; que cuando ellos disimulasen, el cielo en la sangre del pueblo tomaría sin duda venganza; que debían aplacar a Dios con castigar ellos primero delito tan atroz. Alterada la muchedumbre y el pueblo, la reina se salió de Barcelona. El color era sosegar ciertos alborotos de Ampurias; la verdad que no se atrevía a salir en público, ca temía no le perdiesen el respeto los que tan alterados andaban. Acordó de reparar en la ciudad de Gerona, que está en lo postrero de Cataluña, hasta ver qué término tomaban las cosas. El rey de Aragón por otra parte, vista la tempestad que se levantaba, convidaba a los príncipes extraños que se confederasen con él; en particular pedía al rey de Francia le ayudase, y al de Castilla que a lo menos no le hiciese daño; que pues don Carlos, en cuyo favor tomó las armas, era muerto, sacase las guarniciones de soldados que tenía puestos en Navarra.

 

Hallábase a la sazón el rey don Enrique en Madrid, deshecho su campo y alegre por la preñez de la reina, su mujer, que hizo traer allí en hombros porque con el movimiento no recibiese cualque daño. Al principio pues del año 1462 le nació una hija, que se llamó doña Juana; luego todos los estados del reino la juraron por princesa y heredera de Castilla; gran mengua engerir en la sucesión real la que el vulgo estaba persuadido fuese habida de mala parte, tanto más, que para honrar a don Beltrán y gratificarle sus servicios, le hizo a la sazón el rey, conde de Ledesma, que fue nueva ofensión y ocasión de más murmurar. En su lugar fue puesto por mayordomo en la casa real Andrés de Cabrera, grande amigo suyo y aliado; principio de do como de escalón vino a alcanzar adelante grandes

 

 

 

 

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riquezas, no sin ofensión de muchos y sin envidia de los que llevaban mal que un hombre poco antes particular subiese en breve tan alto.

 

Estaba a la sazón en la corte el conde de Armeñaque, que vino por embajador del rey de Francia para tratar de hacer paces y confederación entre los dos reyes. El arzobispo de Toledo, reconciliado a la sazón con el rey, era el que todo lo mandaba, tanto, que cada semana se tenía en su casa consejo y audiencia de los oidores para determinar los pleitos y negocios. Los embajadores de Aragón por la mucha instancia que hicieron en fin concertaron se hiciese confederación a 23 de marzo con las capitulaciones infrascritas: que entre Castilla y Aragón hubiese paz; el rey de Castilla retuviese como en rehenes y por resguardo los castillos de la Guardia y de San Vicente, Arcos, Raga y Viana, y volviese todo lo demás que tenía en Navarra; demás de esto, que en la raya de Aragón y de Navarra pusiese en tercería a Jubera y a Cornago, y en el reino de Murcia a Lorca; los depositarios fuesen el arzobispo de Toledo y el maestre de Calatrava y Juan Fernández Galindo para efecto que si el rey de Castilla quebrantase la alianza, entregasen estos pueblos al rey de Aragón.

 

El cual en Olite, donde se hallaba para desde allí acudir a todas partes, puso su confederación con el rey de Francia a 12 de abril. Asentaron que el rey de Francia enviase al aragonés de socorro setecientos hombres de armas y doscientos mil ducados para pagar el sueldo a su gente, y que el rey de Aragón entre tanto que no pagase esta suma, diese en prendas lo de Cerdaña y Rosellón, y todavía por las rentas de aquellos estados no se desfalcase parte alguna del principal. Para que esta avenencia tuviese más fuerza, se concertó habla entre los reyes de Francia y Aragón en Salvatierra, pueblo de Bearne.

Juntamente al conde de Foix, por la instancia que sobre ello hacía, concedió que doña Blanca, hermana del príncipe don Carlos, a quien pertenecía el reino de Navarra, fuese puesta en su poder; notable agravio, quitarle el reino y despojarla de la libertad; pero ¿qué no hace la codicia desenfrenada de reinar? Luego que tomaron este acuerdo, desde Olite con grande disgusto suyo la llevaron a Bearne. Quejábase mucho a los santos y a los hombres de un desafuero tan grande. Escribió al rey don Enrique una carta, en la cual le pedía tuviese compasión de su suerte; que sobre las otras desgracias le quitaban la libertad, y en breve le quitarían la vida, si él no le daba alguna ayuda y la mano; suplicábale a lo menos vengase la muerte de su hermano y sus desventuras, como era justo; que se membrase

 

 

 

 

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del amor antiguo, que aunque desgraciado, al fin era de marido y mujer. Pusiéronla en el castillo de Ortes, del estado de Foix; allí no mucho después fue muerta con hierbas que le dieron, sin que ninguno saliese a la venganza. La fama de su muerte tan injusta y cruel por mucho tiempo estuvo secreta. En fin, los desastres de su vida tuvieron aquel desgraciado remate; que cuando la miseria persigue a uno, o fuerza más alta, no para hasta acabarle. Su cuerpo enterraron en la ciudad de Lescar.

 

Estaba el rey de Aragón en Tudela, y el rey don Enrique por Segovia y Aranda pasó a Alfaro, pueblo no muy lejos de Tudela. Allí con intervención del marqués de Villena los dos reyes firmaron las capitulaciones del concierto que en Madrid tenían acordadas, a la misma sazón que los catalanes, a 30 del mes de mayo, cercaron a la reina de Aragón dentro de Gerona, más congojada por el riesgo que corría su hijo el príncipe que por su mismo peligro.

El caudillo de la comunidad era Hugo Roger, conde de Pallars; el principal que defendía la ciudad por el rey, Luis Dezpuch, maestre de Montesa. Entraron la ciudad los comuneros, acometieron el castillo viejo, que se llamaba Gironela, do la reina se recogió. Salieran los catalanes con su intento si no sobreviniera la caballería francesa, con cuya ayuda, no solo cesó el peligro, pero aún echaron de la ciudad a los levantados. Acudió al tanto el rey de Aragón con presteza, como al que el cuidado que tenía de su mujer e hijo le punzaba. Hubo muchos encuentros y refriegas en que los levantados, como gente recogida de todas partes, no se igualaban a los soldados viejos. El rey, después de haber reducido a su obediencia muchas ciudades y pueblos, llegó a poner sus estancias junto a Barcelona.

 

La reina de Castilla malparió en esta sazón en Aranda con gran riesgo de su vida. Por la vidriera de cierta ventana el rayo del sol que entraba le comenzó a quemar el cabello y le ocasionó aquel sobresalto y daño. La tristeza que causó esta desgracia en la corte en breve se trocó en alegría a causa que don Beltrán, conde de Ledesma, casó con la hija menor del marqués de Santillana. Las bodas se celebraron en Guadalajara con grandes fiestas. Halláronse a ellas presentes el rey y la reina. Acabadas las fiestas, la reina se fue a Segovia, y el rey se partió para Atienza con intento de darse a la caza, por ser aquella comarca muy a propósito para ella.

 

Allí vino un caballero, llamado Copones, en nombre y como embajador de Barcelona; ofrecianle aquel estado de Cataluña si les enviase

 

 

 

 

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gente de socorro y los recibiese debajo de su amparo. Era este negocio muy grave; habido su acuerdo y aceptada la oferta, les envió el rey de socorro dos mil quinientos caballos, que por caminos extraordinarios llegaron a Cataluña. Con este socorro aquella muchedumbre levantada se animó, confiada que por aquel camino se podría defender y sustentar. En cumplimiento de lo asentado levantaron los pendones por el rey don Enrique. Apellidáronle conde de Barcelona, y batieron con su cuño y armas la moneda de aquel estado. Por esta manera se despeñaban loca y temerariamente en su perdición. Alegróse con esta nueva el rey de Castilla don Enrique, pero mucho más con saber que don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia, quitó a Gibraltar a los moros, y el maestre de Calatrava a Archidona. Mandóse poner entre los otros títulos reales al principio de las provisiones el de Gibraltar, a ejemplo de Abomelique, el cual era de linaje de los Merines, y como arriba queda dicho, se llamó rey de Gibraltar.

 

 

 

 

V. De una habla que tuvieron los reyes, el de

 

Castilla y el de Francia

 

Entraron otras bandas de soldados de Castilla por tierras del reino de Valencia y Aragón; el miedo y el espanto fue grande, si bien aquel rey acudió luego al peligro. Pudiéranle quitar el reino por estar gastado y sin sustancia él y sus vasallos, si cuan grandes eran las fuerzas de Castilla, tan grande brío y ánimo tuviera el rey don Enrique; por esto el de Aragón ponía gran cuidado en reconciliarse con él. Para este efecto vino por embajador del rey de Francia Juan de Rohan, señor de Montalván y almirante de Francia; llegó a Almazán, donde el rey don Enrique se hallaba, por principio del año 1463; fue muy bien recibido y festejado con convites muy espléndidos, con bailes y con saraos. Danzaban entre sí los cortesanos, y sacaban a danzar a las damas de palacio. En particular la reina, presente el rey y por su mandado, salió a bailar con el embajador francés; él, acabado el baile, juró de no danzar más en su vida con mujer alguna en memoria de aquella honra tan señalada como en Castilla se le hizo.

 

 

 

 

 

 

 

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Acordóse por medio de esta embajada que los reyes de Castilla y de Francia se viesen y hablasen para tratar en presencia de todas las diferencias que tenían y componer sus haciendas. Como se concertó, así se hizo, que aquellos príncipes tuvieron su habla por el fin del mes de abril cerca de la villa de Fuenterrabía. Vinieron con el francés los dos Gastones, padre e hijo, condes que eran de Foix, el duque de Borbón, el arzobispo de Turon y el almirante de Francia. Al de Castilla acompañaban el arzobispo de Toledo y los obispos de Burgos, León, Segovia y Calahorra, el marqués de Villena, el maestre de Alcántara y el gran prior de San Juan, todos y cada cual arreados muy ricamente y con libreas y mucha representación de majestad. Entre todos se señalaba el conde de Ledesma, gran competidor del de Villena; salió arreado de vestidos muy ricos, recamados de oro y sembrados de perlas. El vestido y traje de los franceses era muy ordinario, especial el del rey, que era causa a los castellanos de burlarse de ellos y de motejarlos con palabras agudas y motes. Pasaron los nuestros en muchas barcas el río Vedaso o Bidasoa. Puédese sospecharse hizo esto por reconocer ventaja a la majestad de Francia; nuestros historiadores dicen otra causa, que todo aquel río pertenece al señorío de España; y consta por escrituras públicas, acordadas en diferentes tiempos entre los reyes de Castilla y Francia, y de lo procesado en esta razón en que se declara que pasando el rey don Enrique el río Bidasoa en un barco llegó hasta donde llegaba el agua, y allí puso el pie, y al tiempo que quiso hablar con el rey Luis, tenía un bastón en la mano; desembarcado en la orilla y arenal donde el agua podía llegar en la mayor creciente, dijo que allí estaba en lo suyo, y que aquella era la raya entre Castilla y Francia, y poniendo el pie más adelante, dijo: «Ahora estoy en España y Francia»; y el rey Luis respondió en su lengua «Il est vrai», decís la verdad.

 

En estas vistas y habla se leyó de nuevo la sentencia que poco antes pronunció en Bayona el rey de Francia, elegido por juez árbitro entre Castilla y Aragón, en que se contenían estas principales cabezas: que las gentes de Castilla saliesen de Cataluña y se quitasen las guarniciones que tenían en Navarra; la ciudad de Estella con toda su merindad quedase en Navarra por el rey don Enrique; la reina de Aragón y su hija estuviesen en Raga en poder del arzobispo de Toledo para seguridad que se guardaría lo concertado. Esta sentencia ofendía mucho a la una nación y a la otra, a los de Castilla y de Aragón, sobre todo a los de Navarra; quejábanse que aquel

 

 

 

 

 

 

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asiento y sentencia era en gran perjuicio suyo. Ningún otro provecho se sacó de juntarse estos príncipes.

 

Pero de todo esto (y aún de toda esta manera de juntas y hablas entre los príncipes) será a propósito referir aquí lo que siente Felipe de Comines, historiador muy señalado de las cosas de Francia que pasaron en esta era, y que se puede comparar con cualquiera de los antiguos. Sus palabras, traducidas de francés en castellano dicen así:

«Neciamente lo hacen los príncipes de igual poder cuando por sí mismos se juntan a habla, en especial pasados los años de la mocedad, cuando en lugar de los juegos y burlas, a que aquella edad es aficionada, entra la envidia y emulación; ni carecen de peligro juntas semejantes; y si esto no, ningún otro provecho resulta de ellas sino encenderse más la ira y el odio, de manera que tengo por más acertado concertar las diferencias entre los reyes, y cualquier otro negocio que haya, por sus embajadores que sean personas prudentes. Muchas cosas me ha enseñado la experiencia, de las cuales tengo por conveniente poner aquí algunos ejemplos. Ningunas provincias entre cristianos están entre sí trabadas con mayor confederación que Castilla con Francia, por estar asentada con grandes sacramentos amistad de reyes con reyes y de nación con nación. Fiados de esta amistad, el rey Luis XI de Francia, poco después que se coronó por rey, y don Enrique, rey de Castilla, se juntaron a la raya de los dos reinos. Don Enrique llegó a Fuenterrabía rodeado de grande acompañamiento; seguíanle el gran maestre de Santiago y el arzobispo de Toledo y el conde de Ledesma, que entre todos se señalaba por ser su gran privado. El rey de Francia paró en San Juan de Angelin, acompañado, como es de costumbre, de muchos grandes. Gran número de la una nación y de la otra alojaba en Bayona, los cuales luego que llegaron, se barajaron malamente. Hallóse presente la reina de Aragón que tenía diferencias con el rey don Enrique sobre Estella y otros pueblos de Navarra que dejaran en manos del rey. Una o dos veces se hablaron y vieron a la ribera del río que divide a Francia de España, pero brevísimamente, cuanto pareció al maestre de Santiago y al arzobispo de Toledo, que lo gobernaban todo, y por esto fueron por el rey de Francia festejados grandemente en San Juan de Angelin cuando allí le visitaron. El conde de Ledesma pasó el río en una barca que llevaba la vela de brocado; el arreo de su persona era conforme a esto, en particular llevaba unos hermosos borceguíes sembrados de pedrería. Don Enrique era feo de

 

 

 

 

 

 

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rostro; la forma del vestido sin primor y que descontentaba a los franceses. Nuestro rey se señalaba por el hábito muy ordinario; el vestido corto, el sombrero común, con una imagen de plomo en él cosida, ocasión de mofas y remoquetes; los españoles echaban aquel traje a poquedad y avaricia. De esta manera se acabó la junta, sin que de ella resultase otro provecho más de conjuraciones y monipodios que entre los unos y otros grandes se forjaron, por las cuales yo mismo vi al rey don Enrique envuelto en grandes trabajos y afanes, que se continuaron hasta su muerte, desamparado de sus vasallos y puesto en un estado miserable».

 

Hasta aquí son palabras de Felipe de Comines; lo demás que dice se deja por abreviar.

Este año, a los 12 de noviembre, pasó de esta vida a la eterna el santo fray Diego en el su monasterio de franciscanos de Alcalá de Henares, que fundó don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo. Fue natural de San Nicolás, diócesis de Sevilla. Su vida tal, y los milagros que Dios por él hizo tantos, que el papa Sixto V le canonizó a los 2 de julio, año del Señor de 1588.

 

 

 

 

VI. Los catalanes llamaron en su ayuda a don

 

Pedro, condestable de Portugal

 

Halláronse presentes a la junta de estos príncipes dos embajadores de Barcelona, llamados el uno Cardona, y el otro Copones. Quejáronse al de Castilla que se hacía agravio a su nación en desampararlos contra lo que tenían capitulado. Estas quejas no fueron de efecto alguno; las orejas de estos príncipes estaban cerradas a sus ruegos por respetos que más a ellos les importaban.

En Tolosa, pueblo de Guipúzcoa, el común del pueblo mató, a 6 de mayo, a un judío, llamado Gaon. Fue la ocasión que por estar el rey cerca, entre tanto que se entretenía en Fuenterrabía, comenzó el judío a cobrar cierta imposición, que se llamaba el pedido, sobre que antiguamente hubo grandes alteraciones entre los de aquella nación, y al presente llevaban mal que se les quebrantasen sus privilegios y libertades. No se castigó este delito y esta muerte, antes poco después en Segovia, do se fue el rey don Enrique, hubo entre dos frailes y se encendió una grave reyerta. El uno

 

 

 

 

 

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afirmaba en sus sermones que muchos cristianos se volvían judíos, en que pretendía tachar el libre trato que con los de aquella nación y con los moros se tenía; y era así, que muchos de aquellas naciones, enemigos de Cristo, libremente andaban en la casa real y por toda la provincia. El otro fraile lo negaba todo, más en gracia de los príncipes, como yo creo, que por ser así verdad. Nunca sin duda en España se vio mayor estrago de costumbres ni corrieron tiempos más miserables.

 

En particular el pueblo en Sevilla andaba muy alborotado en gran manera, a causa que don Alonso de Fonseca, el más viejo, pedía que le fuese restituida aquella iglesia, que diera los años pasados en confianza a su pariente, llamado también don Alonso de Fonseca. Alegaba que así estaba establecido por los derechos y recibido por la costumbre, y que así lo mandaba el padre santo. El pueblo y la nobleza, divididos en parcialidades, unos favorecían al pretensor, otros al contrario; de que resultaban alteraciones y corría riesgo no viniesen a las manos. Acudió a grandes jornadas el rey don Enrique, y con su venida entregó la iglesia a don Alonso de Fonseca, el más viejo, y pagaron con las cabezas y con la vida seis personas que fueron los principales movedores de aquel motín y alboroto.

 

El rey de Portugal a la sazón con una gruesa armada volvió a África; iban en su compañía don Fernando, su hermano, y don Pedro, su primo, que era condestable de Portugal. Los catalanes, desamparados de la ayuda de Castilla y visto que los franceses e italianos los tenían prevenidos por el rey de Aragón, acordaron lo que sólo les faltaba y quedaba, llamar socorros de más lejos; con este acuerdo enviaron a convidar a don Pedro, condestable de Portugal, para que desde Ceuta viniese a tomar posesión de aquel principado, que decían le pertenecía por su madre, que era la hija mayor del conde de Urgel. En mal pleito ninguna cosa se deja de intentar. Parecíale al condestable buena ocasión ésta; hízose a la vela, llegó a la playa de Barcelona, y surgió en ella a 21 de enero, principio del año 1464. Allí sin dilación fue llamado conde de Barcelona y rey de Aragón; acometimiento que por falta de fuerzas salió en vano, y la honra le acarreó la muerte, demás de otros daños que resultaron.

 

Lo primero, con la partida de don Pedro las fuerzas de Portugal se enflaquecieron en África, por donde de Tánger, que pretendían tomar, fueron con daño rechazados los fieles por los moros; y algunas entradas que se hicieron en los campos comarcanos no fueron de consideración ni

 

 

 

 

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de algún efecto notable; sólo junto al monte Benasa en un encuentro que tuvieran con los enemigos, el mismo rey de Portugal estuvo a gran riesgo de perderse con toda su gente. Duarte de Meneses, como quier que por defender a su rey se metiese con grande ánimo entre los enemigos, fue muerto en la pelea y otros con él. El conde de Villarreal defendió aquel día la retaguardia, por lo cual mereció mucha loa por testimonio del mismo rey, que después de la pelea le dijo: «Hoy en vos solo ha quedado la fe».

 

El rey don Enrique desde Sevilla fue a Gibraltar; allí a su instancia y por sus ruegos aportó el rey de Portugal a la vuelta de África y de Ceuta. Estuvieron en aquel pueblo por espacio de ocho días; después de ellos el de Portugal se volvió a su reino. El rey don Enrique por la parte de Écija rompió por el reino de Granada, sin desistir de la empresa hasta tanto que le pagaron el tributo que tenían antes concertado, y le hicieron otros presentes de grande estima. Con esto por Jaén, do residía Miguel Iranzu, su condestable, por frontero, pasó el rey de prisa a Madrid. Quería recibir y festejar otra vez al de Portugal, que, por voto que tenía hecho, se encaminaba para visitar a Guadalupe, casa de mucha devoción. Viéronse los dos reyes y habláronse en la Puente del Arzobispo, raya del reino de Toledo; hallóse presente la reina de Castilla, que en compañía de su marido iba para verse con su hermano el rey de Portugal. En esta junta se concertaron dos casamientos, uno del rey de Portugal con doña Isabel, hermana del rey don Enrique, y otro de doña Juana, su hija, con el príncipe y heredero de Portugal. Dilatáronse para otro tiempo las bodas, y al fin la tardanza hizo que no surtiesen efecto.

 

Estaba del cielo determinado que los aragoneses, reino más a propósito que el de Portugal, viniesen a la corona de Castilla, bien que no sin grandes y largas alteraciones de España; males que parece pronosticó un torbellino de vientos que en Sevilla se levantó, el mayor que la gente se acordaba, tanto, que llevó por el aire un par de bueyes con su arado, y de la torre de San Agustín derribó y arrojó muy lejos una campana, arrancó otrosí de cuajo muchos árboles muy viejos, y los edificios en muchas partes quedaron maltratados. Viéronse en el cielo como huestes de hombres armados que peleaban entre sí, quier fuese verdadera representación, quier engaño, como se puede pensar, pues refieren que solamente las vieron los niños de poca edad. Finalmente, tres águilas con los picos y uñas enel aire combatieron por largo espacio; el fin de aquella sangrienta pelea fue que cayeron todas en tierra muertas. Los hombres,

 

 

 

 

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movidos de estos prodigios y señales, hacían rogativas, plegarias y votos para aplacar, si pudiesen, la ira del cielo que amenazaba y alcanzar el favor de Dios y de los santos.

 

 

 

 

VII. De una conjuración que hicieron los grandes

 

de Castilla

 

El rey don Enrique comenzaba a mirar con mala cara al arzobispo de Toledo y al marqués de Villena por entender que en las diferencias de Aragón no le sirvieron con toda lealtad; por esto ni le hicieron compañía cuando fue al Andalucía, ni se hallaron en la junta que tuvieron los reyes en la Puente del Arzobispo; antes por temer que se les hiciese alguna fuerza, o darlo así a entender, desde Madrid se fueron a Alcalá.

 

Luego se juntaron con ellos el almirante de Castilla y el linaje de los Manriques y don Pedro Girón, maestre de Calatrava; allegáronseles poco después los condes de Alba y de Plasencia por persuasión del marqués de Villena, que fue secretamente para esto a verse con ellos. El rey de Aragón asimismo por grandes promesas que le hicieron se arrimó a este partido. Éstos fueron los principios y cimientos de una cruel tempestad que tuvo a toda España por mucho tiempo muy gravemente trabajada. Era necesario buscar algún buen color para hacer esta conjuración. Pareció sería el más a propósito pretender que la princesa doña Juana era habida de adulterio, y por tanto no podía ser heredera del reino. Procuraron para salir con este intento apoderarse de los infantes don Alonso y doña Isabel, hermanos del rey, que residían en Maqueda con su madre, por parecerles a propósito para con este color revolverlo todo.

 

Verdad es que a instancia del rey y con rehenes que le dieron para seguridad, el marqués de Villena don Juan Pacheco volvió a Madrid. Todo era fingido, y él iba aperecbido de mentiras y engaños con que apartar a los demás grandes del rey y de su servicio. Para este efecto le dio por consejo hiciese prender a don Alonso de Fonseca, arzobispo de Sevilla, que a menos de esto él no podría andar en la corte seguramente. Después que tuvo persuadido al rey, con trato doble avisó a la parte del peligro en que estaba. Dio él crédito a sus palabras, huyóse y ausentóse; traza con que forzosamente se hubo de pasará los alterados. Con esto quedó más

 

 

 

 

 

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soberbio don Juan Pacheco, en tanta manera, que estando la corte en Segovia al tiempo de los calores, cierto día entró con hombres armados en el palacio real para apoderarse del rey y de sus hermanos.

 

Pasó tan adelante este atrevimiento, que quebrantó las puertas del aposento real, y por no poder salir con su intento a causa que el rey y don Beltrán de la Cueva con aquel sobresalto se retiraron más adentro en el palacio y en parte que era más fuerte, determinó de noche, que fue nueva insolencia, llevar adelante su maldad. Ya era llegada la hora, y los sediciosos se aparejaban con sus armas para ejecutar loq ue tenían acordado; mas el rey y los suyos fueron avisados, con que las asechanzas no pasaron adelante. Estaba don Juan Pacheco, autor de todo esto, a la sazón en palacio; los más persuadían al rey y eran de parecer que le debían echar la mano y prenderle. Era tan grande el descuido del rey, que antepuso una vana muestra de clemencia a su salud y vida. Decía que no era justo quebrantarle la seguridad que le diera, con que escapó entonces de aquel peligro y las cosas se empeoraron de cada día más, mayormente que por el mismo tiempo por bula del sumo pontífice don Beltrán de la Cueva fue nombrado por maestre de Santiago, cosa que al pueblo dio mucha pesadumbre por el agravio que se hacía al infante don Alonso en quitarle aquella dignidad. Las demasías de don Juan Pacheco no parecía se podían castigar mejor que con levantar por este medio a su contrario y competidor don Beltrán.

 

Intentó de nuevo el dicho marqués de Villena si podía salir con su pretensión y con asechanzas y tratos apoderarse del rey; con este diseño le hizo fuese a Villacastín para tener allí habla. Descubrióse también el engaño, y con esto se previno y remedió el daño. Desde Burgos los conjurados, juntados al descubierto y quitada la máscara, escribieron al rey de común acuerdo una carta muy desacatada. Las principales cabezas y capítulos eran: que los moros andaban libres en su corte sin ser castigados por maldad alguna que cometiesen; que los cargos y magistrados se vendían; que el maestrazgo de Santiago injustamente y contra derecho se había dado a don Beltrán; la princesa doña Juana, como habida de adulterio, no debía ser jurada por heredera; que si estas cosas se reformasen, de buena gana dejarían las armas prestos de hacer lo que su merced fuese.

 

Recibió el rey y leyó esta carta en Valladolid, sin que por ella mucho se alterase; ciega sin duda el entendimiento la divina venganza cuando no

 

 

 

 

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quiere que se emboten los filos de su espada. A la verdad este príncipe tenía con los deleites feos y malos enflaquecidas las fuerzas del cuerpo y del alma. Hallóse presente don Lope de Barrientos, obispo de Cuenca, que pretendía con grande instancia se debía con las armas castigar aquel desacato; pero no aprovechó nada, dado que le protestaba, pues no quería seguir el consejo saludable que le daba, que vendría a ser el más miserable y abatido rey que hubiese tenido España; que se arrepentiría tarde y sin provecho de la flojedad que de presente mostraba.

 

Tratóse de nuevo de concierto, pues lo de la guerra no contentaba. Para esto entre Cabezón y Cigales, pueblos de Castilla la Vieja, don Juan Pacheco, ¿con qué cara, con qué vergüenza? En fin, en un campo abierto y raso habló por grande espacio con el rey don Enrique. Resultó de la habla que se concertaron e hicieron estas capitulaciones: el infante don Alonso heredase el reino a tal que se casase con la pretensa princesa doña Juana; don Beltrán renunciase el maestrazgo de Santiago; que se nombrasen cuatro jueces, dos por cada una de las partes, y por quinto fray Alonso de Oropesa, general que era de los Jerónimos; lo que sobre las demás diferencias determinase la mayor parte de estos jueces, aquello se ejecutase.

 

Tomada esta resolución, el infante don Alonso, que era de edad de once años, de Segovia fue traído a los reales del rey. Alli le juraron todos por príncipe y heredero del reino; quedó en poder de los grandes, de que resultaron nuevos daños. A don Beltrán de la Cueva dio el rey la villa de Alburquerque con título de duque, y juntamente le hicieron merced de Cuellar, Roa, Molina y Atienza, demás de ciertos juros que en el Andalucía le señalaron por cada un año en recompensa de la dignidad y maestrazgo que le quitaban. Los alterados señalaron por jueces árbitros a don Juan Pacheco y al conde de Plasencia. El rey a Pero Hernández de Velasco y Gonzalo de Saavedra, enemigos declarados de don Juan Pacheco. El arzobispo de Toledo y el almirante se reconciliaron con el rey; la amistad duró poco, o como decía el vulgo, fue invención y querer temporizar. Andaban los cuatro jueces árbitros alterados, y entendíase que si llegaban a pronunciar sentencia, dejarían a don Enrique sólo el nombre de rey y le quitarían todo lo demás. Por esto mandó él de secreto al maestre de Alcántara y al conde de Medellín, personas de quien mucho se fiaba, que con las más gentes que pudiesen se viniesen a él y desbaratasen aquellos intentos. Gonzalo de Saavedra, que era uno de los jueces, y Alvar

 

 

 

 

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Gómez, secretario del rey, al cual hiciera merced en la comarca de Toledo de Maqueda y de Torrejón de Velasco y de San Silvestre, fueron por el rey llamados. Pusiéronles algunos grandes temores, así a ellos como al maestre de Alcántara don Gómez de Solís y al conde de Medellín; avisáronlos que los querían prender y que sus malos tratos eran descubiertos; con esto les persuadieron se declarasen y públicamente con sus gentes se pasasen a los conjurados.

 

El rey, avisado de todo esto, puso tachas a los jueces árbitros y alegó que los tenía por sospechosos; mandó otrosí a Pedro Arias, ciudadano de Segovia, cuyo padre fue su contador mayor, que por fuerza se apoderase de Torrejón. Así lo hizo, y dejó aquella villa a los condes de Puñonrostro, sus descendientes. Pedro de Velasco se juntó también con los conjurados, dado que su padre el conde de Haro se quejaba mucho de esta su liviandad, tanto, que ni con soldados ni con dineros le ayudaba, y le era forzoso andar entre los otros grandes muy desacompañado y desautorizado.

Por este mismo tiempo, a 14 de agosto, falleció en Ancona, ciudad de la Marca, el papa Pío II. Pretendía, después de convocados los príncipes de todo el mundo para tomar las armas contra los turcos, pasar el mar Adriático y ser caudillo en aquella guerra sagrada, que fue una grande determinación; y con este intento, bien que doliente, se hizo llevar a aquella ciudad; atajóle la muerte y cortóle sus pasos. Duróle poco tiempo el pontificado, solo espacio de tres años; su renombre por sus virtudes y pensamientos altos y por sus letras será inmortal. Con su muerte todos aquellos apercibimientos se deshicieron. Pusieron en su lugar con grande presteza al cardenal Pedro Barbo, de nación veneciano, a 30 del mismo mes de agosto. Llamóse Paulo II. Era de cuarenta y siete años cuando fue electo en lo mejor de su edad. Mostróse muy aficionado a las cosas de España, y así ayudó con su autoridad y diligencia al rey don Enrique en sus grandes trabajos.

 

 

 

 

VIII. De las guerras de Aragón

 

Con la venida a Barcelona de don Pedro, condestable de Portugal, los catalanes cobraron mns ánimo que conforme a las fuerzas que alcanzaban.

 

 

 

 

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Mayor era el miedo todavía que la esperanza, como de gente vencida contra los que muchas veces los maltrataron; la obstinación de sus corazones era muy grande, que más que todo los sustentaba. La ciudad de Lérida después que por el rey estuvo cercada largo tiempo y después que le talaron y robaron los campos al derredor, finalmente fue forzada a entregarse. En muchas partes en un mismo tiempo la llama de la guerra se emprendía con daño de los pueblos y de los campos, rozas y labranzas; miserable estado de toda aquella provincia.

 

El principal caudillo en esta guerra era don Juan, arzobispo de Zaragoza, que fue otro hijo bastardo del rey de Aragón, más a propósito para las armas que para la mitra y roquete. Felipe, duque de Borgoña, por el contrario, envió a don Pedro una banda de borgoñones, ayuda de poco momento para negocio tan grande. Con su venida, la gente y compañías de catalanes se juntaron en la villa de Manresa hasta en número de dos mil infantes y sobre seiscientos de a caballo. Estaba el conde de Prades por parte del rey de Aragón puesto sobre Cervera. El cerco se apretaba, y los cercados, forzados de la hambre y falta de otras cosas, trataban de rendirse. Para prevenir este daño y por la defensa determinó don Pedro de ir en persona a socorrerlos. La gente del rey de Aragón, lo principal de su ejército y la fuerza se tenía a la raya de Navarra a propósito de sosegar las alteraciones de aquella nación. Mandó el rey a su hijo el príncipe don Fernando que con parte del ejército marchase a toda prisa para juntarse con el conde de Prades. Era don Fernando de muy tierna edad, tenía solos trece años; la necesidad forzó a que en aquella guerra comenzase su padre a valerse de él, y él a ejercitarse en las armas; por esto no tuvo tiempo para aprender las primeras letras bastantemente; sus mismas firmas muestran ser esto verdad.

 

Llegaron los del condestable de Portugal a un lugar llamado los Prados del Rey con determinación de dar la batalla; así lo avisaban las espías. El príncipe don Fernando, que cerca se hallaba, apercibidas todas las cosas y aparejadas, fue en busca del enemigo. Hizo alto en un ribazo, de do se veían los reales de los catalanes. El portugués hizo al tanto, que se mejoró de lugar y trincheó los reales en un collado cercano. Parecía quería excusar la batalla, bien que ordenó sus haces en forma de pelear. En la vanguardia iba Pedro de Deza con espaldas de los borgoñones, que cerraban aquel escuadrón. En el segundo escuadrón iban por capitanes de los soldados navarros y castellanos Beltrán y Juan Arinendarios. El cuidado de la

 

 

 

 

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retaguardia llevaba el mismo don Pedro de Portugal. Las gentes de don Fernando eran menos en número, que no pasaban de setecientos caballos y mil infantes. Ordenáron las de esta manera: la vanguardia se encomendó al conde de Prades; Hugón de Rocaberti, castellán de Amposta y Mateo Moncada fortificaban los costados; don Enrique, hijo del infante de Aragón don Enrique, quedó de respeto para socorrer donde fuese necesario; en el postrer escuadrón iba el príncipe don Fernando, acompañado de muchos nobles. Bernardo Gascón, natural de Navarra, con la infantería de su cargo llevó orden de tomar la parte de la montaña para que no les pudiesen acometer por aquel lado. Antes que se diese la señal de pelear, el príncipe don Fernando armó caballeros algunas personas nobles.

 

Comenzaron a pelear los adalides, que iban delante, con grande vocería que levantaron; cargaron los demás, y en breve espacio el primero y segundo escuadrón de los portugueses fueron forzados a retirarse, y en fin, todos se desbarataron por el esfuerzo de los aragoneses. Con tanto, atemorizados los demás que pusieron en la retaguardia, en que se hallaba el mismo don Pedro de Portugal y la fuerza del ejército, poca resistencia pudieron hacer. Volvieron las espaldas y huyeron desapoderadamente, la gente de a pie por los montes cercanos, los de a caballo por los llanos. Don Pedro de Portugal se valió de maña para escapar; quitóse la sobreveste, y mezclado con los vencedores, el día siguiente sin ser conocido se puso en salvo. Los borgoñones, a los cuales se dio la primera carga, casi todos quedaron en el campo; peleaban entre los primeros, y conforme a su costumbre tienen por cosa muy fea volver el pie atrás. De los demás muchos fueron presos, y entre ellos el conde de Pallars, principal atizador de toda esta guerra. Diose esta batalla postrero día de febrero del año 1465. La victoria fue tanto mas alegre, que de los aragoneses pocos quedaron heridos, ninguno muerto. Don Pedro de Portugal se volvió a Manresa. Beltrán Armendario, sin embargo, fortificó con gente el lugar de Cervera, en que metió parte del ejército, bien que desbaratado, no con menor ánimo que si ganara la victoria. De allí pasó la fuerza de la guerra a la comarca de Ampurias, en que llevaban siempre lo mejor los aragoneses, y los portugueses lo peor.

 

Parecía que todas las cosas eran fáciles a los vencedores, tanto más, que los alborotos de Navarra estaban casi acabados y los beamonteses reducidos a la obediencia del rey con el perdón que otorgó a don Luis y a

 

 

 

 

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don Carlos, hijos de don Luis, ya difunto, conde de Lerín y condestable de Navarra, y juntamente les fueron restituidos sus bienes, cargos y dignidades que solían tener; lo mismo se hizo con don Juan de Beamonte, hermano del dicho condestable, prior que era de San Juan, en Navarra. Declararon otrosí por herederos de aquel reino a Gastón, conde de Foix, y doña Leonor, su mujer, que ya se intitulaban príncipes de Viana.

 

Ismael, rey de Granada, gozaba de tiempo atrás de una paz muy sosegada, cuaudo le sobrevino la muerte, a 7 de abril, que fue domingo, año de los árabes 869, a 10 días del mes de xavan. Sucedióle Albohacen, su hijo, varón de grande ánimo y de grande esfuerzo en las armas. Tuvo este rey dos mujeres, la una mora de nación, cuyo hijo fue Boabdil, que adelante se llamó el rey Chiquito, la otra era cristiana renegada, por nombre Zoraira; de ella tuvo dos hijos, llamados el uno Cado, y el otro Nacre, los cuales en tiempo del rey don Fernando el Católico, cuando se ganó Granada, se volvieron cristianos; el mayor se llamó don Fernando, y el menor don Juan. Su madre al tanto, movida del ejemplo de sus dos hijos, se redujo a nuestra fe y se llamó doña Isabel. En tiempo de este rey Albohacen hubo por algún tiempo paz con los moros. Por frontero a la parte de Jaén estaba Iranzu, el condestable; por la parte de Écija don Martín de Córdoba.

 

Por el mismo tiempo don Fernando, rey de Nápoles, vencidos y desbaratados sus enemigos, así los de dentro como los de fuera, afirmaba su imperio en Italia. Después que en una batalla muy señalada que se dio cerca de Sarno, en Tierra de Labor, quedó vencido, se rehizo de fuerzas, y ayudado de nuevos socorros del papa y duque de Milán y de Scanderberquio, como arriba queda dicho, el año siguiente después que perdió aquella jornada humilló al enemigo, que soberbio quedaba, en una batalla que le ganó cerca de Troya, ciudad de la Pulla. No paró hasta tanto que forzó a Juan, duque de Lorena, a retirarse a la isla de Isquia; de donde, sosegadas las alteraciones de los barones y apaciguada la provincia, perdida toda esperanza, fue forzado con poca honra a dar la vuelta a Francia. Era este príncipe igual en esfuerzo a sus antepasados, y dejó gran fama de su mucha bondad; la fortuna y el cielo no le fueron mas que a ellos favorables. De esta manera el rey don Fernando, puesto fin a la guerra de los barones de Nápoles, que fue muy dudosa y muy larga, entró en Nápoles como en triunfo de sus enemigos a 14 del mes de septiembre; grande magnificencia y aparato, concurso del pueblo y de los nobles

 

 

 

 

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extraordinario, que le honraron o porfía con todas sus fuerzas, regocijos y alegrías que se hicieron muy grandes. La reina doña Isabel, su mujer, como quier que atribuía la victoria a Dios y a los santos, visitaba las iglesias con sus hijos pequeños que llevaba delante de sí; arrodillábase delante los altares, cumplía sus votos, hacía sus plegarias, hembra que era muy señalada en religión y bondad, y que merecía gozar de más larga vida para que el fruto de la victoria fuera más colmado. Todo lo atajó la muerte; falleció casi al mismo tiempo que el reino quedaba apaciguado. El rey don Fernando, su marido, fundada la paz y ordenadas las demás cosas a su voluntad, tuvo el reino más de treinta años. Emprendió en lo de adelante y acabó muchas guerras felizmente en ayuda de sus amigos y confederados.

 

Fuera de esto, a los turcos que se apoderaron pasados algunos años de Otranto y de buena parte de aquella comarca, desbarató y echó de Italia por su mandado don Alonso, su hijo, duque de Calabria. En conclusión, si este rey en el tiempo de la paz continuara las virtudes con que alcanzó y se mantuvo en el reino, como fue tenido por muy dichoso, así se pudiera contar entre los buenos príncipes y en virtud señalados; mas hay pocos que en la prosperidad y abundancia no se dejen vencer de sus pasiones y sepan con la razón enfrenar la libertad.

 

 

 

 

IX. Que el infante don Alonso fue alzado por rey

 

de Castilla

 

No sosegaron las alteraciones de Castilla por quedar el infante don Alonso en poder de los grandes; antes fue para mayor daño lo que se pensó sería para remediar los males. Como fueron los intentos y consejos errados, así tuvieron los remates no buenos. El rey, de Cabezón, cerca de donde fue la junta y la habla que tuvo con don Juan Pacheco, se partió para el reino de Toledo; los grandes se fueron a Plasencia. El maestre de Calatrava don Pedro Girón, que en Castilla la Vieja era señor de Ureña, se partió para el Andalucía, do tenía también la villa de Osuna, con intento de mover los andaluces y persuadirles que tomasen las armas contra su rey. Era el maestre hombre vario y no de mucha constancia ni muy firme en la amistad, y que tenía mas cuenta con llevar adelante sus pretensiones y salir con lo que deseaba, que con lo que era honesto y santo. Quitaron el

 

 

 

 

 

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priorado de San Juan a don Juan de Valenzuela, y al obispo de Jaén despojaron de sus bienes y rentas, no por otra causa sino porque eran leales al rey; delito que se tiene por muy grave entre los que están alborotados y amotinados. Por toda aquella provincia trató de levantar la gente, en especial de meter en la misma culpa a los señores y nobles; prometía a cada cual conforme a lo que era y a su calidad cosas muy grandes, con que muchos se alentaron y resolvieron de juntarse con los alborotados, en particular las comunidades y regimientos de Sevilla y de Córdoba y el duque de Medina Sidonia y conde de Arcos y don Alonso de Aguilar.

 

El rey don Enrique, vista la tempestad que se aparejaba y armaba, en Madrid hizo una junta para tratar del remedio. Preguntó a los congregados lo que les parecía se debía hacer, si acudir a las armas, o pues las cosas no se encaminaban como se pensó, si sería bien tornar a mover tratos de paz. Callaron los demás; el arzobispo de Toledo dijo que su parecer era debían procurar que el infante don Alonso volviese a poder del rey, porque ¿quién sería más a propósito para guardarle como prenda de la paz y para seguridad del casamiento poco antes concertado que su mismo hermano, y que poco después sería su suegro? Que si no obedeciesen, en tal caso se podría acudir a las armas y a la fuerza y castigar la contumacia de los que se desmandasen. Para lo cual debía la corte con brevedad pasarse a Salamanca, por estar aquella ciudad cerca de donde los conjurados se hallaban, y por esta causa ser muy a propósito para asentar la paz o hacer la guerra. Parecía a algunos que estas cosas las decía con llaneza; así, vinieron los demás en el mismo parecer, sin que ninguno de los que mejor sentían se atreviese a chistar; todo procedía, no por razón y justicia, sino por fuerza y violencia. Envióse pues por una parte embajada a los grandes, y por otra mandaron que las compañías de soldados acudiesen a Salamanca. Pasó el rey a Castilla la Vieja y a Salamanca, y con las gentes que llevaba y allí hallo puso cerco sobre Arévalo, que se tenía por los alborotados.

 

Desde allí el arzobispo de Toledo, quitada la máscara, se fue a Ávila, ciudad que tenía en su poder, que poco antes le dio el rey, así aquella tenencia como la de la Mota de Medina. A Ávila acudieron los conjurados llamados por el arzobispo; asimismo el almirante, como lo tenía acordado, se apoderó de Valladolid, do estos señores pensaban hacer la masa de la gente.

 

 

 

 

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Con estas malas nuevas y por el peligro que corría de mayores males, despertado el rey; de su grave sueño, a solas y las rodillas por tierra, las manos tendidas al cielo, habló con Dios, según se dice, de esta manera: «Con humildad, Señor, Cristo hijo de Dios y rey por quien los reyes reinan y los imperios se mantienen, imploro tu ayuda; a ti encomiendo mi estado y mi vida; solamente te suplico que el castigo, que confieso ser menor que mis maldades, me sea a mí en particular saludable. Dame, Señor, constancia para sufrirle, y haz que la gente en común no reciba por mi causa algún grave daño». Dicho esto, muy de prisa se volvió a Salamanca.

 

Los alborotados en Ávila acordaron de acometer una cosa memorable; tiemblan las carnes en pensar una afrenta tan grande de nuestra nación; pero bien será se relate para que los reyes por este ejemplo aprendan a gobernar primero a sí mismos, y después a sus vasallos, y adviertan cuántas sean las fuerzas de la muchedumbre alterada, y que el resplandor del nombre real y su grandeza más consiste en el respeto que se le tiene que en fuerzas; ni el rey, si le miramos de cerca, es otra cosa que un hombre con los deleites flaco; sus arreos y la escarlata ¿de qué sirve sino de cubrir como parche las grandes llagas y graves congojas que le atormentan? Si le quitan los criados, tanto más miserable; que con la ociosidad y deleites más sabe mandar que hacer ni remediarse en sus necesidades.

 

La cosa pasó de esta manera. Fuera de los muros de Ávila levantaron un cadalso de madera en que pusieron la estatua del rey don Enrique con su vestidura real y las demás insignias de rey, trono, cetro, corona; juntáronse los señores, acudió una infinidad de pueblo. En esto un pregonero a grandes voces publicó una sentencia que contra él pronunciaban, en que relataron maldades y casos abominables que decían tenía cometidos. Leíase la sentencia, y desnudaban la estatua poco a poco y a ciertos pasos de todas las insignias reales; últimamente, con grandes baldones la echaron del tablado abajo. Hízose este auto un miércoles, a 5 de junio. Con esto el infante don Alonso, que se halló presente a todo, fue puesto en el cadalso y levantado en los hombros de los nobles, le pregonaron por rey de Castilla, alzando por él, como es de costumbre, los estandartes reales. Toda la muchedumbre apellidaba como suele: Castilla, Castilla por el rey don Alonso, que fue meter en el caso todas las prendas posibles y jugar a resto abierto. Como se divulgase tan grande resolución, no fueron todos de un parecer; unos alababan aquel hecho, los mas le

 

 

 

 

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reprendían. Decían, y es así, que los reyes nunca se mudan sin que sucedan grandes daños; que ni en el mundo hay dos soles, ni una provincia puedo sufrir dos cabezas que la gobiernen; llegó la disputa a los púlpitos y a las cátedras. Quién pretendía que, fuera de herejía, por ningún caso podrían los vasallos deponer al rey; quién iba por camino contrario.

 

Hizo el nuevo rey mercedes asaz de lo que poco le costaba, en particular a Gutierre de Solís, por contemplación del maestre de Alcántara, su hermano, dio la ciudad de Coria con título de conde. Las ciudades de Burgos y de Toledo aprobaron sin dilación lo que hicieron los grandes.

Al contrario, no pocos señores comenzaron a mostrarse con más fervor por el rey don Enrique; teníanle muchos compasión, y parecíales muy mal a todos que le hubiesen afrentado por tal manera. Pensaban otrosí que en lo de adelante daría mejor orden en sus costumbres y eso mismo en el gobierno. Don García de Toledo, conde de Alba, ya reconciliado con el rey, acudió luego con quinientas lanzas y mil de a pie. La reina y la infanta doña Isabel fueron enviadas al rey de Portugal para alcanzar por su medio le enviase gente de socorro. Habláronle en la ciudad de la Guardia, a la raya de Portugal; pero fuera del buen acogimiento que les hizo y buenas palabras que les dio, no alcanzaron cosa alguna.

Las gentes de los señores acudieron a Valladolid, las del rey a Toro, más en número que fuertes. Los rebeldes, muy obstinados en su propósito, cargaron sobre Peñaflor. Defendiéronse los de dentro animosamente, que fue causa de que, tomada la villa, le llanasen los muros. Querían con este rigor espantar a los demás. Acudieron a Simancas; el rey para su defensa despachó al capitán Juan Fernández Galindo desde Toro con tres mil caballos. Con su llegada cobraron los cercados tanto brío y pasaron tan adelante, que como por escarnio y en menosprecio de los contrarios los mochileros se atrevieron a pronunciar sentencia contra el arzobispo de Toledo y arrastrar por las calles su estatua, que últimamente quemaron; pequeño alivio de la afrenta hecha al rey en Ávila, y satisfacción muy desigual, así por la calidad de los que hicieron la befa como del a quién se hacía.

 

Alzaron los conjurados el cerco por la resistencia que hallaron, especial que se sabía haberse juntado en Toro un grueso ejército de gentes que acudían al rey de todas partes, hasta ochenta mil de a pie y catorce mil de a caballo. Con estas gentes marcharon la vuelta de Simancas. En el camino cerca de Tordesillas fue en una escaramuza y encuentro herido y

 

 

 

 

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preso el capitán Juan Carrillo, que seguía la parte de los grandes. Ya que estaba para expirar, llamó al rey y le avisó de cierto tratado para matarle. Declaróle otrosí en particular y en secreto los nombres de los conjurados. Mas el rey don Enrique los encubrió con perpetuo silencio por sospechar, como se puede creer, que aquel capitán, aunque a punto de muerte, fingía aquel aviso, o por odio que tenía contra los que nombraba, o para congraciarse con el mismo rey.

 

Llegó pues a poner sus reales junto a Valladolid; no pudo ganar aquella villa por estar fortificada con muchos soldados, demás que en la gente del rey se veía pocas ganar de pelear, y a ejemplo del que les gobernaba, una increíble y vergonzosa flojedad y descuido. Tornaron en aquel campo a mover tratos de concierto; acordaron de nuevo de hablarse el rey don Enrique y el marqués de Villena. Fue mucho lo que se prometió, ninguna cosa se cumplió; solamente persuadieron al rey que, pues sus tesoros no eran bastantes para tan grandes gastos, deshiciese el campo; que en breve el infante del Alonso, dejado el nombre de rey, con los demás grandes se reduciría a su servicio. De esta manera derramaron los soldados por ambas partes; y a los grandes que estaban con el rey, aunque no sirvieron, o poco, se dieron en Medina del Campo premios muy grandes. Particularmente a don Pedro González de Mendoza, obispo de Calahorra, hizo el rey merced de las tercias de Guadalajara y toda su tierra; al marqués de Santillana, su hermano, dio la villa de Santander en las Asturias; al conde de Medinaceli dio a Ágreda; al de Alba el Carpio; el de Trastámara la ciudad de Astorga en Galicia, con nombre de marqués, sin otras muchas mercedes que a la misma sazón se hicieron a otros señores y caballeros.

 

Los alborotados se partieron para Arévalo. Con su ida, Valladolid volvió al servicio del rey. Tenían al infante don Alonso como preso, y porque trataba de pasarse a su hermano, le amenazaron de matarle; ¡miserable condición de su reinado! De él estaban apoderados sus súbditos, y él, en lugar de mandar, forzado a obedecerlos. Con todo, se tornó a tratar de hacer paces. Prometían los alterados que si la infanta doña Isabel casase con el maestre de Calatrava, se rendirían, así el maestre como su hermano el de Villena, en cuyas manos y voluntad estaba la guerra y la paz. Daba este consejo el arzobispo de Sevilla don Alonso de Fonseca. El rey vino en ello, y con esta determinación despidieron de la corte al duque de Albusquerque y al obispo de Calahorra por ser muy contrarios al dicho maestre, que para el dicho efecto hicieron llamar.

 

 

 

 

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La infanta sentía esta resolución lo que se puede pensar; su pesadumbre grandes, sus lágrimas continuas; consideraba y temía una cosa tan indigna. Su camarera mayor, llamada doña Beatriz de Bovadilla, con la mucha privanza que con ella tenía, le preguntó cuál fuese la causa de tantas lágrimas y sollozos. «¿No veis, dice ella, mi desventura tan grande, que siendo hija y nieta de reyes, criada con esperanza de suerte más alta y aventajada, al presente, vergüenza es decirlo, me pretenden casar con un hombre de prendas en mi comparación tan bajas? ¡Oh, grande afrenta y deshora! No me deja el dolor pasar adelante».

 

«No permitirá Dios, señora, tan grande maldad, respondió doña Beatriz, no en mi vida, no lo sufriré. Con este puñal (que le mostró desenvainado), luego que llegare, os juro y aseguro de quitarle la vida cuando esté más descuidado». ¡Doncella de ánimo varonil! Mejor lo hizo Dios.

Desde su villa de Almagro se apresuraba el maestre para efectuar aquel casamiento, cuando en el camino súbitamente adolesció de una enfermedad que le acabó en Villarrubia, por principio del año de nuestra salvación de 1466. Su cuerpo sepultaron en Calatrava en capilla particular. Díjose vulgarmente que las plegarias muy devotas de la infanta, que aborrecía este casamiento, alcanzaron de Dios que por este medio la librase. Estábale aparejado del cielo casamiento más aventajado y muy mayores estados. En los bienes y dignidades del difunto sucedieron dos hijos suyos. Don Alonso Téllez Girón, el mayor, conforme al testamento de su padre, quedó por conde de Ureña. Don Rodrigo Téllez Girón, el segundo, hubo el maestrazgo de Calatrava por bula del papa que para ello tenía alcazada. Sin estos tuvo otro tercer hijo, llamado don Juan Pacheco, todos habidos fuera de matrimonio. Poco antes de la muerte del maestre se vio en tierra de Jaén tanta muchedumbre de langostas, que quitaba el sol. Los hombres atemorizados, cada uno tomaba estas cosas y señales como se le antojaba, conforme a la costumbre que ordinariamente tienen de hacer en casos semejantes pronósticos diferentes, movidos unos por la experiencia de casos semejantes, otros por liviandad más que por razones que para ello haya.

 

En este tiempo, Rodrigo Sánchez de Arévalo, castellano que era en Roma del castillo de Santángel, escribía en latín una historia de España mas pía que elegante, que se llama Palentina, por su autor que fue obispo de Pulencia. Diole aquella iglesia a instancia del rey don Enrique, al cual

 

 

 

 

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intituló aquella historia, el pontífice Paulo II, con quien, puesto que era español, el dicho Rodrigo Sánchez tuvo mucho trato y familiaridad.

 

 

 

 

X. De la batalla de Olmedo

 

Muy revueltas andaban las cosas en Castilla, y todo estaba muy confuso y alterado, no la modestia y la razón prevalecían, sino la soberbia y antojo lo mandaban todo. Veíanse robos, agravios y muertes sin temor alguno del castigo, por estar muy enflaquecida la autoridad y fuerza de los magistrados. Forzadas por esto las ciudades y pueblos se hermanaron para efecto que las insolencias y maldades fuesen castigadas. A las hermandades, con consentimiento y autoridad del rey, se pusieron muy buenas leyes para que no usasen mal del poder que se les daba y se estragasen.

 

Comúnmente la gente avisada temía no se volviese a perder España y los males antiguos se renovasen por estar cerca los moros de África, como en tiempo del rey don Rodrigo aconteció. La ocasión no era menor que entonces, ni menos el peligro a causa de la grande discordia que reinaba en el pueblo y la deshonestidad y cobardía de la gente principal. Pasaron en esto tan adelante, que vulgarmente llamaban por baldón al arzobispo de Toledo don Oppas, en que daban a entender le era semejable y que sería causa a su patria de otro tal estrago cual acarreó aquel prelado.

Estas discordias dieron avilenteza al conde de Foix, que con las armas pretendía apoderarse del reino de Navarra como dote de su mujer, y que se le hacía de mal aguardar hasta que su suegro muriese. Conforme al común vicio y fulla natural de los hombres, hacía él lo que en su cuñado culpaba, el príncipe don Carlos. Y aún pasaba adelante con su pensamiento, ca quería hacer guerra a Castilla y forzar al rey don Enrique le entregase los pueblos de Navarra, en que tenía puestas guarniciones castellanas. De primera entrada se apoderó de la ciudad de Calahorra y puso cerco sobre Alfaro. Para acudir a este daño despachó el de Castilla a Diego Enríquez del Castillo, su capellán y su cronista, cuya Crónica anda de los hechos de este rey. Llegado, acometió con buenas razones a reportar al conde; mas como por bien no acabase cosa alguna, juntadas que hubo arrebatadamente las gentes que pudo, le forzó a que, alzado el cerco de prisa, se volviese y

 

 

 

 

 

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retirase. Asimismo la ciudad de Calahorra volvió a la obediencia del rey, ca los ciudadanos echaron de ella la guarnición que el de Foix allí dejó. De esta manera pasaban las cosas de Navarra con poco sosiego.

 

En Cataluña se mejoraba notablemente el partido aragonés. Los contrarios en diversas partes y encuentros fueron vencidos, y muchos pueblos se recobraron por todo aquel estado. Lo que hacía más al caso, don Pedro el Competidor, yendo de Manresa a Barcelona, falleció de su enfermedad en Granollers un domingo, a 29 de junio. Su cuerpo enterraron en Barcelona en nuestra Señora de la Mar con solemne enterramiento y exequias. El pueblo tuvo entendido que le mataron con hierbas, cosa muy usada en aquellos tiempos para quitar la vida a los príncipes. Yo más sospecho que le vino su fin por tener el cuerpo quebrantado con los trabajos, y el ánimo aquejado con los cuidados y penas que le acarreó aquella desgraciada empresa. Éste fue sólo el fruto que sacó de aquel principado que le dieron y él aceptó poco acertadamente, como lo daba a entender un alcotán con su capirote que traía pintado como divisa en su escudo y blasón en sus armas, y debajo estas palabras: «Molestia por alegría». Dejó en su testamento a don Juan, príncipe de Portugal, su sobrino, hijo de su hermana, aquel condado, en que tan poca parte tenía; además que los aragoneses con la ocasión de faltar a los catalanes cabeza, se apoderaron de la ciudad de Tortosa y de otros pueblos. Para remedio de este daño los catalanes, en una gran junta que tuvieron en Barcelona, nombraron por rey a Renato, duque de Anjou, perpetuo enemigo del nombro aragonés; resolución en que siguieron más la ira y pasión que el consejo y la razón. A la verdad poca ayuda podían esperar de Portugal, y llamado el duque de Anjou, era caso forzoso que los socorros de Francia desamparasen al rey de Aragón, y por andar el conde de Foix alterado en Navarra, entendían no tendría fuerzas bastantes para la una y la otra guerra.

 

Por el contrario, por miedo de esta tempestad el rey de Aragón convidó al duque de Saboya y a Galeazo en lugar de su padre Francisco Esforcia, ya difunto, duque de Milán, para que se aliasen con él. Representábales que Renato con aquel nuevo principado que se le juntaba, si no se proveía, era de temer se quisiese aprovechar de Saboya, que cerca le caía, y de los milaneses por la memoria de los debates pasados. Acometió asimismo a valerse por una parte de los ingleses; por otra, al principio del año de nuestra salvación de 1487, envió a Pedro Peralta, su condestable, a Castilla

 

 

 

 

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para que procurase atraer a su partido y hacer asiento con los señores confederados y conjurados contra su rey. Y para mejor expedición le dio comisión de concertar dos casamientos de sus hijos, doña Juana y don Fernando, con el infante don Alonso, hermano del rey don Enrique, y con doña Beatriz, hija del marqués de Villena; tan grande era la autoridad de aquel caballero poco antes particular, que pretendía ya segunda vez mezclar su sangre y emparentar con casa real. Ayudábale para ello el arzobispo de Toledo, clara muestra de la grande flaqueza y poquedad del rey don Enrique. Verdad es que ninguno de estos casamientos tuvo efecto.

 

Al infante don Alonso asimismo poco antes lo sacaron de poder del arzobispo de Toledo con esta ocasión. El conde de Benavente don Rodrigo Alonso Pimentel, reconciliado que se hubo con el rey don Enrique, alcanzó de él le hiciese merced de la villa de Portillo, de que en aquella revuelta de tiempos estaba ya él apoderado. Deseaba servir este beneficio y merced con alguna hazaña señalada. El infante don Alonso y el arzobispo de Toledo, donde algún tiempo estuvieron, pasaban a Castilla la Vieja. Hospedólos el conde en aquel pueblo. El aposento del infante se hizo en el castillo; a los demás dieron posadas en la villa. Como el día siguiente tratasen de seguir su camino, dijo no daría lugar para que el infante estuviese más en poder del arzobispo. Usar de fuerza no era posible por el pequeño acompañamiento que llevaban y ningunos tiros ni ingenios de batir; sujetáronse a la necesidad. El rey don Enrique, alegre por esta nueva, en pago de este servicio le dio intención de darle el maestrazgo de Santiago, que el rey tenía en administración por el infante, su hermano. Merced grande, pero que no surtió efecto por la astucia del marqués de Villena, con quien el de Benavente comunicó este negocio y puridad. Pensaba por estar casado con hija del marqués que no le pondría ningún impedimento. Engañóle su pensamiento, ca el marqués quiso más aquella dignidad y rentas para sí que para su yerno; y no hay leyes de parentesco quu basten para reprimir el corazón ambicioso. De aquí resultaron entre aquellos dos señores odios inmortales y asechanzas que el uno al otro se pusieron. El marqués era mañoso. Hizo tanto con el conde, que restituyó el infante don Alonso a los parciales. Con esto la esperanza de la paz se perdió y volvieron a las armas.

 

El rey don Enrique sintió mucho esto por ser muy descoso de la paz, en tanto grado, que sin tener cuenta con su autoridad, de nuevo tornó a tener habla con el marqués de Villena, primero en Coca, villa de Castilla la

 

 

 

 

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Vieja, y después en Madrid; y aún para mayor seguridad del marqués puso aquella villa como en tercería en poder del arzobispo de Sevilla. No fueron de efecto alguno estas diligencias, dado que doña Leonor Pimentel, mujer del conde de Plasencia, acudió allí, llamada de consentimiento de las partes por ser hembra de grande ánimo y muy aficionada al servicio del rey; por este respeto juzgaban sería a propósito para reducir a su marido y a los demás alterados y concertar los debates. Tenía el marqués de Villena más maña para valerse que el rey don Enrique recato para guardarse de sus trazas. Concertaron nueva habla para la ciudad de Plasencia. Los grandes que andaban en compañía del rey llevaban mal estos tratos. Temían algún engaño, y decían no era de sufrir que aquel hombre astuto se burlase tantas veces de la majestad real. De Madrid pasó el rey a Segovia al principio del estío; los rebeldes se apoderaron de Olmedo. Entrególes aquella villa Pedro de Silva, capitán de la guarnición que allí tenía. La Mota de Medina se tenía por el arzobispo de Toledo. Los moradores de aquella villa por el mismo caso eran molestados, y corría peligro de que los señores no se apoderasen de ella.

 

El rey don Enrique, movido por el un desacato y por el otro, mandó hacer grandes levas de gente. Llamó en particular a los grandes; acudió el conde de Medinaceli, el obispo de Calahorra y el duque de Alburquerque don Beltrán, que hasta entonces estuvo fuera de la corte. Asimismo Pero Hernández de Velasco, alcanzado perdón de su yerro pasado, fue enviado por su padre con setecientos de a caballo y un fuerte escuadrón de gente de a pie. Por este servicio alcanzó se le hiciese merced de los diezmos del mar; así se dice comúnmente y es cierto que se los dio. Era tanto el miedo del rey y el deseo que tenía de ganar a los grandes, que para asegurar en su servicio al marqués de Santillana puso en su poder a su hija la princesa doña Juana, y así la llevaron a su villa de Buitrago; grande mengua. Todos los grandes vendían lo más caro que podían su servicio a aquel príncipe cobarde; persuadíanse que con aquello se quedarían que alcanzasen y apañasen en aquellas revueltas. Después que el rey tuvo junto un buen ejército, enderezó su camino la vuelta de Medina. Llegó por sus jornadas a Olmedo; los conjurados, con intento de impedir el paso a la gente del rey, salieron de aquella villa puestos en ordenanza. El rey don Enrique deseaba excusar la batalla; su autoridad era tan poca y los suyos tan deseosos de pelear, que no les pudo ir a la mano. La batalla, que fue una de las más señaladas de aquel tiempo, se dio a 20 de agosto, día de san Bernardo.

 

 

 

 

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Encontráronse los dos ejércitos, pelearon por grande espacio y despartiéronse sin que la victoria del todo se declarase, dado que cada cual de las dos partes pretendía ser suya. La oscuridad de la noche hizo que se retirasen.

 

Los parciales se volvieron a Olmedo con el infante don Alonso; las gentes del rey, que eran dos mil infantes y mil setecientos caballos, prosiguieron su camino y pasaron a Medina del Campo. El rey don Enrique no se halló en la batalla. Pedro Peralta le aconsejó, ya que estaban para cerrar las haces, se saliese del peligro; algunos cuidaron fue engaño y trato doble a causa que de secreto favorecía a los conjurados, a los cuales había venido por embajador. En particular era amigo del arzobispo de Toledo, a cuyo hijo, llamado Troilo, dio poco antes por mujer a doña Juana, su hija y heredera de su estado. Tampoco se halló presenta el marqués de Villena por estar embarazado en el reino de Toledo, a causa de la junta y capítulo que tenían los treces de Santiago, que por el mismo tiempo le nombraron por maestro de aquella orden; debió ser con beneplácito del rey, tal fue su diligencia, su autoridad y su maña. Con esto él creció grandemente en poder, y el recelo y temor de los demás grandes, pues con ser él el principal autor de toda aquella tragedia, al tiempo que otro fuera castigado, de nuevo acumulaba nuevas dignidades y juntaba mayores riquezas.

 

En Navarra tenía el gobierno por su padre, doña Leonor, condesa de Foix, en el tiempo que por diligencia de don Nicolás Echavarri, obispo de Pamplona, recobraron los navarros a Viana, que hasta entonces quedó en poder de castellanos. Un hijo de esta señora, llamado Gastón, como su padre, de madama Madalena, su mujer, hermana que era de Luis, rey de Francia, hubo a esta sazón un hijo, llamado Francisco, al cual por su grande hermosura le dieron sobrenombre de Febo. Otra hija del mismo, que se llamó doña Catalina, por muerte de su hermano juntó por casamiento el reino de Navarra con el estado de Labrit, que era una nobilísima casa y linaje de Francia, como se declara en su lugar.

 

Hacía de ordinario su residencia el rey de Aragón en Tarragona para proveer desde allí a la guerra de Cataluña; y dado que era de grande edad y tenía perdida la vista de ambos ojos, todavía el espíritu era muy vivo y el brío grande. En aquella ciudad concertó de casar una hija suya bastarda, llamada doña Leonor, con don Luis de Beamonte, conde de Lerín. Desposólos a 22 de enero del año 1468, don Pedro de Urrea, arzobispo de

 

 

 

 

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aquella ciudad y patriarca de Alejandría. Señaláronle en dote quince mil florines, todo a propósito de ganar aquella familia poderosa y rica en el reino de Navarra; buen medio, si la deslealtad se dejase vencer con algunos beneficios.

 

Hacíanse Corte de Aragón en la ciudad de Zaragoza; presidía en ellas la reina en lugar de su marido. Allí, de enfermedad que le sobrevino, falleció a 13 de febrero, con grande y largo sentimiento del rey. Dolíase que siendo él viejo y su hijo de poca edad, les hubiese faltado el reparo de una hembra tan señalada. A la verdad ella era de grande y constante ánimo, no menos bastante para las cosas de la guerra que para las de gobierno. Poco antes de su muerte tuvo habla con doña Leonor, su antenada, condesa de Foix, en Ejea, a la raya de Aragón, do pusieron alianza en que expresaron que los mismos tuviesen las dos por amigos y por enemigos; palabras de ánimo varonil y más de soldados que de mujeres. Su cuerpo fue sepultado en Poblet. De una sola cosa la tachan comúnmente, que fue la muerte del príncipe Carlos, su antenado; así lo hablaba el vulgo. Añaden que la memoria de este caso la aquejó mucho a la hora de su muerte, sin que ninguna cosa fuese bastante para asegurarla y sosegar su conciencia muy alterada. Las revoluciones y parcialidades dan lugar a hablillas y patrañas.

 

 

 

 

XI. Cómo falleció el infante don Alonso

 

Llegó la fama de las alteraciones de Castilla a Roma; en especial el rey don Enrique por sus cartas hacía instancia con el pontífice Paulo II para que privase a los obispos sediciosos de sus dignidades, y pusiese pena de excomunión a los grandes si no se sosegaban en su servicio. Por esta causa Antonio Venerio, obispo de León, enviado a Castilla por nuncio con poderes bastantes, después de la batalla de Olmedo, en que se halló presente, primero fue a hablar al rey don Enrique en Medina del Campo, teniendo en esto consideración a su autoridad real; después, como procurase hablar con los conjurados, apenas pudo alcanzar que para ello le diesen lugar, antes le despidieron primera y segunda vez con palabras afrentosas, y pusieran en él las manos si no fuera por tener respeto a su dignidad. Como amenazase de excomulgarlos, respondieron que no

 

 

 

 

 

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pertenecía al pontífice entremeterse en las cosas del reino. Juntamente interpusieron apelación de aquella excomunión para el concilio próximo, condición muy propia de ánimos endurecidos y obstinados en la maldad, que siempre se adelanta en el mal hasta despeñarse, y quiera remediar un daño con otro mayor, sin moverse por algún escrúpulo de conciencia.

 

Sucedió un nuevo inconveniente para el rey que mucho le alteró, y fue que don Juan Arias, obispo de Segovia, por satisfacerse de la prisión que se hizo en la persona de Pedro Arias su hermano, contador mayor, sin alguna culpa suya, sólo por engaño del arzobispo de Sevilla, olvidado de las mercedes recibidas y que su hermano ya estaba puesto en libertad, se determinó entregar aquella ciudad de Segovia a los parciales. Ayudáronle para ello Prejano, su vicario, y Mesa, prior de San Jerónimo, con quien se comunicó. Es aquella ciudad fuerte y grande, puesta sobre los montes con que Castilla la Vieja parte término con la Nueva, que es el reino de Toledo. Acudieron todos los grandes como tenían concertado.

Fue tan grande el sobresalto, que la reina, que allí se halló, y la duquesa de Alburquerque, apenas pudieron alcanzar les diesen entrada en el castillo, a causa que Pedro Munzares, el alcaide, de secreto era también uno de los parciales. La infanta doña Isabel, como sabidora de aquella revuelta y trato, se quedó en el palacio real, y tomada la ciudad, se fue para el infante don Alonso, su hermano, con intento de seguir su partido.

 

Estas nuevas y fama llegaron presto a Medina del Campo, do el rey don Enrique se hallaba, con que recibió más pena que de cosa en toda su vida, por haber perdido aquella ciudad, ca la tenía como por su patria, y en ella sus tesoros y los instrumentos y aparejos de sus deportes. Desde este tiempo, por hallarse no menos falto de consejo que de socorro, comenzó a andar como fuera de sí. No hacía confianza de nadie. Recelábase igualmente de los suyos y de los enemigos, de todos se recataba, y de repente se trocaba en contrarios pareceres. Ya le parecía bien la guerra, poco después quería mover tratos de paz, cosa que por su natural descuido y flojedad siempre prevalecía.

 

Señaló la villa de Coca para tener habla de nuevo con el marqués de Villena, maguer que los suyos se lo disuadían, y como no fuesen oídos, los más le desampararon. En Coca no se efectuó cosa alguna; pareció se tornasen a ver el castillo de Segovia. Allí se hizo concierto con estas capitulaciones, que no fue más firme y durable que los pasados. Las condiciones eran: el castillo de Segovia se entregue al infante don Alonso;

 

 

 

 

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el rey don Enrique tenga libertad de sacar los tesoros que allí están, mas que se guarden en el alcázar de Madrid, y por alcaide Pedro Munzares. La reina para seguridad que se cumplirá esto, esté en poder del arzobispo de Sevilla; cumplidas estas cosas, dentro de seis meses próximos, los grandes restituyan al rey el gobierno y se pongan en sus manos. Vergonzosas condiciones y miserable estado del reino. ¡Cuán torpe cosa que los vasallos para allanarse pusiesen leyes a su príncipe, y tantas veces hiciesen burla de su majestad! La mayor afrenta de todas fue que la reina en el castillo de Alahejos, do la hizo llevar el arzobispo conforme a lo concertado, puso los ojos en un cierto mancebo, y con la conversación que tuvieron se hizo preñada, que fue grave maldad y deshonra de toda España y ocasión muy bastante para que el poco crédito que se tenía de su honestidad pasase muy adelante y la causa de los rebeldes ya pareciese mejor que antes.

 

El rey, cercado de trabajos y menguas tan grandes, desamparado casi de todos y como fuera de sí, andaba por diversas partes casi como particular, acompañado de solos diez de a caballo. Acordó por postre remedio de hacer prueba de la lealtad del conde de Plasencia y entrarse por sus puertas y ponerse en sus manos. Fue allí muy bien recibido, y entretúvose en el alcázar de aquella ciudad por espacio de cuatro meses.

En este tiempo, por muerte del cardenal Juan de Mela, que después, don Pedro Luján tuvo encomendada la iglesia de Sigüenza, aquel obispado se dio a don Pedro González de Mendoza, sin embargo que don Pero López, deán de Sigüenza desde los años pasados, como elegido por votos del cabildo, pretendía y traía pleito contra el dicho cardenal Mela.

Envió el papa un nuevo nuncio para convidar a los grandes que se redujesen al servicio de su rey, y porque no obedecían, últimamente los excomulgó. No se espantaron ellos por esto ni se enmendaron, bien que lo sintieron mucho, tanto, que enviaron a Roma sus embajadores; mas no les fue dado lugar para hablar con el pontífice ni aún para entrar en la ciudad antes que hiciesen juramento de no dar título de rey al infante don Alonso. Últimamente, en consistorio, el papa con palabras muy graves los reprendió y amonestó que avisasen en su nombre a los rebeldes procedería con todo rigor contra ellos si no se enmendaban; que semejantes atrevimientos no pasarían sin castigo; si los hombres se descuidasen debían temer la venganza de Dios. Añadió que sentía mucho que aquel

 

 

 

 

 

 

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príncipe mozo, por pecados ajenos sería castigado con muerte antes de tiempo. No fue vana esta profecía ni falsa.

 

Con esta demostración del pontífice las cosas del rey don Enrique se mejoraron algún tanto, en especial que por el mismo tiempo se redujo a su obediencia la ciudad de Toledo con esta ocasión. Era Pero López de Ayala alcalde de aquella ciudad; su cuñado fray Pedro de Silva, de la orden de Santo Domingo, obispo de Badajoz, a la sazón estaba en Toledo; el cual, comunicado su intento con doña María de Silva, su hermana, mujer del alcalde, dio al rey aviso de lo que pensaba hacer, que era entregarle la ciudad. Acudió él sin dilación, y en dos días llegó desde Plasencia a Toledo para prevenir con su presteza no hiciese el pueblo alguna alteración. Entró muy de noche, hospedóse en el monasterio de los dominicos, que está en medio y en lo más alto de la ciudad. Luego que se supo su llegada, tocaron alarma con una campana; acudió el pueblo alborotado. Pero López de Ayala como supo lo que pasaba, pretendía que el rey don Enrique no saliese en público ni se pasase adelante en aquella traza. Alegaba que le perderían el respeto; así, pasada la media noche, cuando el alboroto estaba sosegado, se salió de la ciudad. Partióse el rey muy triste, y en su compañía Perafán de Ribera, hijo de Pelayo de Ribera, y dos hijos de Pero López de Ayula, Pedro y Alonso. Al salir de la ciudad reconoció el rey el cansancio de su caballo, que había caminado aquel día dieciocho leguas. Pidió a uno de los que le acompañaban le diese el suyo; no quiso. Vista esta cortedad, los dos hijos de Pero López de Ayala a prisa se arrojaron de sus caballos, y de rodillas suplicaron al rey se sirviese de ellos, del uno para su persona, del otro para su paje de lanza. El rey los tomó y partió de la ciudad acompañándole a pie aquellos caballeros que le dieron los caballos. Llegados a Olías, hizo el rey merced a Pero López de Ayala de setenta mil maravedíes de juro perpetuo cada un año.

 

El obispo asimismo fue forzado a dejar la ciudad. Todo lo cual se trocó en breve; los ruegos, importunaciones y lágrimas de su mujer pudieron tanto con el alcalde, que arrepentido de lo hecho, dentro de cuatro días tornó a llamar al rey. Volvió pues, y halló las cosas en mejor estado que pensaba. Sólo por la instancia que hizo el pueblo y por su importunidad les confirmó sus antiguos privilegios y les otorgó otros de nuevo. A Pero López de Ayala en remuneración de aquel servicio dio título de conde de Fuensalida, y de nuevo le encomendó el gobierno de aquella ciudad, con que el rey se partió para Madrid. Allí hizo prender al alcaide Pedro

 

 

 

 

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Munzares por no estar enterado de su lealtad; contentóse de quitarle la alcaidía, y con tanto poco después le soltó de la prisión.

 

Alteró grandemente la pérdida de Toledo a los parciales, tanto, que salieron de Arévalo, do tenían la masa de su gente, con intento de poner cerco a aquella ciudad. Marchaba la gente la vuelta de Ávila, cuando un desastre y revés no pensado desbarató sus pensamientos. Esto fue que en Cardeñosa, lugar que está en el mismo camino, dos leguas de Ávila, sobrevino de repente al infante don Alonso una tan grave dolencia, que en breve le acabó. Falleció a 5 de julio; su cuerpo, vuelto a Arévalo, lo sepulturon en San Francisco; dende los años adelante le trasladaron al monasterio de Miraflores de cartujos de la ciudad de Burgos. De la manera y causa de su muerte hubo pareceres diferentes; unos dijeron que murió de la peste que por aquella comarca andaba muy brava; los más sentían que le mataron con hierbas en una trucha, y que se vieron de esto señales en su cuerpo después de muerto. Alonso de Palencia en la Historia de este tiempo y en sus Décadas, que compuso como cronista del mismo infante, con la libertad que suele, no dudó de contar esto por cierto, hasta señalar por autor de aquella maldad y parricidio al marqués de Villena, maestre de Santiago, lo que yo no creo. Porque ¿a qué propósito un señor tan principal había de mancillar su sangre y casa con hecho tan afrentoso? O ¿qué ocasión le pudo dar para ello un mozo que apenas era de dieciséis años? Sospecho que las grandes alteraciones y la corrupción de los tiempos dieron ocasión a que la historia en alabar a unos y murmurar de otros, conforme a las aficiones de cada cual, ande por este tiempo estragada.

 

 

 

 

XII. Que el príncipe de Aragón don Fernando fue

 

nombrado por rey de Sicilia

 

Renato, duque de Anjou, sin dilación aceptó el principado que de su voluntad los catalanes le ofrecían. Movíale a aceptar la ambición sin propósito, enfermedad ordinaria, y el deseo que tenía de vengar en España los agravios que los aragoneses le hicieron en Italia. Verdad es que él por su larga edad no pudo ir allá; envió a su hijo, llamado Juan, duque que era de Lorena, de quien arriba se dijo fue echado de Italia, para apoderarse de

 

 

 

 

 

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aquel estado; pretendía ayudarse de sus fuerzas y de los socorros de Francia. El rey francés, pospuesta la confederación que tenía con Aragón asentada, le envió alguna ayuda después que hubo puesto fin a la guerra civil y muy áspera que tuvo con su hermano el duque de Berri, y con Carlos, duque de Borgoña; parte poco adelante le trajo Juan, conde de Armeñac, con quien el de Lorena, no sólo tenía puesta confederación, sino también asentada hermandad para acudirse el uno al otro en las cosas de la guerra. Con tantas ayudas como tuvo, el de Lorena dio alegre principio a esta empresa; el remate fue diferente.

 

La ciudad de Barcelona, luego que vino, le abrió las puertas. Tratóse de la guerra, y acordaron hacer el mayor esfuerzo por la parte de Ampurias. Acudió el rey de Aragón a la defensa, aunque viejo y ciego. Cerca de Rosas en un encuentro fue desbaratada cierta banda de aragoneses. La fuerza del ejército francés marchó la vuelta de Gerona con intento, si Pedro de Rocaberti, que tenía el cargo de la guarnición, y los demás capitanes saliesen de la ciudad, presentarles la batalla; si se defendiesen dentro de los muros, tenían esperanza con cerco de apoderarse de aquella ciudad fuerte y rica. Sacaron los aragoneses su gente con grande ánimo; hubo algunos encuentros, siempre con mayor daño de los de fuera que de los de dentro. Acudió el príncipe don Fernando, metió todas sus gentes dentro de la ciudad; con tanto hizo que se alzase el cerco.

 

En breve aquella alegría se destempló y trocó en grave pesadumbre. Salió don Fernando de la ciudad, y en una batalla que se dio cerca de un pueblo llamado Villademar le desbarató cierta parte del ejército francés; y muertos muchos de los aragoneses, el príncipe se salvó por los pies. Quedó preso y en poder de los enemigos Rodrigo Rebolledo, capitán de gran nombre, cuya diligencia que hizo y esfuerzo de que usó en la defensa del príncipe fue grande. Los primeros ímpetus de los franceses, más fuertes que de varones, con maña y dilación más que con fuerza se han de rebatir. Tomaron este acuerdo, y por estar cerca el invierno, pusieron guarniciones en lugares a propósito, y dejaron a don Alonso de Aragón para que tuviese cuidado de aquella guerra. Hecho esto, el príncipe don Fernando se partió para Zaragoza, do se tenían Cortes a los aragoneses, y se halló presente a la enfermedad de su madre la reina y a su muerte, de que queda hecha mención. Difunta su madre y por estar su padre ciego y en edad de setenta años, fue necesario que las cosas de la paz y de la guerra, cargasen sobre

 

 

 

 

 

 

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los hombros del príncipe don Fernando, que, aunque de poca edad, daba grandes muestras de virtudes y de un natural excelente.

 

Era menester que tuviese autoridad para gobernar cosas tan grandes; por esto en aquella ciudad fue nombrado por rey de Sicilia como compañero de su padre en aquella parte (esto sucedió casi a los mismos días y tiempo en que el infante don Alonso de Castilla pasó de esta vida, como queda dicho). El cielo le aparejaba mayor imperio en Italia y en España y la gloria de deshacer el reino de los moros de Granada. Sabida que fue en Zaragoza la muerte del infante don Alonso, luego fue Pedro Peralta con muy bastantes poderes enderezados a los grandes parciales de Castilla para pedirles diesen a la infanta doña Isabel por mujer a don Fernando. Su padre el rey de Aragón se quedó en Zaragoza, y él se volvió a Cataluña a continuar la guerra, que se hacía por mar y por tierra con gran riesgo del partido de Aragón. Lo que más deseaba el de Lorena era apoderarse de Gerona por entender, tomada aquella ciudad, en todo lo demás no hallaría resistencia. Con esta resolución se volvió a Francia para hacer nuevas juntas de gentes, como lo hizo con tanta diligencia, que sólo en lo de Rosellón y lo de Cerdaña levantó quince mil hombres, fuerzas contra las cuales, juntas con las gentes que antes tenía, los aragoneses no eran bastantes, tanto, que no pudieron meter en Gerona, que de nuevo la tenían cercada y con gran porfía la batían, ni vituallas ni socorros. Verdad es que por el esfuerzo y diligencia de don Juan Melguerite, obispo de aquella ciudad y de los otros capitanes que dentro estaban, maguer que el peligro fue grande, la ciudad se defendió.

 

Entre tanto que combatían a Gerona, el rey don Fernando volvió sus fuerzas a otra parte, y se apoderó de un pueblo, llamado Verga, por entrega de los de dentro, que le hicieron a 17 de septiembre. Con esta toma, aunque no de mucha importancia, se comenzaron a mejorar las cosas, mayormente que el rey de Aragón a la misma sazón recobró la vista, cosa de milagro. Fue así, que un judío, natural de Lérida, llamado Abiabar, gran médico y astrólogo, se encargó de la cura, y mirado el aspecto de las estrellas, a 11 de septiembre, con una aguja le derribó la catarata del ojo derecho, conque de repente comenzó a ver. Rehusaba el judío volver a probar cosa tan peligrosa como aquella; decía que el aspecto de las estrellas ni era ni sería en mucho tiempo favorable y que bastaba servirse del un ojo; ¿a qué propósito intentar con peligro lo que excedía las fuerzas humanas? Parecía bien lo que decía a los más prudentes; pero como quiere que el rey hiciese instancia, a 12 de octubre se volvió a la misma cura, con que quedó también sano el ojo izquierdo. Esta alegría, que por la salud del rey fue, como era razón, muy grande, se aumentó mucho y en breve por alzarse el cerco de Gerona, que tenía a todos puestos en mucho miedo. Fue la causa sobrevenir el invierno y la falta que los enemigos tenían de cosas necesarias. Así, la prontitud y alegría con que los franceses vinieron parecía haberse caído, y que cada día la empresa se hacía más dificultosa.

 

En Portugal se desposó el príncipe don Juan con doña Leonor, su prima, olvidado del concierto hecho con Castilla de casar con doña Juana. La poca honestidad y poco recato de aquella reina confirmaban mucho la opinión de los que decían que su hija era habida de mala parte. El padre de la desposada doña Leonor, que era don Fernando, duque de Viseo, apercibida una armada en que pasó a África, ganó allí algunas victorias de los moros, y vuelto a su tierra, de su mujer doña Beatriz, hija de don Juan, maestre que fue de Santiago en Portugal, le nació un hijo, llamado don Emanuel, que los años adelante por voluntad de Dios vino a heredar el reino de Portugal. Cuentan los portugueses que en su nacimiento se vieron señales en el cielo que pronosticaban la gloria de aquel infante y su majestad, como gente muy aficionada a sus reyes y que gusta de hallar cualquier camino y motivo para honrarlos.

 

 

 

 

Sigue…

 

 

 

 

JUAN DE MARIANA (Talavera de la Reina, España, 1536 - Toledo, España, 1624) fue jesuita, teólogo e historiador. Hijo ilegítimo, estudió Artes y Teología en Alcalá de Henares y muy pronto entró en la Compañía de Jesús.

 

Fue un escritor brillante y un profesor admirado, dando clases en Roma y París antes de retirarse a Toledo para dedicarse a su obra, que fue extensa y polémica.

 

Escribió una Historia general de España, publicada en latín en 1592 y posteriormente traducida por el propio autor al castellano, que se convirtió en un gran éxito y en la obra de referencia sobre la historia española durante siglos.

 

En 1598 publicó De rege et regis institutione, un controvertido tratado político que fue quemado en París por su defensa del tiranicidio.

 

La publicación del Tratado y discurso sobre la moneda de vellón, en 1609, le supuso la persecución por parte de las autoridades españolas. En él, denunciaba la costumbre de disminuir el contenido de metal noble en las monedas para poder aumentar el número de éstas en circulación y proporcionar así más recursos al Estado.

 

Por sus escritos y por la influencia de éstos, se lo considera uno de los padres fundadores del liberalismo económico.



FIN

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