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Libro N° 14345. Historia General De España, Tomo II Parte 2. De Mariana, Juan


© Libro N° 14345. Historia General De España, Tomo II Parte 2. De Mariana, Juan.  Emancipación. Octubre 4 de 2025

 

Título Original: © Historia General De España, Tomo II

 

Versión Original: © Historia General De España, Tomo II

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

HISTORIA GENERAL DE ESPAÑA Tomo II

Parte 2

Juan De Mariana


 

 

 

 

 

 

Historia General De España, Tomo II Parte 2

Juan De Mariana

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta Historia general de España, publicada primero en latín y luego revisada y traducida al español por el propio autor, sirve al padre Juan de Mariana como marco para relatar la lucha de los pueblos contra los tiranos a lo largo de la Historia. Denuncia a los grandes personajes (como Alejandro Magno y Julio César) no como grandes hombres de los que estar orgullosos, sino como seres malvados y despreciables.

 

Obra de cabecera de John Locke y John Adams, al recomendársela a James Madison (durante la época en la que éste redactaba la Constitución de los Estados Unidos) como «la obra que mejor permitía aproximar el concepto de libertad», Thomas Jefferson sentó uno de los pilares que acabaría por inspirar a la revolución estadounidense.

 

Esta edición, aunque basada en la de 1780, respeta la separación en dos tomos de la obra original de 1623, actualizando ortografía, signos de puntuación y nombres propios. Este segundo y último tomo abarca los libros XVI a XXX, continuando con los avances de la Reconquista desde el siglo XIV y finalizando su narración con la muerte de Fernando el Católico a comienzos del siglo XVI. Completa el tomo un sumario de lo que aconteció en España desde entonces hasta el año anterior a la muerte del autor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan de Mariana

 

Historia general de España, tomo II

 

ePub r1.0

 

Titivillus 10.09.2025

 

 

Juan de Mariana, 1623

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viene…

 

 

 

 

XIII. Que ofrecieron el reino de Castilla a la infanta doña Isabel

 

La muerte del infante don Alonso fue ocasión que muchos se redujesen al servicio del rey don Enrique; pero la paz duró poco, y la guerra que luego resultó fue larga y grave, conque las fuerzas de España quedaron quebrantadas. La ciudad de Burgos volvió a la obediencia del rey don Enrique, a ejemplo de Toledo y a persuasión de Pero Fernández de Velasco. Juntamente en Madrid el arzobispo de Sevilla, el conde de Benavente y otros grandes le hicieron de nuevo sus homenajes. Los parciales, por verse de repente despojados de la ayuda y arrimo del mal logrado infante, para tener persona en cuyo nombre ellos reinasen, trajeron a la infanta doña Isabel desde Arévalo a la ciudad de Ávila. Allí se resolvieron de ofrecerle el nombre de reina y las insignias reales. Tomó el

arzobispo de Toledo la mano y cuidado de persuadirle aceptase el reino, que de derecho y razón decía era suyo. Relató por menudo la afrenta de la casa real, la cobardía, el descuido, la deshonestidad, los partos adulterinos, con peligro que los que no debían heredasen el reino ajeno, los infamias perpetuas de toda la nación; para cuyo remedio era menester su autoridad, su sombra y su amparo. Que no era justo rehusase ponerse a cualquier trabajo y peligro por el bien común de la patria.

 

A todo esto respondió ella: «Yo os agradezco mucho esta voluntad y afición que mostráis a mi servicio, y deseo poder en algún tiempo gratificarla; pero aunque la voluntad es buena, que estos vuestros intentos no agradan a Dios da bien a entender la muerte de mi hermano mal logrado. Los que desean cosas nuevas y mudanza de estado ¿qué otra cosa acarrean al mundo sino males más graves, parcialidades, discordias, guerras? Por los evitar ¿no será mejor disimular cualquier otro daño? Ni la naturaleza de las cosas ni la razón de mandar sufre que haya dos reyes. Ningún fruto hay temprano y sin sazón que dure mucho; yo deseo que el reino me venga muy tarde para que la vida del rey sea más larga y su majestad más durable. Primero es menester que él sea quitado de los ojos de los hombres, que yo acometa a tomar el nombre de reina. Volved pues el reino a don Enrique, mi hermano, y con esto restituiréis a la patria la paz. Éste tendré yo por el mayor servicio que me podéis hacer, y éste será el fruto más colmado y gustoso que de esta vuestra afición podrá resultar».

 

Forzó aquella modestia a que, no sólo aprobasen su determinación, sino que la alabasen, maravillados todos los que presentes estaban de la grandeza de su corazón, que menospreciaba lo que por alcanzar otros se meten por el fuego y por las espadas; por el mismo caso la juzgaban por más digna del nombre real que le ofrecían. Pero era pesada a todos tan larga tempestad de discordias, y así se comenzaron a inclinar a la paz; mayormente que el rey don Enrique por sus embajadores les ofreció perdón si se reducían a su servicio.

 

Con este intento el arzobispo de Sevilla a ruegos delos grandes y por permisión del rey fue a Ávila, por cuyo medio o ayudado también por su parte de Andrés de Cabrera, mayordomo de la casa real, se asentó la paz con estas capitulaciones: la infanta doña Isabel sea declarada y jurada por heredera del reino y por princesa; para su acostamiento le entreguen las ciudades de Ávila y Úbeda, las villas de Medina del Campo, Olmedo y

 

Escalona, que son pueblos muy apartados entre sí, con tal condición que jure de no casarse sin consentimiento del rey; con la reina se hará divorcio con beneplácito del papa; hecho esto, ella y su hija sean enviadas a Portugal; a los conjurados sea dado perdón y restituidos todos sus bienes y oficios y cargos que en tiempo de las revueltas les quitaron; para que todas estas cosas se efectuasen señalaron tiempo de cuatro meses.

 

Estas capitulaciones no contentaron al marqués de Santillana y a sus hermanos, que por el mismo tiempo eran venidos a Madrid, y juzgaban les era más a propósito tener en su poder a la pretensa princesa doña Juana, tanto más, que por el mismo tiempo la reina, con ayuda de Luis de Mendoza, del castillo en que la tenían, se fue una noche a Buitrago a verse y estar con su hija. El sentimiento del arzobispo de Sevilla, que la tenía encomendada, por esta causa fue grande. En el tiempo que estuvo detenida parió dos hijos, a don Fernando y a don Apóstol; tinénese por averiguado que secretamente los criaron en Santo Domingo el Real, monasterio de monjas de Toledo. Tomó la prelada de aquel convento este cuidado por ser parienta de don Pedro, padre de aquellas criaturas, y el mismo don Pedro muy cercano deudo del arzobispo de Sevilla.

 

Sin embargo, se señaló el monasterio de Guisando, que está entre Cadahalso y Cebreros, y a la mitad del camino que hay desde Madrid a la ciudad de Ávila, para que allí los grandes alterados tuviesen habla con el rey. En aquella habla se hicieron muchos conciertos y sacaron grandes condiciones y partidos. Todos se persuadían se quedarían con todo lo que en aquella sazón cada cual alcanzase, y que el rey y su hermana vendrían en cualquier partido, por estar muy cansados de la guerra y deseosos grandemente de la paz. Refieren otrosí que el rey y marqués de Villena tuvieron habla en secreto, sin que se sepa lo que en ella acordaron. Sólo por lo que adelante sucedió entendieron se enderezó todo a asegurar sus cosas el de Villena y aumentar su casa y estados. El obispo Antonio Venerio, nuncio del papa, absolvió a los grandes del homenaje hecho al infante don Alonso, demás que pretendían por su muerte, alteradas las cosas, cesar la obligación que le tenían. Con esto hicieron de nuevo sus homenajes al rey don Enrique; y la infanta doña Isabel de común consentimiento fue jurada también por princesa heredera del reino. Lo uno y lo otro se hizo a los 19 de septiembre, día lunes.

 

A los demás conjurados se dio perdón. El enojo que el rey tenía muy mayor contra los dos hermanos Arias, que estaban apoderados de la ciudad de Segovia, ejecutó con aquella ocasión de haber concertado las paces y restituídole las ciudades, en que al momento les quitó el alcázar de Segovia, que tenían a su cargo, y le entregó a Andrés de Cadrea; ocasión y escalón para alcanzar adelante gran poder y muchas riquezas.

 

Por este tiempo en tierra de Toledo, en un lugar que se llama Peromoro, corrió de los haces que ciertos hombres segaban gran copia de sangre, cosa que al presente causó gran maravilla, y adelante se entendió era anuncio y pronóstico de los grandes males que sobre los pasados avinieron a España.

El marqués de Villena, vuelto a la privanza de antes, se comenzó de nuevo a apoderar de todo, con disgusto de los demás grandes; gran descuido y poquedad del rey don Enrique; tanto más, que a persuasión del marqués, y en su compañía su hermana la infanta doña Isabel, se fue a Ocaña, casi al principio del año 1469. Tenía el de Villena intento de casar la infanta con el rey de Portugal, y a su persuasión vino por embajador sobre el caso don Alonso de Noguera, arzobispo de Lisboa, acompañado de otras personas principales. Por el contrario, el arzobispo de Toledo pretendía casarla con don Femando, rey de Sicilia; y después de partido Pedro Peralta, embajador de Aragón, no cesaba de hablarla en este propósito, a que ella de suyo se inclinaba; y aún como la hablasen en el casamiento de Portugal, respondió llanamente que no era su voluntad ni le quería. Aconsejaba el de Villena que le hiciesen fuerza y por mal la constriñesen a conformarse. El rey don Enrique, dudoso de lo que haría, en fin se resolvió en lo que le pareció ser más seguro, de despedir por entonces los embajadores de Portugal con color que el negocio no estaba sazonado y que adelante se podría tratar de él. En especial que se ofrecía un nuevo partido asaz considerable. El cardenal atrebatense vino por embajador de Luis XI, rey de Francia, a pedir que la infanta doña Isabel casase con su hermano Carlos, duque de Berri, nueva ocasión para que los grandes se dividiesen y tuviesen sobre este negocio diversos pareceres.

 

Todo era sementera de nuevas discordias, sin estar apenas sosegadas las pasadas; en particular el Andalucía no se quietaba ni quería dejar las armas. Por muerte de don Juan, duque de Medina Sidonia, sucedió en aquel rico estado don Enrique, su hijo bastardo, como heredero, no sólo de sus bienes, sino también de sus parcialidades y enemistades. Seguíanle el conde de Arcos y don Alonso de Aguilar, que todos en nombre de la infanta doña Isabel alborotaban aquella tierra. Pareció convenía acudir el rey en persona a sosegar estos bullicios en sazón que el marqués de Villena renunció en su hijo don Diego López Pacheco el marquesado de Villena con intento que el rey y el papa lo confirmasen a él el maestrazgo de Santiago y gozar sin contraste de aquella rica dignidad. Quedóse la infanta en Ocaña; hiciéronla jurar de nuevo no casaría ni trataría de ello sin que el rey, su hermano, lo supiese y sin su voluntad. El conde de Benavente y Pero Hernández de Velasco fueron a Valladolid para gobernar el reino durante la ausencia del rey.

 

 

XIV. Del casamiento y bodas de los príncipes doña Isabel y don Fernando

 

Asentadas las cosas en la manera que dicho es, el rey don Enrique enderezó su camino para el Andalucía. Iban en su compañía el maestre de Santiago y los prelados de Sevilla y de Sigüenza; llegaron a pequeñas jornadas a Ciudad Real. Allí se quedó enfermo el de Sevilla. En Jaén fue el rey muy bien recibido y festejado por su condestable Iranzu; luego después de esto redujo a su servicio la ciudad de Córdoba por entrega que de ella le hizo con ciertas condiciones don Alonso de Aguilar. Sosegados los alborotos que allí andaban entre esto caballero y el conde de Cabra don Pedro de Córdoba, venido el estío, pasó a Sevilla. Sucedió lo mismo allí, que por autoridad del rey y con su presencia se sosegaron las alteraciones de los señores que moraban en aquella ciudad y se compusieron sus diferencias.

 

Los moros estaban quietos, cosa que hacía maravillar por andar los nuestros tan revueltos y alterados, que no se aprovechasen de la ocasión que se les presentaba. Estaban los fronteros, que eran capitanes de grande esfuerzo, mayormente el condestable ya dicho, alerta y en vela, y no les daban lugar para hacer algún insulto. Las discordias asimismo que entre los moros se levantaran de nuevo los embarazaban para no acudir a la guerra de fuera. Fue así, que Alquirzote, gobernador de Málaga, hombre muy experimentado en la guerra y de gran renombre y fama, como se viese apoderado de aquella ciudad, se rebeló contra el rey Albohacen, ayudado de muchos que se tenían por agraviados del rey, demás que de ordinario aquella gente, por ser de ingenio mudable, gusta que haya mudanza en el estado. Vinieron a las armas y diose la batalla: llevó Alquirzote lo peor por ser sus fuerzas mas flacas; trató de confederarse con el rey don Enrique.

 

Señalaron para tener habla a Archidona, que está a la raya del reino de Granada. Vino allí el moro muy alegre con grandes presentes que traía; partióse con no menor confianza por la palabra que el rey le dio de enviarle socorros y ayuda, que fue ocasión para que Albohacen con las armas hiciese este año y el siguiente muchas veces entradas y rompiese por tierra de cristianos. Llevaron los moros grandes cabalgadas de hombres y de ganados, quemaron campos y poblados. Era tan grande su indignación y su avilenteza tal, que hacían lo último de poder, y pasaron muy mas adelante de lo que antes solían en las talas, quemas y robos. Pero aunque fue grande el estrago y que se podía comparar con los antiguos, ningún pueblo señalado tomaron a los nuestros; sólo diversos escuadrones de soldados moros por toda el Andalucía y por el reino de Murcia hacían correrías, más a manera de salteadores que de guerra concertada.

 

Volvamos con nuestro cuento a la infanta doña Isabel, que se quedó en Ocaña; muchos y grandes príncipes la pedían a un mismo tiempo por mujer. Tenía grandes partes de virtudes, honestidad, hermosura, edad a propósito, sobre todo el dote, que era grandísimo, no menos que el reino de su hermano. A los demás pretensores, es a saber, el de Portugal, que era viudo, y al duque de Berri, mozo extranjero, se la ganó finalmente el rey don Fernando, no sin voluntad y providencia del cielo. Ayudó mucho la diligencia del rey de Aragón, su padre; con muchos presentes que dio, y mayores promesas para adelante, manera la más segura de negociar y la más eficaz, granjeó los criados de la infanta. El que más podía con ella y más privaba era Gutierre de Cárdenas, su maestresala, y con él Gonzalo Chacón, tío del mismo de parte de madre, mayordomo que era y contador de la princesa. A éste prometieron la villa de Casarrubios y Arroyomolinos; a Gutierre de Cárdenas la villa de Maqueda, fuera de otras grandes dádivas de presente, y promesas de oficios, encomiendas y juros para adelante. Por medio de los dos y del arzobispo de Toledo, que entraba a la parte, se concertó el casamiento con ciertas condiciones, que todas se enderezaban a que en tanto que viviese el rey don Enrique se le guardase todo respeto. Que después de su muerte la infanta doña Isabel tuviese todo el gobierno de Castilla, sin que el rey don Fernando pudiese hacer alguna merced por su propia autoridad, ni tampoco diese los cargos a extraños, ni quebrantase en alguna manera las franquezas, derechos y leyes del reino; en conclusión, que si no fuese con voluntad de su mujer, no se entremetiese en ninguna parte del gobierno. Todas estas capitulaciones y el casamiento se concertaron secretamente.

 

Don Fernando, sin embargo, se detuvo a causa de la guerra de Cataluña, en que los enemigos de nuevo tenían puesto sitio sobre Gerona, y al fin la forzaron a rendirse. Demás de esto, en Navarra se levantó otra tempestad. El obispo de Pamplona don Nicolás en el camino de Tafalla, que iba a verse con la infanta doña Leonor y a su llamado, fue muerto por orden de Pedro Peralta. Enviáronse personas que pidiesen justicia al rey de Aragón, y le hiciesen instancia para que mandase castigar tan grave maldad. Recelábanse no creciese el atrevimiento por falta de castigo, y aquel sacrilegio, si no se castigaba, fuese causa que todo el pueblo lo pagase con alguna plaga que les viniese del cielo. Quejábanse que el matador por engaño se apoderó de Tudela; demás de esto, extrañaban que el mismo rey concediese franquezas a muchos lugares con mucha liberalidad como de hacienda ajena. Pedían fuese servido de recobrar a Estella con todo su distrito, de que todavía estaban apoderados los de Castilla. El conde de Foix con el deseo de mandar andaba otrosí inquieto, y parecía que todo esto pararía en alguna guerra, por lo cual no menos era aborrecido del rey de Aragón, su suegro, que poco antes lo fue el príncipe don Carlos. El rey respondió a los embajadores blandamente y conforme a lo que el tiempo pedía, que era temporizar y entretener. A Pedro de Peralta no se dio por ende castigo ninguno por el delito tan atroz como cometió.

 

La infanta doña Isabel se hallaba congojada y suspensa; temía no la hiciesen fuerza, si se detenía en Ocaña más tiempo. Partióse para Castilla la Vieja, y por no darle entrada en Olmedo, que la tenía en su poder el conde de Plasencia, se fue para Madrigal, do residía su madre. Cosas tan grandes no podían estar secretas: escribió el maestre de Santiago sobre el caso al arzobispo de Sevilla, que después de convalecido de la dolencia ya dicha se entretenía en Coca; encargábale grandemente se apoderase de la persona de la infanta; intentos que desbarató la presteza con que el de Toledo y el almirante la acudieron con buen número de caballos. Lleváronla a Valladolid para que estuviese allí más segura, por ser el pueblo tan grande y estar de su parte el arzobispo de Toledo y en su compañía.

 

 

 

 

 

 

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No era menor la congoja con que don Fernando se hallaba y recelo que tenía no le burlasen sus esperanzas. Así, en lo más recio de la guerra de Cataluña se partió para Valencia con intento de recoger el dinero que conforme a lo asentado se obligó de contar a su esposa para el gasto de su casa y corte. Desde allí, dado que hubo la vuelta a Zaragoza, porque el negocio no sufría tardanza, en hábito disfrazado y sólo con cuatro personas que le acompañaban pasó a Castilla. En Osma encontró con el conde de Treviño don Diego Manrique, que tenía parte en aquel trato de su casamiento. Dende acompañado del mismo conde y de doscientos de a caballo, pasó a Dueñas, villa que era de don Pedro de Acuña, conde de Buendía, hermano del arzobispo de Toledo. Allí se vio con su esposa, y apercibidas todas las cosas, en Valladolid en las casas de Juan de Bivero, en que al presente está la audiencia real, se desposaron un miércoles a 18 de octubre. Luego el día siguiente se velaron con dispensación del papa Pío II en el parentesco que tenían. Así hallo que el arzobispo de Toledo dijo estaban dispensados, creo por conformarse con el tiempo para que no se reparase en aquel impedimento; invención suya, como se deja entender por la bula que los años adelante sobre esta dispensación expidió el papa Sixto IV.

 

Era don Fernando de poca edad, que apenas tenía dieciséis años, pero de buen parecer y de cuerpo grande y robusto. Escribieron los nuevos casados sus cartas al papa y al rey don Enrique y a los demás príncipes y grandes; la suma era excusarse de haber apresurado sus bodas. El aparato no fue grande; la falta de dinero tal, que les fue necesario buscarle para el gasto prestado.

Por el mismo tiempo don Enrique, hijo del infante don Enrique de Aragón, fue hecho duque de Segorbe por merced del rey de Aragón, su tío, que dio también a don Alonso, su hijo bastardo, con título de conde a Ribagorza, ciudad de Cerdaña a los confines y a la raya de Francia.

 

A los 6 de diciembre finó en Roma don Juan de Carvajal, cardenal y obispo de Plasencia, su natural; yace en San Marcelo de Roma. Fue auditor de Rota, después legado de tres papas a diversas partes, hombre de negocios, de vida y casa ejemplar. En la Extremadura labró sobre Tajo una famosa puente, que hoy se llama del Cardenal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XV. Que doña Juan se desposó con el duque de

 

Berri

 

Ocupábase el rey en Sevilla en asentar las diferencias que traían alterada aquella ciudad, cuando el maestre de Santiago desde Cantillana, donde se quedó cerca de aquella ciudad, le envió aviso del casamiento de su hermana. El desabrimiento que de ello recibió fue en demasía grande; sin dilación mandó aprestar lo necesario para ir a Trujillo. Pretendía entregar aquel pueblo, que está a los confines del Andalucía, y hacer de él merced a don Alonso de Zúñiga, conde de Plasencia, en remuneración de lo mucho que en el tiempo sus trabajos le sirvió. Cosa tan grande no pudo estar secreta; los moradores, hombres que son animosos y esforzados, comunicado el negocio con Gracián Sesé, alcaide del castillo, se determinaron a contradecirlo. Su resolución era tal, que se resolvieron de defender con las armas la libertad que sus antepasados les dejaron. No era cosa segura osar con ellos de fuerza; así, el rey se resolvió en dar al conde en trueco la villa de Arévalo, que está en Castilla la Vieja, no lejos de Ávila, a la ribera del río Adaja, la cual villa tenía el conde empeñada, que se la dio en prendas el infante don Alonso hasta que le hiciesen pagado de cierta suma de dineros que le prestara; y porque el trueco era desigual y Arévalo no valía tanto, diósele por alguna recompensa título y armas de duque de aquella villa.

 

En aquella ciudad de Trujillo se otorgó perdón al maestre de Alcántara, ca siguió la voz del infante don Alonso, y a Gutierre de Cáceres y Solís, su hermano, hizo el rey merced de la ciudad de Coria, o se la restituyó, como la tenía del infante, su hermano. Tal era la condición del rey don Enrique, que muchos, por lo que merecían ser castigados, eran remunerados con grande liberalidad y demasía.

Demás de esto, le vinieron cartas de la infanta doña Isabel, su hermana, comedidas, pero graves. En ellas, después de contar cómo no quiso admitir el reino que le ofrecían por la muerte de don Alonso, su hermano, se excusaba por su edad y por el olvido del rey de haber apresurado sus bodas. Que por grandes razones debió anteponer el casamiento de Aragón a los demás que le traían. Decía asimismo que no quería hacer mención, antes poner en olvido los agravios que ella y su madre muchos y graves recibieran. Ofrecía que ella y su marido le servirían como hijos, si fuese servido de tratarlos con amor y obras de

 

 

 

 

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padre. Leídas estas cartas en una junta, no se les dio otra respuesta sino que, llegado que el rey fuese a Segovia para donde caminaba, tendría cuenta con lo que se le representaba. De esta manera fue despedido el mensajero. Tornaron de nuevo a enviar otros embajadores a Segovia al principio del año 1470 para que hiciesen instancia con el rey don Enrique diese licencia a los nuevos casados para poderle hacer reverencia. Prometían de recompensar el disgusto pasado con señalados servicios y ayudar con todas sus fuerzas a remediar los daños del reino, el tiempo pasado trabajado y afligido. Tampoco a estos embajadores se dio otra respuesta sino que negocio tan grave se debía comunicar con los grandes.

 

Éste era el color que tomó, como quier que en hecho de verdad, por tenerse por ofendido de doña Isabel, tenía vuelta su afición a doña Juana, su hija, como él la nombraba, la cual con una nueva embajada que el rey Luis de Francia le envió, pedía por mujer para Carlos, su hermano, que poco antes, en lugar de los estados que tenía de Bria y de Campaña, hizo duque de Guyena. Las cabezas de esta embajada eran el cardenal albigense, que primero se llamaba atrebalense, y el conde de Boulogne. Demás de esto, pedía al rey don Enrique juntase con él sus fuerzas para hacer un concilio de obispos de todo el orbe cristiano contra el papa Paulo, con quien andaba encontrado. En esto llanamente no quiso venir el rey de Castilla por ser muy cierto principio y seminario de discordias y fuente de algún cisma desgraciado, de que los años pasados se vieron muchos ejemplos; a lo del casamiento dio por respuesta le parecía se difiriese para otro tiempo, creo por miedo de nuevas alteraciones.

 

Los grandes y el pueblo por las pasadas tan graves se hallaban muy cansados, en especial que no estaban del todo apaciguadas. A la verdad, en el mismo tiempo que estos tratos andaban en Segovia, don Alonso de Aguilar en Córdoba puso las manos en el mariscal don Diego de Córdoba, que venía descuidado al regimiento; y esto sin tener cuenta con la amistad que a instancia del rey pusiera poco antes con el conde de Cabra, padre del agraviado (mariscal conforme e lo antiguo era lo que hoy es maestre de campo). Llevóle pues preso; él, después que a instancia del rey fue puesto en libertad, por pensar que a causa de su poca autoridad y su natural descuido no haría castigar aquel exceso tan grave, se retiró a Granada. Allí con consentimiento del rey moro retó a su contrario a hacer campo con él, confiado en su mocedad y deseoso de vengarse. Señaló para el combate la vega de Granada, y aplazó el día en que le esperaría en el palenque. El día

 

 

 

 

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señalado como don Diego hasta puesta de sol hubiese esperado con las armas, y el contrario no compareciese, arrastró a la cola de su caballo por afrenta su estatua. Tras esto envió cartas a todas partes afrentosas contra don Alonso, y un retrato, que por ultraje representaba todo lo que pasó.

 

Por otra parte, los caballeros de Alcántara no querían obedecer a su maestre; llegó el negocio al rompimiento y a las armas. El maestre no tenía bastantes fuerzas para contrastar él solo con tantos. Hizo recurso a la ayuda de Gutierre de Solís, su hermano. Faltábales dinero para el sueldo; prestóles don Garci Álvarezde Toledo, conde de Alba, con quien emparentaran, cierta suma, y en prendas hasta que se la contasen la ciudad de Coria. Con esta ocasión los condes de Alba, que después se llamaron duques, adquirieron el señorío de aquella ciudad, que con aprobación de los reyes hasta este tiempo se ha conservado en su casa. En aquella guerra no sucedió cosa alguna memorable, fuera de que las gentes del maestre no pudieron pasar el río Tajo por la resistencia que les hicieron los contrarios; con esto, poco después sin hacer algún efecto se desbandaron. El maestre, despojado de su estado y afligido de una enfermedad que le ocasionó aquella congoja y desabrimiento, en breve falleció los años siguientes. En su lugar por voto de los caballeros, cuya mayor parte granjearon con dádivas o con amenazas, fue puesto don Juan de Zúñiga, hijo del duque de Arévalo, que fue el postrero en la cuenta de los maestres de Alcántara por la cesión que hizo adelante de aquella dignidad en la persona del rey don Fernando.

 

El maestre de Santiago don Juan Pacheco por el mismo tiempo se entretenía en Ocaña a causa de una dolencia de cuartanas que le aquejaba; la privanza y autoridad era mayor que jamás, tanto que se decía tenía hechizado al rey, cosa que, aunque era mentira, se hacía probable por causa que después de tantos deservicios y agravios como le hizo se ponía a sí y a sus cosas en sus manos para que él lo gobernase todo; y aún se rugía y murmuraba pasó la corte a Madrid sólo para tenerle más cerca, por lo menos el mismo rey salió a recibir al Maestre cuando volvía a la corte después de su enfermedad. Hízole otrosí de nuevo merced de la villa de Escalona; y como los moradores no le quisiesen recibir por señor, sin tener cuenta con la autoridad de su persona, él mismo fue hasta allá para entregársela de su mano, muestra de mayor amor.

 

El conde de Armeñac vino a Madrid huido de Francia por miedo qué tenía no le matasen, por casarse, como se casó, por amores con hija del

 

 

 

 

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conde de Foix sin dar de ello parte a su padre. Recibióle el rey muy bien, e hízole mucha honra. Volvió a su tierra poco después con seguridad que en nombre del rey de Francia le dio el cardenal albigense. Sus pecados le llevaban para que pagase en breve con la vida, según que adelante se verá.

 

Los vizcaínos, de tiempo muy antiguo divididos en dos parcialidades, Oñez y Gamboas, por este tiempo gravemente se alborotaron. Para sosegarlos envió el rey a Pero Fernández de Velasco, el cual por muerte de su padre, que tenía el mismo nombre y fue enterrado en Medina de Pomar, poco antes sucedió en el condado de Haro. Este caballero, luego que partido de Madrid llegó a Vizcaya, apaciguó aquella provincia, que de mucho tiempo atrás andaba alborotada. Acordó para sosegarlo todo desterrar de toda la tierra las cabezas de los dos bandos, que se llamaban el uno Pedro de Avendaño, y el otro Juan de Mújica.

Concedió el papa Paulo II en esta sazón jubileo y perdón de los pecados a los que acudiesen con cierta limosna, los ricos de cuatro reales, los medianos de tres, y los más pobres de dos. Del dinero que se juntase, las dos partes quería fuesen para el edificio de la iglesia mayor de Segovia, la tercera parte se reservaba para el mismo papa. Publicóse el jubileo en Segovia. Acudió desde Madrid el rey don Enrique para ganarlo, que fue devoción señalada.

En Portugal, en la villa de Setúbal, falleció el duque de Viseo a 8 de septiembre, en edad de treinta y siete años. Dejó por heredero a su hijo don Diego. Su cuerpo, del monasterio de San Francisco de aquella villa, en que le depositaron, trasladaron a Beja, ciudad puesta a la raya de Portugal; allí le sepultaron en la iglesia de la Concepción, la cual, con un monasterio de monjas que tenía pegado, a su costa fundó la duquesa doña Beatriz, su mujer.

En Valladolid, a la misma sazón, un grande alboroto se levantó, el pueblo tomó las armas contra los que venían de raza de judíos, dado que fuesen bautizados. Acudieron desde la villa de Dueñas el rey don Fernando y doña Isabel para enfrenar los alborotados. Poco faltó que no les perdiesen el respeto los amotinados y les hiciesen algún desaguisado. La parte más flaca, y que era más aborrecida por ser de linaje de judíos, llamó en su favor al rey don Enrique, que fue medio para reducir a su servicio aquel pueblo. Para su gobierno y seguridad nombró al conde de Benavente; hízole otrosí merced de las casas de Juan de Bivero, persona que, por favorecer grandemente a la otra parcialidad, y seguir con grande

 

 

 

 

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afición el partido de doña Isabel y de don Fernando, tenía muy ofendido al rey don Enrique. Volviéronse los príncipes a Dueñas; en aquella villa doña Isabel, a 2 de octubre, parió una hija, que tuvo su mismo hombre.

 

Los embajadores que tornaron de Francia volvieron a hacer instancia sobre el casamiento de que se trató antes; vino el rey en que se hiciese. El marqués de Santillana, ya que lo tenían todo a punto, trajo consigo a la princesa doña Juana. Por este servicio y haberla guardado le hizo el rey la merced de Alcocer, Valdolivas y Salmerón, villas muy principales del infantado. Pertenecían al marqués de Villena, como dote que eran de la condesa de Santisteban, su mujer; en recompensa le dieron y en trueque la villa de Requena con los derechos del puerto, que son de mucho interés por estar aquel pueblo a la raya del reino de Valencia. Para concluir los desposorios señalaron el valle de Lozoya, que está entre Segovia y Buitrago, y en él el monasterio muy señalado y muy rico de cartujos, que se llama el Paular. Acudieron allí, como lo tenían concertado, el rey y la reina con su hija. Demás de esto el maestre de Santiago, el arzobispo de Sevilla, el duque de Arévalo, el obispo de Sigüenza y sus hermanos; el acompañamiento y libreas muy lucidas y costosas.

 

Como estuvieron juntos, en un público auto que para esto se hizo, renunciaron todos los presentes los homenajes hechos a la infanta doña Isabel. Tras esto se celebraron los desposorios de la princesa doña Juana un día viernes a 26 de octubre. El rey y la reina juraron que era su hija legítima; los grandes otrosí le hicieron pleito homenaje, con que quedó jurada por princesa y por heredera del reino. Desposóse como procurador y en nombre del duque Carlos con la doncella y pretensa princesa el conde de Boulogne. Hizo la ceremonia y desposólos el cardenal albigense. Concluida toda la solemnidad y despedida la junta, se levantó un torbellino al volver a Segovia de vientos, de agua y de nieves tan grande, que los embajadores de Francia se vieron en peligro de perder la vida y murieron algunos de sus criados. Algunos pronosticaban por esto que aquel desposorio sería desgraciado, gente curiosa y dada a semejantes vanidades. Desde Segovia los embajadores, alegres por dejar concluido lo que pretendían, se volvieron a Francia; para mas honrarlos los acompañó hasta Burgos el obispo de Sigüenza don Pero González de Mendoza, por orden del rey.

 

Todo era abrir las zanjas para una nueva y gravísima guerra que resultara en España y Francia, si los santos desde el cielo con ojos

 

 

 

 

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piadosos no desbarataran aquella tempestad. Fue así, que al rey de Francia poco antes de esto nació un hijo, que se llamó Carlos, con que el duque de Guyena perdió la esperanza que tenía de suceder en el reinado de su hermano; y aún poco adelante, que no pasaron dos años, perdió él mismo también la vida, con que se desbarataron estas tramas, según que se tornará a referir en su propio lugar.

 

 

 

 

XVI. De la muerte de tres príncipes

 

En un mismo tiempo las fuerzas de Aragón se aumentaron con el casamiento de Castilla, y en otras partes andaban trabajadas porque la guerra de Cataluña continuaba en su mayor fuerza; la isla de Cerdeña y el reino de Navarra se alborotaron de nuevo; la ocasión fue diferente, la porfía y rabia semejante. Los sardos se movían a contemplación y debajo de la conducta de Leonardo de Alagón, hijo que era de Artal de Alagón, señor de Pina y de Sástago, y de parte de su madre Benedicta Arborea venía de los Arboreas, casa antigua y poderosa en aquella isla. Fundado pues en este derecho, por muerte del marqués de Oristán Salvador Arborea, que falleció sin hijos, tomó las armas para apoderarse de aquel estado, por no asegurarse de poderle alcanzar por las leyes y en juicio. Hubo en la prosecución de esto encuentros en diversos lugares, con que ganó al rey y a otros señores muchos pueblos y castillos. Era virrey Nicolás Carroz, persona de más autoridad que de fuerzas y poder para sosegar aquellos movimientos, que fue causa de alargarse la guerra.

 

En Navarra el conde de Foix, con codicia de reinar, acudió a las armas, y ayudado de los beamonteses se apoderó de gran parte de la tierra, y tenía sus estancias puestas sobre Tudela con tan gran determinación, que perdida la esperanza de que por su voluntad hubiese de desistir, el rey envió delante con gentes al arzobispo de Zaragoza. No pareció bastante esta prevención para allanar al conde. El mismo rey de Aragón, sin embargo de su edad, acompañado de buen número de soldados, acudió al peligro y forzó al yerno a levantar el cerco. Tratóse de concertarse por medio de embajadores que de ambas partes se enviaron. En fin, en Olite se hizo la avenencia y se dejaron las armas. Quedó el de Aragón conforme a lo que concertaron con el nombre y título sólo de rey de Navarra; el

 

 

 

 

 

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gobierno se encargó para siempre al conde de Foix y a su mujer, cuando una muy triste nueva que vino de Francia alteró grandemente a la una y a la otra parte, como desgracia que a todos tocaba.

Esto fue que entre los demás regocijos que Carlos, duque de Guyena, hacía por sus desposorios concertados con la princesa doña Juana, banquetes, juegos y saraos, en una justa que se tuvo, hirió grave y mortalmente a Gastón, hijo del conde de Foix, una astilla que de su misma lanza, que quebró en los pechos del contrario, se le entró por la visera. Sucedió este desastre a 23 de noviembre, día viernes. Murió en edad de veintiséis años. Su cuerpo, de Liburna, donde falleció, por mandado de su cuñado el duque de Guyena fue llevado a Burdeos y sepultado en San Andrés, que es la iglesia mayor de aquella ciudad. Dejó dos hijos de su mujer madama Madalena, el uno se llamó Francisco Febo, y la hija madama Catarina, entonces de poca edad, y adelante consecutivamente reyes de Navarra.

 

Todo esto ponía en gran cuidado y aquejaba el corazón del rey de Aragón, sobre todo le atormentaba el peligro en que veía puesto a su hijo don Fernando, porque ni era seguro dejarle en Castilla, do tenía muchos contrarios y al rey por enemigo, ni era a propósito llamarle por no estar asegurado el derecho de su sucesión ni saberse en qué pararían aquellos debates, en especial que se rugía que el arzobispo de Toledo, persona de tanta importancia para todo, andaba desabrido. Por su mucha ambición y deseo que tenía de mandarlo todo llevaba mal que don Fernando se aconsejase y comunicase sus puridades con Gutierre de Cárdenas y con el almirante don Alonso Enríquez, su tío. Además que en cierta ocasión como mozo se dejó una vez decir que estaba determinado no sufrir que nadie se le calzase y le gobernase, cosa que a otros príncipes acarreó mucho daño y afrenta. Esta palabra penetró más hondo en el pecho del arzobispo de lo que fuera razón. Estaba con resolución de ausentarse. El rey de Aragón, avisado del disgusto, con maña procuró apartarle de aquel propósito y voluntad con una carta que escribió a su hijo, en que le reprendía, y mandaba que en todas las cosas hiciese más caso del consejo y parecer del arzobispo que de todos los demás, a quien decía debía respetar y regalar como a padre. No fue de mucho efecto esta diligencia por estar muy irritado el arzobispo, sin querer de todo punto recibir satisfacción alguna.

 

 

 

 

 

 

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Por otra parte, las cosas de Aragón en Cataluña mejoraban, y parecía que en breve se acabaría la guerra por la muerte que sobrevino a Juan, duque de Lorena, que finó muy a propósito de una enfermedad a 16 de diciembre en Barcelona, do había ido a invernar. Su cuerpo sepultaron en la iglesia mayor con enterramiento y honras muy moderadas. Verdad es que los alterados, no por faltarles aquella cabeza y ayuda, perdieron el ánimo, antes acordaron llamar en su socorro al rey francés, que entendían no dejaría de aceptar el partido para juntar con lo de Rosellón y Cerdaña todo aquel principado. Con este intento publicaron un decreto y echaron bando, en que mandaban que ninguno en los castillos y ciudades que se hallaban sin cabeza fuese recibido por gobernador o alcaide si no viniese en persona o el mismo Renato, duque de Anjou, o Nicolás, su nieto, hijo del difunto, que ya se intitulaba príncipe de Aragón y duque de Calabria, apellidos vanos y sin provecho. Buscaban ocasión de descompadrar para con buen color quitarles la obediencia y el mando y ayudarse de brazo más fuerte, por ser la edad del uno y del otro poco a propósito para la guerra, y las fuerzas no muy grandes.

 

En Castilla tenía el rey de Aragón diversas práticas para granjear los grandes; a don Juan Pacheco prometían muy mayor estado, de que era muy codicioso; al arzobispo de Toledo, que parecía y se mostraba muy inclinado a mudar partido, aseguraban que a sus hijos, Troilo y Lope, se darían rentas y lugares, y se les harían otras ventajas; lo mismo hacían con los demás, que conforme a como los sentían aficionados, a unos conquistaban con promesas de dineros, a otros de diversas mercedes; mas ni don Juan Pacheco ni el arzobispo se cebaron de esperanzas semejantes para dejarse engañar.

Trataba de lo mismo el rey don Enrique, en especial pugnaba de traer a su servicio al de Toledo. No se podía entender de su condición le vencerían con benignidad; pareció sería acertado usar de alguna fuerza. Así, Vasco de Contreras por orden del rey o con intento de servirle, le tomó un su pueblo, llamado Perales. El arzobispo, como era de gran coraje, con gentes que llegó en su arzobispado acudió a valer sus vasallos. Púsose sobre aquella villa, y en su compañía don Juan Arias, obispo de Segovia. Acordó el rey atajar aquellos bullicios, porque de aquel principio no se emprendiese alguna llama. Partió luego para Madrid por año nuevo de 1471. Dende acudió al cerco acompañado de ochocientos de a caballo.

 

 

 

 

 

 

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Por esto el arzobispo dio la vuelta, alzado el cerco, a Alcalá, el rey a Madrid.

 

Buscóse una nueva traza para sosegar los prelados alborotados, en particular al de Toledo y al de Segovia. Ganó el rey dos bulas del padre santo; en la una citaba al de Segovia para que dentro de noventa días después de la notificación de aquellas letras pareciese personalmente en Roma; por el otro breve mandaba al arzobispo que se enmendase y obedeciese al rey don Enrique, y en caso que no cumpliese lo que le mandaba, cometía sus veces a cuatro canónigos de Toledo para que sustanciasen el proceso y cerrado se lo enviasen a Roma. Fueron estos cuatro jueces nombrados y señalados, como en el breve se contenía, por el cabildo de la santa iglesia de Toledo; pero el maestre de Santiago con sus mañas hizo tanto, que no pasaron adelante, y era cosa maravillosa que en aquella sazón no se tenía por afrenta jugar a dos hitos y usar de tratos dobles, especial entre los grandes, para cuyo acrecentamiento era provechoso que las cosas anduviesen revueltas, sin respeto alguno a lo que era honesto; tan grande, era su codicia y tal su ambición.

 

Así, todo el reino parecía estar dado en presa, y cada cual de los señores se apoderaba de todo lo que podía. El rey hizo merced al maestre de Santiago de la ciudad de Alcaraz, a don Rodrigo Ponce, conde de Arcos, dio la isla de Cádiz con nombre de marqués a instancia del mismo maestre de Santiago y como por dote del público, porque en aquella sazón, muerto el conde, su padre, casó con doña Beatriz, hija del maestre; parentesco enderezado y a propósito para hacer rostro al duque de Medina Sidonia, con quien el maestre y el conde tenían grande enemiga.

Vizcaya se volvió a alborotar por causa que las dos cabezas de los bandos, Avendaño y Mújica, tornaron del destierro a la patria por el favor que el conde de Treviño les dio. Hizo él de mejor gana este oficio por estar encontrado con el conde de Haro Pero Fernández de Velasco, que los desterró. Acudieron estos dos señores cada cual con sus gentes, y entraron en Vizcaya movidos de aquellos alborotos. Vinieron a las manos cerca de un pueblo llamado Munguía a 27 de abril; fue la pelea muy reñida. El de Treviño tenía más infantería, gente más a propósito que la caballería, por la aspereza de la tierra, que es fragosa y doblada; los naturales otrosí tenían de su parte gente valiente, y conforme a la calidad y aspereza de los lugares sufridora de trabajos. Así, los contrarios fueron desbaratados y puestos en huida con muerte de algunos, mayormente de los hidalgos y

 

 

 

 

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gente noble, y prisión de muchos más. El rey don Enrique, avisado del peligro y de lo que pasaba, sin dilación se partió para Burgos, de allí pasó a Orduña a grandes jornadas. Con su venida todo se apaciguó; mandó a los unos y a los otros desembarazasen la tierra y pusiesen entre sí treguas entre tanto que se trataba de concertar todos aquellos debates, y en particular hizo que a los que prendieron en el encuentro pasado, los pusiesen en libertad.

 

Tras esto en todo el reino de Castilla se hicieron grandes levas de gentes, en especial fueron llamados los grandes; todo se enderezaba a forzar a don Fernando y a doña Isabel a que saliesen de todo el reino. Verdad es que por consejo del maestre de Santiago se dejó este intento; decía sería mas a propósito vencerlos por maña que con fuerza; que aquel género de victoria era más excelente y necesario para la república trabajada con tantos males. Este parecer prevaleció, que ninguno se atrevió a contradecirle, ni aún el mismo rey, dado que entendía lo contrario.

 

Toledo y Sevilla a un mismo tiempo se alborotaron por estar de tiempo antiguo divididas en parcialidades. Los de Toledo en Ayalas y Silvas; cabeza de los Silvas era el conde de Cifuentes, y de los Ayalas el de Fuensalida. Para remedio de este daño, a instancia del obispo fray Pedro de Silva, casó el conde de Cifuentes con doña Leonor, hija del conde de Fuensalida; lo que pensaban sería para sosegarse fue ocasión de mayor revuelta por haber dado entrada contra la voluntad del rey en aquella ciudad, no sólo al conde de Cifuentes, sino a don Juan de Ribera, su tío de parte de madre, que venían, el uno a desposarse, y el otro a hallarse en los regocijos y honrar la fiesta. Los Silvas por hallarse con su cabeza tomaron las armas contra sus contrarios con tanta rabia, que el rey don Enrique fue forzado a acudir con toda presteza, y pacificado el alboroto, quitó al conde de Fuensalida el gobierno de la ciudad, en que por muchos años continuara, y puso en su lugar a Garci López con nombre de asistente para que la gobernase.

 

En Sevilla el marqués de Cádiz fue echado por el duque de Medina Sidonia de aquella ciudad. El marqués en venganza, en cierto encuentro mató dos hermanos bastardos de su contrario, y junto con esto tomó por fuerza a Medina Sidonia. Resultó de esta reyerta una guerra formada, la cual don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, enviado para este efecto, sosegó, más por maña que por fuerza y severidad. Medina Sidonia al tanto se restituyó a cuya era.

 

 

 

 

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Hizo grande falta para todo lo de Castilla la muerte del papa Paulo II; falleció a 25 de julio. En el tiempo de su pontificado concedió grandes bienes y favores a toda nuestra nación. Sucedió en su lugar, a 9 del mes de agosto, el cardenal Francisco de la Rovere, fraile de la orden de los Menores. Llamóse Sixto IV, persona de no menor bondad que el pasado, ni menos aficionado a nuestra España.

A la misma sazón un escuadrón de moros rompió por la parte del Andalucía la tierra adentro e hizo grandes estragos en la comarca de Alcántara; fue tan grande la presa y los despojos, que apenas los moros por ir tan cargados podían marchar en ordenanza. Para satisfacerse de este daño y para divertir al enemigo, por mandado del rey, el marqués de Cádiz con sus gentes tomó en el reino de Granada por fuerza de armas la villa de Cardella; dejó en ella poca gente de guarnición, y así en breve tornó a perderse y a poder de moros.

 

 

 

 

XVII. Como falleció Carlos, duque de Guyena

 

Fue este año dichoso para los portugueses y no menos para el reino de Aragón. En Portugal el rey don Alonso con una gruesa armada que juntó de no menos que trescientos bajeles, entre mayores y menores, desde Lisboa se hizo a la vela mediado el mes de agosto, con intento de volver a la guerra de África. Llevaba en su compañía al príncipe don Juan, su hijo, para que en aquella guerra sagrada diese principio al ejercicio de las armas, y con él de todo el reino lo más granado y más noble; todo el ejército era como de treinta mil hombres. Con estas gentes de su primera llegada tomó por fuerza a los moros la villa de Arcilla; murieron dos mil enemigos demás de cinco mil que vendieron por esclavos, con que se juntó buena suma de dineros. Costó la victoria sangre a los portugueses, ca murió mucha gente noble, en particular los condes, el de Montesanto, llamado don Álvaro de Castro, y el de Marialva, por nombre don Juan Coutiño, cuyo cuerpo muerto como el rey lo viese, vuelto a su hijo: «Ojalá, dijo, Dios te haga tal y tan grande soldado». Con el aviso de lo que pasó en Arcilla, espantados los moros de Tánger, a la hora, desamparada la ciudad, se huyeron; encomendóla el rey a Rodrigo Merlo para que la guardase. El Arcilla y en Alcázar dejó a don Enrique de

 

 

 

 

 

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Meneses, conde de Valencia, y concluidas en breve tiempo cosas tan grandes, volvió triunfante con su armada entera a su tierra. Hizo en esta jornada a don Alonso Basconcelo conde de Penella en recompensa de muchos servicios que le hizo.

 

En Cataluña la ciudad de Gerona después de la muerte del duque de Lorena volvió a poder del rey de Aragón por entrega de los ciudadanos. Los enemigos que restaban, cuyos principales capitanes eran Reiner, hijo bastardo del duque de Lorena, y Jacobo Galeoto, fueron parte apretados con cerco que los de Aragón pusieron sobre un pueblo llamado San Adrián, a la ribera del río Bese; otra parte yendo desde Barcelona, que cae cerca, a dar socorro a los cercados, fue en una pelea muy brava vencida y desbaratada por don Alonso de Asragón, que era general en aquella guerra por su padre. El rey, aunque se hallaba en tan larga edad, no cesaba de perseguir a los enemigos con gran diligencia en la comarca de Ampurias. Tenía sus reales cerca de Toroella; vio en sueños, según dicen, la imagen de un valiente soldado que murió en aquella guerra; amonestábale no moviese de allí sus reales, que de otra manera corría peligro. El rey, por no haces caso de cosas semejantes, como casuales, partió de allí con sus gentes, y ganado que hubo Rosas, en el cerco que tenía sobre la villa de Perelada, de noche en una encamisada con que dio sobre él el conde de Campobaso, capitán de los contrarios, estuvo a punto de perecer. La prisa y sobresalto fue tal, que muertas las centinelas, desarmado y medio desnudo fue forzado a recogerse para salvarse dentro de la villa de Figueras. Sin embargo, el día siguiente volvió al cerco y dio la tala a los campos, con que últimamente los cercados fueron forzados a rendirse.

 

Allanada toda aquella comarca, pasó con sus reales sobre Barcelona. Fue este cerco de la ciudad de Barcelona muy largo. El de Aragón estaba determinado de no usar de fuerza, y antes ganar aquella gente con maña. Mas ¿qué les prestara destruir, saquear y quemar aquella nobilísima ciudad? ¿A qué propósito darla en prenda a los soldados, y no más aína con la clemencia y el conservar la vida y riquezas de sus ciudadanos, ganar para sí gloria inmortal y provecho muy colmado?

En Castilla la Vieja los reyes don Fernando y doña Isabel procuraban atraer a sí muchos pueblos; algunos se les entregaron, y entre ellos Sepúlveda. Determinaron con esto de llamar al arzobispo de Toledo, que se entretenía en Castilla la Nueva; y conforme a lo que mandó su padre, el rey de Aragón, le prometían de poner a sí y a sus cosas en sus manos, y

 

 

 

 

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para más obligarle luego que le tuvieron aplacado, en su compañía con buen número de caballos que les seguían se fueron a Torrelaguna, villa del mismo arzobispo en el reino de Toledo, de sitio y tierra apacible.

 

Carlos, duque de Guyena, en esta sazón, sin hacer caso del casamiento de doña Juana, por no saberse cuya hija era y andar el dote en balanzas, trataba de casarse con hija del duque de Borgoña a instancia del padre de la doncella y también por su voluntad. Así, luego que esto vino a noticia del rey don Enrique, desde Segovia, do estaba, al principio del año 1472 enderezó su camino a Badajoz para verse con el rey de Portugal. El conde de Feria, en cuyo poder estaba aquella ciudad, por odio del maestre no quiso dar en ella entrada al rey, que fue una grande mengua y desacato. El suceso de todo el viaje no tuvo mejor efecto. La habla con el rey de Portugal fue entre aquella ciudad y la de Yelves; trataron en ella que el rey de Portugal casase con la princesa doña Juana, que era la principal causa de aquella jornada. No quedó asentada cosa alguna. El portugués no se aseguraba ni del rey por su condición fácil, ni del maestre de Santiago, por estar acostumbrado a fácilmente seguir el partido que a él en particular mejor le venía, mayormente que de cada día crecía la afición que la gente tenía a los príncipes don Fernando y doña Isabel, a que ayudaban mucho, así sus virtudes y ser de suyo muy amables, como la industria del arzobispo de Toledo, que no cesaba de granjear todas las ciudades que podía.

 

Disimulóse por entonces con el conde de Feria y con su desacato; pero no mucho después el rey don Enrique desde Madrid, do volvió después de la habla que tuvo con el rey de Portugal, enderezó de nuevo su camino para el Andalucía con intento de reprimir los señores de aquella tierra y castigar a quien lo mereciese. Llegó a Córdoba; a Sevilla no quiso pasar a causa que el duque de Medina Sidonia estaba apoderado de aquella ciudad con buen número de gente de a caballo por miedo, como él decía, del maestre, que en muchas ocasiones se le mostrara contrario. Por esta causa y porque la ciudad de Toledo de nuevo andaba alborotada, se volvió el rey sin hacer en el Andalucía cosa de momento. La revuelta de Toledo fue por esta ocasión; el conde de Cifuentes se apoderó del alcázar de San Martín, que a la sazón era muy fuerte, y juntamente prendió al asistente. Apenas se sosegaron estas alteraciones de Toledo, que fueron grandes, con la presencia del rey y por el esfuerzo y armas de los canónigos de Toledo, cuando vino aviso que Segovia asimismo ardía en llamas de discordias,

 

 

 

 

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nueva que puso al rey en mucho cuidado y le forzó a acudir luego allá por causa de sus tesoros y recámara, y que volviera a aquella ciudad.

 

Ningún género de mal se puede pensar que no padeciese aquel reino en aquellos tiempos tan miserables, robos, muertes, agravios; la disolución en todas maneras de deshonestidades y libertad para todo género de maldades andaban sueltas y volaban por todas partes. Las cosas sagradas eran menospreciadas no menos que las profanas. La moneda, o era falsa, o baja de ley, cosa de gran perjuicio para los mercaderes y para la contratación. Muchas veces se daban al rey memoriales para suplicarle atendiese al remedio de estos daños; pero cualquier diligencia era en vano. Llegó esto a tanto, que Hernando de Pulgar, hombre conocido en aquel tiempo por su ingenio y por lo que escribió, trovó unas coplas muy artificiosas, que se llaman de Mingo Revulgo, en que, callado su nombre por el peligro que le corriera, en persona de dos pastores en lengua castellana, a manera de égloga y con libertad y agudeza de sátira, se lamenta del descuido y flojedad de don Enrique, de las mañas de los grandes y de los trabajos que todo el reino padecía. Los nombres de los pastores, Domingo y Gil, debajo de semejanza y de que hablan entre sí de sus ganados y haciendas, con aquella parábola dan razón del estado miserable de la república y males que padecía.

 

Este mismo año falleció a 12 de mayo Carlos, duque de Guyena, en Burdeos, en coyuntura que se apercibía para emprender una nueva guerra junto con los duques de Borgoña y Bretaña, hecha liga entre sí contra el rey de Francia. Con la muerte de este príncipe se desbarataron grandes tramas, los casamientos, las guerras, las alianzas; asimismo la Guyena volvió a poder del francés y se puso en su sujeción, dado que el de Borgoña por hacerle odioso le achacaba mató con hierbas a su hermano por medio de sus mismos criados que tenía para este efecto negociados. Llegó el disgusto a que el rey y el borgoñón volvieron de nuevo a las armas, y de una y de otra parte se tomaron algunas plazas de poca importancia, y acometieron, aunque en vano, otros mayores lugares. El borgoñón se mostraba más enojado; el rey de Francia tenía más fuerzas y más maña. Muchas veces asentaron treguas, y muchas las quebrantaron antes del día señalado. Más el suceso de toda esta guerra y cómo de estos principios el duque de Borgoña se despeñó en su perdición, y últimamente, cinco años adelante fue desbaratado y muerto en una batalla que trabó con

 

 

 

 

 

 

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los esguízaros en Lorena, junto a la ciudad de Nancy, dejaremos para que se entienda de los historiadores franceses como cosa propia de su nación.

 

Gastón, conde de Foix, pertenece a la historia de España por la pretensión que tenía a ser rey de Navarra por parte de doña Leonor, su mujer, si viviera más tiempo; atajóle empero la muerte y falleció este año en Roncesvalles al pasar de Francia a Navarra; príncipe que fue de los muy señalados en esta era por las muchas guerras en que se halló en Francia y por aumentar mucho su estado. Tuvo un hermano, que se llamó Pedro, vizconde de Lautreque, de igual esfuerzo y renombre, que le acompañó y ayudó en todas las guerras, y fue principio y cabeza de la casa y linaje nobilísimo de Lautreque. Falleció en Miranda, pueblo de Francia, los años pasados, y dejó su mujer preñada de un hijo, que se llamó Juan. Éste tuvo dos hijos, el uno llamado Odeto, y el otro Andrés Esparroso, ambos capitanes señalados y de fama. El postrero se señaló en la guerra de Navarra al tiempo que después de la muerte del rey don Fernando el Católico se levantaron las comunidades en Castilla; el primero se aventajó mucho en las guerras que los franceses hicieron en Italia. Fuera de estos dos tuvo el dicho Juan otro tercero hijo, llamado Tomás Lescuño, que no menos se señaló en las guerras de Francia. Odelo tuvo un hijo, llamado Enrique, que vivió más tiempo que otros sus hermanos y llegó hasta cerca de nuestra edad.

 

 

 

 

XVIII. Cómo el cardenal don Rodrigo de Borgia

 

vino por legado a España

 

El obispo de Sigüenza pretendía por medio del rey alcanzar del papa le hiciese cardenal, honra debida a su nobleza y a sus servicios notables; la tardanza que en esto hubo le disgustó de suerte, que comenzó a mostrarse muy desabrido. Llegó a tanto, que, aunque de ordinario hacía su residencia en la corte, no quiso acompañar al rey ni en la jornada de Portugal ni en la del Andalucía. Trataron de aplacarle por ser persona de tanta importancia para los negocios y tener muchos hermanos y deudos muy ricos y poderosos. El maestre de Santiago, por muerte de su primera mujer viudo, casó segunda vez con hija del conde de Haro y de doña María de Mendoza; así, con este casamiento emparentó con los Velascos y con los

 

 

 

 

 

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Mendozas, y los volvió de su parte; en particular los Mendozas dejaron al duque de Medina Sidonia, con quien estaban muy aliados. Con esto el maestre, como hombre astuto que era, y de ingenio muy diestro para granjear los hombres y evitar cualquier peligro, se aseguró mucho contra la envidia de los que llevaban mal que él solo pudiese más que todos. Para facilitar estos tratos dieron al de Sigüenza grande esperanza del capelo luego que llegase el cardenal don Rodrigo de Borgia, valenciano de nación, de quien tenían aviso venía por legado del nuevo pontífice, y que llegó a la ciudad de Valencia, antigua patria suya y de sus pasados, a los 20 de junio.

 

Fue en aquella ciudad muy festejado; de allí por tierra pasó a Tarragona para hablar con el rey de Sicilia don Fernando, que por el mismo tiempo era ido a Barcelona a verse con su padre, y después que le habló volvía do dejó su mujer. Allí le entregó el legado la dispensación sobre su matrimonio, que el papa Sixto cometía al arzobispo de Toledo. De esta jornada de don Fernando se dijeron muchas cosas; la verdadera causa fue el deseo que tenía de avisar a su padre cómo se trataba de casar a don Enrique, duque de Segorbe, con la princesa doña Juana, negocio que el hijo pretendía se debía atajar y desbaratar. El padre no lo creía como viejo experimentado y muchas veces engañado con reportes y nuevas falsas, además que tenía afición a don Enrique por ser su sobrino y huérfano, hijo de su hermano. En conclusión, don Fernando desde Tarragona pasó a Valencia, de allí se apresuró para volver a Castilla por recelo que con su ausencia alguna mala gente, que eran asaz y en gran número, no alterasen mas las cosas.

 

El cardenal legado llegó a Barcelona a verse con el rey de Aragón a tiempo que los cercados, bien que cansados con los trabajos de tan largo cerco y afligidos por la falta de todas las cosas, no aflojaban en su obstinación como hombres cabezudos y animosos contra los males. Muchas veces los convidaron a que se redujesen; ellos hacíanse sordos a amonestaciones tan saludables. Visto esto, el rey de Aragón por último remedio acordó escribirles una carta para muestra de su buen ánimo y de su clemencia. En ella les decía que pues las cosas se hallaban en tal término que ni con sus fuerzas ni con las ajenas podían conservarse más tiempo, era justo se moviesen por el peligro que corría de ser destruida, quemada y saqueada aquella hermosa ciudad, cabeza de aquella nación, y que no daba ventaja a ninguna de las de España en nobleza, hermosura y

 

 

 

 

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arreo; que estaba determinado de no usar de miedo ni de fuerza, si no fuese forzado de la necesidad, de lo cual y de este su buen ánimo para con ellos ponía por testigo a Dios; que nunca los tuvo sino en lugar de hijos, ni los tendría jamás en otra figura; antes determinaba, si ellos no lo impedían, remediar los daños de aquella provincia y principado con todas las fuerzas suyas y de su reino.

 

Ablandados los de la ciudad con esta carta y perdida la esperanza de poderse defender, acordaron de entregarse. Señalaron personas que hiciesen las capitulaciones y determinasen todas las diferencias. La guarnición de franceses con su capitán el hijo del duque de Lorena dejaron ir libremente. Otorgóse perdón general a todos los que en aquella guerra tomaron las armas contra el rey; sólo quedó excluido de este perdón el conde de Pallars, el cual desde ciertos lugares que tenía en las cumbres de los Pirineos y con ayuda de Francia dio por largo tiempo en qué entender y se conservó en aquella parte. Todas las cosas que los ciudadanos hicieron por espacio de diez años y todo lo decretado por ellos después que se dio principio a aquella guerra las ratificó el rey y las aprobó. De esta manera y con estas condiciones se rindió aquella ciudad. El perdón se dio a los postreros de octubre; señalado ejemplo de clemencia y de templanza que este rey dejó a sus descendientes en conservar aquella ciudad, que le hizo tantos deservicios, trofeo y blasón más esclarecido que todos los demás que ganó. A la verdad, arrepentido de la muerte de su hijo el príncipe don Carlos, consideraba que si tomaron las armas, fue con buen ánimo, primero por la defensa, después en venganza de su hijo y no en favor de gente extraña.

 

En Nápoles se concertaron dos casamientos, de don Fadrique, hijo de don Fernando, rey de Nápoles, con doña Juana, hija del rey de Aragón, que adelante no tuvo efecto. Asentóse otrosí que doña Leonor, de quien dijimos la tenían concertada con Galeazo María Esforcia, casase sin embargo con Hércules de Este, duque de Ferrara. Esto en Nápoles.

En Navarra la princesa doña Leonor residía en Sangüesa, pueblo de Navarra. Allí, después de la muerte de su marido, que sucedió como poco antes queda dicho, a persuasión del rey de Francia le entregó los castillos de Navarra por entender era esto muy a propósito para asegurar en aquel estado la sucesión de sus nietos, que también a él le tocaban por ser sus sobrinos, hijos de su hermana. Esta negociación dio mucho desabrimiento al rey de Aragón. Por esto y por los demás agravios que por todo el tiempo

 

 

 

 

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de la guerra de Cataluña recibió de Francia, determinó tomar las armas para efecto de recobrar lo de Rosellón y de Cerdaña. Partió con esta resolución de Barcelona a los 29 de diciembre, fin de este año en que vamos y principio del siguiente 1473. Elna y Perpiñán luego que llegó le abrieron las puertas. Estaba comúnmente aquella gente cansada del gobierno y mando de Francia, y por las victorias ganadas casi todos favorecían al rey de Aragón. De este principio entendían que los demás pueblos harían lo mismo y se le rendirían sin dificultad.

 

El cardenal legado partió de aquellos estados para Castilla. En Madrid le recibieron con grande acompañamiento y solemnidad debajo de un palio; los grandes y prelados iban delante, y el rey le llevaba a su mano derecha; cortesía, conforme a la costumbre de España, de mucha honra. Tratóse de cierta suma de dineros que el pontífice quería se recogiese de las rentas eclesiásticas para gastarla en la guerra contra los turcos. Ofrecíanse en esto graves dificultades, y la principal que con la revuelta de los tiempos todos se hallaban gastados y pobres. Todavía el legado salió con lo que pretendía por su buena diligencia y maña y porque el rey le ayudaba. Decretóse pues el subsidio que pedía el pontífice, si bien algunos murmuraban ser aquella concesión en perjuicio de la libertad de las iglesias, y principio para llevar las riquezas de España fuera de ella.

 

La ignorancia se apoderara de los eclesiásticos en España en tanto grado, que muy pocos se hallaban que supiesen latín, dados de ordinario a la gula y deshonestidad, y lo menos mal a las armas. La avaricia se apoderara de la Iglesia, y con sus manos robadoras lo tenía todo estragado. Comprar los beneficios en otro tiempo se tenía por simonía, en este por granjería. No entendían los príncipes ciegos y los prelados que esta sacrílega manera de contratación mucho enoja y ofende a Dios, así bien el disimularlo como el hacerlo. En la junta que se hizo de los eclesiásticos para acudir a lo que el legado pedía se trató de poner remedio a estos daños. Entre otras cosas acordaron de hacer instancia con el papa para que en las iglesias catedrales se proveyesen por voto del obispo y del cabildo dos canonicatos, el uno a un jurista, y el otro a un teólogo. La demanda era tan justificada, que el padre santo otorgó con ella; sobre que expidió una bula suya, que ingiriéramos aquí de buena gana si la primera que se ganó se hallara, y si un pedazo que de ella está en otra segunda que dos años adelante se expidió sobre el mismo caso, y le pusimos en nuestra historia latina, se pudiera cómodamente trasladar en lengua castellana con todos

 

 

 

 

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los requisitos y condiciones que en los proveídos y provisión manda miren y guarden.

 

 

 

 

XIX. Del cerco de Perpiñán

 

La diligencia de que el cardenal legado usó para apaciguar y sosegar las alteraciones y diferencias de Castilla, muy grande, fue toda de poco efecto por estar las voluntades enconadas, y él mismo, como era cosa natural, de secreto más aficionado al partido de don Fernando, que con todas sus fuerzas pretendía adelantar. Con este intento partió para Alcalá, do estaban el rey don Fernando y doña Isabel, su mujer, con el arzobispo de Toledo. Desde allí pasó a Guadalajara no con otro diseño sino de granjear la casa de los Mendozas y apartarlos del rey don Enrique y del maestre de Santiago. Iba confiado de salir con esto por su grande ingenio, acostumbrado a fingir y disimular, propio término de cortesanos.

 

A un mismo tiempo en las ciudades y pueblos se levantaron alborotos contra los que descendían de judíos, hombres que eran dados a la codicia y acostumbrados a engaños y embustes. Comenzóse esta tempestad en Córdoba. El pueblo furioso se embraveció contra aquella miserable gente sin miedo alguno del castigo. Hiciéronse robos y muertes sin número y sin cuento. Las personas prudentes echaban esto, y decían era castigo de Dios por causa que muchos de ellos de secreto desampararon y apostataron de la religión cristiana, que antes mostraron abrazar. A Córdoba imitaron otros pueblos y ciudades del Andalucía; lo más recio de esta tempestad cargó sobre Jaén. El condestable Iranzu pretendió amparar aquella gente miserable para que no se les hiciese allí agravio y hacer rostro al pueblo furioso; esto fue causa que el odio y envidia de la muchedumbre revolviese contra él de tal guisa, que con cierta conjuración que hicieron, un día le mataron en una iglesia en que oía misa. La rabia y furia fue tan arrebatada y tal el sobresalto, que apenas dieron lugar para que doña Teresa de Torres, su mujer, y sus hijos se recogiesen al alcázar. Por su muerte se repartieron sus oficios; el de chanciller mayor que tenía se dio al obispo de Sigüenza; el conde de Haro Pero Fernández de Velasco fue nombrado por condestable, dignidad que, como antes se acostumbrase a dar a diferentes casas y linajes, en lo de adelante siempre se ha continuado

 

 

 

 

 

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en los sucesores de aquel su estado y en su linaje. Fue ésta una gran lástima, y el rey don Enrique perdió una grande ayuda para sus cosas por la señalada y muy constante lealtad de Iranzu y su valor.

Por la industria del maestre de Santiago don Juan Pacheco se buscaron otros reparos; uno fue concluir que don Enrique, duque de Segorbe, viniese desde Aragón, como lo hizo, por tierras del reino de Valencia a Castilla con intención cierta que le dieron de casarle con la princesa doña Juana. Venía en su compañía su madre doña Beatriz Pimentel. Salióle al encuentro hasta Requena el mismo maestre para recibirle y acompañarle; no respondió la prueba a lo que de su persona pensaban. Esto fue causa que al que por la fama estimaban, luego que le vieron, le menospreciasen, en especial le notaron de asaz arrogante, pues a los grandes que llegaban a hacerle mesura extendía la mano para que se la besasen, sin estar efectuado lo que pretendía y sin recelarse él de que las cosas podrían trocarse. De aquí procedió que por industria del mismo maestre se impidió aquel casamiento, junto con que de secreto no estaba nada aficionado a don Enrique, por entender que si venía a ser rey, recobraría los pueblos que fueron de su padre. Recelábase asimismo del conde de Benavente, tío de don Enrique, el cual se tenía por muy agraviado a causa del maestrazgo que le quitó. Éstas eran las verdaderas causas, dado que usaba de otros colores, como era decir tenían necesidad de algún gran príncipe y de mayores fuerzas para sosegar las alteraciones del reino. Al rey parecía cosa recia faltar en su palabra y hacer burla de aquel príncipe. A esto replicaba el maestre que por lo menos para hacer la guerra sería necesario apercibirse de mucho dinero. Esto se enderezaba a armar otro lazo a Andrés de Cabrera, que tenía a su cargo en el alcázar de Segovia los tesoros reales.

 

En aquella ciudad antes de esto, por industria del maestre y a ejemplo del Andalucía, se levantó un alboroto contra los que descendían de judíos. Procuró Andrés de Cabrera atajarle; y apenas con su buena maña pudo sosegar la canalla, no sin riesgo de su persona y grande ofensión del pueblo encarnizado.

Al obispo de Sigüenza trajo el capelo un embajador particular que para este efecto envió el papa. Diósele en Madrid, y para que la merced fuese más cumplida, vino el rey en que se llamase cardenal de España.

 

Al duque de Segorbe don Enrique no dejaron entrar en Madrid, antes se le dio orden que en Getafe, un aldea muy larga allí cerca puesta en el

 

 

 

 

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camino por do se va a Toledo, se entretuviese. En el campo de aquel lugar habló con el rey. Acordóse en la habla que de Getafe se pasase a Odón, que es otra aldea no lejos de allí. Estaban mudados de parecer; tomaron por achaque y por color para dilatar el casamiento que era menester que el padre santo dispensase en el parentesco, por ser los casamientos que se hacen entre deudos, no solo inválidos, sino desgraciados. De esta manera quedó burlada la esperanza de aquel príncipe, llamado vulgarmente por esta desgracia don Enrique Fortuna.

 

El rey don Enrique se partió para Segovia. Pretendía proveerse de dinero a causa que Andrés de Cabrera acudía con escasez por dar en esto disgusto al maestre de Santiago, de quien sabía muy bien pretendía para sí el alcázar de Segovia, como poco antes le quitara el de Madrid con color de asegurarse. Además que de secreto se inclinaba a don Fernando, así de su voluntad como por estar casado con doña Beatriz de Bobadilla, que se crió en servicio de la infanta doña Isabel.

 

El nuevo cardenal asimismo creció en renta y autoridad por la muerte de don Alonso de Fonseca, prelado de grande ingenio y de ánimo ardiente; falleció en Coca, villa en que dejó fundado el mayorazgo asaz rico de los Fonsecas, y a instancia y por suplicación del rey el cardenal fue nombrado en su lugar por arzobispo de Sevilla con retención de la iglesia de Sigüenza, que fue cosa nueva y ejemplo no de alabar. La soltura de aquel tiempo y el estrago era tal, que lo que a cada cual se le antojaba, eso le parecía ser lícito, y si podía lo ejecutaba.

En el condado de Rosellón sobre la villa de Perpiñán, a 9 de abril, se puso un ejército francés, en que se contaban como veinte mil infantes y mil hombres de armas debajo de la conducta de Filipo de Saboya. El rey de Aragón se metió dentro, determinado de ponerse a cualquier riesgo antes que desamparar aquella plaza, que es muy fuerte y está a la entrada de Francia. Para animar más a los cercados los juntó en la iglesia, y allí les hizo juramento de no partirse ni dejarlos antes que el cerco se alzase; grande resolución y demasiada confianza para aquella su edad, y hecho que no sé yo si se debe aprobar, pues en el riesgo de su persona le corría todo aquel estado si fuera preso por el enemigo dentro de aquel pueblo. El favor del cielo ayudó para excusar aquel daño, y los moradores se señalaron en esfuerzo; todos por estar a vista del rey hacían con todas sus fuerzas lo que podían. La lealtad de Pedro de Peralta, condestable de Navarra, en este caso se señaló mucho, que en hábito de fraile francisco y

 

 

 

 

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ayudado de la lengua francesa, que sabía muy bien, por medio del ejército y reales de los enemigos pasó y entró en aquella villa para hacer compañía al rey en aquel peligro y trance. Era justo, de quien tenía todo lo que era y valía, por su servicio lo aventurase. De los tres hijos del rey de Aragón, don Alonso acompañaba a su padre, el arzobispo de Zaragoza se puso en la ciudad de Elna, que está allí cerca, con buen número de soldados a propósito de hacer lo que le fuese mandado.

 

El rey don Fernando, avisado de lo que pasaba, partió de Talamanca con cuatrocientos de a caballo que de Castilla llevó de socorro; por el camino se le juntaron otros ciento. Con esta gente por el mes de junio llegó a ponerse sobre Ampurias; el miedo que con esto puso a los enemigos fue tal, que alzado el cerco y poco después hechas treguas que durasen hasta el mes de octubre, desembarazaron la tierra. Por esta manera concluida esta guerra, el rey de Aragón hizo finalmente su entrada en Barcelona a manera de triunfo debajo de un palio, en un carro cubierto de brocado morado, tirado de cuatro caballos blancos; acompañábanle al uno y al otro lado la nobleza y magistrados con grande muchedumbre del pueblo que salió a este espectáculo y se derramó por aquellos caminos y campos. Entró por la puerta de San Daniel; su aspecto muy venerable por sus canas y por la vista recobrada y por sus grandes hazañas. El cuerpo sin fuerzas sustentaba el brío y valor de su ánimo.

 

Su hijo el rey don Fernando era partido para Tortosa con intento de tener Cortes a los aragoneses y presidir en lugar de su padre; pero desistió de este intento por una dolencia que le sobrevino y porque de Castilla, en que resultaban muchas novedades, le hacían grande instancia que apresurase la vuelta. Por el mismo tiempo los huesos de don Fernando, maestre de Avis, de quien se dijo murió cautivo en África, cierto moro de la ciudad de Fez, en que estaban, los hurtó y los trajo a Portugal. Diéronles sepultura en Aljubarrota entre los sepulcros de sus antepasados. Las exequias y honras que le hicieron, a la manera que entre cristianos se usa y acostumbra, fueron solemnes y grandes.

 

 

 

 

XX. Del concilio que se tuvo en Aranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En las demás provincias de España a esta sazón ninguna cosa aconteció que de contar sea, salvo lo que es más importante, que gozaban de una grande y alegre paz; sólo el reino de Castilla no sosegaba, antes cada día resultaban nuevos miedos y asonadas de guerra. Las diferencias continuas de los grandes eran ordinarias; el pueblo, perdida por su ejemplo la modestia y todo buen respeto, se alteraba. Las villas y ciudades andaban divididas en bandos. Las fuerzas de don Fernando y doña Isabel iban en aumento; muchos se les arrimaban y seguían su partido; las del rey don Enrique desfallecían y se disminuían por su poquedad y por tener al pueblo disgustado. Sin duda como en el cuerpo, así en la república aquella enfermedad es la más grave que se derrama y tiene su principio de la cabeza.

 

En Vizcaya se veían alteraciones a causa que el nuevo condestable pretendía reducir aquella gente feroz y constante al servicio del rey don Enrique. Por el contrario, el conde de Treviño por estar aficionado al partido de Aragón le hacía resistencia, al cual y a su casa de tiempo antiguo tenían los vizcaínos más afición. Con esto se hacían talas y robos por toda aquella tierra de suyo estéril y falta.

En Toledo se levantaron nuevos alborotos. El conde de Fuensalida, confiado en que el maestre de Santiago le hacía espaldas, y con intento que tenía de apoderarse de aquella ciudad, se resolvió de entrar en Toledo con gente armada para echar de ella a Hernando de Rivadeneyra, mariscal, y aficionado al servicio del rey don Enrique. Este atrevimiento reprimió el pueblo con las armas, y la venida del rey, que avisado del peligro acudió a gran prisa para atajar el alboroto; así las alteraciones del pueblo se sosegaron; diose perdón a los culpados, con que los malos quedaron más animados.

Después de este caso el maestre don Juan Pacheco con deseo de quietud se partió para Peñafiel, donde tenía su mujer, además que por los muchos años que anduvo de ordinario en la corte sospechaba, como era la verdad, que tenía a muchos cansados; enfado que quería remediar con ausentarse. En su lugar envió a su hijo don Diego, en cuya persona, como arriba queda dicho, tenía renunciado y traspasado el marquesado de Villena. Recibió el rey al marqués con tan grandes muestras de amor como si su padre le hubiera hecho señalados servicios. Tenía buen parecer, la edad en su flor, y el trato y arreo era conforme a sus riquezas. De Toledo volvió a Segovia el rey; allí se aumentó el amor y privanza con el trato y

 

 

 

 

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familiaridad ordinaria. Llegó esto a tanto, que en persona iba cada día a visitar al marqués, que tenía su aposento en el Parral de Segovia, monasterio de jerónimos.

 

Tratóse con don Andrés de Cabrera se reconciliase con los Pachecos y que se pusiese en las manos del rey y entregase el alcázar de Segovia con los tesoros que allí tenía. En recompensa le ofrecían la villa de Moya, que está cerca de la raya de Valencia y no lejos de Cuenca, patria y natural de don Andrés. Daba él de buena gana orejas al partido; pero como se entendiese esta negociación, los de aquella villa se agraviaron y alborotaron. Pasaron en esto tan adelante, que hicieron venir en su defensa y recibieron soldados aragoneses de guarnición, cuyo capitán Juan Fernández de Heredia acudió del reino de Valencia, y se apoderó de aquella villa en nombre de la princesa doña Isabel. Recibió de esto pesadumbre el rey don Enrique.

 

Doña Isabel, en ausencia de su marido, desde Tordelaguna, villa en el reino de Toledo, acudió a Aranda de Duero, llamada de común consentimiento por los moradores de aquella villa por el aborrecimiento que tenían a la reina doña Juana, cuya era antes, por su poca honestidad, de que todo el reino se ofendía, y el mismo rey, más que nadie, como al que aquella mengua más tocaba. Pero hay personas que si bien se ofenden de la maldad, no tienen ánimo para reprimirla ni castigarla; tal fue la condición de este príncipe por todo el tiempo de su vida. Tenían a esta sazón a la reina y a su hija doña Juana en el alcázar de Madrid a cargo del marqués de Villena y en su poder. Agreda, que es una villa situada cerca del sitio en que antiguamente estuvo otro pueblo de los pelendones, llamado Augustobriga, movida por el ejemplo de Aranda, que no lejos le cae, se entregó también a la infanta doña Isabel. El sentimiento del rey se dobló, y en particular del conde de Medinaceli, a quien tenía hecha merced de aquel pueblo.

 

En esta misma sazón don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, que acompañó en esta jornada a la infanta, convocó para aquella villa de Aranda un concilio provincial de los obispos sus sufragáneos. Despachó sus edictos y cartas en esta razón; acudieron los obispos y arciprestes de toda la provincia sin otro gran número de personas, así eclesiásticas como seglares. La voz corría que se juntaban para reformar las costumbres de los eclesiásticos, muy estragadas con vicios e ignorancias por la revuelta de los tiempos. Puédese sospechar que el principal intento fue afirmar con

 

 

 

 

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aquel color la parcialidad de Aragón y granjear las voluntades de los que allí se hallasen. A los 5 de diciembre promulgaron cuatro decretos solos, que fueron estos: «Los obispos en público siempre anden con roquete. Cada cual de los sacerdotes por lo menos diga misa tres o cuatro veces al año. Los eclesiásticos no asienten al servicio ni lleven gajes de ningún señor fuera del rey. Los beneficios curados y las dignidades no se provean a ninguno que no sepa gramática».

 

Apenas habían despedido el concilio, cuando el rey don Fernando llegó a Almazán y Berlanga. Allí el conde de Medinaceli y Pedro de Mendoza, señor de Almazán, mucho le festejaron. Dende pasó a Aranda; con su presencia pretendía dar calor a sus aficionados y adelantar su partido. Fallecieron en este mismo año en Castilla el almirante don Fadrique y el maestre de Alcántara don Gómez de Cáceres y Solís, a quien sucedió, como queda dicho, don Juan de Zúñiga.

En Francia finó otrosí Nicolás, hijo de Juan, duque de Lorena. Quedaba todavía en vida Renato, su abuelo, cuyo nieto, hijo de una hija suya, llamado asimismo Renato, sucedió en el ducado de Lorena por parte de su abuela materna, mujer que fue del mismo Renato. Este nuevo duque de Lorena alcanzó gran renombre, más que por otra cosa, por una famosa batalla que ganó de los flamencos cerca de Nancy, ciudad de aquel su estado, en que quedó vencido y muerto Carlos, duque de Borgoña, que llamaron el Atrevido.

Juan, conde de Armeñaque, después que se huyó a España, como queda dicho, nunca entró en gracia de su rey ni de él se hizo confianza. Por este despecho, con ayuda y gentes del duque de Borgoña hizo guerra en la Guyena, y en ella prendió la persona de Pedro de Borbón, gobernador de aquel ducado, por trato que tuvo con los suyos. Este insulto ofendió mucho más al dicho rey, mayormente que no le quiso soltar antes de ser restituido en su villa de Lectorio, de que el tiempo pasado le despojaron. El cardenal albigense con gentes que le dieron recobró a Lectorio y le echó por tierra; y al mismo conde, sin embargo que se le rindió a partido, le hizo morir. Dio este caso mucho que decir, si bien los pareceres eran diferentes; todos concordaban comúnmente en que tenía muy merecido aquel desastre y castigo. Sus delitos y desórdenes eran muy feos; uno en particular y muestra de su soltura, que con bulas falsas del papa en razón de dispensar con él, se casó con su misma hermana, y de

 

 

 

 

 

 

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ella se aprovechó; torpeza vergonzosa y afrenta digna y merecedora por justo juicio de Dios de aquella su muerte desgraciada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMO CUARTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. La Infanta doña Isabel se reconcilia con el rey,

 

su hermano

 

No sosegaban las pasiones entre los grandes y nobles de Castilla. El partido de Aragón todavía se adelantaba en fuerzas y reputación. El maestre de Santiago no se descuidaba en allegar riquezas, poder y vasallos y apercibirse de los mayores reparos que pudiese. Crecía con el aumento la codicia de tener más; dolencia ordinaria y sin remedio. El miedo le aquejaba grandemente si los aragoneses viniesen a tener el mando y el gobierno, que a él sería forzoso partir mano de gran parte de su estado, como de herencia que fue de aquellos infantes de Aragón y por el mismo caso de sus hijos. Por este recelo pretendió desbaratar el casamiento de los príncipes don Fernando y doña Isabel, y al presente intentaba lo mismo del que tenían concertado entre don Enrique de Aragón y la princesa doña Juana. Representaba para entretener grandes dificultades. La capacidad del rey era tan corta, que no entendía estas tramas; si las entendía, disimulaba; tal era su poquedad. En particular deseaba con el alcázar de Madrid juntar el de Segovia. Parecíale si lo alcanzaba tendría en su poder como con grillos al rey, y para todo lo que podía suceder se aseguraría mucho por este camino. Éste era su mayor deseo; sólo y principalmente Andrés de Cabrera por la privanza que tenía con el rey y ser persona de grande ingenio, y que no fiaba de las promesas que le hacía el maestre, bien que eran muy grandes, le hacía resistencia; de donde resultaron sospechas y se aumentaron entre ellos los disgustos. Cada cual trataba de usar de maña y derribar al contrario, como personas que eran el uno y el otro sagaces y astutas. El maestre tenía más poder y fuerzas; Andrés de Cabrera fue más venturoso y acertado.

 

Puso todas sus fuerzas y la mira en reconciliar a doña Isabel con el rey don Enrique, su hermano. Venía muy a propósito para esto la ausencia de su competidor; que su hijo el marqués de Villena por su edad no era persona de tantas mañas y astucia. Al contrarío, don Andrés asistía mucho con el rey, y con servicios que le hacía conforme al tiempo le ganaba de cada día más la voluntad. Sucedió que cierto día tuvo comodidad para persuadirle con muchas palabras mandase llamar a la infanta doña Isabel,

 

 

 

 

 

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y diese lugar para que le visitase; cosa que decía sería saludable para la república, y para el rey en particular provechosa y honesta. Añadió que ninguno ignoraba dónde iban a parar los intentos del maestre, que era con la revuelta del reino acrecentar las riquezas de su casa; codicia y ambición intolerable.

 

«De su poca lealtad y firmeza dan muestra claramente, aunque yo lo calle, las alteraciones graves y largas de que él mismo ha sido causa, como hombre que es compuesto de malicias y engaño. Bien veo que el amor de la princesa impide esto, y que parece cosa indigna despojar su inocente edad de la herencia paterna. Verdad es esto; pero si va a decir verdad, ¿cómo podremos persuadir al pueblo desenfrenado en sus opiniones que sea vuestra hija? Los príncipes prudentes no deben pretender en la república cosa alguna de que los vasallos no son capaces. No se puede hacer fuerza a los corazones como a los cuerpos; y los imperios y mando se conservan y caen conforme a la opinión de la muchedumbre y conforme a la fama que corre. Mas en esto, sea lo que fuere, ¿por ventura para dotar a la hermana y a la hija no bastarán las riquezas grandes de este nobilísimo reino, repartidas conforme al concierto que se hiciere entre ambas? Que si parece cosa pesada diminuir la majestad del reino y sus fuerzas, muy más grave será enredarle con una guerra civil y despeñarle en los daños perpetuos que de ella resultaran. Éste sin duda es el camino o ningún otro hay para excusar tantos males; en que si hay alguna cosa contraria a los intentos particulares, entiendo se debe disimular por el deseo de la paz y amor de la patria. Cuántos males hayan de resultar de la discordia civil, es razón considerarlo con tiempo y con eficacia evitarlos».

 

Movióse con este razonamiento el ánimo del rey don Enrique, como persona que fue por toda la vida de una maravillosa inconstancia en sus acciones y consejos, indigno del nombre de rey y afrenta de la silla real. Pasó adelante Andrés de Cabrera, y en otras ocasiones que se le presentaron por su buena diligencia y amonestaciones persuadió al rey hiciese llamar a su hermana. Hecho esto, dio orden que doña Beatriz de Bobadilla, su mujer, se partiese para la villa de Aranda, y para que todo fuese más secreto, disfrazada, en un jumento y traje de aldeana. Hízose así: habló ella con la infanta doña Isabel y la persuadió que sin dar parte a nadie se fuese lo más presto que pudiese a Segovia. Avisóle de la afición que el rey, su hermano, la mostraba; y que si se trocase estaría en el

 

 

 

 

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alcázar segura para que nadie la hiciese agravio. Decía que dado que corriese cualque peligro, en cosas grandes era forzoso aventurarse. En aquella ocasión convenía usar de presteza, que cualquiera detenimiento sería dañoso, pues muchas veces en poco espacio se hacen grandes mudanzas. Concertado el negocio, doña Beatriz se volvió a su marido; en pos de ella a poca distancia la princesa doña Isabel entró en el alcázar de Segovia a 28 de diciembre, principio del año del Señor de 1474.

 

Sabida su venida, los ánimos de todos se alteraron, así de los ciudadanos como de los cortesanos, unos de una manera, otros de otra, conforme a la afición que cada uno tenía. El marqués de Villena por sospechar algún engaño y tratado, en un caballo muy de prisa y con mucho miedo se fue a recoger a Ayllón, que es un pueblo por allí cerca. El rey don Enrique en el bosque de Balsaín se entretenía en el ejercicio de la caza cuando le vino esta nueva. Acudió luego a Segovia y fue a visitar a su hermana. Las muestras de alegría con que se saludaron y abrazaron fueron grandes, tanto con mayor afición, que de mucho tiempo atrás no se vieran. Gastaron mucho tiempo en hablar en puridad. Por la despedida, la infanta doña Isabel encomendó sus negocios a su hermano y su derecho, que dijo entendía ser muy claro. Respondió el rey que miraría en lo que le decía. De esta manera se despidieron ya muy tarde.

 

El día siguiente cenó el rey en el alcázar con su hermana, y el tercero la infanta salió a pasear por las calles de la ciudad en un palafrén que él mismo tomó de las riendas para más honrarla. Ningún día amaneció más claro, así para aquellos ciudadanos como para toda España, por la cierta esperanza que todos concibieron de una concordia muy firme, despedido el miedo que por la discordia tenían de grandes males. Aumentóse esta esperanza y confirmóse con que el mismo rey don Fernando, de Turégano, do estaba alerta y a la mira por ver en qué paraba esto, vino también a Segovia movido de la fama de lo que pasaba y persuadido por las cartas de su mujer.

El día de los Reyes, don Enrique, don Fernando y doña Isabel salieron a pasear juntos por la ciudad, que fue un acompañamiento muy lucido y espectáculo muy agradable para los ojos de todos. Después del paseo yantaron juntos y a una mesa en las casas obispales, en que Andrés de Cabrera les tenía aparejado un banquete muy regalado. Diego Enríquez del Castillo dice que comió con ellos don Rodrigo de Villandrando, conde de Ribadeo, en virtud de un privilegio que se dio a su padre, como arriba

 

 

 

 

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queda dicho, que todos los primeros días del año se asentase y comiese a la mesa del rey. Alzadas las mesas, hubo música y saraos, y por remate trajeron colación de conservas varias y muy regaladas. La alegría de la fiesta se enturbió algún tanto con la indisposición del rey don Enrique, que le retentó un dolor de costado de tal manera, que le fue forzoso irse a su palacio. Lo que sucedió acaso, como lo juzgan los más prudentes; el vulgo, inclinado siempre a lo peor y que en todo y con todos entra a la parte, lo echaba a que le dieron algo; opinión y sospecha que se aumentó por la poca salud que en adelante siempre tuvo, y la muerte, que le sobrevino antes de pasado el año.

 

La perpetua felicidad de aquellos príncipes, don Fernando y doña Isabel, y la grandeza de las cosas que hicieron dan bastante muestra que por lo menos si hubo alguna cosa no tuvieron ellos parte; ni es de creer diesen principio a su reinado con una tan grande maldad como sus contrarios les achacaban. Los odios encendidos que andaban y la grande libertad que se veía en decir unos de otros mal, dieron lugar a sospechar ésta y otras semejantes fábulas. Hiciéronse por la salud del rey muchas procesiones, votos, rogativas y plegarias para aplacar a Dios, con que mejoró algún tanto por entonces de aquel accidente.

 

 

 

 

II. De la muerte del maestre don Juan Pacheco

 

Luego que el rey convaleció, se comenzó a tratar de concertar aquellos príncipes y hacer capitulaciones para ello. Pedía doña Isabel que todos los estados del reino la jurasen por heredera, pues tenía derecho para ello. Si esto se hacía, que ella y su marido perpetuamente estarían a obediencia del rey. Ofrecía otrosí que por seguridad daría su hija en rehenes para que estuviese como en tercería en el alcázar de Ávila y en poder de Andrés de Cabrera.

 

Por el contrario, el conde de Benavente pedía con instancia que la princesa doña Juana casase con don Enrique de Aragón. Sentido de la burla que hicieron a su primo, amenazaba que si esto no se hacía, desbarataría el asiento que se pretendía tomar entre los dos reyes y pondría impedimento para que no pasase más adelante, como el que podía mucho por andar al lado del rey don Enrique y agradarle más por el mismo caso

 

 

 

 

 

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que esto pedía. Los otros grandes no eran de un parecer ni de una misma voluntad. Los cortesanos y palaciegos, parte favorecían a doña Juana, los más se inclinaban a doña Isabel (y más los que tenían más cabida y más privanza en la casa real), cosa que mucho ayudó a mejorarse su partido. Todos se gobernaban por afición sin hacer mucha diferencia entre lealtad y deslealtad. En particular la casa de Mendoza se comenzó a inclinar a esta parte, señores muchos en número, muy poderosos en riquezas y en aliados. Por el mismo caso el arzobispo de Toledo comenzaba a divertirse y aficionarse a la parcialidad contraria de doña Juana, de quien le parecía se podían esperar mayores premios y más ciertos.

 

El rey don Enrique se hallaba muy dudoso de lo que debía hacer. El maestre don Juan Pacheco con cartas que de secreto le envió le persuadía que de noche se apoderase de la ciudad y prendiese y pusiese en su poder a don Fernando y a doña Isabel, pues se le presentaba tan buena ocasión de tenerlos como dentro de una red metidos en el alcázar; para efectuarlo le prometía su ayuda y su industria. Cosa tan grande como ésta no pudo estar secreta ni desbaratarse por fuerzas humanas el consejo divino y lo que del cielo estaba determinado. Luego pues que se supo lo que se trataba, don Fernando se fue arrebatadamente a Turégano. La infanta doña Isabel se quedó en el alcázar de Segovia, resuelta de ver en qué paraban aquellos intentos y no dejar la posesión de aquel alcázar nobilísimo en que tenían los tesoros y las preseas más ricas de la casa real, y de donde entendía tomaría principio y se abriría la puerta para comenzar a reinar; hembra de grande ánimo, de prudencia y de constancia mayor que de mujer y de aquella edad se podían esperar.

 

Después que el rey don Enrique y don Fernando se apartaron, se tornaron a juntar por un nuevo accidente. Fue así, que el conde de Benavente alcanzó del rey don Enrique los años pasados con la revuelta de los tiempos que le diese a Carrión, villa principal en Castilla la Vieja. Hecha la merced, la fortificó con muros y con reparos. Llevaba esto mal el marqués de Santillana a causa que aquella villa de tiempo antiguo estaba a su devoción por la naturaleza que la casa de Mendoza tenía en ella por los de la Vega y Cisneros, linajes incorporados en el suyo. Demás de esto, movido por sus ruegos y lágrimas, persuadió al conde de Treviño que al improviso se apoderase con gente de aquella villa. Hízolo él como lo concertaron; para socorrerle el marqués de Santillana se partió de prisa de Guadalajara con golpe de soldados. El conde de Benavente para vengar

 

 

 

 

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por las armas aquel agravio hizo lo mismo desde Segovia, do le tomó la nueva. Con esto y por estar divididos los demás grandes y acudir con sus gentes, unos a una parte, otros a otra, corría peligro que sucediese algún desmán señalado por cualquiera de las partes que la victoria quedase.

 

Acudieron por diversas partes los reyes mismos, don Fernando para asistir al marqués de Santillana, bien acompañado por si fuesen menester las manos, don Enrique para poner paz, como lo hizo, que puestas sus estancias en medio de los dos reales contrarios y entre las dos huestes, apenas y con trabajo pudo alcanzar que dejasen las armas. El conde de Benavente se puso de todo punto en las manos del rey. Dióle el arzobispo de Toledo en recompensa el lugar de Magán, y con tanto vino en que abatiesen el castillo de Carrión y le echasen por tierra, que era la principal causa porque aquel pueblo estaba alterado, y la villa volvió a la corona real. Hechas las paces, el de Santillana se vio con doña Isabel en Segovia; dende se volvió a Guadalajara, ya determinado de todo punto de tomar nuevo partido y seguir, nuevas esperanzas, así él como los suyos.

 

El rey don Enrique, después de visitar a Valladolid y detenerse algún tanto en Segovia, a persuasión y por consejo del maestre don Juan Pacheco para comunicar y tratar cosas muy importantes, se partió para Madrid; tal era la voz. Hízole grande instancia, y al fin le persuadió que tratase de casar a la princesa doña Juana con el rey de Portugal, y que para poner esto en efecto se partiese, si bien tenía poca salud, hasta la raya de aquel reino. Éste era el color que se tomó para este viaje. El mayor y más verdadero cuidado del maestre era de apoderarse de Trujillo; grande codicia y deseo de amontonar riquezas y estados. Conformáronse los moradores con la voluntad del rey por tener el maestre granjeada gran parte del regimiento y seguir el pueblo lo que la nobleza quería; solo el castillo por su fortaleza les era impedimento, que el alcaide Gracián de Sesé no le quería entregar hasta tanto que le gratificasen lo que en él gastara, que era mucha parte de su hacienda, y le tomasen las cuentas.

 

El rey don Enrique con la tardanza y por ser aquellos lugares malsanos y el tiempo poco a propósito, agravada la indisposición, se volvió a Madrid. El maestre, algo mejor de una enfermedad que asimismo le sobrevino, se hizo llevar a Trujillo en hombros. Llegó con este intento a Santa Cruz de la Sierra, que es una aldea dos o tres leguas a la parte de mediodía de aquella ciudad. Trataba de persuadir al alcaide que entregase la fortaleza y de ganarle, cuando en medio de estas pláticas murió de

 

 

 

 

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repente. La ocasión fue que se le hinchó una mejilla y un corrimiento, con que mucha sangre se le cuajó en la garganta, que le salía por la boca y por las narices. Dicen que a las postreras boqueadas ninguna otra cosa preguntaba a los que presentes tenía y le ayudaban a bien morir, salvo si quedaba entregado el alcázar; pensamiento poco a propósito para quien se hallaba tan cercano a la muerte; bien que sin duda fue gran persona, de mucho valor, de maña e ingenio notable. Tuvieron secreta su muerte hasta tanto que el alcázar se entregó. En recompensa dieron al alcaide Gracián el lugar de San Félix, en Galicia, por juro de heredad, dádiva para él muy desgraciada, porque en una revuelta, no se sabe por qué causa, los vecinos de aquel pueblo le apedrearon y mataron; venganza del cielo por dejarse granjear con dádivas, como el vulgo lo decía, muy inclinado a semejantes dichos y hablas y a creer y decir de ordinario lo peor.

 

 

 

 

III. Cómo el rey don Fernando fue a Barcelona

 

Les franceses y aragoneses tenían diferencia y contienda sobre lo de Rosellón y Cerdaña. Los aragoneses pretendían recobrar aquellos sus estados; los franceses se excusaban con que los tenían empeñados por el dinero que prestó su rey al aragonés y el que gastaron en el sueldo de los soldados con que ayudaron en la guerra de Barcelona y aún no estaba pagado. No se conformaron; y así, las armas, que se dejaron por causa de las treguas que concertaron, las tornaban a tomar y a mover la guerra. El temor de los nuestros no era menor que la esperanza, por ser la guerra contra las riquezas de Francia y contra aquel rey muy poderoso, sin estar sosegadas las pasiones de Castilla, de que asimismo resultaban muchas y grandes dificultades.

 

Procuróse componer estas diferencias, y con este intento se enviaron embajadores a París para tratar de concierto, personas de gran cuenta. Estos fueron don Juan Folch, conde de Cardona, y Hugón de Rocaberti, castellán de Amposta; para que tuviesen más autoridad llevaron grande acompañamiento y repuesto. Pretendían dar razón por donde no parecía se debiese pagar el dinero que pedían, lo uno que los socorros de Francia para la guerra de Barcelona ni se enviaron a tiempo ni fueron de provecho; lo otro que contra las capitulaciones del concierto, Juan, duque de Lorena,

 

 

 

 

 

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fue ayudado con gentes de Francia. Volvíanse los embajadores sin concluir cosa alguna. Detuviéronlos en Lyon contra el derecho de las gentes y las leyes divinas y humanas. Por quedar estos señores arrestados en Francia y como en rehenes, los aragoneses no se atrevían por el peligro que sus personas corrían, a hacer grande resistencia, maguer que por el mismo tiempo al principio del verano quinientos caballos franceses debajo de la conducta de Juan Alonso, señor de Aluda, entraron en son de guerra por la parte de Rosellón, y juntándose con las demás guarniciones y gentes francesas, se pusieron sobre la ciudad de Elna, cuya parte más baja desampararon a la hora los ciudadanos por ser flaca.

 

El rey de Aragón en Barcelona tenía Cortes a los catalanes. Allí se apercibía para la guerra, bien que se hallaba en lo postrero de su larga edad y doliente de cuartanas. Tenía sus fuerzas gastadas; determinó buscar socorros de fuera. Envióle el rey don Fernando de Nápoles, su sobrino, por el mar quinientos hombres de a caballo, pequeña ayuda para guerra tan larga.

Don Fernando su hijo por el mes de junio se apoderó de Tordesillas, que es una buena villa en Castilla la Vieja. Los vecinos le llamaron para valerse de sus fuerzas contra Pedro Mendavía, alcaide de Castro Nuño, que hacía mal y daño por los pueblos y campos comarcanos con una compañía de salteadores, de los que en gran número andaban por todo el reino desmandados. Hecho esto y vuelto a Segovia, do quedó su mujer, avisado del peligro y poca salud de su padre, determinó irse a ver con él, como lo hizo. Púsose en camino a 2 de julio; de pasada visitó en Alcalá al arzobispo de Toledo, que estaba allí retirado. Pretendía con aquella cortesía quitarle el disgusto que tenía grande y ganarle si pudiese. Desde allí pasó a Guadalajara para visitar al tanto al marqués de Santillana y obligarle más con esto. Llegó por sus jornadas a Zaragoza y a Barcelona, do halló a su padre, viejo de mucha prudencia y que nunca reposaba.

 

Sucedieron a la misma sazón muy fuera de tiempo alteraciones en el reino de Valencia. Fue así, que Segorbe y Ejerica, dos pueblos principales en aquella comarca, tomaron las armas y se alborotaron a un mismo tiempo. La porfía fue igual, los intentos contrarios; los de Ejerica para librarse del señorío de Francisco Sarsuela, que pretendían les tenía hechos grandes agravios y demasías, los de Segorbe por conservarse contra la voluntad del rey en la obediencia de don Enrique de Aragón. Fueron estas alteraciones más largas que grandes, sin que en ellas sucediese cosa

 

 

 

 

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memorable más de que al fin se hizo lo que el rey quiso y era razón, que Segorbe quedó confiscada, y Ejerica volvió a cuya antes era. Don Fernando en Barcelona consultaba con su padre sobre la guerra de Rosellón, cuando le vino aviso de Castilla que el maestre de Santiago don Juan Pacheco era pasado de esta vida a 4 de octubre.

 

Por su muerte andaba mayor alboroto que nunca entre los grandes; muchos señores pretendían aquel maestrazgo; la diligencia era igual y la ambición; los caminos diversos y el color que para su pretensión cada cual alegaba. El de Alburquerque, el de Benavente, el de Santillana, el de Medina Sidonia confiaban más en sus riquezas que en alguna otra cosa. Por votos de los caballeros fueron nombrados dos, cada cual en uno de los principales conventos de la orden, donde los caballeros, unos en una parte, otros en otra, se juntaron. En el de León fue elegido don Alonso de Cárdenas, comendador mayor que era de León; en Uclés nombraron a don Rodrigo Manrique, conde de Paredes.

 

El marqués de Villena por tener el favor del rey y ser sus fuerzas muy grandes pretendía despojar los dos, y alegaba que el pontífice en vida de su padre le hizo gracia de aquella dignidad; pero como quier que no presentase bulas ni testimonio alguno de la voluntad del papa, los más sospechaban era invención a propósito de tener tiempo para usar de mayor diligencia y ganar del papa aquella dignidad. Andaba en su pretensión con poco recato; iba camino del Villarejo de Salvanés para hablar con el conde de Osorno, comendador mayor de Castilla; echáronle mano y lleváronle preso a Fuentidueña. Fue grande esta afrenta y resolución; con que el rey don Enrique irritado, y por no parecer que el conde de Osorno obedecería a sus mandatos, determinó acudir a las armas; y dado que andaba con poca salud, se puso con gente sobre Fuentidueña. Acudiéronle los prelados de Toledo y de Burgos, el de Benavente, el condestable y el de Santillana, sin otros señores, todos deseosos de servir a su rey y alterados contra un hecho tan atroz. Érales muy pesada la tardanza por irse agravando la enfermedad del rey y ser el tiempo poco a propósito. Acordaron valerse de un engaño contra otro; esto fue que Lope Vázquez de Acuña, hermano del arzobispo de Toledo, a quien no menos pesaba que a los demás del agravio que se hizo al marqués de Villena, con muestra que quería tener habla con la mujer del conde de Osorno, la prendió a ella y a un hijo suyo, y los llevó a la ciudad de Huete. Con esta maña, vencido el ánimo de su marido, puso al de Villena en libertad. De esta manera se desbarataron los intentos del

 

 

 

 

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conde de Osorno, que por aquel camino y prisión pretendía ganar la gracia de don Fernando, y con su ayuda quitar el maestrazgo de Santiago a todos los demás, mayormente que la princesa doña Juana se tenía en Escalona, apartada de su madre por su poca honestidad, y en poder del dicho marqués de Villena.

 

Sabidas todas estas cosas en Barcelona, el rey don Fernando dejó el cuidado de la guerra a su padre, que pretendía luego marchar la vuelta de Ampurias, y él se volvió a Zaragoza con intento, si las cosas de Castilla diesen lugar, juntar allí Cortes de los aragoneses para efecto de allegar dinero, de que tenían grande falta; tanto más, que de cada día acudían nuevas compañías de franceses, y estaban ya juntos sobre Elna novecientos caballos y diez mil infantes, con que el cerco de aquella ciudad se apretó de suerte, que por falta de mantenimientos y de todo lo necesario los cercados se rindieron un lunes, a 5 de diciembre, a partido que la guarnición de soldados y los capitanes saliesen libres, sin embargo que durante el cerco tuvieron entre sí más diferencias que ánimo para contra los enemigos. Con la pérdida de Elna tenían gran miedo no se perdiese también Perpiñán, por caerle muy cerca y estar rodeada aquella villa por todas partes de guarniciones de enemigos, además que el mismo castillo de Perpiñán estaba en poder de franceses; por todo esto se recelaban que no se podría mantener largo tiempo.

 

Fue este año memorable, particularmente en Sicilia, por el estrago grande que en las ciudades y pueblos se hizo de los judíos. La muchedumbre del pueblo sin saberse la causa como furiosos tomaban las armas, sin tener cuenta ni respeto a los mandatos y autoridad del virrey don Lope de Urrea, ni aún enfrenados la justicia que hizo de algunos de los culpados. Mataron muchos de aquella gente miserable, y les saquearon y robaron sus casas.

Los moros de Granada a este tiempo tenían sosiego, ni trataban los nuestros de hacerles guerra por la grande revuelta y alteración en que las cosas se hallaban.

En Navarra andaban alborotos entre los beamonteses, que seguían el partido de la princesa doña Leonor, y los agramonteses, de muy antiguo aficionados al servicio del rey de Aragón. El pueblo seguía el ejemplo de los principales en semejantes locuras y en hacerse unos a otros desaguisados.

 

 

 

 

 

 

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IV. De la muerte del rey don Enrique

 

Agravábase de cada día la dolencia del rey don Enrique, que de algún tiempo atrás le traía trabajado; y con el movimiento de aquel viaje que hizo y los cuidados pesados y desabridos se hizo mortal. Ordenaron los médicos que volviese a Madrid. Confiaban que con aquellos aires mejoraría; ni la bondad del cielo muy saludable de que goza aquella villa ni muchos remedios que le aplicaron fueron parte para que aflojase el dolor del costado, antes se embraveció de manera, que perdida la esperanza y recibidos los sacramentos como buen cristiano, a 11 de diciembre, día domingo, a la segunda hora de la noche rindió con reposo el alma, al fin del año cuarenta y cinco de su edad. Reinó veinte años, cuatro meses, veintidós días. No otorgó algún testamento; sólo hizo escribir algunas cosas a Juan de Oviedo, su secretario, de quien mucho se fiaba. Nombró por ejecutores de lo que ordenaba al cardenal de España y al marqués de Villena. Preguntado por fray Pedro de Mazuelos, prior de San Jerónimo de Madrid, que le confesó en aquel trance, a quién dejaba y nombraba por sucesor, dijo que a la princesa doña Juana, que dejó encomendada a los dos ejecutores de su testamento, y junto con ellos al de Santillana, al de Benavente, al condestable y al duque de Arévalo, de quien más que de otros hacía confianza. Su cuerpo por la larga dolencia estaba tan flaco, que sin embalsamarle le depositaron en San Jerónimo de Madrid. El enterramiento y honras que le hicieron no fueron muy grandes ni tampoco muy pequeñas. Después, en cumplimiento de lo que él mismo mandó a la hora de su muerte, le sepultaron en la iglesia de Guadalupe, junto al sepulcro de su madre.

 

Fue este príncipe señalado en ninguna cosa más que en la manera torpe de su vida, en su descuido y flojedad, faltas con que desdoró mucho su reinado. No dejó hijo alguno varón, y fue en la línea y alcurnia de los varones que decendieron del rey don Enrique el Bastardo el postrero como en el tiempo y cuento, así bien en la fama. Punto asaz de advertir, y que hace maravillar, sea la inconstancia de las cosas tan grande cono se ve, y su mudanza tal, que no solo mueren los hombres, sino también se acaba el vigor y fuerza de los linajes, y más en la sucesión de los príncipes, en que convenía más continuarse. Cada uno de los particulares estamos sujetos a esto; las propiedades y virtud asimismo de las plantas, hierbas y animales

 

 

 

 

 

 

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en común, tienen sus nacimientos y aumentos, y en fin se envejecen y faltan.

 

Tuvo el rey don Enrique, tronco y principio de este linaje, el natural muy vivo, y el ánimo tan grande, que suplía la falta del nacimiento. Don Juan, su hijo, fue persona de menos ventura, y de industria y ánima no tan grande ni valeroso. Don Enrique, su nieto, tuvo el entendimiento encendido y altos pensamientos, el corazón capaz del cielo y de la tierra; la falta de salud y lo poco que vivió no le dejaron mostrar mucho tiempo el valor que su aventajado natural y su virtud prometían. El ingenio de don Juan, el segundo de este nombre, era más a propósito para letras y erudición que para el gobierno. Finalmente, en su hijo don Enrique, cuyas obras y vida y muerte acabamos de relatar, desfalleció de todo punto la grandeza y loa de sus antepasados, y todo lo afeó con su poco orden y traza; ocasión para que la industria y virtud se abriese por otra parte camino para el reino de Castilla y aún casi de toda España, con que entró en ella una nueva sucesión y línea de grandes y señalados príncipes. Del derecho en que fundaron su pretensión, por entonces se dudó; el provecho que adelante su valor acarreó fue sin duda muy grande y aventajado.

 

 

 

 

V. Cómo alzaron a don Fernando y doña Isabel

 

por reyes de Castilla

 

Con la muerte del rey don Enrique todas las cosas en Castilla se trocaron. La mayor parte acudió a doña Isabel, hermana del difunto. Algunos, y no pocos, perseveraron en el servicio de doña Juana la princesa; en especial el marqués de Villena y el duque de Arévalo le acudieron con sus deudos y aliados como los primeros y principales entre los que quedaron nombrados para el amparo de aquella señora. Persuadíanse que ella tendría el nombre de reina, y ellos la mano en todo y se apoderarían del gobierno; el marido sería el que les pareciese más a propósito para sus intentos particulares, que era su principal cuidado. Seguían a estos dos grandes todos los pueblos y comarca que hay desde Toledo hasta Murcia, y juntamente la mayor parte de la nobleza de Galicia hasta tomar las armas contra el arzobispo de Santiago don Alonso de Acevedo y de Fonseca, porque en

 

 

 

 

 

 

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esto no se conformaba con los demás, antes andaba muy declarado por la parte contraria.

 

En la plaza de Segovia en un tablado que se levantó de madera, los que se hallaron en aquella ciudad en público juraron a doña Isabel, que presente estaba, por reina, puesta la mano, como es de costumbre, sobre los Evangelios. Hecho esto, levantaron los estandartes en su nombre con un faraute que en alta voz dijo: «Castilla, Castilla por el rey don Fernando y la reina doña Isabel». El pueblo con grande alarido y aplauso repetía las mismas palabras. Acudieron todos a besarle la mano y hacerle homenaje; así como estaba con vestidos reales, puesta en un palafrén la llevaron a la iglesia mayor para dar gracias a Dios por aquel beneficio y rogar fuese servido continuado y llevar adelante lo comenzado. Halláronse entonces muy pocos titulados en Segovia y ningunos grandes. Los primeros que muy de prisa acudieron para dar muestra de su lealtad y afición fueron el cardenal de España y el conde de Benavente don Rodrigo Alonso Pimentel. Poco después el arzobispo de Toledo, el marqués de Santillana, don García Álvarez de Toledo, duque de Alba, el condestable, el almirante y el duque de Alburquerque. Otros enviaron sus procuradores para que en su nombre hiciesen los homenajes y jurasen a la reina doña Isabel.

 

No pareció se hiciese el pleito homenaje por entonces a su marido el rey don Fernando hasta tanto que personalmente jurase, como su mujer la reina lo hizo, el pro del reino y guardarles, como es de costumbre, sus franquezas y privilegios. Hallábase a la sazón en Zaragoza ocupado en las Cortes de Aragón y con intento de allegar dinero para la guerra de Rosellón. Esto iba a la larga; así, sabida la muerte del rey don Enrique, sin dilación se partió para Castilla, por entender que ninguna cosa hay más segura en revueltas y mudanzas semejantes que la presteza. Dejó en su lugar para presidir en las Cortes a doña Juana, su hermana, que tenían concertada con don Fernando, rey de Nápoles, viudo de su primera mujer.

Los señores de Castilla no se podían granjear sino a poder de grandes dádivas y mercedes, por estar acostumbrados a vender sus servicios y lealtad lo más caro que podían. Luego que el rey llegó a Almazán, le envió el conde de Medinaceli don Luis de la Cerda a representar por medio de Francisco de Barbastro que el reino de Navarra pertenecía a doña Ana, su mujer, como a hija que era de don Carlos, príncipe de Viana, legítima, así por casarse después el príncipe con su madre como por dispensación del papa, de todo lo cual presentaba escrituras, si verdaderas o falsas, no se

 

 

 

 

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sabe. De cualquiera manera, era grande su determinación, y el negocio y pretensión en que entraba pedía mayores fuerzas que las suyas. Decía que si el rey don Fernando no le ayudaba para alcanzar aquel reino, no le faltaría ayuda de otra parte; que era en suma amenazar con la guerra de Francia; demasía fuera de sazón. Despedido pues el que vino con esta embajada sin respuesta, continuó el rey su camino. Llegado a Turégano, allí se entretuvo hasta tanto que en la ciudad de Segovia le aparejasen el recibimiento necesario.

 

Hizo su entrada un día después de año nuevo de 1475. En aquel día, puesto todo a punto, fue recibido en la ciudad con todas las demostraciones de alegría. Todos los estados le hicieron sus homenajes y besaron la mano como a su rey. Sobre la manera que se debía tener en el gobierno hubo alguna diferencia y debate. Los criados de la reina decían que no podía ni debía entremeterse el rey don Fernando en el gobierno ni aún intitularse rey de Castilla; de lo cual, demás de las capitulaciones matrimoniales, traían algunos ejemplos, tomados del reino de Nápoles, donde en tiempo de las dos reinas, por nombre Juanas, sus maridos no tomaron apellido de reyes, antes se contentaron con el casamiento y con la honra que a cada cual daba la reina, su mujer; hicieron grandes letrados informaciones y alegaron sobre el caso. Los aragoneses, por el contrario, pretendían que por no quedar ningún hijo varón del rey don Enrique, el reino volvía a don Juan, rey de Aragón, como al mayor del linaje. Pero esto que en Francia, conforme a las costumbres de aquel reino se guardaba, fácilmente lo rechazaban con muchos ejemplos, así antiguos como modernos, de Ormesinda, de Odisinda, de doña Sancha, de doña Urraca y de doña Berenguela, que mostraban claramente cómo muchas hembras los tiempos pasados heredaron el reino de Castilla.

 

Desistieron pues de esta empresa, y entre marido y mujer se concertaron estas capitulaciones: que en los privilegios, escrituras, leyes y moneda el nombre de don Fernando se pusiese primero, y después el de doña Isabel; al contrario en el escudo y en las armas, las de Castilla estuviesen a manderecha en más principal lugar que las de Aragón; en esto se tenía consideración a la preeminencia del reino, en lo primero a la de marido. Que los castillos se tuviesen en nombre de doña Isabel, y que los contadores y tesoreros le hiciesen en su nombre juramento de administrar bien las rentas reales. Las provisiones de los obispados y beneficios rezasen en nombre de ambos; pero que se diesen a voluntad de la reina y a

 

 

 

 

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personas en doctrina aventajadas. Cuando se hallasen juntos, de consuno administrasen justicia a los de cerca y a los de lejos; cuando en diversas partes, cada cual administrase justicia en su nombre en el lugar en que se hallase. Los pleitos de las demás ciudades y provincias determinase el que tuviese cerca de si los oidores del consejo, orden que asimismo se guardase en la elección de los corregidores.

 

Mostró sentimiento don Fernando que sus vasallos en lugar de obedecer le quisiesen dar leyes; todavía le pareció disimular; consideraba que con un poco de sufrimiento y disimulación él se arraigaría en el gobierno y todo estaría en su mano. Juntamente la reina doña Isabel, como princesa muy discreta, se dice que aplacó la pesadumbre que su marído tenía con un razonamiento que le hizo a este propósito, de este tenor:

 

«La diferencia que se ha levantado sobre el derecho del reino, no menos que a vos me ha disgustado. ¿Qué necesidad hay de deslindar los derechos entre aquellos cuyos cuerpos, ánimos y haciendas el amor muy casto y el vínculo del santo matrimonio tiene atados? Sea a las otras mujeres lícito tener alguna cosa propia y apartada de sus maridos; a quien yo he entregado mi alma, ¿por ventura será razón ser escasa en franquear con él mismo la autoridad, riquezas y cetro? ¿Qué fuera esto sino cometer delito muy grave contra el amor que se deben los casados? Sería yo muy necia si a vos solo no estimase en mas que a todos los reinos. Donde yo fuere reina, vos seréis rey, quiero decir, gobernador de todo sin límite ni excepción alguna. Ésta es nuestra determinación, y será para siempre; ¡ojalá tan bien recibida como en mi pecho asentada! Alguna cosa era justo disimular por el tiempo y mostrar hacíamos caso de los letrados que con sus estudios tienen ganada reputación de prudentes. Mas si por esta porfía los cortesanos y señores pensaren haberse adelantado para tener alguna parte en el gobierno, ellos en breve se hallarán muy burlados; si no fuere con vuestra voluntad, no alcanzarán cosa alguna, sean honras, cargos o gobiernos. Verdad es que dos cosas en este negocio han sucedido a propósito, la primera que se ha mirado con esto por nuestra hija y asegurado su sucesión; la cual, si vuestro derecho fuera cierto, quedaba excluida de la herencia paterna cosa fuera de razón y que a nos mismos diera pena. Queda otrosí proveído para siempre que los pueblos de Castilla sean gobernados en paz; que dar las honras del reino y los castillos, las rentas y los cargos a extraños, ni vos lo querréis, ni se podría hacer sin alteración y desabrimiento de los naturales; que si esto

 

 

 

 

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mismo no os da contento, vuestra soy, de mi y de mis cosas haced lo que fuere vuestra voluntad y merced. Ésta es la suma de mi deseo y determinada voluntad».

 

Aplacado con estas palabras el rey don Fernando, volvió su pensamiento al remedio del reino, que por la alteración de los tiempos pasados y el peligro evidente que corría de nuevas revueltas se hallaba grandemente trabajado.

 

 

 

 

VI. Cómo el rey de Portugal tomo la protección

 

de doña Juana, su sobrina

 

Parecía que el marqués de Villena en un mismo tiempo se burlaba del rey don Fernando y de don Alonso, rey de Portugal, pues juntamente traía sus inteligencias con los dos. Era de no menor ingenio que su padre, y todos se persuadían que se inclinaría a la parte de que mayor esperanza tuviese de acrecentar su estado y riquezas de su casa, conforme al humor que entonces corría, y aún siempre corre, sin respeto alguno de lo que las gentes dirían ni de lo que por la fama se publicaría. Del rey don Fernando pretendía que, despojados los dos competidores en el maestrazgo con achaque que las elecciones no fueran válidas, él fuese legítimamente entronizado y nombrado por maestre de Santiago. Era esta demanda pesada, que persona de quien no tenían bastante seguridad, creciese tanto en poder y riquezas, y que juntase con lo demás aquella dignidad tan rica y de tanta renta. Sin embargo, le dio buena respuesta; que es prudencia conformarse con el tiempo. Prometióle que si pusiese a doña Juana en tercería para casarla conforme a su calidad, vendría y le ayudaría en lo que pedía. A esto replicó él que en ninguna manera lo haría ni quebrantaría la fe y palabra que dio al rey don Enrique de mirar por su hija.

 

Junto con esto envió personas de quien hacía confianza para persuadir al rey de Portugal tomase a su cargo la protección de su sobrina, pues por ser el pariente más cercano le pertenecía a él en primer lugar, y como tal quería se encargase del gobierno de Castilla. Reprendía sus miedos, sus recatos y demasiada blandura; protestábale y amonestábale por todo lo que hay en el cielo no desamparase aquella doncella inocente y sobrina suyo, pues era rey tan poderoso y tan rico. Que en Castilla hallaría muchos

 

 

 

 

 

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aficionados a aquel partido, así bien del pueblo como de la nobleza, los cuales, presentada la ocasión, se mostrarían en mayor número de lo que podía pensar; que más les faltaba caudillo que voluntad para seguir aquel camino.

 

Hallábase el de Portugal en Estremoz, a la raya de su reino, al tiempo que falleció el rey don Enrique. Hizo consulta sobre este negocio y sobre lo que el de Villena representaba. Los pareceres fueron diferentes; los más juzgaban se debía abrir la guerra y sin dilación romper con las armas por las tierras de Castilla; hombres habladores, feroces, atrevidos, ni buenos para la guerra ni para la paz. Hacían fieros y alegaban que tenían grandes tesoros allegados con la larga paz, huestes de a pie y de a caballo y grandes armadas por la mar. El principal autor de este consejo y atizador de la guerra desgraciada era don Juan, príncipe de Portugal, el cual, conforme al natural atrevimiento que da la juventud, se arrojaba más que los otros. Sólo don Fernando, duque de Berganza, como al que su larga edad hacía más recatado y más prudente (lo que otros atribuían a miedo o amor que tenía a doña Isabel por el parentesco y ser nieta de su hermano), sentía lo contrario, que no se debían ligeramente tomar las armas. Que el de Villena y sus aliados eran los mismos que poco antes alzaron por rey al infante don Alonso contra don Enrique, su hermano, y juntamente sentenciaron que doña Juana era hija bastarda; lo cual ¿con qué cara ahora, con qué nueva razón lo mudan, sino por ser personas que se venderían al que diese más, y que volverían las proas adonde mayor esperanzase les representase? ¿Qué castillos daban por seguridad que no se mudarían con la misma ligereza que de presente se mudaban, si don Fernando les prometiese cosas más grandes? ¿En qué manera podrían desarraigar la opinión que el pueblo tenía concebida en sus corazones que doña Juana era ilegítima? Cosa que el mismo rey don Alonso confirmó cuando pidió por mujer a doña Isabel, y no quiso aceptar en manera alguna el casamiento que le ofrecían de doña Juana.

 

«Mintiendo sin duda y haciendo fieros y gloriándose de las fuerzas que no tienen, hinchan a los otros con el viento de vanas esperanzas, y ellos mismos están hinchados. Los perros cuanto más medrosos ladran más, y los pequeños arroyos muchas veces hacen más ruido con su corriente que los ríos muy caudalosos. Afirman que los señores y las ciudades seguirían su opinión, de quien sabemos cierto que con la misma lealtad con que sirvieron al rey don Enrique abrazarán el partido de doña Isabel. ¡Ojalá

 

 

 

 

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pudiera yo poner delante de vuestros ojos el estado en que las cosas están! ¡Ojalá como los cuerpos, así se pudieran ver los corazones! Entendiérades el poco caso que se debe hacer de las vanas promesas del marqués de Villena».

 

Bien advertían las personas más prudentes que todo esto era verdad, todavía prevaleció el parecer de los más; desorden muy perjudicial que en la consulta no se pesen los votos, sino se cuenten de ordinario, y se esté por los más votos, aún cuando los reyes están presentes, por cuyo parecer todos pasan y en cuyo poder está todo. Verdad es que primero que se declarasen, Lope de Alburquerque, que enviaron para mirar el estado en que todo se hallaba, llevó firmas de muchos señores de Castilla que prometían al rey de Portugal, que a la sazón era ido a Ébora, y le daban la fe, si casaba con doña Juana, que a su tiempo no le faltarían.

Para encaminar estas trazas venía muy a cuenta el desabrimiento del arzobispo de Toledo, que con color que residiera muchos años en la corte, enfado que a los grandes personajes hace perder el respeto y que la gente se canse de ellos, y con muestra que quería descansar, se salió de Segovia a 20 de febrero. Éste era el color, la verdad que claramente se tenía por agraviado de los nuevos reyes. Querellábase le entretenían con falsas esperanzas sin hacerle alguna recompensa de sus servicios y de su patrimonio, que tenía consumido, y hechos grandes gastos para dar de su mano el reino a aquellos príncipes ingratos. Sobre todo llevaba mal la privanza del cardenal, que iba en aumento de suerte, que los reyes todos sus secretos comunicaban con él, y por él se gobernaban. Procuraron aplacarle, pero todo fue en vano. Amenazaba haría entender a sus contrarios lo que era agraviar al arzobispo de Toledo, y mostraría cuán grandes fuesen sus fuerzas contra los que le enojasen.

 

Tampoco fueron los ruegos de efecto, mezclados con amenazas, de su hermano don Pedro de Acuña, conde de Buendía, en que le protestaba no empeciese a sí y a sus deudos, y por esperanzas dudosas no se despeñase en peligros tan claros; antes, como él que de suyo era soberbio de condición, suelto de lengua, más se irritaba con las amonestaciones que le hacían, mayormente que un Hernando de Alarcón, que por ser de semejante condición tenía más cabida con él que otro alguno, como le andaba siempre a las orejas, con sus palabras henchía su pecho cada día de mayor pasión y saña.

 

 

 

 

 

 

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VII. Cómo el rey de Portugal se llamó rey de

 

Castilla

 

La partida del arzobispo y su desabrimiento tan grande alteró a los nuevos reyes y los puso en cuidado. Temían, si se declaraba por la parte contraria, no revolviese el reino, conforme lo tenía de costumbre, por ser persona de condición ardiente, de ánimo desasosegado, demás de su mucho poder y riquezas. Esto les despertó para que con tanto mayor cuidado buscasen ayudas de todas partes, así del reino como de fuera. Sobre todo procuraron sosegar a los grandes y ganarlos.

 

El primero que redujeron a su servicio fue don Enrique de Aragón con restituirle sus estados de Segorbe y de Ampurias y darle perdón de todo lo pasado; camino con que quedó otrosí muy ganado el de Benavente, su primo. Fue esto tanto más fácil de efectuar, que tenía él perdida la esperanza de que aquel casamiento que tenían concertado pasase adelante y se efectuase, a causa que a doña Juana desde Escalona la llevaron a Trujillo para casarla con el rey de Portugal, al cual pretendía el marqués de Villena contraponerle a las fuerzas de Aragón, a la sazón divididas por la guerra de Francia y las alteraciones de Navarra.

La villa de Perpiñán se hallaba muy apretada con el largo cerco que le tenían puesto, tanto, que por estar muy trabajada y no tener alguna esperanza de ser socorrida, se rindió a los 14 de marzo a partido que se diese libertad a los embajadores que detuvieron en Francia, como queda dicho, y a los vecinos de aquella villa de irse o quedarse, como fuese su voluntad. Concertaron otrosí treguas por seis meses entre la una nación y la otra. Envió el rey don Fernando al de Francia para pedir paces, y que con ciertas condiciones restituyese lo de Rosellón, cierta embajada. El rey de Francia dio muy buena respuesta, y prometió grandes cosas si venía en que su hija casase con el delfín de Francia. Prometía en tal caso que le ayudaría con tanta gente y dinero cada un año cuanto fuese menester para sosegar las alteraciones de Castilla y apoderarse del reino, en particular que se concertaría sobre el principado de Rosellón, estaría a justicia y pasaría por lo que los jueces árbitros ordenasen. Para tratar esto envió por su embajador desde Francia a un caballero, llamado Guillelmo Garro.

 

Los reyes don Fernando y doña Isabel daban de buena gana oídos a estos tratos, si bien el rey de Aragón recibía gran pesadumbre y los acusaba por sus cartas que moviesen sin darle a él parte cosas tan grandes.

 

 

 

 

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Sobre todo le congojaba que el arzobispo de Toledo estuviese desabrido; temía, por ser hombre voluntario y su condición vehemente, no intentase de nuevo a poner en Castilla rey de su mano y dar la corona como fuese su voluntad. Venía este consejo tarde por estar las voluntades muy estragadas y mostrarse ya el portugués a la raya del reino con un grueso campo, en que se contaban cinco mil caballos y catorce mil infantes, todos bien armados y con grande confianza de salir con la victoria.

 

Perdida pues la esperanza de concertarse, lo que se seguía y era forzoso, los nuevos reyes acudieron a las armas. Andrés de Cabrera, lo que hasta entonces dilatara para que el servicio fuese más agradable cuanto más necesario y las mercedes mayores, les entregó los tesoros reales; ayuda de grande momento para la guerra que se levantaba. En recompensa le hicieron merced de la villa de Moya, pueblo principal, aunque pequeño, a la raya de Valencia, con título de marqués. Diéronle otrosí en el reino de Toledo la villa de Chinchón con nombre de conde, y por añadidura la tenencia de los alcázares de Segovia para él y sus herederos y sucesores; que fueron todos premios debidos a sus servicios y a su lealtad y constancia, ca si va a decir verdad, gran parte fue don Andrés para que don Fernando y doña Isabel alcanzasen el reino y se conservasen en él.

 

Partidos los reyes de Segovia con intento de apercibirse para la guerra, pusieron en su obediencia a Medina del Campo, mercado a que los mercaderes concurren, y en sus tratos y ferias que allí se hacen, la más señalada y de las ricas de España, y por el mismo caso a propósito para juntar dinero de entre los mercaderes. El de Alba con deseo de señalarse en servir a los nuevos reyes, luego que llegaron les entregó el castillo de aquella villa, que se llama la Mota de Medina, y la tenía en su poder. Hacíase la masa de las gentes en Valladolid; fueron allá los nuevos reyes; cada día les venían nuevas compañías de a pie y de a caballo, con que se formó un ejército, ni muy pequeño ni muy grande. Repartieron los reyes entre sí el cuidado, de suerte que don Fernando quedó en Castilla la Vieja, cuya gente les era más aficionada y la tenían de su parte; doña Isabel pasó los puertos para intentar si podría sosegar al arzobispo de Toledo; mas él no quiso verse con ella, antes por evitar esto, desde Alcalá se fue a Brihuega, pueblo pequeño, pero fuerte por el sitio y por sus muros. Alegaba para hacer esto que por una carta que tomó constaba trataban de matarle. Asimismo el condestable Pero Hernández de Velasco, que envió la reina para el mismo efecto, no pudo con él acabar cosa alguna. Todavía

 

 

 

 

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este viaje de la reina fue de provecho, porque aseguró la ciudad de Toledo con guarnición que puso en ella, conforme a lo que el negocio y tiempo pedía, y con hacer salir fuera al conde de Cifuentes y a Juan de Ribera, parciales y aliados del arzobispo de Toledo. No entró la reina en Madrid por estar el alcázar por el marqués de Villena. Concluidas estas cosas, volvió a Segovia para acuñar y hacer moneda toda la plata y oro que se halló en el tesoro real, así labrado como por labrar.

 

En el mismo tiempo el rey don Fernando aseguró la ciudad de Salamanca, bien que con su venida saquearon las casas de los ciudadanos de la parcialidad contraria, que eran en gran número. Zamora al tanto con la misma facilidad le abrió luego que llegó las puertas. Entrególe primero Francisco de Valdés una torre que tenían sobre la puente con guarnición de soldados, principio para allanar los demás. El alcázar principal no le quiso entregar su alcaide Alonso de Valencia por el deudo que tenía con el marqués de Villena; usar de fuerza pareció cosa larga. Tampoco no quiso el rey ir a Toro, ciudad que está cerca de Zamora, por no asegurarse de la voluntad de Juan de Ulloa, ciudadano principal y que se mostraba aficionado a los portugueses, no tanto por su voluntad como por miedo del castigo que merecía la muerte que dio a un oidor del consejo real, y otros muchos y feos casos de que le cargaban.

 

Vueltos que fueron los reyes a Valladolid, la ciudad de Alcaraz se puso en su obediencia; los ciudadanos por no ser del marqués de Villena tomaron las armas y pusieron cerco a la fortaleza. Acudieron a los ciudadanos el conde de Paredes y don Alonso de Fonseca, señor de Coca, con el obispo de Ávila, que era del mismo nombre. El de Villena, por el contrario, sabido lo que pasaba, vino con gente en socorro del alcázar; mas como no se sintiese con bastantes fuerzas, desistió de aquella su pretensión de hacer alzar el cerco y recobrar la ciudad. Esta pérdida le encendió tanto más en deseo de persuadir al de Portugal que apresurase su venida con cartas que le escribió en este propósito. Decíale que en tal ocasión más necesaria era la ejecución que el consejo; que toda dilación empecería grandemente; que con sola su ayuda, aunque los demás se estuviesen quedos y adujasen, vencerían a los contrarios. El agravio que juzgaba le hacían le aguijoneaba para desear que luego se acudiese a las armas y a las manos.

 

Hallábase el rey de Portugal a la frontera de Badajoz por el mes de mayo; en el mismo tiempo, es a saber, a los 18 de aquel mes, día jueves, le

 

 

 

 

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nació en Lisboa un nieto, que de su nombre se llamó don Alonso. Vivió poco tiempo, y así no vino a heredar el reino, dado que le juraron por príncipe y heredero de Portugal, aún en caso que su padre el príncipe don Juan falleciese antes que su abuelo. Por el nacimiento de este niño en esta sazón algunos de los portugueses pronosticaban que la empresa sería próspera, y que del cielo estaba determinado gozase del reino de Castilla, como hombres que eran livianos los que esto decían, y vanos, y que creían demasiado a sus esperanzas mal fundadas. Estaba en Badajoz el conde de Feria con gente, y era muy aficionado al rey don Fernando; demás que se apoderó de un lugar de aquella comarca, que se llama Jerez, que quitó a los contrarios. Debieran los portugueses echar a manderecha y romper por el Andalucía, en que tenían de su parte a Carmona, a Écija y a Córdoba, para que ganada Sevilla, ninguna cosa les quedase por las espaldas que les pudiese dar cuidado; torcieron el camino a manizquierda, en que grandemente erraron, y por tierra de Alburquerque y por Extremadura llegaron a Plasencia, ciudad pequeña y que goza de muy alegre cielo, si bien el aire y sitio por su puesto es algo malsano. En aquella ciudad se desposó el rey de Portugal con doña Juana; y dado que no se efectuó el matrimonio por pretender antes de hacerlo alcanzar del pontífice dispensación del parentesco, que era muy estrecho, coronáronlos por reyes y alzaron los estandartes de Castilla en su nombre, como es de costumbre.

 

En esta sazón y en medio de estos regocijos nombró aquel rey a Lope de Alburquerque, y le dio título de conde de Penamacor, recompensa debida a sus servicios y trabajos que pasó en granjear las voluntades de los señores de Castilla. Pusieron otrosí por escrito los derechos en que fundaban la pretensión de doña Juana, y enviaron traslados y copias a todas partes, bien largos, y en que iban palabras afrentosas y picantes claramente contra los reyes, sus contrarios. Sucedieron estas cosas a los postreros del mes de mayo; consultaron asimismo cómo se haría la guerra y sobre qué parte primeramente debían cargar.

 

 

 

 

VIII. Que el rey de Portugal tomó a Zamora

 

La llama de la guerra a un mismo tiempo se emprendió en muchos lugares. La fuerza y porfía era muy grande y extrema como entre los que debatían

 

 

 

 

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sobre un reino tan poderoso. Villena con las villas que le estaban sujetas comenzó a ser trabajada por gentes del reino de Valencia. Por esta causa y a persuasión del conde de Paredes, tomadas las armas de común acuerdo, los naturales de aquella ciudad se pasaron al servicio del rey don Fernando. Para hacerlo sacaron por condición que perpetuamente quedasen incorporados en la corona real. Al maestre de Calatrava quitaron a Ciudad Real, de que se había apoderado sin tener otro derecho más del que pueden dar las armas. En el Andalucía y en Galicia hacían unos contra otros correrías y robaban la tierra en gran perjuicio mayormente de los labradores y gente del campo. Pedro Albarado se apoderó de la ciudad de Tuy en nombre del rey de Portugal; al contrario, los ciudadanos de Burgos acometieron y apretaron con cerco a Íñigo de Zúñiga, alcaide de aquella fortaleza, y al obispo don Luis de Acuña, que seguían el partido de Portugal.

 

Estaba suspenso aquel rey y muy dudoso sin resolverse a qué parte debía primeramente acudir; unos le llamaban a una parte, otros le convidaban a otra, conforme a la necesidad y aprieto en que cada cual se hallaba. Los señores acudían escasamente con lo que largamente prometieran, es a saber, dineros, soldados, mantenimientos. Los pueblos aborrecían aquella guerra como desgraciada y mala, y por ella a los portugueses; y aún ellos comenzaban a flaquear, en especial por ver que el rey don Fernando, que apenas tenía quinientos de a caballo al principio y al tiempo que los portugueses rompieron por las tierras de Castilla, ya le seguía un muy bueno y poderoso ejército, en que se contaban diez mil de a caballo y treinta mil de a pie. Cerca de Tordesillas pasaron alarde, do tenían asentados sus reales, todos con un deseo encendido de hacer el deber y venir a las manos. El rey de Portugal, resuelto en lo que debía hacer, pasó primero a Arévalo, villa que tenía su voz. Desde allí fue a Toro, llamado de Juan de Ulloa, con esperanza de apoderarse, como lo hizo, de aquella ciudad y también de Zamora, que cae cerca. Movióle a intentar esto ser aquella comarca muy a propósito para proveerse de mantenimientos, ca están aquellas ciudades a la raya de Portugal.

 

Al contrario, el rey don Fernando; alterado por este daño, sin dilación marchó con su gente sin parar hasta hacer sus estancias cerca de Toro, donde estaba el enemigo. Pretendía socorrer el castillo de aquella ciudad, que todavía se tenía por él. No vinieron a las manos ni aquella ida fue de algún efecto; sólo el rey don Fernando desafió por un rey de armas a los

 

 

 

 

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portugueses a la batalla. Ellos, bien que son hombres valerosos y arriscados, estuvieron muy dudosos. Parecíales que si salían al campo correrían peligro muy cierto por ser menos en número, que no pasaban de cinco mil de a caballo y veinte mil de a pie, aunque era la fuerza y lo mejor de Portugal, demás de las ayudas y gentes de Castilla que seguían este partido. Si rehusaban la pelea, perdían reputación, y el coraje de los soldados se debilitaría, y su brío, que es en la guerra tan importante. Para acudir a todo el de Portugal, como príncipe recatado, por una parte se excusó de la pelea con decir que tenía derramadas sus gentes, por otra parte para no mostrar flaqueza, se ofreció de hacer campo de persona a persona con el rey, su contrario; todo a propósito de entretener y acreditarse, que nunca llegan a efecto con diversas ocasiones desafíos y retos semejantes, y así no se pasó adelante de las palabras.

 

Con esto el rey don Fernando, después que tuvo en aquel lugar sus estancias por espacio de tres días, visto que ningún provecho sacaba de entretenerse, pues no podía dar socorro al castillo, que al fin se rindió, y más que padecía falta de dinero para pagar a los soldados y de mantenimientos para entretenerlos por tener el enemigo tomados los pasos y alzadas las vituallas, dio la vuelta a Medina del Campo. En las Cortes que se tenían en aquella villa, de común acuerdo los tres brazos del reino le concedieron para los gastos de la guerra prestada la mitad del oro y de la plata de las iglesias, a tal que se obligase a la pagar enteramente luego que el reino se sosegase; con esta ayuda partió para poner cerco sobre el castillo de Burgos. Muchas cosas se dijeron sobre la retirada que el rey don Fernando hizo de Toro; los más decían que fue de miedo; y lo achacaban a que sus cosas empeoraban; por lo menos fue ocasión al arzobispo de Toledo para de todo punto declararse; y aunque era de mucha edad, pasados los montes, se fue con quinientos de a caballo a juntar con el rey de Portugal. No quería que acabada la guerra le culpasen de haber desamparado aquel partido, cuyo protector principal se mostrara. Hizo esto con tanta resolución, que no tuvo cuenta con las lágrimas del conde, su hermano, ni de sus hijos don Lope, que era adelantado de Cazorla, y don Alonso, por respeto del tío, promovido en obispo de Pamplona, Fernando y Pedro de Acuña, hermanos de los mismos; todos sentían mucho que su tío temerariamente se fuese a meter en peligro tan claro.

 

Llegado el arzobispo, fue de parecer, así él como el duque de Arévalo, que el rey de Portugal con mil quinientos de a caballo y buen número de

 

 

 

 

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infantes, fuese en persona a socorrer el castillo de Burgos, que cercado le tenían. Hízolo así, y de camino rindió el castillo de Baltanas, que está entre Pisuerga y Duero, asentado en lugares ásperos y montuosos, y al conde de Benavente que allí halló envió preso a Peñafiel. Con esto el portugués, sea por parecerle había ganado bastante reputación, sea por no tener fuerzas bastantes para contrastar y dar la batalla a don Fernando, alegre y rico con grandes presas que hizo, de repente dio la vuelta sin pasar adelante en la pretensión que llevaba de dar socorro al castillo de Burgos.

 

Quedáronse doña Juana en Zamora, y doña Isabel en Valladolid. La primera, fuera del nombre, poco prestaba; doña Isabel, como princesa de ánimo varonil y presto, sabido el peligro de su marido y lo que los portugueses pretendían, con las gentes que pudo de presto recoger pasó a Palencia, resuelta, si fuese menester, de acudir luego a lo de Burgos. Todo esto y el cuidado de la gente que andaba a la mira de lo en que paraban cosas tan grandes se sosegó con la vuelta que sin pensar dieron los portugueses.

Los reyes de Castilla y de Aragón enviaron a Roma sus embajadores, personas de gran cuenta, los cuales por el mes de julio en consistorio relataron sus comisiones y dieron la obediencia en nombre de sus príncipes, oficio debido, pero que hicieron dilatar hasta entonces las grandes alteraciones y guerras civiles de aquellos reinos. El pontífice respondió benignamente a estas embajadas, ca estaba muy aficionado a los aragoneses a causa que Leonardo, su sobrino, hijo de su hermana, prefecto que era de Roma, casó con hija bastarda de don Fernando, rey de Nápoles. Esta acogida tan graciosa del pontífice dio pesadumbre a los embajadores de Portugal. Alegaban y decían que antes que se determinase aquella diferencia y se oyesen las partes era justo que el papa estuviese neutral y a la mira; si ya no quería interponer su autoridad para componer aquellos debates, que no se mostrase parte. Por esta causa declaró el pontífice lo que en semejantes casos se suele hacer, que aceptaba aquellos embajadores y recibía la obediencia que por parte de Castilla le daban, sin perjuicio de ningún otro príncipe y de cualquier derecho que otro pudiese pretender en contrario. El principal entre los embajadores de Aragón era Luis Dezpuch, maestre de Montesa, persona muy conocida en todo el mundo por la fama de su esfuerzo y prudencia que mostró en particular en las guerras de Italia en que se halló en tiempo del rey don Alonso de Aragón y de Nápoles. Convidáronle con el virreinato de Sicilia, vaco por muerte de don Lope de

 

 

 

 

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Urrea, que finó por el mes de septiembre, y se gobernó en aquel cargo con mucha loa. No quiso el maestre aceptar en manera alguna aquel gobierno por estar determinado de recogerse en algún monasterio y partir mano, bien así de las cosas de la guerra como de todo lo al, y allí acabar lo que le quedaba de la vida en servicio de Dios y aparejarse para la partida.

 

En el castillo de Albalate, a la ribera de Segre, a 19 de noviembre, falleció asimismo don Juan de Aragón, arzobispo de Zaragoza, hijo del rey de Aragón, y de parte de su madre persona noble, prelado de grande autoridad y que tuvo gruesas rentas.

Fue este año muy señalado en todo el mundo por el jubileo universal que publicó en Roma el pontífice Sixto por una nueva constitución en que ordenó que cada veinticinco años se celebrase y otorgase a todos los que visitasen aquellos santos lugares, como quier que de antes se ganase de cincuenta en cincuenta años. Muchos acudieron a Roma para ganar esta gracia, entre los demás don Fernando, rey de Nápoles, con la edad más devoto, al parecer, y religioso que solía ser los años pasados.

 

 

 

 

IX. Cómo el rey don Fernando recobro a Zamora

 

Al fin de este año el rey de Aragón tuvo Cortes a los aragoneses en Zaragoza; viejo de mucha prudencia y sagacidad; las fuerzas del cuerpo eran flacas, el ánimo muy grande. Poníale en cuidado la guerra que hacía el rey de Portugal, y no menos la de Francia, porque un capitán de ciertas compañías de franceses, llamado Rodrigo Trahiguero, sin respeto de las treguas que tenían asentadas, por la parte de Rosellón hizo entrada en tierras de Cataluña, y tomado un pueblo, llamado San Lorenzo, puso espanto en toda la provincia y comarca, en tanto grado, que lo que no se suele hacer sino en extremos peligros, mandaron en Cataluña por edictos que todos los que fuesen de edad se alistasen y acudiesen a la guerra.

 

En Castilla el partido de Portugal y las armas prevalecían. La esperanza que les daban de que en Francia se apercibían nuevas gentes en su ayuda, como lo tenían asentado, los alentaba. Avisaban que para acudir más fácilmente el inglés y el francés, que hasta entonces tuvieron grandes guerras, en una puente que hicieron en la comarca de Amiens se hablaron y concertaron paces en que comprendían los duques de Bretaña y de

 

 

 

 

 

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Borgoña. Fue esto en sazón que el de Borgoña entregó al rey de Francia el condestable de Francia Luis de Lucemburg, que andaba huido en Flandes; extraña resolución, si bien el condestable tenía merecida la muerte que le dieron por su inconstancia y por estar acostumbrado a no guardar la fe más de cuanto era a propósito para sus intentos, con que parecía burlarse de todos; esto dicen los más; otros afirman que padeció sin razón. Los que tienen mucho poder, riquezas y mando, de unos son envidiados, que la prosperidad cría de ordinario más enemigos que la injuria; otros los defienden; así pasan las cosas, y tales son las opiniones de los hombres.

 

Para acudir a estas guerras no eran bastantes las fuerzas de Aragón por estar consumidas con los gastos de una guerra tan larga y ser la provincia no muy grande. Determinó pues el rey de Aragón usar de maña, y por el mes de noviembre concertó treguas con los franceses por lo de Aragón y por espacio de siete meses. Para la guerra de Portugal procuró tener habla con el arzobispo de Toledo; escribióle con este intento una carta muy comedida. Decíale que muy bien sabía cuán grandes eran los servicios que había hecho a la casa de Aragón; que le pesaba mucho no se le hubiese acudido como era razón; todavía si olvidados por un poco los enojos se quisiese ver con él, que en todo se daría corte y se enmendarían los yerros a su voluntad. No quiso el arzobispo aceptar los ruegos del rey por ser hombre voluntario y estar determinado de morir en la demanda o salir con la empresa. Su coraje llegaba a que muchas veces se desmandaba en palabras hasta amenazar y decir: «Yo hice reina a doña Isabel, yo la haré volver a la rueca».

 

Los reyes de Castilla no hacían mucho caso de su enojo ni de sus fieros; recelábanse que si él volvía, el cardenal de España, que tanto les ayudaba, se podría desabrir, mayormente que ellos de cada día crecían en poder y fuerzas y su partido se mejoraba. Y aún en este tiempo el marqués de Villena y el maestre de Calatrava de Castilla la Vieja se partieron para Almagro con intento, según se entendía, de pasar a Baeza, cuyo castillo tenían cercado sus contrarios. Con esta ocasión los de Ocaña se alborotaron, villa que se tenía por el marqués. Desde Toledo, el conde de Cifuentes y Juan de Ribera con las gentes que llevaron en favor de los alzados, echaron la guarnición del marqués y quedó la villa por el conde de Paredes, maestre que se llamaba de Santiago. El rey don Fernando desde Burgos secretamente acudió a Zamora por aviso de Francisco de Valdés, alcaide que era de las torres, y le prometía darle entrada en la

 

 

 

 

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ciudad. Hízose así, y el rey luego se apoderó de la ciudad. Restaba de combatir el castillo, que, sin embargo, se tenía por Portugal. Púsosele sitio con resolución de no desistir antes de tomarle.

 

Tratóse a esta sazón que el rey de Aragón y don Fernando, su hijo, se viesen y que se hallase a la habla la princesa doña Leonor; todo a propósito de sosegar las alteraciones de Navarra, que resultaban de las parcialidades y bandos que andaban entre beamonteses y agramonteses, y se aumentaban por tener mujer el gobierno. Asimismo les ponían en cuidado los socorros que les avisaban venían de Francia a los portugueses debajo la conducta de un capitán valeroso, llamado Ivon; sospechaban que por la parte de Navarra pretendía entrar en Castilla y juntarse con los contrarios. De Vizcaya, que les caía más cerca, la aspereza de la tierra y falta de vituallas y también el esfuerzo de los naturales aseguraban que los franceses no acometerían a romper por aquella parte.

 

Estaba el rey don Fernando ocupado en lo de Zamora, cuando el castillo de Burgos, perdida toda la esperanza de poderse entretener, por el esfuerzo de don Alonso de Aragón y su buena maña, que poco antes llegara de Aragón con cincuenta hombres de armas escogidos, por principio del año 1476, se rindió a la reina doña Isabel, que avisada del concierto acudió a la hora para este efecto desde Valladolid. Fue de grande importancia para todo echar con esto de todo punto los portugueses de aquella ciudad real y de su fortaleza. Quedó por alcaide Diego de Ribera, persona a quien la reina tenía buena voluntad, porque fue ayo de su hermano el infante don Alonso. A la misma sazón falleció en Madrid, a 17 de enero, la reina doña Juana, mujer que fue del rey don Enrique, y madre de la que se llamaba reina doña Juana, quien dice que el año pasado a 13 de junio. Su cuerpo enterraron en San Francisco en un túmulo de mármol blanco, que se ve con su letrero junto al altar mayor. Para estte efecto quitaron de allí los huesos de Rodrigo González de Clavijo, persona que los años pasados fue con una embajada al gran Tamerlán. Vuelto, labró a su costa la capilla mayor de aquel templo para su entierro; así se truecan las cosas, y es ordinario que a los más flacos, aún después de muertos, no falta quien les haga agravio. Muchas cosas se dijeron de la muerte de esta reina y del achaque de que murió; su poco recato dio ocasión a las hablillas que se inventaron. Entre los cronistas los más dicen que secretamente y con engaño le hizo dar hierbas su hermano el rey de Portugal. Alonso Palentino se inclina a esto, y añade corrió la fama que

 

 

 

 

 

 

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falleció de parto; tal es la inclinación natural que tiene el vulgo de echar las cosas a la peor parte y más infame.

 

 

 

 

X. De la batalla de Toro

 

Quedóse el príncipe don Juan en Portugal para tener cuenta con el gobierno; el brío que le ocasionaba su edad y su condición era grande. Avisado pues de lo que en Castilla pasaba, y como el partido de los suyos se empeoraba a causa que los grandes de aquel reino ayudaban poco, hizo nuevas levas y juntas de gentes. Recogió hasta dos mil de a caballo y ocho mil infantes, los más número, mal armados, y poco a propósito y de poco provecho contra el mucho poder de los contrarios. Con estas gentes acordó de acudir a su padre. Pasada la puente de Ledesma, acometió de camino a tomar un pueblo, llamado San Felices; no pudo forzarle ni rendirle. Llegó a Toro a 9 días del mes de febrero, do halló a su padre con tres mil quinientos de a caballo y veinte mil peones alojados y repartidos en los invernaderos de los lugares comarcanos. La gente que venía de nuevo, como juntada de prisa, daba más muestra de ánimo y brío que esperanza de que podrían mucho ayudar.

 

El rey don Fernando estaba sobre el castillo de Zamora con menor número de gente, ca tenía solamente dos mil quinientos caballos, dos tantos infantes; hizo llamamiento de gentes de todas partes por estar muy cierto que los portugueses no pararían antes de hacer alzar el cerco o venir a batalla. El de Aragón por sus cartas y mensajeros avisaba que en todas maneras se excusase, y amonestaba al rey que por el fervor de su mocedad se guardase de aventurarlo todo y ponerlo al trance de una jornada; ¿a qué propósito poner en peligro tan grande el reino de que estaba apoderado? ¿A qué propósito despeñar las esperanzas muy bien fundadas por tan pequeño interés, aunque la victoria estuviera muy cierta? Que enfrenase el brío de su edad con el consejo y con la razón y obedeciese a las amonestaciones de su padre, a quien la larga experiencia hacía más recatado. Acompañaban al rey don Fernando el cardenal de España, el duque de Alba, el almirante con su tío el conde de Alba de Liste, el marqués de Astorga y el conde de Lemos; todos a porfía procuraban señalarse en su servicio. Sin estos en Alahejos alojaban con buen número

 

 

 

 

 

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de gente don Enrique de Aragón, primo del rey, y don Alonso, hermano del mismo, y con ellos el conde de Treviño, todos prestos para acudir a Zamora, que cerca está. Hasta la misma reina doña Isabel para desde más cerca dar el calor y ayuda mayor que pudiese, de Burgos se volvió para Tordesillas. El de Portugal, puesto que se hallaba acrecentado de nuevo con las gentes que su hijo le trajo, como sabía bien que las fuerzas no eran conformes al número, se hallaba suspenso sin saber qué acuerdo tomase, si debía socorrer al castillo, si sería mejor excusar aquel peligro; vacilaba con estos pensamientos. En fin, se resolvió en lo que era más honroso, que era socorrer el castillo, a lo menos dar muestra de quererlo hacer.

 

En la parte de Castilla la Vieja que los antiguos llamaron los vaceos hay dos ciudades asentadas a la ribera del río Duero, sus nombres son Toro y Zamora. Muchos han dudado qué apellidos antiguamente tuvieron en tiempo de los romanos; los más concuerdan en que Toro se llamó Sarabis, y Zamora Sentica, cuyo parecer no me desagrada. Son los campos fértiles, la tierra fresca y abundante; en el cielo saludable de que gozan no reconocen ventaja a ciudad alguna de España; el número de los moradores no es grande, y aunque su asiento es llano, son fuertes por sus muros y castillos. Zamora es catedral; en esto se aventaja a Toro, que es de su diócesis. En lo demás, en policía, número de gente y riquezas entre las dos hay muy poca diferencia. Báñalas el río por la parte de mediodía con sendas puentes con que se pasa.

 

Salió pues el rey de Portugal de Toro. Dio muestra de ir por camino derecho a verse con el enemigo; mas, como mudado de repente el parecer, pasó la puente, y por aquella parte fue a poner sus reales junto al monasterio de San Francisco, que está en frente de Zamora, de la otra parte del río. A la entrada de la puente, por donde desde la ciudad se podía pasar a sus estancias, contrapuso y plantó su artillería. De esta manera, ni podía impedir la batería del castillo, ni daba lugar a la pelea. En altercar de palabras, en demandas y respuestas se pasaron trece días sin hacer efecto alguno. Después de esto, un viernes, a 1 de marzo, antes de amanecer, recogido el bagaje, dio la vuelta. Para que el enemigo no le siguiese en aquella retirada, rompió primero una parte de la puente. Don Fernando, avisado de lo que su contrario pretendía, se determinó ir en pos de él con toda su gente. Adobado el puente, en que se gastó mucho tiempo, a la hora dio orden a Álvaro de Mendoza que con trescientos caballos ligeros picase la retaguardia de los enemigos y los entretuviese. De esta manera y por ir

 

 

 

 

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el de Portugal poco a poco a causa del carruaje, tuvo tiempo el rey don Fernando de alcanzar a los contrarios, como legua y media de Toro, pasada cierta estrechura que en el camino se hace y se remata en una llanura bien grande. Era muy tarde y el sol iba a ponerse. Todavía el enemigo no pudo excusar la pelea por estar don Fernando tan cerca y a causa de la estrechura de la puente, que les era forzoso pasar. Revolvió pues sus haces, puso sus gentes en ordenanza; ayudaba el lugar, la ciudad cerca y el socorro por el mismo caso en la mano, y si fuesen vencidos segura la acogida, además de la noche, que por estar cercana les podía en tal caso mucho servir. Todo esto daba ánimo a los portugueses, y por el contrario, ponía en cuidado al rey don Fernando. Los más prudentes de entre los suyos esquivaban la batalla. Luis de Tovar, encendido en deseo de pelear, en voz alta:

 

«O hemos de dejar el reino, dice, o venir a las manos. Con la reputación y con la fama más que con las fuerzas se ganan los señoríos; ¿a qué propósito llegamos hasta aquí sino para pelear? ¿Qué otra cosa dará a entender el excusar la batalla sino que tuvimos miedo? Buen ánimo, señor; no hay que dudar; apenas habremos venido a las manos, cuando veremos desbaratarse los enemigos, que están medrosos y turbados, si bien por fuerza y por no poderlo excusar se aparejan para la batalla». Esto dijo: juntamente consultados los grandes y los capitanes, fueron de aquel parecer. Diose la señal de acometer.

 

La gente de a caballo que llevaba don Álvaro se adelantaron los primeros y cerraron. Recibiólos don Juan, príncipe de Portugal, que tenía en la vanguardia ochocientos hombres de armas, y entre ellos mezclados arcabuceros, cuya carga el escuadrón de Álvaro de Mendoza no pudo sufrir, antes se desbarataron y pusieron en huida. Los dos reyes iban cada cual en el cuerpo de su batalla; allí cargó lo más recio y la mayor furia de la pelea, que duró algún tanto y estuvo un rato en peso sin declararse la victoria por ninguna de las partes. Combatían, no a manera de batalla; no guardaban sus ordenanzas, antes como en rebate y de tropel cada uno peleaba con el que podía. Sobre el estandarte del rey de Portugal hubo grande debate. Pero Vaca de Sotomayor le tomó por fuerza al alférez que le llevaba, llamado Duarte de Almeida; acudieron soldados de ambas partes, que le hicieron pedazos. El mismo Almeida quedó preso; otros dicen muerto. Sus armas en lugar del estandarte pusieron después por

 

 

 

 

 

 

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memoria en la iglesia mayor de Toledo para memoria de esta victoria, que son las que hoy se ven colgadas en la capilla de los Reyes Nuevos.

 

Por conclusión, los portugueses se pusieron en huida, y el mismo rey con algunos pocos se recogió a los montes sin parar hasta que llegó a Castronuño. No quedó rastro ni nuevas de él, y así entendieron que era muerto entre los demás. No pudieron los vencedores seguir el alcance por las tinieblas y oscuridad de la noche. Don Enrique, conde de Alba de Liste, llegó en seguimiento de los que huían hasta la puente de Toro; a la vuelta fue preso por cierta banda de los enemigos, que con don Juan, príncipe de Portugal, sin ser desbaratados, se estuvieron en un altozano en ordenanza hasta muy tarde. No pareció al rey don Fernando, que hizo alto en otro ribazo allí cerca, de acometerlos, por andar los suyos esparcidos por todo el campo y estar ocupados en recoger los despojos; así, a vista los unos de los otros, se estuvieron en el mismo lugar algunas horas. Los portugueses guardaron más tiempo su puesto, que fue algún alivio para el revés y para la afrenta recibida. Los historiadores portugueses encarecen mucho este caso, y afirman que la victoria quedó por el príncipe don Juan; así venzan los enemigos del nombre cristiano. Don Fernando se volvió a Zamora, y después de su partida los portugueses se fueron a Toro. Hallóse en esta batalla el arzobispo de Toledo, que no se apartó del lado del príncipe don Juan. La matanza fue pequeña respecto de la victoria, y aún el número de los cautivos no fue grande; la presa mayor, ca saquearon en gran parte el bagaje de los portugueses.

 

Después de esta victoria pasó el rey don Fernando a Medina del Campo; allí, a instancia del condestable, que tenía su hija desposada con el conde de Ureña, le perdonó y recibió en su gracia a él y a su hermano el maestre de Calatrava, si bien no del todo acababan de allanarse, antes, así ellos como otros muchos señores, estaban a la mira de lo en que las cosas paraban, resueltos de seguir el partido que fuese más a cuenta de sus particulares.

 

 

 

 

XI. Que el rey de Portugal se volvió a su tierra

 

En muchos lugares a un mismo tiempo andaba la guerra y se hacía sin quedar parte alguna del todo libre de estos males, de que resultaba, como

 

 

 

 

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suele acontecer, muchedumbre de malhechores y gran libertad en las maldades, en particular los de Fuenteovejuna una noche del mes de abril se apellidaron para dar la muerte a Fernán Pérez de Guzmán, comendador mayor de Calatrava; extraño caso, que se le empleó bien por sus tiranías y agravios que hacía a la gente por sí y por medio de los soldados que tenía allí por orden de su maestre, y el pueblo por el rey de Portugal. La constancia del pueblo fue tal, que maguer atormentaron muchos, y entre ellos mozos y mujeres, no les pudieron hacer confesar más de que Fuenteovejuna cometió el caso y no más.

 

Por toda la provincia andaban soldados descarriados, por las ciudades, pueblos y campos hacían muertes y robos, ensuciábanlo todo con fuerzas y deshonestidades, prestos para cualquier mal. Los jueces prestaban poco y eran poca parte para atajar estos daños. Esto fue causa que entre las ciudades, como dijimos arriba que se hizo los tiempos pasados, se renovasen las hermandades viejas a propósito de castigar los insultos, y se ordenasen otras nuevas; para esto tenían soldados pagados con dineros que para este efecto se recogían. El inventor de este saludable consejo fue Alonso de Quintanilla, tesorero mayor del rey, persona prudente y de valor. Ordenáronse muy buenas leyes para el gobierno de estas hermandades, que se continuaron en su vigor por espacio de veinte años, cuando vencidos los enemigos de fuera y sosegadas las discordias de dentro, acabó la gente de sosegarse.

 

Esto fue adelante; al presente la mayor fuerza de la guerra acudió a lo postrero de Vizcaya. En aquella parte que vulgarmente se llama Guipúzcoa, en lo postrero de España está una fortaleza, contrapuesta a las fronteras de Francia, inexpugnable por el sitio que tiene y por estar rodeada de mar; llámase Fuenterrabía; está muy fortificada de reparos a propósito de impedir las entradas de los franceses, que muchas veces trabajan aquella comarca con sus robos y correrías. Este pueblo acometieron primeramente las gentes de Francia con intento que las fuerzas del rey don Fernando al tiempo que se puso sobre el castillo de Zamora, con este ardid y astucia se divirtiesen a otra parte. Apretaron el cerco, y con la artillería, de que son grandes maestros los franceses, así de su fundición como de jugarla, abatieron gran parte de los adarves, con lo cual y con henchir los fosos de las piedras que de las ruinas cayeron, quedó la batería muy llana y la entrada muy fácil, por ser pocos los de dentro, y esos con las continuas velas y trabajos muy cansados. Visto esto,

 

 

 

 

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don Diego Sarmiento, conde de Salinas, a cuyo cuidado estaba aquella guerra, se metió en aquel castillo para con su peligro, como lo hizo, dar ánimo a los cercados, gente que por la aspereza de los lugares ellos al tanto son de corazones fuertes y los cuerpos muy sufridores de trabajos. Animados con tal ayuda hicieron una salida, en que pasados les reparos de los enemigos, les quemaron y desbarataron todas sus máquinas. Con este tan buen principio y con nuevas gentes que les acudieron se determinaron pelear en campo y aventurarse. El daño que hicieron no fue menor que el que recibieron, ni bastó para que el cerco se desbaratase. Esto en Vizcaya.

 

Por otra parte, el alcázar de Madrid se tenía por el marqués de Villena, y era de grande momento para aquella parcialidad. Sitiáronle los moradores de aquella villa. Pedro Arias y Pedro de Toledo, hombres principales en aquel pueblo, apellidaron la gente, y para que tuviesen mas fuerza, la reina por una parte les envió gente de ayuda, y por otra les acudió el marqués de Santillana. Por el mismo tiempo tenían puesto cerco sobre Trujillo y sobre Baeza en nombre del rey don Fernando, ciudades, la una del Andalucía, y la otra de Extremadura. En el marquesado de Villena Chinchilla y Almansa llamaron gente de Valencia, y se alzaron contra el marqués, que fuera un daño notable si salieran con su intento; pero él por entonces se dio tan buena maña, que los sosegó y redujo a su servicio.

 

Todo lo demás sucedía a los aragoneses prósperamente, y a los portugueses al contrario. El castillo de Zamora se rindió al rey don Fernando, a 19 de marzo, con toda a artillería, municiones y pertrechos de guerra. Ayudó mucho para salir con esto la venida de don Alonso de Aragón, por la mucha experiencia y destreza que tenía en empresas semejantes. Esta pérdida nueva quitó el ánimo a los portugueses en tanto grado, que el príncipe don Juan por miedo del peligro llevó a Portugal con cuatrocientos caballos de guarda a la princesa doña Juana, causa que era de la guerra. Con otros tantos caballos partió el arzobispo de Toledo para su arzobispado; la voz era de sosegar algunos caballeros y señores que por allí andaban alborotados y trataban de reconciliarse con el rey don Fernando. La verdad, que se retiraba cansado y harto de la guerra y por no tener esperanza de salir con la demanda. El rey don Fernando pasó adelante en su empresa; puso cerco sobre Cantalapiedra, que es un castillo en tierra de Segovia, en que los portugueses tenían buen número de valientes soldados. Desistió empero del cerco e hizo treguas por espacio de medio año a condición que restituyesen al conde de Benavente tres

 

 

 

 

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pueblos suyos, Villalva, Mayorga y Portillo, que él entregara los días pasados como en rehenes por alcanzar libertad y que le soltasen.

 

Don Rodrigo Manrique, conde de Paredes, se nombraba maestre de Santiago, y se apoderara de la villa de Uclés, cabeza de aquella orden. Tenía asímismo sitiado el castillo que se tenía por el marqués de Villena. Acudieron él y el arzobispo de Toledo en socorro de los cercados. No pudieron hacer efecto, antes fueron rechazados con afrenta y peligro por el esfuerzo, así del mismo don Rodrigo como de don Jorge Manrique, su hijo, mozo de prendas, y que en esta guerra dio grandes muestras de su valor. Vivió poco, que fue causa de no poder por mucho tiempo ejercitar ni manifestar al mundo sus virtudes y la luz de su ingenio, que fue muy señalado, como se referirá en otro lugar.

 

De esta manera se hacía la guerra por tierra en tantos y tan diferentes lugares; tampoco por el mar sosegaban. Andrés Sunier con algunas galeras aragonesas andaba haciendo daño por las riberas de Portugal. Con tantas adversidades se enflaquecieron los ánimos, así del rey de Portugal como de los grandes de Castilla, de su valía. No ignoraban cuán grandes fuerzas perdieran en las desgracias pasadas, junto con la afición de la gente, que era muy menor que antes. Estos reveses fueron causa a los de Castilla de aborrecer aquella milicia desgraciada y de que la mayor parte de ellos tratase de reducirse a mejor partido. El primero el duque de Arévalo, por medio de Rodrigo de Mendoza, a quien dio en recompensa de este trabajo la villa de Pinto, en tierra de Toledo, se reconcilió e hizo sus homenajes a la reina doña Isabel en Madrigal. Con esto, en lugar del castigo que tenía merecido, le fueron hechas grandes mercedes, en particular ultra de confirmarle lo que antes tenía, hicieron que don Juan de Zúñiga, hijo del duque, quedase con el maestrazgo de Alcántara, sobre que traía pleito con don Alonso de Monroy, clavero de aquella orden. Luego después hizo lo mismo doña Beatriz Pacheco, condesa de Medellín, como mujer más recatada que su hermano el marqués de Villena, bien que en esto no tuvo mucha constancia.

 

A la misma sazón, a 4 del mes de mayo, se concertó casamiento entre don Fernando, nieto del rey de Nápoles, y doña Isabel, hija del rey don Fernando de Castilla; señalaron por dote para la doncella doscientos mil escudos que prometió el rey de Nápoles, y ciento cincuenta mil que le prometió su padre en caso que tuviese hijo y heredero varón. La principal causa de dar orejas a este concierto fue una gran suma de dineros que

 

 

 

 

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ofrecieron al rey don Fernando, cosa de grande importancia para todo lo que restaba, por la gran mengua que de él tenían y estar consumidos los tesoros reales.

 

Todo esto movió al rey de Portugal y la fama de estas trazas y ayudas, que suele de ordinario aumentarse, para que, perdida la esperanza de la victoria, se resolviese de desamparar a Castilla y dar la vuelta a su reino. Remedió el daño pasado de comenzar la guerra con otro que fue desamparar la empresa, si bien llevaba intento de buscar socorros de fuera y procurar que gente de Francia viniese a hacer guerra en España, pues sus fuerzas no eran bastantes, y los señores, sus parciales, poco le podían o querían ayudar. Antes que se resolviese en su partida, movió tratos de paz; ofrecía de poner todas estas diferencias en las manos del rey de Aragón y del arzobispo de Toledo. Venia este partido y acuerdo muy tarde a tiempo que la guerra la tenían casi del todo acabada. Dejó en Toro al conde de Marialva con guarnición de soldados; y él, triste y avergonzado por tantas adversidades, se partió para Portugal a 13 de junio. Hiciéronle compañía algunos caballeros de Castilla, resueltos de continuar en su devoción y servicio, más por no tener esperanza de alcanzar perdón del vencedor que por voluntad que tuviesen al portugués ni esperanza de mejorar por aquel camino su partido.

 

 

 

 

XII. El rey de Portugal se partió para Francia

 

Con la ida del rey de Portugal y su salida de Castilla sus cosas se fueron más empeorando.

 

En lo de Rosellón y Cerdaña andaban los franceses alterados, sin respeto de la confederación y treguas que tenían asentadas. Pasaron tan adelante, que forzaron a que se les rindiese Salsas, que es un castillo muy fuerte contrapuesto a Narbona, como baluarte de España contra los intentos y fuerzas de Francia. Pusieron otrosí cerco en el principado de Ampurias sobre un pueblo llamado Lebia. Allegóse a esto otra grande incomodidad, de que fueron causa los mismos naturales, y que fue que los soldados de Luis Mudarra, que sirvieron muy bien en el cerco de Perpiñán, se amotinaron, no con voluntad de hacer daño, sino porque no les daban las pagas que les debían de muchos meses. Apoderáronse de muchos

 

 

 

 

 

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lugares, y comenzaron por su parte a hacer guerra como si enemigos fueran; en lo cual se temía otro peligro, no se concertasen con los franceses y se aviniesen con ellos. No se pudo esta tempestad sosegar antes que los que se hallaban por la parte del rey en la ciudad de Lérida, con prendas y bastante caución que les dieron, les aseguraron que en breve les sería pagado todo lo que les debían. Con esto se sosegaron aquellos soldados; pero no podían impedir las correrías de franceses por tener gastadas las fuerzas y el rey de Aragón hallarse muy lejos, es a saber, en Navarra, ca las revueltas de aquellas parcialidades no aflojaban en manera alguna.

 

Llevaban en estas reyertas lo mejor los beamonteses por estar apoderados de Pamplona, cabeza del reino, y tener cercada a Estella. Favorecía este bando el rey don Fernando, de que mucho se sentía su padre, y era menester proveer que no se abriese entrada por aquella parte a los franceses y se despertase y revolviese otra nueva tempestad. Persuadíase aquella gente que la princesa doña Leonor y su padre el rey de Aragón traían tratos para entregar el reino de Navarra al rey don Fernando y excluir a Francisco Febo, hijo, como se ha dicho, de Gastón, conde de Foix, y nieto de la misma infanta doña Leonor. Para sosegar estas alteraciones y por el peligro que corría Fuenterrabía pasó el rey don Fernando a Vizcaya. Para acudir a lo de Fuenterrabía pretendía juntar socorros y una armada, de que dio cargo a don Ladrón de Guevara, persona de mucha nobleza. Para asentar lo de Navarra envió a suplicar a su padre se allegase a la ciudad de Vitoria, que deseaba verse con él.

 

Habíase quedado la reina doña Isabel en Tordesillas, villa puesta a la ribera de Duero, y a propósito para impedir las correrías que hacían los portugueses de Toro. Hallábase allí don Alonso de Aragón, su cuñado, con trescientos hombres de a caballo; pretendía le restituyesen el maestrazgo de Calatrava, que se lo quitaron los años pasados. No tenía mucha esperanza de salir con esta pretensión por no querer los reyes desabrir a los dos hermanos Girones, a quien poco antes perdonaran. Cansado pues don Alonso con tardanza tan larga, aunque era entrado en edad, se casó con Leonor de Soto, dama de la reina, de quien andaba enamorado. Para hacerlo alcanzó dispensación del papa del voto de castidad, con que como maestre de aquella orden estaba ligado. Para el sosiego de Castilla era esto muy a propósito por cesar con tanto aquella su pretensión tan fuera de sazón. Al rey de Aragón, su padre, dio tal pesadumbre, que le quitó a

 

 

 

 

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Ribagorza y a Villahermosa, y las dio en su lugar a don Juna, hijo bastardo del mismo don Alonso; estados que pretendía ser suyos dos Jaime de Aragón, como pertenecientes a su padre don Jaime y a su abuelo don Alonso, duque de Gandía. No tenía esperanza que le harían justicia y razón; como se adelantase a valerse delas armas sobre el caso, perdió la pretensión con la vida, que en castigo del desacato le quitaron; tal fue el pago que se dio a los servicios de sus antepasados.

 

Los ciudadanos de Segovia se alborotaron a la misma sazón, y con las armas acudieron a cercar el alcázar en que tenían la hija de los reyes, la princesa doña Isabel, y aún corría fama que le habían tomado. El movedor de este alboroto fue Alonso Maldonado por el desabrimiento que tenía con Andrés de Cabrera, que le quitó la tenencia de aquel alcázar. Ayudábanle para esto don Juan Arias, obispo de aquella ciudad, y un ciudadano principal, llamado Luis de Mesa. Acudió con presteza la reina doña Isabel, no más por el cuidado en que le ponía su hija que por no perder aquella fuerza tan importante. Con su venida todo se sosegó; algunos de los alborotadores huyeron, de otros se hizo justicia.

Sucedió esto por el mes de agosto, en el cual mes el rey de Aragón, como se hubiese hasta entonces detenido por un pie que tenía malo, al fin llegó a Vitoria. Ningún día tuvo aquel viejo más alegre en su vida; parecíale no le quedaba que desear más, pues llegara a ver a su hijo rey de Castilla, de donde él fuera antes echado con deshonra y afrenta y despojado de todos sus bienes. «Santos, dijo, bienaventurados, no permitáis que día tan alegre como éste y tan sereno, lo oscurezca algún nublado o algún desastre lo enturbie; y porque la prosperidad cuando encumbra suele volver atrás y mudarse, otorgadme, si yo he cometido algún pecado y le queréis castigar, que en particular yo sienta esta mudanza, y no padezcan ni los vasallos ni mis hijos muy amados alguna calamidad». Dichas estas palabras con muchas lágrimas que le bañaban el rostro, juntamente abrazó a su hijo y le dio paz. Diole en todo el primer lugar, no consintió que le besase la mano, si bien él acometió a hacerlo, como era razón; antes le llevó a su mano derecha, y le acompañó hasta su posada. En todo esto se tuvo respeto a la dignidad, preeminencia y majestad de Castilla. Hallóse presente la infanta doña Leonor gran parte de este agradable espectáculo y de la común alegría y fiesta. Consultaron entre sí sobre las cosas del gobierno y que a todos tocaban; y aún escriben que el rey de Aragón estuvo determinado de renunciar en su hijo la corona

 

 

 

 

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de Aragón. Hacen esto verosímil su larga edad, y el deseo que tenía de descansar; dicen empero que desistió de este propósito por no estar las cosas de Castilla de todo punto sosegadas.

 

En especial que Colora, general que era de una armada francesa, después que acometió las marinas de Vizcaya y las de Galicia, era pasado a Portugal con intento de llevar en aquella flota al rey de Portugal a Francia, que en Lisboa, donde estaba, se aprestaba de todo lo necesario para aquel viaje. Cuando todo estuvo a punto se embarcó. Pasó primero en África para dar calor a aquella conquista y afirmar aquellas plazas que allí tenía. Iban con él dos hermanos del duque de Berganza, el conde de Penamacor, su gran privado, y el prior de Ocrato. Acompañóle otrosí Juan Pimentel, hermano del conde de Benavente; llevaba dos mil quinientos soldados para dejarlos de guarnición en Tánger y en Arcilla. En Cenua se tornó a hacer a la vela; llegó a Colibre por el mes de septiembre, puerto que se tenía por Francia; dende fue a Perpiñán y a Narbona, que le recibieron con aparato real. Con su venida se avivó la guerra de Rosellón por entrambas las partes; los de Aragón recobraron la villa de San Lorenzo; los franceses hicieron muchos daños, quemas y robos en la comarca de Ampurias. Lo que era peor, los naturales andaban entre sí alborotados y divididos en bandos; así, no podían acudir a hacer resistencia a los enemigos extraños.

 

En el mismo tiempo el rey de Aragón desde Vitoria dio la vuelta a Tudela, pueblo de Navarra, ca tenía muy gran deseo de sosegar los alborotos de aquella nación. Doña Juana, su hija, quedó por gobernadora de Cataluña en ausencia de su padre. Por conocer las pocas fuerzas que tenía deseaba excusar la guerra; enviáronse embajadores de una y de otra parte para pedir satisfacción de los daños y restitución de lo que tomaron. No tuvo efecto lo que pedían; solo concertaron que las treguas que antes tenían puestas pasasen adelante.

El rey de Portugal, llegado que fue a Francia, como queda dicho, enderezó por tierra su camino a Turon, do el rey de Francia a la sazón residía. Recibiéronle solemnemente y regaláronle con mucho cuidado. Después en día señalado, hechas sus cortesías entre los dos reyes, el de Portugal, se dice, habló en esta sustancia:

«Soy forzado a ser cargoso antes de hacer algún servicio, cosa que para mí es muy pesada. Porque dado que en el tiempo de nuestra prosperidad diversas veces dimos muestras de ánimo agradecido, sabemos

 

 

 

 

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y confesamos que nuestras obras fueron menores que la deuda, y no iguales a nuestra voluntad. Esto se quedará aparte, que no está bien a los miserables y caídos hacer alarde de sus cosas. Yo no tengo alguna enemiga con el rey de Sicilia en particular, ni perseguimos la nación aragonesa, sino sus maldades, sino sus latrocinios. El haber quitado a doña Juana, mi esposa y sobrina, el estado y riquezas de su padre, afrenta e indignidad para vengarse con las armas de todas las naciones, esto me puso en necesidad de dar principio a esta guerra desgraciada. Así lo ha querido Dios y los santos del cielo, que muchas veces acostumbran a trocar los principios tristes en un alegre remate. Todo está puesto en vuestras manos, vos solo podéis remediar y aplacar nuestro dolor justo y razonable, y de camino satisfaceros de vuestros daños y dar el fin que se desea a la guerra de Rosellón y de Vizcaya, demás de librar por esta vía de la garganta de aquel tirano muy codicioso el reino de Navarra. ¿Por ventura cuidáis faltarán o razones para apoderarse de aquel estado al que el reino y dote ajeno acometió y tomó con las armas sin otro mejor derecho, o poder para usurpar aquel reino tan pequeño y cercado de las tierras de Castilla y de Aragón? Engáñase quien piensa que a la ambición se puede poner término alguno. Bien sabemos que Francia tiene abundancia de oro y de gente muy escogida; las fuerzas de toda España, aunque se junten en uno, nunca le fueron iguales; además que nuestro partido no está del todo desamparado y caído, dado que hemos tomado tan gran trabajo para implorar vuestra ayuda. Las fuerzas de Portugal quedan enteras, en Castilla muchos aficionados, algunos al descubierto, los más de secreto, y que con la ocasión y cuando las cosas mejoraren se declararán. Solo deseamos que con vuestra ayuda y en vuestro nombre se prosiga la guerra que ya está comenzada. Ninguna vanidad hay en nuestras palabras; fuera de que dar ayuda a los reyes afligidos, acudir al remedio de los males públicos, anteponer el deber y lo que es honesto y justo a cualquiera interés, aunque ninguno hubiese, cuanto más que le hay muy grande, ¿a quién pertenece todo esto sino a los grandes príncipes y soberanos?».

 

Oyó el francés estas razones con buen talante; respondió en pocas palabras que tendría cuenta con lo que le representaba, y que procuraría no pareciese acudió en vano a pedir su ayuda. Las obras no correspondieron a las palabras; antes en París, para donde se partieron, y el rey de Portugal hizo de nuevo instancia, se excusó con dos guerras a que le era forzoso

 

 

 

 

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acudir. Era así, que el duque de Borgoña y el rey de Inglaterra con mayor ímpetu que antes volvían a tomar las armas. Demás de esto, decía que por ser aquel casamiento inválido a causa del deudo que tenía con su esposa, no le parecía se podía hacer la guerra lícitamente para llevarle adelante; excusas con que quedó burlada la pretensión del rey de Portugal, dado que se fue a ver con el duque de Borgoña por ser suprimo y su confederado. Pretendía ser medianero y procurar hiciese la paz con Francia. No tuvo esto mejor suceso que lo demás. De esto y de las nuevas guerras que en Francia se emprendieron resultó otra nueva comodidad para Castilla, que los franceses que sitiaban a Fuenterrabía, avisados de lo que pasaba, concertaron treguas con los de Vizcaya, primero de poco tiempo y solamente por tierra, después, a instancia del cardenal de España, más largas y sin aquella limitación.

 

 

 

 

XIII. Que la ciudad de Toro se tomó a los

 

portugueses

 

Los reyes padre e hijo, después que partieron de Vitoria, de nuevo se tornaron a juntar, a 2 de octubre, en Tudela para ver si podrían sosegar las alteraciones de Navarra. Era dificultosa esta empresa a causa que, mal pecado, cada una de las partes tenía sus aficionados y valedores dentro y fuera del reino, hasta en los mismos palacios de aquellos príncipes andaban aquellas pasiones. Acudieron a la junta el conde de Lerín y el condestable Pedro Peralta, cabezas que eran de aquellas parcialidades; prometieron de ponerse a sí y a los suyos en las manos de los reyes y que tendrían por bien lo que ellos determinasen. Sobre esta razón hicieron pleito homenaje; y para mayor, seguridad, los beamonteses pusieron a Pamplona como en tercería en poder del rey don Fernando; los contrarios otrosí entregaron otros castillos al rey de Aragón. Hallóse presente don Alonso Carrillo, hermano del conde de Buendía y sobrino del arzobispo de Toledo, que era obispo de Pamplona. Hicieron un compromiso con término de dieciséis meses para nombrar jueces árbitros y componer aquellos debates.

 

Tuvo gran sentimiento de estas pláticas madama Madalena, mujer que fué de Gastón, el más mozo, conde de Foix. Con el cuidado de madre

 

 

 

 

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sospechaba que algún engaño y trama se hurdía a propósito de excluir a su hijo de la herencia de su padre. Para sosegarla le enviaron por embajador a Berenguel de Sos, deán de Barcelona, que le declarase las causas y capitulaciones de aquella concordia y le dijese debía tener buen ánimo, y esperar de los reyes, padre e hijo, todo favor y protección. Advertíanle del mayor peligro que le podría correr de Francia, por tanto no se dejase engañar ni juntase sus fuerzas con aquella nación para acometerá España. Que si bien el francés era su hermano, pero que con el rey de Aragón y con sus hijos tenía mas trabado deudo y alianza. Residía aquella señora a la sazón en Pau, ciudad de Bearne. Respondió a esta embajada que agradecía mucho el amor que le mostraban, que nunca ella dudara de aquella voluntad; que el rey, su hermano, nunca trató de hacer liga con ella, ni ella haría por donde pareciese estar olvidada del parentesco que tenía con ambas las partes; y que por lo que a ella tocaba y estuviese en su mano, mas aína sería causa de la paz que de la guerra.

 

Ocupábanse los reyes en apaciguar el reino de Navarra, cuando se ofreció causa de otra nueva alegría; esto fue que a 5 de octubre se firmaron en aquel mismo lugar las condiciones del casamiento que ya tenían concertado entre don Fernando, rey de Nápoles, y doña Juana, hija del rey de Aragón. Celebráronse los desposorios en Cervera, pueblo de Cataluña, cuyo gobierno la desposada tenía; así, en adelante la llamaron reina de Nápoles. Quedó desembarazada aquella casa real para estas nuevas bodas con la partida de doña Beatriz, hija del rey de Nápoles, que él envió en una armada a Matías, rey de Hungría, con quien en ausencia la desposaran. Fue esta señora de mucha bondad y honestidad, pero mañera; ni de este matrimonio tuvo hijos, ni del rey Ladislao, con quien casó segunda vez; y él algunos años adelante sucedió en lugar del dicho Matías, aunque no se le igualó en el esfuerzo, ni en sus cosas fue tan concertado.

 

No estaba entre tanto ociosa la reina doña Isabel, antes la ciudad de Toro fue entrada de noche por las gentes y soldados de Castilla debajo la conducta de don Alonso de Fonseca, obispo de Ávila, y de don Fadrique, hijo que era de don Rodrigo Manrique, conde de Paredes. Un pastor, llamado Bartolomé, les dio aviso, y mostró que podían escalar cierta parte del muro, que se llamaba las Barrancas de Duero, y por estar fortificada de un barranco tenía menos guarda. Hízose así, y juntamente sitiaron el alcázar; con la nueva la reina a toda prisa acudió desde Segovia, do se hallaba ocupada en apaciguar el alboroto pasado y sosegar los ciudadanos.

 

 

 

 

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Con su venida doña María, mujer de Juan de Ulloa, perdida la esperanza de poderse tener, rindió aquella fuerza a 19 de octubre. El conde de Marialva, su yerno, y capitán de aquella tierra por los portugueses, desamparado otro castillo cerca de Toro, por nombre Villalfonso, con la poca gente que le guardaba, a grandes jornadas se recogió a Portugal por caminos y senderos extraordinarios. Fue todo esto de grande importancia.

 

Quedaba Castronuño, desde donde Pedro de Mendavía hacía grandes robos y correrías en gran daño de aquella comarca; hombre de un ánimo ardiente y muy ejercitado en las armas. Por esta causa luego que la ciudad de Toro se tomó, acudieron los del rey y se pusieron sobre este castillo. Plantaron la artillería y los demás pertrechos para batir, que llevaron con trabajo de algunos días. Tomaron este trabajo de buena gana por la esperanza que tenían que tomada aquella fuerza, toda aquella comarca quedaría en paz. Por otra parte se movían tratos para reducir al de Villena y al arzobispo de Toledo. El marqués se mostraba más blando, y parecía se sujetaría al servicio del rey don Fernando, pero con algunas condiciones; sobre todo quería le restituyesen a Villena y más de veinte villas que por aquella comarca le quitaran. El arzobispo se mostraba más duro, puesto que el rey de Aragón no cesaba de amonestar que procurasen ganar persona tan principal con cualquier partido, aunque fuese desaventajado. Que se acordasen de las mudanzas de la fortuna, que a veces suele de lo más alto volver atrás y aún despeñarse. Que se tuviese consideración a los grandes servicios que antes hizo, y por ellos perdonasen las ofensas que de nuevo cometiera. Mirasen que con sólo ganarle quedaría por el suelo el partido de Portugal. Aún no estaba este negocio sazonado, dado que se iba madurando. Comenzaron por el marqués de Villena; prometieron de le perdonar y restituirle todo su estado a tal que rindiese los alcázares de Madrid y de Trujillo, que todavía se tenían por él; lo mismo ofrecieron al arzobispo de Toledo. Don Lope de Acuña, su sobrino, entregó a los reyes la ciudad de Huete, que con título de duque le dio el rey don Enrique en aquellos tiempos estragados y revueltos.

 

Por el mismo tiempo dos grandes príncipes fueron violentamente muertos, es a saber, los duques el de Borgoña y el de Milán. Galeazo, duque de Milán, en la iglesia de San Esteban de aquella ciudad oía misa por ser la festividad de aquel santo. En aquel tiempo y lugar le dieron la muerte algunos que estaban conjurados contra él con intento de vengar sus

 

 

 

 

 

 

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particulares agravios y la mucha soltura de aquel príncipe en materia de deshonestidad.

 

El duque de Borgoña, llamado Carlos el Atrevido, fue muerto en batalla en sazón que tenía puesto sitio sobre Nancy, ciudad de Lorena, ya la segunda vez, si bien el tiempo no era a propósito, y el invierno era muy áspero, y los suyos disgustados. Por todo esto el rey de Portugal, que a la sazón se fue a ver con él, como queda apuntado, le persuadía desistiese de aquella empresa. No prestó su diligencia; así, a 5 de enero fue desbaratado y muerto por Renato, duque de Lorena, y por los esguízaros, cuyo nombre de esta gente desde entonces ha sido muy conocido y su esfuerzo señalado. Ayudóles mucho para la victoria Nicolás Campobaso, que servía al borgoñón y con trato doble daba avisos a los contrarios, y en lo más recio de la batalla con los italianos que tenía desamparó a su señor. Una sola hija que quedó de este príncipe, llamada María, casó adelante con Maximiliano, duque de Austria. ¡Cuán grandes guerras resultarán de este casamiento para España! El rey Luis de Francia por la muerte del duque luego se apoderó del ducado de Borgoña y restituyó a su corona a San Quintín y a Perona con otros pueblos que están a la ribera del río Soma, y el de Borgoña los tenía en empeño. Sobre todo lo cual se movieron grandes diferencias y guerras, primero con la casa de Borgoña, y después con España, sin que se haya recobrado lo que entonces les tomaron. Tuvo Maximiliano en madama María, su mujer, tres hijos, que fueron don Felipe, doña Margarita y Francisco. Falleció la duquesa al cuarto año después que casó; el achaque fue una mortal caída que dio de un caballo por estar preñada.

 

El duque Galeazo dejó un hijo, por nombre Juan Galeazo, que casó con Isabel, nieta de don Fernando, rey de Nápoles, aunque él era de poca edad y no bastante para el gobierno de aquel estado. Demás de este, dejó dos hijas, que se llamó la una Blanca María, con quien Maximiliano, ya emperador, casó la segunda vez, pero no dejó de este casamiento sucesión alguna; la otra hija del duque Galeazo se llamó Ana.

 

 

 

 

XIV. De otros castillos que se recobraron en

 

Castilla

 

 

 

 

 

 

 

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La reina doña Isabel con mucha prudencia apaciguó un nuevo debate que fuera de sazón se levantó sobre el maestrazgo de Santiago con esta ocasión. Don Rodrigo Manrique, conde de Paredes y maestre que se llamaba de Santiago, falleció en Uclés por el mes de noviembre; caballero que fue muy noble y muy principal, y que ganó los años pasados de los moros la villa de Huéscar en el reino de Granada, con que se hizo muy nombrado. Su cuerpo sepultaron en aquel pueblo do falleció, en la capilla mayor con enterramiento y honras que le hicieron muy principales. Su hijo don Jorge Manrique en unas trovas muy elegantes, en que hay virtudes poéticas y ricos esmaltes de ingenio y sentencias graves, a manera de endecha lloró la muerte de su padre.

 

Don Alonso de Cárdenas, con ocasión de la muerte de su competidor, se determinó ir a Uclés con gente y soldados, resuelto de usar de fuerza, si los trece, a cuyo cuidado incumbía la elección, no le diesen aquella dignidad. Otros muchos señores pretendían lo mismo, quién con buenos medios, quién con malos; cosa peligrosa y que podría parar en alguna revuelta. Por este recelo o con codicia de haber para sí un estado tan grande, en la ciudad de Toro los reyes consultaron entre sí lo que en aquel caso debían hacer. Usar de fuerza era cosa larga y ni muy segura ni muy justificada. Determinaron ayudarse de maña. El rey se quedó en Toro; la reina se enderezó para Ocaña y Uclés con tanta prisa, que, según lo refiere Hernando de Pulgar, en solos tres días desde Valladolid llegó a Uclés. En aquella villa trató con los caballeros que para mayor concordia se fuesen con ella a Ocaña, que por ser el pueblo mayor y mas fuerte, podrían con más seguridad resolverse en lo que les pareciese más acertado y cumplidero. Que a ninguno parecería novedad, pues muchas veces semejantes juntas el tiempo pasado se hicieron allí en el palacio del maestre. Vinieron en esto los caballeros; la reina por medio de don Alonso de Fonseca, obispo de Ávila, y de su secretario Hernando Álvarez de Toledo, les amonestó que para excusar alborotos viniesen en que aquella orden y dignidad con consentimiento del pontífice por cierto tiempo se diese en administración al rey don Fernando, su marido. Que para sosegar las voluntades de los caballeros y apaciguado todo no era menester ni bastaría menos autoridad y fuerzas que las suyas. Tuvieron los caballeros su acuerdo sobre esto, y en fin se resolvieron de venir en lo que la reina pedía, muchos por ganar con esto su gracia, los más a fin que sus contrarios no saliesen con lo que pretendían; abuso grande, pero ordinario

 

 

 

 

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en semejantes elecciones. Este fue el principio de enflaquecer el poder y fuerzas de aquella caballería, y ejemplo que en breve pasó a las órdenes de Calatrava y de Alcántara, dado que poco después los reyes concedieron a don Alonso de Cárdenas que fuese maestre de Santiago con cargo de cierta pensión para la guerra de los moros, no sin gran pesadumbre de los otros señores, que se agraviaban fuese este caballero antepuesto a los demás, sin tener más méritos que los otros ni mejor derecho ni ser de tanta nobleza, como ellos decían.

 

El rey don Fernando, asentadas las cosas de Castilla la Vieja y puestas treguas con los contrarios, se fue a Ocaña en sazón que comenzaba el año de nuestra salvación de 1477; en el cual tiempo tornó de nuevo a dar perdón y recibir en su gracia al conde de Ureña don Juan Téllez Girón, que parecía reducirse al servicio del rey con entera voluntad. Desde Ocaña fue junto con la reina a visitar a Toledo, donde por voto que los reyes hicieran si vencían al de Portugal, mandaron edificar el muy suntuoso monasterio de franciscanos, que hoy se ve en aquella ciudad con nombre de San Juan de los Reyes, en las casas de Alonso Álvarez de Toledo, contador mayor que fue de los reyes pasados. De Toledo pasaron a Madrid; allí se tuvo aviso que diversas compañías de portugueses trabajaban las tierras de Badajoz y de Ciudad Rodrigo con grande daño y molestia de los naturales. Para remedio y hacer resistencia a aquella gente, enviado que hubo delante a don Gómez de Figueroa, conde de Feria, trató con la reina que repartidos los negocios entre los dos, ella acudiese, como lo hizo, a las fronteras de Portugal a dar calor en la defensa de aquella tierra. El rey don Fernando se detuvo algunos días en Madrid con esperanza que tenía de ganar al arzobispo de Toledo; al cual, aunque le ofrecieron poco antes y dieron perdón, su feroz ánimo no le dejaba reposar. No quiso verse con el rey; tan grande era su contumacia; así, el rey, a 24 de marzo, día lunes, se partió para Castilla la Vieja con deseo de apaciguar los navarros; que de nuevo se tornaban a alterar aquellas parcialidades, y los agramonteses poco antes se apoderaron de Estella, y la princesa doña Leonor pretendía volverla a recobrar con sus fuerzas y las de Castilla.

 

Al mismo tiempo un nuevo miedo puso a los reyes en mucho cuidado, y fue que Albohacen, rey de Granada, sin respeto de las treguas que se continuaban de algunos años atrás, rompió de repente por el reino de Murcia con cuatro mil de a caballo y hasta treinta mil de a pie. Causó aquel acometimiento mucho espanto, en especial por estar los fieles

 

 

 

 

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seguros y descuidados. Tanto fue el miedo mayor, que a 6 de abril, día de Pascua de Resurrección, tomó por fuerza en aquella comarca un pequeño lugar, llamado Ciesa, que quemó y derribó, pasados a cuchillo los moradores. Demás de esto, hizo grandes presas de ganado mayor y menor, con que los moros dieron la vuelta a su tierra sin recibir algún daño, dado que Pedro Fajardo, adelantado de Murcia, salió a la defensa. El interés y daño no era de tanta consideración cuanto el peligro y molestia que sin estar apaciguados los alborotos de dentro se ofreciese ocasión de nueva guerra y necesidad de vengar aquel agravio.

 

Deseaban para todo abreviar con lo de Castilla. Los dos castillos, que todavía se tenían por los portugueses, el de Cantalapiedra y el de Castronuño, fueron de nuevo cercados y combatidos con toda la fuerza posible sin cesar hasta que se rindieron, primero Cantalapiedra, a 28 de mayo, porque Castronuño por el esfuerzo de su capitán Mendavía se tuvo más tiempo; pero al fin hizo lo mismo. Era tan grande el disgusto de los naturales por los daños que de aquel castillo recibieron, que acudieron, y porque no fuese en algún tiempo acogida de ladrones por ser de sitio muy fuerte, le abatieron por tierra. A los soldados de estos dos castillos se dio licencia, conforme a lo capitulado, para que libremente y con su bagaje se fuesen a Portugal. Demás de esto, a Mendavía le contaron siete mil florines; capitán en lo demás esforzado, y que en particular ganó y merece gran renombre por haber defendido aquel castillo tanto tiempo contra el poder y voluntad de reyes tan poderosos.

 

La reina ponía no menor diligencia en sujetar a Trujillo, cuyo alcázar se tenía por el marqués de Villena. Avisaron a Pedro de Baeza, que tenía allí por alcaide, rindiese aquella fuerza. Respondió al principio que no lo haría, sino fuese a tal que al marqués, su señor, restituyesen a Villena con las otras villas de aquel estado, según que tenían antes concertado; en que dio muestra de persona de mucha constancia y valor. La reina no rehusaba poner aquellos pueblos en tercería en poder de quien el alcaide nombrase, para que pasados seis meses se entregasen al marqués de Villena; mas él por sospechar algún engaño se entretenía, y no venía en hacer la entrega. Finalmente, por contentar a la reina el mismo marqués de Villena entró en el alcázar, y apenas pudo acabar con él hiciese la entrega que pedía la reina. Grande fue el disgusto que de esta resolución y mandato recibió el alcaide; no miraba su particular, sino por el deseo que tenía del pro y autoridad de su señor. Llegó a tanto, que hecha la entrega, se despidió del

 

 

 

 

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marqués y de su servicio, enfadado de su mal término. Quejábase que ni se movía por lo que a él le tocaba, ni tenía cuidado de la vida y libertad de los suyos. Esto decía porque con la prisa no se acordó de capitular que al dicho alcaide y a sus soldados no se les hiciese daño.

 

Deseaba el rey don Fernando por una parte ir al Andalucía, para donde la reina doña Isabel le llamaba; por otra visitar a doña Juana, su hermana, antes que se embarcase para Italia. Las cosas de Navarra le entretenían y no le daban lugar para alzar de ellas la mano. Hízose a la vela aquella señora por el mes de agosto en la playa de Barcelona en una armada en que vinieron para llevarla don Alonso, su antenado, y don Pedro de Guevara, marqués del Vasto, y otras personas principales. Tocaron a Génova, en que fue muy festejada; últimamente aportó a Nápoles. Allí celebraron las bodas con toda suerte de juegos, convites, regocijos y galas a porfía, así bien los ciudadanos como los cortesanos.

En Sigüenza fundó un colegio de trece colegiales y un monasterio de jerónimos, título de San Antón, Juan López de Medinaceli, arcediano de Almazán y canónigo de Toledo, criado que fue del cardenal Pedro González de Mendoza, prelado a la sazón de Sevilla y de Sigüenza.

 

 

 

 

XV. Cómo el Andalucía se apaciguó

 

Las demás partes de Castilla apenas sosegaban; las alteraciones del Andalucía todavía continuaban a causa que los señores cada cual por su parte se apoderaba de ciudades y castillos, y conforme a las fuerzas que tenía, robaba la gente, y parece se burlaban de la majestad real. El duque de Medina Sidonia tenía a Sevilla, el marqués de Cádiz a Jerez, don Alonso de Aguilar estaba apoderado de Córdoba. El color que tomaban era afirmarse contra los intentos de sus contrarios y hacer resistencia a los portugueses por caerles aquel reino cerca. Lo que a la verdad pretendían era acrecentar sus estados con los despojos y daños de la provincia; cosa que ordinariamente acaece cuando los temporales andan revueltos, que se disminuyen las riquezas públicas y crecen las particulares. Resultaba asimismo otro daño, que dentro de aquellas ciudades andaba la gente dividida en parcialidades. En la ciudad de Sevilla unos seguían al duque de Medina Sidonia, otros al marqués de Cádiz; en Córdoba traían bandos don

 

 

 

 

 

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Alonso de Aguilar y el conde de Cabra, muy grandes y muy pesados. La reina doña Isabel, aunque muchos se lo desaconsejaban por no tener bastante gente para si fuese necesario usar de fuerza, acudió primero a Sevilla; allí se apoderó del castillo de Triana y de las atarazanas que tenía el duque de Medina Sidonia con mayor ánimo y esfuerzo que de mujer se esperaba.

El rey don Fernando, desamparadas las cosas de Navarra y en alguna manera asentadas las de Castilla la Vieja, nombró por gobernador de Galicia a Pedro de Villandrando, conde de Ribadeo; de lo demás de Castilla a su hermano don Alonso de Aragón y al condestable. Hecho esto, se resolvió de ir en persona al Andalucía para dar en todo el orden que convenía. De camino en nuestra Señora de Guadalupe hizo sus votos y devociones; dio otrosí orden al duque de Alba y al conde de Benavente fuesen en su compañía, ca se recelaba de ellos, y tenía aviso que entre sí y con otros grandes trataban de poner sus alianzas. Llegó a Sevilla a 13 de septiembre. Allí halló que se sentía mal del marqués de Cádiz, y se decía que se inclinaba a dar favor a los portugueses, y con este intento a los ojos de los reyes tenía puesta guarnición en Alcalá de Guadaira. Tratóse de ganarle y sosegarle; para hacerlo de noche tuvo a solas habla con el rey. Tratóse que entregase las fortalezas que tomara; dijo que no lo podría hacer si no fuese que el duque de Medina entregase al tanto a Nebrija y a Utrera y otros castillos; que sin esto despojarle a él de sus fuerzas no serviría sino para que el poder y riquezas de su contrario se aumentasen. Pareció pedía razón, y así el uno y el otro entregaron sus castillos al rey, y a su ejemplo fácilmente vinieron en lo mismo los otros señores y grandes, especial a la misma sazón con el rey de Granada (en quien aquellos señores ponían gran parte de su confianza) se concertaron de nuevo treguas por industria de don Diego de Córdoba, conde de Cabra, persona señalada en lealtad, y que con aquel rey bárbaro tenía mucha familiaridad y trato. De esta manera se hallaban las cosas del Andalucía, no lejos de asentarse del todo.

 

Las de Navarra se empeoraban sin alguna esperanza de reparo, a causa de las parcialidades antiguas que nunca sosegaban. La princesa doña Leonor hacía instancia por remedio, y avisaba que ya casi eran pasados los dieciséis meses señalados en el compromiso que se hizo para concertar todas aquellas diferencias, al tiempo que los reyes se juntaron en Tudela. Juntamente protestaba que pues ni en su padre ni en su hermano hallaba

 

 

 

 

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ayuda bastante, que acudiría al socorro de otra parte; culpa de que quedarían cargados los que a hacerlo la necesitaban. Que si no prevenían y se adelantaban, todo aquel reino se hallaba a punto de perderse. Las cuitas, cuando son extremas, hacen que los miserables hablen con libertad. Sin embargo, las orejas parecía estar sordas a sus peticiones tan justificados, por hallarse los reyes lejos y a causa de las grandes dificultades que los tenían enredados.

 

Al de Aragón, fuera de la guerra de Rosellón, ponían en cuidado las cosas de Cerdeña y de Sicilia. Era virrey de Sicilia don Ramón Folch, conde de Cardona, que fue en compañía de la reina doña Juana a Nápoles, y de allí pasó a su cargo al tiempo que por muerte de don Juan de Cabrera, que falleció de poca edad, su condado de Módica, herencia de sus antepasados, recayó en su hermana doña Ana; muchos pretendían aquel estado; unos la excluían de aquella herencia, otros se querían casar con ella. El rey de Aragón, por ser de importancia que tomase marido a propósito por sus muchas riquezas y estado, estuvo determinado de casarla con don Alonso de Aragón, hijo bastardo de su hijo el rey don Fernando. No tuvo esto efecto, antes adelante don Fadrique, hijo y heredero del almirante de Castilla, se la ganó a todos, y por medio de este casamiento juntó con su casa y metió en ella aquel principal condado.

 

En Cerdeña comenzó a alborotarse Leonardo de Alagón, marqués de Oristán; nunca del todo sosegara, y de nuevo alegaba agravios que el virrey Nicolás Carroz de Arborea le había hecho sin respeto de las condiciones y del asiento antes tomado. Ni la flaca y larga edad del rey de Aragón, ni tan grandes cuidados eran parte para quebrantarle, antes como desde una atalaya proveía a todas partes. Fue puesta acusación al marqués de Oristán, y por sentencia que se dio en Barcelona, a los 15 de octubre, le privaron de aquel estado. Demás de esto, para ayuda se envió una nave con soldados, socorro ni grande ni fuerte para aquella guerra; así duró muchos días.

Al rey don Fernando después que apaciguó el Andalucía, todavía le ponía en cuidado lo de Portugal; la esperanza y el temor le aquejaban. De una parte se alegraba que el rey de Portugal, si bien era vuelto por el mar a su reino con dispensación que el pontífice Sixto últimamente le dio para casar con doña Juana, pero no traía algunos socorros de fuera. Por otra le congojaba que el arzobispo de Toledo, según se decía, le tornaba a llamar; temía no hubiese de secreto alguna zalagarda y trato. Verdad es que aquel

 

 

 

 

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prelado por su larga edad no tenía mucha advertencia en lo que hacía; en especial la ira, enemiga de consejo, y la ambición, enfermedad desapoderada, le hacían despeñarse y le cegaban los ojos para que no advirtiese cuán pocas fuerzas tenía el rey de Portugal.

 

Decíase de él por fama, y era así, que, perdida toda esperanza de ser socorrido, despechado, de noche se partió de París para ir en romería a Roma y a Jerusalén y meterse fraile en aquellas partes, más por el disgusto que tenía que de entera voluntad. Prosiguió su viaje algunos días; desde el camino, de tres criados que solos llevaba, a uno de ellos envió con una llave para que abriese un escritorio que dejó en París, hallaron en él dos cartas; la una para el rey de Francia, en que le daba cuenta de su intento; en la otra amonestaba a su hijo que sin esperar más se coronase por rey; que no tuviese algún cuidado de él, pues de los santos y de los hombres se hallaba desamparado. Que confiaba en que Dios le perdonaría sus pecados, y para adelante se aplacaría y tomaría en cuenta de penitencia aquel su trabajo y afrenta; que era todo lo que podía desear. Su hijo, leída esta carta, maguer que con sollozos y lágrimas, en fin se coronó por rey a 11 de noviembre, cinco días, y no más, antes que su padre a deshora llegase a Cascais. Fue así, que el rey de Francia a toda diligencia envió tras él personas que le hicieron volver. Venido, le aconsejó quo, mudado parecer, volviese a su tierra, como lo hizo. Venía triste y flaco extraordinariamente. Su hijo le salió a recibir con muestra de grande alegría, y a la hora le restituyó el reino y la corona. Este suceso tuvo aquel viaje del rey de Portugal, y sus intentos, cuyos ímpetus al principio fueron muy bravos, por conclusión quedaron burlados.

 

El año siguiente, que se contaba 1478, fue señalado y alegre porque en él, a 23 de enero, en Flandes, de madama María, heredera de Carlos el Atrevido, mujer que era de Maximiliano, duque de Austria, nació don Felipe, que adelante fue dichoso por los grandes estados que alcanzó y por la sucesión que dejó, dado que poco le duró la prosperidad a causa de su muerte, que le arrebató en la flor de su juventud.

 

Poco después por el mes de abril sucedió en Florencia, ciudad a la sazón libre, que en el templo de Santa Librada, ciertos ciudadanos conjurados contra los dos hermanos Médicis por entender querían tiranizar aquella ciudad, al uno llamado Julián de Médicis, mataron; el otro llamado Lorenzo de Médicis, se salvó dentro de la sacristía de aquella iglesia. Alteráronse los ciudadanos por este hecho y acudieron a las armas.

 

 

 

 

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Prendieron a Salviato, arzobispo de Pisa, sabidor y participante de aquella conjuración, en el palacio de la Señoría, donde acudió para desde allí mover al pueblo a que defendiesen su libertad. Llevaba el rostro turbado; echáronle mano, y sabido lo que pasaba, le ahorcaron de una ventana; que fue un espectáculo cruel y de poca piedad por ser la persona que era. El cardenal de San Jorge, que se hallaba en Florencia y se decía favorecía a los conjurados, corrió gran peligro de que con el mismo ímpetu le maltratasen. Valióle el miedo que tuvieron del papa, su tío, y el respeto que mostraron a su dignidad. De que resultó una nueva guerra, conque por algún tiempo fueron trabajados los florentinos por las armas y fuerzas del papa y de Nápoles. Quedaron los de Florencia excomulgados por la muerte del arzobispo. Hizo instancia el rey de Francia por la absolución; alcanzó lo que pedía del papa, más por miedo que de grado, a causa que en una junta que se hacía en Orleans trataba de restituir y poner en uso la pragmática sanción en gran perjuicio de la Sede Apostólica. Finalmente, se les dio la absolución y se concertaron las paces, sin que por entonces se tocase en la libertad de aquella ciudad.

 

 

 

 

XVI. Nació el príncipe don Juan, hijo del rey don

 

Fernando

 

La guerra se hacía en Cerdeña cruel, sangrienta y dudosa; las fuerzas de aquella isla divididas en dos partes iguales; los revoltosos peleaban con más coraje que los del rey, como los que aventuraban en ello la vida y la libertad. La esperanza de la victoria consistía en las fuerzas y socorro de fuera. Los genoveses, a los cuales corría obligación de ayudar al marqués de Oristan por las antiguas alianzas que tenía con ellos, se detuvieron a causa de ciertas treguas que se concertaron en Nápoles entre aquellas dos naciones, aragoneses y genoveses. Por el contrario, desde Aragón y desde Sicilia acudieron nuevos socorros a los reales, tanto; que el mismo conde de Cardona, virrey que era de Sicilia, se embarcó en una armada para acudir al peligro. Hubo algunos encuentros y escaramuzas en muchas partes; últimamente, se juntaron los campos de una parte y de otra cerca de un castillo, llamado Macomera. Allí se dio la batalla, en que el marqués quedó muerto y su campo desbaratado. Su hijo, llamado Artal, como quier

 

 

 

 

 

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que pretendiese huir por la mar en una barca que halló a la ribera, cayó en manos de dos galeras aragonesas, y preso le llevó a España Villamarín, general de la armada. Fue puesto él en el castillo de Játiva, y sus estados quedaron confiscados con todos sus pueblos, que los tenía muchos y grandes en Cerdeña y también en tierra firme. En particular los marquesados de Oristan y de Gociano se aplicaron para que estuviesen siempre en la corona real, y desde entonces se comenzaron a poner en las provisiones reales entre los otros títulos y nombres de los principados reales. Diose esta batalla a 19 de mayo. La victoria, no sólo de presente fue alegre, sino para adelante causa que todo se asegurase, con que aquella isla, sobre la cual tantas veces y con tanta porfía con los de fuera y con los de dentro se debatiera, de todo punto quedó sujeta al señorío de Aragón.

 

El rey don Fernando, sin embargo que no tenía de todo punto asentadas las cosas del Andalucía y que su mujer quedaba preñada, fue forzado dar la vuelta al reino de Toledo por dos causas: la primera para reducir al arzobispo de Toledo y acabar con él no hiciese entrar de nuevo al rey de Portugal en el reino, como se rugía que lo trataba; la segunda para dar calor a las hermandades que para castigar los robos y muertes, como queda dicho, los años pasados se ordenaron entre las ciudades y pueblos. El ejercicio de las hermandades aflojaba, y la gente se cansaba por el mucho dinero que era menester para el sueldo de los soldados, que se repartía por los vecinos, sin exceptuar a los hidalgos. Graveza mala de llevar, pero de que resultaba gran provecho para la gente, ca no solo por esta vía se reprimían las maldades, sino también en ocasión acudían al rey con sus fuerzas y gentes en las guerras que se ofrecían. Por esta causa se tuvieron Cortes generales en Madrid, en que de común consentimiento y acuerdo se continuaron las dichas hermandades por otros tres años. Con el arzobispo de Toledo no sucedió tan bien, dado que se puso diligencia en quitarle la sospecha que tenía de que se tratara de matarle.

 

Despedidas las Cortes, el rey don Fernando dio la vuelta a Sevilla; la reina doña Isabel le hacía instancia por estar en días de parir. Allí vinieron embajadores de parte del rey de Granada para pedir tornase a conceder las treguas que antes entre las dos naciones se concertaron. La respuesta fue que no se podrían hacer, si demás de la obediencia y homenaje no pechasen el tributo que antiguamente se acostumbraba. Despachó el rey sus embajadores a Granada para tratar este punto. Respondió aquel rey bárbaro que los reyes que pagaban aquel tributo muchos años antes eran

 

 

 

 

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muertos; que de presente en las casas de la moneda de la ciudad de Granada no acuñaban oro ni plata, sino en su lugar forjaban lanzas, saetas y alfanjes. Ofendióse el rey don Fernando con respuesta tan soberbia; no obstante esto, forzado de la necesidad, otorgó las treguas que le pedían, que es gran cordura acomodarse con el tiempo.

 

En tanto que estas cosas se trataban, a la reina sobrevinieron sus dolores de parto, de que nació un niño, que llamaron el príncipe don Juan, a 28 de junio, domingo, una hora antes de medio día, que heredara los estados de sus padres y abuelos si, por lo que Dios fue servido, no le arrebatara la muerte cruel y desgraciada en la flor de su edad, como se relatará adelante. Bautizóle el cardenal don Pero González, arzobispo de aquella ciudad. El rey de Aragón, aunque cansado, no solo de negocios, sino de vivir, con el grande vigor que siempre tuvo pedía le enviase este niño para que se criase a la manera y conforme a las costumbres de Aragón; además que por su larga experiencia se recelaba que si le entregaban a alguno para que le criase, lo que sucedió los años pasados, no fuese ocasión que en su nombre se revolviesen las cosas en Castilla.

 

Tenía el mismo rey de Aragón otro debate muy grande sobre la iglesia de Zaragoza. Pretendía, por estar vaca por la muerte de don Juan de Aragón, se diese a don Alonso, su nieto, al cual su hijo el rey don Fernando en Cervera, pueblo de Cataluña, hubo de una mujer fuera de matrimonio. Ofrecíanse dos dificultades: la una que no era legítimo, y por esta fácilmente pasaba el pontífice Sixto; la segunda su pequeña edad, que no tenía más que seis años, en ninguna manera la quería suplir. Entre las demandas y respuestas que andaban sobre el caso, por el mucho tiempo que aquel arzobispado vacaba, le coló el papa al cardenal Ausias Dezpuch. Entendía que el rey lo llevaría bien, atento los grandes servicios de su deudo el maestre de Montesa. No fue así; antes mostró sentirse en tanto grado, que se apoderó de los bienes y rentas del cardenal y maltrató a sus deudos. Con esto y por la instancia que el rey de Nápoles hizo por tener gran cabida con el pontífice, el de Aragón salió últimamente con lo que pretendía, que aquella iglesia se diese a don Alonso, su nieto, con título de administración perpetua.

 

Ejemplo malo y principio de una perjudicial novedad. La importunidad del rey venció la constancia del pontífice, daño que siempre se tachará y siempre resultará, por querer los príncipes meter tanto la mano en los derechos de la Iglesia, en especial que en aquel tiempo tenían introducida

 

 

 

 

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una costumbre, que ningún obispo fuese en España elegido sino a suplicación de los reyes y por su nombramiento; ocasión con que poco después resultó otra contienda sobre la iglesia de Tarazona. Por muerte del cardenal Andrés Ferrer la dio el pontífice a uno, llamado Andrés Martínez; hizo resistencia el rey don Fernando con intento que, revocada aquella elección, se diese aquel obispado al cardenal de España, como últimamente se hizo. Acabóse este pleito con otra reyerta semejante. El pontífice Sixto confirió cuatro años adelante el obispado de Cuenca que vacaba a Rafael Galeoto, pariente suyo; opúsose el rey don Fernando, y en fin acabó que se diese aquella iglesia de Cuenca a don fray Alonso de Burgos, su confesor, que ya era obispo de Córdoba. Juntamente se expidió una bula en que concedió el papa a los reyes de Castilla para siempre que en los obispados fuesen elegidos los que ellos nombrasen y pidiesen, como también cuatro años antes de éste en que vamos, a instancia del rey don Enrique, él mismo otorgó otra bula en que mandó no se diesen de allí adelante a extranjeros expectativas para los beneficios de aquel reino, pleito sobre que de atrás hubo grandes reyertas. Diego de Saldaña, embajador de aquel rey, fue el que alcanzó esta gracia, según que consta por la misma bula, cuyo traslado no me pareció poner aquí. Fue este caballero persona muy principal. Pasóse a Portugal con la pretensa princesa doña Juana, cuyo mayordomo mayor fue, y de él hay hoy descendientes en aquel reino, fidalgos principales.

 

Don fray Alonso de Burgos, de Cuenca trasladado últimamente al obispado de Palencia, edificó en Valladolid el monasterio muy célebre de San Pablo, de su orden de Santo Domingo, si bien en tiempo del rey don Alfonso el Sabio, y más adelante con ayuda de su nuera la reina doña María, señora de Molina, se comenzó. La iglesia sin duda que hoy tiene la fabricó los años pasados el cardenal Juan de Turrecremata, hijo que fue de aquel convento y casa.

 

 

 

 

XVII. El santo oficio de la Inquisición se instituyó

 

en Castilla

 

Mejor suerte y más venturosa para España fue el establecimiento que por este tiempo se hizo en Castilla de un nuevo y santo tribunal de jueces

 

 

 

 

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severos y graves a propósito de inquirir y castigar la herética pravedad y apostasía, diversos de los obispos, a cuyo cargo y autoridad incumbía antiguamente este oficio. Para esto les dieron poder y comisión los pontífices romanos, y se dio orden que los príncipes con su favor y brazo los ayudasen. Llamáronse estos jueces inquisidores, por el oficio que ejercitaban de pesquisar e inquirir; costumbre ya muy recibida en otras provincias, como en Italia, Francia, Alemania y en el mismo reino de Aragón. No quiso Castilla que en adelante ninguna nación se le aventajase en el deseo que siempre tuvo de castigar excesos tan enormes y malos. Hállase memoria antes de esto de algunos inquisidores que ejercían este oficio, a lo menos a tiempo, pero no con la manera y fuerza que los que después se siguieron.

 

El principal autor y instrumento de este acuerdo muy saludable fue el cardenal de España, por ver que a causa de la grande libertad de los años pasados y por andar moros y judíos mezclados con los cristianos en todo género de conversación y trato, muchas cosas andaban en el reino estragadas. Era forzoso con aquella libertad que algunos cristianos quedasen inficionados, muchos más, dejada la religión cristiana que de su voluntad abrazaran convertidos del judaísmo, de nuevo apostataban y se tornaban a su antigua superstición, daño que en Sevilla más que en otra parte prevaleció; así, en aquella ciudad primeramente se hicieron pesquisas secretas y penaron gravemente a los que hallaron culpados.

Si los delitos eran de mayor cuantía, después de estar largo tiempo presos y después de atormentados, los quemaban. Si ligeros, penaban a los culpados con afrenta perpetua de toda su familia. A no pocos confiscaron sus bienes y los condenaron a cárcel perpetua; a los más echaban un sambenito, que es una manera de escapulario de color amarillo con una cruz roja a manera de aspa, para que entre los demás anduviesen señalados y fuese aviso que espantase y escarmentase por la grandeza del castigo y de la afrenta, traza que la experiencia ha mostrado ser muy saludable, maguer que al principio pareció muy pesada a los naturales. Lo que sobre todo extrañaban era que los hijos pagasen por los delitos de los padres, que no se supiese ni manifestase el que acusaba, ni le confrontasen con el reo ni hubiese publicación de testigos, todo contrario a lo que de antiguo se acostumbraba en los otros tribunales. Demás de esto, les parecía cosa nueva que semejantes pecados se castigasen con pena de muerte, y lo más grave, que por aquellas pesquisas secretas les quitaban la libertad de oír y

 

 

 

 

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hablar entre sí, por tener en las ciudades, pueblos y aldeas personas a propósito para dar aviso de lo que pasaba; cosa que algunos tenían en figura de una servidumbre gravísima y a par de muerte.

De esta manera entonces hubo pareceres diferentes. Algunos sentían que a los tales delincuentes no se debía dar pena de muerte; pero fuera de esto confesaban era justo fuesen castigados con cualquier otro género de pena. Entre otros, fue de este parecer Hernando de Pulgar, persona de agudo y elegante ingenio, cuya Historia anda impresa de las cosas y vida del rey don Fernando. Otros, cuyo parecer era mejor y más acertado, juzgaban que no eran dignos de la vida los que se atrevían a violar la religión y mudar las ceremonias santísimas de los padres; antes que debían ser castigados, demás de darle la muerte, con perdimiento de bienes y con infamia, sin tener cuenta con sus hijos, ca está muy bien proveído por las leyes que en algunos casos pase a los hijos las penas de los padres, para que aquel amor de los hijos los haga a todos más recatados. Que con ser secreto el juicio se evitan muchas calumnias, cautelas y fraudes, además de no ser castigados sino los que confiesan su delito o manifiestamente están de él convencidos. Que a las veces las costumbres antiguas de la Iglesia se mudan conforme a lo que los tiempos demandan; que pues la libertad es mayor en el pecar, es justo sea mayor la severidad del castigo. El suceso mostró ser esto verdad y el provecho, que fue más aventajado de lo que se pudiera esperar.

 

Para que estos jueces no usasen mal del gran poder que les daban ni cohechasen el pueblo o hiciesen agravios, se ordenaron al principio muy buenas leyes e instrucciones. El tiempo y la experiencia mayor de las cosas ha hecho que se añadan muchas más. Lo que hace más al caso es que para este oficio se buscan personas maduras en la edad, muy enteras y muy santas, escogidas de toda la provincia, como aquellas en cuyas manos se ponen las haciendas, fama y vida de todos los naturales.

Por entonces fue nombrado por inquisidor general fray Tomás de Torquemada, de la orden de Santo Domingo, persona muy prudente y docta, y que tenía mucha cabida con los reyes por ser su confesor y prior del monasterio de su orden de Segovia. Al principio tuvo solamente autoridad en el reino de Castilla; cuatro años adelante se extendió al de Aragón, ca removieron del oficio de que allí usaban a la manera antigua los inquisidores Cristóbal Gualbes y el maestro Ortes, de la misma orden de los predicadores. El dicho inquisidor mayor al principio enviaba sus

 

 

 

 

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comisarios a diversos lugares conforme a las ocasiones que se presentaban, sin que por entonces tuviesen algún tribunal determinado. Los años adelante, el inquisidor mayor con cinco personas del supremo consejo en la corte, do están los demás tribunales supremos, trata los negocios más graves tocantes a la religión. Las causas de menos momento y los negocios en primera instancia están a cargo de cada dos o tres inquisidores, repartidos por diversas ciudades. Los pueblos en que residen los inquisidores en esta sazón y al presente son estos: Toledo, Cuenca, Murcia, Valladolid, Santiago, Logroño, Sevilla, Córdoba, Granada, Llerena; y en la Corona de Aragón, Valencia, Zaragoza, Barcelona.

 

Publicó el dicho inquisidor mayor edictos en que ofrecía perdón a todos los que de su voluntad se presentasen. Con esta esperanza dicen se reconciliaron hasta diecisiete mil personas entre hombres y mujeres de todas edades y estados; dos mil fueron quemadas, sin otro mayor número de los que se huyeron a las provincias comarcanas.

 

De este principio el negocio ha llegado a tanta autoridad y poder, que ninguno hay de mayor espanto en todo el mundo para los malos, ni de mayor provecho para toda la cristiandad. Remedio muy a propósito contra los males que se aparejaban; y con que las demás provincias poco después se alteraron; dado del cielo, que sin duda no bastara consejo ni prudencia de hombres para prevenir y acudir a peligros tan grandes como se han experimentado y se padecen en otras partes.

 

 

 

 

XVIII. De la muerte del rey don Juan de Aragón

 

Partieron de Sevilla los reyes don Fernando y doña Isabel. Antes de la partida dejaron mandado al duque de Medina y al marqués de Cádiz que no pudiesen entrar en aquella ciudad; con tanto, quitadas las cabezas de las parcialidades, todo quedó apaciguado.

 

Por otra parte, Lope Vasco, portugués de nación, se apoderó en nombre del rey don Fernando del castillo de Mora, cuyo alcaide era. Está situada esta fuerza en Portugal a la raya de Castilla. Hecho esto, dio aviso para que le enviasen socorro. Tenía el rey don Fernando gran deseo de hacer en persona guerra a Portugal por parecerle que con esto ganaba reputación, pues mostraba en ello tener tantas fuerzas y ánimo, que no solo defendía

 

 

 

 

 

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su reino, sino acometía las tierras de sus contrarios. Intento que ni al rey de Aragón, su padre, ni a los más prudentes pareció bien; porque ¿a qué propósito sin gran esperanza poner a su riesgo su persona? ¿A qué fin aventurar su estado, de que tenía pacífica posesión, y ponerlo todo al trance de una batalla? Encargó pues el cuidado de aquella guerra al maestre de Santiago don Alonso de Cárdenas. Diole mil quinientos caballos y quince mil infantes; esto por el mes de agosto. El ruido fue mayor que el provecho, mayormente que don Juan, príncipe de Portugal, recobró a Mora, con que todos aquellos intentos se desbarataron. Importaba más confirmar en su servicio a Trujillo; a esta causa después por Córdoba los reyes pasaron allá.

 

En este tiempo en Francia, en un pueblo llamado Laudo, en la comarca de Cahors, a 11 de septiembre por medio de embajadores que se enviaron sobre el caso, se concertó casamiento entre don Fadrique, hijo segundo del rey de Nápoles, y madama Ana, hija de Amadeo, duque de Saboya. El rey de Francia a la desposada, por ser hija de su hermana, señaló en dote un estado principal en Francia, y entre tanto que no se le daba y hasta que el rey de Aragón pagase el dinero, sobre que tenían diferencias, ofreció de darle en prendas lo de Rosellón y Cerdaña. Dio este negocio gran desabrimiento a los reyes, padre e hijo, sobre todo se ofendieron del rey de Nápoles, que sin respeto de ser tan parientes, parecía hacer más caso de la amistad de Francia que de la de España, y sentían mucho aceptase, aunque se los ofreciesen, aquellos estados sobre que ellos traían pleito y guerra, mayormente que el tiempo de las treguas que tenían con el rey de Francia espiraba, y corría peligro no volviesen a las armas en sazón muy poco a propósito para la una nación y la otra. El francés, ocupado en apoderarse de Flandes, parecía no hacer caso de todo lo demás.

 

En Castilla aún no estaban del todo las cosas apaciguadas a causa que el rey de Portugal se apercibía de nuevo para la guerra, y la condesa de Medellín doña Beatriz Pacheco, mujer de ánimo varonil, juntamente con el clavero de Alcántara Alonso de Monroy, andaban alborotados. Por esto Juan de Gamboa, gobernador de Fuenterrabía, y el arcediano de Almazán por mandado del rey don Fernando trataron con los embajadores de Francia que vinieron a Bayona de asentar una nueva confederación. Diéronse tan buena maña en ello y apretaron el tratado de suerte, que a 10 de octubre concertaron que las treguas se mudasen en paces con las mismas condiciones que antes de aquella guerra de tiempo antiguo hubo

 

 

 

 

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entre aquellas dos casas reales; comprendieron también en las paces al rey de Aragón. Lo cual ¿qué otra cosa era sino hacer burla de él, pues no le restituían el estado sobre que era el debate? Asentaron empero que se nombrasen por cada parte dos jueces para componer esta diferencia y las demás que quedasen por determinar.

 

El alegría que toda Castilla recibió por esta causa, se aumentó con otras dos ocasiones: la una fue que don Enrique, conde de Alba de Liste, y tío del rey, vino a Trujillo puesto en libertad de la prisión en que le tenían desde la batalla de Toro; la otra que el arzobispo de Toledo, forzado de la necesidad, ca le tenían embargadas todas sus rentas y tomados los más de sus lugares, se redujo últimamente al servicio del rey don Fernando, y para más seguridad entregó todos sus castillos que se tuviesen por el rey. Achacábanle que de nuevo traía inteligencias con el rey de Portugal y que le atizaba para que entrase en Castilla. Todavía el arcediano de Toledo, llamado Tello de Buendía, hombre docto y grave, y que adelante murió obispo de Córdoba, enviado para descargar al arzobispo, su amo, con su buena diligencia alcanzó de los reyes que le diesen perdón, quier fuese verdadero, quier falso aquel cargo. Demás de esto, en Roma el pontífice Sixto revocó la dispensación que dio al rey de Portugal para casar con su sobrina doña Juana, en que al parecer de alguno se tuvo más cuenta con dar gusto al rey de Nápoles, que hacía sobre esto grande instancia, que con la constancia y autoridad pontifical. Así, por el mes de diciembre envió un breve a España en este propósito.

 

Para dar orden en todo, y sobre todo para asentar las paces con Francia trataban los reyes, padre e hijo, de tener habla entre sí, y a este fin ir a Molina y a Daroca, cuando al rey de Aragón sobrevino en Barcelona una dolencia, de que murió un martes, a 19 de enero, principio del año de nuestra salvación de 1479. Su cuerpo enterraron en Poblet; su pobreza era tal, que para el gasto del enterramiento fue menester empeñar las alhajas de la casa real. Vivió ochenta y un años, siete meses y veinte días; tuvo siempre el cuerpo recio y a propósito para los trabajos de la guerra y de la caza, el ánimo vivo y despierto, y que por la grandeza y variedad de las cosas que hizo, junto con los muchos años que reinó, se puede igualar con los grandes reyes. Verdad es que afeó lo postrero de su edad con el apetito que tenía más que fuerzas para la deshonestidad, ca puso los ojos y su afición en una moza de buen parecer, llamada Francisca Rosa, que trató el

 

 

 

 

 

 

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tiempo pasado de casarla con don Jaime de Aragón, aquel de quien se dijo que hizo justiciar en Barcelona.

 

En su testamento, que tenía hecho diez años antes de éste, dio orden se hiciesen muchas obras pías, muestra de su cristiandad, en particular que se edificasen dos templos y monasterios de la orden de San Jerónimo, que son al presente muy señalados en santidad y devoción, el uno de Santa Engracia, en Zaragoza, que está pegado con el muro de la ciudad; el otro en Cataluña, su advocación de Santa María de Belpuche: su hijo cumplió enteramente lo que en esta parte dejó ordenado. Mandó otrosí que heredasen el reino de Aragón los nietos del rey don Fernando, su hijo, aunque fuesen de parte de hija, encaso que no tuviese hijo varón. Item, que los tales nietos fuesen preferidos a las hijas del mismo; ordenación bien extraña. Así ruedan, y muchas veces por voluntad de los reyes se mudan y truecan los derechos de reinar y de la sucesión real.

 

 

 

 

XIX. De doña Leonor, reina de Navarra

 

Por la muerte del rey de Aragón, como era necesario y como él lo dejó proveído en su testamento, se dividieron sus estados: lo de Aragón quedó por el rey don Fernando; la princesa doña Leonor por parte de su madre heredó el reino de Navarra. Estaba viuda de siete años antes, y por el mismo caso sujeta a continuas y muy grandes desgracias. Aquella gente andaba como furiosa, dividida en sus antiguas parcialidades, que parece era castigo y pena de la muerte impía dada a don Nicolás, obispo de Pamplona, y no castigada como fuera justo. Llevaban lo mejor los beamonteses, contrarios a la nueva reina. Demás de la culpa ya dicha, castigaba Dios a aquella familia y generación de estos príncipes, y congojaba sus ánimos en venganza de las injustas muertes que se dieron a don Carlos, príncipe de Viana, y a doña Blanca, su hermana, sin dejar reposar a los culpados ni quedar alguno que no fuese castigado.

 

El reinado de doña Leonor fue muy breve, que aún no duró mes entero. En hijos y sucesión fue más afortunada que en su vida; tuvo cuatro hijos: Gastón, el mayor, Juan, Pedro, Jacobo; cinco hijas, María, Juana, Margarita, Catarina y Leonor; de todos y en particular de cada uno se dirá alguna cosa, como príncipes de quien se deducen los linajes de muchas y

 

 

 

 

 

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grandes casas. Gastón murió, como queda dicho; dejó dos hijos, que fueron Francisco Febo y Catarina, reyes el uno en pos del otro de Navarra. Juan fue señor de Narbona, ciudad que su padre compró con dineros; tuvo por hijos a Gaston y a doña Germana; Gastón murió en la de Rávena, en que era general por el rey Luis XII de Francia; doña Germana casó con el rey don Fernando el Católico, viudo de su primer matrimonio. Pedro se dio a las letras y a los ejercicios de la piedad, y el pontífice Sixto le hizo cardenal. Jacobo se ejercitó con grande ánimo en la guerra sin casarse en toda la vida, bien que tuvo algunos hijos fuera de matrimonio, ni muy señalados, ni tampoco de poca cuenta. María, la hija mayor, casó con Guillermo, marqués de Monferrat. Juana con el conde de Armeñac, llamado Juan. Con Francisco, duque de Bretaña, casó Margarita, y de este matrimonio quedaron dos hijas, llamadas Ana y Isabel. Ana, como heredera de su padre, juntó aquel estado con la casa da Francia, porque casó con Carlos VIII, y muerto éste, con Luis XII, reyes que fueron de Francia. Catarina, cuarta hija de doña Leonor, casó con Gastón de Foix, conde de Candalla; parió dos hijos y una hija, que se llamó Ana, y casó con el rey Ladislao de Hungría. Leonor, la menor de las hijas de esta nueva Reina, falleció doncella en edad de casar.

 

La cepa de toda esta generación, que fue esta reina doña Leonor, por tener el cuerpo quebrantado con los trabajos y el corazón aquejado con las penas, falleció a 12 de febrero en Tudela, do comenzó a reinar. Mandó en su testamento que en Tafalla de su hacienda se edificase una iglesia de franciscanos, y que allí fuese enterrado su cuerpo y trasladados los huesos de la reina doña Blanca, su madre, que depositaron los años pasados en la iglesia de nuestra Señora de Nieva, pueblo en Castilla la Vieja no lejos de Segovia. Fue tanta su pobreza por estar consumidas las rentas reales a causa de los alborotos y parcialidades, que por falta de dineros era forzada para sustentar su casa a vender las joyas de su persona.

Sucedióle en el reino su nieto Francisco en edad de solos once años; por su extremada hermosura le llamaron Febo por sobrenombre. Encargáronse del gobierno hasta tanto que fuese de edad conveniente madama Madalena, su madre, y el cardenal su tío, llamado Pedro; cargo que ejercitaron prudentemente según los tiempos tan estragados. Tuvo la reina difunta poca ayuda en sus trabajos del rey de Castilla, su hermano; por esto no le nombró en su testamento; antes por su mandado y por ser ellos de nación franceses comenzaron los gobernadores a inclinarse a la

 

 

 

 

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parte de Francia; cosa muy perjudicial para ellos, y ocasión que en breve perdiesen aquel su antiguo reino. Esto era lo que se hacía en Navarra.

 

En Castilla andaban algunas opiniones nuevas en materia de religión. Fue así, que Pedro, oxomense, lector que era de teología en Salamanca, hombre de ingenio atrevido y malo, publicó un libro lleno de muchas mentiras, que no será necesario relatar aquí por menudo; basta saber que principalmente se enderezaba contra la majestad de la Iglesia romana y el sacramento de la confesión. Por una parte decía que el sumo pontífice en sus decretos y determinaciones puede errar; por otra porfiaba que los sacerdotes no tenían poder para perdonar los pecados, y que la confesión no era institución de Cristo, sino remedio inventado por los hombres, aunque provechoso, para enfrenar la maldad y la libertad de pecar. Para reprimir este atrevimiento el arzobispo de Toledo, por mandado del papa Sixto, juntó en Alcalá, donde era su ordinaria residencia, personas muy doctas, con cuya consulta condenó aquellas opiniones, y puso pena de excomunión a su autor, si no las dejaba y retractaba. Pronuncióse esta sentencia a 24 de mayo, y poco después el pontífice Sixto la confirmó en una bula suya. Escribió contra el dicho Pedro un libro asaz grande Juan Prejano, teólogo señalado en aquella edad, y adelante obispo de Ciudad Rodrigo; su estilo es grosero conforme al tiempo; el ingenio agudo y escolástico.

 

Hacíase la guerra sobre el estado de Villena, ca el marqués, porque no cumplían con él, acudió a las armas, y en sazón que la gente del rey se puso sobre Chinchilla, el marqués de Villena vino a darle socorro, y con su venida forzó a los contrarios a alza rel cerco. Demás de esto de los dos capitanes principales que hacían la guerra por el rey, Pero Ruiz de Alarcón fue desbaratado cerca de Alverca por Pedro de Baeza, y don Jorge Manrique en una nueva refriega que tuvo con el mismo Pedro de Baeza cerca de Cañavete salió herido, de que poco después murió; gran lástima que tal ingenio faltase en lo mejor de su edad. El marqués de Villena quedaba por el mismo caso cargado de haber tomado las armas contra la gente del rey. Él se excusaba con las insolencias de aquellos capitanes que le forzaron a defenderse. Alegaba otrosí que no tenía otros nuevos tratos ni con el rey de Portugal ni con el arzobispo de Toledo. Estas excusas, sea verdaderas, sea aparentes, últimamente le valieron para que no fuese más maltratado ni se procediese con más aspereza contra él.

 

 

 

 

 

 

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Sucedió en esta guerra un caso extraordinario y digno que se sepa. Los del rey hicieron ahorcar a seis de los muchos prisioneros que tenían. En venganza de esto, Juan Berrio, capitán por el marqués, mandó que se hiciese otro tanto con los cautivos que tomara de los contrarios. Echaron suerte entre todos para se ejecutar. Tenían presos dos hermanos, el uno que tenía mujer e hijos, el otro mancebo, cuyos nombres no se saben, el caso es muy cierto. Cupo la triste suerte al casado, y ejecutárase sino fuera por la instancia del otro hermano, que se ofreció en su lugar para ser puesto en el palo, como al fin se hizo después de muchas lágrimas y porfía que hubo entre los dos, con grande lástima de todos los que se hallaron presentes a un tan triste y tan cruel espectáculo.

 

 

 

 

XX.  De las paces que se hicieron entre Castilla y Portugal

 

A los reyes don Fernando y doña Isabel vino nueva de la muerte del rey don Juan y de la herencia que por el mismo caso les venía de la corona de Aragón en sazón que en Extremadura se ocupaban en apaciguar los alborotos que en aquella tierra causaban la condesa de Medellín doña Beatriz Pacheco y el clavero de Alcántara don Alonso de Monroy. La Condesa era de ánimo mas que de mujer, pues tuvo preso algunos años a su mismo hijo don Juan Portocarrero, y por remate le echó de su casa, que fue la causa para tomar las armas, ca temía no la forzasen por justicia a restituir a su hijo aquel condado como herencia de su padre, sobre lo cual tenía puesta demanda. Pretendía otrosí no le quitasen la ciudad de Mérida, en que tenía puesta guarnición de soldados. El clavero sentía mucho que le hubiesen injustamente, como él se quejaba, quitado el maestrazgo de su orden por dársele a don Juan de Zúñiga. Con este color se apoderaba con las armas de muchos lugares de aquella orden. Demás de esto, trataban los reyes de apercibirse para la guerra de Portugal, que se temía sería mas brava que antes. Pero como quier que todos se hallasen cansados y entendiesen cuán miserable cosa sea la guerra civil, que hace a los hombres furiosos, y al vencedor, por gratificar a los que le ayudan, pone en necesidad de hacer muchos desaguisados contra su voluntad, acordaron de mover tratos de paz; de que tanto mayor deseo tenían los portugueses,

 

 

 

 

 

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que junto al Albufera, dos leguas de Mérida, quedaron rotos en una batalla señalada que les dio el maestre de Santiago a los 24 de febrero. El destrozo fue tan grande, que pocos pudieron salvarse en Mérida, que, como se ha dicho, se tenía por la condesa de Medellín. En esta batalla el maestre se mostró muy prudente y esforzado; con él otros capitanes, entre los demás Diego de Vera, que mató al alférez real y le tomó el estandarte. El premio al maestre, quitarle la pensión de tres cuentos que le pusieron cuando los reyes le dieron el maestrazgo; a Diego de Vera y a otros capitanes diferentes mercedes.

 

Con esta ocasión doña Beatriz, tía que era de la reina doña Isabel de parte de madre, y duquesa de Viseo, viuda y también suegra de don Juan, príncipe de Portugal, señora por todo esto de grande autoridad y prudencia no menor, tomó la mano para concertar estas diferencias entre Portugal y Castilla. Era cosa muy larga para el rey don Fernando esperar el remate en que estas pláticas paraban, por el deseo que tenía de ir a tomar posesión del reino de su padre, en que resultaban novedades en tanto grado, que para enfrenar el orgullo de los navarros, que en aquel reino se habían apoderado de algunos castillos mal apercibidos, y no dejaban de hacer robos y cabalgadas en la tierra, los aragoneses convocaron Cortes sin dar al nuevo rey de ello parte; resolución que, si bien no se tiene por ilícita conforme a los fueros de Aragón, era muy pesada, y convenía atajarla. Todo esto le puso en necesidad de remitir a la reina el cuidado de tratar y concluir las paces con su tía. Para este efecto se acordó entre las dos habla en la villa de Alcántara.

 

Esto concertado, él se fue a Guadalupe para de camino visitar aquella santa casa y hacer en ella sus votos y plegarias. Desde allí por Santolalla, villa no lejos de Toledo, y por Ariza y Calalayud entró en Aragón. En Zaragoza hizo su entrada a 28 de junio con toda solemnidad y grande aplauso de la ciudad y concurso del pueblo, que le salió al encuentro. Iba a su lado Luis Naia, el principal y cabeza de los jurados. El rey, quitado el luto, a caballo debajo de un palio, vestido de brocado y con un sombrero muy rico. El pueblo a voces pedía a Dios fuese su reinado dichoso y de muchos años. Ocupóse en aquella ciudad en hacer justicia y dar grata audiencia a todos los que se tenían por agraviados. Poco después pasó a Barcelona. Allí trató de recobrar lo de Rosellón y de Cerdaña, si bien por entonces no tuvo efecto; no estaba aún el negocio sazonado, dado que no andaba muy lejos de madurarse; sólo por entonces se nombraron los cuatro

 

 

 

 

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jueces para concertar todas las diferencias que resultaban entre el rey de Francia y el de Aragón, conforme al acuerdo que en Bayona se tomó. De Barcelona dio el rey vuelta a Valencia; allí fue recibido con las mismas muestras de alegría que en los otros estados. En aquella ciudad atendió a sosegar ciertos alborotos nuevos que se levantaron a causa que don Jimeno de Urrea, vizconde de Biota, con mano armada al improviso prendió a don Jaime de Pallas, vizconde de Chelva, y con él a su mujer. El achaque era que le pertenecían a él los pueblos de Chelva y de Manzanero que su contrario poseía. El que pudiera seguir su justicia, por acudir a las armas y usar de fuerza perdió su pretensión, como era justo. Lo primero por mandado del rey dejaron las armas. Después a cabo de tres años que duró el pleito, los jueces, movidos por el atrevimiento de don Jimeno, dieron contra él la sentencia y adjudicaron aquellos pueblos a su contrario don Jaime de Pallas.

 

En el mismo tiempo la reina doña Isabel y doña Beatriz, su tía, se juntaron en Alcántara. Gastáronse días en demandas y respuestas. Por conclusión, pusieron por escrito estas capitulaciones: que el rey de Portugal no se intitulase rey de Castilla ni trajese en sus escudos las armas de aquel reino; lo mismo hiciese el rey don Fernando en lo tocante al reino de Portugal; que la pretensa princesa doña Juana casase con el príncipe don Juan, hijo del rey don Fernando, luego que él tuviese edad bastante; que si el príncipe, llegado a los años de discreción, no viniese en aquel casamiento, pagasen en tal caso sus padres a doña Juana cien mil ducados; que todavía ella tuviese libertad, si le pareciese mucha la tardanza y no quisiese aguardar, de meterse monja: item, que con don Alonso, nieto del rey de Portugal y su heredero, casase doña Isabel, hija de los reyes de Castilla; a los nobles de Castilla no se les diese acogida en Portugal, por ser ocasión de revueltas y alteraciones; de la navegación y descubrimiento y conquista de las riberas de África a la parte del mar Océano, acordaron quedase para siempre por los reyes de Portugal, sin que nadie les pusiese en ello impedimento; últimamente, para seguridad que todas estas capitulaciones se cumplirían, la misma doña Juana y doña Isabel, hija del rey don Fernando, y don Alonso, nieto del rey de Portugal, fuesen puestos como en rehenes para que la duquesa misma doña Beatriz los tuviese en su poder en el castillo de Mora; demás de esto, el rey de Portugal a la raya de Castilla diese en prendas de que guardaría lo concertado otros cuatro castillos.

 

 

 

 

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De esta manera se dejaron las armas y cesó la guerra, que duró tanto tiempo en gran daño de las dos naciones, mayor de la portuguesa. Los regocijos y procesiones que por estas paces el mes de octubre se hicieron en toda España fueron extraordinarios. La una nación y la otra, que antes se hallaban temerosas y cuidadosas del suceso y remate de aquella guerra, trocaban el temor en alegría y concebían en sus ánimos mejor esperanza para adelante. Todos alababan mucho la prudencia y valor de la duquesa de Viseo doña Beatriz. El mismo rey don Fernando desde Valencia, do le tomó esta alegre nueva, acudió a Toledo al fin de este año. Doña Isabel, su mujer, reina más esclarecida que antes y de mayor crédito por las paces que hizo tan a ventaja suya, le aguardaba en aquella ciudad. Allí se dobló aquella alegría a causa que la reina doña Isabel parió, a 6 de noviembre, una hija, que se llamó doña Juana, la cual tenía determinado el cielo heredase finalmente los reinos de sus padres y de sus abuelos.

 

Poco después de esto la pretensa princesa doña Juana, vista la burla que de ella se hizo, bien que con muestra de quererla honrar, se metió monja en Santa Clara de Coimbra; manera de vida que, si bien la tomó forzada de la necesidad, perseveró en ella muchos años en mucha virtud hasta lo postrero de su vida, enfadada de la inconstancia y variedad de las cosas que por ella pasaron. Sin embargo los infantes doña Isabel y don Alonso, según que dejaron acordado, fueron entregados a doña Beatriz para seguridad que las demás condiciones se cumplirían.

Juntamente la condesa de Medellín y el clavero de Alcántara de su voluntad se redujeron a mejor partido. Lo mismo hicieron otros nobles de Castilla, que eran la principal fuerza del partido de Portugal. El marqués de Villena otrosí, mudadas algunas condiciones de las que antes le ofrecieran, volvió otra vez en la gracia de los reyes, que fue por principio del año 1480. En virtud del nuevo asiento, el marqués se quedó con los estados de Escalona y Belmonte. Villena y Almansa con las demás villas de aquel estado quedaron por los reyes. Pasó por esto el marqués por entender fuera poco acierto trabajar en lo que no podía alcanzar y por pretender recobrar lo perdido poner a riesgo lo que le quedaba. De esta manera se enflaquecieron las fuerzas y poder del de Villena; por el mismo caso la concordia tuvo más seguridad.

 

Renato, duque de Anjou, príncipe señalado, así por sus adversidades como por su larga vida, falleció en Francia por el mes de enero. Hasta el fin de su vida se intituló rey de Aragón, de Sicilia y de Jerusalén, apellidos

 

 

 

 

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de solo título, vanos y sin fruto alguno ni esperanza, de recobrarlos. Nombró por su heredero universal en su testamento a Carlos, su sobrino, hijo de Carlos, su hermano. A Renato, duque de Lorena, nieto suyo de parte de madre, dejó el ducado de Bari, estadoprincipal que él mismo poseía en Francia.

 

 

 

 

XXI. Que el rey de Portugal falleció

 

Tuviéronse en Toledo Cortes generales de Castilla; concurrieron a ellas muchas gentes; los votos fueron libres y muchas las quejas. Los pueblos pretendían que los nobles robaban las haciendas de los pobres, y que su avaricia tenía los tesoros reales consumidos, las rentas públicas enajenadas, de que resultaba necesidad de intentar cada día nuevas imposiciones en grave perjuicio de los que las pagaban. Tratóse de remedio, nombráronse jueces, que oídas las partes, pronunciaron que las donaciones hechas imprudentemente por el rey don Enrique, o ganadas como por fuerza por la revuelta de los tiempos, no fuesen válidas. El atrevimiento de los nobles y sus demasías, con todo esto, no se podían refrenar ni hacer que los magistrados y leyes tuviesen autoridad, por estar todo muy estragado. Solamente por el mes de mayo todos los tres brazos juraron a don Juan, hijo de los reyes, por príncipe y heredero de sus padres y de sus estados para después de sus días, todo a propósito de ganar más autoridad y asegurar más el reino. Parecía que con aquel nuevo vinculo del juramento sosegarían las voluntades dudosas de los naturales en su servicio.

 

De esta manera asentadas las cosas de Castilla la Nueva, pasaron los reyes a Medina del Campo y a Valladolid; hiciéronse en aquellas partes algunos castigos señalados de personas nobles por delitos que cometieron, con que otros quedaron escarmentados. Los gallegos por ser gente feroz todavía no sosegaban; antes las ciudades de Lugo, Orense, Mondoñedo y también Bivero y La Coruña no querían obedecer ni allanarse a los reyes. Despacharon a Hernando de Acuña y un jurista, llamado García de Chinchilla, para quietar aquellos movimientos. Estos con una junta que hicieron de aquella gente en Santiago y con justiciar al mariscal Pedro Pardo y otros hidalgos revoltosos pusieron en todos grande espanto. De

 

 

 

 

 

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esta manera la autoridad de los reyes quedó en aquella provincia en su punto, y las leyes y magistrados después de mucho tiempo cobraron las fuerzas que antiguamente tenían, sin embargo que el rey don Fernando se hallaba ausente y era ido a Cataluña, que es lo postrero de España, con esta ocasión.

 

El Gran Turco Mahomete, soberbio por las muchas victorias que ganara, combatía la isla de Rodas, que era un fortísimo baluarte por aquella parte de todo el imperio de los cristianos. Teníala cercada por mar y por tierra; gastó en esto en balde tres meses a causa que aquellos caballeros se defendieron valerosamente y que el rey de Nápoles les envió dos naves cargadas de municiones, vituallas, y soldados. Con este socorro los turcos, perdida la esperanza de salir con la empresa, alzado el cerco, parte de ellos por mar se fueron a la Bellona, ciudad de Macedonia, puesta sobre el golfo de Venecia, en frente de la Pulla, provincia del reino de Nápoles. Con esta armada el Basa, llamado Acomates, pasó en Italia y tomó por fuerza la ciudad de Otranto a 13 de agosto. El estrago fue grande; no perdonaron aquellos bárbaros a ninguna persona, fuese soldado o de otra calidad. Desde allí hacían correrías por toda la Pulla, y todo lo ponían a fuego y a sangre. Lo demás de Italia por el mismo caso estaba con gran miedo, y aún las naciones extrañas no se aseguraban.

 

Este recelo movió a los reyes cristianos a juntar sus fuerzas para acudir a apa par a quel fuego. En particular el rey don Fernando envió a Gonzalo Beteta por su embajador al papa Sixto, que a la sazón parecía estar algo desabrido y disgustado con el rey, de que se vieron muchas muestras; y de nuevo se confirmó esta sospecha, a causa que sin dar al rey parte nombró al arzobispo de Toledo, sin embargo de su condición, por su legado en España. El común peligro que todos corrían, pudo más que los particulares disgustos para que tratasen de poner remedio en aquel daño. Con este intento de nuevo envió otrosí a don Juan Melguerite, obispo de Gerona, desde Barcelona, por el mes de febrero del año 1481, a los príncipes de Italia para hacer liga con ellos. Junto con esto, el rey en Barcelona para acudir con sus fuerzas hizo juntar una armada de treinta y cinco bajeles entre mayores y menores; lo mismo hizo el rey de Portugal, que armó para este efecto veinte naves. Iban estos socorros muy despacio. Así don Alonso, duque de Calabria, con las fuerzas de Italia que juntó, aunque con dificultad, en fin apretó a aquellos bárbaros con un cerco que puso a aquella ciudad. Pudiera durar mucho tiempo la guerra y el cerco y tener

 

 

 

 

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grandes dificultades, sino sobreviniera nueva de la muerte del grau turco Mahomete, que falleció en Nicomedia de Bitinia a 3 de mayo. Los turcos con este aviso el quinto mes después que el cerco se puso rindieron la ciudad a partido que los dejasen ir libres. Quedóse el duque de Calabria con parte de aquella gente, que serían hasta mil quinientos turcos, para ayudarse de ellos contra florentinos. Decíase comúnmente que se les empleaba bien este daño, por ser ellos los que hicieron venir aquella gente a Italia. Si bien muchos sospechaban era invención de don Alonso a propósito de cargar a sus enemigos el odio que contra él de entretener esta gente resultaba.

 

Por la muerte de Mahomete se levantaron en Constantinopla grandes alteraciones; unos querían por emperador a Bayazete, hijo mayor del difunto; otros a Gemes, su hermano, con color que su padre le hubo ya que era emperador. Llegó el negocio a las armas y a las manos. Bayazete venció a su hermano junto a Prusia, ciudad de Bitinia, y le forzó a huirse, primero a Egipto, y después a Rodas. Los caballeros de Rodas, recibido que le hubieron y tratado muy bien, entre muchos príncipes que le pidieron, le enviaron como en presente al rey de Francia.

Los socorros de Aragón y de Portugal fueron de poco efecto a causa que nuestras armadas llegaron a aquellas riberas después que Otranto se rindió. De esta tardanza, demás de caer aquellas partes tan lejos de España, fueron ocasión otras ocupaciones en que aquellos dos reyes se hallaban embarazados; el rey don Fernando en las Cortes de Aragón que se tenían en Calatayud, adonde la reina doña Isabel por mandado de su marido trajo a su hijo el príncipe don Juan. Quedó encomendado el gobierno de Castilla al almirante don Alonso Enríquez y al condestable Pero Hernández de Velasco. Lo que pretendían los reyes era que los aragoneses le jurasen por príncipe y heredero de aquel reino, como lo hicieron a 29 de mayo; lo mismo se hizo poco después en Barcelona por lo que tocaba al principado de Cataluña.

 

Demás de esta ocupacion, un nuevo cuidado sobrevino al rey don Fernando de parte del reino de Navarra. Fue así, que dos tíos del nuevo rey, es a saber, el cardenal Pedro y Jacobo, su hermano, vinieron a Zaragoza. Allí, habida audiencia, en una larga plática que tuvieron pusieron delante los ojos al rey las miserias de aquella nación; que los alborotados estaban apoderados de las ciudades y pueblos, los beamonteses de Pamplona, los contrarios de Estella, Sangüesa y Olite; que

 

 

 

 

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al rey de Navarra no le quedaba más que el nombre, sin autoridad ni fuerzas. Para moverle a compasión de aquellos daños alegaban el deudo muy estrecho y la flaqueza de aquel príncipe mozo. Quejáronse de don Luis, conde de Lerín, que como hombre que era bullicioso y atrevido, no cesaba de hacer muertes, quemas y robos en sus contrarios, y por engaño diera la muerte a Pedro de Navarra y a Felipe, su hijo, mariscales de Navarra. Que por la muerte del condestable Pedro de Peralta se apoderó por fuerza de aquel oficio, y con él hacía mayores desaguisados. Por tanto, le suplicaban acorriese a aquel reino miserable y le librase de la boca de aquella codicia y furia infernal. Que Troilo Carrillo, yerno de Pedro de Peralta, y heredero de su casa por vía de su mujer, no tenía bastantes fuerzas para resistir al atrevimiento de su contrario el conde de Lerín, que solo en común y en particular podía más que todo el resto. Oyó esta embajada el rey don Fernando, prometió tendría cuidado de las cosas del rey Francisco, y para muestra de esta su voluntad envió con estos príncipes personas a propósito para que de su parte avisasen a los alborotados que se templasen y prestasen el vasallaje debido a su rey.

 

Hízose en Tafalla una junta y Cortes de aquel reino. Los embajadores representaron a los presentes lo que les fue mandado; respondieron los navarros que si el rey no había tenido libre entrada en el reino, no era por culpa de todos, sino de algunos pocos que alteraban el reino; que si él viniese, los pueblos no faltarían en ninguna cosa de las que deben hacer buenos vasallos. Esta respuesta dio contento, y así se trató con el rey don Fernando que el rey Francisco viniese a Pamplona. Pareció debía venir guarnecido de soldados para que en aquella revuelta de tiempos alguno no se le atreviese.

 

Esto se trataba en los mismos días que al rey de Portugal sobrevino la muerte en Sintra; a 28 de agosto falleció en el mismo aposento en que nació. Su cuerpo llevaron a Aljubarrota. Sucedióle en su reino y estado su hijo don Juan, segundo de este nombre; por la grandeza de su ánimo y gloria de sus hazañas tuvo renombre de Grande. Este príncipe por toda su vida tuvo grande enemiga con los reyes de Castilla, como también su padre; el padre procedió más al descubierto y a la llana; el hijo más astutamente, y por tanto con mayor rabia descargó la saña sobre algunos señores de su reino, que sospechaba favorecían el partido de Castilla, como luego se dirá. Por lo demás en la clemencia, piedad, severidad contra los malhechores, en agudeza de ingenio, presta y tenaz memoria igualó a

 

 

 

 

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los demás reyes de su tiempo y aún se aventajó a muchos de ellos. Suya fue aquella sentencia: «El reino, o halla a los príncipes prudentes, o los hace»; por el perpetuo trato que tienen con hombres de grandes ingenios, aventajados en todo género de saber, cuales son muchos de los que andan en los palacios reales, además que los que tratan con los príncipes usan de palabras muy estudiadas a propósito de salir con lo que pretenden y dar muestra de lo que saben.

 

 

 

 

XXII. De la muerte de tres príncipes

 

En tres años continuos fallecieron continuadamente otros tantos príncipes. En Marsella al fin de este año falleció Carlos, duque de Anjou; dejó por su heredero al rey de Francia. ¿Cuántos torbellinos y tempestades se levantarán contra Italia por esta causa? Por la muerte de este príncipe al cierto se juntaron con el reino de Francia dos estados muy principales, el de Anjou y el de la Provenza, sin otras pretensiones que turbaron el mundo.

 

El año luego siguiente de 1482, a 1 de julio, falleció don Alonso Carrillo y de Acuña, arzobispo de Toledo, bien que de larga edad, siempre de ingenio muy despierto y a propósito, no sólo para el gobierno, sino para las cosas de la guerra. Retiróse los años postreros forzado de la necesidad y por desabrimiento más que de su propia voluntad. Sepultáronle en la capilla mayor de la iglesia de San Francisco, monasterio que él mismo a su costa edificó en Alcalá de Henares, donde pasó lo postrero de su edad en mejores ejercicios. Erigió otrosí la iglesia de San Justo, parroquial de aquella villa, en colegial, siete dignidades, doce canónigos, siete racioneros. Fue muy dado a la alquimia y murió pobre. Todavía se dice dejó cantidad de dinero legado para reparar la escuela de Alcalá, de que se ayudó después el cardenal fray Francisco Jiménez para lo mucho que allí hizo los años adelante. A mano izquierda del sepulcro del arzobispo sepultaron asimismo el cuerpo de Troilo, su hijo; mas el cardenal don fray Francisco Jiménez, por ser cosa fea que hubiese memoria tan pública de la incontinencia de aquel prelado, hizo que el dicho sepulcro se quitase de allí y le pasasen al capítulo de los frailes. De este Troilo y de su hijo don

 

 

 

 

 

 

 

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Alonso, que fue condestable de Navarra, descienden los marqueses de Falces, señores conocidos en aquel reino; su apellido de Peralta.

 

Sucedió en la iglesia de Toledo y en aquel arzobispado el cardenal de España, gran competidor de don Alonso Carrillo, y que acompañó a los reyes en el viaje de Aragón. Sus padres, Íñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, y doña Catalina de Figueroa. Sus hermanos Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado, Lorenzo e Íñigo, condes, el primero de Coruña, el otro de Tendilla, y otros. Fue este prelado gran personaje, no más por la nobleza de sus antepasados que por sus grandes partes y virtudes. Con aquella dignidad le quisieron pagar sus servicios y voluntad que siempre tuvo de ayudar al público. A don Íñigo Manrique, obispo de Jaén, trasladaron en lugar del cardenal al arzobispado de Sevilla.

 

En Navarra después de una nueva alegría se siguió un trabajo y revés muy grande; que así se aguan los contentos y se destemplan. El rey Francisco desde Francia, ca se entretuvo allí por las revueltas grandes y largas de Navarra, últimamente, como tenían concertado, en compañía de su madre y de sus tíos y de muchos nobles que de Francia y de Navarra le acompañaban, llegó a Pamplona. Recibiéronle los naturales con grande aplauso y solemnidad, y en la iglesia mayor de aquella ciudad se coronó por rey y se alzaron los pendones reales por él a 3 días de noviembre. Estaba en la flor de su edad, era de quince años, su belleza por el cabo, de muy buenas inclinaciones. Lo primero que hizo fue mandar, so pena de muerte, que ninguno se llamase de allí adelante ni beamontés ni agramontés, apellidos de bandos odiosos y perjudiciales en aquel reino. A don Luis, conde de Lerín, hizo condestable, como antes se lo llamaba, y juntamente le hizo merced de Larraga y otros pueblos. Deseaba con esto ganarle por ser hombre poderoso y granjear los de su valía; acuerdo muy avisado, vencer con beneficios a los rebeldes. Visitó el reino, castigó los malhechores, estableció y dio orden que los magistrados fuesen obedecidos.

 

Trataban de casarle para tener sucesión. El rey don Fernando pretendía desposarlo con su hija doña Juana. El de Francia era de parecer que casase con la otra doña Juana de Portugal, bien que ya era monja profesa. Quería por esta vía con las armas de Francia recobrar en dote el reino de Castilla. A esto se inclinaba más madama Madalena, madre de este rey, mujer ambiciosa e inclinada a las cosas de Francia. Por esto y por recelo de

 

 

 

 

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alguna fuerza o engaño persuadió a su hijo que pasase los montes, do tenía grande estado. Apenas era llegado, cuando en la ciudad de Pau o de San Pablo, en Bearne, a 30 de enero, año de nuestra salvación de 1483 le sobrevino una dolencia y de ella la muerte envidiosa, triste y fuera de sazón. De esta manera cayó por tierra la flor de aquella mocedad, como derribada con un torbellino de vientos, al tiempo que se comenzaba a abrir y mostrar al mundo su hermosura. Su cuerpo enterraron en Lescar, ciudad asimismo de Bearne.

 

Sucedióle en el reino su hermana Catarina, como era razón. Con su casamiento poco adelante pasó aquel reino a los franceses, que no les duró ni de él gozaron mucho tiempo; de que resultaron forzosamente alborotos, intentos descaminados de aquella gente, y en fin, tiempos aciagos, como se puede entender por heredar aquel reino una moza de poca edad, cuya madre era francesa de nación y por el mismo caso poco aficionada a las cosas de España.

 

 

 

 

XXIII. De una conjuración que se hizo contra el

 

rey de Portugal

 

En Portugal el rey don Juan castigaba algunos de sus grandes que se conjuraron entre sí para darle la muerte, y con la sangre de algunos se satisfacía de aquella celada que contra él tenían parada, a que el mismo rey dio ocasión, por ser de condición áspera, y por su rigor en hacer justicia y sobre todo por la soltura en el hablar. Esto tenía ofendido a los grandes, sobre todo los disgustaba que contra lo que antiguamente se acostumbraba, los alguaciles del rey con el favor y alas que les daba y porque así se lo mandaba, se atrevían en sus estados contra su voluntad a prender y castigar a los malhechores.

 

Consultaron entre sí lo que debían hacer, y por la poca esperanza que tenían de ser por bien desagraviados, se resolvieron en defender si fuese menester con las armas la libertad y privilegios que sus antepasados por sus servicios ganaron y dejaron a sus sucesores. Las principales cabezas en estos tratos eran los duques don Fernando de Berganza, y don Diego de Viseo, por su nobleza, que eran de sangre real, y por sus estados los mas poderosos de aquel reino. Juntábanse con ellos otros muchos, como fueron

 

 

 

 

 

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el marqués de Montemayor, el conde de Haro, los hermanos del duque de Berganza, don García de Meneses, arzobispo de Ébora, y su hermano don Fernando; item, don Lope de Alburquerque, conde de Penamacor. La ocasión con que se descubrió esta conjuración fue ésta. Hacíanse Cortes de aquel reino en la ciudad de Ébora. Ordenáronse algunas cosas muy buenas, y en particular que los señores no pudiesen libremente agraviar ni maltratar al pueblo, ni tuviesen ellos más fuerza que las leyes y la razón.

 

Quejábase el duque de Berganza que por este camino los desaforaban y quebrantaban los privilegios y autoridad concedidos a sus antepasados; ofrecíase a mostrar esto por escrituras bastantes, otorgadas por los reyes en favor de los duques de Berganza. Buscaba por su orden estos papeles Lope Figueredo, su contador mayor; halló a vueltas otros por donde constaba de algunos tratos que el duque traía con el rey de Castilla, en gran perjuicio de aquel reino. Llevólos él con toda puridad y mostrólos al rey. Él, enterado de la verdad, le mandó dejar traslado y volver los originales donde los halló.

 

Aconteció que la reina a la primavera del año 1483 estaba en Almerín doliente de parto. Viniéronla a visitar su hermano el duque de Viseo y su cuñado el duque de Berganza. Acogiólos el rey muy bien, y regalólos con mucho cuidado. Deseaba sin rompimiento remediar el daño. Un día, después de oír misa, habló en secreto con el de Berganza en esta sustancia: «Duque primo, yo os juro por la misa que hemos oído y por el sagrado altar delante del cual estamos, que os trato verdad en lo que os quiero decir. Yo tengo muy averiguados los tratos que en nuestro deservicio habéis traído con el rey de Castilla, afrentosos para vos, y muy fuera de lo que yo esperaba. Apenas acabo de creer lo que sé muy cierto, que con hecho tan feo hayáis amancillado vuestra casa, trocado en deslealtad los servicios pasados; ¡con cuánta pena os digo esto! Sea lo que fuere, yo estoy determinado de borrarlo perpetuamente de la memoria y haceros más crecidas mercedes y honraros más que antes, con tal que os enmendéis y queráis estar de nuestra parte. Dios fue servido que yo tuviese la corona, y vos después de mi el lugar más preeminente en estado y autoridad y riquezas poco menos que de rey, demás del casamiento en que me igualáis, pues estamos casados con dos hermanas. ¿Quién romperá tan grandes ataduras de amistad? O ¿de quién podréis esperar mayores mercedes y más colmadas? El dolor sin falta os ha cegado; pero si en nuestro nuevo reinado usamos de alguna demasía, si nuestros jueces

 

 

 

 

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han hecho algún desaguisado, fuera razón que con vuestra paciencia diérades ejemplo a los otros. Yo también, avisado, de buena gana enmendaré lo pasado; que para el bien y en pro del reino fuera justo que me ayudárades, no sólo con consejo, sino con las armas, lo que os torno a encargar hagáis con aquella afición y lealtad que estáis obligado».

 

Alteróse el duque con las razones del rey. Suplicóle no diese oídos ni crédito a los malsines, gente que quiere ganar gracia con hallar en otros faltas; que no amancillaría su casa con semejante deslealtad; que las mercedes eran mayores que los agravios; nunca Dios permitiese que él hiciese maldad tan grande, cosa que ni aún por el pensamiento le pasaba. Todo lo cual afirmaba con grandes sacramentos. Con esto se puso fin a la plática.

El rey se fue a Santarem, los duques a sus estados, los ánimos en ninguna manera mudados. Entre tanto que esto pasaba, fray Hernando de Talavera, prior de Prado, monasterio que es de Jerónimos junto a Valladolid, y confesor de los reyes de Castilla, por su mandado fue a Portugal para confirmar de nuevo las avenencias puestas y tratar que los infantes que pusieron en rehenes fuesen vueltos a sus padres, como se hizo; solamente mudaron en las capitulaciones de antes y concertaron que con el príncipe de Portugal don Alonso casase doña Juana, la hija menor del rey don Fernando, por ser los dos de una edad. Con esto la infanta doña Isabel por fin del mes de mayo volvió a Castilla a poder de sus padres, y el príncipe don Alonso al de los suyos. Acompañóle el duque de Berganza para muestra de su voluntad hasta Ébora, en que la corte se hallaba.

 

Allí fue preso, ca se tenía aviso que por medio de Pedro Jusarte de nuevo volvía a los tratos de antes que tenía con el rey don Fernando. Descubriólo Gaspar Jusarte, hermano de Pedro Jusarte, y en premio de este aviso y oficio fueron adelante ambos honrados y galardonados, en particular a Pedro se hizo merced de un pueblo, llamado Arroyuelo. Pusieron acusación al de Berganza, y oídos sus descargos, por no parecer bastantes, le sentenciaron a muerte como quien cometió delito contra la majestad. La sentencia se ejecutó a 22 de junio, aviso para los demás que pocas veces las novedades paran en bien, antes son perjudiciales, y más para los mismos que les dieron principio. Juntamente con el duque justiciaron otros seis hidalgos que hallaron culpados en aquel tratado. El condestable de Portugal con otros se salieron de aquel reino, y los

 

 

 

 

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hermanos del duque de Berganza con presteza se ausentaron. Asimismo la duquesa doña Isabel, luego que le vino la triste nueva de la prisión de su marido, envió a Castilla sus tres hijos, Felipe, Diego y Dionisio, por no asegurarse que les valdría su inocencia si venían a las manos del rey sañudo y airado. De estos, don Felipe falleció en Castilla sin casarse, don Diego volvió a Portugal con perdón que adelante se le dio, don Dionisio casó en Castilla con hija heredera del conde de Lemos.

 

Al duque de Viseo valió su poca edad; sólo el rey otro día después de justiciado el de Berganza le avisó y reprendió de palabra sin pasar adelante. Ni el castigo del un duque, ni la clemencia que con el otro se usó, fueron parte para que los conjurados amainasen y desistiesen de sus intentos; antes de secreto se quejaban de tiempos tan miserables, que eran tratados como esclavos, y por estar algunos pocos apoderados de todo, no se hacía caso alguno de los demás. Que el duque de Berganza por no poder disimular con aquellas insolencias pagó con la cabeza. Lo que con él hicieron ¿quién los aseguraría que no se ejecutase con los que quedaban? «¿Hasta cuándo, señores, sufriremos cosas tan pesadas? Si no ganamos por la mano y no prevenimos tan malos intentos, todos juntamente pereceremos. ¿Por qué no vengamos aquella muerte con matar, y con la sangre del tirano hacemos las exequias y honras de aquel príncipe inocente y bueno?».

 

Acordaron que se hiciese así, y que muerto el rey, pondrían en su lugar al duque de Viseo, intento atrevido, porfía pertinaz, miserable remate. Esperaban solamente coyuntura para ejecutar lo concertado; mas antes que lo pudiesen hacer, toda la conjuración fue descubierta por esta manera. Tenía Diego Tinoco una hermana amiga del arzobispo de Ébora. Esta mujer, sabido lo que pasaba y el peligro que corría el rey, lo descubrió a su hermano, y él al rey en hábito de fraile francisco, con que fue a Setúbal a hablarle y darle el aviso para que fuese más secreto. Lo mismo le avisó Vasco Contiño, cuyo hermano, llamado Gutierre Contiño, era cómplice en la plática. En premio, pasado el peligro, le hizo merced del condado de Barba y de Estremoz.

 

Salió el rey un día de aquella villa con intención de visitar una iglesia muy devota que estaba allí cerca. Iban en su compañía los conjurados, alegres por parecerles que en tantos días no habían sido descubiertos, determinados al salir el rey de la iglesia, acometerle y matarle. Quiso su ventura que su camarero, llamado Faria, le avisó a la oreja del riesgo que

 

 

 

 

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le amenazaba. Habló a los conjurados cortésmente, conque ellos reprimieron algún tanto su rabia. Sin embargo, como no se tuviese por seguro, se entró en otro templo, que se dice de Nuestra Señora la Antigua, y está en el arrabal de aquella villa hacia el mar. Hizo esto disimuladamente por entretenerse hasta tanto que le acudiese mayor número de cortesanos; para esto de propósito alargaba la plática que tenía con Vasco Coutiño. Pesábales a los conjurados de aquella tardanza; temían que si perdían aquella ocasión, alguno de tantos como eran participantes por ventura los descubriría y querría ganar gracias a costa de los otros. Cuando esto sucedió era viernes, 27 de agosto.

 

El rey, libre de aquel peligro, envió con otro achaque a llamar al duque de Viseo, que se hallaba con la duquesa, su madre, en Palmela a la mira de en qué paraba lo que tenían los conjurados tramado. El peligro en que se ponía en obedecer a aquel mandato era grande; pero en fin se resolvió, confiado en que ninguno le habría faltado, a ir al llamado del rey. Engañóle su pensamiento; luego que llegó y entró en el aposento del rey, en presencia de algunos pocos que allí se hallaron, él mismo le dio de puñaladas. Díjole solamente estas palabras: «Andad, decid al duque de Berganza el fin en que ha parado la tela que dejó comenzada». Era el duque de Viseo como de treinta años cuando acabó de esta manera. Los astrólogos por el aspecto de las estrellas le tenían pronosticado que sería rey; gente vanísima, cuyas mentiras, bien que muchas y conocidas de todos, en todas las naciones han siempre corrido y correrán.

 

Su estado todo fue luego dado a don Emanuel, su hermano, salvo que, mudado el apellido, le llamaron duque de Beja. El cielo le tenía aparejado el reino de Portugal, lo cual dio a entender y pronosticó, como decían, una esfera que traía acaso en su escudo por divisa y blasón. A su ayo Diego de Silva, en premio de sus servicios, hizo él mismo adelante merced de Portalegre con título de conde.

Los demás conjurados, unos fueron presos, como el arzobispo de Ébora y don Fernando, su hermano, y Gutierre Coutiño; los más en Castilla vivieron desterrados, pobres y miserables.

Por el mismo tiempo el rey Luis XI de Francia falleció en un bosque en que se entretenía junto a la ciudad de Turon, a 30 días de agosto; dejó en su testamento mandado que lo de Rosellón y Cerdaña se restituyese a cuyo solía ser. Sucedióle su hijo Carlos VIII, en edad de trece años, enfermizo, de muy poca salud y mal talle. Su padre le hizo criar en

 

 

 

 

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Amboesa, sin dar lugar a que le hablasen ni conversasen fuera de unos pocos criados que le señaló. El retiramiento fue tal, que aún no quiso que estudiase gramática. Decía que bastaba supiese en latín tres palabras solas: «El que no sabe fingir, no sabe reinar».

 

Pero nuestro cuento ha pasado en el tiempo muy adelante; será forzoso volver a relatar las cosas de Castilla y tomar el agua de un poco más atrás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMO QUINTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Del principio de la guerra de Granada

 

Principio de una nueva narración, y fin deseado de toda esta obra será la famosa guerra de Granada, la cual debajo la conducta y por mandado de los reyes don Fernando y doña Isabel se continuó por espacio de diez años, llena de varios y maravillosos trances, y en cuyo discurso se dieron batallas muy bravas. Su remate últimamente alegre y dichoso para España y para todo el orbe cristiano, pues por esta manera cayó por tierra de todo punto el reino de los moros que en aquellas partes se conservó por más de setecientos años; grande mengua y afrenta de nuestra nación. Llegamos a vista de tierra después de una larga y dificultosa navegación; queremos, caladas las velas, tomar puerto, y con un nuevo aliento y fuerzas de nuestro ingenio poner fin a este trabajo. El socorro y ayuda del cielo y de los santos confiamos que, como hasta aquí, no nos faltará.

 

El reino de Granada está puesto entre el de Murcia y el Andalucía, parte de la antigua Bética y de la provincia cartaginense. Tiene en ruedo setecientas millas, que hacen casi doscientas leguas, y es más largo que ancho. Desde Ronda hasta Huéscar se cuentan sesenta leguas por el largo; por el ancho desde Cambil hasta Almuñécar solas veinticinco. Sus aledaños, a la parte de levante el reino de Murcia; por la parte de mediodía le baña el mar Mediterráneo; por las demás partes del poniente y del septentrión le ciñen las otras tierras de la Andalucía. Goza de cielo muy alegre y suelo muy apacible. Sus campos son muy fértiles y abundantes en todo género de frutos y esquilmos tanto como los mejores de España. La tierra doblada por la mayor parte; los mismos montes empero por las muchas aguas con que se riegan son a propósito para ser cultivados y criar toda suerte de árboles, por donde perpetuamente están verdes y muy frescos. De aquí resulta ser el aire templado en invierno y en verano, cosa muy saludable para los cuerpos, mayormente en la ciudad de Granada, cabeza del reino, una de las más nobles, abastadas y más grandes de toda España, de cuyo nombre toda la provincia se llama el reino de Granada, y la ciudad se llamó así de una cueva que llega hasta una aldea, llamada Alfahar, en que hay fama que antiguamente los naturales se ejercitaban en el arte de nigromancia. Gar en lengua arábiga es lo mismo que cueva, y

 

 

 

 

 

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cierto número de soldados que vinieron en compañía de Tarif a la conquista de España, naturales de una ciudad de la Siria, llamada Nata, acabada aquella guerra desgraciada, hicieron su asiento en aquella parte. De Gar y de Nata se forjó el nombre de Granada, como lo sienten y dicen personas de prudencia y erudición; otros traen otras etimologías de este nombre, en que no hay para qué gastar tiempo ni ser pesados con referir diversas opiniones y derivaciones de vocablos, mayormente inciertas. Averíguase al cierto que en aquel reino a la sazón que se comenzó esta guerra y cuando últimamente quedaron vencidos los moros y sujetos, se contaban catorce ciudades y noventa y siete villas. Las más principales ciudades, fuera de la ya dicha, eran Almería, Málaga y Guadix; Plinio la llamó Acci. Todas tres tienen iglesias catedrales y buen número de ciudadanos.

 

Muchas causas se ofrecían para emprender esta guerra; el odio común contra aquella gente, la diversidad en la religión y haberse fundado aquel reino en España a sinrazón y conservado por largo tiempo con vergüenza y afrenta de los cristianos, muchos y grandes agravios de la una y de la otra parte como suele acontecer entre reinos comarcanos. La flaqueza de nuestros reyes fue causa que las reliquias de aquella gente, aunque reducidas a un rincón de España, se conservaron tanto tiempo por estar dividida España en muchos principados, poco unidos entre sí a propósito de destruir los enemigos de cristianos. Es así de ordinario, que tanto sentimos los daños públicos, y no más, cuanto se mezclan con nuestros particulares. El amor de la religión poco mueve cuando punza el deseo de vengar otras injurias o la codicia de acrecentar el estado. Si alguna vez, como era justo, se concertaban para destruir los moros, impedían las fuerzas de África, que cae cerca, de do tenían cierta esperanza de socorros; además que muchas veces innumerables gentes, pasado el mar, a manera de río arrebatado se derramaron y rompieron por España con espanto de todos los cristianos. Ésta fue la causa que el imperio de aquella gente, que ellos fundaron en menos de tres años, se conservó tanto tiempo. Así fue la voluntad de Dios, que castigó con este daño los pecados de nuestra nación. Quien tiene el cielo ofendido ¿qué maravilla que su trabajo e intentos salgan vanos? Y al contrario, todo sucede prósperamente cuando tenemos a Dios y a los santos aplacados. Así se vio en este tiempo.

 

Ordenado que se hubo el santo oficio de la Inquisición en España y luego que los magistrados cobraron la debida fuerza y autoridad, sin la

 

 

 

 

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cual a la sazón estaban para castigar los insultos, robos y muertes, al momento resplandeció una nueva luz, y con el favor divino las fuerzas de nuestra nación fueron bastantes para desarraigar y abatir el poder de los moros. Éstas eran las causas antiguas que justificaron esta guerra, a las cuales se añadió una nueva insolencia. Esto fue que la villa de Zahara, asentada entre Ronda y Medina Sidonia, pueblo bien fuerte, estaba en poder de cristianos desde que el infante don Fernando, abuelo del rey don Fernando, la ganó de los moros, como arriba queda declarado. Hernando de Saavedra, que tenía cuidado de aquella plaza, por no recelarse de cosa semejante, no se hallaba bastantemente apercibido de soldados, almacén y vituallas; falta de proveedores, aprovechamiento de capitanes, acarrean estos daños. Vino este descuido a noticia del rey moro Albohacen: acudió con gente de los suyos, y de noche al improviso escaló aquel pueblo a 27 de diciembre, principio del año 1481; ayudábale la noche, que era muy tempestuosa de lluvias y vientos. Los moradores, atemorizados sin saber a qué parte acudir, fueron muertos todos los que se atrevieron a hacer resistencia con las armas; los demás a manera de ganado los llevaron delante los vencedores a Granada sin tener compasión a viejos, niños ni mujeres, de cualquier estado y calidad que fuesen. El pueblo quedó por los moros, y ellos le fortificaron muy bien. A los nuestros pareció que este daño era grande, y tal la afrenta, que no se debía disimular. Algunos asimismo se alegraban por verse puestos en necesidad de vengar las injurias pasadas y la presente y destruir aquella gente malvada.

 

Los reyes don Fernando y doña Isabel desde Medina del Campo, do tuvieron aviso de lo que pasaba, mandaron a los que tenían cargo de las fronteras y a las ciudades comarcanas que se apercibiesen para la guerra y que no aflojasen en el cuidado y vigilancia. Que el daño recibido les debía hacer mas recatados, y avisar que los moros en ninguna cosa guardan la fe y la palabra. Verdad es que ellos se excusaban con la costumbre que tenían durante el tiempo de las treguas, de hacer los unos y los otros cabalgadas y correrlas, y aún se tomaban lugares con tal que la batería no pasase de tres días y que no asentasen ni fortificasen cerca del pueblo que batían sus reales. De esta misma licencia y color se aprovecharon los moros al principio del año siguiente 1482 para acometer a Castellar y a Olbera, mas no los pudieron tomar.

 

Los nuestros, movidos de estos daños tan ordinarios, se determinaron a vengarlos. Juntaron en Sevilla buen número de gente y todo lo al que era

 

 

 

 

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necesario. Consultaban entre sí por qué parte sería bueno hacer entrada en tierra de moros, cuando les vino aviso que la villa de Alhama tenía pequeña guarnición y flaca, y las centinelas poco cuidado; que sería a propósito acometer a tomarla. Diego de Merlo, asistente de Sevilla y que tenía el cargo de la guerra, trató esto con el marqués de Cádiz don Rodrigo Ponce. Acordaron de acudir a toda prisa de noche y por caminos extraordinarios. Llevaban dos mil quinientos de a caballo y cuatro mil peones; llegaron en tres días a un valle rodeado por todas partes de recuestos y collados más altos. Allí los capitanes avisaron a los soldados que venían cansados del camino que Alhama no distaba más que media legua, que era justo de buena gana llevasen el trabajo restante para vengarse de los moros, perpetuos enemigos de cristianos. Demás de esto, les avisaron de la presa y saco.

 

Trescientos escogidos y pláticos entre todos los soldados se adelantaron. Éstos, llegado que hubieron muy de noche, como vieron que nadie se rebullía en el castillo, puestas sus escalas, subieron a la muralla. El primero se llamaba Juan de Ortega, y después de él otro Juan, natural de Toledo, y Martín Galindo, todos tres soldados muy denodados y animosos. Mataron las centinelas que hallaron dormidas, y degollados algunos otros, abrieron la puerta del castillo que sale al campo, por la cual entraron los demás soldados. Los del pueblo, espantados con aquel sobresalto, acuden a las armas; hicieron reparos y palizadas para que del castillo no les pudiesen entrar el pueblo, que luego al reír del alba probaron los nuestros a ganar. No pudieron salir con su intento; antes Sancho de Ávila, alcaide de Carmona, y Martín de Rojas, alcaide de Arcos, como quier que fuesen los primeros al arremeter, pagaron su osadía con las vidas. En la misma puerta del castillo cayeron muertos por los tiros, flechas, dardos y piedras que les arrojaron. El negocio no sufría tardanza.

 

Está aquel lugar distante de Granada solamente ocho leguas; corrían peligro que toda la reputación ganada con la toma del castillo la perdiesen si luego no se apoderaban del pueblo. La dificultad por entrambas partes era grande. Algunos pretendían que sería bien abatir y quemar el castillo, y con esto volver atrás. Los más atrevidos y arriscados, gente acostumbrada a poner su vida a riesgo por la esperanza de la victoria y codicia de la ganancia, eran de contrario parecer, que no se alzase la mano hasta salir con la empresa; así se hizo; a un mismo tiempo acometieron a entrar por diversas partes. Algunos de fuera escalaron el muro. Acudió contra ellos la

 

 

 

 

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fuerza de los moros de la villa, que dio lugar a los que estaban dentro del castillo de entrar el pueblo por aquella parte. Peleóse valientemente por las calles; los fieles se aventajaban en el esfuerzo; el número delos moros era mayor; y dado que era gente flaca, por la mayor parte mercaderes, y el regalo de los baños, que los hay en aquella villa muy buenos, les tenía debilitadas las fuerzas; todavía la misma desesperación, arma muy fuerte en el peligro, los hacía muy animosos. Duró la pelea hasta la noche, cuando contra la obstinación de los enemigos prevaleció la constancia de los nuestros. Los que se recogieron a la mezquita, que fueron muchos en número, parte degollaron, y los demás tomaron por esclavos.

 

De esta manera la pérdida de Zahara se recompensó, y del agravio se tomó la debida satisfacción; más perdieron los moros que ganaron, y su insulto se rebatió con hacerles mayor daño. Éstos fueron los primeros principios de aquella larga guerra y sangrienta. Sobre la toma de Alhama anda un romance en lengua vulgar, que en aquel tiempo fue muy loado, y en este en que los ingenios están más limados no se tiene por grosero, antes por elegante y de buena tonada. Ganóse Alhama a postrero de febrero. Esta pérdida puso grande espanto en los moros, y a los fieles en grande cuidado. Los moros, por ver que los contrarios llegaron tan cerca de la ciudad de Granada, se recelaban de mayores daños, y temían no fuese venido el fin de aquel principado y reino. Congojábanles algunas señales vistas en el cielo, y un viejo adivino, luego que los moros tomaron a Zahara, refieren dijo en Granada a gritos: «Las ruinas de este pueblo, ¡ojalá yo mienta!, caerán sobre nuestras cabezas. El ánimo me da que el fin de nuestro señorío en España es ya llegado».

 

Todo esto fue causa que con mayor diligencia hiciesen gente por toda aquella provincia; el mismo rey Albohacen apresuradamente acudió la vuelta de Alhama con tres mil de a caballo que llevaba y como cincuenta mil de a pie. Atemorizaba a los nuestros este ejército tan grande. Las cosas las tenían tan adelante, que no podían sin daño y mengua desistir de aquella empresa ni volver atrás. Despacharon mensajeros a todas partes a pedir y requerir les socorriesen, y en el entre tanto ni de noche ni de día no cesaban de fortificar aquella plaza y reparar las partes de la muralla que, o de nuevo quedaron maltratadas por la batería pasada, o de antes eran flacas. Dioles la vida que los enemigos por la prisa no trajeron artillería ni los demás ingenios a propósito de batir. Así, toda su porfía salió en vano, ca los nuestros desde la muralla se defendían valientemente, tiraban

 

 

 

 

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dardos, saetas, piedras y todo lo demás que les venía a las manos. El mayor debate fue cerca del río que por allí pasa. Los del lugar, a causa que no tenían dentro fuentes ni cisternas, eran forzados a salir al río a proveerse de agua; los moros al contrario, pretendían sacarle de madre y echarle por otra parte con que, no sin dificultad y sangre de muchos que les hirieron y mataron, últimamente salieron.

La gente del Andalucía, movida por el riesgo que los suyos corrían, acudieron al socorro; en particular desde Córdoba mil caballos y tres mil infantes debajo la conducta de don Alonso de Aguilar. Tenían los enemigos tomados los pasos y atajados los caminos; así, fueron forzados a volver atrás. La esperanza quedaba en don Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia, bien que flaca a causa que demás de las enemistades particulares que tenía con el marqués de Cádiz, de nuevo le irritaran con intentar cosa tan grande como era aquella sin darle parte. El amor de la patria prevaleció en su noble ánimo, y la grandeza del peligro común hizo que se uniesen los que antes andaban discordes y disgustados. Determinó pues de ir a socorrer a los cercados. Sacó el estandarte de Sevilla, y juntóse con otros señores, en especial con don Rodrigo Girón, maestre de Calatrava, y don Diego Pacheco, marqués de Villena. Llevaban cinco mil de a caballo y como cuarenta mil infantes, que de todas partes les acudieron en gran número por el gran deseo que tenían de pelear contra los moros, enemigos de Dios.

 

El rey don Fernando el mismo día que tuvo aviso de la toma de Alhama y del riesgo de los nuestros, de Medina del Campo, dejado orden que la reina fuese en pos de él, se partió para allá a grandes jornadas. Escribió a los grandes que en su ausencia no innovasen ni entrasen en tierra de moros, que era necesario llevar mayores fuerzas y mayor número de gente. El negocio le tenían tan adelante, que no podían seguir este orden, mayormente que en la tardanza corrían gran peligro los cercados por la gran falta de agua que padecían. Fue este acuerdo que tomaron saludable y acertado. Los bárbaros no esperaron a que los nuestros llegasen, antes sin venir a las manos alzaron el cerco. Los cercados, idos los enemigos, salieron a recibir a los que les venían de socorro. Saludáronse y abrazáronse con lágrimas que por la alegría les saltaban. El marqués de Cádiz fue el primero a abrazar al duque de Medina Sidonia. Dijéronse palabras muy corteses, conque se sosegaron las diferencias que por muchos años traían entre sí aquellas dos casas. Dichoso principio de

 

 

 

 

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que algunos pronosticaban que conforme a él sería el remate próspero y alegre de toda la guerra.

 

Sin embargo, faltó poco para no enturbiarse aquella alegría por un debate que se levantó entre los soldados. La gente que vino de socorro quería tener parte en los despojos que se ganaron en aquel pueblo. Decían era justo participasen del fruto de la victoria los que se pusieron a tanto riesgo para socorrer a los cercados. De las palabras llegaran a las manos, si el duque, avisado del peligro, no amansara los ánimos de los suyos con pocas palabras que les dijo: «Quédense, dijo, soldados con los despojos aquellos a quien la fortuna los dio; nos por la honra y por la salud común hemos trabajado. Éste sea el fruto de presente, que para adelante, pues se ha de proseguir la guerra, yo os aseguro serán vuestras con vuestro esfuerzo y valor todas las riquezas de los moros y del reino de Granada». Con estas palabras se sosegó la riña; dejaron nueva guarnición en el pueblo de soldados, y con tanto las demás gentes volvieron atrás.

 

No faltó el moro a la ocasión que se le presentaba; antes volvió luego al cerco con mayor coraje que antes, asimismo diversas bandas de moros entraron a robar por los campos comarcanos del Andalucía. La parte más alta de Alhama por su sitio y ser la subida agria fue ocasión de descuidarse en guardarla. Los contrarios, convidados de esta ocasión, una noche, a 20 de abril, al amanecer la subieron. Despertaron los cristianos, acudieron al peligro, pelearon valientemente, y cargaron sobre los contrarios con tal furia, que algunos de los bárbaros perdieron las vidas, otros por las salvar se echaron de los adarves abajo; de esta manera escaparon los nuestros de este gran peligro. Los que más se señalaron en esta refriega y rebate fueron dos ciudadanos de Sevilla, llamados el uno Pedro Pineda, y el otro Alonso Ponce.

 

 

 

 

II.     Como el rey Albohacen fue echado de Granada

 

Al mismo tiempo que Alhama estaba cercada y los moros la batían con todas sus fuerzas, en Córdoba los reyes luego que llegaron comenzaron a tratar de la manera cómo se debía hacer aquella guerra. Los más recatados eran de parecer que desamparasen a Alhama por estar rodeada de

 

 

 

 

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enemigos y los socorros lejos, además que de ordinario el suceso de la guerra es dudoso y sus trances variables. La reina con ánimo varonil juzgó la debían defender. Hacíasele de mal desamparar aquella plaza por ser la primera que en su tiempo se ganó de moros; ¿qué otra cosa sería hacerlo, sino dar muestra de miedo muy feo, con que los enemigos se animarían, y al contrario los nuestros perderían el brío? Este parecer prevaleció, y aún para ganar mayor reputación acordaron de tomar una nueva empresa, y si bien en esto los pareceres también eran diferentes, siguieron el de Diego de Merlo, de quien el rey hacía mucho caso, y fue poner cerco sobre Loja, ciudad muy fuerte en aquella comarca, y que no cae muy lejos de Alhama.

 

Diose orden que la masa del ejército se hiciese en Écija; juntáronse cinco mil de a caballo y ocho mil infantes, número pequeño para intento tan grande. Con parte de estas gentes, ya partidos los moros, llegó el rey a Alhama a 29 de abril; guarnecióla de nuevos soldados, y por su general a don Luis Portocarrero, señor de Palma, guerrero de fama y de cuenta en aquel tiempo. Luego después de esto, talado que hubo la vega de Granada, sin recibir daño alguno se volvió a Córdoba para dar orden en las demás cosas que eran necesarias para la guerra, mayormente que la reina estaba cercana al parto y quería hallarse presente. Parió dos criaturas a 29 de julio, la una en tiempo, que se llamó doña María, la otra por nacer antes de tiempo no vivió. El vulgo tomó de esto ocasión para hablar diversamente y hacer pronósticos sobre aquella guerra, unos de una manera, y otros de otra, como a cada cual se le antojaba. El temor que muchos tenían se aumentó por una tristeza extraordinaria que se veía en los que llevaban los estandartes reales a la iglesia mayor para que allí los bendijesen; otros se burlaban de todo esto como de cosas vanas y que suceden acaso.

 

El día siguiente el rey partió para Écija, acompañado de muchos señores; casi ninguna persona de cuenta había que no desease ayudar en aquella empresa. Conforme a lo que tenían acordado y pretendían, fueron sobre Loja. Llegados a aquella ciudad, asentaron sus estancias, y las barrearon junto a los arrabales entre los olivares por la parte que pasa el río Genil tan cogido y acanalado, que apenas se puede vadear, y por sus riberas, que son muy altas. El lugar era estrecho y no a propósito para extenderse la caballería, y por estar los ciudadanos apoderados de la puente con dificultad podían pasar de la otra parte del río. Está allí cerca un ribazo o cuesta, llamada de Albohacen, de que por ser a propósito para impedir las salidas de los enemigos y por enseñorear la ciudad, se dio

 

 

 

 

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cuidado al maestre de Calatrava y a los marqueses de Villena y de Cádiz que se apoderasen de ella y allí hiciesen sus estancias.

 

Dentro de la ciudad tenían hasta tres mil de a caballo con un valiente capitán, llamado Alatar. Éstos hicieron diversas salidas, en especial un sábado, animados con nuevas compañías que les acudían y con la esperanza que en breve serían socorridos por el mismo rey moro que desde Granada venía con gente, divididos en dos escuadrones, acometieron el cuerpo de guardia que tenían los nuestros en aquel ribazo. Con el sobresalto las guardas dieron las espaldas; los demás que allí alojaban salieron a pelear, pero sin orden de batalla y sin dejar alguna guarnición en los reales. Vino esto a noticia de los contrarios; así, el uno delos escuadrones casi sin poner mano a las armas se apoderó de ellos, que fue ocasión de gran miedo y espanto para los que peleaban. Volvieron a la defensa de sus estancias y tornaron a pelear con grande ánimo. Apretábanlos los enemigos por frente y por las espaldas, que fue causa de perderse los nuestros. Murió en la pelea el maestre de Calatrava con dos saetas; la una le acertó debajo del brazo, cuya herida fue mortal. Su muerte causó gran compasión por ser personaje tan grande y estar en la flor de su edad, que no pasaba de veinticuatro años; otros muchos fueron muertos con él; los demás se salvaron por los pies.

 

El rey, alterado por este revés, como era justo, y entendiendo, aunque tarde, ser verdad lo que su hermano el duque de Villahermosa le tenía avisado que los reales se asentaron mal y que no tenía fuerzas bastantes para empresa tan grande, juntamente con la nueva que le vino que el campo enemigo marchaba, el día siguiente, recogido el bagaje, volvió atrás sin parar hasta que llegó a la Peña de los Enamorados, que está de Loja distante siete leguas. Ayudó mucho para que no recibiesen grande daño que se retiraron en ordenanza. A los moros, que no cesaban de picar en la retaguardia, hizo rostro el marqués de Cádiz con los suyos. El denuedo y la carga fue tal, que por no poderla los moros sufrir, se recogieron a la ciudad. Este fue el suceso de esta empresa mal trazada.

 

No faltaron rumores de gente que publicaba que por asechanzas que su misma gente puso al rey don Fernando, le fue forzoso, dejado el cerco, retirarse; mas él en cartas que despachó a todas partes se excusaba de la retirada por el pequeño número de soldados que tenía, en especial que muchos desamparaban las banderas, con que las compañías quedaban muy flacas, por ser gente allegadiza y enviada de las comunidades y que no

 

 

 

 

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tiraba sueldo del rey; cosa a que la necesidad de los tiempos y falta de dinero forzaba; por lo demás sujeta a grandes inconvenientes, como aconteció entonces. De pequeños principios suelen resultar grandes tropiezos y daños.

 

Así, los moros, ensoberbecidos por lo que sucedió, volvieron a poner cerco sobre Alhama, no con menor resolución que antes ni con menor coraje. El rey don Fernando, movido del peligro de los cercados acudió en persona a 14 de agosto, y con su ida les proveyó de vituallas para nueve meses, señaló otrosí para la tenencia de aquella plaza a don Luis Osorio, que si bien era electo obispo de Jaén, sabía mucho de la guerra y era persona de grande ánimo. Demás de esto, para que la reputación fuese mayor, de nuevo dio la tala a la vega de Granada, y en ella quemó y robó todos aquellos campos. Salieron de Granada seiscientos moros de a caballo para hacer resistencia. El conde de Cabra y el comendador mayor de Calatrava les hicieron rostro, mataron buen número, y forzaron a los demás a recogerse a la ciudad.

 

Grandes daños para los moros, y sobre todos el mayor y más perjudicial, la discordia y bandos que tenían entre sí; por la cual causa gran número de los ciudadanos de Granada, tomadas las armas, forzaron a Albohacen que se saliese de Granada. Achacábanle que tiranizaba la gente y que por su mal orden y locura dio causa para que se emprendiese aquella guerra tan brava. Pusieron en su lugar a su mismo hijo Mahomad Boabdil, llamado vulgarmente el rey Chiquito; otros le llaman Alí Muley Alcadurbil. Por el rey Albohacen quedaron todavía Málaga y Baza con otras ciudades. De esta manera aquella nación se dividió en dos parcialidades, que no les daban menos trabajo, ni los tenían puestos en menor aprieto que los enemigos de fuera; estado miserable y revuelto, como se puede pensar, cuando dos se llaman reyes, y más en una provincia pequeña. Lo que hace maravillar es que dado que andaban tan revueltos, ninguna de las partes llamó a los fieles en su socorro; antes consta que en lo más recio de aquella guerra civil hicieron diversas entradas y cabalgadas en tierra de cristianos, y aún tomaron la villa de Cañete, que está asentada a la frontera de aquel reino; muestra en aquella ocasión de ánimo muy grande y resolución notable.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III.    De la rota que los moros dieron a los cristianos en los montes de Málaga

 

Los reyes por cosas que sobrevinieron fueron forzados a desistir por un poco de tiempo de la guerra de los moros y dar la vuelta al reino de Toledo. Por su ausencia encargaron la frontera de Écija a don Pedro Manrique, al cual poco antes, de conde de Treviño, intitularon duque de Nájera; a don Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago, dejaron por frontero en Jaén; a don Juan de Silva, conde de Cifuentes, encomendaron el gobierno de Sevilla, por muerte de Diego de Merlo, que falleció en aquel cargo a este tiempo. Compuestas las cosas en esta forma, se fueron a Castilla; llegaron a Madrid a la boca del invierno. En aquella villa se tuvieron Cortes a propósito de reformar con nuevas leyes las hermandades que se ordenaron los años pasados, como queda dicho, para que no usasen mal del poder y de la mano que tenían; querían otrosí que ayudasen para los gastos de la guerra. Acordaron de acudir para ayuda de la guerra de los moros, y se ofrecieron a proveer dieciséis mil bestias de carga para las vituallas, y el bagaje de los soldados. Fuera de esto, el pontífice Sixto mandó contribuir a las iglesias con cien mil ducados por una vez; concedió asimismo la cruzada a todos los que a su costa fuesen a la guerra, por lo menos ayudasen con ciertos maravedíes para los gastos, lo cual se tornó a conceder el tercer año adelante; y de este principio, que se continuó adelante, ya todos los años se recoge por este medio gran dinero para los gastos reales; camino que inventaron en aquella sazón personas de ingenio, y que por semejantes arbitrios pretenden adelantarse y ganar la gracia de los príncipes y ayudar a sus necesidades. Demás de esto, tomaron de los cambios y de otros particulares gran suma de dineros prestada.

 

Los aragoneses no querían recibir por virrey a don Ramón Folch, conde de Cardona, que el rey tenía señalado para este cargo; decían era contra sus fueros poner en el gobierno de su reino hombre extranjero. Hubo demandas y respuestas; mas al fin el rey temporizó con ellos, y nombró por virrey a su hijo don Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza. Las cosas de Portugal asimismo y las de Navarra ponían en mayor cuidado a los reyes. Recelábanse no se revolviese y armase tan fuera de sazón alguna guerra por aquellas partes. El rey de Portugal trataba de casar a doña Juana, su prima, hija de don Enrique, rey de Castilla, con

 

 

 

 

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el rey de Navarra don Francisco Febo, que a esta sazón aún no era muerto. Los de Navarra se inclinaban a la parte de Francia. Para ganar al rey de Portugal los rey y reina le despacharon a Lope Datonguia, portugués de nación, y a don Juan de Ortega, obispo de Coria. Al reino de Navarra fue Rodrigo Maldonado, en sazón que ya aquel rey mozo era muerto, para tratar que la reina dona Catalina, sucesora de su hermano, casase con el príncipe don Juan, hijo del rey don Fernando. Llevó orden que con todos los medios posibles granjease a todos los que le pareciese ser a propósito, mayormente que se valiese de la parcialidad de los beamonteses, en cuyo poder estaba la ciudad de Pamplona y la mayor parte del reino; que los reyes más tenían el nombre de serlo que autoridad alguna para mandar, si bien tenían puesto por virrey a monsieur de Abena, de nación francés, persona de gran prudencia y grande experiencia de negocios. Madama Madalena, madre de la reina, dio muestras de alegrarse mucho con la embajada de Castilla, quier fuesen verdaderas, quier fingidas. La respuesta fue que ningún partido se le podía ofrecer mejor; que por su parte no habría dificultad ninguna en efectuar aquel casamiento.

 

En Galicia el condestable y el conde de Benavente y los aliados de ambos andaban alborotados; cada cual de las partes pretendía apoderarse de los castillos de los obispos para desde allí hacer mal y daño a los contrarios. El rey don Fernando por atajar estos inconvenientes y bullicios mandó a don Hernando de Acuña, su gobernador en aquellas partes, que ganando por la mano se apoderase de aquellas fuerzas. Resultó que como tuviese el gobernador puesto cerco sobre el castillo de la ciudad de Lugo, don Pedro de Osorio, conde de Lemos, acudió con gentes en ayuda de su hermano, que era obispo de aquella ciudad; ocasión de nueva guerra, que puso en necesidad al rey don Fernando de salir de Madrid a los 11 de febrero del año 1483. No paró hasta llegar a Galicia; quería con su presencia dar asiento en todas las cosas.

 

En el mismo viaje le vino nueva de la muerte del conde de Lemos; dejó por su heredero a don Rodrigo, su nieto, el cual su hijo don Alonso hubo fuera de matrimonio. Su abuelo con dispensación del pontífice le legitimó, y puso durante su vida en posesión de aquel estado. Resultaron de esto nuevos debates a causa que doña Juana, hija del dicho conde difunto, y casada con don Luis, hijo del conde de Benavente, pretendía para sí aquel condado. Andaban alborotados sobre el caso hasta venir a las manos. El rey, llegado a Galicia para sosegarlos, les mandó que, dejadas

 

 

 

 

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las armas, cada uno siguiese su derecho por la vía de justicia, con apercibimiento de maltratar al que no se allanase, si bien se inclinaba más a la parte que poseía, es a saber, al nieto del difunto.

 

Andaba ocupado en estos negocios en sazón que los moros cerca de Málaga hicieron grande estrago en los nuestros, que fue el desmán mayor que sucedió en toda aquella guerra. Pedro Enríquez, adelantado del Andalucía, recobrado que hubo con la ayuda del marqués de Cádiz a Cañete, villa de su estado, procuró de repararla, y deseaba vengarse de los moros; por otra parte, don Alonso de Aguilar y el maestre de Santiago con un buen escuadrón de los suyos, animados por algunas cosas que hicieron a su gusto, se determinaron entrar en tierra de moros. Asimismo don Juan de Silva, conde de Cifuentes, asistente de Sevilla, acometió a ganar a Zahara con la gente de a caballo de aquella ciudad. Ésta su pretensión no tuvo efecto. Despertólos empero para que con ocasión de la gente que junta tenían se concertasen todos estos capitanes, divididos en tres escuadrones, de hacer entrada en los campos de Málaga, tierra muy rica por los ingenios y trato de la seda. Cuidaban por esta causa sería la presa y cabalgada muy grande; el interés los punzaba, y más a los soldados, que tienen el robo por sueldo y la codicia por adalid.

 

El suceso fue conforme a los intentos que llevaban, y el remate muy triste. Hay cerca de Málaga unos montes, que llaman Ajarquía, fragosos y ásperos por las peñas y matorrales que tienen. Por aquella parte hicieron su entrada; talaron los campos, robaron gentes y ganados, pusieron fuego a las alquerías y a las aldeas, sin perdonar a cosa alguna, con tanto ánimo y denuedo, que algunos de nuestra gente de a caballo, con el fervor de su mocedad no pararon hasta dar vista y llegar a las mismas puertas de Málaga; atrevimiento, no solo temerario, sino loco, con que irritados los ciudadanos de Málaga y juntamente los que moraban en aquellas montañas, gente endurecida por la aspereza de los lugares y embravecida por el daño, se apellidaron y se derramaron y los cercaron por todas partes. Quisieran los fieles retirarse, si les dieran lugar.

 

Dos caminos se ofrecían para volver atrás; el más llano por la ribera del mar era más largo, y por el castillo de Málaga que está por aquella parte, y los esteros que por allí hace el mar, peligroso; el otro por do vinieron era más corto, pero fragoso a causa de los bosques y montañas que se traban unas de otras, en especial hay dos montes, que de tal manera se cierran y encadenan, que hacen en medio un valle muy hondo, con un

 

 

 

 

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río que pasa por medio y los divide en dos partes. Abajaron los nuestros a aquel valle llenos de miedo y embarazados con la presa que llevaban, cuando por una parte se vieron acometer por los moros que les venían a las espaldas, y por otra parte oyeron grande alarido de gente que les tenía atajado el paso, causa de mayor espanto; además del cansancio con que venían por el camino de dos días y falta de comer, no podían pasar adelante, ni les era lícito volver atrás. Hirieron los moros y mataron muchos de nuestra gente con saetas y pelotas de arcabuces que les tiraban, como los que estaban muy ejercitados en la puntería y tirar al blanco. Venida la noche, fue mayor el miedo por la oscuridad, que todo lo hace más espantable, y por la gritería continua que los enemigos daban.

 

Entonces el maestre: «¿Hasta cuando, dijo, soldados, nos dejaremos degollar como reses mudas? Con el hierro y con el esfuerzo hemos de abrir camino; procurad a lo menos de vender caro las vidas y no morir sin vengaros». Dichas estas palabras, comenzó a subir la cuesta, llegaron con dificultad a lo más alto; allí fue la pelea más brava, y la matanza en especial de los nuestros muy grande. Entre otros murieron personas muy señaladas por su linaje y hazañas. Al de Cádiz ciertas guías que halló encaminaron por senderos extraordinarios, y le pusieron en salvo por otra parte. El escuadrón del conde de Cifuentes, que era el postrero, recibió mayor daño; él mismo y su hermano Pedro de Silva fueron presos y llevados a Granada. Parecía que todos pasmaban y que tenían entorpecidos los miembros sin poderlos menear; de dos mil setecientos de a caballo que llevaban, fueron muertos ochocientos, y entre ellos tres hermanos del marqués de Cádiz, es a saber, Diego, Lope y Beltrán, sin otros deudos suyos. El número de los cautivos fue casi doblado; entre ellos cuatrocientos de lo más noble de España. Algunos pocos con el maestre se salvaron por los desiertos y matorrales, que con afán llegaron a Antequera; otros, cada cual según le guiaba la esperanza o temor, fueron a parar a diversas partes.

 

Sucedió este desastre señalado a 21 de marzo, día de san Benito, que por entonces de alegre se mudó en triste y desgraciado para España. La mengua se igualó al daño. El caudillo de los moros, llamado Abohardil, hermano del rey Albohacen y gobernador de Málaga, con el buen suceso de esta empresa ganó gran crédito y reputación de esforzado y prudente entre los de su nación y aún para con los cristianos.

 

 

 

 

 

 

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IV. Que el rey Mahomad Boabdil fue preso

 

Los ánimos de los cristianos en breve se conhortaron de la gran tristeza y lloro que les causó aquel desastre, por otro mayor daño que hicieron en los moros, con que su atrevimiento se enfrenó. Peleaban entre sí los dos reyes moros Albohacen y Boabdil con grande pertinacia y porfía; solamente concordaban en el odio implacable y deseo que tenían de hacer mal a los cristianos. Ponían la esperanza de aventajarse contra la parcialidad contraria en perseguir y hacer daño a los nuestros, y por esta vía ganar las voluntades y favor del pueblo. Por esto y por la victoria susodicha que ganó su padre, Boabdil en competencia se resolvió de acometer por otra parte las tierras de cristianos. Juntó un buen número de gente de a caballo y de a pie, así de los suyos como de la parcialidad contraria; hizo entrada por la parte de Écija; llevaba intento y esperanza de apoderarse de Lucena, villa más grande y rica que fuerte. Dióle este consejo Alatar, su suegro, persona que de muy bajo suelo, tanto, que fue mercero, a lo menos esto significa su nombre, por su gran esfuerzo pasó por todos los grados de la milicia y llegó a aquella honra de tener por yerno al rey, además de las muy grandes riquezas que había llegado; y estaba acostumbrado a hacer presas en tierra de cristianos, en particular en la campiña de Lucena.

 

Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, que era señor de aquel pueblo, junto con otros lugares que por allí tenía, luego que supo lo que los moros pretendían, advirtió a su tío el conde de Cabra del peligro que corría. A causa del estrago pasado quedaba muy poca gente de a caballo por aquella comarca, fuera de que los moradores de Lucena estaban amedrentados, y los muros no eran bastantes para resistir a los bárbaros. Llegaron los moros a 21 de abril. El alcaide recogió los moradores a la parte mas alta del lugar. Fortificó otrosí con pertrechos, guarneció con soldados, que llegó hasta doscientos de a caballo y ochocientos de a pie de los lugares comarcanos, lo más bajo de la villa, por entender que los moros acometerían por aquella parte. Fue mucho el esfuerzo de los soldados, tanto, que los enemigos perdieron la esperanza de ganar la villa; mas por alguna gente que perdieron en el combate y otros que les hirieron, en venganza volvieron su rabia contra los olivares.

 

Demás de esto, Amete, abencerraje, con trescientos de a caballo dio la tala a la campiña de Montilla. Tenía éste con el alcaide de Lucena Diego de Córdoba conocimiento y familiaridad a causa que los años pasados los

 

 

 

 

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abencerrajes echados de Granada, estuvieron en Córdoba mucho tiempo. Hecho pues lo que le encomendaron, vuelto a Lucena, convidó al alcaide para tener habla con él, con intento, debajo de color de amistad, de ponerle asechanzas y engañarle. Un engaño fue burlado con otro. Dio esperanza el alcaide de rendir el pueblo; con que entretuvo al enemigo hasta tanto que llegase el conde de Cabra. Como el bárbaro supo que se acercaba, alzados sus reales, comenzó a retirarse la vuelta de su tierra con la presa, que era muy grande. Los cercados, avisados de lo que pasaba, salieron de la villa, acometieron a la retaguardia para impedirles el camino y entretenerlos.

 

Entre tanto, como llegase el conde de Cabra, se determinó cargar a los enemigos, que iban turbados con el miedo, revueltos entre sí y sin ordenanza. Apenas los venideros creerán esto, que con ser los moros diez tantos en número, no pudieron sufrir la primera vista de los contrarios. Dios les quitó el entendimiento; y la fama, como de ordinario acontece, de que el número de los nuestros era mucho mayor los hizo atemorizar. Está un arroyo legua y media de Lucena en el mismo camino real de Loja; las riberas frescas con muchos fresnos, sauces y tarais, y a la sazón por las lluvias del verano llevaba mucha agua; la gente de a pie, pasado el arroyo, se pusieron en huida sin otro ningún cuidado más de llevar la presa delante; la gente de a caballo, aunque atemorizada por la misma causa, hizo rostro. El rey bárbaro procuró animarlos, díjoles: «¿Dónde vais, soldados? ¿Qué furor os ha cegado los entendimientos? ¿Por ventura estáis olvidados que estos son los mismos que poco ha fueron vencidos por menor número de los nuestros? Tendréis pues vos y ellos en esta pelea los ánimos que suelen tener los vencedores y vencidos. Mirad por la honra, por vos mismos y por lo que dirá la fama. ¿Pensáis que a las manos entorpecidas pondrán en salvo los pies?». Poco aprovecharon estas palabras.

 

Marcharon a prisa los cristianos; acometió por el un costado don Alonso de Aguilar, que desde Antequera con cuarenta de a caballo y algunos pocos peones mezclados acudió a la fama del peligro. Los bárbaros, sea que sospechasen que el número era mayor, o lo que yo más creo, por haberlos amedrentado Dios, dieron las espaldas y se pusieron en huida. El rey se apeó de un caballo blanco en que iba aquel día, procuró esconderse entre los árboles y matas de aquel arroyo con deseo de escapar si pudiese. Halláronle allí tres peones, y él mismo porque no le matasen, dio aviso de quién era. Así le prendieron, y el alcaide, que seguía el

 

 

 

 

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alcance, le mandó llevar a Lucena. El estrago que hicieron los nuestros hasta la noche en los que huían fue tal, que mataron más de mil de a caballo, y entre ellos al mismo Alatar, viejo de noventa años, y como cuatro mil peones, parte quedaron muertos, parte presos; juntamente les quitaron la presa.

 

Con el aviso de esta victoria los reyes, que a la sazón se hallaban en Madrid, acordaron partir entre sí los negocios, que eran muy grandes. La reina doña Isabel fue a la raya de Navarra para apresurar lo del casamiento de su hijo, por el gran deseo que tenían de impedir a los franceses la entrada en España y la posesión del reino de Navarra. El rey don Fernando se partió al Andalucía para cuidar de la guerra. Salió de Madrid a 28 de abril; llegado a Córdoba, se trató de hacer la guerra con mayores fuerzas y apercibimientos que antes, en especial que los moros por la prisión del rey Chiquito se tornaron a unir debajo de su rey Albohacen, que volvió al señorío de Granada, dado que muchos de los ciudadanos, aunque sin cabeza, todavía perseveraban en su primera afición, personas a quien ofendía la vejez, crueldad y avaricia de aquel rey.

 

Juntaron los nuestros a toda diligencia seis mil de a caballo y hasta cuarenta mil infantes; con este ejército volvieron a la guerra, iba por su caudillo el mismo rey don Fernando; hizo destruir los arrabales de Íllora, y tomó por fuerza y echó por el suelo a Tajara, pueblo cerca de Granada, en cuya batería don Enrique Enríquez, tío del rey y mayordomo de la casa real, fue herido, y para curarle le enviaron a Alhama. Después de esto llegaron a la vega de Granada, en que hicieron grande destrozo, quemaron y talaron todo lo que hallaban, y para mayor seguridad de los gastadores, asentaron los reales en un puesto fuerte, desde donde los enviaban guarnecidos de soldados y con escolta a hacer daño en los campos comarcanos, con tanto menor peligro suyo y mayor perjuicio de los enemigos.

 

El rey Albohacen, por no fiarse de los ciudadanos, no se atrevió a salir de la ciudad, sólo algunos pocos soldados se mostraban por los campos con intento de prender a los que se desmandasen y pelear a su ventaja. Envió otrosí aquel rey desde Granada sus embajadores; prometía si le entregaban a Boabdil, su hijo, que daría en trueque al conde de Cifuentes y otros nueve de los más principales cautivos que tenía; otras condiciones ofrecía para hacer confederación, pero insolentes y demasiadas. Era de su natural feroz, y ensoberbecíale más la victoria que poco antes ganara. El

 

 

 

 

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rey don Fernando rechazó las condiciones, ca decía no ser venido para recibir leyes, sino para darlas, y que no había que tratar de paz en tanto que no dejaba las armas.

 

Los nuestros eran aficionados a Boabdil; el favor y la misericordia tienen a las veces ímpetus vehementes. El marqués de Cádiz y otros no cesaban de persuadir al rey que le pusiese en libertad; que por este medio sustentase los bandos y parcialidades entre aquella gente, cosa muy perjudicial para ellos y muy a propósito para nuestros intentos. Acabadas pues las talas y puesta guarnición en Alhama, y por cabeza don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, con orden, no sólo de defender el pueblo, sino también de hacer salidas y robar las tierras comarcanas, el rey don Fernando volvió a Córdoba. Allí por su mandado trajeron el rey preso del castillo de Porcuna, pueblo que los antiguos llamaron Obulco. Como él se vio en presencia del rey, hincó la rodilla y pidióle la mano para besarla. Abrazóle el rey y hablóle con mucha cortesía. Parecióle era justo tenerle respeto y honrarle como a rey, dado que fuese bárbaro y su prisionero. Trataron de concertarse; finalmente, se hizo con estas condiciones: que Boabdil diese en rehenes a su hijo mayor con otros doce hijos de los más principales moros para seguridad que no faltaría en la devoción, obediencia y homenaje del rey de Castilla; mandáronle otrosí que pagase cada un año doce mil escudos de tributo, y viniese a las Cortes del reino cuando fuese avisado; demás de esto, que por espacio de cinco años pusiese en libertad cuatrocientos esclavos cristianos. Con esto le otorgaron libertad y licencia de quedarse en su secta y le enviaron a su tierra.

 

El rey don Fernando, puestas nuevas guarniciones por aquellas partes y señalado Luis Fernández Portocarrero para que en lugar del maestre de Santiago tuviese el gobierno de Écija y cargo de aquella frontera, se partió de Córdoba para do la reina le esperaba. En la misma sazón, mil quinientos moros de a caballo y cuatro mil de a pie, debajo la conducta de Bejir, gobernador de Málaga, rompieron por la campiña de Utrera; mas fueron rechazados por el esfuerzo de Portocarrero y del marqués de Cádiz, que les salieron al encuentro, y los desbarataron cerca de Guadalete con grande estrago que en ellos hicieron. Para memoria de aquel servicio se despachó un privilegio en que se concedió a los marqueses de Cádiz para siempre jamás que todos los años hubiesen el vestido que los reyes vistiesen el día de nuestra Señora de Septiembre, premio muy debido a sus hazañas y lealtad, mayormente que dentro del mismo mes, no solo

 

 

 

 

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desbarató a los moros, como queda dicho, sino también recobró a Zahara, que la tomó de sobresalto.

 

Fueron los reyes don Fernando y doña Isabel a la ciudad de Vitoria; tenían poca esperanza de efectuar aquel casamiento que pretendían. Madama Madalena, a persuasión del rey de Francia, su hermano, se excusaba con la edad de los novios, que era muy desigual, ca el príncipe era niño, y su hija casadera. Decía que semejantes casamientos pocas veces salen acertados. En aquella ciudad el conde de Cabra y el alcaide de los Donceles por mandado de los reyes fueron recibidos solemnemente, y para más honrarlos, en compañía del cardenal de Toledo don Pero González de Mendoza les salieron al encuentro toda la nobleza y todos los prelados; honra que muy bien se les empleaba. En particular hicieron merced al conde de Cabra de cien mil maravedíes de juro por toda su vida. Concediéronle otrosí que a sus armas antiguas añadiese y pintase en su escudo la cabeza de un rey coronado, y al derredor por orla nueve banderas en señal de otras tantas que ganó de los moros cuando de sobre Lucena se retiraban, todo a propósito de gratificar aquel servicio, y despertar a otros a emprender cosas grandes por la patria y por la religión.

 

Cayóse con las aguas del invierno de repente gran parte de la muralla de Alhama; los soldados por miedo trataban de desamparar aquella plaza. El conde de Tendilla con prudente y presto consejo hizo tender un lienzo en toda aquella abertura, pintado de tal manera, que parecía no faltar cosa alguna; con esto antes que el enemigo advirtiese el engaño y fuese avisado de lo que pasaba, tuvieron lugar de reparar lo caído y asegurarse. Hizo otrosí por la grande falta de dinero para pagar y entretener los soldados moneda de cartones, de una parte su firma, y por la otra el valor de cada cual de las monedas, con promesa de trocarlas con buena moneda y legal pasado aquel aprieto y necesidad; traza notable y usada de grandes personajes.

 

Este año, a 15 de noviembre, dio el papa el capelo al obispo de Gerona don Juan de Melguerite, embajador por su rey en aquella corte. Escribió de los reyes de España una breve historia, que intituló Paralipomena; pocos meses gozó de aquella dignidad. Yace sepultado en Roma en nuestra Señora del Pópulo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V. De las cosas de Navarra

 

Los navarros no sosegaban; demás de las parcialidades antiguas, al presente, por el poco caso que hacía la gente de los que gobernaban, los odios tenían menos enfrenados y reprimidos, sin que se pudiese entre ellos asentar una paz firme y duradera. Muchas veces se dejaron las armas, y muchas las tornaron a tomar. Estaban las cosas de tal manera trabajadas, que apenas se pudieran reparar con una larga paz, cuando se emprendió de otra parte una nueva guerra. Juan, vizconde de Narbona, tío de la reina doña Catalina, pretendía aquel reino con achaque que cuando murió la reina doña Leonor, su madre, él debía suceder como pariente más cercano que los nietos, además que no podía mujer heredar aquella corona; concluía que contra derecho y justicia aquella señora tomó la posesión de aquel reino. Esto decía y alegaba; la verdadera causa del daño era el poco caso que hacía de la reina por ser mujer y por su poca edad; que de otra suerte, ¿qué derecho podía pretender, pues constaba que muchas veces los nietos se preferían a los hijos menores, y aquel reino recayó en hembras diversas veces? La mudanza de los príncipes y sus muertes dan ocasión a semejantes pretensiones, y la insaciable codicia de reinar no se mueve por alguna razón ni se enfrena.

 

No tenía esperanza de alcanzar por bien y por vía de justicia su pretensión; con las armas hizo que todo el condado de Foix le reconociese por señor, castillos y pueblos, parte de su voluntad, parte por fuerza. Los más favorecían sus intentos por la memoria que tenían de los señores pasados y por el miedo y odio de sujetarse por medio del casamiento de la reina a algún señor extranjero. Para sosegar estos bullicios tenían necesidad de mayores fuerzas, y las cosas pedían algún varón que las gobernase. Pareció apresurar el casamiento de la reina, sobre que resultaron nuevas dificultades. Madama Madalena, su madre, se inclinaba a la casar en Francia. Los navarros pretendían tener por costumbre que se tratase y determinase en los estados y Cortes del reino del casamiento de sus reyes; que los matrimonios que sin darles parte o contra su voluntad se efectuaban, siempre salieron desgraciados; en particular los moradores de Tudela protestaron que si de otra forma se hiciese, se entregarían al rey don Fernando, el cual a la sazón en Tarazona tenía Cortes de Aragón por principio de| año 1484, sin que haya sucedido cosa memorable, sino que los catalanes al principio rehusaron de hallarse en ellas. Alegaban que,

 

 

 

 

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conforme a sus fueros, no era lícito llamarlos fuera de su provincia, pero al fin se conformaron con la voluntad del rey.

 

En el entre tanto doña Catalina, reina de Navarra, se casó con Juan de Labrit, hijo de Alano, persona muy noble, y que tenía grandes estados en Francia, es a saber, lo de Periguex, lo de Limoges, lo de Dreux, sin otros pueblos y señoríos. De este casamiento resultaron nuevas alteraciones en Navarra. El rey don Fernando, con intento de aprovecharse del remporal turbio para ensanchar su estado y vengar la poca cuenta que de él se tuvo, al contrario de lo que antes hizo, él se quedó en aquella comarca, y envió a la reina a la Andalucía para aprestar lo necesario para continuar la guerra de los moros.

 

Las cosas no daban lugar a descuidarse, ca tenían aviso que todavía el poder de Albohacen iba en aumento, y que tenía debajo de su obediencia casi toda aquella nación; que su hijo apenas dentro de la ciudad de Almería que la tenía por suya, y con poca gente que se le arrimaba, conservaba el nombre de rey. La principal causa de esta mudanza era que aquella gente le aborrecía como renegado, por lo menos aficionado a los cristianos. Los predicadores que su padre envió por todas partes no cesaban de maldecirle y declararle al pueblo por blasfemo y excomulgado.

 

De nuestra parte las gentes de Córdoba y Sevilla, en número de más de diez mil hombres, por el mes de abril, por toda la campiña de Málaga talaron las mieses que estaban ya para segarse, con que pusieron grande espanto, y con los grandes daños que hicieron se satisficieron en el mismo lugar del que se recibió el año pasado. Sobre todo pretendían y confiaban que los moros, cansados con tanto males, en fin se vendrían a sujetar, pues de África no les venía socorro ninguno, a lo menos de importancia, sea por estar aquella gente embarazada en sus guerras, sea porque los nuestros con sus armadas, como señores que eran del mar, no daban lugar a los contrarios de rebullirse.

Esto dio ocasión y avilenteza a los genoveses para que debajo de la conducta de un corsario llamado Jordieto Doria, trabajasen las riberas de Cataluña y de Valencia, que se hallaban sin armada. Robaros, quemaron y mataron todo lo que hallaban. Fueron los genoveses antiguamente competidores por el mar de los catalanes, y al presente les dio lugar para desmandarse cierta discordia que resultó en aquella ciudad, y la poca autoridad que por esta causa aquella república tenía. Fue así que a Pedro Fragoso, duque de aquella señoría, echó de la ciudad y despojó de su

 

 

 

 

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dignidad Paulo Fregoso, arzobispo de Génova y cardenal, sin tener consideración al parentesco que los dos tenían. Cargábale que llamaba a los duques de Milán para entregarles aquella ciudad. Érales al pueblo muy pesado que los milaneses, malos antes de sufrir, volviesen a gobernarlos; además que por haber gustado una vez la libertad, no podían llevar el señorío de ninguno, puesto que fuese muy blando, ni sabían templarse en sus pasiones. Lo que resultó fue que se aparejó a costa de aquel reino de Valencia una nueva armada, y por su capitán Mateo Escrivá, a propósito de reprimir el orgullo de los corsarios y defender nuestras riberas.

 

Demás de esto, las cosas eclesiásticas andaban también revueltas en aquellos estados y corona; para todo era necesaria la presencia del rey don Fernando. El caso pasó de esta manera: por la muerte del maestre de Montesa Luis Dezpuch, persona en aquella era de gran fama, prudencia y valor, bien así como cualquier otro de los muy nombrados, los caballeros de aquella orden pusieron en su lugar a don Felipe Boil. Alegaba contra esta elección el rey don Fernando que el sumo pontífice le concediera una bula, en que disponía que sin su voluntad no pudiese ser elegido de nuevo ningún maestre; las voluntades de los reyes son vehementes, así fue necesario que, depuesto el nuevo electo, sucediese en su lugar don Felipe de Aragón, sobrino del rey, hijo de don Carlos, príncipe de Viana, que, aunque señalado por arzobispo de Palermo, se contentó de trocar aquella dignidad con el maestrazgo de Montesa. Demás de esto, el pontífice Sixto por la muerte de don Íñigo Manrique, arzobispo de Sevilla, dio aquella iglesia al cardenal Rodrigo de Borgia, cosa que sintió mucho el rey don Fernando, hasta mandar prender a Pero Luis, duque de Gandía, hijo que era de aquel Cardenal; torcedor con que al fin alcanzó que, revocada la primera gracia, don Diego de Mendoza, obispo que era de Palencia, fuese hecho arzobispo de Sevilla por contemplación de su hermano el conde de Tendilla y de su tío el cardenal de España. Por esta elección don Alonso de Burgos, que era obispo de Cuenca, pasó al obispado de Palencia; a Cuenca don Alonso de Fonseca, obispo de Ávila; el obispado de Ávila se dio a fray Hernando de Talavera, prior en Valladolid de nuestra Señora de Prado. De esta manera en España los reyes pretendían fundar el derecho de nombrar los prelados de las iglesias.

 

La revuelta que andaba en Italia fue causa que en muchas cosas se disimulase con los príncipes; y aún en esta misma sazón se emprendió entre los venecianos y napolitanos una nueva guerra. La ocasión fue ligera;

 

 

 

 

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la alteración grande por acudir los demás príncipes de Italia, unos a una parte, otros a otra. El principio y causa de esta guerra fue que los venecianos pretendían maltratar a Hércules, duque de Ferrara, y los de Nápoles acudieron a su defensa por estar casado con una hija de don Fernando, rey de Nápoles. En lo más recio de esta guerra falleció el papa Sixto a 12 de agosto. Sucedióle el cardenal Juan Bautista Cibo, natural de Génova, con nombre que tomó de Inocencio VIII. En el mismo tiempo pasó otrosí de esta vida don Íñigo Dávalos, hijo del condestable don Ruy López Dávalos. Tuvo este caballero gran cabida con los reyes de Nápoles; alcanzó grandes riquezas, y fue muy señalado, bien así como cualquier otro, en las armas. De su mujer Antonela, hija de Bernardo, conde de Aquino y marqués de Pescara, dejó muchos hijos; el mayor se llamó don Alonso y le sucedió en el marquesado; demás de él a Martín, Rodrigo e Íñigo, que fue marqués del Vasto; fuera de estos a Emundo y una hija, llamada doña Costanza, personas de quien descienden muchos príncipes de Italia. En especial don Fernando, marqués de Pescara, hijo de don Alonso, con sus muchas hazañas que obró en tiempo de nuestros padres y con su valor hinchó a Italia y a todo el mundo con su fama, ca fue grande caudillo en la guerra, y se pudo comparar con muchos de los antiguos. Íñigo Dávalos fue padre de don Alonso, marqués del Vasto, que ganó asimismo gran fama por su esfuerzo; y por morir su primo sin hijos, heredó aquel estado, y junto con el suyo le dejó a sus descendientes, con tal condición que alternativamente el uno de los sucesores se llamase marqués de Pescara, y el siguiente marqués del Vasto, y que esto se guardase perpetuamente, como vemos que hasta hoy se guarda.

 

 

 

 

VI. Que Abohardil se alzó con el reino de

 

Granada

 

A esta misma sazón los soldados de Andalucía y los capitanes, así de su voluntad como por mandado de la reina, trataban con mucho calor de hacer guerra a los moros. Persuadíanse que pues los principios procedían prósperamente y casi sin tropiezo, que lo demás sucedería como deseaban. Con este intento no cesaban de espiar los intentos de los enemigos, sus pretensiones y caminos, sin aflojar ni descuidarse en cosa alguna ni dejar a

 

 

 

 

 

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los enemigos alguna parte segura. No descansaban de día ni de noche, ni en invierno ni en verano, antes ordinariamente hacían correrías y todo mal y daño en todos los lugares que podían.

 

Tratábase en Córdoba de hacer una nueva jornada, y consultaban por qué parte sería mejor acometer. Y dado que el maestre de Santiago era de contrario parecer, los más se conformaron con el marqués de Cádiz, que debían acometer a Alora, que es un pueblo puesto casi en medio del camino que hay desde Antequera a Málaga. Un río pequeño que pasa junto a él, algunos piensan que los antiguos le llamaron Saduca. Era esta villa más fuerte por su sitio, ca está por la mayor parte asentada sobre peñas, que por las murallas u otra fortificación. Estaba el ejército con esta resolución a punto de marchar, cuando el rey don Fernando, que partió de Tarazona a postrero de mayo, continuado su camino, sobrevino para hallarse en persona en aquella guerra por ser su presencia de tan grande importancia para todo. Parecióle bien el acuerdo que los suyos tomaron, si bien para mayor disimulación y desmentir a los contrarios que no entendiesen su intento, dio muestra de ir de nuevo a guarnecer a Alhama de gente.

 

Como llegó a Antequera, torció el camino y dio al improviso con todas sus gentes sobre Alora. Fue grande el miedo de los moradores y la turbación. Púsose sitio; combatieron las puertas y murallas de aquel lugar, y con la artillería abatieron parte de los adarves con tanto mayor espanto de los moros, que no estaban acostumbrados a cosa semejante. Rindiéronse a partido que los dejasen ir libres y llevar todas sus alhajas. La toma de este pueblo fue a 21 de junio; la alegría y provecho más colmado a causa que ningunos de los nuestros fueron muertos, y que los moros se pudieran entretener mucho tiempo; que no les podían quitar el agua del río por ir cogido entre peñas y por estar la gente acostumbrada a sustentarse con poco y usar de la comida y de la bebida más para sustentar la vida que para regalo y deleite. Venciéronse estas dificultades más con ayuda del cielo que por industria humana. Acometieron otros pueblos comarcanos, y por el demasiado brío cerca de un lugar, llamado Cazarabonela, do vinieron a las manos con cierto número de enemigos, en un rebate mataron a don Gutierre de Sotomayor, conde de Benalcázar, en la flor de su edad, y que tenía por mujer una dueña parienta del rey, con una saeta enherbolada que le tiraron. Después de esto dejaron en Alhama trescientos caballeros de Calatrava por cuenta de Garci López de Padilla, maestre de aquella

 

 

 

 

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orden, al cual eligieron en lugar de Rodrigo Téllez Girón y por su muerte, con gravamen que se encargase de la defensa de aquel pueblo.

 

El rey con la demás gente pasó hasta dar vista a Granada; allí asentó sus reales en un lugar fuerte. Tenía seis mil de a caballo; los infantes apenas eran diez mil. En la ciudad se decía tenían setenta mil combatientes, gran número y que no se puede creer; siempre es más lo que se dice en estas cosas que la verdad; la misma mentira empero da a entender que la muchedumbre era grande. Sin embargo, el rey don Fernando, talado que hubo toda aquella vega y puesto grande espanto a toda la morisma, gastados en esto cincuenta días, volvió con su ejército sano y salvo, y alegre por los despojos de los moros que llevaba a tierra de cristianos. Para la defensa de Alora dejó a Luis Fernández Portocarrero, y por general de las armadas y del mar nombró a don Álvaro de Mendoza, conde de Castro, persona de grande esfuerzo y prudencia. Pretendía con esto que de África no pudiese venir socorro a los moros; que por pequeños descuidos se suelen perder empresas muy grandes.

 

Pasados los calores del estío, volvieron a la guerra con el mismo denuedo que antes. Batieron un castillo cerca de Málaga, llamado Septenil, fuerte y enriscado. Sucedió lo mismo que en Alora, que espantados los de dentro con el ruido y estruendo de la artillería, rindieron la plaza, con libertad que se les dio para irse donde quisiesen con el dinero que les dieron por el trigo y los bastimentos que allí dejaban, conforme a lo que ciertas personas señaladas juzgaron que podía todo valer. Tras esto se enderezaron los nuestros la vuelta de Ronda, ciudad puesta entre montes muy altos y ásperos, y por esta causa, aunque pequeña, inaccesible y fuerte, en especial que la mayor parte está rodeada del río que por allí corre, y lo restante de peñascos enriscados. Los moradores de aquella ciudad eran diferentes en el traje y vivienda de los demás; moros muy feroces y arriscados, y para todo lo que sucediese, guarnecidos de soldados y de armas, bastecidos de vituallas, tanto, que a los lugares comarcanos, que son de la misma aspereza, proveían ellos de todo lo necesario para su defensa y guarnición. Todo esto ponía en los fieles mayor deseo de acometer aquella ciudad por entender que, quitado aquel baluarte, todo lo demás hasta Málaga quedaría muy llano. Llegaron a vista de los muros y de aquel sitio tan bravo; dieron el gasto a los olivares y huertas, que las hay por allí muy buenas. No continuaron estos buenos principios; la falta

 

 

 

 

 

 

 

 

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del dinero para hacer las pagas les forzó a no detenerse mucho en aquel lugar; daño que muchas veces impide y desbarata grandes empresas.

 

Enviada la gente a los invernaderos, el rey y la reina se partieron para Sevilla; llegaron a aquella ciudad a 2 del mes de octubre, alegres por los buenos sucesos y por la esperanza que tenían de dar fin a aquella empresa cual todos deseaban. Era tan grande este deseo, que en medio del invierno, por el mes de enero, año de 1485, tornaro a la guerra. El invencible ánimo del rey no se sabía sosegar; tenía esperanza de tomar la ciudad de Loja de rebato y de noche; mas desistió de esta empresa por las muchas aguas y temporales del invierno, que forzaron a los nuestros a volver atrás, además que un soldado muy práctico, llamado Juand e Ortega, les avisó, no solo ser temeridad, sino locura, intentar cosa semejante.

 

Cada día acudían nuevas compañías de Castilla y señores. Entre otros, el condestable Pero Fernández de Velasco, el duque de Alburquerque don Beltrán de la Cueva, Pedro de Mendoza, adelantado de Cazorla, don Juan de Zúñiga, maestre de Alcántara, cada cual con su particular banda de gente. Acudieron otrosí el maestre de Santiago y el duque de Nájera, que se hallaron en las empresas pasadas. Con estos socorros llegaron a nueve mil de a caballo y veinte mil infantes. Pareció, pues el ejército era tal, volver a la guerra con mayor denuedo y resolución que antes.

 

Al mismo tiempo los ciudadanos de Almería tomaron las armas contra su rey Boabdil; aborrecíale aquella gente como a renegado, y decían que por su cobardía sucedieron los males pasados. Acometieron el palacio, y en él mataron un hermano de Boabdil, y prendieron a su madre, principal causa y atizadora de aquella discordia tan perjudicial que entre padre e hijo antes se levantó. El mismo rey moro, por estar a la sazón ausente de aquella ciudad, luego que le avisaron de aquel desastre, perdida toda esperanza de prevalecer, con algunos pocos que le acompañaron se fue a Córdoba.

 

Por otra parte, los moradores de Ronda, que eran pocos y menos que ser solían, tenían cobrado gran miedo. Un moro, llamado Yusuf, jerife, dio de esto aviso al marqués de Cádiz; pareció sería conveniente acudir en primer lugar a aquella empresa, bien que primero acometieron otros lugares, como fue Cohín, que caía cerca de Alora, el cual pueblo tomaron por fuerza y le echaron por tierra, porque a causa de ser muy ancho el circuito de los muros, era dificultoso ponerle en defensa. Murió en la batería Pedro Ruiz de Alarcón, que en esta guerra dio muestra, como antes

 

 

 

 

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en la de Villena, de esfuerzo singular, y acabó grandes hazañas. Ganaron otrosí a Cartama, pueblo que conserva su apllido antiguo solamente mudada una letra, ca en tiempo de romanos se llamaba Cartima, y de él toma nombre todo aquel valle en que este pueblo está, que se llama el valle de Cartama. Rindióse a Pedro de Mendoza, y diose el cargo de defenderle al maestre de Santiago, a pedimento del mismo. Hecho esto, con todo el ejército pasaron a Málaga, do residía Albohardil, hermano de Albohacen, en quien y en su valor hallo que en aquella sazón tenían los moros puesta su esperanza, por la grande reputación que ganó cuando en el Ajarquía, que así se llaman los montes de Málaga, destrozó, como se dijo, gran número de cristianos. Poco efecto se hizo en aquella parte, fuera de cierta escaramuza de menor cuenta.

 

Dieron pues la vuelta por el mismo camino que fueron, y revolvieron sobre Ronda. Para cercar la ciudad por todas partes dividieron las gentes en cinco reales o estancias. El mismo rey con la mayor parte del ejército se puso enfrente del castillo. Atajaron con gente de guarda, que llaman atajadores, todos los caminos para que no les pudiesen entrar socorro ni provisión de parte alguna. Lo que hizo mucho al caso, que se hallaban pocos dentro a causa que parte de los ciudadanos eran idos a hacer correrías por los campos comarcanos del Andalucía. Por esta ocasión los moros, movidos del grande riesgo en que se veían y de los sollozos y lágrimas de las mujeres y atemorizados por la diligencia de los cristianos, que de día ni de noche no reposaban, se hubieron de rendir, a 23 días de mayo, a partido. Entre otras cosas y condiciones, a los más principales ciudadanos dieron ciertas tierras y posesiones en Sevilla, de Gonzalo Pizón y de otros, cuyos bienes tenían los inquisidores por sus deméritos confiscados. Hecho esto, pusieron guarnición en aquella ciudad. Rindiéronse al tanto otros pueblos por aquella serranía, entre ellos los más principales fueron Cazarabonela y Marbella, que está cerca del mar.

 

Era grande el espanto que había entrado en los moros. En sus reyes tenían poca ayuda; el uno andaba huido, y Albohacen, por su vejez, enfermedad y poca vista, poco les podía prestar. Forzados de este peligro, se determinaron de nombrar por su rey a Muley Abohardil, que residía en Málaga, hombre de gran corazón y prudencia. La nación de los moros es mudable y desleal, y no se refrena ni por beneficios ni por miedo, ni aun tiene respeto a las leyes y derecho natural; así el moro luego aceptó la corona que le ofrecían. Partióse para Granada con este intento. Llegó más

 

 

 

 

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soberbio que antes, por matar de camino noventa hombres de a caballo de los contrarios; salieron éstos de Alhama a robar, y llegados hasta la Sierra Nevada, estaban alojados con mucho descuido, que fue causa de su perdición. Hizo pues su entrada en Granada a manera de triunfo. Los ciudadanos, luego que llegó, con gran voluntad y grandes gritos le apellidaron y alzaron por rey.

 

Albohacen al principio de esta revuelta se partió para Almuñécar, do tenía sus tesoros. Allí su cruel hermano le hizo matar, no por otro delito más de por tener nombre y corona de rey, y por la afición que todavía le tenían algunos, los que aborrecían la deslealtad del tirano y su ambición, y por compasión de aquel viejo trataban de acudirle. Para librarse de este peligro y cuidado cometió aquel parricidio, en que se mostró no menos cruel que desleal.

 

 

 

 

VII. Que nació la infanta doña Catalina, hija del

 

rey don Fernando

 

Quedó el moro muy ufano después que muerto su mismo hermano se hubo alzado con su reino. La fama del caso se extendió por todas partes; el poder y mando alcanzado por malos medios y con crueldad suele ser poco durable, y semejantes maldades pocas veces pasan sin castigo.

 

Los cristianos, cuanto era mayor la esperanza que tenían de echar por tierra las fuerzas de aquel estado, tanto se encendían más en deseo de salir con ello. Recelábanse que con la mudanza del caudillo los enemigos no recobrasen nuevos bríos, y la guerra por esta causa se hiciese más dificultosa. Acordó el rey don Fernando para acudir a todo esto emprender una nueva jornada y hacer prueba del ánimo que los suyos le tenían y de sus fuerzas. Los más eran de contrario parecer, y pretendían convenía dejar descansar a los soldados por estar aquejados con tan continuos trabajos. Todas las dificultades venció la constancia del rey y el ejemplo del esfuerzo que daba a todos en no excusar él mismo ningún afán ni riesgo, antes era el primero que salía a la pelea, y el primero que acudía a la fortificación de los reales. Es así, que a los hombres desagrada comúnmente que les manden de palabra, y todos obedecen fácilmente al caudillo que con el ejemplo les va delante.

 

 

 

 

 

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Ordenó que la masa de las gentes se hiciese en Alcalá la Real por estar aquel pueblo cerca de la frontera; él mismo se partió para allá desde Córdoba a 1 de septiembre, si bien los calores eran grandes por ser aquella región mas cálida que lo demás de España. El conde de Cabra, encendido en deseo de acometer alguna grande hazaña, movido así de su esfuerzo como de las muchas cosas en que los otros señores se señalaran, hizo instancia de ser el primero a entrar en tierra de moros, como lo hizo, con las gentes de su regimiento y banderas de su cargo, que eran setecientos caballos y hasta tres mil infantes. Diósele orden que llevase en su compañía a Martín Alonso de Montemayor y que se pusiese sobre Moclín, que es un pueblo cerca de Granada, fuerte por su sitio y murallas; prometió el rey para asegurarlos que les acudiría con todo el ejército. El conde de día y de noche apresuró su camino por tomar de sobresalto al nuevo rey Abohardil, de quien tenía aviso que tenía sus alojamientos allí cerca, con mil quinientos de a caballo y mayor número de gente de a pie. No se le encubrió este intento al enemigo; antes avisado de él, pasó sus gentes a un collado, y al amanecer entre ciertos caminos ásperos y estrechos dio sobre los cristianos con tal furia, que murieron en el rebate los mejores soldados y la mayor parte del peonaje. El conde entre los demás perdió a don Gonzalo, su hermano, y él mismo, recibidas algunas heridas, con algunos de a caballo se fue huyendo hacia do entendía hallaría a Garci López de Padilla, maestre de Calatrava, que iba en pos de los que se adelantaron.

 

El rey don Fernando, luego que supo el estrago de los suyos, por la tristeza estuvo algún tiempo retirado; después sosegada la pasión, «Por la imprudencia, dice, del conde y demasiada confianza de los demás se ha recibido este revés; pero yo pretendo con presteza satisfacerme y recompensarle aventajadamente; con vuestro esfuerzo, soldados, tomaré venganza de la muerte de nuestros ciudadanos y soldados, varones esforzados mas que venturosos». Caían junto a la frontera de los enemigos por la parte de Jaén dos castillos y pueblos, el uno llamado Cambil y el otro Albahar; el río Frío pasa por en medio de ambos, que aunque lleva poca agua, especial en aquel tiempo del año, por ser las riberas muy estrechas con dificultad se puede vadear. Sobre estos dos pueblos se puso toda la gente con intento de tomarlos. Albahar, que está de la otra parte del río, tiene un padrastro o montecillo, que se levanta a manera de pirámide. Sobre aquel montecillo por mandado del rey, bien que con grande trabajo, se plantó la artillería. Puso esto tanto espanto a los cercados, que sin

 

 

 

 

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dilación rindieron los castillos y pueblos a 23 de septiembre, el mismo día en que en tiempo del rey don Pedro los moros se apoderaron de aquellas plazas, como ciento veinte años antes de este tiempo.

El rey don Fernando, ganadas tantas victorias y tomados tantos lugares, y los más sin derramar sangre, comenzó a ser más temido y nombrado. No se hablaba de otra cosa en todas partes. Envió a invernar el ejército, y con tanto él y la reina se partieron para Alcalá de Henares. En este viaje, en Linares, a las faldas de Sierramorena, falleció don Alonso de Aragón, duque de Villahermosa y hermano del rey don Fernando, caudillo esclarecido en aquel tiempo tanto como el que más, como quier que se halló en muchas guerras. Su cuerpo fue primero depositado en Baeza, después le trasladaron a Poblet, entierro de sus antepasados. Dejó muchos hijos. En María Junques fuera de matrimonio tuvo a don Juan, conde de Ribagorza, y a doña Leonor; de otras concubinas a don Alonso, que fue los años adelante obispo de Tortosa, y después arzobispo de Tarragona; también a don Fernando y a don Enrique. Fuera de estos, de su legítima mujer tuvo a don Alonso y a doña Marina. La hija casó con Roberto, príncipe de Salerno, y de este matrimonio nació don Fernando, que fue el postrer príncipe de Salerno, y por su mal orden vivió en trabajos, desgracias y destierro hasta nuestra edad. Don Alonso fue duque de Villahermosa, cepa de que descienden aquellos duques de Villahermosa y condes de Ribagorza.

 

En Toledo a los que dejada la religión cristiana que recibieron, se tornaban a la secta judaica, castigaban los inquisidores con mucho rigor y severidad. Verdad es que a otro mayor número de esta gente, porque se redujeron, pidieron misericordia y confesaron sus culpas, les fue otorgado perdón. Estos se llaman hoy los de la gracia. Tratamos los hechos de España sin salir de ella; a las veces empero es forzoso por la trabazón que las cosas tienen entre sí y para cumplir con lo que se pretende en esta obra tocar asimismo algunas de fuera.

 

Abrasábanse los señores napolitanos con una guerra que levantaron contra don Fernando, su rey, conjurándose y haciendo liga entre sí con intento de vengar los agravios muy graves y ordinarios que pretendían les hacía. Ayudábalos el pontífice Inocencio y animábalos, si bien más los favoreció con el nombre que con fuerzas, a causa de su vejez y de otros cuidados que de él cargaban. Las cabezas de la conjuración eran tres príncipes, el de Salerno, llamado Antonelo, y el de Besiñano, que se

 

 

 

 

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llamaba Jerónimo, y el de Altamura por nombre Pirro Baucio; demás de estos Pedro de Guevara, marqués del Vasto, y otros, sin embargo de estar muy obligados por las muchas mercedes que recibieron del rey. Llegó a tanto, que por la fama cargaban asimismo a don Fadrique, hijo del rey, de que con esperanza de suceder en el reino favorecía de secreto a los parciales; cosa que si fue verdad o mentira, aún entonces no se pudo averiguar. La principal causa del odio que se levantó contra el rey era don Alonso, su hijo, duque de Calabria, por sus malas costumbres y soltura tan grande en todo, que igualmente en deshonestidad y crueldad mucho se señalaba. El rey por su grande prudencia y mucha experiencia de cosas determinó sosegar aquellas alteraciones más con maña que con fuerzas. Así, a instancia del pontífice, que veía las cosas no sucedían prósperamente, y de Pedro, cardenal de Foix, el cual con este intento se partió para Roma al llamado del papa para terciar en el caso, fue dado perdón general a los alborotados.

 

Desde España otrosí el rey don Fernando envió para sosegar aquellas alteraciones por su embajador al conde de Tendilla, que para asegurar a los barones en nombre de su rey y debajo de su palabra real con pleito homenaje que hizo, recibió en su salvaguarda y debajo de su amparo aquellos señores alborotados, a tal que, dejadas las armas, se redujesen a la obediencia. Mas el rey de Nápoles, luego que calmó la tempestad, hizo poco caso de aquellas promesas; su larga edad le inclinaba a creer lo peor; su condición ejecutiva a vengarse de los que se le atrevían, confiado para todo lo que le podía suceder en las muchas riquezas que le dejó su padre, y él mismo con el mucho tiempo de su reinado las aumentó mucho más. Determinado pues, después de tomado el asiento, de castigar a sus contrarios, con ocasión de ciertas bodas que se celebraron en Castelnovo, hizo prender al conde de Sarno, que era uno de los parciales, con algunos otros, que todos pagaron con las cabezas. Otros muchos en diversos tiempos y en diversas coyunturas y ocasiones, entre ellos los príncipes de Altamura y de Besiñano, le vinieron a las manos; a estos hizo morir en prisión.

 

El rey de Castilla don Fernando no dejaba de agraviarse por sus embajadores, y protestar que no permitiría que ninguno hiciese burla de su palabra y de su fe. Menudeaban las quejas; mas ninguna cosa bastaba para doblegar el ánimo obstinado del rey de Nápoles, olvidado de la inconstancia de las cosas y muy descuidado de lo que sucedió adelante;

 

 

 

 

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que a la verdad la muerte de estos señores y el odio que resultó por esta causa en los naturales abrían las zanjas y echaban los cimientos de su daño y de perder aquel reino, como se vio algunos años adelante.

 

Volvamos la pluma atrás. En Alcalá de Henares la reina doña Isabel a 16 de diciembre parió una hija, que se llamó doña Catalina, muy conocida por casar con dos hermanos, hijos del rey de Inglaterra, y por las desgracias que últimamente le sobrevinieron, y duraron siempre, así a ella como por esta ocasión a toda la nación inglesa. ¿Cuán grandes olas de desventuras padecerá sólo por la torpe deshonestidad de su marido y su deslealtad? Padecerá y llevará la pena de la culpa ajena. Tal fue la voluntad de Dios; las discordias de aquella nación y las maldades abrieron camino para males tan grandes. Fue así, que presos y muertos Eduardo y Ricardo, legítimos herederos de aquella corona, Ricardo, tío de aquellos mozos, se apoderó violentamente del reino. Los medios y remates de su reinado fueron conformes a estos principios; su gobierno tiránico. Por esta causa Enrique, conde de Riquemonda, que primero estuvo preso en Bretaña, después puesto en libertad venció al tirano en batalla y le quitó la vida, con que él mismo se quedó en su lugar con el reino que adquirió por este medio. Hijo de este Enrique fue Enrique VIII, rey de Inglaterra, muy conocido por sus desórdenes. El repudio que dio a la dicha doña Catalina, su mujer, y juntamente el apartarse, como se apartó, de la religión católica de sus antepasados, además de sus grandes torpezas, hicieron que su nombre y su memoria para siempre sea aborrecible y detestable.

 

 

 

 

VIII. De las alteraciones de Aragón

 

En Aragón hubo algunas ligeras alteraciones; los alborotos que en Cataluña se levantaron fueron mayores, con mayor porfía y de mayor riesgo. La prudencia del rey don Fernando y su mucha autoridad hizo que todo se allanase. La ciudad de Zaragoza está asentada en un llano a la ribera del río Ebro; en hermosura de edificios, muchedumbre de ciudadanos, riquezas, arreos, gala y anchura igual o casi a cualquiera otra de España, guarnecida de armas, soldados y murallas, acostumbrada a un gobierno muy templado, y por ende muy leal para con sus reyes, si no le quebrantan sus fueros y sus libertades que le dejaron sus antepasados; ca

 

 

 

 

 

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por guardar su libertad hallamos haberse muchas veces alborotado con un increíble coraje y furor encendido. Están aquellos ciudadanos recatados por lo que han visto en otros, y por entender que de pequeños principios muchas veces resultan grandes tropiezos y accidentes muy pesados, como aconteció en este tiempo.

 

Juan de Burgos, alguacil del rey, como es esta suerte de gente insolente, dijo ciertas palabras descomedidas a Pedro Cerdán, cabeza de los jurados y del senado. Acudieron otros y prendieron al alguacil. Puéstale acusación y sustanciado su proceso, por sentencia le ahorcaron, sin tener respeto al desacato que en aquello se cometía contra la majestad real. Tenía el rey a punto su gente para hacer entrada en el reino de Granada, como queda dicho, que la hizo al principio de este año, cuando avisado de lo que pasaba, mandó a Juan Hernández de Heredia, gobernador de la general gobernación del reino, que castigase aquel atrevimiento con severidad y rigor en los que hallase culpados. Sin embargo, a los embajadores que vinieron de parte de la ciudad sobre el caso despidió con palabras blandas. Dijoles que mandaba no se les hiciese algún agravio, como príncipe que era astuto y sagaz y de un ingenio muy hondo para disimular y fingir todo lo que le parecía a su propósito. No pudieron prender a la cabeza de los jurados, que le amparó el justicia de Aragón, que conforme a sus fueros y leyes tiene en esta parte suprema y mayor autoridad; hicieron justicia los ministros del rey de Martín Pertusa, que era y tenía el segundo lugar entre los jurados, y fue el que más se señaló en hacer se diese la muerte al alguacil real. La ejecución fue presta y sin tardanza, sacáronle a justiciar con las cartas del rey, que llevaban en una lanza para efecto de reprimir el pueblo que se alborotaba, y quería en su defensa tomar las armas. El castigo de uno puso escarmiento en los demás, y los hizo advertir que los ímpetus de los reyes son bravos y grandes sus fuerzas. Con esto se sosegó esta revuelta.

 

Mas poco después se revolvió aquella ciudad y alteró por una maldad más grave que la pasada. Hacía oficio de inquisidor en aquella ciudad Pedro Arbués, y conforme a lo que hallaba, castigaba a los culpados. Ciertos hombres homicianos de mala raza, con color de volver por la libertad o aquejados de su mala conciencia y por temer de ser castigados, se resolvieron entre sí de dar la muerte al dicho inquisidor. Pensaron primero matarle de noche en su cama; no pudieron salir con esto a causa que las ventanas por do pretendían forzar el aposento tenían muy buenas

 

 

 

 

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rejas de hierro, que no pudieron arrancar. Acordaron ejecutar su rabia en la iglesia mayor a la hora de los maitines, en que acostumbraba a hallarse. Un miércoles, 14 de septiembre (quién quita de este número un día, quién le añade, de cuyas opiniones nos hace apartar la razón del cómputo eclesiástico), como pues estuviese de rodillas delante el altar mayor junto a la reja, le dieron de puñaladas. El primero que le hirió en la cerviz fue Vidal Duranso, gascón, uno de los sacomanos, que con rostro muy fiero y encendido y palabras descompuestas le acometió; acudiéronle los otros con sus golpes hasta acabarle. No falleció hasta la noche siguiente del jueves, a los 15, en el cual espacio no se ocupó en otra cosa sino en alabanzas de Dios.

 

Hiciéronle muy solemnes honras y enterramiento; su cuerpo sepultaron en el mismo lugar en que le dieron las heridas. Díjose que su sangre derramada hervía por todo aquel tiempo, si ya no fue que los ojos se engañaron y se les antojaba a los que miraban. Poco después por mandado de la ciudad fue puesta una lámpara sobre su sepulcro; honra que no se suele hacer sino con los santos canonizados, así el emperador Carlos V procuró adelante que se hiciese con autoridad del papa Paulo III y que se celebrase fiesta a los 15 de septiembre, como hoy se hace todos los años; todo a propósito que la virtud y méritos de aquel notable varón fuesen honrados como era justo. Los que le mataron, hombres perdidos y malos, dentro de un año todos con diversas ocasiones sin faltar uno perecieron, que fue justo juicio de Dios y muestra de su venganza, de que aquellos malos hombres no pudieron escapar, maguer que no cayeron en manos de jueces ni fueron por ellos justiciados. Además que la conciencia de los malos tiene dentro de sí no sé qué verdugos, o ella misma es el verdugo que quita a los hombres el entendimiento. Resultó que en adelante para seguridad de los inquisidores les fue concedido que morasen dentro del alcázar que se llama del Aljafería. Esto en el reino de Aragón.

 

En el principado de Cataluña, y particularmente en la comarca de Ampurias, los vasallos, que vulgarmente llamaban payeses, eran maltratados de sus señores, poco menos que si fueran esclavos, desafuero que no se podía sufrir entre cristianos. Las imposiciones que los moros al tiempo que eran señores mandaban pechar a los cristianos, que eran muy graves en demasía, hacían aquellos señores que se las pagasen a ellos. Valíanse para esto y alegaban la costumbre inmemorial. Sentíase mal comúnmente de lo que en aquella provincia pasaba. Las historias catalanas

 

 

 

 

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no declaran qué imposiciones eran éstas; tampoco es razón adivinar; solamente dicen que por ser muy graves las llaman los Malos Usos, y que ninguno se podía eximir si no compraban la libertad a dineros como si fueran esclavos. Por esta causa muchas veces los naturales, tomadas las armas, intentaban o librarse de aquella servidumbre, o con la muerte poner fin a miserias tan grandes. Los ímpetus que nacen de la fuerza y necesidad son muy bravos. Por el contrario, la muchedumbre sin fuerzas y sin cabeza comúnmente tiene poca eficacia en sus intentos, presto se cansa y amaina.

Acudieron a pedir justicia a los reyes, primero a don Alonso, que fue también rey de Nápoles, después a don Juan, su hermano, y últimamente a don Carlos, príncipe de Viana. Todos mandaron que aquellas imposiciones se moderasen en cierta forma. No bastaba, mal pecado, su autoridad y mandado para refrenar el atrevimiento y codicia de la nobleza, que estaba determinada a defender con las armas lo que sus antepasados les ganaron y dejaron por juro de heredad. Era menester para allanarlos las fuerzas y autoridad del rey don Fernando; él, visto que se continuaban ya algunos años los alborotos de aquella gente, con la ventura que tuvo en lo demás, su prudencia y buena maña, lo sosegó todo y con el buen orden que dio en aquellos debates. Hallábase en Alcalá de Henares en este tiempo. Desde allí pasó con la reina, su mujer, a Segovia y a Medina del Campo; en este viaje visitó en Alba a don García de Toledo, que ya se llamaba duque de Alba por merced del rey, y por su edad se retiró a aquella su villa, en su lugar para que sirviese en la guerra de Granada quedó don Fadrique, su hijo. Pretendía el rey en esto, fuera de honrarle, reconciliarle, como lo hizo, con el condestable Pero Fernández de Velasco; al cual y a don Alonso de Fonseca, que ya era arzobispo de Santiago, pensaba dejar para el gobierno de Castilla, resuelto de volver en persona a la guerra de Granada. Con esta determinación pasó a nuestra Señora de Guadalupe. Allí, a 28 de abril, pronunció sentencia en el negocio de los payeses y en favor suyo, en que declaró ser aquella servidumbre muy pesada para cristianos y que no se usaba en ninguna nación. Por tanto, mandaba que se revocase y se mudase en otra cosa más llevadera. Esto fue que cada cual de los vasallos pagase a su señor cada un año sesenta sueldos barceloneses, tributo, aunque muy grave, pero que aceptó aquella gente de muy buena gana, tanto más, que les dieron libertad de poder franquearse y redimir esta carga con pagar de una vez a razón de veinte por uno. De esta

 

 

 

 

 

 

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manera, después de largas alteraciones que en aquella parte de España largamente continuaron, todo se sosegó.

 

En Portugal con la muerte de aquellos señores conjurados, de que arriba se habló, las cosas se hallaban en sosiego, y el rey ocupado en ennoblecer su reino, en particular Azamor, que es una ciudad de la Mauritania Tingitana, puesta a la ribera del océano Atlántico al salir de la boca del estrecho de Cádiz a mano izquierda, plaza que algunos piensan los antiguos llamaron Timiaterium, como quier que los años pasados fuese tributaria a los reyes de Portugal, de nuevo hizo juramento de estar a su devoción y obediencia, y en señal de homenaje pecharía y enviaría a Portugal por parias cada un año diez mil alosas, cierto género de pescado de que hay allí mucha abundancia; reconocimiento muy honroso para aquella nación y para sus príncipes, pues no sólo por las armas y esfuerzo pudieron los años pasados mantenerse en libertad y fundar aquel reino, a que no tenían derecho muy claro, sino que de presente se adelantaron a sujetar naciones y ciudades apartadas, y se abrieron camino para alcanzar mayor gloria y mayores riquezas que antes.

 

 

 

 

IX. Que muchos pueblos se ganaron de moros

 

Iban las cosas de los moros de caída. Trabajábanlos no menos las discordias de dentro que el miedo de fuera. En la misma ciudad de Granada, Boabdil, llamado por la gente de su parcialidad, se apoderó del Albaicín, y con su llegada vinieron a las manos en las mismas calles de la ciudad unos ciudadanos contra otros con grande coraje y rabia. Todavía cuando los nuestros les hacían guerra se concertaban entre sí y acudían a la defensa. El miedo de mayor peligro los hacía apaciguarse. Pasada la tempestad, luego volvían a sus acostumbrados debates y a las puñadas. Estaban las cosas en este término, cuando un alfaquí, llamado Mozer, hombre tenido por santo, como por divina inspiración andaba dando voces por las calles y plazas:

 

«¿Hasta cuándo, decía, loquearéis? ¿Hasta cuándo seréis frenéticos, que es locura más grave? ¿Será justo que por ayudar a las codicias de otros y a la ambición os mostréis olvidados de vos mismos, de vuestras mujeres, hijos y patria? Cosa es pesada decirlo; pero si no lo oís de mí,

 

 

 

 

 

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¿qué remedio tendrán nuestros males? ¿Por qué no volvéis vuestros ánimos a lo que es razón? Y si no os mueve la infamia, a lo menos muévaos el riesgo en que todo está. ¿Por ventura tenéis por legítimos estos reyes que, apoderados del reino malvadamente, no son parte para remediar estos males, y fuera del nombre de reyes, ni tienen valor ni fuerza? Por ventura la sombra de éstos vos amparará? Si no sacudís de presto esta cobardía, yo os anuncio que está muy cerca vuestra perdición».

 

Movíase el pueblo con estas palabras; los mismos que no quisieran las dijera juzgaban que decía verdad. A instancia pues así de este alfaquí como de otros de la misma calidad que acudieron a concertar los reyes, se hizo entre ellos avenencia con estas condiciones: que el tío se quedase con Granada y con Almería y con Málaga, y todo lo demás fuese de Boabdil, su sobrino; el cual yo entiendo que se tenía en esta sazón en el Albaicín, dado que las historias lo callan por el gran descuido de los que las escribieron. Lo que principalmente se pretendía en esta confederación era que por cuanto el rey Chiquito tenía confederación con el rey don Fernando quedasen a su cargo y en su poder todas aquellas plazas sobre que se entendía los nuestros darían primeramente.

 

Entendieron este artificio los cristianos. Juntadas de todas partes sus gentes, acordaron de ir sobre Loja con mayor esperanza de ganarla que antes y mayor deseo de vengar el daño pasado. Boabdil, sea forzado de la necesidad de conservar su reputación entre los suyos, o con intento de mudar partido, con quinientos de a caballo salió de aquella ciudad para impedir el paso a los nuestros, que iban por caminos fragosos. Pero no obstante estas dificultades, llegaron a los arrabales, do tuvieron una escaramuza con los moros, y con muerte de algunos de ellos, forzaron a los demás a retirarse dentro de la ciudad. Para cerrar más el cerco asentaron sus reales en tres partes. Demás de esto, rompieron la puente de la ciudad para que los enemigos no pudiesen hacer salidas; y por dos puentes que fabricaron de madera podían los cristianos libremente pasar de la una y de la otra parte del río con toda comodidad. Plantaron la artillería, con que derribaron parte de la muralla. Aparejábanse para dar el asalto y entrar por la batería la ciudad, cuando los cercados, el noveno día después que el cerco se puso, se rindieron a partido de salir libres y sacar y llevar consigo todo lo que pudiesen de sus bienes y preseas.

 

 

 

 

 

 

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Salió Boabdil a los reales, y puestos los hinojos en tierra, protestó tuvo siempre el mismo ánimo; que no era razón le cargasen por lo sucedido de desleal, y pensasen hacía de voluntad lo que era necesidad y fuerza. Aceptáronse estas excusas, y fuele dado perdón, especial que, aunque fuera culpado, era muy a propósito disimular con él para fomentar las discordias que entre los moros andaban. Hecho esto, el rey don Fernando fortificó aquella ciudad. Dio el cargo de guardarla a Álvaro de Luna, señor de Fuentidueña, nieto que era del condestable don Álvaro de Luna, con que pasó a combatir otros pueblos.

 

En algunos pocos hicieron resistencia los moros, mas en vano, y los más se rendían sin dificultad; entre los otros tomó a Íllora a 28 de junio, y consiguientemente a Zagra, a Baños y a Moclín. Fue mucho lo que se obró, a causa que algunos de estos pueblos eran tan fuertes por su sitio y murallas, que se pudieran entretener largo tiempo, y están a la vista de Granada o muy cerca de ella, de donde podían ser socorridos; pero el miedo era mayor que las causas de temer. Íllora se encargó a Gonzalo Fernández de Córdoba, hermano de don Alonso de Aguilar. De estos principios tan flacos ¿cuán grande y señalado capitán en breve será en Italia?

Solían los ciudadanos de Granada llamar a Íllora el ojo derecho, y a Moclín el escudo de aquella ciudad; y así, con la pérdida de estos lugares casi de todo punto perdieron la esperanza de poderse valer, mayormente que los vencedores pusieron fuego en la vega de Granada y la corrieron; los lloros, muertes y estragos por todas partes eran sin cuento. Todavía Abohardil envió parte de su caballería a la puente de los Pinos, muy conocida por los muchos daños que en nuestra gente hicieron los moros en aquel lugar los años pasados, y esto para que impidiesen a los fieles el paso del río Genil. Quedóse él mismo en la ciudad por recelo no sucediese alguna novedad dentro de ella. No pudieron impedir los moros el paso de aquel río, solamente con gran vocería, a su costumbre, cargaron sobre el postrer escuadrón de los que quedaban por pasar, en que iba por capitán don Íñigo de Mendoza, duque del Infantado. Defendiéronse los nuestros valientemente; mas como estuviesen rodeados de gran morisma, que eran no menos que mil de a caballo y diez mil de a pie, y se hallasen muy apretados, fueron ayudados de los demás escuadrones que acudieron a socorrerlos. Retiráronse con tanto los moros, y como los nuestros les fuesen picando por las espaldas, de nuevo se encendió la pelea en los

 

 

 

 

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olivares de la ciudad. En esta refriega don Juan de Aragón, conde de Ribagorza, se señaló de muy valiente, y fue gran parte para que la victoria se ganase. Acudía a todas partes con su caballo y armas resplandecientes, que era ocasión de que todos los contrarios le pretendiesen herir. Libróle Dios, si bien le mataron el caballo; y por lo mucho que hizo aquel día, pareció a todos igualar en el esfuerzo y valor a su padre.

 

Estaba ya el estío muy adelante, cuando el rey don Fernando, puestas guarniciones en las plazas que se tomaron, nombró por gobernador para las cosas de la guerra y de la paz a don Fadrique, su primo, hijo del duque de Alba, para quitar la competencia que los señores del Andalucía tuvieran entre sí y el agravio que formaran si cualquiera de ellos fuera antepuesto a los demás.

Los gallegos a esta sazón se alteraban a causa que el conde de Lemos, sin embargo de lo que el rey le tenía mandado y contra su voluntad, se apoderó de Ponferrada, villa muy fuerte en aquella comarca, y echó de ella la guarnición que la tenía por el rey. Esto forzó a los reyes, dejadas las cosas del Andalucía, de acudir a sosegar estos bullicios. Hízose así; luego que allí llegaron, los vecinos de aquella villa les abrieron las puertas. Los soldados se excusaban con el conde, que les dio a entender lo hecho era orden del rey y su voluntad. Aceptóse su excusa, y juntamente al conde fue dado perdón porque acudió en persona y se puso en manos del rey; sólo le penó en quitarle aquel pueblo y algunos otros, que quedaron por la corona real.

 

De esta manera a un mismo tiempo los moros eran combatidos con gran fuerza, y los señores por lo que al conde pasó quedaron escarmentados, y comenzaron a allanarse para no hacer, como lo tenían de costumbre, fuerzas, robos ni agravios. Sobre todo los reyes, después de cumplidas sus devociones en la ciudad e iglesia del apóstol Santiago, vueltos a Salamanca, en que se detuvieron algunos días, al principio del año 1487 acordaron de poner en Galicia una nueva audiencia con sus oidores y presidente y suprema autoridad, a propósito de reprimir aquella gente de suyo presta a las manos y mover bullicios, sin hacer caso de las leyes ni de los jueces ordinarios.

 

En este medio don Fadrique, hijo del duque de Alba, ardía en gran deseo de mostrarse y ganar reputación, acometer alguna hazaña señalada. Gran número de cristianos que tenían encerrados en las mazmorras en el castillo de Málaga daban intención que si los fieles sobreviniesen,

 

 

 

 

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quebrantarían las prisiones y les darían entrada en aquella plaza. Seiscientos de a caballo que envió para este efecto, por ir los ríos muy crecidos a causa de las continuas aguas, no pudieron pasar adelante ni salir con lo que pretendían.

 

Dentro de la ciudad de Granada andaba no menos debate que antes entre los dos reyes moros, tanto, que Abohardil con soldados que hizo venir de Guadix y Baza acometió el Albaicín y le entró. Acudió Boabdil al peligro y rebate con los suyos, y forzó al enemigo a retirarse. Pelearon con gran fuerza en la plaza de la mezquita mayor; ensangrentóse la ciudad malamente; murieron muchos de la una y de la otra parte.

Llegó a esta sazón el rey don Fernando desde Salamanca, y entró en Córdoba a 2 de marzo. Desde allí, sabido el aprieto en que se hallaba aquel rey su confederado, le envió gente de socorro con el capitán Hernando Álvarez de Gudea, alcaide de Colomera. Con esta ayuda cobró tanto ánimo, que no cesaba, no solo de defender su partido, sino también de acometer al enemigo con gran ventaja suya y espanto de los contrarios, y no menos estrago de los ciudadanos, que pagaban a su costa la locura de aquellos dos reyes con la pasión desatinados y sandios.

 

 

 

 

X. La ciudad de Málaga se ganó

 

Tratábase en Córdoba y consultábase sobre la manera que se debía tener en hacer la guerra a los moros. Los pareceres eran diferentes; unos decían que fuesen sobre Baza, otros que sobre Guadix. El rey se resolvió de marchar la vuelta de Málaga por ser aquella ciudad a propósito para venir a los moros socorros de África, como les venían, a causa que el mar es angosto y el paso estrecho por aquella parte. Con esta resolución, sin dar a entender lo que pensaba hacer, salió de Córdoba a 7 de abril. Llevaba doce mil de a caballo y cuarenta mil infantes. Llegados que fueron a tierra de moros, el rey descubrió lo que pretendía. Dijo en pocas palabras a los soldados que los llevaba a do tenían la victoria cierta, a causa que hallarían los enemigos desanimados por la discordia que tenían entre sí y por el miedo; y las fuerzas que les quedaban, las tenían repartidas en muchas guarniciones. Que si con la alegría acostumbrada y su buen talante se diesen prisa, sin duda saldrían con aquella empresa muy honrosa para

 

 

 

 

 

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todos y de aventajado interés, lo cual hecho y sujetada con esta traza gran parte de aquella provincia, demás de los otros pueblos y ciudades que ya les pagaban tributos y les reconocían homenaje, ¿qué le quedaría al enemigo últimamente fuera del nombre de rey? Que por sí mismo caería, aunque ninguno le hiciese fuerza; y con todo eso la gloria de dar fin a cosa tan grande se atribuiría a los que se hallasen en la conclusión y remate. Mirasen cuánto era el aplauso y cuán gran concurso de gente acudían a animarlos para aquella jornada; y era así, que por do quiera que iban, hombres, niños, mujeres les salían al encuentro de todas partes por aquellos campos, y les echaban mil bendiciones; llamábanlos amparo de España, vengadores de las injurias hechas a la religión cristiana y de los ultrajes; que en sus manos derechas y en su valor llevaban puesta la salud común y la libertad de todos; que Dios les diese bueno y dichoso viaje y muy presto la victoria deseada de sus enemigos. Hacían sus votos y plegarias a los santos para tenerlos propicios, y a ellos convidaban a porfía, y cada uno les hacía instancia que tomasen de él lo que les fuese necesario. Alcontrario, la modestia de los soldados era tan grande, que ni querían ser cargosos ni detenerse ni apartarse de las banderas para recebir refresco ni regalo.

 

Sabida pues la voluntad del rey y su determinación, con mayor esfuerzo y alegría respondieron que los llevase a la parte que fuese su voluntad y merced, que por su mandado y debajo de su conducta no esquivarían de acometer cualquier peligro y afán. Comenzó a marchar el ejército; pareció que debían primero combatir a Vélez, que es un buen pueblo cerca de Málaga. Con esta resolución hicieron sus estancias junto al río que por allí pasa. Salieron a escaramuzar los del pueblo y dieron sobre los gallegos, gente, aunque endurecida con los trabajos y poco regalo de su tierra, pero no acostumbrada a pelear en ordenanza, sino repartidos por diversas partes y de tropel como sucedía juntarse; así fueron maltratados. Acudieron otros a su defensa, con que los del pueblo mal de su grado se retiraron dentro de las murallas.

 

Ganaron los arrabales y plantaron la artillería para batir los adarves. Acudieron los aldeanos del contorno para dar socorro a los cercados; más fue el ruido que el provecho. Abohardil, luego que supo en Granada el intento de los cristianos, determinó socorrer aquella ciudad, en cuyo peligro consideraba se ponía a riesgo todo su estado. Con esta resolución envió a Roduan Vanegas, gobernador de Granada y capitán valeroso, para

 

 

 

 

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que fuese delante, y con él algunas banderas de soldados a la ligera, y espaldas de trescientos de a caballo. Prometióles que dentro de pocos días iría él mismo en persona y los seguiría. Hízose así. Pretendía Roduan de noche sin ser sentido dar sobre los nuestros y enclavar la artillería. No pudo salir con su intento.

 

Acudió el rey moro y asentó sus reales en cierta fragura que hay cerca de aquella villa. Tenía veinte mil hombres de a caballo, y de a pie otros tantos. Todavía su ejército ni era tan grande ni tan fuerte como el contrario; confiaba empero se podría sustentar con la fortaleza del lugar en que se puso. No le valió su traza a causa que los cristianos cargaron sobre él y le entraron los reales y saquearon el bagaje. El rebato fue tal, que todos los moros se pusieron en huida, cada cual como pensó o pudo salvarse. Lo que fue peor, que como vieron a este rey vencido, los que le eran aficionados le desampararon, y porque volvía sin su ejército, los de Granada cerraron las puertas al miserable y desgraciado. Hecho esto, alzaron por rey de común consentimiento y dieron la obediencia a Boabdil, su competidor, que a los que huyen todos les faltan. Los de Vélez, perdida toda esperanza de poderse defender, por medio de Roduan y a su persuasión, ca tenía familiaridad con el conde de Cifuentes desde el tiempo que estuvo preso en Granada, se rindieron a 27 de abril a partido y con condición que tuviesen libertad de irse do les pluguiese y llevar consigo sus bienes. Luego que los nuestros quedaron apoderados de aquella plaza sin derramar sangre ni perder gente, un pueblo, llamado Bentome, que cae allí cerca, a ejemplo de Vélez se entregó y recibió dentro guarnición de soldados. El gobierno y guarda de este pueblo se entregó a Pedro Navarro, hombre que de bajo suelo y marinero que fue, salió capitán señalado, mayormente los años adelante.

 

Con esto los de Málaga cobraron gran miedo; dudaban de poder entretenerse mucho tiempo a causa que no tenían esperanza, a lo menos muy poca, de que les viniese socorro. Así, el alcaide y gobernador, llamado Abenconnija, salió de la ciudad a tratar de rendirse por intervención de Juan de Robles, que estuvo mucho tiempo cautivo en Málaga. Tuvieron noticia de estos tratos y pláticas cierto número de soldados berberiscos que allí tenían de guarnición para defender aquella ciudad; temían no les entregasen a los enemigos, y juntamente indignados de que sin darles parte se tratase de cosa semejante, acometieron el castillo principal que está sobre aquella ciudad, y se llama el Alcazaba, y se

 

 

 

 

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apoderaron de él; echaron fuera y degollaron los soldados que tenía de guarnición, y entre ellos un hermano del mismo Abenconnija. Tras esto acuden a las murallas, cierran las puertas para que nadie de los ciudadanos pudiese tener habla con los cristianos. Si alguno se desmandaba, pagaba con la vida; castigo con que pretendían escarmentar a los demás.

 

Perdida pues esta esperanza, el rey hizo traer tiros más gruesos de Antequera, y con ellos adelantó sus reales y los puso, a 15 de mayo, a vista de Málaga. Está aquella ciudad asentada en un llano si no es por la parte que se levanta un recuesto en que están edificados dos castillos; el más bajo se llama Alcazaba, y el que está en lo más alto se llama Gebalfaro. La ciudad es pequeña de circuito, pero muy hermosa, y conforme a su grandeza llena de gente. Tiene puerto y atarazanas por la parte que es bañada del mar; por las espaldas se levantan ciertos montes y collados plantados de viñas y de huertas, en que los ciudadanos tienen muchas casas de placer. Del un castillo al otro van dos muros tirados con que se juntan entre sí y se pasa del uno al otro. La campiña es hermosa, el cielo alegre, la vista del mar muy ancha, y en aquel tiempo era rica y muy noble por el comercio y contratación de África y de levante.

 

Hallábanse en los reales del rey y en su compañía el maestre de Santiago, el almirante de Castilla, el de Villena, el de Benavente, el maestre de Alcántara y don Andrés de Cabrera, marqués de Moya; demás de estos casi todos los señores del Andalucía y muy buenos socorros que acudieron de aragoneses. Pareció cercar aquella ciudad de mar a mar con foso, con trincheas y albarradas y poner golpe de gente en el collado en que está el castillo menor. Hízose lo uno y lo otro; diose cuidado de los que pusieron en el collado al marqués de Cádiz. La reina otrosí vino al cerco, y en su compañía el cardenal don Pero González de Mendoza y fray Hernando de Talavera, por su buena y santa vida de fraile de san Jerónimo, como queda dicho, promovido en obispo de Ávila. Antes que se acabasen los fosos y valladar salieron algunas veces a escaramuzar los moros; al contrario, los cristianos asimismo acometían las murallas. En uno de estos rebates fue muerto Juan de Ortega, soldado que se señaló mucho en esta guerra, así bien en la toma del castillo de Alhama como en muchas otras empresas memorables.

 

A 29 de mayo salieron tres mil moros de la ciudad con intento de acometer las estancias del marqués de Cádiz. Mataron las escuchas, rompieron el primer cuerpo de guarda, y hecho esto, entraron en los reales.

 

 

 

 

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El marqués de Cádiz, sin perder el ánimo por aquel sobresalto, con su gente puesta en ordenanza salió al encuentro a los enemigos. La pelea fue brava, muchos de los fieles cayeron muertos, el mismo marqués quedó herido; el estrago de los enemigos fue mayor, si bien los más escaparon por tener la acogida cerca.

 

Sucedió que en la ciudad por la gran cuita en que se veían puestos, algunos se resolvieron de matar al rey; en particular un moro, tenido por santo entre aquella gente, para salir con este dañado intento se dejó prender; pidió le llevasen al rey. Fue Dios servido que a la sazón reposaba; mandó la reina le llevasen a la tienda del marqués de Moya. El moro por el arreo y riquezas que veía, se persuadió que era aquella la tienda real. Puso mano a un alfanje, que por poca advertencia no le quitaron, y con él se fue denodado, feroz y con aspecto y rostro espantable para don Álvaro de Portugal, que acaso estaba hablando con la marquesa doña Beatriz de Bobadilla. Don Álvaro, abajado el cuerpo, huyó el golpe. El moro fue preso y muerto por la gente que acudió al ruido. De esta manera por merced de Dios se evitó este peligro.

 

Aumentóse el número de la gente con la venida del duque de Medina Sidonia. Asimismo desde Flandes, Maximiliano, duque de Austria, que poco después fue césar y rey de romanos, envió dos naves gruesas cargadas de todos los pertrechos y municiones de guerra, y por capitán a don Ladrón de Guevara.

El número de los enemigos asimismo se acrecentó a causa que algunos moros, por los reparos que caían junto al mar, se metieron en la ciudad para socorrer a los cercados. Apretábalos la hambre, y con todo esto los berberiscos no se doblegaban a querer partido. Los ciudadanos, cuyo riesgo así como miedo era mayor, se inclinaban a rendirse. Uno de ellos, persona en autoridad y riquezas de los más principales, llamado Dordux, salió a los reales a tratar de conciertos. Respondió el rey que en ningún partido vendría si no fuese que entregasen la ciudad a su voluntad. Esto en público; mas de secreto y en puridad prometió a Dordux que si terciaba bien y lealmente, daría libertad a él y a todos sus parientes sin que recibiesen algún mal, demás de las mercedes que le haría muy grandes. Dio el moro la palabra de hacerlo así. Llevó consigo gente del rey, y dioles entrada en el castillo y puso el estandarte real en lo más alto de la torre del homenaje. El espanto de los ciudadanos por esta causa y de los africanos fue grande, bien que mezclado con alguna esperanza. Persuadíanse los más

 

 

 

 

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que lo que se asentara con Dordux guardarían los vencedores con los otros. Con esta persuasión enfardelaban resueltos de partirse.

 

Engañóles su pensamiento; acudieron los nuestros y les quitaron todos sus bienes junto con la libertad. Lo mismo se ejecutó con los soldados que tenían de guarnición en los castillos, y por semejante yerro para irse se salieron al mar. En particular los africanos con su capitán Zegri fueron presos. Los que de los cristianos se pasaran a los moros, que eran muchos, pagaron con las vidas. A los judíos que después de bautizados apostataron de la religión cristiana quemaron. A los demás, así judíos como moros naturales de aquella ciudad, se les hizo gracia que se librasen por un pequeño rescate y talla; la toma de aquella nobilísima ciudad sucedió a los 18 de agosto. Hiciéronse alegrías en toda España por esta victoria, procesiones y rogativas para dar gracias por tanta merced a Dios nuestro Señor. Averiguóse que aquella ciudad en tiempo de los godos tuvo obispo propio; y así, con bula que para ello se ganó del pontífice Inocencio, le fue restituida aquella dignidad.

 

Enturbióse algún tanto esta alegría con un aviso que vino de levante que el Gran Turco Bayazete con una gruesa armada que tenía junta, pretendía bajar a Sicilia para divertir las fuerzas de España y hacer que aflojasen en la guerra de Granada; y aún se decía que para este efecto y quedar desembarazado hizo paces con el gran sultán de Egipto.

 

 

 

 

XI. En Aragón se asentó la hermandad entre las

 

ciudades

 

Los moros de Granada se hallaban apretados y a punto de perderse por la guerra que les hacía el rey don Fernando. Los portugueses, por el contrario, con las navegaciones que hacían y flotas que enviaban cada un año, se abrían camino para las ciudades de levante, empresa grande a que dio principio, como arriba queda dicho, el infante don Enrique, que hizo los años pasados descubrir las marinas exteriores de África. Continuóse esto los años siguientes sin cesar de llevarlo siempre adelante. Pero como quier que el provecho no respondiese a tan grandes trabajos y gastos, trataban de pasar a las ricas provincias de la India con intento de encaminar a su tierra las riquezas de aquellas partes, de que era grande la

 

 

 

 

 

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fama; y el cielo con mano liberal repartió más copiosamente de sus bienes con aquellas gentes que con otras todo género de drogas y especias, piedras preciosas, perlas, oro, marfil, plata, sin otras cosas, que mas la ambición de los hombres que la necesidad ha hecho estimar en mucho. Nunca se refieren las cosas puntualmente como pasan; siempre la fama las acrecienta y pone mucho de su casa. Decíase que tenían bosques de árboles muy grandes y en extremo altos de canela, cañafístola y clavos, grande abundancia de pimienta y jengibre, animales de formas extrañas y hombres de costumbres y rostros extraordinarios.

 

Parecía a las personas prudentes cosa de grande locura acometer y pretender con las fuerzas de Portugal, que eran muy pequeñas, de pasar a aquellas regiones y gentes, puestas en lo postrero del mundo por tan grande espacio de tierra y de mar; vencía empero todas estas dificultades la codicia de tener y el deseo de ganar honra. Con esta resolución los años pasados el rey de Portugal envió a Bartolomé Díaz, piloto muy experimentado, para que fuese al cabo de Buena Esperanza, en que hacia la parte de mediodía muy adelante de la equinoccial adelgazándose las riberas por la parte de poniente y por la otra de levante, se remata la grande provincia de África, tercera parte del mundo. Éste pues, pasado aquel cabo, llegó hasta un río, que llamaron el río del infante. Fue este grande acometimiento y porfía extraordinaria. Fray Antonio, de la orden de San Francisco, iba en compañía de Bartolomé Díaz, y era persona diligente, sagaz y atrevida. Éste desde allí por tierra, considerada gran parte de la África y de la Asia, llegó a Jerusalén; últimamente, él por tierra, y Bartolomé Díaz por el mar, vueltos a Portugal, dieron aviso al rey y a los portugueses de lo que vieron por los ojos.

 

Animados pues con tan buen principio, cobraron mayor ánimo para llevar al cabo lo comenzado. Para mejor ejecutar esto escogieron dos personas de grande ánimo y experiencia, y sobre todo muy diestros y ejercitados en la lengua arábiga para que pasasen adelante; el uno se llamaba Pedro Covillán y el otro Alonso Paiva. Por excusar el gran gasto que se hiciera si los enviaran por el mar con armada, les ordenaron que por la tierra fuesen a ver y atalayar las partes más interiores de África y de Asia. Con este orden salieron de Lisboa a los 15 de mayo, pasaron a Nápoles, tocaron a Rodas, visitaron a Jerusalén, dieron vuelta a Alejadría y llegaron al Cairo, ciudad la más principal de Egipto. Allí se apartaron, Pedro Covillán para Ormuz, que es una isla a la boca del seno Pérsico,

 

 

 

 

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dende pasó a Calicut. Alonso de Paiva tomó cuidado de mirar y calar las partes interiores de Etiopía, en que le sobrevino la muerte. Por esta causa y por cartas que vinieron de su rey a Pedro Covillán en que le mandaba no volviese a su tierra antes de tomar noticia de todas aquellas provincias, pasó a Etiopía. Pagáronse de sus costumbres y su ingenio Alejandro, al cual vulgarmente llaman Preste Juan, y Nahu y David sus sucesores; no le dejaron por ende partir, antes le casaron, heredaron y dieron con qué se sustentase.

 

Visto que no podía volver, desde allí envió por escrito al rey de Portugal una información de todo lo que vio y halló. Avisaba que Calicut era una plaza y mercado el más rico y famoso de todo el oriente, los naturales de color bazo y de membrillo, poco valientes y de costumbres muy extravagantes. Que de la cintura arriba andaban desnudos, vestidos sólo de la cintura abajo, los más con mucho oro y seda, y los brazos cargados de perlas, de los hombros fiada una cimitarra con que peleaban; lo que más espanta, que una mujer casaba y casa con muchos maridos, por la cual causa, como quier que nadie conozca su padre ni sepa con certidumbre quién le engendró, los hijos no heredan, sino los sobrinos, hijos de hermanas. Avisaba otrosí que en Etiopía hay muchas naciones muy extendidas, todas de color negro, y que tienen nombre de cristianos, la antigua religión en gran parte estragada y mezclada con ceremonias de judíos y errores de herejías. Todas obedecen a un rey muy poderoso, que tiene grandes ejércitos de a pie y de a caballo, y siempre se aloja en los pabellones y reales. Que cuidaba se podría reducir aquella gente, si con embajadas que se enviasen de la una a la otra parte se asentase con aquellos reyes alguna confederación; pero lo más de esto sucedió los años siguientes.

 

Volvamos con nuestro cuento al rey don Fernando. Después de tomada Málaga, ya que pretendía pasar adelante, las alteraciones de Aragón le forzaron a ir allá para atajar grandes insultos, robos y muertes que se hacían. Particularmente en Valencia, don Felipe de Aragón, maestre de Montesa, vuelto de la guerra de Granada, mató a Juan de Valterra, mozo de grande nobleza y que era su competidor en amores de doña Leonor, marquesa de Cotron, hija de Antonio Centellas. De esta muerte resultaron grandes alborotos en aquella ciudad. Para acudir a todo esto los reyes don Fernando y doña Isabel partieron de Córdoba.

 

 

 

 

 

 

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Por sus jornadas llegaron a Zaragoza a los 9 de noviembre. En aquella ciudad se mudó la manera de nombrar los oficiales y magistrados. Antiguamente lo hacía el regimiento y el común del pueblo, de que resultaban debates. Ellos mismos pidieron les quitasen aquella autoridad y la tomase el rey en sí a propósito de evitar los alborotos que sobre los nombramientos se levantaban; demás de esto, a ejemplo de Castilla, se ordenaron ciertas hermandades entre las ciudades que acudiesen cada cual por su parte con dineros para la paga de ciento cincuenta de a caballo que anduviesen por toda la tierra y reprimiesen por temor y castigasen con severidad los insultos y maldades. Sacóse otrosí por condición que el capitán y superior de toda esta hermandad le nombrase el rey; pero que fuese uno de tres ciudadanos de Zaragoza que señalase el senado y regimiento. Diéronles asimismo ordenanzas para que se gobernasen, en razón que no usasen mal de aquel poder que se les daba.

 

Esto se efectuó por principio del año siguiente de 1488, en los mismos días que un embajador del rey de Nápoles, llamado Leonardo Tocco, griego de nación y del linaje de los emperadores griegos, al cual los turcos quitaron un gran estado y forzaron a huirse a Italia, vino a tratar del casamiento que los años pasados se concertó entre don Fernando, príncipe de Capua y nieto del rey de Nápoles, y la infanta doña Isabel, hija del rey don Fernando. Esta demanda no hubo lugar, ni se efectuó el casamiento a causa que el rey pensaba casar su hija con el rey de Francia o con el príncipe de Portugal para que fuese, como se persuadía, un vínculo perpetuo de concordia entre aquellas naciones. Bien que ofrecieron en su lugar a la infanta doña María con tal que desistiesen aquellos príncipes del primer concierto y los primeros desposorios se diesen por ningunos.

 

De Zaragoza pasaron los reyes a Valencia; sobrevino sin pensarlo Alano, padre de Juan de Labrit, rey de Navarra. El diseño e intento era que el rey les ayudase para defender su estado del rey de Francia, que les tomara gran parte de él pasados los montes, y para sosegar a los navarros de aquende, que andaban albarotados. En particular los beamonteses estaban apoderados de gran parte de Navarra, sin dar lugar a los reyes que pudiesen entrar en su reino, si bien tres años antes tomaron asiento con el conde de Lerín, por el cual a él y a sus deudos y aliados fueron dados los cargos y pueblos que tuvieron sus antepasados, y aún le añadieron de nuevo otros muchos para ganarle; pero la deslealtad y ambición no se doblega por ningunas mercedes. Demás de esto, pretendía que el rey

 

 

 

 

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amparase a Francisco, duque de Bretaña, con cuya hija, llamada Ana, por no tener hijo varón, muchos deseaban casar. En especial Carlos VIII, rey de Francia, le hacía guerra por esta causa. De parte del duque estaba el dicho monsieur de Labrit y el duque de Orleans. A Maximiliano, que ya era césar y rey de romanos, tenían preso con guardas que le pusieron. Los de Brujas, ciudad de Flandes, con grande atrevimiento le acometieron y prendieron dentro de su mismo palacio. Ponía esto en nuevo cuidado, porque aquel príncipe era amigo de los españoles, y el dicho Labrit, que venía a dar aviso de todo esto, su confederado.

 

Por conclusión, a instancia de Alano, que no rehusaba cualesquier condiciones que le pusiesen, se hizo entre el rey y él alianza y liga contra todos los príncipes, excepto sólo el rey de Francia. No era seguro que Alano y su hijo se le mostrasen contrarios al descubierto por tener su estado todo, parte sujeto, parte comarcano a la corona de Francia; todo era disimulación; la intención verdadera de valerse de las fuerzas de España contra Francia. Púsose por condición, entre otras, que se hiciese una armada y se levantase gente en las marinas de Vizcaya, que se envió finalmente a Bretaña debajo de la conducta y regimiento de Miguel Juan Gralla, maestresala del rey, de nación catalán. Otorgáronse las escrituras de toda esta confederación y capitulaciones a 21 de marzo, cuyo traslado no me pareció poner aquí.

 

 

 

 

XII. Que volvieron a la guerra de los moros

 

Comenzaron los reyes a tener Cortes del reino de Valencia en aquella ciudad, que se acabaron en la ciudad de Orihuela. Pretendían por este camino castigar los insultos y maldades que se hacían en aquella provincia, no con menor libertad que en Aragón. Sosegadas estas alteraciones, el rey don Fernando se apresuraba para pasar por el reino de Murcia, que caía cerca de tierra de moros.

Hacíanse nuevos aparejos para proseguir aquella guerra hasta tomar aquel reino, donde Abohardil con grande dificultad sustentaba el nombre de rey, si bien se hallaba con mayores fuerzas que su sobrino, por tener debajo su jurisdicción a Guadix, Almería y Baza, con toda la serranía de Granada, que llega hasta el mar, de que podía recoger mayores intereses a

 

 

 

 

 

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causa que la guerra, por ser la tierra tan fragosa, no había llegado a aquellos lugares, demás de los grandes provechos que se sacaban del artificio de la seda, que era y es la más fina de toda España. Allegábase que los naturales andaban desabridos con Boabdil; teníanle por cobarde y enemigo de su secta; decían era moro de solo nombre, y de corazón cristiano. Demás de esto, Abohardil ganara reputación y crédito con una entrada que por bosques y lugares ásperos hizo en la campiña de Alcalá la Real; la presa y cabalgada fue grande que llevó a Guadix, de ganados mayores y menores, por estar la gente descuidada y no pensar en cosa semejante a causa que todo lo que caía por allí de moros se tenía por Boabdil, amigo y confederado, atrevimiento de que muy en breve se satisfizo Juan de Benavides, a cuyo cargo quedó aquella frontera. Quemó los campos de Almería e hizo otros muchos daños.

 

Los apercibimientos para la guerra no se hacían con el calor que quisiera el rey don Fernando, por cuanto la tierra del Andalucía estuvo trabajada con peste este año y el pasado; por lo demás muy deseosos todos de hacer el postrer esfuerzo y concluir con guerra tan larga. Por este respeto mandó que acudiesen todas las gentes a la ciudad de Murcia, do él quedaba, con resolución de combatir a Vera, que es una villa a la ribera del mar, y se entiende que es la que Pomponio Mela llamó Vergi o Antonino Varea. No hubo dificultad alguna en tomarla; los moradores sin dilación, por estar sin esperanza de poderse defender, se rindieron a 10 de junio, y a su ejemplo hizo lo mismo Mojácar, llamada de los antiguos Murgis, y también los dos lugares llamados Vélez el Blanco y el Rojo, con otros muchos castillos y pueblos que no estaban bien fortificados ni tenían guarnición bastante. Tan grande era el miedo que cobraron y el peligro en que los enemigos se veían, que desanimados y porque no les destruyesen los campos, se rendían sin dificultad.

 

Deseaba el rey pasar sobre la ciudad de Almería, que está por allí cerca. Impedía la entrada un castillo, por su sitio inexpugnable, llamado Taberna, que para fortificarle más y poner nueva guarnición de soldados, el rey más viejo acudió desde Guadix con mil de a caballo y veinte mil de a pie. Pretendía juntamente con aquella gente ponerse en los bosques y dar sobre los que de los cristianos se desmandasen, determinado de excusar la batalla como el que sabía que sus fuerzas no eran bastantes a causa que su ejército era gente allegadiza y no tenía ejercicio en las armas. Como los bárbaros rehusasen la batalla, los nuestros con mayor ánimo enviaban de

 

 

 

 

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ordinario escuadrones de gente para destrozar y talar los campos. El mayor daño cargó en la campiña de Almería, y después en los campos de Baza, tierra que por ser de regadío es de mucho provecho y fertilidad. Las acequias con que se reparten las aguas por aquellos llanos embarazaron a los nuestros, y fueron en esta entrada ocasión que recibiesen no pequeño daño. Muchos fueron muertos por los moros que acudieron, y entre otros don Felipe de Aragón, maestre de Montesa, mozo feroz y brioso por su edad y por su nobleza.

 

El rey don Fernando por este revés y por otros encuentros se hallaba con poca gente. Puso por entonces guarniciones en lugares a propósito, y con tanto se fue primero a Huéscar, pueblo que está cerca de Baza; después por la ribera abajo del río Segura pasó a Murcia; desde allí a Toledo con intento de pasar a Castilla la Vieja, ca le forzaban ir allá ocasiones que se ofrecían.

Con su partida el rey moro cargó sobre los pueblos que le tomaron, y los redujo todos a su obediencia, parte con promesas, parte con amenazas. En este comedio los moradores de Gausin, que era un pueblo muy fuerte cerca de Ronda, cansados del señorío de cristianos, o por su acostumbrada ligereza y poca lealtad, se conjuraron entre sí para matar los soldados, como lo hicieron, los que tenían de guarnición y que andaban por el pueblo descuidados de cosa semejante. No les duró mucho la alegría de este hecho. Los moros comarcanos, para mostrar que no tenían parte en aquel insulto y por temor de ser castigados, se apellidaron para tomar enmienda de aquel caso y cercaron a Gausin. Acudieron con nuevas gentes desde Sevilla el marqués de Cádiz y el conde de Cifuentes, y recobrado que hubieron aquella plaza, a todos los moradores en venganza del aleve pasaron a cuchillo o los dieron por esclavos.

 

Llegó a Valladolid el rey don Fernando un sábado a 6 de septiembre. Allí se le ofreció una nueva ocasión para recobrar la ciudad de Plasencia, que la poquedad de los reyes pasados la enajenó y puso en poder de la casa de Zúñiga. Fue así, que por muerte de don Álvaro de Zúñiga, que falleció en aquella sazón, sucedió en aquel estado un nieto suyo del mismo nombre, hijo de su mayorazgo, que falleció en vida de su padre. Pretendía tener mejor derecho Diego de Zúñiga, tío del sucesor, por estar en grado más cercano el difunto. Los deudos y aliados estaban repartidos y divididos entre los dos. Con esto tuvieron ocasión los Carvajales, que eran el bando contrario y muy seguidos en aquella ciudad, para apoderarse de

 

 

 

 

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ella con las armas. No pudieron hacer lo mismo del castillo, que se le defendieron los soldados que le guardaban. Acudió luego el rey don Fernando con muestra de apaciguar aquellos alborotos. Apoderóse de todo, por causa que el nuevo duque don Álvaro se le rindió, y contento con la villa de Béjar y lo demás de aquel estado, partió mano de aquella ciudad, si bien el rey don Juan el Segundo, a trueco de la villa de Ledesma, la dio a don Pedro de Zúñiga, bisabuelo de este don Álvaro. De esto resultó gran miedo a los demás señores; recelábanse les sería forzoso restituir al rey, por tener más poder y prudencia, lo que por las revueltas de los tiempos como por fuerza les dieron los reyes pasados.

 

En Aragón otrosí resultaron nuevos alborotos. La ocasión, que los señores pretendían desbaratar la hermandad que poco antes se puso entre las ciudades, como cosa pesada y que los enfrenaba y que era muy contraria a sus particulares intereses y pretensiones. No pararon hasta tanto que los años adelante en unas Cortes que se tuvieron en Tarazona alcanzaron que aquella hermandad se deshiciese por espacio de diez años.

 

Para librar a Maximiliano de la prisión en que le tenían los de Brujas, los reyes despacharon a Flandes por sus embajadores a Juan de Fonseca y a Álvaro Arronio. Gobernáronse ellos prudentemente; en fin, concluyeron aquel negocio como se deseaba, y Maximiliano se apaciguó con sus vasallos. Pretendía él por estar viudo de madama María, su primera mujer, señora propietaria de aquellos estados, de casar con doña Isabel, infanta de Castilla. En esto no vinieron sus padres por estar prometida al príncipe de Portugal, si bien dieron intención que una de las hermanas de la infanta doña Isabel podía casar con Felipe, su hijo y heredero, luego que tuviese edad para ello. Con este diseño de casarle en España su abuelo el emperador Federico en aquella sazón le dio título de archiduque de Austria, como quier que los señores de aquel estado antes de este tiempo solamente se intitulasen duques.

 

En Roma hacían oficio de embajadores por los Reyes Católicos acerca del papa el doctor Medina y el protonotario Bernardino de Carvajal, poco después obispo de Astorga, en lugar de don García de Toledo, y adelante el dicho Bernardino fue cardenal y obispo de Osma, de Badajoz, de Cartagena, de Sigüenza y de Plasencia sucesivamente. Mandaron los reyes a estos embajadores que por cuanto Maximiliano, rey de romanos, envió sus embajadores al papa fuera de lo que se acostumbraba, como algunos pretendían, por ser vivo el emperador su padre, que les diesen el primer

 

 

 

 

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lugar solamente en caso que los embajadores de Francia hiciesen lo mismo. Que advirtiesen no los dejasen asentar en medio de los de Francia y ellos, sino que si los de Francia precedían, ellos al tanto tomasen mejor lugar.

 

Ayudó mucho para poner en libertad a Maximiliano el recelo que los de Brujas tuvieron de la armada que el señor de Labrit aparejaba en las marinas de Vizcaya, como quedó concertado. Pasó a Bretaña la armada; la pérdida y daño que allí se recibió fue grande; el duque de Orleans y sus confederados quedaron desbaratados por las gentes del rey de Francia en una batalla que se dio junto a San Albín. El duque y Juan Gralla, que era capitán de los españoles, vinieron en poder de los vencedores, desbaratada y destrozada gran parte de la gente que llevaban, como se dirá algo más adelante.

 

 

 

 

XIII. Tres ciudades se ganaron de los moros

 

En un mismo tiempo y sazón la corona de Castilla se aumentaba con nuevas riquezas y estados, y los turcos, enemigos continuos y grandes de cristianos, ponían gran temor por el gran poder que tenían por mar y por tierra.

 

Al fin de este año falleció don Garci López de Padilla, maestre de Calatrava; el letrero de su sepulcro, que está en la capilla mayor de la iglesia de aquella villa, señala el año pasado. Por su muerte, como quier que muchos pretendiesen aquella dignidad, el rey don Fernando por bula del pontífice Inocencio la tomó para sí en administración, y la incorporó en su corona con todas sus rentas y estado, principio que pasó adelante a los demás maestrazgos por la misma orden y traza, con que se aumentó el poder de los reyes; pero la autoridad de aquellas órdenes y fuerzas se enflaquecieron a causa que los premios que se acostumbraban dar a los soldados esforzados y que servían en la guerra, mudadas las cosas, se dan por la mayor parte a los que siguen la corte. Las revueltas y pretensiones que resultaban en las elecciones de los maestres, y los tesoros reales, que estaban gastados, dieron ocasión a esto. Verdad es que ordinariamente de buenos principios las cosas con el tiempo desdicen algún tanto; y do quiera hay lisonjeros que dan color a todo lo que se hace. Mejor será pasar por

 

 

 

 

 

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esto, aunque ¿quién podrá dejar de sentir que las riquezas que los antepasados dieron para hacer la guerra a los enemigos de cristianos se derramen y gasten en otros usos diferentes? ¿Cuán gran parte de la tierra y del mar se pudiera con ellas conquistar?

 

De levante venían nuevas que el Gran Turco Bayazete juntaba grandes gentes de a caballo y de a pie, y que tenía cubierto y cuajado el mar con una gruesa armada. Recelábanse no volviese sus fuerzas contra las tierras de cristianos, y era así, que no le faltaba voluntad de extender su imperio hacia el poniente y vengar el sentimiento que tenía por no le entregar, como él lo pretendía, a Gémes, su hermano. Lo que le detenía era el sultán de Egipto, al cual pesaba mucho que el poder y mando de los turcos creciese tanto. Volvió pues sus fuerzas contra el sultán. Solas once galeotas de corsarios apartados de la demás armada fueron sobre la isla de Malta, y toda casi la pusieron a saco, y la robaron hasta los mismos arrabales de la ciudad. Esta isla, por tener dos puertos, es capaz de cualquiera armada por grande que sea. Divide estos dos puertos una punta de tierra, que llaman de San Telmo; pareció sería bien edificar allí un fuerte y castillo a propósito de impedir que los enemigos con sus armadas no se apoderasen de aquella isla, y desde allí acometiesen a nuestras riberas, como lo comenzaban a hacer. De Sicilia fue una armada contra estos corsarios; pero llegó tarde el socorro en sazón que el enemigo era ya partido con la presa. De España al tanto enviaron una nueva armada, por general Fernando de Acuña, que iba de nuevo a ser virrey de Sicilia. Pretendían con esto no solo defender nuestras riberas, sino acometer asimismo las de África.

 

Demás de esto, el rey don Fernando puso confederación e hizo de nuevo liga con los reyes de Inglaterra y casa de Austria, contra las fuerzas del rey de Francia. Todas estas pláticas se enderezaban para apoderarse por las armas del reino de Nápoles, con que los señores napolitanos que andaban desterrados de su tierra, unos convidaban al rey don Fernando, otros al francés, en quien hacían más fundamento por ser mayores sus fuerzas y mayor el odio contra los de Aragón. Pasó esto tan adelante, que al principio del año siguiente, que se contaba de nuestra salvación 1489, fueron desde España mil caballos y dos mil infantes en socorro de Bretaña contra el poder e intentos del rey de Francia y en defensa de madama Ana, que por muerte de su padre el duque había heredado aquel estado. Iba por capitán de esta gente don Pedro Sarmiento, conde de Salinas.

 

 

 

 

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Atendíase a esto como quier que la guerra de los moros de Granada ponía en mayor cuidado, y cuanto mayor era la esperanza y mas de cerca se mostraba de deshacer aquel reino, tanto crecía mas el fervor y el ánimo. Así, los reyes partieron de Medina del Campo a 27 de marzo para el Andalucía con intento de volver a las armas y a la guerra. Hacíase la masa del ejército en Jaén. Llegados allí los reyes, después de pasar por Córdoba, hicieron alarde de la gente; hallaron que eran doce mil de a caballo y cincuenta mil infantes, los más escogidos y animosos soldados de todo el reino. Un buen golpe de gente vino de sola Vizcaya y los lugares comarcanos, provincia que por ser gobernada con mucha blandura, es muy leal a sus reyes, y por tener los cuerpos endurecidos por la aspereza y falta de la tierra es muy a propósito para los trabajos de la guerra. Pareció ir con esta gente sobre Baza. En la entrada, para que no les hiciese algún embarazo, se apoderaron de un pueblo, llamado Cujar, aunque pequeño, pero de sitio muy fuerte.

 

Hecho esto, por principio del mes de junio se pusieron nuestras gentes sobre Baza, cuyo sitio, después que el rey don Femando le consideró bien, con pocas palabras animó a los soldados y los mandó apercibirse para el combate. Esta ciudad está asentada en la ladera de un collado, por do y la llanura que está debajo de él pasa un río pequeño; las otras partes tiene rodeadas de otros recuestos. Teníanla guarnecida de hombres y armas, bastecida de almacén y de trigo para quince meses. El sitio no daba lugar para arrimarse a la muralla con mantas ni con otros pertrechos de guerra. Salieron de la ciudad los soldados de guarnición, con que se trabó una escaramuza muy brava en el llano. Cada cual de las partes peleaba con grande ánimo. Los nuestros, a causa de las acequias por do va el agua encañada y fosos encubiertos, andaban embarazados y no se podían aprovechar del enemigo. Acudiéronles nuevas compañías de refresco de los reales, con que cobraron ánimo, y forzaron a los enemigos a retirarse dentro de la ciudad con mayor daño del que hicieron por ser mucho menos en número, que no pasaban de mil de a caballo y dos mil peones. De esta manera otras muchas veces con los moros que salían a pelear se hicieron delante de los reales otras escaramuzas. Los nuestros talaban los sembrados y las huertas con gran sentimiento de los ciudadanos. Murió en estas refriegas don Juan de Luna, hijo de don Pedro de Luna, señor de Illueca, mozo de poca edad y muy privado del rey, y por sus buenas prendas entre todos señalado, como lo testifica Pedro Mártir Anglería,

 

 

 

 

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hombre natural de Milán, que estuvo mucho tiempo en España, y como testigo de vista compuso comentarios de esta guerra.

 

Los cristianos, tantos a tantos, no eran iguales a los moros en las escaramuzas y rebates, por estar aquella gente acostumbrada a retirarse y volver las espaldas, y luego con una increíble presteza revolver sobre los contrarios, herir en ellos y matarlos. Ayudábales el lugar, en que eran prácticos, y la manera del pelear; los cristianos eran más en número y se aventajaban en el esfuerzo. De esta manera el cerco se alargaba mucho tiempo, tanto, que el rey, congojado de la tardanza, pensaba si sería bien desistir de aquella empresa, pues no se hacía nada; si esperar el remate, que muchas veces sin embargo de dificultades semejantes le había sucedido prósperamente. Lo que mayor espanto le ponía eran las muchas enfermedades y muertes de los suyos, a causa de ser el tiempo caluroso y los manjares de que se sustentaban no eran muy sanos; demás que la infección de la peste que anduvo los años pasados no quedaba de todo punto apagada. El marqués de Cádiz, al cual por aquellos días se dio título de duque, era de parecer que se alzase el cerco; decía que no era justo comprar con el riesgo de tan grande ejército aquella pequeña ciudad:

 

«Es así, que cuando los premios y lo que se interesa es igual al peligro, si la empresa sucede bien, el provecho es mayor, y si mal, menor la pena y desconsuelo. Si el cerco durase hasta el invierno, cuando los ríos van crecidos, ¿cómo se podrán retirar? Forzosa cosa será que todos perezcamos si no miramos con tiempo lo que conviene. Pone espanto solo el pensarlo, y el decirlo es atrevimiento; parece, señor, que hacéis poco caso de vuestra salud, con la cual todos vivimos y vencemos».

Todos entendían que el de Cádiz tenía razón; sin embargo, venció la constancia del rey y Dios, que en las dificultades acudía a su buen ánimo. Resolviéronse pues de llevar adelante lo comenzado, y para apretar más el cerco, rodear todas las murallas con un foso y con su valladar y nueve castillos que levantaron a trechos, y en ellos gente de guarda, a propósito todo que los enemigos no pudiesen de sobresalto hacer alguna salida. Las demás gentes se repartieron por los lugares y puestos que parecían más convenientes, en particular el de Cádiz con cuatro mil de a caballo se encargó de guardar la artillería. De esta manera no podían entrar en la ciudad socorros de fuera, si bien tenía mucha abundancia de vituallas. Al contrario, en los reales padecían falta de trigo para sustentarse, y de dinero para socorrer y hacer las pagas a los soldados, puesto que cada día

 

 

 

 

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sobrevenían nuevas compañías. Por el mes de octubre llegaron los duques don Pedro Manrique de Nájera y don Fadrique de Alba, vestido de luto por su padre, que falleció poco antes. El almirante don Fadrique asimismo acudió y el marqués de Astorga. Pocos días después llegó la reina con la infanta doña Isabel, su hija, y en su compañía el cardenal de Toledo y otros prelados. La venida de la reina, como yo pienso, fue causa que los cercados perdiesen el ánimo y el brío por entender se tomaba el cerco muy de propósito.

 

Trocóse pues de repente el gobernador de la ciudad, llamado Hacen el viejo, que tenía también cuidado de la guerra. Por una plática que con él tuvo Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de León, dado que se pudiera entretener mucho tiempo, se inclinó a concertarse: comunicó el negocio con su rey, que estaba en Guadix. Acordaron de rendir la ciudad, muy fuera de lo que los cristianos cuidaban. Concluidas las capitulaciones y concierto, que fue a 4 de diciembre, el día siguiente el rey t la reina con mucha fiesta, a manera de triunfo, entraron en aquella ciudad. La guarda y gobierno de ella encomendaron a Diego de Mendoza, adelantado de Cazorla y hermano del cardenal de España.

 

Puso esto mucho espanto a los comarcanos, y fue ocasión que muchos lugares de su voluntad se rindieron; y para más seguridad dieron rehenes y proveyeron de trigo y de todo lo necesario en abundancia. Entre estos lugares los principales fueron Taberna y Seron. Lo que es más, Guadix y Almería, ciudades que cada una de ellas pudiera sufrir un muy largo cerco, cosa maravillosa, sin probar a defenderse, se entregaron. El mismo rey Abohardil vino en ello, que junto a Almería, donde acudió el campo, salió a verse con el rey don Fernando, que le recibió muy bien y le hizo grande fiesta. Demás de esto, dos castillos fortísimos cerca el uno del otro, y ambos puestos sobre el mar, se ganaron. El uno llamado Almuñécar, en que solían estar los tesoros de los reyes moros y su recámara; el otro fue Salobreña, que los antiguos llamaron Salambina, puesto en los pueblos bástulos, sobre el mar Ibérico, en un sitio muy áspero y muy fortificado, a propósito de tener, como tenía, los moros allí guardados los hijos y hermanos de los reyes a manera de cárcel. La tenencia de este castillo se encomendó a Francisco Ramírez, natural de Madrid, general que era de la artillería, caudillo que se señaló de muy esforzado, así bien en esta guerra como en la de Portugal.

 

 

 

 

 

 

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Señalóse otrosí y aventajóse entre los demás en el cerco de Baza Martín Galindo, ciudadano de Écija, que pretendía en esfuerzo y valor semejar a su padre Juan Fernández Galindo, caudillo de fama y uno de los más valientes soldados de su tiempo.

 

Concluidas cosas tan grandes, en Guadix se hizo alarde del ejército a postrero de diciembre, entrante el año de nuestra salvación de 1490. Hallaron conforme a las listas que faltaban veinte mil hombres; los tres mil muertos a manos de los moros, los demás de enfermedad. No pocos por la aspereza del invierno se helaron de puro frío; género de muerte muy desgraciado; los más que murieron de esta manera era gente baja, forrajeros y mochileros; así fue menor el daño.

 

 

 

 

XIV. Que don Alonso, príncipe de Portugal, casó

 

con la infanta doña Isabel

 

El fin y destrucción de aquella gente bárbara y de aquel reino, que contra razón se fundó en España, se llegaba muy de cerca. Apretábalos el rey don Fernando sin faltar punto a la buena ocasión que el cielo le presentaba, como príncipe animoso, diligente, astuto y recatado, feroz en la guerra, y después de la victoria manso y tratable.

 

Por medio de Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de León, que sirvió muy bien y con mucho esfuerzo en esta guerra, se tomó asiento y se hicieron las capitulaciones con aquel rey bárbaro, humillado y caído. En virtud del concierto le hizo merced de la villa de Fandarax, que está en la sierra de Granada, con otras alquerías, aldeas y posesiones por allí, que rentaban hasta en cantidad de diez mil ducados, con que se pudiese sustentar; pequeña recompensa y consuelo de la pérdida de un reino. Tanto menos digno era de tenerle compasión por dar, como dio, principio a su reinado por la muerte cruel de su mismo hermano. A los moros de nuevo conquistados se concedió que poseyesen sus heredades como antes; pero que no morasen dentro de las ciudades, sino en los arrabales, a propósito que no se pudiesen fortificar ni alborotarse; para lo mismo les quitaron también toda suerte de armas. Publicáronse estas capitulaciones y concierto en Guadix.

 

 

 

 

 

 

 

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Los reyes por fin de diciembre se partieron de allí, y por Écija fueron a Sevilla. Por todo el camino los pueblos los salían a recibir, y los miraban como a príncipes venidos del cielo; y ellos, con haber concluido en tan breve tiempo cosas tan grandes representaban en sus rostros y aspecto mayor majestad que humana. Los príncipes extranjeros, movidos por la fama de hechos tan grandes, les enviaban sus embajadores a dar el parabién, y a porfía todos pretendían su amistad.

 

Sobre todos el rey de Portugal, cosa tratada de antes, pretendía para el príncipe don Alonso, su hijo, a la infanta doña Isabel, hija mayor de los reyes, como prenda muy cierta de una paz perpetua que resultaría por aquel medio entre aquellas dos coronas. Envió para este efecto a Fernando Silveira, justicia de Portugal, y a Juan Tejeda, su chanciller mayor; por cuya instancia en Sevilla, a 18 de abril, se concertó este casamiento, que a todos venía bien y a cuento, mayormente que la esperanza de efectuar el casamiento de Francia faltaba a causa que aquel rey quería casarse con madama Ana, duquesa de Bretaña. Las alegrías que se hicieron en el un reino y en el otro por estos desposorios fueron grandes, menores en Portugal por ocasión que el mes siguiente falleció en Avero la infanta doña Juana, hermana de aquel rey, sin casar por no querer ella, bien que muchos la pretendieron y ella tenía partes muy aventajadas. La hermosura de su alma fue mayor y sus virtudes muy señaladas, de que se cuentan cosas muy grandes. Tampoco la alegría de Castilla les duró mucho, si bien la doncella desde Constantina partió a Portugal a 11 de noviembre. En su compañía el cardenal de España y don Luis Osorio, obispo de Jaén, los maestres de Santiago y de Alcántara, los condes, el de Feria don Gómez de Figueroa, y el de Benavente don Alonso Pimentel, con otra mucha nobleza, todo a propósito de representar majestad; que parece aquellas dos naciones andaban a porfía sobre cuál se aventajaría en arreo, libreas y galas. A la ribera del río Caya, que corre entre Badajoz y Yelves, se hizo la entrega de la novia a los señores portugueses que salieron para recibirla y acompañarla. El principal el duque don Emanuel, que sucedió adelante en aquel casamiento y en el reino; así lo tenía el cielo determinado. Acudieron el rey de Portugal y su hijo a Estremoz, pueblo de aquel reino; para más honrar la esposa la hicieron sentar en medio, y el suegro a la mano izquierda. Allí se hicieron los desposorios, a 24 de noviembre, que fue miércoles, y el día siguiente se velaron por mano del arzobispo de Braga, que es la principal dignidad de Portugal. Los regocijos y alegrías de

 

 

 

 

 

 

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la boda por espacio de medio año se continuaron en Ébora y en Santarem, do fueron los príncipes. No hay gozo puro ni duradero entre los mortales, según se vio en este caso.

 

Todos estos regocijos se trocaron en lloro y en duelo por un desastre no pensado. Salió el rey en aquella villa una tarde a la ribera del río Tajo. El príncipe don Alonso, que iba en su compañía, quiso con Juan de Meneses correr en sus caballos a la par. En la carrera su caballo, que era muy brioso, tropezó, y con su caída maltrató al príncipe de manera, que en breve expiró. Cuán grande haya sido el llanto de sus padres, de su esposa y de todo el reino no hay para qué decirlo. Quejábanse con lágrimas muy verdaderas que tantas esperanzas y tantos regocijos en un día y un momento se trocasen en contrario. Su cuerpo sepultaron entre los sepulcros de sus antepasados. Las honras se le hicieron a la costumbre de la tierra muy grandes; acompañaron su cuerpo el rey y toda la nobleza enlutados. La princesa doña Isabel sin gozar apenas del principio de su desposorio, y que en tan breve tiempo se veía desposada, casada y viuda, en una litera cubierta y cerrada se volvió a sus padres y a Castilla. De esta manera las cosas de yuso y los gozos en breve tiempo se revuelven, y truecan los temporales.

 

La tristeza que cargó del rey, su suegro, fue tal, que de ella le sobrevino una enfermedad lenta, de que cuatro años adelante falleció. Fundó en Lisboa poco antes de su muerte el hospital Real, que es un principal edificio, y él mismo se halló a echar la primera piedra, y debajo de ella se pusieron ciertas medallas de oro, como se acostumbra en señal de perpetuidad. No dejó hijo legítimo. Sólo quedó don Jorge, habido en una dama, llamada doña Ana de Mendoza, el cual, bien que muy niño, procuró e hizo quedase nombrado por maestre de Avis y de Santiago en Portugal. Por su muerte comenzó en aquel reino una nueva línea de reyes; don Emanuel, primo del rey muerto, e hijo de don Fernando, duque de Viseo, como pariente más cercano, sin contradicción sucedió en aquella corona. Hijo de este rey fue el rey don Juan el Tercero, nieto del príncipe don Juan, que por morir muy mozo no llegó a heredar el reino. Así sucedió en él a su abuelo el rey don Sebastián, hijo de este príncipe; el cual por su muerte, que los moros le dieron en África, dejó el reino de Portugal, primero al cardenal don Enrique, su tío mayor, y después de él a don Felipe II, rey de Castilla, sobrino también del cardenal, y nieto del rey don Emanuel por parte de su madre la emperatriz doña Isabel. Tal fue la

 

 

 

 

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voluntad de Dios, a quien ninguna cosa es dificultosa; todo lo que le aplace se hace y cumple. Dejado esto para que otros lo relaten con mayor cuidado y a la larga, volvamos con nuestro cuento a la guerra de Granada.

 

 

 

 

XV. Que los nuestros talaron la vega de Granada

 

Deseaba el rey don Fernando concluir la guerra de los moros, que traía en buenos términos. Una dificultad muy grande impedía sus intentos; ésta era que demás de la fortaleza de la ciudad de Granada guarnecida, municionada y bastecida asaz, tenía empeñada su palabra en que prometió los años pasados al rey Boabdil que él y todos los suyos no recibirían agravio ni daño alguno. Ofrecíase una muy buena ocasión para sin contravenir al concierto sujetar aquella ciudad. Esto fue que los ciudadanos, sin tener cuenta con el peligro que de fuera les corría, tomadas las armas, como muchas veces lo acostumbraban, cercaron a su rey dentro del Albaicín, y lo apretaron tanto, que muy poca esperanza le quedaba, no sólo de conservar el reino, que sin obediencia no era nada, sino de la vida y de la libertad. El pueblo se mostraba tan indignado, que bramaba y amenazaba de no desistir hasta darle la muerte. No era razón desamparar en aquel peligro aquel príncipe confederado, mayormente que él mismo pedía le socorriesen.

 

Esto en sazón que de levante se representaban nuevos temores; el gran sultán de Egipto amenazaba que si el rey don Fernando no desistía de perseguir, como comenzara, a los moros que eran de su misma secta, él en venganza de esto haría morir todos los cristianos sus vasallos en Egipto y en la Siria. El guardián de San Francisco de Jerusalén, llamado fray Antonio Millán, que envió con este mensaje, de camino se vio con el rey de Nápoles; vino a España, declaró su embajada, y aún el mismo rey de Nápoles le dio cartas en la misma razón; príncipe, como se entendía, más aficionado a los moros de lo que era honesto y lícito a cristianos. La suma era que pues ningún agravio recibiera de los moros, no debía tampoco hacer ni intentar cosa de que resultasen mayores males. Que si bien aquella gente era de otra secta, no sería razón maltratarla sin alguna justa causa. El rey don Fernándo ni se espantó por las amenazas del bárbaro, ni le plugo el consejo del rey de Nápoles, dado que acabada la guerra, envió

 

 

 

 

 

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por su embajador a Pedro Mártir para que diese razón al sultán de todo lo que en aquella conquista pasó y con palabras comedidas le aplacase. Al rey de Nápoles en particular, ya que se aprestaba para comenzar esta nueva jornada y romper, escribió cartas en que le avisaba de las causas que tuvo para emprender aquella guerra. Decíale que era justo deshacer aquel reino que antiguamente se fundó contra derecho, y de nuevo nunca cesaba de hacer grandes insultos y agravios a sus vasallos. Que le ponía en cuidado el riesgo que corrían los cristianos de aquellas partes; todavía cuidaba que aquellos bárbaros, sabida la verdad, templarían el sentimiento, y por el deseo de vengarse no querrían perder las rentas muy gruesas y tributos que aquella nación les pechaba. El Guardián por su oficio de embajador y por el crédito de santidad que tenía, no sólo no fue mal visto, antes muy regalado, y con mucha honra que se le hizo y dones que le presentaron le enviaron contento.

 

Junto con esto el rey don Fernando envió a avisar los ciudadanos de Granada que si, dejadas las armas, quisiesen entregarse, serían tratados de la misma manera que los demás que se le habían rendido. Movió este aviso a ambas las parcialidades para que, sosegados los odios, tratasen de lo que a todos tocaba, tanto más, que el rey moro sabía muy bien que el rey don Fernando, aunque de palabra se mostraba por él, todavía más querría pretender para sí, y que no desistiría hasta tanto que se viese apoderado de aquella ciudad. Los alfaquíes y otras personas tenidas por venerables entre aquella gente no dejaban de exhortar, ya los unos, ya los otros a la paz, rogarlos y amonestarlos lo que les convenía, es a saber, que, ora pretendiesen volver a las armas, ora concertarse con los cristianos, un solo reparo les quedaba, que era tener ellos paz entre sí; si la discordia iba adelante, los unos y los otros se perderían. Con esta diligencia se tomó cierto acuerdo y se hizo cierto asiento entre los moros.

 

Los fieles, sin embargo, entraron en la vega de Granada a robar y talar debajo la conducta del rey, que la reina se quedó en Moclín. Destruyeron y quemaron los sembrados con gran sentimiento de los ciudadanos, que temían no los tomasen por la hambre y necesidad. El príncipe don Juan acompañó en esta jornada a su padre, que para más animarle le armó caballero en aquella sazón. Volvieron a Córdoba con la presa, contentos de la gran cuita en que los moros quedaban y con la esperanza que ellos cobraron de concluir con aquella empresa. El cuidado de la frontera quedó encomendado al marqués de Villena en recompensa de que en aquella

 

 

 

 

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jornada perdió a don Alonso, su hermano, y de una lanzada que por librar (como príncipe valeroso y que tenía gran experiencia en las armas) a uno de los suyos rodeado de moros le dieron, de que el brazo derecho le quedó manco.

 

Apenas los moros se vieron libres de este miedo, cuando debajo de la conducta de Boabdil, ya declarado por enemigo de cristianos, acometieron el castillo de Alhendín, en que los nuestros poco antes dejaron puesta guarnición, y tomado, le echaron por tierra. Este atrevimiento vengó el rey con una nueva entrada que hizo para destrozar el panizo y el mijo, semillas tardías, en que solamente los de Granada tenían puesta la esperanza para sustentar la vida el año siguiente. Esta tala se hizo el mes de septiembre por espacio de quince días.

Por otra parte, los moros de Guadix se alborotaron, y tomadas las armas, pretendían matar a los que quedaron en el castillo de guarnición. Salieron sus intentos vanos; acudió muy a tiempo el marqués de Villena; daba muestra de ir contra Fandarax, que estaba alzado contra Abohardil, pero revolvió sobre Guadix con buen número de gente de a pie y de a caballo. Entró dentro, y con color de querer hacer alarde de los moros, los sacó fuera de la ciudad y les cerró las puertas, con que de presente y para adelante se remedió aquel peligro.

 

Tornó otra vez el rey don Fernando al fin de este año a dar la tala y destruir los campos de Granada. Al contrario Boabdil tenía puesto cerco sobre Salobreña, que le defendió Francisco Ramírez con gran esfuerzo y diligencia. Entendíase otrosí quería el rey don Fernando acudir a dar socorro; así el moro fue forzado a alzar el cerco y volverse a Granada. Demás de esto, porque los vasallos de Abohardil andaban alborotados y no le querían obedecer, el rey don Fernando, conforme a lo capitulado, de grado vino en que se pasase en África con muchas riquezas y tesoros que le dio en recompensa de lo que dejaba.

 

 

 

 

XVI. Del cerco de Granada

 

Pasaron los reyes el invierno en Sevilla; llegada la primavera, volvieron a la guerra. La reina con sus hijos se quedó en Alcalá la Real para acudirá todo y proveer delo necesario, y en breve, como lo hizo, pasar adelante y

 

 

 

 

 

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ser participante de la honra y del peligro de aquella empresa. Acudieron los grandes; los concejos y comunidades de las ciudades enviaron compañías de soldados a su sueldo, con que y las demás gentes el rey don Fernando en tres días llegó a vista de Granada un sábado, a 23 de abril, año de nuestra salvación de 1491. Asentó su campo y sus reales a los ojos de Guetar, que es una aldea legua y media de Granada. Desde allí envió al marqués de Villena con tres mil de a caballo para correr los montes que allí cera están. Prometióle de seguirle él mismo con la fuerza del ejército para socorrerle si los moros de aquellos montes, gente endurecida en las armas, o los de la ciudad, por las espaldas le apretasen. Cumplió la promesa; adelantóse hasta llegar a Padul, y rechazó los moros que salieron de la ciudad para cargar el escuadrón del marqués. Con tanto, el marqués pudo ejecutar fácilmente el orden que llevaba sin tropiezo; quemó nueve aldeas de moros, y cargado de mucha presa, se volvió para el rey.

 

Pareció que conforme aquel principio sería lo demás. Acordaron de pasar juntos adelante y hacer la tala en lo más adentro de la sierra. Hízose así; todo sucedió prósperamente. Dieron sacomano, quemaron y abatieron otras quince aldeas. Demás de esto, buen golpe de moros de a pie y de a caballo, que por ciertos senderos en lugares estrechos y a propósito pretendían atajar el paso a los nuestros, fueron desbaratados y echados de allí. La presa fue muy grande por estar aquella gente rica a causa que de las guerras pasadas no les había cabido parte, ni de sus daños, y por ser la tierra a propósito para proveer a la ciudad de bastimentos, era forzoso procurar no lo pudiesen hacer. Concluidas estas cosas sin recibir algún daño y sin sangre, dentro de tres días volvieron los soldados alegres al lugar de do salieron. En aquel puesto fortificaron sus reales con foso y trinchea por entonces. Pasaron alarde diez mil de a caballo y cuarenta mil infantes, la flor de España, juntada con grande cuidado, gente de mucho esfuerzo y valor.

 

En la ciudad asimismo se hallaba gran número de gente de a pie y de a caballo, soldados de grande experiencia en las armas, todos los que escaparan de las guerras pasadas. La muchedumbre de los ciudadanos poco podían prestar, gente que comúnmente bravean y se muestran feroces en tiempo de paz, mas en el peligro y a las puñadas, cobardes.

La ciudad de Granada por su sitio, grandeza, fortificación, murallas y baluartes parecía ser inexpugnable. Por la parte de poniente se extiende una vega como de quince leguas de ruedo, muy apacible y muy fértil, así

 

 

 

 

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de sí misma, como por la mucha sangre que en ella se derramara por espacio de muchos años, que la engrasaba a fuer de letame, y por regarse con treinta y seis fuentes que brotan de aquellos montes cercanos, más fresca y provechosa de lo que fácilmente se podría encarecer. Por la parte de levante se empina la sierra de Elvira, en que antiguamente estuvo asentada la ciudad de Illiberris, como lo da a entender el mismo nombre de Elvira; la Sierra Nevada cae a la banda de mediodía, que con sus cordilleras trabadas entre sí llega hasta el mar Mediterráneo; sus laderas y faldas no son muy ásperas, y así están muy cultivadas y pobladas de gentes y casas. La ciudad está asentada parte en llano, y parte sobre dos collados, entre los cuales pasa el río Darro, que al salir de la ciudad se mezcla y deja su agua y su nombre en Genil, río que corre por medio de la vega y la baña por el largo. Las murallas son muy fuertes con mil treinta torres a trechos, muy de ver por su muchedumbre y buena estofa. Antiguamente tenía siete puertas; al presente doce. No se puede sitiar por todas partes por ser muy ancha y los lugares muy desiguales. Por la parte de la vega, que es lo llano de la ciudad y por do la subida es muy fácil, está fortificada con torres y baluartes. En aquella parte está la iglesia mayor, mezquita en tiempo de moros de fábrica grosera, al presente de obra muy prima, edificada en el mismo sitio. Por su majestad y grandeza muy venerada de los pueblos comarcanos, señalada e ilustre, no tanto por sus riquezas, cuanto por el gran número y bondad de los ministros que tiene. Cerca de este templo está la plaza de Bivarrambla y mercado, ancho doscientos pies, y tres tanto más largo; los edificios que la cercan tirados a cordel, las tiendas y oficinas cosa muy hermosa de ver, la calle del Zacatin, la Alcaicería.

 

De dos castillos que tiene la ciudad, el más principal está entre levante y mediodía, cercado de su propia muralla y puesto sobre los demás edificios; llámase el Alhambra, que quiere decir roja, del color que la tierra por allí tiene, y es tan grande, que parece una ciudad. Allí la casa Real y monasterio de San Francisco, sepultura del marqués don Íñigo de Mendoza, primer alcaide y general. Las zanjas de este castillo abrió el rey Mahomad, llamado Mir; prosiguieron la obra los reyes siguientes; acabóla de todo punto el rey Yusuf, por sobrenombre Bulhagix, como se entiende por una letra que se lee en arábigo sobre la puerta de aquel castillo en una piedra de mármol, que dice se acabó aquella obra en tiempo de aquel rey, año de los moros 747, conforme a nuestra cuenta el año del Señor de 1346. Este mismo rey hizo la muralla del Albaicín, que está en frente de este

 

 

 

 

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castillo. El gasto fue tal, que por no parecer a la gente bastaban sus rentas y tesoros, corrió fama que se ayudó del arte del alquimia para proveerse de oro y plata. Entre estos dos castillos del Alhambra y del Albaicín está puesto lo demás de la ciudad, el arrabal de la Churra y calle de los Gomeles por la parte del Alhambra; por la opuesta la calle de Elvira y la ladera de Zenete, de mala traza lo más; las calles angostas y torcidas, por la poca curiosidad y primor que tenían los moros en edificar.

 

Fuera de la ciudad el Hospital Real y San Jerónimo, suntuoso sepulcro del Gran Capitán Gonzalo Fernández. Refieren tenía sesenta mil casas, número descomunal que apenas se puede creer. Lo que pone más maravilla es lo que los embajadores de don Jaime el Segundo, rey de Aragón, se halla certificaron al pontífice Clemente V en el concilio de Viena, es a saber, que de doscientas mil almas que a la sazón moraban en Granada, apenas se hallaban quinientos que fuesen hijos y nietos de moros. En particular decían tenía cincuenta mil renegados y treinta mil cautivos cristianos. De presente sin duda hay en aquella ciudad veintitrés parroquias y colaciones. Del número de vecinos por la grande variedad no hay que tratar, mayormente que en esto siempre la gente se alarga. También es cierto que en tiempo de los reyes moros las rentas reales que se recogían de aquella ciudad y de todo el reino llegaban a setecientos mil ducados, gran suma para aquel tiempo, pero creíble a causa de los tributos e imposiciones intolerables. Todos pagaban al rey la setena parte de lo que cogían y de sus ganados. Del moro que moría sin hijos, el rey era su heredero; del que los dejaba, entraba a la parte de la herencia y llevaba tanto como cualquiera de ellos. Éste era el estado y disposiciones en que se hallaban las cosas de Granada.

 

El cerco entendían iría a la larga; así la reina con sus hijos vino a los reales, ca el rey don Fernando venía resuelto de poner el postrer esfuerzo y no desistir de la empresa hasta sujetar aquella ciudad. Con este intento hacía de ordinario talar los campos a fin que los de la ciudad no tuviesen cómo se proveer de vituallas; y en el lugar en que se asentaron los reales hizo edificar una villa fuerte, que hasta hoy se llama de Santa Fe. La presteza con que la obra se hizo fue grande, y todo se acabó muy en breve. Dentro de las murallas tenían sus tiendas y alojamientos repartidos por su orden, sus cuarteles con sus calles y plazas a cierta distancia con una traza admirable.

 

 

 

 

 

 

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En el mismo tiempo, diversas bandas de gente que se enviaban a robar, muchas veces escaramuzaban con los moros que salían contra ellos de la ciudad. En una refriega pasaron tan adelante, que ganaron a los moros la artillería, prendieron a muchos, y forzaron a los demás a meterse en la ciudad. El denuedo de los cristianos fue tal, que se arriscaron a llegar a la muralla de más cerca que antes solían y apoderarse de dos torres que servían a los contrarios de atalayas y de baluartes por tener en ellas puesta gente de guarnición.

 

El alegría que por estos sucesos recibieron los del rey se hubiera de destemplar por un accidente no pensado. Fue así, que a 10 de julio, de noche, en la tienda del rey se emprendió fuego, que puso a todos en gran turbación por el miedo que tenían de mayor mal. Los alojamientos por la mayor parte eran de enramadas, que por estar secas corrían peligro de quemarse, la reina acaso se descuidó en dejar una candela sin apagar; así, la tienda del rey como las que le caían cerca comenzaron de tal manera a abrasarse, que no se podía remediar. El rey sospechó no fuese algún engaño y ardid de los enemigos que se querían aprovechar de aquella ocasión. En los ánimos sospechosos aún lo imposible parece fácil. Salió en público desnudo embrazada una rodela y su espada. Para prevenir que los moros con tan buena ocasión no acometiesen los reales, el marqués de Cádiz se adelantó con parte de la caballería, y estuvo toda la noche alerta en un puesto por do los moros habían forzosamente de pasar. La turbación y ruido fue mayor que el peligro y que el daño; así, el día siguiente volvieron a las talas.

 

Los días adelante asimismo diversas compañías fueron a los montes a robar. No dejaban reposar a los enemigos, ni les quedaba cosa segura, si bien en todas partes se defendían valientemente, irritados con la desesperación, que es muy fuerte arma. La cuita de los moros por todo esto era grande, tanto, que cansados con tantos males, y visto que nunca aflojaban, se inclinaron a tratar de partido. Bulcacin Mulch, gobernador y alcaide de la ciudad, salió a los reales a tratar de los conciertos y capitular. Señaló el rey para platicar sobre ello a Gonzalo Fernández de Córdoba, que después fue Gran Capitán, y a Hernando de Zafra, su secretario. Ventilado el negocio algunos días, finalmente fueron de acuerdo y pusieron por escrito estas capitulaciones, que se juraron por ambas partes a 23 de noviembre: Dentro de sesenta días los moros entreguen los dos castillos, las torres y puertas de la ciudad. Hagan homenaje al rey don

 

 

 

 

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Fernando, y juren de estar a su obediencia y guardarle toda lealtad. A todos los cristianos cautivos pongan en libertad sin algún rescate. Entre tanto que estas condiciones se cumplen, den en rehenes dentro de doce días quinientos hijos de los ciudadanos moros más principales. Quédense con sus heredades, armas y caballos; entreguen solamente la artillería. Tengan sus mezquitas y libertad de ejercitar las ceremonias de su ley. Sean gobernados conforme a sus leyes, y para esto se les señalarán de su misma nación personas con cuya asistencia y por cuyo consejo los gobernadores puestos de parte del rey harán justicia a los moros. Los tributos de presente por espacio de tres años se quiten en gran parte, y para adelante no se impongan mayores de lo que acostumbraban de pagar a sus reyes. Los que quisieren pasar a África puedan vender sus bienes, y sin fraude ni engaño se les hayan de dar para el pasaje naves en los puertos que ellos mismos nombraren.

 

Concertaron otrosí que a Boabdil restituyesen su hijo y los demás rehenes que el tiempo pasado dio al rey, pues entregada la ciudad y cumplido todo lo al del asiento, no era necesaria otra prenda ni seguridad. En cumplimiento los trajeron del castillo de Moclín en que los tenían para se los entregar.

Hubo la iglesia de Pamplona a los 12 de septiembre César Borgia, por muerte de don Alonso Carrillo, su prelado.

 

 

 

 

XVII. De un alboroto que se levantó en la ciudad

 

Concertóse la entrega de Granada con las capitulaciones que acabamos de contar; lo cual todo puso en cuentos de desbaratarse cierta ocasión que avino, ni muy ligera ni muy grande. El vulgo, y más de los moros, es de muy poca fe y lealtad, mudable, amigo de alborotos, enemigo de la paz y del sosiego, finalmente poco basta para alterarle. Un cierto moro, cuyo nombre no se refiere, como si estuviera frenético y fuera de sí, con palabras alborotadas no cesaba de persuadir al pueblo que tomase las armas. Decía que debajo de capa de amistad y de mirar por ellos les tramaban traición, engaño y asechanzas. Que Boabdil y los principales de la ciudad sólo tenían nombre de moros, que de corazón favorecían a los contrarios:

 

 

 

 

 

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«Yugo de perpetua esclavonía es el que ponen sobre vos y sobre vuestros cuellos; mirad bien lo que hacéis, calad que os engañan y se burlan de vos. Que si es cosa pesada sufrir las miserias, cuitas y peligros presentes, mayor mengua será por no sufrir un poco de tiempo los trabajos trocar los menores y breves males con los que han de durar para siempre y son más pesados. Mas ¿qué seguridad dan que nos guardarán lo que prometen y la palabra? No trato de los bienes que con la misma vanidad dicen nos los dejarán, como si los nuevos ciudadanos se hubiesen de sustentar de otras heredades. ¿Por ventura ignoráis cuánta sed tienen de vuestra sangre? ¿Dejarán de vengar los padres y parientes que en gran parte han perdido en el discurso de estas guerras? No quiero tratar de lo pasado; un año ha que nos tienen cercados, y si nos han aquejado, ellos no han sufrido menores daños. Muchas veces han quedado tendidos en el campo, y no menos han estado ellos cercados dentro de sus estancias que nos en la ciudad, y aún para defenderse han tenido necesidad de edificar un nuevo pueblo. Serían insensibles y de piedra si entregada la ciudad no hiciesen las exequias de sus muertos con derramar vuestra sangre, de que están muy sedientos a manera de fieras muy bravas. La verdad es que no somos hombres, y si lo somos, sufrámonos un poco, que Dios nos ayudará y nuestro profeta Mahoma. Las profecías antiguas y las estrellas nos favorecen, pero si mostramos esfuerzo; que contra los cobardes las piedras se levantan. Si decís que hay falta de mantenimiento, con repartirle por tasa y hacer cala y cata de lo que los particulares tienen escondido, nos podemos entretener muchos días, y acabadas todas las vituallas, ¿qué inconveniente hay que nos sustentemos de los cuerpos y carne de la gente flaca que no son a propósito para pelear? Diréis sería cosa nueva, grande y espantable maldad. Respondo que si no tuviésemos ejemplo de los antiguos que se valieron de esto en semejante peligro, yo juzgaría sería muy bueno dar principio y abrir camino para que nuestros descendientes en otro tal aprieto nos imitasen. Mi resolución es que si no podemos evitar ni excusar la muerte, excusemos siquiera los tormentos y afrentas que nos amenazan. Yo a lo menos no veré tomar, saquear y poner a fuego y a sangre mi patria, ser arrebatadas las madres, las doncellas, los niños para ser esclavos y para otras deshonestidades. Que si os contenta esto mismo, sed hombres, tomad las armas, desbaratad este mal concierto. No debéis usar de recato ni dilación, donde el detenerse es más perjudicial que el resolverse y arrojarse».

 

 

 

 

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Predicaba estas cosas con ojos encendidos, con rostro espantable y a gritos por las calles y plazas, con que amotinó veinte mil hombres, que tomaron las armas y andaban como locos y rabiosos. No se sabía la causa del daño ni lo que pretendían, que hacía más dificultoso el remedio. Boabdil, llamado el rey Chiquito, por no tener ya autoridad ninguna y temer en tan gran revuelta no le perdiesen el respeto, se estuvo dentro del Alhambra. La muchedumbre y canalla tiene las acometidas primeras muy bravas; mas luego se sosiega, mayormente que estaba sin cabeza y sin fuerzas, y sus intentos por ende desvariados. Así, el día siguiente, algún tanto sosegada aquella tempestad, pasó al Albaicín, do tenía la gente aficionada. Juntó los que pudo y hablóles de esta manera:

 

«Por vuestro respeto, no por el mío, como algunos con poca vergüenza han sospechado, he venido a amonestaros lo que vos está bien, de que es bastante prueba que con tener en mi poder el castillo del Alhambra, no quise llamar al enemigo y entregaros en sus manos, maguer que me lo teníades bien merecido. Ni aún antes de ahora en tanto que con vuestras fuerzas os defendíades o esperábades socorro de otra parte, ni en tanto que en la ciudad duró la provisión, os persuadí que tratásedes de paz. Bien confieso haber en muchas cosas errado, en fiarme del enemigo y en alzarme con el reino contra mi padre, pecados que los tengo bien pagados. Perdida toda la esperanza, hice asiento con el enemigo, si no aventajado, a lo menos conforme al tiempo y necesario. No puedo entender qué alegan estos hombres locos y sandios para desbaratar la paz que está muy bien asentada. Si de alguna parte hay remedio, yo seré el primero a quebrantar lo concertado; pero si todo nos falta, las fuerzas, las ayudas, la provisión y casi el mismo juicio, ¿a qué propósito con locura, o ajena si os descontenta, o vuestra si venís en este dislate, queréis despeñaros en vuestra perdición? De dos inconvenientes, cuando ambos no se pueden excusar, que se abrace el menor aconsejan los sabios, cuales yo me persuadiría sois los que presentes estáis, si el alboroto pasado no me hiciera trocar parecer. Todo lo que tenéis es del vencedor, la necesidad aprieta; lo que dejan debéis de pensar es gracia, y os lo halláis. No trato si los enemigos guardarán la palabra; yo confieso que muchas veces la han quebrantado. El hacer confianza es causa que los hombres guarden fidelidad, especial que para seguridad podemos pedir nos den en rehenes castillos o personas principales; que con el deseo que el enemigo tiene de concluir la guerra, no reparará en nada».

 

 

 

 

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Con este razonamiento los ánimos alterados del pueblo se sosegaron. Muchas veces, así los remedios de semejantes alteraciones como las causas, son fáciles. Qué se haya hecho del moro que amotinó el pueblo, no se dice; puédese entender que huyó. Consta que el rey Chiquito, avisado por el peligro pasado y por miedo que entre tanto que los días que tenían concertados para entregar la ciudad se pasasen, podrían de nuevo resultar revoluciones y novedades, sin dilación envió una carta al rey don Fernando con un presente de dos caballos castizos, una cimitarra y algunos jaeces. Avisábale de lo que pasara en la ciudad, del alboroto del pueblo, que convenía usar de presteza para atajar novedades, viniese aína, pues pequeña tardanza muchas veces suele ser causa de grandes alteraciones. Finalmente, que muy en buen hora, pues así era la voluntad de Dios, el día siguiente le entregaría el Alhambra y el reino como a vencedor de su mano misma, que no dejase de venir como se lo suplicaba.

 

 

 

 

XVIII. Que Granada se ganó

 

Esta carta llegó a los reales el día de año nuevo, la cual como el rey don Fernando leyese, bien se puede entender cuánto fue el contento que recibió. Ordenó que para el día siguiente, que es el que en Granada se hace la fiesta de la toma de aquella ciudad, todas las cosas se pusiesen en orden.

 

Él mismo, dejado el luto que tenía por la muerte de su yerno don Alonso, príncipe de Portugal, vestido de sus vestiduras reales y paños ricos, se encaminó para el castillo y la ciudad con sus gentes en ordenanza y armados como para pelear, muy lucida compañía y para ver. Seguíanse poco después la reina y sus hijos, los grandes, arreados de brocados y sedas de gran valor. Con esta pompa y repuesto al tiempo que llegaba el rey cerca del alcázar, Boabdil, el rey Chiquito, le salió al encuentro acompañado de cincuenta de a caballo. Dio muestra de quererse apear para besar la mano real del vencedor; no se lo consintió el rey. Entonces, puestos los ojos en tierra y con rostro poco alegre: «Tuyos, dice, somos, rey invencible; esta ciudad y reino te entregamos, confiados usarás con nosotros de clemencia y de templanza». Dichas estas palabras, le puso en las manos las llaves del castillo. El rey las dio a la reina, y la reina al príncipe, su hijo; de él las tomó don Íñigo de Mendoza, conde de Tendilla,

 

 

 

 

 

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que tenía el rey señalado para la tenencia de aquel castillo y por capitán general en aquel reino, y a don Pedro de Granada por alguacil mayor de la ciudad, y a don Alonso, su hijo, por general de la armada de la mar.

 

Entró pues con buen golpe de gente de a caballo en el castillo. Seguíale un buen acompañamiento de señores y de eclesiásticos. Entre éstos los que más se señalaban eran los prelados de Toledo y de Sevilla, el maestre de Santiago, el duque de Cádiz, fray Hernando de Talavera, de obispo de Ávila electo por arzobispo de aquella ciudad, el cual, hecha oración como es de costumbre en acción de gracias, juntamente puso el guión que llevaba delante de sí el cardenal de Toledo, como primado, en lo más alto de la torre principal y del homenaje, a los lados dos estandartes, el real y el de Santiago. Siguióse un grande alarido y voces de alegría, que daban los soldados y la gente principal. El rey, puestos los hinojos con grande humildad dio gracias a Dios por quedar en España desarraigado el imperio y nombre de aquella gente malvada y levantada la bandera de la Cruz en aquella ciudad, en que por tanto tiempo prevaleció la impiedad con muy hondas raíces y fuerza. Suplicábale que con su gracia llevase adelante aquella merced y fuese durable y perpetua. Acabada la oración, acudieron los grandes y señores a darle el parabién del nuevo reino, e hincada la rodilla, por su orden le besaron la mano. Lo mismo hicieron con la reina y con el príncipe, su hijo. Acabado este auto, después de yantar, se volvieron con el mismo orden a los reales por junto a la puerta más cercana de la ciudad.

 

Dieron al rey Chiquito el valle de Purchena, que poco antes se ganó en el reino de Murcia de los moros, y señaláronle rentas con que pasase, si bien no mucho después se pasó a África; que los que se vieron reyes no tienen fuerzas ni paciencia bastante para llevar vida de particular.

Quinientos cautivos cristianos, según que tenían concertado, fueron sin rescate puestos en libertad. Estos en procesión luego el otro día después de misa se presentaron con toda humildad al rey. Daban gracias a los soldados por aquel bien que les vino por su medio. Alababan lo mucho que hicieron por el bien de España, por ganar prez y honra y por el servicio de Dios; llamábanlos reparadores, padres y vengadores de la patria.

No pareció entrar en la ciudad antes de estar para mayor seguridad apoderados de las puertas, torres, baluartes y castillos; lo cual todo hecho, el cuarto día adelante, por el mismo orden que la primera vez, entraron en la ciudad. En los templos que para ello tenían aderezados cantaron himnos

 

 

 

 

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en acción de gracias; capitanes y soldados a porfía engrandecían la majestad de Dios por las victorias que les dio unas sobre otras y los triunfos que ganaron de los enemigos de cristianos.

 

Los reyes don Fernando y doña Isabel con los arreos de sus personas, que eran muy ricos, y por estar en lo mejor de su edad y dejar concluida aquella guerra y ganado aquel nuevo reino, representaban mayor majestad que antes. Señalábanse entre todos, y entre sí eran iguales; mirábanlos como si fueran más que hombres y como dados del cielo para la salud de España. A la verdad ellos fueron los que pusieron en su punto la justicia, antes de su tiempo estragada y caída. Publicaron leyes muy buenas para el gobierno de los pueblos y para sentenciar los pleitos. Volvieron por la religión y por la fe, fundaron la paz pública, sosegadas las discordias y alborotos, así de dentro como de fuera. Ensancharon su señorío, no solamente en España, sino también en el mismo tiempo se extendieron hasta lo postrero del mundo. Lo que es mucho de alabar, repartieron los premios y dignidades, que los hay muy grandes y ricos en España, no conforme a la nobleza de los antepasados ni por favor de cualquier que fuese, sino conforme a los méritos que cada uno tenía, con que despertaron los ingenios de sus vasallos para darse a la virtud y a las letras. De todo esto cuánto provecho haya resultado, no hay para qué decirlo; la cosa por sí misma y los efectos lo declaran. Si va a decir verdad, ¿en qué parte del mundo se hallarán sacerdotes y obispos ni más eruditos ni más santos? ¿Dónde jueces de mayor prudencia y rectitud? Es así, que antes de estos tiempos pocos se pueden contar de los españoles señalados en ciencia; de aquí adelante ¿quién podrá declarar cuán grande haya sido el número de los que en España se han aventajado en toda suerte de letras y erudición?

 

Eran el uno y el otro de mediana estatura, de miembros bien proporcionados, sus rostros de buen parecer, la majestad en el andar y en todos los movimientos igual, el aspecto agradable y grave, el color blanco, aunque tiraba algún tanto a moreno. En particular el rey tenía el color tostado por los trabajos de la guerra, el cabello castaño y largo, la barba afeitada a fuer del tiempo, las cejas anchas, la cabeza calva, la boca pequeña, los labios colorados, menudos los dientes y ralos, las espaldas anchas, el cuello derecho, la voz aguda, la habla presta, el ingenio claro, el juicio grave y acertado, la condición suave y cortés y clemente con los que iban a negociar. Fue diestro para las cosas de la guerra, para el gobierno sin par, tan amigo de los negocios, que parecía con el trabajo descansaba.

 

 

 

 

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El cuerpo no con deleites regalado, sino con el vestido honesto y comida templada acostumbrado y a propósito para sufrir los trabajos. Hacía mal a un caballo con mucha destreza; cuando más mozo se deleitaba en jugar a los dados y naipes; la edad más adelante solía ejercitarse en cetrería, y deleitábase mucho en los vuelos de las garzas.

 

La reina era de buen rostro, los cabellos rubios, los ojos zarcos, no usaba de algunos afeites, la gravedad, mesura y modestia de su rostro singular. Fue muy dada a la devoción y aficionada a las letras; tenía amor a su marido, pero mezclado con celos y sospechas. Alcanzó alguna noticia de la lengua latina, ayuda de que careció el rey don Fernando por no aprender letras en su pequeña edad; gustaba empero de leer historias y hablar con hombres letrados.

El mismo día que nació el rey don Fernando, según que algunos lo refieren, en Nápoles cierto fraile carmelita, tenido por hombre de santa vida dijo al rey don Alonso, su tío: «Hoy en el reino de Aragón ha nacido un infante de tu linaje; el cielo le promete nuevos imperios, grandes riquezas y ventura; será muy devoto, aficionado a lo bueno, y defensor excelente de la cristiandad».

Entre tantas virtudes casi era forzoso, conforme a la fragilidad de los hombres, tuviese algunas faltas. El avaricia de que le tachan se puede excusar con la falta que tenía de dineros y estar enajenadas las rentas reales. Al rigor y severidad en castigar, de que asimismo le cargan, dieron ocasión los tiempos y las costumbres tan estragadas. Los escritores extraños le achacan de hombre astuto, y que a veces faltaba en la palabra, si le venía más a cuento. No quiero tratar si esto fue verdad, si invención en odio de nuestra nación; sólo advierto que la malicia de los hombres acostumbra a las virtudes verdaderas poner nombre de los vicios que le son semejables, como también al contrario engañan y son alabados los vicios que semejan a las virtudes; además que se acomodaba al tiempo, al lenguaje, al trato y mañas que entonces se usaban.

 

Emparentó con los mayores príncipes de todo el orbe cristiano, con los reyes de Portugal e Inglaterra, y duques de Austria. Tenía deudo con otros muchos, ca era tío de madama Ana, duquesa de Bretaña, hermano de su abuela materna, primo hermano de don Fernando, rey de Nápoles, tío mayor de doña Catalina, reina de Navarra, hermano asimismo de su abuela. En esto cargan sobre todo lo al rey don Femando, que sin tener respeto al parentesco, sólo por la demasiada codicia de ensanchar sus

 

 

 

 

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estados los años adelante echó a esta señora y a su marido del reino que heredaron de sus antepasados, y les forzó a retirarse a Francia; otros le excusan con color de religión y con la voluntad del sumo pontífice que así lo mandó, de que todavía resultaron grandes y largas alteraciones. Enrique Labrit, hijo de estos señores, pretendió recobrar el reino de sus padres con mayor porfía que ventura; tuvo en madama Margarita, hermana que era del rey Francisco de Francia, una hija y heredera de sus estados, llamada Juana, que casó con Antonio Borbon, duque de Vandoma, madre de aquel Enrique que casó con madama Margarita, hermana de tres reyes de Francia, Francisco el Segundo, Carlos y Enrique; y por ser el pariente más cercano por línea de varón y por faltar todos sus cuñados sin sucesión, quedó por sucesor de aquella corona, sin embargo que abrazó desde su tierna edad las nuevas herejías, desamparada la religión verdadera de sus antepasados, y que los señores y pueblos de Francia pretendían no podía poseer aquella corona persona manchada con opiniones semejantes, y que en su lugar se debía nombrar otro sucesor, pleito que ya el papa le ha determinado.

 

Nos, llegados al puerto y puesto fin a este trabajo, calaremos las velas, y haremos fin a esta escritura en este lugar. Concluyo con decir que con la entrada de los reyes en Granada y quedar apoderados de aquella ciudad, los moros por voluntad de Dios dichosamente y para siempre se sujetaron en aquella parte de España al señorío de los cristianos, que fue el año de nuestra salvación de 1492, a 6 de enero, día viernes; conforme a la cuenta de los árabes el año 897 de la égira, a 8 del mes que ellos llaman rahib haraba. El cual día, como quier que para todos los cristianos por costumbre antigua es muy alegre y solemne por ser fiesta de los Reyes y de la Epifanía, así bien por esta nueva victoria no menos fue saludable, dichoso y alegre para toda España, que para los moros aciago; pues con desarraigar en él y derribar la impiedad, la mengua pasada de nuestra nación y sus daños se repararon, y no pequeña parte de España se allegó a lo demás del pueblo cristiano, y recibió el gobierno y leyes que le fueron dadas, alegría grande de que participaron asimismo las demás naciones de la cristiandad. En particular se escribieron en esta razón cartas al pontífice Inocencio y a los reyes, y despacharon embajadores que les diesen aquellas nuevas tan alegres y avisasen que la guerra de los moros quedaba acabada, muertos y sujetados los enemigos de Cristo, puesto el yugo a

 

 

 

 

 

 

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Granada, ciudad antiguamente edificada y soberbia con los despojos de cristianos.

 

Por conclusión, que toda España con esta victoria quedaba por Cristo nuestro Señor, cuya era antes. Las ciudades y provincias, así las comarcanas como los que caían lejos, festejaban esta nueva con regocijos, fuegos y invenciones. Así hombres como mujeres, de cualquiera edad o calidad que fuesen, acudían en procesiones a los templos, y postrados delante los altares, daban gracias a Dios por merced tan señalada. Estaba Roma alegre por los paces que tres días antes se asentaran entre el pontífice y los reyes de Nápoles, cuando llegó de España, primer día de febrero, Juan de Estrada, embajador del rey don Fernando, y con la nueva de aquella victoria colmó y aumentó la alegría pasada. Para muestra de contento y para reconocer aquella merced por de quien era, el papa, cardenales y pueblo romano ordenaron e hicieron una solemne procesión a la iglesia de Santiago de los Españoles. Allí se celebraron los oficios, y en un sermón a propósito del tiempo alabó el predicador y engrandeció, como era justo, a los reyes y toda la nación de España, sus proezas, su valor y sus victorias notables.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMO SEXTO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Que los judíos fueron echados de España

 

Concluida la guerra de Granada con tanta honra y provecho de toda España y echado por tierra el señorío de los moros a cabo de tantos años que en ella duraba, los reyes don Fernando y doña Isabel volvieron su pensamiento a nuevas empresas, mayores y más gloriosas que las pasadas. Valerosos príncipes y grandes, pues ni de día ni de noche sabían reposar, ni pensaban sino cómo pasarían adelante, y por el camino que habían tomado llevarían al cabo sus intentos muy santos, que todos se enderezaban a la gloria de Dios y al ensalzamiento de la religión cristiana; y no era razón que con la paz tan deseada de España su valor y grandeza de ánimo reposasen, ni que sus nobles soldados, que por causa de las guerras pasadas tenían muchos y muy señalados, con los deleites y el ocio, fruto muy ordinario de la abundancia y prosperidad, se marchitasen; antes que pues en sus tierras no quedaba en qué mostrar su esfuerzo, los empleasen lejos de ellas, y los enviasen a conquistar gentes y reinos extraños, como sucedió al presente; camino y traza por donde el nombre y valor de España, conocido de pocos, y apretado dentro de los angostos términos de España, en breve pasó tan adelante, que con gran gloria suya se derramó, no sólo por Italia y por Francia y Berbería, sino llegó hasta los últimos fines de la tierra; de manera que de levante a poniente no quedó parte alguna do no hayan puesto los trofeos y blasones de sus victorias y esfuerzo.

 

Grande balumba de cosas se nos pone delante, y mayor peso que tan pequeñas fuerzas puedan llevar; inmenso piélago y hondura, que con dificultad podrán apear aún los grandes ingenios. Por lo cual estaba resuelto, como se dijo en el prefacio latino de esta obra, de hacer punto en la guerra de Granada y no pasar adelante, pues es justo que cada uno se mida con el trabajo que emprende y haga balanza de sus fuerzas, fuera de otras dificultades que se ofrecían y en el mismo lugar se apuntaron. Pero de este parecer me hicieron apartar algún tanto personas doctas y graves, las cuales pretendían que esta obra sin lo de adelante quedaba imperfecta y falta de lo que naturalmente más se desea saber, que son las cosas modernas, sin hacer mucho caso de las antiguas. Además que las cosas que

 

 

 

 

 

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sucedieron poco adelante por ser tan gloriosas y grandes, y la puerta que se abrió para la grandeza e imperio de que hoy goza España darían a esta obra el más noble remate que se pudiese desear; lustre de muy grande importancia, que a imitación de los que escriben y representan comedias; el acto postrero se aventaje a lo demás, para que el lector con aquel postre y dejo quede con mayor gusto y agrado, y toda la obra más hermosa.

 

Razones eran éstas de mucho peso. ¿Qué era justo que yo hiciese? O ¿qué partido debía seguir y qué traza? Resolvime en condescender algún tanto y para acudir a todo continuar esta historia algunos pocos años adelante, en que acontecieron las cosas más grandes y dignas de memoria que jamás los españoles acometieron y acabaron; ni aún sé yo que alguna otra nación en el mundo en tan breve espacio pasase tan adelante ni ensanchase tanto los términos de su imperio.

 

Pero antes que pongamos la mano a cosas tan grandes es bien que el lector se acuerde de lo que arriba queda apuntado, es a saber, que Francisco, duque de Bretaña, casó con Margarita, hija de doña Leonor, reina que fue de Navarra, y por el mismo caso sobrina del rey don Fernando. De este matrimonio quedaron dos hijas; sus nombres, de la mayor Ana, y de la menor Isabel, y ningún hijo varón. Por esta causa muchos príncipes pretendían casar con estas doncellas, mayormente con la mayor. Entre los demás, Carlos VIII, rey de Francia, se aventajaba por tener mas fuerzas y caer más cerca de Bretaña, fuera de otras alianzas y correspondencia que con aquel estado tenía como moviente de su corona, sin embargo que de años antes se concertara con Margarita, hija del rey de romanos, y que el mismo Maximiliano, por estar viudo de María, su primera mujer, pretendía para sí este casamiento y aún le tuvo concertado. Al francés ni fallaban mañas ni fuerzas, y con ocasión que algunos señores de su reino, en particular Luis, duque de Orleans, su cuñado, casado con Juana, su hermana menor, por ciertos disgustos se recogió a Bretaña por ser aquel duque, su primo hermano, hijo de Margarita, hermana de Carlos, padre del de Orleans, determinó tomar las armas contra el duque, y por medio de aquel torcedor traerle a lo que deseaba. El bretón en este aprieto acudió a Inglaterra y Alemania para que le valiesen, y en particular hizo recurso a España; para esto Alano de Labrit, padre del rey de Navarra, con intención que se le dio de aquel casamiento tan pretendido, los años pasados se vío en Valencia con el rey don Fernando, y de él alcanzó enviase en su compañía una buena armada, que se juntó en San Sebastián,

 

 

 

 

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y por su capitán a Miguel Juan Gralla, su maestresala. Hubo diversos encuentros, que no son de nuestro propósito; finalmente, junto a San Albin se vino a batalla, en que los bretones quedaron vencidos, y presos el general de la armada española y el duque de Orleans y Juan Chalon, príncipe de Orange, que asistía al duque de Bretaña por ser su sobrino, hijo de Catarina, su hermana. Diose esta batalla, que fue en aquel tiempo muy famosa, por el mes de agosto del año que se contaba 1488.

 

Después se tomó asiento con el francés, que soltó los presos, aunque no en un mismo tiempo ni por la misma ocasión, y el bretón se obligó de no casar sus hijas sin su consentimiento, condición que él cumplió porque sin disponer de ellas falleció luego el año siguiente. Dejó por tutor de sus hijas y gobernador de aquel estado al mariscal de Bretaña, persona aficionada al casamiento de monsieur de Labrit, como lo tenían concertado aún antes del asiento que se tomó con Francia. Pero el conde de Dunois y el chanciller de Bretaña le eran de todo punto contrarios, y mas el príncipe de Orange, que como deudo tan cercano, se apoderó de la duquesa y su hermana.

Acudieron por socorros, el mariscal a Inglaterra, y el de Orange al rey de romanos y a España. Vinieron gentes de todas partes, y en particular de España, por mar envió el rey don Fernando mil hombres de armas y jinetes de socorro debajo la conducta y gobierno de don Pedro Gómez Sarmiento, conde de Salinas, que desembarcó con su gente en Bretaña al principio del año 1490. Este socorro fue de poco efecto, por sospechas que nacieron entre los naturales y los españoles, demás que la duquesa se inclinaba a casar con el rey de romanos, y aún se trató y concertó el casamiento. Por esto el mismo Labrit, perdida la esperanza de casar con aquella señora, o de que un hijo suyo, que también lo pretendía, casase con la hermana menor, que falleció por este mismo tiempo, y con promesa que le hicieron de nombrarle por condestable de Francia, resuelto de mudar partido entregó a Nantes, cabeza de aquel ducado, plaza que tenía en su poder, al francés. El rey don Fernando otrosí hizo salir su gente de Bretaña por lo poco que allí hacían y con esperanza que se le dio de restituirle lo de Rosellón y Cerdaña, conforme a lo que el rey Luis XI de Francia dejó dispuesto en su testamento, movido de su conciencia y a persuasión de fray Francisco de Paula, fundador de los Mínimos, al cual hiciera venir desde lo postrero de Italia, de do era natural, con esperanza que por su medio recobraría la salud, que le faltó mucho tiempo, a lo postrero de su

 

 

 

 

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vida; y persuadido de sus razones antes de su muerte enviara al obispo de Lombes y al conde de Dunois para que hiciesen la entrega de Perpiñán. Mas como el rey falleciese a la sazón, los que gobernaban el reino les mandaron dar la vuelta sin efectuar el orden que llevaban.

 

Con la salida de los españoles el francés tuvo comodidad de apoderarse de la mayor parte de aquel estado, y Ana, madama de Borbón, su hermana mayor, que todo lo gobernaba a su voluntad, tuvo orden y se dio tan buena maña, que el rey, su hermano, dejada Margarita, su esposa, con color de su poca edad, finalmente casó con la duquesa de Bretaña. Con este matrimonio las fuerzas y poder de Francia se adelantaron, y sosegadas las alteraciones de aquel reino, los franceses tuvieron comodidad de acometer lo de Italia.

En España los reyes don Fernando y doña Isabel, luego que se vieron desembarazados de la guerra de los moros, acordaron de echar de todo su reino a los judíos. Con esta resolución en Granada, do estaban, por el mes de marzo del año 1492 hicieron pregonar un edicto en que se mandaba a todos los de aquella nación que dentro de cuatro meses desembarazasen y saliesen de todos sus estados y señoríos, con licencia que se les daba de vender en aquel medio tiempo sus bienes o llevarlos consigo.

 

Luego el mes siguiente de abril, fray Tomás de Torquemada, primer inquisidor general, por otro edicto y mandato vedó a todos los fieles, pasado aquel tiempo, el trato y conversación con los judíos, sin que a ninguno fuese lícito de allí adelante darles mantenimiento ni otra cosa necesaria, so graves penas al que hiciese lo contrario; que fue causa de que una muchedumbre innumerable de esta nación se embarcase en diversos puertos. Unos pasaron a África, otros a Italia, y muchos también a las provincias de levante, do sus descendientes hasta el día de hoy conservan el lenguaje castellano, y usan de él en el trato común. Gran número de esta gente se quedó en Portugal con licencia del rey don Juan el Segundo, que les dio con condición que cada uno de ellos pagase ocho escudos de oro por el hospedaje, y que dentro de cierto tiempo que se les señaló saliesen de aquel reino, con apercibimiento que pasado el dicho término serían dados por esclavos, como muchos de ellos lo fueron dados adelante, y después por el rey don Manuel les fue restituida su libertad luego al principio de su reinado.

 

El número de los judíos que salieron de Castilla y Aragón no se sabe; los más autores dicen que fueron hasta en número de ciento setenta mil

 

 

 

 

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casas, y no falta quien diga que llegaron a ochocientas mil almas; gran muchedumbre sin duda, y que dio ocasión a muchos de reprender esta resolución que tomó el rey don Fernando en echar de sus tierras gente tan provechosa y hacendada y que sabe todas las veredas de llegar dinero; por lo menos el provecho de las provincias adonde pasaron fue grande, por llevar consigo gran parte de las riquezas de España, como oro, pedrería y otras preseas de mucho valor y estima. Verdad es que muchos de ellos por no privarse de la patria y por no vender en aquella ocasión sus bienes a menosprecio, se bautizaron algunos con llaneza, otros por acomodarse con el tiempo y valerse de la máscara de la religión cristiana, los cuales en breve descubrieron lo que eran y volvieron a sus mañas, como gente que son compuesta de falsedad y de engaño.

 

 

 

 

II. De la elección del papa Alejandro VI

 

En este medio falleció en Roma el papa Inocencio VIII a 25 de julio. Juntáronse luego el día siguiente los cardenales para nombrar sucesor divididos en dos parcialidades: la una seguía al cardenal de San Pedro Julián de la Rovere, sobrino de Sixto IV, el cual se inclinaba a acudir con sus votos a don Jorge de Costa, cardenal de Portugal; de la otra parte eran cabezas los cardenales Ascanio Esforcia, hermano del duque de Milán, y don Rodrigo de Borgia, vicecanciller, personas poderosas y ricas, aunque el de Borgia tenía más que dar, y finalmente, sea con buenos medios, sea con malos, salió con el pontificado y en él se llamó Alejaudro VI. Ayudóle mucho el cardenal Ascanio; así en recompensa, según se entendió, de lo mucho que trabajó en granjear las voluntades del cónclave, le dio luego el oficio de vicecancelario, y en el primer consistorio que tuvo dio su capelo a don Juan de Borgia, su sobrino, arzobispo de Monreal.

 

Muchas cosas siniestras se dijeron de este pontífice; puédese sospechar que algunas fueron verdaderas, otras impuestas; y que por el odio que como a extranjero le tenían, por lo menos que sus faltas no fueron tan graves como las encarecen. Lo cierto es que fue natural de Valencia; sus padres se llamaron Jofre Lenzo e Isabel Borgia. Luego que se supo la elección de su tío el papa Calixto, se partió a toda prisa para Roma con cierta esperanza que llevaba del capelo. Hecho cardenal, en una moza

 

 

 

 

 

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romana, llamada Zanozia o Vanocia, hubo cuatro hijos, a Pedro Luis, el mayor, a César, a Juan y a Jofre, y una hija, por nombre Lucrecia. Era tan rico; que compró el ducado de Gandía, y le puso en cabeza de Pedro Luis, su hijo mayor, que falleció antes que su padre subiese al pontificado, y en su lugar puso a Juan, su tercero hijo, al cual dio por mujer a doña María Enríquez, hija de don Enrique Enríquez, mayordomo mayor de los Reyes Católicos, y de doña María de Luna, su mujer, de quien nació el duque don Juan, padre de don Francisco de Borja, varón santo, pues renunciado el estado que heredó de su padre y abuelo, le vimos primero religioso, y después prepósito general de nuestra compañía; que fue una de las cosas notables de nuestra edad.

 

La creación de Alejandro se hizo a 11 días de agosto, y a los 27 del mismo se coronó. En el mismo día confirmó la erección hecha pocos días antes de la iglesia de Valencia en metrópoli, y juntamente nombró por arzobispo de aquella iglesia a don César, su hijo segundo, que ya era obispo de Pamplona, y el año siguiente en las témporas de septiembre salió nombrado cardenal, con probanza de muchos testigos que juraron no era hijo del papa, sino de Dominico Ariñano, marido que era de Zanozia; probanza que pasó por Rota y por el consistorio, sin que casi persona se atreviese a hacer contradicción: tal era el poco miramiento de aquel tiempo. El hijo menor de todos se llamó Jofre, a quien por ciertos conciertos que el papa tuvo con don Alonso el Segundo, rey de Nápoles, en lo postrero de Calabria hicieron príncipe de Esquilache. Lucrecia casó primero con el señor de Pesaro, por nombre Juan Esforcia; después con Luis Alonso de Aragón, hijo bastardo del dicho don Alonso, rey de Nápoles; y muerto éste a manos de César, su cuñado, que renunciado el capelo se llamaba el duque Valentín; últimamente casó con Alonso de Este, hijo mayor de Hércules, duque de Ferrara.

 

En el pontificado de Alejandro se dio el capelo a catorce españoles; entre los demás fue uno don Bernardino de Carvajal, obispo que fue de diversas iglesias de Castilla, como se dijo de suso sucesivamente, y a la sazón embajador de Roma por don Fernando, rey de España. Su promoción fue agradable, así por sus buenas partes de ingenio asaz despierto como por la memoria del cardenal de Santángel, su tío, don Juan de Carvajal, que fue notable prelado.

De estos principios ¿cuán grandes inconvenientes se seguirán? Lo de Navarra andaba muy alterado por dos causas: la primera que Juan,

 

 

 

 

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vizconde de Narbona, tío de la reina de Navarra, pretendía tener derecho a aquella corona, fundado en que su hermano mayor Gastón de Foix falleció en vida de su madre doña Leonor, reina que era propietaria de Navarra; decía que por su muerte debía él ser antepuesto a los nietos, que era grado más apartado, pleito tantas veces ventilado. Por otra parte, el conde de Lerín, condestable de Navarra, con los de su valía traía desasosegado aquel reino, en que estaba apoderado de la ciudad de Pamplona, y poco adelante tomó la villa de Olite, sin otras plazas que tenía a su mano. Acudieron de todas partes al rey don Fernando, como a príncipe a quien tanto tocaban las cosas de aquel reino, para alegar cada cual de las partes de su derecho y valerse de las fuerzas del rey de España.

 

En lo del vizconde el rey declaró que asistiría a aquellos reyes, y no permitiría se les hiciese fuerza ni agravio, como a los que tenían su derecho más fundado. Con esta respuesta el de Narbona acudió por una parte a las armas, y en el condado de Foix se apoderó de algunos lugares; por otra seguía su pleito en el parlamento de París; pero finalmente se vino a concierto, y desistió por algún tiempo de aquella demanda.

Cuanto a lo del conde de Lerín, el mismo rey don Fernando interpuso su autoridad, y en cierto asiento que se tomó con aquellos reyes, entre otras condiciones se puso una que el conde restituyese las plazas que tenía usurpadas, y nombradamente la villa de Olite, y juntamente saliese de Navarra desterrado por toda su vida, junto con don Luis y don Fernando, sus hijos. Para facilitar este acuerdo se le dio en recompensa la villa de Huéscar en el reino de Granada con título de marqués, sin otras ventajas y vasallos que para adelante le prometieron; concierto que se trató el año siguiente, y se ejecutó tres años adelante. Volvamos a lo que queda atrás.

 

 

 

 

III. Del descubrimiento de las Indias Occidentales

 

La empresa más memorable, de mayor honra y provecho que jamás sucedió en España fue el descubrimiento de las Indias Occidentales, las cuales con razón por su grandeza llaman el Nuevo Mundo; cosa maravillosa y que de tantos siglos estaba reservada para esta edad. La ocasión y principio de esta nueva navegación y descubrimiento fue en esta manera.

 

 

 

 

 

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Cierta nave desde la costa de África, do andaba ocupada en los tratos de aquellas partes, arrebatada con un recio temporal aportó a ciertas tierras no conocidas. Pasados algunos días y sosegada la tempestad, como diese la vuelta, muertos de hambre y mal pasar casi todos los pasajeros y marineros, el maestre con tres a cuatro compañeros últimamente llegó a la isla de la Madera. Hallábase acaso en aquella isla Cristóbal Colón, genovés de nación, que estaba casado en Portugal y era muy ejercitado en el arte de navegar, persona de gran corazón y altos pensamientos. Éste albergó en su posada al maestre de aquel navío, y como falleciese en breve, dejó en poder de Colón los memoriales y avisos que traía de toda aquella navegación. Con esta ocasión, ora haya sido la verdadera, o sea por la astrología, en que era ejercitado, o como otros dicen, por aviso que le dio un cierto Marco Polo, médico florentin, él se resolvió en que de la otra parte del mundo descubierto y de sus términos hacia do se pone el sol había tierras muy grandes y espaciosas.

 

Este pensamiento suyo comunicó primero con el rey de Portugal, después con Enrique VII, rey de Inglaterra; pero como al uno y al otro pareciesen sueños lo que decía, con todo esto no desistió de su empresa; antes se fue a la corte del rey de España don Fernando. Allí como no le diesen más oídos que los demás, con sufrimiento que tuvo de siete años, últimamente alcanzó al mismo tiempo que el reino de Granada se acababa de conquistar, que a costa del rey le armasen tres navíos conque hiciese prueba si salía verdadero lo que prometía. Es cosa notable que con solos diecisiete mil ducados, que por estar los reyes tan gastados tomaron prestados, se emprendió una cosa tan grande y que había de ser de tanto interés.

 

Hízose pues Colón a la vela a 3 de agosto de Palos de Moguer, do se aprestaron las naves, y vencidas las olas del mar Atlántico, primero aportó a las islas Canarias; desde allí, tomando la derrota del poniente, a cabo de muchos días y de grandes dificultades que pasó, descubrió ciertas islas, que llamó las islas del príncipe. Reparó por aquellas partes algunos días, y dejados en un castillo que hizo allí algunos compañeros de los suyos, y por capitán a Diego de Arana, dio la vuelta con las nuevas y muestras de las riquezas que dejaba descubiertas, y fue muy bien recibido en España. Prosiguió en descubrir con nuevas navegaciones que hizo los años siguientes otras muchas islas; entre las otras, las más principales y mayores fueron la Española y la Cuba. Demás de esto costeó gran parte de

 

 

 

 

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la tierra firme que corre el polo Antártico y el polo Ártico desde el estrecho de Magallanes hasta el cabo de Bacalao, con marinas y riberas que se extienden por espacio de más de cinco mil leguas. Verdad es que las dichas marinas con una grande ensenada que hacen, como a la mitad de todas ellas se ciñen de tal manera, que desde el puerto del Nombre de Dios, que está en nuestro mar, hasta Panamá, puerto del mar opuesto, que llaman del Sur, apenas hay distancia y camino de dieciocho leguas, y bien que las riberas del uno y del otro mar hacia la parte del septentrión por grande espacio con diligencia increíble de los nuestros han sido descubiertas, hasta ahora no se ha podido entender bastantemente si la India Occidental se continúa con la Oriental, o si mas arriba del Catayo, puerto de la China, y mas arriba del Japón, isla que algunos llamaron Cipangui, haya algún estrecho de mar con que se aparten la una de la otra.

 

Falleció Colón el año de nuestra salvación 1506; varón digno de inmortal renombre. Fue hecho almirante de las Indias y duque de Veraguas merced debida a sus grandes méritos y servicios.

Continuaron otros estas navegaciones, así en vida de Colón como principalmente después de él muerto, y a su ejemplo descubrieron al poniente diversas islas y riberas. Entre estos Américo Vespucio, de nación florentino, por mandado del rey de Portugal don Manuel, el año de 1500, primeramente descubrió todo el Brasil, parte sin duda del Nuevo Mundo y de aquella tierra firme. Despuésde corridas casi todas las riberas hacia nuestro mar del Norte con diversas navegaciones que se emprendieron por personas diferentes, entre ellas Vasco Núñez Balboa, natural de Badajoz, varón de gran corazón, fue el primero que descubrió el estrecho que hay de tierra, a causa de aquella grande ensenada que hace el mar desde el puerto del Nombre de Dios hasta Panamá, y halló el mar del Sur el año de 1513 para grande honra y provecho de nuestra España.

 

Resultó de las navegaciones de Colón y de Américo cierta diferencia entre Castilla y Portugal, a causa que el portugués pretendía pertenecerle por concesión de los pontífices, y en particular de Eugenio IV, todo el descubrimiento del Nuevo Mundo. El rey de Castilla en contra alegaba una bula de Alejandro VI, en que el año de 1493 le concedió que tirada con la imaginación una línea de polo a polo, cien leguas más adelante de las islas Hespérides, que hoy se llaman del cabo Verde, todo lo que desde aquella línea se descubriese hacia el poniente fuese suyo, y que al portugués quedase todo lo demás. La cual concesión poco después modificó con otra

 

 

 

 

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nueva bula, en que mandó que la dicha línea de la demarcación se señalase otras trescientas y setenta leguas mas adelante hacia el poniente, y esto para efecto que el Brasil de nuevo descubierto se comprendiese dentro de la conquista de Portugal. Jerónimo Osorio, obispo de Silves, en la vida del rey don Manuel afirma que la dicha línea se señaló por la imaginación treinta y seis grados al poniente más adelante del meridiano de Lisboa.

 

Lo cierto es que de este asiento que tomaron resultó otra nueva contienda, porque los castellanos pretendían que las islas Molucas, de donde viene la especiería, se comprendían en la mitad del mundo que les fue consignado en aquel repartimiento. Los portugueses niegan todo esto, y por los eclipses de la luna, que es el solo camino que hay para medir la longitud de la tierra, dicen estar observado que la boca del río Indo dista de Lisboa por espacio de noventa grados y no más, desde do hasta el meridiano, que se señala con la imaginación por lo postrero de las Molucas, hay cuarenta y dos grados. A la cual suma, si añadimos los treinta y seis grados más adelante de Lisboa, principio de la conquista de Portugal, aún no vendremos a cerrar con los ciento ochenta grados que tiene la mitad de este grande globo y mundo; cuya longitud se divide en trescientos y sesenta grados.

 

Y consta que Fernando de Magallanes, de nación portugués, por queja que tuvo de su rey de no le haber recompensado bastante los servicios hechos en la India Oriental en que estuvo largo tiempo, después de la muerte del rey don Fernando el Católico persuadió al rey don Carlos, su nieto, que siguiendo la derrota entre poniente y mediodía, se podría pasar a las Molucas por diferente camino. Ofreció su industria para ejecutar este aviso, y con cinco naves que le dieron se hizo a la vela desde Sevilla, año de nuestra salvación de 1519. Aportó primero a las Canarias; desde allí a la vista del Brasil, costeadas todas aquellas riberas, halló un estrecho de mar cincuenta y tres grados mas adelante de la equinoccial, el cual de su nombre llamaron el estrecho de Magallanes. A la entrada de aquel Estrecho una de las naves dio en ciertos riscos y se abrió; otra cansada de aquella tan larga y tan pesada navegación de noche alzó las velas y dio la vuelta a Sevilla. Con las otras tres naves pasó el Estrecho, y después de muchos días en una isla que descubrieron, llamada Zubu, fue muerto alevosamente por los bárbaros con algunos otros de sus compañeros. Los demás por falta de marineros y jarcias, puesto fuego a la una de las tres naves, con las otras dos últimamente aportaron a las Molucas. Hicieron su

 

 

 

 

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carga en la isla de Tidor para muestra de las riquezas que allí hallaron; y porque la una de las dos naves hacía agua, se perdió. La otra sola que quedaba, por diferente camino que había traído, pasado el cabo de Buena Esperanza, llegó a Sevilla tres años después que de allí partiera. La nave se llamaba Victoria; el maestre Juan Sebastián Cano, vizcaíno de nación o guipuzcoano, natural de un pueblo llamado Guetaria; que por su grande constancia y dicha nunca oída de haber rodeado todo el mundo, merece que su nombre quede inmortalizado.

 

Probaron otros los años siguientes una, segunda y tercera vez a hacer aquella navegación; pero porque el provecho no era conforme al trabajo, últimamente desistieron de ella, especial que el rey don Juan de Portugal prestó al emperador don Carlos trescientos y cincuenta mil ducados con condición que así él como sus descendientes se apartasen de aquella demanda hasta en tanto que hubiesen restituido aquel empréstito. En este tiempo del todo se ha sosegado esta contienda por haber toda España reducídose debajo del poder y mando de un monarca y señor universal.

Pasado aquel estrecho de tierra que dijimos hacia el mar del Sur, a la mano derecha está situada la Nueva España con su ciudad de Méjico, asentada a la sazón en una laguna y cabeza de aquellas provincias. Donde y en las provincias comarcanas era muy poderoso y muy gran señor de muchos y de muy grandes reinos el emperador Motezuma, al cual Hernán Cortés el año de 1520 prendió dentro de su mismo palacio; notable resolución. Y muerto que fue por los suyos con una piedra que acaso le tiraron a una ventana a que se asomó para apaciguarlos, sujetó aquellas muy anchas provincias al emperador don Carlos; para sí ganó inmortal renombre, a sus descendientes los marqueses del Valle dejó en aquellas partes de Méjico aquel muy rico estado.

 

A mano izquierda del estrecho y de Panamá, Francisco Pizarro el año 1525 descubrió el Perú, y seis años adelante con prisión y muerte que dio a Atabalipa, señor de aquellas tierras, le sujetó, que es la más rica provincia de minas de oro y de plata de cuantas se han descubierto, en tanto grado, que todo el menaje de las casas hasta las ollas y las calderas eran de estos ricos metales. El despojo, que fue muy grande, y la presa dividió Pizarro con Diego de Almagro, su principal compañero en aquella conquista, y con los demás no como fuera razón, y sin embargo, a cada uno de los soldados ordinarios cupieron nueve mil ducados, que fue la mayor presa y botín que jamás se ganó. Los soldados eran como trescientos, que en una

 

 

 

 

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batalla vencieron a mas de cien mil indios. De la abundancia nació la soberbia y demasías, ca Hernando Pizarro, hermano de Francisco Pizarro, por entender que Almagro públicamente se quejaba del agravio y trataba de vengarse, le dio la muerte. Un hijo de Almagro, habido fuera de matrimonio en una india, por nombre don Diego, acometió en Lima las casas en que Francisco Pizarro posaba, y dentro de ellas le mató en venganza de su padre. Fue este atrevimiento muy grande. Por vengarle se juntaron el gobernador Cristóbal Vaca de Castro y Gonzalo Pizarro, otro hermano de Francisco, y con sus gentes vencieron en batalla y dieron la muerte al dicho don Diego. Con esta victoria y por sus muchas riquezas quedó Gonzalo Pizarro tan ufano, que pretendió hacerse señor de aquella tierra.

 

Acudió desde España por mandado del emperador primero Blasco Núñez Vela, con nombre de virrey, al cual prendieron y mataron en el Perú los mismos españoles. Después el licenciado Pedro de la Gasca, dado que era clérigo de profesión y del consejo de la general Inquisición, sosegó aquellos movimientos, más por maña que con fuerzas; castigó e hizo morir a Gonzalo Pizarro y las demás cabezas principales de aquellas revueltas. Hecho esto, volvió a España, donde fue obispo, primero de Palencia, y después de Sigüenza hasta lo postrero de su edad, que fue muy larga. Hernando Pizarro, que solo de los tres hermanos quedaba vivo, estuvo mucho tiempo preso en España, ca antes que su hermano se levantase, vino para dar razón de la muerte de Almagro, primera ocasión de aquellas revueltas. Por esta manera castigó Dios la muerte dada contra razón al emperador Atabalipa, sin dejar ninguno de sus enemigos que no fuese castigado, y las riquezas mal ganadas perecieron juntamente con sus dueños.

 

Las costumbres de todas estas gentes que descubrieron en aquellas partes eran extrañas, y todas las mas cosas muy extraordinarias. Los animales, las aves, que se crían de muchas raleas y muy vistosos colores; los peces, los árboles, las hierbas, todo extraño y de lo de acá diferente. No tenían letras, notable mengua. No usaban de moneda ni de peso. No sabían fabricar naves con sus jarcias, velas y gobernalle; solo navegaban en barcas como artesas, cavadas en un solo madero, que llaman ellos canoas. Para el vestido y arreo no tenían lino, lana ni seda; sus telas y ropa de algodón, que se da muy bien en la tierra sin teñirlo, de diferentes colores. Carecían del uso del hierro, de las armas y herramientas que de él se

 

 

 

 

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forjan; de trigo y de molinos para moler su maíz, que es el grano de que se sustentan. Faltábales aceite y vino de uvas, si bien las producía de suyo la tierra, y ellos usaban de otros brebajes de diversas maneras para sus borracheras, a que son muy dados. Del sebo y de la cera no sabían hacer candelas para alumbrarse. Ningunas bestias de carga ni para cabalgar, no carros ni literas. Sacrificaban hombres cautivados en guerra y esclavos en número tan grande, que se tiene por cierto en sola la ciudad de Méjico pasaban de veinte mil por año, cuya carne comían sin asco ninguno. Pasaban con muchas mujeres, y sin escrúpulo usaban del pecado nefando; tan sucios y deshonestos eran. Su traje muy diferente, y por la mayor parte desnudos.

 

Gran bien les hizo Dios, y gracia, en traerlos a poder de cristianos, y para que los buscasen y conquistasen, repartir con ellos con larga mano el oro y la plata en tanta abundancia, cebo para codiciosos. Sobre todo darles su conocimiento para que dejada la vida de salvajes viviesen cristianamente. Más merced fue sujetarlos que si continuaran en su libertad.

Adelante se descubrió el Chile hacia el mar del Sur y polo Antártico, do hallaron indios belicosos y malos de sujetar, y hacia nuestro mar, pasado el Brasil y el río de la Plata, el Paraguay y el Tucum an, que se extiende hasta el estrecho de Magallanes.

Las Filipinas, islas no lejos de la China, con diversas ocasiones se descubrieron, y llamaron así del nombre de don Felipe II, rey de España. La de Luzón, que es la cabeza, con su ciudad Manila conquistó el adelantado Miguel López de Legaspi a 18 de mayo, año de 1572.

 

Últimamente, el año 1598, de Méjico salió un buen número de soldados, y su general el adelantado don Juan de Oñate a la conquista del Nuevo Méjico. Cae esta provincia hacia nuestro polo en altura, de más de treinta grados; la tierra fértil, la gente mas política que lo demás de las Indias, las casas de tres, cuatro y siete sobrados. Teníase de ella noticia desde el tiempo de Hernán Cortés, y diversas veces acometieron a conquistarla, pero ésta fue la de más consideración. Del suceso de ella y todo el efecto que se hizo, que para tanto ruido fue corto, el capitán Gaspar de Villagra, que se halló presente, escribió un libro en metro castellano.

 

De la conquista toda de las Indias han resultado provechos y daños. Por lo menos las fuerzas flaquean por la mucha gente que sale y por estar tan derramadas; el sustento que la tierra nos daba, y no mal con sus frutos,

 

 

 

 

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ya todos los años le esperamos en gran parte de los vientos y de las olas del mar; el príncipe más necesidades que antes, por acudir forzosamente a tantas partes; la gente muelle por el mucho regalo en comidas y trajes.

 

 

 

 

IV. De la restitución que se hizo de Rosellón

 

Ardía Carlos VIII, rey de Francia, en un vivo deseo de acometer la conquista del reino de Nápoles, para lo cual pretendía tener derecho muy fundado, sin otras causas diferentes que a ello le movían. No le faltaban gentes ni riquezas para llevar al cabo una empresa tan grande; sólo se recelaba por una parte del rey de romanos, que le tenía malamente agraviado con quitarle su esposa la duquesa de Bretaña, y dejar a su hija Margarita, con quien estaba concertado. Por otra temía al rey don Fernando no le acometiese por la parte de España en defensa de los reyes de Nápoles, que eran de la casa de Aragón. Por esta causa le pareció en primer lugar de hacer confederación con el dicho rey de España; y para este efecto se trataba muy de veras por comisarios que de una y otra parte se nombraron de restituir los estados de Rosellón y Cerdaña, que tenía en su poder el francés por empeño que se hizo los años pasados.

 

Apretábase muy mucho este tratado, tanto, que los reyes don Fernando y doña Isabel para estar más cerca y procurar la conclusión de cosa que tanto deseaban, con dejar a don Íñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, por alcaide del Alhambra y capitán general de aquel nuevo reino, por principio del mes de junio partieron de Granada la vuelta de Aragón. Llevaban en su compañía sus hijos el príncipe y las infantas. Entraron en aquel reino por la parte de Borja, para donde tenían concertada la junta de la hermandad. De allí pasaron a Zaragoza, donde dieron orden que los jurados y otros oficiales del regimiento fuesen puestos en aquellos oficios, no por elección de los ciudadanos, como antes se acostumbraba, sino por nombramiento del rey, orden que no duró mucho tiempo. Llegaron a Barcelona por el mes de octubre. Allí sucedió un caso atroz; tenía costumbre el rey don Fernando de dar audiencia pública por lo menos un día en la semana; sucedió que un viernes, a 7 de diciembre, se entretuvo en ella más de lo acostumbrado. Al salir de la audiencia, un hombre, llamado Juan Canamares, catalán de nación, natural de Remensa, sin ser sentido se

 

 

 

 

 

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llegó al rey, y con la espada desnuda le tiró un golpe para matarle, del cual quedó herido debajo de la oreja. Fue grande la turbación de la ciudad; prendieron al malhechor por saber si alguno se lo había aconsejado. Averiguóse que estaba loco y que acometió aquel caso por haber soñado que muerto el rey, le sucedería en la corona; sin embargo, le atenacearon vivo, y después de muerto le quemaron.

Tenía el rey grande deseo de concluir el asiento que se trataba con Francia. Juntáronse los comisarios diversas veces, que eran los principales, por Francia Luis de Amboesa, obispo de Albi, y por España el secretario Juan de Coloma. Tratóse de las condiciones, primero en Figueras en los confínes del Ampurdán y Rosellón, después en la ciudad de Narbona. Allí últimamente, a 18 del mes de enero del año 1493, se asentó amistad entre España y Francia, y de ella excluían a todos los demás príncipes, excepto sólo el pontífice romano. Las condiciones fueron que el rey don Fernando no pudiese casar sus hijas con ningún príncipe sin consentimiento del rey de Francia, y que con esto el francés le restituyese lo de Rosellón y Cerdaña. Sin embargo, en la ejecución hubo algunas dificultades, y se entretuvieron algunos meses antes que se efectuase.

 

Restaba solamente al francés concertarse con el rey de romanos Maximiliano de Austria, que aunque con dificultad, al fin se hizo con restituirle a su hija Margarita, que todavía se la entretenían en Francia, y el condado de Artois, dote de aquella señora, y con seguridad que le dieron de volverle el condado de Borgoña y lo demás del ducado que por fuerza y contra razón le tenían usurpado; cosa muchas veces tratada y concertada, pero que nunca se cumplió de todo punto. Concertóse esta paz en sazón que el emperador Federico se hallaba muy al cabo, de una pierna que se le encanceró y al fín fue menester cortársela, de que en breve murió a 19 del mes de agosto. Por su muerte le sucedió en el imperio y en los demás estados su hijo Maximiliano, que ya era rey de romanos.

 

Luis Esforcia, duque de Bari, tío de Juan Galeazo, duque de Milán, con increíble tiranía e inhumanidad por apoderarse del estado de su sobrino, trataba con el nuevo César que casase con Blanca María, hermana del dicho duque Juan Galeazo, con tal que le diese para él y sus sucesores la investidura de Milán y de todo aquel estado; ambición ciega y perjudicial que fue ocasión de revolver a toda Italia. Por esta investidura y por el dote se obligó Luis Esforcia, y lo que más es, hizo obligar al duque, su sobrino, contra quien se enderezaba toda esta trama, de dar cuatrocientos mil

 

 

 

 

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ducados al emperador Maximiliano. El color que se tomó para cosa tan exorbitante fue que ni Francisco Esforcia ni Galeazo, su hijo, fueron por los emperadores investidos de aquel estado, y por tanto, como vaco le daba al dicho Ludovico.

 

Entreteníase en este tiempo el rey don Fernando en las partes de Aragón y Cataluña hasta tanto que, como tenían asentado, le restituyeron por el mes de septiembre lo de Rosellón y Cerdaña, y las gentes francesas que tenían de guarnición, salieron de aquellos estados. Resolución que dio a muchos que decir, y que los historiadores extranjeros, y particularmente los franceses, nunca acaban de reprender, que aquel rey por esperanza incierta se desposeyese de aquellos estados. Muchos cargan al obispo de Albi que se dejó cohechar con el oro de España.

 

 

 

 

V. Que los tres maestrazgos militares se

 

incorporaron en la corona real de Castilla

 

Por el mismo tiempo que el rey don Fernando recobró lo de Rosellón, en la otra parte opuesta y más distante de España, se apoderó de la isla de Cádiz con su puerto, que es uno de los más señalados del mundo. El rey don Enrique el Cuarto los años pasados con la facilidad que tenía en hacer mercedes, la había dado con título de marqués a don Juan Ponce de León, conde de Arcos. Por cuya muerte, que sucedió algunos meses después de la toma de Granada, quitaron aquella isla a don Rodrigo Ponce, su nieto, que le sucedió en sus estados, y volvió a la corona real, si bien en recompensa le dieron la villa de Casares en África, y que en lugar de conde, de allí adelante se intitulase duque de Arcos.

 

Asimismo la isla de Palma, que es una de las Canarias, ganó Alonso de Lugo que enviaron los reyes a aquella conquista.

Pero la cosa de mayor consideración que en este año sucedió fue apoderarse el rey de los maestrazgos de las tres órdenes militares de Castilla. Eran los maestres exentos de la jurisdicción real; tenían tanto poder y parte en el reino a causa de sus muchas riquezas y aliados, que se hacían temer de los mismos reyes. Por esto el papa Inocencio VIII concedió al rey católico don Fernando que tuviese en administración aquellos maestrazgos. Ganóse esta bula por el mismo tiempo que don

 

 

 

 

 

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García de Padilla, maestre de Calatrava, pasó de esta vida, que fue el fin del año 1487; y porque en el presente falleció el maestre de Santiago don Alonso de Cárdenas, tomó asimismo posesión de aquel maestrazgo; y por concluir luego, el año siguiente se negoció y acabó con el maestre de Alcántara don Juan de Zúñiga que renunciase en favor del rey, y permutase aquella dignidad con el arzobispado de Sevilla.

 

Con esto el rey quedó maestre de aquellas tres órdenes por todo el tiempo de su vida; y aún el papa Alejandro le dio por compañera y con derecho de suceder en esta administración a la reina doña Isabel.

 

Últimamente, el papa Adriano los años adelante, por contemplación del rey don Carlos, su discípulo, le concedió a él y a sus sucesores autoridad de presentar los obispos de España, que antes se proveían a suplicación de los reyes; asimismo sin limitación de tiempo les concedió perpetuamente la dicha administración de los maestrazgos, que fue una notable resolución.

A este maestre postrero de Alcántara, que fue después cardenal, dedicó su diccionario el maestro Antonio de Nebrija, varón de inmortal renombre, y digno que quede su memoria en las historias de España, así por el principio que dio a todo lo que en su tiempo de la lengua latina se supo en España como por los muchos libros que escribió llenos de erudición y doctrina. Entre otros dejó escritas en latín dos guerras, la de Granada y la de Navarra, que sucedió algunos años adelante, si bien en las dichas historias usó de más diligencia y verdad que elegancia.

 

Al mismo tiempo que fallecieron el marqués de Cádiz y el maestre de Santiago, murieron don Enrique de Guzmán, duque de Medina Sidonia, y don Pedro Enríquez adelantado del Andalucía. Al duque sucedió su hijo don Juan; poco antes al condestable Pero Hernández de Velasco había sucedido su hijo Bernardo de Velasco, que casó con doña Juana de Aragón, hija bastarda del rey don Fernando.

 

 

 

 

VI. Del principio de la guerra de Nápoles

 

Ninguna cosa por estos tiempos sucedió más notable ni que en mayor confusión pusiese las cosas de Italia y aún de toda la Europa que la guerra muy famosa de Nápoles, que emprendió Carlos VIII, rey de Francia, con

 

 

 

 

 

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los preparamentos que arriba quedan apuntados. De la cual será bien declaremos de raíz por qué vias se haya encaminado.

 

El papa Urbano VI desde Hungría hizo pasar en Italia con gentes a Carlos, príncipe de Durazo, contra Juana, reina de Nápoles, que había favorecido la elección de Clemente VII, su competidor, con que en gran manera se perturbó la paz de la Iglesia. Ella para su defensa llamó desde Francia a Ludovico, duque de Anjou, hijo menor de Juan, rey de Francia. Para esto le adoptó por hijo para que le sucediese en aquel estado. Hijo de este Ludovico fue otro de su mismo nombre, que hizo guerra con Ladislao, rey de Nápoles, hijo del sobredicho Carlos, pero no con mayor ventura que su padre, ca el uno y el otro fueron en aquella guerra desgraciados. El nieto, que asimismo se llamó Ludovico, fue llamado por el papa Martino V contra Juana, la mas moza, hermana de Ladislao y reina de Nápoles. Este Ludovico echó de aquel reino a don Alonso, rey de Aragón, al cual la dicha Juana había primero adoptado por hijo, y después, arrepentida de lo hecho, revocado aquella adopción. A Ludovico por fallecer sin hijos sucedió Renato, su hermano, con quien el rey don Alonso por largo tiempo tuvo guerra con mejor ventura que la pasada, tanto, que forzó a su contrario a que se volviese en Francia. Hijo de este Renato fue Juan, duque de Lorena, el que después que en la guerra de los barones revolvió grandemente el reino de Nápoles y puso en gran aprieto al rey Fernando de Nápoles, adelante en la guerra de Cataluña fue capitán de los catalanes alzados contra el rey de Aragón don Juan, y por su muerte, que sucedió en Barcelona, como queda dicho, vino a suceder en los estados de Renato Carlos, sobrino suyo, hijo de su hermano. Carlos en su testamento nombró por su heredero a Ludovico XI, rey de Francia, por parecerle que Renato, duque de Lorena, sobrino suyo, y nieto de parte de madre de Renato, duque de Anjou, no tenía bastantes fuerzas contra los aragoneses y su poder. Este fue el primer principio de la guerra de Nápoles.

 

Allegóse otra segunda causa, y fue que por la muerte de Galeazo Esforcia, duque de Milán, que le mataron sus vasallos los años pasados, Luis Esforcia, su hermano, se apoderó del gobierno de aquel estado con color que Juan Galeazo, hijo del muerto, por su pequeña edad no era bastante para gobernar. Estaba casado Luis Esforcia con Beatriz, hermana de Hércules, duque de Ferrara. Item, don Alonso, duque de Calabria, hijo del rey de Nápoles, tenía por mujer a Hipólita, hermana del susodicho Luis Esforcia; del cual matrimonio nacieron don Fernando y doña Isabel; don

 

 

 

 

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Fernando fue rey de Nápoles después de su abuelo y padre; doña Isabel casó con Juan Galeazo, verdadero duque de Milán. Esta señora por ver a su marido desposeído, dado que ya tenía dos hijos en ella, por sus cartas persuadió a su padre que fuese parte para que, quitado aquel estado al tirano, su marido tomase la posesión de aquel señorío de sus antepasados. Luis Esforcia, vista la tempestad que desde Nápoles se le armaba, por sus embajadores y cartas convidó a Carlos VIII, rey de Francia, para que tomase aquella empresa del reino, que decía pertenecerle de derecho. Ayudaba a esto Estéfano de Vers, gran privado de aquel rey, que le hizo senescal de Belcaire, y Guillén Brisoneto, obispo de San Maló; allegábanseles muchos barones de Nápoles, que, desterrados de su patria por la crueldad de Fernando, rey de Nápoles, buscaban algún remedio para volver a sus casas y estados. Eran los principales Antonelo y Bernardino de Sanseverino, príncipes de Salemo y de Bisiñano. Fue así, como lo testifica Felipe de Comines, que aunque aquellos señores fueron bien vistos y recogidos en Francia, el tratamiento no fue tal que no pasasen muchas necesidades y menguas; por donde fueron forzados a hacer también recurso a España para suplicar al rey don Fernando tomase aquella empresa por ser su derecho más cierto a causa de la bastardía de los que poseían aquel reino de Nápoles; pero el rey, por entender que aquellos barones pretendían solamente sus particulares, y que acudirían con sus fuerzas al que primero llegase, no quiso por entonces embarazarse en aquella guerra; sólo pretendía con buenos medios y sin rompimiento divertir al francés de aquella conquista; mas teníanla tan adelante, que con gran dificultad se pudiera volver atrás.

 

Acudieron de una y de otra parte a buscar valedores e ayudas. El francés y el de Milán para ofender se confederaron con todos los demás potentados de Italia, fuera de los florentinos, que al principio estuvieron de parte de los aragoneses, y los venecianos que, conforme a su costumbre, quisieron más estarse a la mira que mostrarse por ninguna de las partes. Asimismo el pontífice Alejandro, si bien al principio se mostró adverso de aquellos reyes de Nápoles, últimamente con intención que se le dio y concierto que se hizo poco adelante de heredar a sus hijos en aquel reino y acudir al mismo papa con cierta pensión cada un año, acordó mudar partido y mostrarse por los que le tenían tan obligado.

Por otra parte, los reyes de Nápoles no se descuidaban en aprestarse para la defensa y solicitar a todos los que podían para que los valiesen en

 

 

 

 

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aquel peligro. En particular con un embajador que enviaron a España, hicieron instancia con el rey católico para que se declarase contra Francia. Alegaban para moverle el deudo grande, que era ser primo hermano y juntamente cuñado del rey de Nápoles don Fernando. Proponíanle el peligro que correría lo de Sicilia si los franceses se viesen señores de Nápoles. Todo esto no bastó para que el rey católico rompiese con Francia; sólo se determinó de enviar al papa a Garcilaso de la Vega para asegurarle en la protección y buena voluntad que mostraba a los reyes de Nápoles; y a don Alonso de Silva, hermano del conde de Cifuentes y clavero de Calatrava, despachó para Francia con intento de divertir aquel rey del propósito que tenía y avisarle que si otra cosa hiciese, él no podía desamparará sus deudos y aliados.

 

Todo esto pasó al principio del año de nuestra salvación de 1494, cuando los reyes don Fernando y doña Isabel, que hasta entonces se habían entretenido en Aragón, de Zaragoza, do estaban, partieron para Tordesillas, y desde allí pasaron a, Valladolid y a Medina del Campo; allí les llegó aviso que el rey don Fernando de Nápoles era pasado de esta vida. Falleció a 25 de enero cargado de años y cuidadoso del remate de aquella guerra; desgraciado por una parte a causa del peligro en que dejaba sus cosas, ocasionado principalmente de su áspera condición, por otra parte dichoso por no haber visto echado por tierra aquel su reino poco antes muy florido y muy rico. Sucedióle don Alonso, su hijo, en ninguna cosa más agradable a sus vasallos que lo fue su padre. Coronóle el cardenal Juan de Borgia, al cual el papa, su tío, para este efecto envió por su legado a Nápoles.

 

Asimismo el papa este año concedió por su bula a los reyes de Castilla perpetuamente las tercias, no sólo de Castilla y de León, sino también del nuevo reino de Granada, con condición que se gastasen en la guerra contra los moros. En Tordesillas, a 7 del mes de junio, se tomó asiento sobre la diferencia que tenían Castilla y Portugal en sus navegaciones de las Indias, de tal manera, que la conquista y descubrimiento de los castellanos comenzase treinta y seis grados más adelante de Lisboa hacia el poniente; desde allí todo el medio mundo hacia levante perteneciese a Portugal, como queda arriba tocado. Asimismo en la conquista de África, sobre que tenían también diferencia, se dio traza por este tiempo que la conquista del reino de Fez perteneciese a Portugal, y a Castilla la del reino de Tremecén;

 

 

 

 

 

 

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si bien no se señaló la línea por do se dividiesen, que fue ocasión de nuevos debates.

 

 

 

 

VII. Que el rey de Francia se apoderó del reino de

 

Nápoles

 

Juntaba el rey de Francia todas sus fuerzas resuelto de pasar en persona a Italia; hacíase la masa del ejército en Lyon de Francia. Acudió allí desde Ostia, do por miedo del papa estaba retirado, el cardenal de San Pedro para dar calor a aquella empresa. Por el contrario, don Alonso de Silva, conforme al orden que llevaba, hizo de parte de su rey sus protestaciones para que no pasasen adelante. Sin embargo el francés, dejando por gobernador de Francia a Pedro, duque de Borbón, su cuñado, partió con toda su gente de aquella ciudad un martes a 22 de julio. Llevaba en su compañía toda la nobleza de Francia. El ejército era de hasta veinte mil infantes y cinco mil caballos; para pagar esta gente tomó dineros prestados de los señores, demás de ciento cincuenta mil francos que recibió de un cambio genovés; pequeña suma para gastos e intentos tan grandes.

 

Acometió el rey don Alonso a alterar el estado de Génova con una gruesa armada que envió para este efecto, y por almirante a su hermano don Fadrique; por tierra despachó a su hijo el duque de Calabria para que hiciese la guerra en las tierras de Milán. Todo le sucedió al revés, porque don Fadrique no hizo cosa de momento, y al de Calabria no dejaron pasar de la Romaña las gentes de Francia y de Milán que acudieron a estorbarle el paso. El rey de Francia no paró hasta que por sus jornadas pasó las Alpes, y llegó a la ciudad de Aste a 9 de septiembre, principio del estado de Milán, y sujeta al duque de Orleans, que entre los demás iba a aquella empresa, y pretendía tener derecho muy cierto a todo aquel estado.

Andaba el embajador de España don Alonso en aquella corte muy desfavorecido y mal mirado, tanto, que en Viena de Francia le mandaron despedir; pero él pasaba por todo con gran disimulación como persona que era muy sagaz, puesto que pasaron tan adelante, que en la ciudad de Aste no le dieron aposento, y le fue forzado salirse de aquella corte y partirse para Génova; desde do trató con Luis Esforcia, que ya comenzaba a estar arrepentido de lo hecho, que se confederase con el rey católico con

 

 

 

 

 

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intención que le dio de que una de las infantas casaría con su hijo mayor, atento que no podían casar con otros príncipes por el asiento que se puso con Francia. Cebóse Luis Esforcia tanto con esta plática, que desde entonces se resolvió en mudar partido, dado que acudió a Aste para festejar al rey de Francia, y le dio cantidad de dinero para el sueldo de la gente de guerra.

 

Con tanto y con dejar en Aste al duque de Orleans, que pretendía aprovecharse de aquella buena ocasión para apoderarse del estado de Milán, el rey pasó con su gente a Pavía; allí visitó al duque Juan Galeazo, que se hallaba muy al cabo de una grave enfermedad, y era su primo hermano; porque las madres de los dos eran hermanas, hijas de Luis, duque de Saboya. Partido el rey la vía de Placencia, falleció el duque a 21 de octubre con claras señales del veneno que le dieron; cosa que, fuese verdad o mentira, aumentó en gran manera el odio que tenían contra su tío. Todos condenaban y maldecían un caso tan atroz, pues no contento con haberle quitado el estado, le despojó de la vida con tanta crueldad. Llegó el rey de Francia a Placencia el mismo día que murió el duque, y en su compañía el mismo Luis Esforcia; mas sabida la muerte de su sobrino, a la hora dio la vuelta a Milán. Allí públicamente y sin ningún empacho tomó el nombre e insignias de duque de aquella ciudad, sin embargo que su sobrino dejaba un hijo de cinco años, llamado Francisco Esforcia, y otros dos hijos y la mujer preñada. ¡Cuán poderosa es y perjudicial la desenfrenada codicia de mandar! Todo lo atropella sin tener temor de Dios ni vergüenza de las gentes, en tanto grado, que el mismo día escribió al rey don Alonso sobre la muerte de su sobrino, en que le avisaba que la nobleza y pueblo de Milán le habían forzado a llamarse duque; que entendía le daría esta nueva contento, pues sabía con cuanta voluntad acudiría a las cosas suyas y de aquel reino.

 

De Placencia pasó el rey a Toscana; acudíanle de todas partes embajadores, en particular los venecianos le enviaron los suyos para ofrecerle toda buena amistad; y el papa le envió por su legado al cardenal de Sena, que llegó hasta Pisa, pero el rey no le quiso ver. Los florentinos despacharon a Pedro de Médicis para el mismo efecto, el cual como sin guardar la comisión que llevaba concertase de entregar al francés a Sarazana, Sarazanela y a Piedra Santa, fuerzas que tenía aquella señoría en el Apenino, y los castillos de Pisa y de Liorna, con otras cargas muy graves; fue tan grande la indignación del pueblo, que le desterraron a él y a

 

 

 

 

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sus hermanos el cardenal Juan de Médicis y Julián con tan grande furia, que pusieron a saco sus casas, y les confiscaron sus bienes, que eran muy grandes.

 

Llegó el rey a Pisa, donde se detuvo algunos días, y a instancia de los ciudadanos, dio libertad a aquella ciudad y la sacó de la sujeción de florentinos, en que la tenían de muchos años atrás. En Florencia hizo su entrada el mismo día que Pico Mirandola falleció en ella, en edad de treinta y cuatro años, persona de raro ingenio y excelente erudición, por donde le dieron renombre de Fénix. Concertóse el rey con los florentinos en que, acabada aquella guerra, les restituiría sus fortalezas, y que ellos por contemplación suya perdonarían a Pedro de Médicis y a sus hermanos, y para el gasto de la guerra contribuirían con ciento veinte mil florines.

Estaba a la sazón Roma muy alborotada, los cardenales poco conformes, la nobleza dividida porque Próspero y Fabricio Colona seguían el partido de Francia, y Virginio Ursino el de Nápoles, y los coloneses, junto, con el cardenal Ascanio Esforcia, se habían los días pasados apoderado de la ciudad de Ostia, por donde tenían a Roma puesta en grande aprieto y falta de bastimentos, que no le podían entrar por el mar. Todos tenían entendido que el papa se concertaría con el rey de Francia, o que pretendía salirse de Roma; por esto el pueblo comenzó a alterarse, y el papa fue forzado en consistorio a desengañar los cardenales y caballeros romanos con decirles que su intento era favorecer la justicia, y si el rey de Francia porfiase a entrar con el ejército en Roma, hacerle rostro y defendérselo hasta morir en la demanda. Todas sus razones eran de poco momento para animar la gente, que tenían atemorizada las nuevas que cada día venían de la llegada del rey, y de los pueblos de la Iglesia de que los franceses continuamente se apoderaban. El mismo Pontífice, visto que no era parte para defender la entrada a enemigo tan poderoso ni con sus fuerzas ni con las de Nápoles, dado que don Fernando, duque de Calabria, estaba a la sazón aposentado en el Burgo con buen número de gente, despedido el duque porque no le fuese hecho algún agravio, se retiró al castillo de Santángel. Finalmente, el rey con toda su gente entró en Roma, postrero de diciembre, principio del año 1495, con grandes demostraciones que todo aquel pueblo y aún algunos de los cardenales hicieron de alegría y contentamiento. Aposentóse en el palacio de San Marcos.

 

En esta sazón el cardenal de España don Pedro González de Mendoza falleció en Guadalajara, a 11 días del mes de enero, en edad de sesenta y

 

 

 

 

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siete años y tres meses, persona de mucha nobleza y partes aventajadas, y que todo el tiempo que vivió tuvo gran mano en el gobierno del reino. En vida edificó un colegio en Valladolid; en su testamento mandó se fundase a sus expensas un hospital en Toledo, y le nombró por su heredero. El título de ambas fábricas, de Santa Cruz. Vacó por su fin la iglesia de Toledo. Quisiérala el rey para don Alonso, su hijo, arzobispo de Zaragoza; la reina no vino en ello; ofrecióla al doctor Pedro de Oropesa, del su consejo, persona de virtud muy aventajada, natural de Torralva, aldea de Oropesa; no aceptó por mucha instancia que sobre ello le hicieron. Finalmente, se dio a fray Francisco Jiménez de Cisneros, fraile menor, de virtud muy conocida y de altos pensamientos. Su natural Tordelaguna, sus padres pobres; estudió derechos, adelante fue capellán mayor y provisor de Sigüenza por el cardenal de España. Tomó el hábito de san Francisco en San Juan de los Reyes en Toledo; vivió tiempo en el Castañar y en la Sazeda, monasterios recoletos de aquella orden. Cuando le nombraron por arzobispo era confesor de la reina; algunos años adelante le dieron el capelo y le hicieron cardenal.

 

En Roma se trataba de concierto entre el papa y el rey de Francia; intervinieron personas de autoridad, por cuyo medio se concertó que el cardenal de Valencia fuese en compañía del rey con título de legado, y que le entregase el hermano del Gran Turco, y que se pusiesen en su poder los castillos de Civitavieja, Terracina y Espoleto para que durante aquella guerra se tuviesen por él. Con esto se obligó el rey, fenecida aquella guerra, de hacer restituir la ciudad de Ostia a la Iglesia, y que antes de su partida daría en persona la obediencia al papa, como lo hizo poco días adelante en el palacio de San Pedro. Ayudó mucho a facilitar estos conciertos el capelo que se dio entonces a Brisoneto, obispo de San Maló.

 

Hecho esto, el rey partió de Roma a 28 días de enero la vía de Nápoles, donde tenía aviso que la ciudad del Aguila y otros muchos lugares sin ponerse en resistencia ni esperar los enemigos se le habían rendido y alzado por él banderas.

El rey don Fernando, avisado de lo que pasaba y particularmente del poco respeto que se tuvo al papa, determinó declararse; para este efecto desde Ocaña, do estaba fin del año pasado, despachó a Antonio de Fonseca y a Juan de Albión para requerir al francés que desistiese de hacer guerra a Roma y a las tierras de la Iglesia, pues sabía que en el asiento que se tomó el año pasado exceptuaron la persona del papa y sus cosas. Juntamente

 

 

 

 

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despachó al conde de Trivento para que fuese general del armada que tenía aprestada en Alicante; por otra parte, enviaba a Gonzalo Fernández de Córdoba con quinientas lanzas para que hiciese la guerra por tierra. Los embajadores llegaron a Roma el mismo día que partió el rey de Francia; sin detenerse le siguieron, y como le hallaron en el campo a caballo, le presentaron las cartas que llevaban de creencia, y le protestaron no pasase adelante sin satisfacer primero a la Iglesia. Turbóse el rey con esta embajada; respondió que llegado a Velitre, les daría audiencia.

 

En aquel lugar declararon más por extenso su embajada; la suma era quejarse de los agravios y desacatos hechos al papa; y en cuanto a la empresa del reino, protestado no pasase adelante sin que primero por términos de justicia se declarase a quien pertenecía. Hubo demandas y quejas de una y otra parte; por conclusión, el rey se resolvió, y dio por respuesta que tenía las cosas tan adelante, que no se podía volver atrás; que conquistado aquel reino, holgaría se viese por términos de justicia el derecho de cada cual. Entonces Antonio de Fonseca replicó: «Pues vuestra majestad así lo quiere, y sin dar lugar a la razón determina proceder por vía de fuerza, Dios nuestro Señor, que está en el cielo y suele volver por la inocencia, será el juez de esta causa; por lo menos el rey mi señor con hacer esto ha cumplido con lo que debe, y de aquí adelante quedará libre para disponer de sí y de sus cosas y acudir con sus fuerzas donde y como le pareciere». Esto dijo, y juntamente en presencia del rey y de su consejo rasgó la escritura de la concordia que se concertara últimamente; grande osadía, y que falló poco para que no pusiesen en él las manos; pero en fin los dejaron volver a Roma. Fue esta embajada de grande efecto, porque el papa se animó con ella, y se determinó de no pasar por el concierto hecho con el francés; y la noche siguiente el cardenal de Valencia se salió disfrazado de Velitre, aunque no tomó el camino de Roma porque no se entendiese huía con orden del papa; sino fuese a Espoleto, ciudad de la Iglesia muy fuerte.

 

 

 

 

VIII. Que el rey de Francia entró en Nápoles

 

Al mismo tiempo que el francés estaba en Roma, don Alonso, rey de Nápoles, perdida la esperanza de poderse defender, trataba de renunciar

 

 

 

 

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aquella corona, que aún no había tenido un año entero. Juntó para esto los grandes de su ruino y los principales de su consejo, juntos les habló en esta manera:

 

«Bien veis, amigos y parientes, el aprieto en que están las cosas. El enemigo poderoso y bravo a las puertas; en los nuestros poca seguridad; no se dan más prisa a entrar los franceses, que los del reino a rendirse y alzar por ellos las banderas. Los socorros de fuera están lejos, y los que eran más obligados a valernos muestran cuidar menos de nuestra afrenta. No pretendo quejarme de nadie ni mostrar en esta parte flaqueza; mis pecados son, bien lo veo, y es justo que lo laste quien lo hizo. La vida no está en poder y en mano de los hombres. Dios es el que alarga y acorta sus plazos como es servido. Con lo que yo puedo satisfacer es con esta corona que quito de mi cabeza, como indigno de traerla, y la paso a la del duque, mi hijo, de las esperanzas y valor que todos sabéis. Trueque de mucha ganancia, pues en lugar de un viejo y enfermo, os doy un rey mozo, valiente y que tiene fuerzas y ánimo para poner el pecho al trabajo. Mucho quisiera que las cosas estuvieran en estado con que pudiera mostrar al mundo cuán poco caso hago de sus grandezas. Esto fuera muestra de valor; y no lo será de menor prudencia rendirme a la necesidad, cuyas fuerzas son muy grandes, pues no todas veces el sabio piloto debe contrastar a las olas y al viento, antes caladas las velas, dejar pasar la tormenta. Finalmente, ésta es mi determinada resolución; y pues no puedo ayudar en este aprieto, quiero, aunque lo siento a par de muerte, salirme desterrado de mi cara patria, siquiera por no ver los trabajos de mi casa y de mi reino. Por ventura con este sacrificio que yo hago de mí mismo se aplacará Dios y alzará la mano del castigo, y los hombres, movidos a compasión, acudirán con mayor voluntad a nuestra defensa. No será menester encomendar a los que presentes estáis, ni a los ausentes, que guardéis la lealtad acostumbrada al nuevo rey, ni a él que tenga cuidado con sus súbditos y con remunerar vuestros servicios, que confieso han sido muchos y muy grandes».

 

Hízose este auto de renunciación, a los 23 de enero, en el castillo del Ovo, do se recogió para este efecto el rey don Alonso. Desde allí con su recámara, que era muy rica, se embarcó para Sicilia, determinado de pasar en Mazara, ciudad que era de la reina doña Juana, su madrastra, lo restante de su vida en hábito clerical. Escribió a los príncipes en razón de lo que hizo; y en particular al rey don Fernando decía que su edad y poca salud le

 

 

 

 

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habían forzado a tomar aquella resolución, y el escrúpulo de la conciencia por voto que tenía hecho de partir mano del gobierno y dejar la corona. La verdad era que por ser muy aborrecido de los suyos, y su hijo muy bienquisto, entendió con aquella traza reparar algún tanto el peligro. Vivió poco tiempo, aún no año entero después de esto, ocupado en ejercicios virtuosos. Su cuerpo está enterrado en la iglesia y capilla mayor de Mesina, al lado del Evangelio, con un letrero en dos versos latinos muy agudos, que hacen este sentido:

 

De Alonso huyes mientras las armas mueve, matas al desarmado, ¿qué prez, qué loa, Muerte, de muerte tal? ¡Oh grande aleve!

 

El nuevo rey, luego que se encargó del gobierno, salió en paseo por toda la ciudad, y para granjear más las voluntades mandó soltar gran número de presos, así de la nobleza como del pueblo; sólo quedaron presos Juan Bautista Marzano, hijo de Marino Marzano, príncipe de Rosano y duque de Sesa, y el conde del Pópulo, que estaban en prisión desde que se acabó la guerra de los Barones, y eran enemigos mortales de la casa de Aragón. Con esto salió de Nápoles para volver a su ejército, que quedó en San Germán a los confines del reino, por donde parte término con los tierras de la Iglesia. Dejó en el gobierno de Nápoles a don Fadrique, su tío, príncipe de Altamura.

 

Llegó el rey de Francia con su ejército a ponerse sobre San Germán; por esto al pueblo fue forzoso rendirse, y al nuevo rey retirarse a Capua, ciudad que tenían puesta en defensa, pero con la misma facilidad se dio luego al francés por trato de Trivulcio, capitán de fama, natural de Milán, el cual a la sazón desamparó el partido de Nápoles y se pasó al de Francia, y aún fue ocasión que Virginio Ursino y el conde de Pitillano, otros dos caudillos principales, fuesen presos por los franceses dentro de Nola. Estando el rey de Francia en Capua, murió el hermano del Gran Turco, otros dicen que en Nápoles, para donde partió en breve, y con la misma facilidad sin hallar resistencia alguna entró en aquella nobilísima ciudad, un domingo, a 22 de febrero.

 

El nuevo rey don Fernando, antes que llegasen los franceses, desamparada la ciudad y las demás fuerzas que en ella tenía, se recogió a Castelnovo, do ya estaba la reina viuda doña Juana y su hija y don

 

 

 

 

 

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Fadrique, su tío, con otros señores. De allí, por no asegurarse bastantemente, se pasó al castillo del Ovo, aunque estrecho, muy fuerte por estar asentado en un peñasco rodeado de mar por todas partes. Pretendía recogerse con los suyos en las galeras que allí tenía, con intento de pasar a la isla de Iscla, y de allí, si fuese necesario, encaminarse a Sicilia, como lo hizo, con esperanza que las cosas en breve tomarían otro camino, dado que los franceses procedían tan prósperamente, que en menos de quince días desde los primeros confines del reino hasta la postrera punta de Italia todo se puso debajo de su obediencia; hasta los mismos castillos de Nápoles dentro de pocos días asimismo se rindieron por traición de los que a su cargo los tenían. También se ganó el castillo de Gaeta por combate, fuerza que es y era de las principales de aquel reino. Yo dudo que empresa tan grande se haya jamás acabado en tan poco tiempo. Sólo quedaban por el rey don Fernando algunos lugares en Calabria, reparo de poco momento, porque como el rey se entretenía en Iscla sin poderles enviar socorro, cada día se le iban rindiendo al enemigo. El mismo riesgo corría Rijoles, que al fin se entregó, si bien está a vista de Mesina, y allí se tenía la armada de España, pero sin orden de lo que se debía hacer.

 

 

 

 

IX. De la liga que se hizo contra el rey de Francia

 

Luego que casi todo lo de Nápoles quedó por los franceses, los demás príncipes, así de Italia como de fuera de ella, comenzaron a considerar y comunicar entre si cuán pesado sería el señorío de aquella nación, si se arraigase en Italia. El rey don Fernando de España era el que corría mayor riesgo por lo de Sicilia, ca tenía aviso que concluido lo de Nápoles, pretendían pasar allá los franceses, a instancia principalmente del príncipe de Salerno, uno de los forajidos, y el mayor enemigo de la casa de Aragón. Para prevenirse deseaba que los demás príncipes se ligasen y juntasen sus fuerzas contra Francia. Para este efecto los meses pasados envió a Lorenzo Suárez de Figueroa a Venecia a mover esta plática con aquella señoría; y de nuevo al duque de Milán despachó otro caballero, por nombre Juan Deza, con orden de dar a aquel príncipe intención, no sólo de casar una de

 

 

 

 

 

 

 

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las infantas con su hijo, sino de hacerle rey de Lombardía; cosas a que él daba orejas de buena gana.

 

Trataba asimismo que el emperador y el inglés entrasen en la liga, con quien de veras pretendía emparentar; y en especial el tratado que de días antes se traía de casar a trueque el príncipe don Juan y la infanta doña Juana con el archiduque don Felipe y Margarita, su hermana, se apretó de tal manera, que en fin se concluyeron los conciertos por medio de Francisco de Rojas, que para este efecto pasó a Flandes. Para el gasto de la guerra en Castilla y en Aragón se procuraba allegar dinero. En Aragón se juntaron Cortes para esto, en que pretendió el rey presidiese la infanta doña Catalina; pero no salió con ello, y hubo de venir el rey en persona a hacerlo.

Fue tanta la diligencia, que en fin se hizo la liga en Venecia, donde concurrieron los embajadores de los príncipes por fin de marzo entre el papa, el emperador y rey de España con la señoría de Venecia y duque de Milán. Concertóse que esta liga, que llamaron Santísima, durase por espacio de veinticinco años, y que entre todos se juntase un ejército de treinta y cuatro mil de a caballoy veintiocho mil infantes, repartidos conforme a la posibilidad de cada una de las partes. La voz era para defender la Iglesia y cada cual sus estados; el intento, para echar a los franceses de Italia. Adelantóse este negocio con tanto secreto, que el mismo embajador de Francia Felipe de Comines, señor de Argenton, persona de gran prudencia y experiencia, que se hallaba en Venecia, no supo nada, y quedó de tal manera espantado, que dándole la razón de lo hecho el duque de Venecia Agustín Barbadico; como fuera de sí le preguntó si el rey, su señor, podría volver seguro a Francia.

 

Mucho se trocaron las cosas después de esto, mayormente que los napolitanos se arrepentían de lo hecho a causa de los malos tratamientos y agravios que de ordinario recibían de franceses, cuyas demasías por todas partes eran grandes. Asimismo el duque de Milán se veía apretado por haberse el duque de Orleans apoderado de la ciudad de Novara; además que tenía aviso que el francés por medio de su armada pretendía alterarle y sacar de su obediencia lo de Génova, tanto, que le fue forzoso acudir con toda humildad a venecianos para que le ayudasen.

El rey de Francia, avisado de lo que pasaba, porque no le atajasen el camino, determinó con toda brevedad dar la vuelta. Antes de su partida nombró por virrey de Nápoles a Gilberto, duque de Mompensier, príncipe

 

 

 

 

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de la sangre; con él dejó parte de su ejército y otros capitanes de fama. Por otra parte envió a pedir al papa la investidura de Nápoles, y que deseaba pasar por Roma para comunicar algunas cosas con su Santidad. Cuanto a la investidura, respondió el papa que estaba aparejado a hacer justicia y dar la sentencia conforme a lo que hallase; en lo de la ida de Roma, que no podría ser sin grande escándalo por estar el pueblo muy indignado contra los franceses. Con esta respuesta, que no fue nada gustosa, apresuró el rey su partida. Salió de Nápoles a 20 de mayo. Llegó en breve a Roma; no halló allí al papa, que por no asegurarse de la voluntad del francés, se retiró a Perosa. Pasó el rey, de Roma a Toscana, detúvose algunos días en Sena, y sin locar a Florencia, llegó a Pisa. Pretendían los florentinos les entregase aquella ciudad como se lo tenía prometido. La instancia y lágrimas de los pisanos, que le suplicaban los conservase en la libertad que les dio, fueron tantas, que le movieron a no determinarse. Partió de allí a Lombardía.

 

Acudió para atajarle el camino Francisco, marqués de Mantua, al cual la señoría de Venecia nombrara por general de sus gentes. El francés rehusaba por su poca gente de venir a las manos con los contrarios, y se apresuraba para juntarse con el duque de Orleans, pero no pudo excusar la batalla. Juntáronse los campos a las riberas de Tarro, río que pasa a una legua de la ciudad de Parma. El de venecianos alojaba junto a Fornovo, aldea asentada a la raíz de los montes. El francés se puso a la entrada de aquel valle; allí rompieron los ejércitos y se dio la batalla, que fue una de las más famosas de Italia, en que los italianos desbarataron los primeros escuadrones de los franceses; mas como por tener la victoria por suya se embarazasen en robar el carruaje y tomar la artillería, los franceses tuvieron lugar de recogerse y volver en ordenanza con tal denuedo, que rompieron a los contrarios con gran matanza que en ellos hicieron. Viose el rey en gran peligro porque le mataron la gente de su guarda, y aunque vencedor, no pudo alcanzar de los contrarios le diesen treguas de tres días; por donde fue forzado a cencerros tapados partirse para Aste. Ayudóle para no recibir algún daño y revés grande que aquel río con su creciente impidió a los italianos que no le pudiesen tan presto seguir, aunque de los caballos ligeros que se adelantaron y de la gente de la comarca, que pretendían atajarle los pasos, recibió algún daño. En la batalla murieron pasado de cuatro mil italianos. El de Mantua sin dilación se puso sobre Novara, donde tuvo al de Orleans muy apretado.

 

 

 

 

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X. Que el rey don Fernando entró en Nápoles

 

Apenas el francés era salido de Nápoles, cuando las cosas comenzaron a trocarse en gran manera. La armada de España estaba en el puerto de Mesina, y por su general el conde de Trivento. Acudieron allí los reyes desposeídos don Alonso y don Fernando y la reina viuda doña Juana. Gonzalo Fernández de Córdoba, a causa del tiempo contrario, con la gente que llevaba se detuvo algunos días en Mallorca y en Cerdeña; en fin, aportó a Mesina a los 24 de mayo, en sazón que ya el rey don Fernando se apoderara de Rijoles con su fortaleza y otros lugares comarcanos de Calabria; provincia en que por orden del rey de Francia quedó por gobernador Everardo Estuardo, señor de Aubeni, un capitán muy valeroso y de fama. A Gonzalo Fernández se entregaron Rijoles, Cotron y Amantia con otras plazas de aquella comarca para que, conforme a lo que tenían tratado, las tuviese en nombre de su rey hasta tanto que se le pagasen los gastos que en aquella guerra se hiciesen y también para asegurar lo de Sicilia. Hubo alguna diferencia entre el nuevo rey y Gonzalo Fernández a causa que el rey con todas sus fuerzas pretendía, pospuesto todo lo al, ir luego a Nápoles, para donde le convidaban aquellos ciudadanos aún desde antes que el rey de Francia partiese de aquella ciudad. Gonzalo Fernández no quería desamparar lo de Calabria, do tenía aquellas fuerzas, y aún confiaba que todo lo demás tomaría la voz de España por la afición que mostraban de estar debajo el amparo del rey católico. Acordaron de ir a Semenara, pueblo que tenían muy apretado los franceses.

 

El señor de Aubeni con su gente se puso en un sitio por do los nuestros forzosamente habían de pasar. Vinieron a las manos; fue vencido el rey, y aún fuera muerto o preso, porque le mataron el caballo, si un caballero de su casa, llamado Juan Andrés de Altavila, no le socorriera con el suyo, con que el rey escapó, y el caballero quedó muerto en el campo; grande lealtad para tiempos tan estragados. Dióse esta batalla, que fue al cierto muy famosa, a los 21 de julio. Recogiéronse los nuestros a Semenara. Desde allí el rey se partió para Sicilia con determinación de pasar a Nápoles antes que la nueva de aquella desgracia allá llegase. Gonzalo Fernández, desamparado aquel pueblo por no poderse defender, se fue con sus gentes a otras partes de Calabria, donde en breve se apoderó de diversas plazas y lugares sin parar hasta que allanó toda aquella provincia.

 

 

 

 

 

 

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El rey con sesenta naves que halló en el puerto de Mesina, casi sin otra gente mas que los marineros, alzó velas, y en breve llegó a vista de Nápoles; entró en la ciudad el mismo día que se dio la batalla de Tarro, es a saber, a los 6 de julio. Fue grande el alegría de los napolitanos, alzaron las banderas por su rey. El pueblo tomó las armas, saquearon las casas de los príncipes de Salerno y Bisiñano; el de Mompensier se recogió a Casteluovo, y en su compañía el de Salerno. Los de Capua hicieron lo mismo que los de Nápoles, y todo lo de la Pulla se entregó al nuevo rey, Salerno y otras ciudades sin número. Asimismo con la nueva que llegó de la batalla de Tarro, Próspero y Fabricio Colona, capitanes de gran nombre y cabezas de aquella casa tan poderosa, se concertaron con el rey de Nápoles, y dejado el partido de Francia, se pasaron al suyo. Por el contrario, los Ursinos se pusieron de la parte de Francia, cuyos prisioneros eran el conde de Pitillano y Virginio Ursino. Los castillos de Nápoles todavía quedaban por los franceses. Apretábanlos los contrarios. Un moro que estaba dentro del monasterio de Santa Cruz, que le tenían también por Francia, dio aviso a don Alonso Dávalos, marqués de Pescara, que le daría entrada en aquel monasterio. Acudió el marqués de noche para hacer el concierto a un portillo de la muralla, donde aquel hombre alevosamente le hirió de muerte con un pasador. Esta desgracia se tuvo por muy grande por ser este caballero de gran valor y general por su rey en aquella guerra. Dejó un hijo muy pequeño, que se llamó don Fernando, y adelante fue capitán muy señalado. En su lugar nombró el rey por su general a Próspero Colona. Los castillos al fin se rindieron, y poco antes el de Mompensier y el de Salerno en la armada que allí tenían se fueron a Salerno, ciudad que había tornado a estar por Francia.

 

En esta guerra de Nápoles se descubrió una nueva manera de enfermedad, que se pegaba principalmente por la comunicación deshonesta. Los italianos le llamaron mal francés. Los franceses, mal de Nápoles. Los africanos, mal de España. La verdad es que vino del Nuevo Mundo, do este mal de las bubas es muy ordinario; y como se hubiese desde allí derramado por Europa como lo juzgan los más avisados, por este tiempo los soldados españoles le llevaron a Italia y a Nápoles.

La isla Tenerife, una de las Canarias, se sujetó este año a la corona de los reyes de España por gentes y soldados que para este efecto se enviaron. El rey de aquella isla, traído a España, de allí le enviaron a Venecia en presente a aquella señoría. A Alonso de Lugo, en premio de lo que trabajó

 

 

 

 

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en la conquista de esta isla y de Palma, se dio título de adelantado de Canarias. Con esto todas aquellas islas se acabaron de conquistar y sujetar a la corona de Castilla, empresa que se comenzó muchos años antes de este tiempo.

 

 

 

 

XI. De la muerte del rey de Portugal

 

Procuraba el rey católico con todo cuidado que los reyes de Portugal y de Inglaterra entrasen en la liga que los demás príncipes tenían hecha contra el rey de Francia. Excusóse el de Portugal por estar de tiempo antiguo muy aliado con Francia y poco satisfecho del papa por no venir, como él procuraba, en legitimar a su hijo don Jorge, habido fuera de matrimonio en una noble dueña, al cual él pretendía por este medio nombrar por su sucesor, tanto, que juntamente trató con el emperador, que era su primo, renunciase en él el derecho que decía tener al reino de Portugal, que era todo abrir la puerta para grandes revueltas. Del inglés, no solo pretendía que entrase en la liga, sino que emparentase con España por medio de una de las infantas que casase con el heredero de aquel rey. Hízose lo uno y lo otro, pero adelante.

 

El rey de Portugal andaba en esta sazón muy doliente de hidropesía; con deseo de tener salud se fue al Algarve para usar de los baños, que los hay allí los mejores de Portugal. No prestó nada este remedio; antes en breve le apretó el mal y falleció en Alvor a los 14 de septiembre. Nombró en su testamento por sucesor suyo a don Manuel, duque de Beja, su primo hermano, hijo de don Fernando, su tío. Verdad es que si muriese sin hijo, sustituía en su lugar a don Jorge, al cual encomendaba diese de presente el maestrazgo de Christus, y le hiciese duque de Coimbra, y de él descienden los duques de Avero. Tuvo sin duda este príncipe de bueno y de malo. Favoreció a los hombres virtuosos y de valor; fue amigo de justicia, de agudo natural y de muy altos pensamientos. Traía en la boca siempre: «No merece nombre de rey el que por otro se deja gobernar». La mucha sangre que derramó le hizo malquisto con los suyos, si bien por divisa usaba de un pelícano, ave que con su sangre da la vida a sus pollos. Su cuerpo enterraron en la iglesia mayor de Silves; de allí le trasladaron al monasterio de la Batalla, enterramiento de aquellos reyes.

 

 

 

 

 

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Por su muerte sin contradicción alzaron por rey de Portugal al dicho don Manuel en Alcázar de Sal, do a la sazón se hallaba con la reina, sin embargo que el emperador Maximiliano pretendía le debía ser preferido por causa que era el varón de más edad entre los primos hermanos del rey difunto. Derecho harto aparente, que no se tenga cuenta con la cepa de que procede el que debe suceder, sino con el grado de parentesco, y con la persona cuando no sucede por recta línea, sino de través y de lado; prevaleció empero el consentimiento del pueblo y las buenas partes de aquel príncipe, en que ninguno de los de su tiempo le hizo ventaja.

 

Don Enrique Enríquez, conde de Alba de Liste, que estaba por frontero de Francia por la parte de Rosellón, por mandado de su rey, hizo entrada en Francia por tierra de Narbona; lo mismo don Pedro Manrique por la parte de Guipúzcoa. Pero fuera de robos no hicieron cosa de consideración; sólo fueron ocasión que el francés, que se entretuvo algún tiempo en Aste hasta el fin del otoño para acudir a lo de España, se diese prisa en concluir el concierto que se trataba con el duque de Milán. Las condiciones fueron: que Novara se entregase al de Milán; que el Castellete de Génova se pusiese en tercería en poder del duque de Ferrara con paso libre para la gente de Francia y ayuda para recobrar a Nápoles; demás de esto, al de Orleans de contado dio el duque de Milán cincuenta mil escudos. Hecho esto, el de Francia o fin del otoño con sus gentes dio la vuelta a Francia.

 

Quejábase el rey de Nápoles que con aquel concierto le desamparaba el duque y desbarataba sus intentos, sin tener cuenta que era su tío. Él se excusaba con la poca ayuda que los otros príncipes le daban y con el riesgo que corría de perderse si no se concertara. Para apercibirse de socorros pretendía el de Nápoles casar con una de las hijas del rey católico por tenerle mas obligado. Como esto fuese a la larga, al fin se resolvió, a persuasión de la reina viuda, de casar con su hija doña Juana, sin embargo que era su tía, hermana de su padre. Por otra parte trató con venecianos que le ayudasen. Hubo en esto algunas dificultades; finalmente, se resolvieron de enviar en su ayuda buen número de gente de a caballo y de a pie debajo de la conducta del marqués de Mantua, demás de quince mil ducados que le dieron en dinero. En prendas de este socorro puso el rey en poder de venecianos a Brindez, Otranto y Trana, tres ciudades de la Pulla que mucho deseaba aquella señoría para que sirviesen de escalas de la

 

 

 

 

 

 

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contratación de levante. Todas eran tramas y principios de otras nuevas tempestades.

 

Por otra parte, el rey don Fernando en España se apercibía para la guerra que tenía rompida por Rosellón. Tocaba esta empresa a la corona de Aragón, y por esta causa juntó Cortes de los aragoneses el año pasado en Tarazona. Allí, visto lo que importaba llevar adelante lo comenzado, acordaron de servir a su rey para esta guerra por tiempo de tres años con doscientos hombres de armas y trescientos jinetes repartidos en siete compañías, y que el rey nombrase los capitanes; con esto el rey vino en que los oficios del reino se proveyesen por las matrículas, como antes se acostumbraba. Después de esto, en Tortosa se tuvieron Cortes de los catalanes, que se continuaron hasta principio del año siguiente de 1498. La pretensión era la misma, y el efecto semejante, tanto más, que lo de Rosellón es parte de aquel principado. Hacíase juntamente instancia que los matrimonios con la casa de Austria se efectuasen a causa que el Archiduque no venía bien en ellos, y como mozo andaba desasosegado y se mostraba poco obediente a su padre.

 

 

 

 

XII. Que los franceses fueron echados del reino de

 

Nápoles

 

La guerra se continuaba en el reino de Nápoles, y puesto que los franceses eran pocos, todavía tenían algunas fuerzas de importancia. Gaeta tenía cercada el nuevo rey. En Calabria, Gonzalo Fernández andaba muy pujante, y de cada día se apoderaba de castillos y de lugares, y traía muy apretado el partido de Francia. Sin embargo, los señores de Persi y de Aubeni se concertaron que el de Aubeni quedase en Calabria para hacer rostro a los españoles, y el de Persi con parte de la gente se fuese al principado para juntarse con el de Mompensier y hacer la guerra por aquella parte. Hízolo así, y de camino se le rindieron muchos lugares; junto a Eboli desbarató cuatro mil napolitanos, que por orden del rey le salieron al encuentro debajo la conducta del conde de Matalon. Con esta victoria ganaron los franceses tanta reputación, que quedaron señores del campo sin hallar quien les hiciese rostro. Para juntar dineros acordaron de pasar a la Pulla y cobrar la aduana de los ganados, que es una de las más

 

 

 

 

 

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gruesas rentas de aquel reino. Tenía el rey a la sazón divididas sus gentes en diversas partes, y él estaba en Benevento, de donde por impedir aquel daño pasó hasta Fogia. Acudiéronte el marqués de Mantua con las gentes de venecianos. Fabricio con seiscientos suizos que tenía en Troya pretendía hacer lo mismo. Atajáronles los franceses el camino y matáronlos casi todos; con que cobraron tanta avilenteza, que llegados delante de Fogia, presentaron al rey la batalla. Rehusóla él por no tener junta su gente, dado que salió a escaramuzar con los contrarios, en que hubo prisioneros y muertos de ambas partes. Los franceses pasaron adelante por cobrar el aduana; parte cobraron ellos, parte el rey, y otra se perdió, que no se pudo cobrar.

 

Era de grande importancia rebatir por esta parte el orgullo de los franceses. Gonzalo Fernández traía en buenos términos lo de Calabria, tanto, que tenía en su poder casi toda aquella provincia hasta la misma ciudad de Cosencia, y el castillo de aquella ciudad muy apretado. El señor de Aubeni en lo postrero de la Baja Calabria arrinconado sin ser parte para hacer resistencia; sin embargo, avisó el rey a Gonzalo Fernández que, pospuesto todo lo demás, se viniese a juntar con él por lo que importaba acudir a la cabeza de la guerra. Determinó hacerlo así; dejó en su lugar al cardenal don Luis de Aragón, primo hermano del rey. Su padre fue don Enrique de Aragón, hijo natural de don Fernando el Primero, rey de Nápoles. Acudieron los villanos de la tierra para atajarle el paso, cosa que era fácil por la fragura de aquella tierra. Mas como quier que los españoles venían acostumbrados a pelear con los moros de las Alpujarras en lugares semejantes, cerraron con los villanos e hicieron en ellos gran matanza junto a un lugar de Calabria, llamado Muran. Allí se supo que muchos barones de la parte angevina alojaban cerca de allí en otro lugar, llamado Laino, con intento que tenían de dar socorro al castillo de Cosencia. Caminó toda la noche con su gente, y al amanecer se puso sobre el lugar. Entróle por combate con muerte de gran parte de aquella nobleza; otros fueron presos, que envió por mar al rey, los principales el conde de Nicastro y Honorato de Sanseverino, hermano del príncipe de Bisiñano.

 

Pusieron cerco los franceses sobre Jercelo, diez millas de Benevento; acudió el rey y puso cerco sobre Frangito, que tenía guarnición francesa. Vino el campo francés al socorro a tiempo que los del rey entraron la villa y la quemaron por no detenerse en el saco. Estuvieron los dos campos a vista el uno del otro en dos cerros con un valle de por medio, que ninguna

 

 

 

 

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de las partes se atrevió a pasarle. Iban de caída las fuerzas de los franceses, y sin embargo el rey, habido su consejo, se resolvió en no dar la batalla sino muy a ventaja suya, y para esto dar lugar a que llegase Gonzalo Fernández con su gente. Él se apresuró, y si bien el de Mompensier salió para impedirle el paso, no fue parte para ello. Andaba el rey en seguimiento del campo francés, que ya rehusaba la batalla. Metiéronse los enemigos en Atela, por otro nombre Aversa, pueblo principal, y que era del príncipe de Melfi. No pudo el rey impedir que los franceses no se apoderasen de aquella plaza. Púsose todavía con su gente sobre ella.

 

Allí le halló Gonzalo Fernández, y se juntó con él el mismo día de san Juan. Luego que llegó, miró la disposición de aquel sitio, y visto que lo hubo bien todo, a 1 de julio con su gente acometió la guarnición que el enemigo tenía en defensa de los molinos, de que se mantenían los cercados. Hízolo con tal denuedo, que echados los suizos de allí, les rompió y desbarató los molinos. Fue tan grande la reputación que con esto ganó, además de las victorias pasadas, que los mismos italianos le comenzaron a dar renombre de Gran Capitán; y así fue que los demás caudillos, llegado él, no parecían sus iguales, sino sus inferiores, y él como general de todos. Hubo en este cerco diversos encuentros; y los príncipes de Salerno y Bisiñano con los demás de su valía juntaban en sus tierras gente de a pie y de a caballo para esforzar su partido. Prestaron poco todas estas diligencias. El cerco se apretó de manera, que el de Mompensier y Virginio Ursino y el de Persi acordaron de rendirse a partido. Las condiciones fueron que si dentro de treinta días no les viniese socorro de Francia, sacarían sus gentes del reino con sus bienes, armas y caballos, y rendirían todas las demás tierras, excepto Gaeta, Venosa y Tarento, que se reservaban, además de los lugares que tenían en su poder, el señor de Aubeni y el duque de Monte. Con esto se obligaba el rey a darles paso seguro por tierra y por mar. Todo esto se concertó por el mes de julio, y adelante se ejecutó como lo concertaron. En las escrituras que otorgaron es cosa notable que llaman a Gonzalo Fernández y le dan el título ya dicho de Gran Capitán.

 

Sin embargo, pocos de los franceses llegaron a su tierra; el mismo señor de Mompensier falleció en Puzol de su enfermedad; y aún con Virginio Ursino no se guardó lo capitulado; antes por orden del papa fue preso con Juan Jordan, su hijo, y otros señores italianos. Mucho le pesó al rey de no cumplir su palabra y lo que tenía jurado de ponerlos en libertad;

 

 

 

 

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no se atrevió empero a desobedecer al papa que con tanta resolución se lo mandaba, cuyo sobrino el cardenal don Juan de Borgia, obispo de Melfi, diferente del otro del mismo nombre que queda va nombrado, se halló en esta guerra por su legado; y el duque de Gandía vino por capitán de las gentes del papa.

 

Las cosas de Calabria con la partida del Gran Capitán se habían empeorado; por tanto, otro día después que se tomó el asiento con los franceses se partió la vuelta de Calabria. Con su llegada de tal suerte apretó a los contrarios, que ya estaban enseñoreados de lo más de aquella provincia, que el señor de Aubeni fue forzado a pasar por el concierto que se tomó sobre Aversa, y dejado el reino, volverse a Francia con reputación de valiente caudillo, pero poco venturoso por el gran contrario que tuvo en el Gran Capitán.

Al mismo tiempo que las cosas de Nápoles se mejoraban, en España pasó de esta vida, mediado el mes de agosto, la reina doña Isabel, madre de la reina de España. Su cuerpo depositaron en Arévalo, do pasó lo postrero de su edad turbado el entendimiento. De allí los años adelante le trasladaron a la Cartuja de Burgos, templo en que su marido el rey de Castilla don Juan el Segundo estaba sepultado. Su nieta la infanta doña Juana, a 22 del mismo mes, en una armada que tenían aprestada en Laredo, partió para casarse, como tenían concertado, con Felipe, archiduque de Austria. Acompañóla la reina, su madre, hasta el puerto; el almirante don Fadrique Enríquez hasta Flandes, donde fue muy festejada.

Asimismo en este año dio el pontífice al rey don Fernando de España sobrenombre de Católico, según y como Pío II los años antes dio título de Cristianisimo a Luis XI, rey de Francia. Esto es que como antes se acostumbrase a escribir en los breves pontificios: «Al rey de Castilla ilustre», se comenzó a decir: «Al rey de las Españas Católico». Fue grande el sentimiento que por esta causa mostraron los portugueses; alegábase por su parte en contrario que aquellos reyes poseían buena parte de España, y que el rey don Fernando no era señor de toda ella; debate que se continuó hasta nuestra edad todo el tiempo que hubo propios reyes de Portugal. Mayor debió ser el desabrimiento de Francia, si es verdad lo que Felipe de Comines dice, que se trató de darle el apellido de Cristianisimo. Todo se hace creíble por la grandeza de las cosas que este príncipe llevó al cabo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIII. De las cosas de Portugal

 

Luego que el rey don Manuel tomó la posesión del reino de Portugal, juntó Cortes de todos los estados en Montemor, no lejos de Ébora, para dar orden en muchas cosas tocantes al buen gobierno. Allí vino don Jorge, hijo del rey difunto, que andaba a la sazón en catorce años. Hízole compañía su ayo don Diego de Almeida, prior de San Juan. Recibióle muy amorosamente el rey con lágrimas que derramó muchas por la memoria de cuyo hijo era. Ofrecióle que le tendría en lugar de hijo y le trataría como a tal. Despachó luego embajadores a los reyes de Castilla para avisarles de su coronación, y al papa Alejandro para darle, como es de costumbre, la obediencia. Tenían con el nuevo rey gran cabida su ayo, que se llamaba don Diego de Silva, y un su hermano de leche, por nombre don Juan Manuel, hijo que era de don Juan, obispo de la Guardia, y de Justa Rodríguez, ama de leche de este rey. A don Diego hizo conde de Portalegre en gratificación de sus servicios; a don Juan recibió por su camarero mayor, cuya privanza fue adelante tan grande, que ninguno se le igualaba. Publicóse un edicto por el cual puso en libertad a los judíos, que su predecesor, como queda apuntado, había dado contra razón por esclavos.

Juntamente se acudió a las cosas de África con gentes y municiones. Los portugueses poseían en aquellas partes a Ceuta, que está en el Estrecho, y la ganó el rey don Juan el Primero, y a Tánger y Arcilla, plazas más al poniente, y que a las riberas del mar Océano quitó a los moros el rey don Alonso, tío del rey don Manuel. El capitán de Arcilla don Juan de Meneses, porque ciertos casares comarcanos no acudían con el tributo acostumbrado, junto con el capitán de Tánger salió contra ellos. Encontráronse sin pensar con Barraja y Almanderino, dos caudillos moros, con cuyo escuadrón, si bien traían mucho mayor número de gente, pelearon con tanto valor, que los vencieron y destrozaron. Fue esta victoria muy alegre y principio de otras mayores. Todo esto sucedió antes que se acabasen las Cortes de Montemor.

 

No se pudo pasar adelante en los negocios, que restaban muchos y muy graves, a causa que picaba la peste por aquellas partes, tanto, que el rey fue forzado salirse de allí al principio de este año, y por Carnestolendas se fue a Setúbal a verse con sus dos hermanas viudas la reina doña Leonor y doña Isabel, duquesa de Berganza. Allí se trató muy

 

 

 

 

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de veras que don Álvaro, hermano del duque de Berganza, y los hijos del dicho duque, que andaban desterrados en Castilla, sin hallarse culpa alguna contra ellos en lo que culparon al duque, volviesen a Portugal y les fuesen restituidos sus bienes y estados. Hacía sobre esto instancia el rey don Fernando de España; las hermanas con lágrimas lo suplicaban al nuevo rey, y en especial la duquesa, como más lastimada por las desgracias tan grandes de su casa. Sobre todos la duquesa de Viseo doña Beatriz le importunaba con lágrimas como a rey, y como madre se lo mandaba.

 

«No pienses, decía, que te ha Dios hecho rey para ti solo, sino para tu madre, para tus hermanas y parientes, finalmente, para todos aquellos que tienen puestas en ti sus esperanzas; a todos es razón quepa parte de tu prosperidad. Todos tenemos derecho a disfrutar el árbol de nuestra casa, que de otra manera, si esto nos falta y nuestra esperanza nos miente, ¿dónde iremos? ¿A cuya ayuda nos acogeremos y amparo? ¿Será bien des ocasión a los tuyos con tu sequedad para que nos pese de verte puesto en tan alto lugar? Cuando eras particular quejábamonos de nuestro desastre solamente; ahora demás de nuestra desgraciados podremos agraviar de la injuria que a tu madre y a todos tus deudos haces. Por donde, si tienes cuenta con lo que es razón y con lo que debes a la que te engendró y crió y te acuerdas del mucho amor que siempre te he mostrado, vuelve a la madre su hija, sus hijos a la hermana, y los nietos a la abuela; finalmente, haz que yo toda sea vuelta a mi misma, y que todos mis miembros tan destrozados y apartados se junten en uno. Y ten por el mayor fruto de tu reinado poder hacer esta maravilla en tu casa».

 

Había dificultad en esto por no dar muestra que tan presto mudaba lo establecido por su antecesor, y temía de ofender a los que tenían en su poder los bienes de los desterrados; pero en fin venció la piedad y los justos ruegos de sus deudos y madre; a los que fueron desposeídos recompensó con otras mercedes de manera que ninguno quedase quejoso.

 

Tratábase de casar al rey, que tenía cuando heredó la corona edad de veintiséis años. Ningún partido se ofrecía más aventajado que el de Castilla. Venían aquellos reyes bien en ello; no le querían empero dar por esposa la hija mayor; la segunda era ida a Flandes, y juntamente doña Catalina la tenían concertada en Inglaterra. Ofrecíanle a la infanta doña María; él tenía por agravio que ningún otro príncipe le fuese antepuesto, además que se pagó mucho de la infanta doña Isabel el tiempo que estuvo

 

 

 

 

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en Portugal. Andaban las pláticas de este casamiento, y con esta ocasión el rey católico le pedía que entrase en la liga contra el rey de Francia; la infanta que echase los moros y los judíos de Portugal, que no quería por esposo a quien daba favor y acogida a gente tan mala. A la demanda del rey se excusó con la amistad que tenía Portugal con Francia de tiempo muy antiguo. Bien venía en ligarse para la defensa de España, mas no quería ofender ni empacharse en querellas extrañas.

 

Lo que la infanta pedía, puesto que tenía algunas dificultades y muchos lo contradecían, al fin por ser cosa tan justificada se hizo por un edicto que a los postreros de este año se publicó, en que se mandaba a los moros y judíos que dentro de cierto tiempo saliesen de aquel reino, so pena que pasado el plazo que les señalaban, serían dados por esclavos. Los moros sin contraste se pasaron en África; en lo de los judíos hubo mayor dificultad, porque el rey poco después acordó que les quitasen los hijos de catorce años abajo, y que los bautizasen por fuerza; resolución extraordinaria y que no concordaba con las leyes y costumbres cristianas. ¿Quieres tú hacer a los hombres por fuerza cristianos? ¿Pretendes quitarles la libertad que Dios les dio? No es razón, y tampoco que para esto quiten los hijos a sus padres. Sin embargo, los malos tratamientos que hicieron a los demás fueron de tal suerte, que era lo mismo que forzarlos. Y aún así se tiene comúnmente que la conversión de los judíos de Portugal tuvo mucho de violenta, y los efectos lo han mostrado. Fue grande el número de los judíos que en esta coyuntura se bautizó; algunos se ayudaron de la necesidad para hacer lo que era razón; otros disimularon, y adelante dieron muestra de lo que en sus pechos tenían encubierto.

 

Alcanzóse otrosí del papa que los comendadores de las tres órdenes de Portugal que de nuevo profesasen en aquellas órdenes no fuesen obligados a guardar castidad, salvo la conyugal, que era darles licencia para casarse. Grandes ocasiones hubo para hacer esta mudanza tan grande; todavía no faltó quien la murmurase como sucede en todas las cosas nuevas, y no hay duda sino que con esto se abrió puerta para que las rentas de aquellas órdenes se gastasen muy diferentemente de lo que antes de esto se acostumbraba, y aquellos caballeros, en lugar de las armas, se diesen a deleites y ociosidad, que fueron daños notables.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIV. De la muerte del rey don Fernando de

 

Nápoles

 

Las cosas de Italia aún no acababan de sosegar. El inglés con el parentesco que tenía concertado con España se resolvió de entraren la liga contra Francia. El emperador pasaba adelante, y publicaba de querer pasar en Italia y dar orden en las cosas de Lombardía y de Toscana. Con esto el duque de Milán se inclinó al tanto a dejar el partido de Francia, particularmente que por este tiempo falleció el delfín de Francia, niño de muy pocos años; y por la poca salud de aquel rey se temía que aquella corona recayese en el duque de Orliens, su mayor contrario; por esto no quería desasirse de los otros príncipes. En el reino de Nápoles los venecianos poseían su parte en la Pulla. El Gran Capitán tenía por el rey católico a Rijoles y la Amantia y otras fuerzas de la Calabria. Los angevinos, sin embargo del concierto, quedaban apoderados de algunas plazas.

 

Para allanarlo todo, el rey de Nápoles envió a don César de Aragón, hermano no legítimo de su padre, a Tarento, y al duque de Urbino, que le ayudó en esta guerra, mandó reparar en el Abruzo, desde donde, allanada en breve casi toda aquella parte, se fue a Roma con Próspero Colona. Lo de Gaeta, por ser fuerza tan grande, los tenía en mayor cuidado, porque dado que el conde de Trivento y galeras de venecianos la apretaban por mar, no hacían mucho efecto; tratábase de sitiarla por tierra, cuando al rey don Fernando en Soma sobrevino la entermedad de cámaras, de que falleció en Nápoles, do le llevaron, a 7 de octubre. ¿Qué le aprovechó su edad? ¿Qué los contentos? ¿Qué tantas victorias ganadas? Todo lo desbarató la muerte, que sobrevino muy fuera de sazón.

 

Por su fin don Fadrique, su tío, desde Castellón, do supo lo que pasaba, acudió a Nápoles, y el mismo día que falleció su sobrino el rey alzaron por él los estandartes reales, y él se concertó con los príncipes de Salenio y Bisiñano y los condes de Lauria y Melito, que eran los mayores enemigos de la casa de Aragón. A muchos príncipes se levantaron los pensamientos, y en particular por parte del rey católico en Roma y en Nápoles se hicieron diligencias para fundar su derecho y llevarle adelante, que por entonces no prestaron nada, ca el papa y los otros potentados mas querían tener por vecino un rey de pocas fuerzas que el poder de España; y el Gran Capitán que pudiera acudir a esto, todavía se hallaba ocupado en el cerco que tenía

 

 

 

 

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sobre el castillo de Cosencia, que pensaba rendir en breve y con esto asegurar todo lo de aquella provincia. Verdad es que dentro de pocos días, allanado lo de Calabria y rendida aquella fortaleza, pasó a Nola, y dejadas allí sus gentes, fue a visitar las reinas y consolarlas de la muerte del rey. Púsose el nuevo rey sobre Gaeta con toda su gente. Sucedió que el señor de Aubeni, que por tierra iba la vía de Roma, llegó allí en sazón que los de dentro se hallaban muy apretados; entró pues, e hizo que se rindiesen a partido. Saliéronse los franceses en un galeón y dos naves cargadas de los despojos y plata de las iglesias. La una nave con tormenta se perdió, la otra junto a Tarracina dio al través, que se tuvo por castigo de Dios.

 

Por otra parte el César, como tenían acordado, pasados los Alpes, entró en Lombardía con mil de a caballo y con cinco mil infantes. Juntósele con su gente el duque de Milán, llamó desde Aste a los duques de Saboya y marqués de Monferrat como feudatarios del imperio. Su reputación era tan poca, que no le quisieron acudir; lo mismo el duque de Ferrara, que le tenía obligado por lo de Módena y Regio, ciudades y feudos del imperio. Lo que pretendía el César era defender lo de Génova, que no se apoderase de aquel estado el francés, como lo intentó por medio de una armada que envió allá para este efecto; y con inteligencias que tenía con el cardenal de San Pedro y algunos otros naturales esperaba llevar al cabo aquel designio. Demás de esto, cuando el francés pasó por Pisa, de camino que iba a Nápoles, puso aquella ciudad en libertad, sacándola del señorío de florentinos, que la tenían de tiempo atrás en su poder. Para defender la libertad de los pisanos acudieron a valerse de los otros príncipes de Italia, y en especial de venecianos que fueron los que más se señalaron en su defensa. El duque de Milán deseaba grandemente enseñorearse de aquella ciudad y quitar aquella presa a los venecianos. Para esto persuadió cautelosamente al César que ayudase a los pisanos e hiciese la guerra a florentinos. Con este intento el César en persona sitió a Liorna. El cerco no fue de efecto alguno, y al fin se hubo de levantar. Andaba muy vario en sus deliberaciones, y fiábase poco de los príncipes que le llamaron; por esto trataba de veras de dar la vuelta para Alemania con menos reputación de lo que se esperaba. Tuvo sobre el caso junta en Pavía, en que se hallaron el duque de Milán y el cardenal Bernardino de Carvajal, que en Lombardía era legado del papa para adelantar las cosas de la liga. Este Prelado persuadió al César se entretuviese algún tiempo y acudiese a lo de Génova, que corría gran peligro por el esfuerzo que hacia el rey de Francia

 

 

 

 

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para apoderarse de ella, cuando vino nueva que lo desbarató todo, e hizo que el emperador apresurase su partida, es a saber, que los reyes de España y de Francia tenían entre sí concertadas treguas, que entendían era principio para concordarse del todo.

 

El caso pasó en esta manera. Al mismo tiempo que la guerra de Nápoles se hacía con más fervor, en España tenían recelos de guerra a causa de diversas entradas y correrías que se continuaban a hacer en Francia por la parte de Rosellón, y por los grandes apercibimientos que en Francia se hacían, temían no quisiese aquel rey satisfacerse de tantos agravios. Por esta causa el rey católico se acercó por aquellas fronteras, y por algún tiempo estuvo en Gerona acompañado de muy buena gente que tenía allí juntada de todas partes. Pero como el otoño se pasase, y él estuviese deseoso de volver a Castilla y a Burgos, donde tenía dado orden fuese la reina para celebrar las bodas del príncipe, despedida la mayor parte de la gente, dio la vuelta. El rey de Francia, avisado de lo que pasaba, hizo con gran presteza juntar un ejército de pasados dieciocho mil combatientes. Carlos de Albonio, señor de Santander, tenía a su cargo aquellas fronteras por el duque de Borbón, gobernador de Lenguadoc. Así, con esta gente rompió por lo de Rosellón, y un viernes, 7 de octubre, se puso sobre Salsas, llave de aquel condado, bien que mal pertrechada, porque, aunque tenía muchos y buenos soldados, la cerca era vieja y muy delgada; que fue ocasión que el día siguiente la villa fue entrada por combate, el castillo rendido a partido con muerte de muchos de los de dentro.

 

Acudió el conde don Enrique Enríquez con la gente que pudo llevar; reparó en Ribasaltas, a una legua de Salsas, a tiempo que el daño estaba hecho. Siguió al enemigo, que desamparó el lugar por no poder dejarle en defensa, y se retiró a la sierra que está sobre Salsas con intención de no venir a las manos. Estuvieron los campos algunos días a una legua el uno del otro. Moviéronse tratos de concierto, y al fin se asentaron treguas por aquella parte que durasen hasta 17 días de enero del año luego siguiente de 1497. Resultó gran sospecha de este concierto en los príncipes confederados, que se recelaban que el rey católico los quería desamparar y tomar consejo aparte; y fue ocasión que el emperador alzase mano de lo de Italia, y diese en breve vuelta a Alemania, sin dejar hecho efecto que fuese de consideración.

 

 

 

 

 

 

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XV. De la muerte del duque de Gandía

 

Después que por orden del papa prendieron en Nápoles sobre concierto a Virginio Ursiuo y a su hijo, hecho de muy mala sonada, el papa movió guerra a las tierras y estados de aquel linaje de los Ursinos, que eran muy grandes. Nombró por capitanes de sus gentes a los duques de Gandía y de Urbino y a Fabricio Colona, que al principio se apoderaron de algunos lugares, y últimamente se pusieron sobre la fortaleza de Brachano. Carlo Ursino y Vitelocio, con dinero que trujeron de Francia, levantaron buen número de gente de a pie y de a caballo; acudieron al socorro de aquella fuerza con trescientos hombres de armas, cuatrocientos caballos ligeros y dos mil quinientos infantes; para divertir a los contrarios pusiéronse sobre Vasano, villa de la Iglesia. Los enemigos, dado que no eran tantos en número, alzado su campo, fueron en busca de los Ursinos. Trabóse la batalla, que fue a 24 de enero, en que al principio la gente de la Iglesia forzaron a los contrarios a retirarse y subir un montecillo para mejorarse de lugar. Fabricio Colona con parte de la gente acordó subir por el otro lado para dar en los enemigos por las espaldas. Los Ursinos, antes que llegase a do pretendía, revolvieron sobre la demás gente del papa con tal denuedo, que ligeramente los desbarataron y pusieron en huida. El duque de Gandía salió herido en el rostro, y el de Urbino fue preso.

 

Con esta victoria los Ursinos recobraron los lugares que les habían tomado, y el papa fue forzado recibirlos en su gracia y concertarse con ellos. Tuvo en este concierto gran parte el Gran Capitán, en que se gobernó de tal suerte, que los Ursinos quedaron muy obligados al rey católico. Vino en esta sazón el Gran Capitán a Roma con su gente para ayudar al papa en esta guerra, si bien la de Nápoles no quedaba de todo punto acabada. Hecho el concierto con los Ursinos, a ruegos del pontífice fue a cercar a Ostia, fuerza que todavía se tenía por Francia debajo del gobierno de Menaut de Guerri, por donde Roma padecía grande falta de bastimentos, no de otra manera que si estuviera cercada y tuviera los enemigos a las puertas. La empresa era dificultosa, pero los españoles se dieron tan buena maña, que dentro de ocho días la tomaron a escala vista; sin embargo, el capitán francés fue recibido a merced y tratado con mucha humanidad. Ayudó mucho en este cerco la buena industria de Garcilaso, embajador que era por el rey católico en corte romana.

 

 

 

 

 

 

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Tenía el Gran Capitán deseo de dar presto la vuelta para acabar de ganar ciertas fuerzas que se tenían en el reino por el cardenal de San Pedro, muy parcial de Francia. Al despedirse, como quier que en el discurso de la plática el papa dijese que sus reyes le tenían muchos cargos, y que no respondían a lo que era razón, que nadie los conocía como él, le respondió con grande libertad que creía bien los conocía, pues era su natural; pero en lo que decía que no les tenía cargo parecía notoria ingratitud, pues sabía muy bien que con su favor se sustentaba en aquel grado, sin embargo de la libertad de su persona y de toda su casa; que le suplicaba atendiese a reformar todo esto antes que el rey, su señor, por escrúpulo de que con su sombra se escandalizase la Iglesia, fuese forzado a desampararle. Trájole a la memoria otras cosas particulares y cargos, a que el papa no supo responder. A la verdad la disolución era tan grande, que dio libertad a un hombre de capa y espada para perderle el respeto, y forzó a los príncipes, en particular a los reyes de Castilla y de Portugal, a hacerle instancia sobre lo mismo con diversos embajadores que sobre esto le enviaron.

 

Ninguna diligencia bastó, tanto, que poco después en un consistorio en que se trató de dar la investidura del reino de Nápoles a don Fadrique, juntamente propuso de dar en cierta forma al duque de Gandía la ciudad de Benevento, patrimonio de la Iglesia en aquel reino; además que tenía concertado de hacer suelta del tributo con que aquellos reyes acudían a la Iglesia cada un año por cien mil ducados que aquel rey ofrecía de dar en cierto estado al dicho duque. Contradijo lo de Benevento el embajador Garcilaso, con protesto que hizo que no se lo permitiría el rey, su señor.

Ninguna cosa bastara para enfrenarle si no desbaratara todas sus tramas la muerte que en breve sobrevino al duque de Gandía muy desgraciada. Una noche, 14 de junio, venían de un jardín, en que cenaron el duque y los cardenales de Valencia y de Borgia. Apartóse el duque solo con un lacayo que envió después por unas armas. A la vuelta el lacayo no halló a su señor, ni en todo otro día se pudo saber algún rastro de él más de que en la vía de Pópulo hallaron la mula en que iba. Hiciéronse más diligencias, y un barquero dijo que a media noche vio que en una mula dos hombres a los lados y otro a las ancas llevaban cierta persona, y que llegados a la postrera puente do él estaba, le echaron en el río; y el que iba a las ancas preguntó si se iba a fondo; respondieron los otros que sí, y con

 

 

 

 

 

 

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tanto se fueron. Buscaron el lugar que señaló el barquero; hallaron el cuerpo con nueve heridas, con sus vestidos y joyas, sin que le faltase nada.

 

Nunca se pudo averiguar quién fuese el matador; unos decían que los Ursinos le hicieron matar por estar muy agraviados del papa; otros que el cardenal Ascanio. La voz común del pueblo fue que su hermano el cardenal de Valencia don César cometió aquel caso tan atroz por estar muy sentido que siendo menor que él se le hubiese antepuesto en el ducado de Gandía. La verdad ¿quién la podrá averiguar? ¿Quién enfrenar el vulgo que no hable? El odio que al papa tenían entiendo yo fue la causa que en lo que le tocaba siempre se dijese y creyese lo peor. Dejó el duque un hijo, que se llamó don Juan como su padre, y le sucedió en aquel estado de Gandía.

 

 

 

 

XVI. Del casamiento del príncipe don Juan

 

En la misma armada que llevó a Flandes a la infanta doña Juana vino a España, aunque después de algunas dilaciones, la princesa Margarita, hermana del archiduque, para casar a trueque, como tenían acordado, con el príncipe don Juan. Aportó al puerto de Santander por el mes de marzo. Saliéronla a recibir el rey y el príncipe con grande acompañamiento. Viéronse en Reinosa, do los desposados se tomaron las manos. Veláronse en Burgos, principio del mes de abril, con las mayores fiestas y regocijos que jamás se vieron en España. Velólos el arzobispo de Toledo. Los padrinos fueron el almirante don Fadrique y su madre doña María de Velasco. No quiso la reina que se hiciese alguna mudanza en la casa de la princesa, sino que tuviese sus mismos criados que traía y se sirviese a su voluntad.

 

Tratábase de concierto entre los reyes de España y de Francia, para este efecto fue a Francia Hernán, duque de Estrada, y para que allí hiciese oficio de embajador. La paz no se podía concluir tan en breve; acordaron principio de este año en Lyon de Francia que se asentasen treguas generales, que comenzasen en España a 5 días del mes de marzo, y para los otros príncipes de la liga a 23 de abril; y que para todos durasen hasta 1 de noviembre. Ésta fue la causa que el Gran Capitán se apresurase para dar la vuelta de Roma a Nápoles por apoderarse de aquellas fuerzas del

 

 

 

 

 

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cardenal de San Pedro antes que comenzase a correr la tregua, y por ella fuesen forzados a sobreseer en las armas. No lo pudo efectuar como lo deseaba e hiciera, sino fuera por cierto motín de sus soldados.

 

Proseguíase el tratado de la paz. Habíase propuesto diversas veces por parte de Francia que pues era cosa averiguada que el rey don Fadrique por la bastardía de su padre no tenía algún derecho al reino de Nápoles, era forzoso que aquel reino perteneciese a uno de los dos reyes, es a saber, de Francia o de España, que sería bien se concertasen entre sí. Daba a esto oídos el rey católico, y venía de buena gana en que se comprometiese la diferencia en el César, con seguridad que pasarían por lo que él determinase. Al francés no contentaba este partido por tener, como él decía, su derecho por muy claro; pero ofrecía al rey católico que si le dejase aquel reino libre, le daría recompensa en dinero o de otra manera, hasta ofrecer de darle el reino de Navarra, del cual el rey católico y de sus príncipes tenía poca satisfacción por estar muy avenidos con Francia el señor de Labrit y los otros señores de la casa de Foix. Altercábase sobre este negocio en Medina del Campo, do vinieron a verse con el rey y resolver esto los embajadores de Francia. Pasaron tan adelante en este tratado, que ofrecían de parte de su rey la provincia de Calabria, a tal que si conquistado lo demás, su rey la quisiese para sí, cumpliese con dar al rey católico lo de Navarra y más, treinta mil ducados cada un año por lo que más valía y rentaba Calabria que Navarra.

 

Todavía el rey católico se inclinaba más a que se excusase la guerra, y que el rey don Fadrique se quedase con el reino con dar al francés dinero por los gastos hechos y cierto tributo cada un año. Ofrecía otrosí que el duque de Calabria casaría con la hija del duque de Borbón, sobrina del francés, que era camino para dejar aquella demanda muy honrosamente. Con esto de despidieron los embajadores, y sin embargo, porque pasadas las treguas se entendía que volverían a las armas, el rey católico trataba de asegurarse por la parte de Navarra por do se mostraban asonadas de guerra; pretendía que aquellos reyes le diesen seguridades de homenaje y castillos, y nombró por general de aquella frontera a su condestable don Bernardino de Velasco.

 

El mismo recelo tenían por la parte de Rosellón. Avino que en cierta revuelta que se levantó en Perpiñán entre los vecinos de aquella villa y los soldados, el general don Enrique por salir a despartirlos, fue herido con una piedra que tiraron de un terrado, de que murió. Por esta causa fue

 

 

 

 

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puesto por general de aquella frontera el duque de Alba, y aún se dio orden a la armada de España que acudiese aquellas marinas, a cuyo capitán era don Íñigo Manrique. Estos apercibimientos se hacían por la parte de España.

 

En Italia el rey don Fadrique no se descuidaba, ca en primer lugar procuraba ganar al duque de Milán; y porque estaba viudo de Hipólita, su mujer, que falleció el año pasado, para más asegurarle ofreció de casarlo con Carlota, su hija, habida en su primera mujer, hija del duque de Saboya. Y para el hijo mayor del duque ofrecía a doña Isabel de Aragón, su hija y de la reina doña Isabel, su segunda mujer, hija del príncipe de Altamura; partidos honestos, que al fin no se efectuaron por la grande caída que en breve dieron aquellas dos casas.

 

Por otra parte, hacía instancia con el papa para que le diese la investidura del reino, con lo que parecía aseguraba del todo su derecho; y para esto hacía muchas comodidades a los Borgias, que era el camino para salir con lo que deseaba; pretensión que en fin alcanzó, y el cardenal de Valencia poco después fue enviado para coronar a don Fadrique, como se hizo con solemnidad y fiestas muy extraordinarias, en fin, como en tiempo de paz y en ciudad tan populosa, noble y rica como es Nápoles, y que en esto echó el resto. Coronóse por mano del legado; asistió el arzobispo de Cosenzia; mostróse el rey muy liberal con los que le habían servido. Acabada la misa, mandó publicar por duque de Trageto y conde de Fundi a Próspero Colona, y a Fabricio Colona por duque de Tallacozo; al gran Gonzalo de Córdoba hizo duque de Monte de Santángel; y a don Íñigo, hermano del marqués de Pescara, que mataron, marqués del Vasto, sin otros títulos que dio a barones y caballeros del reino.

 

El príncipe de Salerno Antonelo de Sanseverino no se halló en esta festividad, sin embargo del perdón pasado y que se hizo llamamiento general de los barones del reino; todo se enderezaba a nuevo rompimiento, porque demás de este exceso, se entendía que fortalecía sus castillos y se pertrechaba de municiones y de armas.

 

 

 

 

XVII. Que los portugueses pasaron a la India

 

Oriental

 

 

 

 

 

 

 

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En el mismo tiempo que las otras provincias de Europa, y particularmente Italia, estaban trabajadas con los males que de presente padecían, y más por las sospechas que de mayores daños amenazaban, Portugal, que es la postrera de las tierras hacia donde el sol se pone, con la grande y larga paz de que gozaba y con ella de toda prosperidad y abundancia, trataba de ensanchar por otras partes muy apartadas su imperio y llevar la luz del Evangelio a lo postrero del mundo y a la misma India Oriental, empresa que al principio pareció temeraria, y adelante fue de gran gloria, y no menos interés para todo Portugal. Don Enrique, hermano del rey don Duarte, fue el primero que entró en esta imaginación, y con armadas que enviaba por la parte de mediodía acometió a descubrir nuevas tierras e islas por las costas de África. Atajóle la muerte los pasos, que le sobrevino el año que se contaba de nuestra salvación de 1460, en edad de sesenta y siete años. Ilustre príncipe y de renombre inmortal, así por las demás virtudes y la castidad que guardó sin ensuciarla por toda la vida, como principalmente por el principio que dio a cosas tan grandes.

 

Desistió de esta empresa el rey don Alonso, su sobrino, no tanto de su voluntad, cuanto por las muchas guerras y desgraciadas con que estuvo embarazado.

Su hijo el rey don Juan el Segundo, como era príncipe de pensamientos muy altos, vuelto a esta demanda con armadas que envió diversas veces, descubrió gran parte de las costas de África y de Etiopía, sin parar hasta llegar de la otra parte de la equinoccial y averiguar que todas aquellas marinas se remataban en un cabo o promontorio, que los marineros llamaron de las Tormentas por las muchas que en aquellas costas y mares muy altos se levantan, y él le llamó de Buena Esperanza, como hoy día se llama, por la que cobró de pasar con sus armadas por aquella parte a las costas de Asia y de la India y por aquel camino participar de sus grandes riquezas. Para mejor informarse envió por tierra a Pedro Covillan y Alonso Paiva, como en su lugar queda dicho, para que calasen los secretos de aquellas tierras y trajesen relación verdadera de aquellas costas de Asia y África por la parte de levante. Murió en la demanda el Paiva; Covillan, andado que hubo todas aquellas marinas, dio vuelta hacia El Cairo, y sabida la muerte de su compañero, determinó de pasar a las tierras del Preste Juan. Desde allí envió a su rey entera relación de todo lo que dejaba averiguado. De Etiopía ni pudo volver a Portugal, que no le dejaron, ni

 

 

 

 

 

 

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tuvo comodidad de enviar más aviso. Así, le tuvieron por muerto hasta que adelante se supo la verdad.

 

En este medio falleció el rey don Juan; su sucesor el rey don Manuel se inclinaba a llevar adelante esta empresa. Tratóse el negocio en su consejo; los pareceres fueron varios. Quién de todo punto condenaba aquellas navegaciones tan peligrosas y tan largas, encarecía los peligros que eran ciertos, los intereses pequeños y la esperanza muy incierta; que harto mar tenían descubierto, y que sería mejor abrir y labrar los baldíos de Portugal, y no permitir que con semejantes ocasiones se hiciese la gente holgazana. Quién, al contrario, decía que debían pasar adelante, pues ni hasta entonces tenían de qué arrepentirse de lo hecho, como lo daba a entender el aumento de las rentas reales por el trato de África; que siempre las cosas grandes tienen al principio dificultades, que las vence el generoso corazón, y el pusilánime queda en ellas atollado; el temor y recato demasiado nunca hicieron cosa honrosa; a los valientes ayuda Dios, a los cobardes todo se les deshace entre las manos. Algunos eran de parecer que se continuase la conquista y descubrimiento de África y que no pasasen adelante, pues lo razonable tiene término; la codicia desordenada con ninguna cosa se harta hasta tanto que despeña en su perdición al que le da lugar y por ella se gobierna; que para las fuerzas de Portugal bastaban algunos millares de leguas que tenían las costas de África. Entre esta diversidad de pareceres prevaleció el que era de más honra y reputación.

 

Resuelto pues al rey de seguir aquella empresa, mandó aprestar cuatro naves, y por general nombró a Vasco de Gama, hombre de gran corazón; y bien le fue menester para abrir el viaje más largo y más dificultoso que jamás se intentó en el mundo. Iban en su compañía su hermano Paulo de Gama y Nicolás Coello, sin otros hombres de cuenta. Entre marineros y soldados todos no pasaban de ciento sesenta. Bendijeron el estandarte real en una iglesia de nuestra Señora que estaba a la marina, fundación del infante don Enrique, donde después edificó el rey don Manuel el monasterio muy nombrado de Belén. Desde allí con acompañamiento muy grande de gente, que los lloraban no de otra manera que si los llevaran a enterrar, se hicieron a la vela este año a los 9 de julio.

 

Tomaron la derrota de las Canarias, y de allí pasaron a las islas de cabo Verde, que los antiguos llamaron Hespérides. Pasadas estas islas y la de Santiago, que es la principal de ellas, volvieron las proas a levante por un golfo muy grande, en que por las grandes tormentas y altos mares pasaron

 

 

 

 

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tres meses antes que descubriesen tierra, hasta que diez grados de la otra parte de la equinoccial descubrieron un río muy fresco y de grandes arboledas, do surgieron para hacer agua y tomar refresco. La gente era negra, el cabello corto y encrespado. Contrataron con ella por señas, porque nadie entendía su lengua, y con cosillas de rescate que les dieron proveyeron sus naves de fruta de la tierra y de carne, que lo traían los naturales. Pusieron al golfo nombre de Santa Elena, y el río llamaron de Santiago. Pasaron adelante con intento de doblar el cabo de Buena Esperanza, pero cargó tanto el tiempo, que diversas veces se tuvieron por perdidos. Aquí fue bien menester el valor del capitán, porque le protestaron sus compañeros volviese atrás y no quisiese locamente pelear con el cielo y con el mar ni llevarlos a que todos se perdiesen; no bastaron ruegos ni lágrimas para doblegarle. Concertáronse de darle la muerte; avisóle su hermano; prendió a los maestres, y él mismo tomó cargo de gobernar su navío. Con esta porfía llegó a lo postrero del cabo, que comenzaron a doblar a 20 de noviembre, cuando en aquellas partes era primavera.

 

Como cincuenta leguas mas adelante está un golfo, que llaman de San Blas, y en medio de él una isla pequeña, que hallaron llena de lobos marinos. Abordaron a ella para hacer agua. Los moradores de aquella parte eran semejantes a los de la otra costa de África que mira al poniente; andan desnudos, traen sus miembros en unas vainas de palo. La tierra tiene elefantes y bueyes, de que se sirven como de bestias de carga; ciertas aves, que llaman sotilicarios, grandes como gansos, sin plumas y con las alas como de murciégalo, de que no se sirven para volar, sino para correr con gran velocidad. Pasaron adelante, y aunque despacio por las corrientes contrarias, llegaron a una tierra, que se llama Zanguebar, y ellos por el día en que allí abordaron llamaron aquel golfo de Navidad; y a un río grande que por aquellas riberas descarga en el mar llamaron río de los Reyes porque tal día salieron a tomar en él agua.

 

Continuaban las corrientes y las maretas del mar; por esto se engolfaron tanto, que sin tocar a Zofala, que es el lugar de más consideración de aquellas riberas por las minas de oro que tiene, de la otra parte descubrieron una tierra donde los moradores no eran tan negros como los pasados, y andaban más arreados, y en su trato mostraban ser más humanos y mansos; en los brazos traían ajorcas de cobre, y los varones puñales con las empuñaduras de estaño. La lengua no se entendía,

 

 

 

 

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mas de que entre los demás vino uno que en arábigo les dijo que no lejos de allí había naves semejantes a las que traían los nuestros, y en ellas negociaban hombres blancos. Entendieron por esto que la India caía cerca; dieron gracias a Dios, y en memoria de nueva tan alegre al río que por allí se mete en el mar llamaron el río de Buenas Señales. Levantaron en aquella ribera una columna con título del arcángel San Rafael, que dio nombre a aquellas riberas, y de diez hombres condenados a muerte, que llevaban de Portugal para este efecto, dejaron allí dos para que aprendiesen la lengua y tomasen noticia de aquella gente, de sus costumbres y riquezas. Fue grande el contento que todos recibieron por entender cuán al cabo tenían su viaje, dado que el alegría se aguó con los muchos que cayeron enfermos; hinchábanseles las encías, de que no pocos murieron. Unos atribuian esto a ser la tierra malsana; otros a los manjares salados, de que tanto tiempo se sustentaron. Un mes se detuvieron en aquella costa con harto peligro y trabajo.

 

Desde allí pasaron a Mozambique, que es una ciudad asentada en una de cuatro islas muy pegadas a la tierra firme, quince grados de la otra parte de la equinoccial, y veinte más adelante de la punta postrera del cabo de Buena Esperanza; es tierra de mucho trato por el buen puerto que tiene. Los moradores eran moros, de color bazo, vestidos ricamente de seda y oro; en las cabezas turbantes de lienzo muy grandes; de los hombros colgaban sus cimitarras, y en los brazos sus escudos. Con este traje vinieron en sus barcas a reconocer nuestras naves. Fueron bien recibidos y tratados; supieron de ellos que aquella ciudad era sujeta al rey de Quiloa, por nombre Abrahem, que está más adelante en aquel paraje, y que allí tenía puesto un gobernador, que en arábigo llaman jeque, y él se decía Zacoeya; con el cual con presentes que le dieron pusieron su amistad, y él les dio dos pilotos que los encaminasen a la India. Al principio los naturales entendieron que los nuestros eran moros de poniente, que fue la causa del buen tratamiento que les hicieron. Después, sabido que eran cristianos, pretendieron hacerles el mal que pudiesen; los mismos pilotos se les huyeron a nado. Descargaron ellos su artillería contra la ciudad, con que mataron algunos de los que en la ribera andaban. El miedo de la gente fue grande por no estar acostumbrados a aquellos truenos y relámpagos. Humillóse el gobernador, y ofreció toda satisfacción. Contentáronse ellos y su capitán con que les diese un piloto. Éste con la misma deslealtad que los otros pretendió entregar a los nuestros en poder del rey de Quiloa.

 

 

 

 

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Decíales que los moradores de aquella ciudad eran cristianos de los abisinos, y que en ella se podrían proveer de todo lo necesario. Ayudóles Dios, porque cargó el tiempo y no pudieron tomarla, que a ser de otra suerte, corrieran peligro por ser aquella ciudad poderosa y estar aquel rey indignado por las nuevas que tenía de lo que pasó en Mozambique. El piloto moro, sin embargo, no desistió de su intento, antes les persuadió fuesen a Mombaza, ciudad puesta en un peñasco, rodeada casi por todas partes de un seno de mar que forma un puerto muy bueno. Saliéronles al encuentro gentes de la ciudad, con las cuales trató el piloto la traición que traía pensada. Saliera con su intento, si no fuera que al entrar en el puerto, Vasco de Gama, por temor no diese su nao en ciertos bajíos que hay allí cerca, mandó de repente calar las velas y echar áncoras. El piloto por su mala conciencia temió que era descubierto; echóse en el mar para salvarse, y lo mismo hicieron algunos de la tierra que todavía quedaban en las naves, que en esta sazón eran tres, ca la cuarta, que traía los bastimentos, por estar ya consumidos y faltar marineros, la habían antes de esto pegado fuego. Dieron los nuestros gracias a Dios por les haber librado de un peligro tan manifiesto; proveyóles su Majestad de guía en esta manera.

 

Partidos de allí tomaron dos bajeles de moros, y en ellos trece cautivos, que los demás se echaron al mar. De estos supieron que caía cerca Melinde, ciudad casi puesta debajo de la equinoccial, cuyo rey era muy humano y muy cortés con los extranjeros. Determinaron ir allá, y hallaron ser verdad lo que los cautivos dijeron. Holgó mucho el rey con su venida; no pudo por su vejez y enfermedad ir a las naves en persona; envió a su hijo, que hizo a los portugueses gran fiesta, y de ellos fue festejado. Dioles guía para la India, y el capitán le hizo presente de los trece cautivos moros; cosa que dio a aquel príncipe mucho contento. Proveyéronse de lo necesario, y despidiéronse con promesa de volver por allí, porque quería enviar sus embajadores para trabar amistad con el rey don Manuel. Era ya pasada la Pascua de Resurreción; tomaron la derrota de Calicut, que dista de Melinde casi setecientas leguas, que navegaron en veintiún días.

 

Descubrieron la tierra deseada a 20 de mayo, y poco después echaron anclas a media legua de Calicut. No tiene aquella ciudad puerto, y el tiempo no era nada a propósito, porque en aquella sazón comenzaba en aquellas partes el invierno, que es una de las grandes maravillas del mundo, y en que el entendimiento humano se agota. Dividen la provincia de Malavar, do está Calicut, unos montes muy empinados, que se rematan

 

 

 

 

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en el cabo de Comorin, dicho antiguamente el promontorio Cori. La una y la otra parte están en la misma altura, y entrambas hacia nuestro polo; y sin embargo, de esta parte de los montes por el mes de mayo comienzan las lluvias y el invierno, cuando de la otra parte se abrasan con los calores del verano y del estío; cosa maravillosa y grande. ¿Quién podrá dar razón de esta diversidad? ¿Quién apear el abismo de la sabiduría divina? Todos los entendimientos quedarán cortos en este punto y en esta dificultad.

 

 

 

 

XVIII. De lo que Vasco de Gama hizo en Calicut

 

Antes que declaremos lo que a Vasco de Gama pasó en Calicut, será bien poner delante los ojos la grandeza de aquellas provincias y tierras tan extendidas de Asia. La India tiene por aledaños por la parte del poniente las provincias de Aracosia y Gedrosia con las Paropomisadas. Hacia el levante llega hasta los confines del gran reino de la China. Al septentrión tiene el monte Imao, que es parte del monte Cáucaso. Por la parte de mediodía la bañan las aguas del Océano. Divídelas en dos partes, en la de aquende y allende, el muy nombrado río Ganges. Verdad es que los nuestros llaman India sola la tierra que abrazan por una parte el río Indo, y por otra el río Ganges. Los naturales llaman toda esta tierra Indostán. En medio de estos dos ríos corren unas cordilleras de montes, que se rematan en el cabo de Comorin. Muchas naciones son las que están derramadas por estas marinas; las principales Cambaya, que se extiende desde la boca del río Indo; y tras ella hasta el dicho cabo de Comorin se tienden por muchas leguas los malabares. En medio de estas dos naciones está en una isleta la famosa ciudad de Goa, en el reino de Decan. Cércanla por frente el mar, por los dos lados y por las espaldas el río con sus dos brazos.

 

Hay entre los malabares cuatro calidades o grados de gente: los nobles, que llaman caimales; los sacerdotes, que son los bracmanes, y tienen grande autoridad; los soldados llaman naides; y el pueblo, que son los labradores y oficiales. Los mercaderes comúnmente son extranjeros. De la cintura arriba andan desnudos, lo demás cubren con paños de seda o algodón, y sus cimitarras, que traen afiadas del hombro derecho y colgadas. Los ritos y costumbres de esta gente son extrañas. Basta decir para conocer lo demás, que las mujeres se casan con cuantos hombres

 

 

 

 

 

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quieren; por esto los hijos no heredan a los padres por no tener certidumbre cuyos son, sino los hijos de las hermanas. Están divididos los malabares en muchos reyes; el principal, y a quien los demás reconocen como a señor, y por esta causa le llaman zamorín, que es tanto como emperador, es el rey de Calicut, ciudad rica y grande, y que está casi en medio de aquella nación, no lejos del mar. Las casas no están continuas, sino muy apartadas, con huertas y arboledas que cada cual tiene; solas las casas dal rey y los templos son de piedra; las demás de madera, bajas y cubiertas de hojas de palma, que no se permite a los particulares, quier sean nobles, quier plebeyos, levantar edificios más suntuosos.

 

En este estado se hallaban las cosas de Calicut, tales eran sus costumbres, cuando Vasco de Gama aportó a aquellas partes; acudieron luego muchas barcas por ver gente tan extraña. Gama echó en tierra uno de los desterrados que llevaba. Fue grande el concurso de la gente que le cercó por todas partes. Había entre los demás dos mercaderes moros de Túnez; estos por el traje como entendiesen que era español, el uno, por nombre Monzaida, en lengua española le preguntó de qué parte de España fuese; respondió de Portugal. Llevóle a su casa, e informado de todo, se fue a ver con el capitán. Allí le declaró cómo en el tiempo que el rey don Juan de Portugal enviaba a Túnez para proveerse de armas, él le sirvió con mucha lealtad. Juntamente le dijo lo que quiso saber de aquella tierra, y le ofreció serviría de buena gana en lo que se le ofreciese.

 

El día siguiente envió Gama con Monzaida dos embajadores para avisar al rey de su venida, que sin su licencia no quería desembarcar; si se la daba, le llevaría las letras que le traía de su rey y cosas de importancia que comunicarle. Estaba el rey a la sazón en Pandarane, un pueblo a dos millas de la ciudad. Allí recibió muy bien a los embajadores; respondió que oiría de buena gana a su capitán; que entre tanto por cuanto el lugar do surgió era en aquella sazón poco seguro, llegase las naves al abrigo de Pandarane. Hízose así, y pasados algunos días, le envió el gobernador de la ciudad, que es como alcalde y le llaman catual, para que le hiciese compañía hasta su palacio. Dejó Gama en su lugar a su hermano, al cual y a Nicolás Coello avisó que pues no podía excusar de verse con aquel rey, dado que el riesgo era grande, si sucediese algún desmán a su persona, pospuesto todo lo demás, alzadas las velas se volviesen a Portugal para dar aviso al rey de su viaje; y sin embargo, para todo lo que pudiese suceder, le tuviesen siempre a la marina los esquifes aprestados. Llevó consigo

 

 

 

 

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doce compañeros lo más en orden que pudo. No usaban en aquella sazón en la India de caballos ni jumentos; lleváronle desde la ribera en hombros gente señalada para esto hasta la casa real. Luego que llegó, le recibieron algunos de los caimales para honrarle más, y con ellos el principal de los bracmanes, vestido de lienzo blanco. Éste tomó a Gama por la mano, y le metió por gran número de salas; la puerta cada una de ellas tenía diez guardas. Llegaron a un aposento muy grande, que tenía el suelo cubierto de alfombras de seda verde, y en las paredes colgaduras de seda y oro labradas; al rededor tenía ciertas gradas a manera de teatro, que era el asiento de los grandes. El rey en un estrado, vestido de una ropa de algodón blanca, sembrada de rosas de oro, en la cabeza un bonete de tela de oro a manera de mitra, los brazos y piernas desnudos a la costumbre de la tierra, pero con ajorcas de oro. En los dedos de pies y manos muchos anillos, y en todo sembradas y engastadas piedras y perlas de gran valor. El color del rey era bazo, el cuerpo grande, y el semblante que representaba majestad. Gama, luego que saludó al rey y le mandó asentar a él y a sus compañeros, le habló en esta manerra:

 

«El rey de Portugal don Manuel, príncipe muy excelente y de pensamientos muy altos, con el deseo que tiene de saber muchas y grandes cosas y trabar amistad con los príncipes que en valor y grandeza se aventajan, movido por la fama que de la grandeza de este reino, y en particular de vuestra majestad, vuela por todas partes, desde lo último de las tierras do el sol se pone me ha enviado para saludaros de su parte y asentar entre los dos amistad. No hay cosa más eficaz para unir las voluntades que la semejanza en el valor, mayormente en los reyes cuya dignidad mucho se allega a la grandeza de Dios, y cuanto ellos son mayores, tanto deben extender sus voluntades a más partes. Séanos de provecho haber sido los primeros a pretender esta alianza, pues es cosa muy natural y mas de los nobles corazones no dejarse vencer en amor y cortesía, y responder a la voluntad de los que se adelantaron en mostrarla. Lo cual yo no dudo sino que será de mucho provecho para todos, por la comunicación de dos naciones tan distantes. Por lo menos será cosa muy honrosa cuando en todo el mundo se sepa que de tierras tan extrañas venimos a pretender con la vuestra tener comunicación y trato».

 

Esto dicho, presentó las cartas que traía escritas, en las lenguas arábiga y portuguesa, junto con los presentes que llevaba. Holgó mucho aquel rey

 

 

 

 

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con esta embajada. Dijo que le placía tener trato y alianza con su hermano el rey don Manuel. Preguntó muchas cosas de la navegación que habían traído y de las cosas de Portugal. Con esto mandó aposentar muy bien al capitán y a todos sus compañeros. Los mercaderes moros, sabido lo que pasaba, se juntaron, y con el temor grande no les quitasen los portugueses sus ganancias, además del odio que tiene aquella gente a todos los cristianos, acudieron al rey y a sus cortesanos para con mentiras e invenciones ponerlos mal con los portugueses; decían que eran corsarios, enemigos del género humano; que si aquella gente tuviese entrada en Calicut, a ellos sería forzoso ir a buscar otras partes donde vivir y contratar. Que mirasen si les estaba a cuenta por unos pocos ladrones perder amigos tan antiguos como ellos eran, y que les traían con sus tratos tan grandes intereses. Son los malabares gente fácil, de poca constancia y verdad. Persuadidos por los moros, acordaron de buscar traza para dar la muerte a los portugueses.

 

Avisó Monzaida al capitán de lo que se tramaba. Recogióse lo más ocultamente que pudo, aunque no sin dificultad y peligro, a las naves. Alargóse al mar, y desde allí con un indio escribió al rey grandes quejas, principalmente contra el catual, que con falsas muestras de amor sabía que trataba de hacerle todo el mal que pudiese. Juntamente le suplicó le mandase restituir ciertos portugueses y mercadurías que quedaban en tierra. Respondió el rey con buenas palabras sin cumplir lo que se le pedía. Gama, determinado de usar de fuerza, tomó la primera nave que por allí llegaba, y en ella cautivó seis hombres principales con algunos criados. Envió el rey por haberlos, los portugueses y mercadurías con sus cartas en respuesta de las que Gama le trajo, y sin embargo, el capitán no quiso restituir los malabares, porque le parecían muy a propósito para llevados por muestra a Portugal para que más en particular informasen de las cosas de aquellas partes.

 

 

 

 

XIX. Cómo Vasco de Gama volvió a Portugal

 

Antes que Vasco de Gama alzase las velas para dar la vuelta a Portugal, Monzaida se recogió a sus naves por miedo no le costase la vida la conversación que con los portugueses tuvo. Dejó su hacienda en Calicut,

 

 

 

 

 

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ca por la prisa no la pudo recoger, y en Portugal se bautizó y pasó la vida como buen cristiano. No pudo el rey satisfacerse de Gama a causa que por ser invierno tenía su armada sacada a tierra. Verdad es que con setenta barcas que pudieron varar y arenar acometieron las naves; pero con un recio temporal que cargó las barcas se desbarataron y los nuestros, que por faltarles viento iban muy despacio, tuvieron lugar de alejarse hasta perder de vista a Calicut y llegar a unas islas pequeñas que por allí están. Encontraron con ocho fustas de un corsario, llamado Timoya, tomaron una y desbarataron las demás. De allí pasaron a otra isla, que se llama Anchediva, para rehacer las naves y repararlas lo mejor que pudiesen. Dista esta isla como setenta leguas de Calicut, y de tierra firme no dista mas de una legua; que fue ocasión para que muchos de la tierra pasasen a ver las naves.

 

Entre los demás vino uno que saludó a Gama en italiano. Éste les avisó que allí cerca caía la ciudad de Goa, y que el señor de ella que se llamaba Zabaio, con quien él tenía mucha cabida, holgaría de conocerlos y les haría toda amistad. Preguntóle Gama de dónde era; dijo que era italiano, y que navegando la vuelta de Grecia, cayó en poder de corsarios, y de mano en mano le fue forzoso servir aquel príncipe moro. Gama, por el semblante y porque las respuestas todas veces no concertaban, con sospecha que era espía, le puso a cuestión de tormento. Entonces confesó la verdad, que era judío y natural de Polonia, y que el Zabaio, su señor, le envió para espiar aquella armada; que con la suya pretendía acometerlos. Gama con este aviso, lo más presto que pudo, partió de allí para seguir su viaje. Llevó consigo el judío, que en Portugal se bautizó, y se llamó Gaspar, y sirvió al rey don Manuel en cosas de importancia.

 

La navegación iba despacio por falta de viento; en fin, hicieron tanto, que pudieron doblar el primer cabo de África, que se llama de Guardafuy, no lejos de la boca del mar Bermejo. Llegaron a la ciudad de Magadajo, que está allí cerca; por saber que los moradores eran moros, no quisieron allí parar mas de cuanto con la artillería maltrataron los edificios, y echaron a fondo algunos bajeles que vieron en aquel puerto. Pasados de allí, encontraron con ocho velas de moros, que desbarataron con mucha facilidad. En Melinde fueron de aquel rey recibidos con mucho amor. Proveyéronse de lo necesario, y como tenían tratado, llevaron consigo un embajador, que aquel príncipe envió a Portugal para asentar amistad con el rey don Manuel. La nave en que Paulo de Gama iba por capitán, por estar

 

 

 

 

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muy maltratada, fuera de que tenían falta de marineros y jarcias, acordaron de pegarle fuego, y que Paulo de Gama se pasase a la capitana. Siguieron su viaje. Descubrieron la isla de Zanzíbar, de muchas frescuras y arboledas de todo género de drogas, distante de la costa de África seis leguas, y que cae entre Melinde y Quiloa cerca de Mombaza. En Mozambique levantaron una columna de las que para este efecto llevaban. Tocaron en la bahía de San Blas para hacer agua y leña. Doblaron el cabo de Buena Esperanza a los 26 de abril. Finalmente, pasaron las islas de cabo Verde, y de allí con un gran rodeo a las Terceras, donde falleció Paulo de Gama de una enfermedad que de muchos días atrás le traía trabajado.

 

Llegaron a Lisboa por el mes de septiembre, pasados dos años después que de allí partieron. Grande fue el alegría que recibió el rey con su venida, grande el contento de toda la ciudad. No se hartaban de oír cosas tan nuevas, peligros y tempestades tan grandes como pasaron, ni de ver las muestras que traían de las mercadurías y riquezas de levante. Los hombres otrosí que venían con ellos de aquellas partes causaban no menos maravilla por sus gestos, lengua y trajes tan extraños. Parecían Gama y sus compañeros como venidos del cielo y mayores que los demás hombres, dado que de cuatro naves que partieron, volvieron solas las dos, y de la gente que en ellas fue poco más de la tercera parte. Todo no bastó para que muchos no deseasen continuar aquel viaje, y con la esperanza de honra y provecho poner el pecho a todas aquellas dificultades que en empresa tan larga y trabajosa se representaban.

 

 

 

 

XX.  De la navegación que hoy se hace a la India Oriental

 

De la manera que queda dicho hizo esta navegación Vasco de Gama, que fue la más señalada del mundo, sea por su largura, sea por las dificultades y peligros que en ella hubo, tanto mayores, que por no saber entonces ni la derrota que debían tomar ni el tiempo de las mociones de aquellos anchísimos mares, fueron casi a ciegas y a tiento. El tiempo y la experiencia ha facilitado mucho aquella navegación, de suerte que cuanto a la sazón para comenzarla y cuanto a la derrota que siguen, se han

 

 

 

 

 

 

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mudado muchas cosas, que quiero en suma poner aquí para que el curioso lector tenga alguna noticia de cosa tan grande.

 

Ante todas cosas será bien poner delante los ojos y pintar todas aquellas marinas muy extendidas y grandes. Pasada la boca del estrecho de Cádiz a mano izquierda corre la costa de África por gran número de leguas de esta parte y de la otra de la línea equinoccial. Lo primero el monte Atlas muy famoso con sus cordilleras muy altas, corta de levante a poniente gran parte de África, y hace su primera punta y cabo en el mar Océano. Mas adelante está el cabo, que los portugueses llamaron Non, por estar antiguamente persuadidos que el que le pasaba no volvía. Luego el cabo del Boyador, en altura de veintiocho grados, en frente de la isla de Palma, que es una de las Canarias. Son todos estos tres cabos puntas del ya dicho monte Atlas. Siguese en la misma costa el cabo Blanco, en altura de veintiún grados; tras él está la isla pequeña de Argin, que da nombre a todo aquel golfo, ca le llaman golfo de Argin. Desde allí se pasa a cabo Verde y a sus islas, que son diez en número, la principal tiene nombre de Santiago; los antiguos las llamaron Hespérides, si bien algunos pretenden que debajo de este nombre antiguamente se comprendían todas las islas que se han nuevamente descubierto y están a la banda de poniente. Está cabo Verde en altura de dieciséis grados, y antes de él entra en el mar el río Sanaga, y pasado el cabo, otro, al cual por sus muchas aguas llamaron el río Grande. Sospechan, lo cierto no se sabe, que son dos brazos de un mismo río, y añaden que es el río Nigir, celebrado de los antiguos porque nace de las mismas fuentes del Nilo. Por lo menos tienen estos ríos sus crecientes al mismo tiempo que el Nilo, y como él crían cocodrilos y caballos marinos. Pasado el río Grande, que tiene de altura once grados, se empina en ocho grados la sierra Leona, así dicha por los muchos truenos, relámpagos y fuegos que en ella se ven por su altura; y porque los naturales salen a sus labores de noche con luces, como se toca en otra parte, parece que todo arde en vivas llamas. Quieren que este monte sea el que Ptolomeo llamó Carro de los Dioses, dado que él le demarca en elevación de cinco grados solamente. Debajo de la equinoccial está la isla de Santo Tomé, no lejos de la ribera de tierra firme, y de Portugal algo más de mil leguas; los aires son malsanos, el provecho, por los azúcares que en ella se dan, mucho. A seis grados de la otra parte de la línea cae la Mina, así dicha por el oro muy acendrado que de ella se saca. Mas adelante está el río Santiago y el golfo de Santa Elena, donde Gama abordó para hacer

 

 

 

 

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agua. Otros particulares ríos y cabos y islas hay, como es forzoso en tan grande distancia; pero los susodichos son los de más cuenta y más nombre.

 

El cabo de Buena Esperanza, que es la postrera punta de África, y está distante de Portugal como dos mil leguas, se mete hacia el otro polo por espacio de treinta y cinco grados. Este cabo doblado, corren aquellas riberas muy extendidas con cabos que hacen y ríos diferentes que tienen. El de San Blas y el de Navidad y el río de Buenas Señales son los principales hasta dar en Zofalu, que es una de las más notables poblaciones de aquellas marinas por los minas de oro que tiene. Algunos se persuaden que Zofala sea Tarsis, donde, como lo dice la divina Escritura, Salomón por el mar Rojo enviaba sus flotas para traer oro y otras riquezas; y aún los naturales afirman que así lo tienen en sus libros y memorias; otros quieren que sea el promontorio Prasio de Ptolemeo, que él pone quince grados pasada la línea; Zofala está mas de veinte. Adelante de Zofala a mano derecha cae la gran isla de San Lorenzo, que los naturales llaman Madagascar, y a mano izquierda está Mozambique, puerto de gran trato en quince grados de altura; el cual pasado, casi en iguales distancias están Quiloa y Mombaza con la isla de Zanzíbar y Melinde casi debajo la línea. Magadajo está de esta parte cinco grados, y en diez grados el cabo postrero de África hacia la boca del mar Rojo, al cual hoy llaman Guardafuy, y Ptolemeo le llama Aromata; junto al cual está la isla de Socotora, que se halló poblada de cristianos, aunque muy estéril y falta de toda comodidad. Algunos piensan que es la que Ptolemeo llama Dioscoridis. Poco distante está la boca del mar Rojo o sino Arábico; dentro de ella por la parte de África cae el puerto de Ercoco, del reino de Barnagaso, y sujeto al Preste Juan.

 

Fuera, en la costa de Arabia está Aden, fuerza muy grande y casi la llave de aquel golfo. Entre el seno Arábico y Pérsico, Arabia la feliz, y en medio del lomo por donde la baña el mar Océano tiene el promontorio Siagro, que hoy llaman el cabo de Escafallat o Fartaque; y la postrera punta hacia la boca del sino Pérsico es el cabo Rosalgate, que fue antiguamente el promontorio Corodamo. Ala boca del sino Pérsico por la parte de dentro está la ista de Ormuz, pequeña y de suyo estéril, pero por el trato, que es grande, muy rica; tiene veintiséis grados de altura. Casi en la misma elevación más hacia levante a la boca del río Indo está la isla y fortaleza de Diu, muy conocida por el valor con que los portugueses la han

 

 

 

 

 

 

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defendido, primero de los sultanes de Egipto, y después de los fuerzas del Gran Turco.

 

Pasado Diu y Bazain que cae allí cerca, las riberas revuelven muy hacia mediodía hasta que se rematan en el cabo de Comorin o promontorio Cori, en cuyo lado occidental están la ciudad de Goa, en altura de dieciséis grados, y en doce Calicut. Entre las dos cae la ciudad de Cananor, y junto al cabo Cochin y Conlan, ciudades todas del Malabar, y do está el trato más principal de toda la especería. Desde el cabo de Buena Esperanza hasta Goa cuentan los que navegan mil y doscientas y cuarenta leguas. En frente del Malabar están las islas de Maldivas así dichas del nombre de la principal de ellas, que así se llama; son en número pasadas de mil, pequeña, y a las veces tan pegadas entre sí, que apenas se puede navegar por aquellas estrechuras. La cosa más principal que tienen es la palma que lleva los cocos, árbol tan provechoso, que de él se sustentan y visten. Por el lado de levante tiene el cabo de Comorin casi pegada la rica isla de Ceilán, de do viene el golpe mayor de la canela. Siguense los reinos de Narsinga y del Pegu, y en medio de ellos el de Bengala, que da nombre a aquella ensenada de mar y golfo, que es muy grande. Remátase en la ciudad de Malaca, que tiene muy cerca la isla de Sumatra, puesta debajo la equinoccial. Los más entre gente docta tienen que Sumatra es la Trapobana de Ptolemeo y Malaca la Aurea Quersoneso del mismo, sin faltar quien tenga por cierto que Malaca es la antigua Ofir, donde Salomón enviaba sus armadas para traer oro y plata, y aún los del reino del Pegu, que cae por aquellas partes, se tienen por descendientes de los judíos que Salomón envió condenados para beneficiar las minas de Ofir. Que si hoy allí no se hallan estos metales, hallábanse antiguamente, como lo dan a entender el nombre de Aurea Quersonesus. Gastaban tres años las naves de Salomón en ida y vuelta, como lo dice la Escritura, en particular de la navegación de Tarsis, a causa de ir tierra a tierra sin engolfarse por no estar aún descubierto el uso del aguja del marear, con que los navegantes se alargan mucho al mar y las navegaciones se han facilitado mucho.

 

Desde Malaca a manderecha, la vuelta de levante se navega a las islas Molucas, que las principales son cinco, y de ellas se traen los clavos, cosa de grande ganancia; en lo demás son estériles y faltas de todo lo necesario para la vida; así repartió sus bienes la naturaleza. A mano izquierda hacia nuestro polo van al grande y rico reino de la China y a la isla de Macao, estancia que tienen los portugueses a la entrada de aquel reino por no

 

 

 

 

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dejarlos entrar dentro de la China. Ponen desde Goa a la China mil trescientas leguas, las ochocientas hasta Malaca, y desde allí a Macao otras quinientas. Desde Macao hacia el norte llegan a lo postrero de lo que los portugueses tienen descubierto, que es Japón, distante del puerto de la China como trescientas leguas. Divídese Japón en tres islas principales, sin otras muchas pequeñas que tiene junto a las tres; corre entre poniente y norte de los treinta grados de altura a los cuarenta de largo doscientas leguas, y por lo más ancho no pasa de ochenta. Tiene muchos reyes y reinos, y es gente de valor en las armas y de ingenio asaz para las letras.

 

La navegación de Portugal a la India se hace de esta manera. Parten de Lisboa por el mes de marzo o a principio de abril; llegan a la isla de la Madera, que está distante ciento cincuenta leguas, y dende a las Canarias, que están trescientas. Pasan de allí al cabo Blanco y a las islas de cabo Verde. Desde allí dejan la costa de África, y por los continuos vientos que a la sazón corren de mediodía siguen a orza la derrota entre poniente y mediodía hasta llegar a las veces a la vista del Brasil, donde si los vientos no les dan lugar a tomar el cabo de San Agustín, que está diez grados de la otra parte de la línea, se vuelven sin poder por aquel año continuar su navegación. Si le pasan, dan la vuelta para doblar el cabo de Buena Esperanza, y siguen la derrota entre mediodía y levante. Para excusar las tormentas ordinarias que en aquel cabo se levantan suben hasta cuarenta grados hacia el otro polo. Con esto doblan el cabo y tocan en Zofala o Mozambique, do si la navegación no es muy próspera, se quedan a invernar; de otra manera pasan aquel golfo y la línea hasta llegar en pocos días a Goa.

 

Tiénese por muy próspera la navegación que se acaba en cinco o seis meses, ca de ordinario pasa de año entero. De Goa para Malaca y las demás partes más orientales navegan a sus tiempos determinados. Para volver a España esperan las mociones del fin del mes de diciembre cuando de ordinario corren lestes o solanos, muy a propósito para la vuelta. Doblan el cabo por el mes de marzo o abril. Pasan por la isla de Santa Elena, que parece proveyó la naturaleza como una venta en mares tan anchos para refresco de los que navegan, por las frutas, caza y pescado que hallan, sin que haya en ella quien more ni la cultive por ser tan estrecha, que de traviesa no tiene más de cuatro leguas, y estar tan adentro en el mar. Desde allí por las islas Terceras llegan finalmente las naves a Lisboa de ordinario por los meses de agosto y de septiembre.

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMO SÉPTIMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. De la muerte del príncipe don Juan

 

A un mismo tiempo las cosas de los españoles en Italia se aventajaban; en España, conforme a la costumbre y naturaleza de las cosas humanas, iban mezcladas de dulce y de amargo. Concertáronse los casamientos de dos hijas del rey don Fernando de España, es a saber, de la infanta doña Catalina con Arturo, príncipe de Gales, heredero de Enrique VII, rey de Inglaterra, y el de la princesa doña Isabel, no sólo se acabó de concertar después de algunas dificultades y dilaciones, sino se concluyó y efectuó con don Manuel, rey de Portugal. Era negocio muy importante tener con estos casamientos y con los de Austria trabados con deudo tan estrecho príncipes tan poderosos y grandes, con que las cosas dentro y fuera de España grandemente se aseguraban. El casamiento de Inglaterra se acabó de concertar día de la Asunción de nuestra Señora de este año de 1497; y el doctor Ruy González de Puebla, como procurador de la infanta en el palacio de Wodestoquio en presencia del rey y reina y otros grandes señores de Inglaterra, hizo los autos y ceremonias que en semejante solemnidad se acostumbran. Para apretar las pláticas que se traían sobre el casamiento de Portugal vino a Castilla por aquel rey su hermano de leche y muy privado don Juan Manuel. Con su venida se acordó que los reyes don Fernando y doña Isabel llevasen a la princesa, su hija, a la raya de Portugal, y que allí viniese el rey don Manuel para concluir aquel matrimonio postrero de septiembre. Concertóse primero que los reyes se juntasen en Ceclamín; después, por ser aquella comarca muy estéril, señalaron a Valencia de Alcántara, que sería más a propósito, donde los reyes estuvieron juntos tres días.

 

Aguóse mucho la alegría de la fiesta con la nueva que vino de la enfermedad del príncipe don Juan, el cual al cabo de tres días que con la princesa, su mujer, llegó a Salamanca, adoleció de fiebre, que le acabó en tres días. Partió el rey de Valencia a toda prisa, y llegó a Salamanca a tiempo que el príncipe le pudo conocer. En fin, falleció a 4 días de octubre, que fue grande dolor y lástima, no sólo para sus padres, sino para todo el reino. Dejó la princesa preñada, alivio pequeño, por causa que dentro de poco tiempo malparió. El cuerpo del príncipe llevaron a Ávila para le

 

 

 

 

 

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sepultar en el monasterio muy célebre de dominicos, llamado de Santo Tomás. Llegaron las nuevas de este triste caso a Valencia en tiempo que la alegría de las bodas, que se celebraron después de partido el rey don Fernando, se continuaba. El rey don Manuel pidió a la reina, su suegra, no dijese nada a la princesa, ya reina de Portugal; y así, partió luego con ella para la ciudad de Ébora. Allí al fin fue avisada de la muerte del príncipe, su hermano, cosa que le dio pena muy grande, como era razón, por el amor que le tenía y por la grande falta que hacía a toda España. Sus padres, como príncipes tan cristianos y prudentes, llevaron este golpe con señalada paciencia, en que mostraron no menos valor que en sus muchas victorias que ganaron de sus enemigos; y es cosa muy natural que lo que es mortal perezca, y lo que es frágil se quiebre, y muy justo que dejemos a Dios hacer de nuestras cosas, que más verdaderamente son suyas, lo que a su Majestad agradare.

 

El reino de Nápoles no sosegaba del todo a causa que el príncipe de Salerno con los de su valía y casa no se fiaban del nuevo rey, y ponían en defensa sus castillos y plazas. La primera muestra que el príncipe dio de esta mala voluntad fue que, como quier que se hallase presente cuando en Nápoles alzaron por rey a don Fadrique, no quiso acudir a su coronación; el color que se hallaba muy gastado. Solo el príncipe de Bisiñano acudió un día después para dar razón de sí, y se interpuso por medianero para concertar al de Salerno con el rey y traerle a su servicio. No aprovecharon ningunas de las muchas diligencias que se hicieron, hasta tanto que el rey con su gente hubo de salir contra él y cercarle dentro de Diano, que era una muy fuerte plaza de las muchas que aquel príncipe tenía.

 

Trataba el Gran Capitán a la sazón de volverse a España por tener aquella guerra de Nápoles por concluida. Con este intento había dado vuelta a Calabria y pasado a Sicilia; al presente vino a Nápoles para despedirse de aquel rey y reinas. Hiciéronle instancia se fuese a hallar en aquel cerco en que resultaban dificultades a causa de los muchos que dentro el lugar tenía y de la poca lealtad con que los naturales servían a su rey. Recogió pues el Gran Capitán como quinientos españoles, y con otros tantos alemanes que el rey le dio, se arrimó tanto a la muralla, que él se puso a mucho peligro, y apretó tanto a los cercados, que el príncipe fue forzado de rendirse. Capitularon que el príncipe saliese seguro del reino y todos los que quisiesen ir con él, con facultad de llevar consigo sus bienes. Que todos los castillos y estado del príncipe se entregasen al rey a tal que

 

 

 

 

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pagase la artillería y bastimentos que tenían. Con esto se entregó Diano a los 28 días de diciembre, y el príncipe se puso en poder del duque de Melfi para que le llevase seguro a Senagalla, ciudad del prefecto en la Marca, que seguía las partes del rey de Francia. De sus aliados, los condes de Conza y Lauria le hicieron compañía. El de Capacho, por ser muy viejo, se quedó a merced del rey.

En este mismo año por el otoño don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia, envió una armada a África para poblar a Melilla, que está en frente de Almería, y los moros por ciertos respetos la habían despoblado. Hízose así, y diose esta plaza por juro de heredad y por merced del rey a aquel duque y sus sucesores en recompensa del gasto que hicieron en poblarla. Asimismo el jeque de los Gelves, que se había levantado contra el rey de Túnez, su señor, por valerse de los nuestros, entregó aquella isla y puerto al rey católico, y en su nombre a Juan de Lanuza, que a la sazón era virrey de Sicilia, principio que fue de grandes cosas que los años adelante se hicieron en, África. Quedó el capitán Margarit con gente española para guarda de aquella isla.

 

 

 

 

II. De la muerte de Carlos VIII, rey de Francia

 

Continuábanse las pláticas para concertarse los reyes de Francia y de España, y para este efecto vino de Francia una solemne embajada, cuya cabeza era el señor de Clarius, en sazón que los Reyes Católicos se hallaban en Alcalá de Henares. La suma era que con las fuerzas de entrambos reinos hiciesen guerra a toda Italia, y que cuanto al reino de Nápoles, quedase por el rey católico lo de Calabria, con tal que cada y cuando que el francés le diese en trueque el reino de Navarra y treinta mil ducados cada un año por lo que más valía Calabria, fuese obligado a dejársela. Cuanto a lo demás, que lo de Milán y Génova quedase por el francés, y los otros potentados se repartiesen igualmente entre los dos. El rey católico, si bien daba orejas a lo de Nápoles, en lo demás no quería entremeterse, en especial sin dar parte al César, que tanto derecho pretendía a las cosas de Italia. En fin, se resolvió que el rey católico enviaría sus embajadores a Francia para proseguir lo de esta concordia.

 

 

 

 

 

 

 

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Esto era en el mismo tiempo que con todas sus fuerzas procuraba que los monasterios claustrales de España se redujesen a la observancia, y se hizo en toda Castilla. Los dominicos y agustinos y carmelitas fácilmente vinieron en lo que era razón; los franciscanos hicieron resistencia, pero en fin pasaron por lo que los demás.

 

Despachó el rey desde Alcalá, conforme a lo que tenían acordado, a Hernán, duque de Estrada, con otros dos compañeros para tratar y concluir lo de la concordia con Francia. Llegaron en sazón que se tuvo por cierto el francés pretendía con todas sus fuerzas romper por lo de Rosellón y ponerse sobre la villa de Perpiñán, miedos y revoluciones que atajó la muerte que le sobrevino en su villa de Amboesa a los 7 de abril del año 1498. Falleció de apoplejía que le sobrevino viendo jugar a la pelota. Era de veintisiete años; no dejó hijo alguno. Sucedió por ende en aquella corona el duque de Orleans como pariente más cercano por vía de varón; llamóse Luis XII. Pretendió Ana, madama de Borbón, que debía suceder a su hermano en aquel reino como la parienta más cercana. La gente, como tan aficionada a la ley sálica, no daba lugar a esta demanda; por esto apretaba que a lo menos en lo que no pertenecía a la corona, antes de nuevo en tiempo de su padre y abuelo se había ayuntado a los demás estados, debía ser preferida, como en el ducado de Anjou y condado de Provenza.

 

Fueron los embajadores del rey católico a Bles, do estaba el nuevo rey. Allí y en Orleans se trató de la concordia, a que él se mostraba muy inclinado, y a todos daba muy buenas respuestas, y los entretenía con intención de arraigarse en el reino, y que de ninguna parte se le hiciese contradicción en el divorcio que pensaba efectuar con su mujer, hermana del rey muerto, por casar con la duquesa de Bretaña, que, muerto su marido, trataba de volverse a su casa y estado; todo lo cual al fin se ejecutó como aquel rey lo pensaba y deseaba. Las razones que por parte del rey para el divorcio se alegaban eran que el rey, su suegro, le sacó de pila, y que si casó con su hija fue por temor y fuerza. En la duquesa de Bretaña no tuvo mas que dos hijas; la mayor fue Claudia, que casó con Francisco, su sucesor; la menor, Renata, casó con el duque de Ferrara y vivió muchos años en Francia viuda, grande favorecedora de la secta de Calvino.

 

Antes que falleciese el rey Carlos de Francia se trataba muy de veras que César Borgia renunciase el capelo y estado eclesiástico; nueva y extraña resolución encaminada para revolver a Italia y escandalizar a todo

 

 

 

 

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el mundo. Venía bien aquel rey en ello como mozo, y con deseo de granjear al papa le ofrecía estado en Francia, y aún se movió plática de sacar de la Iglesia el condado de Aviñón para dársele. Juntamente prometía de casarle con Carlota, hija del rey don Fadrique de Nápoles, y de su primera mujer, que la tenía a la sazón en Francia. El padre de la doncella, avisado de esto, no quiso venir en deudo que tan mal le estaba, mayormente que pretendían le diese en dote el principado de Tarento, con intento, a lo que se entendía, de apoderarse de todo el reino de Nápoles. El duque de Milán y el cardenal Ascanio, su hermano, hacían grande instancia sobre ello con aquel Rey; decían que debía contentar al papa por que no tuviesen ocasión de hacer que los franceses otra vez volviesen a Italia, que sería sin duda su total ruina, como al fin lo fue.

 

El rey católico no aprobaba estos intentos, si bien se le dio intención que proveería a su voluntad las iglesias de Pamplona y Valencia, que tenía en su cabeza el dicho César Borgia. La primera le proveyó el papa Inocencio VIII, como queda tocado; y la segunda el mismo Alejandro se la traspasó luego que salió con el Pontificado. Todo el mundo se escandalizaba que se intentase una cosa tan fea, especial que pocos años antes en tiempo de Inocencio no quisieron dar licencia al cardenal de Aleria para que, renunciado el capelo, se metiese fraile, y agora pretendían se diese a un cardenal de orden sacro libertad para casarse. A la verdad la disolución de la corte romana era tan grande, que daba lugar a todo desorden y ocasión a los que tenían celo de pensar y aún hablar mal.

 

Así Jerónimo Savanarola, fraile de Santo Domingo, y que tuvo gran parte en el gobierno de la ciudad de Florencia los años pasados, por la grande libertad con que mucho tiempo predicó contra los desórdenes del pontífice, por su mandado fue con dos compañeros quemado públicamente en la plaza de aquella ciudad el mismo domingo de Ramos, que fue otro día después que falleció el rey de Francia; si con razón o a tuerto, aún entonces no se pudo del todo averiguar. Muchos hasta el día de hoy en Florencia le tienen por mártir, y otros condenan su atrevimiento, cuyo parecer tengo por más acertado. Basta que, no solo en Florencia pasó esto, sino en sus propias barbas del pontífice, el embajador del rey católico Garci Laso reprendió en presencia del papa aquellos desórdenes, y le requirió con una carta de su rey sobre el caso los reformase. Mas ¿qué presta querer sanar a quien Dios desampara y por sus justos juicios le da

 

 

 

 

 

 

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en presa de sus apetitos desordenados? El papa se alteró grandemente de aquellas amonestaciones, sin que se sacase otro fruto antes.

 

Poco después el mismo cardenal César Borgia en público consistorio propuso que por fuerza tomó el orden de diácono y suplicó dispensasen con él y aceptasen la renunciación que hacía del capelo y de las iglesias y beneficios que tenía. Muchos de los cardenales eran de parecer que fuera muy justo, no por vía de renunciación, que era muy honrosa, condescender con él, sino privarle por sentencia de aquellas dignidades, quier fuese por la mala entrada que tuvo cuando se le dio el capelo, quier por su mala vida y notorias deshonestidades, que aún para lego eran muy grandes, como solía decir el embajador de España. Ninguno empero se atrevió a chistar por la fuerza del pontífice y por los tiempos tan miserables. Finalmente, aquella renunciación se aceptó por el Colegio, y el nuevo rey de Francia le dio en el Delfinado el condado de Valencia con título de duque, estado que en un tiempo fue de la Iglesia romana y está cerca de Aviñón, y de años atrás le poseían los reyes de Francia. De esta Valencia se llamó adelante el duque Valentín, como de la de España se llamaba antes el cardenal de Valencia. Con esto y con intención que todavía le daban de casarle con la hija del rey don Fadrique, mudado el hábito, aunque no mejorado en costumbres, se partió para Francia, dado que lo del casamiento salió incierto a causa que la doncella nunca quiso venir en él; de que estuvo muy despechado y a punto de salirse de aquella corte. Al fin le aplacaron con darle en trueco por mujer a Carlota de Foix, hija del señor de Labrit y hermana del rey de Navarra, con buen dote y acostamiento que le señalaron, sin otras ventajas que le hicieron. De este matrimonio dejó una hija, que los años adelante, por muerte de su padre, quedó en poder del rey de Navarra, su tío.

 

Este mismo año el Gran Capitán al fin del verano, en una armada que juntó en Nápoles se hizo a la vela para volver a España; gran gloria de nuestra nación por su mucho valor y grandes victorias que ganó hasta dejar aquel reino allanado y compuestas todas sus revueltas.

 

 

 

 

III. De la muerte de la princesa doña Isabel

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Luego que falleció el príncipe don Juan, los reyes, sus padres, entraron en gran cuidado de asegurar la sucesión de estos reinos, como cosa en que tanto iba. Entreteníalos la preñez de la princesa Margarita para ver en qué paraba; aumentóseles el dolor y el cuidado cuando en Alcalá de Henares, donde tuvieron el invierno, malparió una hija. Con esto avisaron al rey de Portugal del derecho que por razón de su mujer tenía a la sucesión de estos reinos, y le instaron viniese luego con ella a Castilla para ser jurados, como era de costumbre. Juntamente porque el archiduque y su mujer se intitulaban príncipes de Castilla, sin que se sepa con qué fundamento, les avisaron desistiesen de aquella pretensión y apellido, pues conforme a las leyes de estos reinos, sólo pertenece aquel título al hijo o hija mayor y herederos de los reyes. Entraron pues los reyes de Portugal en Castilla por Badajoz, do los esperaban los duques de Medina Sidonia y Alba con otros muchos señores. De allí fueron a tener la Semana Santa en Guadalupe, y entraron en Toledo a 26 de abril, do los esperaban los Reyes Católicos, y por su orden el domingo luego siguiente, que fue a los 29, los juraron con las ceremonias y homenajes que se acostumbran en semejante caso.

 

Lo de Aragón no parecía tan llano a causa que el infante don Enrique, duque de Segorbe, era vivo, y pretendía que, conforme a las leyes de Aragón, no podía entrar mujer en aquella corona, y por el consiguiente él y su hijo don Alonso eran los que tenían derecho a la sucesión como nieto y bisnieto que eran del rey don Fernando de Aragón por vía de varón, es a saber, por su padre, que fue del mismo nombre que él, y uno de los que en Castilla llamaron infantes de Aragón. Para prevenir esta y otras dificultades y allanar las voluntades de todos, los Reyes Católicos y los de Portugal fueron a Zaragoza con toda brevedad. Allá, a 14 del mes de junio, se hizo la proposición, y el rey católico declaró la obligación y necesidad que corría de jurar a los reyes, sus hijos, por príncipes de Aragón. Hubo sobre esto grande alteración, ca los aragoneses pretendían que nunca en aquel reino mujer fue jurada por princesa; antes que por la disposición de muchos reyes no debían ser admitidas a la sucesión; que si bien en esto se hallaba diversidad, por lo menos por el testamento del rey don Juan el postrero constaba que las hijas y nietas no debían ser admitidas a la corona, sino en caso que su hijo, que fue el rey don Fernando, muriese sin dejar nietos, aunque fuesen por vía de mujer; y que pues no se sabía lo que Dios haría en este caso, no se debían apresurar, sino aguardar la disposición divina. Particularmente ponían dificultad en jurar por príncipe

 

 

 

 

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al rey de Portugal por los inconvenientes que en Navarra resultaron de hacerse lo mismo con el rey don Juan, por estar casado con doña Blanca, heredera e infanta de aquel reino. Otros eran de contrario parecer, y pretendían que las mujeres podían heredar aquella corona, de que era bastante ejemplo la reina doña Petronila, hija de don Ramiro el Monje, junto con el testamento del rey don Alonso, su hijo, en que se hizo ley perpetua sobre este punto y se admitieron las mujeres a la sucesión. Entre los demás, un famoso jurista aragonés, por nombre Gonzalo García de Santa María, escribió un tratado en esta sustancia, y le presentó al rey don Fernando.

 

En estas altercaciones se gastaba tiempo; la reina doña Isabel lo llevaba con tanta impaciencia, que un día se dejó decir sería más honesto conquistar aquel reino que aguardar sus Cortes y sufrir sus desacatos. Hallóse presente a estas palabras Alonso de Fonseca; replicó con libertad: «No tengo yo, señora, que los aragoneses hagan mal en mirar por sus privilegios y procurar de mantenerse en la libertad que sus mayores les dejaron; antes como son considerados en lo que deben jurar, así son en guardar lo que juran constantes, y en el servicio de sus reyes muy leales; que como es ésta la primera vez que juran hija de rey por princesa, no es maravilla si reparan algún tanto y se recelan de introducir cosa que para adelante les pueda perjudicar».

 

Fue nuestro Señor servido que la princesa, a los 23 de agosto, día jueves, parió un hijo, que llamaron don Miguel, y del parto murió ella dentro de una hora; que fue alegría mezclada con mucho acíbar. El arzobispo de Toledo, que acompañó a los reyes en esta jornada, se halló presente al parto y a la muerte, y con muy prudentes razones la confortó en aquel aprieto.

Luego el rey, su marido, se partió para su reino. El cuerpo de la princesa se depositó en San Francisco, y de allí le llevaron a Toledo y sepultaron en Santa Isabel, monasterio de monjas fundado por el rey, su padre, en unas casas que fueron de su abuela materna. Hechas las exequias de la princesa, se volvió a lo del juramento, y sin dificultad, sea por la compasión que tuvieron al rey, sea porque las objeciones propuestas cesaban en gran parte, a los 22 de septiembre juraron todos los estados aquel niño por príncipe de Aragón, entre tanto que el rey católico no tuviese hijos varones; que en tal caso daban desde entonces aquel juramento por ninguno y de ningún valor y efecto; poco después le juraron

 

 

 

 

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asimismo en Ocaña por príncipe de Castilla. Antes que el rey católico partiese para Zaragoza despachó a don Alonso de Silva, clavero de Calatrava, para dar el parabién al nuevo rey de Francia, y para que, junto con los demás embajadores que allí tenía, apretase lo de la concordia, en que se dieron tan buena maña, que en breve la asentaron.

 

Lo mismo hizo el archiduque por su parte, que sin comunicarlo con su suegro y padre, hizo sus capitulaciones y acuerdos con aquel rey. Mucho ayudó para concluir estos conciertos Luis de Amboesa, arzobispo de Ruan, por la gran cabida que tenía con el rey de Francia. El papa por el mes de septiembre le hizo cardenal por contemplación de aquel rey, que mucho deseaba, compuestas las demás cosas, pasar a Italia, por el derecho que pretendía tener al ducado de Milán principalmente y también al reino de Nápoles. Desde Zaragoza otrosí envió el rey a don Íñigo de Córdoba, hermano del conde de Cabra, y al doctor Felipe Ponce, para que requiriesen al papa restituyese a la Iglesia la ciudad de Benevento y reformase los abusos de aquella corte y la disolución de su casa, que era grande. El rey de Portugal, vuelto a su reino, a persuasión de su suegro, despachó a Roma para el mismo efecto a don Rodrigo de Castro y don Enrique Conliño.

 

Hicieron ellos, llegados a Roma, sus diligencias y sus requerimientos según el orden que llevaban, y llegaron a término, que en cierto auto el mismo Garci Laso hizo oficio de notario apostólico para testificar el instrumento y dar fe de lo protestado. El papa se sintió mucho de esto, y amenazó de castigar aquella insolencia; pero en fin respondió que Benevento, si bien tenía el consentimiento del consistorio para darle al duque de Gandía, no le tenía enajenado ni lo quería hacer. Cuanto a la reformación de su casa, aunque se mostró áspero en la respuesta, dentro de pocos días con cierta ocasión salieron del sacro palacio y de Roma, a lo que se entendió por orden del papa, el príncipe de Esquilache y su hermana Lucrecia con su mujer y marido, que eran también hermanos, es a saber, hijos del rey don Alonso de Nápoles; y su disolución y la de César Borgia era lo que mucho al pueblo escandalizaba. Fue tanto el odio que el papa concibió contra Garci Laso por estas libertades, que hubo de salirse de Roma; y aún los embajadores de Portugal se partieron poco adelante al principio del año 1499 de aquella corte con disgusto asaz de lo poco que allí negociaron. Los del rey católico se entretuvieron algún tanto hasta que llegase Lorenzo Suárez de Figueroa, que venía nombrado en lugar de su

 

 

 

 

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hermano Garci Laso para hacer allí el oficio de embajador, como en Venecia le hacía con mucha satisfacción por su mucho valor y conocida prudencia.

 

 

 

 

IV. Que Lodovico, duque de Milán, fue despojado

 

de aquel estado

 

Muchos y graves cuidados cercaban al rey católico por todas partes. Lo de Italia corría gran peligro por las pretensiones tan viejas, y a su parecer tan fundadas, que tenía el rey de Francia. Soplábanle por una parte el pontífice de secreto con intento de satisfacerse del rey don Fadrique, que le tenía ofendido, y de aumentar y engrandecer los de su casa, en particular al duque Valentín. Por otra, al descubierto los venecianos, resabiados grandemente contra el duque de Milán, primero compañero en la defensa de Pisa, y después contra ella amigo de florentinos y fautor suyo, hicieron liga con el dicho rey, y se obligaron de ayudarle con mil doscientos hombres de armas y seis mil suizos o alemanes contra el duque de Milán. El rey ofreció de darles a Cremona y la Geradada, pueblos principales de aquel estado. El duque, visto el peligro que sus cosas corrían y la poca ayuda que entre cristianos podía tener, acudió al Gran Turco, y negoció con él que con su armada hiciese daño en tierras de venecianos; cosa que puso en cuidado a toda la cristiandad, y al duque hizo muy odioso. Sucedió en el mismo tiempo que Antonelo, príncipe de Salerno, falleció en el estado del duque de Urbino, que era su deudo. Sucedióle en el título y pretensión de aquel estado y en el odio contra la casa de Aragón Roberto, su hijo.

 

En España por el mes de julio, en Zaragoza se cometió cierto insulto contra Gonzalo García de Santa María, letrado insigne. No se pudo averiguar quién lo hizo, dado que todos cargaban al vizconde de Ebol por grandes conjeturas que resultaban.

Demás de esto los reyes de Navarra movieron una nueva demanda al rey católico. Fue así, que cuando se vieron cerca de Bayona, Luis XI, rey de Francia, y Enrique el Cuarto, rey de Castilla, el francés, como juez árbitro nombrado por las partes para componer ciertas diferencias que andaban entre los reyes de Castilla y Navarra, por su sentencia mandó que

 

 

 

 

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por los gastos que en defensa de don Carlos, príncipe de Viana, hizo el de Castilla y su padre el rey don Juan, a la paga de los cuales se obligó el dicho príncipe don Carlos, se diese al rey de Castilla la ciudad de Estella con toda su merindad. Verdad es que la ciudad nunca se entregó, y otros lugares se recobraron por los navarros; sólo quedaron por Castilla los Arcos, y La Guardia y San Vicente. Estos pretendían aquellos reyes se los entregasen por razones que para ello alegaban, es a saber, que la sentencia fue en sí ninguna, y que el rey católico los años pasados dio intención de restituir aquellas plazas.

 

Temíase algún rompimiento por la parte de Francia con aquella ocasión; pero el francés con la pretensión de Italia no tenía lugar de entrar en otras contiendas, ca por el mismo tiempo un grueso ejército de Francia pasó los Alpes, y llegó a la ciudad de Aste, que de años atrás era de los duques de Orleans; dióla a Carlos, duque de Orleans, el duque de Milán Felipe, su tío, porque le ayudase en la guerra con que al fin de su vida venecianos le trabajaron. Desde allí por el mes de agosto del año 1499 salieron a hacer la guerra aquellas gentes, y por generales el señor de Aubeni y Juan Jacobo Trivulcio; todo lo hallaron fácil, y en pocos días se apoderaron de Alejandría y de Pavía y Placencia con otros muchos lugares. Por otra parte, los venecianos no con menos prosperidad hacían la guerra; tomaron a Cremona y la Geradada y a Lodi y todo lo que del ducado de Milán por aquella parte caía. Con esto el común de Milán se alborotó, tocaron al arma, y el pueblo comenzó a apellidar el nombre de Francia. El duque por no poder más se retiró al castillo; desde allí envió con su vicecanciller y el cardenal, su hermano, sus hijos y tesoros a Alemania, y poco después, a 2 de septiembre, de noche, sin dar parte a su gente, él mismo los siguió, que parece le faltó el entendimiento y traza en todo. Iban en su compañía el cardenal de Este y Galeazo de Sanseverino, general de sus gentes. Tras esto, a 6 de septiembre se entregó Génova al vencedor sin ponerse en resistencia. Acudió el rey de Francia desde León, do se quedó, a gozar de la victoria y componer las cosas de Italia. Hízole compañía el duque Valentín, al cual para la guerra que pretendía hacer en la Romaña ofreció ayudar con trescientas lanzas a su costa, debajo la conducta de monsieur de Alegre, y cuatro mil suizos, al sueldo del papa. Concertó asimismo de ayudar a los florentinos para recobrar a Pisa.

 

Concluida aquella empresa de Milán tan a voluntad del francés, luego puso la mira en conquistar el reino de Nápoles, empresa a que demás de

 

 

 

 

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estar de suyo muy inclinado, el papa mucho le animaba, dado que para rehacerse de fuerzas primero quiso dar la vuelta a Francia. Dejó en Génova por gobernador a Felipe Ravestain, y en Milán a Juan Jacobo Trivulcio. Llevó consigo al hijo de Juan Galeazo, verdadero duque de Milán, que se llamó Francisco, y hecho clérigo, los años adelante murió en Borgoña de la caída de un caballo, en que andaba a caza. El rey católico procuraba con todas sus fuerzas estorbar las guerras de Italia, y ofrecía al francés cualquier buen partido de parte del rey don Fadrique; y como quier que no bastase diligencia alguna, se resolvió de volver a las pláticas que los años pasados se movieron por parte de Francia, es a saber, que pues el rey don Fadrique por la bastardía de su padre no tenía derecho a aquel reino, los dos reyes de España y Francia se concertasen y le conquistasen y repartiesen entre sí.

 

Estaba el rey católico en Granada en sazón que por el mismo tiempo su hermana la reina de Nápoles doña Juana, que venía de Italia, le halló allí, y la princesa doña Margarita partió para su tierra y pasó por Francia; acompañóla hasta la raya de España don Alonso de Fonseca, arzobispo de Santiago. Desde allí despachó el rey un contino de su casa con instrucción que junto con Miguel Juan Grulla, su embajador a la sazón en Fraucia, moviesen como de suyo esta plática. Hízose así, y el cardenal de Ruan, que podía mucho con aquel rey, la oyó de muy buena gana. Monsieur de Clarius, que podía también mucho, terció bien en todo con intención que se le dio de entregarle a Cotron en Calabria, cuyo marquesado pretendía, y aún se llamaba marqués de Cotron. Túvose por cierto que con tales medios en breve se concluiría esta concordia, sin embargo que el rey don Fadrique amenazaba que si el de Francia le acometía, traería la armada de los turcos contra Italia para valerse de ellos. Y por otra parte intentó de concertarse con el papa hasta ofrecer al duque Valentín el principado de Teano y ducado de Sesa, que eran del duque de Gandía, con una gran suma de dineros; y a don Alonso de Aragón, su sobrino y yerno del papa, quería dar a Salerno y Sanseverino con título de príncipe, partidos aventajados; pero desbaratólos el duque Valentín, que escribió al papa desde Francia, do era ido, la alteración que allá había causado la plática de aquella concordia movida tan fuera de sazón.

 

Al fin de este año nació en Flandes doña Leonor, hija primogénita del archiduque, que fue primero reina de Portugal, y después de Francia.

 

 

 

 

 

 

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V. Los moros de las Alpujarras se levantaron

 

Al tiempo que los Reyes Católicos partieron para Granada, el arzobispo de Toledo se quedó en Alcalá con intento de fundar en aquella villa una universidad a la traza y modelo de la de París, que salió con el tiempo obra muy señalada. Abriéronse las zanjas del colegio mayor, que se llama de San Ildefonso, y echóse la primera piedra a 14 del mes de marzo. El trazador se llamó Pedro Gumiel, famoso en aquella arte, dado que la obra por entonces fue toda de tapiería, y después se edificó la delantera de piedra blanca muy hermosa.

 

Los reyes deseaban con cuidado asegurar aquel nuevo reino; parecióles importaría para todo si los moros, que eran muchos, se hiciesen cristianos. Para dar orden en esto llamaron al dicho arzobispo, y ordenado lo que se debía hacer, le dejaron allí, y ellos se fueron a Sevilla. Juntáronse para adelantar la conversión de los moros los arzobispos de Toledo y Granada, como personas que eran muy semejantes en la reformación de sus vidas y en el celo del servicio de Dios. Súpose que cierto número de moros, que llamaban elches, fueron primero cristianos. Trataron con permisión de los inquisidores, a quien tocaba este caso, de proceder contra ellos, y en particular de tomarles los hijos pequeños y por fuerza bautizarlos. Por otra parte, trataron con mucha blandura con los alfaquíes, los cuales vencidos de aquella benignidad y más de lo que les daban, persuadieron a muchos se hiciesen cristianos.

 

De todo esto se alteraban mucho los moros del Albaicín, que eran muchos. Tomaron las armas que tenían escondidas, barrearon sus calles y salieron un día ya tarde a cercar al arzobispo de Toledo en sus casas. Fue grande el temor de aquella noche y el alboroto de la gente. Venida el alba, el conde de Tendilla, como el que era capitán general del reino y alcaide del Alhambra, dio orden que entrasen en la ciudad soldados de fuera, para que ni de la parte de los cristianos, ni de la otra de los moros no se pudiesen hacer daño. Avisaron a los reyes de aquel peligro, en que avino una cosa notable. Dio el arzobispo de Toledo las cartas a un negro, que le dijeron las llevaría a las veinte leguas, que fue un yerro muy grande, ca el negro en la segunda o tercera venta comió y bebió de tal manera, que se estuvo durmiendo un día sin pasar adelante. Las nuevas llegaron por otra vía; los reyes se maravillaban cómo el arzobispo no avisaba. La reina estaba corrida, que le favoreció para subir a aquella dignidad. El rey,

 

 

 

 

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enfadado de esto, ca pretendió aquella dignidad para su hijo don Alonso de Aragón, como de suso se tocó, dijo a la reina sobre el cuso palabras pesadas. En fin, el negro llegó, y el arzobispo corrido envió a su compañero fray Francisco Ruiz para que por menudo relatase todo el suceso, porque todos le cargaban que su mal orden fue ocasión de aquel desmán. En Granada y en Toledo se hace fiesta de la conversión de tres mil moros que se bautizaron a 18 del mes de diciembre. Envió el rey un pesquisidor para que hiciese información del caso, y averiguada la verdad castigase a los más culpados. Por otra parte mandó pregonar perdón general a los que se volviesen cristianos. Éste justició algunos, prendió a otros que le enviaron a decir querían ser cristianos, y a ejemplo de estos, todos los del Albaicín hicieron lo mismo, y sus mezquitas fueron bendecidas en iglesias. Lo mismo hizo otro barrio de moros en Granada y los de las alquerías, por todos hasta en número de cincuenta mil almas.

 

Los moros de las Alpujarras, como se publicase entre ellos que por fuerza los mandaban bautizar, se alborotaron. Los primeros a levantarse fueron los de Huéjar, que están en lo más fragoso de la sierra. Acudieron con presteza el conde de Tendilla y el Gran Capitán, que a la sazón se halló allí. Tomaron por fuerza aquel lugar con muerte de algún número de los alzados; los más, alzada su ropilla, se recogieron a la sierra. Tomaron los nuestros otras plazas; no pudieron empero sosegar aquellos movimientos a causa que poco a poco todas las Alpujarras se levantaron. Pusiéronse los moros sobre Marjena, que era una fortaleza del comendador mayor. Don Pedro Fajardo, que a la sazón asistía en Almería, con poca gente se puso sobre Alhumilla, pueblo que está cerca de Marjena. Ganóles la villa por fuerza y la fortaleza, que fue ocasión que los moros se levantasen de sobre Marjena.

 

Esto sucedió en el principio del año que se contaba de nuestra salvación de 1500 justamente, en sazón que el rey católico, dejando a la reina en Sevilla, dio la vuelta a Granada con deseo de allanar aquellos alborotos, que le tenían en cuidado, así por miedo no sucediese algún mal en España por aquella parte que tiene a África muy cercana, de donde los levantados se pensaban valer, como porque le podían embarazar sus empresas y fines en lo de Italia. Hizo pues llamamiento general de los pueblos y caballeros del Andalucía, con que se juntó un ejército muy grande, y con él partió el mismo rey en persona, a 1 de marzo, la vuelta de Lanjarón, que está en un sitio muy áspero. Los moros estaban obstinados

 

 

 

 

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sin dar muestra de quererse allanar. Fue aquel lugar entrado por fuerza y puesto a saco. El conde de Lerín y otros caballeros se derramaron por la sierra y tomaron a los moros otras plazas, que fue ocasión de rendirse los alzados. Fueron recibidos a misericordia con condición que dentro de cuatro días entregarían a Castil de Ferro, a Adra y Buñol, fortalezas de que se apoderaron al principio de las revueltas, y aunque flacas, las pusieran en defensa; y entregarían todas las armas ofensivas y defensivas, y que en dos pagas contarían cincuenta mil ducados. Para cumplimiento de esto pusieron en poder del Gran Capitán hasta treinta y cuatro de los más principales y ricos moros. Hecho esto, el rey despidió y derramó la gente.

 

Entretúvose en Granada por dar calor a la conversión, y así poco adelante los moros de las Alpujarras, los de Almería, Baza y Guadix y los de otros lugares se bautizaron. Enviáronse predicadores por todas partes con genio de respeto que los guardase. Esto y tornarse a publicar que los hacían cristianos por fuerza dio ocasión a los moros de Belefíque y Nijar, que están en lo más áspero de las Alpujarras, de se levantar el invierno adelante. Por el atrevimiento de estos hicieron lo mismo los más lugares de aquella serranía. Nombró el rey, que todavía asistía en Granada, por general contra ellos al alcaide de los Donceles, el cual juntó sus gentes, y con otros señores y caballeros se puso sobre la villa y fortaleza de Belefíque. Defendiéronse los de dentro muy valerosamente; murieron muchos de los nuestros, y entre ellos hombres de cuenta. Duró el cerco algunos meses hasta tanto que por la falta de agua que padecían los cercados se rindieron a partido que les dejasen las vidas y que las haciendas y libertad quedasen a merced del rey, Atemorizados con esto los de Nijar, hicieron lo mismo, que se rindieron y entregaron las armas y pertrechos, las haciendas y libertad a merced del rey, pero que se pudiesen rescatar por precio de veinticinco mil ducados. Con esto y con la diligencia que se ponía en la conversión, se bautizaron mas de diez mil moros de Seron, Tijola y otros lugares comarcanos.

 

Por otra parte, los moros de las serranías de Ronda y de Villaluenga, tierra no menos fragosa, se alzaron. El rey para acudir a todo, si bien mandó pregonar que los moros de aquellas serranías que andaban levantados, dentro de diez días saliesen de la sierra y se fuesen a Castilla, de secreto ordenó que los que de su voluntad se volviesen cristianos quedasen en sus casas y haciendas. Por otra parte, se dio orden al conde de Ureña y a don Alonso de Aguilar, hermano mayor del Gran Capitán, y a

 

 

 

 

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don Juan de Silva, conde de Cifuentes, a la sazón asistente de Sevilla, que hiciesen la guerra a aquella gente. Los moros de la tierra fácilmente se sosegaran; pero los gandules que andaban entre ellos, moros de Berbería, procuraban que no se rindiesen. Con todo eso muchos vinieron a Ronda y se bautizaron por miedo de no ser maltratados. Los otros, especial los que vivían en lugares flacos, se recogieron a la sierra Bermeja, que es muy áspera.

 

Acudieron los nuestros hacia aquella parte y asentaron su real cerca de Monarda, pueblo muy fuerte al pie de aquella sierra. Los moros se pusieron en una ladera para defender el paso. Algunos cristianos sin orden ni concierto tomaron una bandera y con intento de robar pasaron un arroyo que allí está, y comenzaron a subir la sierra; siguiéronles los demás porque no recibiesen algún daño. Los moros pretendían defenderles la subida y peleaban con grande esfuerzo. Cuando se veían apretados mejorábanse de lugar, y recogíanse a ciertas partes, que tenían allanadas como fuertes. Los nuestros los apretaban, y los moros se retiraban hasta un gran llano, que está en lo más alto de la sierra, en que tenían sus mujeres, hijos y haciendas. Como allí llegaron, sin mucha resistencia, los moros desampararon el puesto por la parte que los nuestros cargaban sobre ellos. Iban en la delantera don Alonso de Aguilar y el conde de Ureña con sus dos hijos, matando e hiriendo en los que huían. Entre tanto la demás gente se puso a robar los despojos sin cuidado de seguir la victoria. Era ya muy tarde, cerró la noche.

 

Acaudillaba los demás un moro muy valiente y diestro, que llamaban el Feri de Benastepar. Este moro recogió los que huían, y visto el mal orden de los cristianos, habló a los suyos en esta sustancia: «Amigos y soldados, ¿dónde vais? Dónde dejáis vuestras haciendas, mujeres e hijos? Si no os valen vuestras manos, ¿quién os podrá remediar? ¿Dónde iréis que no os alcancen? Locura es poner la esperanza en los pies los que tienen espadas en sus manos. A los valientes todo es fácil; los cobardes de todo se espantan. Mirad el desorden de vuestros contrarios (acaso un barril de pólvora de los nuestros se encendió, que dio lugar áque se viese lo que pasaba); cerraos pues y herid en los que están derramados y cargados de vuestras haciendas. Yo iré delante de todos y os abriré el camino; si en mí no viéredes obras, nunca mas creáis mis palabras».

 

Animados con esto los moros, vuelven a la pelea y cierran con los cristianos. El caudillo acometió a don Alonso, que sólo con pocos todavía

 

 

 

 

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peleaba. Tenía las corazas desenlazadas; así el moro le hirió por los pechos malamente. Acudieron otros y cargaron sobre él tantos golpes, que apenas después pudieron reconocer el cuerpo muerto, que quedó en poder de los moros; con él fueron muertos más de doscientos hombres, y entre ellos Francisco Ramírez, vecino de Madrid, caudillo muy valeroso, y que sirvió mucho en toda aquella conquista de Granada. Apenas pudieron sacar a don Pedro de Córdoba, hijo de don Alonso, de aquella matanza para recogerle a las banderas del conde de Ureña, que reparó con más gente para hacer resistencia. El conde de Cifuentes con el pendón de Sevilla reparó un poco más bajo en la ladera de la sierra. Allí se recogieron muchos de los que huían; él los detuvo y animó, e hizo rostro a los moros que venían en su seguimiento, hasta tanto que venida la mañana, los moros se recogieron a lo alto de la sierra. De esta manera pereció uno de los mas valerosos caballeros que tuvo España en este tiempo; los enemigos le quitaron la vida; la fama de su valor nunca perecerá.

 

Estaba el rey a la sazón en Ronda; trató de ir en persona a castigar aquella gente. Representábansele dificultades; en fin, se resolvió que el duque de Nájera fuese sobre Daidin, que era más fácil de combatir, y los condes de Ureña y Cifuentes diesen muestra de querer volver a subir la sierra por la parte que antes subieron. Los moros, que se vieron perdidos, acordaron de mover concierto. Asentóse que los que quisiesen pasasen allende con seguro y embarcación que se les dio en el puerto de Estepona, con tal condición que por cabeza pagasen diez doblas; los demás que se volviesen cristianos. Hízose así; muchos fueron los que se pasaron a Berbería; muchos más los que quedaron, puesto que recibido el bautismo, tan malos como los que se ausentaron. Con esto se concluyó esta guerra, que fue larga y amenazaba mayores males y tenía puesta a toda España en mucho cuidado.

 

La muerte de don Alonso sucedió el año siguiente. Volvamos a lo que se queda atrás conforme a la razón de los tiempos.

 

 

 

 

VI. De las cosas de Milán

 

Al mismo tiempo que los moros de las Alpujarras andaban alborotados, el rey católico mandó aprestar con toda diligencia una armada y por su

 

 

 

 

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general el Gran Capitán; esto para ayudar a venecianos contra la armada del Turco que los apretaba y amenazaba a lo demás de Italia. El duque de Milán y rey de Nápoles le habían llamado, según se decía, para valerse de él contra sus enemigos y defender sus estados. Era asimismo necesario acudir a lo de Sicilia, do decían se enderezaba principalmente esta tempestad. El duque Valentín, al tanto, con gentes de a pie y de a caballo que trajo de Francia hacía la guerra en la Romaña como general de la Iglesia para quitar los tiranos que de diversas ciudades de aquella comarca estaban apoderados. Tomó a Imola y a Forli, cuya condesa hubo en su poder. Enderezábase principalmente contra el señor de Pesaro, que estuvo casado con su hermana. Él, visto el peligro que corría, puesta en defensa la ciudad, se ausentó y puso en salvo. Principios de grandes revueltas fueron estas, tanto mas que Ludovico Esforcia procuraba con todas sus fuerzas de recobrar su estado; solicitó al emperador y príncipes de Alemania que le ayudasen. Juntó gentes de suizos y grisones, y con ellos envió delante, por el mes de enero, al cardenal Ascanio, su hermano, que lo halló todo muy llano, tanto, que a porfía se le rendían pueblos y castillos por todo el camino hasta la ciudad de Como, con todos los pueblos que están junto a aquel lago. A la fama de esto los milaneses tomaron las armas en favor del duque y forzaron a Trivulcio a retirarse al castillo, de donde al tercero día se salió con la gente de a caballo la vía de Pavía. Aquel mismo día entró el cardenal en Milán, y tras él el duque, con grande alegría de todo el pueblo, dado que el castillo se tenía por Francia. Pavía, Lodi, Dertona y Placencia hicieron lo mismo, por lo menos trataban de rendirse al duque y echar las guarniciones que tenían de franceses.

 

La fuerza del ejército francés se recogió en Novara con intento de reforzarse y si pudiesen hacer rostro al duque. Allí acudieron al tanto las gentes de Francia que andaban en la Romaña, despidiéndose del duque Valentín, que fue la causa de no proseguir aquella empresa por entonces ni tomar a Pesaro; antes se fue a Roma, do ya eran vueltos sus hermanos. El papa se le mostraba tan rendido, que ninguna cosa se hacía sino lo que ordenaba o aprobaba el duque Valentín. Era un estado miserable de los cosas.

En Gante la infanta doña Juana parió a don Carlos, hijo mayor del archiduque, el mismo día de san Matías; el cielo le tenía aparejados muy grandes estados y señoríos. Ocho días después de su nacimiento llegó a Gante la princesa Margarita, y le sacó de pila junto con la duquesa

 

 

 

 

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Margarita, segunda mujer que fue del duque Carlos. Diéronle título de duque de Lucemburg, como quier que antes los hijos mayores de los duques de Borgoña se intitulasen condes de Caroloes. Esta nueva dio en España mucha alegría, y la reina católica dijo: «Caído ha la suerte sobre Matía». Aludió al día de su nacimiento y también a la poca salud que tenía el príncipe don Miguel, que falleció poco adelante en Granada, por cuya muerte el archiduque y su mujer quedaron por príncipes de Castilla y de Aragón.

 

Después de la vuelta de Vasco de Gama, para continuar la navegación de la India partió de Lisboa, a los 8 del mes de marzo, con una flota de trece naves Pedro Álvarez Cabral. Descubrió de camino el Brasil. Fue bien recibido en Calicut al principio; después vino a las manos con aquella gente por su poca lealtad.

Un hijo bastardo de don Diego, duque de Viseo, hizo el rey don Manuel, su tío, condestable de Portugal, que murió mozo, y una sola hija que dejó, casó adelante con el conde de Villarreal.

La guerra de Lombardía se continuaba, y el duque poco a poco se hacía señor de todo. Alzóse por él Alejandría, y tomó a Novara, do estaba primero la masa del ejército francés. Deseaba dar la batalla a los enemigos y concluir de una vez. Con este intento sacó su gente fuera de aquella ciudad, que eran todos suizos y alemanes, hasta en número de dieciséis mil. Ordenadas las haces, al romper en los contrarios los suizos no quisieron pelear contra los franceses y contra los que de su nación seguían su partido. Retiróse el duque a la ciudad para persuadirles diesen la batalla. Ellos, con grande deslealtad, le tenían ya vendido por gran dinero a los franceses; así se le entregaron, y fue llevado a Francia, en que pasó lo que le quedó de la vida en duras prisiones.

 

Con esta triste nueva el cardenal Ascanio, su hermano, alzado el cerco que tenía sobre el castillo de Milán, con quinientos de a caballo tomó la vía de Placencia. Encontróse con Carlos Ursino, caudillo de la gente que andaba de venecianos en aquella comarca; fueron los del cardenal rotos y él preso. Estuvo algún tiempo en poder de venecianos, y al fin le entregaron al rey de Francia, que le puso primero en prisión en Bourges, y después en libertad algunos años adelante.

 

Los hijos del duque, Maximiliano y Francisco, residían a la sazón en Alemania y en la corte del César; esto les valió para que por entonces no participasen de la ruina y desastre de su padre y de su casa y estado, que

 

 

 

 

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quedó con gran facilidad todo por Francia. Las ciudades que con tanta facilidad se dieron al duque fueron castigadas en dineros, que era proveer a los franceses del sueldo necesario para se apoderar de lo que restaba de Italia, y hacerse ella a sí misma la guerra con sus mismas armas. El cardenal de Ruan residía en Milán; desde allí gobernaba todo lo de Italia a su voluntad. El papa por tenerle de su parte le concedió la legacía del reino de Francia, sacada Bretaña, por tiempo de año y medio.

 

De los reyes de Navarra tenía el rey católico sospechas por la afición que mostraban a Francia y las muchas alianzas que tenían con aquella gente. Por tanto, los años pasados fuera de los homenajes que se concertó hiciesen los alcaides de las fortalezas de aquel reino a los reyes de Castilla, para mas seguridad se pusieron en tercería por espacio de cinco años las villas de Sangüesa y Viana, los cuales pasados, pretendían aquellos reyes se les restituyesen, y el rey católico se entretenía. Para concertar esto y allanar otras malas satisfacciones el rey de Navarra por el mes de abril vino en persona a Sevilla, do asistían los Reyes Católicos. Con su venida todo se allanó; las plazas que pedían se restituyeron, y al conde de Lerín, que andaba desterrado en Castilla, recibió aquel rey en su gracia, y le restituyó la mayor parte de su estado, y juntamente el oficio que solía tener de condestable, dado que don Alonso de Peralta, conde de Santisteban, que tenía aquella dignidad, mostró gran sentimiento que se la quitasen sin algún demérito suyo y sin darle recompensa; de que se temían nuevos daños y turbaciones. Para mayor seguridad de estos conciertos se acordó que la infanta doña Madalena, hija del navarro, aunque muy pequeña, se criase en la casa y corte de la reina doña Isabel, prenda muy segura de la buena voluntad de sus padres.

 

 

 

 

VII. Que el Gran Capitán volvió a Italia

 

Era este año de jubileo, en que concurrió a Roma para ganar la indulgencia gran número de gente de todo el mundo; los de cerca y los de lejos pretendían hallarse en un tiempo tan santo en aquella ciudad, cabeza de la religión y maestra de la ventad. La disolución de las costumbres era grande, y más en los eclesiásticos, que parece quiso nuestro Señor castigar con un caso extraordinario que sucedió a la persona del papa. Fue así, que

 

 

 

 

 

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el día de San Pedro y San Pablo cuatro horas después de medio día se levantó un recio temporal de agua y granizo; el viento tan furioso y bravo, y el torbellino tan grande, que abatió un cañón de una chimenea sobre una sala en que se halló el papa, que llamaban de los pontífices, y posaba encima el duque Valentín. Cayó con el golpe el enmaderamiento del aposento del duque, y de tres florentinos que allí esperaban al duque para que les pagase cierta deuda, los dos con el segundo suelo cayeron muertos delante el papa, y el otro muy mal herido. Muchos ladrillos y tablas dieron delante del papa, que hacían menos golpe por dar en la vuelta del dosel, do estaba asentado; y aún para que el polvo no le ahogase, le valió cubrirse la cabeza con el mismo dosel. Con todo eso le hallaron sin sentido y mal herido en la cabeza y en una mano. El cardenal de Capua y mosen Po, que solos le acompañaban, se salvaron en los arcos y huecos de las ventanas. Muchas cosas se dijeron y grandes misterios sobre el caso, como suele el pueblo discurrir largamente en materias semejantes, y más en Roma. Era el papa de setenta años, y las heridas empeoraban; así, todos le tuvieron por muerto, y el duque Valentín se pretendía apercibir de gentes de Francia y otros de otras partes para sacar papa a su modo.

 

Quiso Dios que las heridas sanaron, con que todos aquellos ruidos cesaron en tiempo que el Gran Capitán con veintisiete naves, veinticinco carabelas, algunas galeras y fustas, en que llevaba cuatro mil infantes y trescientos hombres de armas, se hizo a la vela del puerto de Málaga. Iban en su compañía hombres de cuenta, y entre los demás don Diego López de Mendoza, hijo del cardenal de España, y don Alonso de Silva, clavero de Calatrava. Tocaron en Mallorca y en Cerdeña, tuvieron muchas calmas; en fin, llegaron al puerto de Mesina en Sicilia a 18 de julio. Allí le acudieron los soldados españoles que estaban en Italia, gente muy escogida, y se proveyó de algunos otros bajeles.

La armada del Turco tenía sitiada a Modon, ciudad de venecianos en la Morea, que hacían grande instancia al Gran Capitán se fuese a juntar con ellos. Sin embargo, no pudo partir hasta los 27 de septiembre en sazón que ya Modon era perdida. Trataba con el Gran Capitán el jeque de los Gelves y, hacía instancia se le enviase más gente de socorro, porque los naturales estaban desabridos con los soldados de Margarit por agravios que les hacían, y toda Berbería alterada contra él por haber llamado a los cristianos. No le acudieron, y así tuvo orden de prender a Margarit con

 

 

 

 

 

 

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toda su gente; bien que después los soltó, y quedó apoderado del castillo e isla de los Gelves.

 

Llegó pues la armada española a la isla de Corfú, que era de venecianos, el segundo día de octubre. Con su venida los turcos mudaron el propósito que tenían de venir sobre aquella isla, y se determinaron de ir sobre Nápoles de Romaña. Esto era en el mismo tiempo que se asentaron las paces entre España y Francia con muy honestas condiciones. Cuanto al reino de Nápoles, concertaron que le quitasen al rey don Fadrique, y la Pulla y Calabria quedasen por el rey católico; lo de Abruzo y Campaña por el rey de Francia. Que la aduana del ganado se repartiese por partes iguales; y aún de toda; las demás rentas reales hecha una masa, llevase el uno tanto como el otro, confederación que no podía durar mucho ni ser firme. El color que tomaron para hacer este asiento, demás del derecho que alegaban a aquel reino, fue que pretendían hacer la guerra a los turcos, y para esto despojar aquel rey para que no les impidiese tan santos intentos, por estar confederado con ellos y tratar de valerse de sus armadas. Al principio se tuvo este asiento muy secreto; después se dio parte de él al papa, que holgó mucho de él, y dio a cada uno de los reyes la investidura de su parte; al francés con título de rey de Nápoles y Jerusalén; al rey. Católico de duque de Pulla. Vino el papa en esto, sea por el odio que tenía al rey don Fadrique, sea por la esperanza a río vuelto de aumentar su casa, de que se le daba también intención de hacerle parte en la presa.

 

De Corfú pasó la armada de España a la isla de Zazinto, do llegó a los 7 de octubre. Allí vino la armada veneciana para juntarse con la nuestra. Vinieron al tanto dos carracas de Francia con ochocientos soldados, por haber aquel rey prometido enviaría socorro a venecianos cuando le entregaron al cardenal Ascanio. Los turcos, que por mar y por tierra tenían muy apretada a Nápoles do Romaña, se levantaron del cerco, sea por estar el tiempo muy adelante, sea por temor de los nuestros; y la armada turquesca, que solía invernar, por estar más cerca de Italia y tierras de venecianos, en el golfo de Lepanto, se recogió al canal de Negroponte de la otra parte de la Morea.

 

En aquella isla de Zazinto o Zante hubo diversos acuerdos sobre lo que se debía hacer. El Gran Capitán se inclinaba a acometer a Modon, y le parecía la empresa fácil. La resolución fue que echasen los turcos de Cefalonia, isla que boja ciento cincuenta millas, y tiene a la parte de poniente uno de los mejores puertos del mundo. Está puesta entre las islas

 

 

 

 

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de Corfú y Zante, en frente de la boca del golfo de Lepanto. Hízose así, y partidos los franceses de Zante con color que no les pagaban, los demás se pusieron sobre San Jorge, el pueblo más principal de Cefalonia. Tenía dentro trescientos turcos, gente escogida, que se defendieron con mucho esfuerzo, y en el combate que se dio el mismo día que asentaron sus estancias algunos de los fieles quedaron heridos, y el lugar no se pudo entrar. El tiempo era muy áspero; así, el cerco se prolongó algunas semanas hasta tanto que un día, que fue vigilia de Navidad, se dio al lugar un muy bravo combate, con que se entró en espacio de una hora. Murieron en él ciento setenta turcos, y cincuenta que se hicieron fuertes en una torre al fin se rindieron a merced del Gran Capitán.

 

El primero que entró en el lugar fue el capitán Martín Gómez, y aunque le hirieron al entrar, peleó muy bien con los turcos y los echó del portillo que guardaban. Fue aquella isla de Leonardo Tocco, griego de nación; a un hermano de éste la quitaron los venecianos los años pasados y la dieron al turco. Al presente el Gran Capitán la dejó a aquella señoría a causa que cae muy lejos de España y era muy a propósito para las armadas de venecianos, especial después que Modon se perdió. Con tanto, el Gran Capitán lo más presto que pudo dio la vuelta a Sicilia; y aunque por ser el tiempo tan recio algunas naves se derrotaron, él con la mayor parte llegó a Siracusa, donde después se recogió lo demás de la armada. Los venecianos por el servicio que el Gran Capitán hizo a aquella señoría, le enviaron a Sicilia título de gentilhombre de Venecia, y un rico presente de vajilla y telas de precio. El presente envió a su rey sin tomar para sí cosa alguna, contento con la honra que ganara y la que de nuevo le hacía aquella ciudad.

 

Todo esto pasaba a tiempo que el duque Valentín, después que en Roma mató malamente a su cuñado don Alonso de Aragón, duque que era de Viseli, vuelto a la guerra, andaba muy pujante en la Romaña, en que Pesaro y Arimiño sin ponerse en defensa se le rindieron. Faenza hizo grande resistencia con favor de Juan de Bentivolla y por su contemplación. Estaba apoderado de Bolonia, y porque no le hiciesen guerra, quería entretener al duque fuera de su casa.

 

Asimismo el papa sentenció este año en favor del divorcio que Ladislao, rey de Hungría, los años pasados hizo con doña Beatriz de Aragón, mujer que fue primero de Matías, predecesor de Ladislao, e hija de don Fernando el Primero, rey de Nápoles, y por lo mismo sobrina del

 

 

 

 

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rey católico. Hecho ésto, Ladislao casó con Ana, hija de Gastón de Foix, señor de Candala, que era sobrina también del rey católico, nieta de la reina doña Leonor de Navarra, su hermana.

 

 

 

 

VIII. Del casamiento del rey de Portugal

 

De cuatro hijas que los Reyes Católicos tuvieron, quedaba la infanta doña María por poner en estado, que era la menor de todas. Pretendíala el rey don Fadrique para su hijo el duque de Calabria con intento de asegurar con este nuevo deudo aquel su reino, que andaba en balanzas. Pedíala asimismo el rey de Portugal, maguer que estuvo casado con su hermana. Este casamiento parecía más a propósito, bien que la dispensación era dificultosa por ser en primer grado de afinidad. El papa, que en otras cosas era liberal, en esta se mostraba tibio con color que de parte del rey de Francia se hacía instancia que no la diese. Decía que no vendría en darla si el rey católico no le aseguraba de cualquier mal y daño que por esta ocasión se le pudiese recrecer. Andaban estas práticas, demandas y respuestas muy a la larga, en que se gastó harto tiempo.

 

El rey católico pretendía que el duque de Calabria casase con su sobrina la reina doña Juana, viuda del rey don Fernando el Segundo de Nápoles, la cual se quedó en aquel reino; su padre la dejó dotada en cuatrocientos mil ducados. El rey don Fadrique venía en este casamiento, que le estaba bien para no pagar dote tan grande; pero quería que en caso que se hiciese, el rey católico le recibiese debajo de su amparo. En esto no venía el rey católico por las pláticas que sobre aquel reino tenía movidas con Francia; las cuales, luego que estuvieron para concluirse, como se concluyeron, aunque el rey don Fadrique venía llanamente en aquel casamiento, no quiso el rey católico que se hiciese. Quería otrosí el rey don Fadrique asegurarse de la parte de Francia, y ofrecía grandes partidos para apartar aquel rey de la pretensión de Nápoles. El francés pedía que para seguridad de la concordia le diese el castillo de Gaeta y que su hijo fuese a estar en su corte y casase con Germana, hija del señor de Narbona, o con una hermana de monsieur de Angulema; demás de esto, quería le diese un millon de presente, y veinticinco mil ducados de tributo cada un

 

 

 

 

 

 

 

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año; todas condiciones muy pesadas, y que aquel rey no las quiso otorgar, dado que venía en dar el millón que se pedía.

 

En fin, ninguno de estos casamientos se concluyeron; el papa últimamente vino en dispensar en el casamiento de Portugal. En Granada por el mes de agosto se celebró el desposorio de la infanta. Don Álvaro de Portugal hizo oficio de procurador por su rey; no se hicieron por ende fiestas ni otra ceremonia ni demostración alguna. En aquella ciudad, a los 12 de septiembre, acordaron los Reyes que el día de Santa Lucia todos los años se diese a los marqueses de Moya la copa con que el rey bebiese, en memoria de que en tal día don Andrés de Cabrera, primer marqués de Moya, les entregó los tesoros del rey don Enrique, que él tenía en su poder en los alcázares de Segovia; servicio que después de Dios fue gran parte para que quedasen con el reino.

 

Acompañaron a la infanta hasta Portugal don Diego Hurtado de Mendoza, arzobispo de Sevilla y patriarca de Alejandría; y a la sazón le dieron el capelo y se llamó cardenal de España como su tío, y era hermano del conde de Tendilla. Fueron asimismo en compañía de la infanta el marqués de Villena y otros muchos señores. Salió a recibirla hasta la raya el duque de Berganza, si bien, andaba desabrido por el mucho favor que el rey don Manuel hacía a don Jorge de Portugal, ca le hizo duque de Coimbra, y le casó con doña Beatriz de Melo, hija de don Álvaro de Portugal, y doña Filipa de Melo, su mujer. Iban con el duque de Berganza otros muchos señores. La entrada en aquel reino fue un martes, a 20 del mes de octubre, y a los 30 del mismo mes se celebraron en el alcázar de Sal, villa en que el rey la esperaba, las bodas con grandes fiestas y regocijos. Fue este matrimonio muy fecundo en generación, y nacieron de él muchos hijos como se señalará en sus lugares.

 

Poco adelante se concertó y casó la princesa doña Margarita con Filiberlo, duque de Saboya, señora poco dichosa en casamientos, pues también este marido le vivió poco tiempo.

El sultán de Babilonia se mostraba estar sentido contra los Reyes Católicos por la guerra que hicieron a los moros de Granada. Temíase no maltratase los cristianos que vivían en aquellas provincias e impidiese la romería que se hacía a la casa santa de Jerusalén. Determinaron enviarle una embajada para darle razón de todo. Para esto escogieron a Pedro Mártir de Anglería, su capellán, de nación milanés. Hizo él prudentemente aquel mandado, y alcanzó del sultán todo lo que pidió. En ida y vuelta

 

 

 

 

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gastó un año; hiciéronle deán de Granada. Allí los años adelante falleció, y se mandó sepultar puesto en una silla con una casulla hecha de una ropa rica que le dio el sultán. Escribió Décadas de la guerra de Granada y de su embajada y del descubrimiento de las Indias, más verdaderas que elegantes.

 

 

 

 

IX. De los capitanes que se nombraron para la

 

empresa de Nápoles

 

Suspensas estaban todas las provincias y con cuidado del fin que tendría la empresa nueva de Nápoles y la guerra en que se empeñaban las fuerzas de España y de Francia en perjuicio del rey don Fadrique y para despojarle de aquel reino noble y rico. El rey católico desde Granada envió al Gran Capitán aviso de esta resolución, a 1 de marzo del año 1501. En consecuencia le mandó desistiese de la guerra contra el turco, y do quiera que se hallase volviese luego con su armada al puerto de Mesina. Poco después le envió título de su lugarteniente en los ducados de Pulla y de Calabria. Para hacer rostro al Turco negoció que el rey de Portugal enviase su armada a aquellas partes, como lo hizo, y por capitán don Juan de Meneses, su mayordomo mayor y conde de Taroca, que intentó de camino apoderarse del puerto de Mazalquivir, junto a Orán; y como no pudiese salir con ello, pasó adelante, y sin hacer nada de la isla de Corfú, dio la vuelta a Portugal.

 

Lo mismo se trató con el rey de Francia, que enviase su armada contra los turcos; mas él por otra parte para la empresa de Nápoles nombró por su general a Luis de Armeñac, duque de Nemurs y conde de Armeñac y de Guisa. No quiso dar este cargo a Luis de Lucemburg, conde de Liñi, que mucho le pretendía, porque no fuese ocasión de alguna revuelta a causa del derecho que pensaba tener al principado de Altamura por estar casado con hija de Gisota, la hija mayor de Pirro de Baucio, a quien por causa de la guerra de los Barones el rey don Fernando el Primero despojó de aquel estado, y le dio a su hijo don Fadrique, que casó segunda vez con doña Isabel, hija menor del mismo Pirro. El duque de Nemurs se entretuvo en Francia. Por esto el señor de Aubeni, que ya era gran condestable de Nápoles, movió desde Lombardía con la gente francesa la vuelta de

 

 

 

 

 

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Nápoles; en su compañía el conde de Gayazo, persona principal y forajido de Nápoles.

 

En esta sazón fue por embajador a Roma, en lugar de Lorenzo Suárez, Francisco de Rojas, que era un caballero muy sagaz. Acerca del emperador hacía el mismo oficio de años atrás don Juan Manuel, persona de mucha cuenta, aunque algo bullicioso. En la corte de Francia todavía residía Juan Miguel Grulla; y Juan Claver era embajador del rey católico en Nápoles.

 

Acudió el Gran Capitán a Mesina con su armada conforme al orden que tenía. De allí pasó a Palermo para dar orden con el virrey Juan de Lanuza en recoger la gente y dinero que pudiesen en aquella isla para ayudar a la nueva conquista, en fin, para dar traza en todo. No faltaron repuntas entre los dos como en el tiempo pasado, que el mandar no sufre superior ni aún igual; pero al fin se allanaron al servicio de su rey, y el Gran Capitán, recogido el socorro que pudo, en breve dio la vuelta a Mesina, do se juntaba la masa de toda la gente. Tenía el Gran Capitán en La Pulla el ducado de Monte de Santángel por gracia que de él le hizo el rey don Fadrique cuando, acabada la guerra pasada, hizo merced a muchos caballeros italianos y españoles que le sirvieron de diversos estados. Acordó antes que se diese principio a aquella conquista enviar a Nápoles al capitán Gonzalo de Foces para que le excusase con aquel rey, y en su nombre renunciase la fidelidad que por aquella merced le había prestado, y juntamente le restituyese aquel estado. Dióle el rey por libre, y no quiso admitir la renunciación, antes dijo que le daba el estado, y quisiera fuera mayor por lo mucho que su persona merecía, con condición empero que desde aquellos castillos no le hiciese guerra ni dañase a sus vasallos.

 

Con esto y con el aviso que sus embajadores le enviaron de España, que el rey católico no le quería acudir en manera alguna, acabó de entender el rey don Fadrique cuán cerca y cuán cierta le estaba su perdición. Volviase a todas partes, y no hallaba ni en los suyos lealtad, ni en su reino fuerzas, ni en los de fuera arrimo ni esperanza. Acordó enviar a su hijo don Fernando a Tarento, que es plaza muy fuerte en lo postrero de la Pulla y de Italia; y aún se decía le enviaba a la Belona para solicitar el socorro que pretendía del Turco para contra aquella tempestad. Juntó otrosí la gente que pudo, que eran ochocientos hombres de armas y cuatro mil infantes; mandó fortificar a Capua, donde puso a Fabricio Colona y don Hugo de Cardona con doscientos hombres de armas y mil seiscientos infantes.

 

 

 

 

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El Gran Capitán, como quier que era tan diestro y considerado, advirtió que aquel asiento entre los dos reyes no podía ser durable, así por la condición de los franceses, que es altiva, como por dificultades que forzosamente se ofrecerían en aquel repartimiento; además que el mando e imperio nunca sufre compañero, ni un reino puede sufrir dos señores. Parecióle que importaba mucho apresurarse para ganar por la mano a los franceses que no le pudiesen estorbar su conquista. Diose grande prisa, y envió la mayor parlo del armada a las costas de la Pulla, y por general a don Diego de Mendoza para estorbar que los turcos no pasasen al reino. La de Portugal no le acudió en tiempo conforme al orden que llevaba. Con la otra parte de la armada envió a Nápoles a Íñigo López de Ayala con orden que llevase en ella la viuda doña Juana, reina de Nápoles, a Sicilia.

 

El rey don Fadrique la dejó ir por verse tan apretado, si bien no quería antes venir en ello para con esta prenda mover al rey católico, su tío, a que los ayudase. Pasó el Gran Capitán el faro de Mesina con su gente, que eran trescientos hombres de armas y otros tantos jinetes y tres mil seiscientos infantes. Sin estos el embajador de Roma le envió otros seiscientos españoles, de los que en la Romaña sirvieron al duque Valentín. En Sicilia al tanto quedó orden que de la tierra le enviasen otras cuatrocientas lanzas escogidas. Con esta gente allanó lo de Calabria en breves días, que fuera de Girachi y Santa Ágata, plazas muy fuertes, todos los demás lugares alzaron banderas por España.

 

Pasó la gente española a Calabria a los 5 de julio; y a los 8 los franceses por la vía de Roma entraron en el reino de Nápoles. Todos los lugares se les rendían sin ponerse en defensa hasta llegar a Capua, sobre la cual se pusieron. En el Abruzo no hubo más defensa que en lo demás; todo se allanaba a los franceses que fueron por aquella parte. Pudiérase Capua defender mucho tiempo, si no fuera que el conde de Patena, natural de aquella ciudad, dio entrada a los franceses, que pusieron a saco la ciudad y prendieron a Fabricio Colona y don Hugo con todos los demás capitanes que en ella se hallaron. Llegó esta nueva a Nicastro, do el Gran Capitán se estaba, a los 29 de julio, que le fue ocasión de apresurarse para tomar el castillo de Cosencia. Hízolo así, y dejó en guarda de aquella ciudad a Luis Mudarra, y por gobernador de Calabria nombró al conde Ayelo con intento de partirse para la Pulla y allanar aquella provincia antes que los franceses acabasen con lo de Nápoles. En lo demás halló poca dificultad, que todos los pueblos a porfía se le rendían. Ultimamente, se puso sobre Tarento, do

 

 

 

 

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se tenía el duque de Calabria, en sazón que ya Nápoles estaba en poder de franceses. El duque Valentín, apoderado que se hubo de Faenza en la Romaña, y en la Toscana de Pomblin, vino a servir en esta jornada al rey de Francia, cuyo tan servidor se mostraba, que se llamaba don César Borgia de Francia, y en el cuartel principal de sus armas traía las flores de lis; por el contrario, se mostraba del todo averso de España.

 

Concertaron los generales franceses con el rey don Fadrique por fin de julio les rindiese a Nápoles y Gaeta con sus castillos, demás de sesenta mil ducados en que le penaban para los gastos. Que con esto le dejarían ir con su tesoro y criados a Iscla, con término que le señalaron de seis meses para que dentro de ellos determinase de su persona lo que por bien tuviese, y se fuese a la parte que más le agradase. Todo se ejecutó como lo concertaron. Recogióse aquel rey con su mujer e hijos a aquella isla; en su compañía le reina de Hungría y la duquesa de Milán. Allí acudieron Próspero y Fabricio Colona, ya rescatados por dineros. Conque los franceses quedaron apoderados de todo lo que en el repartimiento de aquel reino les pertenecía. Tras esto luego pusieron los ojos en lo demás, porque ¿quién podrá enfrenar la gente de guerra? ¿Quién poner tasa a la codicia de mandar?

 

En Castilla por este tiempo hubo grandes diferencias entre doña María Pacheco, condesa de Benavente, y el conde don Alonso de Pimental, su hijo, sobre la tutela y casamiento de la marquesa de Villafranca, nieta de la condesa. Pretendían este casamiento los duques del Infantado y de Alba para sus hijos, y el mismo conde de Benavente, tío de la doncella, para sí En fin, después de muchas demandas y conciertos, acordaron que doña Beatriz, hija de la condesa, casase con don García de Toledo, hijo mayor del duque de Alba; y con don Pedro de Toledo, hermano de don García, casase la Marquesa, y así se hizo.

 

 

 

 

X. Descripción del reino de Nápoles

 

Luego que los franceses se apoderaron de Nápoles, resultaron nuevos debates, como era necesario, entre españoles y franceses sobre algunas provincias de aquel reino que no venían expresadas en el repartimiento. Estas eran la Capitinata, la Basilicata y el Principado de aquende y de

 

 

 

 

 

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allende. Los franceses iban tan resolutos en sus cosas, que sin hacer ningún comedimiento a los confederados, enviaron un hijo del conde de Capacho para que en aquel estado, que es en la Basilicata, hiciese alzar las banderas por Francia; y sobre el principado de Melli, que está en la misma provincia, se concertaron con aquel príncipe, y aún el rey de Francia tenía hecha donación de aquel estado a Juan Jacobo Trivulcio. Salieron otrosí de prisión algunos señores que tenían presos los reyes de Nápoles, y entre ellos Juan Bautista Marzano, a cabo de casi cuarenta años de prisión; el cual con ánimo denodado intentó de apoderarse del principado de Rosano que fue de su padre en Calabria. Lo mismo hizo Luis de Arsi, capitán del rey de Francia, que con poder del señor de Liñi hizo alzar por él en la Pulla el principado de Altamura; que eran todas ocasiones de desabrimientos y gana de venir a las puñadas.

 

Tratóse de atajar estos disgustos, primero con el señor de Aubeni, y después con el duque de Nemurs, que llegó acabada la guerra y tomada Nápoles. Acordaron que en las provincias en que no había duda, ninguna de las partes se entremetiese en lo de los otros; y sobre las provincias que se dudaba, en tanto que la diferencia se determinase, los lugares que tuviesen alzadas banderas por Francia alzasen juntamente las de España y al contrario; en el gobierno y rentas dieron asimismo orden, que poco se guardó. Para que mejor se entienda esta diferencia y por cuál de las partes corría la justicia será bien hacer una breve descripción del reino de Nápoles y de sus partes.

 

El reino de Nápoles coraprende toda la tierra que desde Terracina o Fundi, que están a las riberas del mar Mediterráneo, y desde el río Truento, que descarga en el golfo de Venecia, corre hasta los postreros términos de Italia. Corta este reino por medio, como todo lo restante de Italia, el monte Apenino, que se desgaja de los Alpes. Luego que se entra en el reino, a manderecha de aquel monte hacia nuestro mar está la parte más principal de todo él, que se llama Campania o tierra de Labor, de los liborios, pueblos antiguos. Allí están Gaeta, Nola, Capua y la misma ciudad de Nápoles, cabeza de las demás y de todo el reino. Antiguamente todo lo que hay desde el río Tíber a Nápoles se llamaba Campania; al presente la tierra desde Roma hasta la raya de aquel reino se llama Marema.

 

A mano izquierda está el Abruzo, que comprende muchas de las naciones antiguas, es a saber, los sabinos, do está Ascoli; los marrucinos, donde está Teate, y los pelignos y vestinos, donde caen las ciudades del

 

 

 

 

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Aguila y de Sulmona; los marsos en que está el lago Fucino, y el ducado de Tagliacozo y parte de los samnites, pueblos muy nombrados en la historia romana, tendidos hasta lo de Campania. Los más modernos dividen el Abruzo en el de aquende y el de allende por el río de Pescara, que pasa por medio, y es aledaño de las dos partes. Estas provincias se adjudicaron en la partición al rey de Francia.

 

En el mismo lado del Abruzo mas adelante está la Pulla, que se divide en la Capitinata y tierra de Bari, que tiene muchas ciudades, entre las demás Trani y Monopoli, y tierra de Otranto, que corre desde Brindez hasta Tarento, ciudad principal puesta en la postrera punta de Italia y en los confines de Calabria entre mediodía y levante. Por el otro lado, pasada Nápoles, entra el Principado, cuya cabeza es Salerno. Síguese hacia los montes la Basilicata, que fue Lucania antiguamente, y lo que se llama Calabria al presente, que antiguamente fueron los brucios, tendidos la mayor parte por las riberas de nuestro mar. Allí está Cosencia, ciudad la más principal de Calabria, y Regio sobre el estrecho de Sicilia. Lo más adentro se llamó Magna Grecia, a la parte que caen Rosano, Catanzaro y Cotron. Del principado pudo formarse con razón duda si se comprende en Calabria. En lo de Basilicata corría la misma razón, y así veo que los reyes venían en que se dividiesen estas provincias, dado que algunos pretendían que esta comarca, por estar en los montes que confinan con la Pulla y Calabria, no hacía provincia distinta de las dos, sino que la parte que caía hacia levante pertenecía a la Pulla, y la que caía hacia poniente a Calabria. Están en la Basilicata Melfi, Atela, Barleta y otras ciudades.

 

La Capitinata es lo que desde el río Ferloro, término del Abruzo, llega hasta el río Aufido o Lofanto. En esta parte está Manfredonia y el monte de Santángel y Troya. Quedóle este nombre de tiempo que los griegos poseían aquella parte de Italia, cuyo gobernador llamaron Catapan, y la provincia se dijo Catapania; de allí se formó el nombre que ahora tiene, y asimismo el nombre de capitán tan usado. No hay duda sino que aquella parte se contenía en la Apulia antigua, pues Ptolomeo el monte Gargano que allí está, famoso por el templo de San Miguel, le pone en Apulia, y los modernos siempre entendieron que la Pulla comenzaba desde el fin del Abruzo, y se dividía en las tres partes o comarcas que ya quedan señaladas; y aún los autores que yo he visto siempre cuentan la Capitinata por una de las provincias de la Pulla; y siempre la aduana de los ganados

 

 

 

 

 

 

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de Pulla se cobró en aquella provincia; cuestión en que cada cual podrá sentir lo que por bien tuviere.

 

Para nuestro propósito basta que de aquí tomaron asa y ocasión los españoles y franceses para venir a las manos y averiguar por el trance y filo de la espada lo que sus reyes nunca acababan de resolver por mucha instancia que se les hizo para que lo determinasen antes de venir a rompimiento. En que daban a entender que no se contentaban con la parte, y que cada cual de los reyes bastantemente se confiaba de sus soldados y fuerzas; pero a esto se volverá adelante.

 

Por el presente, el rey don Fadrique después que se pasó a Iscla, como quedó asentado, por la mala satisfacción que tenía del rey católico, se concertó con el de Francia; con treinta mil francos que le prometió para sustentar su casa se fue a poner en sus manos y meter por sus puertas, y en su compañía su mujer e hijos y el cardenal Luis de Aragón, su sobrino. Su hermana doña Beatriz, reina de Hungría, se quedó en aquella isla, que después fue a Sicilia. Su sobrina doña Isabel, que fue casada con Juan Galeazo, verdadero duque de Milán, de allí se fue a Bari en la Pulla.

Al tiempo que andaban estas inteligencias entre los dos reyes, don Fadrique y el de Francia, en Flandes se hacía grande instancia con el archiduque para que él y su mujer viniesen a España a ser jurados por príncipes, como era de costumbre. Nació este año al archiduque una hija, que se llamó Isabel. El rey, su suegro, pretendía traerle a España para que aprendiese las costumbres de los naturales y para quitarle algunos siniestros que de sus criados se le pegaron como mozo. Mas ellos, acostumbrados a la libertad de Flandes y gobernarlo todo a su voluntad, no querían que el príncipe tuviese cerca de sí persona a quien debiese respeto. Fue para solicitar esta venida don Juan de Fonseca, obispo de Córdoba y capellán mayor de los Reyes; y de parte del rey de Francia se le hizo grande instancia para que pasase por su reino, como al fin lo hizo.

 

De España partió en una armada que se aprestó en La Coruña la infanta doña Catalina para casar en Inglaterra, como lo tenían concertado. Salió de Granada, do sus padres quedaron, con grande acompañamiento. Hizose a la vela a los 25 de agosto. Pasaron con ella a Inglaterra don Alonso de Fonseca, arzobispo de Santiago, el conde y condesa de Cabra con otra gente de cuenta. Después que salieron del puerto cargó tanto el tiempo, que las naves se derrotaron, y dado que algunas llegaron al puerto de Antona en Inglaterra, las más se recogieron a Laredo. Dende, a 2 de

 

 

 

 

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septiembre, siguieron su viaje, y con buen tiempo llevaron la infanta a Inglaterra. Celebráronse las bodas con Arturo, su esposo, en Londres muy solemnemente. ¡Cuán poco durará este gozo! ¡Cuántos trabajos, inocente doncella, te quedan por pasar sólo por la locura de un hombre desaforado!

 

Este mismo mes concertó la reina doña Isabel que don Rodrigo Enríquez Osorio, conde de Lemos, casase su hija doña Beatriz de Castro con don Dionis, hermano del duque de Berganza don Diego, e hijo del duque don Fernando, el que mató el rey don Juan el Segundo de Portugal. Para facilitar este matrimonio los reyes les hicieron merced de Sarria, Castro, Otero, villas a que el conde de Lemos pretendía tener derecho.

Por el mes de octubre en la ciudad de Trento se hicieron paces entre el César y el rey de Francia, cuya principal capitulación fue que Carlos, hijo del archiduque, casase con Claudia, hija del francés, casamiento que otras veces se trató y concertó, y al fin nunca se concluyó.

 

 

 

 

XI. De la venida del archiduque a España

 

Las armadas que de Portugal y de Francia fueron a levante a persuasión del rey católico en defensa de venecianos contra el turco no hicieron cosa de momento. La de Portugal llegó a Corfú, y de allí en breve dio la vuelta. La de Francia pisó sobre la isla de Quío, que era de genoveses, y sin hacer otra cosa más de embarazar el tributo que de allí llevaba el turco, padecieron de pestilencia y del tiempo y de enemigos tanta mortandad, que apenas de toda ella quedaron mil hombres. Acudieron a la Pulla, que cae cerca, do fueron muy bien tratados por orden del Gran Capitán. Los venecianos asimismo se recogieron, que traían veinticinco galeras mal armadas. Hizo mucho al caso para todo que el turco este año no sacó su armada, que de otra suerte hallara poca resistencia.

 

En España por una parte los Reyes Católicos pregonaron un edicto, por el cual mandaron que los moros que estaban esparcidos de años atrás por Castilla o por Andalucía y se llamaban mudéjares, o se bautizasen o desembarazasen la tierra; por otra parte, al fin de este año hubo algún ruido de guerra, que si no se atajara con tiempo, pudiera revolver el reino. Fue así, que el duque de Medinaceli don Luis de la Cerda, estando para morir, se casó con su manceba por legitimar un hijo que en ella tenía, por

 

 

 

 

 

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nombre don Juan. Pretendía suceder en aquel estado don Íñigo de la Cerda, hermano del duque, cuyo hijo, llamado don Luis, casara con hija del duque del Infantado, que muerto el duque de Medinaceli, juntó su gente, y en favor de su yerno se puso sobre Cogolludo con intento de apoderarse de aquel estado. Pero el rey le hizo avisar que derramase aquella gente, que siguiese su justicia y no le alborotase el reino, con apercibimiento, si no se reportase, que se pondría el remedio como más conviniese. Hubo de obedecer el duque, y don Juan quedó pacifico en el estado de su padre.

 

Sosegados estos movimientos, se tuvo nueva que el archiduque y su mujer venían por Francia, y que su llegada sería en breve. Fueron muy festejados por todo el camino; en París los recibieron con grande honra y fiesta; allí por entrambas partes, a 13 de diciembre, se juraron las paces que poco antes se concertaron en Trento, y el archiduque hizo todos los actos necesarios para reconocer aquel rey por superior suyo como conde de Flandes. La princesa estuvo muy sobre sí para no hacer acto en que mostrase reconocer alguna superioridad al rey de Francia. De allí enderezaron su camino, y por Guyena llegaron a Fuenterrabía, a los 20 de enero del año de nuestra salvación de 1502. Estaban allí para recibirlos por orden de los Reyes Católicos el condestable de Castilla, el duque de Nájera y el conde de Treviño, su hijo, y con ellos el comendador mayor don Gutierre de Cárdenas. Para muestra de mayor alegría y que la gente estuviese para recibirlos más lucida, se dio licencia para que los que podían traer jubones de seda sacasen también sayos de seda, y aún se dio a entender que holgarían los reyes que los que se vistiesen de nuevo hiciesen los vestidos de colores, que todo es muestra de la modestia de aquellos tiempos.

 

En principio de este año casó Lucrecia de Borgia con el hijo heredero del duque de Ferrara; llevó en dote cien mil ducados, sin otras ventajas y lugares.

Los príncipes, de Vizcaya llegaron a Burgos, a Valladolid, a Medina, y por Segovia pasaron los puertos y llegaron a Madrid; los reyes, del Andalucía y de Granada, do asistían, por Extremadura vinieron a Guadalupe. Allí hicieron merced al duque Valentín por ganarle para su servicio, y por contemplación del papa, de la ciudad de Andria con título de príncipe y de otras muchas tierras en el reino de Nápoles. Tratóse otrosí que los reyes el católico y el de Francia acomodasen de rentas y vasallos al rey don Fadrique y a su hijo. Llegaron los reyes a Toledo a los 22 de abril.

 

 

 

 

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Hicieron asimismo en aquella ciudad su entrada los príncipes a 7 de mayo, ca por indisposición del archiduque se detuvieron algunos días en Olías. Allí fueron jurados sin dificultad alguna en presencia del rey y de la reina por príncipes de Castilla y de León en la iglesia mayor de aquella ciudad, a 22 de aquel mes. Halláronse presentes el cardenal don Diego Hurtado de Mendoza, el arzobispo de Toledo con otros muchos prelados, el condestable don Bernardino de Velasco, los duques de Alburquerque, Infantado, Alba y Béjar, el marqués de Villena con otros muchos señores.

 

Púsose por condición que caso que sucediesen en aquellos reinos, los gobernarían conforme a las leyes y costumbres de la patria. Por este mismo tiempo que España por la venida de estos príncipes estaba muy regocijada, en Inglaterra se derramaban muchas lágrimas por la muerte que sobrevino al príncipe Arturo. Quedó la infanta, su mujer, a lo que se entendió, doncella, dado que cinco meses hicieron vida de casados. Pero el príncipe era de catorce años solamente y de complexión tan delicada, que dio lugar a que esto se divulgase y se tuviese por verdad. Enviaron los Reyes Católicos a Hernán, duque de Estrada, para visitar al rey Enrique de Inglaterra y tratar que la princesa casase con el hijo segundo de aquel rey; él empero ni restituía el dote de la princesa ni acababa de efectuar aquel matrimonio, que fue después tan desgraciado. Vino esta nueva de la muerte de este príncipe en sazón que poco después, es a saber, a 6 de julio, en Lisboa la reina doña María parió un hijo, que se llamó don Juan, y vino a heredar como primogénito la corona de su padre; grande y valeroso príncipe que fue los años adelante.

 

 

 

 

XII. Que el duque de Calabria fue enviado a

 

España

 

Púsose el Gran Capitán sobre Tarento los meses pasados, como queda dicho; hallábase dentro asaz fortificado el duque de Calabria. Todavía el mismo día qua asentó su campo trataron de tomar asiento; y al fin el duque, por medio de Octaviano de Santis, concertó treguas por dos meses para consultar al rey, su padre, con seguridades que se dieron de no alterar cosa alguna. Después, por causa que los mensajeros enviados al rey don Fadrique no volvieron al tiempo señalado, se prorrogó la tregua hasta fin

 

 

 

 

 

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del año pasado con las mismas condiciones. Este término pasado, porque la resolución del rey don Fadrique no venía, acordaron que la tregua se continuase otros dos meses, y la ciudad se pusiese en tercería en poder de Bindo de Ptolomeis, vasallo del rey católico, y de cuya persona el Gran Capitán hacía mucha confianza, con promesa que pasado aquel nuevo plazo se daría la ciudad sin tardanza; pero que la persona del duque fuese libre y asegurada con todos sus bienes y servidores.

 

En el mismo el castillo de Girachi, que está atres leguas de la marina y era de mucha importancia, se dio; y el príncipe de Salerno vino a verse con el Gran Capitán para tratar de mudar de partido, a tal que a él y al príncipe de Bisiñano se les restituyesen sus estados. Pedía asimismo para sí el condado de Lauria y cinco mil ducados de renta que sus antecesores tiraban de los reyes pasados; que era demasías fuera de sazón y muestra que los ánimos no se sosegaban. Por el contrario, muchos barones que con el rey don Fadrique se recogieron a Iscla, se vinieron al Gran Capitán; de ellos acogió los que le parecieron más importantes para el servicio del rey, y entre ellos a Próspero y Fabricio Colona, porque le certificaban que venecianos los pretendían haber a su sueldo. Junto con esto, don Diego de Mendoza e Íñigo de Ayala hubieron el castillo y ciudad de Manfredonia por trato con el alcaide, que se tenía por el rey don Fadrique, si bien el señor de Alegre vino con gente a socorrer a los cercados. La ciudad de Tarento, en fin, conforme al concierto, se entregó con sus castillos al Gran Capitán.

 

Y porque entre las condiciones del concierto una era que el duque de Calabria pudiese libremente ir donde quisiese, por el presente fue a Bari, que todavía se tenía por su padre, bien que la ciudad no era fuerte, y el castillo casa llana, para esperar allí lo que él le mandase, ca no quería apartarse de su voluntad. El Gran Capitán tenía gran deseo de concertarle con el rey católico, porque no se fuese a Francia, de que podrían resultar inconvenientes. Moviéronse tratos sobre ello, y ofrecíale treinta mil ducados de renta perpetua en vasallos, parte del reino de Nápoles, parte de España; que era todo lo que él pedía y podía desear en el estado en que se hallaba. Veía el duque que le venía bien aquel partido, mas no se resolvía sin la voluntad de su padre.

 

Poco adelante la viuda duquesa de Milán, su prima, por no ir a Sicilia, do la convidaban que fuese con la reina de Hungría, su tía, se recogió en aquella ciudad. Esta señora pudo tanto con el duque, que le hizo escribir

 

 

 

 

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una carta de su mano al Gran Capitán, en que le pedía que sin embargo de la libertad que tenía concertada para su persona, por ver que la intención de su padre era otra de lo que a él le convenía, le rogaba le enviase al servicio de los Reyes Católicos, que ésta era su determinada voluntad, dado que por respeto de su padre no se atrevía a publicarla. No parece que el duque perseveró mucho en este propósito, porque demás que su padre hizo grande esfuerzo con cartas y embajadas que envió al Gran Capitán para que conforme al asiento dejase ir libre a su hijo, que no era de caballero faltar en su palabra, y que se debía acordar de la amistad que le hizo en tiempo de su prosperidad; el Gran Capitán, que le tenía puestas guardas para que no se fuese, por atraerle a lo que deseaba, fuera de la renta que le ofreció antes, de nuevo le prometía de parte del rey católico de casarle o con la reina de Nápoles, su sobrina, o con su hija la princesa de Gales; el uno y el otro partidos muy aventajados.

 

Sospechóse que el conde de Potencia don Juan de Guevara, que andaba siempre a su lado, le mudaba del color que quería. Andaba el duque por aquellos pueblos de la Pulla, aunque parecía libre, tan guardado, que no se podía ir a parte ninguna, tanto, que apenas podía salir a caza. Por conclusión, este negocio se rodeó de manera, que volvieron al duque a Tarento. Desde allí se dio orden a Juan de Conchillos que en una galera le llevase a Sicilia y a España, por entender que en presencia las partes mejor acordarían todas sus haciendas, y el duque se confirmaría mejor en el servicio y afición del rey católico, que tanto en deudo le tocaba. No parece se le guardó lo que tenían asentado. En la guerra ¿quién hay que de todo punto lo guarde? En la guerra ¿y no también en la paz, y más en negocio de estado?

 

 

 

 

XIII. Del principio de la guerra de Nápoles

 

Los generales de Francia y España, puestos en el reino de Nápoles, comunicaban entre sí y con sus reyes la forma que se podría tener en concordar aquellas diferencias para que se conservase la concordia y no llegasen a rompimiento. Sobre esto poco antes que jurasen al archiduque por príncipe de Castilla vino a Toledo de parte del rey de Francia el señor de Corcon. La suma de su pretensión era que las provincias que se

 

 

 

 

 

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adjudicaron a Francia rentaban menos que la Pulla y Calabria; y que pues era razón se hiciese recompensa, quedase la Capitinata por Francia. A esto respondió el rey católico que si el rey de Francia se tenía por agraviado en la partición, sería contento que trocasen las provincias; y que si todavía quería recompensa, se hiciese en el Principado y Basilicata que restaban por partir; que la Capitinata era lo mejor de la Pulla, y no era razón que se desmembrase de ella; en conclusión, que holgaría de dejar aquella diferencia al juicio y determinación del papa y de los cardenales.

 

El francés no venía en ninguno de estos partidos, y el trueque no le estaba bien por no privarse de la ciudad de Nápoles y del título de rey de Nápoles y Jerusalén, que conforme a la concordia hecha le pertenecían, y amenazaba que usaría de fuerza, tanto, que un día, como los embajadores de España en este propósito le dijesen que el rey, su señor, guardaba todo lo asentado, respondió que él hacía lo mismo, y que sobre esto, si fuese menester, haría campo con el rey de España y aún con el rey de romanos. Respondió Grulla que el rey, su señor, era tan justo príncipe como en el mundo le hubiese; y cuando fuese conveniente lo defendería por su persona a quien quiera que fuese. Replicó el rey: «El rey de España no ha de ser más que yo». Gralla respondió: «Ni vos más que el rey, mi señor».

 

La verdad es que el rey católico se mostró inclinado a la paz, y escribió a su general que por todas vías la procurase; que en esto le haría más servicio que si con guerra le diese conquistado todo el reino. El primer principio que se dio para venir descubiertamente a las manos, fuera de otras cosas menudas, fue cuando el señor de Alegre, que se intitulaba lugarteniente de Capitinata, entró con gente de guerra para desbaratar el cerco que los españoles tenían sobre Manfredonia, como queda apuntado; y no contentos con esto, en el tiempo que el Gran Capitán se ocupaba en lo de Tarento, se apoderaron de la ciudad de Troya, en la Capitinata, y de otras plazas; que si bien los requirieron las restituyesen y no contraviniesen a lo concertado, no hicieron caso. Antes que se pasase mas adelante acordaron los dos generales de venir a habla.

 

Para esto el Gran Capitán, compuestas que tuvo las cosas de Tarento, vino a Atela, el duque de Nemurs a Melfi, pueblos de la Basilicata. Está en medio del camino una ermita de San Antonio; allí acordaron de verse. Llevaron el uno y el otro sus letrados que alegasen del derecho de cada una de las partes. Los franceses decían que la parte de España rentaba setenta mil ducados más que la de Francia, y que era justo, conforme a lo

 

 

 

 

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acordado, hubiese recompensa. Los españoles replicaban que debían ante todas cosas ser restituidos en la Capitinata, de que a tuerto los despojaran, y que hecho esto, serían contentos de cumplir con lo demás que tenían asentado. Despidiéronse sin concluir nada, dado que entre los generales hubo toda muestra de amor y todo género de cumplimiento.

 

Visto que ningunas diligencias eran bastantes para acordarse, determinaron encomendarse a sus manos. Escribieron a sus reyes esta resolución, hicieron instancia cada cual de las partes para prevenirse de socorros, de gente y de dineros. Junto con esto, el Gran Capitán, por la falta que padecía de mantenimientos, repartió parte de sus gentes por las tierras del Principado. El capitán Escalada con su compañía llegó al lugar de Tripalda; echó algunos franceses que allí alojaban, y se apoderó de aquella villa, que está treinta millas de Nápoles. Otros capitanes españoles se apoderaron al tanto de otras plazas por aquella comarca. Esto tuvieron los franceses por gran befa, tanto, que llegó a oídos del rey de Francia, y mandó embargar todos los bienes que los españoles tenían en aquel su reino; resolución que parecía muy nueva y exorbitante, que sin pregonar la guerra ni dar término a los españoles para salirse de Francia, les quitasen sus bienes y mercadurías. El rey católico hacía todavía instancia que los suyos se concertasen, aunque fuese necesario dejar a los franceses lo que tenían en la Capitinata, que era la mayor parte. Tornaron pues los generales a juntarse de nuevo en aquella ermita de San Antonio, nombraron personas que hiciesen el repartimiento de nuevo, de manera que los franceses mostraban contentarse, ca entraban en división el Principado, Basilicata y Capitinata, que era todo lo que podían desear.

 

Mientras este repifrtimiento se hacía, los franceses reforzaron su campo de mil suizos y doscientas lanzas que les vinieron de Francia, junto con cantidad de dineros para paga y socorro de la gente; crecióles con tanto el brío. Acordaron con este socorro de romper la guerra de nuevo; apoderáronse de Venosa, en que estaba el capitán Pedro Navarro, que a instancia de sus soldados rindió aquella plaza a partido; tomaron a Cuarata, que se la entregó Camillo Caraciolo; el uno y el otro pueblo están a doce millas de Barleta, do a la sazón se hallaba el Gran Capitán con la mayor parte de su gente. En el mismo tiempo se rebeló Viseli, pueblo del principado de Altamura. Acudieron los españoles a recobrarle con las galeras; pero ya que le habían entrado por fuerza, fueron rebatidos por los franceses que sobrevinieron en defensa de aquel lugar. El estío en esta

 

 

 

 

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sazón iba muy adelante, y el campo francés en Cuarata padecía falta de agua y de mantenimientos, ca nuestra caballería les tomaba los pasos por donde les venían. Acordaron salir dende, y por la vía que antes llevaran, volvieron a ponerse a la ribera del río Ofanto.

 

Allí, por estar muy cerca de Barleta, a los últimos de agosto el Gran Capitán con su gente muy en orden les presentó la batalla. Como no saliesen a ella, antes continuasen su camino la vuelta de Melfi, algunos capitanes de caballos les fueron picando en la retaguardia de manera que les mataron alguna gente y les tomaron buena parte del fardaje y parte de la recámara del duque de Nemurs y señor de Aubeni, caudillos principales de aquel campo. Esperaban los franceses otros mil suizos que eran llegados a Nápoles y cuatrocientas lanzas que llegaran a Florencia, y hasta su venida no se querían aventurar. El Gran Capitán para prevenirse hacía instancia con el rey le enviase con su armada gente y dineros, en particular pedía cuatrocientos jinetes y dos mil gallegos y asturianos. Al embajador don Juan Manuel avisó en todo caso le encaminase dos mil alemanes para mezclarlos con los españoles; y para recibirlos y encaminarlos por el mar Adriático envió a Ancona a micer Malferit.

 

El rey católico no se descuidaba; antes mandó aprestar una armada y por su general a Bernardo de Vilamarín, para que llevase dineros y gente, en particular doscientos hombres de armas y otros tantos jinetes en algunas galeras, de las cuales le nombró por almirante. Por otra parte, persuadía al César hiciese la guerra en Italia a que tenía tanto derecho, y pusiese en posesión de Milán uno de los hijos del duque despojado, que andaban desterrados y pobres en su corte. Venía otrosí en que pusiese en Florencia al duque Valentín para que tuviese aquel estado por el imperio con título de rey; esto por tener al papa de su parte, que sumamente lo deseaba, con quien el rey católico pretendía por medio de su embajador aliarse.

 

 

 

 

XIV. Que el archiduque partió para Flandes

 

Entretúvose el rey católico algunos días en Toledo para festejar a los príncipes, sus hijos, que dejó allí con la reina, y él con intento de allanar los aragoneses, partió la vía de Zaragoza a los 8 del mes de julio. Tenía convocadas Cortes de los aragoneses para los 19 del mismo mes; desde el

 

 

 

 

 

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camino envió prorrogación de ellas. Hallábase en Zaragoza por principio del mes de septiembre. Allí, por la prisa que el Gran Capitán daba por la armada, dio orden que se acabase de aprestar otra de nuevo a toda diligencia, y que con parte de ella partiese Manuel de Benavides, y en su compañía cuatrocientas lanzas, por mitad hombres de armas y jinetes, y trescientos infantes. Poco adelante mandó que con el resto de la armada partiese Luis Portocarrero, señor de Palma, caballero que mucho sirvió en toda la guerra de Granada, para que con igual poder al Gran Capitán ayudase en aquella guerra. Fueron en su compañía en aquella jornada trescientos hombres de armas y cuatrocientos jinetes y tres mil infantes. Todo fue necesario por el mucho aprieto en que las cosas estaban en aquel reino, especial en Calabria. Junto con esto trató el rey de ligarse con venecianos, que mostraban inclinarse mucho a ello. Para mejor expedición de este particular tornó a enviar a Lorenzo Suárez de Figueroa a Venecia para que lo concluyese y ofreciese e aquella señoría de su parte ayuda para lo de Milán o del Abruzo, provincias de que mucho deseaban apoderarse.

 

Hízose la proposición de Cortes en Zaragoza el día señalado. Pidió el rey que pues el príncipe don Miguel era muerto, jurasen por príncipes a la archiduquesa doña Juana, como hija mayor suya, y a su marido. Asimismo pedía le sirviesen para la guerra de Nápoles, pues era tan propia de aquella corona. Vinieron los aragoneses fácilmente en lo que se les proponía. Entre tanto que se trataba de la ayuda para la guerra, proveyó el rey que los príncipes apresurasen su venida, que aún no eran llegados. Fueron recibidos con mucha alegría, y a los 27 días de octubre les hicieron el homenaje con las ceremonias y prevenciones que los aragoneses acostumbran. Así la princesa doña Juana fue la primera mujer que en Aragón hasta entonces se juró por heredera, ca la reina doña Petronila no fue jurada por princesa, ni entonces se usaba, sino recibida por reina.

 

Partióse poco después el archiduque para Madrid, y tras él la princesa; hízola el rey compañía. Para presidir en las Cortes de Aragón hasta que se concluyesen, nombró a su hermana la reina de Nápoles, la cual de meses atrás publicó querer pasar a Italia, y con este intento se partió de Granada, donde a la sazón residían los reyes. Acordaron que todo el tiempo que en Aragón se detuviese fuese gobernadora de aquel reino como antes lo era don Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza, hijo del rey católico.

El Archiduque de mala gana se detenía en España; y de peor sus cortesanos, por los cuales se dejaba gobernar, en especial por el arzobispo

 

 

 

 

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de Besanzon que le hizo compañía en este viaje, y falleció en España los días pasados, y por el señor de Vere, personas de afición muy franceses. Tomó color para partirse que Flandes quedó a su partida desapercibida de gente; que por causa del rompimiento entre España y Francia podría recibir algún daño si él no asistiese. Procuraron los reyes apartarle de este propósito, mayormente que la princesa se hallaba muy preñada. No bastó diligencia alguna ni para detenerle ni para que no pasase por Francia en tiempo tan revuelto. Decía él que sería parte con aquel rey para que se viniese a concordia, de que por el mismo tiempo había dado intención y propuesto se restituyese el rey don Fadrique en su reino con ciertas condiciones y tributo que quería le pagase; donde no, que los dos reyes renunciasen sus partes, el Católico en su nieto don Carlos, y el de Francia en su hija Claudia, para que le llevase en dote y se efectuase el casamiento entre los dos como lo tenían concertado. Todo esto pareció entretenimiento, y a propósito para descuidar al rey católico y tomar a sus capitanes desapercibidos.

 

En conclusión, el archiduque partió de Madrid, donde dejó con sus padres a la princesa; tomó el camino de Aragón y de Cataluña y por la villa de Perpiñán. Vínole allí el salvoconducto del rey Ludovico, conque entró en Francia, y siguió su camino hasta Lyon, en que a la sazón se hallaba el rey de Francia y el cardenal de Ruan, legado del papa; pero esto fue al fin de este año y principio del siguiente. Volvamos a la guerra de Nápoles.

 

 

 

 

XV. Si fuera conveniente que el rey católico

 

pasara a Italia

 

Continuábase en esta sazón la guerra en el reino de Nápoles, y el fuego se emprendía por todas partes. La mayor fuerza cargaba en lo de la Pulla y en Calabria. Los príncipes de Salerno y de Bisiñano y Rosano y el conde de Melito estaban en aquella parte muy declarados por Francia. Acordaron los franceses de acudir a aquella provincia con más fuerzas; para esto que en la Capitinata quedase el señor de Alegre con trescientas lanzas, en tierra de Bari monsieur de la Paliza con otras trescientas y mil soldados; para guarda de la Basilicata nombraron a Luis de Arsi con cuatrocientas lanzas

 

 

 

 

 

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y alguna gente de a pie. El duque de Nemurs pretendía ir a Calabria con doscientas lanzas y mil infantes, y que monsieur de Aubeni quedase en Espinazola con toda la demás gente a veinticuatro millas de Barleta. Porfió el de Aubeni que le consignasen lo de Calabria, ca pretendía el ducado de Terranova, de que hiciera merced el rey católico al Gran Capitán. Por esta porfía concertaron que ambos se enderezasen hacia la parte de Calabria.

 

Con todo, el de Aubeni fue primero a la tierra de Bari con ciento cincuenta lanzas y mil infantes. El de Nemurs, dado que publicaba ir a Calabria, revolvió la vía de Tarento. Tomó de camino a Matera y Castellaneta, pueblos de poca defensa; y desbarató al conde de Matera y al obispo de Mazara que halló en Matera con alguna gente. Con esto se puso sobre Tarento, do pensó hallar al duque de Calabria, que nueve días antes de su llegada era ya partido para Sicilia. Salieron algunas compañías de españoles que alojaban en aquella ciudad, cargaron con tal denuedo y dieron sobre las estancias de los contrarios, que los forzaron levantar con vergüenza el campo y pasarle a una casa fuerte, distante a veintidós millas de Taranio, y esto con intento de revolver sobre el territorio de Barí y allí juntarse con el de Aubeni y apoderarse de Bitonto o encaminarse a Calabria.

 

Sucedió que los franceses que alojaban en la Basilicata, que era el mayor golpe del campo francés, enviaron a Barleta un trompeta enderezado a don Diego de Mendoza, con un cartel en que once caballeros franceses desafiaban otros tantos españoles para hacer con ellos el día siguiente a hora de nona campo. Señalaron lugar entre Barleta y Viseli y aseguráronle ponían por condición que los vencidos quedasen por prisioneros de los vencedores. Aceptó el desafío el Gran Capitán, si bien el término era muy breve. Escogiéronse los once, y entre los demás el muy famoso Diego García de Paredes, que, como muy valiente que era, sirvió en esta guerra muy bien, y al principio de ella pasó en Calabria por coronel de seiscientos soldados.

 

El día siguiente luego por la mañana se pusieron en orden. El Gran Capitán para animarlos delante Fabricio y Próspero Colona y el duque de Termens y otros muchos caballeros les habló en esta manera: «La primera cosa que en el hecho de las armas deben los caballeros hacer es justificar su querella. De ésta no hay que dudar, sino que la justicia de nuestros reyes es muy clara, y que por el consiguiente será muy cierta la victoria. Concertaos por tanto muy bien y ayudaos en el pelear como lo sabéis

 

 

 

 

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hacer, y acordaos que en el trance de esta pelea se aventura la reputación y honra de nuestra patria, el servicio de nuestros reyes y el bien y alegría de todos los que aquí estamos, títulos que cada cual de ellos obliga al buen soldado a posponer la vida y derramar por ellos la sangre. Que si no es con la victoria, ¿con qué rostro volveréis, soldados? ¿Quién os mirará a la cara?».

 

A estas palabras respondieron todos que estaban prestos a perder las vidas antes que faltar al deber. Salieron con cuatro trompetas y sendos pajes. Entraron en la liza una hora antes que los contrarios. El combate fue muy bravo; el suceso, que de los franceses quedó uno muerto y otro rendido y nueve heridos, y muertos otros tantos caballos. De los españoles uno rendido y dos heridos y tres caballos muertos. Llegó el combate hasta la noche; no pudieron los españoles rendir a los franceses que peleaban a pie, porque se hicieron fuertes entre los caballos muertos; así, aunque el daño que recibieron fue mayor, todos salieron del palenque por buenos, de que el Gran Capitán mostró mucho descontento, que pretendía salieran del campo los españoles más honrados y no desistieran hasta tanto que a todos los contrarios tuvieran rendidos y quedara por ellos el campo.

 

A esta sazón el rey de Francia para dar más calor a aquella guerra y acudir de más cerca a todo lo necesario, se determinó pasar en Italia puesto que se detuvo en Lombardía. Lo mismo pretendía hacer el rey católico, y este intento llevaba cuando fue a Zaragoza, a que le convidaban los ejemplos de sus antepasados los reyes de Aragón, que con su presencia en Cerdeña, Sicilia y Nápoles acabaron cosas que por sus capitanes no pudieran o con gran dificultad. Era este negocio muy grave. Consultóse con grandes personajes. Los pareceres, como suele acontecer, eran diferentes y contrarios. El comendador mayor don Gutierre de Cárdenas, persona muy anciana y de grande experiencia, en una consulta que se tuvo sobre el caso hizo un razonamiento en presencia del rey de esta sustancia:

 

«Yo quisiera, señor, en negocio tan grave oír antes que hablar; pero pues soy mandado, diré lo que siento con toda verdad. Todo hombre que quiere emprender alguna cosa grande debe hacer balanza de lo que en aquella pretensión se puede ganar, con lo que se aventura a perder. Porque como no acometer empresas dificultosas es de bajo corazón, así es temeridad por las de poco momento poner a riesgo lo que es más. En este negocio si miro la reputación, que importa mucho conservar, veo que será mayor si vuestros capitanes salen con la victoria, y si se pierde, menos

 

 

 

 

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daño que ellos sean vencidos que su señor. Principalmente que la guerra podrá estar concluida cuando lleguemos allá, que forzaría a dar la vuelta con mengua y sin hacer nada; pues si por los nuestros estuviese la victoria, será suya la honra, y nuestro trabajo en balde; y si fuesen vencidos, ¿qué fuerzas bastarán a comenzar de nuevo el pleito aunque se hallasen juntas todas las de España? Las potencias de Italia están a la mira, inclinadas a seguir el partido de España; si se persuaden hay flaqueza de nuestra parte y que no bastan las fuerzas, sino que es necesaria la presencia del rey, podrán tomar otro camino. Yo no soy de parecer que los príncipes pasen en ociosidad su vida; pero tampoco deben poner a peligro sus personas en casos no necesarios. ¿Quién no ve los peligros del mar en navegación tan larga? ¿Quién no mira cuán grande es por la mar el poder de genoveses y cuán pujantes están, en especial si con ellos se juntan las armadas de Francia, como se puede temer para hacer rostro a las nuestras? ¿Quién será de parecer que la vida y salud del rey se aventure en el trance de una batalla naval, donde tanta fuerza tiene la ventura y tan poco el valor? Como se puede considerar en vuestro tío el rey don Alonso cuando fue vencido y preso con sus hermanos por pocas naves de Génova. No digo nada del disgusto de los grandes que podrán alterar el reino si se ausenta el que los enfrena y tiene a raya. Cuando todo lo demás cesase, ¿cómo podréis dejar a la reina, que está doliente y sentirá a par de muerte semejante viaje? Si algunos reyes de Aragón pasaron el mar, los tiempos y ocasiones eran diferentes, y no siempre nuestros mayores en sus hechos acertaron. Que deseéis vestir arnés y hallaros en la guerra, no me maravillo, pues os criasteis en ella desde vuestra niñez; pero mi parecer es que si esto pretendéis, la rompáis por España y forcéis al enemigo a volver a sus fuerzas a estas partes, traza con que enflaquecerá en lo de Nápoles y aún pondrá a riesgo lo de Milán. Éste, señor, es mi parecer; si acertado, sean a Dios las gracias; si contra el vuestro, merece perdón mi lealtad. Lo que vos determináredes eso será lo mejor y más acertado; y si fuere de ir a Italia, yo seré el primero que con esta edad y canas os haré compañía, ca resuelto estoy de aventurar vida y hacienda antes que faltar en lo que soy obligado; mas el que es consultado, debe libremente decir lo que siente, y el que consulta oír con paciencia y de buena gana al que habla».

 

Grande fue el aplauso que los que se hallaron presentes dieron a las razones del comendador mayor, que parecieron muy concertadas y dignas

 

 

 

 

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de persona tan avisada. Divulgóse este parecer, y un prelado, cuyo nombre no se dice, sin ser consultado sobre el caso, dio al rey escrito un papel de esta sustancia:

 

«El atrevimiento que tomo de dar consejo sin ser llamado merece perdón; pues el negocio es común, toados tenemos licencia de hablar. Si los inconvenientes y peligros se deben considerar tan por menudo como el Comendador mayor dicen los ha encarecido, nadie acometerá hecho alguno que tenga dificultad. Ni el labrador se pondrá al trabajo de la sementera, ni el piloto a los peligros del mar, ni el soldado embrazará las armas con riesgo de su vida, finalmente, nadie cumplirá con su oficio. Ésta es la miseria de los hombres, que ninguna cosa grande da Dios o la naturaleza a los mortales sino a costa de mucho afán. No hay duda sino que el primer oficio y mas propio de los reyes es el cuidado de la guerra, de juntar y gobernar sus huestes, sea para defenderse, sea para acometer cuando es necesario; y nadie puede negar sino que esto se hace mejor en presencia del rey que por otro, sea quién fuere. Acúdenle sus vasallos y acompáñanle; los pequeños, los medianos y los mayores tienen por cosa vergonzosa quedarse en casa cuando su cabeza y su rey se pone al trabajo. Nadie se desdeña de seguirle, como quier que muchos tengan por afrenta ser gobernados por los que son menos que ellos. El ejemplo está en la mano. ¿Cuál de los grandes, decidme, es ido a la guerra de Nápoles con tener el general partes tan aventajadas en todo? Fuera de esto, el dinero, municiones y todo lo demás se despacha más en breve. Las determinaciones en las dificultades son más acertadas cuando el rey ve por sus ojos lo que pasa. Lo que viene de tan lejos determinado y proveído tarde llega, y muchas veces fuera de sazón, por no decir que las más veces va errado. El amor de los soldados para con su príncipe es la cosa más importante en la guerra; éste nace del conocimiento, porque son como los perros, y así los llama Platón, que halagan a los que conocen, y ladran a los extraños. En presencia de su príncipe que los ha de premiar, los valientes se hacen leones, y los cobardes se avergüenzan. Homero aludió a esto cuando finge que los mismos dioses se hallaban en las batallas, y que el rey Agamenón llamaba por sus nombres a todos los soldados. Por cierto Alejandro y César nunca hazañas tan grandes acabaran si quedándose en su regalo se encomendaran a sus capitanes. ¿Quién echó por el suelo la grandeza del imperio romano? ¿Los príncipes que se contentaron de dar orden en las cosas de la guerra desde su casa?, Y por

 

 

 

 

 

 

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dejar cuentos antiguos, yo creo, señor, que los moros se estuvieran hoy en España si vos mismo no fuérades a la conquista de Granada. Carlos, rey de Francia, ¿cuán en breve allanó con su presencia todo lo de Nápoles? Su ausencia fue causa que se volviese a perder lo ganando. Los trabajos no son grandes a causa que a los reyes nunca falta el regalo y el servicio; y el aplauso que todos les dan hace que se sientan menos las incomodidades. Pues ¿qué diré de los peligros del mar? ¿Cuándo vimos algún rey ahogado? Por cierto muy raras veces. Y si el rey don Alonso quisiera excusar aquella batalla naval con que nos espantan, nadie le forzara a darla. La mucha confianza de sí, el desprecio de los enemigos fueron ocasión de aquel desastre, del cual salió tan bien por el respeto que a su persona, se tuvo como a rey, que fue casi el todo para allanar sus contrarios. Que si todavía parece duro que el rey se halle en las batallas y ponga a riesgo su vida, por lo menos podrá ir a Sicilia, visitar a aquel su reino, y dará asiento en sus cosas, y con más calor se acudirá como de tan cerca a la guerra de Calabria y Pulla. Esto es lo que yo siento en el caso presente; bien sé que mi parecer no agradará a todos, mas no son peores las medicinas que no dan gusto al paladar».

 

El voto del obispo, aunque libre, pareció a muchos muy acertado, aún a los mismos que deseaban lo contrario; y si no se conformaban con él, más era por falta de voluntad que por no aprobarle. Siguióse pues el del comendador mayor, que era más a gusto de todos y más recatado; en especial que se le arrimaron don Enrique Enríquez, tío del rey, don Álvaro de Portugal, presidente del Consejo Real, Garci Laso de la Vega, Antonio de Fonseca y Hernando de la Vega, personas de grande autoridad y conocida prudencia. El mismo Gran Capitán por sus cartas se conformaba con esto, y aún daba por muy cierta la victoria, seguridad que en los grandes capitanes no se suele tener por acertada. A la verdad las asonadas de guerra que por las fronteras de Francia se mostraban no daban lugar a que la persona del rey se ausentase.

 

 

 

 

XVI. Que los españoles segunda vez presentaron

 

la batalla a los franceses

 

 

 

 

 

 

 

 

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Al mismo tiempo que en Zaragoza se trataba de la jura de los príncipes archiduques, el partido de España iba muy de caída en Calabria. Acudió el virrey a Mesina, juntó la gente extranjera que pudo para socorrer a los suyos. De Roma, don Hugo y don Juan de Cardona, hermanos del conde de Golisano, dejado el cómodo que tenían muy honrado acerca del duque Valentín en la Romaña, a persuasión del embajador Francisco de Rojas llevaron a la misma ciudad doscientos cuarenta soldados, gente escogida. Luego que llegaron al puerto de Mesina, con su gente y la demás que pudieron recoger, pasaron el faro a tiempo que el conde de Melito, hermano del príncipe de Bisiñano, tomada Terranova, sitiaba el castillo y le tenía muy apretado. Don Hugo hizo marchar la gente hacia aquella parte, y desbaratado el conde que le salió al encuentro, hizo alzar el cerco, y aún los príncipes de Salerno y de Bisiñano, que estaban sobre Cosencia, fueron forzados, dejado aquel cerco, por reparar el daño a bajar a la llanura de Terranova.

 

Sucedió este encuentro cuatro días antes que Manuel de Benavides llegase con la gente que traía en quince naves al puerto de Mesina. Entre los demás capitanes vino Antonio de Leiva, soldado muy bravo y capitán muy prudente, y más en lo de adelante. Pasaron lo más en breve que pudieron a Calabria para juntarse con don Hugo y con los demás. Acordaron los príncipes, que se recogieron en Melito, que el conde con setecientos suizos y algunos caballos y gente de la tierra fuese a ponerse sobre Cosencia. Llegó a alojar a la Mota de Calamera, que está tres millas de Rosano, do alojaba la mayor parte de los españoles, que amanecieron sobre aquel lugar, y como era flaco y abierto, le entraron. De los contrarios, unos fueron muertos, otros huyeron, algunos con el conde se retiraron al castillo. Y porque se tuvo nueva que el señor de Aubeni con todo su poder iba en socorro del conde, los españoles dieron la vuelta a Rosano.

 

Por el mismo tiempo Fabricio de Gesualdo, hijo del conde de Conza y yerno del príncipe de Melfi, que era frontero de Tarento, fue a correr la tierra de aquella ciudad. Salieron contra él Luis de Herrera y Pedro Navarro, capitanes de la guarnición en Tarento. Esperaron en cierto paso a los contrarios, en que todos fueron presos o muertos, que no escaparon sino tres; el mismo Fabricio quedó cautivo. En lo demás de la Pulla se hacía la guerra tanto con mayor calor, que cada cual de las partes pretendía cobrar la aduana de los ganados, que es una de las más gruesas rentas de

 

 

 

 

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aquel reino. Los encuentros fueron diversos, que sería largo el relatarlos por menudo; el daño de los naturales muy grande. Españoles y franceses hacían presas en los ganados de la gente miserable. Por atajar estos daños acordó el duque Nemurs en Canosa, do estaba, de venir con todo su campo a romper una puente del río Ofanto, distante cuatro millas de Barleta. Parecíale que, quitada aquella comodidad, los contrarios no podrían con tanta facilidad pasar a hacer correrías en la Pulla, en especial al tiempo que aquel río con las lluvias coge mucha agua. Asimismo el señor de Aubeni, luego que entró en la Calabria, fue sobre los contrarios que se hallaban en Terranova. El lugar era flaco y falto de bastimentos; acordaron dejarle y por la sierra pasar a la Retromarina. Atajáronles los pasos los franceses. Así, en aquellas fraguras hicieron huir de los españoles la gente de a pie, y de los caballos prendieron hasta cincuenta, parte hombres de armas, parte jinetes, los más de la compañía de Antonio de Leiva, que en aquella apretura peleó con mucho esfuerzo; los más empero se retiraron a Girachi y otras fuerzas de aquella comarca.

 

Con esta rota, que fue segundo día de Navidad, ganó tanta reputación el señor de Aubeni, que casi toda la Calabria se tuvo luego por él. Cuatro días adelante el de Nemurs, como lo tenía acordado, vino con su campo sobre la puente de Ofanto, y con la artillería abatió el arco de en medio junto con una torre que a la entrada de aquella puente quedó medio derribada desde que los días pasados pasó otra vez por allí. Tuvo el Gran Capitán aviso de la venida del duque de Nemurs. Hizo venir la gente que tenía en Andria, que era buen golpe. Tardaron algún tanto, pero en fin pudo salir a tiempo que descubrió los contrarios; mas ellos no quisieron aguardar, antes volvieron por el camino que eran idos. Envió el Gran Capitán a decir al duque con un trompeta que ya él iba, que le aguardase. Respondió que cuando Gonzalo Fernández estuviese tan cerca de Canosa como él llegó de Barleta, le daba la palabra de salir a darle la batalla.

 

A este mismo tiempo por la vía de Alicante llegó a Madrid, do los reyes se hallaban, el duque de Calabria; y maguer que iba preso, el tratamiento y recibimiento que se le hizo fue como a hijo de rey. Por otra parte, el duque Valentín hacia la guerra en la Romaña con grande pujanza, ca el primer día de enero del año de 1503 se le entregó Senagalla, que era del hijo del prefecto, sobrino del cardenal Julián de la Rovere. Sobre seguro prendió allí a Francisco Ursino, duque de Gravina, que se fue a ver con él, junto con Pablo Ursino, Vilelocio y Oliveroto de Fermo. El papa,

 

 

 

 

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avisado de esto al tanto, hizo luego en Roma prender al cardenal Ursino. Todo se enderezaba a ejemplo de los coloneses, que andaban desterrados y pobres por la violencia del papa, a destruir asimismo la casa de los Ursinos y apoderarse de sus estados, sin embargo que poco antes hiciera una estrecha confederación con ellos. Poco después cobró él mismo a Perosa y Civita Castelli, y aún pretendía apoderarse de las repúblicas de Sena, Luca y Pisa. Sólo enfrenaba ésta su codicia demasiada el temor del rey de Francia, que tenía estas ciudades debajo de su protección, con que podía desde Francia enviar sus gentes hasta Nápoles como por su casa sin que nadie le pusiese impedimento; dado que la guerra entre Florencia y Pisa se continuaba, y los pisanos por valerse del rey católico pretendían poco antes de este tiempo ponerse debajo de su amparo. No quiso él por entonces tratar de ello por respetos que tuvo; cuando quiso volver a la plática era pasada la coyuntura.

 

De Portugal dos primos, Alonso y Francisco de Alburberque, con cada tres naves partieron para la India Oriental.

 

 

 

 

XVII. Que el señor de la Paliza fue preso

 

El Gran Capitán en Barleta, do tenía sus gentes, se hallaba en grande aprieto, y era combatido de contrarios pensamientos. Por una parte no quería salir al campo hasta tanto que asegurase su partido con la venida de los alemanes, y el socorro que de España venía, que aguardaba por horas. Por otra parte la falta de bastimentos le ponía en necesidad de desalojar el campo, e ir en busca del enemigo, que tenía su gente repartida en Monorbino, donde el general estaba, y Canosa y Ciriñola, pueblos más proveídos de mantenimientos. En esta perplejidad siguió el camino de en medio, que fue enviar diversas compañías y escuadrones a correr la comarca, traza muy a propósito para juntamente conservar la reputación, ejercitar su gente y entretenerse con las presas.

 

Con esta resolución, a 15 de enero, salió de Barleta. Envió delante al comendador Mendoza con trescientos jinetes para que corriesen la tierra hasta Labelo, distante veinticinco millas de allí, y que alcanzaba buena parte de la aduana. Él con la demás gente se puso a cuatro millas de Monorbino para hacer rostro si los franceses saliesen contra los suyos.

 

 

 

 

 

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Arrancaron los corredores en aquella salida más de cuarenta mil ovejas. Salieron de la Ciriñola doscientos hombres de armas y otros tantos arqueros para juntarse con otros tantos que alojaban en Canosa e ir juntos a quitarles la presa. La gente del Gran Capitán los quiso atajar, pero con mal orden, que fue causa que se pudiesen entrar en Canosa, aunque con pérdida de alguna gente. No salió el de Nemurs, y así los nuestros se pudieren recoger con la presa que llevaban.

 

Cuatro días después por aviso que tuvieron que el señor de la Paliza salía con quinientos caballos acorrer lo de Barleta, salieron el Gran Capitán y don Diego de Mendoza a ponerse en dos pasos por donde los franceses forzosamente habían de pasar. Cayó el de la Paliza con su caballo al salir, que fue causa de quedarse con la más gente; sólo fue un su teniente, por nombre Mota, con setenta, parte hombres de armas, parte arqueros, a hacer la correría. Cayeron en la celada, y de todos no se salvaron sino dos que no fuesen muertos o presos. Entre los demás quedó en poder de don Diego de Mendoza Mota, teniente del capitán.

 

Éste en pláticas que tenía se adelantó a decir mal de la nación italiana. Volvía Íñigo López de Ayala por los italianos y defendíalos con buenas razones. El francés con el calor y porfía se arrojó a decir que si diez italianos quisiesen hacer armas con otros tantos franceses, que él sería uno de ellos, y les probaría ser verdad lo que decía. Llegó esta plática a orejas de los italianos que estaban allí en servicio de España. Quejáronse al Gran Capitán, y pidieron licencia para volver por su nación. Él se la dio de buena gana. Hubo demandas y respuestas sobre asegurar el campo y sobre el número de combatientes; en fin, señalaron el campo entre Andria y Cuarata. Juntamente acordaron que de cada parte peleasen trece. Salieron a los 13 de febrero los unos y los otros, y el Gran Capitán, por lo que pudiese suceder, se puso con toda su gente cerca de Andria. Los jueces señalaron los puestos a los unos y a los otros. Hacía grande viento y ayudaba a los italianos. Pidieron los franceses que el viento se dividiese; no se acordaron los jueces en esto. Encontráronse con las lanzas, y dado que casi a todos los franceses se les cayeron por el gran viento, ningún caballo fue muerto ni caballero derribado. Vinieron a los estoques y hachas, en que los italianos se aventajaron tanto, que en espacio de una hora a los franceses todos echaron del campo y los rindieron; quedó uno de ellos muerto, y otro muy mal herido. De los italianos uno solo quedó herido ligeramente. Con esta victoria entraron aquellos caballeros aquella

 

 

 

 

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noche en Barleta, los doce prisioneros delante. Fue grande el contento de todos, y más del Gran Capitán, que para más honrarlos los hizo cenar consigo.

 

A la misma sazón salieron de Tarento Luis de Herrera y Pedro Navarro con su gente; tomaron por trato a Castellaneta y otros muchos lugares por aquella comarca. Ofrecíase otra empresa de mayor importancia; alojaban el señor de la Paliza, que se llamaba virrey del Abruzo, y el lugarteniente del duque de Saboya en un pueblo, que se llama Rubo, dieciocho millas distante de Barleta; tenían pasados de quinientos soldados entre hombres de armas y arqueros. Deseaba el Gran Capitán dar sobre ellos. Tuvo aviso que el duque de Nemurs iba a recobrar a Castellaneta, y que con el príncipe de Melfi quedaba en Canosa la fuerza del ejército francés, y que de nuevo otros ciento cincuenta soldados eran idos a Rubo por asegurar más aquella plaza. Con este aviso un miércoles, a 22 de febrero, salió al anochecer el Gran Capitán con mil caballos y tres mil infantes y algunas piezas de artillería. Con esta gente y aparato amaneció sobre Rubo. Asestaron la artillería. Los soldados, antes que el muro estuviese abatido del todo, sin orden acometieron con deseo de tomar el pueblo a escala vista. Fueron por los de dentro rebatidos, y retiráronse, aunque sin daño. Prosiguieron la batería, y derribada buena parte del muro, tornaron los de España a acometer. Los de dentro se defendían muy bien, y el combate fue muy sangriento; mas en fin, los de España entraron por fuerza. Murieron doscientos franceses, y quedaron heridos otros muchos. El señor de la Paliza con una herida en la cabeza al salir del lugar, ca pretendía salvarse, fue preso. El teniente del duque de Saboya se retiró al castillo para defenderse hasta que llegase el socorro; pero como se plantase la artillería para batirle, se rindió a merced. Fueron asimismo presas otras personas de cuenta que hacían grande falta en el campo francés. De los vencedores murieron pocos. Don Diego de Mendoza a la entrada fue herido en la cabeza con una piedra que le sacó de sentido; pero todo el daño quedó en el almete.

 

Con esta victoria y con el saco se retiraron luego los nuestros porque no cargase la gente francesa, que no estaba lejos, mayormente que el de Nemurs, avisado que fue de la resolución del Gran Capitán, sin tomar a Castellaneta dio la vuelta, para juntarse con el príncipe de Melfi y acorrer a Rubo. Su venida fue tarde, por donde ni en lo uno ni en lo otro hizo algún efecto; y desde este tiempo sus cosas comenzaron a ir de caída, en

 

 

 

 

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especial que un Perijuan, caballero de San Juan, provenzal de nación, el cual con cuatro galeras y dos fustas era venido de Rodas en favor de franceses e impedía a los nuestros las vituallas y aún tomaba los bajeles que andaban desmandados por aquellas riberasde la Pulla, fue desarmado por los nuestros. Lezcano, cabo de cuatro galeras que andaban por aquellas costas de Pulla, hombre diestro en el mar, las reforzó de remeros y puso en ellas quinientos soldados para acometer al enemigo. Fue en su busca la vuelta de Brindez; él, aunque tenía más número de bajeles, no se atrevió a pelear, metióse en el puerto de Otranto, fiado en el amparo de venecianos. Lezcano no se curó de esto; tomó primero una nao y una carabela que halló fuera del puerto con otros bajeles; con esto fue tanto el miedo de Perijuan, que sin aventurar a defenderse, de noche sacó la gente y la ropa que pudo, y echó a fondo las galeras y fustas con la artillería porque de ellas no se aprovechasen los enemigos.

 

El almirante Vilamarín se tenía en el puerto de Mesina con algunas galeras para asegurar aquella costa y acudir a la parte que fuese necesario. Para reforzarse aguardaba la venida de Luis Portocarrero. Por otra parte, pretendía el Gran Capitán viniese a surgir en algún puerto de la Pulla, porque no se detuviese en lo de Calabria, como lo hizo Manuel de Benavides, contra el orden que él tenía dado, es a saber, que fuese a juntarse con él. Este mismo orden se dio a Luis de Herrera y Pedro Navarro que guardaban a Tarento; y a Lezcano, que desarmado el contrario luego desembarcó los quinientos soldados, y al obispo de Mazara, que estaba en Galipoli, que con sus gentes acudiesen a Barleta; todo a propósito de rehacerse de fuerzas para dar la batalla de poder a poder a los franceses y de una vez concluir con aquella guerra.

 

 

 

 

XVIII. Que el marqués del Vasto se declaró por

 

España

 

El mismo cuidado de rehacerse de fuerzas tenía el duque de Nemurs en Canosa, tanto más, que los españoles en diversos encuentros le mataban mucha de su gente, ca en San Juan Redondo el capitán Arriarán, que se tenía en Manfredonia, pasó a cuchillo doscientos franceses; Luis de Herrera y Pedro Navarro cerca de las Grutallas mataron otros doscientos y

 

 

 

 

 

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prendieron cincuenta que les tenían tomado un paso al salir de Tarento, según que les fuera ordenado. Mas adelante estos dos capitanes y Lezcano, entre Conversano y Casamaxima desbarataron y prendieron al marqués de Bitonto, el cual con obra de quinientos hombres de a pie y de a caballo se iba a juntar con el duque de Nemurs. Murieron en la refriega, entre otros muchos, Juan Antonio Acuaviva, tío del marqués, y un hijo suyo. Lo mismo sucedió al capitán Oliva, que se encontró con una compañía de franceses y los desbarató con muerte de treinta de ellos. Don Diego de Mendoza dio sobre cincuenta caballos y setenta de a pie que salieron de Viseli contra los forrajeros del campo español, en cuya guarda él iba. Los caballos se retiraron a Viseli; los de a pie a una torre, en que fueron combatidos y muertos.

 

Movido de estos y otros semejantes daños, el duque de Nemurs envió a avisar al señor de Aubeni y a los príncipes de Salerno y Bisiñano que dejado el mejor orden que pudiesen en Calabria, se viniesen a juntar con él para dar la batalla a los contrarios. No obedecieron ellos por entonces a este orden por causas que para ello alegaron.

El Gran Capitán tenía el mismo deseo de venir a las manos, y los unos y los otros eran forzados a aventurarse por la gran falta de bastimentos que padecían; y retirarse de los alojamientos en que estaban fuera perder reputación, que temían que la tierra se les rebelase. Verdad es que una nave de venecianos a esta sazón llegó a Trana cargada de trigo, que vino a poder de los nuestros, y otras cinco en dos veces arribaron de Sicilia con seis mil salmas de trigo, ayuda con que el Gran Capitán se pudo entretener algún tiempo junto con las presas que de ordinario de ganados se hacían. Traía de días atrás sus inteligencias con las ciudades del Abruzo, y en particular con la ciudad del Aguila; por otra parte Capua, Castelamar, Aversa y Salerno se le ofrecían. Acordó con todas que luego que saliese en campaña se levantarían por España. Recibió a concierto al conde de Muro, dado que fue el primero a alzarse por los franceses en Basilicata, do tenía su estado. El de Salerno trató de pasar a la parte de España, y aún ofrecía de casar con hija del Gran Capitán. Poco se podía fiar de su constancia ni de la del príncipe de Melfi, que al tanto daba muestra de querer reducirse.

 

La cosa de más importancia que en este propósito se hizo fue que don Íñigo Dávalos se declaró del todo por el rey católico con la isla de Iscla, en que se entretenía a la sazón. Era el origen de este caballero de España, ca don Íñigo Dávalos, hijo del condestable don Ruy López Dávalos, gran

 

 

 

 

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camarlengo del reino de Nápoles, casó con Antonela de Aquino, hija heredera de Bernardo Gaspar de Aquino, marqués de Pescara. De este matrimonio nació don Alonso Dávalos, marqués de Pescara, al que mató sobre seguro un negro en un fuerte de Nápoles, y dejó un hijo niño, que se llamó don Fernando. Nació asimismo don Íñigo, a quien el rey don Fadrique hizo marqués del Vasto, y le dio por toda su vida el gobierno de la isla de Iscla con la tenencia de la fortaleza, rentas de la isla y minas de los alumbres. Hermana de estos dos caballeros fue doña Costanza Dávalos, condesa de la Cerra, y después duquesa de Francavila. Tuvieron asimismo otro hermano, que se llamó don Martín, y fue conde de Montedorosi, sin otros dos que se nombraron en otro lugar.

 

Concertó el Gran Capitán que se le daría al marqués todo lo que antes tenía, y de nuevo se le hizo merced de la isla de Prochita, demás de una conducta que le ofrecieron de cien lanzas y doscientos caballos ligeros, y a su sobrino se concedió el marquesado de Pescara y el oficio de gran camarlengo; además que si los españoles fuesen echados de aquel reino, se les prometía recompensa de sus estados en España, condiciones todas muy aventajadas. Gastóse algunos meses en concederlas, y por esto tardó tanto el marqués en declararse, como en lo demás fuese muy español de afición y muy adverso de Francia. Hijo de este marqués fue don Alonso, muy valeroso capitán los años adelante, y que heredó el marquesado de Pescara por muerte de su primo don Fernando, que no dejó hijo alguno. Nieto del mismo fue don Fernando Dávalos, marqués de Pescara, al cual los años pasados vimos virrey de Sicilia, casado con hermana del duque de Mantua. Alzó el marqués en Iscla las banderas por España el mismo día de Pascua de Resurrección.

 

Por el mismo tiempo que el marqués se pasó a la parte del rey católico, el comendador Aguilera desembarcó en Cotron con trescientos soldados que envió últimamente desde Roma el embajador de socorro. El comendador Gómez de Solís al tanto socorrió el castillo de Cosencia y entró por fuerza la ciudad; echó al conde de Melito que allí estaba con cuatro tanta gente que la que él llevaba. Sobre los prisioneros que se tomaron en Rudo hubo duda; y entre franceses y españoles anduvieron demandas y respuestas. Tenían concertado que se hiciesen guerra cortés, y para esto entre otras cosas acordaron que los prisioneros de a caballo perdiesen armas y caballo, y se rescatasen por el cuartel del sueldo que ganaban. Prendieron los franceses los días pasados en cierto encuentro a

 

 

 

 

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Teodoro Bocalo, capitán de albaneses, y a Diego de Vera, que tenía cargo de la artillería, y a Escalada, capitán de infantería española, con otros hasta en número de treinta. Soltaron a los demás conforme a lo concertado. Detuvieron los tres con color que eran capitanes y que no se comprendían en el concierto ni era justo que pasasen por el orden que los otros. Sin embargo, al presente hacían instancia que los prisioneros de Ruho se rescatasen conforme a lo que de los demás tenían asentado, sin mirar que eran los más gente muy principal y muchos capitanes.

 

Avisaron al Gran Capitán que aquella ley guardada en la milicia napolitana cuanto a los prisioneros de a caballo que se rescatasen por el cuartel de su sueldo, no se extendía a los que en batalla campal eran presos o en lugar que se tomase por fuerza de armas. Consultóse el caso con soldados y caballeros ancianos de la tierra; y como quier que todos conformasen en este parecer, conforme a él se respondió a los franceses, y los prisioneros quedaron para rescatarse cada cual según su posibilidad y como se concertasen con los que los rindieron y los tenían en su poder. El principal intento fue entretenerlos para que no pudiesen servir al duque de Nemurs en la batalla que según el término en que las cosas se hallaban se entendía no se podía excusar.

 

 

 

 

XIX. De las paces que el archiduque asentó con

 

Francia

 

Al tiempo que el archiduque partió de Madrid hizo grande instancia con el rey, su suegro, para que le declarase su determinada voluntad en lo que tocaba a tomar algún medio de paz con Francia, y que le diese comisión para tratar de ella, caso que el rey de Francia viniese en lo que era razón. Rehusó el rey católico de hacer esto al principio, sea por no fiarse del todo de su yerno, y menos de los que tenía a su lado, que eran tenidos por muy franceses, o por no desanimar a los que se tenían de su parte en Italia si se entendiese que el archiduque por su orden y con su beneplácito pasaba por Francia. Sin embargo, la instancia fue tal, que finalmente le dio la comisión con una instrucción muy limitada, que prometió de no exceder en manera alguna, y aún después con fray Bernardo Boil, abad de San Miguel de Cuja, le envió el poder para concluir con nueva instrucción.

 

 

 

 

 

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Diole orden que no diese parte a nadie que llevaba aquel poder, sino sólo al archiduque, debajo de juramento que lo tendría secreto; y que si no se guardase la instrucción, no diese el poder hasta dar aviso de todo lo que pasaba.

 

Llegó el archiduque a Lyon por el mes de marzo, en sazón que la guerra se hacía en la Pulla y Calabria con el calor que queda mostrado; y en Alcalá de Henares la princesa parió un hijo, que se llamó don Fernando, a los 10 de aquel mes; bautizóle el arzobispo de Toledo; fueron padrinos el duque de Nájera y el marqués de Villena. Estaba en Lyon el legado del papa, el cardenal de Ruan y el mismo rey. Comenzóse a tratar del negocio, pero muy diferente de la instrucción que llevaban de España. El abad avisó al archiduque que no se debía pasar adelante sin avisar primero a su rey. No dieron lugar a ello ni comodidad de despachar un correo, como lo pedía; antes le pusieron tales temores, que le convino entregar el poder que tenía, y aún al príncipe estrecharon tanto sobre el caso, que buenamente no se pudo excusar por estar en poder del rey de Francia y porque los de su consejo eran de parecer que concluyese, sin tener cuenta con la instrucción que llevaba. Creyóse que los franceses con dinero que les dieron los cohecharon y ganaron. La suma de esta concordia fue que se tomasen uno de dos medios, o que el rey católico renunciase la parte que le pertenecía del reino de Nápoles en su nieto don Carlos y el de Francia la suya en su hija Claudia, que tenían concertados; que entre tanto que los dos no se casaban, la parte del rey católico se pusiese en tercería en poder del archiduque y de los que él nombrase, y la otra quedase en poder de franceses; o que el Católico tuviese su parte, y el de Francia la suya, y la Capitinata sobre que contendían se pusiese en tercería. Eran estos medios muy fuera de propósito, pues por el primero los franceses se quedaban con su parte, y quitaban al rey católico la suya, pues le forzaban a sacar los españoles de aquel reino; y por el segundo se quedaban las cosas en la misma reyerta que antes.

 

Esto se trataba en sazón que el rey católico era vuelto a Zaragoza para dar conclusión en las Cortes que allí se continuaban. En ellas al principio del mes de abril en presencia suya fue acordado que Aragón sirviese para aquella guerra por tres años con doscientos hombres de armas y trescientos jinetes a sus expensas, con tal que los capitanes y gente fuesen naturales del reino. Pusiéronse en breve en orden, y fue acordado que marchasen la vía de Rosellón, por asonadas de guerra que de Francia se mostraban, para

 

 

 

 

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defender aquella frontera si intentasen de romper los franceses por aquella parte, como se temía, a causa que el mariscal de Bretaña, capitán general de Francia, y el señor de Dunoes y el gran Escuyer se acercaban a Carcasona con los pensionarios del rey, y otras muchas gentes se esperaban allí de diversas partes. Por esto el rey proveyó que su gente se acercase a Figueras, y don Sancho de Castilla, capitán general de Rosellón, apercibía todas aquellas plazas para que no le hallasen descuidado. El mismo rey acordó acercarse a aquellas fronteras. Llegó a Poblet, cuando por una del abad fray Boil tuvo aviso de la premia que al príncipe se hacía para que asentase la concordia contra el orden que llevaba. Respondióle el rey lo que debía hacer. Todo no prestó nada, que las paces se publicaron, y el archiduque despachó a Juan Edin, su aposentador mayor, y el rey de Francia un Eduardo Bullolo, ayuda de cámara, para que cada cual por su parte avisasen al Gran Capitán y al de Nemurs cómo quedaban las paces concluidas, y que por tanto sobreseyesen, y no se pasase más adelante en la guerra.

 

Con tanto, el archiduque se partió de Lyon la vía de Saboya para verse con su hermana madama Margarita, con quien y con aquel duque tuvo las fiestas de Pascua. Apresuraron Juan Edin y Eduardo su camino por Roma publicando que las paces eran hechas. Llegaron a Barleta en sazón que los dos generales se aprestaban a toda furia para venir a las manos, en especial el Gran Capitán, después que dos mil quinientos alemanes que se embarcaron en Trieste, y sin contraste pasaron por el golfo de Venecia, a los 10 de abril aportaron a Manfredonia, socorro que esperaba con grande deseo. Diole Juan Edin la carta que le llevaba del archiduque, en que le encargaba y mandaba de parte del rey que sobreseyese él y todos los demás en todo auto de guerra, porque esto era lo que convenía. Estaba el Gran Capitán prevenido por cartas de su rey, en que le avisaba de la ida del archiduque por Francia; y porque de ella podría resultar que se hiciese algún asiento de paz o tregua, le ordenaba que puesto que el archiduque le escribiese alguna cosa en este propósito, no hiciese lo que le ordenase sin su especial mandato. Así, respondió que no se podía cumplir aquel orden sin que primero el rey, su señor, fuese informado del estado en que las cosas de aquel reino se hallaban; que los franceses rompieron la guerra a tuerto, y que al presente, que tenían perdido el juego, no podía ni debía aceptar semejante paz; que él sabía bien lo que debía hacer, y en persona iría a dar la respuesta al duque de Nemurs. Como lo dijo, así lo cumplió.

 

 

 

 

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El rey católico asimismo no quiso venir en esta concordia, si bien para cumplir con todos tornó a mover la plática de restituir el reino al rey don Fadrique; mas el francés no quiso oír al embajador que para este efecto le enviaron, antes le despidió afrentosamente por el sentimiento que tenía grande de que la concordia no se guardase.

 

 

 

 

XX. Que el señor de Aubeni fue vencido y preso

 

Con la armada que se aprestó en Cartagena partió Luis Portocarrero mediado febrero. La navegación conforme al tiempo fue trabajosa en el golfo de León, y después en el paraje de la costa de Palermo tuvieron dos tormentas muy bravas. Llegaron en veinte días al puerto de Mesina con la armada entera y junta, dado que hombres y caballos padecieron mucho. Tratóse allí a qué parte del reino irían a desembarcar; algunos eran de parecer que conforme a los avisos del Gran Capitán pasasen a la costa de Pulla para juntarse con la masa del ejército español; a Luis Portocarrero pareció que la navegación era muy larga para gente que venía cansada y maltratada del mar. Pasó a Rijoles con su armada con intento de hacer la guerra por la Calabria conforme al orden que traía de España.

 

El señor de Aubeni, después de la rota que dio a Manuel de Benavides y a don Hugo de Cardona, tenía sus alojamientos en la Mota Bubalina con esperanza de tomar por hambre a Girachi, que está distante tres leguas, y buena parte de los vencidos después de la rota se recogió a aquella plaza. Era ido el príncipe de Bisiñano a su estado, y el de Salerno y conde de Melito se partieron para Nápoles.

Determinó Portocarrero de salir en campaña, y con este intento hizo alarde de su gente en Rijoles cuando le sobrevino una fiebre mortal. Antes que falleciese fue avisado que algunos capitanes de cuenta se entraron en Terranova, lugar que con otros muchos desampararon los franceses luego que supieron que la armada era llegada. Supo más que el de Aubeni, sabida la enfermedad, acudió a ponerse sobre ellos, y los tenía muy apretados por ser aquel lugar flaco. Con este aviso Luis Portocarrero nombró en su lugar a don Fernando de Andrada para que con la gente de a pie y de a caballo fuese a socorrer a los cercados, y al almirante Vilamarín dio orden que enviase sus galeras delante Joya para desmentir a los

 

 

 

 

 

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franceses que entendiesen iba el socorro por mar y por tierra. Apresuráronse los españoles, porque tenían entendido que los de Terranova padecían gran falta de bastimento. Llegaron a Semenara; tuvo el de Aubeni noticia del socorro que iba, alzóse del burgo de Terranova, do alojaba, y pasóse a los Casales. Don Fernando, contento de haber socorrido a los cercados, se detuvo en Semenara.

Allí le acudieron otras compañías de gente, en particular Manuel de Benavides, Antonio de Leiva, Gonzalo Dávalos, don Hugo y don Juan de Cardona, cada cual con su gente, con que formó un buen ejército bastante para romper al enemigo al tiempo del retirarse la vía de Melito. De este parecer era don Hugo que le acometiesen; pues todas las veces que se reconoce notable ventaja, los prudentes capitanes se deben aprovechar de la ocasión, que si la dejan pasar, pocas veces vuelve. Mas don Fernando se excusó con el orden que llevaba de no dar en manera alguna la batalla.

Falleció finalmente Portocarrero; su cuerpo depositaron en la iglesia mayor de Mesina enfrente de la sepultura de don Alonso el Segundo, rey de Nápoles. Por su muerte resultó alguna diferencia entre los capitanes sobre quién debía ser general. Acordaron de remitirse al virrey de Sicilia, el cual se conformó con la voluntad del difunto, y tornó a nombrar a don Fernando de Andrada. Sintiéronse de esto y agraviáronse don Hugo y don Juan de Cardona que un caballero mozo y de poca experiencia fuese antepuesto a los que en nobleza no le reconocían ventaja, y en las cosas de la guerra se la hacían muy conocida; pero no por eso dejaron de acudir con los demás, ca venció el deseo de servir a su rey y hacer lo que debían al sentimiento y pundonor.

 

Tenía toda la gente española mucho deseo de venir a las manos; las estancias muy cerca de las de los contrarios. El de Aubeni mostraba no menor voluntad de querer la batalla, y envió un trompeta a requerirla. Los españoles la rehusaban por el orden que tenían. Cobró avilenteza con esto, y por entender que nuestros soldados estaban descontentos, porque no les pagaban. Salió de Rosano y Joya para acercarse a los contrarios, tanto, que se adelantó a dar vista a Semenara. Pasó el río y entró por la vega adelante, que fue grande befa. Habían estado los gallegos poco antes amotinados porque no les pagaban. Podíase temer algún desmán. El virrey de Sicilia con algún dinero y los capitanes con las joyas y plata que vendieron, los aplacaron en breve. Los franceses eran trescientos hombres de armas y seiscientos caballos ligeros y mil quinientos infantes y más de tres mil

 

 

 

 

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villanos. Los españoles con buen orden salieron de Semenara en número ochocientos caballos y cerca de cuatro mil peones. Retiróse el de Aubeni a Joya sin atreverse a esperar la batalla. Siguiéronle los contrarios con intento de combatir el lugar. Pasaron algunas cosas de menor cuenta, hasta que un virnees de mañana, a 21 de abril, los unos y los otros, como si la batalla estuviera aplazada, sacaron sus gentes al campo. El de Aubeni animaba a los suyos, traíales a la memoria la victoria que los años pasados ganaran en aquel mismo lugar y puesto del rey don Fernando de Nápoles y del Gran Capitán:

 

«Si contra ejército tan pujante y capitanes los más valerosos de Italia salisteis con la victoria y disteis muestra de la ventaja que hacen los franceses a las demás naciones, ¿será razón que contra unos pocos y mal avenidos soldados perdáis el ánimo, perdáis el prez y gloria que poco ha ganasteis? No lo permitirá Dios, ni vuestros corazones tal sufrirán; morir sí, pero no volver atrás. Acordaos de vuestra nobleza, del nombre y gloria de Francia». Esto decía el de Aubeni.

 

Adelantábanse los campos por aquella llanura al son de sus atambores y trompetas. Cada parte pretendía aventajarse en tomar el sol. Pasaron los de España con este intento el río un poco más arriba. Antojóseles a los franceses que se retiraban. Arremetieron con poco orden, y con menos dispararon el artillería antes que la contraria, que no hizo daño alguno ni desbarató la ordenanza que los de España llevaban, los cuales a la mano izquierda pusieron la infantería, a la derecha los jinetes, en medio los hombres de armas. Rompieron los caballos con tanto denuedo en los contrarios, que casi no quedó hombre de ellos a caballo. Con esto el segundo escuadrón de los enemigos, en que iba la gente de a pie, sin aventurarse se puso luego en huida. Siguieron los españoles el alcance hasta las puertas de Joya, do la mayor parte de los vencidos se retiraron. Fueron presos casi todos los capitanes de los franceses, y dentro de Joya se rindieron Honorato y Alonso de Sanseverino, el primero hermano, y el segundo primo del príncipe de Bisiñano; al de Aubeni en la Roca de Angito, donde se retiró, apretaron de manera, que se rindió al tanto por prisionero. Con esta victoria, que fue una de las más señaladas que se ganaron en toda aquella guerra, toda la Calabria en un momento quedó llana por España.

 

 

 

 

 

 

 

 

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XXII. De la gran batalla de la Cirinola

 

Hallábase el Gran Capitán en tal aprieto por falta de vituallas, que no tenía provisión para más que tres días ni orden para proveerse y traerlas de otra parte; temía no se rebelasen los lugares de aquella comarca forzados de la hambre que todos padecían igualmente. Acordó de salir a buscar al enemigo, y en primer lugar enderezarse contra la Cirinola, pueblo muy flaco, pero que tenía en el castillo bastante número de soldados, y alojado a seis millas todo el campo francés, por donde sería forzoso venir a las manos. Antes de partir socorrió a los hombres de armas con cada dos ducados, y a los infantes con cada medio. Los soldados estaban muy animados, y no hacían instancia por ser pagados.

 

El primer día por bajo de la famosa Cannas, a la ribera del río Ofanto, se fueron a poner a tres millas del campo francés. El día siguiente prosiguieron su viaje la vuelta de la Cirinola muy en orden por tener los enemigos tan cerca. Fabricio Colona y Luis de Herrera iban con los corredores, que eran hasta mil caballos ligeros. La vanguardia se dio a don Diego de Mendoza con dos mil infantes españoles. Con los alemanes y algunos hombres de armas y caballos ligeros quedó el Gran Capitán en la retaguardia para hacer rostro a los contrarios, si los quisiesen seguir. La tierra era muy seca, el día muy caluroso, la jornada larga; fatigóse tanto la gente, que murieron de sed algunos hombres de armas y peones de los alemanes y españoles. Tuvieron los franceses aviso de esta incomodidad. Acordaron aprovecharse de la ocasión y sacar la gente de su fuerte, en que se tenían muy pertrechados, a dar la batalla. Eran los franceses quinientos hombres de armas, dos mil caballos ligeros y cuatro mil suizos y gascones, repartidos en esta forma: El príncipe de Salerno llevaba en la vanguardia doscientos hombres de armas y dos mil infantes. La retaguardia se dio al príncipe de Melli con una compañía de hombres de armas, mil villanos y algunos gascones. Con lo demás en la batalla iba el duque de Nemurs. Los de España se aventajaban en la infantería, sino fuera tan fatigada. Los contrarios se señalaban en la caballería, que la tenían muy buena y muy lucida.

 

Con este orden comenzaron los franceses a picar en nuestra retaguardia. Parecía cosa imposible llegar los de España a la Cirinola, do tenían fortificados sus reales, sin perder el carruaje y aún mucha parte de la infantería, que quedaban tendidos por el suelo por la sed y calor grande.

 

 

 

 

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En este aprieto el Gran Capitán no perdió el ánimo; antes hizo que los de a caballo tomasen en las ancas los peones que tenían necesidad, y él mismo hacía lo que ordenaba a los otros, y daba con su mano de beber a los que padecían más sed. Con este orden llegaron al fin a sus estancias sin que se recibiese algún daño dos horas antes que se pusiese el sol. En esto asomó la caballería enemiga. Los de España sin dificultad dentro de sus trincheras se pusieron en ordenanza. El miedo muchas veces puede mas que el trabajo. Entonces el Gran Capitán comenzó a animar a los suyos con estas razones:

 

«La honra y prez de la milicia, señores y soldados, con vencer a los enemigos se gana. Ninguna victoria señalada se puede ganar sin algún afán y peligro. Los que estáis acostumbrados a tantos trabajos no debéis desmayar en este día, que es en el que habéis de coger el fruto de todo el tiempo pasado. La causa que defendemos es tan justificada, que cuando nos hicieran ventaja en la gente, se pudiera esperar muy cierta la victoria, cuanto más, que en todo nos adelantamos y más en el esfuerzo de vuestros corazones acostumbrados a vencer; la gana que mostrábades de venir a las manos y el talante ¿será razón que en tal ocasión la perdáis? Este día, si sois los que debéis y soléis, dará fin a todos nuestros afanes».

Tras esto se comenzó la batalla. El de Nemurs, por ser tan tarde, quisiera dejarla para el otro día. El señor de Alegre hizo instancia que no se dilatase, ca tenía por cierta la victoria. De cada parte había trece piezas de artillería; los franceses jugaron la suya primero sin hacer algún daño en nuestros escuadrones. La española, que como de lugar más alto sojuzgaba a los contrarios, hizo en ellos grande estrago. No pudo tirar sino una vez por causa que un italiano, pensando que los españoles eran vencidos, puso fuego a dos carros de pólvora que llevaban. La turbación de la gente fue grande, y la llama se esparció tanto, que se entendió eran todos perdidos. Estuvo el Gran Capitán sobre sí en este trance, que dijo a los que con él estaban con rostro alegre: «Buen anuncio, amigos, que éstas son las luminarias de la victoria que tenemos en las manos».

 

Por el daño que nuestra artillería hizo, el duque de Nemurs quiso luego trabar la pelea; arremetió con ochocientos hombres de armas contra los que estaban en ordenanza, la infantería por frente, y los hombres de armas por los costados. Tenían el arce y la cava delante, reparo que los franceses no advirtieron; por donde les fue forzoso sin romper lanza dar el lado para volver a enristrar. Entonces los arcabuceros alemanes que cerca se hallaron

 

 

 

 

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descargaron de tal manera sobre los contrarios, que hicieron grande estrago en aquel escuadrón. Seguíase tras los hombres de armas el señor de Chandea, coronel de suizos y gascones con su infantería. Contra estos salieron los españoles y les dieron tal carga, que al punto desmayaron. Adelantáronse los príncipes de Salerno y Melfi que venían este día en la retaguardia. Recibiólos el Gran Capitán con su escuadrón como convenía. Finalmente, los de España por todas partes cargaron de tal suerte, que los contrarios fueron desbaratados y puestos en huida.

 

Siguiéronlos los vencedores hiriendo y matando hasta meter los franceses por sus reales, que tenían seis millas distantes y fueron con el mismo ímpetu entrados y ganadas las tiendas con la cena que aparejada hallaron, y era bien menester para los que aquel día tanto trabajaron y tenían tanta falta de vituallas. El despojo y riquezas que se hallaron fue grande.

Diose esta batalla, de las más nombradas que jamás hubo en Italia, un viernes, a 28 de abril. Murió en ella a la primera arremetida el duque de Nemurs, general, cuyo cuerpo mandó el Gran Capitán sepultar con toda solemnidad en Barleta en la iglesia de San Francisco. Murieron otrosí el señor de Chandea, el conde de Morcon y casi todos los capitanes de los suizos. Los príncipes de Salomo y Melfi y marqués de Lochito salieron heridos. Perdieron toda la artillería y casi todas las banderas. Muy mayor fuera el daño si la noche que sobrevino y cerró con su oscuridad no impidiera la matanza. Reposaron los vencedores aquella noche, el día siguiente se entregó Cirinola, y todos los que en el pueblo tenían de guarnición se rindieron a merced. Lo mismo hicieron trescientos que de los vencidos se recogieron al castillo. Canosa asimismo alzó banderas por España. Los que en esta batalla se señalaron fueron los españoles, ca los alemanes, fuera de la rociada que dieron a los hombres de armas franceses, no pusieron las manos en lo demás. Entre todos ganaron grande honra, de los italianos el duque de Termens, de los españoles don Diego de Mendoza, de quien dijo el Gran Capitán que aquel día obró como nieto de sus abuelos.

 

Mandaron enterrar los muertos. Hallóse que de la parte de Francia murieron tres mil setecientos, y de los españoles no faltaron sino nueve en la pelea, y ninguno persona de cuenta. Verdad es que en el camino muchos de los del campo español murieron de sed, y aún mil quinientos no se pudieron sacar del agua que hallaron en ciertos pozos, ni fueron de

 

 

 

 

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provecho alguno aquel día; por lo cual la batalla fue muy dudosa, y la victoria por el mismo caso más alegre y más señalada y de mayor gloria para los vencedores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMO OCTAVO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Que la ciudad de Nápoles se rindió al Gran

 

Capitán

 

Después que los españoles ganaron la batalla de la Cirinola, casi todo lo demás de aquel reino se les allanó con facilidad. El Gran Capitán no se descuidaba con la victoria como el que sabía muy bien que la grande prosperidad hace a los hombres aflojar, por donde suele ser víspera de algún desastre; y que es menester ayudarse cuando sopla el viento favorable, sin perdonar a diligencia ni a trabajo hasta tanto que la empresa comenzada se lleve al cabo, tanto mas, que un día después que ganó aquella victoria le llegaron cartas de la batalla que los suyos vencieron junto a Semenara y de la prisión del señor de Aubeni. No llegaron estas nuevas antes a causa que don Fernando de Andrada no se tenía por sujeto al Gran Capitán por haber sucedido en aquel cargo a Luis Portocarrero, de que él se sintió tanto, que envió a pedir licencia para volverse a España. El rey católico mandó a don Fernando desistiese de aquella pretensión, y al Gran Capitán le diese una compañía de hombres de armas para que ayudase en lo que restaba. Con la nueva de estas dos victorias y con enviar diversos barones a sus tierras para que allanasen lo que restaba alzado, muy en breve se redujeron la Capitinata y Basilicata casi todas; y aún en el Principado muchos barones y pueblos se declararon por España.

 

De los que escaparon de la batalla, la mayor parte se retiró la vuelta de Campaña con intento de fortificarse en Gaeta, ciudad de sitio inexpugnable, ca todo lo demás lo daban por perdido. Siguiólos Pedro de Paz con algún número de caballos. Con ocasión de su ida por aquella comarca, Capua alzó banderas por España, y aún gente de aquella ciudad ayudó a seguir los franceses, de los cuales antes que entrasen en Gaeta mataron y prendieron hasta cincuenta hombres de armas que alcanzaron. El marqués de Lochito luego que llegó a su casa, aunque maltratado de la pelea, con su mujer y la hacienda que pudo recoger se partió la vía de Roma para el cardenal de Sena, su tío, hermano de su madre. Otros se redujeron a otras partes, en especial monsieur de Alegre y el príncipe de Salerno se recogieron a Mein, de donde el día siguiente se partieron la vía de Nápoles. El conde de Montela al pasar estos señores por su estado les

 

 

 

 

 

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mató y prendió mas de doscientos caballos de quinientos que llevaban. Luis de Arsi se fortificó en Venosa, confiado en el castillo que tenía muy bueno. Acudió luego el Gran Capitán con su campo; hizo sus estancias en la Leonesa, que está cerca de aquellos dos pueblos, Melfi y Venosa. Allí se movieron tratos con el príncipe de Melfi para que se rindiese, como lo hizo a condición que le dejasen residir en otra villa de su estado, hasta entender si el rey católico le recibía en su servicio con las condiciones que tenían tratadas, maguer que de su ingenio se pudo presumir tenía también puestos los ojos en lo que pararía el partido de Francia.

 

Fabricio Colona y los condes del Pópulo y Montorio fueron enviadas al Abruzo para dar calor a los que en aquella provincia se declaraban por España y para allanar lo restante; al almirante Vilamarín se envió orden que con sus galeras y los demás bajeles que pudiese juntar partiese con toda presteza la vuelta de Nápoles, para do el Gran Capitán se pensaba encaminar, y con este intento fue con su gente a Benevento, y de allí pasó a Gaudelo. Desde este pueblo escribió una carta muy comedida a la ciudad de Nápoles, en que ofrecía a aquellos ciudadanos todo buen tratamiento y cortesía, y les rogaba no diesen lugar para que su gente entrase en su territorio de guerra e hiciese algunos daños. Salieron a tratar con él el conde de Matera y los síndicos de aquella ciudad. Hicieron sus capitulaciones, y con tanto ofrecieron de entregarse.

 

A la sazón monsieur de Vanes, hijo del señor de Labrit, avisado del destrozo de los franceses, pidió licencia al duque Valentín, ca le servía en la guerra que continuaba contra los Ursinos, para acudir al reino de Nápoles. Diósela el duque, y con doscientos caballos y alguna gente de a pie que pudo recoger se fue a juntar con el campo de los franceses, los cuales con la gente que de la Pulla y Calabria y del Abruzo se les allegó formaron cierta manera de campo, y se alojaron junto al Garellano. Por esta causa se pusieron a las espaldas en Capua y en Sesa de los españoles hasta cuatrocientos de a caballo. Al presente acordó el general enviar toda la demás gente para el mismo efecto de hacer rostro a los enemigos y asegurarse por aquella parte y quedarse solo con mil soldados, que le parecía bastaban para el cerco de los castillos de Nápoles. Los soldados españoles, con el deseo que tenían de verse en Nápoles, la noche antes se desmandaron a pedir la paga que decían les prometiera el Gran Capitán de hacerles en Nápoles. Mostrábanse tan alterados, que por excusar mayores inconvenientes fue forzado el general de llevar consigo la infantería

 

 

 

 

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española, y se contentó con enviar a Sesa los hombres de armas y caballos ligeros y los alemanes con orden que le aguardasen allí, que muy en breve sería con ellos, ca no pensaba detenerse en aquella ciudad.

 

La entrada del Gran Capitán en Nápoles fue a 16 de mayo con tan grande aplauso y triunfo como si entrara el mismo rey. Llevaba delante la infantería y las banderas de España. Los barones, y caballeros de la ciudad le salieron al encuentro. Todo el pueblo, que es muy grande, derramado por aquellos campos con admiración miraban aquel valeroso Capitán, que tantas veces venció y domó sus enemigos. Acordábanse de las hazañas pasadas y proezas suyas en tiempo y favor de sus reyes don Fernando y don Fadrique, y comparábanlas con las victorias que de presente dejaba ganadas. Parecíales un hombre venido del cielo y superior a los demás. Lleváronle por los sejos como se acostumbraba llevar a los reyes cuando se coronaban, por las calles ricamente entapizadas, el suelo sembrado y cubierto de flores y verduras; los perfumes se sentían por todas partes, todo daba muestra de contento y alegría. Los más aficionados a Francia eran los que en todo género de cortesía más se señalaban y más alegres rostros mostraban con intento de cubrir por aquella manera las faltas pasadas.

 

La ciudad de Nápoles, que dio nombre a aquel reino, es una de las más principales, ricas y populosas de Italia. Su asiento a la ribera del mar Mediterráneo y a la ladera de un collado que poco a poco se levanta entre poniente y septentrión. Las calles son muy largas y tiradas a cordel, sembradas de edificios magníficos a causa que todos los señores de aquel reino, que son en gran número, tienen por costumbre de pasar en aquella ciudad la mayor parte del año; y para esto edifican palacios muy costosos como a porfía y competencia. Los más nombrados son el del príncipe de Salerno y el del duque de Gravina. Convídales a esto la templanza grande del aire, la fertilidad de los campos y los jardines maravillosos y frescos que tiene por todas partes; así, no hay ciudad en que vivan de ordinario tantos señores titulados. Está la ciudad dividida en cinco sejos, que son como otras tantas casas de ayuntamiento, en que la nobleza y los señores de cada cuartel se juntan a tratar de lo que toca al bien de la ciudad, de su gobierno y provisión. Los templos, monasterios y hospitales muchos y muy insignes, especialmente el hospital de la Anunciata, cada un año, de limosnas que se recogen gasta en obras pías más de cincuenta mil ducados. Los muros son muy fuertes y bien torreados, con cuatro castillos que tiene

 

 

 

 

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muy principales. El primero es Castelnovo, muy grande y que parece inexpugnable, puesto a la marina cerca del muelle grande que sirve de puerto. El segundo la Puerta Capuana, que está a la parte de septentrión, y antiguamente fue una fuerza muy señalada; al presente está dedicada para las audiencias y tribunales reales. El castillo del Ovo en el mar sobre un peñol pequeño, pero inaccesible. El de Santelmo se ve en lo más alto de la ciudad, que la sojuzga, y de años a esta parte está muy fortificado. De estas cuatro fuerzas, las dos se tenían a la sazón por los franceses, es a saber, Castelnovo, do tenían de guarnición quinientos soldados, y Castel del Ovo.

 

Luego que el Gran Capitán se apeó en su posada, fue con Juan Claver y otros caballeros a reconocer aquellos castillos y dar orden en el cerco que se puso luego sobre Castelnovo. Batíanle con grande ánimo y minábanle. Los de dentro se defendían muy bien.

Llegó Vilamarín con su armada siete días después que el Gran Capitán entró en Nápoles. Surgió cerca de nuestra Señora de Pie de Gruta. Esto era en sazón que en Roma, postrero de mayo, creó el papa nueve cardenales, los cinco del reino de Valencia.

Apretaron los españoles a los cercados por tierra y por mar; y en fin, después de muchos combates, se entró en el castillo por fuerza, y fue dado a saco a los 12 de junio. El primero al entrarle Juan Peláez de Berrio, natural de Jaén, y gentilhombre del Gran Capitán. Los que mucho se señalaron en el combate fueron los capitanes Pedro Navarro, excelente en minar cualquier fuerza, y Nuño de Ocampo, al cual en remuneración se dio la tenencia de aquel castillo. Entre los otros prisioneros se halló en aquel castillo Hugo Roger, conde de Pallas, que por más de cuarenta años fue rebelde al rey católico y al rey don Juan, su padre. Enviáronle al castillo de Játiva, prisión en que feneció sus días.

Venían algunas naves francesas y ginovesas de Gaeta en favor de los cercados; pero llegaron tarde, dado que duró aquel cerco más de tres semanas. Túvose aviso que la armada francesa venía, que era de seis carracas y otras naves gruesas y cinco galeras, sin otros bajeles menores. Vilamarín, por no ser bastante a resistir, se retiró al puerto de Iscla. Allí estuvo cercado de la armada contraria. Defendióse empero muy bien, de suerte que muy poco daño recibió. Hallóse presente el marqués del Vasto, que acudió muy bien a la defensa de la isla y de la armada.

 

 

 

 

 

 

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Restaba el Castel del Ovo; no pudo esperar el Gran Capitán que se tomase. Dejó el cuidado principal de combatirle a Pedro Navarro y Nuño de Ocampo. Ellos con ciertas barcas cubiertas de cuero se arrimaron para minar el peñasco por la parte que mira a Picifalcon. Con esto y con la batería que dieron al castillo mataron la mayor parte de los que le defendían; solos veinte que quedaron vivos al fin se rindieron a condición de salvarles las vidas. Diose la tenencia a Lope López de Arriarán que se halló con los demás en el cerco, y se señaló en él de muy esforzado.

 

Con esto la ciudad de Nápoles se aseguró y quedó libre de todo recelo, al mismo tiempo que Fabricio Colona con ayuda de ochocientos soldados que le vinieron de Roma, enviados por el embajador Francisco de Rojas, entró por fuerza la ciudad del Aguila, cabeza del Abruzo; con que se allanó lo más de aquella provincia. Frascaso de Sanseverino, y Jerónimo Gallofo, cabeza de los angevinos en aquella ciudad, se escaparon y recogieron a las tierras de la Iglesia.

 

 

 

 

II. Del cerco de Gaeta

 

Partió el Gran Capitán de Nápoles a los 18 de junio la vuelta de San Germán con intento de hacer rostro a los franceses que alojaban con su campo de la otra parte del río Garellano, llamado antiguamente Liris, y de allanar algunos lugares de aquella comarca que todavía se tenían por Francia. Pasó por Aversa y por Capua a instancia de aquellas ciudades que le deseaban ver y mostrar la afición que tenían a España. Entre tanto que se detenía en esto, por su orden se adelantaron Diego García de Paredes y Cristóbal Zamudio con mil quinientos soldados para combatir a San Germán. Rindiéronse aquella ciudad y su castillo brevemente, si bien en Monte Casino, que está muy cerca, se hallaba Pedro de Médicis con golpe de gente francesa. Mas desconfiado de poderse allí defender, se partió arrebatadamente; y doscientos soldados que dejó en aquel monasterio se concertaron con los de España y le rindieron.

 

Por otra parte, el Gran Capitán rindió a Roca Guillerma, que era plaza muy fuerte, y a Trageto, que está sobre el Garellano, y otros lugares por aquella comarca. En particular se rindieron Castellón y Mola, pueblos que caen muy cerca de Gaeta, y se tiene que el uno de los dos sea el Formiano

 

 

 

 

 

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de Cicerón. Hecho esto, el Gran Capitán pasó adelante con su campo, que le asentó en el burgo de Gaeta, a 1 de julio. Es aquella ciudad muy fuerte por estar rodeada de mar casi por todas partes; sólo por tierra tiene una entrada muy estrecha y áspera, y sobre la ciudad el monte de Orlando, de subida asimismo muy agria, en que los franceses tenían asentada mucha artillería, de suerte que no se podía llegar cerca. Tenían dentro cuatro mil quinientos hombres de guerra, los mil quinientos de a caballo, recogidos allí de diversas partes. Sobre todo eran señores del mar por la armada francesa, que era superior a la de España; así, no se podía impedir el socorro ni las vituallas, dado que Vilamarín acudió allí con sus galeras, y el Gran Capitán hizo traer la artillería que dejó en Nápoles, para combatir el monte, de donde los suyos recibían notable daño por tener sus estancias a tiro de cañón y estar descubierta gran parte del campo español y sojuzgada del monte. Fueron muchos los que mató el artillería, y entre los demás gente de cuenta, en particular murió don Hugo de Cardona, caballero de grandes partes.

 

Los de dentro padecían falta de mantenimientos, y más de harina, por no tener con qué moler el trigo. Llególes socorro, a 6 de agosto, de vituallas, y mil quinientos hombres en dos carracas y cuatro galeones y algunas galeras, en que iba el marqués de Saluces, nombrado por virrey en lugar del duque de Nemurs. El mismo día que llegó este socorro, Rabastein, coronel de los alemanes, que tiraba sueldo de España, fue muerto de un tiro de falconete.

Por todo esto, el día siguiente el Gran Capitán retiró su campo a Castellón, que es lugar sano y está cerca, y no podían ser ofendidos del artillería enemiga. En tantos días no se hizo de parte de España cosa de consideración a causa que ni se pudo acometer la ciudad, si bien la artillería derribó buena parte de la muralla, que fortificaron muy bien los de dentro, ni los cercados salieron a escaramuzar. Sólo el mismo día que se retiró nuestro campo salieron de Gaeta dos mil quinientos soldados a dar en la retaguardia de los alemanes; dejáronlos que se cebasen hasta sacarlos a lugar más descubierto y tenerlos más lejos de la ciudad. Entonces revolvieron sobre ellos tan furiosamente cuatrocientos españoles, que los hicieron volver luego las espaldas sin parar hasta meterlos por las puertas de Gaeta, con muerte de hasta doscientos, que a la vuelta despojaron muy de espacio.

 

 

 

 

 

 

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A la sazón que esto pasaba en Gaeta, por la una parte y por la otra se hacían todos los apercibimientos posibles; el rey de Francia procuró que el señor de la Tramulla fuese en favor de Gaeta con seiscientas lanzas francesas y ocho mil suizos, sin otros cuatro mil franceses que eran llegados por mar a Liorna y Telamon y Puerto Hércules. Hacíase esta masa de gente en Parma; acudieron allí el duque de Ferrara y marqués de Mantua y otros personajes italianos. El chanciller de Francia y el bailío de Mians, que se halló en la batalla de la Cirinola, de Gaeta fueron a Roma para solicitar que el campo francés se apresurase. Pretendíase que el marqués de Mantua fuese junto con el de la Tramulla por general de aquella gente, y si bien al principio se excusó, por persuasión y diligencia que usó Lorenzo Suárez, que estaba en Venecia, y solicitaba que aquella señoría se declarase por España, en fin, como se supo que el de la Tramulla por enfermedad que le sobrevino no podía ir, se encargó de servir al rey de Francia.

 

Por el contrario, el rey católico envió a Nápoles seis galeras con dineros y gente, y por su general a don Ramón de Cardona. Con su venida, la armada de España aún no igualaba a la de Francia, que llegaba entre naves y galeras y otros bajeles a treinta velas; por otra parte, el Gran Capitán procuraba con todas sus fuerzas traer los Ursinos al servicio del rey católico, plática que se movió primero por el conde de Pitillano, que era el más principal de aquella casa y ofrecía de servir con cuatrocientas lanzas; lo cual se concluyó, y fue por capitán de los Ursinos Bartolomé de Albiano, caudillo que los años adelante se señaló grandemente en las guerras de Italia, y en las cosas prósperas y adversas que por él pasaron, dio muestra de valor.

 

Tratábase asimismo que el César rompiese la guerra por Lombardía; para facilitar le ofrecían cantidad de dineros, y juntamente se procuraba que el papa se declarase por España, ca en este tiempo se mostraba neutral; negociación que la traían muy adelante, si se podía tener alguna confianza del ingenio del duque Valentín. Desbaratólo la muerte del papa, que le sobrevino a los 18 de agosto de veneno con que el duque Valentín pensaba matar algunos cardenales en el jardín del cardenal Adriano Corneto, donde cierto día cenaron y conforme al tiempo se escanció asaz. Fue así, que por yerro los ministros trocaron los frascos, y del vino que tenían inficionado, dieron a beber al papa y al duque y al dicho cardenal. El duque, luego que se sintió herido, ayudado de algunos remedios y por su edad escapó. En

 

 

 

 

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particular dicen que le metieron dentro del vientre de una mula recién muerta, aunque la enfermedad le duró muchos días. El papa y cardenal, como viejos, no tuvieron vigor para resistir a la ponzoña. Tal fue el fin del pontífice Alejandro, que poco antes espantaba al mundo y aún le escandalizaba. Muchas cosas se dijeron y escribieron de su vida, si con verdad o por odio, no me sabría determinar, bien entiendo que todo no fue levantado ni todo verdad.

 

Con su muerte nuevas esperanzas y pretensiones se tramaron, y muchos acudieron para sucederle en aquel alto lugar, que hacían más fundamento en la negociación que en las letras y santidad. Sucedió esto en el mismo tiempo que el rey don Fadrique se vio en Macon con el de Francia, do se le dieron grandes esperanzas de volverle su reino, y las mismas pláticas se movían por parte de España; palabras que todas salieron al cabo vanas. Secretario del rey don Fadrique y compañero en el destierro fue Actio Sincero Sanazario, insigne poeta de este tiempo. Éste y Joviano Pontano, que fue asimismo secretario de los reyes pasados de Nápoles, escribieron con la pasión muchos males y vituperios del papa Alejandro. El rey de Francia hizo muchos favores a Sanazario, y por su intercesión se le restituyeron los bienes que por seguir a su señor en el destierro dejó perdidos; y alcanzó finalmente licencia de volver al reino de Nápoles.

 

 

 

 

III.    Del cerco que los franceses pusieron sobre Salsas

 

Grandes recelos se tenían que la guerra no se emprendiese en España por la mucha gente que de Francia acudía a las partes de Narbona. Con este cuidado el rey católico fue a Barcelona para desde más cerca proveer en todo lo necesario; y para la defensa alistaba toda la gente que podía, y aún nombró por general de Rosellón a don Fadrique de Toledo, duque de Alba. No faltaba quien aconsejase al rey que ganase por la mano y con sus huestes hiciese la guerra en Francia. La poca satisfacción que de los reyes y reina de Navarra se tenía todavía, continuaba a causa que toda aquella casa era muy francesa, tanto, que el señor de Vanes, hermano de aquel rey, seguía con su gente el partido de Francia en el reino de Nápoles, y su

 

 

 

 

 

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padre el señor de Labrit de nuevo fue nombrado por gobernador de la Guyena, que era hacerle por aquella parte frontero de España. Demás de esto, el señor de Lusa con gente que tenía junta pretendía entraren el valle de Ansó, que es parte de Aragón, para combatir el castillo de Verdún; lo cual no podía hacer si no le daban entrada por el val de Roncal, que pertenece a Navarra. Pretendían aquellos reyes descargarse de todo lo que se les oponía; y para quitar aquella mala satisfacción, enviaron, como queda apuntado, a su hija la infanta doña Madalena para que se criase en compañía de la reina doña Isabel. Bien que esta prenda no era ya de tanta consideración, por cuanto este mismo año les nació hijo varón, que se llamó Enrique, y les sucedió adelante en aquellos estados.

 

Por esta mala satisfacción proveyó la reina católica desde Madrid, do residía, que el condestable de Castilla y duque de Nájera con sus vasallos y quinientos caballos que de nuevo les envió se acercasen a las fronteras de aquel reino, dado que don Juan de Ribera, que de tiempo pasado tenían allí puesto, no se descuidaba, antes ponía en orden todo lo necesario; ca todos tenían por cierto que la guerra se emprendería por estas partes.

 

Así fue que el rey de Francia determinó de juntar todas las fuerzas de su reino y con ellas hacer todo el mal y daño que pudiese por la parte de Rosellón, que pensaba hallar desapercebido para resistir a un ejército tan grande, que llegaba a veinte mil combatientes entre la gente de ordenanza y de la tierra, bien que toda la fuerza consistía en diez mil infantes y mil caballos. El general de toda esta gente, monsieur de Rius, mariscal de Bretaña, luego que le tuvo junto, en fin de agosto asentó su campo en los confines de Rosellón en un lugar que se llama Palma. Detuviéronse algunos días en aquel alojamiento. Desde allí tomaron la vía de Salsas, la infantería por la sierra y los caballos por lo llano; dejaban guardados los pasos porque los nuestros no les atajasen las vituallas que les venían de Francia. Con este orden se pusieron sobre el castillo de Salsas, sábado, a 16 días de septiembre.

 

Era ya el duque de Alba llegado a Perpiñán; tenía mil jinetes y quinientos hombres de armas y seis mil peones; y otro día después que llegó don Sancho de Castilla, que era antes general de aquella frontera, se fue a meter dentro de Salsas. Salieron los del duque por su orden a reconocer el campo del enemigo y darles algún rebate y alarma. El mismo duque con su gente salió de Perpiñán y se fue a poner en Ribasaltas sobre Salsas y sobre el campo francés. No podía allí ser ofendido por la fragura

 

 

 

 

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del lugar, y estaba alerta para no perder cualquiera ocasión que se ofreciese de dañar al enemigo o dar socorro a los cercados hasta llegar a presentar la batalla al enemigo, que fue arriscarse demasiado por tener mucha menos gente, si los franceses la aceptaran; verdad es que el lugar en que el duque se puso era muy aventajado.

 

A la sazón que los franceses se pusieron sobre el castillo de Salsas y hacían todas sus diligencias para ganar aquella plaza, los cardenales en Roma se cerraron en su cónclave para elegir sucesor en lugar del papa Alejandro. Muchos eran los que pretendían y la negociación andaba muy clara. El cardenal de Ruan se adelantaba mucho, así por causa del campo francés, que marchaba la vuelta de Roma, como porque de Francia trajo en su compañía para ayudarse de ellos a los cardenales de Aragón y Ascanio Esforcia, que hizo con este intento poner del todo en libertad. El cardenal de San Pedro Julián de la Rovere se le oponía, dado que en lo demás era muy francés; quería empero más para sí el pontificado que para otro. Asimismo al cardenal don Bernardino de Carvajal daba la mano el Gran Capitán; y para este efecto hizo que el cardenal Juan de Colona, que se hallaba en Sicilia por la persecución del papa Alejandro contra aquella su casa, viniese al cónclave. Y juntamente despachó con gente desde Castellón a Próspero Colona y don Diego de Mendoza con voz que no permitiesen que por la parte de Francia se hiciese alguna fuerza a los cardenales. Ninguno de estos pretensores, ni el cardenal de Nápoles que asimismo estuvo adelante, pudo salir con el pontificado, si bien detuvieron la elección por espacio de treinta y cinco días. Concertaron los cardenales entre sí que cualquiera que saliese papa dentro de dos años fuese obligado de juntar concilio general para reparar los daños, y después se celebrase cada tres años perpetuamente. Juraron esta concordia todos los cardenales.

 

Hecho esto, se conformó la mayor parte del colegio en nombrar por pontífice al cardenal de Sena Francisco Picolomino, que tenía muy buena fama de persona reformada. Hízose la elección a los 22 de septiembre; llamóse Pío III en memoria de su tío el papa Pío II, hermano que fue de su madre. Tuvo gran deseo de reformar la Iglesia, y en particular la ciudad de Roma y la curia. Con este intento en una congregación que juntó antes de coronarse declaró su buena intención, además que para juntar concilio no quería esperar los dos años, sino dar prisa desde luego para que con toda brevedad se hiciese. Sus santos intentos atajó su poca salud y la muerte que le sobrevino muy en breve a cabo de veintiséis días después de su

 

 

 

 

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elección. A los demás dio contento la elección de este pontífice, y les parecía muy acertada para reparar los daños pasados, en particular al rey católico; otros sentían de otra manera, y entre ellos el Gran Capitán, que se recelaba por lo que tocaba al marqués de Lochito, su sobrino, no se pusiese de la parte de Francia, con que las cosas de España en el reino de Nápoles empeorasen. En este cónclave tuvo poca parte el duque Valentín a causa de su indisposición, que le trabajó muchos días; y aún los señores de Romaña y barones de Roma que tenía despojados, con tan buena ocasión hicieron sus diligencias para recobrar sus estados, y salieron con ello. Los venecianos asimismo se apoderaron de algunas de aquellas plazas, de suerte que en pocos días no quedó por el duque en la Romaña sino solos los castillos de Forli y de Arimino o poco más; que lo mal adquirido de ordinario se pierde tan presto y más que se gana.

 

 

 

 

IV. Que se alzó el cerco de Salsas

 

Hacían los franceses sus minas, y con la artillería batían los muros del castillo de Salsas con tanta furia, que derribaron una parte de la torre maestra y de un baluarte que no tenían aún acabado. Cegaron las cavas, con que tuvieron lugar de llegar a picar el muro. Grande era el aprieto en que los de dentro estaban; acordaron desamparar aquel baluarte, pero en ciertas bóvedas que tenían debajo pusieron algunos barriles de pólvora con que le volaron a tiempo que le vieron más lleno de franceses, que fue causa que murieran más de cuatrocientos de ellos, parte quemados, parte a manos de los que salieron a dar en ellos.

 

Acudían al duque de Alba cada día nuevos soldados, con que llegó a tener cuatrocientos hombres de armas, mil quinientos jinetes y hasta diez mil infantes. Con esta gente un viernes, 13 de octubre, llegó a ponerse junto al real de los franceses y estuvo allí hasta puesta del sol. No quisieron los contrarios dejar su fuerte ni salir a dar la batalla. Por ende nuestra artillería descargó sobre ellos y les hizo algún daño.

 

En esta sazón el rey acudió a Gerona para recoger la gente que le venía de Castilla, no menos en número que los que tenía en Perpiñán y mejor armados que ellos: Publicaba que quería acometer a los franceses dentro de su fuerte si no querían salir a la batalla. Tenía asimismo apercibida en

 

 

 

 

 

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aquellas marinas una armada para acudir a lo de Rosellón, y por su general Estopiñán, que aún no era llegado por falta de tiempo. Como las fuerzas del rey acudían a aquella parte, diecinueve fustas de moros tuvieron lugar de hacer daño en las costas de Valencia y de Granada. Encontró con ellas Martín Hernández Galindo, general por mar de la costa de Granada; pelearon cerca de Cartagena, los moros quedaron vencidos y las fustas tomadas o echadas a fondo.

 

El rey, alegre con esta nueva, partió de Gerona con su gente, llegó a Perpiñán un jueves, 19 de octubre. Allí, visto el aprieto en que los cercados se hallaban, acordó abreviar y que parte de su ejército se pusiese por las espaldas de los contrarios a la parte de Francia, resuelto con la demás gente de combatirlos por la otra banda. Para que esto mejor se hiciese, el mismo día que llegó hizo combatir un castillo de madera que los franceses tenían levantado en el agua para impedir a los contrarios el paso porque no les atajasen las vituallas que de Francia les venían. La pérdida de aquel castillo, la llegada y resolución del rey puso gran espanto en los franceses, tanto, que aquella noche sin ruido y sin que los del rey lo pudiesen entender, sacaron su artillería al camino de Narbona, y el día siguiente levantaron su campo, dejando parte de sus municiones y bagaje; y dado que bajaron a lo llano y dieron muestra de querer la batalla, mas luego revolvieron la vuelta de Narbona. Acometieron la retaguardia los jinetes de Aragón y gente de a caballo de Cataluña. Diéronles tal carga, que les fue forzado desamparar parte de la artillería, de las municiones y tiendas que llevaban. Acudió el rey con todo su campo. Los franceses llevaban ventaja y se daban prisa, y la acogida, que tenían cerca; así, no les pudo dar alcance, si bien se metió dentro de Francia, donde los nuestros ganaron a Leocata y optros lugares de aquella comarca.

 

Esto era en sazón que la infanta doña Isabel nació en Lisboa a los 24 días de octubre, que fue emperatriz adelante y reina de España.

Pocos días después vinieron embajadores de Francia, por cuyo medio se concertaron treguas por espacio de cinco meses entre los dos reyes y sus reinos, fuera de lo que tocaba al reino de Nápoles; con esto se dejaron las armas. Quedó por general de aquella frontera don Bernardo de Rojas, marqués de Denia, y en su compañía mil hombres de armas, dos mil jinetes y tres mil peones. Por alcaide de Salsas don Dimas de Requesens. Hecho esto, el rey dio la vuelta a Barcelona.

 

 

 

 

 

 

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Dende despachó a Francia por sus embajadores a Miguel Juan Gralla y Antonio Agustín por estar así tratado, y juntamente para que procurasen tomar algún asiento en las cosas del reino de Nápoles, que tenían puesto en mucho cuidado al rey católico por el socorro que iba de franceses y sobre todo por las nuevas que le vinieron de la muerte del papa Pío III, y de la elección del cardenal de San Pedro en pontífice, que fue a 1 de noviembre, y se llamó en su pontificado Julio II. Era genovés de nación, de afición muy francés, y de ingenio bullicioso; temíase no fuese parte para revolver a Italia. Tuvo gran parte en esta elección el duque Valentín; por la mala voluntad que tenía al cardenal don Bernardino de Carvajal y entender que tenía parte en los votos, procuró con los que eran hechura del papa Alejandro, que sacasen por papa al que salió.

 

Esto era en sazón que el archiduque partió de Saboya para ir a verse con su padre, que le persuadió no insistiese en llevar adelante la paz que se concertó en Francia. Ofrecía otrosí, si el rey católico le proveía de dinero, de hacer la guerra por la parte de Lombardía; empresa sobre la que le hacían instancia don Juan Manuel y Gutierre Gómez de Fuensalida, embajadores del rey católico en Alemania. El rey católico no se aseguraba de la condición del César ni de su constancia; y hacía más fundamento en su dinero para todo lo que sucediese que en el socorro que por aquella parte le podía venir. Con esto sin concluir nada se pasaba el tiempo en demandas y respuestas.

 

En la princesa doña Juana se veían grandes muestras de tener ya turbado el juicio, que fue una de las cosas que en medio de tanta prosperidad dio mayor pena a sus padres, y con razón. ¡Cuán pobre de contento es esta vida! Daba grande prisa que se quería ir a su marido. Entreteníala su madre con buenas razones por no ser el tiempo a propósito. Llegó tan adelante, que un día se quiso ir a pie de la Mota de Medina, donde la entretenían. No tuvieron otro remedio sino alzar el puente. Ella, visto que no podía salir, se quedó en la barrera; y en una cocina allí junto dormía y comía sin tener respeto al frío ni al sereno, que era grande. Ni fueron parte don Juan de Fonseca, obispo de Córdoba, que se halló en su compañía, ni el arzobispo de Toledo, que para este efecto sobrevino, para que volviese a su aposento hasta que vino la reina, que estaba doliente en Segovia. Desde allí al fin por contentarla y aplacarla mandó aprestar una armada en Laredo para llevarla luego que el tiempo abriese a Flandes, do

 

 

 

 

 

 

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ya era llegado su marido el archiduque a cabo de tantos meses que en Francia y en Saboya se entretuvo.

 

 

 

 

V. De las rotas que dieron los de España a los

 

franceses junto al Garellano

 

El campo francés que estaba en Italia marchaba la vuelta del reino muy despacio. Pasó por Florencia y por Sena sin hallar impedimento alguno. Llevaba por general al marqués de Mantua. El de la Tramulla por estar doliente de cuartanas se quedó atrás, si bien seguía a los demás con parte de la gente. Apretóle la indisposición, y no pasó adelante de Roma, en la cual ciudad no acogieron el campo francés, solo dieron lugar que pasase el Tíber por el puente Molle, que está a dos millas de Roma.

 

El Gran Capitán se hallaba en gran cuidado cómo podría continuar el cerco de Gaeta y atajar el paso a aquella gente que le venía de socorro. Acudióle muy a tiempo el embajador Francisco de Rojas con dos mil soldados que pudo recoger en Roma entre españoles, alemanes e italianos, y cien caballos ligeros, y puso en orden otros doscientos alemanes y quinientos italianos para enviarlos en pos de los primeros. Iba con esta gente don Hugo de Moncada, que dejó una conducta de cien hombres de armas que tenía del duque Valentín, con deseo de servir a su rey y acudir en aquel aprieto. Fue este socorro muy a tiempo por cuanto el cerco de Salsas impedía que de España no pudiese acudir alguna ayuda de gente ni de dineros. El Gran Capitán, luego que supo que los enemigos eran pasados de Roma y que llegaban a los confines del reino, arrancó con todo su campo de Castellón en busca de ellos. Llegó el primer día a ponerse en la ribera del Careliano. Dejó allí a Pedro de Paz con buen golpe de gente para guarda de cierto paso, y él fue adelante camino de San Germán. Llegó en sazón que el campo francés alojaba en Pontecorvo, lugar de la Iglesia, distante de allí solas seis millas. Era fama que en él se contaban hasta mil almetes, dos mil caballos ligeros y nueve mil infantes, la mayor parte italianos. Tenían treinta y seis piezas de artillería, las dieciséis gruesas, las demás girifaltes y falconetes. Adelantóse con parte de la gente Pedro Navarro para combatir el castillo de Monte Casino, que todavía se tenía por los franceses. Tomóse por fuerza de armas, que fue gran befa para los

 

 

 

 

 

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franceses por estar a vista de su campo y no se atrever a socorrerle. Publicóse que el de Mantua se jactaba que deseaba verse en campo con aquella canalla o marranalla. El Gran Capitán con su hueste se puso a una milla de Mantua y a su vista. Envióle desde allí a requerir con la batalla, pues tanto mostraba desearla. Él respondió que en el Garellano se verían, que él pasaría a su pesar.

Este famoso río tiene su nacimiento en el Abruzo, y pasa por entre San Germán y las tierras de la Iglesia muy recogido. Lleva tanta agua, que apenas se puede vadear. No tenía por allí otra puente sino la de Pontecorvo. Hace con su corriente grandes revueltas y muchas, por donde con estar Gaeta de esta parte del río como se va a Roma, para socorrerla por camino más breve era menester pasarle por dos veces. Acudió desde Gaeta el señor de Alegre con hasta tres mil hombres para juntarse con el campo francés. Daba él prisa que pasasen el río y viniesen a las manos, sin quedar escarmentado de la batalla de la Cirinola, como queda apuntado. Pasó pues el campo de los franceses el río por el vado de Ceprano un domingo mediado octubre. El primer lugar que encontraron de los que se tenían por España, pasado el río, era Rocaseca. Estaban en él de guarnición los capitanes Cristóbal Villalva, Pizarro y Zamudio con mil doscientos soldados. Con esta gente dieron en la vanguardia de los franceses que venían mal ordenados, y mataron y prendieron mas de trescientos de ellos. Acudieron los franceses a combatir aquella plaza. Los de dentro mostraban tanto ánimo, que, no contentos con defender el lugar, salieron a pelear con los franceses, y aún de ellos mataron sobre doscientos, y a los demás hicieron retirar dentro de sus reparos. Otro día les entraron tres mil hombres de socorro con Próspero Colona y Pedro Navarro.

 

Por otra parte marchaba el Gran Capitán con todo su campo para acudir a los cercados. Los enemigos, si bien hicieron ademán de querer volver al combate, por miedo de perder la artillería si les sucediese algún desmán y por ser el tiempo muy lluvioso, alzado su campo, volvieron a alojarse de la otra parte del río. Desde a dos días segunda vez pasaron el río, y fueron a asentar su campo en Aquino, que está seis millas de San Germán, donde era vuelto con su gente el Gran Capitán. La tempestad de agua era tan grande, que impidió que se viniese a las manos. Retrajéronse los franceses hacia Pontecorvo. El Gran Capitán por atajarles el paso del río, que pretendían ponerle de por medio, caminó en su seguimiento hasta

 

 

 

 

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de la otra parte de Aquino, do les tornó a presentar la batalla. Ellos se cerraron en un sitio asaz fuerte con la artillería, y los de España fueron forzados a dar la vuelta a San Germán.

 

Los franceses tornaron a pasar el Garellano en sazón que entrado noviembre se concertaron los Ursinos con los coloneses en Roma en servicio del rey católico por medio de los embajadores de España y de Venecia, ca a los venecianos desplacía la prosperidad de Francia, y no querían tener por vecino príncipe tan poderoso. Obligáronse los Ursinos de servir con quinientos hombres da armas a tal que el rey católico les acudiese con sesenta mil ducados por año. Por su parte Bartolomé de Albiano, principal entre los Ursinos y que se halló en toda esta facción del Garellano, ofrecía de servir en aquella guerra con tres mil de a caballo y de a pie. Fabricio Colona con golpe de gente española que le dieron combatió y tomó por fuerza a Roca de Vandra con grande afrenta del campo francés que lo veía, y no pudo socorrer a los cercados; antes río abajo se fue a poner dieciocho millas de San Germán, y doce no más de Gaeta, con intento de pasar el río por una puente de piedra que allí hay. Pedro de Paz, puesto para guardar aquel paso con mil doscientos infantes y algunos jinetes, con su gente y con otros doscientos jinetes que llegaron de socorro, peleó tres días y tres noches con los franceses sin que le pudiesen ganar la puente.

 

En esto llegó el Gran Capitán con todo el campo, y con su llegada hizo pegar fuego a una parte de la puente, que era de madera, y asentó su real junto a su entrada. Aquí hubo gran desorden en la gente de España, que por ser el tiempo tan recio y no estar los soldados pagados, se desmandaban en robar por los poblados y caminos; demás que muchos, así de los hombres de armas como de la infantería, desamparaban las banderas, y aún los mas principales capitanes eran de parecer que el campo se retirase. Un día llegó el negocio a tanto rompimiento, que un soldado sobre el caso puso la pica en los pechos al Gran Capitán; pero él llevaba todo esto con grande esfuerzo y corazón. Juntó el dinero que pudo, con que socorrió a cada soldado con cada dos ducados; y a los capitanes que le instaban en una junta con grande porfía que se retirase, respondió: «Yo sé muy bien lo que al servicio del rey importa esta jornada, y estoy determinado a ganar antes un paso, aunque sea para mi sepultura, que volver atrás, aunque fuese para vivir cien años. Aquí se ha de rematar esta contienda como fuere la voluntad de Dios y como pluguiere a su majestad;

 

 

 

 

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nadie pretenda otra cosa». Los coloneses fueron los que hicieron más instancia que el campo se retirase. Sospechóse y díjose que por inteligencias secretas que traían con los franceses, de que resultaron disgustos y enemistades formadas.

 

Todavía se fue mucha gente del campo español y quedó muy menguado, con que los franceses tuvieron lugar de echar sin ser sentidos una puente bien trabada sobre ciertas galeras y barcos, por la cual hasta mil quinientos franceses pasaron los primeros, y por estar los de España descuidados y tomarles de sobresalto, les ganaron un reparo como fuerte. Dieron alarma en el campo, que era todo de pocos caballos y como cinco mil infantes. Subió el Gran Capitán en un caballo, y puesta en orden su gente, se apeó, y con una alabarda fue el primero que comenzó a pelear con los contrarios, que ya eran pasados hasta el número de cinco mil, y continuaban a pasar con muy buen orden, y la artillería francesa que tenían plantada de la otra parte del río no cesaba de jugar contra los nuestros. Sin embargo, fue tanto el denuedo de la infantería española y su coraje y cargaron tan furiosamente sobre los contrarios, que les forzaron a dar las espaldas y recogerse a la puente. Con la prisa del pasar quedaron muertos y ahogados mas de mil cuatrocientos hombres. Llegó el Gran Capitán sin miedo de la artillería hasta la entrada de la puente, y aún algunas de sus banderas y compañías a vuelta de los franceses pasaron de la otra parte del río. AI retirarse recibieron algún daño de la artillería enemiga, en que murieron algunos hombres de cuenta, a otros hirieron; en particular el capitán Zamudio quedó mal herido de un tiro. Sobre todos es de alabar el ánimo del alférez Hernando de Illescas, que perdida de un tiro la mano derecha, tomó con la izquierda el estandarte, y llevada de otro tiro también la izquierda, se abrazó con los brazos de él, sin moverse de un lugar hasta tanto que los franceses fueron echados. Varón digno de inmortal renombre y de las mercedes que su rey le hizo, grandes, a instancia y por información del Gran Capitán.

 

Esta rota desanimó mucho a los franceses, tanto, que no se tenían por seguros con tener el río de por medio. Guardaban con cuidado la puente, no para pasar ellos, sino porque los contrarios no pasasen de la otra parte do ellos alojaban. Demás de esto, por diferencias que resultaron entre el marqués de Mantua y el señor de Alegre, el marqués se resolvió de dejar el campo y oficio de general y volver atrás con color que no podía sufrir la arrogancia de los franceses, que allegaban a desmandarse en palabras y

 

 

 

 

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llamarle bougre, nombre de injuria muy grave entre los franceses, si ya no fue capa, que no quiso aventurarse por ver el juego mal parado. En su lugar hasta tanto que su rey fuese avisado y proveyese como fuese su voluntad, nombraron los capitanes por general al marqués de Saluces, que era venido a esta empresa en favor de Francia con cargo de virrey.

 

Tras esto el Gran Capitán, si bien tenía menos gente que los contrarios, se resolvió de pasar el río y darles la batalla. Para ejecutarlo mandó labrar una puente y echarla siete millas más arriba de la que tenían los franceses sobre ciertas barcas y carros. Dio cuidado de hacer esto a Bartolomé de Albiano. Luego que la puente estuvo en orden, salió de Sosa en que alojaba, y un jueves, 28 de diciembre, pasó con dos mil peones españoles y mil quinientos alemanes. Dejó otrosí orden a don Diego de Mendoza y don Fernando de Andrada que recogiesen aquella noche la caballería que tenían alojada por aquella comarca, y con ella al amanecer estuviesen con él. Luego que los de España pasaron el río, los franceses se retiraron de sus estancias y tomaron una loma de una sierra. Rindiéronse Suy y Castelforte, que se tenían en aquella ribera del río por los franceses. Quedóse aquella noche nuestra gente en el campo delante de Monforte, y el día siguiente fue el río abajo con intento de dar la batalla. Los franceses con parte del artillería enviaron a Pedro de Médicis para que en unas barcas la llevase a Gacta. Llegó a la boca del río, quiso pasar adelante puesto que el mar andaba alto; porfía perjudicial, hundiéronse las barcas con la artillería, y él mesmo se ahogó.

 

La demás gente un hora antes del día, desamparado el puente y la artillería gruesa, las tiendas y parte del fardaje, se apresuraron por meterse en Mola, que está junto a Gaeta. Supo el Gran Capitán el camino e intento que llevaban; envió delante a Próspero Colona con los caballos ligeros para que los detuviesen hasta tanto que llegase la infantería. Luego que llegó al puente de Mola, se trabó la pelea, que no fue muy larga. En breve espacio los contrarios fueron rotos y se pusieron en huida. Siguieron los vencedores el alcance, y ejecutáronle hasta las puertas de Mola y de Gaeta, donde parte de los vencidos se recogió. Muchos quedaron muertos en todo el camino; perdieron treinta y dos piezas de artillería; tomáronles mil quinientos caballos. Una parte de los franceses que echaron por la vía de Fundi y otros que por allí alojaban fueron muertos y presos de los villanos de la tierra, que salieron contra ellos y les atajaron los pasos de suerte, que fueron muy pocos los que de ellos se salvaron. Señaláronse mucho de

 

 

 

 

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valerosos en estos encuentros y toda esta jornada Bartolomé de Albiano y don Hugo de Moncada.

 

 

 

 

VI. Que la ciudad de Gaeta se rindió

 

Quisiera el Gran Capitán aprovecharse de la turbación y miedo de los franceses para subir con su gente, que iba en el alcance, en el monte Orlando que está sobre Gaeta y la sojuzga. El día fue tan áspero por lo mucho que llovía, y los soldados venían tan fatigados del camino y de la hambre por no haber comido la noche pasada ni todo aquel día, que parece sólo el herir y matar los sustentaba, que le fue forzoso desistir por entonces de aquel intento y volver con su campo a Castellón, do antes alojaba. Tenían los franceses acordado de fortificarse en Mola con la artillería menuda que les quedaba, por temor no les acometiesen ante todas cosas en aquel lugar. Pero el Gran Capitán luego que tuvo la gente refrescada y descansada, revolvió sobre Gaeta, que era lo más principal, por aprovecharse del miedo y desmayo que tenían los contrarios. El combate fue aún más fácil de lo que se pensaba, ca por la batería que la artillería hizo los meses pasados se halló tan poca resistencia, que sin dificultades ganaron el monte, y los que le guardaban apenas se pudieron recoger a la ciudad. Con esto acabaron de perder lo que les quedaba de la jornada pasada. Tomáronles otros mil caballos y dos cañones que hicieron todo el daño a los nuestros en el primer cerco. Lo que más es, perdieron de todo punto el ánimo, en especial cuando vieron que los de España pasaron sus alojamientos junto a los adarves de la ciudad sin que les pudiesen ir a la mano.

 

Salieron luego a rendirse cincuenta hombres de armas de Lombardía, cuyo capitán era el conde de la Mirandula. Tras esto, aquella misma noche acudieron de la ciudad tres personajes a tratar de parte del marqués de Saluces de algún concierto. Pidieron en primer lugar que los prisioneros se rescatasen por dineros. Respondió el Gran Capitán que no se podía hacer. Pasaron adelante con la plática; vinieron a ofrecer que por los prisioneros franceses e italianos serían contentos de entregar la ciudad y castillo de Gaeta y la Roca de Mondragón, plaza asentada en las ruinas de la antigua Sinuesa, demás de dar libertad a los prisioneros españoles e italianos que

 

 

 

 

 

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tenían de nuestra parte. El Gran Capitán oyó de buena gana esta oferta. Todavía no venía en soltar los prisioneros italianos, especial al marqués de Bitonto, Mateo de Acuaviva y Alonso de Sanseverino, primo del príncipe de Bisiñano, cuyas culpas y deslealtad eran más notables, y pretendía reservar al rey católico el conocimiento de su causa. Anduvieron demandas y respuestas, y los franceses en lo que tocaba a los prisioneros italianos aflojaron.

 

Al fin a 1 de enero del año de nuestra salvación de 1504 fueron de acuerdo que el señor de Aubeni con los demás franceses se pusiesen en libertad. Cuanto a los italianos, que no se pudiese hacer justicia de ninguno de ellos, ni el rey católico determinase sus causas antes que el de Francia tuviese lugar de enviar a España embajador sobre el caso para interceder por ellos. Con esto se permitió a los soldados que se fuesen con sus bagajes y armas. A los naturales de Gaeta que quedasen con sus haciendas, y que a todas las demás ciudades de aquel bando no fuese en algún tiempo imputado ni parase perjuicio el haber seguido el partido de Francia. Tomado este asiento, a la hora se comenzaron a embarcar a toda prisa los que querían ir por mar. Teodoro Trivulcio salió luego con la gente italiana y francesa que pretendía ir por tierra. Hecho esto, miércoles, a 3 de enero, se hizo la entrega de la ciudad y castillo de Gaeta, y los prisioneros de nuestra parte se pusieron en libertad. El cargo del castillo y gobierno de aquella ciudad se encomendó a Luis de Herrera, premio muy debido a sus servicios. La tenencia de Tarento que él tenía se dio a Pero Hernández de Nicuesa. Dos días después de la entrega llegó allí monsieur de Aubeni y hasta mil doscientos prisioneros franceses. El de Aubeni se embarcó luego, los demás con salvoconducto se encaminaron por tierra. Los más murieron por el camino; el mismo marqués de Saluces falleció en Génova. El señor de la Paliza, uno de los prisioneros franceses, no entró en esta cuenta por estar ya puesto en libertad a trueque de don Antonio de Cardona, hermano de don Hugo, que prendieron los franceses los meses pasados. Fue don Antonio muy buen caballero, y sirvieron él y sus hermanos muy bien. Por esto el rey católico le hizo merced de la Padula, que era del conde de Capacho, con título de marqués.

 

Algunos fueron de parecer que el Gran Capitán no se debiera apresurar tanto en el asiento que tomó, y que no fue buen consejo por una ciudad poner en libertad tan gran número de prisioneros, y entre ellos personas de mucha calidad. A la verdad ¿quién podré contentar a todos, enfrenar los

 

 

 

 

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juicios y lenguas de tantos? Decían que con paciencia, pues era señor del campo, pudiera sujetar aquella plaza y las demás, y no ponerse al riesgo de que tales capitanes podían ser ocasión si la guerra se renovase. A esto el Gran Capitán respondía que de pólvora y balas se gastaría más de lo que importaba aquel peligro. Que era más conveniente cerrar aquella llaga presente que recelar las que el de Aubeni y los otros prisioneros podrían hacer con sus lanzas; que perro muerto no ladra, y huido no hace mal; que de ser muertos, o idos, no podían los prisioneros escapar. En fin, los grandes caudillos tienen sus razones que les hacen fuerza, y nadie sabe dónde les aprieta el calzado.

 

Las razones principales que se puede entender le movieron eran: la primera la falta de dinero para pagar y socorrer a los soldados, y de bastimentos para sustentarlos; recelábase por esta causa de alguna nueva borrasca, y deseaba concluir y asegurar su partido; la segunda que el papa era muy francés, y en Civitavieja tenía armadas dos naves para enviar a los cercados municiones y bastimentos, fuera de otras dos carracas que estaban a la cola en Aguasmuertas para lo mismo. Sobre todo se sabía que daba todo favor e los angevinos, y que tenía enviado el marqués del Final a Francia con intento de casar el hijo del duque de Lorena con una hija suya, y procuraba por el derecho que pretendía tomase la conquista del reino, y para ello le ofrecía de ayudarle hasta echar los españoles de todo él y aún para cobrar a Sicilia. Cuando este casamiento no se concertase, remontaba en su fantasía de casar el prefecto, su sobrino, con hija del rey don Fadrique, con oferta de ayudarle para recobrar el reino. La postrera consideración y más grave fue que se tuvo por cierto se concluiría la plática tantas veces movida entre los dos reyes de la restitución del rey don Fadrique, que el papa apretaba con todas sus fuerzas; nueva que para las cosas de aquel reino hizo increíble daño, ca los aficionados a la parte de España se encogían y aún se retiraban como los que pensaban tener en breve otro dueño; y los aversos se desenfrenaban en palabras y aún en obras. Sobre todo que los pagamentos se detenían a causa que las comunidades y oficiales querían reservar aquel dinero para el rey don Fadrique, si allá volviese; así, la falta y necesidad apretaba de cada día mas.

 

Por esto, concluido lo de Gaeta, con deseo de acabar antes que hubiese alguna novedad que desbaratase todo lo hecho, luego despachó al duque de Termens para gobernar el Abruzo y allanar en él las tierras del marqués

 

 

 

 

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de Bitonto. A Bartolomé de Albiano contra Luis de Arsi, que todavía se hacía fuerte en Venosa. Contra el conde de Conversano fueron el conde de Matera y Pedro de Paz. Sitiaron dentro de Laurino al conde de Capacho, Gil Nieto y Pedro Navarro, que le dieron licencia para que con su mujer, hijas y ropa común de su casa se fuese a Trana, que se tenía por venecianos; pero que dejase los ganados, artillería y municiones. En Calabria Gómez de Solís despojó al príncipe de Rosano de su estado. Solo le quedaba Sanseverina y la ciudad de Rosano, sobre la cual estaba la gente de España, y en ella le tenían cercado.

 

Pretendía otrosí el Gran Capitán acometer el estado que el prefecto tenía en el reino. Previno él este daño, ca luego se vino a reducir, e hizo alzar las banderas de España en todos sus lugares. Recibióle el Gran Capitán en su gracia, si bien entendía cuán francés era y que venía a la obediencia más forzado que de grado; en que no se tuvo respecto a sus deméritos, sino a ganar o entretener al papa, su tío, para que no hiciese algún daño. La ciudad de Rosano al fin se rindió a partido por los naturales, donde fue preso el príncipe con otros muchos barones. Sanseverina hizo poco después lo mismo. A Conversano tomó Pedro de Paz por combate. Con esto toda la Calabria quedó llana; para gobernarla nombraron en lugar del conde de Ayelo, poco a propósito por su vejez, a don Hugo de Moncada.

 

 

 

 

VII. De las treguas que se asentaron entre España

 

y Francia

 

Dado que hubo asiento a las cosas de Gaeta y dejado orden que aquella ciudad por excusar el gasto de guardarla, que fuera mucho, se poblase de españoles, el Gran Capitán se fue sin dilación a Nápoles, donde le recibieron con tan pública alegría y fiesta como si fuera su rey natural muy amado y que entrara victorioso. Allí hizo llamamiento general de los barones del reino y universidades, porque muchos, aunque dieron obediencia al rey, no prestaron los homenajes. A los que sirvieron bien en aquella guerra daba las gracias y los gratificaba; en particular a Bartolomé de Albiano señaló en el principado de Bisiñano ocho mil ducados de renta,

 

 

 

 

 

 

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y entre sus deudos repartió otros dos mil doscientos conforme a los méritos de cada cual.

 

Estos favores que hacía a los Ursinos escocían a los coloneses grandemente, tanto, que entraron en algunos disgustos. Más enemigos engendra la envidia que la injuria. Pasó esto tan adelante, que Próspero Colona se determinó ir a España para dar allí sus quejas y hacer mudar el gobierno. Fabricio desde Roma envió a pedir al Gran Capitán licencia para servir a la señoría de Florencia. Él la dio, porque no se la tomase y fuese mayor el rompimiento.

Tratóse muy de veras de poner en orden lo que tocaba a la buena ejecución de la justicia, negocio muy necesario, porque las revueltas, enemistades y roturas del tiempo pasado dieran ocasión a que se hiciesen muchos agravios y grandes. Procuraba con agrado de los pueblos que el rey fuese servido con alguna suma de dineros para ayuda a los grandes gastos pasados y presentes, y pagar la gente que pretendía conservar y entretener y la repartía por los lugares en que cuidaba darían menos molestia. Algunas compañías de españoles que sabía era gente muy perdida y de poco provecho y costaban mucho envió en dos naves a España con algún dinero que les dio y las vituallas necesarias; que fue descargar aquel reino, como cuerpo enfermo, de malos humores. Juntamente con esto entendía en reparar los daños de la guerra, igualar los muros, fortificar los castillos, en especial los de Nápoles, en que puso gran cuidado, y el de Gaeta. A Capua fortificaba de tales reparos y baluartes, que se tenía por más fuerte que si la ciñeran de muros; todo a propósito de estar apercibido si los enemigos de nuevo acometiesen alguna novedad en aquel reino, en que tenía tanta autoridad, que todo lo hallaba fácil, y salía con todo lo que intentaba.

 

Y aún en toda Italia ganara tanta reputación, que a porfía las ciudades de ella se le ofrecían para pasarse al servicio de España, en especial Génova, en conformidad de las dos parcialidades de Adornos y Fragosos, quería concertarse con España, y con dos mil soldados que les enviase ofrecían levantarse contra Francia. Julián de Médicis, hermano de Pedro de Médicis el que se ahogó en el Garellano, ofrecía por ser restituido en Florencia, de donde andaba forajido, de servir cada un año entre él y los suyos con cien mil ducados. La comunidad de Pisa por defenderse de florentinos, con quien traían guerra, ofrecía darse por vasallos o meterse debajo de la protección del rey católico, como él más quisiese. Lo mismo

 

 

 

 

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pretendía la ciudad de Arezo en Toscana por salir de sujeción de florentinos; y aún por este tiempo el señor de Pomblin se puso y fue recibido en la protección de España; ciudad, aunque pequeña, importante, llave y escala para la defensa del reino. Finalmente Pandolfo de Petrucis, por sí y por Sena, su ciudad, y Pablo Ballon, por si y por Perusa, movieron los mismos tratos. Hasta de Milán se le ofrecieron seiscientos ciudadanos de ella de ayudar y servir, si quisiese conquistar aquel estado y hacer guerra en Lombardía.

 

Pero todas estas pláticas se atajaron con la tregua que los embajadores Gralla y Antonio Augustino asentaron en Francia por espacio de tres años, en que se comprendía el reino de Nápoles. Juróla el rey católico en la Mejorada, do estaba por fin de enero. Asentóse, entre otras cosas, que la dicha tregua se pregonase en Nápoles a los 25 de febrero; no se hizo empero a causa que el Gran Capitán quiso se notificase primero a los que quedaban rebeldes. El príncipe de Rosano no la quiso aceptar; antes porque el comendador Solís, sabido el asiento, aflojó en el cerco de Rosano, él se fue con su gente a poner sobre Cherintia, en que hizo daños y robos. Luis de Arsi, sin embargo que aceptó la tregua, robó los ganados de Andria y Barleta y tomó los prisioneros que pudo. Pretendían los nuestros que conforme a las capitulaciones de la tregua se podía tomar enmienda de los barones que de nuevo hiciesen algún exceso; así, apretaron al uno y al otro y tomaron a Venosa con su castillo con facilidad a causa que Luis de Arsi les dejó poco recado cuando pocos días antes determinó retirarse a Trani y de allí por mar a Francia; lo cual hizo con sus soldados, banderas tendidas y a son de sus cajas y pífanos para muestra de braveza.

 

Quedaban con esto por Francia solos seis pueblos en aquel reino, todos apartados de la marina. El rey de Francia pretendía que todo lo que tomaron los españoles después del día señalado para pregonar la tregua se debía volver como lugares mal ganados, y sospechaba que la dilación del pregón se hiciera con malicia, y que no era razón les valiese; en conclusión, se tenía por cosa cierta que en todas maneras no guardaría la tregua, y que solo pretendía entretener a los contrarios para tomarlos desapercibidos.

Todo se podía muy bien presumir a causa que al mismo tiempo que se tomó aquel concierto nombró por su general en Italia a Juan Jacobo Trivulcio, persona que ninguna cosa menos deseaba que la concordia.

 

 

 

 

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Esperábanse cinco mil suizos y quinientas lanzas que traían de Francia el de Aubeni y el de Alegre. El marqués de Mantua y el duque de Ferrara alistaban toda la gente italiana que podían. El Gran Capitán en esta sazón se hallaba muy aquejado de una dolencia que le puso a punto de muerte. Con esto y con la nueva que se tornó a divulgar de la restitución del rey don Fadrique, y aún se decía que el papa pretendía viniese por general del campo francés, se dio ocasión a largos discursos en materia de estado y revoluciones; y brotaron no pocos disgustos que muchos tenían contra el Gran Capitán en sus pechos cubiertos, particularmente los coloneses se dejaron decir palabras y razones descompuestas; pero todo se sosegó o reprimió con la mejoría que tuvo el Gran Capitán, con que atendió luego a hacer todas las provisiones que pudo y le parecieron necesarias para la guerra, que a juicio de todos muy brava amenazaba a aquel reino, donde, y por toda Italia y España se padeció grande hambre.

 

Y a 5 de abril, que fue Viernes Santo, hubo en Castilla y Andalucía grandes temblores de tierra, que hicieron notable estrago en los edificios; la mayor fuerza de estos daños cargó en algunos pueblos que están ribera de Guadalquivir. De Lisboa partió para la India con una gruesa armada Lope Suárez Alvarenga para llevar adelante aquella navegación y trato.

Este mismo año el rey. Católico hizo su mayordomo mayor a don Bernardo de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, en lugar de don Enrique, tío que era del mismo rey, y suegro del marqués, donde por cuanto diversas veces se hace mención de los señores de esta casa, será bien poner en este lugar su descendencia, cuyo principio tomaremos, no desde los tiempos muy antiguos, sino desde algunos años y no pocos antes de este en que vamos. Fernán Gutiérrez de Sandoval, que dicen fue comendador mayor de Castilla, casó con doña Inés de Rojas, hermana de don Sancho de Rojas, arzobispo de Toledo. De este matrimonio nació don Diego Gómez de Sandoval, primer conde de Castro y adelantado mayor de Castilla, caballero muy conocido por su valor y también por sus desgracias. Casó con doña Beatriz de Avellaneda; sus hijos don Fernando, don Diego, don Pedro, don Juan, doña María, doña Inés. Don Fernando, el mayor de sus hermanos y la cepa de su casa, casó con doña Juana Manrique, de la casa de los condes de Treviño, de do vienen los duques de Nájera. De este matrimonio nació don Diego Gómez de Sandoval, a quien el rey don Fernando dio título de marqués de Denia, estado que ya antes poseían sus antepasados. Casó con doña Catalina de Mendoza, de la casa

 

 

 

 

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de Tendilla y de Mondéjar; sus hijos don Bernardo, el que se dijo fue mayordomo del dicho rey don Fernando, en que sirvió hasta la muerte del mismo rey, y aún adelante lo fue en Tordesillas de la reina doña Juana. Sus hermanas doña Elvira y doña Madalena. Casó el dicho don Bernardo con doña Francisca Enríquez; sus hijos don Luis, don Enrique, don Diego, don Fernando, y seis hijas. Demás de estos tuvo fuera de matrimonio en una vizcaína, natural de Fuenterrabía, donde algún tiempo residió el dicho marqués, a don Cristóbal de Rojas y Sandoval, que por sus partes fue y murió arzobispo de Sevilla. Hijo de don Luis, hijo mayor del marqués don Bernardo, fue don Francisco, conde de Lerma, que murió en vida de su padre; pero dejó a don Francisco Gómez de Sandoval, hoy duque de Lerma y cardenal de Roma, de quien se hablará en otro lugar. Don Fernando, el menor de los hijos del dicho marqués, tuvo muy noble generación, muchos hijos; entre los demás a don Bernardo de Rojas y Sandoval, cardenal y arzobispo benemérito de Toledo. Débele mucho su iglesia y su dignidad por la restitución que le hizo del adelantamiento de Cazorla a cabo de tantos años.

 

 

 

 

VIII. Que el duque Valentín fue preso y enviado a

 

España

 

Tenían los venecianos diversas ciudades de la Romaña, de que se apoderaron luego que murió el papa Alejandro, y aspiraban a las demás. El duque Valentín, como quier que se viese desamparado del favor de la Sede Apostólica y no tuviese bastantes fuerzas para resistir a venecianos, contrató con el papa Julio que le entregaría las fuerzas que se tenían por él. Hízose el asiento, y con este intento enviaron de común acuerdo a Pedro de Oviedo, cubiculario que era del papa, y que fuera ministro del duque, con los contraseños para que aquellas fuerzas se le entregasen. El duque era muy vario. Arrepintióse luego de lo concertado, y con trato doble escribió al alcaide que tenía en Cesena, que se llamaba Diego de Quiñones, que prendiese a Oviedo y le ahorcase. Hízolo así.

 

El papa tuvo esto por gran desacato, como lo era. Mandó detener al duque en palacio hasta que con efecto se entregasen aquellas fuerzas, en especial las de Cesena, Forli y Bertinoro. Movióse de nuevo aquella

 

 

 

 

 

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plática, y el papa ofreció deponer en libertad la persona del duque luego que aquellas plazas se entregasen a sus nuncios. Entre tanto que esto se cumplía, acordaron estuviese detenido en Ostia en poder del cardenal don Bernardino de Carvajal. El mismo duque pidió que así se hiciese, ca no se aseguraba en otra parte ni poder por los muchos y poderosos enemigos que tenía, que eran los principales Guido de Montefeltro, duque de Urbino, y el prefecto, sobrino del papa. Concertóse que el papa, entregadas las fuerzas, le diese dos galeras para pasarse a Francia, y caso que no se entregasen, la persona del duque se restituyese en poder del papa. El Gran Capitán, luego que supo estos conciertos, envió a Ostia a Lezcano para que tratase con el cardenal y le advirtiese que sería de grande importancia si pudiese persuadir al duque se fuese a Nápoles, por excusar que aquel tizón no pasase a otra parte, de do hiciese más daño, que a la verdad el duque Valentín tenía mejor que nadie entendidos y calados los humores de Italia; era temido da todos, y muy estimado de la gente de guerra, en especial de los más atrevidos y arriscados.

 

Ofreció el cardenal de hacer sus diligencias. Con tanto Lezcano le entregó un salvoconducto que traía para el efecto del Gran Capitán. En este medio Cesena y Bertinoro se entregaron sin dificultad. El alcaide de Forli, que se llamaba Gonzalo de Mirafuentes, y era de nación navarro, no quiso entregar aquel castillo si no le contaban quince mil ducados. El duque, por verse libre, especial que supo trataban sus enemigos de matarle, libró en Venecia aquella suma de dineros. Con tanto, el cardenal le puso en su libertad, y él a su persuasión, dejado el camino de Francia, se fue a Nápoles y se puso en poder del Gran Capitán. Recibióle él muy bien y regalóle. Sin embargo, como era bullicioso e inquieto y tenía tanto crédito con la gente de guerra, luego que llegó a Nápoles, trató de enviar gente y dinero para defender el castillo de Forli, que aún no estaba entregado. Tramaba otrosí en un mismo tiempo por diversos caminos de apoderarse de Pomblin y de Perosa y aún de Pisa, dado que estaba en la protección del rey católico, y de Nápoles para su defensa se le enviaría gente de a pie y de a caballo. Comenzó asimismo a sonsacar las compañías de alemanes y españoles que residían en el reino de Nápoles, con muchas ventajas que les ofrecía.

 

Supo el Gran Capitán estas tramas; hizo las prevenciones necesarias para que no fuesen adelante y atajar aquel mal. El duque mandó poner caballos en sus parajes para salirse del reino por la posta, muy arrepentido

 

 

 

 

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de aquella resolución que tomó de ir a Nápoles, principalmente cuando supo que dos días después de su partida de Ostia llegó a Roma el marqués del Final con orden que traía de atraerle al servicio del rey de Francia, y para esto ofrecerle partidos muy honrosos y aventajados. Para atajar todos estos diseños, que podían acarrear nuevos daños, el Gran Capitán mandó detener la persona del duque en Castelnovo, do estuvo a buen recaudo algún tiempo, si bien el papa pretendía que se volviese a poner en la prisión de Ostia o en su poder, con color que el castillo de Forli no se entregaba como quedó concertado. Pero el Gran Capitán obró tanto, que para contentar al papa alcanzó del duque con buenas palabras que con efecto hiciese entregar aquella fuerza. Para ejecutarlo enviaron un camarero del duque, llamado Artes, y don Juan de Cardona, enderezados al embajador Francisco da Rojas para que siguiesen su orden. Finalmente, aquella fuerza, bien que con alguna dilación, se entregó al papa.

 

Poco tiempo adelante el Gran Capitán acordó que don Antonio de Cardona y Lezcano llevasen al duque Valentín a España por quitarse de cuidado, y excusar las novedades que por su ocasión se pudieran intentar en Italia. De la prisión del duque y de enviarle a España se dijeron muchas cosas; los más cargaban la fe y palabra del Gran Capitán, y aún el rey católico al principio estuvo muy dudoso, y le pesó que se hubiese empeñado en negocio semejante. Los daños que pudieran resultar, si el duque estuviera en libertad, fueran notables; por esto más quiso el Gran Capitán, como tan prudente que era, tener cuenta con lo que convenía para el bien común, sin hacerle agravio, que con su fama ni con lo que las gentes podían imaginar ni decir. Resolución que los grandes príncipes deben tener en sus pechos muy asentada, obrar lo que conviene y es justo, sin mirar mucho a la fama y qué dirán. Mucho sintió el rey de Francia la prisión del duque por la falta que hacía en sus cosas; y luego que le avisaron de su ida a España, dijo: «De aquí adelante la palabra de españoles y la fe cartaginesa podrán correr a las parejas, pues son del todo semejables».

 

Tratábase en esta sazón por el rey y reina de Navarra con una solemne embajada que sobre ello enviaron a Castilla que Enrique de Labrit, su hijo, príncipe de Viana, casase con doña Isabel, hija segunda del archiduque. Los Reyes Católicos dieron oídos al principio de buena gana a esta demanda; y parecía medio conveniente para asegurarse de aquella parte de Navarra que tanto cuidado les daba; tanto más, que poco después falleció

 

 

 

 

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en Medina del Campo doña Madalena, infanta de Navarra, puesta como en rehenes de las alianzas que los años pasados concertaron entre sí los reyes de Castilla y los de Navarra.

 

Don Juan Manuel, embajador del rey católico acerca del emperador, por mandado del archiduque y por su orden vino a Flandes. Adelante tuvo con aquel príncipe gran cabida, y de presente se ordenó que todos los negocios de España se le comunicasen; acuerdo que dio más contento al emperador, que pensaba por su medio componer algunas diferencias que con su hijo tenía, que al rey católico, que pretendía viniese don Carlos, su nieto, a España por muchas razones y convenientes que para ello representaba. El César y su hijo entretenían su venida por el deseo que tenían que se efectuase el casamiento con Claudia, hija del francés, de antes tan tratado, por parecerles este camino el mejor para componer todas las diferencias que entre España, Francia y Borgoña andaban. Demás que el rey de Francia ofrecía que los estados de Orleans, Bretaña, Milán y Borgoña los jurarían como legítimos sucesores, y para seguridad de todo ofrecía las prendas que pareciesen necesarias. La reina, madre de la novia, más se inclinaba a que casase con Francisco Valois, duque de Angulema, que sucedía en aquel reino; y ningún medio bastaba para asegurar bastantemente que hubiese de permitir, hecho rey, se desmembrasen de aquella corona tantos y tales estados, si no era que desde luego se entregasen en poder de los desposados, de que no se podía tratar.

 

 

 

 

IX. Que los poderes del Gran Capitán se

 

reformaron

 

En medio de tanta prosperidad y honra como el Gran Capitán tenía ganada, no le faltaron sus azares y borrascas, por ser cosa natural que tras la bonanza se siga la tempestad, y muy ordinario que los particulares armen lazos de calumnias y de envidia a los que les van delante, y que los príncipes paguen con ingratitud los servicios de los hombres valerosos, especial cuando son tan grandes que apenas se pueden bastantemente recompensar. Miranlos como deudas pesadas, y huelgan de hallar ocasión para alzarse con la paga. No era posible satisfacer a todos los que en aquella guerra sirvieron, especialmente que cada cual se adelanta y engaña

 

 

 

 

 

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en estimar sus cosas y servicios más de lo que son. Éstos formaron grandes quejas contra el Gran Capitán, y por ellas acudieron al rey católico, quién con sus personas, quién por memoriales que enviaron a España, que hallaron más entrada de la que fuera por ventura razón.

 

Los capítulos que le pusieron fueron muchos, los más notables eran: lo primero que ayudó al cardenal Julián de la Rovere para que saliese con el pontificado, por lo menos que tuvo noticia que se trataba por cartas que se tomaron y por una firma en blanco que el dicho Cardenal le envió con grandes promesas de acudir al servicio del rey católico, y en particular del interés de su persona, que le prometía muy grande si salía con su pretensión. La verdad en esto era que él pretendió saliese papa el cardenal don Bernardino de Carvajal, y el embajador Francisco de Rojas el de Nápoles, que era no menos francés que el de la Rovere, porque le prometió, según se dijo, de darle el capelo. Como no salió el uno ni el otro, sino el que menos era a propósito para las cosas de España, tuvieron ocasión los maliciosos de cargar al que por ventura no tuvo parte alguna en aquella elección.

 

El segundo cargo era que la gente de guerra hacía muchos desafueros y que no eran castigados, por donde la nación española era muy aborrecida en aquel reino, de que se podía temer algún desmán. Respondía el Gran Capitán: Que él no podía alabar aquella gente de religiosos, pues los más eran tales, que por sus delitos no los podían sufrir en España, y les fue forzado desembarazarla; todavía que la principal causa de sus desórdenes era no tenerlos pagados, y que antes era maravilla cómo en tantos trabajos, hambre y desnudez estuvieron tan obedientes, en particular en el Garellano y sobre Gaeta, sazón en que llegaron a debérseles catorce pagas, sin que ningún motín se levantase; sin embargo, que si hacían algún desafuero eran castigados, sin permitir algún insulto que no llevase su pago; que acudir a todo en tiempo de guerra era imposible, y más enfrenar las lenguas de tanta diversidad de gentes.

 

Cargábanle en tercer lugar que se tenía poca cuenta con la hacienda del rey, y que por poco recado se desperdiciaban y robaban grandes sumas de dineros, pues ni las rentas reales, que eran muy gruesas en aquel reino, ni las confiscaciones, que eran muchas y grandes, y todas aplicadas para los gastos de la guerra, no bastaban para pagar a la gente; sobre todo, le cargaban que no se hallaba cuenta del dinero que se le remitió de España. Mas esta culpa era de Francisco Sánchez, despensero mayor del rey, y de

 

 

 

 

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otros oficiales en cuyo poder entraba el dinero y por cuya mano se gastaba. Las rentas reales de Nápoles en limpio no pasaban de cuatrocientos cincuenta mil ducados, y en solas las pagas de la gente se gastaron en un año pasados de ochocientos mil ducados. De las confiscaciones no se pudo sacar tanto dinero a causa de las gratificaciones y mercedes que forzosamente se hicieron a tanta gente principal como sirvió en aquella guerra.

 

De que resultaba otro cargo con el Gran Capitán, y el mayor de todos y que más se sentía, es a saber, que repartía pueblos y estados y tenencias como si en efecto fuera dueño de todo; que enviaba al papa suplicaciones para proveer las iglesias a quien le parecía; cosas que todas pertenecían al príncipe, y no al que tenía su lugar. Por otra parte, decían no ejecutaba las mercedes que el rey hacía, como a Juan Claver, que no le dejaba tomar posesión del estado de Alonso de Sanseverino, de que el rey le hizo gracia. Lo mismo en otros órdenes particulares que se le enviaban no los obedecía ni ejecutaba. Que si las cosas no daban lugar a ello, por lo menos debiera dar cuenta y razón de las causas y motivos que para suspenderlos tenía. La verdad era que en esto pudo tener algún descuido el Gran Capitán, y como su buen pecho y mucha lealtad le aseguraba, por ventura se extendió más de lo que la malicia de los tiempos sufría y la condición de los príncipes, que quieren se cumpla enteramente su voluntad y que se les dé cuenta de todo; en fin, no hay hombre que no tenga faltas.

 

Estos capítulos encarecieron mucho los coloneses, y en particular Próspero Colona, que se partió para España con intento de quejarse al rey de los agravios que pretendía recibió y alcanzar que se mudase el gobierno por razones que representaba para que se enviase otro en lugar del Gran Capitán. Lo que más sentía era que Bartolomé de Albiano tuviese mejor conducta que él ni su primo Fabricio Colona y que se le hiciesen más ventajas. El Gran Capitán en esto aconsejaba al rey que enviase contento a Próspero cuando volviese, mas que fuese sin agravio de los Ursinos, por lo mucho que importaba conservar en su servicio aquellas dos casas, En suma, las quejas contra el Gran Capitán menudeaban.

Pasaron tan adelante, que el rey se determinó enviarle un caballero, criado de la reina, llamado. Alonso Deza, para avisarle de todos estos cargos que le hacían, encargarle y mandarle que en adelante se proveyese que la hacienda real fuese bien administrada, la gente de guerra reprimida, que mandaba sacar en buena parte para servirse de ella en la guerra de

 

 

 

 

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África que pensaba hacer. La ejecución de la justicia quería se redujese a los términos que solía tener, y que Juan Bautista Espinelo no usase del oficio de conservador por ser aquel nombre muy odiado en aquel reino. Finalmente, que se abstuviese de entremeterse en otras cosas sino en aquellas que tocaban al cargo de virrey. Esto postrero sintió mucho el Gran Capitán, que al que conquistó aquel reino con tanta reputación y gloria de España redujesen a las reformaciones y ordenanzas ordinarias y que atasen las manos al que con tanta fatiga les ganó victorias tan señaladas. Agravióse otrosí grandemente que la tenencia de Castelnovo, que él tenía dada a Nuño de Ocampo, se mandase dar a Luis Peijo sin darle parte de ello, que fue novedad y disfavor notable.

 

Tratábase en Francia de mudar la tregua en paces. Tornóse otrosí a mover plática de la restitución del rey don Fadrique, a que más se inclinaba el rey católico; pero a tal que el duque de Calabria casase con su sobrina doña Juana, la reina de Nápoles. El francés quería que si este medio de la restitución se tomaba, el duque casase con Germana de Foix, su sobrina, dado que le parecía mejor se volviese a lo del matrimonio de don Carlos, hijo del archiduque, con Claudia, su hija. Sobre todo hacía mucha fuerza en que los españoles saliesen de Nápoles y el reino se pusiese en tercería y en poder del archiduque. En estos tratados se gastaron algunos meses. El de Francia quería dejar aquellas diferencias en manos del papa. El rey católico venía en que con el papa juntasen el colegio de los cardenales. En fin, en ningún medio se conformaban, ¿mas cómo podían? La mayor dificultad que se ofrecía para tomar cualquiera de estos medios era la restitución que se había de hacer a los angevinos, ca el rey de Francia por escritura pública que otorgó a los príncipes de Salerno, Bisiñano y Melfi, cuando vencidos y despojados vinieron a su corte, se obligó que no se harían paces con España en ningún tiempo sin que, primero les fuesen vueltos sus estados. Anduvieron de mandas y respuestas. Por conclusión, como quier que no se hacía nada en aquello, y por otra parte llegó nueva que Pisa tenía alzadas banderas por España, indignado el rey de Francia de esto, mandó despedir de su corte a los embajadores Gralla y Antonio Agustín. Visitaron ellos a la reina y al legado; otro día con el rey don Fadrique pasaron muchas razones en que le aseguraron de la buena voluntad que el rey católico tenía a sus cosas; que por lo que pasaba podía entender quién era la causa y por quién quedaba

 

 

 

 

 

 

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que no volviese a su reino. Hecho esto, se salieron de aquella corte a los 26 de agosto camino de España.

 

 

 

 

X. De una liga que se hizo contra venecianos

 

Una de las principales causas por que de Francia fueron despedidos los embajadores del rey católico era porque no impidiesen la concordia que se trataba muy de veras de asentar entre el César y el archiduque, su hijo, con el rey de Francia. Del cual intento fue bastante indicio que pocos días después de su partida se juntaron en Bles los embajadores de los dos príncipes padre e hijo, y a los 22 de septiembre concertaron en su nombre con el rey de Francia una liga, que ellos llamaron verdadera e indisoluble amistad de amigo de amigo, y enemigo de enemigo. Las capitulaciones principales eran que el César no intentase ni emprendiese cosa alguna en el ducado de Milán ni en los estados de los señores de Italia confederados de Francia, antes que les perdonase todos los excesos que contra el imperio tenían cometidos después que el rey Carlos pasó las Alpes hasta aquel día; pero que si de allí adelante hiciesen lo que no debían, pudiesen ser castigados sin que el rey de Francia los defendiese. Que la investidura de Milán se diese dentro de tres meses al rey de Francia para sí y para sus sucesores, con cargo que por ella pagase al César doscientos mil francos. Que el de Francia no tomaría con España algún asiento sobre el reino de Nápoles si no fuese con voluntad y consentimiento del César; y que caso que no quisiese el rey católico concordarse, el César acudiría y daría ayuda al rey de Francia para recobrarle. Que a los hijos de Ludovico Esforcia, postrero duque de Milán, se diesen tierras y rentas en Francia cada y cuando que allá fuesen a residir. Item, que se volviesen sus bienes a los desterrados de aquel ducado, y el rey los recibiese en su gracia. Señalaron cuatro meses para que el rey católico pudiese entrar en esta amistad, con tal que renunciase desde luego en su nieto don Carlos el reino de Nápoles con las condiciones tratadas otras veces, y que dentro de tres meses cada cual de las partes señalase sus confederados para que se comprendiesen en esta alianza.

 

Fue cosa de maravilla y aún de mala sonada que ni el César ni el archiduque nombraron al rey católico entre los suyos; que dio ocasión a

 

 

 

 

 

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muchos de hablar y al rey de desabrimiento. Esta confederación se trató y concluyó muy en público. De secreto el mismo día se asentó otra nueva liga de los tres príncipes susodichos y del papa. La voz era para juntar las fuerzas contra las del turco en defensa de la religión cristiana; el intento verdadero se enderezaba contra la señoría de Venecia para que cada cual de las partes recobrase con ayuda de los demás lo que venecianos les tenían ocupado injustamente, a lo que decían. La Sede Apostólica pretendía a Rávena, Servia, Faenza, Arimino, Cesena y otros lugares de Imola, de la mayor parte de los cuales se apoderaron venecianos después de la muerte del papa Alejandro y prisión del duque Valentín. El César quería recobrará Rovereto, Verona, Padua, Vicencia, Treviso y el Friuoli, ciudades que pertenecían al imperio y casa de Austria. Del ducado de Milán tenían usurpadas a Bresa, Crema, Bérgamo, Cremona y Geradada con todos sus territorios, en que el de Francia debía ser restituido.

 

Grande borrasca y torbellino se armaba contra aquella nobilísima señoría. Muchos juzgaban que se les empleaba muy bien cualquiera desmán por la atención que siempre tenían a sólo engrandecer y ensanchar su señorío. Avisóles Lorenzo Suárez de Figueroa de estas tramas con intención que se ligasen con España por lo que tocaba a las cosas del reino. El enemigo era poderoso, y el rey católico se hallaba muy gastado, por cuyos libros se averiguó que hasta los 13 de octubre tenía remitidos para la guerra de levante en este segundo viaje pasados de trescientos treinta y un cuentos. Pero ellos ni acababan de creer lo de la liga ni de resolverse; antes conforme a su costumbre pretendían conservarse neutrales y estar a la mira para como los negocios se encaminasen seguir el partido que mejor les estuviese; mas ¿hay quien no lo haga así?

 

Y aún en el mismo tiempo trataron muy de veras con el sultán de Egipto de impedir a los portugueses la navegación de la India por el mar Océano y el trato de la especería, de que su república recibía perjuicio notable por quitárseles en gran parte el trato de Alejandría, en que consistía buena parte de sus riquezas. Para esto enviaron de secreto al Cairo un embajador y maestros que fundiesen artillería y labrasen navíos a nuestro modo; demás de esto gran copia de metal para que todo se encaminase al rey de Calicut, donde es el mayor mercado de la especería de todo el oriente, y que con aquella ayuda echasen los portugueses de aquellos mares.

 

 

 

 

 

 

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Trataron otrosí con el rey católico que en estas diferencias se interpusiese con los portugueses y los acordase; pero como era negocio de tanto interés, no se podía hallar camino para concordarse; así, con acuerdo del mismo Lorenzo Suárez, su embajador en Venecia, disimuló, y no quiso interponer su autoridad entre venecianos y portugueses; resolución muy acertada y prudente.

 

 

 

 

XI. Que el rey don Fadrique y la reina doña

 

Isabel fallecieron

 

Poco contento tenían los más de los príncipes de suso nombrados, que tal es la condición de esta vida. El César pobre y poco avenido con su hijo. La princesa, mujer del archiduque, no tenía el juicio cabal. A la reina doña Isabel apretaba cierta enfermedad fea, prolija e incurable que tuvo a lo postrero de su vida, de que se decía acabaría muy en breve. Con su muerte se temían daños y revoluciones, por lo menos mudanza en el gobierno. El rey de Francia ¿qué reposo podía tener viéndose despojado de un reino tan principal que por tan suyo tenía?

 

El rey don Fadrique no cesaba de revolver en su pensamiento trazas para volver a su casa y corona; de que resultó como quier que todos le faltasen y le entretuviesen con buenas esperanzas solamente, que, mal pecado, cargó sobre él tan mal humor, que enfermó de cuartanas y con ellas, de Bles, después de partidos los embajadores del rey católico, volvió a Tours, su residencia más ordinaria. Afligíalo verse pobre y de todos desamparado y en poder de sus mortales enemigos. Entendía que era imposible concordarse los dos reyes de Francia y el católico, y que en lo de su restitución no procedían con llaneza; antes por mostrar voluntad de lo que no pensaban hacer y por este modo engañar al mundo y entretenerle a él, ponía cada cual de las partes condiciones que sabían muy bien no se aceptarían por la otra parte; que todo era burlarse de su mala suerte y traerle al retortero. Lo que más sentía era que en su hijo el duque de Calabria no se veía aquel valor y maña y virtudes que eran necesarias para salir del aprieto en que estaban; y persuadíase que, muerto él, se acomodaría con el estado presente sin trabajarse mucho para pasar mas adelante. Sobre el cual sujeto a los postreros días de su vida le escribió una

 

 

 

 

 

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carta larga y discreta, llena de avisos para que se supiese gobernar conforme al estado presente y aspirase con valor a más, sin envilecerse con los deleites ni acobardarse por las dificultades que se representaban. Encomiéndale que se muestre animoso y liberal y ejercite su cuerpo en obras militares y de caballería.

 

Por estas razones se ve que a este príncipe ni le faltó cordura ni ánimo; su desastrada suerte le redujo a aquellos términos, que como acontece a los desgraciados, le siguió, tanto que una noche se quemaron las casas en que posaba con tanta furia, que apenas él, su mujer e hijos se pudieron salvar desnudos. Este accidente le agravó la enfermedad, de que falleció en aquella ciudad a los 9 de noviembre. Dejó de su primera mujer una hija que tenía casada en Francia; de la segunda cinco hijos, es a saber, doña Isabel, doña Julia, don Alonso y don César, y el mayor don Fernando, duque de Calabria, que a la sazón que llegó la nueva de la muerte de su padre estaba en Medina del Campo, do la corte se hallaba. Mandó el rey a Próspero Colona que de su parte se la llevase y le consolase, bien que el mismo rey se hallaba muy congojado por la dolencia de la reina, que la traía muy al cabo.

 

Daba ella mucha prisa para que el archiduque y su mujer viniesen a España con toda brevedad; y Gutierre Gómez de Fuensalida, embajador en Flandes, hacía sobre ello grande instancia. Excusóse el archiduque con la guerra que le hacía el duque de Güeldres. La verdad era que no gustaba de venir, y mostraba tener en poco la sucesión de tan grandes estados. Agravóse la enfermedad, y falleció la reina en aquella villa a los 26 de noviembre. Su muerte fue tan llorada y endechada cuanto su vida lo merecía, y su valor y prudencia y las demás virtudes tan aventajadas, que la menor de sus alabanzas es haber sido la más excelente y valerosa princesa que el mundo tuvo, no sólo en sus tiempos, sino muchos siglos antes. Mandóse enterrar en Granada. Allí, porque la capilla Real no la tenían labrada como se pretendía hacer, su cuerpo se depositó en el Alhambra. Mandó que en su entierro y por su muerte nadie se vistiese de jerga como se acostumbraba; y desde aquel tiempo se desusó aquel luto tan extraño.

 

En su testamento revocó algunas donaciones que en perjuicio de la corona real se hicieron más por fuerza que de grado al principio de su reinado. Item, declaró que la donación que se hizo a don Andrés de Cabrera y a su mujer del marquesado de Moya procedió de su voluntad

 

 

 

 

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por los servicios muy señalados que le hicieron. Nombró por su heredera a su hija la princesa doña Juana, y con ella al archiduque, su marido. Pero por su poca salud y ausencia, en conformidad de lo que por Cortes dos años antes le suplicaron sus vasallos, mandó y ordenó que si la princesa, su hija, por su ausencia o por otro respeto no pudiese o no quisiese entender en el gobierno de sus reinos, en tal caso el rey don Fernando tuviese la administración de ellos por su hija la princesa hasta tanto que su nieto el infante don Carlos fuese de veinte años cumplidos. Demás de esto, mandó que ultra de la administración de los maestrazgos que tenía por concesión de la Sede Apostólica, el rey don Fernando llevase la mitad de los proventos que resultasen de las islas y tierra firme que tenían descubierta, sin otros diez cuentos que le mandó cada un año, situados en las alcabalas de los maestrazgos. Nombró por testamentarios al rey y al arzobispo de Toledo y a don Diego de Deza, obispo de Palencia, Antonio de Fonseca y Juan Velázquez, sus contadores mayores, y a su secretario Juan López de Lezarraga.

 

No faltaron personas señaladas que no embargante esta disposición de la reina, aconsejaban al rey se tuviese por legítimo sucesor de aquellos reinos, pues descendía por línea de varones de la casa real de Castilla; que éste era camino más derecho y más firme que la vía de la administración. Que los pueblos le amaban mucho, y con quitar algunas gravezas y premáticas odiosas a la gente, ninguno de aquella corona le fallaría. El rey, sin embargo, en este punto estuvo tan sobre sí, que con estar ofendido de su yerno en muchas maneras, y la princesa tan impedida y tener el camino muy llano para apoderarse de todo, el mismo día que falleció la reina salió a la tarde, y en un cadalso que se armó en la plaza de aquella villa mandó alzar los pendones reales por doña Juana, su hija, como reina propietaria de Castilla, y por el rey don Felipe como su marido; alzó los estandartes el duque de Alba don Fadrique de Toledo. En las demás ciudades y villas en que se acostumbra alzar los pendones sólo se nombraba la reina doña Juana, sin hacer memoria de su marido; lo mismo en los pregones y provisiones que por todo el reino se hacían, todo con fundamento que el archiduque les debía primero jurar sus privilegios y leyes; señaladamente querían asegurar que en los consejos y audiencias y gobiernos y tenencias no se sirviese de extranjeros sino de naturales, como también la reina doña Isabel lo dejó expresado en su testamento.

 

 

 

 

 

 

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En este mes y en el siguiente de diciembre y aún más adelante cargaron tanto las aguas, que los sembrados se perdieron, y se padeció grande hambre, así bien el año siguiente como el presente se padecía.

 

 

 

 

XII. De las diferencias que hubo sobre el gobierno

 

de Castilla

 

La muerte de la reina doña Isabel dio ocasión de disgustos y diferencias. El rey don Fernando, conforme a la cláusula del testamento de la reina, pretendía mantenerse en el gobierno de Castilla, atento que la impotencia y enfermedad de la reina doña Juana, su hija, era muy notoria, hasta tenerla en Flandes recogida. Para salir con este intento usó de dos medios: el uno fue escribir al rey archiduque, su yerno, y avisarle que no se le permitiría entrar en Castilla sin su mujer; que los del reino deseaban conocer por las obras si era falso el impedimento que se decía o si daba lugar para poder gobernar y reinar; el otro fue que convocó Cortes del reino para la ciudad de Toro.

 

Allí, a los 11 de enero del año 1500, Garci Laso de la Vega, comendador mayor de León, que presidía en las Cortes, y los procuradores vieron la cláusula del testamento de la reina doña Isabel, que tocaba a la sucesión en aquellos sus reinos y a la administración de ellos; y conforme a ella, de común consentimiento, juraron por reyes a doña Juana como a reina propietaria de Castilla y heredera legítima de su madre, y al rey archiduque como a su marido, y al rey católico como administrador de ellos. Pocos días adelante se declaró por las mismas Cortes el impedimento notorio de la reina doña Juana; por tanto, suplicaron al rey católico que, conforme a lo dispuesto en el dicho testamento, se encargase del gobierno de aquellos reinos y no los desamparase. En conformidad de esto, despacharon sus mensajeros a Flandes con cartas en que avisaban de todo lo hecho, su data a los 11 de febrero.

 

Sin embargo, se levantaron grandes contradicciones sobre la administración. Los grandes, conforme a la condición del ingenio humano, deseaban mudanza en el gobierno, y en particular por estar a la sazón desabridos con el rey católico, quién por lugares que les quitara de que el rey don Enrique les hiciera merced, quién por no haber salido con lo que

 

 

 

 

 

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pretendían, y todos porque los enfrenaba, y con administrar igualmente justicia impedía que no pudiesen agraviar a los pequeños. El que entre todos más se adelantó y señaló fue don Pedro Manrique, duque de Nájera, que con sus deudos y aliados hacía en palabras y en obras toda la contradicción que podía. Después de él se mostró mucho don Diego López Pacheco, marqués de Villena, por tenerse por agraviado a causa de los pueblos de aquel marquesado que le quitaron los años pasados, y a río vuelto se prometía los recobraría. Los demás grandes casi todos eran del mismo parecer, si bien contemporizaban y no se declaraban tanto; sólo el duque de Alba don Fadrique de Toledo estuvo siempre de parte del rey católico.

 

El nuevo rey otrosí y los de su consejo formaban agravio y quejas contra el gobierno del rey católico. Decían que a qué había de venir a Castilla el rey o a qué propósito se lo llamaban; pues llamarle rey y no tener reino, o venir al reino de que se llamaba rey y no mandar en él como rey, ¿qué sería sino burla y juego de niños? A los unos y a los otros incitaba y encendía don Juan Manuel, caballero, aunque pequeño de cuerpo, muy vivo, de grande ingenio y dichos muy agudos. Pretendió el rey católico apartarle del rey archiduque por prevenir este daño; mandóle primero volviese a Alemania para servir su oficio de embajador acerca del César. El rey archiduque no quiso venir en ello ni lo consintió, antes hizo en adelante más caso de él y le dio parte de todas sus cosas sin encubrirle alguna de sus puridades. Después, visto que este medio no salía, procuró el rey católico ganarle con grandes ofrecimientos que hizo a doña Catalina de Castilla, su mujer, señora de muy gran punto. Prometía para él y para sus hijos grandes ventajas. Todo no prestó ni fue de provecho, ca él, como sagaz, más caso hacía de la privanza de un príncipe mozo y dadivoso que de las promesas de un viejo astuto y limitado.

 

No pararon estas altercaciones en esto, antes llegaron a Italia, tanto, que el rey católico comenzó a tener grandes recelos del Gran Capitán; temía no se inclinase a la parte de su yerno y del César, por donde el reino de Nápoles se pusiese en balanzas. Atizaba estas sospechas Próspero Colona, sin embargo que para sí y para sus sobrinos alcanzó con su venida a España todo lo que pretendía, en particular que la conducta de Bartolomé de Albiano, que era de cuatrocientas lanzas, se reformase a doscientas. Demás de esto, mandó el rey católico que para guarda del reino de Nápoles quedasen mil doscientos hombres de armas y seiscientos jinetes y

 

 

 

 

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tres mil infantes españoles; y se enviasen a España otros dos mil y se despidiesen los alemanes, todo a propósito de excusar gastos y enflaquecer las fuerzas de aquel reino, que no le pudiesen con ellas empecer si las cosas viniesen a rompimiento.

 

Formóse otrosí consejo particular en corte de Castilla para la provisión de las cosas de gobierno y de justicia de aquel reino. En él intervenían micer Tomás Malferit, que presidía en el consejo de Aragón, el licenciado Luis Zapata, Luis Sánchez, tesorero general, Juan Bautista Espinelo y por secretario Miguel Pérez de Almazán.

De Navarra enviaron aquellos reyes a Ladrón de Mauleón para tratar se renovasen las alianzas que tenían concertadas y se confirmasen con el matrimonio del príncipe de Viana con hija del rey archiduque. Hacían otrosí instancia por la libertad del duque Valentín, preso en la Mota de Medina, que procuraban asimismo gran número de cardenales, como hechuras que eran del papa Alejandro. El rey fue contento que las alianzas con Navarra se renovasen, y dio intención del casamiento que se pedía; cuanto a la persona del duque, respondió qua por entonces no había lugar, dado que en su pecho vacilaba mucho, y por la desconfianza que tenía concebida del Gran Capitán pensaba a las veces de servirse del duque para las cosas de Italia. Los ánimos sospechosos se suelen remontar a medios extraños. Solo quería seguridad que le serviría y acudiría. Plática que se llevó tan adelante, que Alonso de Este, duque de Ferrara, su cuñado, ca su padre falleció por este tiempo, se ofrecía a la seguridad.

 

De Portugal el rey don Manuel envió al obispo de Oporto don Diego de Sousa y a Diego Pacheco para dar la obediencia al pontífice Julio. Junto con esto, después que los años pasados envió a la India diversas armadas para el trato de la especería, acordó de enviar uno con nombre y autoridad de gobernador a quien todos obedeciesen, y él con su valor adelantase lo comenzado. Nombró para este cargo a Francisco de Almeida, y mandó aprestar una gruesa armada en que fuese. No carecía este negocio, demás de ser la navegación tan larga, de grandes dificultades; una era la contradicción que venecianos hacían, como queda dicho; otra que el sultán de Babilonia, sea a instancia de aquella señoría, sea de su voluntad, tomó aquel negocio por propio. Despachó al guardián de Jerusalén, que se llamaba Mauro, para este efecto con cartas enderezadas al sumo pontífice, en que daba grandes quejas contra el rey católico por lo que tocaba a la conquista del reino de Granada y a la conversión de los moros, que decía

 

 

 

 

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se hizo por fuerza, y contra el rey de Portugal a causa que con sus navegaciones quitaba a los suyos el trato de la India y le tomaba a el sus naves. Rogábale se interpusiese para que esto no pasase adelante; donde no, amenazaba de destruir el santo sepulcro y dar la muerte a todos los cristianos que moraban en sus reinos.

 

Movieron estas amenazas al papa: el mismo religioso con sus cartas y con las del sultán envió a España para que los reyes, a quien esto tocaba, le avisasen de su parecer y de lo que sería bien responder al sultán. Lo que el rey católico respondió no se sabe; como las quejas contra él eran viejas, debió disimular. El rey de Portugal contra quien esta embajada se enderezaba principalmente, escribió al papa con el mismo religioso una carta de este tenor:

«Recibí la de vuestra Santidad con la copia de la del sultán, y vi las quejas que forma contra el rey, mi señor, y contra mí, que son alabanzas más verdaderamente que baldones, porque ¿qué mayor gloria puede ser a un príncipe cristiano que ser aborrecido su nombre de la morisma? Las amenazas que añade se enderezan a hacernos desistir del intento que tenemos de ensalzar el nombre de Cristo. Yo no tengo que responder por el rey, mi señor; él mismo responderá por sí como se puede esperar de su mucha prudencia. De mí sé decir con verdad que quisiera haber dado ocasión al Sultán de mucho mayores quejas; y aseguro que mi principal intento cuando hice abrir el viaje de la India fue echar por tierra y asolar la casa de Meca, do está el sepulcro de Mahoma; lo cual espero con la gracia de Dios que algún día se pondrá en efecto. Entonces se podrá el sultán quejar de veras, y no ahora que los daños son tan pequeños. Lo que amenaza de dar la muerte a los cristianos y destruir el santo sepulcro, no le tengo por tan inconsiderado que se quiera privar de las rentas tan gruesas que le pagan los cristianos, ni por tan temerario que quiera irritar contra sí todo el cristianismo y forzarlos a que se junten para vengar semejantes injurias. Por esto yo suplico a vuestra Santidad ponga su pensamiento en unir los príncipes cristianos para que con sus fuerzas deshagan aquella malvada secta y su memoria, cosa que algunos príncipes suplicaron al papa Alejandro, y por ventura Dios, padre santo, reserva esta gloria para vuestro tiempo. Lo que será bien responder al sultán, verá vuestra prudencia junto con ese sacro colegio; que no es razón yo interponga en esto mi juicio. Lo que deseo y pretendo hacer con

 

 

 

 

 

 

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el ayuda divina, sin tener cuenta con amenazas ni espantos, me pareció declarar en estos pocos renglones».

 

 

 

 

XIII. Los disgustos entre el rey católico y su yerno

 

fueron adelante

 

En estas cortes de Toro se publicaron las leyes de Toro que quedaron ordenadas desde antes que la reina doña Isabel falleciese. Despidiéronse las Cortes, y sin embargo se detuvo el rey católico en aquella ciudad hasta fin del mes de abril con intento de enterarse, como de tan cerca, si acudiría bien a sus cosas el rey don Manuel, y si recibiría bien lo de su gobierno. Los grandes por la mala voluntad que le tenían divulgaron que traía tratos de casarse con doña Juana, hija del rey don Enrique, para seguir su derecho, que tanto antes contradijo, y por este camino en despecho de los nuevos reyes, sus hijos, no sólo mantenerse en el gobierno de Castilla, sino en el título de rey que antes tenía. No se puede pensar cuánto se enconaron los ánimos de muchos con estas hablillas. Las revueltas dan siempre ocasión que se digan, y aún se crean falsamente muchas patrañas, cual parece fue ésta.

 

Averíguase que su vicechanciller Alonso, de la caballería, pretendía fundar y aún persuadirle que dejase el nombre de gobernador y tomase el nombre de administrador y usufructuario, como de derecho lo son los padres de los bienes de sus hijos que heredan de sus madres antes de ser emancipados, y aún después han parte en el usufructo. Que la reina doña Juana no era emancipada, y cuando lo fuera, se podía tener en la misma cuenta de menor edad, fuese por su indisposición o por tenerla su marido oprimida y sin libertad. Junto con esto que se debía llamar rey de Castilla, así por el título de usufructuario como porque fue marido de la ínclita reina doña Isabel. Alegaba a este propósito el ejemplo del rey don Juan, su padre, que después de muerta su primera mujer se continuó a llamar y fue verdadero rey de Navarra, si bien quedaron hijos del primer matrimonio y el reino era de la madre. Decía que título de gobernador era flaco y movible; que para bien gobernar era necesario llamarse rey; que don Enrique, conde de Trastámara, hasta que se llamó rey tuvo muy poca parte en el reino y muy pocos le siguieron.

 

 

 

 

 

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Los grandes de Castilla y los del concejo del rey archiduque iban por camino muy diferente; pretendían que la administración del reino le pertenecía como a marido de la reina propietaria, y que esto no se lo podían quitar. Decían que no era razón viniesen los nuevos reyes para no gobernar, sino ser gobernados; y que no era conveniente ni podrían sufrir que dos gobernasen, ni sería posible concertarlos. Que el rey católico acertaría mucho en comedirse con tiempo y hacer de grado lo que sería forzoso, es a saber, retirarse a su reino de Aragón y desde allí ayudar a sus hijos en lo que él pudiese y ellos quisiesen.

 

En lo que tocaba a los reinos de Nápoles y Granada tampoco se concordaban los pareceres; el rey católico pretendía tener parte en el de Granada como bienes adquiridos durante el matrimonio y ser suyo el de Nápoles por el derecho que la casa de Aragón tenía a aquella corona; y sentía mucho que su yerno en los asientos que tomaba con Francia dispusiese de él como si fuera cosa suya, sin dar parte al que pretendía ser el todo. Por el mismo caso se recelaba del Gran Capitán, que era castellano, especial que fue requerido por un secretario del César, que fue a Nápoles para saber su intención en caso de rompimiento; y el papa le hizo preguntar caso que se ligase con el César y rey de Francia contra el rey católico a quién pensaba acudir. Respondió al César y a sus ofertas con palabras generales, al papa muy resolutamente que no debía su Santidad saber quién eran los suyos, y la obligación que tenían al rey su señor, y a no hacer vileza ni cosa que no debiesen.

 

Partió el rey católico de Toro, y por Arévalo pasó a Segovia. Desde allí envió a Flandes a don Juan de Fonseca, que ya era obispo de Palencia, para que hiciese compañía a la reina, su hija; y a Lope de Conchillos, deudo del secretario Miguel Pérez de Almazán, para que le sirviese de secretario. Asimismo de parte del César y de su hijo vinieron por embajadores al rey católico Andrea del Burgo, Cremones y Filiberto, señor de Vere, que tenía mucha cabida con el rey archiduque y mucha noticia de las cosas de Castilla. Con éste comunicó sus quejas el rey católico, y pretendió de nuevo apartar a don Juan Manuel del archiduque; pero él no obedeció, antes se envió a despedir del servicio del rey católico; que eran nuevos desabrimientos, además que el archiduque mandó echar en prisión a Lope de Conchillos, en que le tuvo mucho tiempo muy apretado. La causa fue que la reina le mandó escribiese al rey, su padre, que era su voluntad tuviese el gobierno de sus reinos conforme a lo que su madre

 

 

 

 

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dejó ordenado. Esta carta vino a poder del archiduque, de que recibió mucho enojo. Mandó prender al secretario, y ordenó que ninguno de sus criados españoles la pudiesen hablar. La reina, su mujer, tomó tanta pena de estas cosas, que se alteró en gran manera, por do su indisposición se le aumentó tanto, que fue necesario recogerla.

 

No se descuidaba el Gran Capitán en lo que tocaba a Italia, antes con mil soldados españoles, de los que por orden del rey católico se mandaban despedir, envió a Nuño de Ocampo para la defensa de Pomblin y de Pisa. Cercaron los florentinos a Pisa; Nuño de Ocampo con los suyos se fue desde Pomblin a meter dentro de ella; con que los florentinos se enfrenaron de manera que les convino alzar el cerco que tenían muy apretado sobre aquella ciudad, y no pudieron tomarla, como sin duda, a faltarle este socorro, lo hicieran. Instaban los coloneses se reformase la conducta de Bartolomé de Albiano. El Gran Capitán lo entretenía por conocer el valor y condición de aquel caballero. Después, por entender que tenía sus inteligencias con el papa en deservicio de España y que pretendía hacer guerra a los florentinos en favor de los Médicis, se hizo la reformación, lo cual luego que vino a su noticia, trató de apoderarse de Pomblin; mas por estar dentro Nuño de Ocampo, pretendió entrarse en Pisa con color de defenderla.

 

Tuvieron aviso de esto por una parte el Gran Capitán, por otra los florentinos. El Gran Capitán le envió a mandar no pasase mas adelante, so pena de perder la conducta y estado que tenía del rey católico. Los florentinos debajo la conducta de Hércules Bentivolla se pusieron en cierto paso junto a la torre de San Vicente, cinco millas distante de Campilla, pueblo del estado de Pomblin. Allí le desbarataron e hirieron; y en Nápoles, porque no obedeció, se mandó ejecutar la pena incurrida; que todo fue ocasión de declararse y seguir diferente partido. No se podía presumir otra cosa de su natural, en demasía bullicioso o inquieto. La gente de guerra española, que se debía despedir conforme a lo mandado por el rey, puesto que se dio voz que la enviaban a la conquista de los Gelves, se amotinó de manera, que puso al Gran Capitán en mucho cuidado; mas él usó de tal maña, que los apaciguó y envió a España conforme al orden que tenía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XIV. De diversas confederaciones que se hicieron

 

con el rey de Francia

 

Deseaba el rey archiduque que la concordia que el año pasado se asentó en Bles con el rey de Francia la confirmase el César, su padre; para esto concertó de verse con él en Hagenau, ciudad del imperio. Acudieron allí el César y el rey archiduque, que llevó consigo al cardenal de Ruan Jorge de Amboesa, que era por quien en todas las cosas se gobernaba el de Francia con poderes bastantes que llevaba de su señor. Acordóse que se diese la investidura de Milán, como pusieron, al rey de Francia para sí y sus hijos varones; y a falta de ellos para Claudia y Carlos de Austria, su esposo. Púsose por condición que si por culpa del rey de Francia no se efectuase aquel matrimonio, cayese del derecho que pretendía a aquel ducado, y recayese en los de Austria. Declaróse otrosí que la investidura que se le daba era sin perjuicio del derecho de tercero. En esto segundo hicieron fundamento los hijos de Ludovico Esforcia para ser restituidos en aquel estado. Por la primera condición pretendió el dicho príncipe don Carlos, ya que era emperador, que después de la muerte de los Esforcias se podía quedar con aquel ducado; verdad es que en tal caso se mandaban volver al rey de Francia los doscientos mil francos que dio por la investidura. Hizo el juramento y homenaje de fidelidad en nombre de su rey el cardenal de Ruan por ser aquel estado feudo del imperio. Del reino de Nápoles no se trató cosa nueva en estas vistas; mas en confirmar, como lo acordaron, que el matrimonio del príncipe don Carlos y Claudia se efectuase, se entendía le debían llevar por dote, según que entre los tres lo tenían acordado.

 

Sintió mucho el rey católico todas estas tramas, que claramente se enderezaban contra él. Quejóse gravemente de los malos consejeros que su yerno tenía, y que sin darle parte se concluyesen cosas tan grandes. Lo que más era que saneaban los derechos de Francia en lo de Milán sin que se saneasen los suyos, así en lo de Borgoña como en lo que tocaba al reino de Nápoles. Revolvía en su pensamiento la forma que podría tener para ganar de su parte al rey de Francia, y por este medio prevenirse para todo lo que le podría suceder.

 

Parecióle que el mejor camino de todos sería casar en Francia con Germana de Foix, que era sobrina de aquel rey, hija de su hermana. Envió para tratar esto a fray Juan de Enguerra, de la orden de San Bernardo, e inquisidor en Cataluña. Gustó mucho el francés de este casamiento, tanto,

 

 

 

 

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que por contemplación de él renunciaba el derecho que tenía al reino de Nápoles en su sobrina y en sus hijos varones y hembras, junto con el título de rey de Nápoles y Jerusalén. Por el contrario, el rey católico vino en que, caso que no tuviesen hijos, aquel reino volviese al rey de Francia y a sus herederos. Demás que se obligó de pagarle por los gastos de la guerra quinientos mil ducados en término de diez años por pagas iguales. Item, que a los barones angevinos se volverían sus estados, cosa muy dificultosa. Y los prisioneros que tenía en su poder el Gran Capitán se pondrían en libertad, nombradamente el príncipe de Rosano y marqués de Bitonto; sólo se exceptuaron el duque Valentín y el conde de Pallas. Con esto el rey de Francia se obligaba de asistir al rey católico contra el César y su hijo, caso que intentasen a removerle de la gobernación de Castilla. El Guiciardino dice que se concertó asimismo ayudaría el rey católico a Gastón de Foix, su cuñado, a conquistar el reino de Navarra, a que pretendía tener derecho. Item, que el de Francia enviaría a España la viuda reina de Nápoles con sus hijos, y si no quisiese venir, la despediría de su reino.

 

Los unos conciertos y los otros se hicieron este verano y estío; y desde Segovia, a los 25 de agosto, se enviaron a Francia para concluir don Juan de Silva, conde de Cifuentes, micer Tomás Malferit y el mismo fray Juan de Enguerra, que llevaron las provisiones para libertar a los prisioneros de Nápoles, y seguridad para que los desterrados pudiesen ir a sus casas. En particular se trató de casar a Roberto de Sanseverino, príncipe de Salerno, cabeza de los forajidos de Nápoles, con doña Marina de Aragón, hija de don Alonso de Aragón, duque de Villahermosa y conde de Ribagorza, y hermana de don Alonso, duque de Villahermosa, y de don Juan, conde de Rihagorza; trazas que dieron mucho contento al rey de Francia, tanto, que procuró impedir que el rey archiduque no viniese a España, y se lo envió a requerir con un su secretario que hasta que las diferencias que tenía con su suegro se determinasen no se pusiese en camino. Para necesitarle a ello trató con el duque de Güeldres que con más gente hiciese la guerra en Flandes.

 

Este asiento por una parte causó gran turbación en el reino de Nápoles, y los barones que poseían las tierras de los forajidos se apellidaron para defenderse unos a otros, en particular Próspero Colona, que se salió del reino, y llegó a ofrecer al papa que si el rey de Francia le renunciase el derecho que pretendía a aquel reino, él y los suyos se le conquistarían; por

 

 

 

 

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otra alteró de nuevo a los grandes de Castilla, tanto más, que se publicaba que la reina católica para dejar al rey católico por gobernador de sus reinos, le tomó primero juramento que no se casaría; y procuraron estorbar al conde de Cifuentes que no fuese con aquella embajada, so pena que le tendrían por mal castellano. Algunos cargaban al Gran Capitán de que no se declarase por el rey archiduque, pues por aquel matrimonio del rey católico con doña Germana se quitaba la sucesión del reino de Nápoles al príncipe don Carlos, ora tuviesen hijos, ora no. El rey archiduque asimismo sintió mucho que le quitasen del todo lo de Nápoles, y le pusiesen en condición la corona de Aragón, si el rey, su suegro, tuviese hijo varón.

 

El rey católico por prevenir disgustos despachó a Flandes al protonotario don Pedro de Ayala, que fue antes embajador en Inglaterra, para que juntamente con Gutierre Gómez de Fuensalida, su embajador ordinario, avisasen al rey, su yerno, de aquellas paces y conciertos e hiciesen de su parte instancia que Lope de Conchillos fuese puesto en libertad, ca le tenían en Villaborda muy apretado. Hicieron ellos lo que les fuera mandado; y el rey archiduque en lo que tocaba al matrimonio, dijo con palabras generales que se holgaba de él; que el rey, su señor, era libre, y se podía casar donde más gusto le diese; en lo de Lope de Conchillos dio por respuesta que era su criado y tenía acostamiento de su casa; que por sus deméritos le tenía preso y no le pensaba dar libertad.

 

Venecianos en todas estas tramas se estaban a la mira sin echar de ver la borrasca que se les armaba; verdad es que se concertaron con el papa de manera que se quedaron en la Romaña con lo de Faenza y Arimino, y le restituyeron lo que tenían de los condados de Imola y de Cesena. Con ésto tomaban en su protección al duque de Urbino y al prefecto de Roma, sobrino del papa, a quien el duque tenía adoptado, y para que le sucediese en aquel estado, le casó con hija del marqués de Mantua, su cuñado. Al Gran Capitán se envió aviso delas paces que el rey católico hizo con el rey de Francia, con orden se viniese luego a España para dar asiento en cosas que pedían la presencia de su persona; y de secreto tuvo al arzobispo de Zaragoza nombrado para el gobierno de Nápoles. El Gran Capitán mostró holgar de las paces, y las hizo pregonar y regocijar en Nápoles. Cuanto a su venida, respondió que estaba presto y que muy en breve se partiría; mas ya el tiempo, ya las cosas no dieron a ello por entonces lugar. Por esto las sospechas que se tenían de él se aumentaban, menudeaban los chismes, y

 

 

 

 

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cada cual tomaba ocasión de pensar y decir lo que le parecía, dado que él envió a su secretario Juan López de Vergara a dar razón de sí y de todo lo que pasaba.

 

 

 

 

XV. Que Mazalquivir se ganó en África de moros

 

No se apartaba del lado del rey católico el arzobispo de Toledo, antes en todas estas diferencias le acudió siempre con grande lealtad, y fue gran parte para que muchos reprimiesen sus malas voluntades. Era este prelado de gran corazón y pensamientos más altos que según el bajo estado en que se crió. Persuadía al rey y hacía grande instancia aún en vida de la reina que, acababa la guerra de Nápoles, la hiciese en Berbería contra los moros. Llegó el negocio tan adelante, que el rey dio orden cómo buena parte de los soldados españoles que tenían en Nápoles para acometer esta empresa volviesen a España, y así se hizo. Por otra parte, el conde de Tendilla se ofrecía con cuarenta cuentos de maravedíes que el rey le consignase, de dar conquistada a Orán y su puerto de Mazalquivir y otras villas comarcanas; que si de aquel dinero sobrase algo, se volviese al rey, y si faltase, lo supliría él de su casa. Este asiento, que estuvo muy adelante, se desbarató con la muerte de la reina; mas porque del todo no cesase este intento, y los soldados de Nápoles no estuviesen ociosos, el arzobispo prestó al rey once cuentos para ayuda al gasto.

 

Con esto en las costas del Andalucía se aprestó una armada, primero con intención de ganar por trato que se traía un pueblo de Berbería, que se llama Tedeliz, y está sobre el mar entre Bugía y Argel; después por entender que no era lugar importante ni plaza que se debiese sustentar, acordaron acometer a Mazalquivir, que quiere decir en arábigo puerto grande, nombre que tenía antiguamente, y así le llama Plolemeo Portus magnus. Está muy cerca de Orán, contrapuesto a la ciudad de Almería, bien que algo más a levante. Luego que la armada estuvo a punto, en que iban seis galeras y gran número de carabelas y otros bajeles que llevaban hasta cinco mil hombres, don Diego Fernández de Córdoba, alcaide de los Donceles, caballero de mucho valor, que estaba nombrado por general de aquella empresa, de la playa de Málaga se hizo a la vela un viernes, a 29 de agosto. Llevaba cargo de las cosas del mar don Ramón de Cardona.

 

 

 

 

 

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Tuvieron tiempo contrario, y fueles forzoso entretenerse en el puerto de Almería. Desde allí, alzadas las velas, se partieron, y a 11 de septiembre con toda la armada surgieron en aquel puerto de Mazalquivir.

 

Tenía en la punta el puerto un baluarte con mucha artillería y sus traveses y torreones, debajo de la cual entraron los nuestros. Acudieron ciento cincuenta caballos y tres mil peones para estorbar que no saltasen en tierra. El desembarcadero era malo, y el día muy tempestuoso. Todas estas dificultades venció el grande esfuerzo de los cristianos. El primero que saltó en tierra fue Pero López Zagal, un muy valiente soldado. Pelearon con los moros, hiciéronlos retirar a Orán, y quedaron solos cuatrocientos soldados en la fuerza de Mazalquivir. Combatiéronlos, y en el primer combate fue muerto de un tiro de artillería el alcaide de aquel castillo con otros muchos, y les descabalgaron los mejores tiros que tenían asestados. Desanimados con esto los moros, se rindieron al tercero día a partido, y se alzaron en aquella fuerza las banderas de España.

 

Túvose a gran ventura lo uno el detenerse la armada, ca con la nueva que era salida de Málaga, cargó gran morisma por aquellas partes; pero a cabo de ocho días por faltarles provisión y entender que nuestra armada iba a otra parte, se derramó aquella gente; lo otro que el mismo día que el castillo se rindió, por la sierra acudió gran muchedumbre de moros para dar socorro a los cercados, que hicieran mucho daño si no llegaran tan tarde. Estos se juntaron con los de Orán, y salieron al campo con intención, a lo que parecía, de venir a las manos. No se atrevieron empero, dado que el alcaide de los Donceles sacó su hueste en orden para darles la batalla. Sólo hubo algunas escaramuzas con los nuestros, que salían con escolta a hacer agua o leña, de que padecían falta. Diose la tenencia de aquella fortaleza con cargo de capitán general de la conquista de Berbería al alcaide de los Donceles. Con tanto, don Ramón de Cardona con su armada dio la vuelta a Málaga a 24 del dicho mes. Los que quedaron en guarda de aquel puerto trataron con los de Orán y tomaron con ellos su asiento, en que concertaron treguas para poder contratar unos con otros, cosa que a los moros les venía muy bien para no perder la contratación de levante, que se les comunicaba por medio de las galeazas venecianas que traían a aquel puerto y por todas las costas de África, España, Francia, Flandes y Dinamarca la especería de que en Alejandría cargaban.

 

Grande fue la reputación que con esta empresa ganó el rey católico, pues, no contento con lo que en Italia hizo, volvía su pensamiento a la

 

 

 

 

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conquista de África y al ensalzamiento del nombre cristiano. Verdad es que los maliciosos se persuadían que debajo aquel color juntaba sus fuerzas, no contra los infieles, sino para resistir al rey, su yerno, si pretendiese venir a Castilla y quitarle el gobierno. El arzobispo de Toledo con tan buen principio se animó mucho para ayudar a llevar adelante aquella santa empresa y gastar en ella buena parte de sus rentas, hasta revolver en su pensamiento de pasar en persona a África para dar mayor calor a aquella conquista, como lo hizo poco adelante.

 

Mediado este mes, parió en Bruselas la reina doña Juana una hija, que llamó doña María. Para visitarla envió el rey católico un caballero de su casa, que se decía Carlos de Alagón, con orden de avisar algunas cosas al rey don Felipe, enderezadas a que entendiese cuánto mejor le estaba la concordia que venir a rompimiento.

 

El rey don Manuel se retiró a Almerin por huir la peste que por este mismo tiempo comenzó a picar en Lisboa, do con su corte residía.

 

En Castilla otrosí la chancillería de Ciudad Real se pasó este año a Granada, y por su presidente fue nombrado el obispo de Astorga.

 

 

 

 

XVI. De la concordia que se asentó entre los reyes

 

suegro y yerno

 

Entretúvose el rey católico en Segovia y en el bosque de Balsaín algunos meses, hasta tanto que a los 20 de octubre partió de allí para Salamanca. Allí mandó pregonar las paces que tenía asentadas con Francia, que en Castilla comúnmente no fueron tan bien recibidas como en Aragón. Lo mismo que a los unos daba pesadumbre, es a saber, que los reinos se dividiesen, a los otros era causa de grande contento, que deseaban tener rey propio y natural. Así van las cosas.

 

Todo se enderezaba a enfrenar las demasías del rey archiduque y hacerle resistencia, si llegasen a rompimiento, por cuanto en esta sazón desde Bruselas mandaba apercibir los grandes de Castilla para que le acudiesen, en especial el marqués de Villena, duque de Nájera, Garci Laso de la Vega, duque de Medina Sidonia, conde de Ureña; y aún el almirante y condestable de Castilla, sin embargo del deudo que tenían con el rey católico, andaban en balanzas. Don Juan Manuel con sus cartas atizaba

 

 

 

 

 

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este fuego, puesto que siempre daba a entender que deseaba y procuraba la concordia, y que sería fácil concertar las diferencias; si el rey católico se pusiese en lo que era razón y se contentase con lo suyo y dejar a sus hijos desembarazado el reino y el gobierno, todas las cosas se encaminarían bien; donde no, perdería lo que tenía en Castilla, y aún pondría en condición lo de Aragón. Que la venida del rey archiduque sería muy cierta y muy en breve, quier fuese con voluntad de su suegro, quier sin ella.

 

En conformidad de esto aprestaban una armada en Zelanda, en que tenían ya juntas sesenta naves; y si bien el rey de Francia por dos veces envió a requerir al rey archiduque no emprendiese aquel viaje antes de concertarse con su suegro, a 8 de noviembre partió de Bruselas junto con la reina para ir a Zelanda. Dilatóse la embarcación, y todo iba despacio; así se tuvo entendido que se pretendía se declarasen primero los que habían de dar favor a su venida y entrada en Castilla; cuya cabeza, que era el marqués de Villena, como en esta sazón entrase en Toledo, se tuvo por cierto llevaba poderes del rey don Felipe para apoderarse de aquella ciudad; de que el pueblo se alteró, y los Silvas, que eran muy aficionados al servicio del rey católico, se juntaron con el corregidor don Pedro de Castilla para hacerle resistencia; mas el marqués acordó de partirse sin intentar novedad alguna. Fuera de los Silvas y el duque de Alba y el arzobispo de Toledo, los que más se señalaban por el rey católico eran don Bernardo de Rojas, marqués de Denia, don Gutierre López, comendador mayor de Calatrava, Antonio de Fonseca y Hernando de Vega, que eran muy aceptos al rey y de su Consejo. Estos eran de parecer que se debía impedir en todas maneras la entrada del nuevo rey, si intentase de venir a Castilla antes de componer y asentar aquellas diferencias. El rey católico se resolvía en esto, dado que se le hacía muy de mal usar de fuerza y tomar las armas contra sus hijos, y no se aseguraba que los pueblos llevarían bien que se usase de aquel término contra sus reyes naturales.

 

Todavía al mismo tiempo que las cosas estaban para romper, el rey archiduque se inclinó a que se diese algún corte en aquellos negocios, y para ello envió poderes bastantes a sus embajadores. Conforme a esto, en 24 de noviembre se asentó en Salamanca concordia y amistad entre los dos reyes con las capitulaciones siguientes: que todos tres los dos reyes y la reina juntamente gobernasen; y con las firmas de todos tres y en sus nombres se despachasen las provisiones y cartas reales, y al refrendarlas se dijese: Por mandado de sus altezas; lo mismo se guardase en los pregones.

 

 

 

 

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Que luego que los reyes don Felipe y doña Juana llegasen a estos reinos, fuesen jurados por reyes y por gobernador el rey católico, y don Carlos por príncipe y sucesor en los reinos de Castilla, de León y de Granada. Item, que las rentas y servicios de los dichos reinos, pagados los gastos ordinarios y extraordinarios, se dividiesen en dos partes iguales, la una parte al rey católico, y la otra para sus hijos. Lo mismo ordenaron se hiciese en los oficios, que se proveyesen por mitad; capítulo que extendían asimismo a las encomiendas de las tres órdenes, dado que la administración de ellas sin contradicción pertenecía al rey católico. Con estas condiciones se concluyó esta confederación. Para cumplimiento de lo capitulado nombraron por conservadores al papa y al César y a los reyes de Inglaterra y Portugal. Declaróse demás de esto que si la reina no quisiese entender en el gobierno, las provisiones se expidiesen en nombre de los tres y con las firmas de los dos reyes; y en caso de ausencia de cualquiera de los dos, los negocios se despachasen con la firma sola del uno.

 

Enviaron a Flandes una copia de estas capitulaciones, que descontentaron al rey archiduque y a los suyos; mas sin embargo, la concordia se aceptó y juró, ca el favor del rey de Francia era gran torcedor para los de Flandes, además que tenían por cierto que con su llegada a España todo se haría como fuese su gusto. Con esto soltaron al secretario Lope de Conchillos, que hasta entonces tuvieron en muy esquiva prisión. Pregonóse esta confederación en Salamanca a los 6 de enero, principio del año 1506, y dos días adelante se hicieron a la vela desde Zelanda los nuevos reyes. El tiempo no era a propósito para meterse en el mar; cargó tan gran tormenta, que algunas naves se perdieron, y con las demás les fue forzoso tomar un puerto en Inglaterra, que se llama Weymonth. Con aquella ocasión se vieron los reyes don Felipe y el de Inglaterra en Windsor, do hicieron sus alianzas, y se concertó que Margarita de Austria, viuda del duque de Saboya, casase con el inglés, y con María, hija del mismo, don Carlos de Austria; casamientos que después no se efectuaron. Entregó el archiduque al inglés el duque de Suffolck, que le tenía en su poder, y él se había fiado de su palabra; extraña resolución. En esto y en fiestas que se hicieron se detuvieron hasta por todo el mes siguiente que volvieron al puerto de Flamua para embarcarse.

 

El rey católico, luego que tuvo aviso de la tormenta que sobrevino a sus hijos en el mar, mandó recoger las mejores naves en las marinas de

 

 

 

 

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España para enviárselas, y por general a don Carlos Enríquez de Cisneros, que por este mismo tiempo, junto con su mujer doña Ana de Sandoval, fundó el mayorazgo que hoy poseen los de su casa en Portugalete, los bienes en el arciprestazgo de San Román, merindad de Saldaña, su hijo mayor Felipe Enríquez de Cisneros. Al tiempo que la concordia se asentó en Salamanca, escribió el rey católico a don Juan Manuel que procurase con el rey archiduque se olvidasen las cosquillas pasadas, y se reconciliasen las voluntades, como era razón y el estrecho deudo lo pedía. La respuesta que hizo a esta carta será bien poner aquí para que se conozca la libertad y viveza de este caballero:

 

«Recibí la de vuestra alteza, y cumpliré lo que en ella me manda, que es procurar cuanto en mi fuere que los disgustos se olviden, y la concordia asentada vaya adelante; pues no se puede negar sino que de tal escuela como la de vuestra alteza, y tales discípulos como los reyes, todos esos reinos recibirán mucho bien. Lo cual Dios y mi conciencia son buenos testigos he siempre procurado con todas mis fuerzas, si bien algunos, y por ventura vuestra alteza, por el mal tratamiento que se me ha hecho, podrá haber juzgado diversamente; pero no se pueden enfrenar las lenguas ni los juicios, ni yo pretendo por este oficio algún galardón. Bastaríame que mis servicios y fatigas pasadas no estuviesen puestos en olvido de la manera que están; que me parece por mi vejez y por la poca cuenta que de ello se tiene que vuestra alteza no quiere pagar en este mundo sino en oraciones para cuando esté en el otro. La cual paga yo no pretendo, pues muchas veces he oído decir que un príncipe puede llevar sus ministros al infierno, y nunca que algún rey, aunque sea tan cristianísimo como el de Francia, haya sacado algún privado suyo del purgatorio. Yo por esto no dejaré de hacer lo que debo ni de suplicar a vuestra alteza para que la concordia sea más firme, que en lo que de ella queda por declarar use de la bondad y prudencia que suele en todas sus cosas».

 

 

 

 

XVII. Que el rey católico se casó segunda vez

 

Envió el rey católico sus embajadores para dar aviso a los príncipes que se nombraron por conservadores de la concordia que asentó con el rey, su

 

 

 

 

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yerno; en particular hizo recurso al rey de Portugal don Manuel para entender lo que tendría en él si todavía no se guardase lo capitulado. Respondió por palabras generales y secamente por tener trabada estrecha amistad con el rey don Felipe; para cuyo recibimiento, que se entendía desembarcaría en el Andalucía y pensaba haría escala en alguno de sus puertos, se apercibió con grande cuidado, y hacía labrar mucha plata, ora fuese para festejarle, ora para se la presentar, dado que la peste le tenía puesto en cuidado, que cundía por su reino y picaba en Santarem. Por esto de Almerin do estaba se fue a Abrantes, pueblo asentado en un altozano, y que goza de aires limpios. Allí parió la reina, a 3 de marzo, al infante don Luis, príncipe que fue de gran valor, señalada virtud y piedad, especialmente a lo postrero de su vida, que no fue larga. Verdad es que en su mocedad de una mujer baja tuvo un hijo bastardo por nombre don Antonio, que fue prior de Ocrato, famoso asaz a causa que por la muerte de su tío el rey y cardenal don Enrique los años adelante se llamó rey de Portugal, y fue a su patria ocasión de grandes males. Bautizaron el infante al octavo día de su nacimiento; los padrinos el duque de Berganza y el conde de Abrantes, la madrina la duquesa de Berganza la vieja.

 

Esta alegría se aguó con un alboroto que se levantó en Lisboa muy grande por una causa ligera. En la iglesia de Santo Domingo estaba un crucifijo que sobre la llaga del costado tenía puesto un viril. Los que oían cierto día allí misa pensaron que el resplandor del vidrio era milagro. Contradíjolo uno de los que allí se hallaron, nuevamente convertido del judaísmo, con palabras algo libres. El pueblo, como suele en semejantes ocasiones, furioso e indignado que tal hombre hablase de aquella manera, echaron mano de él, y sacado de la iglesia, le mataron y quemaron en una hoguera que allí hicieron. Acudióles un fraile de aquel monasterio, que hizo al pueblo un razonamiento en que los animó a vengar las injurias que los judíos hicieron y hacían a Cristo; que fue añadir leña al fuego y acuciar a los que estaban furiosos para que llevasen adelante su locura. Apellidáronse unos a otros, arremeten a las casas de los conversos, llevaban una cruz delante dos frailes de aquella orden como estandarte. La furia fue tal, que en tres días que duró el alboroto dieron la muerte a pasadas de dos mil personas de aquella nación; y aún a vueltas por yerro o por enemistades fueron muertos algunos cristianos viejos. Acudieron flamencos y alemanes de las naves que surgían en el puerto a participar del saco que en las casas se hacía. Tuvo el rey aviso de este desorden: envió a

 

 

 

 

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Diego de Almeida y a Diego López para que hiciesen pesquisa sobre el caso. Los dos frailes caudillos de los demás fueron muertos y quemados, y sin ellos justiciados otros muchos. Los extranjeros, alzadas velas, escaparon con la presa que llevaban muy gruesa. Por esta manera se alteró y sosegó aquella nobilísima ciudad; que tan fáciles son los remedios como ligeras las causas de alborotos semejantes.

 

En Castilla por una parte se esperaba por horas la venida de los nuevos reyes, por otra se festejaban las bodas del rey católico y de doña Germana. Fueron desde Salamanca a Fuenterrabía a recibir y acompañar a la novia el arzobispo de Zaragoza y otras nobles dueñas y caballeros. El rey y con él las reinas de Nápoles madre e hija y el duque de Calabria, sin otros muchos señores, fueron otrosí a Valladolid, y dende a Dueñas. Allí a los 18 de marzo se hicieron las velaciones. Era la reina sobrina del rey católico, nieta de su hermana doña Leonor, reina que fue de Navarra. Dispensó el papa, aunque con dificultad por la contradicción que el César y su hijo hicieron. Venían en compañía de la reina Luis de Amboesa, obispo de Albi, Héctor Piñatelo y Pedro de Santandrea por embajadores de Francia. Venían asimismo los príncipes de Salerno y Melfi y otros muchos barones angevinos con deseo de tomar asiento en sus cosas. Con todo este acompañamiento luego otro día después que las bodas se hicieron, dieron los reyes la vuelta para Valladolid. El rey en aquella villa hizo solemne juramento en presencia de gran número de prelados y de señores, y se obligó por sí y por sus sucesores de cumplir y guardar todo lo contenido en los capítulos de la paz y concordia que tenía asentada con Francia. Algunos días después los barones angevinos por sí y en nombre de los ausentes hicieron pleito homenaje al rey y reina como a verdaderos y legítimos reyes de Nápoles.

 

Acabadas las fiestas, el rey se partió para Burgos con intento de recibir a los nuevos reyes, que pensó aportarían a Laredo o a alguno de los puertos de aquella costa. Iban en su compañía los arzobispos de Toledo y Sevilla, el duque de Alba, condestable y almirante, y el conde de Cifuentes, todos dispuestos, a lo que mostraban, a procurar que lo que la reina doña Isabel dejó establecido acerca del gobierno de aquellos reinos se guardase. Era el rey católico llegado a Torquemada, cuando le vino aviso que los reyes, sus hijos, desembarcaron en La Coruña, que fue a los 28 de abril. La causa de llegar tan tarde fue que en Inglaterra se detuvieron

 

 

 

 

 

 

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mucho, primero en las vistas con aquel rey y fiestas, después en esperar tiempo en el puerto de Flamua, en que estuvieron detenidos muchos días.

 

Desembarcaron en La Coruña, por estar el rey don Felipe persuadido que le convenía entrar en Castilla lo mas lejos que pudiese de donde el rey, su suegro, se hallase, con intento de saber en su ausencia lo que en los grandes y pueblos tendría, para acomodarse y acomodar las cosas según la disposición que hallase y la manera que le acudiesen; ca resuelto venía de no pasar por las capitulaciones de la concordia hecha en Salamanca, si no fuese a más no poder. Esto le aconsejaba don Juan Manuel, y por lo mucho que con él podía se lo persuadió; y aún pretendió con este intento llevarle a desembarcar al Andalucía, y lo hiciera, si el tiempo diera lugar.

 

Por este tiempo Gonzalo Marino de Ribera, alcaide y capitán de Melilla por el duque de Medina Sidonia, por trato se apoderó de la villa de Cazaza, que está situada en el reino de Fez con un buen puerto a cinco leguas de Melilla; la cual villa, como era razón, quedó en poder del mismo duque de Medina.

 

 

 

 

XVIII. Que el rey católico procuró verse con el

 

rey archiduque

 

La venida del rey don Felipe, que debiera ser causa de contento y sosiego universal, pudiera reducir las cosas a total rompimiento, si la prudencia y sufrimiento del rey católico no supliera las faltas y apagara este fuego de desabrimientos que se emprendía por todas partes. Los humores y trazas de los dos reyes eran diferentes, y aún de todo punto contrarios.

 

Luego que llegó el rey don Felipe, envió a requerir a los condes de Benavente y Lemos y otros señores de Galicia, y a los grandes de Castilla para que se declarasen por sus servidores y parciales; lo cual ¿qué otra cosa era sino comenzar a sembrar disensiones y alborotos en lugar de paz? Como vio que esta primera diligencia le sucedía a su propósito, y que comenzaban con gran voluntad a declararse por él muchos, lo segundo que hizo fue declararse que no estaría por la concordia que se asentó en Salamanca. Comenzó otrosí a desfavorecer a los criados del rey, su suegro, en tanto grado, que un día habló a don Pedro de Ayala, y le avisó que advirtiese que si bien disimuló lo que en Flandes y Inglaterra trató en

 

 

 

 

 

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deservicio suyo, que de allí adelante no lo sufriría; que pues era su vasallo, mirase cómo se gobernaba. A los alcaldes y alguaciles de corte que por orden del rey católico vinieron a La Coruña a servir sus oficios, como era razón, despidió, y no se quiso servir de ellos por imaginar que su suegro le quería poner en su casa y corte oficiales de su mano. Venía muy advertido de no sufrir tutor alguno ni padrastro, como decía don Juan Manuel. Los suyos publicaban grandes quejas contra el rey católico, y la más grave era sobre el casamiento con la reina doña Germana y las condiciones de él, en que decían hizo grave daño a sus hijos y nietos por desmembrar el reino de Nápoles; en que parece tenían alguna razón, por lo menos apariencia de ella, si su mal término no pusiera en necesidad al rey católico de valerse por aquel camino del rey de Francia y sacar un clavo con otro.

 

Por el contrario, luego que el rey católico tuvo aviso de la venida de sus hijos, envió a don Ramón de Cardona y a Hernando de Vega a visitarlos de su parte, y él mismo dio la vuelta camino de León para ir en persona a verse con ellos, si bien reparó en Astorga hasta saber su voluntad. Al marqués de Villena, que era llegado a Burgos con grande acompañamiento, y al duque de Nájera, que juntaba sus deudos y mucha gente para ir en son de guerra a La Coruña, avisó dejasen aquel camino, y fuesen con su acompañamiento ordinario; que semejantes asonadas y juntas siempre fueron prohibidas, y al presente no eran necesarias, pues todos iban de paz. Con su yerno hizo instancia por medio de don Pedro de Ayala para que despidiese dos mil alemanes que traía en su compañía; recelábase que aquella novedad no fuese ocasión de que los naturales se ofendiesen y escandalizasen. Por otra parte, envió a su secretario Almazán para que se juntase con don Ramón y Hernando de Vega, don Pedro de Ayala y Gutierre Gómez de Fuensalida, sus embajadores, para concertar las vistas con sus hijos, que deseaba él mucho abreviar, y los del rey don Felipe las dilataban cuanto podían.

 

Tratóse que se viesen en Sarria primero, después en Ponferrada; ningún lugar empero contentaba a los que las aborrecían, ni a don Juan Manuel, que todo lo meneaba, y se recelaba mucho que si los dos reyes se viesen, por ser el uno muy sagaz, y el otro muy fácil, además del deudo y sangre y respeto de padre que suele allanar grandes dificultades, muy fácilmente se concertarían, que era lo que sobre todo aborrecía y desviaba, tanto, que un día dijo a don Pedro de Ayala que el rey católico se desengañase de tres cosas, sobre que al parecer armaba grande edificio: la

 

 

 

 

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primera, que en las vistas no se trataría de negocio alguno; la segunda, que serían en el campo, y no con igual acompañamiento, antes con grande ventaja de gente de parte del rey, su hijo; la tercera, que el rey católico no hiciese fundamento en el favor de la reina, su hija, porque no se daría a ello lugar, y se hallaría burlado. Tornaron de nuevo a acometer a don Juan Manuel con grandes ofrecimientos para él y para sus hijos; su brío era tan grande, que no fue de efecto alguno.

 

Era esto en sazón que en Valladolid por el mes de mayo falleció Cristóbal Colón, almirante de las Indias, primer descubridor del Nuevo Mundo.

Por otra parte el marqués de Villena y conde de Benavente y el duque de Najera eran llegados a La Coruña, y cada día se juntaba más gente y venían más señores, como el duque de Béjar, los marqueses de Astorga y de Aguilar y Garci Laso de la Vega, y últimamente el duque del Infantado, con que a los parciales del rey don Felipe crecía más el ánimo para pretender aventajar su partido.

El rey católico se detuvo en Astorga hasta los 15 de mayo. Desde allí se partió para el Ravanal con intento de irse a Santiago y que allí fuesen las vistas. Algunos de su Consejo eran de parecer que no se apresurase, porque con la tardanza, como suele acontecer en las trazas mal encaminadas, se descubriría la hilaza, y resultarían tales desabrimientos de los grandes entre sí y con los privados de aquel príncipe, por su grande ambición y deseo que cada cual llevaba de gobernarlo todo, que el nuevo rey se vería presto en tales dificultades y aprietos, que le harían entender mal su grado la necesidad que tenía de ser ayudado y aconsejado de su suegro. En este estado se hallaban las cosas de Castilla, que fuera de rompimiento no podía ser peor.

 

Los potentados de Italia y las otras naciones estaban a la mira de lo que resultaría de la venida del rey don Felipe; parecía a todos que por lo menos el rey católico, que era tan temido, de esta fecha quedaría descompuesto y sin fuerzas. Movíales mucho a pensar esto, entre otras cosas, ver que el Gran Capitán, contra el orden de su rey se entretenía en Nápoles, y no acababa de arrancar, y por su gran valor y prudencia pensaban que no carecía esto de algún grande misterio; mas el Gran Capitán, advertido de estas sospechas, envió delante sus caballos y recámara y juntamente a Pedro Navarro para que le descargase con el rey católico y le diese información de todo y las causas verdaderas por que se detenía, que era

 

 

 

 

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dejar en orden los presidios y contentar la gente de guerra; que andaba alborotada por falta de dinero. Por el contrario, Juan Bautista Espinelo se partió juntamente para España para dar quejas contra el Gran Capitán y poner dolencia en todo lo que hacía, intento que era fácil por tener cabida y crédito con el rey católico. La calumnia a las veces tiene más fuerza que la verdad, a lo menos sus primeros encuentros son muy bravos.

 

Así, las cosas se pusieron en términos que el rey católico se resolvió en todas maneras de sacar de Nápoles al Gran Capitán. El negocio llegó tan adelante, que tuvo nombrado y despachado a su hijo el arzobispo de Zaragoza para que con toda brevedad fuese a tomar el cargo de aquel reino. Por otra parte con Juan López de Vergara, secretario del Gran Capitán, le envió una cédula en que le prometía debajo de juramento y de su real palabra de darle luego que llegase a España el maestrazgo de Santiago. Parecía a muchos que para engañarle; porque, por el contrario, dio orden a Pedro Navarro, a quien diera el condado de Olivito, y de quien hacía mucha confianza, que fuese en compañía del arzobispo y con su buena traza y valor le prendiese dentro de Castelnovo; extraña resolución, que desbarató Dios porque no se descompusiese por este modo un caballero que era la honra de España. La causa de mudar parecer y templarse fue una carta que a la sazón llegó del Gran Capitán en que con muy discretas razones, y sobre todo con la verdad, que al cabo tiene gran fuerza para convencer, aseguró al rey y le juró como cristiano e hizo pleito homenaje como caballero de guardarle toda lealtad, y en cualquiera ocurrencia acudirle y tener en su nombre aquel reino. Sin embargo, prometía que sería muy presto en España, con que sosegó por entonces esta nueva borrasca, de que podían resultar grandes males.

 

 

 

 

XIX. Que el rey católico mandó juntar gente para

 

poner a su hija en libertad

 

Apenas los grandes y señores llegaron a La Coruña, cuando entre ellos mismos nacieron competencias y repuntas, y con los flamencos envidias y poca conformidad. El marqués de Villena se adelantaba a los demás, y como mayordomo mayor, cuando el rey don Felipe oía misa, se ponía junto a la cortina de la una parte, y de la otra monsieur de Vere, como

 

 

 

 

 

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mayordomo mayor por Flandes. En las vistas de los reyes no se concordaban; los castellanos pretendían impedirlas porque los reyes no se concertasen; los flamencos, como gente más sin doblez, juzgaban que sería bien se viesen sin dar lugar a tantos misterios. El que más en esto se señalaba e insistía era el señor de Vere, bien que los maliciosos entendían que lo hacía por la envidia que tenía a don Juan Manuel y a su privanza con aquel príncipe, dado que él daba más muestras de descontento en esta sazón que de privanza, y con la ida de tantos grandes andaba como turbado y deslumbrado, y parecía temer no le echase alguno el pie adelante y le hiciese caer.

 

En lo que todos se concordaban era en dar quejas del rey católico; quién tenía por cosa grave que quisiese llevar la mitad de las rentas reales, y no trajese a partición lo que rentaban los maestrazgos; quién encarecía que ¿cómo se podían sufrir tres reyes en Castilla? Y aún don Juan Manuel mostraba una escritura otorgada en Francia en que el rey católico se intitulaba rey de Castilla; quién extrañaba que las fortalezas y guardas se tuviesen en nombre del rey católico, sin que el rey don Felipe en mucho tiempo pudiese proveer ninguna de aquellas plazas, y que él mismo continuase a proveer corregidores en diversas ciudades. Sobre todo extrañaban que hacía levas de gente con voz de poner en libertad la reina, su hija, ca por su indisposición la tenían muy retirada sin dar lugar que persona alguna la viese, el cual cargo era verdadero, que el rey católico con este color despachó sus cartas a diversas partes para apercibirse de gente en caso que llegasen a rompimiento; y aún el duque de Alba tenía levantado golpe de gente en el reino de León para acudir al rey católico; que sólo entre todos los grandes se tuvo siempre por él, si bien veía el peligro que sus cosas corrían por esta causa, y que todos desamparaban al rey católico; hasta el mismo condestable, que era su yerno, y el almirante, que era su primo, acordaron que les estaba mejor acudir al rey don Felipe y hacerle compañía.

 

No se contentó el rey católico con intentar de hacer juntas de gentes en Castilla, sino que despachó un caballero aragonés, por nombre Jaime Albión, para dar cuenta de todo lo que pasaba al rey de Francia y le pedir que por medio del duque de Güeldres y obispo de Lieja diese a su yerno guerra en Flandes, para con este torcedor, hacer se humanase más en lo que tocaba a Castilla y a las diferencias que con él tenía. Sin embargo de todo esto, se continuaba la plática de las vistas. La resolución se dilataba.

 

 

 

 

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El rey don Felipe se determinó de salir de La Coruña la vía de Santiago. Las compañías de los alemanes marchaban delante con su artillería tan en orden como si entraran por tierra de enemigos y de conquista.

 

Aquel mismo día, que fue a los 28 de mayo, partieron el rey católico y la reina para Betanzos. Estaba don Alonso de Fonseca, arzobispo de Santiago, declarado de parte del rey católico tanto como el que más; por esta causa los del rey archiduque no vinieron en que allí fuesen las vistas, ni se quisieron detener allí mucho, antes tomaron la vía de Orense, que era torcer el camino, y el rey católico reparó en Villafranca. Entonces el rey don Felipe envió a decir al rey, su suegro, que si le enviase al arzobispo de Toledo con poderes, esperaba se asentarían bien y a gusto los negocios. Hízose así, y el arzobispo trabajó lo que pudo para concordar las diferencias; pero poco se hacía por la contradicción que halló en los grandes, a quien pesaba que aquellos príncipes se concertasen. El rey católico de Villafranca se pasó a la Bañeza, y de allí a la Matilla en sazón que muchos de los prelados y de los caballeros que iban con él le dejaron, inducidos por los grandes que se mostraban muy declarados contra él. Esta soledad y desamparo hizo que el rey católico perdiese la esperanza de poder resistir, si las diferencias llegaban a rompimiento; así, procuró por cualquier manera concertarse con su yerno. Con este intento le escribió una carta en que le pedía que sin dar lugar a mas pláticas y malicias tuviese por bien que se viesen. Lo que respondió fue dar grandes quejas, como de que juntaba el rey católico gente contra él, y ponía mala voz en sus cosas con decir que traía presa a la reina, y que ponía estorbo en el ejercicio del oficio de la Inquisición y favorecía a los deudos de los que ella tenía presos; todo a propósito de hacerle malquisto con los pueblos y con sus vasallos. El punto de la dificultad de las vistas consistía en que los del rey don Felipe querían saber el pecho del rey católico en lo que tocaba a la concordia, y si vendría en que se alterasen algunos capítulos de la de Salamanca y cuáles; en fin, que todo esto estuviese asentado antes de las vistas. El rey católico iba en esto muy recatado sin descubrir su pecho a nadie antes de verse con su yerno.

 

 

 

 

XX.  De las vistas que hubo entre los reyes suegro y yerno

 

 

 

 

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Trataban el arzobispo de Toledo por una parte, y por la otra monsieur de Vila y don Juan Manuel, y conferían entre si por comisión de sus príncipes de conformarlos y tomar algún asiento en las diferencias que tenían. Las intenciones eran muy diversas, y así no se acababan de concertar. El arzobispo procedía con sinceridad y verdad como lo pedía su dignidad y la buena fama de su vida; los otros con cautela pretendían hacer la concordia muy aventaja de su amo, por lo menos entretener el tiempo; que, según eran muchos los que acudían al nuevo rey, tenían por cierto que el rey católico se vería en breve tan solo, que le sería forzoso dejar el reino desembarazado y retirarse a su tierra. Llegó el arzobispo por la poca confianza que tenía de concluir cosa alguna a aconsejar al rey católico se retirase al reino de Toledo; ofrecía le mandaría allí entregar todos sus lugares y castillos; que según la distancia y tiempo que sería menester para llegar allá y el sobrado vicio de aquellas gentes, que conforme a su costumbre escanciaban muy largo, el calor y falta de otros mantenimientos sería causa que recibiesen mucho daño; y aunque no fuese sino el de la enemistad, que cada día se descubría más entre castellanos y flamencos, haría mucho efecto; en fin, que el tiempo y dilación suelen adobar muchos daños.

 

El rey católico no venía en esto, y aún sospechaba no quisiese el arzobispo como los demás faltarle y acomodarse con el tiempo; que esto aventuran a ganar los que tercian en semejantes negocios. Resolvióse de verse en todas maneras con su yerno, que en este tiempo era llegado a Verín; dende envió a don Diego de Guevara al rey católico, que esperaba en Rionegro, para rogarle sobreseyese en su ida por cuanto esto era lo que convenía para los negocios. Mas no dejó el rey católico persuadirse, antes persistía en lo que tenía determinado. Decía que su yerno no se podía agraviar de que le fuese a ver, pues iba desarmado, y él venía a punto de guerra. Vista esta resolución, desde Nellasa, do era llegado el rey don Felipe, determinaron monsieur de Vila y don Juan Manuel de ir a verse con el rey católico y concertar el día y lugar para las vistas, pues no se podían excusar. Para seguridad de don Juan fue enviado el duque de Alba al rey don Felipe, si bien la voz era que iba para ayudar a dar buena conclusión y corte en los negocios. Pasáronse en el entre tanto los reyes don Felipe a la puebla de Sanabria y el católico a Asturianos, que están distantes poco mas de dos leguas.

 

 

 

 

 

 

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Venidos don Juan y monsieur de Vila a Asturianos, el rey les habló dulce y amorosamente sin dar queja alguna ni muestra de sentimiento. En lo de la concordia y particulares de ella respondió de manera que se entendió no quedaría por él que no se concluyese muy a gusto de su yerno. Acordaron que las vistas fuesen otro día en un robledal que está entre la Puebla de Sanabria y Asturianos, cerca de una alquería que se llama Remesal. Partieron los reyes de sus posadas según que dejaron acordado, bien que con muy diferente acompañamiento; el rey católico con los suyos, que eran hasta doscientos, en traje de paz y en mulas y desarmados; el rey don Felipe a punto de guerra. A la parte de la Puebla quedaban en ordenanza hasta dos mil picas, sin la gente de la tierra y buen golpe de gente de a caballo de los que fueron en compañía de los grandes. Pasaron delante hasta mil alemanes como para reconocer el campo. Después de esto seguían los cortesanos del rey don Felipe, y él a la postre en un caballo y con armas secretas. A su mano derecha venía el arzobispo de Toledo, y a la siniestra don Juan Manuel. Antes que él llegase, el rey católico se puso en un alto para ver los que pasaban.

 

Llegaron los grandes y señores a besarle la mano, que él recogía de muy buena gracia. Echó los brazos al conde de Benavente; sintió que iba armado, díjole riendo: «Conde, ¿cómo habéis engordado tanto?». Él respondió: «Señor, el tiempo lo causa». A Garci Laso dijo: «García, ¿y tú también?». Él respondió: «Señor, por Dios, así venimos todos». En esto llegó el rey don Felipe, que, aunque con semblante de algún sentimiento, hizo muestra de querer echarse del caballo y besar la mano a su suegro; él le previno y abrazó y besó con muestra de mucho amor y la boca llena de risa.

Para hablarse se entraron en una ermita que allí estaba, y en su compañía el arzobispo de Toledo y don Juan Manuel. El arzobispo con la resolución que solía tener dijo a don Juan: «No es buen comedimiento que los particulares se hallen presentes a la habla de sus príncipes: vamos de aquí entrambos». Don Juan no osó replicar. Como estuviesen junto a la puerta, díjole el arzobispo que se saliese, que él quería servir de portero. Con esto cerró la puerta, y asentóse en un poyo que allí halló. Los reyes después de las palabras ordinarias de cumplimiento, entraron en materia. Tomó la mano el rey católico como era razón, y habló en esta sustancia:

«Si yo mirara sólo mi contento y sosiego, y no lo que era más pro y cumplidero, no me hubiera puesto a la afrenta y desvíos que he pasado;

 

 

 

 

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pero el amor, y más de padre, es muy sufrido, y pasa por todo a trueque que sus hijos sean mejorados. Lo que yo y la reina, mi mujer, pretendimos, ella en encargarme el gobierno de estos reinos, y yo en conformarme a tiempo con su voluntad, no fue deseo de hacienda, que, Dios loado, no tengo falta de ella ni de desautorizar a nadie. Porque ¿qué se podía interesar en hacer mal a nuestros hijos? Vuestra edad y la poca experiencia que tenéis de los humores de esta gente nos hizo temer no os engañasen y usasen mal de vuestra noble condición para acrecentarse y enriquecer a costa de estos reinos y vuestra a los suyos, de que resultasen disensiones y revueltas semejables a las que por la facilidad de los reyes se levantaron los años pasados. Mas pues esta nuestra voluntad no se recibe como fuera razón, lo que yo siempre pretendí hacer encaminadas las cosas muy fácilmente alzaré desde luego la mano del gobierno, ca más estimo la paz que todo lo al; que no falta a qué acudir, cosas no menos forzosas y que piden nuestra presencia. Sólo os quiero advertir y amonestar que desde luego paréis mientes quiénes son de los que debéis hacer confianza. Que si esto no miráis con tiempo, sin duda os veréis, lo que yo no querría, en aprietos y pobrezas muy grandes. Este arzobispo he hallado siempre hombre de buen celo y bien intencionado y de valor; de él y de otros semejantes os podéis servir seguramente. Y advertid que no es oro todo lo que lo parece, ni virtud todo lo que se muestra y vende por tal».

 

El rey don Felipe respondió en pocas palabras como venía enseñado de sus privados. Mostró estimar los consejos que le daba el rey su suegro; y con tanto se despidieron, sin que en dos horas que estuvieron solos, ni el rey católico hiciese mención de su hija por excusar desabrimientos, ni el rey don Felipe le ofreciese que la viese; sequedad extraña, que dio mucho que maravillar, y aún que murmurar; y fue ocasión que se despidieron y volvieron a los pueblos de que salieron más disgustados que antes. Fueron estas vistas un sábado a 20 del mes de junio de este año en que vamos.

 

 

 

 

XXI. Que los reyes se vieron segunda vez en

 

Renedo

 

 

 

 

 

 

 

 

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Prosiguieron los reyes su camino a tres y cuatro leguas el uno del otro. Llegó el rey don Felipe a Benavente la víspera de San Juan; el rey católico por su camino apartado no dejaba de solicitar que el tratado de la concordia se continuase y concluyese. Concordaron los comisarios en que el rey católico desembarazase el gobierno a su yerno, y se fuese a Aragón con retención de los maestrazgos y que se cumpliesen los demás legados que le hizo la reina doña Isabel. Con esto hacían confederación entre sí de amigo de amigo, y enemigo de enemigo sin alguna excepción. Juró esta concordia el rey católico en Villafafila, donde estuvo a los 27 de junio, presentes el arzobispo de Toledo, don Juan Manuel, el de Vila, y luego otro día la juró el rey, su yerno, en Benavente. Asiento para él muy aventajado, tanto más, que de secreto hicieron y firmaron una escritura en que se declaraba la impotencia de la reina para gobernar, que era lo mismo que alzarse el rey, su marido, con todo y quedar él solo con el gobierno sin competidor. Hizo sus protestaciones el rey católico de secreto, presentes Tomás Malferit y Juan Cabrero y su secretario Miguel Pérez de Almazán, declarando que venía forzado en aquel concierto por estar en poder de su yerno sin armas, y él rodeado de gente de guerra y no poder hacer otra cosa.

 

Hecho esto, se partió para Tordesillas. Desde allí despachó sus cartas y las publicó, su data a 1 de julio, en que daba cuenta de su recta intención, y que siempre la tuvo de dejar a sus hijos el gobierno luego que llegasen a Castilla; que en conformidad y para muestra de esta su voluntad, se salía de estos reinos para tener cuenta con los que a su cargo estaban y por su ausencia padecían. Envióle el rey don Felipe a avisar antes que partiese de Tordesillas diversas cosas que pasaron entre él y la reina en Benavente, y a suplicarle mandase como padre poner en ello remedio. A esta embajada, por ser materia tan peligrosa y tener entendido que el rey don Felipe la pretendía encerrar, no quiso responder en particular cosa alguna más de remitirse a su virtud y conciencia; que si él era padre, él era su marido, y ella madre de sus hijos, y por todos respetos tenía por muy cierto escogería lo mejor y más honesto, lo cual le rogaba afectuosamente.

 

De Tordesillas se pasó el rey católico a una aldea junto de Valladolid, que se llama Tudela, y el rey don Felipe se fue a Mucientes. Procuraba por el camino atraer los grandes a su opinión, y sacaba de ellos firmas para encerrar a la reina. Envió a pedir al almirante hiciese lo mismo, respondióle que si su alteza mandaba firmase aquel papel, le dejase ver la

 

 

 

 

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causa con que se justificaba aquella resolución, y para esto le diese lugar de ver y hablar a la reina. Respondió que decía muy bien, y así fueron el almirante y el conde de Benavente a la fortaleza de Mucientes, do tenían a la reina. Halláronla en una sala muy escura, vestida de negro, y un capirote en la cabeza que le cubría casi el rostro, y debía ser el chaperón que se usa en Francia; a la puerta de la sala Garci Laso, y dentro con ella el arzobispo de Toledo. Levantóse al almirante, e hízole la cortesía que le hiciera su madre, salvo que se quedó en pie. Preguntóle que si venía de donde su padre estaba y cómo lo dejó. Respondió que otro día antes se partió de Tudela, y que le dejó muy bueno y de partida para sus reinos de Aragón. Díjole que Dios le guardase y que holgara mucho de verle. Pasó el almirante algunas pláticas con la reina, y nunca respondió cosa que fuese desconcertada.

 

El rey don Felipe instaba que luego se encerrase. El almirante le dijo que mirase lo que hacía, que ir sin la reina a Valladolid sería cosa de grande inconveniente y sería mal contado. Que la gente estaba alterada y a la mira, y los grandes tendrían ocasión de alborotar el reino con voz de poner en libertad a su reina. Que su parecer era no la apartase de sí; y pues el principal mal eran celos, encerrarla sería aumentar la enfermedad y pasión. Comunicólo el rey con los de su Consejo; salió decretado que la llevasen a Valladolid. Pero antes que esto se hiciese, acordaron que los dos reyes se viesen segunda vez en Renedo, que es una aldea a legua y media de Tudela, y dos y media de Mucientes. Avisó el rey católico a su yerno que por no dar que decir procurase que estas vistas fuesen con más muestras de amor que las pasadas, pues a todos venía a cuento para la reputación se entendiese quedaban muy conformes.

 

A 5 del mes de julio, después de comer, partieron los reyes para Renedo. Llegó primero el rey católico, apeóse en la iglesia, y allí esperó a su yerno. Las muestras de amor fueron muy grandes. Estuvieron dentro de una capilla por espacio de hora y media. Avisó el rey católico a su yerno más en particular de lo que debía hacer y de lo que se debía guardar para gobernar sin tropiezo aquellos reinos. Por fin de la plática llamaron al arzobispo de Toledo, y en su presencia se dijeron palabras de grande benevolencia. Con esto se despidieron, y el rey católico sin tratar de negocios algunos ni aún de ver a su hija, se partió de Renedo y continuó su camino de Aragón. Suplicóle el duque de Alba le dejase acompañarle basta Nápoles, donde pensaba ir en breve; mas aunque hizo mucha

 

 

 

 

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instancia, no lo consintió, antes le dijo recibiría mas servicio se quedase en Castilla para acudir a sus cosas como sobrestante de los a quien las dejaba encomendadas, que eran don Gutierre López de Padilla, comendador mayor de Calatrava, y Hernando de Vega, que quedaban con cargo de presidir en el consejo de las órdenes, y Luis Ferrer, que dejó por su embajador; a todos los cuales mandó obedeciesen al duque como a su misma persona.

 

Esta salida del rey católico, que pareció a todo el mundo muy afrentosa, llevó él con la grandeza de ánimo que solía las demás cosas. A los grandes que vinieron a despedirse recibió con muy buena gracia sin dar muestra de algún sentimiento. Si alguno le hablaba de la ingratitud que mostraron a quien debían lo que eran, respondía que antes de todos ellos tenía recibidos muchos servicios, y que los tenía muy presentes en su memoria para gratificarles en lo que pudiese. Finalmente, su partida fue como si dentro de pocos días pensara volver. A la verdad, conocida la condición del príncipe y los humores de la gente, claramente se dejaba entender que las cosas de Castilla no durarían muchos días en un ser, y que en breve sentirían el daño, y aún clamarían por el gobierno del que tantos años con su valor los mantuvo en paz y justicia.

 

 

 

 

XXII. De las novedades que sucedieron en

 

Castilla

 

Apenas el rey don Fernando volvió las espaldas, cuando en Castilla se vieron grandes novedades. Por donde los naturales comenzaron a entender cuánta falta hacía el gobierno pasado, ca es de grande importancia para todo una buena cabeza. Tenía el rey don Felipe convocadas Cortes para Valladolid. Intentó de nuevo llevar adelante su traza, que era encerrar a la reina con color de su enfermedad y que no quería entender en el gobierno. Los grandes tenía él negociados y venían en ello, y aún el arzobispo de Toledo pretendía que se la entregasen, y buscaba votos para salir con ello. Sólo el almirante de Castilla de los que allí se hallaban fue el primero que lo contradijo, y no quiso dar consentimiento a tan grande novedad. Habló con los procuradores de Cortes; díjoles que no viniesen en cosa tan fea, que era grande deslealtad tratarlo. Ellos le ofrecieron que lo harían así y

 

 

 

 

 

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seguirían su consejo, si algún grande les asistiese. Entonces el almirante les hizo pleito homenaje de estar con ellos a todo lo que sucediese por aquella querella. Con esto lo contradijeron la mayor parte, y sólo juraron lo que en las Cortes de Toro, es a saber, a doña Juana por reina propietaria de aquellos reinos, y por rey al archiduque como a su legítimo marido, y por príncipe y sucesor en aquella corona después de los días de su madre a don Carlos, su hijo. Sirvió el reino en aquellas Cortes con cien cuentos, pagados en dos años, para la guerra de los moros, si bien la derrama de esta suma se tuvo por muy grave a causa de la hambre que se padecía en Castilla muy grande, tanto, que de Sicilia se proveía España de trigo, la Mancha y reino de Toledo por el puerto de Cartagena, y por Málaga el Andalucía, cosa inaudita.

 

Otra novedad fue que los del Consejo comenzaron a entremeterse en los negocios de la Inquisición como si fueran profanos. Daban oídos en particular a los que se querellaban del inquisidor de Córdoba, llamado Diego Rodríguez Lucero, el cual y los demás oficiales pretendían se debían remover de los oficios. Favorecían a los presos el conde de Cabra y marqués de Priego. Llegaron los del pueblo a tomar las armas. Prendieron al fiscal y a un notorio de la Inquisición, y aún entraron en el alcázar, do residían los inquisidores. Quejábanse asimismo del inquisidor mayor, que era el arzobispo de Sevilla don Diego de Deza y de los del consejo de la grande Inquisición, que eran el doctor Rodrigo de Mercado, el maestro Azpeitia, el licenciado Hernando de Montemayor, el licenciado Juan Tavera, que adelante fue cardenal y arzobispo de Toledo, y el licenciado Sosa, todos personas muy aprobadas, y en esta sazón residían en Toro, donde tenían presos buen número de judaizantes, personas ricas y principales.

 

Otra novedad fue que de una vez se removieron todos los corregidores de las ciudades y los alcaides de las fortalezas hasta los generales de las fronteras, en que hubo tres daños notables: el uno, que se proveyeron en las tenencias y oficios muchos flamencos; el segundo, que como eran tantas las provisiones, no se pudieron hacer las diligencias para poner personas idóneas en los gobiernos; sólo el favor de los cortesanos y grandes era bastante para poner cada cual sus criados, allegados y deudos sin mirar otras partes y el dinero con que hacían feria y mercado de los oficios, en particular los flamencos, que pensaban por esta vía medrar; el tercero daño fue que los depuestos se tuvieron por agraviados les quitasen

 

 

 

 

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sin algún demérito el premio dado por sus servicios, que era cantera de enemigos y quejosos.

 

La indignación de estos y la poca habilidad de los nuevos oficiales y ministros, sobre todo la fama de que andaban en venta los oficios y judicaturas, y el mal tratamiento de la reina fue ocasión que los pueblos se alborotasen en gran parte y aún comenzasen a apellidarse para poner remedio en aquellos daños presentes, y prevenir otros mayores que se esperaban. Casi todos echaban ya de ver la falta que el rey católico les hacía, y piaban por él con tanto despecho, que si volviera a Castilla, se entendía le acudiera la mayor parte de ella y casi todos. Con esto comenzaban a tener en poco al nuevo rey, tanto, que pretendió hacer presidente del consejo real a Garci Laso, y después nombrarle por ayo del infante don Fernando, y los grandes no consintieron lo uno ni lo otro, y don Juan Manuel hacía oficio de presidente hasta tanto que aquella plaza se proveyese. En la Andalucía se juntaron el duque de Medina Sidonia, el conde de Ureña, el marqués de Priego y conde de Cabra. Entendióse que pretendían tratar de que la reina se pusiese en libertad. Todos eran nublados que amenazaban grande tempestad.

 

Partieron el rey y reina por el mes de agosto de Valladolid para Segovia por causa que los marqués y marquesa de Moya no querían, como les era mandado, entregar la tenencia de aquel alcázar a don Juan Manuel; pero como supieron la determinación del rey y que se juntaba gente de guerra para ir contra ellos, obedecieron a aquel mandato; y el rey antes de llegar a aquella ciudad con este aviso dio la vuelta a Tudela de Duero con intento de pasar a Burgos, y de allí a Vitoria, porque se publicaba que gente francesa venía para acometer aquella frontera. Para asegurarse por la parte de Navarra hizo el rey don Felipe dos cosas: la una, que en lugar de don Juan de Ribera nombró por general de aquella frontera al duque de Nájera; la otra, que hizo confederación con aquellos reyes muy estrecha por los reinos de Castilla y de León, sin hacer mención del rey, su suegro, ni del reino de Aragón; que fue traza muy notable, y en que contravenía a la concordia que se asentó con el rey, su suegro, en Villafafila, y aún a todo el buen respeto que debe el hijo a su padre.

 

 

 

 

XXIII. De la muerte del rey don Felipe

 

 

 

 

 

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Salió el rey católico de Castilla por Montagudo, y entró en Aragón por Ariza la vía de Zaragoza, donde primero la reina y después el rey fueron recibidos con grande alegría como de gente que esperaba por medio de aquel matrimonio tener su rey propio y ser gobernados con la moderación e igualdad que pedían sus leyes y lo usaron los reyes pasados. Antes que saliese de Castilla y desde el camino hizo diversas veces instancia con el rey, su yerno, le entregase al duque Valentín como prisionero suyo para tenerle a buen recado en algún castillo de Aragón o llevarle consigo a Nápoles por ser de tanta importancia para las cosas de Italia, do pensaba pasar en breve, y con este intento se aprestaba en Barcelona una armada. El rey don Felipe se inclinaba a entregársele; mas los de su Consejo fueron de parecer que se debía primero averiguar cuyo prisionero era, pues fue preso y enviado a España por el Gran Capitán y en vida de la reina doña Isabel. Este parecer se siguió, que fue otro nuevo disfavor y muy notable desvío.

 

Crecían las sospechas que se tenían contra el Gran Capitán. Daba ocasión a los maliciosos ver que se detenía tanto y nunca acababa de arrancar. Quién decía que esperaba la venida del César, que se quería embarcar en el golfo de Venecia con ocho mil alemanes para apoderarse de aquel reino; quién le cargaba que traía secretas inteligencias con el rey de Francia por medio del cardenal de Ruan; quién con el papa por medio del cardenal de Pavía, y que deliberaba de aceptar el cargo de general de la Iglesia que le ofrecían para echar de Bolonia a Juan de Bentivolla, que tenía tiranizada aquella ciudad. No faltaba quien dijese que trataba de emparentar con Próspero Colona y casar una hija suya con el hijo de Próspero con intento de favorecerse de los coloneses para se conservar. Cada cual se persuadía que quería todo lo que podía, midiendo por ventura por su corazón el ajeno.

 

Envió el Gran Capitán a España a Nuño Ocampo por la posta para descargarse y certificar al rey de su venida; pero como lo que decía era tanto y por tantas partes, no se aseguraba con esto, antes determinó partir para allá con toda brevedad. Nombró por virrey de Aragón al arzobispo de Zaragoza, y de Cataluña al duque de Calabria, dado que le quitó los criados italianos que tenía, y algunos de ellos mandó que fuesen en su compañía a Nápoles, y aún procuró con el rey de Francia le enviase la reina, madre del duque, con sus hijos. Ella no quiso venir en manera alguna; antes se fue a un lugar del marquesado de Mantua, acompañada de

 

 

 

 

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Luis de Gonzaga, su sobrino, hijo de Antonia de Baucio, su hermana, con acostamiento de diez mil ducados que le ofreció el rey de Francia cada un año.

 

Envió el rey católico a Carlos de Alagón a Nápoles para avisar de su ida, con orden de asegurar en particular a los coloneses que no serían agraviados y que se tendría mucha cuenta con sus servicios. Hecho esto, desde Barcelona se hizo a la vela a los 4 de septiembre; en su compañía la reina doña Germana y las dos reinas de Nápoles, madre e hija, demás de un gran número de caballeros castellanos y aragoneses que le hicieron compañía en aquel viaje. La armada era muy gruesa, en que iban las galeras de Cataluña, y por su general don Ramón de Cardona; y las de Sicilia, cuyo capitán era Tristán Dolz, fuera de otras muchas naos. Las galeras de Nápoles quedaron en aquel reino de respeto para que el Gran Capitán se embarcase en ellas y viniese en busca del rey. Así lo hizo, que a los 7 del mismo mes salió de Nápoles por tierra, por ser el tiempo contrario para salir las galeras. Detúvose en Gaeta hasta los 20 de aquel mes; traía en su compañía al duque de Termens y muchos caballeros italianos y españoles, y por prisioneros al príncipe de Rosano, al marqués de Bitonto, a Alonso de Sanseverino y Fabricio de Jesualdo, sin otros que dejó enfermos en Nápoles.

 

En este mismo tiempo el rey don Felipe, luego que llegó a Burgos y se aposentó en las casas del condestable, lo primero que hizo fue mandar salir de palacio a doña Juana de Aragón, mujer del condestable, a fin que la reina, su hermana, no tuviese con quien comunicar sus cuitas. Comenzaron asimismo a hacer proceso contra el duque de Alba, y se mandó al almirante que para asegurar al rey le entregase una de sus fortalezas, porque se comenzó a tener de él alguna desconfianza. Él, comunicado el negocio con el marqués de Villena, duque de Nájera y conde de Benavente, se excusaba de hacerlo. Amenazaban las cosas alguna gran mudanza, y parece se enderezaban a disensiones y revueltas, cuando al rey don Felipe le sobrevino una fiebre pestilencial, que le acabó en pocos días. Algunos tuvieron sospecha que le dieron hierbas; sus mismos médicos, y entre ellos Ludovico Marliano, milanés, que después fue obispo de Tuy, averiguaron la verdadera causa, que fue ejercicio demasiado.

 

Estuvo la reina siempre con él en su dolencia, y aún después de muerto no se quería apartar de su cuerpo, dado que los grandes se lo suplicaron, y que demás de su ordinaria indisposición quedaba preñada. Falleció a los

 

 

 

 

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25 de septiembre, una hora después de medio día, en edad de veintiocho años. Mandóse enterrar en Granada. Depositáronle en Miraflores, monasterio de cartujos cerca de Burgos. Tal fue el fin que tuvo aquel príncipe en el mismo principio de su reinado, sin poder gozar de la gloria que se pudiera esperar de su buen natural. ¿Qué le prestó su nobleza? ¿Qué su edad y gentileza, que fue grande? ¿Qué las riquezas y poder, en que ningún príncipe cristiano se le igualaba? ¿Qué la casa real y tanto número de cortesanos? Todo lo acabó la muerte cruel arrebatada y fuera de sazón. Sóla la virtud no falta, que tiene muy cierto su galardón y muy hondos sus cimientos. ¡Maravilloso Dios en sus juicios! ¡Grande inconstancia y variedad de las cosas humanas y de toda su prosperidad! ¿Qué de esperanzas mal fundadas cayeron por tierra y se acabaron? ¿Qué de trazas comenzaron de nuevo? Fue de estatura mediana, rostro blanco y colorado, poca barba, belfo, ojos medianos, cabello largo, toda la composición de su cuerpo muy honesto y muy amable; el ánimo muy generoso; la condición fácil, falta notable, y de que sus privados usaban mal; enemigo de negocios, aficionado a deportes, muy sujeto al parecer de los que tenía en su casa y a su lado.

En el mes de agosto se vio un cometa, por espacio de ocho días, que revolvía con su llama entre poniente y mediodía. Entendióse después del desastre que amenazaba a la cabeza de este príncipe, y que pronosticaba se seguiría con su muerte en sus reinos alguna grande revolución y mudanza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO VIGÉSIMO NONO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Que el rey católico supo la muerte del rey don

 

Felipe

 

Con la muerte del rey don Felipe las cosas del reino y los ánimos de los principales y del pueblo grandemente se alteraron. Repentina mudanza, confusión y peligro, uno de los mayores en que jamás Castilla se vio. ¿Quién pudiera creer ni pensar que un gobierno fundado con tantas fuerzas y por tan largo discurso de tiempo, continuado en paz y justicia, en que ninguna nación en el mundo se le aventajaba, en un instante de tiempo se hallase en términos de desbaratarse de todo punto y trocarse en una tiranía y revuelta miserable? Inconstancia grande de las bienandanzas de los mortales y muestra clara de nuestra fragilidad. Lo que en muchos años se gana, en una hora se pierde; y la nave cuanto es mayor y más fuerte, tanto corre más peligro si le falta el gobernalle, como le sucedió al presente a este reino. Los grandes disconformes, y aún en gran parte descontentos; porque ¿quién pudiera satisfacer a la ambición y hartar la codicia de tantos? Gran parte de las tenencias y de los cargos del reino en poder de flamencos en recompensa de sus servicios y de haber desamparado su patria; éstos buscaban todas las maneras y caminos que podían para allegar dineros, aunque fuese con gemido y agravio manifiesto de la gente vulgar; y como no pensaban arraigar en España largo tiempo, con deseo de enriquecer todo lo ponían en venta, y de todo procuraban sacar interés. Los pueblos, ofendidos con esto y por persuasión y a ejemplo de los grandes, comenzaban a dividirse en parcialidades; los más suspiraban por el gobierno pasado, y aún se quejaban del rey católico que hubiese dejado a los que le desampararon y ellos mismos pusieron en necesidad de salirse afrentosamente del reino.

 

Todos estos desabrimientos y pasiones enfrenaba la presencia y autoridad de su rey, aunque mozo; mayormente que no podían quejarse sino de sí mismos que entregaron el gobierno al que menos convenía, y quitaron la vara al que tantos años los gobernara, honrara y acrecentara con grandes reinos y estados que ganó. Muerto el rey don Felipe, luego comenzaron a brotar las pasiones, sin que se hallase quien les fuese a la mano ni quien pusiese remedio a los males que amenazaban. La reina, a

 

 

 

 

 

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quien esto más que a nadie tocaba por ser señora legítima, impedida por su indisposición. Su hijo el príncipe don Carlos era niño y criado fuera de España. Si entraba en lugar de su madre, era forzoso que los que por él gobernasen fuesen extranjeros, en gran perjuicio del reino y de los naturales. De dos abuelos que tenía, el emperador lejos, y de su gobierno se podía temer con razón el mismo inconveniente de ser Castilla gobernada por los que ninguna noticia de sus cosas ni de sus humores alcanzaban.

 

Restaba sólo al rey don Fernando, de cuya prudencia y valor, aún los que le desamaban, no dudaban; pero hallábase fuera de España y grandemente disgustado por los malos tratamientos pasados; sobre todo que los que fueron de esto causa, por su mala conciencia se recelaban que si volviese sus demasías serían castigadas, y conforme a la costumbre de los hombres, tomado el mando, querría satisfacerse de los que le maltrataron. Éste era el mayor recelo que tenían, y por esta causa remontaban su pensamiento algunos a cosas y medios extraños, tanto, que el día antes que muriese el rey don Felipe, por entender que no podía vivir, hubo gran alboroto y escándalo entre los grandes, que amenazaba guerra civil y sangrienta.

 

Por prevenir estos inconvenientes se juntaron el condestable y almirante y duque del Infantado, que luego se declararon por el rey católico, con el duque de Nájera y marqués de Villena, cabezas del bando contrario, en la posada del arzobispo de Toledo, y conferido el negocio, fueron de acuerdo que para todas las diferencias nombrasen por jueces al mismo arzobispo con otros seis que escogieron de la una parcialidad y de la otra, y que todos pasasen por lo que ellos ordenasen. Con esto, a 1 de octubre, capitularon una concordia y la hicieron jurar a los grandes, que durase por todo el mes de diciembre, fin de este año, en que, entre otras cosas, mandaban que ninguno hiciese levas de gente; que las personas, tierras y castillos de los unos estarían seguros que no recibirían daño de los otros; item, que ninguno se apoderaría de la reina, que quedó en Burgos, ni del infante don Fernando, que a la sazón se criaba en Simancas. Su ayo era Pero Núñez de Guzmán, clavero de Calatrava; él, por prevenir lo que podía acontecer y porque aún antes que el rey falleciese, don Diego de Guevara y Felipe Ala con cartas que traían del rey, a lo que se entendió fingidas, quisieron sacar al infante de poder de su ayo, acudió al presidente y oidores de Valladolid; ellos fueron a Simancas, y trajeron al niño a

 

 

 

 

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aquella villa, y allí le pusieron a buen recado en el colegio de San Gregorio que fundó don Alonso de Burgos, obispo de Palencia, de la orden de Santo Domingo; diligencia con que se atajaron intentos no bien encaminados.

 

El mismo día que se ordenó y capituló la concordia entre los grandes en Burgos, el rey católico aportó al puerto de Génova. La navegación fue larga por ser el tiempo contrario, que le forzó a tocar en Palamós y Portuvendres y en Toulon, desde donde siguió despacio la vía de Saona y de Génova. Antes que el rey católico llegase a aquella ciudad, se juntó con él el Gran Capitán, que venía en busca suya con las galeras de Nápoles. Acogióle el rey muy graciosamente; y con gran contentamiento acabó de desengañarse y entender que todo lo que se había dicho y sospechado de la lealtad de aquel caballero era invención y falso. Dijo en público y en secreto grandes alabanzas de su persona; que no era razón que la fama de un tan valeroso capitán quedase injustamente manchada. La gente, particularmente los italianos, no acababan de creer ni persuadirse que persona tan prudente y que podía tomar partidos tan aventajados se pusiese en manos y en poder de un rey tan sagaz y en remunerar servicios limitado. Hizo aquella ciudad muchos regalos al rey, dado que no quiso saltar en tierra; sólo avisó a los ancianos que le vinieron a visitar sosegasen la ciudad, que andaba muy alborotada y para mudar el gobierno; apercibióles que en cualquiera ocurrencia acudiría con todas sus fuerzas a su hermano el rey de Francia. Esto fue de tanto efecto, que los que estaban para tomar las armas y para rebelarse se enfrenaron por entonces con temor de la armada de España, si bien poco después se alborotaron de manera, que forzaron al rey de Francia a volver a Italia para sosegarlos.

 

De Génova siguió su viaje, y por continuar los vientos contrarios le fue forzado detenerse en Portofi; en aquel puerto, a los 5 del mes de octubre, le llegó la nueva de la muerte del rey don Felipe, su yerno. Escribíale el arzobispo de Toledo y todos sus servidores sus cartas en que le hacían instancia que, olvidados todos los disgustos pasados, diese la vuelta a Castilla, en que le ofrecían lo hallaría todo tan llano como en Aragón; que no diese lugar para que con la dilación las cosas se empeorasen y se pusiesen en término que después no tuviesen remedio. Lo mismo le suplicaba don Álvaro Osorio, que iba en su compañía con cargo de embajador del rey don Felipe; pero fue tan grande su corazón, que sin embargo de estos ruegos y del peligro que mejor que nadie conocía corrían

 

 

 

 

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las cosas de Castilla, y que volver al gobierno de Castilla era todo lo que podía desear, determinó pasar adelante en su viaje. Escribió a los prelados, grandes y ciudades el sentimiento que tenía de la muerte del rey, su hijo, y que los encargaba continuasen en la lealtad que aquellos reinos siempre guardaron a la corona real y obedeciesen a la reina como eran obligados; que él no les podía faltar, y dejado orden en las cosas de Nápoles, daría la vuelta en breve, resuelto de abrazar y hacer mercedes a todos como era razón y sus servicios lo merecían.

 

 

 

 

II. Que el rey católico entró en Nápoles

 

Partió el rey católico de Portoli, y si bien el tiempo no era favorable, llegó con toda su armada a surgir en el puerto de Gaeta. Allí y en Puzol se entretuvo algunos días para dar lugar a los de Nápoles, que nunca se persuadieron llegara allá, especialmente después que se supo la muerte del rey don Felipe, que aprestasen el recibimiento, que pretendían fuese con toda la magnificencia posible. De Puzol se pasó a Castel del Ovo.

 

Allí, a 1 de noviembre, aderezadas todas las cosas necesarias, salieron del muelle de Nápoles veinte galeras y muy en orden llegaron do el rey los atendía, que se entró en la capitana. Dispararon primero la artillería las galeras, después los castillos de la ciudad y naves que en el puerto se hallaban. Hecha esta salva, las galeras se acostaron al muelle. El rey y la reina desembarcaron en una puente de madera que tenían para esto hecha. Salieron a recibirlos el Gran Capitán y toda la nobleza de aquel reino. Llegaron al arco en que se remataba la puente, hasta donde el Gran Capitán llevó de la mano a la reina; y el rey juró allí los privilegios de aquella ciudad. Hecho esto, subieron a caballo debajo de un palio que llevaban los electos del pueblo. El rey iba en un caballo blanco con una ropa de terciopelo carmesí; la reina en una hacanea con cota de brocado y un capote sembrado de lazos verdes. El estandarte real llevaba Fabricio Colona, que le dio el rey de su mano, y le nombró por su alférez mayor; en su compañía los reyes de armas. Seguíase el Gran Capitán con ropa de raso carmesí aforrada en brocado, y a su mano derecha Próspero Colona. Tras ellos los demás grandes y embajadores. Los que más alegría dieron a todos fueron los prisioneros, que ya iban puestos en libertad. Cerraban

 

 

 

 

 

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todo este acompañamiento muy lucido y grande los cardenales de Borgia y de Sorrento, que se seguían después del palio. Con este orden los llevaron por las calles principales y por los sejos, do los aguardaban los caballeros y damas de Nápoles, paradas muy ricamente con música de voces e instrumentos y toda muestra de alegría. Llegaron a la iglesia mayor, en que la clerecía y órdenes los recibieron en procesión. En Castelnovo, do fueron a parar, les salieron al encuentro las dos reinas de Nápoles y la reina de Hungría.

 

Otro día el rey salió por toda la ciudad acompañado de todos los grandes y barones, y por más honrar al Gran Capitán, se apeó en su posada. Luego se comenzó a dar asiento en las cosas y tratar de restituir sus estados a los barones según que lo tenían acordado. Celebróse parlamento general. Diose orden que jurasen al rey y a su hija la reina doña Juana y a sus sucesores, sin hacer mención de la reina doña Germana; que fue notable resolución y contra lo capitulado con Francia. El color que se tomó fue que la reina se hallaba indispuesta y que ya en Valladolid la juraron por reina de Nápoles.

 

En este comedio Castilla se abrasaba en disensiones y parcialidades de secreto, puesto que en lo público todos se enfrenaban; y no era maravilla por estar el reino sin cabeza. La reina ni podía ni quería atender al gobierno; las provisiones del Consejo real no eran obedecidas sino de quien quería. Algunos para nombrar gobernadores eran de parecer que se juntasen Cortes del reino. En esto hacían gran fundamento el arzobispo de Toledo, el condestable y almirante; acudieron a la reina, pero no pudieron acabar con ella firmase las provisiones, convocatorias que llevaban los de su Consejo ordenadas. Acordaron tomar testimonio de esto, y que los del Consejo las convocasen para Burgos, como lo hicieron. No venían en esto, en especial el duque de Alba, aunque no se hallaba en la corte, decía que sólo el rey podía juntar Cortes. Por esto dado que acudieron algunos procuradores al llamado del Consejo, en fin no se hizo nada.

 

Todo estaba suspenso y lleno de confusión; los pareceres de los grandes eran muy diferentes y contrarios; los más venían en que el rey católico debía tener el gobierno; los principales eran el arzobispo de Toledo, el condestable, el almirante y los duques de Alburquerque y de Béjar. Entre estos, los unos no querían que se encargase del gobierno si no venía en persona; otros juzgaban que podía gobernar en ausencia. Con esto se conformaba el arzobispo de Toledo, tanto, que procuraba le enviase

 

 

 

 

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poderes tan bastantes para todo como cuando le envió a concertar las diferencias que tenía con el rey don Felipe; y aún por otra parte trató con la reina que ella se los diese. El duque de Nájera y don Alonso Téllez, hermano del de Villena, y don Juan Manuel juzgaban que la reina doña Juana por su impotencia se debía tener por muerta; y para que esto se declarase pretendíanse debían juntar las Cortes. Con esto sucedía su hijo el príncipe don Carlos; mas tampoco éstos no concordaban en todo, ca el duque pretendía le trajesen a España para que en su nombre gobernasen los que el reino señalase; don Alonso fundaba en derecho que la gobernación pertenecía al César como abuelo paterno del príncipe don Carlos, y por consiguiente tutor suyo, la cual opinión andaba más valida que la del duque; y aún el mismo emperador tuvo gran deseo de tomar a su cargo el gobierno hasta dar intención de venir a España, pospuestas todas las otras cosas que de él cargaban.

 

No faltaban personas que querían llamar para el gobierno al rey de Portugal y casar al infante don Fernando con su hija doña Isabel con intento de alzarlos por reyes de Castilla, por estar hostigados del gobierno de extranjeros. Quién acudía a los reyes de Navarra, y querían se hiciese el matrimonio que pretendían entre hija del rey don Felipe y el príncipe de Viana para entregarles el reino y su gobierno; ¿con qué titulo, con qué color?

Más se gobernaban por sus antojos, y miraban más sus intereses que la razón. Del arzobispo decían pretendía el capelo para sí, y para su compañero fray Francisco Ruiz una iglesia. El duque del Infantado quería el obispado de Palencia para un hijo suyo. El duque de Alburquerque que el alcázar de Segovia se volviese al marqués de Moya. Al duque de Nájera pesaba que el Condestable tuviese tanta mano con el rey católico, y al de Villena que el duque de Alba. El conde de Benavente quería le concediesen la feria de su villa de Villalón, como se la concedió el rey don Felipe, sin embargo que era en perjuicio de Medina del Campo. Otros tenían otras pretensiones, prestos de acudir a la parte de donde se les diese más esperanza de ellas sin tener respeto al bien común, si se apartaba de sus particulares.

 

Para prevenir estos inconvenientes el arzobispo de Toledo y los diputados con él para componer todas las diferencias acordaron que los grandes jurasen que hasta tanto que se juntasen las Cortes no llamarían algún príncipe ni se concertarían con él en manera alguna; y aún el rey

 

 

 

 

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católico desde Nápoles escribió a los más de los grandes, y les prometió las más de las cosas que pretendían, con deseo de ganarlos y de sosegarlos en su servicio; en particular al marqués de Villena prometió daría a Villena y Almansa, y al duque de Nájera las alcabalas de la merindad de Nájera.

 

Mas en el entre tanto la poca conformidad que los grandes que andaban en la corte entre sí tenían, dio ocasión a que por mal gobierno sucediesen notables desórdenes. Uno fue que por el mismo tiempo que en Nápoles se aprestaba la entrada del rey católico, el duque Valentín una noche se descolgó de la Mota de Medina, en que le tenían preso, y aunque fue sentido de los de dentro, no lo pudieron impedir. Recogióse primero al estado del conde de Benavente, con cuyo favor se libró; después se fue a Navarra; caso que pudiera ser de grande inconveniente, especial para las cosas de Italia, donde tanta mano tenía. Otro desorden fue que el duque de Medina Sidonia don Juan de Guzmán envió a su hijo don Enrique con gente sobre Gibraltar, plaza de que hiciera merced a su padre el rey don Enrique, y los Reyes Católicos se la quitaron; en lo cual pretendía estar agraviado, y quería por fuerza restituirse en el señorío de aquella plaza. El alcaide que estaba en el castillo por Garci Laso por una parte, y por otra el conde de Tendilla desde Granada y otras comunidades del Andalucía hicieron sus diligencias para socorrer a los cercados; así el cerco se alzó, en especial que el arzobispo de Sevilla prometió acabaría con la reina y con el rey, su padre, estuviesen con el duque a justicia. Después se juntaron estos personajes en Tocina con los condes de Ureña y Cabra y marqués de Priego, en que se concertaron entre sí e hicieron de común acuerdo una escritura de concordia en que se obligaron de acudir a lo que fuese servicio de su alteza y pro del reino, obedecer las cartas que viniesen firmadas de la reina o de su Consejo.

 

Cuanto a las Cortes que tenían llamadas, protestaban que si lo que en aquel ayuntamiento se determinase no fuese servicio de Dios y de su alteza, pro y bien común del reino, no so tendrían por obligados a pasar por ello. Sucedió demás de esto que don Rodrigo de Mendoza, marqués de Cenete, pretendía casar con doña María de Fonseca. Levantóse pleito sobre este matrimonio. En tanto que se sentenciaba por el juez eclesiástico, los Reyes Católicos depositaron aquella señora en diversas partes para asegurarla de toda violencia. El marqués con las revueltas la sacó por fuerza de las Huelgas de Valladolid, donde últimamente la tenían puesta, que fue otro nuevo desorden.

 

 

 

 

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En Toledo se levantó un grande alboroto por causa que el conde de Fuensalida tomó la vara de su alguacilazgo mayor para quitar del gobierno a don Pedro de Castilla, que pretendía no se debía tener por corregidor. Acudieron soldados que envió desde Ocaña Hernando de Vega; con esto y que los Silvas se arrimaron al Corregidor, el de Fuensalida desistió por entonces de su intento, y la ciudad se apaciguó. En Madrid se pusieron en arma los Zapatas y don Pero Laso de Castilla, servidores del rey católico de una parte, y por otra Juan Arias con los del bando contrario. En Segovia se apoderaron de las puertas e iglesia mayor los marqueses de Moya, que pretendían recobrar el alcázar cuya tenencia les quitaron. Todo ardía en alborotos y disensiones, sin que nadie fuese parte para apagar el fuego.

 

 

 

 

III. La reina doña Juana salió de Burgos

 

La indisposición de la reina era de suerte, que más era impedimento que ayuda para remediar los daños. Tuvo la fiesta de Todos Santos en el monasterio de Miraflores, y oída la misa y sermón, después de comer mandó abrir la sepultura en que yacía el cuerpo del rey, su marido; entró dentro, y mandó al obispo de Burgos abriese la caja en su presencia. Miró y tocó el cuerpo sin alguna señal de alteración ni echar lágrima. Esto hecho, aquel mismo día se volvió a la ciudad. Entendióse tenía recelo no le hubiesen llevado a Flandes la gente flamenca de su casa, que hacían instancia por ser pagados, y que para esto se vendiese alguna parte de la recámara del difunto con que se pudiesen volver a su tierra. Propusieron esto a la reina; ninguna otra respuesta dio a su petición tan justa, sino que ella tendría cuidado de rogar a Dios por su marido.

 

Tratóse diversas veces de sacarla de Burgos, donde estaba por una parte en poder del condestable, en cuyas casas posaba, y tenía la ciudad toda de su mano; por otra don Juan Manuel tenía mucha mano en aquella ciudad por estar en su poder el alcázar; de la cual tenencia y de las de otros muchos castillos le hizo merced el rey don Felipe. Tomaban color para sacarla que la peste comenzaba a sentirse y picar en aquella ciudad; el marqués de Villena hacía instancia la llevasen a la su villa de Escalona. Su condición no daba lugar a que le persuadiesen otra cosa más de lo que se le ponía en la cabeza. Tenía en su compañía a doña Juana de Aragón, su

 

 

 

 

 

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hermana, que la hizo volver a palacio, luego que falleció el rey don Felipe, y a la marquesa de Denia, a la condesa de Salinas con su nuera doña María de Ulloa, con las cuales holgaba de hablar y se entretenía. Sentíase cargada con su preñez, salióse a la casa de la vega. De allí determinó partir de aquella ciudad y llevar consigo el cuerpo del rey, su marido, a Torquemada, con voz que de allí le quería enviar a Granada.

 

Con esta resolución un día antes que partiese de Burgos, es a saber, a los 19 de diciembre, mandó a Juan López de Lazarraga, su secretario, ordenase una provisión en que revocaba todas las mercedes que el rey, su marido, hizo después de la muerte de la reina doña Isabel, cosa que a muchos tocaba, y tenía grandes inconvenientes. Como el secretario se entretuviese, llamó a cuatro del Consejo para que hiciesen despachar aquella provisión. A los mismos juntamente dio orden que quedasen en el Consejo los que lo eran en vida de los reyes, sus padres, y los demás se tuviesen por despedidos. Acudieron los procuradores del reino el mismo día que se partió, que fue el luego siguiente. Dijéronle entre otras cosas, si fuese servida, enviarían dos de ellos a suplicar al rey católico viniese para ayudarla en el gobierno. Respondió que holgaría mucho con la venida del rey, su señor, para su consolación; y en lo del gobierno no dijo palabra; antes les mandó se fuesen a sus posadas, y no entendiesen en cosa alguna de las Cortes sin su mandado, que fue desbaratar aquellos ayuntamientos y atajar los inconvenientes que de ellos, a juicio de muchos, podían resultar.

 

Fue la reina al monasterio de Miraflores un domingo, 20 de diciembre. A la tarde sacaron el cuerpo del rey y pusiéronle en unas andas. Acompañáronle los obispos de Jaén y Mondoñedo y el de Málaga, que era don Diego Ramírez de Villascusa. Poco después salió la reina, y en su compañía el marqués de Villena, y el embajador Luis Ferrer y el condestable, que acudió luego con otros muchos. El camino era de noche y con hachas. Llegaron a media noche a Cavia. Desde allí fueron a Torquemada, do reparó la reina.

En Burgos quedaron los del Consejo real, el arzobispo de Toledo, el almirante y el duque de Nájera. Expiraba el tiempo que en la concordia que capitularon los grandes en Burgos se señaló. Sobre si se debía alargar hubo diferencias. El condestable no venía en que se prorrogase, por ser en perjuicio de la reina. El almirante quería que se hiciese la prorrogación, y de este parecer era el arzobispo de Toledo, que hacía asimismo mucha fuerza en que el Consejo real fuese favorecido y obedecido, pues no

 

 

 

 

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quedaba otro camino para entretener el gobierno hasta tanto que el rey católico viniese.

 

Otros grandes, por impedir su venida, trataban de casar a la reina. El de Villena quería casarla con el duque de Calabria. Asimismo se puso en plática que la casasen con don Alonso de Aragón, hijo del infante don Enrique, que era el que quedaba sólo de la casa real de Aragón y Castilla por línea legítima de varón. Llegó el negocio a que ofrecieron grande estado a doña María de Ulloa, que tenía mucha cabida con la reina, si lo acabase con ella. La reina no vino en ello, antes lo rechazó y echó muy lejos. No faltaba quien la quisiese casar con el rey de Inglaterra, el cual dado que era de edad, lo deseó grandemente. Divulgóse otrosí que el rey, su padre, la pretendía casar con Gastón de Foix, su cuñado y sobrino, señor de Narbona, rumor que alteró a muchos, y fue causa que los servidores del rey católico y su partido algún tanto enflaqueciese.

 

 

 

 

IV. Que los barones angevinos fueron restituidos

 

en sus estados

 

Con la ida del rey católico a Italia grandes humores se removieron. Acudieron a Nápoles embajadores de los más príncipes y potentados de Italia. Tratóse por medio del rey de Francia de impedir al emperador que no se apoderase del gobierno de Flandes; traza con que se aseguraba que ni el príncipe don Carlos ni el emperador podrían venir a España, el príncipe por estar detenido en lo de Flandes, el emperador por estar tan lejos. Por otra parte, el de Francia pretendió que con él y con el papa se ligase el rey católico para recobrar de venecianos lo que le tenían usurpado de sus estados. Daba el rey católico oídos a esto por recobrar lo que poseían en aquel reino de Nápoles. Parecíale empero era necesario asentar primero las cosas de Castilla y de su gobierno, y entre tanto conservarse en la buena amistad que tenía con aquella señoría. Para todo mucho ayudó la buena industria de Lorenzo Suárez, su embajador, que falleció los días pasados en Venecia con gran sentimiento de aquella señoría, como lo mostró en el enterramiento y exequias que le hicieron con aparato extraordinario. Quedó en aquel cargo su hijo Gonzalo Ruiz de Figueroa.

 

 

 

 

 

 

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Pretendía el papa echar de Bolonia a Juan de Bentivolla que tenía tiranizada aquella ciudad. Y puesto que hacía principal fundamento para esto en la ayuda del rey de Francia, que le enviaba gente de a pie y de a caballo para esta empresa, y el mismo papa fue a ello en persona, todavía se quiso valer de la sombra del rey católico, que hizo avisar a Juan de Bentivolla que no podía faltar al pontífice, antes pondría su persona y estados por la restitución del patrimonio de la Iglesia. Entonces ofreció el tirano que recibiría al papa en la ciudad con ciertas condiciones.

 

Envió el papa desde Imola, do estaba, al arzobispo de Manfredonia, y fue en su compañía el embajador Francisco de Rojas para tomar asiento con aquellos ciudadanos; con que el tirano se salió de la ciudad últimamente, y el pueblo prestó la obediencia al pontífice y le entregó las fuerzas y castillos. Envió el rey católico a Antonio de Acuña a darle el parabién de aquella victoria y suceso. Juntamente pretendió confederarse en estrecha amistad con él mismo, con intento que le diese la investidura del reino para sí y para sus sucesores, sin embargo de la concordia que tenía asentada con Francia; que los reyes a ninguna cosa tienen respeto sino a lo que les viene a cuenta. Esto se trataba muy en secreto, si bien en fin de este año envió a Bolonia, donde el papa se hallaba, a fray Egidio de Viterbo, vicario general de la orden de San Agustín y excelente predicador, para ofrecerle sus fuerzas en defensa de su persona y dignidad y juntamente para hacer guerra a los turcos, en que él mucho deseaba emplearse, y en particular quería ayudar a despojar a los tiranos que tenían usurpadas algunas tierras de la Iglesia.

 

En este mismo tiempo se trataba muy de veras que los barones angevinos fuesen restituidos en sus estados. Empresa era ésta muy dificultosa por estar repartidos entre los que sirvieron en la conquista de aquel reino. La prudencia del rey y su presencia fue bien necesaria para allanar las dificultades. Quitó a unos los pueblos que tenían, a los cuales recompensó en otros pueblos o juros que les dio. Compró estados enteros a dinero. Todo esto no fuera bastante según eran muchos los despojados, si no supliera con estados que sacó para este efecto de la corona real. Los principales que fueron restituidos eran los príncipes de Salerno, Bisiñano y Melfi, el duque de Trageto, el duque de Atri, que se llamaba antes marqués de Bitonto; los condes de Conza, Morcon y Monteleón. Demás de estos Alonso de Sanseverino. Compróse el ducado de Sesa, que se dio al Gran Capitán, recompensa muy debida a sus servicios; el principado de Téano,

 

 

 

 

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el condado de Cirinola y Montefosculo y la baronia de Flume, todo del duque de Gandía, que poseía muy grande estado en aquel reino.

 

A muchos italianos y españoles se quitaron los pueblos que tenían en remuneración de sus servicios. Entre éstos fueron de los principales el embajador Francisco de Rojas, Pedro de Paz, Antonio de Leiva, Hernando de Alarcón, Gómez de Solís y Diego García de Paredes; todos llevaron de buena gana que su príncipe, por quien pusieron a riesgo sus vidas tantas veces, en aquel aprieto los despojase de sus haciendas. Era más fácil de llevar este daño, que por pretender los más volverse a sus tierras, cualquiera recompensa en España anteponían a mayores riquezas en aquella tierra que ellos ponían a cuento de destierro, dado que a algunos ninguna recompensa se hizo; en particular los herederos y deudos del embajador Francisco de Rojas, condes al presente de Mora, pretenden que por la ciudad de Rapola que le dieran por sus servicios y otros pueblos en el principado de Melfi, y en esta ocasión se la quitaron, ninguna cosa se le dio en España ni en otra parte. El privilegio original tienen los dichos condes.

 

Túvose muy particular cuenta de contentar y conservar los Coloneses y Ursinos, casas las más nobles y ricas de Roma. Junto con esto, se hizo gran fundamento en ganar a los Seneses y al señor de Pomblin, fuerzas de importancia para todo lo que pudiese suceder en las cosas de Italia.

Llegaron a esta sazón a Nápoles el obispo de Lubiana y Lucas de Reinaldis, que enviaba el emperador para tomar algún asiento con el rey católico sobre el gobierno de Castilla. Éstos, habida audiencia, dieron al rey el parabién de su llegada a aquella ciudad y reino. Después le pidieron diese algún corte sobre el gobierno de Castilla; que al emperador, su señor, parecía sería buen medio quedasen con aquel cargo los que estaban diputados por gobernadores. Asimismo hicieron instancia que no se restituyesen los estados a los barones angevinos, por el gran daño que sería tener dentro de su casa tantos enemigos. Item, que el rey procurase se efectuase el matrimonio concertado del príncipe don Carlos con Claudia, hija del rey de Francia; que para asentar todo esto sería bien que se viesen. Pretendía el César pasar a Italia; la voz era para coronarse; el intento principal resistir al rey de Francia, de quien avisaban quería ir a Roma para hacerse coronar emperador y dar el pontificado al cardenal de Ruan, sospechas de que se quejó gravemente el emperador en una dieta del imperio que juntó en Constancia.

 

 

 

 

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Oídos los embajadores, el rey, sin pedir tiempo, respondió luego que la reina, su hija, era a quien tocaba el gobierno de Castilla; y caso que no quisiese o no estuviese para gobernar, pertenecía a solo él como a su padre, y que lo mismo sería en caso que muriese; que hasta entonces ningunos gobernadores tenían nombrados en Castilla. A lo de los barones respondió que tenía prometido devolverles sus estados, y no podía fallar a su palabra; cuanto al casamiento del príncipe, que el rey de Francia le envió a avisar de la contradicción que su reino hacía, por llevar mal que lo de Milán y Bretaña se desmembrase de aquella corona, y que todos los estados le suplicaban la casase con el duque de Angulema, a quien pertenecía la sucesión de aquel reino después de sus días. A lo de las vistas respondió con palabras generales, que holgaría de ellas cuando hubiese disposición para ello.

 

Tuvieron segunda audiencia los embajadores, en que llegaron a ofrecer al rey católico que el César le daría título de emperador de Italia, y renunciaría en él todos sus derechos que tenía sobre aquella provincia y le ayudaría a hacerse señor de ella. A esto dijo que no convenía disminuyese el emperador su autoridad, que de Italia él no quería más de lo que era suyo. Movieron después de esto la plática de ligarse los príncipes, emperador, reyes de Francia y el católico con el papa contra venecianos. A esto dijo que como los demás se concertasen, no quedaría por él.

Entonces envió el rey al César por su embajador a don Jaime de Conchillos, obispo de Girachi, con cargo en lo público y orden de allanar a los flamencos para que admitiesen al emperador a la gobernación de aquellos estados, como a tutor del príncipe don Carlos, su nieto. Otro tenía en el corazón, como queda ya tocado.

 

 

 

 

V. Que la reina doña Juana parió en Torquemada

 

La reina doña Juana se hallaba en Torquemada, principio del año de 1507. Allí un jueves, a los 14 de enero, parió una hija, que llamó doña Catalina, y adelante fue reina de Portugal. Viose en gran peligro por falta de partera, oficio que hubo de suplir doña María de Ulloa, su privada y camarera. Todos eran efectos de su indisposición ordinaria, que no daba lugar a medicinas ni a consejos. Hallábanse allí el arzobispo de Toledo, el

 

 

 

 

 

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condestable y otros grandes. Los de su Consejo con su presidente el obispo de Jaén se quedaron en Burgos.

 

Deseaban los de su Consejo componer las diferencias que se continuaban entre los grandes y sosegar la llama de los alborotos que por todas partes se encendía; pero tenían sus provisiones y mandatos poca fuerza, de suerte que quien no quería obedecer se salía con ello; todo era violencias y males, miserable estado y avenida de escándalos y desórdenes. El alboroto de Córdoba contra los inquisidores iba adelante. El motivo principal era que los presos; por revolver el pleito, tenían encartada gran parte de la nobleza como cómplices en sus delitos. El pueblo atribuía esto a la malicia de los inquisidores. En Toledo los Silvas y Ayalas se pusieron en armas; los Ayalas en favor de un pesquisidor que venía nombrado por el Consejo con suspensión de varas del corregidor y sus oficiales; los Silvas pretendían que el pesquisidor no entrase y que el corregidor quedase con su oficio. Eran gran parte para salir con todo lo que querían por tener en su poder las puertas y las puentes; mas prevalecieron los Ayalas porque los seguía el pueblo, y el corregidor don Pedro de Castilla fue echado de la ciudad, en que hubo sobre el caso muertos y heridos. A Madrid traían alborotado don Pero Laso de Castilla, que estaba por el rey católico, y Juan Arias, cabeza del bando contrario. El corregidor de Cuenca Felipe Vázquez de Acuña tenía oprimido el regimiento para que no obedeciesen a la reina; Diego Hurtado de Mendoza le echó fuera de la ciudad, y se dio orden que el regimiento nombrase alcaldes ordinarios que gobernasen en nombre de la reina. En Segovia el marqués de Moya tenía cercado el alcázar, e hizo salir de la ciudad todos los vecinos que no eran de su opinión, hasta quemar la iglesia de San Román, en que algunos de sus contrarios se hicieran fuertes.

 

La reina no servía de otra cosa más de embarazar. Para prevenir que el fuego no pasase adelante en el Andalucía, se ligaron el marqués de Priego y conde de Cabra con el conde de Tendilla, capitán general de Granada, y el adelantado de Murcia, en servicio de la reina y para conservar en justicia aquellas tierras hasta tanto que el rey católico volviese. Vino el conde de Ureña a la corte. Pretendió interponer su autoridad para sosegar los grandes, dado que así bien él como los demás daba sus quejas y tenía sus pretensiones, que venían a parar todas en el alcaidía de Carmona, que le habían quitado, y en una encomienda que pedía para su hijo don Rodrigo.

 

 

 

 

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Los grandes, sin embargo, se armaban. El almirante juntaba gente para apoderarse de Villada y Villavicencio, villas que decía le tenía usurpadas el duque de Alba. El duque de Nájera andaba en la corte muy acompañado de gente de armas; y llegó a tanto su atrevimiento, que ocupó las posadas que en Villamediana se dieron a los del Consejo, que por esta causa se fueron a Palencia. Don Juan Manuel vino a Torquemada con sesenta lanzas. El marqués de Villena y el condestable asimismo se apercibían de gente. El arzobispo de Toledo, vistos estos desórdenes, comenzó a traer gente de guarda, y juntó cien lanzas y trescientos alabarderos, y dio orden cómo de su dinero se pagasen las compañías de las guardas ordinarias. Y aún por esta causa quiso jurasen obediencia a la reina y a él mismo, todo a propósito de enfrenar la insolencia de los grandes por una parte, y por otra que el Consejo no despachase algunas provisiones poco a propósito para tiempos tan revueltos.

 

Alteróse por esta causa el duque de Nájera. Juntó más gente para su seguridad. Las cosas llegaron a término, que una noche en Torquemada hubieron de venir a las manos los del duque y los del arzobispo. Para atajar estos daños se dio orden que en aquella villa solo quedase la gente de la reina y del arzobispo, con que el duque se partió mal enojado. Antes que don Juan se saliese de Torquemada, se juntaron con él en Grijota el almirante, el de Villena, el de Benavente y Andrea del Burgo, embajador del emperador; concertaron de impedir la venida del rey católico, si primero no satisfacía a sus demandas y pretensiones. Después se juntaron algunos de ellos en Dueñas. Allí acordaron echar fama que el arzobispo de Toledo y condestable tenían a la reina presa; últimamente se fueron a Villalón con intento de juntar gente para socorrer el alcázar de Segovia que tenía apretado el marqués de Moya. El rey de Portugal tenía asimismo sus inteligencias con el marqués de Villena para impedir la venida del rey católico y procurar que el emperador trajese al príncipe, y como su tutor tomase a su mano el gobierno.

 

Vino por este tiempo de Roma don Antonio de Acuña, proveído del obispado de Zamora. Cometióle el rey como a deudo que era del marqués de Villena que le asegurase en su servicio, y le ofreciese le darían a Villena y Almansa, que tanto él deseaba. No bastó esta diligencia, ni fue de mayor efecto la que hizo don Álvaro Osorio con el duque de Nájera y con don Juan Manuel, con los cuales se fue a ver para sosegarlos y atraerlos al servicio del rey católico. De la provisión del obispado de Zamora en la

 

 

 

 

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persona de don Antonio de Acuña se quejó el condestable que fuese premiado el mayor enemigo que tenía, y a él no se hiciese merced alguna. Resultó asimismo otra nueva revuelta. Los del Consejo, por haberse hecho aquella provisión sin preceder suplicación de la reina ni del rey su padre, como era de costumbre, juzgaron que sería en gran perjuicio de la preeminencia real si se consintiese llevar adelante. Despacharon sus provisiones enderezadas al deán y cabildo de aquella iglesia para impedirle la posesión; y si la posesión fuese tomada, mandaban que no la dejasen continuar ni acudiesen con los frutos del obispado a don Antonio.

 

Llegaron las provisiones a tiempo que don Antonio estaba en pacífica posesión. Despacharon al alcalde Ronquillo que hiciese ejecutar sus mandatos. Don Antonio, que sobrevino con gente una noche, le prendió dentro de su posada y llevó a la fortaleza de Formosel. Acudieron el corregidor de Salamanca para castigar aquel desorden y desacato, y el duque de Alba mandó juntar sus vasallos para lo mismo. Pero ninguna diligencia bastó para remover a don Antonio y que no quedase con su obispado. Todo el reino ardía en alborotos, tramas, quejas y pretensiones. Los mejores querían vender lo más caro que pudiesen su lealtad y servicio, acomodar sus cosas; para sí, sus deudos y amigos sacar lo que más pudiesen.

 

El rey católico, como quier que no pretendía traer la espada desnuda contra los que le ofendieron, así parecía cosa dura y afrentosa comprar con dádivas lo que de derecho se le debía, bien que desagraviar a los que injustamente padecían, a todos parecía muy conveniente, En esta sazón los del Consejo prologaron las Cortes por espacio do cuatro meses; con que los procuradores del reino, que se entretenían en Burgos, se volvieron a sus casas.

 

 

 

 

VI. Que el duque Valentín fue muerto

 

Las cosas de Castilla se hallaban en esta confusión, y por las fronteras de Navarra se comenzaron a mover algunas novedades. El rey don Juan con la ocasión de la ausencia del rey católico, que le tuvo siempre enfrenado, determinó tomar enmienda de los desacatos que su condestable el conde de Lerín le tenía hechos en muchas maneras por las espaldas que de

 

 

 

 

 

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Castilla le hacían. Para éste su intento vino muy a propósito la huida del duque Valentín, su cuñado. Luego que se acogió a su reino, le nombró por su capitán general, con cuya ayuda pretendía despojar de todo su estado al conde de Lerín y echarle de todo aquel reino como a notorio rebelde y enemigo de su corona. Juntó sus gentes, que eran doscientos jinetes y ciento cincuenta hombres de nrmas y hasta cinco mil infantes.

 

Con este ejército, un miércoles, a 10 de marzo, se puso sobre la fortaleza de Viana, cuya tenencia se había dado al condestable, y tenía dentro para su defensa a don Luis de Biamonte, su hijo, y yerno del duque de Nájera. Otro día después que llegó esta gente a Viana, por ser la noche muy tempestuosa, tuvo comodidad el condestable de acudir desde Mendavía, que era una su villa a tres leguas de allí, a favorecer y proveerá los cercados. Llevó en su compañía doscientas lanzas, y dejó fuera de Mendavía en un barranco a la cubierta de un viso hasta seiscientos de a pie. Entró en la fortaleza y abastecióla lo mejor que pudo. A la mañana al dar la vuelta fueron sentidos. Salieron del campo del rey hasta setenta lanzas en compañía del duque Valentín, que por la prisa iba mal armado. Seguía el rey con la demás gente, aunque despacio y no muy en orden. El duque, como era arriscado, acometió a los que se retiraban, mató y prendió hasta quince hombres. Adelantóse en seguimiento de un caballero hasta el lugar en que tenían la celada. Revolvieron otros cuatro caballeros sobre él; hirióle el uno con una lanza sobre el faldar, fue el golpe tal, que le arrancó del caballo. Acudieron los de la celada, y sin ser conocido, aunque peleó muy bien a pie con una lanza de dos hierros, al fin lo mataron, y le despojaron en un momento hasta de la camisa. Con la muerte del duque toda la demás gente se volvió con poca honra a sus estancias.

 

El condestable de Mendavía por estar más seguro se pasó a Lerín. Así acabó sus días el que poco antes ponía espanto a toda Italia, y en cuya mano estaba la paz y la guerra de toda ella. Notóse mucho que muriese dentro de la diócesis de Pamplona, que fue el primer obispado que tuvo, y que su muerte fuese el mismo día que tomó la posesión del, es a saber, el día de San Gregorio. Quedó sola una hija del duque en poder de su madre y del rey de Navarra, su tío.

Con todo esto el rey estrechó más el cerco de la fortaleza con su gente y la que de Castilla el condestable le envió de socorro de a pie y de a caballo. Por el contrario, el duque de Nájera se acercó a la frontera con gente para ir a socorrer al conde de Lerín; y aún el arzobispo de Zaragoza

 

 

 

 

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apercibía gente para ayudarle por ser tan servidor del rey católico y su cuñado. Pero, en fin, la fortaleza de Viana se hubo de rendir, y el rey con su gente, que llegaba ya a seiscientas lanzas y ocho mil infantes, se fue a poner sobre Raga.

 

Los del Consejo real de Castilla, por sosegar aquellos movimientos enviaron al secretario Lope de Conchillos para requerir al rey de Navarra en nombre de la reina doña Juana no procediese por vía de fuerza contra el conde de Lerín. Hacíase instancia que sobreseyese en aquella guerra por tiempo de tres meses, en el cual medio se podrían concertar aquellas diferencias y vendría el rey católico para concordarlos. El rey de Navarra no venía en ello; la respuesta fue dar grandes quejas contra el conde de Lerín, que le tenía revuelto su reino; que no era razón fuesen favorecidas de ningún príncipe insolencias semejantes. Todavía se contentaba con que viniese en persona a pedir perdón de sus yerros y entregarle en su poder a Lerín, y sus hijos fuesen a servirle en su corte, y hecho esto, el conde se saliese de aquel reino.

 

Tratábase de esto, y el rey continuaba en apoderarse del estado del conde. Rindióse Riga y todos los demás lugares que el conde tenía; sólo quedó en su poder Lerín, villa en que se hizo fuerte con sus hijos y aliados, plaza que, si bien con dificultad, también vino a poder del rey. Por esto el conde se fue a Castilla, y después pasó a Aragón, sin que le quedase una almena en toda Navarra. No le hizo poco daño tener de su parte al duque de Nájera, porque por el mismo caso el condestable y los más servidores del rey católico se declararon por el navarro, si bien para las turbaciones de Castilla fue a propósito ocuparse el duque en aquella guerra de Navarra; tanto más, que el rey católico a la misma sazón ganó a su servicio al conde de Benavente con promesas que le hizo de una encomienda y doscientas mil de juro, e intención que dio de le otorgar la feria de Villalón. Aseguró otrosí al duque de Béjar con prometerle otras cosas que él mismo deseaba. Así, el partido del rey católico y de los que deseaban su venida andaba muy valido, y muy caído el de los contrarios.

 

Morían en Torquemada de peste, mal que se embraveció esto año muy extraordinariamente, y se derramó por toda España. Salióse la reina a Hornillos, aldea muy pequeña, que está una legua de aquella villa, con determinación de no salir de aquella comarca sino aguardar allí al rey, su padre. Tenía mandado que volviesen a su Consejo los que estaban en él en vida de la reina, su madre, y los nuevamente proveídos fuesen privados de

 

 

 

 

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aquel cargo. Con esto el obispo de Jaén se fue a su casa; los oidores nuevos, que eran Aguirre, Guerrero, Ávila y don Alonso de Castilla, hicieron instancia para que se revocase aquel mandato; no se pudo acabar con la reina por grandes diligencias que se hicieron y medios que para ello tomaron. Así, volvieron al Consejo los oidores antiguos Angulo, Vargas y Zapata. En Segovia se continuaba el cerco que tenía el marqués de Moya muy apretado sobre el alcázar; y dado que los de dentro se defendieron muy bien por espacio de seis meses, al fin con minas que se sacaron por diversas partes redujeron los de dentro a término, que le rindieron a los 15 de mayo. Ayudaron al marqués en esta empresa el duque de Alburquerque, que fue allá en persona, y el condestable, duque de Alba y Antonio de Fonseca con gentes que de socorro le enviaron.

 

 

 

 

VII. Que el emperador y rey católico trataban de

 

concertarse sobre el gobierno de Castilla

 

Los embajadores del César que fueron a Nápoles hacían grande instancia sobre las vistas de los dos príncipes consuegros. Ofrecían que el emperador vendría a Niza, o que el rey católico fuese a Roma, donde el César en breve pensaba venir a coronarse. Que en un día se podrían mejor conformar por sus personas que en mucho tiempo por medio de terceros. El rey católico daba diversas excusas para no venir a las vistas, la más principal que los reinos de Castilla padecerían mucho daño con aquella tardanza, que forzosamente sería de algunos meses. Como se resolvió en esto, los embajadores le requirieron no volviese a Castilla sin que primero se concertasen todas las diferencias; que de otra manera el emperador sería eso mismo forzado de ir allá, y los males que de ello resultasen se imputarían y estarían a cuenta del que diese la causa. Pareció este término más desafío que voluntad de concierto. Todavía se comenzó a tratar por los embajadores sobredichos de una parte, y de otra el Gran Capitán, el camarero y el secretario del rey católico de los derechos que cada uno pretendía tener por su parte y de los medios que se representaban para conformarse.

 

Muchas cosas se alegaron como en negocio tan grave. Los principales puntos en que el rey católico se fundaba, eran ser padre y por consiguiente

 

 

 

 

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tutor de la reina, y su voluntad que siempre dio muestra de querer que su padre gobernase, y el testamento de la reina doña Isabel que así lo disponía. De parte del emperador se oponía que en caso que la reina estuviese impedida, sucedía el príncipe, su nieto, en cuya tutela debía ser preferido el abuelo paterno. Que el rey católico se casó segunda vez, por do perdió la tutela, especialmente que prometió a la reina doña Isabel no lo haría, por lo menos era cierto que si entendiera se pretendía casar, no le dejara el gobierno. Lo tercero que los grandes, cuyo consentimiento se requería, no venían en su gobernación, y no era razón poner el reino en condición de revolverse. Otras razones alegaron, mas éstos eran los nervios fundamentales.

 

Pasaron a tratar de medios. Los del emperador decían que su señor holgaría se cometiese el gobierno a veinticuatro personas; de ellas las dieciséis nombrase él, y las ocho el rey católico, y que estos gobernasen en compañía del rey. Y cuanto a las provisiones de oficios y beneficios, que de tres partes el rey proveyese la una, y las dos los del gobierno; las rentas dividían en cuatro partes, las tres partes para la reina, y la una para el rey. Item, para asegurar la sucesión del príncipe don Carlos querían que todas las fortalezas del reino estuviesen en poder del emperador. Todas eran demasías y exorbitancias a propósito de revolverlo todo. Pedían otrosí que se enviasen a Flandes algunos hijos de grandes y personas principales de Castilla y Aragón para criarse con el príncipe, y que se diese seguridad para los que siguieron la voz del rey don Felipe que no serían maltratados ni en algún tiempo les pararía perjuicio. Que la investidura de Nápoles se alcanzase de manera que no perjudicase a la sucesión del príncipe don Carlos. Condiciones tolerables eran algunas destas, pero pedían otras muchas, que no se debían conceder ni se pudieran asentar en muchos años.

 

Por esto el rey católico aprestaba su partida, si bien el emperador de nuevo le envió a requerir con Bartolomé de Samper, que de Nápoles fue enviado a Alemania, sobreseyese hasta tanto que aquellas diferencias estuviesen asentadas. El rey todavía continuaba en su propósito, y para despacharse envió sus embajadores a dar la obediencia al papa, que fueron Bernardo Dezpuch, maestre de Montesa, Antonio Augustino y Jerónimo Vic, un caballero valenciano que iba para hacer oficio de embajador ordinario en aquella corte en lugar de Francisco de Rojas. Dióseles audiencia a los 30 de abril; hizo Antonio Augustino un muy elegante razonamiento, en que excusaba la dilación que en dar aquella obediencia

 

 

 

 

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se tuvo por diversos impedimentos que no se pudieron evitar. Ofreció la obediencia y todas las fuerzas del rey en favor de aquella santa silla. Respondió el papa con mucha alegría, y en señal de amor dio a los embajadores la rosa de oro que se bendice la noche de Navidad, para que de su parte la llevasen a su rey. Juntamente convidaba al Gran Capitán para que fuese general de la Iglesia en la guerra que pensaba hacer a venecianos; el mismo cargo le ofrecía aquella señoría por entender que era tanto su valor, que llevaría consigo muy cierta la victoria a cualquier parte que se allegase.

 

Los partidos que le hacían muy aventajados previno el rey con tornar a prometerle el maestrazgo de Santiago. Y porque no pareciesen palabras, dio comisión a Antonio Augustino, cuando le envió a Roma, para que suplicase al papa le pudiese resignar en su favor en manos de los arzobispos de Toledo y de Sevilla y el obispo de Palencia, para que con comisión del pontífice le colasen al Gran Capitán luego que llegase a Castilla; que no hacía desde luego la resignación por inconvenientes que alegaba que podrían resultar en ausencia. El papa venía bien en conferir al Gran Capitán aquella dignidad, pero no quiso dar la comisión que se le pedía por no perjudicar a su autoridad. Con esto se dilató aquella resignación, no sin gran sospecha que el rey usó en esto de maña sólo para sacar al Gran Capitán de Italia, que era duque de Sesa y de Terranova y gran condestable de Nápoles; grandes estados y mercedes en sí, pero muy pequeñas, si con sus méritos y servicios se comparan.

 

Deseaba el rey con gran cuidado reformar la capitulación hecha en Francia sobre la sucesión del reino de Nápoles, que caso no tuviese hijos de la reina doña Germana, se devolvía a los reyes de Francia. Trataba de remediar este daño, y para esto de tomar por medio al cardenal de Ruan con promesa que le hacía de ayudarle para subir al pontificado, si allanaba esta dificultad, como a la verdad el mejor camino fuese alegar que pues el rey de Francia no cumplía el asiento que tenía tomado de casar su hija con el príncipe don Carlos, con que le quitaba la sucesión de Milán y de Bretaña, era razón que esto se recompensase con alzar aquel gravamen en lo de la sucesión de Nápoles, pues no era cosa tan grande ni tan cierta como lo que se le quitaba, ni aquella condición servía sino de dejar pleito y debates a sus sucesores para adelante. El rey de Francia no daba oídos a nada de esto, ca estaba desabrido por los homenajes que se hicieron en Nápoles en nombre de la reina doña Juana, sin hacer mención de la reina

 

 

 

 

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doña Germana, como fuera razón, para conformarse con lo que tenían capitulado.

 

 

 

 

VIII. Que el rey católico partió de Nápoles

 

Importaba mucho que el rey católico abreviase en su venida para atajar inconvenientes y sosegar malos humores que cada día por acá se levantaban, lo cual él no ignoraba; mas las cosas de Nápoles le detenían hasta dejarlas bien asentadas. Hacía instancia con el papa por medio de su embajador Jerónimo Vic le diese la investidura de Nápoles. Anduvieron sobre el caso demandas y respuestas. El pontífice se resolvió de dársela con condición que le recobrase con sus gentes las ciudades de Faenza y Ariraino, que tenían los venecianos usurpadas en la Romaña. No se podía hacer esto en poco tiempo, y las revueltas de Castilla no sufrían tanta dilación. Resolvióse de abreviar su partida de cualquiera manera que fuese. Para prendar más al Gran Capitán otorgó un instrumento en que daba fe de la lealtad que siempre en su persona halló y de su mucho valor y servicios señalados; cuya copia se envió a todos los príncipes para que si alguno había de él concebido o sospechado otra cosa, quedase con tal testimonio desengañado.

 

Era venido a Nápoles Juan de Lanuza, virrey de Sicilia; a este caballero, por la mucha confianza que hacía de él y sus buenas partes, determinó dejar por virrey de Nápoles. Pero porque antes que el rey se embarcase, él y su hijo Juan de Lanuza, que era justicia de Aragón, fallecieron, nombró por virrey de Nápoles a su sobrino don Juan de Aragón, conde de Ribagorza, y a Sicilia envió a don Ramón de Cardona con cargo de teniente general. Para el consejo de estado de Nápoles nombró a Andrés Garrafa, conde de Santaseverina, y a Héctor Piñatelo, conde de Monteleón, y a Juan Bautista Espinelo, al cual quitó entonces el cargo y nombre de conservador general por ser muy odioso en aquel reino. Dejó orden al virrey que conservase los Coloneses y Ursinos, y a Bartolomé de Albiano se restituyó su estado porque se redujo a la obediencia del rey. Proveyóse que demás de la gente de guerra doscientos gentileshombres residiesen en la corte con nombre de continos y acostamiento por año de cada ciento cincuenta ducados. A los venecianos

 

 

 

 

 

 

 

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que se mostraban sospechosos de la voluntad del rey, para asegurarlos envió a Felipe Ferreras que hiciese con aquella señoría oficio de embajador. Proveído todo esto, el rey se hizo a la vela un viernes, a los 4 de junio, con dieciséis galeras. Ocho días antes partió la armada de las naos, y por su general el conde Pedro Navarro.

 

El reino de Portugal florecía por este tiempo en todo género de prosperidad, y extendía su fama por todas las partes, merced de Dios, que les dio un rey tan señalado como el que más en valor y prudencia y en noble generación. Parió la reina en Lisboa, a los 5 de junio, un hijo, que se llamó don Fernando. Las grandes esperanzas que daba su buen natural y afición a las letras cortó la muerte arrebatada, que le sobrevino en la flor de su mocedad. Algunos grandes de Castilla, en especial el marqués de Villena, pusieron los ojos en este príncipe para que se encargase del gobierno de aquel reino, con intento de impedir por este modo la venida del rey católico; mas él no quiso aventurar su sosiego por promesas de pocos y mal fundadas, si bien de secreto deseaba tener mano en las cosas de Castilla por casar sus hijos con los de la reina, y por este medio tomar uno de dos caminos, o como tutor en tal caso del príncipe don Carlos, su yerno, encargarse del dicho gobierno, que le venía muy a cuento para proseguir la navegación de la India y la conquista de África con la ayuda que podía tener de Castilla, o por lo menos obrar con el emperador que tomase a su cargo lo que el derecho le daba.

 

A esto mismo convidaba al César el rey de Navarra, y aún le ofrecía el paso por su tierra, que decía sería camino muy fácil, y esto por estar muy sentido del rey católico, y aún receloso que si volvía a su antiguo poder, no pararía hasta apoderarse de aquel reino. Es cosa cierta que a estos dos reyes pesaba de la prosperidad del rey católico, y no querían tener vecino tan poderoso, conforme a la costumbre de todos los príncipes. La misma instancia hacían al emperador los grandes sus aficionados y parciales, y él mismo estuvo muy determinado de ponerse en camino y pasar en España, como consta de una que escribió desde Constancia, do se tenía la dieta del imperio, de este tenor a don Juan Manuel:

«Por otras cartas vos he hecho saber mi determinación, que era de ir en persona a esos reinos y llevar conmigo al príncipe don Carlos, mi nieto; y si las cosas de ellos no estuviesen en la pacificación que convenía al servicio de la serenísima reina, mi hija, daría tal orden que ella fuese servida y obedecida, y la sucesión del príncipe asegurada. Pero después

 

 

 

 

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he sido informado que ha habido algunas novedades, por lo cual me tengo de dar más prisa para ir a esos reinos y llevar conmigo al príncipe. Y así yo partiré de aquí para Bravante de hoy en catorce o quince días, y ya he mandado aderezar las cosas que para mi ida a esos reinos son necesarias. Entre tanto yo os ruego y encargo que os juntéis con nuestro embajador y con los otros servidores del príncipe, como hasta aquí habéis hecho, y no se dé lugar a que se haga cosa contra la libertad de la reina, ni contra la sucesión del príncipe; que idos allá, habiendo respeto al amor que el rey, mi hijo, que haya santa gloria, os tenía, y a la voluntad que tenía de os hacer mercedes, y a vuestro servicios, se hará con vos lo que el rey, mi hijo, deseaba hacer. De la mi ciudad imperial de Constancia, a 12 de junio de 1507».

 

 

 

 

IX. De las vistas del rey católico con el rey de

 

Francia

 

Hallábase el rey de Francia en Italia, donde abajó los meses pasados con un grueso ejército para sosegar en su servicio los genoveses, que con las armas pretendían recobrar su libertad y salir de la sujeción de Francia, en que pasaron tan adelante, que el año pasado el pueblo se alborotó contra los nobles. Abatieron las armas de Francia de todos los lugares en que estaban, y sacaron por duque a un tintorero de seda, por nombre Paulo de Nove. Para sosegar estos movimientos el rey de Francia envió primero su gente; después él mismo pasó a Italia. Tratábase con esta ocasión que a la vuelta del rey católico para España los dos reyes se viesen. Pareció la ciudad de Saona lugar a propósito para esta habla.

 

Detuviéronse las galeras en Gaeta y por las costas de Roma y de Toscana algunos días por ser el tiempo contrario. Llegó el rey católico a Génova a los 26 de junio. Allí le salió a recibir Gastón de Foix, señor de Narbona, su sobrino y cuñado, con cuatro galeras. Aguardaba ya el rey de Francia en Saona su llegada. Salió el rey católico vigilia de San Pedro del puerto de Génova para ir allá. Fue grande el recibimiento que se le hizo. Salió el rey de Francia a la marina y después de haberse recogido y abrazado con toda muestra de alegría los dos reyes, el católico a manderecha, el francés a la izquierda, y en medio la reina, fueron debajo

 

 

 

 

 

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del palio al castillo, do tenían hecho el aposento a los huéspedes. El de Francia por mas honrarlos se pasó a las casas del obispo. El día de San Pedro oyeron misa juntos. Los cortesanos a porfía andaban muy lucidos; en especial los españoles con las riquezas de Nápoles iban en extremo arreados y bravos. Aquella noche cenó la reina con el rey de Francia, su tío, y con el rey católico dos cardenales, el de Santa Prajedis, que vino por legado del papa a las vistas, y el de Ruan, legado de Francia. Otro día cenaron los dos reyes y reina juntos, y con ellos por cuarto el Gran Capitán, a instancia del rey de Francia, que le honró con todo género de favor, palabras y cortesía. Lo mismo hizo el rey católico con el señor de Aubeni, tanto, que él entró en esperanza le mandaría restituir el condado de Venafra, que poseía al tiempo que se rompió la guerra. Graude resolución fue la del rey católico ponerse libremente en poder de su competidor y hacer de él tanta confianza, larga materia de discursos, especial para italianos. En estas vistas lo que principalmente se trató fue de tomar la empresa contra la señoría de Venecia, plática comenzada otras veces.

 

Despedidas las vistas, continuó el rey católico su viaje, que por ser los vientos contrarios, la navegación fue larga. Llegó al puerto de Cadaqués, en Cataluña, a los 11 de julio; y por huir la peste, de que se herían muchos por aquella comarca, no paró hasta llegar a la playa de Valencia, que fue a los 20 del mismo mes, donde días antes era aportado Pedro Navarro con los navíos. Fueron grandes las fiestas que en aquella ciudad hicieron a los reyes. La reina entró debajo del palio por ser allí su primera entrada.

Con la nueva de la venida del rey lo de Castilla se allanó con facilidad; en particular el marqués de Villena de su voluntad se redujo y puso en las manos del rey, con promesa que se le hizo de estar con él a justicia y hacerle razón en todo lo que pretendía estar agraviado. Y dado que esta reducción la hizo más forzado que de grado, todavía se estimó en mucho; y aún su primo el conde de Ureña obró y ayudó muy bien para que se redujese a mejor partido; en premio de este buen oficio y por asegurarle más le dieron la tenencia del castillo de Carmona, que pretendía se le debía y era suya. Al duque de Medina Sidonia con el mismo intento por medio del condestable se le dio intención de hacerle recompensa por lo de Gibraltar en dinero y juros. Para todo daba calor el arzobispo de Toledo, muy contento, demás de las mercedes recibidas, que el rey católico le trajese impetrado del papa el capelo, y el oficio de inquisidor general en

 

 

 

 

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los reinos de Castilla y León por cesión que hiciera de aquel cargo el arzobispo de Sevilla, como consta todo por una carta que le escribió el rey católico poco antes de su partida de Nápoles, cuyo original se guarda en su colegio mayor de Alcalá de Henares. Inquisidor general en la corona de Aragón era fray Juan de Enguerra, confesor del rey. Con estos medios tan fáciles se sosegaron los ánimos de casi todos los grandes, y quedó tan llano lo de Castilla cuanto se podía desear.

 

Una cosa dio mucho que murmurar a todo el reino y maravillarse. Esta fue que impetró del papa la iglesia de Santiago para don Alonso de Fonseca, mozo de pocas letras; y lo que era más feo, por resignación que en su favor hizo su mismo padre con título que se le dio a él de patriarca de Alejandría, negocio de muy mala sonada, que tal iglesia pasase de padre a hijo, especialmente bastardo, y novedad nunca oída. Verdad es que los servicios del padre fueron siempre muy grandes, y la revuelta de los tiempos, y que el mismo don Alonso, el mozo, acompañó al rey en aquel viaje de Nápoles, pudieron excusar algún tanto este hecho, de que sin embargo toda la vida tuvo este príncipe gran pesar. Mas ¿quién hay que no yerre en algo? ¿En algo digo, y no en muchas cosas?

 

Restaba por allanar el duque de Nájera y don Juan Manuel, y de nuevo el conde de Lemos, que los días pasados se apoderó por fuerza en Galicia de la villa de Ponferrada, que era de la corona real, y de gran parte del marquesado de Villafranca; a lo cual todo, si bien pretendía tener derecho, era grande desacato proceder por vía de hecho. Tratóse en Hornillos, do la reina residía, de atajar este daño. Los del Consejo, el arzobispo y otros grandes acordaron que el duque de Alba y conde de Benavente con gente fuesen contra el conde. Hízose así, juntaron como dos mil lanzas y tres mil infantes para esto. El duque de Berganza dio muestra de querer acudir a socorrer al conde, inducido por su hermano don Dionis, yerno del conde, casado con su hija heredera; mas el rey de Portugal no dio lugar a ello. Trató empero con el arzobispo de Toledo que no se procediese por vía de fuerza contra el conde, sino que le diesen lugar para alegar de su derecho. En fin, el conde se allanó, restituyó a Ponferrada y los lugares que tenía tomados del marquesado de Villafranca, porque con la nueva de la llegada del rey católico a Valencia todos le desamparaban, y él mismo con el miedo, que es gran maestro, cayó en que iba por camino errado. Don Juan Manuel, caudillo de aquella su parcialidad, resuelto de partirse para Alemania y Flandes, do ya eran idos el de Vila y el de Vere y los demás

 

 

 

 

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flamencos, encomendaba el castillo de Burgos al duque de Nájera, y el de Jaén al conde de Cabra.

 

Por este tiempo vino nueva al rey católico que el alcaide de los Donceles, que residía en Mazalquivir, con cien caballos y tres mil infantes que llevó de España, los más de los que vinieron de Nápoles, hizo una entrada muy larga en tierra de moros la vía de Tremecén, y que al dar la vuelta con grande presa de ganados y cautivos no lejos de Orán fue roto por el rey de Tremecén, que salió en su seguimiento con grande morisma. Pelearon los nuestros muy bien, pero no pudieron contrastar a tanta muchedumbre; perdieron la presa toda, y las vidas los más. El alcaide con setenta de a caballo rompió por los enemigos, y se metió en Mazalquivir. De todos los demás solos cuatrocientos se salvaron por los pies, y otros tantos quedaron cautivos, que fue una pérdida muy grande. El rey con la nueva de esta rota envió desde Valencia algunas galeras y naos para socorrer a Mazalquivir, si fuese necesario.

 

En Nápoles Diego García de Paredes dio en ser corsario por el mar, ejercicio soez. Lo mismo Diego de Aguayo y Melgarejo. Diego García pasó a Levante, donde hizo grandes daños; los otros dos desde Isela robaban lo que podían. Un valeroso soldado catalán, por nombre Michalot de Prats, que envió el virrey contra ellos, junto a Belveder, tierra del príncipe de Bisiñano, les tomó las fustas, y ellos se salvaron la tierra adentro. Apenas hizo esto el Michalot cuando por una sobrevienta muy brava se anegó con una carabela en que iba, sin poder ser socorrido, dado que estaba a vista de tierra, que fue un caso muy notable.

Por este tiempo Alonso de Alburquerque, que fue el año pasado enviado en compañía de Tristán de Acuña a la India de Portugal para suceder en el cargo a Francisco de Almeida, antes de llegar a verse con él, sujetó la isla de Ormuz, una de las plazas más importantes de aquellas partes, puesta a la boca del seno Pérsico, y aunque estéril y calurosa en extremo, sin agua, y tan pequeña que boja solas cuatro leguas, por la contratación de levante a causa de dos puertos que tiene, muy rica y abundante en toda suerte de regalos y comodidades. En la costa de África a la parte del mar Océano los portugueses se apoderaron de Safin, ciudad grande y abundante, que fue otro tiempo del rey de Marruecos, y a la sazón tenía sus señores particulares.

 

 

 

 

 

 

 

 

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X. El rey católico se vio con la reina, su hija

 

Quedó la reina doña Germana en Valencia con cargo de lugarteniente general, aunque en breve pasó a Castilla. El conde Pedro Navarro fue delante con la mayor parte de los soldados que venían en el armada la vía de Almazán. Con tanto partió el Bey de aquella ciudad a los 11 de agosto. Salióle al camino el arzobispo de Zaragoza, los duques de Medinaceli y de Alburquerque. Llegó a Montagudo, que es el primer pueblo de Castilla, un sábado, 21 de agosto. De allí pasó a Almazán y Aranda. Acudían por todo el camino a la hila, grandes, prelados y señores para visitarle y hacerle reverencia, los más con deseo de recompensar con la presteza los deservicios pasados y con fingida alegría.

 

La reina estuvo hasta este tiempo en Hornillos con harta incomodidad sin querer salir de allí, dado que se quemó el techo de la iglesia, y fue necesario pasar el cuerpo del rey don Felipe, que en ella le tenían a palacio. Pero con el aviso que tuvo de la venida del rey, su padre, salió de aquel lugar, y fue a parar a Tórtoles, aldea que está no lejos de Aranda, de do se fue el rey a Villavela, que está media legua de Tórtoles, do su hija le esperaba; y un sábado, 28 de agosto, oídas vísperas, fue a Tórtoles. Salieron al camino el condestable y marqués de Villena con los otros grandes que asistían con la reina; asimismo el arzobispo de Toledo y nuncio apostólico con otros prelados.

 

Llegó el rey a su posada, en que le esperaba la reina. El rey se quitó el bonete, y la reina el capirote que traía; echóse a los pies de su padre para besárselos, y él hincó la rodilla para levantarla. Después que estuvieron un rato abrazados, entráronse en un aposento. Acabada la plática, la reina se volvió a su palacio. Allí el otro día la vio el rey, y estuvieron juntos más de dos horas. Entendióse, por el semblante que mostró el rey, no la halló tan falta como se pensaba, y que le encomendó todo el gobierno del reino. Viose esto por el efecto, porque luego comenzó a dar orden en todo y proveer oficiales como le pareció. Estuvieron en aquel lugar siete días, los cuales pasados, se fueron a Santa María del Campo. Quisiera el rey que en aquel lugar se diera el capelo al arzobispo de Toledo; la reina no lo consintió, ca decía no era razón se hallase ella do se hiciesen alegrías y fiestas. Por esta causa se le dio en la iglesia de Mahamud; el pueblo era pequeño, la solemnidad fue grande. Intitulóse cardenal de España, dado que su título particular era de Santa Balbina.

 

 

 

 

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Hallábase en la corte en Santa María del Campo Andrea del Burgo, embajador por el César, hombre sagaz, atrevido y mañoso en tanto grado, que aún después de la venida del rey católico no cesaba de solicitar a muchos que se declarasen contra su gobierno. Mandóle el rey despedir con color que llevase respuesta de lo que le fue encomendado. Envió en su compañía a Juan de Albión para que avisase al emperador de su parte y de la reina le pluguiese de enviar persona por embajador suyo, que tuviese buen fin y celo a la paz de aquellos reinos, que era lo que a todos convenía.

 

Junto con esto trató de conformar entre sí al condestable, almirante y duque de Alba, y asegurarse de ellos y de los otros grandes. Procuró otrosí sosegar las alteraciones del Andalucía, porque en Córdoba el marqués de Priego tomó las varas a los oficiales de don Diego Osorio, corregidor; en Úbeda los del bando de Molina desasosegaban la tierra con el favor que les diera el corregidor don Antonio Manrique, sobrino y parcial del duque de Nájera; en Sevilla don Pedro Girón, hijo del conde de Ureña, por muerte del duque de Medina Sidonia don Juan, pretendía que no sucedía en aquel estado don Enrique, hijo del difunto, sino doña Mencia, su mujer. Diose orden que los puertos de Vizcaya y de Galicia estuviesen muy seguros, y que de Galicia saliesen el conde de Lemos y don Hernando de Andrada, que tenían gran mano en aquella tierra. Lo mismo se hizo en los puertos de Cádiz, Gibraltar y Málaga; y aún para asegurarse de los moriscos, les mandaron despoblar la tierra por espacio de dos leguas de la costa del mar del reino de Granada por cuanto se extiende desde Gibraltar hasta Almería, con intento que en aquella parte se heredasen y la poblasen cristianos viejos, dado que esto no se pudo ejecutar.

 

Tenía en su poder don Juan Manuel las fortalezas de Burgos, Jaén, Plasencia y Miravete; mandó el rey católico que las rindiesen los alcaides y se las entregasen. El de Burgos, que se llamaba Francisco de Tamayo, dilataba la ejecución y entreteníase con buenas palabras. Por esto el rey acordó pasar adelante camino de Burgos, y juntamente dio orden al conde Pedro Navarro que con la gente de guerra que traía y la artillería de Medina del Campo fuese a combatir aquella fortaleza. El alcaide, sabida esta determinación, sin esperar mas entregó la fuerza; lo mismo se hizo de las demás. Don Juan Manuel por la vía de Navarra pasó en Francia con intento de irse a Alemania a valerse del emperador.

 

 

 

 

 

 

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Restaba el duque de Nájera; ¿con qué fuerzas, en cuya confianza, por qué medios pensaba sustentarse en Nájera, do se hizo fuerte y mandó juntar toda la gente que pudo? Estaba sin duda persuadido que el emperador muy en breve sería en España con gente y traería en su compañía al príncipe don Carlos. Por esta confianza, no sólo no quiso jurar la cláusula del testamento de la reina doña Isabel tocante a la gobernación de Castilla en las Cortes de Toro, sino de allí adelante no obedecía a los mandatos del Consejo real; y aún dio orden que en sus lugares no recibiesen los alcaldes de corte que iban a ejecutarlos. Hizo levas de gente en forma de alboroto, y aún se adelantó a publicar que tenía poderes del príncipe don Carlos, en cuya virtud se llamó virrey, y como tal dio sus provisiones para que los corregidores ejerciesen la justicia en su nombre; señaladamente se hizo esto en Úbeda, en que era corregidor don Antonio Manrique, su sobrino.

 

Para prevenir estos inconvenientes y otros mayores que podían resultar, partió el rey católico de Santa María del Campo camino de Burgos. Llegó a Arcos; desde allí envió, a los 23 de octubre, a Hernán, duque de Estrada, su maestresala, para que dijese al duque de su parte le entregase sus fortalezas para asegurarse de él por aquel medio y para que no fuese necesario pasar a otros remedios mas ásperos. Excusóso el duque de hacer lo que se le mandaba. El rey, dejando a la reina en Arcos, porque no quería ir a Burgos, donde perdió su marido, pasó adelante con determinación de proceder contra el duque. Llegó el negocio a términos, que el conde Pedro Navarro tuvo orden de ir con su gente y la de las compañías de las guardas y artillería para ocupar todo el estado del duque y prender su persona. Interpusiéronse los grandes, en particular el condestable y duque de Alba que suplicaron al rey templase aquel rigor; y el mismo duque con este miedo se allanó a rendir las fortalezas de Navarrete, Treviño, Ocón, Redecilla, Davalillo, Ribas y la tenencia de Valmaseda, castillo de la corona real que tenía en su poder. Todas se entregaron al duque de Alba y a las personas que él señaló por alcaides para que las tuviesen en tercería. Con esto perdonó el rey al duque los yerros y enojos pasados, y aún no mucho después hizo poco a poco entregar las fortalezas a don Antonio Manrique, conde de Treviño, hijo del duque, con que se sosegaron aquellos nublados, que amenazaban alguna tempestad. Para más obligar al duque de Alburquerque, trató el rey de casar a doña Juana de Aragón, hija del arzobispo de Zaragoza, con el hijo

 

 

 

 

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mayor del duque, matrimonio que no se efectuó, y ella casó adelante con don Juan de Borja, duque de Gandía.

 

 

 

 

XI. De diversos matrimonios que se trataron

 

Mostrábase el emperador muy sentido contra el rey de Francia y el rey católico. Quejábase del rey católico que se apoderase del gobierno de Castilla tan absolutamente antes de concordarse con él. Decíase que para vengarse quería enviar como tres mil alemanes al reino de Nápoles para alterar los naturales y ayudar las inteligencias del cardenal de Aragón, que pretendía llevar a Nápoles al duque de Calabria, y para alzarle por rey ayudarse de cualquiera que pudiese; y aún se tuvo sospecha del Gran Capitán que ponía la mano en este negocio con intento de casar su hija mayor con el duque, y que pretendía aceptar el cargo de capitán general de la Iglesia que le ofrecían con sesenta mil ducados de entretenimiento al año; pero éstas eran sospechas; las demás, sea tramas, sea sospechas, salieron en vano a causa que el César se declaró en breve que quería romper la guerra por el ducado de Milán, y con todas sus fuerzas proseguirla contra la señoría de Venecia; y el rey católico puso más diligencia en guardar al duque de Calabria, que traía consigo en la corte. Juntamente para atajar inconvenientes mandó al conde de Ribagorza hiciese que el cardenal se partiese de Nápoles para Roma.

 

Del rey de Francia se tenía el César por agraviado por la ayuda que daba continuamente al duque de Güeldres, y la guerra que le dio por Borgoña al mismo tiempo que el rey católico pasó en Italia; en que asimismo cargaba al rey católico, y tuvo por muy sospechosas las vistas que los dos reyes tuvieron en Saona. Sobre todo sentía que el matrimonio entre el príncipe don Carlos y Claudia no se efectuase; antes por este mismo tiempo se trataba, y aún se concluyó, que casase con el duque de Angulema, delfín de Francia, lo cual él procuró estorbar por medio del cardenal de Ruan. Para ello alegaba muchas razones. Hacía gran fundamento en la concordia que se asentó en Haguenau, donde se dio la investidura de Milán juntamente al francés y al archiduque en favor del matrimonio de sus hijos y para que ellos heredasen el estado; que si en lo

 

 

 

 

 

 

 

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del casamiento innovasen, la investidura quedaba por el mismo caso revocada.

 

El rey católico no mostraba hacer mucho caso de este matrimonio, a trueco de asegurar la sucesión del reino de Nápoles en su nieto el príncipe don Carlos en recompensa de lo de Milán. Como el francés no diese oídos a las quejas del emperador, él volvió su pensamiento a casar el príncipe don Carlos con María, hija del rey de Inglaterra. Este tratado se llevó tan adelante, que quedó de todo punto concertado, hasta señalar el dote a la doncella de doscientos cincuenta mil escudos de oro, y el tiempo y lugar, cuándo y dónde se habían de celebrar las bodas. Sacóse por condición que se pidiese el consentimiento al rey católico y a la reina doña Juana; pero que todavía con él y sin él se hiciese. Deseaba el rey de Inglaterra que este matrimonio que le venía tan bien se efectuase; sin embargo, mucho más atendía a ganar al rey católico por el gran deseo que tenía de casar él mismo con la reina de Castilla, pretensión por muchas razones muy fuera de camino y de orden. El rey católico le entretenía con buenas esperanzas porque no se desbaratase el matrimonio que tenían concertado de su hija doña Catalina con el príncipe de Gales; mas el inglés entretenía esto con maña con intento que aquella dilación fuese como torcedor para que el suyo se efectuase, que era una maraña y una complicación extraordinaria de humores, enfermedad muy común de príncipes. La muerte, que muy en breve sobrevino al inglés, cortó todas estas tramas.

 

Muchos decían que el rey católico pretendía casar a la reina doña Juana con su cuñado Gastón de Foix, y con sus fuerzas y las de su tío el rey de Francia ponerle en posesión del reino de Navarra, a que pretendía tener derecho, como arriba queda tocado. Y por el mismo caso quería satisfacerse de los rey y reina de Navarra, que en todas las ocasiones mostraban la mala voluntad que le tenían, en que últimamente echaron el sello con despojar en su ausencia al conde de Lerín, sin tener respeto que era casado con su hermana y le tenía debajo de su amparo, tanto más que no quisieron venir en lo que el rey después de su vuelta les rogaba, es a saber, que volviesen su estado al conde de Lerín con seguridad que estaría a justicia con ellos y pasaría por la pena en que fuese por los jueces condenado.

 

Era ya llegado a la corte del emperador don Juan Manuel; no alcanzó empero el lugar y crédito que antes tenía para en las cosas de Castilla; que a los caídos todos les faltan, y las desgracias comúnmente van eslabonadas

 

 

 

 

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unas de otras. Como se vio desvalido, trató de tornarse a España. Para esto envió a pedir al rey católico una de dos, o que le volviese lo suyo y tratase como quien él era, o que le diese licencia para irse con su mujer e hijos a Portugal; donde no, que no podría dejar de hacer como desesperado las ofensas que pudiese. No se proveyó en lo que pedía, y quedó desterrado de Castilla, y aunque desfavorecido, con más mano por su grande agudeza y maña de lo que fuera razón para sembrar entre aquellos príncipes disensiones y no dar lugar a que se concordasen, especial que se entendía del cardenal don Bernardino de Carvajal, legado a la sazón del papa en la corte del emperador, que él asimismo no terciaba bien en los negocios, sospecha fundada en la inquietud de su ingenio, y poca afición que sus deudos en estas ocasiones mostraban al servicio y gobierno del rey católico. Llegó esto a tanto, que el rey trató con el papa le removiese de aquella legacía e hiciese volver a la corte romana, como al fin lo alcanzó.

 

 

 

 

XII. Tratóse que el príncipe don Carlos viniese a

 

España

 

Declaróse el emperador que los aparejos que hacía se enderezaban no para emprender lo del reino de Nápoles, como se sospechaba y decía, sino para romper la guerra contra el rey de Francia por el estado de Milán, dado que por parte del rey católico y del papa se hacía instancia para que se asentase la paz entre aquellos príncipes, por lo menos se concertasen treguas; en que el emperador no venía sino con partidos muy aventajados y que no se admitían. Para el gobierno de Flandes, que tenía a su cargo, dejó a la princesa Margarita, su hija. Púsose en camino para pasar en Italia por el mes de enero, principio del año que se contaba de nuestra salvación de 1508, y por el mes de febrero llegó a Trento. En aquella ciudad, hecha cierta ceremonia que suelen allí hacer los reyes de romanos cuando se van a coronar, se intituló electo emperador, ca hasta este tiempo solo se intitulaba rey de romanos. Llevaba por su general al marqués de Brandemburg. La gente que con él iba era tan poca, que poco efecto se podía de ella esperar. Así en muy breve se desbarató todo el campo.

 

Comenzóse la guerra por el valle de Cadoro, que era de venecianos. El emperador tuvo aviso que cinco mil suizos pasaban al sueldo del rey de

 

 

 

 

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Francia. Para impedir esto dio la vuelta a Suabia, do se tenía dieta de la liga de Suabia, y sin hacer nada acudió luego a Lucemburg, porque sabía que el rey de Francia enviaba gente por aquella parte; vergonzosa variedad en príncipe tan grande, que era la causa de no acabar cosa alguna. Con su ida la mayor parte de los alemanes que quedaba en Cadoro se derramaron, y dos mil que restaban, fueron desbaratados y muertos por la gente de venecianos, que cargó un día sobre ellos antes del alba.

 

De muy diferente manera encaminaba sus acciones el rey católico; no obstante que estaba muy arraigado en la posesión del gobierno de Castilla, no se descuidaba, como el que sabía muy bien las mudanzas que suelen tener las cosas, además que muchos obstinados en su opinión antigua deseaban novedades. Entre estos se señalaban mucho los obispos el de Badajoz, que se llamaba don Alonso Manrique, hijo del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, y el de Catania, hermano de Pero Núñez de Guzmán, clavero de Calatrava, los cuales después que se declararon por el rey don Felipe, nunca tuvieron afición al rey católico, conforme al refrán: «después que te erré, nunca bien te quise». Por el mismo caso no tenían esperanza de medrar en tanto que el gobierno no se mudase. El papa a petición del rey cometió al arzobispo de Toledo y obispo de Burgos procediesen contra estos dos prelados. El de Badajoz se quiso huir a Flandes; prendióle cerca de Santander por orden del rey Francisco de Luján, corregidor de las cuatro villas de la costa en la merindad de Trasmiera. Estuvo algún tiempo detenido en la fortaleza de Atienza, después fue remitido al arzobispo de Toledo conforme al orden del papa.

 

Hacía oficio de embajador por el rey católico en Alemania el obispo de Girachi don Jaime de Conchillos, y conforme al orden que tenía, hacía grande instancia con el emperador que enviase al príncipe don Carlos a España para que se criase en ella y aprendiese las costumbres de aquella nación, que era el verdadero camino para asegurar la sucesión en aquellos reinos tan grandes. Que en los días del rey católico no corría peligro; mas si Dios le llevase, ausente el príncipe, nadie podía asegurar que los grandes no acudiesen al infante dan Fernando que conocían, y que revuelto lo de España, no se perdiese lo de Italia. Prevenía el rey católico con su grande seso los inconvenientes que después resultaron por no conformarse con él en esto el emperador, que nunca quiso dar lugar que el príncipe viniese a España si no fuese que le diese a él parte en el gobierno y en las rentas del reino, con que pensaba remediar su pobreza y acudir a sus empresas, que

 

 

 

 

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eran muchas y sobrepujaban su posibilidad. Para esto, entre otras cosas, pretendió que mil quinientos soldados, que por orden del rey católico servían al de Francia, se pasasen a su servicio; pero el rey católico envió a Alonso de Omedes para que sosegasen y no hiciesen alguna novedad. Obedecieron ellos no obstante que el marqués de Brandemburg los declaró por rebeldes como si fueran vasallos del emperador. Todo esto se enderezaba a la pretensión que tenía del gobierno de Castilla. Enconáronse los negocios de nuevo por causa que el rey católico no quiso que Andrea del Burgo, que volvía con cargo de embajador, entrase en España, desvío que el emperador tomó muy mal.

 

Por este mismo tiempo el rey de Portugal don Manuel con gran gloria de su nación extendía su fama por todas las partes de levante; continuaba su navegación con las armadas que cada año enviaba, y sus capitanes no cesaban de ganar cada día nuevas victorias por aquellas partes tan distantes. Los reyes de Calicut y Cambaya eran los mayores contrarios que los portugueses tenían por aquellas tierras, y por consiguiente declarados enemigos del rey de Cochín y otros reyes pequeños que los acogían en sus puertos y contrataban con ellos.

 

 

 

 

XIII. Que el rey católico fue al Andalucía

 

Los grandes del Andalucía mostraban estar sentidos del rey católico por el poco caso que de ellos hacía, con ser no menos poderosos en aquella provincia que los otros grandes en Castilla, a los cuales gratificó e hizo mercedes para asegurar su venida. Los que más se señalaban en este sentimiento eran el marqués de Priego don Pero Fernández de Córdoba y el conde de Cabra. Sucedió que por cierto ruido que en Córdoba se levantó, la justicia prendió a uno de los culpados. Acudieron ciertos criados del obispo don Juan de Aza, y con violencia y mano armada quitaron el preso a los oficiales reales. El rey católico desde Burgos, donde estaba, envió al licenciado Hernán Gómez de Herrera, alcalde de corte, con gente para hacer pesquisa y castigar aquella fuerza.

 

Comenzó a hacer su oficio según el orden que llevaba. El marqués de Priego le envió a decir que no pasase más adelante, y que hasta tanto que el rey fuese avisado, se saliese de la ciudad. El alcalde no lo quiso hacer,

 

 

 

 

 

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antes de parte del rey y conforme a la instrucción que llevaba, mandó al marqués y a su hermano que desembarazasen y se saliesen de Córdoba. Tuvo esto el marqués por grande injuria; juntó gente armada, comunicó el negocio con el ayuntamiento de la ciudad, resolvióse de poner mano en el alcalde y enviarle preso a su fortaleza de Montilla, bien que después le soltó con mandamiento y debajo de condición que no entrase en Córdoba.

 

Este desacato, que sucedió a los 14 del mes de junio, sintió el rey mucho, como era razón por ser tiempo tan peligroso. Determinó ir en persona a tomar enmienda de él. Salió de Burgos por fin del mes de julio, pasó por Arcos, do la reina vivía. Entonces sacó de su poder al infante don Fernando para llevarle en su compañía con color que convenía así para su salud, puesto que la reina lo sintió mucho. Detúvose algunos días en Valladolid. Allí dio orden para seguridad de la reina que don Juan de Ribera, frontero de Navarra, se alojase con sus compañías cerca de Arcos, y que en cualquiera necesidad hiciese recurso al condestable o almirante o al duque de Alba, que quedaban por aquella comarca. Hizo llamamiento de gente para que le acompañasen, y publicó iba en persona a castigar aquel desacato, que era en ofensa de la justicia y podía perturbar la paz y sosiego del reino. En conformidad de esto, en Sevilla el asistente don Íñigo de Velasco hizo pregonar que todos los de sesenta años abajo y veinte arriba estuviesen apercibidos para cuando se les ordenase ir con el rey o con quien él mandase a castigar al marqués.

 

El Gran Capitán, luego que supo aquel caso, escribió al marqués estas palabras precisas: «Sobrino, sobre el yerro pasado, lo que os puedo decir es que conviene que a la hora os vengáis a poner en poder del rey; y si así lo hacéis, seréis castigado, y si no, os perderéis». Determinaba el marqués de hacer lo que su tío le aconsejaba. Los grandes procuraban de amansar la ira del rey como negocio que a todos tocaba; y en particular el Gran Capitán se agraviaba que se hiciese tan fuerte demostración contra el marqués, que si erró, ya estaba arrepentido, y en señal de esto se venía a poner en sus manos; que era razón perdonar la liviandad de un mozo por los servicios de su padre don Alonso de Aguilar, que murió por hacer el deber, ya que los suyos estuviesen olvidados. El rey iba muy resuelto de no dar lugar a ruegos.

 

El marqués, sabida la resolución del rey y que no tenía otro remedio, al tiempo que llegaba a Toledo, se vino a poner en sus manos. Mandóle estuviese a cinco leguas de la corte y entregase sus fortalezas. Obedeció en

 

 

 

 

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todo lo que le fue mandado. Llegaron a Córdoba con el rey mil lanzas y tres mil peones. Prendieron al marqués; acusóle el fiscal de haber cometido el crimen de lesa majestad. El marqués no quiso responder a la acusación ni descargarse; sólo suplicaba al rey se acordase de los servicios que sus pasados hicieron a aquella corona. Sustancióse el proceso, y llegóse a sentencia. Algunos caballeros que hallaron más culpados fueron condenados a muerte; otros del pueblo justiciados. Derribaron las casas de don Alonso de Cárcamo y las de Bernardino de Bocanegra, que se hallaron en la prisión del alcalde. Al Marqués sentenciaron en destierro perpetuo de la ciudad de Córdoba y toda su tierra, y del Andalucía cuanto fuese la voluntad del rey, en cuyo poder estuviesen sus fortalezas y castillos, fuera de la casa fuerte que tenía en Montilla, que mandaron allanar.

 

De esta sentencia tan rigurosa se agravió el Gran Capitán; decía que todo lo que el marqués tenía estaba fundado en la sangre de los muertos sin los méritos de los vivos. Mucho más al descubierto, el condestable se mostraba sentido por muchas razones: las dos más principales, que nunca a los grandes se puso acusación, ni los del Consejo real castigaron sus delitos, y que pues a su persuasión el marqués se puso en las manos del rey, él mismo se tenía por castigado. Estuvo tan sentido de este caso, que se quiso salir del reino, y se temió no se apartase por esta causa del servicio del rey católico, de que resultasen nuevos bullicios y males.

De Córdoba envió el rey a don Enrique de Toledo y al licenciado Hernando Tello a dar la obediencia en nombre de la reina, su hija, al papa. Entonces se revocó la legacía al cardenal don Bernardino de Carvajal, de quien se tenía sospecha inclinaba a la parte del emperador.

 

En Nápoles, a 13 de septiembre, falleció la reina de Hungría en tanta pobreza, que el virrey hubo de proveer cómo se le hiciesen las exequias. Enterróse en San Pedro Mártir de aquella ciudad, en que yace el cuerpo de su madre.

Pasó el rey a Sevilla; fue allí recibido con grande fiesta y aparato, arcos triunfales y toda muestra de alegría. Llevaba en su compañía a la reina, su mujer, y al infante don Fernando.

El duque de Medina Sidonia don Enrique era de poca edad. Dejóle concertado su padre con doña María Girón, y por su tutor a don Pedro Girón, hermano de aquella señora e hijo mayor del conde de Ureña, y que tenía por mujer a doña Mencia, hermana de padre y madre del duque don Enrique. Era este caballero muy brioso y de gran punto. Tenía la tierra

 

 

 

 

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alborotada, y aún intentó de acudir con gente a la defensa del marqués de Priego. Para aplacar al rey al tiempo que iba camino del Andalucía y se detuvo en Valladolid, su padre el conde ofreció que se le entregarían las principales fuerzas de aquel estado del duque, y el condestable se obligó por el duque, su sobrino, que se mantendría en su servicio. Con todo esto el duque y don Pedro no acudieron a hacer la reverencia debida al rey, antes se tenían en Medina Sidonia, y aunque fueron avisados, no vinieron sino con grande premia. Mandó el rey privar a don Pedro de aquella tutoría y que saliese desterrado de Sevilla y de todo el estado de Medina Sidonia, y al duque mandó entregase sus fortalezas.

 

Huyéronse los dos una noche a Portugal agraviados de este mandato, especial que se entendía del rey pretendía casar al duque con hija del arzobispo de Zaragoza. Mandó el rey a los alcaides entregasen todas las fortalezas. El de Niebla y el de Trigueros no quisieron obedecer; al alcalde Mercado, que fue a requerir que las diesen, cerraron las puertas de Niebla. Indignado el rey, envió gente, que tomó la villa a escala vista, y la saqueó toda. Con este término tan riguroso, todas las fortalezas y estados se allanaron, cuyo gobierno se cometió al arzobispo de Sevilla y a otros caballeros, y se dio orden a los del Consejo que procediesen contra don Pedro Girón.

De este rigor se agraviaron los grandes, en especial el condestable, que escribió una carta muy sentida al rey sobre el caso; pero él tenía determinado de allanar el orgullo de los grandes y amansar sus bríos. Ayudaba el arzobispo de Toledo, que se quedó en Tordesillas, el cual dijo diversas veces al rey que debía continuar aquel camino y hollarle bien, pues era el que convenía para asegurarse y sosegar la tierra.

 

 

 

 

XIV. De las cosas de África

 

Detúvose el rey católico todo el otoño en dar asiento en las cosas del Andalucía. Desde allí daba calor a la guerra que se hacía en África y enviaba ayuda a los portugueses, que estuvieron en aquellas partes muy apretados.

 

Súpose que el reino de Fez andaba alborotado por disensiones que resultaron entre aquel rey moro y dos hermanos suyos. Pareció buena

 

 

 

 

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ocasión para acometer alguna buena empresa en África. Juntóse una buena armada en el puerto de Málaga. Las fustas de Vélez de la Gomera hicieron a la sazón mucho daño por la costa de Granada, como lo tenían de costumbre. Salió el conde Pedro Navarro, general de nuestra armada, en su alcance. Ganóles algunas fustas; dio caza y corrió las demás hasta llegar a la isla que está en frente de Vélez, acogida ordinaria de corsarios. La fortaleza de aquella isla, que llamaban el Peñón, guardaban doscientos moros. Éstos, por entender que el conde quería saltar en tierra y combatir a Vélez, por acudir a la defensa de la ciudad, desampararon la isla. Vista esta ocasión, el conde se apoderó sin dificultad de aquel castillo, que sojuzga aquel puerto y toda la ciudad, de manera tal, que con la artillería se les hizo gran daño, tanto, que los moros por estar seguros se metian en las cuevas y soterraños. Fue esto en 23 del mes de julio. Túvose por muy importante la toma del Peñón, y diose orden que se fortificase y pusiese en defensa con su guarnición de soldados.

 

Los portugueses hacían en la misma África la guerra por las costas del otro mar Océano. Ofrecía un moro, llamado Zeiam, primo del rey de Fez, que daría orden cómo tomasen a Azamor, ciudad muy nombrada en aquellas marinas. El rey don Manuel, confiado en que trataba verdad, juntó una armada en que iban cuatrocientos de a caballo y más de dos mil infantes; nombró por general a don Juan de Meneses, por ser muy diestro en la guerra contra moros. Partió la armada de Lisboa a los 26 del mismo mes; hallaron las cosas muy al contrario de lo que pensaban, porque los de la ciudad, que eran muchos, se defendieron muy bien, y el moro Zeiam se concertó con ellos, conque los portugueses se vieron en punto de perderse, y sin hacer efecto se volvieron a embarcar. El tiempo era contrario, y la luna menguante, que fue causa de dar en seco algunos bajeles y una galera por ser la creciente pequeña. Con las demás naves aportaron al Estrecho.

 

Este daño fue causa de un gran bien, y pareció providencia del cielo, porque el rey de Fez, quier fuese por satisfacerse de este atrevimiento de los portugueses, quier por ganar reputación, con gran gente que juntó de a pie y de a caballo, se puso sobre la ciudad de Arzilla un jueves, a 19 de octubre. Tenía dentro por capitán a don Vasco Contiño, conde de Borua. Defendióse el primer día con mucho esfuerzo; mas el siguiente los moros aportillaron el muro y entraron la ciudad por fuerza. El conde, puesto que peleó como bueno, fue herido de una saeta en un brazo. Por esto le fue

 

 

 

 

 

 

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forzoso retirarse con todos los que pudo a la fortaleza, que no estaba bien proveída. Combatieron el castillo y mináronle por todas partes.

 

Túvose aviso de este aprieto en Tánger, donde se hallaba don Juan de Meneses, y en Sevilla, do el rey católico. Don Juan de Meneses acudió con su armada. Peleó dos días con los enemigos, que halló ya apoderados de un baluarte del castillo; y echados de allí, socorrió a los cercados, que se hallaban en el último aprieto. El rey católico dio orden al conde Pedro Navarro que desde Gibraltar, do tenía surta la armada, fuese a socorrer a Arzilla. Adelantóse Ramiro de Guzmán, corregidor de Jerez, con una nave, en que llevaba trescientos peones y algunos caballeros de aquella ciudad. Entraron en el castillo don Juan de Meneses y Ramiro de Guzmán. Con esto animados los de dentro, no solo se defendieron, sino salieron fuera y echaron los moros de las barreras y cavas. Asegurólo todo la llegada del conde Pedro Navarro, que fue a los 30 de octubre; con la artillería de galeras dio tanta prisa al campo enemigo, que tenía sus estancias a la marina, que forzó a los moros a desamparalas, y al rey de Fez, quemado el pueblo, retirarse con su gente la vía de Alcazarquivir. Fue esta defensa de Arzilla de grande importancia para la conservación de las fuerzas de África. En Tánger estaba don Duarte de Meneses, que tenía aquella fuerza en nombre de su padre don Juan de Meneses, conde de Taroca, y don Rodrigo de Sosa en Alcázar, ambos con grande miedo de no poderse defender si Arzilla se perdía.

 

El rey don Manuel, alegre con esta buena nueva, envió a Pedro Navarro en reconocimiento de su trabajo y valor seis mil cruzados; lo mismo al corregidor de Jerez. Ellos se excusaron de recibir estos presentes con decir que servían al rey católico, y no querían otra gratificación más de la que de su liberalidad esperaban. Al rey católico, dado que dio las gracias por el socorro que le envió en tan buena sazón y con tanta voluntad, todavía se mostró estar agraviado de la toma del Peñón, que decía era de su conquista como perteneciente al reino de Fez. El rey católico se excusaba con que Vélez era reino de por sí, y que en mantener el Peñón por entonces no se sacaba otro provecho sino gasto y asegurar las costas de Granada; y todavía si se averiguase pertenecer al reino de Fez, se allanaba de entregarle aquella fuerza cada y cuando que pretendiese por aquella parte emprender la conquista de África.

 

Por el mes de noviembre falleció el conde de Lerín en Aranda de Jarque, pueblo de Aragón, aunque cargado de años; la mayor ocasión de su

 

 

 

 

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muerte fue el poco favor que halló en el rey católico. Quedó por su heredero don Luis de Biamonte, su hijo.

 

 

 

 

XV. De la liga que se hizo en Cimbrar

 

Partió el rey católico de Sevilla en lo más recio del invierno, y dio vuelta a Castilla por dos causas, la una que don Pedro, hermano de don Diego de Guevara, que estaba en Alemania en servicio del emperador, viniendo de Alemania para entrar en Castilla por la parte de Vizcaya en hábito de lacayo, fue preso en Pancorvo, y puesto a cuestión de tormento en Simancas, donde lo llevaron. Por cuya deposición se entendió que muchos grandes de Castilla traían inteligencias con el emperador, los más señalados el Gran Capitán, el duque de Nájera y el conde de Ureña; la segunda causa era que el duque del Infantado y otros grandes se confederaban contra su servicio, y lo que más importaba, que el cardenal de España sabía aquellas prácticas y aún intervenía en ellas; pero de tal manera, que ni bien soplaba el fuego, ni bien le apagaba. Lo que causaba más sospecha era ver al Gran Capitán y al condestable muy confederados y unidos por tenerse ambos por agraviados y ser personas de gran punto y muy altos pensamientos.

 

Ayudó mucho para con el duque del Infantado y toda aquella parentela, que era muy grande, la prudencia del conde de Tendilla, que les avisó del malo y peligroso camino que llevaban y cómo muchos se perdieron y muy pocos medraron de los que echaron por él. A los demás aplacó el rey católico con su buena maña, ya con miedo, ya con regalos y buenas obras. En particular luego que llegó por Extremadura a Salamanca, se acabó de concertar con el marqués de Villena, ca en recompensa de Villena y de Almansa, demás de lo que valían de renta, le dio a Tolox y Monda en el reino de Granada, con que el marqués mostró quedar muy contento.

 

El emperador trataba de concordar las diferencias que tenía con el rey de Francia; entendíase que su intento era apartarle de la amistad del rey católico por confiar que por este camino se satisfaría mejor de los agravios que de él tenía recibidos, en particular por no querer admitir a Andrea del Burgo por embajador, y mucho más por la prisión de don Pedro de Guevara. Tenía tratado que la princesa Margarita, en nombre de su padre,

 

 

 

 

 

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y el cardenal de Ruan, en nombre del papa y del rey de Francia, se viesen para asentar todas estas haciendas. Acordaron que la junta fuese en Cambray; acudieron asimismo Jaime de Albión, embajador por el rey católico en Fraucla, y dado que la intención era de concordarse el emperador y rey de Francia, y excluir al rey católico de esta alianza, de parte del papa se hizo grande instancia, y se acabó lo que diversas veces platicaron, que los tres príncipes se confederasen con él contra venecianos para efecto que cada cual de los confederados recobrase las tierras que aquella señoría les tenía usurpadas. Añadían que el que primero recobrase su parte ayudase a los demás a conquistar lo que les tocaba. Que el rey de Francia y el emperador hiciesen la guerra personalmente.

 

Para dar principio a esta guerra señalaron el primero día de abril del año siguiente. Ofrecía el emperador de dar para entonces al francés la investidura de Milán a condición que le contase por ella cien mil escudos y que le ayudase a recobrar las tierras que los venecianos le tenían usurpadas, sin que por esto quedase el emperador obligado a ayudarle para recobrar las que le pertenecían por el ducado de Milán. Item, para que las diferencias entre el César y el rey católico no fuesen parte para impedir esta empresa; se acordó que desde luego se señalasen árbitros, que las determinasen amigablemente después que la guerra contra venecianos fuese concluida. Determinóse que convidasen al duque de Saboya para entrar en esta liga por la pretensión que tenía al reino de Chipre, de que venecianos estaban apoderados. Lo mismo al duque de Ferrara y marqués de Mantua, que pretendían ser suyas algunas tierras de aquella señoría. Lo que es más, que los reyes de Francia y el Católico, en cuyas manos los pisanos y florentinos tenían puestas sus diferencias, entregaron la ciudad de Pisa en poder de sus enemigos los florentinos con voz que convenía así para la paz de Italia; la verdad era que pretendían ayudarse de Florencia contra venecianos, y de cien mil ducados con que ofreció servir, si le adjudicasen aquella ciudad; que era vender por muy vil precio la libertad de aquella república que hizo de ellos confianza: cosa vergonzosa e indigna de tan grandes príncipes, en que quedó más cargado el rey católico y su buen nombre, por tener a los pisanos debajo de su protección y amparo. Pero ¿quién hay que no yerre, y más en materia de estado, donde se pervierten a veces todas las reglas de lealtad y buenos respetos?

 

Asentóse esta concordia a los 10 días de diciembre de este año; la princesa Margarita desde allí se partió para el Franco Condado a tomar

 

 

 

 

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posesión de algunos lugares que, conforme al asiento tomado y capitulaciones de él, quedó el francés de entregar a los duques de Borgoña.

 

Falleció este mismo mes de diciembre en Nápoles Roberto de Sanseverino, príncipe de Salerno. Dejó un niño muy pequeño, que se llamó don Fernando, heredero de aquella casa, y del odio que siempre ella tuvo a la corona de Aragón, como se vio adelante, que fue causa de su perdición. Su madre doña Marina de Aragón, hermana de don Alonso de Aragón, duque de Villahermosa, casó poco adelante, con el señor de Pomblin con voluntad del rey católico su tío, que confirmó y juró los capítulos de la concordia sobredicha en Valladolid al principio del año siguiente, en presencia del nuncio del papa y de los embajadores del emperador y de Francia.

 

 

 

 

XVI. De la armada que el Sultán envió a la India

 

de Portugal

 

Grande era el deseo que el gran sultán del Cairo, llamado Campson, tenía de echar de toda la India los portugueses. Movíanle a ello los reyes de Calicut y Cambaya, que ofrecían de ayudarle con sus fuerzas en aquella empresa, y aún los venecianos entraban a la parte, como queda apuntado. Lo que hacía más al caso era el sentimiento que tenía de que divirtiesen los portugueses el trato de la especería, que solía venir a Alejandría con gran aprovechamiento de las rentas reales. Intentó de remediar este daño por vía del papa, y para esto envió al guardián de Jerusalén, llamado fray Mauro, como queda dicho.

 

Visto que este medio no aprovechó, acordó de usar de fuerza. Aprestó una armada en el Suez, puerto del mar Bermejo, en que iban en seis galeras, un galeón y cuatro carracas ochocientos mamelucos. Así llamaban los soldados que eran hijos de cristianos, en los cuales consistían las fuerzas de aquel imperio. Nombró por general a Mirocem, caudillo de grande fama, persiano de nación. Éste salió con su armada de la boca del mar Rojo, y se engolfó en aquellos muy anchos mares de la India.

 

Francisco de Almeida, gobernador de la India, enviara a su hijo Lorenzo de Almeida con ocho velas para asegurar aquellas costas y acompañar por alguna distancia las naves que de Cochín iban cargadas a

 

 

 

 

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Portugal. En este viaje quemó muchas naves de moros en diversos puertos, y últimamente estaba surto en el puerto de Chaul cuando llegó la nueva que la armada del sultán venía en su busca, con la cual se juntó Meliquiazio, gobernador de Diu por el rey de Cambaya, con treinta y cuatro fustas. Los portugueses antes que descubriesen las fustas por ir tierra a tierra, vieron solas cinco naves. No hicieron diligencia alguna por entender eran de Alonso de Alburquerque que le aguardaban. Llegaron los enemigos, y entraron dentro del puerto parte de la armada. Bombardeáronse aquel día de lejos sin pasar adelante.

 

Otro día Lorenzo de Almeida acometió a la capitana de Mirocem, pero no la pudo aferrar por ser aguas menguantes y por los bajíos en que el enemigo surgió. Recibían los suyos mucho daño por ser la nave contraria más alta; él mismo fue malamente herido con dos saetas. Verdad es que Pelayo Sosa y Diego Pérez, cada cual con su galera, acometieron a sendas de los enemigos y las rindieron y tomaron. Con esto se acabó la pelea de aquel día.

El siguiente entró Meliquiazio en el puerto, ca se quedó de fuera con sus fustas. Por su entrada acordaron los portugueses dejar el puerto y salirse al mar. Con esta determinación, pasada la media noche, alzaron las velas; tuvieron aviso de esto los contrarios, siguiéronlos con furia. Cargaron muchas galeras sobre la nave capitana, que iba la postrera. Maltratáronla con los tiros de manera que hacía mucha agua y no se podía gobernar. El mayor daño fue que en cierto bajío encalló. Las demás galeras pretendían acorrerla; mas las aguas bajaban con tanta furia, que no fue posible llegar. Los enemigos, por no atreverse a entrar dentro, desde lejos la cañoneaban. Resistían los pocos que quedaban con gran valor, cuando una bala hirió a Lorenzo de Almeida en el muslo, y otra desde a poco le dio en los pechos, que le hizo pedazos. Con esto la nave fue tomada, y en ella de cien personas que iban, las ochenta fueron muertas, y solos veinte quedaron presos.

 

Los demás, perdida la capitana, se alargaron al mar, y desde el puerto de Cananor, en que se recogieron, enviaron a Cochín a avisar al gobernador de aquel desastre tan grande, que llevó él con grande paciencia, tanto más cuando entendió el valor que su hijo mostró en aquel trance, que pudiéndose salvar en un esquife, como se lo aconsejaban, no quiso desamparar su nave y sus soldados, sino morir como bueno en la demanda. Diose esta batalla naval al fin de este año.

 

 

 

 

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El gobernador acudió a Cananor; lo mismo hizo Alonso de Alburquerque, el cual luego que llegó, pretendía conforme al orden del rey, de tomar el cargo de gobernador. Francisco de Almeida se le quería dejar luego que la armada del sultán fuese echada de la India, y no antes. Llegaron a palabras, y sobre el caso resultó que Francisco de Almeida envió a Alonso de Alburquerque preso a Cochín. Hecho esto, juntó la mayor armada que pudo, determinado de vengar la muerte de su hijo.

 

Entró de camino en el puerto de Onor, donde quemó algunas naves del rey de Calicut; más adelante, en el puerto de Dabul tomó y saqueó la ciudad, y puso fuego a muchas naves que allí halló. De este puerto salió a los 5 de enero, principio del año que se contaba 1509, la vuelta de Diu, ciudad y puerto de Cambaya, do surgía la armada enemiga. Mirocem, avisado de la venida de Almeida, salió del puerto al mar para dar allí la batalla, pero de manera que se quedó entre bajíos por ser sus bajeles más llanos que los nuestros, y por las espaldas la ciudad para ayudarse de su artillería. Tenía a la sazón tres carracas, tres galeones, seis galeras y cuatro naves de Cambaya, sin las fustas de Meliquiazio. Almeida llevaba por todas entre galeras, carabelas y naves diecinueve velas, y en ellas mil trescientos portugueses y cuatrocientos malabares.

 

Llegaron las dos armadas y acercáronse a tiro de cañón. No pudieron aquel día venir a las manos por falta de viento, que calmó, y por la noche, que sobrevino. El día siguiente volvieron a la pelea. Nuño Vasco Pereira iba delante para embestir con sui nave a la capitana de Mirocem; tras él los otros capitanes por su orden. Quedó Almeida de respeto para impedir que las fustas no hiciesen en los suyos algún daño. Con este orden se trabó la pelea con grande ánimo. La victoria, que fue muy dudosa, en fin quedó por los portugueses. Murieron de los enemigos cuatro mil, y entre ellos, de los ochocientos mamelucos que iban en aquella armada, quedaron vivos solos veintidós. Echaron a fondo los nuestros tres naves gruesas, sin otro gran número de bajeles pequeños de los enemigos. Tomaron dos galeones, dos galeras y otras cuatro naves gruesas. Salváronse los capitanes Mirocem y Meliquiazio. De los nuestros murieron treinta y dos; los heridos llegaron a trescientos. Victoria señalada y que se puede comparar con cualquiera de las que en la India se ganaron.

 

Con tanto Almeida se volvió a Cochin. Continuábase la diferencia entre él y Alonso de Alburquerque y los parciales de la una parte y de la otra. Los escándalos que de esta competencia pudieran resultar atajó

 

 

 

 

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Fernando Contiño, que este año de Lisboa en una armada de quince naos pasó a la India con orden de enviar a Almeida a Portugal y poner en el cargo de virrey a Alonso de Alburquerque, según que estaba ordenado. Hízolo así, y con tanto aquellas alteraciones se sosegaron.

 

El rey católico de Salamanca pasó a Valladolid y a Arcos, do halló la reina, su hija, mal acomodada y con poca seguridad, por ser el lugar pequeño y el aposento tan malo, que el diciembre pasado adoleció de frío. Fue mucho de considerar el gran respeto que siempre tuvo a su padre, pues solo él pudo acabar que mudase lugar y vestido. Llevóla por el mes de febrero a Tordesillas, y en su compañía el cuerpo de su marido, que tomaron de la iglesia en que le tenían, y los años adelante por orden del emperador don Carlos, su hijo, le llevaron a sepultar a la capilla real de Granada. La reina pasó en aquella villa todos los días de su vida, sin que jamás aflojase su indisposición ni quisiese en tiempo alguno poner la mano en el gobierno de sus reinos, que de derecho le pertenecía, y con que todos la convidaban.

 

 

 

 

XVII. De la muerte del rey de Inglaterra

 

Tal era el estado de la reina doña Juana, que más se podía contar por muerta que por viva, más por sierva en su traje y acciones que por reina. La suerte de sus dos hermanas era muy diferente. La reina de Portugal gozaba de mucho regalo y contento rodeada de hijos y abundante en riquezas y prosperidad, y aún este año en Ébora parió un hijo, que se llamó don Alonso, y fue cardenal, pero falleció mozo.

La princesa de Gales, que se hallaba en Inglaterra, ni viuda del todo ni casada, pasaba con grande ánimo muchos disfavores y malos tratamientos que se le hacían de ordinario por el rey, su suegro, que pensaba por este camino poner en necesidad a su padre para que se efectuasen los casamientos suyo y de su hija, cuya conclusión él mucho deseaba: mal término e indigno de la grandeza real. Pasó la princesa todos estos desvíos con gran valor como la que entre sus hermanas en presencia y costumbres más semejaba a la reina, su madre. Atajó por entonces estos disgustos la muerte que sobrevino al rey de Inglaterra un sábado, a 21 de abril. Con esto poco adelante se concluyó y celebró el matrimonio que tenían

 

 

 

 

 

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concertado de esta señora con el príncipe de Gales, que por la muerte de su padre sucedió en aquella corona y se llamó Enrique VIII. No gustaba la princesa de casar segunda vez en Inglaterra, que parece pronosticaba las grandes desgracias que por esta ocasión le sobrevinieron a ella y a todo aquel reino. Así lo dio a entender al rey, su padre, cuando le escribió que le suplicaba en lo que tocaba a su casamiento no mirase su gusto ni comodidad, sino sólo lo que a él y a sus cosas estuviese bien; mas al rey católico venía muy a cuento tener por amigos aquel reino y príncipe, y al inglés fuera dificultoso hallar tal partido en otra parte, además del dote que le era necesario restituir, si aquel matrimonio desgraciado no se efectuara. A la verdad las edades no eran muy a propósito, ca la princesa era de algunos más años que su esposo, cosa que suele acarrear grandes inconvenientes, dado que poca cuenta se tiene con esto, y más entre príncipes.

 

Fue este rey de muy gentil rostro y disposición; las costumbres tuvo muy estragadas, particularmente los años adelante en lo que toca a la castidad se desbarató notablemente, tanto, que por esta causa se apartó de la obediencia de la Iglesia, y abrió la puerta a las herejías, que hoy en aquel reino están miserablemente arraigadas. Pasó tan adelante en esto, que en vida de la reina doña Catalina con color que fue casada con su hermano mayor y que el pontífice no pudo dispensar en aquel matrimonio, dado que tenía en ella una hija, llamada doña María, que reinó después de su padre y hermano, hecho divorcio, públicamente se casó con Ana Bolena, que hizo después matar por adúltera. De este casamiento, sea cual fuere, quedó una hija, por nombre Isabel, que al presente es reina de Inglaterra. Por su muerte casó con Juana Semera, que murió de parto, pero vivió el hijo, que reinó después de su padre, y se llamó Eduardo VI. La cuarta vez casó con Ana, hermana del duque de Cleves; con esta hizo divorcio, y para este efecto ordenó una ley en que se daba licencia a todos de apartar los casamientos. La quinta mujer del rey Enrique se llamó Ana Havarda, que fue convencida de adulterio y degollada por ello, y porque antes que casase con él perdió su virginidad. Últimamente casó con una señora, viuda, por nombre Catarina Parra; de ésta no se apartó ni tuvo hijos, porque en breve cortó la muerte sus mal concertadas trazas. De esta manera por permisión de Dios ciegan las pasiones bestiales a los que se entregan a ellas, sin parar hasta llevarlos al despeñadero y a la muerte.

 

 

 

 

 

 

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La nueva del casamiento de su hija regocijó el rey católico en Valladolid el mismo día de San Juan, en que se celebró en Inglaterra con grandes fiestas, y él mismo salió a jugar con su cuadrilla las cañas. Dio otrosí su consentimiento para que el príncipe don Carlos casase con la hermana de aquel rey como tenían concertado, y en señal de esto mandó a Gutierre Gómez, su embajador, la fuese a besar la mano.

 

En aquella villa de Valladolid la reina doña Germana, a 3 de mayo, parió un hijo, que llamaron don Juan, príncipe de Aragón; gran gozo de sus padres y aún de todos aquellos reinos, si viviera, pero murió dentro de pocas horas. Depositaron su cuerpo en el monasterio de San Pablo de aquella villa; después le trasladaron al de Poblet, entierro antiguo de los reyes de Aragón.

Apercibíase el rey católico para hacer la guerra contra venecianos; juntamente trataba de justificar su querella y empresa contra aquella señoría. La suma de esta justificación consistía en dos puntos: por el primero publicaba que las ciudades que en Pulla poseían venecianos, las tenían empeñadas del rey don Fernando el Segundo de Nápoles, y que ni cumplieron las condiciones del empeño, ni después querían restituir aquellas plazas, dado que les ofrecían el dinero que prestaron, antes se agraviaban que tal cosa se tratase; el segundo que el rey católico gastó mayor suma, sea en defensa de aquella señoría cuando les dio la isla de Cefalonia, sea en romper por España con Francia a persuasión de aquella ciudad y con promesa de acudirle con cincuenta mil ducados cada un año para los gastos: deuda que si bien fueron requeridos, nunca la quisieron reconocer ni pagar.

 

 

 

 

XVIII. El cardenal de España pasa a la conquista

 

de Orán

 

Hacíanse por toda Castilla grandes aparejos de gente, armas, vituallas y naves para pasar a la conquista de África. Entendía en esto el cardenal de España con tanta afición y cuidado como si desde niño se criara en la guerra. Para dar más calor a la empresa, no sólo proveía de dinero para el gasto, sino determinó pasar en persona a África. La masa del ejército se hacía en Cartagena; las municiones y vituallas se juntaron en los puertos

 

 

 

 

 

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de Málaga y Cartagena. Acudieron hasta ochocientas lanzas de las guardas ordinarias, sin otra mucha gente que se mandó alistar de a pie y de a caballo hasta en número de catorce mil hombres. Los principales caudillos, Diego de Vera, que llevaba cargo de la artillería, y don Alonso de Granada Venegas, señor de Campo Téjar, que llevó a su cargo la gente de a caballo y de a pie del Andalucía por mandado del rey católico. El coronel Jerónimo Vianelo, de quien se hacía gran caudal para las cosas del mar, y por general el conde Pedro Navarro. Iban demás de esto muchos caballeros aventureros.

 

Estuvo la armada junta en el puerto de Cartagena el mes pasado, en que iban diez galeras y otras ochenta velas entre pequeñas y grandes. Antes de hacerse a la vela resultaron algunos disgustos entre el cardenal y el conde Pedro Navarro; la principal causa fue la condición del conde poco cortesana y sufrida, en fin, como de soldado; y porque el cardenal nombró por capitanes algunos criados suyos de compañías que tenía ya el conde encomendadas a otros, pusiéronse algunos de por medio, concertaron que al conde hiciese pleito homenaje de obedecer en todo lo que el cardenal le mandase. Con tanto se hicieron a la vela; salieron del puerto de Cartagena un miércoles, a 16 del mes de mayo, y otro día, que era la fiesta de la Ascensión, tomaron el puerto de Mazalquivir.

 

Declaróse que la empresa era contra Orán, ciudad muy principal del reino de Tremecén, de hasta seis mil vecinos, asentada sobre el mar, parte extendida en el llano, parte por un recuesto arriba, toda rodeada de muy buena muralla; las calles mal trazadas, como de moros, gente poco curiosa en edificar. Dista de la ciudad de Tremecén por espacio de ciento cuarenta millas, y está en frente de Cartagena. Solía ser uno de los principales mercados de aquellas costas por el gran concurso de mercaderes genoveses y catalanes que acudían a aquella ciudad. La riqueza era tan grande, que de ordinario sustentaban armada de fustas y bergantines, conque hacían grandes daños en las costas del Andalucía.

Llegaron los nuestros al puerto ya de noche; otro día al alba comenzaron a desembarcar; en esto y en ordenar la gente se gastaron muchas horas. Formaron cuatro escuadrones cuadrados de cada dos mil quinientos hombres, y los caballos por los lados. Entre tanto que esto se hacía, el cardenal se entró en la iglesia de Mazalquivir. Al tiempo que los escuadrones estaban para acometer a los moros que acudieron a tomarles el paso para la ciudad e impedirles que no subiesen a la sierra, salió en una

 

 

 

 

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mula muy acompañado de clérigos y frailes, y por guión un fray Hernando, religioso de San Francisco, que llevaba delante la cruz, y ceñida su espada sobre el saco, como todos los demás que allí se hallaron por orden del cardenal, que antes de acometer habló a los soldados de esta manera:

 

«Si yo pensara, soldados, que mis palabras fueran menester o parte para animaros, hiciera que algunos de vuestros capitanes ejercitados en este oficio con sus razones muy concertadas encendieran vuestros corazones a pelear. Pero porque me persuado que cada cual de los que aquí estáis entiende que esta empresa es de Dios, enderezada al bien de nuestra patria, por quien somos obligados a aventurar todo lo que tenemos y somos, me pareció de venir sólo a alegrarme de vuestro denuedo y buen talante, y ser testigo de vuestro valor y esfuerzo. La braveza, soldados, que mostrasteis en tantas guerras y victorias como tenéis ganadas, ¿será razón que la perdáis contra los enemigos del nombre cristiano, digo, contra los que nos han talado las costas de España, robado ganados y hacienda, cautivando mujeres, hijos y hermanos, que ora estén por esas mazmorras aherrojados, ora ocupados en los feos y viles servicios, pasan una vida miserable, peor que la misma muerte? Las madres que nos veron partir de España esperan por vuestro medio sus hijos, los hijos sus padres; todos postrados por los templos no cesan de ofrecer a Dios y a los santos lágrimas y suspiros por vuestra salud, victoria y triunfo. ¿Será justo que las esperanzas y deseos de tantos queden burladas? No lo permita Dios, mis hermanos, ni sus santos. Yo mismo iré delante y plantaré aquella cruz, estandarte real de los cristianos, en medio de los escuadrones contrarios. ¿Quién será el que no siga a su prelado? Y cuando todo faltare, ¿dónde yo podré mejor derramar mi sangre y acabar la vida que en querella tan justa y tan santa?».

 

Esto dijo. Cercáronle los soldados y capitanes, suplicáronle volviese a rogar a Dios por ellos, que confiaban en su majestad cumpolirían todos muy enteramente con lo que era razón y su razonamiento les obligaba. Condescendió con sus ruegos, volvióse a Mazalquivir, y en una capilla de San Miguel continuó en lágrimas y gemidos todo el tiempo que los suyos pelearon.

Eran ya las tres de la tarde. El conde por quedar tan poco tiempo estuvo dudosos si dejaría la pelea para el día siguiente. Acudió al cardenal.

 

 

 

 

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Él fue de parecer que no dejase resfriar el ardor de los soldados. Luego dada la señal de acometer, comenzaron a subir la sierra; y dado que los moros, que se mostraban en lo alto en número de doce mil de a pie y a caballo, sin los que de cada hora se les allegaban, arrojaban piedras y todo género de armas, llegaron los nuestros a encumbrar. Adelantáronse algunos soldados de Guadalajara contra el orden que llevaban. De estos uno, por nombre Luis de Contreras, fue muerto, y los otros forzados a retirarse. Cortaron la cabeza al muerto, lleváronla a la ciudad, entregáronla a los mozos y gente soez, que la rodaban por las calles apellidando que era muerto el alfaquí, que así llamaban al cardenal. Viola uno de los cautivos que otro tiempo estuvo en su casa, advirtió que le faltaba un ojo y que las facciones eran diferentes. Dijo: «No es esta cabeza de nuestro alfaquí por cierto, sino de algún soldado ordinario».

 

Los de a caballo, que iban por la falda de la sierra, comenzaron a escaramuzar. Descargó la artillería, que hizo algún daño en los enemigos. Los peones llegaron a las manos con los contrarios, y poco a poco les ganaron parte de la sierra, que era muy agria, hasta llegar a unos caños de agua. Reparó allí la gente un poco. Pasaron la artillería a lo más áspero de la sierra, con que y con las espadas echaron de ella a los moros, y les hicieron volver las espaldas. Siguieron los nuestros al alcance sin orden hasta pasar de la otra parte de la ciudad a causa que los moros hallaron cerradas las puertas. Acudió número de alárabes con el mezuar de Orán, que era el gobernador. Mientras éstos con los que pudieron recoger peleaban, parte de los nuestros intentó de escalar el muro. Acudieron los de dentro a la defensa. Los de las galeras que acometieron la ciudad por la parte del mar tuvieron con tanto lugar de apoderarse de algunas torres y de toda el alcazaba. De esta manera fue la ciudad entrada por los cristianos y puesta a saco.

 

Los moros que peleaban en el campo, como vieron la ciudad tomada y las banderas de España tendidas por los muros, intentaron de entrar dentro. Salieron por las espaldas algunas compañías de soldados, con que les tomaron en medio e hicieron en ellos grande estrago. Murieron ese día cuatro mil moros, y quedaron presos hasta cinco mil. Túvose en mucho esta victoria, y casi por milagrosa, lo uno por el poco orden que guardaron los cristianos, lo otro porque apenas la ciudad era tomada, cuando llegó el mezuar de Tremecén con tanta gente de socorro, que fuera imposible ganarla. Atribuyóse el buen suceso comúnmente a la fe y celo del cardenal

 

 

 

 

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y a su oración muy ferviente; el cual con grande alegría entró en aquella ciudad, y consagró la mezquita mayor con nombre de Santa María de la Victoria. Esto hecho, luego otro día con las galeras dio la vuelta a Cartagena. Dejó a Pedro Navarro encomendada aquella ciudad hasta tanto que el rey proveyese de capitán.

 

De Cartagena envió avisar al rey de aquella victoria, y él se partió para la su villa de Alcalá, donde entro dentro de quince días después que Orán se ganó, más como religioso que como vencedor, sin permitir se le hiciese fiesta o recibimiento alguno. Pretendía el cardenal crear una dignidad en la iglesia de Toledo con nombre de abad de Orán, y dejar aquella ciudad sujeta en lo espiritual al arzobispo de Toledo. Un obispo titular, que se llamaba el obispo auriense, pretendía que era la silla de su obispado. Respondía el cardenal que Orán nunca fue cabeza de obispado; que Auria estaba más oriental, y pertenecía a la provincia cartaginense en África. Que Orán y toda aquella comarca se comprendía en la provincia tingitana, que caía más al poniente. Esto se siguió.

 

Demás de esto, el rey católico los meses adelante en un capítulo que tuvo en Valladolid a los caballeros de Santiago, ordenó que se pusiese en Orán convento de aquella orden para que allí fuesen los caballeros a tomar el hábito. Con este intento impetró del papa que se le anejasen las rentas de los conventos de Villar de Venas y de San Martín, que son en las diócesis de Santiago y Oviedo. Resolución muy acertada, si se pusiera en ejecución; pero nunca faltan inconvenientes e impedimentos que no dan lugar a que los buenos intentos se lleven adelante, como tampoco se ejecutó que en Bugia y Trípoli de Berbería, que ganó el año siguiente el conde Pedro Navarro de moros, se pusiesen otros dos conventos de Calatrava y Alcántara, según que el mismo rey católico lo tuvo determinado, y lo hiciera, si las guerras de Italia no lo estorbaran.

 

 

 

 

XIX. De la guerra contra venecianos

 

En la confederación de Cambray quedó acordado y capitulado que los príncipes confederados comenzasen la guerra contra venecianos cada cual por su parte, y todos a lo más tarde a 1 de abril. Apercibía el rey católico una armada en España, en que envió al coronel Zamudio con dos mil

 

 

 

 

 

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infantes, gente escogida, para que con los que tenía en el reino de Nápoles, se supliese el ejército hasta en número de cinco mil. Pero todo procedía despacio por la condición del conde de Ribagorza, que se tenía por persona poco a propósito para aquella empresa y aún para el gobierno, y por cierto aviso que tuvo de que los barones de aquel reino se confederaban entre sí con intento de sacudir el yugo del señorío español; demás de esto, por consejo de Fabricio Colona, que pretendía no se debía emprender la guerra contra las ciudades que los venecianos tenían en la Pulla, antes que la armada estuviese en orden para impedir que la veneciana no les pudiese ayudar, consejo que se tuvo por trato doble, por lo menos por muy errado.

 

El primero que rompió la guerra fue el rey de Francia, que envió al de Tramulla a levantar número de suizos, y la demás gente hizo pasar los Alpes luego que el tiempo dio lugar. Él mismo, el 1 de mayo hizo su entrada en Milán, donde tenía por su general y gobernador a Luis de Amboesa, señor de Chamonte y gran maestre de Francia, sobrino del cardenal de Ruan; iba en su compañía el duque de Lorena. Junto que tuvo su ejército, que llegaba a cuarenta mil hombres, rompió por tierra de venecianos. Ganóles con facilidad los lugares que poseían en la ribera de Abdua o Adda. Los venecianos tenían alistados hasta cincuenta mil hombres, y por sus generales el conde de Petillano y Bartolomé de Albiano, grandes caudillos entrambos de la casa ursina y vasallos del rey católico por los estados que de él tenían en el reino de Nápoles. Junto a Revolta se dieron vistas las dos huestes con resolución de venir a las manos; los primeros a acometer fueron los venecianos.

 

Trabóse la pelea, que estuvo al principio muy dudosa a causa que la infantería italiana cargó con mucho esfuerzo sobre la de Francia. Tenía el rey plantada la artillería entre unos matorrales. Llegaron los venecianos descuidados de semejante suceso; recibieron gran daño de las balas que con una furia infernal descargaron sobre ellos. Acudió la caballería francesa, cuyo ímpetu no pudieron sufrir los contrarios, y todos se pusieron en huida. Los muertos fueron muchos; escapó el conde de Petillano con pocos; quedó preso con otros el general Bartolomé de Albiano. Esta victoria, que se llamó de la Geradada, fue muy famosa, en cuya memoria hizo aquel rey edificar en el lugar de la batalla una ermita con advocación de Santa María de la Victoria. Juntamente fue de grande consideración, porque con ella quedaron las fuerzas de aquella señoría tan

 

 

 

 

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quebrantadas, que sin dificultad se dieron al francés las ciudades de Crema, Cremona, Bérgamo y Bresa, que era todo lo que podía pretender conforme a lo capitulado. Demás de esto, la gente del papa Julio y su general Francisco María de la Rovere, su sobrino, ya duque de Urbino por muerte de su tío materno Guido Ubaldo, que rompió la guerra por el mismo tiempo por la Romaña, ganó a Solaralo primero, y después a Faenza, en cuyo condado está Solaralo, y Arimino, sin parar hasta apoderarse de Rávena y de Servia, que era lo que los venecianos tenían de la Iglesia y todo lo que el pontífice podía de ellos pretender.

 

El conde de Ribagorza, maguer que despacio, juntaba su gente en Nápoles para dar sobre las ciudades de la Pulla. Estuvo el ejército en orden por fin de mayo. Iban con el virrey Próspero y Fabricio Colona, el príncipe de Melfi, el duque de Atri, los condes de Morcon y de Nola. Al conde de Petillano, que era abuelo del de Nola, y a Bartolomé de Albiano antes que fuese preso se hizo requerimiento que, solas penas que incurren los feudatarios inobedientes, acudiesen a servir a su rey; pero ellos no quisieron dejar la conducta de Venecia. El cargo de la artillería se dio al conde de Santaseverina, y el de proveedor general a Bautista Espinelo, conde deCariati.

Tenía el almirante Vilamarín, conde de Capacho, en Mesina doce galeras y diez naves bien en orden, esperando la armada de Francia que venía, y por su general al duque de Albania, para acudir a las costas de la Pulla, dado que ninguna de estas diligencias fue menester, porque luego que el virrey se puso sobre Trana con cuyos ciudadanos tenía secretas inteligencias para que la rindiesen, como al fin lo hicieron, la señoría envió los contraseños para que los gobernadores que tenía en Brindez, Otranto, Trana, Mola, Poliñano y Monopoli rindiesen sin ponerse en defensa todas aquellas plazas. El duque de Ferrara y el marqués de Mantua ocuparon asimismo algunas tierras de venecianos a que pretendían tener derecho. Parece que todos los elementos se conjuraban en daño de aquella ciudad, que estuvo a punto de acabarse. El aprieto en que aquella señoría se veía fue tan grande, que se dijo trataba de darse a Ladislao, rey de Hungría, para que con sus fuerzas los sacase de aquel peligro.

 

Restaba el emperador, el cual por principio del mes de junio estaba a siete leguas de Inspruch, camino de Italia; a los 8 del cual mes los florentinos a cabo de guerra tan larga sujetaron la ciudad de Pisa y tomaron la posesión de ella. Llevaba el emperador por general de la gente

 

 

 

 

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de armas italiana a Constantino Cominato, príncipe de Macedonia. Servíanle en esta jornada Luis de Gonzaga, primo del marqués de Mantua, el conde de la Mirandula y otros caballeros italianos; asimismo los mil quinientos españoles que solían servir al rey de Francia. Luego que llegó a Esteran, trataron los venecianos de concertarse con él, hasta enviarle carta en blanco, según se decía por la fama, para que les pusiese la ley que quisiese, a tal que los amparase y defendiese en aquel trance tan peligroso en que sus cosas estaban. Como se iba su ejército acercando a las tierras de venecianos, así se le rendían todas sin contraste, primero los que están cerca del lago de Garda, y tras ellos se dieron sin ponerse en defensa Verona, Vicencia y Padua; que casi no quedaba a aquella señoría almena alguna en Italia fuera de su ciudad que el emperador pretendía asimismo sujetar con ponerle cerco por mar y por tierra. Con este intento quería se juntasen las armadas de España y de Francia para combatirla por mar; y que por la Brenta su gente y la de Francia le hiciesen el daño que pudiesen y le atajasen las vituallas. Pasó en esto tan adelante, que remontaba su pensamiento a que, ganada aquella ciudad, se dividiese en cuatro partes con otros tantos castillos para que cada uno de los príncipes confederados tuviese el suyo; traza muy extravagante, cuales eran algunas de las que este príncipe tramaba.

 

El rey católico al principio dio oídos a esta plática, y con este intento, después de entregadas las ciudades de la Pulla, si bien mandó despedir los soldados españoles, fuera de quinientos de las guardas ordinarias que dio orden al coronel Zamudio trajese a España, todavía quiso que la armada se quedase en Italia. Después ni el papa ni él vinieron en que aquella señoría se destruyese, porque mirado el negocio con atención, demás de ser la traza cual se ha dicho, advertían que todo lo que se pasase adelante de lo que tenían capitulado sería en pro de sólo el rey de Francia, que por caer tan cerca el estado de Milán, y las tierras de los otros príncipes tan lejos, no dudaría, vueltas las espaldas, de apoderarse con la primera ocasión de toda aquella ciudad, y por el mismo caso hacerse señor de toda Italia, y aún poner en la silla de san Pedro pontífice de su mano; miedo de que el pontífice estuvo con gran recelo no lo quisiese efectuar en su vida del mismo papa, y le dio grande pesadumbre cuando supo que el cardenal de Ruan fue a Trento a verse con el César y que se tratase de que tuviesen vistas el emperador y rey de Francia; negociación que él procuró impedir

 

 

 

 

 

 

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con todas sus fuerzas; lo mismo el rey católico por medio de su embajador don Jaime de Conchillos, a la sazón obispo de Catania.

 

 

 

 

XX. Que los venecianos cobraron a Padua

 

Luego que el rey de Francia acabó su empresa con tanta reputación y presteza, dio la vuelta a Milán y desde allí a su reino. Dejó mil quinientas lanzas repartidas por las ciudades de nuevo conquistadas, y por general Carlos do Amboesa, señor de Chamonte y gran maestre de Francia, oficio más preeminente en aquel reino que el de condestable. La mayor parte de la gente imperial cargó sobre Treviso y el Frivoli, que no se querían rendir, y no le quedaba a aquella señoría otra cosa en tierra firme por la parte de Italia.

 

Con esta ocasión y por el descontento grande que los de Padua tenían de los gobernadores y gente que dejó el emperador en aquella ciudad, los venecianos tuvieron tratos secretos con algunos de aquellos ciudadanos. Resultó que Andrea Griti con mil hombres de armas y alguna infantería se apoderó de las puertas; y con los de su devoción que luego acudieron cargaron sobre los alemanes, de guisa que los forzaron a recogerse a la fortaleza, y otro día se la ganaron. De esta manera se recobró aquella ciudad cuarenta y dos días después que se perdió.

Cuando llegó la nueva de esta pérdida al emperador que se hallaba en Maróstica, pueblo a la entrada de los Alpes, a veinticuatro millas de Padua, por no tenerse por seguro que no le atajasen el paso, se fue a un castillo, que se llama Escala, junto a los confines de su condado de Tirol. Con la misma facilidad tomaron a Asula, do pasaron a cuchillo ciento cincuenta españoles que allí hallaron de guarnición. Lo mismo hicieron de otros doscientos que hallaron en Castelfranco, en que prendieron al capitán Albarado. En esta furia, de los mil quinientos españoles que del servicio del rey de Francia en fin se pasaron al emperador, los más fueron muertos o presos. Verona asimismo pretendía rebelarse, mas previno el señor de la Paliza este inconveniente, que acudió con gente y la aseguró en tanto que el emperador proveía; que se detuvo algunos días por esperar gente que le venía de Flandes y de Alemania.

 

 

 

 

 

 

 

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Con esto y con las demás gentes que se le allegaron formó un campo de treinta mil hombres. Enviáronle el rey de Francia mil trescientas lanzas, y el papa trescientas, y después otros mil soldados españoles. Con toda esta gente movió contra Padua, y se puso sobre ella a los 6 de septiembre. Entraron en la ciudad el conde de Petillano y todos los principales capitanes de aquella señoría. La gente más útil eran dos mil caballos albaneses por causa que con sus correrías hacían grande daño a los imperiales. Plantóse la artillería, derribaron un lienzo del muro. Pretendían por la batería entrar la ciudad, mas fueron rechazados dos veces por gentes que cada hora entraban a los cercados por la Brenta, hasta llegar a número de veinticinco mil combatientes. En el primer combate murieron muchos españoles en un baluarte que ganaron, ca lo tenían minado con barriles de pólvora. Eran estos a la sazón los mejores soldados que se hallaban en Italia, como quier que eran las reliquias del ejército del Gran Capitán. Con esto los imperiales desmayaron, y deseaban alguna honesta ocasión para sin vergüenza levantar el cerco.

 

Hiciéronlo finalmente principio del mes de octubre. Esta retirada del campo imperial tan fuera de sazón y con tan poca reputación fue causa que las cosas se trocasen. Los de Vicencia cobraron avilanteza, y con gente que hicieron venir de Padua tomaron las armas; y a Gaspar de Sanseverino, que con tres mil alemanes tenía por el emperador aquella ciudad apretaron de manera, que se dieron muy vergonzosamente. La gente de venecianos asimismo no se descuidaba, antes salieron a combatir los lugares que cerca de Padua les tomara el duque de Ferrara. Entregáronse luego Este, Monsilice y Montañana. Por otra parte, acudieron a poner cerco a Ferrara con una buena armada que enviaron por el Po arriba. La gente que iba por tierra ganaron todo el Poles y Robigo, que el mismo duque les tenía tomado. Estrecharon el cerco de Ferrara hasta tanto que con gente que vino de socorro del papa y de Francia, el duque y el cardenal, su hermano, salieron al campo, y con su artillería, que plantaron en la ribera del Po, hicieron mucho daño en el armada de venecianos, tanto, que de diecisiete galeras perdiesen las quince, y fueron forzados con alguna quiebra de su reputación alzar el cerco.

 

Antes de esto el marqués de Mantua Francisco de Gonzaga a tiempo que con gente de a caballo pasaba a su ciudad, fue atajado y preso por Andrea Griti. Trataban de trocarle por Bartolomé de Albiano, persona de quien hacían grande estima, si bien le cargaban comúnmente que por su

 

 

 

 

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prisa y temeridad se perdió la jornada de Abdua. Verona andaba en balanzas, y quería asimismo entregarse a venecianos. Estaba en ella don Juan Manuel con dos mil españoles mal pagados, pequeño reparo. Acudieron soldados franceses, con cuya venida se aseguró aquella plaza. Iba por capitán de esta gente el señor de Aubeni, sobrino del que se señaló tanto en la guerra de Nápoles. El gran Maestre con la fuerza del ejército francés tenía su alojamiento entre Bresa y Verona, presto para acudir adonde fuese necesario. Juan Jacobo Trivulcio estaba en Bresa. El cargo de don Juan Manuel, por instancia que él mismo hizo, se dio a cierto Luis de Biamonte, que de años atrás andaba en servicio del rey de Francia.

 

 

 

 

XXI. Que el emperador y rey católico se

 

concertaron

 

Después que el conde de Lerín, condestable de Navarra, falleció, tanto con mayor calor el rey católico, al mismo tiempo que la guerra de Lombardía andaba más encendida, hacía instancia con el rey de Navarra por don Luis de Biamonte, hijo del difunto, para que le restituyese sus estados, por ser don Luis su sobrino y viva su madre. No se pudo acabar cosa alguna con aquel rey, si bien se alegaba que de los cargos que se hacían al difunto ninguna culpa tenía su hijo. Llegaron los de Sangüesa a desvergonzarse y hacer entrada en las fronteras de Aragón con color de apoderarse de Ul y Filera, pueblos que decían pertenecerles. Por el contrario, los aragoneses para satisfacerse rompieron por tierra de Sangüesa, y les talaron la vega hasta dar vista a la misma villa. Principios eran estos de rompimiento; pero como eran querellas particulares, no se tenía la guerra por declarada, dado que don Luis pretendía con las armas apoderarse de su estado y recobrarle.

 

Trataban asimismo de concordarse el emperador y rey católico sobre lo del gobierno de Castilla, concierto que el rey católico, aunque estaba muy arraigado en la posesión, deseaba mucho concluir por sosegar a los grandes, que todavía muchos deseaban novedades. Verdad es que no se contentaba ya con que la cláusula del testamento de la reina doña Isabel se cumpliese, antes quería conservarse en el gobierno por todos los días de la vida de su hija la reina, pues toda razón le daba aquella tutela, al cual derecho no pretendió ni pudo perjudicar la reina, su mujer; mas caso que

 

 

 

 

 

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muriese, ofrecía que entregaría el gobierno al príncipe luego que cumpliese los veinte años, según que la reina doña Isabel lo mandó y por las leyes estaba establecido. Acordaron de nombrar por jueces arbitros para esta concordia al rey de Francia y al cardenal de Ruan, con que pretendían ganarlos y obligarlos. Para concluir y capitular, volvió a España Andrea del Burgo, y fue muy bien recibido. Acerca del emperador entendía en esto mismo el obispo de Catania.

 

Por medio de estos dos embajadores se convinieron los príncipes en los capítulos siguientes: que el rey católico tuviese la gobernación perpetua de la manera que queda dicho; todavía, caso que tuviese hijo varón, se diese seguridad que la sucesión del príncipe don Carlos en los reinos de Castilla no se perturbaría. Sobre la manera de seguridad hubo debates; pero en fin se vino en que en tal caso de nuevo el príncipe fuese jurado en Cortes, y en las primeras se ordenó jurase el rey católico de gobernar aquel reino bien y como era razón. Pedía el emperador que se acudiese al príncipe con las rentas del principado de Asturias, pues era suyo. El rey decía que nunca fue costumbre que se diesen a ningún príncipe de Castilla antes de ser casado; sólo vino en acudirle con treinta mil ducados por año, y aumentar esta suma cuando se casase como pareciese justicia. Pretendía el emperador de las rentas reales se le diesen a él de contado cien mil ducados. El rey se excusaba con que la hacienda de la corona real se hallaba adeudada en ciento ochenta cuentos; vino, sin embargo, en que los cincuenta mil ducados que debían los florentinos por la entrega de Pisa se diesen al emperador. Demás de esto, ofreció que ayudaría para la guerra contra venecianos con trescientos hombres de armas, pagados por cuatro o cinco meses. Acordaron asimismo que cada y cuando que el príncipe don Carlos quisiese pasar a estas partes se le enviaría armada en que viniese, en que luego que llegase, partiría para Flandes el infante don Fernando.

 

Con esto hicieron entre sí una nueva confederación y liga, que pretendieron desbaratar don Juan Manuel y los otros caballeros castellanos que andaban en Alemania; pero no pudieron, ni se les dio parte, antes para excusar inconvenientes, la conclusión se remitió a la princesa Margarita, con cuya intervención de todo punto se concordaron aquellas diferencias, si bien por manera de cumplimiento acordaron que se llevasen al rey de Francia para que juntamente con el cardenal de Ruan, como jueces árbitros, las confirmasen. Acudieron a Bles, donde residía aquella corte,

 

 

 

 

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por parte del César Mercurino de Gatinara, presidente de Borgoña, y Andrea del Burgo, que hizo en lo de adelante en Francia oficio de embajador ordinario. Por parte del rey católico intervinieron Jaime de Albión, su embajador ordinario en aquella corte, y Jerónimo de Cavanillas que le sucedió en aquel cargo. Vieron el rey y cardenal el tratado, y dieron su sentencia como jueces árbitros a los 12 de diciembre.

 

Hecho esto, a los que siguieron el partido del emperador y del príncipe se restituyeron sus bienes patrimoniales, y don Pedro de Guevara fue puesto en libertad, según que se capituló entre las demás condiciones de aquella concordia; ocasión con que algunos caballeros se salieron de Castilla con voz de ir a servir al príncipe; entre los demás el que mucho se señaló en esto fue don Alonso Manrique, obispo de Badajoz. En esta sazón el conde de Pitillano, general de venecianos, falleció de enfermedad en Lonigo, tierra de Vicencia.

 

Proveyó asimismo el rey católico que el conde de Lemos, que no acababa de sosegar y traía inteligencias en Portugal y en Flandes, entregase las fortalezas de Sarria y de Monforte al señor de Poza, gobernador a la sazón de Galicia. En lugar del conde de Ribagorza fue proveído por virrey de Nápoles don Ramón de Cardona, que lo era de Sicilia, y en su lugar se dio aquel cargo de Sicilia a don Hugo de Moncada. Muchas cosas se dijeron de esta mudanza de virrey de Nápoles; los más cargaban al conde de Ribagorza de poco hábil para cosa tan grande; otros decían que los Ursinos le hicieron mudar; a la verdad ¿quién podrá enfrenar las lenguas de la gente? ¿Quién atinar los diseños y trazas de los príncipes? Sus disgustos, sus aficiones ¿quién las sabrá averiguar?

 

 

 

 

XXII. Que Bugía y Trípoli se ganaron de los

 

moros

 

Grande deseo mostraba el rey católico de emplear sus fuerzas contra los infieles; empresa de mayor honra y provecho que las que contra cristianos se intentaban con tanta porfía. Por esto siempre hizo instancia que, concluida la guerra contra venecianos y recobrados los estados que cada cual de los confederados pretendía, no se pasase a destruir de todo punto aquella señoría; antes era de parecerse recibiese en la liga para que con las

 

 

 

 

 

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fuerzas de todos acometiesen por mar y por tierra al turco, común enemigo de cristianos. Era dificultoso conformar voluntades tan diferentes y tan encontradas y juntar en uno intenciones tan contrarias. Trató con sus fuerzas y con la ayuda con que los otros príncipes le acudiesen de encargarse de aquella santa guerra y pasar en persona a levante. Comunicó este intento con el papa, que venía bien en ello y se ofrecía de ayudar de su parte. El reino de Nápoles y el de Sicilia eran de gran comodidad para emprender esta conquista por la facilidad de se proveer de gente y mantenimientos. A los que con atención miraban todos los particulares les parecía no llevaba camino que el rey en la edad que tenía y la poca seguridad que se podía tener en su ausencia que lo de Castilla no se alterase, se apartase tan lejos de estos reinos. Pareció era más a propósito dar calor a la conquista de África, que con tan buen principio tenían comenzada.

 

El conde Pedro Navarro en el puerto de Mazalquivir tenía trece naos muy bien artilladas y armadas. Embarcóse en ellas con gente muy escogida la vuelta de Ibiza, donde con otra parte de la armada le esperaba Jerónimo Vianelo. Detuviéronse allí algunos días por ser lo más áspero del invierno. Publicóse que la armada iba sobre la ciudad de Bugía. Salieron de Ibiza a 1 de enero del año que se contaba de nuestra salvación de 1510. Los principales capitanes Diego de Vera, los condes de Altamira y Santisteban del Puerto, Maldonado y dos hermanos Cabreros. La gente hasta cinco mil hombres, la artillería mucha y muy buena.

Está Bugía puesta en la costa de Numidia, no muy distante de los confines de la Mauritania Cesariense. Fue antiguamente del reino de Túnez; después de los reyes de Tremecén, que la poseyeron hasta que la recobró Abuferriz, rey de Túnez. Éste la dejó a un hijo suyo, llamado Abdulhazis, con título de nuevo reino. De este rey moro descendía Abdurrahamel, que era el que de presente la poseía, dado que la quitó a un sobrino suyo, por nombre Muley Abdalla, hijo de su hermano mayor, y por consiguiente legítimo rey. Su sitio es a las faldas de una alta montaña con una buena fortaleza a la parte más alta. Ceñía la ciudad toda un muro, aunque antiguo, muy fuerte. Solía tener más de ocho mil vecinos, y era la principal universidad de filosofía en África. Su territorio es más a propósito para frutales y jardines que para sementera, por ser muy áspera la tierra y doblada.

 

 

 

 

 

 

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Llegó la armada a Bugía víspera de los Reyes. No pudo la gente desembarcar aquel día por ser el viento contrario. El rey moro por lo alto de la sierra se mostró con diez mil peones y algunas cuadrillas de a caballo. Comenzaron a bajar hacia la marina para impedir que los nuestros no saltasen en tierra; pero la artillería de la armada los hizo arredrarse y dejar libre el desembarcadero. Ordenó el conde su gente repartida en cuatro escuadrones. Subió la sierra para pelear con los moros, mas ellos no se atrevieron a aguardar, antes se metieron en la ciudad. Los nuestros, parte por una ladera de la ciudad vieja que hallaron despoblada, otros por lo alto de la sierra con grande orden se arrimaron al muro y lo escalaron en breve espacio. Dentro de la ciudad no hallaron resistencia a causa que como entraban los cristianos, el rey y los soldados moros se salían por la otra parte. Puso esta victoria gran espanto en toda África, mayormente que Muley Abdalla, el legítimo rey, se soltó de la prisión en que su tío le tenía, y se vino a poner en poder del conde.

 

Tomada la ciudad, el conde salió al campo, y acometió a los reales de Abdurrahamel, que estaban a ocho leguas de la ciudad, y le hizo huir segunda vez con toda su gente. Con esto muchas ciudades de aquella costa a porfía se ponían en la obediencia del rey. La primera fue Argel, más occidental que Bugía, llamada de los moros Gezer, que significa isla, por la que tiene delante en el mar, terror adelante de España, rica y poderosa con los despojos de nuestras desgracias. Tras Argel, el rey de Túnez y la ciudad de Tedeliz hicieron lo mismo. Hasta el rey de Tremecén y los moros de Mostagán trataron de ponerse y se pusieron en la obediencia del rey; tan grande era la reputación que ganaron los nuestros. Con todos se hicieron capitulaciones, en que se les mandaba diesen libertad a todos los cristianos, y acudiesen con ciertas parias cada un año.

 

En asentar estas cosas se detuvo algún tiempo el conde Pedro Navarro, sin descuidarse de aparejar lo necesario para pasar adelante en la conquista, en el tiempo que en la India de Portugal Alonso de Alburquerque, por comenzar con buen pie, se apoderó de la ciudad de Goa, nobilísima por ser la silla del imperio portugués en la India. Esta ciudad está en una isleta del mismo nombre que hace un río al desaguar con su corriente en el mar. Boja cinco leguas poco más. Era sujeta a Zabaim Idalcan; y a la sazón tenía pequeña guarnición por causa que su señor para otras guerras que tenía llevó de allí la gente de guerra. Dio aviso de esto al Gobernador un corsario, por nombre Timoya, que andaba

 

 

 

 

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con catorce fustas robando por aquellos mares. Halló el gobernador ser verdad lo que el corsario le dijo. Entró con su armada en el puerto, y sin dificultad se apoderó de la ciudad, en que entró a los 16 de febrero. Muy diversa suerte fue la de su predecesor Francisco de Almeida, que no pudo llegar a Portugal a causa que antes de doblar el cabo de Buena Esperanza, como saliesen algunos de sus navíos a hacer agua y proveerse de algún refresco, se levantó cierta cuestión con los cafres, que así se llaman los naturales de la tierra. Acudió Almeida a socorrer a los suyos, y fue en la pelea muerto miserablemente. Esta notable desgracia sucedió a 1 de marzo.

 

Tenía el rey católico proveído por general para la conquista de África a don García de Toledo, hijo mayor del duque de Alba, con intento que aquella guerra se hiciese con mayor reputación, y porque quería servirse del conde Pedro Navarro en la guerra de Italia. Detúvose algunos meses antes de partir de España. El conde, por no perder tiempo y porque Bugía se picaba de peste y dolencias, salió a 7 de junio con ocho mil hombres la vuelta de Faviñana, que es una isleta puesta delante de Trapana, ciudad de Sicilia. Allí acudieron, como lo tenían ordenado, las galeras de Nápoles y Sicilia, que eran once por todas, sin otros muchos bajeles, de suerte que llegaba la gente a catorce mil hombres. Con toda esta armada llegaron en pocos días a vista de Trípoli, ciudad de la provincia que antiguamente se llamó África, mas adelante de la Numidia, sujeta a los reyes de Túnez, aunque de presente alzada con su propio señor, que llamaban jeque. La mayor parte está rodeada de mar, y por la tierra tenía una cava muy ancha llena de agua con su cerca bien torreada. Acudieron muchos alárabes y otros moros a la defensa, que entre todos llegaban a catorce mil. Desembarcó el conde con su gente, que dividió en dos partes, la una para pelear con los moros que salieron a la marina para impedir que no saltasen en tierra; a los demás mandó combatir la ciudad. Fuera de esto, por la parte del mar salieron algunos soldados y marineros con escalas para entrarla por aquel lado. La pelea fue muy brava. En dos horas que duró los moros de fuera se pusieron en huida, y la ciudad por junto a la puerta que llaman de la Victoria se entró a escala vista. Un infanzón aragonés, que se decía Juan Ramírez, fue de los primeros que subieron en el muro.

 

No quedó con esto rendida la ciudad, antes fue menester ganarla palmo a palmo y pelear por las calles con los moros que se defendían como gente desesperada, y que no pretendían vencer, sino dejar sus muertes vengadas.

 

 

 

 

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Murieron cerca de cinco mil moros, y quedó preso el jeque. De los nuestros faltaron algunos muy valientes soldados, entre ellos uno de los Cabreros, sobrinos del camarero del rey católico, y el coronel Ruy Díaz de Porres y Cristóbal López de Arriarán, que era el almirante de la armada. Dieron la ciudad a sacomano; los despojos se dieron a los que pelearon; a los que quedaron en guarda de la armada consignaron los cautivos y las mercadurías que en la ciudad se hallaron; traza del conde a propósito que todos quedasen contentos y ricos.

 

 

 

 

XXIII. De lo poco que se hacía en la guerra de

 

Italia

 

La guerra contra venecianos se llevaba adelante, aunque con poco calor; la causa, que el rey de Francia se retiró a su reino, cobradas las ciudades que le pertenecían; el emperador se fue Alemania sin dejar acabada su empresa, porque todavía le quedaba por ganar lo de Treviso y del Frioli y lo de Aquileya, Padua rebelada. Verona con su comarca en poder de franceses empeñada por sesenta mil ducados con que el francés socorrió al emperador y a su pobreza, que era grande. Púsose condición que se quedase con la prenda, si dentro de un año la deuda no se pagase. Acordóse que los príncipes confederados ayudasen con gente, conforme a las capitulaciones de Cambray, hasta tanto que el emperador quedase entregado en todo lo que le pertenecía de venecianos. Era general de los imperiales el príncipe de Analth, poca la gente y menos la reputación, y no tenía dineros para pagarla. De parte de Francia le asistía con buen número de soldados Carlos de Amboesa, gran maestre de Francia, con cuya ayuda se recobró por el César la ciudad de Vicencia, que se rindió a voluntad y merced del vencedor. De Nápoles por orden del rey católico acudió el duque de Termens Vincencio de Capua, persona de valor y confianza, con cuatrocientos hombres de armas, muy lucida gente, todos españoles escogidos de los que en aquel reino tenían.

 

El papa no acudió, sea por no tenerse por obligado a pasar adelante, sea por el disgusto que tenía con el rey de Francia por el favor que daba al duque de Ferrara, su enemigo, en que muy declarado se mostraba. Llegó el negocio a término que el papa dio la absolución de las censuras en que

 

 

 

 

 

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venecianos incurrieran, y se confederó con ellos, ca no quería que aquella nobilísima república se acabase de destruir, cosa en que se conformaba el rey católico; además que se pretendía valer de sus fuerzas para despojar de su estado al duque de Ferrara, con quien estaba muy indignado, tanto, que le hizo citar, y en rebeldía le condenó por sentencia fuese privado de aquel feudo; razones ¿cuándo a los príncipes faltaron para ejecutar su saña?

 

El principio de estos disgustos fue la sal que el duque hacia en Comaquio en perjuicio de la que se beneficiaba en Cervia, tierra del papa, y las imposiciones que de nuevo hacía cobrar de las mercadurías que por el Po se llevaban a Venecia. De esto tuvo el francés tanto sentimiento, que mandó embargar y secuestrar todas las rentas de los cardenales franceses y de los curiales de su señorío, y les mandó salir de Roma y que viniesen a residir en sus iglesias. Iban en aumento estos disgustos por cuanto el papa por una parte intentó con favor de las galeras de venecianos hacer que el común de Génova, en que tenía mano por ser natural de Saona, se levantase contra el gobierno de Francia. Envió con las galeras a Octaviano de Campofregoso y otros forajidos de aquel estado; y a Marco Antonio Colona dio orden que de Luca, donde asistía, se acercase a Génova con gente de a pie y de a caballo. No se hizo efecto por no estar las cosas sazonadas.

 

Por otra parte, alcanzó de venecianos que pusiesen en libertad al marqués de Mantua, de cuya persona pretendía servirse en la guerra contra Francia, a tal que para seguridad le entregase a su hijo. Diose libertad al marqués a los 14 de julio. Asimismo acometió las tierras del duque de Ferrara, y pretendía apoderarse de la misma ciudad, y como las demás restituirla a la Iglesia por ser aquel estado feudo suyo, sin tener respeto al rey de Francia, en cuya protección estaba, y el mismo duque ocupado en su servicio. Nombró por general de la Iglesia para esta guerra al duque de Urbino. Tuvieron las gentes del papa tomadas todas las tierras del ducado de Ferrara, que están en la Romaña de la otra parte del Po; acudió un capitán francés, llamado Chatillon, con trescientas lanzas a los 20 del mes de julio. La gente del papa, alzado el cerco que tenían sobre Lugo con la nueva del socorro, se retiró a Imola. Recobró el de Ferrara lo perdido; pero la gente del papa en breve lo tornó luego a ganar, y aún el cardenal de Pavía, por trato que tuvo con algunos ciudadanos de Módena, se apoderó de aquella ciudad por el papa. Corría el mismo peligro Regio. Metió dentro el duque gente, y monsieur de Chamonte envió para su defensa

 

 

 

 

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doscientas lanzas. El duque de Urbino, que se hallaba a la sazón en Bolonia, pretendía fortificar aquella ciudad, ca se temía acudiría sobre ella el campo francés. Asimismo el papa por medio del Obispo sedunense, que era suizo de nación, y para más obligado le dio intención del capelo, levantó hasta en número de doce mil de aquella gente, los ocho mil a su sueldo, y el resto al de la señoría de Venecia, todo con intento de hacer la guerra en el ducado de Milán y poner en aquel estado a Maximiliano Esforcia, que andaba despojado en la corte del emperador. Todos pensamientos, si bien más altos que sus fuerzas, muy conformes a su natural, de suyo muy desasosegado y brioso, como lo mostró en toda la vida pasada, porque en el pontificado del papa Sixto, su tío, nunca entendió sino en sembrar discordias, y en el del papa Inocencio se dijo fue la causa que los barones del reino tomasen las armas contra su rey; y en tiempo de Alejandro fue el principal caudillo para traer los franceses en Italia; de suerte que nunca supo vivir en paz y siempre procuró contienda.

 

Los intentos del papa forzaron al gran maestre de Francia a retirarse con su campo la vía de Milán para guardar aquel estado y acudir, si fuese necesario, a lo de Génova. Verdad es que publicaba retirarse de aquella guerra a causa que el emperador estaba ausente, y que sin él no se podía hacer efecto de momento, tanto más, que los venecianos se reforzaban cada día con gente que les acudía de la Romaña y de otras partes. Todavía quedó Juan Jacobo Trivulcio con buen golpe de gente de armas, porque sin ella lo demás del ejército imperial apenas pudieran ser señores del campo. Llegó a tanto grado esta mengua, que los alemanes acordaron de sacar de Vicencia su artillería y municiones y pasarlas a Verona, por ser aquella ciudad y castillo muy flacos y no tener ellos fuerzas bastantes para tenerse.

 

Por este tiempo la duquesa de Terranova se detenía todavía en Génova; y como el papa continuaba en hacer instancia que su marido el Gran Capitán fuese a servirle, los franceses se recelaron de su estada allí. Por esto proveyó su marido que a la hora se partiese para España, donde los de Fuenterrabía y los de Hendaya, pueblo de la Guyena, tenían contienda sobre a cuál de las partes pertenecía el río Bidasoa, con que parten término España y Francia. Llegaron diversas veces a las manos, y el pleito a términos, que se nombraron jueces por los reyes, los cuales acordaron que cada cual delas partes quedase con la ribera que caía hacia su territorio, y el río fuese común. Sólo se vedó a los franceses tener allí y usar de bajeles con quilla, es a saber, grandes, con que finalmente se sosegaron.

 

 

 

 

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XXIV. Que el papa dio la investidura del reino de

 

Nápoles al rey católico

 

Tenía el rey católico convocadas Cortes generales de Aragón, Valencia y Cataluña para la villa de Monzón y para los 20 de abril, con intención que aquellos sus reinos le hiciesen algún servicio para proseguir la guerra de África, que era de su conquista. Salió de Madrid la primavera para hallarse al tiempo aplazado. Quedó en aquella villa el infante don Fernando, y en su compañía el cardenal Arzobispo y los del Consejo real. Llevó consigo al duque de Medina Sidonia y don Pedro Girón, ca les tenía dado perdón, dado que se retuvo las fortalezas de Sanlúcar, Niebla y Huelva. Iban otrosí en su compañía el condestable, el marqués de Priego y el conde de Ureña. Llegó a Zaragoza, y dende pasó a Monzón. Concurrió mucha gente por ser las primeras Cortes generales que tenía después que reinaba, como antes fuesen particulares de cada uno de aquellos tres estados pertenecientes a la corona de Aragón. Ocupábase el rey en esto, y no se descuidaba en acudir a la conquista de África y a la guerra de India; mas particularmente hacía grande instancia con el rey de Francia para que se reformase aquella condición que capitularon tocante a la sucesión en el reino de Nápales, caso que la reina doña Germana no tuviese hijos. No daba el francés oídos ni lugar a esta demanda, con la esperanza que siempre tuvo de recobrar aquel estado por el camino que pudiese, en especial que a esta sazón falleció el cardenal de Ruan, que estuvo siempre muy apoderado de la voluntad de aquel rey, y no terciaba mal en las cosas que tocaban al bien común y se enderezaban a la paz.

 

Tenía este negocio puesto en mucho cuidado al rey católico por lo que importaba; acordó de valerse del papa y ayudarse de la enemistad que tenía con el rey de Francia para alcanzar la investidura de aquel reino. Al papa al principio se le hizo de mal concederla; después, como se vio embarazado en negocios tan graves, por valerse de la ayuda de España, acordó de dar la investidura de la manera y tan ampliamente como se pudiera pintar. Había el papa Alejandro concedido al rey de Francia la investidura de la parte de aquel reino, como queda dicho, con el título de rey de Nápoles y de Jerusalén. Era dificultoso despojarle de aquel derecho, mayormente sin oírle. Acordó declarar que el francés perdió la investidura por no acudir, como no acudió en tantos años, con el reconocimiento que debía, y mas porque enajenó aquel feudo cuando se concertó con el rey

 

 

 

 

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católico, sin consentimiento del pontífice, señor directo de aquel estado. Con esto le concedió la investidura de todo aquel reino para sí y para sus sucesores; y señalóse que pagase cada un año la fiesta de San Pedro y San Pablo ocho mil onzas de oro, y cada trienio un palafrén blanco. Demás de esto, por una vez debía dar cincuenta mil ducados, y lo mismo contasen sus sucesores cada y cuando que se les diese la investidura; que eran todas las mismas condiciones que se impusieron al rey Carlos el Primero cuando se le dio la investidura. Esto se concedió por el papa y colegio de cardenales por principio del mes de julio.

 

Poco después, a 7 del mes de agosto, el papa hizo relajación del censo y de los cincuenta mil ducados, y se contentó con que cada un año le presentasen un palafrén blanco decentemente adornado y le sirviesen con trescientas lanzas cada y cuando que se hiciese guerra en el estado de la Iglesia; que era una de las condiciones de la investidura, de que no quiso el papa alzar mano por servirse de ellas para la empresa de Ferrara. Después, en tiempo del papa León X, se impuso un censo de siete mil ducados cada un año por la licencia que dio al emperador don Carlos para que juntamente con el Imperio pudiese tener aquel reino contra lo que tenían de tiempo antiguo capitulado con las casas de Anjou y de Aragón.

Mostró gran sentimiento el rey de Francia por esta concesión, y sobre ello su embajador el obispo de Rius hizo grande negociación, y formó grandes quejas acerca del rey católico a tiempo que las Cortes de Monzón se continuaban. En ellas, a los 13 de agosto, se acordó que sirviesen para la guerra de África con quinientos mil escudos, que fue un servicio muy grande, considerado el tiempo y la libertad de aquellas provincias; pero era muy encendido el deseo de todos que aquella conquista se prosiguiese, que se aumentó con las nuevas que entonces llegaron de la toma de Trípoli. Demás de esto, por si otras ocupaciones forzasen al rey de ausentarse antes de concluir las Cortes, habilitaron a la reina doña Germana para presidir en ellas, y aún si fuese necesario, convocarlas de nuevo, a tal que fuese proveída por teniente general de aquellos reinos y principado. Decretóse otrosí que se extinguiese en aquellos reinos la hermandad que se instituyó los años pasados.

 

Asistieron a estas Cortes, como era costumbre, el vicecanciller Antonio Agustín y Juan de Lanuza, justicia de Aragón. Los embajadores que se hallaron en Monzón, los señores de Castilla y de Nápoles y Sicilia fueron en gran número; y muchos más los que tenían voto en Cortes de los

 

 

 

 

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tres brazos. En el eclesiástico tenía el primer lugar don Alonso de Aragón, arzobispo de Zaragoza; entre los ricoshombres se asentaban los primeros los condes de Belchite y de Aranda; entre los infantes, don Miguel de Gurrea y don Miguel Pérez de Almazán. Sin estos, asistieron los procuradores de los reinos de Aragón y Valencia y de todas las ciudades y villas que suelen acudir y tienen en Cortes voto y lugar.

 

 

 

 

XXV. Que don García de Toledo fue muerto en los

 

Gelves

 

Aprestóse en la ciudad de Málaga una armada en que partiese don García de Toledo con gente a la conquisa de África. Solicitaba el rey católico su ida; mas entretúvose por causa de estar Bugía inficionada de peste. Hízose a la vela con siete mil hombres ya que los calores del verano iban adelante. Aportó a Bugía; para guarda de aquella ciudad dejó parte de su armada con tres mil hombres. Diego de Vera al tanto, dejado orden en las cosas de Bugía, siguió la armada, y juntos llegaron al puerto de Trípoli con dieciséis velas en coyuntura que el conde Pedro Navarro tenía embarcada su gente, que eran mas de ocho mil hombres, con resolución de ir sobre los Gelves, que es la mayor y más importante isla que hay en la costa de África, mas occidental que Trípoli, en distancia como de cien leguas. Es muy llana y arenosa, cubierta de bosques de palmas y de olivos, tan allegada a tierra firme, que por una parte se pasa de una a otra por una puente. Boja más de dieciséis millas; tiene falta de agua; no hay en ella pueblos, sino caserías, y a la marina un castillo, estancia del señor. Solía ser del rey de Túnez, mas entonces tenía su propio jeque, a quien obedecían.

 

Partieron de Trípoli con toda brevedad; llegaron a los Gelves un miércoles, 28 de agosto, día de san Agustín. Desembarcó la gente sin hallar impedimento ni contraste entre la isla y tierra firme, en un lugar que llaman la Puente Quebrada. Ordenaron de toda la gente siete escuadrones. Quiso don García, sin embargo que era general, ir delante de todos con los caballeros qua llevaba en su compañía; quién dice con voluntad y acuerdo del conde Pedro Navarro, quién afirma que a pesar suyo. El jeque tenía hasta ciento cincuenta de a caballo y dos mil de a pie, gente mal armada y

 

 

 

 

 

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tan medrosa, que ofrecieron partidos muy aventajados por no venir a las manos. Era pasado medio día cuando nuestros escuadrones comenzaron a marchar. El calor fue tan excesivo y el polvo de los arenales tan grande, que todo parecía echar de sí llamas. Apenas caminaron dos leguas cuando algunos de pura sed se caían muertos, y todos la padecían extrema. Llegó el primer escuadrón a unos palmares, donde por entender que junto a unas casas caídas había ciertos pozos, la gente toda se desordenó por beber; aquí descubrieron los moros, que, advertidos del aprieto de nuestra gente, se fueron para ellos. Apeóse don García y algunos otros que iban a caballo. Decíanle algunos que se retirase. «Adelante, dijo él, caballeros; ¿somos llegados aquí para volver las espaldas? Si la suerte fuere contraria, a lo menos no nos hará olvidar de nuestra nobleza ni faltar a lo que es razón».

 

Esto dijo, tomó a un infanzón aragonés una pica que llevaba, y arremetió con ella a los moros. No se pudo detener nuestra gente con el valor de su general, antes luego se puso en huida. Acometieron los moros de tropel, y de los primeros, mataron a cuatro de los que se apearon; estos fueron don García, Garci Sarmiento, Loaisa y Cristóbal Velázquez, todos nobles capitanes. Era tanta la turbación de la gente que huía, que sin remedio se lanzaban por los otros escuadrones y los desbarataban de suerte, que todos volvían las espaldas. Entonces el conde proveyó que los escuadrones de don Diego Pacheco y de Gil Nieto, que quedaron con él en la retaguardia, atajasen el paso por do huía la gente, para que hiciesen reparar los moros, que fue el remedio para que todos no pereciesen: cosa maravillosa. En este trance el conde se halló tan turbado, que como sin consejo ni valor fue de los primeros a embarcarse; puesto que pudo pretender que las galeras, las surtas más cerca de tierra, recogiesen la gente, ca muchos por no quererlos admitir se ahogaban en el mar.

 

Entre muertos y cautivos faltaron de los nuestros hasta cuatro mil. Gente de cuenta, demás de los ya dichos, murieron don Alonso de Andrada, Santángel, Melchor González, hijo del conservador de Aragón, sin muchos otros capitanes y gentiles hombres. El cuerpo de don García fue llevado al jeque, que después de algunos días escribió a don Hugo de Moncada, virrey de Sicilia, que por entender era aquel gran señor pariente del rey, le tenía en una caja para hacer de él lo que ordenase. Dejó don García un hijo pequeño, que se llamó don Fernando Álvarez de Toledo, que fue adelante uno de los mas señalados guerreros y capitanes de todo el

 

 

 

 

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mundo. Padre de don García fue el duque don Fadrique, primo hermano del rey católico de parte de las madres; abuelo, don García, el primero que de aquella casa alcanzó título de duque, cuyo padre don Fernando Álvarez de Toledo, sobrino de don Gutierre de Toledo, arzobispo de Toledo, fue el primer conde de Alba.

 

El conde Pedro Navarro, antes que partiese de los Gelves, despachó a Gil Nieto y al maestro Alonso de Aguilar para dar cuenta al rey de lo que pasó en aquella jornada y de aquel revés tan grande. Las galeras envió a Nápoles conforme al orden que tenía; con el resto de la armada se encaminó la vuelta de Trípoli; y dado que corrió fortuna por espacio de ocho días, finalmente llegó a aquel puerto a los 19 de septiembre. Puso para guarda de aquella ciudad a Diego de Vera con hasta tres mil soldados; despidió otros tres mil por mal parados y enfermos, y él con otros cuatro mil y con la parte del armada que le quedó salió para correr la costa de África entre los Gelves y Túnez. El tiempo era contrario y tal, que le forzó a detenerse lo más del invierno en la isla de Lampadosa, una de las que caen cerca de la de Sicilia.

 

Sobre la ciudad de Safin, que era de portugueses, en la costa de África, se puso por fin de este año una morisma innumerable; acudieron socorros de la isla de la Madera. Con esta ayuda, Ataide, capitán de aquella fuerza, y con la gente que tenía la defendió muy bien, y alzado el cerco, hizo con los suyos entrada en tierra de moros hasta llegar cerca de Almedina, pueblo distante de Safin no menos que treinta y dos millas. Tuvo diversos encuentros con los moros, ganóles mucha presa y cautivos, a la vuelta empero cargó sobre él tanta gente, que le fue forzoso dejarla. Hizo adelante otras muchas entradas y correrías hasta llegar a las puertas de Marruecos algunos años después de este; hazaña memorable de más reputación que provecho. Lo mismo hacían don Juan Coutiño, capitán de Arcilla en lugar de su padre don Vasco Coutiño, conde de Borba, y Pedro de Sousa, capitán de Azamor, caudillos todos valerosos y muy determinados de ensanchar el señorío de Portugal por aquellas partes de África, provincia dividida en muchos reinos poco conformes entre sí y a propósito para ser fácilmente conquistados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LIBRO TRIGÉSIMO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I. Que algunos cardenales se apartaron de la

 

obediencia del papa

 

Casi a un mismo tiempo el rey católico, despedidas las Cortes de Monzón, por Zaragoza dio vuelta a Castilla, y el papa Julio salió de Roma la vuelta de Bolonia. El mismo rey pretendía hallarse en las Cortes que tenía aplazadas para la villa de Madrid y acudir a la conquista de África, donde publicaba quería pasar en persona para reparar el daño que se recibió en los Gelves. Demás de esto, la guerra de Italia le tenía puesto en cuidado a causa que todos los príncipes se querían valer de su ayuda. El pontífice desde Bolonia, en que entró por fin de septiembre, quería dar calor a la guerra de Ferrara, por cuanto su sobrino el duque de Urbino con la gente de la Iglesia hacía poco progreso; antes por estar el enemigo muy apercibido y con el arrimo de Francia alentado, llevaba lo peor, y con su campo retirado cerca de Módena.

 

Hallóse el rey católico en Madrid a los 6 de octubre, día en que presentes los embajadores del emperador y del príncipe don Carlos y el nuncio del papa, conforme a lo capitulado en Bles, hizo el juramento en pública forma de gobernar aquel reino con todo cuidado, hacer y cumplir todo aquello que a oficio de verdadero y legítimo tutor y administrador incumbía. Junto con esto, para cumplir con el papa por la obligación de la investidura que le dio, mandó que Fabricio Colona con trescientas lanzas del reino de Nápoles, gente escogida, fuese a juntarse con la de la Iglesia, con instrucción de ayudar en la guerra de Ferrara, mas no contra el rey de Francia; antes para tenerle contento, y a su instancia mandó al almirante Vilamarín que con once galeras que volvieron de los Gelves a Nápoles acudiese a las marinas de Génova para junto con la armada de Francia asegurar aquella ciudad en el servicio de aquel rey, de suerte que no hiciese novedad como se recelaba.

 

El duque de Termens tenía en Verona sus cuatrocientas lanzas en servicio del emperador, y aún fue el todo para que aquella ciudad no viniese en poder de venecianos, que en esta sazón la tuvieron muy apretada con cerco que sobre ella pusieron con mucha gente. Acudió el gran Maestre con cuatrocientas lanzas a dar socorro a los cercados; pero

 

 

 

 

 

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antes que llegase, los enemigos eran idos. El papa a su partida mandó que todos los cardenales le siguiesen. Algunos por recelarse de su condición o por inteligencias que traían con Francia, pretendieron recogerse a Nápoles; mas como quier que el virrey no les acudiese, pasaron a Florencia. Allí el principal, don Bernardino de Carvajal, cayó malo; con esta ocasión se detuvieron, dado que el papa les daba prisa pura que fuesen donde él estaba. Ellos dilataban su ida hasta ver qué camino tomaban las cosas de la guerra, porque en esta sazón que el papa se hallaba en Bolonia y su ejército en Módena, el gran maestre de Francia acometió una empresa muy extraña.

 

Esto fue que con las cuatrocientas lanzas que llevaba al socorro de Verona y con otras doscientas que tenía en Rubiera revolvió sobre Bolonia, confiado en los Bentivollas que iban con él, y le prometían de darle entrada en aquella ciudad. El pontífice y todo el colegio estuvieron en grande peligro. Proveyó Dios que a muy buen tiempo llegó Fabricio Colona y su gente, con cuya llegada los del pontífice se reforzaron, y los franceses fueron forzados de alzar su campo y cerco sin hacer algún efecto y sin que los nuestros les hiciesen otro enojo por guardar el orden que llevaban y el respeto que al rey de Francia se debía.

 

Sucedió que el papa adoleció en aquella ciudad de suerte que poca esperanza se tenía de su vida, que dio ocasión a nuevas esperanzas y pláticas no muy honestas que pasaron entre los cardenales. El papa, avisado de este desorden, a los 11 del dicho mes los llamó a consistorio. Allí publicó una bula muy rigurosa contra los que cometiesen simonía en la elección del pontífice, que tenía ordenada desde el principio de su pontificado, y por diversos respetos se dilató su promulgación hasta esta coyuntura. Con todo esto estaba muy receloso de los cardenales que se quedaron en Florencia, tanto, que por atajar las inteligencias que tenían con Francia, se contentaba y venía en que se retirasen a Nápoles como al principio ellos mismos lo deseaban, pero ellos tenían sus pretensiones tan adelante, que no vinieron en ello; antes los cardenales don Bernardino y el de Cosencia se pasaron a Pavía con voz que pretendían juntar concilio general para tratar de la reformación de la Iglesia y aún proceder hasta deponer al papa; camino y traza de grandes inconvenientes y daños.

 

Hacían espaldas a estos cardenales y a sus intentos el rey de Francia y el emperador, y aún procuraron atraer a su partido al rey católico, tanto, que entre el emperador, por medio de Mateo Lango, su secretario, ya

 

 

 

 

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obispo de Gursa, que tenía gran cabida con aquel príncipe y le despachó para este efecto, se asentó confederación con el rey de Francia en Bles a los 14 de noviembre, en que intervino el embajador del rey católico Cabanillas, con poderes limitados e instrucción que no viniesen en cosa alguna que se intentase contra el papa. En aquella junta, demás de declarar que todos los príncipes confederados, conforme a lo capitulado en Cambray, quedaban obligados a ayudar al emperador a cobrar la parte que del estado de venecianos le tocaba, se acordó de procurar con el papa estuviese a justicia y a derecho con el duque de Ferrara; y para apremiarle a que viniese en esto, ordenaron que el emperador en sus estados, y lo mismo en Aragón y Castilla, se juntasen concilios nacionales para determinar las mismas cosas que poco antes se establecieron en la iglesia galicana, que se juntó primero en Orliens, y después en Tours, es a saber, que todas las personas eclesiásticas de aquel reino, sin exceptuar ni cardenales ni los familiares del papa, fuesen a residir en sus beneficios con apercibimiento, si no obedecían, que todas sus rentas se secuestrasen y gastasen en pro de las mismas iglesias; resolución muy perjudicial, principio y puerta de alborotos y de cisma, y que forzó al papa a publicar sus censuras contra los que obedeciesen aquel mandato y declarar por excomulgados al gran maestre de Francia, a Trivulcio y a todos los capitanes que en Italia estaban a servicio y sueldo del rey de Francia y a los que intervenían en las congregaciones de la iglesia galicana.

 

El rey católico nunca quiso ser parte en la nueva avenencia de Bles, y mucho menos aprobar ni seguir aquel ejemplo de la iglesia galicana tan descaminado; antes procuró con todas sus fuerzas apartar al emperador de aquel intento y hacer se reconciliase con el papa y concertarse con venecianos. Tratábase en esta sazón de casar la reina de Nápoles, sobrina del rey católico, con Carlos, duque de Saboya. Llegó el tratado a señalar en dote de la reina doscientos mil ducados, y aún se halla que aquella señora se intitulaba por este tiempo duquesa de Saboya. Sin embargo, este matrimonio no se efectuó, y el duque casó adelante con doña Beatriz, infanta de Portugal.

 

En Nápoles se alborotó el pueblo a causa que intentaron de asentar en aquella ciudad y reino la Inquisición a la manera da España. Comenzaba a ejercer el oficio el inquisidor Andrés Palacio juntamente con el ordinario. La revuelta fue tan grande, que por atajar mayores males el virrey publicó un edicto en que mandaba que los judíos y los nuevamente convertidos,

 

 

 

 

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que vinieron en gran número de España huidos, saliesen de aquel reino y desembarazasen por todo el mes de marzo. Junto con esto proveyó que atento la religión y observancia de aquella ciudad y de todo el reino, la Inquisición se quitase, con que todos sosegaron. El mismo papa era de este parecer, que por entonces no debían alterar la gente con poner en aquel reino aquel nuevo y severo tribunal.

 

 

 

 

II. Que los franceses tomaron a Bolonia

 

No se aseguraba el rey de Francia del rey católico, antes sospechaba se quería ligar con el papa en daño suyo. Los suizos asimismo, que tiraban sueldo del pontífice, lo hacían dudar no volviese la guerra contra Milán. Trató de concertarse con el papa por medio del cardenal de Pavía, que podía mucho con él. Ofrecía buen número de gente de a pie y de a caballo para la guerra contra el turco, y que acabaría con el duque de Ferrara dejase a Cento y la Pieve, y que tornase a pagar el censo que solía de cuatro mil ducados por año, dado que el papa Alejandro le relajó el censo, y entregó aquellos lugares en parte del dote con Lucrecia de Borgia; demás de esto, que alzaría mano de las tierras que tenía en la Romaña. Todos eran buenos partidos, si el papa no tuviera por cierto que tomaría al duque todo el estado. Estaba ya apoderado de Módena, y pretendía hacer lo mismo de Regio y Rubiera, pueblos principales de su condado. Agraviábase de esto el emperador a causa que todo aquel condado de Módena era feudo del imperio, y de él le tenían los duques de Ferrara. Hízole requerir que no pasase adelante, y que restituyese a Módena. Venía el papa bien en ello; sólo quería seguridad que no la entregaría a aquel duque, ni menos al rey de Francia. El rey católico tenía puesto su pensamiento en la empresa de África, dado que no se descuidaba de las cosas de Italia. Mandó al duque de Termens que con su gente diese vuelta al reino do Nápoles, pues en el Veronés no se hacía efecto de momento por estar el emperador ausente, y no tener ejército bastante. Hízolo así, y de camino visitó al papa en Bolonia, y de él fue muy bien recibido y acariciado.

 

El rey católico, pospuesto todo lo al, por principio de enero del año de 1511 pasó de Madrid a Sevilla para dar calor a los aparejos que se hacían para la guerra de África. Quería reparar el daño y mengua que se recibió

 

 

 

 

 

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en los Gelves, tanto más que en la isla de Querquera, puesta entre los Gelves y Túnez, fue muerto por los moros, que sobrevinieron de sobresalto de noche, el coronel Jerónimo Vianelo con cuatrocientos soldados que salieron a hacer agua; sucedió esta desgracia el mismo día de San Matías.

 

Lo mismo hizo el papa, que en el corazón del invierno, que fue muy recio, continuaba la guerra contra Ferrara, y porque sus gentes y las de la señoría hacían poco efecto, determinó ir en persona a cercar la Mirándula. Apretóla tanto, que la condesa, mujer que fue del conde Ludovico Pico, la entregó. Viose el papa en este cerco en peligro de la vida, porque una bala abatió la tienda en que estaba con otros cardenales; grande fue el espanto, el daño ninguno. Para memoria de este milagro mandó colgasen la bala, que es como la cabeza de un hombre, delante la imagen de nuestra Señora de Loreto, y allí está hasta el día de hoy al lado de la epístola. De Mirándula el pontífice dio la vuelta a Bolonia, pero mandó pasar su ejército contra Ferrara. Acudióle Andrés Griti con parte del ejército de venecianos, todos con intento de ponerse sobre aquella ciudad.

 

Toda esta diligencia fue de poco efecto a causa que la gente del duque se hallaba muy en orden, y el gran maestre de Francia con la gente que tenía en al Veronés se acercó a la ribera del Po con muestra de dar la batalla si fuese necesario para defender a Ferrara. Por esto los de la Iglesia dieron la vuelta, y el gran Maestre fue a Regio, do tenía puesto a Gastón de Foix, duque de Nemurs. Desde allí cargó sobre Módena, que se tenía ya por el emperador, ca el papa, a persuasión del rey católico, se la restituyó por este mismo tiempo. Estaba en ella con gente de la Iglesia Marco Antonio Colona, que la defendió muy bien y con mucho valor. El papa acordó intentar de nuevo de entrar en el Ferrares por la vía de Rávena, por donde pensaba hallar el camino más fácil y ayudarse mejor de la armada veneciana. Con esta resolución partió con su ejército de Bolonia; mas tampoco esta entrada fue de provecho, antes la gente del duque desbarató la del papa, y las galeras venecianas no se atrevieron a subir por el Po arriba por miedo del artillería que tenían plantada en la ribera de aquel caudaloso río.

 

Falleció en Regio en esta sazón el gran maestre de Francia, señor de Chamonte; su muerte fue a los 11 de febrero. Por el mes de marzo, el papa, entre nueve cardenales que creó en Rávena, dio el capelo a los obispos sedunense, suizo de nación, y al de Gursa, secretario del César, que era

 

 

 

 

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venido a Italia de parte de su señor a dar corte en los negocios y diferencias que tenía con venecianos y con Francia y con el papa. Quedó por general en lugar de Chamonte Juan Jacobo Trivulcio, padre de la condesa de la Mirándula. Prometiéronle los Bentivollas que le darían las puertas de Bolonia, do hallaría la gente de guarnición muy descuidada de trama semejante. Acudió Trivulcio con sus gentes, y sin dificultad se apoderó de aquella ciudad, porque el duque de Urbino, que allí quedó por su tío, avisado de su venida y de las inteligencias que tenía con aquellos ciudadanos, se salió con la gente que allí tenía de guarnición y los demás capitanes. Salióse asimismo el cardenal de Pavía Francisco Alidosio, y fuese a Rávena, donde halló al papa, en cuya presencia cargó la culpa de la pérdida de Bolonia al duque; y aún decía que tenía inteligencias con el de Ferrara, y por estar casado con hija de su hermana, le pesaba de todo su daño.

 

No faltó quien avisase de esto al duque de Urbino, que se indignó de esto tanto, que un día a tiempo que iba el cardenal a palacio, si bien le acompañaba mucha gente y algunos capitanes, salió con gente y a estocadas le mató a los 24 de julio. Fue grande este atrevimiento; valióle ser sobrino del papa, que si bien mostró gran sentimiento de aquella desgracia y exceso, no faltó quien dijese que por su orden se cometió aquel caso.

 

 

 

 

III.    Que algunos cardenales convocaron concilio general

 

En el cónclave en que fue elegido el pontífice Julio, todos los cardenales antes de la elección se obligaron por juramento que cualquiera de ellos que saliese papa, dentro de dos años juntaría concilio general. Demás de esto, en los concilios de Constancia y de Basilea quedó establecido que cada diez años se juntase el dicho concilio, so graves penas que ponen a los que lo impidiesen. El papa Julio, después que se vio con el pontificado señor de todo, mostró no hacer caso ni del juramento que hizo ni de lo por aquellos concilios decretado; que parecía poco miramiento y poca cuenta con lo que era razón. Alegábanse muchos desórdenes que en los tiempos,

 

 

 

 

 

 

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en particular de los papas Alejandro y Julio, se veían en la corte romana y en el sacro palacio.

 

Deseaban muchas personas celosas algún remedio para atajar un daño tan común y un escándalo tan ordinario; pero no se hallaba camino para cosa tan grande. Este celo, junto con la indignación que el emperador y el rey de Francia tenían con el papa, dio alas a los dos cardenales que estaban en Pavía, es a saber, don Bernardino y Cosencia, y al de Narbona que se juntó con ellos, para que en su nombre y de otros seis cardenales intentasen un remedio muy áspero y de mayores inconvenientes que la misma dolencia que pretendían curar. Despacharon sus cartas en Milán, do se pasaron de Pavía, en la misma sazón que la guerra de Ferrara andaba más encendida, para convocar concilio general. En ellas declaraban los motivos que tenían y las razones con que se justificaba aquel medio tan extravagante. Acudiéronles el obispo de París y otros prelados de Francia; asimismo el conde Jerónimo Nogarolo y otros dos vinieron de parte del emperador, y otros tantos en nombre del rey de Francia para asistirles. Estos despacharon al tanto sus edictos en nombre de sus príncipes, en que decían que los emperadores y reyes de Francia siempre fueron defensores y protectores de la Iglesia romana, y como tales para obviar de presente los escándalos públicos y procurar el aumento de la fe y paz de la Iglesia, se determinaban de acudir al remedio común, que era juntar el concilio. En todos estos edictos se señalaba para celebrar el concilio la ciudad de Pisa para que todos acudiesen y se hallasen a 1 de septiembre. El emperador en todo lo demás se conformaba; solo pretendía que el concilio se trasfiriese a Alemania, y se señalase la ciudad de Constancia por caer Pisa tan lejos y estar alborotada y falta por la guerra que tantos años los pisanos continuaran con los florentinos.

 

El rey católico, luego que supo tan gran desorden, se declaró por contrario a estas tramas, tanto con mayor voluntad, que los cardenales en sus edictos le querían hacer parte en aquella resolución. Procuró con el emperador desistiese de un camino tan errado; advertíale de los malos sucesos y efectos que de semejantes intentos otros tiempos resultaron; que no podía este negocio parar en menos que alborotos de la Iglesia y cisma. A su embajador Cabanillas mandó que, aunque con palabras muy corteses en forma de requerimiento suplicase al rey de Francia de su parte fuese contento que el condado de Bolonia se restituyese al papa, y no se

 

 

 

 

 

 

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procediese adelante ni en invadir tas tierras de la Iglesia, y mucho menos en la convocación del concilio.

 

Excusábase el rey de Francia con que el papa había innovado, y no quería pasar por lo que tenían capitulado; que el suceso de las guerras está en las manos de Dios, y él da las victorias de su mano a quien le place. Todavía sería contento de aceptar la paz con partidos honestos y razonables; en particular quería que se guardase la capitulación de Cambray; que los cardenales que salieron de la corte romana volviesen a su primer estado; que el marqués de Mantua, que servía de general de la gente veneciana, se le relajase el juramento con que como tal se obligó a aquella señoría, y se le restituyese un hijo, que para seguridad de esto entregó en poder del papa; que recibiese en su gracia al duque de Ferrara, y revocase las sentencias que se dieron contra él, sin que restituyese las tierras que tenía de la otra parte del Po ni Cento y la Pieve, pues se le dieron en dote, como queda apuntado. Las mismas cosas se pedían al papa de parte del emperador; él empero las tenía por muy graves, y como era de pensamientos tan altos, no sufría que nadie para obedecerle y hacer lo que era obligado le pusiese ley.

 

El rey católico, visto que no se hallaba remedio para atajar aquel escándalo tan grande, se resolvió de declararse por el papa con tan grande determinación, que alzó la mano de la conquista de África, a que pensaba pasar en persona, y despidió mil arqueros ingleses que le envió el rey de Inglaterra para que le acompañaren. Así desde Cádiz, do llegaron por principio de junio, los mandó volver a su tierra contentos y pagados. Demás de esto, hizo asiento con aquel rey que caso que el de Francia no restituyese a Bolonia a la Iglesia ni desistiese de la convocación del concilio, el rey católico acudiese al papa; y si en tanto el de Francia rompiese por las fronteras de España, y en efecto para que no rompiese, el inglés le hiciese guerra por la Guyena.

 

Con esta resolución partió el rey, de Sevilla para Burgos. Desde Guadalupe dio orden que el conde Pedro Navarro fuese con la gente que tenía a Nápoles, do el virrey don Ramón da Cardona con color de la guerra de África tenía muy en orden toda la gente de a caballo que tenía en el reino. Proveyóse asimismo que Trípoli quedase incorporada en el reino de Sicilia para que desde allí los virreyes la defendiesen y proveyesen de lo necesario, para cuyo gobierno envió a don Jaime de Requesens con una buena armada. Esto se hizo a causa que pretendía servirse de Diego de

 

 

 

 

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Vera, que allí quedó por capitán, en su cargo de capitán general de la artillería. Gozó poco de aquella tenencia don Jaime, ca por un alboroto de los soldados que tenía en aquella ciudad, el virrey de Sicilia lo sacó de allí con su caudillo, y envió a trueque por gobernador de Trípoli y por capitán a su hermano don Guillén de Moncada.

 

 

 

 

IV. Que el papa convocó concilio para San Juan

 

de Letrán

 

Mucho procuraba el rey católico de sacar al emperador de la amistad que tenía con el rey de Francia, que tan mal estaba a su reputación. Envió para desengañarle y procurar se concertase con venecianos y ligase con el papa a don Pedro de Urrea, y para que sucediese en el cargo de embajador al obispo de Catania don Jaime de Conchillos. El emperador no acababa de resolverse por ser muy vario en sus deliberaciones. Acordó de enviar al de Guisa al padre santo para tomar algún asiento, y a don Pedro de Urrea a Venecia. Ofrecía el pontífice en nombre de aquella señoría que quedasen por el emperador Verona y Vicencia, y lo demás que pretendía por venecianos. Que por la investidura le contarían doscientos cincuenta mil ducados, y de pensión treinta mil por año, y las demás diferencias quedasen en sus manos y en las del rey católico para que las echasen a un cabo. Partidos aventajados, pero que el de Guisa no quiso aceptar. Ni la ida de don Pedro de Urrea fue de algún efecto a causa que aquella señoría entendía por los humores alterados que andaban que en breve se revolvería Italia, con cuya revuelta ellos podrían respirar y repararse de los daños pasados.

 

Hacíase instancia de parte del emperador y la princesa Margarita que el rey católico acudiese con socorro de gente o de dineros para contra el duque de Güeldres, porque confiado en las espaldas que el de Francia le hacía, no cesaba de molestar las tierras del señoríos de Flandes, y apoderarse de algunos lugares sin que nadie le fuese a la mano. Mas el rey católico estaba tan puesto en acudir a lo de Italia, que poco caso hacía de todo lo al; y aún el mismo emperador por no romper con el de Francia le parecía por entonces disimular.

 

 

 

 

 

 

 

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El verano iba adelante, en sazón que las cosas de los portugueses en la India se mejoraban asaz por el valor y diligencia de Alonso de Albusquerque. Tuvo los años pasados el rey don Manuel noticia que más adelante de Goa y Calicut está situada Malaca, ciudad de gran contratación. Dio orden a Diego López Siqueira, que partió de Lisboa con cinco naves tres años ante de este, fuese a descubrirla. Hizo su viaje en su compañía García Sousa y Hernando Magallanes. Descubtió primero la isla de Sumatra, que está contrapuesta a Malaca y debajo de la línea equinoccial, muy grande y fértil, dividida en muchos reinos, habitada parte de moros, parte de gentiles. Contrató con aquella gente, y de allí pasó a Malaca, ciudad grande y rica por el mucho trato que tiene, sujeta antiguamente al rey de Siam, y a la sazón tenía rey propio, que se llamaba Mahomad. Tuvo Siqueira sus hablas con este rey. Hicieron sus alianzas, y con tanto el capitán puso en una casa a Rodrigo Araoz con cierto número de portugueses para continuar el trato. El moro, temeroso de los portugueses, intentó de apoderarse de las naves; no le salió esto, prendió los que halló descuidados en la ciudad. No tenían fuerzas bastantes los portugueses para satisfacerse de aquel agravio; alzaron las velas, y con la carga que pudieron tomar, desde Cochin, donde tocaron, dieron la vuelta a Portugal.

 

Alonso de Alburquerque, que ya tenía el gobierno de la India, determinó juntar su armada para vengar esta injuria. Partió de Goa, y llegó a tomar puerto en la isla de Sumatra. De allí enderezó su viaje a Malaca. Sucedió en el viaje que encontró con una nave, acometióla y tomóla; ya que los portugueses la entraban, se emprendió tan grande llama, que fueron forzados a retirarse por no ser quemados. Entendióse después que aquella llama se hacía con cierto artificio sin que hiciese algún daño. Poco adelante de vio otra nave; embistiéronla los cristianos y tomáronla, dado que un moro que iba en ella, por nombre Nabodabeguia, grande enemigo de portugueses, con otros la defendió valientemenmte hasta tanto que de las muchas heridas que le dieron cayó muerto. Notóse que con estar tan herido no le salí sangre ninguna. Despojáronle, y luego que le quitaron una manilla de oro, brotó sangre por todas partes. Súpose que en aquella manilla traía engastada una piedra que en el reino de Siam se saca de ciertos animales llamados cabrisias, y tiene maravillosa virtud para restañar la sangre. Llegó la armada a Malaca a 1 de julio. Hubo algunos encuentros con los de dentro, que se defendieron con todas sus fuerzas,

 

 

 

 

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pero en fin la ciudad quedó por el rey de Portugal. De esta manera se dilataba el nombre cristiano en los últimos fines de la tierra.

 

En Italia la autoridad de la Sede Apostólica andaba en balanzas por el cisma que amenazaba. Acordó el papa, dejada la guerra, dar la vuelta a Roma; allí por atajar los intentos de los cardenales cismáicos publicó sus edictos a los 18 del mismo mes, en que mandaba a los prelados y a todos los demás que se deben hallar en semejantes juntas acudiesen a Roma para celebrar un concilio general en la iglesia de San Juan de Letrán, que se abriría lunes, a los 19 de abril, del año luego siguiente. Publicaba el papa que en el concilio quería tratar algunas cosas de grande importancia, como era que la reina de Francia no era legítima mujer de aquel rey; que los estados de Guyena y Normandía pertenecían al rey de Inglaterra, y se debía dar a los naturales absolución del juramento que tenían prestado a los reyes de Francia, todo a propósito de enfrenar al francés y ponerle espanto.

 

Él con este recelo no dejaba de dar oído a la plática de la concordia, y estuvo para concertarse con venecianos con las condiciones que ofrecían antes al emperador; mas al fin le pareció mejor continuar el camino comenzado del concilio de Pisa, que pretendía de nuevo el emperador se trasladase a Verona o a Trento, sobre que hacía grande instancia. El francés, que era el que guiaba esta danza, no venía en ello por estar Verona malsana, y Trento ser lugar pequeño para tanta gente como pensaban acudiría; antes solicitaba a los cardenales para que sin mas dilación abriesen el concilio en Pisa, y de los florentinos tenía alcanzado entregasen aquella ciudad en poder de los cardenales. Sin embargo, ellos no se aseguraban de entrar en ella antes que el emperador y rey de Francia enviasen sus embajadores y acudiesen algún buen número de prelados de aquellas naciones; y aún daban muestra de quererse reducir, y pedían seguridad para hacerlo, y que les señalase el papa lugar en que pudiesen retirarse; todo era trato doble y entretener para con el tiempo asentar mejor sus cosas.

 

Procedíase en Roma contra ellos; sustancióse el proceso y cerróse. Venido a sentencia, fulminó el pontífice sus censuras, y condenó en privación de todas sus dignidades a cuatro cardenales, es a saber, Carvajal, Cosencia, Samalo, Bayos; lo mismo pretendía hacer con los cardenales Sanseverino y Labrit. Esta sentencia contradijo al principio el colegio. Llegaron algunos a excusarlos; alegaban que solo pretendían se celebrase

 

 

 

 

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concilio en lugar seguro, en que se tratase de la reformación de la Iglesia en la cabeza y en los miembros. Y no faltaba quien dijese que el papa por impedir la tal congregación podía ser depuesto de su dignidad conforme a lo que el concilio de Basilea decretó en la sesión oncena.

 

 

 

 

V. De la liga que el rey católico hizo con el papa y

 

con venecianos

 

Andaban las pláticas entre el papa y rey católico para concertarse; apretábase el tratado cada día mas. El rey quería se le acudiese con dinero para pagar la gente; al papa se le hacía muy de mal de privarse de aquella poca sustancia que para su defensa le quedaba. Esto sentía tanto, que a las veces revolvía en su pensamiento y aún movía partidos para concertarse con Francia; pero como quier que no le sucediese a su propósito, acudió al socorro de España como a puerto más cierto y más seguro.

 

Llevóse el negocio tan adelante, que el rey determinó enviar a Nápoles buena parte de la gente que tenía junta para pasar a África; quinientos hombres de armas, trescientos caballos ligeros y otros tantos jinetes y dos mil infantes se embarcaron en Málaga. Llevaba cargo de toda esta gente Alonso de Carvajal, señor de Jódar; de los infantes iba por cabeza el coronel Zamudio. La voz era que iban a la conquista de África; no venía bien ni se creía, porque al mismo tiempo que esta gente partió de España, que fue a principio de agosto, el conde Pedro Navarro llegó a Nápoles con hasta mil quinientos soldados maltratados y desarrapados, reliquias de las desgracias pasadas.

 

Entreteníase el rey de Francia con la plática que movió de casar su hija menor con el infante don Fernando, en que daba intención de alzar la mano de la pretensión que tenía a la sucesión de Nápoles. El rey católico, dado que venía bien en el casamiento, todavía instaba que Bolonia se restituyese a la Iglesia. El francés se excusaba por razones que alegaba para no hacerlo. Las cosas amenazaban rompimiento. El francés se concertó con los Bentivollas de tomar aquella ciudad debajo de su amparo; y para todo lo que podía suceder, mandó a Gastón de Foix, su sobrino, que era duque de Nemurs y le tenía puesto por su general y gobernador de Milán, enviase cuatrocientas lanzas a Bolonia, y si fuese necesario, pasase

 

 

 

 

 

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con su ejército en persona a socorrerla. Por otra parte, un embajador de Inglaterra, que fue a Francia para este efecto, y el embajador Cabanillas hicieron un requerimiento en pública forma al rey de Francia sobre la restitución de Bolonia, que era tanto como denunciarle la guerra, si en cosa tan justa no condescendía. Alteróse mucho el francés de esto; respondió por resolución que determinaba de defender a Bolonia de la misma manera que a Milán.

 

Sucedió que el papa adoleció de guisa, que se entendía no podía escapar. El emperador asimismo vino a Trento por el mes de septiembre; desde allí el obispo de Catania se despidió para dar la vuelta a España. Había este príncipe entrado en pensamiento de ser puesto en la silla de san Pedro en lugar del papa. Fomentaba esta imaginación el cardenal de Sanseverino, uno de los cismáticos, que andaba en aquella corte en ayuda y en nombre de su parcialidad, y lo allanaba el camino, no solo para salir con el pontificado, sino, para hacerse señor del reino de Nápoles con favor de los señores de su casa, y aún de toda Italia, si se determinase ir en persona a dar calor al concilio de Pisa en que ya estaban los otros cardenales sus consortes; todas eran trazas en el aire, y muy diferentes de las que el rey, su consuegro, con más fundamento tramaba.

 

Concluyóse pues la liga, que llamaron santísima, entre él y el papa y venecianos a los 4 de octubre, por la restitución de Bolonia y de las otras tierras de la Iglesia y por la defensa de la Sede Apostólica contra los cismáticos y el concilio de Pisa. Las condiciones fueron que el rey dentro de veinte días después de la publicación de esta alianza enviase mil doscientos hombres de armas, mil caballos ligeros, diez mil infantes españoles a esta empresa; el papa quedó de acudir con seiscientos hombres de armas debajo la conducta del duque de Termens; la señoría con su ejército y con su armada para que se juntase con las once galeras del rey católico. Mientras la guerra durase, el papa y venecianos se obligaron de pagar para la gente del rey por mes cuarenta mil ducados y de dar el día de la publicación de esta liga ochenta mil por la paga de dos meses. Quedó a cargo del rey nombrar general de todo el ejército, y señaló a don Ramón de Cardona, su virrey de Nápoles. En este tratado los venecianos renunciaron cualquier cantidad que hubiesen prestado a los reyes de Nápoles que fueron de la casa de Aragón. El emperador no entró en esta liga; declaróse empero en las capitulaciones en particular que se hizo con su sabiduría y con participación del rey de Inglaterra.

 

 

 

 

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Resolvióse el papa de venir en estas condiciones, a lo que se entendió, por tres causas: la una, que estando él doliente, los barones de Roma y el pueblo se alteraron y pusieron en armas con intento que les guardasen sus privilegios y que eran gobernados tiránicamente; la otra, que los florentinos se tenían por Francia, que daba ocasión de temer que cada y cuando que quisiese podría aquel rey sin resistencia llegar a Roma y enseñorearse de todo hasta poner pontífice de su mano; lo que sobre todo le hizo fuerza era el concilio de Pisa, ca tenía gran recelo no procediesen a deponerle y a crear antipapa, como se publicaba lo pretendían hacer.

 

En esta misma sazón Diego García de Paredes, que hizo mucho tiempo oficio de corsario, y por esta causa cayó en desgracia de su rey, andaba en servicio del emperador; y fue por dos veces preso, una junto a Verona en cierto encuentro que con los imperiales tuvieron los albaneses; la segunda en Vicencia, do estaba enfermo al tiempo que aquella ciudad se redujo a la obediencia de la señoría. El almirante Vilamarín, que era ido con sus galeras a España, por orden del rey dio vuelta a Nápoles para acudir a las cosas de la liga. Quedó en la costa de Granada Berenguel de Olms con algunas galeras.

Por otra parte, Rodrigo Bazán con otros capitanes y gente iban a quemar ciertas fustas que se recogían en el río de Tetuán. Túvose aviso que el rey de Fez venía muy poderoso sobre Ceuta; acudieron los unos y los otros al socorro. Cuando llegaron a Ceuta supieron que el de Fez era pasado a ponerse sobre Tánger, plaza que tenía por capitán a don Duarte de Meneses, muy buen caballero. Acudieron luego a aquella parte, llegaron un sábado, 18 de octubre. Tenían los moros el lugar en mucho aprieto, porque hicieron gran daño con su artillería en las murallas y gente, y pasaron sus estancias junto a las minas que tenían hechas para batir la ciudad. Salieron del pueblo Rodrigo Razán y sus compañeros. Dieron sobre una de las estancias de los enemigos, que les hicieron desamparar con muerte de muchos de los principales moros que allí estaban. Otro día salieron los portugueses de a caballo a escaramuzar con los moros; hiciéronlo tan valientemente y con tanta destreza, como muy ejercitados contra moros, que el rey de Fez perdió la esperanza de salir con su empresa, tanto, que el día siguiente mandó levantar sus reales. Así los capitanes de Castilla volvieron a Gibraltar con la honra de haber socorrido aquella ciudad y librádola de enemigo tan poderoso y bravo.

 

 

 

 

 

 

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VI. La guerra se comenzó en Italia

 

Apercibíase el virrey de Nápoles para salir con su gente. El conde Pedro Navarro iba por general de la infantería, que tenía alojada en Gaeta y por los lugares de aquella comarca. La caballería muy en orden y todos prestos para marchar. Excusóse de ir a esta jornada Próspero Colona; parecíale no lo podía hacer con reputación sin llevar algún cargo principal. Por esta causa se dio a Fabricio Colona nombre de gobernador y teniente general. El conde de Santa Severina Andrés Garrafa asimismo no quiso ir. Notóse que los que con más voluntad se ofrecieron fueron los barones de la parte angevina. Entre ellos se señalaron el marqués de Bitonto, hijo del duque de Atri, el marqués de Atela, hijo único del príncipe de Melti, el duque de Trageto, los hijos de los condes de Matalon y de Aliano. El príncipe de Bisiñano, dado que se quedó por doliente, por ser la guerra contra Francia, envió el collar y orden de San Miguel a aquel rey; lo mismo hicieron los de Melfi y Atri y Matalon.

 

Partió primero el conde Pedro Navarro con su infantería la vía de Pontecorvo; poco después, a 2 de noviembre, salió la caballería, que era muy lucida gente, en compañía del virrey. En este medio el ánimo del emperador combatían varios pensamientos y contrarios: por una parte el cardenal Sanseverino continuaba en sus promesas mal fundadas; por el contrario, el embajador don Pedro de Urrea ofrecía, si entraba en la liga para atajar los males que amenazaban, le ayudarían con el ejército común y a su costa para enseñorearse del ducado de Milán y aún para allanar lo de Güeldres. Este camino parecía a aquel príncipe más seguro y mas llano, si bien conforme a su condición nunca acababa de resolverse. Tornaba a querer concierto con venecianos con las condiciones y partido que ofreció el papa al de Gursa. Era ya tarde, en sazón que los venecianos, demás de estar muy confiados en el ejército de la liga, tenían de su parte mil hombres de armas, fuera de otros doscientos con que fue a servirles Pablo Ballon, caudillo de fama; tenían otrosí más de tres mil caballos ligeros, en buena parte albaneses, gente muy diestra, y nuevo mil infantes. Verdad es que el embajador de Roma Jerónimo Vic se dio tal maña, que concertó treguas entre aquella señoría y el emperador; cosa que, aunque no sirvió para que los venecianos se juntasen con el ejército de la liga, para lo de adelante importó mucho.

 

 

 

 

 

 

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El rey de Francia no se descuidaba en dar orden que su general Gastón de Foix saliese a combatir el campo de la liga con toda su gente y la que de nuevo le proveyó de Francia; y aún de los suizos pretendía, levantar gran número y divertirlos que no entrasen en la liga ni aún acudiesen a la defensa de la Iglesia como se procuraba por medio del cardenal seldunense. Juntamente por entretener al emperador le ofrecía por medio de Andrea del Burgo de hacerle papa, si lo quisiese ser, y si no, que se elegiría pontífice de su mano; tan poco miramiento se tenía en negocio tan grave. Demás de esto, que recobraría las tierras que de la Iglesia pertenecían al imperio, y del reino de Nápoles le daría la parte que en él quisiese, y el ducado de Milán y ciudad de Génova le acudirían perpetuamente con cierto número de gente siempre que tuviese guerra. Las diferencias de Güeldres ofrecía se comprometerían en las personas que el mismo César nombrase; partidos todos tan grandes, que nadie se podía asegurar del cumplimiento. Entonces el cardenal de Sauseverino se despidió del emperador con poco contento por la poca resolución que en sus pretensiones llevaba.

 

Quería el virrey llevar su ejército la vía de Florencia para de camino asegurarse de aquella ciudad, que seguía la voz de los cismáticos y de Francia; mas el papa no lo consintió, y mandó que por el Abruzo pasase a la Romaña, y desde allí a Bulofia. El tiempo era muy recio y la tierra muy áspera; adolecieron muchos del ejército, murieron pocos. Llegó con toda su gente a Imola, do se detuvo por esperar la artillería de batir que venía por mar; y de Manfredonia, donde la embarcaron, aportó a Arimino el mismo día de Navidad, principio del año de 1512; de allí se llevó a Imola.

El conde Pedro Navarro con la infantería se hallaba más adelante en Lugo y Bañacabalo; acordó por no perder tiempo de pasar a combatir la Bastida, que era una fortaleza del duque de Ferrara puesta sobre el Po, y tenía dentro, de guarnición, doscientos cincuenta italianos. Aprobó el virrey esta resolución del conde; comenzaron a combatirla postrero de diciembre; defendiéronse los de dentro muy bien, pero al tercero combate fue entrada por fuerza; murieron casi todos los que tenía en su defensa, con su capitán Vestilelo. Ganóse en esto reputación a causa que en cinco días ganaron aquella fuerza, que se tenía por inexpugnable; entregáronla al cardenal Juan de Médicis, que iba en el ejército por legado del papa.

Deseaba el rey de Francia tener en su poder a don Alonso de Aragón, hijo segundo del rey don Fadrique. Hizo tantas diligencias sobre ello que

 

 

 

 

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la reina doña Isabel, su madre, aunque era de solos doce años, se le entregó. Publicaban los franceses que en breve con la armada de Francia le llevarían al reino de Nápoles, para con esta traza alterar el pueblo y alzarle por rey. Parecía esta empresa fácil por quedar Nápoles desnuda de soldados y la gente del reino muy deseosa de ser gobernados por sus reyes naturales y propios como de antes; que siempre lo presente da fastidio, y lo pasado parece a todos mejor; juicio común, mas que muchas veces engaña.

 

 

 

 

VII. Del cerco de Bolonia

 

Ganada la Bastida, el conde Pedro Navarro con su gente dio vuelta a Ímola. En Butri, donde pasó todo el campo, se trató en consulta de capitanes de la manera con que se debía hacer la guerra. Fabricio Colona y los demás de la junta eran de parecer que el ejército se fuese a poner en Cento y en la Pievo, que ganara aquellos días Pedro de Paz con los caballos ligeros, y que combatiesen a Castelfranco, plaza importante por ser fuerte y estar entre Carpi, do alojaba la gente francesa, y Bolonia. Decían que desde allí discurriese el ejército por los lugares del condado de Bolonia, y ganados, se podía poner el cerco sobre la ciudad, ca siempre las empresas se deben comenzar por lo más flaco; además que se tenía aviso como Gastón de Foix con gente de a pie y de a caballo venía en socorro de aquella ciudad, y que estaban dentro el bastardo de Borbón, el señor de Alegre y Roberto de la Marca con trescientas lanzas francesas y la gente de la ciudad, que era mucha y belicosa asaz. El conde Pedro Navarro porfiaba se debía ir luego sobre Bolonia, pues distaba solas quince millas; que divertirse a otras partes sería perder reputación. Hacía la empresa muy fácil, como hombre que por su atrevimiento tanteaba el suceso de lo demás. Este parecer se siguió por tener el conde gran crédito entre la gente de guerra y aún porque servía de mala gana cuando no se ejecutaba lo que él quería; propiedad de cabezudos.

 

Salió de Roma el duque de Termens con la gente del papa, y porque murió en el camino, y el duque de Urbino no quiso por entonces aceptar aquel cargo, aunque poco después envió su teniente, ordenó el papa a los capitanes obedeciesen al legado, y entregasen la gente al Virrey, al cual envió la espada y bonete junto con las banderas que bendijo en la misa de

 

 

 

 

 

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Navidad. Los venecianos ni acudían con el dinero, según tenían concertado, ni con su gente; antes con la sombra de la liga pretendían recobrar las tierras de su estado que se tenían por el emperador, y aún si pudiesen, las que por Francia. Salió el virrey de Butri, llegó a poner su campo a cuatro millas de Bolonia, reconoció la tierra, que es muy fuerte, y por el riego muy mala de campear, mayormente en tiempo de invierno. Otro día, que fue a 10 de enero, pasó con toda la gente delante para reconocer en qué parte haría sus estancias. Llegó hasta una casa de placer, que decían Belpogio, y era de los Bentivollas, a tiro de cañón de la ciudad. Dentro de Bolonia se hallaban ya en esta sazón quinientas lanzas y dos mil soldados, y por capitán principal monsieur de Alegre.

 

Sucedió que el mismo día que el virrey partió de Butri, el duque de Ferrera acudió con gente a la Bastida. Dióle tanta prisa, que en veinte horas la forzó, y la mandó echar por tierra. Asentó el virrey con su gente en aquella casa de placer. Más adelante con parte de la infantería se pusieron el marqués de la Padula y el conde de Pópulo, que se apoderaron de un monasterio, que llamaban San Miguel del Bosque, y apagaron el fuego que los mismos de dentro le pegaron por quitar aquel padrastro. Allí plantaron algunos tiros de artillería, y los demás se plantaron en un cerro que se levanta más adelante, por donde acordaban que se diese la batería.

 

Antes de esto se tuvo aviso que Gastón de Foix, duque de Nemurs, en Parma juntaba su gente, que eran ochocientas lanzas, mil caballos ligeros y tres mil infantes, y que en el Final, pueblo a veinte millas de Bolonia, se juntaría con él la gente del duque de Ferrara, que eran dos mil gascones y algún número de caballos con determinación de hacer alzar el cerco. Alojaba Fabricio Colona en Cento y en la Pieve con la vanguardia del ejército para impedir el paso a los franceses. Ordenóle el virrey que con toda su gente viniese a ponerse por la otra parte de la ciudad hacia la montaña. Acordaban de nuevo se pasase allí la artillería y se diese la batería por ser el muro mas flaco por aquella parte; pero poco después acordaron que el campo estuviese todo junto en lugar que se asegurase la artillería, y se atajase el paso a los que venían de socorro. Asentóse la artillería entre San Miguel y la puerta de Florencia. Comenzóse la batería a los 28 de enero, con que abatieron parte del muro, y algunos soldados pudieron subir a una torre, en que pusieron sus banderas. Acudieron los de dentro, y al fin los echaron fuera. Sacaba una mina el conde Pedro Navarro. Pegaron fuego a los barrillos para volar los adarves. Con la

 

 

 

 

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fuerza de la pólvora se alzó el muro, de manera que los de dentro y los de fuera se vieron por debajo. Tornó empero luego a asentarse tan a plomo como antes. Túvose por milagro y favor del cielo por una devota capilla que tenían por de dentro pegada a la muralla, y se llamaba del Baracan, que voló y se asentó como lo demás.

 

Hallábase sin embargo la ciudad en mucho aprieto y peligro de ser tomada, cuando sobrevino una nieve, que continuó tres días. Con esto el general francés tuvo comodidad de meterse una noche dentro de Bolonia con gran golpe de gente, no sólo sin que le impidiesen los contrarios por estar algo apartados, sino sin ser sentido de las centinelas. Por esto y por la aspereza del tiempo y las nieves que continuaban, acordaron los de la liga de alzar el cerco y retirarse todo el campo con la artillería a San Lázaro, que está a dos millas de Bolonia. La gente del papa no paró hasta que llegó a Imola. El virrey se pasó al castillo de San Pedro, y los demás capitanes alojaron su gente por aquella comarca. En esto paró aquel cerco tan famoso y de tan grande ruido.

 

Los más, como suele acontecer en casos semejantes, cargaban al general que, sin tener consideración a la aspereza del tiempo, dejó pasar ocho días en que se pudiera hacer efecto; que los reales se asentaron muy léjos de donde debían estar; las minas y trincheas para batir el muro se sacaron no como debían; finalmente, que el recato era tan poco, que el enemigo se les pasó sin ser sentido. A la verdad el tiempo era muy áspero, y ni los suizos vinieron como se cuidaba, ni los venecianos acudieron con su gente. Halláronse en este cerco con los demás Antonio de Leiva, el capitán Albarado, el marqués de Pescara don Hernando Dávalos, que fue adelante muy famoso capitán.

 

El de Inglaterra se apercibía para luego que el tiempo diese lugar romper con Francia por la parte de Guyena; pretensión antigua de aquellos reyes sobre que en nombre del rey católico hacía instancia don Luis Carroz, su embajador. Tenía nombrado por general para aquella guerra a Tomás Graye, marqués de Orset, primo hermano del mismo rey. Acordó asimismo el rey católico que se sobreseyese por entonces en la conquista de África y se sacase la gente de guerra que tenía en Orán, quedando allí sola la necesaria para la defensa. Entonces se ordenó que se hiciese repartimiento de aquella ciudad; señalaron seiscientas vecindades, las doscientas de gente de a caballo, y las otras de a pie; repartieron entre los pobladores las casas, huertas y tierras de la ciudad, todo a propósito que

 

 

 

 

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con más facilidad se pudiese sustentar aquella plaza. Para que de mejor gana acudiesen a poblar, se concedió a los vecinos franqueza de tributos y alcabalas además del sueldo que a todos les mandaban pagar.

 

En esta misma sazón, postrero de enero, parió en Lisboa la reina doña María un hijo, que se llamó el infante don Enrique, y fue adelante cardenal, y últimamente, por muerte de su sobrino el rey don Sebastián, murió rey de Portugal; ocultos y altos juicios de Dios. El mismo día que nació este infante nevó mucho en Lisboa, cosa muy rara en aquella ciudad. Los curiosos decían que pronosticaba aquella nieve la blancura de sus costumbres, que fueron muy tantas, y la pureza de la castidad, en que perseveró toda la vida; en el rostro fue el más semejante a su padre entre todos sus hermanos.

Hallábase el rey católico en Burgos; allí, a los 16 de febrero, por muerte del condestable don Bernardino de Velasco, concertó que su hija doña Juliana, nieta del mismo rey por parte de su madre doña Juana de Aragón, casase con Pero Hernández de Velasco, hijo mayor de don Íñigo, que sucedió a su hermano don Bernardino en aquel estado de Haro y en el oficio de condestable.

 

 

 

 

VIII. Que el papa excomulgó al rey de Navarra

 

La ausencia del duque de Nemurs dio avilenteza a los de Bresa y a los de Bérgamo para levantarse contra Francia y volver a poder de venecianos, excepto los castillos. Era este negocio muy grave y principio de que todas aquellas ciudades de nuevo conquistadas hiciesen lo mismo. Acordó el duque, luego que socorrió a Bolonia, de acudir a aquella parte; llevó consigo al señor de Alegre. Quedó en Bolonia un capitán francés, por nombre Fulleta, con trescientos hombres de armas y tres mil infantes en defensa de aquella ciudad. Al encuentro del de Nemurs salió Griti con el ejército de la señoría y todo el pueblo de Bresa. Retiróse él a la montaña, y pasada la media noche, entró en la ciudad por la parte del castillo. Desde allí pasó a dar en el real de los venecianos. Trabóse una batalla muy reñida y herida; murieron muchos de ambas partes, mas la victoria quedó por Francia con prisión de Andrés Griti, de Antonio Justiniano, gobernador de aquella ciudad, y Pablo Manfron. El conde Luis Bogaro, que entregó

 

 

 

 

 

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aquella ciudad a venecianos por ser natural y tener gran parte en ella, no sólo fue preso, sino por sentencia justiciado por traidor.

 

El duque de Nemurs con este suceso tan próspero recobró sin dificultad a Bérgamo. Dejó a monsieur de Aubeni en guarda de Bresa con golpe de gente; lo demás del ejército repartió por el Veronés, y él se fue a Milán a festejar las Carnestolendas y como a gozar del triunfo de la victoria.

El rey de Francia sintió mucho su ida en tal coyuntura; ordenóle que sin dilación saliese con su gente para hacer rostro al ejército de la liga, que a esta sazón se hallaba menguado de soldados y con poca reputación y en mucho aprieto. Esto dio ánimo al concilio de Pisa para nombrar por sus legados a los cardenales, al de Sanseverino de Bolonia, y al de Bayos de Aviñón; y fue ocasión, que ni los venecianos se concertasen con el emperador, si bien el papa hacia grande instancia que aceptasen las condiciones diversas veces tratadas, ni el emperador se declarase por la liga; verdad es que poco después, por diligencia del embajador Jerónimo Vic, concertaron treguas con ciertas capitulaciones con que aquella señoría se obligó a contar cierta suma de dineros al emperador.

 

El rey de Francia fortificaba sus fronteras de Normandía primero, y después de la Guyena por miedo del inglés. Juntamente procuraba tener muy de su parte al rey de Navarra, dado que de secreto daba grandes esperanzas al duque de Nemurs, que concluida la guerra de Italia, le pondría en posesión de aquel reino. Esta alianza tan estrecha del rey de Navarra con Francia fue causa de su perdición, lo cual se encaminó de esta manera: el papa supo que aquel rey favorecía y ayudaba a los enemigos de la Iglesia y hacía las partes de Francia y del concilio de Pisa. Acordó con consejo del colegio de los cardenales de acudir al remedio que se suele tener contra príncipes cismáticos, esto es, que pronunció sentencia de excomunión contra el rey y reina de Navarra, privólos de la dignidad y título real, y concedió sus tierras al primero que las ocupase. Diose esta sentencia a los 18 de febrero.

 

Entendióse que la solicitó el rey católico. Lo cierto que la tuvo muchos días secreta con esperanza de asegurarse por otro camino de aquellos reyes. Con este intento, por fin del mes de marzo, desde Burgos, do se hallaba, despachó a Pedro de Hontañón para que de su parte avisase a aquellos reyes del camino errado que llevaban; y para asegurarse que ni darían ayuda a Francia en aquella ocasión, ni paso por sus tierras a sus

 

 

 

 

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enemigos y de la Iglesia, pedía le entregasen a su hijo el príncipe de Viana, con promesa que les hacía de casarle con una de sus nietas, es a saber, con doña Isabel o con doña Catalina. Ellos no quisieron venir en nada de esto, antes continuaban en maltratar a los servidores del rey católico, hacer alardes y juntas de gentes. Y si bien por don Juan de Silva, frontero de Navarra, fueron avisados no diesen lugar a aquellas novedades, a sus saludables amonestaciones no daban oídos. Animábanlos las nuevas que venían de Italia de la pujanza de los franceses y del aprieto en que se hallaba el campo de la liga.

 

Entreteníase el virrey con su gente en el condado de Bolonia, sin retirarse por la reputación ni atreverse a pasar adelante o acometer alguna empresa, si bien el papa quería que rompiesen por las tierras del ducado de Milán. Temían ellos no les atajasen las vituallas que les venían de Rávena; y de la gente que tenían, por la aspereza del tiempo unos eran muertos, y otros desamparaban las banderas. Lo que mas es, que a tiempo que los enemigos estaban muy cerca, el teniente del duque de Urbino y las seiscientas lanzas del papa se salieron del real, con achaque que no les pagaban y que tenían sospecha de alguna gente española. La verdad era que el duque traía inteligencias con el rey de Francia y tenía letras, suyas sobre un cambio de Florencia para levantar gente en su nombre. Llegó la mengua de nuestro campo a términos, que el virrey y el legado acordaron de tomará sueldo cuatro mil italianos para reforzarle; y aún el papa pretendía los llegasen a ocho mil, y libró para ello luego el dinero. Era su parecer que sin dilación se viniese a las manos con los franceses. Su grande corazón le quitaba todo temor.

 

El rey católico, al contrario, quería se entretuviesen hasta tanto que la gente de Venecia les acudiese, pues lo podían hacer con la tregua que se asentó entre ellos y el emperador. Ordenaba otrosí que se proveyesen de número de suizos, y a falta de estos, de alemanes. Para persuadir esto despachó a Hernando de Valdés, capitán de su guarda, que fuese primero a Roma a tratarlo con el papa, y desde allí pasase al campo de la liga a mandarlo al general de su parte. Hizo él lo que se le mandó muy cumplidamente. Llegó a do el virrey alojaba a los 29 de marzo, en sazón que los campos alojaban el uno a vista del otro, de tal suerte que, sin gran nota, con dificultad se podía excusar de venir a las manos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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IX. De la famosa batalla de Rávena

 

El ejército de la liga todavía se entretenía en el castillo de San Pedro, en Butri, en Cento y la Pieve, pueblos todos del condado de Bolonia; el virrey determinaba de esperar allí los franceses, y si quisiesen, darles la batalla. La disposición del lugar ayudaba mucho a los de la liga, y el deseo de venir a las manos era grande. En esta sazón llegó el campo de Francia, y con él el duque de Ferrara, muy acompañado de gente lucida y brava. Estuvieron los unos a vista de los otros tres días sin que se viniese a la batalla. Los franceses no se atrevían a acometer nuestro campo en lugar tan desaventajado; el virrey quería guardar el orden que le trajo Hernando de Valdés. Detuviéronse los franceses en aquel puesto hasta postrero de marzo. Este día alzaron sus reales y se encaminaron la vía de Rávena, de la cual ciudad deseaban mucho apoderarse por ser el mercado de do los nuestros se proveían de vituallas.

 

Había enviado el virrey los días pasados para la defensa a don Pedro de Castro con cien caballos ligeros, y a Luis Dentichi, gentilhombre napolitano, con mil soldados italianos. La plaza era tan importante, que se determinó de levantar luego el real y seguir por la huella el enemigo tan de cerca, que solas tres millas iban distantes los dos campos. Acordó asimismo que Marco Antonio Colona se adelantase de noche con cien lanzas de su capitanía y quinientos españoles para meterse dentro de aquella ciudad. Está Rávena puesta a la marina del golfo de Venecia entre dos ríos, que entrambos se pueden vadear, el uno se llama Ronco, y el otro Monton; corren muy pegados a los muros, el Monton a mano izquierda, el Ronco a la derecha, dicho antiguamente Vitis.

 

Llegaron los franceses el Jueves Santo a poner su real sobre aquella ciudad entre los dos ríos. Diose el combate el día siguiente, que fue muy bravo. Defendiéronla los de dentro con mucho ánimo, en particular Luis Dentichi, que perdió un hermano en la batería, y él quedó mal herido, de que murió en breve. El virrey acordó arrimarse a un lado de la ciudad y seguir el río Ronco abajo, que bate con los muros y dividía los dos campos.

Llegó el Sábado Santo a ponerse a dos millas de los enemigos en un lugar, que se llama el Molinazo, en que se fortificaron con un foso que tiraron delante su campo. Sobre el pasar adelante hubo diversos pareceres. Fabricio quería que reparasen en aquel lugar, pues tenían seguras las

 

 

 

 

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vituallas, y los enemigos en breve padecerían necesidad, además que desde allí aseguraban la ciudad, o si los enemigos se desmandasen a tomarla, la victoria. El conde Pedro Navarro, como hombre muy arrimado a su consejo y enemigo del ajeno, aunque fuese mejor y más seguro, persuadió al virrey que pasase adelante. Mostró siempre gran deseo de pelear, y hacía el principal fundamento en la infantería española, que quería aventurar contra todo el ejército de los enemigos, gran temeridad y locura. Con esta resolución se adelantaron los nuestros; salieron a escaramuzar con nuestra vanguardia algún número de caballos franceses, pero no se hizo cosa de momento aquella tarde más de que los enemigos volvieron a sus estancias, y los del virrey aquella noche se quedaron casi a vista de los reales contrarios.

 

Luego el otro día, que fue el Domingo de Pascua a los 11 de abril, los unos y los otros se pusieron en orden de pelear. Tenían los franceses veinticuatro mil infantes, entre franceses, gascones, alemanes e italianos, dos mil hombres de armas y dos mil caballos ligeros; las piezas de artillería eran cincuenta. Guiaban la vanguardia el duque de Ferrara y monsieur de la Paliza; en la batalla iban el gran senescal de Normandía y el cardenal Sanseverino, legado del concilio pisano; regía la retaguardia Federico de Bozoli; el de Nemurs con golpe de caballos escogidos quedó de respeto para acudir a do fuese mas necesario. El ejército de la liga, que en la fama era de dieciocho mil infantes, no llegaba con mucho a este número. Los españoles eran menos de ocho mil; los italianos cuatro mil; mil doscientos hombres de armas, dos mil caballos ligeros y veinticuatro piezas de artillería. Debiera el virrey partir antes del alba y sin estruendo para atajar a los enemigos el paso y no darles lugar que se pusiesen en ordenanza, coma lo aconsejaba Fabricio; pero él no quiso venir en esto, y así dio lugar a que los enemigos, pasado un puente que tenían en aquel río, estuviesen muy en orden. La vanguardia de nuestro ejército llevaba Fabricio Colona con ochocientos hombres de armas y seiscientos caballos ligeros y cuatro mil infantes. De toda la demás gente se formaron dos escuadrones que quedaron a cargo del virrey y del conde Pedro Navarro.

 

Adelantáronse con esta orden al son de sus cajas. Animaban los generales cada cual a su gente; el de Nemurs en particular habló a los suyos en esta manera:

«Lo que por tanto tiempo, señores y soldados, habéis deseado, que es pelear con los enemigos en campo raso, la fortuna o fuerza más alta,

 

 

 

 

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como benigna madre, demás de las victorias pasadas que nos ha dado, nos lo concede este día, en que nos presenta ocasión de la más gloriosa victoria que jamás ejército alguno haya alcanzado. Con la cual, no sólo Rávena y toda la Romaña os quedarán rendidas como en parte del premio debido a vuestro valor, antes no quedando en Italia cosa que haga contraste a vuestro esfuerzo ni lanza enhiesta, ¿quién, amigos, será parte para que no sigamos la victoria sin parar hasta apoderarnos de Roma, ciudad y corte rica y soberbia con los despojos de toda la cristiandad? Botín y presa que a todo el mundo pondrá envidia juntamente y espanto. Tomada Roma, ¿quién os estorbará el paso para Nápoles? Donde vengaréis las injurias recibidas los años pasados, muchas y muy graves; grande felicidad, y que la tengo por muy cierta cuando considero vuestro valor, vuestras hazañas y sobre todo esos semblantes alegres y denodados.

 

»Y no me maravillo que os mostréis animosos contra los que de noche afrentosamente os volvieron las espaldas luego que llegasteis a Bolonia. Los mismos que por no venir a vuestras manos ni fiarse de sus brazos, se arrimaron a los muros de Imola y de Faenza, y se valieron de la aspereza de los lugares en que asentaron sus reales. Jamás esta canalla se os atrevió en el reino de Nápoles sino con ventaja de lugar, de reparos, ríos y fosos. Toda la confianza la tienen puesta en sus mañas. Fuera de que estos no son los ejercitados en las guerras de Nápoles, sino gente allegadiza y lo más acostumbrados a contrastar con los arcos y lanzas despuntadas de los moros; y aún poco ha quedaron de esos mismos vencidos en los Gelves y destrozados; ¡oh grande mengua! Y Pedro Navarro, su caudillo de tanto valor, es a saber, y fama, aprendió mal de su grado cuán diferente cosa sea batir los muros con la fuerza de la artillería y con las minas secretas o llegar a las manos y a las espadas. ¿No catáis el foso que esta noche han tirado y cómo se han cerrado con sus carros? Nunca se olvidan de sus artes.

 

»Mas sed ciertos que no les valdrán, ni la batalla se dará como ellos deben pensar. La artillería los sacará de sus manidas y cavernas a lo raso, donde se entenderá la ventaja que el ímpetu francés, la ferocidad alemana y la nobleza de italianos, hace a las astucias de los españoles. El número de nuestra gente es casi doblado que el de los contrarios, cosa que parece alguna mengua para gente tan esforzada; mas si bien se mira, nadie tendrá por cobardía que nos aprovechemos de esta ventaja, antes a los contrarios por temerarios y locos, pues se mueven a pelear sólo a

 

 

 

 

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persuasión de Fabricio Colona, que a costa suya quiere librar de nuestras manos a su primo Marco Antonio. Por mejor decir, la justicia de Dios los ciega para castigar la soberbia y enormes vicios del falso pontífice Julio; los engaños y traiciones de que se vale contra la bondad de nuestro rey el fementido rey de Aragón.

 

»Mas ¿para qué son tantas palabras? ¿A qué propósito, soldados, entreteneros la victoria con alargar razones? Arremeted pues y cerrad sin dudar, que este día a mi rey dará el señorío y a vos las riquezas de toda Italia. Yo acudiré a todas partes sin tener cuenta con la vida, como lo acostumbro, el más dichoso capitán que jamás hubo en el mundo, pues tengo tales soldados, que con la victoria de este día quedarán los más famosos y más ricos que algunos otros de trescientos años a esta parte».

Comenzó a jugar la artillería, como quiera que la del virrey al principio hizo grande daño en la vanguardia enemiga al pasar el río, pero la de los contrarios, por ser en número doblada y asentarse en lugar más abierto, hizo muy mayor estrago en la gente de armas que no tenía algún reparo.

Arremetió el marqués de Pescara con los caballos ligeros sólo porque se comenzase la pelea. Mezcláronse los hombres de armas de todas partes con poca orden. Estuvo la pelea en peso un buen espacio sin que se reconociese ventaja. Cargó mucha gente francesa, y los de la liga comenzaron a desmayar y desordenarse. En este trance fue herido el caballo del marqués de Pescara y él preso, y muerto Pedro de Paz, capitán muy señalado. El conde Pedro Navarro, que siempre pretendió llevar el prez de la victoria, visto esto, se adelantó con la infantería española, con espaldas de trescientos hombres de armas españoles que pudo recoger. Al tiempo de romper con la infantería tudesca vio el coronel Zamudio que iba en la primera hilera un capitán alemán, por nombre Jacobo Empser, que se adelantó de los demás para desafiarle. «¡Oh, rey, dijo Zamudio, cuán caras cuestan las mercedes que nos haces, y cuán bien se merecen en semejantes jornadas!». Dichas estas palabras, terció su pica, fuese para el tudesco, y dio con él muerto en tierra. Los demás hirieron con tal denuedo en los alemanes, que los desbarataron; con la misma fuerza pasaron por los gascones y por los italianos sin hallar en ellos resistencia, de manera que con un ímpetu y furor extraño, pasados a cuchillo los más de los tudescos, tanto que de doce capitanes alemanes murieron los nueve, pusieron en huida toda la demás infantería francesa. No pararon hasta llegar a la

 

 

 

 

 

 

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artillería y ganarla, si bien los franceses dicen que la defendió con gran esfuerzo Jenolaco Galeoto, capitán de la artillería.

 

Lo que consta es que la caballería francesa, visto aquel estrago y peligro, revolvió sobre nuestra infantería. La carga fue tan brava, que aunque los españoles se defendieron gran rato, como ni tenían caballería que les acudiese y estaban muy cansados de pelear, fueron desbaratados. Allí murieron el coronel Zamudio y otros capitanes, y quedó preso el conde Pedro Navarro.

Los demás soldados se retiraron en ordenanza; acudióles la infantería que iba en la vanguardia. Defendíalos por un lado el río, y por otro la calzada del camino real. Deseaba mucho el duque de Nemurs desbaratar aquel escuadrón por quedar de todo punto con la victoria; adelantóse con pocos contra el parecer de monsieur de la Paliza, que le decía se contentase con lo hecho. Revolvieron sobre él los contrarios, y derribado del caballo, fue muerto por un soldado español, sin aprovecharle decir mirase que tenía por prisionero al hermano de la reina de Aragón. Murieron asimismo monsieur de Alegre y su hijo, y monsieur de Lautreque quedó por muerto tendido en el campo. Con esto dejaron pasar el río abajo hasta tres mil soldados españoles. Peleaba todavía Fabricio con su gente y la demás que pudo recoger contra todo el campo francés, hasta tanto que le dieron dos heridas y cayó con el caballo en poder de la gente del duque de Ferrara. De esta manera los franceses quedaron señores del campo y la victoria por ellos; pero tan destrozados, que no pudieron ejecutarla ni seguir el alcance ni hacer empresa de momento.

 

Del número de los muertos no se puede decir cosa cierta por la diversidad que hay en los autores, que parece siguieron cada cual sus aficiones particulares más que la verdad. Lo que consta es que la pelea duró por espacio de cinco horas y que fue mayor el daño que recibieron los vencedores, no sólo por perder su general y casi todos los alemanes y aún las personas de cuenta, fuera del duque de Ferrara y de monsieur de la Paliza, sino porque de nuestra caballería se perdió poca, tanto, que aquella noche se recogieron la vuelta de Arimino y Ancona hasta tres mil entre hombres de armas y caballos ligeros, y se pusieron en salvo pasados de cuatro mil españoles de infantería. El virrey, de Pesaro, do se retiró, pasó a Ancona para recoger la gente. Personas de cuenta se salvaron, el duque de Tragelo, el conde del Pópulo, Ruy Díaz Cerón, Alonso de Carvajal, Antonio de Leiva, si bien en la batalla le mató la artillería dos caballos;

 

 

 

 

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Hernando de Valdés, que se quiso hallar en esta batalla, Julio de Médicis, caballero de San Juan. Quedaron presos demás de los dichos el legado y don Juan de Cardona, hermano del marqués de la Padula, que murió de las heridas, Hernando de Alarcón, los marqueses de Bitonto y de Atela, sin otras muchas personas de respeto que llevaron a Milán; solos Fabricio y Alarcón y don Juan de Cardona quedaron en Ferrara.

 

Con esta victoria los franceses acudieron a Rávena, que se entregó luego a partido, en que no se guardó lo capitulado, porque salidos Marco Antonio Colona y don Pedro de Castro con la gente de su cargo la vía de Cesena, la pusieron a saco sin perdonar a templos ni monasterios. Los escritores franceses cargan la culpa de este desorden a Jaquin, capitán de infantería, el cual del despojo de las iglesias de Bresa andaba vestido de brocado, y regostado a la ganancia, que le costó la vida, incitó a los soldados a que hiciesen lo mismo en Rávena, donde hallaron más despojos y riquezas de lo que se pudiera pensar. Diéronse a los vencedores las ciudades de Imola, Forli, Cesena y Arimino con casi todos los castillos de la Romaña, que los recibió el legado en nombre del concilio pisano.

 

La nueva de esta batalla, que fue de las más famosas de Italia, se derramó por todas partes. El papa, averiguada la verdad, no perdió ánimo, dado que el pueblo de Roma estaba para alborotarse, especialmente que el duque de Urbino se le envió a ofrecer con deseo de enmendar los yerros pasados. Julio de Médicis desde Cesena, donde se acogió, con licencia se vio con el legado, su primo, y por su orden fue a Roma para dar razón al papa del estado en que las cosas quedaban y animarle a pasar adelante.

Al rey católico dieron a entender que el daño era muy menor de lo que de verdad fue, porque en sus cartas refiere que por los alardes se halló no faltaban de su campo mil quinientos hombres entre la gente de a caballo y de a pie. Sin embargo, acordó de enviar al Gran Capitán a Italia, cuya presencia se tenía por cierto bastaba a soldar aquella quiebra; así lo publicó y escribió a diversas partes, y despachó luego para Nápoles al comendador Solís con dos mil soldados españoles.

 

El rey de Francia, luego que supo lo que pasaba, dijo: «¡Ojalá yo perdiera a Italia, y mi sobrino y mis buenos capitanes fueran vivos! Tales victorias dé Dios a mis enemigos, que por ellas se dijo: el vencido vencido, y el vencedor perdido».

La señoría de Venecia se alteró tanto, que tuvo por cierto con esta victoria se harían señores los franceses, no solo de Nápoles, sino de toda

 

 

 

 

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Italia. Llegaban a querer mudar partido. El conde de Cariati, Juan Bautista Espinelo, embajador a la sazón del rey católico en aquella ciudad, con sus buenas razones y con mostrarles cuán pequeño fue el daño, los sosegó para que no se declarasen contra la liga.

 

El cardenal de Sorrento, que quedó en Nápoles en lugar del virrey durante la ausencia de don Ramón de Cardona, requirió a don Hugo de Moncada, virrey de Sicilia, acudiese con toda la gente que pudiese juntar para asegurar las cosas de Nápoles y para cumplir con el encargo que tenía a la sazón de capitán general de los dos reinos, Nápoles y Sicilia; lo cual él hizo con los soldados que vinieron de Trípoli y otra gente de a caballo. Asimismo don Ramón de Cardona, de Ancona se partió para Nápoles, do entró a 3 de mayo con intención de rehacer el ejército lo mejor que pudiese y proveer de todo lo necesario.

 

 

 

 

X. Que el concilio lateranense se abrió

 

Antes que esta batalla se diese, el papa en Roma se ocupaba en aprestar lo que era necesario para celebrar el concilio lateranense al tiempo aplazado en sus edictos. Nombró en consistorio ocho cardenales y otras personas que atendiesen a esto, y mucho más a dar orden en lo que a la reformación de la ciudad de Roma y de su corte tocaba; que no era justo los prelados extranjeros hallasen desórdenes y vicios donde debía estar el albergue de toda virtud y honestidad. Juntamente hacía instancia que los obispos de Sicilia y de Nápoles acudiesen, eso mismo los de España, en particular quería se hallasen en el concilio los arzobispos de Toledo y de Sevilla, que eran dos prelados muy notables y grandes. Pretendía con su presencia autorizar aquel concilio, y llegaba a ofrecer el capelo al de Sevilla. Su mayor ansia era desacreditar por estos medios el conciliábulo de Pisa que tenían junto los cardenales cismáticos.

 

Ellos por este mismo tiempo trasladaron su junta a Milán, y con la nueva de la victoria ganada por los franceses, que sonaba más de lo que era, pasaron tan adelante, que publicaron sus cartas contra el papa, en que se contenía en sustancia: que atento que una y muchas veces le suplicaron y amonestaron asistiese en el concilio, o señalase una de diez ciudades que nombraban, para que libremente se pudiese celebrar, por lo menos no

 

 

 

 

 

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impidiese ni molestase la prosecución de aquel sínodo; y que en lugar de hacerlo así, había sido causa de derramarse infinita sangre, sin dar esperanza alguna de reformar sus graves escándalos y vicios; por tanto, le declaraban por suspenso de toda administración espiritual y temporal del pontificado, y la adjudicaban al santo concilio, conforme a la determinación de la sesión undécima del concilio de Basilea, y de la cuarta y quinta del concilio de Constancia. Fijóse esta declaración en las iglesias de Milán, Florencia, Génova, Verona y Bolonia, atrevimiento y desacato que hizo maravillar a todo el mundo, y al papa sirvió de espuelas para abreviar en dar principio al su concilio lateranense.

 

Abrióse a los 10 de mayo. Halláronse presentes los cardenales de Roma, muchos prelados que concurrieron de diversas partes. El mismo pontífice quiso presidir en él para que todo tuviese más autoridad y peso. En la primera junta, Egidio de Viterbo, general de los agustinos, y de los mayores predicadores que hubo en su tiempo en Italia, hombre erudito y grave, hizo un sermón muy elegante a propósito de lo que se debía tratar y remediar por los padres que allí estaban congregados, de esta sustancia:

«Años ha que por toda Italia a propósito de la revelación de san Juan tengo predicado que se verían grandes trabajos en la Iglesia, y últimamente podíamos esperar su enmienda y reformación. Alégrome que mi profecía no haya salido vana, pues casi en un tiempo nos vemos puestos en el extremo de los males y peligros, y tras ellos nos amanece la esperanza del remedio y de la bonanza después de un tan recio temporal. Esta diferencia hay entre las cosas del cielo y las terrenas, que aquellas, como son eternas, no tienen necesidad de reparo; las humanas piden continuo cuidado para reformarse, por las alteraciones y mudanzas a que son sujetas. Lo que es la labor y riego en las plantas, lo que el sustento a los animales, esa necesidad tienen las costumbres de ser cultivadas. Que si esto pueden hacer los pastores, cada cual en su rebaño, la experiencia desde el tiempo del gran Constantino acá nos ha enseñado con cuánta más eficacia se ejecuta cuando los prelados juntos en uno se animan y esfuerzan, ayudados del espíritu de Dios que les asiste, a poner la mano en la labor.

 

»¿Quién desarraigó las herejías que de todo tiempo se levantaron? Los concilios. ¿Quién tuvo a raya los príncipes y los hizo temblar para que no hiciesen desaguisados y males? Los concilios. Por abreviar, ¿qué otra cosa sustenta hoy el lustre de la Iglesia, tiene en pie la religión y las

 

 

 

 

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ceremonias sagradas, hace que el pueblo se mantenga en piedad y obedezca a las leyes eclesiásticas? Por ventura, ¿no son los concilios? Que si el fruto es menor de lo que fuera razón, y los daños y vicios se ven crecer más de lo que quisiéramos, mirad, padres, no sea la causa el haber aflojado en costumbre tan loable. Grande fuerza tienen estas juntas y grande eficacia; pero si las ayudamos con el ejemplo de la vida y nuestra modestia en todo, a imitación de nuestra cabeza, que comenzó a hacer y a enseñar, como dice la Escritura. Buena es la enseñanza, y el trabajo que en ella se pone bien empleado; mas es menester esforzarla con el buen ejemplo y con la buena vida del que tiene oficio de enseñar.

 

»No me quiero detener en cosa tan clara. ¿Quién no ve los trabajos y males de este miserable siglo, las costumbres del pueblo tan sueltas, la ignorancia, ambición y deshonestidad en quien menos era razón, las demasías y robos, diré de los príncipes o de sus soldados, o de los unos y de los otros? Esos campos bañados con la sangre derramada más que con las lluvias del cielo, ¿quién los puede mirar sin lágrimas? Estos y otros muchos males o en este concilio se han de remediar, o no nos queda alguna esperanza. Grandes cosas habéis emprendido y acabado, padre santo: asegurar los caminos, castigar los salteadores, restituir a la Iglesia tantas ciudades cuantas ningún otro pontífice. Todavía la mayor os queda por hacer; ésta es pacificar los príncipes cristianos y acabar con ellos vuelvan sus fuerzas contra el enemigo común. Dejemos las armas corporales; con las que son propias nuestras hagamos guerra a los vicios y a los males, que son muchos y grandes; porque ¿cuándo la vida fue más suelta? ¿Cuándo la ambición más desenfrenada? ¿Cuándo mayor libertad de hablar y sentir como cada cual quiere de las cosas divinas? ¿Cuándo se vio mayor carnicería entre paganos y fieras que la de Bresa primero, y después la de Rávena, cuya sangre aún no está del todo enjuta? Todo lo cual ¿qué son sino voces del cielo que amonestan y dicen la necesidad que teníamos de acudir a este postrer remedio y a esta sagrada áncora?

 

»El provecho para que sea más colmado, se debe dar orden que en él se use de modestia, no haya voces ni ruidos; y sin embargo, todos tengan la libertad de hablar que antiguamente se tenía, aunque se traten cosas que toquen a cualquier persona, por grande que sea. Haced, padres, lo que es de vuestra parte, que Cristo os acudirá con su espíritu, y todos los santos del cielo con su ayuda. San Pedro y san Pablo, claras lumbreras del cielo, y patrones de la Iglesia santa y de esta ciudad, oíd nuestros

 

 

 

 

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gemidos. Poned los ojos de vuestra benignidad en nuestros daños. Ayudad a vuestra Iglesia, viña de vuestra labranza, y posesión de Dios; y la que librasteis de la crueldad de los tiranos, no permitáis perezca a manos de los que se llaman sus hijos y familiares. Comunicad fuerza del cielo a todos estos padres y santos prelados para que puestos los ojos en Dios y sin tener respeto a nadie, provean del remedio que tantas miserias piden y a todos nos es necesario».

 

 

 

 

XI. Del principio de la guerra de Navarra

 

La tregua que se asentó entre el emperador y venecianos y la diligencia del cardenal sedunense obraron tanto, que los suizos se resolvieron de pasar en Italia en ayuda de la liga y de la Iglesia. Lo que les pudiera entibiar, que era la batalla de Rávena, eso les hizo apresurar tanto, que se halla que a los 19 de mayo estaban en Valcamonica, tierra de Bresa, en número dieciséis mil. Traían dieciocho piezas de artillería de campo, sin otros seis mil que bajaban a la parte de Milán la vía de Novara, y dos mil por la vía de Bérgamo. Venía por general de esta gente el barón de Altofajo, y en su compañía, Mateo el cardenal sedunense. Los franceses, sea por acudir a la parte de Guyena y por mandamiento de su rey, como dicen sus historiadores, sea por miedo de tanta gente que acudía contra ellos de refresco en gran número, desamparada Italia, se volvían a su tierra. Quedaba el de la Paliza con alguna gente en lo de Lombardía, pero cada día se le despedían soldados.

 

Llegaron a Verona, a los 27 de mayo, pasados de veinte mil suizos; tomáronla sin dificultad a causa que los franceses desampararon la ciudad y el castillo. Aquí se acordó que Pablo Capelo con el ejército de la señoría, que era setecientos hombres de armas, ochocientos caballos ligeros y cuatro mil infantes, se juntase con los suizos. Fueron sobro Valesio, do se recogieron los franceses de Verona, que también desampararon esta plaza sin acometer a defenderse ni atajar el paso a los enemigos, que fuera fácil por estar el río Mintio en medio. Siguieron los suizos el campo de Francia, que se retiró a Pontevico, y desde allí a Cremona, sin hallar lugar seguro en que afirmarse ni arriscarse a venir a las manos, tanto más, que el emperador tuvo forma para que los alemanes que quedaban en el ejército

 

 

 

 

 

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francés se despidiesen; cosa que puso tanto miedo al de la Paliza, que no paró hasta retirarse a Aste en lo postrero del ducado de Milán con intención de desamparar a Lombardía.

 

Con esto las ciudades se levantaron, en particular Cremona, que se dio al cardenal sedunense en nombre del imperio. Milán con casi todas las demás ciudades de aquel estado se rindió a los vencedores. Rávena otrosí volvió a poder del papa. Todos los elementos parece se conjuraban en daño de Francia. Con estos principios tan prósperos el de Gursa y don Pedro de Urrea, que venían con este ejército, pretendían haber a Maximiliano Esforcia para restituirle en aquel ducado y hacer la guerra con más calor y proceder en aquella empresa con mayor justificación. Los cardenales cismáticos, por no estar seguros en Milán, se pasaron a Francia. En esta revolución tan grande de cosas las ciudades de Placencia y Parma se dieron de su voluntad al papa, que pretendía le pertenecían como miembros del antiguo exarcado de Rávena, que donaron a la Sede Apostólica los reyes de Francia, según de suso queda notado.

 

En España continuaba el rey católico en requerir al de Navarra le asegurase bastantemente que por aquella parte no le haría daño alguno. Como no venía en dar a su hijo el príncipe de Viana, contentábase que pusiese sus fortalezas en poder de alcaides naturales de aquel reino, pero que fuesen a su contento. Vino a Burgos Ladrón de Mauleón de parte de aquel rey, mas sin poderes bastantes ni comisión para concluir. Ofrecía el embajador de Navarra que se daría seguridad que por aquel reino no se haría ofensa a la causa de la Iglesia. No venía en asegurar que por los demás estados que tenían en Francia se haría lo mismo. Diósele por resoluta y final respuesta que diesen seguridad que estarían neutrales, o si ayudaban al francés por lo de Bearne, que lo mismo hiciesen con la liga por lo de Navarra. Tenía aquel rey gran recelo que después de la muerte de Gastón de Foix el rey católico pretendería apoderarse de aquel reino por la reina doña Germana, como heredera de su hermano y de sus acciones y derechos. Prometía monsieur de Orbal, embajador en Navarra del rey de Francia, que en tal caso su señor acudiría a aquellos reyes con todas sus fuerzas; y aún ofrecía que daría al principe de Viana por mujer a su hija menor.

 

Estas y otras ofertas mal fundadas engañaron aquel rey para que, pospuestas las obligaciones que tenía a Dios y sin respeto del deudo tan

 

 

 

 

 

 

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cercano con España, entrase en la liga de Francia, que fue despeñarse en su perdición.

 

En esto el marqués de Orset con su armada de Inglaterra, en que venían mas de cinco mil arqueros, llegó al Pasaje, puerto de Guipúzcoa, a los 8 de junio. Fue a verse con él don Fadrique de Portugal, obispo de Sigüenza, que atendía en San Sebastián por orden del rey para proveer a los ingleses de todo lo necesario. Juntábase en Castilla buen número de gente para hacerles compañía en aquella empresa, y por su general el duque de Alba.

Pretendía el rey católico acometer primero a Navarra por asegurar las espaldas y tener el paso y las vituallas seguras para la empresa de Guyena. Con este intento mandó juntar Cortes de la corona de Aragón en Monzón, y por presidente la reina doña Germana, y que se alistase toda la gente que ser pudiese de aquellos estados para ayudarle en aquella guerra, que decía quería ir en persona. Resolvieron en aquellas Cortes de servir a su rey por espacio de dos años y ocho meses con doscientos hombres de armas y trescientos jinetes.

 

El rey de Navarra, vista la tempestad que le amenazaba, envió a su mariscal don Pedro de Navarra al rey Católico para dar algún buen corte. Venía en que para la seguridad que se pedía se entregasen algunas fortalezas suyas, como no fuesen la de Estella y San Juan de Pie de Puerto, que eran las más importantes.

Acordó el rey católico que su gente ante todas cosas fuese sobre Pamplona, y pedía al marqués de Orset hiciese lo mismo; mas él se excusó con que no tenía comisión de su rey para hacer la guerra en Navarra; antes formaba queja contra el rey porque no tenía a punto la gente, como tenían concertado, para romper por la Guyena. Decía que si acudieran luego, se apoderaran sin dificultad de Bayona por hallarse desapercibida, y con la dilación dieron lugar a que le acudiese gente y se pusiese de tal manera en defensa, que con grande dificultad se podría ya ganar.

 

 

 

 

XII. El rey católico se apoderó de Navarra

 

Entreteníase el duque de Alba en Vitoria hasta que le viniese orden de lo que debía hacer. Tenía en Álava y en la Rioja y Guipúzcoa su gente, que

 

 

 

 

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eran mil hombres de armas, mil quinientos jinetes y seis mil infantes. Iban por coroneles de la infantería Rengifo y Villalva; llevaban veinte piezas de artillería, y por capitán de ella Diego de Vera. Llegó al duque orden del rey en que le mandaba se encaminase con toda su gente a Pamplona, cabeza del reino de Navarra.

 

Hízose así: entró en aquel reino un miércoles a 21 de julio. Llevaba la vanguardia don Luis de Bíamonte, forajido de Navarra y despojado de su estado. Era la reina doña Catalina ida con sus hijos a Bearne, y el rey se quedó en Pamplona con intento de defender aquella ciudad; pero como quier que el duque halló la entrada y camino llano, el rey, por ver las pocas fuerzas que tenía, se retiró a la villa de Lumbierre. Con su ausencia los de Pamplona hicieron sus conciertos y se entregaron al duque el mismo día de Santiago. Querían hacer lo mismo casi todos los lugares de aquel reino.

El rey don Juan, por prevenir este daño y reparar sus haciendas lo mejor que pudiese, envió tres comisarios al duque con poderes bastantes para concertarse, resuelto de aceptar las leyes que le pusiesen. Hízose el asiento, que en sustancia era remitirse a la voluntad del rey católico para cumplir todo lo que ordenase y por bien tuviese; cuya resolución fue que aquel rey le entregase todo el reino de Navarra para tenerle en depósito hasta tanto que las cosas de la Iglesia se asentasen, y después lo que su voluntad fuese; asimismo que entregase al príncipe de Viana, su hijo, para que estuviese y se criase en Castilla; condiciones tales y tan ásperas cuales se podían esperar de un vencedor. Con esto el rey don Juan, perdida la esperanza de poderse valer en Navarra, pasó los puertos.

 

Las villas y lugares, luego que fueron requeridas de paz, enviaron sus procuradores a entregarse. Sóla la fortaleza de Estella y los del val de Escua, confiados en la esperanza de la montaña, no vinieron en lo que los demás. Los roncaleses venían en rendirse, pero pedían se les concediesen los fueros y libertades de Aragón.

En esta sazón la gente francesa, que venía en socorro de aquel reino, era llegada a Bearne. El rey católico, para de más cerca dar orden en todo, de Burgos, do estuvo muchos meses, pasó a Logroño. Acudieron con gente Manuel de Benavides y don Luis de la Cueva y don Íñigo de Velasco, condestable de Castilla, a servir en aquella guerra. El obispo de Zamora don Antonio de Acuña, en nombre de la Sede Apostólica, fue a Pamplona los días pasados para avisar al rey don Juan tuviese por bien de apartarse de los que alborotaban la Iglesia, y dado que aquella su ida no hizo efecto

 

 

 

 

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alguno, el rey católico acordó de enviarle de nuevo a Bearne para declarar a aquel rey las condiciones que se le habían puesto y amonestarle las guardase.

 

Prendiéronle en Salvatierra sin tener respeto ni a su dignidad ni a que iba por embajador; y luego por mandado del rey don Juan fue entregado al duque de Longavila, general de la gente francesa que alojaba en Bearne, y era gobernador de Guyena. Hacíanle algunos cargos para justificar aquella prisión, en particular que se halló en la batalla de Rávena; verdad es que poco después le enviaron a proseguir el tratado de la paz con rehenes, que dejó tres sobrinos, para seguridad de volver cada y cuando que de ello fuese requerido.

La conquista de Navarra fue tan fácil, que los franceses entraron en sospecha de algún trato doble y maña. Para quitar esta sospecha, el rey don Juan fue a verse con el de Francia para dar razón de todo; y en poder de los franceses entregó a Salvatierra para que se asegurasen de su voluntad y la pusiesen en defensa. Estaba el rey de Francia resuelto de acudir con todo su poder a las partes de Guyena hasta enviar allá, si necesario fuese, el delfín con todos sus buenos capitanes y toda la gente que era vuelta de Italia; al contrario, el rey don Fernando ponía todo cuidado en asegurarse de los pueblos de Navarra. Hizo que los de Pamplona le jurasen y le prestasen sus homenajes, no ya como depositario de aquel reino, sino como a rey. La causa que para esto se alegaba fue que el rey don Juan no cumplió con lo capitulado, y por tanto quedaba el reino por el vencedor.

 

Trataba con el mariscal de Navarra y con el conde de Santisteban que se le rindiesen. El de Santisteban, que poco después llamaron marqués de Falces, se acomodó con el tiempo; el mariscal, comunicado el negocio con sus deudos, respondió que no hallaba camino para, salvo su honor, faltar a su rey.

La ciudad de Tudela, si bien entre las primeras envió sus procuradores para rendirse, no acababa de prestar los homenajes; entendíase deseaba ser recibida con los fueros y privilegios de Aragón. No desistió de esta porfía hasta tanto que el arzobispo de Zaragoza con gente que juntó se presentó delante aquella ciudad e hizo que pasase por lo que los demás pueblos de aquel reino; pretendían otrosí los vencedores asegurar el paso para Francia. Con esto intento mandó el duque de Alba que el coronel Villalva con la gente de su regimiento, que eran tres mil infantes, y con trescientas lanzas pasase los montes y se apoderase de San Juan de Pie de Puerto.

 

 

 

 

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Hízose así, y poco después el mismo duque con todo su ejército se fue a poner en el mismo lugar. Allí vinieron por orden del rey católico Hernando de Vega, comendador mayor de Castilla, y Diego López de Ayala, varones de gran prudencia y de quien se hacía gran confianza.

 

Con la ida del duque a aquel pueblo se hicieron dos efectos, el uno atajar el paso a los franceses para que no alterasen lo de Navarra, lo segundo abrir el camino para pasar a la conquista de Guyena. Hacíase instancia con el marqués de Orset para que se viniese a juntar con nuestro campo y dar principio a la guerra de Guyena. Alegaban muchas razones por donde fue necesario asegurarse de Navarra. El General inglés se excusó con decir que era ya tarde para dar principio a nueva conquista, ca el otoño iba muy adelante; que el calor con que su gente vino, con aquella tardanza se apagara, y muchos de ellos enfermos. Esto decía en lo público; de secreto y entre los suyos se quejaba que los burlaron en efecto, y que el rey católico solo pretendía con su venida hacer su negocio, que era apoderarse de Navarra, sin curar de la conquista de Guyena; que sus acciones y término daban bien a entender su intención; finalmente, que se resolvía, como lo hizo, de dar la vuelta a Inglaterra, pues el invierno se acercaba, y por estas partes no se hacía cosa alguna sino gastarse la gente y consumirse. Bien es verdad que algunos sospecharon, según que Antonio de Nebrija lo escribe, que el marqués buscó estos achaques por estar él y los suyos prendados con el oro de Francia.

 

 

 

 

XIII. De las cosas de Italia

 

Las cosas de Italia se trocaron no de otra suerte que si los franceses quedaran vencidos en la batalla de Rávena. Movió el duque de Urbino con la gente del papa para dar la tala a Bolonia. Saliéronse los Bentivollas de la ciudad, y los boloñeses alzaron las banderas del papa. Los cardenales de Estrigonia y Nantes, que se hallaban en Francia, y el del Final, que sobrevino, trataban de reconciliar aquel rey con la Iglesia, de que al principio tuvieron buenas esperanzas; mas el papa acordó de publicar su bula en que ponía entredicho en el reino de Francia, excomulgaba a su rey, y absolvía del juramento de la fidelidad a los de Guyena y Normandía. Y

 

 

 

 

 

 

 

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porque en la ciudad de Lyon dieron acogida a los cardenales cismáticos, mandó pasar las ferias a Ginebra, do antiguamente solían estar.

 

Trataba el embajador Jerónimo Vic de concertar al duque de Ferrara con el papa por medio de Fabricio Colona. Concertóse que pusiese en libertad los prisioneros que tenía en su poder y viniese a Roma a pedir perdón. Hízolo así. Vinieron en su compañía Fabricio Colona y Hernando de Alarcón. Entró en consistorio público con ropa de terciopelo negro y sin bonete. Tratóle muy mal de palabra el papa; pero en fin le absolvió, aunque no le hizo restituir a Regio, como tenían concertado que se le daría su estado enteramente, antes trató de poner su persona en prisión, y todavía quería le diese a Ferrara. Según era su condición, no desistiera de esta pretensión. Ganó Fabricio por la mano y le acompañó hasta le poner en salvo.

 

El virrey de Nápoles rehizo un muy buen ejército en pocos días. Partió la vía del Abruzo con intento de hacer allí alarde de la gente que llevaba; halló que con los dos mil españoles que trajo a la sazón el comendador Solís llegaban a siete mil infantes. Llevaba cargo de la infantería el marqués de la Padula; y porque en el Aguila en cierto ruido él mismo se hirió en la mano, se encomendó aquel cargo al comendador Solís. Los hombres de armas eran hasta mil doscientos; los caballos ligeros quinientos cincuenta. Sin estos, Próspero Colona se ponía en orden con otros cuatrocientos caballos; diósele cargo de la vanguardia. En la batalla iban el conde de Golisano y el duque de Trageto y Antonio de Leiva. En la retaguardia, Alonso de Carvajal, señor de Jódar, con otros buenos caudillos. Entre los capitanes de la infantería uno era Juan de Urbina, que se señaló mucho adelante en las guerras de Italia.

 

Con esta gente se hallaba el virrey cuando le vino mandato de parte del padre santo que no pasasen adelante a causa que lo de Lombardía quedaba llano y no era menester más gente para acabar. Fue siempre su intención de echar todos los transmontanos de Italia; y como para echar los franceses se ayudó del poder de España, así con ayuda de los potentados de Italia quería hacer lo mismo de los españoles; mas sin embargo, el virrey con todo su campo por la Marca de Ancona pasó a Fermo. Desde allí entre Forli y Faenza se encaminó la vuelta de Bolonia. Llegó al castillo de San Pedro en sazón que le vinieron embajadores de parte de los suizos para requerirle no pasase adelante, que de otra manera le saldrían al camino; que los franceses ya salieron fuera de Lombardía, y para sujetar las plazas

 

 

 

 

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que se tenían por Francia, ellos tenían fuerzas bastantes; todas trazas del papa. Respondió el virrey que él era general de la liga, y no podía dejar de hacer lo que los príncipes confederados le mandasen. Con esto pasó a Bolonia; desde allí a Módena para verse con el de Gursa en Mantua, según que tenían acordado.

 

Acudieron a las vistas el conde de Cariati y don Pedro de Urrea. Fue esta junta por mediado agosto. Querían tomar alguna buena resolución a causa que los venecianos asimismo se declaraban en que el virrey no pasase a Lombardía; y con su gente tenían acordado de ir sobre Bresa, que se tenía por Francia, y en su guarda el señor de Aubeni con mas de tres mil soldados. Los embajadores del emperador y rey católico querían se ganase con el campo de la liga y se tuviese en su nombre. Acordaron empero que no se rompiese por entonces con Venecia, sino que el virrey tomase la empresa de Florencia en favor de los Médicis, que andaban desterrados de aquella ciudad. Hízose así; dio la vuelta a Módena, do quedaba su gente.

 

Llevaba en su compañía a Julián de Médicis; y el cardenal Juan de Médicis, su hermano, ya libre por cierto accidente de la prisión, le esperaba en Bolonia con la artillería. Asimismo Próspero Colona últimamente se juntó con los demás. Detúvose tanto porque en la Marca por orden del papa se le impidió el paso. En esta sazón se acordó que Maximiliano Esforcia, que ya se intitulaba duque de Milán, pasase a Italia para acabar de allanar con su presencia lo de Lombardía, donde la gente del papa se apoderó de Parma y Placencia, ciudades de aquel ducado, con color que pertenecían de tiempo antiguo, como queda tocado, a la Iglesia.

 

En Roma falleció don Pascual, obispo de Burgos, de la orden de Santo Domingo, varón de muy santa vida, que ordinariamente todos los años iba a Roma en peregrinación, y a le sazón se hallaba allí por causa del concilio. Fallecieron otrosí los arzobispos de Aviñón y el de Rijoles, prelados notables. Estas enfermedades y otras causas hicieron que el concilio, celebradas solas dos sesiones, se prorrogase hasta principio de diciembre. El papa pretendía mucho se tratase en él de hacer guerra al turco por estar divididos los hijos de Bayazete; lo cual pasó tan adelante, que Selim, el hijo menor de aquel príncipe, con favor de los genízaros en vida de su padre se apoderó de aquel grande imperio, y poco adelante dio la muerte a Acomate y Corcuto, sus hermanos mayores. Parecía esta buena ocasión para tomar los cristianos aquella empresa, dado que los maliciosos

 

 

 

 

 

 

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decían que esta pretensión del papa se enderezaba a sacar los españoles de Italia con aquel color y maña.

 

 

 

 

XIV. Que el Gran Capitán no pasó a Italia

 

Pasó el virrey con su campo la vía de Florencia, según que quedó acordado. La voz era que pretendía restituir aquella república en su libertad y hacer que se reconciliase con la Iglesia y no diese favor a los cismáticos. Llegó sin hallar resistencia hasta Prato, que es una villa a diez millas de Florencia. No se quisieron rendir los de dentro, confiados en el gran número de soldados que tenían. Plantóse la artillería, aportillaron el muro, y a los 29 de agosto entraron por fuerza al pueblo.

 

La alteración de Florencia por esta pérdida fue grande. Acordaron concertarse con el virrey. Para hacer esto más libremente quitaron el cargo de confalonier, que era como gobernador o capitán, a Pedro Soderino. Recibiólos el virrey con muestras de mucha benevolencia. Asentaron su confederadoción, que en suma era perdonar a los de Médicis y de Pacis, y restituirlos en sus bienes; demás de esto, entrar en la liga, apartarse de Francia, y ponerse debajo la protección del rey católico. Entonces ellos para muestra de mayor voluntad nombraron por su capitán general al marqués de Padula. Sirvieron con alguna cantidad de dinero para el gasto de la guerra. Lo mismo hicieron las ciudades de Sena y Luca, que se pusieron en la protección de España.

 

Sucedió por el mismo tiempo que Jano María de Campofregoso entró con los de su bando en Génova, y en favor de la liga fue elegido por duque de aquella ciudad, conque los pueblos de aquel estado se comenzaron a desviar de la sujeción de Francia. Para que esto se llevase adelante, mandó el rey católico que el capitán Berenguel de Olms con sus galeras acudiese a aquellas marinas.

Todas las cosas de Italia le sucedían tan prósperamente como él mismo las pudiera pintar, que fue causa de sobreseer en la ida del Gran Capitán a Italia, principio de desbaratarla del todo, lo cual pasó de esta manera.

 

Luego que se perdió aquella memorable jornada de Rávena, todos pusieron los ojos en el Gran Capitán, cuyo crédito era tan grande que sola su presencia entendían sería bastante para soldar aquella quiebra.

 

 

 

 

 

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Comúnmente cargaban al virrey de poca experiencia, y al conde Pedro Navarro de temerario, y que por esta causa sucedió aquel revés. El mismo rey católico, si bien se recelaba de la voluntad de aquel caballero por el mal tratamiento que le hizo, acordó de enviarle a Italia. Llamóle para esto a Burgos, do a la sazón residía. Aceptó el cargo de buena gana, y para aprestarse partió para Málaga. Fue cosa maravillosa la gente que le acudía de todas partes luego que se publicó este viaje: parecía que se despoblaba España.

 

El rey, que tenía intento de proseguir la empresa de Navarra, y no gustaba de tanto aplauso, limitó el número: mandó que pasasen con él solo quinientos hombres de armas, y dos mil infantes. Sin embargo, los mismos de la guarda e infantería ordinaria del rey se despedían por pasar a Italia con tan buen caudillo, y tan dichoso que parece era el artífice de su buena ventura. La mayor parte de los caballeros de Castilla y Andalucía se apercibían para servir a su costa: tan grande era la reputación del Gran Capitán, y tan grande la voluntad que todos tenían de hacerle compañía.

Cuanto mayor era el calor con que todo se aprestaba, tanto más se entretenía el rey con esperanza que el virrey con algún buen suceso se repararía en su crédito; a quien él amaba tanto que algunos se confirmaban en la imaginación que se tenía de que era su hijo. Como las cosas de Italia tomaron el término que se ha dicho, el rey se determinó de enviarle a mandar resolutamente que sobreseyese en su pasada por todo el invierno, y entretanto se descargase de toda la costa ordinaria, y diese orden que todos los caballeros y continuos de su casa que iban con él, le fuesen a servir en la guerra de Navarra.

 

Este mandato, que recibió el Gran Capitán en Córdoba a los primeros de septiembre, le dio la pena que se puede pensar. El sentimiento de la gente fue tan grande que ningún capitán de hombres de armas quiso ir a servir en aquella guerra de Navarra, fuera de Gutierre Quijada. El Gran Capitán escribió cartas muy sentidas sobre el caso, en que se quejaba de los malsines, de cuyas celadas ¿quién se puede guardar?, y de su desgracia, que tales servicios se recompensasen con tal paga. Sobre todo, mostraba sentir dos cosas: la una su honra, que todos sospecharían por aquel disfavor algún mal caso de su parte, y a él sería forzoso pasar por la grita de lo que todo el mundo dijese e imaginase; la segunda que no se hiciese gratificación a aquellos caballeros que gastaron sus haciendas y se empeñaron por acompañarle. Llegó el disgusto a término, que envió un

 

 

 

 

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caballero de su casa a pedir licencia para irse a su estado de Terranova como en destierro; mas el rey respondía con palabras blandas, como lo sabía muy bien hacer, gran maestro en disimular.

 

Decía que su ida no era necesaria por estar ya los franceses fuera de Italia, y que no era conveniente enviar de nuevo gente de España en sazón que el papa trataba de echar todos los españoles de Italia; cuanto a la ida de Terranova, se mostró más duro, y le persuadía sería mejor retirarse a su casa en Loja. Pasó tan adelante este disfavor, que no le quiso proveer la encomienda mayor de León, que le envió a pedir por muerte de Garci Laso de la Vega, y se proveyó a don Hernando de Toledo. Lo mismo sucedió en la encomienda de Hornachos, que vacó por el mismo tiempo; que fue notable desdén y desvío.

 

De que hallo yo dos causas, las más verdaderas: la una particular, que el rey don Fernando no estaba satisfecho de la voluntad de este caballero, y aún se quejaba de inteligencias que diversas veces trajo en su deservicio, en que le parecía disimular por lo que sirvió los tiempos pasados; la segunda es común a todos los príncipes, que cuando los servicios son muy grandes, miran a los que los hicieron como acreedores; y cuando llegan a ser tales que no se pueden pagar buenamente, se suelen alzar con la deuda y responder con ingratitud, como quier que sea cosa más ordinaria castigar la ofensa, que remunerar el servicio. A la verdad, ningún premio ni honra se debía negar a un tan excelente varón; pero ¿quién acabará con los reyes que con estas consideraciones enfrenen sus disgustos? ¿Quién irá a la mano a sus sospechas, mayormente avivadas con la malicia de sus cortesanos?

 

 

 

 

XV. Del cerco de Pamplona

 

Entreteníase el duque de Alba en San Juan de Pie de Puerto. Hacia su gente algunas salidas, y ganaban algunos lugares de poca consideración. Diego de Vera con gran trabajo hizo pasar allá la artillería. Pusiéronse los duques de Borbón y Longavila, el de Mompensier, el de la Paliza, y Lautreque en Salvatierra, villa de Bearne, y otros lugares comarcanos para hacer rostro a nuestro campo. Tenían ochocientos hombres de armas y ocho mil infantes. El delfín tenía otro gran número de gente en Garriz para

 

 

 

 

 

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ayudar a esta empresa. Esperaban de cada día que el rey don Juan acudiese con su gente, que ponía en orden para pasar a Navarra; con esta esperanza los del valle de Salazar y Roncales se alzaron contra los de Castilla. El mariscal de Navarra, que hasta entonces estuvo neutral, se declaró al tanto por Navarra, y de Tudela, donde vino el rey católico a recibir la reina, que despedidas las Cortes de Monzón se volvía, se fue a juntar con los franceses.

 

Apresuróse con esta nueva el rey don Juan. Hay dos puertos para pasar de Navarra a la parte de Francia: el uno se dice Valderroncal, el otro Valderronzas. A la entrada de Valderronzas está San Juan de Pie de Puerto, do se hallaba el duque de Alba. Por la otra parte aquel rey con su gente subió los montes mediado octubre. Llevaba en su compañía a monsieur de la Paliza. No tenían los de España tanta gente que pudiesen aventurarse a dar la batalla; acudieron empero diversos capitanes con su gente para atajarles el paso donde quiera que se estrechaban los montes. Entre los demás, Hernando de Valdés se fue a poner en Burgui con intento de defender aquella plaza, que era muy flaca. Acudió el campo enemigo, combatiéronla muy fuertemente, y dado que perdieron en el combate cuatrocientos hombres, la entraron con muerte de algunos de los de dentro. Entre los otros, el mismo Hernando de Valdés murió como buen caballero; díjose que se puso en aquel peligro, como despechado de que el rey cuando volvió de la de Rávena, le dijo: «Allá se quedan los buenos».

 

El duque de Alba, visto el peligro en que estaba Pamplona, acordó dejar en San Juan a Diego de Vera con ochocientos soldados y doscientas lanzas y veinte piezas de artillería, y él con la demás gente volver a pasar el puerto para proveer a la defensa de lo de Navarra. Pudieran los enemigos atajarle el paso; cegábales su suerte así en esto como en no acudir luego a Pamplona, que se entiende la tomaran sin dificultad. Su tardanza dio lugar o que le acudiese gente, y el duque con su campo se metiese dentro, con que mucho se aseguraron las cosas, junto con la venida del arzobispo de Zaragoza, que llegó en esta sazón a Ejea con hasta seis mil hombres de guerra.

Entre los lugares que se rebelaron uno era Estella. Acudió don Francés de Navarra, y por trato que tuvo con los de dentro, entró y saqueó el lugar. Para cercar el castillo acudió con más gente el alcaide de los Donceles, que le rindió; y asimismo los castillos de Cabrega, Monjardin y el de Tafalla, que estaba también alzado, se entregaron. Por el val de Broto, que es en las

 

 

 

 

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montañas de Jaca, entró con gente el senescal de Bigorra. Cargaron sobre Torla, ganaron el lugar, y al tiempo que le saqueaban, los de aquel valle se apellidaron, y dieron sobre ellos con tal fuerza, que juntados con los que del lugar quedaban, los desbarataron con muerte de más de dos mil de ellos y pérdida del fardaje y de algunos tiros de campo que traían.

 

El rey don Juan con su gente llegó a dos leguas de Pamplona. Asentó y fortificó su campo en Urroz. Esperaba que los de Pamplona se declarasen por él. Los nuestros tenían prevenido este peligro con hacer salir de la ciudad doscientos vecinos, gente sospechosa. Por otra parte, en la Puente de la Reina, que está cerca de allí, se juntaba mucha gente para dar socorro a Pamplona, y si fuese necesario, darla batalla a los franceses. Acudieron mil quinientos soldados de Trasmiera y Campos, y novecientos que de Bugía aportaron a Barcelona en compañía de Lope López de Arriarán. Acudió poco después al mismo lugar la gente de Aragón. Por general de este campo señalaron al duque de Nájera. Servía muy bien el conde de Santisteban don Alonso de Peralta; por tenerle más obligado le dio el rey católico título de mariscal de Navarra, y poco después de marqués de Falces.

 

Aún no se ponía cerco a Pamplona, a causa que los franceses aguardaban golpe de gente que les enviaba el delfín. El de la Paliza andaba descontento por ver que ninguna cosa le sucedía conforme a su pensamiento. Púsose el campo francés en parte que pudiese atajar los mantenimientos que venían a la ciudad; otra parte del ejército francés que quedaba allende los montes, para divertir las fuerzas del rey católico entró por la frontera de Guipúzcoa. Dio vista a Fuenterrabía. Púsose sobre San Sebastián. Venía por caudillo de esta gente monsieur de Lautreque, que se determinó de combatir aquella villa. A la sazón se hallaba dentro don Juan de Aragón, hijo del arzobispo de Zaragoza, que pasaba a Flandes para asegurar que no le quería el rey católico dejar el reino de Nápoles, como sospechaba el emperador. En su compañía iba Juan de Lanuza para residir en la corte del príncipe con cargo de embajador. Con su presencia la gente de dentro se defendió con tanto esfuerzo, que aunque era poca, los franceses se volvieron a Rentería, y desde allí, porque los naturales no les tomasen el paso, se recogieron en Guyena.

 

Este acontecimiento fue en sazón que el duque de Calabria trataba secretamente de pasarse de Logroño, do a la sazón estaba, al campo francés, con promesa que le hacía el rey de Francia de ponerle en posesión

 

 

 

 

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del reino de Nápoles. Fue preso con otros cuatro, por cuyo medio se traían estas inteligencias. Lleváronle primero al castillo de Atienza, después al de Játiva, en que estuvo algunos años; los medianeros fueron arrastrados y muertos; ¿en qué paran las desgracias y las trazas mal concertadas?

 

El tiempo iba muy adelante y era poco a propósito para estar en el campo. Acordaron los franceses que se hallaban sobre Pamplona de abreviar. Están dos monasterios de monjas fuera de los muros, el uno de Santa Engracia, el otro de Santa Clara; en estos ejercitaron su crueldad los franceses, que los saquearon, sin tener respeto a ninguna cosa sagrada. Llegó la irreverencia a término que un capitán alemán, abierto el tabernáculo por robar la custodia, con sus manos sacrílegas echó el santísimo Sacramento en el altar. Díjole la sacristana: «¿Cómo os atrevéis a hacer tal desacato?». Respondió el alemán: «Éste no es Dios de los alemanes, sino de los españoles»; principio de las herejías que poco después brotaron, sacrilegio que pagó el miserable con la vida, ca en breve, como otro Judas, reventó. Asentaron su artillería, dieron por dos veces el combate a la ciudad con tanta furia de artillería, que estuvo en gran peligro de ser entrada; mas los de dentro se defendieron muy bien. Señaláronse entre los demás el coronel Villalva y don Hernando de Toledo, Hernando de Vega, Antonio de Fonseca y otros muchos; murió Juan Albión, caballero principal de Aragón.

 

El duque de Nájera por lo alto de la sierra que llaman Reniega, se mostró con su gente, que eran seis mil infantes, sin la caballería, con intento de acometer el real de los enemigos, por lo menos atajarles las vituallas. En su compañía iban los duques de Segorbe y Villahermosa, el marqués de Aguilar, los condes de Montagudo y Ribagorza, el alcaide de los Donceles.

Acordaron los franceses dejar el cerco y volverse a Francia por el puerto de Maya. Levantaron sus reales postrero de noviembre; siguiéronlos el condestable de Navarra y el coronel Cristóbal de Villalva. Matáronles alguna gente, y tomáronles trece piezas de artillería. Con esto se remató aquella guerra, que fue muy reñida. Los agramonteses acabaron de entregar todas las fuerzas que quedaban en su poder. La ciudad de Pamplona se reparó con todo cuidado, y aún se señaló lugar en que para su defensa se levantase un castillo. Quedó nombrado por virrey el alcaide de los Donceles, al cual se dio título entonces de marqués de Comares. Entre tanto que venía a tomar el cargo, dejó el duque de Alba para el gobierno a

 

 

 

 

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su hijo don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, que se halló con los demás en aquel cerco, y fue adelante muchos años virrey de Nápoles, persona en valor y prudencia muy señalada.

 

 

 

 

XVI. El virrey ganó la ciudad de Bresa

 

El virrey don Ramón de Cardona, concluida con tanta prosperidad la guerra de Toscana y asentadas las cosas de Florencia muy a su gusto, revolvió con su campo la vía de Lombardía. En Módena, que se tenía por el emperador, se juntaron con él el de Gursa, don Pedro de Urrea y Andrea del Burgo para consultar lo que se debía hacer. La ciudad de Bresa que todavía se tenía por Francia, la sitiaban venecianos con esperanzade apoderarse de ella. El emperador la quería para sí; los suizos porfiaban que se diese al duque Maximiliano Esforcia, cuya defensa tomaran. Por evitar los inconvenientes que de esta discordia podrían resultar, acordaron en aquella junta que el virrey entrase de por medio y la tomase por la liga para darla a quien de derecho pertenecía. Quedóse el de Gursa en Módena; don Pedro de Urrea y Andrea del Burgo fueron a Roma para entender del papa su voluntad y persuadirle acudiese con el dinero que concertó para la paga de la gente de la liga que de meses atrás no se pagaba.

 

El papa no venía en ello; excusábase con que desde que se dio la batalla de Rávena expiró aquella obligación y paga; todavía daba intención de proveer de dinero, si dejada la empresa de Lombardía, el virrey revolviese sobre Ferrara, de la cual en todas maneras pretendía apoderarse. Con este intento el duque de Urbino era salido en campaña, y tenía dos mil suizos en Luco y Bañacabalo; poca gente para aquella empresa, sino era ayudado, mayormente que por no pagarla, la más se despidió brevemente. Daban don Pedro de Urrea y su compañero al papa buenas palabras sin concluir nada; acordó de enviar a Bernardo de Bibiena, que fue adelante cardenal, para que avisase al virrey de su voluntad. Llegó a la sazón a Módena el marqués de Pescara, libre por rescate de la prisión en que franceses le tenían. Diéronle cargo de la compañía de hombres de armas de Gaspar de Pomar, que mataron en Milán en cierto ruido, y era la mejor gente que a la sazón de españoles se hallaba. Partió el virrey para la

 

 

 

 

 

 

 

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Mirandula 1 de octubre, al mismo tiempo que la guerra de Navarra andaba más encendida; pasó el Po por Ostia.

 

Halláronse al pasar más de nueve mil infantes, y por su general el marqués de la Padula. Venía Próspero Colona con pasados de cuatrocientos hombres de armas y mil infantes para juntarse con el virrey. Procuró el papa impedirle el paso por las tierras de la Iglesia, mas no salió con ello. Pretendió asimismo por medio del cardenal sedutiense que los suizos no dejasen entrar al virrey en Lombardía. Decía que los españoles se querían hacer señores de Italia; ¿qué prestaría echar los franceses y quedar en su lugar los españoles, gente pobre y más mala de sujetar? Llegó el campo a Verona, do esperaba Rocandulfo, capitán del emperador, con dos mil alemanes y cuatrocientos caballos ligeros. Tenía a punto la artillería, que eran seis cañones, una culebrina, veinte piezas de campo. Partieron todos la vía de Bresa.

 

Monsieur de Aubeni, apretado del cerco de venecianos y del miedo del nuevo ejército que venía, alzó en aquella ciudad banderas por el emperador. En esta sazón llegó Bernardo de Bibiena al campo. Dio al virrey el recado que le traía. Respondió él a esta embajada con palabras comedidas que holgara ser avisado antes de pasar el Po para obedecer aquel mandato; que ya tenía la empresa tan declarada y adelante, que sin hacer falta a la reputación no se podía volver atrás; que acabada, se haría como era razón todo lo que a su Santidad pluguiese. Partieron de Verona los de la liga; de camino rindieron la villa de Pesquera y su fortaleza, que se tenían por Francia. Antes que llegasen a Bresa, envió el virrey a hacer sus cumplimientos con la señoría y con Pablo Ballon, que tenían por general en aquel cerco. Decía que como general de la liga venía a cumplir con su obligación, y pues iba para este efecto y en servicio de la liga y quería dar a cada cual lo que era suyo, diesen orden como sus gentes se juntasen con él. Los intentos eran muy diferentes, y así no se podían concordar.

 

Llegó nuestro campo a ocho millas de aquella ciudad cuando movieron los franceses pláticas de concierto. Acordaron que el señor de Aubeni con su gente, que eran cuatrocientas lanzas y dos mil infantes, con sus armas, caballos y bienes se fuesen donde por bien tuviesen, a tal que no se recogiesen al castillo de Milán ni otros lugares que se tenían por Francia; honrado asiento para tener sobre sí dos campos. El de Gursa fue el todo para que se les concediese. Con las mismas condiciones se obligaron los

 

 

 

 

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del castillo de entregar aquella fuerza con la artillería y municiones, si dentro de veintiún días no fuesen socorridos bastantemente. El mismo día que se concluyó este asiento, que fue a los 25 de octubre, se hizo alarde de la gente de armas y de la infantería española en Castanetola, que está junto a Bresa. Halláronse más de ocho mil infantes con los que llegaron a esta sazón en compañía de Próspero Colona. Quedó en el gobierno de aquella ciudad el comendador Solfa con hasta mil soldados que parecieron bastantes para su defensa; lo demás del campo acudió sobre el castillo de Bérgamo, que la ciudad ya estaba rendida.

 

De Nápoles partió el almirante Vilamarín con siete galeras para juntarse con las del papa, que esperaban en Civitavieja, e ir a Génova y poner cerco sobre el castillo de la Lanterna, que se tenía por Francia. Hallaron en aquel puerto otras tres galeras de la señoría de Venecia, enviadas para el mismo efecto. Tenía el duque de Génova otras cuatro galeras, pero muy faltas de gente y de artillería; todo procedía flojamente; por esto el cerco iba a la larga. Los franceses tenían en Marsella solas seis galeras y un galeón; armada pequeña.

 

Los cardenales cismáticos en León de Francia continuaban su concilio; ofrecían a los príncipes grandes partidos como si en su mano lo tuvieran todo.

El virrey de Sicilia don Hugo de Moncada con una buena armada que juntó, pasó a la ciudad de Trípoli para dar orden en la fortificación de los castillos y dejar en buena defensa aquella ciudad por lo que importaba para proseguir la conquista de Berbería.

El duque de Urbino se hallaba en la Romaña entre lo de Rávena y Bolonia con quinientos hombres de armas y mil suizos. La gente italiana, que tenía en mayor número, cada día se desmandaba; la tierra y los naturales eran robados, sin que eso hiciese efecto de alguna consideración.

 

 

 

 

XVII. Que Maximiliano Esforcia entró en Milán

 

Entretúvose Maximiliano Esforcia algunos meses en Trento y en el Veronés. Esperaba que los franceses acabasen de salir de aquel su estado, en especial procuraba se ganasen los castillos de Milán y de Cremona, que se tenían por Francia. Pretendía otrosí que los milaneses contentasen a los

 

 

 

 

 

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suizos, los cuales, dado que se mostraban mucho de su parte y no venían en que se desmembrase parte alguna de aquel ducado, sino que se le diese lo de Placencia y Parma, que tenía el papa, y lo de Aste, que pretendía, y lo de Cremona y Geradada, que se dio los años pasados a venecianos; todavía querían tener parte en la presa. Concertaron los milaneses de darles en dos años ciento cincuenta mil ducados, y perpetuamente por año cuarenta mil. Para seguridad de la paga ofrecieron que tuviesen en su poder tres fortalezas de aquel ducado.

 

Las voluntades de los príncipes no iban conformes, y las trazas eran contrarias. El emperador quisiera mas lo de Milán para uno de sus nietos; no se aseguraba empero de poderlo sustentar contra el poder de Francia y de toda Italia, que deseaban se pusiese señor propio y natural en aquel estado. Llegó este deseo común a término, que el obispo de Lodi, hijo bastardo del duque Galeazo, se puso en la fantasía de hacerse duque de Milán. No le desayudaba el cardenal sedunense para esto por conservarse en el gobierno que de aquel estado tenía y en nombre ajeno mandarlo todo. Persuadíase que cuanto el duque fuese mas flaco, tanto tendría mayor necesidad de su ayuda; ni al papa le desplacía en lo secreto aquella traza, por no asegurarse del duque Maximiliano, que venía muy prendado del emperador y rey católico.

 

Por cortar todas estas tramas, después que se acabó lo de Bresa, se dio orden en la ida de Maximiliano Esforcia a Milán. Entró en aquella ciudad a los 29 de diciembre, principio del año 1513. Acompañáronle el cardenal sedunense, el virrey de Nápoles, el de Gursa y don Pedro de Urrea. Fue recibido con toda la majestad y muestra de alegría con que se solían recibir los duques pasados. Los embajadores de los suizos le presentaron las llaves de la ciudad con grande ceremonia. Concluidas las fiestas, se trató de allanar lo que quedaba por Francia.

 

El marqués de la Padula fue con la infantería española contra Trezo, castillo muy fuerte a la ribera del río Abdua, y le rindió en pocos días; el de Novara, que era más importante, se entregó a la gente del duque. Tratábase de concluir las paces entre el emperador y venecianos; y por cuanto la tregua asentada espiraba por todo el mes de enero, concertó el conde de Curiati que se prorogase por todo febrero y después hasta en fin de marzo. El de Gursa venía en las condiciones que le ofrecía el papa el año pasado de parte de venecianos; pero ellos no aceptaban ningún partido si no les daban a Verona. Pareció sería necesario hacerles la guerra con las

 

 

 

 

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fuerzas del emperador, de España y de Milán, sin hacer mención de los suizos, por tener entendido en breve se concertarían con Francia por medio de monsieur de la Tramulla, que fue enviado para este efecto; principio de nuevas revoluciones.

 

Pretendía el virrey que ante todas cosas se asegurasen del estado de Milán, en que a los franceses quedaba la mayor parte; y Trivulcio tenía juntos cinco mil infantes para volver a aquella empresa, y cada día se le juntaban más. Por esto puso a Próspero Colona en Aste con buen número de gente para atajar a los franceses el paso. El rey católico quiso valerse de Inglaterra para enfrenar el poder de Francia; y visto por lo que pasó el año pasado, que los ingleses no hacían buena mezcla con otra gente, por ser tal su condición que mal se concierta con nadie, hacía instancia con aquel rey que por la parte de Calais acometiese lo de Normandía, y él ofrecía con su gente tomar la empresa de Guyena para entregarla al inglés luego que fuese ganada; partido honroso y provechoso, si se cumpliera; así lo entendía aquel rey. Con este intento aprestó una armada de cincuenta naves, en que pensaba pasar a Francia nueve mil infantes, gente bien armada y lucida, y aún hacía instancia con el rey católico le enviase otras cincuenta naves desde España para ayudarse de ellas en aquella guerra.

 

No era fácil cosa acudir a tantas partes, porque demás de ser las empresas muy graves, el rey católico andaba enfermo y la Andalucía alborotada. La ocasión de la dolencia fue cierta bebida extravagante que le hizo dar la reina en Medina del Campo por el deseo que tenía de concebir; así lo refieren el doctor Carvajal en sus Memorias y Pedro Mártir como cosa que se tenía por averiguada. Lo que resultó fue que se debilitó el rey de manera, que ninguna cosa apetecía sino andarse por los bosques. Aumentábase el mal de cada día mas con desmayos ordinarios y muestras de hidropesía.

La Andalucía se alteró por la muerte de don Enrique, duque de Medina Sidonia. Tenía una hermana de padre y madre, por nombre doña Mencia, casada con don Pedro Girón, y un hermano de padre, que se llamaba don Alonso Pérez de Guzmán. Nombró en su testamento por sucesora en el estado a su hermana, afirmando que el segundo matrimonio de su padre no fue válido. Con este fundamento tan flaco pretendió don Pedro Girón tomar posesión de aquel rico estado, y se apoderó de Medina Sidonia. Doña Leonor de Zúñiga, madrastra de don Enrique y de doña Mencia, hacía las partes de su hijo, que demás de ser justificadas a juicio de todos,

 

 

 

 

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le ayudaba el favor del rey, que pretendía casar al nuevo heredero con doña Ana de Aragón, hija del arzobispo de Zaragoza. Llegaron las cosas a término de guerra, a causa que cada cual de los pretensores tenía sus valedores, y les acudían señores y caballeros sus aliados. Don Pedro era un caballero muy brioso y que estuvo a punto de aventurarlo todo; todavía prevaleció la razón, y el estado quedó por el hermano del difunto.

 

En Bugía estaba por capitán Gonzalo Mariño, y en Orán Martín de Argote, como teniente del marqués de Comares. Sucedieron con los moros algunas revueltas, en que no se hizo cosa de momento, más de que Muley Abdalá con gente que traía consigo llegó a dar vista a Bugía y quemó el arrabal de aquella ciudad; el daño fue grande, no quedó en pie sino una torre, en que se recogieron los judíos. La causa de este desmán fue el mal orden de Gonzalo Mariño, por romper el primero los capítulos de la paz que con los moros tenía puesta; que fue causa de removerle de aquel cargo, y en su lugar fue proveído por capitán don Ramón Carroz.

 

 

 

 

XVIII. De la muerte del papa Julio

 

Traía asimismo el papa Julio muy quebrada la salud. Su flaqueza y cuidados le acarreaban diversas enfermedades; divulgóse que de aquella no escaparía y que no podría vivir muchos días. Teníase gran recelo que los cardenales cismáticos con su muerte no intentasen alguna novedad, por lo menos quisiesen hallarse en el cónclave. Diose aviso al duque de Milán, a Florencia, Sena y Luca que mandasen guardar los pasos. Falleció el papa a los 20 de febrero.

 

Alteróse el pueblo romano, como suele, en las vacantes, y más entonces por quedar comúnmente todos resabiados del gobierno pasado y muy encontrados los Coloneses, aborrecidos el papa y los Ursinos sus allegados. Saquearon el monasterio de San Pablo, que es de monjes benitos, e hicieron otros insultos. Ayudó mucho la industria y autoridad del embajador Jerónimo Vic para que se sosegasen.

 

Entraron los cardenales en cónclave a los 4 de marzo, habiendo primero enviado a su padre el hijo del marqués de Mantua, que estaba en rehenes, y a los 11 de conformidad de casi todos, salió elegido el cardenal Juan de Médicis, que se llamó León X. Declaróse el mismo día que quería

 

 

 

 

 

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perseverar en la liga y hacer que el emperador y el inglés entrasen en ella. Los cardenales Carvajal y Sanseverino, que se entretenían en León con menos reputación que nunca, acordaron de pasar a Italia y hallarse en el cónclave. Favorecía los Próspero Colona, que asimismo pretendía ir a Roma, y ofrecía sacar pontífice de su mano; el virrey empero no le dejó ir por recelo con su ida no se alborotase Roma y se quitase la libertad al cónclave. Aportaron los dos cardenales con un galeón a Liorna. Por las guardas que tenían puestas y a la mira fueron detenidos y llevados a Pisa. Dio aviso luego al papa Julio de Médicis, su primo; mandó llevarlos a Viterbo, y de allí a Civita Castellana, que tenía un muy buen castillo, hasta que su causa se determinase.

 

Hizo Julio de Médicis mucha honra a estos cardenales y al señor de Solier, que venía con ellos por embajador del rey de Francia. Por medio de ellos se declaró por servidor de aquel príncipe, que fue principio de mayores males y daños. Con la vacante del Pontificado y con la sombra del virrey tuvo el nuevo duque comodidad de apoderarse de Placencia y procurar de hacer lo mismo de Parma. Acudió el virrey a aquella parte con su campo por estar receloso del poder de Francia, que se juntaba en daño de Milán, y por entonces no era sazón de comenzar la guerra contra venecianos.

La falta de dinero para la gente era grande, y no se hallaba camino para socorrerse en aquella necesidad, mayormente que se continuaba la plática de asentar las paces entre el emperador y venecianos, y para concluir eran idos a Alemania, primero el cardenal de Gursa, y después don Pedro de Urrea y el conde de Cariati. No se conformaban en las condiciones de la paz por que el César quería quedarse con Bresa y Verona; los venecianos pretendían recobrar todo su estado como le tenían antes de la guerra. Entró de por medio el rey de Francia y concertóse con aquella señoría; terció Andrea Griti en favor del francés, ya puesto en libertad, y también Bartolomé de Albiano. Las condiciones fueron: que aquella señoría quedase con todo el estado que antes tenía, excepto Cremona y Geradada, que fuesen del rey de Francia, y se volviesen a incorporar en el ducado de Milán. Obligábanse para recobrar aquel ducado y las tierras de venecianos que la señoría acudiría con mil lanzas y con seis mil infantes, y por su capitán Bartolomé de Albiano, y el rey con mil y doscientas lanzas y doce mil infantes, y por capitán general de la infantería nombró a Roberto de la

 

 

 

 

 

 

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Marcha, y por lugarteniente de general al señor de la Tramulla, y en su compañía Juan Jacobo Trivulcio.

 

Luego que se publicó esta avenencia, Trivulcio con la gente italiana que tenía alistada por el rey de Francia se puso dentro de la ciudad de Aste. Bartolomé de Albiano acudió al ejército de la señoría para acometer a Verona o pasar a juntarse con los franceses. Esta novedad junto con la ausencia del virrey causó tan grande mudanza, que los más pueblos de Lombardía se declararon contra el duque Maximiliano. ¡Cuán grandes son los vaivenes de esta vida! Apenas era entrado en posesión de aquel estado, cuando todo se le volvía al revés; así sucede a los desgraciados.

La causa por que el rey de Francia se apresuró en concluir esta confederación fue tener muy adelante otro tratado, que se comenzó los meses pasados a persuasión del cardenal don Bernardino de Carvajal, es a saber, de asentar treguas con el rey católico para sobreseer de todo auto de guerra de esta parte de los Alpes. Venía muy a cuento a estos dos reyes este concierto, al católico para asegurarse en la posesión de Navarra, al francés para recobrar lo de Milán, ca de los interesados el rey de Navarra y el duque Maximiliano poco caso se hacía; propia condición de poderosos para con los que poco pueden.

 

Para concertar esta tregua enviaron a Francia los meses pasados a don Jaime de Conchillos, obispo de Catania, y a la sazón electo de Lérida. Pasó de Fuenterrabía a Bayona para verse con Odeto de Foix, señor de Lautreque, que era capitán general de Guyena. Trataron con poderes que de sus reyes mostraron, de concertarse mediado el mes de marzo. Quedaron disconformes. Juntáronse segunda vez en el castillo de Ortuvia, que está en el término de Francia, dos leguas de Fuenterrabía. Allí concertaron, 1 de abril, que la tregua entre el rey don Fernando y sus confederados, el rey de Inglaterra y el príncipe don Carlos, y el francés con el rey de Escocia y duque de Güeldres, durase por espacio de un año, a contar desde aquel día; que en este tiempo hubiese comercio de un reino a otro de esta parte de los Alpes por donde se sobreseía de las armas.

 

El rey don Juan de Navarra quedó excluido de este concierto, que era como entregarle a su enemigo para que con sus agudas uñas hiciese en él presa. Cuanto al emperador y rey de Inglaterra, se puso por condición que si dentro de dos meses no firmasen las treguas, fuesen excluidos de ella, como lo quedaron.

 

 

 

 

 

 

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Sintióse mucho el emperador de este concierto, tanto más que se hizo sin darle parte, como fuera razón. Decía ¿qué manera era aquella de querer correr la misma fortuna con él como siempre el rey católico lo publicaba? Que con esta tregua en ocho días el francés se haría señor de Milán, y con la ayuda de las potencias de Italia, que luego se le allegarían como a vencedor, se haría señor del reino de Nápoles y de todo lo al de aquellas partes; con que revolvería sobre los dos, que eran sus verdaderos enemigos y se vengaría de ellos a toda su voluntad. Lo que sobre todo encarecía era que por consejo y traza del cardenal Carvajal, que en tantas maneras había deservido, se hubiese tomado aquel camino. A la verdad la traza fue muy aguda y como del ingenio de aquel prelado. Mas era muy claro que si esto se llevaba adelante, se perderían todas las ciudades que en Lombardía se tenían por el Imperio, que era el mayor sentimiento que en este caso el César tenía, si bien alegaba otras razones y agravios.

 

 

 

 

XIX. De la guerra de Navarra

 

Antes que se asentase la tregua con Francia, monsieur de Lautreque en Bayona ponía en orden la gente de guerra que tenía, y juntaba otra de nuevo, y fundía artillería con intento, a lo que se entendía, de dar al improviso sobre San Juan de Pie de Puerto, que no era plaza muy fuerte; la cual ganada, pensaba por aquel paso subir los puertos y meterse dentro de Navarra. Con este recelo el marqués de Comares envió a Valderroncal algunas personas para asegurarse de aquella gente, que andaba muy recatada, y no se tenía bastante confianza que no diesen paso por sus tierras al campo francés. Proveyó asimismo la gente de a pie y de a caballo que pedía Diego de Vera para defender aquella villa. No se pasó más adelante a causa de la tregua que se asentó, como queda dicho; con que los nuestros tuvieron comodidad, no solo de mantenerse en lo que poseían, sino de pasar adelante en su conquista, si bien el rey don Juan tenía juntos hasta cinco mil hombres para hacer el daño que pudiese, y aún hizo sus requerimientos al obispo de Zamora para que volviese a la prisión; mas el rey católico declaró estar libre de la palabra que dio, lo uno por ser preso de mala guerra, pues iba como embajador y en servicio de la Sede

 

 

 

 

 

 

 

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Apostólica, lo otro por la muerte del de Longavila, a quien él se obligó personalmente.

 

Por otra parte, el mariscal de Navarra, que se llamaba también marqués de Cortes, rompió por las fronteras de Guipúzcoa con otros dos mil hombres; pero la gente de la tierra por orden de don Luis de la Cueva, que guardaba a Fuenterrabía por su padre, le hicieron resistencia. Acogíase esta gente al castillo de Maya, que era muy fuerte, puesto en tierra de vascos, por do se pasa a Guyena. Tuvo aviso el señor de Ursua, servidor del rey católico, que el alcaide estaba ausente; acudió sobre el castillo con gente, mas como era poca y el alcaide a la sazón sobrevino, no pudo salir con la empresa.

Proveyó el marqués de Comares que Diego de Vera y Lope Sánchez de Valenzuela, que envió de nuevo con gente, fuesen a cercar aquel castillo para atajar los daños que los de él hacían por aquellas montañas. Hiciéronlo así, pero tampoco le pudieron tomar; antes por aviso que les vino de que el mariscal acudía al socorro de los cercados con gente y asimismo el rey don Juan, se retiraron, y quedó la artillería en Azpilcueta a peligro de perderse. El marqués acordó de acudir en persona con más de dos mil soldados y artillería más gruesa que la que llevaron antes. Los de dentro, visto que de Francia no les podía venir socorro y que su rey no tenía fuerzas bastantes para resistir, rindieron aquella fuerza dentro de muy pocos días; negocio de grande importancia, ca con esto quedó llana toda la tierra de vascos y Cisa, que están de la otra parte de los puertos.

 

Poseían los condes de Foix de tiempo muy antiguo en lo de Cataluña lo de val de Andorra y vizcondado de Castelbó, que cae cerca de Urgel, y entonces eran de la ya reina de Navarra doña Catalina, habidos por herencia de sus padres. Esto todo por el derecho de la guerra perdieron aquellos reyes, y vino a poder del rey católico.

 

Por la ausencia del cardenal de Sorrento, que fue a Roma al cónclave, quedó en el gobierno de Nápoles el almirante Vilamarín. Las provincias de Calabria y Pulla se hallaban sin gobernadores, porque Hernando de Alarcón, que lo era de Calabria, y el marqués de la Padula, que tenía cargo de Pulla, andaban en el ejército. Esto y la falta de gente de guerra dio ocasión a muchos insultos que por todas partes resultaban sin remedio ni sin término; en particular se levantaban los vasallos contra los barones, movidos de los malos tratamientos que les hacían, y algunos pueblos enteros se alzaron, en que acontecieron cosas notables y enormes delitos.

 

 

 

 

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Demás de esto, venían nuevas que el Gran Turco armaba en daño de cristianos; y puesto que se entendía pretendía pasar a Rodas, todavía se temía no acudiese a Sicilia o a lo de Pulla. Los venecianos otrosí, después que se ligaron con Francia, tenían puestos los ojos en recobrar las ciudades que poseyeron en la Pulla. Era necesario acudir a todo esto. Diose orden como todas aquellas marinas estuviesen bien proveídas y aprestada el armada del Almirante para todo lo que sucediese.

 

A Berenguel de Olms, que vuelto a España salió al principio de abril de Sevilla con cuatro galeras muy en orden, con intento de dar sobre ciertas fustas de moros que por aviso del capitán general de Portugal, que residía en Tánger, se entendió tenían los moros recogidas en el río de Tetuán, se le mandó que, pospuesto todo lo al, se encaminase a Italia para juntarse con el almirante y con la armada de allá.

 

Por este mismo tiempo el estado de Génova grandemente se alteró. Los Adornos, que andaban desterrados de aquella ciudad y hasta aquí se mostraban aficionados a la corona de Aragón, concertaron con el rey de Francia de echar los Fregosos de Génova y volverla a su sujeción. Súpose que el conde de Flisco y sus hermanos tenían parte en esta plática. Los hermanos del duque mataron al conde por esta causa dentro de palacio. Juntáronse los hermanos del muerto con los Adornos, y con gente que levantaron se acercaron a Génova. La armada francesa en su ayuda hizo lo mismo por mar. Salió el duque con sus galeras en seguimiento de aquella armada, que no le osó esperar. Mientras seguía el alcance, los Adornos y Fliscos se apoderaron de la ciudad, y el duque fue forzado a retirarse a Pomblin. Su armada se recogió a Portovenere. Entonces nombraron por duque de Génova a Octaviano Fregoso, que era a gusto de todo el común, y hermano del arzobispo de Salerno y aún tenía deudo con el papa.

 

Duró poco esta prosperidad a los Adornos. Los Fregosos se concertaron con el virrey que los restituyese en sus casas con promesa de poner aquella ciudad y señoría en la protección del rey católico. Hicieron sus capitulaciones. Envió el virrey con gente al marqués de Pescara, que cumplió lo que se concertó con aquel linaje y parcialidad. Cuanto al duque de aquella señoría, no pareció se hiciese mudanza. Sucedió esto algunos días adelante; volvamos a lo que se nos queda atrás.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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XX.  Los suizos vencieron a los franceses junto a Novara

 

La masa del ejército francés se hacía en Aste y en el Piamonte. Su general monsieur de la Tramulla se aprestaba con todo cuidado, y de Francia le vinieron hasta cuatrocientos caballos ligeros. Tenía en su compañía a Juan Jacobo Trivulcio y a Sacromoro, vicecómite, que desamparado el duque de Milán, en cuyo servicio anduvo, se pasó a la parte de Francia. Bartolomé de Albiano asimismo con el ejército de la señoría se ponía en orden para sitiar a Verona. Era cosa maravillosa que fuera de estos dos campos en un mismo tiempo se hallaban otros tres en diversas partes de Lombardía, muestra de su abundancia, en que no tiene par. Dentro de Verona se contaban cinco mil tudescos y seiscientos caballos ligeros, que corrían la tierra hasta cerca de Vicencia, no de otra guisa que si fueran señores del campo. Junto a Placencia alojaba el virrey con mil cuatrocientos hombres de armas, ochocientos caballos ligeros y siete mil infantes, gente muy escogida y lucida. El duque de Milán se hallaba acompañado de los suizos, que eran hasta ocho mil, y esperaba otros cinco mil que pasasen en su ayuda los Alpes.

 

Sin embargo, los de Milán y casi todas las demás ciudades de aquel estado cobraron tanto miedo, que se rebelaron contra el duque y alzaron banderas por Francia. El mismo duque no se confiaba de venir a las manos con los enemigos, y dejado el campo, se fue a meter dentro de Novara. Entró allí último de mayo sin recatarse que por aquella gente en aquel mismo puesto fue vendido su padre a los franceses.

 

El virrey mostraba voluntad de juntarse con el duque; pero como quier que de Roma no le enviaban dinero, según que el embajador Vic lo prometía, y por otra parte tenía aviso de España que se volviese al reino, no se atrevía a empeñarse mucho en aquella guerra. Tomó por resolución de estarse a la mira y con su presencia dar algún calor a la defensa de Lombardía. Llamó al comendador Solís para que tuviese cargo de la infantería por la ausencia del marqués de la Padula, que fue proveído por capitán general de Florencia. Envió en su lugar a Luis Icart para la defensa de Bresa. En guarda de Cremona puso la gente del papa, y después para mayor seguridad envió allá a Ferramosca con cuarenta hombres de armas, trescientos soldados españoles y quinientos italianos.

 

 

 

 

 

 

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No bastó esta diligencia para defender aquella ciudad; luego que Albiano llegó allí con su campo, la entró con muerte de todos los hombres de armas, que llegaban a doscientos, y a los españoles quitó las picas. Con la nueva de este suceso los franceses se determinaron da sitiar a Novara. Eran por tpdos ochocientas lanzas y ocho mil infantes, los tres mil alemanes, los demás gente soez y de poca cuenta. Hicieron ademán de combatir la ciudad. Vino aviso que los suizos venían en favor del duque hasta llegar a doce mil en número, y que el barón de Altosajo traía otros cinco mil. Por esta causa los franceses se volvieron a su fuerte, que tenían entre Gaya y Novara. Luego que llegó el primor socorro, cobraron tanto ánimo los suizos, que sin esperar al de Altosajo, salieron en busca del enemigo. Quisieran los franceses excusar la batalla, mas no podían. Salieron de mala gana a la pelea. Los hombres de armas y caballos ligeros de Francia no curaron de pelear. La batalla, que duró dos horas, fue muy reñida entre la gente de a pie. Los alemanes se defendieron ferocísimamente, pero finalmente el campo quedó por los suizos. Murieron de la parte de Francia pasados de siete mil, y entre ellos todos los alemanes, y de gente principal Coriolano Trivulcio y Luis de Biamonte.

 

Después de esta victoria, que fue a los 6 de junio, llegó el barón de Altosajo, y se levantaron por el duque Milán y Pavía; y casi todo aquel estado se puso en su obediencia: en la prosperidad todos acuden. El virrey envió al duque cuatrocientas lanzas con Próspero, porque tenía gran falta de gente de a caballo, y la caballería enemiga quedó entera. El resto de su campo se quedó como le tenía antes junto al río Trebia, cerca de Placencia.

 

Entendióse hizo grande efecto para alcanzar aquella victoria el impedir, como impidió, que Albiano no pudiese ir a juntarse con el campo francés. Albiano, luego que tuvo aviso de la rota de Novara, se retiró con su gente, que era por toda mil lanzas y trescientos caballos ligeros y cinco mil infantes los más número, gente vil. Aquella señoría se hallaba muy apretada y falla de dinero, tanto, que se socorría con la décima de las rentas de los particulares y uno por ciento del dinero que empleaban en mercaderías. De camino ganó Albiano a Liñago, que guardaba el capitán Villada con doscientos soldados. Desde allí pasó a Verona con intento de combatirla. Los de dentro empero salieron a él y le mataron alguna gente de la poca que llevaba.

 

 

 

 

 

 

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A esta sazón los dos cardenales cismáticos se redujeron a penitencia pública, y abjuraron la cisma que introdujeron en grave escándalo de la Iglesia. Hecho esto, fueron, a los 27 de julio, restituidos a la unión de la Iglesia y en su primera dignidad de cardenales.

 

Hacía grande instancia el duque de Milán que el virrey se fuese a juntar con su campo, porque los franceses se rehacían a toda furia. Determinó de partir luego, y en tres jornadas llegó a Sarrasina. Entonces envió el marqués de Pescara a Génova, como queda dicho, y él pasó a socorrer a Verona, que todavía la apretaba Albiano. Luego que entró por el término de Bresa, se le rindieron Pontevico y Ursonovo, y toda la ribera de Salo. De allí pasó a Bérgamo, que se le entregó y ayudó con algún dinero para la paga de la gente, dado que la principal fuerza de aquella ciudad quedaba por venecianos. Pasó el virrey a Pesquera, y dejó a mosén Puch en Bérgamo para acabar de cobrar el dinero de la composición. Tuvo aviso un capitán de la señoría que estaba en Crema, y se llamaba Renzo, de todo. Concertó que de noche le diesen una puerta. Entró en la ciudad, tomó el dinero, prendió algunos de la compañía del Puch, y apenas él mismo se pudo salvar en una casa fuerte. Ganó el virrey a Pesquera, que es muy fuerte, pasó la vía de Padua, acudióle con gente que trajo de Alemania el de Gursa, con que se pusieron sobre aquella plaza por principio de agosto. Es Padua ciudad grande y fuerte, y tenía dentro a Bartolomé de Albiano, que acudió allí, alzado el cerco de Verona. Por esto los del virrey dentro de algunos días fueron forzados a dejar el cerco. Fue preso durante este cerco Alonso de Carvajal en un encuentro que tuvo con los albaneses, y con él los capitanes Cárdenas y Espinosa. Hicieron gran falta en esta empresa los caballos ligeros que fueron a Génova en compañía del marqués de Pescara.

 

Hallábase el rey católico viejo, enfermo y cansado con tantas guerras. Trató de hacer paces con Francia; y para esto se movió que el infante don Fernando casase con la hija menor de Francia, y en dote el francés diese a su hija lo de Milán y Génova, que tenía por ganado, y el rey católico a su nieto el reino de Nápoles; todos entretenimientos y trazas, mayormente de parte del rey de Francia, que se recelaba mucho de la tempestad de ingleses que por Calais cargaba sobre Picardía.

 

Hallábase el rey de Inglaterra con cuarenta mil infantes y mil quinientos caballos sobre Teruana por el mes de agosto. Tomó la villa por combate, sin embargo que el delfín se hallaba en Abevilla, muy cerca de Teruana. Antes que se tomase aquel pueblo salió el ejército de Francia a

 

 

 

 

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socorrerle. Vinieron a batalla, en que fueron rotos los franceses y presos el duque de Longavila y otros grandes capitanes. De allí, abatida la fortaleza y baluarte y torres, pasó el inglés sobre Tornay en sazón que en Inglaterra el conde de Sorré, a los 9 de septiembre, venció y mató al rey de Escocia, que en favor de Francia acometió aquellas fronteras. Con la nueva de esta victoria se rindió Tornay.

Allí vino el emperador a verse con el inglés y la princesa Margarita y después el príncipe don Carlos. Pasaron a Lisie, donde se concertaron entre los embajadores y comisarios del emperador, inglés y rey católico, que pasada la tregua, cada cual por su parte acometiese el reino de Francia; en particular se encargó al rey católico de conquistar lo de Guyena en provecho del inglés. ¿Qué manera de hacer paces? No parece aprobó el rey católico este concierto ni dio comisión para hacerle, por lo que se vio adelante. Confirmóse el matrimonio ya otras veces tratado entre el príncipe don Carlos y la hermana del inglés. Solo se asentó de nuevo que luego el año siguiente se consumase.

 

Iba el otoño adelante; por esta causa se dejó la guerra de Picardía por entonces, y el rey de Inglaterra se pasó allende el mar. Grande era el aprieto en que se vieron las cosas de Francia, mayormente que los suizos, por orden del emperador, rompieron por la parte de Borgoña. Vino el de la Tramulla desde Lombardía contra ellos, y sin embargo que los venció en batalla, se concertó con aquella gente. Capitularon que el rey de Francia se apartase de dar favor al concilio pisano y sacase la gente que tenía de guarnición en los castillos de Milán y Cremona; demás de esto, que a ciertos plazos les contase cuatrocientos mil ducados. ¿Qué mayores partidos pudieran sacar si fueran vencedores? Tan grande era la reputación de aquella nación y el deseo que tenían los franceses que se volviesen a sus casas. Verdad es que fuera de dar la obediencia a la Iglesia, los demás capítulos de esta concordia no se ejecutaron.

 

 

 

 

XXI. De la batalla que dio el virrey a venecianos

 

junto a Vicencia

 

En tanto que los demás príncipes cristianos andaban revueltos entre sí y consumían sus fuerzas en vano, el rey don Manuel dentro de Portugal

 

 

 

 

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gozaba de una muy grande paz, fuera de él en África y en la India continuaba sus conquistas, y con ellas extendía la fe y religión cristiana. A la salida del estrecho de Gibraltar, en la costa de África, a la parte del mar Océano, está puesta la ciudad de Azamor, perteneciente al reino de Fez, grande y rica y de muy fértiles campos. Riégalos y pasa por la ciudad el río que los naturales llaman Omirabih, que algunos piensan acerca de los antiguos sea Asama.

 

Pretendió el rey don Manuel los años pasados apoderarse de aquel pueblo, como queda apuntado. Engañóle un moro, llamado Zeiam, que partidos los portugueses, que venían fiados en su palabra, se hizo señor de aquella ciudad, que era el intento que llevaba. Esta injuria era razón se vengase. Ofrecíase buena comodidad por el disgusto que los ciudadanos tenían contra aquel tirano. Mandó el rey aprestar una gruesa armada, en que se embarcaron veinte mil infantes, dos mil setecientos caballos. Nombró por general a don Jaime, duque de Berganza, su sobrino. Iban en su compañía don Juan de Meneses y otros principales hidalgos. Hiciéronse a la vela entrados los calores. La navegación fue larga. Llegaron a Azamor por fin del estío. Tuvieron algunos encuentros con los de dentro, que eran muchos, y con los que vinieron a socorrerlos. Combatieron la ciudad con tanta fuerza de artillería, que muertos algunos de los más principales moros, los demás sin esperar el segundo combate, por una puerta que no se pudo guardar se salieron de noche y se pusieron en salvo. Ganóse la ciudad a los primeros de septiembre. Rindiéronse algunos lugares de la comarca, efecto ordinario de grandes victorias, en particular las ciudades de Tite y Almedina. Dejó el duque número de gente en guarda de aquella plaza, y por sus capitanes a Rodrigo Barreto y Juan de Meneses; y con tanto dio la vuelta a Portugal, si bien muchos eran de parecer que acometiesen la ciudad de Marruecos, empresa que hacían ellos muy fácil. El duque se excusó con que no tenía orden para acometer cosa tan grande.

 

El rey don Manuel, animado con aquel buen suceso, determinó continuar la conquista de África por aquella parte; y por esta causa alzó mano de la pretensión que tenía al peñón y ciudad de Vélez, a tal que los reyes de Castilla la alzasen de todas aquellas marinas que corren desde lo postrero del reino de Fez hasta el cabo de Non y cabo del Boyador, que eran de su conquista.

Proseguíase la guerra de Italia. El virrey don Ramón de Cardona, por complacer al de Gursa, de Albareto, do se retiró, alzado el cerco de Padua,

 

 

 

 

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pasó a correr las tierras de venecianos. Lo primero que hizo fue por la vía de Montañana ir a Buvolenta, pueblo a la ribera de Bachillon. Halló allí muchas bureas y carros cargados de ropa, que por miedo de su venida retiraban a Venecia, presa para los soldados. Pasaron a Pieve de Saco, lugar muy apacible, y todo el regalo de venecianos por ser todo de sus casas de placer. Saqueáronle y pegáronle fuego. Echaron un puente sobre la Brenta, por do pasaron a Mestre, que es como arrabal de Venecia, distante solas cinco millas, del cual asimismo se apoderaron. Al cabo de los canales hay ciertas casas, que llaman las Palizadas, puestas a tiro de cañón de Venecia. Dende la bombardearon, no de otra forma que si la tuvieran cercada. Llegaban las balas al monasterio de San Segundo; la befa fue mayor que el daño, si bien dio ocasión de recibir otro mayor el gran sentimiento que tuvieron aquellos ciudadanos de que los enemigos se hubiesen adelantado tanto. Hallábanse los nuestros rodeados de sus contrarios. Por una parte tenían a Treviso, por otra a Padua y Albiano con su ejército, que se acercaba resuelto a dar la batalla y confiado de alcanzar la victoria. Acordó el virrey retirarse la vía de Vicencia. El día que salieron de Mestre marcharon catorce millas, dado que llevaban mas de quinientos carros con el bagaje y despojos. Acudió Pablo Ballon de Treviso y la gente de Padua a juntarse con Albiano. Llegaban entre todos a siete mil infantes y mil doscientos caballos, sin los villanos de la tierra que se mostraban por la montaña, pasados de diez mil. Pretendió el enemigo impedir a los del virrey el paso de la Brenta. Ellos de noche sin ser sentidos la vadearon seis millas más arriba de donde los enemigos se mostraban. Avisado de esto Albiano, acudió a atajar el camino de Vicencia. Asentó su campo en un paso muy estrecho junto a un lugar que se llama Olmo. Viéronse los nuestros en gran aprieto; ni podían pasar adelante, ni era seguro volver atrás; acordaron dar la vuelta por sacar al enemigo a campo raso por si se pudiesen aprovechar de él. Pensaron los contrarios que huían, dejaron su puesto, alargaron el paso porque no se les fuesen de las manos.

 

El virrey, visto que los contrarios por la prisa iban desordenados, consultó con el marqués de Pescara, general en esta sazón de la infantería española y que regía la retaguardia, lo que se debía hacer. Su parecer fue que se diese la batalla. Lo mismo juzgó Próspero Colona, que llevaba cargo de los hombres de armas en el cuerpo de la batalla. De esta resolución avisaron a los alemanes, a los cuales aquel día cupo llevar la a vanguardia, ca todos los días se trocaban con los españoles. Luego que

 

 

 

 

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fueron avisados, revolvieron con tanto ímpetu, que muy fácilmente rompieron la gente veneciana. Siguió el alcance el marqués de Pescara hasta la ciudad; los que huían hallaron cerradas las puertas, que fue causa de ahogarse muchos en el río, y entre ellos Sacromoro, vicecómite. Recogió el virrey el campo, acometió con los alemanes y algunas compañías de españoles una parte de la infantería y caballería enemiga que tenía fortificado un recuesto con cinco piezas de artillería; sin embargo, con el mismo ímpetu fueron rotos y puestos en huida. Diose esta batalla a los 7 días de octubre. Murieron de los venecianos setecientos hombros de armas; quedó toda la infantería destrozada y preso Pablo Ballon con otros muchos; ganáronles veintidós piezas de artillería. De la gente de cuenta escaparon Albiano, que se recogió a Padua, y Grili, que no paró hasta Treviso. Señaláronse de valerosos en esta jornada Hernando de Alarcón, Diego García de Paredes, García Manrique. No se halló en ella Antonio de Leiva por estar con alguna gente puesto por frontero deCremona.

 

Pasó el virrey a Vicencia. Allí se entretuvo el campo algunos días. Al mismo tiempo el castillo de Bérgamo, que se tenía por venecianos, se entró por fuerza de armas. Soltaron a Pablo Ballon sobre pleitesía que hizo de volver caso que los venecianos no viniesen en dar por él a Alonso de Carvajal. Lo que sucedió fue que Alonso de Carvajal murió en la prisión, y Pablo Ballon no volvió más. Las cosas sucedían tan prósperamente como se pudiera desear. El castillo de Milán con un cerco muy apretado se rindió a los 20 de noviembre; lo mismo hizo el de Cremona, con que acabaron los franceses de salir de Lombardía.

 

Sólo les quedaba el castillo de la Lanterna, gran freno de la ciudad de Génova. Acordó el duque de aquella ciudad de apretarle con cerco que le puso. Los adornos y fliscos en su defensa se pusieron sobre Génova, fiados que los de su parcialidad les darían alguna puerta. Los del duque estaban muy recatados. Así a los de fuera fue fuerza retirarse con mengua y pérdida de alguna parte de su artillería. Hallábase en aquella ciudad por orden del rey católico don Lucas de Alagón, y con quinientos españoles que tenía dentro fue gran parte para que aquella ciudad se defendiese.

El papa continuaba su concilio de Letrán. Fueron admitidos los embajadores de Francia, que renunciaron en nombre de su rey el concilio pisano y la protección de los cismáticos, y la Iglesia galicana se sujetó a la romana. Tratábase de casar a Julián de Médicis, hermano del papa, con la hija de la duquesa de Milán doña Isabel de Aragón. La Duquesa no vino

 

 

 

 

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en ello, antes se afrentó que tal plática se le moviese. Inclinábase más a casar a su hija con el duque Maximiliano Esforcia, y por este camino recobrar aquel ducado, que a su marido a tuerto quitaron. Como valerosa hembra, en su pobreza no se olvidaba de su dignidad y de la grandeza de su casa; a la sazón se entretenía en el reino de Nápoles. Sentía el papa que la señoría de Venecia estuviese a punto de perderse, y de secreto trataba de ampararla. Envió a requerir al virrey no pasase adelante en hacerle guerra hasta tanto que se tomase algún buen apuntamiento con venecianos.

Todo era en sazón que Aragón andaba alborotado por pasiones entre los condes de Ribagorza y de Aranda. Púsose el rey católico de por medio. Tratóse la diferencia por vía de justicia. Dio su sentencia, en que condenó por culpado al conde de Ribagorza, y le mandó que saliese desterrado de todo el reino de Aragón por lo que fuese su voluntad.

En el reino de Nápoles algunos pueblos estaban alzados por los malos tratamientos de sus señores, en especial Santa Severina, Policastro y Maturan, lugares muy fuertes. Para allanar a Calabria fue enviado don Pedro de Castro, que lo sosegó todo, aunque con dificultad y tiempo. Al conde de Muro, que era gobernador de la Pulla, se ordenó fuese a residir en su gobierno, y a la montaña del Abruzo enviaron a Miguel de Ayerve para que la tuviese en defensa, todos con orden diesen calor a la justicia.

 

 

 

 

XXII. Que el rey católico prorrogó la tregua que

 

tenía con Francia

 

La reina de Francia falleció a los 9 de enero del año que se contaba de 1514. Su muerte fue muy sentida de todos, mayormente del rey, su marido, que en Bles se sentía muy agravado de la gota, y recelaba no se rebelase lo de Bretaña. Entre otros príncipes que enviaron a visitar aquel rey y consolarle de aquella muerte, la reina doña Germana envió a fray Bernardo de Mesa, obispo de Trinópoli, para hacer este oficio y juntamente solicitar lo que de días atrás pretendía, es a saber, le entregasen el ducado de Nemurs y el señorío de Narbona con los demás estados que fueron de Gastón de Foix, su hermano, pues era su legítima heredera.

 

Pasó asimismo en Italia Ramiro Nuño de Guzmán por orden del rey católico para hacer oficio de su embajador en Roma. De camino asentó en

 

 

 

 

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Génova confederación con aquella señoría. La sustancia era que se obligaron el rey católico de amparar aquella ciudad, y su duque Octaviano Fregoso y los genoveses de ayudar al rey en cierta forma para la defensa de sus estados. Hízose este concierto a los 3 del mes de marzo en sazón que los Adornos trataban con los suizos y con su ayuda de mudar el estado de aquella ciudad. En Francia, por medio del obispo de Trinópoli, se volvió a la plática de casar el infante don Fernando con Renata, la hija menor del rey de Francia. Por medio de este casamiento se pretendía asentar entre aquellos príncipes una firme paz, cosa que a entrambos estaba bien por hallarse cansados y enfermos. Llevóse este tratado tan adelante, que se platicó que el rey de Francia por estar viudo y deseoso de tomar estado por tener hijo varón, casase con la infanta doña Leonor, hermana del príncipe don Carlos. Por otra parte, se hacía instancia que el emperador y venecianos se concordasen. Acordaron de comprometer sus diferencias en manos del pontífice. Llevó el compromiso el cardenal de Gursa, en que expresamente se declaraba que ninguna cosa se determinase en este caso sin el beneplácito del rey católico. Aceptó el papa el compromiso, oyó lo que por las partes se alegaba, finalmente, a 18 del dicho mes pronunció sentencia, en que mandó que el emperador quedase con Verona y Vicencia, venecianos con Bresa y Bérgamo, y que contasen al emperador doscientos cincuenta mil ducados por una vez, y por año treinta mil. Restaba el consentimiento del rey católico; pero antes que viniese, los venecianos se declararon que no pasarían por la sentencia del papa.

 

Llegábase el término en que la tregua puesta con Francia espiraba; asentóse por medio del secretario Quintana, que estaba en Francia por parte del rey católico, que entre tanto que las paces no se concluían, la tregua se prorrogase por otro año. Las condiciones fueron las mismas que pusieron el año antes, sin añadir ni quitar. Esta prorrogación de la tregua no se recibió por los otros príncipes de una misma manera. El delfín de Francia no la quisiera por recelarse se encaminaba a la paz, que él mucho aborrecía por no quedar privado por esta vía del ducado de Milán. El emperador no curó mucho de ella por tener vuelto su pensamiento a continuar la guerra contra venecianos, antes holgaba se llegase a la conclusión de la paz. Al rey de Inglaterra se atajaron los pensamientos de continuar sus empresas por Picardía y Guyena, que sintió gravisimamente. Llegó a tanto su disgusto, que se resolvió de ganar por la mano y hacer

 

 

 

 

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paces con el rey de Francia. Concertó de casarle con su hermana María, esposa del príncipe don Carlos.

 

Juntáronse en Londres por parte del inglés Tomás Volseo, arzobispo eboracense, que fue poco después cardenal, el mariscal de Inglaterra y el Obispo vintoniense; por parte de Francia el de Longavila y el presidente del parlamento de Normandía. Concluyeron el concierto y amistad a 7 del mes de agosto. Obligáronse que se acudirían entre sí con cierto número de gente contra todos los que pretendiesen ofenderlos. Notóse mucho que el inglés entre sus confederados no nombró al rey, su suegro; tan grande era la saña que contra él tenía. Hacía en aquella corte oficio de embajador todavía don Luis Carroz, que procuró con todo cuidado atajar aquellos desabrimientos. La reina doña Catalina, por ser muy amada en aquel reino, hacía todo lo que podía por aplacar a su marido, pero toda su diligencia era de poco efecto. Poco adelante don Luis Carroz volvió a España; y en su lugar fue por embajador el obispo de Trinópoli desde Francia, do era ido.

 

En Lombardía se continuaba la guerra; los sucesos eran varios, dudoso el remate. El virrey con su campo entró en una villa por fuerza, muy fuerte, que se llama la Citadela, dos millas de la Brenta entre Padua y Treviso. Próspero Colona con la gente del duque de Milán se puso sobre Crema. Defendióla muy bien Renzo Cherri, que la tenía por Venecia. García Manrique con algunas compañías de gente de armas tenía su alojamiento en Robigo. Albiano, que deseaba mucho satisfacerse en parte de los daños pasados, tuvo aviso del gran descuido que tenían, efecto de la prosperidad. Cargó sobre ellos una noche al improviso; los españoles, aunque procuraron defenderse lo mejor que el tiempo daba lugar, al fin por no poder hacer más resistencia, se rindieron. García Manrique y los capitanes que con él se hallaron fueron llevados presos a Vicencia. Renzo Cherri, animado con este suceso y por ser de suyo muy esforzado, salió una noche de Crema y dio sobre una parte de la gente del duque, que estaba a cargo de Silvio Sabelo, muy descuidada, con tal brío, que los desbarató, y en prosecución de esta victoria pasó a Bérgamo, y se entró en ella sin hallar alguna resistencia. Los españoles se recogieron a la fortaleza; acudió el virrey con su gente para socorrerlos 1 de noviembre. Renzo, que vio no se podía defender, rindió la ciudad a partido. Por este mismo tiempo el castillo de la Lanterna, que todavía se tenía por Francia y era gran freno para la ciudad de Génova, se dio al duque Octaviano Fregoso. Volvamos atrás.

 

 

 

 

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XXIII. De las cosas de Portugal

 

El Gran Turco, desembarazado de la guerra que tuvo con sus hermanos y con el Sofi Ismael, que hacía sus partes, armaba pasadas de ciento cincuenta galeras con intento, a lo que se publicaba, de volver la guerra contra Italia, que era la cabeza de la cristiandad. Entendíase quería acometer por la Marca de Ancona, que es del patrimonio de la Iglesia. Suele el miedo de fuera ser causa que los ciudadanos se conformen en una voluntad, olvidadas sus pasiones particulares; pero andaban nuestros príncipes tan encarnizados entre sí, que ninguna cosa bastaba para desenconarlos. Hizo el papa sus diligencias; trató que el emperador y rey católico se ligasen con él para tener sus fuerzas unidas contra un tan poderoso enemigo. Recibían en esta alianza al duque de Milán y a la señoría de Génova. Confiaban que los demás reyes, en especial los de Francia, Inglaterra y Portugal, no faltarían en tan santa demanda.

 

Hicieron sus capitulaciones, cuya sustancia era que cualquiera que acometiese a alguno de los confederados, fuese tenido por enemigo común, y todos saliesen a la causa y a la venganza. Para la defensa de cualquiera provincia de cristianos contra el turco todos acudiesen con cierto número de caballos, conforme a la posibilidad de las partes, y con el dinero que señalaron, para levantar y pagar la infantería. En particular expresaban que tomasen a sueldo por lo menos dieciséis mil suizos; verdad es que toda esta plática desbarataron las pretensiones particulares de los príncipes, demás de otras guerras que tuvieron ocupado al turco, y no le dieron lugar de emprender contra cristianos.

 

Sólo el rey de Portugal se hallaba muy sosegado y contento con las riquezas que le venían de la India y con el progreso que hacía en la conquista de África. Acordó por fin del año pasado enviar a Roma una solemne embajada para prestar la obediencia al pontífice. Envió juntamente para muestra de su grandeza muy ricos presentes al papa, es a saber, un pontifical de brocado sembrado de perlas y pedrería, el más rico que se vio jamás en la recámara y palacio de San Pedro; de Persia una onza, de espantosa ligereza, de que los antiguos romanos gustaban mucho en sus juegos y cazas. Un indio, que la llevaba a las ancas de un caballo, la tenía amaestrada, cuando le hacía señal de correr los bosques y cazar. Venía asimismo un elefante encubertado de brocado, con su castillo, enseñado demás de otros juegos a hincar la rodilla delante el príncipe y

 

 

 

 

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danzar al son de un pífano, henchir la trompa de agua, con que por burla rociaba los circunstantes. Finalmente, traían un rinoceronte, bestia feroz y brava, de siglos atrás nunca vista en Italia. Pretendían sacarle a pelear con el elefante por la enemistad que entre sí tienen estas fieras naturalmente, en representación de la antigua magnificencia del pueblo romano; pero el que desde lo último de la tierra vino libre de las furiosas ondas del Océano se anegó en la costa de Génova con un recio temporal con que se quebró la nave sin poderle librar ni salir a nado a causa de las cadenas en que le llevaban. El embajador principal Tristán de Acuña, caballero muy ejercitado en aquellas partes de la India, hizo su entrada en Roma a los 12 del mes de marzo, y a los 20, el día que le señalaron para darle audiencia pública, habló al papa en esta sustancia uno de sus dos compañeros, por nombre Diego Pacheco, gran jurista:

 

«El rey don Manuel de Portugal, padre santo, nos envía a dar el parabién a vuestra Santidad de su feliz asunción al pontificado, que sea por largos años y para mucho bien de la Iglesia, como todos esperamos, y a prestar la obediencia acostumbrada; oficio debido, pero hecho muy de voluntad, que debe excusar la tardanza ocasionada de impedimentos precisos y graves. Junto con esto suplica a vuestra Santidad ponga los ojos de su paternal providencia en soldar las quiebras del cristianismo, pacificar los príncipes cristianos y unir sus fuerzas contra el enemigo común, que siempre crece con nuestros daños, y de nuestras ruinas edifica y engrandece su casa. Porque ¿qué empresa puede ser ni más gloriosa ni de mayor interés que ésta? Basta la locura pasada; que tal nombre merecen los que contra sí mismos vuelven sus armas furiosas y desatinadas. Para todo ayudará mucho que el sagrado concilio se lleve adelante y no se disuelva, lo cual desea en gran manera. Lo que es de su parte, ofrece no faltará a la causa común, y si fuere necesario, derramará en esta querella su sangre. El que todo su cuidado emplea en adelantar la religión cristiana, sea en la India por donde con gran gloria ha levantado el estandarte real de la cruz entre naciones fieras y bárbaras hasta los fines últimos de las tierras, sea en la conquista de África, en que tiene gastados sus tesoros y empleados sus valerosos soldados, de los despojos de la India y de sus riquezas me mandó trajese aquí la cata y las primicias; presente que debe ser estimado por el lugar de donde viene y por la devoción con que se ofrece, demás de la esperanza que nos dan aquellos anchísimos reinos de ponerse en breve a los pies de vuestra

 

 

 

 

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Santidad. En lugar de los despojos de África, que por ser más ordinarios no fueran tan agradables, presento a vuestra Santidad una petición, a mi parecer, muy justificada, esto es, que atento lo que importa llevar adelante aquella conquista, y que para continuarla no son bastantes las rentas reales de Portugal, vuestra benignidad se digne ayudar al rey, mi señor, con su bendición e indulgencias; fuera de esto, se sirva que en aquella empresa se ayude de alguna parte de las rentas eclesiásticas; porque ¿en qué mejor se pueden emplear ni más conforme a la intención de los que las dieron que en destruir los enemigos de Cristo? Y pues del provecho y honra cabe a todos parte, justo es que todos ayuden a llevar la carga. No creemos querrá esta Santa Silla negar a tal necesidad e intento lo que a otros príncipes ha otorgado en diversos tiempos».

 

Oyó el pontífice con mucha alegría al embajador; respondió benignamente que estimaba la persona del rey de Portugal y recibía con mucha voluntad sus presentes y ayudaría sus intentos por todas las vías que pudiese. Mandó despachar sus bulas en que concedió la cruzada; otorgó otrosí que el rey se aprovechase para aquella empresa de las tercias de las iglesias, consignadas, es a saber, a las fábricas; de las demás rentas eclesiásticas mandaba se le acudiese con la décima parte. En la ejecución de estas gracias se hallaron grandes inconvenientes a causa de los malos ministros. Por esto las iglesias se compusieron en ciento cincuenta mil cruzados, que pagaron en junto, y pasados tres años, se alzó la mano de todas ellas.

 

El pueblo llevaba mal que las rentas consignadas para el sustento de los ministros de Dios y ornato del culto divino se divirtiesen a otros usos; principio de parar en el regalo de cortesanos y palaciegos. Decían era justo escarmentar con el ejemplo de Castilla; a cuyos reyes, después que extendieron la mano a los bienes de las iglesias, no sólo no les lucía aquel interés, sino tampoco las rentas seglares que tenían, antes los que con poca hacienda acabaron grandes empresas, echaron los moros de España y conquistaron otros reinos, al presente, sin embargo que tenían el pueblo consumido con tributos y se aprovechaban en gran parte de la renta de las iglesias, apesgados con su misma grandeza, se iban a tierra sin remedio. Quejábanse que los testamentos de particulares se guardasen, y defraudasen por esta vía los de aquellos que dejaron a Cristo por su heredero; que el dote, tan privilegiado en lo demás por las leyes, se quitase a las esposas de Cristo, contra la voluntad de ellas y de los que las dotaron.

 

 

 

 

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Los ministros del rey, como suelen, sea por adularle, sea porque así lo sentían, defendían su partido con decir que, pues el rey defendía no sólo los bienes de los seglares, sino los de las iglesias, era razón que todos acudiesen a los gastos necesarios y cargas del reino, de cuyos bienes poseen gran parte las iglesias; y es averiguado que en tiempo de san Ambrosio las posesiones de las iglesias pagaban tributo a los emperadores. Lo cierto es estar muy puesto en razón que los eclesiásticos no acudan al príncipe con mayor cuota que conforme a las haciendas que tienen de la república; de suerte que si tienen la cuarta o la quinta parte, no les saquen mayor porción que ésta, ni de sus rentas ni de los tributos que se pagan a los reyes. Además que esto se debe hacer por autoridad del que tiene poder para ello, que es el papa; y aún parece allegado a razón se juntase con esto el beneplácito del clero, como a las veces se ha hecho. Tal fue el suceso de esta embajada.

 

Por el mismo tiempo, de parte del Preste Juan, grande emperador de Etiopía, aportó a Lisboa un embajador, armenio de nación, de profesión religioso, por nombro Mateo. Tenía aquel príncipe, por nombre David, desde el tiempo que Pedro Covillan pasó a aquellas partes, como arriba se dijo, noticia del rey de Portugal; después la tuvo de las armadas que enviaba a las Indias y de las proezas de su gente. Deseaba comunicarse con él para ayudarse de sus fuerzas. Acordó enviarle este embajador, que fue recibido muy bien de Alonso de Alburquerque. Envióle con la primera ocasión a Portugal. Los que le llevaban, por tenerle en figura de burlador, le hicieron muchos desaguisados; prendiéronlos por ende en Lisboa, y los castigaran, si el mismo embajador no se pusiera de por medio. Recibióle el rey muy amorosamente. Vio las cartas que le traía en las lenguas abisinia y persiana. Gustó mucho, así de ellas como de un pedazo de la verdadera cruz que le presentó de parte de aquel rey, engastado en otra cruz de oro. De este Embajador se entendieron los ritos de aquella gente, que son asaz extravagantes para tener nombre de cristianos. No quiero relatarlos por menudo; basta saber que al octavo día se circuncidan, así hombres como mujeres, y a los cuarenta se bautizan. Guardan la purificación de las partidas. Abstiénense de los manjares que veda la vieja Ley. Ayunan hasta puesto el sol. Comulgan en las dos especies de pan y de vino. Los sacerdotes se casan, mas no los monjes ni los obispos que sacan de los monasterios. Usan la confesión y veneran los santos; en conclusión, algunas cosas tienen loables, otras fuera de camino.

 

 

 

 

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Volvamos a Italia. Teníase por el papa la ciudad de Regio de Lombardía; prestó al emperador cuarenta mil ducados con cargo que le diese en empeño la ciudad de Módena. Estas dos ciudades junto con Placencia y Parma, se entendía quería dar en feudo a Juliano, su hermano, y aún juntar con ellas si pudiese a Ferrara, y aún poco después le casó con Filiberta, hermana de Carlos, duque do Saboya. Dotóla el mismo papa en cien mil ducados.

 

 

 

 

XXIV. Que el reino de Navarra se unió con el de

 

Castilla

 

El casamiento de Inglaterra acarreó en breve la muerte al rey Ludovico de Francia, que así suele acontecer cuando las edades son muy desiguales, mayormente si hay poca salud. Falleció el primer día del año que se contaba del nacimiento de nuestro Salvador de 1515. Sucedióle su yerno Francisco de Valois, duque de Angulema, primero de este nombre, príncipe de prendas aventajadas y de pensamientos muy altos. Todos entendían que no reposaría hasta recobrar el estado de Milán, y aún el reino de Navarra, de que daba intención a aquellos reyes despojados. Lo de Italia le tenía en mayor cuidado. Para poder acometer aquella empresa, trató de asegurarse que no le acometiesen por las espaldas y lo divirtiesen. La paz entre Inglaterra y Francia iba adelante; acometió a casar al príncipe don Carlos con Renata, su cuñada. Púsose el negocio en términos, que por medio del conde de Nasau y de Miguel de Croy, camareros del príncipe, que vinieron a París sobre el caso, se concertó el casamiento a los 24 de marzo. Señaláronle en dote seiscientos mil ducados, los doscientos mil en dinero, y por los cuatrocientos mil el ducado de Berri. Esto era en sazón que el príncipe era salido de tutela, y el emperador y princesa Margarita, sus tutores, le emanciparon y pusieron en el gobierno de aquellos estados de Flandes.

 

Restaba de ganar al rey don Fernando. El de Lautreque, gobernador de la Guyena, movió plática al marqués de Comares que la tregua se continuase por término de otro año. El rey católico por entender el juego, como no era dificultoso, no quiso venir en ningún sobreseimiento de guerra con aquel príncipe, si no fuese universal por estas fronteras y por

 

 

 

 

 

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Italia; antes para prevenirse hacía instancia que se asentase la liga general ya platicada para hacer guerra al turco y para defensa de los estados de cada cual de los confederados. Junto con esto, venía en que se concertase otra nueva alianza que el papa movió al emperador por medio del cardenal de Santa María en Pórtico, Bernardo Bibiena, en daño de venecianos, cuyas condiciones eran que Verona, Vicencia, el Frioli y el Treviso quedasen por el emperador; Bresa, Bérgamo y Crema se entregasen al duque de Milán, en recompensa de Parma y Placencia, ciudades con que el papa se quería quedar para darlas a Julián, su hermano. Con esto parecía al rey católico se aseguraba el duque de Milán, y venía en que casase con una de las hermanas del príncipe don Carlos o con la princesa Margarita o con la reina de Nápoles, su sobrina, todos casamientos muy altos.

 

Tuvo el rey católico la Semana Santa en la Mejorada, con resolución de juntar a un mismo tiempo Cortes de las dos coronas, las de Castilla en Burgos, las de Aragón en Calatayud. Despachó sus cartas en Olmedo a los 12 de abril, en que mandaba se juntasen las de Aragón para los 11 de mayo. Para presidir en ellas envió a la reina, para lo cual estaba habilitada, con orden que, concluidas aquellas Cortes, pasase a Lérida a hacer lo mismo en las de los catalanes, y después a Valencia a las de los valencianos. Con esto partió el rey para Burgos por hallarse allí al tiempo aplazado. Todo se enderezaba a recoger dinero para la guerra que amenazaba por diversas partes. Acordaron las Cortes de Burgos de servir con ciento cincuenta cuentos, grande servicio y derrama.

 

Movióles a hacer esto la unión que el rey católico entonces hizo del reino de Navarra con la corona de Castilla, si bien de tiempo antiguo estuvo unido con Aragón, y parecía se podía con razón pretender le pertenecía de presente, pues se ayudó para la conquista, y el mismo que la conquistó era rey propietario de Aragón. El rey empero tuvo consideración a que los navarros no se valiesen de las libertades de aragoneses, que siempre fueron muy odiosas a los reyes. Además que las fuerzas de Castilla para mantener aquel estado eran mayores, y en la conquista, en gente, en dinero y capitanes sirvió mucho más. Lo que da a entender este auto tan memorable es que el rey católico no tenía intención de restituir en tiempo alguno aquel estado, y que le tenía por tan suyo como los otros reinos, sin formar algún escrúpulo de conciencia sobre el caso; así lo dijo él mismo diversas veces.

 

 

 

 

 

 

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Las razones que justificaban esta su opinión eran tres: la primera la sentencia del papa, en que privó a aquellos reyes de aquel reino; la segunda una donación que hizo a los reyes de Castilla del derecho que tenía a aquel reino o corona la princesa doña Blanca, primera mujer del príncipe don Enrique, que después fue rey de Castilla, el cuarto de aquel nombre, cuando el rey don Juan de Aragón, su padre, le entregó en poder de Gastón y de su hermana doña Leonor, sus enemigos declarados, que no pretendían otra cosa sino darle la muerte para asegurarse ellos en la sucesión de Navarra, y era justo vengar aquella muerte con quitar el reino a los nietos de los que cometieron aquel caso tan feo, especial que doña Blanca era hermana del rey don Fernando. Otra razón era el derecho que pretendía tener a aquella corona la reina doña Germana después de la muerte de su hermano Gastón de Foix, que si por este derecho no pudo el rey su marido, unir aquel reino con Castilla, puédese entender que se hizo con su beneplácito, pues se halla que tres años adelante, en las Cortes de Zaragoza, renunció aquel su derecho y traspasó en el príncipe don Carlos, ya rey de Castilla y Aragón. La suma de todo, que Dios es el que muda los tiempos y las edades, trasfiere los reinos y los establece, y no solamente los pasa de gente en gente por injusticias y injurias, sino por denuestos y engaños.

 

Tratábase que aquel reino de Aragón sirviese con alguna buena suma de dineros para los gastos de la guerra en las Cortes que se hacían de aragoneses en Calatayud. Los barones y caballeros para venir en ello porfiaban que se quitase a sus vasallos todo recurso al rey. Estuvieron tan obstinados en esto, que las Cortes se embarazaron algunos meses. Trabajaba el arzobispo de Zaragoza lo que podía en allanar estas dificultades, y visto que por Cortes no se podía alcanzar se otorgase servicio general, dio por medio que se tratase con cada cual de las ciudades le concediesen en particular.

El rey, dado que se hallaba en Burgos muy agravado de su dolencia, tanto, que una noche lo tuvieron por muerto, acordó partir para Aragón; creía que con su presencia todos vendrían en lo que era razón. Envió a mandar a su vicecanciller Antonio Agustín que se fuese para él, porque tenía negocios que comunicarle. Luego que llegó a Aranda de Duero, do halló al rey, fue preso en su posada por el alcalde Hernán Gómez de Herrera y llevado al castillo de Simancas. Muchas cosas se dijeron de esta prisión; quién entendía que tenía inteligencias con el príncipe don Carlos

 

 

 

 

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en deservicio del rey; quién que no tuvo el respeto que debiera a la reina doña Germana. Puédese creer por más cierto que en aquellas Cortes no terció bien con los barones, y que con su castigo pretendió el rey enfrenar a los demás. Dejó en Segovia al cardenal con el Consejo real. Apresuróse para Calatayud, y en su compañía llevó al infante don Fernando. No pudo acabar con los barones que desistiesen de aquella porfía tan perjudicial al ejercicio de la justicia. Apretábale la enfermedad; y aún se dice que la famosa campana de Velilla daba señal de su fin; mensajera de cosas grandes y de muertes de reyes. Así se tiene en Aragón comúnmente; la verdad ¿quién la averiguará? ¿Cuánta vanidad y engaños hay en cosas semejantes? Por esto, sin concluir cosa alguna en lo del servicio general, por el otoño dio vuelta a Madrid. La reina, despedidas las Cortes de Calatayud, pasó a Lérida a tener las Cortes de Cataluña.

 

Al mismo tiempo que las Cortes de Castilla y Aragón se celebraban, en Viena de Austria se juntaron el emperador y los hermanos Segismundo, rey de Polonia, y Ladislao, rey de Hungría, con el hijo del húngaro Luis, rey que ya era de Bohemia. Llegaron a aquella ciudad a los 17 de julio. La causa de esta junta fueron los casamientos que se celebraron, el día de la Magdalena, de los infantes don Fernando y doña María, su hermana, con los hijos del rey de Hungría, Ana y Luis, rey de Bohemia. Halláronse presentes a las fiestas, que fueron grandes, los tres desposados. La ausencia del infante don Fernando suplió como procurador suyo el emperador, su abuelo. Desposólos Tomás, cardenal de Estrigonia, legado de la Sede Apostólica. Es de notar que como los infantes don Fernando y doña María eran nietos del rey don Fernando, bien así Luis y Ana, su hermana, eran bisnietos de doña Leonor, reina de Navarra, hermana del rey don Fernando; ca Catalina, hija de doña Leonor, casó con Gastón de Foix, señor de Candala, cuya hija, por nombre Ana, casó con Ladislao, rey de Hungría, y parió a Luis y Ana. Tan extendida estaba por todo el mundo la sucesión y la sangre del rey don Juan de Aragón, padre del rey don Fernando.

 

 

 

 

XXV. De la muerte de Alonso de Alburquerque

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Grandes fueron las cosas que Alonso de Alburquerque, gobernador de la India Oriental, hizo en el tiempo de su gobierno; mucho le debe su nación por haber fundado el señorío que tiene en provincias tan apartadas. Hallábase viejo, cansado y enfermo; muchos émulos, como no era posible contentar a todos, acudían con quejas a Portugal. Acordó el rey don Manuel de proveer en todo con enviarle sucesor en el cargo que tenía. Escogió para ello a Lope Juárez Alvarenga, persona de prendas y esperanzas y muy inteligente en las cosas de la India. En su compañía iba Mateo, embajador del Preste Juan, y juntamente Duarte Galván para que fuese en embajada de parte suya a aquel príncipe. No pudo ir por la muerte que le sobrevino.

 

En su lugar fue los años adelante Rodrigo de Lima, y llevó en su compañía a Mateo, que falleció antes de llegar a aquella corte, y a Francisco Álvarez, sacerdote, cuyo libro anda impreso de todo este viaje, curioso y apacible. El nuevo gobernador, en menos de cinco meses, que fue navegación muy próspera, partido de Lisboa, llegó a Goa a los 2 de septiembre, en sazón que la reina de Portugal, cinco dias adelante, parió un hijo, que se llamó don Duarte, príncipe dotado de mansedumbre, y muy cortés en su trato, dado a la caza y a la música; falleció mozo, y todavía dejó en su mujer un hijo de su mismo nombre, y dos hijas, de las cuales doña María casó con Alejandro Farnesio, príncipe entonces, y después duque de Parma; doña Catalina fue y es hoy duquesa de Berganza.

 

Cuando Lope Juárez aportó a Goa, Alonso de Alburquerque se hallaba en Ormuz, muy trabajado de una enfermedad y desconcierto de vientre, que le acabó. Compuestas las cosas de aquella isla, con deseo antes de su muerte de ver a Goa, en que tenía puesta su afición, se embarcó. En el mar tuvo aviso de la llegada de su sucesor. Alteróse grandemente de primera instancia. «Dios eterno, dijo, ¿de cuántas miserias me hallo rodeado? Si contento al rey, los hombres se ofenden; si miro a los hombres, incurro en la desgracia de mi rey. A la Iglesia, triste viejo, a la Iglesia, que ningún otro refugio te queda». Mostró esta flaqueza, a lo que yo creo, por la congoja de la enfermedad, que todo lo hace desabrido, o por sentir mucho que las calumnias hubiesen tenido fuerza contra la verdad, porque luego como vuelto en sí: «Verdaderamente, añadió, Dios es el que gobierna el corazón de los reyes, revuelve y ordena con su providencia todas las cosas. ¿Qué fuera de la India si después de mi muerte no se hallara quien me sucediera en el cargo? ¡Cuán gran peligro corriera todo!». Dicho

 

 

 

 

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esto, se sosegó. Aumentósele con la navegación la dolencia. Mandó que de Goa, que estaba cerca, le trajesen su confesor, con quien comunicó sus cosas, y cumplido con todo lo que debía a buen cristiano, una mañana dio su espíritu. Señalado varón, sin duda de los mayores y más valerosos que jamás España tuvo; su benignidad, su prudencia, el celo de la justicia corrieron a las parejas, sin que en él se pueda dar la ventaja a ninguna de estas virtudes. Gran sufridor de trabajos, en las determinaciones acertado, y en la ejecución de lo que determinaba muy presto; a los suyos fue amable; espantoso a los enemigos. Mucho favoreció Dios las cosas de Portugal en dar a la India los dos primeros gobernadores tan señalados en todo género de virtud, de gran corazón y alto, muy semejables en la prudencia, y no menos dichosos en todo lo que emprendían.

 

Verdad es que si bien se enderezaban a un mismo fin, que era ensalzar el nombre de Cristo y ponerse a cualquier peligro por esto y por el servicio de su rey y honra de su nación; pero diferenciábanse en los pareceres y en los caminos que tomaban para alcanzar este fin. Francisco de Almeida, que fue el primer gobernador de la India, era de parecer que las armadas de Portugal no se empleasen en ganar ciudades en aquellas partes. Las fuerzas de los portugueses eran pequeñas; Portugal estaba muy lejos. Temía que si se dividían en muchas partes, no podrían ser tan poderosos como era menester para tan grandes enemigos. Parecíale que les estaría mejor conservar el señorío del mar, conque todas aquellas provincias los reconocerían. Alburquerque, por el mismo caso que la gente era poca y el socorro caía lejos, pretendía que en la India debían tener tierras propias que sirviesen como de seminarios para proveerse de gente, de mantenimientos y madera para fabricar bajeles. Sin esto, entendía no se podrían mantener largo tiempo en el señorío del mar ni conservar el trato de la especería; pues una vez u otra, quier por la fuerza del mar, quier por el poder de los enemigos, se podrían perder sus armadas. Finalmente, que para asegurarse sería muy importante tener en su poder algunos puertos y tierras por aquellas marinas, do pudiesen acudir a tomar refresco y en cualquiera ocasión acogerse. Cuán acertado haya sido este parecer, el tiempo, que es juez abonado, lo ha bastantemente mostrado.

 

Nunca se casó Alonso de Alburquerque, sólo dejó un hijo que tuvo en una criada, en cuyo favor, poco antes que expirase, escribió al rey don Manuel estas palabras: «Esta será la postrera que escribo con muchos gemidos y muy ciertas señales de mi fin. Un hijo sólo dejo, al cual suplico

 

 

 

 

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que, atento a mis grandes servicios, se le haga toda merced. De mis trabajos no diré nada más de remitirme a las obras».

 

Sepultaron su cuerpo en la ciudad de Goa, en una capilla que él fundó con advocación de nuestra Señora. El enterramiento fue suntuoso, las honras reales, las lágrimas de todos los que se hallaron presentes muy de corazón, y muy verdaderos los gemidos. El rey, cuando llegó esta nueva a Portugal, sintió su muerte tiernamente. Mandó llamar a su hijo; llamábase Blas; quiso que en memoria de su padre, de allí adelante se llamase Alonso de Alburquerque. Heredóle, como era razón y debido, y casóle muy honradamente; vivió muchos años, y poco tiempo ha era vivo, y a su costa hizo ensanchar y adornar la iglesia en que a su padre enterraron.

En África intentó el rey don Manuel de edificar un castillo a la boca del río Mamora, que otro tiempo se llamó Subur, y junto a un estero que por allí hace el mar y está cien millas distante de Arzilla. Juntó una armada de doscientas velas, en que iban ocho mil soldados, y por general Antonio Noroña. Partieron de Lisboa a los 13 de junio, y llegaron a la boca del río a los 23. Comenzaron a levantar el castillo. Cargó tanta morisma, que fueran forzados a dejar la empresa y dar la vuelta a Portugal con vergüenza y pérdida de cuatro mil hombres y de la artillería que dejaron en aquella fortaleza comenzada.

 

 

 

 

XXVI. Que el rey de Francia pasó a Milán

 

Luego que el nuevo rey de Francia Francisco, primero de este nombre, se vio en pacífica posesión de aquel rico y poderoso reino, juntó un grueso ejército, resuelto de pasar en persona a la empresa de Lombardía. Acudieron a la defensa del duque de Milán quince mil suizos. Próspero Colona con la gente de armas que tenía acordó de atajar cierto paso a los franceses. Estaba en Villafranca descuidado y cenando, cuando fue preso por la gente que sobrevino del señor de la Paliza. El virrey tenía su campo junto al río Abdua; con la gente del papa alojaba en Placencia Lorenzo de Médicis, hijo de Pedro de Médicis, el que se ahogó en el Garellano. Importaba mucho para asegurar la victoria que los unos y los otros se juntasen con los suizos; así lo entendía el duque de Milán, y hacía grande instancia sobre ello, tanto con mayor ansia, que las cosas comenzaban a

 

 

 

 

 

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suceder prósperamente al francés, ca Alejandría se le dio, y tomó a Novara, y su castillo se ganó por industria del conde Pedro Navarro, que atediado del descuido que se tenía en rescatarle, se concertó con el rey de Francia, que pagó veinte mil ducados de su rescate. Envió el rey católico a convidarle con grandes partidos; llegó tarde el recado; el conde se hallaba ya tan prendado, que se excusó. Entonces envió la renunciación del condado de Olivito, que tenía en el reino de Nápoles.

 

El virrey ni se aseguraba de los suizos por ser gente muy fiera y tener entendido traían inteligencias con Francia, ni tampoco hacía mucha confianza de la gente del papa a causa que por no perder a Parma y Placencia, que los suizos les querían quitar, sospechaba se concertarían con los contrarios. Acordó dejar en Verona a Marco Antonio Colona, y en Bresa a Luis Icart con buen número de gente, y él con lo demás del campo pasar de la otra parte del Po por una puente que hizo de barcas, y fortificarse junto a Placencia y al río Trebia. Los suizos que se hallaban con el duque en Milán llevaban mal aquellas trazas y tardanza, que sin duda iban erradas, y fueron la total causa de perderse la empresa. Acordaron de salir solos con unos pocos italianos a dar la batalla a los franceses, que tenían sus reales muy fortificados junto a San Donato y a Marinario. Pretendían prevenir la venida de Albiano, que se apresuraba para juntarse con el campo francés con novecientos hombres de armas, mil cuatrocientos caballos ligeros y nueve mil infantes. Salieron los suizos de la ciudad muy en orden. Los franceses para recibirlos ordenaron sus haces. En la vanguardia iba Carlos de Borbón; en la retaguardia monsieur de la Paliza; el rey tomó a su cargo el cuerpo de la batalla. La artillería francesa, que era mucha y muy buena, hacía grande daño en los suizos. Cerraron ellos con intento de tomarla. Combatieron con tal coraje y furia, que rompieron el fuerte de los enemigos y se apoderaron de parte de la artillería. Sobrevino la noche, y no cesó la pelea por todo el tiempo que la claridad de la luna dio lugar, que fue hasta entre las once y las doce.

 

El rey se adelantó tanto, que le convino hacer la guarda, sin dormir más de cuanto como estaba armado se recostó un poco en un carro; no se quitó el almete, ni comió bocado en veintisiete horas, grande ánimo y tesón. Entendió que los suizos querían acometer otra vez la artillería. Encomendó la guarda de ella a los alemanes. Al reír del alba volvieron al combate con no menos fiereza que antes. Ienolaco Galeoto asestó la artillería de tal suerte, que de través hacia gran riza en los contrarios. Con

 

 

 

 

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esto y con la llegada de Albiano, que sobrevino con algunas compañías de a caballo, los suizos, por entender que era llegado todo su campo, desmayaron, y en buen orden se recogieron a Milán. Desde allí se partieron luego la vía del lago de Como. Diose esta famosa batalla a los 13 y 14 de septiembre.

 

Los milaneses rindieron luego al vencedor la ciudad. Sobre el castillo, a que se retiró el duque con la gente que pudo, se puso cerco muy apretado. Combatianto con la artillería y con minas que el conde Pedro Navarro hacía sacar. Rindióse el duque a los treinta días del cerco, y fue llevado a Francia. Concertaron le darían cada un uño para su sustento treinta y seis mil escudos a tal que no pudiese salir ni ausentarse de aquel reino. ¡Cuán cortos son los plazos del contento! ¡Cuán poco gozó este príncipe de su prosperidad, si tal nombre merecen los cuidados y miedos de que estuvo combatido todo el tiempo que poseyó aquel estado! Tras esto todas las ciudades y fuerzas de aquel ducado se entregaron al francés.

El virrey don Ramón de Cardona dio luego la vuelta a Nápoles por asegurar las cosas de aquel reino y enfrenar a los naturales, alborotados con deseo de novedades. Tenía orden para entretener la gente de guerra de emprender la conquista de los Gelves. El pontífice fácilmente se acomodó con el tiempo. Resuelto de temporizar, se vio con el rey vencedor en Bolonia. Concedióle todo lo que supo pedir. Alcanzó asimismo de él que abrogase la pragmática sanción en gran ofensa del clero de Francia.

En España, al rey católico no faltaban otros cuidados. Publicóse que el Gran Capitán quería pasar a Flandes, y en su compañía los condes de Cabra y Ureña y el marqués de Priego. Indignóse de esto, de suerte que envió a Manjarres para prenderle con orden que se impidiese el pasaje, y si menester fuese, le echase la mano. Proveyó Dios para evitar un caso de tan mala sonada que el Gran Capitán adoleció de cuartanas por el mes de octubre en Loja, donde residía. No creían que la enfermedad fuese verdadera, sino fingida para asegurar.

 

La indignación del rey de Inglaterra pasaba adelante. Importaba mucho aplacarle, y más en esta sazón. Envióle el rey con el comendador Luis Gilabert un rico presente de joyas y caballos. Llegó en sazón que se confirmó estar la reina preñada; grande alegría de aquel reino; y a Tomás Volseo llegó el capelo, que fue muy festejado. Subió este prelado de muy bajo lugar a tan alto grado por la grande privanza que alcanzó con aquel rey; despeñóle su vanidad y ambición, que fue adelante muy perjudicial a

 

 

 

 

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aquel reino. Este cardenal y el embajador del rey católico se juntaron, y asentaron a 18 de octubre una muy estrecha confederación y amistad entre sus príncipes.

 

Antes de esto, Luis de Requesens con nueve galeras que tenía a su cargo, venció junto a la isla Pantalarea trece fustas, que hicieran mucho daño en las costas de Sicilia y por todo aquel mar. Otro capitán turco, por nombre Omich, y vulgarmente llamado Barbarroja, con la armada que llevaba se puso sobre Bugía. Acudiéronle muchos moros de la tierra; apretóse el cerco, que duró algunos meses. Don Ramón Carroz, capitán de aquella fuerza, la defendió con gran valor; vino en su socorro don Miguel de Gurrea, virrey de Mallorca; y sin embargo, el cerco se continuaba y llevaba adelante. Padecían los cercados gran falta de vituallas. Llególes a tiempo que se querían rendir una nave cargada de bastimentos que les envió el virrey de Cerdeña, socorro con que se entretuvieron hasta tanto que el turco, perdida la esperanza de apoderarse de aquella plaza, alzó el cerco por fin de este año.

 

 

 

 

XXVII. De la muerte del rey don Fernando

 

La hidropesía del rey católico y las cuartanas del Gran Capitán iban adelante, dolencias la una y la otra mortales. Salió el Gran Capitán de Loja con las bascas de la muerte. Lleváronle en andas a Granada, donde dio el espíritu a los 2 de diciembre; varón admirable, el más valeroso y venturoso caudillo que de muchos años atrás salió de España. La ingratitud que con él se usó acrecentó su gloria, y aún le preservó que en lo último de su edad no tropezase, como sea cosa dificultosa y rara navegar muchas veces sin padecer alguna borrasca. A muchos grandes personajes con el discurso del tiempo se les oscureció la claridad y fama que primero ganaron. El tiempo le cortó la vida; su renombre competirá con lo que el mundo durare. Por su muerte vacó el oficio de condestable de Nápoles; diose a Fabricio Colona, y hoy le poseen los de su casa. Los demás estados quedaron a doña Elvira, hija mayor y heredera de la casa de su padre.

 

El rey católico, desde Madrid, con intento de pasar a Sevilla por ser el aire muy templado, era ido a Plasencia. Allí, si bien muy agravado de su mal, fue muy festejado y se detuvo algunos días. Mandó al infante don

 

 

 

 

 

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Fernando se fuese a Guadalupe, do pensaba volver. Iban en su compañía Pero Núñez de Guzmán, clavero de Calatrava, su ayo, y su maestro don fray Álvaro Osorio, fraile dominico, obispo de Astorga. El rey pasó a la Serena por gozar de los vuelos de garzas, que los hay por aquella comarca muy buenos, recreación a que era más aficionado que a otros géneros de cazas y de altanería. Hacíanle compañía el almirante, el duque de Alba, el obispo de Burgos, tres de su Consejo, es a saber, el doctor Lorenzo Galíndez de Carvajal, que escribió un breve comentario de lo que pasó estos años, los licenciados Zapata y Francisco de Vargas, su contador, cuyo hijo y de doña Inés de Carvajal, el obispo de Plasencia don Gutierre de Carvajal falleció no ha muchos años.

 

Allí, por las fiestas de Navidad, llegó Adriano, deán de Lovaina y maestro del príncipe, que venía enviado de Flandes. Con su llegada se asentó que el príncipe fuese ayudado para sus gastos con cincuenta mil ducados por año, y que el rey por todos los días de su vida, aunque muriese la reina doña Juana, tuviese el gobierno de Castilla. Mostrábanse liberales con quien muy presto por las señales que daba la enfermedad había de partir mano de todo.

Dio vuelta a Madrigalejo, aldea de Trujillo. Agravósele el mal de manera, que se entendió viviría pocos días. Acudió el deán de Lovaina, de que el rey recibió enojo, y mandó volviese a Guadalupe, donde era ido a verse con el infante don Fernando, y allí le aguardase. Ordenó su testamento. Confesóse con fray Tomás de Matienzo, de la orden de Santo Domingo, su confesor. La reina en Lérida, do estaba, tuvo aviso de lo que pasaba. Partióse luego, y llegó un día antes que se otorgase el testamento. Otro día, miércoles, entre la una y las dos de la noche, a 23 de enero, entrante el año de 1516, dio su alma a Dios; príncipe el más señalado en valor y justicia y prudencia que en muchos siglos España tuvo. Tachas a nadie pueden faltar, sea por la fragilidad propia o por la malicia y envidia ajena, que combate principalmente los altos lugares. Espejo sin duda por sus grandes virtudes en que todos los príncipes de España se deben mirar.

 

Tres testamentos hizo: uno en Burgos, tres años antes de su muerte; el segundo en Aranda de Duero, el año pasado; el postrero cuando murió. En todos nombra por su heredera a la reina doña Juana, y por gobernador a su hijo el príncipe don Carlos. En caso que el príncipe estuviese ausente, mandaba en el primer testamento que en su lugar gobernase el infante don Fernando, su hermano; pero en los otros dos, mudada esta cláusula, ordenó

 

 

 

 

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que entre tanto que el príncipe no pasase en estas partes, tuviese el gobierno de Aragón el arzobispo de Zaragoza, y el de Castilla el cardenal de España. Esto se guardó bien así como lo dejó mandado. Verdad es que el deán de Lovaina, por poderes que mostró del príncipe fue admitido al gobierno junto con el cardenal. Al infante don Fernando mandó en el reino de Nápoles el principado de Tarento y las ciudades de Cotron, Tropea, la Amantia y Gallipoli, demás de cincuenta mil ducados que de las rentas de aquel reino ordenó le diesen cada un año que corriesen hasta tanto que el príncipe, su hermano, en algún estado le consignase otra tanta renta.

 

Mandó otrosí que el duque de Calabria, sin embargo que su ofensa fue muy calificada, le pusiesen en libertad, y encargaba al príncipe le diese estado con que se pudiese sustentar. Pero esta cláusula no se cumplió de todo punto y enteramente hasta el año de 1533 por diversos respetos y ocasiones, que contra los caídos nunca faltan. Del vicecanciller Antonio Agustín no hizo mención alguna, si por estar olvidado de su delito, o querer que otro le castigase, no se puede averiguar. Basta que el cardenal de España poco adelante le remitió y envió a Flandes, donde fue dado por libre. Pronuncióse la sentencia en Bruselas a los 23 de septiembre de este mismo año.

Nombró por sus testamentarios a la reina, su mujer, y al príncipe y al arzobispo de Zaragoza, a la duquesa de Cardona, al duque de Alba, al virrey de Nápoles, a fray Tomás de Matienzo, su confesor, y a su protonotario Miguel Velázquez Clemente.

Su cuerpo llevaron a enterrar a la su capilla real de Granada, donde le pusieron junto con el de la reina doña Isabel, que tenían depositado en el Alhambra. De los que se hallaron a su muerte le acompañaron solos don Hernando de Aragón y el marqués de Denia don Bernardo de Saudoval y Rojas y algunos otros caballeros de su casa. Por el camino los pueblos le salían a recibir con cruces y lutos. En Córdoba particularmente, cuando por allí pasó el cuerpo, se señalaron el marqués de Priego y conde de Cabra con los demás caballeros de aquella ciudad. Los disgustos pasados y la severidad de que en vida usó con ellos, a sus nobles ánimos sirvieron mas aína de espuelas para señalarse con el muerto y con su memoria en todo género de cortesía y de humanidad. En Granada el clero, ciudad y chancillería a porfía se esmeraron en el recibimiento, enterramiento y exequias, que hicieron con toda solemnidad, como era razón, al

 

 

 

 

 

 

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conquistador y único fundador del bien y felicidad de aquella ciudad y de todo aquel reino de Granada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SUMARIO DE LO QUE ACONTECIÓ LOS AÑOS ADELANTE

 

 

 

 

AÑO 1515

 

El nuevo rey de Francia Francisco, luego que dio orden en las cosas de aquel reino, como era mozo y de condición ardiente, con intento de hacer guerra en Italia, juntadas todas sus fuerzas, pasó los Alpes, venció y prendió al principio a Próspero Colona, que con la caballería pretendía impedirle el pasar adelante. Después se apoderó de Novara con su castillo por industria principalmente del conde Pedro Navarro, que enfadado de la larga prisión y que no le rescataban, se había pasado a la parte de Francia. Movió el rey francés con sus gentes la vuelta de Milán; estaban con el duque Maximiliano los esguízaros, Ramón de Cardona, ausente en Verona, en Plasencia Lorenzo de Médicis, caudillo que era de las gentes del papa; pero como no acudiesen a tiempo, lo que en todas maneras debieran hacer, los esguízaros salieron al rey al encuentro, y dado que la batalla fue tan porfiada y tan dudosa, que duró todo el día y parte de la noche, al amanecer, por cierto miedo que sobrevino a los esguízaros de que venían nuevas gentes a los enemigos, fueron vencidos y desbaratados. El duque dentro del castillo, donde se recogió, vino en poder de los enemigos, y enviado a Francia, a ejemplo de su padre, estuvo allí todos los días de su vida. Dióse esta memorable batalla a 13 de septiembre.

 

Grande era el daño que con esto se recibió en Italia, tanto, que los españoles, poco antes vencedores, perdida la Lombardía y estado de Milán, comenzaban a dudar del reino de Nápoles. El mismo rey católico de todas partes se apercibía de gentes y de ayuda, dado que a la misma sazón quiso prender a Gonzalo Hernández, gran capitán, porque con otros señores pretendía pasarse a Flandes.

 

 

 

 

 

 

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AÑO 1516

 

Siguióse la muerte del mismo rey católico don Fernando, que falleció en Madrigalejo, cerca de Trujillo, camino que iba de Sevilla, a 23 de enero, de enfermedad de hidropesía, la cual le había trabajado no pocos meses. Dícese que la famosa campana de Velilla había dado señal de este fallecimiento, mensajera de cosas grandes y de muertes de reyes, como se tiene en Aragón comúnmente. Nombró por su heredero a don Carlos de Austria, su nieto; a don Fernando, su hermano, mandó la ciudad de Tarento y algunas otras tierras en el reino de Nápoles. Dejó por gobernadores hasta que don Carlos viniese, en Castilla al cardenal de España, arzobispo de Toledo; en Aragón a su hijo el arzobispo de Zaragoza. Ordenó que el duque de Calabria don Fernando fuese puesto en libertad y le señalasen rentas con que sustentase su casa y estado. Los cuerpos suyo y de la reina fueron enterrados en Granada en la iglesia mayor como también lo dejó el mismo rey en su testamento mandado. Verdad es que por letras y patentes secretas del nuevo rey don Carlos, la gobernación de Castilla se encargó hasta su venida al cardenal de España, y junto con él a Adriano, deán de Lovaina y maestro que fue del dicho príncipe, el cual, no obstante que su madre era viva, en las provisiones y cartas se comenzó desde luego a llamar rey, sin que en ello viniesen las cabezas del reino; traza que se continuó por ser cosa peligrosa hacer resistencia a la voluntad del príncipe y contrastar con su deseo.

 

Lo de Navarra tenía a los nuestros puestos en cuidado no se revolviese aquella provincia, y en aquella ocasión de la mudanza del príncipe muchos se declarasen por los reyes antiguos. Por esta causa nombraron por capitán y gobernador de aquel reino a don Antonio Manrique, duque de Nájera, persona muy a propósito para todo lo que sucediese, por los muchos aliados que tenía entre aquella gente y estar su estado muy cerca; sin embargo, don Pedro de Navarra, mariscal de aquel reino y marqués de Cortes, levantó algunos bullicios; pero no fueron de mucho momento, porque fue preso y enviado a Simancas, donde pasó lo que de vida le quedaba privado de libertad. Demás de esto, todos estos intentos se desbarataron por la muerte del rey don Juan de Labrit, que falleció en su estado de Bearne día martes a 19 de junio.

 

 

 

 

 

 

 

 

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AÑO 1517

 

Siguióse ocho meses adelante la muerte de la reina, su mujer; los cuerpos del uno y del otro sepultaron en Lescar, ciudad de Bearne, en la iglesia de Santa María, dado que ellos en sus testamentos se mandaron enterrar en Pamplona como reyes de Navarra y como en continuación de su derecho, que era pequeño alivio del estado que les quitaban. Enrique de Labrit, hijo y heredero de estos príncipes, así en sus estados como también en la pretensión de recobrar por las armas aquel reino, les sucedió.

 

En Lisboa por el mes de marzo falleció doña María, reina de Portugal, en la flor de su edad; su muerte fue de parto; el cuerpo sepultaron en el monasterio de la Madre de Dios de aquella ciudad. Dejó estos hijos: don Juan, el mayor, doña Isabel, doña Beatriz, don Luis, don Fernando, don Alonso, que fue cardenal, don Enrique, cardenal y rey, don Duarte, sin otros dos que murieron niños.

Adriano  Florencio,  natural  de  Utrech,  ciudad  en  los  estados  de

 

Flandes, deán que era de Lovaina y obispo de Tortosa en España, fue en

 

Boma creado cardenal a los 27 de junio.

 

El nuevo rey don Carlos de Austria aportó, a 19 de septiembre, con la armada en que venía, a Villaviciosa, pueblo de las Asturias. Salióle al encuentro el cardenal de España; pero llegado que hubo a Roa, pasó de esta vida veintinueve días adelante. Su cuerpo fue sepultado en el colegio de San Ildefonso de Alcalá de Henares, el cual edificó a su costa desde los cimientos, y dotó de gruesas rentas como albergue de las letras y de toda suerte de erudición; la traza fue la de la Universidad de París; sea lícito comparar las cosas medianas a las muy grandes; el provecho a lo menos ha sido muy colmado por la mucha juventud que a aquella escuela concurre y por las personas señaladas que de ella siempre han salido. Fue arzobispo veintidós años. Sucedióle en el arzobispado el cardenal Guillelmo de Croy, flamenco.

 

Pero este año fue señalado, y no menos desgraciado, especial por dos cosas que en él sucedieron. Éstas fueron haberse acabado el imperio de los sultanes de Egipto, y levantado la herejía perjudicial de Martín Lutero. Estuvo Egipto sujeto al imperio de los romanos hasta el emperador Heraclio, en cuyo tiempo el falso profeta Mahoma sujetó aquella provincia por las armas, después de cuya muerte tuvieron el señorío los califas, que, como él lo dejó ordenado, juntamente gobernaban las cosas sagradas y la

 

 

 

 

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república. Duró esto hasta la guerra de la Tierra Santa cuando el rey de Jerusalén Amalarico, apoderado de la ciudad de Damiata, que antiguamente llamaron Pelusio, puso en tanta apretura al Califa, que le fue necesario pedir gente de ayuda al sultán de Siria. Fue por capitán de estos socorros y por caudillo un hombre llamado Saracon. Éste en premio de su trabajo se apoderó del imperio de Egipto con dejar a los califas solamente el cuidado de las cosas sagradas. Hijo de Saracon fue Saladino, sultán de Egipto y de Siria, el cual con las muchas victorias que ganó y con apoderarse de Jerusalén, redujo en Siria las cosas de los cristianos a grande apretura. No mucho después Melechsala, que sucedió en aquel imperio, por hallarse falto de fuerzas para resistir a los nuestros y a sus intentos, se ayudó de muchos esclavos comanos, que compró de los escitas, y con su ayuda acabó así muchas otras cosas, como también prendió dentro de Damiata al rey Luis santo de Francia. Estos esclavos, dado que hubieron la muerte a Melechsala, su señor, se apoderaron del reino, y nombraron de entre ellos mismos por rey uno, llamado Turquemenio, con condición que ni él dejase el imperio a sus descendientes, ni los demás esclavos el oficio de soldados a sus hijos, sino que fuesen soldados los que, siendo hijos de padres cristianos, hubiesen renegado de nuestra santa fe, que llamaron mamelucos, y que estos de entre sí eligiesen el que hubiese de ser rey. Continuóse esta manera de gobierno por espacio de muchos años hasta tanto que Caietbeio, esclarecido por muchas victorias que ganó de los turcos, gobernó aquel imperio en tiempo del rey católico don Fernando. Campson, sucesor suyo, después que los turcos vencieron a los persianos cerca de la ciudad de Tarvisio, por recelo que tenía no acometiesen lo de Siria, el año pasado, como hiciese guerra en la Asia, en una batalla que se dio cerca de Damasco, fue vencido y muerto por el Gran Turco Selin. Pusieron en su lugar los soldados a Tomumbeio, el cual junto al Cairo en una nueva batalla que se dio fue vencido; y tomada la ciudad por los turcos, le pusieron en un palo; con esto el Gran Turco, quedando vencedor sin resistencia, acabadas cosas tan grandes, se apoderó de las provincias de Siria y Egipto, y acrecentó con esto en gran manera el poder de su nación y su estado.

 

La ocasión que Lutero tuvo para su malvado intento fue esta: el pontífice Julio comenzó la fábrica nobilísima del templo Vaticano. Leon X, que le sucedió, para llevar adelante lo comenzado, hizo publicar por todo el mundo un jubileo para todos los que acudiesen con cierta limosna

 

 

 

 

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para aquella fábrica. Alberto, arzobispo de Maguncia, que tenía a su cargo el publicarlo en Alemania, dio este cuidado a Tezelio, fraile do Santo Domingo. Fue así, que en Witemberga, ciudad de Sajoma, el duque Federico poco antes fundó una universidad. Martín Lutero, fraile de San Agustín, a la sazón catedrático allí de Escritura, desde el púlpito amonestó al pueblo no se dejasen burlar de los engaños de los bulderos; que la mercadería de Roma no era de tanto valor que no se pudiesen los dineros emplear en otra cosa con más ganancia. De estos principios, como muchos le oyesen de buena gana, su locura se aumentó de tal suerte, que por su medio se emprendió casi en todo el mundo tal fuego, que en muchos años no se podrá apagar. El acudir muchos al remedio, por ventura no con tanta prudencia, fue ocasión que el mal se enconase; que si le despreciaran, por ventura se cayera y no pasara adelante; pero las cosas pasadas más fácilmente se reprenden que se mudan. De años atrás estaba aquella gente preñada por los abusos y vicios que se veían donde y en quien menos fuera razón. Brotó el mal humor con esta ocasión y por medio de este fraile. La virtud todo lo asegura, el vicio lo desbarata. No prestan armas ni repuesto cuando el pueblo se levanta.

 

 

ANO 1518

 

Doña Leonor, hermana del rey don Carlos, casó con don Manuel, rey de Portugal; las bodas se celebraron al fin de este año en Ocrato, pueblo de Portugal, con grandes regocijos y aparato. Nacieron de este matrimonio don Carlos, que vivió poco, y doña María, que vivió muchos años, y murió sin tomar estado.

 

Tratóse de dividir el arzobispado de Toledo en muchas partes por ser tan grande, y en particular de poner obispos propios en Madrid y en Talavera; sobre lo cual el pontífice León expidió su bula a 23 de julio, en que cometía al cardenal Adriano y al obispo de Cosencia, su nuncio en Castilla, y a don Alonso Manrique, obispo de Ciudad Rodrigo, que hiciesen información para ver lo que convenía. Halláronse muchas dificultades, tanto, que fue necesario desistir de esta plática.

 

 

AÑO 1519

 

 

 

 

 

 

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El emperador Maximiliano en Belsio, pueblo de Baviera, pasó de esta vida a 12 del mes de enero. Juntáronse los electores en Francfordia para nombrar sucesor, y dado que muchos pretendían ser elegidos con grandes negociaciones, principalmente de parte de Francisco, rey de Francia, por voto de los electores fue antepuesto a todos don Carlos, rey de España, a 28 de junio; mas por cuanto los reyes de Nápoles no podían aceptar el imperio por prohibición que de ello tenían de los pontífices romanos, alcanzó dispensación del papa con condición que cada un año, por el reino de Nápoles, fuese obligado a pagar siete mil escudos y una hacanea blanca, como se hace. No parece se efectuó esto enteramente hasta el tiempo de algunos años más adelante.

 

 

AÑO 1520

 

Tuvo nueva de su elección en la ciudad de Barcelona, desde donde atravesada toda España, por el mes de marzo se hizo a la vela en La Coruña, y llegado a Flandes, en Aquisgrán tomó la primera corona del imperio a 22 de octubre de mano del arzobispo de Colonia, como se acostumbra. Juntamente hizo de su voluntad donación a don Fernando, su hermano, de Austria y de los demás estados de su abuelo el emperador Maximiliano. Quedaron por gobernadores de Castilla el cardenal Adriano y el condestable Íñigo de Velasco y el almirante don Enrique Enríquez. No les faltó diligencia para sosegar la gente popular, que andaba alterada; pero con todo su cuidado no fueron parte para que no acudiesen a las armas, de donde resultaron las Comunidades, guerra muy nombrada en España. Quejábanse que por la avaricia de los flamencos todo el oro de España se había desaparecido, y con su gobierno muy pesado y riguroso la libertad del reino estaba oprimida, los fueros y leyes quebrantadas. Era así, que Carlos de Gevres, ayo del nuevo rey, no contento con hacer después de la muerte del cardenal don fray Francisco Jiménez a su sobrino, hijo de su hermana, Guillermo de Croy, arzobispo de Toledo, con diferentes mañas rebañara la moneda de oro y doblones de dos caras, muy subidos de ley.

 

Los más principales caudillos de las Comunidades fueron Juan de

 

Padilla, uno de los más principales caballeros de Toledo, y don Antonio de

 

Acuña, obispo de Zamora. Juntáronse con ellos muchas villas y ciudades.

 

Vinieron a las manos los comuneros y los reales en muchas partes sin

 

 

 

 

 

 

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declararse del todo la victoria por la una ni por la otra parte, hasta tanto que por fin de este año los reales ganaron a Tordesillas, donde los comuneros estaban fortificados, y tenían en su poder a la reina doña Juana, y poco adelante, a 23 de abril del año siguiente, se dio la batalla del Villalar, donde los comuneros fueron vencidos y presos sus caudillos principales, es a saber, Juan de Padilla, Bravo y Maldonado, de los cuales se hizo justicia, y aún al mismo obispo de Zamora dieron garrote en Simancas, donde le tenían preso. Con esto en gran parte se dio fin a esta guerra y se sosegaron estas alteraciones, mediante la gran prudencia y autoridad del Consejo real, a quien en todo se remitía el emperador. Y doña María Pacheco, mujer de Juan de Padilla, con ánimo varonil, en lugar de su marido, se hizo como caudillo de los comuneros en aquella demanda, y siempre los animaba, pero sin hacer efecto que sea de contar. Y también el duque de Segorbe venció otra batalla a los germanats de Valencia junto a Morvedre. Así se llamaron las comunidades que también en aquella parte se levantaron.

 

 

AÑO 1521

 

Guillermo de Croy, arzobispo de Toledo, falleció a 11 de enero en Alemania antes de venir a España, sin dejar en vida ni en muerte hecha cosa alguna señalada. Sucedióle don Alonso de Fonseca, persona de pensamientos muy altos; de arzobispo que era de Santiago, fue trasladado al arzobispado de Toledo. El arzobispado de Santiago se dio al licenciado Juan Tavera, sobrino de fray Diego Deza, arzobispo de Sevilla, obispo que era de Ciudad Rodrigo y de Osma y del consejo de la Inquisición.

 

De las comunidades de Castilla resultó una nueva guerra en Navarra; la ocasión fue que los nuestros habían echado por tierra, los años pasados, casi todos los castillos de aquel reino, y el año antes de esto, para acudir a las comunidades, despojado aquel reino de artillería y de soldados. El rey Francisco de Francia con deseo que tenía de restituir a Enrique de Labrit en el reino de sus antepasados, y por no dejar pasar la buena ocasión que para esto se ofrecía, envió un grueso ejército por aquella parte, y por su caudillo a Andrés Esparroso, hermano menor de Odeto, señor de Lotrech. Entrado que hubo, todo lo halló fácil y llano; hasta la misma ciudad de Pamplona, cabeza del reino, por haberla desamparado el virrey don

 

 

 

 

 

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Antonio Manrique, sin dilación la redujo en su poder. Quedaba por España el castillo, batíanle los franceses; Íñigo de Loyola, persona noble y principal en Guipúzcoa, a la sazón soldado, y después fundador de la Compañía de Jesús, que allí estaba, fue herido; una bala arrancó una piedra que le quebró una pierna y le hirió la otra, de que llegó a lo postrero de la vida; herido que fue Íñigo, el castillo se rindió a partido. El capitán francés ensoberbecido con la prosperidad y no contento de recobrar aquel reino, se metió por tierras de Castilla y estuvo muchos días sobre Logroño. Acudieron los nuestros, y con su venida le forzaron a levantar el cerco; y demás de esto, cerca de Pamplona, en un lugar llamado Noaín, no lejos del puerto de Reniega, le vencieron y prendieron en una batalla que le dieron. Resultó que desbaratado el ejército francés, el reino de Navarra con la misma ciudad de Pamplona volvió y se redujo al poder y señorío de España.

 

Grande fue la pesadumbre que por este mal suceso recibió el rey de Francia. Determinó de vengarse con enviar otro ejército por la parte de Vizcaya debajo de la conducta de su almirante, que se apoderó de Fuenterrabía, villa muy fuerte en la frontera de Francia. Sucedieron grandes trances en estos encuentros; vínose muchas veces a las manos, y en conclusión la villa se recobró por los nuestros.

 

Doña Beatriz, hija menor del rey de Portugal, concertada con Carlos, duque de Saboya, en una armada por mar fue adonde su esposo estaba. La alegría de este casamiento no duró mucho a causa que el mismo rey de Portugal pasó de esta vida por el mes de diciembre. Su cuerpo enterraron en el monasterio de Belem, que él mismo edificó junto a Lisboa, y dedicó para las sepulturas de los reyes. Sucedióle su hijo don Juan, tercero de este nombre.

Por el mismo tiempo, a 2 de diciembre, falleció en Roma el pontífice León, cuya memoria fue entonces y adelante agradable por haber restituido la paz a Italia, por el favor que dio a los estudios de las letras, y en particular reparado la Universidad de Roma con catedráticos de las artes liberales y de las ciencias, que con grandes premios hizo buscar y traer de todas partes. Con todo esto le tachan de ser dado a sus deportes más de lo que aquel lugar pedía y de haber pretendido aumentar sus parientes, primero a su hermano Juliano, y después de él muerto, a Lorenzo, su sobrino, hijo de otro hermano suyo, llamado Pedro. Para efectuarlo intentó despojar al duque de Urbino Francisco María de aquel

 

 

 

 

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estado; pero la muerte del uno y del otro, conviene a saber, del hermano y sobrino, desbarató sus trazas. La genealogía de esta familia de Médicis quiero poner en este lugar.

 

El gran Cosme de Médicis, que vivió en Florencia cien años antes de este tiempo en que vamos, tuvo un hijo, llamado Pedro, y de él por nietos a Lorenzo y a Juliano. Hijos de Lorenzo fueron Pedro y Juan, que fue el papa León, y el tercero por nombre Julián. El primer Julián, hermano de Lorenzo, tuvo un hijo natural, y que nació después de muerto su padre, que se llamó Julio, que también poco adelante fue pontífice, y se llamó Clemente VII. Pedro, hermano del mismo León, tuvo un hijo, que se llamó Lorenzo, el más mozo, y como lugarteniente de su tío el pontífice León fue general de sus gentes. Éste de una concubina tuvo a Alejandro, duque de Florencia los años adelante, y de su mujer Madalena de Boloña dejó a madama Catalina, que vino a ser reina de Francia, por donde la familia de los Médicis ha emparentado con muchas familias reales. El segundo Julián, hermano del papa León, tuvo un hijo, por nombre Hipólito, que adelante fue cardenal. Su tío el papa Clemente le dio el capelo. Bastará haber de esto avisado.

 

 

AÑO 1522

 

A 10 de enero, el cardenal Adriano, aunque flamenco de nación y ausente, fue elegido en el cónclave por pontífice. Estaba a la sazón ocupado en el gobierno de España; tomóle la nueva de su elección en la ciudad de Vitoria, donde estaba con intento de dar calor a la guerra contra Francia y recobrar a Fuenterrabía; pero sabida su elección, luego se apresuró para pasar a Italia, dado que no llegó a Roma hasta estar ya delante el verano. Su pontificado fue breve, porque no pasó de veinte meses; su erudición, virtud y prudencia fueron muy grandes; no mudó el nombre que antes tenía, y así se llamó Adriano VI; canonizó a san Antonino, arzobispo de Florencia, y a Benon, obispo que fue antiguamente de Misna. A 3 de febrero, lunes, día de San Blas, los reales, debajo la conducta del arzobispo de Bari, vencieron en Toledo a los comuneros que tenían tiranizada aquella ciudad, con la cual victoria se puso fin a las comunidades.

 

El emperador don Carlos, dejando en Alemania a su hermano don Fernando con nombre de vicario del imperio, se partió para España con

 

 

 

 

 

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intento de sosegar estos reinos y dar en todo orden. Llegó con su armada a Santander a 10 del mes de julio.

 

Cristierno, rey de Dinamarca, estaba casado con doña Isabel, hermana del nuevo emperador; privóle de su reino Federico, tío suyo, por donde fue forzado recogerse a Flandes, donde estuvo desterrado por tiempo de diez años, que fue todo lo que le duró la vida. Dejó dos hijas legítimas, Isabel y Cristierna; la primera casó con Alonso, duque de Lorena; la segunda con el duque de Milán Francisco Sforcia.

 

 

AÑO 1523

 

El pontífice Adriano concedió a los reyes de España don Carlos y sus sucesores autoridad de nombrar y presentar los que hubiesen de ser obispos en aquellos reinos. Expidióse la bula a 6 del mes de septiembre. Concedió otrosí que perpetuamente pudiesen tener en administración los maestrazgos de las tres órdenes militares, cosa que los pontífices pasados habían concedido, pero por tiempo limitado. Falleció el pontífice en Roma, a 12 del mismo mes de septiembre, cargado de cuidados y pesadumbre, en particular por haberse los turcos apoderado el año pasado de la isla de Rodas con un cerco muy apretado, que duró ocho meses. En esta vacante falleció en Roma, a 16 de diciembre, el cardenal don Bernardino de Carvajal, obispo que fuera primero de Astorga, después de Badajoz, de Cartagena, de Sigüenza y de Plasencia. Sobrino de este cardenal fue el obispo de Plasencia don Gutierre de Carvajal, el cual hubo aquel obispado por regreso y renunciación del dicho su tío. Padres del obispo don Gutierre fueron el licenciado Francisco de Vargas, tesorero del rey, y doña Inés de Carvajal. Falleció otrosí este año don fray Diego de Deza, natural de Toro, y maestro del príncipe don Juan; fue obispo sucesivamente de Salamanca y de Jaén y de Sevilla, inquisidor general y electo de Toledo. Publicó en sn nombre los escritos de Copreolo sobre el maestro de las sentencias, añadidas pocas cosas. Pusieron en lugar de Adriano. A 20 de diciembre, el cardenal Julio de Médicis, primo hermano que era del papa León X; llamóse en el pontificado Clemente VII; gobernó la Iglesia diez años, diez meses y siete días. Confirmó la orden de los teatinos con nombre de la Congregación del Divino Amor; fundáronla Pedro Garrafa, obispo teatino, y otras personas pías; no traen hábito

 

 

 

 

 

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diferente de los demás sacerdotes; ocúpanse en cantar las horas canónicas; el género de vida es retirado; huyen ocupaciones exteriores y cuidados.

 

 

AÑO 1525

 

El rey don Juan de Portugal casó con doña Catalina, hermana del emperador don Carlos; las bodas y fiestas se hicieron en Estremoz a 5 de febrero, muy señaladas. Procedieron de este matrimonio muchos hijos: sus nombres Alonso, María, Catalina, Beatriz, Emanuel, Felipe, Juan, Antonio. De todos, solos el príncipe don Juan y la infanta doña María llegaron a edad de poderse casar, y aún ellos mismos murieron al principio de sus casamientos.

 

El pontífice León el mismo año que falleció hizo liga con el emperador don Carlos con intento de juntar con él sus fuerzas y echar los franceses de Italia, con condición que por el reino de Nápoles pagase cada un año día de San Pedro, no sólo la hacanea, como antes solía, sino también siete mil escudos, y que el reino de Sicilia reconociese el feudo sin pagar al año más de quince mil ducados, como antes acostumbraba; fuera de esto, que hasta que pagase lo que en la guerra se gastase por el pontífice, quedasen por él las ciudades de Parma y Plasencia, sin descontar del principal lo que rentasen cada año; lo demás del estado de Milán se diese a Francisco Sforcia. Con esta determinación Próspero Colona, general de todo el ejército, y Federico, marqués de Mantua, caudillo de las gentes del papa, vencieron y echaron de aquel estado los franceses, y Francisco Sforcia quedó por duque de Milán. Sucedió un nuevo inconveniente a la parte de Francia, y fue que Carlos de Borbón, hijo de Gilberto, duque de Mompensier, desabrido con el francés, se pasó a la parte del emperador, y con sus gentes que le dio se metió por la Francia hasta Marsella. Irritado el rey de Francia por la una y por la otra causa, pasados los Alpes con un grueso ejército, recobró a Milán y casi todo lo demás de aquel Estado. Pero como se pusiese sobre Pavía, donde estaba Antonio de Leiva con buena guarnición de alemanes, acudieron los capitanes del emperador, esto es, Carlos de Lanoy, virrey de Nápoles, y Carlos de Borbón y el marqués de Pescara Hernando Dávalos, por cuyo valor fue el rey vencido en batalla con gran estrago de su gente, y preso le enviaron a España. Prendieron otrosí al rey de Navarra Enrique Labrit; pero con dádivas que dio al que le

 

 

 

 

 

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guardaba, se escapó del castillo de Pavía, donde estaba. Fue en esta batalla muerto el marqués de Civita de Santángel, por nombre Fernando Castrioto, bisnieto del grande Escanderberquio, señor que fue de Epiro, y de los turcos espanto. Cortáronle las riendas por no llevar cadenas, que fue grande descuido; el caballo desapoderado le metió en medio de los enemigos, donde el mismo rey de Francia del golpe de una lanza le mató. Diose la batalla a 24 de febrero, viernes, fiesta del apóstol san Matías.

 

 

AÑO 1526

 

Quedó con esto Europa sosegada y libre de los males de la guerra. El rey Francisco de Francia estaba en España preso en el castillo de Madrid. Su madre Aloisia, que gobernaba el reino, con deseo que tenía de ver a su hijo puesto en libertad, envió a su hija madama Margarita, que estuvo casada con Carlos, duque de Alanzon, para que fuese a España a tratar de algún concierto. Diose tan buena maña, que a 14 de enero se hizo asiento y confederación entre aquellos dos príncipes con estas condiciones: que de allí adelante los flamencos no pudiesen apelar para los reyes de Francia; que el francés desistiese de la pretensión de Milán, de Génova y de Asta; que restituyese al emperador a Borgoña; demás de esto, casase con la reina viuda de Portugal doña Leonor, hermana del mismo emperador, y por dote le señalaron doscientos mil ducados; que perdonase a Carlos de Borbón, y en lo que tocaba a las diferencias que tenían, estuviese con él a derecho.

 

Era Borbón casado con Susana, nieta de Luis XI, rey de Francia, hija de Pedro, duque de Borbón, y de Ana, hija mayor del dicho rey, al cual Carlos, el postrero de los duques de Angers, en su testamento dejó los estados que poseía en Francia, y fuera de esto, el derecho que pretendía al reino de Nápoles. El hijo de Luis, que fue el rey Carolo, octavo de Francia, no dejó sucesión alguna; por esto el de Borbón, dado que desistía de pretender el reino por no ser el deudo más cercano por línea de varón, pero pretendía que todos los estados que por otros caminos se habían allegado a aquella corona pertenecían a su mujer como a parienta más cercana de los reyes pasados; y muerta ella sin hijos, quería quedarse con el ducado de Borbón, como el pariente más cercano de su suegro por vía de varón; pero la madre del rey alegaba ser ella sobrina, hija de hermana del susodicho Pedro de Borbón. Esto prevaleció.

 

 

 

 

 

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Asentada la confederación, el rey de Francia partió de España con dejar en su lugar, como estaba concertado, en rehenes y para seguridad que cumpliría lo prometido, dos hijos suyos, Francisco, el mayor, que era delfín, y Enrique, el segundo.

 

Al mismo tiempo en Sevilla, a 3 de marzo, se celebraron las bodas del emperador don Carlos y de doña Isabel, hermana mayor del rey de Portugal. Acompañaron a la novia desde la raya de Portugal don Fernando de Aragón, duque de Calabria, ya puesto en libertad, y el arzobispo de Toledo don Alonso de Fonseca, como queda dicho, puesto en lugar del cardenal Guillermo de Croy.

Las gentes del César habían echado y despojado da Milán al duque Francisco Sforcia; achacábanle que no guardaba fidelidad y que tenía inteligencias contra el emperador. El pontífice Clemente, para restituirle en aquel estado y ofendido grandemente porque en España se decretara por ley que los beneficios no se diesen a extranjeros y que el Consejo real examinase las bulas del papa, asentó liga con el francés y venecianos; convidó otrosí al rey de Inglaterra, y aún demás de esto, dio intención al marqués de Pescara don Fernando Dávalos, a la sazón gobernador de Milán, si se juntaba con ellos, de hacerle rey de Nápoles, del cual reino pretendía apoderarse por las armas; intentos que acarrearon muchos y grandes males. En medio de estas pláticas falleció el de Pescara, y porque no dejó hijos, le sucedió en el estado su primo el marqués del Vasto don Alonso Dávalos.

 

El Gran Turco Solimán, sucesor de su padre Selim, en una batalla que se dio cerca de la ciudad de Buda, desbarató a Ludovico, rey de Hungría, y por su muerte, que se ahogó en una laguna huyendo después de la rota, no sólo se perdió aquella ciudad, pero por muchas diferencias que resultaron sobre quién debía suceder a aquel rey, toda la república padeció grandes males. Fue así, que parte de la nobleza quería a don Fernando de Austria por estar casado con la hermana del rey muerto, parte a Juan Vaivoda, donde resultaron guerras muy largas. La reina viuda doña María, por quedar sin hijos, dio la vuelta a Flandes.

 

 

AÑO 1527

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Por gentes que el cardenal Pompeyo Colona y Vespasiano Colona levantaron en la campaña de Roma, y con acudirles desde Nápoles don Hugo de Moncada, virrey que era en aquella ciudad, puso al papa Clemente los meses pasados dentro de Roma en tanto aprieto, que apenas pudo poner su persona en cobro, sin ser parte para que los soldados no saqueasen el sacro palacio. Después este año Carlos de Borbón, con parte del ejército imperial, partió de Lombardía la vuelta de Roma, con intento de dar a saco aquella santa ciudad. Saliéronle al encuentro el duque de Urbino y Janetin de Médicis, padre de Cosme, que adelante fue duque de Florencia; pero venciólos al pasar el río Mincio, donde también Janetin de Médicis fue muerto. El mismo Borbón, a la entrada de Roma, de un arcabuzazo que del muro le tiraron murió; y sin embargo, los soldados siguieron su intento y saquearon la ciudad de Roma; juntamente pusieron cerco al castillo de Santángel, donde el pontífice y los cardenales se retiraron.

 

Grande daño fue este y afrenta muy grave del nombre cristiano. Estaba el emperador en Valladolid cuando le llegó la nueva de este desastre; hizo allí parar los regocijos y fiestas que se hacían por haberle nacido el príncipe don Felipe en aquella villa a 20 del mes de mayo, que fue muestra de su grande religión y de que aquel tan grande desorden no sucedió por su voluntad. Al contrario, los florentinos, por el odio que tenían al pontífice y por verle apretado, echaron de su ciudad la casa de Médicis, principalmente a Hipólito y a Alejandro, que eran las cabezas de aquel linaje, que fue ocasión, trocadas adelante las cosas, que perdiesen la libertad, y también de que Enrique, rey de Inglaterra, movido de la nueva de aquel caso, se declarase por el pontífice y por la liga de que se hizo mención; el francés envió por su general a Odelo, señor de Lotrech, el cual, pasado en Italia con sus gentes y las de los venecianos, se apoderó en el estado de Milán de Alejandría y de Pavía, ciudades harto principales.

 

Con Enrique de Labrit, rey que se decía de Navarra, casó Margarita, hermana del rey francés; de este matrimonio nació Juana, que heredó los estados de su padre a falta de hijo varón. Fue grande la pertinacia que esta hembra tuvo en la herejía, creo yo por ocasión que los pontífices romanos quitaron el reino de Navarra a sus antepasados.

 

 

AÑO 1528

 

 

 

 

 

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En Madrid los estados del reino juraron al niño don Felipe por príncipe y heredero de aquellos reinos de su padre. Quejábase el emperador don Carlos por sus cartas que el francés no guardaba su palabra ni cumpliera lo que prometió tan de propósito al tiempo que estuvo preso en España. Envió el francés un rey de armas a desmentirlo y desafiarle a hacer con él campo de persona a persona. Comunicóse el negocio con los grandes. Respondió el emperador a 21 de junio con sus cartas, en que aceptaba el desafío y señalaba lugar; pero el francés fue más recatado, que ni quiso abrir las cartas ni dar audiencia al rey de armas que para este efecto iba desde España, por razones que no le debieron faltar.

 

Entre tanto el señor de Lotrech, después que con sus gentes invernó en Bolonia, marchó la vuelta de Nápoles. Púsose sobre aquella ciudad con grande esperanza de apoderarse de todo aquel reino, cuando de repente tal peste sobrevino en sus reales, que pereció gran parte de su ejército, hasta el mismo general; otros fueron presos, entre los cuales uno fue el conde Pedro Navarro, y lo que le quedó de la vida le hicieron pasar en una dura prisión.

Movido de este desastre y desgracia, Andrea de Oria, genovés de nación y que era general de la armada francesa, se pasó a la parte del César, y adelante puso en libertad a su patria, vencidos y echados de ella los Fregosos, por lo cual y por sus muchas victorias ganó renombre inmortal.

 

 

AÑO 1529

 

Deseaba el emperador don Carlos pasar por mar en Italia para tomar la corona del imperio de mano del pontífice. Con este intento se reconcilió con él, aunque después de tantos agravios y desabrimientos; prometió de dar por mujer a su hija madama Margarita, habida fuera de matrimonio, a Alejandro de Médicis, sobrino del papa; demás de esto, que haría tanto, que la casa de Médicis volviese a su patria. Junto con esto renovó la confederación con el rey de Francia por sus embajadores, que para esto fueron a Cambray, ciudad en la frontera de Flandes y de Francia. Envió los hijos a su padre, por dos millones de oro que pagó el francés por su libertad; con ellos partió también su hermana doña Leonor para casar con el rey de Francia. Desde este tiempo los estados de Flandes quedaron del

 

 

 

 

 

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todo libres y exentos de la jurisdicción y señorío de Francia, y al contrario, los franceses se quedaron con el ducado de Borgoña.

 

Restaba concertarse con Portugal por la diferencia que tenían sobre las islas Molucas; pareció el mejor camino que el rey de Portugal prestase al emperador trescientos cincuenta mil ducados, con tal que hasta que aquel dinero fuese pagado, los castellanos desistiesen del trato y pretensión de aquellas islas.

Concluidas estas cosas, el emperador pasó por mar a Italia. El Gran Turco Solimán, a instancia de Juan Vaivoda, puso sitio sobre Viena de Austria; pero defendióla muy bien Felipe, conde Palatino, que se hallaba dentro con buena guarnición de soldados.

 

 

AÑO 1530

 

Estaban en Roma a causa de las desgracias pasadas y del saco mal parados los ciudadanos y desabridos; por esto pareció y acordaron que la coronación se hiciese en Bolonia. Fue grande el concurso de gente que acudió, muchos los regocijos, la representación de majestad extraordinaria, con que el mismo día de San Matías, que era en el que nació el emperador don Carlos, fue llamado Augusto y coronado de mano del pontífice. Intercedieron el pontífice y venecianos para que el ducado de Milán se volviese a Francisco Sforcia. Hízose así con darle por mujer a Cristierna, hija del rey de Dinamarca, sobrina del emperador. Demás de esto, se le mandó que pagase novecientos mil ducados, y que entre tanto que lo cumpliese, la ciudad de Como y el castillo de Milán se tuviesen por César. Al marqués de Mantua fue dado título de duque; y por cuanto el pontífice y duque de Ferrara estaban diferentes sobre las ciudades de Regio y de Módena, el emperador, como juez árbitro, oídas las partes, las consignó al de Ferrara.

 

Con esto se partió para Alemania, donde tenía convocada dieta de los príncipes de Alemania para la ciudad de Augusta para los 8 de abril. Lo que principalmente se pretendía era reducir a los herejes, como en otras dictas se había intentado. Fue poco lo que se hizo en esta parte; solamente los herejes presentaron por escrito cierta confesión de su fe, que del lugar se llamó adelante la confesión augustana. El que la compuso fue Felipe Melancton, hombre docto y grande hereje.

 

 

 

 

 

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Demás de esto, las gentes de César con un largo cerco que pusieron sobre Florencia quebrantaron de tal manera los bríos de aquella ciudad, que no solo los Médicis fueron restituidos a su patria, sino también quedó por duque de Florencia Alejandro de Médicis, y los florentinos con tanto quedaron de todo punto despojados de su antigua libertad. Los principales caudillos en esta guerra fueron Filiberto, príncipe de Orange, y Alonso Dávalos, marqués del Vasto y también de Pescara por muerte de su primo don Fernando.

 

Margarita, tía del emperador, falleció en Malinas, ciudad de Flandes, 1 de diciembre. Era gobernadora de aquellos estados; por su muerte sucedió en aquel gobierno dona María, reina de Hungría, viuda, que en lugar y por orden de su hermano el emperador tuvo aquel cargo muchos años.

 

 

AÑO 1531

 

A instancia del emperador, el arzobispo de Maguncia, a quien esto toca, convocó para la ciudad de Colonia los electores del imperio para que allí nombrasen rey de romanos. Fue así, que el día señalado por consentimiento de todos los votos salió nombrado don Fernando, archiduque de Austria, rey de Bohemia y de Hungría. Sólo Federico, duque de Sajonia, no vino a la elección, y por medio de su hijo protestó de nulidad en todo lo que se hizo. Siguieron este mismo partido los príncipes de Baviera; pero el año siguiente consintieron en la elección por respeto del emperador. Lo mismo hizo poco después el duque de Sajonia, luego que en la dieta de Ratisbona concedieron libertad en lo que tocaba a la religión.

 

En muchas partes tembló la tierra, en Flandes principalmente, rotos los diques, muchos lugares enteros quedaron anegados con las olas de la mar, donde hasta este tiempo se ven las torres de los templos que están en pie. La mayor fuerza de este mal cargó en la ciudad de Lisboa, tanto, que el rey, porque no le tomase la casa debajo, por muchos días fue forzado a alojarse en tiendas y pabellones en el campo. La madre por donde corre el río Tajo se hinchó de tal manera, que apartándose las aguas de la una y de la otra parte, parecía resultar una manera de isla.

En Inglaterra la religión antigua y católica se comenzaba a alterar con esta ocasión. El rey Enrique había comenzado a poner los ojos en Ana

 

 

 

 

 

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Bolena por no saber enfrenar sus apetitos. Pretendía, repudiada su mujer la reina doña Catalina con color que estuvo casada con su hermano Arturo, tomarla por mujer; lo uno y lo otro puso en efecto el año siguiente, dado que en su legítima mujer tenía una hija, llamada doña María. El pontífice contradecía todo esto y no quería aprobar estos intentos. Por esto el inglés mandó so graves penas a todos sus vasallos que no acudiesen a Roma; que era todo abrir la zanja y echar cimientos del cisma pestilencial que se siguió y de la desventura de Inglaterra.

 

Entre los esguízaros otrosí resultaron guerras civiles entre herejes y católicos. Vinieron a las manos en tierra de Tiguri o Zurich, que es uno de aquellos cantones; la victoria quedó por los católicos, dado que eran menos en número. Murió en la batalla Zuinglio; en Basilea Ecolampadio hallaron muerto en su lecho por el mes de noviembre; eran entrambos cabezas principales de aquella secta malvada de sacramentarios.

 

 

AÑO 1532

 

Trataba el Gran Turco Solimán de acometer el reino de Hungría; para hacerle resistencia el emperador don Carlos convocó por su edicto los príncipes de Alemania para tener dieta en Ratisbona; tratóse de acudir a esta necesidad y proveer de gentes y de dinero. Para salir con esto, a los herejes se les concedió libertad de conciencia, con que se allanaron y acudieron al socorro; también el pontífice envió buen número de italianos debajo la conducta del cardenal Hipólito de Médicis; lo mismo hizo el rey de Portugal, que envió gente de socorro. Con esta diligencia se juntaron como veinte mil caballos y ochenta mil infantes; asentaron sus reales cerca de Viena, donde pretendían acudir los turcos; el caudillo de toda esta gente era el misma emperador. El bárbaro, luego que tuvo aviso de la gran voluntad con que tantas naciones acudían, dado que tenía mucho mayor número de gente, desconfiado de sus fuerzas, sin atreverse a dar la batalla, contento de haber talado y saqueado lo de Hungría y parte de Austria, sin hacer otro efecto, antes con pérdida de muchos de los suyos, dio la vuelta para donde vino.

 

Por el mismo tiempo Andrea de Oria con la armada imperial de las galeras pasó a la Morea, donde ganó a los turcos las ciudades de Coron y Modon.

 

 

 

 

 

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Falleció Juan Federico, duque de Sajonia, gran favorecedor de Martín Lutero; sucedióle su hijo, que tenía el mismo nombre, y fue tan grande hereje como su padre.

 

El César, compuestas las cosas de Alemania, bajó en Italia, donde en Bolonia se vio con el pontífice, e hizo con él liga contra los turcos. Junto con esto, para remedio de las herejías, se trató de convocar un concilio general, dado que el principal intento de estos príncipes era de impedir la entrada del francés en Italia, ca se entendía que si no era recobrando a Milán, nunca sosegaría.

 

 

AÑO 1533

 

No parece había llaneza en estas pláticas, porque luego que el emperador don Carlos se partió y volvió a España, el pontífice Clemente por mar y el francés por tierra se juntaron en la ciudad de Marsella. Sospechábase que de esta junta resultarían nuevas guerras y alborotos en Italia; con la muerte del pontífice, que luego se siguió, se cubrieron o desbarataron todos estos intentos. Sólo se efectuó que Catalina, hija de Lorenzo de Médicis, casó con Enrique, hijo del francés, que adelante por muerte del delfín, su hermano mayor, que se llamó Francisco, vino a ser primero delfín, y después rey de Francia. El dote fue ciertos pueblos en Auvernia y gran cantidad de dinero.

 

 

AÑO 1534

 

Falleció don Alonso de Fonseca, arzobispo de Toledo, a 4 de febrero; sucedió en aquella iglesia en su lugar el cardenal don Juan Tavera.

 

El papa Clemente luego que dio vuelta de Francia, con una enfermedad larga que le sobrevino, dada orden en sus cosas y en las de la ciudad de Roma, falleció en aquella ciudad a 24 de septiembre. Sucedióle, a 15 de octubre, el cardenal Alejandro Farnesio, natural de Roma, ejercitado en todos los grados y oficios de la corte romana. Llamóse Paulo III; gobernó la Iglesia quince años y veintiocho días. En su mocedad, fuera de matrimonio, tuvo a Pero Luis y a Constancia; hijo de Pero Luis fue Alejandro Farnesio, de Constancia Guido Sforcia, a los cuales dio el capelo en la primera creación que hizo de cardenales. Hermanos de

 

 

 

 

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Alejandro Farnesio fueron Octavio, que fue adelante duque de Parma, y Rainucio, caballero de San Juan, que los años siguientes hizo también cardenal.

 

En Inglaterra por el mes de noviembre se promulgó una ley, en que quitaban toda la autoridad y poder al pontífice romano, y el rey quedaba declarado por cabeza de la iglesia de Inglaterra. Los que contradijeron, como fueron los cartujos, Juan, obispo rossense, y Tomás Moro, canciller que fue antes de aquel reino, pagaron con las cabezas, porque se tenía por gran pecado ser constantes en la fe verdadera.

 

Un corsario famoso, llamado Ariadeno Barbarroja, se había hecho rey de Argel, y después, siendo general de las galeras y armada turquesca, se apoderó en las riberas de África de la ciudad de Túnez con echar del reino al rey Mulease.

 

 

AÑO 1535

 

El emperador don Carlos con intento de ayudar a esto Mulease, que se acogió a su amparo, juntada una gruesa armada, se hizo a la vela desde Barcelona a 30 de mayo. Partió en su compañía el infante don Luis de Portugal con algunos galeones bien aprestados que el rey, su hermano, le dio para este efecto. Abordaron con buen tiempo a la ribera de África, donde en la entrada del puerto de Túnez se apoderaron por fuerza de la Goleta, castillo muy fuerte y muy pertrechado, y también de la ciudad de Túnez por el mes de julio. La ciudad fue entregada al rey Mulease; en la Goleta quedó don Bernardino de Mendoza con mil soldados de guarnición. Hecho esto, el emperador dio la vuelta a Sicilia, y desde allí pasó a Nápoles.

 

Mientras que esto pasaba, el rey de Francia, pasados los Alpes, tomó al duque Carlos de Saboya la ciudad de Turín con otros muchos pueblos del Piamonte, de donde resultaron grandes desabrimientos, especialmente que por el mismo tiempo el duque Francisco Sforcia, a causa que no tenía hijos, estando a la muerte, nombró por heredero de aquel estado al césar don Carlos.

 

 

AÑO 1536

 

 

 

 

 

 

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Desde Nápoles pasó el César a Roma, donde en presencia del pontífice y de los cardenales con palabras muy graves se quejó del rey de Francia; fue tanta la cólera y alteración que le desafió a tener y hacer campo con él. Sucedió esto el segundo día de pascua de Resurrección. Pocos días después, partido de Roma, se metió por la Francia con un grueso ejército; llegaron hasta Marsella, ciudad de la Provenza, y dado que se pusieron sobre ella, sin hacer efecto fueron forzados a dar la vuelta. En esta jornada fue por ciertos villanos desde una torre muerto el insigne poeta castellano Garcilaso de la Vega; sintió mucho el emperador esta desgracia; hizo abatir la torre y ahorcar todos aquellos villanos. También falleció de enfermedad Antonio de Leiva, capitán de gran cuenta y fama, y general en aquella jornada.

 

Sucedieron en este año otras tres cosas memorables: la primera, que Francisco, delfín de Francia, falleció a 10 de agosto; dudóse si con hierbas o de enfermedad ordinaria; la segunda, en Colonia de Alemania se tuvo un concilio provincial en que presidió Hermano, arzobispo de aquella ciudad; mas siete años adelante se declaró por los luteranos, que fue causa de que el pontífice Paulo III le privó de aquella dignidad, y puso en su lugar a Adolfo; la tercera fue la muerte de Erasmo Roterodamo, que falleció en Basilea en edad de setenta años, persona de mayor erudición y fama que digna de ser alabada.

En Inglaterra, a 29 de mayo, Ana Bolena, dada que tenía el rey en ella una hija, llamada Isabel, fue acusada y convencida de adulterio, y pagó con la cabeza. Entró en su lugar Juana Semera; mas el año luego siguiente falleció de parto; el hijo vivió, y se llamó Eduardo. Casó el rey después de esto con Ana, hermana del duque de Cleves, con la cual poco después hizo divorcio, habiendo promulgado una ley que fuese lícito apartar los matrimonios. Con esto casó la quinta vez con Catalina Havarda, pero hízola morir por adúltera y porque antes que el rey se casase con ella perdió su virginidad. Últimamente, casó con una señora viuda, llamada Catalina Parra; este matrimonio no se disolvió a causa de la muerte del rey, que poco adelante se siguió.

 

 

AÑO 1537

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El duque Alejandro de Médicis fue en Florencia muerto, a 6 de enero, por traición de Lorenzo de Médicis, deudo suyo. Los ciudadanos por su muerte nombraron por duque de Florencia a Cosme de Médicis de aquella casa y linaje, y pariente del muerto, aunque de lejos.

 

El emperador don Carlos tuvo dieta del imperio en Wormacia, donde se publicó un edicto contra los luteranos; pero no fue de provecho alguno por estar aquella gente alterada y para tomar las armas. Deseaban todos un concilio general, pero ofrecíanse grandes dificultades; sin embargo, el pontífice con grande constancia señaló para tener el concilio primero a Mantua, después a Vincencia, por ser ciudades de Italia, pero no lejos de Alemania. Los herejes pretendían que el pontífice como reo no podía ser juez, ni tampoco los obispos, como personas que le estaban por juramento obligadas. Pedían que el concilio fuese libre y en Alemania; sus intentos y lo que pedían no se entendía bastantemente; porque ¿quién podía sufrir que ellos fuesen jueces, sea por ser reos, sea por ser acusadores? Excluir a los obispos fuera contra todo lo que antiguamente se usó, pues hacer jueces a los príncipes seglares en negocios de la fe y de la religión, aún ellos mismos no lo aprobaban, porque mal puede juzgar el ciego de lo que no sabe; lo más cierto es que todo era entretener con engaño y querer burlarse en negocio tan grave.

 

Tenía el gobierno de Egipto en lugar del Gran Turco un ennuco, llamado Solimán. Éste, por mandado de su señor con una armada de ochenta velas que se aprestó en el mar Rojo, salido con ella en el mar Océano, se puso sobre el castillo de Dio, fuerza muy importante en el reino de Cambaya, todo con intento de echar a los portugueses de la India y quitarles el trato de la especiería; grandes combates y asaltos le dieron; pero los portugueses fueron tan valientes, que los turcos, sin salir con lo que pretendían, volvieron atrás.

Por el mismo tiempo el pontífice en Roma señaló nueve cardenales para que considerasen todo lo que tenía necesidad de reformación. Ellos compusieron un libro en que comprendieron muchas cabezas y materias en este propósito. Tratóse otrosí de hacer liga contra los turcos; asentaron que el pontífice, emperador y venecianos juntasen sus armadas para este efecto, y porque el francés no impidiese estos intentos, se trató que se juntasen estos príncipes y tuviesen habla en Niza, ciudad de la Provenza.

 

 

 

 

 

 

 

 

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AÑO 1538

 

Como todos vinieron en esto, el pontífice, dado qua era muy viejo, se apresuró para ir allá; el César vino de España por mar, por tierra el rey de Francia. La junta fue por el mes de mayo. Después de muchos dares y tomares, no se pudo sustentar la paz, sólo se concluyeron treguas por espacio de diez años. Tampoco se pudo concluir que el francés y el César se viesen. Sólo el emperador prometió de casar su hija madama Margarita, que estuvo casada con el duque Alejandro de Médicis, con Octavio Farnesio, nieto del pontífice.

 

Verdad es que a la vuelta del emperador a España se vio de camino con el francés en Aguas Muertas. Estuvieron juntos dos días, y habláronse en secreto diversas veces. La cosa de mayor importancia que se concluyó fue que el rey de Francia perdonase y recibiese en su gracia a Andrea de Oria.

 

El cual con las galeras imperiales y con las del pontífice y venecianos, en el golfo Ambracio, que es en el Albania, cerca de la Morea, y hoy se llama el golfo de Larta, tomó a los turcos a Castelnovo; pero como acudiese Barbarroja con la armada turquesca, cerca de Prevesa y del promontorio Accio, sin hacer cosa de momento, fueron los nuestros desbaratados y huyeron del enemigo. De esta manera todos aquellos aparejos e intentos salieron vanos; hasta el mismo Castelnovo volvió el año siguiente a poder de los turcos con grande estrago de los soldados españoles que allí quedaron de guarnición. Los venecianos otrosí concertaron treguas con el turco, de que les resultó con él una larga paz.

En Inglaterra quemaron los huesos de santo Tomás, cantuariense, derribaron los monasterios, los monjes y frailes forzados a mudar hábitos y vestirse como seglares o clérigos.

 

 

AÑO 1539

 

A 1 de mayo, en Toledo, en las casas de los condes de Fuensalida, falleció la emperatriz doña Isabel; su cuerpo llevaron a Granada. El emperador estuvo retirado en el monasterio de la Sisla, que es de jerónimos. Quedaron de esta señora tres hijos: el príncipe don Felipe y las infantas doña María, que casó adelante con el emperador Maximiliano, segundo de este nombre, y doña Juana, que fue mujer del príncipe don Juan de Portugal. Los hijos del emperador fuera de matrimonio fueron don Juan de

 

 

 

 

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Austria, el cual hubo después de viudo, y doña Margarita de Austria habida antes que el emperador casase.

 

Falleció Georgio, duque de Sajonia, grande enemigo de Lutero; sucedióle su hermano Enrique, que ya era luterano; hijo de este Enrique fue Mauricio, del cual se hablará adelante.

 

 

AÑO 1540

 

La ciudad de Gante en Flandes estaba revuelta y alterada por cierta nueva imposición de dineros para los gastos de la guerra. El emperador, para sosegarla, se determinó a pasar en aquellas partes; para mayor brevedad hizo su camino por Francia. Saliéronle al encuentro hasta la raya de aquel reino los dos hijos del rey, Enrique y Carlos; el mismo rey desde Orleans basta París le hizo compañía. Fue grande la resolución del emperador en fiarse de su contrario y ponerse en sus manos; dícese que se trató de detenerle; libróle Dios de un peligro tan grande. Llegado a Gante, con castigar a los culpados y edificar una fortaleza junto a la ciudad, hizo que los demás se sosegasen.

 

Por el mismo tiempo falleció Juan Vaivoda, que se llamaba rey de Hungría; dejó un hijo recién nacido, llamado Estefano, para cuya protección y defensa los turcos hicieron grandes estragos en el reino de Hungría.

Ébora, ciudad de Portugal, fue hecha arzobispal a petición de aquel rey y por autoridad del papa; señaláronte por sufragáneo al obispo de Silves; confirieron aquella iglesia al cardenal don Enrique, hermano del rey, que después de la muerte del rey don Sebastián, su sobrino, vino también a reinar.

El pontífice Paulo confirmó la primera vez y aprobó la religión de la Compañía de Jesús. Expidióse la bula en Roma a 27 de septiembre; fundóla el santo padre Ignacio de Loyola, guipuzcoano de nación, persona de mucha santidad, para grande y maravilloso provecho de la república cristiana. En este año, a 12 de septiembre, sucedió la memorable batalla que venció a los turcos con armas iguales junto a la isla de Alborán don Bernardino de Mendoza, general de las galeras de España, de la casa de Mondéjar.

 

 

 

 

 

 

 

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AÑO 1541

 

El emperador, sosegadas las cosas de Flandes y castigados los de Gante, enderezó su camino para Alemania; su intento era de reconciliar los herejes con la Iglesia. Tuviéronse muchas disputas entre los teólogos, que fuera un remedio saludable si la obstinación de los herejes pudiese convencerse por argumentos. Habíase el año pasado comenzado en Wormacia entre los teólogos un coloquio, a 20 de noviembre, el cual se iba continuando este año; pero con la venida del emperador se remitió todo para la dieta de Ratisbona, que se comenzó a 5 de abril. Disputaron los teólogos escogidos por la una y por la otra parte; el principal por la parte de los católicos fue Juan Eckio; por la de los herejes Felipe Melancton. El cardenal Gaspar Contareno, legado del papa en esta dieta, con el deseo que tenía de la paz, parece concedió a los contrarios algunas cosas en materia de justificación y de la transubstanciación, por donde, vuelto a Roma, en público consistorio le reprendió ásperamente el cardenal Pedro Garrafa, que adelante fue papa y se llamó Paulo IV. Todos tuvieron por entendido, por ser la reprensión tan áspera, que hablaba por boca del pontífice, que presente estaba; así fue mayor la afrenta.

 

Concluida la dieta de Ratisbona, el César bajó a Italia; tuvo habla con el pontífice en Luca, ciudad de la Toscana, por el mes de septiembre; tratóse en la plática de juntar un concilio general. Partido del pontífice, pasó a Génova, donde Andrea de Oria tenía una grande armada aprestada, a propósito de ir sobre la ciudad de Argel que está en la costa de África. El tiempo no era a propósito por estar el otoño adelante. Los más, y el mismo pontífice, procuraban apartarlo de aquel propósito; pero el emperador estuvo firme. Llegado a las riberas de África, a los postreros de octubre con una cruel tempestad que se levantó, perdida gran parte de la armada, sin hacer efecto, fue forzado a retirarse a Bugía, desde donde con mucha tristeza pasó al puerto de Cartagena sin sacar provecho alguno, antes gran daño. Hernán Cortés, que acompañó en aquella jornada al emperador, como su galera se fuese a fondo y él procurase salvarse a nado, se le cayeron de una toalla que llevaba ceñida dos vasos de esmeralda, que se apreciaban en trescientos mil ducados.

 

 

AÑO 1542

 

 

 

 

 

 

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Desbarataron el intento que los años pasados tuvo el papa de juntar concilio las grandes guerras que se levantaron entre los príncipes; pero al presente un nuevo edicto se publicó en que mandaba el padre santo que los obispos de todas partes acudiesen a la ciudad do Trento. Señaló también sus legados para presidir, es a saber, los cardenales Parisio, Moron y Polo; pero estos intentos también se dilataron a causa que el francés de nuevo hizo guerra contra el emperador por muchas partes. La ocasión fue que él enviaba por embajadores al Gran Turco un genovés, llamado César Fregoso, y otro español llamado Antonio Rincón. Era gobernador a la sazón de Milán Alonso Dávalos, marqués del Vasto; ciertos soldados españoles conocieron a los embajadores que iban navegando por el Po abajo, aunque disfrazados y en hábito de romeros; echáronles mano y ahogáronlos en aquel río. Esto sucedió el año pasado. Túvolo el rey de Francia por grande desacato, sin parar hasta que se vino a las armas; acometió con un grueso ejército las fronteras de Flandes. Fuera de esto, el mismo delfín Enrique por mandado de su padre puso en la entrada de España sitio sobre Perpiñán; pero fue tan grande el valor de los soldados castellanos del presidio, que le enclavaron la artillería, y con acudir soldados de todas partes, fue forzado a retirarse, alzado el cerco.

 

Era en este tiempo virrey de Navarra Juan de Vega, señor de Valverde, de donde en breve pasó a Roma por embajador, donde algunos años residió e hizo prudentemente su oficio; después gobernó a Sicilia muchos años. Por conclusión, vuelto en España, fue presidente del Consejo real de Castilla, en el cual cargo hizo cosas muy loables. Fue varón muy entero, y tuvo un ánimo muy constante contra los calumniadores, singular prudencia, y piedad y devoción extraordinaria.

 

A los primeros de diciembre murió el rey de Escocia Jacobo, quinto de este nombre; dejó sola una hija, llamada María, que poco antes le nació de su segunda mujer madama María, hermana del duque de Guisa.

En Alemania, Italia y España fueron tantas las langostas, que, volando por el aire, quitaban el sol.

En Sicilia un grande temblor maltrató muchas ciudades y pueblos, muchos edificios quedaron mul parados; la mayor fuerza de este mal prevaleció en Siracusa o Zaragoza de Sicilia.

 

 

AÑO 1543

 

 

 

 

 

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El emperador don Carlos, nombrado que hubo por gobernador de España al príncipe don Felipe, su hijo, con quien estaba desposada doña María, hija del rey de Portugal, cuidadoso de las cosas de Italia y de Alemania, pasó con su armada a Génova. Desde allí en Buseto, pueblo entre Placencia y Cremona, se vio con el papa; tanta era la diligencia y cuidado que estos príncipes mostraban del bien común. Trataron sobre la junta del concilio a tiempo que ya los legados del papa en Trento, donde eran llegados, aguardaban que los obispos se juntasen. Tratóse otrosí de hacer paces entre Francia y España, pero no era llegada la sazón. Sólo al duque Cosme de Médicis fue otorgado que rescatase las fortalezas de Florencia y de Liorno, que se tenían por el César, por doscientos mil ducados. Había el papa dado las ciudades de Parma y Placencia a Pero Luis, su hijo; pretendía que el César aprobase esta donación por ser aquellas ciudades del estado de Milán, pero no lo pudo alcanzar.

 

El rey de Francia por la parte de San Quintin trabajaba la frontera de Flandes; por otra parte, el corsario Barbarroja, destruido que hubo y quemado la ciudad de Rijoles en el Faro de Mesina, pasó por las riberas de Italia hasta meterse en el puerto de Toulon. Juntóse con él el príncipe de Anguiano; acometieron la ciudad de Niza, que cae cerca del estado de Génova; y dado que la tomaron, no pudieron hacer lo mismo de la fortaleza, bien que en aquel cerco gastaron la mayor parte del estío. Por esto y porque se decía que Andrea de Oria en breve llegaría con su armada a dar socorro a los cercados, se volvieron a invernar al puerto de Toulon.

 

 

AÑO 1544

 

Este año, a 24 de enero, hubo un eclipse de sol, que duró todo el día; los meses adelante tres veces se eclipsó la luna, cosa que después del tiempo de Carlo Magno afirman no sucedió jamás.

 

Las cosas sucedían, ora próspera, ora adversamente, porque Barbarroja, como se volviese a levante, de camino trabajó las riberas del reino de Nápoles en muchas partes. El miedo fue mayor que el daño, dado que saqueó la isla de Lipari y tomó aquella ciudad, y en las riberas de Sicilia se apoderó de la ciudad de Pati, y la saqueó y quemó; fueron muchos millares de ánimas las que llevó consigo cautivas. Por otra parte, el príncipe de Anguiano con un grueso ejército se metió por lo de Milán.

 

 

 

 

 

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Salióle al encuentro el marqués del Vasto; juntáronse los reales cerca de un pueblo llamado Cariñano; diose la batalla, que fue muy brava, a 14 de abril; quedó la victoria por los franceses, y con todo esto no pudieron apoderarse del estado de Milán.

 

El César y el rey de Inglaterra habían hecho liga y juntado sus fuerzas en daño de Francia. Entró el emperador por las fronteras de Flandes; apoderóse de muchas plazas por aquella comarca; pasó tan adelante, que llegó cerca de París. Fue tan grande el miedo que aquella gente cobró, que los mas ciudadanos de París desamparaban aquella ciudad, la más principal de Europa, y se retiraban a otras partes, especial que por el mismo tiempo el rey de Inglaterra por la parte de Teroana se apoderó de la ciudad de Boulogne. En aquella estrechura últimamente se vino a tratar de paz; juntáronse los embajadores de estos príncipes en la ciudad de Sueson, donde asentaron las paces con estas condiciones: que se restituyese todo lo que de una y de otra parte habían tomado después de las treguas que asentaron en Niza; que juntasen sus fuerzas en favor de la religión y hiciesen liga contra los herejes y contra los turcos; que el francés se apartase de cualquiera pretensión que tuviese en Flandes, en Aragón y en Nápoles; que el César diese por mujer a Carlos, duque de Orleans, hijo menor del rey de Francia, una de sus dos hijas, o alguna de las muchas de su hermano don Fernando; caso que le diese su hija, se obligaba de darle en dote los estados de Flandes con nombre y título de rey; caso que le diese una hija de su hermano, fuese el dote el ducado de Milán. Tomóse este asiento a 24 de septiembre, pero no se efectuó cosa ninguna por la muerte que sobrevino poco después al dicho Carlos, duque de Orleans.

 

 

AÑO 1545

 

Estaba el príncipe de España don Felipe concertado con doña María, hija del rey de Portugal; celebráronse las bodas el año pasado en Salamanca con grandes regocijos. Fue el duque de Medina Sidonia hasta la raya de Portugal para acompañar la novia, que en breve se hizo preñada, y parió en Valladolid este año, a 8 del mes de julio, un hijo, que se llamó el príncipe don Carlos; fue parto desgraciado, así por la muerte de la princesa, que falleció el cuarto día adelante, por donde la alegría de su nacimiento en todo el reino se aguó con tristeza y con lágrimas, como también porque el

 

 

 

 

 

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hijo no llegó a heredar a su padre. El cuerpo de la difunta fue llevado y enterrado en Granada.

 

El cardenal don Juan Tavera falleció a 1 de agosto; en su lugar fue puesto y hecho arzobispo de Toledo don Juan Silíceo, que ya era obispo de Cartagena; lo uno y lo otro en pago y como premio del trabajo en enseñar las primeras letras al príncipe don Felipe, como maestro que fue suyo. Los años adelante fue también cardenal.

Procurábase en Alemania que los herejes se sujetasen a lo que el concilio de Trento determinase; para este efecto se tuvo dieta imperial en la ciudad de Wormacia. Halláronse presentes el emperador y el cardenal Alejandro Farnesio, como legado del pontífice, su abuelo. No se pudo efectuar cosa alguna, especial que Lutero con nuevos libros que publicaba no cesaba de soplar y atizar el fuego. Los herejes pedían coloquio y disputa entre los teólogos; los católicos no venían en esto, y pretendían que todo el negocio se remitiese al parecer de los padres de Trento, por la experiencia que de tantas veces se tenía de cuán mal suceden las disputas que en materia de religión en particular se hacen. Todo era abrir las zanjas para la guerra de Alemania, que se siguió poco adelante.

 

Con esto últimamente los obispos que se juntaban en Trentn dieron principio al concilio y le abrieron al fin de este año. Promulgóse la primera sesión a 13 de diciembre; presidían en todo tres legados del pontífice, que fueron los cardenales Juan María de Monte, Marcelo Cervino y Reginaldo Polo. Los principales entre los teólogos españoles fueron los padres Diego Laínez y Alonso Salmerón, de la Compañía de Jesús; de la orden de Santo Domingo los maestros fray Domingo de Soto y fray Melchor Cano; de la de San Francisco fray Alonso de Castro y fray Andrés Vega, porque el maestro Francisco Vitoria y el doctor Juan de Medina, catedráticos de prima en Salamanca y Alcalá, excelentes teólogos, ya por este tiempo eran pasados de esta vida.

 

 

AÑO 1546

 

Martín Lutero, en Islebio, pueblo de Sajonia, donde nació, fue hallado muerto en la cama a 18 de febrero. Lo mucho que había comido y bebido le ahogó en edad que era de sesenta y tres años. Su cuerpo fue enterrado en Witemberga, donde hizo lo más del tiempo su residencia.

 

 

 

 

 

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En Viguen falleció de enfermedad don Alonso Dávalos, marqués del Vasto, y a la sazón gobernador de Milán. En el gobierno le sucedió Hernando Gonzaga.

 

Túvose dieta imperial en Ratisbona, donde hubo disputa entre los católicos y los herejes; por los católicos se señalaron Malvenda, español, y Juan Cochleo; por los herejes Bucero y Brencio. Fue el emperador a la dieta por el mes de mayo; no se sacó más provecho con esta diligencia que otras veces, antes fue mayor el desabrimiento, porque los teólogos herejes se partieron a tiempo que apenas se había comenzado la disputa y los negocios. Los más de los príncipes, aunque los convidaron, no quisieron venir; los que más se señalaron fueron el duque de Sajonia Federico y el Landgrave, por nombre Felipe. Pareció al emperador era necesario acudir a las armas; mandó a Maximiliano, conde de Bura, que en Flandes hiciese las mayores levas de gente que pudiese; en Alemania hicieron lo mismo por el emperador los marqueses de Brandemburg, Alberto y Juan, dado que ellos también eran herejes. Hicieron venir a los españoles de Italia juntamente a 17 de junio; escribió el emperador sus cartas a las ciudades de Alemania, en que les amonestaba no se dejasen engañar, que muchos sin tener respeto a lo que debían, usaban mal de su paciencia; por tanto, le era forzado acudir a las armas. Escritas estas cartas, partió el emperador de Ratisbona para Baviera; asentó sus reales cerca de un pueblo, llamado Lanshust, donde había llegado buen número de gente que el pontífice enviaba en su socorro debajo de la conducta de sus nietos Octavio y el cardenal Alejandro Farnesio; poco después llegaron los españoles en número de hasta seis mil. Nombró por general de todo el ejército a don Fernando de Toledo, duque de Alba.

 

Los contrarios, con un grueso ejército, acudieron a Ingolstadio; eran los principales caudillos el de Sajonia y el Landgrave, a los cuales otros muchos príncipes y ciudades favorecían o claramente o de secreto. Asentaron sus reales en un collado o ribazo, desde donde dispararon su artillería contra los reales del emperador, que estaban puestos en lugar más bajo; fue mayor el espanto que el daño. El landgrave pretendía pasar adelante y dar asalto a los reales del César, porque no estaban bien fortificados. No lo ejecutó, que los otros le fueron a la mano; cosa en que estuvo el remedio y vida de los nuestros por no ser en fuerzas iguales a los contrarios ni llegadas las gentes de Flandes. Luego que llegaron, el emperador fue marchando con su campo la vuelta de Nerlingo con el

 

 

 

 

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enemigo, que siempre le iba a las espaldas. A la misma sazón Mauricio, duque de Sajonia, con ayuda de gente que el rey don Fernando le envió, se apoderaba de las tierras del duque Federico, su primo, como las que estaban dadas en prenda; fuera de que por tener los estados mezclados, le convenía dar orden como no fuese común el daño ni sus vasallos maltratados por sus malos vecinos. Los herejes por acudir a este daño y por estar muy faltos de bastimentos, dieron la vuelta a Sajonia. El Landgrave se partió para su estado y se fue a la ciudad de Francfordia.

 

La guerra se hacia muy brava por todas partes; muchos, así príncipes como ciudades, caían en la cuenta de su engaño. En particular el conde palatino Federico, perdida la esperanza que los rebeldes venciesen, tuvo manera para que el emperador le perdonase de haber ayudado a sus enemigos. Y a su ejemplo, el duque de Witemberga y las ciudades de Ulma, Francfordia y Augusta hicieron lo mismo, pero a costa de gran dinero que les mandaron pagar para los gastos de la guerra, con otras seguridades que dieron.

 

 

AÑO 1547

 

Estas cosas se ejecutaban entrante el año siguiente de 47 al mismo tiempo que Federico, duque de Sajonia, recobró fácilmente las plazas que el duque Mauricio le tomara, fuera de Lipsia, que de ella no se pudo apoderar.

 

Murieron tres príncipes este año, es a saber, la mujer del rey don Fernando, llamada Ana, el rey Francisco de Francia, que falleció a 21 de marzo; vivió cincuenta y dos años, reinó los treinta y dos años; sucedióle su hijo el rey don Enrique. Al tanto el rey de Inglaterra Enrique pasó de esta vida, infame por la cisma que levantó y puerta que abrió en su reino para las herejías; vivió años cincuenta y siete, reinó los treinta y siete y nueve meses. Sucedióle Eduardo, su hijo, niño de nueve años, conforme a lo que su padre dejó ordenado en su testamento, donde instituía a María, Isabel, sus hijas, para que sucediesen en el reino caso que su hermano muriese sin hijos. En tiempo de este rey el duque de Sumerset, su tío, hermano de su madre, y gobernador que era del reino, introdujo en Inglaterra las herejías luteranas. En París en un mismo día, 16 de marzo,

 

 

 

 

 

 

 

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fallecieron Francisco Vatablo y Jacobo Tusano, muy doctos, el primero en hebreo, el otro en griego.

 

El emperador, luego que hubo penado la ciudad de Argentina en grande cantidad de dinero y que su hermano el rey don Fernando se juntó con él, porque hasta este tiempo se detuvo en Bohemia, marchó con su gente la vuelta de Sajonia. Llegó a Misna y al río Albis, que pasa por aquellas partes, a 24 de abril. Estaban los enemigos de la otra parte del río apoderados de la ribera, por lo cual y por ser el río hondo era dificultosa la pasada. Fue grande el esfuerzo de ciertos soldados españoles, que con las espadas desnudas en las bocas se echaron a nado y ganaron ciertas barcas a propósito de hacer un puente. Con este orden y por el vado, luego que los nuestros pasaron el río, siguieron a los contrarios, que se retiraban con intento de meterse en Witemberga. Fue tanta la prisa en el seguirlos, que forzosamente se vino a las manos; duró la batalla hasta la noche, cuando preso el duque de Sajonia y pasados a cuchillo muchos de los enemigos, los demás se pusieron en huida; quedó el campo y la victoria por el emperador. Poco después el Landgrave vino de su voluntad a ponerse en sus manos. Con la prisión de estos dos príncipes los demás se sosegaron; envió el emperador para muestra y memoria de esta grande victoria la artillería que les ganó, parte a Milán, parte a Flandes, y parte también a España; hecho esto, dio la vuelta a Flandes.

 

El Concilio se trasladó de Trento a Bolonia, y poco después se disolvió con gran disgusto de los católicos. Alegaban que la ciudad de Trento estaba muy enferma y no era lícito resistir a la voluntad del pontífice; cuyo hijo Pero Luis en la ciudad de Plasencia fue muerto dentro de su misma casa por los ciudadanos de aquella ciudad; a cúya persuasión, aún cuando el negocio estaba fresco, no se pudo averiguar. Lo cierto es que Fernando Gonzaga, gobernador de Milán, se apoderó de Plasencia con guarnición que en ella puso. El pontífice fortificó a Parma y puso en ella a Camilo Ursino para que la defendiese. Verdad es que después aquel estado fue entregado a Octavio Farnesio, duque de Parma, hijo de dicho Pero Luis.

 

 

AÑO 1548

 

Tanto mayor pena dio la disolución del concilio, que el emperador entre las demás condiciones de la paz hizo venir a los más príncipes y ciudades

 

 

 

 

 

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de Alemania en que en lo locante a la religión se sujetasen al parecer de los padres de Trento. Perdida esta esperanza, en la dieta de Augusta para concertar las diferencias se publicó un librillo en que se aprueba la doctrina católica, dado que se permite la comunión sub utraque specie a los que quisiesen, y a los sacerdotes que se pudiesen casar. Llamóse interim, que es lo mismo que entretanto, porque pretendían durase esta concordia hasta que el concilio se convocase otra vez y determinase lo que se debía hacer. Compusiéronle Julio Phlug y Michael Sidonia e Islebio Agricola. En Sajonia asimismo a instancia del duque Mauricio los herejes publicaron otro libro, cuyo título era de Adiaphoris, que quiere decir cosas indiferentes. Su autor fue Filipo Melancton; pretendía que por el deseo de la paz se debían tolerar muchas cosas, señaladamente casi las mismas que en el otro libro sobredicho se señalaban. Escribieron contra este libro Matías Illírico y Nicolás Gallo, que eran también herejes y más rigurosos que los demás.

 

Por el mismo tiempo Mulease llegó a Augusta, despojado por un su hijo del reino de Túnez y privado de la vista.

Maximiliano, hijo del rey don Fernando, vino a España a casarse con la infanta doña María, su prima hermana, y para quedar en España por gobernador a causa que el príncipe don Felipe quería partir para Flandes, como lo hizo por el mes de noviembre en la misma armada que Maximiliano vino. Llegó a Génova, pasó por Milán y Mantua, y últimamente el año siguiente llegó a Bruselas, ciudad de Flandes, ya que el emperador, su padre, era partido para Alemania.

A instancia del arzobispo de Toledo Silíceo y por bula del pontífice se asentó en aquella iglesia catedral que ningún descendiente de moros, judíos o herejes pudiese tener en ella parte. Resistió a este estatuto el deán don Diego de Castilla y algunos del cabildo con él, pero prevaleció la parte mayor y más poderosa.

Juana, hija de Enrique de Labrit, estuvo desposada con el duque de Cleves, pero estos desposorios no se efectuaron; y así, por este tiempo casó con Antonio de Borbón, duque de Vandoma, de la casa real de Francia.

 

 

AÑO 1549

 

 

 

 

 

 

 

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El año siguiente falleció Margarita, madre de esta señora Juana, reina que se dijo de Navarra.

 

Tuviéronse en Alemania algunos concilios, en particular en Tréveris, en Maguncia y en Colonia, todo a instancia del emperador y a propósito de reducir los pueblos que estaban tan estragados.

En África un hombre llamado Jerife, hijo de un mercader y que por sí mismo fue maestro de escuela, con muestra de santidad hizo que gran número de gente tomase las armas, con que despojó de sus reinos a los reyes de Marruecos y al de Fez y al de Vélez. El de Vélez se fue a amparar al emperador y después al rey de Portugal; pero todo fue buenas palabras que le dieron, y con todo esto por estas diferencias se abrían las zanjas para una guerra larga y muy perjudicial en África.

 

En Inglaterra Pedro Mártir en Oxonio comenzó a enseñar públicamente la herejía de los sacramentarios; levantáronse alborotos por la mudanza de la religión; con todo esto hicieron paces con el rey de Francia, que les había movido guerra por la parte de Picardía, con restituirle la ciudad de Boulogne, que los años pasados le tomaron en aquella comarca.

En la villa de Cigales nació a 1 de noviembre doña Ana, hija de Maximiliano de Austria y de la infanta doña María, su mujer; casó después con su tío y fue reina de España.

En Roma falleció el pontífice Paulo a 10 de noviembre.

 

 

 

AÑO 1550

 

Sucedióle el cardenal Juan María de Monte a 7 días del mes de febrero; vivió después de su elección cinco años y un mes y dieciséis días; llamóse Julio III.

 

Juan de Vega, virrey de Sicilia, en las riberas de África se apoderó por fuerza de la ciudad de África, que antiguamente se llamó Leptis, a 9 de septiembre, con echar de ella al corsario Dragut, que apoderado de aquella ciudad, hacía muchos daños en todas las riberas de Sicilia; dejó en ella guarnición de soldados, pero por excusar el gasto, poco después la hizo echar por tierra.

En Augusta se comenzó por el estío una dieta del imperio muy señalada, porque se halló presente el emperador con su hijo el príncipe don

 

 

 

 

 

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Felipe, que pretendía hacer rey de romanos; pero hizo contradicción el rey don Fernando, su hermano, por estar más inclinado a su hijo Maximiliano, que era vuelto de España y estaba ya nombrado por rey de Bohemia, y con su padre se halló también en la dieta. Tratóse de hacer que de nuevo se convocase el concilio tridentino; que se hiciese guerra a los melburgenses, porque no querían recibir en su ciudad y distrito la religión católica. Lo uno y lo otro era muy pesado al duque Mauricio de Sajonia, dado que estaba nombrado por general de aquella guerra, y lo que más le aquejaba era ver que el emperador no ponía en libertad a su suegro Felipe, lantgrave; que fueron los principios de la guerra que emprendió este duque y con que puso al emperador por estar desapercebido y le redujo a punto de perderse.

 

Fue este año señalado por ser año de jubileo, y por la mucha gente que para ganarle concurrió a la santa ciudad de Roma.

 

 

AÑO 1551

 

Al principio de este año murió en Pavía, en edad de cincuenta y ocho años, Andrés Alefato, gran jurista y humanista, natural de Milán. Leyó los derechos, primero en Francia, después en Italia.

 

El papa Julio por el mes pasado de diciembre convocó por sus edictos los obispos para que volviesen a Trento; estos edictos hizo el emperador publicar en la dieta de Augusta. Dado que el duque Octavio Farnesio muy fuera de sazón se puso debajo la protección de Francia, acudió Ferrante Gonzaga con gentes para atajar estos intentos, y tuvo al duque cercado dentro de Parma. Fue esta guerra ocasión que el concilio se dilatase algún tanto, pero abrióse por el mes de mayo. Presidió en él el cardenal Crecencio, legado del papa. Halláronse presentes los arzobispos electores y otros prelados de Alemania, España e Italia en buen número. El rey de Francia por su embajador el abad de Losana protestó de nulidad y que no se procedía legítimamente. Acudieron embajadores de algunos príncipes de Alemania y de algunas ciudades a pedir salvoconducto para sus ministros herejes y teólogos; pero pedían tales condiciones, que los padres las tuvieron por indignas de la autoridad y majestad del concilio.

 

Concluida la dieta de Augusta, el príncipe don Felipe dio vuelta a España. Hízole compañía su primo Maximiliano hasta Génova, donde

 

 

 

 

 

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halló su mujer la infanta doña María y sus hijos, que eran allí aportados de España, con los cuales por el mes de diciembre llegó a Inspruch, donde el emperador estaba con intento de dar desde aquel pueblo, que está cerca, más calor a las cosas del concilio.

 

El rey Enrique de Francia de repente movió guerra por la parte de Flandes y estado de Milán; ayudóse de la armada turquesca, que se apoderó en las marinas de Sicilia del pueblo y castillo de Augusta, puesto mas allá de la ciudad de Catani. Desde allí pasó a la isla de Malta, y como no hiciese efecto, pasó adelante, y en las riberas de África se apoderó de Trípoli, que se la entregaron los caballeros de Malta que estaban en ella de guarnición y la tenían a su cargo después que Rodas se perdió. Los más culpados en esta traición fueron dos de aquellos caballeros, franceses de nación. A los españoles costó caro su lealtad, porque fueron pasados a cuchillo hasta cuatrocientos. La voz era que querían los turcos vengar la toma de la ciudad de África; lo cierto que a persuasión del rey de Francia los turcos bajaron y tomaron aquella empresa, cuyos embajadores andaban en la misma armada.

 

 

AÑO 1552

 

Vinieron a Trento cuatro teólogos o ministros de Witemberga, cuya cabeza era Brencio. Presentaron a los padres un libro que contenía la confesión witembergense; todo esto era apariencias, porque lo que de verdad pretendían era entretener el concilio hasta tanto que el duque Mauricio se apercibiese de gente y de armas. Así, a 2 de abril llegó a Trento nueva que el duque se había apoderado de la ciudad de Augusta, y que el emperador en Inspruch, donde estaba, corría grande peligro; que fue ocasión que los padres a grande prisa se partiesen y se desbaratase el concilio. Por otra parte, Alberto, marqués de Brandemburg, se apoderó de la ciudad de Tréveris y proseguía en hacer mal y daño a los lugares comarcanos; junto con esto, el francés se apoderó de Verdún, de Lorena y de Metz, y redujo en su poder al mismo duque de Lorena. Hallóse el emperador en gran perplejidad por no poder acudir a tantas partes; resolvióse en poner en libertad al duque de Sajonia y al Lantgrave, con que sosegó al duque Mauricio. A la raya de Italia, donde por el miedo se retirara, le acudieron gentes de diversas partes; sin embargo, perdonó al marqués de

 

 

 

 

 

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Brandemburg porque pretendía servirse de él contra los intentos del rey de Francia. Hecho esto, púsose sobre Metz, a 20 de octubre, con un grueso ejército, que la mayor parte pereció por la aspereza del invierno, tanto, que sin hacer efecto fue forzado partirse del cerco.

 

Este año, a 2 de diciembre, el beato padre Francisco Javier pasó de esta vida a la entrada de la China; fue navarro de nación, uno de los diez primeros compañeros del santo padre Ignacio. Predicó el Evangelio entre aquellas naciones fieras y bárbaras de la India y de Japón y de otras partes. Fue varón sin duda admirable y santo; su cuerpo se conserva entero en Goa, en la iglesia de su misma orden de la Compañía de Jesús; ya está canonizado.

Era virrey de Nápoles don Pedro de Toledo al tiempo que Hernando de Sanseverino, príncipe de Salerno, hizo bajar la armada turquesca debajo la conducta de Rusten Bajá contra aquella ciudad. Descubierta la traición, se declaró del todo por enemigo y se fue huyendo a Venecia; que fue causa que la armada, descubierto el engaño, sin hacer efecto dio vuelta a Constantinopla; sólo cerca de la isla de Poma tuvo un encuentro con Andrea Doria, y le venció y le ganó siete galeras. El de Salerno, cómo estaba declarado, partió para el Gran Turco a solicitar que para el año siguiente enviase otra nueva armada.

 

Tenía el emperador puesta guarnición de soldados en Sena, ciudad de Toscana, debajo del gobierno de don Diego de Mendoza, y esto a causa de las revueltas y bandos de aquella ciudad, de que se temía no se entregase a Francia. Don Diego, para más asegurarse, levantó una fuerza donde los soldados estuviesen; los de aquella ciudad, por entender se enderezaba esto a quitarles la libertad, acudieron primero a Francia para que los tomase debajo su protección, y luego, con las armas que tomaron echaron fuera la guarnición y desbarataron desde los cimientos la fortaleza que estaba comenzada, por donde les fue forzoso apercibirse para la guerra que se siguió luego y para el cerco que por mandado del emperador les puso don Pedro de Toledo. Este año en Florencia falleció Paulo Jovio, en Ferrara Lilio Gregorio Giraldo, en Salamanca Hernando Pinciano, comendador griego.

 

 

ANO 1553

 

 

 

 

 

 

 

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El rey Eduardo de Inglaterra pasó de esta vida a 16 de julio; fue puesta en su lugar la reina María, su hermana, dado que muchos hicieron contradicción. Ella, puesta en la silla y mando, restituyó la religión católica en aquel reino y castigó a gran número de herejes.

 

Estaba don Pedro de Toledo sobre Sena, cuando le sobrevino la muerte en casa de su yerno el duque de Florencia Cosme de Médicis. Sus gentes dieron la vuelta a Nápoles por una nueva que llegó de la armada turquesca, que venía sobre aquella ciudad, debajo la conducta del príncipe de Salerno, ya nombrado. Púsose la armada junto a Nápoles; pero como los ciudadanos no se alterasen, pasó adelante a Córcega, donde los turcos se apoderaron de buena parte de aquella isla, que era de la jurisdicción de genoveses.

Este año don Juan, príncipe de Portugal, casó con doña Juana, hija del emperador; las bodas fueron muy regocijadas, el alegría duró poco.

 

 

AÑO 1554

 

Porque aún no era pasado un año entero después que se efectuó este casamiento, cuando el príncipe falleció en Lisboa a 2 de enero. Su cuerpo fue sepultado en el monasterio de Belem, que está junto a aquella ciudad; su mujer quedó preñada, y a 20 de enero parió en la misma ciudad un hijo, que del día de su nacimiento se llamó don Sebastián. Fue de condición muy noble y real; la vida le duró poco. Su madre partió para Castilla a ser gobernadora de aquellos reinos, por ser necesario que el príncipe don Felipe, su hermano, partiese de España para casarse de nuevo.

 

Fue así, que la nueva reina de Inglaterra estaba deseosa de asegurar aquel reino, y para esto tomar por marido persona de valor y fuerzas; pareció que ninguno podía ser más a propósito para lo que pretendía que el príncipe de España don Felipe, al cual el emperador, su padre, a postrero de octubre del año pasado había nombrado por rey de Nápoles y duque de Milán. Hechos los conciertos, pasó el príncipe a Inglaterra, donde se celebraron las bodas en la ciudad de Vintonia, a 25 de julio, el mismo día de Santiago. Hallóse presente el cardenal Reginaldo Polo, enviado por legado del pontífice por ser de la real sangre de Inglaterra y de vida muy santa, con pretensión de reducir, como lo hizo, y reconciliar aquel reino con la Iglesia romana.

 

 

 

 

 

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Volvieron los nuestros al cerco de Sena, y el marqués de Mariñano, general del emperador, venció en batalla cerca de aquella ciudad a Pedro Strozi, forajido florentino, al cual el francés enviaba con gentes para dar socorro a los cercados y echar de Toscana a los imperiales.

 

 

AÑO 1555

 

El pontífice Julio falleció en Roma a 23 de marzo; sucedióle, a 10 de abril, el cardenal Marcelo Cervino, natural de Montepulchano, sin mudar el nombre que antes tenía. Fue pontífice solos veintidós días, por cuya muerte fue puesto en la silla de san Pedro, a 23 de mayo, el cardenal Juan Pedro Garrafa, natural de Nápoles, persona muy noble y de ánimo muy grande. Llamóse Paulo IV; gobernó la Iglesia cuatro años y dos meses y veintisiete días.

 

Ultimamente, la ciudad de Sena, cansada con los trabajos de un largo cerco, se rindió al emperador. Fue enviado desde Roma el cardenal de Burgos don Francisco de Mendoza para dar asiento en las cosas y en el gobierno de aquella ciudad. Junto con esto, a instancia y por intercesión del cardenal Alejandro Farnesio, dio el emperador perdón al duque Octavio, su hermano, con retención de la fortaleza de Plasencia, donde quedaron soldados españoles de guarnición, mas el rey don Felipe II los años adelante las quitó.

Era a la sazón virrey de Nápoles el duque de Alba, don Fernando de Toledo; fuele mandado pasase a lo de Milán para hacer rostro al señor de Brisac, que por aquella parte por orden del rey de Francia hacía la guerra, aunque no con mucho calor y brío.

El príncipe don Felipe el verano bien adelante partió de Inglaterra, y llegó a Bruselas, donde el emperador, su padre, le renunció y entregó de su mano todos sus estados, con deseo que tenía de descansar, como lo puso en ejecución luego el año siguiente, cuando renunciando también el imperio en Ferdinando, su hermano, por mar con sus dos hermanas, las reinas doña Leonor y doña María, pasó a España; y en la Vera de Plasencia para su retiramiento escogió el monasterio de Yuste, de la orden de San Jerónimo, do murió dos años después de su llegada, más dichoso y mayor por menospreciar el imperio que por alcanzarle y tenerle.

 

 

 

 

 

 

 

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Falleció este año Enrique de Labrit, rey que se decía de Navarra; quedó por heredera su hija madama Juana, hereje muy obstinada.

 

 

AÑO 1556:

 

A los 5 de febrero se concertaron entre Francia y España treguas por espacio de cinco años, con esperanza que la concordia sería muy larga por estar ya los unos y los otros muy cansados y gastados; pero todo esto se desbarató por la guerra que el pontífice romano movió muy fuera de tiempo. Fue así, que el principio de este año comenzó a perseguir los señores de casa Colona; prendió unos, otros huyeron, de cuyos estados se apoderó luego el papa. El rey católico mandó al duque de Alba no permitiese se les hiciese ningún agravio. Al contrario, el rey de Francia, a persuasión del pontífice, hecha liga con él, envió un grueso ejército en Italia, debajo de la conducta del duque de Guisa. Pasaron estas gentes por Lombardía, y llegadas a Roma, después que se detuvieron en aquella ciudad mucho tiempo, pasaron al reino de Nápoles; no hicieron cosa de momento, antes la mayor parte pereció de enfermedades, y los demás dieron la vuelta a Francia. Entretanto el duque de Alba, después que se hubo apoderado de casi todo el estado del papa cerca de Roma, llegó con su campo a ponerse sobre aquella ciudad. Pudiérala saquear otra vez con mucha facilidad, pero fue tanta su devoción y miramiento, que no lo quiso hacer, antes se concertó e hizo paz con el pontífice con condiciones muy honestas; pero esto sucedió al fin del año siguiente.

 

Al principio de esta guerra Cosme, duque de Florencia, alcanzó del rey católico que le entregase la ciudad de Sena; alegaba para esto los gastos que hizo en la guerra de Sena y que se le había dado intención de darle en recompensa aquella ciudad. Húbose el rey de acomodar al tiempo y a la necesidad, que tiene gran fuerza; entrególe la ciudad con que diese cierto dinero de presente y la tuviese como feudatario de España.

 

 

AÑO 1557

 

No sosegó por esto la guerra entre españoles y franceses, antes en un mismo tiempo estaba el fuego emprendido por diversas partes. Variaban las cosas de manera, que poca ventaja se reconocían entre sí las partes.

 

 

 

 

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El cardenal don Juan Silíceo, falleció a postrero de mayo; fue puesto por su muerte en la iglesia de Toledo fray Bartolomé de Miranda, de la orden de Santo Domingo; parece subió tan alto para que la caída fuese tan grave.

 

A la misma sazón, es a saber, a 13 de junio, falleció en Lisboa el rey de Portugal don Juan el Tercero, príncipe dado al culto de la religión y muy esclarecido por las cosas que hizo. Su cuerpo fue sepultado en el monasterio de Belem; quedó por su heredero su nieto el rey don Sebastián. En tiempo del rey don Juan se introdujo la inquisición en Portugal a propósito que los herejes y apóstatas fuesen castigados. Fundó la Universidad de Coimbra con gruesas rentas que le dio, y para dar principio hizo venir de todas partes profesores de todas las ciencias muy señalados con grandes salarios que les señaló. Movido por el ejemplo del rey, su hermano, el cardenal don Enrique fundó algún tiempo después la nueva Universidad de Ebora, la cual toda, y parte de la Universidad de Coimbra entregaron aquellos príncipes a los padres de la Compañía de Jesús para que las gobernasen; carga sin duda pesada, pero el provecho es muy grande.

 

Tenía el rey católico puesto sitio sobre San Quintín, pueblo a la frontera de Flandes, muy fuerte y que está junto al río de Soma, que antiguamente se llamó Augusta de los Veromanduos; acudieron los franceses a dar socorro, pero fueron vencidos y desbaratados por Filiberto, duque de Saboya, principal caudillo, con gran matanza que en ellos hizo; muchos señores franceses fueron presos; acudió en persona el rey católico. El daño y espanto de los franceses fue tal y tan grande el ánimo de los nuestros, que el cuarto día adelante entraron por asalto aquel pueblo. Dentro de él prendieron otros, en particular al almirante de Francia Gaspar Coliñí, a cuyo cargo estaba la defensa de la ciudad, y que poco después fue el reclamo y trompeta de las guerras civiles de Francia. Hubo grandes crecientes de ríos; principalmente en Italia por el mes de septiembre el río Arno salió de madre e hizo grande daño en Florencia y toda aquella campaña. El Tíber se hinchó de tal suerte, que cubrió casi toda Roma otro día después que se asentó la paz con el duque de Alba, que fue a 14 de septiembre. En Palermo, ciudad de Sicilia, con las muchas aguas y lluvias muchas casas cayeron por tierra, perecieron hombres y mujeres sin número; el vulgo dice que fueron cuatro mil casas las que con aquella avenida cayeron por tierra.

 

 

 

 

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Fue grande la carestía que este año padeció casi toda España.

 

 

 

AÑO 1558

 

Luego el siguiente perecieron de peste muchas personas. Comenzó este mal en Murcia, y desde allí saltó a la ciudad de Valencia, y no mucho adelante trabajó también a la ciudad de Burgos; duró algunos años sin que se apagase del todo.

 

El rey de Francia, movido por el daño que recibió en San Quintín, como estuviese muy apretado, hizo que el duque de Guisa, dejado lo de Milán donde estaba, volviese a Francia. Por el mes de enero juntó el duque grandes gentes, con que se apoderó por fuerza de la ciudad de Calais; con esto, ninguna cosa quedó por los ingleses en Francia.

En el mismo mes la reina doña Leonor, hermana del emperador, falleció en Valladolid; mandó en su testamento ciertos pueblos que tenía en Borgoña, por vía de dote, a la infanta doña María, su hija y del rey de Portugal don Manuel.

A 18 de abril Francisco, delfín de Francia, casó con María Estuardo, reina que era de Escocia. ¡Cuán grandes desventuras pasará adelante esta pobre doncella! La infección de la herejía se extendió en el un reino y en el otro, es a saber, en Francia y en Escocia; muchos de la gente noble estaban inficionados.

Hacíase la guerra a las fronteras de Flandes con gran calor. Entre otros encuentros, la batalla de Gravelingas fue muy notable; los franceses quedaron vencidos y tan mal parados, que luego trataron de paces, cuando el emperador don Carlos en el lugar de su recogimiento pasó de esta vida a 21 de septiembre. Su cuerpo fue depositado en aquel monasterio, de donde los años adelante, por mandado del rey católico, su hijo, fue trasladado a San Lorenzo el Real.

 

En Inglaterra el cardenal Reginaldo Polo, legado del pontífice, y la reina María fallecieron en un mismo tiempo a 17 de noviembre, y con ellos en aquel reino quedó sepultada la religión y piedad.

 

 

AÑO 1559

 

 

 

 

 

 

 

 

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Porque su hermana Isabel, a 15 de enero, declarada por reina, revocó los edictos pasados y restituyó los herejes en aquel reino.

 

El pontífice, a 23 del mismo mes, echó de Roma a sus sobrinos, hijos de Juan Alfonso su hermano. Estos fueron Juan Garrafa, duque de Paliano, y el marqués Antonio y el cardenal Carlos Garrafa. Eran muy graves los excesos que les achacaban, y el más feo de todos que no dejaban entrar a hablar con el pontífice sino los que ellos querían, con espías que tenían puestas para mirar lo que cada uno que entrase hablaba.

 

A 5 de febrero casó con Carlos, duque de Lorena, Claudia, hija segunda del rey de Francia, porque la mayor, por nombre Isabel, pretendía su padre casarla con el rey de España, y era tanta la diligencia que ponían los embajadores de estos príncipes, que se juntaron en tierra de Cambray para tratar de conciertos, que se tenía esperanza que se asentarían las paces, como se hizo con las condiciones siguientes: el rey católico case con Isabel, hija del francés, y con Margarita, hermana del mismo, el duque de Saboya; restitúyase al de Saboya su estado, lo cual se hizo, y juntamente le dieron la ciudad de Aste, dado que fue dote de Valentina, hija de Juan Galeazo, duque de Milán; Córcega sea restituida a los genoveses; todo lo que en el discurso de la guerra pasada se ha tomado se vuelva a cuyo era antes; ni el Español pretenda lo de Borgoña, ni el francés lo de Milán o Nápoles; los cautivos que por espacio de dieciséis años atrás han sido presos, sean puestos en libertad.

 

Asentadas estas cosas, el rey católico, como estaba concertado, casó en París por procurador, a 22 de junio, con doña Isabel, su esposa; fue el procurador en lugar de su rey el duque de Alba. Poco después, a 11 del mes de julio, se hizo el casamiento de madama Margarita y el duque de Saboya. Los regocijos no fueron puros y sin mezcla de tristeza, antes se trocaron en grande llanto a causa que en cierta justa el rey Enrique fue herido en un ojo con las astillas de la lanza de su contrario, que se la quebró en la visera, y luego el día siguiente rindió el alma. Sucedióle su hijo Francisco, segundo de este nombre, en edad de dieciséis años; tenía tres hermanos, Carlos y Alejandro Eduardo y Hércules; las hermanas eran Isabel y Claudia, de quien se ha hecho mención; la menor, llamada Margarita, los años adelante vino a casar con Enrique, príncipe de Bearne, que se llamaba también rey de Navarra.

 

El pontífice Paulo IV falleció en Roma a 18 de agosto.

 

 

 

 

 

 

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El arzobispo don Bartolomé de Miranda, de la orden de Santo Domingo, que dos años antes de esto en lugar de don Juan Silíceo fue hecho arzobispo de Toledo, éste por los inquisidores fue preso dentro de su villa de Tordelaguna a 23 de agosto. Duró muchos años su prisión, que no es menor que esto la autoridad de la santa Inquisición en España. A la misma sazón llegó al puerto de Laredo el rey don Felipe, que venía con su armada de Flandes.

 

 

AÑO 1560

 

El cardenal Juan Angelo de Médicis, natural de Milán, fue elegido por pontífice a 26 de diciembre. Llamóse Pío IV; gobernó la Iglesia cinco años, once meses y quince días. Estuvo este año muy alegre y regocijada España, así por la venida tan deseada de su rey como por su casamiento, que se concluyó en Guadalajara, ciudad del reino de Toledo, al principio de este año, a 31 de enero. Era la alegría tanto mayor, que todos tenían esperanza que la paz sería muy larga. Fueron para traer a la reina hasta la raya de Francia el cardenal de Burgos y el duque del Infantado; padrinos los duque y duquesa de Alba. Los regocijos principales de este casamiento se hicieron en Toledo por el mes de febrero, para donde de Guadalajara se partieron los nuevos casados; los juegos y demostraciones fueron muy grandes, muchos los señores y nobleza que acudió, los trajes y libreas muy costosas.

 

El duque de Medinaceli, virrey de Sicilia, acometió la isla de los Gelves, y después que la tomó, con la venida de la armada turquesca perdió gran parte de la suya, y él apenas pudo escapar. Quedaron presos, entre otros, un hijo del duque y don Álvaro de Sande y Sancho de Ávila, valientes soldados.

En Francia comenzaron los alborotos y revueltas con color de la religión, que se continuaron largo tiempo, dado que para dar asiento en todo se juntaron estados generales de aquel reino en la ciudad de Orleans, donde se hicieron órdenes provechosos y leyes que no se guardaron. En el mismo tiempo el nuevo rey de Francia de achaque de un gran catarro falleció en aquella ciudad a 5 de diciembre. Sucedióle su hermano Carlos, noveno de este nombre, en edad a la sazón de once años.

 

 

 

 

 

 

 

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AÑO 1561

 

En Roma el papa Pío IV hizo justiciar al duque de Paliano y al cardenal Carlos Garrafa. Al cardenal dieron garrote en la cárcel; al duque cortaron en público la cabeza. El pueblo, dado que confesaba lo merecían, pero con la libertad que suelen hablar, y más en Italia, se persuadía que se hizo aquel castigo por contemplación del rey católico. Lo cierto era que por sus delitos el mismo papa, su tío, los echó de Roma, y ahora los pagaron con las vidas.

 

A la primavera la reina María de Escocia, a un mismo tiempo despojada de madre y de marido, se partió para Escocia, donde casó segunda y tercera vez; señora digna de más ventura, porque en Inglaterra después de larga prisión fue justiciada con extraña crueldad.

 

En Francia se enconaban de cada día los corazones, y las revueltas eran mayores; determinóse para sosegar la gente que los católicos y herejes se juntasen para tener disputa en Poessi, villa no lejos de París. Fue enviado desde Roma el cardenal de Ferrara Hipólito de Este, y en su compañía el padre Diego Laínez, prepósito general de la Compañía de Jesús, en lugar del padre Ignacio de Loyola, muerto seis años antes de este. Pretendía el pontífice que si no se pudiera atajar aquella junta, por lo menos no determinasen en particular cosa alguna, sino que todo el negocio se remitiese al concilio de Trento, que por sus edictos mandara convocar, y que se juntasen de nuevo los obispos. No se pudo atajar la junta; la disputa fue del santo Sacramento del altar. El padre Laínez, cuando le vino su vez de hablar, reprendió en público a la reina con mucha y muy cristiana libertad, porque siendo mujer, se hallaba presente en las controversias de la religión; dijo le estuviera mejor tratar de su labor y su rueca. En la disputa apretó mucho a Pedro Mártir, gran hereje, que siempre lo llamó fray Pedro porque había sido fraile.

 

 

AÑO 1562

 

Abrióse de nuevo el concilio de Trento por el mes de enero; legados del papa fueron el cardenal Juan Morón y otros tres cardenales. Acudió gran número de prelados, hasta los franceses que vinieron en compañía del cardenal Carlos de Lorena.

 

 

 

 

 

 

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En el puerto de la Herradura se perdieron con un recio temporal que de noche sobrevino veintidós galeras con su general don Juan de Mendoza. Cruel carnicería era la que se hacía en Francia; los templos muy suntuosos y de gran majestad echados por tierra; muchas ciudades se rebelaron contra su rey. Acudió, entre otros, al remedio el príncipe de Bearne, duque de Vandoma; puso cerco sobre Ruan, que entre las demás estaba también rebelada, pero fue desde la muralla muerto de un arcabuzazo a 17 del mes de diciembre, dado que antes que falleciese fue la ciudad tomada por los suyos. El príncipe de Condé, hermano de Vandoma, caudillo de los herejes, confiado en socorros que vinieron en Alemania, se atrevió a ponerse sobre París. Vinieron con él a las manos los católicos a 8 de diciembre, y en particular un buen número de españoles que el rey católico desde España envió en socorro de su cuñado lo hicieron tan bien, que le fue forzado alzar el cerco. Siguiéronte hasta la ciudad de Dreux, donde en batalla le vencieron, y destrozadas sus gentes, le prendieron.

 

 

AÑO 1563

 

Las fuerzas y esperanza de Francia por este tiempo estaban colgadas de la casa de Guisa. La ciudad de Orleans, puesta sobre el río Loire, entre las demás rebelada, la tenía cercada el duque de Guisa, como vicario que era del rey; pero matóle un cierto Juan Poltrot que salió con este intento de la ciudad, y a la pasada del río le tiró un arcabuzazo, de que murió a 24 de febrero; fue preso y puesto a cuestión de tormento; el matador confesó que el almirante Coliñí y Teodoro Beza, principal entre los ministros, le persuadieron acometiese aquel caso. Tiráronle en París públicamente a cuatro caballos, con que le despedazaron.

 

Don Francisco de Navarra, arzobispo de Valencia, falleció en una aldea cerca de aquella ciudad a 16 de abril. Dícese de él comúnmente, aunque no hay cosa averiguada, que dejó escrita la mayor parte de una historia de España en lengua vulgar, hecha con mucho cuidado, bien que el estilo es poco elegante.

El concilio de Trento se concluyó a 5 de diciembre, y poco adelante fue confirmado por el pontífice Pío IV. Entre los obispos españoles los que más en letras se señalaron en aquel concilio fueron el arzobispo de Granada don Pedro Guerrero, el obispo de León Andrés de Cuesta, don

 

 

 

 

 

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Martín de Avala, obispo de Segovia, don Diego de Covarrubias, obispo de Ciudad Rodrigo y el da Lérida Antonio Augustino. Entre los teólogos los más señalados fueron los padres Diego Laínez y Alonso Salmerón y fray Pedro de Soto, de la orden de Santo Domingo, varón docto y pío, digno de mucha loa por haber perseguido los herejes. Falleció en Trento; ya muy viejo le vimos en Roma trabajado de tempestades y temporales contrarios.

 

Salarráez, rey de Argel, sitió este año a Orán y a Mazalquivir; en Orán estaba el conde de Alcaudete; en Mazalquivir su hermano don Martín de Córdoba; ambos se portaron generosamente en la defensa; pero la resistencia de Mazalquivir, que fue muy apretada, será siempre memorable. Acudieron las galeras de España con su general don Juan de Mendoza, que finalmente hicieron alzar el cerco.

 

 

AÑO 1564

 

Juan Calvino falleció en Ginebra a 19 de mayo; sucedió en el cargo que tenía Teodoro Beza; a un hombre perdido otro peor; para conocer quién haya sido Beza y cuán grandes sus deshonestidades, basta leer sus versos amatorios. De ellos, cuando no hubiera otra cosa, se entiende claramente que fue obispo conforme y muy a propósito de la secta que profesaba.

 

Don García de Toledo, marqués de Villafranca, hijo de don Pedro de Toledo, que era virrey de Sicilia y juntamente general de la mar y de todas las armadas de España, este año, a 6 de septiembre, junto a la ciudad de Vélez en las marinas de África, ganó de los moros el Peñol, que es un castillo; edificóle los años pasados el conde Pedro Navarro, pero estaban de él apoderados los moros.

Este año, a 23 de julio, en Viena de Austria falleció el emperador don Femando; sucedióle su hijo Maximiliano, segundo de este nombre.

 

 

AÑO 1565

 

Don Luis de Biamonte, conde de Lerín y condestable de Navarra, falleció este año sin dejar hijo varón, que fue causa que don Diego de Toledo, hijo menor del duque de Alba, con casarse con doña Brianda, hija mayor del dicho conde, sucediese en sus estados. De esta manera se acabó aquella

 

 

 

 

 

 

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casa que por largo tiempo trajo revuelto aquel reino, siendo contraria a los reyes pasados, de cuya sangre ella decendía.

 

La reina de España doña Isabel, con voluntad del rey, su marido, se partió para las fronteras de Francia; llegó a la ciudad de Bayona, que está al principio de Guyena, mediado el mes de junio. Detúvose allí diecisiete días en compañía de la reina, su madre, y de sus hermanos, y con tanto dio vuelta a España.

En el mismo tiempo, la isla de Malta comenzó a ser trabajada por la armada turquesca; tres meses se gastaron en el cerco; grandes fueron los encuentros, y muertos muchos caballeros de San Juan; de los contrarios al tanto perecieron muchos, y entre los demás el corsario Dragut con un tiro de artillería que le asestaron. Finalmente, como los turcos tuvieron nueva que don García de Toledo, virrey de Sicilia, venía en socorro de los cercados, alzado el cerco, se hicieron a la vela con pérdida de gran parte de la gente que venía en su armada.

 

En España, conforme a lo que estaba mandado en el concilio de Trento, se tenían muchos concilios provinciales; los principales fueron el de Toledo, el de Salamanca y el de Braga. En el de Toledo se halló presente el obispo de Sigüenza don Pedro de la Gasca, y entre los procuradores por la iglesia de Cuenca el doctor Alonso Ramírez de Vergara, persona entre los demás teólogos señalada en letras y bondad, muy liberal para con los pobres, principalmente para con nuestra religión, por fundar, como fundó, a su costa en Alcalá el colegio de la Compañía de Jesús, donde sus huesos se trasladaron con mucha solemnidad a 25 de octubre de 1621 a un templo que a costa de doña María y doña Catalina de Mendoza se labró allí muy suntuoso.

 

El cuerpo del mártir san Eugenio, primer prelado de Toledo, traído del monasterio de San Dionisio, cerca de París, con solemne recibimiento y aparato entró en Toledo a 18 de noviembre; hallóse presente el rey con toda su casa, los príncipes de Bohemia, Rodolfo y Arnesto, hijos del césar, que se criaban en España, y los obispos del concilio, que hicieron la procesión y la fiesta más señalada.

El pontífice Pío IV pasó de esta vida a 10 de diciembre.

 

 

 

AÑO 1566

 

 

 

 

 

 

 

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El cardenal Micael Gislerio, natural del Bosco, en tierra de Alejandría, ciudad de Lombardía, fraile de la orden de Santo Domingo, fue hecho pontífice a 7 de enero; llamóse Pío V, gobernó la Iglesia seis años, tres meses y veinte y tres días; su vida y costumbres tan santas, que apenas hay quien se le compare.

 

Estaba el rey católico en el bosque de Balsaín a causado las calores del estío, cuando, a 12 de agosto, le nació de la reina una hija, que se llamó doña Isabel Clara Eugenia, la cual a la sazón que esto se escribe está en edad de veintiocho años.

El Gran Turco Solimán tenía puesto cerco sobre Segueth, un castillo muy importante de Hungría; pero antes que le tomase falleció, a 4 de septiembre, y no obstante su muerte, aquella fortaleza fue por los suyos tomada. Dejó por sucesor a su hijo Selim, segundo de este nombre.

 

Gobernaba lo de Flandes por el rey católico su hermana madama Margarita, duquesa de Parma; menospreciábanla los herejes por ser mujer, y así comenzaron a alborotar aquellos estados; en muchas partes hicieron grandes insolencias, y en particular derribaron las imágenes de los santos que estaban en las iglesias.

La reina de Escocia, por miedo de los suyos que se le alteraban, se retiró a Inglaterra, donde por testimonios que le levantaron, contra las leyes divinas y humanas fue puesta en prisión.

 

 

AÑO 1567

 

El arzobispo de Toledo al cabo de tantos años que se trataba su causa, por mandado del papa Pío V fue enviado a Roma, donde llegó a 28 de mayo; pusiéronle en prisión dentro del castillo de Santángel hasta tanto que su negocio se determinase.

 

Iba adelante el fuego y revueltas de Flandes, que se continuaron este año y los de adelante; acudió el duque de Alba don Fernando de Toledo, enviado por su rey para apagarle, con cuya venida madama Margarita poco después se partió para Italia, y los condes de Egmon y de Hornos fueron presos por el duque.

Los herejes tenían cerco sobre París; salió el condestable Ana Memoranci contra ellos, diose la batalla junto a San Denis; vencieron los católicos, pero con muerte del condestable; los contrarios con el almirante,

 

 

 

 

 

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su caudillo, fueron desbaratados y puestos en huida. Ayudó mucho para ganar la jornada el conde de Aremberg y cuatro mil borgoñones que en su compañía fueron en socorro de los católicos desde Flandes.

 

 

AÑO 1568

 

A 7 de marzo, los santos mártires Justo y Pastor, de la ciudad de Huesca fueron traídos y metidos en Alcalá de Henares, donde padecieron y donde eran naturales.

 

El principal caudillo y movedor de las revueltas de Flandes fue el príncipe de Orange, el cual, por miedo de lo que bien merecía, se había huido y ausentado. Su hermano el conde Ludovico, acompañado de muchas compañías de alemanes, se metió por la Frisia Occidental. Salióle al encuentro el conde de Aremberg, y en su compañía, fuera de otras gentes, el tercio de españoles de don Gonzalo de Bracamonte; la prisa de acometer y poco orden fue causa que se perdió la jornada. Muerto el conde y otros muchos, los demás por los pantanos y lagunas, por estar quebrados los diques y todos los campos cubiertos de agua, se retiraron a Groningue, ciudad principal y cabeza de Frisia. Los condes de Egmon y de Hornos, convencidos de traición por el duque de Alba, fueron justiciados en Bruselas; cortáronles las cabezas a 4 de junio, y porque los naturales no se alterasen, los llevaron al cadalso con guarnición de soldados que estaban puestos por todas partes, y en particular a las bocas de las calles. Este castigo más embraveció los ánimos de los naturales que los espantó.

 

Ejecutada esta justicia, el duque de Alba salió a buscar al de Orange, que por otra parte había entrado en aquella provincia con gentes; mas hízole retirar sin daño de los suyos, y recobró muchas plazas y castillos con muerte de los herejes que en todas partes hallaba.

 

A la misma sazón, en España se alteraron los moriscos de Granada, gente que nunca fueron leales, y entonces estaban irritados por ciertas pragmáticas que contra ellos se ordenaron; en dos años que duraron estos alborotos, muchos de ellos perecieron, y el marqués de Mondéjar los venció siete veces, y muchos de los nuestros por mal orden fueron muertos; últimamente, siendo general don Juan de Austria, se acabaron de apaciguar; el castigo que se dio a los rebeldes fue quitarles la manera de poderse otra vez rebelar con esparcirlos por lo demás de Castilla.

 

 

 

 

 

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Casi a un mismo tiempo fallecieron, primero el príncipe de España don Carlos, a 20 de julio, en la prisión donde el rey, su padre, le tenía puesto; después a 3 de octubre, la reina doña Isabel, su madrastra; ella pereció de parto por ser antes de tiempo; dejó dos hijas, doña Isabel y doña Catalina, ningún hijo varón, que fue ocasión para que el rey católico se casase la cuarta vez. Al príncipe acarreó la muerte su poca paciencia; de la causa de su prisión y del enojo de su padre se dijeron muchas cosas, como acontece en cosas tan grandes, y más en Sicilia, donde a la sazón estábamos. El de Orange otra vez este invierno fue, por el duque de Alba, sin derramar sangre, echado de todos aquellos estados de Flandes y forzado a retirarse a Francia, donde dio socorro a los herejes que allí estaban levantados.

 

 

AÑO 1569

 

Donde Enrique de Valois, duque de Angers y general que era del ejército francés por el rey, su hermano, desbarató dos veces en batalla a los herejes; la primera a 13 de marzo, junto a una aldea llamada Pasac en tierra de Poitiers; en esta batalla fue muerto el príncipe de Condé, y el almirante escapó por los pies, cuyo hermano el señor de Andelot a cabo de uno o dos meses falleció de las heridas con que salió de la pelea; la segunda vez vinieron a las manos junto a Moncontour, no lejos de la misma ciudad, que fue a 3 de octubre, y el mismo suceso de antes, porque vencieron los católicos, y el estrago de los contrarios fue mayor, porque llegaron los muertos a dieciséis mil. Mucho ayudaron las gentes que el pontífice envió de socorro, que fueron dos mil caballos y cuatro mil infantes; y por el rey de España fueron esta vez y otras muy buenos socorros. A esta gente después de ganada la victoria los vimos volver a Italia desperecidos de hambre, frío y enfermedades, al tiempo que de Sicilia íbamos camino de París, donde llegamos a 27 de diciembre, el mismo día de San Juan, fin de este año y principio del siguiente, no sin gran riesgo de la vida por muchas causas.

 

El pontífice Pío expidió este año una bula, por la cual dio en prenda el reino de Inglaterra; declaró por excomulgada a la reina Isabel; absolvió a los naturales del juramento y homenaje que le tenían hecho.

 

Muchos soldados por este tiempo se señalaron de valientes en Flandes e Italia. Los de más nombre, Julián Romero, Sancho Dávila, don Álvaro de

 

 

 

 

 

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Sundi, el coronel Mondragón; poco adelante, el coronel Francisco de Verdugo, natural de Talavera, item, don Lope de Figueroa.

 

 

AÑO 1570

 

Cuarenta religiosos de la Compañía de Jesús, que iban en compañía del padre Ignacio de Acevedo al Brasil, fueron en la mar muertos por Jacques de Soria, corsario francés, grande hereje.

 

Los estados de Flandes después de la partida del príncipe de Orange estaban en sosiego. En Francia al tanto se hicieron paces con los herejes con condiciones poco aventajadas y honrosas; tan grande era el deseo que tenían de ver acabados los males de la guerra.

 

En Roma Cosme de Médicis alcanzó del pontífice título de gran duque de Toscana, no sin desabrimiento de los otros potentados, que pretendían con adelantar a uno, hacerse injuria y agravio a los demás; y sin embargo, el emperador Maximiliano confirmó aquel título a Francisco de Médicis, su cuñado, hijo de Cosme.

Doña Ana, hija del emperador Maximiliano, en una armada que estaba aprestada en Flandes pasó por mar a España para casarse con su tío el rey don Felipe; el casamiento y bodas se efectuaron y se festejaron a 12 de noviembre en la ciudad de Segovia. Vinieron en compañía de la reina a España sus dos hermanos menores, los príncipes Alberto y Wenceslao.

En la ciudad de Ferrara al fin de este año tembló la tierra en tanta manera, que los moradores fueron forzados a alojar por muchos días en tiendas que hicieron en la campaña; quedaron muchos edificios destrozados, muchas paredes desplomadas y torcidas.

Pero en ninguna cosa fue este año más señalado que en la guerra de Chipre que en él se hizo, y la ocasión que de ella nació para asentar los príncipes cristianos entre sí una liga santísima contra las fuerzas de los turcos; será bien declarar la ocasión de todo, tomando el negocio de un poco más arriba.

Tenían los venecianos una larga paz con los turcos, que se continuó por espacio de treinta años; el Gran Turco Selim, con el deseo que tenía de dar un buen principio a su imperio, sujetado que hubo en breve lo de Arabia y hecho paces con el Persiano, trató de apoderarse de Chipre, isla contrapuesta a la provincia de Cilicia, que está en Asia la menor, con un

 

 

 

 

 

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angosto estrecho de mar que pasa por en medio de las dos. Eran señores de esta isla los venecianos; envióles el turco sus embajadores para que de su parte les pidiesen se la entregasen, y si no lo quisiesen hacer, les rompiesen la guerra. Pareció cosa pesada esta demanda; vinieron a las manos y a las armas, los turcos con una gruesa armada, cuyo caudillo era Mustafá, desembarcaron en Chipre por principio del mes de julio; de dos ciudades principales que hay en aquella isla, de Nicosia se apoderaron a 9 de septiembre, Famagusta, que antiguamente se llamó Tamaso o Salamis, resistió más largo tiempo. La armada de venecianos enviada en socorro de los cercados llegó a Candía, donde también abordaron sesenta galeras que envió el rey católico debajo la conducta de Juan Andrea Doria, príncipe de Melfi; pero sin hacer efecto por el mes de octubre, cuando el mar ya estaba cerrado, se volvieron a invernar a sus puertos; sólo Marco Quirino, veneciano, con doce galeras y algunas naves fue enviado para llevar, como lo hizo, socorro de soldados, bastimentos y municiones a Famagusta. A la misma sazón, por gran diligencia que usó el pontífice Pío V, se concluyó la liga entre su Santidad, el rey don Felipe y venecianos para ir contra los turcos; capitularon de juntar doscientas galeras, cincuenta mil infantes, cuatro mil caballos; a los gastos acudían de esta manera: el pontífice pagaba la sexta parte, los venecianos la tercera, el rey de España la mitad de todo lo que se gastase. Fue nombrado por general de las galeras del papa Marco Antonio Colona, a los españoles confidente; de los venecianos era general Sebastián Veneno; de las de España y juntamente de toda la armada por consentimiento de las partes nombraron por general y caudillo a don Juan de Austria.

 

 

AÑO 1571

 

Asentadas estas cosas, después de Venerio y Colona llegó a Mesina, ciudad de Sicilia, don Juan de Austria por el mes de agosto, a 9 días del cual mes, Famagusta en Chipre con un cerco que durara casi un año fue forzada a rendirse a partido; pero las condiciones no las guardó el vencedor bárbaro, antes sin tener memoria de la palabra dada, ejecutaron grandes crueldades en los rendidos y miserables. Partió la armada de la liga de Sicilia a 16 de septiembre. Llegó a las islas Equinadas, que hoy se llaman las islas Cuzolares, contrapuestas al golfo de Lepanto, o si no

 

 

 

 

 

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Corintíaco, donde tenían aviso estaba la armada turquesca. Era grande el deseo que, así los capitanes como los soldados, tenían de venir a las manos; aparejaron sus conciencias con la confesión, y tomadas las armas, se pusieron en orden de pelear; las galeras venecianas a mano izquierda; el príncipe Juan Andrea Doria a la derecha; en el cuerpo de la batalla se puso don Juan de Austria con las galeras de España, y en su compañía Marco Antonio Colona y el general veneciano. El comendador mayor de Castilla y el marqués de Santacruz don Álvaro Bazán con treinta galeras quedaron de respeto para acudir donde fuese necesario. Salieron los enemigos de la boca del golfo, ordenaron sus galeras como lo acostumbran en forma de luna con intento de embestir con nuestra armada. Llevaban los nuestros seis galeazas por frente, las cuales, disparada la artillería, pusieron los enemigos en desorden. Después de ellas, don Juan de Austria el primero embistió con la capitana de los turcos, pero aunque con dificultad, en fin la ganó. Mató en ella al general de los enemigos, que se llamaba Hali-Basa, y prendió dos hijos suyos, con que comenzó la victoria a declararse por los nuestros. Verdad es que el corsario Uchali hizo grande daño en el cuerno derecho de nuestra armada, porque tomó diez galeras; pero vista la rota de los suyos, se alargó a la mar y escapó con buen número de sus galeras. Era un espectáculo miserable, vocería de todas partes, matar, seguir, quebrar, tomar y echar a fondo galeras; el mar cubierto de armas y cuerpos muertos, teñido de sangre; con el grande humo de la pólvora ni se veía sol ni luz, casi como si fuera de noche. Fue grande el destrozo; doscientas galeras de los turcos, parte fueron presas, parte echadas a fondo; los muertos y presos llegaron a veinticinco mil, veinte mil cristianos remeros puestos en libertad. De los nuestros no pocos perecieron, y entre ellos gente de mucha cuenta por su nobleza o hazañas. En conclusión, esta victoria fue la más ilustre y señalada que muchos siglos antes se había ganado, de gran provecho y contento, con que los nuestros ganaron renombre no menor que el que los antiguos y grandes caudillos en su tiempo ganaron. Grandes fiestas y regocijos, llegada la nueva, se hicieron por todas partes, dudo que a los herejes no les fue nada agradable. Diose esta batalla a 7 de octubre; en Toledo se hace fiesta y se celebra la memoria de esta victoria cada un año el mismo día.

 

 

 

 

AÑO 1572

 

 

 

 

 

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El pontífice Pío V, por el gran deseo que tenía de llevar adelante lo comenzado, envió el verano pasado por su legado al cardenal Alejandrino Micael Gislerio, sobrino suyo, nieto de una su hermana, para tratar con los reyes de Francia y de Portugal que entrasen en esta liga. Envió en su compañía al padre Francisco de Borja, persona santa, y a la sazón prepósito general de la Compañía de Jesús, puesto siete años antes en lugar del padre Diego Laínez. Poco sirvió esta diligencia por otras causas y por la muerte del mismo pontífice, que se siguió poco adelante; pasó de esta vida a 1 de mayo, muy fuera de sazón para los negocios que trataba; pero luego que le fueron hechas las honras, a 10 de mayo, fue puesto en su lugar el cardenal Hugo Boncompaño, natural de Bolonia, con nombre de Gregorio XIII, y se gobernó de tal manera, que en gran parte aplacó el lloro y tristeza que se recibió por la muerte de su predecesor, porque encaminándose por las mismas pisadas y traza, confirmó la liga hecha con venecianos, y con una presteza increíble proveyó de dineros y de soldados para la guerra; gobernó la Iglesia trece años menos un mes.

 

Al principio de la primavera, Carlos IX, rey de Francia, casó con Isabel, hija del emperador Maximiliano, señora de costumbres muy escogidas y de hermosura muy grande.

Tratábase de casar a Margarita, hermana del rey francés, con Enrique, duque de Vandoma, con color que por esta manera se sosegarían los alborotos de Francia. El pontífice Pío, por medio del legado que envió, pretendió desbaratar este casamiento, y que en lugar de aquel príncipe, casase con el rey Sebastián de Portugal, que venía en ello, y aún en casarse con aquella señora sin dote, con condición que el francés entrase con los demás príncipes en la liga contra los turcos. Todas estas pláticas salieron en vano, porque antepusieron al de Vandoma. Hechos los conciertos, su madre madama Juana, reina que se decía de Navarra, fue a la ciudad de París, donde falleció a 10 de junio, y sin embargo aquellas bodas, estando el estío adelante, se celebraron en aquella ciudad con gran concurso de grandes que acudieron, así herejes como católicos. Sucedió que por mandado del duque de Guisa tiraron desde una ventana un arcabuzazo al almirante Coliñí; llamábase el que le tiró Morevelio; crióse desde pequeño en la casa de Guisa, de donde por quedar el almirante herido y con gran deseo de vengarse, resultó necesidad de hacer una grande matanza en los herejes el mismo día de San Bartolomé y dos días luego siguientes. Muchos fueron los muertos; algunos por mandado del rey, los más por el

 

 

 

 

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pueblo, que se alborotó y tomó las armas; fue miserable el espectáculo que aquellos días vimos en aquella ciudad; por todas partes herían y mataban y saqueaban a veces a los ínocentes, como suele acontecer cuando el pueblo está alborotado. Entre los demás perecieron el mismo Coliñí, principal atizador de las revueltas de Francia, y su yerno el señor de Tiliñi. A Enrique, duque de Vandoma, valió el parentesco con el rey, y porque, según se decía, él había descubierlo la conjuración que se tramaba para matar al rey, después que Coliñí, el almirante, quedó herido del arcabuzazo. Estábamos a la sazón en aquella ciudad, y vimos el miserable estrago; entre los demás murió un español, por nombre Salcedo; no era católico, como lo dice Tuano, sino grande hereje, bien que a la muerte mostró convertirse.

 

La alegría que recibieron los católicos en sus ánimos por la muerte de los herejes no poco se enturbió, así por las revueltas de Flandes como por el poco efecto que hizo la armada de la liga. En Flandes el año pasado para el gasto de la guerra se mandó que todos pagasen el diezmo de lo que vendiesen; era muy pesada imposición ésta para aquella nación que por la mayor parte se sustenta con el comercio y trato; por esta causa la gente popular acudió a las armas; muchas ciudades y castillos se apartaron del servicio de su rey, por donde el estado de aquella provincia se trocó en gran manera, principalmente con gran número de soldados que de Inglaterra, Alemania y Francia acudieron en socorro de los alterados. Zelanda y Holanda fueron las primeras a rebelarse, provincias muy fuertes de aquellos estados, por estar asentadas junto al mar Océano, rodeadas de agua y con muchos bajíos o bancos que tiene por allí la mar. Entre las demás ciudades rebeladas una era Mons de Henao, ciudad fuerte y grande. Don Fadrique, hijo del duque de Alba, que sobre ella estaba, sin alzar el cerco salió al encuentro a cuatro mil franceses que venían a dar socorro a los cercados; dioles la batalla, en que mató muchos de ellos, y prendió a Genlis, caudillo de aquella gente, que adelante murió en la prisión en el castillo de Anvers. Acudió otrosí el de Orange poco después con gentes de Alemania para entrar en aquella ciudad; pero por el buen orden del duque de Alba sin hacer efecto fue forzado a volver atrás.

 

Estos alborotos fueron de gran perjuicio, no sólo por estar alterados aquellos estados, sino por haberse impedido la guerra contratos turcos y desbaratado poco adelante la liga de los príncipes, porque don Juan de Austria con la armada que tenía a punto en Mesina, más gruesa que el año

 

 

 

 

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pasado, se entretuvo mucho tiempo por el cuidado en que ponían las cosas de Flandes, y esperar en qué habían de parar, principalmente que corría fama que el francés trataba de abrir la guerra por aquella parte. Con esto, pasada la sazón de hacer efecto, últimamente salió del puerto por fin de septiembre para que juntándose con los venecianos, tornase otra vez a probar el trance de la batalla; mas el enemigo fue más recatado, porque se entretuvo con su armada a las riberas de la Morea, Modon y Coron y Navarino, sin querer venir a las manos. Los nuestros, perdida la esperanza de pelear y porque el tiempo no era a propósito, sin hacer algún efecto, se fueron a diversas partes a invernar.

 

 

ANO 1573

 

Ora sea por la causa susodicha del poco efecto que se hizo con la armada, ora por estar gastados los venecianos, o porque se les impedía el trato de levante, de donde dependen sus riquezas, así las públicas como las particulares, aquella señoría sin tener cuenta con la liga y asiento hecho, renovaron por el mes de mayo con el Gran Turco su confederación, dado que ni les restituyó a Chipre, antes les quitó de nuevo algunos pueblos en la Esclavonia; demás de esto, los penó en trescientos mil ducados, que fueron paces afrentosas para aquella ciudad, y feas para el nombre cristiano, pero tanto era lo que estimaban volverse a reconciliar con aquel bárbaro.

 

En este mes, la misma vigilia de pascua de Espíritu Santo, Enrique, duque de Anjou, hermano del rey de Francia, fue nombrado por rey de Polonia. Grande diligencia hizo Juan de Monluc, obispo de Valencia, en Francia, enviado para este efecto, dado que en materia de religión no tenía buena fama. Hízose la junta de aquella gente junto a Varsovia, en una llanura llamada Camionense. Corrió fama, y debió de ser falsa, que compraron los votos con el oro de Francia; lo cierto es que este príncipe cuando llegó la nueva estaba sobre la Rochela, ciudad muy fuerte, y que alzado el cerco, sin hacer otro efecto, al fin de este año fue a tomar la posesión del reino que le ofrecían.

 

Don Juan de Austria por el mes de octubre, con la armada que tenía apercibida contra los turcos, partió para Túnez, donde restituyó aquel reino a Mulease, nieto del otro Mulease, de quien se dijo arriba que le echó del

 

 

 

 

 

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reino y privó de la vista a su mismo hijo. El rey, que desposeyó don Juan, por nombre Muleamide, envió a Sicilia, para donde poco después el mismo don Juan de Austria, asentadas las cosas y dejada guarnición, partió, y desde allí a Nápoles, con intento de pasar en España.

 

Este invierno se vio un cometa, que era como una estrella grande y resplandeciente, sin cola, cerca del polo ártico y del carro; lo que hizo maravillar más a los astrólogos, y dio ocasión para muchas disputas fue que no tenía paralaje, que quiere decir que de todas partes parecía estar junta a unas mismas estrellas, y por el consiguiente estaba tan alta como las mismas estrellas.

 

 

AÑO 1574

 

Al duque de Alba se dio licencia de volverse a su casa; fue puesto en su lugar por gobernador de Flandes don Luis de Requesens, comendador mayor de Castilla. Llegó desde Milán a aquellos estados por principio de este año con esperanza que pondría remedio en las cosas, que estaban muy trabajadas, y con su buena condición y blandura adobaría lo que la severidad pasada pensaban había dañado; pero sucedió de otra manera, porque los herejes franceses, flamencos y alemanes de secreto se concordaron entre sí de vengar la muerte del almirante de Francia y apoderarse de Anvers y de otras ciudades de Flandes. Parecíales podrían fácilmente salir con lo uno y con lo otro a causa que el rey de Francia estaba sin fuerzas, y en Flandes los soldados españoles amotinados porque no les pagaban el sueldo que se les debía de tres años. Mucha gente de a caballo al principio de la Cuaresma acudió al bosque de San Germán, por donde el rey de Francia, que allí estaba, fue forzado a toda prisa retirarse a París, que está cerca. Díjose que el autor de este acometimiento fue principalmente Francisco Memoranci, de quien el pueblo sospechaba que de secreto favorecía a los herejes. En Flandes, dado que las cabezas de los españoles amotinados fueron castigadas, los demás no quedaron sosegados, bien que el conde Ludovico, hermano del de Orange, que de nuevo entrara en aquella provincia, fue por los nuestros vencido a 14 de abril.

 

Grandes revueltas andaban en Francia, tanto, que el rey en el bosque de Vincenas, cerca de París, tenía al duque de Alanzon, su hermano, y al

 

 

 

 

 

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de Vandoma, su cuñado, según que corría por la fama, presos en aquel castillo, y a Memoranci en París; al mismo tiempo que muy fuera de razón le sobrevino la muerte a 4 de junio; dejó una sola hija, que no vivió largo tiempo, por donde el reino de Francia, conforme a las leyes de aquella nación, recayó en Enrique, hermano del difunto, rey que era de Polonia.

 

La armada turquesca abordó a Túnez a 14 de julio, donde ganó el castillo de la Goleta, a 22 de agosto, y pasados otros veinticuatro días, se apoderó de un baluarte y fuerte de aquella ciudad, en que tenían los nuestros puesta guarnición española. Don Juan de Austria, dado que estaba en Trapana de Sicilia, a la punta postrera de aquella isla con intento de esperar alguna buena ocasión, no pudo acudir a socorrer los cercados. Los más echaban la culpa al cardenal Granvela, que a la sazón era virrey de Nápoles, por no haber proveído con presteza de dineros, soldados y provisión. Falleció el Gran Turco Selim; sucedióle su hijo mayor Amurates.

 

Por este tiempo para los grandes gastos del rey se subieron en gran manera las alcabalas, y con licencia del papa se comenzaron a vender los pueblos de los obispos y de las iglesias.

El rey de Portugal, por ser de natural brioso, cosa que se le acrecentó con la edad, pasó con una armada a África sin hacer efecto alguno; el deseo que tenía grande de ensanchar el nombre cristiano no le dejaba sosegar; intento por cierto honroso, pero fuera de sazón.

Alborotóse Génova, y llegó la alteración a que los nobles nuevos echaron a los antiguos de la ciudad; acudieron para sosegarlos de parte del papa el cardenal Juan Morón y un comisario del emperador, y de parte del rey católico don Carlos de Borgia, duque de Gandía, y don Juan de Idiáquez, embajador en aquella república, que después de dos años que duraron las inquietudes, los concertaron.

 

 

AÑO 1575

 

Don Juan de Austria de Italia partió para España, donde alcanzó del rey, su hermano, que le nombrase por su lugarteniente en todo lo de Italia con nombre de vicario. Lo que en esto pretendían era que por la dilación de los virreyes no se fuese de las manos la ocasión de hacer algún buen efecto. Con esto en la misma armada en que era venido dio la vuelta para Italia

 

 

 

 

 

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para hacer rostro a los intentos del Gran Turco, ca se decía que apercibía una gruesa armada para daño de los cristianos.

 

Fue este ruido falso y sin propósito. Solo el Moluco, ayudado de los turcos, quitó los reinos de Marruecos y de Fez a un su sobrino, llamado Muley Mahomad Cheriho. Pretendía por una ley que algunos años antes de éste se promulgó que los tíos hermanos del rey que moría fuesen antepuestos a los hijos en la sucesión del reino. Retiróse Muley a Portugal, que fue ocasión, como los nuestros pretendían restituirle en el reino de su padre, del estrago y llaga que se recibió en África, tan grande, que en muchos años no se podrá curar.

 

El rey de Francia tenía detenidos en París al de Alanzon y al de Vandoma porque no le revolviesen el reino. Huyóse el de Alanzon a Normandía, donde le acudieron herejes y católicos malcontentos con voz de dar orden en las cosas del reino. Poco después se juntó con el mismo el de Vandoma, que huyó también de París.

 

 

AÑO 1576

 

En el negocio del arzobispo de Toledo don Bartolomé de Miranda, a cabo de diecisiete años de prisión, se vino en Roma a sentencia; pronuncióla el pontífice Gregorio a 14 del mes de abril. Falleció el arzobispo dieciocho días adelante en el monasterio de su orden, que se llama de la Minerva, en aquella ciudad. Fue más dichoso en estado de particular que de prelado, persona de letras y de virtud, si por su poco recato en su edad mayor no diera ocasión para que le tuvieran y condenaran, como en efecto fue sentenciado por sospechoso en materia de religión. Abogó por él, y aún defendióle por escrito el doctor Martín Azpilcueta, navarro, que fue el jurista más señalado de su tiempo, como se ve por los libros que dejó impresos, y de no menor bondad y piedad.

 

Por muerte del emperador Maximiliano II sucedió en el imperio su hijo Rodolfo, que ya era rey de romanos.

El príncipe de Condé y Juan Casimiro, hijo del palatino, entraron en Francia por la parte de Lorena con treinta mil hombres en favor del duque de Alanzon, por cuyo medio se hicieron las paces con los herejes, poco aventajadas para el rey.

 

 

 

 

 

 

 

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Falleció en Flandes el comendador mayor, ocasión con que se juntaron todos los estados de aquella provincia para tratar de lo que convenía. Lo que resultó fue que conjuraron contra su rey, y se resolvieron de echar los españoles de la tierra, juntarse con los herejes, y tomar por cabeza al príncipe de Orange. Verdad es que para dar algún color a estos intentos adelante hicieron venir de Alemania a Matías, hermano del nuevo emperador, en efecto para burlarse de él, pues con sólo darle el título de príncipe ellos lo gobernaban todo a su voluntad. Por donde en breve, dejada a Flandes y aquel principado de solo nombre, dio la vuelta a Alemania.

 

Los flamencos pusieron sitio sobre el castillo de Anvers a tiempo que los españoles por estar sin cabeza andaban amotinados, pero sin embargo acudieron de diversas partes al peligro y a la defensa. Los soldados del castillo y socorros eran hasta cuatro mil; en la ciudad se contaban más de cuarenta mil hombres de armas tomar; la cual muchedumbre no fue parte para que los soldados salidos del castillo no acometiesen a los enemigos, donde con muerte de catorce mil hombres, parte soldados, parte naturales, saquearon y pusieron fuego a aquella muy rica y grande ciudad. La presa fue muy grande, con que los soldados quedaron ricos y sosegaron.

El mismo día que esto sucedió en Anvers, que fue a 4 de noviembre, don Juan de Austria llegó a la ciudad de Lucemburg; enviábale el rey desde España para remedio de las cosas de Flandes, y para mayor brevedad pasó por Francia disfrazado. Poco efecto hizo su venida, y de poco provecho fue aquel remedio, por estar las cosas de todo punto estragadas.

 

 

ANO 1577

 

La reina de Portugal doña Catalina falleció en Lisboa, por cuyo respeto, reverencia e industria en alguna manera se enfrenaban los bríos de su nieto el rey don Sebastián, el cual y el rey don Felipe se vieron en Guadalupe, donde trataron de la empresa de África, para donde se apercibía el portugués, y el rey católico pretendía que por lo menos no fuese en persona a ella, pero no pudo alcanzar lo que deseaba.

 

Por el mes de noviembre se vio un cometa junto al signo de libra y planeta de Marte con una cola notablemente larga y ancha, cosa que pocas

 

 

 

 

 

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veces se ha visto tan grande. Dijose, después de la muerte desgraciada de aquel rey, que amenazaba a Portugal; que tales son los pronósticos de los astrólogos, y la opinión del vulgo es que el cometa pronostica mudanza de rey.

 

 

ANO 1578

 

En Madrid nació al rey don Felipe, a 14 de abril, de la reina doña Ana, su mujer, un hijo, que se llamó don Felipe, que fue el cuarto parto de su madre; vivió más que sus hermanos. Fue este año dichoso por el nacimiento de este príncipe; por otra parte fue muy desgraciado para Portugal y para toda España, porque el rey don Sebastián, llevado del fervor de su mocedad y del deseo encendido que tenía de extender en África el nombre cristiano, recibió debajo de su amparo al rey Muley. Para la empresa juntó con las fuerzas de su reino gentes de Alemania, de Italia y de Castilla. Apercibió una gruesa armada, en que con toda su gente, por el mes de julio, se hizo a la vela, y llegó a Arcilla, ciudad sujeta a los portugueses en África. Lo primero que pretendía era acometer el castillo de Larache, que está a la boca del río que hoy se llama Luco, y antiguamente se dijo Liso. Comenzaron los portugueses a marchar por la tierra adentro; salióles el Moluco al encuentro con muy mayor número de gente. Diose la batalla a 4 de agosto; fueron vencidos los portugueses; la matanza fue grande, los cautivos sin cuento, y entre ellos muchos de los más nobles que allí iban. Ninguna pelea de muchos años acá se ha visto tan desgraciada; en particular perecieron aquel día tres reyes, el Moluco de enfermedad de que andaba trabajado de días atrás; dejó por sucesor un su hermano, llamado Hamel; el rey de Portugal pereció en la pelea; Muley se ahogó al pasar del río huyendo de los enemigos.

 

Concedió don Juan de Austria para sosegar a los flamencos, que los españoles saliesen de aquellos estados, y en los castillos se pusiese guarnición de los naturales; que fue resolución muy perjudicial, porque apenas salieron los españoles, cuando los herejes trataron de prender a don Juan de Austria. Él, avisado de esto, se huyó a la ciudad de Namur, e hizo llamamiento de soldados. Envió por los españoles, que se encaminaban a Italia; tuvo algunos encuentros con los contrarios, ganóles algunas plazas y ciudades; pero todas sus pretensiones e intentos desbarató la muerte, que le

 

 

 

 

 

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sobrevino en la flor de su edad por principio del mes de octubre. Falleció de enfermedad en la compaña y en sus reales. Sucedió en el gobierno de aquellos estados Alejandro Famesio, príncipe de Parma.

Estaban los estados descontentos de archiduque Matías, por lo cual contra don Juan de Austria habían llamado a Francisco, duque de Alanzon; él, aceptado el partido, fue a Mons de Henao, donde le dieron título de protector de Flandes.

En Portugal falleció la infanta doña María, hija del rey don Manuel y de su postrera mujer doña Leonor. Era esta señora cuando falleció de buenos años y doncella, porque aunque se trató en diversos tiempos de casarla con muchos príncipes, ningún casamiento se efectuó.

 

 

AÑO 1579

 

Luego que las tristes nuevas del desastre del rey don Sebastián llegaron a Portugal, sin dilación fue nombrado por rey el cardenal don Enrique, su tío, hermano de su abuelo, dado que estaba en lo postrero de su edad y tenía poca salud, así fue breve su reinado, sólo de diecisiete meses. Para tener sucesión trataron los grandes de aquel reino de hacerle casar; pero como esto pareciese fuera de propósito y que no vendría a efecto, fueron muchos los que pretendieron sucederle en el reino. El rey don Felipe, por el derecho de su madre la emperatriz doña Isabel; Filiberto, duque de Saboya, por ser hijo de doña Beatriz a causa que la una y la otra eran hijas del rey don Manuel, mas la Emperatriz era la mayor; el príncipe de Parma pretendía por doña María, su mujer, ya difunta, mas dejó dos hijos, Ranucio y Eduardo; el duque de Berganza pretendía por doña Catalina, su mujer. Eran estas dos señoras nietas del rey don Manuel, hijas del infante don Duarte, su hijo, la mayor era doña María, pero era muerta, y vivía la menor doña Catalina. Don Antonio prior de Crato acudió a la misma pretensión como hijo del infante don Luis, y por el mismo caso nieto del rey don Manuel; alegaba que la bastardía no le perjudicaba a causa que su padre se casó con su madre; pero los más tenían esto por cosa vana, ni se hallaban testigos bastantes para la probanza de cosa tan grande. La reina madre de Francia, madama Catalina, pretendía que aquel reino se le debía por venir de parte de madre de la condesa de Boloña, llamada Matilde, mujer que fue de don Alonso el Tercero, rey de Portugal; afirmaba que

 

 

 

 

 

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dejó de ella sucesión. Los portugueses contra esto por bastantes testimonios negaban que la condesa Matilde hubiese dejado algún hijo ni del primer matrimonio ni de don Alonso, su segundo marido, y mostraban que cuando vino a muerte le sucedió en aquel estado de Boloña Roberto, su sobrino, hijo de su hermana Alisa, de donde tomaba principio la línea del linaje materno de la reina madre. Todo esto hacía el derecho dudoso, por donde los juristas tuvieron ocasión de escribir largamente sobre el caso, sin que faltase a ninguno de los pretendientes razones ni abogados; verdad es que las armas estaban en poder del rey don Felipe, que siempre y principalmente, cuando el derecho no está muy claro, tienen más fuerza que las informaciones de los legistas y letrados; y es así de ordinario que entre grandes príncipes aquella parte parece más justificada que tiene más fuerzas.

 

En Sicilia salió gran cantidad de fuego líquido de Mongibel al fin de este año con gran daño de los campos comarcanos.

 

 

AÑO 1580

 

Apercibíase el rey don Felipe para la guerra de Portugal: con este intento hizo que muchas compañías de italianos, alemanes y castellanos se acercasen a la frontera de Portugal, aparejados para acometer luego que les fuese ordenado. Pretendía el rey don Felipe que el nuevo rey de Portugal, su tío, le nombrase e hiciese jurar por sucesor, por excusar reyertas; pero al mismo tiempo que se trataba de esto, el rey don Enrique pasó de esta vida en Almerin a postrero de enero.

 

Por su muerte parecía no se excusaba la guerra, por no tener esperanza que los portugueses de voluntad viniesen en lo que era razón. Era necesario proveer de general para aquella empresa. Estaba el duque de Alba preso en la villa de Uceda, porque su hijo don Fadrique hizo casarse con una hija de don García de Toledo, marqués de Villafranca, sin tener cuenta con otra doncella, dama que fue de la reina, a la cual los años pasados había don Fadrique dado palabra, y el rey mandado que hasta que aquel pleito se determinase no dispusiese de sí. Pareció sacarle de la prisión y enviarle a Portugal. El mismo rey para estar más cerca pasó a Mérida y a Badajoz, ciudad puesta a la frontera de aquel reino. El ejército no era grande, apenas llegaba a doce mil infantes y mil quinientos

 

 

 

 

 

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caballos; pero era la flor de la milicia de España, soldados viejos, ejercitados muchos años en las armas. Con esta gente y con el buen orden del duque de Alba, don Antonio, que con el favor del pueblo se llamaba rey, fue vencido, primero en la ciudad de Lisboa, y poco después cerca de la ciudad de Oporto le desbarató Sancho Dávila, maestro de campo general en aquella empresa. Con esto y salirse el enemigo de todo el reino, aquella provincia quedó sosegada.

 

En el cual tiempo el rey católico estuvo en Badajoz tan enfermo, que los médicos no tenían esperanza de su vida. Diole Dios salud, pero apenas era convalecido, cuando de enfermedad falleció la reina, su mujer, que en su compañía estaba, a 26 de octubre. Tuvo en ella cuatro hijos: a don Fernando y don Carlos, que ya eran muertos, don Diego, que falleció poco después de esto, y don Felipe, a la sazón niño y enfermizo, al presente vivo y sano. Tuvo también una hija, que fue la postrera que paríó, y se llamó doña María, pero vivió muy poco.

Por esta misma sazón Jerónimo Osorio, portugués, obispo que era de Silves, pasó de esta vida, persona muy elocuente (bien que en la historia no tanto), como se entiende bien por los libros que dejó escritos, y muy enemigo de la guerra que en esta ocasión se hizo; cuyo contemporáneo fue Andrés Resendio, de la misma nación, muy señalado en el conocimiento de la antigüedad, y grande imitador de Horacio en los versos que compuso, muy elegantes y agudos.

Falleció Emanuel, duque de Saboya; sucedióle su hijo el duque Carlos. En Flandes, después de la muerte de don Juan de Austria todavía se continuaba la guerra; muchas ciudades estaban alzadas contra su rey; las principales eran Anvers, Gante, Bruselas, Tornay. El archiduque Matías dejó a Flandes y se fue para Alemania. Los estados de aquella provincia ya que una vez tomaron las armas contra su rey, no querían sosegar; y dado que todos casi estaban conjurados para hacer la guerra, no tenían fuerzas bastantes para resistir al rey; por donde desde Francia hicieron venir a Francisco, duque de Alanzon, que se solía llamar Hércules, hermano del rey de Francia, para que los ayudase. Él, después que revolvió la Francia, y se hizo caudillo de herejes y malcontentos, acudió a lo de Flandes, y de primera llegada se apoderó de la ciudad de Cambray, que es de aquel obispo, pero estaba a devoción del rey de España; no paró en esto, porque el año siguiente a persuasión de los estados volvió otra vez, y dentro de Anvers fue nombrado por duque de Brabante, vana sombra de nombre,

 

 

 

 

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pues el de Orange estaba de todo apoderado. Duróle pues poco el mando, junto con que la esperanza de casarse con la reina de Inglaterra le salió vana, dado que dos veces pasó en aquel reino, que tal era la costumbre de la reina Isabel, burlarse por esta manera de diversos príncipes.

 

 

AÑO 1582

 

En Anvers, un mozo vizcaíno, llamado Juan de Jáuregui, se determinó de matar al príncipe de Orange. Con esta resolución, un día, alzadas las mesas después de comer, le tiró un arcabuzazo; no le mató, pero hirióle debajo la mejilla malamente. El mozo fue luego despedazado, y justiciados todos los que tuvieron noticia de aquella conjuración. Mas dichoso fue otro mozo, borgoñón, el cual como hubiese asentado por criado del dicho príncipe, con ocasión que halló a propósito, poco después le mató en Olandía.

 

En Toledo se tuvo concilio provincial; juntáronse siete obispos y dos abades, presidió el cardenal arzobispo de Toledo don Gaspar de Quiroga; hallóse presente por embajador del rey el marqués de Velada. Los principales entre los prelados fueron el de Osma don Alonso Velázquez, que antes de acabarse el concilio fue trasladado al arzobispado de Santiago, y el de Jaén don Francisco Sarmiento, personas muy eruditas y graves, de vida y costumbres muy aprobadas. Entre los procuradores de las iglesias el que más se señaló fue García de Loaisa, persona de grande modestia y de grande erudición. El rey don Felipe poco adelante le nombró por maestro del príncipe, su hijo. En este concilio se ordenaron muy buenas leyes.

 

El pontífice Gregorio quitó este año del mes de octubre 10 días, a propósito que los solsticios y equinoccios volviesen a los asientos y días donde antiguamente estaban. Demás de esto, se quitó del calendario el áureo número, que mostraba las conjunciones de la luna, y en su lugar fue puesto otro número o ciclo mayor, que llamaron epactas; por el cual y con dejarlos bisiestos a ciertas distancias y a cierto número de años, se mostrarán las conjunciones de la luna perpetuamente sin algún yerro ni mudanza, porque el áureo número de muchos años atrás no servía de esto, dado que para esto le inventaron; corrección con que los tiempos correrán de aquí adelante más enmendados y con más puntualidad y acierto que hasta aquí.

 

 

 

 

 

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La emperatriz doña María vino a España, y fue a Lisboa, donde el rey, su hermano, estaba ocupado en asentar las cosas de Portugal, y en su compañía el cardenal Alberto, hijo de la Emperatriz, príncipe de grandes partes.

 

Don Antonio, que se llamaba rey de Portugal, después de vencido, no paró hasta Francia; dende con una armada que juntó pasó a las islas Terceras, por otro nombre de las Azores, que se tenían por él. Fue vencido en batalla naval que le dio don Álvaro Bazán, marqués de Santacruz, junto a la isla de San Miguel. Los dos principales caudillos de la armada francesa, Felipe Strozi fue muerto en la pelea, el señor de Brisac juntamente con el mismo don Antonio se salvó huyendo. Los cautivos franceses, que eran nobles, hasta ochenta, y otros muchos, hizo justiciar el marqués por orden que para ello tenía del mismo rey de Francia; sin embargo, los isleños no se quisieron rendir, digo los de la Tercera.

 

 

AÑO 1583

 

Hasta que el año siguiente el mismo marqués dio la vuelta contra ellos, y los sujetó a la jurisdicción del rey don Felipe, con que quedaron del todo sosegados.

 

En el mismo año el duque de Alba don Fernando Álvarez de Toledo pasó de esta vida en Lisboa en edad de setenta y cuatro años, maravilloso en sus cosas y digno de inmortal renombre. Salió vencedor en todas las guerras que hizo, que fueron muchas. Tachanle de severo y grave; lo cierto es que fue más esclarecido en la guerra que después de la victoria, más recatado en el tiempo de la adversidad que de la prosperidad; sin duda gran personaje, honra de España. Fue hijo de don García, el cual antes de heredar fue muerto en los Gelves; nieto de don Fadrique, primo hermano del rey don Fernando, porque las madres de los dos fueron hermanas. El padre de don Fadrique se llamó don García, que fue el primero de aquella casa que tuvo título de duque, cuyo padre don Fernando Álvarez de Toledo fue el primer conde de Alba de Tormes. Poco después del duque falleció allí mismo Sancho de Ávila de una coz de un caballo, a 8 de junio. Fue de la casa de Velada, natural de Ávila.

 

Había fallecido en Madrid el príncipe don Diego, hijo del rey don Felipe; por esto a 1 del mes de febrero, todos los estados de Portugal

 

 

 

 

 

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juraron al príncipe don Felipe, su hermano, por heredero de aquella corona. Despedida esta junta y nombrado el príncipe cardenal Alberto, su sobrino, por gobernador de aquel reino, el rey dio la vuelta a Castilla para dar orden en negocios y necesidades que se ofrecían.

 

 

AÑO 1584

 

El duque de Alanzon, de Inglaterra donde fue, y de Flandes, volvió a Francia con perdón y licencia que para ello le dio el rey, su hermano; pero como saliese de la corte, que estaba en París, falleció de su enfermedad, o con hierbas que le dieron, como muchos pensaron, a 10 de junio; y con su muerte se desbarataron las esperanzas mal cimentadas de hacerse señor de Inglaterra, Flandes y Francia.

El príncipe de Orange, a 10 de junio, fue muerto de un arcabuzazo por un mozo, llamado Baltasar, borgoñón de nación, el cual con intento de hacer ésta asentó por su criado poco antes. Tal fue la muerte del que causó tantos males, sin que los flamencos con todo esto se sosegasen.

 

Quedaron al rey don Felipe de la reina Isabel, su mujer, dos hijas, la infanta doña Isabel y doña Catalina. Decíase que la mayor se guardaba para casar con su primo el emperador Rodolfo; la menor estaba concertada con Carlos, duque de Saboya. Para celebrar estas bodas pareció a propósito la ciudad de Zaragoza, cabeza que es de Aragón.

 

Pero antes que el rey con sus hijos se pusiese en camino, los tres estados de Castilla juraron en Madrid al príncipe don Felipe como a heredero de estos reinos. Hízose la ceremonia a 11 de noviembre, que fue domingo y día de San Martín, en el monasterio de San Jerónimo, que está junto a aquella villa; dijo la misa el cardenal de Toledo Quiroga.

 

 

AÑO 1585

 

Acabada esta solemnidad y auto, se partió el rey para Zaragoza en tiempo muy áspero y que todavía duraban los fríos del invierno. Vino allí otrosí por mar el duque de Saboya; fue grande la honra que el rey, su suegro, le hizo, los juegos y aparatos y gastos, con que las bodas, a 18 de marzo, se celebraron con grande regocijo y concurso de grandes.

 

 

 

 

 

 

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Al mismo tiempo vino nueva de Roma que el pontífice Gregorio, cargado de años, muy esclarecido por las cosas que hizo, por su prudencia y piedad, falleció a 12 de abril. Pusieron en su lugar el mes luego siguiente al cardenal Félix Montalto, que fue primero general de los franciscos claustrales, después obispo, y últimamente cardenal. Tomó nombre de Sixto V. Gobernó la Iglesia cinco años y cuatro meses; tenía muchas partes; pero como no hay persona sin tacha, muchos le reprenden de severo y de grande diligencia que puso en allegar dinero y acrecentar y enriquecer a sus deudos, dado que los hechos de los príncipes es justo echarlos a la mejor parte, principalmente de los que son ya muertos.

 

Canonizó a san Diego, fraile de San Francisco, cuyo cuerpo se guarda y honra en Alcalá de Henares en el monasterio de su orden de San Francisco.

El príncipe de Parma hacía la guerra contra los rebeldes en Flandes, y recobrada Gante con otras ciudades que estaban alzadas los meses pasados, este año con un largo y estrecho cerco que tuvo sobre Anvers la cansó y redujo a necesidad de rendirse por el mes de agosto. Grandes fueron los pertrechos, grandes los ingenios de que usaron, grande la obstinación de los cercados; pero todo lo vencieron los españoles con su valor y constancia.

Acompañó el rey don Felipe a sus hijos los nuevos casados hasta Barcelona, donde se hicieron a la vela para pasar en Italia. A la vuelta en Monzón se tuvieron Cortes de Aragón que duraron mucho tiempo; ofreciéronse grandes dificultades. Con los calores del estío y el otoño, que fue malsano, fallecieron muchos en aquel lugar, especial de los forasteros y cortesanos. En estas Cortes últimamente juraron al príncipe don Felipe por heredero de aquella corona de Aragón y de aquellos estados.

El pontífice Sixto, al principio de su pontificado, a 9 de septiembre, expidió una bula contra Enrique, duque de Vandoma, en la cual le declaró por hereje y por excomulgado y le privó del derecho de la sucesión del reino de Francia, así a él como al príncipe de Condé, su primo hermano, llamado también Enrique, para que no pudiesen suceder en aquella corona en caso que el rey Enrique, cuñado de Vandoma, falleciese sin hijos, cosa que parecía muy probable por no haberse hasta entonces la reina hecho preñada.

 

 

 

 

 

 

 

 

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AÑO 1586

 

Sin embargo, el rey de Francia pretendió dejar por sucesor a Vandoma, sin hacer caso del peligro en que ponía la religión y cosas de Francia; muchos señores franceses se concertaron entre sí de tomar las armas en defensa de la antigua religión. El principal de todos fue el duque de Guisa, de que el rey recibió mucha pesadumbre por temer nuevas disensiones y guerras que resultarían de aquella liga, y que los males y estragos se aumentarían con ser ya tres las parcialidades, dado que al principio dio muestra de estar aplacado y favorecer los intentos de los conjurados, tanto, que no sólo ofrecía de ayudarlos, sino ser también su capitán y cabeza; pero duró poco esta máscara.

 

El pontífice, como al principio por favorecer a estos señores hubiese condenado al de Vandoma, poco después como arrepentido de lo hecho dio muestra de aborrecer los intentos de aquellos señores y de no estar tan indignado con el de Vandoma, tanto, que comúnmente se decía que pretendía emparentar con él, lo que sin duda tengo por falso; lo cierto es que al embajador de Vandoma daba más grata audiencia de lo que los cardenales quisieran y el estado de las cosas parece pedía; pero las cosas e intentos de los papas pocos los entienden.

 

 

AÑO 1587

 

María Estuardo, reina de Escocia, en el castillo de Fodringhaye, donde estaba presa, fue justiciada; cortáronle en una sala de aquel castillo la cabeza a 17 de febrero. Pronunció la sentencia en Londres contra ella la reina Isabel de Inglaterra, su tía, prima hermana de su padre. Habíase esta señora por las revueltas de Escocia, a persuasión de la inglesa, debajo de su palabra, retirado a Inglaterra el año vigésimo antes de este, y sin embargo, la hizo entonces prender, y al presente la privó de la vida; ¡cruel carnicería! En una maldad, ¡cuántos delitos se encierran! Achacábanle que había conjurado contra la reina y tratado de huir de la prisión; a la muerte confesó esto segundo, pero negó lo de la muerte de la reina. Lo que parece mas verosímil es que los herejes tenían por entendido que su secta no podría pasar adelante si ella vivía, por ser la más cercana en deudo y que más derecho tenía a la sucesión de aquel reino, y estaban persuadidos que defendería con todas sus fuerzas la religión católica y castigaría la herejía.

 

 

 

 

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Para vengar esta muerte parecía era justo que los príncipes tomasen las armas, y que lo habían de hacer, lo cual no ignoraba aquella hembra desapoderada y cruel; pero el francés estaba embarazado con los alborotos de su reino para no poder acudir a esta venganza, dado que la injuria tocaba principalmente a su corona a causa que la reina muerta fue mujer del rey Francisco, su hermano. El rey don Felipe se aprestaba, al mismo tiempo que Francisco Draque, corsario inglés, el cual los años pasados había acometido y trabajado las marinas de las Indias de la parte del mar del Sur y del mar del Norte por tres o más veces, y robado y llevado a Inglaterra grande cantidad de oro. Pasó tan adelante, que se atrevió esta primavera de acometer la isla de Cádiz con esperanza cierta que llevaba de apoderarse de aquella ciudad por estar sin guarnición y los moradores descuidados; y saliera con su intento, si dos galeras que estaban en aquel puerto no le entretuvieran algún tanto y los comarcanos no acudieran al socorro, y entre todos el principal don Alonso de Guzmán, duque de Medina Sidonia.

 

Estaba a la sazón el rey en Toledo para celebrar la entrada del cuerpo de santa Leocadia, virgen y mártir, que por muchos siglos estuvo en Flandes cerca de Mons de Henao en un monasterio de benitos, llamado San Gislen. Fue grande la fiesta que en aquella ciudad se hizo, y la procesión muy solemne a 26 del mes de abril. Halláronse presentes demás del rey su hermana la emperatriz doña María y su hijo el príncipe don Felipe, que ayudó a llevar las andas en que venían las reliquias.

 

La Francia estaba dividida en tres parcialidades por la ocasión que queda dicha, cuando treinta mil alemanes entraron en ella en favor del príncipe de Bearne debajo la conducta del duque de Bullon. Fue grande el espanto y cuidado en que pusieron. Saliéronles al encuentro, por una parte el rey de Francia, por otra el duque de Guisa; como les fuese siempre a la cola y en todas partes los apretase, demás de esto por la aspereza del invierno que se siguió, muerta una gran parte de esta gente, todos los demás se desbarataron. Falleció otrosí poco después el duque de Bullon; con esto los católicos cobraron algún aliento. La misma España estaba en cuidado no pasase aquella peste, ayudada de tantos socorros, los montes Pirineos y diese que hacer en estas partes.

 

No sólo fue trabajada la Francia por esta gente, sino afligida con hambre y peste muy grave. Hacíanse grandes procesiones para aplacar la ira del cielo. Los pueblos enteros salían vestidos de blanco con cruces y

 

 

 

 

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pendones y vista miserable, y con voces llorosas cantaban himnos en alabanza de Dios.

 

 

AÑO 1588

 

El rey don Felipe tenía en Lisboa una muy grande y fuerte armada aprestada para vengar la muerte de aquella reina inocente y castigar los muy ordinarios desacatos y atrevimientos contra su majestad. Era caudillo de la armada el marqués de Santacruz; mas como falleciese en medio de estos apercibimientos, el duque de Medina Sidonia, nombrado en su lugar, por el mes de julio se hizo a la vela con medianos temporales, dobló el cabo de Finisterre, y llegado a La Coruña, con una tempestad que de repente sobrevino la armada se desbarató de tal manera, que apenas por el mes de septiembre pudo tornar a la navegación. Llegó a las marinas de Flandes con la armada inglesa por las espaldas; con cuya artillería y por los muchos bajíos que tiene aquella mar, se vieron los nuestros en grande peligro. Algunas naves fueron presas por los enemigos, la mayor parte maltratada con las balas que sobre ellas llovían; por lo cual y porque para dar la vuelta a España rodearon toda aquella isla por la parte de septentrión, fue la navegación tan larga, que gran número de naves se anegaron y fueron a fondo, y con la fuerza del frío y falta de bastimentos perecieron muchos soldados, tanto que muy pocas naves y pequeño número de soldados al principio del invierno llegaron y surgieron en diversos puertos de España; de esta suerte los intentos de los hombres se desbaratan por fuerza más alta. Sin duda la flor de la milicia de España pereció en esta empresa, y con este desastre castigó Dios muchos y muy graves pecados de nuestra gente.

 

No paró en España este daño, antes llegó a otras provincias, en especial en Francia el rey Enrique pretendía castigar al duque de Guisa, como el principal autor de la liga hecha entre los católicos, y junto con esto reprimir a los de París, que estaban mucho de su parte. Con este intento hizo venir a aquella ciudad sobre cuatro mil soldados extranjeros. Vino también el de Guisa, llamado por el rey o por los ciudadanos, pero sin gente, asegurado de su conciencia; y si algún engaño o peligro resultase, pensaba que la afición de los ciudadanos no le podría faltar. Fue así, que con su venida el pueblo tomó las armas e hizo salir de aquella

 

 

 

 

 

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ciudad los soldados extranjeros. El mismo rey fue forzado a retirarse; poco después fingió querer tomar mejor camino y juntar los estados del reino para tomar acuerdo sobre lo que se debía hacer. Expidió un edicto en este propósito, donde, entre otras cosas, decía tener muy averiguado que todo lo que el de Guisa y el cardenal de Borbón habían hecho fue con buen ánimo. Poco adelante, por otro edicto convocó los estados del reino para la ciudad de Bles. Acudieron gran número de señores; comenzáronse las juntas a 16 de septiembre. Tratóse de nombrar sucesor para la corona; fueron de parecer que el cardenal de Borbón, tío de Vandoma, era el que tenía mejor derecho, y así le nombraron en caso que el rey muriese sin hijos, por estar en grado más cercano que sus sobrinos y por ser gran defensor de la religión católica. El rey, sin embargo de la seguridad que dio para venir a los estados y de la que semejantes juntas suelen traer consigo, en su casa real mató al de Guisa, 23 de diciembre, día viernes, y al cardenal de Lorena, su hermano, el día siguiente en la cárcel donde le puso. Prendió juntamente al hijo mayor del duque de Guisa, al duque de Nemurs, al cardenal de Borbón y al arzobispo de Lyon por haberle hecho rostro y resistido a sus intentos en los estados.

 

 

AÑO 1589

 

Pareció esta gran maldad: el odio que se despertó contra el rey fue grande; la reina, su madre, por la pena que recibió de aquel caso y por estar cargada de años y trabajos, dentro de pocos días rindió el alma, doce días después de la muerte del duque de Guisa, con pronosticar a su hijo las revueltas y males que por aquella ocasión resultarían. Las más de las ciudades, por aborrecimiento de una cosa tan fea, se apartaron del servicio de su rey. La primera y que más se señaló fue París, ciudad a la cual ninguna otra se iguala en grandeza, muchedumbre de gente, riquezas y estudios de todas las ciencias. Pasados algunos meses y desbaratados los estados de Bles, el rey pretendía apoderarse de París. Puso sitio sobre ella, cuando fray Jacques Clemente, de la orden de Santo Domingo, mozo de veinticuatro años, natural de Borgoña, nacido en una aldea llamada Sarbona, salió de la ciudad con color que quería dar aviso de algunos secretos de los ciudadanos. Con esto, alcanzada audiencia, a 1 de agosto metió al rey por las tripas sobre la vejiga un cuchillo que traía

 

 

 

 

 

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emponzoñado. Fue este atrevimiento muy grande, dado que sin tardanza fue él muerto y despedazado por la gente de palacio. Estaba presente Enrique de Borbón, príncipe de Bearne, rey que se decía de Navarra; así sin dilación se llamó rey de Francia, pero las más de las ciudades no le querían reconocer. Muchas batallas se han dado, ora venciendo los unos, ora venciendo los otros; muchas ciudades han sido tomadas, saqueadas y cercadas. La principal de todas, París, el año siguiente se vio en grande peligro de ser tomada, del cual el duque de Parma con las fuerzas del rey don Felipe II la libró y sacó de la garganta de los contrarios. Juntáronse en aquella ciudad los estados para nombrar rey; el concurso fue grande, muchas ficciones y engaños.

 

Este año en que vamos de 89, las cosas de Portugal estuvieron en peligro a causa de la armada inglesa que vino sobre aquel reino con voz de restituir y poner en posesión a don Antonio, que muchos días estuvo desterrado en Inglaterra, en el reino de sus antepasados. Venía en persona, y se adelantó tanto, que con buen número de gente llegó a ponerse sobre la misma ciudad de Lisboa; pero como los de dentro no se rebullesen por la diligencia y valor del príncipe cardenal y del conde de Fuentes, fue forzado por falta de bastimentos de volver atrás; y poco adelante toda la armada, habiendo recibido mayor daño que hecho, se hizo a la vele la vuelta de Inglaterra. Con su ida España se libró de gran miedo y cuidado. Descubrióse en Lisboa que ciertos ciudadanos estaban conjurados en favor de don Antonio; fueron algunos pocos justiciados; castigo con que los demás desistieron de desear y intentar cosas nuevas; principalmente la nobleza se mostró constante y leal, porque a la verdad si el reino se alteraba, corría mayor peligro de perder sus haciendas y estados.

 

En aquella ciudad cierta monja con muestras falsas de santidad tenía ganado gran renombre y burládose, no solamente del pueblo, sino de personas de letras y autoridad; mas descubierto por los inquisidores el engaño, fue castigada con pena que le impusieron muy menor que su delito. Diose la sentencia por el mes de marzo. Siguióse la muerte de fray Luis de Granada, de la orden de Santo Domingo, persona muy señalada en letras y devoción, cuyo contemporáneo fue el maestro Juan Dávila, predicador muy señalado y de los más celosos de su edad. El uno y el otro dejaron escritos libros muy provechosos en su lenguaje vulgar.

En Barcelona hubo grande peste; de la causa de este mal se dijeron muchas cosas, pero ninguna se averiguó que sepamos.

 

 

 

 

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En el reino de Toledo se concluyó por este tiempo la fábrica de San Lorenzo el Real, al cabo de poco menos de treinta años, que por mandado del rey don Felipe, junto al Escorial, tierra de Segovia, se comenzó con grande majestad y pertrechos. Hay en ella un monasterio de San Jerónimo con un colegio para estudiar y una casa real para pasar los reyes los calores del verano. El gasto ha sido tan grande, que apenas lo creerán los que vinieren, y los que hoy viven con dificultad; obra que se iguala con los antiguos milagros y edificios soberbios por su hermosura, grandeza, ornamentos, fortaleza y por el culto divino que se hace con gran majestad. Las rentas son conforme al edificio. No hay para qué pasar en esto adelante; la traza de esta obra y sus partes describimos bastantemente en otro lugar.

 

 

AÑO 1590

 

Este año fue señalado por la muerte de dos pontífices: de Sixto, que sucedió por el mes de agosto, a los 28, día martes; y de Urbano VII, cuya elección fue a 15 de septiembre; llamóse antes de ser papa Juan Bautista Castaño. Fue arzobispo, primero de Rosano y nuncio de España, después cardenal, y finalmente llegó a ser sumo pontífice, pero vivió solos doce días; ni aún los pontificados de Gregorio XIV e Inocencio IX, que fueron puestos en la silla de san Pedro, pasaron de pocos meses, hasta tanto que el cardenal Hipólito Aldobrandino fue adelante elegido por pontífice con nombre de Clemente VIII, natural de Roma, aunque su origen de Florencia; sus costumbres sin reprensión, su edad entera, la salud y fuerzas de cuerpo no muy grandes.

 

El otoño de este año fue muy enfermo; mucha gente pereció en España. El mal cargó más en las aldeas y en los campos, sea por falta de medicinas y de regalos, sea porque el aire corrupto tenía menos reparos. Entre los demás el doctor Juan Calderón, insigne teólogo, y que por sus letras fue canónigo de Toledo, enfermó en un sitio muy fresco, donde estaba retirado para pasar los calores del verano, que se llama el Piélago.

 

 

AÑO 1591

 

 

 

 

 

 

 

 

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Convaleció muy fácilmente de esta enfermedad, pero dentro de pocos meses, de otra que le sobrevino falleció en Toledo; varón sin duda pío y modesto, dechado de la antigua simplicidad y gravedad. En su sepulcro hicimos entallar un letrero muy verdadero para memoria de su mucha bondad y de la amistad que teníamos muy grande.

 

Antonio Pérez, secretario que fue del rey, y que en algún tiempo tuvo mano y cabida en la casa real, después que estuvo preso por espacio de más de doce años, se huyó de la cárcel, donde le tenían en Madrid por el mes de abril del año pasado. Pasó a Aragón para presentarse delante el justicia de Aragón y dar razón de la muerte que hizo dar al secretario Escobedo una noche al salir de palacio, junto con otras cosas que le achacaban. La alegría que con su llegada y huida recibieron algunos inquietos, en breve la trocaron en tristeza y en lágrimas. Tales son las cosas humanas. Fue así, que a 24 de mayo de este año de 91, de la cárcel del justicia de Aragón pasaron el preso a la de los inquisidores. El pueblo tomando las armas y apellidando libertad acometieron las casas donde estaba don Íñigo de Mendoza, marqués de Almenara, ministro por el rey; teníanle antes de esto sobre ojos, y así no pararon hasta que le dieron la muerte. Después de esto, con el mismo furor y rabia acudieron a la Inquisición con intento de quebrantar aquella cárcel, sin desistir hasta tanto que Antonio Pérez fue vuelto a la primera donde estaba. Lo que resultó fue que a 24 de septiembre se levantó otra vez el pueblo porque querían volver el preso a la Inquisición, y quebrantada la cárcel de la manifestación, le pusieron en libertad; hubo en esta revuelta algunos muertos y huidos. Antonio Pérez poco después se huyó a Francia, donde murió pasados algunos años. Aquellos ciudadanos revoltosos en breve pagaron el alboroto que levantaron, porque un buen ejército fue a Zaragoza, por general don Alonso de Vargas, soldado viejo y de muy gran valor, muy ejercitado en las guerras de Flandes y de gran renombre, por cuya diligencia el atrevimiento de aquellos ciudadanos fue reprimido; muchos perdieron las vidas; entre otros el mismo justicia de Aragón don Juan de Lanuza fue el primero que pagó con la cabeza por salir, como salió, con gente contra el estandarte real. También cortaron las cabezas a don Diego de Heredia y don Juan de Luna, que fueron los principales atizadores de aquel alboroto, sin otro buen número de personas justiciadas. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda fueron presos y enviados a Castilla, donde en breve fallecieron en la prisión; mas después los dieron

 

 

 

 

 

 

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por libres de traición. Para asentar las cosas de aquel reino se juntaron Cortes en la ciudad de Tarazona, y por presidente don Andrés de Bovadilla, arzobispo de Zaragoza. El mismo rey, tomando el camino de Valladolid, de Burgos y de Pamplona, últimamente al fin del año 1592 llegó a la dicha ciudad; iban en su compañía la infanta doña Isabel y su hermano el príncipe don Felipe, al cual en Pamplona y Tarazona juraron por heredero de aquellos estados. Por esta manera, casi pasados dos años después que las revueltas de Aragón comenzaron, castigados los culpados y puestas guarniciones en Zaragoza y en otros lugares, concluidas las Cortes de Tarazona, los alboratados últimamente se sosegaron, avisados por la experiencia y por su daño, que si los ímpetus de la muchedumbre son grandes, las fuerzas del rey son mayores; que el atrevimiento sin fuerzas es vano, y las más veces el pueblo se alborota para su mal.

 

 

AÑO 1593

 

El papa Clemente VIII este año entre cuatro cardenales que creó, fue uno el doctor Francisco de Toledo, de la Compañía de Jesús; fue natural de Córdoba, de grande ingenio y letras, prudente en los negocios, en que sirvió mucho a la Sede Apostólica; murió en Roma tres años adelante; sepultáronle en la iglesia de Santa María la Mayor.

 

Enrique, que se decía rey de Navarra, por este tiempo daba muestra de católico, y pretendía ser absuelto de las censuras.

El duque de Nevers, enviado por él a Roma para suplicar que el papa le absolviese, hacía para ello grandes diligencias; mas el padre santo se mostraba muy severo, y reprendía al arzobispo de Bourges, porque sin orden de su Santidad le absolvió de las censuras en Francia, y aún muchos sospechaban que en esta pretensión no había llaneza, mas el tiempo los desengañó.

 

 

ANO 1594

 

En Roma, a 17 de abril, canonizó el pontífice a san Jacinto, polaco, de la orden de los Predicadores.

 

En Madrid, a 22 de noviembre, día martes, falleció el cardenal y arzobispo de Toledo don Gaspar de Quiroga, en edad de ochenta y tres

 

 

 

 

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años. Enterróse en un monasterio de agustinos de la villa de Madrigal, de donde era natural. Tuvo partes aventajadas de prudencia y rectitud; nadie vive sin tachas. Llegó mucho dinero por ser las rentas gruesas y el gasto moderado. No hizo testamento; por mandado del padre santo, la hacienda se repartió por partes iguales en obras pías y cámaras apostólica y real. Sucedió en el arzobispado el cardenal y archiduque Alberto, que adelante con licencia del papa y por orden de su tío el rey católico mudó estado.

 

Este año en Hungría se perdió Javarino, plaza importante; rindióse a los turcos que la tenían cercada.

 

 

AÑO 1595

 

Al principio de este año murió en Flandes el archiduque Arnesto, que por el rey, su tío, gobernaba aquellos estados. El archiduque Alberto, su hermano, a los 3 de abril tomó posesión del arzobispado de Toledo. Nunca vino a su iglesia ni se consagró, a causa que el rey, su tío, le encargó el gobierno de Flandes, para donde partió de Madrid por fin de agosto. Quedó por gobernador del arzobispado García de Loaisa, que por su renunciación tres años adelante le sucedió en aquella dignidad. Los estados de Flandes por la muerte de Arnesto quedaron por un tiempo a cargo de don Pedro Enríquez de Toledo, conde de Fuentes, gran soldado.

 

El duque de Vandoma, que se decía rey de Navarra y pretendía la corona de Francia, acudió como católico y como se dijo al papa por absolución. Ventilóse mucho la causa; finalmente, el padre santo se resolvió, y a 17 de septiembre le absolvió y habilitó para aquella corona, con que todo aquel reino se le allanó. Item, a 23 de este mes don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, en la Morea tomó y saqueó la ciudad de Patras; partió de Mesina con veinte galeras para esta empresa.

 

A 3 de octubre el conde de Fuentes con un largo cerco ganó a Cambray, que se tenía por Francia; tres veces acudió gente de Francia para hacer alzar el cerco, y otras tantas vencidos volvieron atrás.

 

A 25 del mes de noviembre el papa hizo catedral la iglesia de Valladolid, y poco adelante el rey hizo ciudad aquella villa; su primer obispo fue el doctor Bartolomé de la Plaza. Al fin de este año cargaron mucho las aguas, hincháronse los ríos; en Sevilla aquel río entró en la ciudad e hizo gran daño en la aduana.

 

 

 

 

 

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AÑO 1596

 

Francisco Draques, corsario inglés, echó gente en tierra en el Nombre de Dios con intento, pasado el Estrecho, de saquear a Panamá; apellidáronse los españoles, cargaron sobre él, y le forzaron a volver a sus naves al principio de enero. Otras veces dio pesadumbre por aquellas partes, y al cabo murió en Portovelo, y su armada se retiró destrozada, forzándola a dejar las Indias don Bernardino de Avellaneda.

 

Por el contrario, el archiduque Alberto, a 17 de abril, se apoderó de Calais y la quitó a los franceses; pero poco después por concierto se restituyó. Estaba a este mismo tiempo el rey en Azeca, cerca de Toledo, muy apretado de dolencia, que le tuvieron por muerto; pasó a Toledo, donde vino nueva que la armada inglesa, a 1 de julio, tomó y saqueó la isla y ciudad de Cádiz, quemó la flota que allí estaba a la cola para ir a Méjico, que fue gran daño, y muchos mercaderes por todo el reino padecieron y quebraron.

 

 

AÑO 1597

 

Segismundo Batori, príncipe de Transilvania, por este tiempo con gran valor hacía la guerra contra turcos y herejes. Vino a Viena a verse con el emperador; ayudóle con dineros, lo mismo hicieron el papa y rey católico; mas las esperanzas que de él se tenían se trocaron por cierta enfermedad que le sobrevino, quién dice que fueron hechizos, por la cual dejó las armas y la mujer, hija que era del archiduque Carolo, y renunciados sus estados en el emperador, pasó la vida en Praga como particular, y allí falleció de apoplejía los años adelante.

 

 

ANO 1598

 

Este año, a 6 de mayo, renunció el rey en favor de su hija mayor la infanta doña Isabel los estados de Flandes con intento de casarla, como se hizo, con su primo el archiduque Alberto, que para esto renunció el capelo y el arzobispado de Toledo, y se dio a García de Loaisa, maestro que era del príncipe don Felipe. Ordenó que aquellos estados fuesen feudo de Castilla, y reservóse la orden del Toisón y nombrar castellanos en algunas

 

 

 

 

 

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fortalezas, como la de Anvers, la de Ganto y la de Cambray. Poco adelante concertó paces con Francia, en que el papa puso grande diligencia; agravósele finalmente el mal, y finó en el Escorial a 13 de septiembre, y allí se enterró; príncipe muy esclarecido por su grande prudencia y piedad; vivió años setenta y uno, tres meses y algunos días; reinó en Castilla cuarenta y dos años, siete meses y veintiocho días. Sucedióle su hijo el príncipe don Felipe, que hoy vive y reina.

 

 

ANO 1599

 

A 22 de febrero falleció en Alcalá de Henares García de Loaisa, arzobispo de Toledo, y con él cayeron las esperanzas que su buen natural y otras buenas partes prometían; enterróse en aquella villa en la capilla de los Mártires, pero sin túmulo. Fue natural de Talavera, de padres nobles, su vida muy reformada en todo tiempo, la condición muy apacible, de estatura alto, y el rostro agradable. Sucedióle don Bernardo de Rojas y Sandoval, a la sazón obispo de Jaén, y que poco después le trajeron a Toledo el capelo de cardenal; hallóse el rey presente a la solemnidad.

 

El nuevo rey quedó concertado de casar con doña Margarita, hija del archiduque Carlos; vino por Milán, y en su compañía su madre y el archiduque Alberto. El papa a la sazón se hallaba en Ferrara, la cual ciudad por muerte del último duque, que no dejó sucesión, recayó en la Iglesia como feudo suyo. Allí vino la reina y el archiduque, y con ceremonias extraordinarias se celebraron por el papa los dos casamientos, dado que el rey y la infanta estaban ausentes. Partieron de allí, y por mar, a los 23 de marzo, llegaron a los alfaques de Tortosa; poco después en Valencia, a los 18 de abril, domingo de Cuasimodo, se hicieron las velaciones con grandes regocijos y fiestas. Pasó el rey a Barcelona a acompañar y despedir al archiduque Alberto, que con la infanta, su mujer, se embarcaron, a los 7 de junio, para pasar a Flandes. Los reyes dieron la vuelta a Valencia, y de allí a Madrid.

 

 

AÑO 1600

 

Este año fue muy solemne por el jubileo de Roma, al cual acudió mucha gente. Fue este invierno muy lluvioso; el Tíber salió de madre, y tuvo a

 

 

 

 

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Roma cubierta de agua tres días; el daño fue extraordinario.

 

Entre trece cardenales que creó el papa, uno fue Roberto Belarmino, de la Compañía de Jesús, sobrino del papa Marcelo, y por sí mismo muy reformado, de muchas letras y erudición, como lo muestran los libros muy doctos que ha publicado.

El nuevo rey de Francia, por sentencia del papa, dejó a madama Margarita, su primera mujer, y poco después casó con María de Médicis, hija de Francisco, duque que fue de Florencia.

 

 

AÑO 1601

 

Este año por los meses de marzo y abril, la corte de Castilla, de Madrid se pasó a Valladolid. Pretendían reparar aquella comarca, que se decía estaba pobre; resultaron inconvenientes; así, pasados algunos años, volvió donde antes estaba. Tañóse por muchas veces la famosa campana de Velilla en Aragón, mensajera, según se dice, de cosas grandes; hasta ahora ninguna se ha visto considerable.

En Roma, a 29 de abril, se hizo la canonización de san Raimundo Peñafort, de la orden de los Predicadores. A 25 de agosto el príncipe Doria, general de la mar, con gran armada fue sobre Argel, y llegó de noche a vista de aquella ciudad sin ser sentido, y se retiró luego por la contrariedad de los tiempos.

A 22 de septiembre nació en Valladolid la infanta doña Ana, que al presente está concertada de casar con el nuevo rey de Francia Luis, treceno de este nombre, y el cardenal de Toledo señalado para llevarla a la raya de Francia.

 

 

AÑO 1602

 

Isabel, reina de Inglaterra, falleció en Londres a 23 de marzo; vivió setenta años y seis meses y diecisiete días; reinó como cuarenta y cuatro años. Nunca se casó; tuvo otras buenas partes; todo lo afeó la herejía y la persecución que levantó contra los católicos, grande y continua. Sucedióle Jacobo, rey de Escocia, como bisnieto de Margarita, hermana mayor del rey Enrique VIII; sus padres fueron católicos; su madre santa; su maestro Georgio Bucanano, grande hereje e insigne poeta; su traducción en verso

 

 

 

 

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de los Salmos se tiene por muy elegante. Intitulóse rey de la Gran Bretaña, como señor que era de toda aquella grande y rica isla, mas no desiste de perseguir a los católicos.

 

 

AÑO 1603

 

Don Juan de Tasis, conde de Villamediana y correo mayor, pasó a Inglaterra por embajador, enviado por nuestro rey a dar el parabién del nuevo reino de Inglaterra a aquel rey; hizo su oficio con mucha prudencia, y fue el que dio principio y trato de las paces que poco después se concertaron entre España e Inglaterra, como luego se dirá. Este año falleció en Madrid la emperatriz doña María, hija, nuera, mujer y madre de cinco emperadores, cosa hasta hoy nunca vista, y por sí en todo aventajada; sepultáronla allí en las Descalzas.

 

 

AÑO 1604

 

El condestable de Castilla Juan Fernández de Velasco, por mandado de su rey, fue a Inglaterra; pasó por París, donde fue festejado de aquellos reyes; pasó de allí a Flandes y a Londres, cabeza de Inglaterra; allí, a los 29 de agosto, asentó las paces que tenía acordadas el conde de Villamediana, embajador del rey católico, que serán de provecho si se guardaren.

 

 

AÑO 1605

 

A 3 de marzo finó en Roma el pontífice Clemente VIII; fue persona de mucha bondad y notable celo. Sucedióle, a 2 de abril, el cardenal Alejandro de Médicis, que se llamó León XI; era muy viejo y enfermo; murió a los 27 del mismo mes. Pusieron en su lugar, a los 16 de mayo, al cardenal Camilo Burgesio, natural de Roma, su origen de Sena; llamóse Paulo V; tuvo diferencias con venecianos, que amenazaban guerra, sobre ciertas leyes que publicaron, una de poder castigar los clérigos, otra que a iglesias ni monasterios no se pudiesen anejar bienes raíces, ley que llaman de manumortuis. Hubo grandes disputas y libros por una parte y por otra; pero al fin todo se sosegó con el buen orden del nuevo pontífice. Demás de esto, en cierta diferencia que duró muchos años entre los padres dominicos

 

 

 

 

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y de la compañía en materia de gratia et libero arbitrio, decretó que hasta tanto que se decretase otra cosa, cada cual de las partes sin morderse pudiese seguir su opinión.

 

A 8 de abril nació en Valludolid el príncipe don Felipe Domingo Víctor de la Cruz; nombraron adelante por sumaestro a don Galcerán de Albanell, caballero catalán, persona muy compuesta y erudita. Su ayo, don Baltasar de Zúñiga, caballero muy aprobado.

 

 

AÑO 1606

 

En Valladolid, a 18 de agosto, nació la infanta doña María; Dios le dé buena ventura. En Toledo falleció doña Estefanía Manrique, bisnieta del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique. Con su renta y la de su hermano don Pedro, que murió el año pasado, y nunca se casaron, dotaron el colegio de la compañía y la casa profesa de la misma ciudad, do yacen con sus letras; el de la señora pareció poner aquí.

 

D. Stephania Manrique virgo lectissima genere, forma, ingenio, moribus ipsis gratiarum divinis manibus facta. Nil amplius dico. Hanc aedem, et domicilium una cum Petro fratre ab imo ex condicto et testamento.

 

M.

 

Vixit annos lviiii. Paucis minus diebus. Obit VI idus decembris M. DC. VI.

 

 

AÑO 1607

 

En Madrid, a 14 de septiembre, nació el infante don Carlos. El reino sirvió a su majestad con veintitrés millones pagados en ocho años. Sácase este dinero de la octava parte de todo el vino y aceite que se coge; comenzó este tributo en tiempo del rey pasado don Felipe II, pero en menor cantidad; al presente ha llegado a esta.

 

 

AÑO 1608

 

 

 

 

 

 

 

 

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En San Jerónimo de Madrid, domingo, 13 de enero, juraron al príncipe don Felipe; dijo la misa e hizo la ceremonia el cardenal de Toledo. Su abuela materna doña María de Baviera falleció en Gralz, cabeza de Stiria, en Alemania, a los 29 de abril; dejó sus hijas casadas muy altamente. Su marido fue el archiduque Carolo; su hijo el archiduque Ferdinando, hermano de nuestra reina doña Margarita y primo hermano del emperador Rodolfo. Por este tiempo el adelantamiento de Cazorla, después de grandes y largos debates, se restituyó a la iglesia de Toledo por la diligencia de su prelado el cardenal arzobispo de Toledo don Bernardo de Rojas y Sandoval.

 

 

AÑO 1609

 

En Flandes, a 14 de abril, se concertaron treguas por término de diez años con Zelanda y Holanda, que poco se guardan; confirmólas el rey en Segovia por el mes de julio.

 

A 17 de mayo nació en el Escorial el infante don Fernando. A 27 de junio el papa beatificó a nuestro santo padre Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, y el papa Gregorio XV le canonizó a 12 de marzo de 1622.

 

 

AÑO 1610

 

En París, a 14 de mayo, un hombre muy particular, y dicen maestro de escuela, por nombre Francisco Ravayllac, con un puñal mató al rey de Francia Enrique IV: ¡grande temeridad y locura! Sucedióle su hijo, por nombre Luis XIII.

 

A los 25 de este mismo mes nació en Lerma la infanta doña Margarita. Item, a los 20 de noviembre, por trato con cierto moro, se entregó a los nuestros el castillo de Alarache, fuerza importante en la costa de África por la parte del mar Océano; más adelante hace el mar una cala y estero y un río que se llama Mamora, y era nido de corsarios; por esto cuatro años adelante la armada real, y por general don Luis Fajardo, se apoderó de aquel puesto; levantaron un castillo, que quedó con buena guarnición. Acudieron al principio los moros para desbaratar estos intentos, pero no prevalecieron. Volvamos atrás; fue este año muy notable por la expulsión

 

 

 

 

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que en él se hizo de los moriscos de toda España, gente obstinada y que tenían inteligencia con los turcos y moros de Berbería. Continuóse la expulsión éste y los años siguientes; salió gran número de ellos; dicen que algunos otros quedaron desconocidos y disfrazados.

 

 

AÑO 1611

 

Fue este año desgraciado por la muerte de la reina de España doña Margarita de Austria, que por sus buenas partes era de todos sus vasallos muy amada. Parió en el Escorial, a 22 de septiembre, un niño, que se llamó don Alonso; murió la madre de este parto a los 3 de octubre; enterráronla en el mismo Escorial; el infante vivió un año menos cuatro días. Fundó en Madrid un monasterio de monjas de la Encarnación.

 

 

AÑO 1612

 

Tratábanse y se concertaron en París y en Madrid dos casamientos: el uno de nuestro príncipe con hermana del rey de Francia madama Isabel; el otro de este mismo rey con la infanta doña Ana; la ejecución se dilató por la poca edad de las partes. En Praga, cabeza de Bohemia, estuvo mucho tiempo por su poca salud retirado el emperador Rodolfo; allí, a los 11 de agosto del año pasado, renunció los estados de Hungría, Bohemia y Austria a su hermano Matías con cierta pensión que se reservó para el gasto de su casa y corte. Hecho esto, falleció en la misma ciudad a 20 de enero de este año. Juntáronse poco después los electores en Francfordia, y por sus votos nombraron por emperador al mismo Matías, hermano del difunto; déle Dios a él y a nos su santa gracia.

 

Este año, a los 25 de abril, falleció en Valencia Francisco Jerónimo Simón, beneficiado de San Andrés en aquella ciudad, en edad de treinta y tres años. El pueblo le tiene por santo, en que ha hecho muchas demostraciones. El arzobispo pretende que en esto se ha pasado más adelante de lo que fuera razón. Sobre el caso han resultado alborotos y escándalos. El negocio está pendiente en Roma. Todos seguirán lo que el padre santo determinare. Con ninguna cosa el pueblo más se mueve y altera que con color de religión, sea a tuerto o con razón.

 

 

AÑO 1613

 

Vino por este tiempo o poco antes a España la Historia latina del presidente Tuano, gran favorecedor de herejes, y de los católicos muy contrario, en especial de los que llama jesuitas. No perdona a los papas ni a los reyes de Francia. Enemigo declarado de la casa de Guisa, que en un tiempo fue el apoyo en Francia de la religión católica. Tiene mentiras asaz. Vedóse esta obra en Roma año 1610; en España poco después se mandó repurgar. Augiaestabulum escribió contra ella doctamente un francés, que se llama Juan Bautista Gallo, y parece nombre fingido, creo por no atreverse el autor a manifestarse contra persona tan poderosa, que era presidente en el parlamento de París. Más daño hace el falso católico que el hereje declarado, como lo dice san Bernardo en el sermón sesenta y cinco sobre los Cantares.

 

 

AÑO 1614

 

Sábado, 24 de mayo, en la isla Tercera tembló la tierra; el daño fue muy grande; en la villa de la Playa fue mayor, donde iglesias, monasterios y casas particulares cayeron por tierra. En la ciudad de Angla once iglesias de sacramento y diecinueve ermitas, sin las casas particulares, se abatieron.

 

Por el mes de agosto nuestra armada, y por general don Luis Fajardo, se apoderó de la Mamora, como poco antes queda dicho. Está puesta sobre el mar Océano, cinco leguas distante de Tánger, y de Arcilla veinticinco.

 

 

AÑO 1615

 

De algún tiempo atrás se movió guerra en Italia entre los duques de Saboya y de Mantua. La ocasión que el duque de Mantua Alfonso, pasado en hija del de Saboya a su muerte dejó una hija y ningún hijo varón. Sucedió en aquel estado su hermano Alejandro, renunciado el capelo, que era cardenal. El de Saboya pretendía que su nieta e hija del difunto, bien que por ser hembra no sucedía en el ducado de Mantua, pero sí en el estado de Monferrat, que de años atrás andaba junto con el ducado de Mantua. Vinieron a las manos, y el de Saboya se apoderó por fuerza de gran parte de aquel estado. El rey católico don Felipe III quisiera que no se revolviera con esta ocasión Italia, y que esta diferencia se tratara por vía de justicia; y porque el de Saboya no venía en esto, tomó contra él las armas. Hubo diversos encuentros; finalmente, a los 21 de julio de este año se concertó que las partes desarmasen, y la diferencia se remitiese al emperador como a juez competente por ser aquellos estados feudos del imperio. Estas paces no aprobó el rey por razones que para ello tuvo; a la verdad las palabras y estilo no venían bien con la grandeza de España. Volvióse a las armas, y don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, con un largo cerco se apoderó de la ciudad de Verceli; mas poco después asentadas las cosas, la restituyó don Gómez de Figueroa, duque de Feria, que sucedió al marqués en el gobierno de Milán y en el cargo de general. De venecianos se dijo asistieran de secreto al de Saboya durante la guerra; armó contra ellos el duque de Osuna, virrey a la sazón de Nápoles, y en el golfo de Venecia les tomó algunas naves y les hizo otros daños.

 

Poco adelante, el mismo duque de Feria en tierra de grisones se apoderó de la Valtolina, y la fortificó con soldados y otros pertrechos, plaza importante por estar en los confines de Italia y de Alemania y ser el paso corriente entre aquellas dos naciones y provincias.

En Burgos, domingo, 18 de octubre, por procuradores se concertaron de todo punto y se celebraron los desposorios de nuestro príncipe don Felipe con madama Isabel, hermana del rey de Francia; otrosí el casamiento del mismo rey Luis XIII con doña Ana, infanta de Castilla, se celebró en la misma forma; la cual infanta dos días antes renunció en forma el derecho que podía pretender a falta de sus hermanos a la sucesión de estos reinos y de los estados de Flandes. Hízose la entrega de las doncellas en el río Bidasoa, término de España y Francia, a los 9 de noviembre. Hallóse presente a todo el rey, y junto con el príncipe, su hijo, en Burgos recibió la princesa, su nuera; dende fin del año dio vuelta a Madrid. El rey de Francia en Burdeos, donde estaba con su madre, recibió su esposa la infanta.

 

 

AÑO 1616

 

Una nave que por mayo del año pasado partió de Holanda, después de una larga navegación y dificultosa por el mes de enero de este año, más adelante del estrecho de Magallanes descubrió en cincuenta y siete grados de altura hacia el otro polo, otro paso para el mar del Sur y para las Molucas. Los principales en este viaje fueron Jacobo Maire y Guillermo Schotem. Dio esta nave una vuelta al mundo. Llegaron los que hicieron este viaje a Holanda, pasados dos años y dieciocho días después que de allí partieron. Perdieron en la cuenta del tiempo un día, ca contaban por lunes el día que en la verdadera cuenta era martes, y así de los demás días.

 

 

AÑO 1617

 

Sábado, a 15 de abril, en las islas Filipinas se ganó una notable victoria contra los holandeses; el general por los nuestros, don Juan Ronquillo. De diez galeones contrarios, unos quemaron, otros echaron a fondo, los demás huyeron. Esta gente, como rebeldes a Dios por la herejía, y a su príncipe, a quien debían obedecer, por tener gran número de bajeles y ser diestros por la mar, los años pasados con sus flotas han navegado a las Indias, a veces por la carrera ordinaria de los portugueses, lo más ordinario por el estrecho de Magallanes, y en el mar del Sur han hecho daños y corrido las costas del Perú y de la Nueva-España sin parar hasta las Filipinas y las islas Molucas, de que en gran parte están apoderados; y en ellas y en otras islas de aquel paraje están fortificados más de lo que fuera razón. Hase deseado que juntas las fuerzas del Perú, de Méjico y de las Filipinas con las de la India de Portugal, los echen de aquellos puestos y de todos aquellos mares; algún día se hará, que de otra suerte no hay cosa segura en aquellas partes.

 

 

AÑO 1618

 

A los 4 de octubre, día de San Francisco, el duque de Lerma partió de la corte y del Escorial, y dejó el gobierno del reino, en que tuvo los años antes mucha mano. Poco antes le trajeron el capelo de Roma. No mucho después prendieron a don Rodrigo Calderón, gran privado suyo, contra el cual a cabo de dos años y medio de prisión salió sentencia de muerte y privación de bienes. La prosperidad es caballo desbocado; pocos la gobiernan y se gobiernan en ella bien. El cardenal y arzobispo de Toledo don Bernardo de Rojas y Sandoval falleció de repente en Madrid a los 7 de diciembre. Fuera de otras partes, tuvo siempre muy buenas y nobles entrañas. Sepultáronle en su iglesia en la capilla de nuestra Señora, que él mismo edificó y adornó, muy lucida y magnífica. Aquella iglesia pretendió el rey para su hijo el infante don Fernando; gastáronse muchos meses en demandas y respuestas, causadas de la poca edad del sujeto, que era de nueve años y pocos meses.

 

 

AÑO 1619

 

El emperador Matías renunció los meses pasados en su primo el archiduque Ferdinando los reinos de Hungría y de Bohemia. Alteráronse los bohemios, de que resultaron guerras. Siguióse la muerte del emperador en Praga a los 12 de marzo. No dejó sucesión. Juntáronse los electores como suelen. Salió por emperador a los 23 de agosto el mismo archiduque Ferdinando, rey de Bohemia y de Hungría.

 

A los 22 de abril partió el rey de Madrid para Portugal. Hizo su entrada en Lisboa día de San Pedro, 29 de junio. A los 14 de julio, que fue domingo, juraron al príncipe, que presente estaba. El día siguiente se abrieron las Cortes para asentar las cosas de aquel reino.

 

A los 25 de octubre el papa beatificó al padre Francisco Javier, uno de los primeros compañeros del santo padre Ignacio, y gran apóstol de la India. Canonizóle el papa Gregorio XV a 12 de marzo de 1622 junio con el santo padre Ignacio.

 

 

AÑO 1620

 

A los 5 de mayo en Toledo se tomó posesión del arzobispado de Toledo por el infante don Fernando, que ya era cardenal; déle Dios su santa gracia.

 

En Alemania la guerra y los disgustos de los bohemios pasaron tan adelante, que nombraron por su rey al conde palatino, elector del imperio. Favorécenle los herejes de Alemania, no todos; el rey de Inglaterra, su suegro, los holandeses y el rey de Dinamarca. Al emperador acuden los electores del imperio, Flandes, el rey católico, el de Polonia, el papa y las demás potencias de Italia. El mundo está suspenso en lo que para esta guerra, si bien a los 8 de noviembre junto a Praga, cabeza de Bohemia, de poder a poder vinieron a las manos. La victoria quedó por el emperador con muerte de ocho mil de los rebeldes, y el día siguiente se ganó la dicha ciudad de Praga y se entró por fuerza. Mal les va a los herejes de ordinario en estas contiendas, fuera de otras razones, porque son gente muelle, enemigos de asperezas, muy dados al regalo como su secta les enseña.

 

 

AÑO 1621

 

El pontífice Paulo V finó a los 28 del mes de enero. Sucedióle el cardenal Ludovico, boloñés, con nombre de Gregorio XV. Poco después, es a saber, postrero de marzo, falleció el rey de España don Felipe III en la villa de Madrid, en edad de cuarenta y tres años. De ellos reinó veintidós y medio; téngale nuestro Señor en su santa gloria; su cuerpo fue llevado al convento de San Lorenzo el Real del Escorial, sepultura de sus abuelos y padres. Sucedióle su hijo don Felipe, cuarto de este nombre, en edad de dieciséis años; dele Dios su santa gracia. Suplicamos y esperamos serán tales los medios y los remates como los principios han sido agradables.

 

 

 

 

 

JUAN DE MARIANA (Talavera de la Reina, España, 1536 - Toledo, España, 1624) fue jesuita, teólogo e historiador. Hijo ilegítimo, estudió Artes y Teología en Alcalá de Henares y muy pronto entró en la Compañía de Jesús.

 

Fue un escritor brillante y un profesor admirado, dando clases en Roma y París antes de retirarse a Toledo para dedicarse a su obra, que fue extensa y polémica.

 

Escribió una Historia general de España, publicada en latín en 1592 y posteriormente traducida por el propio autor al castellano, que se convirtió en un gran éxito y en la obra de referencia sobre la historia española durante siglos.

 

En 1598 publicó De rege et regis institutione, un controvertido tratado político que fue quemado en París por su defensa del tiranicidio.

 

La publicación del Tratado y discurso sobre la moneda de vellón, en 1609, le supuso la persecución por parte de las autoridades españolas. En él, denunciaba la costumbre de disminuir el contenido de metal noble en las monedas para poder aumentar el número de éstas en circulación y proporcionar así más recursos al Estado.

 

Por sus escritos y por la influencia de éstos, se lo considera uno de los padres fundadores del liberalismo económico.



FIN

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